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Ullmann
Senderos
(Ganging)A veces pongo nombres a las personas en este libro,
pero generalmente no lo hago.
A veces aparece alguien con nombre una vez,
y sin él la siguiente.
Pero todos son seres reales,
y lo que sobre ellos escribo
ha sido parte de mi vida.NAC{ EN UN PEQUENO HOSPITAL DE TOKIO. MAMA DICE
que recuerda dos cosas:
Un ratén que corria por el suelo, lo cual le parecié un
signo de buena suerte.
Y una enfermera que se inclin6 sobre ella para susu-
trarle en tono de disculpa: «Me temo que es una nifia.
éPreferirfa decirselo usted misma a su esposo?».EsSTOY SENTADA AQUI, MIS PENSAMIENTOS ME LLEVAN
alrededor del mundo y hacia dentro de m{ misma, y trato
de consignar mi viaje en el papel.
Quiero escribir sobre el amor: sobre lo que es ser un
ser humano; sobre la soledad: sobre lo que es ser mujer.
Quiero escribir sobre un encuentro en una isla. Un
hombre que cambié mi vida.
Quiero escribir sobre un cambio que fue accidental y
sobre un cambio que fue deliberado.
Quiero escribir sobre momentos que considero como
dadivas, momentos buenos y momentos malos.
No creo que el saber o la experiencia que poseo sean
Mayores que los que otros puedan tener.
He hecho realidad un suefio... y adquirido diez en su
lugar. Yo he visto el reverso de algo que brilla.
No escribiré sobre la Liv Ullmann que la gente ve apa-
recer en periddicos y revistas. Muchos pueden pensar que
he dejado fuera factores importantes de mi vida, pero no
ha sido nunca mi intenci6n el escribir una autobiografia.
Irénicamente, aunque mi profesién requiere la diaria
exhibicién de cuerpo, rostro y emociones, ahora siento
miedo de revelarme a mi misma. Miedo de que lo que es-
cribo me vuelva vulnerable y ya no pueda defenderme.
Siento la tentacién de adornar, de hacer que yo
misma y lo que me rodea resulte agradable para atraerme
la simpatfa del lector. O ensombrecer las cosas para que
resulten mds emocionantes.
Es como si no estuviera convencida de que la realidad
es por s{ misma interesante.«Hay en m{ una nifia que rehtisa morir», escribié la autora
Tove Ditlevsen.
Yo vivo, gozo, sufro, y Ilevo a cabo un continuo es-
fuerzo por llegar a ser un adulto. Sin embargo, todos los
dias, porque algo que hago la afecta, oigo a esta nifia den-
tro de mi. Ella que hace muchos ajios fui yo. O quien yo
cref ser.
Es una voz ansiosa que protesta casi siempre, aunque
a veces timida y llena de afioranzas y tristeza. No quiero
escucharla, porque sé que nada tiene que ver con mi vida
adulta. Pero me perturba.
Algunas mafianas decido vivir su vida, cambiar el pa-
pel que normalmente desempefio en la vida cotidiana.
Me acurruco junto a mi hija antes de que se despierte,
siento su tibieza y su respiracion serena y espero que a tra-
vés de ella pueda convertirme en lo que yo queria ser.
Mirando hacia atrds, lo que recuerdo de mis suefios
infantiles, veo que se parecen a muchos de mis suefios ac-
tuales, pero que no vivo ya como si fueran parte de la rea-
lidad.
Ella, la nifia que esta en m{ y «rehtisa morir», espera
atin algo diferente. No hay éxito que la satisfaga, ni felici-
dad que la apacigiie.
Siempre estoy tratando de cambiarme a m{ misma.
Porque sé que hay mucho més que aquello a lo que he lo-
grado acercarme. Me gustar{a estar en el camino para al-
canzarlo. Para encontrar la paz, de modo que pueda sen-
tarme y escuchar lo que hay dentro de mi sin influencias
exteriores.NORUEGAMI REALIDAD ESTE INVIERNO LA FORMAN MUCHAS COSAS.
: estaba adormecida y me despierto. Mi vuelo
s¢ aproxima a una ciudad. El sol desaparece detras de al-
tas montafias. Muy lejos, abajo, se encienden las luces en
miles de ventanas y anuncios luminosos. Por unos instan-
tes no recuerdo adénde voy. Las ciudades se parecen unas
a otras tanto como los aviones que me llevan hacia ellas.
Es inquietante sentir que la meta del viaje tiene tan poca
importancia. Las mismas mujeres y los mismos hombres
estardn junto a las mismas salidas y diran las mismas pa-
labras de bienvenida cuando me vean. Gente con flores y
buenos deseos, con prisas para meterme dentro de un co-
che que me llevard a un hotel de lujo donde me pueden
abandonar y volver a sus casas y a sus propias vidas. Una
suite con saloncito y dormitorio, mullidos sillones tapiza-
dos de seda, grandes ventanas que dan sobre una piscina
y unas palmeras.
Champagne en hielo con los saludos de bienvenida de
la direccién del hotel. Flores y una cesta con fruta. Porte-
ros y botones hacen reverencias y entran y salen con mi
equipaje, mis cartas y mis mensajes telefénicos. Sonrisas,
gentilezas y la irrealidad que todo lo rodea.
Mientras, yo sonrio con entusiasmo y les agradezco.
Mi realidad es también esto:
El avién esté volando sobre una ciudad. Reina en mi
una sensacién entre curiosidad y esperanza cuando miro
afuera, hacia la noche, Sé que hace calor. Por unos dias no
hay necesidad de pensar en gruesos hilados noruegos ni
en botas... un aire que no pide mds que una blusa liviana.
17Estaré despierta cuando todos en mi pafs estén dormi-
dos.
Las azafatas estan muy ocupadas recogiendo y orde-
nando después del largo viaje. Estan muy atareadas e
impacientes; todos nos sentimos invadidos por la misma
expectacion.
Ha sido un largo vuelo. Hubo una pelicula, desayuno,
almuerzo y cena. Carritos rodantes han entrado y han sa-
lido con comida y fruta, con bebidas heladas, y una manta
de lana para envolverme cuando quiero dormir.
Trato de arreglar mi pelo, contenta de que Hollywood
haya aceptado mi aspecto natural.
Alla, en Noruega, la gente despertaré muy pronto en
una oscura majfiana de invierno y sus pies y sus traseros
estardn helados, mientras yo estoy sentada a la sombra de
una palmera, y la sensacién del aire vespertino serd sen-
sual como nunca lo es en Oslo. Dormiré en una cama an-
cha y suave. Por la mafiana me despertaré un camarero
que me conoce ya porque he estado aqui otras veces. Co-
rrerd las cortinas y dejara que el sol inunde mi habitacién,
empujard una mesita con mi desayuno y un zumo de na-
ranja fresco. Entonces me preguntard por Linn. Me dara
un periddico de cien paginas y me deseard que pase un
buen dfa.
Es facil hacerme sentir protegida y feliz por un tiempo
no muy largo. No necesito estar cerca del hombre a quien
amo. O de Linn. A veces la sensacién de seguridad se en-
cuentra dentro de mf misma.CUANDO BRA PEQUENA ME FASCINABA LA LUNA. NUNCA
constante pero siempre fiel, entraba en mi habitacién a
visitarme. Cuando despertaba durante la noche, all{ la
encontraba, pdlida y misteriosa.
Cuando habfa luna nueva, me colocaba junto a la ven-
tana y le hacfa tres reverencias a su tenue imagen. Enton-
ces un deseo se hacia realidad. Si habia tenido malos sue-
fios le pedia que nadie a quien yo amase me dejara.
Papa me habia dejado.
Recuerdo que estaba sentada junto a él antes de la
operacién que serfa la ultima. Médicos y enfermeras en-
traban y salian constantemente —ajetreos y preparativos a
nuestro alrededor—, pero yo sentia que estabamos solos.
Cuando me dijo adiés con una voz extrafa, senti que
compartiamos un secreto. Tenfa seis aftos y trataba de ser
valiente y no llorar.
Estabamos viviendo en Nueva York cuando los dos te-
legramas se cruzaron en medio del Atlantico. Papa habia
muerto de un tumor cerebral, su padre en Dachau, prisio-
nero de Alemania.
Unas semanas mas tarde Europa habia recobrado la
paz y volvimos a Noruega en uno de los primeros barcos
de carga que Ilevaba pasajeros. El capitan se paso toda la
travesfa borracho; una vez le vi tirar un gatito al mar.
En un camarote iba un ciego que leia todo el tiempo
recorriendo con sus manos unas paginas con relieves. Me
permitieron hacer la prueba y avin recuerdo la sensacién
en la punta de mis dedos.
Unos desnudos acantilados me brindaron la primera
impresién de mi pals. Al verlos mama lloré y corrié a re-
fugiarse en su camarote.Tenfa entonces la edad que tengo yo ahora.
Durante mucho tiempo traté de recordar a papa. Es-
taba ufana con el vestido nuevo que me habfan comprado
para el funeral, y todo el mundo fue bueno conmigo, to-
dos me abrazaban. Eso lo recuerdo.
Pero a él mismo, el hombre... hay tan pocas foto-
grafias.
En una ocasién me subid en brazos por unas escaleras
y cuidadosamente me puso sobre una cama. Mi cabeza se
apoyaba en el hueco de su garganta.
Ese debe haber sido papa.
Un hombre caminando junto a mi por un sendero en
el campo. Era alto y llevaba una chaqueta de cuero ma-
tron y no decia nada, pero nuestras manos unidas se es-
trechaban con gestos que eran mensajes secretos del uno
para el otro.
Ese también debe haber sido papa.
Mi padre, que estuvo seis afios en mi vida y no dejo ni
un solo recuerdo real de si mismo. Sdlo un gran vacio. Eso
me afecté tan hondo que muchas de mis experiencias vi-
vidas tienen que ver con ello. El vacio que dejé en mi la
muerte de papa se convirtié en una especie de hueco, en
el que mas tarde se colocarfan tantas experiencias de mi
vida.
En Trondhjem, cuando era pequefia, mama solfa sen-
tarme en sus rodillas y contarme lo bien que lo pasdba-
mos en Nortcamérica, Me mostraba fotografias de vera-
nos, de nifios y padres que se abrazaban. Papa pescando y
construyendo una parrilla al aire libre y un retrete, mien-
tras mamé hacfa gulrnaldas de flores y las colocaba alre-
dedor de nuestros cuellos y cinturas a modo de vestidos.
Yo estaba triste porque esos tlempos no volverfan.
fbamos a su tumba todos los domingos. Llevabamos
20flores o una vela o una corona. Mamd siempre parecfa
triste. Yo detestaba detenerme ante una frfa piedra blanca
y hacer como si fuera papd.
Un dfa enterré todas mis mufiecas en su tumba, No
queria que estuvicra allf tan solo. Yo robaba flores de las
otras tumbas para alcgrar cl sitio de papa y las mufiecas.
Todos los mayores se enfadaron. Y mamé hablaba de
la muerte de tal manera que Ilegé a ser para mf algo tan
hermoso como el amor.
Tenfa la esperanza de morir pronto.
Linn también tiene un padre que viste chaqueta de cuero
marron. Un dia, cuando ella tenia cinco afios, yo les ob-
servo. Estdn juntos en un camino. La mano de la nifia se
alza buscando la del hombre. Ella hace un afio que no lo
ve. El rostro de una nifia pequefia iluminado de confianza
y orgullo. Muy pronto estaran juntos cogidos de la mano
para que todos vean que ella sale de paseo con su padre.
Pero él esta concentrado en una conversacién que
mantiene con otro adulto y ha olvidado a la nifia que esta
junto a él.
Ella baja el brazo lentamente y juega un momento
con un mechon de su frente. Una mirada lejana aparece
en Jos ojos de la nifia. Nuestra hija se encierra en una ex-
periencia, Una experiencia que yo, como espectador, reco-
nozco.
Recuerdo mi primer aio en el colegio como unas horas
muy largas esperando el recreo con un nudo en el es-
tomago. A veces se organizaban juegos de equipo, pe-
ro otros recreos consistfan en interminables minutos de
21solitaria desesperacién en los que yo pretendfa aparecer
como ocupada en algo que preferia hacer sola.
Batallas con bolas de nieve en invierno. El miedo
cuando los nifios mayores hund{fan mi cabeza en la nieve.
Yo era pequefia, delgada e impetuosa. Pero era la
unica en el colegio que podia ponerme cabeza abajo en el
manillar de una bicicleta.
Una vez hice circular por el colegio un papel en el que
estaba escrito: «El padre de Liv era un borracho». Queria
que lus otros me tuvieran pena y se preguntaran quién
podria ser tan malo como para escribir algo asi.
Mama nos hablaba a menudo, a mi hermana y a mi, so-
bre los tiempos en que no estaba sola y todas las noches
dormia junto a un hombre que la queria. Un estado de fe-
licidad sobre el que continuamente dos hijas elaboraban
fantasias. A veces ofa cémo lloraba en el cuarto de estar.
Aquello era extrafio y aterrador. Yo habia pensado que
los mayores nunca tenian miedo ni vacilaban. Que ellos
tenian sus empleos y sus fiestas, y acariciaban las cabezas
de los nifios pequefios. Bajando del mundo adulto en el
que habjan vivido durante todas sus vidas; mirandome
con ojos que todo lo sabian y todo lo comprendian.
Cuando entraba de puntillas para tratar de consolar a
mamé, ella me rechazaba, diciéndome que yo era dema-
siado pequefia, y que si me portaba bien al dfa siguiente
me darfa algo que me gustaria,
Yo solfa irme a la cama vestida con uno de los trajes
de mi hermana, con la esperanza de que un principe ven-
dria durante la noche y me Ilevarfa en sus brazos.
A menudo me sentaba en la ventana buscando con la
vista a un hombre con una chaqueta de cuero marrén.
22La pared a la vuelta del colegio. Nifias apifiadas contra
una vieja pared de ladrillo. Arboles muy altos que nos
permitfan imaginarnos que viviamos en un castillo en-
cantado donde quizds nunca Ilegarfa nadie a liberarnos.
Conversaciones en voz baja sobre todo lo que pasaba
por la noche cuando estébamos dormidas. Gente muerta
que volvia y tocaba a los vivos. Apareciendo subitamen-
te como pdlidos fantasmas que luego uno nunca podia ol-
vidar.
Tuve suefios y pensamientos que ya no puedo re-
cordar.
La primera anémona azul. De pronto, una ladera cu-
bierta de color donde el dia anterior sélo habia césped.
Encaramarse hasta la cima y sentarse allf escondidos del
mundo y sintiéndose, sin embargo, como una parte go-
zosa de él.
Sé que experimenté algo nuevo en cada recodo de ese
camino hacia la escuela, al que puedo ahora volver llena
de curiosidad porque me parece tan gris y sin vida.
La Navidad es uno de mis mejores recuerdos. Sentada en
la catedral escuchando las notas del organo que llegaban a
todos los rincones del enorme edificio. Nos congelabamos
en e] camino de vuelta a casa por Munkegaten, que en-
tonces era atin una calle empedrada. Otras familias a de-
recha ¢ izquierda con Ja misma alegrfa que sentiamos no-
sotros.
Luego, nuestra casa. Y el olor a lechén asado y col en
escabeche. La espera en una habitacién oscura, donde mi
hermana y yo nos sentdbamos en el suelo, nerviosas y lle-
23nas de esperanzas, porque sabfamos que en el cuarto de
estar estaban adornando un drbol para la celebracién.
Ruidos de papeles y pisadas répidas que sugerfan secretos.
Y cuando por fin se abrfa la puerta y nosotras, que éra-
mos nifias, vefamos el drbol de Navidad por primera vez
allf, muy tieso en medio de la habitacién, iluminado por
la luz de las velas, casi nos desmaydbamos de alegria.
Mama sentada al piano. Era mucho mas joven de lo
que yo me daba cuenta. Con deseos y afioranzas que sdlo
ahora reconozco, cuando ya es demasiado tarde para
compartirlos.
Cuentos relatados junto a la cama por la noche. Cocoa
y pan con mantequilla, pldtanos y gelatina de manzana.
Una mujer sentada, su cabeza de cabello castafio corto in-
clinada ligeramente hacia otro lado. Levanta la vista de
vez en cuando, me mira, y sonrie.
Eso era la felicidad.
24ESTOY EN LOS ANGELES. HACE VEINTICUATRO HORAS ES-
taba en Oslo. Iba al teatro chapoteando en la nieve con
mis zapatos de goma para interpretar a Nora en Casa de
Muiiecas. Cuatro dias sin funcién me dan la oportunidad
de dar los toques finales a una pelicula en Hollywood.
Era invierno cuando subi al avidn en Noruega, y
cuando desembarqué veinte horas mas tarde en Califor-
nia, la temperatura era de 27 grados.
No puedo ver las cimas de los rascacielos, ni el pano-
rama desde las montafias a causa del smog que casi
nunca se despeja. Si se encuentra aquf a una persona
muerta, la autopsia dira si ha pasado menos de tres sema-
nas en la ciudad. Ese es el tiempo necesario para que la
polucién invada todo el cuerpo y después quede alli para
siempre.
Es domingo. Estoy recostada en una hamaca colgada
entre dos palmeras. Las preocupaciones y problemas del
mundo no llegan hasta aqui donde hay rosas y verdes
prados, mtisica suave que surge de las ventanas abiertas,
donde un amigo me ofrece una bebida fresca: una mezcla
de los jugos de las frutas del jardin. Estamos a pocas horas
de vuelo de la realidad. No hay teléfonos, no hay presio-
nes. Paz.
Me quedo dormida allf en la hamaca y suefio que soy
Nora, bailando una tarantella por Sunset Boulevard.
Estoy cenando con amigos. El es director de cine y acaba
de completar su primera pelicula. Ella es la esposa que
vive sdlo para la carrera de su marido. Vivieron durante
muchos afios en Nueva York, pero ahora se han trasla-
25dado a Los Angeles. Compraron una casa demasiado cara
para ellos. Buscaron la compaiifa y la relacién de gente
que realmente no les importa. Hacen vida social con
hombres y mujeres con los que sélo comparten la espe-
ranza de que esa relacion les permita hacer algun negocio
juntos.
Para algunos es aterrador, imposible, no estar en «los
mejores cfrculos». Se atropellan y pisotean unos a otros
para ser incluidos. Se humillan y pierden sus almas en al-
gun recodo del camino hacia una meta que no existe.
El director y su esposa estan pasando momentos di-
ficiles. A causa de su inseguridad ella se esfuerza tanto
cuando estén con gente que no consigue sino alejar a
aquellos con los que precisamente le gustaria tener rela-
ciones. Ella dice que su marido es el hombre de mas ta-
lento del mundo, que serd el mas grande de todos, hard
las mejores peliculas, ganard la mayor cantidad de di-
nero... y si le llegaran a faltar las fuerzas, all{ esta ella para
aportar las suyas.
Hacia un afio que no la vefa y el cambio es notable.
Entonces ellos acababan de llegar de Nueva York donde
vivian bastante felices. Ella era quizds un poquito gorda y
tenia un pelo negro muy bonito. Estaba llena de entu-
siasmo por la vida que se proponian hacer en California.
Ahora hay I{neas duras alrededor de su boca. Esta ner-
viosa y fuma todo el tiempo.
Hablan con entusiasmo sobre las fiestas a las que han
asistido, sobre sus proyectos y sobre sus amistades. Que
ella ha perdido diez kilos... gse la podria reconocer real-
mente?
F{sicamente ya no es tan animada ni tan vital. Se ve
como indefensa y algo patética. Se ha tefiido el pelo de un
color rojizo y habla sin parar, como si no supiera lo que
26estd diciendo. Siento por ella una profunda ldstima. Des-
pierta mis instintos de proteccién. |Tiene tan buenas cua-
lidades que ya no florecerdn en la vida que ha escogido!
Estoy convencida que serd una persona distinta cada vez
que la vea. Estd construyendo proyectos imposibles para
el futuro. Sus ansias son de amistad verdadera mientras
persigue relaciones que puedan serle utiles. Soledad junto
ala piscina cn su gran casa nueva casi sin muebles. Sin
nifos. Antes querian ser sdlo ellos dos. Ahora tienen «La
Carrera». El suefio norteamericano. El éxito.
Su suefio es estar junto al marido y ser una de las per-
sonas influyentes en la ciudad del cine. Pertenecer al
grupo A. En la mesa enlaza mi brazo con el suyo y habla-
mos sobre naderias.
Siento su necesidad de tener una amiga mujer, lo
siento en el caudal de confidencias que susurra en mi
oido.
Traen las bebidas. Ella sonrie y anima a su esposo.
Nos dice lo inteligente que es, lo bueno que es, lo orgu-
Hosa que se siente de él.
EI miedo se sienta a la mesa junto a nosotros, y yo
tiemblo al pensar cémo sera dentro de diez afios.
27YO TEN[A OCHO ANOS Y MAMA TRABAJABA EN UNA LI-
brerfa.
Entonces vino Karen.
No sé cudntos afios tenfa. Pero recuerdo que vinieron
muchas sefioras a casa cuando mamé puso un anuncio en
el periédico. Se amontonaron en la entrada como aver-
gonzadas. De pronto, una de ellas se quité el sombrero y
entro al salén y se senté en la mejor silla. Sonrié abierta-
mente y la expresién de su rostro nos indicé que todo es-
taba decidido.
Esa era Karen.
Mama no se atrevié a decir que no cuando Karen
anuncié que habia decidido aceptar el puesto en el mo-
mento mismo que vio a «Madam».
Yo pensaba que era muy gorda y muy fea. Y yo la
amaba.
Ella queria mucho a su nueva familia —quizds a
mama mas que a nadie—. Era como si comprendiera me-
jor que ningtin otro lo que le faltaba a mama en el cir-
culo de amigas casadas y ricas y desde el primer dia la co-
locé en un pedestal. Se hizo cargo de todo sin que nadie
se lo pidiera. Insistid en que «Madam» necesitaba estar
libre y descansar cuando volvia a casa de la librerfa.
A veces, Karen nos sacaba a mi hermana y a mi a dar
un pasco. Estébamos seguras de que lo hacfa para que la
gente creyera que Gramos sus hijas. Yo siempre tem{a que
lo lograra. Vestfa de una forma extrafia y tenfa una man-
dibula saliente y se movfa de una manera tan torpe que
yo siempre corrfa un poco por delante o por detrds de
ella. Nadie tenfa que sospechar que existfa la menor rela-
cién entre nosotras.
28Solfa llevarnos a una lecher{a donde tenfamos que to-
mar leche recién ordefada, tibia atin. Bra horrible.
Recuerdo el olor de Karen. Siempre estaba horneando
pan y lavando los suclos con jabén de bérax. Su cuerpo
era grande y tibio para apoyarse en ¢l. Un dia estaba Ilo-
rando en la cocina porque le habfan sacado todas las
muelas. Tardaron una semanaen ponerle las nuevas. Era
de pronto como una extrafia porque presentaba un raro
agujero en su rostro, alli donde habia estado su boca. Yo
la evitaba todo lo que podia y eso Ia hacia llorar mds atin.
Y suspiraba muy hondo.
No servia para leer cuentos, y ni siquiera hablaba mu-
cho. Pero cuando hacia cocoa por las noches y se sentaba
con nosotras en la mesa de la cocina y sonrefa porque ella,
también, era parte de la familia, yo me sentia tan feliz y
segura como en mis mejores recuerdos de infancia.
S6lo una vez vimos la casa de Karen. Un domingo sa-
limos a dar un paseo y pasamos por el bloque alto y gris
de apartamentos donde ella vivia. Mama dijo que fbamos
a darle una sorpresa y subimos a visitarla.
El miedo y la inseguridad de Karen. Una pequefia
habitacion oscura con un hornillo y platos y articulos
de tocador apilados en una sola mesa. Periédicos en las
sillas, una ventana que daba sobre una pared blanca
a muy poca distancia. Una cama estrecha... me pregunta-
ba c6mo podfa descansar allf el voluminoso cuerpo de
Karen.
Nos sirvié café y mamd convers6 con ella. Karen sin-
U6 un gran alivio cuando nos tuvimos que ir,
Nuestra visita debe haber hecho feliz a Karen —dijo
mama.
A menudo experimentamos las cosas de maneras di-
ferentes,
29Murié una noche mientras dormfa en esa cama tan
angosta. Yo Iloré mucho mds que cuando mamé me dijo
que papd habia muerto.
Me remuerde la conciencia cuando pienso que ella
quizds comprendia por qué yo siempre iba delante o de-
trds de ella, por la calle.
30Es UN D[A DE TRABAJO EN HOLLYWOOD. YO ESTOY AQUI
con el fin de grabar veinte Ifneas para una pelicula que
pronto sera estrenada,
El productor esté en un rincén del estudio, agobiado
por una fuerte resaca alcohélica. El director esta en su si-
tio. Siete tecnicos estén sentados en silencio detrds de una
lamina de vidrio. La habitacién esta llena de alambres y
microfonos.
Esta es la primera pelicula norteamericana de Jan
Troell. El esté de pie en medio de Ja estancia moviendo
sus poderosos brazos de un lado para otro con amplios
gestos deliberados. Una mano sujeta una raqueta invisi-
ble. Por la tarde le entrenard un excampeén mundial de
tenis. ; Balancee sus brazos, empinese ligeramente, doble
su espalda y golpee la pelota! Nadie parece sorprenderse
por su conducta algo insdlita.
El productor permanece inmovil durante toda la
majiana. Tiene una barba roja que no le queda bien, y
ojos bondadosos. Esté profundamente sumido en un sue-
fio dorado. La pelicula en la que estamos trabajando su-
pondrd su entrada o su salida como productor. Si resulta
bien, podré pagar su casa, instalar su propia cancha de
tenis, conseguir dinero para otra pelicula, contratar al
actor que preficra. Su aspecto modesto ya no ser un im-
pedimento,
Yo Hevo mil cosas en mi mente: todo lo que tengo que
hacer antes de volver a casa, a Oslo y al teatro.
Y mientras en apariencla estamos todos preocupados
por cosas completamente distintas, una pelicula ha adqui-
rido veinte Ifneas nuevas de didlogo.
31Un grupo bastante numeroso se ha reunido para el al-
muerzo. Se discuten nuevos proyectos de pelfculas. El
éxito se mide por la cantidad de ofertas que uno recibe.
Cuanto mayor es la cantidad de dinero que a uno le ofre-
cen, mds numerosos son los productores que Ilaman al
agente para hacer atin mayores ofertas.
Es asi como en Hollywood se habla del tiempo.
Un actor ya mayor se acerca a nuestra mesa. Es ale-
man. Un torrente de palabras a una velocidad vertigi-
nosa: su mujer le ha abandonado, a él y a sus cinco hijos.
Habla en voz baja, mirando nerviosamente a su alrede-
dor, insinuando que sdlo a mi me hace esta confidencia.
Pero sé que ha contado esta historia muchas veces. A to-
dos los que tienen tiempo de escucharle.
1 no puede comprender. El crefa que eran tan felices.
Ella tenia su linda casa. Quedaba un poco lejos —é] lo re-
conocfa— pero era tan hermosa... Y después de todo, ella
nunca estaba sola, tanto que hacer con los nifios. Bl siem-
pre habja sido bueno con ella, habia estado enamorado de
ella, hizo todo lo que pudo para que fuera feliz. Quizds pa-
saba mucho tiempo fuera viajando, pero cuando no le era
posible conseguir trabajo en la ciudad del cine, gqué iba a
hacer?
Ahora ella se ha ido, y él me dice, confidencialmente,
que esta seguro de que ella estaba loca, y que lo habia es-
tado siempre. Sdlo que ¢l no se habfa dado cuenta de
nada. Habfa sido demasiado crédulo. Pero ahora él iba a
conseguir un certificado médico que atestiguara que ella
estaba loca de modo que nunca pudiera volver a reclamar
a los nifos. ¢Estarfa dispuesta a servirle de testigo en el
Juzgado?
El es delgado y le tiemblan las manos. En otro tiempo
32fue un hombre guapo al que muchas mujeres trataron de
conquistar. Y, finalmente, se casé con la mds joven de to-
das ellas, Vinieron los hijos —uno cada afio— y ambos es-
peraron que llegarfa la felicidad. Algo que les diera paz y
seguridad. Ahora ambos se encontrardn en el Juzgado. Y
todo lo que no sabfan el uno del otro se lo revelardn a jue-
ces indiferentes y cansados.
33TODOS LOS SABADOS ORGANIZABA UNA FUNCION TEA-
tral en el gimnasio del colegio. Yo misma escribfa el li-
breto, dirigfa la obra e interpretaba los papeles mds im-
portantes. Después de las primeras funciones, yo estaba
tan mal preparada, que la compafifa tuvo que improvisar
ante el ptiblico. A raiz de esto mis producciones atrafan a
poca gente.
Pero eso no importaba. ¢ Para qué queriamos un audi-
torio?
Nosotros viviamos y actudbamos para nuestro propio
placer: el maquillaje, los trajes, las infinitas posibilidades
brindadas a nuestra fantasia. Nunca desde entonces el
teatro me ha vuelto a parecer tan divertido. Nunca mas
lograré el mismo contacto con la palabra escrita. La risa y
las lagrimas; la solidaridad con los otros, que también vi-
vian sus vidas secretas en las tablas desnudas del gim-
nasio.
El momento magico cuando yo era una nifia pequefia
y Talia me mostr6é por vez primera sus dos caras.
El cine, los dias en que recibiamos nuestra paga. Las colas
que daban vueltas a las esquinas, haciendo que la fiesta
adentro fuese aun mds fantdstica porque su acceso a ella
era tan diffcil.
Ya no recuerdo lo que vi, pero las emociones, la exci-
tacién, el olor estan vivos aun. El sonido de una campana,
las luces apagdndose Ientamente. Los ojos muy cerrados,
més atin por las manos que los apretaban con fuerza; y
cuando uno finalmente volvia mirar, el milagro estaba
allf en la pantalla.
34Las imdgenes, la huida de la realidad, el mundo de los
suctios: experiencias y gente que yo cref formarfan parte
de mi vida diaria en el futuro. Las tragedias eran tan gran-
des que el nudo en la yarganta me duraba muchas horas.
Hechos tan maravillosos que volvia a mi casa como flo-
tando sin que mis pies tocaran el suelo.
Milagro en Mildn. Candilejas. Las vi diez, veinte veces, y
el encantamiento fue siempre el mismo. Héroes y Heroi-
nas. Gente que era Buena 0 que era Mala. Casi nunca co-
munes y corrientes como la gente que yo conocfa en
Trondhjem.
Y el Amor.
Ansiaba experimentarlo como sucedfa en el cine; es-
tar junto a un hombre de camisa blanca y blanca sonrisa,
que me miraba con ternura y susurraba en mis oidos las
mismas palabras que el Héroe le susurraba a la Heroina.
Oir musica de violines cuando me besaba.
Si pudiera crecer mds répido. Contemplé mis pechos
planos con una mirada cargada de ansiedad.
35EN EL VIAJE DE VUELTA DE LOS ANGELES A NORUEGA HACE-
mos una escala de dos horas en el aeropuerto de Londres.
Tengo una cita importante con un amigo, un escritor de
gran talento.
Soy pasajera de primera clase, privilegiada, puedo
usar el pequefio salén, hundirme en mullidos cojines, pe-
dir las bebidas que se me antojen mientras escucho
musica suave.
Hablamos de una pelicula que queremos hacer juntos.
El esta trabajando en el guién desde hace varios meses. Es
el cuento de Karen Blixen lo que estimula nuestra imagi-
nacion. La mujer que, firmando con el seudonimo de
«Isak Dinesen», escribi6 su historia de amor con un pais,
creando una de las obras maestras de la literatura de
nuestro tiempo. Veo el proyecto como una manera
de acercarme a ella. Leer sobre ella, hablar de ella con
gente que la conocid, hundirme nuevamente en sus libros.
Visitar Africa, tan amada por ella. Pasaré un afio de mi
vida sumergiéndome en su mundo.
Estoy segura de que esto es algo que quiero hacer.
Aunque a mi agente no le parezca bien, porque la idea no
es comercial. Ya pas6 el tiempo en que el mero hecho de
hacer una pelfcula era en sf una aventura. Cuando, sin
analizarlo, decfa sf a todo. Estoy sentada con un hombre
que no habla de dinero ni promete que mi nombre apare-
cerd antes que el titulo de la pelfcula. (Eso, por supuesto,
es lo mds grande de todo, algo por lo que muchos aceptan
sucldos mds bajos.) Mi amigo quiere que lo haga no sélo
por lo que ve en mf como actriz, sino también por lo que
ve en mf como mujer,
Le digo que me encantard hacer la pelicula gratis.
36Es hora de continuar el viaje.
Lejos del salon de primera clase, escritores, proyectos.
para el futuro, Hollywood. Bstoy volando hacia Noruega.
Hacia el teatro y la funcién nocturna.
Estoy feliz.
Espero con agrado la sensacién de libertad que me
proporcionan cl silencio y la risa del ptiblico. Es ese con-
tacto el que me brinda mi recompensa, mucho mds que
los aplausos posteriores.
Largos corredores estrechos y camerinos que son pe-
quefios ¢ incémodos. El placer de trabajar en equipo. El
olor a muebles viejos de escenarios teatrales. Trajes muy
usados, que esperan ahora en sus perchas, recién plancha-
dos. Vivir la vida que ya era mia cuando casi nadie sabia
que yo existia.
37MUEDO A LA OSCURIDAD.
Yo tenfa doce afies, Mi hermana, que tenfa dos més
que yo, hacfa sus primeras salidas para participar en fies-
tas juveniles, y mamd pertenecfa a un cfrculo social muy
activo. Yo ya no tenfa edad para que me dejaran a cargo
de otra persona,
Me pasaba el dia embargada por esta sensacién: el
miedo al momento en que la ultima persona en salir de
casa me dijera «buenas noches» desde el vestibulo, y yo,
desde mi cama, oyera el portazo que cerraba la puerta. El
silencio del apartamento retumbaba en mis ofdos.
Los rincones oscuros. Los latidos del corazén. La foto-
grafia de papa bajo mi almohada. E] vaso de agua junto a
la cama para que pudiera mojarme los ojos continua-
mente a fin de mantenerlos abiertos. El miedo de que-
darse dormida y ser atada por algo que se esconde en los
peligros de la noche.
Finalmente, la huida hacia el cuarto de baiio. El alivio
cuando podia cerrar la puerta. Una habitacion en la que
todos los rincones eran totalmente visibles. Una manta y
libros para tranquilizarme. Un suenio agotador en el suelo
del cuarto de bafio hasta que volvia la primera persona y
yolpeaba la puerta, y me decfa que me dejara de tonterias.
38La FILA DE TAXIS DESPUES DE LA FUNCION DE CASA DE MU-
fiecas en Oslo. Tengo equipaje porque he regresado hoy
del extranjero. Son las once y media y estoy cansada. Un
dia de trabajo en Hollywood seguido por un vuelo de
veinte horas y una funcién que ha durado tres horas. La
gente que hace cola me observa con atencién, porque aca-
ban de estar en el teatro y me han visto actuar. Sé que no
tengo buen aspecto ahora y los miro con hostilidad desde
donde estoy, sentada en una de mis maletas. Los aplausos
y los vivas han quedado atras en los asientos y en el esce-
nario. Ahora el ptiblico y la actriz sienten timidez y estan
cansados el uno del otro.
En el taxi hago como si estuviera dormida para no tener
que hablar con el chofer, contestando a sus preguntas:
éNo es maravilloso viajar tanto, no es divertido ser actriz,
y no he ganado mucho dinero?
Sdlo cuando el taxista me ha dejado en la puerta de
mi casa descubro que he olvidado mi Ilave. Linn no esté
en casa y ya me veo pasando la noche en las escaleras con
mi equipaje. Una «Pequeria vendedora de Cerillas» moderna
muriendo de frfo con un talonario de cheques y joyas en
la maleta.
Mi vecina tiene un duplicado de la Ilave. Camino los
Pocos pasos que me separan de su puerta. Un rostro lleno
de risa en Ja ventana cuando toco el timbre, y luego otro:
el de su marido. Ella acude a la puerta, sonrie y habla
conmigo como si no les hubiese molestado en medio de la
noche. Tiene puesto un camisén corto de flores estampa-
39das. Sus piernas estan desnudas y son bonitas, y da saltos
a causa del frio.
Me entrega mi llave; su marido da golpecitos en la
ventana y me saluda con la mano. Ella se asoma detrds de
él y pone sus brazos alrededor de su cuello. Quizds llegué
justo cuando estaban haciendo el amor.
Entro en mi casa y me echo en la cama. Me siento ex-
cluida de algo que es vital. E] miedo en el fondo de la so-
ledad: Que sdlo lo que otros tienen es lo real.
40ESCUELA DE BAILE. TRECE ANOS. FLACUCHA Y DESGAR-
bada; con pelo muy corto.
Ain siento aversién por las melodfas de aquellos
tiempos. E] recuerdo de nifios con camisas blancas cru-
zando el salén atropelladamente cuando la maestra gol-
peaba las manos y decia: «Escojan sus parejas».
Siempre el mismo grupito que simulaba estar pen-
sando en otra cosa cuando se sentaban y el baile empe-
zaba sin ellas. Y el préximo baile, cuando tenfan que po-
netse de pie y los nifios que cruzaban el salon con paso de
tortuga se vefan obligados a escogerlas a ellas primero.
Las chicas de poco éxito de mi generacion.
Que nunca se diesen cuenta de que compartian la
suerte de miles de mujeres, pequefias y grandes, en todo
el mundo. Nifas de trece afios convencidas de que segui-
rian «sin éxito» el resto de sus vidas. Para cada una de
ellas una experiencia que les parecia unica.
La maestra, bajita y elegante. Bailando por el salén
como si encontrar el ritmo fuera la cosa mas facil del
mundo, parte de ella misma, tanto como su pelo peinado
con pequefios rulos sobre la cabeza y los tacones muy fi-
nos de sus zapatos. Sus vestidos eran siempre nuevos y bo-
nitos, joyas que brillaban en sus orejas, cuello y dedos de
la mano. El pecho y la cintura estrecha sobre la curva
de las caderas y las largas ufas rojas acabaron definitiva-
mente con la sensacién del propio valor de la nifia de
trece afos,
La ansiedad durante los intermedios.
El regreso a casa, cuando parecfa que todos los demas
iban en grupos o parejas. La sensacién anticipada de
abandono de la mujer cuando ella esta sola, y es domingo,
4ly todo a su alrededor vive y respira una sensacion de
union y de familia.
El primer baile pasado en el lavabo vestida con el
traje de seda rosa que a mi hermana le habfa quedado pe-
quefio, Acepté mi fracaso como algo comprensible y com-
pleto. Afronté la perspectiva de pasar el resto de mi vida
fuera de los grupos.
Pero, a ser posible, detrds de una puerta cerrada, de
modo que nadie lo supiera.
42TRATO DE ESCRIBIR TODOS LOS DIAS. ES SUMAMENTE DI-
ficil en casa, donde hay Ilamadas telefonicas, estan Linn y
las nifieras, vienen los vecinos... Si hubiera sido hombre
todo habrfa sido distinto. Se respeta mucho mas la profe-
sion del hombre, al igual que el trabajo que hace en casa,
su cansancio, su necesidad de concentrarse.
Trate de decirle a un nifio que mamd esta trabajando,
cuando el nifio puede ver con sus propios ojos que sélo
esta allf sentada escribiendo. Expliquele a una nifiera que
le paga muy caro para que ella haga lo que se espera de
usted; explique que esto es importante, que tiene que es-
tar listo para una fecha determinada y se ird molesta, sa-
cudiendo la cabeza, convencida de que estoy descuidando
a mi hija y mi casa. El éxito en la profesion y el intento de
escribir un libro no son suficientes para justificar mi falta
de dedicacién a la vida familiar.
Estoy sentada en el sétano aporreando la maquina de
escribir. Hasta que mi mala conciencia me obliga a subir
a la cocina. Tomo café con la criada, le leo un cuento a
Linn, contesto amablemente el teléfono como si no tu-
viera nada que hacer.
Pero estoy hirviendo de rabia. Es sorprendente que
tanta rabia pueda quedar contenida detrds de una fa-
chada tan placida.
Llamadas de Norteamérica, de Paris, Inglaterra y
Oslo. Sdlo una es la llamada que esperaba, aunque eso me
obliga a contestar todas. La nifera nunca contesta el te-
léfono: no sabe hablar inglés.
Mi editor me sugiere que desconecte el teléfono. Ha-
blo con California donde es de noche ahora: qué suave y
extrafio es el aire allf. Aquf brilla el sol... hay nieve en los
43abetos afuera de mi ventana. Estoy sentada en un mundo
y hablo con otro. Garabateo en un pedazo de papel y me
remuerde la conciencia. Porque soy una mala madre, por-
que soy una incapaz, no contesto cartas, no arreglo los gri-
fos del agua y permito que goteen interminablemente du-
rante meses.
Tomo café con una vecina y me disculpo por todo lo
que hago, porque sé que nunca comprenderé por qué esto
es importante para mi. Esta terrible «culpa femenina». No
me atrevo a ofr musica cuando estoy en el sétano, escri-
biendo, para que arriba no piensen que estoy sentada
aqui sin hacer nada. Tengo la sensacién de que deberfa
producir pancakes y pan horneado en casa, y que las habi-
taciones de mi casa tienen que estar limpias y ordenadas
para que se me respete.
Estos son mis pensamientos mientras trato de escribir
sobre lo maravilloso que es tener una vida que me pro-
Porciona tanta libertad, tantas posibilidades: «Puedo ser
libre por mi. propia voluntad, ser mi propio creador y
guia. Mi crecimiento y mi desarrollo dependen de lo que
elija o rechace en la vida. En mi se hallan las semillas de
mi vida futura».
Suena el teléfono. La nifiera golpea a la puerta y entra
antes de que tenga tiempo de contestarle. Ha descubierto
un agujero en los pantalones de Linn.
Me rfo en el teléfono, y después discuto largamente
sobre si sera mejor zurcir cl agujero o pegar sobre él un
parche de algtin material de colores alegres,COLEGIO.
Materias, lecciones, creo que he olvidado de qué se
trataban. Todo lo que ya entonces sentfa que no me servi-
tfa para mi vida futura quedo relegado en el fondo de mi
memoria, donde todo el tiempo perdido, todos los errores,
todas las estupideces, se han convertido en un bulto pe-
quefo y duro al que puedo volver y tocar y sentir de vez
en cuando.
Es mas facil para mi recordar las impresiones visua-
les: el color de los pupitres de las profesoras, de diferentes
formas y tamajios, inméviles y amenazadores en el fondo
de las aulas, con un puntero largo, marrén, colocado en-
cima atravesdndolos de lado a lado. Tiza que se rompia, 0
que hacia ruidos desagradables al escribir.
Los guantes de lana que hicimos en la clase de labo-
Tes, pantalones de gimnasia y delantales de colegio que se
ponian cada vez mds sucios al ser manoseados por mis de-
dos sudorosos y desganados. Rios, fronteras y cordilleras
que aprendi de memoria en retahila sin fin, recitados con
aplicacién un dia y olvidados el siguiente.
Clases de cocina en el colegio: limpiar los hornos, ba-
tir sangre tibia para las morcillas, y fregar el suelo. Una
maestra tan Ilena de ira que nunca lamenté mi estrata-
gema de derramar agua hirviendo sobre mi pie para pa-
sar el resto de la Ieccién en el hospital. Las admoniciones
eran constantes; «No se puede pensar con la cabeza entre
los brazos» (de mayor pienso siempre mejor con la cabeza
entre los brazos); «Te quedards tullida si te sientas con las
piernas cruzadas» (de mayor las cruzo siempre dos veces).
Al final odiaba tanto el colegio que me tomaba vaca-
ciones continuamente; me quedaba en casa pensando
45que habfa convencido a mamé de que mi resfriado o do-
lor de estémago eran reales. Hasta que un buen dfa entré
en mi habitacién seguida de un psicdlogo infantil y de
una enfermera. Mientras mama lIloraba en un rincén, la
enfermera me vistid y el psicélogo me dijo tonterfas con
una voz muy suave y me llevé al hospital.
Allf, en una sala grande con nifios que estaban real-
mente enfermos —enfermedades del coraz6n, operaciones
de cabeza y un bebé que chillaba—, alli me exhibieron
como vagabunda. Atormentada por el desprecio de la en-
fermera hacia mi salud rozagante, un dia salté por la ven-
tana y corri en pijama por el jardin, abracé a un médico
que estaba‘ meditando vestido con una bata blanca y le
pregunté con lagrimas en los ojos si queria ser mi padre.
Esta comedia tan enternecedora produjo un efecto inme-
diato: fui trasladada a una habitacién individual y se me
consideré como una enferma real y verdadera. Todos los
nifios de mi clase me escribieron cartas, y mamé se sent6
junto a mi cama con una mirada de preocupaci6n en sus
ojos, y el psicélogo infantil me preguntd si yo comprendia
que lo tinico que todos querian era lo que fuera mejor
para mi. Y que todos en el colegio me echaban de menos,
que mama me echaba de menos, y mi hermana me
echaba de menos y que les tenfa a todos muy preocupa-
dos, gLo comprend{fa? Y cuando dije que lo comprendia,
el psicélogo le anuncié a mamé que me habia curado, y a
mf me dijo que ahora podfa volver a casa y ser buena con
mami y estudiar mucho en el colegio. Yo le cogf la mano,
y le hice una reverencia muy cortés y le dediqué mi son-
risa mds dulce mientras le daba las gracias por todo lo
que habfa hecho por mf, Especialmente, por haberse me-
tido en mi dormitorio sin avisarme y haberme Ilevado al
hospital.
46Mas tarde decidf que me convertirfa en una nifia pro-
digio sdlo para fastidiarle. Escribirfa un libro que asom-
braria a todo ¢l mundo. Seria un libro muy triste y todos
se preguntarian cémo una nifa tan joven podia haber es-
crito un libro tan profundo y melancdlico.
Recuerdo a uno de mis profesores de la escuela ele-
mental con gran placer, y mds tarde a otro en la secunda-
tia, Hubo mds, por supuesto, pero con éstos mantuve una
estrecha relacion, sin palabras. E] primero escribié al pie
de una de mis composiciones: «Querida Liv, tienes gran
imaginaci6n y una extraordinaria habilidad para expre-
satla, Pero a veces te metes en aguas profundas y hay un
largo trecho que nadar hasta la orilla. Esto, también, es
una imagen. ¢Comprendes lo que quiero decirte?».
La pequefia Liv comprendié, y guardo sus cartas hasta
que se hizo grande.
Y hubo otro profesor, de mejillas rojas y gafas con
monturas oscuras. Sin él, la escuela secundaria hubiera
sido algo tan desprovisto de sentido como mi sucio delan-
tal.
Yo era pequefia y delgada y bastante egocéntrica, per-
dida en divagaciones y suenos. Buenas notas y gran abu-
rrimiento. A veces mis pechos eran los guantes de mama
que rellenaban un sujetador comprado con mis ahorros.
Clases de gimnasia, de las que la mayor parte de las nifias
se excusaban una vez al mes alegando «el motivo de siem-
pre» con voz, indiferente cuando ofan que las Hamaban.
por sus nombres. Y como nunca me pasé a mi, fingi que
me habfa pasado, pero nunca podfa llevar bien la cuenta
de las fechas. Durante todo un ajio fui una impostora, sin
darme cuenta que todas las demas lo sabian, sélo que la
profesora les habfa pedido que tuviesen tacto e hicieran
como si no lo supieran.
47«E] motivo de siempre»: la magica expresién que dis-
tingue a las iniciadas separdndolas de las demas. Y, final-
mente, llega el momento. | Qué felicidad! ; Qué agonfa! La
mujer feliz, cuando las primeras manchas de sangre la
apartan de la tierra de la inocencia para trasladarla a un
mundo cada vez més Ileno de misterios.
Con sus ahorros ella compr6 material de pintura, un caba-
llete y unos deliciosos tubos de dleos. Miré sin envidia las
citas romdnticas de sus amigas. Iba a ser una artista de
fama mundial.
Y, mds tarde, periodista. Publicéd diarios. Escribié
obras de teatro y poesias. En otro momento quiso ser ve-
terinario. Tener una casa grande, llenarla de perros y ga-
tos desvalidos; todos tendrian cojines de seda para recos-
tarse.
Pero sobre todo, y finalmente, ella queria ser actriz.
Estoy segura de que a veces era la lider de la clase, pero lo
que mejor recuerdo es que era una «extrafia», la sensacién
de ser diferente.
Lo que recuerdo es aquello que me cal6 mas hondo, y
para mf el sentido de aislamiento fue una experiencia
traumatica.
Estar en cama por las noches oyendo cémo los mayo-
res hablaban y refan en el salén, pensando. Cuando sea
grande yo también formaré parte de este maravilloso
mundo de ideas y risas.
Pero he crecido, y a veces atin me siento marginada,
soy la wextrafian que cree que todos los demds son partes
de una cierta unidad.
48He olvidado cudn reales son esas experiencias infantiles
que los mayores denominamos fantasfa.
Para el niiio no es fantasfa; el miedo de ser abando-
nado, el lobo feroz, la oscuridad del armario, todo es real,
Uno le da un nombre para Ilamarlo de otra manera.
Lo que es real decimos que es fantasfa... y éa es la
fantasfa.
49ESTARE EN PARIS TRES DIAS. NO ES LA PRIMERA VEZ, Y
las circunstancias de mis visitas anteriores han sido siem-
pre un poco extrafias.
Cuando era muy joven vine con una compaiiia teatral
noruega. Estaba muy enamorada y era infeliz, y todo lo
que deseaba era estar acostada en la cama leyendo las vie-
jas cartas de é. 6] hizo una excursion a pie por las monta-
fias para olvidarme. Subié y bajé y dio vueltas corriendo
por todos los picos que pudo encontrar, tom6 nota del
tiempo que tardaba en hacerlo, superé sus propios
récords, y después olvidé por qué habia empezado a co-
trer. Mientras, yo me arrastraba hacia el viejo teatro Sa-
tah Bernhardt y allf interpretaba mi sufrimiento en el
escenario.
Ni siquiera me molesté en visitar la Torre Eiffel.
La segunda vez que vine aqui fue para filmar las escenas
finales de una pelicula que habfamos hecho en el Sur de
Francia. Trabaj4bamos en un pequeio estudio leno de hu-
medad desde las ocho de la mafiana hasta muy tarde
por la noche. Casi todos a mi alrededor hablaban fran-
cés, que yo no comprendi{a. Mi partenaire, Charles Bron-
son, que tampoco hablaba francés, no era un gran apoyo.
Apenas si me hablé durante todo ese tiempo. «Buenos
dfas» y «Adidés» y «Espero que no volveremos a trabajar
juntos», por lo menos eso era lo que parectfa estar diciéndo-
me. En aquel entonces, ya era uno de los actores de mayor
éxito de taquilla en Europa y quizds le resultara deprimen-
te trabajar con una actriz de la pequefa Noruega. La
fama le llegé tarde en la vida y ahora se pasaba el dia
50ejercitando los musculos de sus anchos brazos, abriendo
y cerrando las manos, inflando y desinflando el pecho,
mientras un hilo de sudor decoraba su labio superior.
Tampoco vi la Torre Biffel en esa ocasién.
En mi tercera visita me acompafiaron mi hija de cinco
afios y su nifiera. Yo actuaba en una pelicula en Londres,
y el novio de la nifiera empezé a escribirle cartas muy
frias. No le gustaba que su mujer estuviera fuera del pais.
A rafz de esto, a la nifiera se le formaron circulos oscuros
debajo de los ojos y no estaba nada alegre. La invité a pa-
sar un fin de sernana en Parfs para animarla.
Tres nifias de vacaciones: Linn, que acababa de apren-
der inglés y que ahora se sentia desconcertada con el fran-
cés, la nifiera que habia estado recibiendo aquellas cartas
tan frias, y yo, cansada después de una semana de trabajo
agotador. A decir verdad, habia poco entusiasmo por visi-
tar el Louvre o Notre Dame, y nos dedicamos a las tiendas
y jugueterias. Yo le sonreia a mi nifia y le sonrefa a la ni-
fiera, mientras en mi interior protestaba.
Cuando finalmente llegamos a la Torre Eiffel yo es-
taba exhausta y me sentia mareada. Simplemente no po-
dia subir con ellas, as{ que me senté en una silla y casi me
congelé mientras las esperaba.
Y ahora estoy aqu{ de nuevo, por cuarta vez, para conce-
der entrevistas a los diarlos y a la televisién y a la radio.
Tanto Gritos y Susurros como Los Emigrantes se estan
Pproyectando con gran éxito. Las salas de proyecciones es-
tan repletas.
Durante el dia sdlo veo la habitacién del hotel. El pro-
SIgrama que tengo que cumplir me ocupa desde la mafiana
hasta por la noche. Mi hermana, que ha venido conmigo,
es la inica que usa el coche con chéfer que han puesto a
mi disposicién.
Pero ni siquiera ella ve mds que las grandes tiendas.
Le remuerde la conciencia porque dejé a su familia en
casa. Tiene miedo de que su marido y sus cinco hijos no se
las puedan arreglar sin ella. Compra regalos para entre-
garselos cuando regrese.
Un secretario de prensa ha decidido con antelaci6n el
tiempo que debe durar cada entrevista: France-Soir, L'Ex-
press, Le Monde, Elle, Paris Match. Desayuno, almuerzo y
cena con preguntas y respuestas. Café con la televisién,
cena con la radio. Los periddicos se tropiezani unos con
otros al entrar y salir de mi habitaci6n. Mirada cargada
de sospechas ante la presencia de un colega. Como si yo
Pposeyera un secreto que quisieran en exclusiva. Se pro-
duce el panico si tengo que ir al lavabo: le estoy robando
el tiempo a alguien. Ellos estan alli, en el saloncito, espe-
rando con sus lapices y sus magnetdéfonos.
Y, muy pronto, el préximo estard golpeando a la
puerta.
Casi todos quieren saber las mismas cosas, pero pre-
sentan sus preguntas de maneras diferentes. Yo hago lo
posible por variar mis respuestas para que mi pobre secre-
tario de prensa no se duerma. Se pasa horas junto a la
ventana siguicndo la trayectoria del sol, con el aburri-
miento reflejado en su rostro.
éCreo en el matrimonio? zCémo es trabajar con Ing-
mar Bergman? ¢Me Interesa la politica? gSoy buena ma-
dre? ,Vivo sola? Qué quiero hacer de mi profesién?
Prdcticamente todos me preguntan cudl es mi actitud
ante el Movimiento de Liberacién de la Mujer. Trato de
52explicar por qué creo que toda separacién de la gente
en grupos sdlo sirve para aumentar las dificultades.
Ello hace que sea mds diffcil el comprendernos los unos
a los otros.
Creo que facilmente exageramos las diferencias que nos
separan. El recalcarlas con insistencia sélo sirve para cla-
sificar lo que ya ha sido clasificado en perjuicio de todos.
Tiemblo al pensar qué habria sido del nifio Mozart si
hubiera nacido en estos tiempos.
Mi hermana Bitten y yo sentimos curiosidad por la vida
nocturna de Parfs. Queremos ver todo lo que no existe en
Nuestro pais. Yo tengo amigos: franceses que estan encan-
tados de poder mostrarnos su ciudad.
Absorbemos olores... vistas... colores. Nos sentamos en
una larga mesa de un restaurante mal iluminado, para co-
mer y beber. La proximidad de los extrafios, el calor de
los cuerpos de otra gente, estamos sentados muy juntos
todos.
Hay un show en el pequeno escenario. Cincuenta
hombres y mujeres que hacen el payaso sin ninguna inhi-
bicién. Entran y salen con extrafios disfraces. Rostros su-
dorosos maquillados siempre en forma diferente. Profu-
sién de elegancia de luz, de serpentinas y humor. Florece
la fantasfa y nos conquista. Mi hermana olvida sus remor-
dimientos de conciencia, Sus ojos estan brillantes, esta
mas hermosa que nunca. La gente la mira y deben estar
pensando que las nérdicas son las mujeres mas hermosas
del mundo. Me gustaria que su marido estuviera aqui.
Esto es algo que deberian compartir los dos.
33El maestro de ceremonias me reconoce, y me impulsa
hacia el escenario, enfocan las luces hacia mf. Por unos
instantes, tengo conciencia del calor que me rodea, de la
admiracién que me transmiten algunas palabras que re-
conozco. Por unos instantes estoy feliz, lena de orgullo,
embriagada por el éxito. Entonces Ilegan los fotdgrafos.
Hombres borrachos me piden que escriba algo en sus me-
ntis o en sus brazos. Las madres me dan trozos de papel
para que escriba algo para sus hijos. Me siento incémoda
ante mis amigos. La timidez hace que mis pies y mis ma-
nos crezcan en forma descomunal. Muy pronto la gente se
dard cuenta de que tengo el vestido prendido con un alfi-
ler, que me he comido una ufia. Descubriran que no soy
nada bonita, nada divertida ni fuera de lo normal.
Nos vamos precipitadamente.
Pequefios bares oscuros y gente diferente a nosotros. Un
hombre baila consigo mismo ante un gran espejo. Esté en
otro mundo: sonrie y hace reverencias y sopla besos en di-
reccién de su propio reflejo. De tanto en tanto se acaricia
el abdomen y trata de seducirse a si mismo. Hombres que
bailan con otros hombres, y se acarician con ternura. En
la oscuridad, humo y musica demasiado fuerte, gente que
se encuentra y se separa. Necesidad de tocarse. Nosotros
sentimos la necesidad de tocar.
Mframe, Amame.
Es la primera hora de la mahana, Caminamos junto al
rfo, Sentimos el olor a primavera, que roza nuestra piel.
Hay pequefias tiendas ablertas de dfa y de noche. Explo-
ramos unas ¢estanterfas polvorientas, Compramos recuer-
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