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Amor en Prestamo - Alicia Matas

El documento es una obra de ficción publicada por Ediciones Kiwi en 2025, que incluye una dedicatoria a bibliotecarios y amantes de los libros. La autora, Alicia Matas, comparte su experiencia personal y su amor por la bibliotecología, así como su deseo de preservar y valorar los libros. La historia se centra en Ruby, quien trabaja en una biblioteca y reflexiona sobre su pasión por los libros y su vida cotidiana.

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Amor en Prestamo - Alicia Matas

El documento es una obra de ficción publicada por Ediciones Kiwi en 2025, que incluye una dedicatoria a bibliotecarios y amantes de los libros. La autora, Alicia Matas, comparte su experiencia personal y su amor por la bibliotecología, así como su deseo de preservar y valorar los libros. La historia se centra en Ruby, quien trabaja en una biblioteca y reflexiona sobre su pasión por los libros y su vida cotidiana.

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Copyright

EDICIONES KIWI, 2025


[Link]
Editado por Ediciones Kiwi S.L.

Primera edición, marzo 2025


© 2025 Alicia Matas
© 2025 Ediciones Kiwi S.L.
Corrección: María Coma
Gracias por comprar contenido original y apoyar a los nuevos autores.
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente
previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea
electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la
obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
Nota del Editor
Tienes en tus manos una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos
recogidos son producto de la imaginación del autor y ficticios. Cualquier parecido con personas
reales, vivas o muertas, negocios, eventos o locales es mera coincidencia.
Índice
Copyright
Nota del Editor
Playlist
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CHAT DE BIBLIOTECA
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CHAT DE BIBLIOTECA
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Esta novela está dedicada,
en primer lugar, a todos los bibliotecarios:
gracias por ser guardianes de un valor incalculable.
Y, en segundo lugar, a todos los que, al igual que Ruby,
sienten ese amor incondicional hacia los libros.
Ellos son nuestro refugio.
Playlist
Light the way, Peter Verdell & Leslie Powell
Robbers, The 1975
Bottle rocket, Jimi Somewhere
Chemical, Post Malone
Someone to you, Banners
Somebody to love, Queen
Sweet nothing, Taylor Swift
Tough Love, Gracie Abrams
When I’m with you, Ben Rector
Steal the show, Lauv
Lose control, Teddy Swims
Run like a river, Jamica
Same sun, Ryan Harris
Beautiful Things (Acoustic), Benson Boone
Modern loneliness, Lauv
Love U like that, Lauv
PRÓLOGO
No recuerdo mi infancia sin un libro. Las noches en vela mientras leía a
escondidas con la linterna bajo las sábanas para que mi madre no me
descubriera. Aquella sensación indescriptible cuando el capítulo final
llegaba, acababa y me tocaba despedirme de ese amigo que me había
acompañado durante un tiempo. Porque ya acertó James Naughtie cuando
dijo que amar un libro era conocer a fondo a un amigo que se deseaba
conservar, costase lo que costase.
Los libros tenían ese poder, y ya desde pequeña yo deseaba conservar no
solo uno, sino todos los amigos literarios posibles. Pronto descubrí que esa
preciosa obsesión tenía un nombre: bibliofilia. El amor por los libros, en
especial por aquellos raros y curiosos. No sé cuándo comenzaría esta
fascinación, pero descubrí por casualidad los llamados «libros egipcios de
los muertos», escritos sobre papiro y que tenían la misión de guiar en el más
allá a los difuntos, y ahí comenzaría una pasión que me llevaría a ser quien
soy hoy en día.
Bueno, esa era una de las dos razones, pero también ayudó una preciosa
Rachel Weisz interpretando a la bibliotecaria más conocida de todos los
tiempos. Una oda al amor por los libros en la que una enfadada Evelyn
Carnahan estallaba contra el engreído de O’Connell por no tomarla en serio
y nos regalaba su ya mítico alegato: «Estoy muy orgullosa de ser lo que
soy… ¡Soy una bibliotecaria!». Creo que su ímpetu en La momia me
enamoró desde el principio y por eso la inmortalicé en el interior de mi
brazo derecho. Ella era mi musa y me atrevería a decir que la de todos
aquellos que amábamos los libros de una forma honesta e incondicional.
Al fin y al cabo: los libros eran el hogar donde refugiarse tras un día
duro.
Daba igual que lloviera, nevara o el calor te abrasara hasta quemarte la
piel: ellos te esperaban en casa, pacientes y sanadores, y custodiaban aquel
tesoro que te revelarían tras pasar las páginas de una historia que se
quedaría junto a ti; con suerte, durante mucho tiempo. Pronto aprendí que
esos amigos silenciosos merecían ser cuidados y venerados con el mismo
amor que nos devolvían, así que me hostigué en cuerpo y alma durante
cuatro años para graduarme en Biblioteconomía y Documentación.
No fue tarea fácil, en especial cuando la doctora Rígida la Terrible nos
aplastaba las esperanzas y los suspensos inundaban el tablón de anuncios en
el pasillo de su despacho. Aquella mujer sin pizca de compasión hacia el ser
humano nos había hecho morder el polvo en contadas ocasiones, y aprobar
los exámenes de Catalogación Descriptiva se convertiría en todo un deporte
de riesgo. Y no exageraba en absoluto.
Todavía recuerdo a la pobre Lilibeth que recurrió a la Convocatoria de
Gracia como último recurso para aprobar la asignatura y Rígida la Terrible
entró en cólera, tachando el procedimiento como: «una total falta de respeto
por parte de la administración universitaria para favorecer a aquellos
alumnos vagos e ineptos». Al parecer, que el Rector concediera este derecho
a los alumnos que, tal y como ocurría con Lilibeth, habían agotado las seis
convocatorias resultaba un insulto a su trabajo.
Pobre Rígida la Terrible. En los últimos años, su recuerdo me había
venido a la mente más veces de las que hubiera deseado y, aunque la
posibilidad de haberle echado cianuro a su café había sido una idea más que
meditada durante los años que la tuvimos como profesora, pese a todo,
aquella mujer nos había enseñado a valorar el oficio como nadie. Su respeto
hacia los ejemplares era incuestionable y su trayectoria académica más que
envidiable.
Por esta razón, me adentré en el excitante mundo de las oposiciones.
Deseaba ser una Rígida la Terrible, pero más azucarada y sin la sospecha de
cianuro en mi café. Quería tener todos los conocimientos, por si algún día el
universo me recompensaba con el tremendo privilegio de poder trabajar con
un incunable, o si, por el contrario, me daban gato por liebre y me colaban
algún facsímil de dudosa procedencia. Mi sueño era estar rodeada de libros;
poder estudiarlos, preservarlos y darles el valor que merecían para que otras
personas los descubrieran.
Tomé la decisión de opositar para bibliotecas, pese a que podría haber
elegido la docencia. Sin embargo, no quería ser una Rígida la Terrible,
deseaba tener la inteligencia de esa mujer, pero sin quedarme en un
despacho. Quería ensuciarme las manos y trabajar en lo que siempre me
había gustado: los libros. Por eso, durante un año me volví una ermitaña
adicta al café, con ojeras permanentes y trastornos del sueño. Todo un
caramelito caído del cielo para Freddy Krueger, sí.
Sin embargo, la súplica a mis plegarias se vio recompensada cuando
aprobé la convocatoria. Todo aquel año de sacrificio se vio materializado en
una plaza en la Biblioteca del Cittadella College: uno de los diez campus
universitarios del país con mayor proyección de los últimos años. Ni en
sueños lo hubiera planeado mejor, ni yo ni Krueger. El caso es que estaba
trabajando en la Biblioteca de mi ciudad; en aquel santuario que había
pisado por primera vez como alumna, más tarde como opositora y en este
momento como bibliotecaria. ¿Casualidad? No lo creo. Mi abuela decía que
las cosas que eran para nosotros siempre estaban destinadas a encontrarnos.
Aunque entre tú y yo…
No sé si la abuela tenía razón en esto, lo que sí sé es que el destino me
tenía reservado el mejor de los castigos. Y ahora es cuando te pones cómoda
en el sofá, te preparas una taza de café y te cuento la historia de cómo el
universo conspiró contra mí y me llevó directa a los brazos del insufrible
hijo de la doctora Rígida la Terrible.
CDU
Clasificación Decimal Universal
1. El modo que tiene una biblioteca de organizar sus fondos por
materias.
2. Gata preciosa de ojos verdes. «Caprichosamente Diva y Única».
CAPÍTULO 1
Ruby
Por todos los bibliotecarios era sabido que el conocimiento humano, a veces
un tanto estúpido cuando se lo proponía para según qué ciertas cosas, se
ordenaba a través de un sistema de clasificación llamado «CDU». Para los
mundanos de a pie, esta sigla hacía referencia a esos números y signos que
aparecían en los lomos de los libros y que, seguramente, alguna vez te
habrías preguntado para qué servían.
A mí me ayudaban a encontrarte ese libro de Ali Hazelwood que deseaba
leer si un día pasaba por la Biblioteca del Cittadella College. A ti, además
de sumergirte en una lectura fabulosa —#SomosTeamHazelwood—,
también te serviría para conocer la ubicación del ejemplar. Y, con suerte, si
pasabas por el mostrador de préstamo te recomendaría otras muchas
historias interesantes.
Aunque regresando a este término, la CDU se podría definir como el
método de salvación de los bibliotecarios y también de tortura para los
usuarios. La mayoría de las bibliotecas del mundo utilizaban esta
clasificación con el objetivo de ordenar sus fondos por materias y tener así
una visión ordenadita de todos los libros que se albergaban tras de sus
puertas. Si deseáis mi opinión, creo que estaba diseñada para que tardaras
más en encontrar el libro y, por tanto, tuvieras menos ganas de robarlo —si
es que eras una persona non grata que robaba libros de una biblioteca—. Si
eras de esa clase: por favor, devuélvelos, esos libros jamás serían felices
contigo.
El caso es que la ya mencionada CDU era igual que los doscientos treinta
metros en los que se erguía la Gran Pirámide de Guiza; sin este núcleo
sólido no había maravilla del mundo que se apreciara. En mi caso, mi
particular CDU tenía unas garras bien afiladitas y unas patitas regordetas
que, justo en ese momento, me aprisionaban el pecho y me recordaban la
razón por la que tenía que ponerla a dieta.
Sus ojos verdes resplandecieron en la oscuridad de la habitación y me
recordaron que ya debería estar despierta para darle su primera ración del
día. Porque todo el mundo sabía que, si yo no me levantaba ya, ella
despertaría a todo el bloque con sus atronadores maullidos.
—Ya voy, ya —protesté, medio adormilada mientras tanteaba, descalza,
el frío suelo. CDU era mi despertador personal, mi base de Guiza y mi
compañera fiel a la que jamás podría embaucar—. ¿No tienes otra hora a la
que levantarme?
CDU levantó su cola, señal de que se había salido con la suya.
—¿Quién desayuna a las seis de la mañana?
Maulló más alto y con más urgencia.
—En serio, ¿es que quieres acabar con tu madre? —le solté entre dientes
ante el show gatuno con el que me estaba deleitando y salí en dirección a la
cocina a medida que palpaba a ciegas hasta que di con la luz del pasillo—.
No seas impaciente, desagradecida.
—¡Miaaaau!
—Por lo que más quieras, como despiertes al de arriba te quedas
huérfana.
Me apresuré mientras aquella bola de pelo me seguía por todo el piso y
pasé por el comedor hasta llegar a la cocina. Por supuesto, CDU ya se me
había adelantado y se había colocado al lado de su comedero. No sin antes
lanzarme esa mirada juiciosa que, en silencio, gritaba: «¡Dame de comer de
una puñetera vez, humana esclava!».
—Está bien, aquí tienes.
Mi gata lanzó un bufido, entre ansiosa y enfadada. Todavía mantenía la
esperanza de que en alguna ocasión me respondiera, pero, como no viviría
lo suficiente para que ese hito se produjera, me imaginé que en su dialecto
gatuno sonaría algo así como: «que te den, humana».
—Algún día probarás la vida callejera y tendrás que cazar tu propia
comida sin que tu madre esté a tu lado para ayudarte —la sermoneé en alto
y la vi engullir el pienso de pollo, que le encantaba—. En serio, no serías
capaz de cazar ni una mosca.
Porque, claro, mi gata era una real señorona: nacida para ser servida de
por vida.
Me crucé de brazos y bostecé, sabiendo que sería casi imposible volver a
conciliar el sueño, así que me preparé el primer café de la mañana. Saqué la
cápsula de cappuccino y la introduje en el mejor regalo de cumpleaños que
mi madre me había hecho en mucho tiempo: mi cafetera Nescafé Dolce
Gusto Krups Infinissima.
Si algún día el café desaparecía de este mundo, yo iría detrás de él. No
exageraba. Ahora entendía a la perfección a Edward Cullen cuando le había
dedicado a Bella aquello de que era exactamente su marca de heroína; un
poco inquietante, a todo esto. Pero hablamos de un vampiro que brillaba a
la luz del día, tampoco podíamos pedirle peras al olmo.
Me puse de puntillas y alcancé mi taza favorita con el lema «trabajo duro
para que CDU pueda vivir como una reina» y me deleité con el primer
aroma dulce del día. El olor a café debería considerarse como uno de los
más placenteros del mundo.
El ronroneo de la gata me hizo salir del trance.
—Ya no hay más comida.
CDU me lanzó una mirada malévola para, segundos después, abandonar
la cocina con gesto resentido. Adoraba a aquella condenada gata arisca y
vengativa.
—Me amas —le susurré, triunfal.
Reí por lo bajo y, con la taza en la mano, salí al salón. CDU no tardó en
llegar hasta mí y acomodarse entre mis piernas en cuanto me senté en el
sofá. Me tapé con la manta y abrí el portátil. La última diapositiva en la que
había trabajado hasta ayer tarde se materializó frente a mí y la emoción por
acabar la presentación del proyecto me cosquilleó el estómago. Toda mi
energía estaba puesta en aquella oportunidad que la directora nos había
ofrecido para organizar el próximo Centro de Interés de la biblioteca y, por
supuesto, ganaría contra Palladino y su Colección de Novela Negra.
—¿No crees que molaría más tener una Colección de Novela Romántica
en la biblioteca? —pregunté, y CDU me ignoró. No me di por vencida—.
Los alumnos necesitan historias de amor, no de suspense; ya tienen
suficiente intriga con saber si aprueban o no los parciales. ¿Crees que
podría incluir a Ali Hazelwood? Sí, definitivamente La química del amor
tiene que estar en esta selección.
Corregí una errata que se me pasó anoche y seguí hablando en alto.
—¿Tú crees que Enzo Vogrincic sería elegido como prota? —Le eché un
fugaz vistazo a la gata mientras esta bostezaba—. Pagaría por verlo en el
cine como Carlsen, en serio, ese hombre lleva la palabra «atractivo» escrita
en su persona.
Pasé a la siguiente diapositiva y comencé a teclear las razones por las que
la Colección de Novela Romántica del Cittadella College sería la propuesta
más acertada para el nuevo Centro de Interés de la biblioteca. Por supuesto,
ya conocía de antemano los argumentos que emplearía Palladino para
justificar su obsesión por el true crime al recomendar a sus amiguitos Allan
Poe, Conan Doyle y compañía.
Esto era distinto. Por primera vez desde que trabajaba en la biblioteca se
me había dado voz para argumentar los motivos por los que consideraba
correcta esta colección para los usuarios. La novela romántica era la
hermanastra fea de Cenicienta y siempre se la trataba de la forma más
injusta. Todos los eruditos la menospreciaban, pero el valor de la romántica
se mantenía año tras año. Y lo que la mayoría de esos eruditos no sabían era
que las listas de los libros más vendidos se resumían en eso: en historias de
amor.
Adoraba a Palladino, pero lucharía hasta el final para organizar esta
Colección de Novela Romántica y honraría a todas esas historias
infravaloradas bajo el yugo del elitismo más rancio y descarado.
De pronto, el móvil resonó por todo el salón y me sobresaltó.
—¿Qué haces despierta?
—Podría hacerte la misma pregunta.
—Tu prima y su ansiedad con la comida —le dije a mi sobrina y enfoqué
hacia la bola que ahora estaba acurrucada entre mis piernas. Margot
comenzó a reír y, como ya era habitual, la videollamada perdió conexión—.
¿Todavía seguís robando el wifi?
—Somos estudiantes, pero no ricos.
—Podríais ser estudiantes con principios.
—Sí, ya… me lo dice la que robaba rollos de papel higiénico de los
servicios de la universidad —contraatacó Margot, y no pude evitar sonreír
ante esto. La vida universitaria era toda una experiencia religiosa, siempre y
cuando no te encontraras con una Rígida la Terrible que destrozara tus
sueños.
—¿Qué haces? —Arrugué las cejas al ver todos los apuntes esparcidos
sobre su escritorio. Técnicamente, su máster no comenzaba hasta la
próxima semana.
Margot se encogió de hombros y le restó importancia al hecho de estar
despierta a las seis de la madrugada, indagando en la bibliografía
recomendada del máster del que no había parado de hablar desde hacía
meses.
—Estoy documentándome un poco.
—¿Nadie te ha dicho que tienes complejo de Hermione Granger?
Me ignoró y contraatacó con aquella pregunta:
—¿No tendrías que estar preparándote?
—Lo haré en cuanto consiga quitarme a esta bolita adorable de mi regazo
sin sentirme la peor humana del mundo.
—Tienes un problema con esa gata, rubí —dijo. La callé con el dedo
para que no continuara con su verborrea—. Por cierto, ¿te veré mañana?
Celeste piensa que te has vuelto un tanto obsesiva con ese tablero de
exposición que llevas a todas partes… El de la Colección de Novela Rosa
de la que no paras de hablar a todas horas.
Obvié esa connotación malévola acerca de la novela romántica y le
dediqué un gesto con mi bonito dedo corazón.
—Si no fueras la nieta favorita de mi madre te despreciaría en estos
momentos, Margoléfica.
—Soy su única nieta. Venga, sabes que estás un tanto rarita.
—Cuando termines tu máster y te prepares para incorporarte al cruel
mundo laboral entenderás que, si deseas que te tomen en serio siendo la
nueva, deberás demostrarles tu valía al actuar como una veterana más —
argumenté, y Margot me escuchó con sus atentos ojos—. En serio,
Palladino es un dinosaurio a mi lado. Lleva tropecientos años trabajando en
la biblioteca y su Colección de Novela Negra ya cuenta con el beneplácito
de la directora, incluso antes del veredicto.
—No exageres.
—Tengo que hacer una presentación excepcional para que cambie de
opinión y competir contra el jefe de equipo no ayuda.
—Puedes echarle cianuro en el café —sugirió Margot de forma macabra.
—Palladino no es una Rígida la Terrible.
—En este momento es un impedimento para que consigas tu objetivo.
Le devolví la mirada a mi sobrina como si pudiera descifrar si lo que
decía era verdad o tan solo había mejorado su sarcasmo. Si se trataba de
esto último estaría plenamente orgullosa, a decir verdad.
—Me preocupas, Margot.
Ella alzó los brazos en señal de derrota.
—Lo entiendo, estás estresada y este proyecto es importante, de verdad
que sí. Pero me gustaría pasar tiempo con mi tía favorita… —admitió.
Tenía la intención de cortarla, pero Margot ya estaba silenciándome con la
mirada—. Ya sé que eres la única, pero ese no es el caso. Dentro de unos
meses comenzarán los exámenes del cuatrimestre y no podré pasar
suficiente tiempo contigo. ¿Podrías aceptar la cena que tu adorada sobrina
te tiene preparada mañana y olvidarte del trabajo por unas horas?
—Está bien —susurré, a regañadientes, y ella vitoreó de manera discreta.
—Además, los chicos y yo necesitamos información sobre los
profesores.
Sorbí el último trago de café y le devolví el gesto con desagrado.
—¿Eres consciente de que hay algo llamado Ley de Protección de Datos,
Margot?
—Venga, rubí, no queremos saber dónde viven, pero sí que nos pases
información sobre los libros que tengan en préstamo. Tú me entiendes… —
Me guiñó un ojo con descaro—. O si os piden ayuda para buscar algún
recurso en concreto —añade. Veo que de verdad habla en serio—. Ya sabes,
tienes que ser nuestro agente encubierto.
—Te voy a colgar, Margoléfica.
—¡Al menos trae nachos! —soltó antes de que me despidiera de ella.
—Por esta razón no quiero llevarte a casa de tu prima —le comenté a
CDU, que ya me seguía por el pasillo hasta la habitación—. Tú y Margot
seríais el nuevo eje del mal.
Abrí el armario y comencé a vestirme. Saqué la sudadera con el juego de
palabras de «I CDU» que Margot me había regalado en mi último
cumpleaños y me embutí en los vaqueros antes de cepillarme los dientes a
toda prisa. Como ya era habitual, iba tarde. Salir del casco antiguo de
Cittadella, donde vivía, se estaba convirtiendo en misión imposible durante
las mañanas, y llegar al campus sería una odisea. Pero, como buena
temeraria, siempre desafiaba al destino, hasta que este se cansara de
concederme trato de favor. Y estaba segura de que pronto sucedería.
—Pórtate bien, gata del demonio —me despedí de CDU y agarré de la
encimera el paquete de fresas que mi octogenaria vecina, la señora Margaret
Oído Fino, me había dejado ayer en el umbral de la puerta al llegar a casa.
Había sido un lunes terrorífico, pero aquel detalle había logrado que el día
terminara como si estuviera en un videoclip de Katy Perry.
—¡Miaaaau!
—¡No me hagas chantaje ahora! ¡Sabes que llego tarde!
Metí las fresas en el bolso y recogí las llaves de la vespa que se
encontraban en el mueble de la entrada, saliendo disparada por las escaleras
del antiguo edificio. Tal vez, si alguien me hubiera alertado de que ese día
el destino dejaría de concederme favores, me habría preparado para lo que
estaba por llegar. Lo irónico de todo era que la vida me había reservado un
bombón envenenado de bonitos ojos de color avellana y, sin embargo, como
siempre ocurría con toda buena historia de amor, lo que una menos esperaba
que sucediera, más probabilidades tenía de cruzarse en tu camino.

***
La ciudad de Cittadella era el enclave perfecto para disfrutar de la vida
universitaria, no lo decía yo, sino los últimos estudios de bienestar
académico proporcionados a los alumnos que iniciaban esta nueva aventura
académica. Las nuevas ofertas de titulaciones, la calidad de los servicios y
su merecido reconocimiento a la excelencia pedagógica hacían que la
Universidad de Cittadella se situara entre las mejores del país.
No era de extrañar que en los últimos años la pequeña ciudad acorazada
hubiera triplicado su censo, principalmente gracias a todos estos estudiantes
que se habían convertido en la principal fuente de ingresos. El
Ayuntamiento de Cittadella, ya con la idea de exprimir todo cuanto esta
mina de oro pudiera ofrecerles, había adaptado sus servicios a las
necesidades de los más jóvenes. ¿La única queja? La subida de precio de
los alquileres se había disparado, y gente como esta susodicha ahora debía
no solo alimentar a una gata con ansiedad por la comida, sino también
donar un riñón para permanecer en el casco antiguo.
Amaba aquella zona de Cittadella tanto como me apasionaba mi
profesión, pero tenía que ser realista: vivir en uno de los sitios con mayor
encanto histórico también implicaba que se aligerara el bolsillo a final de
mes. Por no hablar del gasto extra que suponía pagar el alquiler del garaje,
donde Vespati se resguardaba de los días soleados que amenazaban con
deteriorar el barniz de su precioso color verde agua. Vespati no tenía la
culpa y, a decir verdad, tampoco su dueña, que había considerado buena
idea comprarla antes de mudarse al lugar más bonito, pero con menos
aparcamiento de toda la ciudad.
El trayecto hasta el campus no alcanzaba los veinte minutos, pero, en
situaciones como esa donde mi puntualidad brillaba por su ausencia,
agradecía tener a Vespati para que me salvara el pellejo. Era obstinada y no
aprendía la lección, no me justifico. Todas las mañanas la misma historia:
CDU me despertaba a las seis, luego hacía el café y, cuando me daba
cuenta…, ¡pum! Debía prepararme para correr la maratón del año si
deseaba llegar a tiempo.
—¡Eh, Ricaldi!
Oí a Palladino llegar hasta mí en cuanto aparqué a Vespati en los
aparcamientos del pabellón deportivo. Aquel era el único lugar viable si se
deseaba regresar a casa después del trabajo tras un lunes o martes
cualquiera. El principio de semana era un caos. Y mi estrés había
disminuido considerablemente gracias a este hallazgo, y se lo debía a los
compañeros de mantenimiento que nos habían revelado el gran secreto.
—¿Hasta qué hora te quedaste viendo documentales de crímenes anoche?
—No tan tarde. —Se acomodó el maletín de cuero en el hombro
izquierdo y se ajustó las gafas. Nuestro jefe de equipo de mañana rondaba
la treintena, aunque su fanatismo hacia los documentales de true crime
parecía rejuvenecerlo de un modo que ni siquiera podía explicarse. Era
como en El Curioso caso de Benjamin Button, pero sin ser Brad Pitt.
—¿Ya tienes tu propuesta terminada? —indagué, pero él no soltó prenda.
—Solo hay una propuesta, Ricaldi —me soltó una vez más con aquella
firmeza que lo caracterizaba; en parte, protectora. Palladino no quería que
me hiciera ilusiones con respecto a la temática del Centro de Interés, ya
que, según él, la Colección de Novela Negra sería la elegida.
—La directora está abierta a otras recomendaciones.
—La directora es, por decirlo de alguna manera, poliédrica. La cara
puede variar según el día, pero siempre elige el postre antes que los
entrantes.
Sonreí, ya que solo Palladino podía regalarme esas frases icónicas.
—¿Insinúas que mi alegato a favor de la novela romántica no estará a la
altura?
—Si Dorotea quisiera una colección con tufo a unicornios blancos donde
todos cantaran con los mecheros encendidos y con música hippiosa ya se
habría jubilado.
—Palladino es lo único que suena dulce en ti —me ofusqué.
—Venga, vamos, tengo trabajo para darte hoy.
Lo detestaba y amaba a partes iguales: su implicación para con la
biblioteca era irrefutable y su labor como jefe de equipo intachable.
Palladino era como Rígida la Terrible en versión masculina, solo que con un
humor ácido y con cierto complejo de Sherlock Holmes.
—Presentaré mi propuesta a la directora —lo avisé con terquedad a
medida que me guiaba por la rampa que conducía a una de las entradas
principales del campus.
—Siempre y cuando te pongas las pilas con las reclamaciones.
—¡Si las llevo al día! —Me crucé de brazos, casi ofendida—. Soy la
Robin Hood de los morosos.
—Tengo nueva tarea extra —me explicó y rebuscó en el interior de su
maletín.
Y, un segundo después, me hizo entrega de un informe con una lista
considerable de usuarios. Junto a los correos institucionales, podía
apreciarse lo que parecía la fecha de vencimiento de los préstamos que
todavía no se habían devuelto.
Me detuve un instante y leí con detenimiento.
—Todos vencidos desde hace más de un año y… espera un momento. —
Lo miré con cierto estupor—. Aquí hay algunos incluso de 2019.
—Son fondos perdidos. El año pasado tuvimos un problema con las
máquinas de autopréstamo y la información de estos ejemplares se perdió
—me contó. Pasé las páginas del informe y releí por encima—. Tuvimos
que ocultar estos fondos hasta que los de informática arreglaron el software,
pero ya se mascaba la tragedia. Al instalarse de nuevo, la máquina formateó
todos los usuarios con préstamos y se les perdonó la sanción de manera
automática.
—¿Estás diciendo que estos libros llevan sin reclamarse desde hace
años?
Palladino asintió.
—La directora quiere que esta sea una tarea prioritaria, ya que el equipo
de dirección de biblioteca desea saber cuáles de estos ejemplares se dan por
perdidos del fondo de forma definitiva.
—Esto podría llevarme un tiempo.
—Tendrás todo el que necesites. —Percibí la sonrisita malévola que me
dedicó y estuve al tanto de lo que vendría—. Y, si te sobra un poco, siempre
podrás echarme una mano con la Colección de Novela Negra.
Reí ante su provocación, pero olvidé la ofensa nada más llegar a los
jardines del campus, donde el bullicio se esparció por toda aquella
ciudadela llena de juventud y anhelos; los mismos que habían sido también
los míos años atrás.
[NO ENTREGADO]
BIBLIOTECA DEL CITTADELLA COLLEGE
AVDA. DE LA UNIVERSIDAD, S/N
CITTADELLA
[Link]@[Link]
7 JULIO 2024
ESTIMADO VINCENT SALIMAN:
Ante la imposibilidad de ponernos en contacto con usted por teléfono y/o
correo institucional, le comunicamos que los siguientes ejemplares
(adjuntamos la lista en el anexo) están retrasados en su devolución.
Por favor, devuélvalos a la mayor brevedad posible. El retraso continuado
de los ejemplares supondría la privación del uso del servicio de préstamo
del que hace uso como miembro de esta comunidad universitaria.
En caso de no recibir noticias suyas, la universidad se verá obligada a tomar
las medidas legales oportunas.
ATENTAMENTE:
DOROTEA EMERALD, directora de la Biblioteca
CAPÍTULO 2
Ruby
Los libros requerían de unas condiciones de mantenimiento, del mismo
modo que todos necesitábamos de una cama reparadora al llegar a casa
después de un día agotador. No lo decía yo, sino los doscientos manuales de
preservación que Rígida la Terrible nos había hecho memorizar durante los
cuatro años de carrera. Nuestra profesora afirmaba que el trabajo de
conservación era el más importante para alargar la vida de las colecciones,
o en otras palabras: «Si el libro tenía una casa, posiblemente ese libro
tendría una durabilidad asegurada, a diferencia del desvalido al que nadie le
prestaba atención».
Las casas de los libros eran las bibliotecas. Los antiguos egipcios las
llamaban Las Casas de la Vida porque atesoraban lo más importante que el
ser humano dejaba como herencia a sus descendientes: la historia. Para mí,
la Biblioteca de Cittadella era también La Casa de los Sueños y me había
cumplido el más importante de todos: trabajar en ella. Cada vez que
traspasaba sus puertas me sentía como la guardiana de un mundo de
secretos maravillosos y misterios que enriquecían todo un fondo de
incalculable valor.
Tal vez, por esa razón, nunca había considerado aquella biblioteca como
un lugar de trabajo. Era mi segunda casa, mi paraíso, y todo en ella evocaba
una sensación mágica de vida, conocimiento y libertad: los tres pilares de
los que se sustentaba. Los tres principios por los que se regía mi mundo; de
ahí que me hubiese enamorado de ella al visitarla por primera vez.
La Ruby de dieciocho años todavía recordaba el día en que había subido
las escaleras del edificio y la imponente fachada de cristal le había dado la
bienvenida, acogiéndola en su regazo como una madre osa que protegería a
sus oseznos de cualquier puma hambriento. Y daba fe de que había muchos
al acecho para que suspendiera.
—¡Ruby!
—¿Eh? —La voz de Celeste me sacó de mi ensimismamiento y me
incorporé para prestarle la atención que me reclamaba. Sus audaces ojos no
me perdían de vista—. ¿Qué pasa?
—Si llego a saber que preparar la propuesta de Novela Romántica te iba
a dejar así, me habría guardado el secreto —soltó.
—¿Es que quieres dar en préstamo a Agatha Christie?
—Prefiero eso a que se me amontonen los alumnos en el mostrador
porque la bibliotecaria de pelo verde está en la nube de Goku.
—¿Así me llaman?
Celeste se encogió de hombros.
—No quieras saberlo —replicó de modo enigmático y, como ya era
habitual en ella, su mente se dispersó para cambiar de tema—. ¿Te acuerdas
de la bibliotecaria que nos prohibió acercarnos a la máquina de fotocopias
cuando estábamos en tercer año?
—Fotocopiamos un manual entero —le recordé, ya que su memoria era
como el estómago de mi gata: olvidaba que había comido cada cinco
minutos.
—Nosotras molamos más.
—Nosotras no tenemos fotocopiadora.
—La tendríamos si no se hubiera empleado parte del presupuesto en
tapizar todos los sofás de la tercera planta.
—¿Sabes lo que es injusto? —Celeste elevó los ojos al cielo al oírme.
—Ya empezamos…
—Injusto es que las autoras de fantasía se queden en las baldas de
literatura juvenil a pesar de que sus libros sean explícitamente para adultos.
Eso es injusto, Celeste.
Me crucé de brazos y eché la cabeza hacia atrás, donde la descansé en el
respaldo de la silla. Ni las diez de la mañana y ya sentía el peso de la
desigualdad aprisionándome las costillas. Lo peor de todo: nadie hablaría
del tema; ni se mencionaría, de hecho.
—¿Qué fue lo que dijo aquel profesor…? —Entrecerró los ojos y luego
carraspeó en alto para aclarar el tono de voz—. Ah, sí, que la literatura
fantástica de adultos pertenecía a Tolkien y a Sanderson.
—El profesor Rickman tenía cara de cenar suspensos.
—Ahora que lo dices… Se parecía a Rígida la Terrible, sí —me
confirmó.
—¿Qué habrá sido de ella?
Celeste me devolvió una mirada inquisitiva mientras depositaba varios
libros en el carrito antes de ir a colocarlos.
—¿Por qué iba a querer tener pesadillas con esa mujer de nuevo?
—¿Crees que estará jubilada? —Sonreí con descaro.
—Alguien que te hace pagar una tercera matrícula para aprobar su
asignatura no merece pasar el resto de sus días en algún rincón bonito del
Caribe.
—Al menos no te hipotecaste como Lilibeth.
—En serio, no querría estar en el lugar de esa señora cuando todos los
fantasmas de mis exalumnos endeudados se presenten ante mí antes de irme
al otro mundo.
—Los fantasmas de mis exalumnos —cité con sorna y Celeste rio ante el
chiste en referencia a la película—. Ya no hacen comedias románticas como
las de antes.
—Suenas a señora octogenaria.
—Voy camino de serlo con este dolor de espalda.
—Es el peso que soportas por llevar tanto atractivo a cuestas —me
piropeó.
Le lancé un beso al aire.
—Por cierto, los de Filología de cuarto ya te esperan por la sala de
descanso para que hagas tu visita. —Echó un vistazo al tejuelo de los libros
colocados en el carro y me guiñó un ojo para luego ofrecérmelos con
descaro—. Aquí tienes estos. Es más, les romperás el corazón si hoy no
mueves el culito y les alegras la mañana de estudio.
—Tengo que ponerme con las reclamaciones o Palladino me enviará al
depósito.
—Pero si las llevas al día…
—Eso creía hasta que ese informe de ejemplares perdidos ha llegado
hasta mí.
Celeste suspiró en alto y su gesto compasivo me hizo saber que me
esperaba un rato entretenido. Ella se dirigía ya hacia la puerta.
—No tendré tu encanto seductor, pero los enamoraré con mi gracia
genuina.
—¡A por todas, reina! —La vitoreé.
No tenía duda de que lo haría. Celeste era mi alma gemela convertida en
amiga y, para más deleite divino, también mi compañera. Trabajar junto a
ella hacía que todo resultara más fácil. Nos habíamos conocido en la clase
de nuestra doctora maligna favorita y las horas de frustración que nos había
dejado su asignatura habían provocado que nos uniéramos en nuestra
desgracia. Era la única hija mayor de tres hermanos y de un chihuahua con
muy malas pulgas, y esa familia ideal me había acogido como a una más.
La familia de Celeste era natural de Cittadella y sus padres se habían
tenido que reinventar tras la crisis para salir adelante. Con el auge de la
ciudad cuando se hubo convertido en el reclamo de los estudiantes, estos
habían invertido sus ahorros en el negocio más rentable dentro de un
campus universitario: la copistería Golden Paper. Todo un emblema dentro
de la comunidad estudiantil del Cittadella. Gracias a esta acertada inversión,
la familia pudo mudarse a uno de los barrios más bonitos y en alza de la
ciudad: el Barrio Golden o, como solían llamarlo, El Barrio de los
Universitarios.
De ahí que Celeste fuese una visionaria y la principal culpable de mi
obsesión por la papelería creativa. Adoraba a esa chica de pelo kilométrico
y de color melocotón que me recordaba cada mañana por qué estaba en lo
más bajo de la cadena social al no tener un bolígrafo de unicornio. Ella,
junto a Margot, era mi persona favorita de este planeta.
—Buenos días, niña.
Ricard entró en la sala con el correo interno y depositó los sobres con los
libros de préstamo interbibliotecario en la mesa.
—Dale a Paladino esta carta.
—Sí, señor —respondí. Me la entregó y se despidió, llevándose su
inseparable carretilla con él—. Esperemos que no sea de Hacienda.
—¡Ni se atreverían! —bromeó conforme salía de la sala común.
Me fijé en el anverso de la carta certificada con el sello de devolución y
la entrega fallida al destinatario. Sin embargo, los datos no se correspondían
con los de Palladino, a no ser que su nombre real fuera Vincent Saliman y
viviera en una de las preciosas casitas adosadas del Barrio Golden.
La dejé en la mesa junto al resto del correo y me puse manos a la obra
con las reclamaciones del fondo perdido. Aquel informe me llevaría un
tiempo, y cuanto más postergara la tarea, más lloraría después. Comencé
con la primera página y busqué la información del primer moroso en la base
de datos de la biblioteca. La chica rubia de pelo rizado que estaría en primer
año de carrera me devolvió la sonrisa desde su foto de perfil de usuario.
—Veamos con qué brillante excusa nos sorprende Matilda hoy —musité
para mí misma y marqué el número de teléfono que aparecía en la pestaña
de contactos.
Me enrollé el cable del aparato entre el dedo índice y esperé.
—¿Diga? —La chica me atendió al tercer tono y con una voz tímida,
seguramente extrañada por descubrir quién la llamaba desde un número
desconocido.
—¿Matilda Murray?
—Sí, soy yo.
—Te llamo desde la Biblioteca del Cittadella —dije. Noté la inquietud al
otro lado de la línea y supe que los alumnos novatos siempre actuaban con
nerviosismo cuando se les reclamaban los retrasos. Cuanto más mayores,
menos vergüenza les daba admitir que no los habían devuelto—. Era para
recordarte que tienes un libro vencido en préstamo desde septiembre del
año pasado. Para que lo devuelvas tan pronto como puedas, ya que la
sanción es por día de retraso.
—¿Pero van a multarme? No sé si puedo llevarlo hasta la semana que
viene, ya que no tengo clase en estos días —contestó. Saludé a Palladino
con la mano cuando entró a la sala—. De verdad que lo siento mucho,
estuve en el hospital y mi madre se olvidó de entregarlo. Lo busco ahora
mismo y el lunes sin falta lo devuelvo.
—Estupendo, pasa por el mostrador para que la devolución se haga de
forma correcta, ¿vale? —la aconsejé con amabilidad. Después de todo,
Matilda era una morosa entrañable.
—¿Tengo que pagar alguna multa?
Le señalé a Palladino la carta certificada.
—No, pero si necesitas algún libro, tendrás que consultarlo en sala en la
biblioteca, ya que no podrás llevártelo en préstamo hasta que cumplas con
los días de sanción.
—Vale. —Hizo una leve pausa y supe que todavía no estaba tranquila
con la situación—. ¿Pero podría utilizar las salas de trabajo?
—Técnicamente, al estar sancionada, no; pero te haré un pase si traes el
libro la semana que viene. Eso sí, acércate al mostrador.
Palladino me puso mala cara, pero lo ignoré.
—¡Muchas gracias! Le prometo que el lunes sin falta estoy ahí.
—Eso es. —La aplaudí—. Buenos días.
—¡Que tenga un bonito día!
—Qué maja —murmuré en alto justo al colgar.
—¿Hospital o Erasmus? —ironizó Palladino, releyendo la carta devuelta.
—Hospital —lo saqué de dudas.
—¿Qué libro tiene en préstamo?
—La rueda del tiempo.
—Deberíamos penalizarla económicamente.
—No dirías lo mismo si se tratara de Allan Poe.
Palladino me miró por encima de sus gafas negras, ya preparado para
aquella discusión contra su subordinada más rebelde.
—Sabes que la literatura escrita por mujeres se considera «de segunda» y
queda relegada al mero romance o a lo juvenil, pero si La rueda del tiempo
lo hubiera escrito una mujer, no habría alcanzado tal éxito.
—Mira las estadísticas, Ricaldi, los libros más vendidos de narrativa
fantástica van de la mano de Sanderson, Tolkien o George R. R. Martin.
—¡Porque a ellos se los cataloga en el género correcto!
—Ruby tiene razón, Palladino —defendió Celeste cuando se reunió con
nosotros y, al parecer, ya al tanto de la conversación—. ¿Crees que si
Suzanne Collins fuera hombre se habría catalogado Los juegos del hambre
como literatura juvenil?
—¡Claro que no! —Asentí con la cabeza y aplaudí aquel ejemplo—.
Estaríamos hablando del sucesor de Sanderson y no de la suertuda autora
que ha sabido rentabilizar una idea. —Rechiné los dientes.
—¡Totalmente de acuerdo! —Mavi, la alumna de cuarto que cursaba
Historia del Arte, vitoreó nuestro discurso desde el otro lado del mostrador,
pillándonos por sorpresa—. Además, la historia es una crítica hacia la
desigualdad social y una recreación de los conflictos bélicos y el problema
moral sobre los niños soldados.
—¿La siete? —le pregunté a pesar de que siempre reservaba esa sala de
trabajo. Mavi asintió y le entregué la llave con un deje de orgullo palpable
en el semblante.
—Así es.
—Te adoro —le susurré por lo bajo, y Mavi me dedicó un mohín
cariñoso.
—Hombre caído en combate —bromeó esta con cierto retintín al irse y
solté una carcajada al ver la reacción de nuestro jefe de equipo.
—El colmo de un martes por la mañana es que me vacile una alumna
sabionda.
—Pero es Mavi, la sabionda más guay de esta biblioteca.
A mi lado, Celeste se sentó en su silla de oficina, presumiendo de la
victoria.
—Tengo dos noticias para ti y las dos son malas —me anunció Palladino.
Estiré mi sudadera de CDU como si estuviera hecha de antibalas. El
martes no pintaba bien; tendría que haberlo intuido nada más salir de casa.
—Suéltalo.
—La directora me ha dado vía libre para la Colección de Novela Negra
—midió las palabras con cautela y, viniendo de Palladino, era todo un
cumplido.
—¡Pero no ha visto la propuesta de Ruby! —vociferó Celeste con
indignación.
—El Centro de interés es un proyecto que lleva meses de retraso y
Dorotea no puede esperar más tiempo; es más, quiere que lo organice
cuanto antes.
—¿Pero qué sentido tiene que Ruby haya hecho todo este trabajo para
nada?
Palladino guardó silencio ante la pregunta de Celeste. Mi amiga se echó
el pelo hacia atrás sin poder ocultar su enfado ante la situación.
—Nunca ha tenido intención de estudiar mi propuesta.
—¿Y por qué…? —Celeste se cortó cuando confirmé aquello y sus ojos
rasgados escudriñaron a Palladino sin contemplaciones—. Convenciste a
Dorotea para que le echara un vistazo a la propuesta de Ruby, pero, por falta
de tiempo, no ha cumplido su parte del trato.
Aquel gesto por parte de Palladino me conmovió. La directora ya tenía
decidida la temática del Centro de Interés desde el inicio, pero mi jefe de
equipo había hecho todo lo posible para que mi propuesta fuera presentada.
—Da igual, tampoco estabais preparados para ello —me mofé
teatralmente y oculté mi desilusión por todo lo sucedido.
—No da igual, rubí. Subiré y hablaré con Dorotea.
—Oye, no pasa nada. De todos modos, el tablero se me había roto —
mentí.
Palladino elevó la ceja, pero no me delató. Él mismo me había visto
meterlo en perfecto estado en la taquilla esa misma mañana.
—¡Esto es muy injusto!
Celeste agitó las manos y su blusa de color cereza con lunares blancos
siguió el movimiento de su torso. En el cuerpo de mi amiga convivían dos
personalidades muy distintas: por un lado, la más encantadora y risueña, a
la que llamaba Celestina. Pero, toda luz necesitaba de su oscuridad. Por otro
lado, Celeodiosa entraba en acción y se convertía en la persona más mordaz
y vengativa en la faz de la Tierra. Solo una persona había sido capaz de
provocar al monstruo: Rígida la Terrible.
—¡Ya sabéis cómo me pongo con las injusticias!
—Calma, Darth Vader.
—Es el incomprendido de la galaxia —le soltó a Palladino, y yo reí por
lo bajo.
—¿Cuál es la otra noticia? —pregunté para aplacar el mal humor de
Celeste.
Palladino agitó la carta en el aire.
—Tu especialidad: el capo de los morosos —me explicó—. Enviamos de
nuevo esta carta a principios de julio para reclamarle una lista considerable
de libros, pero nos ha sido devuelta ahora.
—Tal vez haya cambiado de dirección.
—Es un PDI —me respondió como si fuera una obviedad.
—¿Desde cuándo?
—Tiene cerca de cuarenta libros vencidos desde hace dos años. Tendría
que haberlos entregado a principios de febrero, pero se le notificó más
tarde. Me suena a que este retraso guarda relación con el problema de los
fondos perdidos, así que no sería extraño que sus datos también estén en el
informe.
—¿Cuarenta libros? —Abrí la boca con gesto horrorizado—. Eso son
cuarenta bebés secuestrados por ese vil infame.
—No podemos recurrir al error del autopréstamo para justificar los
retrasos, Palladino —añadió Celeste con firmeza—. Con error o sin él todos
estos libros ya estaban vencidos antes de que sucediera el problema, y aquí
los únicos que han salido beneficiados son los profesores.
—Es más, este PDI ya llevaba un año de vencimiento antes del error en
los autopréstamos. ¿Por qué la normativa de la biblioteca permite un año de
préstamo al profesorado? —arremetí, y supe que a Palladino todo esto le
daba dolor de cabeza.
—¿No tendríamos que beneficiar al alumnado? Hay manuales que
apenas pasan por las manos de los estudiantes porque sus profesores tienen
derecho a un año de préstamo —comentó Celeste. El eterno debate afloraba
de nuevo y no podía estar más de acuerdo con su discurso—. Tenemos que
mirar por los intereses de los chicos, al final son ellos los que pagan nuestro
sueldo con sus matrículas.
—Por no mencionar que algunos PDI suelen ser de lo más impertinentes.
—Tenéis que superar ya el temita de la Temible.
—Rígida la Terrible —lo corregimos al unísono.
—Lo que digáis. —Hizo un ademán con desgana y luego se dirigió a mí
—. Solo quiero que localices a este PDI y reclames lo que nos pertenece.
Me da igual si lo amenazas con ir a la cárcel si no los devuelve. Solo espero
que devuelva esos ejemplares, en especial los tres del Fondo Antiguo.
Me quedé mirando a Palladino con asombro.
—¿Tiene ejemplares del Fondo Antiguo? —exclamé, sin dar crédito.
—No preguntes.
—¿Quién ha sido el iluminado que lo ha permitido?
—No quiero ni saberlo.
Palladino se pinzó el puente de la nariz con los dedos en un intento por
serenarse. No lo culpaba: que un compañero hubiera prestado no solo uno,
sino tres libros del Fondo Antiguo iba en contra del reglamento de la
biblioteca. Esos libros formaban parte del Patrimonio del Cittadella College
y solo era posible consultarlos en sala y bajo unas condiciones especiales.
—¿Dorotea lo sabe?
—Si la directora estuviera al tanto, ya estaría interna por voluntad propia
en un asilo.
Nuestro jefe de equipo se dejó caer en la silla de su escritorio, el que se
encontraba más alejado del mostrador. Su cara de cansancio reflejó la
exigente responsabilidad que conllevaba su trabajo. La falta de ella por
parte de uno de nosotros lo había puesto en esa tesitura: tres libros del
Fondo Antiguo perdidos y a merced de un profesor moroso al que no
conseguíamos localizar.
—Los recuperaremos, ¿vale? —lo animé—. Aunque tenga que llamarlo
cada día.
—Entiendo que todo esto es secreto, ¿no es así? —quiso saber Celeste.
—Esto es confidencial, sí. —Palladino asintió, ya recuperando un poco
de color.

***
Diez minutos después, y con un café en mano, me senté y organicé el
escritorio antes de iniciar la tarea. No iba a fallarle a Palladino, y menos aún
a esos cuarenta libros perdidos que debían regresar a casa. Tres de ellos
pertenecían al Fondo Antiguo del Cittadella y, aunque ese PDI no tuviera ni
idea del valor que atesoraba, nosotros sí. De modo que recuperaría los
ejemplares a toda costa.
—¿Crees que si hubiera robado el Libro de Kells dolería menos?
Solté un bufido.
—Creo que una panda de bibliotecarios enfurecidos sería menos que
ganarte la enemistad de todo un país —le respondí a Celeste.
Supuse que robar el que estaba reconocido como el mayor tesoro
histórico de Irlanda —además de uno de los ejemplares más extraordinarios
del arte cristiano medieval existente en el mundo— le daría a cualquiera un
pase al Infierno sin retorno.
Tecleé el nombre de Vincent Saliman en el buscador de nuestro sistema y
su perfil no tardó en aparecer frente a mis ojos.
—No tiene foto. Normal, alguien tan despreciable debía estar en blanco.
—¿Sale la misma dirección? —Celeste hizo rodar la silla y se colocó a
mi lado.
—Barrio Golden, 5.
—No vive lejos de mis padres.
—Tus padres serán el plan B de esta misión si fracasamos. —Escudriñé
toda la información que pudiera utilizar para encontrarlo—. Tiene la cuenta
suspendida, si quiere sacar un libro no le quedará más remedio que pasar
por mostrador.
—¿Piensas que con cuarenta en su poder necesitaría más? —ironizó.
—Es un moroso, Celeste, piensa como tal.
—¿Qué te hace creer que vaya a responderte?
Le dediqué una mirada asesina digna de los documentales de true crime
que tanto le gustaban a Palladino y marqué el número. Me aferré al cable
del teléfono de sobremesa y esperé a ponerle voz a Vincent Saliman. La
llamada transcurrió hasta el cuarto tono y, cuando pensé que todavía
quedaba un atisbo de esperanza para que el día no fuera tan horrible, aquel
cretino me colgó.
—¡Será gilipollas!
—¿Te ha colgado? —Celeste tenía la misma cara de incredulidad que
podía verse en mi semblante—. A lo mejor no puede hablar ahora.
—Si no está cavando su propia tumba, el resto de excusas posibles no me
valen.
Llamé de nuevo y recé para que solo hubiera sido un fallo de cobertura.
Esa vez la llamada no llegó al tercer intento y una oleada de rabia me
inundó por dentro.
—¿Pero a este tío qué le pasa? —bufé—. Me ha colgado dos veces.
—Lo único bueno de todo esto es que está vivo.
—Por poco tiempo… —Me enderecé en la silla dispuesta a llamar una
tercera vez—. Te juro que si no responde lo llamaré a las tres de la
madrugada.
—Eso es un poco perturbador, rubí.
Contuve la respiración cuando el primer tono de la llamada cesó y lo
sucedió el siguiente. No sabía qué demonios pasaba con este tal Vincent
Saliman, pero lograría localizarlo a toda costa. Cuando me lo proponía, era
la persona más testaruda de la historia y no iba a dejar de serlo ahora.
—No estoy interesado en ninguna publicidad. —La voz masculina que
me llegó desde la otra línea sonaba alterada, como si estuviera corriendo la
maratón de Nueva York y se hubiera dado cuenta de que iba el último. Tenía
una voz meliflua a pesar del ajetreo al que parecía estar expuesto.
—¡Espere! —grité sin preverlo—. ¡No cuelgue o volveré a llamarlo de
nuevo!
—¿Quién es?
Celeste me animó en silencio a medida que alzaba el puño en señal de
victoria.
—Lo llamo desde la biblioteca del Cittadella College. ¿Es usted Vincent
Saliman?
—Sí, soy yo —admitió. Escuché lo que parecía el gruñido de un perro al
fondo—. ¡Maldita sea, suéltalo!
Tardé dos segundos en reaccionar tras aquello.
—Verá, tiene cuarenta libros en préstamo vencidos desde hace dos años.
Se los hemos reclamado por carta certificada, pero nos ha sido devuelta al
no encontrarse nadie en el domicilio —le expliqué con toda la amabilidad
que tuve a mano. Después de todo no quería espantarlo, ya que sería un
tanto excesivo soltarle un «¡que entregues los libros, maldito moroso de
mierda!».
—Sí, he llegado hace unos días… ¡Que lo sueltes, joder!
—¿Disculpe?
—Necesito los libros unos meses más para terminar mi tesis. No los
puedo devolver ahora o tardaré siglos en poder conseguirlos de nuevo.
Respiré hondo. Esta era una de las razones por las que el trabajo de cara
al público debía estar remunerado el doble.
—No sé si me he explicado bien, pero tiene que devolverlos cuanto
antes. Además, tiene tres libros del Fondo Antiguo que no están en
préstamo.
—Pero su compañero me los prestó… ¡Arg!
—Fue un error. Esos ejemplares requieren de unos cuidados especiales.
—Tranquila, se vienen a dormir conmigo todas las noches. —Oí la ironía
pese al ruido de fondo y me armé de paciencia para no enviarlo a donde se
merecía.
—Está incurriendo en un delito y si no entrega los libros…
—No voy a entregarlos —me interrumpió y su voz sonó firme como
aquella sentencia declarada.
Por un instante, me quedé en silencio y aquel calor vengativo me abrasó
las mejillas. Claro que iba a entregarlos, y encima le haría pagar su
impertinencia. Y, casualidad o no, muy pronto encontraría el modo.
PDI
Personal Docente e Investigador
1. Profesional de la enseñanza o, en otras palabras, aquel que va a
llevarte a septiembre si no estudias lo suficiente.
2. Moroso que no devuelve los libros a tiempo.
CAPÍTULO 3
Gideon
Oí el ruido proveniente del salón y supe que no estaba soñando. Me
incorporé en la cama sin que me diera tiempo a saber qué estaba ocurriendo
y busqué el móvil entre las sábanas. Para mi sorpresa, me encontré la
camiseta del Capitán América debajo de la almohada cuando la luz de la
pantalla alumbró la tenue habitación. Joder, Ezra había estado durmiendo en
mi cama, el muy miserable.
—No jodas —siseé y me puse en pie. Iluminé con la linterna del móvil
hasta que salí al salón y unos perceptibles rayos de luz se filtraron por las
rendijas de la persiana. No debían ser ni las diez. El gruñido de lo que
parecía un animal rabioso no tardó en llegar y maldije a Ezra, de nuevo, por
si el cretino había dejado la puerta del patio entreabierta anoche—. ¿Qué
cojones…?
Encendí la luz y aprecié los diminutos colmillos de aquel chihuahua que
me daba la bienvenida a casa. Estaba en el centro del salón, haciendo honor
al mote que Ezra y yo le habíamos puesto, y comprendí que los trozos de
papel que El Pequeño Caníbal había triturado con esmero eran, ni más ni
menos, que mis anotaciones del Proyecto de Investigación. Joder, había
estado escribiéndolas durante tres meses.
—¡Coloso, suelta eso!
Me apresuré a atraparlo, pero el animal no estaba por la labor de
colaborar. En mi intento por arrancarle una de aquellas páginas, me enseñó
los diminutos colmillos como advertencia. Era curioso cómo una de las
razas más pequeñas del mundo y con aquella cabecilla en forma de
manzana pudiera albergar tanta mala leche en su interior. El Pequeño
Hannibal Lecter del Barrio Golden era una celebridad entre los vecinos.
—En serio, pequeñín, vamos a llevarnos bien…
El gruñido se hizo más evidente.
—¿Quieres comida? ¡Venga, te doy una loncha de pavo si sueltas el
índice!
Coloso rabió más fuerte.
—¡Maldito perro! —le solté sin tapujos.
No iba a quedarme de brazos cruzados ni a presenciar cómo mi borrador
con anotaciones del proyecto pasaba por la trituradora canina. Tenía un
plazo límite para entregarlo y, aunque no había ni empezado, no tenía
intención de dejar que aquel aliado de Lucifer hiciera trizas el borrador
frente a mis narices. De hecho, no había permanecido fuera durante tres
meses para que el jodido perro de los vecinos me recordara aún más lo
desgraciada que era ya mi vida.
—¡Joder, ahora no! —El móvil vibró y un Freddie Mercury comenzó a
cantar su Somebody to Love mientras yo trataba de aplacar la rabia del
animal—. ¡Estate quieto; buen chico!
Llegué a la mesa del salón y descolgué el teléfono. Quien estuviera al
otro lado debía esperar a otro momento. Agarré el mando de la televisión y
lo agité en alto a medida que conseguía la atención de Coloso. Al menos, el
animal había dejado de rasgar los folios, y eso ya era mucho pedir.
Teniendo en cuenta que en nuestro primer encuentro aquel canino del
infierno se había colado a través de la puerta del jardín y me había
destrozado el brazo del sofá… ya podía imaginar la suerte que correrían mis
anotaciones.
Freddie Mercury volvió a sonar, y esta vez llegué incluso antes para
silenciarlo. Jugueteé en el aire con el mando y, al fin, Coloso se desquitó
para dedicarme su plena atención. Contemplé aquellos ojos, a la búsqueda
de una nueva presa, mientras el perro se acercaba con expectación y
ocultaba los pedazos deshechos de papel debajo del sofá. Recobré la
esperanza de recuperarlos más tarde… o lo que quedara de ellos.
—¡Dios, por qué yo! —blasfemé, lleno de frustración, cuando Freddie
sonó por tercera vez—. No estoy interesado en ninguna publicidad.
Y ojalá un chihuahua de malas pulgas te destroce el borrador de tu
investigación que te ha llevado tres meses en el extranjero.
Estaba a punto de colgar cuando la voz femenina resonó por el auricular
como un relámpago en mitad de la tormenta.
—¡Espere! —gritó. ¿Desde cuándo los comerciales se tomaban tan en
serio la captación de clientes?—. ¡No cuelgue o volveré a llamarlo de
nuevo!
—¿Quién es?
—Lo llamo desde la biblioteca del Cittadella College. ¿Es usted Vincent
Saliman?
—Sí, soy yo.
El ladrido furioso de Coloso me pilló por sorpresa y solté el mando sin
esperarlo hasta que este cayó en las redes del animal. No podía tener tan
mala suerte, y eso que estábamos solo a martes.
—¡Maldita sea, suéltalo! —bramé, e intenté recuperar el mando que ya
parecía el nuevo divertimento del chihuahua.
—Verá, tiene cuarenta libros en préstamo vencidos desde hace dos años.
—Escuché. Me acerqué a Coloso con la intención de salvar el pasatiempo
favorito de Ezra, mi inepto huésped, que no sabía cerrar las puertas, cuando
casi me llevo la primera mordida de la mañana—. Se los hemos reclamado
por carta certificada, pero nos ha sido devuelta al no encontrarse nadie en el
domicilio…
Ni recoger cartas era capaz de hacer el muy desgraciado. ¿Qué se
suponía que debía decirle a aquella bibliotecaria? «Oye, perdona, mi amigo
Ezra no ha recogido el correo durante el tiempo que he estado investigando
fuera, pero sí te puedo decir que ha estado durmiendo en mi cama… y vete
a saber qué más cosas. Aunque ahora no es buen momento para esta
conversación, ya que El Pequeño Caníbal de mis vecinos ha decidido
triturar el mando de la televisión».
—Sí, he llegado hace unos días… —Omití el resto del relato con la
esperanza de que la bibliotecaria dejara de molestar y presencié cómo
Coloso hincaba el colmillo en uno de los botones—. ¡Que lo sueltes, joder!
—¿Disculpe?
—Necesito los libros unos meses más para terminar mi tesis —respondí
con descaro. No iba a entregarlos ahora o no me dejarían volver a cogerlos
en préstamo. Los bibliotecarios tenían alguna especie de trauma con los
libros vencidos y, a juzgar por aquel resoplido que me llegó desde el
auricular, me había ido a topar con la peor de todas—. No los puedo
devolver ahora o tardaré siglos en poder conseguirlos de nuevo.
—No sé si me he explicado bien —insistió ella. Estupendamente—. Pero
tiene que devolverlos cuanto antes. Además, tiene tres libros del Fondo
Antiguo que no están en préstamo.
—Pero su compañero me los prestó… —Arrugué el ceño ante aquello y
casi atrapo el mando de las fauces de Coloso. Grité de dolor cuando recibí
otra de sus embestidas. Aquel perro debía ir a terapia.
—Fue un error. Esos ejemplares requieren de unos cuidados especiales.
—Tranquila, se vienen a dormir conmigo todas las noches —le dije con
sarcasmo.
Cuando la voz de la bibliotecaria volvió a hablar, supe que algo en su
tono había cambiado. Un hilo de advertencia manaba de ella, como para no
darme cuenta.
—Está incurriendo en un delito y si no entrega los libros…
—No voy a entregarlos —anuncié de forma tajante, y supe que la había
cabreado del todo—. No por ahora.
Suspiré en alto e intenté suavizar mis palabras, pero comprendí que ya no
serviría de nada. Justo en ese instante me había convertido en el blanco de
la diana de un chihuahua agresivo y de una bibliotecaria colérica.
—Escuche, Saliman. Me encantaría pegarle una patada en su arrogante
trasero, pero perdería mi puesto de trabajo. No obstante, haré todo cuanto
esté en mi mano para que esos libros regresen a la biblioteca —contestó.
Me quedé pasmado en mitad del salón y casi esbozo una sonrisita burlona.
—Eso roza el acoso —insinué con aire chulesco. Sabía que me había
lanzado un farol, pero quería descubrir hasta qué punto estaría dispuesta a
llegar.
—Si hace que los devuelva, asumiré el riesgo.
—No he dicho que no lo vaya a hacer, sino que lo haré más tarde.
Oí la risa amarga al otro lado de la conversación.
—¿No le parece ya suficiente el tiempo que ha tenido?
—La verdad es que no —ironicé, y sabía que mi actitud la haría enfadar
aún más. Lo que no comprendí en ese momento era que, en el futuro, lo
pagaría caro por mi impertinencia—. ¿Ha visto el grosor de alguno de los
manuales?
Se produjo un silencio, únicamente interrumpido por los gruñidos de
Coloso, que destrozaba el mando de la televisión sin contemplaciones.
—La biblioteca de Cittadella no acostumbra a tratar con morosos de su
alcance, aun así, tomaremos las medidas oportunas hasta que cumpla con su
deber y nos devuelva los libros. En este caso, no puedo decir que haya sido
un placer —dijo. No me dejó ni responder—. Buenos días.
—Tú tienes la culpa —le recriminé a Coloso y dejé que triturara el
mando a su antojo mientras alzaba las manos al cielo en señal de derrota—.
Está bien, te llevaré a casa antes de que decidas cambiar de opinión y me
destroces algo más.
No obstante, Freddie sonó por cuarta vez y, si aquel martes infernal tenía
pensado mejorar en algún momento del día, no sería en aquel instante.
—¿Ahora es cuando piensa patearme el trasero? —ironicé, pero no fue
aquella bibliotecaria la que me respondió.
—¿Gideon?
Su voz me heló la sangre de golpe. ¿Cuánto tiempo hacía que no la
escuchaba? Repitió mi nombre, esta vez con voz quebrada, como si en el
fondo no creyera que le hubiera atendido la llamada.
—Gideon, por favor, respóndeme. Solo quiero hablar contigo.
Se produjo un silencio. Mantuve la promesa que me había hecho a mí
mismo con respecto a ella. No sería tan estúpido de nuevo.
—Yo… sé que has vuelto a Cittadella… —susurró. Maldito, Ezra. Lo
mataría en cuanto lo viese—. No deseo que acabemos así, no… Por favor,
Gideon, ven a casa.
Y, de nuevo, mi nombre fue lo último que oí cuando colgué.
—Esa ya no es mi casa —le respondí, sabiendo que ya no lo escucharía.

***
El Barrio Golden era, ante todo, un hervidero de estudiantes; de ahí que
lo llamaran el Barrio de los Universitarios. Podías ir a comprar el pan y, a la
vez, encontrarte a tu alumno de tercero con una resaca del quince mientras
agotaba la existencia de churros del negocio de los Sanderson. Y todo esto
en un día cualquiera. Era como revivir la juerga universitaria, pero en
calidad de espectador.
En los últimos años, el Golden había crecido de forma considerable. La
mayoría de los propietarios de las características casas adosadas con jardín
habían decidido trasladarse a otras zonas más familiares y alquilar las
viviendas a los universitarios. De ahí que solo vivieran pocas familias en el
barrio. La predilección de los alumnos por el lugar se debía, principalmente,
a la cercanía del campus; razón por la que muchos invertían sus ahorros o
parte de sus becas con la finalidad de formar parte del entramado del
Golden. Vivir en él proporcionaba una especie de estatus dentro de la
comunidad del Cittadella; era algo así como pertenecer al equipo campeón
de baloncesto sin haber jugado un partido en la vida. A cambio, solo debías
pagar parte de tu sueldo de profesor para sentar tu bonito trasero en el
banquillo.
—Calma, chico.
Coloso ya parecía dispuesto a atemorizar al pobre gato de los Collins
cuando pasamos cerca de la ventana donde solía acicalarse. Eran las doce
de la mañana y todavía no había hecho nada productivo después de que El
Pequeño Caníbal se hubiera colado en mi casa para trastocarme el martes.
Me dirigí hacia el campus, donde dejaría, de paso, a Coloso con sus dueños
y, más tarde, me dedicaría a preparar las clases del resto de la semana.
Rodeé la esquina y bajé por la avenida principal que unía el Barrio
Golden con el campus universitario y sujeté con fuerza la correa de Coloso
por si el condenado Hannibal Lecter me la jugaba una vez más.
Era la primera vez que pisaba el campus desde que había regresado del
viaje y ya tenía la sensación de que aquel curso sería distinto al resto. No
podía negar que me abrumaba la sensación de estar allí de nuevo. La
majestuosidad de aquella fortaleza llena de conocimientos me había dejado
alucinado desde el minuto uno en que había puesto un pie en la universidad
como profesor sustituto del Departamento de Literatura.
Y, más aún si cabe, este año se presentaba como el más emocionante y,
por qué no, acojonante de todos, ya que impartiría la asignatura de
Literatura y Artes en uno de los nuevos másteres ofertados para el curso
académico del Cittadella College: el de Estudios Literarios. Durante varios
años había trabajado codo con codo junto a Ezra, planificando al detalle la
programación del máster, y no iba a negar que estaba jodidamente
ilusionado por dar comienzo a las clases.
—¡Gideon!
Me di la vuelta y me preparé para cometer el asesinato que debía haber
llevado a cabo hacía tiempo. Le dediqué una mirada aniquilante al imbécil
de mi amigo que, por si no tenía suficiente, también era el director del
máster.
—Ni te acerques.
—He visto tu mensaje ahora… —dijo. Su inconfundible color
anaranjado rojizo se podía apreciar a una legua de distancia—. ¿Qué haces
con El Pequeño Caníbal?
—Tienes que comprar un mando nuevo —le espeté.
—No jodas.
—Ahora que lo dices, ¿es eso lo que has estado haciendo en mi cama?
Ezra se echó a reír.
—Vamos, tío, soy decente —se justificó—. Es solo que la televisión del
cuarto no funcionaba y no iba a perderme el partido. Y ya sabes… el sofá
del salón no es tan cómodo.
Tomé aire en un intento por serenarme. Este martes no podía mejorar.
—Tengo que dejar a El Pequeño Caníbal con los Palmer, pero te meteré
esa patada en el trasero en cuanto tenga oportunidad. ¿Qué pasa ahora?
—Reserva dos patadas.
—¿Qué has hecho?
—Digamos que este verano he conocido a una chica…
—Querrás decir desde que me fui de viaje.
—Pues eso: todo el verano. —Se encogió de hombros y se ajustó las
gafas de sol—. Es guapa, inteligente y tiene la risa más contagiosa que he
visto nunca.
Elevé los ojos al cielo.
—Ezra, eso dices de todas.
—No… en serio, esta chica es distinta.
Debía reconocerle los casi dos meses que llevaban viéndose, pero
conocía a Ezra mejor que a mí mismo y aquello no tenía futuro. Mi amigo
era un seductor nato y «promiscuo» era su segundo apellido.
—¿Distinta en el color de pelo? —ironicé, y de inmediato recibí el
impacto de su puño en mi brazo.
—Me gustaría que la conocieras.
—No.
—Ya he planeado una cita.
—No quiero saberlo. —Apreté la correa de Coloso.
Ezra me siguió los pasos.
—Tengo dos malas noticias y una buena que darte y las soltaré antes de
que me lances a El Pequeño Caníbal, pero tengo coartada —comentó. Me
detuve para observarlo con cierta inquietud. Hizo una seña con la mano y
entendí que los jardines del campus estaban llenos de estudiantes, por si
decidía llevar el plan a cabo—. La he invitado a cenar mañana… —Se
mordió el labio, inquieto—. Y es alumna del máster —empezó. Yo abrí la
boca, pero él me detuvo—. Eh, eh… no he acabado —me cortó. Ah, que me
reservaba lo mejor para el final—. A cambio, y con el beneplácito de todos,
organizarás la exposición de este año.
Parpadeé.
—Le toca al Departamento de Literatura. Es una excelente oportunidad
para conseguir puntos de méritos y confiamos en que harás un buen trabajo.
—Tengo una tesis y un proyecto de investigación que entregar, Ezra.
—¿No es lo que buscabas? —dijo. Noté la sutileza en sus palabras—. Te
embarcaste en el proyecto de investigación y te quitaste de en medio
durante el verano para… bueno… para no pensar.
—Porque estaba atascado con la tesis y no quería encerrarme en casa.
—Escucha. Acepta este proyecto… Durará apenas dos meses y cuentas
con mi apoyo incondicional y con la colaboración de la biblioteca —me
propuso y dejó caer sus manos en mis hombros en su intento por
convencerme—. Es más, le he pedido a la directora de la biblioteca que te
asigne a alguien competente, que no hable y que apenas respire. —Me
lanzó una sonrisita.
—Idiota.
—Ya verás, trabajarás a gusto y, mientras investigas, podrás internarte en
la sala de exposiciones sin que nadie te moleste, como un buen ermitaño —
comentó. Pensé en la idea. Ezra pareció leerme el pensamiento y me
reservó la última razón definitiva por la que aceptaría para el final—: La
autoría sería exclusiva para ti y ya sabes lo que eso significa: notoriedad
entre la comunidad y divulgación de tu trabajo.
—Tiene que haber una letra pequeña.
—No la hay, te lo prometo.
—Te juro que te patearé hasta que me canse.
Se dio la vuelta para concederme el deseo.
—Venga, hazlo.
—Ezra.
—Haré realidad tus fantasías eróticas.
—Está bien, pero el mando lo pagas —le ladré a regañadientes, y Ezra se
irguió con la satisfacción de un trabajo bien hecho—. Voy a llevar a Coloso,
nos vemos luego.
—Acicálate un poco —bromeó.
—Vete a la mierda —exclamé.
—Con la sonrisa tan bonita que tienes, cariñín.
Bibliotecario, ria
Del lat. bibliothecarius.
Profesional de las bibliotecas o ratón de biblioteca que custodia libros
maravillosos y se asegura de que los entregues a tiempo.
CAPÍTULO 4
Ruby
La segunda planta de la biblioteca estaba desierta cuando llegó la hora del
almuerzo. Era el momento ideal para colocar los libros devueltos sin que se
produjera riesgo de aglomeraciones en el mostrador de préstamo. Celeste se
había quedado en él mientras yo me dirigía hacia la sala de estudio de dicha
planta, donde debía reubicar una veintena de ejemplares. Adoraba ese
instante en que los libros regresaban a su lugar y la balda se llenaba de vida
de nuevo. No todo el mundo lo entendía, claro.
De pequeña solía pensar que los libros residían en comunidades y que
algunos de ellos se separaban para ir de vacaciones, porque eso era lo que
hacían cuando se tomaban en préstamo y se llevaban a casa. Imaginaba que
esos libros se aventuraban en hogares nuevos y hacían disfrutar, con su
sabiduría, a los anfitriones durante días para luego regresar a casa con
multitud de anécdotas para contarles al resto de los compañeros.
Ya de niña solía tener una imaginación desbordante, pero puede que esa
mente despierta y soñadora me hubiera salvado de la cotidianidad del día a
día después de todo. Agradecía cada libro que había llegado hasta mí, ya
que precisamente habían sido ellos los que me habían arropado durante los
años en que la vida había pesado un poco más de lo habitual. Asumir la
muerte de mi hermana Charlotte no había entrado en mis planes; ni en los
míos ni en los de nadie… Menos en los de Margot que había perdido a su
madre. Por esa razón, los libros nos habían salvado. Nos habían liberado, en
ocasiones, de ese dolor que llegaba y nos dejaba con un vacío
descorazonador.
La ausencia de Charlotte nos había dejado fuera de combate los primeros
años, pero los Ricaldi estábamos hechos de una pasta distinta, como solía
decir la abuela, y la presencia de Margot había significado una razón más
para seguir adelante. Sobre todo, cuando mi sobrina era la viva imagen de
mi hermana mayor.
—Ruby, querida, ven un momento.
Detuve el carrito en mitad del pasillo cuando la directora asomó la
melena rubia desde el umbral del despacho. Si tenía la intención de
comunicarme que no me encargaría del Centro de Interés, ya iba tarde. Y si
deseaba que me pusiera las pilas con las reclamaciones, la informaría de
que horas antes había amenazado al pez gordo de los morosos con patearle
el trasero si no entregaba los que tenía.
Puse mala cara cuando recordé la desagradable conversación telefónica.
El muy imbécil me había soltado que no tenía pensamiento alguno de
liberarlos, de modo que le había mentido con lo de ir por la vía legal si no
los entregaba. Lo máximo que podíamos hacer desde la Biblioteca era
llamar al telefonillo de su casa cada noche hasta que cediera o se mudara de
ciudad.
Detestaba a los morosos, pero este se había coronado.
—Siéntate, Ruby —me indicó Dorotea cuando entré. Hizo un gesto con
la cabeza para que cogiera algunos caramelos—. Quería hablar contigo
antes de marcharme.
Recé para que no hubiera instalado micrófonos en los teléfonos.
—Como ya sabrás, Palladino se encargará de organizar el Centro de
Interés de Novela Negra —me reiteró, y probé el amargo sabor de la
derrota, otra vez—. Quería decirte que me gustó tu propuesta sobre Novela
Romántica, es por esto que vengo a proponerte un nuevo proyecto.
Me negaba a ser la becaria en prácticas de Palladino.
—La biblioteca siempre colabora con la universidad en la exposición
anual y el Departamento de Literatura será el encargado de llevarla a cabo
este año —me explicó. Dorotea percibió el brillo de expectación en mi cara
—. Palladino y yo estamos de acuerdo en que, tanto el investigador como
tú, haréis un trabajo excelente.
—¿Qué tengo que hacer?
—La biblioteca siempre se ocupa de la parte del diseño y el montaje de
la exposición; digamos que nos encargamos de la parte más técnica —
continuó. Vamos, que sea la becaria en prácticas del investigador de turno
—. El investigador se encarga de la parte científica, ya que por lo general es
el especialista en la materia.
—Pero… ¿y si a la biblioteca se le ocurre una idea mejor?
Dorotea esbozó una sonrisa silenciosa.
—Son los investigadores los que cuentan con años de estudio.
—Pero el espacio es nuestro —rebatí con cierta obstinación.
—Eso es cierto, y por eso estás aquí.
Vale, eso ya sonaba mejor. La expresión de Dorotea indicaba que iba a
pedirme algo extraoficial y no había nada que me gustara más que
reivindicar el lugar que la biblioteca merecía en el campus.
—Soy toda oídos.
—Como bien dices, la sala de exposiciones pertenece a la biblioteca, y
este proyecto sería una oportunidad ideal para involucrarnos más en la
organización. —Dorotea me lanzó una mirada significativa—. No voy a
engañarte, solo hay un comisario de arte, pero merecemos el mismo
reconocimiento que los departamentos; no solo por la ayuda prestada, sino
por la implicación en el proceso. ¿Me explico?
—¿Y si el investigador se opone?
—Tengo entendido que el investigador no será un problema. Así que
puedes exponerle tus ideas y llegar a un acuerdo para trabajar de forma
conjunta en la elección del tema y en la selección del catálogo.
Genial.
—Palladino te explicará el resto —me informó, y di por finalizada la
reunión—. Una cosa, Ruby… ciertos investigadores no llevan bien que
alguien externo les diga cómo organizar su exposición, de modo que sé
delicada.
—«Delicada» será mi segundo nombre a partir de ahora… Ruby la
Delicada.
—Estoy convencida de que la exposición de este año será un éxito.
—Lo será.
Y qué lejos estaría de serlo. Claro que no lo sabía en este momento.
Al final de la jornada, Celeste me abordó en la taquilla para notificarme
—sí, ya que podía considerarse una orden— que sus padres llevaban tiempo
sin verme y, como buena hija adoptiva, contaban conmigo para el
tradicional almuerzo de inicio de curso.
—¿Entonces te encargarás de la exposición? —me preguntó Celeste de
camino a casa de sus padres.
—Técnicamente, tengo que ser encantadora con el investigador para que
me deje participar activamente en el proyecto. —Hice una mueca teatral
para que viera mi expresión angelical—. Dorotea quiere que la biblioteca
goce del mismo reconocimiento, ya que somos nosotros quienes prestamos
el espacio para que los investigadores puedan lucir sus años de estudio y
trabajo de cara a la galería.
—¿Y cuándo conocerás al investigador?
—Puede que esta semana, o eso me ha comentado Palladino.
Celeste carraspeó en alto y se ajustó las gafas de sol mientras
cruzábamos la avenida en dirección al Barrio Golden donde vivían sus
padres.
—Hablando de Palladino… ¿por qué no te ha comentado que te habían
elegido para este proyecto?
Me encogí de hombros.
—Ya sabes que no le gustan las muestras de afecto, a lo mejor pensaba
que me iba a tirar a sus brazos.
Y así habría sucedido. La ilusión por comenzar esta exposición y
ponerme a prueba en este ámbito profesional me había hecho mantenerme
con una sonrisa durante el resto del día. Mi mente se había puesto a trabajar
de inmediato y ya tenía varias propuestas para la temática de la exposición.
—Es un hombre raro.
—¿Eh? —Aterricé de mi tertulia mental para prestar atención a las
palabras de mi amiga—. ¿Palladino?
—¿Quién si no?
—No sé… es Palladino.
—¿No te parece raro que no sepamos nada de su vida personal?
—Le gusta el café solo, tiene alergia a los pelos de gato y consume tal
cantidad de documentales de true crime que no es de extrañar que algún día
la policía le pida ayuda para resolver algún caso.
—¿Crees que tiene pareja?
—Es más que probable que tenga un cadáver oculto en casa, Celeste. —
La miré con cierta curiosidad mientras el Barrio Golden nos daba la
bienvenida.
—¡De eso se trata, rubí! —Ya empezábamos. Tan solo me llamaba así
cuando Celeodiosa, su versión oscura, pasaba a la acción—. ¿Cómo
sabemos que es de fiar?
—Celeste, sé que venir a casa de tu familia te da ansiedad, pero que creas
que Palladino es un asesino en serie es pasarse de nivel.
Se dio la vuelta y caminó hacia atrás el resto del trayecto a casa de sus
padres. El vaivén de su melena, de un color naranja cobrizo, se movió al
compás de sus pasos en un movimiento casi hipnótico.
—No sabemos prácticamente nada de su vida y eso es raro, te guste o no.
—Pero, ¿qué te ha dado hoy con el pobre de Palladino?
—Es raro.
—Eso ya me ha quedado claro.
Entramos en el jardín y cruzamos el camino de la entrada.
—Voy a proceder.
Me paré en seco y puse las manos en alto, rogándole clemencia.
—Por lo que más quieras, deja a Celeodiosa a un lado.
—En serio, Ruby, confías demasiado en él —me recriminó y rebuscó en
su bolso las llaves de casa mientras alcanzaba el pomo de la puerta—. Te
oculta que vas a ser la encargada de organizar la exposición y luego te roba
la oportunidad de montar el Centro de Interés… Por no mencionar que, si
Dorotea descubre que hay tres libros perdidos del Fondo Antiguo, ¿sabes
quién tiene las de perder? —Hizo una pausa y me dedicó un gesto
acusatorio con la mano—. ¡Tú!
—¿Yo por qué?
—Espabila, amiga… ¡Te ocupas de las reclamaciones!
—Ni que yo hubiera hecho el préstamo de esos libros.
—¡Eso dará igual!
—Palladino no haría algo así.
Soltó una risotada incrédula.
—¡Ja! ¿Y por qué vas a apostar por él si ni siquiera sabes si tiene
hermanos?
—¡Yo te expulso de su cuerpo, Celeodiosa! —invoqué, alzando las
manos para que la versión Darth Vader 2.0. saliera del cuerpo de mi amiga.
—Lo voy a hacer —amenazó y la di por perdida. Esperé a que abriera la
puerta. El olor a lasaña nos recibió de lleno. ¡Santo Dios, qué bien olía!
—Te meterás en un lío como la última vez que procediste —recalqué lo
último.
—Pues gracias a ello la pobre de Lilibeth tiene hoy día estabilidad
emocional.
Flora, la madre de Celeste, apareció por el hall para darnos la bienvenida.
Era una copia idéntica de su hija, solo que más bajita y sin las dos versiones
antagónicas del ángel y el demonio conspirando sobre sus hombros.
—¡Ya están aquí mis chicas!
Nos estrujó entre sus brazos hasta dejarnos sin respiración.
—¡Mamá, no podemos respirar!
—No seáis quejicas, aguantad un poquito. Llevo mucho sin veros.
—Me viste la semana pasada, mamá.
—Pero a Ruby no. —Me guiñó un ojo cuando se separó de ambas y me
apretó la mejilla con efusividad—. ¿Qué tal estás, cariño?
—Lista para saborear la lasaña de Rob. ¿Dónde está tu marido, por
cierto?
Flora aplaudió con entusiasmo y, segundos después, nos hizo una seña
para que la siguiéramos hasta el hueco de la escalera. Aquel era el sitio
donde la familia de Celeste creía oportuno soltar alguna bomba. Todo
cuanto necesitaras conocer o decir pasaba por ese lugar, como años atrás
cuando Rob había querido saber si su primogénita salía con alguien.
Todavía me acuerdo de su cara de alivio cuando le había contado que nos
mantendríamos en la soltería eterna hasta que Rígida la Terrible nos
aprobara.
—Tenemos visita. —Bajó el tono y señaló con el dedo hacia el comedor.
No supe por qué razón lo que contaría a continuación me causaría risa.
La familia de Celeste tenía el don para mantenerme entretenida con sus
historietas.
—¡Qué vergüenza, chicas! Tu padre se quería morir esta mañana…
—¿Qué habéis hecho? —Celeste ya estaba curada de espanto en lo
relacionado con su familia. Yo, como buena cotilla, esperaba con ganas lo
que tuviera para relatar.
—El perro se escapó anoche y se coló en la casa del vecino —confesó
con una risita entre dientes y Celeste puso el grito en el cielo—. Shh… ya
lo sé, cariño. El caso es que ha destrozado el trabajo de investigación del
pobre chico y tu padre se ha comprometido a imprimirlo y encuadérnarselo
gratis. Además, también se ha comido el mando.
—¿QUÉ?
—El mando de la televisión… ya sabes, no le ha dejado ni un botón.
—¿QUÉ?
Aguanté la risa.
—Y, para colmo, intentó morder a Wiskis, el gato de los Collins. —Flora
se llevó la mano a la frente con cierto fastidio—. Mañana tendré que
aguantar las quejas de Margarita por lo sucedido con el perro.
A mi lado, Celeste cerró los ojos en un intento por serenarse.
—Dime que papá no ha invitado al vecino a comer lasaña.
—¿Qué querías que hiciera, cariño? El perro ya se ha colado varias veces
en su casa y podemos dar gracias de que no nos denuncie.
—¿Está aquí? —curioseé.
—Está hablando con el abuelo en el comedor. —Flora hizo un amago de
sonrisa antes de que Celeste la fulminara con la mirada—. Tu padre está
esmerándose en hacer la mejor lasaña de bienvenida de la historia.
—Mamá, dime una cosa: ¿soy adoptada?
—¿Qué vas a ser adoptada? Tienes la misma mala leche que mi suegra.
Mi risotada debió alertar al Pequeño Caimán», ya que estaba
olfateándome las zapatillas en cuanto me quise dar cuenta. Al segundo,
recibí el gruñido de cortesía.
—¡No gruñas a Ruby, perro malo! —lo regañó Flora cuando el animal
me enseñó los colmillos y gruñó con la intención de dejarme claro que no
me guardaba ni siquiera un poquito de cariño después de todos estos años
—. ¡Al patio, ya!
—¡Coloso, al patio! —le ordenó Celeste y el animal obedeció enseguida.
—Solo a ti te teme.
—Es un perro inteligente —dije—. Sabe que despertaría a la temida
Celeodiosa.
Flora se echó a reír ante esto y nos instó a ir al comedor.
—Vamos, anda, os presentaré a los chicos.
—¿Ah, pero que hay dos? —Celeste torció el gesto y su madre la arrastró
hacia la habitación mientras la acallaba con la mano—. El otro es el amigo
con el que comparte la casa.
—¿Cómo es posible que sepas ya todo eso, mamá?
—Se lo han contado al abuelo. Yo no tengo la culpa de que el oído sea el
sentido que mejor he desarrollado, cariño.
Celeste me pidió auxilio con la mirada y me encogí de hombros. Si algún
día tenía una familia propia, me encantaría que fuera como los Palmer:
divertida y un tanto alocada. Tenía predilección por cada uno de ellos, pero
mi Palmer favorito era, sin lugar a duda, el abuelo. El pescador octogenario
que se había pasado la vida en el mar y que ahora me correspondía con una
sonrisa de oreja a oreja al verme entrar por la puerta del comedor. Le guiñé
un ojo antes de abrirme de brazos.
—Y aquí está el mayor tesoro que encontré en la mar —dijo en alto y me
rodeó.
—Oh, vaya, abuelo, espero ser yo el segundo. —Celeste se cruzó de
brazos.
—Tú eres mi brújula, Celestita.
—Pelota.
—¿Cómo estás, capitán? —le pregunté.
—Flora me ha puesto a dieta y llevo comiendo verde toda la semana…
—se quejó mientras señalaba a su hija con disgusto y me miraba con gesto
teatral—. ¿Tú crees que un viejo merece pasar estas penurias para lo que le
queda en el convento?
—Oh, venga, papá… No te quejes, ya sabes lo que dijo el médico.
—Puedo mostrarle al medicucho ese cómo destripábamos a los
salmones…
—¡Abuelo! —Celeste puso el grito en el cielo ante aquello.
Empecé a reír y el capitán me devolvió una mirada de complicidad. En
cambio, Flora se apresuró a cambiar de tema antes de que su hija
desfalleciera ante los insolentes comentarios del abuelo. Desde que había
entrado en la vida de los Palmer siempre había creído que Celeste había
heredado toda la sensatez que le faltaba al resto. Tal y como había dicho el
capitán antes: mi mejor amiga era la brújula que los orientaba a todos.
—Celeste, Ruby… Os presento a Ezra y…
—Mi amigo está hablando por teléfono, Flora —se disculpó el chico
pelirrojo que teníamos enfrente con una sonrisa educada mientras nos
plantaba un beso en la mejilla a cada una—. Soy Ezra, el otro vecino que ha
sufrido los azotes del temible Coloso.
—Bienvenido al club de los haters de Coloso —bromeé.
—¡Pero si Coloso te adora, rubí!
—Adoraría hincar sus colmillos en mi trasero, Flora. Por eso soy de
gatos.
—Oye, bonita, CDU tiene más mala leche que cuatrocientos Colosos
juntos.
—Si CDU te adora, traidora —le espeté a Celeste por este cambio de
bando.
—Me adora porque le doy lonchitas de pavo cuando estás en el baño.
—¡Mala pécora!
—¿CDU? —intervino Ezra sin dejar de sonreírnos en su intento por
entender.
—Somos bibliotecarias —le explicó Celeste con el deje de orgullo que
empleaba en todo lo relacionado a nuestra profesión—. El nombre es el
guiño a un término bibliotecario.
—Clasificación Decimal Universal. —Lo saqué de dudas—. Pero en el
caso de mi gata también serviría Caprichosamente Diva y Única.
Ezra se echó a reír.
—Está claro que ahora necesito conocerla —dijo.
—Es una monada… una bebé peludita, adorable y achuchable —entoné
con la voz de una madre orgullosa y saqué el móvil del bolsillo para
presumir de hija—. Mira. ¿Es o no es guapa?
Le enseñé la fotografía de la pantalla de desbloqueo donde CDU posaba
como la bendita reina que era. Los dos neones esmeraldas que tenía por
ojos destacaban entre el pelaje de una tonalidad grisácea. Sabía que podía
no ser objetiva, pero tenía una gata preciosa.
—Sí que lo es. —Asintió Ezra.
—Dale un poco de tiempo y dominará el mundo.
—¡¿Esa que escucho por ahí es Ruby?! —gritó Rob desde la cocina y
Flora me instó a que fuera a su encuentro—. ¿Por qué no ha venido a
saludarme?
Esbocé una sonrisa cuando lo encontré ataviado con su habitual delantal
de flamenco a la espera de verme aparecer en cualquier instante. Se separó
del horno y me abrazó con fuerza.
—¡Ven aquí, mujerzuela!
—Dime que sacarás pronto esa delicia —le supliqué, refiriéndome a la
lasaña.
—En nada estará lista. ¿Ya te ha contado Flora lo ocurrido?
—Coloso no para de hacer amigos. —Me reí y Rob resopló en alto.
—Ese condenado perro acabará conmigo. No es la primera vez que se
cuela en casa del pobre chico, y la última vez le destrozó el jardín —
confesó, casi avergonzado, y se palpó la barba con inquietud a medida que
contaba las peripecias de El Pequeño Caimán—. Flora tardó una semana en
arreglarle el estropicio y hasta le regó las flores a modo de disculpa durante
el tiempo que estuvo de viaje… Pero no sé por qué Coloso la ha tomado
con él de esta forma.
—A lo mejor tu vecino es un odioso de los perros y Coloso lo ha
descubierto.
—Puede… aunque creo que más bien es alergia.
La voz de aquel desconocido me puso en alerta.
Me mordí el labio cuando intuí que el vecino había entrado por la puerta
trasera y me había pillado bromeando a su costa. Busqué la mirada de Rob
para ver el alcance de mi metedura de pata antes de dar media vuelta y
conocerlo. A veces tenía ese don de ser una bocazas, pero no lo hacía a
propósito. Existían personas con un carisma natural y luego había gente
como yo: con la capacidad para abrir la boca y que alguien quisiera taparla
con un esparadrapo. Pero, en el fondo, seguía siendo igual de adorable que
mi gata.
—Te presento a Ruby —se adelantó Rob y me salvó del apuro.
Tuve la intención de darle un beso en la mejilla, pero él ya estaba
ofreciéndome la mano para que se la estrechara. Me quedó claro que mi
inoportuno comentario no le había hecho gracia en absoluto.
—Soy Gideon, el odioso de los perros.
—Bueno, al menos no eres un odioso de los gatos. —Sonreí para quitarle
hierro al asunto en mi intento por empezar de nuevo.
Y, ahí, justo en ese instante, mientras observaba esos profundos ojos de
color avellana y la expresión pétrea que acompañaban, supe que me había
ganado la enemistad del atractivo vecino de los Palmer.
Definitivamente, el martes no podía ir a peor.
Biblioteca
Del lat. bibliothēca.
Santuario de libros.
CAPÍTULO 5
Gideon
—Bueno, al menos no eres un odioso de los gatos —me soltó.
Entorné los ojos cuando la vi sonreír, casi avergonzada, como si hubiera
soltado lo primero que le hubiera pasado por la cabeza y se hubiese vuelto
consciente de ello. El rubor en sus mejillas aumentaba a medida que mi
silencio se hacía más evidente. No sé por qué, pero verla en aquella
situación casi me hizo sonreír… casi.
—¡Eh, tío! ¿Sabías que Rob es un fanático de Marvel?
La presencia de Ezra en la cocina amenizó el ambiente.
—¡Por supuesto! ¿No os ha enseñado Flora mi colección de figuras?
—Gideon se lo ha perdido por tener el trasero pegado al teléfono.
Elevé los ojos al cielo en señal de respuesta.
—¡Flora, cariño, ven un momento! —gritó Rob.
—Tu mujer se encuentra conteniendo a El Pequeño Caníbal en el patio
para que no entre —comenté, y Ezra me alertó con la mirada—. Sin ofender
por lo de «caníbal».
La chica, a la que Rob había presentado como Ruby, soltó una risotada
ante el apodo que le habíamos puesto al pequeño Hannibal Lecter del
Barrio Golden.
—Al final sí que vas a ser un odioso de los perros —apostilló, burlona—.
Tranqui, yo en su día lo bauticé como El Pequeño Caimán del Golden.
—Lo jodidamente gracioso es que se llame Coloso —remató Ezra.
Ruby tenía una risa cantarina que acentuaba el hoyuelo de su mejilla
izquierda y que, innegablemente, resaltaba todavía más su característico
estilo: era evidente que su personalidad desenfadada se reflejaba en el color
menta de su pelo.
—Fue idea tuya, ¿verdad? —bromeó Ruby, y señaló al señor Palmer.
Rob levantó las manos en señal de rendición.
—A Flora y a mí nos pareció divertido.
—Ojalá Coloso hubiera sacado vuestro sentido del humor…
—Anda, graciosilla, ve y enséñale a Gideon mi colección de figuras —le
pidió y la empujó con delicadeza fuera de la cocina a medida que me hacía
una señal para que la siguiera escaleras arriba—. Ya sabéis que si robáis
alguna figura, El Pequeño Caníbal os encontrará.
—El seguro de vida es un regalo de cumpleaños ideal para sugerirle a tus
amigos si continúas de vecino de los Palmer —me dijo y subió los peldaños
que conducían a la segunda planta mientras yo le seguía los pasos. Llevaba
una camiseta blanca de manga corta que le marcaba la silueta a la
perfección y aprecié la tinta de un tatuaje en el interior de su brazo derecho,
pero no alcancé a ver de qué se trataba—. Ese perro tiene problemas de ira
y de ese burro no me bajará nadie.
—A lo mejor no soy el único odioso de los perros que hay por aquí.
Se dio la vuelta para echarme un fugaz vistazo y una risilla atrevida
afloró en su cara. Reparé en que la pared de las escaleras estaba cubierta por
una multitud de cuadros de distintos tamaños con fotografías familiares de
los Palmer.
—El primer día que conocí a Coloso me dejó sin zapatillas, literalmente.
—No esperaba menos.
—En serio, casi me amputa el dedo gordo del pie.
—La vida ya estaba dándote señales para que no volvieras, pero te hiciste
amiga de la hija.
—¿Por qué das por hecho que soy la amiga? —Noté la intención en su
pregunta.
—Si fueras la novia de Celeste, Rob ya le habría ordenado a El Pequeño
Caimán que te dejara con dos dedos menos.
Ruby me lanzó una mirada astuta.
—¿Cómo te has dado cuenta?
Me encogí de hombros.
—Es evidente que el hombre no está preparado para asumir que su única
hija salga con alguien.
—Mieeeeerda —exageró, de forma teatral, sin apartar la vista de mis
ojos—. Al final vas a ser de esos tíos observadores. ¿Has descubierto algún
secreto más?
—Sí, el caníbal te odia.
—Lo sabía. —Puso una mueca y se echó a reír.
Me fijé de nuevo en el hoyuelo izquierdo y en cómo se apreciaba con
claridad cuando la carcajada era más profunda. Era guapa y atractiva, y su
naturalidad era algo de lo que no podías escapar. Por regla general, no solía
ser tan hablador con la gente y ese era un reproche que Ezra me hacía a
menudo. No era un secreto que, en parte, era un tanto ermitaño… aunque
los últimos sucesos de mi vida me habían hecho serlo todavía más.
Pero esa risa contagiaría a cualquiera. Joder, Gideon, céntrate.
—¿Esta eres tú? —Carraspeé y cambié de tema cuando reparé en que me
había quedado mirándola más tiempo de la cuenta. Era un ermitaño, pero no
un bicho raro.
—Sí, en las vacaciones a Alemania de hace unos años —admitió. La
Ruby de la fotografía tenía el pelo más largo y de un color violáceo—. Ya
sabes lo que dicen: después de una ruptura o de un viaje debe haber un
cambio.
—¿Y creíste que ese cambio a mejor era el color menta? —la pinché.
—Por supuesto, el menta repele a los idiotas. —Me la devolvió.
De nuevo, casi me hace reír.
—¿Quiénes son?
—Los Palmer al completo. Esta de aquí es Diana, la intermitente novia
de Danny, el menor de los Palmer. —Señaló a la pareja de adolescentes que
estaban abrazados en el extremo de la imagen—. Si algún día los conoces y
te piden consejos de amor… huye. Este de aquí es Jason, el único Palmer
que no se irá de la lengua si le cuentas algún secreto. —Fijó sus ojos
celestes en los míos—. Porque debes ser consciente de que en esta casa
todo se sabe.
—¿Este es el capitán?
—El mismo —respondió. Su característico bigote era inconfundible. El
abuelo sostenía la mano de Celeste, la hija mayor de los Palmer y por la que
Rob sentía una absoluta devoción—. Celeste, Flora y Rob… ¿no crees que
Rob es un primo lejano de Mel Gibson?
—De Mel Gibson en El patriota, sí. —Asentí.
—¿De qué película hablábamos, si no? —se mofó, como si fuera una
obviedad.
—¿Y él? —pregunté acerca del chico de ojos oscuros que abrazaba a
Rob.
—Es Florian. Se lleva un año con Celeste.
—El ojito derecho de mamá —especulé.
—Así es.
—¿Y qué pega tiene?
—Ninguna.
El tono escueto de su voz, como si deseara subir las escaleras a prisa y
olvidarse de ese Palmer en cuestión, fue bastante revelador. Me erguí de
nuevo y le facilité la huida. Si esperaba alguna pregunta por mi parte, no
sucedería. Entendía bien las razones por las que alguien no deseaba hablar
sobre algo… Y estaba claro que ella no deseaba hablar de Florian.
Vi la indecisión de Ruby y su aprieto por un instante.
—Es solo que… —comenzó, pero la interrumpí.
—No se habla mal de un ex.
Ruby abrió los ojos ante la sorpresa. Y le hice un gesto para que subiera.
—Vamos, enséñame las figuras de Mel Gibson, pero el Gibson de El
patriota —le pedí.
Aquella expresión divertida regresó a su cara.
—Vas a alucinar.
Dio la vuelta y me dejó aquella panorámica de su trasero cuando empezó
a subir los peldaños con prisa. Apresuré el paso y recorrí el pasillo detrás de
su silueta hasta que se adentró en una de las habitaciones del fondo.
—¿Estás listo?
—Listo.
Ruby abrió la puerta y… por supuesto que no estaba listo para lo que
contemplé a continuación. Me llevé las manos a la cabeza, admirando cada
metro cuadrado de la sala. Había una estatua a tamaño real de Iron Man con
la Armadura Mark L que había llevado en Infinity War y con su
característica pose para lanzar sus rayos propulsores. Era una auténtica
maravilla, joder.
—¿De dónde ha sacado esto?
—Creo que la ha robado de Disneyland.
—Está loco —revelé, embriagado frente a tanto fanatismo desmesurado.
Luego, analicé cada estante de las tres estanterías enormes que
amurallaban las paredes: había una infinidad de Funkos, figuras y
colecciones de personajes no solo del universo Marvel, sino de El señor de
los anillos y Juego de tronos.
—No lo creo… qué jodido loco. —Me incliné sobre la vitrina y examiné
la réplica de las Minas Tirith de edición limitada.
—Te avisé de que alucinarías.
—¿Cuánto puede haber invertido en esta habitación?
—¿Y qué más da? Es su pasión, y contra eso no hay dinero malgastado.
—Vi que se había inclinado a observar algunas figuras con detenimiento—.
Él es feliz así.
—Yo también lo sería —envidié.
—Déjame adivinar. ¿Marvel o Juego de tronos?
—Soy más de Tolkien.
Ruby elevó las cejas con cierta sorpresa.
—¿Aragorn?
—Gollum —afirmé, y su carcajada resonó por toda la habitación. Me
quedé allí, como un completo idiota, viéndola reír conforme su risa
rebotaba por cada hueco de la estancia y la llenaba de una atrayente calidez.
Podría jurar que el celeste de sus ojos era un pedacito de cielo en la Tierra
—. ¿Qué?
—Me gusta tu humor.
—Pues es la primera vez que no intento tomarte el pelo.
—¿Gollum, en serio?
—Es un personaje torturado… Una metáfora de lo que en ocasiones se
convierte la vida cuando aquello que amamos también termina
destruyéndonos.
Ruby se quedó en silencio.
—No todos los personajes torturados merecen un final infeliz.
—Los finales felices solo existen en las novelas románticas.
—Bueno, es un requisito fundamental del género —replicó.
—Y por eso prefiero la fantasía.
—También hay amor en ella.
—Pero es un amor inalcanzable, de ahí que lo admiremos como un
imposible.
Se cruzó de brazos.
—No estoy de acuerdo.
—Por eso estamos en una democracia…
Se produjo un silencio repentino. Luego, ella vaciló un instante antes de
soltar una pregunta que me dejó helado:
—¿Quién te ha hecho odiar los finales felices?
Fue como si la punta afilada de esa cuestión me atravesara y me partiera
por la mitad. La sensación de vulnerabilidad regresó sin darme tiempo a que
pudiera armar el caparazón que me había protegido durante todo este
tiempo. Si aquella chica desconocida había rasgado lo suficiente para
discernir lo que ocultaba, significaba que todo el mundo terminaría por
descubrirlo.
—Los finales felices no existen —sentencié y me dirigí hacia la puerta
para salir de allí cuanto antes. Se apreció la tensión en mi mandíbula
cuando dije—: ¿Vamos?
—Oye, Gideon… soy un poco bocazas, pero no pretendía…
Negué con la cabeza y puncé el arco de la nariz con los dedos.
—No se habla mal de los ex —le recordé.
Ruby se quedó unos segundos en silencio tras aquello; quizá comprendió
el significado de mis palabras. Luego, como si viera el reflejo de sí misma
en mí, me dedicó una sonrisa que no alcanzó el iris de sus ojos claros.
Después de todo, tan solo éramos dos personas silenciando una parte de
nuestro pasado. Asintió y se recompuso de inmediato.
—¿Estás preparado?
Su pregunta me pilló desprevenido.
—¿Para qué?
—Para el interrogatorio de los Palmer. Esta comida de bienvenida es el
cebo y tú has picado el anzuelo.
—No me preocupa, Ezra sufrirá todos los azotes.
—No vas a escapar tan fácil…
—Tengo alumnos con más suspicacia que los Palmer.
—¿Eres profesor? —inquirió. Por su expresión al descubrirlo no supe si
había sido una sorpresa o una decepción—. Bueno… he sido una alumna
bastante aplicada y te advierto que haré las mejores preguntas.
—Sabré cómo esquivarlas.
—Seré persistente.
—Reto aceptado.
Me encogí de hombros, transmitiendo aquella seguridad casi arrogante, y
Ruby me tendió la mano.
—Gano si consigo demostrarte que los finales felices sí existen.
—Está bien. —Estreché su mano para sellar aquel juego—. Pierdes si
reconoces que los finales felices solo se dan en las novelas.
CHAT DE BIBLIOTECA
GUEST E3SX 10:14 a.m.
Buenos días, he intentado acceder a mi cuenta de usuario, pero no me
deja. ¿Pueden ayudarme?
PERSONAL DE BIBLIOTECA 10:14 a.m.
Dígame su DNI.
GUEST E3SX 10:15 a.m.
452X720A, gracias.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 10:16 a.m.
Tiene la cuenta sancionada. Le recuerdo que debe entregar los libros
vencidos en préstamo.
GUEST E3SX 10:18 a.m.
Lo sé, pero quisiera acceder a un recurso electrónico que necesito para
una clase.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 10:18 a.m.
Y yo quisiera un viaje a las Maldivas. Su usuario está bloqueado.
Esperamos que enseñe a sus alumnos a devolver los libros a tiempo.
GUEST E3SX 10:19 a.m.
Gracias por su fantástica ayuda.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 10:19 a.m.
Un placer. Gracias por utilizar este servicio, moroso.
Desiderata
Del lat. dēsīderāta, pl. de dēsīderātum.
1. Sugerencia de compra de cualquier obra que no forma parte de la
colección de la biblioteca.
2. Solicitud para pedir ese libro de Ali Hazelwood que tanto quieres leer.
CAPÍTULO 6
Ruby
—Gracias por utilizar este servicio. —Tecleé al final y borré lo último, muy
a mi pesar.
Miércoles y el capo de los morosos ya había vuelto a la carga; no tenía
suficiente con tener cuarenta libros en préstamo más los tres del Fondo
Antiguo, además quería tener acceso a los recursos de la biblioteca estando
bloqueado. Iba listo si creía, por un instante, que sería indulgente: frente a
los morosos, tolerancia cero.
—Voy a por ti, Saliman —murmuré como una psicópata.
Me había aprendido su nombre a fuego: Vincent Saliman. Me había
hecho con el listado de los libros que tenía secuestrados y lo había
bloqueado de todos y cada uno de los recursos electrónicos disponibles de
la universidad. Por lo general, solíamos ser un poco más tolerantes con los
usuarios morosos, pero esto era algo personal. Ese imbécil se había reído en
mi cara y no me olvidaba de su actitud arrogante durante toda la llamada.
¿Y ahora pedía favores? ¡Por encima de mi cadáver!
A media mañana ya supe que me esperaba una jornada movidita hasta
finalizar el turno. Por supuesto, ese miércoles no iba a ser menos que el día
anterior.
—¿Quién te ha hecho odiar los finales felices? —repitió Celeste a mi
lado sin dar crédito—. ¿En serio, Ruby?
—Ya lo sé.
—Pero ¿qué se te pasa por la cabeza cuando sueltas cosas así?
—Estaba allí tan… frágil —me justifiqué.
—Frágiles son las plantas, rubí, no un tío buenorro al que acabas de
conocer y al que le sueltas ese sermón sin anestesia.
Celeste se acercó a la máquina tejueladora para imprimir las cintas
adhesivas con las signaturas. Tenía una pila de libros a la espera de que los
tejuelara.
—Podrías haberle dicho algo como «ojalá ser Coloso para colarme en tu
habitación y hacerte ver las estrellas».
Solté una risotada.
—Dudo que ese sea el modo de conquistarlo.
—¿Y lo sabes por…? —dejó caer el tono en una burla.
—Es… intrigante.
Vi la expresión de Celeodiosa de vuelta.
—No es uno de tus libros raros y valiosos.
—Pues podría decirse que sí —protesté—. Es misterioso y sarcástico,
atractivo sin creérselo y parece herido, como si refugiarse en su caparazón
lo estuviera protegiendo del mundo exterior.
—¡Por dios, Ruby, no es el cangrejo Sebastián!
—No sé explicarlo, pero es como si lo envolviera un halo de misterio…
Y ya sabes lo mucho que me gustan los enigmas.
—Sé lo que quieres hacer: te encanta rascar en el interior de las personas
para descubrir lo que hay dentro, pero en la mayoría de ocasiones ninguna
merece todo ese esfuerzo.
—Lo dices porque eres mi amiga —me quejé.
—Lo digo porque sé que ese chico es un libro cerrado para ti y harás
todo cuanto esté en tu mano para abrirlo al mundo y… ¡no eres la maldita
ilustradora de nadie!
—Auch. —Fingí aquel dolorcito en el corazón.
—No quiero que seas tú quien se esfuerce, rubí. Quiero que te descubran
a ti y vean lo increíble que eres.
Le lancé un beso al aire. Tenía razón: siempre me había esforzado en
rasgar la coraza para descubrir lo que había en el interior de las personas,
pero nadie se había molestado en comprender del mismo modo. Conocer a
Gideon me había despertado una curiosidad desbordante: llegar hasta el
fondo de su historia, saber por qué tenía esa coraza llena de espinas y, sobre
todo…, quería descubrir qué o quién le había hecho tanto daño para que no
volviese a confiar en nadie.
Era consciente de que era raro, pero tenía su mirada clavada en mi mente
desde ayer y no podía dejarlo ir del todo de mis pensamientos. Desconocía
la razón, pero solo deseaba volver a coincidir con él de nuevo.
—Además, ¿cómo vas a seguir con ese jueguecito si no tienes ni su
número?
—Oye, no soy una acosadora. Las cosas no se fuerzan, simplemente
ocurren.
—Ayer ocurrieron cosas…
—Ya te he contado lo que sucedió en la habitación de arriba. —Fruncí el
ceño.
—Hasta el amigo se dio cuenta de que le interesabas más tú que la lasaña
de mi padre. Y la lasaña de mi padre es patrimonio del Cittadella.
—Lo es.
—Desembucha —me exigió—. ¿Qué has descubierto?
—Es profesor, le apasiona la literatura y el arte y es alérgico a los perros,
aunque parece inmunizado a Coloso. Alucinó en colores con la colección de
figuras de tu padre, detesta los finales románticos… —Pausé para darle más
emoción a la historia y para desesperar todavía más a mi amiga—. Y vive
en el Golden. ¡Ah, sí! Tiene algún tipo de animadversión a las aceitunas.
—¿A las aceitunas?
—No las probó en todo el almuerzo.
—¿Cómo te das cuenta de eso? —Celeste meneó la cabeza de un lado a
otro—. A veces, cuando haces estas cosas, creo que eres más hija de los
Palmer que yo.
—Tu madre quiere adoptarme —me mofé.
—Mi familia te haría un altar si no fuera por Florian.
—Golpe bajo.
—Hablando de Florian… mi hermano tiene previsto hacernos una visita.
—Ajá… —comenté casi sin prestar atención al tema.
—Ruby —punzó.
—Celestita —la imité, y usé el apodo cariñoso que el capitán empleaba a
veces con su nieta favorita—. No sé qué quieres que diga.
—Podrías fingir que te alegras.
—Me alegra saber que a Florian le va todo bien.
—Ahora que suene creíble.
—¡Me alegra saber que a Florian le va todo bien! —teatralicé.
Celeste dejó de tejuelar para lanzarme una mirada fulminante.
—Tienes que superar ese luto absurdo que te impusiste desde que lo
dejasteis.
—No sé de qué me hablas, Celeodiosa.
—Te hablo del hecho de que no te permitas conocer a nadie.
Me armé de paciencia. Celeste podía ser condenadamente obstinada
cuando se lo proponía.
—No hiciste nada malo, rubí.
Pero lo había hecho: se lo había hecho a Florian.
—¿Comemos? —Miré el reloj y desvié el tema antes de que Celeste
expusiera las razones por las que creía que mi nula vida sentimental
necesitaba una actualización urgente—. Traigo fresas.
—Siempre traes fresas.
—Las fresas son el elixir de la vida.
—No creas que te has salido con la tuya…
—Siempre me salgo con la mía, Celestina.
Agarré la bolsa con fresas que Margaret Oído Fino me había dejado en el
umbral de casa hacía unos días. Tener a una octogenaria cotilla como vecina
en ocasiones tenía sus ventajas y era esta: raciones gratuitas de fresas del
invernadero de los Sanderson. No era un secreto que el comercio de los
Sanderson monopolizaba todo el Golden, incluyendo los sabrosos churros
de longitudes estratosféricas que Margot y yo nos habíamos zampado ese
verano cuando la había ayudado con la mudanza.
Mi sobrina había decidido independizarse de mi apartamento para
instalarse en otro piso con dos compañeros de clase y, aunque echaba de
menos tenerla al llegar a casa, entendía que quisiera vivir la experiencia
universitaria sin su quejosa tía. Nos llevábamos un par de años de diferencia
y todo el mundo se sorprendía de nuestro parentesco al enterarse. Lo cierto
es que el misterio se resolvía rápido cada vez que explicaba que mi hermana
había tenido un embarazo de riesgo al dar a luz con cuarenta y tres años a
esa dulce criaturita.
—¡Un momento, Ricaldi! —me llamó Palladino al entrar y le dediqué un
mohín para que supiera lo mucho que lo detestaba en ese instante: privarme
de mis fresas era una tortura que no le perdonaba a nadie.
—Entrará en shock si no acabas pronto, Palladino —le indicó Celeste.
—Dos cosas. —Conciso como siempre—: No voy a gestionar más
solicitudes de novelas románticas, por lo que hazte a la idea de que el
último libro de Hazelwood no entrará dentro del plan de compra.
Abrí la boca con gesto desmesurado.
—¡Palladino!
—No hay presupuesto para este año.
—¡Siempre hay presupuesto para Ali Hazelwood! —exclamé.
—Pero seguro que has incluido el último de Sanderson —remató Celeste,
siempre en mi equipo, y Palladino nos ignoró de forma deliberada. Resopló
en alto y supe que le habían salido canas desde que nos conocía. No lo
culpaba en absoluto: el tándem que hacíamos Celeste y yo bien podría
causar la jubilación anticipada de cualquiera.
—Si tanto la queréis en el catálogo, ya sabéis… —insinuó para que
hiciéramos la desiderata del libro.
Puse las manos en jarra con visible indignación; sabía que era el
responsable de adquisiciones y toda petición de compra estaba sujeta a su
criterio. Y el único criterio que Palladino aprobaba era la Novela Negra.
—Le tienes demasiada inquina a Hazelwood como para aceptarla en
donación.
Palladino se ajustó las gafas.
—Si me convences lo suficiente, la aceptaré.
Le hice un gesto, aceptando el trato. No sé si había algún tipo de alergia
contra los finales felices y, en definitiva, contra las historias de amor, pero
Palladino debía ser primo hermano del guapo vecino de los Palmer.
—Pues la dedicatoria irá a tu nombre —lo amenacé.
—No sabemos su nombre. —Era tan evidente la intencionalidad en el
tono de mi amiga que hasta Palladino le devolvió la mirada con cierta
sorpresa.
—Me llamo Oliver —dijo.
—¿Oliver? —Juraría que lo había mencionado en alguna ocasión, pero
Palladino era… Palladino. Arrugué la nariz con disgusto—. No tienes cara
de Oliver.
—¿De qué entonces?
—No sé, pero Oliver no te pega nada.
—Oliver Palladino… me suena —intervino Celeste—. ¿No es aquel tío
que mató a su esposa…?
—¿Qué?
—Le falta azúcar en el cerebro, Palladino —la corté de súbito y sostuve a
Celeste por la muñeca con la intención de llevármela afuera antes de que la
expresión de desconcierto de nuestro jefe de equipo fuera a más—. ¿Algo
más?
El pobre hombre tardó un momento en recomponerse.
—Mañana a las doce y media nos reuniremos con el investigador.
—Oh… bien. —Acepté con la cabeza.
—Dorotea quiere que traigas una propuesta pensada para la exposición
—me explicó Palladino, consciente de la mirada poco sutil de Celeste. Le
apreté con fuerza la muñeca en un intento de que dejara de inventar teorías
conspiratorias y macabras contra el jefe—. Sería un buen punto de partida
para que viera la implicación de la biblioteca en el tema.
—Pero no vas a tener tiempo. ¿No tenías cena esta noche con tu sobrina?
—La cancelaré —le respondí a Celeste de forma automática.
—Margot va a cabrearse mucho.
—Margot ya es mayorcita para entender que a veces el trabajo es una
prioridad.

***
Al parecer, Margot no era lo suficientemente mayorcita para entender
que el trabajo a veces era una prioridad. Y, por esa razón, se había plantado
en la puerta de casa a las ocho de la tarde con la clara intención de
arruinarme la noche. Por la expresión de su rostro supe que no estaba nada
contenta.
—¿Pensabas dejarme plantada?
Celeodiosa 1 - Ruby 0.
—Para nada —mentí, y Margot me dedicó un escueto gesto con el dedo
índice al ver mi sudadera de estar por casa y mis leggins negros, ahora ya
de un color cercano al negro degradado—. Iba a vestirme ahora… —Me
defendí.
Margot alcanzó la puerta y la abrió para mostrar el desorden del salón
que se apreciaba desde allí.
—¿En serio ibas a dejarme plantada por… trabajo?
—Oye, es una reunión importante y Dorotea quiere que tenga una
propuesta lista para mañana —argumenté y la dejé pasar. El perfume de
Cacharel me saludó a su paso—. Además, podemos hacer el maratón de los
Bridgerton el fin de semana.
—Celeste me avisó de que dirías eso.
—Celeste dice muchas cosas sin sentido últimamente.
—Me ha dicho que saboteas el poco tiempo libre que tienes.
CDU hizo su aparición y se dejó acariciar en la parte baja del lomo,
levantando la cola con un ronroneo de bienvenida. Se podría afirmar que mi
gata era de afecto selectivo y toleraba a muy pocas personas, por no decir a
ninguna, a excepción de mi sobrina y mi mejor amiga.
—¿Te ha dicho también que tiene la teoría de que Palladino oculta algún
cadáver en el congelador de casa?
Margot se echó a reír y, para cuando me di cuenta, ya estaba uniéndome a
ella. Tenía una risa contagiosa, de las que no podías escapar aunque
quisieras. Puse cara de fastidio al ser consciente de que los remordimientos
harían mella pronto y terminé confesando.
—Está bien, iba a dejarte plantada.
—¡Lo sabía!
—Creía que la quedada de hoy no sería tan importante.
—Lo es.
Elevé los ojos al cielo.
—En serio, rubí, lo es.
—Bueno… estás aquí, eso ya me da pistas.
Era la primera vez que Margot se presentaba en casa para hacerme
cumplir con un plan. Por lo general, las últimas veces que la había plantado,
me había lloriqueado por teléfono para hacerme sentir la peor Ricaldi del
árbol genealógico. Pero, a decir verdad, esa noche parecía distinta: se había
cortado las puntas del pelo castaño a la altura de los hombros y se había
maquillado. Y mi sobrina jamás se maquillaba, aunque tampoco le hacía
falta. Margot era guapa sin ser pretenciosa.
—¿Qué ocurre? —La escruté con curiosidad.
—¿Qué?
—Te has pintado los labios de rojo —indagué—. Nunca te pintas los
labios y menos para hacer maratón de los Bridgerton.
—Hay que ponerse guapa para ver al Vizconde.
—¿Quieres que me siente? —la amenacé y se exasperó. Mi sobrina sabía
que ni un tornado me movería del sofá si decidía tumbarme en él para
castigarla.
Margot se alisó la blusa de color granate que realzaba el tono de su piel.
—No podías dejarme plantada esta noche porque quiero presentarte a
alguien.
Mi cara debió expresarlo todo.
—¿Pretendes presentarme a tu ligue viendo un maratón de los
Bridgerton?
—No, tonta. —Sonrió y se mordió el labio, indecisa por lo que diría
después—. El plan era que vinieras a casa para luego ir a la suya.
—Ibas a hacerme una encerrona —le espeté.
—Estaba segura de que me dejarías plantada.
—Gracias a Celeste ahora ya no. —Me crucé de brazos y me resigné a
escuchar toda la historia—. ¿Desde cuándo lo conoces?
—Desde julio.
—¿Y te lo has callado?
—No era nada serio y ya sabes que no me gusta contar nada.
—Para no querer contar nada, estás contándome que tienes novio y que
quieres presentármelo dos meses después.
—No es mi novio… es solo un amigo.
—Un amigo que te mete la lengua hasta la coronilla, ya.
—¡Ruby!
Levanté las manos en alto en señal de tregua.
—¿Cuándo hemos quedado con ese chico? —Suspiré y eché un vistazo
al reloj.
—Nueve en el Golden.
—¡Joder, Margot, que vivo en el Casco Antiguo! Ya sabes lo que se tarda
en salir…
—¡Es culpa tuya! —me recriminó y me hizo aspavientos para que me
diera prisa.
—Vespati no correrá más, ni aunque lo sueñes.
—La vespa nos dejará a la hora si su dueña mueve el trasero y acaba de
una vez.
Me di la vuelta y corrí hasta la habitación para prepararme en un
santiamén. Tenía un cuarto de hora para parecer una chica presentable y,
pese a querer matarla con mis propias manos por todo aquel secretismo,
adivinaba que debía ser importante para ella. De no haberlo sido, jamás se
habría presentado en casa para insistirme en que la acompañara.
—¿Entonces vive en el Golden?
—Sí.
—¿Y qué parte de la historia me he perdido? —puncé, un tanto dolida al
saber que me había ocultado toda eso durante meses.
—¿Recuerdas el viaje a Madrid?
—¿El viaje de fin de curso?
—Digamos que lo hice sola.
—¡¿Te fuiste sola a Madrid?! —Me asomé por el pasillo para aniquilarla.
—Tranqui, la abuela lo sabía —dijo ella con pasmosa tranquilidad y con
CDU en brazos.
—Pues mi madre no me ha dicho nada. —La llamaría más tarde.
—Soy su ojito derecho, no lo olvides.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Me pinté los labios de un color melocotón en el espejo del dormitorio y
salí disparada hacia el salón mientras me recolocaba el vestido de color
negro. Agarré la chaqueta con la figura de Frida Kahlo que se encontraba en
el respaldo de la silla y me giré hacia ella.
—¿Algo importante que deba saber antes de conocerlo?
Margot dejó escapar a la gata y, de no haber sido porque la conocía
realmente bien, habría jurado que había algo en su expresión que no me
pasó desapercibido. Hizo ademán de contar algo, pero guardó silencio. ¿Era
cosa mía o Margot parecía… avergonzada?
—Te contaré la historia mientras conduces o llegaremos tarde.
—Margot, suéltalo.
—Es… mi profesor.
Y ahí supe que el miércoles se había posicionado entre los mejores días
de esta semana.

***
Aparqué a Vespati en la calle contigua a la casa de los Palmer. Descubrir
aquello no me sorprendía en absoluto, teniendo en cuenta que la mayoría
del profesorado del Cittadella vivía en el Golden. Y, por supuesto, el ligue
de Margot no iba a ser menos.
—Vive cerca de los Palmer.
—Lo sé, pero nunca me he cruzado con ellos.
—Pues debes ser la chica con más suerte del mundo.
Guardé las llaves en el bolso y Margot entrelazó su brazo con el mío,
igual que cuando éramos pequeñas.
—¿Por qué?
—Porque nos has ocultado durante varios meses a este chico y es un
logro que lo hayas hecho estando tan cerca de la familia de Celeste.
—Sé ocultar bien las cosas —dijo con cierto orgullo en el tono de voz.
—Como tu viaje a Madrid —le reproché.
—Venga, no te enfades, necesitaba viajar sola… Se acercaba el
cumpleaños de mamá y quería hacer algo distinto este año. —Su voz se
entrecortó.
—No estoy enfadada —suavicé el tono y la estreché con fuerza—. Sé lo
importante que es el seis de julio en nuestro calendario.
—Ya sabes lo mucho que disfrutaba descubriendo sitios nuevos y
siempre me animaba a aventurarme sola —me recordó, y sonreí con
nostalgia.
Charlotte había sido un alma aventurera y la moda una forma de expresar
su forma de ser. Era modista de una conocida firma de alta costura y
precisamente había sido en uno de sus viajes a París cuando la habíamos
perdido. El accidente aéreo que le había costado la vida a mi hermana justo
el día de su cumpleaños nos recordaba cada año lo fugaz que se volvía la
vida. Por eso, entendía las razones que habían llevado a Margot a hacer
aquel viaje a Madrid.
Malasaña había sido el lugar favorito de Charlotte. Lo supe de inmediato
por el brillo de entusiasmo que se había dibujado en la cara de mi hermana
mayor cuando nos había contado su experiencia en la capital. Solía decir
que había descubierto la magia del mundo al conocer su verdadero
significado: el de Manuela Malasaña, una costurera asesinada convertida en
heroína contra las tropas napoleónicas. No había dejado de repetir que
montaría su propia firma en aquel barrio en cuanto tuviera ocasión. Pero a
veces las ocasiones no llegaban porque la vida nos pasaba por alto.
—¿Visitaste Malasaña?
—Lo hice, y era justo como ella lo describía.
—Puede que estuvieras destinada a vivir la misma experiencia.
—¿Por qué?
—Tus padres se conocieron allí. —Le sonreí.
—Esta no es una de tus historias de amor, rubí. Nos estamos
conociendo…
—Y por eso estoy frente a su puerta —me quejé, y Margot llamó al
timbre—. Si fuera un ligue sin importancia no me habrías traído aquí para
conocerlo.
—No quería seguir ocultándotelo.
—No querías que los Palmer te descubrieran antes de decírmelo —
bromeé.
—Eso también.
Margot comenzó a reír y la silencié con la mano.
—¡No empieces!
—A Ezra le encanta mi risa.
—¿Ezra? —pregunté ante la familiaridad de ese nombre, y entonces la
puerta se abrió frente a nosotras.
—Pensaba que te habías aprendido mi nombre —dijo.
Y, como si el destino hubiera querido agitar la varita mágica de los
reencuentros, Gideon abrió la puerta y sus ojos se abrieron al instante al
verme junto a Margot en el portal de su casa. ¿Cuántas posibilidades
existían de que aquella casa adosada del Golden fuera la suya? ¿Cuántas en
un centenar de probabilidades? Si el azar era solo azar, ¿cuántas
casualidades debían haber confluido en espacio y tiempo para que
volviéramos a encontrarnos sin esperarlo? Después de todo… ¿cómo iba a
pensar que el amigo del guapo vecino de los Palmer terminara siendo el
ligue de mi sobrina?
¿Había mencionado ya que el miércoles se estaba convirtiendo en mi día
favorito del mes?
Tejuelo
De tejo y -uelo.
1. Etiqueta que usan los bibliotecarios/as en el lomo del libro y donde se
refleja la signatura.
2. Si no entiendes el tejuelo, pregunta a tu bibliotecario/a de confianza.
CAPÍTULO 7
Gideon
—No seas fantasma —le solté a Ezra sin tapujos cuando intentó sacar del
horno la porción de lasaña que los Palmer nos habían regalado por «las
molestias» causadas por su chihuahua. Tras el almuerzo de ayer, Rob
Palmer había insistido en ofrecernos un buen trozo de su plato estrella y mi
nefasto amigo iba a presumir de don culinario frente a las invitadas que
estarían a punto de llegar.
—No tienen por qué enterarse.
—¿Así es como pretendes quedar bien? —repliqué y le pasé un paño
para que no se quemara al sacar la lasaña recalentada del horno—.
¿Fingiendo haber cocinado algo que no has cocinado? Eres increíble.
—Escucha. Es una pena que se ponga mala…
Miré el reloj, a la espera de que llamaran al timbre.
—Te aviso de que duraré poco.
—Si llegas al postre lo consideraré un milagro.
—Tengo reunión mañana y una tesis a la espera de que la escriba.
Ezra soltó un alarido al quemarse con la bandeja.
—¿Mañana es la reunión con la directora? —preguntó.
Asentí.
—¿Tienes ya elegido el tema para la exposición?
—Algunas ideas, pero quiero estudiar el catálogo de la biblioteca para
ver los fondos que podría utilizar para ello. —Me encogí de hombros, sin
inquietarme en exceso—. Me preocupa más entregar todo lo que tengo
atrasado.
—Tienes tiempo de sobra.
—Las clases del máster empiezan la semana que viene y necesito
organizarme.
—¿Has hablado con «la que no debe ser nombrada»?
—Si quieres seguir con la farsa de la lasaña es mejor que no sigas.
Ezra alzó las manos y el timbre de la entrada resonó por toda la casa.
—¡Salvado por la campana! —Se metió la camisa por detrás de los
pantalones y me echó un vistazo—. ¿Podrías ser simpático e ir a abrirles la
puerta? Pero igual de agradable como lo estuviste ayer con tu nueva
amiguita.
Noté la intención en aquello último y lo ignoré.
—No empieces…
—¿Por qué te empeñas en ser un ermitaño? —me gritó, ya desde la
cocina.
—Idiota… —siseé y me dirigí hacia la puerta.
No esperaba demasiado de aquella cena: aguantaría un par de horas y
luego me encerraría en mi habitación para arreglar el estropicio que El
Pequeño Caníbal había hecho con mis anotaciones. Para colmo, no ayudaba
que tuviera el acceso denegado a los recursos de la biblioteca, por lo que
tendría que tirar del plan b e ir en persona para consultar los libros en sala.
Sabía que la bibliotecaria haría todo lo posible para fastidiarme, pero jamás
hubiera creído que me tendría tan limitado.
Abrí la puerta y escuché las risas.
—¿Ezra?
Y allí estaba la chica de nuevo. El tono confuso de su voz junto con
aquellos dos neones celestes que me devolvían la mirada con evidente
sorpresa. El color menta de su pelo eclipsaba el negro de su vestido corto.
No pude evitar fijarme en aquellos sensuales labios de un color melocotón
que… Joder, Gideon, para.
—Pensaba que te habías aprendido mi nombre.
—Seguro que a Coloso no se le ha olvidado —punzó ella con una
sonrisa.
Dios. Aquel hoyuelo era toda una prueba de fortaleza.
—¿Me he perdido algo? —intervino la otra chica de pelo corto y castaño.
—Tú debes ser Margot, un placer.
—Ruby, él es Gideon. —Me presentó—. El amigo de Ezra y mi futuro
profesor.
—Vaya… —musitó—. Pues sí que podía mejorar el miércoles.
La advertencia de Ezra llegó fuerte y nítida.
—¿Vas a dejarlas ahí fuera?
Me hice a un lado y las dejé entrar, no sin antes descubrir el olor a
lavanda de Ruby cuando pasó por mi lado.
—¿Ezra sabe que soy su tía? —me preguntó, haciendo una seña hacia
Margot.
—¿Eres su tía?
—El color menta siempre rejuvenece —apostilló, burlona.
—Lástima que Ezra vaya a envejecer de golpe en cuanto te vea.
—¡No me jodas! ¿Ruby?
—La misma. —Ezra se acercó a ella con una sonrisa resplandeciente y la
rodeó con los brazos, contento de volver a verla.
—¿Por qué os conocéis todos?
—Ayer almorzamos juntos en la casa de los Palmer —le explicó a
Margot.
—¿Conoces a los Palmer?
—Y a El Pequeño Caimán —reiteró Ruby.
—¿A qué huele? —Ezra me lanzó una mirada cómplice ante la pregunta
de la chica. Si pretendía cambiar de plato estrella ya era demasiado tarde—.
¿Es pasta?
—Lasaña —anunció mi amigo.
—¡Me encanta! —Aplaudió Margot, y le dio un fugaz beso en la mejilla.
Me fijé en que Ruby esbozaba una sonrisa silenciosa.
—Oye, Gideon, ¿por qué no le enseñas a Ruby la casa?
—Doy por sentado que Margot la conoce a la perfección —me mofé, y
las mejillas de la chica enrojecieron de inmediato. No quise pensar lo que
aquellos dos habían estado haciendo en mi casa durante mi ausencia.
—No tardéis, la lasaña estará lista en breve.
—Dudo que pueda recalentarla más —ironizó Ruby por lo bajo y tuve
que mirar hacia otro lado para que no me viera sonreír.

***
Media hora más tarde me bastó para comprender que el mundo era un
pañuelo. Al fin entendía la razón por la que Ezra no había recogido el
correo y, mucho menos, se había ocupado del jardín. El muy cretino había
estado viviendo su particular idilio de amor durante las vacaciones sin
mencionármelo siquiera. Todo esto durante los meses que yo había
permanecido ocupado con el proyecto de investigación fuera de Cittadella.
—Nos conocimos el último día en Madrid —añadió Margot y bebió un
sorbo de lambrusco antes de comenzar a contar la historia.
Me fijé en la risa mal disimulada de Ruby a pocos metros. Tenía la vista
clavada en un lugar concreto y parecía que aquello estaba haciéndole gracia
realmente. Giré con disimulo para descubrir de qué se trataba cuando recaí
en la fotografía que había en el mueble del comedor. Allí estaba mi cara de
desconcierto el primer día que los Palmer se habían acercado a saludarme y
me habían obligado a hacerme la foto de bienvenida con el pequeño
Hannibal Lecter del Golden.
Sus ojos se desviaron hacia los míos y algo en su expresión me hizo
entender que ella también había sufrido las excentricidades de los Palmer.
—No están prestando atención —señaló Margot.
—Pues verás cuando tu tía se entere de que estás embarazada…
Ruby se puso pálida ante la broma de Ezra.
—¿QUÉ?
—Parece que ya ha vuelto. —Le aticé un manotazo a mi amigo.
—Mi hermana también le hizo en su día la misma broma a mi madre y la
cigüeña apareció meses después para recordarle que el karma existía —
repuso Ruby.
—Los Ricaldi siempre hemos tenido un exquisito sentido del humor…
—No confundas humor con crueldad. —Ruby le guiñó un ojo a su
sobrina.
—Eres odiosa —le respondió esta.
—Sois adorables, pero si algún día tenéis a ese de ahí como enemigo —
Ezra me señaló con énfasis— dejadme que os diga que os sacará tanto de
quicio que desearéis no haber nacido.
—¿Por qué?
—Tiene la jodida peculiaridad de hacer como si nada le importara.
—¿No hablabais de cómo os conocisteis?
—¿No tenías una tesis que escribir? —Ezra me la devolvió con aquella
sonrisa maquiavélica—. Ya vamos por el postre.
—He cambiado de opinión. Si el postre está al mismo nivel que la lasaña,
la tesis puede esperar.
—¡Genial! Porque hay tarta —aplaudió Margot y le dedicó una mirada
llena de expectación a Ruby—. Tarta de queso con fresas.
—Traedme esa tarta, ya —pidió.
—A sus órdenes.
Ezra retiró los platos y se dirigió a la cocina para servirnos el postre. Le
hizo un ademán a Margot para que lo siguiera y adiviné lo que pretendía.
Desde el almuerzo con los Palmer, mi amigo se había convertido en un
irritable avispón que no había dejado de punzar con su molesto aguijón. Al
parecer, que hubiera hablado con aquella chica más de lo que había hablado
con él durante años ya era algo más que reseñable.
—No me fío de esos dos —insinuó Ruby, y estudió con detalle todos y
cada uno de los libros de la estantería. Había algo casi hipnótico en el modo
en que observaba cada cubierta con interés mientras su dedo índice se
deslizaba por los lomos de los ejemplares conforme descubría cada nuevo
título.
—Es probable que nos envenenen.
—¿Te gusta Queen?
Asentí y ella encendió el reproductor de vinilos que había a mitad de la
estantería. La canción de Under Pressure comenzó a sonar de inmediato.
—Es la canción favorita de Ezra.
—Déjame adivinar la tuya.
Alcé los brazos para que comenzara el juego.
—¿I want to break free?
—De Ezra, sí —ironicé, y ella rio con fuerza.
—A ver que piense… Sarcástico, un poco ermitaño… sin aprecio para
las aceitunas.
—¿Cómo sabes que no me gustan? —Me pilló por sorpresa.
—Soy observadora.
—Tuve una mala experiencia de pequeño.
—¿Puede que Keep yourself alive entonces?
Ahogué una sonrisa y negué con la cabeza.
—Descarto, por supuesto, Love of my life y todas esas historias de amor
que tanto disfrutas. —Se llevó las manos a la barbilla para teatralizar más el
momento de mofa a mi costa. Tocado y hundido—. Vale, estoy entre dos.
—Alúmbrame.
—Si no te conociera nada diría que Bohemian Rhapsody, pero he visto el
modo en que deseas estrangular a Ezra cada vez que te pone a prueba —
explicó, segura de sus argumentos—. Así que, como tu lema es que el amor
debe morir, me decanto por Who wants to live forever.
—Es una posibilidad.
Ni de lejos.
—¿No vas a decirme si he acertado?
—Por supuesto que no —admití. Me escrutó con la mirada para ver si
hablaba en serio.
—Venga, hombre —suplicó, divertida.
—Tu juego, mis reglas.
Hizo una mueca, pero aceptó la derrota. Seguía sin entender los motivos
de por qué permanecía allí, sin separarme, y con la sensación de que podría
estar jugando a lo que quisiera hasta que ella me lo pidiera. Tarareó la letra
de forma distraída sin reparar en que me había quedado observándola como
un idiota, de nuevo.
—¿Don’t stop me now? —la reté.
—Intuyo que el azar no es lo tuyo…
—Pues el azar te ha traído a mi puerta.
Me arrepentí de aquellas palabras en cuanto salieron por mi boca. Joder,
Gideon.
—Está bien. —Aceptó el reto—. Adivina.
Claro que lo haría. Ruby era un libro abierto y solo el universo tenía el
suficiente sentido del humor como para ponerme a aquella chica enfrente de
mis narices justo cuando menos lo quería. Aquella chica de pelo menta que
escuchaba Queen, la misma que se había propuesto hacerme cambiar de
idea con respecto a los finales felices.
—¿Te rindes?
—Eres un libro abierto, Ruby. Podría adivinar cualquier cosa que tú
quisieras.
—Todavía no me has dicho la canción.
Canturreé aquella primera estrofa, sabiendo que había acertado. Ruby se
mordió el labio por primera vez desde que la conocía, casi con timidez. No
había rastro de la chica descarada y coqueta que había estado rascando la
coraza con sus preguntas el día anterior en la casa de los Palmer. La que
ahora me devolvía el gesto era otra Ruby distinta; como si el hecho de que
hubiese adivinado la canción la hubiera tomado por sorpresa.
¿Cómo no iba a ser esa su canción? ¿No era el amor todo lo que
necesitábamos al terminar el día? ¿Encontrar a alguien a quien amar? Claro
que sería su canción favorita de Queen; y también la mía, a pesar de no
confesarlo. Y de no haber sido por la entrada de Ezra y Margot me habrían
faltado canciones para hacer algo más.
—Necesito que me eches un cable —me pidió Ezra, pero adiviné de
inmediato que tan solo quería hablar de lo que acababa de presenciar entre
nosotros.
Minutos después, me crucé de brazos en cuanto Ezra se giró de pleno
hacia mí para escrutarme con la mirada.
—¿Qué pasa?
—¿En serio? —Resopló con fastidio.
—No sé qué quieres que diga.
—¿Cuándo vas a reconocer que te gusta?
—Ezra, nos esperan para el postre —le respondí con toda la paciencia
que tuve a mano—. Además, no voy a hablar de esto contigo aquí y ahora.
—Pensaba que no levantarías cabeza, hasta te cedí ese Proyecto de
Investigación para que huyeras en las vacaciones. Porque entendí que era
tiempo lo que necesitabas —comentó. Tensé la mandíbula y esperé a que
Ezra acabara con su sermón—. Pero han pasado dos años, joder. No quiero
seguir viendo cómo mi amigo vive como un zombi.
—Estoy centrado en el trabajo.
—El trabajo no lo es todo —reiteró, y se llevó las manos al pelo en un
intento por serenarse—. Reconoce que esa chica ha despertado algo en ti.
La alarma se encendió de inmediato. Ahí estaba de nuevo aquella coraza
que había construido en el último año, abriéndose paso con firmeza y
amurallándolo todo a su alrededor para que nada ni nadie entrara. Era aquel
mecanismo de defensa el que me había salvado de caer hacia el abismo…
Una red de seguridad que se activaba cuando notaba el peligro. Y, aunque
no lo reconociera en alto, no estaba dispuesto a bajar mis defensas. Era lo
único que me había mantenido estable desde lo ocurrido.
—¿Es que no puedo ser simpático con alguien sin que pienses que me la
voy a follar? —solté con más brusquedad de la que esperaba.
Signatura
Del lat. signātūra.
1. Notación que identifica la localización de cada ejemplar en la
biblioteca.
2. Sin ella, será difícil que encuentres el libro que quieres.
3. Spoiler: imagina que encuentras la signatura de un libro no devuelto
en la casa de tu crush.
CAPÍTULO 8
Ruby
La canción de Somebody to Love me tenía anclada a ese momento. No por
el hecho de que hubiera adivinado mi canción favorita de Queen, sino
porque sus ojos del color de la avellana, más claros cuando la luz se
reflejaba de frente, causaban estragos en mi interior. Imaginé que cuando
eso pasase me preguntaría cómo actuaría si fuera la protagonista de una
novela de Ali Hazelwood. Estaba claro que no podía ser Olive, pero me
conformaba con vivir la historia de Bee.
Celeste siempre decía que era una romántica empedernida viviendo en
castidad por un luto absurdo y autoimpuesto que apenas tenía sentido. Pero
sí lo tenía. La única vez que había creído estar enamorada había sido con su
hermano Florian, por no hablar de que más tarde le había hecho añicos el
corazón. O eso me había confesado Jason, el mediano de los Palmer, años
atrás.
Nuestra relación había acabado en el último año de universidad, el peor
año de todos; no por la ruptura en sí misma, sino por la presión que me
ocasionó tener que gestionar despedirme de mi mejor amigo a la vez que
sobrevivía a los fatídicos exámenes apocalípticos de Rígida la Terrible.
Todo esto, sumado al trabajo final de carrera y el hecho de que me sintiera
la peor persona del planeta por haberle hecho daño a un ser de luz.
Me acerqué a la cocina a medida que oía la conversación que estaba
dándose lugar en ella. A Ezra se le habían olvidado las cucharas para la tarta
y me había acercado a por ellas; después de todo, mi nuevo sobrino político
no merecía menos tras habernos dado de comer la lasaña de los Palmer por
segunda vez. Me quedé tras la puerta cuando adiviné que aquella
conversación entre los dos amigos tenía más que ver conmigo de lo que
habría imaginado.
—¿Es que no puedo ser simpático con alguien sin que pienses que me la
voy a follar? —soltó Gideon abruptamente. Parecía molesto.
—Tú no serías capaz de hacer algo así —le contestó Ezra con sorna—.
Además, tampoco eres tan simpático.
—Lo fui contigo en su día y ahora te tengo que aguantar —ironizó.
—Venga, no desvíes el tema o me darás la razón…
—No me gusta, no —repuso y luego soltó entre dientes, casi con
esfuerzo, pero con total claridad—: No-me-gusta-Ruby.
Noté el calor en las mejillas cuando oí mi nombre.
—No me vaciles, si estabas comiéndotela con la mirada hace un
momento.
—Estoy siendo amable y un buen anfitrión, como deseabas. Te recuerdo
que has planeado todo esto para que conociera a Margot, que, por si olvidas
el detalle, tendré que verla en clase a partir de la semana que viene porque
has tenido la fantástica idea de liarte con una alumna. —El enfado de
Gideon iba en aumento a medida que arrastraba las palabras—. No me
gusta la idea de que la hayas traído aquí cuando no estaba, pero te da
igual… Si no fuera por esta cena, ya llevaría media tesis escrita.
—Sigues desviando el tema…
—No pasa ni pasará nada con Ruby. No es la clase de chica con la que
estaría.
Ouch. Reconocí que aquella frase me había impactado más que el final
de Alas de sangre. Era en esos instantes cuando la Ruby racional debía
entrar en acción para retirarse con el orgullo herido. Fingiría lo que quedara
de cena por no fastidiar a Margot y rezaría para no volver a coincidir con el
guapo vecino de los Palmer en la vida. Sin embargo, convivir con la versión
oscura de Celeste en cada jornada de trabajo tenía sus efectos, y si algo
había aprendido de Celeodiosa era a ser combativa.
Me erguí y alcé el mentón para luego entrar por el umbral de la cocina,
dejando que la Ruby pasional se encargase de la situación: cogería esas
cucharas y luego me zamparía la tarta de queso con deliciosas fresas que tan
buena pinta tenía. El universo se encargaría de que no volviera a coincidir
más con aquel idiota. Pero, antes de que el plan divino entrara en juego, me
iría de allí con la satisfacción de soltarle aquellas palabras:
—Tranquilo, ni con todo el alcohol del mundo dejaría que me tocaras. —
Le dediqué una sonrisa más que fingida cuando se giró hacia mí con cierta
sorpresa y le hice un gesto a Ezra para que me pasara los cubiertos—.
Margot está deseando probar la tarta y me ha cedido sus fresas.
—Toda tuya —carraspeó Ezra mientras se recomponía de la situación.
—Gracias —agradecí y me di la vuelta, dejándolos atónitos a los dos.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —nos preguntó Margot cuando aparecí
por el comedor con Ezra pegado a los talones. Coloqué las cucharas para
cada comensal y me senté en la mesa, a la espera de que el gran idiota —
como ya lo había bautizado— hiciera su aparición—. ¿Dónde está Gideon?
—Puede que necesite un poco de agua —explicó Ezra. Por bocazas.
—He pensado que podríamos jugar a algo…
—Sí, sería genial. —Ezra asintió en un intento desesperado por
reconducir la cena al ambiente distendido de hacía un rato—. ¿Cartas o
algún juego de rol?
El idiota hizo su aparición al fin y se sentó en el sofá con el plato de tarta
que Margot le había ofrecido.
—Chicos, en cuanto termine esta delicia me marcho.
—¿Por qué? ¡Es temprano todavía! —protestó mi sobrina.
—Mañana trabajo y tengo cosas que hacer.
—¿Cosas como trabajar a las once de la noche? —satirizó, enfadada.
—Unas lo hacemos a las once y otras a las dos de la madrugada —le
aticé. Amaba a Margot más que a mí misma, pero la Hermione Granger de
mi familia no iba a darme consejos sobre adicción al trabajo.
—Venga, Ruby, quédate un rato más. —Ezra se unió a las súplicas de
Margot.
—Da igual, no servirá de nada, es la más cabezota de los Ricaldi.
Engullí la última porción de tarta para poder salir cuanto antes y me
levanté de la mesa con la intención de despedirme.
—No olvides la chaqueta y el bolso —me recordó Margot.
—Iré yo —se ofreció Gideon, pero me negué por completo.
—Necesito ir al servicio primero —mentí—. Lo recojo de paso, no te
preocupes.
—Al fondo a la derecha —me indicó y salí disparada. No aceptaría su
ayuda ni aunque tuviera la pierna rota y fuera la única persona en la faz de
la tierra de la que dependiera para subir trescientos escalones.
Entré en la habitación de Gideon y vislumbré enseguida mis cosas
encima de su cama. Me contuve para no acercarme a analizar la estantería
que había junto a su escritorio, llena de libros y manuales de estudio, y eché
un vistazo de forma fugaz al interior de la estancia. Tenía un montón de
folios escritos de su puño y letra apilados sobre la mesa de escritorio al lado
de su portátil, con la tapa entreabierta. Parecía como si hubiera estado
trabajando en su tesis antes de que nosotras llegásemos. Unos pantalones
cortos descansaban en el respaldo del sillón que había junto a la ventana y
una selección de fotografías de arte aparecía en el tablón de corcho, justo
enfrente de su ordenador.
Caminé con sigilo hacia la cama conforme estudiaba cada detalle de
aquella habitación, consciente de que Gideon podría encontrarme
husmeando en ella. Y no le daría esa satisfacción después de haber
escuchado sus palabras en la cocina. Agarré mi chaqueta de Frida,
recoloqué el pin de Mother of cats con el diseño de Juego de tronos y me
colgué el bolso, ya dispuesta a salir de una vez por todas de allí. La vida
quiso darme una dosis extra de divertimento cuando reparé debajo de la
estantería y vislumbré los cuatro libros apilados con los tejuelos
característicos de la biblioteca en cada lomo.
No supe el motivo por el que me encontré a mí misma yendo hasta ellos.
Tal vez era la curiosidad bibliotecaria de saber qué ejemplares tenía Gideon
en préstamo, pero me incliné y sujeté entre mis manos el primero. Era un
manual de arte renacentista con la portada del dios Céfiro soplándole a
Venus en su famoso nacimiento. De repente, algo hizo clic en mi mente. Ya
había visto esta portada antes, pero… ¿dónde?
—¿Ruby?
—¡Joder!
Margot me miró desde la puerta con expresión extrañada. Le hice un
gesto para que la cerrara.
—¿Qué haces?
—Cógelo —le pedí. Lo sostuvo a medida que yo buscaba la aplicación
del bloc de notas en el móvil—. Dime la signatura que aparece en el tejuelo.
Le di a la lupa del buscador del bloc y tecleé los números de la CDU que
Margot me deletreó en alto. De inmediato, aquella referencia se resaltó de
entre la lista de títulos que había escritos en ella. Y, para más inri, la
signatura del tejuelo pertenecía al manual vencido en préstamo desde hacía
dos años que yo misma había reclamado esta semana.
—¡Jo-der!
—Estás hiperventilando, rubí. ¿Qué demonios ocurre?
—Es el jodido moroso.
—¿Quién… Gideon?
Alcé la vista de la pantalla y luego comprobé si los otros tres también
aparecían en la lista. Bingo.
—¿Tienes tu bolso?
—Está en la habitación de Ezra. —Agarré de súbito los tres libros más
gruesos y los metí en mi bolso bajo la atónita mirada de Margot. Agradecí
haber traído el que solía llevar al trabajo—. Mete este en el tuyo y llévalo
mañana a la biblioteca.
—¡¿Estás robándole los libros a mi profesor?!
—¡Baja la voz!
—¿Chicas?
El grito de Ezra me hizo actuar rápido. La agarré por la muñeca y salí del
cuarto a toda prisa. Margot me señaló la puerta del cuarto de baño con el
dedo antes de que nos descubrieran. El corazón me latía a mil por hora y ni
siquiera podía articular palabra hasta que mi sobrina me gritó en señas.
—¡Es el moroso! —Bajé el tono lo justo para que ella me entendiera.
—Por lo que más quieras, sé una tía decente y dame buenos referentes en
la vida.
Margot clamó al cielo entre susurros y me di cuenta de que el plan de
cena tranquila y distendida se había truncado en cuestión de segundos.
Seguramente, no había contado con que yo fuese a sustraerle algunos libros
a su nuevo profesor de máster.
—Este tío debe cuarenta y tres libros a la biblioteca, Margot. ¡Cuarenta y
tres libros perdidos desde hace dos años! Y tuvo el descaro de soltarme que
no los iba a entregar hasta que acabara la tesis.
Comencé a recordar la llamada telefónica. ¿Cómo no me había dado
cuenta de que era él? ¿Es que no se llamaba Gideon? El préstamo de los
libros estaba a nombre de Vincent Saliman. ¿Y si ese nombre era ficticio y
le había pedido a algún colega que hiciera el préstamo por él? ¿Estábamos
en la casa de un asesino, en realidad? Joder, Celeste tenía razón. ¿Y si
Palladino tenía un cadáver en el congelador de casa? Me obligué a parar, ya
que por un instante me sentí Neo en Matrix a punto de dar con la ecuación.
—¡Pero no hace falta robarlos!
—No se considera robo si él los ha robado primero.
—¿Y cómo llamas a lo que estás haciendo?
—Ajuste de cuentas —aclaré.
—¿Por qué no podías disfrutar de esta cena y dejar el complejo de Robin
Hood a un lado?
—Robin Hood ya estaría pateándole su bonito culo, créeme.
—En serio, rubí, vas a meterme en un lío.
—¿Tú crees que con todos los libros que tiene ahí dentro adivinará que le
faltan cuatro? ¡Por el amor de dios, Margot, ni siquiera sabrá dónde los
tiene todos!
—¿Pero y si justo necesita consultarlos ahora?
Bufé.
—¡Pues ha tenido dos años para hacerlo! —exploté. Margot me silenció
cuando alcé la voz sin darme cuenta. A esas alturas podía afirmar que había
tenido más emociones en una semana que en el resto de mi vida.
—¿Chicas, pasa algo? —Ezra estaba al otro lado de la puerta.
—Ruby se ha manchado el vestido, ya vamos —mintió Margot.
—Tengo que contárselo a Celeste —dije en cuanto escuché que los pasos
de Ezra regresaban al comedor.
—¿Ahora?
Marqué el número de mi amiga, que me sabía de memoria, y activé el
altavoz. Bajé el volumen al mínimo para que nadie pudiera oírnos. Su voz
soñolienta nos recibió al cuarto tono.
—¿Ruby?
—¿Estás durmiendo a estas horas? —preguntó Margot, frunciendo el
ceño.
—¿Qué esperas que haga?
—No sé… ¿vivir?
—Me gustaría verte cuando llegues a mi edad.
—Tienes veinticinco años, Celeste. Ni que fueras un dinosaurio.
—Ojalá la extinción llegue pronto —deseó con resignación. Celeste y su
afán por extinguir a toda la humanidad, especialmente los domingos—.
Bueno, ¿qué pasa?
—Ruby está teniendo una crisis.
—¿Ya ha empezado a leer Alas de hierro?
—No vas a creértelo —intervine y puse fin a la conversación de aquellas
dos—. Estoy en la casa del capo de los morosos. ¡Y he encontrado cuatro de
los cuarenta y tres libros perdidos!
Imaginé que Celeste estaría incorporándose en la cama para prestar
atención a mis palabras. Se habría quitado el antifaz que usaba para dormir
mientras llevaba el rizador de goma en forma de palo que empleaba para
ondularse la larga melena por las noches. Celeste era la representación de la
sofisticación perfecta.
—¿Lo conoces?
—Es mi profesor —soltó Margot.
—Es el vecino odioso de tus padres —dije a la par que mi sobrina.
—¿Gideon? —Tardó unos segundos en asimilar aquello y, por supuesto,
se centró en lo que menos debía en esos momentos—. ¿Ya no te parece
atractivo?
Margot me pellizcó el brazo, estupefacta.
—¿Te gusta mi profesor?
—Gustaba. Lo pasado, pisado —reafirmé sin entrar en detalles.
—¡Por eso Ezra quería dejaros solos hace un rato! —teorizó Margot.
—Siento decirte que has estado perdida toda la cena; es más, si un
meteorito se hubiera estrellado justo en el salón, ni te habrías dado cuenta.
Menos de Ezra, claro, de él sí que has sido consciente todo el rato.
—Espera un momento. ¿Sales con Ezra, el vecino?
—El vecino bueno, sí. —Asentí.
—¿Por qué siempre me pierdo estas cosas?
—¿Será porque te acuestas a las nueve como una abuela? —le recriminó
Margot.
—Entonces… ¿Gideon es el moroso? Pero el préstamo está a nombre de
Vincent.
—Puede que haya sobornado a alguien para que los tome en préstamo
por él.
—¿Vincent Saliman? —La pregunta de Margot me hizo mirarla de lleno.
—¿Sí, por?
—Son sus apellidos —descifró—. Profesor Gideon Vincent Saliman.
—Duda resuelta. Alguien se equivocaría a la hora de hacerle el carné de
usuario.
—Lo comprobaré mañana —me prometí en alto.
—¿Has dicho que has encontrado cuatro libros?
—Los tiene en su bolso y piensa robarlos —intervino Margot
atropelladamente con la esperanza de que Celeste se uniera a su bando.
Pobre ilusa.
—Déjalos en casa de mis padres.
—¡Celeste!
—Debes saber, Margot, que, frente a los morosos, tolerancia cero.
Dibujé una sonrisa silenciosa llena de orgullo. Celeodiosa siempre en mi
equipo.
—No podéis robar en la casa de mi profesor estando él dentro.
—Debería agradecer que, al menos, lo hacemos de frente. Él lleva
paseándose por la universidad con cuarenta libros vencidos desde hace dos
años…
—Venga, Ruby, la semana que viene comienzo el máster. ¿No puedes
esperar a final del curso para hacerlo? —me pidió Margot y me dedicó un
mohín de súplica.
—¿No podías haberte liado con el amigo de otro profesor? —sugerí,
implacable.
—O matricularte en otro máster —apostilló Celeste.
—Es más, quiero que traigas el libro a la biblioteca mañana antes de que
finalice mi turno —le pedí. Margot hizo ademán de protestar, pero guardó
silencio en cuanto alcé el dedo índice para acallarla—. No puedo salir de
esta casa con el bolso lleno, ya es bastante evidente que parece que tenga el
bolsillo de Doraemon aquí dentro. No le digas nada a Ezra… aunque mi
intuición me dice que estaría de nuestra parte.
Mi sobrina se cruzó de brazos; su expresión enfadada casi me hizo reír.
—No me obligues a contarle a tu abuelo acerca de cierto viajecito a
Madrid…
—¿Me chantajeas? —inquirió. Asentí como respuesta y luego me
acerqué al altavoz.
—¿Celeste? —la llamé. Reparé por el bostezo de mi amiga que ya debían
de ser las once y media. Era un milagro que estuviera despierta—. Voy a
recuperar esos libros.
—¿Y cómo vas a hacerlo?
—Necesitamos un plan, pero no los abandonaré a su suerte.
—¿Sabéis que estáis hablando de libros? —Margot no daba crédito.
—Precisamente por lo que son tenemos el deber de rescatarlos.
Si Cervantes no hubiera escrito la escena de la quema donde varios libros
de la biblioteca de Don Quijote iban a ir a la hoguera por ser los culpables
de su locura caballeresca, jamás nos habríamos enterado de cuáles habían
sido salvados. ¿Y si alguno de esos cuarenta y tres libros que ahora
permanecían en manos enemigas resultaba ser un Amadís de Gaula o un
Tirant lo blanc?
Lo cierto es que Gideon Vincent Saliman tenía en su poder tres
ejemplares del Fondo Antiguo del Cittadella y los recuperaría por encima de
todo. Incluso lucharía contra la desfachatez de aquel cretino de pestañas
kilométricas que me había insultado como nunca nadie lo había hecho antes
con su desprecio.
Me había equivocado con él, pero nunca con mis libros.
Moroso, a
Del lat. mōrōsus.
1. Persona que incurre en morosidad.
2. Vecino atractivo de los Palmer con pestañas infinitas y un carácter
ermitaño irresistible.
CAPÍTULO 9
Ruby
Al día siguiente, llegué a la Biblioteca media hora antes de que empezara el
turno. Ni siquiera me había tomado el café matutino de casa y apenas había
abrazado a CDU lo suficiente esa mañana, todo por llegar cuanto antes y
despejar las dudas. Otro motivo más que añadir a la lista de cosas que le
haría pagar al idiota.
Mientras esperaba a Celeste, encendí el ordenador de Palladino, justo el
que se encontraba más apartado del mostrador, y entré en el directorio. En
aquella base estaban reunidos los datos de toda la comunidad universitaria,
incluidos los de la persona que necesitaba. Tal y como sospechaba, su
nombre apareció frente a mis narices con toda su información personal, así
como los detalles de su área de trabajo y la localización de su despacho.
Gideon Vincent Saliman - Departamento de Literatura - E3D7-VS.
Respiré hondo y, en otra pestaña del navegador, abrí el sistema de gestión
de la biblioteca para rectificar los datos en el carné de su usuario. Me
aseguré de que la sanción estuviera al día y devolví los tres libros que había
recuperado la noche anterior de su larga lista de reclamados, a falta del que
debía traerme Margot. Los pasé uno a uno por el dispositivo antihurto y, de
forma automática, volvieron a estar en préstamo. Pero lo más importante es
que habían vuelto a casa.
No había pegado ojo, y la necesidad de cafeína me causaba estragos.
Notaba que la mezcla de excitación y cansancio de estos últimos días me
pasaba factura, y no iba a negar que aquella maldita frase me había
perseguido en sueños durante toda la noche: «No es la clase de chica con la
que saldría». Sería cretino. ¡Ni que fuera el Vizconde de Bridgerton!
—Malditas pestañas —susurré.
—¿No es un poco temprano para estar hablando a solas?
—Tú tienes dos versiones antagónicas en cada hombro y no te digo nada.
Celeste rio.
—¿Has dormido bien?
—No mucho —respondí con brevedad.
—¿Algo más que quieras contarme?
Celeste me leía como un libro abierto.
—Tenías razón: el vecino guapo de tus padres no merecía la pena.
—Siento escuchar eso.
Una de las cosas que admiraba de Celeste era su capacidad para no
hurgar en la herida cuando estaba abierta. Repetí, esta vez en alto, las
palabras que Gideon había soltado en la cocina y sentí aquella desilusión
que se había instalado en mi pecho desde anoche y me laceraba sin piedad.
No deseaba darle más vueltas al asunto, de modo que le conté lo sucedido
para cerrar el capítulo. Con un poco de suerte todo se quedaría en una
anécdota y Gideon tan solo sería el guapo e idiota vecino de los Palmer.
Bajamos las escaleras y vimos que Flora ya nos esperaba en nuestra
mesa.
—Necesito transfusión de café en sangre —exageré.
La cafetería del Cittadella College era una aglomeración de alumnos a
primera hora de la mañana, pues coincidía con el inicio de clases. Como era
tradición, Celeste y yo solíamos desayunar cada jueves con Flora. La
copistería Golden Paper se encontraba en un extremo del campus
universitario, justo en la esquina de una de las entradas, y apartada de los
edificios institucionales. Era el paraíso de aquellos que, como yo, adoraban
la papelería creativa. Rob había sido el culpable de mi adicción a los
broches y chapas de vestir. Sin olvidar que me había regalado los pines más
geniales dentro de mi colección, como el de hoy: el bote de spray
pulverizador con el lema «Repelente de idiotas», que era una fantasía.
—Florian viene la semana que viene —anunció Flora sin anestesia en
cuanto me senté a la mesa—. Quiere contarnos algo y ni el abuelo ha
podido sonsacárselo.
—¿Es que tiene vacaciones o algo?
—El año pasado no las disfrutó, así que tendrá unos meses. —Flora me
acercó el café y la tostada de paté para que desayunara. Tenerla cerca era
como estar al lado de mi madre—. El caso es que tu padre quiere organizar
una barbacoa este fin de semana para darle la bienvenida. Ya sabéis, algo
informal…
—Vamos, con todo el vecindario.
Flora se echó a reír, reconociendo de ese modo que su hija llevaba razón.
—Solo hemos invitado a Margarita porque Coloso casi se come a su gato
el otro día…
—Eso no es motivo para invitarla a una barbacoa, mamá —le espetó
Celeste.
—Y puede que los Sanderson se acerquen un rato.
—Comprarles churros cada domingo tampoco cuenta —apostillé yo.
Noté la mirada intencionada de Flora.
—Rob también se lo ha comentado a los chicos.
—¿Qué chicos? —Fruncí el ceño.
—¿Por qué parece que vuestra relación es más cercana de lo que en
realidad es?
—Es una forma de hablar, cariño —se justificó Flora frente a la pregunta
de su hija y removió su taza de café con energía—. Rob cree que tu
hermano nos dirá que vuelve a casa. Por eso quiere presentarle a los chicos
para que tenga amistades aquí, en el Golden, en caso de que decida mudarse
a Cittadella.
—Florian ya tiene amigos, mamá.
—Pero los tiene todos allí.
—Porque allí es donde vive. —Celeste hizo un esfuerzo considerable
para mantenerse serena.
—¿Y por qué cree Rob que Florian volverá a casa? —pregunté.
—Lleva demasiados años fuera. Además, el abuelo me contó que Florian
no parecía estar bien con la novia últimamente…
—El abuelo está más sordo que una tapia, mamá.
Flora negó con la cabeza, convencida de lo que decía.
—No, puede que tenga razón. Tu hermano no bajaría así sin más si no
estuviera ocurriendo algo serio.
Florian apenas había pisado Cittadella en los años que llevaba viviendo
fuera. Se había marchado tras terminar la carrera en busca del trabajo de sus
sueños como diseñador de videojuegos. Y desde hacía ya un año y medio
vivía con su novia en un pueblecito sureño de Inglaterra, por lo que no
había razón para que quisiera volver.
—¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse?
—Depende de lo buenos anfitriones que seamos. —Nos guiñó un ojo y
comenzó a reírse sola de su propio chiste privado. Adoraba a aquella mujer.
—Mamá, por favor, deja que tu hijo haga lo que quiera.
—Hablando de hacer cosas… —Se limpió los labios con la servilleta
institucional de la cafetería de Cittadella y arrugó la frente con cierta
confusión—. Juraría que he visto a Margot cruzar la esquina de casa esta
mañana.
—Está saliendo con el vecino. —Celeste la sacó de dudas.
—¿Con el de las pestañas largas?
Agradecí que Flora también hubiera reparado en aquello.
—No, con el pelirrojo… Ezra —le recordé.
—¿Desde cuándo?
—Desde que ella es su alumna y él su director de máster.
—Demonios —soltó. Su tono me hizo reír—. Pues tenemos una invitada
más.

***
A media mañana Palladino entró con cara de pocos amigos a la sala de
personal. Si la memoria no me fallaba, este acababa de llegar de una
reunión sindical y por eso se había ausentado las primeras horas. Nuestro
jefe de equipo dejó el vaso de café en la mesa de la habitación contigua y la
que usábamos para uso personal. Luego, se desabrochó los dos botones
superiores de su camisa bien planchada.
—¿Qué tal ha ido?
—La reunión parecía la pradera del Serengueti, podías encontrarte desde
ñúes a elefantes y bisontes. Toda la fauna entera reunida en una sala de
veinte metros cuadrados —se quejó.
—Veo que genial, entonces.
A mi lado, Celeste se había quedado observándolo como si esperara que
aquel café tuviera las cenizas de alguna de sus víctimas. Tendría que hablar
más tarde con ella acerca de este tema.
—¿Palladino?
—¿Ajá? —tarareó de forma distraída cuando se dirigió hacia su
escritorio, listo para reanudar sus tareas.
Segundos más tarde, el sonido de aquellos tres libros cayendo sobre su
mesa de escritorio lo pilló por sorpresa. Se recolocó la montura de las gafas
y recibí de inmediato su mirada inquisitiva cuando, al fin, reparó en los
tejuelos. Seguramente se preguntaba con qué nueva aventura lo
sorprendería ese jueves.
—Recuperados, magnetizados y listos para ser colocados de nuevo —
expuse.
—¿Estos son? —curioseó Celeste y revisó el manual de mayor grosor—.
¿Crees que se dará cuenta?
—Dudo que sepa dónde están los otros. —Me encogí de hombros—. El
cuarto libro sustraído lo traerá Margot más tarde.
—¿Alguien puede explicarme qué está sucediendo?
Celeste sacó de dudas a Palladino en cuestión de segundos.
—Digamos que Ruby acabó anoche en la casa del profesor moroso que
nos debe cuarenta libros, sin olvidarnos de los cuatro del Fondo Antiguo.
Palladino tragó saliva antes de hablar.
—Dime que estos tres no estaban en su casa.
—Debajo de la estantería y pidiéndome auxilio para que los rescatara. —
Asentí.
—¿No podías esperar a la semana que viene para darme este disgusto?
—¡Venga, Palladino, he hecho lo que toda buena bibliotecaria haría!
—Los bibliotecarios del mundo no van por ahí robando libros de casas
ajenas.
Me crucé de brazos con enfado.
—No he robado nada —me defendí—. Los he devuelto al lugar que
pertenecen, y te recuerdo que hemos sido nosotros los primeros
damnificados.
—Ruby tiene razón. Lo importante es que hemos recuperado esos libros.
—Y podríamos recuperar más —verbalicé en alto aquella idea que había
estado rondándome la cabeza durante toda la noche—. Tal vez si no repara
en ello podemos traer de vuelta algunos más. He estado pensando y, aparte
de en casa, supongo que debe tenerlos en su despacho.
—¿Y vas a presentarte en su puerta con un café para luego saquearle la
casa?
—No, pero podríamos idear un plan. Distraerlo para que uno de
nosotros…
—¿Uno de nosotros? —repitió Palladino, perplejo—. ¿Por qué de
repente este plan cuenta con tres personas?
—Porque tú eres nuestro jefe de equipo —repuso Celeste.
—Precisamente por eso quiero seguir manteniendo mi puesto de trabajo.
Mi amiga soltó un resoplido.
—¿Y si Dorotea descubre que faltan tres libros del Fondo Antiguo?
—Le diré la verdad.
—La verdad no hará que exculpen a Ruby. —Me señaló, y advertí que se
le hinchaba la vena del cuello por la tensión. Celeodiosa estaba a punto de
hacer su triunfal entrada—. Ella es la que lleva las reclamaciones. ¿A quién
crees que culpará?
—Ricaldi no llevaba las reclamaciones por ese entonces…
—¿Y vas a buscar a la compañera jubilada de turno que no hizo bien su
trabajo para que confiese su negligencia frente a Dorotea? —soltó ella con
sarcasmo—. La máquina de autopréstamo no es la única que ha fallado
aquí. Esos fondos están perdidos por la ineptitud de un compañero que no
solo prestó ejemplares del Fondo Antiguo, sino que tampoco hizo su trabajo
al reclamarlos en su momento. Y ahora debemos asumir unas
responsabilidades que no son nuestras.
Palladino se había quedado mudo de pronto. Cualquiera diría que Celeste
era capaz de dejarlo sin argumentos. No era la primera vez que ella le
recriminaba algo y él tan solo guardaba silencio.
—Si eso llegara a pasar, asumiría las consecuencias.
—Tú tampoco eras jefe de equipo por entonces. —Me apiadé de él.
—Pero lo soy ahora.
—Y ahora es cuando debes apoyar a Ruby para recuperar esos libros.
—No. —Le negó a Celeste. Miró su reloj y luego a mí—. Es casi la hora.
—¿Qué?
—La reunión con el investigador.
—¡Lo había olvidado! —exclamé.
—Tengo que bajar a los depósitos antes, pero Dorotea ya estará reunida
con él.
—Vale, subo enseguida.
—Ese hombre es un maldito cabezota —se despachó a gusto en cuanto
Palladino salió por la puerta.
—Sabes que te adoro, pero creo que te has pasado un poco.
El sonido del chat bibliotecario nos notificó la entrada de un mensaje.
—Yo respondo —se ofreció Celeste y me hizo una señal con la mano
para que me marchara. Le lancé un beso al aire y me fui directa hacia la
taquilla para recoger la libreta donde tenía apuntadas varias propuestas para
la exposición. De no haber sido por la cena de anoche seguramente las
habría desarrollado mejor—. ¡Ruby!
—¿Qué pasa?
—Es… creo que es Gideon.
—¿Qué quiere ahora?
—Acceder a un recurso electrónico de Literatura.
—Déjame a mí. —Me senté para atender su consulta y le respondí al
instante, dejándole claro que no se saldría con la suya.
—No se da por vencido…
—No sabe con quién ha ido a parar.
Jugaría con la baza de conocer quién era, pese a que él no era consciente
de que era yo quien estaba detrás del chat de la biblioteca.
—Quisiera hablar con otro compañero suyo. —Leyó Celeste en alto,
apoyándose en el respaldo de la silla, atenta a la conversación, y para
cuando leyó aquel último mensaje de Gideon ya estaba más que enfadada
—. ¡Tendrá cara!
—Te dije que era un cretino.
—Le diré a mi madre que no lo invite a la barbacoa.
—Mierda, mierda, mierda… —blasfemé repetidamente cuando pulsé por
error el botón de «enter» y la palabra «capullo», en mayúsculas, se envió a
través del chat de la biblioteca. No, por favor, solo quería un jueves
tranquilo.
—¡Ruby, muévete! —me alertó Celeste y me señaló la hora—. ¡La
reunión!
CHAT DE BIBLIOTECA
GUEST E3SX 12:23 a.m.
Hola, soy PDI y quisiera acceder a una base de datos de Literatura, pero
no puedo.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 12:24 a.m.
Buen intento, Saliman, pero sigue bloqueado.
GUEST E3SX 12:24 a.m.
Lo necesito para una clase, es importante.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 12:25 a.m.
Devuelva primero los libros que ha robado.
GUEST E3SX 12:25 a.m.
Quisiera hablar con otro compañero suyo.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 12:25 a.m.
Me temo que es su día de suerte y estoy a su servicio. Es más, olvidé
recordarle por teléfono que las sanciones son acumulativas: cuanto más
tarde en entregar los ejemplares, mayor será el tiempo penalizado.
GUEST E3SX 12:26 a.m.
Entonces sale más rentable no devolverlos, gracias por el consejo.
PERSONAL DE BIBLIOTECA 12:26 a.m.
En ese caso, encontraremos otra vía para que los devuelva. ¡CAPULLO!
CAPÍTULO 10
Gideon
Releí de nuevo las siete letras con asombro, casi sin dar crédito. La
bibliotecaria de las narices me acababa de llamar «capullo» por toda la cara.
Me removí en el asiento de aquel despacho mientras la directora regresaba
y me pregunté si aquella señora que me había ofrecido caramelos nada más
entrar estaría al tanto de los modales de sus subordinados. Guardé el móvil
en el bolsillo del pantalón y entrelacé los dedos a la espera de que la
reunión comenzara.
—Perdona, me temo que tenemos más humedades en los sótanos —se
disculpó Dorotea cuando entró de nuevo y tomó asiento tras su escritorio—.
Espero que en el presupuesto de este año se reflejen estas incidencias.
Le dediqué una sonrisa cordial.
—Tu compañero, el profesor Murray, me ha hablado maravillas de tu
excelente trabajo —comentó. Más le valía—. Está convencido de que harás
una labor estupenda con la exposición de este año y no puedo estar más
emocionada por ello.
—¿Tengo acceso a los recursos de la biblioteca o debo pedir algún
permiso?
Dorotea negó con la cabeza.
—Como investigador encargado de este proyecto tienes a tu disposición
todos los recursos y el catálogo de la biblioteca, incluyendo los del Fondo
Antiguo, además de la colaboración de nuestro personal, que estará
encantado de ayudarte en lo que necesites. —Echó un vistazo fugaz al reloj
digital—. La compañera que te ayudará debe estar a punto de llegar.
—¿De cuánto tiempo dispongo?
—Disponéis de dos meses. —Resaltó el plural como si quisiera dejarme
claro que aquello era un trabajo conjunto—. ¿Tiene alguna propuesta de la
que quiera hablar?
—Varias, en realidad, pero tengo que estudiar el fondo de la biblioteca
para saber con qué contamos y cómo organizarlo —expliqué sin entrar en
detalles.
Después de todo, haría esa exposición por mi cuenta y ya encontraría el
modo de deshacerme de la ayuda extra. Me gustaba trabajar solo y
organizar la exposición con alguien no era algo que fuera a aceptar.
—Es estupendo porque así podrás debatirlas con la compañera. Te
prometo que estarás en buenas manos. —Alzó la vista cuando llamaron a la
puerta—. ¡Oh, pasa!
Joder.
Me quedé quieto en la silla, consciente de que aquellos ojos me dejaron
bien claro que no se alegraban de verme. Ruby se encontraba en el umbral
y, por la manera en que su cara se había ido tornando de un color rojizo,
comprendí que me habría asesinado allí mismo delante de la directora.
Apretó la mano contra el pomo de la puerta hasta que Dorotea le hizo una
señal para que se sentara.
—Ruby, te presento al profesor Vincent Saliman.
—Tiene que ser una jodida broma —rechinó entre dientes y alargó la
mano para saludarme con un seco movimiento.
—Gideon —me presenté con tono mordaz, y ella me aniquiló de
inmediato.
Dorotea, ajena a la tensión que se había instalado en su despacho en
cuestión de segundos, nos sonrió con entusiasmo; de seguro como la típica
madre orgullosa que esperaba a que sus dos hijos compartieran los mismos
juguetes sin pelearse.
—Justo le comentaba a Gideon que no podría haber tenido mejor
compañera para este proyecto. —La directora carraspeó y moduló su tono
de voz—. Debido al poco tiempo del que disponemos, Ruby se dedicará
exclusivamente a la exposición durante estos meses para que así podáis
aprovechar el tiempo al máximo. Además, podréis usar la sala de
exposiciones junto con el Espacio de Aprendizaje para vuestras reuniones
diarias. —Miró a Ruby—. Palladino ya ha informado al servicio de
mantenimiento para cualquier cuestión técnica que necesitéis.
—Genial.
—Un segundo —se disculpó Dorotea y descolgó el teléfono. Ninguno de
los dos habló durante el transcurso de la llamada—. Perdonad, chicos, pero
tengo que marcharme. Siento que esta reunión haya sido tan breve.
—Dorotea… —comenzó a decir Ruby, pero esta la interrumpió.
—Enséñale el Espacio de Aprendizaje al profesor Vincent mientras
soluciono el problema en los depósitos, querida —le pidió, y ella asintió
con cierta resignación—. Hay una puerta que nos trae por el camino de la
amargura y temo que Palladino se quede encerrado. ¡Estoy convencida de
que la exposición de este año será un éxito!
Y aquella mujer no podría estar más equivocada.
Ruby resopló en alto sin disimular el desagrado que le causaba mi
presencia cuando Dorotea salió por la puerta. Se movió hacia un lado para
separarse un poco y, si no hubiese sido por la sorpresa minutos antes al
descubrirme, bien podría haberse puesto aquel broche de «Repelente de
idiotas» en mi honor. Curvé la comisura del labio solo de imaginarlo y me
arrepentí al instante en cuanto sus ojos me traspasaron sin contemplaciones
al alzar la vista hacia ella.
—¿Te parece divertido?
—¿Que nos volvamos a ver?
—Que vayamos a trabajar juntos. —Me sacó de dudas con un tono
escueto, sin rastro de la simpatía que la caracterizaba. El cambio de actitud
en Ruby era evidente y no podía culparla… En el fondo, tenía motivos para
estar a la defensiva después de mi conversación con Ezra en la cocina.
Había sido un imbécil y solo quedaba asumir las consecuencias de mis
palabras.
—A estas alturas nada me sorprende.
Ruby se aclaró la garganta antes de cambiar de tema.
—Te enseñaré la sala.
—No tienes por qué hacerlo.
—Dorotea cuenta con ello. —Se encogió de hombros como si la idea de
pasar más tiempo conmigo le resultara tediosa. Me hizo un gesto con la
mano con el que me invitaba a salir del despacho y me siguió,
conduciéndome hacia una de las puertas del fondo de la segunda planta
donde nos encontrábamos. Me adelantó a medida que localizaba de aquel
montón de llaves la que abría la puerta más próxima.
—Este es el Espacio de Aprendizaje. —Encendió las luces de la sala
enorme donde podría trabajar sin que nadie me molestara—. Solo el
profesorado tiene acceso, ya que los alumnos no pueden reservarlo. Como
puedes ver, está equipada con todo lo necesario. —Carraspeó y luego
toqueteó con los dedos la mesa principal con cierta impaciencia—.
Deberíamos comenzar por planificar el cronograma de la exposición para
cumplir con los plazos, ya que tenemos solo dos meses contados para
hacerlo. Puedo organizar…
—No será necesario —la interrumpí, y sus cejas se elevaron con
sorpresa.
—¿Por qué?
Intuí que estaría reuniendo toda la paciencia para no enviarme lejos.
—Esto no será un trabajo conjunto. Ezra me prometió que me encargaría
de la exposición —aclaré. Sus mejillas iban alcanzando un color rojizo a
medida que oía mis palabras, pero se contuvo de contestar—. Solo
necesitaré algunos permisos, pero no molestaré demasiado. No tienes que
dejar de hacer tu trabajo por esto.
—Esto es mi trabajo —puntualizó ella de forma cortante—. Y te
recuerdo que la exposición es una colaboración conjunta entre
departamentos y biblioteca.
—La biblioteca solo presta el espacio.
—La biblioteca tiene mucho más para ofrecer que solo el espacio. —Se
cruzó de brazos, ofendida—. Es más, sin esos permisos de los que hablas no
podrás usar el Fondo Antiguo.
—¿Insinúas que no vas a concedérmelos?
Me lanzó una mirada voraz.
—Insinúo que este año participaremos como iguales en todo lo
relacionado con la organización: desde la temática hasta la colocación de la
última vitrina.
—Aquí solo hay un comisario de arte —sentencié.
—Pues ya te digo que habrá dos.
—Escucha. —Me pellizqué el puente de la nariz para tranquilizarme—.
Sé que no estuvo bien lo que oíste anoche en la cocina, pero esto no tiene
nada que ver con ello…
—¿Por qué te crees tan importante? —me interrumpió con aquel tono
cargado de sátira—. Para la próxima vez ampliaremos la puerta para que tu
ego y tú paséis.
—El Departamento de Literatura siempre se ha encargado de la parte
específica de la exposición, y la biblioteca de los aspectos técnicos y de
montaje… —proseguí, pero Ruby tenía la misión de interrumpirme a toda
costa.
—Puede que así haya ocurrido otros años, pero no este. La biblioteca
merece el mismo reconocimiento que vosotros.
—Esto no es un debate, Ruby.
—Por supuesto, Gideon, esto es lo que va a suceder, lo quieras o no.
—Hablaré con Dorotea.
—Adelante —insinuó, y algo en su voz me hizo volverme hacia ella
cuando ya me dirigía hacia la puerta—. De paso dile cuántos libros le debes
a esta biblioteca.
Rara vez solía quedarme pasmado sin saber qué decir, pero aquella chica
parecía tener el don para provocarme aquel efecto. Me dedicó una sonrisa
condescendiente y vislumbré ese tatuaje en su brazo interior que no
conseguía ver del todo cuando ella realizó aquel aspaviento.
—No creo que estés en posición de exigir nada, profesor Vincent
Saliman. —Noté el resquemor en cuanto pronunció mis apellidos—. ¿Crees
que la directora va a concederte permisos especiales cuando descubra que tu
cuenta está suspendida?
Eso no lo había visto venir.
—Veo que te has preocupado bastante por investigarme —ironicé, a
pesar de que me tenía acorralado.
—¿Cómo piensas reservar este Espacio de Trabajo para ti solito con la
cuenta inactiva?
Respiré hondo.
—¿Qué quieres?
—Ya te lo he dicho: participar en todo lo que respecta a esta exposición.
Además, creo que sales más que favorecido en este acuerdo.
—Alúmbrame.
—Tendrás méritos para tu tesis y la autoría conjunta del proyecto.
En eso tenía razón.
—La autoría conjunta no me sirve.
—Tendrás que apañarte.
—No es una opción.
—Creo que olvidas que puedo echarte de este proyecto cuando me
plazca. Solo necesito hablar con Dorotea para buscar a otro investigador de
tu Departamento.
—Eso no va a suceder —le insté.
—No me conoces en absoluto.
—De eso ya me he dado cuenta, pero no vas a jugar a este juego sola.
Se acercó a mí y alzó el mentón de forma orgullosa mientras me
encaraba. La tuve tan cerca como para oler el aroma a fresas que
desprendía. Había una fuerza en ella, indómita y casi hipnótica, que te hacía
enmudecer de lleno.
—¿Quieres decirme algo?
—Tu juego, mis reglas —le recordé, y ella reconoció aquella frase que le
había dedicado cuando intentaba descubrir mi canción favorita de Queen.
—Esto no es una negociación.
—Lo es. —Entonces saqué mi móvil y recuperé la conversación del chat
para luego mostrársela—. ¿Qué pensará la directora cuando descubra los
finos modales de su personal de biblioteca?
Me fulminó, pero vi la sorpresa en sus ojos.
—¿Tenéis por costumbre llamar «capullo» a todos los usuarios que os
preguntan por el chat? —pregunté. Ella mostró la intención de hablar, pero
la silencié cuando negué con la cabeza, sin darle posibilidad de réplica—.
¿Vas a decirme que no has sido tú o vas a vender a alguno de tus
compañeros?
—Yo nunca haría eso —replicó y, de nuevo, aceptó la derrota—. Bien,
estamos empatados. ¿Y ahora qué?
Me quedé un momento en silencio.
—Dejaré que me ayudes a organizar la exposición…
—Dejarás que trabaje en la organización —matizó y me corrigió en el
acto.
Elevé los ojos al cielo.
—Trabajarás en la organización de la exposición, pero a cambio
perdonaréis la deuda de los libros. Mi usuario estará libre de sanciones.
Vi que sus labios entreabrían para protestar y la duda en su expresión.
Pero aceptó.
—Está bien, pero devolverás los libros.
—Lo haré en cuanto termine la tesis.
—Eres un impresentable —me insultó, y no estuve preparado para lo que
vino a continuación—: Eres el caballo de Atila, por donde pasas no crece la
hierba.
El rugido de aquella carcajada resonó por la sala sin control. Me
sorprendió tanto como la cara atónita que puso Ruby al verme. Por
supuesto, ella no era consciente del tiempo que llevaba sin reírme de ese
modo; incluso creía haber perdido la capacidad de expresar algo distinto al
hermetismo más devastador que siempre me acompañaba. Este Gideon
malhumorado estaba a años luz del que había sido, pero, por un breve y
sorprendente instante, Ruby me había recuperado.
—Estas son las reglas del juego.
—Sales ganando, claramente.
—Eres tú quien ha decidido jugar —insinué.
—Pongo una última condición —me retó—. El trato es el siguiente:
haremos la exposición juntos, te perdonaré la sanción y devolverás los
libros.
—Los devolveré cuando entregue la tesis —repetí.
—Sí, ya —dijo entre dientes, molesta.
—¿Cuál es esa última condición?
—Cuando terminemos la exposición, redactarás una disculpa formal y la
leerás frente al personal de la biblioteca, reconociendo que has sido el
mayor moroso de la historia del Cittadella.
Me sonrió, vengativo.
—Trato hecho.
—Bien. —Me tendió la mano y la acepté—. Empezamos mañana.
Facsímil
Del lat. fac «haz», 2.ª pers. de sing. del imper. de facĕre «hacer», y simĭle
«semejante».
1. Reproducción exacta y perfecta de ediciones originales impresas o
ejemplares manuscritos.
2. Copia de seguridad que poseen las bibliotecas para que la obra
original no se deteriore o sea robada.
3. Como cuando piratean un libro, pero legal.
CAPÍTULO 11
Ruby
Estaba metida en un lío y de los gordos. Tenía dos meses para organizar la
mejor exposición que la Biblioteca hubiera hecho antes con el fin de
impresionar y no decepcionar a Dorotea. La directora contaba con el éxito
rotundo del proyecto, pero lo que desconocía era que el investigador de
turno era el capo de los morosos de libros. La vida estaba poniéndome a
prueba desde hacía unos días, y haber descubierto que el guapo pero
insufrible vecino de los Palmer resultaba ser de todo menos lo que había
creído en un principio no era plato de buen gusto. Después del chantaje
mutuo donde cada uno había sacado a relucir sus estrategias en esa lucha
encarnizada por conseguir el mejor beneficio, al fin habíamos llegado a un
acuerdo.
—Estás obsesionada —me reprochó Margot, sentada en el césped tras su
visita al día siguiente—. Espero que no amenaces de muerte a mi profesor o
adiós a mi matrícula de honor.
—Tu matrícula de honor no puede ser más importante que defender el
orgullo de tu propia tía.
Me llevé una fresa a la boca y la saboreé con gusto, tumbada en la hierba
donde absorbía los débiles rayos de sol que aquel viernes nos regalaba. Era
principios de octubre y el campus comenzaba a llenarse poco a poco de
universitarios. Amaba aquella época del año, justo cuando los alumnos
iniciaban sus rutinas de estudio y la biblioteca se llenaba de vida.
—¿Cómo habéis llegado a esto? El día de la cena parecíais tan…
—El día de la cena no sabía que tenía guardado un arsenal de libros
robados en su habitación, Margot. Es más, hasta ayer mismo ni siquiera
sabía que sería el investigador con el que trabajaría y que me ha
chantajeado para permanecer a bordo de este proyecto a toda costa. —Me
ajusté las gafas de sol—. Yo no he iniciado esta guerra.
—¿Qué esperabas que hiciera? Tampoco le has dejado opción.
Me volví hacia ella.
—¿Pero tú de qué parte estás?
—De la tuya, rubí, siempre de la tuya —comentó, burlona.
—Más te vale.
—¿Te habían dicho alguna vez que te pones muy sexy cuando te enfadas?
—Allí viene —la alerté, ignorándola, y me puse en pie.
Lo reconocí de lejos. Aquella actitud que transmitía una seguridad
desbordante y que indicaba lo mucho que en realidad disfrutaba al
suspender exámenes y enviar a alumnos a septiembre. Su pelo castaño, esta
vez un poco alborotado por el ritmo acelerado que traía, resaltaba su piel
bronceada. De no ser porque sabía que era un profesor moroso, podría
haber pasado sin problemas por un alumno. Distinguí su camiseta blanca de
Queen bajo su chaqueta denim con el forro de borreguito sintético que tan
bien le quedaba. Maldita sea su estampa.
—Respira —me aconsejó Margot por lo bajo cuando Gideon estaba a
escasos metros de llegar hasta nosotras.
—Eso estoy haciendo —gruñí entre dientes—. La segunda opción es
matarlo.
—Déjale a Palladino esas cosas —bromeó—. A todo esto, ¿y Celeste?
—Ha ido a la copistería para rogarle a Flora que no lo invite a la
barbacoa de mañana —le expliqué y señalé a Gideon con un breve
movimiento de cabeza—. Estás invitada, por cierto. Es en honor a Florian.
—¿Florian viene?
—Rob mantiene la esperanza de que, al final, se mude a Cittadella.
—Rob es muy fantasioso —soltó, y luego se recuperó en cuanto él
apareció frente a nosotras—. Hola, Gideon.
—Anoche te dejaste esto en casa —la saludó y le devolvió una sudadera
que me resultó familiar. Al parecer, Margoléfica y su mano ladronzuela
contraatacaban de nuevo.
—En realidad es suyo. —Me señaló, y él pareció dudar de si
entregármela.
—Me encantaría que dejaras de robarme cosas —dije. Mi sobrina me
dedicó una sonrisa angelical y yo a ella un mohín—. Ya he tenido bastante
en los últimos días —apostillé, y Gideon me echó un breve vistazo, como si
valorara la posibilidad de entrar por la biblioteca sin saludarme siquiera.
—Un placer verte, como siempre, Ruby —me saludó con sorna.
—Lástima que no pueda decir lo mismo. —Me encogí de hombros y le
quité la sudadera de las manos, despidiéndome de Margot para entrar
dentro. Cuanto antes comenzara aquella tortura antes acabaríamos, si es que
no se producía un crimen antes y cumplíamos el sueño de Palladino.
***
Gideon se quitó la chaqueta con actitud iracunda tras llevar media hora
discutiendo sobre la elección del tema de la exposición. Se llevó la mano
hacia atrás y se alborotó el flequillo, como si el gesto lo tranquilizara. Allí
estaban aquellas pestañas infinitas que podrían causar huracanes con tan
solo agitarse. Por el amor de dios, Ruby, para.
—Esto va a ser más difícil de lo que pensaba —murmuró, enfadado.
—Sería más fácil si no te creyeras el ombligo del mundo —le espeté,
cansada de tanta negativa por su parte—. Ni siquiera has valorado mis
propuestas.
—Hacerlo sobre la historia del libro no es aconsejable —repitió. Apoyó
los dos brazos sobre la mesa y aprecié cómo se le tensaban los músculos
cuando se inclinó hacia mí—. ¿Cómo vas a abarcar todo en una sola
exposición?
—Por eso se llama trabajo en equipo, para llegar a ello juntos.
—No me convence.
—Podríamos orientarlo hacia el libro moderno —sugerí—. La biblioteca
cuenta con una edición facsímil de 1951 de El principito y sería la ocasión
perfecta para mostrarlo al público. Además, muchos ni siquiera conocen a
Saint-Exupéry.
—Dudo que haya alguien que no conozca a Antoine de Saint-Exupéry.
—El año pasado nos llegó un alumno solicitándonos la secuela de El
principito. Nos dijo que si continuaba con El príncipe. —Solté una risita al
recordar la cara de Palladino y, cuando me di cuenta, Gideon ya estaba
mirándome con aquella expresión de hermetismo tan propia en él. Se me
borró la sonrisa al instante—. El libro ha evolucionado a lo largo de los
siglos XX y XXI de un modo espectacular, podríamos también introducir la
llegada del libro electrónico…
—No.
Resoplé en alto.
—La idea de Celeste también me parece original. —Le pasé la nota que
mi amiga me había dado esta mañana—. Estudiaríamos el Fondo Antiguo
de la biblioteca con la idea de hallar la «serendipia literaria» que puede
haber oculta entre muchos de los ejemplares. No sería la primera vez que
nos hemos encontrado dentro de las páginas marcapáginas antiguos,
postales o estampas, entre otros.
Gideon se quedó pensativo durante un breve instante.
—Tenemos dos meses —reflexionó, y me puse a la defensiva, ya que su
tono indicaba de nuevo otra negativa—. Nadie nos asegura encontrar
suficiente «serendipia literaria» como para poder exponerla. Además de que
nos llevaría demasiado tiempo estudiar el Fondo Antiguo… tiempo que
tenemos limitado.
Me fastidiaba reconocer que ahí llevaba razón.
—¿El periodo de 1650 a 1899?
—Podríamos centrarnos en Lewis Carroll, sería una posibilidad.
—«¡Como que a veces he llegado a creer hasta seis cosas imposibles
antes del desayuno!» —cité, con énfasis, la famosa frase de La Reina sin
importarme en absoluto lo que pensara Gideon—. ¿Qué?
—¿Siempre sueltas todo lo que se te pasa por la cabeza?
—Deberías probarlo —le indiqué con sátira—. No te vendría nada mal
ser un poco más espontáneo.
—¿Crees que no lo soy?
Asentí.
—Creo que te falta diversión. —Luego, cambié de tema—. ¿Entonces
llegamos a un acuerdo con Lewis Carroll?
—Por supuesto que no —soltó con aquel tono calmado que tanto me
crispaba.
—¿Estás haciéndolo a propósito?
—He dicho que Lewis es una posibilidad, no la propuesta definitiva.
Me levanté de la mesa, dando un golpe en seco.
—¡No vamos a estar aquí debatiendo eternamente!
—Para eso se llama trabajo en equipo, para llegar a ello juntos —me citó
con burla, y vi la mofa en sus ojos avellana. Si alguna vez su sarcasmo me
había parecido atractivo, lo retiraba.
—Eres un ególatra.
—Y tú eres caótica e impulsiva. Tus propuestas no tienen argumentos
sólidos y no podemos organizar una exposición solo con ideas. Hay que
trabajar con lo que tenemos en el Fondo. —Me calló con la mano para que
lo dejara terminar. Dios, cada día detestaba más la superioridad moral de
aquel imbécil.
—¿Y cuáles son tus propuestas? Porque hasta el momento solo he
trabajado yo.
—Una exposición sobre arte y literatura.
—No.
—Ni siquiera has escuchado la propuesta.
—¿Quieres traer un Picasso a la exposición? —ironicé.
—Hay distintas formas de enfocarlo.
—¿Esa es tu brillante idea para la que me has tenido esperando casi una
hora?
Gideon se cruzó de brazos. Ya no ocultaba lo mucho que le impacientaba
mi actitud.
—Al menos mis ideas tienen algo de coherencia.
—Y el darwinismo debe estar de luto al comprobar que la especie
evoluciona de esta manera —le solté sin tapujos.
—Ya sabía que esto te venía grande.
Cerré los puños con fuerza. Intuía lo que estaba haciendo al provocarme
de esa forma y, aunque no lo admitiría en alto, por una vez hice lo más
inteligente. Decían que una retirada a tiempo era una victoria, así que le
susurré un «ahí te quedas» y salí por la puerta. Haría honor a mi
impulsividad y no perdería más tiempo con él.
—¿Ya has acabado? —me preguntó Celeste cuando la encontré con el
carrito de libros para colocar—. Cuéntame, ¿ya habéis elegido tema?
—Dudo que haya siquiera exposición.
Detestaba a Gideon Vincent Saliman con todas mis fuerzas. Desde que lo
conocía, parecía decidido a arruinarme la existencia. Primero, no quería
devolver los libros hasta terminar su maldita tesis. Segundo, me había
chantajeado con la captura del chat bibliotecario para poder seguir en el
proyecto. Y, por último, me había soltado que no estaba cualificada ni era lo
suficientemente profesional para organizar una exposición. Sin olvidar el
detalle de que era el profesor y el mejor amigo del novio de Margot.
Quise gritar. Aborrecía su superioridad moral y la manera en que su
opinión siempre parecía ser la más válida. Pero era un moroso y no se
saldría con la suya.
—Celeste.
—¿Ajá? —Mi amiga estaba colocando el libro en la balda cuando se giró
hacia mí para prestarme atención. Bajé la voz al estar en la sala de estudio
y, con toda la calma del mundo, le conté mi venganza.
—¿Recuerdas nuestro lema?
—¿Un libro mal colocado es un libro perdido?
—El otro.
—¿No habrá piedad para los morosos?
Asentí.
—Tengo un plan.
—¿Tiene algo que ver con el chico que te acaba de sacar de tus casillas?
Volví a asentir.
—Quiero entrar en su despacho y recuperar los libros que pueda tener
ocultos allí. Necesitaremos la ayuda de Margot y, una vez acepte,
procederemos con un plan de ataque. —Hice énfasis en lo último.
—Veo que esto ya es algo personal.
—Lo es.
—Bien, cuenta con ello —me apoyó.
No cumpliría mi parte del trato porque no iba a quedarme de brazos
cruzados a la espera de que el profesorcito quisiera devolver los libros. ¿Y
si tardaba media vida en entregar la tesis? No iba a permitir que esos
ejemplares, ahora que ya sabía dónde buscarlos, permanecieran más tiempo
perdidos. Había recuperado cuatro la otra noche y recuperaría todos los que
estuvieran a mi alcance. ¿Iba a jugar sucio? Sí y lo haría sin arrepentirme de
ello.
Porque, como bien decía Celeste, esto era una guerra personal.
—Aunque tendrás que contar con su presencia en la barbacoa. Mi padre
se ha negado por completo ante la posibilidad de no invitarlo mañana.
—Podré soportarlo.
CAPÍTULO 12
Gideon
—¿No se te ha ocurrido en algún momento comentarme que era
bibliotecaria?
Ezra se encogió de hombros, restándole importancia.
—Pensaba que lo sabías.
—No, no lo sabía —protesté, y comenzó a reírse.
—Tanto Ruby como la hija de los Palmer trabajan en la Biblioteca del
Cittadella. Ahora sí, menuda coincidencia que sea la que te ayude con la
exposición. ¿Cómo se lo ha tomado?
—Como si fuera un grano en el trasero que debe explotar.
La risotada de Ezra resonó por todo el jardín.
—Parece que has encontrado la horma de tu zapato.
Le tiré la lata de cerveza a la cabeza; él la esquivó a tiempo. Segundos
después, Margot apareció por la puerta del jardín con una bolsa llena de
patatas fritas y unos cuantos refrescos para la barbacoa de los Palmer.
Busqué el color menta tras ella, pero la chica había aparecido sola.
—¿Todavía no estáis listos?
—Estábamos esperándote. ¿Y Ruby?
—Irá directa a la casa de los Palmer. Creo que CDU ha hecho de las
suyas.
Ezra me lanzó una sonrisita y luego lanzó aquella pregunta en alto.
—¿Nos explicas quién es Florian?
Margot soltó las bolsas en el césped y le indicó a mi amigo que le
ofreciera una cerveza mientras nos sacaba de dudas. Se echó hacia atrás su
corta melena del color del chocolate intenso.
—Florian es el hijo favorito de Flora, ya os aviso. Es diseñador de
videojuegos y vive en Inglaterra desde hace años —nos explicó—. Los
Palmer solo quieren que se mude a Cittadella y creen que su visita de hoy
está relacionada con esto último. Por lo que sé, Rob quiere presentároslo
para que os hagáis amigos.
—¿Y cree que esa razón será suficiente para que el chico se quede aquí?
—Rob es fantasioso —reconoció Margot—. Te recuerdo que tiene un
Iron Man de tamaño real en casa.
—Es un genio —murmuré.
Margot bebió un sorbo de su cerveza y asintió lentamente.
—Los Palmer son la familia que todo el mundo querría tener. Desde que
Ruby conoció a Celeste en la universidad todo ha girado en torno a ellos y a
Florian. —Se entrecortó al decir aquello. Por la forma en que carraspeó
varias veces, adiviné que había revelado algo que no debía. Nos lanzó una
sonrisa culpable—. Haced como si no hubierais oído nada de esto.
—¿Florian y Ruby? —Las cejas de Ezra se elevaron en alto—. Esto
promete.
—Fueron novios durante la universidad y eran mejores amigos. Florian
estaba enamorado hasta los huesos de Ruby, pero cortó con ella el último
año. —Hizo un mohín de tristeza—. Para los Palmer fue una desgracia, ya
que Ruby era parte de la familia… Lo ha seguido siendo desde entonces,
pero no llevaron muy bien la ruptura. Al parecer, nunca entendieron los
motivos por los que su hijo no quiso continuar con la relación.
—¿Por qué?
Margot alzó los brazos y ladeó la cabeza como si fuera evidente.
—¿Acaso iba a encontrar a alguien mejor que Ruby?
—En eso tienes razón —admitió Ezra y me lanzó una mirada cómplice.
—Es ingeniosa, inteligente y siempre te sacará una sonrisa por muy
desastroso que haya sido tu día. —La admiración que Margot sentía hacia
Ruby era algo que no podía ocultar—. Tiene esa luz propia que eclipsa a
todos los que nos encontramos cerca.
Recordé el modo en que su hoyuelo se le marcaba en la mejilla cada vez
que se reía…, y la había visto reír desde el mismo instante en que la había
conocido. Era como un haz de luz que me punzaba el interior. Ruby era
caótica, impetuosa, inteligente y tenía cierta habilidad para sacarme de
quicio como nadie lo había hecho jamás. Y cada vez estaba más seguro de
que había irrumpido como un torbellino en mi vida para arrasar con todo a
su paso, incluso, en ocasiones, también conmigo.
—¿Crees que nos caerá bien?
—Florian es un buen tío.
—Gideon también lo es y Ruby solo quiere atizarle el culo.
—Ruby es la justiciera del Cittadella —reveló Margot entre risas y me
guiñó un ojo—. Aunque tu enemistad no debe afectar en absoluto a mis
notas académicas.
—Oh, sí que lo hará —mentí, a pesar de que no me creyó—. Y ahora
deberíamos irnos o Rob se presentará aquí en cuestión de segundos.

***
Los Palmer estaban reunidos alrededor de la barbacoa al completo
cuando llegamos cinco minutos después. El capitán me hizo un gesto con la
cabeza a modo de saludo mientras saboreaba unas costillas asadas que
tenían una pinta exquisita. El jardín de los Palmer era uno de los sitios más
bonitos del Golden gracias a la dedicación de Flora. La señora Palmer tenía
un talento innato para las flores.
—¡Chicos!
Rob vino a darnos la bienvenida. Le dio las pinzas al chico que estaba a
su lado y que reconocí como Jason por la fotografía que Ruby me había
enseñado en la escalera. Era el mediano de los chicos Palmer y, si no
recordaba mal, el único discreto en la familia. Nos dedicó una sonrisa
cordial y siguió a lo suyo. Ya me caía bien.
—¡Margot, cariño! ¿Cómo estás? —Rob la abrazó con afecto.
—Hambrienta, Rob.
—Las Ricaldi siempre lo estáis —bromeó el señor Palmer y la empujó de
forma amistosa hasta la mesa, donde todos se sentaban ya. Luego, se giró
hacia nosotros con efusividad—. ¡Cuánto me alegro de volver a veros,
chicos!
—Desde que probamos esa lasaña no hemos dejado de fantasear con
almorzar todos los días con vosotros —bromeó Ezra, provocando un
estallido de risa en Rob.
—Cuando queráis.
—¿Y el pequeño demonio? —pregunté, y eché un vistazo en busca de
Coloso.
—Lo hemos dejado dentro de casa —me aseguró y alzó la vista para
prestarle atención al chico que entraba por la puerta trasera y que cargaba
con varios paquetes de hielo—. Allí está Florian. ¡Ven aquí, hijo!
El chico depositó los hielos en la nevera portátil y luego vino hacia
nosotros. Era alto y había heredado los ojos oscuros del capitán, pero no
había duda de que era el retrato masculino de Celeste.
—Os presento a mi hijo, Florian —nos presentó Rob—. Estos son Ezra y
Gideon.
—Mi padre no para de hablar de vosotros —bromeó cuando nos estrechó
las manos, y percibí el acento marcado fruto de haber vivido en el
extranjero—. Encantado, tíos.
—Rob nos ha mencionado que vives fuera.
—Para desgracia de mis padres. Vivo en Clovelly, en el condado de
Devon. Si algún día viajáis por allí, llevaos calzado cómodo —apostilló con
sorna, y distinguí el carácter afable y magnánimo del señor Palmer
heredado en él—. ¿Qué hay de vosotros? Me he enterado de que trabajáis
en el Cittadella College.
—Profesores —revelé y asumí la broma que vendría tras esto.
Florian rio.
—¿Pero es que no deseáis tener vida o qué?
—Quieren que nosotros no la tengamos —se mofó Margot,
incorporándose a la conversación mientras se deleitaba con una de esas
costillas con tan buena pinta. A nuestro lado, Florian se dio la vuelta para
saludarla.
—¡Mírate, Margot, pero si estás espectacular!
—He crecido unos centímetros desde que te fuiste.
—Ya veo.
—No es lo único que te has perdido —objetó Flora y nos recibió con una
sonrisa mientras señalaba a Ezra con una mueca de cabeza—. Ahora
tenemos a una Ricaldi de vecina.
El chico abrió los ojos, sorprendido.
—Vale, tío, buena suerte. Las Ricaldi son de armas tomar. —Le dio el
pésame a Ezra.
—¡Oye! —Las risas se extendieron por el jardín ante la indignación de
Margot, que, a pesar del comentario, comenzó a carcajearse con aquella risa
contagiosa—. Además, ¿por qué das por hecho que es él?
—Porque tiene las secuelas del azote de las Ricaldi en la cara.
—Pues luego no eres tan valiente con Ruby delante —lo retó ella.
—Ni me atrevería. —Florian fingió cara de terror y luego la buscó con la
mirada, sin encontrarla—. ¿Dónde anda, por cierto?
—Viene de camino —anunció Celeste conforme salía del interior de la
casa con una bandeja de queso. Obstaculizó con el pie la salida del Pequeño
Caníbal, que ya iba tras ella para hacer su entrada triunfal—. La gata se ha
colado en casa de la vecina.
—Ya le he dicho que esa vecina quiere robársela —apuntó Margot.
—¿Cómo la llama? —preguntó Rob.
—La señora Margaret Oído Fino —confesó Celeste, y su padre comenzó
a reírse a carcajadas—. Tenemos la sospecha de que escucha todo lo que
ocurre en el bloque. La última vez, Ruby se olvidó de comprarle la comida
a CDU y a la mañana siguiente había dos latas de paté en el descansillo de
su puerta.
—Al menos es de ayuda —añadí con sorna.
—Mamá también era una Margaret Oído Fino. ¿O lo habéis olvidado?
El único de los Palmer que me faltaba por conocer se presentó ante
todos. Danny, el pequeño y el más efusivo, me dio la bienvenida con una
palmada amistosa en el hombro. Era igual de alto que su hermano Florian,
pero, a diferencia de este, Danny era un calco de su madre. Su cara me
resultaba familiar, y recordé que lo había visto en un par de ocasiones por el
barrio.
—¡Danny! —Flora puso el grito en el cielo.
—¿Recordáis cuando Florian nos presentó a Ruby?
—Como para olvidarlo —masculló Celeste, y Florian soltó una
carcajada. Aquella broma entre hermanos se quedó en privado—. Era mi
amiga.
—¿Recordáis cuando subía las escaleras en modo sigiloso y pegaba la
oreja a la puerta para ver de qué hablaban? —Flora intentó acallar a su hijo
entre risas, pero Danny era un travieso innato.
—¡Yo sí lo recuerdo, mamá! —soltó Jason a lo lejos.
—Quería asegurarme de que Ruby estuviera bien atendida —se excusó
Flora y agarró a su hijo para sacarlo de la conversación por si decidía contar
algo más indebido—. Venga, chicos, la comida está lista.
—¡Voy para allá! —gritó Ezra, alejándose hacia la mesa con Florian y
Margot.
—Siéntate, Gideon —me ofreció Rob, pues ya se dirigía a la barbacoa.
—Prefiero ayudarte, si no te importa, y así Jason se toma un descanso.
El chico articuló un «gracias» silencioso y se marchó de inmediato.
—Todos quieren comer, pero nadie ayuda —protestó Rob, a pesar de que
disfrutaba organizando aquellas barbacoas y reuniendo a la familia.
—Suele pasar.
Rob me ofreció una cerveza, y yo agarré las pinzas para darle la vuelta a
las costillas.
—Veo que a ti se te da bien.
—Mi padre solía hacer barbacoas cada domingo.
—Debe sentirse orgulloso.
—Lo estaba —revelé, y él apoyó su mano en mi hombro.
—Lo siento, muchacho. Yo también perdí a mi padre cuando era joven.
—La expresión de Rob se tiñó de un aura de nostalgia que entendía bien—.
A veces se nos olvida que la vida pasa de largo y cuando nos damos cuenta
ya hemos vivido la mitad de la nuestra. Parece que fue ayer cuando Florian
nació y míralo. —Señaló al chico con afecto—. Está lejos de casa y
construyendo su propio camino. Supongo que ningún padre está preparado
para ver marchar a sus hijos.
—También debe haber sido difícil echar raíces cuando lo único que
quieres es volar —dije, haciendo referencia a Florian.
—De nada sirve volar si no tenemos un lugar que nos sirva de anclaje.
—Dímelo cuando lo descubras —satiricé, y oí la amargura en mi propia
voz.
Rob me dedicó una mirada de consuelo.
—La familia es el mayor anclaje que tenemos, Gideon.
—La mía ya hace mucho que dejó de serlo.
—Bueno, eres joven todavía. Y tienes tiempo de sobra para encontrar
aquello que te mantenga con los pies en la tierra.
—Tampoco pasa nada si no lo encuentro.
—Puede —señaló, y luego me pasó la bandeja, donde fui depositando las
costillas ya hechas—. Aunque te perderías cosas increíbles en el camino.
Puede que tuviera razón, pero ya me había dado por vencido. La única
motivación que buscaba era la de sentirme realizado en mi trabajo. No
quería echar raíces, pero, a la vez, me aterraba volar. Aquello era un caos
constante en mi cabeza que, en ocasiones, me dejaba agotado. A menudo,
sentía que estaba dentro de las páginas de un libro y la historia se había
congelado, no avanzaba, pero tampoco retrocedía. Me había quedado allí
parado, viendo la vida pasar, sin intervenir, y siendo un mero espectador, a
la espera de que un vendaval agitara las páginas y las moviera por mí.
—Ahí está Ruby.
Y allí estaba, materializándose frente a mis ojos como una ensoñación. El
verde menta de su pelo suelto y esos ojos celestes que se habían asomado lo
suficiente para ver en mi interior, sin yo siquiera esperarlo.
—¿Qué te ha pasado en la cara? ¿Flora no te ha echado suficiente crema?
—Quería tener tu tono de piel —le respondió Florian con mofa y la
levantó en el aire cuando llegó hasta ella. Los ojos del chico centellearon de
diversión mientras la hacía girar frente a todos. Segundos más tarde, el
chico abrió los brazos y la rodeó con afecto antes de darle un beso en la
coronilla. No había duda de que estaba feliz de volver a verla—. Vaya, no
has vuelto a teñirte.
—Me gusta el color menta.
—Te queda bien. —Le sonrió.
Vi la mano de Florian tocarle con suavidad la mejilla y aquella sonrisa
que destellaba cuando al fin se retiró de aquel abrazo. Y, justo allí, supe que
aquel chico todavía seguía anclado a aquellos ojos celestes. Pero ¿quién iba
a culparlo?
—Y ahí está mi esperanza —señaló Rob, que se había quedado
observándolos mientras reían a escasa distancia con una expresión de
añoranza—. A veces las cosas no cambian, en especial cuando el brillo en la
mirada te delata. Y siempre he creído que esos dos terminarían juntos tarde
o temprano.
Bebí un trago para adormecer la punzada de celos que me sacudió de
pronto.
CAPÍTULO 13
Ruby
La llegada de Florian había traído consigo la felicidad de todos los Palmer.
Flora no paraba de darle besos cada vez que hacía una pausa en los relatos
de sus vivencias en el extranjero. Estaba igual de alto que lo recordaba, a
pesar del tiempo sin vernos. Le había crecido el pelo y parecía más maduro,
a pesar de que siempre lo había sido. Para mí no había cambio más que el
aparente, ya que era el mismo Florian, cálido y bromista, que me había
conquistado años atrás.
—¿No crees que es buena hora para comenzar la fiesta? —me susurró
aquel granuja para que nadie más oyera su petición encubierta.
—En marcha. —Asentí.
Me levanté de la mesa y recibí el guiño del capitán de inmediato. Aquella
seña era la súplica silenciosa que el abuelo de Celeste usaba para pedirme
vino de forma clandestina, sin que su hija se diera cuenta. La primera vez
que lo había conocido me había guardado la mitad de la botella de Château
Greysac en el bolso para terminarla más tarde en su habitación. Le devolví
el guiño y me dirigí hacia el interior de la casa con la excusa de ir al
servicio. Aquella fechoría con el capitán ya era una tradición.
Entré al salón y pasé junto a la chimenea; luego me colé a hurtadillas en
la despensa, donde los Palmer solían guardar el botín de guerra. Me incliné
y curioseé el botellero sin tener ni idea de lo que buscaba. No era una
entendida, puesto que el único vino que tomaba era el del tinto de verano,
así que, como ya era tradición, robaba la primera botella que me parecía
mejor. Al capitán no le importaba, ya que su único propósito era bebérsela y
quedarse frito después.
—No quiero hablar contigo. —Me quedé quieta en cuanto reconocí su
voz—. No vuelvas a llamarme.
Gideon estaba en la oscuridad del pasillo y discutía con alguien por
teléfono.
No es que tuviera la intención de escuchar a escondidas, pero debía
cruzar la estancia hasta llegar a la puerta que conducía al jardín y, en cuanto
lo hiciera, se daría cuenta. Caminé de puntillas con sigilo y recé para que no
me viera. No quería saludarlo después de haberme marchado enfadada en
nuestra primera disputa de ayer y de haberlo dejado plantado. Nuestra
guerra se fraguaba dentro de la biblioteca, pero no dejaría que su molesta
presencia empañara mi tiempo libre, y menos con los Palmer.
—No me busques y deja a Ezra al margen de esto —sentenció a escasos
metros mientras yo seguía mi camino hacia el exterior. Crucé la entrada del
pasillo a toda velocidad, sosteniendo la botella en mi regazo. Luego, se
produjo un esclarecedor silencio, tan solo interrumpido por la sorpresa en
su tono de voz. Maldita sea. Cerré los ojos en cuanto supe que me había
descubierto en mitad del comedor—. ¿Ruby?
Le mostré la botella con el fin de justificarme.
—Tú y tu sorprendente habilidad para oír conversaciones ajenas —
satirizó.
—Las conversaciones dejan de ser privadas si te pones a gritar en mitad
del pasillo.
—Tampoco has hecho mucho ruido.
—Tienes razón —ironicé—. Para la próxima traeré una orquesta para
que notes mi presencia.
—Como si eso fuera difícil…
—¿Qué insinúas? —Me acerqué a él y le planté cara. El matiz del color
miel que se dibujaba en ocasiones en sus ojos avellana me cautivó, pero
jamás de los jamases le confesaría aquel detalle.
—Insinúo que no pasarías desapercibida ni aunque lo intentaras.
—Mira, Gideon —pronuncié su nombre con claridad y me fijé en que sus
ojos se habían posado en mis labios de pronto, pero no titubeé— quiero que
te quede claro que te tolero solo por no fastidiarle la fiesta de bienvenida a
Florian.
—Florian. —Curvó las comisuras de sus labios en una sonrisa perezosa.
—Sí, ¿qué pasa con él?
Se quedó en silencio, y me impacienté. De repente, tiró de mi cuerpo
hacia el suyo y me choqué contra él de forma abrupta. Tenía la mandíbula
próxima a su torso cuando me estrechó con fuerza y su brazo me rodeó de
manera protectora. Recibí de inmediato aquel olor a cítricos que siempre lo
acompañaba.
—¿Qué narices haces?
—El perro.
—¿Qué?
Me giré con lentitud entre su cuerpo hasta oír el gruñido de Coloso justo
detrás. El Pequeño Caimán estaba preparándose para el ataque y, por el
modo en que su mirada se posó en mis zapatos, adiviné que yo sería el
blanco de su furia esta vez.
—Mierda —musité.
—Creo que te odia incluso más que a mí.
—Tiene obsesión por mis zapatos.
—Mejor ellos que otra parte de tu cuerpo.
Su ladrido agudo nos alertó de que aquella cacería comenzaría pronto.
—¡Corre! —Gideon me agarró la mano y me condujo hacia la primera
puerta que tuvimos más cerca. Oí los ladridos de aquel chihuahua
endemoniado tras mis pasos y el mordisco de sus colmillos en el talón.
—¡Coloso! —le grité y conseguí librarme de su mordedura en cuanto
Gideon dio un portazo para ahuyentarlo. Miré hacia mi alrededor y me di
cuenta de que estábamos en la habitación de Jason—. ¡Maldito perro del
demonio!
Me senté al filo de la cama y me descalcé para comprobar la herida.
Genial, tenía sangre y me había dejado dos diminutos orificios en señal de
recuerdo.
—Déjame ver.
—No ha sido mucho, pero escuece un poco.
Gideon se puso de rodillas y me alzó el dobladillo del pantalón vaquero.
Rozó su dedo por el exterior de la mordedura y sacó de su bolsillo un
pañuelo para limpiar la sangre.
—Deberíamos desinfectarla.
—Pues sal ahí fuera, valiente —lo reté.
Alzó la vista para mirarme.
—¿Quieres que lo haga?
—No soy tan mezquina como para hacerte eso.
—Sería tu revancha por lo de ayer.
—Ya me la cobraré —le prometí con aquel resquicio de humor en la voz.
—Llamaré a Ezra para que nos rescaten.
Rebuscó el teléfono por sus bolsillos, sin éxito alguno.
—Se me ha debido de caer ahí fuera.
—Genial, entonces —protesté, resignada, y me acomodé en la cama de
Jason—. Ponte cómodo, los Palmer no nos echarán de menos hasta dentro
de un buen rato.
—¿Por qué?
—Están obnubilados con Florian.
—¿Y esa ventana?
—Da a la calle principal. —Suspiré, sin encontrar opciones—. Jason
siempre se queja de que tiene la habitación más ruidosa.
—Qué bien —señaló Gideon con irritación, como si el hecho de
quedarse encerrado en aquella habitación conmigo fuera una tortura para él.
Nadie me había hecho sentir tan poco deseada en mi vida.
Se acomodó en la silla de escritorio y estudió la habitación.
—¿Quieres que la empiece? —le ofrecí la botella—. Puedo robar otra
para el capitán cuando nos rescaten.
—¿Eso estabas haciendo?
—Mi vida no es tan triste como para tener que ir por ahí escuchando tus
conversaciones privadas.
—Y, sin embargo, cada vez que doy la vuelta es a ti a quien encuentro.
Su expresión indescifrable me dejó sin ninguna respuesta ingeniosa. Me
quedé allí en la cama, con los brazos entrelazados, hasta que él rompió el
silencio de nuevo.
—El día que nos conocimos no contaste que eras bibliotecaria.
Aquello me dejó fuera de juego.
—Tampoco preguntaste.
Gideon desvió la mirada hacia el tablón de referencias de arte que Jason
tenía en su escritorio, como buen alumno de Historia del Arte. Y tal vez mi
respuesta lo hubiera dejado también fuera de combate.
—A veces no hace falta preguntar para descubrir cosas.
—¿Esa es tu frasecita predilecta para hacerte el interesante?
—Eres terca e imprudente y tienes una destreza especial para sacarme de
mis casillas. Algo que no suele ocurrir a menudo. —Se alborotó el flequillo
en aquel gesto tan suyo.
—Vaya, no esperaba que hicieras la lista de defectos tan pronto —puncé.
Resopló en alto; si iba a decir algo bonito después de aquello debió
arrepentirse.
—¿Lo ves?
—¿Esperas que me quede aquí sentadita mientras me pones a caer de un
burro?
—No espero nada de ti, Ruby, porque tienes el don de sorprenderme
siempre.
—No te viene nada mal un poco de acción —le espeté—. Pareces un
señor mayor jubilado, solo te faltan las pipas para alimentar a las palomas.
Contra todo pronóstico, mis comentarios no parecían ofenderlo en
absoluto, sino todo lo contrario. Había cierta broma intrínseca en el brillo
de sus ojos cada vez que arremetía en su contra, como si le agradara mi
brusca franqueza.
—Soy un poco ermitaño —reconoció.
—¿Un poco? Los cavernícolas de Altamira lo fliparían contigo.
Tensó las comisuras de sus labios, ocultándome aquel amago de sonrisa.
—¿Por qué bibliotecaria? —inquirió. Entrecerré los ojos, sorprendida
ante su inesperada pregunta—. ¿No te puedo hacer preguntas? Tú tienes una
habilidad extraordinaria para ellas.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Aunque no lo quieras, Ruby, vamos a pasar dos meses trabajando
juntos.
—¡Eras tú el que no querías! —Me crucé de brazos.
—No contaba con que serías tú.
—Oh, siento que te resulte tan despreciable, pero es lo que hay.
—No… —Se entrecortó, negando con la cabeza—. No he dicho eso.
Me enderecé en la cama y lo fulminé.
—¿Sabes qué? Sí que has querido decirlo. Ya me ha quedado claro que
soy un incordio, pero te puedo asegurar que nadie te aborrece más que yo.
—Solté la rabia que me ocasionaba su desprecio.
—Ruby…
—Déjame en paz.
—No he querido ofenderte.
Me carcajeé de forma irónica.
—Llevas ofendiéndome desde el primer día en que te conocí.
—No era mi intención.
—¿Y cuáles son tus intenciones reales, Gideon? —Le solté, llena de ira,
y percibí su incomodidad—. ¿Primero coqueteas conmigo y luego me
desprecias frente a tu amigo? ¿Ese es el tipo de capullo que eres en
realidad?
—Siento que escucharas aquello.
—Te detesto, Gideon Vincent Saliman. Y te soportaré estos meses porque
no me queda otra.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura, Ausonia —ironicé con aquel chiste
privado.
Mi humor volvió a hacer mella en él. Soltó una carcajada sin poder
ocultarla por más tiempo, igual que el día anterior cuando lo había pillado
desprevenido. Verlo reír era incluso más irritante que soportar su presencia,
aunque en realidad no me creía ni la mitad de las cosas que me decía a mí
misma sobre él. Lo cierto es que verlo reír merecía cada payasada que
soltaba por la boca.
—Eres incorregible —admitió. ¿Había sonado eso como un halago?
Abrí la boca para responderle cuando escuché la voz de Danny tras la
puerta.
—¿Ruby?
—¡Tu perro quiere matarme!
Me incorporé a toda prisa y noté la presencia de Gideon detrás.
—Lo he encerrado en el cuarto de Celeste.
—¡Al fin! —Suspiré y giré el pomo para salir cuanto antes de allí.
La cara de sorpresa de Danny no tenía precio y su franca honestidad
tampoco.
—¿Os habéis estado enrollando ahí dentro?
—No existe alcohol suficiente en este mundo para que eso ocurra,
Danniel.
—Pues parecía que había interrumpido alguna escenita —pinchó con una
risita.
—La escenita de tus sueños —repetí, malhumorada.
—Cuando era mi cuñada también gastaba ese carácter —le soltó a
Gideon.
La sonrisita socarrona de Danny fue lo último que esperaba de aquel día.
Deseché la posibilidad de hacerlo entrar en razón, pero era imposible. Una
vez que Danny iniciara aquel rumor, ya no habría vuelta atrás en los
cotilleos de los Palmer.
—Debió ser agotador —se mofó Gideon con su habitual humor
exasperante.
—Y que lo digas, tío.
—Estoy aquí —reclamé.
—Y por esa razón te has perdido lo mejor —señaló Danny con aura de
misterio y le devolvió el móvil a Gideon mientras nos conducía de vuelta al
jardín—. Lo he encontrado en el suelo.
—Ya podría Coloso haber hecho su trabajo —insinué con tono malvado.
—Tranquila, ya se ha quedado a gusto con tu zapato —se burló y
entonces me detuvo casi al salir del pasillo. La firmeza de su tacto me heló
la sangre—. Eso me recuerda que tienes que desinfectarte la mordedura.
—En el cuarto de baño —le indicó Danny.
—Sé limpiarme la herida solita —protesté.
—Ya he visto cómo te manejas, y perdona que me surjan dudas.
—Oye, vivo sola desde los dieciocho. ¿Quién te piensas que soy?
—¿Quieres la respuesta irónica o la que no va a gustarte?
—¡Capullo! —blasfemé y Danny se echó a reír al vernos discutir.
—Esto está incluso más interesante que lo de ahí afuera —dijo.
Me quedé mirando a Danny. Si no lo quisiera como a un hermano
pequeño ya lo habría exterminado.
—¿Tu padre ha vuelto a la carga con los chistes malos?
Danny negó con la cabeza.
—¿El capitán ha hecho de las suyas?
—Mejor todavía.
Y la risotada incrédula del chico casi me hizo reír.
—¿Vas a tenerme aquí toda la tarde, Danniel?
—Florian se ha comprometido —soltó la bomba.
Abrí los ojos con cierta incredulidad.
—¿Cómo?
—Tendrías que haber visto a mamá hace un momento, casi se desmaya.
—Pues puede que el día de hoy se corone como el mejor de tu semana —
punzó Gideon, y me libré de su agarre para cerrarle la puerta del servicio en
las narices.
—¡Piérdete!
Lo detestaba con todas mis fuerzas y comenzaba a sospechar que aquello
era precisamente lo que él deseaba. Si no, ¿a qué había venido aquella
mueca de satisfacción en su expresión ante la noticia del compromiso de
Florian?
CAPÍTULO 14
Gideon
La pasión de mi padre siempre había sido la arqueología, por encima,
incluso, de su propia familia. Solía escaparse durante largos periodos fuera
de casa y cuando regresaba solía contarnos un montón de historietas con las
que compensar el tiempo perdido. Siempre me habían parecido jodidamente
fantasiosas, pero se habían convertido en ficciones que me habían
acompañado en mi niñez y en gran parte de mi adolescencia. Había sido un
hombre ejemplar, pero un padre ausente. Y puede que esto último también
hubiera sido el origen del desmoronamiento de la familia Vincent Saliman.
Por supuesto, ya no estaba para confirmar mis sospechas, aunque ya no
importara demasiado.
La muerte del prestigioso arqueólogo Tobías Vincent había pillado a
todos por sorpresa. Hacía ya dos años y todavía recordaba la fría mañana de
principios de enero cuando había recibido aquella llamada de teléfono que
lo cambiaría todo. Mi padre nos había dejado un legado de reliquias
infructuosas y una pila de facturas con las que honrar su memoria, pero,
pese a ello, su imagen aventurera y apasionada seguía resonando como una
melancólica melodía hoy día.
La literatura había sido mi pasión desde que tenía uso de razón, y ser
profesor había sido la forma de demostrárselo en vida. Siempre había
deseado enseñarle que yo también había encontrado la pasión en las letras,
al igual que él lo había hecho en la arqueología. Nos habíamos tolerado en
los últimos años, a pesar del duro proceso de divorcio con mi madre y,
durante un breve tiempo, tal vez fugaz, había creído que podría perdonarlo.
De no haber sido por aquel infarto, hoy habría cumplido un año más.
—¿Profesor Vincent?
Regresé al aulario y comprobé la curiosidad en las caras de mis
estudiantes.
—¿Alguien puede decirme qué influencia literaria existe en este cuadro
de Millais? —Carraspeé antes de formular la pregunta en alto.
—Recrea la muerte de Ofelia de Shakespeare —respondió el chico que
estaba sentado junto a Margot en la segunda fila.
—Así es. —Asentí y me moví por la tarima, apuntando con el láser en la
pantalla para reforzar la explicación—. Millais quiso retratar justo el
instante en que el personaje de Ofelia de Hamlet cae al río, se ahoga y
muere tras tener la estupenda idea de subirse a un sauce, que se partió
debido al peso. Pero ¿qué podéis contarme sobre la modelo?
Se produjo un silencio.
—Tenéis móviles, ¿no? —Les hice un gesto para que se tomaran aquella
libertad.
—Elizabeth Siddal, aquí pone que era una artista muy famosa de la
época.
—Artista y poetisa —añadí—. Era como la Rosalía, pero con menos
suerte.
Escuché las risas.
—Siddal era la obsesión de los prerrafaelitas, ya que muchos la
convirtieron en su musa gracias a su inconfundible rostro. Estaban tan
enloquecidos con la belleza de la artista que en este cuadro Millais casi
acaba con ella. —Señalé con el láser la figura de Siddal—. Recordemos que
en la Inglaterra de aquella época no había aire acondicionado y menos en
invierno, de modo que la buena de Siddal tuvo que sumergirse durante días
en la bañera de los padres de Millais y acabó enferma de neumonía.
—Vamos, que casi la palma —soltó la chica rubia del fondo.
—Casi directa a la tumba, así es. ¿Y qué otra referencia de Hamlet
podemos encontrar en ella?
—La naturaleza —dijo Margot y la aplaudí.
—Si habéis leído Hamlet, y espero por vuestro bien que así sea —entoné
en broma y todos rieron— sabréis que antes de que Ofelia cayera al río, este
trágico personaje nos habla sobre el simbolismo de las flores que va
encontrándose en la naturaleza. Pues bien, todas y cada una de esas flores
están recreadas en el cuadro por Millais. Las violetas que representaban la
desgracia y la muerte temprana, las margaritas que simbolizaban la
inocencia… —Señalé con el láser un punto concreto de la obra—. Y aquí
incluso podemos ver el famoso sauce del que cae la pobre Ofelia.
—Vamos, que su muerte era todo un presagio…
—Y ahí está la clave —dije. El chico que estaba junto a Margot volvió a
acertar—. Si analizamos en profundidad este cuadro podemos apreciar otras
referencias de la obra de Shakespeare en ella. —Miré el reloj—. Y esos
serán vuestros deberes para mañana. Quien me traiga el mayor número de
referencias ganará medio punto en la nota final.
—¿Vale inventarlas? —Se carcajeó uno.
—Si es original puede que hasta te ganes el punto. —Les dediqué un
gesto con la mano una vez que fueron abandonando el aula—. Hasta
mañana, portaos bien.
Recogí los apuntes donde tenía programados los contenidos de la primera
clase y los guardé en la mochila. Tenía apenas quince minutos para poder
desayunar algo antes de hacerle frente a Ruby. Ni siquiera sabía qué me
esperaría aquel lunes, pero estaba seguro de que llegar a un acuerdo con
respecto al tema de la exposición no sería uno de ellos. Y menos tras el
encierro en la habitación de Jason, donde ella había malinterpretado todo
cuanto había dicho.
Resoplé en alto y me saqué aquel pensamiento de la mente. El mismo
que me había rondado la cabeza durante todo el domingo y que casi no me
había dejado pegar ojo en esas dos últimas noches. Y no era más que la cara
de desconcierto en la expresión de Ruby al enterarse del compromiso de
Florian.
—Serás idiota —me reproché malhumorado y guardé las cosas en la
mochila.
Alguien tocó a la puerta.
—¿Gideon?
Alcé la vista y encontré a Celeste en el umbral. La hija de los Palmer
entornó los ojos, seguramente preguntándose si era algo habitual que
estuviera farfullando solo.
—Hola, Celeste, pasa —la invité de forma educada—. Aunque iba ahora
para la biblioteca.
—Lo sé, pero quería darte esto antes.
Se acercó y me entregó un tablero de corcho de lo que a simple vista
parecía una propuesta de trabajo. Eché un breve vistazo antes de alzar la
vista hacia ella.
—¿Qué es esto?
Los mechones de su melena cayeron en suaves ondas cuando se los echó
hacia atrás. Al igual que el de su amiga, su pelo anaranjado destacaría en
cualquier lugar.
—La propuesta para un Centro de Interés en la que Ruby ha estado
trabajando estos meses —me explicó—. Sé… bueno, sé que estáis teniendo
problemas a la hora de elegir el tema y también sé que ella jamás te
enseñaría esto, de modo que se lo he robado de la taquilla. No sé si se habrá
dado cuenta ya.
—¿No crees que me meterás en un problema si descubre que lo tengo?
—Dudo que te pueda detestar más de lo que ya lo hace —bromeó, y se
encogió de hombros—. Solo quiero que valores esta propuesta y, no digo
que hagáis una exposición de Novela Romántica, pero aquí hay cosas
realmente buenas que os pueden servir de inspiración.
—Ruby es bastante orgullosa. No aceptará ningún halago, y menos de mi
parte.
—Ella cree que no la quieres como compañera y sé cuánto se esfuerza
por hacer bien su trabajo. Estoy convencida de que podéis organizar una
buena exposición, pero os empeñáis en sabotearos el uno al otro… Y la
única que tiene las de perder es Ruby. Tú te marcharás, pero ella no dejará
de sentir que ha decepcionado a Dorotea en este proyecto.
—Tampoco me lo pone fácil —me quejé.
—Tampoco ayudas a que ella se relaje —la defendió, y le dediqué un
gesto de rendición con las manos. No podría luchar contra ambas ni aunque
quisiera.
—Está bien —acepté con resignación—. ¿Algún consejo?
—Deja que te explique la propuesta. Ella solo necesita que la escuches y
la tomes en serio —me pidió—. Estoy segura de que sacaréis alguna idea
para el tema.
—¿Y si no quiere?
—Pues encuentra el modo de que también te escuche.
Diez minutos después, crucé los jardines atestados de gente mientras
daba un mordisco a la única manzana que Ezra había tenido la
consideración de dejarme tras habérselas zampado todas. Saludé a varios
alumnos cuando pasé junto a ellos por el campus y seguí la marcha hasta el
edificio que daba la bienvenida a la biblioteca.
Y justo entonces la vi.
Ruby estaba sentada en las escaleras de la entrada, cruzada de piernas.
Sobre su rodilla izquierda descansaba el libro que leía con absoluta
concentración, como si no existiera nada más que ella y su lectura, sobre la
derecha se sujetaba un tazón repleto de fresas. Algunas habían quedado
esparcidas por el suelo sin que ella se diera cuenta, pues estaba demasiado
ocupada llevándoselas a la boca de forma distraída. Su pelo de color menta
destacaba por encima de todo. Era preciosa, incluso más de lo que ya había
pensado el día en que la había conocido. Y era tan genuina como
desesperante.
Estar cerca de ella era llenarse de vida.
«Ella solo necesita que la escuches».
Suspiré y, por una vez en mucho tiempo, acepté aquel consejo.

***
Ruby se quitó la sudadera con un movimiento veloz, y la camiseta de
tirantes, donde se insinuaba el comienzo de su escote, nubló todo mi
entendimiento. De pronto, me erguí, haciendo el esfuerzo para que no
notara la sequedad en mi boca y lo arduo que resultaba estar cerca de ella y
salir inmune a sus efectos. Claro que Ruby no lo sabía, seguramente
interpretaría todos mis movimientos como una señal inequívoca de que la
aborrecía. Me fijé de nuevo en aquel tatuaje en el interior de su brazo que
no había conseguido descifrar todavía y que tanta curiosidad me provocaba.
—Dorotea quiere saber cuándo elegiremos tema para la exposición. —
Resopló entre dientes.
—Espero que no crea que eso será pronto —ironicé.
Ruby me fulminó.
—Podría serlo si no te opusieras a todas mis propuestas.
—No me opongo a tus propuestas —rebatí.
—Ah, ¿no? Ninguna te ha parecido bien hasta ahora.
—Algunas son buenas, pero no se sostendrían cuando las llevásemos a
cabo.
—Lo único que no se sostiene aquí es tu idiotez.
La ignoré mientras me mostraba un calendario con anotaciones.
—He hecho un cronograma provisional para ajustarnos a estos dos meses
que tenemos por delante hasta la inauguración. He dejado las dos últimas
semanas para el montaje, ya que Palladino organizará al personal de
mantenimiento cuando le digamos. —Hizo una pausa, a la espera de que
dijera algo, pero me mantuve en silencio, para su sorpresa—. Para la
cartelería estaría bien contar con los Palmer. La copistería Golden Paper es
famosa por su profesionalidad y Rob es un hacha en todo lo relacionado con
el diseño gráfico.
Asentí y noté el recelo en su cara.
—¿Te parece bien?
—Sí, siempre y cuando no nos pasemos del presupuesto.
—Podría hablar con Dorotea para ver si podemos disponer de algo más.
—Bien.
Ruby se cruzó de brazos, ofuscada.
—Ya basta, ¿qué demonios te ocurre?
La miré y vi su entrecejo fruncido a la espera de mi respuesta.
—¿Qué pasa ahora? —Suspiré.
—Estás dándome la razón en todo. ¿Me vacilas?
—Lo cierto es que no.
—Sí, ya. —Bufó.
—Me parece bien todo lo que has propuesto hasta ahora. De hecho, iba a
pedirte que te ocuparas personalmente de hablar con algún patrocinador.
—Eso ya lo tengo pensado, pero… ¿por qué yo?
—Eres más… insistente —le revelé.
—Querrás decir más simpática.
—Y encantadora, sí —dije, y notó la burla en mi voz.
—Al menos caigo bien a la gente.
—¿Insinúas que yo no?
—Haz la prueba —me animó, y señaló la puerta con las manos para que
iniciara el experimento.
—La haré aquí y ahora —le propuse y saqué de la bolsa el tablero que
Celeste me había dado antes. La expresión de Ruby se desencajó en cuanto
adivinó de lo que se trataba. Sus mejillas se encendieron al instante—. ¿Por
qué no me explicas esto?
—¡¿De dónde lo has sacado?! —ladró.
—Eso no importa.
—¡Voy a matar a Celeste!
—Antes de que lo hagas, quiero que me presentes la propuesta.
Ruby parpadeó con incredulidad.
—¿Qué?
—Me parece interesante.
—¿Vas a hacer la exposición sobre Novela Romántica? —dudó—. ¿Tú?
—No. —Negué con la cabeza y me opuse a aquel disparate—. Pero he
leído tu propuesta antes de venir y me gusta tu investigación acerca de la
discriminación que las autoras han sufrido en el canon literario durante
siglos.
—No tiene gracia, Gideon. Si esta es una de tus irónicas bromas para
burlarte de mí, puedes meterte este tablero por…
—¿Quieres parar, Ruby?
Atrapé su mano para que se detuviera de una maldita vez. Me exasperaba
la manera en que daba por sentado que no la tomara en serio. Su trabajo era
brillante y toda una reivindicación de las muchas injusticias que habían
padecido las mujeres para ser aceptadas como iguales dentro de un canon
literario regido por hombres.
—Tu propuesta es increíble. Podríamos enfocarnos en esa discriminación
de la que hablas y usar los fondos de la biblioteca para exponer los distintos
sabotajes que han vivido las autoras a lo largo de la historia con el único fin
de silenciarlas.
Se quedó en silencio durante un momento, y acaricié la palma de su
mano hasta memorizarla. Tenía la piel suave, tanto que ni siquiera era capaz
de despegarme.
—¿Ahora decides callarte? —me mofé ante su silencio.
Se mordió el labio inferior.
—¿Significa que tenemos tema? —susurró casi con timidez.
—Podríamos tenerlo, sí —afirmé—. Depende de cómo me lo vendas.
Curvó sus labios en una media sonrisa. Después, se abalanzó sobre mí en
un abrazo inesperado y mis músculos se tensaron al instante ante su
contacto. El aroma a fresas que la rodeaba y la risa cantarina que escuché
justo en mis oídos cuando sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja me dejó
petrificado.
—Perdón —se disculpó, ya separándose de mí, y por un instante quise
decirle que no se excusara—. Es solo que no esperaba que pudiéramos
llegar a un acuerdo. Ya veía a Palladino mediando entre nosotros.
—Soy simpático cuando me lo propongo —dije en un intento por
sosegarme.
—Lo eres. —Y sus ojos celestes brillaron con expectación. Luego,
reconocí la broma en su tono cuando soltó lo siguiente—: Aunque no es
algo a lo que me vayas a acostumbrar a partir de ahora, ¿no es así?
—Por supuesto que no.
—Eso pensaba —reconoció entre risas.
Me senté en la silla y le hice una seña.
—¿Puedes presentarme tu propuesta antes de que me arrepienta?
—¡Pues claro que no te arrepentirás! —exclamó con una seguridad
aplastante.
Y, allí, contemplándola hablar sobre algo que le apasionaba, supe que ya
no podría dejar de mirar hacia otro lado. El ímpetu con el que explicaba
todo cuanto ya sabía del tema y el modo en que refutaba y defendía sus
ideas resultaba casi hipnótico. Verla hablar sobre aquella propuesta me
recordó el motivo por el que me había enamorado de la literatura de niño.
Ruby era literatura en sí misma y su devoción hacia algo que yo también
amaba me dejó por un instante en el sitio, sin respuesta alguna. No supe por
qué de pronto tenía ganas de besarla, o puede que en el fondo ya conociera
con exactitud las razones por las que mis labios deseaban acortar la
distancia que nos separaba. El caso era que no podía apartar la atención de
ella; de aquella jodida chica desesperante que me retaba infatigablemente y
que me recordaba lo difícil que era estar lejos de su brillo. Porque la
realidad era que Ruby estaba punzando lo suficiente para abrir un resquicio
de luz dentro de mi impenetrable sombra.
—¿Y bien?
—Sería un necio si te llevara la contraria —le respondí.
Ella entrecerró los ojos para evaluarme.
—¿Lo dices en serio?
—Reconozco que eres mejor que yo.
—Oh, venga, Saliman, pero eso ya lo sabíamos. —Y me devolvió una
sonrisa auténtica, a pesar del resquicio de humor que podía verse en su
expresión.
Bibliosmia
Del lat. biblio «libro» y osmé «olor».
El aroma agradable que te produce un buen libro.
Como el olor de tu crush, pero en papel.
CAPÍTULO 15
Ruby
La doctora Rígida la Terrible afirmaba que el aroma de un libro era una
mezcla perfecta de vainilla sobre un olor a moho subyacente. El papel
estaba formado por diferentes compuestos químicos que más tarde nuestro
cerebro transformaba en fragancias. Uno de estos compuestos aromáticos
era la vainillina, que se obtenía durante la fabricación del papel y provocaba
ese olor a vainilla entre las páginas. Solía decirnos que el olor de un libro
usado era algo tan personal como el perfume de una persona, comentario
que, viniendo de la profesora más hermética y rígida que habíamos tenido
durante la carrera, era casi inimaginable. El caso era que cada libro evocaba
un recuerdo determinado, e incluso los factores externos, como el moho, la
descomposición del papel y la tinta, así como el tiempo y el lugar donde se
había guardado, conformaban su ADN único.
Había pensado mucho en aquellas palabras desde que Gideon había
aparecido para atormentarme con su molesta presencia. Aquel condenado
olor a cítricos que se impregnaba en mi cuerpo y que no se quitaba hasta
llegar a casa, como si su aroma me persiguiera durante todo el día para
recordarme que él seguía ahí y que, por mucho que a veces lo detestara, en
realidad no deseaba que se marchara.
Ayer había sido uno de estos días en los que su aroma me había
acompañado y ni siquiera el marcaje de CDU al llegar a casa lo había
conseguido quitar del todo. Mi gata, en un arranque de celos posesivos por
demostrar que yo seguía siendo de su propiedad, estuvo frotándome su
peludo cuerpecito contra la cara toda la noche. No la culpaba, yo habría
hecho lo mismo, pero no había tenido elección. Noté de nuevo el escalofrío
que me recorrió la columna cuando recordé su mano atrapando la mía y
aquellos ojos ocasionándome estragos en todas las terminaciones nerviosas.
Me había quedado tan callada ante su contacto que, por un intervalo,
había pensado que no volvería a pronunciar palabra alguna nunca más. Ni el
final de Juego de tronos me había dejado tan impactada.
—¿Ruby?
—Ya era hora —le reproché a Florian.
—¿Sabes lo grande que es esto?
—No te quejes.
Recorrimos el pasillo del Departamento de Literatura con cierto sigilo y
me volví para echar un vistazo por si alguien salía. Al llegar al final, le hice
una seña con la cabeza para mostrarle la puerta de aquel despacho, el que
tenía la inscripción de «Profesor Vincent Saliman» en el lateral de la pared.
A mi lado, Florian ladeó la cabeza para prestarme atención.
—¿Celeste te ha puesto al corriente?
—Así es, pero no mencionó nada ilegal en esto de ayudarte.
Saqué las llaves del despacho de Gideon que le había robado media hora
antes, después de comenzar con la selección del material que emplearíamos
y tras haber buscado la bibliografía que debíamos analizar de forma
minuciosa para la exposición.
—¿Cómo las has robado?
—Fue al servicio y aproveché la ocasión. —Me encogí de hombros.
—¿Y no se ha dado cuenta? —Florian me dedicó aquel gesto tan familiar
que solía usar cuando algo no le convencía del todo—. ¿Y si viene hacia
aquí?
—Está en clase ahora y Margot me avisará si las cosas se complican —le
expliqué con tranquilidad—. Además, se las devolveré sin que sospeche.
—Qué generoso por tu parte —ironizó.
—Podría perderlas accidentalmente y en ese caso tendría que solicitar las
copias en conserjería.
—Pero tú serás buena y las dejarás en el mismo sitio donde las robaste.
—Ya podrías haberte quedado en el mostrador en lugar de tu hermana. —
Bufé con fastidio. Celeste era la mejor compañera de travesuras.
—¿Esto fue lo que hicisteis con aquella profesora?
—Más o menos.
Introduje las llaves en el cerrojo y la puerta se abrió con facilidad.
Arrastré las dos mochilas que traía conmigo en caso de que la suerte
estuviera de nuestro lado y encontrásemos algunos de los libros. Las dejé a
un lado y cerré la puerta a mi paso una vez que los dos estuvimos dentro.
Luego, me giré hacia Florian para pasarle el papel con los títulos de los
libros.
—Ayúdame con los que están en esta lista —le pedí.
—¿Cuántos tiene? —El asombro de Florian me hizo sentir mejor
persona.
—Ahora treinta y nueve. —Lo saqué de dudas—. He recuperado cuatro
de su casa.
—¿Y cuántos piensas encontrar hoy aquí?
—Todos los que pueda.
—Se te puede caer el pelo si te pillan, rubí.
—¿Por recuperar algo que pertenece a la biblioteca y que Gideon nos ha
robado?
—¿No es, precisamente, él, tu compañero de trabajo ahora?
—Eso es algo circunstancial —dije, restándole importancia.
—Pero relevante.
—Escucha, Florian, si no quieres hacerlo, tan solo vigila el pasillo.
—Celeste y tú os creéis intocables por la trastada que le hicisteis a
aquella profesora, pero esto es distinto, ya no sois alumnas sino trabajadoras
del Cittadella.
—Créeme, teníamos más que perder por aquel entonces.
Rebusqué por los cajones del escritorio de Gideon, siendo muy delicada
y dejándolo todo como estaba. La primera regla del ladrón era pasar
desapercibido; la segunda, ser eficaz; y la tercera, que esperaba no poner en
marcha, salir por patas y negarlo todo en caso de que me descubrieran con
las manos en la masa. Esperaba, por mi bien y por el de Margot, que mi
sobrina no decidiera posicionarse a favor de sus buenas notas y me ayudara
a recuperar los libros.
—¿Cómo la llamabais?
—Rígida la Terrible.
—Eso. —Soltó una carcajada—. A mí no me parecía que diera tanto
miedo.
—Eso es porque nunca has estado en ninguna de sus clases.
—Puede ser.
—No la bautizamos así por ser una hermanita de la Caridad.
La ocurrencia de su apodo fue obra de Sabina, nuestra delegada. En una
de las clases y con la tensión que generaba Rígida la Terrible en ellas, la
pobre de Sabina tuvo un latigazo cervical que la dejó indispuesta durante
tres días. A su regreso, era tal el pánico que tenía de reencontrarse con la
doctora que casi se desmaya al volver a verla entrar por el aula. De ahí que
la bautizáramos como nuestra particular mujer del saco.
—¿Le confesaréis alguna vez vuestro infame delito?
—Nunca.
La leyenda negra del Cittadella contaba con un hurto producido en el
despacho de la doctora y relacionado con un examen que fue robado con
antelación a la convocatoria de Gracia, la última petición de aquellos que
habían gastado todas las oportunidades para aprobar una asignatura. La
doctora en cuestión sospechó de la posibilidad de que le hubieran extraído
el examen tras presenciar el alto índice de aprobados. Durante semanas,
llamó a todos sus alumnos para interrogarlos, pero no consiguió pruebas
sólidas contra este vil e infame delito.
—Aquí no hay nada.
—Busca en las estanterías… o en esas cajas de ahí.
Señalé las dos cajas del fondo y me dirigí hacia ellas tras una
corazonada. Florian sacó uno de los manuales con el tejuelo de la Biblioteca
y buscó el título en la lista.
—Este es uno.
—Apuesto a que los demás también. —Me agaché junto a él y los
analicé.
Los saqué y leí los títulos en alto mientras Florian subrayaba los libros
que aparecían en la lista. Contamos un total de dieciséis.
—¿Y cómo piensas sacarlos sin que lo descubra?
—Para eso está la mente brillante de Celeste. —Hice un breve
movimiento de cabeza hacia las mochilas—. Ahí dentro hay una veintena
de libros que iban a ser expurgados. Los cambiamos por estos y luego
colocamos las sobrecubiertas con las portadas originales en los ejemplares
de expurgo. Cuando descubra el trueque será demasiado tarde, ya que estos
libros estarán de vuelta al lugar al que pertenecen.
Los ojos de Florian se agrandaron ante aquel plan tan elaborado.
—No podemos arriesgarnos a sacar estas dos cajas, ya que podría
sospechar si llega y no las encuentra, y tampoco a dejarlas vacías. De modo
que ganaremos tiempo hasta que lo descubra.
—Dais miedo.
—El tercer lema de nuestro juramento ético —le recordé con sorna y
luego cité en alto—: «no subestimes el ingenio de un bibliotecario».
—¿Y cuáles son los otros?
—El primer lema es «un libro mal colocado es un libro perdido» y el
segundo «no habrá piedad para los morosos».
—Está claro que no habéis cambiado nada. —La sonrisa, que no había
decaído en ningún instante, se le ensanchó—. Eres la misma Ruby
indomable que recuerdo.
—Tú, en cambio, estás más comprometido que nunca —bromeé.
—Imagino que a todos nos llega —dijo con aquel aire misterioso
mientras le pasaba una de las sobrecubiertas para que hiciera el cambio—.
En realidad, siempre he deseado formar mi propia familia. Cuando creces
con tanta gente alrededor te olvidas de esa individualidad que todos
necesitamos.
—¿Y ella está de acuerdo?
—Amanda es la correcta.
—Esperemos por el bien de Amanda que Flora también lo crea.
Florian soltó una risotada.
—Dudo que mi madre prefiera a alguien que no seas tú.
Le dediqué una sonrisa melancólica.
—Estoy segura de que le dará una oportunidad. —Choqué mi hombro
contra el suyo de forma amistosa—. Eres su favorito.
—Ahora es Danny.
—A Danny no le tolera tantas cosas.
—Puede que Diana todavía no se haya ganado tu puesto.
—Mi puesto es irremplazable. —Alcé la barbilla en un gesto orgulloso y
luego reí ante mi propia broma—. ¿Y cuándo tendremos el privilegio de
conocerla?
—Estoy convenciéndola para que eso ocurra dentro de poco.
—¿Tus padres ya lo saben?
—Lo sabrán esta noche. —Fingió cara de terror y se mordió el interior de
la mejilla en aquel gesto tan suyo.
Tener a Florian a mi lado era como retroceder a una época en la que
había sido feliz, pese a que esa felicidad se hubiera transformado ahora en
nostalgia. Habíamos sido, ante todo, mejores amigos y la complicidad
seguía ahí, pese a los años.
—Le he hablado de ti —me confesó mientras colocábamos las
sobrecubiertas en los libros expurgados para dar el cambiazo—. Es justo
que conozca mi pasado si tú formas parte de mi presente.
—¿También conoce tu pasado oscuro?
—Amanda lo sabe todo de mí.
—¿Sabe que tu intrépido jilguero se quedó atascado con la cremallera del
pantalón cuando eras un bebé? —bromeé. Florian elevó los ojos al cielo a
pesar de la risa silenciosa—. ¿También se lo has contado?
—Tranquila, Danny ya hará los honores —se burló y me pasó uno de los
libros expurgados para que lo guardara en el interior de la caja.
El pitido del móvil me alertó enseguida.
—Mierda, viene hacia aquí.
Margoléfica:
La clase ha terminado antes de lo previsto. Creo que regresa a la
madriguera . SOS.
Si te pilla diré que soy adoptada

—Vamos, date prisa —me instó Florian.


—Acabo con estos. —Me apresuré con las últimas sobrecubiertas—.
Coge esa mochila y vigila el pasillo, ahora te sigo.
—Ruby —siseó en desacuerdo, pero me hizo caso.
Salió por la puerta, protestando por lo bajo, mientras yo agilizaba el
cambio de libros todo lo posible. Podía incluso oír sus pasos en el pasillo,
impacientes y a la espera de que saliera de una vez por todas de aquel
despacho. Pero no me iría de allí sin los libros. Al otro lado, Florian tocó la
puerta con los nudillos para apremiarme y a punto estuve de acallarlo con
un grito cuando oí su voz a lo lejos. Mierda.
Introduje el último libro expurgado en la caja y agarré la mochila con los
libros rescatados antes de colocarme detrás de la puerta. El único escondite
era tras ella, ya que el despacho no era muy grande, por lo que me
descubriría en cuanto entrara.
—¿Florian?
—¿Qué pasa, tío? —Decir que Florian era pésimo mentiroso era
quedarse corto.
—¿Qué haces por aquí?
—Les he echado una mano a mis padres en la copistería; ya sabes, no
llevo bien esto de no hacer nada, incluso en vacaciones —dijo. Enarqué las
cejas: pues sí que había mejorado. A esas alturas ya había fundido los
botones de la Play jugando al Call of Duty—. Y no tenía tu número para
avisarte —dijo, atropelladamente.
—¿Avisarme?
—En mi familia tenemos la vieja costumbre de echar algún que otro
partido de baloncesto y me preguntaba si Ezra y tú os animáis —comentó.
No está mal, Florian—. Aviso de que Danny es mal perdedor.
—¿Ahora? —titubeó Gideon y su voz me provocó escalofríos.
—Bueno… si tienes algo que hacer.
—Iba a preparar la clase de mañana…
—Despéjate un rato —insistió Florian.
—Está bien, voy a dejar la mochila en el despacho y le diré a Ezra que
nos vemos en la cancha. Además, necesito que me traiga algo menos
vaquero. —Escuché la broma muy cerca y, por un instante, pensé en
bloquear la puerta por si decidía entrar—. No encuentro las llaves.
—A lo mejor las has olvidado en clase.
—Puede ser.
—Podemos pasarnos antes de irnos y así le doy una excusa a mi padre
para que vaya calentando. —La voz de Florian se fue perdiendo a medida
que iba hablando con Gideon por el pasillo. Solté todo el aire contenido y
me llevé la mano al corazón, aliviada por no haber sido descubierta.
Abrí la puerta con sigilo, me coloqué la mochila en la espalda y me
asomé al pasillo, ahora desierto. Me tembló la mano cuando giré el pomo
con diligencia y cerré el despacho con llave. El aroma a cítricos se había
quedado allí para atormentarme de nuevo. Caminé hasta el final del pasillo
y me dirigí hacia la ventana de conserjería. La mujer de gafas que ojeaba la
revista con expresión aburrida alzó la vista para atenderme y, con la mejor
de las sonrisas, le entregué las llaves.
—Las he encontrado en la Biblioteca.
Me despedí y justo antes de marcharme recibí un mensaje:
Florian:
Me debes una y GRANDE . Espero que esos libros valgan millones
dentro de unos años.

Dibujé una sonrisa malévola. El valor no era monetario, pero la


satisfacción de rescatar los libros de las garras enemigas no tenía precio. Y
saber que veinte de los cuarenta y tres ya estaban a salvo solo me haría
dormir como un bebé durante toda la noche.
—Voy a por todas, Gideon —musité.
CAPÍTULO 16
Ruby
Mi pequeña y particular ciudadela, como solía referirme a ella a veces,
permanecía abarrotada de estudiantes frenéticos durante las semanas del
inicio universitario. Se notaba la actividad, en especial a las once de la
mañana, cuando alcanzábamos casi el noventa por ciento del aforo. Solía
coincidir con los comienzos de másteres en el mes de octubre y el ambiente
en la biblioteca resultaba inmejorable.
Era en esa época cuando solía imaginar que el campus del Cittadella se
convertía en ese recinto fortificado que albergaba conocimiento y, por qué
no, a algunas de las mentes más brillantes que nos depararía el futuro.
Había crecido con la idea de que la educación nos hacía libres de
pensamiento y cuanto más se aprendía, más alto se volaba y, tal vez por esa
razón, cada vez que paseaba por aquel lugar notaba que los pies se me
elevaban un poco del suelo.
—Ya están devueltos a sus estantes —le comuniqué a Celeste por lo bajo
para que nadie más husmeara en el asunto.
Los dieciséis libros recuperados gracias a la ayuda de Florian ya estaban
a salvo. Y, al parecer, el robo de los libros en el despacho de Gideon no
había trascendido. Al menos, aquel miércoles había comenzado como otro
día cualquiera.
—¿Y dices que Margot no te habla?
—Se le pasará…
—Ya sabes que sus cabreos duran semanas.
—La sobornaré con un buen maratón de los Bridgerton —repuse.
—Creo que te hará falta más de uno. —Y comenzó a enumerar las
razones por las que mi sobrina merecía una visita a su restaurante favorito
—. Si mal no recuerdo, te ha encubierto para que entraras al despacho de su
profesor, que a su vez es el mejor amigo de su nuevo novio, y todo esto a
riesgo de perder su ansiada matrícula de honor si alguien descubriera que te
ha ayudado.
—Puede que tenga que chantajearla con algo más suculento —reconocí.
—¿Has pensado qué harás si Gideon te descubre?
—¿Es que debo hacer algo en particular?
—Vamos, rubí, pasaréis muchas horas juntos en estos meses… Incluso
hasta me reconociste que ayer no fue tan cretino y aceptó finalmente tu
idea.
—¿Cuál de tus dos versiones antagónicas está hablándome ahora mismo?
—No lo sé. —Celeste se echó a reír, y noté los ojos de Palladino sobre
nosotras, de seguro inquieto por si decidíamos arruinarle su cumpleaños con
alguna de nuestras fechorías—. Celeodiosa te diría que no estás haciendo
nada más que recuperar lo que nos pertenece, pero Celestina mantiene la
esperanza de que puedas llevarte bien con él; al menos, me tranquilizaría
pensar que no tienes intención de asesinarlo cada vez que mantenéis una
reunión ahí dentro.
—¿Y mancharlo todo de sangre? Mis libros merecen más respeto.
—A Palladino le encantaría —se mofó por lo bajo.
—Dale un respiro al pobre hombre, al menos hoy.
—Lo intentaré.
Nuestra pequeña celebración se había extendido hacia una de las mesas
más grandes dentro de la sala de descanso. La única sala de la biblioteca
donde se podía comer y hablar de forma relajada sin que el bibliotecario de
turno te increpara por entrar con un café sin tapa o sin tener la necesidad de
ocultar debajo de la camiseta ese bocata que, más tarde, te zamparías en la
sala de estudio y que dejaría aquel tufillo a chorizo que tardaría medio siglo
en desaparecer.
—Venga, Palladino, sopla las velas —lo animó Rick, el compañero que
trabajaba en el Departamento de Preservación. Estaba a punto de
prejubilarse en los próximos meses y su radiante sonrisa no decaía en
ningún instante. Después de todo, su plan de visitar los Fiordos Nórdicos
estaba cada vez más cerca.
—No lo atosigues, Rick, ya sabes que el jefe de equipo se agobia con
facilidad.
—Yo creo que lo hace a propósito para que lo dejemos en paz —me
mofé.
Palladino se ajustó las gafas y se removió, un tanto incómodo. Detestaba
ser el centro de atención tanto como Celeste odiaba pasar desapercibida.
—Creo que estamos dando un espectáculo —inquirió Palladino, siempre
recto en cuanto al decoro.
Vi las caras curiosas de varios alumnos al fondo.
—Estarán absortos al ver que también nos reímos —comentó Rick con
burla.
—Quizá piensen que sin libros no somos capaces de divertirnos —
corroboró Celeste—. Recuerdo que una alumna me preguntó una vez si me
había leído todos los libros de la biblioteca.
Mary, la encargada de catalogación y declarada swiftie extrema, rio con
fuerza.
—¡Es verdad! ¿Y te acuerdas de aquel alumno de primero que vino a por
«el libro ese de la tapa verde»? —Mary hizo un gesto entrecomillando en el
aire a la par que citaba al susodicho en cuestión—. O la chica de Marketing
que nos soltó a Marian y a mí que si todos los libros de aquí los habían
convertido en películas.
—Para que luego digan que la creatividad se pierde al salir del colegio —
dije.
—¡Oh, Gideon, ven! —exclamó Celeste, de pronto, cuando este apareció
por el umbral de la puerta y acaparó las miradas curiosas de todos los
presentes.
Percibí las sonrisillas poco disimuladas de varias alumnas que se
encontraban a nuestro lado mientras lo desvestían con la mirada. Él ni se
inmutó ante aquello y, al parecer, ni siquiera era consciente del efecto que
causaba su presencia en cualquier lugar. Mierda, eso lo hacía incluso más
atractivo.
—Palladino cumple treinta y dos y me gustaría mofarme un poco de él, si
no te importa —le comenté cuando se sentó a mi lado. Recibí el aleteo de
sus pestañas como una sacudida en todo mi sistema nervioso—. Dame
cinco minutos y ya discutiremos el resto de la mañana.
—Hoy será especialmente duro —se burló con aquel tono calmado, y le
dediqué una mirada—. Tú y yo a solas en el Fondo Antiguo.
—Por supuesto, tirarás por la borda todo lo que proponga.
—Ese se ha convertido en mi pasatiempo favorito desde que te conozco.
—Cretino.
—Mandona.
Inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa silenciosa. Y me esforcé para
desviar la atención a Palladino, que ya soplaba las velas con aquel gesto
serio propio de quien estaba pasando un mal rato. Celeste había encargado
la tarta y, en su favor, diría que lo había hecho todo genial. Mi temor de que
hubiera un cuchillo o algo sangriento en el glaseado debido a sus
pensamientos macabros acerca de nuestro jefe de equipo me había tenido
intranquila durante toda la mañana.
—¡Felicidades! —vitorearon todos.
—Ya basta —repuso Palladino en su último intento desesperado por huir
de todo contacto social—. Ya he soplado las velas y ahora todo el mundo a
trabajar.
—¿La tarta es de queso? —Celeste me guiñó un ojo y articulé un «te
quiero» antes de desviar la atención hacia Gideon—. ¿Quieres?
—No me gustan las tartas.
—A todo el mundo le gustan las tartas —repuse, casi ofendida.
—Pues ya has encontrado a alguien a quien no.
—Y tampoco te gustan las aceitunas. —Resoplé.
—¿Cómo sabes que no me gustan?
—Ni las probaste en la comida de los Palmer.
—Soy alérgico.
—¿Eres alérgico a las aceitunas? —Dibujé una sonrisa burlona.
—Me alegra que te divierta que pueda morirme.
—Sería el sueño hecho realidad de muchos.
—Estoy convencido de que disfrutarías saliéndote con la tuya, pero
incluso después de muerto no dejaría que la exposición se convirtiera en
una feria de purpurina y flechas de Cupido.
Le saqué la lengua.
—Tu aversión hacia el romanticismo es preocupante.
Elevé los ojos al cielo y luego me despedí de los compañeros.
—Feliz cumpleaños, Palladino —dije. Celeste me entregó la porción más
grande de tarta antes de que me marchara—. Espero que disfrutes un poco y
esta noche salgas a mover esas caderas un ratito…
—Si eso pasa me pellizcaré para saber que no estoy soñando —soltó
Celeste en broma y las mejillas de nuestro jefe de equipo se incendiaron de
golpe.
—¿Desde cuándo se gustan? —preguntó Gideon minutos después a
medida que subíamos las escaleras hacia la tercera planta. Allí se situaba
una de las salas más grandes de la biblioteca y la que estaba destinada al
Fondo Antiguo del Cittadella.
—¿Quiénes? —Casi me atraganto al oírlo.
—¿Es que no te has dado cuenta?
—¿De qué? —Abrí los ojos de forma exagerada.
—Tú eres la romántica —comentó con cierta sátira en su tono de voz, a
pesar de que su habitual gesto imperturbable no cambiara.
—¿Palladino y Celeste?
—¿Tanto te sorprende?
—Palladino tiene las mismas habilidades sociales que un besugo, sin
mencionar que es un adicto a las teorías conspiratorias contra el Gobierno.
Afirma que el COVID fue un experimento creado en laboratorios para
reducir la población mundial a la mitad, algo así como el chasquido de
Thanos, pero sin estar en Marvel —solté todo de golpe sin darle tiempo a
Gideon a reaccionar—. Conozco a mi mejor amiga y me habría dado cuenta
si le pusiera ojitos al jefe de equipo.
—Veo que ser observadora no es tu fuerte, después de todo.
Me paré en seco, ofendida.
—¿Y tú sí lo eres?
—Más que tú, al parecer. —Hizo una mueca orgullosa y quise borrársela
de la cara. Le di la espalda y percibí el destello de regocijo que le provocó
dejarme callada.
—Dorotea te ha dado permiso temporal para acceder a esta sala —le
comuniqué y presioné mi dedo índice con el lector de huella dactilar. El
reconocimiento se activó y la puerta se abrió de inmediato—. El Fondo
Antiguo tiene unas condiciones ambientales especiales para su
preservación, de modo que la puerta debe estar cerrada siempre, tanto si
entramos como si salimos.
—Entendido.
—Hay ejemplares que solo podrás solicitar si el compañero Rick lo
considera conveniente. No te asustes si lo ves aparecer con un delantal entre
las estanterías de repente, pasa más tiempo aquí que en su casa —le
expliqué y encendí las luces de la zona central—. Su despacho está al fondo
a la derecha.
Le hice un gesto para que me siguiera, y recorrimos el largo pasillo hasta
llegar a una habitación intercomunicada con la sala de restauración.
—Ahí trabaja Loren. Se ocupa de restaurar los ejemplares que se
encuentran en peor estado. —Señalé la amplia mesa que nos habían cedido
para que pudiéramos trabajar durante estas semanas con todo lo necesario
—. Como ves, Loren ha sido supermaja y nos ha dejado la mesa preparada
antes de irse de vacaciones.
—¿Vamos a estar solos?
Me mordí el labio inferior de pronto, sin entender del todo su pregunta.
—Bueno, Rick estará al fondo. Si consideras necesario pedir auxilio, hay
un cincuenta por ciento de posibilidades de que aparezca. El otro cincuenta
depende de lo bien que funcione su audífono.
Se quitó la mochila y la depositó sobre la mesa con elegancia. Luego, me
entregó mi investigación encuadernada con anillas de colores y con el
diseño de portada que Rob me había hecho años atrás.
—Me lo leí anoche —confesó. No pude evitar el gesto de sorpresa,
teniendo en cuenta que se lo había dado ayer—. Deberías publicarlo.
—No soy investigadora.
—En parte lo eres si has conseguido hacer esto.
—Esto son solo inquietudes…
—¿Dices que has investigado sobre la invisibilización de las autoras a lo
largo de la historia por mero aburrimiento? Vaya, no soy yo el único que
tiene que hacer algo con su tiempo libre.
Puse las manos en jarras.
—No digo eso, solo que nunca hice esta investigación con la idea de
publicarla.
—¿Y con qué finalidad, entonces?
—Para recordarme lo difícil que lo hemos tenido las mujeres desde
siempre.
—Incluso aunque esa sea tu motivación, un trabajo así merece
reconocimiento.
—Ya son dos halagos en cuestión de dos días. ¿Debo preocuparme?
—Puede que te haya subestimado.
Solté una risa ácida. Ahí estaba aquel tufillo de superioridad de nuevo.
—Claro, darte cuenta de que una simple bibliotecaria puede desempeñar
un trabajo de estas características debe escocerte un poco ese ego de
investigador sabelotodo, ¿no?
Se quedó en silencio durante unos segundos.
—Nunca he dudado de tu inteligencia, Ruby.
—¿Y por qué quieres trabajar solo? —le reproché, quitándome aquella
espinita clavada al decirlo en alto—. Creías que no estaría a la altura.
—Quería trabajar solo porque soy un ermitaño. Esto nunca te lo he
negado.
—¡Pero al final has reconocido que mis ideas son buenas!
—Sí, pero insostenibles. ¿Qué tiene de malo?
—¡Dios, eres insoportable! —blasfemé y perdí el control, de nuevo. La
capacidad tan asombrosa de Gideon para sacarme de mis casillas era,
cuanto menos, admirable.
—No siempre podemos escuchar lo que queremos.
—¡Yo no quiero oír ninguno de tus halagos! —Bufé, indignada.
—¿Estás segura de eso?
—Tan segura como la marca que voy a dejarte en la cara.
—¿Así de lanzada eres siempre en todo?
Si hubo un instante en que me dejó sin palabras, fue ese. Y, entonces,
hizo algo inesperado. Dio dos pasos hacia mí y se colocó a centímetros.
Podía casi saborear el olor a cítricos que lo envolvía y aquella emoción
oculta en sus ojos; de una intensidad abrasadora mezcla entre el deseo y la
contención. Había algo más que un Gideon impenetrable y lleno de una
seducción irresistible plantado frente a mí en ese momento. Era más bien
una necesidad imperiosa que parecía estar desgastándolo por dentro. Pero,
sobre todo, había todo un mundo dentro de sus ojos color avellana.
Alcé mi mano y mantuve aquella ínfima distancia entre nosotros, a pesar
de que mi fuerza de voluntad flaqueaba por segundos en cuanto él la retuvo
contra la suya. Entonces, apartó su mirada y sus ojos siguieron la dirección
de nuestras manos entrelazadas hasta que se detuvo en un punto fijo.
—Siempre he tenido curiosidad por descubrir qué tienes aquí —musitó y
tragué saliva cuando sus dedos estiraron con firmeza mi brazo hasta que
aquel tatuaje se hizo visible frente a sus ojos.
Y allí estaba aquella sonrisa silenciosa, casi inesperada, que lograba
sacudirme el corazón de un modo inexplicable.
—¿Sorprendido? —conseguí articular.
Alzó la vista.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Tampoco es que importe. —Él notó el cambio en mi actitud y aquella
herida que él mismo había abierto con sus desafortunadas palabras—. No
soy la clase de chica con la que estarías —le recordé.
—Fui un reverendo gilipollas. ¿Te sirve?
—Podrías mejorarlo.
—No pretendía ofenderte.
—No lo hiciste —mentí, aunque no me creyó.
—Es solo que… —Hizo una pausa, mostrándome esa vulnerabilidad que
pocas veces salía a flote, como si le costara esfuerzo confiar en que sus
palabras fueran a parar a un lugar seguro una vez pronunciadas en alto—.
Ezra no deja de tocar las narices con el hecho de que algún día pueda volver
a confiar en alguien. Y ese día en la cocina me sentí acorralado y no estuve
acertado con las palabras.
—¿Ezra piensa que te ayudaré a ser más simpático?
Esbocé una sonrisa casi irónica.
—Bueno, al menos cree que sonrío más desde que te conozco.
Se me disparó el pulso y me obligué a poner los pies sobre el suelo.
—Ah, ¿pero eso era lo que hacías? —lo piqué.
No está flirteando contigo. Tan solo está sacando a relucir su simpatía
selectiva. Céntrate y no pienses en ello.
Sus ojos regresaron al interior de mi brazo, como si desearan descifrar
aquel tatuaje que me había hecho en el segundo año de carrera. La Evelyn
Carnahan subida en la mítica escalera en su intento por guardar el libro en
el estante parecía tenerlo fascinado.
—¿Por qué ella?
—¿Además de por lo evidente? —pregunté. Asintió—. Mi hermana
Charlotte amaba esa película tanto que se sabía los diálogos de memoria.
Supongo que Evelyn siempre me recordará un poco a ella: intrépida,
valiente y segura de sí misma.
No hubo pena ni compasión en su mirada cuando sus ojos se
reencontraron con los míos, sino un profundo entendimiento. Se alzó la
camiseta negra y me mostró el diminuto tatuaje de su costado derecho. Noté
cómo su cuerpo se puso en tensión ante mi contacto. Ni siquiera pensé en lo
que estaba haciendo y me dejé guiar por aquella sensación cuando mi dedo
recorrió uno de sus abdominales superiores hasta llegar a la tinta. El dibujo
de lo que parecía una pala en miniatura decoraba su piel.
—Es una rasqueta —me explicó—. Es una de las herramientas básicas de
la arqueología. Me la hice días después de la muerte de mi padre.
—¿Era arqueólogo? —inquirí. Él asintió con lentitud—. Es muy bonita.
—Creo que hay cosas más bonitas en esta habitación.
—¿Los libros? —sugerí, y él percibió el tono socarrón en mi voz.
—Los libros, por supuesto —insinuó con aquel deje profundo y levanté
la vista hacia su boca—. Pero primero estás tú.
—¿Ahora es cuando me dices que en realidad sí me soportas?
—Por supuesto que no.
Me reí por lo bajo ante su respuesta sarcástica. Tocó mi mejilla con su
pulgar y bajó hasta posarlo en la comisura de mi labio.
—Ruby…
Se me erizó el vello de la piel cuando pronunció mi nombre de aquel
modo tan íntimo. Sus ojos me desnudaron sin aviso con aquel deseo que le
había visto antes.
De pronto, el grito de Rick nos sobresaltó de lleno.
—¡Ricaldi!
Me separé de Gideon de golpe cuando la silueta de mi compañero
apareció entre las estanterías, sin que me diera tiempo para pensar en lo que
estaba sucediendo entre nosotros. No había visto venir aquel giro de guion
y, tal vez por ese motivo, aquella pregunta no dejaba de rondarme la cabeza
sin darme tregua. ¿En qué momento aquel inofensivo acercamiento se había
vuelto tan ardiente?
CAPÍTULO 17
Ruby
El tiempo que Gideon y yo pasábamos a solas durante el resto de la semana
mientras investigábamos el Fondo Antiguo nos serviría para descubrir que
nos manejábamos bien entre silencios. Días antes había creído que trabajar
junto a él terminaría por ser una tarea tediosa e insufrible y, en parte, así era,
en especial cuando mostraba su lado más cascarrabias y su criterio de
sabelotodo se anteponía. Aunque mi impaciencia también lo sacaba de
quicio en la mayoría de ocasiones, por mucho que quisiera hacerle creer que
toda la culpa de nuestras discusiones procedía de su egocentrismo. El caso
es que habíamos aprendido a tolerarnos igual que dos niños pequeños que
aceptaban compartir sus juguetes hasta nuevo aviso.
—Podríamos comenzar con un breve esbozo de la historia de las
escritoras en la literatura —expuse y apunté las anotaciones en aquella
pizarra que mi compañera Loren nos había prestado para las reuniones.
Gideon vaciló un instante y anotó algo en su cuaderno de sabelotodo
supremo.
—Suéltalo —le pedí, armándome de paciencia.
—No he dicho nada.
—Tu cara ya lo expresa por ti.
—Teniendo en cuenta que la práctica literaria de las mujeres no es un
fenómeno reciente, como bien expones en tu investigación —dejó caer
aquello último como una especie de cumplido para más tarde darme el
empujoncito traicionero— cabe hablar también de una larga genealogía
marcada por interrupciones, valoraciones despreciativas, silenciamientos en
la esfera de los reconocimientos públicos y, en consecuencia, por olvidos…
—¿Sí? —entoné de forma prolongada, esperando el «pero».
—Pero este tema en cuestión nos ocuparía un gran espacio en la
exposición.
—Por eso he mencionado antes que sería un «breve esbozo» de la
historia.
—No me convence.
Resoplé y me senté en la mesa. Ya llevaba diez minutos de retraso en mi
hora del desayuno y apostaba a que Celeste no habría interrumpido nuestra
reunión por temor a convertirse en cómplice de un crimen. No obstante, si
queríamos seguir con el cronograma establecido, debíamos concretar esos
puntos antes de avanzar.
—No puedes saltarte la figura de las primeras juglaresas y trovadoras,
artífices de las primeras producciones femeninas en la literatura —le
argumenté, decidida a no ceder en este tema—. Si Nico visita la
exposición…
—¿Quién es Nico?
—Nuestro joven e ilegal informático de cuarto de carrera que a veces nos
arregla los ordenadores.
—¿Y qué pinta aquí?
Lo silencié, y Gideon puso los ojos en blanco.
—Imagínate que visita la exposición… —Me puse en pie y paseé por la
sala bajo su atenta mirada—. Nico debería aprender con su visita que esta
carencia de literatura femenina en la Alta Edad Media se debía al hecho de
que, únicamente, los hombres de posición elevada accedían a las lenguas de
cultura —griego y, sobre todo, latín—, que eran las que se empleaban para
la literatura y la oratoria. —Alcé el dedo índice para acallarlo cuando este
hizo intención de interrumpirme—. Por esta razón, habría que enseñarle a
Nico que solo las lenguas romances, carentes de prestigio por aquel
entonces y consideradas las hermanas feas de Cenicienta, eran las únicas a
disposición de las mujeres con cierta vocación artística. Las mismas que a
su vez escribirían sus cantos de amor sin la certeza de que sus trabajos
fueran a recogerse para la posteridad.
—Sin embargo, sabemos que en la Baja Edad Media existieron mujeres
de alta nobleza a las que se les permitió el contacto con círculos poéticos
cortesanos y, sobre todo, religiosas que accedieron a los textos de las
bibliotecas de los conventos.
Maldito sabelotodo.
—Pero esos casos registrados se han descrito siempre como excepciones
dentro del dominio masculinizado en el que se encontraba el latín culto.
Recibí su expresión iracunda como una victoria.
—Deberíamos acotarlo, es todo —puntualizó.
—Es nuestra historia —le rebatí y me acerqué a él. Noté la tensión de
Gideon en cuanto puncé su torso con mi dedo de forma reiterada—. Es
como si confirmas que el Renacimiento trajo un reconocimiento del
derecho de la mujer a la educación, pero omites que los prejuicios sobre las
capacidades de las mujeres hicieron que no se prestara atención a muchos
de esos escritos, ya que fueron considerados de menor valor solo porque no
habían sido creados por hombres.
Tragué saliva en cuanto me di cuenta de lo cerca que nos encontrábamos.
Mi tertulia literaria me había llevado a darle golpecitos en el pecho a mi
desesperante compañero de trabajo; el mismo que se humedecía los labios
en ese instante sin desviar su atención de los míos.
—No —titubeó entonces.
—Solo quieres fastidiarme, pero reconoce que llevo razón —protesté,
casi en un susurro, cuando él acortó la distancia y se inclinó sobre mí.
Ahogué un suspiro en cuanto el recorrido de su mano rozó mi cintura hasta
detenerse finalmente en su mochila con la intención de buscar algo.
Me quedé sin aliento.
—Me temo que uno de los dos va a tener que ceder.
—Y ese vas a ser tú.
Me dedicó una expresión triunfadora y sacó una bandeja de fresas del
interior de su mochila. Mi estómago rugió con fuerza, delatándome.
—Eso es jugar sucio.
—Tampoco te he prometido lo contrario.
—Sabes que tengo debilidad por ellas. —Salivé.
—¿Acotamos? —me chantajeó.
Por un fugaz instante, pensé en robarlas y salir corriendo, pero seguro
que me alcanzaría y protagonizaríamos una disputa de cuerpos entrelazados
dignos de una novela romántica apasionada, de esas que, por supuesto,
jamás le sucedería a mi mundana persona, y acabaríamos llamando la
atención de Rick.
—Eres un ser despreciable.
—Yo no hablaría tan pronto. Quedan muchos periodos históricos por
debatir y cierta tarta de queso lista para hacer su función —me amenazó.
Abrí la boca, indignada, y confirmé mis peores presagios en alto.
—¿Hablaremos sobre los inicios del XVII?
—Puede.
Esbozó una sonrisa compasiva mientras atrapaba un mechón de mi
flequillo y lo colocaba tras mi oreja con cierta delicadeza hasta ahora nunca
vista en él.
—¿Puede? —repetí con horror ante aquel atentado contra la literatura.
—Sé cuánto disfrutarías demostrando la visión que se tenía de aquellas
mujeres que se alejaban de su supuesta femineidad y se abocaban a
actitudes y pensamientos inapropiados que había que vigilar y reprimir —
sostuvo, y enarcó la ceja con aquel semblante seductor—. Tú habrías sido
una de ellas de haber nacido en esa época.
—Me habrían quemado como a las brujas.
—Por supuesto. —Puse una mueca burlona.
—Y tú serías el típico marido mandón de las altas esferas que
ridiculizaría a la mujer en público para luego ayudarla a escribir en casa.
—Sin duda.
—Aunque con lo ermitaño que eres, estarías metido en tu cueva sin
contacto alguno con la humanidad.
—Es más que probable —me siguió la corriente—. Aunque, para tu
sorpresa, no siempre he sido tan ermitaño.
—Relacionarte con las cajeras del supermercado no cuenta.
Se echó hacia atrás, apoyando las manos sobre la mesa.
—Estuve prometido.
Abrí tanto los ojos que casi se me salen de las órbitas.
—Necesito una fresa para asimilarlo. —Le robé una sin tiempo a que
hubiera represalias, sabiendo que me dejaría salirme con la mía—. ¿Estás
siendo irónico? —Me dedicó una mirada significativa.
—¿Tanto te cuesta aceptar que lo estuve?
—No eres alguien accesible, que digamos —le respondí con honestidad,
y sus ojos destellaron de lleno ante mi confesión.
—Sin embargo, contigo soy capaz de serlo.
—¿Conmigo?
—Tienes ese don.
—Pero también tengo el don de sacarte de quicio.
—Ese sobre todo —admitió, y yo reí por lo bajo, enorgulleciéndome de
ello.
—¿Ella fue la que te hizo odiar los finales felices?
Gideon ya esperaba aquella pregunta cuando mis ojos se encontraron con
los suyos, de una intensidad cegadora. De pronto, observé aquel destello de
matices avellanas de su iris y quise preguntarle si alguna vez estaría
preparado para volver a creer en ellos.
—¿Fue Florian quien te partió el corazón?
Y allí estaba de nuevo, pensé. Aquel Gideon incapaz de abrirse a alguien,
a pesar de que su mirada decía todo lo contrario. Aquella lucha interna que
podía apreciarse en su semblante: como si deseara confiarme sus secretos
más oscuros, pero, a la vez, le aterrorizara sentirse vulnerable. Esa
desconfianza que veía en sus ojos no era más que la secuela de haberse
sentido traicionado. ¿Cómo se ayudaba a alguien que deseaba volver a
confiar, pero al mismo tiempo tenía pánico a sentirse defraudado? Charlotte
decía que la confianza era un camino de ida y vuelta, que no podías esperar
llegar sin saber regresar. Para que alguien confiara, también necesitabas
hacerlo tú.
—La verdad de esta historia es que se lo partí yo.
Por primera vez, observé la incredulidad en su cara.
—Nos conocimos en mi primer año de universidad —comencé, y la
nostalgia me invadió al instante, como si abrazara a una vieja amiga—. Él
era el hermano de mi mejor amiga, así que supongo que se dieron todos los
factores para que el universo conspirara en nuestro favor. Los Palmer me
acogieron como a una más dentro de la familia, y cuando estás lejos de casa
tan solo necesitas que te hagan sentir que estás al lado de los tuyos… Es
algo difícil, pero ellos lo lograron.
Hice una pausa.
—Cuando no estaba en la universidad pasaba casi todo mi tiempo con
Florian y Celeste, de modo que, sin esperarlo, ese cariño se transformó en
algo más. —Me encogí de hombros y lo miré—. Imagino que sentirte
atraída por tu mejor amigo no es algo que desees que ocurra, y cuanto más
deseas evitarlo menos control tienes sobre ello. Así que lo inevitable
sucedió finalmente —admití. Gideon permanecía en silencio, y justo en ese
instante habría pagado por cada uno de sus pensamientos—. Salimos
durante dos años hasta el último año de carrera, que fue el detonante.
Charlotte murió, el mundo dejó de girar por un instante y, durante un
tiempo, sentí que escapar era todo cuanto necesitaba.
—Pero no puedes escapar de aquello que te persigue —dijo.
—Así es. La vida de los demás no se detiene porque tu mundo esté en
pedazos y tampoco eres la misma persona que vuelve de ellos una vez te
recompones.
—Lo dejaste porque ya no eras la Ruby que él había conocido.
—Me sentía un fraude y no podía serlo con mi mejor amigo. Florian se
había enamorado de otra Ruby y yo ya no era ella, sino otra distinta con
otras cicatrices nuevas que él no merecía conocer —admití en alto—. El
acto de amor más bonito que puedes hacer por alguien a quien quieres es
ser sincero, y eso fue lo que hice.
—El viaje a Alemania…
—El viaje a Alemania fue el regalo de graduación de Flora y Rob y,
aunque ya no estábamos juntos desde hacía unas semanas, Florian no quiso
que me lo perdiera. Él siempre ha respetado el vínculo que me une a su
familia, incluso después de dejarlo.
Gideon enarcó las cejas.
—¿Por qué todos creen que Florian te dejó?
—Él me lo pidió —confesé—. Tal vez no quería que su familia sintiera la
misma decepción que él, en especial Flora.
Se acercó y atrapó mi mano.
—No lo creo.
—¿Por qué?
—A veces es mejor hacer creer a todos que has perdido algo que asumir
que lo has perdido porque en el fondo no has sabido cuidarlo.
—No… Florian no merecía pagar por mi duelo.
—Lo único que debía hacer era acompañarte —sentenció con firmeza y
un fuego incandescente brotó en sus ojos—. Tú no tienes la culpa.
—Le hice daño.
—Y, pese a ello, sigue enamorado de ti.
Entrecerré el ceño, confusa.
—Florian va a casarse —afirmé, como si esa fuera razón más que
suficiente.
—Eso no impide que te mire como lo hace.
Me mordí el interior del labio al sentir la electricidad entre nosotros, de
nuevo, justo como el día anterior.
—¿Vas a dejar que te robe otra fresa?
—Por supuesto que no —ocultó aquella mentira con su habitual tono
calmado.
—¿Las has traído solo para hacerme sufrir?
—Las he traído para negociar —ironizó.
Alcé el mentón para hacerle frente y me retó.
—Te aviso de que ahora nos toca un interesantísimo debate acerca de las
primeras autoras que escribieron bajo pseudónimo —le advertí.
—Si me convences… las fresas son tuyas —me propuso y percibí el
humor tras su expresión. Estaba pasándoselo en grande.
—Hecho.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura, profesor Vincent Saliman —lo desafié.
—Estoy listo para que me deslumbres.
Y se me aceleró el corazón. Me di la vuelta en dirección hacia la pizarra
y eché un fugaz vistazo hacia su silueta, ya preparada para mi presentación.
Gideon se había sentado en la mesa del fondo mientras anotaba algo en su
cuaderno de sabelotodo; seguro que ya estaba ideando la forma de
boicotearme. Recogí el papel donde tenía el esquema con los puntos a tratar
y, de pronto, la pantalla de su móvil se encendió con un mensaje:
Desconocido:
Me gustaría que habláramos.
Te echo de menos.
Bibliofilia
De biblio- y -filia.
Amor por los libros, en especial por aquellos raros y curiosos.
CAPÍTULO 18
Gideon
La sala de estudio de la primera planta de la biblioteca estaba desierta a esas
horas. Observé desde los enormes ventanales que estaba oscureciendo y,
por el silencio del exterior, debía ser casi la hora del cierre. No supe en qué
momento nos habíamos quedado hasta tan tarde, pero las reuniones con
Ruby solían alargarse más de la cuenta, en especial cuando no
conseguíamos estar de acuerdo. Y esto último era algo que ocurría en el
noventa y nueve por ciento de las ocasiones. Ya me había aprendido sus
facciones de memoria: el modo en que alzaba las cejas de forma exagerada
cuando me desafiaba para que le rebatiera algún tema o cuando se mordía el
interior del labio cada vez que nuestros cuerpos se aproximaban —
buscándose, como si fuera algo inevitable—; y aquel gesto insignificante
por su parte terminaba por volverme un poco más loco.
Alargué la mano para sacar un tomo del estante cuando su voz me
sorprendió.
—No lo agarres por la parte superior del lomo —me sermoneó desde el
final del pasillo donde me encontraba. Su figura se fue aclarando a medida
que se acercaba a mí, como si fuera una jodida estrella fugaz con la misión
de eclipsarme cada vez que quisiera. Llevaba el lápiz enroscado en el pelo a
modo de pinza, lo que había dejado sueltos aquellos mechones que ahora
ocultaban aquel pedacito de cielo que podía verse a través de sus ojos.
Era guapa; no, era jodidamente preciosa.
—Son ejemplares antiguos y no tienen la culpa de tu ignorancia.
—Para eso tienen aquí a su justiciera —me mofé.
—Nunca se extrae el libro tirando de la parte superior del lomo —me
explicó, ignorando mi burla, y luego me reprendió con la mirada—.
Además, tendrías que tener los guantes puestos si quieres cogerlo.
—¿Algo más?
Ruby hizo un ademán de pensar algo en alto y puso aquella mueca
cargada de sátira.
—Podría estar aquí sermoneándote toda la tarde, pero prefiero que
Dorotea descubra que nuestro investigador sabelotodo puede cargarse
nuestro Fondo sin ni siquiera pestañear. Eso me dejaría con una clara
ventaja para hacer lo que quisiera con la exposición.
—Puedes seguir soñando con ello.
—Ocurrirá tarde o temprano.
—El único motivo por el que la exposición podría ser un éxito es que
dejaras de ponerme en evidencia al fin.
—Tranquilo, ya te pones tú solito cada día.
Solté un bufido frente a su risita. Luego, me lanzó unos guantes de látex
y tiró de la escalera hasta colocarla en aquella fila de la estantería. Se montó
en ella y comenzó a subir los peldaños con una soltura envidiable.
—Necesitaremos aquel de allí arriba —dijo.
—Si te caes, ¿vas a querer que te agarre a tiempo? —pregunté desde
abajo.
—Sé que lo estás deseando, pero eso no ocurrirá.
—No me extrañaría que fantasearas con ello… ¿No es esta la típica
escena de una de tus novelas románticas?
—Si fuera la prota ya te habría pegado una patada en tus bonitos
genitales por ser tan irritante y engreído.
—¿Hoy no era el día en el que nos llevábamos bien?
—¿Por qué? —Frunció el ceño cuando sostuvo el ejemplar antiguo entre
sus manos con sumo cuidado y se giró para volver a bajar.
—Es mi cumpleaños.
—¿Es tu cumpleaños? —repitió con cierta incredulidad.
—No, pero podría serlo. Pedir deseos imposibles es algo gratuito.
—Venga, ayúdame —exigió y me entregó el libro al llegar a la mitad del
peldaño.
—Deja de ser tan mandona.
—Podría pedirte que fueras menos idiota y, sin embargo, no lo hago,
porque para qué anhelar deseos absurdos. —Sus pies tocaron el suelo y se
volvió hacia mí a la vez que extendía sus brazos para que le entregara de
nuevo el ejemplar antiguo.
—Puedo llevarlo —insinué.
—No me fío.
—Te recuerdo que la imprudencia es tu fuerte —dijo. Ruby resopló en
alto y colocó el libro en la mesa de restauración que había a escasos metros
de nosotros. Puso las manos en jarra en cuanto se dio la vuelta para
mirarme.
—Y yo te recuerdo que el único que parece tener un palo metido por el
trasero aquí eres tú.
Me señaló con el dedo índice y acortó la distancia entre nosotros.
—Puedes quitármelo cuando quieras.
Sus cejas se elevaron con evidente sorpresa ante mi flirteo.
—Vaya… ¿así es como llegaste a comprometerte? —Le dediqué una
sonrisa glacial.
—Dímelo tú. ¿No es lo que Florian va a hacer muy pronto?
—Eso es un golpe bajo que ni siquiera te pega.
—Tu juego, mis reglas —le recordé una vez más.
—Está bien. —Me miró de forma desafiante y su dedo toqueteó mi torso
como solía hacerlo cuando perdía los estribos ante alguno de mis
comentarios—. Te diré lo que creo.
—Alúmbrame.
—Estás celoso.
—Muy celoso —repetí con aquel tono burlón.
—Lo estás y apuesto a que eso te irrita. El sentirte atraído por alguien
que te saca de quicio tanto… La clase de chica con la que no estarías nunca,
pero, al mismo tiempo, en la que te obligas a no pensar todo el tiempo —
comentó. Me tensé un poco cuando vi que su dedo recorría la mejilla hasta
detenerse en la curvatura de mi cuello—. ¿Quieres ver lo que sucedería si te
beso aquí?
—Yo que tú no lo haría —susurré con la voz casi ronca y sentí la presión
bajo mis piernas enseguida.
—¿Estás seguro?
Gruñí, casi rogando que lo hiciera.
—Si lo haces no te prometo que me vaya a quedar quieto.
—¿Y qué vas a hacer, Vincent? —me retó, llamándome por mi apellido,
y nunca antes nada me había sonado tan jodidamente atrayente.
—Algo que no va a gustarte.
Se mordió el labio inferior con descaro.
—Pruébame.
Noté el estallido de calor que me recorrió cuando sus labios se posaron
de forma fugaz en la curvatura de mi cuello, tan sensuales y provocadores.
Cerré los ojos de golpe y tensé los puños ante la sacudida que luchaba por
liberarse en el interior de mis pantalones. El dedo de Ruby trazó el camino
de mi garganta con lentitud, deslizándose hacia arriba hasta detenerse en mi
labio inferior. Cuando abrí los ojos y su mirada me alcanzó de nuevo
percibí el brillo de deseo irrefrenable en su expresión seductora.
—Tus reglas, mi juego —soltó, cambiando el significado de aquella
frase.
—Ruby. —Su nombre sonó medio gruñido medio súplica al salir de mi
garganta, y entonces aquella sonrisa desató todo el fuego que tenía bajo
control.
Mi cuerpo siguió la inercia del suyo y, segundos después, oí el golpe
sordo de su espalda chocando contra la madera de la estantería. Vi el
desafío en su mirada con aquella invitación en sus ojos que, de pronto, me
dejaron sin aliento.
—Esto podría costarte no entrar más a la biblioteca.
—Tampoco tengo intención de salir —rugí.
Entonces sonrió y su hoyuelo causó estragos en todo mi interior. Me
acerqué a ella como si su presencia pudiera sosegar el fuego que amenazaba
con incendiar todas mis malditas terminaciones nerviosas.
—Ten cuidado con los libros —dijo, y contuvo la respiración cuando
arqueó la espalda. Sus piernas me envolvieron la cintura en cuanto la atrapé
entre mis brazos con urgencia. Esbocé una sonrisa silenciosa nada más
oírla.
—Es lo que menos me preocupa…
—Pues debería importarte. —Ahogó un gemido al notar mis labios cerca
de los suyos.
—Lo único que me importa en este momento es besarte, Ruby.
—¿Y qué te impide hacerlo?
Sus ojos me desvistieron sin necesidad de tocarme.
—Si lo hago, ya no podré parar.
—Bueno, es una lástima, porque yo no quiero parar —coqueteó con una
sonrisa traviesa que me atravesó de lleno sin darme opción a nada más. Una
fugaz mueca de sorpresa cruzó su expresión cuando sintió, por primera vez,
aquella sacudida entre mis piernas e hizo que sus caderas se apretaran con
más fuerza. Soltó una risa—. Y al parecer algo ahí abajo tampoco.
—Ruby… no quiero despertar.
—No lo hagas —me suplicó.
Pero debía hacerlo.
—¡Despierta, joder!
Me desperté, sobresaltado, al oír el golpe tras la puerta.
—Joder —musité en la oscuridad de la habitación, empapado en sudor, y
me llevé las manos a la cara, exhausto.
—Parece que hoy alguien se ha levantado contento. —Ezra asomó la
cabeza por el umbral y me observó con esa sonrisa maligna cargada de
mofa en cuanto su molesta presencia abrió la puerta para comprobar si
estaba vivo. Al parecer, no me había sonado el despertador—. Pensaba que
la bandera no se izaría más, es bueno comprobar que no es así.
—Vete a la mierda.
Me lanzó un beso al aire y me cubrí la cara con la almohada.
—Por cierto, Margot me pide que no seas cruel en el examen.
—El examen, genial… —protesté con un gruñido.
—Eso te pasa por hacer pruebas iniciales sin sentido alguno.
—Hazme un café y cierra el pico o dejaré de tener ocupas en casa.
Ezra soltó una risotada abrupta y alzó los brazos en forma de rendición.
—¿Y si me callo cómo voy a recordarte que hoy es la reunión del
Departamento?
—¿Tenéis que fastidiarme todo el día o qué? —me quejé con visible mal
humor.
—Puedo invitar a las chicas luego —sugirió, y me lanzó aquella mirada
cómplice que ignoré por completo. Sabía lo que estaba haciendo y no caería
en su trampa.
—Deja a Ruby fuera de esto.
—Si lo repites muy muy fuerte igual te lo llegas a creer.
Le arrojé la almohada con fuerza y escuché su carcajada ya desde el
pasillo.
—Estoy jodido…
Me levanté a regañadientes y me obligué a no pensar en aquel sueño. Tan
solo recordar sus labios tan cerca de los míos hacía que se me disparara el
corazón de forma incontrolable. Ni siquiera sabía qué cojones había pasado,
pero si aquello era un aviso de lo que sería trabajar con Ruby en las
próximas semanas, sí que podía afirmar que estaba realmente jodido. De no
ser por el golpe de Ezra en la puerta ni imaginaba lo que habría resultado de
aquello, o puede que tal vez sí lo supiera, y de ahí las ganas de asesinar a
aquel idiota que tenía por amigo.
—¡Ya tienes el café! —me avisó desde la cocina.
Desbloqueé la pantalla del móvil y me encontré releyendo aquel
mensaje: «Te echo de menos». Puse mala cara. Lo borré, como había hecho
con todo lo que me unía a ella. Puede que también la echara de menos, pero
eso no haría que las cosas se solucionaran. La traición no se remediaba, se
asumía y, puede que, con el tiempo, incluso llegara a escocer un poco
menos de lo que recordaba.
Estuve a punto de arrojar el teléfono a la cama cuando el sonido de otro
nuevo mensaje me pilló por sorpresa. Era otro número desconocido, pero no
el que conocía y el que llevaba meses atormentándome, sino distinto. Noté
el hormigueo en mi estómago cuando supe de quién se trataba.
Desconocido:
Prometo no cuestionarte hoy si te portas bien con Margot. Necesito que
salga de buen humor de tu examen para que me perdone

No oculté la sonrisa que me produjo leer aquello. Grabé su número y


respondí:
Me produce un placer irrefrenable enviarlos a septiembre. Justo como
hago contigo cuando te pongo a prueba .
Bibliotecaria gruñona:
En ese caso, jugaré sucio .
Lo esperaré con ganas .
CAPÍTULO 19
Ruby
No iba a ocultar la decepción que me embargó al recibir aquel mensaje
donde Gideon me avisaba de que no vendría a la biblioteca aquel lunes a
primera hora. Al parecer, la reunión del Departamento de Literatura
coincidía con nuestra hora y no podía cambiarla al estar prevista ya desde
hacía meses. Era tal el vacío que sentía que se asemejaba a cuando Celeste
había caído enferma con aquel virus estomacal y mi existencia había
quedado resumida en un letargo de desilusión y profunda tristeza hasta su
regreso. Tal vez exageraba un poco con la situación de Gideon, pero echaba
de menos su molesta presencia y su forma de incordiarme cada una de mis
mañanas desde que habíamos comenzado a trabajar juntos en la exposición.
—¿No vas a quedar con él? —preguntó Celeste mientras la ayudaba a
colocar los libros devueltos de la segunda planta. Eché un breve vistazo al
reloj y comprobé que faltaba media hora para terminar el turno.
—¿Es que quieres que me presente en su casa?
—Podéis recuperar el día perdido —señaló con una sonrisita juguetona.
—No voy a pasar mi tarde trabajando —mentí con descaro.
—No vas a llamarlo para trabajar porque claramente pensaría que estás
majara de la cabeza —aclaró.
—Perder un día de trabajo nos viene mal.
—Querrás decir que te viene mal no verlo —me aseguró, y le saqué la
lengua—. Has estado pendiente del móvil durante toda la mañana, rubí, y
eres la persona más tecnófoba del mundo. Algún día creo que hasta CDU
atenderá el teléfono por ti.
—Esa gata podría dominarnos a todos.
—Te olvidas de Coloso.
—Coloso nos exterminaría a todos —reiteré con sorna.
—Es verdad. Aunque ya lleva unos días que no hace de las suyas.
—Dale tiempo…
Introdujo el carrito ya vacío en el ascensor y, como venía siendo habitual,
las ruedas delanteras se quedaron atascadas contra los carriles del suelo de
la puerta, lo que nos hizo retroceder mientras lo zarandeábamos hasta
conseguir, al fin, encajarlo dentro.
—¿Vas a ir al piso de Margot? —me preguntó. Arrugué la nariz.
—No me ha respondido al mensaje, así que supongo que no debe haber
salido muy contenta del examen.
—Vamos, que tendrá un sobresaliente bajo —auguró Celeste de broma.
—Seguramente —protesté, y las puertas del ascensor se abrieron para
dejarnos salir—. Charlotte lo debe estar pasando en grande ahí arriba
viendo cómo sufro con la Hermione Granger que nos dejó de herencia.
Estoy segura de que es su venganza por haberle robado aquella falda sin
estrenar que tanto le gustaba…
A mi lado, Celeste se paró en seco y me apartó con brusquedad hacia el
hueco del ascensor, ocultándonos de los ventanales de información donde se
situaba el mostrador de préstamo.
—Pero, ¿qué haces?
La palidez en su rostro ya alcanzaba la tonalidad de Blancanieves.
—Mira —musitó de manera entrecortada y señaló la silueta de una mujer
que se encontraba de espaldas mientras mantenía una conversación con
nuestro jefe de equipo. Por la expresión de Palladino, no debía estar siendo
muy entretenida.
La esbelta mujer de melena oscura, ahora un tanto canosa y menos
cuidada, y de complexión delgada me llamó la atención de inmediato. Me
quedé allí, observándola en silencio, mientras ella repiqueteaba la punta de
su pie contra el suelo de forma impaciente, como si Palladino fuera el
responsable de hacerla perder un valioso tiempo que no volvería a recuperar
jamás.
El recuerdo de esa mujer que nos había enseñado la existencia de uno de
los libros ilustrados por autores aztecas del siglo XVI, como era el Códice
Aubin, que había despertado tanto asombro entre las caras de mis
compañeros. Aquella copia única la guardaba el British Museum de
Londres bajo la manga y documentaba la historia de un pueblo colonizado
por los españoles. Incluso en ese momento, parecía estar viendo por primera
vez a través de sus fotografías aquella encuadernación en cuero rojo de un
ejemplar único en el mundo y del que me había enamorado perdidamente.
Aquella fue, sin duda, el origen de mi fascinación por los ejemplares raros y
curiosos.
—No es posible —musité, y oí la sorpresa que me produjo estar
contemplando la viva imagen de Rígida la Terrible a escasos metros.
Después de tantos años, su presencia seguía enfundando aquella autoridad
que despertaba verdadero respeto.
—Pellízcame y dime que no es real, rubí. Porque parece que estoy en
clase de nuevo, a la espera de que suelte un «Dracarys» y nos chamusque
con su viperina lengua —comentó Celeste, casi en cólera, al estar viendo la
silueta de nuestra antigua profesora a escasos metros—. Es como si no
hubiera pasado el tiempo.
—Puede que ahora sea un poco más simpática.
—Seguro —chascó la lengua con desagrado y sacó el móvil de su
bolsillo para hacer la foto que más tarde pasaría al grupo de antiguos
compañeros. El mismo que había sido bautizado con el nombre de Los
Supervivientes de la Terrible y donde cada uno de sus miembros podría
narrar las secuelas de haber subsistido a las clases de aquella mujer—. ¿Qué
hace aquí?
—Igual ha venido a visitarnos —ironicé, pero sentía la misma
curiosidad.
Celeste me agarró del brazo y me pellizcó en el acto.
—¿Y si ha descubierto lo que hicimos y sabe que trabajamos aquí?
—En momentos como este me encantaría que sacaras a relucir a
Celestina en lugar de a tu otra versión oscura y trágica —repuse con
fastidio.
—No, en serio, Ruby. ¿Por qué está en la biblioteca?
—¿Para devolver libros? —Intenté tranquilizarla, a pesar de que sabía
que era una pérdida de tiempo. Celeste era igual de paranoica que Palladino
—. O puede que haya regresado a Cittadella y se encuentre de visita por la
universidad; después de todo trabajó muchos años aquí. Es algo común.
—No hay nada común en esa mujer. —Luego, leyó uno de los mensajes
del grupo en alto—. Sabina dice que viene a por nuestras almas malditas.
—La verdad es que me pilla en un mal momento ahora —satiricé.
—Lilibeth ha puesto tres caras de susto y se ha salido del grupo —
retransmitió.
—Los traumas nunca se superan —objeté y le hice una seña para que
guardara el móvil y mirase al frente—. Parece que nuestra profesora
favorita se marcha.
Agarré el carro y salí del hueco del ascensor para dirigirme hacia el
mostrador.
—¡Espera! ¿Y si vuelve?
—Entonces pasaremos al plan B y Coloso entrará en acción.
Entré como una exhalación por la puerta y dejé el carro en su sitio para ir
en busca de nuestro jefe de equipo. Palladino se encontraba ojeando el
correo y, por la cara de aburrimiento, sabía que no habría más que futuros
problemas a solucionar antes de que la directora estuviera al tanto.
—¿Qué ocurre, Ricaldi? —pregunté. Alzó la vista en cuanto llegué a su
escritorio mientras lo escrutaba de lleno—. ¿Has vuelto a discutir con el
investigador? Te repito que los depósitos están recién desinfectados como
para ensuciarlos de nuevo, así que tu macabro plan para deshacerte de él
deberá esperar.
—¿Qué quería esa mujer?
—¿La morena de malas pulgas? —inquirió. Asentí, y Celeste ya se
encontraba a mi lado para salir de dudas—. Ha querido entregar unos libros.
—¿Pero? —pregunté con extrañeza.
Palladino suspiró en alto y dejó las cartas a un lado para prestarnos
atención.
—Pero, a cambio, quería información de uno de nuestros usuarios. —Se
pellizcó el puente de la nariz después de retirarse las gafas en su habitual
gesto por calmarse en una situación desagradable—. Le he explicado que
existe una Ley de Protección de Datos que nos prohíbe hacer tal cosa y se
ha marchado con los libros que traía.
—¿Por qué no la has retenido? —exclamé—. Puede que estén vencidos.
—¿Tú la habrías detenido? —me echó en cara Celeste—. ¿A Rígida la
Terrible?
—Bueno, a lo mejor yo no… pero Palladino impone.
—¿Esa es la profesora de la que siempre habláis? —Era la primera vez
que Palladino parecía atónito.
—Sí, y ahora tenemos la sospecha de que ese usuario al que busca se
trata de una de nosotras —le explicó Celeste y su expresión se tornó
blanquecina de nuevo.
No iba a entrar en pánico, pero tal vez mi amiga llevara razón. ¿Y si
Rígida la Terrible había descubierto a los culpables del hurto de su examen
y había vuelto a Cittadella solo para arruinar nuestro trabajo? ¿Podía la
universidad suspendernos de empleo y sueldo ante un incidente que ocurrió
cuando éramos solo universitarias? ¿Nos devaluarían el título? Y, sin título
universitario, ¿podíamos ejercer la plaza de funcionario? ¿Debía vender a
Vespati y mudarme del Casco Antiguo?
Me obligué a parar.
—¿Ha dicho algo más sobre ese usuario?
Palladino negó con la cabeza.
—Entiendo que es un usuario activo de nuestra biblioteca. Además,
sospecho que los compañeros de secretaría la habrán despachado, de ahí
que no le haya quedado más remedio que venir aquí para intentar hacer el
trueque con los libros.
—Estamos perdidas —musitó Celeste con una mueca de terror.
—¿Crees que podríamos encargarnos de ordenar el Fondo Antiguo si
finalmente nos despiden?
—Dudo que quisierais hacerlo sin un incentivo —repuso nuestro jefe de
equipo y regresó a la tarea, restándole importancia al drama que se había
desatado con la aparición de nuestra antigua profesora—. Esto es para
vosotras.
Palladino nos entregó las cartas.
—¿Es de Recursos Humanos? —recé al ver que mi amiga escrutaba el
reverso del sobre con recelo y la abrió para leer el contenido. De las dos era
la más valiente, eso sin duda—. ¿De la gerente?
—Por ahora creo que nos salvamos.
Me cedió su carta para que pudiera despejar todas mis dudas. Y suspiré,
aliviada, en cuanto comencé a leerla. Sí, estábamos a salvo, pero solo de
momento.

***
Los hermanos Palmer disputaban su tradicional partido de baloncesto
cuando aparqué a Vespati cerca de las gradas de la cancha del Golden horas
más tarde. Me había llevado a Celeste a almorzar a su italiano preferido
para así tener una excusa de olvidarnos de la inesperada visita del día. El
motivo por el que nuestra antigua profesora se encontraba en Cittadella
parecía todo un misterio por resolver.
—¿Entonces decís que está en la ciudad?
—Vivita y coleando —le aseguró Celeste a Florian. Este se había
mantenido en silencio conforme oía toda la historia y driblaba el balón. Su
antigua equipación de capitán del equipo del Cittadella College realzaba su
talento para aquel deporte y lo convertía en el mejor de los hermanos con
diferencia.
—Puede que haya regresado para asistir a la reunión de antiguos
alumnos.
—Es una posibilidad —mencioné.
—¿Para qué organizar una quedada de antiguos alumnos estando
presente la instigadora suprema de todos vuestros traumas? —reflexionó
Margot sentada en el suelo de la cancha mientras observaba, de reojo, a
Danny, que jugaba con Jason a un uno contra uno. Al parecer, mi sobrina
había considerado suficiente trauma el ocurrido hoy y había decidido no
castigarme más de lo necesario.
—No tiene ningún sentido, no —corroboró Celeste—. Además, Sabina
niega que haya invitado a Rígida la Terrible. La reunión es solo para
nosotros.
—¿Y vais a ir? —nos preguntó Florian.
—Estaría genial reencontrarnos. —Me ilusioné ante la posibilidad de
reunirnos con nuestros compañeros de carrera. Habían pasado años desde la
última vez que habíamos estado todos juntos—. La invitación nos ha
llegado hoy.
—Entonces deberíais haber sabido algo antes.
—¡Ya basta de malas noticias por hoy! —Mi amiga alzó los brazos,
pidiéndole una tregua a su hermano—. En serio, casi me lo hago encima
cuando la he visto.
—Está bien, pero luego no quiero dramas. —Nos señaló a ambas.
—¿Por quién nos tomas? —le solté, y recibí su mueca burlona como
respuesta.
—Os conozco lo suficiente para atenerme a las consecuencias.
—¿Desde cuándo nos ocultas secretos? —Celeste escudriñó a Florian.
—Desde que es un chico comprometido —atizó Margot y le guiñó un
ojo.
—Si os hubiera contado lo del compromiso antes, estoy seguro de que a
mamá le habría dado tiempo a fingir un ingreso hospitalario —repuso,
provocando la risa de Danny, que se había acercado para quedarse a oír el
resto de la historia—. Además, sé que no lo entenderíais.
—¿Por qué no íbamos a comprender que quieras casarte, mendrugo?
—No es el porqué, sino con quién.
Me erguí ante sus palabras de pronto.
—¿Es que conocemos a Amanda?
Florian asintió con lentitud, casi con recelo por lo que contaría a
continuación.
—¿Te suena alguna Amanda? —me preguntó Celeste, y negué con la
cabeza.
—Me caso con Mandy.
—¿Mandy? —repitió Celeste con confusión—. ¿Qué Mandy?
—¡No me lo creo! —grité con sorpresa y me llevé las manos a la boca—.
¡Mandy!
—¿Qué…?
—¡Celeste, por lo que más quieras, tu hermano va a casarse con Mandy!
—¿La de nuestra clase? —dijo. Abrió los ojos, como si hubiera
despejado una ecuación, y todo el teorema matemático cobrara sentido
frente a ella—. ¿La rubia de rastas que se sentaba en segunda fila y que
vomitó en la fiesta de graduación como si fuera un aspersor sin control?
¿Nuestra Mandy? —Celeste parecía no dar crédito—. ¿En qué momento
has conocido a nuestra Mandy y te has comprometido con ella sin ni
siquiera mencionárnoslo?
—Es complicado.
—¿Complicado? —rechinó entre dientes con incredulidad—.
Complicado es que tu antigua profesora aparezca en tu puesto de trabajo y
te recuerde la razón por la que decidiste robar un examen para que tus
compañeros pudieran graduarse de una vez por todas. —Lo señaló con
cierta teatralidad, y Margot estalló en una risa sin poder aguantar más
tiempo todo aquel numerito—. Contarle a tu hermana que vas a
comprometerte con una antigua compañera de la universidad, eso, Florian,
no es para nada complicado.
—No quería que pensara… —Florian me lanzó una mirada de disculpa y
rectificó en sus palabras— pensarais que había ocurrido algo entre nosotros
durante la universidad.
—¡Nadie en su sano juicio pensaría algo así! —exclamó Celeste—.
¡Siempre has estado colado por Ruby!
—Bueno, ahora no —intervino Margot, echándole un cable.
—Él sabe a qué me refiero.
Florian se quedó en silencio.
—Fue cosa del destino —comenzó a contar segundos después—. La
Universidad de Exeter organizó unas jornadas de puertas abiertas y nuestra
empresa fue una de las participantes para orientar al alumnado en lo
referente al diseño de videojuegos. Era una gran oportunidad, así que
confiaron en mí para que les hablara a los universitarios acerca de las
salidas que ofrecía este mercado laboral una vez se graduaran. La sorpresa
vino cuando me reencontré con Mandy en la visita guiada a la biblioteca.
No sé cómo sucedió, pero de pronto me vi paseando con ella, yendo al cine
y, más tarde, la invité a conocer Clovelly… y supongo que se enamoró del
pueblo igual que yo me enamoré de ella.
—Ni siquiera sabía que Mandy trabajaba en el extranjero —se quejó
Celeste.
—Le perdimos la pista después de graduarnos. —Me encogí de hombros.
—Sí, pero me habría encantado saber que la futura esposa de mi hermano
es la misma persona que le rompió el retrovisor del coche al Decano.
—¿Fue ella?
—Ahora es el momento de sacar los trapos sucios —confesó entre risas y
se puso seria cuando desvió la atención hacia su hermano—. Si le cuentas
algo de esto, lo negaré todo.
—Irás a contárselo a Sabina en cuanto puedas —le reprochó él.
—Sabina es la única que mantiene activo el grupo, así que se lo debo.
—¿Y cuándo tenías pensado soltarnos la bomba? —lo acusé.
—En cuanto su avión aterrizara y apareciera por la terminal de llegadas.
—Para que luego digáis que la vida de los bibliotecarios es aburrida —
soltó mi sobrina con mofa—. Más quisiera yo haberme graduado con
vuestras anécdotas.
—¿Para qué quieres anécdotas teniendo matrículas de honor? —la picó
Florian.
—Eso era en la carrera, me temo que el máster es otro nivel.
—Siempre puedes quejarte al director —me burlé, y Margot me ignoró.
—¿Es que no estás contenta?
Era imposible que estuviera descontenta, al menos con las clases de
Gideon, ya que no paraba de hablar maravillas sobre ellas. Incluso me había
planteado asistir a una en calidad de oyente.
—Es mucha presión en tan poco tiempo —le reconoció a Celeste.
—¿Debo intervenir? —La escudriñé en busca de una señal.
—Ojalá todos los profesores fueran como Gideon —me respondió.
—O, más bien, recemos para que no. El índice de suspensos sería mayor
que el de Rígida la Terrible —objeté.
—Oye, no seas mala —lo defendió, y supe que ya no podría seguir
contando con ella para los siguientes saqueos—. Hoy ha aguantado el tipo
como un campeón.
La miré sin entender a qué se refería.
—¿No has hablado con él?
—Hoy no ha pasado por la biblioteca —dije.
—No me extraña… Tenía una fiebre altísima cuando acabó el examen.
¿Esta es tu manera de escaquearte del trabajo?
Profesor sabelotodo:
Preferiría estar discutiendo contigo a estar metido en la cama sin poder
hacer nada.
Rob me ha enviado el diseño de la infografía esta mañana. Es una obra de
arte que te hará llorar como a un bebé…
¿Has encargado los volumétricos?
Encargados . Además, Celeste me ha ayudado a elegir el atril y, mientras
te escaqueas, he avanzado con la selección.
Me alegra saber que lo tienes todo bajo control, pero tengo que darte el
visto bueno
¿Y vas a hacerlo desde la cama? La exposición no puede esperarte,
sabelotodo.
Puedes venir a casa…
¿Y contagiarme de virus?
Prometo no acercarme
Hecho ¡Pero el diseño de las cartelas es innegociable!
CAPÍTULO 20
Ruby
En el miércoles previo a la noche más esperada del año para los amantes del
terror, ya no era ningún secreto que deseara reencontrarme con esos ojos de
color avellana. Habían transcurrido cuatro días desde nuestra última reunión
y no negaría que el comienzo de semana se había vuelto demasiado
aburrido sin su presencia. La fiebre de Gideon había remitido lo suficiente
para que, al fin, pudiera salir de la cama y diera sus primeros pasos, o al
menos eso afirmaba Margot. Y, por primera vez, envidiaba la posibilidad
que tenía mi sobrina de estar cerca de él, aunque aquel hecho era algo que
desmentiría haber pensado si me preguntaban.
A mi lado, Celeste resopló con fuerza mientras se alejaba el móvil de la
oreja. Farfullé en alto en mi segundo intento por arrancar a Vespati. Al
parecer, mi vieja amiga no deseaba cooperar demasiado y pretendía
dejarnos tiradas en el campus.
—No se trata de elegir a ninguna de las dos, mamá —repitió con
resignación en su voz—. Lo único que dijo es que nunca podrá ser feliz con
nadie si nosotros no lo estamos por él.
Apreté el botón de encendido y pisé con fuerza sobre la palanca de
arranque hacia abajo, sin éxito.
—No estoy insinuando nada, mamá. Solo digo que si Florian desea
casarse es porque debe estar enamorado de Mandy. —dijo. Imaginé a Flora
a punto de incendiar a todo aquel que viniera a perturbar el corazón de su
hijo—. Si no fuera importante para él, no la traería aquí primero para que la
conociéramos. Sabes perfectamente que se hubiera casado sin nosotros.
Vespati arrancó al cuarto intento. Le hice un gesto a Celeste para que
montara y ella me dedicó un pulgar hacia arriba, alabando mi esfuerzo por
llevarla a casa.
—No, mamá, no hay posibilidad de que Mandy lo haya chantajeado…
Le pasé el casco a Celeste y luego sus manos rodearon mi cintura.
—Mamá, voy a colgarte —se despidió de forma apresurada y oí la voz
de Flora al otro lado del teléfono—. No, no iré a almorzar hoy. Adiós.
—¿Lista?
—Necesito un Margarita de Tamarindo —dijo.
—No tengo idea de qué es eso.
—Nada bueno.
—Entonces seguro que debe estar en la nevera clandestina que guarda tu
abuelo bajo la cama.

***
El corazón me dio un vuelco cuando la puerta se abrió y me reencontré
con sus ojos, que me daban la bienvenida. Su cabello alborotado y las ojeras
que le nublaban la cara eran prueba de los días que había pasado en cama.
Estaba un poco pálido, pero su color aceitunado seguía intacto en su piel,
casi bendecido por los dioses, o al menos era un privilegiado frente a los
que no presumíamos de bronceado. Al parecer, su atractivo no enfermaba,
aunque él ni parecía darse cuenta de ello. Y allí estaba, sin apartar la vista
de mí en ningún momento, casi complacido de verme después de tantos
días.
—Traigo fresas. —Le mostré la bandeja de la tienda de los Sanderson—.
Y para ti la receta especial de la casa: sopa.
Elevó las cejas mientras me dejaba entrar.
—¿Vas a prepararla?
—¿A qué viene ese tono de sorpresa?
—Pensaba que solo te alimentabas de fresas.
—He olvidado las aceitunas —puncé, provocando aquella risa silenciosa
cuando pasé por su lado para dirigirme hacia la cocina—. Tienes mala cara,
por cierto.
—He estado mejor…
—Tampoco te creas —mentí y dibujé una sonrisa traviesa que él no llegó
a ver. Ni siquiera sabía por qué me encontraba tan cómoda trasteando en su
cocina, en su casa, en su presencia; pero parecía una rutina que hubiéramos
desarrollado de manera casi natural en las últimas semanas.
—¿Vas a envenenarme para hacerte cargo de la exposición?
—Me encantaría, pero necesito al Gideon más arisco para negociar la
compra de los expositores —le expliqué a medida que llenaba el recipiente
de agua y encendía la vitrocerámica. Me recogí el pelo en una coleta alta
antes de seguir y reparé en que Gideon no me quitaba ojo; seguramente
estaría asustado por si quemaba algo—. El presupuesto está bastante
ajustado y Rob ya nos ha hecho una rebaja por el diseño de la infografía, así
que me temo que rascaremos todo lo posible para que las vitrinas nos salgan
por la mitad de precio.
—¿Y los autoportantes?
—De metacrilato, como acordamos.
Asintió, conforme.
—Deberíamos comenzar a escribir los textos de sala para que Rob tenga
tiempo de diseñarlos —sugerí y eché el contenido del sobre al agua cuando
empezó a hervir.
—Faltaría por abordar uno de los temas centrales —me recordó.
Me di la vuelta para mirarlo.
—Eso es lo que haremos hoy.
—¿Cuál era la otra opción?
—Discutir sobre las normativas de entrada. —Me apoyé en la encimera
de frente a él—. En particular, prefiero que la gente entre por el lado
izquierdo.
—Hoy no estoy preparado para esa pelea.
—Vengo en son de paz. —Le dediqué una sonrisa angelical.
Gideon me lanzó una mirada recelosa.
—Oye, aunque no lo creas, he tenido unos cuantos días moviditos.
—Colocar libros no se considera profesión de riesgo, Ruby —se mofó, y
le arrojé el paño de cocina a la cara.
—Pero encontrarte con Rígida la Terrible sí lo es.
—Ni siquiera quiero preguntar quién es.
—La doctora maligna que se alimenta de las almas de sus alumnos
endeudados.
—Ya me cae bien.
—¡Pues claro! —protesté mientras removía la sopa para evitar que se
adhiriera al fondo—. Septiembre es tu mes favorito.
—Junto con diciembre —satirizó.
—¿Es que en diciembre te vuelves más simpático?
—Digiero mejor los años que cumplo, sí.
Entrecerré los ojos en mi intento por descubrir si decía la verdad o
simplemente me tomaba el pelo, como solía hacer cada tres minutos.
—¿Cumples años en diciembre?
—¿Debería cumplirlos en otro mes?
—¿Qué día?
—Dieciséis.
—No te pega nada ser sagitario.
Ahogó una carcajada y tosió de forma continuada, llevándose las manos
al pecho.
—¿Cuándo es el tuyo?
—El veintitrés de abril —confesé con aquel deje de orgullo que me
invadía cada vez que lo revelaba, a pesar de que muy pocos entendieran la
razón. La expresión de Gideon se suavizó y una sonrisa sincera se dibujó en
su rostro. Y, de repente, tuve que desviar la atención hacia la sopa para no
caer de lleno en la intensidad de su mirada.
—Como buena bibliotecaria —adivinó.
Diez minutos después estábamos discutiendo sobre la selección de obras
que incluiríamos en uno de los temas centrales de la exposición. Gideon se
llevó aquella cuchara sopera a la boca mientras se negaba en redondo a una
de mis propuestas. Lo detestaba tanto como había echado en falta nuestras
discusiones. Me gustaba el modo en que me rebatía los argumentos y me
retaba, como si sacara punta a todo cuanto decía para luego hacerme
reflexionar sobre ello.
—Si tenemos en cuenta que la experiencia intelectual de las mujeres no
solo fue considerada durante siglos como menos representativa, sino
también menos valiosa y menos importante —defendí con ahínco— esto
hizo que a las obras se les otorgara un menor prestigio y, por ello, fueran
menos susceptibles de integrarse en el canon literario.
—El doble rasero —sentenció Gideon, y asentí.
—Sin olvidarnos de que las mujeres eran categorizadas como no artistas
y sus obras, a pesar de poseer calidad suficiente, siempre terminaban siendo
atribuidas a hombres.
—Falsa categorización —anotó en el cuaderno.
—¿No vas a cuestionarme?
—Estoy de acuerdo en todo.
—¿Te ha vuelto a subir la fiebre? —pregunté, atónita.
—Lo cierto es que había olvidado tu extraordinario sentido del humor.
—Entonces reconoces que me has echado de menos —dije con tono
presumido.
—¿Cambiaría algo si te dijera lo que quieres escuchar?
Me dejé caer sobre el respaldo del sillón sin perderlo de vista.
—Estoy convencida de que te caigo mejor que el primer día.
Me sonrió y, teniendo en cuenta que pocas veces lo había visto hacerlo,
aquella sonrisa bien podría estar de las primeras en mi lista de favoritas.
—Eso sin duda —admitió. Le hice una mueca frente a su franco
sarcasmo.
Y él se quedó en silencio durante un instante antes de volver a hablar.
—Eres insólita, Ruby. Desde los pines que usas para enviarme indirectas
cada mañana al entrar en la biblioteca hasta la punta de tu pelo de color
menta —dijo. Tragué saliva y me negué a pensar que aquello fuera un
cumplido. No era su tipo de chica y aquel sabelotodo no estaba preparado
para confiar en alguien. Hasta yo podía ver las consecuencias que me traería
el hecho de dejarme llevar por su condenado atractivo—. Nunca había
conocido a nadie como tú.
—¿Esto es un cumplido o sigues mofándote de mí?
—Puede que las dos cosas.
—¡Idiota! —Le lancé la servilleta, y él la esquivó.
—¿Te costaría aceptar que fuera un cumplido?
—No acostumbro a que me digas cosas bonitas.
—Si te dijera todo lo que pienso, te asustarías. —Esbozó una sonrisa
cansada y se llevó las manos a la frente. Quise preguntarle qué demonios
significaban aquellas palabras cuando inclinó todo el peso de su cuerpo
hacia adelante y apoyó la cabeza contra sus brazos. Parecía exhausto—.
¿Vas a discutir con un pobre indefenso justo ahora?
—¿Estás bien? —Me asusté.
—Estoy luchando para no desmayarme.
Me puse en pie de un salto y me acerqué a él.
—Estás ardiendo —dije al palparle la frente.
—Te he dicho que he estado peor.
—¿Por qué me has hecho venir si no te encontrabas bien?
—Porque quería verte.
Noté el nudo en el estómago de pronto.
—Estás delirando…
—Seguramente —murmuró, y lo ayudé a levantarse del sofá.
Cargué su cuerpo contra mi costado y lo guie por el pasillo con cuidado,
a pesar de los vaivenes incontrolados que sufría debido a su estado. Ni
siquiera supe cuánto tiempo transcurrió hasta que entramos a su habitación,
ya que el peso de su cuerpo dificultaba todavía más la labor de sostenerlo.
Había empezado a sudar y sospeché que debía tener fiebre.
—Voy a tumbarte —indiqué con suavidad, y la inercia de su cuerpo me
arrastró contra el suyo en un movimiento involuntario y casi fortuito. Me
quedé tendida a su lado mientras su boca permanecía muy próxima a la mía,
incluso podía notar su entrecortada respiración quemándome la piel. Sus
ojos se abrieron un poco al verme en aquella posición y el fuego que ardía
en su semblante parecía querer arrasarlo todo a su paso.
—Quédate —me pidió y atrapó mi mano.
—No pensaba dejarte aquí solo en este estado.
—¿Y por qué siento que te escapas cada vez que cierro los ojos? —
musitó.
Le sequé el sudor de la frente y me acarició la mejilla con una dulzura
hasta el momento desconocida. Era como si estuviera observando a otro
Gideon, más real y sincero, pero también más vulnerable.
—Estoy aquí y no me iré a ninguna parte.
—Ruby…
—Duerme —le susurré al oído y sus ojos se cerraron lentamente,
sumidos ya en un sueño.
—¿Estarás cuando despierte?
—Te lo prometo.
Y me quedé.
Aquella tarde no quise encontrar ninguno de los libros vencidos y, por
primera vez desde que había descubierto que era el moroso, no me sentía
bien traicionando su confianza. Robar los primeros veinte había sido algo
liberador y casi un acto de justicia, pero, a medida que lo conocía, más
difícil me resultaba mantenerme en el juego.
Después de todo, estaba a veintitrés libros de perder aquella partida si me
dejaba llevar por lo que sentía. Porque lo cierto era que detestaba a Gideon
Vincent Saliman, pero no tanto como detestaba no poder besarlo justo en
momentos como ese.
CAPÍTULO 21
Ruby
La primera semana de noviembre se abrió paso dejando una frenética
cuenta atrás de preparativos que debían estar listos antes de que finalizara la
exposición. Dorotea ya nos había indicado cuál sería el día, y aquel tres de
diciembre elegido ya nos pisaba los talones. Ese futuro martes, marcado en
el calendario como un recordatorio para que la inauguración fuera un éxito
y también para que se convirtiera en el reflejo del esfuerzo de esos meses de
intenso trabajo. Había mucho en juego y aquella era la principal motivación
para que saliera todo según lo planeado.
Por supuesto, las discusiones con Gideon no habían cesado en ningún
instante, a pesar de que nuestra relación se estrechaba cada día más de una
manera natural y, por qué no decirlo, casi milagrosa. En más de una
ocasión, nuestras discusiones habían sido la fuente de cotilleos de los
compañeros durante la jornada. Sin olvidar el entretenimiento asegurado
que les proporcionábamos a los alumnos en sus descansos de estudio
cuando los gritos superaban los decibelios permitidos en una biblioteca
universitaria. Nuestras riñas habían alcanzado tanta fama que hasta los
compañeros de mantenimiento habían hecho una rifa para ver quién salía
perdedor de la batalla y abandonaba primero.
Era un tira y afloja donde ninguno estaba dispuesto a ceder, a pesar de
que yo tenía todas las de perder. Porque la verdad era que Gideon me
miraba y aquel nudo en el estómago se acrecentaba sin control.
—No está recto —comenté, y entrecerré los ojos para observarlo desde el
ángulo correcto—. Además, a esa altura no quedaría espacio para colocar
las cartelas.
Gideon me lanzó una mirada asesina mientras bajaba de la escalera.
—Ya veo que eres la experta. —Hizo un gesto para que subiera yo
misma y me ocupara del texto de sala en lugar de estar allí abajo criticando
su trabajo.
—Eres más alto —protesté.
—Pero tú más eficiente.
—¿Y si avisamos a los de mantenimiento? —Me mordí el labio: sabía
cuál sería su reacción al instante. Se echó el pelo hacia atrás en su intento
por serenarse.
—¿Ahora sí, pero cuando te lo dije hace diez minutos no?
—Pensaba que sería más fácil —reconocí.
—Vas a subir ahí arriba y vas a colocarla —me ordenó.
Me crucé de brazos.
—No pienso dejar que me mandes… ¡Ah!
Ni siquiera esperó a que terminara la frase. Sus manos me agarraron con
fuerza de la cintura y me elevaron en alto mientras mi cuerpo se quedaba
petrificado a la espera de tocar suelo firme de nuevo. Me soltó en el primer
peldaño de la escalera y sus ojos relucieron de deleite cuando me indicaron
que la subiera.
—No tengo todo el día.
—Cretino…
—Si hay algo que he aprendido contigo en este tiempo es que debes
probar tu propia medicina.
—Apuesto a que lo estás disfrutando —rechiné entre dientes y sostuve el
mural antes de colocarlo en la pared mientras medía, a ojo, la altura
correcta. Pesaba más de la cuenta y, aunque no iba a reconocerlo en alto,
podía entender el motivo por el que Gideon se había negado en redondo a
ponerlo después de que yo le hubiera insistido en ello. Contábamos con la
ayuda del servicio de mantenimiento de la universidad para el montaje de la
exposición, pero mi profunda cabezonería nos había llevado a esa situación.
—Por el lado izquierdo está más inclinado.
—Todavía no lo he puesto.
—¿Crees que podrás colocarlo antes de que cierre la biblioteca?
—Ojalá te quedaras dentro… —susurré por lo bajo con enfado. Me moví
hacia un lado y apoyé las manos sobre la pared a medida que deslizaba el
mural hasta la altura que Gideon me señalaba—. ¿Está bien así?
—Más a la derecha —me indicó.
—No llego a tanto —refunfuñé y me puse de puntillas en el peldaño más
alto de la escalera.
Estaba tan habituada a ella que ni siquiera imaginaba la posibilidad de
caer hasta que me vi tropezando con el bajo del mural y mi cuerpo se echó
hacia atrás en el sentido de la gravedad. Me vi cayendo de espaldas, a la
espera de recibir el impacto, de no haber sido por aquellas dos manos
abiertas que me detuvieron en seco. Segundos después, reparé en dónde
estaban puestas.
—¿No sabías cómo tocarme el culo?
—Tú eres la de las escenitas románticas, apuesto a que sueñas con ello
todas las noches.
—Perdóname, no pensaba que resultara tan obvia —ironicé.
Gideon me ayudó a bajar y me devolvió con firmeza al suelo. Él me
recolocó el mechón de pelo que se me había escapado de detrás de la oreja
y yo reparé en que se había quedado observándome los labios. En un acto
instintivo, me mordí el inferior, casi con timidez.
—¿Cuándo dejarás de ponerme nervioso?
—No era consciente de que lo hacía.
—Más veces de las que crees. —Me lanzó una sonrisa perezosa y el tono
burlón se vio reflejado en sus ojos cuando volvió a hablar—: ¿Vas a
reconocer de una vez por todas que has sido una impaciente?
—Me has distraído y encima has aprovechado para meterme mano.
—No veo que te hayas quejado.
Noté que las mejillas se me incendiaban sin control y él se dio cuenta.

***
La escena de la escalera sería el preludio de lo que acontecería en las
siguientes semanas. La tensión no resuelta que se respiraría en el ambiente,
junto con el calor interno que crepitaba cuando alguno de los dos se
aproximaba al otro, no haría más que presagiar el inevitable momento. Una
situación que, sin ir más lejos, explotaría aquel último martes de noviembre
de la forma más inesperada.
—Está quedando precioso. —Eché un vistazo a los textos de sala ya
colocados sobre las paredes de la sala de exposiciones. La infografía
diseñada por Rob presidía la entrada como estandarte de aquel estudio sobre
la invisibilización de las mujeres escritoras. No pude ocultar el deje de
orgullo que sentía al ver que la exposición ya era real después de todo ese
tiempo de trabajo—. Faltan las cartelas y…
—Y los rótulos de seguridad y antirrobo, sí. —Gideon me leyó el
pensamiento.
—Dorotea está en la reunión del Equipo de Dirección para que nos
concedan los permisos de los ejemplares del Fondo Antiguo que
mostraremos en la exposición.
—Genial.
—Son protocolos que la biblioteca sigue por si alguno de los libros
prestados se perdiera o sufriera daño —le expliqué.
—Los libros no se moverán de la sala de exposiciones —comentó con
confusión.
—Pero hablamos del Fondo Antiguo del Cittadella, listillo. Ni en sueños
calculas el valor que atesoramos aquí.
—Puedo imaginarlo.
—No, no puedes. —Me crucé de brazos y noté el enfado crepitar en mi
interior sin poder controlarlo—. El valor de una biblioteca se mide por su
Fondo Histórico y la persona que entre por esas puertas debería ser
consciente de la parte de historia que hay en ella. Esta es la razón por la que
se debería penalizar a todo aquel que no lo aprecie. —Le dediqué una
mueca.
—¿Debo sentirme aludido?
—Más que eso —le solté sin tapujos y chasqué la lengua con disgusto—.
Tienes en tu poder tres ejemplares de nuestro Fondo y te paseas por la
Biblioteca con toda la impunidad de quien sabe que no le sucederá nada
solo por estar organizando la exposición. Pero la inauguración será dentro
de poco y tu flor en el culo no durará eternamente.
Gideon soltó un suspiro que no supe interpretar.
—Eran de mi padre.
—¿Cómo dices?
—Esos tres ejemplares pertenecieron a mi familia —empezó a contarme,
y me dejó pasmada en el sitio—. Son esbozos del inacabado Tratado de
Arqueología que mi tatarabuelo, junto con otros compañeros arqueólogos,
comenzó a escribir sobre el yacimiento de la ciudad de Cittadella. Mi padre
decidió continuar con el proyecto, le dedicó gran parte de su vida, pero las
subvenciones del Ayuntamiento no llegaban y el proyecto se quedó sin
fondos para seguir la investigación. Al morir mi padre, esos tres ejemplares
fueron donados a la Biblioteca de Cittadella. —Esbozó una mueca cargada
de sátira frente a su insinuación—. Por supuesto, la universidad no se negó
a prescindir de un material tan valioso y los tres volúmenes pasaron a ser
propiedad del Cittadella College.
—¿Has hablado con Dorotea? Tal vez ella pueda ayudarte a…
—¿Crees que la universidad renunciaría a ellos sin más? —me
interrumpió.
—Bueno, son tuyos —le indiqué, y él negó aquella cuestión.
—Eran de mi padre, pero estoy convencido de que me los habría legado.
Los tres volúmenes están plagados de sus anotaciones y dibujos. —Se
encogió de hombros.
—¿Por eso no quieres devolverlos?
—No pretendo justificarme, pero los últimos años han sido complicados.
Me los llevé con la esperanza de comprender por qué todo ese trabajo
realmente le había merecido la pena, incluso hasta el punto de alejarse de su
propia familia. Aunque no puedo culparlo, las revisiones de su
investigación son brillantes.
Alcancé su mano y la sostuve en silencio. Él me devolvió la mirada.
—Podría hablar con Dorotea. Es una buena directora y podría ayudarte.
—No pretendo quedármelos. Tan solo necesitaba tener un recuerdo de él
distinto al que he tenido en estos años. —El tono de su voz se fue apagando,
y le apreté la mano para infundirle ánimos.
—¿No teníais buena relación?
—Estuve enfadado con él muchos años. —Su expresión cambió de
pronto y supe que no deseaba continuar hablando de ello—. ¿Dónde está el
atril?
—En el almacén.
—¿Vamos? —me pidió y asentí. Salimos del Espacio de Aprendizaje y
bajamos las escaleras en dirección a la planta baja, donde se encontraba el
almacén. Me detuve para dejar paso a un grupo de estudiantes que subían
para la sala de estudio mientras posponía aquella situación que me
explotaría en la cara en cuanto Gideon descubriera cuál era el atril elegido
para el día de la inauguración. Me mordí el labio con inquietud y él se
detuvo a mitad de camino, escrutándome con su atractivo gesto de
sabelotodo a punto de entrar en cólera—. ¿Qué ocurre?
—¿Por qué?
—Te conozco. Cada vez que te muerdes el labio hay problemas.
—No es verdad —protesté.
—Puedo comenzar a darte ejemplos cuando quieras.
—Prométeme que no te enfadarás más de lo necesario.
—¿Qué has hecho? —El tono de resignación ya iba implícito cuando dijo
eso en alto. Al parecer, me conocía mejor de lo que yo creía.
—¿Recuerdas cuando una fiebre muy alta te dejó en casa durante unos
días y tu resolutiva compañera tuvo que encargarse de los pedidos de ciertos
materiales?
—Ve al grano, Ruby.
—Pues Celeste me ayudó a elegir el atril.
Cerró los ojos y se pinzó el puente de la nariz para relajarse.
—¿Cuál habéis comprado?
—¿Quieres la buena o la mala noticia? —Endulcé la voz y él soltó un
bufido en alto.
—¿Por qué siento que no hay ninguna buena?
—¡La hay! —Lo agarré del brazo y lo guie hasta la máquina de
autopréstamo en mi último y fatídico intento por ganar aquella batalla. La
planta baja de la biblioteca permanecía con su habitual ajetreo de alumnos
que entraban y salían a esa hora de la mañana—. La buena es que tenemos
un precioso atril para conferencias hecho de metacrilato y con altura
regulable. Esto último es importante porque no todo el mundo gasta tu
altura —expliqué, y lo hice callar cuando quiso rebatir mi más que
justificado argumento en favor de las personas bajitas—. La mala noticia es
que contamos con ochocientos euros menos del presupuesto.
—¿Ochocientos euros? —clamó con horror.
—¡Pero es un atril precioso!
—Ya puede estar hecho de cristalitos de Swarovski, Ruby Ricaldi —me
amenazó.
—¿Qué querías que hiciera?
—¿Consultarme?
—¡Por el amor de Dios, Gideon, estabas con fiebre y delirando! —De
reojo, vi la seña de Celeste a escasos metros desde el mostrador de
préstamo. Seguramente, con la intención de que no peleáramos allí—.
¿Acaso iba a llamarte para decirte que ese atril no entraba dentro de nuestro
presupuesto, pero que su luminosidad nos dejó encandiladas a Celeste y a
mí?
—Te juro que estoy intentando no perder la paciencia.
—¡Ya estás siendo cascarrabias y ni siquiera lo has visto!
—¡Maldita sea, Ruby! —Alzó las manos en alto y perdió la poca
entereza que le quedaba—. ¡No me hace falta ver un jodido atril de casi mil
euros para saber que te has pasado de la raya!
—Ochocientos —lo corregí.
—¡Ochocientos jodidos euros por un atril de metacrilato!
—Estaba en oferta.
—¡Joder! —Desistió y caminó hacia adelante hecho una furia.
Seguí sus pasos, manteniendo la distancia por si decidía volverse hacia
mí y asesinarme delante de todos. Lo bueno de tener a un jefe de equipo
adicto a los documentales de crímenes reales es que valorabas mucho más
tu vida y la suerte con la que contabas en ocasiones. Y, justo en ese
momento, mi suerte peligraba como nunca antes, de modo que no iba a
ponerla a prueba.
—¿Qué más has hecho sin consultarme?
—¿Qué? —desvié la pregunta y fingí confusión con una credibilidad
digna de una actriz reputada, pero si de algo estaba segura era de que la
pelea por la elección de los volumétricos se daría otro día—. Te recuerdo
que esta no es la cesta de la compra de Gideon… —Me callé al darme
cuenta de que ya no me prestaba atención.
Gideon se había quedado quieto en el sitio mientras observaba algo a
escasos metros. Seguí la dirección de su mirada y me topé con la figura de
Palladino en la puerta de entrada junto a la silueta de aquella conocida
mujer. Rígida la Terrible había vuelto a la biblioteca. Palidecí y reparé en el
gesto horrorizado de Celeste que me pedía que me ocultara, de igual modo
que hizo ella justo cuando su cuerpo desapareció por debajo del mostrador
de préstamo.
—¿Qué hace ella aquí? —Si hubo algo más sorprendente que volver a
ver por segunda vez a mi antigua profesora, fue sin duda la pregunta de
Gideon.
—¿Conoces a Rígida la Terrible?
—Es mi madre.
—No fastidies.
Y ahogué un grito de espanto.
Depósito
Del lat. deposĭtum.
1. Lugar de la biblioteca con unas condiciones ambientales específicas
que ayudan a la buena conservación de los libros.
2. Lugar menos indicado para quedarte encerrado si eres fan de los
documentales de crímenes reales.
3. Lugar ideal para darle ese primer beso a tu crush.
CAPÍTULO 22
Ruby
El gritito de desconcierto salió, al fin, por mi boca cuando mi cara
evidenció el estupor ante la impactante noticia. La vida tenía un exquisito
sentido del humor. Y si no que se lo contaran a la Ruby universitaria, que se
habría reído hasta desinflarse de haber sabido lo que iba a ocurrir en un
futuro. Me había quedado de pie con los ojos fijos en la figura de esa mujer
que años atrás, y durante el primer día de clase, se había paseado con una
tranquilidad imperturbable que nos había erizado la piel a todos los allí
presentes. De repente, miles de recuerdos se me agolparon en la mente sin
darme tregua alguna, como la cita de advertencia en forma de cuadro que
descansaba sobre la mesa de su despacho y que sería el aviso de lo que nos
esperaría en cada una de sus tutorías:
«Abandonad toda esperanza los que aquí entráis».
Ahora sabía de quién había heredado Gideon su sarcasmo, y puede que
también su pasión por la literatura. Aquella cita de La divina comedia se
había convertido en todo un cántico durante nuestros años de estudio y en
una forma satírica de recordar los momentos más adversos que nos había
regalado la gran Rígida la Terrible.
—No puede ser —musité de nuevo con cierta incredulidad.
A mi lado, Gideon se había quedado en silencio y en su semblante se
apreciaba una alerta nunca vista. Percibí la tensión que manaba de su
cuerpo cuando retrocedió un paso, mostrando así su rechazo ante la
presencia de la mujer. Ni siquiera podía decirlo en voz alta, de modo que
asimilarlo en mi cabeza era menos perturbador. Sin embargo, eso no hacía
que fuera menos real y la verdad comenzaba con aceptar que Rígida la
Terrible era su madre. Ni en los mejores cines se encontraría aquel estreno.
—¿Por qué está aquí? —repitió.
—Se presentó hace un mes o así en la biblioteca.
—¿Por qué?
—Quería información sobre un usuario a cambio de devolvernos unos
libros. Al principio pensábamos que venía a por nosotras, pero está claro
que te buscaba a ti.
—¿Para qué iba a buscaros?
—Fue nuestra profesora —le respondí y Gideon desvió su atención hacia
mí. Un estallido de perversa diversión se observó en sus ojos, pese a la
seriedad de su gesto.
—No has respondido a la pregunta.
—Tu madre dejó muchos cadáveres por el camino durante la
universidad, así que no pretendas desenterrar el pasado.
—¿Rígida la Terrible? —recordó con mofa—. ¿Tan temible era?
—En comparación, Coloso se vuelve un perrito achuchable y adorable.
Tensó las comisuras de sus labios en aquel amago de sonrisa que no pudo
evitar por más tiempo. Segundos después, estalló en una abrupta carcajada.
—Y años después vienes y te topas con su insufrible hijo.
—Ahora todo tiene sentido —me quejé—. ¿No piensas saludarla?
—¿Vas a hacerlo tú?
—Ni que fuera mi madre.
—Tampoco la mía ya —sentenció y asimilé sus palabras como si me
hubiera lanzado un vaso de agua fría en plena cara—. Vámonos antes de
que nos descubra.
—Eso podrías haberlo pensado antes —lo alerté cuando la mano de
Palladino nos señaló desde la entrada y la biblioteca empequeñeció en
cuanto aquellos avispados ojos nos localizaron entre la multitud—. Mierda,
nos ha visto.
Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Se dirigió hacia nosotros
con paso firme y sin apartar la mirada de Gideon en ningún instante. Era
como si estuviera en una película de terror, paralizada de lleno y con el
asesino del hacha blandiendo su arma frente a mis narices mientras dirigía
su ira contra el idiota secundario que no dudaría ni medio segundo en
escena. Genial. La vida me tenía reservada la muerte más dolorosa. Regresé
a la realidad tan pronto como el corazón me latió con fuerza, aunque seguí
sin dar crédito al hecho de que esa mujer se encontrara tan cerca. ¿Me
reconocería en cuanto dejara de observar a su hijo con aquella expresión de
culpa?
—Gideon.
Me atravesó un escalofrío al oírla.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero hablar contigo.
Debía estar soñando porque sus palabras sonaron a súplica.
—Te dije que no volvieras a ponerte en contacto conmigo.
—No puedes apartarme de esta forma… —Dejó caer su mano cuando
Gideon se apartó de ella, haciendo visible la distancia que los separaba; y
no me refería solo a la física—. Lo siento, Gideon. Siento el daño que te
ocasioné…
—Si de verdad lo sintieras te alejarías de mí.
—Gideon, por favor… —rogó ella, y entonces reparó en mi presencia.
Debía ser mi día de suerte, ya que su expresión no mostró emoción
alguna en cuanto conseguí su atención. Percibí las arrugas de su cara y el
matiz de color miel que pincelaba sus ojos pardos; el mismo que se
dibujaba en los de Gideon a veces cuando les alcanzaba la luz. Ahora podía
apreciar las similitudes entre ella y su hijo, e incluso había cierto parecido
en el modo en que ambos fruncían el ceño al oír algo que no deseaban.
¿Cómo era posible que no hubiera reparado antes en ello?
—¿Puedes dejarnos un momento?
—Ruby no va a ir a ningún lado —sentenció Gideon y, con un
movimiento instintivo, se aproximó para colocarse delante de una manera
casi protectora—. Estoy trabajando y no permitiré que me arruines también
esto.
Luego, sin decir nada más, atrapó mi mano y tiró de mí hacia las
escaleras que conducían a los depósitos. Alcancé a ver la silueta de Rígida
la Terrible por última vez mientras nos alejábamos ya de ella. Su expresión
pétrea se quedó grabada en mi retina conforme bajamos los peldaños.
Gideon no me había soltado en ningún momento, a pesar de su silencio y la
fuerza con la que sostenía mi mano entre sus dedos. Dudaba siquiera de que
tuviera alguna idea de hacia dónde se dirigía, puesto que nunca había
bajado a los depósitos.
Supe que tan solo estaba huyendo. Huía de su madre y también de su
pasado. El mismo que había recobrado vida ese día sin nadie esperarlo.
Lo dejé ir sin oponerme a ninguno de sus pasos, tan solo acepté ese
momento de desahogo que necesitaba. El tiempo juntos me había enseñado
eso de él: a darle espacio y a esperar que las aguas se calmaran cuando la
tormenta venía a arrasarlo todo a su paso. Después de todo, su actitud no
era distinta a la de un animal enjaulado, en especial esa forma férrea de
protegerse cada vez que se sentía indefenso. Y tal vez lo único que pedía era
sentirse seguro de nuevo.
—Esto es un maldito laberinto —protestó.
—Podrías haber huido hacia las plantas superiores, al menos no
pasaríamos frío ni se nos encresparía tanto el pelo.
—La próxima vez menciónalo antes.
—¡Espera! —grité cuando reparé en la puerta cerrada a nuestra espalda.
Corrí hacia ella, pero ya era tarde. —¡No fastidies!—. Empujé sin éxito y
comprobé que nuestra única salida estaba inutilizable.
—¿Qué pasa?
—Está rota y solo se puede abrir desde fuera.
—¿No podías avisar antes?
Le dediqué una mirada asesina.
—¡Si hubieras dejado de caminar como un lunático me habría detenido a
mirar dónde demonios nos encontrábamos!
—¡Eres la bibliotecaria y no conoces este maldito lugar!
—¡Pero tú eres el idiota que nos ha dejado encerrados!
Una de las ventajas de gritar a pleno pulmón en los depósitos era que
podías confesar, enfurecida, lo mucho que detestabas al cretino de tu
compañero por haberte dejado encerrada en el sitio más húmedo de toda la
biblioteca. Sin embargo, la desventaja era no tener cobertura y estar a cargo
de que algún compañero nos encontrara antes del cierre. Todo ello si
sobrevivíamos a aquel microclima antes de salir de allí. Las condiciones
ambientales de los depósitos eran distintas a las del resto de la biblioteca y,
a pesar de tener como madre a la profesora más entendida de la profesión,
sospechaba, por su cara, que Gideon estaba aprendiendo justo ahora aquella
improvisada lección de conservación.
—¿Alguna idea de cómo salir? —preguntó, sentado sobre aquel viejo
escritorio que Loren usaba en ocasiones cuando trabajaba allí. Distinguí la
caja de chicles que mi compañera llevaba a todas partes con ella y el
estómago me rugió con fuerza.
—Prenderé una fogata y esperaré a que encuentren nuestros cuerpos
calcinados junto con todo el patrimonio que se conserva aquí —satiricé y
me dirigí hacia él para sentarme a su lado en la mesa. Al parecer, el único
espacio limpio del lugar—. No sé si encontrarán nuestros huesos con tanto
polvo.
Me dediqué a ordenar el escritorio, evadiendo así las ideas asesinas que
me vinieron de pronto a la mente. Mis ganas de asesinarlo iban in
crescendo.
—Lo siento —dijo y su voz sonó a derrota. La furia se apaciguó en mi
interior cuando sus ojos me encontraron en mitad de aquella habitación
destartalada—. Es mi culpa que estemos así.
—¿Por qué no quieres verla? No seré quien la defienda, pero se veía
desesperada por hablar contigo.
—Es complicado —musitó, y percibí la angustia que ese tema le
ocasionaba.
—Inténtalo —le pedí.
Y entonces suspiró en alto y comenzó a contarme una historia:
—El divorcio de mis padres fue una auténtica carnicería. No recuerdo
bien qué fue lo que originó el fin del matrimonio: si la obsesión de mi
madre por el trabajo o la infidelidad de mi padre por sentirse abandonado.
Pero nunca me sentí tan solo como en los años que lucharon por la custodia
—explicó. Mi corazón había empequeñecido de golpe al oírlo; sostuve su
mano y la atraje hacia la mía con la esperanza de que encontrara el consuelo
que necesitaba—. Con el paso del tiempo, terminé aceptando que el único
amor de sus vidas había sido el de sus propios trabajos. Mi padre venía de
una familia de reputados arqueólogos y el estar lejos de casa era algo a lo
que terminaba acostumbrándose después de meses fuera. Imagino que a mi
madre no le quedó de otra y se volcó en sus clases, donde encontró la
satisfacción que su matrimonio no le ofrecía.
—¿Cómo es posible que no supiera que eras su hijo?
—Tras divorciarse se cambió los apellidos de mi padre y se puso los
suyos de soltera —explicó, y el puzle de mi cabeza cobró sentido al fin—.
Tú la conociste como la profesora Marcia Vantini.
—Marcia —repetí su nombre en alto, y sonó como si la nombrara por
primera vez. Resultaba raro referirme a ella por su nombre real tras tantos
años apodándola con el sobrenombre de Rígida la Terrible.
—Mi padre pasaba largas temporadas inmerso en las excavaciones y las
peleas entre ellos no cesaban cuando este regresaba a casa. Mi madre
aplicaba la ley del silencio para castigarlo por su ausencia, y esto causaba
que mi padre tardara más en volver. —Se apoyó con las dos manos sobre el
escritorio y echó el peso de su cuerpo hacia atrás para evitar que pudiera ver
su expresión.
Era extraño darse cuenta de lo poco que llegábamos a conocer a las
personas hasta que nos contaban su historia. Ese detalle de su vida que nos
hacía mirarlos de un modo distinto al que solíamos hacerlo cuando
terminaban de contarla. Era un antes y un después que podía cambiar la
percepción que teníamos de alguien con tan solo unas pocas palabras, como
si mirásemos esa nueva historia bajo la lente de unos prismáticos nuevos:
cuanto más enfocábamos, más percibíamos su esencia. Gideon había
tardado aquel tiempo en prestármelos para que pudiera verlo como lo hacía
en ese momento. No solo me había mostrado lo que ya intuía, sino que
también había descubierto a alguien distinto al que había encontrado aquel
día en la cocina de los Palmer. Y, por insólito que sonara en mi mente, no
deseaba oír otra que no fuera la suya.
—Fueron buenos padres, pero pésimos como matrimonio. Y sé que se
quisieron a pesar de los errores. —Soltó una risa amarga—. Aunque uno de
ellos resultara ser el detonante de la familia.
—¿La deslealtad de tu padre?
Él asintió, a pesar de saber la respuesta.
—Mi madre nunca se lo perdonó.
—¿Tú lo perdonaste?
—Ya hace tiempo que lo hice, incluso por momentos me pregunto si lo
castigué demasiado durante los años que estuvimos sin apenas contacto.
—Si lograste pasar página con tu padre, ¿por qué no hacerlo con tu
madre?
¿Qué le había hecho aquella mujer para que Gideon la mirase con esa
frialdad en su expresión? Y si había sido capaz de perdonar a su padre y
recordarlo como a un buen hombre, a pesar de los errores cometidos… ¿por
qué no lo hacía con Marcia?
Fijó sus ojos en los míos y leyó todas aquellas preguntas que se
agolpaban en mi mente sin necesidad de expresarlas en alto.
—Porque traicionó mi confianza —sentenció.
Me quedé mirándolo durante un breve instante.
—Pero no todo el mundo lo hará.
—Puede, pero los finales felices solo se dan en las novelas —me recordó
aquella apuesta con la que había comenzado todo. La imagen de aquel
Gideon en casa de los Palmer ya presagiando lo que descubriría tiempo
después.
No me había equivocado en absoluto con él, y tal vez aquella fuera la
razón por la que incliné mi cuerpo hacia el suyo. Y luego tan solo dejé que
sus labios encontraran los míos.
Me besó cerca del cuello, descubriendo así el lugar que hacía que me
flaquearan las fuerzas, y fue recorriendo mi piel con lentitud con la lengua.
Sin prisa, de forma delicada, fue aquel Gideon que aparecía cuando le dabas
la suficiente confianza para sentirse a salvo.
—Ruby —susurró con deseo.
Atrapó mi cintura y la estrechó contra él. Había algo inexplicable en su
mirada cuando se detuvo para contemplarme en silencio. Una especie de
seductor desafío que no había visto antes, como si aquel Gideon que
entonces acariciaba todo mi cuerpo me retara a que le demostrara que no se
equivocaba. Su mirada me suplicaba que arriesgara más de lo que hubiera
hecho alguna vez con alguien.
—He querido hacer esto desde el primer día en que te conocí.
—Pues ese día no estabas demasiado hablador —dije. Recibí aquella
mirada coqueta como respuesta al tono burlón en mi voz.
—Casi nunca lo estoy, pero tú haces que me esfuerce por serlo.
—Y es un verdadero suplicio, ¿verdad?
—Agotador —se burló y mi piel se estremeció con cada roce.
Me arqueé para rodearlo con las piernas y Gideon me mordisqueó la
punta de la barbilla con dulzura.
—Mañana volveremos a ser dos desconocidos…
—Tú nunca volverás a ser una desconocida. —Intentó serenarse a
medida que las palabras fluían con deseo en cuanto las pronunció muy
próximo a mis labios—. Eres de todo menos alguien a quien pretenda
olvidar.
—¿Y por qué tengo la sensación de que siempre intentas escapar de lo
que sientes?
—A lo mejor tengo miedo a quedarme —me musitó al oído y luego me
besó en la comisura del labio. Supe lo mucho que le había costado confesar
aquello en alto.
—¿Tan malo sería?
—Sería jodidamente bueno, Ruby. —Su dedo recorrió la curvatura de mi
costado con lentitud—. Ni siquiera recuerdo algo tan increíble… pero no
estoy acostumbrado a salir bien parado cuando se trata de confiar en
alguien.
—¿Confías en mí?
Asintió, y sus ojos se reencontraron con los míos.
—Y eso te asusta —confirmé con un hilo de voz al ver aquel temor en
sus ojos.
—También me asusta perderte.
—No quiero ser una excusa, Gideon.
—Tú nunca serás la excusa, Ruby. Tú eres la razón por la que me levanto
cada día con ganas de empezar. Todos los malditos días busco ese destello
de color menta entre la multitud al llegar a la biblioteca y me veo
escudriñando cada rincón de este edificio, suplicando que me regales una de
esas sonrisas que tienen el poder de recomponer mi día.
Me quedé en silencio tras aquello. Para cuando sus labios se aproximaron
a mi boca ya lo esperaba con ganas y con una necesidad apremiante. Su
lengua exploró cada recoveco, haciéndome enloquecer de repente. Le mordí
el labio inferior y lo atraje aún más hacia mi cuerpo con la misma urgencia
y pasión con la que peleábamos todos los días desde que nos habíamos
conocido.
—¿Qué estás pensando?
—Que nunca nos llevaremos bien.
—¿No consideras que esto es hacer las paces?
Me lanzó una sonrisa atractiva que me dejó sin habla. Maldito sabelotodo
irresistible.
—Mañana volveremos a discutir.
—Seguramente —me susurró—. Pero mi momento favorito del día
siempre será cuando te veo reír.
Por primera vez, Gideon Vincent estaba cerca de perder la partida. Y él lo
sabía, aunque no pareciera importarle en absoluto. Y allí estaba yo, en
cambio, dejándome llevar por cada beso hambriento que él me daba y
recordándome la razón por la que ya no podría escapar de su presencia… ni
tampoco de esos ojos que me desvistieron en silencio.
CAPÍTULO 23
Ruby
Mi gata maulló de modo insistente en su reiterado intento por alcanzar la
loncha de pavo que había sobre la encimera. Al otro lado de la pantalla del
móvil, los ojos de Celeste se abrieron como platos y su expresión
desconcertada me dio los buenos días en la videollamada de aquel jueves en
la mañana. Por el contrario, Margot permanecía sentada en la silla de la
cocina, ignorando los caprichos de CDU, aunque no del todo, ya que el
espectáculo gatuno era imposible de pasar por alto. Mi sobrina bostezó por
segunda vez y se alisó la corta melena, peinándola hacia atrás con las
manos. Había heredado el color de pelo de Charlotte, aunque el remolino
que siempre la acompañaba fuera regalo de su padre.
—¿Te lo has montado con Gideon en los depósitos?
—No pasó nada. —Serví el café en las dos tazas ya preparadas a medida
que tranquilizaba a mi amiga—. La limpiadora nos pilló cuando la cosa se
puso peligrosa.
—Y te dignas a contarlo dos días después —reparó ella.
—A mí me lo contó anoche —punzó Margot.
—Te lo conté porque amenazaste con enviarle un mensaje a Ezra.
Margot bufó en alto como respuesta y se cruzó de brazos.
—¿Crees que estos dos no cotillearon ya lo suficiente durante las tres
horas de viaje de ayer? Ezra me lo habría contado antes si no hubiese tenido
el móvil inoperativo por ese estúpido simposio —expuso con hastío, y una
mueca de disgusto se dibujó en su semblante al no poder pasar aquel primer
día festivo del puente en compañía de su novio.
Al parecer, el viaje a Florencia que tenían planeado desde hacía un mes
se había ido al traste por unas Jornadas de Literatura a las que Ezra y
Gideon debían asistir como ponentes invitados. De ahí que el indudable mal
humor de Margot alcanzara niveles estratosféricos desde anoche cuando se
había quedado en casa a dormir.
—Es insultante la forma en la que apenas disimulas que he sido tu
segundo plato en tus planes de este puente.
—No te quejes, yo también lo estoy siendo.
—En absoluto —mentí con descaro y Margoléfica contraatacó sin
piedad.
—Tienes credibilidad cero en esta conversación, rubí. ¿Te acuerdas
cuando nos dijiste que Gideon era un sabelotodo insoportable y moroso al
que prometiste odiar siempre o, al menos, hasta que cambiaran el final de
Juego de tronos? Pues resulta que hace dos días el tedioso Jon Nieve casi te
empotra contra El Muro y te lo has estado guardando para ti solita como
una campeona.
—Escucha. Eso sucedió el martes y ayer no os vi —me defendí.
—La excusa de que la universidad cierra por ser festivo es bastante mala.
¿Para qué están las llamadas? —me acusó Margot con el dedo y agarró la
taza de café por si decidía castigarla por su escenita—. ¿O es que solo
hablas con Jon Nieve?
—Le chivaré que pones ese tonito de Hermione Granger cuando te
refieres a él como al guaperas del siglo —la amenacé.
—Te mataré antes.
—¡Chicas, centrémonos! —pidió Celeste como experta mediadora en
conflictos familiares donde se requería usar la mesura que, por otro lado, su
propia familia carecía tener—. ¿Dices que hay posibilidad de que Rígida la
Terrible se convierta en tu futura suegra?
—En defensa de Gideon, diré que no se parece en nada a Marcia.
—Ya hasta te refieres a ella por su nombre de pila… ¡Qué bonito! —se
burló mi amiga, y le hice un gesto con el dedo corazón—. Hablo en serio,
Ruby. ¿Eres consciente de lo que podría suceder si sigues adelante con
Gideon? ¡Coincidirás con esa mujer en todas las cenas de Navidad! Si antes
no consigue envenenarte con el pavo asado en cuanto descubra que fuiste
una de las personas que robó el examen de la convocatoria de gracia y que
liberó a toda una clase del exterminio académico.
El giro de guion que había resultado ser aquella revelación no era
comparable con nada que hubiera descubierto antes, en eso le daba la razón
a Celeste. Saber que Gideon era el hijo de la profesora que más nos había
hecho sufrir durante la carrera era algo que no había visto venir ni de lejos.
—Te lo aviso, Celeodiosa, ni una sola palabra sobre este tema a esta
gente.
—¿Ni siquiera a Sabina? —Me dedicó un mohín de pena.
—¡Especialmente a ella!
—Sería un bombazo soltarlo en estos días que vamos a pasar juntos. —
Suspiró en alto, pero se resignó—. Está bien, no diré una sola palabra sobre
Gideon ni aunque Sabina me obligue a ponerla al día de nuestras vidas.
—¿Florian también vendrá a la reunión? —preguntó Margot, acariciando
la cola de CDU cuando la gata se enroscó entre sus piernas para juguetear
con ellas.
—Mandy estará a punto de aterrizar y mis padres han insistido en
acompañar a Florian al aeropuerto para conocerla. Se unirán a nosotros en
el hotel más tarde…
El puente festivo en honor a la patrona de la universidad había hecho
posible el reencuentro; la reunión de nuestra clase universitaria estaba
prevista para ese fin de semana de últimos de mes. Nuestra antigua
delegada, Sabina Sedona, o Doble Ese, como solíamos llamarla en
ocasiones, se había encargado de organizarlo todo con una brillantez innata.
No había duda de su eficacia cuando se trataba de lograr lo imposible:
reunir a todos los compañeros en Cittadella durante tres días bajo el lema
«Reunión de clase. Supervivientes de la Terrible».
El trauma colectivo que arrastrábamos por culpa de Marcia Vantini nos
había mantenido unidos, incluso después de años, y aunque el único hijo de
Rígida la Terrible poseía la capacidad de dejarme sin aliento con solo una
mirada, por el contrario, su madre me había quitado años de vida con sus
insufribles exámenes de Catalogación.
—Si Florian va con Mandy y Ruby me chantajeó a última hora para que
fuera con ella, ¿quién es tu acompañante? —Margot arrugó el ceño cuando
le lanzó aquella pregunta a Celeste.
—Eso es cierto —intervine, y la escruté de lleno—. En la invitación pone
que irás con alguien.
—Lo sabréis a su debido tiempo.
—¿Cómo que lo sabremos a nuestro debido tiempo? —Me quedé
pasmada en el sitio ante su secretismo—. ¿Qué estás ocultando?
—Ya sabes que no diré nada.
—Pues a Sabina bien que ibas a ponerla al día con los cotilleos de
Ruby…
Le hice un guiño a mi sobrina por esa defensa férrea y me acerqué a la
pantalla del móvil para devolverle la mirada a mi amiga, pero esta ya se
alejaba con un gesto de despedida antes de cortar la videollamada. Maldita
traidora tesorera de secretos.
—¿Quién crees que será?
—No lo sé —respondí con cierta confusión—. Celeste jamás llevaría a
alguien a una reunión así si no hubieran estado quedando antes en secreto.
—Imagino que lo descubriremos muy pronto.
Y tanto que lo haríamos, pensé. La sorpresa llegaría tan solo unos días
después cuando la revelación de aquel nombre por parte de mi mejor amiga
lo cambiase todo para siempre.

***
El Hotel Cittadella Atlantis había sido el elegido para albergar a Los
Supervivientes de la Terrible durante los siguientes tres días. El distintivo
hospedaje de cuatro estrellas me había costado el salario de todo un mes,
pero merecía la pena únicamente por el hecho de reencontrarme con mis
viejos compañeros de universidad después de años. Algunos de nosotros
habíamos coincidido tras acabar la carrera, pero de forma esporádica
cuando alguno se acercaba de visita exprés a la ciudad y pasaba por la
biblioteca a saludarnos. Por esa razón, la quedada sería la primera en lograr
que nos reuniéramos todos tras la graduación. Tras hacer el check in,
Margot y yo habíamos subido a nuestra habitación para dejar las cosas antes
de reunirnos con el resto. Celeste aún no había aparecido y la curiosidad por
descubrir quién podía ser su misterioso acompañante estaba crispándome
los nervios a un ritmo alarmante.
—¿Quién demonios viviría aquí antes de que lo convirtieran en un hotel?
—Me arrepentí de hacer aquella pregunta en voz alta en cuanto bajé el
primer peldaño.
—La biznieta de la condesa de Cittadella —Margot Granger me sacó de
dudas, y yo le dediqué una mueca burlona—. ¿Qué? Lo he leído en la
información histórica de la guía.
Minutos más tarde, llegamos hasta la planta principal, donde el tintineo
de los platos procedentes de la enorme sala que podía observarse desde las
puertas del fondo nos reveló que se trataba del lugar donde almorzaríamos
ese primer día. Sabina se había encargado de reservarla para nosotros; nos
quedó claro cuando el amable jefe de sala nos hizo un gesto con la mano
para indicarnos que lo siguiéramos al interior. Me alegré de estar arreglada
para la ocasión en cuanto entré a la estancia y me acomodé el escote
cascada de mi vestido blanco. Debía de ser la habitación más grande y
lujosa del hotel o, al menos, la única que se utilizaba para ocasiones
especiales. En el centro se podía ver una mesa larga y señorial decorada con
una cubertería de plata que destellaba incluso desde la distancia. Los
camareros, vestidos de forma elegante, se movían con agilidad entre los
invitados mientras servían las primeras copas.
Distinguí a Sabina próxima a los grandes ventanales con vistas a los
jardines y con su habitual moño informal que solo podía sentarle bien a
alguien como ella. La mano de nuestra antigua delegada recaía de forma
amistosa sobre el brazo de la silueta de aquel chico igual de alto que ella y
con el pelo castaño de un color pardo que reconocí enseguida. Florian iba
vestido con un traje negro que lucía su figura a la perfección.
—¡Ruby! —El grito de Sabina provocó que el resto de los compañeros
vinieran a saludarme al momento.
Me reencontré con el granuja de Rayne haciendo de las suyas y
bromeando con el pobre de Christopher, que ya alcanzaba a presagiar las
consecuencias de su mala compañía. Después, abracé a la dulce de Lilibeth
que, incluso en momentos como ese, no perdía la oportunidad para
agradecerme por el robo del examen. Y es que de no haber sido por esto
último, la ahora reconocida madre de Gideon no la habría aprobado hasta
cumplir los cuarenta.
—¡Me encanta tu color de pelo! —exclamó Lili—. ¡Estás estupenda,
Ruby!
—Es la que siempre tuvo más estilo —concordó Sabina, asintiendo.
—¿Todavía sigues poniéndote los famosos dardo broches?
—Por supuesto —reconocí y Lili aplaudió, encantada, al recordar aquel
detalle.
Me habría encantado contarles la de indirectas poco sutiles que le había
enviado a Gideon desde que habíamos sabido que trabajaríamos juntos,
como el broche del gato con la pancarta que rezaba: «Llegué tarde porque
no quería venir» y que había llevado puesto durante las primeras semanas
cada vez que me tocaba reunirme con él.
Claro estaba que no podía hablarles de Gideon sin mencionar que su
madre era la principal homenajeada, y no precisamente en el buen sentido,
en esta quedada de antiguos universitarios reprimidos y con sed de
venganza contra su progenitora.
—Tienes que enseñarme los nuevos dardo broches —me hizo prometer
Lili.
—Los tengo arriba en la habitación.
Lilibeth siempre se había caracterizado por su inocente entusiasmo.
Puede que resultara de apariencia un tanto ingenua, pero nada más lejos de
la realidad, ya que era la directora ejecutiva de una de las empresas
familiares más fructíferas de Cittadella de los últimos tiempos: la de la
familia Sanderson. Muchos de mis compañeros, como era el caso de Lili,
habían decidido probar suerte en otros ámbitos distintos a lo estudiado
después de la universidad y no les había ido mal.
—¿Cómo fue el reencuentro con Rígida? —preguntó Sabina con espanto.
—Está igual que la recordamos.
—Esa mujer no envejece, se alimenta de los traumas de sus alumnos —
repuso.
—¿Es verdad que pidió una excedencia?
—No he oído nada. —Me encogí de hombros.
—Si me hubiera encontrado a esa mujer me habría hecho pis encima.
—¡Pero si eres una jefaza, Lilibeth! Marcia no puede imponerte tanto.
Percibí de reojo la silueta de Mandy, que llegaba hasta nosotras y le
dedicó aquel reproche divertido a Lili tras saludarla.
—Tu opinión no es parcial. Eras la única a la que Rígida toleraba.
—Eso demostraría que no es tan mala como decís y que llegó a sentir
afecto por alguno de nosotros —la defendió a medida que abría los brazos
para darle aquel abrazo afectuoso a Sabina, que ya la fulminaba con la
mirada.
—No todas teníamos a mamá —le soltó la exdelegada a modo de
indirecta y Mandy se echó a reír, sin tomarlo como un ataque.
Todos sabíamos que Mandy había sido el ojito derecho de Rígida la
Terrible por una sencilla razón: su madre era filóloga y había coincidido con
Marcia Vantini en el periodo en que las dos habían trabajado en la
universidad de Cittadella. El vínculo de ambas profesoras había traspasado
el de compañeras y su amistad había sido uno de los principales motivos
por los que aquel pánico colectivo contra Rígida la Terrible nunca la había
alcanzado.
Mandy se plantó frente a mí y me estrechó entre sus brazos con fuerza.
—Estás radiante, Ruby.
Amanda Milian se había deshecho de sus características rastas para lucir
una melena rubia de ensueño. La chica rebelde y de ojos pardos que había
presidido el comité de estudiantes se encontraba a años luz de esa chica
sofisticada que entonces nos saludaba con una sonrisa cargada de ternura.
Verla era como regresar a uno de los años más felices de mi vida. Mandy
siempre había sido mi compañera de fechorías favorita. Éramos el team
justiciero que toda clase desearía tener entre sus filas.
—¿Pero quién eres tú y qué has hecho con mi chica de rastas? —Le
dediqué un mohín y ella rio—. ¿Debemos llamarte Amanda a partir de
ahora?
—La vida adulta es lo que tiene. Algunos tenemos que habituarnos al
contexto.
—Ya veo que no has perdido el tiempo…
Sus mejillas se incendiaron de golpe cuando Florian apareció detrás de
ella y me devolvió el saludo con un guiño de ojos.
—Yo… nosotros queríamos decírtelo, pero Florian se adelantó.
—Pues no he pegado ojo desde que me lo contó —mentí con teatralidad
y la cara de Mandy se tornó pálida de golpe.
—Podrías probar suerte en la actuación si te cansas de colocar libros —
soltó él.
Arqueé las cejas, ofendida.
—De estar tu hermana aquí no te atreverías a soltar algo así, machote.
—Hablando de Celeste. ¿Dónde se ha metido mi hermana?
—Seguramente estará con su novio secreto en algún lugar de este hotel
dándose el lote —lo informó Margot, saludándolo con un beso en la mejilla.
—Espera un momento —intervine al interpretar su silencio—. ¿Tú sabes
quién es?
Florian asintió.
—Mis labios están sellados. —Y luego arrojó la llave ficticia hacia atrás
en aquel gesto tan suyo de sellar sus labios como promesa.
—¿Por qué te lo ha contado a ti?
—Soy su hermano.
—Y yo soy su mejor amiga, además de su eficiente compañera de
trabajo.
—Puede que me tenga en mejor estima —se mofó y lo fulminé.
Pero mi venganza llegó pronto a través de mi justiciera favorita.
—¿Has conocido a tus suegros, Mandy? —Margot poseía la habilidad
asombrosa para realizar las preguntas que todos necesitábamos, pero que
nadie se atrevía a hacer.
—Ya… bueno, ya los conocía. El día de la graduación. —Me miró con
esa disculpa implícita en sus ojos, como si de verdad estuviera pasando un
mal trago con todo aquello—. Flora y Rob son encantadores. Sé que su
madre está un poco molesta por haberles ocultado la relación, pero me
gustaría que entendieran las razones cuando tenga oportunidad de
explicárselas.
—¿Y cuáles son esas razones?
—Margoléfica, echa el freno —le pedí a mi sobrina. La delicadeza no era
uno de sus dones a veces.
—No importa. —Esbozó una sonrisa amigable—. Los últimos años no
han sido fáciles precisamente. Mi anterior relación no salió bien y, por
aquel entonces, el trabajo en el que estaba consumía todo mi tiempo. Me
sentía un fraude y, ni siquiera era feliz, a pesar de tener todo lo que
necesitaba. Decidí cambiar de aires y, gracias a la ayuda de cierta persona,
mi vida cambió por completo.
—¿Florian? —apuntó Sabina, pero Mandy negó con la cabeza.
—Marcia —reveló para nuestro asombro—. Y antes de que digáis algo,
gracias a ella puedo decir que trabajo en Exeter. Me ayudó con las
oposiciones para la bolsa de trabajo en la universidad y, después de unos
meses intensos y duros, aprobé. El examen no resultó demasiado
complicado y sé que no puedo defenderla en todo, pero nos preparó bien de
cara a un proceso como ese. Sé que el esfuerzo es cosa nuestra, pero la
prueba está en que aún seguimos recordando sus lecciones después de años
—confesó. Puede que en eso Mandy tuviera un poco de razón—. Celeste,
Ruby, Sabina, Christopher y otros de nosotros somos la prueba de que
alcanzamos el trabajo de nuestros sueños para el que Marcia nos preparó en
la universidad.
—¿Dices que mis horas de encierro y mis insufribles ganas de arrojarme
por la ventana hasta conseguir la plaza son gracias a esa mujer?
—Puede que si no la hubiéramos tenido no hubiésemos estado tan
preparados.
Sabina intentó protestar, pero Margot intervino para desviar la
conversación.
—¿Y esas son tus razones para que los Palmer no supieran que eras la
novia de Florian?
—No quería volver a cometer los mismos errores de mi pasado. Cuando
conocí a Florian, sentí que la vida estaba dándome una segunda
oportunidad, y durante el tiempo que estuvimos conociéndonos llegué a
creer que no lo merecía —admitió. Florian la besó en la mejilla—. Y luego
estaba el tema de Ruby. No deseaba que pensaras que lo nuestro pudo surgir
de forma… bueno, sucia. Porque no fue así, y me preocupaba tu reacción
cuando descubrieras la verdad.
—Han pasado muchos años de eso —comenté con suavidad.
—Pero eres una más dentro de su familia y no quería estropearlo.
—Eso no podrás cambiarlo —puncé de broma, y ella me devolvió la
sonrisa.
—Ni me atrevería.
—De nada sirve ya, su hijo favorito soy yo —apostilló Florian.
—Dame unos años más y volveremos a hablar de esto —lo reté.
—Serás el ojito del capitán, pero jamás de Flora.
Sabina decidió poner fin a nuestra disputa.
—¿Por qué nadie pregunta lo evidente? —dijo, y se ganó las miradas de
todos cuando señaló a Mandy con el dedo—. Si Rígida la ayudó a conseguir
esa vacante en Exeter… ¿por qué nadie está reparando en el hecho de que
sea ella la que se chivara del robo?
—Oh, venga, tienes que superarlo. —Mandy alzó las manos en alto en
señal de tregua—. Me presenté a las elecciones de delegado porque me
aposté con Rayne que nadie se atrevería a llevarte la contraria. No tengo la
culpa de casi haber ganado.
—¡No ganaste!
—Por unos cuantos votos de dudosa procedencia.
—Chicas, nos esperan —anunció Lili entre risas y agarró a Sabina del
brazo para llevarla hasta la mesa para evitar, así, la catástrofe. Di un paso
para seguirlas cuando el móvil me vibró de repente, pillándome
desprevenida. El mensaje era conciso y retador, igual que su condenado
dueño. Lo leí en silencio y sonreí.
Profesor sabelotodo:
No creas que he olvidado nuestro encierro en los depósitos
Reclamo
De reclamar.
1. Palabra o sílaba que solía colocarse debajo de la última línea de cada
página para indicar cómo comenzaba la siguiente.
2. Pedir o exigir algo, sobre todo de alguien a quien no se espera ver.
CAPÍTULO 24
Gideon
El colofón en el último día de las IV Jornadas de Literatura fue una mesa
redonda sobre Literatura Fantástica que resultó ser el broche perfecto a esos
tres intensos días de conferencias y charlas. Nos habíamos reencontrado con
varios colegas de la universidad y con algún que otro profesor elitista al que
Ezra habría atizado de lo lindo de no haber intervenido a tiempo. Después
de la merienda de despedida, y tras concienciarnos de las tres horas de viaje
que nos quedaban por delante, intuí que la vuelta a Cittadella resultaría
pesada de narices.
—Escucha. Todavía tengo oportunidad de salvar este finde y he pensado
en que esta noche podría llevarla al restaurante asiático que tanto le gusta
—comentó en alto, poniendo en orden sus pensamientos como solía hacer
desde que nos habíamos convertido en una especie de matrimonio de
convivencia—. Luego, iremos al cine.
—¿Y necesitas mi consentimiento o la paga extra para las palomitas?
—Digamos que necesitaría disponer de tu casa —admitió. Ya estábamos.
—No —me opuse y bebí un sorbo de aquel refresco ya caliente.
—Al menos, esta noche y mañana. —Ezra hizo oídos sordos a mi
respuesta—. El domingo ya podrías volver.
—Oh, gracias por dejarme regresar a mi casa cuando te plazca —ironicé.
—Venga, no seas cascarrabias, tío. Tengo que compensar a Margot por
haber anulado el viaje a Florencia —me rogó con aquel tonito de pena y le
hice un gesto para que pusiera su atención en la carretera cuando me dedicó
un mohín de súplica. Nos faltaba poco para llegar a Cittadella y quería
hacerlo vivo—. Está todo pensado.
—No me interesa.
—Te intercambiarías con Margot y pasarías lo que queda de este finde
con Ruby.
Me quedé mirándolo, sin dar crédito a lo que había soltado de repente.
—¿Quieres que aparezca en ese hotel y me convierta en su nuevo
acompañante mientras te llevas a su sobrina para montártelo en mi casa?
—A mí me suena bien.
—¿Y en qué momento tengo que confesar que soy el hijo de la principal
persona por la que se han reunido? ¿Justo antes o después del postre?
—Siempre después del postre. Con azúcar se digieren mejor las cosas.
—Ni lo sueñes.
—¿No te parece una fantasía que estén todos reunidos y que la quedada
se llame Supervivientes de la Terrible? —Ezra no pudo reprimir una
risotada.
—Estoy a punto de quedarme sin compañero de casa, te lo aviso.
—En serio, si Ruby quiere seguir conociéndote después de descubrir que
eres el hijo de su profesora maligna, tendrás que patentar esas pestañas de
infarto porque han hecho bien su trabajo.
—¿Cuántas probabilidades hay de que pueda tirarte del coche y salir
vivo?
—Con mi suerte, alguna. Pero tu oportunidad de dormir junto a Ruby
esta noche está asegurada, si la quieres —insistió. Bufé y me apreté contra
el respaldo del asiento para no escucharlo—. Llevas pegado a ese móvil
desde que nos fuimos. Habéis estado de mensajitos hasta la madrugada y,
ahora que tienes la ocasión de estar con ella, te rajas.
—Estás diciendo esto para tener la casa para ti.
—¡Joder, Gideon! —Ezra atizó un golpe al volante, frustrado—. Conocer
a Ruby es lo mejor que te ha pasado en años. Y no me gustaría que la
dejaras escapar solo por esa cabezonería tuya de no querer volver a confiar
en nadie. ¿Cuándo vas a empezar a vivir de nuevo, colega?
—Cuando cierres esa bocaza que tienes.
—Pues esta sensual boquita te dirá que hay una persona a pocos
kilómetros que quiere que la dejes sin habla, y tiene el pelo verde.
—Es de color menta, idiota —lo corregí. Ezra empezó a reír, sin perder
de vista la carretera.
Jamás reconocería que tenía razón, pero la verdad era que necesitaba
llegar a casa y que fuera lunes de nuevo para encontrarme con ella. Hacía
tres días que no la veía y, a riesgo de volverme loco, tenía memorizado el
hoyuelo de su mejilla desde nuestro beso en los depósitos. No había dejado
de pensar en otra maldita cosa desde entonces.
Necesitaba besarla de nuevo, estar junto a ella y hasta pasar mi tiempo
libre discutiendo sobre cuál de las doscientas mil jodidas tipografías
existentes que podíamos usar para el diseño de las cartelas era la más
adecuada. En el fondo, daba igual qué nueva disputa se iniciara entre
nosotros porque lo único que importaba era el modo en que sus ojos se
iluminaban cada vez que la veía trabajar en lo que la apasionaba. La forma
en la que su labio se alzaba con aquella mueca de desagrado cada vez que
olvidaba ponerme los guantes cuando se trataba de tocar uno de sus libros
del Fondo Antiguo. La pasión y el respeto hacia lo que amaba me habían
llevado a pensar en mi madre más de lo que me reconocería a mí mismo.
Después de todo, conocer a Ruby había significado también reconectar con
su fantasma.
—¿Por qué no le envías uno de esos mensajitos picantones, tontorrón?
—¿Por qué no le das la lata a Margot? —Suspiré.
El móvil vibró con su mensaje. Desbloqueé la pantalla y abrí la foto que
me había enviado. Allí estaba con aquel vestido largo y ceñido al cuerpo de
la cena de anoche, el mismo que se acababa de convertir en mi peor
pesadilla. Me fijé en los finos tirantes que sostenían la tela, dejando aquella
espalda casi al aire y con los costados libres. Estaba jodido. Se me secó la
garganta de golpe en cuanto reparé en el escote de vértigo que lucía.
Aquella condenada bibliotecaria iba a acabar con el poco juicio que me
quedaba.
Bibliotecaria gruñona:
Parece que Vespati ha decidido ponerse en huelga sin avisarme. No
arranca
¿Le has puesto nombre a la moto?
Puedo ir a recogerte si lo necesitas.
Preferiría ir haciendo autoestop

Me mordí el labio inferior para no obligarme a reír. Tecleé:


Tranquila, te encontraré en el camino

—¿Qué andan haciendo? —quiso saber Ezra.


—Irán a cenar a un restaurante cercano al hotel. De modo que tu plan
romántico corre peligro en este momento.
Ezra pisó el acelerador.
—Quiero poder dar clase el lunes, así que echa el freno.
Cittadella nos dio la bienvenida ya al caer la noche. Aquella ciudad que
me había acogido en los peores momentos de mi vida parecía arroparme de
nuevo cada vez que decidía regresar a ella. No solo me había ofrecido la
oportunidad de huir cuando mi mundo se había desmoronado, sino que
también me había dado un lugar donde comenzar desde cero. Tal vez era la
razón por la que siempre me sentiría en deuda con ella, a pesar de que había
sido la misma ciudad donde mi madre había ejercido la docencia en sus
años más duros. No era tan descabellado pensar que el comienzo de Marcia
Vantini como una mujer soltera que lidiaba con un complicado divorcio a la
vez también hubiera significado el inicio de su fama como Rígida la
Terrible.
—¿Crees que si le pido a Rob que me haga uno de sus platos estrella
Margot se dará cuenta? —Ezra sacó las maletas del coche y miró el reloj—.
Tengo diez minutos para recogerla antes de que se vayan.
—Tienes tiempo —lo tranquilicé, y él me miró de reojo.
—¿Seguro?
—Me buscaré la vida y os dejaré tranquilos hasta el domingo.
Ezra se abalanzó sobre mí para darme aquel abrazo improvisado.
—Te quiero, tío. Nunca más volveré a esconderte el papel higiénico.
—Márchate antes de que me arrepienta —lo amenacé—. Ya llevo yo las
maletas.
—¡Nos vemos el domingo! —dijo. Abrió la puerta del copiloto y derrapó
el coche en cuestión de segundos. Si alguna vez alguien me hubiera contado
que lo vería de ese modo por una chica no lo habría creído.
Bibliotecaria gruñona:
Chillaré tan fuerte que no tendrás más remedio que pasar de largo.
Además, puedo volver con Celeste y su novio secreto

Caminé hasta casa con las dos maletas y abrí la puerta, rezando para que
el pequeño Hannibal Lecter no me hubiera destrozado la casa durante los
días que habíamos estado fuera. Comprobé, aliviado, que el interior
permanecía intacto.
—Gideon.
Me quedé paralizado. Contuve la respiración antes de volverme hacia
ella.
—¿Cómo me has encontrado?
—Olvidas que también viví en esta ciudad durante unos años. Después
de todo, no he sido mala influencia si decidiste comenzar aquí. —Estuve a
punto de cerrar la puerta en sus narices, pero se adelantó a la jugada—. Por
favor, solo quiero hablar y, si no aceptas mis disculpas, te prometo que me
marcharé y te dejaré tranquilo.
—¿Por qué iba a confiar en ti?
—Porque jamás he querido hacerte daño.
—Ya es tarde para eso —dije. Sin embargo, la dejé entrar. Puede que una
parte de mí se negara a creerla, pero seguía siendo mi madre y no iba a
dejarla en la calle—. Pasa.
Me hice a un lado, apartando las maletas y cerré la puerta. Sus ojos ya
analizaban el salón en su intento por recrear la vida que habría transcurrido
en esos dos últimos años lejos de ella. Reparé en que le había crecido el
pelo y su expresión parecía un poco menos abatida de lo que recordaba. La
última vez que habíamos compartido espacio le había gritado que nunca la
perdonaría.
—Es muy bonita —dijo—. He visto a Ezra marcharse. ¿Vives con él?
—Ezra ocupa la habitación de invitados —le contesté secamente.
Explicarle que Ezra llevaba casi el mismo tiempo viviendo en casa que en
busca de la suya propia era depositar demasiada confianza en alguien que
había estado ausente durante dos años.
—Fui a tu despacho —confesó, y vi aquel brillo de esperanza en su
mirada. Me obligué a serenarme—. Has seguido dando clases.
—El alquiler no se paga solo.
—Estoy orgullosa de ti, Gideon.
—¿Lo estarías igual si fuera arqueólogo? —le espeté, sin que ella lo
esperara.
—Tu padre fue muchas cosas, pero amaba su profesión por encima de
todo.
—Incluso de su familia —terminé lo que estaba pensando.
—Incluso de nuestra familia —repitió y retrocedí un paso cuando alzó su
mano para alcanzar mi mejilla. Se detuvo ante mi rechazo—. Pero te quiso
como a nadie.
—¿Has venido para esto?
—Estoy aquí para suplicarte que me perdones.
—¿Crees que es así de fácil? —escupí, desempolvando aquel rencor que
me había consumido durante esos últimos años—. Te presentas en mi casa y
pretendes que haga como si nada. ¡Maldita sea, me jodiste la vida! ¿Y
piensas que pidiendo perdón se soluciona todo?
—¡Ya sé que las palabras no bastan, Gideon, pero es un comienzo! —
sollozó.
Se sentó en el sofá y hundió la cara en las manos, acongojada. Los
recuerdos de hacía dos años vinieron a mí como cuchillos que se me
clavaban en lo más recóndito de mi ser. Tenía un nudo en la garganta que
me impedía el habla y ni siquiera sabía por qué demonios había aceptado
que entrara. Aquello no tenía solución. Porque no la tenía… no debía
tenerla. Si no podías confiar en tu propia madre, ¿qué te quedaba? Si la
mayor traición venía de la persona de la que jamás hubieras pensado que
pudiera hacerte daño… ¿qué debías esperar del resto?
—Me equivoqué. Creí que era lo correcto.
—¿Lo correcto? —Abrí los ojos—. ¡Lo correcto era contarme la verdad!
—¡Lo sé! —Se enjugó las lágrimas de la cara para mirarme—. Ahora lo
sé, hijo.
—Tú… —La acusé con el dedo y perdí el control de mis emociones.
Esas mismas que habían estado reprimidas durante años y las culpables de
que hubiera alzado una coraza frente a todo lo que pudiera herirme de
nuevo. Las mismas que me habían llevado a poner distancia con la única
persona con la que querría estar en ese momento. La única chica que
deseaba mostrarme que los finales felices sí existían y a la que había
ridiculizado con que solo se daban en las novelas—. Tú mejor que nadie
debías saberlo.
—Cuando descubrí la infidelidad de tu padre, enloquecí. No quise
aceptar que su error hubiera destrozado nuestra familia. —Me lanzó una
sonrisa entristecida, cargada de una culpa abismal—. Lo odié y me odié
también a mí misma al creer que podría haber hecho algo más para que
aquello no sucediera. Con el tiempo, aprendes que los errores de los demás
no son mochilas con las que debas cargar, Gideon. Pero eso es algo que solo
el tiempo te enseña y la Marcia de entonces era incapaz de entenderlo. Me
llené de miedos y de rencor y me puse la coraza que ahora veo en ti, esa que
no te permite sanar del todo y que te aísla del sufrimiento.
Cerré los puños con fuerza.
—No quise que aquello te pasara a ti.
—Esa no era una decisión que debieras tomar por mí.
—Tienes razón —reconoció, arrepentida—. Pero no quería que te
convirtieras en alguien incapaz de perdonar.
—Acertaste en esto último —sentencié.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada…
—No, no lo tienes.
Se levantó del sofá y se aproximó a mí, sin importarle el rechazo, tan
solo siendo la madre que una vez fue, sin errores y remordimientos que la
atormentaran. Por un instante, pude ver que me devolvía aquella mirada que
suplicaba un perdón… uno que no podía darle en ese momento. Me aparté
de ella y la esperanza se esfumó de lleno de su rostro para transformarse en
algo que no había visto en mucho tiempo.
—Lo siento, hijo —se disculpó, y por primera vez vi la derrota en sus
ojos—. Sé que no puedo volver atrás, pero estaré aquí si decides
perdonarme. Solo quiero que seas feliz, incluso si esa felicidad comienza
sin mí.
Se apartó de mi lado y recorrió los metros que la separarían de mí
nuevamente una vez estuviera a la altura de la puerta. Era tanta la distancia
que nos alejaba, que parecía imposible que algún día se acortara. Ninguna
palabra podría cambiar lo que había sucedido. Un «lo siento» no arreglaba
un corazón, pero tal vez fuera el inicio para sanar el mío propio. Puede que
lo único que buscara en realidad no era su perdón, sino perdonarla.
Deshacerme de ese rencor que me había devorado en ocasiones hasta
quebrarme los jodidos huesos. Pasar página y avanzar. Aceptar que el
pasado estaría siempre ahí, silencioso y caprichoso, poniéndote la
zancadilla cada vez que decidieras correr en lugar de andar, pero era tu
responsabilidad saber cómo transitarlo.
—Espera —le pedí y cerré los ojos. Tomé aliento y luego solté todo el
aire que necesité para decir aquello en voz alta—: No vas a irte sola a estas
horas.
—Pediré un taxi, no te preocupes.
—No. —Negué con la cabeza, y me escrutó de lleno—. Te llevaré, pero
antes cenaremos algo.
—¿Juntos?
Tal vez aquello no significara un perdón, ni tan siquiera un nuevo
comienzo. Puede que la vida resultara más fácil de lo que nos obligábamos
a creer y tan solo nos enseñaba a aceptar lo que estaba hecho, a pesar de que
pasábamos la mayor parte del camino empeñándonos en buscar la forma de
deshacerlo. Puede que, al final, la clave de todo residía en verlo de otro
modo; uno menos doloroso y un poco más compasivo que nos permitiera
estar en paz, sobre todo con uno mismo.
—Juntos.
Y entonces recobró aquella esperanza que había perdido segundos antes.
Expurgo
De expurgar. Del lat. expūrgāre.
1. Proceso de retirada de ejemplares de la colección de una biblioteca.
2. Aunque nos duela: un libro que no es usado, es un libro innecesario.
Regálaselo a tu vecino del segundo. Quién sabe si estamos ante la
próxima historia de amor del siglo.
CAPÍTULO 25
Ruby
En el mundo bibliotecario existía un proceso donde se seleccionaban los
ejemplares que se retiraban de la colección con el objetivo de garantizar un
fondo de calidad a los usuarios. Aunque se pudiera creer que la biblioteca
era un ente de recogida de todos los libros existentes que encontrabas por
casa, la donación no siempre era efectiva y beneficiosa. Pero esto era otro
tema que no se trataría hoy. En relación con esa retirada de libros, el
término que usábamos era el denominado «expurgo», del verbo «expurgar»,
que significaba «limpiar o entresacar lo sobrante», en otras palabras:
deshacerte de lo que ya no era útil. Pues bien, Margot me había expurgado
solo unas horas antes cuando se había marchado con Ezra y me había
abandonado sin vacilar siquiera. Mi sobrina me había desechado como a
una de esas bayetas sucias en las que ya no se veía ningún trozo limpio.
Y allí me encontraba, ahogando las penas en el bar del hotel, con una
Sabina en un estado alarmante de ebriedad. La exdelegada sorbía el
margarita como si la vida le fuera en ello. Aquella noche de viernes se había
esfumado sin que nos diéramos cuenta y, tras la cena, se había producido
una estampida. A esas horas quedábamos pocos supervivientes. La mención
honorífica se la había llevado Rayne, nuestro administrativo gamberro, que
se encontraba recluido en su habitación tras haberse bañado desnudo en la
piscina del hotel. Como consecuencia, los de seguridad le habían prohibido
acercarse al bar hasta el fin de su estancia. Por otro lado, Florian y Celeste,
quienes se habían marchado a cenar con los Palmer para aprovechar los días
que Mandy estaría en Cittadella también nos habían abandonado a nuestra
suerte.
—¿Qué clase de reencuentro es este, rubí? —se quejó Sabina y se
entrecortó por los efectos de aquel cóctel—. Es más, ¿por qué razón
estamos bebiendo aquí solas?
—Nos la han jugado. —Bufé en alto—. Lo peor es que Celeste todavía
no me ha presentado a su ligue.
—Creo que la ha dejado plantada —murmuró, y comenzó a agitar la
cabeza con cierto pesar ante las teorías que le invadían la mente—. ¿Quién
en su sano juicio sería capaz de dejarla tirada? ¿Sabes qué, rubí?
¡Deberíamos ir a recepción para que nos digan quién es el tipo al que hay
que romperle el retrovisor del coche! —Hipó y se puso en pie con torpeza
—. ¡Vamos!
—Iré llamando al taxi por si nos echan del hotel. —dije. Mejor precavida
que insensata.
—Sé negociar —admitió. Y tanto.
Seguí sus pasos y recé para que la recepcionista no avisara a seguridad.
Había algo peor que un Rayne desatado y era una exdelegada justiciera
rememorando sus años de líder. La empleada ya miraba de reojo a Sabina
mientras esta se aproximaba con paso tambaleante al mostrador y, por la
expresión calmada de la chica, intuí que ya acostumbraría a lidiar con este
tipo de situaciones. Me quedé a una distancia prudencial y observé la
escena con cautela, implorando para que Sabina se quedara dormida allí
mismo. Porque no existía alternativa alguna para acallarla si no era aquella.
Sabina comenzó a parlotear de modo entrecortado a medida que la
recepcionista asentía con toda la educación que tenía a mano hasta que
intuyó que había acabado. Pobre chica, me apiadé. No había trabajo más
ingrato que uno de cara al público.
—¿Por qué no me dice su nombre?
—Mi amiga se llama Celeste Palmer.
—No, el suyo.
Sabina arrugó el ceño.
—A quien buscamos es al acompañante de Celeste Palmer.
—Por motivos de protección de datos no puedo facilitarle la información
que me pide, señorita… —La recepcionista arqueó las cejas en busca de la
respuesta.
—Sabina Sedona.
—Señorita Sedona, pero en cambio puedo acompañarla a su habitación.
—¡No quiero irme a mi habitación! —Dio un golpe seco contra el
mostrador.
—¿Es su acompañante? —me preguntó la recepcionista.
—¡Su acompañante también la ha dejado tirada! —protestó la
exdelegada.
—Ahí, haciendo pupa —murmuré con fastidio, y entonces la agarré por
el brazo para apartarla de recepción—. Venga, ya lo descubriremos mañana.
—¡Pero mañana es el último día!
—Mejor, así dejamos toda la emoción para el final —intenté razonar con
ella, en vano.
Existían muchas leyendas urbanas en el Cittadella College, pero una de
las más conocidas implicaba a Sabina y a cierta manifestación producida
frente al Rectorado en protesta por el desalojo de unos alumnos a los que se
les había denegado la beca. Se cuenta que Sabina movilizó de tal modo a
los medios de comunicación para que tomaran eco de lo sucedido que hasta
el alcalde de la ciudad se vio implicado en el asunto. ¿Acaso la búsqueda
por encontrar al desgraciado que había dejado plantada a Celeste la
detendría? Ni en sueños.
—¿Ruby?
Me giré en redondo cuando oí aquella voz. Si el mundo tenía sentido del
humor estaba claro que yo era su suceso favorito. Gideon se encontraba en
el hall del hotel a escasos metros de nosotras y con aquel gesto
imperturbable que empleaba a veces; en especial cuando se trataba de estar
implicado en algo que escapaba de su lógica.
—Virgen Santísima —musitó Sabina, ojiplática, sin disimular su
asombro cuando reparó en la mujer que lo acompañaba.
Rígida la Terrible estaba alojada en el mismo hotel que sus exalumnos,
ajena al motivo del reencuentro que se celebraba en su honor, y venía
acompañada de la única persona a la que había deseado ver desde hacía tres
días con una urgencia casi preocupante. Me quedé muda de la sorpresa al
verlos allí juntos.
—¿Sedona? —Marcia arrugó las cejas—. ¿Sabina Sedona?
—Ruby, dime que no estoy viéndola —articuló Sabina en alto y me
agarró con fuerza de la muñeca mientras entrecerraba la mirada como si
estuviera alucinando de golpe.
—Hola, Marcia —la saludé, y los ojos de la profesora se desviaron hacia
los míos.
—¿Ricaldi? —dijo. Asentí—. ¿Eras tú con quien hablé el otro día en la
biblioteca?
—Trabajo en ella —admití. Ella me dedicó un gesto de aprobación y,
segundos más tarde, su atención recayó en Sabina, que ya parecía haberse
recuperado de la impresión.
—¿Y tú, Sedona?
—Conseguí plaza en el Archivo de Cittadella.
—Veo que os ha ido bien.
—Sobre todo cuando terminaron sus clases —apostilló Sabina. Le aticé
un golpe con el codo y vi el amago de aquella sonrisa en el rostro de
Gideon. Maldita sea, quería besarlo.
Marcia pasó por alto el comentario.
—La Universidad de Cittadella es una gran oportunidad para
desarrollarse profesionalmente —comentó Marcia. Eché un vistazo a
Gideon, que no me había perdido de vista en ningún momento, y me erguí
cuando noté aquel calor que me coloreaba las mejillas sin control—. Mis
mejores años como docente los pasé aquí.
—Pues pobres los desgraciados que la tuvieron en su peor año —me
susurró.
Le aticé otro codazo.
—Así es, profesora. —Le dediqué una sonrisa impostada.
—Creo que voy a vomitar —anunció Sabina de repente, y percibí que su
palidez estaba alcanzando una blancura extrema. Se dio la vuelta y echó a
correr hacia las escaleras sin despedirse.
—Ya se encontraba mal en la cena —la excusé con aquella mentira y giré
mi cuerpo con la intención de marcharme—. Yo debería subir también.
—Espera, Ruby. —Escuché. Me quedé helada. Marcia Vantini jamás se
había dirigido a sus alumnos por su nombre de pila, sino por los apellidos.
Me sorprendí incluso de que supiera mi nombre—. Sería genial coincidir
mañana contigo, si no te importa.
—¿Por qué? —pregunté de forma abrupta.
—Tengo tres libros del Fondo Antiguo de la Universidad en casa y me
gustaría devolverlos. Me marcharé en unos días y tengo otros asuntos que
atender, de modo que no sé si podré pasarme por la Biblioteca —explicó.
Miré a Gideon, pero este se mantuvo en silencio—. El otro día tu
compañero me comentó que eras tú quien gestionaba las devoluciones de
estos libros.
—Así es.
—Te pido disculpas —dijo. ¿Rígida la Terrible pidiéndome perdón? Pues
sí que era el mundo una caja de sorpresas—. Debí entregarlos antes de dejar
la universidad.
Quedaba claro que encubría a su hijo, ya que el préstamo de esos tres
ejemplares estaba a nombre de Gideon. Sin olvidar que Marcia Vantini
jamás habría cometido un error así: su propia integridad se lo habría
impedido. ¿Olvidó entonces Gideon los libros en casa de su madre antes de
perder todo contacto con ella? Esto explicaría que no los hubiera
encontrado en su despacho ni en su casa.
—Está bien —acepté.
Asintió, conforme, para luego alcanzar el brazo de su hijo.
—Llámame cuando quieras.
Le dio un beso en la mejilla y se despidió con un apretón cargado de
afecto. No supe si el cóctel estaría haciendo su efecto, pero no esperé más
tiempo: me abalancé sobre él sin pensar en lo que estaba haciendo cuando
nos quedamos a solas en mitad del hall. Noté que sus manos me rodeaban la
cintura con firmeza cuando me estrechó contra su cuerpo, dejándome sin
aliento.
—Quería volver a verte —me confesó, y mi mano descansó en su torso.
—Y me has traído a tu madre.
—Una sorpresa inesperada de última hora.
Le acaricié la mejilla con ternura. Sus ojos se suavizaron ante mi roce y
sus labios se acercaron a la comisura de mis labios con esa sensualidad que
causaría estragos en cualquiera. Le rodeé el cuello mientras él me elevaba
del suelo con aquella sonrisa que pocas veces tenía el privilegio de
presenciar. Verlo sonreír era un sueño del que una no deseaba despertarse.
—¿Vas a ser mi nuevo acompañante?
—Podría.
—¿De qué depende? —Elevé una ceja, retándolo.
—De si recibo el mismo beso que aquel día en los depósitos.
—Apuesto a que no has dejado de soñar con ello —puncé de forma
coqueta.
—Es en lo único que he pensado en estos días.
Sonreí.
—Te habría llevado conmigo si no hubieras tenido esta reunión —me
declaró.
—¿Y perderme este encuentro con tu madre? Ni en broma. —Atrapé su
mano y lo guie hacia las escaleras que conducían a la planta superior, donde
se encontraban las habitaciones. Le dediqué un gesto a la recepcionista que
había tenido su buena ración de entretenimiento esa noche cuando pasamos
por el mostrador y la dejamos atrás—. ¿Quieres hablar de ella?
—No hay mucho que contar. —Se encogió de hombros y subió los
peldaños sin soltarme la mano—. Se ha presentado en casa.
—¿Habéis solucionado las cosas?
Se quedó en silencio un instante.
—Es complicado.
Entendí que no me contaría lo que sucedía entre ambos; al menos, no
esta noche. Y lo acepté. Aceptar a alguien también significaba respetar su
espacio.
—¿Por qué tiene los ejemplares del Fondo Antiguo?
—Los olvidé cuando me marché de casa —me explicó—. Hemos pasado
cerca de dos años sin vernos y, al mudarme a Cittadella, borré todo rastro
para que no pudiera encontrarme; incluso amenacé a Ezra si se atrevía a
revelarle dónde vivía. Pero debe de mantener contacto con algunos de sus
compañeros de la universidad porque me ha encontrado.
Me detuve al comienzo de aquel pasillo, y Gideon aprovechó la
oportunidad para atraer mi cuerpo hacia el suyo. Mi espalda descansó en la
pared cuando me empujó hacia ella y su cara se ocultó en el hueco de mi
cuello, rozándome la piel con sus labios. Me obligué a no desnudarlo allí
mismo.
—¿Por qué no le has dicho que son los ejemplares de tu padre?
—Porque ya lo sabe.
Atrapó un mechón de mi pelo y jugueteó con él mientras me daba aquel
beso fugaz. Estaba claro que iba a jugar sucio en su intento por desviar la
conversación. Era algo que había descubierto de él en esos meses.
—¿Y qué?
—Que no quita que piense que está mal. En su día, mi madre fue
partidaria de que mi padre los entregara, pero este se negó.
—¿Crees que fue ella quien los entregó a la biblioteca?
—Estoy convencido de que los donó poco después de fallecer mi padre.
—Pero…
—¿Me entregarías esos libros si te lo pidiera? —dijo. Vacilé y me dedicó
una mueca burlona—. Eres igual a ella, Ruby. Veo ese respeto que sientes
hacia tu trabajo y es el mismo que ella os inculcó durante los años que os
dio clase.
—Mejor, así me ahorras el robártelos —solté, y me arrepentí en el acto.
Oculté mi cara en su torso, sabiendo que había metido la pata hasta el
fondo.
—¿Qué quieres decir?
—Yo… —Me mordí el labio con fuerza mientras él me obligaba a
mirarlo.
—¿Ruby?
—Puede que tengas que devolver menos libros…
Se retiró un poco y su mirada se endureció en cuanto adivinó lo que
ocurría.
—¿Me has robado?
—Técnicamente, nos habías robado tú primero. Yo solo hice mi trabajo.
—¿Cuándo? —quiso saber. Resoplé en alto al verme entre las cuerdas.
—El primer día que fui a tu casa a cenar con Ezra y Margot —confesé, y
su cara no ocultó aquella expresión de asombro—. Esa noche descubrí que
eras el moroso y, poco después, me colé en tu despacho.
—¿Cuántos?
—Veinte.
Cerró los ojos y supe que su enfado iría a mayores.
—¿Te acercaste a mí por esta razón?
—¡No!
—¿Y por qué iba a creerte?
Su desconfianza me partió en dos.
—Porque digo la verdad. Te conocí aquel día en la casa de los Palmer sin
saber que trabajaríamos juntos y, menos aún, que resultarías ser quien nos
debía cuarenta y tres libros. Luego, y como si fuera una broma, descubrí
que eras el hijo de Marcia Vantini, como si el destino no se hubiera quedado
a gusto con tanta coincidencia.
Se separó y vi en sus ojos que aquella herida se reabría de nuevo.
—Me gustaría creerte, Ruby. —Su voz era grave y su semblante
infranqueable; aquel Gideon hermético que se cubría con su caparazón para
que nadie le provocara daño había regresado. Y yo había tenido parte de
culpa—. Pero, por desgracia, ya he aprendido a desconfiar de todos, incluso
de la gente que me importa.
—Gideon, espera —le supliqué—. No es lo que piensas.
Esbozó una sonrisa entristecida.
—Te veré el lunes en la biblioteca.
Se separó de mí y me dejó aquel vacío que jamás creí que volvería a
sentir tras la muerte de Charlotte. Lo vi mientras se alejaba sin dar media
vuelta y recorría el largo pasillo que acrecentaba la distancia que nos
volvería a separar. Y, allí estaba, asumiendo las consecuencias de mis actos,
sin oportunidad para solventarlos. Me puse en marcha y corrí tras él con la
esperanza de que pudiera aceptar que todo aquello no era como él pensaba.
El robo de los libros no tenía nada que ver con lo que él le había hecho a mi
corazón. Mentiría si seguía negando que el tiempo que habíamos pasado
juntos, incluso nuestras disputas y desacuerdos, todo lo vivido junto a él,
resultaría en vano. Porque había significado todo.
—Gideon… —lo llamé.
Se detuvo en mitad del pasillo cuando lo alcancé.
—¿Qué quieres, Ruby?
—Te quiero.
Se dio la vuelta, y al fin pude apreciar la claridad de aquella mirada que
se había quedado pincelada en el gesto de alguien que no habría esperado
que le confesaran sus sentimientos. No llegaría a saber lo que ocultaron sus
ojos durante el intervalo en que nos quedamos mirándonos en mitad de
aquel pasillo desierto, pero sí sabía que mi corazón estaba a buen recaudo
en sus manos. Por primera vez, tuve la certeza de que lo había depositado
en un lugar seguro.
—Dijiste que nunca más volveríamos a ser unos desconocidos y tenías
razón. Desde hace un tiempo siento que te has convertido en el lugar al que
deseo llegar sin importar nada más —confesé.
Su boca se entreabrió de pronto, pero las palabras no llegaron a salir. Se
hizo a un lado cuando reparó en que ya no estábamos solos. Distinguí las
siluetas de Florian y Mandy al fondo que se dirigían hacia nosotros para
entrar a su habitación, de seguro tras la cena con los Palmer y, por la
expresión radiante de sus caras, sabía que todo había salido bien.
—¡Ruby! —me saludó Mandy sin esperar verme allí.
Gideon ya se había dado la vuelta y su postura se había tornado rígida de
golpe.
—¡Hola, tío! ¿Tú también andas por aquí? —Florian le tendió la mano de
forma amistosa y no disimuló la risita que afloró en su semblante al
descubrirnos juntos—. Te presento a Mandy, mi prometida.
De repente, el ambiente se volvió tenso y aquel silencio se extendió por
todo el pasillo.
—Tengo que irme —soltó Gideon, y su silueta se perdió por el pasillo
antes siquiera de que pudiera detenerlo.
Y me quedé allí, observándolo, mientras se alejaba y se llevaba consigo
aquel «te quiero» del que no había obtenido respuesta. No supe nada de él
esa noche, ni al día siguiente al regresar a mi apartamento, ni tampoco el
domingo. Y entonces entendí que el silencio también era una respuesta.
CAPÍTULO 26
Ruby
Los nervios previos a la inauguración estaban a flor de piel. Los dos meses
de trabajo culminarían mañana cuando la exposición quedara inaugurada y
no podía estar más nerviosa. Dorotea había pasado la lupa a primera hora de
la mañana y, por el modo en que sus ojos habían recorrido cada ápice de la
estancia, parecía más que satisfecha con el resultado. Todo estaba listo para
el gran día, todo menos Gideon, que seguía sin dar señales de vida desde el
viernes después de que hubiera salido despavorido del hotel sin volver la
vista atrás. No había vuelto a tener noticias de él, a pesar de que Margot me
había enviado un mensaje a primera hora para avisarme de que sí había
asistido a clase. Estaba claro que Gideon hacía todo lo posible por evitarme
y, aunque podía comprender las razones por las que se sentía molesto,
dejarme tirada el día antes de la inauguración no era una cuestión que
estuviera dispuesta a negociar.
—Te avisé de que esto podía pasar, pero no quisiste verlo —me recordó
Margot a media mañana mientras pasaba el plumero con gracia sobre el
material expuesto en los expositores. Tras salir de clase, mi sobrina se había
acercado para echarme una mano con los últimos retoques—. Tampoco
digo que esté bien lo que ha hecho. Debería estar aquí, teniendo en cuenta
que mañana es la inauguración, pero conozco a Gideon y su profesionalidad
es intachable.
—Pues hoy esa profesionalidad será cuestionada —punzó Celeodiosa,
demostrándome que siempre estaba en mi equipo. Me aseguré de que la
cartelería estuviera bien pegada a la pared para que mañana no hubiera
sorpresas.
—Ponerte del lado de Ruby no hará que nos olvidemos de lo tuyo.
—Margoléfica tiene razón —le espeté a mi amiga, y la aludida resopló
en alto.
—Ya os he dicho que no pudo venir.
—Mandy nos chivó que os vio salir el sábado por la mañana del hotel.
Celeste titubeó.
—¡Porque vino a recogerme! —exclamó con indignación—. Florian
debía llevar a Mandy al aeropuerto y tú saliste despavorida a primera hora
sin despedirte. —Me señaló, y noté el reproche en su tono.
—Te avisé de que la grúa venía a recoger a Vespati.
—¿Vas a jubilarla? —me preguntó Margot, y lo negué.
—A mi pequeña todavía le quedan kilómetros por recorrer.
Me subí a la plataforma y me coloqué tras el atril para comprobar que el
micrófono funcionara mientras analizaba la conexión de los cables,
creyéndome una experta. De estar Palladino ya me habría dedicado una de
sus expresiones con las que daba a entender lo mucho que merecía un
ascenso. Estaba claro que él no reparaba en la importancia de dejar a
nuestra directora sin su discurso inaugural.
—No entiendo a qué viene tanto secretismo —apostillé.
—¿Es el de la cafetería? —comenzó Margot. Los interrogatorios de mi
sobrina no tenían nada que envidiarles a los policiales—. El otro día vi que
te invitó al café y te guiñó el ojo.
—Tiene un tic, Margot. Además, conozco a Jonny desde que comencé a
trabajar en la biblioteca —reconoció—. Si hubiera querido ligotear, ya me
habría dado cuenta.
—Eres la persona más despistada que conozco en estos temas, Celeste —
rebatió Margot, y asentí, dándole la razón—. ¿El nuevo de la copistería? Tu
madre me dijo el otro día que era un buen partido si algún día te animabas a
conocer a alguien.
—Si fuera por Flora ya estaría casada con el primero que pasara por la
calle.
—Menos mal que tienes a tu padre. —Me reí.
—Entonces estoy con Ruby —dijo Margot—. ¿Por qué tanto secretismo?
—No quiero que nadie lo descubra todavía.
—Eso implica que es alguien a quien conocemos, pero, al mismo tiempo,
temes que lo descubramos. —Margot me lanzó una mirada inquisitiva—.
¿Alguien que te suene? ¿Del trabajo, tal vez?
—No hay nadie aquí que pueda interesarle —repuse.
—¡No puede ser! —gritó de pronto y la acusó, señalándola con el
plumero. A mi lado, Celeste guardaba un silencio demasiado revelador—.
¡Te juro que lo sabía!
—¿Saber el qué? —Fruncí el ceño, un tanto perdida en aquella
conversación.
—¡Le gusta alguien del trabajo!
—No, no es así —se defendió Celeste.
—Estás mintiendo —advertí con sorpresa—. ¿Sales con alguien del
trabajo?
Margot se movió en círculos alrededor de Celeste, que ya se ocultaba la
cara con las manos mientras mi sobrina la estudiaba con franqueza hasta
que confesara en alto. Esa táctica intimidatoria por su parte terminaba
siendo letal. Celeste parecía un triste pajarillo enjaulado en busca de
libertad.
—Es Oliver. ¿Estáis contentas?
—¡Al fin! —Aplaudió Margot y luego su expresión se mostró confusa—.
¿Quién demonios es Oliver?
—Pues Oliver.
Mi mente hizo clic de inmediato.
—¿Oliver… Palladino?
—¿Qué otro iba a ser, rubí?
—¿Vuestro jefe de equipo? —pregunté. Margot abrió la boca, sin creerlo
—. ¿Pero sale con mujeres vivas?
—Oye, Oliver es una persona muy sensible —lo defendió, y de repente
me sentí como si estuviera viviendo en una de las películas de Marvel. La
Celeste que tenía enfrente debía ser de otro multiverso porque jamás habría
defendido a Palladino de esa forma.
—¡Por lo que más quieras, Celeste! Hasta hace dos días pensabas que
Palladino tenía un cadáver en el congelador de su casa —le reproché sin
reparar en el giro de trama de aquella historia que no había visto venir en
ningún momento—. Si hasta me hiciste creer que lo detestabas. Y una vez
le pusiste esa cara de hartazgo que solo te he visto en contadas ocasiones y
una de ellas fue cuando aquella editorial decidió no traducir todos los libros
de la saga esa que tanto te gustaba.
—Me dejaron sin saber qué ocurrió con la historia de Dimitri y Rose —
se quejó, pero asintió con la cabeza dándome la razón—. Pero estaba
equivocada con Oliver.
—¿Equivocada con él o con lo del cadáver? —ironizó mi sobrina.
—Por favor, deja de llamarlo así. Es Palladino y siempre será Palladino
—objeté.
—¡Por eso no quería contarlo! ¿Qué pensará el resto?
—¿Qué más da lo que piensen? —intervino Margot de nuevo.
—Somos compañeros y trabajamos juntos.
—Ojalá pudiera trabajar con Ezra y tocarle ese culito que tiene tan bien
puesto.
—No necesitábamos ese detalle. —Celeste elevó los ojos.
—En serio, ¿por qué lo complicáis siempre todo? —Se paseó con el
plumero en mano mientras reflexionaba en alto y, de paso, nos hundía un
poquito más en la miseria—. Si me hubieran importado los cuchicheos
cuando comencé a salir con Ezra, ya no solo por la diferencia de edad, sino
porque sería el director de mi máster, además de mi profesor, me habría
perdido la oportunidad de conocer a alguien increíble. Si te gusta tu jefe de
equipo… ¡adelante! Ninguno de tus compañeros vivirá esta historia por ti,
Celeste. —Se paró en seco y me señaló—. ¿Y a ti de qué te ha servido
negar lo que sientes por Gideon durante estos meses? ¡Precisamente para
llegar a esta situación!
—Eres la verdadera Margoléfica.
Pero tenía razón.
—¿Quieres demostrarle que te sientes mal por haberle saqueado el
despacho? Pues hazlo. —Chocó su mano derecha contra la izquierda en
aquel gesto tan idéntico al de Charlotte—. ¿Quieres que te perdone?
Demuéstrale que así es.
—Le confesó que lo quería —me apoyó Celeste.
Margot puso las manos en jarras.
—Las palabras no demuestran nada. Lo que importan son los actos,
chicas. Eso que hacemos con aquello que deseamos enmendar.
—¿Y qué más quieres que haga? No es su culpa que no entregara los
libros.
—Pues tendrá que buscar la forma correcta de que la crea.
Si es que todavía deseaba verme.
—¿Chicas? —Aquel carraspeo nos sacó de la conversación enseguida.
Las tres nos giramos con sorpresa hacia la silueta de Palladino. El jefe de
equipo se encontraba en la puerta de la sala de exposiciones con aquella
expresión de querer salir de allí cuanto antes—. Hay varios opositores que
se están quejando por el ruido procedente de esta sala. Y, aunque estáis
sirviendo de entretenimiento a la otra mitad de los estudiantes, lo cierto es
que es bastante probable que los de la tercera planta también estén
enganchados a vuestra telenovela.
Me mordí la lengua y evité reírme.
—Pues en esta eres el protagonista —aguijoneé, y sus mejillas se
encendieron sin control. Me encantaba ponerlo en situaciones
comprometidas.
—En ese caso te avisaré de que la villana quiere entrar en acción.
Fruncí el ceño.
—La profesora ha vuelto —avisó.
—¿Rígida la Terrible está aquí? —indagó Celeste, casi pálida.
—Quiere hablar contigo. —Me señaló.
—¡Necesito saber cómo es! —exclamó Margot sin ocultar la emoción
que sentía ante la posibilidad de conocer a Marcia—. ¡Vamos!
Sostuvo la mano de Celeste y la sacó de la sala casi a la fuerza mientras
Palladino me lanzaba una fugaz ojeada antes de desaparecer para dejarme a
solas con ella. Me alisé el vestido de rayas, como si la profesora fuera a
pasarme revisión, y la esperé.
Su recta silueta no tardó en entrar y llenó el espacio de una forma casi
hipnotizante. Era incuestionable la capacidad innata que Marcia Vantini
poseía para dejarte sin aliento, igual que su condenado hijo. Su mirada
recorrió la sala y se fijó en cada detalle de la exposición, por lo que tuve la
sensación de que el verdadero examen no lo había pasado con Dorotea
horas antes. Sin sorprenderme, se detuvo en una de las vitrinas más
próximas a la entrada y analizó el ejemplar que mostraríamos mañana.
—Me alegra comprobar que mis lecciones sirvieron de algo.
Me acerqué.
—Es una de las joyas con las que cuenta la biblioteca —señalé, y ella
asintió.
—Lo sé, se trata de una primera edición.
—Así es.
—La Universidad de Cittadella cuenta con un fondo histórico
impresionante. Te diría que es una de las pocas universidades donde hacen
una labor increíble de conservación y preservación —me explicó—. Este
sitio me trae buenos recuerdos. Me gustaba estar en un lugar donde se
respetaba el valor del patrimonio.
—En clase solía decirnos que no somos nada sin la historia que nos
precede, que para conocer el presente debíamos saber atesorar el pasado.
—Cuidar los instrumentos que nos enseñan la historia debe ser
primordial.
Se quedó en silencio un momento antes de entregarme la bolsa de tela
donde se encontraban aquellos tres libros del Fondo Antiguo.
—Te marchaste el sábado y no pude dártelos.
—Tuve un imprevisto —me disculpé.
—¿Qué cosa podría ser? —Tensó la mandíbula para mostrarme algo
similar a una sonrisa y me quedé sorprendida al ver que eso era posible.
Debía estar soñando porque durante el tiempo en que Marcia nos había
dado clase jamás la habíamos visto sonreír—. No eres de las que abandonan
algo tan valioso.
—De hecho, me considero una bibliotecaria justiciera. —Y fliparía si
supiera que su hijo debía una deuda de veintitrés libros—. Aunque seré
indulgente con estos.
Marcia suspiró en alto, como si esas últimas palabras la hubieran
conmovido.
—No deberías serlo. Son ejemplares de un gran valor que nunca
debieron salir del lugar al que pertenecieron.
—Lo importante es que ya los hemos recuperado.
Me dedicó un gesto de asentimiento y se separó para dirigirse a la salida.
Siguió echando un vistazo a la exposición antes de llegar a la puerta y
detenerse. Tenerla allí, tan cerca, era como volver a estar en una de sus
clases.
—Es un buen trabajo, Ruby —me felicitó—. Siempre tuviste un gran
talento.
—Gracias —dije sin esperarlo—. Aunque no lo habría logrado sin su
hijo.
—Parece que confía en ti. —Nuestras miradas se reencontraron. Titubeé
sin saber bien qué esperar cuando ella me sorprendió con aquello—.
Gracias.
—¿Por qué?
—Por cuidarlo.
Marcia clavó sus ojos en los míos. Quise decirle que Gideon cuidaba
muy bien de sí mismo sin ayuda de nadie. Esbozó una misteriosa sonrisa,
como si hubiera leído mi pensamiento de pronto.
—Sé que aparenta tenerlo todo bajo control y que puede arreglárselas sin
ayuda, pero me temo que llegue a creerlo de verdad. —Dibujó una mueca
de pesar y alcancé a ver la tristeza de esa distancia que los separaba—. Me
preocupa que esa contención que tan duramente ha conseguido mantener en
estos últimos años lo aleje de las cosas importantes.
—¿A qué se refiere?
—Cuando nos hacen daño huimos de todo aquello que pueda volver a
hacernos sufrir, por más nimio que sea. —Me miró una vez más y luego me
dedicó esas últimas palabras antes de salir—: Me alivia saber que ha
encontrado a alguien como tú que le recuerde que siempre se puede volver a
confiar.
Me quedé allí, en esa sala de exposiciones que habíamos montado juntos,
cada vez más consciente de que la confianza de Gideon era un premio
mucho más valioso de lo que imaginaba. No sabía qué había sucedido entre
ellos, pero sí había visto aquel ápice de esperanza en los ojos de Marcia
cuando había descubierto que su hijo volvía a confiar… y la razón era yo.
Como si me agradeciera haberle devuelto algo de un valor incalculable que
ella le había arrebatado de lleno. Tal vez llegásemos a la vida de alguien
para volver a darle sentido a algo que no lo tenía. A enmendar ese error del
que hablaba Margot. Puede que conocer a Gideon significara devolverle
aquella confianza que él había perdido por alguna razón que ahora no
alcanzaba a entender, pero así lo sentía en mi corazón. Y, de pronto, quise
decirle que estaría ahí para sostenerlo cuando el mundo pesara demasiado.
Pero un libro dañado no se arreglaba solo con desearlo. Y eso era algo
que Marcia nos había enseñado en sus clases. Había que limpiar los cantos
para eliminar el polvo acumulado por el paso del tiempo e, incluso, en
ocasiones, incidir con un pincel sobre las cejas para proteger las páginas.
Todo libro dañado llevaba su proceso de reparación, y sucedía lo mismo
con las personas. Las encuadernaciones de piel precisaban de un cuidado
distinto a las de terciopelo o de seda. Cada una tenía su propio proceso, su
propio tiempo y su propio espacio. Si decidías adelantarte o saltarte alguno
de estos pasos seguramente causarías un daño importante, y puede que, a
veces, incluso irreparable.
Margot tenía razón: debía buscar la forma correcta para demostrarle a
Gideon lo que sentía. Saqué del interior de la bolsa aquel primer volumen
de El Tratado de Arqueología, admirando la encuadernación de cartera en
piel de color avellana y rocé con el dedo las costuras de color ocre de la
cubierta. Era una verdadera obra de artesanía. Abrí con cuidado el interior
del ejemplar y analicé las zonas manchadas sobre el papel por la oxidación
de la tinta. El tiempo nunca perdonaba. Leí las anotaciones de aquella
investigación que había resultado ser la obra de toda una vida y, al mismo
tiempo, el proyecto inacabado de toda una generación de arqueólogos. El
libro que sostenía entre mis manos era una reliquia familiar y, al final, su
valor trascendía más allá de la edición o del contenido mismo.
Puede que hubiera tardado en entenderlo, y tal vez me costara un
conflicto moral que debería solucionar más adelante, pero se trataba del
valor sentimental y esos tres libros no eran Patrimonio de Cittadella, sino de
la familia de Gideon. ¿Acaso no era mi propósito como bibliotecaria
devolver los libros a su hogar? Había estado tan cegada en recuperarlos que
hasta las palabras de Marcia cobraban un significado distinto: «Son
ejemplares de un gran valor que nunca debieron salir del lugar al que
pertenecieron». Y tenía razón.
Decidí pasar por alto el segundo lema del juramento ético del buen
bibliotecario y acepté que esa vez sí habría piedad para el moroso, aunque
se tratara del más guapo que hubiera conocido hasta la fecha. Me preparé
para limpiarlos, no sin antes enviar un mensaje. Y recé para que Margot no
se hubiera marchado ya.
Necesito que me hagas un favor
CAPÍTULO 27
Gideon
DOS AÑOS ANTES
Me había dejado las llaves del coche en casa, joder. Últimamente, no daba
ni una y lo peor era que tenía la extraña sensación de que la cosa no
mejoraría. Nunca había deseado tanto que acabara el año, y eso que
estábamos a comienzos de junio. Aquel calor sofocante sería capaz de sacar
de quicio a cualquiera. Miré el reloj y me apresuré a desandar el camino
hacia casa, sabiendo que llegaría tarde a la reunión con Ezra. No es que mi
amigo fuera la persona más puntual, pero no quería hacerle esperar y me
quedaba una media hora de camino hasta Cittadella. Recé para que la
situación cambiara pronto si al fin lograba conseguir el alquiler de aquella
casita adosada en el barrio universitario del Golden. No obstante, y hasta
que los inquilinos tomaran una decisión, me tocaba realizar aquel trayecto
de ida y vuelta todos los días.
Llevaba trabajando en la universidad desde finales del año pasado
después de haber conseguido el mejor contrato hasta la fecha. La suerte
había estado de mi lado y me habían llamado para cubrir la prejubilación de
un compañero del Departamento de Literatura, lo que me convertía en el
nuevo profesor sustituto. El Cittadella College era la mejor oportunidad
laboral que me podían ofrecer de lejos y no solo por el vínculo emocional,
sino por ser uno de los mejores campus del país. Mi madre había trabajado
en él como profesora y siempre me recordaba lo mucho que había
disfrutado de esos tiempos en los que dio clase en esa universidad.
Le envié un mensaje a Ezra para avisarlo de que llegaría con un poco de
retraso y desbloqueé el pestillo de la puerta del garaje que siempre solía
estar abierta. Recordé la de veces que me había escabullido por allí cuando
era pequeño para no despertar a mis padres. El pestillo siempre solía
atascarse hasta que encontrabas el movimiento correcto y el anclaje cedía
finalmente.
El móvil me vibró en el bolsillo de los pantalones al instante y releí la
respuesta de Ezra: «Ya puedes traerme esas magdalenas caseras de tu madre
como disculpa». Bufé en alto. Aquel cretino se zamparía a su propia madre
si pudiera. Era como un Snorlax sin control: no se sentía saciado a menos
que ingiriera cuatrocientos kilos de comida diarios. Pero le llevaría esas
magdalenas después de todo. Ezra era una de las pocas personas que me
había regalado expectativas, aunque fueran laborales, y tras el año que
llevaba eso ya era un milagro. La creación del máster de Estudios Literarios
como un proyecto a desarrollar en el futuro en la Universidad me había
devuelto la ilusión de nuevo. Si todo salía como esperábamos, la reunión de
hoy para presentar la propuesta de la programación sería el comienzo de
todo.
Y decir esto último habría sido algo imposible meses antes. La muerte de
mi padre, a comienzos del año, me había llevado a la más profunda de las
oscuridades. En ocasiones, todavía oía la llamada de teléfono y esa
sensación de frío conseguía, incluso meses después, helarme el pecho y
dejarme sin respiración. Era como una sacudida de terror que se iba
apoderando poco a poco de todo mi cuerpo, dejándome incluso sin voz. No
había sido fácil despedir a Tobías Vincent y menos aún pensar en él. El
recuerdo de mi padre me llevaba a una lucha constante entre la figura del
padre ausente que había sido y la del talentoso arqueólogo al que admiraba.
Sin embargo, no había duda de que él me había querido, a pesar de sus
errores.
Pero los errores destruían familias, y esto era algo que iba a descubrir
muy pronto.
Salí del garaje y entré a la casa por el patio que conectaba las dos
estancias. De inmediato, el gato persa que mi madre había adoptado,
después de que a la anterior dueña le hubiera salido alergia al pelo del
animal, salió a mi encuentro para recibirme con la cola en alto. Le rasqué la
cabeza y dejé que se perdiera por las habitaciones para hacer de las suyas.
Entré por el despacho de mi madre para ir al pasillo y escuché las voces al
fondo, en el salón.
Las dos se encontraban justo donde las había dejado minutos antes de
salir pitando hacia el coche. Percibí la espalda de mi madre inclinada en la
mecedora mientras sostenía la mano de aquella chica que lloraba sin
consuelo. Me quedé quieto en mitad del pasillo sin poder moverme. Puede
que el impacto de ver a mi prometida en ese estado me hubiera recordado
de pronto lo abstraído que había estado durante ese tiempo. Tanto que ni
siquiera había reparado en que algo le sucedía. Mis pies reaccionaron en un
intento por llegar hasta ella cuando la voz de mi madre me detuvo.
—Cálmate, Amanda. —Le acarició el pelo con suavidad—. Cálmate.
—Hoy me ha invitado a cenar cuando vuelva de la universidad y ni
siquiera tengo fuerzas para mirarlo a los ojos, Marcia —sollozó de forma
casi inentendible—. Sé que lo está intentando, incluso lo veo ilusionado con
este proyecto del máster, pero no puedo seguir con esto. No me siento
bien… no quiero sentirme así.
—Gideon ha sufrido mucho estos meses —la consoló mi madre—. La
muerte de Tobías casi lo destruye, pero necesita volver a reencontrarse y
eso requiere tiempo. Y sé que te arrepentirás de no dárselo.
—No puedo… —musitó con la voz entrecortada.
—Amanda…
—No puedo seguir con esto.
Necesité un segundo para saber que mi relación, mi compromiso, estaba
en peligro. Y puede que, en parte, lo mereciera. Amanda había estado ahí,
incondicionalmente, sin ningún reproche ni mal gesto cada vez que me
aislaba del mundo y necesitaba espacio para soltar aquel dolor que me
asfixiaba. Habían sido meses duros y mi jodido mal humor lo había
empeorado todo o, al menos, ahora reparaba en ello. No se podía vaciar un
vaso de agua que ya había rebosado, y mucho menos esperar que no se
hiciera añicos al soportar tanto peso. Había sido un maldito egoísta al no
darme cuenta de que mi duelo también estaba provocándole sufrimiento a
ella. Maldito gilipollas. Había sido tan ególatra que no había querido ver
que nos estábamos distanciando. Porque la verdad era que, desde hacía un
tiempo, puede que incluso desde antes de habernos comprometido, tan solo
habíamos sido dos compañeros que compartían una misma rutina.
Yo era el culpable de ese alejamiento, de esas lágrimas y de todo el
tormento que salía por su voz. Quise decirle que lo arreglaría, costase el
tiempo que costase.
—Piénsalo —señaló mi madre, y su mano masajeó la espalda de Amanda
en un intento por reconfortarla—. Estáis comprometidos. ¿Vas a tirar todo
esto por la borda sin más?
—Sabes que lo he intentado —dijo. Mi madre asintió con la cabeza—.
Lo he intentado con todas mis fuerzas, Marcia, te lo juro.
—Lo sé.
—Pero esto va más allá de lo sucedido con Tobías.
—Estoy convencida de que si su padre estuviera vivo jamás habría
pasado nada de esto —le aseguró, y agradecí que se mantuviera a su lado
para apoyarla—. Todos cometemos errores, Amanda.
—¿Y si ese error es una señal?
Amanda la miró en busca de un consuelo que no parecía encontrar y me
quedé sin respiración al verla. Incluso desde el pasillo podía percibir su
mirada agonizante, casi sumida en un tormento que no había visto jamás en
ella.
Porque en los casi dos años que llevábamos juntos no recordaba haberla
visto nunca de esa forma. Esos ojos nunca habían mirado de forma tan
descorazonadora a alguien como lo hacían con mi madre ahora. Y recordé
que, precisamente, habían sido ellos los que me habían consolado cada
noche durante esos malditos meses en los que mi mundo se había
desmoronado. Amanda no lo merecía, ni tampoco nuestra historia. Desde el
momento en que la había conocido en el despacho de mi madre aquel día en
la universidad hasta las meriendas secretas que nuestras madres
organizaban con la intención de dejarnos a solas cuando descubrieron que
nos gustábamos. Amanda había sido mi familia durante estos años, y me
sentía el mayor cretino de la historia por haberle ocasionado ese daño.
—Si algo sé por experiencia es que los remordimientos actúan por
nosotros. Tienes toda la vida por delante con Gideon para enmendar las
cosas, pero no si lo pierdes.
—Puede que perderlo sea el precio que deba asumir.
Joder. Amanda no tenía la culpa de nada y, aun así, allí estaba,
asumiéndola.
—¿Te arrepientes?
Me quedé sin habla, de pronto perdido en el hilo de aquella
conversación. Era como si las palabras fueran demasiado deprisa y mi
mente apenas pudiera descifrarlas.
—Si tuvieras oportunidad de corregir lo que hiciste. ¿Lo harías?
¿Qué cojones?
—Pero lo hice, Marcia. ¿No significa eso algo?
Mi madre negó con la cabeza.
—No tires al traste dos años de relación. Lo que ocurrió tan solo fue un
traspié que no tuvo trascendencia ni importancia. —Se me heló la sangre—.
Mi hijo no merece sufrir más por los errores ajenos.
—¿Y acaso no merece estar con alguien que le sea sincero?
—¿Cuál crees que es el precio de la sinceridad, Amanda? —La dureza en
la voz de mi madre se hizo evidente a medida que me acercaba a ellas por
detrás. Noté aquella presión en el pecho tan familiar; la que me alertaba de
que, nuevamente, mi mundo volvería a derrumbarse, esa vez por partida
doble—. La sinceridad no hará más que romper una familia. Y esa
destrucción traerá secuelas para todos. ¿Crees que Gideon merece saber
esto después de lo que está sufriendo?
—¡Pero yo no quiero seguir con esta mentira! Me estoy ahogando por
dentro al no contársela. —Amanda se levantó de golpe y su rubia melena
ondeó en el aire mientras acusaba a mi madre con el dedo. Me quedé allí
observándola, sin reparar en que sería la última vez que volvería a verla—.
Gideon tiene derecho a saber que lo engañé, aunque me arrepintiera justo
después de que ocurriera, aunque no significara nada y aunque pueda
perderlo… pero debe ser su decisión el perdonarme o no.
—Piensa bien lo que vas a hacer, porque no habrá vuelta atrás.
—Se lo confesaré todo esta noche en la cena —reveló y entonces su voz
se apagó cuando me encontró parado frente a ella a escasos metros. Vi su
expresión de horror al darse cuenta de que lo había oído todo—. Gideon…
—Hijo, ¿qué haces aquí? —Mi madre se levantó con un sobresalto de la
mecedora y se llevó las manos a la boca, avergonzada.
—¿Hasta cuándo ibas a tenerme engañado? —le pregunté a la chica que
ahora lloraba sin consuelo. La frialdad en mi voz podría haberle erizado la
piel a cualquiera. Amanda murmuró algo inentendible y las lágrimas se
deslizaron por su mejilla—. ¿Ibas a dejar que mi madre te siguiera
convenciendo de que ocultármelo era lo mejor?
—No es lo que crees, Gideon —intervino esta, pero mis ojos se clavaron
en los suyos, fulminantes, capaces incluso de cobrar el daño que estaba
sintiendo en ese instante. Mi madre, mi jodida madre, me había traicionado.
Ni siquiera sabía cómo debía sentirse uno en estos casos. ¿No era
precisamente su papel evitarlo?
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Amanda está arrepentida y…
—¡¿Desde cuándo, madre?! —grité, acallándola de pleno.
—Hace tres meses —me reveló Amanda entonces, y posé mi mirada de
nuevo en ella. Era curioso lo rápido que alguien podía convertirse en un
extraño cuando dejabas de amarlo o, peor, cuando descubrías su engaño—.
La noche de mi cumpleaños. Dijiste que vendrías a la cena y no apareciste.
Estuve esperándote durante horas y asumí que no harías el esfuerzo de
acompañar a tu chica en ese día.
—¡Mi padre había muerto dos meses antes! —aullé con rabia—. ¡Hacía
dos jodidos meses, Amanda!
—¡Lo sé, Gideon! ¿Pero no pudiste hacer un esfuerzo el día de mi
cumpleaños?
—¿Hacer un esfuerzo? —repetí con incredulidad, sin dar crédito a lo que
estaba oyendo—. Te pido disculpas porque el fulminante infarto que acabó
con mi padre te jodiera el cumpleaños.
—¡Lo siento! Siento muchísimo la pérdida de tu padre, pero te alejaste
de todos y te volviste inaccesible. —Se llevó las manos al corazón,
protegiendo cada palabra que decía en alto—. No decías nada, apenas
comías y cada vez que intentaba hablar contigo del tema me apartabas. Sé
que ha sido duro, pero también lo ha sido para mí. No poder acompañarte
en este luto porque así lo decidiste.
—¿Quieres que te pida perdón para que puedas justificar lo que hiciste?
—¡No, por supuesto que no! Siento que hayas tenido que enterarte de
este modo.
Le dediqué una sonrisa mortífera. Ella estuvo a punto de abrir la boca al
ver mi reacción, pero se contuvo.
—Siento todo lo que ha pasado —musitó y su voz sonó rendida.
—Y yo que no seas la persona que creía.
Me dedicó una mirada suplicante, tendiéndome la mano como si supiera,
en realidad, que aquella sería su única oportunidad, pero la rechacé.
—Entenderé que no quieras volver a verme más.
—Entiendes bien —le solté, y ella se quedó en silencio durante un fugaz
instante, tal vez con la esperanza de que recapacitara, pero eso no sucedió.
Asintió y aceptó la decisión. Luego, se dirigió hacia mí y se detuvo a mi
lado para darme aquel último beso en la mejilla antes de salir por la puerta
y, de paso, también de mi vida. Esa fue la última vez que la vi. Durante los
dos años posteriores no volvería a saber nada de ella. Más tarde, me
enteraría de que se marcharía al extranjero y que lograría trabajar en Exeter
como bibliotecaria con la ayuda de mi madre, con la que no habría perdido
el contacto. Y, por si el destino no se había reído lo suficiente, Amanda
volvería a comprometerse por segunda vez. Y esa vez con el exnovio de la
única chica por la que terminaría enamorándome loca y perdidamente. La
vida estaba hecha de casualidades inevitables. En el futuro entendería que
conocerla sería algo irreversible que me cambiaría para siempre.
—Hijo.
Mi madre dio un paso al frente, aunque yo me hice a un lado,
rechazándola igual que había hecho antes con Amanda. Vi el miedo de
perderme escrito en su semblante.
—¡Por favor, Gideon! —me rogó.
Cerré los ojos y noté su mano agarrándome el brazo.
—No puedo soportar que me odies. —Me zarandeó, en busca de una
reacción por mi parte; no obstante, yo me quedé quieto—. Grítame,
insúltame, pero no me odies.
Y el latigazo de dolor fue más fuerte cuando aquellas palabras se
liberaron.
—Tú mejor que nadie sabes lo que se siente cuando alguien te engaña —
le recordé, y ella cerró los ojos, como si aquello todavía le provocara un
daño más profundo—. Vi lo que aquella infidelidad de papá te hizo. Las
noches que pasaste sin dormir, el rencor, la ira y las veces que le
recriminaste que no fue lo suficientemente hombre para confesártelo hasta
que lo descubriste.
—No quería que sufrieras más daño, Gideon.
—Me marcharé hoy mismo de esta casa —la avisé.
—Gideon, te lo suplico —musitó, ya con un hilo de voz—. Soy tu madre.
—Debiste pensar que dejarías de serlo cuando lo descubriera.
Y ese día me fui de allí para no volver.
Libro de cabecera
Del lat. liber, libri.
Libro que se tiene a la cabecera de la cama para frecuentar su lectura y
por el que se manifiesta extraordinaria preferencia.
CAPÍTULO 28
Ruby
Me había quedado adormilada con el primer episodio de La casa del
dragón y no recordaba en qué instante Matt Smith había pasado de ser
Doctor Who a convertirse en el insolente y atractivo hermano del rey
Viserys. Era, cuanto menos, atractivo, y esa aura de chico malo que
desprendía mientras quemaba los cimientos de su casa por diversión debía
de ser algún tipo de droga adictiva de la que una no podía alejarse.
Ahí estaba yo, con aquel pijama desastroso y la cinta en el pelo, aovillada
en el sofá y viendo pasar los minutos en el reloj sin poder conciliar del todo
el sueño. Tenía un nudo en el estómago debido al gran día que me esperaba
mañana y con la sensación de que mi compañero, y el mismo al que le
había confesado mis sentimientos días antes, seguía sin dar señales de vida.
Tampoco es que tuviera que suplicarle que me perdonara. Una parte de
mí aún estaba enfadada con él por haberme dejado tirada en el día de hoy
con los últimos detalles de la inauguración. Y a punto había estado de
enviarle un mensaje para hacérselo saber, pero la cordura había hecho su
trabajo de una forma milagrosa. Y eso que le había devuelto los ejemplares
del Fondo Antiguo de su padre por vía de Margot, pero ni tan siquiera esto
parecía haberlo ablandado. Empecé a asumir que la exposición de mañana
contaría con uno solo de los organizadores y releí el discurso una última vez
antes de ir a la cama.
De pronto, el timbre sonó en mitad de la madrugada. Me incorporé en el
sofá, despertando a CDU en el proceso, y aparté a la gata con suavidad de
mi regazo, donde estaba cómodamente agazapada. Esta protestó con aquel
bostezo lleno de reproches; más tarde me haría pagar con su cruel
indiferencia cuando quisiera besarla. Me quité la manta, que casi me hace
tropezar de camino hacia la puerta, y cuando la abrí me encontré a Gideon
en el umbral.
Tenía el pelo alborotado y el brillo de sus ojos se había perdido frente a
aquella desolación que ahora nublaba su expresión atormentada.
—¿Puedo pasar? —Su voz sonaba rota.
Me hice a un lado para dejarlo entrar, consciente de que era la primera
vez que visitaba mi apartamento desde que nos habíamos conocido. Dejó la
chaqueta de cuero en el brazo del sofá y reparó en la bolita de pelo que lo
escrutaba desde el extremo. Era raro que hubiéramos pasado días sin vernos
y, en cambio, mi mente estuviera luchando con el irrefrenable deseo de ir a
abrazarlo. Sin embargo, no lo haría. Ni siquiera sabía qué demonios hacía
en mi apartamento y menos cuando no se había presentado hoy en la
biblioteca.
—¿Es tu gata?
—Te presento a CDU —dije. Él hizo el ademán de acariciarla, pero lo
detuve—. Yo no lo intentaría. No se fía de los desconocidos.
—Hace bien. —Pero se arriesgó y dejó que la gata le olisqueara la mano
para presentarse. Era evidente que ya había convivido con otros—. Mi
madre tiene uno persa con peor humor que este. ¿Te he dicho en alguna
ocasión cómo se llama?
Me di cuenta de que era la primera vez que hablaba de ella en presente.
—No sueles contarme mucho de ella —mencioné, y él reparó en la
indirecta.
—Incunable.
No podía ser.
—Solo alguien como tu madre podría llamarlo así. —Casi estuve a punto
de reírme.
Se quedó quieto durante un instante antes de hacerme aquella pregunta.
—¿Por qué me has devuelto los libros?
—Porque son tuyos.
Y quise decirle que aquellos tres ejemplares eran raros y especiales, tal y
como él. Y le pertenecían porque habían sido de su padre y él habría
deseado que los tuviera.
—Te meterás en un lío si lo descubren.
—Siempre puedo decir que no los entregaste.
Su boca se entreabrió, tal vez con la intención de decir aquello que no se
atrevía.
—¿Por qué te arriesgarías de ese modo? Sé cuáles son tus principios y
nunca lo habrías hecho. —Podía ver su fragilidad; estaba a punto de
romperse en mil pedazos—. ¿Por qué razón, Ruby?
—Lo he hecho por ti —confesé de nuevo, a pesar del miedo de ser
valiente con alguien que había huido de sus sentimientos para no afrontarlos
—. Esos libros eran de tu padre y sé lo importantes que son para ti. —Di un
paso al frente y no me acobardé esa vez—. Por muy enfadado que
estuvieras por lo que hice, no puedes presentarte aquí a estas horas tras
haberme dejado tirada con la exposición hoy. Y menos aún exigirme que te
confiese la razón por la que he decidido entregártelos.
—No estoy exigiéndotelo.
—Sí —lo acusé, y ahí descubrí lo enfadada que estaba realmente con él
—. ¿Qué quieres saber, Gideon? ¿Quieres oír que me importas? ¡Te lo
confesé esa noche en mitad de aquel maldito pasillo y te largaste sin una
palabra para aparecer ahora tres días más tarde!
Negó con la cabeza.
—No voy a mendigar amor y menos de alguien que es evidente que no lo
desea.
—No es lo que piensas.
—¡No pienso nada, Gideon! —Me abracé en un intento por encontrar la
calma que necesitaba—. ¿Es que no lo entiendes? No puedo pensar en nada
porque no sé nada. Me apartas cada vez que el pasado llama a tu puerta y
desapareces sin dar explicaciones. —Alcé las manos en señal de derrota—.
Está bien, sé que no tengo derecho a enfadarme por no haber logrado que
confiaras en mí, pero me habría gustado que no hubieras desaparecido así
sin más.
—Necesitaba tiempo, Ruby.
Me mordí el labio inferior con más fuerza de la esperada.
—Tienes todo el que necesitas.
—Lo necesito contigo.
—¿Qué… qué tratas de decir?
—Que si ese tiempo no es contigo, no lo quiero con nadie.
Resoplé y me enfadé aún más.
—¿Y desaparecer es la mejor forma para demostrármelo?
—No has sido tú el motivo por el que he desaparecido.
Le dediqué una mirada de confusión. Y solo deseé que pudiera contarme
lo que sucedía.
—¿Es por tu madre? —pregunté al fin.
Se sentó en el sofá y apoyó sus manos en la cabeza, derrotado.
—Mi madre no es la única que ha reaparecido. —Alzó la vista, y aprecié
el matiz miel de sus ojos. Quería abrazarlo, maldita sea, quería reparar todo
aquel dolor que ahora veía en su mirada—. Mi exprometida.
—¿Tu exprometida?
Vale. Eso no lo había visto venir.
—Amanda.
Me quedé paralizada en mitad del salón, casi impactada al oír aquel
nombre.
—¿Mandy es tu ex? —repetí para darle credibilidad en mi mente—. ¿La
misma chica que va a casarse con Florian, mi ex?
—¿No es irónico? —Me dedicó una sonrisa cansada.
—¿Cómo es posible?
De repente, todas y cada una de las teorías posibles para aquel drama
romántico me parecieron válidas.
—Conocí a Amanda aquí en la universidad —comenzó a explicar y, de
pronto, el final de temporada de Juego de tronos tuvo más sentido que todo
esto. Me prometí que nunca más volvería a cuestionarlo. Si los guionistas se
habían sacado aquello de la manga sus merecidas razones tendrían.
Apostaba a que se morirían de ganas si tuvieran la oportunidad de guionizar
esta serie de catastróficas casualidades—. Mi madre me pidió que la
recogiera para ir a almorzar juntos, pero se retrasó más de la cuenta y
terminé esperándola en su despacho.
—Seguramente estaría haciéndonos llorar.
—Estoy seguro. —Elevó la comisura de su labio ante mi chiste maligno
—. Ese día conocí a Amanda. En general, mi madre no solía hablarme de
sus alumnos, pero sí lo había hecho de ella; imagino que por ser la hija de
una compañera. Por aquel entonces, mi padre había conocido a alguien tras
el divorcio y mi madre no lo había llevado demasiado bien. La madre de
Amanda se convirtió en un gran apoyo para ella en ese tiempo y creo que su
amistad fue una de las pocas cosas que la salvaron de no caer.
Me senté a su lado cuando hizo una pausa. Ni siquiera sabía qué decir.
—Estábamos bien juntos y Amanda era parte de la familia… De modo
que nos comprometimos. —Asimilé aquellas palabras de la mejor forma
que pude. ¿Cómo es que Mandy nunca nos había contado su relación con
Gideon? Es cierto que muchos de nosotros nos distanciamos después de la
universidad, pero enterarse de algo así años más tarde definitivamente era
pasarse el nivel de juego—. Y entonces mi padre murió y todo se volvió un
infierno.
—¿Ella no te apoyó?
—Todo lo contrario —dijo con aquel tono de amargura en su voz—. La
muerte de mi padre cayó sobre mí como un tsunami, Ruby. Se llevó todo
ápice de alegría que había en mi vida y abracé la soledad durante muchos
meses, más de los que habría imaginado en un principio. Me alejé de todos,
en especial de la gente que me quería, pero no podía dejar que supieran que
algo se había roto tras su marcha —admitió. Encontré su mano y la sostuve
entre las mías. Él me miró—. Y, en ocasiones, creo que aún sigo roto.
—No estás roto.
—¿Conoces esa sensación de caer al precipicio cuando alguien a quien
quieres se marcha?
Asentí. Sabía bien lo que era porque lo había sentido cuando Charlotte
nos había dejado.
—Ese nudo en el estómago que te recuerda que esa persona ya no
volverá y que debes seguir con tu vida. Me culpé por haberlo castigado más
de lo que merecía y por hacer que fuera el culpable de todos los errores que
habían causado el fin de nuestra familia. Sin embargo, el matrimonio de mis
padres ya estaba roto mucho antes de la infidelidad de mi padre, aunque no
quisiera reconocerlo. De modo que me hostigué al pensar que había
desaprovechado mis días junto a él y, durante un tiempo, no quise ver más
allá de mi dolor.
—Gideon… —susurré, conmovida, sin imaginar que todavía quedaría lo
peor.
—Fui consciente de que mi duelo me había pasado factura en todos los
ámbitos de mi vida, así que decidí intentarlo. Y es curioso cómo esta te
recompensa cuando sacas la cabeza a flote de nuevo y decides volver a
respirar.
—¿Qué sucedió?
—Me ofrecieron trabajar en Cittadella y Ezra me involucró en la
propuesta de la creación del máster. Estar en la universidad y trabajar en lo
que más me gustaba me devolvió la esperanza. —Sonrió con resignación—.
Fui un jodido idiota al creer que todo volvería a ser como antes.
—¿Con Amanda?
—Especialmente con ella.
—¿Y no fue así?
Me devolvió una mirada significativa.
—Mi madre lo llamó un traspié sin trascendencia ni importancia —
ironizó.
—¿Mandy te engañó? —Me llevé las manos a la boca con horror y mis
ojos se abrieron de par en par al reparar en un detalle—. ¿Y tu madre te lo
ocultó?
Asintió.
—Quiso pensar que me haría un favor.
—¿Engañándote? —repuse con rabia—. No tenía derecho a ocultártelo.
—Ya he pasado por esa rabia antes, Ruby, y no sirve de nada. He estado
cabreado con la vida estos últimos años y me he perdido muchas cosas. —
Me acarició la mejilla con suavidad sin apartar la vista de mis ojos—. Casi
te pierdo a ti.
—No lo has hecho —le aseguré.
Tragué saliva y dejé que sus manos me descifraran. De igual modo que él
había hecho conmigo esa noche. Porque al fin entendía el motivo por el que
no confiaba en la gente y la razón principal había sido que las tres personas
más importantes de su vida le habían fallado.
—Cuando vi aparecer a mi madre en la biblioteca aquel día no fui
consciente de lo mucho que me afectaría su presencia. La he castigado
durante dos años y, hasta hace varios días, no he entendido que también
necesitaba perdonarme a mí mismo. Poder mirarla a la cara y aceptar su
perdón es algo que, de no haberlo hecho, me habría consumido del todo.
—El dolor es tan solo una prueba de que estamos vivos, Gideon.
El recuerdo de Florian y Mandy apareciendo en el pasillo aquella noche
ocupó toda mi mente. Recordé la rigidez en el cuerpo de Gideon al verlos y
cómo había creído que su marcha se debía a nuestra discusión. Me entró un
escalofrío de pronto al comprender cómo debía haberse sentido.
—¿Te dolió saber que volvía a estar prometida?
—No —afirmó—. Me alegro de que haya encontrado a alguien como
Florian.
—Florian… —repetí en trance—. Ni siquiera sabe todo esto.
—Si algo me has enseñado es a volver a confiar a pesar de estar muerto
de miedo. —Acunó mi rostro en sus manos con una seguridad abismal—.
Si Florian es la persona correcta, dudo que Amanda cometa el mismo error
dos veces.
—No quiero que le haga daño —repuse.
—Mi pasado con Amanda no debería influir en su historia.
—Pero nuestras historias están más entrelazadas de lo que crees.
Me recorrió con la mirada.
—En ese caso, tú eres la experta en dramas románticos.
—Este no lo he visto venir en ningún momento.
—¿Seguro?
Entonces se acercó de forma peligrosa. Contuve el aliento y su sonrisa
traviesa fue lo último que vi cuando sus sensuales labios se aproximaron a
los míos. Y allí estaban aquellas pestañas, voluminosas e infinitas, que me
mostraban la parte más real de aquel chico que había irrumpido en mi vida
para cambiarla por completo. Porque así era. Gideon se había convertido en
mi libro de cabecera, ese que releería una y mil veces, sin cansarme, para
disfrutar de la sensación de seguridad que me regalaba su presencia. Porque
leerlo era mi pasatiempo favorito.
CAPÍTULO 29
Gideon
Mi labio rozó su cuello con lentitud mientras subía hasta su mejilla. Ruby
contuvo la respiración en cuanto mordisqueé el lóbulo de su oreja y, de
pronto, pareció olvidarse de todo. Era preciosa. Y había estado tres días sin
ella; sin verla, sin olerla, sin abrazarla. Tres jodidos días que se habían
hecho eternos. Su lengua exploró cada rincón de mi boca a medida que yo
la agarré del culo para elevarla con necesidad. Sus piernas me estrecharon
contra su cuerpo. Maldita sea.
—Gideon —murmuró, casi sin aliento, y dibujé una sonrisa silenciosa
cuando la sostuve entre mis brazos y busqué a ciegas el dormitorio. Ni
siquiera sabía dónde estaba, pero no deseaba otra cosa más que a ella,
ahora, en una cama—. A la derecha.
Dejamos el pasillo atrás y Ruby abrió la puerta con el pie antes de que yo
la dejara en la cama. Tiró de mi camiseta, casi como una súplica, para que
no me separara. Como si eso fuera posible. Como si pudiera vivir alejado
después de haberla conocido. Me atrajo hacia su cuerpo con una urgencia
desmedida.
—Gata, no mires —soltó cuando el animal nos echó un vistazo desde el
suelo.
Rompí a reír y Ruby me miró.
—¿Qué?
—Me encanta verte reír —admití. La ayudé con la parte de arriba de su
pijama—. Si me hubieras avisado, me habría puesto otra cosa para recibirte.
—Estarías sexy incluso con un pijama de dinosaurios, Ruby.
—Tengo uno.
—Pues claro que tienes uno —farfullé entre risas.
Desabroché el sujetador y mi pulgar recorrió cada palmo de su piel. Noté
aquella sacudida entre mis pantalones y la llamarada de placer que me
causó verla de aquel modo. Ruby me metió la lengua en la boca, me rodeó
con sus piernas desnudas y me estrechó con fuerza. Se arqueó, perdida entre
la excitación y el deseo, cuando presioné mis caderas contra ella.
—Nuestros exnovios están juntos —me recordó.
—Me importa una mierda, Ruby.
—Pues debería.
La oí gemir, y atrapé el cordón de sus pantalones para quitárselos. Su
mano descansó en mi brazo y Ruby me clavó las uñas en cuanto me deshice
también de su ropa interior.
—Es lo que menos me preocupa en este momento.
—Imagínate las futuras reuniones con los Palmer —comentó. Ahogó un
grito cuando mi dedo comenzó a bajar—. Si esto no estalla por los aires,
aún seguirá habiendo una boda que celebrar. ¿Cómo voy a aparecer ahí
contigo?
Se me escapa un suspiro al notar mi pulgar cerca de su clítoris. Comencé
a trazar círculos suaves, cada vez más rápidos a medida que se dejaba llevar
por las oleadas de placer. Era una jodida obra de arte hecha persona y no
podía creer que me hubiera elegido. La besé con insistencia, y ella soltó un
gemido cuando metí el dedo dentro, sin pausa, tan solo ofreciéndole aquello
que quería, necesitaba y merecía.
—¿Es que quieres que sea tu acompañante?
—Puede —musitó, casi sin habla.
—¿Y de qué depende?
—De lo bien que te queda el esmoquin…
—Entonces siento decirte que estás perdida —admití. Ella me lanzó una
risita burlona—. ¿No me crees?
—Creo que eres un sabelotodo.
—Este sabelotodo tiene pensado hacerte muchas cosas esta noche.
Presionó su mano contra mi espalda cuando el placer se intensificó y mi
dedo la hizo enloquecer. Gimió más alto de lo que esperaba, sorprendida
ante mi descaro, y me mordió el labio con aquel matiz juguetón que me
volvía loco.
—No conocía esta faceta tuya.
—Hay muchas facetas mías que todavía no conoces.
Aumenté el ritmo de mis dedos y ella ahogó un grito cuando alcanzó el
clímax en aquel primer orgasmo. Oí su respiración entrecortada cuando la
besé, sin dejar un hueco de piel por explorar. Suspiró.
—Creo que podría acostumbrarme a esas facetas…
—No son aptas para todos —coqueteé.
—Pero yo tengo reserva especial.
Me lanzó una sonrisa traviesa y entonces tomó el control. Se puso sobre
mí y percibí el brillo en sus ojos: estaba dispuesta a saciar el hambre que
veía en mi mirada. Y, llegados a este punto, lo único que deseaba era
sentirla desde dentro.
—Eso habrá que verlo —la reté.
—Creo que ahora no estás en posición de ser un fanfarrón.
Su lengua bajó hacia el botón de mis pantalones, con aquella sensualidad
que me provocó otra sacudida dolorosa, y Ruby me desabotonó la ropa para
liberarme de la tortura. Enloquecí cuando noté su boca sobre mí y sus
suaves labios comenzaron a moverse con una sensualidad arrebatadora.
Cerré los puños con fuerza y solté un gruñido de placer en cuanto comenzó
a succionar cada zona de mi miembro. Me retorcí al notar que su lengua
exploraba y lamía en círculos. Joder. Necesitaba tenerla dentro de ella.
—¿Existe alguna posibilidad de que toda esta historia sea inventada?
—¿Había probabilidades de que nuestras vidas terminaran colisionando?
La atrapé de nuevo y la atraje de nuevo hacia mi cuerpo, besándola como
única respuesta a la pregunta. No creía en el destino, pero todos los pasos
que había dado en esos últimos meses me habían guiado hacia ella. Era
como si la vida misma nos hubiera hecho coincidir de todas las formas
posibles. Mis manos descansaron en sus muslos con el único propósito de
abrirse camino hacia su clítoris.
—Eso parece —susurró con la voz entrecortada.
Con un movimiento veloz, me puse sobre ella y entrelacé su cuerpo con
el mío. Ruby arqueó las caderas al sentirme cerca y me envolvió con las
piernas. Noté que cada centímetro de mi miembro la buscaba con urgencia.
La miré y percibí ese trocito de cielo que podía reflejarse a través de sus
ojos.
—Todas esas casualidades me han llevado hasta ti, Ruby Ricaldi —le
confesé, y la besé con delicadeza. Luego, la intensidad de su mirada—. Sin
duda, tú has sido la casualidad más bonita de todas.
Me dedicó una sonrisa.
—Entonces, ¿significa que he ganado? —Y se mordió el labio con aquel
gesto coqueto.
—Significa que contigo estoy a salvo.
—¿Lo estás?
—Lo estoy —le respondí con aquella promesa implícita.
—¿Y vas a hacerme sufrir mucho ahora?
—Puede.
—¿Qué ocurre? —Vio la mueca en mi cara.
—No traigo preservativos —titubeé—. No contaba con esto.
—No te preocupes, tomo la pastilla.
Y, entonces, le dediqué una sonrisa vengativa, pero no la hice esperar.
Mis labios allanaron el camino cuando la apreté contra mis caderas y ella
notó la sacudida de nuevo.
—Parece que no lleva bien la espera.
—Es igual que tú —bromeé.
—Entonces va a caerme muy bien.
Presioné un poco hasta rozarla contra sus muslos, soportando aquella
tentación.
—Quiero estar dentro de ti y sentirte. No hay una jodida cosa que desee
más que correrme dentro y que lo sientas —confesé. Me perdí entre sus
besos—. Quiero que gimas fuerte y me aprietes de placer hasta que no
sienta más que tu orgasmo.
—Gideon…
Y entonces la penetré, cumpliendo cada una de las promesas anteriores.
—Joder, Ruby —murmuré cuando estuve dentro y ella gimió.
—Podríamos habernos ahorrado muchas discusiones.
—Eso parece.
Besé sus senos y el comienzo de su escote; luego absorbí todo cuanto ella
decidiera permitirme. Se me aceleró la respiración cuando aumenté el ritmo
y la penetré con más fuerza. Me dejé llevar por la intensidad que se podía
ver a través de su mirada. Aquella jodida mirada que me había atrapado el
mismo día en que la había conocido. Clavó sus manos en las mías, jadeando
y dejando que nuestros cuerpos sucumbieran al placer de estar juntos, como
si fueran una misma extensión.
—Gideon —me suplicó.
—Eres preciosa, Ruby. —Y cedí a su deseo.
Abrió los ojos y me dejé ir junto a ella, extasiándome de todo cuanto me
ofrecía sentirla en mi propia piel. Porque tenerla entre mis brazos era un
jodido privilegio que ni siquiera un necio se atrevería a desperdiciar.
No recuerdo el tiempo que nuestros cuerpos se mantuvieron
entrelazados, pero estar junto a ella esa noche era un sueño del que no
quería despertar. Acaricié su mejilla y entonces mis ojos se detuvieron en el
libro que descansaba en su mesita de noche. Me incliné sobre la portada y
me dedicó una mueca significativa cuando su mirada se reencontró con la
mía.
—¿Dalia Valente? —Fruncí el ceño—. No la conozco.
—Es una autora novel —afirmó a la espera de mi comentario sarcástico
—. Antes de que digas nada, deberías leerlo.
—¿Qué esperas que diga?
—Eres el Grinch del amor —repuso, y solté una carcajada antes de darle
un beso fugaz. Luego, levanté las manos en señal de rendición, pero no la
convencí.
—Fue una recomendación de Celeste y ha sido todo un acierto. Es más,
desde hace un par de noches, mi único deseo es invertir mis ahorros en una
cafetería llena de encanto con vistas al mar y recrear la historia de amor
entre Viola y Gabrian. Si no amara tanto mi trabajo, ya me lo habría
planteado.
Señaló el libro con una pasión encantadora y noté la emoción en cada
palabra que decía acerca de la historia. Me giré hacia ella y apoyé mi
cabeza en la palma de la mano para dedicarle toda mi atención. Y recibí su
mirada curiosa.
—¿Y mi sonrisa te ha contado alguna historia? —coqueteé con aquel
juego de palabras en relación con el título del libro.
Ella vaciló un momento y se hizo la interesante.
—Tal vez tengas que sonreír más para que pueda responderte…
La besé en la comisura de la boca, dejándola sin habla.
—¿Y si te dijera que tengo la intención de dedicártelas todas?
—Pues entonces seré la chica más afortunada.
—Bien… porque te voy a contar una historia —señalé con cierto tono
misterioso mientras recorrí su boca con mis labios. Busqué, de forma
sigilosa, su costado y la atraje hacia mí para que no pudiera escapar. Ella se
mordió el labio mientras sonreía y notó la sacudida de placer que estaba
luchando por liberarse de mi cuerpo, de nuevo.
—¿Una donde el profesor gruñón y sabelotodo pierde mientras la
bibliotecaria intrépida y divertida gana?
—Justo esa. —Y me besó con ganas.
Unas horas más tarde y, sin apenas haber dormido nada, me escaparía de
entre sus sábanas para marcharme a casa antes de ir a la biblioteca. Hoy era
el gran día y todo nuestro trabajo estaba en juego. Le di un beso en la
mejilla y la dejé acurrucada contra la almohada. Oí el ronroneo de CDU a
los pies de la cama cuando salí de la habitación, haciendo el menor ruido
para no despertarla. Y su olor me acompañó sin intención de esfumarse en
mucho tiempo.
CAPÍTULO 30
Ruby
La voz de Gideon era pausada y atrayente. Y su postura confiada y segura
era propia de alguien que embelesaba a cualquiera con su poder de oratoria,
pero, claro, ser ese tipo de profesor, y uno de los mejores, suponía contar
con esa ventaja a la hora de dar el discurso. Era indudable que tenía esa
capacidad de captar la atención de todo aquel que pasara por allí, incluida la
de varios de sus alumnos de máster que le brindaban su apoyo con su acto
de presencia. Saludé con una sonrisa a Margot al fondo antes de volver a
centrarme en él.
Gideon hizo una pausa y alzó la vista del atril para dirigirse a los
invitados.
—Por esta razón, uno de los estereotipos que deberíamos empezar a
desterrar es el que considera a la mujer escritora como ejemplo de una
excepcionalidad.
La sala de exposiciones estaba repleta no solo de compañeros y
personalidades de la universidad, sino también por multitud de estudiantes
que se habían acercado a la presentación, dejándose llevar por la curiosidad.
Podía decir, a esas alturas, que la inauguración había sido todo un éxito.
—Las mujeres deben estar presentes, o bien como objetos literarios sobre
los que reflexionar o bien como sujetos sometidos a diferentes estereotipos,
circunstancias y convenciones culturales, sociales y políticas. Solo así
podemos cambiar el futuro y darles a las autoras del presente y, también a
aquellas que se formarán en el futuro, dignas referentes de las que aprender
y recordar —finalizó de leer y los aplausos se extendieron por toda la sala
—. Muchas gracias a todos. Espero que la disfruten.
Se separó del atril y me ayudó a bajar de la plataforma. Puede que los
tacones me hicieran más daño del que reconocería, pero no iba a
cambiármelos todavía.
—No ha estado nada mal —bromeé.
—¿No? —Me miró con sorna y encogí los hombros con fingido interés.
—Agradece que sean los ochocientos euros mejor invertidos de la
historia —lo puncé con sátira, haciendo referencia al atril de conferencias
que nos había costado una disputa el mismo día en que había descubierto
que Rígida la Terrible era su madre—. Y eso que pusiste el grito en el cielo
cuando lo compré.
—Desde luego, todo el mérito es del atril.
Vi el amago de una sonrisa aflorar en su cara. Estaba muy elegante con
esa camisa beige que realzaba el tono de su piel. Por un instante, me olvidé
de que estaba en una sala abarrotada de gente y quise besarlo. Quería
rememorar la noche anterior y sus ojos eran muy conscientes de mi
atrevimiento.
—¿Vas a besarme aquí?
—Ganas no me faltan —confesé.
—¿Qué pensarán tus compañeros cuando te vean besar a un moroso?
—Ya están acostumbrados a que cometa locuras. —Sonrió y a punto
estuvo de hacerlo él primero, de no ser por la silueta que apareció para
arruinarnos el instante.
—¿Profesor Vincent?
El director de prensa de la universidad se encontraba frente a nosotros
con una mueca de aprobación en su semblante. Recordé que había estado
murmurando todo el tiempo durante el discurso de Gideon junto con otro
compañero y, por el modo en que reclamaba su atención, supe que yo no
entraba dentro de su campo de interés.
—Me presento formalmente, soy Elio Alfaro, actual director del servicio
de prensa del Cittadella College. Ante todo, me gustaría felicitarlo por su
discurso. —Le tendió la mano y Gideon se la estrechó—. Nos encantaría
que nos concediera una entrevista para el reportaje que haremos, muy
pronto, sobre la exposición.
—Por supuesto, pero deberá ser conjunta. —La mano de Gideon
descansó en mi espalda de pronto, haciéndome así partícipe de aquella
conversación—. Le presento a Ruby Ricaldi. El mérito de esta exposición
también se debe a su trabajo.
Elio arqueó las cejas con sorpresa.
—Con el debido respeto hacia su compañera… —empezó. Quise decirle
que estaba allí mismo, pero me mordí la lengua. No quería empañar el éxito
de la presentación por un clasista de manual que era incapaz de asumir la
importancia de mi labor en aquel proyecto—. Aquí pone que el comisario
de arte es usted o así me lo hicieron llegar en su momento.
Le entregó la nota que Gideon releyó en silencio.
—¿Es un error?
—Se ha producido un cambio.
—¿Un cambio en la autoría?
—Así es.
—Pero aquí pone que el trabajo realizado por el profesor Vincent
Saliman, en representación del Departamento de Literatura, dispondrá de la
autoría exclusiva de la exposición, así como la divulgación y explotación
del trabajo expuesto —releyó Elio y solté una carcajada abrupta al descubrir
aquello.
—Por encima de mi cadáver —solté sin tapujos.
—¿Disculpe?
—¿Quién le ha enviado esa nota?
—El profesor Ezra Murray.
Me giré hacia Gideon en busca de una respuesta.
—¿Por qué razón iba a enviar Ezra esa nota?
—Porque ese fue el acuerdo al que llegué cuando decidí aceptar la
propuesta.
—Me has mentido —expuse, y aquel escalofrío me recorrió la espalda
cuando fui consciente del burdo engaño—. Tu idea siempre ha sido llevarte
la autoría de todo esto, ¿no es así?
—No, Ruby. —Negó con la cabeza y sus ojos me imploraron que lo
escuchase—. Eso fue antes de conocerte, ni siquiera sabía que serías mi
compañera. Es cierto que acepté la propuesta de Ezra para organizar la
exposición con estas condiciones, pero fue algo inicial. —Arrugó el papel
entre sus dedos—. Esta nota está desactualizada.
Se volvió hacia Elio.
—No haré esa entrevista si no es con Ruby.
—Ahórrate la caballerosidad, profesor Vincent y disfruta de tu éxito —le
espeté y me di la vuelta sin preámbulos.
Noté la rabia que borboteaba en mi interior. Maldito sabelotodo ruin y
traicionero. Deambulé por la sala, aceptando los elogios de los allí presentes
con una sonrisa forzada, hasta llegar casi a la salida. Por un instante, deseé
largarme, pero no le daría ese placer. Había trabajado muy duro en esa
exposición y quería el mismo mérito y reconocimiento que él deseaba para
su tesis. Los dos ambicionábamos algo que nos había estallado en la cara y,
a pesar del enfado, no pude culparlo del todo. Yo también había faltado a mi
palabra cuando le había robado los libros.
En el fondo, Gideon había jugado sus cartas, de igual modo que yo había
jugado las mías. Y los dos lo habíamos apostado todo durante la partida.
—¡Ruby! —Escuché. Me di la vuelta.
Margot se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza.
—¡Sois la caña, en serio! —Me apartó el pelo de la cara para susurrarme
aquello al oído—. Particularmente, creo que tu discurso ha sido brillante,
pero lo negaré todo frente a Gideon si alguna vez lo usas en mi contra.
—Me temblaba la voz al comienzo —revelé.
—En serio, Ruby, debéis estar muy orgullosos de todo este trabajo.
—Gracias, Margoléfica.
—Mi madre estaría muy orgullosa.
—No me hagas llorar —protesté, emocionada, y le devolví el abrazo—.
Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Y más vas a amarme cuando te diga que Ezra ha reservado en ese
restaurante de moda de la avenida —explicó con un brillo de emoción en su
gesto antes de alzar el dedo para avisarme de la condición—. Es una
invitación para celebrar vuestro día, de modo que, deberás hacer las paces
con Gideon o aguantarte —dijo. Abrí la boca, pero ella me calló de
inmediato—. Me dan igual vuestras excusas.
—Está bien —acepté a regañadientes.
—Vendrán los Palmer también —añadió. Enarqué las cejas cuando se
mordió el labio.
—¿Qué has hecho?
—Puede que me haya adelantado a las presentaciones y los Palmer
conozcan al ligue de su hija esta noche.
—¿Has invitado a Palladino sin que Celeste lo sepa? —pregunté. Ella me
cubrió la boca con las manos para que bajara la voz—. ¿Quieres que te
mate?
—¿Ella o él?
—¡Los dos!
—Le he pedido a Ezra que deje el coche en marcha por si se masca la
tragedia.
—Necesitarás más que el pasaporte —apostillé.
—Tengo que irme a clase. —Miró el reloj—. Gideon debe estar yendo
para allá.
Y más le valía no regresar nunca.
—¡Te veo luego! —se despidió con la mano mientras salía a toda prisa
junto a una de sus compañeras de la sala de exposiciones en dirección a los
aularios.
Me quedé en silencio durante un breve instante, incapaz de apartar la
vista de esa vitrina, la misma que ahora parecía estar mofándose de mí. Y
me sentí como una impostora. Aquella primera edición española de Historia
de Rasselas, príncipe de Abisinia del británico Samuel Johnson, y que ahora
parecía una broma del destino, contaba con un inédito texto original de la
traductora Inés Joyes y Blake. Era cuanto menos curioso que aquella mujer
hubiera escrito su Apología de las mujeres como denuncia a los estereotipos
que modulaban las identidades femeninas de la época y, siglos más tarde,
yo me hubiera quedado callada frente a Elio Alfaro al no ser capaz de
reclamar la parte de la autoría que me correspondía de aquello. Era un
fraude.
—Es una aportación brillante —señaló una mujer de pelo rizado que se
había acercado hasta la vitrina. Su mirada reposaba en la traducción de
Joyes y Blake y, por una milésima de segundo, creí que me había leído el
pensamiento—. Es una pena que durante el siglo XVIII muchas mujeres
escribieran usando pseudónimos masculinos, lo que acrecentaría todavía
más su anonimato.
—Así es. —Asentí frente a las palabras de la desconocida, en parte
complacida por el conocimiento que mostraba sobre el tema—. La falta de
confianza y el sentimiento de inferioridad que las lastraba, sobre todo de
épocas anteriores, mermó la calidad literaria de sus obras.
—Menos mal que una valiente como Joyes y Blake hizo públicas sus
denuncias.
—Aunque no sé cómo le sentaría a Samuel Johnson que usara la
traducción de su obra para hacerlo —apostillé con una risa silenciosa.
—Ya es tarde para lamentaciones. —Me saludó con una sonrisa y se
presentó de manera formal—: Soy Mariana Sanz y tú debes ser Ruby.
—Perdona, ¿te conozco? —pregunté con evidente confusión.
—No hemos tenido el placer de conocernos hasta ahora. Soy la editora
jefe del servicio de publicaciones de la universidad —explicó. Me quedé sin
habla de repente—. He leído tu proyecto de investigación y es sensacional,
Ruby.
—¿Mi investigación? —Parpadeé.
—Así es, y déjame decirte que la editorial estaría interesada en
publicarla.
—¿En forma de libro? —Maldita sea, Ruby, no quedes mal delante de
Mariana Sanz, la jodida editora del Cittadella College—. Quiero decir,
¿quieren publicar mi investigación?
Mariana asintió, divertida.
—En forma de libro y publicado bajo el sello editorial del Cittadella
College.
—¿Cómo… quién te lo ha enviado?
—Hace un par de semanas el profesor Vincent se acercó para invitarme a
la exposición y me habló de tu investigación. Me dejó una copia en el
despacho para que pudiera leerla antes de que se inaugurara. —Sacó de su
bolso una tarjeta con sus datos y me la ofreció—. Estaré encantada de
hablar sobre los planes que tengo para tu proyecto si finalmente decides
publicarlo.
Alcé la vista para mirarla.
—¿Cómo me has reconocido?
—Bueno, Vincent me dijo que te reconocería al instante. Supongo que no
hay muchas chicas con el pelo verde por aquí —bromeó.
—Supongo que no —advertí con una sonrisa.
—Ha sido un placer conocerte, Ruby —se despidió—. Estamos en
contacto.
—Oh, madre mía —musité, deleitándome en cada palabra, y solté toda la
emoción que había estado conteniendo cuando Mariana Sanz se marchó.
Pataleé, emocionada, y elevé los brazos en alto con una efusividad
desmedida para estar rodeada de gente que, seguro, estaría mirándome con
curiosidad. Me daba igual. Estaba feliz y ni siquiera era capaz de creerme
del todo lo que acababa de ocurrir hacía un momento.
—¿Ruby?
—¡Florian! —Me abalancé sobre él, riéndome sin parar—. ¡Quieren
publicarme la investigación!
—¡Eso es genial! —me felicitó y me dio una vuelta en el aire.
—La mismísima Mariana Sanz se ha presentado aquí para decírmelo.
¿No es alucinante?
—Lo es, rubí. Estoy orgulloso de todo lo que has conseguido.
—¿Quieres que te enseñe la exposición?
—Si eso te hace feliz…
—Oye. No seas muermo —protesté, y refunfuñé por su escaso interés
cultural. Él soltó una carcajada—. ¿Entonces qué haces aquí?
—He venido a despedirme.
—¿Te vas? —pregunté. Me pellizcó la mejilla con suavidad para
animarme.
—Mi avión sale de madrugada.
—¿No puedes quedarte unos días más? —Le dediqué un mohín de
súplica.
—No quiero abusar, y tengo trabajo pendiente que estará esperándome
cuando regrese. —Vaciló antes de contarme—: Además, estoy preocupado
por Mandy. Desde que se marchó el sábado apenas hemos hablado y quiero
estar con ella en casa para saber si está ocurriendo algo.
El corazón me dio un vuelco. Florian no sabía nada sobre la relación
pasada entre Gideon y Mandy. Intuí que el encuentro de esa noche en el
hotel habría despertado de nuevo en ella los remordimientos del pasado.
Deseé que Florian no sufriera con todo esto. Y, aunque quise contarle lo que
sucedía, en el fondo no me correspondía a mí hacerlo. Era únicamente
decisión de Mandy hablarle de sus errores del pasado, a pesar de que ahora
parecía una persona distinta.
—¿Crees que mis padres han tenido algo que ver?
—¿Tus padres? —Negué con la cabeza.
—Puede que no se haya sentido arropada en la familia en estos días.
Después de todo, no han pasado mucho tiempo juntos.
Le sostuve las manos con cariño, alejándolo de esos pensamientos.
—Habla con ella. Estoy convencida de que te dirá lo que ocurre.
—Haces que parezca fácil.
—Porque lo es —le aseguré, convencida de lo que decía—. Si alguien te
quiere, encontrará el modo de arreglar las cosas.
—¿Vendrás a visitarnos? —Me hizo prometerle.
—Solo si haces que tu padre entre en razón cuando descubra lo de
Palladino.
—Prometido. —Me dio un beso en la mejilla y sentí aquel apretón de
manos como si estuviera despidiéndose hasta dentro de una larga temporada
—. Y tú prométeme que no te colarás más dentro del despacho de Vincent.
—Todavía quedan libros por recuperar. —Le guiñé un ojo.
—Es un buen tío.
Y quise decirle que así era, pero no tuve tiempo. El mensaje llegó sin
esperarlo, casi poniéndome a prueba como solo él sabía hacerlo. Y me reí,
prometiéndome que se lo haría pagar.
Profesor sabelotodo:
Tengo veinte libros en mi poder que igual quieres recuperar. ¿Estás
dispuesta a negociar?
CAPÍTULO 31
Gideon
Esperé unos minutos más a que entraran en clase. Solía dejarles unos
minutos extra antes de comenzar mientras repartía las fotocopias de la
lección que veríamos hoy. Esta era una de mis obras favoritas, y también de
mi madre. Encendí el proyector y visualicé en la pantalla las dos
manifestaciones artísticas con las que trabajaríamos. Y, de paso, eché un
breve vistazo a la pantalla del móvil, desistiendo al instante. No me
respondería, y me lo tenía merecido. Y ahora tenía esa expresión de
decepción de su cara clavada en mi mente y no me daba tregua alguna.
—¿Qué tal la exposición, profesor? —curioseó Julen, el chico que
siempre acompañaba a Margot en la segunda fila. Debían ser amigos.
—Contarías con un punto extra si hubieras ido —bromeé y todos rieron.
El aula magna iba llenándose ya de los últimos estudiantes más
rezagados que entraban a toda prisa para sentarse en las mesas que
quedaban vacías y les di aquel minuto para que se prepararan. Yo también
había sido universitario y bien sabía que en los cambios de clase podían
abrirse portales interdimensionales entre el primer café de la mañana y la
cerveza previa al almuerzo.
—En la clase de hoy vamos a ver la historia de amor de dos personajes
que han sido representados tanto en la pintura como en la escultura a lo
largo de toda la historia. —Señalé las dos obras con el láser en la pantalla
—. ¿Alguno de vosotros las conoce? —pregunté. Se produjo un silencio
generalizado—. ¿Nadie? —Me dejé caer en el escritorio y crucé los pies
mientras les daba una última oportunidad—. La obra de la derecha
pertenece al escultor francés Auguste Rodin y es conocida como El beso. —
Vi cómo algunos anotaban en sus cuadernos aquellos datos—. No os
preocupéis, lo subiré todo a la plataforma más tarde. Ahora solo quiero que
me prestéis atención. ¿Alguna idea de lo que puede ser la segunda?
—¿Un cuadro de los mismos personajes? —preguntó Julen.
Lo señalé con aprobación.
—Así es. Son muchos pintores los que han recreado la historia de este
amor trágico; artistas como Dyce, Previati o Scheffer, entre otros, pero
nosotros nos centraremos en Gustave Doré. ¿Alguien sabría decirme cómo
se llama esta obra?
Margot fue la más rápida.
—Aquí pone Paolo y Francesca de Rimini —leyó en las fotocopias.
—Efectivamente. Estos amantes de la Edad Media son Francesca de
Rimini y Paolo Malatesta. Incluso aunque no sepáis todavía su historia…
¿qué os sugieren las dos imágenes a simple vista?
—¿Dos amantes enamorados? —Oí decir a una chica de la tercera fila
con duda.
—Parecen los siguientes Romeo y Julieta. —Señaló Julen y le devolví la
mirada con interés. Después, le hice un gesto para que continuara con su
justificación—. En el cuadro de Doré se ve con claridad que los dos están
ensangrentados.
—Muy buena observación. Los dos fueron apuñalados por Gianciotto
Malatesta cuando este sorprendió a su esposa Francesca y a su hermano
Paolo. —Vi las caras de interés de algunos, que analizaban la obra ya desde
otra perspectiva.
—Vamos, que a Paolo le gustaba la cuñada —bromeó uno.
—Me temo que cayeron en la tentación y los dos murieron por el pecado
del adulterio —les confirmé, y luego los puse a prueba con la siguiente
pregunta—: Paolo y Francesca fueron condenados al infierno, en particular,
a uno que aparece en un poema épico bastante conocido. ¿Cuál es ese
poema que les sirvió de inspiración a Rodin y Doré para crear sus
respectivas obras?
De nuevo, el silencio.
—La divina comedia —acertó alguien al fondo.
—Eso es. —Aplaudí—. Estas dos obras están inspiradas en el infierno
del poeta italiano Dante Alighieri y su La divina comedia. ¿Quién lo ha
acertado?
Recorrí el aula con la mirada en busca del artífice y, cuando su mano se
alzó entre el tumulto de estudiantes, tuve claro que mi hogar estaba allí,
junto a ella. Y lo supe por el modo en que mi corazón latió despacio,
avisándome que podría quedarme a vivir en cada rincón de aquella sonrisa
descarada. Se percató de mi asombro al verla sentada entre el resto de
estudiantes y me retó a que continuara, como si eso fuera posible, como si
pudiera mirar a alguien más después de verla a ella.
—¿Profesor? —apostilló con sorna, y fue ese mismo descaro el que me
avisó de que su venganza estaba en marcha y, desde luego, me haría pagar
el mensaje que momentos antes le había enviado. Sus ojos me devolvieron
la mirada con diversión. Y, por un instante, me olvidé de que estaba en clase
con trescientos alumnos a la espera de mi intervención. Lo cierto era que
todo mi mundo estaba centrado en ella.
—¿Podrías presentarte? —Arqueé las cejas y ahogué una sonrisa cuando
se levantó de la silla para saludar al resto de los alumnos. Y me prometí que
jugaría a aquel juego siempre que ella me lo pidiera.
—Ruby. He venido de oyente.
—¿No eres la bibliotecaria? —preguntó el chico de gafas sentado dos
filas más abajo. Claramente, la confusión le nubló el gesto.
—Bienvenida, Ruby de oyente —puncé con sorna y las risas se
extendieron por el aula cuando ella le guiñó un ojo al chico, confirmándole
así su teoría—. ¿Podrías refrescarles un poco la memoria acerca del poema
de Alighieri?
Todas las miradas se centraron en ella.
—Como vuestra bibliotecaria de confianza os diré que el infierno, según
Dante, tenía forma cónica y estaba compuesto por círculos cada vez más
estrechos que simbolizaban la importancia del pecado que hubieras
cometido en vida. Estos dos tortolitos se encontraban en el segundo círculo,
el de los lujuriosos, por haber cometido adulterio —explicó con una
precisión elogiable—. Ya sabéis el resto: el marido pilló a Francesca con su
hermano haciendo cositas que no debían hacer.
—¿Cuál fue su castigo?
—No podían tocarse —respondió, y sus ojos brillaron de expectación—.
Un viento infernal los alejaba cada vez que intentaban acercarse el uno al
otro.
—En efecto, estos dos amantes están girando en círculos en la segunda
esfera del infierno y, tal como dice Ruby, no se pueden tocar. Ambos desean
estar juntos, pero nunca podrán estarlo. —Apunté con el láser a un punto en
concreto dentro del cuadro de Doré—. De hecho, estas dos siluetas que se
aprecian aquí abajo, dentro del crepúsculo rojo y que parecen observar a los
amantes de lejos, son en realidad los poetas Alighieri y Virgilio.
—¿Virgilio el de La Eneida?
—Así es, Margot, porque será el propio poeta romano Virgilio quien le
haga de guía a Dante a través del Infierno y del Purgatorio. —Luego, pasé a
la escultura de Rodin—. ¿Qué me podéis decir de estos Paolo y Francesca
de Rodin?
—Están besándose —respondió Julen.
—¿Seguro? —los reté y busqué su mirada—. ¿Qué opinas tú, Ruby?
—Puede que no lo estén.
—¿Y cuántas probabilidades hay de que lo estén? —la desafié.
—Teniendo en cuenta que dentro del infierno los dos nunca llegaron a
tocarse, las posibilidades son nulas.
—Muy bien. —Me dirigí al portátil y pasé a la siguiente diapositiva,
donde se veía el perfil de la escultura—. Rodin esculpió a Paolo y
Francesca de manera que diera la sensación de que estaban besándose,
aunque no sea así. A simple vista, sentimos que él la está tocando y parece
que ese beso se produce, pero si pasáramos un papel entre la cadera de ella
y la mano de él comprobaríamos en realidad que nunca llegan a tocarse.
—Es una pasada —murmuró la amiga de Margot.
—Por esta razón, se consideraba a Rodin un maestro de la escultura
moderna.
Me quedé tras el portátil para darles tiempo a que observaran la obra de
Rodin desde esa perspectiva.
—¿Y qué piensas del castigo impuesto a Paolo y Francesca, profesor?
Puse un mohín, pensativo ante la pregunta de Julen.
—Tal vez fuera un poco excesivo.
—Un poco, dice.
Disimulé la sonrisa al verla protestar desde allí arriba y alcé la vista.
—¿Tienes algo que objetar, Ruby?
Se mordió el labio.
—Fue bastante excesivo —defendió—. A Francesca la obligaron a
casarse con el bruto de Gianciotto y, para colmo, este se marchó a librar una
guerra que a nadie parecía importarle en absoluto. Fue Paolo, y no su
hermano, quien se quedó junto a Francesca, compartiendo tiempo y
lecturas, hasta que cometieron el único delito de enamorarse. Pero ¿qué
podía esperarse?
—Según tu postura… ¿los dos merecían ser expurgados?
Se echó el pelo hacia atrás y mantuvo su argumento hasta el final.
Admiré su determinación y el modo en que ardería por defender sus
valores.
—¿No decía el propio Alighieri que el deseo y la voluntad «giraban con
la fuerza del amor que mueve el sol y las demás estrellas»?
—Asumes que el amor es una justificación para todo —afirmé.
—Leo novelas románticas. —Se encogió de hombros—. Me gusta creer
que las personas eligen enamorarse y que el amor es suficiente.
—Suficiente si encuentras a la persona correcta.
—Así es. ¿Y la has encontrado, profesor? —me desafió con aquella
sonrisa pícara de quien disfrutaba poniéndome a prueba.
Los murmullos se extendieron por el aula como una exhalación. Seguro
que más de uno estaría pensando en qué demonios estaba sucediendo entre
la bibliotecaria de pelo verde y su profesor de Literatura, al que, claramente,
estaban poniendo en un aprieto. Me olvidé un instante de ellos.
—¿Tú qué crees?
—Creo que la has encontrado —afirmó sin vacilar.
Se produjo un breve silencio en todo el aulario. Notaba todas las miradas
puestas sobre nosotros, como si mis propios alumnos aguardaban el
desenlace de aquello, casi con impaciencia por saber qué le diría a esa chica
que ahora esperaba una respuesta.
—La he encontrado —revelé sin apartar los ojos de ella, y entonces
sonrió.
Margot se levantó de la silla y vitoreó en alto.
—¡Esa es mi chica! —la felicitó y Ruby se echó a reír.
—¡Dios, qué tensión! —gritó Julen, vitoreando en alto, y todos se
unieron en un largo aplauso—. ¡Así es como se crea la literatura, profesor!
Y, sin poder evitarlo por más tiempo, me eché a reír.
Luego, la clase transcurrió como transcurrían las cosas que estaban
destinadas a encontrarnos. A veces, de forma fortuita, como el choque de
una sonrisa que nos cegaba por completo. Así había sido Ruby. Ella era ese
golpe de suerte que me había encontrado un día cualquiera y que me había
atravesado de lleno, enseñándome que no todo se repite. No todo el mundo
vendría a hacernos daño, aunque en ocasiones uno lo olvidara para
protegerse, pero bastaba con volver a confiar en alguien que mereciera la
pena. Y ella lo merecía todo. Porque Ruby era la segunda oportunidad que
la vida me debía y no estaba dispuesto a desaprovecharla.
—Nos vemos mañana, chicos —me despedí cuando los últimos alumnos
salieron por el aula. Las sonrisas de complicidad entre ellos me hicieron
presagiar lo que ya temía: la clase de hoy sería recordada en los anales de la
historia del Cittadella.
—Olvidé advertirte del cuarto lema —apostilló Ruby con sorna
conforme bajaba las escaleras del aula para llegar hasta mí. Tenía aquella
expresión pícara de haber conseguido la victoria y no podía negarle lo
contrario—. «Nunca desates la ira de un bibliotecario o su venganza será
terrible».
—La próxima vez desearía que esa advertencia llegara antes.
—No me has dejado otra opción. —Me enseñó el mensaje que le había
enviado antes del comienzo de la clase—. ¿Dónde están mis libros?
—En casa —admití. Me lanzó una mirada coqueta, a la espera de que
continuara—. He pensado que querrías negociar un rescate.
—¿Y si no llegamos a un acuerdo?
—En ese caso, ganará el mejor negociador. —La rodeé entre mis brazos
y la atraje hacia mi cuerpo—. ¿Aceptas?
—No hasta que me asegures que recuperaré diez libros, al menos.
Dibujé una sonrisa silenciosa y mis labios se acercaron a los suyos,
impacientes, como si hubieran estado demasiado tiempo separados.
—Eso es hacer trampas.
—Tú llevas haciéndolas desde que me conociste.
—En mi defensa diré que no planeaba enamorarme de ti —confesé. Se
quedó en silencio y supe que mis palabras la habían sorprendido—. ¿Te
sorprende?
—Para nada —mintió con descaro, y solté una carcajada.
—Aquella noche en el pasillo del hotel me confesaste que me querías —
le recordé sin poder olvidarme de ello. No había pasado un solo día sin que
me arrepintiera de no haberme dado la vuelta y haberla besado allí mismo
—. En cambio, parece que no he encontrado el momento para hacerlo.
—¿Para hacer el qué?
—No querría que recuperaras esos libros sin antes oír lo que tengo que
decirte, Ruby Ricaldi —dije. Sus manos descansaron en mi torso de pronto
y vi la emoción en sus ojos, casi alerta—. Has sido mi luz durante estos
meses. He querido besarte desde el primer instante en que te conocí en la
casa de los Palmer. Y fui un reverendo idiota cuando dije aquello de que no
eras mi tipo de chica.
—Soy tu tipo de chica. —Se carcajeó con un orgullo más que fingido, y
la rodeé con más fuerza, dándole aquello que deseaba y que veía en su
mirada.
—¿Para quién demonios no lo serías? No he confiado en nadie desde
hace años, pero no puedo negar lo que siento por ti. Todo lo que me haces
sentir cada vez que estamos juntos. Podría dejarte marchar, pero no quiero.
Porque no quiero perder a la única persona que me hace sentir que estoy
vivo.
—Pensé que nunca lo dirías —me picó.
—Y yo creí que tardarías menos en sonsacármelo.
La besé y luego deposité aquella promesa en sus labios.
—Tú eres todo lo que quiero tener a mi lado.
Colofón
Del lat. tardío colŏphon, -ṓnis «cumbre», «término, fin».
1. Anotación al final de los libros, que indica el nombre del impresor,
lugar y fecha de la impresión, entre otras.
2. Cierre a una bonita historia de amor.
EPÍLOGO
Ruby
CINCO MESES DESPUÉS
Todo buen bibliotecario universitario te diría que uno de los meses más
fatídicos del año no es junio, sino mayo. El mes de los agobios, lloros,
ojeras, estrés y cantidades ingentes de bebidas energéticas que
compensarán, así, las horas no estudiadas frente a ese examen que se
pretende aprobar por arte de magia. Los verdaderos Juegos del hambre del
Cittadella comenzaban la segunda quincena de mayo, y el bullicio en la
biblioteca era prueba de ello. Los préstamos durante este mes se disparaban
y las reservas para las salas de trabajo estaban más agotadas que las
entradas para un concierto de Taylor Swift. Por no mencionar, la cantidad
de veces al día que los estudiantes nos preguntaban por los horarios de la
biblioteca, a pesar de tenerlos en la puerta principal de entrada subrayados
con fluorescente. Era el caos supremo.
—No puedes quitarle la sanción —me quejé de la permisividad de mi
compañera de trabajo—. Al menos, podrías haber esperado a que regresara.
—Es temporal, rubí. No pude negarme… Ya sabes lo que son los
Trabajos de Final de Máster en esta época.
—Tu deber es decir que no. —Me crucé de brazos como una niña
pequeña a la que le habían arrebatado su juguete favorito—. ¿Cuántos
libros se ha llevado?
—Diez —confesó culpable.
La fulminé sin contemplaciones.
—¿Tengo que mirar a alguna cámara? ¿Es esto una broma oculta, eh,
Celestina?
Mi amiga esbozó una risita culpable.
—Tú le perdonaste a Gideon los ejemplares del Fondo Antiguo. —Bajó
la voz al decir esto. Aquel se había convertido en nuestro nuevo secreto
inconfesable.
—Pero he recuperado los veinte que faltaban. —Y me había costado lo
mío.
Celeste me ignoró y decidió desviar el tema. Chica lista.
—¿Entonces no te ha envenenado? —preguntó justo cuando el chico de
segundo de Turismo se despidió con expresión taciturna tras oír nuestra
disputa acerca de la exculpación de cierto moroso atractivo y de pestañas
infinitas.
—La verdad es que Marcia ha sido simpática.
—Rígida la Terrible y simpática no son dos cosas que vayan en una
misma frase, rubí. Y que sea tu suegra no lo justifica.
—Pues le he hablado de ti —admití. Celeste palideció—. Dice que te
recuerda.
—Te mataré en cuanto salgamos de aquí —me prometió.
—El caso es que ha ido bien —comencé a contarle sobre los días que
habíamos estado de visita en casa de Marcia Vantini. La relación entre
madre e hijo estaba sanando a paso lento pero firme, y hasta Gideon había
vuelto más relajado del viaje—. ¿Adivinas cómo se llama su gato persa?
—¿Pobretón? ¿Desgraciado? ¿Desafortunado? —probó. Negué con la
cabeza.
—Incunable.
Celeste se quedó pasmada en el sitio.
—¿Le ha puesto ese nombre al gato? Es demasiado y, por favor, dime
que esto puedo contarlo en el grupo. —Rebuscó en su bolso y abrió el
grupo de chat de Supervivientes de la Terrible. De inmediato, me llegó la
notificación del mensaje de Celeste —. ¿Y cuándo tiene pensado haceros
una visita a Cittadella?
—Cuando Gideon esté listo, no quiero forzarlo.
A pesar de que Gideon pasaba más tiempo en mi apartamento, en
especial para dejarles espacio a los tortolitos de Ezra y Margot, ya habíamos
tenido aquella fatídica conversación de futuro. Ninguno quería abandonar
su casa, sin embargo, la idea de pagar dos alquileres en una ciudad como
Cittadella no era sostenible, al menos, no a largo plazo. De modo que nos
habíamos esforzado en convencernos el uno al otro de por qué era necesaria
aquella futura mudanza. Confiaba en mi capacidad de oratoria y sabía que
la victoria estaba cerca cuando un mes atrás Gideon me había terminado por
confesar que el Golden no podía compararse con el casco antiguo. La vida
en una de las zonas más bonitas de la ciudad no era comparable a ningún
barrio universitario, por más fama que tuviera este último.
—Por favor, prométeme que grabarás el día que esa señora venga a casa.
—Ese día estarás sentada en la mesa como invitada, Celeodiosa.
—No te quiero tanto como para hacer tal cosa —se burló.
—En esto estamos de acuerdo. La que más te quiere soy yo.
Margot hizo su aparición por el mostrador de préstamo y nos saludó con
aquella risita endiablada que tanto me recordaba a Charlotte.
—¿Puedes salir un momento, rubí?
—Podría, pero el mostrador ardería si alguna de estas almas en pena
llega y no hay nadie que los atienda.
—Venga, será un momentito —me suplicó.
—No creo que pase nada —intervino Celeste, y entrecerré los ojos al
mirarlas.
—¿Qué tramáis?
—Escucha, ¿recuerdas todos esos favores que te hice en su momento
cuando necesitaste ayuda para robarle los libros al que ahora es tu novio?
Pues la factura es que muevas ese precioso culito y salgas aquí fuera.
—Cada día es más Margoléfica… —dije, y Celeste me dio la razón, a
pesar de que mi amiga ya estaba empujándome hacia la puerta para salir al
hall de entrada.
—Pero ¿qué demonios os pasa?
—Calla y síguenos —me pidió Margot y me arrastró hasta la sala de
exposiciones que se encontraba abierta en aquel momento. ¿Cuál era la
razón? La próxima exposición estaba pensada para el nuevo comienzo de
curso y la directora me había elegido para ser la comisaria de arte de los
futuros proyectos de la biblioteca.
—¿Qué hace la sala abierta? Dorotea va a matarme si alguien más tiene
la llave.
—Dorotea está ahí dentro, no te preocupes.
—¿Qué…?
Todos los compañeros estaban allí, reunidos, para mi sorpresa.
—¿Esto es una fiesta tardía de cumpleaños? Porque fue el mes pasado.
—Alguien quiere que estés aquí —reveló Celeste al fin.
No hizo falta que dijera su nombre. Entró por la puerta con paso decidido
y con aquella mueca burlona que clamaba venganza en silencio. Le había
crecido la barba en estos días y su expresión parecía mucho más relajada de
lo que solía estarlo cuando nos reuníamos meses antes justo en el lugar
donde ahora nos encontrábamos. Llegó hasta mí y me dio un beso fugaz en
la frente, sin importarle que todas las miradas estuvieran puestas sobre
nosotros. Era tal mi sorpresa que ni siquiera pregunté qué hacía allí en lugar
de estar en clase.
—Tengo una promesa que cumplir —me susurró al oído y se abrió paso
entre mis compañeros hasta subirse a la plataforma. Se colocó tras el atril y
se aclaró la voz para llamar la atención de todos. Entonces comenzó a leer
aquella carta:
—Buenos días a todos, soy el profesor Gideon Vincent Saliman. Es la
primera vez que hago una disculpa pública, pero Ruby me hizo que se lo
prometiera hace unos meses, y todos conocemos la testarudez que gasta
nuestra bibliotecaria favorita. —Alzó la vista para mirarme y me dedicó un
guiño, regodeándose entre las risas de mis compañeros para vengarse por la
promesa que ahora cumplía frente a todos. Me mordí el labio, sorprendida
por lo que estaba sucediendo—. Mi madre suele decir que el valor de una
casa reside en su biblioteca. Los libros que guardan nuestros estantes son
nuestro ADN y el modo en que los cuidamos es solo el reflejo de lo que
somos. Puede que no la entendiera en su momento, pero trabajar con Ruby
durante estos meses atrás me ha enseñado a apreciarlo. Esta bibliotecaria
intrépida me ha mostrado que este edificio no es solo un lugar de paso o de
estudio. Es el lugar donde se atesoran los sueños, los orígenes, el
entendimiento, los pensamientos, la capacidad de hacernos libres, el
raciocinio y la vida misma que, en ocasiones, se nos escapa de las manos
para recordarnos lo verdaderamente importante… —Se aclaró la voz y
luego nos miró a todos con aquella serenidad con la que hablaba en sus
clases—. Vosotros sois los guardianes de todo este conocimiento y no
puedo imaginar la responsabilidad de un trabajo así. No pretendo alargarme
mucho más de lo necesario, pero quiero expresar mi profundo respeto a la
labor que aquí hacéis. Ha sido egoísta por mi parte tener esos treinta libros
en casa durante dos años y no devolverlos.
—Cuarenta —lo corregí.
—Anotado, señora bibliotecaria —se mofó y rectificó en su disculpa—.
Ha sido egoísta por mi parte tener esos cuarenta libros en casa durante dos
años y no devolverlos. Es por esta razón por la que hoy me encuentro aquí,
frente a vosotros, rezando para no haberme ganado la enemistad de toda la
comunidad bibliotecaria del Cittadella.
—¡Solo quiere nuestro perdón porque tiene una tesis que terminar! —
vociferó Celeste con tono burlón y todos aplaudieron entre risas.
—¡Pero es guapo, Celeste! —apoyó Loren entre vítores—. ¡Yo te
perdono!
—Gracias. —Gideon asintió y esperó a que cesaran los aplausos para
luego dedicarle una mirada socarrona de complicidad a Celeste—. Menos
mal, porque necesitaba ese libro para acabar la tesis.
Por el modo en que sus manos se aferraban al atril de conferencias,
adiviné que aquel discurso no había finalizado todavía.
—Y como tengo que sacarle partido a estos ochocientos euros de
metacrilato y altura regulable que tan bien supo elegir vuestra compañera…
—Me señaló a medida que acariciaba el atril con sorna. Me buscó y sus
ojos se reencontraron con los míos antes de volver a leer la carta en voz
alta. Ni siquiera supe qué sucedía cuando sus palabras envolvieron toda la
sala de exposiciones y, durante un breve instante, solo existimos nosotros
—. Puede que este sea el momento en que más me han temblado las
piernas, pero desde que apareciste en mi vida siempre he tenido la
sensación de ir a destiempo contigo. Nunca parecía el momento adecuado
cuando se trataba de decirte esto. Eres auténtica, Ruby. Lo sé, lo veo, me lo
demuestras cada día y, lo más importante de todo, has logrado que este
ermitaño vuelva a confiar de nuevo.
»He comprendido después de los últimos años que la mayor prueba de
amor que alguien puede darte es la confianza… y estoy seguro de que eres
esa persona que me acompañará en este viaje, en esta vida… y durante el
tiempo que estemos juntos, porque no he estado nunca más seguro de algo
que de lo que siento por ti. Desde que te conozco, le has dado sentido a toda
esta historia que hemos creado sin saberlo y, lo más sorprendente, sin
esperarlo. Amo esa pasión que tus libros despiertan en ti y esa luz que te
envuelve con cada cosa que haces. Porque la vida no es nada sin ese brillo.
Por eso te has convertido en el epílogo de esta historia, ahora lo sé. Le has
dado significado a todos los días que hemos pasado juntos y, por esa razón,
cuando te miro a los ojos sé que mi hogar está aquí, junto a ti.
Alzó la vista y dejó de leer para mirarme directamente.
—Te amo, Ruby Ricaldi. Por esto y por mucho más… Tú ganas.
Y claro que ganaba. Porque toda buena lectora de romántica sabía que
los finales felices sí existían.
AGRADECIMIENTOS
La idea de esta novela surgió a raíz de una vivencia personal en el trabajo y
desde aquel momento tuve claro que acabaría escribiendo esta historia. Este
libro es un homenaje a mi profesión y a todos los compañeros que trabajan
en ella, por su labor y su dedicación. Desde que comencé mi aventura en
bibliotecas, he tenido la suerte de poder trabajar en varios campus de la
Universidad de Cádiz y puedo decir que todos ellos me han inspirado para
poder crear cada rincón del Cittadella College: el santuario de Ruby.
Todo este arduo proceso de escritura no habría sido igual sin el apoyo de
varias personas. Quiero agradecer, en primer lugar, a mi futuro marido por
la paciencia infinita y por ser el mejor compañero de vida que alguien
pueda tener. Has aguantado como un campeón a esta escritora y su temido
bloqueo del escritor, sobre todo los últimos y fatídicos capítulos. No sé
cómo lo haces, bueno, igual sí, pero siempre me haces reír. Y no hay forma
más bonita de enamorar a alguien que hacerla reír.
No puedo olvidarme de mis padres. Vuestro apoyo incondicional y
vuestro esfuerzo son dos de los principios que llevo siempre por bandera (lo
siento, papá, por hacerte leer cierto capítulo subidito de tono). A mi
hermano y a mi cuñada por regalarme a mis dos princesas: Carlota y
Miranda. ¡Qué bonita es la vida desde que estáis en ella!
A mis amigos, en especial a: Desi, Ana Belén y Alba por leer todo lo que
os envío y por animarme siempre cuando me asaltan los miedos. Quiero
agradecer a mi compañera Olga por su clase exprés sobre exposiciones y
por enseñarme todos los entresijos de organizar una. Gracias a los que están
siempre y gracias a todos los que seguís mi trayectoria como escritora, a los
que comenzaron a mi lado y a los que llegasteis en algún punto de este
camino: vosotros sois mi motor.
Gracias de todo corazón.

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