CONCLUYENDO LO VISTO EN LA CLASE ANTERIOR:
Entonces, el origen de la distinción entre la ciencia y otros saberes viene del griego; así,
etimológicamente, el término para ciencia es episteme, el cual designaba saberes prácticos
(es decir, saber hacer cosas) y también enterarse de algo por haberlo percibido.
Pero, cuando se comenzaron a desarrollar teorías explicativas acerca del cosmos,
independientemente de los relatos míticos, comenzó a tener importancia la argumentación
que se podía ofrecer para fundamentar las afirmaciones; argumentación que ya no recurre
a un relato, como en los mitos, sino a un encadenamiento de afirmaciones basadas en
observaciones directas o algunas creencias del sentido común.
Entonces, ¿qué es lo que define al término griego “episteme”?: el ofrecer razones fundadas
de sus afirmaciones, razones que están encadenadas con otras afirmaciones que,
conjuntamente, ofrecen un esqueleto explicativo del orden del cosmos (o, al menos, de
alguna parte de él). Un rasgo fundamental de la episteme griega es que, a diferencia de los
mitos, la ciencia no se aprende repitiendo, es decir, contando la misma historia. Para ellos,
la ciencia hay que entenderla y requiere experiencia y capacidad de aplicar los
conocimientos a casos desconocidos.
CÒMO Y CUÀNDO COMENZÒ LA CIENCIA
DE LOS MITOS A LAS TEORÌAS CIENTÌFICAS
En la cultura griega ocurrió lo mismo que en otras culturas en los orígenes del pensamiento:
los relatos míticos precedieron a las primeras teorías científicas.
Comenzaremos primero con la caracterización de los mitos. En el lenguaje cotidiano
solemos usar el término "mito" para referirnos a algo falso: "decir que tomar vino luego de
comer sandía provoca la muerte es un mito". El sentido de "mito" al que nos estamos
refiriendo aquí es algo diferente. Se trata de relatos, de tradición oral, aunque muchos de
ellos fueron luego escritos, estéticamente armados, que ofrecen una explicación, a menudo
apelando a elementos sobrenaturales, sobre variados temas. Los mitos que nos interesan
aquí son los cosmogónicos de la Grecia anterior al siglo VI, es decir, los anteriores al
surgimiento de las primeras explicaciones científicas.
Veamos un pasaje de la Teogonía de Hesíodo:
A) "En primer lugar existió el Caos. Después Gea (Tierra) la de amplio pecho, sede siempre
segura de todos los Inmortales que habitan en la nevada cumbre del Olimpo. En el fondo de
la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro. Por último, Eros, el más hermoso
entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y los
hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos".
El relato ofrece una bella narración acerca de los dioses primigenios: Caos, Tierra (Gea) y
Amor (Eros). La presencia del amor erótico es lo que posibilitará que posteriormente se
engendren el resto de las divinidades. Ofrece, además, una genealogía común para todos
los dioses y los hombres, que serán hijos de la Tierra, e introduce una justificación del poder
que el amor tiene sobre mortales e inmortales.
Comparemos lo anterior, con dos fragmentos que hablan de uno de los filósofos de Mileto,
Anaxímenes:
B1) "Anaxímenes dijo que el principio es aire infinito, a partir del cual se generan las cosas
actuales, pasadas y futuras, y los dioses y las cosas divinas, y lo demás, de las cosas que
proceden de aquél”.
B2) "Entre los que sostienen que el principio es uno y en movimiento, como Tales y
Anaxímenes, al explicar la generación por condensación y rarefacción, sostienen que la
condensación y rarefacción son principios contrarios”.
En los dos breves fragmentos citados se advierte cómo Anaxímenes eligió un elemento, el
aire, como principio constitutivo de todas las cosas. Es decir que todo lo que vemos sería
aire en diferentes estados. Los principios de cambio de ese aire serían mecánicos:
rarefacción y condensación.
La comparación entre los textos A) y B) nos proporciona atisbos de las diferencias entre
discursos míticos y científicos. En los últimos desaparece la apelación a la divinidad como
recurso narrativo, y se busca armar una explicación más que un relato. Falta mucho tiempo
todavía para que la puesta a prueba por medio de experimentos sea un rasgo distintivo de
la ciencia, de modo que los rasgos relevantes de estos discursos científicos pioneros radican
más bien en la ausencia de relatos tradicionales, personificaciones y elementos
sobrenaturales propios de los textos de los presocráticos.
GEOCENTRISMO
En esta sección estudiaremos la primera teoría científica cosmológica de Occidente:
el Geocentrismo y, para ello, nos remontaremos al siglo IV AC, a la Antigua Grecia.
LAS ESTRELLAS FIJAS Y LOS PLANETAS
Desde tiempos muy remotos hombres y mujeres fijaron su atención en el cielo.
Observaciones tales como la diversidad de estrellas que se observa en una noche sin luna
incita la curiosidad de los hombres desde aquellas épocas. Surgieron entonces diferentes
cosmologías que contaban cómo los dioses o la naturaleza misma habían obrado para
brindarnos tan espectacular panorama. Hay que tener en cuenta que llevaban a cabo sus
observaciones a simple vista, y que si bien contaban con un cielo sin contaminación
atmosférica ni lumínica, no se había inventado todavía el telescopio.
Vale la pena, para entrar en tema formularse las siguientes preguntas: ¿qué se puede
observar en el cielo sin telescopio? ¿Y qué se puede observar de la propia Tierra sin la
posibilidad de obtener imágenes satelitales de ella? Esas preguntas están formuladas para
ayudar a reconstruir, en la medida en que sea posible, qué observaba un geocentrista. La
medida de lo posible está dada aquí por nuestro heliocentrismo, y la imposibilidad de no
pensar, por ejemplo, en la imagen de la Tierra tomada desde el espacio. Es cierto que el
cielo visto desde la Tierra no difiere gran cosa de lo que observaban los antiguos griegos,
pero el marco en el que se realizan esas observaciones es diferente y, además, se trata de
pensadores profundamente interesados en la investigación de los fenómenos celestes, así
que merece la pena detenerse un poco a pensar qué observaban.
OBSERVACION DEL CIELO A SIMPLE VISTA
La primera observación, aparentemente más obvia, sobre la que queremos llamar la
atención es la del movimiento aparente del sol para un observador situado sobre la superficie
de la Tierra. Y el carácter firme e inmóvil de la Tierra misma. La luna, por otra parte, parece
estar realizando un movimiento de giro centrado en la Tierra, de modo que se podía hacer
un paralelismo y pensar entonces que, tanto el sol como la luna, giraban alrededor de la
Tierra.
Las estrellas, vistas desde nuestro planeta, parecen realizar un movimiento alrededor de la
Tierra saliendo por el este, y luego de realizar un arco en el cielo, se esconden por la parte
oeste del horizonte. Esto motivó las más variadas explicaciones, pero una de ellas se
mantuvo vigente durante tanto tiempo que fue de enorme influencia en el desarrollo del
conocimiento desde la antigüedad hasta la época moderna.
MODELO GEOCÈNTRICO
Según Aristóteles, la Tierra ocupaba el centro del universo y todos los demás cuerpos
giraban en torno a ella con un movimiento circular eterno cuya velocidad de giro no variaba.
Los diferentes cuerpos celestes, la Luna, el Sol, Mercurio y los demás planetas que se
observan a simple vista, se encontraban, cada uno de ellos, fijados a una esfera
transparente. Las esferas giraban con centro en la Tierra y así los cuerpos describían sus
órbitas alrededor nuestro. Las estrellas conformaban la esfera más alejada de la Tierra
formando una cáscara que era el confín del universo. Más allá de ellas no había nada, ni
espacio ni materia. Dado que todas estas estrellas giraban juntas, sin separarse unas de las
otras, la esfera que las contenía era la “esfera de las estrellas fijas”. Esta esfera de las
estrellas fijas era la que, con su movimiento, arrastraba a las de más adentro de modo que
todos los demás cuerpos celestes viajaban alrededor de la Tierra a distinta velocidad que
las estrellas. Tales cuerpos eran llamados planetas (palabra que en griego significa astro
errante), ya que parecían atrasarse o adelantarse respecto del giro de las estrellas. Según
esta definición, los planetas eran el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Los demás planetas que conocemos hoy no estaban en la lista, porque recién fue posible
observarlos con la ayuda de los telescopios casi dos mil años después. El universo de
Aristóteles estaba lleno de materia, no existía el vacío y los cielos estaban divididos de modo
que la esfera de la Luna y las más externas eran la zona supralunar, en donde reinaba la
perfección y no había cambios; más aquí de la Luna, en la zona sublunar, las cosas eran
imperfectas y todo estaba sometido a diferentes cambios y movimientos.
Según este modelo, como cada cuerpo celeste da vueltas alrededor nuestro siempre al
mismo ritmo y atrasándose siempre una misma cantidad respecto del giro de las estrellas
fijas, nunca podría observarse que el planeta empezara a recuperar camino como si girara
más rápido que las estrellas fijas que lo arrastran, no podía haber cambios. Pues bien, el
planeta Marte (y otros también) mostraba este comportamiento (la retrogradación de los
planetas) y el modelo de Aristóteles tuvo que enfrentar esas observaciones (anomalías de
la teoría).