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El documento aborda la ética aplicada en el contexto de las profesiones, destacando el pluralismo moral y la necesidad de adaptar principios éticos a diversas esferas sociales. Se enfatiza la importancia de la colaboración entre filósofos, expertos y ciudadanos en la creación de códigos éticos, así como la dificultad de establecer una ética común debido a la diversidad de contextos. Finalmente, se propone que cada ética aplicada debe considerar sus propios principios y valores, mientras que comparte una estructura común relacionada con la actividad social y la búsqueda de bienes internos.

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El documento aborda la ética aplicada en el contexto de las profesiones, destacando el pluralismo moral y la necesidad de adaptar principios éticos a diversas esferas sociales. Se enfatiza la importancia de la colaboración entre filósofos, expertos y ciudadanos en la creación de códigos éticos, así como la dificultad de establecer una ética común debido a la diversidad de contextos. Finalmente, se propone que cada ética aplicada debe considerar sus propios principios y valores, mientras que comparte una estructura común relacionada con la actividad social y la búsqueda de bienes internos.

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1.1.

Éticas Profesionales

ÉTICA DEL TRABAJO


SOCIAL CURSO 2024-2025
PROFESORA: ISABEL BALZA

1. ÉTICA Y POLÍTICA
1.1. INTRODUCCIÓN A LA ÉTICA PÚBLICA: ÉTICAS PROFESIONALES
1.1.1. El pluralismo moral
1.1.2. Éticas aplicadas
1.1.3. Códigos deontológicos
1.1.4. Moral privada y publica: Objeción de conciencia y vocación
1.1.5. Principios comunes a una ética profesional

1.1. INTRODUCCIÓN A LA ÉTICA PÚBLICA: ÉTICAS PROFESIONALES

1.1.1. EL PLURALISMO MORAL

En el último tercio del siglo XX surge en los países con tradición occidental lo que
se ha venido en llamar el «giro aplicado» de la filosofía, en este caso, de la filosofía
moral. Efectivamente, junto al problema de la fundamentación de la ética empieza
a cobrar peso el problema de su aplicación, de diseñar una ética aplicada a las
distintas esferas de la vida social. La aparición de nuevos sujetos, de nuevos
movimientos sociales y de nuevas situaciones propiciadas por los cambios
tecnológicos, ha favorecido la emergencia de nuevas sensibilidades morales y de
nuevos problemas éticos. Esta irrupción de las transformaciones sociales y
científicas ha vuelto a colocar en primer plano las cuestiones éticas. Son variadas
estas nuevas esferas que se han convertido en objeto de la filosofía moral aplicada:
las biotecnologías, las organizaciones empresariales, la actividad económica, las
consecuencias de las nuevas tecnologías, los medios de comunicación, la
revolución informática, el consumo o la ética de las profesiones. Presentaré algunas
reflexiones que sitúen el debate acerca de las éticas aplicadas, para enmarcar en el
mismo la consideración del estatuto y los problemas de la última citada: la ética de
las profesiones. En ella se encuadra nuestro objeto de reflexión, la ética del trabajo
social.

1
1.1. Éticas Profesionales

El protagonismo de la ética aplicada es consecuencia de la conformación de una


sociedad democrática como una sociedad moralmente pluralista, una sociedad en la
que conviven distintas morales comprehensivas.

Una sociedad moralmente pluralista es aquélla en la que cohabitan distintos códigos


morales y, por lo tanto, los problemas que se plantean no pueden ser abordados
desde un único código moral. Por ello, cuando se aborda un problema, no puede
entenderse o presuponerse que existe una solución válida, o que existen acuerdos
básicos, sino que, como veremos, estos habrán de ser descubiertos o construidos.
Ahora bien, el problema será el de pensar desde dónde se legitiman esos acuerdos
morales, o desde que teoría ética deben ser elaborados. Porque el hecho es que, así
como hay diversidad y pluralidad en cuanto a las opciones morales de los sujetos,
del mismo modo nos encontramos con una pluralidad en cuanto a las teorías éticas.
Por lo tanto, el acuerdo en cuanto a cuál es la teoría ética desde donde pensar las
éticas aplicadas tampoco estará dado de antemano.

Por otra parte, el auge de las éticas aplicadas está unido también a la emergencia
del protagonismo de una sociedad civil, en el que la crisis de los sistemas
tradicionales morales, unidos a un cierto monismo moral ha hecho aún más evidente
el pluralismo moral de nuestra época. De ahí que ya no se esperen respuestas de la
religión o, al menos, aunque esta opción siga siendo válida para muchos sujetos en
su ámbito privado, las respuestas válidas desde la ética pública deben ser elaboradas
con los instrumentos y métodos que la filosofía moral desde el pluralismo aludido
proporciona.

1.1.2. ÉTICAS APLICADAS

Una de las características de las éticas aplicadas es que ya no se tratará de una ética
hecha por profesionales de la filosofía moral, sino que incorporan a nuevos sujetos
al quehacer filosófico y argumentativo. Podemos decir que las éticas aplicadas no
nacen el laboratorio cerrado de la filosofía moral, sino que es la exigencia de la
realidad social, que plantea nuevos problemas y demanda respuestas la que impulsa
el debate y la necesidad a la propia filosofía de pensar y plantearse nuevas
cuestiones. Los gobiernos, expertos y ciudadanos se incorporan como nuevos

2
1.1. Éticas Profesionales

sujetos junto a los filósofos morales en este quehacer ético. Ya no sólo es suficiente
la resolución jurídica de algunos conflictos que se plantean y, en este sentido, los
gobiernos, primero en los Estados Unidos de América y, más tarde en Europa,
demandaran y propiciaran la creación de comités de ética sobre el uso de las
tecnologías, sobre todo de las biotecnologías, la práctica sanitaria o el gobierno de
las empresas. Los expertos de las diferentes esferas se encuentran con situaciones
y problemas para los que no se tienen respuestas establecidas, y movidos desde su
vocación profesional tratan de buscar un ámbito donde poder pensar y elaborar
modos de actuar (Hortal 2010; Camps y Cortina 2007). Los ciudadanos conscientes
de su estatuto de agentes morales y sabedores de sus derechos exigen a su vez su
participación en los debates éticos públicos, y así demandan un protagonismo
asumiendo sus responsabilidades en tanto que “legos” en los debates de aquellas
materias que directamente les afectan. En cuanto a los filósofos morales podemos
decir que el compromiso con la ética aplicada no es sólo una cuestión de curiosidad
intelectual, sino que es un ejercicio de responsabilidad con la sociedad y la época
en la que vivimos. Colaborar con juristas, expertos, gobiernos y ciudadanos en una
obligación moral en tanto que es muestra de la asunción del pluralismo ético que
caracteriza a una sociedad democrática. Pero, además, creemos que este giro
aplicado de la filosofía moral es una necesidad constitutiva de la propia filosofía,
en tanto que ésta no puede más que preguntarse por los objetos de la realidad que
le circunda. La filosofía, pongámosle el adjetivo que sea (ontológica, de la ciencia,
estética o moral) nació con el afán de pensar la realidad y los problemas que con el
trato del mundo se plantean. Cuando la filosofía deviene un mero comentario de
textos se convierte en historia, aunque ello no signifique que el estudio de los textos
no sea necesario para fundamentar y pensar los nuevos problemas. Y en el caso de
la ética aplicada el compromiso con la realidad social se ve reforzado por su
necesidad de trabajar con otras disciplinas, de pensar los objetos también desde
otros ámbitos, y este carácter interdisciplinar coloca a la ética aplicada en un
interesante lugar epistemológico.

Este trabajo interdisciplinar, en el que colaboran expertos, éticos y afectados y


también académicos, se plasmará entonces no sólo en congresos y universidades,
sino también en comisiones y comités. Y sus resultados se articulan ya no sólo en

3
1.1. Éticas Profesionales

artículos y libros, sino en documentos públicos, como informes, declaraciones,


códigos y orientaciones, con fuerza normativa en la vida pública y en los códigos
éticos o documentos de auditorías. Algunos ejemplos de ello son iniciativas
internacionales que han dado lugar a declaraciones y códigos éticos internacionales,
como el Código de Nüremberg (1946), la Declaración de Helsinki de la Asociación
Médica Mundial (1964), códigos globales de ética empresarial, como la declaración
Interconfesional (1993), el pacto Mundial de las Naciones Unidas (1999) (Camps y
Cortina 2007) o el Código de Ética de la Federación Internacional de Trabajadores
Sociales de Sri Lanka (1994).

Ahora bien, además del pluralismo que presentan las teorías éticas, que no permiten
una única interpretación para elaborar un código aplicable a las nuevas esferas de
actuación, nos encontramos con que la variedad de ámbitos −la economía, la
empresa, la biotecnología, la sanidad, la docencia− hace imposible la articulación,
aun respetando la diversidad de problemas a los que nos enfrentemos, de una ética
común y válida para todos. Habrá que respetar la idiosincrasia de los problemas
planteados por cada esfera para poder resolverlos. Como afirma Adela Cortina: «la
ética aplicada no puede ser una moral más, no hay ninguna ética aceptada por todos,
y los distintos ámbitos de aplicación presentan peculiaridades ineliminables»
(Cortina 2010: 167). Cada ámbito de actuación deberá modular entonces su propia
ética, deberá adaptarse a sus peculiaridades. Pero ello no obsta a que sí podamos
pensar algunas cuestiones comunes que afectan a lo qué sea una ética aplicada.

En primer lugar, creo que aceptar el «equilibrio reflexivo rawlsiano», expuesto en


el anterior apartado, como carácter ineludible de lo que conforme a la ética aplicada
es necesario. La adecuación consciente entre las convicciones morales personales
y los principios generales de la justicia es condición necesaria para respetar la
pluralidad moral de las sociedades democráticas. Pero hay otras cuestiones que
debemos plantear a la hora de articular el carácter de una ética aplicada. Como han
señalado Cortina (2010) o Gracia (1991) cuando hablamos de ética aplicada, parece
de inmediato que nos referimos a una suerte de disciplina que funciona de modo
deductivo. Esto es, da la impresión que nos hallamos ante una teoría que, tras
fundamentar qué principios son válidos, se dedica a aplicar silogísticamente dichos

4
1.1. Éticas Profesionales

principios a cada caso concreto. Esto es lo que se denomina la “Casuística 1”, en el


que los casos concretos son observados como concreción de los principios generales
fundamentados por la teoría ética en cuestión. La crítica a este modo de proceder
ético es que, aun mostrando gran certeza moral, no resulta conveniente ni adecuada,
dada la diversidad moral de las sociedades pluralistas en las que no contamos con
unos principios materiales universalmente aceptados por todos y todas. Esto podría
ser válido con éticas tradicionales o en sociedades monistas, o incluso en aquellas
éticas inspiradas en credos religiosos. Aquí el código moral único hace posible que
por medio de la prudencia los principios aceptados como universalmente válidos
puedan aplicarse. Ello no es ya posible, pues tal modo de pensar qué sea lo ético ha
perdido toda legitimidad. Incluso en el caso de que el código fuese único, y
dispusiéramos de unas normas y principios aceptados y legítimos, la casuística,
como más adelante veremos, no agota lo que sea la ética aplicada, pues no se tratará
tanto para la ética de solucionar y dar un catálogo de casos concretos, sino de
diseñar los principios, valores y procedimientos válidos, que deberán ser tenidos en
cuenta a la hora de tomar decisiones. Como dice Cortina: «la ética se las ha con el
diseño del marco de aplicación, no con la aplicación concreta, y con el
esclarecimiento del estatuto de ese marco que no puede ser, por lo dicho, el del
silogismo deductivo.» (Cortina 2010: 168).

Frente a este procedimiento deductivo, tenemos también la posibilidad de optar por


uno inductivo, como el propio de lo que se denomina “Casuística 2”, pero éste
tampoco nos parece adecuado para una ética aplicada. Este consiste, según Diego
Gracia, en utilizar un procedimiento retórico y práctico, entendiendo por retórica el
arte de realizar juicios probables sobre situaciones individuales y concretas. Aquí
sí obtenemos probabilidad, pero no certeza, y la solución de los dilemas éticos
planteados en los casos difíciles se obtiene no por la aplicación de principios
axiomáticos formulados a priori, sino por el acuerdo alcanzado por la mayoría de
los sujetos que juzgan esas situaciones conflictivas, que, por medio de la prudencia,
pueden llegar a formular máximas prácticas de actuación, que puedan servir de guía
en la resolución de los dilemas éticos. En este modo de proceder, se trata más bien
de utilizar la propia experiencia como fuente de saber moral, lo que proporciona
cierta certeza razonable en el modo de actuar. Es la imposibilidad de saber que se

5
1.1. Éticas Profesionales

pueda llegar a un acuerdo en el terreno de los axiomas, lo que impulsa esta cultura
profesional. Se renuncia a la posibilidad de una certeza absoluta, a cambio de
adquirir máximas de orientación ética para el proceder decisorio.

Ni un método deductivo que aplique principios a casos concretos, ni un método


inductivo que ofrezca máximas fruto de la prudencia son suficientes ni adecuados
en el terreno de la ética aplicada. Optamos más bien por pensar que la ética aplicada
muestra lo que la profesora Cortina ha denominado una estructura circular propia
de la hermenéutica crítica (Cortina 2010; Camps y Cortina 2007). Las sociedades
pluralistas no permiten ya formular primeros principios con contenido comunes que
puedan ser aplicados todos los casos. Además, hemos visto ya que la casuística no
es el modo adecuado de proceder en las éticas aplicadas, dado que no se va a tratar
de ofrecer una lista de soluciones. El problema se va a plantear en otros términos.
Y tampoco desde la práctica cotidiana podemos deducir principios o máximas de
alcance medio, ya que la ética tiene un afán de incondicionalidad que transciende
las esferas concretas de actuación. A lo que la ética aplicada puede aspirar es a
detectar en los distintos ámbitos de actuación de la vida social principios y valores
que se articulan de modo distinto en cada ámbito.

Como señala Hortal: «No nos movemos, pues, en el nivel de los casos puntuales
sean típicos o irrepetibles, ni tampoco en el nivel de las grandes abstracciones
universalistas, sino en el nivel intermedio de los principios de la ética profesional.
Desde ahí habrá que preguntarse tanto por la fundamentación de los principios
como por la aplicabilidad de los mismos, tanto de la unidad resultante de la
articulación jerarquizada de los diferentes principios como de la multiplicidad de
contextos y facetas que hay que tomar en consideración a la hora de llevarlos a la
práctica» (Hortal 2010: 92). Pues, los principios sin los contextos, casos y
circunstancias que los concretan, tienden a ser vacíos al igual que los contextos,
casos y circunstancias sin los principios tienden a ser ciegos.

¿Hay principios comunes a las éticas aplicadas? ¿Sabiendo que son múltiples los
ámbitos de actuación de las éticas aplicadas, podemos formulan principios que
valgan para todas ellas? Cada ámbito de actuación exige que los expertos y los

6
1.1. Éticas Profesionales

filósofos morales piensen en sus principios específicos, estudiando su lógica propia


y pensando los problemas que son inherentes a cada campo. No obstante, todas las
éticas aplicadas muestran una estructura común, que podemos describir como sigue.

Cada ética aplicada constituye la ética de una actividad social, que puede ser tan
variada como las esferas de lo público: la economía, la empresa, las distintas
profesiones, la ingeniería o la sanidad, entre otras muchas. Desde algunas
posiciones se propone el concepto neoaristotélico de “práctica” (Camps y Cortina
2007), en tanto que actividad social cooperativa, que persigue determinados bienes
internos y exige la elucidación de valores y el cultivo de determinadas virtudes por
quienes participan en esas prácticas. Esta estructura sería común a cada ética
aplicada, se trate de la bioética, de la ética empresarial o de las éticas profesionales,
tal y como lo es la ética del trabajo social. Ahora bien, propio de cada ética aplicada
y aquello que las distingue entre sí serían ya los bienes internos que persigue cada
una de ellas, los principios que guían la actuación de los implicados en cada esfera
social, así como los valores propios de su ámbito y las virtudes necesarias que
permitan lograr esos bienes específicos. A esta dimensión de actividad que presenta
todas ética aplicada las profesoras Camps y Cortina la denominan su momento
aristotélico. Como veremos más adelante, cuando pensemos en cómo se articula
una ética para el trabajo social, creo que este momento aristotélico es necesario a la
hora de pensar en la ética aplicada.

Pero junto con Aristóteles, otro de los invocados para pensar en la estructura de una
ética aplicada es Kant. El momento kantiano va a ser totalmente necesario, dado
que respetar un marco deontológico, más allá de la mera adscripción a un Código
interno formulado por los expertos –como más adelante aclararemos−, es condición
sine qua non a la hora de articular una ética aplicada. Y ese deber primero, en el
que de algún modo van a confluir los otros deberes que pensemos para cada ética
aplicada, es el de respetar la dignidad de las personas, es decir, respetar el
imperativo categórico en aquella formulación que nos recuerda que el otro es
siempre un fin en sí mismo y nunca instrumento para alcanzar otros fines. Esta
cuestión deontológica nos lleva a acercarnos ya a uno de los problemas que se

7
1.1. Éticas Profesionales

plantean a la hora de pensar en las éticas profesionales, donde se ubica la ética del
trabajo social, y que va a ser la cuestión de los códigos deontológicos.

1.1.3. CÓDIGOS DEONTOLÓGICOS

La crisis de las profesiones liberales, su expansión y masificación, así como los


cambios tecnológicos, han conducido a un replanteamiento de los viejos códigos
deontológicos y las morales corporativas. Las profesiones son instituciones sociales
y públicas que cuentan con organismos como los Colegios profesionales a través
de los cuales de organiza y se regula el funcionamiento inmediato de la profesión.
Médicos, arquitectos, abogados, ingenieros, enfermeras o trabajadoras sociales, son
considerados hoy en día como funciones sociales necesarias que han de contar con
un conjunto de garantías técnicas y deontológicas avaladas por la administración
pública y el sistema jurídico.

Los códigos deontológicos respondían en su origen a una tendencia a la


autonormativización. Esta –la autonormativización− es una práctica muy extendida
en el seno de las tradiciones sectarias (iglesias, partidos políticos, etc.), de las
corporaciones profesionales (abogados o médicos) y de cuerpos y estamentos
administrativos (especialmente los militares). Pero esta vieja tendencia guarda más
relación con el mantenimiento de privilegios (leyes privadas) y de la legitimidad
anti-igualitaria y premoderna de los estamentos que con el desarrollo normativo de
éticas profesionales o de reglamentos organizativos.

Es este un argumento más para recelar, en principio, desde la ética pública y el


Estado democrático y constitucional de Derecho del valor ético y de la validez
jurídica de los códigos deontológicos profesionales. Pues tal autonormativización
resulta del todo injustificable, máxime cuando el estamento o sector en cuestión son
entidades de derecho público o cuasi público, como son las corporaciones
profesionales o los partidos políticos. Y cuando como en las corporaciones
profesionales lo que está en juego no es un acuerdo de intereses privados, sino una
función pública con grave daño posible para la ciudadanía. Admitir una normativa
autoimpuesta cuya única legitimidad son los intereses corporativos del sector es
desde cualquier ética pública injustificable. Ello equivaldría a aceptar lo que se ha

8
1.1. Éticas Profesionales

venido en denominar “dentrismo” que no consiste en otra cosa que en «promocionar


el ejercicio de la propia profesión, la visión interna de lo que ella hace y sus
intereses a costa de otros bienes igualmente necesarios y buenos para el vivir
humano» (Hortal 2010: 129).

Pero la autonormativización puede responder a otra demanda bien distinta. La


necesidad de reducir la complejidad creciente del sistema jurídico y potenciar la
responsabilidad y la autonomía de los agentes sociales. Los conflictos sociales han
de encontrar cauces intermedios más cercanos a los agentes sociales implicados,
resolubles por sistemas alternativos a la simple sanción jurídica. En este sentido hay
que entender la proliferación de instituciones como el arbitraje o la mediación. Las
organizaciones profesionales, como los mismos códigos deontológicos, ya no
pueden ser considerados como expresión de intereses corporativos o de creencias
morales dominantes dentro de una profesión, sino como mecanismos de garantía y
control de la eficiencia técnica y de la solidez ética en el ejercicio profesional. Es
decir, deben estar más orientadas hacia la protección de los derechos de los
ciudadanos como consumidores, clientes, enfermos o usuarios que hacia la
salvaguarda de los derechos (y no digamos los antiguos privilegios) corporativos
de los profesionales. Esto es lo que debiera ser si queremos conceder actualidad a
estas figuras, pero lo cierto es que, aun en estos momentos, en los códigos
deontológicos profesionales subyace mucho de la denostada condición de refugio
de los privilegios corporativos y estamentales1. Un elemento que ayudaría a
conjurar este fantasma del corporativismo que garantiza privilegios sería el de
incluir a los ciudadanos corrientes en la estructura de los comités que se ocupan del
diseño de los códigos. Ello ayudaría a dotar de transparencia a los procesos de
autorregulación profesional.

1
Cortina recuerda el origen religioso de las corporaciones profesionales, pero sitúa el recelo ante las
mismas en lo que llama “construcción gremial de la realidad” de la Edad Media, es decir, gremios
medievales que tienen su origen en los collegia romanos, presididos cada uno por su deidad, que
establecían las reglas internas del gremio y se encomendaban a un patrón. El gremio tenía una serie
de deberes y disfrutaba de una serie de privilegios ante la sociedad. La autora considera que esta
estructura gremial no ha sido superada del todo con el Estado de derecho, por lo que muchas
asociaciones profesionales siguen disfrutando de derechos propios ante la sociedad (Cortina &
Conill 2000: 22).

9
1.1. Éticas Profesionales

Pero toda esta nueva dimensión institucional o normativa no anula la dimensión


ética que subyace a toda práctica profesional, en especial en determinadas
profesiones donde está habitualmente en juego la vida la libertad o el bienestar de
las personas (medicina, abogacía, enfermería o trabajo social). El ejercicio de las
profesiones requiere y demanda una ética profesional pública que evite la
contaminación de una moral privada o sectaria en el desarrollo de una función
pública, o el fraude y la injusticia de la prevalencia de los intereses privados,
personales o corporativos, sobre el interés público.

La ética profesional no puede ser otra cosa que la aplicación específica de los
principios, normas y criterios de la ética pública al marco de una profesión
determinada. Esta aplicación deberá dar como resultado varios niveles de
objetivación de fines, medios y deberes:

1. El esclarecimiento del fin específico y público que legitima


socialmente el ejercicio de la profesión y que debe guiar todas sus
acciones.
2. Medios y valores necesarios para la consecución de este fin
específico.
3. Identificar hábitos y prácticas deseables o indeseables de la
profesión.
4. Establecer un conjunto de deberes profesionales.
5. Establecer los mecanismos de resolución de los casos difíciles2.
6. Identificación de los derechos de los usuarios.
7. Identificar cuáles son los valores y principios de la ética pública en
los que se inscriben los valores y principios de la ética profesional.

Por tanto, la ética profesional no tiene nada que ver con ninguna moral
comprehensiva (razonable o no), por muy mayoritaria que dicha moral pueda ser
en el seno de los miembros de una profesión. Aunque la inmensa mayoría de los
médicos españoles compartan la moral católica, eso no puede significar que la ética

2
Llamamos “casos difíciles” a aquellos casos donde hay una ambigüedad insuperable sobre las
reglas que hay que aplicar y es necesario cierta prudencia y discrecionalidad para determinar la
solución o alternativa correcta o más justa.

10
1.1. Éticas Profesionales

profesional médica se confunda o se solape con la moral católica. Este es un primer


problema de las éticas profesionales: la confusión entre moral privada o sectaria y
ética pública. La ética profesional no es una moral inmanente a la corporación
profesional, sino que es una ética deducida y aplicada a la corporación profesional
desde la ética pública.

Esta confusión entre moral y ética encuentra en los llamados Códigos deontológicos
una oportunidad magnífica para legitimar como ética profesional lo que no es sino
moral privada. Pero los códigos morales no son siempre la expresión de la ética
profesional. Esta distancia entre código deontológico y la ética profesional no sólo
viene marcada por el uso sectario que de los códigos se viene haciendo en muchas
ocasiones, sino también por la naturaleza de los códigos como normas jurídicas.
Muchos de los códigos deontológicos profesionales más importantes (medicina,
abogacía, enfermería) tienen rango de norma jurídica. Existen otro tipo de códigos
deontológicos temáticos que se refieren a las obligaciones deontológicas de una
profesión, o de conjunto de profesiones, sobre un tema específico: medio ambiente,
manipulación genética, confidencialidad de datos, respeto y protección a la infancia
en los medios de comunicación. Estos códigos deontológicos temáticos no tienen,
en su inmensa mayoría, naturaleza de norma jurídica y actúan más bien como
convenios éticos.

Si bien es cierto que ese estatuto normativo jurídico es de muy bajo nivel (el
equivalente a una norma administrativa reglamentaria), esto lo diferencia de la ética
en tanto que no puede de ninguna manera ser confundida con el derecho. El
incumplimiento de las normas deontológicas puede suponer una sanción
profesional, el incumplimiento de una norma o principio ético no. Los códigos
deontológicos funcionan como reglamentos internos de los colegios profesionales
y como sistema de información judicial sobre las buenas prácticas profesionales.

1.1.4. MORAL PRIVADA Y PUBLICA: OBJECIÓN DE CONCIENCIA Y VOCACIÓN

¿Qué lugar ocupan los valores morales privados o personales en la ética


profesional? Pues pueden ocupar distintos lugares en virtud de los criterios de
selección de valores morales comprehensivos por parte de la ética pública, tal y

11
1.1. Éticas Profesionales

como hemos comentado en otros apartados. Pueden ser admisibles, admirables o


deónticos. Ahora bien, hay un lugar abierto de respeto a los valores morales
privados o sectarios que reside en el reconocimiento de la objeción de conciencia.
Cualquier profesional puede, con las debidas garantías y restricciones establecidas
por la ley y la jurisprudencia, invocar su conciencia moral personal para no realizar
prácticas admitidas por la ética profesional y las leyes, pero que violan sus
convicciones morales privadas o sectarias. La objeción de conciencia garantiza el
pluralismo moral y la libertad y autonomía y libertad de conciencia, sin por ello
cuestionar o poner en peligro los principios de la justicia y de la ética profesional,
sino al contrario, suponiendo un factor importante de desarrollo de los mismos.

Una ética profesional tiene mucho que ver con lo que es el ethos profesional, es
decir, con el carácter o la especificidad de una profesión. La ética profesional,
entonces, distinguirá y dará entidad a la profesión, dotándola de una cierta unidad,
que, como vimos, vendrá dada por esos bienes internos que le son específicos, por
las virtudes que trabaja y por los principios que la guían. Pero además creo que es
importante insistir en que el ethos profesional se enfrenta al ethos burocrático. El
compromiso con la actividad vincula a aquel que la ejerce con su profesión, dándole
un sentido de pertenencia, y esto otorga un sentido tanto a la actividad propia del
sujeto involucrado como a la propia institución. Este compromiso propio de un
ethos profesional se enfrenta a la mera actividad ejercida por el mandato legal, en
la que más bien se tratará de cumplir con los mínimos exigidos por la norma que
impere sin trascender ese ámbito. En este sentido, no está de más recordar que el
profesional no deberá ser un mero técnico que posea las habilidades instrumentales
necesarias para su ejercicio, sino que es necesaria una dosis de vocación.
Entendemos la vocación profesional en el sentido en que la analizó Max Weber en
su famosa conferencia «La política como vocación». La vocación, así como lo
planteamos, se refiere a una cierta asunción del individuo de los fines y bienes
propios de cada profesión. Podríamos decir que se trata de que la ética privada del
sujeto sea acorde en gran medida con la ética profesional, pues, de otro modo, éste
se convierte en un ser escindido que cumple por imperativo heterónomo con los
principios impuestos, que no asume como propios.

12
1.1. Éticas Profesionales

1.1.5. PRINCIPIOS COMUNES A UNA ÉTICA PROFESIONAL

Antes de pasar a hablar sobre la ética del trabajo social, sobre la especificad propia
de sus bienes y principios, así como los problemas y dilemas éticos que plantea su
ejercicio, retomamos uno de los puntos que había quedado sin comentar. Nos
referimos a la cuestión de cuáles puedan ser aquellos principios comunes a una ética
aplicada y, ahora más en concreto, a una ética profesional. Bien, creo que la
formulación de los principios de la bioética nos puede servir de punto de partida
para dilucidar esta cuestión.

Recordemos que los cuatro principios de la bioética son el principio de


beneficencia, el principio de autonomía, el principio de justicia y el principio de no
maleficencia. El principio de beneficencia tiene como objetivo la consecución del
bien social, es decir, en el ámbito de las profesiones se traducirá en juzgar si
aquellas actuaciones que se proponen realizar un determinado tipo de bienes o
servicios dentro de cada profesión se han cumplido. Es decir, el principio de
beneficencia se cumplirá si se logra y cómo se logra realizar esos bienes y
proporcionar esos servicios propios de la actividad profesional en cuestión. El
principio de no malevolencia puede ser resumido diciendo que se trata de no actuar
contra el principio de beneficencia, obstaculizando o impidiendo que las metas y
fines debidos se alcancen. Este principio de beneficencia tiene un marcado cariz
aristotélico −ese momento aristotélico del que hablaban Cortina y Camps−, pues se
trata de realizar el fin (el bien) o los fines (los bienes) a la que se orienta la actividad
y la define frente a otras. Pero este carácter teleológico de la profesión tiene un
carácter, como decimos, aristotélico y no sólo o principalmente consecuencialista
como el utilitarismo.

El principio de justicia deberá responder a la exigencia de que la práctica


profesional sea igualitaria y no discriminatoria, y ello supondrá, entre otras cosas,
tener que enfrentarse y tratar de resolver situaciones muy conflictivas que se
refieren a la distribución de los bienes públicos.

El principio de autonomía se refiere a ese momento kantiano. Se trata de respetar la


autonomía, la libertad y la intimidad del otro, tratándolo siempre como sujeto de

13
1.1. Éticas Profesionales

derechos, y el usuario de los servicios deberá ser siempre informado de los


procedimientos que le afecten. No se podrá actuar sin informar debidamente al
usuario de las actuaciones que se va a llevar a cabo. Este principio es claramente
deontológico, inspirado en la ética kantiana, como ya hemos señalado
anteriormente.

A estos principios, que nos servirán en el próximo apartado para explicitar como se
articula la ética del trabajo social, algunos autores (Hortal 2010; Cortina 2010)
añaden otra serie de principios que consideran adecuados para una ética profesional.
Estos serían: el principio de responsabilidad, el de competencia, los principios de
lealtad y celo en el ejercicio de la profesión, el principio de fidelidad y el principio
de confidencialidad que obliga a guardar los secretos que uno conoce en razón del
ejercicio profesional y a respetar la intimidad de las personas implicadas. En cuanto
al principio de responsabilidad, que se inspira en el de Hans Jonas, se refiere
(Cortina 2010), a la obligación moral de asumir el cuidado por cualquier ser
vulnerable, ya que aquel que pudiendo hacerlo no lo haga se comportaría de forma
inmoral. Este principio remite a esa piedad de la que en apartados anteriores hemos
hablado, piedad que conforma uno de los principios de la ética pública. Dejamos
para después el comentario de lo que este principio, que se entronca con la
propuesta de una ética de la vulnerabilidad, por la importancia que va a tener en
profesiones como la del trabajo social.

14

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