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Vampiros en el Siglo XVIII: Creencias y Mitos

Dom Agustín Calmet, un abad benedictino francés del siglo XVIII, escribió sobre los vampiros en Europa central y oriental basándose en informes de la época. Calmet recopiló historias de vampiros supuestamente resucitados que chupaban la sangre de personas vivas. Sus escritos ayudaron a popularizar la creencia en vampiros, aunque ahora se sabe que tales criaturas no existen.

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Vampiros en el Siglo XVIII: Creencias y Mitos

Dom Agustín Calmet, un abad benedictino francés del siglo XVIII, escribió sobre los vampiros en Europa central y oriental basándose en informes de la época. Calmet recopiló historias de vampiros supuestamente resucitados que chupaban la sangre de personas vivas. Sus escritos ayudaron a popularizar la creencia en vampiros, aunque ahora se sabe que tales criaturas no existen.

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Voltaire, Diccionario filosófico.

Tomo 6 [1764] Sempere,


Valencia 1901: pág. 180-183
Vampiros
¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de
Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d'Alembert, de Diderot, de
Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo
benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la
aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que


salían por la noche del cementerio
para chupar la sangre a los vivos, ya
en la garganta, ya en el vientre, y
que después de chuparla se volvían al
cementerio y se encerraban en sus
fosas. Los vivos a quienes los
vampiros chupaban la sangre, se
quedaban pálidos y se iban
consumiendo; y los muertos que la
habían chupado engordaban, les
salían los colores y estaban
completamente apetitosos. En
Polonia, en Hungría, en Silesia, en
Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa
operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos
ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la
sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos
chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la


Grecia de Alejandro, de [181] Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de
la Grecia cristiana y por desventura cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los
cristianos del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban
excomulgados. Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino,
que creemos que los cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de
la bienaventuranza eterna, y en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la
canonización de cada santo, tributamos a éste la adoración de dulía.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de
broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a
comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los
muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se
necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles
arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros
aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los broucolacas y de la
citada ceremonia.

Después de la maledicencia nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el


fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia,
en Moldavia y en Polonia, aunque esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba
más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania.
Continuamente estuvieron ocupándose de los vampiros desde 1730 hasta 1735; los
espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron; pero semejantes a los antiguos
mártires, cuantos más quemaban más aparecían.

Calmet fue su historiógrafo, y se ocupó de los vampiros, como antes se había ocupado del
Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia
habían dicho antes que él.

Debe ser una cosa curiosísima examinar los procesos verbales jurídicamente entablados a
los muertos que salieron de sus fosas para chupar la sangre a los niños y a las niñas de la
vecindad. Calmet refiere que en Hungría dos empleados que para este objeto nombró el
emperador Carlos VI, con el bailío y el verdugo, fueron a formar causa a un vampiro,
muerto seis semanas antes, que chupaba la sangre de los niños de la vecindad, y le
encontraron cerrado en el ataúd, fresco, robusto, con los ojos abiertos y pidiendo de
comer. El bailío dictó la sentencia; el verdugo arrancó el corazón al vampiro, y después de
esta [182] operación ya no chupó la sangre a nadie. Después de este caso nadie debe
atreverse a dudar de los muertos resucitados que llenan las antiguas leyendas, ni de
ninguno de los milagros que refieren Bollandus y el sincero y reverendo Ruinard.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los
jesuitas acusaron de incrédulo y que luego saborearon su triunfo, cuando el citado autor
refirió la historia del vampiro de Hungría, y dieron gracias a Dios y a la Virgen por la
conversión de Argena. He aquí lo que dijeron del referido autor: «El famoso incrédulo que
dudó de la aparición del ángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Magos, de
que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago, del eclipse
que hubo de sol en luna llena, de los muertos que se paseaban por Jerusalén; tocado por
la divina gracia, se iluminó su espíritu, y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que hubo entonces fue averiguar si aquellos muertos resucitaron por su
propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de
Lorena, de Moravia y de Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron
todo cuanto antes San Agustín, San Ambrosio y otros santos dijeron más ininteligible
respecto a los vivos y a los muertos. Trajeron a colación todos los milagros de San
Esteban que están incluidos en el séptimo libro de las obras de San Agustín, y he aquí uno
de los más curiosos. Quedó aplastado un joven en África en la ciudad de Aubzal bajo las
ruinas de una muralla, y la viuda fue inmediatamente a invocar a San Esteban, de quien
ella era devota, y San Esteban resucitó al aplastado, al que le preguntaron qué es lo que
había visto en el otro mundo: «Señores, contestó a los que le preguntaban: cuando mi
alma salió de mi cuerpo, encontró infinidad de almas que le hicieron la misma pregunta
respecto al mundo. Yo iba no sé a dónde cuando encontré a San Esteban, que me dijo:
«Devolved lo que habéis recibido». Yo le repliqué: «¿Qué queréis que os devuelva si
nunca me disteis nada?» Me repitió tres veces: «Devolved lo que habéis recibido».
Entonces comprendí que quería hablar del Credo. Recé el Credo, y en seguida me
resucitó.

Citaron además los referidos teólogos las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida
de San Martín, y probaron que entre los muertos que resucitó San Martín devolvió la vida
a un condenado; pero todas esas historias, aunque sean verdaderas, no tenían nada que
ver con los vampiros que chupaban la sangre de los niños y luego volvían a meterse en
sus ataúdes. Buscaron también en el Antiguo Testamento y en la mitología algún vampiro
que pudieran presentar como caso antiguo; no [183] encontraron ninguno, pero
probaron, sin embargo, que los muertos comían y bebían, fundándose en que algunos
pueblos antiguos les metían alimentos en las fosas.

Cuestionaron también si comía el alma o el cuerpo del muerto, y quedó decidido que
comían la una y el otro. Los platos más delicados y de poca substancia, como los
merengues y la crema, se los comía el alma, y el rost-bif y el bifs-teak se los comía el
cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían
servir alimentos, y que los imitaban casi todos los reyes de entonces, pero fueron los
frailes los que se les comían la comida y la cena y los que se les bebían el vino; de modo
que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros; los verdaderos vampiros son
los frailes, que comen a expensas de los reyes y de los pueblos.

Verdad es que San Estanislao, que había comprado gran extensión de terreno a un
gentilhombre polaco y no se lo había pagado, perseguido por los herederos ante el rey
Boleslao, resucitó a dicho gentilhombre; pero fue únicamente para pagarle la deuda, y no
se dice que diera ni un solo vaso de vino al vendedor, que se volvió al otro mundo sin
comer ni beber.

Se agita con frecuencia la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió
excomulgado; no soy teólogo bastante profundo para decidirlo; pero por mi parte yo lo
absolvería porque cuando hay que escoger entre dos partidos dudosos, debe elegirse el
más benigno.
El resultado de todo es que una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros
durante cinco o seis años, y que hoy ya no existen; que hubo convulsionarios en Francia
durante más de veinte años, y que hoy ya no los hay; que resucitaron muertos durante
algunos siglos, y que hoy ya no los resucitan; que tuvimos jesuitas en España, en
Portugal, en Francia y en las Dos Sicilias, y que hoy ya no los tenemos.
Agustín Calmet y los vampiros

Dom Agustín Calmet pertenecía a la congregación de Saint‑Vannes y de Saint‑Hidulphe, siendo


abad del monasterio de la orden de San Benito de Sénones, en Lorena. Nacido en Mesnil-la-
Horgne, cerca de Commercy, en 1672, murió en París en 1757. Gran erudito, autor de un pesado
y monumental comentario bíblico, se interesó pronto por una nueva -en aquella época y lugar-
modalidad de apariciones que, según él, habían comenzado a divulgarse apenas sesenta años
atrás. Gracias a sus relaciones personales con diversos clérigos y misioneros de aquellas remotas
zonas y de otros hombres de Estado -especialmente vinculados al duque de Lorena- pudo reunir
suficientes datos al respecto como para escribir un tratado sobre los vampiros. Por igual no había
podido evitar acumular otras reseñas que hacían referencia a apariciones del tipo más clásico, y
ello le encomió a publicarlas por separado.

El primer volumen lo tituló: Tratado de las apariciones de los ángeles, de los demonios y de las
almas de los difuntos, y el segundo: Disertación sobre los revinientes en cuerpo, los
excomulgados, los upiros o vampiros, brucolacos, etc. Y a pesar de su apelación en la propia
introducción del tratado (*los que los creen verdaderos me acusarán de temeridad y de
presunción, por haberlos puesto en duda, o incluso haber negado su existencia y su realidad; los
otros me echarán en cara haber empleado el tiempo en tratar esta materia, que pasa por frívola e
inútil en el espíritu de muchas gentes de buen sentido+ no pudo evitar convertirse en el blanco
preferido de las burlas de los iluminados, *los cuales le despreciaron en todo momento como el
más firme campeón de la superstición+. A partir de entonces su destino fue más bien gris, pues
incluso los católicos dejaron de tener en consideración a sus antiguos tratados bíblicos. Hoy su
nombre se encuentra casi exclusivamente en las bibliografías del vampirismo. Su obra se publicó
por primera vez en 1746 y tuvo un enorme éxito, como demuestran las repetidas ediciones muy
seguidas en el tiempo. Y así fue Calmet quien estableció la definición de vampiro, sintetizada
luego en el Diccionario infernal de Collin de Plancy (1783‑1881), aunque muchas de las
historias que nos cuenta Calmet nada dicen sobre chupasangres, pues a veces, el vampiro apenas
molesta, o simplemente exige que se le sirva el plato en la mesa.

"Los revinientes de Hungría, o vampiros, [...] son unos hombres muertos desde hace un tiempo
considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les
chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a
menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en
eslavo, según dicen, sanguijuela".

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