Vaccarini. Literatura
Vaccarini. Literatura
Literatura
2Queda, en este marco, la pregunta por la índole literaria de ciertos textos, como los producidos en la
escuela, en talleres de escritura y en circuitos más informales, que no llegan a la edición y la publicación
industriales. Todo ello, sin hablar de los nuevos circuitos de circulación, como los blogs.
índole no pragmática y en una valoración que equipara “literatura” a textos “bien escritos”.
Veamos brevemente cada una de sus objeciones.
En la primera de ellas, Eagleton argumenta que se incluyen dentro de la categoría muchos
textos no ficcionales y, a la inversa, textos ficcionales como las historietas suelen ser excluidos
de ella. Al respecto acotemos que, por ejemplo, Recuerdos de provincia de Sarmiento y Una
excursión a los indios ranqueles de Mansilla han sido incluidos sistemáticamente en la literatura
argentina. Por otra parte, un factor aun más importante es que la diferencia entre realidad y ficción
que es hoy predominante en las sociedades modernas, resulta inválida para otras épocas de la
historia. Ello anula cualquier posibilidad de definir de modo transhistórico la literatura como
equivalente a ficción.
Su segunda refutación toma como blanco la literatura definida a partir de un determinado
uso del lenguaje. Para ello sostiene, a partir de la noción lingüística de registro, que es iluso pensar
que hay un lenguaje normal, válido para todos los hablantes. Si bien reconoce que para los
formalistas ( Formalismo ruso) lo literario “era una función de las relaciones diferenciales
entre dos formas de expresión y no una propiedad inmutable” (Eagleton 1983: 16; cursivas del
original), Eagleton insiste en que para ellos la “rarefacción” del lenguaje era la esencia de lo
literario. Además, esgrime otro argumento, el de que no todas las desviaciones de la norma
lingüística, como los argots, son literarias.
Su tercer ataque se dirige contra la literatura entendida como un discurso no pragmático,
pues “en buena parte de lo que se clasifica como literatura el valor-verdad y la pertinencia práctica
de lo que se dice se considera importante para el efecto total.” (Eagleton 1983: 19; cursivas del
original). En este punto, Eagleton plantea que cualquier texto, como el horario de los ferrocarriles,
puede leerse como literario, y que cualquier texto “literario” puede leerse pragmáticamente
(piénsese, por ejemplo, en el uso de cortejo que se da a los poemas amorosos). De este modo, la
índole literaria de un texto se dejaría en manos del receptor, y “literatura” sería una forma de
relacionarse con los escritos. Eagleton es categórico: “No hay absolutamente nada que constituya
la `esencia´ misma de la literatura” (20). Sin embargo, podemos plantearnos que ciertas
definiciones o concepciones de qué es literatura funcionan en las sociedades occidentales
modernas, más allá del mayor o menor rigor con que estén formuladas y de los intereses
ideológicos que se hallen en su origen. Esas definiciones, que son puestas en circulación,
principalmente, por los medios de difusión, por la escuela y por la crítica, son, como la lengua
de Saussure, siempre previas al sujeto. Para que un texto “no literario” sea leído como literatura
es necesario que haya, en circulación social, una concepción previa de qué es literatura.3
Por último, afirma Eagleton, si por literatura se entiende un texto altamente valorado, se
debe abandonar toda pretensión “objetiva” de poder caracterizar la categoría. Si “literatura” es un
texto considerado bueno, queda excluida lógicamente la posibilidad de que exista literatura
mediocre o, aun, mala. Pero más importante es el hecho de que no existe la valoración objetiva:
el valor es transitorio y significa “lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas,
basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos” (Eagleton 1983: 23).
Eagleton concluye que no hay ningún rasgo “esencial” que permita incluir a un texto dentro
de la literatura, ni en la actualidad ni con respecto a épocas pasadas. La literatura es una categoría
inestable, dependiente de categorías valorativas, y que ciertos textos y no otros sean incluidos en
ella obedece a una compleja red de instancias sociales, es decir ideológicas.
Podemos decir, entonces, que si la literatura es todo aquello que es considerado como
literatura en una sociedad dada, la tautología sólo puede resolverse por medio de un análisis de
los agentes y factores culturales que realizan y sostienen esa definición en esa sociedad.
Otra perspectiva que cuestiona las posiciones esencialistas la encontramos en Susana
Reisz de Rivarola, quien plantea que, desde Aristóteles, han predominado dos tipos de
definiciones: la de la literatura como texto ficcional y la de la literatura como sistema estructurado
y autosuficiente, bello en el sentido de no pragmático. Así, el mensaje artístico se caracterizaría
por su *autotelismo, es decir, la capacidad de “atrapar la atención del receptor por la presencia de
una `forma´ o `estructura´ en la que todos los elementos se interrelacionan.” (Reisz de Rivarola
1986: 22). La autora se encarga de criticar, en las posiciones de V. M. de Aguiar e Silva y de René
Wellek y Austin Warren, la homologación entre *autotelismo y ficcionalidad que realizan, y de
sostener que gran parte de la lírica no admite la distinción entre ficcional y no ficcional. Según su
análisis, hay una serie de falsas premisas en la base de las posturas esencialistas. La primera de
ellas es la que considera que la orientación del mensaje hacia sí mismo es un rasgo distintivo,
exclusivo y excluyente de la literatura. La segunda falsa premisa es la que identifica literatura
con ficcionalidad, que excluye parte de la poesía del siglo
3Esta consideración, claro está, no invalida el propósito de Eagleton de desmontar esas concepciones
usuales y desentrañar sus motivaciones ideológicas.
XX y un amplio repertorio de textos como los relatos de viajes, las autobiografías, las memorias,
los diarios personales, y también presenta el problema de no considerar que hay muchos textos
ficcionales que no son considerados literarios, como los chistes. La tercera premisa errada, y que
la autora le objeta especialmente a V. M. de Aguiar e Silva, es la que sostiene que la “explotación
sistemática de los recursos del lenguaje en un texto y su fictivización se implican necesariamente”
(Reisz de Rivarola 1986: 30). Luego de estas objeciones teóricas, Reisz de Rivarola parte del
análisis del discurso y de las posturas de Juri Lotman ( Semiótica) para proponer una
caracterización de la literatura que ella llama estructural-funcional y que aunaría particularidades
de las definiciones esencialistas y relacionales. Así, el texto literario sería la realización de cierto
esquema discursivo y, a la vez, una parte de un hecho institucional en el que adquiere su identidad.
Los rasgos distintivos de un texto literario son:
1. Es literario todo texto capaz de cumplir una función estética dentro de (…) un determinado sistema cultural.
2. Para que el texto pueda cumplir esa función debe tener una determinada organización interna. 3. (…) es el
mecanismo autoorganizador de la literatura el que dictamina, en cada estadio de su propio desarrollo, qué
estructuras textuales particulares son aptas para cumplir una función estética. 4. Lo que en última instancia
determina el carácter literario de un texto es su relación con un metatexto (…) que lo clasifica como tal, lo
ordena dentro de una tipología, proyecta sobre él un valor y orienta su codificación y descodificación según
una compleja jerarquía de normas (…) 5. Todo texto literario se caracteriza por su codificación múltiple (…)
(Reisz de Rivarola 1986: 44).4
Desde otra posición, la literatura pensada más como una categoría estratégica que descriptiva
aparece en una formulación de Roland Barthes: si la lengua es el reservorio de las significaciones
cristalizadas, y si esta cristalización es siempre, con mayor o menor mediación, política, sólo nos
resta combatir la lengua desde dentro de sí misma, descarriarla, trampearla: “a esta fullería
saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lenguafuera del poder,
en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura”.
(Barthes 1978: 121-2). Y luego: “Entiendo por literatura no un cuerpo o una
4
Teun van Dijk, desde el análisis del discurso, postula que la literatura “no es un tipo de discurso
estructuralmente homogéneo. Es más bien una familia de tipos de discurso, en la que cada tipo puede
tener estructuras textuales muy distintas; la unidad es el resultado de funciones socioculturales
similares”. Van Dijk sostiene que las distintas sociedades marcan ciertos tipos de discurso como
literarios; y que “en última instancia, la literatura se define en su contexto sociocultural. Las instituciones
como las escuelas, las universidades, la crítica literaria, los libros de texto, las antologías, la historiografía
literaria, y las convenciones culturales de ciertas clases sociales o grupos establecerán, para cada período
y cultura, lo que cuenta como discurso literario” (van Dijk 2005: 115 y ss.)
serie de obras, ni siquiera un sector de comercio o de enseñanza, sino la grafía compleja de las
marcas de una práctica, la práctica de escribir.” (Barthes 1978: 123).
Una reflexión sobre los límites actuales de lo que aún llamamos literatura es aportada por
Claudia Kozak:
Pues la pregunta por los límites surge cuando algo comienza a hacerse en algún sentido ausente, lejano
o almenos borroso –porque su visibilidad se encuentra disminuida–, o cuando pierde sus contornos
precisos – porque es difícil distinguirlo de otra cosa de la que seguramente en otra época estaba bien
separado–.” (Kozak 2006: 11-13).
De este modo, la relación de la literatura con otras prácticas verbales próximas (guiones,
historietas, canciones) y la tendencia cada vez mayor a leer como literarios textos como los diarios
íntimos y los epistolarios de los escritores provocan el debilitamiento de las fronteras de la
categoría.
Por ejemplo, considerada desde la crítica académica, la literatura parece haber perdido
cierta especificidad en los últimos quince años, para pasar a formar parte de un conjunto mayor,
al que se dedican los llamados estudios culturales ( Culturas populares). Esta redefinición del
objeto puede deberse a varias causas pero dos factores, que quizá sean las caras de una misma
moneda, aparecen como los más visibles. Por un lado, el poder “de imponer agenda”, para usar
una expresión del periodismo político, de la academia estadounidense; por el otro, un fenómeno
de alcance mundial pero cuyo epicentro son los Estados Unidos: el imperialismo de la cultura de
masas (que es predominantemente audiovisual), cada vez más notorio en las últimas décadas.
Aludiendo a prácticas como el cine, la canción, los graffiti, Kozak opina que la
“permeabilidad de las fronteras corre la literatura hacia otro lugar, pero no exactamente hacia el
lugar de esas otras prácticas (…) sino al de la incerteza de lo que aún no podemos nombrar.”
(Kozak 2006: 16). Ciertas discusiones sobre la índole literaria de las historietas, o sobre la
nominación de Bob Dylan al Premio Nobel de literatura, deberían enmarcarse en este nuevo
contexto.
Por su parte, una tensión que recorrió todo el siglo, la del “arte” frente al mercado (es decir,
la industria cultural de masas) ofrece otros problemas. Para tomar sólo un caso, es frecuente que
ciertos agentes culturales les quiten (o no les asignen) la condición de literario a ciertos libros,
sobre todo novelas, conocidos a partir de una caracterización del mercado como “best sellers”.
Así, textos de Sidney Sheldon, Danielle Steel, Federico Andahazi o, en los años
70, de Poldy Bird son anatematizados y excluidos de la categoría, por un lado, mientras por el otro
participan de concursos literarios y ganan premios, o sus autores, como es el caso de Paulo Coelho,
son nombrados miembros de la Academia Brasileña de Letras.
***
La educación sistematizada, el mercado y la crítica (la periodística y la académica) son las tres
grandes esferas que, en la modernidad, establecen y hacen circular las diferentes concepciones de
la literatura, por medio de sus respectivas instituciones ( Canon). En nuestro país, la escuela
trabaja sobre todo con definiciones inmanentes, y cumple un papel muy importante en la
transmisión y la reproducción de estas conceptualizaciones hacia otras esferas de la sociedad. El
mercado ofrece criterios de inclusión que a veces parecen más amplios o más heterogéneos que los
de la escuela, pero básicamente se atiene también a miradas esencialistas (de esto último no estoy
tan seguro). En cuanto a la crítica, si bien hay una amplia diversidad de funciones, modos y
destinatarios, es la esfera en la que las concepciones relacionales hallan mayor acogida, o al menos,
mayor disposición a problematizar qué es la literatura.
Los usos actuales de la categoría por parte de la escuela y del mercado son retrospectivos,
y es inevitable que así sea pues el tratamiento de la literatura como asignatura responde a
criterios de historización, y el del mercado suele corresponderse con el escolar (otra vez: no creo
que sea así). Se incluyen, entonces, textos que en sus respectivos contextos históricos y culturales
eran agrupados bajo otros nombres, ya porque no existía la noción de literatura como tal, ya porque
su alcance era diferente. Lo mismo sucede, en general, con la crítica periodística.
En la escuela argentina se advirtió una ampliación del objeto después de la reinstalación
democrática de 1983, ampliación que aún perdura. Así, los programas y los manuales de la
asignatura fueron incluyendo textos impensables décadas antes, aunque es cierto que muchas veces
bajo el rótulo más abarcador de “discurso” o “estudio del discurso”: letras de tangos, de canciones
del “rock nacional”, historietas, guiones televisivos, entre otras tipologías. Sobre todo en el nivel
medio, en los últimos veinte años se han incluido como textos literarios el Diario de Ana Frank,
discursos de José Manuel de Estrada, canciones de Serrat y de Fito Páez, historietas de
Fontanarrosa y un largo etcétera.
Esta extensión del *corpus aparece en los manuales junto con un posicionamiento teórico
que define “literatura” a partir del predominio de la función poética concebida alla Jakobson,
pero que suele prescindir de una reflexión sobre el papel que cumplen las instituciones sociales
en las inclusiones y exclusiones dentro de la categoría.5 Resulta al menos problemático asegurar
que en textos como Facundo, Operación Masacre o el Himno Nacional predomine la función
poética o que carezcan de propósito práctico, para nombrar algunos textos que los jóvenes
argentinos suelen ver en la escuela. Problemas similares ofrecen textos como las crónicas de Indias,
las aguafuertes arltianas o gran parte de lo que habitualmente se incluye dentro de la literatura
argentina del siglo XIX.
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Jakobson, Roman
(1960) “Closing Statements: Linguistics and Poetics”, en Sebeok T. An(ed.): Style in
Language, Cambridge (Mass.), MIT Press.
Kozak, Claudia
5 Algunas meritorias excepciones son los libros de Daniel Link Literator IV y V (1993 y 1994), para
los últimosaños de la escuela media; los de la editorial Tinta Fresca (2005 y 2006) para los últimos años del
tercer ciclo de la EGB; y los libros temáticos de Lengua y Literatura para el ciclo Polimodal de Longseller (2005).
(2006) “Los límites de la literatura. Una introducción”. En Deslindes.. Ensayos
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