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Literatura

por Cristian Vaccarini

“Ninguna categoría, por única y escogida que sea,


ni siquiera la categoría estética central de la ley
formal, puede constituir la esencia del arte, ni es
suficiente para que se emitan juicios sobre sus
obras.”Theodor Adorno, Teoría estética (1970)

Un problema básico de la teoría literaria es el que concierne a la definición de su objeto de estudio.


En el siglo XX, este problema se ha sintetizado, clásicamente, en la pregunta: ¿qué es la literatura?
En las siguientes líneas trazaremos, a grandes rasgos, algunas de las respuestas que se dieron a
aquel interrogante. Para ello, comenzaremos por un somero desarrollo del concepto.
La palabra “literatura” deriva de la latina “littera” (“letra”) y es, según Quintiliano, un calco
del término griego γραµµατική (“grammatiké”). En el ámbito latino, “literatura” tenía un alcance
semántico amplio, ya que significaba un saber relacionado con el arte de leer y escribir, ytambién
instrucción, erudición. Es decir que abarcaba textos sumamente diversos, que hoyclasificaríamos
en distintas tipologías. Aquellos sentidos de la palabra fueron los que predominaron hasta la
segunda mitad del siglo XVIII, cuando “literatura” pasó de significar el saber del hombre de letras
a una actividad específica. En 1759 Lessing utilizó Literatur como conjunto de obras literarias, y
en 1800, con el libro de Madame de Staël Sobre la literatura considerada en sus relaciones con
las instituciones sociales, empezó a adquirir su sentidomoderno, el de creación estética.
Es comprensible que este cambio semántico se diera en esta etapa pues, al especializarse el
término “ciencia”, los escritos “literarios” quedaban excluidos de la órbita científica; por otro lado,
se dio una valorización de géneros en prosa, desde la novela hasta el periodismo, quetendría
su desarrollo y ápice en el ya incipiente Romanticismo y que haría necesaria una designación que
los incluyera: “literatura” (V. M. de Aguiar e Silva 1967: 11-13). En el romanticismo se produjo
la autonomización de la literatura como práctica discursiva específica, cuyo rasgo principal era, a
diferencia de la ciencia y de la historia, la ficcionalidad.
En Marxismo y literatura, Raymond Williams postula una teoría de la literatura a partir
de un “materialismo cultural”, sosteniendo: “una teoría de las especificidades del material propio
de la producción cultural y literaria dentro del materialismo histórico” (Williams 1977: 16) [
Marxismo]. Así, este autor destaca que el uso corriente del término “literatura” es una descripción
de algo altamente valuado; y que ingenuamente se toma el concepto de “literatura” como “plena,
fundamental e inmediata experiencia humana”, ingenuidad que se puede desmontar teórica e
históricamente. Pues si la literatura es “el proceso y el resultado de la composición formal dentro
de las propiedades sociales y formales del lenguaje” (Williams 1977: 60), por razones ideológicas
este proceso suele ser ocultado o suprimido.
Para comprender la significación del concepto, y recuperar esa noción de proceso, Williams
examina el desarrollo de “literatura”. Según su análisis, esta surgió en su formamoderna en el siglo
XVIII, desprendida del área de la retórica y la gramática, y caracterizada como una categoría de
uso y de condición, y no de producción. “Literatura” equivalía a “especialización en la lectura y,
en el contexto material del desarrollo de la imprenta, en la palabra impresa y especialmente en el
libro” (61). Esta especialización se dio en términos declase social, pues “literatura” nació como
una categoría burguesa, que definía un saber “culto”. Luego, el concepto perdió ese sentido de
capacidad y experiencia de lectura, y se convirtió enuna categoría en apariencia objetiva que
incluía los libros impresos y de cierta calidad. En esta transformación incidió el pasaje de un
“saber” a una “sensibilidad” como criterio definidor de la calidad literaria. Posteriormente, la
literatura se transformó en una categoría selectiva y especializada, en el sentido de obras
“creativas” e “imaginativas”, sobre todo gracias a la labor deuna institución que también creció y
se desarrolló en el siglo XVIII: la crítica ( Campo literario).
El carácter ficcional de los textos y el predominio de cierto uso o función del lenguaje son
los dos factores constantes en un amplio conjunto de definiciones (o, en un sentido más amplio,
concepciones) de la literatura que podemos denominar inmanentes, o “esencialistas”, pues
consideran que es posible delimitar si un texto es literario o no por medio de un rasgo o una
condición inherente al mismo. A aquellos dos factores se les agregan a veces otros más inasibles,
como la belleza del texto o la emoción estética que produce.
Por su lado, otro amplio conjunto de definiciones, que podemos llamar “relacionales”, se
basan en las relaciones que un texto entabla con ciertas instituciones ( Campo literario)
socioculturales y con ciertos modos de ser leído; relaciones y modos que le asignan carácter
literario. Estas concepciones niegan que haya un factor inmanente que le dé condición de literario
a un texto con independencia de los contextos socioculturales en el que circula y es leído. Suelen
destacar que el carácter literario o extraliterario de un texto parte de un consenso social y que,
por lo tanto, es dinámico e inestable. Dicho consenso se establece y se reformula, en última
instancia, a partir de las operaciones que realizan ciertas instituciones y ciertos actores del campo
cultural. Estas conceptualizaciones se ubican de manera mucho más explícita en los contextos de
producción y recepción de los textos en la modernidad, y resultan, por razones históricas y lógicas,
tributarias del primer conjunto de definiciones: para atribuirle a un texto la condición de literario
se parte de un *imaginario que considera alguna concepción esencialista.
Una conceptualización esencialista de largo recorrido y generalizado éxito en el siglo XX
es la que define “literatura” por medio de algún rasgo específico del lenguaje utilizado. En la teoría
literaria contemporánea, fueron los formalistas rusos ( Formalismo ruso) los primeros en
proponerla. En una primera etapa, sintetizada en el célebre artículo “El arte como artificio” de
Viktor Shklovski, publicado en 1916/1917, se opusieron dos tipos de lenguaje: el lenguaje
ordinario y el lenguaje literario. Este es una lengua “desviada”, fuera de lo común; dichadesviación
se debe a una serie de procedimientos formales a los que el lenguaje es sometido para convertirlo
en material de una obra de arte. Según Shklovski, este trabajo que realiza el escritor con el lenguaje
se propone brindar una obra que presente la realidad de una manera novedosa, a partir de relaciones
que no son las habituales. Este proceso de *ostranenie (traducido habitualmente como
“extrañamiento”) procura que el lector desautomatice su percepción de la realidad. De este modo,
la lengua utilizada en los textos literarios sería una lengua intensificada, que se desviaría de los
usos cotidianos y referenciales, y que estaría elaborada intencionalmente para lograr cierto efecto.
Shklovski define como objeto estético a “los objetos creados mediante procedimientos
particulares, cuya finalidad es la de asegurar para estos objetos una percepción estética” (Todorov
1965: 57). En ese artículo, y en otros posteriores, Shklovski insistió en la oposición entre la lengua
cotidiana y la lengua poética, diferente de aquella por el carácter perceptible de su construcción.
Así, lo que diferenciaba al arte (a la literatura) de otras prácticas lingüísticasera cierto uso del
material (de la lengua).
También perteneciente al grupo de los formalistas, Roman Jakobson sostuvo en 1921
que el “objeto de la ciencia literaria no es la literatura sino la “literaturidad” (“literaturnost”), es
decir aquello que hace de la obra dada una obra literaria” (Todorov 1965: 26; Amícola 1997: 92).
Esta formulación encontraría un célebre desarrollo varias décadas después. En efecto, un segundo
y muy importante momento en la historia de las definiciones que se basan en el lenguaje utilizado
lo protagonizó Roman Jakobson, con la publicación de “Lingüística y poética” (1960). En este
conocidísimo texto, Jakobson distinguió seis funciones básicas del lenguaje en la comunicación:
la emotiva o expresiva, la apelativa o conativa, la referencial o informativa, la metalingüística, la
poética y la *función fática. La función poética, la más importante, se caracterizaría por centrarse
en (o llamar la atención sobre) el mensaje mismo. Si bien no puede limitarse la presencia de esta
función a la literatura, los textos literarios son aquellos en los que esta función predomina sobre
todas las demás.
La identificación de lo literario con lo ficcional es, según el teórico portugués V. M. de
Aguiar e Silva, una reelaboración de la postura de Jakobson. La función poética, ahora, “crea
imaginariamente su propia realidad” e intencionalmente “crea un universo de ficción que no se
identifica con la realidad empírica”; le otorga al texto una “autonomía semántica” por la cual la
literatura “significa de modo inmanente su propia situación comunicativa, sin estar determinada
inmediatamente por referentes reales o por un contexto de situación externa” (V. M. de Aguiar e
Silva 1967: 16). Nuevamente en contraste con otras tipologías textuales, como la histórica o la
científica, la lengua literaria es definida como inverificable y plurisignificativa. Así, obras literarias
son aquellas en las que “el mensaje crea imaginariamente su propia realidad, en que la palabra da
vida a un universo de ficción” y cuya verdad es de coherencia y no de correspondencia con un
referente real (V. M. de Aguiar e Silva 1967: 33). Así este críticoformula un concepto de
literatura que es, en sus palabras, estrictamente estético, aunque aclara que a lo largo de su historia
el concepto ha presentado diferentes alcances. Observa también que hay ciertos textos híbridos,
como las biografías, las memorias y los ensayos, que usan “máscaras literarias”.
Ciertas características del lenguaje y el carácter ficcional son también elementos definitorios
para René Wellek y Austin Warren (1948). En la literatura hay un uso especial del lenguaje, que
presenta una diferencia de naturaleza con el lenguaje científico y de grado con el cotidiano. En el
primer caso, el lenguaje literario es ambiguo, sumamente connotativo, con un
lado expresivo que conlleva el tono y la actitud del emisor; se trata de un lenguaje que quiere influir
en el lector y hace hincapié en el signo mismo. En el segundo, los recursos del lenguaje se explotan
más deliberada y sistemáticamente: el lenguaje poético organiza y tensa los recursos del lenguaje
cotidiano, y a veces lo violenta.
Así, serían literarias las obras en las que predominara la función estética (aunque los
autores admiten que la función estética es fluctuante y hay obras que pueden ser consideradas
literarias en un momento y no en otro), y que presentaran un mundo referencial de ficción (aunque
esos mismos críticos reconocen la existencia de casos fronterizos). En suma, la literaturaes definida
con los rasgos de expresión personal, realización y explotación del lenguaje, falta de propósito
práctico y carácter ficticio. Una obra literaria es una organización sumamente compleja, de
carácter estratificado, con múltiples sentidos y relaciones. Se trata de todo un sistema o estructura
de signos que sirve a un fin estético específico, cuya índole se sintetiza en “La capacidad especial
que tiene el lenguaje literario para provocar una objetividad sui generis [realidad evocada o
producida por la literatura] y el carácter estructurado del conjunto, por elcual lo ‘provocado’ se
torna una unidad” (Wellek y Warren 1948: 20).
Las posiciones esencialistas reseñadas ofrecen un factor común: el de la intencionalidad.
Presuponen un sujeto consciente de estar escribiendo algo caracterizado como “literatura” y, por
ende, de utilizar los mecanismos y recursos de producción textual que inscriban su escrito en esa
categoría. Pero otras posturas propondrán que un texto puede ser leído como literario
independientemente de las intenciones del autor. “Un escrito puede comenzar a vivir como historia
o filosofía y, posteriormente, ser clasificado como literatura (…). Algunos textos nacen literarios;
a otros se les impone el carácter literario” (Eagleton 1983: 19-20).
De todos modos, el énfasis colocado en el lector no debe llamar a confusión: no se trata de
cualquier lector, sino de ciertos agentes culturales que, por su posición dentro del campo cultural,
gozan de mayor poder, material o simbólico, que otros para definir qué es “literatura” y qué no,
para incluir y excluir. Entre esos agentes tenemos a los críticos, los profesores, las editoriales, los
agentes literarios, los jurados, los libreros, las revistas literarias (), los grandes medios de
difusión. “El reconocimiento de un texto como literario y, en consecuencia, como digno de ser
editado, se realiza en el interior de un sistema selectivo que, presidido por las tendencias del gusto,
abarca a editores y críticos” (Sarlo y Altamirano 1993: 75).2
Entramos así en las perspectivas relacionales, en las cuales parece imposible tratar la
cuestión de qué es “literatura” sin recurrir a la noción de institución. En la década del 30, los
estudios del checo Jan Mukařovský ( Estructuralismo checo) aportaron una nueva mirada a
la concepción del arte y, por consiguiente, de la “literatura”. Mukařovský postula que lo estético
en general, y el arte en particular, son fenómenos irreductiblemente sociales, que presentan una
triple faz: la función, la norma y el valor. La función estética no posee un límite fijo con otras
funciones, y no existen objetos que por su esencia y su estructura sean de por sí estéticos,
independientemente de la época, el lugar y el criterio con que se los considera y valora. Los límites
de la esfera estética son variables; sin embargo, en cada comunidad sociocultural hay una
localización más o menos generalizada de la misma.
Si esta función predomina sobre otras en un objeto determinado nos encontramos con el
arte, pero aquí también se abre una relativización crucial. El arte tampoco es una esfera de fronteras
inamovibles, de manera que, si nos centramos en la literatura, un mismo texto puede ser
considerado literario por una comunidad y no literario por otra; o recibir categorizaciones
diferentes en momentos distintos de la vida de una misma comunidad. Refiriéndose a la valoración
estética, Mukařovský destacó que las sociedades crean instituciones y órganos que la regulan; sin
forzar su pensamiento, podemos ampliar el concepto diciendo que también leasignan un carácter
“dominante” a la función estética en ciertos objetos y no en otros. Sea como fuere, Mukařovský
“abre el campo del arte, disuelve sus límites y lo sumerge en un mundo de tensiones” (de Diego
2006: 173), en el que son permanentes las reconfiguraciones y los conflictos.
Para sintetizar su posición con respecto a las posibles maneras de definir la literatura, el
crítico inglés Terry Eagleton (1983) pasó revista a cuatro posturas con larga tradición en las
sociedades occidentales, y trató de demostrar sus falencias. Así, cuestionó las definiciones de la
categoría basadas en el carácter ficcional de los textos, en un uso específico de la lengua, en su

2Queda, en este marco, la pregunta por la índole literaria de ciertos textos, como los producidos en la
escuela, en talleres de escritura y en circuitos más informales, que no llegan a la edición y la publicación
industriales. Todo ello, sin hablar de los nuevos circuitos de circulación, como los blogs.
índole no pragmática y en una valoración que equipara “literatura” a textos “bien escritos”.
Veamos brevemente cada una de sus objeciones.
En la primera de ellas, Eagleton argumenta que se incluyen dentro de la categoría muchos
textos no ficcionales y, a la inversa, textos ficcionales como las historietas suelen ser excluidos
de ella. Al respecto acotemos que, por ejemplo, Recuerdos de provincia de Sarmiento y Una
excursión a los indios ranqueles de Mansilla han sido incluidos sistemáticamente en la literatura
argentina. Por otra parte, un factor aun más importante es que la diferencia entre realidad y ficción
que es hoy predominante en las sociedades modernas, resulta inválida para otras épocas de la
historia. Ello anula cualquier posibilidad de definir de modo transhistórico la literatura como
equivalente a ficción.
Su segunda refutación toma como blanco la literatura definida a partir de un determinado
uso del lenguaje. Para ello sostiene, a partir de la noción lingüística de registro, que es iluso pensar
que hay un lenguaje normal, válido para todos los hablantes. Si bien reconoce que para los
formalistas ( Formalismo ruso) lo literario “era una función de las relaciones diferenciales
entre dos formas de expresión y no una propiedad inmutable” (Eagleton 1983: 16; cursivas del
original), Eagleton insiste en que para ellos la “rarefacción” del lenguaje era la esencia de lo
literario. Además, esgrime otro argumento, el de que no todas las desviaciones de la norma
lingüística, como los argots, son literarias.
Su tercer ataque se dirige contra la literatura entendida como un discurso no pragmático,
pues “en buena parte de lo que se clasifica como literatura el valor-verdad y la pertinencia práctica
de lo que se dice se considera importante para el efecto total.” (Eagleton 1983: 19; cursivas del
original). En este punto, Eagleton plantea que cualquier texto, como el horario de los ferrocarriles,
puede leerse como literario, y que cualquier texto “literario” puede leerse pragmáticamente
(piénsese, por ejemplo, en el uso de cortejo que se da a los poemas amorosos). De este modo, la
índole literaria de un texto se dejaría en manos del receptor, y “literatura” sería una forma de
relacionarse con los escritos. Eagleton es categórico: “No hay absolutamente nada que constituya
la `esencia´ misma de la literatura” (20). Sin embargo, podemos plantearnos que ciertas
definiciones o concepciones de qué es literatura funcionan en las sociedades occidentales
modernas, más allá del mayor o menor rigor con que estén formuladas y de los intereses
ideológicos que se hallen en su origen. Esas definiciones, que son puestas en circulación,
principalmente, por los medios de difusión, por la escuela y por la crítica, son, como la lengua
de Saussure, siempre previas al sujeto. Para que un texto “no literario” sea leído como literatura
es necesario que haya, en circulación social, una concepción previa de qué es literatura.3
Por último, afirma Eagleton, si por literatura se entiende un texto altamente valorado, se
debe abandonar toda pretensión “objetiva” de poder caracterizar la categoría. Si “literatura” es un
texto considerado bueno, queda excluida lógicamente la posibilidad de que exista literatura
mediocre o, aun, mala. Pero más importante es el hecho de que no existe la valoración objetiva:
el valor es transitorio y significa “lo que algunas personas aprecian en circunstancias específicas,
basándose en determinados criterios y a la luz de fines preestablecidos” (Eagleton 1983: 23).
Eagleton concluye que no hay ningún rasgo “esencial” que permita incluir a un texto dentro
de la literatura, ni en la actualidad ni con respecto a épocas pasadas. La literatura es una categoría
inestable, dependiente de categorías valorativas, y que ciertos textos y no otros sean incluidos en
ella obedece a una compleja red de instancias sociales, es decir ideológicas.
Podemos decir, entonces, que si la literatura es todo aquello que es considerado como
literatura en una sociedad dada, la tautología sólo puede resolverse por medio de un análisis de
los agentes y factores culturales que realizan y sostienen esa definición en esa sociedad.
Otra perspectiva que cuestiona las posiciones esencialistas la encontramos en Susana
Reisz de Rivarola, quien plantea que, desde Aristóteles, han predominado dos tipos de
definiciones: la de la literatura como texto ficcional y la de la literatura como sistema estructurado
y autosuficiente, bello en el sentido de no pragmático. Así, el mensaje artístico se caracterizaría
por su *autotelismo, es decir, la capacidad de “atrapar la atención del receptor por la presencia de
una `forma´ o `estructura´ en la que todos los elementos se interrelacionan.” (Reisz de Rivarola
1986: 22). La autora se encarga de criticar, en las posiciones de V. M. de Aguiar e Silva y de René
Wellek y Austin Warren, la homologación entre *autotelismo y ficcionalidad que realizan, y de
sostener que gran parte de la lírica no admite la distinción entre ficcional y no ficcional. Según su
análisis, hay una serie de falsas premisas en la base de las posturas esencialistas. La primera de
ellas es la que considera que la orientación del mensaje hacia sí mismo es un rasgo distintivo,
exclusivo y excluyente de la literatura. La segunda falsa premisa es la que identifica literatura
con ficcionalidad, que excluye parte de la poesía del siglo

3Esta consideración, claro está, no invalida el propósito de Eagleton de desmontar esas concepciones
usuales y desentrañar sus motivaciones ideológicas.
XX y un amplio repertorio de textos como los relatos de viajes, las autobiografías, las memorias,
los diarios personales, y también presenta el problema de no considerar que hay muchos textos
ficcionales que no son considerados literarios, como los chistes. La tercera premisa errada, y que
la autora le objeta especialmente a V. M. de Aguiar e Silva, es la que sostiene que la “explotación
sistemática de los recursos del lenguaje en un texto y su fictivización se implican necesariamente”
(Reisz de Rivarola 1986: 30). Luego de estas objeciones teóricas, Reisz de Rivarola parte del
análisis del discurso y de las posturas de Juri Lotman ( Semiótica) para proponer una
caracterización de la literatura que ella llama estructural-funcional y que aunaría particularidades
de las definiciones esencialistas y relacionales. Así, el texto literario sería la realización de cierto
esquema discursivo y, a la vez, una parte de un hecho institucional en el que adquiere su identidad.
Los rasgos distintivos de un texto literario son:

1. Es literario todo texto capaz de cumplir una función estética dentro de (…) un determinado sistema cultural.
2. Para que el texto pueda cumplir esa función debe tener una determinada organización interna. 3. (…) es el
mecanismo autoorganizador de la literatura el que dictamina, en cada estadio de su propio desarrollo, qué
estructuras textuales particulares son aptas para cumplir una función estética. 4. Lo que en última instancia
determina el carácter literario de un texto es su relación con un metatexto (…) que lo clasifica como tal, lo
ordena dentro de una tipología, proyecta sobre él un valor y orienta su codificación y descodificación según
una compleja jerarquía de normas (…) 5. Todo texto literario se caracteriza por su codificación múltiple (…)
(Reisz de Rivarola 1986: 44).4

Desde otra posición, la literatura pensada más como una categoría estratégica que descriptiva
aparece en una formulación de Roland Barthes: si la lengua es el reservorio de las significaciones
cristalizadas, y si esta cristalización es siempre, con mayor o menor mediación, política, sólo nos
resta combatir la lengua desde dentro de sí misma, descarriarla, trampearla: “a esta fullería
saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lenguafuera del poder,
en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura”.
(Barthes 1978: 121-2). Y luego: “Entiendo por literatura no un cuerpo o una

4
Teun van Dijk, desde el análisis del discurso, postula que la literatura “no es un tipo de discurso
estructuralmente homogéneo. Es más bien una familia de tipos de discurso, en la que cada tipo puede
tener estructuras textuales muy distintas; la unidad es el resultado de funciones socioculturales
similares”. Van Dijk sostiene que las distintas sociedades marcan ciertos tipos de discurso como
literarios; y que “en última instancia, la literatura se define en su contexto sociocultural. Las instituciones
como las escuelas, las universidades, la crítica literaria, los libros de texto, las antologías, la historiografía
literaria, y las convenciones culturales de ciertas clases sociales o grupos establecerán, para cada período
y cultura, lo que cuenta como discurso literario” (van Dijk 2005: 115 y ss.)
serie de obras, ni siquiera un sector de comercio o de enseñanza, sino la grafía compleja de las
marcas de una práctica, la práctica de escribir.” (Barthes 1978: 123).
Una reflexión sobre los límites actuales de lo que aún llamamos literatura es aportada por
Claudia Kozak:
Pues la pregunta por los límites surge cuando algo comienza a hacerse en algún sentido ausente, lejano
o almenos borroso –porque su visibilidad se encuentra disminuida–, o cuando pierde sus contornos
precisos – porque es difícil distinguirlo de otra cosa de la que seguramente en otra época estaba bien
separado–.” (Kozak 2006: 11-13).

De este modo, la relación de la literatura con otras prácticas verbales próximas (guiones,
historietas, canciones) y la tendencia cada vez mayor a leer como literarios textos como los diarios
íntimos y los epistolarios de los escritores provocan el debilitamiento de las fronteras de la
categoría.
Por ejemplo, considerada desde la crítica académica, la literatura parece haber perdido
cierta especificidad en los últimos quince años, para pasar a formar parte de un conjunto mayor,
al que se dedican los llamados estudios culturales ( Culturas populares). Esta redefinición del
objeto puede deberse a varias causas pero dos factores, que quizá sean las caras de una misma
moneda, aparecen como los más visibles. Por un lado, el poder “de imponer agenda”, para usar
una expresión del periodismo político, de la academia estadounidense; por el otro, un fenómeno
de alcance mundial pero cuyo epicentro son los Estados Unidos: el imperialismo de la cultura de
masas (que es predominantemente audiovisual), cada vez más notorio en las últimas décadas.
Aludiendo a prácticas como el cine, la canción, los graffiti, Kozak opina que la
“permeabilidad de las fronteras corre la literatura hacia otro lugar, pero no exactamente hacia el
lugar de esas otras prácticas (…) sino al de la incerteza de lo que aún no podemos nombrar.”
(Kozak 2006: 16). Ciertas discusiones sobre la índole literaria de las historietas, o sobre la
nominación de Bob Dylan al Premio Nobel de literatura, deberían enmarcarse en este nuevo
contexto.
Por su parte, una tensión que recorrió todo el siglo, la del “arte” frente al mercado (es decir,
la industria cultural de masas) ofrece otros problemas. Para tomar sólo un caso, es frecuente que
ciertos agentes culturales les quiten (o no les asignen) la condición de literario a ciertos libros,
sobre todo novelas, conocidos a partir de una caracterización del mercado como “best sellers”.
Así, textos de Sidney Sheldon, Danielle Steel, Federico Andahazi o, en los años
70, de Poldy Bird son anatematizados y excluidos de la categoría, por un lado, mientras por el otro
participan de concursos literarios y ganan premios, o sus autores, como es el caso de Paulo Coelho,
son nombrados miembros de la Academia Brasileña de Letras.

***
La educación sistematizada, el mercado y la crítica (la periodística y la académica) son las tres
grandes esferas que, en la modernidad, establecen y hacen circular las diferentes concepciones de
la literatura, por medio de sus respectivas instituciones ( Canon). En nuestro país, la escuela
trabaja sobre todo con definiciones inmanentes, y cumple un papel muy importante en la
transmisión y la reproducción de estas conceptualizaciones hacia otras esferas de la sociedad. El
mercado ofrece criterios de inclusión que a veces parecen más amplios o más heterogéneos que los
de la escuela, pero básicamente se atiene también a miradas esencialistas (de esto último no estoy
tan seguro). En cuanto a la crítica, si bien hay una amplia diversidad de funciones, modos y
destinatarios, es la esfera en la que las concepciones relacionales hallan mayor acogida, o al menos,
mayor disposición a problematizar qué es la literatura.
Los usos actuales de la categoría por parte de la escuela y del mercado son retrospectivos,
y es inevitable que así sea pues el tratamiento de la literatura como asignatura responde a
criterios de historización, y el del mercado suele corresponderse con el escolar (otra vez: no creo
que sea así). Se incluyen, entonces, textos que en sus respectivos contextos históricos y culturales
eran agrupados bajo otros nombres, ya porque no existía la noción de literatura como tal, ya porque
su alcance era diferente. Lo mismo sucede, en general, con la crítica periodística.
En la escuela argentina se advirtió una ampliación del objeto después de la reinstalación
democrática de 1983, ampliación que aún perdura. Así, los programas y los manuales de la
asignatura fueron incluyendo textos impensables décadas antes, aunque es cierto que muchas veces
bajo el rótulo más abarcador de “discurso” o “estudio del discurso”: letras de tangos, de canciones
del “rock nacional”, historietas, guiones televisivos, entre otras tipologías. Sobre todo en el nivel
medio, en los últimos veinte años se han incluido como textos literarios el Diario de Ana Frank,
discursos de José Manuel de Estrada, canciones de Serrat y de Fito Páez, historietas de
Fontanarrosa y un largo etcétera.
Esta extensión del *corpus aparece en los manuales junto con un posicionamiento teórico
que define “literatura” a partir del predominio de la función poética concebida alla Jakobson,
pero que suele prescindir de una reflexión sobre el papel que cumplen las instituciones sociales
en las inclusiones y exclusiones dentro de la categoría.5 Resulta al menos problemático asegurar
que en textos como Facundo, Operación Masacre o el Himno Nacional predomine la función
poética o que carezcan de propósito práctico, para nombrar algunos textos que los jóvenes
argentinos suelen ver en la escuela. Problemas similares ofrecen textos como las crónicas de Indias,
las aguafuertes arltianas o gran parte de lo que habitualmente se incluye dentro de la literatura
argentina del siglo XIX.

Bibliografía citada:

Amícola, José
(1997) De la forma a la información. Bajtín y Lotman en el debate con el
formalismo ruso,Rosario, Beatriz Viterbo.

Barthes, Roland
(1978) "Lección inaugural", en El placer del texto y Lección inaugural de la cátedra
semiología lingüística del Collège de France pronunciada el 7 de enero de 1977, México D.
F., Siglo XXI Editores, 1986, pp. 121-122. (Trad. cast. de Oscar Terán).

de Aguiar e Silva, Vítor Manuel


(1967) Teoría de la literatura, Madrid, Gredos, 1972. (Trad. cast. de Valentín García
Yebra).

de Diego, José Luis


(2006) “1936”. En La verdad sospechosa. Ensayos sobre literatura argentina y
teoríaliteraria, La Plata, Al Margen; pp. 169-175.

Eagleton, Terry
(1983) Una introducción a la teoría literaria, México D. F., Fondo de Cultura
Económica,1988. (Trad. cast. de José E. Calderón).

Jakobson, Roman
(1960) “Closing Statements: Linguistics and Poetics”, en Sebeok T. An(ed.): Style in
Language, Cambridge (Mass.), MIT Press.

Kozak, Claudia

5 Algunas meritorias excepciones son los libros de Daniel Link Literator IV y V (1993 y 1994), para

los últimosaños de la escuela media; los de la editorial Tinta Fresca (2005 y 2006) para los últimos años del
tercer ciclo de la EGB; y los libros temáticos de Lengua y Literatura para el ciclo Polimodal de Longseller (2005).
(2006) “Los límites de la literatura. Una introducción”. En Deslindes.. Ensayos
sobre laliteratura y sus límites en el siglo XX, Rosario, Beatriz Viterbo, pp. 11-19.

Mukařovský, Jan
(1936) “Función, norma y valor estético como hechos sociales” En Escritos de
estética y semiótica del arte, Barcelona, Gustavo Gili, 1977. (Trad. cast. de Anna Anthony-
Višová).

Reisz de Rivarola, Susana


(1986) Teoría literaria. Una propuesta, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú.

Sarlo, Beatriz y Altamirano, Carlos


(1993) Conceptos de sociología literaria, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.

Todorov, Tzvetan (comp.)


(1965) Teoría de la literatura de los formalistas rusos, México D. F., Siglo XXI,
1999.(Trad. cast. de Ana María Nethol).

van Dijk, Teun


(1980) Estructuras y funciones del discurso, México D. F., Siglo XXI, 2005. (Trad. cast.
deMyra Gan, Martí Mur y Josefina Anaya)

Wellek, René y Warren, Austin


(1948) Teoría literaria, Madrid, Gredos, 1966. (Trad. cast. de José María Gimeno).

Williams, Raymond
(1977) Marxismo y literatura, Barcelona, Península. Prólogo de J. M. Castellet, 1997. (Trad.
cast. de Pablo de Masso).

Para seguir leyendo:

Adorno, Theodor W.
1970) Teoría estética. Bs. As., Orbis, 1983. Edición a cargo de Gretel Adorno y Rolf Tiedemann.
(Traducción cast. de Fernando Riaza, revisada por Francisco Pérez Gutiérrez).

Altamirano, Carlos y Sarlo, Beatriz


(1983) Literatura/Sociedad, Buenos Aires., Hachette.

Brunelli, Anahí
(2004) “Lecturas y escrituras. La literatura como metatexto”, en “Serie Pedagógica”, La
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Castagnino, Raúl.
(1954) ¿Qué es literatura? Naturaleza y función de lo literario, Buenos

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(1989) “La literaturidad”. En Angenot, Marc y otros. Teoría literaria, México
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Ford, Aníbal
(2005) 30 años después. Las clases de Introducción a la Literatura y otros
textos de la época,
La Plata, Facultad de Comunicación Social.

Lentricchia, Frank/Thomas McLaughlin (eds.)


(1995) Critical Terms for Literary Study, Chicago y Londres, The
University of ChicagoPress (segunda edición ampliada sobre la de 1990).

Link, Daniel.
(2006) “Prólogo”. En Kozak, Claudia (comp.). Deslindes. Ensayos sobre
la literatura y suslímites en el siglo XX, Rosario, Beatriz Viterbo, pp. 7-10.

Negri, Eithel Orbit y Ferrero, José María


(1981) De la teoría al texto literario, Buenos Aires, Huemul.

Reyes, Alfonso
(1940) “Apolo o de la literatura”. En La experiencia literaria, Buenos
Aires, Losada, 1969,pp. 73-90.

Sartre, Jean-Paul
(1948) ¿Qué es literatura?, Buenos Aires, Losada, 1991. (Trad. cast. de
Aurora Bernárdez).

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