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El Circo

El documento es una descripción detallada de la llegada de un circo itinerante a una ciudad. El presentador del circo anuncia las maravillas que los espectadores podrán ver, incluyendo trapecistas, domadores de fieras, malabaristas, tragafuegos y un hombre fuerte. Luego describe la entrada de los diferentes actos al circo, incluyendo payasos, trapecistas, un mago, un domador de elefantes y una contorsionista ecuestre.
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El Circo

El documento es una descripción detallada de la llegada de un circo itinerante a una ciudad. El presentador del circo anuncia las maravillas que los espectadores podrán ver, incluyendo trapecistas, domadores de fieras, malabaristas, tragafuegos y un hombre fuerte. Luego describe la entrada de los diferentes actos al circo, incluyendo payasos, trapecistas, un mago, un domador de elefantes y una contorsionista ecuestre.
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EN NOVIEMBRE VINO EL CIRCO

¡Daaamas y caballeeeros ! Niiiñooos y niiiñas! Todos son muy bien venidos


al circo más fabuloso, maravilloso, increíble, nunca imaginado ni soñado
por nadie por más imaginativo que sea; el circo más fantástico del mundo,
el circo que jamás será bien ponderado y alabado. Prepárense, señoras y
señores, niños y niñas para ver los más espectaculares y maravillosos
números que jamás hayan visto o de los cuales hayan oído hablar, gocen
esta única oportunidad ya que nunca más podrán vernos en esta hermosa y
culta ciudad, porque nuestro circo jamás ha visitado dos veces la misma
urbe. Escuchen bien: nuestro destino es recorrer el mundo para llevar
felicidad y alegría a todos los cuantos tienen la fortuna de vernos, y hasta
ahora, en nuestros cuarenta años de existencia, hemos recorrido tres
continentes y centenares de ciudades grandes y chicas, y en este continente
privilegiado por Dios, en el que llevamos cinco años de viajar de un sitio a
otro apenas hemos visitado unas dos docenas de ciudades, porque todas
quieren que nos quedemos para siempre en ellas, tan maravilloso les parece
nuestro espectáculo. Gozarán, señoras y señores, con los más increíbles
trapecistas, capaces de violar la ley de la gravedad; los verán volar y
suspenderse en el aire como si no tuvieran peso, pero también sufrirán con
sus triples saltos mortales, sin red alguna que los proteja de la muerte que
los acecha cada vez que suben al trapecio, no necesitan la red porque están
absolutamente seguros de que no fallarán jamás. Conocerán al más valiente
domador de fieras enfrentado a una manada de salvajes felinos. Aunque no
lo crean, amigos y amigas, los tigres y leones obedecerán sus órdenes como
si fueran perritos falderos, sin emitir el menor rugido, ni siquiera
bostezarán. Los hará saltar por aros de fuego y hará que se echen a sus pies
como gatitos consentidos; logrará, además, que enormes elefantes, torpes
dromedarios y esbeltos camellos bailen como delicadas bailarinas de ballet;
conseguirá que los monos se porten como encumbrados personajes de una
refinada corte europea. Disfrutarán con las contorsiones y transformaciones
de las más hermosa muñeca de carne y hueso que jamás imaginaron
conocer, que montada en un brioso corcel, sin bridas y sin montura saltará
del animal en carrera, lo jineteará de nuevo sin detenerlo, sin ayuda de
nadie, hará contorsiones encima de él hasta poner las plantas de sus pies
encima de sus hombros y cambiará por completo su vestuario
transformándose a cada momento en una distinta y hermosa mujer, todo,
repito, mientras el animal danza y galopa al son de bella música. Quedarán
lelos, queridos amigos, con el traga fuegos que lanza llamas como si fuera
un volcán en erupción; lo verán encender con ellas una enorme fogata cuyas
brasas al rojo vivo se comerá como si se tratara del más delicado manjar. A
este maravilloso artista lo acompaña el traga espadas capaz de tragarse
simultáneamente nueve enormes cimitarras que fueron de un turco
encargado de cortarles la cabeza a los enemigos del Sultán Ataturk V, más
conocido como el Desalmado; lo hará sin truco alguno, y si alguien cree
que hay engaño y que son armas de juguete lo invitamos a poner su cabeza
sobre un tronco para que nuestro hombre fuerte, el más fuerte del mundo,
pruebe el filo de estas armas en ella, desde luego, sin responsabilidad
alguna de nuestra parte si las consecuencias no son buenas para el
espectador desconfiado, mejor dicho, si no lo son para sus herederos.
Distinguida concurrencia: tendrán la oportunidad de tener frente a ustedes
al hombre más fuerte del mundo; lo verán levantar una docena de sus
compañeros encima de sus hombros como si se tratara de niños de brazos,
verán también como dobla gruesas barras de acero apoyadas en su nuca,
sin el menor esfuerzo, con la misma naturalidad con que ustedes respiran, y
si alguno de los distinguidos caballeros aquí presentes quiere luchar con él
y logra vencerlo, le daremos un premio de quinientos pesos oro. Repito:
quinientos pesos oro a quien logre vencerlo en un combate de lucha libre
hasta de tres minutos, o más tiempo si el retador lo desea, y si es capaz,
desde luego, de resistir más de un minuto. Pero advierto que el circo no se
hace responsable de las consecuencias que para el retador pueda tener el
combate. Pero esto no es todo, damas y caballeros: se divertirán y reirán
hasta las lagrimas con nuestros graciosos payasos, capaces de hacer estallar
de la risa a una momia egipcia; tendrán ante sus ojos al más increíble mago
venido de oriente, quién entre muchas otras cosas hará desaparecer ante
todos ustedes a una hermosa mujer, la hará reaparecer en otro lugar del
circo, luego la atravesará con espadas, y después la mostrará tan bella y
sana como antes; se asombrarán, señoras y señores, con los malabaristas a
quienes verán jugar con antorchas, pelotas, afilados cuchillos y otras cosas
delicadas, y es tal su destreza que por momentos creerán que los objetos
no obedecen a su voluntad sino que actúan por su propia cuenta. Todas
estas, y muchas otras y maravillosas cosas contemplarán sus sorprendidos
ojos en esta inolvidable noche de gala que les regala el más fabuloso y
colosal circo que jamás visitó y visitará este respetabilísimo y hermoso
país...

¡Qué empiece el espectáculo! gritó el presentador y enseguida hizo sonar un


agudo silbato.

Salieron en tropel los payasos que se empujaban, caían y rodaban mientras


simulaban con muecas y alaridos que les dolían terriblemente los golpes
que recibían del presentador, que fingía a su vez estar furioso y querer que
mantuvieran el orden y la compostura dándoles cachetadas y coscorrones.

Siguieron a los payasos los trapecistas, hombres y mujeres, encabezados


por un hombre fuerte y canoso, vestidos con ajustadas mallas de tela
plateada que daba visos con las fuerte luces que alumbraban la pista.
Apareció luego el mago que llevaba sombrero de copa y una gran capa
negra adornada con pequeñas estrellas doradas; se cubría la cara con su
capa dejando ver apenas sus ojos que miraban al público con mirada
hipnótica; lo acompañaba una alta y robusta rubia que vestía una amplia y
larga túnica de raso celeste y lucía una diadema de oropel con
incrustaciones de piedras rojas. Tras ellos venía el domador montado en un
enorme elefante dueño de grandes colmillos, cubierto con una gualdrapa
ocre y verde adornada con arabescos; iba el animal con la trompa levantada
en la que llevaba un gran ramo de rosas rojas que entregó con una venia a la
madre del alcalde de la ciudad que se encontraba en la primera fila. Estaba
acompañada por su hijo, el alcalde, quien llevaba vestido de paño negro,
sombrero de pelo de ala grande del mismo color, se adornaba con una
corbata roja de seda, muy ancha que daba visos cada vez que él se movía,
que se levantó y respondió con otra venía a la que les había hecho el
elefante.

Apareció luego en la pista una joven morena, alta y estilizada, de facciones


finas, vestida con una ceñida blusa de color dorado, calzón azul bombacho
adornado con flores de girasol, zapatillas de raso blanco que se adornaba la
cabeza con una diadema de perlas. Llevaba larga trenza de pelo azabache
brillante de la que colgaban cintas de colores; montaba un brioso caballo
negro, sin montura ni bridas e imitaba con su postura a una bailarina, como
las de las cajas de música, que giran y giran y de pronto se detienen y se
congelan en una posición cuando se les acaba la cuerda. Su pierna derecha
caía sobre el mismo costado del animal, la otra la llevaba recogida sobre su
lomo, sus brazos se veían levemente levantados a los costados de su cuerpo,
las manos sueltas como sin fuerzas, la cabeza aparecía ligeramente
inclinada, los ojos estaban cerrados, y dejaba ver una leve sonrisa.

Siguieron a la muñeca los enanos vestidos extravagantemente que llevaban


sujetos con cuerdas de colores vivos a los micos, trajeados de tal forma que
se veían como parientes próximos de quienes los conducían. Unos vestían
como piratas y simulaban ser tuertos con un parche negro en un ojo, en el
pecho llevaban dibujadas calaveras con tibias cruzadas debajo de ellas;
otros semejaban ser caballeros vestidos de levita, sombrero de copa y
bastón, y los más, que causaron sensación, vestían como damas, con faldas
muy amplias engalanadas con encajes, sombreros adornados con frutas,
pelucas con largos rizos rubios, guantes de seda y carteras colgadas del
brazo. Guiaban también los enanos numerosos perros entrenados para jugar
fútbol y saltar por aros con afilados cuchillos en su interior y por otros
rodeados de fuego, y capaces además de hacer otras gracias que divertían
enormemente a la gente.

Cerraron el desfile el tragafuegos de larga y roja melena rizada, vestido con


túnica de color amarillo intenso, y el tragaespadas bajo y barrigón que
llevaba pantalón negro ajustado al cuerpo, larga camisa blanca adornada
con alamares y botas altas de cuero también negras e iguales a las usadas
por los soldados de caballería, y con ellos apareció un hombre enorme que
llevaba, como su compañero el tragafuegos, larga cabellera, pero oscura y
lacia; su torso desnudo mostraba una musculatura asombrosa que dejaba la
impresión de que tenía músculos más numerosos que los que suele tener
cualquier ser humano. Con los brazos en alto saludó al público, y luego, sin
hacer el menor gesto que significara esfuerzo alguno, levantó sobre su
cabeza sentada en la palma de su mano derecha a la mujer barbuda que
había aparecido a su lado como si hubiera brotado del piso. Era gorda y
alta y tenía el pelo rubio, tan rubio que por momentos parecía blanco; lo
llevaba tejido en dos largas trenzas y sobre su cabeza lucía un casco
plateado coronado por dos pequeños cuernos. Su barba de color cobrizo y
muy tupida contrastaba con el color blanco de su túnica que le llegaba hasta
los pies. Con su mano izquierda, también sentado en la palma de la mano, el
hombre fuerte levantó al presentador, que desde la altura como si estuviera
sentado en un trono invitó de nuevo al público a gozar del maravilloso
espectáculo que les ofrecerían en seguida.

Madre, ¿tu viste alguna vez algo igual a esto?


¡Nunca, hijo! ni en la imaginación. Aquí, a la ciudad, vino en una
oportunidad, recuerdo bien que fue en un mes de noviembre, hace ya un
montón de años un circo pequeño; yo era todavía una niña, y claro, a mis
hermanos y a mi el tal circo nos pareció algo llegado de otro mundo. Decían
los dueños que venían de un país de la remota Asia del que nadie había oído
hablar y que no encontramos ni en los diccionarios ni en los textos de
geografía a pesar de la ayuda que para el caso nos dio un maestro retirado.
Tenía el circo la carpa llena de agujeros por los que se colaban el viento y la
lluvia y en las noches nubes de polillas, a veces todos al mismo tiempo, y
en una ocasión se metió el granizo y dejó toda la pista cubierta de hielo en
el que resbalaban animales y artistas. Venían en él dos o tres payasos tan
desmirriados que más parecían faquires o sobrevivientes de un terremoto, y
eran tan malos cómicos que producían más lástima que risas. Traía el
cirquito un burro, o un caballito, no recuerdo bien que era, que llevaba
como jinete un mico vestido de marinero con cara de ser el mico más
aburrido y triste del mundo; daban los dos animalejos un par de vueltas por
la pista y eso era todo lo que hacían, porque el mico ni siquiera monerías
hacía, y el burro pues las hacía menos. Hacían también parte del
espectáculo unos maromeros, eso decían que eran, que con gran esfuerzo
trepaban un par de metros por una cuerda, daban dos o tres saltos en el
suelo, y se terminó su número; ¡Ah! me olvidaba. Había una muchachita
gorda y ronca que cantaba canciones acompañándose con una guitarra
destemplada a quien presentaban como la estrella del circo y que
aseguraban era hija del dueño; la gorda se fugó una noche con un muchacho
de aquí que trabajaba como ayudante de un brujo. Nadie volvió a saber de
ellos, ni el padre de ella que ofreció una recompensa a quien le diera
noticias de los enamorados, ni menos el brujo, el jefe del muchacho, que
aseguró que los encontraría con su arte infalible. Pero, en fin, hijo, el caso
era que cuando terminaba de cantar la muchachita gorda ¡no va más! ¡Se
acabó la función! A casita todo el mundo. Por la función te cobraban un
real, que en ese tiempo era un dineral, pero es que en esa época fue todo lo
que tuvimos para entretenernos; porque por aquí no venían ni siquiera esos
hombres que venden a gritos en las plazas remedios para todos los males
habidos y por haber, y que siempre afirman que venden barato sus
menjurjes por puro amor al prójimo. Mi padre pudo llevarnos a mí y a mis
hermanos a verlo varias veces porque hizo un negocio con el dueño. Le
vendía comida que mi madre preparaba y él le regalaba pases de cortesía
para la primera fila, tal como estamos ahora, pero es porque tu eres el
alcalde y nos dieron un buen sitio, y también por que te dieron pases de
cortesía, porque de otra manera cómo íbamos a venir si a ti hace meses que
no te pagan el sueldo, y la entrada cuesta un Potosí. Pero es que éste circo
es cosa del otro mundo, hijo. Todo lo que dijo el caballero que hizo los
anuncios es verdad, creo que se quedó corto. Mira que cantidad tan grande
de artistas, y tantísimos animales; y mira todo lo que hacen: un acto tras de
otro sin parar. Ya llevamos como dos horas de función y todavía falta
mucho por ver, según lo que anunció el señor del sombrero de copa que
salió a hacer la presentación, el mismo que hizo los anuncios.

La fanfarria estrepitosa con la que se anunciaba un nuevo acto interrumpió


a la madre del alcalde que quedó medio lela cuando apareció en la pista el
tragafuegos echando llamas por la boca como si fuera un lanzallamas, las
que al salir hacían un ruido fuerte como un fuelle enorme, y cuando no
lanzaba llamas abría la boca y ésta se le veía roja como si fuera un horno de
los que se usan para fundir hierro. A la madre del alcalde le pareció que el
hombre iba a incendiar la carpa con todos ellos adentro, pero se tranquilizó
cuando vio a los payasos que portaban baldes llenos de agua y cargaban
también una gran manguera que estaba conectada a la trompa de uno de los
elefantes, la que simulaban tener lista para atender cualquier emergencia.

El tragafuegos dirigió la llama que salía de su boca hacia un brasero lleno


de carbón que en seguida ardió y se puso al rojo vivo, luego, con
parsimonia, fue tomando las brasas y comiéndolas como si se tratara de un
delicado y fino manjar. Cuando terminó su comida soltó otra llamarada que
los payasos apagaron con un chorro de agua que salió de la manguera
conectada a la trompa del elefante el que ni siquiera se movió, lo que ahora
si dejó totalmente lela a la madre del alcalde, y a su hijo lo dejo pensando
en que podría comprar varios de esos animales y usarlos para combatir los
incendios que a cada rato se presentaban en los ranchos de la ciudad.

El presentador apareció de nuevo en la pista y con voz fuerte anunció que


habría un corto receso para descanso de los artistas, y para que los
distinguidos espectadores disfrutaran de los deliciosos refrescos, dulces y
bizcochos que unas hermosas jóvenes les ofrecerían a muy módicos precios.

Aparecieron por distintas partes de la enorme carpa bellas jóvenes con


vestidos muy breves y escotados que escandalizaron a algunas matronas
que las miraban alarmadas. Con graciosas sonrisas ofrecieron refrescos de
diferentes colores y sabores, de los que afirmaban eran preparados con
fórmulas sólo conocidas por el cocinero chino que los acompañaba desde
que muchos años atrás hicieron una gira por el Oriente y eran elaborados
con esencias de frutas y plantas exóticas; ofrecieron también caramelos y
bizcochos de sabores desconocidos por todos los presentes, que llevaban en
pequeñas carrozas tiradas por perros de distintas razas adornados con
moños de colores.

La joven vestida de bailarina oriental, la contorsionista del caballo negro,


se acercó al alcalde y con una sonrisa y una reverencia les ofreció a él y a
su madre refrescos color de miel, servidos en vasos de cristal
hermosamente decorados, bizcochos y dulces que llevaba en una pequeña
carroza victoriana, tirada por un perro dálmata que con mansedumbre se
detuvo frente al alcalde, le extendió una pata delantera a manera de saludo
que él tomó y apretó como si se tratara de la mano de un viejo conocido;
luego el animal hizo una especie de reverencia y adoptó una postura tal que
parecía esperar las ordenes de su ama.

Cuando el alcalde vio a la joven con su sonrisa dulce y su figura delgada y


fina y aspiró el delicado perfume que de ella se desprendía, se le llenó la
cabeza de recuerdos de su niñez. Se esforzó por identificarlo, por recordar
donde y cuando había aspirado ese perfume, pero por más esfuerzos que
hizo no lo logró, ni esa noche ni en las otras ocasiones en que la vio de
nuevo y volvió a aspirar su perfume. Ya en la vejez, único habitante del
enorme caserón que heredó de su madre, recordó un día, un Jueves de
Corpus al anochecer, sentado en una mecedora de mimbre puesta al pie de
un tamarindo enorme, fumándose un tabaco apestoso para espantar los
zancudos y la nostalgia, que el perfume que ella usaba era el mismo que
dejaban en su cuarto los ángeles cuando lo visitaban en las noches, y el
mismo que se desprendió del cuerpo de su mujer Clarabella, una mañana
luminosa en que expiró en la misma silla en la que él estaba sentado y desde
la que le dijo con una sonrisa dulce que se iba porque ella no estaba hecha
para vivir a la luz del sol tropical.

Las últimas noches ninguno de ellos vino a verme, y hay que ver como es
de aburrido estarse metido en la cama mirando la oscuridad sin con quien
conversar y sin saber como termina la historia del enano que se perdió en el
bosque buscando una mariposa que tenia en un ala el arco iris que
deslumbraba a quien lo miraba, y en la otra un ojo con el cual podía ver
todo lo que pasaba en el mundo, y él, el enano, la quería para ponerse el ojo
en la frente y verlo todo como la mariposa, pero cuando la encontró ella lo
había visto y conocía sus intenciones y lo hizo perderse en lo más espeso
del bosque. Como si estuviera otra vez frente a la aparición de un ser
celestial, de esos que veía cuando su madre lo metía en la cama a la fuerza
apenas empezada la noche, y él se quedaba solo en su cuarto pensando en
un montón de tonterías, y los ángeles y otras figuras que no supo nunca
quienes eran, que estaban pintados en unos hermosos y enormes cuadros en
la capilla de su escuela, se materializaban, salían a las calles, entraban a las
casas y conversaban con algunas personas en especial con él, eso creía, y le
contaban cosas maravillosas de otros países y otros mundos, pero cosa
curiosa nunca le hablaron de religión como le hablaban los curas que le
enseñaban doctrina todos los sábados, ni le hablaron de la salvación del
alma, y ahora, cuando ya era un hombre hecho y derecho, alcalde de un
pueblo grande, con autoridad y mando, acatado y respetado, uno de estos
seres que nunca volvió a ver desde que dejó la escuela y lo enviaron con sus
hermanos a una gran ciudad a terminar los estudios de bachiller de artes, se
aparecía frente a él y a su madre, para que ella diera fe de su existencia y
luego no le dijera como le decía cuando era niño que se dejara de soñar con
bobadas y de ver ángeles y seres raros por todas partes, porque los ángeles
cuidan de la gente le decía con gran seguridad, como el Ángel de la Guarda
que a todos nos acompaña y protege, pero ellos nunca se dejan ver y no
hablan con uno y todavía menos para contarle las cosas tan raras que decía
él que ellos le contaban.

Ahora, mi padre metiéndose en los pleitos que por el asunto de los ángeles
mantengo con mi madre, y dice que lo hace para calmar los ánimos
porque se calientan demasiado, y luego él, en una oportunidad, cuando iban
de viaje para el colegio de la gran ciudad donde seguiría sus estudios de
bachiller de artes que le escogió su madre porque a ella le gustaban la
poesía y la pintura, pasajeros de un tren estrepitoso y lento que les llenó la
cara y las ropas de pavesas de carbón, su padre le preguntó con gran
seriedad si todavía veía a los ángeles y a los otros seres y él le respondió
con igual seriedad que ya no, y le agregó que a veces le entraba nostalgia
porque no volvieron, que los recordaba con gran afecto como a muy buenos
amigos que siempre lo acompañaron en las noches largas de encierro
solitario en su habitación por orden de su madre.

Después, años después, mi padre siempre silencioso que de pronto sonrió


con una sonrisa triste me dijo: ya volverás a verlos muchacho, ten
paciencia, te pasará como a mi que también cuando era niño los veía y
conversaba con ellos y me contaban hermosas historias que a veces
dejaban truncas porque de pronto desaparecían como si algo los asustara, y
yo aún, hijo, tengo la curiosidad de saber como terminan algunas de esas
historias. Todavía, en ocasiones muy raras, me encuentro por ahí en la calle
con alguno aunque ya no me hablan ni yo tampoco a ellos porque no tengo
razones para hacerlo, ni siquiera les hablo para saber el fin de las historias.
Supongo que ellos tampoco tengan razón alguna para hablarme porque
pasan a mi lado y apenas si me miran como a alguien a quien apenas
recuerdan. A veces tienen apariencia de un varón muy apuesto y otras de
una mujer muy hermosa, pero la más de las veces parecen personas
comunes y corrientes sin nada especial que las distinga; pero ahora, a mi
edad, las cosas no son las mismas. Con el correr del tiempo terminan siendo
iguales a nosotros: individuos tan comunes como tú y como yo, pierden
toda su gracia. Muchos de ellos son algunas de esas personas lánguidas y
tristes que a veces me encuentro en el parque. Ya no me agrada
encontrarme con ellos así fuera nada más para preguntarles por el fin de las
historias que nunca terminaron de contarme.
.
Pero el pleito fue luego con mi padre cuando quise tocarle el tema. Lo
recuerdo bien; en distintas formas traté de hacerlo hablar, pero nada logré
porque siempre lo evadía con distintos pretextos, y la rabieta de los dos fue
grande cuando en una ocasión con toda claridad me respondió que dejara
ese asunto quieto, que no quería volver a hablar nunca más de él, y yo
insistiéndole cuando viajábamos en el mismo tren lento y ruidoso que nos
llenaba la cabeza y el traje de pavesas y que nos traía de regreso de la
ciudad donde yo trataba de estudiar un montón de cosas que nunca me
interesaron, y todo porque eran las cosas que le gustaban a mi madre.

Se puso de pie para recibirle a la muchacha los vasos y los bizcochos y se


los agradeció con una sonrisa tocándose levemente el ala del sombrero
como buen caballero que era, luego, cuando hizo el ademán de buscar el
dinero para pagarle, ella volvió a sonreírle y con acento muy dulce de un
país muy lejano le dijo que no se preocupara, que dejara así las cosas, que
todo era cortesía de la casa que se sentía muy honrada con su presencia y la
de su señora madre.

Ella continúo sirviendo refrescos, y cuando se reanudó la función ayudó a


los otros artistas en sus actos: les alcanzaba aros a los enanos para que
hicieran saltar a los perros, o mecía los trapecios para que subieran a ellos
los trapecistas, o retocaba el maquillaje de algún payaso, y por un momento
cargó y acarició como si fuera un bebé a un pequeño mico asustado que se
negaba a subir a un caballo.

No le quitaba los ojos de encima, en especial cuando hizo su número con el


caballo. Se cambiaba las ropas con velocidad increíble sin bajar del animal
que no paraba de trotar, galopar y bailar alrededor de la pista. Por unos
momentos era una muñeca oriental de larga trenza, babuchas y amplias y
adornadas faldas; en otros era una delicada bailarina de ballet o una manola
de trenza y peine que se abanicaba con coquetería, o era una dama de un
siglo atrás, con vestido amplio de seda azul, bucles largos y rubios y
sombrilla de colores que hacía girar ágilmente sobre su cabeza. Pero cuando
más la admiró fue cuando ella saltó del caballo que iba al galope, corrió al
lado de él y lo montó de nuevo con un salto increíble. Quedó de pie en el
lomo del animal, con los brazos abiertos, como si volara, y él la vio igual a
los ángeles que lo visitaban en su habitación cuando apenas era un niño.

Se sintió triste cuando el caballo disminuyó su trote y se detuvo, y ella se


sentó sobre su lomo y con delicadeza desmontó, hizo una reverencia al
público y desapareció seguida por el animal por un pasadizo protegido por
una cortina de rayas blancas y rojas. Otra vez el alcalde se llenó de
recuerdos de su niñez. Era como si los ángeles y los otros seres que nunca
identificó volvieran a contarle fantasías hermosas en las que había hadas
madrinas muy bellas y delicadas que siempre tenían un regalo y una sonrisa
dulce para todos; y no podían faltar los gnomos juguetones que llevaban
gorros rojos y puntiagudos rematados por un cascabel de plata que siempre
estaban buscando oro y piedras preciosas en el sitio donde nace el arco iris
para regalarlos a sus amigos porque eran generosos y no les interesaba
quedarse con los tesoros que encontraban, y le volvió el recuerdo de los
bosques llenos de hermosas y perfumadas flores de formas y colores que
nunca vio en la vida real, y de árboles a los que no les cabía una fruta más,
todas olorosas de sabores desconocidos y formas maravillosas.

Apareció en la pista el hombre fuerte con el torso desnudo exhibiendo su


impresionante musculatura, vestido con un pequeño traje hecho con piel de
tigre. Iba descalzo y llevaba su larga y lacia melena negra adornada con
delgadas cadenas doradas, lucía una barba terminada en punta que lo hacía
ver más como un científico que como un artista de circo.

Se acercó al palco del alcalde e hizo una profunda reverencia frente a él y


su madre, y luego, sin más preámbulos, se metió debajo de un camello que
conducía sentada en medio de sus jorobas la mujer barbuda, e
incorporándose con suavidad fue levantándolos apoyando la panza del
animal sobre sus hombres, dio una vuelta completa para que todo el público
gozara del espectáculo, y sin esfuerzo alguno caminó hacia el pasadizo
cerrado con cortinas de rayas blancas y rojas por donde se había ido la
muñeca, en cuya entrada los depositó con delicadeza y volvió al centro de
la pista para recibir los aplausos de la concurrencia, los que agradeció con
una reverencia. Recibió luego el gigantón de manos de tres enanos y cinco
payasos que fingían no poder con él, un enorme madero que mostró al
público exhibiéndolo sobre su cabeza, lo apoyó sobre su nuca y tiró de sus
extremos partiéndolo como si fuera una débil caña. Siguió así el forzudo
haciendo una tras de otra demostraciones de su poderío. Levantaba por
encima de su cabeza, con una sola mano, a una docena de personas del
público colgadas de una barra de acero; rompía numerosos ladrillos de un
golpe dado con su puño, cosas todas que llenaron de asombro al público
menos al alcalde que no quería más que volver a ver a la muñeca del
caballo negro, pero para su tristeza ella no volvió a aparecer ni siquiera
para ayudar a sus compañeros. Los restantes actos no le llamaron la
atención, se limitó a aplaudir por cortesía a los trapecistas cuyos saltos
temerarios hicieron gritar del susto a algunos espectadores a pesar de que el
presentador había pedido absoluto silencio para no distraerlos, porque sus
vidas corrían peligro si se desconcentraban.

Cuando se presentó el traga espadas y se tragó nueve cimitarras que le


alcanzaba un payaso barrigón que fingía probar el filo de cada una de ellas
en su garganta, lo hizo sin esfuerzo alguno como si se tratara de delicados y
agradables fideos, caminó luego por la pista con la cabeza echada para
atrás, mirando para el cielo porque las empuñaduras de algunas de ellas
asomaban por su boca y tenía que andar así sin poder enderezar la cabeza,
y cuando a continuación de él aparecieron los payasos con los perros y
micos amaestrados, el domador de leones africanos, tigres de Bengala y
osos siberianos, y los malabaristas que jugaban con afilados cuchillos y
bolas de fuego, ya ni siquiera aplaudió porque no los vio. Permanecía
inclinado, con los codos apoyados en sus muslos dándole vueltas a su
sombrero de pelo con la mirada fija en un papelito dorado que había en el
piso pensando en la forma de hacerse amigo de la muñeca que fue la única
imagen de todas las representaciones que ella hizo, que se le grabó y que
recordaría por el resto de sus días.

Pero tampoco oyó a su madre cuando lo llamó: hijo... hijo ..., le repitió ella
varias veces, ya terminó la función, ¡vámonos! Pero era como si le hablara
al aire porque el alcalde seguía con la cabeza inclinada, los codos apoyados
en sus muslos y la mirada fija en el papelito dorado tirado en el piso y
dándole vueltas distraídamente a su sombrero de pelo.

¿Que te pasa hombre? le preguntó ella y lo sacudió con vigor tomándolo de


un hombro. Todo el mundo salió y tú sigues ahí sentado, como si no
estuvieras aquí, agregó con disgusto. Ni siquiera agradeciste al dueño la
cortesía que tuvo con nosotros. Tuve que hacerlo yo porque ni te diste
cuenta cuando terminó la función, el hombre vino hasta aquí y nos preguntó
si el espectáculo nos había gustado, y tu ahí agachado, como congelado,
mirando quien sabe qué, y hasta la chica del caballo, la que parece una
muñeca, la que nos trajo los refrescos, vino a despedirse, y tú ni la miraste.
Si, grandísimo zoquete: ella estuvo aquí, y te dejó su retrato. Míralo bien:
es más grande que el que vende a los espectadores, y es en colores. Se ve
muy hermosa. Dijo que era para ti, que te lo obsequiaba con mucho cariño,
te puso una dedicatoria... No me digas ahora que lo que te estoy contando
son mentiras; esa chica vino otra vez hasta aquí, sentí su perfume que me
hizo sentir llena de nostalgia, tú no lo sentiste, porque sino de inmediato te
habrías levantado a saludarla y a agradecerle sus atenciones. Te dormiste
como un niño de brazos. No te faltó sino roncar, me hiciste avergonzar
como nunca. Tú, el alcalde... La gente pasaba y nos daba las buenas noches.
Buenas noches señor alcalde, felices sueños señor alcalde, que descanse
señor alcalde. ¡Claro!, si te veían dormido que otra cosa iban a decir. Y yo
como una tonta sonriendo y respondiéndoles: gracias, muchas gracias, lo
mismo les deseo, y poniendo cara de estar muy feliz. No me digas tonterías
hombre que tú no estabas pensando, estabas aquí en cuerpo, pero sólo Dios
sabrá en donde estaba tu alma. ¿Pensando dices? ¿En la chica del caballo,
esa, la del retrato que acabo de entregarte? Pero si la tenías aquí, al alcance
de tus manos y de tus ojos, y ni la miraste y dices que quieres ser su amigo.
¡Te has vuelto tonto! ¿Hacerte amigo de ella? ¡Ya para que! Buena idea
tendrá de ti esa muchacha; viene a darte su retrato y a darte las buenas
noches y tú mirando para el piso, y ni siquiera la miras ni le das las gracias,
y menos las buenas noches. Hombre de Dios, sigues diciendo tonterías, con
quien vas a disculparte si el presentador dijo que ya no darían más
funciones aquí, que esta misma noche desmontan la carpa y se irán de
madrugada, así que si quieres verla tendrás que estar aquí al amanecer, y
ahora, para completar, se te ocurre preguntarme si le averigüe por su
nombre como si yo tuviera también que ocuparme de eso, pero te cuento, si
eso te sirve de consuelo, que oí a alguien llamarla Primavera.

Salieron con los últimos espectadores y se encontraron con una hermosa


noche de luna llena; cuando él miró al cielo lo vio lleno de estrellas y vio
también una lluvia de meteoros ardientes que venía del oriente, que le
recordó las fiestas de Navidad cuando los cohetes de colores soltaban
cascadas de chispas de colores, y él y sus amigos corrían hacía ellas
tratando de bañarse con sus luces, y dijo a su madre que eran estrellas
fugaces, que pidiera un deseo porque verlas era de buena suerte.
Nunca vas crecer por dentro hombre de Dios; creciste de cuerpo que bien
grande lo tienes, pero te quedaste niño por dentro. Sigues creyendo que las
estrellas y los cometas y todos los cuerpos celestiales te van a dar buena
suerte, y que una bruja o adivina o lo que sea esa mujer a donde vas a
hacerte leer las cartas y el tabaco y a pagarle un montón de pesos que harías
mejor en gastarte en un traje nuevo porque los que tienes ya se te acabaron
y están brillantes de tanto darles plancha, te va a decir con seguridad cuál
será tu futuro, que eso sólo lo sabe el Creador que nos tiene un destino
marcado, y...Se quedó con la boca abierta sin terminar uno de los tantos
sermones que a diario le daba a su hijo por las cosas más simples, cuando
vio que enanos, payasos, trapecistas, la mujer barbuda, el hombre fuerte, el
tragaespadas, el tragafuegos y todos los miembros del circo acompañados
por los elefantes, que en sus trompas llevaba cada uno a un enano, como si
salieran de la nada, aparecieron por todas partes, cada uno con una cuerda
entre sus manos que dejaron deslizar simultáneamente cuando oyeron el
pito del presentador, e hicieron que la enorme carpa de rayas rojas, verdes y
amarillas fuera descendiendo hasta que toda ella quedó reducida a un
montón informe de lona, y junto con la caída de la carpa el recuerdo del
hermoso espectáculo que acababan de ver desapareció de sus memorias
para reaparecer sólo después de algunas horas cuando él recordó el perfume
de la muchacha y su madre le puso agua al florero de cobre en el que colocó
las rosas rojas que le regaló el elefante.

Ninguno de los dos volvió a decir palabra hasta cuando mucho rato después
se dieron las buenas noches; cada uno con sus pensamientos tristes que no
sabían de donde les venían. No podían librarse de la sensación de que
habían perdido un mundo muy hermoso del que fueron habitantes durante
algunas horas y del que regresaron llenos de recuerdos muy bellos, pero con
la tristeza de saber que lo habían perdido y nunca más volverían a tenerlo.
Para él fue como haber vivido una de las hermosas historias que le contaban
los ángeles cuando era niño, para ella fue como repetir la fiesta de sus
quince años cuando por primera vez se puso traje largo de color azul cielo y
ropa interior de seda blanca, y su padre la sacó a bailar un vals.

Como a las seis, señor, ya estaba amaneciendo cuando salimos, es que


parecía más temprano porque amaneció muy nublado y con llovizna, no se
le ha visto la cara al sol en todo el día. Esto parece lluvia grande, y si no
conseguimos un buen sitio donde pernoctar vamos a tener otra noche tan
mala como la de anoche.
Si, hombre, todos estamos agotados. No sé que demonios pasó, pero todo
nos salió al revés; parecía que ninguno de nosotros se acordaba de lo que
tenía que hacer y lo enredamos todo. Hasta los elefantes tiraron de las
cuerdas cuando no tenían que hacerlo. Toda la maldita noche corrigiendo
errores como si fuera la primera vez que desmontamos la carpa y
recogemos los trebejos. Escúchame bien: no doy más, vamos a quedarnos
en el próximo pueblo, el que encontremos, grande o chico, toca la bocina
para alertarlos.

El enano se levantó y tiró de un cordel y con esto soltó un sonido estridente


que hizo saltar a los tigres y leones que empezaron a rugir y a caminar de
un lado al otro de sus jaulas, al tiempo que de otros camiones salían
estridencias iguales, y los elefantes comenzaron a barritar, los perros a
ladrar y los micos a dar chillidos, y así cada animal se puso a hacer lo suyo.

Tres veces tiró el enano de la cuerda y otras tantas le respondieron los pitos
de los otros camiones, pero los animales siguieron mucho tiempo más
rugiendo, chillando, ladrando, cada uno con su voz para mostrar su
desagrado.

- Señor, allá, a la derecha se ve la torre de una iglesia.

- Si, ya la vi.

Otro largo rato de viaje sin alcanzar el pueblo; la carretera era un sin fin de
curvas. Cuando esperaban llegar sólo encontraban una vuelta más que los
hacía maldecir; maldecían simultáneamente y con las mismas frases que ya
recitaban como una lección aprendida juntos; el hombre canoso, el que
conducía, con voz de barítono y el enano con voz aguda que parecía de
contralto.

¡Maldita sea! Lo que vimos fue un espejismo, señor. Caminamos y


caminamos y el desgraciado pueblo no aparece, es como si se retirara cada
vez que estamos cerca de él. Con este cansancio y sin comer en todo el día
vamos a terminar muertos y desleídos por la lluvia en esta desgraciada
carretera. Óigalos, señor, no paran de quejarse, ni agua les hemos dado
desde que partimos de la ciudad.

Todo sigue saliéndonos mal. Ni que hubiéramos negado a Cristo como lo


hizo..., ¿quién fue? pero no continuó porque el enano lo interrumpió con
otro bocinazo para responder al que les daba el chofer de un bus pintado de
mil colores lleno de campesinos que agitaron sus sombreros para saludarlos.

Otro largo rato de viaje lleno de un silencio duro y se encontraron de


pronto en la entrada de un pueblo en el que parecía haber más iglesias que
casas, y las que veían, algunas cubiertas con tejas de barro y otras con paja
tejida, parecían achatadas, como si las hubieran hecho para niños o para
enanos; las enormes iglesias las empequeñecían y las hacían aparecer como
de juguete. Iglesias y casas tenían las paredes desconchadas y no era fácil
saber qué color tenían sus fachadas si es que alguna vez fueron pintadas.
Todas mostraban salpicaduras de barro como si la lluvia hubiera sido
torrencial durante muchos años.

-¿En dónde estamos, señor? - preguntó el enano - quiero decir, como se


llama este pueblo.

- ¿Cómo voy a saberlo? Mira bien, no hay un solo sujeto a quien


preguntarle, pero como sea vamos a quedarnos aquí. Baja y busca a alguien
que nos diga donde hay un lote grande para armar la carpa. Apúrate que nos
agarra la noche.

Volvió a renegar porque todo lo hacían para gente de tamaño normal. Cada
vez que tenía que bajarse del camión o subir a él se ayudaba de una cuerda
gruesa llena de nudos. Sus pequeñas piernas ya se le habían roto varias
veces tratando de hacer cosas que eran para adultos normales, y a su edad
ya era muy difícil que se le curaran le dijo el último médico que lo enyesó.

Cuando tocó tierra y se orientó se encontró frente a una casa baja como
todas, hecha de ladrillos enormes como nunca vio en todos sus viajes con el
circo, que ya eran muchos y por muchas ciudades grandes y pequeños
pueblos, pero su única puerta estaba cerrada y nadie respondió a sus golpes;
caminó unas calles eludiendo los charcos de agua mugrienta hasta que
desembocó en una pequeña plaza en la que vio algunos árboles y a muchas
personas que conversaban sentadas en bancas de hierro forjado, o
formaban corrillos en los prados descuidados.

Lo mejor es buscar un niño para preguntarle, son de mi tamaño y siempre se


hacen amigos de los enanos. Buscó con la mirada hasta que encontró a
varios que se divertían haciendo volar sobre sus cabezas grandes
escarabajos dorados atados con hilos de colores. Esperó hasta que los niños
recogieron los hilos y tomaron los insectos en sus manos.
-¿Cómo están caballeros? les dijo, al tiempo que hacia una reverencia y se
despojaba de su sombrero.

-¡Ola!, - le respondió uno de los niños - ¿ quién eres ?

- Soy Zaratustra, para servirle amigo, e hizo otra reverencia.

-¿De dónde vienes?

- De muy lejos.

-¿Y qué quieres?

- Información, eso es lo que quiero.

-¿Y eso qué es? - preguntó otro -.

- Bueno, quiero que me digan como se llama este pueblo, y donde hay un
lote grande para armar el circo.

-¿Cuál circo ?

- El que está por allá, y les señaló la calle por donde había venido.

Mejor me hubiera ido callándome dijo en voz alta cuándo los niños
partieron en carrera y lo dejaron plantado en mitad de la calle.

Con mucha dificultad trepó a una de las bancas y tocó el hombro de un


sujeto que estaba recostado al espaldar de la misma. Caballero... caballero...
repitió su llamada por que el hombre no dio señas de haberlo oído, por
favor dígame, ¿cómo se llama este pueblo?

El hombre se volvió y se quedó mirándolo con cara de sorpresa a través de


unos gruesos lentes.

-¿Qué dices, niño ?

- Señor, quiero saber como se llama este pueblo le contestó ocultando su


disgusto porque lo llamó niño.
- No eres de aquí, verdad?

- Caballero, si fuera de aquí no estaría preguntando como se llama este


pueblo.

Verdad que así es le respondió el hombre que se olvidó de él, llevó a su


boca una enorme botija que traía colgada del cuello y se tomó un largo
trago. A Zaratustra le llegó un fuerte olor a vinagre de frutas. ¡Dios! ¿Que
será eso? Se volteó para tomar aire fresco, pero ya no encontró al hombre
con quien hablaba cuando se volvió a buscarlo.

Sigo sin saber nada de este desgraciado pueblo. Descendió de la banca


esperanzado en que alguna persona de un grupo que estaba conversando
sentado en un prado de la plaza, le daría la información que buscaba.

Se acercó a ellos pero no tuvo necesidad de preguntar nada, porque


escuchó a una mujer larga y flaca vestida con un traje lleno de adornos de
colores muy fuertes, cubierta la cabeza con una mantilla negra que con gran
alharaca decía a los otros que en todo el largo tiempo que llevaba como
moradora de Pueblo de los Dulces Santos no había oído hablar de un robo
sacrílego como el que había ocurrido en la Capilla de los Negros, y se
volvió a señalar una capilla con fachada de piedra que estaba situada a un
costado de la plaza, y en la que un enorme grupo de ciudadanos miraba al
interior de la misma, mientras daba muestras de profundo pesar y se secaba
una lágrima con la mantilla.
REVISIÓN Y BÚSQUEDA DE PERSONAJES HASTA AQUÍ -27-04-
2011
Ya se por lo menos parte de lo que necesito saber, se dijo Zaratustra y
caminó de regreso en busca del circo por las mismas calles por donde había
venido, esquivando los charcos y soportando la llovizna ¿Pueblo de los
Dulces Santos? ¿Será que hay muchos? ¿Y dulces? Ninguno de todas las
personas que vi tiene cara de santo, y tantas iglesias, ¿será que tienen una
para cada santo? Ya lo averiguaremos, lo que sigue ahora es encontrar un
sitio en donde montar la carpa para pasar la noche, conseguir comida para
todos, y... Los bocinazos de los camiones lo hicieron apurar el paso, era una
señal para convocar a toda la gente del circo a reunión, y el señor Ángelo
no era amigo de esperar a nadie, ni siquiera a él, a Zaratustra, que era, se lo
decía a todo el mundo, su mejor y más grande amigo.

De todas las casas vio salir personas con caras de susto preguntándose
entre ellas por lo que ocurría. Le contaron después los vecinos entre
juramentos que jamás habían escuchado semejante escándalo. A veces los
pocos camiones que pasaban por el pueblo hacían sonar sus pitos, pero
tantos al mismo tiempo, con esos sonidos tan raros y tan fuertes a los que se
sumaban los que soltaban las fieras nunca había ocurrido, y más se
asustaron ahora que todos estaban angustiados y preocupados con el robo
en la Capilla de los Negros; pensaron que algo peor y muy grave estaba
ocurriendo.

Algunos se detuvieron a mirarlo como a bicho raro, cosa que no le importó


porque a cada rato y en todas partes le pasaba lo mismo; en algunas
ciudades lo detenían para preguntarle quien era o de donde venía, y le
preguntaban tonterías, cómo esa de si era verdad que los enanos tenían los
dos sexos y se alimentaban únicamente de carne cruda, y por más que les
pedía que lo dejaran pasar porque llevaba prisa la gente lo cercaba, lo
tocaba y se burlaba y un sujeto, cuando visitaban una ciudad de oriente,
trató de cargarlo como a un niño, se agachó y lo tomó por la cintura, pero
antes de que lo lograra levantarlo Zaratustra se metió por entre sus piernas
y con un ágil movimiento le dio con el puño cerrado un golpe en los
testículos que hizo que el hombre diera un alarido tan fuerte que fue
respondido por algunos de los alarmados animales del circo, y tuvo la
virtud, además, de hacer que los curiosos se desperdigaran asustados.

Al fin después de evadir a los curiosos a algunos de los cuales asustó con
gritos y gestos de furia que no sentía y amagos de atacarlos, llegó acezando
al lugar de reunión para enfrentar la mirada de disgusto del señor Ángelo
que ya daba instrucciones a sus compañeros reunidos a su alrededor, y les
pedía que todos colaboraran para montar la carpa, porque ya casi era de
noche y el lote para hacerlo quedaba lejos.

- Apúrate, Zaratustra, sube al camión, ¿ donde demonios andabas ?

- Averiguando cosas, señor.

Seguía llamando señor a Ángelo a pesar de sus muchos años de amistad y


de los ratos difíciles que habían pasado juntos. Se conocían tan bien que
muchas veces bastaba una palabra apenas insinuada para que el otro
entendiera lo que quería su amigo.

-¡Ya para que hombre! Ya se todo lo que tenía que saber de esta población.
Unos niños que traían escarabajos dorados me lo contaron todo, hasta el
robo en la capilla y me dijeron cuál era el mejor sitio para poner la carpa,
donde conseguir comida, y muchos chismes más.

Puso en marcha el camión y arrancó dando otro pitazo para que los
restantes vehículos lo siguieran por un larga y pantanosa calle que los llevó
al otro extremo del pueblo, y al lote desigual y sucio en el que empezaron a
descargar y a trabajar cuando ya era noche cerrada.

Fue una noche larga y pesada, llena de lluvia menuda, con ráfagas de viento
que dificultaban levantar la carpa, acompañada de truenos y relámpagos, y
por chillidos, rugidos, rebuznos y toda clase de ruidos emitidos por los
animales, tan hambreados y cansados como los hombres y mujeres que
trabajaban entre las maldiciones de algunos y los rezos de otros.

Al amanecer, cuando empezaba a clarear, lograron terminar de armar la


enorme carpa; cansados y mojados cada cual trató de encontrar acomodo
para descansar y calentarse un poco.

-¡Otra maldita noche, mujer! Si seguimos así vamos a terminar locos, todos
completamente locos. Va a llegar un momento en el que ni los payasos van
a ser capaces de fingir que se ríen, y menos de hacer reír a nadie.

¡Cálmate, amor! Procura dormir un poco, recuerda que hoy tenemos


función, y si no estamos en buen estado nos van a salir mal las cosas.

Rosalinda, ya todo anda mal. Mira dos noches casi sin dormir, y un viaje
eterno para venir a parar a este pueblo triste. Si nos va bien daremos dos o
tres funciones y ¡largo! a buscar otro pueblo peor que éste. Ni siquiera se
como logramos llegar con esa desgraciada carretera, que ni para mulas.
Ganamos apenas para la comida nuestra, porque para la de los animales
poco queda; cada día andan más flacos, dan lástima. Ni para los elefantes
que comen pasto se consigue que darles de comer, menos vamos a
conseguir para los leones y los tigres.

- Tranquilízate Ángelo; hay ciudades grandes en este país, podremos dar


más funciones y cobrar más que en estos pueblos. No todo ha de ser malo.

- Lo se, mujer, pero desde que salimos de la capital no hemos encontrado


una ciudad de verdad, sólo pueblos pequeños, en donde la gente apenas
puede pagar la mitad de lo que cobramos en las ciudades grandes, y mira,
dos funciones con apenas la mitad de las sillas ocupadas, fue todo lo que
pudimos hacer en el último pueblo que visitamos. No aparecen ni los
curiosos de siempre. Se me encoge el estómago con sólo pensar que en tres
o cuatro días tenemos que desmontar el circo y volver a hacer otro viaje
interminable.

- Te traeré café, hombre, tal vez eso te cure el pesimismo con que
amaneciste.

- Si, tráelo, que sea mucho y fuerte, porque necesito despabilarme para ir a
buscar comida para todos. Ayer apenas si comimos comida fría, y anoche,
nada, ni una maldita fruta... Todo el mundo me reclamó. Fíjate, hasta
Zaratustra me dijo que él era payaso y no faquir, y que como es tan pequeño
no se puede dar el lujo de enflaquecer más de lo que ya está porque va a
desaparecer.

Ni el café amargo y fuerte que le trajo su mujer le quitó la modorra y el


desgano. Se vistió despacio, sin escoger como hacía siempre con todo
cuidado las prendas que iba a usar. La camisa que hiciera juego con el
pantalón, los zapatos bien lustrados, las chaquetas perfectamente
planchadas, y la bufanda de seda que nunca le faltaba así hiciera calor,
porque siempre tuvo miedo de que le fallara la voz cuando saliera a
anunciar a los artistas. Pero hoy no salió vestido como siempre, ni se
preocupó porque al poco rato estuviera con la ropa y los zapatos hechos una
porquería por el polvo y el barro que nunca faltaban en el circo, y tampoco
esta vez escogió una de las muchas chaquetas de estilo militar que usaba
aunque estuviera dirigiendo el montaje de la carpa, trabajo que nunca
delegó porque era otro de sus miedos: que todo se viniera abajo cuando
estuvieran en mitad de la función. No creía que ninguno de sus hombre lo
hiciera tan bien como él y por eso revisaba todos los detalles; regañaba y
gritaba a todo el mundo cuando algo no salía como él quería, así supiera
quien era el que había fallado y las cosas se corrigieran de inmediato.

Sin disimular su cara de aburrimiento, sin afeitarse y sin ponerse la loción


de todos los días, con la cara apenas lavada salió del carromato que tenía
como vivienda compartida hacia un montón de años con Rosalinda y una
pareja de perros pequineses que actuaban en la pista saltando por los aros
de fuego.

Buenos días, señor Ángelo, le dijeron en coro las personas que con cara de
estar tan trasnochados y aburridos como él, formaban un círculo alrededor
de una pequeña fogata en la que calentaban café.
Buenos días tengan todos. ¿Cómo andan las cosas? Hizo la pregunta a
sabiendas de que la respuesta no sería buena y por eso no se esperó a que le
respondieran, siguió de largo y se marchó a mirar como estaba la carpa,
porque en la noche con ese maldito viento que estorbó a más no poder todo
se trastornó, y no estaba seguro de que a pesar de su control las cosas
hubieran quedado bien hechas.

Revisó cada uno de los postes y de los cables que tensaban la carpa y
verificó que los nudos de amarre estuvieran bien hechos; caminó por las
graderías asegurándose de que estuvieran perfectamente armadas y las sillas
bien distribuidas, miró y remiró para convencerse de que no había agujeros
que tapar, porque con las malditas lluvias que no paraban tendrían que dar
las funciones en un barrizal.

Señor Ángelo, señor Ángelo... Escuchó a Zaratustra que lo llamaba con su


vocesita aguda, espéreme un momento.

Lo vio salir de una carpa pequeña que el mismo armaba y limpiaba con
excesivo cuidado y a la que no invitaba sino a Ángelo y a Rosalinda.
Siempre la colocaba al lado de las jaulas de los leones porque eran los
animales del circo que más quería, y por los que peleaba a cada rato con
sus cuidadores cuando se demoraban en darles comida y ponerles agua
fresca.

-¿Cómo estuvo la noche ? señor Ángelo, ¿ durmió bien ?

-¿Cuál noche, hombre de Dios?

- Bueno, señor Ángelo, es un decir. La verdad, apenas nos acostamos un


rato, bien corto por cierto. No pude dormir. Los leones y los tigres rugieron
toda la noche, todos los oímos, tienen hambre. Tenemos que conseguirles
comida, a ellos y a todos. Los camellos y dromedarios ya casi no tienen
jorobas, parece que se las están comiendo, usted sabe, son sus reservas para
tiempos de escasez. Y los pobres elefantes se van a quedar sin trompa de
tanto menearla buscando algo para comer, y nosotros, los pobres hombres,
señor, si que vamos a desaparecer... míreme, ya me sobra ropa por todos los
lados.
- Vamos al pueblo, Zaratustra. Tenemos que encontrar algo de comer para
todos.

- Señor, ayer cuando fui hasta la plaza encontré en el camino un mercado,


creo que allí encontraremos algo.

-¿ Que buscan, señores ?

Se volvieron y se encontraron con un muchacho flacucho que con ojos muy


pequeños y redondos los miraba como a bichos raros, pues la verdad eso
eran. Uno, un hombre alto, fornido, de cabellos canosos y abundantes,
enorme bigote, grandes ojeras y vestimenta descuidada, y el otro, un enano
delgado, más bien flaco, con la cabeza rapada, ojos enormes, lleno de
arrugas, vestimenta fina y bien cuidada, expresión permanente de asombro,
cubierto con un sombrero enorme rematado con una pluma de avestruz, que
lo hacía ver como si estuviera metido debajo de un paraguas con el mango
al revés.

- Buscamos comida, muchacho, le respondió Ángelo, mucha comida, para


hombres y para animales. ¿ Sabes donde conseguirla ?

- Tienen suerte caballeros, se encontraron con el hombre perfecto para esa


tarea. Si tienen con que pagar puedo conseguirles toda la que quieran. La
comida de las personas está allí no más les dijo, y les señaló con un gesto
hacía una calle sucia y llena de barro. Encontrarán restaurantes con muy
buenos precios.

- Gracias joven, le dijo Zaratustra con cara de disgusto porque lo que vio no
le agradó nada. Lo que el muchacho llamaba restaurantes no eran otra cosa
que unas simples mesas puestas en desorden en la calle en las que se veían
algunas verduras y frutas que no conocía. y grandes platos llenos de trozos
de carne cruda, y sobre estos, enormes moscas negras y brillantes. Mujeres
sucias y desgreñadas con caras de tristeza atendían los negocios. Otras
mujeres, igual de sucias y desgreñadas, preparaban alimentos en enormes
ollas que hervían en improvisados fogones en plena calle.

- No, eso no es lo que queremos; buscamos comida para preparar, en el


circo tenemos cocina y un buen cocinero.

- Ya veo, caballeros. También puedo conseguirla. ¿ Como van a pagar ?


- En dinero efectivo y en entradas para las funciones.

- De acuerdo. Hagan una lista de lo que quieren, y no se olviden de poner


las cantidades; en unas dos horas tendrán todo en su carpa. Pueden confiar
en mi, no les fallaré; les repito caballeros: dieron con el hombre apropiado
para resolver sus problemas.

Ojalá así sea, porque si no cumples, le dijo Zaratustra mirándolo con fijeza,
terminarás como alimento de los felinos que son muchos, ellos no comen
desde hace cuatro días. Lo miró fijamente a los ojos cuando el muchacho
se agachó para mirarlo; desde su altura lo vio con cara de gnomo asesino
que hizo que se le encogiera el estómago. Se dio cuenta con preocupación
de que el enano no hablaba tonterías.

Ya escuchaste, muchacho, remató Ángelo. Él siempre cumple lo que


promete, y le señaló a Zaratustra con el índice hacia abajo; luego, se sentó
en el andén a escribir la lista de lo que necesitaban para ellos y para los
animales.

- Consigue todo esto y no tendrás problemas, muchacho.

- Pero es demasiado caballeros. Voy a necesitar toda la mañana para


conseguirles tantas cosas.

- Tú pusiste el plazo, muchacho le contestó Zaratustra, dijiste que en dos


horas lo harías, así que no busques disculpas, y tampoco te escondas,
porque tenemos la compañía de una adivina que sabrá de inmediato en
donde estás, aunque te metas en el mismísimo infierno, y de todas maneras
terminarás de alimento de tigres y leones le recalcó.

- Si, señores, pierdan toda preocupación, les conseguiré cuanto quieren.


Allá estaré muy pronto, y se dio vuelta para marcharse.

- Espera, lo llamó Ángelo, ¿ Como te llamas ?

El muchacho se volvió con cara de angustia, y le respondió: Simón, señor,


pero me conocen más como Aparecido.

- Qué apodo tan raro! ¿ Por qué te lo acomodaron ?


- Es un cuento largo, señor, se lo contaré después. Tengo prisa, y le mostró
la lista.

- Vete ya.

- Gracias, señor.

- Larguémonos de aquí señor Ángelo, miremos el pueblo, de pronto


encontramos algo interesante para ver.

Caminaron despacio; Zaratustra con el deseo de encontrar algo que


mereciera detenerse a mirarlo, y Ángelo pensando en el muchacho,
esperanzado en que les cumpliera, porque de otra manera sería a él a quien
echarían a los leones.

Cinco iglesias en esta plaza tan pequeña, Zaratustra. ¿Será que esta gente
no ha hecho más en su vida que construir iglesias? Cinco iglesias, míralas,
todas enormes, la alcaldía, y media docena de casas de adobe y tapia. Eso es
todo.

- Parece que es como usted dice, señor. El pueblo está lleno de iglesias. Vi
muchas desde la carretera, cuando veníamos. Tal vez haya algunas
interesantes. Ya las miraré con calma.

- Regresemos, Zaratustra. Tenemos que preparar la función de hoy y...

Tropezaron en una esquina con un grupo de fieles penitentes que cubiertas


las cabezas con capuchas negras en las que los agujeros para los ojos
estaban bordeados de color rojo fuerte que les daba un aspecto siniestro.
Iban descalzos, vestidos apenas con calzones cortos de lienzo también
negros; se golpeaban las espaldas desnudas con látigos cuyos extremos
terminaban en estrellas de metal con puntas muy agudas como las de las
espuelas. Cada uno llevaba a su lado un acompañante cubierto con larga
túnica morada y enorme sombrero de paja, quien después de cada golpe
que se daba el flagelante le pasaba por la herida sangrante un trapo untado
de vinagre y sal que los hacía retorcerse de dolor, pero no daban una sola
queja. Todos rezaban al unísono en voz alta una oración en la que pedían
perdón por sus pecados, y ofrecían sus dolores y sufrimientos a un santo al
que ninguno de los dos había oído nombrar jamás.
- ¡Dios nos ayude! ¡Penitentes!, señor Ángelo, ¡penitentes! dijo Zaratustra
con voz llena de angustia, se santiguó, retrocedió y se volteó para no
verlos.

- No te asustes, Zaratustra, no son más que personas que quieren expiar sus
pecados, son inofensivos, no te harán daño.

- No es eso, señor Ángelo, no son ellos los que me preocupan, es que detrás
de ellos siempre anda Satanás, él es el que me da miedo, siempre quiere que
vuelvan a caer en el pecado, y si no puede hacer que vuelvan a pecar les
hace males, les trae enfermedades y locura, y si uno está cerca puede
sufrirlas, se contagia, señor, por eso es de mala suerte encontrarlos, traen
desgracias. Vámonos rápido, señor, y volvió a santiguarse.

- Hablas como si vivieras en la edad media Zaratustra, esas cosas no


ocurren, ni han ocurrido...

- Créame, señor, si suceden, y es mejor prevenirse, vámonos pronto.

Caminaron un largo trecho por calles angostas y enfangadas en las que


encontraron las mismas casas achatadas y las enormes iglesias de todos los
estilos que parecían aplastarlas.

- Todas cerradas, Zaratustra; he contado treinta siete en las pocas calles que
hemos recorrido. Dime, ¿para que las construyen sino las usan? Mira quien
viene; le señaló un pequeño desfile que había salido de una calle lateral
que encabezaba Aparecido que jineteaba una enorme mula baya detrás de
la cuál marchaban varios muchachos jinetes a su vez de burros y caballos
flacos y estropeados a más no poder. Otros conducían un par de carretas
tiradas por bueyes, pintadas de colores alegres, adornadas con flores, y
cubiertas con lonas rayadas. Iban cantando una canción alegre que hacía
referencia a los amores de una pareja de ciegos de los ojos y del corazón
que veían en su imaginación todo de color de rosa, e imaginaban que su
pareja era la persona más hermosa del mundo cuando no eran más que un
par de feísimos sujetos a quienes los videntes ni siquiera se atrevían a darles
la mano para ayudarlos a cruzar un mal paso.

Aparecido los vio desde la altura de su mula, con cortesía se descubrió y


les hizo una señal de saludo y obligó al animal que montaba a doblar en
dirección al circo, desde el que les llegaron los olores y las voces de los
animales.
Ángelo y Zaratustra marcharon detrás de ellos como si fueran parte del
desfile, sometidos a la curiosidad de los paisanos que habían salido de sus
casas para ver los penitentes, y que ahora se encontraban con otro
espectáculo tan divertido para ellos como el anterior.

¡Descarguen ! gritó Aparecido a su tropa cuando se encontraron junto a los


carromatos cerca de los cuales estaba aún el grupo de personas que tomaba
café y cambiaban una que otra frase alrededor de una hoguera que ya
empezaba a extinguirse, y quienes apenas respondieron al saludo de los
muchachos. Tomaban el café despaciosamente y fumaban siguiendo el
humo con la mirada, parecían cansados y desinteresados del mundo,
estaban mal trajeados, con el pelo alborotado como si acabaran de
abandonar la cama. Ni las mujeres cuidaban de su apariencia porque todas
estaban todavía con las batolas de dormir y sin afeites. La mujer barbuda se
pasaba los dedos por entre su barba como si quisiera peinarla y el hombre
fuerte trituraba ramitas entre sus manos y lanzaba al aire el polvo en que
quedaban hechas.

-¿Qué traes, Aparecido? Déjame ver, y levantó la lona que cubría una de
las carretas. Está bien hombre, dijo Ángelo, parece que cumpliste. Con una
seña llamó a su gente para que ayudaran a descargar las carretas; pero ni
siquiera cuando vieron la comida cambiaron sus gestos de aburrimiento y
desgano.

-Y para los animales, ¿qué traes?

- Pasto y frutas, cosas de esas, señor. Vienen en la otra carreta.

- Los felinos no comen pasto ni frutas, muchacho.

- Cierto es, señor. La comida de ellos vino caminando, y le señaló los


burros y los caballos. A ustedes les toca servírselas; eso no entró en mi
compromiso.

-¿De dónde sacaste todo esto muchacho?

- Tampoco decirlo entró en el compromiso, señor, son secretos del negocio


le respondió con sequedad.

- Si, así es. Sígueme, voy a pagarte.


- Madre, ¿dormiste bien anoche ?

- Si, como un niño. ¿ por qué me lo preguntas ?

- Me desvelé oyéndolos pasar.

-¿ A quienes, hombre?, no te entiendo.

- A los del circo, mamá. Empezaron a pasar como a la media noche. No se


como dormiste. Los camiones hicieron un ruido infernal y los animales
soltaron todos los ruidos que saben hacer. Los leones rugían como
demonios, los perros ladraban como si persiguieran a los tigres, y hasta un
burro rebuznó; los sentí como si estuvieran debajo de mi cama.

- Debió ser la bebida que me dio esa jovencita la que me hizo dormir tan
profundo que no oí nada.

- Madre, pero yo también la tomé, y...

- Tienes razón, hijo. Pudo ser el mago, el que nos hipnotizó y nos hizo ver y
sentir cosas que no existen. Ese hombre tiene poderes que sólo Dios sabe
de donde le vendrán, porque sino, ¿ cómo es que vimos, olimos y comimos
alimentos que no estaban allí? Lo mismo, vimos animales que tampoco
existen, como un camello azul con alas transparentes que volaba por todo el
circo y producía un sonido como si fuera una mosca, y vimos ovejas con
cabeza de león, y otras cosas que daban miedo, como esa...

- No, madre, eso no tiene nada que ver. Ver y sentir cosas que no existen
son trucos de ese hombre. Seguramente estabas muy cansada y te dormiste
profundamente, por eso no los oíste pasar.

- Quizás, hijo, pero algo me pasó, nunca duermo de esa manera.

-¿Donde estarán ahora? Seguramente muy lejos... Debe ser bonita la vida
de esa gente del circo, siempre viajando y conociendo países y ciudades. Se
le puede pasar toda la vida a uno sin volver al mismo sitio. ¿ No lo crees,
madre?
- Pues no lo creo, hombre de Dios; no le veo nada de bonito a tanta
viajadera y a tanto trajín. Es como ser el Judío Errante, nunca se echan
raíces. Dime, ¿cómo vas a criar una familia en medio de un ir y venir que
no tiene fin? Hoy aquí, y mañana allá. Siempre con los corotos al hombro.
Ese cuento no es conmigo, hijo.

- No todo es perfecto, mamá; esa vida tendrá sus problemas, pero sigo con
la idea de que debe ser una buena manera de vivir, pero en fin... Me voy a
trabajar. Hasta la tarde, madre. Regresaré temprano; ojalá no encuentre la
oficina llena de problemas, porque con este trasnocho no voy a atinar con
nada.

- Que Dios te bendiga, hijo.

- Que día tan feo, señor alcalde. Sólo llovizna y vientos fríos y fuertes como
desde la media noche, hoy no se le ha visto la cara al sol. Así está desde
hace una semana, pero... Bueno, con sol o sin sol tenemos que trabajar.

- Así es, mujer ¿ Que tenemos para hoy ?

- No mucho, señor alcalde. Estos documentos para firmar, son los informes
de cada mes para el gobernador; una queja de un inspector de policía que
dice que hace días tiene unos abigeos detenidos y que nadie quiere
recibírselos, y que él no puede seguir alimentándolos con su dinero. Llegó
un telegrama del alcalde de Pueblo de los Dulces Santos que informa de un
robo sacrílego, y quiere que estemos atentos por si los ladrones aparecen
por aquí.

-¡Ajá! ¿ Y qué se robaron ?

- Una imagen de un santo muy venerado, señor alcalde, pero no dicen cuál
es. Tantos como hay.

- Contéstales pidiendo detalles, que nos den el nombre, como anda vestido,
la estatura, el color, señales particulares, etc. porque si no sabemos cuál es
el santo perdido, pues no podremos capturarlo.

- Señor alcalde, a quien hay que capturar es al ladrón o ladrones, no al


santo.
- Está bien, mujer. Como sea, pero hoy no estoy para buscar santos ni a
nadie, no pegué los ojos anoche. Esos señores, quiero decir los santos, no
necesitan que los ayudemos, ellos son los que nos ayudan a nosotros, eso
es lo que dice mi madre que se la pasa invocándolos y haciéndoles novenas
para pedirles hasta lo imposible. Pero dejemos los santos quietos mujer, y
sigamos con los asuntos oficiales.

- Si, señor. Aquí hay una carta de un líder que dice que va a organizar una
manifestación para protestar por los impuestos, le parecen muy altos.

- Contestémosle diciéndole que tiene mi permiso para hacerla. Hace días


que no tenemos nada interesante en este pueblo. Lo único fue el circo y
anoche se marchó. No dio sino dos funciones, parece que no hubo público
suficiente para más, y eso que no le puse impuestos para que no cobraran
mucho.

-¿Usted lo vio, señor alcalde?

- Si, mujer, es maravilloso. Me gustaría verlo de nuevo.

¿Que le gustó más, señor alcalde?

- Se aflojó la corbata roja, desabotonó su saco de paño negro, se abanicó


con el sombrero de pelo a pesar de que el día era frío y tomó aire antes de
contestar la pregunta de su secretaria.

- Ella... ella, repitió, fue lo que más me gustó.

-¿Como así ? ¿Quién es ella? señor alcalde.

- No lo se, quiero decir no se como se llama, aunque mi madre dice que


escuchó a alguien llamarla Primavera, tampoco se de donde es, pero eso no
importa, es la mujer más hermosa que existe y no se va a confundir con
ninguna otra, por eso no necesita tener nombre ni necesita ser de parte
alguna.

-¿Y como es ella, señor alcalde ?

- Como un ángel, mejor dicho: es un ángel.

- No le entiendo, señor alcalde.


- Sólo conociéndola vas a entenderme, le respondió, y sin más, tomó su
sombrero, se ajustó la corbata , abotonó su saco, le hizo una seña de
despedida a su secretaria, y salió.

Desde hace días veo este pueblo más feo y más aburridor, hoy está peor
que ayer... ¿por qué sigo aquí?; Esta mañana cuando venía para la oficina
lo encontré peor que nunca; es que ni amigos tengo, apenas algunos
conocidos; la única que me hace compañía es mi madre, pero ya está
envejeciendo y a veces se pone necia y regañona...Claro, la mamá ayuda,
pero no es para todo, uno necesita otras mujeres para quererlas de otra
manera, y acostarse con ellas y hasta casarse, y como dice mi madre, tener
hijos y criarlos, y tener amigos para hablar de cosas que le pasan a uno, y
divertirse un poco así sea hablando tonterías. Debí quedarme en la ciudad
donde estudié, allá se quedaron los amigos y también la que fue mi novia, la
que no quiso casarse conmigo porque me iba a venir a vivir a este pueblo y
esta vida no es para ella, me aseguraba que aquí iba a morirse de
aburrimiento. A lo mejor era que no me quería; todo me pasó por andar
metido en política. Creí coger el cielo con las manos cuando me nombraron
alcalde, como si esto fuera lo mejor que me pudiera pasar; mis hermanos
son más inteligentes y se fueron a buscar futuro en la capital, y yo aquí
metido como en una trampa

Buenas tardes, señor alcalde, le dijeron en coro los hombres que estaban
parados conversando en una de las esquinas de la plaza, la misma en la que
en un enorme local funcionaba el café en que se reunían todos los vagos y
desocupados, y también otros que lo eran menos, que buscaban descansar,
tomar cerveza o jugar billar y conocer los últimos chismes.

Buenas tardes, caballeros, les respondió al tiempo que se quitaba el


sombrero para responder al mismo gesto de ellos.

Apenas empieza la tarde, acaban de dar el Ángelus, almorzar, hacer la


siesta, volver a encerrarse en la oficina, ver otra vez la cara de lechuza
deslumbrada de mi secretaria, escuchar las mismas quejas de todos los
días, y claro, tener que volver a oírle al juez las mismas y eternas historias
de sus investigaciones; escucharle por enésima vez el cuento de como
descubrió a un asesino por una colilla de cigarrillo que dejó en el lugar del
crimen; pero pienso que nunca descubrió ni a ese ni a ningún otro
delincuente, a pesar de que todos los días le denuncian toda clase de delitos,
y él dándose el tonito de que ningún bandido se le escapa.
Mas saludos y más quitadas de sombrero de ellos y mías, y más sonrisas
falsas para todas esas personas que me saludan con tanto respeto, todo por
ser el alcalde; porque antes de serlo que demonios les importaba yo; hasta
algunas de las muchachas que caída de ojos las que me hacen, cuando antes
tenía que rogarles para que me aceptaran una invitación a tomar un refresco,
y alguna me dijo en una ocasión que yo era el tipo más simple del mundo,
que no perdiera el tiempo invitándola porque conmigo no iba a pasear ni a
nada, ¿y ahora qué? no me volví el hombre más simpático y alegre y buen
mozo del mundo, a lo mejor ando más feo que antes porque cada día el
aburrimiento que siento es peor y no debo tener muy buena cara... ¡Carajo
que calles tan solas!, pueden matarlo a uno, y si se dan cuenta del muerto es
por el mal olor, porque por estos lados no camina nadie.

¿Por qué compraría mi padre esta casa tan lejos de todo? Venirse a vivir a
las afueras del pueblo, como si no quisiera ver a nadie ni que lo vieran a él.
Mi padre no era pobre, podía haberse comprado algo mejor; mi madre se
pasa todo el día dándole a la escoba y al trapo del polvo, y peleando con
los bichos que se le comen las matas y la ropa, y nada que puede acabarlos,
más bien ellos van a acabar con ella. La pobre hace tantos esfuerzos para
que esto se parezca a una casa como todas, bonita y aseada, pero las cosas
siguen iguales, nada parece estar en su sitio. No se que diablos tiene,
siempre me ha parecido triste, ni siquiera cuando venían los ángeles
cambió; en las fiestas de primera comunión y Navidad las cosas siguieron
iguales... Parece que no puede haber una fiesta triste, pero las que se
hicieron en ésta casa si que lo fueron... Si la tristeza tiene color debe ser el
mismo de esta casa. Con el tiempo todas las cosas han tomado un color
indefinible que está entre el azul tenue y el gris claro.

- Madre, ¿donde andas?

- En el comedor. Te estaba esperando para el almuerzo. Siéntate. ¿ Cómo


andan las cosas por la oficina?

- Como siempre. Nada raro, o si. Me piden de otro pueblo que les ayuda a
encontrar un santo que se robaron, pero no dan el nombre.

-¡Dios mío! Es un robo sacrílego. Tienes que ayudarlos, hijo. Esos ladrones
son unos pecadores que tienen que ir a la cárcel por ahora, que ya después
el Señor se encargará de darles un buen castigo en el otro mundo.
- Si, madre, ya le pedí al juez que esté atento, y lo mismo hice con la
policía.

Ella empezó a servirle en silencio pensando en cual sería el santo


desaparecido, y en que si su hijo lo encontraba iba ser famoso y de seguro
el santo agradecido lo protegería toda su vida.

- Madre, le dijo cortándole sus pensamientos: ¿ no has pensado en vender


esta casa y largarnos de aquí ?

- Ni en sueños, muchacho. Ya estoy vieja para cambiarme a otro lugar y


organizar otra casa. Aquí estoy bien, aun con los ojos cerrados encuentro
mis cosas, pero en otra cosa todo se me va a trastocar Tus hermanos quieren
lo mismo que tú, que me vaya con ellos. Pero no es lo mismo. En esta casa
sigo siendo la dueña, pero en otro lugar no. Mira: esta casa es muy grande y
hay sitio para toda la familia, incluyendo mis nietos; a ti te dará por casarte
algún día, como hicieron tus hermanos, y si quieres vivir conmigo tendrás
donde meterte con tu familia.

- No pienso en casarme todavía madre, ni siquiera tengo novia, pero si


decidí irme pronto de éste pueblo y dejar la política. Estoy aburrido con
todos esos asuntos oficiales, y con los políticos...

- Es tu vida, hijo, haz lo que mejor te parezca.

- Me preocupas, madre, vas a quedarte sola en este caserón, vete con alguno
de mis hermanos, con cualquiera de ellos estarás bien.

- Te dije que no quiero irme. Ya encontraré compañía, no faltará quien


quiera compartir la casa conmigo.

-¿Cuando te marchas?

- Tan pronto nombren mi remplazo. Hoy en la tarde hablaré con mi jefe,


sólo será cosa de unos pocos días.

-¿ Para donde te vas ?

- Me voy a conocer la mar; siempre quise conocerla y tal vez trabajar en la


marinería, me parece un bonito oficio.
- Mardoqueo, la mar está muy lejos, te tardarás un montón de tiempo en
llegar, si es que llegas. Me dicen que aquí en el pueblo no hay sino dos
personas que conocen la mar, una de ellas es el juez, el que trabaja contigo,
que de niño estuvo por allá con su familia, o tal vez nació cerca de la mar,
no lo se bien, y la otra es la mamá de él, que todavía está viva de puro
milagro, pero está tan vieja que no se acuerda bien de las cosas, creo yo que
no le funciona muy bien la mente porque dice que no se ve de un lado al
otro de la mar de tan grande que es, que hay peces enormes que se comen
una personas en segundos, que el agua es amarga de lo puro salada, y que
hay naves tan grandes como una catedral, y que a pesar de eso se pierden en
la mar y nadie vuelve a saber de ellas. Esas son locuras de vieja.

- No lo se madre. Se dicen muchas cosas de los mares que me han dicho


que son siete. Cuando regrese te contaré todo lo que vea.

-¿No irás a visitarlos a todos, Mardoqueo ?

- No, madre, por ahora no quiero conocer sino uno, con eso tengo. Gracias
por el almuerzo, ahora voy a descansar un poco.

-¿Que vamos a hacer ahora, señora? El santo no aparece, y sin él no hay


celebraciones, creo que tendremos... Mejor, tendrán que dejarlas por este
año o inventarles fiestas a otro santo que en este pueblo no faltan, los hay
hasta para tirar a lo alto...

- Me temo que así tendrá que ser, hombre. ¿ Se sabe algo?

- No, señora, nada hasta ahora. Hemos averiguado por todo el pueblo, pero
nadie vio ni oyó nada; uno no se imagina para que lo quiere el que se lo
robó; no es ninguna joya, yo lo conozco bien; es un santo de madera, viejo
y maltratado, ya no se sabe de que color es, antes era negro, pero ahora...
Hay que ver lo que le hacen los que creen en él cuando no les hace los
milagros que le piden, y también cuando se los hace. Sólo sirve porque la
gente cree que hace milagros, porque con lo feo que es nadie va a ponerlo
como adorno en su casa, ni para eso sirve, creo yo...

- Mira, Aparecido, lo interrumpió la mujer: no me interesa si es feo o es


hermoso, si hace milagros a unos y a otros no, lo que me interesa es que
todos los que creen en el tal santo me están pidiendo que lo recupere ya, y
algunos hasta amenazan con acudir al Papa para que envíe alguien a
investigar la desaparición de ese sujeto. Eso no me preocupa por ahora; el
Papa vive muy lejos y un investigador tardará años en llegar, me preocupa
más el obispo de aquí, las autoridades le prestan mucha atención a ese
hombre, y lo mismo me preocupa que los creyentes vayan a seguir con su
escándalo y gritería día y noche, hasta que tengamos que enviar la policía
para que los calmen, y como siempre habrá apaleados y de pronto hasta
heridos y muertos. Tu sabes como son esos señores de la policía que no se
paran en nada cuando de repartir garrotazos y otras cosas se trata.

- Óigame, señora Eudora, si el santo... ese..., como se llame, es tan


milagroso ¿por que no aparece él sólo y no nos pone en este lío de buscarlo
por todas partes ?

- Se llama San Dímas, Aparecido, San Dímas, que no se te olvide, ¿ cómo


vas a encontrarlo si no sabes cual es su nombre? ¡Dímelo, ah.!

- Señora Eudora, no necesito saber su nombre porque yo lo conozco muy


bien, lo identificaría en cualquier lugar; lo he visto en la capilla y en las
procesiones que le hacen sus partidarios o como se llamen los que creen en
él, por eso mismo le digo que es feo y está maltratado y desconchado y...

- Si, de acuerdo, hombre, pero consíguemelo como sea. Ojalá y fuera tan
milagroso como tú dices y apareciera solo, sin ayuda de nadie, para yo salir
de este problema en que me metió el maldito que se lo robó.

-¿Que tiene que ver usted con esto, señora ? ¿ Es que cree en él ?

-¡Que creer ni que carajos, Aparecido! Yo no creo en nada, o si. Creo en la


plata que me permite hacer muchas cosas, en mandar a la gente para que
haga cosas para mi, en ser amiga de los políticos para que me ayuden a
hacer cosas y a ganar más plata... pues si, creo en cosas como esas, pero en
santos y vírgenes nada creo.

- Pero, si no cree en él ¿por que tanta preocupación por recuperarlo ?

- Cosas de una de mis bisabuelas, o tatarabuela que ya ni se hombre quien


de ellas fue, que se hizo nombrar por un arzobispo Guardiana de la Capilla
de los Negros, eso fue por allá en el año... Ya no recuerdo cuando fue, no
importa, la cosa es que hace como dos siglos esta tierra era todavía una
colonia, y dizque la mujer pagó un dineral por el honor de ser guardiana,
¡vieja idiota!. El honor de ser Guardiana de la Capilla de los Negros paso
de madre a hija, hasta llegar a mi abuela materna que heredó esa cosa de su
mamá, y luego mi mamá la heredó, y hace treinta y tres años, la edad de
Cristo como quien dice, cuando murió mi santa madre que en paz descanse,
heredé yo el título. Si todas esas mujeres hubieran guardado la plata que
gastaron en mantener la capilla con todas las chucherías que tiene adentro
yo sería rica, más que rica multimillonaria y no tendría que andar haciendo
rifas para vivir y cuidarla, cosa que me cuesta un dineral. Así que si el santo
no aparece y el Obispo se entera va a armarme un lío de todos los diablos,
y va a acusarme con el Papa de descuidada y de no cumplir con mis
obligaciones de Guardiana, y de pronto su Santidad le pasa a otra el derecho
de guardar la capilla con todos sus santos y me deja sin entradas. La gente
compra las rifas porque cree que toda la plata la uso para cuidar la capilla,
pero la verdad es que sólo le dedico una parte a ella porque la otra es para
mi. ¿Por que sino fuera así de que vivo ? ¿ Me entiendes ahora Aparecido
?

- Le entiendo, señora Eudora. Pero dígame: ¿la política es que no le da


plata, como a todos, para que tenga que estar haciendo rifas, no es así ?

- Más es la que me quita en homenajes y en regalos para los jefes y para las
autoridades, y lo que me gasto en las campañas y cosas de esas. Ni siquiera
de maestra me nombraron que fue lo que me prometieron, todavía estoy
esperando el decreto de nombramiento, debió ser que lo enviaron con una
tortuga coja...

- Bueno, y si es así, señora, ¿por que sigue metida en ese cuento?

Idiota que soy, Aparecido, sigo creyendo que de algo va a servirme ser
conocida de los políticos, conocida nada más, porque de verdad esos no son
amigos de nadie, sólo se quieren ellos mismos, pero en fin... Algún día van
a necesitarme y se las cobro todas juntas.

- Cambiando a otra cosa, me dicen señora Eudora que en el circo que llegó
ayer hay una adivina que sabe donde están las cosas y las personas
desaparecidas, de pronto puede ayudarnos con el santo ese ¿Cómo dijo que
se llama ?

-¡ Carajo! ya te lo dije: San Dímas. ¿Quien te dijo eso Aparecido? Lo de la


adivina.
- Un enano, bien raro por cierto, que trabaja en el circo. Los dos, quiero
decir el enano y otro que estaba con él, me encargaron comida para todos
los que trabajan en el circo y también para los animales, y el enano me
amenazó con echarme a los leones si me desaparecía y no les traía la
comida, que no era cosa de esconderme me dijo varias veces, por que la
adivina me encontraría hasta en el último rincón de los infiernos.

- Esos son puros cuentos, hombre. ¿ Tú le creíste al enano?

- No se si será verdad o son inventos del sujeto para asustarme. Ensayemos,


señora Eudora. Sólo perderá unos pocos pesos, si acaso; porque de pronto
como ya soy amigo de ellos me hace gratis la consulta.

- Dejemos las cosas quietas por ahora Aparecido; si se ponen mal acudimos
a la dama que tu dices, pero no dejes de buscarlo, te pagaré bien si lo
encuentras.

- Si señora haré todo lo posible para encontrarlo, pero ahora me largo, voy
para el circo a ver que más necesitan. Esa gente compra muchas cosas, ya
me compraron comida como le conté; ahora quieren telas finas para hacer
trajes y pinturas para ponerse los payasos en la cara, voy a llevárselas.

-¡Vete con Dios!

¡Qué señora tan rara!. Gasta tiempo y plata en buscar ese muñeco tan feo, y
no sólo gasta en ese sino en todos los que hay en la capilla que son iguales
de feos, vive cuidándolos y limpiándolos y se que paga un dineral para que
los reparen; por mi que se los lleven todos; si hubiera a quien vendérselos
me robaría los que quedan que no son pocos, a ver si salgo de pobre. Mejor
me voy a hablar con los dueños del circo, algo pagan, algo más de todas
maneras que los tales santos.

¿San Dimas ?... ¿San Dimas? Yo he oído hablar de él en alguna parte, ¿pero
donde?... ¡Ya! Ese fue uno de los dos sujetos que acompañaron a Cristo
cuando lo crucificaron. Era uno de los dos ladrones que mandaron para el
otro mundo ese mismo día, ¿o no?, pero, ¿era el bueno o el malo?. Ya no
me acuerdo como era el cuento. Si le rezo y de pronto me equivoco, y...
Pero si el tal San Dimas era el bueno no puedo invocarlo, no me va a
ayudar en lo que estoy pensando, pero si era el malo a lo mejor me da la
mano y salgo de apuros...
-¿Qué dice, señor ? No lo escuché bien, venía distraído.

- Buenas tardes, amigo. Busco un lugar donde podamos pasar la noche, le


agradeceré que nos ayude.

- Con gusto, señor, pero no veo a nadie más con usted ¿con quien anda? Es
que como dice que busca lugar para varios.

Sólo para dos. Hablo también de mi caballo. Hemos viajado todo el día,
estamos agotados; este pobre bicho ya no es capaz de dar un paso más, y yo
estoy molido y muerto de hambre.

Aparecido se quedó mirándolo con detenimiento y se encontró con un


hombre cuarentón, desgarbado, con barba de varios días, pelo entrecano,
cara y ropas empolvadas, quemado por el sol, pero no supo si la expresión
que tenía era de tristeza, de aburrimiento, de cansancio, o de las tres cosas
al tiempo. Montaba un caballote rucio y flaco que tenía las patas delanteras
demasiado abiertas como si tratara de guardar el equilibrio o de afirmarse
para no caer, tenía la cabeza gacha y los ojos cerrados, tal parecía que
dormía de pie, ahí en la calle, sin preocuparse por la presencia de quienes
cruzaban por ella, ni menos aún por la de Aparecido que se había acercado
y le había puesto una mano en la nuca. Jinete y animal le dieron la
impresión de que estaban llenos de carcoma, y que de un momento a otro
con un movimiento brusco o una brisa leve iban a desbaratarse y a quedar
hechos un montón de polvo en el piso empedrado.

Hacía ya buen tiempo, la verdad desde que era niño, que no sentía
compasión por nadie, esa virtud no se puede tener en su profesión, y si se
tiene es garantía de fracaso. Pero estos dos... ¡Que demonios! El hombre
apenas llevaba una pequeña maleta de cuero mal amarrada con un rejo que
servía al tiempo para colgarla de la cabeza de la silla, un par de alforjas
puestas sobre el anca del bicho como él lo llamó, tan averiadas como la
maleta. De los aperos ni hablar; apenas se salvaban unos finos estribos de
cobre ornamentados con soles y estrellas, pendientes de viejas correas que
en cualquier momento cuando el hombre se afirmara en ellos iban a ceder y
adiós jinete. Y en cuanto al caballo mala suerte para él porque pronto habría
que darles comida de nuevo a los leones y tigres; algo se sacaría...

Vengan conmigo, caballeros, los llevaré al mejor hotel de esta comarca, allí
podrán descansar y comer muy bien. Los atenderán como a príncipes. Ya
verán que no les exagero.
Tomó por la calle en dirección a un cerro pelado y pedregoso en el que
apenas se veían unos matorrales resecos que rodeaban lo que al viajero le
pareció a la distancia una especie de casa de campo vieja y destartalada.
Aparecido que evitaba con cuidado los charcos para no ensuciar su ropa que
aunque un poco raída traía limpia y bien cuidada, miraba con frecuencia
hacia atrás para ver si era seguido por el jinete y su caballo que ahora
miraba al frente con los ojos muy abiertos como si tratara de saber en que
mundo estaba.

Le recibió la maleta y las alforjas cuando se detuvieron a la entrada del


hotel, y con delicadeza, como si se tratara de una dama lo ayudó a apearse y
lo guió, indicándole con señas el camino, hasta el interior de una enorme
casa, o mejor, de varias que formaban un conjunto desordenado y ruinoso,
construido en lo más alto del cerro desde el que se observaba gran parte del
pueblo. Parecía diseñado y construido por alguien más interesado en tener
donde esconderse que en tener donde vivir. Era un verdadero laberinto de
angostos corredores lleno de habitaciones, unas pequeñas en las que apenas
cabía una cama angosta, comunicadas entre ellas por puertas muy
estrechas; otras habitaciones eran enormes, capaces de albergar una escuela
completa; todas oscuras a las que apenas les llegaba luz por ventanitas
protegidas con vidrios polvorientos.

Las paredes, que alguna vez fueron blancas, eran ahora grises por el
mugre, y en partes estaban tan desconchadas que mostraban las tapias de
tierra pisada con que habían sido construidas, y en otras se veían las
manchas que como lágrimas sucias habían dejado en ellas las lluvias.

-¿Adonde me llevas? le preguntó a Aparecido el visitante extrañado por lo


que veía cuando este lo guió hasta un pequeño patio techado con una
mediagua cubierta de teja española, en el que vio un enorme escritorio
acompañado de una silla de madera burda, y en un rincón, en la
semioscuridad, alcanzó a ver una cama de gran tamaño protegida por un
toldillo.

- Ya llegamos, señor, voy a presentarlo al hotelero. Está allí añadió


Aparecido señalándole la cama la que de pronto pareció tener vida porque
se estremeció y tembló, y sus maderas chirriaron como quejándose por el
maltrato que le daba su ocupante.
El toldillo que la cubría se levantó por un lado, y de debajo de él apareció
un sujeto de pelo sucio y revuelto, moreno, de ojos oscuros y pequeños
protegidos por una cejas enormes, gordo a más no poder y de piernas tan
cortas que con mucha dificultad alcanzó el piso a pesar de que la cama era
baja.

-¿Que quieren ustedes? les preguntó con voz de bajo, al tiempo que
paseaba su mirada del uno al otro.

- Una habitación y comida para mi y agua y un potrero con buen pasto para
mi caballo, respondió el viajero. Sólo eso queremos, concluyó. Todo lo dijo
como si no fuera la respuesta a una pregunta sino la expresión de un
profundo deseo.

Pago anticipado le contestó el gordo. Le daré todo lo que pide y algo más si
lo quiere. Tome sus cosas y venga conmigo, y tu, Aparecido, espérame
aquí, tendrás lo tuyo.

Caminaron por el laberinto de estrechos corredores hasta una de las


habitaciones que el hotelero abrió con una pequeña llave, al tiempo que
dijo al visitante: es toda suya, disfrútela cuanto quiera. La comida se la
traerán un poco más tarde; de su caballo me ocuparé yo inmediatamente,
también él será atendido como corresponde a la cabalgadura de un caballero
tan distinguido como usted. Descanse y no se preocupe por nada. Tome la
llave y guarde su equipaje. Algo más: con la comida le traerán las mantas y
la cuenta. Hasta pronto, y se alejó por el corredor infinito dando pasitos
inseguros como si fuera un niño que aprende a caminar.

Dejó caer la maleta y las alforjas en un piso de madera de tablas desiguales,


separadas por ranuras muy amplias por las que alcanzó a ver un poco de luz
por lo que comprendió que su habitación estaba sobre una especie de balcón
o voladizo. Se acercó a la ventana buscando orientarse, pero todo lo que
pudo ver a través del polvo amarillento que cubría el vidrio que la protegía
fue una pequeña ladera tan pelada y pedregosa como la que subió para
llegar al hotel, una que otra mata rala, pero ni un árbol, ni un pájaro. No veo
ni siquiera una res, nada que se mueva o respire. Levantó la mirada y al
fondo encontró las enormes montañas de color gris - verdoso por las que
había viajado durante tantos días.
Se volvió y se sentó en la cama de madera que chirrió y tembló como la del
hotelero dejándole la sensación de que era la respuesta que esta le daba a
una hermana en pena. No había más donde sentarse como no fuera en el
mismo piso. Ni siquiera una miserable silla, dijo en voz alta, pero la verdad
no es eso lo quiero, es la cama... Ahora vuelvo a hablar solo, la diferencia
es que antes le hablaba al caballo, ¿ahora a quien? Tanteó con la palma de
la mano, quería saber si el colchón era para un príncipe como le dijo el
muchacho que lo llevó allí. Duro, peor que el suelo en el que he dormido
estas últimas noches. Mejor me hubiera ido si sigo de largo y no entro a este
pueblo. Nada tengo que hacer aquí, pero tenía que hacerlo, es que ni el
caballo ni yo damos ya más, y cabeceó casi vencido por el cansancio y el
sueño. ¡Dios¡ Apenas empieza a anochecer y ya se me cierran los ojos.

Los golpes en la puerta lo volvieron a la realidad de la que ya el sueño


empezaba a sacarlo. La abrió inseguro y con la idea extraña de que estaba
encarcelado y era un carcelero quien llamaba a su puerta. Se encontró con
una mujer larga, flaca y descolorida, toda vestida de negro como si fuera
para un funeral, que le dio las buenas tardes con sequedad, le alcanzó una
bandeja cubierta con un pequeño mantel de cuadros grises y negros que le
recordó un tablero de ajedrez, y un atado con las mantas que traía colgado
de un brazo, y acompañándose con un gesto de la barbilla le dijo: ahí viene
la cuenta, en la bandeja. ¡ Deme el dinero!, y le extendió una mano larga y
huesuda.

Espere un momento le respondió. Fue hasta la cama sobre la que colocó la


bandeja y con cuidado la destapó; encontró, además de una comida de mal
aspecto, un papelito doblado que leyó con dificultad por la escasa luz que
había en el cuarto. En él, con letra fina y delicada le pasaban la cuenta al
distinguido caballero de la habitación 27, por una noche de servicio de
habitación, comida servida en la misma, y pienso, agua y pesebrera para su
corcel.

Buscó en una de las alforjas y luego en la otra el dinero que no encontraba,


hasta que recordó que lo traía en una pequeña bolsa de cuero colgada de su
cintura y metida entre sus ropas, y que para sacarla tenía que bajarse los
pantalones. Miró a la mujer que seguía parada en la puerta con la mirada
fija puesta en él, la mano derecha con la palma hacía arriba en actitud de
quien va a recibir algo. Parecía paralizada, lo miraba sin parpadear y casi
sin respirar.
Perdone le dijo, fue hasta la puerta, la cerró y se recostó a ella, y luego, con
rapidez increíble bajó sus pantalones, tomó la bolsa y sacó algunas
monedas; volvía a subirlos con igual rapidez cuando oyó de nuevo golpes
en la puerta. Era otra vez la mujer con la mano extendida que le dijo: mi
dinero.

Tome, y empezó a contarle con cuidado las monedas dejándolas caer sin
tocarle la mano. No podía librarse de la idea de que la mujer cerraría de
golpe su mano huesuda y tomaría la suya como si fuera a meterlo en una
trampa. Gracias le dijo cuando terminó de pagarle. Dio un paso atrás cerró
con fuerza la puerta, alcanzó a escuchar que ella le decía: ¡que descanse,
caballero!

Comió despacio la comida fría y mal sazonada sentado en la cama, casi sin
verla porque ya llegaba la noche, y porque el pequeño bombillo que colgaba
en el extremo de un cable lleno de cagadas de moscas colocado en el centro
de la habitación, se negaba a encenderse por más que le dio al botón blanco
también lleno de cagadas de moscas, que estaba pegado en la pared al lado
de la cabecera de la cama y al que maldijo en voz alta cada vez que trataba
de hacerlo funcionar.

Puso a tientas en el piso los platos y demás cosas del servicio, extendió las
mantas cuidadosamente sobre la cama sin dejar en ellas la menor arruga tal
como le enseñó a hacerlo la tía que lo crió; se quitó las botas embarradas y
se dio la bendición que también era cosa heredada de la misma tía. Tal vez
esto sea mejor que lo que he tenido las últimas noches dijo en voz alta, y se
acostó sin desnudarse.

Daaaamas, caballeeeros y niiiiños. Muuuy buenas noches tengan ustedes.


Bien venidos al más fantástico circo del mundo, único en el que verán los
más extraordinarios artistas que hayan pisado la pista de un circo, a los que
nunca nadie superará porque son los mejores que ha habido y habrá.
Gozarán todos ustedes, grandes y chicos, con los payasos más graciosos que
puedan conocerse, capaces de hacer reír a un condenado a muerte sentado
en la silla eléctrica. Se asombrarán con el mago que hará milagros frente a
sus ojos y les hará ver cosas que nunca imaginaron, y no creerán a sus ojos
cuando vean las hazañas increíbles del hombre más fuerte del mundo;
verán como los feroces tigres y leones juegan como gatitos cuando se los
ordene su valiente domador. Pero eso no es todo. También verán sus
asombrados ojos a un hombre lanzar fuego como un volcán y comer brasas
como si fueran un exquisito manjar, y todavía más: creerán soñar cuando el
tragaespadas trague frente a ustedes varias afiladas cimitarras sin hacer el
menor gesto de dolor, y como si todo esto fuera poco, les presentaremos
mil y un números más, entre los que estarán los arriesgados trapecistas
quienes exponen sus vidas en cada salto para deleite de todos ustedes, y
estará la hermosísima amazona única en el mundo que se transformará en
mil y un personajes sin bajar de su caballo, y no faltarán los micos y los
perros que harán cosas increíbles. Y ahora... ¡Que empiece el espectáculo !

Sonaron con estrépito tambores y tamborcitos, bombos y platillos que


resonaron como truenos, trompetas y flautas, saxofones y muchos
instrumentos más en una alegre marcha, y toda la tropa de artistas se lanzó
en desorden a la pista. Saludaban algunos con los brazos en alto, otros,
como los contorsionistas, brincaban y saltaban, y los payasos, que fingían
caerse y estrellarse unos con otros, lanzaban gritos por un dolor que no
sentían.

Leónidas, El Africano, perdido entre sus compañeros, dio un largo y


estentóreo grito que respondieron tigres y leones con sonoros rugidos. Los
artistas huyeron para todas partes simulando terror, mientras los payasos
caían desmayados en mitad de la pista, y en seguida, Leónidas quien era el
único que quedaba en pie, levantó sus brazos en señal de triunfo y repitió su
grito. Apareció, sin saberse de donde, Atlante, el hombre fuerte quien como
si recogiera muñecos fue poniendo los desmadejados payasos en sus
hombros en impresionante caramillo, se alejó con ellos y desapareció detrás
de un enorme biombo decorado con hermosos paisajes que mostraban el
mar, palmeras y veleros, gaviotas y alcatraces.

Todos se silenciaron cuando un prolongado redoble de tambores anunció


que algo muy especial iba a ocurrir. Tiradas por percherones negros
aparecieron las jaulas de los leones y los tigres, al tiempo que una tropa de
ayudantes armaba con rejas de hierro una inmensa jaula en la que
encerraron a Leónidas con sus felinos. El hombre les gritaba órdenes en un
idioma extraño al tiempo que sacudía sobre ellos un largo látigo que
restallaba como si fueran disparos. Obligó a los animales a saltar por aros
de fuego, hacerse los muertos, caminar por delgadas pasarelas, y a hacer
algunas otras gracias.

¡Demonios! Ese hombre si se gana bien el dinero. No me metería en esa


jaula ni por todo el tesoro del Papa. ¿Usted lo haría señor Zaratustra ?
Si, claro, Aparecido, los gatos y yo somos buenos amigos; a mi no me
tocarían aunque estuvieran muriéndose de hambre; pero, bueno... Si
decidieran comerme apenas alcanzaría para medio comer el más pequeño
de ellos, si acaso.

Si, así parece, señor, pero ¿de verdad son sus amigos ?

Si, hombre, si. No te digo mentiras; los cuido y me preocupo por ellos;
cuando me les acerco ronronean como gatos y se dejan consentir.

Señor Zaratustra, dígame ¿cuándo se van del pueblo ?

No lo se, eso lo define Ángelo. Pero por lo que veo este pueblo cuando
mucho da para dos o tres días de trabajo si Dios nos ayuda, y después hasta
luego vida mía a buscar otro lugar. Mira, le señaló el público, ni la mitad de
las sillas ocupadas, con eso apenas conseguimos para comer mal nosotros, y
algo para los animales, pero nada queda para pagarles a los artistas.

Mala suerte tengo, señor. Estaba esperanzado en que ustedes me


engancharían. En este pueblo no hay futuro, y si sigo como voy terminaré
aguantando mas pobreza de la que ya me acompaña.

-¿Qué sabes hacer, Aparecido ?

- Pues a decir verdad, señor, no soy experto en nada, pero me desenvuelvo


bien consiguiendo cosas como las que ustedes me pidieron, ya lo vieron,
nada faltó. Les conseguí todo lo que quisieron, y bien rápido por cierto.
Para eso se requiere tener ciertas habilidades señor Zaratustra; puedo
ayudar en cosas sencillas, además aprendo fácil si hay quien me enseñe.

- Hablaré con Ángelo, de pronto encontramos algo para ti. Por el momento
tendrás que reemplazar a un payaso que se marchó. Dijo que prefería irse a
buscar otro circo u otro trabajo en el que le paguen a tiempo. Tenía razón el
hombre porque tiene un montón de hijos para mantener, y tiene además a
su mujer legítima y otras dos o tres féminas que siempre andaban detrás de
él. Debe sufrir mucho para darle gusto a tanta gente.

-¿Payaso yo, señor? Los únicos payasos que conozco son los que vi aquí
hace un rato cuando salieron todos los artistas. No los había visto sino en
una lámina que tenía el libro en que me enseñaron a leer, y ahora usted
quiere que en un momento yo sea artista como ellos.
- Tranquilízate, hombre, no es cosa del otro mundo. Con la facha que
tienes... Puros huesos, esa cara larga como si siempre estuvieras en un
entierro a punto de llorar por la muerte de un ser querido, la melena que
compite con la de los leones, los ojos que apenas se te ven, pues no vas a
necesitar disfrazarte mayor cosa, ni aprender mucho del arte. Todo lo que
tendrás que hacer será ponerte un poco de pintura, un vestido estrafalario,
unos zapatones, dejarte ver y con sólo eso, te lo aseguro, la gente va a
reventar de la risa. Pero de todas maneras te enseñaré algunos trucos, y los
otros payasos también te enseñarán.

- Por el momento no habrá paga. Sólo la comida, si es que alcanza el


dinero, ya sabes que siempre anda escaso. Podrás dormir en una de las
carretas, aquí siempre hay un sitio disponible. Esto mientras estemos en éste
pueblo; ya te dije que un enganche definitivo lo decide Ángelo.

- Vale, señor Zaratustra, es un trato, y le extendió la mano. Por algo se


empieza. ¿Cuándo salgo a la pista? quiero decir, como payaso.

- Mañana, Aparecido, si todo sale bien, pero antes tienes que ir a hablar
con Circe, ella tiene que leer tu destino y saber como será. Siempre lo hace
con todos los que van a trabajar en el circo, así sea por un día. Tenemos que
cuidarnos; hay personas que son desgraciadas toda su vida, o que atraen
desgracias sobre otros. Gente con mala suerte y cosas de esas... No
podemos cargar con ellas, se nos pueden pegar las desgracias. No lo tomes
a mal pero tenemos que cuidarnos. Ven conmigo, te llevaré donde Circe.
No vayas a decirle mentiras, ella sabe cuando le mienten, y entonces adiós
trabajo. ¿Entendido ?

- Si, señor, le entiendo bien.

Caminaron por un lado de la pista en la que Primavera hacía su número, era


el momento en que ella parecía ser una dama de un siglo atrás. Llevaba una
saya verde pálido, muy amplia, adornada con perlas, escote pronunciado y
peluca de bucles largos y negros. Iba sentada tal como montaban las
mujeres, con una pierna a un costado del caballo y la otra recogida sobre el
lomo, como si fuera en una silla de montar especial para ellas. Sobre su
cabeza hacía girar con su mano izquierda una sombrilla de colores, mientras
que con la otra saludaba al público.

-¡Muévete, zoquete! ¿Que esperas ? No te detengas.


- Señor, estoy mirándola. ¿Cómo hace para no caerse cuando el caballo va
al trote? No tiene montura, ni estribos, ni nada en que tenerse.

- Después le preguntas a ella. Ahora vámonos.

Entraron a un pasadizo oscuro hecho con paredes de lona y desembocaron


en un patio lleno de carretas, camiones, jaulas con animales de muchas
clases que a Aparecido le recordaron la historia del arca de Noé. Encontró
también montones de rollos de manilas y aparatos que usaban los artistas en
sus números, sillas rotas, carromatos y pequeñas carpas que servían de
vivienda provisional de algunos artistas.

Había olor a orines y excrementos de personas y animales, y olor a


frituras, a humo de leña verde, a tabaco, a vino y a cerveza, y se oían los
ronquidos muy fuertes de alguien que dormía en una hamaca enorme, junto
con los sonidos de algunos animales que por momentos se acompasaban
con los ronquidos del durmiente. De fuera del circo les llegaron las voces
de los vendedores de comida, la de una mujer que ofrecía lotería a gritos, y
al fondo en un cielo muy negro alcanzaron a ver una tanda de rayos
acompañada por una larga sucesión de truenos.

- Es la mujer barbuda la que ronca le dijo Zaratustra señalándole la hamaca,


ya nos acostumbramos. Entra, Aparecido, y abrió una pequeña puerta de
color rojo brillante de una de las carretas que tenía pintadas en sus costados
figuras de demonios con cuernos retorcidos y ojos malignos que les
brillaban intensamente, brujas de nariz ganchuda con lechuzas extrañas en
sus hombros, vampiros que colgaban cabeza abajo sosteniéndose de
calaveras desdentadas.

Sigan, caballeros, los estaba esperando les dijo con voz delicada la mujer,
que sentada entre almohadones de colores fuertes puestos en el piso fumaba
un largo tabaco que tenía llena de humo toda la carreta. Apenas se veía
porque la luz era escasa y ella era pequeña y frágil, y además porque su
turbante y su traje de colores se confundían con las cortinas que colgaban
alrededor del interior de la carreta.

-¡Hola, Circe ! Este es Aparecido, quiere trabajar con nosotros. Lo traje


para que le leas su suerte y le digas su futuro. Te dejo con él. Nos veremos
luego, y salió de la carreta.
- Buenas noches, señora... me llamo...

- Aparecido, ese dijo Zaratustra que es tu nombre, pero no es el verdadero,


lo cortó ella. Siéntate, ahí hay un cojín le dijo, señalándole con el tabaco un
rincón de la carreta.

No esperó a que él se sentara para preguntarle por su lugar de su


nacimiento.

- Nací aquí, en Pueblo de los Dulces Santos.

-¿ Hace cuántos años ?

- Veintitrés, señora.

-¿En qué mes?

- En noviembre

-¿Qué color te gusta más ?

- El amarillo quemado.

- ¿Tu verdadero nombre?

- Simón, señora

- Dame tu mano derecha.

El se la extendió despacio y la dejo a medio camino como si temiera algo de


la mujer quien a su vez se inclinó con agilidad, se la tomó con firmeza y la
tiró hacia ella, y luego con cuidado volvió su palma hacía arriba, la miró
por un momento y empezó a seguir con la uña de su índice izquierdo
pintada de negro las líneas dibujadas en ella, al tiempo que fumaba su
tabaco y soltaba bocanadas de humo que pusieron a lagrimear a Aparecido
que se aguantaba en silencio el martirio.

Ahora la izquierda, dijo Circe, y él, esta vez, la extendió veloz y de una vez
con la palma hacia arriba. Ella siguió el mismo procedimiento de recorrer
sus líneas con su uña negra, mientras él se esforzaba por no salir corriendo
en busca de aire puro.
Déjame ver tus ojos le dijo acercando a su cara un candelabro de siete
brazos en el que ardía igual número de velas de colores que soltaban un
perfume de lilas que se mezcló con el olor acre del tabaco. Se aumentó el
lagrimeo de Aparecido que ahora veía a Circe como si se reflejara en un
espejo de los que distorsionan las cosas.

¡Sécate esas lagrimas, no puedo verte los ojos!

Se las secó con las mangas de la guerrera al tiempo que recordaba lo que le
había dicho Zaratustra cuando se la entregó: que la cuidara muy bien
porque era parte del uniforme de militar que usaba el payaso a quien iba a
remplazar, que era igual a las que usaban los regimientos de dragones de su
país en la primera guerra mundial, y... si me dijo otras cosas sobre este
uniforme, pero ya no las recuerdo. Luego Aparecido se pasó por los ojos las
yemas de los dedos para terminar de aclararlos.

-¡Qué pequeños ! Debes ver muy mal con esos ojitos.

- No, veo muy bien, sino fuera así la habría pasado peor en este mundo. No
sabe usted todo lo que tiene uno que esquivar para seguir vivo.

- Mira mis ojos, con fijeza, sin cerrarlos ni un segundo.

Circe tenía los ojos de color gris plomo y su mirada fija y profunda le dio
miedo a Aparecido a quien se le hizo eterno el tiempo en que ella lo
miraba a los ojos. Empezó a creer que mejor haría en seguir su vida como la
había llevado hasta ahora y olvidarse de ser payaso y vivir y trabajar con el
circo.

- Tu futuro es bueno muchacho y no atraes la mala suerte le dijo, al tiempo


que retiraba a un lado el candelabro. Puedes irte, pero cuídate porque has
hecho trampas y tienes enemigos fuertes. Vas a tener éxito como payaso, te
enamorarás y serás correspondido, ese amor se terminará, pero luego
encontrarás a otra mujer que será el verdadero amor de tu vida, ella se irá
detrás de un hombre famoso y te dejará para siempre, pero te repondrás y y
tendrás una vida tranquila; vivirás un tiempo en una gran ciudad cerca de la
mar, luego te embarcarás como marino, y... Estoy cansada, vete hombre, no
veo nada más de tu futuro...
- Gracias, señora, tenga buenas noches. Salió de la carreta con la seguridad
de que esa mujer sabría donde encontrarlo aunque se escondiera en el
mismo infierno, tal y como se lo dijo el enano.

... Te embarcarás como marino y morirás en un naufragio con lo que se


acabarán tus penas de amor, concluyó Circe en voz baja cuando él salió y
cerró la puerta de la carreta.

Tomó aire con fuerza y maldijo en voz alta el tabaco de Circe, se restregó
los ojos y empezó a caminar por entre las carretas en dirección a la pista
orientado por el ruido de los aplausos y los gritos de los niños. Oyó de
pronto a su lado los ronquidos de la mujer barbuda, y sin saber porque se
detuvo a un paso de la hamaca donde ella dormía, y escuchó cómo los
ronquidos iban mermando hasta silenciarse del todo y como ella empezaba
a recitar hermosos versos de amor. Los recitaba con voz dulce y armoniosa,
llena de matices como si los dijera con ternura a un enamorado invisible. La
escuchó con atención y pensó en como era posible que esa enorme y tosca
mujer, eso le pareció cuando la conoció, pudiera tener una voz tan dulce,
como si fuera una muchacha delicada y frágil. Se acercó a la hamaca para
oírla mejor porque su voz ya no era clara, pero ella no recitó más; sólo
suspiró y volvió a roncar con estrépito. A sus ronquidos respondió con un
impresionante rugido un león llamado Titán

Mejor me voy, los amigos de Zaratustra están inquietos, pero se detuvo para
restregarse los ojos que continuaban ardiéndole por el humo del tabaco y
aprovechar para tomar lo que creyó un poco de aire puro, pero sólo
consiguió llenarse los pulmones con el olor de orines y de estiércol,
mezclados con olor de frituras de la cocina del circo, y el de los afeites que
se ponían los payasos metidos en un carromato colocado a sus espaldas.

¡Mierda! ¡ Pura mierda! Así debe oler el infierno. Lo que me espera no es


cualquier cosa, ya me acostumbraré, también hay mucha mierda en el resto
del mundo. Se alejo casi a saltos camino de la carpa principal.

-¿Cómo te fue ?

- Bien, señor Zaratustra. Ella dice que todo está bien, que no atraigo la mala
suerte, que voy a ser un gran payaso, y...

Oyeron a sus espaldas a Ángelo que soltaba una sarta de maldiciones y


cuando se volvieron lo vieron a él y a uno de los payasos que tiraban del
cabestro de un enorme camello que se negaba a moverse. Tenía el animal
las patas delanteras abiertas y bien afirmadas, como si estuviera sembrado
en el piso, la cabeza levantada, la cola erguida y resoplaba como un fuelle.
De pronto soltó una especie de bufido escupió a los dos hombres que
tiraban de él, a Zaratustra y a Aparecido que se habían acercado a ayudar.

¡Hijo de mala madre! le gritó Zaratustra con voz chillona, mientras trataba
de limpiarse la baba con un pañuelo de colores. Vas a ver quien soy yo
grandísimo mal nacido le dijo acercándosele, no vas a olvidarme en lo que
te queda de vida. Aparentaba ser más pequeño de lo que en realidad era
metido debajo de la cabezota del enorme animal que se dignó bajarla para
mirarlo. Habló a continuación en un idioma que ninguno de los hombres
que lo acompañaban entendió; las palabras le salían como disparadas y no
pronunciadas, parecía querer escupir a su vez al animal que no dejaba de
mirarlo. Mostraba una rabia profunda; su voz ya no era chillona, ahora era
la de un tenor. El camello lo miraba desde arriba como hipnotizado, de
pronto agitó hacía los lados la enorme cabeza, la bajó casi hasta el piso, se
agazapó y se acomodó como lo hacen siempre que el amo va a montarlos,
y empezó a masticar con calma, como si todo estuviera bien, como si todo
hubiera estado siempre bien; movía su quijada inferior de un lado al otro,
con ritmo suave, dando a entender que ya no había problema, que
comprendía con claridad todo lo dicho por Zaratustra, quien ahora
perfectamente calmado entregó a Ángelo el cabestro al tiempo que le dijo
con su recuperada voz aguda: es todo tuyo, no volverá a molestar durante
un tiempo largo, y si lo hace...

-¿Para qué lo quiere señor Ángelo? le preguntó Aparecido.

- Para que Mab lo monte. Su caballo está cojo. Tu no lo sabes, pero ella no
puede salir a pie a la pista por que por su manera de caminar la gente sabría
que tiene piernas artificiales. Se las quita sin que puedan verla cuando se
mete a las cajas de magia, y así Diábolo la hace desaparecer fácilmente.

- Ve a llamarla le ordenó Ángelo al payaso. ¡ Que se apure !

Me sentiré como una reina mora montada en un camello. Ángelo búscame


otro nombre que salga con mi nuevo papel. Ya no quiero llamarme Mab, así
la gente creerá que de verdad vengo de oriente, y con enorme agilidad
montó en el camello. El animal se levantó con delicadeza y así mismo llevó
a la muchacha hasta la pista en la que volvió a agazaparse para que ella
bajara. Diábolo la tomó en sus brazos y la llevó a una tarima entre los
aplausos del público. Sin decir nada el mago se quitó su sombrero de copa
del que salió una bandada de palomas blancas que revolotearon por encima
del público y regresaron a posarse en una percha. Hizo una reverencia con
el sombrero en su mano derecha y ésta vez salieron de él conejos negros
que corrieron y saltaron desde la tarima a un gran baúl dorado.

Cuando cesaron los aplausos Diábolo pidió que le trajeran el féretro de


Satanás porque iba a hacer la más increíble demostración de sus poderes
diabólicos. Mab entraría en él, y cuando dijera las palabras de un conjuro
ella desaparecería para irse al reino de las tinieblas eternas, pero la haría
regresar a pesar de la oposición de los demonios, y luego, dentro del mismo
féretro, la atravesaría con enormes espadas sin que sufriera el más leve
daño.

Todo ocurrió como él lo dijo. Mab fue atada de manos, vendada con un
pañuelo amarillo encerrada luego en un gran ataúd negro forrado en su
interior con terciopelo rojo que contrastaba con el vestido blanco lleno de
lentejuelas doradas que llevaba Mab. Diábolo se acercó al féretro, rezó un
conjuro, se cubrió el rostro con su capa carmesí y luego dos ayudantes
procedieron a abrirlo y a levantarlo para que el público pudiera ver que su
interior: estaba vacío. Cuando el mago rezó en voz alta y en un idioma que
nadie conocía un nuevo conjuro, Mab reapareció sin ligaduras en otro
lugar de la tarima sentada en una silla detrás de una cortina de colores. Con
ayuda de los payasos que la trasladaron en brazos fue puesta de nuevo en el
féretro, y este traspasado con espadas cuyo filo fue verificado por serios
caballeros que vinieron de entre el público. Diábolo abrió de nuevo el
ataúd, y como antes, estaba completamente vacío. De nuevo corrió la
cortina y ahí estaba sonriente Mab, pero vestida con otras ropas. El la
cubrió con un gran paño verde, y cuando segundos después la descubrió ella
estaba vestida con un largo traje blanco de novia, llevaba un velo que le
ocultaba la cara, corona de azahares, y un ramo de la misma flor entre sus
manos.

Con una delicada reverencia saludó al público y se quitó el velo, pero la


novia no era Mab. Era una mujer rubia, alta y esbelta, de ojos azules y con
mas años que Mab, que era morena, delgada y de ojos negros.

El público rompió en aplausos que duraron hasta cuando un hombre de


entre el público se levantó y pidió a gritos a Diábolo que devolviera a Mab,
porque era un acto criminal dejarla en las tinieblas del infierno a donde la
había enviado.
El mago levantó los brazos e hizo un gesto para pedir silenció, y con una
varita señaló el baúl en el que se habían metido los conejos negros. Un
payaso corrió a abrirlo y de el salió Mab sonriendo y saludando al público
con las manos en alto, y así siguió hasta cuando desapareció detrás de un
gran biombo cargada en el mismo baúl en hombros de cuatro payasos.

Sonaron los timbales y los platillos mientras Ángelo parado en mitad de la


pista levantaba los brazos en señal de saludo, y luego, con un gesto teatral
pidió al público que se silenciara.

Respetable público: mil y una gracias por acompañarnos hoy. Esperamos


que todos nuestros números hayan sido de su agrado y que la noche haya
sido muy feliz para todos ustedes. Los esperamos mañana acompañados de
sus familias y sus amigos. Que tengan muy felices sueños dijo al tiempo
que se quitaba el sombrero de copa y hacía una reverencia.

Esperó parado en el centro de la pista hasta cuando la última persona del


público salió, y empezó a dar órdenes a un grupo de ayudantes que se
dedicaron a poner todo de nuevo en orden. Sólo cuando se aseguró de que
todo estaba bien dijo con voz fuerte como si todavía estuvieran presentando
el espectáculo: Gracias. ¡A dormir todo el mundo!

Tú, ven conmigo le dijo Zaratustra a Aparecido. Voy a decirte donde


puedes dormir y lo guió por el mismo pasadizo por el que lo llevó donde
Circe, y por el que salieron de nuevo al patio con las jaulas, los camiones,
las carretas y la misma mezcla desagradable de olores. Puedes dormir en
esa carreta le dijo Zaratustra, y le indicó una que estaba retirada con
apariencia de estar abandonada y que por lo que vio Aparecido en alguna
época estuvo pintada de dorado y rosa. Debió ser de alguna princesa dijo en
voz alta.

- Buenas noches, muchacho.

- Buenas noches, señor Zaratustra.

Vio la hoguera y a su alrededor hombres y mujeres y percibió el olor del


café, el único grato que había sentido desde que se metió al circo. Caminó
hacía allá y se acercó a un carromato en el que decía en letras doradas y
grandes: Restaurante, y debajo de estas en letras más pequeñas decía: Sólo
para empleados del circo.
Señor, por favor me da café le dijo al chino que atendía el restaurante que
llevaba un enorme bigote cuyas puntas que señalaban el piso, le hicieron
creer a Aparecido que su cara parecía un reloj que marcara las cinco y
veinticinco. Pero esto no era todo. La parte delantera de su cabeza estaba
rapada, la trasera formaba una larga coleta, y como complemento usaba una
pequeña barba puntiaguda. A Aparecido se le asemejó a uno de los genios
que salen de las lámparas en los cuentos de hadas.

-¿Quien eres tú ? ¿De donde sales ?

- Soy Aparecido le respondió extendiéndole la mano, en gesto amistoso que


el chino no le correspondió. Trabajo aquí desde hoy. Voy a ser payaso.

- Toma tu café, y le alcanzó una taza. Yo soy el cocinero, me llamo Xú.

- ¿Sú? ¿Así te llamas?

- Xú, con equis le aclaró el chino. Es sólo parte de mi nombre; lo digo así
para que ustedes pueden pronunciarlo, me contento con eso. Siéntate por
ahí, y le hizo un gesto con la mano para que se retirara.

Con la taza en la mano caminó en busca de un sitio para sentarse y lo


encontró al lado de un payaso que estaba sentado en el estribo de una
carreta y tenía el maquillaje corrido. La pintura alrededor de sus ojos estaba
escurrida dándole la apariencia de alguien permanentemente asombrado.

- Buenas noches. Me llamo Aparecido, mejor, se corrigió, así me dicen, y le


extendió la mano.

- Soy Odín respondió el otro. Estoy a tus órdenes.

- Gracias. ¿Usted me ayudaría? quiero ser payaso.

- Si, lo haré con gusto; pero si quieres ser un buen payaso lo primero que
tienes que saber es que es un arte difícil. Es como actuar en el teatro; tienes
que aprenderte los parlamentos, hacer bien los gestos, manejar la voz, y
hacer otras cosas. En fin, ya aprenderás, tienes que ir con calma. Si te
esfuerzas y...
- Es ella, lo interrumpió Aparecido cuando escuchó los ronquidos de la
mujer barbuda. Recita unos poemas muy hermosos cuando está dormida, la
escuché hace un rato.

- Dicen que lo hace despierta le dijo Odín, pero que aparenta que lo hace
dormida, y cuando le preguntamos de quien son los poemas que declama
dice no recordar nada, y además, alega que nunca en su vida ha leído un
sólo verso. En otro momento hablamos más largo de ella, ahora muchacho
me voy a dormir, mañana empezamos tu enseñanza. Que tengas una buena
noche.

- Que descanse, señor, y se quedó un rato largo escuchando los versos que
de nuevo con voz dulce recitaba la mujer barbuda.

Despertó sobresaltado y deslumbrado por la luz del bombillo que se había


encendido de repente; se enderezó y miró en todos los sentidos buscando un
responsable, pero recordó que estaba solo y que el maldito bombillo no se
había encendido cuando quiso hacerlo, y ahora, en mitad de la noche, sí lo
hacía. Movió el botón que lo operaba y la habitación volvió a quedar a
oscuras.

Se acostó de nuevo con la sensación de que llevaba tanto tiempo viajando


por las montañas infinitas, con la única compañía de su caballo que se le
había olvidado que existen muchas cosas que se consiguen en algunas
ciudades como el alumbrado eléctrico, el agua corriente, las camas limpias,
la comida cliente, un techo bajo el cual dormir sin preocuparse por la
lluvia, por los vampiros y por uno que otro avechucho que podía
aparecerse en cualquier momento y no dejarlo a uno descansar tranquilo.

No podía dormirse; otra vez estaba entre el sueño y la vigilia, lo


acompañaba la sensación de que si se quedaba dormido podría despertarse
después del amanecer, cuando ya sus alumnos se hubieran marchado
cansados de esperarlo para que les dictara las clases, como ya le había
ocurrido otras veces. No le agradaba disculparse con sus alumnos y sus
padres y darles pretextos para explicar porque llegaba tarde a la escuela.
Últimamente se despertaba en medio de la noche lleno de angustia sin saber
porque, daba vueltas en la cama y terminaba por levantarse a leer cualquier
cosa, pero eran tan pocos sus libros que creía haberlos leido mil y más
veces, y que por eso mismo ya no les encontraba ningún sentido, y volvía a
acostarse y a dar vueltas y a sudar como si tuviera fiebres. Se le extraviaban
las horas, y al fin volvía a dormirse en la madrugada y a soñar cosas sin
sentido, como verse frente a un tablero en el que había una frase escrita con
su letra en caracteres griegos que le era imposible traducir. Se levantaba
cansado, con el sueño vivo y sin deseos de cumplir con sus obligaciones, se
iba para la escuela paso a paso y terminaba por llegar tarde cuando ya los
alumnos se habían ido o estaban esperándolo en el aula con cara de
aburridos.

De pronto, cuando recordó que ya no tenía nada que ver con clases, tareas,
exámenes, desfiles religiosos y patrióticos, se despabiló como si hubiera
dormido mucho tiempo, pero no logró volver a conciliar el sueño durante
largo rato, porque ahora eran las imágenes muy vivas de todo su pasado las
que no lo dejaban dormir. Los recuerdos de lo que había hecho y de lo que
había dejado de hacer, y de las personas que conoció y jamás volvió a ver ni
a saber de ellas, y también el recuerdo de muchas que conoció y por las
cuales sentía algún afecto, y ahora la angustia de no saber como iba a ser su
futuro, de qué iba vivir, en que iba a ocuparse, en donde iba a radicarse.No
tenía bienes, sólo unos pocos ahorros constituían su riqueza, y todo lo que
sabía hacer era ser maestro de historia y a veces de ciencias, cuando no de
religión si faltaba el profesor de la materia; pero él ya había dejado de serlo,
no quería seguir siendo maestro de nada ni de nadie.

El sol ya estaba alto cuando despertó descansado y tranquilo. Por primera


vez desde que abandonó la última escuela en la que trabajó no sentía
angustia ni preocupación alguna, ni tuvo sueños en los que se le olvidaban
las fechas claves de la humanidad ni recordaba que cosas hicieron algunos
hombres famosos, y menos recordaba si eran militares, religiosos, políticos,
o cualquiera otra cosa. Sin saber por que comprendió de golpe que todo eso
quedaba atrás, que ya no tenía nada que ver con la enseñanza ni con
muchachitos torpes ni mamás necias, que cualquier cosa en que se ocupara
de aquí en adelante sería mejor, mucho mejor, que lo que dejaba atrás.

Se extravió un par de veces tratando de encontrar el camino a la oficina, o


dormitorio, o lo que fuera el hueco en que permanecía el hotelero. Todo era
un laberinto de pequeños corredores oscuros y estrechos que parecían llevar
a ninguna parte, y en el que todas las habitaciones estaban cerradas y sus
puertas pintadas con el mismo color azul desteñido. Cuando al fin, sudoroso
y agitado, salió al pequeño patio se encontró de golpe con el gordo que
sentado en su escritorio miraba cifras en enormes hojas de papel verdoso.

- Buenos días, señor. ¿Descansó bien? Perdóneme la pregunta, ¿cuál es su


nombre? Tengo que registrarlo, usted sabe, son disposiciones, la policía lo
exige. ¿Descansó bien? volvió a preguntarle.

Se confundió un poco; no sabía cuál pregunta responderle primero al gordo,


que con su voz de bajo y su enorme cara tosca que parecía hecha por un
aprendiz de escultor con muy mal gusto, le daba un poco de temor.

- Descansé bien, gracias. Francisco Javier de Santodomingo es mi nombre


¿Cómo anda mi caballo ?

- Está bien, señor Santodomingo, pero tiene que calzarlo, ya no tiene


herraduras y pueden dañársele los cascos, sobre todo si va para lejos. ¿Para
donde sigue señor?

Voy camino de la mar le respondió sin saber exactamente porqué. La


verdad era que no pretendía llegar tan lejos, no le interesaba ir más allá de
su pueblo natal que estaba en el camino de la mar, pero lejos de ella y lejos
de Pueblo de los Dulces Santos. También era cierto que no quería contar
nada de su vida, ni al hotelero ni a nadie.

- Está todavía bien lejos de la mar, señor. Supongo que su familia vive por
allá.

- Cuando me vine, hace ya varios años, toda mi familia se reducía a una tía
vieja con la que compartía una casa igual de vieja, pero hace ya varios años
que no se de ella. No responde mis cartas. ¡Dios quiera que siga viva!

- Es que con el desorden que hay el correo se extravía, o se queda por ahí en
las oficinas en espera de que mejoren las cosas.

- Puede ser eso. ¿Dónde consigo un herrero? le preguntó al gordo más para
cambiar de tema que para buscar quien herrara su caballo.

- En la plaza central hay uno. Puede llegar si sigue el mismo camino por el
que vino aquí. De todas maneras cualquier paisano le indicará como llegar.
Voy a traer su animal, sólo me tardo lo que demore en aperarlo.
- Tráigalo sin aperar. Quiero que descanse y quiero descansar dijo yo dijo al
hotelero sin explicarle que el paso del animal era un tormento, y que ya
muchas veces en su viaje había caminado largos trechos con el animal de
cabestro porque así descansaban ambos.

Se quedó en la compañía de la mujer que el día anterior le había llevado la


comida, y que por lo alta y flaca le pareció una estantigua vestida de negro
de arroba abajo. Permanecía parada a un lado del escritorio del gordo sin
decir palabra, con su mismo vestido negro y su misma quietud que le daba
la apariencia de estar congelada.

Se sintió incómodo, tenía la idea de que debía hablarle a la mujer, decirle


algo, ser amable con ella, pero no encontraba que decirle, pero mientras lo
pensaba regresó el gordo con su caballo de cabestro. Se alegró de verlos,
eran mejor compañía que la mujer que continuaba allí sin hablar y sin
moverse, con la mirada perdida en el infinito y los brazos cruzados sobre el
pecho como si tratara de protegerse, y para no verla seguía con la mirada
los arabescos que a saltos dibujaba una mosca verde y brillante sobre el
escritorio.

- Aquí lo tiene señor Francisco Javier. ¿ Cómo se llama ?

- No lo he bautizado, pero le buscaré un nombre. Gracias, y le recibió el


cabestro

- Excúseme, caballero, no nos hemos presentado: soy Jeremías y ella es


Deseada, mi mujer.

Es un placer les dijo, que Dios los acompañe. No esperó sus respuestas y
sin más se alejó con el caballo cerro abajo en busca del herrero; era la mejor
manera de librarse de esos dos que lo incomodaban, no tenía claro porque.
Tal vez, pensó, porque él hablaba mucho y preguntaba demasiado, y ella
parecía no abrir la boca sino para cobrarles los servicios a los huéspedes,
quizás no es cosa de ellos, es que me acostumbré a vivir solo, sin más
compañía que el caballo que nunca pregunta ni cobra por sus servicios.

Encontró en su camino a varias personas con apariencia de campesinos que


contestaban entre dientes sus buenos días, como si tuvieran pereza de hablar
o no quisieran familiaridades con forasteros.
Desde donde se hallaba veía buena parte del pueblo: muchas iglesias de
muchos estilos, calles estrechas y retorcidas, uno que otro árbol, casas muy
pequeñas alrededor de las iglesias que le hicieron pensar que eran enanos
vigilando gigantes. No vio a nadie moverse en las calles, era como si todos
los habitantes estuvieran escondidos, o tan quietos como permanecía la
mujer del hotelero. Miró al cielo buscando el sol para tratar de saber la
hora, pero no lo vio, estaba tan escondido como la gente del pueblo, sólo
vio en las alturas a los gallinazos girando en círculos perfectos. Siempre le
habían parecido aves de vuelo hermoso tanto que en ocasiones se quedaba
largos ratos viéndolos volar a alturas enormes, apenas eran puntos oscuros
en el cielo; girando sin cesar y sosteniéndose indefinidamente sin siquiera
mover las alas. No necesitó calcular la hora por la posición del sol, porque
un reloj con la campana destemplada empezó a dar perezosamente
campanadas que fue contando hasta llegar a once.

La mujer gorda y morena le sonrió cuando creyó que él era un cliente


interesado en sus telas de colores deslucidos y su ropa mal cortada y peor
terminada, pero borró su sonrisa de un golpe cuando él sólo le pidió el favor
de indicarle el camino de la plaza central. Por allá, y le señaló el camino
con una botella de cerveza de la que bebió de inmediato un largo trago
seguido de un eructo prolongado.

Después de caminar por una calle sucia, llena de recovecos y en la que


apenas se topó con dos o tres personas que lo miraron sin responder a su
saludo, desembocó de pronto en la pequeña plaza en la que no encontró
sino a un pequeño grupo de muchachos que jugaban con escarabajos
dorados amarrados con hilos de colores. Los lanzaban al aire y se
entretenían viéndolos girar por encima de sus cabezas y dar visos aún con la
escasa luz del sol, al tiempo que hacían apuestas de mentiras sobre cual de
ellos zumbaba más fuerte.

Únicamente uno ellos respondió a sus buenos días mientras los otros se
limitaban a mirarlo con algo de interés y mucha desconfianza, y con
disimulo ocultaban los insectos entre sus camisas o sus bolsillos sin
pronunciar palabra. Parecían tener miedo de que el forastero se los quitara,
después de todo eran escasos y tenían que buscarlos mucho entre la
hojarasca de los potreros, y a veces, si querían tenerlos, debían pagar un
buen precio a sus compañeros por ellos.

-¿Que quiere, señor? le dijo con sequedad el único que le respondió.


- Busco un herrero, me dicen que aquí en la plaza trabaja uno.

- Allá, en esa casa del portón verde, la que está a un lado de la capilla. Entre
sin llamar.

Gracias, muchacho, y tiró del cabestro del caballo que estaba comiendo,
mezclado con florecitas rosadas, un pasto alto y descuidado que encontró
en lo que en una época debió ser un jardín. Mientras iba camino de la
herrería volvió a oír las risas de los muchachos y el zumbido de los
escarabajos y pensó con algo de despreocupación que su caballo iba a dejar
de ser rucio para convertirse en uno de color rosa por comer florecitas de
ese color, y él, un hombre serio, no se vería bien montado en un animal de
un color tan raro. El zumbido triste de los escarabajos le recordó el de los
pequeños y veloces aviones que a veces venían a dispararles a los alzados, y
a veces también a quienes no lo eran, y después él y otra gente del pueblo
iban a ayudar como mejor podían a los heridos, y a rezar oraciones por los
muertos y a enterrarlos juntos en la misma tumba que abrían donde los
encontraban porque no había tiempo para más ceremonias, ni tampoco
había cruces suficientes para tantos. Se limitaban a improvisar una con dos
varas y a plantarla en el centro de la tumba común, y si encontraban por ahí
algunas flores las colocaban al pie de ella formando una corona; pensaban
que con una sola era suficiente para todos, y que no irían a pelearse por ella
en cualquier lugar a donde hubieran ido a parar. Las risas de los niños le
recordaron las escuelas por las que pasó como alumno y como maestro, se
dio cuenta en ese momento de que nunca le dejaron un buen recuerdo, ni
menos le dejaron recuerdo alguno que valiera la pena conservar.

Vamos, entra, nada te va a pasar le dijo con calma a su caballo que se


resistía a entrar. Sólo te vamos a poner herraduras, te hacen falta para todo
el camino que tenemos por delante.

Entraron por un zaguán empedrado a un patio amplio y bien cuidado en el


que encontraron un pequeño cultivo de plantas medicinales y muchas
plantas de jardín, y en seguida de este, al fondo de la casa, estaba la herrería
oscura y llena de tizne. En un rincón, contra una pared de piedras toscas
llena de hollín, estaba la fragua con sólo algunas brasas que eran lo único
nítido que alcanzaba a verse; junto a ella estaba un hombre pequeño y flaco
que se volvió hacia él, que sin dejar de darle con calma al fuelle le
preguntó: ¿qué desea, señor?
Perdóneme le dijo antes de que él le respondiera. Ya estoy viejo y me he
vuelto distraído, nadie trae su caballo aquí para que yo le cante canciones
de cuna. Acérquelo por favor, voy a mirarle los cascos. Con delicadeza le
levantó una pata delantera y luego la otra mientras le media una herradura.

Muy pequeña, y se fue a buscar otra en un enorme montón que tenía en un


rincón tan oscuro y sucio como el resto de la herrería. Esta te quedará bien,
muchacho, sólo necesito cerrarla un poco, y le dio un golpe con un enorme
martillo apoyado en un yunque. Se colocó un mandil de cuero, sucio y roto
y empezó a trabajar. Vas a quedar muy bien, como para hacer un largo
viaje, ya no tenías en que caminar; le hablaba al animal como a un viejo
amigo a quien le hacia un favor que de veras necesitaba, mientras con
enorme destreza clavaba las herraduras y limaba la parte sobrante del
casco.

Se volteó a mirar al maestro que se había limitado a mirarlo trabajar y le


preguntó: ¿viene de lejos, señor?. Y otra vez sin esperar su respuesta dijo:
tiene que ser así porque este animal ya no tiene en que caminar. Un poco
más y usted se queda sin en que montarse y él sin cascos. Malos caminos
debieron recorrer ustedes dos, remató.

Vengo del otro lado de la cordillera le respondió, mientras con la mirada


buscaba un sitio para sentarse, alguno que estuviera limpio, pero no lo
había. Mejor me voy a la plaza. Es que además no quería responder las
preguntas del herrero. No deseaba contarle a nadie quien era, ni qué sabía
hacer, ni de donde venía ni para donde iba. Ya en un pueblo, al que llegó
de noche, su alcalde a quien se le hizo sospechoso de ser amigo de los
sublevados lo interrogó largamente. Le dijo al alcalde que era sucio y olía a
ajos, que era profesor de historia, a veces de ciencias naturales y otras de
religión, que había quedado cesante por que habían cerrado la escuela y
regresaba a su pueblo natal. Pero el sujeto no le creyó y mandó a buscar a
un cura para que lo interrogara sobre asuntos de religión. Resultó ser un
verdadero inquisidor que lo tuvo buena parte de la noche preguntándole
sobre misterios, mandamientos, ritos, oraciones, fiestas de guardar y no
guardar, sobre cosas de teología y un montón de asuntos intranscendentes
más. Dejó muchas preguntas sin respuesta por no conocerlas, y otras las
respondió a medias. La religión nunca le había interesado, y lo poco que
sabía de ella era lo que había necesitado para cumplir con sus clases
ocasionales. Se aprendía en cualquier momento del día anterior la lección
del día siguiente, se la recitaba a sus alumnos ocasionales y procedía a
olvidarla. Su inquisidor terminó tan fatigado como él, y al fin acabó
recomendándole que se dedicara a la historia y se olvidara de la religión. Si
señor, eso haré, me olvidaré por completo de la religión, fue su respuesta.

Voy a la plaza. Por favor cuando termine me avisa. No estaré lejos; salió
con las manos abiertas con las palmas hacia arriba, puestas delante de su
cuerpo, no quería ensuciarse más de lo que ya estaba con el tizne que agarró
en los momentos en que estuvo en el hueco del herrero, que lo fastidiaba
porque lo limitaba, porque sentía que en caso de necesidad no podría usar
sus manos, que contaminaría todo cuanto tocara.

Debe haber un sitio donde pueda lavarme y se volvió para preguntarle al


herrero, pero el sonido del agua que caía lo enrumbó hacia una pequeña
estatua de bronce de una mujer desnuda con los brazos en alto. De en medio
de sus piernas muy abiertas salía un chorro de agua oscura que le pareció
que de usarla le iba dejar más sucias las manos de lo que ya las traía. Se
decidió y empezó a lavarse con cuidado; aprovechó un trozo de piedra y se
restregó con él aplicándolo con cuidado a las partes más sucias, mientras,
pensaba cuantos días más permanecería en el pueblo, cuantos serían
suficientes para que descansaran él y su caballo, o si se marchaba al día
siguiente y descansaban en otro lugar. No le gustaba el pueblo ni la gente
que hasta ese momento había conocido. No tomó ninguna decisión; lo
pensaré en la noche dijo como si conversara con la estatua. Cuando
terminaba de lavarse vio en la base de la estatua una leyenda que no pudo
leer sino después de quitar con la piedra el verdín que la cubría. Leyó:
"Bebe tranquilo caminante que es agua de vida". Tal vez sea verdad lo que
dices, mujer, pero ahora no tengo sed. Gracias de todas maneras, pero se la
daré a mi caballo. Sacudió sus manos para quitarse el agua, y salió.

Cuando se encontró en la calle vio en la puerta de la capilla que estaba al


lado de la herrería a un grupo de personas que rodeaban a una mujer a la
que le hablaban airadamente. Ella les respondía en el mismo tono al tiempo
que les señalaba unos papeles que tenía en sus manos.

Se dirigió hacia ellos con el deseo de apaciguarlos como hacía con sus
alumnos cuando los encontraba peleando, pero en el camino se arrepintió.
Que se las arreglen como puedan, no me queda bien el papel de mediador, y
menos con gente a la que no conozco. Pasó por un lado del grupo, y sin
saber por, que entró a la capilla y por puro reflejo se quitó el sombrero, hizo
una reverencia, se santiguó y se encaminó hacia el altar mayor.
Encontró una mesa de madera destinada a los oficios, con tallas de florones
pintados en colores rosa y dorado, sobre ella dos floreros de cobre con
rosas blancas ya marchitas y algunos elementos del culto. El altar mismo
era espléndido: todo, desde el piso hasta el techo estaba recubierto en
laminilla de oro; en su centro vio una hermosa talla en madera del
Crucificado, a un lado de ella observó otras tallas de madera policromada
de la Virgen María con el niño y a su lado San José, y en pequeños nichos,
en el otro lado del altar, encontró tallas de santos y santas que por la
distancia no pudo identificar, tampoco se interesó mucho en hacerlo. Pero
cuando se volvió para salir observó que todas las paredes estaban llenas de
imágenes religiosas en cantidad enorme, una a continuación de la otra,
como no había visto en ningún otro lugar. Todas llenas de hermosos
detalles en sus ropas y en su calzado con un colorido impresionante, la
mayoría adornada con joyas de plata y oro que le parecieron legítimas.

Sintió júbilo cuando se dio cuenta de que todas las imágenes, incluyendo las
del Crucificado, la Virgen, el Niño y San José, tenían el color, las facciones
y hasta expresiones propias de los negros. Ninguna dejaba de expresar
alegría. Unas mostraban reír a carcajadas, otras sonreían con gracia o
ternura, y las más tenían la actitud de quien va a iniciar una danza, o ya está
danzando.

Por un momento sintió que participaba en un fiesta muy alegre a la que no


estaba invitado, pero en la que no se sentía un entrometido, y en la que el
único que no era negro era él. Se sintió lleno de alegría como si la que
irradiaban las imágenes se le hubiera prendido. Caminó hacía la puerta
mirando con satisfacción las imágenes a las que sin poder evitarlo saludaba
con la mano y les decía: ¿hola, cómo están? Se volvió al llegar a la puerta,
hizo una reverencia, se santiguó y sin poder evitarlo dijo en voz alta: si todo
en la religión fuera así... Se acomodó el sombrero y agregó: ! Carajo, se me
pegó la religión!

En el atrio no encontró sino a la mujer que antes discutía con el grupo que
ahora hablaba sola, gesticulaba y decía a nadie palabras entrecortadas, pasó
a su lado, le dio los buenos días que ella no respondió y fue a sentarse en
una banca desde la que veía la casa del herrero y la capilla.

En la plaza se dio cuenta de que el silencio era total. No escuchó las risas y
los gritos de los niños, ni tampoco escuchó los pájaros en los árboles, ni
siquiera las chicharras, ni la brisa. El silencio es el lenguaje de los Dioses
dijo de pronto en voz alta. Recordó la frase pero no recordó de quien era; tal
vez de uno de los clásicos griegos, tal vez mía Le agradó el silencio; suave,
acogedor, íntimo, tan distinto del que vivió en el pueblo del que venía; allá
era duro y pesado, casi amenazante. Este le gustaba, como le gustaba el que
sentía cuando venía de viaje por las montañas acompañado por su caballo,
por eso cuando la mujer que había encontrado en el atrio se le acercó y le
habló le pareció una intrusa fastidiosa.

- Señor, cómpreme la lotería, paga buenos premios. Es para una buena obra.

- Viajo mañana le respondió sin mirarla, así que no podré cobrar el premio
le agregó con ironía y disgusto.

No estaba seguro de cuando se iría del pueblo, pero era una respuesta buena
para quitarse de encima a la mujer que venía a interrumpir su descanso.

Ella guardó silencio un momento como si buscara argumentos para contra


atacar, pero todo lo que hizo fue comentarle: usted no es de aquí ¿verdad?
No lo he visto antes.

Otra que venía con preguntas. A la gente debían enseñarle a no meterse en


la vida ajena. Se levantó con la idea de que podía disculparse diciéndole
que iba a buscar su caballo en la herrería, pero ella le insistió.

- Mire, caballero: el dinero de esta rifa es para mantener la capilla, esa y se


la señaló. Venga mírela, es muy bella. Se llama La Capilla de los Negros,
es…

- Ya estuve ahí, señora.

-¿Se fijó bien, señor? Todo está muy limpio y bien cuidado. Eso lo hago yo
con el dinero de esta lotería. Y vale un dineral sostenerla. Si supiera señor
todo lo que tengo que hacer para conseguir el dinero que gasto en ella me
ayudaría comprándome un billete

La voz del herrero llamándolo para que recibiera su caballo le sirvió de


disculpa para librarse de la mujer, a la que dio las gracias y la espalda, pero
ella no se dio por vencida y caminó detrás de él insistiéndole en que le
comprara aunque fuera sólo medio billete.

Le pagó al herrero, y con las gracias le pidió que lo ayudara a subir al


caballo.
-¿ Así en pelo, señor ?

- Si, así. Y con la ayuda del herrero que colocó sus manos entrelazadas a
manera de estribo, se acomodó en el animal y lo encaminó hacía el hotel.

Gracias, amigo. Le habló al caballo al que se había acostumbrado a dirigirse


como si fuera un viejo conocido, pero no encontré otra forma de librarme
de esa mujer, quería dejarte descansar hoy, pronto me bajo, no te
preocupes. Miró hacía atrás y vio a la mujer que caminaba detrás de él
mostrándole alternativamente los billetes de lotería y la capilla. Apretó sus
talones contra la barriga del caballo esperanzado en que por primera vez se
resolviera a trotar, así el mal trato que le dejara su trote le durara una
semana. Tuvo que sujetarse de su crin y apretar las piernas para no caerse
cuando el bicho arrancó con un trote duro y largo por la calle empedrada
haciendo repiquetear sus herraduras nuevas

Detuvo el caballo cuando el enano con su voz aguda le pidió detenerse. Lo


hizo más llevado de la sorpresa que por el deseo de ayudarlo que era lo que
el hombrecito le pedía. Le pareció que el pequeño sujeto se había
materializado en mitad de la calle donde estaba parado. Llevaba un
sombrero negro de alas amplias, con una gran pluma de pavo real prendida
del tafilete verde que lo adornaba; una chaqueta de cuero de color marrón,
pantalón de paño negro y botas altas del mismo color completaban su
atuendo. Semejaba un espadachín del siglo dieciocho.

Le ruego me perdone por interrumpir su viaje, pero estoy extraviado y


usted es la única alma que veo en los alrededores. Si fuera tan bondadoso de
decirme como puedo llegar a la plaza principal, me dicen que allí hay una
capilla muy hermosa llamada La Capilla de los Negros, quiero visitarla
antes de irme de este pueblo.

Aprovechó para desmontarse y cumplirle la promesa a su caballo, y para


ver más de cerca al sujeto que esperaba su respuesta sin quitarle los ojos de
encima, sin parpadear, con una mirada fija que lo incomodó, pero cuando se
le acercó notó que no era a él a quien miraba con tanta atención, si no a su
caballo.

-¿Ocurre algo, señor ?


- Es todo un animal de guerra, caballero, dijo el enano mientras caminaba
alrededor del caballo; no había vuelto a ver uno igual desde que estuve en la
caballería en mi país le dijo al maestro cuando reapareció por el otro lado
del animal. Tenía uno que peleaba como el mismo diablo, no le tenía miedo
a nada; ni las granadas, ni los disparos, ni los gritos lo asustaban. Mordía,
pateaba y daba cabezazos cada vez que nos veíamos en aprietos. En fin
caballero, me salvó la vida varias veces. Hablaba gesticulando con fuerza
como si estuviera de verdad en plena batalla.

Discúlpeme, señor, le dijo cuando recuperó la calma. Se quitó el sombrero y


le hizo una reverencia, me emocioné cuando vi su caballo y dejé salir mis
recuerdos. Me llamo Zaratustra y estoy para servirle.

Muchas gracias, lo mismo le digo. Soy Francisco Javier y le extendió la


mano cosa que pocas veces hacía. El hombrecito le agradaba y prometía ser
una buena compañía, por lo menos en lo que restaba del día.

Por allá está la capilla, por esta misma calle, vengo de allá; mejor venga
conmigo, lo acompañaré, no tengo mayor cosa que hacer.

-¿Quiere ir en mi caballo?

- Si, sería maravilloso, pero...

Entiendo. Lo tomó por la cintura y lo acomodó en el lomo del bicho en el


que quedó patiabierto, muy erguido y con una expresión de felicidad como
no le vio nunca a nadie.

- Señor Francisco, dígame: ¿que idioma entiende este caballo del que ahora
soy jinete?

- Pues..., le respondió con vacilación, entiende castellano y una que otra


palabra en latín. ¿Porque me lo pregunta?

- Sólo curiosidad. El que yo tuve, y del que ya le hablé, me entendía en


turco y árabe y en un dialecto del Indostán que era el que yo más usaba.
Tenía que ser así para poder darle órdenes sin que las entendiera el
enemigo. Aprendió a no obedecer sino a mi voz, para que en caso de que yo
fuera abatido ningún enemigo lo montara.
- Pero ahora dígame: ¿cómo es que este noble animal a más del castellano
entiende palabras en latín?

- Pues, amigo, porque ocasionalmente soy maestro de religión y debo


enseñar oraciones en esa lengua, y como llevamos varias semanas viajando
juntos me entretengo en el camino rezando en voz alta algunas de esas
oraciones, por eso el animal ha podido aprender algunas palabras sueltas
del latín, lo que he podido confirmar porque cuando oye algunas
expresiones como dominus vobiscum, deo gratias y otras parecidas, se
detiene e inclina la cabeza, lo que creo es una señal de respeto, y en cuanto
al castellano que es el único idioma que yo hablo, parece entender algo de
él. Creo que es el mismo en el que le hablaba su anterior amo a quien no
tuve el honor de conocer. Pero para serle honesto se me hace que tiene
algunas dificultades con el castellano, porque no responde bien a las
órdenes que le doy, a veces se confunde y hace cosas diferentes a las que le
ordené. Es muy duro de cabeza y no aprende fácil, tengo que repetirle
mucho las cosas.

Si no conoció a su anterior amo ¿cómo lo hubo, señor?

Es una historia algo enredada amigo Zaratustra, pero para abreviarla le


cuento que se lo compré a un comerciante de animales quien me dijo que su
último dueño se lo había cambiado por varios perros de presa, que había
sido de un alto funcionario del gobierno, quien... En fin, lo cierto es que lo
adquirí a cambio de una joya que heredé de un tío Estaba completamente
aperado y sano, así que sin ninguna duda lo monté y regresé a mi casa en él.
Lo cuidé varios meses durante los cuales le enseñé a obedecer algunas
órdenes. Me pareció que su último dueño no lo cuidaba muy bien, ni le
enseñaba mayor cosa, aunque me llamó la atención de él que cada vez que
veía gente armada alzaba la cabeza, paraba las orejas y se encabritaba. No
me fue fácil quitarle esa mañana, aunque todavía en ocasiones recula
cuando encuentra personas armadas.

Lo que usted me cuenta señor, respondió Zaratustra, me confirma aun más


que este es un caballo de guerra; desde que lo vi no tuve duda alguna. Su
alzada, que lo hace superior a los animales comunes, su forma de pararse,
como si esperara el embate de un enemigo; la cabeza erguida y el ojo
avizor lo hacen el clásico caballo de combate. Ya no quedan muchos como
él. Las guerras de ahora no permiten el combate frente a frente, sea a pie o a
caballo, y las más de las veces los combatientes no se ven las caras, si acaso
cuando el triunfador toma prisioneros, o ve las caras de los enemigos
muertos en el momento de enterrarlos, si es que lo hace. Tal vez su dueño
murió luchando como todo un valiente y el animal siga esperándolo.

Lo dejó que hablara sorprendido por que el hombrecito había descubierto en


su caballo cualidades que él ni siquiera imaginó; pero no quería entrar en
discusiones, le pareció más bien que el enano tenía una imaginación muy
fértil, y en cuanto a su último dueño era casi seguro que no había muerto
luchando con valor, porque tal como estaban las cosas era muy posible que
fuera asesinado a traición, sin tener la menor oportunidad de defenderse.

- No quiero fastidiarlo, amigo, ni poner en duda sus palabras, pero no


entiendo como usted con su estatura podía combatir contra personas de
tamaño normal.

No es tan difícil de entender amigo. Fui miembro de un batallón especial de


enanos que hacía parte del ejército del Sultán en el que éramos muy
apreciados pese a ser cristianos, por la gran ayuda que dábamos a los
combatientes normales. Montábamos en el anca de los caballos y nos
tapábamos con la capa del guerrero de manera que los enemigos no nos
vieran; cuando entrábamos en combate les disparábamos por sorpresa con
ballestas que a corta distancia eran casi siempre mortales.

Cuando los soldados enemigos se daban cuenta de lo que sucedía se


desconcertaban porque no sabían a quien enfrentar: si al guerrero normal o
a nosotros los enanos que disparábamos flechas con tino aterrador. Cuando
por desgracia caía nuestro compañero nosotros tomábamos su lugar y
dirigíamos los caballos con gritos y órdenes en algún idioma distinto del de
el enemigo. En este caso la lucha no era como se dice cuerpo a cuerpo;
usted entenderá que no podíamos hacerlo, pero les disparábamos flechas a
una distancia desde la cuál no nos alcanzaran con sus lanzas o sus sables, y
si la situación se tornaba muy difícil nos colgábamos de un arnés especial
que el caballo llevaba debajo, entre sus patas. El animal por instinto salía a
un lugar despejado desde el que atacábamos por la retaguardia, hizo una
pausa y continuó.

Ve, señor Francisco, como si pude luchar como cualquier hombre normal, y
muchas veces mejor que cualquier gigantón de los que reclutaban para el
ejército de su Majestad, el Sultán. Éramos verdaderos demonios en los
combates, y en las emboscadas sorprendíamos al enemigo desde los sitios
más increíbles en los que nos ocultábamos con facilidad. Disparábamos las
ballestas y desaparecíamos en silencio por entre las yerbas altas, o por entre
los árboles, o subíamos a ellos mientras los asustados enemigos nos
buscaban en tierra.

En las noches nos deslizábamos como serpientes a los campamentos


enemigos y causábamos incendios o estampidas de sus caballos. No le
exagero, pero en muchas ocasiones el enemigo huyó cuando notó nuestra
presencia. Nos trataban como a un arma muy especial porque somos una
raza de hombres pequeños pero no deformes como lo ve. Tenemos gran
inteligencia, estudiamos mucho y nos preparamos para la guerra desde
niños, no porque nos guste guerrear, sino porque algunas tribus vecinas nos
atacaban para robar nuestras riquezas, capturarnos y vendernos como
esclavos, y...

¿Llegamos, señor Francisco? y sin esperar su respuesta se deslizó hasta la


nuca del caballo, se agarró de su crin y se dejó caer a la calle, tomó el
cabestro y con cuidado lo llevó y lo ató a un siete cueros florecido, luego se
levantó en la punta de los pies y le acarició la cabeza al animal y le dijo:
gracias, amigo, fue un buen viaje.

Entre, esa es la capilla, no lo acompaño porque acabo de estar ahí; lo


espero allí, en esa banca.

No había alcanzado a sentarse cuando vio venir hacía él a la mujer de la


lotería que le sonreía y le mostraba los billetes y que sin alcanzarlo le dijo:
caballero, lo persigue la buena suerte. Hace un rato se escapó de ella en su
caballo, pero reflexionó y regresó a buscarla; tome escoja, y le extendió el
manojo de billetes. Mire los premios; con sólo uno que se gane es suficiente
para que compre unos aperos de lujo para su caballo y no ande por ahí
montando en pelo que eso no se le ve bien a una persona tan distinguida
como usted, y además, le quedará dinero para vivir como un príncipe
muchos días.

No insista, no traigo dinero, el que me quedaba lo gasté pagándole al


herrero.

Está bien, señor, hagamos un negocio: escoja el billete y yo paso por el


dinero hoy en la tarde al lugar donde usted vive.

Ya le dije que debo irme mañana y no voy a comprar una lotería cuyos
premios no podré cobrar. Muchas gracias.
Se quedó en silencio pensando en que tendría que comprarle algún billete a
la mujer para que lo dejara tranquilo, ¿cómo saco el dinero? Aquí no puedo
bajarme los pantalones para sacar la bolsa. Le diré a Zaratustra que me
preste el dinero, y en cuanto pueda sacarlo, le pago.

Se sentaron ambos en la banca. El, con la esperanza de que ella se cansara y


se marchara pero pensando en que era un idiota que lo único que era capaz
de hacer para librase de ella era comprarle un billete, y ella, sentada a su
lado, sin perder la esperanza de que el único cliente potencial que tenía a la
vista se decidiera a comprarle. Pensaba que conseguir otro San Dímas le
costaría un buen montón de pesos, y tenía que ser pronto porque ya se
acercaba su fiesta, mejor sería decir su carnaval.

Sabe, nunca soy tan insistente, pero es que se robaron de la capilla a San
Dímas y debo mandar a hacer otro, si es que consigo quien lo haga, o
comprarlo si hay quien lo venda, y desde luego, tengo que conseguir el
dinero para pagarlo. Ya viene su fiesta y sus devotos siempre la celebran
con mucha alegría durante varios días. Organizan jolgorios y bailes muy
bulliciosos, llevan la imagen de un lado para otro, le cantan coplas y le
ofrecen licor, y como él no se lo toma lo insultan por despreciarlos y se lo
lanzan a la cabeza; por eso es que está tan pelado y descascarado. He tenido
que hacerlo reparar varias veces por el maltrato que le dan. Algunos
devotos se hacen crucificar en memoria del santo, mientras otros beben y
bailan a su alrededor paseando el santo y mientras le piden toda clase de
cosas. Si no consigo otro o recupero el que estaba en la capilla, ellos, quiero
decir los devotos del santo, van a crearme un problema enorme; hace un
momento me reclamaban y me preguntaban disgustados como voy a
resolver la situación.

Se silenció durante un momento y continúo. Eso no es todo, señor. Ya


empezaron los temblores, anoche tuvimos el primero, ¿no lo sintió? Aquí
los llamamos temblores de San Dimas porque siempre se presentan por esta
época, cuando se acerca su día, es que él avisa con tiempo para que nos
preparemos, y son más fuertes cuando no le hacemos las fiestas o las
hacemos con pocas celebraciones.

-¿Me entiende ahora, señor?

- Creo entenderla, pero la verdad es que a mi no me gustan esas


celebraciones; también las hacen en mi pueblo con otros santos y una que
otra virgen; participaba en ellas porque estaba obligado a hacerlo por mi
cargo, y para no tener problemas con mis superiores que decían ser muy
creyentes en todo santo o virgen cuya fiesta se celebrara, y eso era a cada
rato, que más tiempo nos pasábamos en procesiones y ceremonias que
trabajando.

Se detuvo cuando comprendió que le contaba más de lo conveniente a la


mujer que sentada a su lado lo miraba con curiosidad, como si lo viera por
primera vez.

-¿A que se dedica usted?

-Soy, le respondió con desgano, o mejor, corrigió, era maestro de historia y


a veces de religión, por eso estaba obligado a participar en todas las
celebraciones religiosas, así no me gustaran, o no creyera en el santo o santa
al que le celebraban la fiesta.

- Entonces usted puede ayudarme caballero. Todo lo que tiene que hacer es
hablar con los devotos de San Dimas y convencerlos de que tengan calma
mientras se consigue otra imagen, y decirles que la Santa Madre Iglesia no
es muy amiga de esta clase de celebraciones, o por lo menos no lo es de
celebraciones tan escandalosas y paganas. Eso se los dijo el cura que había
aquí, y que era el que me ayudaba a calmarlos cada año para que no
hicieran tanto escándalo. ¿ Qué dice, señor, me ayudará ?

- No cuente conmigo, señora, le respondió un poco alarmado, no quiero


volver a meterme en asuntos religiosos hasta el fin de mis días. Más bien le
compraré un billete, pero le pagaré cuando venga mi amigo, él está en la
capilla.

Le alegró verlo salir de la capilla con el sombrero sostenido contra su


pecho, la enorme pluma al frente y la otra mano atrás, en su espalda, como
si estuviera marchando en una ceremonia.

Es hermosa les dijo cuando estuvo cerca de ellos. Hay muchísimas


imágenes, no me detuve a mirarlas todas, pero hay un nicho vacío muy
adornado con joyas y piedras preciosas; la imagen dueña de ese sitio debe
ser especial, de otra manera no tendría tantos lujos.

Perdón, caballero, lo interrumpió la mujer, puedo explicarle lo que sucede


con la imagen que falta. Sencillamente se la robaron hace unos pocos días,
eso le explicaba al señor profesor que está aquí a mi lado. Se llama San
Dimas y no tiene nada de especial; es una imagen pequeña, como de un
metro con veinte centímetros, nada bonita por cierto; está muy deteriorada
por el mal trato que le dan sus devotos que son muchos en este pueblo y que
están esperándolo para celebrar su fiesta que ya llega. Daré una buena
recompensa a quien la encuentre, sino en pocos días voy a tener problemas
serios.

Interrumpió su cuento para decirle a Zaratustra: señor, cómpreme un billete


de la lotería, es para mantener la capilla, esa donde estaba usted, mire los
premios tan buenos que se sortean; escoja uno, y le extendió el fajo de
billetes.

Él no le respondió ni le recibió los billetes. Caminó hasta donde estaba el


caballo, desató sus cabestro del árbol, regresó con él y le solicitó a su
compañero que lo ayudara a montar; cuando estuvo acomodado y con el
sombrero puesto le pidió a la mujer los billetes, tomó dos al azar y le
devolvió el resto junto con dos entradas al circo. Con esto le pago, estamos
en paz, que tenga buen día, señora. Vámonos, señor Francisco, nada más
tenemos que hacer aquí, pero antes de partir le dijo a la mujer que le
ayudaría a buscar el santo perdido y que la esperaba esa noche en la función
del circo.

-¿Dónde vive usted? preguntó Zaratustra al maestro

-Estoy de paso en este pueblo. Voy camino de la mar, o mejor en dirección


a ella. Me alojo en un hotel que queda en un cerro; dice el dueño que se
llama El Paraíso, pero de paraíso no tiene nada, más bien deben llamarlo
Laberinto.

-¿Se dirige a su hotel ?

- Si, voy a llevar el bicho a que coma y descanse, ha trabajado duro los
últimos días.

- Yo, explicó Zaratustra, soy el jefe de los artistas del circo, el que está
hacía aquel lado. Lo mismo que usted vamos camino de la mar como dice
usted... Me quedo en este lugar dijo de pronto deteniendo el caballo del que
se descolgó tomado de la crin con una mano y el cabestro en la otra. Se
acomodó el sombrero, se lo quitó con calma, le hizo una reverencia al
maestro al tiempo que le entregaba el cabestro, una entrada al circo y uno
de los billetes de lotería.
- Tómelos, señor Francisco, es para agradecerle todo lo que hizo por mi.
Visítenos hoy en la noche para que goce de un espectáculo maravilloso y
conozca a mi gente que también es maravillosa. ¡Ah!, y no se olvide de que
mañana iremos a cobrar el premio de la lotería.

- Gracias amigo. Dios le oiga su cuento de la lotería. No me caería mal algo


de dinero, le dio la mano y caminó calle arriba hacía el hotel con el animal
de cabestro.

- Me voy mañana madre, ya entregué el cargo, y me despedí de toda la


gente. Lo tenía decidido desde antes, pero no quise decírtelo por que se
que te pones triste.

- Si, hombre, me harás mucha falta, pero te entiendo... Eres joven y


quieres hacer tu vida...

-¿Que te empaco ?

- Ya sabes madre. Poca ropa, no quiero una maleta grande, algunas


lociones, zapatos, medias, en fin cosas de esas que cargan los viajeros.

-¿En que te vas ?

- Viajaré en buses mientras se pueda, sino, pues compro un buen caballo o


una mula, y así llego.

-¿A caballo? ¿Estás loco ? Vas a llegar cuando estés viejo. La mar está bien
lejos, todos lo dicen.

-Madre no tengo prisa y no creo que la mar vaya a trastearse mientras


llego. Creo que siempre ha estado y estará en el mismo sitio.

Le dijo otras tonterías a su madre buscando distraerla para que no la


acogotara la tristeza, pero a ella se le salía por todo el cuerpo. En sus
ademanes, en los silencios prolongados, en esas cosas que hacía y que él ya
le conocía, como doblar y desdoblar muchas veces una camisa porque no le
había quedado bien, le decía. O ponerle de nuevo en la maleta unas corbatas
que ya le había dicho que no necesitaría, porque en la orilla de la mar nadie
se pone esas cosas.

Que Dios te bendiga Mardoqueo, y la Virgen y los santos te protejan. Le


dio la bendición y un beso en la mejilla. Lo vio subir al bus con la pequeña
maleta colgada del hombro, el sombrero negro de pelo echado para atrás,
esforzándose por meter su corpachón por la angosta puerta del vehículo.

-¿Cuántas horas al próximo pueblo ? le preguntó al chofer.

- Imposible saberlo, señor; si Dios nos ayuda llegaremos en la noche, ya


tarde. Se dio la bendición y arrancó el vehículo. Dio un bocinazo para
despedirse de los tres o cuatro desocupados que curioseaban la partida del
bus y que apenas se veían en la semioscuridad del amanecer.

-¿Para donde va, señor alcalde? le preguntó la mujer que cargaba en sus
piernas un niño que parecía dormido y estaba sentada a su lado.

No quiso aclararle que ya no era alcalde, así lo tratarían con más respeto. Es
que no quería familiaridades en ese momento; no le disgustaba la gente, ni
hablar con ella, sino que esa mañana no tenía deseos de hablar mucho.
Sentía un poco de nostalgia y también un poco de temor porque nadie sabe
que puede ocurrir en un viaje tan largo, y además no tenía nada claro
porque se iba en busca de la mar. Nada tenía que hacer allá fuera de
conocerla, y después de eso, ¿ a que iba dedicarse?

-Voy hasta el otro pueblo, asuntos de gobierno le aclaró a la mujer porque


sabía que esa sería la siguiente pregunta, pero ella se limitó a asentir con la
cabeza y se puso a cantarle con voz muy suave una canción de cuna al niño
que ahora tenía los ojos abiertos y miraba con curiosidad a Mardoqueo.

Vio quedarse a la orilla de la carretera a algunos de sus compañeros de


viaje, y vio subir al bus a otros que daban los buenos días y se sentaban sin
que volvieran a hablar. Fuera de la mujer con el niño nadie le dijo una
palabra ni él se la dijo a ninguno de sus compañeros de viaje, hasta cuando
ya pasado el medió día llegaron a un caserío polvoriento y solitario en el
que se detuvieron a comer en un restaurante sucio que tenía sus tres o
cuatro mesas al aire libre en el que las moscas parecían ser los únicos
comensales que había cuando llegaron. Cambió unas frases con el chofer y
con una muchacha pintarrajeada, flaca y habladora que se les acercó a
ofrecerles dulces de colores.

Terminó de comer el fiambre que su madre le entregó en la mañana cuando


subía al bus, y le empezaron la nostalgia, la sensación de soledad y la
pereza de la tarde. Sentía el sol que le escocía la espalda y escuchaba el
ruido del agua que corría violenta en una quebrada cercana.

Cuando empezó dormirse le pareció que el bus se movía con suavidad, sin
saltar en los baches ni bambolearse en las curvas de la carretera, y que él se
había vuelto muy liviano y flotaba, como cuando era niño y conversaba
con los ángeles que lo visitaban en su cama.

El circo era ahora más grande y más hermoso y no olía a estiércol ni a


orines de animales y de cristianos. Todo estaba lleno del perfume de
Primavera a quien veía montar su caballo negro y danzar sobre él como si la
gravedad no la afectara. Estaba sola en la pista llena de luces, mientras la
música muy suave acompañaba todos sus pasos de ballet; el único
espectador era él que sentado en un palco alto decorado con finas alfombras
y hermosas flores. La miraba y la aplaudía con fuerza. Sintió una tristeza
enorme cuando cesó la música y ella volvió a tomar esa postura de muñeca
de caja musical que de pronto se queda quieta porque se le termina la
cuerda. Quiso llamarla cuando desapareció detrás de una cortina de rayas
blancas y rojas junto con su caballo, pero la voz no le salió. Las luces del
circo fueron apagándose y se quedó solo y desorientado buscándola en
medio de una barahúnda ensordecedora que reemplazó a la música dulce
que escuchaba antes. Oía gritos, ruidos de cosas que caían, aullidos,
gruñidos y rugidos, y voces que no sabía de donde venían pero que le
pedían con insistencia que se marchara.

Se vio salir del circo como si fuera un observador de si mismo. Todo afuera
era oscuro; el cielo no tenía estrellas como las tenía la noche en que
conoció a Primavera y regresó a su casa, a pie, acompañado de su madre.
Ahora caminaba solo, por calles solitarias y oscuras en las que se extraviaba
a cada momento, y siempre, como si caminara en círculos, tal como dicen
que les ocurre a quienes se extravían en la selva, volvía a la entrada del
circo, ahora cerrada, en la que no encontraba a nadie que le dijera donde
estaba ella. Pero lograba entrar por un agujero de la carpa para seguir
buscándola, y...
Lo despertó una sacudida del bus en el momento en que tanteaba en la pista
oscura y solitaria buscando la cortina por donde Primavera había
desaparecido. Sintió ahogo con el calor y el aire pesado dentro del vehículo,
y agradeció a Dios porque el sueño había terminado y ya no tenía que
buscarla en la oscuridad que le daba miedo.

Se detuvieron en la plaza de un pequeño caserío cuando ya casi era de


noche y en la que no había más personas que una pareja de viejos que
conversaban sentados en una banca de cemento; todo lo que oyó, mientras
procuraba orientarse, fueron los chillidos desagradables de los pericos que
buscaban acomodo en los árboles para pasar la noche.

Caminó por la calle empedrada con la sensación de que era una de las calles
por las que había caminado en su sueño, tampoco en ella encontró persona
alguna, ni oyó voces que le indicaran que el pueblo estaba habitado. Llegó
hasta un café orientado por el ruido de las bolas de un billar en el que sólo
encontró a un hombre que jugaba un chico contra si mismo, que se quedó
muy quieto mirándolo con el taco en una mano y la tiza en la otra cuando
entró y le dio las buenas noches.

-Buenas, respondió el hombre y colocó el taco y la tiza encima de la mesa


¿que le sirvo?

- Deme un trago grande, con algo para pasarlo.

-¿Cómo se llama esto? quiero decir el pueblo.

-Buena Vida, caballero. ¿Usted vino en el bus?

- Si.

-¿Se queda, o va de paso ?

- Voy de paso. ¿Este pueblo siempre es así de quieto?

- Casi siempre, amigo, menos cuando se encuentran la gente del gobierno y


la de los alzados se dan bala, y luego cada cual toma por su lado. Cuando se
calman las cosas volvemos a nuestras cosas, si hay muertos dejamos que los
gallinazos se ocupen de ellos, y todo queda como antes, así es esto. Aunque
hace unos días, no recuerdo cuantos, pero no muchos, pasaron por aquí en
la noche, ya era tarde, unos camiones grandes, yo no me había ido a dormir,
estaba con unos amigos tomándome unos tragos, hicieron mucho escándalo
con sus pitos y cuando dejaron de pitar se oyeron rugidos como de leones y
tigres y otros ruidos de animales que no supimos que eran. Unos decían
que era un circo que iba camino de la mar, y otros, que eran gente del
gobierno que llevaba prisioneros y hacían esos ruidos para asustarnos y no
nos acercáramos a curiosear. Aquí está su trago, con fruta y un poco de sal.

-Gracias. ¿Usted vio los camiones?

- No, no los vi, pero al día siguiente alguien me comentó que eran como
diez o doce, muy grandes y que tenían animales y payasos pintados en los
lados.

- Déme otro trago, bien grande, y la cuenta, creo que ese pito es el de mi
bus. Gracias por la información.

Recibió la copa, y sin mirar su contenido ni moverla en círculos para ver el


licor formar pequeños remolinos como hacía siempre que bebía; se la tomó
toda, sin repartirla en dos o tres pequeños sorbos que era otro de sus
hábitos de bebedor a quien le gustaba alargar el placer de una bebida.

Entonces voy bien, ella pasó por aquí, si me va bien la alcanzaré en un par
de días. Se recostó en la banca del bus en el que no quedaban ya más
pasajeros que él y la mujer con el niño que no había vuelto a pronunciar
palabra en todo el viaje.

- ¿ A que hora llegaremos, amigo? le preguntó al conductor.

-Como a la media noche, creo. Ya ve como está la carretera, no puedo ir


mas rápido.

- Si, entiendo. No es que tenga prisa, es simple curiosidad.

Volvió a recostarse en la banca y a cabecear; los tragos fueron grandes de


verdad, aún para mi, pensó. Antes de volver a dormirse miró por la
ventanilla buscando las estrellas, pero todo lo que vio fueron los rayos de
una tormenta que iluminaban las montañas, pero que creyó eran de juguete
porque no oyó truenos.

Lo despertaron los relámpagos y una sucesión infinita de truenos que


sacudieron el vehículo que estaba detenido a la orilla de la carretera.
Asimismo escuchó el ruido de la lluvia que golpeaba en ráfagas y los gritos
destemplados de los micos que en el monte parecían llamarse unos a otros
pidiendo auxilio.

-¿Qué pasa, amigo, por que nos detuvimos?

- No veo a un metro de distancia, señor. Si seguimos vamos a llegar, pero al


mismo infierno; cuando amanezca verá los abismos; tratemos de dormir,
esto va a ser largo.

-Tengo miedo dijo la mujer, parece el diluvio universal, es como si toda el


agua nos cayera a nosotros... Me preocupa el niño que no quiere mamar,
creo que está asustado el pobre, no hace otra cosa que moverse. ¿Durará
mucho la tormenta?

- A veces toda la noche, señora; no es la primera vez que me toca escuchar


este concierto. Las tormentas en esta región caen sólo en las noches, ya las
conozco. Tápense la cara con algo para que no los molesten los relámpagos,
así pueden dormir mejor.

- Si hubiera sabido como iba a ser esto compro una botella en el café, el de
Buena Vida, el trago estaba bueno; pero, bueno... si uno supiera donde se va
a caer pues no pasaría, comentó en voz alta Mardoqueo.

La mujer y el conductor no entendieron de que hablaba el alcalde; él pensó


que era cosa de los tragos que se había tomado y lo habían trastornado, ella
pensó que lo que quería el alcalde era pasar por un sitio llamado Buen Vida
a comprar una botella de licor.

Mira los miquitos, mi amor, oyó entre dormido y despierto que le decía la
mujer al niño; pero no abrió los ojos, tuvo miedo de que fueran los mismos
del circo, los que aparecieron en su sueño de esa noche, los mismos que le
hicieron muecas y le tiraron frutas podridas cuando levantó la cortina para
buscar a Primavera. Ella no estaba detrás de la cortina, únicamente estaban
los malditos micos que saltaban de un lado al otro con agilidad increíble, le
hacían muecas y chillaban hasta romperle los oídos.

Le dolía la cabeza, tenía la boca reseca y una sed enorme. Se tranquilizó un


poco porque ya no se escuchaban ni los truenos ni la lluvia, pero si oía los
chillidos de los micos y a la mujer que le insistía al niño para que los
mirara. También le dolían las costillas maltratadas por la dureza de la silla,
las piernas apenas las sentía, eran como de plomo, pero lo que más lo
molestaba eran la sensación de agonía y el estómago revuelto.

Se quitó la toalla de la cara, miró a través del vidrio delantero del bus y allí
estaban parados muy tranquilos encima de la tapa del motor; no saltaban ni
hacían muecas, sólo miraban tranquilamente a los viajeros y se rascaban por
todos los lados del cuerpo. Se sintió como si estuviera dentro de una jaula
en un circo y los micos hubieran venido de visita a curiosear y a ver como
es y como se comporta la gente. Sólo faltaba que les tiraran granos de maní
y les dijeran las mismas tonterías que ellos les decían a los micos del circo.

- Buenos días, señor alcalde. ¿Durmió bien?

- Buenos días, señora. No nos hemos movido, ¿verdad?

- Estamos en el mismo sitio, señor.

-¿Y el chofer ?

- Salió por ahí; dijo que le dolía la cabeza y que tenía mucha sed, que iba a
buscar agua.

Voy a hacerle compañía, dijo a la mujer.

Los micos chillaron cuando lo vieron fuera de la jaula y corrieron a buscar


refugio entre los árboles de la orilla de la carretera.

Debo parecerles muy feo a los malditos y se asustaron; está bien, así me
desquito con sus parientes dijo en voz alta cuando recordó los micos del
sueño, me hicieron pasar una mala noche los mal nacidos. Se sentó en una
piedra a la orilla de la carretera, medio adormilado, aguantándose el sabor
amargo de la boca y la pesadez de la cabeza. El ruido del agua que corría
por un pequeño caño detrás de él le agudizó la sed. Tomé mucho y el trago
no era bueno... ¿A que hora me dormiría? Sabrá Dios que clase de trago
bebí, por lo menos estoy vivo, aunque no se durante cuanto tiempo más...

Volteó con cuidado la cabeza cuando escuchó las maldiciones del chofer
que venía por un costado de la carretera secándose la cabeza y la cara con
un trapo mugroso; tenía un color verdoso y caminaba tanteando el piso de la
carretera con los pies como si tuviera miedo de que fuera a hundirse en un
barrizal.
- Buenos días, amigo. Tiene cara de difunto, siéntese o va a caerse, en ese
estado no llegará muy lejos; tampoco yo fui capaz de ir más allá de esta
piedra...

El hombre se sentó a su lado resoplando y humedeciéndose la cara con el


trapo mugroso. Tome señor alcalde páseselo por la cara, le hará bien.

- No, gracias, dejemos así. ¿Que trago era ese ?

- No sé, señor alcalde. Me lo regaló un paisano hace algún tiempo, me dijo


que lo preparaba él en su finca.

- Debe prepararlo con extracto de micos; no hice más que soñar con los
malditos toda la noche, y para mi desgracia me los encuentro mirándome a
través del vidrio cuando desperté; casi que doy alaridos.

- Vámonos, señor alcalde, me duele todo, tengo hambre y una sed terrible,
un poco adelante conseguiremos algo en una fonda.

-Vámonos, y que Dios se apiade de nosotros.

El segundo día fuera de casa y ya empiezan a hacerme falta las cosas de mi


mamá, y en este pueblucho no se consigue nada que se parezca ni de lejos a
lo que ella me daba. ¡Qué comida más fea! Ni regalada que fuera.

-Señora, dijo a la mujer que atendía el restaurante oscuro y desordenado,


pero que fue el único lugar que encontraron a la mano para matar el hambre
y la sed.

¿Cómo se llama este pueblo?

- Samaria la Grande, caballero.

- ¿Y es que hay otra Samaria?

- Si, así es, caballero, hay otra. Se llama Samaria la Mayor, no está lejos de
aquí.

Gracias, ahora dígame ¿dónde consigo posada?


-Venga, y lo guió hasta la puerta. Mire, allá, en esa casa de techo de tejas de
zinc, la de paredes azules, ahí le alquilan una hamaca, pero usted no tiene
cara de ser capaz de dormir en una cosa de esas.

- Nunca lo hice, pero por la necesidad...Gracias, y se fue con la maleta al


hombro.

- Pagó por anticipado a la mujer que le preguntó si venía en el bus con el


otro hombre que se oía roncar en la habitación siguiente y con la señora del
niño.

- Me parece que son los mismos.

Como pudo se metió en la hamaca después de tantear los rejos para


asegurarse de que estaba bien guindada y de que aguantarían su peso. Se
durmió enseguida, y así mismo volvió a soñar con Primavera que hacía su
número en una carpa vacía, apenas iluminada, en la que olía a orines y
mierda de personas y animales, y que una vez terminó, se metió detrás de la
cortina de rayas, detrás de la cual estaban los micos negros y peludos que
no lo dejaban entrar a buscarla.

-Venga, levántese señor, ya dormimos lo suficiente. Lo despertó la voz


fuerte del chofer que al mismo tiempo le sacudía la hamaca. Nos vamos, es
tarde.

- Está loco, hombre, si acabo de acostarme.

- Dormimos todo el día. Ya casi es de noche, tengo otros pasajeros.


¡Apúrese!

Con la maleta al hombro salió detrás del hombre y de la mujer con el niño,
acompañados por los chillidos de los micos que desde unos enormes árboles
que bordeaban la calle los miraban y gesticulaban como si vieran gente por
primera vez en su vida.

¡Hijos de puta! les gritó y los amenazó con el puño cerrado, cuando nos
volvamos a ver no va quedar ni uno sólo de ustedes, van a ver lo que es una
escopeta bien manejada.
No se preocupó por la mirada de sorpresa que le echó la mujer, cambió de
hombro la maleta mientras que mentalmente apuntaba un arma enorme
contra los micos.

Subió al bus, los vio calmados y serios y los contó con la mirada: son doce,
como los apóstoles. Todos eran campesinos que respondieron con cortesía,
en coro, a sus buenas tardes caballeros. Ojalá sean buena compañía, porque
otra noche como la de anoche...

Son como cuatro horas de aquí a la ciudad contestó uno de los viajeros a su
pregunta. Pero Dios quiera que no haya tormenta, porque si es así
tendremos que dormir en la carretera.

Otra noche en esa maldita carretera y... Eso si que sería un castigo de Dios,
me cobraría todos mis pecados de una vez.

- Señor; ¿ quiere uno ? le dijo el hombre que estaba sentado a su lado.

- No, amigo, muchas gracias, es que el trago de por aquí me hace soñar con
micos.

- Que raro, señor, nosotros cuando nos emborrachamos soñamos con


alacranes que nos pican por todas partes, y lo peor es que nos despertamos
hinchados, aunque a veces algunos sueñan que tienen culebras en el
estómago...

Empezó a rezar en silencio pidiéndole a la Virgen y a uno que otro santo


que no hubiera tormenta, que no los castigara de esa manera. No quería
pasar otra noche en la carretera, desvelado como estaba y con unos
compañeros de viaje que bebían en silencio, y peor, con la posibilidad de
despertarse y encontrarse con los micos mirándolo a través del parabrisas
del bus. El licor no les soltaba la lengua a los otros viajeros, al contrario,
parecía volverlos mudos: todo lo que decían era un ¡ahhh!, larguísimo
cuando terminaban de pasarse un trago.

-¿Ese es el pueblo?

-No, señor. Todavía no es contestó el campesino. Esas luces que está viendo
son de uno que está sobre la cordillera, para el que vamos está ya entrando
al valle. Todavía nos falta mucho terreno por recorrer. ¡Tómese uno!
-¿Hay micos por aquí?

- Creo que no, hace buen rato que no los oigo; siempre chillan cuando
pasamos. Dice la gente que los conoce que no es de asustados que chillan,
sino por que no nos quieren, no les gustamos para nada. Mi abuelo dice que
ellos hablan un idioma que no entendemos y que con sus chillidos lo que
hacen es insultarnos. Pero como no les entendemos lo que dicen, que
importa lo que digan...

-Bueno, entonces deme uno; no voy a dormir, así no me podrán dañar la


noche.

Bebió de la botella un trago grande, soltó un ¡ahhhhh! larguísimo, se


acomodó el sombrero y se quedó dormido.

Descendieron tan silenciosos como habían viajado; cada uno tomó por su
lado; la mujer con el niño le dio las buenas noches y le dijo además que
acabara de tener un buen viaje. La siguió con la mirada y la vio desaparecer
en una esquina en la que se detuvo un momento a espantar a manotazos las
chapolas que bailaban alrededor de un bombillo solitario y amarillento y a
cubrir al niño con una mantilla verde.

-¿Va a seguir el viaje hoy, señor alcalde? ¿Si? Entonces, mire: ya son más
de las dos, en un rato amanecerá, siéntese por ahí en un café y espere, que
cuando empiece a amanecer saldrá un bus para donde usted va.

- Si, eso voy a hacer. Dígame: ¿usted regresa pronto al pueblo?

-Si, mañana temprano, tengo gente para llevar.

- Hágame un favor. Tome esta dirección, es la de la casa de mi madre, pase


por ahí y dígale que estoy bien.

Se despidió de mano del chofer, después de todo ya casi eran buenos


amigos, pensó que lo extrañaría porque había sido un buen compañero de
tragos que no se consiguen fácilmente.

Camino con la maleta al hombro por una calle a media luz., en la que vio
algunos avisos de almacenes y bares. Escogió uno, cualquiera me sirve para
esperar un par de horas, lo dijo en voz alta, bajó la maleta, entró y se sentó
en la primera mesa que encontró libre. Olía a licor, a humo de cigarrillos, a
los perfumes baratos de las dos mujeres que atendían el bar; también olía a
orines, a desinfectante y a frutas dañadas que exhibían en una vitrina llena
de moscas.

-¿Que le traigo, mi amor?

-¿Tiene trago que no sea del que fabrican por aquí?

-¡Desde luego, mi vida! Tenemos lo que usted quiera.

- Dame uno grande, con algo para pasarlo.

Lo tomó despacio, a pequeños sorbos, como midiéndolo para que le durara


las horas que faltaban para que amaneciera; además no quería volver a
emborracharse y a soñar cosas tan desagradables como las que soñó desde
que dejó el pueblo.

No le alcanzó para mucho rato, pero en fin, ya era un poco más de las
cuatro y el tiempo se le había pasado oyendo las canciones tristes que salían
de un tocadiscos gangoso, en una que otra frase que cambió con la
muchacha que le sirvió, y en tratar de quitarse de encima la nostalgia que le
llegaba en oleadas como si tuviera fiebres recurrentes.

-¿Le traigo otro, vida mía? Ya no le queda nada, le dijo ella volteando la
copa.

-Tráelo grande, ya sabes.

Le sirvió y se sentó con él en la mesa, con cara de cansancio y gesto


distraído. No hablaron, era como si se hubieran puesto de acuerdo en
guardar silencio y escuchar las canciones de amores frustrados que seguían
saliendo del tocadiscos gangoso.

-Ya no quedan sino usted y el borracho que está allá, en el rincón del fondo
le dijo la muchacha de pronto, tiene tristeza de amor, pero mientras haya
clientes no cerramos. ¿Va a viajar, mi amor ? ¿Para donde va?

- Mujer, voy camino de la mar, y se tomó de una vez el trago. ¿Como se


llama este pueblo?

- Samaria, la Mayor.
- Entonces si existe, pensé que...

-¿Que dice, hombre?

- Nada de importancia, olvídalo.

Ella se fue a traerle otro trago sin preguntarle si lo quería, mientras él se


quedó abstraído mirando para la calle por la que no pasaba nadie, ni
tampoco pasaba nada.

Aquí lo tiene, mi vida, le dijo la muchacha poniéndole la copa en la mesa,


pero él no la miró siquiera; dejó la mirada fija en la puerta del bar en la que
acababa de aparecer un mico negro de cara blanca jineteando un perro
lanudo de ojos amarillos. Se detuvieron frente a él y ambos se quedaron
mirándolo. Lo miraban con tanta fijeza que le dieron la impresión de que
miraban a través de él, no hacían nada, se limitaron a quedarse ahí, sin
moverse, como si esperaran que él tomara la iniciativa; sin quitarles la
mirada tanteó en la mesa y buscó el trago que se tomó completo al tiempo
que se ponía de pie.

Tranquilo, vida mía, le oyó decir a la muchacha, no le van a hacer nada,


dele una moneda al mico y se irán tranquilos.

Buscó en el bolsillo y lanzó la moneda que el mico atrapó al vuelo, la


metió en una escarcela que llevaba en la cintura y emitió un chillido con lo
que el perro partió al trote hacía la mesa del borracho.

-¿Quienes son? mujer, le preguntó sin quitarles la vista.

-¿Quienes son quienes, mi vida? respondió ella.

-Esos dos, el mico y el perro.

- Alma de mi alma, estás borracho. Quienes más van a ser que un mico y
un perro.

- Bueno..., si, claro, lo que quiero decir es ¿de dónde diablos salieron?
Deben ser de alguien, ¿o no?

-¡Siéntate, hombre! y lo empujó con suavidad hacía la silla. Te traeré otro.


No le obedeció ni le respondió, siguió de píe con la mirada puesta en los
animales que parecían hacerle guardia al borracho que les hablaba con voz
ininteligible.

-Mira, cariño, son de unas mujeres que recogen dinero para los pobres y
para los niños abandonados, y para otro montón de cosas.

No volvió a sentarse sino cuando los animales salieron y se perdieron en la


oscuridad de la calle, y ella le puso otra copa llena en la mano.

- Mujer, no estoy borracho todavía, es que nunca había visto una cosa de
esas, y además tengo una pelea casada con los micos.

Ahora fue ella la que se quedó en silencio. Pensaba que era el borracho más
extraño que hubiera atendido jamás, por lo menos era el primero que le
hablaba de una pelea con micos. Casi todos peleaban entre ellos, y algunos,
como el que estaba al fondo, peleaba solo, ahí en su rincón, con una mujer
que lo había engañado.

-¿Que hora es, mujer ?

- Casi las cinco. No demora en amanecer. Tómate el último, amorcito, y te


vas a buscar el bus, no está lejos de aquí. Quédate tranquilo un momento, ya
te lo traigo.

-Cuéntame algo antes de irme: ¿pasó por aquí un circo hace unos días?

- Si, pero poco vi porque pasó de noche, ya era tarde, oí los pitos de los
camiones y el rugido de los leones y los ruidos de animales que no se que
diablos eran.

-¿ Sabes para donde iba?

- Dijeron al día siguiente que iba camino de la mar.

- Adiós, toma tu dinero mujer, mil gracias, que la Virgen te proteja.

- Lo mismo te deseo, mi vida; que Dios te lleve con bien


Nos va a dar duro el calor, el sol pega fuerte, no parece nada bueno lo que
nos espera. Divisó el valle enorme, con algunas manchas de color pardo,
una que otra pequeña laguna, un par de ríos y muchos gallinazos que
volaban muy alto en el cielo sin nubes. El hombre del billar me dijo que los
gallinazos les indicaban donde estaban los muertos que quedaban después
de los combates, ¿será que ahora están mostrando muertos que no tienen
quien los entierre? Se durmió cuando miraba los gallinazos que descendían
al valle en planeo perfecto, uno a uno, como si tuvieran turnos para comer.

Es como medio día oyó decir al hombre que iba sentado al lado del chofer.
Acababa de despertarse, sudaba a chorros, estaba sofocado y tenía la idea
de que sus compañeros de viaje hablaban en susurros como si no quisieran
que los escucharan. Miró por la ventanilla y se dio cuenta de que la
carretera era como una espiral. Veía abajo un tramo de ella y en pocos
momentos volvía a verla por encima de ellos. Esto no va a llevarnos a
ningún lado, no hacemos más que dar vueltas, es como si viajáramos en un
sacacorchos... A lo mejor vamos a terminar en el interior de la tierra, cada
vez bajamos más... ¡Al fin! dijo en voz alta cuando alcanzó a ver en uno de
los cerros un pueblo alrededor de una enorme iglesia. Es una iglesia con
pueblo, pensó. Se volvió al hombre que estaba a su lado y quien como si
adivinara sus pensamientos le dijo: todavía no llegamos, ese no es el pueblo
para donde vamos, allá llegaremos al empezar la noche, es que tenemos que
volver a subir, volver a bajar, y así durante mucho tiempo. Sube y baja...

-¿No entraremos al valle?

- Para nada, sólo lo veremos por momentos, y otra vez para arriba y para
abajo, un rato subimos y al otro bajamos; ya le dije que esto es bajar y
subir.

- Mire, le dijo el hombre con voz alegre y fuerte cuando en el vehículo no


se oían más que las conversaciones susurradas de los viajeros que los
acompañaban: ese sí es el pueblo para donde vamos.

Lo miró y sin saber porque empezó a contar las iglesias, pero se distrajo y
perdió la cuenta. Muchos techos de tejas de barro y otros cubiertos con
paja, como en mi pueblo. Sobre la ciudad volaban los gallinazos en un
cielo muy azul, en círculos perfectos.

-¿Cómo se llama ?
- Pueblo de los Dulces Santos.

-¿Para donde va señor?

- Voy camino de la mar.

-¡Dios! Está bien lejos todavía, eso dicen los que han podido ir y regresar,
parece que no son muchos los que han hecho esa gracia según he oído
decir. Cuentan muchas cosas raras del viaje a la mar y de las cosas que
pasan en ella...

- Oiga, amigo, volteamos y volteamos y nada que llegamos, ¿ será que nos
extraviamos?

- Nada de eso, hombre, es que esto es así, cuando menos lo pensemos


estaremos metidos en el pueblo.

-¿Le fue bien, señor Francisco? Deme el caballo, lo llevo a la pesebrera.

La mujer lo recibió en la puerta del hotel como si estuviera esperándolo;


seguía vestida de negro, tiesa, le daba la impresión de que estaba saliendo
de un estado de congelación, mostraba una leve sonrisa y parpadeaba un
poco.

-Gracias, señora Deseada. Si, me fue bien.

-¿Conoció algo del pueblo? le preguntó ella con el cabestro en una mano y
la otra en la nuca del animal sin decidirse a llevárselo.

- Algo miré. Estuve en la Capilla de los Negros, es muy hermosa.

- Si señor, así es. Tiene una historia curiosa. La construyeron los esclavos
negros por orden de un matrimonio de nobles que quería agradecer a un
santo, que ya nadie recuerda cual fue, un milagro que dicen que les hizo.
No podían tener hijos, y al fin, cuando ya habían perdido todas las
esperanzas ella tuvo una hija. Al principio todas las imágenes representaban
santos blancos, algunas hasta eran de ojos azules y cabellos rubios, pero con
el tiempo, no se sabe como ni quien lo hizo, todas fueron cambiadas por
imágenes de negros, aunque no todas son de santos porque no hay muchos
santos de ese color. Decían que todo fue brujería de un negro liberto que
tenía pacto con Satanás quien le ayudaba a cambiarlas en las noches de
tormenta que eran tan oscuras que nadie pudo ver cuando lo hacían. La
gente por miedo dejó las cosas así, y luego otros negros por pagar mandas o
por agradecimiento a un santo de su devoción regalaban su imagen negra,
así el santo fuera blanco, hasta que la capilla se llenó que ya no le cabe una
más. Dice la cuidadora que ella tiene muchas guardadas en su casa por que
ya no hay sitio en la capilla donde ponerlas.

Le soltó toda la historia casi sin respirar, mirando al pueblo y ya sin la


sonrisa débil que tenía cuando lo recibió.

-En esa capilla pasan cosas raras, señor Francisco... Siguió hablando sin
esperar ningún comentario de él, o mejor sin darle la oportunidad de
hacerlo, yo las he visto y escuchado, dan miedo, y sólo por la bondad de
Dios estoy viva después de verlas y oírlas

Por un instante estuvo tentado de interrumpirla y decirle que no le


interesaba saber el resto de la historia, conocía muy bien esos cuentos de
beatas que decían haber visto milagros o cosas del diablo por todas partes;
no tenía nada más en que ocuparse ni quería encerrarse en la celda que le
dieron por habitación, por eso no la interrumpió y la dejó que siguiera.
contándole que era lo que había visto y oído.

-Una no sabe si son cosas de Dios o cosas del Diablo. Es que puede ser
Dios que las hace para ponernos a pensar en sus cosas, o las hace el mismo
Diablo para mostrarnos su poder y hacernos creer que es todopoderoso y
puede meterse en los asuntos divinos cuando le venga en gana.

Yo a ratos le ayudo a la señora Eudora, que es la guardiana de la capilla, a


limpiarla y a cuidarla, lo mismo que le ayudo a alistarla y adornarla para
ceremonias como las de Semana Santa y otras celebraciones de
importancia...

Se silenció un momento como si necesitara recuperar el valor para


continuar.
Es que hay cosas bien raras siguió diciendo. Debajo del altar hay unos
osarios que dicen guardan los restos de personas distinguidas que quisieron
ser enterradas en sagrado, y a veces, se lo juro, señor Francisco, que no
exagero, cuando la capilla esta en silencio porque no hay feligreses, se oyen
voces y lamentos, y en un par de ocasiones, vuelvo a jurárselo, señor, he
escuchado una coral que canta a capela.

Volvió a callarse y a quedarse de nuevo completamente quieta; durante su


relato se había movido un poco, sus gestos se habían hecho más vivos, por
momentos le dejó la impresión al maestro de que podía ser agradable.

Es que, siguió diciendo Deseada, esas cosas dan miedo de verdad, ya no


quiero ir por allá; hasta pasar por el frente de la capilla me pone los pelos de
punta y me entra un sudor frío...

La había escuchado en silencio, sin interrumpirla; la historia que le narraba


ya la había escuchado en otros pueblos en los que fue maestro, y tambien en
el pueblo en el que nació y se crió. Cambiaban algunas cosas, pero en el
fondo era siempre el cuento del retorno de los muertos que volvían a
amargarle la vida a los vivos.

-Dígame, señora Deseada, ¿algún cura puede atestiguar lo que usted me


cuenta ?

- Si señor, claro que sí. El Padre Almendrales, que fue el último párroco que
manejó esa capilla, puede atestiguarlo, pero, ¿ es que no me cree?

- Si le creo, señora, le creo; le respondió en voz baja y conciliadora sin


poder reprimir una profunda sensación de tristeza que no había vuelto a
sentir desde que se despidió de los pocos a quienes consideraba sus
amigos para venirse a buscar algo que todavía no sabía que era, y menos
aún, sin saber donde encontrarlo. También para él, en ese momento, era
como encontrarse con sus muertos; de alguna manera ellos estaban de
regreso.

- Y sobre el santo perdido, el que se robaron de la capilla ¿ que se sabe?

Ella lo miró con cuidado, como si midiera el alcance de su pregunta, y le


contestó con otras preguntas.
-¿Por qué me lo pregunta? ¿Cómo lo supo si usted acaba de llegar al
pueblo?

- Se lo pregunto porque usted conoce bien la capilla y su historia según veo,


y por simple curiosidad, ¡ah!, y lo supe por una mujer que vende lotería.

Ella es Eudora, la guardiana de la Capilla de los Negros, con la venta de la


lotería consigue el dinero para mantenerla, pero has ahora nada se sabe del
santo perdido le respondió ella con disgusto, pero poco importa si aparece o
no, es un santo alcahueta; su fiesta no sirve sino para borracheras y
bacanales y otras cosas pecaminosas, al fin y al cabo lo iban a crucificar por
ladrón, ¿qué buen ejemplo puede dar?. Todos sus devotos, o lo que sean los
perdidos que lo siguen, son una partida de sinvergüenzas que no respetan
nada, ni siquiera al mismo santo al que bañan en licor. Ojalá desaparezca
para siempre.

-La señora que cuida la capilla, la de la lotería, ofrece una recompensa a


quien lo encuentre, dice que sus devotos están desesperados porque ya se
acerca su fiesta y no tienen santo con que celebrar, le comentó él.

-¡Que se los lleve el diablo! que siempre anda con ellos en las
celebraciones, que se mueran de desesperación, o de aburrimiento o de
tristeza o de lo que sea. Lo que menos me gusta de todo esto es que se
aumentan los temblores y los ruidos que salen de la tierra... Ese santo, si es
que de veras es santo, parece que a pesar de todo tiene poder, pero debe ser
del mismo Satanás de donde le viene, porque no creo que ni el Creador ni la
Santísima Virgen lo apoyen.

Déjeme, le dijo el maestro cuando comprendió que la cosa iba para largo,
yo llevo el caballo a la pesebrera, tomó el cabestro y la dejó parada en la
puerta del hotel mirando para el pueblo, con cara de disgusto y tan tiesa
como siempre.

No se porque me meto en cosas de religión, después de todo ha sido una


labor ocasional para mi, algo debe habérseme pegado, llevo varios años
metido a sólo ratos en ese cuento y no he podido olvidarme de él desde que
dejé la escuela; todavía, a veces, digo que soy profesor de religión cuando
puedo decir que soy maestro de primeras letras, de historia o de cualquier
otra cosa, así no podrán hacerme preguntas idiotas.
Soltó el caballo y se volvió a mirar las montañas; casi sintió dolor en las
nalgas y en la cintura cuando recordó que tendría que cruzarlas montado en
el animal que comía tranquilo a su lado, noble de veras, pero tan tosco en su
trabajo. Le pasó la mano por el lomo, se encogió de hombros y le dijo: tu no
tienes la culpa de nada, amigo, haces lo mejor que puedes, la cosa es que
nadie da lo que no tiene.

Se metió por el laberinto de pasillos oscuros esperanzado en que ahora no


se perdería, y también en que podría evadir el hueco en que permanecía el
gordo, no quería tener que detenerse a oírle su charla pesada y evadir sus
preguntas, pero no lo ayudó la suerte porque en una de las vueltas lo
encontró cargado con trastos de aseo.

-Ola, señor. ¿ Cómo le fue con el herrero?

- Bien, gracias, ¿para que lado queda mi habitación? no la encuentro.

Quería irse y estar solo, pero el hombre sonrió y le dijo: ¡Sígame! Caminó
delante de él con sus pasitos cortos, respirando fatigosamente al tiempo que
hacía sonar un enorme manojo de llaves colgado del cinturón y trataba de
impedir que se le cayeran de las manos los trastos del aseo.

-¡Aquí es! Pase amigo. Le abrió la puerta de la habitación con


impresionante rapidez, sin siquiera mirar las llaves, como si con sólo
tocarlas supiera cual era la que requería.

-Sabe, señor, que usted no el único que se pierde en mi hotel, a cada rato
tengo que estar orientando a los huéspedes. Si no me hubiera encontrado
seguro que todavía estaría usted caminando por ahí sin saber donde andaba.

No esperó a que su huésped hiciera algún comentario y continuó


contándole historias de gente que se extraviaba en los pasillos a quienes
encontraba por los alaridos de terror que daban, o por las voces angustiadas
de auxilio; algunos, añadió se encontraban con otros también extraviados y
entre todos lograban llegar a un sitio conocido en donde se orientaban.

-Es que esto lo hicieron, siguió Jeremías, durante una de las guerras que
tuvimos, ¿o sería en esta en que estamos?, no lo recuerdo bien. La historia
me la contaba mi padre de quien heredé el hotel, decía él que lo hicieron
para ocultar fugitivos que pagaban muy bien. Algunos permanecieron
varios años aquí hasta que dejaron de perseguirlos, o cambiaron tanto que
ya no los reconocían; se que algunos murieron aquí esperanzados en que la
guerra pronto iba a terminar y podrían regresar a sus hogares. Muchos de
quienes venían a buscar enemigos se perdían lo mismo que los huéspedes y
eran capturados por los refugiados o muertos por ellos. Los lanzaban por un
precipicio que queda allá atrás, pero en ocasiones los encerraban en los
túneles que hay aquí debajo, son enormes. Dicen que todavía se oyen
lamentos de las almas de los que murieron en ellos.

-Pero, señor Jeremías, dijo el maestro que sentado en la cama seguía con
atención el relato, coloque unas flechas que señalen el camino, y santo
remedio.

- Pues ya lo hemos hecho varias veces; las ponemos en cartones o las


pintamos en las paredes, y sin saber cómo las flechas desaparecen de la
noche a la mañana, o aparecen señalando en distintas direcciones. Mi mujer
dice que hay un espíritu burlón que quiere perder a las personas para reírse
de ellas; y algunos de los extraviados afirman que oyeron, mientras
estuvieron perdidos, risas que no supieron de donde venian.

-¿Usted cree, señor Francisco que si hacemos exorcizar el hotel


acabaremos con este espíritu burlón?

Hágalo, hombre, de pronto logra algo le respondió con sequedad, tenía otra
vez temor de que al igual que Deseada, el hombre lo metiera en cosas de
religión. ¡Que diablos iba él a saber de exorcismos.

Excúseme, amigo Jeremías, pero quiero descansar un poco, cierre por favor
la puerta, y se recostó en la cama. Desde allí oyó a Jeremías alejarse con su
jadeo preguntándose en voz alta: ¿qué sería lo que no le gustó al señor? A
lo mejor fue lo del espíritu burlón, debe tenerle miedo.

¡Dios mío!, Es imposible hacer callar a esos dos dijo en voz alta pensando
en Deseada y en su marido... Pero bueno, es que ellos no tienen con quien
conversar, si, entre ellos dos pueden hablar, pero ya no deben tener temas
de conversación, eso pasa en los matrimonios después de un tiempo; en este
laberinto apenas se verán por casualidad; deben sentirse como si vivieran en
un convento trapense... después de muchos años de vivir juntos ya no se
tiene nada para decirse. Me dan lástima... ¿Será que tengo cara de cura?, la
mujer de la lotería me cuenta la historia de sus problemas con la Capilla de
los Negros, la mujer del gordo me tiene un buen rato contándome historias
de santos negros, y el gordo me pregunta si conviene exorcizar un espíritu
burlón. Sacó de su maleta un pequeño espejo y se miró con cuidado. Vio a
un hombre avejentado, con más canas de las que hubiera querido tener, los
ojos un poco hundidos y algunas arrugas que no tenía cuando dejó la
escuela y se vino camino de la mar.

Lo que tengo es cara de maestro pobre; lo dijo en voz alta y tono de


decepción, como si conversara con alguien de su confianza, pero, se dio
cuenta en ese momento, ya no tenía, fuera de su caballo, a nadie a quien
contarle sus cosas. Tiró el espejo sobre la cama y buscó algo para leer y
acabar de pasar las horas que quedaban de la tarde mientras era tiempo de
irse al circo y atender la invitación del enano.

Recordó que sólo tenía un breviario que había metido en una de las alforjas
antes de cerrarlas, no supo por qué lo hizo, tal vez porque fue un regalo de
una anciana a quien había ayudado con algún dinero y quien decía haberlo
heredado de un pariente muy piadoso. Recordó que se lo había recibido
para no desairarla, por que ella se lo había entregado con enorme cariño;
había leído algunas oraciones sin mayor interés, y ahora que lo miraba con
cuidado pensó que de alguna manera el libraco se le había convertido en un
fetiche que le daría suerte, aunque la verdad su contenido nada le decía.
Tenía decidido cortar de una vez y para siempre con todo lo que oliera a
religión; pero luego, en el camino, acompañado únicamente por su caballo,
pensó que sí, que de verdad dejaría de ser maestro, de historia y de religión,
de ciencias, o de lo que fuera. Leía las oraciones en voz alta, algunas
estaban en latín, pero en las veces en que las había leído más que para pedir
a Dios o darle gracias por algo lo hizo para oírse, para entretenerse y no
terminar hablándole bobadas a su caballo al que trataba de explicarle
algunos latinajos que ni él mismo tenía claro que significaban. Le pasó
cuando estuvo varios días sin ver alma alguna y empezó a proponerle al
animal cuestiones de teología que él mismo se respondía, y peor aun, se
encontró un día discutiendo a gritos con un opositor imaginario al que
terminó llamando ateo y blasfemo.

Leyó una oración de gracias a la Virgen, larga y llena de términos


ampulosos que se repetían hasta el aburrimiento; la encontró monótona y
cansona. Intentó con otras más que le parecieron igualmente insípidas, hasta
que al fin tiró el libro que pasó a hacerle compañía en la cama al espejo.

Me buscaré algo mejor para lo que me resta del viaje, con alguien en el
pueblo conseguiré un buen libro. Salió de la habitación con un poco de
preocupación porque pudiera perderse, pero encontró las salida de
inmediato; en la puerta de la casona halló a la pareja de hoteleros que
miraban hacia el camino por el que subía con mucha lentitud un hombre
con una maleta de cuero al hombro.

-Ya empiezan a llegar los peregrinos para las fiestas de San Dimas, dijo
ella; lástima grande que no vengan a cosas mejores, todos son unos vagos
que no quieren otra cosa que fiestas y parranda, pero no queda más que
aguantarlos porque vivimos de ellos.

- No seas tan rigurosa mujer, déjalos que se diviertan como mejor les
parezca, con eso no hacen daño a nadie, y lo que es mejor, se divierten con
su dinero y algún dinero nos dejan, y fíjate que algunos son entretenidos y
se pasan ratos muy agradables con ellos.

- Si, como no van a ser divertidos si te emborrachas y juegas dados con


ellos, y... Se quedó callada mientras se daba la bendición y elevaba los ojos
al cielo, porque otro temblor los hizo tambalear y sacudió la casa de la que
se desprendieron sonidos parecidos a lamentos, como si le doliera lo que
estaba sucediendo.

-¿Ves mujer idiota lo que pasa cuando hablas mal del santo? le reprochó
Jeremías profundamente disgustado. Debería darte unos buenos golpes a
ver si así dejas de decir idioteces, e hizo el ademán de golpearla, pero no
pasó del gesto. Ella no se dio por enterada, siguió con la mirada puesta en el
cielo y los brazos en cruz mientras murmuraba una oración.

-¿Está bien, señor Francisco?

-Yo estoy bien, gracias, creo que ya pasó todo, no fue sino el susto. Le hizo
un gesto al hotelero para que mirara a su mujer que seguía con los brazos
en cruz, diciendo oraciones, ahora en voz alta. En ellas invocaba a multitud
de santos y santas, y pedía a Dios con voz llena de angustia que tuviera
misericordia de los humildes creyentes que lo ofendían con sus pecados.

¡Ya es suficiente! Deseada, !basta ya! le gritó Jeremías, y la sacudió por los
hombros. Ella bajó los brazos con lentitud, abrió mucho los ojos, los miró
fijamente sacudió la cabeza en gesto de incredulidad y les dijo con un
grito: ¡ Ateos! y se metió a la casa.
Sin hablar los dos esperaron al hombre que subía quien parecía no haberse
percatado de nada; continuaba por la cuesta con la maleta al hombro, la
cabeza agachada y un sombrero de pelo agarrado con la mano que le
quedaba libre con el que por momentos se daba aire en la cara.

Todavía tardará unos diez minutos en llegar le dijo después de un rato


Jeremías al maestro; sentémonos y lo esperamos, es que el camino es
engañoso. Está lleno de curvas y con esa maleta el hombre tendrá que
detenerse a descansar.

No vendrán muchos peregrinos este año continúo Jeremías después de un


corto silencio, parece que ya se conoce en todas partes que el santo
desapareció y sin él no hay fiestas. Malo se me va a poner el negocio, y
para completar los males la guerra que no para; la gente tiene miedo de
viajar. Si no estuviéramos ya entrando a la vejez, digo mi mujer y yo, nos
iríamos a buscar algo mejor... Los muchachos, digo mis dos hijos, pues
nada, quiero decir, señor Francisco, que sólo tristezas me han dado. Uno, el
mayor, anda por allá en la guerra de jefe de un grupo de los rebeldes. A
cada nada vienen los del gobierno a preguntar por ellos, dicen que mi mujer
y yo los ocultamos, vuelven todo al revés buscándolos, se extravían en los
corredores y Deseada y yo tenemos que salir a buscarlos para no crearnos
más problemas con el gobierno, porque la verdad es que si por mi fuera los
dejaría perdidos para siempre, para que murieran de angustia, de miedo, de
hambre. Le contaba, amigo, que a mi otro hijo también lo buscan; nada
volvimos a saber de él. Un día lo reclutaron los del gobierno, se fue con
ellos a la fuerza, pero a poco estaba otra vez aquí. Nos dijo que si lo cogían
lo iban a fusilar por desertor. Le dimos algún dinero, una poca ropa y un
caballo para que huyera, y no volvimos a tener noticias de él.

El hombre de la maleta apareció de repente frente a ellos, se dio aire con el


sombrero y les dijo con voz agitada pero fuerte: buenas tardes tengan los
señores, colocó la maleta en el suelo, se volvió a mirar hacia el pueblo y
dijo sin darles la cara: Queda bien lejos la maldita mar.

Ambos lo miraron sorprendidos, pero antes de que pudieran hablarle el


hombre se volvió y preguntó: ¿Si llegué al hotel o vine a dar a un convento
que de eso es lo que tiene cara este edificio?

No caballero, no está perdido, pase a mi hotel, no pudo llegar a mejor lugar


que este. Venga, acérquese; por favor, ¿cual es su nombre? ¿Mardoqueo,
me dice?, es nombre bíblico, permítame le presento al señor Francisco, él es
un huésped. Esperó a que se saludaran y se presentó él. Tomó la maleta del
nuevo huésped y los tres desaparecieron por los pasadizos camino de la
oficina sin pronunciar una sola palabra.

Ella es Deseada, mi esposa, señor Mardoqueo, cualquier cosa que requiera


se la consigue de inmediato, pero siéntese que debe venir fatigado, llegar
hasta aquí es difícil. Hasta hace unos días, un muchacho al que llaman
Aparecido traía los huéspedes en caballos de alquiler, pero parece que ahora
trabaja en un circo que llegó por aquí hace poco, y no hemos vuelto a verlo,
pero si quiere ir a la ciudad le facilitaremos una cabalgadura...

-Perdone, señor...¿cual me dijo que es su nombre?

-Jeremías, también nombre bíblico, para servirle señor.

-Ah... si, ya... Jeremías. ¿Sabe si el circo está todavía por aqui ¿Usted lo
vio?

- Si, si, aquí está todavía, pero no lo he visto; un hombre ayer en el


mercado me dijo que él fue a la función, que es muy bonito todo lo que
presentan. ¿Por qué lo pregunta señor Mardoqueo?

- Es que conozco a una persona que trabaja en él y quisiera saludarla.

Se sentó y empezó a darse aire con el sombrero y a respirar con fuerza, y


con los ojos cerrados pidió que le dieran un vaso de agua. La cuesta lo
había dejado totalmente agotado, y la mentira que acababa de decirle al
hotelero le produjo angustia porque si le preguntaba quien era su conocido
del circo, iba a quedar muy mal. Pero no pudo reprimirse y exclamó: ¡Están
aquí !, ¡Están aquí!. ¡Los alcancé! Pero, ¿será que ella me recuerda?

Señor, tome el agua le dijo Deseada alarmada, ¿qué dice ? ¿de quien habla?
No parece estar bien caballero, mejor lo llevo a su habitación para que
descanse, eso le hará bien.

-Deme más agua señora, es todo lo que necesito, dijo pasándole el vaso a la
mujer que se encontraba parada a su lado, muy quieta, mirándolo con fijeza,
casi sin parpadear, como si mirara a un animal raro que la asustaba.

-Oiga, señor, dijo dirigiéndose a Jeremías, al tiempo que se ponía de pie


con increíble agilidad, ¿ sabe si está muy lejos el circo?
- Pues... No sé, ya le dije que no lo he visto. Tal vez el señor Francisco sepa
algo. Mujer ve a preguntarle. ¡Date prisa! Creo que se marchó a su
habitación; el señor quiere saber pronto donde está el circo.

- Otra cosa amigo Jeremías, aquí en este pueblo se perdió un santo, lo se


porque me lo contó un alcalde, ¿lo encontraron?

- No. No lo han encontrado.

-¿Cómo se llama el santo?

- San Dímas.

-¡Aja! ¿Y qué hace? Quiero decir, ¿para que sirve?, usted sabe que cada
santo tiene una habilidad especial, mejor será decir que tiene una
capacidad... No, no es esa la palabra, sí, habilidad para resolver
determinados problemas, creo que es el término que queda mejor, es eso lo
que dice mi madre que parece conocerlos a todos; entonces, dice también
ella, si uno quiero que se le resuelva determinado asunto tiene que saber a
que santo invocar.

- Creo que sirve para evitar los robos le respondió Jeremias, mejor dicho, le
aclaró, lo protege a uno de los ladrones, como él fue ladrón los conoce
bien, y no los deja que les hagan daños a sus devotos.

-Lamento molestarlo señor Francisco, pero es que el señor Mardoqueo


requiere saber pronto el lugar donde está el circo, y como usted estuvo
paseando por el pueblo, pues pensamos que lo sabría.

- No lo sé, señora, no conozco el lugar, pero no será difícil encontrarlo, un


circo no se pierde en un pueblo como este. Voy a ir esta noche a verlo, si
quieren acompañarme, espere, mejor iré a decírselo a ellos.

Cuente conmigo contestó Mardoqueo, y conmigo intervino Jeremías,


llevaré a Deseada, esa mujer no conoce un circo, ¿saben?, y yo casi ni me
acuerdo de como son, el último que vi fue... hace... bueno, ya no se cuantos
años hace.
Salieron en fila cuando ya era de noche. Jeremías abría la marcha
jineteando una mula negra; lo seguía Deseada en un caballito rucio;
montaba de lado y vestía de negro como era su costumbre, parecía que
fuera para un funeral y no para un espectáculo alegre. Luego estaba el
maestro que llevaba su caballo sin freno; no se lo puso porque no le hacía
falta, estaba seguro de que nunca iba a desbocarse ni a encabritarse, y por
último venía Mardoqueo que montaba una yegua negra, gorda y barrigona y
en la que apenas acomodaba su corpachón.

Veían muy próximo a Pueblo de los Dulces Santos, con muy pocas luces en
las calles y una que otra en una ventana lejana, pero las vueltas del camino
les dejaban la impresión de que caminaban de un lado para otro, sin
acercarse a él, como si en realidad no quisieran o temieran llegar. Cada uno
iba metido en sus pensamientos; la distancia entre uno y otro no les permitía
conversar, pero más que eso era que no querían hacerlo porque un perfume
de azahares que les llegó de pronto, sin saber de donde, los llenó de
melancolía y de tristeza, especialmente a Mardoqueo que se acordó del día
de su primera comunión en el que una de sus tías le regaló un carrito de
madera que él llenó con flores de un limonero que tenía su madre en el
patio de su casa, las que de pronto, cuando corría con él por un corredor,
soltaron un fuerte olor a azahares que se le pegó a la piel durante muchos
días y que mientras le duró el olor también le duró la tristeza, y era uno de
esos recuerdos de su infancia que le venía cuando menos lo esperaba y que
si no lo ponía triste por lo menos le recordaba que la tristeza era una
compañera bien desagradable.

No se detuvieron sino para dejar los animales al cuidado de un viejo


jorobado y triste quien se limitó a llevarlos a un corral y a decirles que con
él estarían muy bien. Siguieron camino del circo por una calle mal
adoquinada y oscura, otra vez en fila, en el mismo orden y en el mismo
silencio en que vinieron, húmedos por el sereno y sin poderse desprender de
la tristeza.

Buenas noches, señor, cómpreme un...Se silenció cuando reconoció al


hombre a quien quería venderle la lotería, era el mismo que andaba con el
enano que le pagó con entradas al circo.

¿Cómo está caballero? Veo que vino a divertirse antes de irse del pueblo.
También yo voy a entrar para aprovechar las entradas que me entregó su
amigo, vine con mi marido que está por ahí, él me ayuda a vender.
No insistió porque el silencio de él y su cara de aburrimiento le dijeron que
era mejor que se largara a buscar clientes en otro lado. Volvió a mirar a otro
lado cuando descubrió a Jeremías y a su mujer, antiguos conocidos que
hacían cola para entrar, a los que se acercó pero nada logró con ellos, nadie
parecía querer lotería esa noche. Se limitaron a darle las buenas noches y a
desearle que vendiera mucho.

¿Que diablos les pasa a estos? Parece que vienen a un entierro y no para el
circo. ¡Loootería, loootería! Cómprenme la lotería... Maravillosos
premiiiios, todos ganan...

¡Daaaamas, caballeeeeros, y niiiiiños... Verán a continuación el más


extraordinario... Todos ellos son los más fabulosos artistas que pueden ver...
Y verán y se asombrarán con el intrépido domador de fieras, y…

No oía sino frases aisladas de la perorata del presentador; le interesaba


únicamente lo que ocurría en la pista a la que empezaron a entrar todos los
artistas, pero ella no estaba allí. Sintió angustia; si se hubiera ido del circo,
o estuviera enferma... En gesto mecánico se llevó las manos al cuello para
aflojarse una corbata que no encontró. Tardó unos segundos en comprender
que ya no llevaba esa prenda, porque a orillas de la mar, que era para
donde iba, esa cosa no se usaba.

Se puso de pie cuando los payasos entraron conduciendo los micos,


vestidos algunos con levita y sombrero de copa, otros con ropas de mujer
con amplias faldas de colores y sombreros muy grandes adornados con
flores; algunos imitaban piratas con un parche en un ojo, y cráneos y tibias
cruzadas dibujados en su pecho, y por último vio a un enorme mico, tan
enorme le pareció que instintivamente se echó para atrás. Iba vestido con
traje rojo encendido, capa de color amarillo quemado y sombrero negro
adornado con una pluma de pavo real. Casi gritó cuando el mico saltó y se
encaramó en un perro peludo al que con las fuertes luces del circo se le
veían los ojos amarillos y brillantes; dieron al trote corto del perro una
vuelta a la pista y se acercaron a él y lo miraron detenidamente, como si
esperaran que les dijera o les diera algo.

Ya sabía que dándole una moneda el mico se iba a pedir a otro lado, por lo
menos eso le dijo la mujer en el bar; buscó en los bolsillos y lanzó al animal
la primera moneda que encontró sin importarle su valor, que el mico agarró
al vuelo; pero los animales no se movieron, siguieron parados frente a
Mardoqueo como a la espera de algo más. Se sentó sudoroso y angustiado
sin poder apartar los ojos de ellos, y sin atender los comentarios de Jeremías
quien le decía alborozado que el espectáculo era maravilloso aunque en
realidad no había empezado.

¡Mico hijo de puta! dijo entre dientes y lo amenazó con el puño, pero él se
limitó a hacer un movimiento de curiosidad con la cabeza y a seguir
mirándolo fijamente.

¿Qué dice señor Mardoqueo?, le preguntó Jeremías, no lo escuché bien, la


música no me lo permitió

- No importa, amigo, era un comentario sin importancia. Buscó en sus


bolsillos otra moneda y la lanzó al animal quien con agilidad enorme la
tomó al vuelo y la guardó en una escarcela que llevaba colgada del
hombro. ¿Hasta cuando este mal nacido seguirá pidiéndome monedas? Si
tuviera mi escopeta...

Dio gracias a Dios cuando un enano vestido de payaso se acercó al maestro,


lo saludó con una reverencia y le dijo que le honraba su visita, se volteó y
les dijo al mico y al perro algo en un idioma que nunca había oído, los dos
animales se alejaron para repetir la petición de dinero frente a un palco
marcado con un letrero que decía: Alcalde de Pueblo de los Dulces Santos.
En él vio a un hombre vestido de paño negro, corbata roja y sombrero de
pelo que ocupaba el palco en compañía de una mujer vieja que parecía ser
su madre. No pudo evitar una sonrisa y algo de nostalgia cuando se recordó
en ese mismo papel pocos días antes.

El domador hizo restallar su látigo para indicar que todos debían abandonar
la pista porque la función iba empezar con la presentación de los
trapecistas, que según había dicho el presentador arriesgaban sus vidas en
atrevidas maniobras en el aire, sin mallas y protegidos únicamente por la
bondad divina, por lo que les rogaba a todos, grandes y chicos guardar
absoluto silencio para no poner en riesgo la vida de los artistas.

Terminaron los trapecistas y siguieron los malabaristas, luego los payasos


seguidos por el domador y el hombre fuerte. Cuando anunciaron un
intermedio para ofrecer bebidas y pasteles al público Mardoqueo no podía
con la angustia, ella no aparecía por parte alguna, y por primera vez en la
noche tratando de distraerse les habló a sus compañeros para preguntarles
si les gustaba el espectáculo.

Es maravilloso contestó Jeremías, pero el maestro y Deseada nada dijeron,


estaban como ausentes. Sólo cuando una joven se acercó a ellos para
ofrecerles refrescos y pasteles volvieron a interesarse en lo que pasaba a su
alrededor. El perfume que de ella se desprendió hizo que los cuatro, en
especial Mardoqueo que empezó a restregarse las manos como si de repente
le hubiera dado frío, se avivaran y fijaran su mirada en ella. Deseada le
obsequió una sonrisa débil que era el mejor regalo que ella podía dar; el
maestro debió contenerse para no sobarle la cabeza como hacía cada vez
que saludaba niños en la escuela, mientras Jeremías la miraba con la boca y
los ojos desmesuradamente abiertos.

Lleva el perfume de Primavera y se parece mucho a ella, pero no es ella se


dijo Mardoqueo otra ves intranquilo y sin dejar de restregarse las manos, y
cuando la muchacha le ofreció con una sonrisa un refresco con color de
mandarina se lo recibió y le preguntó: ¿cómo te llamas?

- Alegría, para servirle.

- Gracias. ¿Conoces a Primavera?

-Si, desde luego, es mi hermana. ¿Usted la conoce, señor?

- Es que... Mira, la conocí en una función en otro pueblo, hace pocos día de
eso; el espectáculo que presenta es muy bello y ella es muy hermosa. Yo
soy... Mejor, era el alcalde cuando ustedes estuvieron en mi ciudad y
Primavera me ofreció refrescos y bizcochos, yo averigüe su nombre y
quería...

-Perdóneme, caballero, pero tengo que continuar con el servicio, y se alejó


acompañada por un perro dálmata que tiraba de un carrito con los bizcochos
y los refrescos. Su perfume quedó flotando en el ambiente, los llenó de paz
y de tranquilidad y les curó el rezago de tristeza que les quedaba por el olor
de azahares y que no había podido curar el espectáculo. Pero con todo, dejó
cierta inquietud en Mardoqueo quien por más que se esforzó por recordar
donde y cuando había olido ese perfume no logró hacerlo. Era la segunda
vez en pocos días que sufría el mal rato de buscar un recuerdo que se
empeñaba en no volver... ¡Maldita sea! ¿Será que algún día lo recordaré? Es
que ahora son dos: Primavera y Alegría, ambas son hermosas y huelen igual
de agradable; yo conozco ese perfume, ¿pero dónde demonios lo he olido?
Ninguna de las mujeres que he conocido lo usaba, o tal vez si, pero ¿Cúal
de ellas?

Cuando el presentador apareció en la pista y agradeció al público por


acompañarlos en la función y los invitó a regresar al día siguiente,
Mardoqueo estuvo a punto de lanzarse a la pista y correr a buscar a
Primavera detrás de la cortina de rayas rojas y verdes por la que
desaparecían los artistas, por que ella no se había mostrado por parte alguna
ni siquiera para ayudar a sus compañeros como lo hizo la noche en que la
conoció. No había presentado su espectáculo, y su hermana no le había
dado tiempo de preguntarle por ella. Se contuvo porque de pronto los
malditos micos estaban ahí, detrás de la cortina, e iban a atacarlo como lo
hicieron en sus sueños, y además, pensó con tristeza, ella de seguro no se
acordaba de él.

Volvió a la realidad cuando el maestro le tocó un brazo y le dijo: Nos


vamos señor Mardoqueo. Salieron en el mismo orden en que habían venido,
cambiando de vez en cuando frases sobre el espectáculo. La tristeza los
invadió de nuevo cuando se alejaron del circo, porque por encima de los
olores de orines, estiércol y de los perfumes baratos que despedían los
espectadores, percibieron de nuevo el olor de azahares. Sólo Mardoqueo se
animó un poco cuando en la cuesta camino del hotel, vio en el cielo claro
una lluvia de estrellas que le recordó la que cayó la noche en que salía del
circo con su madre y que el tomó como una señal de tiempos mejores.

Le dolía la cabeza, la sed era enorme y cuando se enderezó en la cama


buscando la ventana para ver si ya había amanecido, el mundo le dio
vueltas; sintió que todo bailaba a su alrededor y que del piso de su cuarto se
levantaba una tenue nube de polvo. Sin saber muy bien por que empezó a
rezar en voz alta una oración para ayudar a bien morir que le enseñó
cuando era un niño su tía solterona que fue prácticamente su madre, y que
de pronto había recordado sin olvidar ni siquiera una sílaba. Señor Dios
todopoderoso, ten piedad de mi y recibe en tu seno el alma de tu siervo, y...

No pudo calcular cuanto tiempo permaneció sentado en la cama tratando de


dilucidar si estaba enfermo, si en realidad había temblado como le pareció,
o todo lo que le ocurría eran los efectos del licor que tomó con Jeremías y
Mardoqueo. El recuerdo de la imagen de la mujer que manaba agua por
entre sus piernas, la que encontró en la casa del herrero, le llegó nítido y
hasta escuchó el rumor del agua y recordó también la frase que estaba
escrita en su base: "Bebe tranquilo caminante que esta es agua de vida."
Ojalá fuera verdad... Iré a beberla tan pronto me recobre un poco, y me
bañaré con ella... Es tan fresca...

Las pesadillas de anoche... Las revivió con angustia, no pararon dijo en voz
alta; volvió a sentirse mal. Los malditos elefantes que me amenazaban y me
tiraban cosas, y lo peor, se me subieron al pecho mientras estaba acostado y
no pude quitármelos de encima. ¡Cómo huelen de feo! Y luego sentirme
encerrado en la jaula de las fieras, sin encontrar por donde salir, y todas
ellas rugiendo y mirándome como si yo fuera su próxima comida...

La huella de luz que entraba por la ventana y formaba una franja de claridad
en el piso le indicó que ya estaba bien avanzado el día y le ayudó a
tranquilizarse un poco. Tal vez las diez, dijo en voz alta mientras se
anudaba las botas. Dios quiera que no me pierda, en este estado no duraré
vivo mucho tiempo, dando vueltas por esos corredores se me va a acabar la
vida. Tengo que tomar primero a la izquierda, luego, donde se divide el
corredor tomo por la derecha, y después, al llegar a la puerta pintada de rojo
continúo de frente hasta llegar al patio en el que tiene Jeremías la oficina o
el dormitorio o lo que sea, y allí, si no hay nadie me siento a esperar,
alguien aparecerá.

Antes de abrir la puerta de dio la bendición y respiró profundo, luego se


lanzó al corredor como si fuera para una aventura peligrosa; miró a derecha
e izquierda para asegurarse de que no había nada que pudiera atacarlo.

¡Micos hijos de puta! Cuando los encuentre no voy a dejar uno sólo vivo,
van a ver lo que es una escopeta bien manejada...

Es la voz de Mardoqueo. La escuchó nítida pero no supo de donde venía, el


corredor estaba solo. Decidió seguir antes que ponerse a averiguar de donde
salía la voz, quería salir rápido y sentarse al aire libre, recibir el sol, respirar
aire fresco, beber mucha agua, pero no avanzó mucho cuando Mardoqueo
lo alcanzó y tomándolo por un brazo le rogó que lo sacará de ahí. Voy a
volverme loco le dijo con angustia. Llevo como una hora volteando por
todos los lados y no encuentro por donde salir. Gracias a Dios lo encuentro,
amigo Francisco. ¿ Usted si sabe como salir?
-Creo que si, si Dios me ayuda, venga conmigo. Caminó con decisión
seguido por Mardoqueo quien más que respirar resoplaba. Llegó hasta la
puerta roja y casi corrió cuando vislumbró el patio de la oficina de
Jeremías, pero el alma se le fue al suelo cuando vio a Deseada parada al pie
del escritorio. Tiesa, con expresión de aburrimiento y vestida como siempre
de negro.

Buenos días, señora, le dijeron al tiempo los dos hombres, ella no


respondió el saludo, se limitó a mirarlos y a decirles: Por lo que vi anoche
ya empezaron las malditas fiestas de San Dímas, se volteó y desapareció
por uno de los corredores.

-¿Qué querría decir con eso, amigo Francisco? Mejor buscamos los caballos
y nos vamos al pueblo. Quiero hacer algo distinto, irme de aquí, pasear y no
correr el riesgo de encontrarme de nuevo con esa señora tan extraña.
¿Dónde queda la pesebrera?

- Si, es bien curiosa la dama, parece que no le gustan las fiestas de San
Dimas, pero eso es cosa de ella, dejémosla que haga lo que quiera. Me gusta
su idea de irnos al pueblo y pasear un poco.

Ellos mismos aperaron los animales porque Jeremías no apareció por parte
alguna a pesar de los gritos que le dieron. Apenas salían del hotel cuando
vieron venir por la cuesta un camello que a la distancia daba la impresión
de viajar solo, sin guía. Caminaba con largos pasos al tiempo que levantaba
la cabeza y la volteaba a derecha e izquierda para orientarse.

-¿Ve usted lo que veo, señor Francisco?, ¿o será, para mi desgracia,


consecuencia del licor de anoche? como me pasó con los micos que no
dejaron de perseguirme en los sueños, mejor será decir en las pesadillas; no
pude dormir tranquilo, los desgraciados brincaron y chillaron sin parar toda
la noche.

-Lo que se ve venir, amigo Mardoqueo, es un camello, bien grande por


cierto, que si no fuera porque estoy seguro de estar en mis cabales le diría
que estamos viendo visiones, es que ese licor que tomamos anoche puede
hacer que uno vea los monstruos más horribles. No vi micos, como usted,
pero si vi elefantes de colores que me amenazaban con sus trompas, y los
sentí cuando se sentaron en mi pecho y casi me ahogaron con su peso y con
su olor, pero le insisto en que ese camello es absolutamente real, espere un
poco y lo verá.
Esperaron al visitante que se perdía por momentos en las vueltas del
camino, hasta cuando, casi de repente, apareció frente a ellos el enorme
animal que se detuvo a la voz de quien lo guiaba que no era otro que
Zaratustra, quien metido entre las jorobas apenas se veía. Vestía de blanco
de pies a cabeza, llevaba un sombrero negro más pequeño que el del día
anterior, también con una pluma de pavo real que ahora parecía ser más
larga que la de antes. Contrastaba el color de sus ropas con los arreos del
camello que llevaba una gualdrapa de seda granate bordada con hilos
dorados y una alfombra de color verde profundo en la que se sentaba
Zaratustra.

Buenos días, caballeros les dijo quitándose el sombrero, es una suerte


encontrarlos, especialmente a usted señor Francisco, pues vengo en su
búsqueda, tenía miedo de que se hubiera marchado del pueblo.

-¿ Que puedo hacer por usted, amigo?

-Ocurre, señor Francisco, que la mujer que nos vendió la lotería ayer, fue
hoy muy temprano a buscarme para decirme que me había ganado la lotería,
la que ella vende, que el premio corresponde a uno de los dos billetes que
me entregó a cambio de las entradas a la función, pero como no es el billete
que tengo pues tiene que ser el suyo. Aquí en este papelito me anotó el
número ganador, mírelo a ver si corresponde a su billete.

Desmontó y se volteó para que no lo vieran desabotonar sus pantalones para


buscar la pequeña escarcela que llevaba asegurada con un cordón de cuero
a su cintura y escondía debajo de sus ropas. En ella guardaba su escaso
dinero y también el billete de lotería.

Se aseguró con rapidez los pantalones, comparó los números, se volvió


hacia ellos y les dijo abriendo los brazos como cuando un sacerdote termina
la misa y dice a los fieles: Ite misa est. Gracias, Señor. Creo, agregó, que es
como usted dice amigo Zaratustra, montó de nuevo, e hizo señas a sus
amigos para que continuaran el camino.

-Señor Ángelo, dígame una cosa, ¿cree que Diábolo me enseñará a ser
mago ?
- Pregúntaselo a él Aparecido, aunque me dicen que los magos no gustan de
contar sus secretos así se les ofrezca mucho dinero por contarlos, parece
que a veces prefieren morirse con ellos.

- Pero entonces ¿cómo aprenden si otros no les enseñan ?

- A veces algunos logran que alguien con quien tienen gran amistad o
parentesco les enseñe un poco, otro poco lo aprenden en libros muy
secretos que casi siempre se heredan de padres a hijos, y los magos buenos,
como Diábolo, se inventan muchos de sus trucos.

-Caramba, señor Ángelo, si yo fuera mago...

-¿Qué harías, Aparecido?

- Pues montaría mi propio espectáculo, fabricaría dinero, me haría querer de


mujeres hermosas como la que está con Diábolo, viajaría mucho, es que un
mago puede hacer muchas cosas.

- No te ilusiones muchacho que lo que esos caballeros hacen son cosas


puramente aparentes, ilusionismo, trucos, agilidad de manos, en fin, nada es
real, son simples apariencias.

- Sea lo que sea señor Ángelo es bonito todo eso, y además, como la gente
cree que tienen pacto con el diablo les tienen miedo y los respetan, y les
pagan muy buen dinero por sus espectáculos, y según me dicen hay quienes
les pagan mucho dinero para que les diga el porvenir como hace la señora
Circe, o para que hagan desaparecer personas de un lugar y aparezcan en
otro muy lejano, sin que puedan regresar a sus casas, y si lo quieren con
unas pocas palabras borran a una persona de este mundo, y...

- Muchacho, estás muy confundido y estás soñando cosas. Ya te dije que


nada de lo que hacen los magos es real, son trucos, cosas para entretener a
la gente. Nadie lee el porvenir, aunque a veces algunos, como Circe, tienen
aciertos, pero lo que si es imposible es que alguien pueda llevarse a otro
lejos sin tocarlo, como crees.

- Puede que todo sea como usted me dice señor, pero aún así voy a pedirle a
Diábolo que me enseñe. Quiero llegar a ser como él y que mi nombre y mi
fotografía aparezcan en carteles de colores, como me cuentan que son los
que pegan en las entradas de los teatros y en las paredes de las ciudades
cuando se van a presentar.

-¡Allá tú, Aparecido! Ojalá que las cosa te salgan como quieres, y cuando
seas famoso te acuerdes de nosotros.

-¡Claro que si, señor Ángelo! Pero es que todo depende de que usted me de
trabajo, aunque sólo me pague con la comida.

- Quisiera hacerlo Aparecido, pero toda anda patas arriba. Tal vez mañana o
pasado nos iremos de aquí, este pueblo ya no da para más funciones. Ni
vendiendo las entradas a mitad de precio, ni permitiendo que entren dos
con una boleta viene la gente.

- Es la guerra señor. Nadie tiene dinero, y el que tiene algo lo guarda para lo
más necesario. Algunos muchachos se meten al ejército o se van con los
alzados porque así aseguran la comida y la ropa, y si tienen suerte reciben
alguna paga.

-¿Y tú por qué no andas con ninguno de ellos?

- Quiero llegar a viejo. Hasta ahora he logrado evadirlos a ambos. El


ejército hace levas a cada rato, pero tengo amigos que me avisan cuando
van a hacerlas, me escondo en el campo en casa de unos amigos mientras
las cosas se calman, y los alzados dicen que mejor me quedo aquí en el
pueblo para que les consigo cosas que necesitan, como remedios y comida,
pero la verdad es que a mi no me importa esta guerra, ¡que se maten entre
ellos! Mi padre me decía que cuando nací ya la guerra llevaba un montón
de años, y decía también que eso de matarnos entre nosotros se volvió
costumbre, que ya es una tradición. Uno de mis tíos dice que la guerra es
una manera de vivir que nos hemos inventado, que es muy peligrosa, pero
que cansa menos que el trabajo.

-Te buscaré algo para que hagas Aparecido, pero ya sabes: nada de paga, y
es casi seguro que en algunos días tendrás que buscarte la comida y la cama
donde y como Dios te ayude.

- Entiendo, gracias. Zaratustra me dice que puedo servir para payaso, para
reemplazar a uno que se marchó. Hay un payaso que se llama Odín que está
dispuesto a enseñarme.
- Odín conoce muy bien su oficio, te enseñará todo lo que sabe, muchos han
aprendido con él. A lo mejor si sirves para ese oficio, hombre, con esa
apariencia que tienes. Aparecido, dime algo.

- A sus ordenes, señor Ángelo.

-¿Por que te dicen así?

- Pues mire, es una historia un poco enredada y algo larga, pero se la


contaré de todos modos. Ocurre que tengo una familia muy grande. Somos
trece hermanos, nueve varones y cuatro hembras, todos seguimos con vida
por la gracia de Dios. Durante un tiempo hicimos vida de campo, y otro
tiempo hemos vivido en este pueblo, pero andamos desperdigados, en parte
por la pobreza y en parte por la guerra. También mis hermanos tienen que
esconderse de las levas, y mis hermanas de los abusos de militares y
sublevados; son mujeres bonitas, usted entiende lo que quiero decir. La
cosa es que yo nací de último, quiero decir que soy el número trece, número
de la mala suerte decía uno de mis abuelos, y parece que ha sido así y así
será, porque poca o ninguna he tenido, pero sigo con mi cuento. Sucedió
que algunos de mis hermanos me conocieron cuando ya caminaba pues
estaban en sus cosas, ganándose la vida en lo que podían o escondidos. Mi
padre decía que el no iba a darle sus hijos a ninguno de los que están en la
pelea para que los mataran en una maldita guerra que no tiene ni pies ni
cabeza y en la que nadie sabe quien es quien, porque él, mi padre, digo,
quien ya murió, nunca entendió porque estábamos peleando, lo mismo que
nos pasa a todos, y uno de mis hermanos cuando vino de visita le preguntó
a mi madre: ¿ y este aparecido de donde salió? porque yo era flaco, pálido
y casi sin pelo, con estos ojitos que apenas se me ven, pues parecía un
aparecido, es decir un espanto según decía mi madre que también en paz
descanse, y a más de eso tenía la costumbre de esconderme y quedarme por
ahí callado pensando en Dios sabrá que cosas, y de pronto salía corriendo
de donde estaba dando alaridos que asustaban a la gente, aparecía donde
menos me esperaban, así de repente. Mi padre decía que cuando hacía eso
yo parecía un duende, como salido del fondo de la tierra, o del aire, y claro,
la gente se asustaba y a veces me lanzaban cosas y me daban golpes.
¿Entiende ahora, señor, porque me llaman Aparecido?

-Creo entenderte, hombre. Vámonos a trabajar.


- Odín, siéntate aquí a mi lado, hace días que no conversamos.

Él estaba mirándola recostado a la carreta en la que dormía, mientras ella se


arreglaba la larga y espesa barba de color rojizo.

- Anoche no recitaste Clarabella, duermo poco, y tus versos me ayudan a


pasar el tiempo. ¿Te pasa algo? Se que cuando estás bien declamas versos
muy hermosos. Podrías hacerte famosa recitando poemas en los teatros.

- Ya te lo he dicho mil veces Odín: soy incapaz de recitar despierta. Nunca


en mi vida he leído un verso, ni creo poder aprenderlos, y para empeorar
las cosas al otro día no recuerdo nada de lo que he dicho dormida. ¿Por qué
me preguntas si tengo problemas?

- Mujer, llevamos varios años trabajando y viajando juntos y me he dado


cuenta de que cuanto no recitas en las noches es porque tienes problemas.
Cuando te veo alegre en el día, en la noche no paras de declamar.

- Es cierto lo que dices. No se que me ocurre Odín, pero en los últimos días
de pronto empiezo a quedarme lela, me voy de este mundo y termino en
otro que no se donde queda. Empiezo a ver y a oír cosas extrañas.
Aparecen de pronto personas que me hablan y me dicen que me vaya de
aquí, que van a ocurrir cosas terribles. Son personas que nunca conocí, no
se quienes son y no me dicen con claridad que es lo que va a pasar.

De verdad tengo miedo Odín, continuó después de un largo silencio. Esto


no me ocurría desde que era una adolescente, pero en esa época sólo veía
lugares muy hermosos, llenos de animales preciosos y flores extrañas y
hermosas que nunca he visto en la realidad. Oía música muy delicada que
no sabía de donde salía ni veía tampoco quienes la interpretaban. Me sentía
feliz, y a veces triste cuando se terminaban los sueños, porque para mi las
visiones eran pura felicidad; pero dejé la adolescencia y durante algún
tiempo no volví a ver ni a oír nada. Pero ahora es muy diferente. Las
personas que veo tienen expresiones de dolor y el paisaje donde se
encuentran es desolado y árido, a veces la música es fúnebre, muy triste.
Tengo miedo Odín.

-No te preocupes Clarabella, todos tenemos malos ratos, ya se te pasará.


Prepárate que ya casi tenemos que salir. Voy a mirar como estamos de
público.
¡Demonios, qué soledad! Si se salieran los tigres a buscar comida no
tendrían a quien comerse. Se morirían de hambre los pobres.

Regresó donde Clarabella que seguía alisando su barba con la mirada fija
puesta en un lugar indefinido.

Mujer, le dijo, no te afanes, no hay espectadores, bueno, si hay algunos,


pero son muy pocos. Así no provoca trabajar, uno no...

Ahí están de nuevo, Odín, fue la respuesta de ella. Están de espaldas, no


dicen nada, todo lo que hacen es mirar una cosa que no veo que es, algo que
está muy lejos, se voltean ahora a mirarme... Si tú los vieras Odín, son las
caras mas tristes que puedan verse. Uno de ellos me dice algo que no le
entiendo, muestra algo que no tiene forma clara, que está lejos, en una
llanura. Ahora veo que es un cementerio, feo y descuidado... ¿Qué querrán
decirme?

- No se de quien me hablas, no veo a nadie...Mira bien, no hay nadie


extraño, todos los que estamos aquí somos tus amigos.

-Lo se, Odín, lo se, le dijo y se levantó camino de su carreta.

-¿Que le pasa a ella, Odín? Parece que camina sin ver por donde anda.

- No se que será Aparecido, dice un montón de cosas raras, que ve personas


muy tristes que le hablan cosas que no entiende, que ve cementerios, y
cosas así.

-¡Dios de todos los cielos! dijo Aparecido santiguándose, es mejor que le


hagamos caso a todo lo que diga. Son premoniciones que tienen algunas
personas en esta época, quiero decir cuando se acercan las fiestas de San
Dímas. Siempre resultan verdaderas las cosas que ven o que oyen, los
cementerios no son nada bueno. Date cuenta Odín que las gentes tristes
que ella ve, pues están tristes porque tienen alguna pena, y...

-¿Tambien tu crees en esas cosas Aparecido? ¿Será por eso que te llaman
Aparecido, como a los espantos? Lo que le ocurre a Clarabella es que está
enferma, debe tener fiebre o algo parecido. En unos días estará bien. Le
preguntaré a Xú si tiene algún medicamento para tratarla.
-No Odín, no es eso, no es que ella esté enferma y por su enfermedad vea
cosas raras, replicó Aparecido. Debemos irnos de este pueblo lo más pronto
posible. Pueden suceder cosas malas para todos, es mejor creerle.

Los interrumpió Zaratustra que con su voz aguda les pedía prepararse para
salir, en pocos minutos empezamos les dijo. ¡Apúrense!

- Zaratustra, escúchame, no vale la pena que salgamos todos, no hay casi


público, los parroquianos que hay pueden contarse en los dedos de una
mano y sobran dedos.

-Todos tenemos que salir Odín le contestó , el público tiene que recibir lo
que pagó.

Doscientos noventa y ocho, doscientos noventa y nueve, y trescientos


pesos. Ahí tiene caballero su premio completo, sin que le falte un solo
centavo. ¿Cómo me dijo que se llama? Ya recuerdo: Francisco. ¡Que
disfrute mucho la plata!, úsela bien, y sobre todo, señor cómprese una
buena silla de montar que eso de andar montando en pelo no le queda bien a
un caballero tan distinguido como usted, y además es incómodo, se le
maltrata el trasero, ¿no es cierto caballeros? les preguntó Eudora a
Zaratustra y a Mardoqueo y a un gran grupo de curiosos y de invitados que
miraban en silencio la ceremonia que la mujer había organizado para
entregarle el premio al maestro.

Invitó a sus vecinos y a otros no tan vecinos. Hizo participar a los


transeúntes, a las vivanderas de la plaza de mercado, a los campesinos que
venian a mercar, a los niños que jugaban en la plaza con los escarabajos
dorados, a los escolares que a esa hora de la tarde regresaban de sus clases,
a las mujeres que iban a entregar las ropas que habían lavado en el río
cercano; al alcalde con sus secretarios y demás funcionarios de importancia;
a sus amigos políticos, a los acólitos y a los sacristanes de todas las iglesias
de Pueblo de Santos, al comandante de la guarnición militar con sus
soldados vestidos de gala, a Deseada vestida toda de negro, y a su marido
el hotelero Jeremías que vestía saco verde y una corbata amarilla con
lunares negros. También invitó a un cura gordo, calvo y de ojos extraviados
que era el único párroco que quedaba de todos los que hubo en el pueblo,
porque los demás huyeron perseguidos por los sublevados que juraban ser
ateos y enemigos de la religión por la gracia de Dios, y al que perdonaron la
vida porque demostró ser padre de varias criaturas que iban a quedar
huérfanas si él moría, y además por que juró lealtad eterna a la
revolución.

También estaban Aparecido montado en su enorme mula y algunos de sus


compañeros de andanzas, y los artistas y ayudantes del circo más grande del
mundo que estaban tratando de motivar a la gente para que asistiera a las
funciones, y por eso vestían las ropas de gala con que salían a la pista, y
paseaban montados en los elefantes, camellos, dromedarios y caballos, y no
faltaba Leónidas que llevaba un enorme tigre atado con una cinta de seda de
color rosa, y el hombre fuerte que levantaba a los niños que antes jugaban
con los escarabajos dorados para que pudieran ver bien la ceremonia de
entrega del premio.

Aprovechó Eudora la ocasión para agradecer a los asistentes su


participación en tan importante acto de entrega del más alto premio que
jamás había entregado su extraordinaria lotería, cuyas utilidades estaban
destinadas a la conservación de la Capilla de los Negros, y también para
recordarles que daría un premio de cien pesos, de inmediato, en monedas de
plata, a quien devolviera la imagen de San Dímas o le dijera donde
encontrarla, y además le daría, como premio adicional... Un fuerte temblor
de tierra interrumpió su perorata, e hizo que todos se dispersaran entre
gritos, oraciones y ruegos al Altísimo para que se apiadara de ellos.

En la desolada plaza sólo quedaron el maestro y Mardoqueo montados en


sus caballos, y Zaratustra, que jinete en su enorme dromedario, soltaba
maldiciones una tras de otra en un dialecto del Indostán.

Volvieron grupas y se encaminaron al circo porque Zaratustra deseaba que


ellos participaran en la función como invitados de honor, y porque quería
saber si sus amigos los leones, a los que oía rugir a la distancia, se
encontraban bien. En el camino encontraron un cornaca maltrecho y
lacrimoso que los detuvo y con tristeza les dijo que buscaba a su elefante
que asustado por el temblor lo había derribado y huido sin que nadie
conociera el rumbo por el que había partido.

Ya lo encontraremos le dijo Zaratustra, los elefantes no son como los


pájaros: no desaparecen en el cielo. ¿Cuál de ellos es?
-Fierabrás, señor. Usted lo conoce, es malgeniado y agresivo. ¡Ojalá no
ataque a nadie!

-Lo buscaremos al amanecer, muchacho, ya estará calmado. Sube le dijo


indicándole el anca del dromedario, e hizo arrodillar al animal para que
montara el cornaca.

-Zaratustra, ¿me harías un favor?

-¿Que quieres Mardoqueo?

- Quiero ser amigo de Primavera.

Conversaban en el gran patio en medio de los olores de orines, estiércol,


perfumes y aromas de los afeites de los artistas y el olor penetrante de las
frituras que preparaba el cocinero chino que cantaba una canción alegre en
su idioma, llevando el ritmo con un enorme cucharón de madera.

-¿Quien es? Cuéntame todo lo que sepas de ella.

- Es poco lo que sabemos de Primavera. Es una gitana...

- Pero dime: ¿es casada? ¿Tiene un enamorado? ¿De dónde es?

- Muy poco sabemos de ella y de su hermana; se nos unieron en un puerto


de Centro América hace unos meses cuando estábamos listos para
embarcar. Traía sus trajes y sus caballos; Ángelo la vio actuar y lo dejó lelo;
la contrató de inmediato. Puso ella como condición que la acompañara su
hermana menor que no sabe actuar pero es una maravillosa bordadora y
costurera, nos ayuda a todos con los trajes. Circe las aprobó sin discusión
apenas habló con ellas, dice que la buena suerte anda de su mano, que son
una especie de ángeles.

-¿De ángeles, dices?

-Bueno, eso lo dice Circe.

-¿Pero no sabes más de Primavera?

Ni ella ni su hermana cuentan nada sobre sus vidas, son un misterio.


Cuando se les pregunta responden con evasivas; el mundo del circo es un
mundo muy diferente del mundo en que ustedes viven; a los artistas los
recibimos sin preguntarles mucho, sólo nos interesa que sean buenos en su
oficio. Cada cual vive su vida a su acomodo. Ten cuidado amigo
Mardoqueo, esa muchacha también puede ser el mismísimo diablo si la
provocas. Un trapecista ruso que ya no está con nosotros se enamoró de ella
tan pronto como la vio, la buscaba a toda hora, le ofrecía regalos que ella
rechazaba, hasta que un día quiso obligarla por la fuerza a ir con él a su
carreta. Fue el día en que llegamos a la capital; apenas estábamos
acomodando nuestras cosas en las carretas cuando oímos los gritos de
socorro del hombre; ella lo perseguía con una enorme navaja con la que le
habría quitado la cabeza si lo alcanza. Lo salvó su destreza como trapecista.
Estaba transfigurada; no sabíamos si era un ángel vengador o un demonio
maligno. Gritaba en su lengua palabras que sonaban como latigazos, habría
podido matar al hombre con ellas si las hubiera entendido. Sólo Clarabella
a quien quiere mucho pudo calmarla y llevarla a su carreta. El hombre
anocheció pero no amaneció en el circo, no se despidió de nadie, ni nadie
dio razón del caminó que tomó; no se llevó todas sus cosas, parece que para
no tener trabas y correr mas rápido decía Odín. Desde ese día nadie la
requiere de amores, ni tampoco a su hermana Alegría. Todos las queremos,
son delicadas y alegres, pero reservadas.

-No importa todo eso, Zaratustra. Quiero nada más ser su amigo, no la
pretendo de amores, sólo quiero saber... Se quedó en silencio porque no
deseaba que nadie supiera que la buscaba para que le confirmara que los
ángeles existen; eso era todo lo que quería saber, para nada más la quería,
bueno si, para que le confirmara además que los ángeles que él vio y con
los que conversó en su niñez no fueron cosa de la imaginación de un niño
solitario que quería tener amigos. Estaba seguro de que ella era un ángel, y
si no lo era pues quería que ella misma se lo confirmara con toda claridad,
aunque a veces ellos le dijeran mentiras piadosas para no hacerle pasar
malos ratos cuando hacía preguntas difíciles; quería de verdad saber si
terminaban transformados en personas comunes y corrientes, ordinarias y
vulgares como le dijo una vez su padre, o regresaban al cielo sin cambiar
para nada. Sí, si era un ángel también quería preguntarle porque no
volvieron a visitarlo cuando era niño a contarle esas historias tan hermosas
que le contaban antes de dormirse, y para que le dijera los finales de varios
cuentos que no terminaron de contarle porque alguien, casi siempre su
madre, se presentaba a interrumpirlos.

- Está bien, gracias por todo, pero te repito que nada más quiero hablar con
ella, ser su amigo.
¿Cuando se marchan, Zaratustra?

No lo se, amigo, Francisco, pero será pronto, este pueblo no da para una
función más. Apenas vienen unos cuantos que no dejan ni para los gastos.
Ya los artistas no quieren actuar, no les agrada hacerlo ante un público tan
escaso, y sin paga además; y los animales parece que estuvieran en las
mismas porque se han vuelto rebeldes y cuesta trabajo hacer que
obedezcan. Los dromedarios son los peores; tenemos que castigarlos para
lograr que se arrodillen para montarlos y escupen sin la menor provocación.

-Quédense a la función caballeros y a comer algo. Me siento mejor cuando


actúo frente a los amigos les dijo Zaratustra, les presentaré a todos mis
compañeros, verán que son estupendos. Ustedes dos, agregó, dicen que van
camino de la mar, vengan con nosotros, hay sitio en los camiones y en las
carretas, sólo es cosa de que le paguen algún dinero a Ángelo, ya lo hemos
hecho otras veces con personas que necesitan viajar.

- Me agrada la idea le dijo el maestro, pero mi caballo ¿qué hago con él? No
quiero venderlo, además no se que pueda presentarse más adelante, puedo
necesitarlo.

- No se preocupe, también hay lugar para él.

Marcharon en silencio camino del hotel. Francisco Javier en el bicho que


como siempre caminaba con paso lerdo, y Mardoqueo en una yegua
barrigona y tranquila. Cada uno con sus pensamientos que parecían tristes
por las expresiones que llevaban. No habían hablado mucho desde que
dejaron el circo después de la función. Estuvieron de acuerdo en que no
estuvo tan alegre como la de la noche anterior porque todos los artistas,
hasta Zaratustra, actuaron como si estuvieran cansados o no les importara si
el público disfrutaba o no del espectáculo. Pero era que aunque la noche era
despejada, llena de estrellas y habían disfrutado de la reunión con los
artistas y de la comida que les ofreció el cocinero chino, no podían quitarse
de encima el olor de flores muertas que los alcanzó cuando empezaban a
trepar la empinada colina en que estaba el hotel.

-¿Sientes el olor, Mardoqueo?


- Si. Es el olor de flores de muchas clases, pero cuando están muertas. Me
recuerdan los funerales. ¿De dónde vendrá? Por aquí no hay casas, ni gente
alguna se ve.

- No se de dónde vendrá, pero a mi también me recuerda cosas tristes.

Se habían detenido a una orilla del camino porque vieron bajar por la
estrecha vía una larga procesión de personas que se alumbraban con cirios y
rezaban oraciones de difuntos. Traían con ellos siete ataúdes negros,
desocupados según pudieron ver desde sus cabalgaduras cuando pasaron a
su lado. Unas personas cargaban los ataúdes, otras sus tapas, y algunas más
llevaban coronas enormes de flores de muchas clases que les dejaron su
olor triste pegado a las ropas.

El maestro los dejó pasar mientras improvisaba en silencio una oración en


la que pedía por las almas de los fieles difuntos, Mardoqueo con su
sombrero de pelo en una mano preguntó a una mujer para donde iban.

-Para el otro lado del río, a enterrar a los muertos que quedaron de un
combate, respondió ella. Si lo dejamos para mañana se nos adelantan los
gallinazos, siempre llegan con la primera luz del día.

¿Eran sus parientes?

No. Fuimos a verlos hoy en la tarde y nadie los identificó. No sabemos de


dónde vinieron, sólo sabemos que pelearon y se mataron unos a otros. Casi
siempre es así. Esos hombres andan de un lado para el otro, a veces vienen
de muy lejos, buscándose los unos a los otros, quiero decir los soldados a
los rebeldes y los rebeldes a los soldados; cuando se encuentran se dedican
a matarse sin contemplación. Eso fue lo que pasó hoy al amanecer cuando
se encontraron en la otra orilla del río y duraron peleando como cuatro
horas. Ahí dejaron botados los muertos de los dos lados.

¿Pero ustedes por qué los entierran?

Somos de la Cofradía de la Paz Eterna, creemos que ningún hombre tendrá


paz en la otra vida si no es enterrado. Todos debemos volver a la tierra de
donde salimos. Perdóneme, señor, pero es que mis compañeros ya se fueron
y no quiero quedarme sola. El camino es... Buenas noches, caballeros.
¡Maldita sea. Estoy perdido otra vez! Caminó hasta el cruce de dos
corredores pero no encontró cosa alguna que le indicara el camino hacia la
oficina de Jeremías; no vio más que puertas cerradas, todas iguales, y un
corredor semejante a todos los que ya había recorrido. Sin saber como se
encontró de nuevo frente a la puerta de su habitación en la que había dejado
su maleta lista para marcharse.

Se sentó en la cama y se quitó el sombrero que puso sobre sus piernas


porque tenía miedo de olvidarlo como ya le ocurrió otras veces. Recordó
que su madre lo regañaba cada vez que perdía un sombrero, y le decía que
si era que le sobraba la plata para andar botándolos, que mejor usara esa
plata para comprarse un vestido, porque los que tenía ya brillaban de tanto
darles plancha, y... ¡Carajo!, a buena hora me entra la nostalgia y me pongo
a recordar a mi madre, cuando lo que me importa ahora es ver como salgo
de este desgraciado hueco lo más rápido posible; sino no viene alguien a
ayudarme empezaré a gritar como un loco. Se acomodó el sombrero
ayudándose de un espejo de cuerpo entero, desconchado que colgaba de un
clavo oxidado que le devolvió la imagen de un hombre un poco gordo, alto,
con cara redonda, piel morena, con una barba de dos días, y expresión de
aburrimiento. Hoy no me parezco mucho a mi le dijo al espejo y se
acomodó el sombrero.

Acomodó su sombrero de varias formas, pero no lograba encontrar la


imagen que tenía de si mismo cuando salió de su casa camino de la mar.
¡Demonios! Hace cosa de una semana que me vine del pueblo y ya no soy
el mismo. ¿Cómo seré cuando llegue a la mar?

¡Mierda! Ya no me parezco a mi mismo. ¿Cuantos días llevo por fuera de


mi casa? Ya ni se. Se puso el sombrero sin preocuparse más de como se
veía, y se llevó las manos al cuello buscando una corbata roja que había
desaparecido desde que dejó de ser alcalde, se abotonó el saco y volvió a la
puerta dispuesto a gritar para que alguien lo ayudara a salir.

Casi corrió a abrazar a Deseada cuando la vio venir por uno de los
corredores, estirada como siempre, toda vestida de negro, con un atado de
ropas debajo de su brazo derecho y un papel en la izquierda; pasó por su
lado sin mirarlo ni responder a sus buenos días. ¿Qué más puedo hacer que
seguirla? Tomó la maleta y caminó detrás de ella. De todas maneras esta
bruja me sacará de aquí así me tarde todo el día.
La mujer abrió la puerta de una habitación y volvió a cerrarla de un golpe
antes de que Mardoqueo pudiera volver a hablarle. La escuchó pronunciar
frases que no pudo entender y supuso que la cosa esa como la llamaba
desde que la conoció, estaba rezando y preparando la habitación para algún
huésped del que se compadeció sin conocerlo.

Esperó recostado a la pared con la maleta a sus pies y el sombrero en la


mano. Miraba a todos los lados esperanzado en que apareciera alguien que
lo ayudara porque la mujer no daba muestras de salir. La oía trajinar y
hablar cada vez más fuerte, pero seguía sin entenderle lo que decía; por
momentos le daba la impresión de que hablaba con alguien, y en otros creía
que estaba rezando.

¿Voy camino de la mar? Pues si Dios no se apiada de mi no voy a llegar ni


al río. Ya llevo como dos horas esperando a que la cosa salga de ahí, pero
parece que se quedará a vivir en esa cueva que... El portazo lo volvió a la
realidad. Deseada salió como si el mismo Satanás la persiguiera, apenas le
dio tiempo de coger la maleta y salir detrás de ella que como antes no le
dijo nada. Oía su taconeo en el piso de madera y la veía caminar muy tiesa,
como si se hubiera tragado una varilla de hierro que le impedía hacer
cualquier movimiento gracioso o delicado como haría cualquier mujer, así
fuera tan fea como ella.

Caminaron un buen trecho por los largos corredores y sólo después de un


largo rato se encontraron de pronto ante el escritorio de Jeremías que se
abanicaba con una revista vieja y descuadernada mientras canturreaba una
canción de cuna.

-¡Ola, señor Mardoqueo! Lo veo cansado, ¿ le pasa algo?

-Es que, le respondió agitado, llevo media mañana, o algo más, tratando de
salir de esos malditos corredores, y ella, señaló con la barbilla a Deseada
que estaba parada al pie del escritorio, me hizo caminar por todas partes con
esta desgraciada maleta. Gracias a Dios ya me voy, y si usted me da la
cuenta.

-¡Que lástima, señor Mardoqueo! Se va ahora cuando empiezan las fiestas


de San Dímas; la habríamos pasado muy bien, ya empiezan a llegar otros
visitantes. El señor Francisco también se marchó; hace un buen rato estuvo
aquí para despedirse, le dejo razón de que lo espera en el circo; parece que
se cansó de esperarlo.

- Gracias por todo.

- Voy a traerle la yegua amigo, con esa maleta y este calor no llegará muy
lejos a pie. Un muchacho lo acompañará para traer otro huésped. Espéreme
un momento.

- Si, vaya tranquilo.

Se quedó en compañía de la mujer que seguía parada al pie del escritorio


restregándose las manos como si tuviera frío, apoyándose alternativamente
en cada pie con lo que parecía que estuviera danzando con un ritmo que
sólo ella escuchaba.

-Señor, le dijo depronto Deseada, ¿quiere hacerme un favor?

¡Dios! ¿En que irá a meterme la cosa esta? Se demoró un poco en


responderle, era mejor tomar las cosas con calma, y ella no mostraba cara
de estar tranquila y a lo mejor...

-Dígame, señora, ¿de que se trata?

-¿Ha oído hablar de San Dímas?

- Si. Su marido es devoto de él y me contó la otra noche su vida, obra y


milagros y me dijo que su imagen está perdida, y que si no aparece se van a
presentar problemas porque no podrán hacerle su fiesta como debe ser.

- Yo se donde está, y lo que le pido es que lo entregue sin decir nada, que
nadie sepa donde estaba. Tome, entréguelo a esta persona; le dio un
papelito, ahí está el nombre, todo el mundo la conoce en el pueblo, el
muchacho que lo acompañará al pueblo sabe donde vive, dígale que le
entregue la recompensa, es para usted.

-¿Y donde está?

-¡Mírelo!. Corrió una cortina sucia y desteñida que estaba detrás de ella y le
mostró una maleta enorme amarrada con rejos fuertemente anudados, como
si quien lo metió ahí tuviera miedo de que se escapara.
-Oiga, señora, ¿usted se lo...

- Si. Yo me lo robé. Lo detesto. No es otra cosa que un monigote que no


sirve sino para que la gente haga bacanales y se emborrache. Lo devuelvo
para no causar más problemas; los devotos de ese sujeto son capaces de
acabar con el pueblo sino aparece. Sáquelo antes de que regrese mi marido
y escóndalo entre las matas. Que le vaya muy bien. Tome esto es para
usted, por el favor. Le entregó un hermoso escapulario que por su tamaño
parecía destinado para uso de un religioso que quisiera mostrar su fervor
por la Virgen, y no para un laico que poco o nada creía en cosas religiosas.

Guardó el escapulario en el bolsillo interior del saco, tomó la maleta con el


santo y la colocó al lado de la suya. No se preocupe le dijo a la mujer, no
tengo porque decirle nada a su marido si es que pregunta algo.

Entre su maleta y San Dimas coparon la capacidad de la yegua de modo que


tuvo que resignarse a caminar hasta el pueblo. Se despidió de mano del
hotelero y su mujer que lo acompañaron con la mirada un buen rato desde
la puerta. Ella preocupada porque él podría no entregar al santo y hacer que
los temblores fueran más fuertes, o que sus devotos crearan problemas, y él
un poco triste por que era un huésped que perdía y además un alegre
compañero de tragos. Por su lado Mardoqueo iba casi alegre; seguiría hasta
la mar con el circo, y tendría la oportunidad de hablar mucho con Primavera
y aclarar muchas cosas.

-Muchacho, ¿cómo me dijiste que te llamas?

- Eustaquio, señor.

-¿Que haces?

-Vivo de trabajitos como este de acompañar viajeros, hacer mandados, y a


veces ayudo al cura a limpiar las iglesias.

- Sólo con la limpieza de iglesias tendrás trabajo para el resto de tus días,
eso creo según las que veo ¿Cuántas son? Digo las iglesias, están por todas
partes.

- Ochenta y cuatro señor, incluyendo las capillas. Pero la mayoría están


cerradas porque no hay curas que las atiendan. No queda sino uno, el padre
Almendrales que apenas alcanza a decir una misa al día, y el resto del
tiempo se la pasa en entierros, matrimonios, en enseñar la doctrina, y cosas
como esas. Además es poco lo que el cura recoge por limosnas, así que no
siempre puede pagarme por asear las iglesias, Es una lástima que pase eso,
señor.

-¿Que pase qué muchacho? le pregunto Mardoqueo que se había distraído


pensando en como se presentaría a entregar el santo.

-Que tengan cerradas las iglesias, señor. Cuando estaba abiertas no pasaba
semana en que no se celebrara una fiesta de algún santo, o de una virgen, o
de varios de ellos juntos; venían romerías de muchos pueblos, y también
venían muchos curas a ayudar en las celebraciones, a veces se juntaban aquí
cuatro o cinco obispos. Teníamos trabajo todo el tiempo. Ahora a esto se lo
llevó el mismo diablo que parece que sacó corriendo a los santos y a los
curas. No hay sino combates y muertos por todos los lados. Es que antes
todo era calmado, las peleas eran por bobadas y no pasaban de unos golpes,
y cada semana, según el santo, o la virgen a los que se les celebrara la
fiesta, había milagros. Las personas enfermas se sanaban; los paralíticos
caminaban, los mudos hablaban, los ciegos veían, pasaban muchas cosas
como esas, porque cada santo tiene su especialidad. Cada uno cura una
enfermedad, o ayuda encontrar las cosas perdidas, o hace que uno se gane
la lotería o se encuentre un tesoro, o que el que no tenga pareja la
encuentre. En fin, de alguna manera los santos nos ayudaban, pero ahora...

Caminaba al lado del muchacho que llevaba de cabestro la yegua que


cargaba con su maleta y con San Dimas y parecía tener cara de satisfecha,
no por la carga liviana que llevaba, sino por no tener que cargar a
Mardoqueo a quien ya había soportado en varias ocasiones. Le escuchaba
ahora con atención la historia que contaba sobre una iglesia que fue
construida por un grupo como de cien hombres que perdieron una apuesta
en un juego de cartas. Les ganó la apuesta a todos, uno por uno, y también
en grupo, un sujeto a quien nunca vieron antes en el pueblo que tenía
apariencia de no ser capaz de matar una mosca pero que mostró estar lleno
de dinero. Apostaron todos contra él. El juego consistía en que ganaba
quien sacara la carta más alta que cada uno tomaba de la baraja Si él
ganaba, ellos debían trabajar tres años continuos, sin paga, en la
construcción de una capilla consagrada al santo que quisieran, si perdía, le
daría al ganador una libra de oro en polvo. Y mire, señor, todos perdieron a
pesar de que entre ellos había tahúres profesionales. Le dijeron al sujeto que
era tramposo, que la baraja estaba marcada, que era prestidigitador, pero él
se las entregó para que la examinaran, y los dejó que barajaran, y hasta hizo
que otro sacara por él la carta cuando le correspondía hacerlo, y ni aún así
le ganaron ni siquiera en una ocasión.

-¿Quien era el sujeto, muchacho, el que ganó?

- Nadie lo supo, señor, por más que lo averiguaron nadie dio razón ni
grande ni chica de él, aunque algunos decían que era mismo diablo, pero el
diablo no hace capillas, y otros decían que era un santo que quería castigar a
los jugadores que juegan por dinero. Los hombres que perdieron
cumplieron su parte y construyeron una hermosa capilla que dedicaron a un
santo que no recuerdo ahora como se llama, pero casi todos murieron en
una pelea entre ellos. Pelearon cuando terminaron la construcción porque
no pudieron ponerse de acuerdo en a que santo iban a consagrarla. Un
obispo intervino, y aunque le costó mucho trabajo logró poner de acuerdo a
los sobrevivientes que no fueron muchos según dicen, para que fundaran
una cofradía y ahora se dedican a mantener la capilla sin hacer nada más
que eso.

- Pero mire, señor, esta es la casa de la señora Eudora, la que usted busca.
¿Quiere que la llame?

- No, yo lo hago, espérame en el parque. Se acercó a la puerta de la casa


que le indicó Eustaquio, pero cuando se disponía a golpear la puerta con un
enorme llamador retiró la mano como si fuera a quemarse. ¡Mico hijo de
puta! ¿A que imbécil se le ocurriría hacer un llamador con cara de mico?

- Muchacho, gritó, llama tú.

- Señora Eudora, el señor la busca.

-¿Que desea, caballero, acaso quiere comprarme unos billetes de lotería?

- No señora, quiero entregarle algo que me encontré. Ahí tiene a su santo, a


San Dímas, le dijo señalándole el envoltorio que había recostado a una
pared.

-¡Dios de cielos y tierra! ¿Donde lo encontró?

- Sin preguntas, señora, sin preguntas. Lléveselo y guárdelo pronto, no sea


que vuelva a perderse. Ah, y de regreso traiga la recompensa, y dígame una
cosa: usted dijo que ademas de la recompensa daría un premio adicional.
¿En que consiste?

- Es una réplica pequeña de San Dimas, se la traeré en seguida.

Gracias, señora, que San Dimas la guarde.

- Toma tu propina Eustaquio, y quédate con este San Dimas que me regaló
la dama, que a mi para nada me sirve.

- Nos vamos esta noche, Zaratustra, avisa a todos que se preparen.

- Si, señor Ángelo, ¿para dónde nos vamos?

- Ya lo sabes. Vamos camino de la mar.

- Estamos lejos de ella me dicen, y los caminos son malos.

- Si, así es, pero si viajamos sin detenernos mucho estaremos en la capital
de la provincia que está a la orilla de la mar antes de que empiece la
temporada de fiestas. Tal vez así nos desquitemos. Me cuentan que es la
época en que llegan más turistas, porque celebran las fiestas de la santa
patrona, también hacen reinados de muchas clases y llegan personajes muy
importantes.

-¿Quien le contó todo eso señor Ángelo?

- Aparecido me lo dijo. A él se lo contó uno de sus hermanos que estuvo en


una oportunidad en la capital de la provincia vendiendo mercancías a los
turistas. Las fiestas duran como un mes; se baila y se celebra día y noche,
sin parar.

-Ángelo, Fierabrás desapareció, salió huyendo cuando tembló. Envié varios


hombres a buscarlo pero parece que atravesó un río y se metió a la selva.
Nadie da razón de él.

- Tendremos que dejarlo. Debemos irnos esta noche, a más tardar al


amanecer.
-¿Vienen con nosotros tus amigos?

- Si, también van camino de la mar. Pagarán algún dinero por el transporte
y el alojamiento, y pueden ayudar en algunas labores, con eso no tendremos
que contratar a tanta gente en los pueblos.

-¡Maldita sea! Otra vez la lluvia que no para, y la carretera que parece
trazada por un borracho. Una curva tras de otra, y no llegamos a ninguna
parte. ¿Será, Zaratustra, que en este país los pueblos caminan? Tiene que
ser así; van adelante de nosotros, caminan más rápido, y creo que a veces se
esconden en la selva para que no los veamos. ¿Cuantas horas llevamos
viajando?

- Como diez, Ángelo, le respondió al tiempo que miraba el reloj de oro que
llevaba colgado del cuello pendiente de un hermosa cadena también de oro.
Es que este es un país enorme, por eso no encontramos los pueblos, están
muy lejos el uno del otro. Recuerde que lo mismo nos pasó cuando
veníamos para Pueblo de los Dulces Santos.

- No, hombre, no es igual. Antes veíamos cultivos, algunas casas, gente en


el camino, animales, pero ahora no veo a nadie, ni pájaros se oyen. Sólo
hay selva por todos partes; recuerda que a ratos divisábamos un valle
infinito, pero no se que se hizo.

- Ángelo, tendremos que aguantar y seguir; en alguna parte se acabará la


carretera y espero que sea en una ciudad grande. Si hubiéramos podido
conseguir mapas, pero recuerde que las autoridades nos dijeron que esa era
información reservada, que no sabían si nosotros éramos amigos de los
rebeldes, o de pronto los queríamos para venderlos a una potencia enemiga,
o para... Se quedó en silencio con cara de angustia en el que las arrugas se
le veían más profundas, su nariz más afilada y la piel más transparente. Sin
preguntarle a Ángelo, como lo hacía siempre, tiró de la cuerda e hizo sonar
largamente el pito del camión. El pitazo fue respondido por los otros
vehículos, se extendió por todos los lados, sacudió los árboles e hizo que
cayera una lluvia de hojas que oscureció la carretera y obligó a Ángelo a
detener el camión.

-¡Mierda! No veo nada. ¿Por que diablos hiciste eso Zaratustra?


-Ángelo, porque yo también estoy tan aburrido y confundido como usted,
quería sentir algo diferente. Me siento viajando por un mundo imaginario.
A cada momento tengo la impresión de que ya hemos pasado por el mismo
sitio. Es como si viajáramos en círculos, o peor que eso: que todo es igual.
Todo el día he estado esperando encontrarme un pueblo en una vuelta del
camino, o ver un paisaje diferente, pero nada. Todo lo que veo es igual a lo
que acabo de dejar.

-Ahora entiendo Zaratustra porque la gente de este país se mata en una


guerra interminable según oí decir en Pueblo de los Dulces Santos, es que
lo hacen para no volverse locos. Debe ser más entretenida la guerra que los
obliga a ocuparse en algo y a cambiar de vida a cada rato, así no se aburren,
debe parecerles un juego; seguramente muchos tienen que viajar obligados
por el enemigo, al viajar tienen la esperanza de que encontrarán cosas
nuevas.

Esperaron con paciencia a que terminara la lluvia de hojas que duró casi
hasta el anochecer cuando por fin pudieron volver a ver la carretera. Ahora
la otra lluvia, la de agua, que los acompañaba desde el amanecer cuando
terminaron de empacar y cargaron los camiones, se hizo más fuerte.

- Señor Odín, ¿que pasa? ¿por qué nos detenemos otra vez?

- No lo se, Aparecido. Tal vez un vehículo dañado, o la carretera que se


derrumbó. Anda a averiguarlo.

- Pero señor, no se ve nada, y con esta tormenta... puede alcanzarme un


rayo. Mejor espero hasta que amanezca.

- Está bien, muchacho, tienes razón, de todas maneras con esta oscuridad
nada podemos hacer para arreglar el problema. Tratemos de dormir. Va a
ser larga la noche...

- Pero, señor Odín, ¿quien va a dormir con esta maldita tormenta, y además
sin comer ni un grano de arroz en todo el día...

- Cállate Aparecido, no hables de comida intervino Mardoqueo, que yo


estoy sintiéndome como un faquir, pero a la fuerza. ¿Conocen los faquires?
Ustedes saben, son sujetos que se meten en una urna de cristal y se están
allí días y días sin comer. Yo vi uno que permaneció encerrado con un
montón de culebras durante cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni
beber, y...

- Señor Mardoqueo, tenga calma le cortó Odín, no nos moriremos de


hambre, ni de sed. En los camiones vienen muchos animales que podemos
comernos, y agua para beber no va a faltarnos. Escúchela, no para de caer.

- Carajo, amigos, es que llevamos todo el día viajando, metidos en este


carromato que no ha parado de sacudirse casi sin detenernos ni para echar
una meada, y menos para comer algo, y ahora varados aquí en esta maldita
carretera que parece que no va a ninguna parte, para peor no se oye sino la
tormenta, porque los animales están mudos, si supiera donde estoy me iría a
pie hasta encontrar algún pueblo... Bueno, y si viera algo para saber por
donde debo caminar, y...

Los golpes fuertes en la puerta del carromato los hicieron sobresaltar y


guardar silencio, ninguno de los tres se atrevió a abrirla hasta cuando
oyeron la voz de Clarabella que les rogaba abrir por el amor de los dioses.

-¡Por los mismísimos diablos! ¿Que haces aquí? le pregunto Odín a la


mujer cuando la vio parada frente a la puerta, aterida y escurriendo agua.

-Déjame entrar, por favor, le rogó al tiempo que miraba angustiada para
todos los lados.

La ayudó a subir y con cariño la cubrió con una manta. ¿Que te pasa
mujer? Parece que te persiguiera un batallón de brujas y demonios. Toma
un trago, le dijo entregándole una botella.

Bebió con largueza, pero cuando terminó no le devolvió la botella a Odín,


la colocó en su regazo y la cubrió con sus manos, como protegiéndola. No
dijo nada, ni ellos la interrogaron; todos guardaron silencio. Los hombres
esperaron a que ella se repusiera, y ella esperaba que el licor le diera valor.

- Tienes miedo le dijo Odín después de esperar unos minutos. Se te ve por


encima. ¿Qué es lo que te asusta?

-Son las visiones otra vez; se repiten y se repiten. Son terribles; veo
muertos, muchos muertos, cementerios inmensos, gente que huye,
incendios, todo destruido... Bebió otro trago largo y se envolvió por
completo en la manta.
- Quédate esta noche aquí, Clarabella, hay sitio, y estos caballeros no se
incomodarán.

- No me iría aunque me echaran, le respondió y tomo otro trago.

Mardoqueo no le quitaba los ojos de encima, nunca había imaginado que


pudiera existir una mujer que de verdad tuviera una barba tan espesa, tan
larga y con un color de cobre rojo, que no vio antes sino en el pelo de un
sujeto de su pueblo a quien todos evitaban por suponer que traía mala
suerte. Le formaba ondas, y por momentos a la luz de la lámpara de
kerosene que alumbraba el interior del carromato daba visos morados; sin
dejar de mirarla tomó a su vez un trago largo de su propia botella.

Recordó haberla visto la noche en que fue con su madre a la función del
circo, y recordó también que el hombre fuerte la había levantado sentada en
la palma de su mano, pero creyó en ese momento que la barba era artificial,
un truco de la gente del circo, pero ahora, a un metro de ella, la veía como
se la acariciaba pasándole los dedos a manera de peine.

-¿Te sientes mejor ? le preguntó Odín ofreciéndole un cigarrillo.

- Si, gracias, creo que ya empieza a pasarme el mal rato. Señor, le dijo a
Mardoqueo que le ofrecía un fósforo para su cigarrillo, nunca lo he visto en
el circo, ¿desde cuando está con nosotros?

- Señora, sólo desde anoche. El señor Ángelo me permitió viajar con


ustedes mientras llegamos a la mar. Me llamo Mardoqueo para servirla,
señora. Por su salud, y tomó un trago.

- Gracias, caballero.

- Será larga la noche intervino Aparecido que se aguantaba el miedo a la


tormenta y que no se hacía a la vida de los artistas, que vivían en carretas
estrechas y llenas de humo espeso que lo ponía a llorar como le pasó
cuando fue a ver a Circe para que le dijera su futuro, y ahora era peor,
porque con la lluvia no podían abrir una ventana, pero tal vez fuera mejor
así porque sólo Dios sabe que podía meterse por ella con esa maldita noche,
y en ese lugar...
- Tómate un trago, Aparecido le dijo Mardoqueo alcanzándole su botella,
tienes cara de funeral; así se te hará más corta la noche.

- Señor Mardoqueo es que en estas noches puede pasar de todo. Escuche, ni


los animales se sienten, y es que a mi el silencio me da miedo, quiero decir,
el silencio que sigue después de los truenos.

- Cálmate muchacho le dijo Clarabella, no te va a pasar nada, ni a nosotros


tampoco, hay cosas peores que las tormentas; créeme, yo vengo de una
tierra en que una tormenta como esta nos parecería una simple llovizna, con
ella no se asustaría ni un bebé de brazos, y lo silencios, cuando los hay,
duran horas eternas.

-¿De donde viene? Quiero decir, ¿de dónde es? le preguntó Aparecido

-De la tierra de los hielos, amigo, del norte de la Tierra, le contestó sin
poder evitar un dejo de nostalgia en su voz. Allá las tormentas duran
muchos días, no se puede salir, mejor será decir que no podíamos salir de
las casas durante todos esos días; el viento aullaba casi todo el tiempo,
oíamos las olas del mar cuando se estrellaban contra los acantilados, y eso
que vivíamos lejos de ellos. A veces oíamos romperse y caer los árboles. En
el invierno, cuando todo estaba congelado, escuchábamos estallidos como
cañonazos, era el hielo que se rompía, pero también en ocasiones venía el
silencio que duraba horas y horas; nadie se atrevía a hablar fuerte por miedo
a despertar de su descanso a los dioses. Decían los abuelos que los dioses
descansaban después de pelear muchos días, que eran los mismos días que
duraban las tormentas; sus luchas eran contra los demonios de la mar que
querían quitarles su reino. Los vientos eran las voces de los dioses y de los
demonios que gritaban de furia; y las lluvias eran las lagrimas de las
walkirias que lloraban de angustia, y el hielo se rompía y sonaba como un
cañonazo cuando desde el cielo caía al mar el cadáver de un demonio.

-¡Dios bendito! ¿Eso es verdad? ¿Usted lo vio, señora? ¿Vio a los dioses y a
los demonios cuando peleaban?

- No, Aparecido, no los vi pelear, pero todo es verdad. A veces


encontrábamos en la playa traído por las olas el cuerpo de un demonio; lo
poníamos en una barca y la remolcábamos mar adentro, allí la dejábamos a
la deriva para que sus compañeros lo llevaran a sus dominios y lo
sepultaran de acuerdo con sus rituales. Volvían a la vida tiempo después de
sepultados en la mar, cuando era luna llena, y de nuevo tornaban a la lucha
con los dioses. Así estarán luchando hasta el fin de los tiempos. Los
demonios son enormes, fuertes y hermosos, lo digo porque ayudé a recoger
a varios, y siempre tenían en su rostro una expresión de tristeza enorme,
pero no estaban tristes porque estuvieran muertos. Cuentan los marineros a
quienes ha sorprendido una tormenta en medio de la mar, que ya les dije se
producen cuando batallan los dioses y los demonios, y que han podido
verlos de cerca a bordo de sus naves de guerra, que siempre tienen un
semblante triste y atormentado; dicen que son así porque están condenados
por toda la eternidad a luchar contra los dioses y a perder siempre las
batallas que enfrenten con ellos; saben que perder siempre es el castigo por
su rebelión; quieren ganar la guerra pero no pueden, nunca podrán ganarla,
pero con todo, tienen la esperanza de que si logran invadir el cielo donde
habitan los dioses podrán ser como ellos, pero nunca ganarán. Así será
hasta el fin de los tiempos. A los dioses nadie los ha visto, nadie puede
verlos, nunca mueren, aunque hay quienes dicen que en ocasiones vienen a
la Tierra en forma de seres muy hermosos, parecidos a los que ustedes los
cristianos llaman ángeles.

Ahora fue Mardoqueo quien no pudo evitar un sobresalto, tomó un trago


muy largo, se quedó mirándola y vio en sus ojos muy azules y en su rostro
una expresión de ternura como nunca había visto, o si, recordó, si la había
visto en los ojos de los ángeles que lo visitaban cuando era niño.

Clarabella se quedó silenciosa, con la mirada puesta en la lámpara que


alumbraba la carreta, cerró de pronto los ojos y empezó a declamar con voz
muy dulce una especie de salmo en el que pedía a los dioses misericordia
con las almas de los muertos, y compasión con los demonios tristes.

-¿Quien es Clarabella en verdad señor, Odín? le preguntó Mardoqueo


cuando ella terminó de declamar y se quedó profundamente dormida.

-Una Walkiria, señor Mardoqueo, una amada de los dioses; a veces les
permiten venir a nuestro Mundo, pero como son tan hermosas les ponen
rasgos varoniles para que los humanos no se enamoren de ellas, sólo pueden
ser amadas por los dioses, pero dejemos este asunto así caballeros dijo
Odín, es hora de dormir, buenas noches, se envolvió en una manta y apagó
la lámpara.
- Vuelta a empezar, señor Ángelo, apenas amanece y ya empieza a llover.

- Haz sonar el pito, vamos a seguir, hasta que encontremos un pueblo, o lo


que sea, donde podamos descansar y comer como se debe.

El pitazo largo y estridente retumbó y se fue rebotando por entre las


montañas que se encargaron de amplificarlo y llevarlo hasta los habitantes
de un pueblo, que a esa hora del amanecer lo oyeron pasar por encima de
sus ranchos a los que sacudió y arrancó el techo a algunos; poco les importó
esto porque ya habían oído y visto demasiadas cosas raras como para que
los asustara un ruido que nunca antes escucharon.

Sólo un hombre que montaba un burro y llevaba las piernas cruzadas en la


nuca del animal, se quitó el sombrero deshilachado, hecho de paja
amarillenta, se dio la bendición y dijo: mal día nos espera.

¡Micos hijos de puta! Los veía por la ventana del carromato como se
balanceaban en las ramas de los árboles que había a la orilla de la carretera,
y como, cuando se decidió a salir y ellos lo vieron, empezaron a arrancar
hojas, a lanzárselas y a chillar desesperadamente como si estuvieran frente a
un peligro inmenso.

Chillen desgraciados, chillen ahora que pueden, porque cuando tenga un


arma en mis manos no volverán a hacerlo, o si, chillarán de dolor cuando
sientan los perdigones en las costillas.

-¿Que pasa señor Mardoqueo? ¿ Con quien pelea?

-Con esos mal nacidos micos, Aparecido. Tomó una piedra y se las lanzó,
pero todo lo que logró fue que chillaran más fuerte y arrancaran más hojas
que lanzaban al aire, como si celebraran el mal tino del hombre.

- Déjelos en paz, señor, esos animalitos son inofensivos, todo lo que hacen
es chillar y saltar. ¿Que le hicieron?

-Tu no sabes nada, hombre; andan detrás de mi desde que salí de mi pueblo,
se aparecen cuando menos lo espero. Se presentan en mis sueños, me
producen pesadillas, y en cuanta parte me detengo no demoran en llegar.
Míralos, no paran de brincar y gritar, no es sino verme para que empiecen la
fiesta los malditos.
- Señor Mardoqueo, lo que lo tiene así son los tragos de anoche, tambien yo
estoy mal, y creo que Clarabella y Odín están peor que nosotros porque no
han salido a pesar del ruido de los micos y los pitazos del camión del señor
Zaratustra que no paran de oírse hace buen rato.

-Tal vez sea como dices, Aparecido, pero sea lo que sea, ellos y yo tenemos
una pelea casada, y a la menor oportunidad no dejaré uno solo en este
mundo, todos irán a parar a los infiernos que es donde deben estar.

-Vámonos, señor Mardoqueo que ya empiezan a moverse los camiones,


ojalá lleguemos a algún sitio...

- Si, hombre, a algún lugar donde no haya ni uno sólo de estos hijos de puta.

- Pero señor Mardoqueo, no se olvide que en el circo tenemos un buen


montón de ellos.

- Si hombre, es mi maldita suerte, pero me consuela que están enjaulados, y


si no quiero verlos pues no los veo.

Oyeron, parados en la puerta del carromato, a Odín y a Clarabella que


conversaban en una lengua fuerte y gutural, y sin decirles una sola palabra
se fueron hasta el carro en que viajaba el señor Francisco y subieron a el.

- Allá hay un pueblo señor, Francisco, mírelo, está cerca.

Lo vieron en una vuelta del camino, pero volvieron a perderlo como les
ocurrió antes con Pueblo de los Dulces Santos, y de repente, cuando menos
lo esperaban, ya estaban metidos en sus calles. Se detuvieron en una
gigantesca y desolada plaza de forma cuadrada. Ni un árbol, ni una planta,
ni un hombre ni animal alguno aparecían en ella. Estaba enmarcada por tres
de sus costados por innumerables ranchos que se unían entre ellos por un
largo corredor techado como todos los ranchos del pueblo con hojas de
palmera, el cuarto costado se abría a una llanura infinita cubierta de hierba
rala en la que se veían pequeñas manchas de vegetación más alta. En el
centro de ella vieron una gran cruz de madera ya podrida y atacada por la
carcoma, que a Zaratustra le pareció cuando la vio de cerca que podía
caerse con el menor soplo de viento. No pudo ocultar su sorpresa cuando
vio que en la cruz un pintor que no conocía la anatomía humana, había
dibujado con pintura blanca un crucificado que tenía un cuerpo tan largo
como el madero vertical, pero unos brazos tan cortos que apenas ocupaban
la mitad del madero horizontal, además, los dedos del crucificado solo eran
tres exactamente iguales.

Todos descendieron en silencio de los carromatos y de los camiones,


miraban buscando algo que no sabían que era, y luego, sin saber porque, se
regaron en todas las direcciones. Sólo volvieron a reunirse mucho rato
después cuando Ángelo los convocó con los pitazos de su camión.

¿Que encontraste? ¿ Que viste? preguntaba Zaratustra a todo el que iba


llegando que se había quedado cuidando los camiones y revisando los
animales.

Pues nada interesante contestaba alguno; nada más que ranchos le decía el
otro; todo es igual a lo que hay en esta plaza le contestó Clarabella con la
mirada puesta en uno de los ranchos.

-¿Pero es que no hay edificios? le preguntó Zaratustra a Odín que cansado


y sudoroso descansaba sentado en un enorme baúl y que ya le había contado
lo que encontró en su largo recorrido.

-Créeme, Zaratustra, esto no es más que un mar de ranchos. No se cuantos


kilómetros caminé por una calle infinita, todo es igual a lo que ves. Ni una
casa más grande, ni una más chica, ni una sola que no esté hecha de madera
y paja.

-¿Y la gente? ¿Encontraste gente?

- Si, encontré muchísimas personas, están metidas en sus casas, trabajando.


No encontré a nadie en la calle.

-Por el mismísimo Satanás, Odín, habla claro. Mira, ya llevamos como dos
horas aquí y no he visto a nadie diferente de la gente del circo. ¿Por que no
vienen como en todas partes a curiosear?

- No lo se, pregúntale a Aparecido, quien muy cerca de ellos protegiéndose


del sol con la sombra que daba un carromato, escuchaba la conversación
con cara de duda, como si buscara respuesta a una inquietud, y que con su
brazo derecho abrazaba por la nuca a un burro cabizbajo en el que había
llegado montado.
- Tú, Aparecido, habla, dime que es lo que pasa; eres de este país, debes
saber porque no vienen...

- Pues, señor, supe por lo que vi, que estas personas de aquí se dedican a
sacar oro de un río enorme que está hacia allá, y le señaló la llanura. Eso es
lo que hacen unos, y otros lo trabajan en sus casas, quiero decir que hacen
joyas, algunas de veras muy hermosas, por eso, por andar siempre en su
trabajo, no salen a curiosear, tal vez tienen mucho trabajo por hacer, ya que
no contestaban a mis preguntas sino que seguían en lo que estaban como si
yo no existiera o no me escucharan; tal vez tienen miedo de nosotros, no
saben quienes somos.

-¿Oro? ¿Joyas? No mientas, Aparecido. Ya sabes que los leones y los tigres
no comen desde hace tres días o cuatro días, y cualquier cosa les caerá
bien.

-Cálmese, señor, le juro que le digo la verdad. Mire para allá, para la
llanura, ¿ve ese burro amarrado al camión? Pues lo conseguí junto con este,
andaban por ahí, sin dueño conocido, me fui a pasear en uno de ellos y el
otro nos siguió, es este que esta aquí con nosotros, y así llegué hasta un río
enorme, casi no se ve la otra orilla, y eso que las lluvias todavía no son
fuertes, eso me dijo una mujer que estaba por ahí y que fue la única persona
que me soltó dos o tres palabras. Había una multitud de hombres y mujeres
sacando arena del río y lavándola en unas artesas; la misma mujer me dijo
que buscaban oro, todos estaban en lo mismo. Lo hacían en silencio, apenas
uno que otro susurraba algunas palabras que no se entendían. Un viejo que
encontré cuando venía para acá, y quien debe ser el campeón de los
conversadores de este pueblo, me habló durante dos o tres minutos y me
dijo que tenían que aprovechar ahora cuando el río tiene poco caudal para
buscar el oro, que pronto vendrán las lluvias duras, así dijo, y todo se
inunda y el oro desaparece, es como si fuera el diluvio universal, le juro
señor Zaratustra que todo eso me dijeron.

-¿Y las joyas? ¿De donde sacaste esa historia?

-Pero, señor, créame alguna vez. El viejo me llevó a su casa aunque no me


dejó entrar sino que me hizo mirar por una ventana, y allí estaban su mujer
y sus siete hijos, eso me dijo que eran los hombres que trabajaban ahí;
hacían joyas, muy bonitas por cierto, y el mismo viejo me dijo también
que los que no buscaban oro en el río se dedicaban a trabajarlo en sus
casas. Me vine cuando oí los pitazos, me traje los burros, con estos los
gatos podrán comer algo, hay muchos por ahí, esta noche podemos...

-Todos a trabajar, vamos a quedarnos aquí, los interrumpió Ángelo con voz
fuerte.

-Señor Ángelo, escúcheme, intervino Primavera que acompañada por su


hermana de había detenido a oír el relato de Aparecido, aquí no hay nada
que hacer, ¿quien va a venir a las funciones? Mire bien, únicamente
estamos los del circo, nadie más se ve.

-Cierto Primavera, pero tenemos que descansar, hombres y animales.


Mañana será otro día.

-¿Que hora es, Rosalinda?

- No se, hombre, descansa, nada tenemos para hacer. Ya te diste cuenta, no


vimos a nadie en este pueblo, ni siquiera los niños vinieron a curiosear,
¿para quien preparamos una función?

-No importa mujer, voy a preparar un desfile, eso siempre llama la atención,
no olvides que también tenemos que buscar comida, para todos, hombres y
animales.

- Está bien, Ángelo. Vístete, voy a preparar café.

- Buenos días, Zaratustra. ¿Cómo andan los gatos?

- Inquietos, señor Ángelo. Anoche apenas comieron un poco. Los burros


que trajo Aparecido eran flacos y pequeños. Ellos comieron algo, pero
nosotros... Mardoqueo, el hombre que recogimos en Pueblo de los Dulces
Santos vino a preguntarme hace poco si yo he comido carne de elefante,
quiere saber a que sabe, dice que es lo más atractivo que tiene a la vista.

- Si seguimos así creo que no sólo los elefantes sino el resto de los animales
van a terminar en las ollas de Xú, pero no tenemos con que adobarlos. No
hablemos más tonterías, hombre, vamos a recorrer el pueblo, necesitamos
comer, cualquier cosa me caería bien, ¿Sabes donde anda Aparecido? Ese
sujeto es recursivo, nos ayudará a conseguir comida.
-Anda por aquí cerca, quiere que le prestemos un camello para irse a
recorrer el pueblo y buscar comida, y de paso invitar a la gente a la función.

-¿Un camello?

- Si, dice que esto es un arenal, como el desierto, y que un camello es ideal
para el caso.

- Está bien, que se largue, pero que no vuelva sino trae comida.

- Señor, Francisco, venga con nosotros, ¿que hace todo el tiempo metido en
ese carromato?, va a salirle musgo como a los árboles de la selva, vamos a
recorrer el pueblo, seguro encontraremos algo para comer y sino pues nos
entretenemos y disimulamos el hambre. El señor Zaratustra va a
acompañarnos, y el señor Mardoqueo también viene.

-Tienes razón, Aparecido, traeré mi caballo.

Nadie quiso quedarse, todos empezaron a desfilar detrás del dromedario que
montaba Zaratustra, que llevaba para protegerse del sol un enorme
sombrero verde con una pluma de avestruz, usaba, a pesar del calor enorme,
una chaqueta de cuero negro y botas amarillas que brillaban cuando les
daba el sol.

Lo seguían Aparecido que con dificultad se sostenía entre las jorobas de un


camello llamado Aladino, y Mardoqueo que en compañía de Clarabella
montaban una enorme elefanta que meneaba su trompa para todos los lado
como si quisiera tantear el aire. Venía luego Atlas el hombre fuerte
acompañado por Diábolo que hacía aparecer y desaparecer en su boca una
enorme tira de pañuelos de seda de infinidad de colores; montaban un
elefante enorme vestido con hermosas gualdrapas y adornado con collares
de abalorios.

Francisco Javier montaba su caballo que caminaba con la cabeza más gacha
que de costumbre. Miraba el animal para los lados con expresión de que
todo lo que veía era nuevo para él y daba unos pasos medidos como sino
quisiera excederse en su marcha y conservar las fuerzas. Al lado de
Francisco en hermosos caballos venían Primavera y Alegría vestidas de
gitanas; conversaban en una lengua dulce y cadenciosa que puso pensar a su
acompañante si esa sería la lengua que el monaguillo que había en el
pueblo de donde él venía, decía que hablaban las imágenes que tenían en
un cuarto de la casa cural.

Luego venían los payasos montados en los techos de los carros tirados por
percherones; los trapecistas y maromeros venían a pie seguidos por una
tropa de enanos que llevaban sujetos con cadenas a los micos y a los perros;
Leónidas, el Africano, montado en una cebra hacía chasquear su látigo de
cuero de rinoceronte. Cerraba el desfile un enorme carromato descubierto,
tirado por una pareja de elefantes a quienes Ángelo, que lo conducía,
hablaba con voz suave. Lo acompañaban Vulcano el tragafuegos, Sultán el
traga -espadas, Mab que llevaba una enorme manta de colores cubriéndola
de la cintura para abajo, Odín que iba sin disfraz; Xú que lucía un enorme
sombrero cónico y una sonrisa estereotipada; iba de pie dándole la espalda
a sus compañeros y tenía una mano apoyada en el hombro de Circe quien
iba sentada en una silla parecida a un trono, y a quien le preguntó: ¿ te
dijeron algo tus cartas? ¿Sabes que va a ser de nosotros?

-Nada, Xú, no sé nada. No las he leído en los últimos días, prefiero no saber
que pasará. Se llevó su enorme tabaco a la boca, lo chupó con fuerza y
lanzó una bocanada de humo espeso que formó un remolino, bailó un poco
delante de ellos y luego se alejó con un silbido suave, dejando en el aire un
fuerte olor a orines de chivo.

La larga caravana marchaba por una recta e infinita calle polvorienta a


cuyos lados no se veía otra cosa que ranchos, todos iguales, copias todos de
un único modelo. Por sus ventanas ocasionalmente se asomaban unos
chiquillos flacos, de piel oscura y ojos enormes, que apenas mostraban una
sonrisa y volvían a desaparecer en el interior de las casas, como si algo se
los tragara de repente.

Ni siquiera uno de los músicos que sudoroso y con enorme esfuerzo hacía
sonar un clarín, al que respondían con berridos muy fuertes los elefantes,
lograba que persona alguna saliera a mirarlos.

Sin saber como, logró Aparecido que Aladino trotara y fuera a ponerse a la
cabeza del desfile, tenía la esperanza de encontrar un mercado o un sitio en
el que pudiera comprar comida, pero todo lo que logró fue llegar mucho
antes que los demás a la orilla del río en la que encontró la misma y enorme
muchedumbre de hombres y mujeres que vio en la mañana, que silenciosos,
metidos en el agua hasta las rodillas sacaban arena del fondo, la hacían
girar durante largo rato en las artesas y terminaban por guardar en pequeños
recipientes de barro una escasa cantidad de algo. Un hombre a quien
preguntó que guardaban, le dijo que era oro.

Ninguno de los mineros se dio por enterado cuando detrás de Aparecido


llegó el resto de la enorme comitiva; siguieron en su trabajo como si no
hubiera otra cosa que hacer ni ver en el mundo que los rodeaba. Ni el
sonido del clarín, ni los ruidos de los animales, ni las voces fuertes que
dieron los payasos los distrajeron un momento de su labor. Sólo uno que
otro, cuando se enderezaba para descansar un poco, les daba una mirada
distraída.

Toda la tropa, hombres y animales, ahora en completo silencio, se dedicó a


mirar a los mineros que se convirtieron para ellos en el espectáculo que no
pudieron dar. Salieron de su ensimismamiento cuando Ángelo con voz
fuerte les grito: vuelta a casa. Todos, menos Aparecido, dieron media vuelta
y tomaron camino de la carpa; regresaban por la misma calle polvorienta
que ahora encontraron tanto o más sola que antes porque ni siquiera los
niños se asomaron a verlos.

- Óigame, señora, quiero comprar comida, ¿puede decirme donde


conseguirla? le dijo Aparecido a la mujer que descansaba a la sombra de un
arbusto.

La mujer, que parecía ser alguien a quien no le importaba lo más mínimo lo


que hacían sus compañeros en el río, levantó la cabeza y lo miró
detenidamente como preguntándose de donde habría salido semejante
esperpento, porque el hombre que estaba trepado en un animal que nunca
soñó que pudiera existir le pareció tan extraño como el resto de sus
compañeros. Traía el pelo alborotado, sus ojos pequeñitos estaban rodeados
por enormes ojeras, su expresión era la de alguien que parecía a punto de
desfallecer y parecía sobrarle ropa por todos los lados.

Fumó su enorme tabaco y dejó correr un chorro de humo por entre sus
escasos dientes como si fuera una máquina de vapor y le preguntó: ¿que
clase de comida quiere amigo?

-De todas las clases, señora. Bueno... de la que haya. Cualquiera nos sirve.

-¿Como va a pagar? No me diga que con oro, aquí ya tenemos suficiente, y


le señaló a la muchedumbre de mineros que trabajaban sin detenerse,
tampoco sirve el dinero, quiero decir los billetes y monedas, no hay donde
comprar, ni nada que comprar.

-¡Demonios, no había pensado en eso! Les daremos boletos para las


funciones a quienes nos vendan comida.

-¿Cuales funciones, amigo? ¿de que me habla usted?

-¿No vio el desfile, señora?

- ¿Eso era un desfile? ¿Quiere decir esa manada de locos que estuvo por
aquí hace un rato?

-Si señora, esos mismos, le respondió tragándose el insulto; somos artistas


de un circo, el mejor del mundo, se divertirán montones con los
espectáculos que presentamos.

-Creo que ninguno de nosotros ha visto una cosa de esas, puede ser
entretenida, pero tendrán que pagar con algo más que funciones. ¿Que otras
cosas tienen que puedan servirnos?

-¿Quieren vestidos? Tenemos muchos, tal vez les sirvan; también tenemos
carretas, no se que otras cosas de todas las que traemos pueden servirles,
ah, me olvidaba, tenemos una adivina maravillosa que puede decirles con
absoluta certeza el futuro, y un mago increíble que puede hacer cosas que
nunca se imaginaron ustedes...

-Está bien, amigo, contestó la mujer incorporándose, venga conmigo, pero


usted y su animal irán adelante, no me gusta esa cosa tan rara ¿Muerde?

-No, señora, no muerde, pero si escupe.

Marcharon como ella le dijo: el adelante montado en Aladino, y ella a


algunos pasos atrás indicándole con voces fuertes el camino que debía
tomar. No dejaba la mujer de chupar su tabaco y soltar un humo picante y
espeso que en ocasiones le llegaba a Aparecido que maldecía en voz baja y
se limpiaba las lágrimas con los nudillos de los dedos. Alguna bruja me
echó un maldición y me condenó a morir ahogado en humo de tabaco, pero
algún día voy a...

Deténgase le gritó la mujer, ya llegamos.


Se encontró en medio de inmensos árboles que daban sombra a un grupo de
chozas similares a las que había en el pueblo, pero que estaban protegidas
por una empalizada la que no podía cruzarse sino por una pequeña puerta.

- Deje su animal afuera y venga conmigo.

Le obedeció a la mujer que ahora, vista de cerca, le pareció menos vieja de


como la vio cuando la encontró en la orilla del río, pero también le pareció
más fea y desagradable.

Entraron a un patio de piso de tierra en el que estaban algunas personas que


apenas si respondieron a su saludo y que siguieron trabajando sin tomarlos
más en cuenta. Eran personas en su mayoría jóvenes que no miraban de
frente; parecía que su interés estaba más en no ser tomados en cuenta que
en hacer nuevos amigos.

La mujer abrió la destartalada puerta de una de las chozas y le dijo a


Aparecido: aquí hay suficiente comida, si tiene con que pagarla, claro está,
y le dejó ver grandes sacos de granos, de cajones con frutas frescas, y carne
seca y salada colgada de varas, así como racimos de plátanos en distintos
estados de madurez.

-De acuerdo señora, quiero comprarla, le pagaré como convinimos, cuando


regresemos al pueblo.

Salieron de nuevo al patio, y ella, en una lengua que nunca había oído, les
dijo algo a los hombres que estaban en el patio quienes se apresuraron a
buscar un carromato al que ataron una yunta de bueyes y lo llenaron con
parte de los víveres.

Como antes, Aparecido inició la marcha seguido por la mujer que ahora iba
acompañada de tres de los hombres que encontraron al llegar; ella guiaba
los bueyes puyándolos a veces con una dura vara terminada en una espuela.
Esta vez tomaron un camino diferente al que habían recorrido antes. Iban
despacio, al paso que marcaban los bueyes, y según le pareció a Aparecido
daban un rodeo largo, pero no se decidió a preguntar porque lo hacían.

Ya al atardecer se encontraron súbitamente en la entrada del pueblo, la


misma por donde entraron ese día al amanecer, sólo que ahora en la enorme
plaza estaba la carpa del circo, y en su rededor estaban todos sus
compañeros sentados en silencio, y las jaulas de los tigres y leones
acomodadas alrededor de la cruz, en la que el monigote pintado en ella
parecía más feo y más desgarbado que antes.

¿Por que pondrían los gatos a cuidarlo? Ese sujeto no va a irse para ningún
lado, creo que no tiene para donde, en todas partes, con esa cara tan fea, le
irá mal le dijo Aparecido a Aladino mientras le sobaba una joroba, le
quitaba la silla y le daba las gracias por el viaje.

Fue Mardoqueo el primero en acercarse a decirle a Aparecido que lo habían


buscado por todas partes porque tenían miedo de que se hubiera extraviado,
y le agregó que las pocas personas que encontraron a las que preguntaron
por él, decían que nunca habían visto un animal llamado camello, que el tal
animal era una invención de los forasteros como los llamaron, y menos
creían que hubiera alguien capaz de subirse en semejante bestia, si es que
de veras existía.

Gracias por su preocupación amigo Mardoqueo, me fui a buscar comida,


viene en esa carreta y le señaló el lugar en el que estaban la mujer y los tres
hombres que en silencio los miraban, pero que de pronto empezaron a
hablar fuerte en una lengua que parecía estar hecha más de silencios que de
sonidos; nadie en el circo logró identificarla y quienes la hablaban decían
no saber como se llamaba según supieron días más tarde. Alguien la inventó
hace muchos años le contó un hombre en el río a Mardoqueo, para que los
que hacen la guerra no sepan de que hablamos. Es que todos los que pelean,
le aclararon, vienen a veces a que les demos oro para dejarnos tranquilos, se
los damos y se van, pero necesitamos comunicarnos entre nosotros sin que
los forasteros como ustedes se enteren de nuestras cosas.

Ángelo, Rosalinda, Zaratustra y Aparecido pasaron el resto de la tarde y


buena parte de la noche discutiendo con la mujer el precio de sus víveres,
pero al fin, después de muchas amenazas de parte y parte de deshacer el
negocio, lograron un acuerdo con la entrega de todas las entradas para una
función y con muchos de los vestidos de los payasos, de los trapecistas y de
algunas prendas de las mujeres.

Vendremos mañana a ver el espectáculo les dijo la mujer que no quiso


darles su nombre ni el de sus acompañantes. Si quieren algo más
pregúntenle a cualquiera por La Dueña, soy yo, díganle que quieren verme,
y yo vendré a hablar con ustedes.
La vieron partir en medio de la noche, montada en el pescante de la carreta,
alumbrándose con una lámpara de querosene que logró de ñapa en el
negocio; los tres hombres que la acompañaban iban caminando detrás,
cabizbajos, como si algo los acongojara.

Damas, caballeros y niños dijo Ángelo con voz reposada, como nunca lo
hacía, a la enorme multitud que ocupaba todo el circo, verán ustedes a
continuación el más hermoso espectáculo que nunca imaginaron ver... Hizo
una pausa para esperar a que toda la tropa de artistas entrara a la pista y se
colocara de manera que pudieran verlos a todos.

Tendrán, siguió diciendo, la oportunidad de gozar con los trapecistas y los


malabaristas, con los actos del hombre más fuerte del mundo, verán como
ante sus ojos el mago más increíble que jamás ha existido hace desaparecer
a una bella mujer; se maravillarán con la exótica gitana que danza y se
transforma encima de un hermoso potro, se asombrarán con el tragafuegos
y con el tragaespadas que con sus habilidades desafían las leyes de la
naturaleza, sufrirán con los desplantes de el increíble domador de tigres y
leones que enfrenta el solo estos temibles animales que le obedecen como
si fueran mansos gaticos. Y ahora... que empiece el espectáculo.

Pero la música que sonó fuerte y alegre pareció no decir nada a la multitud
que no aplaudió ni se agitó y continúo en absoluto silencio; todos parecían
clavados a sus sillas, y lo peor: Las expresiones de sus rostros mostraban
total aburrimiento.

-¡Dios de cielos y tierra! gritó Ángelo metido detrás de una cortina, ¿donde
vinimos a caer? ¿tú entiendes algo, Primavera?, ¿ o tú, Clarabella? ¿saben
que pasa?

-Estoy tan confundida como tú le respondió la muchacha, esa gente no tiene


sangre en las venas, debe tener agua, como viven metidos en el río, por eso
son tan fríos. Nadie ha aplaudido una sóla vez; ni siquiera los niños parecen
divertirse...

- Si, así es. Lo que dice Primavera es cierto, añadió Clarabella, pero me dan
miedo, parecen que les hubieran quitado el espíritu...
-Miren les dijo Odín que se había reunido con ellos, ni siquiera la mujer esa
se sonríe, ¿como dijo que se llama? la que nos vendió la comida, parece de
piedra, lo mismo pasa con los tres hombres que andan con ella. Esa gente
no es de este mundo.

-En fin, ¿que importa? dijo un payaso que estaba detrás de ellos, si pagan
bien y llenan la carpa todas las noches pueden quedarse en absoluto
silencio, aunque de verdad hacen falta los aplausos.

-¿Cuando se van? preguntó La Dueña a Ángelo con quien se había reunido


después del función, mirándolo a través del humo oscuro de su enorme
tabaco.

-Mañana.

-¿Por qué tan pronto?, acaban de llegar y ya quieren irse, pueden quedarse
todo el tiempo que quieran. Se lo dijo como si le concediera un permiso
para quedarse.

- Señora, creo que hoy vinieron al circo todos los habitantes de este pueblo,
no queda público para otra función.

- Quien viene y quien no lo decido yo, respondió ella.

-¿Que quiere decir con eso?

- Exactamente lo que oyó. Que yo digo quien viene y quien no viene.


Quiero más funciones.

-¿Está dispuesta a pagar un precio extra si nos quedamos?

-Si, lo pagaré. ¿Cuanto es?

- Venga a mi carreta y negociamos.

- Señorita Primavera, quisiera conversar con usted, será solo un momento,


es que tengo unas preguntas para hacerle, claro, si usted no tiene
inconveniente en responderlas. No se si me recuerda, nos conocimos hace
como tres semanas cuando ustedes estuvieron en mi pueblo, yo era el
alcalde.

- Pues no se, amigo, veo a tanta gente, apenas lo vi ayer cuando llegamos,
no recuerdo haberlo visto antes...

- Eso no importa ahora, sólo quiero que usted me diga si cree que los
ángeles existen.

- Pero, señor, ¿que tengo yo que ver con los ángeles?

- Pues no se muy bien señorita Primavera, pero es que usted tiene algo que
me los recuerda.

- Ahora si que menos entiendo su cuento.

- Mire: es que usted se parece a ellos, yo los conozco bien, aunque hace
bastante tiempo que no los veo; la verdad sea dicha, señorita: no los veo
desde que era un niño, y cuando la vi a usted por primera vez los recordé
de inmediato; creo que usted tiene algo ver con esos seres.

- Señor... ¿como se llama usted?

- Mardoqueo, a su servicio, señorita.

- Gracias por el piropo, quiero decir por llamarme ángel señor Mardoqueo.
Míreme bien, se que soy una mujer bonita y les gusto a los hombres, pero es
la primera vez que quieren enamorarme diciéndome que soy un ángel de
verdad, o que tengo parentesco con ellos, porque es cierto, me lo han
dicho antes como un halago; parece que me lo dice usted con sinceridad,
pero no, sáquese de la cabeza que soy un ser de otro mundo con el que no
tengo nada que ver, o viéndolo bien si tengo que ver: a cada rato les pido
favores a los habitantes de ese otro mundo, si es que existe y no estoy
perdiendo el tiempo pidiendo lo que no van a darme.

- Si uno tiene ojos en la cara pues ve que usted es hermosa, pero eso no es
lo que pretendo decirle, usted ya lo sabe bien, tampoco trato de enamorarla.
Escúcheme un momento, se lo ruego. Cuando yo era niño los ángeles me
visitaban a menudo y me hacían compañía, porque yo vivía muy solo y me
daba miedo la oscuridad; aunque tengo hermanos poco compartía con ellos
que siempre andaban en sus cosas; me contaban, digo los ángeles, historias
maravillosas y en ocasiones me llevaban de paseo por lugares bellísimos,
pero de un momento a otro dejaron de presentarse; no se si fue que hice
algo malo o se fueron a otro lado a ayudar a otros. Mi madre me decía que
cada ser humano tiene su propio ángel, es decir, uno que cuida de él, pero a
ese nunca lo vi, o por lo menos ninguno nunca se identificó como tal; de
veras los extraño, y es que cuando la conocí a usted tuve la sensación de
que es uno de los ángeles que me acompañaron cuando yo era niño, pensé
que volvería a verlos y a conversar con ellos. La verdad es que aunque
usted no sea un ser celestial si se les parece mucho. Escúcheme algo más:
mi padre me decía que él también conoció ángeles, pero que con el tiempo
se vuelven como los mortales comunes y corrientes, es posible que eso
ocurra, y que con el tiempo se olviden de lo que fueron, puede ser que eso
le esté sucediendo a usted, y...

Ella lo miró a los ojos y vio en ellos y en el rostro de ese gigantón la


expresión de un niño confuso que quería que le creyeran su historia. Con
dulzura le tomó las manos y le dijo: Mardoqueo, creo que usted es sincero,
pero créame, le digo la verdad, no tengo nada que ver con esos hermosos
seres. Quisiera ser uno de ellos y volver a hacerle compañía, pero le repito:
soy de este mundo, aunque a veces quisiera no serlo.

Se alejó de Mardoqueo sin decirle nada más, pero cuando desapareció


detrás de la cortina de rayas él volvió a sentir su perfume delicado, y trató,
como otras veces, de recordar inútilmente donde y cuando lo había
sentido.

¡Al diablo con todos estos! Pero... ¿qué puedo hacer? Tengo que salir a
anunciar el espectáculo, si por mi fuera no saldría a darles la cara; es que
parecen de piedra los malditos, se sientan y ponen la mirada en la pista y no
vuelven a moverse, apenas parpadean, es como si estuvieran congelados.
No aplauden, no gritan, no hacen nada, nada; daría lo mismo presentarle la
función a un batallón de momias. Se acomodó el sombrero de copa; en un
espejo desconchado se miró y vio que su corbata de lazo estaba mal puesta,
la dejó así, al fin y al cabo ellos no se iban a dar cuenta de nada. Miró sus
zapatos de charol. Llenos de polvo, no daban visos como cuando estaban
recién lustrados y casi podía uno usarlos para afeitarse, pero ahora… Mejor
los dejo como están.

Abrió la cortina y recorrió con calma el circo con la mirada. Todas las sillas
llenas, hay algunas personas de pie, pero siguen congelados los
desgraciados, tengo que ingeniarme algo para despertarlos... Si le digo a
Leónidas que suelte uno o dos tigres, de los viejos, de los que no tienen
colmillos... No. Mejor no. Pudiera presentarse una desgracia. Tomó aire y
se lanzó a la pista.

Daaamas, caballeros y niños: tengo el gusto de anunciarles la iniciación del


más maravilloso espectáculo que jamás tendrán la oportunidad de ver en su
vida... No dijo más. Para que más. Levantó la mano derecha, hizo sonar un
silbato, sonó una música estridente y un tropel de artistas y animales
invadió la pista.

-¿Cuántos días llevamos en este pueblo, señor Francisco?

-Nueve, amigo Mardoqueo, exactamente nueve. Empiezo a aburrirme; a lo


mejor mañana ensillo mi animal y sigo camino de la mar, creo que llegaré
más rápido en él; de haber seguido mi camino ya estaría cerca, o tal vez no
muy cerca, pero algo hubiera avanzado.

- Si, es verdad. Es que usted y yo no somos más que pasajeros, claro


ayudamos en algo, pero esto no tiene gracia, es que ni siquiera puede uno
irse a conversar con alguien en el pueblo, porque no hablan, o pudiera irse
por ahí a tomarse unos tragos, pero es que ni siquiera tienen un sitio para
eso, todo lo que hacen es buscar oro y hacer joyas, y el espectáculo ya me
lo se de memoria, y... ¿por que no se me había ocurrido?

-¿Ocurrido que, Mardoqueo?

- Buscar oro. Como ellos.

- Pero usted no sabe hacerlo, y además es un trabajo duro, no creo que lo


aguante, no está acostumbrado a esos trabajos.

- No importa. Le pagaré a alguien para que me enseñe, no estoy viejo,


aunque la verdad es que nunca he trabajado al aire libre, siempre estaba
encerrado en una oficina, pero nada pierdo con ensayar. Acompáñeme,
señor Francisco, pruebe usted también. ¿Qué hacemos aquí metidos en este
carromato aguantando calor y soportando los olores de todos estos animales
que a ratos me revuelven el estómago? Ande, ensille su animal mientras yo
hablo con Zaratustra para que me preste un caballo.

Tomaron rumbo al río por la calle central del enorme pueblo. No vieron a
nadie, sólo escucharon unas pocas voces tranquilas que salían de los
ranchos. Les pareció muy extraño cuando al final de la calle escucharon
risas de niños. Era la primera vez desde que estaban allí que oían que
alguien se reía, porque ni los payasos lograron hacerlos reír, y menos lo
logró Diábolo cuando hipnotizó a muchos y les hizo hacer cosas ridículas.
Fue una desgracia para todos. Después de la primera función, cuando vieron
que nadie mostraba siquiera una sonrisa, se reunieron todos y hablaron
durante muchas horas sobre lo que consideraron su fracaso.

En treinta y tres años que llevo en esta profesión, dijo Odín, es la primera
vez que esto me ocurre. ¿Qué hicimos mal? En un espectáculo cuando nadie
aplaude o no se ríe es porque es malo, porque no le agrada al público, pero
aun así algunos aplauden por simple cortesía. Siempre hemos logrado
hacer reír a la gente, en todas partes nos han aplaudido como locos. Pero
ahora, ¡nada!, ¡nada!, no despertamos la menor emoción. ¿Somos nosotros
o son ellos?

Son ellos, Odín, dijo con seguridad un payaso apodado Fulano quien tenía
el papel de imitar voces con las que siempre hacía reír. Salía a la pista
vestido con un estrafalario uniforme militar, y soltaba, al dar una supuesta
orden de combate a un batallón, una vocesita afeminada y débil que hacía
que sus tropas se dispersaran alegando que los llamaban sus madres. Otras
veces hacía burla de Ángelo imitando con exactitud sus gestos y su voz,
frente al público, al tiempo que decía un sartal de tonterías

Pienso igual que Fulano dijo Pompeyo, un gordo que hacía varios papeles
entre otros el de un borracho que se estrellaba contra todo lo que encontraba
en su camino, y luego se deshacía en excusas con los postes, las sillas y los
animales que se llevaba por delante.. Nunca, agregó, he fracasado con mis
números. Soy capaz de hacer reír a un difunto con mi imitación del
chiflado, o con la de la mujer enamorada de un camello. A esta gente le
pasa algo raro. Es que ni los niños se ríen, ellos que siempre se ríen de las
cosas más sencillas...

Discutieron largas horas pero no encontraron una razón por la que la gente
del pueblo no se reía, pero acordaron cambiar los números y esforzarse
más; eran, y en eso si estuvieron de acuerdo, los mejores payasos del
mundo, y no iban a dejar que un montón de mineros desarrapados se burlara
de ellos.

-¿Que quiere, forastero?


-Quiero ser minero, señora.

La vieja lo miró fijamente a la cara, y luego volvió la mirada a su


compañero que permanecía montado en su caballo, viendo desde su altura
la inmensa multitud que desperdigada a lo ancho y largo del río, se afanaba
en sacarle unos minúsculos granos de oro.

-¿Usted también?

-No, yo no.

-¿Ya tiene el permiso de La Dueña? Sin él ni siquiera puede quedarse aquí.

-¿Quien es ella?

- Ya me oyó amigo: La Dueña es La Dueña, no hay sino una. ¡Búsquela! Se


volvió y siguió haciendo girar el agua con arena en una batea de madera.

¡Demonios! Qué mujer más desagradable, debe comer alacranes. Vámonos


amigo, Francisco, ya no me interesa la minería, porque si voy a tener
compañeros como esa fulana mejor me busco otra cosa para hacer. ¿Que tal
que los demás sean iguales a ella? Me volvería loco en medio de esa gente.

Caminaron un poco viendo la multitud de mineros en la que nadie cantaba,


hablaba ni hacía nada diferente a hacer girar y mirar con detenimiento la
arena en sus bateas y recoger con cuidado un pequeño residuo que
guardaban con sumo cuidado en las vasijas que llevaban colgadas del
cuello. Se encaminaron hacia el circo por la amplia y solitaria calle.
Dejaron que sus cabalgaduras marcharan al paso que quisieran, o se
detuvieran a comer las escasas yerbas que encontraban. Ninguno de los dos
tenía interés en regresar y meterse en un carromato que parecía más una
celda que cualquiera otra cosa, y menos aún deseaban quedarse debajo de la
carpa en la que el calor era insufrible, pegajoso, lleno de los olores de los
sudores de todos los espectadores que habían estado debajo de ella, y lo
peor, le parecía al maestro, era que cuando alguna ocasional ráfaga de
viento la sacudía, se oían voces quedas que hablaban en diferentes idiomas,
pero todas con un dejo muy triste.

Sin ponerse de acuerdo descabalgaron y llevaron los animales del cabestro,


y también sin hablarse se sentaron a la sombra de un rancho, recostados a
una de sus paredes. Fue el único lugar que encontraron para refugiarse del
aire caliente que venía de la llanura, y de el sol que se veía inmenso en el
cielo despejado.

-Debí quedarme en mi pueblo y no venirme a conocer la mar; de pronto lo


que voy a ver no tiene la menor gracia y no paga tanto sacrificio. ¿Pero que
puedo hacer? ya estoy embarcado, y más lejos de mi tierra que de mi
destino, eso creo.

- Por el momento no nos queda más que tener paciencia, Mardoqueo. La


verdad es que quiero irme, pero también temo volver a viajar solo; cuando
lo hice tuve miedo de los bandidos, y de los animales y de la soledad. Hubo
días en los que me desesperé con el silencio, entonces hablaba solo o le
hablaba a mi caballo como si fuera una persona, hasta llegué a tratarlo de
caballero o de bandido y ateo, y hubo otros en los que apenas comí porque
nada conseguía, no encontraba ni siquiera un rancho de campesinos en el
que me vendieran algo. En ocasiones ni agua conseguí. Hubo una ocasión
en la que pasé cuatro días comiendo únicamente unas pequeñas frutas
amarillas cuyo nombre no recuerdo. Sentía envidia del caballo que al menos
encontraba yerbas.

-Buenos días, señores, ¿cómo están?

La voz salió de una pequeña ventana que estaba a sus espaldas, un poca más
alta que sus cabezas y en la que ninguno de los dos se fijó cuando se
recostaron en la pared de tablas del rancho.

Cuando levantaron las cabezas buscando el origen de la voz se encontraron


con la cara de un niño que los miraba con unos ojos muy negros y muy
grandes, y una expresión de curiosidad en su cara delgada y pálida.

Se pusieron de pié y se volvieron para poder verlo de frente. No esperaban


que alguien en ese pueblo de silenciosos les hablara y utilizara con ellos
frases de cortesía, las no que habían oído de ninguno de ellos en los días
que llevaban allí.

-Buenos días, le respondió Mardoqueo, nos agrada mucho conocerte...

El niño no le respondió, se limitó mirarlos y a meterse despacio en el


rancho que pareció tragárselo.
- Oye, no te vayas queremos hablar contigo le dijo Mardoqueo, al tiempo
que metía su cabeza por la pequeña ventana. Encontró una pequeña
habitación con piso de tierra, una camadesordenada hecha también de
madera como todo en la casa, una pequeña mesa y en una pared vio una
imagen de la Virgen con una enorme culebra a sus pies. Tropezó con la
mirada del niño sentado en una silla mirándolo con la misma expresión de
curiosidad que había mostrado antes.

-Ola, caballerito, le dijo, no te haremos nada, no tienes por que esconderte.


¿Con quién estás?

- Solo.

-¿Solo?

- Pues está mi hermanito...

- Y tus papás, ¿donde están?

-Se fueron.

¿Para dónde?

- A traer comida.

-¿Que pasa, Mardoqueo? le dijo su compañero tratando de mirar por una


pequeña rendija entre dos tablas de la pared.

- Converso con el niño, o mejor trato de hacerlo porque no parece muy


comunicativo le respondió sacando la cabeza.

- Déjame ensayar, y metió su cabeza en remplazo de la de Mardoqueo lo


que no dejó de sorprender al niño que no entendió bien como se produjo el
cambio de cara en la pequeña ventana. Para él fue como si de repente le
cambiaran un muñeco parlante por otro silencioso que se limitaba a mirarlo.

- Buenos días, amigo. ¿Por qué no sales para que conversemos. Nosotros
somos del circo. ¿Tú lo has visto?

- No.
-¿Tus papás si fueron a verlo?

- No, ellos tampoco. Nada más dijeron que habían venido unos forasteros
con unos animales raros y que eso se llamaba circo.

- Entonces los invito a verlo, pero mejor sales y te sientas a conversar con
nosotros, así te cuento como es.

Se deslizó de la cama y se encaminó a la puerta puesta a un lado de la


ventana. La abrió a medias y miró con cautela como si esperara que algo o
alguien pudiera agarrarlo. Después de un momento salió y miró de frente a
los dos hombres quienes a su vez lo miraron con detenimiento para
encontrarse con un niño flaco, pálido, y con los cabellos revueltos.

-¿Qué quieren?

- Queremos hablar contigo.

-¿De qué?

Se miraron un poco sorprendidos. Fue Francisco Javier quien tomó la


iniciativa.

- Queremos contarte cosas del circo. ¿Porque no has ido a verlo?

- No tenemos oro para pagar, eso fue lo que dijo mi mamá.

-¿Por qué no tienen? Aquí todos trabajan buscándolo en el río. ¿Tus papás
no trabajan como mineros?

- Si trabajan, pero tienen que dárselo casi todo a La Dueña.

-¿Por que a ella? El oro es de quien lo saca.

- Es para la guerra.

- Si, entiendo, o trato de entender, pero no he visto por aquí gente armada.

- Están lejos, señor. Mi papá dice que hay que darles oro a todos los que
pelean para que nos dejen en paz.
Entonces, intervino Mardoqueo, aquí trabajan para pagar la guerra, o mejor
será decir, para comprar la vida.

-Así parece, Mardoqueo.

Se quedaron mirando al niño que a su vez los miraba cambiando con


inquietud sus ojos de uno a otro, apoyándose alternativamente en uno y otro
pie y con las manos colocadas a sus espaldas.

- Dime, siguió Francisco Javier, ¿las personas que han ido al circo con que
pagan?

- La Dueña dice quien va y quien no va. Ella es la que paga.

- ¿A ti y a tus papás por que no los han llevado?

- Porque fuimos de los últimos en llegar.

- No te entiendo.

- Es que todos vinimos de muchos lugares, y los que llegaron primero pues
han trabajado más y ellos reciben primero las cosas.

-¿Qué cosas?

- Pues la comida, la ropa, cosas así.

-¿Cuándo llegaron ustedes?

- Hace como un mes... Oigan, señores, ¿ustedes tienen comida?

Se miraron como si los hubieran cogido en falta grave, especialmente el


maestro se sintió mal cuando se dio cuenta de la palidez del chico que
anunciaba a gritos que hacía muchas horas, o tal vez días, que no comía, y
que si comía, comía bien poco.

-No tenemos comida muchacho le respondió por los dos Mardoqueo, pero
si quieres te llevamos hasta el circo y podrás comer allá.

-No puedo ir, señor, tengo que cuidar a mi hermano que está adentro,
dormido.
Otra vez el maestro se sintió mal, pero ahora fue porque a pesar de haber
mirado a toda esa gente trabajando, y haber mirado sus cuerpos
semidesnudos, flacos y desgastados metidos en el agua buscando un oro
esquivo, no vio su miseria ni sus caras de angustia, ni se dio cuenta de que
su silencio hosco no era más que una máscara que se ponían para no ser
conocidos o reconocidos. No querían tener identidad, todo lo que querían
eran ser seres anónimos. ¡Dios mío! Estoy aprendiendo a olvidarme de la
gente, de sus cosas. Antes los veía, pero ahora apenas me doy cuenta de que
existen, ya no me duelen los dolores de nadie, es que no quiero seguir
cargando con los males de la gente...

-¿Cuándo regresan tus padres?

- No se. Puede ser hoy mismo, tienen que ir muy lejos, hasta la casa de la
Dueña.

El maestro se volteó y se fue atrás de la casa y con premura buscó en la


escarcela en la que llevaba su dinero, regresó con unas monedas y se las
entregó al muchacho. Toma, para que compres algo de comer.

-Gracias, señor, pero aquí no hay donde comprar nada, contestó el niño sin
recibírselas, lléveselas usted que en el camino consigue algo.

Otra vez Mardoqueo y el maestro se miraron como preguntándose: ¿y ahora


que?

- Tu hermano, le preguntó Mardoqueo, ¿que edad tiene?

- Como dos años.

- Amigo, Francisco, espéreme aquí. Voy hasta el circo, allá hay comida,
creo,algo conseguiré.

Vio partir a Mardoqueo por la calle solitaria, apurando a su caballo que lo


sacudía con su trote burdo. No le quitó los ojos de encima hasta cuando ya
sólo era una lejana figura borrosa.

- Señor...

- Dime...
Le respondió con alivio, no aguantaba el silencio del muchacho, ni el suyo,
no sabía de que hablarle. ¿Qué puedo decirle o preguntarle? Ya me contó
demasiado.

- Ese caballo ¿es suyo?

- Si, es mío.

-Es bonito. ¿Puedo montarme?

- Sintió alivio cuando se dio cuenta de que el niño se comportaba como un


niño, como todos los niños, que podía hacer algo por él.

-Si, puedes montarlo. Lo tomó por la cintura y lo acomodó en la silla.


Desde su altura le sonrió agradecido y le dijo: es la primera vez que me
monto en un caballo, se ven muchas cosas desde aquí. Hágalo caminar,
señor.

Llevó al bicho del cabestro durante algún trecho corto por la calle solitaria y
regresó cuando el niño le dijo: señor, volvamos, mi hermanito está llorando.

Se sintió frustrado. En mucho tiempo, hasta donde recordaba, era la primera


vez que se sentía tan bien haciendo algo por alguien. No era mucho lo que
hacía: montar a un niño en su caballo no era cosa del otro mundo, no iban a
darle una medalla por eso, pero...

Ayudó al muchacho a desmontar y vio como corría hacía la casa a la que


entró con rapidez, al tiempo que oyó el llanto de un niño.

Escuchó el trote de un caballo y volvió la cabeza.

-¿Traes algo, Mardoqueo?

-No es mucho, pero les quitará el hambre. Tómala.

El maestro le alcanzó al niño por la ventana el paquete con la comida.


Dale un poco a tu hermano le dijo. Apenas oyó al niño cuando le dio las
gracias. Lo vio comer con avidez y lo oyó decirle a su hermano: ya voy a
darte, no tienes que llorar más. Alcanza para los dos.
-Y, ¿ahora que hacemos, Mardoqueo? ¿Los dejamos ahí?

- Nada más podemos hacer. Compadecerlos no les arreglará las cosas.


Vámonos al circo.

- Los señores se fueron, eran buenas personas. Me montaron en el caballo,


si no te hubieras puesto a llorar también te hubieran montado. Come un
poco, no sabe tan mal, come que no sabemos cuando vengan papá y mamá,
pueden estar muy lejos. ¿Sabes? me gustaría ver el circo... Los señores me
dijeron que podía ir a verlo, pero quien sabe que dirán mis papas; cuando
regresen voy a decirles que me lleven, que los señores nos dejaran entrar...
¿Cómo será un circo?

-Nos vamos, caballeros, empecemos a empacar.

- Ya era hora, Ángelo, estaba por decirte que me marcharía sola, esto es
para enloquecer...

- Si, Clarabella, todos estamos desesperados, nunca tuve un público tan


extraño.

- ¿Seguimos camino de la mar?

- Si, si Dios nos ayuda.

- Señor Ángelo dijo Aparecido: el señor Francisco, el señor Mardoqueo y


yo ya hemos terminado de hacer lo que teníamos que hacer, pero todavía
tomará un par de horas dejar todo listo para empezar el viaje, y si usted nos
permite deseamos ir hasta el río a despedirnos de los mineros que pese a
todo se portaron bien con nosotros y de alguna manera nos ayudaron,
aunque a decir verdad la ayuda no siempre fue voluntaria como en el caso
de los burros que sin saberse como ni cuando se salieron de sus corrales y
se vinieron a ver el circo y terminaron de alimento de los gatos. De alguna
manera tenían que pagar la entrada a ver el espectáculo, ¿verdad, señor
Ángelo. Tampoco fue voluntaria la ayuda que nos dieron con los sacos de
arroz que se le perdieron a la Dueña de la carreta una noche mientras
estaba entretenida negociando con usted. Tenemos que reconocer que de no
ser por ellos que nos vendieron comida y combustible, y nos pagaron con
oro estaríamos pasando muchos trabajos, ¿no lo cree, señor?
-¡Al diablo con esa gente, Aparecido! Nunca me sentí tan mal frente a un
público como me sentí frente a semejantes sujetos. Fue como presentarle la
función a un millar de maniquíes, de los mismos que ponen en las tiendas
para exhibir ropa, que todos los tocan y los miran pero no reaccionan ni
cambian de expresión, ni de posición. Tal como los ponen así siguen.
En fin, si ustedes quieren ir a despedirse de ellos pues háganlo, aunque a
decir verdad no creo que consigan que les respondan el saludo, y menos que
logren un abrazo de despedida. Buena suerte, Aparecido.

-Gracias, señor.

- Escúchenme, amigos, ¿sí creen que vale el esfuerzo de ir hasta el río para
ver a un montón de sujetos que parecen mudos y sordos?

- Comparto su opinión Mardoqueo, prefiero quedarme aquí y descansar, le


respondió el maestro. ¿Tú que dices, Aparecido?

- Pues digo que si iré. Quiero darles una última mirada y agradecerles la
ayuda que nos dieron gracias a la cual artistas y animales hemos podido
comer y algunos recibir su paga, porque otros tenemos que contentarnos
con solo comer, y además digo que si la suerte me ayuda podré hacerme a
una que otra joya que por lo que vi aquí abundan y son bonitas y valiosas.

Partió solo montado en Aladino que Zaratustra le había enseñado a montar


y dirigir con cuatro o cinco palabras de un dialecto que no le dijo como se
llamaba ni de donde era, pero que el animal entendía y obedecía de
inmediato.

Los miró desde la altura de su cabalgadura y vio un número infinito de


cabezas que subían y bajaban como si estuvieran reverenciando a algo o a
alguien. Sintió lástima por ellos por que eran como muñecos que se
doblaban y desdoblaban por la cintura como movidos por una cuerda, que
no sonreían cuando encontraban un poco más de oro que de costumbre, que
no hablaban entre ellos, y más lástima sintió cuando observó que muchos de
ellos vestían los trajes grandes, desproporcionados y llenos de colorines de
los payasos, y otros los vestidos ceñidos y ajustados de los trapecistas, y
que muchas de las mujeres se cubrían con los trajes largos de Mab, los
enormes de la mujer barbuda, los de gala de Rosalinda, o los muy breves
de las malabaristas.
Desistió de hablarles, de decirles hasta pronto que era como siempre se
despedían de los espectadores, le ordenó a Aladino que se diera vuelta y lo
dejó que regresara al circo al paso que le provocara. Cuando llegó a la plaza
y no vio la carpa pero si vio a todos los camiones formados en fila listos
para partir, comprendió que así sería su vida en adelante: armar y desarmar
la casa, no hacerse amigo de nadie de fuera del circo, y llenarse de
esperanza en que las cosas fueran mejores en el próximo pueblo. Buscó con
la mirada la cruz de madera que vio en la plaza cuando llegaron, pero no la
encontró. Tal vez la usaron para hacer hogueras; pero cuando subió junto
con Aladino al camión que debía llevarlo, la vio caída en el suelo partida en
muchos trozos, y sin señal alguna del monigote pintado en blanco que tenía
cuando la vio por primera vez. Se dio la bendición, le dio las gracias al
animal por el viaje, y se fue caminando despacio a buscar el carromato en
que tenía que viajar.

Partieron al amanecer bajo un cielo encapotado, no hubo gritos, ni risas, ni


celebraciones como en ocasiones anteriores, en las que cada partida era
vivida como si los esperara un mundo mejor, siempre con la esperanza de
que todo estaría bien, de que todo lo malo que hubieran encontrado en una
ciudad desaparecería en la siguiente.

Ahora viajaban por la llanura en la que apenas veían a la distancia algunos


árboles y una que otra ave que cruzaba solitaria. Ángelo y Zaratustra que
encabezaban la caravana iban en silencio, preocupados porque volverían a
viajar horas infinitas sin encontrar un pueblo, con el miedo de perderse en
caminos interminables, apenas insinuados, que parecían dirigirse a todas y a
ninguna parte.

-Haremos un alto en la tarde para comer algo y descansar; si no llueve


demasiado seguiremos en la noche, debemos llegar a la capital de la
provincia lo más pronto posible, y además, Zaratustra, quiero alejarme lo
más que pueda del maldito pueblo de los mineros, su tristeza es contagiosa,
en los últimos días me sentía como ellos.

- No eras sólo tú, Ángelo, todos nos sentíamos mal, hasta los animales se
notaban decaídos a pesar de que comieron todo cuanto quisieron, y nosotros
también comimos como pocas veces. Algo no dejaron los mineros.

A la caída de la tarde se detuvieron a la orilla de un pequeño lago en el que


no encontraron animal alguno, ni siquiera vieron saltar peces. Todos
descendieron en calma y fueron a reunirse junto al camión de Ángelo, quien
se limitó a decirles que buscaran algo de comer y donde dormir porque
pasarían la noche allí.

- Tu deseo era viajar en la noche, ¿por qué cambiaste de idea Ángelo?

- Tengo miedo de perderme, Zaratustra, ¿te has dado cuenta de que por
momentos vamos hacia el norte, y en otros marchamos en sentido
contrario?

- Si, lo noté, pero también fue así cuando viajamos por las montañas, por
eso no le di importancia. A alguna parte llegaremos...

- No tenemos mucho combustible, por eso no podemos dar muchas vueltas,


no sabemos que tan lejos estamos de una ciudad. Fíjate que no hemos
encontrado persona alguna para que nos oriente; eso me preocupa; la
verdad, es que no se donde nos encontramos.

Cada uno se recogió intranquilo, sin saber por qué. Ni las hogueras enormes
que encendieron en varios sitios para espantar las sombras, ni el hermoso
concierto de saxofón que les dedicó un payaso pequeño y menudo, un
solitario que siempre respondía con monosílabos y a quien conocían como
el Ermitaño, ni el baile gitano que les regaló Alegría lograron quitarles la
inquietud que los acompañaba desde que estuvieron en el pueblo de los
mineros.

-¿Lo escuchaste, Rosalinda? Hace buen rato que estoy despierto y es el


primer pájaro que oigo cantar.

- Si, ahí está de nuevo. ¿Sabes cómo se llama? Es un canto extraño el de ese
pájaro, vamos a mirarlo, Ángelo.

- Mira, Rosalinda, no hay nadie, no hay nada fuera de las plantas que tenga
vida, ni siquiera insectos. Lo que quiero decirte es que nada se mueve, ni en
tierra ni en el aire, ni en el agua del lago. Hemos caminado mucho,
llevamos como dos horas volteando sin encontrar al pájaro, estoy por creer
que no existe, que todo es imaginación nuestra. Regresemos al
campamento, podemos extraviarnos, la llanura es inmensa, tengo la
impresión de que caminamos en círculos, y además, mujer, ya hace mucho
calor y a medida que avance el día será peor...
- Pero, Ángelo, quiero verlo, así sea por un momento, lo hemos escuchado
varias veces y no es que lo imaginemos, no estamos chiflados, tiene que ser
real porque los pájaros imaginarios no cantan, y menos con un canto tan
extraño. Óyelo, ahí está de nuevo, que canto más extraño, es como el ruido
producido por un árbol al que se le rompieran todas las ramas al tiempo;
tiene que estar en algún sitio...

-Mujer, te digo que ese animal no existe, lo que escuchamos es un


fenómeno físico, o algo así, no insistamos, vamos a perdernos, ya no veo el
campamento.

- ¿Cuantas horas estuvimos caminando, Ángelo? Estoy agotada.

- No lo se bien, salimos al amanecer y ya está atardeciendo. Tanto esfuerzo


para nada, no pudimos verlo, ni a él ni a nada que se mueva.

- Estábamos preocupados por ustedes, Rosalinda; los buscamos por todas


partes, pensamos que se habían extraviado, y ahora regresan hablando de
que no pudieron verlo, ¿qué fue lo que no pudieron ver?

- Gracias, Circe, lo que no pudimos ver fue al pájaro que canta tan extraño.
Estuvimos todo el día buscándolo, deseábamos conocerlo, pero lo
escuchábamos cantar en un sitio y cuando llegábamos allí no había nada, y
en seguida oíamos venir el canto de otro lugar, pensamos que se trataba de
varios animales que se llamaban unos a otros, pero aun así no vimos a
ninguno. ¿Dónde demonios se meten? La vegetación es escasa y baja, no
les queda fácil ocultarse. Oíamos su canto a uno o dos metros, íbamos a
mirar y nada, absolutamente nada. No sabemos cuanto terreno recorrimos,
ni cuantas horas los buscamos, pero era como si los pájaros jugaran con
nosotros y nos llevaran embelesados de un sitio a otro. Al atardecer, como
si despertáramos de un sueño no dimos cuenta de que era inútil seguir, y
regresamos. ¿Ustedes lo oyeron cantar?

-Pues no lo oí, y a nadie he escuchado hablar del canto de un pájaro,


respondió un trapecista; dormí poco y me levante de madrugada, nos
reunimos varios a tomar café y nada escuchamos, los únicos vivos en este
lugar somos nosotros.

Todos guardaron silencio en espera de que alguien dijera haber escuchado


el canto de un pájaro, pero el único que habló fue Aparecido que se frotaba
las manos como si tuviera frío y miraba para diferentes lados como si
esperara la llegada de alguien.

- Mire, señor Ángelo, de veras creo que nadie más que ustedes dos
escucharon cantar al animal ese, es que no es un pájaro, bueno, ni tampoco
es animal alguno, sólo es una cosa a la que nosotros le decimos duende, es
como un espíritu, es travieso a veces, como un niño, o es malo otras, a
ustedes les hizo una broma; por eso nadie más lo escuchó cantar, la broma
era sólo para ustedes. Tal vez hoy amaneció de buen genio, por eso nada
más los hizo caminar de un lado para otro y no se dejó ver, si hubiera estado
de mal genio los hubiera extraviado en la llanura, y peor que eso, se les
hubiera mostrado tal como es, y eso si que hubiera sido terrible. Es feísimo,
mejor dicho, es horrible, no hay nadie que lo vea y no de alaridos de miedo,
ni el más valiente es capaz de mirarlo cara a cara...

- ¿Tú lo has visto u oído, Aparecido?

- Lo he oído, señora Circe, pero verlo nunca, eso si que no; ojalá jamás
tenga que enfrentarlo, Dios me libre de un momento así.

¿Cuando lo escuchaste?

- Señora, Circe, usted no parece creerme, míreme bien, usted sabe cuando
uno le está mintiendo, y si es así dígalo aquí delante de todos...

- Si te creo Aparecido, veo que dices la verdad, también se de estas cosas,


sólo quiero saber cuando y como escuchaste a un duende.

- Pues fue hace un par de años, al anochecer, en el campo. Yo estaba


escondido porque me buscaban para que me alistara a la fuerza en el
ejército, me metí en un rancho improvisado que preparé para protegerme de
la lluvia; lo hice en un sitio lleno de árboles y malezas para que no lo
encontraran fácil, y cuando estaba quieto, sentado en el piso, sin ver mayor
cosa porque como les dije ya era casi de noche, escuché cantar un gallo,
muy cerca de mi, como a tres o cuatro pasos. Me puse atento porque pensé
que era un animal extraviado que me serviría para prepararme una buena
comida, que dicho sea de paso era bien escasa. Caminé hacia donde lo
escuché, pero nada, y al segundo lo oí en otro lugar cercano y corra hasta
allá, pero de nuevo nada encontré. La cosa fue que me pasé buena parte de
la noche en persecución del animalejo sin verlo en parte alguna, aunque me
alumbraba con una buena linterna. Sólo, cuando ya agotado, extraviado y
sin saber donde me hallaba porque no encontré el rancho, me di cuenta de
que se trataba de una broma del duende, así que pasé el resto de la noche
donde mejor pude, alimentando los mosquitos con mi escasa sangre y a
ratos soportando la lluvia. No dormí, pues el miedo a que se me apareciera
el tal espíritu no me dejó hacerlo. Al amanecer salí del monte como mejor
pude y regresé a casa de mis padres, aunque me prendieran para el ejército;
la cosa fue que en ese momento me daba más miedo el duende que la
guerra.

-Escúchenme señor Ángelo y señor Zaratustra siguió diciendo Aparecido,


como ustedes son los que van en el primer camión y son los que nos guían a
los demás, tengan mucho cuidado de no atender en el camino voces que les
piden detenerse o desviarse por un atajo, o escuchan el canto de aves que
nunca han escuchado, o ven personas raras o cosas extrañas que nunca antes
vieron, no se detengan porque seguramente son los duendes que quieren
extraviarnos en la llanura. Miren para todos los lados y no verán una sola
montaña que sirva de guía, todo es igual, apenas hay uno que otro árbol que
tampoco ayudan mayor cosa para orientarse porque todos, o casi todos, son
de la misma especie y no sirven tampoco de referencia. Tampoco conviene
viajar de noche porque los espíritus nos pueden engañar con luces que
parecen de una ciudad, cuando creemos que ya estamos próximos a llegar a
ella las luces desaparecen y reaparecen en otro sitio, y así puede uno
pasarse la noche hasta que al fin cae a un río o a un pantano lleno de
alimañas.

-Entonces, Aparecido ¿cómo vamos a salir de aquí? ¿cómo vamos a


guiarnos?, recuerda que vamos camino de la mar, que está bien lejos.

- Señor, Ángelo, por la posición del sol podemos orientarnos, y además


confío en que encontraremos algunas personas que nos indiquen el camino,
si no es así, no nos queda más que pedirle a Dios que se apiade de nosotros.

Se oyó la voz del Ermitaño que preguntó: ¿no trae alguien una brújula?

Nadie respondió, sólo a lo lejos oyeron el canto de un pájaro que les hizo
pensar que todas las ramas de un árbol se rompían al tiempo.

¡Dios de todos los cielos! exclamó Aparecido dándose la bendición; esta no


va ser una buena noche. Que cante todo lo que quiera, pero que no se
aparezca por aquí.
-Odín, ¿te diste cuenta de que los animales no hicieron ruido alguno en toda
la noche?

- Si, mujer lo noté, es que ya estamos acostumbrados a sus ruidos, por eso
cuando no los hacen no podemos dormir. Parece que nadie durmió bien,
escuché gente que caminaba y oí a Xú trajinar con sus trastos, y hubo
pocos ronquidos que son la contraparte de los ruidos de los animales. ¿Por
qué me lo preguntas, Clarabella, tuviste mala noche?

Si, dormí poco, y lo peor, Odín, fue que volví a tener visiones. No me digas
que es la fiebre, o que soy muy imaginativa, no estoy enferma ni me hago
fantasías; lo que veo es demasiado real, casi puedo tocar las personas que
me hablan, a veces siento olores de flores que me producen tristeza, las
voces son a veces dulces y cariñosas, otras amenazantes, lo noto a pesar de
que no entiendo el idioma en que me hablan. Recuerda Odín de donde
venimos tú y yo; lo sabes bien, en nuestra tierra la soledad en medio de los
hielos puede volvernos locos, vemos y oímos cosas que no existen, algunos
se desesperan tanto que caminan durante jornadas interminables buscando
personas con quienes hablar, caen en cualquier lugar agotados de cansancio,
ahí se quedan hasta morir de hambre y frío, hablan con personas que no
están más que en su cerebro desquiciado. Los pocos que han sido
encontrados deambulando, con la mirada extraviada, hablando cosas
disparatadas, dicen después de recuperarse que no sólo vieron personas,
sino que hablaron con ellas, comieron en su compañía y hasta sintieron sus
olores, pero aquí, Odín, las cosas son bien diferentes: No estoy sola, tengo
la compañía de buenos amigos, no hay frío, esto no es un desierto de hielo,
por el contrario el calor es fuerte, ya lo has visto y sentido todo muy bien.
Hay vegetación y animales de muchas clases, y cuando quiero conversar
con alguien no me falta con quien hacerlo. No, hombre, no es la soledad, ni
es la enfermedad, ni es el exceso de imaginación lo que me producen las
visiones, estoy por creer la historia extraña que le contaste hace unos días a
Aparecido; le dijiste que yo era una Walkiria, una amada de los dioses. ¿Y
si fuera así, y los dioses me hubieran dado el poder de ver cosas futuras
como dicen que le ocurre a Circe? Pero, ¿por qué no veo sino cosas
terribles? Las amadas de los dioses deberíamos ver cosas más agradables...

- No puedo contestar tus preguntas, no soy más que un pobre sujeto de


carne y hueso; bien sabes que los dioses no dan a conocer sus designios,
simplemente deciden qué debe hacerse, y los mortales lo hacemos. ¿Cómo
saber lo que tienen reservado los dioses para ti?
Los interrumpió el pito del camión de Ángelo que los quería para
anunciarles que se prepararan para partir de inmediato, que no se detendrían
sino al caer la noche y para advertirles que si veían personas, animales o
cosas extrañas, o escuchaban cantos de aves que nunca habían escuchado,
los ignoraran y siguieran adelante.

- No insistas muchacho, no voy a enseñarte nada de mi magia, para hacerlo


tendrías que pagarme mucho dinero y por lo que veo andas muy escaso de
él, y además, no lo olvides, los magos a más de cobrar fuerte por enseñar
nuestros secretos exigimos que el alumno a su vez nos enseñe algo, aunque
no sea cosa relacionada con la magia. ¿Puedes enseñarme algo Aparecido?

- Pues, señor, Diábolo, le confieso que dinero no tengo y menos


conocimientos que a usted puedan servirle. Me uní al circo hace poco y por
mi trabajo no recibo más que la comida, que no es que sea muy abundante
que digamos, pero algo es algo peor es nada, así que si de dinero se trata
debo decirle que hace ya muchos días que no escucho el sonido de las
monedas en una bolsa, y en cuanto a conocimientos andan a la par del
dinero, quiero decirle, señor, que carezco de ellos tanto como de riqueza.
He pensado que con la magia puedo tener conocimientos y dinero, además
de fama que me traería otras cosas buenas y no estaría haciendo de payaso
que buen trabajo me cuesta hacerlo porque no nací para ese oficio. En las
cuatro o cinco veces en que lo he hecho no dejo de sudar del miedo que me
entra al pensar que me puedan salir mal las cosas, y más miedo me da a que
el señor Zaratustra me saque del circo por torpe y me deje pasando
angustias en un pueblo cualquiera, bien lejos de mi familia como ando. En
cambio, señor Diábolo, las cosas con la magia serían bien distintas para mi,
es cosa que me atrae de veras, y se que tengo cualidades para ese arte,
porque aunque nunca he aprendido nada que tenga que ver con ella si que
tengo habilidades para ejercerla, mejor será decir que tengo buenas mañas,
con perdón suyo, señor, para embaucar a todo sujeto a quien le veo
posibilidades de producirme algún ingreso. ¿Y es que al fin, eso de la magia
no tiene mucho que ver con hacerle ver a las personas cosas que no existen,
es decir, con embaucarlas y tramarlas? Usted tiene la ventaja de que el
público le paga buen dinero por engañarlo, en cambio yo, cuando puedo
quitarle con engaño cualquier miseria a un pobre hombre corro el riesgo de
recibir una paliza si me pilla, o de ir a podrirme a la cárcel si quien me
agarra es la justicia.. Pero fuera de trampas, señor Diábolo, me dicen que
también hay en la magia poderes o facultades que le dan a uno seres del
otro mundo, aunque a decir verdad me da algo de miedo meterme con tales
caballeros, las cosas con ellos se sabe como empiezan pero no como
terminan. Si oyera las historias que sobre esos asuntos me contaba una de
mis abuelas que quiso arreglar su vida acudiendo a los espíritus o diablos, o
que se yo como se llaman de veras los...

- ¡Para hombre!, para de una vez. Podrías ganarte la vida hablando y


contando historias antes que con las payasadas y la magia. ¿Cómo
pretendes que te responda si no me dejas hablar? Mira bien. Esto de la
magia no es cosa de embaucar a nadie para quitarle sus bienes como haces
tú, ni hay acuerdos o tratos con el Diablo o con sus amigos para tener
poderes especiales; todo es cuestión de habilidad, de ingenio, de inventar
cosas para hacer creer a la gente que los magos tenemos poderes
extraordinarios, qué podemos hacer cosas maravillosas. Ocurre, amigo
Aparecido, que las personas vienen al circo a ver cosas diferentes, y los
magos hacemos cosas que parecen ser cosa del otro mundo porque no
pueden explicarse como las hacemos... Ya estoy hablando tanto como tú, no
se porque te cuento cosas que no debo contar a nadie, buena parte del éxito
de mi profesión está en guardar sus secretos...

- Señor, Diábolo, le propongo un negocio: usted me enseña su magia y yo le


pago con mi trabajo, seré su ayudante durante todo el tiempo que tarde en
aprender, no me dará nada más que la comida y alguna ropa de cuando en
vez, y después, cuando yo sea un mago famoso, le daré parte de mis
ganancias. ¿Qué piensa, señor?

- De acuerdo, hombre, serás mi ayudante y por eso te enseñaré algunos de


mis actos, los más sencillos al principio; empezaremos con las cartas, y
luego, si es que logras aprender, te daré la oportunidad de presentarte a mi
lado y ayudarme a realizar los actos y de reemplazarme en la ejecución de
algunos de ellos, pero si como dices llegas a ser famoso, entonces me
pagarás con parte de tus honorarios, pero no me darás dinero sino oro,
¡óyeme bien: oro puro! Que no se te olvide tu compromiso, Aparecido, ni
pretendas ocultarme tus ganancias porque tengo medios para saberlo, y
menos aún no trates de esconderte de mi porque voy a encontrarte así te
metas en el mismo infierno.
No, señor Diábolo, no olvidaré mi compromiso, esto es un acuerdo, puede
estar seguro de que voy a cumplirle, también los tramposos tenemos
palabra.

-Sigamos, Ángelo, no tiene sentido quedarnos detenidos en esta llanura


lamentándonos de lo que pasó. Nada podemos hacer, no es posible
recuperar los animales y las cosas perdidas, ¿qué sentido tiene seguir
quejándonos? con eso nada arreglamos, sigamos que ya veremos como
trabajar con lo que nos quedó, y...

- Ya es suficiente, Rosalinda, te has explicado muy claro, pero no quiero


permanecer aquí simplemente para lamentarme y dolerme por las pérdidas.
Estoy furioso por lo que nos hicieron, y pienso y vuelvo y pienso en como
recuperar lo que es nuestro, sobre todo los animales, los necesitamos para
trabajar, para que ayuden en los trabajos de montaje de la carpa, para tirar
de los camiones cuando se atascan, y sobre todo, Rosalinda, porque quiero a
esos animales, los he cuidado, los he alimentado y hasta les he enseñado a
hacer cosas a algunos de ellos. ¿Me entiendes ahora?

-Si, hombre de Dios, entiendo bien tu disgusto, pero lo que no entiendo es


como pretendes recuperarlos. ¿Acaso vas a enfrentarte a una cuadrilla de
hombres armados dispuestos a matar con razón o sin ella?

- No, mujer, todavía no estoy tan loco como para hacer eso, pero pienso en
que si negociamos con ellos algo lograremos; tal vez si les damos parte del
oro que nos dio La Dueña podamos recupera algunos de los animales. El
vestuario, y los dos carromatos, y las cosas de utilería que se llevaron, y las
joyas de alguno, pues hacen falta, pero podemos reponerlos, pero, los
elefantes, los camellos, y los caballos, ¿cómo vamos a reponerlos? Mira
Rosalinda: los malditos dijeron que querían los elefantes para usarlos como
una especie de tanques contra sus enemigos quienes de seguro huirán
aterrados cuando vean a semejantes animales, que nunca han visto, correr
hacia ellos dispuestos a ensartarlos con sus colmillos, y más terror sentirán
cuando vean como les disparan con una ametralladora puesta en una de las
jorobas de los camellos desde cuya altura dominarán todo el terreno. Que se
llevaran los caballos lo entiendo, son muy útiles, pueden hasta alimentarse
con ellos, además caballos hay en todas partes y podemos comprarlos,
aunque enseñarlos a trabajar no va a ser fácil. Me duele mujer que usen los
animales para la guerra, los tenemos para divertir, para alegrar a la gente,
no para matarla. ¿Tú viste cómo se deleitaba el gordo que los dirigía
diciendo como los iba a utilizar? Sería feliz si pudiera ordenarle a
Matusalén que ensarte en sus colmillos al maldito sujeto y luego se pare
encima de él, y después de hacerle todo eso...

-Cálmate, hombre, que no es a ti sólo a quien le duele lo que pasó, a todos


nos duele, no es sino ver a Zaratustra que no ha vuelto a levantar cabeza de
la tristeza en que anda, pero te insisto en que sigamos el camino, ¿donde
vas a encontrar a esos sujetos? ¡Dímelo, hombre! Hace tres días que nos
atacaron, ya deben andar lejos de aquí, pueden estar en cualquier lugar de la
llanura preparando su guerra, y tú pretendes encontrarlos para negociar con
ellos... No seas iluso Ángelo, ordena que marchemos. Mira que no todo está
perdido;nos quedan tres elefantes, cuatro camellos y dos dromedarios, y por
fortuna no vieron los caballos de Alegría y Primavera y cinco más que
estaban pastando fuera cuando llegaron los bandidos.

Está bien, mujer, tú ganas, voy a ordenar que preparen todo para irnos.

-Sabes, Zaratustra, no dejo de pensar en los animales, los malditos bandidos


no saben cuidarlos ni darles órdenes, y cuando vean que no les obedecen los
maltratarán o les harán algo peor. Tal vez se asusten con los disparos y
huyan, pero no les servirá de mucho porque no saben vivir libres ni buscar
la comida, o quizás los maten en un combate que sería lo mejor que pueda
pasarles, no sufrirán mucho.

-Mire, señor Ángelo: nunca en mi vida he sentido tanto odio como el que
siento por los mal nacidos sujetos que nos robaron. El odio por ellos me
viene no sólo del corazón sino de todas mis vísceras, e imagino a cada rato
las mil maneras como los torturaría si llegaran a caer en mis manos. No
tendré la menor compasión con ellos si la vida me da la oportunidad de
tomar venganza; van a maldecir el día en que nacieron y a rogarme que
acabe pronto con sus vidas. La venganza tendrá que esperar, por ahora no
me queda otra cosa por hacer que lamentarme y renegar como un loco cada
vez que me acuerdo de lo que pasó. Me dolió como nunca que el jefe de los
bandidos se riera de mi cuando le rogué que se llevara todas las cosas que
quisiera, pero no a los animales; le expliqué que no le obedecerían porque
estaban acostumbrados a recibir órdenes cada uno en el idioma de su
cuidador, que... En fin, le dije al desgraciado que poco o nada iban servirles
en la guerra, que tan pronto se dieran cuenta de que no eran sus cuidadores
quienes los manejaban se asustarían y podrían atacarlos o salir huyendo
Pero, señor Ángelo todo lo que hizo el desgraciado fue reírse y señalarme
con su arma como si yo fuera un loco; ¿qué puede esperarse de sujetos que
no saben hacer otra cosa que matar?

- Te entiendo, hombre, pero fuera de maldecir y lamentarnos nada más


podemos hacer. Tendremos que encontrar la manera de trabajar con los
pocos animales que nos quedaron.

Pero ahora lo que me interesa es encontrar pronto un pueblo en donde


consigamos comida, combustible y un montón de cosas que nos hacen falta.
Escúchame, Zaratustra: desde antier cuando volvimos a marchar tengo la
preocupación de que nos encontremos otra vez con los bandoleros, y ahí si,
de veras, el Diablo va a cargar con nosotros; recuerda que también se
llevaron parte de la comida y la que nos quedó no durará mucho. Los gatos
tuvieron suerte porque los burros que teníamos para alimentarlos les
parecieron feos y flacos a los bandidos y los dejaron tranquilos, y... Detuvo
de pronto el camión junto a un pequeño grupo de hombres que descansaban
recostados a unas rocas que se limitaron a mirarlos sin decir palabra.

- Buena tarde caballeros, somos del circo...

- Si, ya vimos los letreros en su camión, si quieren vendernos algo sepan de


una vez que no tenemos dinero para gastar en tonterías.

- Pues no, no queremos venderles nada respondió Zaratustra - al tiempo que


asomaba su cabeza por la ventanilla del camión y observaba detenidamente
a cada uno de los hombres que no pudieron evitar un estremecimiento de
miedo al sentir la mirada dura y fija del enano, todo lo que queremos es
información siguió diciendo después de una pausa, ¿podrían decirnos donde
queda el pueblo más cercano?

- El hombre que había hablado primero se puso de pie, se quitó un sombrero


de paja deshilachado y les preguntó a sus compañeros: ¿Cuál pueblo está
más cerca Cerro Grande o Cerro Chico?

- Pues pienso que Cerro Chico le contestó un sujeto mal encarado con barba
rala y ojos bizcos.
-Yo, dijo otro de tan mala apariencia como el anterior creo que está más
cerca Cerro Grande, pero para llegar a ese pueblo tienen que devolverse por
donde vinieron hasta encontrar a su derecha un camino en el que hay una
enorme piedra y tomar por ahí, después de unas horas de viaje encontrarán
el pueblo. Les dijo todo sin levantase ni dejar de pasar un palillo de dientes
de un lado al otro de su boca.

- Bien, muchas gracias, intervino Ángelo que había descendido del camión
y miraba a los hombres con inquietud, ¿y para llegar a Cerro Chico por
donde debemos tomar?

- Sólo sigan por este mismo camino les dijo el primer hombre que les habló
y que seguía de pie, en algunas horas llegarán...

-¿Pero cuantas horas nos tomará llegar ? le pregunto Zaratustra

- El resto del día y buena parte de la noche.

- Vamos camino de la mar intervino de pronto Mardoqueo que se había


bajado del carromato en que viajaba a averiguar por que se detuvieron los
camiones, ¿todavía estamos muy lejos de él? Detrás de él se encontraban
Atlante, Odín, Vulcano y muchos otros artistas que formaron un cerco
alrededor de los hombres que se sintieron incómodos y miraban
alternativamente a uno y a otro pero que terminaron mirando asustados a
Atlante que se había colocado al frente del grupo.

- Pues, respondió al fin el hombre del sombrero de paja deshilachado, no


sabemos que tan lejos están de la mar, nunca hemos ido por allá, tal vez
cuando lleguen al pueblo alguien que si haya ido pueda decirles si están
cerca o lejos.

- Escúchenme les dijo Odín a los hombres que ahora estaban todos de pie y
muy juntos como si quisieran protegerse unos a otros, queremos saber cual
de los dos pueblos tiene más gente.

Ahora quien habló fue un hombre joven e imberbe que parecía ser hijo de
alguno de los otros y parecía muy sereno y seguro de si mismo.

-No hay mucha gente en ninguno de los dos, son pueblos pequeños, pero
Cerro Chico parece tener más habitantes, sólo que... e hizo una pausa larga,
son gente un poco difícil de tratar, no gustan de los forasteros.
Ahora todos guardaron silencio como pensando en una decisión nada fácil
de tomar; pero fue Ángelo quien decidió por todos y les dijo:

-Seguiremos hasta Cerro Chico que está más cerca de la mar, y si esos
señores no quieren fiestas con nosotros pues no se las daremos, por ahora
todo lo que necesitamos es que nos vendan comida, y después nos
marchamos. Todos a los camiones. ¡Apúrense! Muchas gracias caballeros
les dijo a los hombres que seguían agrupados con cara de preocupación y
que no respondieron a sus agradecimientos.

- Señor, señor...

-¿Qué quieres, muchacho?

- Pues... Señor...

- Habla rápido, hombre, que tenemos prisa.

- Es que me gustaría irme con ustedes, puedo servirles de guía, conozco


bien el camino.

- No necesitamos más gente, ya nos sobra quien trabaje.

Ángelo miró con detenimiento al muchacho que se había separado de sus


compañeros y le hablaba con un dejo de angustia. Encontró algo en él que
no le agradaba, pero no supo que era. Lo escuchaba como le daba más
razones para que lo llevaran con ellos; que conocía el camino de memoria,
que tenía buenos amigos en Cerro Chico, que se conformaría con un pago
pequeño, y que...

- Basta, muchacho, es suficiente. Te llevaré hasta el pueblo solo para que


nos sirvas de guía. No te llevaré ni un metro más, pero antes tendrás que
hablar con una persona; ven conmigo. Lo condujo hasta la cola de la
caravana y ya frente al carromato de Circe le dijo que esperara un
momento.

- Circe, por favor habla con este muchacho, quiere trabajar con nosotros,
pero no lo quiero para nada más que para que nos guíe hasta el próximo
pueblo, pero hay algo en él que no me agrada. No te demores que tenemos
que seguir.

- Dile que siga, no me tomará tiempo saber quien es.

-¿Cómo te llamas? Le hizo la pregunta sin quitarle los ojos de encima.

- Enoc, señora.

-¿Cuantos años tienes?

-Veintiocho.

- Pareces de menos edad. ¿Qué haces?

- Pues soy herrero.

- Déjame ver tus manos, con las palmas hacia arriba.

Tomó la mano derecha del muchacho que miraba con fijeza como la uña
del índice izquierdo de Circe, larga, aguda y pintada de negro, recorría
todas las líneas de la palma de su mano, pero sólo fue por breves momentos
que pudo verla porque ella soltaba bocanadas de humo picante y oscuro
que le impedía verla con claridad.

- Dame tu otra mano.

El procedimiento se repitió, pero ahora Circe fue más breve y le dijo al


muchacho: mírame a los ojos.

Él no evitar un estremecimiento de miedo cuando los ojos de Circe se


fijaron en los suyos sin siquiera parpadear, y cuando vio que ella los cerraba
lentamente y le decía con voz metálica: puedes irte. Que Dios te ayude.

Cuando ella lo vio salir sin decir responder a su despedida y se asomó a la


puerta de su carromato vio al hombre que caminaba con paso rápido en
dirección a Ángelo que esperaba sentado en el estribo de su camión.

- ¿Qué dijo ella?

- Pues... Nada, no me dijo nada.


- Bien. Espérame aquí, regreso en un momento.

Se acercó a Circe que seguía parada en la puerta de su carromato, con el


tabaco en la boca y la mirada fija en el hombre que ahora los miraba
mientras se restregaba las manos y cambiaba el apoyo de una pierna a la
otra.

- ¿Que dices, mujer?

- Que tengas mucho cuidado, es peligroso. Es posible que quiera hacernos


perder, o entregarnos a los mismos que nos asaltaron. Cuídate de él,
Ángelo.

-Gracias, Circe, que los dioses te ayuden.

- Ven conmigo. Irás con nosotros hasta Cerro Chico, nos servirás de guía,
pero como te dije no te llevaré un metro más de ese lugar. ¿Me entiendes?

- Si, señor, lo entiendo bien. ¿Dónde voy a viajar?

- Ya lo verás.

Caminaron un trecho, Ángelo adelante y el hombre detrás a unos pasos de


él.

-Atlas... Atlas... Asómate por favor

- Si, señor Ángelo, estoy a su disposición...

Dobló el cuerpo para poder salir del remolque que ocupaba y se plantó
frente a Ángelo que levantó la cabeza, lo miró a los ojos y le habló en voz
baja al tiempo que le señalaba a su acompañante que permanecía parado a
unos pocos metros de ellos. Los miraba el hombre con cara de asombro ante
la figura de Atlas que vestía una túnica blanca que le llegaba hasta los pies,
iba descalzo y jugaba con un trozo de cuerda gruesa que anudaba y
desanudaba con enorme rapidez.

Ángelo y Atlas se acercaron a Enoc que pareció empequeñecerse cuando el


gigante extendió su brazo derecho y lo tomó por el cinturón, lo levantó
sobre su cabeza sin mostrar el más mínimo esfuerzo y caminó con él en
dirección a un remolque vacío en el que lo depositó con delicadeza, cerró
luego la reja de hierro, la aseguró con un pasador y le dijo a Ángelo:
servido, señor.

-Gracias, Atlas.

Atlas y Ángelo se acercaron a observar por una pequeña ventana al hombre


que perplejo miraba en todas direcciones y retrocedió cuando vio los rostros
de los dos hombres que lo miraban con expresiones amenazantes.

- Señores, por favor, díganme ¿qué pasa? ¿por qué me encierran?

- Las preguntas las hago yo le respondió Ángelo. Empecemos.

-¿Cómo te llamas?

- El hombre guardó silencio y miró a Ángelo con expresión de rabia.

- No quieres responder, peor para ti.

- Atlas, por favor ve a buscar a Zaratustra, dile que de la orden de


prepararnos para partir, y que luego venga para que me ayude a hacer un
interrogatorio.

-¿Que pasa, señor Ángelo? ¿Quien este hombre?

- Es Enoc, descendiente de Judas, es lo que me dice Circe. Lo que pasa


Zaratustra es que quiere vendernos a los bandidos. Ella lo supo tan pronto
lo vio.

- ¿Quiere que lo interrogue?

- Si, hazlo, quiero saberlo todo. Sácale todo lo que sepa.

- Atlas, por favor, abre la puerta y quédate conmigo.

El hombre seguía de pie parado en mitad del remolque y no pudo evitar una
expresión de sorpresa cuando la puerta se abrió y vio a un enano viejo,
calvo, vestido con una enorme chaqueta de cuero rojo que le llegaba hasta
los pies y lo miraba con unos ojos pequeñitos entrecerrados, amenazantes, y
detrás de él vio una enorme cabeza sobre un tronco más grande aún que
tapaban ambos toda la puerta.

-¿Qué quieren? les dijo desafiante.

- Saber todo lo que sabes, le respondió Zaratustra, y es mejor que no te


calles nada. ¿Has iodo hablar de los leones? Seguro que si. Llevamos como
veinte, tienen hambre, y hoy es día de darles de comer. En unos momentos
los oirás rugir, es para hacernos saber que debemos ocuparnos de ellos.
Otra cosa que te interesa saber: a esos animalitos les gusta jugar con su
comida antes de tragarla... ¿Te gustaría jugar un rato con ellos antes de
desaparecer en sus barrigas?

- ¿Quiere decir que me echará a los leones? ¿Por qué?

-Si, no te quede la menor duda, te convertiré en comida de los gatos a


menos que nos cuentes quien eres en realidad y para quien trabajas.

- Ya les dije que me llamo Enoc y no trabajo para nadie.

- ¿Qué haces?

- Trabajo por ahí, en cosas del campo.

- Me estás mintiendo. Quieres venir con nosotros para perdernos en la


llanura y entregarnos a tus amigos los bandidos. Atlas, por favor, llévalo a
la jaula de Sansón, quiero que mi amigo tenga hoy una buena comida. Se
hizo a un lado y antes de que Enoc pudiera retroceder el enorme brazo del
gigante se extendió y su mano con sólo cuatro dedos gruesos y nudosos,
puestos a manera de horquilla, lo tomó por la garganta y lo sacó del
remolque.

Pataleaba en el aire mientras con los ojos desorbitados miraba a Atlas y


trataba de soltarse dándole golpes desesperados en el brazo. No le hacían
el menor daño, era como si golpeara una roca hasta que al fin agotado
terminó por colgarse del brazo y pedirle que por piedad lo dejara en el
suelo.

A una orden de Zaratustra lo dejo caer al suelo en el que quedó tomando


aire con angustia al tiempo que se sobaba la garganta con una mano y con la
otra le hacía a Atlas una señal para que se detuviera.
- ¿Quieres hablar ahora le dijo Zaratustra, o quieres visitar a Sansón?
Mételo de nuevo al remolque, le daremos un descanso.

El proceso se repitió. Enoc fue levantado de nuevo por la cintura y


depositado en el remolque; pero ahora fue llevado cabeza abajo y soltado
sin ninguna consideración en el piso de hierro en el que quedó tendido con
los brazos en cruz, los ojos muy abiertos y respirando con fuerza.

- ¡Levántate! le gritó Zaratustra arrimando su cara a la de Enoc. Su voz era


ahora de barítono y no chillona como era normal en él, sus ojos apenas se le
veían en la cara llena de arrugas.

Enoc se incorporó de un salto y se plantó frente a Zaratustra que desde


abajo seguía mirándolo amenazante. Luego empezó una especie de danza
alrededor del hombre: daba un paso largo hasta donde le alcanzaban sus
piernas, se detenía parado en una sola de ellas, mecía el cuerpo de derecha a
izquierda, gruñía y con el índice derecho señalaba a su víctima que se
limitaba a girar para poder seguirlo. De pronto Zaratustra se detuvo, soltó
una especie de bufido y le gritó a Enoc: ¡Habla!

Desde la puerta Atlas seguía lo que ocurría en el interior del remolque con
una enorme sonrisa de satisfacción. Se había acurrucado para ver mejor y
estar más cómodo. Se sentía en ese momento como un espectador que
disfruta de un espectáculo, y no como el vigilante que le había ordenado
Zaratustra que fuera. El pobre hombre estaba tan asustado y confundido que
así se hubiera quedado solo no intentaría huir.

- Señor... yo... no quería... es que mis compañeros me obligaron a decirles a


ustedes que les serviría de guía, y

-Así que si es verdad que querías perdernos en la llanura y aprovechar para


robarnos con ayuda de tus compañeros. Sigue hablando.

- Es que los pueblos de que les hablamos no están en la dirección que les
dijimos, están para otros lados y si llegamos a ellos, quiero decir mis
compañeros y yo, de seguro nos capturan, hace tiempos que nos buscan...
bueno, quiero decirle, señor que es muy peligroso para nosotros dejarnos
ver en cualquier pueblo, y como andamos escondiéndonos en el campo
estamos escasos de comida y dinero y otras cosas, pues aprovechamos que
ustedes no sabían quienes éramos nosotros para tratar de conseguir algo de
comida y dinero y caballos para viajar cómodos y no a pie como nos ha
tocado hacer hasta ahora, y...

- ¡Cállate ya! lo cortó Zaratustra hablándole ahora con voz de bajo


profundo. Su voz salió disparada, le dio en el rostro al hombre como si
hubiera sido un puñetazo, lo sacudió de arriba a abajo y lo obligó a
quedarse completamente quieto, como congelado.

- Ahora hablo yo, y tú te limitas a contestar mis preguntas. ¿Entiendes?

- Si, señor, entiendo.

- Entonces dime: ¿Cual es el pueblo más cercano?

- Mire, usted... Los pueblos de que les hablamos, es decir Cerro Grande y
Cerro Chico no existen. Los inventamos para hacer creer a los viajeros
desorientados como ustedes que los llevaríamos a ellos, y luego...
pues...Usted entiende lo que sigue, señor.

- ¿Tienes algo que ver con unos bandidos que andan armados y vestidos
como militares y que hace unos días nos robaron joyas, dinero, comida y
algunos animales? La voz de Zaratustra había vuelto a ser cascada como la
de un viejo muy viejo.

- No, no tengo nada que ver con ellos, pero si he oído hablar de esos
señores. Me cuentan que andan cerca de aquí, que tienen un campamento
con unos animales raros a los que están enseñando a cargar armas, pero que
los animales no les obedecen y los atacan, y que algunos de los animales se
han escapado y andan por el campo haciendo ruidos raros y asustando a la
gente que no sabe de que se trata, y que además...

- ¡Para! ¡Para! ¿Sabes donde están los animales, los que se les escaparon?

- Pues no, no lo se, pero uno de mis compañeros dice haberlos visto cerca
de un lago, que se acercó a verlos pero uno de ellos, un animal que no es de
esta tierra, lo atacó y le echo babas en la cara, así que tuvo que salir
corriendo a esconderse.

- Iremos a hablar con tu amigo, le dijo Zaratustra de nuevo con voz de


barítono, pero cuidado con lo que haces, los leones siguen sin comer.
¿Cómo se llama tu amigo, el que dice haber visto los animales?
-Abimelec, señor.

-Atlas, ven con nosotros y no le quites los ojos de encima a este hombre, si
ves que trata de huir lo coges y sin pensarlo dos veces lo trituras y se lo
echas a los gatos. ¿De acuerdo?

- De acuerdo, señor Zaratustra.

- Partieron los tres en una pequeña procesión. Zaratustra adelante, en medio


Enoc, y por último Atlas que no perdía su sonrisa ni despegaba los ojos de
su prisionero. Caminaron por un lado de los carromatos y de las jaulas de
los tigres y de los leones a las que Enoc no pudo evitar mirar con angustia
mientras pensaba en como sería servir de comida a los gatos como los
llamaba el enano.

Encontraron a Ángelo que conversaba con Clarabella y Leónidas que se


silenciaron cuando los vieron llegar.

-¿Cómo van las cosa Zaratustra?

- Bien, señor Ángelo. Vengan con nosotros, oirán cosas interesantes.

Ahora la procesión era de seis pero pronto se le añadieron algunos payasos,


varios trapecistas, el mago Diábolo y Aparecido junto con Mardoqueo que
preguntó desorientado: ¿para donde vamos?

- Tampoco yo lo se le respondió Aparecido, pero parece que se trata de algo


interesante, vamos a enterarnos.

El grupo encabezado por Ángelo llegó hasta el sitio en el que todavía se


encontraban los compañeros de Enoc, quienes al verlos se pusieron de pie y
volvieron a agruparse como antes.

Se escuchó la voz chillona de Zaratustra que preguntó a Enoc cual de ellos


era el que había visto los animales.

- Es Abimelec, ese, el que tiene el sombrero deshilachado.

Pero antes de nadie volviera a hablar, Atlas dio un grito, empujó a sus
compañeros, se abrió paso y con rapidez impresionante tomó por la cintura
al hombre que había señalado Enoc y lo levantó, regresó hasta donde se
encontraba Zaratustra y le dijo:

- Aquí lo tiene, señor.

-Gracias, amigo.

- Antes de que Abimelec se repusiera de la sorpresa Zaratustra le soltó


varias preguntas sin detenerse a pensarlas: ¿donde viste unos animales
raros? ¿Cuando fue? ¿Cómo eran? Habla rápido, no tenemos mucho
tiempo.

- Eso fue hace como tres o cuatro días, no están lejos de aquí, pues si que
eran unos bichos bien raros. Uno de ellos me atacó, tuve que correr.

- ¡Cállate! y prepárate para llevarnos hasta donde están los animales. Pero
antes dime ¿Cual es el pueblo más cercano? Ya sabemos quienes son
ustedes y sabemos también que Cerro Grande y Cerro Chico no existen.
¡Habla!

- Si, es verdad, esos pueblos no existen, son cosas nuestras para engañar a la
gente. Hay una pequeña ciudad que se llama La Grandeza. Está como a dos
horas de aquí; no se perderán si siguen las huellas que ha dejado el ganado
que llevan a la feria. Les indicaremos por donde deben tomar el camino, sin
embargo no les recomendamos que vayan allá, la gente que vive en ese
pueblo es muy difícil de tratar, a nosotros no echaron a golpes porque no les
agradamos. A algunos los han bañado en miel y luego los han cubierto de
plumas; quedan como monstruos. Hay que...

- Gracias por tu información lo cortó Ángelo, pero ya veremos como nos


entenderemos con esos señores, por ahora queremos que nos lleves al sitio
donde están los animales, y nada de trampas. Tú vienes con nosotros
mientras tus amigos se quedan aquí como garantía de que no nos engañarás.
Amigos, dijo, volviéndose a sus compañeros: estos caballeros quedarán
como garantía de que nada nos sucederá mientras vamos a buscar los
animales. Por favor llévenlos al remolque y asegúrenlos bien.

- Muy bien así se hará, dijo Sultán, que sin saberse de donde lo había
sacado esgrimió un enorme sable e hizo el ademán de arrancarse un cabello
y partirlo luego en el aire. ¿Vieron, señores, lo que pasó con ese cabello?
Algo parecido pasará con sus cabezas si tratan de huir o hacer alguna
travesura. ¡Marchen! y con el mismo sable les indicó el sitio donde estaba
el remolque.

Ahora la procesión era grande de verdad. Odín la encabezaba, lo seguían


varios de sus compañeros payasos, luego venían los prisioneros en fila
india, callados y cabizbajos, y cerraban el cortejo Clarabella acompañada de
Sultán que no dejaba de exhibir su sable, luego Vulcano y por último
estaban Aparecido, Mardoqueo y Leónidas.

Ángelo, Zaratustra y Atlas formaban otro grupo con Abimelec que no le


quitaba los ojos al gigante y se apoyaba como danzando en un pie y luego
en el otro.

-Quédense ustedes aquí dijo Ángelo, yo voy a preparar un vehículo y a


buscar a otros acompañantes para que vayamos a buscar los animales.

Hicieron un círculo con los vehículos y las carretas y encendieron una gran
hoguera en el centro. Casi todos andaban preocupados por lo que pudiera
pasarles a sus compañeros. No sabían en verdad hacía donde habían partido,
ni confiaban en que el hombre que los acompañaba fuera de fiar, así sus
compañeros estuvieran enjaulados como garantía. Después de todo, dijo
Odín, bandido es bandido.

-Leónidas, ¿oyes algo? le preguntó Zaratustra sacando la cabeza por la


ventanilla al domador que iba encaramado en el techo del camión y pedía a
gritos a Ángelo que se detuviera.

- Si, amigos, escucho a los elefantes. No estamos lejos de ellos; Ángelo,


conduce hacía la izquierda, están entre los matorrales. Ya los veo, y creo
que ellos nos vieron.

- ¡Ola Aladino! ¿cçomo andas? ¿Y tú Matusalén haz comido bien? Déjame


ver como están tus patas y tu trompa no sea que te hayas cortado? ¿Y
ustedes están bien amigos?

Leónidas pasaba de un animal al otro, los acariciaba, los miraba por todas
partes, les preguntaba por su salud y maldecía con toda clase de términos a
los bandidos que los habían secuestrado.
¿Están todos, señor Leónidas? le preguntó Aparecido a quien Ángelo había
invitado por que creía que si se aparecían los duendes el muchacho podría
alertarlos y evitar que los perdiera.

- No, amigo, faltan los caballos. Creo que no están aquí, no veo sus huellas.
Es posible que los bandidos los tengan, pero estoy feliz con los compañeros
que volví a encontrar dijo abrazando por la nuca a un camello que estaba
echado y rumiaba tranquilo.

-¡Pronto, pronto, vámonos!, gritó Zaratustra que había saltado del camión al
lomo de un enorme elefante que se balanceaba tranquilo como si no sintiera
el peso del enano.

- Ahora tú, Abimelec, vas a decirnos, sin dudarlo un momento, cual es el


camino de regreso. Veo varios y no queremos perdernos ni tener demoras,
le dijo Atlas a su prisionero del cual no se había despegado ni siquiera
durante la noche en que durmieron en el campo alrededor de una hoguera.

- No se preocupe, amigo, también yo quiero regresar pronto; mis


compañeros deben estarla pasando muy mal, y si demoramos mucho no van
a perdonarme la demora, y además no quiero seguir teniéndolo a usted
convertido en mi sombra. Es una sombra muy pesada la que usted tiene.

Clarabella que conversaba con Circe se levantó de un salto y gritó: ¡Ya


vienen, son ellos! Los escucho.

- ¿Por donde vienen?

Por aquel lado, y señaló con su mano en dirección a donde empezaba a


asomarse la luna llena.

-Déjalos libres Atlante, que vayan hacia la llanura; dile a Aparecido y a


otros hombres que te acompañen montados en camellos y elefantes,
abandónalos después de unas horas, los quiero lo más lejos posible de
nosotros. Estaremos listos para partir cuando ustedes regresen.

Salieron hacia la llanura cuando la luna llena ya estaba alta. Los hombres
iban en fila india encabezados por Abimelec y cerrando la marcha iba
Atlante montado en un elefante llamado Memorioso por que recordaba a
toda la gente del circo a la que saludaba levantando la trompa cuando los
veía, y además, porque aunque se quedará solo en un lugar siempre
regresaba al circo no importa cuanto camino tuviera que recorrer. A un lado
de la fila marchaban Aparecido montado en un camello acompañado por
Odín que montaba un camello enorme, y al otro iban en dos elefantes
varios payasos en compañía de Mardoqueo que no olvidaba su tiempo de
alcalde cuando perseguía bandidos y los paseaba por las calles de su ciudad
con un cartel en el que estaba escrito el delito del que se les acusaba.

Al llegar a un enorme lago Atlante dio la orden de detenerse y dijo a los


bandidos con tono ceremonioso: quedan libres, pero si vuelven a
atravesarse en nuestro camino pueden estar seguros de que terminarán en la
barriga de los tigres y de los leones, y si estos no quieren comérselos porque
no les gusta el sabor de ustedes, entonces los amarraremos de manos y pies
y pondremos a dos elefantes como estos que nos acompañan a que tire cada
uno para un lado hasta que no quede nada de sus cuerpos, o si queda algo se
lo daremos a los buitres o lo dejaremos para los perros. ¡Que Dios se apiade
de sus almas!, Se volvió hacia sus compañeros y les dijo que era el
momento de regresar.

En el momento de tomar el camino de regreso escucharon la voz de un niño


que cantaba con tono lastimero una canción muy triste en un idioma que
ninguno de ellos había escuchado antes. ¡Deténganse, deténganse! les gritó
con angustia Aparecido a sus compañeros. ¿Escuchan a ese niño que canta?
No lo busquen ni le hablen, es un duende que quiere perdernos. Vayamos
lo más `pronto que podamos, tápense los oídos y por más cosas que oigan o
vean no se detengan. Empezó a rezar y no paró de hacerlo hasta cuando
horas después dejaron de escuchar al niño que unas veces cantaba y otras
lloraba con llanto lastimero. No se tranquilizaron sino cuando vieron las
luces de las fogatas que habían encendido sus compañeros para calentarse
del frío de la noche, y para orientar a la pequeña caravana que llegó en
silencio encabezada por Atlante que dormía montado en Memorioso que les
había servido de guía durante todo el viaje de regreso.

-¿Cuantas horas han pasado desde que partimos, Zaratustra?

- Seis, o algo así, señor Ángelo, le contestó y le mostró un hermoso reloj de


oro que llevaba colgado del cuello.

- Nos engañaron los malditos bandidos, o nos hemos perdido, Zaratustra;


nos dijeron que en dos horas llegaríamos a una hermosa ciudad llamada La
Grandeza, ya llevamos seis horas de viaje sin detenernos y no se ve nada
que tenga apariencia de ciudad, sólo llanura para donde quiera que
miremos, empiezo a sentir nostalgia de los cerros.

- No nos queda otra cosa por hacer que continuar, señor Ángelo, nada
conseguiremos deteniéndonos a esperar a que aparezca alguien para que nos
oriente, que tal vez nos de información tan falsa como parece que nos
dieron los bandidos.

- Tienes razón, amigo, seguiremos hasta que... ¿Ves esa polvareda que se
levanta delante de nosotros? ¿Que podrá ser? Quizás una tormenta de
polvo, y si es así estaremos en problemas, nosotros podremos protegernos,
pero no los animales, excepto los camellos y los dromedarios. Mejor nos
detenemos y esperamos hasta estar seguros de que cosa es.

Ángelo detuvo el camión y detrás de él se detuvieron los demás vehículos


de los que descendieron todos para averiguar por que se detenían, pero no
fue necesario que llegaran hasta donde Ángelo y Zaratustra conversaban
con preocupación sobre la nube de polvo que ahora estaba más cercana,
porque todos la vieron acercarse más rápido de lo que quisieran.

¡Vuelvan a los carros!, ¡rápido!, ¡háganlo ya!, grito de pronto Aparecido y


empezó a empujar hacia los carros a cuantos tenía cerca. ¡Entren, entren!
No se detengan, y él mismo corrió a meterse en el carromato en el que
viajaba con Francisco y Mardoqueo, que no estaban allí cuando él entró
dándose bendiciones. Detrás de Aparecido entraron en tropel Clarabella,
Odín que no la desamparaba, algunos ayudantes y Vulcano que preguntaba
a gritos que demonios pasaba.

- ¡Gracias a Dios! parece que todos pudimos refugiarnos les dijo Aparecido
mientras miraba por la ventana del carromato. Ya vienen, no nos harán
nada, pasarán por los lados, pero cierren esa puerta por si acaso, no
sabemos de qué clase de bichos se trate y alguno puede decidir atacarnos...

- ¿De que demonios hablas, Aparecido? le preguntó Vulcano tratando de


mirar por la misma ventana por la que este miraba.

- Espera un momento y lo verás fue la respuesta de Aparecido.

Escucharon un rumor lejano como si una tormenta se acercara, luego


empezaron a sentir como el carromato se mecía al tiempo que por la
ventana entraba una nube de polvo espeso que los envolvió y los obligó a
cerrar los ojos y a cubrirse la nariz y la boca.

- No veo nada dijo alguien voz ahogada.

- Con esta polvareda parece que nadie ve nada, fue la respuesta que le dio
Clarabella quien parecía estar absolutamente tranquila.

- De pronto el rumor se hizo estruendoso, y algo como una tromba empezó


a pasar a ambos lados del carromato que se bamboleaba y chirriaba como si
algo jugara con él.

- Tengan calma, amigos, pasará en unos momentos les decía Aparecido


tratando de tomar aire a través de su camisa con la que se cubría la cara.
Pero pasaron unos minutos eternos antes de que la tromba y el polvo
empezaran a disminuir.

-¡Demonios!, ¿Qué cosa fue esa? nunca oí nada igual en mi larga vida, ni
tragué tanto polvo dijo un hombre pequeño que era ayudante y llevaba
varios años viajando con el circo.

- Pues fuera lo que fuera ya pasó dijo Odín y abrió la puerta del carromato,
pero todo lo que vieron fue una polvareda peor que la que sufrían adentro.

- No salgan les gritó Aparecido, todavía pueden quedar algunos rezagados


que puede ser peligrosos. Esperemos a que el polvo desaparezca del todo.

Esperaron todavía un largo rato antes de que pudieran ver de nuevo la


llanura, desolada y triste tal como la vieron desde que entraron en ella, sólo
que ahora alcanzaron a ver en algunos sitios distantes unos bultos oscuros
que no pudieron establecer de momento de que se trataba.

- Salgamos ahora, les dijo Aparecido y descendió del carromato sin antes
haber mirado con cuidado en todas direcciones.

- Aparecido... Aparecido, escúchame ¿vas a decirnos al fin que fue la cosa


que causó todo este alboroto?

Aparecido se volvió y se encontró con el Ermitaño que con su saxofón


colgado del cuello como si se dispusiera a dar un concierto, lo miraba con
expresión de quien todavía no se libra del susto que acaba de pasar.
- Tranquilízate, hombre, le contestó Aparecido que todavía no conocía los
nombres de toda la gente del circo, fue una estampida de ganado salvaje,
debían ser centenares de animales. Dios se apiade de quienes no tienen la
fortuna de esconderse como nosotros. No es que esos animales sean malos,
es que se asustan por algo y huyen sin detenerse ante nada, menos ante las
personas a quienes no tienen miedo. Corren y corren hasta caer agotados o
hasta que encuentran algo como un río que los detenga, o...

- Pero, Aparecido, intervino Alegría, dinos, ¿no se devolverán para


atacarnos de nuevo?

- Pueden estar tranquilos, no volverán, ya les dije que correrán durante un


rato y se detendrán porque los obliga el cansancio o algo que les impida
continuar, luego se dedicarán a comer tranquilamente.

- Oigan todos les dijo Xú que acababa de unirse al grupo, vi hace un


momento, cuando venía para acá, un animal de esos que estaba muerto y
creo que podemos aprovecharlo para hacer un buen asado, no necesito nada
más que la ayuda de algunos de ustedes para destazarlo y luego disfrutarlo.
¡Los voluntarios, síganme!

Espera Xú voy contigo, te ayudaré, le dijo Zaratustra a quien nadie había


visto llegar, pero antes quiero saber si no hay otros animales muertos que
podamos aprovechar para alimentar a mis amigos los gatos.

Atlante, Zaratustra, Aparecido y otros hombres no tardaron en encontrar


más reses muertas que ataron a los elefantes y arrastraron hasta cerca del
carromato de Xú quien dirigía a un grupo de personas que alrededor de una
hoguera preparaba la carne de habían sacado de una de las reses.

Comida para todos, comida para todos, para hombres y gatos, decía
Zaratustra mirando las reses muertas. Lástima que los camellos y los
elefantes no coman carne por que así todos estaríamos más que bien. Pero
de todas maneras tendremos carne para rato, para quitar hambres atrasadas
y prevenirnos durante unos días de las futuras.

Empezó danzar con pequeños saltos alrededor de la hoguera en la que


preparaban la carne al tiempo que cantaba una canción en su lengua; todos
se hicieron a un lado y guardaron silencio. Sabían bien que Zaratustra se
enfurecería si lo interrumpían cuando le entraban los deseos de revivir
alguna de sus costumbres, que para todos eran bastante extrañas.

Que danzara alrededor de una hoguera mientras cantaba con una bonita voz
una canción cadenciosa y dulce no les parecía cosa tan extraña, por que ya
habían visto hacerlo a unos indios en un país que visitaron años atrás y a los
cuales se había unido Zaratustra; pero que saliera en mitad de la noche,
cuando era luna llena, vestido totalmente de negro y empezara a decir en su
extraña lengua con los brazos abiertos una especie de letanía dirigida a la
luna o quien sabe a que astro perdido en la inmensidad del cielo, o que en
un amanecer cualquiera, cuando cantaba el gallo que siempre llevaban en el
circo, se parará vestido totalmente de amarillo frente al sol que asomaba en
el horizonte y le hiciera venías y luego se arrodillara con la cabeza contra el
suelo y murmurara palabras incomprensibles, esas si eran cosas que les
ponían los pelos de punta a muchos en el circo.

Pero no duró mucho la danza de Zaratustra, después de unos pocos minutos


se detuvo y sin decir palabra tomó uno de los cuchillos de Xú, y con
destreza que no le conocían empezó a cortar grandes trozos de carne y a
ofrecerlos a sus compañeros a quienes invitaba a gozarlos con frases llenas
de palabras rimbombantes que muchos no entendían. Coman y beban
amigos míos, les decía, que nadie sabe jamás que le depara el traidor
destino, que así como hoy nos llena de comida generosa plena de ricos y
finos sabores, mañana puede darnos en los dientes con piltrafas que no
recibiría el más miserable de los hombres, pero que ante la adversidad, y
enfrentados a las dentelladas que a nuestras entrañas da el hambre,
comeríamos llenos de agradecimiento. Coman y beban hasta saciarse
queridos amigos, gocen ahora que la madre naturaleza se muestra generosa,
que no sabemos cuando nos someta a sus iras y nos obligue a llorar y a
pedirle que sea clemente, y...

Así continúo con su perorata Zaratustra durante unos minutos más, hasta
cuando terminó de dar una ración de carne a cada uno de quienes rodeaban
la hoguera que lo miraban y escuchaban entre sorprendidos y regocijados.

Ahora, amigos dijo Zaratustra, al tiempo que les hacía una profunda venia,
me marcho a visitar y a dar comida a otros buenos amigos a quienes ya
ustedes oyen rugir reclamando su parte de las tiernas carnes que hoy puso a
nuestra disposición la madre naturaleza.
-Al fin veo algo parecido a una ciudad, tal vez sea la que llaman La
Grandeza, pero sea esa o sea cualquiera otra alegrémonos porque ya iba
para largo este viaje, aunque para mi, mientras no me encuentre con los mal
nacidos micos, todo está bien.

- Tienes razón Mardoqueo, le respondió Francisco Javier, uno empieza a


añorar las comodidades de la ciudad, así no sean tantas como en las grandes
urbes, pero yo ya estaba harto de ver una llanura desolada que parece no
tener límites, empiezo a desear el regreso a las montañas, por lo menos no
son tan monótonas.

Encontraron una amplia y hermosa avenida llena de enormes árboles y


jardines florecidos, bordeada por amplias aceras adoquinadas y por casas y
edificios de varios pisos. Todo se veía bien cuidado y limpio; los colores
alegres eran comunes en las casas y edificios, y las personas que vieron los
viajeros se mostraban limpias y bien vestidas, caminaban con elegancia y
mesura y sonreían al paso de la caravana a la que saludaban con las manos
en alto.

- Parece, Zaratustra, que caímos en buenas manos; esta ciudad se ve


hermosa y llena de vida, ojalá encontremos un buen sitio para armar la
carpa y descansar un poco; creo que nos merecemos unos días de
vacaciones. Sólo si vemos que tendremos un buen público dispuesto a pagar
lo que vale nuestro trabajo montaremos el espectáculo, sino es así en dos o
tres días nos marchamos. ¿De acuerdo amigo?

- No del todo, señor Ángelo, respondió Zaratustra. Prefiero dejar el


descanso para cuando lleguemos a la mar para disfrutar de ella, estemos
libres de bandidos y tengamos un público que sea capaz de apreciar nuestro
espectáculo. ¡Cómo quisiera tener de nuevo un público refinado! No quiero
más sujetos como esos mineros, ¡Dios nos libre de otros parecidos. Le
sugiero, señor, que nos detengamos aquí apenas lo necesario para dar
algunas funciones recibir algún dinero y reponernos un poco de los malos
ratos, y que luego sigamos nuestro camino lo más pronto posible.

- De acuerdo Zaratustra, te haré caso, daremos algunas funciones, pero


necesitamos de inmediato un lugar donde instalarnos. ¿A quien le
preguntamos? Mira, allá está un sujeto que parece un policía, ve a
preguntarle si conoce un lugar que pueda servirnos.
- Buenos días, caballero, le dijo Zaratustra halándolo de la falda de su
guerrera, ¿sería usted tan amable de decirme si hay en esta ciudad un lugar
en el que podamos instalar la carpa de nuestro circo?

No alcanzó Zaratustra a terminar la frase cuando el hombre que vestía un


elegante uniforme de color azul, gorra militar del mismo color y llevaba el
pecho lleno de condecoraciones, lo miró desde lo alto con mirada feroz,
soltó un gruñido que envidiaría cualquiera de los leones del circo y a
continuación sacó con cuidado de un bolsillo de su guerrera un pífano
dorado y corto que hizo sonar con fuerza. El sonido agudo obligó a
Zaratustra a taparse los oídos y a darle la espalda al hombre pues pensó que
seguiría haciéndolo sonar, pero lo que ocurrió fue que detrás de los árboles
de la avenida en la que se encontraban salieron hombres armados,
uniformados también de color azul que corrieron hasta donde estaba del
sujeto del pífano, lo rodearon, hicieron un saludo militar y luego apuntaron
sus armas contra Zaratustra que creyó que había llegado su último minuto
de vida.

-¿Qué ordena su Excelencia? , dijo uno de los hombres que parecía ser el
jefe de los hombres armados.

- Que interrogues a este sujeto y le preguntes que es lo que desea. Ah, y


también enséñale cuando, como y en que circunstancias puede dirigirse un
ciudadano a un general de La Ciudad Superior de La Grandeza, que además
lleva el muy digno título de Excelencia.

- Si, Excelencia, así se hará de inmediato respondió el sujeto y procedió a


ordenar a sus compañeros que escoltaran a Zaratustra hasta el aula de
formación ciudadana.

-¿Qué ocurre? fue todo lo que atinó a preguntar Zaratustra cuando se vio
rodeado por una docena de hombres armados que lo triplicaban en tamaño y
tenían expresiones de querer desaparecerlo del planeta.

Pero ninguno respondió la pregunta; se limitaron a empujarlo con sus armas


y llevarlo a paso marcial, que él con enorme dificultad lograba igualar,
hasta un edificio enorme pintado de color gris oscuro que a Zaratustra le
recordó las prisiones que vio en un lejano país cuando ejerció la profesión
de las armas.
En el momento de ingresar al edificio escuchó los gritos de Ángelo que
preguntaba desde lejos por que llevaban preso a su amigo, pero como le
pasó antes a él tampoco escuchó respuesta alguna.

Lo llevaron por un larguísimo corredor alumbrado por bombillas que


apenas permitían ver por donde caminaban, y luego lo metieron de un
empujón a un aula gigantesca llena de sillas para escolares.

- Siéntese en una silla junto al tablero, donde podamos verlo, le dijo un


hombre de edad mediana pulcramente vestido con traje de ceremonia, como
si se tratara de una función oficial muy importante. Estaba parado a un lado
de una ventana que tenía vidrios oscuros como si quisieran que nadie de
fuera viera lo que ocurría dentro, usaba el sujeto anteojos de oro con lentes
muy gruesos que acomodaba de continuo sobre su nariz larga y afilada.

Zaratustra comprendió que nada más podía hacer que sentarse, guardar
silencio y esperar a que el hombre volviera a hablar.

- Bien, caballero, hoy no hay nadie más que nos haga compañía, así que
empecemos de inmediato le dijo el hombre sin mirarlo que ahora empuñaba
una larga y delgada vara que hacía vibrar con movimientos nerviosos.

- ¿Cual fue su falta?

- Creo que ninguna, todo lo que hice fue hablarle a un caballero que estaba
parado en la calle, queríamos información, y...

. Escúcheme bien caballero le cortó el hombre: cuando se dirija a mí


siempre debe decirme señor y mirarme a la cara, y darme además respuestas
claras, precisas y cortas, ¿entendió?

- Si, señor, entendí.

-Así está mejor. Ahora dígame, ¿conoce usted si, o no, las normas de
comportamiento que rigen nuestra sociedad?

- ¿De que normas y de que sociedad me habla, señor?

- Aquí las preguntas las hago yo, usted limítese a responder. No se vaya por
la ramas o será castigado con rigor, y le enseñó la vara.
- Si, señor, eso haré.

- Pero le recordaré su falta, con eso empezaremos a reeducarlo para que no


reincida y desordene nuestra vida social. Hizo una pausa larga y continuó.
Usted tuvo la osadía, ¡escuche bien!, dijo elevando la voz, de dirigirse al
Excelentísimo señor general comandantesupremo de todas nuestras fuerzas
dedicadas al orden social en nuestra amada ciudad, y lo hizo sin
autorización previa de su Excelencia, o en su defecto de alguna autoridad
superior. ¿Entiende ahora?

- Si, señor, lo entiendo. Estoy arrepentido de mi falta, no volverá a suceder,


nunca más, de ninguna manera me dirigiré de aquí en adelante a ninguna
Excelencia.

El hombre miró a Zaratustra con detenimiento como si tratara de interpretar


su respuesta. No entendía si el hombrecito vestido de manera tan
estrafalaria de acuerdo con lo que era de rigor en la ciudad, en verdad
estaba arrepentido de su falta, o se burlaba de él cuando afirmaba que nunca
más se dirigiría a ninguna Excelencia, pues en la ciudad existían alrededor
de tres centenares de personas que tenían derecho a ese título, y era muy
posible que en cualquier momento se viera obligado a hablar con alguna de
ellas. Ningún ciudadano estaba libre de tener que hacerlo a lo largo de su
vida ya que todos tenían que presentarse ante alguna de sus Excelencias, así
fuera simplemente para aclarar dudas sobre sus impuestos, para explicar un
comportamiento que parecía dudoso, o para ser simplemente evaluado
como padre o ciudadano.

-Sigamos. ¿Tiene usted permiso de residencia en nuestra ciudad? Por su


acento creo que no lleva mucho tiempo entre nosotros.

- No, señor.

- No, señor, dice usted. Aclare su respuesta.

- No tengo permiso, señor.

- ¡Ajá! Es un residente ilegal. ¿Cuanto tiempo lleva residiendo en la ciudad


sin estar autorizado?
Zaratustra sacó de un pequeño bolsillo su fino reloj de oro, miró la hora y le
dijo al hombre que lo miraba con gesto de disgusto: Cerca de dos horas,
señor.

- En ese caso no estaría violando ninguna de las leyes de residencia, pues


los forasteros pueden permanecer en nuestra ciudad sin permiso durante
setenta y dos horas improrrogables.

- Dígame ahora: ¿a que vino a nuestra ciudad?

- Estoy de paso, señor.

- ¡Explíquese!

- Trabajo con un circo; como ya le dije llegamos a esta digna ciudad hace
casi dos horas.

- No habla usted mucho.

- Me dijo, señor, que fuera conciso en mis respuestas, y eso hago.

- ¿Que hace usted en el circo?

- Soy payaso a ratos, otras veces le ayudo al director con las labores de
montaje del espectáculo y hago otras cosas menudas.

- No me ha dicho su nombre.

- No me lo preguntó, señor.

- ¡Pues dígamelo ahora, idiota!

- Zaratustra sintió el insulto como una bofetada; el color de su cara pasó de


pálido a rojo intenso, su cabeza calva empezó a dar visos como si fuera de
nácar, sus manos se cerraron como si apretarán el cuello de alguien y su
mirada que había sido tranquila hasta ese momento, dejó ver su furia
profunda.

El interrogador retrocedió como si algo lo amenazara, soltó la vara que


cayó al piso y produjo un ruido estridente como si fuera de metal y no de
madera, luego se acomodó varias veces los anteojos y empezó a sudar como
si de repente sufriera de fiebre intensa.

- ¿Le ocurre algo malo, señor, le preguntó Zaratustra a pesar de su


prohibición de hacerle preguntas?

- Nada que a usted le interese, le respondió el hombre, y a continuación sin


añadir nada más sobre el asunto se volteó y tomó de una mesa un libro
grueso y gastado, se lo entregó a Zaratustra y le dijo: léalo con cuidado.
Debe devolverlo a la salida de la ciudad cuando vaya a irse definitivamente.
Ahora puede irse, pero antes firme este recibo con el que se prueba que
recibió el catálogo del buen comportamiento de los ciudadanos.

Zaratustra continuó sentado con el enorme libro en sus piernas controlando


el deseo de golpear con él a su interrogador, pero como le sucedía siempre
en cuestión de segundos pasaba de una furia aterradora a una calma que
parecía más propia de un monje budista que estuviera meditando que de un
viejo guerrero Se levantó llevando el libro a dos manos, firmó el recibo,
caminó detrás del interrogador que se dirigía a la puerta del aula en la que
se detuvo en posición de firmes como si fuera un guardia; tenía de nuevo la
vara en su mano izquierda levantada como si fuera una lanza, llevaba la
mano derecha puesta sobre el corazón y seguía sudando como si estuviera
a pleno sol.

Se miraron como dos enemigos que han acordado una tregua tácita.
Zaratustra se cuidó de grabar su rostro como hacía siempre que alguien lo
atacaba de alguna manera; siempre es bueno recordar a estos sujetos dijo
para si, y se fue por el enorme corredor en el que se encontró con el mismo
grupo de guardianes que ahora llevaban a un grupo pequeño de personas
asustadas. Sintió lástima de ellas, se volvió a seguirlas con la mirada, y
con voz de barítono les dijo: Dios tenga compasión de ustedes.

Todos se volvieron a mirar hacia él, uno de los guardias regresó, se acercó a
Zaratustra y le preguntó: ¿quien dijo eso?

- Yo lo dije, amigo. Se lo dijo con su voz aguda como era natural en él.

- No bromee o tendrá que volver al aula. ¿Me entiende?

- Entiendo, amigo. Caminó de nuevo por el infinito corredor hasta que salió
a la luz del sol la que nunca había apreciado tanto como ahora. Cuando
miró hacia la enorme avenida por donde había venido se llevó una sorpresa
mayúscula. Sentados sobre un prado estaban todos su compañeros en
completo silencio y rodeados de guardias armados.

Las mujeres estaban separadas unos metros de los hombres y estos estaban
pegados uno al otro, con las piernas recogidas y las manos sobre las
rodillas, lo que le pareció a Zaratustra que era una forma de tortura, tal
como era costumbre hacer en su época de guerrero con los prisioneros.
Cuando quiso acercarse a ellos varios guardias corrieron hacia él, le
apuntaron con sus armas y le gritaron que se alejara.

Pero, ¿qué ocurre? fue todo lo que Zaratustra atinó a decir, pero los guardas
se limitaron a repetirle la orden de retirarse y volvieron a sus puestos.

¿Ahora que hago? se preguntó en voz alta como si conversara con alguien.
Buscó con la mirada los vehículos y los carromatos y los vio al fondo de
una gran zona abierta que en principio creyó que era una plaza de
ceremonias o algo parecido.

No me queda más que irme hasta allá, y ver si encuentro a alguien que esté
libre y me cuente de qué demonios se trata todo esto.

Caminó con el sol perpendicular a él - señal de que ya es medio día, dijo en


voz alta - sacó su reloj y miró la hora. Si apenas unos minutos después de
las doce. Van a freírse si los dejan ahí, y se volvió a mirarlos. Los vio
marchar en perfecta fila camino del edificio donde lo tuvieron a él; las
mujeres a la cabeza y ellos a algunos pasos atrás, pero todos con las manos
sobre su cabeza y al parecer en absoluto silencio.

Esperó hasta cuando el último de ellos desapareció por la enorme puerta del
edificio gris, y sintió ahora más compasión por ellos que en pocos
momentos caerían en manos del interrogador vestido con traje de
ceremonia. Después de todo, pensó, los interrogadores no tienen porque ser
gente mal vestida. Eso ayuda a que la impresión que dejen no sea mala del
todo.

Caminó todavía un buen trecho por la inmensa plaza, desesperado por el


calor se quitó la chaqueta y cubrió con ella su cabeza que empezaba a
arderle. Antes de alcanzar los primeros vehículos escuchó a los leones que
parecían recibirlo con sus rugidos, y se dio cuenta en ese momento de que
no se había encontrado con ninguna persona en su recorrido, y que tampoco
parecía haber alguna en la caravana.

Caminó a lo largo de los vehículos y del carromato con las jaulas de los
micos que se acercaron a los barrotes a mirarlo con detenimiento pero sin
chillar ni saltar como era su costumbre. Los elefantes ni siquiera se
ocuparon de él y siguieron sacudiendo sus trompas de derecha a izquierda y
de izquierda a derecha; los perros no se levantaron cuando los llamó, y los
osos se limitaron a bostezar cuando los saludó con un ¡ola amigos! dicho en
voz baja.

-Señor Zaratustra, venga para acá.

La voz salió de uno de los camiones cargado con sillas y pedazos de lona de
colores utilizados para reparar la gran carpa, pero no vio a su dueño.

-Acérquese, señor, es que no quiero que me vean.

Obedeció y se acercó al camión sin identificar todavía a quien le hablaba al


que no lograba ver y parecía ser invisible por que sólo veía las mismas
sillas y pedazos de lona que siempre vio durante todo su tiempo con el
circo.

-¡Demonios, déjate ver, quien quiera que seas! dijo Zaratustra fastidiado por
tener que hablar con una especie de fantasma.

-Señor, ¿Ya se fueron?

-¿Se fueron quienes? respondió Zaratustra todavía sin encontrar al dueño de


la voz

- Los guardias, señor.

Pues no veo a ninguno por aquí, así que puedes salir.

Uno de los pedazos de lona se levanto despacio y la cabeza de Aparecido


llena de polvo rojizo se dejó ver y el resto de su cuerpo fue saliendo con
lentitud como si se tratara de una serpiente que se desperezara.
- Nunca imaginé que me alegrara de verte, Aparecido, baja de ahí y dime
que ocurre, pero antes límpiate la cara que te pareces a uno de los micos y
no se al fin con quien estoy hablando.

- Si, señor, eso mismo haré, pero déjeme asegurarme primero si no hay por
aquí alguno de esos sujetos que se los llevaron a todos.

Desde la altura del camión miró en todos sentidos y sólo luego de


asegurarse de que únicamente él y Zaratustra estaban en los alrededores, se
atrevió a bajar y acercarse al enano.

- Bueno, habla hombre, dime que pasó.

- Pues escuche, señor, lo que ocurrió fue que sin saber de donde llegaron
unos guardias armados hasta los dientes y empezaron a capturarlos a todos,
hombres y mujeres, sin darles tiempo de vestirse decentemente ni responder
a sus preguntas, y luego los llevaron en fila. No supe porque los apresaron
ni para que los querían, porque los sujetos esos no hablaban más que para
dar órdenes de salir de los carros y ponerse en fila, y luego marchar
acompasados con dirección al mismo sitio de donde usted vino; yo lo estaba
viendo a usted desde aquí y me alegré de verlo ya que somos los únicos que
quedamos de toda la gente de circo. El señor Ángelo gritó y protestó pero
amenazaron con golpearlo si no se callaba y la señora Rosalinda le rogó que
lo hiciera y él al fin se silencio, pero se le veía que estaba furioso, y Atlante
también trato de resistirse pero la señora Clarabella lo calmó y se fue sin
chistar, y así fueron saliendo todos sin resistirse, ¿por qué para qué hacerlo?
los guardias eran muchos y además armados, y por si fuera poco nos
tomaron por sorpresa, pero yo...

-¡Detente, hombre! Déjame hablar. ¿Sabes por que los detuvieron?

- No señor, ya le dije que los sujetos que se los llevaron no explicaron nada,
ni menos contestaron a las preguntas que les hicimos, o mejor dicho, que les
hicieron ellos, es decir los que se llevaron, porque yo,..

-Si te entiendo, Aparecido. Déjame hablar. Creo entender ahora. Parece ser
que los capturaron por la misma razón que a mí.

- Eso iba a preguntarle señor Zaratustra, todos nos dimos cuenta por que el
señor Ángelo gritó mucho cuando vio que a usted lo detenían y lo llevaban
a ese edificio gris que se ve al fondo, yo...
- Si, lo escuché gritar, Aparecido; espérame te aclaro algo. Parece ser que
los habitantes de esta ciudad no gustan de los forasteros y además tienen
unas normas de comportamiento bien extrañas que todos hemos violado sin
saber a que horas. ¿Ves este libro? Pues me lo entregaron para que lo leyera
y aprendiera a comportarme aquí; me hicieron firmar un recibo por él y me
dieron unas cuantas horas para aprendérmelo y devolverlo antes de irme.
Míralo, parece que ha pasado por mil manos antes de llegar a las mías.
Antes de entregármelo me amenazaron con darme de varas si rompo alguna
de las normas que aparecen en este mamotreto. Creo que tendremos que
salir de aquí tan pronto los liberen, si no vamos a terminar detenidos a cada
minuto. Pero dime, ¿cómo lograste escaparte de los guardias?

- Señor Zaratustra, ocurre que en este país tanto los alzados como la gente
del gobierno andan a cada rato haciendo levas para conseguir sus tropas, y
yo he aprendido a escabullirme y ya tengo una especie de sexto sentido para
advertir cuando alguno de ellos está cerca reclutando muchachos o
haciendo redadas para buscar enemigos. Eso fue lo que me pasó hoy.
Empecé a sentir una especie de intranquilidad, de desazón, no supe durante
un buen rato que era lo que me molestaba, y de pronto caí en la cuenta de
que se trataba. Me olió a gente armada, quiero decirle, señor, que
comprendí que estaba en peligro de toparme con gente nada amigable, así
que de un salto corrí a meterme en el camión en donde usted me encontró.
No advertí a los otros porque no me hubieran creído, y además como
ustedes no son de aquí pues pensé que no tendrían líos con la autoridad,
pero yo si que los puedo tener, y bien grandes, porque no he querido
enrolarme en ningún lado, y donde me pillen me doblan el tiempo de
servicio, si es que no me matan en un combate en el que no estoy interesado
en participar y es que, señor, yo...

-Detente, hombre de Dios, con lo que me has dicho es suficiente, ahora lo


que debe interesarnos es ver como salimos del problema en que andamos
metidos sin que supiéramos cuando ni como nos metimos en él. ¿Cómo
saber que podemos hacer por ellos?, aunque tengo la esperanza de que les
den el mismo tratamiento que me dieron a mi, que no fue muy agradable
que se diga, y que luego los dejen libres si prometen leerse esta cosa,
cumplir religiosamente con las normas que en ella se dan, y luego largarse
de aquí como alma que lleva el diablo.
- Por lo que más quiera, señor Zaratustra, no mencione ese sujeto para nada,
es de mala suerte. Con sólo mencionarlo ya para la oreja y se dispone a
hacerse ver de quien lo llama, y de mi parte no quiero nada con él.

-¿De quién me hablas, Aparecido?

- De el ángel malo, señor, a quien usted acaba de mencionar, diciendo que


se lleva un alma...

- Si te entiendo, dejemos las cosas de ese tamaño, mejor dediquémonos a


pensar en resolver la situación. Hay mil cosas por hacer, y la primera de
todas es alimentar a los animales, darles agua, limpiar sus jaulas, y nada
más estamos tu y yo para hacerlo, aunque pudiéramos contratar algunos
hombres que nos ayuden, podemos pagarles con entradas a las funciones, si
es que nos dejan darlas, y si no pues les pagamos con algo del oro que nos
dio la mujer del pueblo de mineros; tengo un poco guardado, pero me temo
que si me dirijo a alguien vuelva a cometer un error como el que cometí al
hablarle a una de las Excelencias...

- Perdone, señor, pero parece que vine alguien, mejor será decir que vienen
algunos. Mire para la última carreta.

Vieron dirigirse hacia ellos a siete enanos que marchaban en una fila
perfecta, acompasados como si fueran militares de vieja data, vestidos
como si fueran a presentarse en una función de gala. No faltaba un sólo
detalle en sus uniformes que eran copia fiel de los usados por los generales
de Napoleón en las ceremonias más encumbradas, y que Ángelo había
mandado a confeccionar para cuando tuvieran que presentarse en funciones
especiales a las que asistieran los más importantes personajes, como cuando
hicieron una presentación especial en Roma para el Papa acompañado de
todo el colegio cardenalicio, y a la que además asistieron todos los
miembros de la guardia vaticana que llegaron con todo su armamento por si
alguna de las fieras escapaba durante el espectáculo y pudiera amenazar a
algunas de sus Excelencias.

Llegaron los hombrecitos hasta donde estaban Zaratustra y Aparecido, se


detuvieron hicieron un giro para quedar frente a ellos, y quien parecía
comandarlos, el más alto de todos, que apenas daba a las rodillas de
Aparecido, llamado Águila por la forma de su nariz y por su enorme
capacidad para ver a grandes distancias, dio una orden y todos se pusieron
en posición de firmes.
- Estamos a sus órdenes, señor dijo Águila dirigiéndose a Zaratustra.

-Gracias, comandante. Llegan ustedes en un momento muy oportuno, será


de gran utilidad su ayuda. Pero de antes indicarles sus deberes díganme
como evitaron ser arrestados como les ocurrió a los demás compañeros, y
me ocurrió a mí para mi desgracia.

-Señor, respondió Águila, usted sabe que nosotros somos más seres de la
noche que del día, nos encontrábamos durmiendo cuando escuchamos los
gritos y órdenes que daban los guardias y como ya estamos preparados para
las contingencias, corrimos a meternos en los baúles de la ropa, así que
cuando ellos llegaron a nuestra carreta no vieron ser viviente alguno, salvo
los perros que nos acompañan siempre y que no los dejaron acercarse. Los
hombres optaron por retirarse sin revisar nada. Cuando los perros se
calmaron salimos, hablamos y decidimos por unanimidad vestirnos de gala
para que en caso de ser capturados se nos viera como las personas dignas y
respetables que somos, pero al salir de la carreta los vimos a ustedes, y aquí
estamos para saber a que atenernos.

- Sentémonos, amigos, y pensemos que podemos hacer por nuestros amigos


presos por los guardias y por los otros amigos que nosotros tenemos presos
en jaulas, les dijo Zaratustra.

-Esperen un momento, les dijo Aparecido y corrió a una de las carretas de la


que bajó varias sillas, las puso en círculo y dijo: caballeros, sentémonos a
deliberar.

- Amigo, dijo uno de los hombres de Águila mirando a Aparecido a la cara,


¿puede decirnos por qué tiene usted todo su cuerpo pintado de color ocre?
¿Acaso quiere participar en un carnaval?

- No, no quiero participar en ninguna festividad, y menos en esta ciudad que


parece no querernos; ocurrió que me oculté entre las lonas que están
cubiertas del polvo de la llanura que ustedes saben es de color ocre, y como
sudé a chorros, al igual que si estuviera metido entre un horno de fundir
acero, no sólo por el calor que hace sino también por el temor de ser
capturado, pues el polvo se pegó a mi y vine a quedar de este color, que por
lo demás no me viene mal pues mi color natural es pálido y poco atractivo;
pero espero que con un buen baño las cosas vuelvan a su estados natural.
- ¡Espere, espere! Nada de bañarse, Aparecido, quédese tal cual está le dijo
Águila, puede sernos muy útil su color...

- No entiendo, Águila, que pretende hacer intervino Zaratustra.

- Sencillo, señor. Todo cuanto tenemos que hacer es vestir al señor


Aparecido con alguno de los atuendos de gala que tiene el señor Diábolo
para sus actos especiales, y presentarlo en la ciudad como embajador
plenipotenciario enviado por alguna potencia muy lejana para conocer esta
hermosa ciudad, y si es del caso, fijará aquí su embajada permanente. Mis
hombres y yo seremos el séquito del señor embajador, y usted, señor
Zaratustra, será su secretario responsable de hacer los contactos con las
autoridades. Para ese papel tenemos trajes en nuestros baúles, y hasta
podemos ponerle una hermosa peluca y bigotes para que no sea reconocido
por quienes lo detuvieron hoy en la mañana.

- Pero, señor Águila, nada se de embajadas, potencias y otras cosas de que


usted habló; tenga en cuenta que yo con mucha dificultad apenas hice la
escuela elemental.

- No se preocupe, Aparecido, usted limítese a hacer lo que yo le diga,


siempre le hablaré al oído para fingir que nadie puede enterarse de nuestra
conversación, y se limitará a asentir o negar con la cabeza. Usted y el señor
Zaratustra vengan conmigo, vamos a buscar los trajes y a pulir los detalles,
debemos hacer un pequeño ensayo.

- ¡Cálmense amigos! Nada conseguiremos con pelear, tengamos en cuenta


que ellos son más numerosos que nosotros, además llevan armas y parecen
bien dispuestos a usarlas.

- De acuerdo, Odín, tienes razón, le respondió Diábolo, yo estoy calmado,


pero sería bueno que alguien nos dijera por que diablos nos han traído aquí
como si fuéramos una partida de bandidos.

- También a mi me gustaría saberlo intervino Ángelo. Debí dejar que


Atlante destrozara a unos cuantos de estos sujetos para que aprendan a
respetarnos y nos den el trato que merecemos; algo debemos hacer para...

-¡Silencio! ¡Siéntense! A partir de este momento no hablaran sino cuando


yo los autorice, y no olviden que cuando se dirijan a mi deberán ponerse de
pie y decirme señor. A continuación les daré una clase sobre como
comportarse en La Grandeza. Ustedes, todos ustedes, han violado muchas
de nuestras normas de comportamiento con lo cual ha causado serios
trastornos en la vida de nuestra comunidad...

La primera norma que violaron fue la norma sobre reuniones de más de tres
personas. Se reunieron en un lugar público en cantidad superior a la cifra
citada, lo cual no está permitido sino en recintos cerrados, y eso con previa
autorización de autoridad competente, la cual...

- Pero, ¿cómo íbamos a saberlo si acabamos de llegar a la ciudad? lo


interrumpió Odín que estaba sentado en primera fila

¡Silencio! ¡Acaso no fui claro en decirles que no hablaran sino con mi


autorización, me trataran de señor y se pusieran de pie al hablar?

El sujeto vestido contraje de gala se paseó delante del grupo haciendo


vibrar la larga vara que llevaba en su mano izquierda y con la derecha
señaló un rincón del aula y le dijo a Odín: usted, se ha hecho acreedor a un
castigo por violar tres normas de comportamiento en esta aula de
adoctrinamiento ciudadano, así que pase a ese lugar con la cara vuelta hacia
la pared, y si se niega llamaré a los guardias para que lo lleven a la fuerza,
pero no al rincón sino al patio de enseñanza práctica de obediencia, donde
ellos le enseñaran de una manera diferente como comportarse en nuestra
amada ciudad. ¡Hágalo ya!

- Hazlo, Odín le murmuró Clarabella sentada a su lado, no te busques más


problemas.

Se levantó con calma y muy despacio caminó hasta el rincón señalado por
el instructor, quien lo siguió con la mirada y con la vara le señaló un gorro
en forma de cono puesto en el piso y le dijo: póngaselo de inmediato. Con
la misma calma con la que había caminado Odín se acomodó el gorro y se
colocó de cara contra la pared.

Sus compañeros que seguían en silencio la humillación a que era sometido


Odín se revolvían en sus sillas e intercambiaban miradas significativas, pero
la presencia de los guardias en la puerta del aula les preocupaba y les
impedía rebelarse como era el deseo de todos.
Ángelo, sentado en medio de Atlante y el Ermitaño que no había
abandonado su saxofón y le daba brillo con un pequeño paño, maldecía para
si, y miraba a cada rato hacía atrás, a la fila de sillas en la que habían
ordenado sentarse a las mujeres, pues desde un principio los guardias
advirtieron que hombres y mujeres debían recibir la preparación para vivir
en la Grandeza perfectamente separados, con excepción de aquellos que
pudieran mostrar con documentos que estaban debidamente casados.

Había notado Ángelo con preocupación que la única mujer que faltaba era
Mab quien por faltarle las piernas, quien aunque usaba en ocasiones piernas
artificiales tenía gran dificultad para moverse y debía caminar muy
despacio y siempre acompañada de alguien que la ayudara en caso de
encontrar alguna dificultad especial. También había notado que faltaban en
el grupo los siete enanos y Aparecido, y varios de los ayudantes encargados
de cuidar los elefantes y otros animales como los dromedarios y los
camellos, desde luego no estaba Zaratustra a quien voy salir del edifico
donde ahora se encontraban.

La voz fuerte del instructor lo obligó a prestarle atención y a olvidarse por


un momento de sus compañeros ausentes de quienes esperaba que hicieran
algo para rescatarlos, si no es que no estaban presos en otro sitio.

- Ustedes, todos ustedes, le oyó decir, deben cumplir al pie de la letra todas
las normas que acabo de leerles, así como las otras que encontrarán en el
libro que les será entregado luego. En el mismo libro encontrarán los
castigos a que serán sometidos si rompen cualquiera de ellas, y si su
comportamiento no es satisfactorio a juicio de quienes debemos vigilarlos,
serán expulsados de la ciudad en forma deshonrosa, desde luego después de
cumplir a cabalidad con las sanciones establecidas. Ahora, cada uno de
ustedes pasará por esta mesa, leerá con cuidado la hoja que se le entregará,
pondrá su firma al pie de ella y se marchará de aquí en silencio. Espero no
volver a verlos, por lo menos en esta aula. ¡Procedan de inmediato a firmar!

-¿De donde sales mujer de Dios? ¿Cómo llegaste hasta aquí?

- Pues, señor Zaratustra, yo estaba en mi carreta ensayando un nuevo


número que quiere hacer Diábolo, para eso tengo que maquillarme de una
manera especial. Se trata de disimular mis rasgos femeninos, que no
parezca ni mujer ni hombre, de modo que él me oculte en alguno de sus
baúles, y según le interese yo pueda aparecer ante el público trasformada de
hombre a mujer, o al contrario. Pues estaba en esas cuando escuché los
gritos que daban mis compañeros, me asomé y vi como los guardias los
detenían, entonces, como estoy entrenada para permanecer completamente
quieta durante buen rato sin que se me note siquiera la respiración, me tiré
al piso y tomé la posición de maniquí que tomo en las presentaciones. Los
hombres entraron a la carreta, buscaron y miraron por todos los lados y ni
siquiera me tocaron, solo uno de ellos dijo mirándome: Que muñeca tan
rara, no es hombre ni mujer, esta gente es la más rara que he visto. Con eso
se marcharon, luego como pude salí gateando, los escuché conversar a
ustedes y aquí estoy.

- ¡Maravilloso Mab! Tú eres la persona que necesitamos para que nos


acompañe y ayude en el asunto que tenemos entre manos le dijo Águila,
que se había convertido en el director del grupo que, afirmaba con toda
seriedad, iría a salvar a sus compañeros, y a darles a todos esos
desgraciados guardias y demás habitantes de la maldita ciudad en la que
para su desgracia habían ido a parar, una lección que no olvidarían jamás
por más desmemoriados que fueran.

- ¿Y que debo hacer le preguntó Mab?

-Tú, mujer, te encargarás de maquillarnos de la manera que te indicaré


enseguida. Ahora Zaratustra y Aparecido irán a vestirse tal como hemos
acordado, mientras tanto tú procederás a hacernos aparecer a mi y a mis seis
compañeros como si fuéramos los más feroces sujetos que hay sobre la
Tierra, y tú, Mab, deja tu maquillaje así como lo tienes, que no seas ni
hombre ni mujer, luego te buscaremos una silla de ruedas y te
presentaremos como la esposa de su Excelencia el Honorable Embajador
del País del Sol Eterno. A Zaratustra lo maquillarás como un hombre muy
viejo, con una bonita joroba, de cabello largo y plateado, con grandes cejas
y ojos muy grandes, y en cuanto a Aparecido le dejas el color ocre que tiene
ahora, pero le harás más pequeños los ojos, que bien pequeños los tiene, de
modo que parezca que es un milagro que pueda ver algo. Cuando estemos
listos te diré como debes proceder.

- Atención, amigos: Ya estamos listos para salir y presentar nuestro


espectáculo. Les diré como vamos a proceder. Tú, Aparecido, serás como te
dije, el Excelentísimo Señor Embajador del País del Sol Eterno, por eso
tienes ese color ocre, porque el sol te ha quemado la piel desde que naciste,
permanecerás callado y te limitarás a decir si o no con la cabeza lo que diga
tu secretario. Tú, Mab, serás la esposa del señor embajador, debes andar en
silla de ruedas porque el protocolo sólo permite que de ti se conozca el
rostro. El señor Zaratustra será el señor secretario de su excelencia el
Embajador, y responsable de explicarle en su idioma lo que ocurre a su
alrededor, nosotros, fieros guerreros, seremos los guardias del señor
embajador y amenazaremos con nuestras espadas a quienes se atrevan a
acercarse a él. Ahora marchemos y caminemos por el centro de la ciudad,
de modo que parezca que estamos de paseo e interesados en conocer los
sitios de interés, así nos colaremos al edificio donde están nuestros
compañeros y sabremos de ellos. ¡En marcha!

Salieron en dirección a la gran avenida cuando ya era media tarde, después


de asegurarse que nadie los había visto salir del carro de Mab en el que ésta
los había maquillado, y habían preparado todos los detalles de su acto
colosal como lo llamaba Águila.

El desfile lo abría Mab sentada en una silla de ruedas cubierta con una
manta adornada con arabescos que era usada para vestir a uno de los
dromedarios cuando hacían desfiles por las ciudades famosas. Iba vestida
con un enorme traje plateado que tomaron del ropero de Clarabella, que le
cubría todo el cuerpo y llegaba hasta el suelo; inclusive sus manos eran
ahora invisibles y la única parte de su cuerpo que era visible era su cara
maquillada con un color muy pálido que contrastaba con el de su esposo el
señor embajador quien empujaba la silla con delicadeza como si fuera un
amante dedicado y cariñoso.

Detrás de ellos venía Zaratustra vestido con una túnica roja que llegaba casi
hasta sus pies, pero que permitía ver sus botas de charol muy negras y
brillantes, su cabellera le llegaba hasta los hombres, era de color oscuro y
mostraba hebras plateadas como debía ser en un hombre de su edad. El
sombrero verde, enorme, con una pluma de pavo real lo hacía ver más alto
de lo que era en realidad; su espada de la que se alcanzaba a ver la
empuñadura de oro trabajado en filigrana fina completaba el atuendo, y el
rostro que le había dibujado Mab mostraba a un sujeto de cejas enormes,
ojos muy grandes, boca pequeña y expresión de pocos amigos, dispuesto a
usar su espada a la menor provocación. Cerrando el grupo venían Águila y
sus seis compañeros, vestidos como oficiales de una guardia real que
participan en un desfile de gala a quienes no faltaban preciosas espadas
hecha a su tamaño y capas de color blanco que contrastaban con el azul
oscuro de los uniformes y de los sombrero tricornios que eran negros.
Caminaban con lentitud mirando con discreción en todos los sentidos,
entendiéndose más por señas que con palabras y a la espera de ver la
reacción de las primeras personas que encontraran y que no fueron otras
que las que conformaban un grupo de ocho o diez damas que caminaban
con afán y que por llevar todas un collar de rosas les dieron la impresión de
pertenecer a un club o cosa parecida.

Cuando ellas vieron al extraño grupo que se les acercaba se detuvieron al


tiempo, y enmudecieron como si alguien les hubiera tapado de repente la
boca, se hicieron a un lado con respeto cuando Mab y sus amigos llegaron
hasta donde se encontraban y les hicieron un saludo con la cabeza sin
pronunciar una sola palabra y continuaron en dirección al edificio en el que
Zaratustra estuvo detenido y en el que ahora lo estaban sus amigos.

Cruzaron con calma la enorme avenida por la que circulaban apenas unos
cuantos vehículos que se detuvieron para permitirles el paso, y en los cuales
alcanzaban a ver caras de curiosidad y asombro.

Cuando llegaron a la puerta del edificio gris ya un buen grupo de personas


estaba detenido en la acera mirándolos y hablando entre ellos en voz baja,
lo que dio lugar a que el guardia que vigilaba la entrada acudiera a ver que
ocasionaba el pequeño tumulto, pero al ver cual era la razón también abrió
la boca pero no pronunció una sola palabra, cosa que aprovechó Zaratustra
para acercarse a él y decirle con un curioso acento: señor este edificio es en
verdad bien hermoso y su Excelencia el Señor embajador, lo mismo que a
nosotros, nos encantaría conocerlo, desde luego si su señoría nos lo
permite. Le aseguramos que no causaremos la menor molestia, y sin esperar
su respuesta hizo una seña a sus compañeros para que avanzaran y
penetraron al edificio.

Fue Zaratustra quien encabezó el grupo y avanzó por el largo corredor que
le recordó el mal rato que hacia algunas horas había pasado en el aula
correccional como en algún momento la llamó uno de los guardias.

Fingían todos ante la posible aparición de alguna persona que eran simples
extranjeros curiosos a quienes parecía hermoso el edificio a pesar de ser
oscuro, húmedo y lleno de recovecos. Hacían gestos de admiración y
señalaban cualquier detalle simple como algo especial y así llegaron a la
entrada del aula vigilada por cuatro guardias que se sorprendieron con los
extraños visitantes. Uno de ellos, que parecía ser el de mayor jerarquía se
acercó y preguntó que deseaban.
- Sólo admiramos este soberbio edificio le respondió Zaratustra, su
Excelencia, y señaló a Aparecido que mostraba gran dignidad y apenas se
limitó a dar una mirada displicente al hombre que hizo la pregunta, tiene
gran interés en conocer las magnificas edificaciones de esta preciosa
ciudad. Si ustedes nos permiten daremos una mirada a esta aula que podrá
servirnos de modelo en nuestro país para preparar ciudadanos y niños tan
capaces y preparados como me dicen que hay aquí, y sin esperar la
respuesta se coló y se encontró con sus compañeros que trataban de
ayudarse unos a otros en el trámite de un engorrosos formulario.

El primero en verlos fue Diábolo quien a pesar de su experiencia en hacer


trucos no pudo dejar de sorprenderse al ver a sus compañeros
completamente transformados, y a su ayudante Mab convertida en una
esplendorosa dama que hubiera sorprendido por su belleza y distinción al
más exigente caballero. Ella de manera discreta le hizo una seña para que
callara, él la entendió, se volteó hacia sus compañeros y pasó de uno en uno
y fue diciéndoles al oído que no hablaran a quienes acababan de entrar y los
trataran con gran respeto.

Aparecido, Zaratustra, Águila y los otros se pasearon por el interior del aula
seguidos por el instructor que no entendía que diablos pasaba y no atinaba a
decir palabra. Ellos señalaban para todos lados hablando cada uno en su
lengua dando a entender que estaban admirados del tamaño del salón y de
las maravillas que encontraban que eran otra cosa que sillas desvencijadas,
tableros en igual estado, y unos adornos de yeso puestos en el techo que
representaban angelitos mofletudos y flores que parecían ser lises.

Cuando terminaron el recorrido, Zaratustra se dirigió al instructor que


todavía no se atrevía a abrir la boca, le dio las gracias por su hospitalidad, le
dio la espalda y con un gesto invitó a todos sus compañeros a salir.

En segundos todos abandonaron los documentos que llenaban lo mismo que


la sala, y en grupo silencioso salieron a la calle seguidos por los guardias
que con paso marcial iban detrás de ellos como si fueran sus protectores y
no sus vigilantes.

Encabezados por Mab que se veía majestuosa en su vestido plateado y por


Aparecido que empujaba la silla, caminaron por una amplia acera hasta un
sitio en el que un hombre uniformado detuvo el tráfico y les indicó que
cruzaran la avenida, lo que hicieron en perfecta fila y en perfecto silencio
ante el asombro de los numerosos transeúntes que no se explicaban que
clase de procesión era la que veían. Algunos se quitaban respetuosos el
sombrero, otros los señalaban y sonreían y los más hacían conjeturas con
sus compañeros sobre quienes serian esos personajes tan extraños.

La tropa aprovechó la noche que ya había caído y con rapidez caminaron al


sitio donde estaban sus vehículos, y en medio de abrazos y saludos
celebraron la liberación y se sentaron a deliberar sobre que deberían hacer
después de la situación que habían vivido.

- Creo, dijo Ángelo, que esta misma noche debemos marcharnos y llegar lo
más lejos posible, no quisiera encontrarme de nuevo con ese desgraciado
instructor, quien por lo que nos dijo en su desagradable charla estaremos
sujetos a castigos severos sino nos comportamos de acuerdo con sus reglas,
que por otra parte son bien complejas y difíciles de cumplir, y que por mi
parte no tengo el menor interés en aprenderme simplemente para
permanecer dos o tres días aquí. Así que, queridos amigos, creo que
debemos prepararnos para salir de inmediato, antes de que las cosas se
compliquen de verdad por que lo que hicimos hoy fue una verdadera fuga,
ya que como lo dijo el sujeto ese que nos corrigió y nos convertiría, según
él en ciudadanos perfectos, estábamos a su disposición hasta tanto no
rindiéramos un examen detallado de todo lo aprendido y llenáramos los
formularios que nos entregó, y para terminar, mostráramos un profundo
arrepentimiento por nuestro mal comportamiento, y nada de esto hicimos,
de manera que en cualquier momento pueden aparecerse los guardias y
volver a cargar con nosotros quien sabe para que lugar peor que en el que
nos tuvieron.

- Señor, Ángelo, las cosas son como usted dice, intervino Mardoqueo, pero
algo se de asuntos con las autoridades, de manera que si seguimos con el
cuento de su Excelencia, el señor embajador, y explicamos que todos
nosotros somos su séquito y tenemos inmunidad diplomática, que además
el circo forma parte de su embajada y ha venido con él en una campaña
cultural de su país, y para terminar les ofrecemos presentar unas cuantas
funciones gratis para las autoridades pero bien pagadas por el público,
pienso que podremos lucrarnos de nuestro paso por ésta ciudad, y de paso
quitarnos de encima a cualquier instructor que se aparezca a fastidiarnos.

- Escúchenme dijo Circe, que hasta ese momento permaneció silenciosa


echada en una enorme montaña de cojines que había ordenado le colocaran
en un lugar por el que corría el aire en la pequeña carpa que habilitaron
como lugar de conferencia, tengo el presentimiento muy firme de que es
este lugar tendremos un éxito enorme a pesar de las dificultades que hemos
tenido. Aceptemos la sugerencia del señor Mardoqueo y preparemos una
historia sobre el embajador y su séquito. Debemos empezar por inventar el
nombre y lugar del país de donde viene, quien es su gobernante, por que
estamos aquí, cuanto hemos viajado, y hasta una bandera y un escudo
vamos a necesitar.

- Tengo conmigo la bandera de mi país, dijo el Ermitaño que poco hablaba,


que aunque pequeña, puede servirnos para el caso si la ponemos al revés y
le bordamos un escudo, y los hombres de la orquesta con un pequeño
ensayo pueden convertir cualquiera de las piezas que interpretan en las
funciones, en un hermoso himno; ahora dediquémonos a inventar la historia
y demás del país de su Excelencia, y señaló a Aparecido que seguía vestido
con el traje que le inventó Mab.

- Atiendan lo que tengo para decirles, les dijo Zaratustra; en buena parte ya
inventamos la historia. El país del señor embajador se llama País del Sol
Eterno, y es por eso que tiene ese color ocre, por que tanta exposición al sol
terminó por ponerlo así, su esposa, por razones de religión no puede
mostrar más que la cara, y eso a medias. Para completar la historia yo
contaré la de mi lejana patria que es antiquísima, llena de hechos
extraordinarios, y la que hasta hace pocos años estuvo gobernada por el
emperador Zica XXXVII, a quien Dios guardó muchos años. Puedo
inventarme muchas cosas, y decir, por ejemplo, que vinimos a solicitar el
apoyo de este gran pueblo para que nos sea devuelta parte de nuestro país
que fue tomada por un dictador de un país vecino. Esto, les aseguro, dará
resultados excelentes porque siempre los gobernantes quieren aparecer
como protectores de los débiles. Ahora, sólo nos queda preparar el discurso
con el cual nos presentaremos a las autoridades de la ciudad. De eso me
encargo yo en mi calidad de secretario de su Excelencia, quien de ahora en
adelante no se dejará ver más que en un par de ceremonias, pero guardará
absoluto silencio, cuidándose de hablar únicamente conmigo, yo me
encargaré de transmitir sus mensajes y hacer de traductor. El señor
Mardoqueo por su experiencia en asuntos de Estado hará los contactos
iniciales con el gobierno de la ciudad, y nos preparará el camino para las
ceremonias de recibimiento de su Excelencia, pero antes debemos fabricarle
un vestido especial que destaque la dignidad de su cargo, pero quede claro
que él también estará acompañado de un séquito especial. Le ruego, señor
director, dijo dirigiéndose a Ángelo que lo miraba con algo de inquietud,
excusarme por tomarme atribuciones que no tengo, pero parece que esta es
una decisión de todo el grupo que usted hará bien en acoger.

- De acuerdo amigos, les dijo Ángelo, hagamos las cosas como las piensan;
tan pronto amanezca empezaremos a trabajar en los detalles, ahora vamos a
descansar que buena falta nos hace.

- Pero Mardoqueo, ¿para que diablos quieres que me vista de militar si


puedo acompañarte vestido como cualquier paisano? No conozco nada de
armas, desfiles, uniformes de gala, guerras y cosas de esas. Me parece que
poco podré ayudarle.

- Porque, respetado señor Francisco, usted será un coronel del ejército de


nuestro país; necesito en mi calidad de vocero de su Excelencia tener una
especie de edecán de alto rango que me de respetabilidad. Usted tiene la
apariencia de ser un hombre tranquilo y sereno, pero a la vez capaz de librar
combate con quien se le ponga delante; pretendo ejercer una gran impresión
en las autoridades de la ciudad y lograr que se nos den ventajas especiales.
Usted no tendrá que hacer más que un papel sencillo, no se preocupe que yo
me ocuparé de todo y además Odín que fue militar, lo mismo que
Zaratustra, le darán un pequeño entrenamiento y lo convertirán en cuestión
de horas en un militar experto.

- Dios se apiade de mi si llego a verme envuelto en algún pleito con


militares de verdad como los que nos capturaron ayer, y así no lo sean, ya
no estoy en edad de enfrentarme con nadie, ni me agradaría lo más mínimo
liarme a puñetazos o sablazos o con cualquiera otra arma con persona
alguna, así se trate de una hermana de la caridad.

- Tranquilícese amigo Francisco que nada de eso va a sucederle, y para su


seguridad y la mía contaremos con Águila y sus hombres que son
verdaderos guerreros, y además nos acompañará Atlante que llevará como
arma un enorme sable que posee Vulcano. También yo le ruego a Dios que
no nos veamos envueltos en lió alguno de armas; yo menos aun que usted
se manejar esas cosas. Ahora vaya donde Mab quien le dará sus prendas, y
luego pase a ver a Odín que le dará instrucciones y lo convertirá en un
excelente militar en un par de horas.
Francisco montó su enorme caballo que había sido engalanado con una
bella alfombra árabe, acomodó sobre sus muslos un sable de los que usaba
Sultán para sus actos, se acomodó la gorra, revisó los alamares que llevaba
en su elegante capa, y le dijo a Mardoqueo que montaba uno de los caballos
de Primavera: Estoy listo, señor Comisionado Especial.

-Gracias, señor Comandante, tambien los acompañantes están listos, según


veo. Entonces marchemos, e hincó sus talones en los ijares de su caballo
que levantó la cabeza y caminó con elegante paso en dirección a un gran
edificio de color amarillo que se veía al final de la enorme avenida que
parecía ser el eje central de la ciudad.

Detrás de ellos marcharon Águila y sus seis hombres jinetes en parejas en


dromedarios, miraba uno hacía el frente y el otro hacía atrás como si
vigilara para prevenir un ataque. De nuevo vestían sus elegantes uniformes
y llevaban sables atravesados sobres sus piernas; cerraba el grupo Atlante
que llevaba un enorme turbante color azafrán y una guerrera llena de
adornos dorados, portaba una enorme lanza y montaba a Aladino también
adornado como los caballos con hermosa alfombra de color verde bordada
con arabescos. Parecía un genio escapado de las mil y una noches.

Formaron una pequeña caravana que se paseó tranquila por la amplia


avenida ante la cual transeúntes y vehículos se detenían y con gran
cortesía les cedían el paso, y no faltaba quien, como ya les había sucedido,
se quitaba el sombrero y les hacía una cortés inclinación, y algunas damas
que paseaban en grupos les arrojaron besos y les hicieron reverencias.

- Mardoqueo detuvo su caballo frente a una gran verja hermosamente


trabajada detrás de la cual estaban varios guardias vestidos con elegantes
uniformes, uno de los cuales se adelantó y le preguntó: ¿que desea
caballero?

- Deseo, respondió Mardoqueo quitándose el sombrero en señal de cortesía,


hablar con su Excelencia el Gobernante Superior de la Ciudad.

- ¿Tiene audiencia con su Excelencia?

- No, señor oficial; no la tengo, vengo a saludarlo y a presentarle los


respetos del Excelentísimo Señor Embajador del País del Sol Eterno, así
como los respetos de toda la comitiva del señor embajador. Si usted tuviera
la gentileza de anunciarnos le estaría muy agradecido...
- Sírvase esperar, caballero, unos minutos mientras envío a uno de mis
hombres para que los anuncie al señor Secretario Especial de su Excelencia
quien decidirá si los anuncia o les concede una cita para otra fecha.

-Desde luego, señor oficial, esperaremos unos minutos, le respondió


Mardoqueo volviendo a acomodarse el sombrero negro de pelo y ajustarse
la enorme banda tricolor que cruzaba su pecho y en la que se veía un
enorme sol dorado que despedía rayos para todas partes. Caballeros, dijo a
sus compañeros, creo conveniente que desmontemos y nos preparemos para
ser recibidos por su Excelencia el señor Gobernante Superior de la Ciudad.

Se oyó una voz en un idioma que sólo entendían Águila y sus hombres,
quienes a su vez dieron una especie de grito corto y sus cabalgaduras se
arrodillaron sumisas y les permitieron descender. Mardoqueo y Francisco
descabalgaron y con una seña indicaron a uno de los pequeños guerreros
que se hiciera cargo de los caballos.

Oyeron la voz fuerte del oficial que daba órdenes a sus hombres que se
apresuraron a abrir la enorme puerta de hierro forjado y a colocarse en
posición de respeto a cada lado de ella.

-Caballeros, les dijo el oficial, sírvanse pasar hasta el despacho de su


Excelencia el señor Secretario Especial quien los recibirá y decidirá si su
Excelencia el Señor Gobernante Especial los puede recibir. Edecán, dijo
refiriéndose a un hombre que llevaba un uniforme especial que lo
diferenciaba claramente de sus demás compañeros, acompañe a los
caballeros hasta el despacho del señor Secretario Especial.

Mardoqueo, con su sombrero en la mano izquierda, Francisco, tieso y


aparentando enorme dignidad, Águila y cuatro de sus hombres, ya que dos
quedaron al cuidado de los animales, y Atlante caminaron por un enorme
patio empedrado en el que no se veía ni planta ni árbol alguno, y salvo una
pequeña fuente que lanzaba un chorro lánguido, nada destacado se veía.
Caminaban detrás del edecán que marchaba muy erguido, y quien al llegar a
unas gradas que facilitaban la entrada del edificio les indicó con las manos,
sin decirles palabra alguna, que pasaran y voltearan hacia el lado derecho,
lo que hicieron después de darle las gracias en coro. Encontraron un amplio
y bien iluminado corredor al final del cual en una amplia oficina los
esperaba sentado en una silla de terciopelo azul, acomodado detrás de una
enorme mesa, un hombrecito enjuto, vestido con un traje oscuro que
parecía más propio para una ceremonia que para permanecer en una oficina.
Llevaba el pelo peinado hacia atrás que le brillaba como si se hubiera
puesto aceite en él; utilizaba un grueso monóculo con el cual los miraba
como si se tratara de examinar bichos extraños, cosa que para nada gustó a
Francisco que le devolvió una mirada directa a los ojos a la que añadió una
profunda arruga de las cejas.

Los repasó el sujeto con la mirada, se detuvo en cada uno un tiempo que les
pareció demasiado largo; luego le dedicó un buen rato a Atlante a quien se
acercó y miró directamente a la cara con una expresión de desagrado,
parecía que mirara una cosa demasiado fea y fastidiosa que se hubiera
colado a su despacho. Retrocedió con cara de susto cuando Atlante tomó
aire con fuerza, expandió su enorme pecho y luego lo dejó salir con un
resoplido que levantó las cortinas y lanzó lejos algunos documentos que
estaban encima del escritorio, que formaron un remolino y cayeron luego
sobre los presentes que se apresuraron a recogerlos y a poner de nuevo
sobre la mesa.

Nadie habló ni se movió hasta cuando el hombrecito repuesto del susto les
preguntó: ¿que desean los señores? Lo dijo con voz chillona sin dejar de
sostener su monóculo y de mirarlos como si este le mostrara visiones y no
personas de carne y hueso.

-Gracias, señor Secretario Especial respondió Mardoqueo quien era el único


autorizado del grupo para hablar, deseamos, desde luego si es posible,
presentar nuestros respetos al Excelentísimo Señor Gobernante Especial de
esta tan maravillosa ciudad.

-Bien, ¿y quienes son ustedes, si puede saberse?

- Desde luego que puede saberse, Excelencia. Somos parte del séquito del
Señor Embajador Plenipotenciario de su Majestad el Emperador Zica
XXXVII, Soberano Supremo del País del Sol Eterno, a quien Dios guarde
muchos años, e hizo una reverencia.

-¿País del Sol Eterno? Jamás he oído nombrar tal país, caballero.

- Es posible que sea así, Excelencia, porque nuestra patria, que en el caso de
algunos de nosotros es patria adoptiva, ha sido invadida por salvajes
pueblos vecinos, quienes le cambiaron el nombre y ahora lo llaman con el
nombre de su propio país que no es otro que País del Pueblo Soberano. Es
seguro, Excelencia, que este país si sea conocido por usted...

- Si, si, he oído mencionar ese país, pero no a su Emperador.

- Su Majestad, Excelencia, se encuentra en el exilio, como es de suponer,


pues los invasores lo reducirían a prisión o, peor aún, le darían muerte. El
prefiere permanecer sin hacerse notar, junto con su familia, en una ciudad
de un país amigo que le da refugio y lo protege.

- ¡Ajá! Interesante historia, pero ustedes, explíquenlo por favor, ¿qué hacen
a tanta distancia de su país?

- De inmediato le explicaré, Excelencia. Su majestad dispuso hace dos


lustros que varios embajadores plenipotenciarios viajaran por el mundo para
dar a conocer la situación de nuestra adolorida patria, y pedir el apoyo de
países amantes de la libertad como el suyo, que es ejemplo de democracia y
respeto por los derechos humanos. Para el caso ordenó crear unas
compañías de espectáculos que acompañaran a cada uno de los
embajadores, no sólo con el deseo de dar a conocer el arte de nuestro
pueblo, sino también dar a conocer a muchos de los grandes artistas que
nacieron en nuestra amada patria. Quiso además su Majestad, que los
espectáculos que presentamos sean no solo solaz de los pueblos que
visitamos, sino una forma de agradecerles su generosa acogida, y por último
quiso que por este medio nos agenciemos algunos recursos, ya que como
verá su Excelencia, somos un grupo numeroso que significa grandes gastos
los que dada la situación por la que pasa nuestra amada patria, es imposible
satisfacer con el tesoro público.

- Ya voy entendiendo, caballeros, pero no me han contado quienes son,


quiero decir cada uno de ustedes.

- Excúseme el olvido, Excelencia. Debí empezar por ahí. Aquí, a mi


izquierda se encuentra Águila jefe de milicias, hombre muy valeroso, y que
como usted puede ver luce varias condecoraciones muy merecidas por sus
actos de valor en combate. Los hombres que lo acompañan son Águila I,
Águila II, Águila III, Águila IV, y Águila V, por que en nuestro país es
costumbre que los hombres que tiene algún grado militar como lo llevan
ellos, tomen el mismo apelativo de su jefe seguido de un número para
identificarlos. Luego, Excelencia, está nuestro gran artista Atlante,
considerado el hombre más fuerte del mundo y quien hace maravillas con
sus increíbles fuerzas, además de ser versado en historia de las artes, y a
continuación está el señor Comandante Francisco de Santa Cruz, jefe de
nuestras fuerzas de seguridad, y por último, yo soy Mardoqueo de
Malaspina, hijo adoptivo del País del Sol Eterno, país en que hice parte de
mis estudios y en el que por una deferencia de nuestro emperador pude
hacerme ciudadano, y por esa razón vengo desde hace un tiempo corto
actuando como Comisionado Especial y secretario privado de su
Excelencia el señor embajador, quien lleva el nombre de Simón,
distinguido con el apelativo de El Fuerte, por su capacidad para enfrentar y
superar los malos momentos por los que todos hemos pasado en nuestro
amada patria.

Espero, Excelencia, en próximos días, presentarle al señor embajador y al


resto de su séquito, lo que será muy honroso para nosotros, y desde luego
espero también poder hacerlo con su el Excelentísimo Señor Gobernante
Especial de la Grandeza, si usted tiene a bien presentarnos ante él.

- Caballeros, dijo el secretario mirándolos de nuevo uno a uno a través de su


monóculo, pasaré en seguida al despacho del Excelentísimo señor
Gobernante Especial y le solicitaré que los reciba unos minutos, pero nada
puedo garantizarles, aunque después, cuando el señor embajador solicite
una cita formal les informaremos fecha, hora lugar y requisitos
protocolarios necesarios para estos casos. Ahora les ruego esperarme unos
minutos.

Se dirigió hacia un biombo colocado al fondo de su oficina por detrás del


cual desapareció; escucharon el abrir y el cerrarse de una puerta pesada.

- Jefe, jefe, despierte...

- ¿Qué pasa hombre? ¿Por qué me despierta? ¿Qué más se puede hacer si
no es dormir con este calor y sin nada que hacer, dígamelo usted,
secretario?

- Si estoy de acuerdo con usted, jefe, lo que ocurre es que afuera hay unos
sujetos, bien extraños por cierto, que quieren hablarle, dicen pertenecer al
séquito de un embajador de no se que país.

- ¿Todo lo que quieren es hablarme? ¡Demonios! Si lo que quieren es hablar


que busquen otro para hacerlo, ahora sólo quiero dormir un poco más. Tuve
una mala noche, tú sabes que suelo desvelarme, y de reunión social en
reunión social, pues...

- Si, jefe, eso lo se, pero ahora quiero saber que les digo a esos sujetos que
esperan afuera.

- Está bien, diles pasen, pero dame antes unos minutos, necesito
desperezarme y quitarme la cara de sueño que debo tener y prepararme para
pasar un mal rato. Sabes que no me gustan las audiencias, prefiero dejar que
tú y los otros secretarios se ocupen de eso, me gusta reservarme para casos
muy especiales. Ahora vete y ocúpate de ellos mientras me preparo.
Cuéntales algunas de esas historias de la ciudad que conoces muy bien, y
que los extranjeros gustan de oír o que deben oír si quieren tener buenas
relaciones con nosotros. Ya sabes cuestiones de protocolo, cosas de esas.

Cuando Mardoqueo escuchó que la puerta se cerraba se volteó y con una


seña indicó a sus amigos que guardaran silencio, y luego con otra les señaló
las sillas y les indicó que se sentaran.

Esperaron en silencio largo rato, sin decir palabra, pero todos en su interior
con el deseo de soltar una sonora carcajada.

- Señores, lamento haberlos demorado, pero su Excelencia está ocupado


atendiendo asuntos muy importantes de Estado, en pocos minutos los
atenderá con el mayor agrado. Eso espero, mientras tanto podremos hablar
de asuntos propios de nuestra gran ciudad la que supongo ustedes todavía
no conocen muy bien, pues tengo entendido que apenas llegaron ayer, eso
me dicen los informes que tengo, ¿acaso estoy equivocado?

- No, Excelencia, está usted en lo cierto. No hemos podido conocer sino una
pequeña zona, pero aun así creemos que es una hermosa ciudad, pero si se
nos concede el permiso para permanecer unos días y presentar nuestro
maravilloso espectáculo, al cual usted y todos los distinguidos dignatarios
de la ciudad están cordialmente invitados, tendremos la posibilidad de
recrearnos con las bellezas que hay en ella.

- Estudiaremos su solicitud, caballero, ¿cómo me dijo llamarse? Ya


recuerdo, Mardoqueo es su nombre, pues bien se la trasmitiré a su
Excelencia el señor Controlador de Visitantes a quien corresponde el
asunto. Para el caso sírvase llenar este formulario que como le dije con
gusto haré llegar a la autoridad competente. Pueden formular su solicitud
para todo el séquito del señor embajador, así facilitaremos las cosas. Espero
que nos dispensen por la molestia que esto pueda causarles, pero son cosas
de rutina, es que a veces se nos cuelan en la ciudad extranjeros y uno que
otro nacional indeseables, pero ya informados de quienes son ustedes estoy
seguro de que su Excelencia el señor Controlador de Visitantes no pondrá
objeciones.

- Es usted muy generoso, señor Secretario Especial. Tan pronto me reúna


con su Excelencia el Señor Embajador le pediré que firme la solicitud como
representante legal de nuestro grupo, y de inmediato la haremos llegar a la
autoridad competente. ¿Hay algún otro requisito que debamos cumplir
durante nuestra permanencia en su ciudad?

- Si, si lo hay, señor Mardoqueo. Se trata de las reglas de comportamiento


social que todos los visitantes deben conocer, para lo cual deben asistir a
una pequeña charla informativa, que tomarán en el momento en que Su
Excelencia el señor Controlador de Conductas Sociales lo disponga. No les
tomará mucho tiempo; por lo demás son reuniones agradables ya que
disponemos de instructores expertos como podrán comprobarlo en su
momento.

- Parece, Excelencia, que ya cumplimos ese requisito. Ocurre que en el día


de ayer, a poco de llegar, nos ofrecieron participar en una conferencia sobre
el tema de comportamiento social, cosa que aceptamos de inmediato y
procedimos a desplazarnos al hermoso palacio que ustedes tienen dispuesto
para tan importante fin, en el cual un distinguido profesor nos atendió
durante un par de horas y nos dio información muy completa sobre el
asunto, que consideramos de enorme provecho. Permítame, Excelencia, a
nombre de nuestro embajador darles las gracias por este gesto de cortesía.
Créame que en ninguna otra ciudad, y hemos visitado muchas, hemos sido
tan bien recibidos como lo hemos sido en esta amable comunidad.

- ¡Magnifico, señor Mardoqueo! Lo que usted me cuenta corrobora la


información que teníamos sobre la forma extraordinaria como funcionan
nuestras instituciones. Son altamente eficientes, cosa que tendrán la
oportunidad de verificar si permanecen unos cuantos días entre nosotros.
Ese timbre... Es su Excelencia que me llama, en pocos minutos estaré de
nuevo con ustedes.

-Si, jefe...
- ¿Todavía están ahí esos sujetos?

- Si, jefe, aun están ahí. ¿Que les digo?

- Diles que los recibiré, pero que sean muy breves, que tengo asuntos de
Estado muy importantes que atender, y... Bueno, ya tú sabes que hacer en
estos casos. ¡Apúrate!

- Si, jefe, de inmediato.

- Caballeros: ¡son ustedes muy afortunados! Su Excelencia como un gesto


de deferencia para con su embajador los recibirá, pero les ruega que sean
muy breves y se limiten al saludo protocolario. Es casi seguro que en otro
momento podrán disfrutar de un encuentro más amplio con él. Síganme, por
favor.

Mardoqueo encabezó el pequeño desfile seguido por sus amigos que se


apresuraron a revisar sus atuendos y a poner en orden las ideas que
esperaban presentar a su Excelencia.

- Excelentísimo señor: ellos son parte del séquito de su Excelencia el señor


Embajador del País del Sol Eterno, quienes desean presentarle sus respetos.

-Gracias, señor secretario. Me honra conocerlos caballeros, les agradezco


sinceramente que hayan venido a saludarme y presentarme sus respetos; eso
me indica que son ustedes personas de alto rango y conocedoras de las
fórmulas de cortesía entre Estados. El señor secretario me ha informado en
detalle de quien es su embajador, del cual estoy seguro es persona de
grandes méritos y con el cual espero reunirme tan pronto como mis asuntos
de Estado me den un respiro. Les deseo una muy grata permanencia en
nuestra querida ciudad a la cual son muy bien venidos. Ya he dado
instrucciones especiales al señor secretario quien se ocupará de que ustedes
tengan todas las facilidades necesarias para hacer cómoda y agradable su
permanencia entre nosotros. Ahora los dejo en manos del señor Secretario
quien les dará todas indicaciones requeridas para que no tengan tropiezo
alguno en sus desplazamientos y para que reciban la ayuda especial de
nuestras autoridades. Si muy importantes asuntos de Estado no me
obligaran a despedirme de ustedes, les aseguro que me quedaría disfrutando
de su amena charla.
- Muchas gracias, Excelentísimo Señor, respondió Mardoqueo haciendo una
inclinación, es usted muy deferente con nosotros, es un gesto que
valoramos sobremanera. Que tenga usted un día muy feliz. Permítanos
retirarnos ahora, pues no queremos distraerlo más de los asuntos tan
importantes que están a su cargo.

Hizo Mardoqueo una reverencia más que imitaron sus compañeros, y


salieron precedidos por el secretario especial.

¡Qué ciudad más gris! amigo Mardoqueo. No he tenido la fortuna de viajar


mucho, y no conozca más que algunas ciudades pequeñas, pero de alguna
manera, así sus construcciones sean sencillas, tienen ambientes y cosas que
las hacen amenas. Pero esta ciudad que parece bien grande es toda igual,
cambian un poco los colores de los edificios nada más, pero todos son
iguales. Son cajones con ventanas llenos de corredores oscuros y oficinas
peores de oscuras, debe ser para que la gente no vea bien a quienes los
gobiernan; si el resto de gobernantes son iguales a los que hemos conocido
hasta ahora, que son absolutamente detestables, no puedo menos que
compadecerme de todos los que viven aquí. Dios quiera que no nos
demoremos mucho, no veo la hora de irme y llegar a mi pueblo, que por
humilde que sea es mucho mejor que esta cosa que llaman ciudad...

¡Cálmate, amigo Francisco! Por ahora disfrutemos de nuestros títulos y


cargos, que espero nos den buenos rendimientos, además, estoy seguro de
que Ángelo nos agradecerá que le hayamos facilitado las cosas para hacer
una buena temporada en esta ciudad que es desagradable como tú lo dices,
pero que se ve que cuenta con gente adinerada que pagará bien, no como el
pueblo de los mineros que no tienen en donde caerse muertos. Me parece
que si manejamos bien las cosas tendremos buenos ratos en los próximos
días, y además ganaremos unos cuantos pesos que a mi me caerán bastante
bien. ¿Qué piensas ahora?

- Por el momento, señor Mardoqueo de Malaspina, no quiero otra cosa que


quitarme este uniforme con el que me siento metido en un disfraz de
carnaval, sin estar metido en él; no me parece que participo en fiestas
cuando tengo que reunirme con sujetos como los que acabamos de ver; en
verdad nada me agradó el secretario especial que no dejaba de mirarnos a
través de su monóculo como si fuéramos insectos raros, y que además se
mueve como si alguien lo moviera con hilos invisibles. El otro, el
Gobernante Especial, no me desagradó tanto, es un gordo que no parece
interesado más que en impresionar a quienes tenemos que oírlo, y de paso
sólo quiere oírse él mismo, por que el hecho fue que apenas te dejó hablar
un par de cosas, ni siquiera pudimos presentarnos y, menos aún cómo dices
tú, presentarle nuestros respetos.

- Así es, pero no demos importancia a esas cosas, lo que interesa es que nos
permitan permanecer aquí unos cuantos días sin crearnos problemas,
presentar unas funciones, ganarnos un buen dinero, y hasta nunca más
amigos.

- ¡Dios le oiga! señor de Malaspina.

-¡Bien venidos, amigos!

- ¡Gracias, mil gracias! Clarabella. Pero no nos contentamos con las meras
gracias, queremos algo más sólido, como un buen refresco bien frío,
acompañado de algunas cosas más sólidas todavía. La reunión con sus
Excelencias me abrió el apetito, y parece que a mis compañeros también, y
es que además del calor que hace en esta ciudad las oficinas de sus
Excelencias son cerradas como cajas fuertes y por parte alguna se cuela el
viento, a lo que se agrega que esos caballeros no parecen ser muy amigos de
agasajar a sus visitantes, no nos ofrecieron ni un mísero vaso de agua.

- Está bien, Águila, les daremos un verdadero banquete intervino Xú, que
como todos los demás esperaba conocer el resultado de su excursión a
tierras enemigas como dijo Odín cuando los despidió rumbo a su reunión
con las autoridades y les deseó toda clase de venturas.

-Todo está perfecto, señores, terció Ángelo después de escuchar a los


expedicionarios como dieron ellos mismos en llamarse, pasaremos mañana
por el despacho de su Excelencia el Controlador de Visitantes para solicitar
su autorización, así podremos permanecer unos días, presentar unas
funciones y seguir camino de la mar.

- De acuerdo, Señor Ángelo, le contestó Zaratustra, prepararemos unas


funciones especiales, una de las cuales, la primera debemos dedicarla a
todas las Excelencias de la ciudad, las que según tengo entendido pueden
llenar ellas solas toda la carpa con sus anexos, y aun así nos faltaría espacio.
No ganaremos nada con esa función, pero nos dará publicidad gratuita por
que todo el mundo sabrá donde estaban esa noche los caballeros que
manejan la ciudad,- algo que no siempre se sabe - además preparemos un
desfile con todos los hombres y animales de manera que no quede nadie sin
enterarse de nuestra presencia Ahora, antes de eso, tenemos que
prepararnos bien para la presentación del señor Embajador plenipotenciario
y de su séquito a las autoridades, si es que nos dan una cita, porque por lo
que he oído a mis amigos éstas están poco interesadas en recibirlo, me
temo que para evitarse todo el besamanos que significa una ceremonia de
recepción de un embajador. No parecen ser gente muy laboriosa por los
horarios de trabajo que vi en el palacio al que me llevaron para dictarme la
conferencia sobre comportamiento ciudadano. Mejor así, también nosotros
nos evitaremos líos si no hay recepción, pero si me equivoco y nos reciben
estaremos preparados para hablar de todo lo divino y lo humano acerca del
país de origen de su Excelencia el embajador, - no olviden que nosotros
también tenemos una Excelencia, y a poco andar podemos tener tres o
cuatro mas- y, claro, también podemos dejarlos boquiabiertos con las
batallas y guerras que hemos librado y ganado, cosas de la cuales puedo
ocuparme. En resumen, amigos, no sólo somos el mejor circo del mundo, si
no, además, el único que cuenta con su propio embajador. Por el momento
preparémonos para el desfile, y estudiemos con cuidado el papel que cada
uno de nosotros tendrá en la reunión con las autoridades; la presentación
ante ellas tendrá que ser un verdadero espectáculo, algo que las deslumbre y
no les de tiempo de hacerse preguntas, y menor todavía de hacérnoslas a
nosotros, aunque como les dije estoy preparado para contarles las historias
más fantásticas de nuestro amado país...

¡Ahora, a comer! interrumpió Xú haciendo sonar un gong. Recuerden que


con el estómago vacío no se pueden tomar buenas decisiones, ni tejer
bonitas historias.

- ¿Qué demonios es ese ruido, Rosalinda?

-Parecen clarines, Ángelo, y caballos además, creo que son gente de armas.

- Quédate aquí, mujer, voy a averiguar de que se trata.

Salió del carromato y casi corrió hasta la puerta principal de la carpa que
era de donde venía el sonido de trompetas al que ahora se unía la voz fuerte
de un hombre que parecía gritar órdenes. Varios de sus compañeros se le
unieron preguntándose unos a otros quien o quienes eran los que producían
tamaño escándalo.
Se agolparon en la puerta ante la cual estaba plantado un elegante soldado
quien vestía un uniforme de parada; estaba en posición de firmes y llevaba
en su mano derecha un rollo de papel y en su izquierda tenía un estandarte.
Detrás de él pudieron ver a unos cuarenta jinetes vestidos tan elegantemente
como su compañero, entre los que se destacaban varios hombres vestidos de
diferente manera que eran quienes portaban los clarines.

- Buenos días, señores, les dijo el soldado con voz fuerte y bien modulada.
Vengo comisionado por su Excelencia el Gobernante Especial de La
Grandeza, quien envía el presente oficio para su Excelencia el señor
Embajador Especial del País del Sol Eterno. ¿Quien de ustedes es el
secretario de su Excelencia el señor embajador?

- Buenos días, caballeros, respondió Ángelo. El señor secretario de su


Excelencia no se encuentra aquí, pero yo como miembro de su séquito
puedo hacerme cargo del oficio que envía su Excelencia el señor
Gobernante Especial.

- Gracias, caballero, respondió el soldado entregándole a Ángelo un rollo de


pergamino atado con una cinta azul. Le ruego transmitir a su Excelencia el
señor embajador los deseos de nuestro gobierno para que su permanencia en
nuestra querida ciudad le sea muy agradable, lo mismo que para los
miembros de su séquito. Ahora con la venia de ustedes nos retiraremos.
Buen día para todos. Hizo una leve inclinación de cabeza, dio media vuelta
y montó con habilidad en un bonito potro negro que hizo girar en redondo y
dio cara a sus hombres. Luego gritó una orden y los hombres de los clarines
los hicieron sonar al unísono, se separaron y dejaron una calle por la cual
pasó el hombre que los comandaba y todos se alejaron al galope dejando
una nube de polvo a su paso.

- ¡Diablos! Eso se llama un hermoso cuerpo de caballería exclamó


Zaratustra que no dejó detalle sin observar en los jinetes, que rápidamente
habían desaparecido por un lado de la carpa.

- Tienes razón amigo, le dijo Odín. Nunca he visto un cuerpo igual, y eso
que permanecí buena parte de mi ya lejana juventud viendo ejércitos de
todas clases.

- ¡Bueno basta de caballos! interrumpió Rosalinda, cuéntanos Ángelo que


dice la nota que te entregaron.
- Escuchen bien todos. No voy a leerles la letra menuda de este documento,
que por cierto bien chica es. En esencia lo que dice es que el gobierno ve
como muy honrosa la presencia en la ciudad de su Excelencia el señor
embajador, pero lamenta informarle que por razones de los importantes
compromisos que debe atender en los próximos días, no le es posible
concederle una audiencia, pero que ha importado las órdenes convenientes
para que tanto a él como a su séquito se les de trato preferencial y se les
permita permanecer en la ciudad el tiempo que deseen hacerlo. Tal como lo
previó Zaratustra no habrá besamanos, pero de todos modos debemos estar
preparados para contar todos la misma historia sobre nuestro país, aunque la
voz cantante la llevará el señor Mardoqueo quien desde ya deberá alistarse
para ir a solicitar los permisos que requerimos para montar las funciones, y
claro, para cursar invitación a las autoridades para la función de gala que
daremos en su honor... Ahora a trabajar todos, tenemos que preparar un
desfile que deje boquiabierto a todo el mundo.

-¡Hermosos trajes, muy hermosos de verdad! Felicitaciones para todos, pero


en especial a ti Alegría, han hecho un buen trabajo. No sabía Águila que tú
y tus hombres fueran tan buenos sastres.

- Gracias, Ángelo, pero cuando fuimos soldados teníamos que arreglar


nuestros uniformes, y a veces los de nuestros oficiales, así que casi a la
fuerza aprendimos el oficio le contestó Águila, aunque debo reconocer que
Alegría tiene un gusto exquisito y por eso los trajes salieron tan bonitos...

- Perdonen la interrupción, señores, pero quiero saber si todavía sigo siendo


embajador; ya estoy aburrido de andar por todos los lados pintado de color
zanahoria o que se yo como llamaran este color tan feo que tengo. Cada vez
que me miro al espejo no me reconozco, y hoy en la mañana al despertar
casi grito del susto cuando me pasé las manos por la cara y luego las vi de
ese horroroso color del que de momento no me acordaba, fue que pensé que
había pescado un terrible enfermedad y después, en el espejo vi un sujeto
lleno de manchas y más feo que de costumbre. Dios se apiade de mí, por
que a más de ser feo tengo un color que nadie más tiene en el mundo...

- Cálmate, Aparecido, le dijo Ángelo, sólo por el día de hoy, durante el


desfile serás embajador, luego diremos a las autoridades que sufres de
alguna enfermedad que te obliga a guardar cama, aunque es posible que
tengas que volver a serlo si a alguna de sus Excelencias le da por venir a
saludarte en tu habitación de enfermo, pero ya nos cuidaremos de estar
preparados para el caso y tendremos las cosas listas. Por ahora prepárate
para el desfile de hoy; Mab ya está preparada para maquillarte, Alegría te
preparó un hermoso traje, y en uno de los camiones te pondremos una
especie de trono para que toda la gente de la ciudad pueda admirarte y
aplaudirte.

- Todo sea por el deber, señor Ángelo, pero por mi prefiero seguir tal como
soy y no fingir que soy una persona fina y de modales elegantes, cosas
que nunca aprendí ni en mi casa ni en la escuela, aunque mis compañeros,
en especial el señor Odín, se han ocupado en los días que llevo de
embajador de pulirme y enseñarme normas de cortesía. Me enseñó como
hacer reverencias al saludar, y también como besar la mano a las damas y
fingir interés por cosas que no me interesan para nada, y menos aún cuando
no entiendo de que cosas se trata. Me parece señor que no van lograr
mayor cosa conmigo, aunque lo que si aprendí, y ya he puesto en uso, es a
guardar silencio y a escuchar con más atención a quienes me hablan. Pero
les prometo que mientras sea embajador voy a ser todo caballero, un
verdadero modelo, porque así como aprendí a fingir interés también
aprendí a hacer lo contrario y a hacer creer a los otros que no me afectan
ni me interesan algunas cosas que pasan a mis alrededor. Al fin de cuentas,
señor Ángelo, me parece que este trabajo de ser embajador no consiste en
otra cosa que en mostrarse muy digno, muy respetuoso y en hablar lo
menos posible. Y ahora dígame, señor, de que enfermedad debo
enfermarme para conocer sus síntomas y poder contarles a quienes me
visiten cuanto sufro y que tan terribles son mis padecimientos, y puede
suceder que las cordiales autoridades de la ciudad envíen un médico para
que me trate, y entonces si que estaré en trabajos...

- Cállate ya Aparecido, que en su momento tomaremos las medidas


necesarias y no vamos a dejarte abandonado a tu suerte; además, ya
sabemos de sobra como manejar situaciones complicadas y como alejar a
los curiosos. Para tu enfermedad todo lo que necesitamos es quitarte un
poco del color rojizo que tienes para que te veas pálido y con apariencia de
enfermo, y por otro lado Mab o cualquiera de las mujeres que son todas
expertas en esas cosas de maquillar, te dibujarán ojeras, arrugas, cicatrices,
y algunas cosas más que te harán aparecer como si estuvieras al borde de la
tumba, y si todavía no me crees te podemos inventar una enfermedad
altamente contagiosa por lo que nadie querrá acercarse a ti, y si acaso se
atreverán a saludarte de lejos, y si se trata de un médico yo lo atenderé
personalmente y me encargaré de hacerle creer que todos tus síntomas me
los hiciste conocer cuando todavía estabas consciente, y si insiste en
auscultarte, palparte, tomarte la temperatura y que se yo que cosas más
quiera hacer, entonces te daré a tomar algo que te dará en segundos una
fiebre enorme, te producirá mareos, sudoración, escalofríos y te dejará
incapaz de contestar una sóla palabra a las preguntas el médico.

- Me tranquilizaré, señor Ángelo, en cuanto a la presencia de visitantes y


del médico, pero me asusta la pócima que me ofrece y que parece producir
más males de los que he tenido en toda mi vida, y que, sin exagerar, han
sido montones, y dicho sea de paso bien molestos y dolorosos.

-¡Calma, calma, hombre! Deja el miedo que a lo mejor nada de lo que


imaginamos sucederá. Ahora ve a ayudar en los preparativos del desfile y
continúa aprendiendo las normas de cortesía que te enseña Odín.

- Señor Mardoqueo, ¿tiene todos los documentos listos?

- Si, señor Ángelo, todos están aquí en esta carpeta. No voy a soltarlos a
nadie después de los trabajos que pasé gestionándolos con todas sus
Excelencias; cada una de ellas solicitaba requisitos diferentes: pago de
impuestos, estampillas, tasas y contribuciones, firmas, sellos, papeles de
seguridad debidamente numerados, no faltaron los vistos buenos y demás
perendengues que se inventan los burócratas para expedir cualquier
autorización. Le digo, señor, que tengo buena experiencia en gestionar estos
asuntos de licencias y permisos, pero las autoridades de esta ciudad son
verdaderos profesionales egresados de una universidad especializada en
enseñar a inventarse trámites; pero, en fin, ya tenemos todos los
documentos que necesitamos para el desfile, las funciones y para nuestra
permanecía por varios meses sin que corramos el riesgo de que nos saquen
a empujones. ¿Sabe, señor, que ayudaron mucho las invitaciones a la
función de gala que envié a cada Excelencia con la que tuve que vérmelas.
Quedaron muy bonitas, y a todas les pareció que les hacíamos un honor
grande, en especial si la invitación era para el palco de las eminencias como
les hice creer. A usted corresponde, señor, disponer que haya un palco tan
grande que quepan todas las Excelencias, Eminencias, Dignatarios y que se
yo que más sujetos de esos vendrán a la función de gala.

- Ya me las arreglaré, amigo Mardoqueo, por ahora todo lo que debemos


hacer es terminar los detalles para el desfile de mañana. Zaratustra se ha
ocupado de organizar con todo esmero las cosas, pero queremos que sea un
desfile deslumbrante, en el que hasta el último de los hombres del circo se
convierta en una verdadera atracción. Todos, inclusive usted y el señor
Francisco Javier, también tienen papeles asignados; usted tiene la figura
propia de un pachá, ya le tenemos las vestiduras del caso, y el señor
Francisco continuará como el destacado militar que les presentamos a las
autoridades, sólo que ahora llevará un uniforme más elegante y con más
condecoraciones que antes. Va ha ser un desfile que dejará boquiabiertos a
todos los que lo miren, y para que sean muchos miles los que vengan a
mirarlo he dispuesto que los elefantes, muy bien adornados, salgan un par
de horas antes del desfile y se paseen por el centro de la ciudad y barriten
de lo lindo para asustar a todo el mundo, y a más de eso en cada animal irán
dos enanos haciendo cabriolas y repartiendo volantes para anunciar el
desfile principal. Sin duda alguna, tendremos el mejor desfile que hemos
hecho en muchos años y el mejor que jamás verá esta ciudad; dará de que
hablar en muchos años.

Se escuchó la voz fuerte de Ángelo que daba órdenes a diestra y siniestra;


pedía que cada uno ocupara su sitio, que revisarán sus vestidos y
maquillajes, que recordaran sus papeles, y en especial que no descuidaran
colocarse en el sitio que se les había asignado, y que los animales se vieran
hermosos y muy bien adornados. El sonido de una trompeta tocada por un
negro alto y fuerte que vestía un ceñido traje rojo muy brillante puso a toda
la tropa en alerta y a una orden de Zaratustra la caravana se puso en marcha
encabezada por Primavera que montaba un hermoso caballo negro y se veía
hermosa vestida como una gran dama, con peluca rubia y vestidos largos de
colores muy vivos. Se cubría con una breve sombrilla que hacía girar con
gracia y coquetería.

El negro hacía sonar cada pocos minutos la trompeta cuyo sonido sacaba de
sus casas y lugares de trabajo a todos los que la escuchaban que acudían a
ver de que se trataba, que no dejaban de maravillarse con el espectáculo que
presenciaban. Reyes orientales, enanos vestidos como pequeños demonios o
como gnomos que lanzaban monedas de imitación a la multitud, payasos
maquillados de tal manera que siempre mostraban una enorme y agradable
sonrisa. Hombres que lucían hermosos uniformes de dragones y lanceros
montaban en camellos, dromedarios y fuertes caballos, y la mujer barbuda
montada en un pequeño trono colocado en el lomo de un enorme elefante
dejaba mudos de la sorpresa a cuantos la veían que no comprendían como
un mujer de rostro delicado y enormes y bellos ojos azules era dueña de una
barba tan espesa que muchos hombres la envidiarían.
Desde uno de los carromatos Vulcano, el tragafuegos, lanzaba llamaradas
que formaban castillos, animales exóticos, y una que otra figura de personas
que se contorsionaban y desaparecían en el aire. En otro carro Diábolo, el
mago, sacaba conejos, palomas y serpientes y otros animales de sus
bolsillos o de su sombrero de copa, y luego los hacía desaparecer entre sus
manos o en el mismo sombrero.

Aparecido viajaba sentado en una silla enorme cubierta con tela dorada
montada en un camión, llevaba una túnica de seda muy blanca que
contrastaba con su piel color de azafrán y se adornaba la frente con una
pequeña corona de hojas menudas que le daban la apariencia de un senador
romano. Saludaba a la multitud con inclinaciones de cabeza y levantando en
ocasiones la mano derecha con deliberada lentitud. El color rojizo de su
piel, la cabellera larga y muy negra, los ojos pequeños y redondos y las
arrugas que se veían en su frente hacían que la gente que lo miraba se
asombrara y de inmediato preguntara de quien se trataba, pregunta que se
encargaba de responder Águila quien se limitaba a responder que era su
Excelencia, el embajador de un lejano país, sin agregar nada más.

El desfile lo cerraban Circe y otros en un carromato tirado por una pareja de


elefantes vestidos con gualdrapas de lentejuelas de colores vivos y
brillantes; ella iba sentada entre cojines de colores, apenas se veía su cabeza
por lo que el público imaginaba que se trataba de una cabeza sin cuerpo
que soltaba enormes bocanadas de humo como si fuera una locomotora; a
su lado, Atlante, el hombre fuerte, llevaba en alto a Mab sentada en la
palma de su mano izquierda quien se cubría de todo su cuerpo con una
manta de varios tonos de verde, por lo que no se veía sino su cara sonriente;
en su mano derecha Atlante tenía un hacha enorme con la que cortaba, con
un solo golpe trozos de madera de gran tamaño. Rosalinda, Ángelo, y otros
como Xú y Zaratustra completaban el grupo. Vestían trajes renacentistas
muy elegantes; fingían estar en una fiesta de máscaras en la que cada uno
representaba un príncipe o princesa de la época, sin que faltaran los pajes
representados por algunos enanos también elegantemente vestidos.

Cuando la caravana llegó a una rotonda muy grande encontraron una


enorme multitud que la ocupaba y los aplaudía y animaba con gritos y
expresiones de alegría. Algunas personas estaban trepadas en los árboles,
otras subidas en algunas estatuas que adornaban la rotonda, y muchas
llevaban a sus hijos pequeños montados en sus hombros, y no faltó un
hombre que usó unos zancos enormes para no perderse detalles del desfile y
que agitaba emocionado una enorme bandera de la ciudad.
¡Diablos, ni que fuéramos políticos en campaña! comentó Zaratustra a Circe
quien lanzó una enorme bocanada de humo que primero formó una esfera y
luego, con lentitud, tomó la forma de una jirafa con el cuello arqueado.
Soltaba el humo sin parar como si fuera un barco de vapor, y en un
momento que se tomó para respirar le respondió a Zaratustra: Acertaste, mi
buen amigo, si estamos en campaña política; veo cosas interesantes que van
a ocurrir pronto y en las cuales sin proponérnoslo vamos a tener gran
participación.

- Lo último que quiero en la vida es meterme en política, mi querida Circe,


le comento Zaratustra, mi negocio es la diversión y no soltar peroratas en
cuanta plaza se me atraviese.

- Pues aunque no lo quieras vas a hacerlo más pronto de lo que imaginas, y


todos los del circo vamos a hacerlo, así tampoco lo deseemos. Ya lo verás,
amigo, ya lo verás.

Los interrumpió la marcha militar que la orquesta mimetizada en una gran


camión arrancó a tocar en respuesta al toque de la trompeta que dio el negro
para avisar que llegaban a un sitio desde el cual las principales autoridades
de la ciudad miraban el desfile y los aplaudían con tanto entusiasmo como
lo hacía el pueblo raso.

Después de casi cuatro horas de recorrido, cansados, sudorosos y agobiados


por el calor, retornaron a la carpa llenos todos de una enorme alegría por
que el desfile había sido todo un éxito. Empezaron a quitarse los disfraces y
a guardarlos con cuidado, a limpiarse el maquillaje, a desarmar las tarimas
y a dar de comer y beber a los animales y también a buscar para ellos
alguna cosa con la cual calmar el hambre y la sed.

Convocados por el hambre y el cansancio todos llegaron solos o en


pequeños grupos al restaurante de Xú quien se afanaba con varios
ayudantes en preparar frituras en enormes pailas y otras viandas en grandes
ollas que sus ayudantes cuidaban con celo. Les gritaba órdenes en su idioma
que ellos trataban de interpretar de la mejor manera, pero en algún
momento corrió a un rincón de su carromato y golpeó con desespero un
gong que colgaba a un alado de la ventana de la única ventana que tenía su
cocina, y gritó: ¡Que se alegren sus espíritus junto con sus estómagos!
Hagan fila, vamos a servir la mejor comida que hayan gustado en toda su
vida.

- Este siempre dice lo mismo, comentó para nadie en particular un ayudante


escuálido que esperaba sentado en el piso, mientras que otro con cara de
sufrimiento respondió: Con tal de que nos sirva pronto no importa si su
comida sabe a diablos.

Comieron frituras y tomaron sopas, bebieron refrescos de colores, en


silencio al principio, pero luego empezaron a intercambiar opiniones sobre
el desfile y a celebrar el éxito que habían alcanzado, hasta tal punto,
comentó un payaso que todavía conservaba parte de su maquillaje que le
daba la apariencia de un pez dueño de una boca enorme, que él vio personas
que lloraban de alegría, así como vio a otras que abrían los brazos,
levantaban la mirada al cielo y empezaban a rezar en voz alta como si
dieran gracias a Dios por permitirles ver tan maravilloso espectáculo.

-Todos a descansar, al amanecer, muy temprano, quiero decir con la


primera luz del día, nos reuniremos aquí mismo para preparar la función de
gala de mañana en la noche, les dijo Ángelo después de esperar con calma a
que terminaran de comer. Que no falte ninguno, quiero que demos la mejor
función que se haya visto en este país en toda su historia, y que quienes la
vean la guarden en su memoria como el momento más maravilloso de sus
vidas.

Excelentísimos señores, distinguidas damas, jóvenes y niños: todos son bien


venidos al más extraordinario y maravilloso circo del mundo. Durante
muchas horas disfrutaran de espectáculos de verdadera fantasía, como no
los han soñado ni leído en los libros más imaginativos. Esta noche y las
siguientes serán inolvidables para todos los que tienen el privilegio de
acompañarnos, y de gozar con nuestros artistas que se han preocupado lo
indecible por mostrar lo mejor de su arte para el deleite de todos nuestros
distinguidos invitados.

¡Ahora, que empiece la función!

A la voz de Ángelo toda la tropa encabezada por Alegría que vestida de


muñeca jineteaba su caballo negro se lanzó a la enorme pista. Aparecieron
Mab montada en un enorme camello esplendorosamente adornado, y los
trapecistas con trajes plateados que daban volteretas y saltos increíbles, y
Vulcano lanzando bocanadas de fuego, y Atlas con una montaña de payasos
sobre sus hombros, y Águila y sus compañeros que llevaban ponis
jineteados por micos que semejaban por sus vestidos damas y caballeros de
épocas remotas. Y también estaban Diábolo acompañado por su rubia
esposa, y Clarabella que llevaba su esplendorosa barba llena de pequeñas
estrellas doradas que brillaban con las enormes luces que iluminaban la
carpa desde todos los sitios, y no faltaban los payasos que formaron un
barullo increíble simulando que se golpeaban entres si, o que lanzaban a los
espectadores serpientes, arañas y otros bichos enormes de peluche que por
su forma de moverse parecían reales, e hicieron gritar de miedo a algunas
mujeres y a buen número de niños.

Por último, se presentó Leónidas con traje de piel de tigre acompañado por
un enorme oso siberiano al que sujetaba con una cadena, seguido por una
tropa de elefantes, dromedarios, y varios tigres y leones que eran
arrastrados en enormes jaulas en las que se movían sin cesar sin dejar de
rugir y gruñir.

Zaratustra y algunos ayudantes, entre los que se contaba Aparecido que


había sido relevado de su papel de payaso, ya que debía estar disponible
para actuar como embajador en caso de que alguna de las excelencias
quisiera visitarlo y darle un saludo protocolario. Miraban por agujeros
especiales hechos en las cortinas que separaban la pista del sitio en el que
los actores se preparaban para salir; más que a sus compañeros observaban
al público en el que se destacaban algo así como trescientos caballeros que
ostentaban el título de Excelencias de la Ciudad, que vestían trajes negros,
corbata gris de lazo y sombrero de copa que muy juiciosamente
acomodaban en sus muslos, y quienes habían recibido invitaciones
especiales de Ángelo que se las hizo llegar con mensajeros esmeradamente
vestidos para el caso, montados en caballos, elefantes y ponis conducidos
por enanos, uno de los cuales montó con gran elegancia un enorme avestruz
que asustó a más de uno que nunca había oído sobre él, y menos aun, había
visto un animal tan extraño. También fueron enviados mensajeros montados
en camellos y dromedarios conducidos por Mab, Mardoqueo, Francisco
Javier y algunos ayudantes que fueron entrenados de carrera para conducir
tamaños cuadrúpedos.

Cada vez que terminaba un número las trescientas Excelencias se


levantaban y aplaudían con furor, y algunos hasta lanzaron a la pista sus
sombreros que Alegría y algunas otras mujeres recogían y devolvían a sus
dueños con una reverencia. No se quedaban atrás las familias de las
Excelencias que aplaudían, chiflaban y gritaban de emoción con las hazañas
de los trapecistas y las monerías de los payasos y los micos, y las gracias de
los perros, elefantes y otros animales que nunca se habían visto en la
ciudad.

Daaaamas, cabaaaalleros, niiiiños, y en especial sus Excelencias: muchas


gracias por habernos honrado con su presencia en esta noche de gala que no
olvidaremos nunca. El recibimiento que nos ha dado esta noble ciudad es tal
vez el más maravilloso que hayamos tenido en toda nuestra historia que ya
es bien larga, como largo ha sido nuestro recorrido por el ancho mundo. En
los próximos días presentaremos funciones tan hermosas y agradables como
la de hoy en las que esperamos contar con un público tan distinguido como
ustedes.

¡Que tengan felices sueños!

A las palabras de Ángelo siguió la fanfarria estrepitosa de la orquesta que


alegró más aun el ambiente, e hizo que algunas persona eufóricas entraran a
la pista para dar abrazos y estrechar la mano de Ángelo y de algunos artistas
que regresaron para atender a los distinguidos invitados que no parecían
interesados en retirarse.

Entre los invitados estaba el Gobernante Especial quien se acercó a Ángelo


y le extendió la mano y luego le dio un fuerte abrazo, al tiempo que le
agradecía en nombre de todas las Excelencias de la ciudad los maravillosos
momentos que les habían regalado que ellos jamás olvidarían.

- Señor Ángelo, señor Ángelo, permítame usted unas pocas palabras, no le


tomaré mucho tiempo,

Quien le hablaba era un hombre pequeño y gordo que usaba peluquín y a


quien Ángelo de inmediato identificó por sus vestidos como una de las
Excelencias.

- Si, Excelencia, ¿en que puedo servirle?

- Gracias, señor. Yo soy el responsable de las relaciones internacionales de


la ciudad, soy el jefe de esa dependencia, y deseo saludar y presentar, a
nombre de nuestro gobierno, mis respetos al Excelentísimo señor
embajador del País del Sol Eterno, claro está si su Excelencia acepta
recibirme. Entiendo, señor, que la hora no es la más apropiada, pero espero
que el señor embajador también haya participado de este extraordinario
espectáculo y se encuentre disponible para recibirme unos minutos.

- Deme, Excelencia unos minutos para consultar con el señor embajador y


le traeré su respuesta que espero sea positiva,

- Gracias, señor. Es usted todo un caballero.

- ¿Dónde está Aparecido? Pregunto Ángelo a Zaratustra que había salido a


su encuentro.

- Estaba aquí hace un minuto. No se a donde fue, pero lo buscaremos, ya


aparecerá ¿Para que lo quiere, señor Ángelo?

- Su Excelencia el jefe o director de las relaciones internacionales de la


ciudad, o lo que sea ese señor, quiere hablarle al embajador.

-Cálmate, Ángelo, no te preocupes. Acabo de ver a Mardoqueo, que es su


secretario; lo enviaremos a hablar con su Excelencia para que le diga que el
señor embajador no puede atenderlo ahora por tener una alergia producida
por el polen de las flores que le han enviado, pero que mañana a las tres de
la tarde lo recibirá con los honores que se merece.

- Bien, envíame a Mardoqueo, lo quiero en la pista de inmediato.

- Señor Director de las Relaciones Internacionales: Tengo el honor de


presentarle al señor Mardoqueo de Malaspina, secretario especial del señor
embajador, quien le informará sobre la decisión del señor embajador.

-Es un honor conocerlo, Excelencia.

- Igual digo, señor secretario.

- Excelencia: lamento comunicarle que debido a una fuerte alergia que sufre
el señor embajador le es imposible atender de inmediato su honrosa visita,
pero si usted no tiene dificultad alguna, lo recibirá el día de mañana a las
tres de la tarde.

- Desde luego que no tengo dificultad alguna, señor secretario. Informe a su


Excelencia que estaré aquí mañana a la hora indicada. Tenga usted una feliz
noche, señor secretario.
-Igual para usted, Excelencia.

- Señor Gobernante Especial, espero que haya disfrutado de la charla con


nuestros artistas.

- Mucho, señor Ángelo, todos son encantadores, en especial esa bella joven
llamada Alegría, y la dama de la barba bermeja, que distinción y gracia la
que tiene. Uno se olvida de que es... como diría... especial, si, especial, ese
es el término, sólo ve en ella una mujer encantadora. Felices ustedes que
gozan de la compañía de mujeres tan especiales. Pero cambiando un poco la
conversación, señor Ángelo, quiero hacerle una pregunta, desde luego si
usted no tiene inconveniente en responderme.

- Dígame, Excelencia, que desea saber.

- Vi hace un momento a su Excelencia el Jefe de Relaciones


Internacionales, conversando con el señor secretario de su Excelencia el
embajador de su país, ¿es posible saber, señor Ángelo, de que asunto
trataban?

La mirada fija del Gobernante Especial y su rostro rígido del que había
desaparecido la sonrisa estereotipada que siempre lo acompañaba, le dieron
a entender a Ángelo que no debía ocultarle nada si no quería tener
problemas, después de todo tenía enfrente a la autoridad más importante de
la ciudad, y además no tenía nada que ocultarle. Si había algún problema
entre las Excelencias, que ellas lo arreglaran, él no se metería en sus
asuntos.

- Si, Excelencia, tengo el placer de contarle que el señor Jefe de Relaciones


Internacionales desea saludar y presentarle un saludo a nombre de ciudad,
al señor Embajador. Han concertado una cita para mañana a las tres de la
tarde.

- Mil gracias, señor. Le deseo una noche feliz y muchos éxitos en sus
funciones futuras.

Le hizo una inclinación de cabeza a Ángelo y llamó con un gesto a su


ayudante que se apresuró a acercarse y a escuchar con atención las palabras
que en voz baja le dijo su jefe.
-¿Qué piensas Zaratustra de lo que te he contado?

- Pienso, señor Ángelo, que hay una disputa por el poder entre las
autoridades, y que el interés del gobernante especial por saber que quería el
Jefe de las Relaciones Internacionales con nuestro embajador, no es más
que una muestra de esa disputa, y todavía más: Pienso que si no estamos
alertas nos veremos enredados en ese pleito. Cada parte parece querer que
el señor embajador se ponga de su lado. Es posible que cada una suponga
que disponemos de fuerzas o recursos para definir su disputa, y por lo
mismo deseen tener nuestro apoyo. Conviene poner al tanto de esto a
Aparecido para que en la reunión de esta tarde deje que sea Mardoqueo
quien hable, y él se limite a soltar expresiones que parezcan un si y también
un no.

- De acuerdo, lo que dices es razonable, prepararemos a Aparecido para que


finja estar afónico y agripado, y a Mardoqueo le diremos que procure no
demorar la reunión por el estado de salud del señor embajador; pero si es
del caso la suspenderemos hasta conocer un poco más que es lo que ocurre,
aunque conviene saber que es lo que realmente quiere ese caballero. Ahora
busquemos a Aparecido y Mardoqueo... ¿Qué es ese ruido? Parecen
trompetas y órdenes militares. Vamos a averiguar.

Atravesaron casi en carrera la pista desierta y se acercaron a la puerta


principal en la que se encontraron con el mismo grupo de militares que los
había visitado pocos días antes para entregar la nota de bienvenida del
Gobernante Especial, y vieron frente a ellos al mismo oficial que dirigía la
tropa, quien les hizo un saludo militar, les dio los buenos días y entregó a
Ángelo un enorme sobre de color azul en el que se destacaba en realce el
escudo de la ciudad.

- Gracias, caballero, ¿puede decirme de que se trata esto?

- Si, señor. Su Excelencia, nuestro Gobernante Especial, envía esta solicitud


a su Excelencia el señor embajador, le ruega que se entere de ella y le de
una respuesta inmediata. Yo esperaré hasta saber que decisión ha tomado su
Excelencia el señor embajador.

- Bien, señor oficial, llevaré la nota de inmediato al señor embajador y le


pediré que no demoré su respuesta. Si ustedes lo desean pueden entrar a la
pista y tomarse un descanso, el sol es fuerte... Espere, no tardaré.
- Tomemos las cosas con calma, señor Ángelo, le dijo en voz baja
Zaratustra a su amigo cuando observó que los militares no podían
escucharlo. Miremos de qué se trata. Por la prisa de los amigos que trajeron
la carta debe ser algo de importancia.

Excelentísimo señor embajador del País del Sol Eterno:

Excelencia:

En mi condición de Gobernante Especial de la Ciudad de La Grandeza, doy


a usted un saludo muy especial, y ruego al Altísimo que su salud haya
mejorado.

Le ruego, con gran respeto, me conceda de inmediato una cita para tratar
asuntos que considero son de gran interés para nuestros gobiernos.

Delicados asuntos de Estado me impiden reunirme con su Excelencia en los


días que siguen, por lo que le reitero comedidamente mi petición de una
reunión inmediata.

Con todo respeto,

José Fernando Manuel de Santis y Valvanera.

Gobernante Especial.

Había una rúbrica llena de arabescos, un sello seco en forma de globo


terráqueo se veía al lado de la misma, una cinta de color bermellón cruzaba
la carta por debajo de la firma.

- ¡Demonios! Corre Zaratustra y busca a Aparecido y a Mardoqueo, y


también a Mab para que se preparen para recibir a ese sujeto. Tenemos que
mostrar al señor embajador como si estuviera muy delicado de salud. Que
Mab lo maquille bien, y tú ocúpate de que su habitación se vea lujosa, y que
Xú prepare bebidas y alimentos exquisitos, y recuérdale a Mardoqueo que
él será quien hable en lugar de Aparecido que se limitará a abrir y cerrar los
ojos.

- Señor oficial: su Excelencia el señor Embajador me pide informarle que a


las once de la mañana de hoy recibirá a su Excelencia el señor Gobernante
Especial de la ciudad, que le agradece sus deseos por el mejoramiento de su
salud y le ruega se le excuse por no responder por escrito por la necesidad
de una pronta respuesta.

- Gracias, caballero. De inmediato transmitiré a su Excelencia, nuestro


Gobernante Especial, la información que usted me entrega. Tenga usted
buen día, señor.

- ¿Cómo van las cosas Mab? ¿Ya lo maquillaste? ¿Cómo quedó la


habitación?

- Tranquilícese, señor Ángelo, todo está listo. Aparecido tiene la apariencia


de un enfermo delicado; la habitación parece un palacio oriental, y el señor
Mardoqueo ya está listo también, le preparé un atuendo especial; parece de
veras un secretario con cara de intelectual. Ni su misma mamá los
reconocería.

- Bien, muy bien, Mab. ¿Qué hora es? Me parece que el Gobernante
Especial no tardará en llegar; tenemos que tener todo listo que no se nos
pase un sólo detalle. Hasta el café y las galleticas deben estar listos.
Adviértele a Aparecido que él no debe comer mientras esté presente el
visitante, que después podrá comer hasta reventar. ¿Quién va a servir el
café?

- Señor, tranquilícese. Ya le dije que toda está listo. Alegría y Primavera


atenderán al visitante; las maquillé como nunca y les conseguí vestidos
especiales para que parecieran damas de una corte, se realmente hermosas.

-Gracias, mujer, y no olvides que en la tarde se repetirán el espectáculo,


quiero decirte que vendrá otra de esas excelencias a quien debemos dar el
mismo tratamiento que al Gobernante Especial.

- Si, señor... Si mis oídos no me engañan ese ruido es de tropas que llegan,
así que corra usted a la entrada que yo iré advertir a Aparecido y a los
otros; pero señor Ángelo, arréglese la corbata y péinese un poco que parece
asustado.

-Si, mujer, gracias. Todo esto lió me puso nervioso, es que me temo que..

- ¡Bien venido Excelencia! Bienvenidos caballeros. Sigan que el señor


embajador los espera. Yo los guiaré, síganme, por favor.
- Es usted muy gentil, señor Ángelo, pero sólo yo me reuniré con su
Excelencia el señor embajador, mis acompañantes permanecerán aquí.
Guíeme, por favor, señor.

- Excelencia, tengo el honor de presentar a usted al Excelentísimo señor


embajador de nuestra patria, el País del Sol Eterno. Él le ruega de antemano
que lo disculpe por permanecer sentado, pues ponerse de pie le produce
mareo, y también se disculpa por no hablarle por encontrarse
completamente afónico. Son secuelas de su mal. Su secretario, el señor
Mardoqueo de Malaspina, a quien me permito presentarle, servirá de
intermediario, pues entre otras cosas, el señor embajador tiene dificultades
en hablar vuestra hermosa lengua, también a causa de la fiebre que le
produce su enfermedad. Estoy seguro de que una vez repuesto de sus males
podrán ustedes conversar con toda soltura y sin necesidad de traductor...
Ahora permítame Excelencia que me retire para que ustedes puedan
conversar con toda comodidad.

- Gracias señor embajador por recibirme a pesar de su delicado estado de


salud, comprendo su sacrificio que nuestra ciudad también le agradece y le
retribuirá en su momento, y hacemos votos por su pronta recuperación, pero
en atención a sus quebrantos y para no molestarlo con asuntos baladíes,
quiero ir al grano.

Nuestra ciudad es rica y poderosa, pero el resto de nuestro país no lo es


tanto, por lo que algunos de sus gobernantes regionales quieren tomar parte
de nuestras riquezas, y no sólo es eso, sino que además pretenden que
demos nuestros votos para que sus periodos de gobierno se prolonguen
mucho tiempo más del que establecen las leyes. Hemos procurado negociar,
pero ellos lo único que aceptan es que les entreguemos grandes fondos y
que comprometamos nuestros votos, sin darnos nada a cambio. Yo me
opongo totalmente a esas pretensiones, pero algunos miembros del gobierno
de la ciudad están dispuestos a aceptarlas sin contraprestación alguna. Entre
ellos se encuentra su Excelencia el señor Jefe de las Relaciones
Internacionales de la ciudad, quien, según entiendo desea reunirse con
ustedes hoy en horas de la tarde para tratar asuntos que desconozco. Bien,
Excelencia; sin más dilaciones vengo a solicitarle dos cosas: la primera que
se excuse de recibir a su Excelencia el Jefe de las Relaciones
Internacionales de la ciudad, y la segunda, y más importante, que asigne al
señor coronel Francisco de Santa Cruz como instructor y coordinador de
nuestras fuerzas armadas, que aunque pequeñas son muy disciplinadas,
están bien preparadas, y no sobra decir que están compuestas por hombres
muy valientes...

- Excúseme, Excelencia, intervino Mardoqueo, pero el señor embajador me


indica que quiere decirnos algo.

Se inclinó sobre Aparecido que tenía los ojos entrecerrados, respiraba con
rapidez y fatiga y se veía pálido y ojeroso. Acercó su oído derecho a su
boca e hizo el gesto de escuchar con gran atención durante un par de
minutos. Algunas palabras alcanzó a escuchar el Gobernante Especial, pero
le llegaron entrecortadas e ininteligibles.

- Excelencia: dice el señor embajador que lamenta no poder atender a su


primera petición por cuanto ya dio su palabra al señor Jefe de las
Relaciones Internacionales de que lo recibiría hoy en la tarde, y en cuanto a
la segunda no la ve muy clara por cuanto el señor coronel por ser un
extranjero no sería bien visto en su papel de instructor y coordinador de
vuestras fuerzas armadas, y es más que seguro que entre vuestros oficiales
hay muchos muy preparados y muy capaces y además muy valerosos, y que
de otra parte la presencia del señor coronel podría ser tomada como una
intervención de nuestro país en los asuntos internos del vuestro, y de
ninguna manera queremos que dañar unas relaciones que son excelentes, y
que por el contrario deben ser fortalecidas.

- Entiendo señor embajador sus razones, pero por lo menos acepte


informarme de los temas que sean tratados en su conversación con su
Excelencia el señor Jefe de las Relaciones Internacionales, ya que como
autoridad suprema de la ciudad debo estar enterado de todos los asuntos
importantes que sean manejados por autoridades de rango inferior, y en
cuanto a los servicios del señor coronel sólo pretendo que de manera
informal entere a nuestros oficiales sobre las última estrategias y tácticas
militares, que seguramente en vuestro país están muy avanzadas, y que
nosotros por distintas circunstancias desconocemos. Podemos hacerlo de
modo muy discreto, de manera tal que las reuniones con nuestros oficiales
parezcan reuniones de camaradas de distintas fuerzas que se reúnen a
conversar y a intercambiar experiencias, además podremos retribuir con
generosidad sus servicios al señor coronel, y desde luego a ustedes,
apreciados amigos...

- De nuevo le ruego que me perdone, Excelencia, pero el señor embajador


desea hablarnos de nuevo.
Si, si, entiendo, señor embajador, se lo diré a su Excelencia, estoy seguro de
que él entenderá y aceptará nuestras razones.

- Excelencia: el señor embajador se permite informarle que estudiará con


mucho cuidado sus solicitudes, en especial la relacionada con la reunión
que sostendrá hoy en la tarde con el señor Jefe de las Relaciones
Internacionales, pues le preocupa que se piense que él está interviniendo en
los asuntos internos de su ciudad, o mas exactamente de su importante país,
cosa que por principio es rechazada por nuestro gobierno, y en cuanto al
señor coronel, Francisco de Santa Cruz el asunto será comentado con él. Si
desea colaborarles lo hará bajo su responsabilidad y será un asunto que
quedará entre ustedes, pues si algo molesto llega a ocurrir, quiero decir que
si el asunto sale a la luz pública, nosotros negaremos toda participación en
él.

- Si, señor secretario, entiendo muy bien cuanto usted me dice, pero insisto
en conocer los asuntos que se traten en la reunión de hoy en la tarde; me
parece que son de enorme interés para nuestra ciudad, y no quisiera tener
que tomar medidas que pueden llegar a ser perjudiciales para ustedes ¿Creo
que me entiende, señor secretario?

- Si, Excelencia, le entiendo perfectamente, lo comentaré con el señor


embajador y le haré saber la decisión que se tome. Ahora le ruego que nos
retiremos y lo dejemos descansar, se ve agotado y parece que la fiebre a
vuelto subirle. Ahora, si lo desea pasemos al salón de visitantes, para
brindarle, como usted se merece, una sencilla atención. Venga conmigo, por
favor.

- Si de inmediato lo acompañaré, señor secretario, pero antes le ruego darle


mis agradecimientos al Excelentísimo señor embajador por dedicarme estos
minutos a pesar de su delicada salud, la que Dios quiera que recupere muy
pronto, y para usted señor secretario también van mis agradecimientos, y de
nuevo les reitero la oferta de mi colaboración para cualquier asunto que
requieran en nuestra ciudad. Hoy en horas de la noche volveré a reunirme
con ustedes para conocer la decisión que hayan tomado, que desde luego
espero que me sea favorable. Ahora atenderé sus invitación, señor
secretario...
Mardoqueo y el Gobernante Especial pasaron a una pequeña sala adornada
con sobriedad en la que se encontraban Ángelo, Zaratustra y Francisco
Javier vestido con su traje de oficial, enseguida y después de los saludos
protocolarios y a un toque de campana hecho por Ángelo entraron Alegría y
Primavera empujando unos pequeños carros con alimentos y bebidas, y a su
lado apareció Xú quien hizo una profunda reverencia y con un gesto ordenó
a las mujeres que sirvieran a los presentes.

- Cómo lamento retirarme, caballeros, pero los deberes de gobernante me


reclaman. Espero que más adelante el tiempo me permita disfrutar de sus
maravillosas atenciones y de su compañía y de la de estas hermosas damas.
Gracias por todo. Que tengan un hermoso día, caballeros.

- ¡Uff! Señor Mardoqueo, si ese caballero se demora unos minutos más


reviento de la preocupación y de la angustia. No doy más; no sirvo para
actor, con ese trabajo me moriría de hambre así fuera entre los más
ignorantes y desconocedores de las artes teatrales, ya no sabía a que medios
acudir para fingir tantos síntomas de las enfermedades que ustedes me
atribuyeron. Y saber que todavía debo repetir la escena hoy en la tarde, que
si no fuera porque no tengo donde caerme muerto ya mismo empacaba de
inmediato mis pocas cosas y me iba a buscar la vida en otro sitio que nada
tenga que ver con embajadas, Excelencias, gobiernos, y demás cosas de
esas que apenas entiendo. Mejor sería, señor Mardoqueo, que ustedes me
dejaran en el trabajo de simple ayudante y buscaran a alguien más capaz y
preparado,

- ¡Por Dios, Aparecido! Estuviste estupendo. Te aseguro que ese caballero


como llamas al Gobernante Especial de la Ciudad, y que para mi nada de
eso tiene, se fue de aquí convencido de que estás a las puertas del
sepulcro...

- ¡Virgen! Señor Mardoqueo, tenga compasión de mí que para nada quiero


pasar a hacerles compañía a mis antepasados. Soy joven todavía y me siento
lleno de salud como para que usted diga ahora que estoy a un punto de irme
para el otro mundo.

- Nada de eso, amigo. Lo que menos pretendo es sacarte del mundo de los
vivos, quiero decirte que hiciste de maravilla tu papel de enfermo, tanto que
nuestro amigo, estoy seguro de eso, se fue convencido de que hizo mal en
venir a interrumpir el descanso de alguien tan necesitado de reposo como tú
Pero ahora olvidemos tus males y vamos a reunirnos con Ángelo, Zaratustra
que nos esperan para comentar y decidir que vamos a hacer con sus
Excelencias: La que acaba de salir y la que llegará en horas de la tarde.

- Bien, amigos, ¿qué hacemos? ¿Le contamos al Gobernante Especial lo que


nos diga el Jefe de las Relaciones Internacionales? La cosa es que
quedaremos mal con el uno o con el otro, y además no es cosa de olvidar las
amenazas del señor gobernante. Me parece que tiene poder suficiente par a
hacernos pasar muy malos ratos. Y en cuanto al señor coronel Francisco de
Santa Cruz, ya le escuchamos decir con toda claridad que si alguien existe
el mundo que ignore todo lo relacionado con las armas es él.

- Todo es cosa de diplomacia, mis queridos amigos, intervino Zaratustra.


Escuchemos con atención al Jefe de las Relaciones Internacionales, pero
contémosle al Gobernante Especial lo que nos diga, todo bien adobado y
compuesto de modo que quede convencido de que el Jefe es persona de fiar
y respetuoso de sus superiores, y en cuanto al señor coronel las cosas serán
más fáciles todavía. Yo fui militar como ustedes saben y tengo una enorme
experiencia en esos cuentos de tácticas y estrategias, así que les diremos a
los militares de la ciudad que él por razones de Estado no puede asesorarlos
de manera directa, pero que lo hará por mi intermedio puesto que yo no
estoy impedido por no tener cargo oficial alguno, de esa manera los
dejaremos contentos y cobraremos, además, unos buenos honorarios.

- Estoy de acuerdo, dijo Mardoqueo; como secretario del señor embajador


me encargaré de aderezar las cosas para hacerlas creíbles al Gobernante
Especial, y le endulzaré el oído al Jefe de las Relaciones Internacionales
diciéndole que su superior dijo cosas bellas de él. Viendo bien las cosas
podremos evitarles a estos señores un buen disgusto entre ellos.

Fue ahora Aparecido quien intervino y les soltó a los presentes un discurso
corto y substancioso que ya quisiera ser capaz de pronunciar un político en
campaña:

- Señores: Les ruego me den un poco de su atención, quiero decirles una


pocas cosas que no demandarán mucho de su tiempo. Ocurre que quien
debe fingir enfermedad grave, permanecer tendido en un lecho duro y
caliente como boca de horno, quieto, casi sin moverse, boqueando como un
pez fuera del agua para hacer creer a quien me mire que ya estoy más del
otro lado que de este, soy yo, y les juro y les rejuro caballeros que no es
labor agradable, que si no fuera , como ya se lo dije al señor Mardoqueo,
que apenas tengo ropa con que mudarme y dos o tres monedas que no
alcanzan para pagar una sencilla comida, ya me hubiera marchado y dejado
este oficio de actor que no está hecho para mi gusto, que me entretengo y
gozo más con los trucos y engaños que me enseña el señor Diábolo, aunque
en ambos casos se trate de hacer ver a los otros cosas que no son, o que son
simple apariencia, pero fingirme moribundo me hace sentir como si de
verdad lo estuviera, y para nada me agrada verme próximo a pasar al
descanso eterno, que aun con mi mal pasar todavía no quiero marcharme y
con todo no pierdo la esperanza de salir de este mal rato. Quiero, pues,
solicitarles con todo respeto que acorten y sean breves en la reunión que nos
espera en la tarde de hoy con otra de esas Excelencias que tanto abundan en
esta ciudad que parece tener más quien mande que quien obedezca, es que
tengo el temor de que me sienta tan aburrido y desesperado con mi papel
que termine muriéndome de verdad y ni siquiera goce de los dulces,
bizcochos y refrescos deliciosos que nos ofrecieron hace unos momentos y
para peor, ocurre que a los pobres suelen pasarnos cosas malas de verdad,
me temo que por no tener mi estómago acostumbrado a manjares tan finos
se me descomponga y no pueda disfrutarlos después de servir de
cuasidifunto hoy en la tarde, porque de alguna manera espero recibir una
paga extra

- De acuerdo, muchacho, lo cortó Zaratustra que ya conocía bien los


discursos de Aparecido los que ya había sufrido desde que lo conoció en
Pueblo de Santos. Seremos breves, o lo será Mardoqueo quien llevará la
voz cantante, pero tú no dejes de hacer las cosas como las hiciste hace unos
momentos. Lo hiciste bastante bien, pues Ángelo y yo mirábamos las cosas
por un agujero, y aunque no lo creas, en algún momento nuestro amigo el
Gobernante pareció asustarse con tu estado de moribundo, y para tu
consuelo, te aclaramos que ninguno de nosotros desea que te marches para
el otro mundo.

-Gracias, señor, espero que sea la última vez que me nombren embajador y
vengan unos extraños señores a pedirme cosas que por más que lo pienso no
entiendo. ¿Cómo es ese cuento de que su gobierno, el del señor
Gobernante, desea el apoyo del nuestro para asesorarlo en tácticas y
estrategias militares? ¿Acaso vamos a terminar metidos en una pelea en la
cual no tenemos arte ni parte'

- Despreocúpate, Aparecido, le contestó Mardoqueo, no te preocupes por


ahora de entender las cosas que de eso me ocupo yo, y Zaratustra se
encargará de darles la ayuda que piden y de paso evitar que nos metan en
una lucha que no nos interesa. Si quieren peleas que las tengan entre ellos y
nos dejen tranquilos. Espero que hoy en la tarde sea la última vez que seas
embajador, y te garantizo que podrás comer hasta reventar después de que
despachemos al caballero que quiere visitarte. Si quieres puedes ahora ir a
descansar que ya te llamaremos cuando sea el momento de volver a tu cama
de enfermo.

- Bien, señores, cortó Ángelo, parece que ya tenemos las cosas en orden, y
todo lo que nos resta es acordar con las autoridades cuantas funciones
daremos sin que nos cobren impuestos, y cuanto pagarán al coronel
Francisco por sus servicios de asesor militar. El asunto importante es,
apreciados amigos, que aprovechemos lo mejor posible la oportunidad que
se nos presenta de aparecer como unos buenos amigos que acuden en ayuda
de la ciudad, sin otro interés que el de ser útiles.

- Gracias a Dios que ya no soy embajador, y es que si vuelven a nombrarme


en ese cargo me muero de verdad y tendrán que buscarse otro que se
aguante los malos ratos que da que no son pocos, y los buenos ratos que
trae apenas pueden contarse si se tiene buena imaginación.

- Te entiendo, amigo, le respondió Odín, ya puedes descansar y olvidarte de


poner cara de moribundo, ahora lo que tienes que hacer es dedicarte a tu
oficio de ayudante de la pista y de aprendiz de mago con el señor Diábolo
que parecen ser las cosas que te gusta hacer. Dice Ángelo que todo marcha
a pedir de boca y que daremos unas cinco funciones más y luego
seguiremos viaje camino de la mar. Parece ser que ya empiezan a disminuir
los espectadores y que no se justifica permanecer más tiempo aquí. La
verdad es que hace muchos días que no teníamos una temporada tan larga y
con tantos llenos, a todos nos ha ido bien, parece que hasta tú has recibido
unos buenos ingresos.

- No tantos como quisiera, pero si he recibido algunos. Cuando salgo a las


calles vestido de mago y hago pequeños trucos de magia, porque todavía
me falta bastante por aprender, las personas se reúnen a mi alrededor, me
aplauden y piden que haga más magia, luego me regalan monedas que entre
una y otra me dejan algunos fondos que no me sacan de la pobreza, pero si
la hacen más llevadera. Ya he podido comprar alguna ropa decente y
también zapatos para remplazar unos que anduvieron conmigo buena parte
de mi vida y a los que casi consideraba mis mejores amigos, sentí un poco
de nostalgia cuando me desprendí de ellos y se los regalé a un sujeto que
pedía cosas viejas para reparar, aunque, dicho sea de paso, no imagino
como podrá ese pobre hombre reparar lo irreparable. Pero, amigo Odín, de
todo el negocio de fingir ser un distinguido embajador y arreglar asuntos de
los que poco o nada entendí y con los que menos tenía que ver, saque
algunas enseñanzas que agradezco y que de seguro me servirán en el futuro.
Mire que aprendí a avejentarme con el maquillaje y aparentar ser un
hombre maduro y enfermizo, cosa que me la enseñó Mab que es toda una
maestra en el arte de cambiar las facciones y expresiones de las personas.
Va a servirme este arte para no mostrarme joven como soy y evitar que la
gente del gobierno, lo mismo que hacen sus enemigos, que no para de
reclutar a todo el que sirva para la guerra, me deje en paz y no tenga que
andar escondiéndome y huyendo cada vez que aparece alguien uniformado.
Ellos no toman para la guerra a quienes han pasado de cierta edad por que
no aguantan los trajines de la milicia, así que viéndome algo viejo no se
interesarán en mí y me dejarán vivir en calma. También aprendí a
improvisar atuendos raros con pocas telas y algunas ropas usadas, que me
han servido para mis pequeños actos de magia, pues cada día me puedo
presentar como si fuera una persona diferente, y ahora, cada vez que salgo a
las calles a presentar mi espectáculo llevo una apariencia diferente, de
modo que el público cree que se trata de un mago distinto y se detiene a
mirarme, pues si siempre me vistiera y maquillara igual terminarían por
decir: A este mago ya lo vi y seguirían su camino...

- Lamento cortar tu charla, Aparecido, pero el señor Ángelo te solicita en su


carro, dice que quiere verte de inmediato.

- ¿No será acaso, señorita Alegría, que me requiere para que vuelva a ser
embajador?

- Que se yo para que te quiere, pero si no deseas tener un mal rato es mejor
que te apresures; anda reunido con Zaratustra, Mardoqueo, Francisco Javier
y parece que tratan asuntos de importancia.

- Para allá salgo, señorita, pero me asusta usted con eso de que tratan
asuntos de importancia, por que es seguro que lo bueno que salga de ahí
será para ellos y a mi no ha de tocarme otra cosa que el trabajo duro. Pero
en fin, ya estoy montado en esta vaca loca y mientras no halle manera de
desmontarme no puedo menos que seguir.

- ¡Hola Aparecido! Toma asiento y también tomate un trago que estamos


celebrando; deja esa cara de entierro, queremos que disfrutes con nosotros
del éxito del trabajo hecho para sus Excelencias, y en el que tú tienes buena
parte.

- Es que, señor Mardoqueo, puse cara de dolor por que imaginé que me
pondrían de nuevo a hacerme el moribundo y pasar unas buenas horas
metido en una cama que parece hecha de piedras disparejas, a lo que se
añade el calor infernal no sólo el que produce el astro rey que bien calienta
en esta ciudad, sino también el que me daban el cerro de mantas que me
echaron encima dizque para hacerme sudar y parecer afiebrado...

- Ya, hombre, puedes estar seguro de que no serás embajador en el resto de


tus días; bueno, por lo menos mientras estés con nosotros y los señores
gobernantes de la ciudad sigan tan tranquilos como hasta ahora...

- Pues Dios me libre de que haya un disgusto entre ellos, señor Ángelo, por
que por nada del mundo quiero volver a ser, ni por un momento, lo que fui,
así me traten ustedes de Excelencia y me hagan venias y hasta me inviten a
comer y beber de todas las cosas exquisitas que prepara el señor Xú para los
mandamás de la ciudad.

- Siéntate, Aparecido le insistió Mardoqueo. Queremos contarte que tanto el


señor Gobernante especial a quien dejaste tan impresionado por tus dotes
diplomáticas, así como Su Excelencia el Jefe de las Relaciones Exteriores,
quien está admirado de tus habilidades de conciliador, nos han hecho
valiosas donaciones en dinero contante y sonante, y también nos han
entregado algunas botellas de licores finos,, y todo queremos compartirlo
contigo.

- Pues algo bueno debía salir para mi de semejante comedia, bueno,


comedia para ustedes que gozaron y se rieron con el engaño que hicimos a
esos caballeros llamados Excelencias, pero que a mi iba pareciéndome
tragedia, tan a las puertas del otro mundo me sentí que hubo momentos en
los que me arrepentí de todos mis pecados y le rogué a Dios que se apiadara
de mi alma. Ahora, si han de darme algún dinero para compensarme, pues
bien venido, que mucho tengo en que usarlo, pero en cuanto al licor por
fino que sea me contentaré con un par de copas, por que mi pobre
humanidad no aguanta muchas; a la tercera o cuarta ya estoy viendo doble y
sintiendo que el mundo da vueltas y va a dejarme botado en cualquier lugar
del espacio, y lo que es peor, al día siguiente no hay agua suficiente para
calmar la sed que me acosa, y el malestar que siento me parece que debe ser
el que antecede a la muerte, y me suceden cosas parecidas a las que le
ocurren a usted señor Mardoqueo que después de beber termina viendo
micos por todos los lados y acaba peleando con los imaginarios que están
solo en su cabeza, y con los reales que hay aquí en el circo que son
inofensivos, mientras que yo oigo voces que me llaman de todos los lados
y me amenazan con las llamas del infierno. Pero si ustedes aceptan puedo
cambiarles el licor que me corresponde por unas buenas tortas y bebidas de
las mismas con las que agasajamos a sus Excelencias, así me sentiré feliz y
calmaré hambres atrasadas, que si ustedes miran bien no me sobran las
carnes, y más parezco una víctima de la inquisición o un ser consumido por
una enfermedad terrible que un hombre que ha gozado de la abundancia y
ha tenido un buen vivir.

- De acuerdo intervino Ángelo, te daremos lo que pides, y además aquí


tienes el dinero que te corresponde, es una bonita suma con la que puedes
comprar un buen montón de cosas.

- ¡Dios bendito! Nunca había visto tanto dinero junto. Ahora si que necesito
una buena copa de ese licor que beben ustedes, que si me hace oír voces
extrañas no serán tan terribles como me parecen cuando no tengo una
moneda en el bolsillo.

Partieron al amanecer después de la última función a la que asistieron todas


las autoridades de la ciudad y en la que todas las sillas fueron ocupadas por
las personas más destacadas de la ciudad que no quisieron perderse la
función de gala con que Ángelo quiso despedirse de la ciudad y agradecer
la acogida calurosa que les dieron.

- ¿Y ahora, Zaratustra, que sigue?

- Pues, señor Ángelo, todo anda bien y los días de angustia parecen que
quedaron atrás, sólo me preocupa un poco que todavía estamos lejos de la
mar y no sabemos que podemos encontrar en el camino. Espero que
podamos llegar a la capital de provincia sin tener mayores problemas y
podamos embarcarnos pronto. La verdad que quiero regresar a mi país; ya
estoy viejo y me cansa estar de un lado para el otro. Antes me alegraba
saber que en pocos días estaría en una ciudad que no conocía y en la que tal
vez encontraría personas y cosas interesantes, y cada viaje me parecía una
aventura agradable, pero ahora me he vuelto miedoso y me asusta
emprender camino para un sitio en el que veo más amenazas que otra cosa,
y ya me olvido de donde guardé mis pertenencias y me paso horas buscando
cualquier cachivache que necesite.

- También yo he pensado en regresar a mi país y asentarme en un pueblo


tranquilo. Rosalinda también me ha insinuado que quiere dejar de viajar y
de pasar angustias a cada rato; dice que con lo que tenemos ya podemos
vivir tranquilos, sin afanes, tener una casa como cualquier pareja y no vivir
en un carromato que tenemos que compartir con los perros.

- Creo que esta es la oportunidad, señor Ángelo, para retirarnos a


descansar, por primera vez en varios años hemos podido pagar a todos los
artistas y ahorrar algún dinero, por lo menos eso he podido hacer y he
comprado una pequeña cantidad de oro que espero me sirva en mi país para
comprar una pequeña tierra y esperar a que me llegue la última hora
sembrando árboles y hortalizas, y si es posible, me gustaría buscar a
algunos de mis viejos compañeros de armas y sentarme algunas veces a
beber con ellos un buen trago y a recordar las guerras en las que
participamos.

- Mira Zaratustra: Pienso ahora que será una buena decisión vender el circo,
aunque por el momento no debemos hacerlo saber a nadie para no crear
zozobra, y además... ¿Escuchas? Son explosiones, ¿de donde vienen?

- Si, las escucho, son cañonazos, estoy seguro de eso. No se me olvidan,


conozco bien las explosiones de como sonaban nuestros disparos de armas
pesadas y de como sonaban los de nuestros enemigos. La última guerra en a
la que participé fue una guerra de cañones más que de otras armas. Vienen
de la ciudad, señor Ángelo, deténgase.

Zaratustra tiró del lazo que hacía sonar el pito para alertar al resto de la
caravana de que se detendrían, y como respuesta escuchó el pito de los
demás vehículos y los ruidos de todos los animales acostumbrados a
responder a su manera a un ruido que para ellos era un animal amenazante
al que nunca habían visto pero que de alguna manera siempre los
acompañaba.

Descendieron y miraron Hacia La Grandeza de donde seguían llegando


lejanas explosiones que no podían confundirse con truenos porque la
mañana era clara, casi sin nubes, y además porque Zaratustra seguía
afirmando que eran cañonazos lo que se escuchaba a la distancia.
- ¿Que puede ser? Preguntó con angustia Clarabella que acompañada de
Odín y algunos otros se había acercado a donde se encontraban Ángelo y
Zaratustra.

- Cañonazos, mujer, cañonazos puros, le respondió Zaratustra, pero lo que


no sabemos es por que. Puede ser que los hagan para celebrar alguna cosa,
en algunas ciudades eso es común, o puede ser... ¡Dios santo! Eso es. Los
imbéciles no pudieron llegar a un acuerdo, y…

- ¿De qué habla, señor, le preguntó Alegría, no entiendo lo que dice.

- Mujer, es la guerra. Miren bien: hay columnas de humo, y no son de la


pólvora, son de casas y edificios que arden, y si mis viejos oídos no me
fallan al fondo de todo se escucha fuego de fusilaría y armas livianas.

- Pero, señor Zaratustra intervino de nuevo Clarabella, ¿No corremos


riesgos? Temo que nos alcancen las balas, es que he visto cosas... Quiero
decir que... pero no continuó; guardó silencio y se retiró camino a su
carreta.

- ¿Qué hacemos? señor Ángelo, preguntó un ayudante que parecía más


asustado que todos los demás. ¿Por qué no nos alejamos lo más posible
señor? Como dijo la señorita Clarabella pueden alcanzarnos las balas...

-No, no nos alcanzarán intervino Zaratustra, estamos lo suficientemente


lejos como para eso, y además creo que no tienen interés en disparar hacia
el campo, los enemigos están enfrentados en la ciudad.

- De todos modos, Zaratustra, alejémonos algo más e hizo sonar con fuerza
el pito de su camión. Todos corrieron a ocupar sus sitios y los animales
volvieron a dejarse oír.

- Ya no se escucha nada, señora Circe, podemos estar tranquilos. Estamos


lejos de la ciudad, hace como cuatro horas que salimos, ya el sol está alto...

- No lo se, amigo Mardoqueo, pero hay una calma que no me gusta nada.
Usted sabe que mi oficio es ver el futuro, y tengo la impresión de que nos
esperan cosas muy poco agradables. Clarabella me ha recordado que ella ha
tenido visiones horribles, y que teme que ahora esas visiones se van a hacer
realidad.
- No quiero demeritar sus facultades ni lo que dice Clarabella, pero creo
que estamos lejos de la ciudad, y que además no tenemos nada que ver con
sus problemas, recuerde que yo participé en las negociaciones entre sus
Excelencias, y estoy seguro de que los acuerdos fueron acogidos con
sinceridad por las partes. Es posible que se trate de una intervención del
gobierno central que no pudo negociar con las autoridades de la ciudad y
quiere imponerse.

- No, Mardoqueo, insistió Circe lo que veo es algo peor: Es una guerra civil.
Todos parecen pelear contra todos. Mira, llama a Clarabella que está en su
carreta, dile que venga, nos tomaremos un trago, escuchémosla, seguro que
va a decirnos cosas que nos van a pones los pelos de punta. Escúchame
Mardoqueo: Yo puedo ver cosas futuras, pero no siempre acierto ni en todas
las ocasiones las veo con toda claridad, apenas se me insinúan, pero
Clarabella ve el futuro con enorme claridad, lo ve cuando entra en estado de
ensoñación, la he escuchado y en dos oportunidades las cosas han ocurrido
tal como ella las ha visto. Una fue cuando asesinaron al presidente de un
país en el que estábamos de gira. No se le escapó un solo detalle, el otro fue
cuando vio un enorme incendio que casi arrasó con la ciudad en que nos
presentábamos, si no hubiera sido por que ella lo vio pocos días antes en
uno de sus sueños, todos en el circo hubiéramos ardido como ardió buena
parte de la ciudad. Ella le dijo a Ángelo que pusiera la carpa en un lugar
alejado de los edificios y las viviendas. El fuego nos rodeó por los cuatro
costados pero nada nos ocurrió. Ahora, ve por ella.

- Amigos, no quiero asustarlos les dijo Clarabella a Circe y Mardoqueo que


la miraban con atención y veían como sus ojos azules se oscurecían hasta
ponerse casi negros, y como su voz se hacía apenas audible y un leve sudor
le asomaba en la frente.

Hace un tiempo vi muertos en uno de mis sueños, muchos muertos por


todas partes, y un cementerio enorme, y vi gente que lloraba y gritaba
desesperada, y vi destrucción y ruinas en una ciudad muy grande. No supe
donde ocurrían esas cosas, pero ahora se que es en La Grandeza donde
están ocurriendo esas cosas, y se que nosotros nada podemos hacer para
evitarlo, todo cuanto haremos será ayudar a algunos que llegarán hasta aquí
a pedirnos auxilio, pero no debemos regresar a la ciudad como quieren
algunos. Ya Aparecido y Francisco Javier partieron hacia allá para traer
noticias, ellos se ofrecieron como voluntarios, se que nada va a pasarles,
pero sus noticias van a ser terribles. Ya le dije al señor Ángelo que tan
pronto ellos regresen lo mejor es marcharnos, de otra manera podremos
vernos involucrados en esa guerra.

-Señora Circe: usted como yo también conoce el futuro, y veo por su


expresión que está angustiada y que espera cosas que nos van a producir
tristeza y dolor...

- Si, Clarabella, así es, pero no tenemos nada que temer, la guerra no va a
tocarnos, puedes estar tranquila, nada...

- Perdonen, señoras, interrumpió Mardoqueo que empezaba a


intranquilizarse ya que no entendía muy bien la conversación de las mujeres
a quienes empezaba a ver como unas especies de hechiceras todo poderosas
que jugaban con el futuro y con la vida de muchos a quienes nunca vieron
pero de quienes disponían a su antojo, perdonen repitió, pero quiero
invitarlas a un trago; tal vez así me alivie un poco de la angustia que me
produce escuchar lo que dicen. La verdad hasta el más valiente se asustaría
con sus predicciones.

Les sirvió con generosidad a Circe y Clarabella que guardaban un silencio


que a él le pareció de expectativa, como si esperaran algo poco agradable.
Bebió un largo trago directamente de la botella, y cuando terminó miró a
Clarabella que tenía los ojos cerrados, la cabeza un poco inclinada y con
lentitud pasaba sus dedos por su barba como si fueran un peine. Una
bocanada enorme que soltó Circe le impidió seguir observándola, pero
cuando el humo desapareció vio a otra mujer, o eso le pareció. Ahora
Clarabella era para él una mujer muy joven, hermosa, delicada, de
expresión muy dulce. Volvió a beber de la botellas sin cuidarse de
ofrecerles licor a sus compañeras que habían bebido sus tragos, y volvió a
mirarla con detenimiento y a ver de nuevo a la mujer hermosa que acaba de
descubrir y sin entender por que le pareció que la barba cobriza y ondulada
que llevaba no la afeaba, sino que le daba el aspecto de una mujer que
momentáneamente se la había puesto para participar en una especie de
mascarada en la que no participaban sino ellos tres, pero que detrás de esa
poblada barba estaba la mujer más hermosa que jamás hubiera visto.

- No te angusties Rosalinda, nada logras con eso, ellos van a estar bien, y
nosotros no corremos peligro. Hasta ahora nadie ha llegado de la ciudad, no
hemos visto a nadie herido ni muerto, todo lo que se diga sobre lo que pasa
en la ciudad no es más que imaginación de la gente, tenemos que esperar.
Aparecido y Francisco Javier nos traerán noticias; se fueron ayer al medio
día, es muy pronto para que regresen.

- Pero, Ángelo, puede ocurrirles algo malo y no lo sabremos, nos


quedaremos esperándolos, fue un error enviarlos, tal vez debemos seguir y
esperarlos en otro lugar, es que estamos muy cerca de la ciudad, eso me
preocupa.

- Estamos lejos, cálmate. No volvimos a escuchar disparos, aunque el


humo, supongo que de los incendios producidos por la lucha, si se ve, y es
bien denso por cierto, te repito que aquí estaremos bien y que es cosa de
esperar un par de días. Estoy seguro de que todo saldrá bien.

- Aparecido, me parece que nada tenemos para hacer aquí. Pocas personas
hemos visto, y ninguna de ellas ha querido hablar con nosotros, todas se
esconden, parece que todos tienen miedo de todos. Mira, no se ven sino
muertos por todos los lados, ya empieza a oler mal, y los incendios no
paran, bueno, la cosa es que no hay nadie que los apague. Todavía quedan
algunos militares peleando y temo que de pronto nos confundan con
enemigos y empiecen a dispararnos, mejor nos regresamos. Además, si no
hubiéramos traído comida ya nos hubiéramos muerto de hambre, por lo que
veo nada nos queda y si no regresamos pronto tendremos que comernos los
caballos.

- Si, señor Francisco, las cosas no andan bien, ya empiezo a tener miedo y
debo reconocer que no soy especialmente valiente, que tantos difuntos
juntos me erizan todos los pelos del cuerpo y me hacen sentir mal, a lo que
debo agregar que la noche de anoche fue para mi una tortura por que a cada
momento se me hacía que algunos de ellos iban a levantarse y a atacarme, y
para completar a cada momento los disparos que también imaginé eran para
nosotros, y yo que llevo años huyendo de la guerra de pronto me encuentro
metido en una con la cual nada tengo que ver; y para completar el mal rato
es posible que terminemos peleando sin saber cuando ni como, que es lo
que suele ocurrir cuando uno se mete en peleas que no le pertenecen, así
que ensillemos las bestias y busquemos otras tierras más agradables de
inmediato.

-...Y bien, ¿qué encontraron? Pudieron hablar con alguna de sus


Excelencias?
- ¿Por dónde empezar, señor Zaratustra? Todos ustedes quieren saber que
encontramos en La Grandeza, y lo primero que hay debe decirles es que esa
ciudad ya poco o nada tiene de grande, en ningún sentido, no encontramos
si no ruinas, edificios en llamas, calles llenas de escombros, y cadáveres,
miles de cadáveres, de hombres y animales, y los pocos sobrevivientes que
hallamos no quisieron hablar con nosotros, huían cuando nos veían como si
fuéramos sus enemigos. Del centro de la ciudad poco es reconocible, y del
edificio en el que nos tuvieron para darnos las clases de comportamiento
ciudadano apenas quedan unas cuantas paredes, igual ocurre con el palacio
en que nos recibió el Gobernante Especial de la Ciudad. Entramos a mirar
lo poco que quedó y no encontramos más que documentos quemados,
muebles destruidos y cuerpos por todas partes. Reconocí el del Gobernante
y el de su secretario que estaban intactos, sin señales de heridas. Estaban
sentados en sus escritorios, vestidos con elegancia, y salvo por el polvo que
le cayó de las ruinas y que había puesto grises sus trajes de lino blanco, me
dieron la impresión de acaban de morir y que habían muerto antes de salir
para una ceremonia.

¿Recuerdan la hermosa torre de la catedral? Como cosa curiosa sus


escaleras estaban intactas a pesar de que se le veían agujeros de disparos
por todos los lados. Subimos hasta el campanario que tenía todas las
campanas llenas de agujeros, desde allí miramos buena parte de la ciudad, o
lo que de ella quedaba, y el panorama era el mismo por todos los lados:
humo, llamas, ruinas y silencio total roto sólo por momentos por el ruido
que hacían los muros al caer. Vimos algunos grupos de personas que
caminaban en dirección al campo llevando carretas y bultos, posiblemente
con sus pertenencias. Todavía hacia el sur se escuchaban cañonazos y se
veían las nubes de humo de los impactos, alcanzamos a ver que todavía se
luchaba en los cuarteles en los que usted, señor Zaratustra, dio las
conferencias sobre el arte de la guerra. Pero no duró mucho tiempo, tal vez
después de una hora ya no volvimos a escuchar nada, ni siquiera gritos o
lamentos. La ciudad parece estar tan muerta como muertos están buena
parte de sus habitantes.

... Ya les dije que los pocos vivientes que encontramos nos rehuían, se
negaron a responder a nuestras preguntas, ni siquiera algunos que se veían
heridos aceptaron el agua que les ofrecimos. Caminamos de un lado para
otro tratando de encontrar con quien conversar y enterarnos de lo que pasó,
pero fue inútil, así que decidimos pasar la noche en una casa elegante que
estaba casi intacta y en la que encontramos habitaciones en orden, pero de
sus habitantes nada supimos; suponemos que eran personas de edad por las
fotografías que encontramos en una mesa y en las que aparecía un
numeroso grupo familiar en el que había personas de todas las edades pero
no vimos nada en la casa que fuera para niños o jóvenes. La noche fue
larga y pesada, ni Aparecido ni yo dormimos porque al principio
escuchamos disparos cerca de donde estábamos, y luego, cuando ya
cesaron, escuchábamos aullar a los perros y en dos o tres ocasiones oímos
gritos de auxilio, pero para serles franco no tuvimos valor para salir a
investigar quien pedía socorro, así que nos sentamos a esperar que que
pasara la noche que se hizo eterna y al amanecer, con la primera luz,
acordamos con Aparecido regresar...

- Pues miren ustedes, se atrevió a decir Aparecido que no dejaba de mirar


para todos los lados como si esperara que de alguna parte fuera a salir
alguna cosa para atacarlo, es que me sentía en la ciudad como si estuviera
metido en un cementerio enorme, pero con la diferencia de que los muertos
estaban encima de la tierra y no debajo de ella como suele suceder, y para
peor no tienen nada agradable que mirarles; todos con esas caras de
angustia y de dolor, llenos de heridas, con las moscas haciéndoles rondas
como si esperaran a que se descuidaran para meterse en sus cuerpos; pero
me dolió mucho más ver a los niños muertos que parecían dormir como si
no les importara nada de lo que pasaba a su alrededor. Pero los vivos
también asustaban. No respondían cuando les hablábamos, caminaban
agachados como si a todo momento tuvieran que defenderse de las balas o
buscaran algo valioso que habían perdido, pero lo peor es que cuando de
momento levantaban la cabeza no se veía sino angustia y miedo en sus
caras, y algo que nunca he visto es que sus ojos, los ojos de todos, quiero
decir, eran pequeñitos, eran apenas unos agujeritos redondos por los que
pienso que apenas les entraba la luz. Tal vez se les achicaron los ojos por
que no querían ver bien las cosas tan terribles que estaban pasando, o por
que habían llorado tanto que sus ojos se secaron y las cosas secas se
encogen...

Algunos dicen que tenemos que ir a la ciudad a ayudarlos, pero creo que
nada podemos hacer por ellos. Los pocos que quedaron vivos deben estar
escondidos en la selva; lo cierto es que cuando regresábamos alcanzamos a
ver a la distancia algunas personas que iban en esa dirección, y cuando nos
dirigimos hacia ellos corrieron a esconderse, algunos abandonaron los
objetos que llevaban, de modo que decidimos dejarlos tranquilos para no
causarles más molestias, que con las que han sufrido son más que
suficientes.
- ¿Qué dices Clarabella? Estás hablando en tu lengua y no te entendemos.

- Tienes razón Pompeyo, lo lamento, perdónenme ustedes, es que cuando


me angustio empiezo a hablar en mi idioma y me olvido de que el único en
el circo que me entiende es Odín; pero estuve escuchando con atención a
Francisco Javier y a Aparecido y lo que contaron es aterrador, lo peor es
que yo lo había visto todo en mis sueños y se que poco o nada quedará de la
ciudad y de sus habitantes, porque las cosas no han terminado; ahora
seguirán la peste y el hambre y los asaltos de bandidos para quedarse con la
pocas cosas de valor que han quedado. Señor, Ángelo: por favor, ordene
seguir la marcha, si permanecemos más tiempo aquí van a llegar partidas de
militantes de de los bandos en guerra, todos van a querer que los apoyemos,
y...

- Tienes razón, mujer, le respondió Ángelo y de un salto se encaramó al


techo de uno de los camiones y empezó a dar órdenes a gritos. Apuraba a
los que le parecía que caminaban con lentitud, pedía a otros mirar los
animales para asegurarse de que todos estuvieran en los camiones, y le
pedía a Zaratustra que verificara que todo estuviera en su lugar

En cuestión de minutos todo y todos estaban en sus sitios y la enorme


caravana empezó a moverse encabezada como siempre por el camión rojo
que conducía Ángelo, en el que Zaratustra tiraba de la cuerda que hacía
sonar el pito para dar a entender a todos que estaban de nuevo en camino.

Viajaron sin detenerse durante muchas horas, incluyendo buena parte de la


noche. Querían alejarse lo más posible de la ciudad de la que lo último que
vieron fueron enormes columnas de humo, y por momentos las
impresionantes llamaradas de los incendios que la consumían.

- Al diablo con sus Excelencias, con los Gobernantes Especiales, con los
señores Comandantes y con todo el resto de mandones que había en la
ciudad; espero que estén todos bajo tierra o por lo menos debajo de los
escombros...

- Tranquilízate Francisco Javier, le dijo Mardoqueo, tómate otro trago, y tú


Aparecido también tómate uno. Los veo cariacontecidos, ya es hora de que
se olviden de lo que vieron en la ciudad, un trago les ayudará a cambiar el
ánimo, y a mi me ayudará a olvidarme de que les ayudé a todos esos
imbéciles a negociar sus diferencias. Pero estoy cayendo en la misma
trampa en que cayeron ustedes: Pienso a ratos que tal vez pude hacer más y
pude comprometerlos con toda clase de juramentos, sellos, firmas y
documentos, y...

- Señores, por favor, tengamos calma y gocemos el rato les dijo Aparecido a
sus compañeros, nada ganamos con entristecernos por una desgracia en la
que no tenemos nada que ver. Si ellos decidieron ir a la guerra y matarse
unos a otros no fue por que nosotros los incitáramos ni les diéramos armas,
y ni siquiera las conferencias que les dio el señor Zaratustra a los militares
tenían invitación alguna a la lucha, más bien les pintó horrores de las
batallas y como de ellas se seguían la ruina y el dolor para todos. Por mi
parte, le acepto señor Mardoqueo su invitación a tomar un trago, y de
pronto varios más, así mañana me mate el malestar, prefiero celebrar las
cosas buenas que tuvimos en la ciudad. No se olviden que no hubo noche en
la que no se llenara la carpa, y eso que los precios que se pusieron eran
altos, no tuvimos el más pequeño accidente, y todos los artistas
presentaron sus números de manera perfecta. Nunca, desde que me
enganché con el circo había oído unos aplausos tan fuertes y tan largos, y
para mejor, el señor Zaratustra me pagó por mi trabajo, porque el acuerdo
que teníamos era que me darían únicamente la comida como pago, y para
mejor todavía pude hacer mis primeras presentaciones como mago en las
calles de la ciudad. No hago cosas tan impresionantes como el señor
Diábolo, pero a la gente le gusta mi arte como dice mi maestro que
debemos llamar a nuestro trabajo, y creo que con el tiempo seré tan bueno
como él. Entonces, señores, creo que tenemos más cosas para celebrar que
para lamentar. Todos ganamos algo, pues entiendo que a ustedes también
les pagaron por sus servicios; como asesor diplomático al señor Mardoqueo
y por sus consejos militares al señor Francisco Javier, aunque en realidad
quien hablaba era el señor Zaratustra.

- Pues que así sea, amigos, dijo Mardoqueo levantando la copa, celebremos
los buenos tiempos que tuvimos en la ciudad, que aunque no fueron muy
largos si fueron fructíferos para todos. Yo recibí algunos fondos que me
ayudarán a llegar sin afanes a la capital de provincia en la que espero
encontrar alguna actividad que me permita ganar algún dinero para regresar
a mi pueblo con buenos fondos y montar un buen negocio que todavía no se
de que será, y de pronto, si encuentro una mujer que de veras me agrade,
pues casarme y tener una familia. Y tú, Francisco Javier, ¿a que piensas
dedicarte? sólo te hemos oído decir que llegarás hasta la aldea en que
dejaste a una tía que era el último pariente que te quedaba, ¿te quedarás ahí?
- Saben, no he decido que haré una vez llegue al pueblo. Tal vez me quede
allí unos días, o tal vez siga con ustedes hasta la capital, la cosa es que todo
lo que se hacer es enseñar y estoy cansado de hacerlo, no quiero más líos
con muchachitos torpes y con papás intratables, y menos con rectores que
quieren que les dicte todas las cátedras habidas y por haber. Me parece que
todavía tengo tiempo de aprender algo nuevo; tal como lo hace Aparecido
con la magia, me gustaría aprender a hacer trajes tan bonitos como hace
Alegría, es posible que en la capital pueda montar un taller en el que vengan
a comprar sus ropas las damas más distinguidas y que estén dispuestas a
pagar buenos precios por mis creaciones. También podré vender telas de
importación, y adornos y joyas que complementen los trajes, y cosas
semejantes que me permitan ganar dinero sin tener que pasarme buena parte
de las noches estudiando cosas que no me dicen nada.

- Pues, caballeros, yo no soy letrado como ustedes y apenas alcancé a


llegar a la primaria, pero la vida me ha enseñado un buen montón de cosas,
algunas no muy santas ni recomendables pero que me han servido para
continuar vivo y por el momento, por la gracia de Dios, me encuentro bien
vivo y sin las angustias de hace unos días. Puedo comer tres veces al día, o
más si el apetito me lo pide, he podido mejorar el contenido, bien escaso
por cierto, de mi maltratada maleta, y cada vez que me meto la mano al
bolsillo no lo encuentro tan vacío y desocupado como en otros tiempos,
sino que puedo tantear algunas monedas de buen valor, y he podido adquirir
algunas cosas que requiero para mis trucos de magia. En poco tiempo,
caballeros, estarán viendo ustedes mi nombre en las carteleras de los
teatros, y junto a mi nombre verán mi cara que aunque no es tan bonita
como me gustaría que fuera, podrá arreglarse un poco con los trucos de
maquillaje que conoce Mab quien está dispuesta a viajar conmigo para
ayudarme en todos los espectáculos y para mi felicidad total, mi maestro, el
señor Diábolo, está dispuesto a enseñarme sus mejores actos de magia,
quiere que yo lo remplace pues él está pensando en retirarse del ejercicio
del bello arte de la magia y regresar a gozar de la vida en su país natal.
¿Qué suena? ¡Ya! Es el pito del camión del señor Ángelo; parece que
hemos llegado a un pueblo.

Se adentraron despacio por la que parecía la calle principal de un pequeño


pueblo de calles empedradas y limpias, con casas bien cuidadas en las que
alcanzaban a verse a través de rejas de hierro forjado, las caras de los
curiosos que trataban de saber a que se debían los pitazos roncos que raras
veces escuchaban y que rompían con el sosiego de sus calmados habitantes.
- Zaratustra, ve a averiguar donde estamos. Pregunta si es posible pasar la
noche aquí sin que tengamos que pedir autorizaciones o cosas de esas, por
que si es así más bien continuamos y descansamos en el campo.

- Señor, Ángelo, parece por lo que veo que es un pueblo pequeño en el que
ojalá no tengamos tantos problemas como en la última ciudad en que
estuvimos. Allá veo a unas personas, iré a preguntarles.

- Buenas tardes, señores, soy Zaratustra, vengo con el circo, mírenlo allá
está, son esos camiones, quisiera saber, por favor, como se llama esta
población.

- Se llama Esperanza de Dios, le respondió un hombre alto y fuerte dueño


de un enorme bigote y una poderosa voz. ¿Qué otra cosa quiere saber,
amigo?

- Pues quiero saber si podemos pasar la noche aquí, hemos viajado muchas
horas y queremos descansar, les aseguro que no causaremos molestias y que
al amanecer nos iremos, ah, desearía saber también que tan lejos estamos de
la capital de la provincia, y que tan lejos queda la mar de la capital. Estamos
un poco desorientados. Gracias de antemano por su ayuda, señores.

- Mire, amigo, le dijo a Zaratustra otro individuo robusto y panzón que


también llevaba un enorme bigote y usaba unas pequeñas gafas doradas que
se acomodó antes de agacharse a mirarlo con detenimiento: están ustedes a
sólo un día o algo así de llegar a la capital de la provincia, y una vez lleguen
allí, estarán a la orilla de la mar, pues ocurre que la dichosa capital es un
puerto, muy grande por cierto, y en cuanto a pasar la noche aquí pues
háganlo tranquilos, claro, siempre y cuando no hagan escándalo y nos dejen
dormir tranquilos, si no es así pagaran una multa y los causantes del
escándalo irán tres días a la cárcel. Ah, y para completar la información que
acabo de darle le cuento que yo soy el alcalde de esta villa, que no nos gusta
que nos desvelen ni nos agrada que ensucien las calles, que aceptamos a los
visitantes que vengan en paz y dispuestos a descansar y no a fastidiar.
¿Entendido, caballero?

- Si, señor, lo entendí todo perfectamente. Le aseguro que somos gente


pacífica, aunque me temo que algunos de los animales que nos acompañan
no sean tan calmados como usted desea; los gatos, quiero decir los tigres y
los leones acostumbran a rugir, de día o de noche, sin motivo alguno, y los
elefantes y algunos micos también sueltan ruidos que asustan a quienes no
saben de que se trata, y en ocasiones los perros empiezan a aullar, si señor,
tal como le digo, a aullar, como si fueran lobos salvajes y eso también
asusta a las personas, así que señor alcalde le agradezco su generosidad al
permitirnos pernoctar en su ciudad, pero no nos es posible silenciar a los
animales que por escandalosos pueden ir a parar a la cárcel, y tampoco
queremos fastidiar a las personas que no están acostumbradas a estas cosas.
Les deseo muchas felicidades, señores, y gracias de nuevo señor alcalde por
sus informaciones. Se quitó el sombrero, hizo una reverencia y se alejó a
buscar a sus compañeros que había descendido de los vehículos y formaban
pequeños grupos alrededor de ellos.

No había caminado Zaratustra treinta de sus cortos pasos cuando lo detuvo


el vozarrón del hombre que primero había hablado con él.

- Usted, el hombre del circo, espere, queremos decirle algo.

Se dio vuelta y esperó al grupo de personas que avanzaron hacia él con


expresiones de curiosidad que enseguida lo rodearon y se inclinaron para
hablarle.

- Amigo, le dijo el alcalde, ¿dice usted que traen tigres, leones, elefantes y
otros animales?

- Si, así es.

- ¿Podemos verlos?

- Desde luego que si. Vengan conmigo, pero no se acerquen a las jaulas, a
veces se incomodan con la presencia de extraños y hacen cosas
desagradables, en especial los camellos y los micos.

- Interesantes sus animales, señores, me gustaron en especial los leones,


quisiera comprar uno de ellos, si su precio no es muy elevado, claro está, el
municipio no dispone de muchos fondos.

- Lo lamento señor alcalde le respondió Ángelo, pero los animales no están


en venta, los necesitamos para nuestras funciones, además se moriría pronto
por falta de compañía, son animales que no gustan de vivir solos. ¿Puedo
saber señor alcalde para que quiere un león?
- Si puede saberlo señor cirquero: lo quiero para cobrar los impuestos. Aquí
los ciudadanos son remisos a pagar sus tributos, y aún cuando suelo meter a
la cárcel a los incumplidos no obtengo muy buenos resultados, prefieren,
dicen ellos, pasar un tiempo presos en nuestra cárcel que es bonita y
cómoda, a entregar su dinero a la ciudad; así que creo que amenazándolos
con dárselos de alimento a un león, y desde luego cumpliendo la amenaza
de vez en cuando, espero lograr que la gente de este pueblo cumpla sus
deberes sin protestar.

- Es una buena manera de cobrar los impuestos pero un tanto complicada,


señor alcalde, los leones son difíciles de manejar y hay que cuidarlos
mucho, dijo Mardoqueo que escuchaba la conversación... pienso que tal vez
haya otras maneras de hacerlo, agregó después de una pausa. Yo fui alcalde
de mi ciudad natal y obtuve buenos resultados con procedimientos
sencillos, como presentarme en el lugar de trabajo o de vivienda del deudor
y quitarle todo, y cuando digo todo, pues era todo: muebles de todas las
clases incluyendo las camas, ropas, joyas, dinero, mercancías y cualquier
cosa que pudiera tener algún valor, y luego, sin tardanza, procedía a
rematar los bienes en subasta pública, cosa que se convirtió en un agradable
entretenimiento para la población que hacía manifestaciones de protesta
cuando me demoraba en hacer subastas. Usted sabe que a muchos la ruina
de otros les produce satisfacción y alegría, y no faltaba quien se lucrara con
los remates, pues a veces no aparecía más que un postor. Otro
procedimiento que me fue de utilidad consistió en citar a mi despacho a los
deudores de impuestos, y una vez que se encontraban allí ordenaba tomarles
una fotografía que hacía ampliar y colocar en los sitios de más afluencia de
público, ponía debajo de ellas el nombre, la edad, la profesión y otras
informaciones del incumplido; lo cierto es que muchos antes de verse
expuestos a lo que consideraban una vergüenza pública, preferían pagar
todo cuanto debían. Si el sistema de la fotografía no daba resultados, y la
verdad es que hubo algunos que aun así no pagaban, pues afirmaban que
esa era una buena manera de darse a conocer como comerciantes, pintores,
fontaneros, zapateros o cualquiera otra profesión que tuvieran y quisieran
promocionar; y hubo dos o tres sujetos que se hacían pasar por expertos
magos que lograron hacer verdaderas fortunas después de exponerlos en las
fotografías, pues alegaban que la magia les daba poderes especiales para
evadir los impuestos sin sufrir daño alguno por ello.

- Pero, caballero, lo cortó el alcalde, de todas maneras sus métodos no


funcionaban del todo, por que usted no recaudaba el ciento por ciento de los
impuestos, ya que los tramposos o magos o como se llamaran se salían con
la suya.

- No siempre, señor alcalde. Para esos casos inventé algo así como una
contramagia. Fue cosa muy sencilla. Puse en la plaza principal una horca,
así como lo oye: una horca con todas las de la ley, y un día, después de
hacerle saber a todo el pueblo para que la había montado, llevé a ella a los
famosos magos, que en ese momento eran nueve para ser exacto, y le puse
la soga al cuello a uno de ellos, al que más prestigio tenía y más dinero
había ganado enseñando a evadir los impuestos; le pedí al sujeto que
moviera una de tres palancas que tenía cerca de su mano derecha después
de explicarle que sólo una de ellas operaba la trampa, y que si su magia
funcionaba el adivinaría cual era la que lo llevaría a la eternidad, pero que
por supuesto él no iba a tocarla y salvaría así la vida; de lo contrario, si su
magia no funcionaba y tiraba de la que no era, quedaría colgando durante
unas cuantas horas con la lengua afuera. No sobra decir que todos pagaron
sin dilaciones, y hasta el día en que partí de mi ciudad nadie quiso probar
las palancas y saber si de veras operaban o no.

Excelente, excelente, apreciado señor. Me ha dado usted algunas buenas


ideas que aplicaré de inmediato. Tiene toda la razón: no me hace faltan
leones o tigres u otros animales para mejorar el recaudo de los impuestos,
aunque me temo que habrá algunos que se dejaran colgar antes que pagar.
Pero dígame, ¿las palancas si funcionaban, o eran sólo un truco para asustar
a los remisos?

- Desde luego que funcionaban, señor alcalde; cualquiera de las tres que
hubiera sido movida abriría de inmediato la trampa. Se trata de mostrar que
es imposible evadir la ley utilizando la magia o cualquiera otro método.
Tenga en cuenta que el truco está en hacer creer al acusado que tiene dos
posibilidades a favor y una en contra, de manera que si alguien fuera lo
suficientemente osado para tirar de una de las palancas podía por azar tomar
una de las que no abrían la trampa y salir con vida haciéndome quedar mal
y aumentando de esta manera su fama como mago, cosa que yo de ninguna
manera deseaba que sucediera.

-Tiene razón caballero, es necesario hacer que los incumplidos se


desprestigien y no sean vistos como una especie de triunfadores. Ahora
dígame, ¿cómo puedo mostrarle mi agradecimiento por las valiosas
informaciones que me ha dado?
- No es necesario hacerlo, señor alcalde; de cierta manera sigo siendo un
colega suyo y entre colegas nos apoyamos.

Pues mire usted: de todas maneras quiero recompensarlo, por lo que le daré
una carta de recomendación para el gobernador de la provincia quien es mi
gran amigo. Lo encontrará en la capital, y le aseguro que es un hombre
cordial y amable que lo atenderá a usted y a sus amigos como se merecen; y
en cuanto a los temores que ustedes tienen de que los animales escandalicen
y no dejen descansar a los esperanzados de Dios, que así es nuestro
gentilicio, olvídense de ellos que nada pasará, y si alguien reclama me
ocuparé de él, con la seguridad de que no querrá hacerlo nunca más. Ahora,
caballeros, les reitero mis agradecimientos, descansen tranquilos en
cualquier lugar de Esperanza de Dios que escojan, y si requieren de mis
servicios cuenten con ellos de inmediato. ¡Que Dios los acompañe!

Salió acompañado de séquito y tomó por una pequeña calle al fondo de la


cual la gente del circo vio un edificio de dos plantas que tenía toda su
fechada, que era bien amplia, pintada de cuadros blancos y negros, como si
fuera un tablero enorme de ajedrez en el que podían jugar gigantes.

- ¿Qué demonios será esa cosa? preguntó un payaso conocido como el


Triste que había seguido con la mirada a los hombres.

-Pues es la casa del alcalde, a él le gusta mucho jugar ajedrez, le respondió


un muchacho sucio y despelucado que estaba sentado en el andén
curioseando todo lo que pasaba mientras hacía girar un zumbador entre sus
manos. Todos los días juega partidas en la plaza con alguna persona que
pase por ahí y a la que obliga a jugar, gústele o no, sepa o no sepa jugar. La
cosa es que todos, o casi todos, pierden, por que si alguno llega a ganarle va
a parar a la cárcel o le aplica una multa enorme por cualquier razón que se
inventa. Cada vez que juega una partida y la gana, un pregonero que es el
hombre que andaba con él y que habla tan fuerte, debe salir a las calles e
informar a la gente que el alcalde acaba de ganar una nueva partida y que
lleva tantos miles de partidas ganadas; nunca dice cuantas lleva perdidas, y
si alguien lo pregunta pues de inmediato va a parar a la cárcel por meterse
en asuntos privados de las autoridades.

Odín que estaba sentado en el estribo de uno de los camiones y escuchaba


la conversación del Triste con el muchacho, intervino y le preguntó a éste:

- ¿Sabes cuando el alcalde jugó la última partida?


- Pues no lo se con seguridad, pero como lo hace todos los días, debió ser
ayer cuando jugó la última.

- Es decir que hoy no ha jugado, y cualquiera de nosotros puede ser


escogido como su contrincante, dijo Odín. Si me escogiera como su
contendor no me importaría perder, pero se me ocurre en este momento que
podemos aprovechar las circunstancias para dar un espectáculo gratuito, y
de paso ganar algún dinero que en mi caso me caería muy bien pues lo
requiero para hacer algo muy especial que de momento no puedo revelar.

- Clarabella que estaba sentada a su lado le preguntó: ¿qué pretendes hacer,


Odín? lo dijo con un tono de angustia en la voz. Tú sabes que ni a ti ni a mi
nos conviene desafiar el destino, no es el momento de hacerlo...

- No te preocupes, mujer, todo lo que pretendo es desafiar al alcalde a jugar


una partida que ganaré de todas maneras así él sea el mejor ajedrecista del
mundo, y de paso pretendo ganar algún dinero, pero desde luego impondré
algunas condiciones, y una de ellas será que el que pierda le pagará una
suma importante al otro, y por supuesto si pierdo, cosa que no sucederá, no
iré a la cárcel, pero también exigiré que la competencia sea pública y
quienes asistan deberán pagar por verla, y la suma que se recaude será para
el ganador.

Buen número de personas del circo se había reunido alrededor de Odín,


Clarabella y Zaratustra que conversaban sobre como le plantearían el
desafío al alcalde, cual sería el monto de la apuesta que le propondrían y
cuánto cobrarían a los curiosos que quisieran ver el duelo ajedrecístico.

- Odín, ten cuidado, le insistió Clarabella en su lengua para que los demás
no la entendieran; no es el momento para correr riesgos, los astros nos son
favorables, pero no sabemos que decisiones tomaran los dioses y no
debemos retarlos. Recuerda, añadió, que puedo, si los dioses lo quieren,
cambiar mi vida y ser feliz entre los hombres.

- Seré cuidadoso, no te preocupes, sólo quiero desafiar al alcalde a jugar


ajedrez y no a un duelo con armas, bien sabes que no me está permitido
competir con los mortales, salvo cuando se trata de juegos y sin que haya
derramamiento de sangre ni daño físico alguno.
- Por favor, Odín, intervino Zaratustra, hablen en una lengua que yo pueda
entender. Hablo nueve idiomas, pero el que usan parece inventado para
ustedes dos únicamente; no entiendo una sola palabra de lo que dicen

- Lo siento, Zaratustra, le respondió Odín, Clarabella está preocupada, teme


que me ocurra algo si le gano la partida al alcalde, no quiere verme entre
rejas.

- Bien, amigos, dijo Zaratustra a quienes los rodeaban y esperaban saber si


Odín si desafiaría al alcalde o todo no pasaba de ser una de las bromas que
con frecuencia les hacía a sus compañeros del circo, no hay de que
preocuparse, la partida se ganará de todas maneras y el dinero que se reciba
será bien utilizado, así me lo ha asegurado Odín.

- Pero, ¿cómo puede Odín estar tan seguro de que ganará? No podemos
olvidarnos de que el alcalde es un buen ajedrecista según nos dice este
muchacho.

- Señor Francisco Javier, le respondió Zaratustra, también Odín es un


excelente ajedrecista, y además tiene una especie de sexto sentido que le
permite prever las jugadas de su contendor, no sólo en el ajedrez sino
también en otros juegos, sin que eso constituya un engaño, sencillamente
nació con ese don que él lo aprovecha cada vez que puede. El don de que le
hablo no le sirve sino para los juegos como las cartas, la ruleta y otros
similares, ah, y aun para la lucha de simple competencia, es decir, cuando
no se trata de vencer o morir.

- Está bien, acepto su explicación amigo Zaratustra, le respondió Francisco


Javier, me ofrezco para servir de intermediario, algo así como una especie
de padrino del duelo, iré ante el alcalde a presentarle el reto. Díganme que
condiciones tendrá el juego, si es que podemos llamarlo así, y de inmediato
iré a buscarlo.

No tuvo que caminar mucho Francisco Javier para encontrar al alcalde que
se hallaba como antes rodeado de varias personas que lo escuchaban con
atención. Cuando lo vieron guardaron silencio como esperando a que él
explicara la razón de su presencia.

- ¿Qué desea, caballero?, lo interrogó el hombre de la voz fuerte al tiempo


que con un ademán le indicaba que se acercara más.
- Gracias, señor. Soy un miembro del circo y vengo de parte de mi amigo
Odín, quien desea invitar al señor alcalde a que juegue una partida de
ajedrez con él.

- ¿Quiere repetir lo que dijo? Esta vez quien hablaba era un hombre calvo y
delgado que tenía una enorme cicatriza en la cara.

- Si, con mucho gusto lo haré. Dije que mi amigo Odín desea jugar una
partida de ajedrez con el señor alcalde de quien sabe que es excelente
jugador.

- ¿Y quien es el señor Odín? preguntó el alcalde quien parecía dejar que


hablaran siempre sus acompañantes antes de hacerlo él.

- Señor, Odín es un artista del circo cuyo arte consiste en entretener a la


gente. Puede hacerla reír, o llorar, o hacer que se divierta viendo jugar una
magnifica partida de ajedrez.

- ¿Algo así como un payaso? preguntó el sujeto de la voz fuerte de quien ya


sabía que era el pregonero encargado de hacer conocer los triunfos como
ajedrecista del alcalde.

- Si usted pone las cosas de esa manera le diré que si lo es, pero insisto en
que es un actor, excelente por lo demás.

- ¿Usted pretende que el señor alcalde se rebaje a jugar con un payaso? dijo
el sujeto calvo.

- No pretendo tal cosa, señor, se trata de que juegue con un caballero que es
absolutamente serio y lo será más todavía durante el juego, si usted lo
acepta señor alcalde.

- Puedo pensarlo, amigo le respondió este que jugaba con una delgada
cadena metálica que hacía girar con rapidez y luego envolvía en su índice
derecho con gran habilidad.

- De acuerdo, señor alcalde, pero le rogamos que nos de una respuesta


pronta, pues como bien lo sabe estamos de paso y nos es imposible
demorarnos mucho en Esperanza de Dios. Permítame, señor, que le agregue
que el reto tiene varias condiciones. Repito: si es que usted decide
aceptarlo.
- Dígalas, amigo, le respondió el alcalde con expresión de disgusto.

- Pues aquí van, dijo Francisco Javier: el ganador recibirá de su


contrincante como pago por su triunfo, una libra de oro o su equivalente en
dinero corriente. La partida se jugará frente al público que desee asistir,
pero este deberá pagar por presenciarla; el dinero que se recaude será para
el ganador, y finalmente, si mi amigo gana no recibirá sanción alguna, pues
se nos ha dicho que…

- Suficiente, amigo, suficiente, lo cortó el alcalde. Acepto el reto con las


condiciones que usted me presenta. Jugaremos esta tarde a las cuatro, en la
plaza principal. Mis amigos, y señaló a sus dos acompañantes con el índice
derecho en el que tenía envuelta la cadena con la que no había dejado de
jugar, se encargarán de controlar las sumas que se recauden por concepto de
entradas, y exijo también que ustedes me exhiban, antes de iniciar la
partida, el oro de la apuesta o el dinero equivalente a ella. Por mi parte, yo
pondré en la mesa en la que juguemos una urna con el dinero que me
correspondería pagar, si es que pierdo, dijo con una sonrisa. Ah, y dígale a
su amigo que puede estar seguro de que no tomaré ninguna medida en su
contra una vez que pierda la partida, que le garantizo también que recibirá
el valor de la apuesta y el valor de lo recaudado por entradas, aunque es una
garantía innecesaria por que no va a ganar. Haremos una bonita fiesta con
todo ese dinero.

Se levantó, le extendió la mano a Francisco Javier y le añadió: dígale a su


amigo Odín que lo espero a las cuatro en punto en la plaza; todo estará
dispuesto para el juego.

- Todo está bien, amigos. El alcalde aceptó el reto les dijo Francisco Javier
a quienes lo esperaban con alguna preocupación junto a los camiones.
Enseguida les contaré en detalle todo lo que ocurrió.

- Es hora de irnos, les dijo Odín a Ángelo, Francisco Javier, y Zaratustra a


quienes había invitado para que lo acompañaran a la competencia
ajedrecistica. No faltan sino quince minutos para las cuatro; no quiero llegar
tarde.

Mientras caminaban en dirección a la plaza cercana pudieron escuchar los


gritos del pregonero, que todavía a esa hora, invitaba con su voz fuerte a los
ciudadanos a presenciar la extraordinaria partida que el señor alcalde jugará
a las cuatro de la tarde con un caballero desconocido que tuvo la osadía de
retarlo sin saber que nunca podrá ganarle una partida, ni siquiera por un
milagro.

Cuando llegaron a la plaza fueron acogidos con un murmullo por la


multitud enorme que llenaba todos los lugares disponibles y que les abrió
paso con respeto. Algunas personas estaban trepadas en los escasos árboles
que había en el lugar, y otras habían pagado para que los cargaran en
hombros y no perderse así ningún detalle del juego como dieron en
llamarlo, y unos pocos se habían encaramado en los techos de las casas que
rodeaban la plaza.

En todo el centro de la plaza que era totalmente redonda pudieron ver una
pequeña mesa cuadrada cubierta con un bello mantel bordado de rosas,
encima de ella estaba un lujoso tablero de ajedrez cuyas fichas blancas
estaban talladas en marfil y las negras en madera de ébano. Así mismo
estaban dispuestas las dos sillas de los jugadores, y detrás de cada una de
ellas se habían colocado tres sillas para los acompañantes de los
competidores.

Junto a la mesa se encontraba el alcalde acompañado de sus tres


inseparables ayudantes, quienes se limitaron a hacer una pequeña
inclinación cuando Odín quien vestía un elegante esmoquin, se presentó y
presentó a sus compañeros.

- Caballeros dijo el pregonero, el juego empezará en cuatro minutos, pueden


sentarse, pero hay unas condiciones con las cuales siempre juega el señor
alcalde, y son: que la partida no durará más de una hora, es decir hasta la
cinco de la tarde, momento en que en Esperanza de Dios oscurece
totalmente, que no habrá tablas, y que si a la hora indicada no hay un
vencedor se declarará como tal a quien tenga el turno para jugar.

- ¿Están de acuerdo caballeros, preguntó a Odín y a sus acompañantes.

- Estamos de acuerdo, respondió Francisco Javier quien era el representante


del grupo.

Se volvió el pregonero hacía un costado de la plaza y con su poderosa voz


gritó: silencio todo el mundo. Nadie podrá hablar ni sugerir jugada alguna,
quien lo haga irá a la cárcel durante treinta días en los cuales sólo se le dará
pan y agua. De nuevo dio la cara a los jugadores, puso en marcha un
enorme reloj que colocó luego sobre al mesa, y dijo a los jugadores: el
señor Odín como desafiante puede escoger uno de los sobres que están
encima de la mesa; en cada uno de ellos hay una tarjeta en la cual está
escrito uno de los colores de las fichas, así sabremos con que fichas jugará
cada uno. Puede proceder señor Odín.

- Negras para mi, dijo Odín exhibiendo la tarjeta.

Son las cuatro en punto, puede jugar, señor alcalde dijo el pregonero con
voz tan fuerte que fue escuchado por todos los que estaban en la plaza.

Juega muy bien se dijo Odín después de veintidós minutos de juego, pero le
llevo ventaja de dos peones. Ahora moverá el único caballo que le queda y
va a perderlo, luego moverá uno de los alfiles y en dos jugadas más tendrá
que entregarse.

Así fue. Odín tomó con su reina el caballo blanco, y vio como enseguida en
una jugada que no tenía sentido, el alcalde jugó con uno de sus alfiles y
también lo perdió.

-Jaque, señor alcalde, le dijo Odín con voz tranquila.

- Sudoroso y con cara de angustia el alcalde movió su rey, pero la respuesta


de su opositor fue definitiva.

- Jaque mate, caballero, dijo Odín sin mostrar la menor emoción en su cara.
Miró el reloj y vio que apenas habían transcurrido treinta y tres minutos de
juego.

El alcalde se puso de pie, le extendió la mano a Odín y le dijo:


felicitaciones, usted ganó. Se volvió a sus acompañantes y les dijo:
páguenle al señor la apuesta y entréguenle el valor de las entradas. Luego
agachó la cabeza y caminó por entre el público que lo chiflaba y le arrojaba
cosas.

- Ganaste una bonita suma, Odín.


- Si, Circe, así fue, pero más que ganar quería bajarle los humos al alcalde,
es un verdadero dictador. Creo que no abusará más de la gente.

- ¿Qué harás con el dinero?

- A ti puedo decírtelo Circe. Lo entregaré a Clarabella, será su dote.


Guárdame el secreto porque ella todavía no lo sabe, y no es el momento de
decírselo.

- Tu sabes, Odín, que puedo saber cosas del futuro le respondió Circe al
tiempo que soltaba una gran bocanada de humo y cambiaba de mano el
enorme tabaco que hacía un minuto había empezado, pero he sido incapaz
de saber algo de ti y Clarabella, nunca puedo ver nada de ustedes dos por
más esfuerzos que hago. Es como si se me atravesara una nube.

- No insistas, mujer, no lograrás nada; Clarabella y yo estamos protegidos


por los superiores, y nadie, ni siquiera tú con todos tus poderes podrá leer
nuestro futuro. En unos días sabrás todo sobre nosotros, por ahora es
suficiente con lo que ya sabes.

- Dime otra cosa, Odín. Clarabella tuvo visiones terribles en las que
aparecían ciudades destruidas, incendios terribles, muertes innumerables y
cosas así, ¿tú sabes si son visiones del futuro, o son sólo producto de la
fiebre?, pero si son verdaderas visiones, ¿del futuro de quien se trata?

- Si, son visiones reales, una ya se cumplió y fue la de la ciudad que


dejamos hace pocos días; te hablo de la Grandeza que ahora está en ruinas,
pero vendrán otras catástrofes en muchos lugares del mundo. Habrá una
guerra terrible entre muchos países y esas son algunas de las visiones que
ha tenido Clarabella. Por eso debo regresar a nuestra patria cuanto antes, de
otra manera puedo verme en grandes problemas. Tan pronto lleguemos a la
mar buscaré la manera de embarcarme; espero que haya una nave
disponible.

- Odín, hablas de marcharte tú, y Clarabella, ¿qué será de ella?

- Ella permanecerá aquí para siempre, vivirá como cualquiera otra mujer.
Su futuro no me preocupa, ya está definido que será bueno y que no tendrá
problemas graves.
- Dime algo más, Odín. Tanto Clarabella como yo vemos el futuro, ¿sabes
por qué yo no veo las cosas que ella ve, y al contrario, ella nunca ve lo que
yo veo?

- Es sencillo, Circe. Tu no puedes ver sino el futuro de las personas como


individuos, mientras que Clarabella ve el de las multitudes. Eso es todo, los
dioses lo han dispuesto así. Pero ahora, Circe vamos a descansar, mañana
temprano nos marchamos y tengo cosas para hacer.

- Haz sonar el pito Zaratustra. Quiero que todo el mundo esté listo de
inmediato, nos marcharemos en cinco minutos, es todo el tiempo que
necesito para verificar que todo anda bien.

-Espera, espera, Ángelo, detén el camión.

- ¿Qué pasa, hombre?

- Mira, Ángelo, allá en la plaza, ¿lo ves?

- Si, lo veo, creo que es el alcalde. ¿Qué hace?

- No lo se, espérame, voy a ver que le ocurre.

- Zaratustra caminó lo más rápido que pudo por la calle llena de baches y de
polvo sin encontrar en ella a persona alguna que pudiera hacerle compañía
así fuera a distancia. Iba directo al centro de la plaza en el que a medida
que se acercaba veía con más claridad al alcalde sentado frente al tablero de
ajedrez en el que el día anterior había jugado la partida con Odín. Llevaba
las mismas ropas que usó el día anterior, pero ahora las tenía desordenadas
como si hubiera dormido con ellas. Su cabello estaba alborotado y revuelto
y una sombra de barba aparecía en su cara y su enorme bigote se mostraba
con las puntas hacía abajo.

El hombre no levantó la cabeza cuando Zaratustra se acercó a al mesa y le


dio los buenos días.

Buenos días, señor alcalde. Por tercera vez le dio los buenos días sin recibir
respuesta y sin que él se dignara mirarlo. La voz fuerte del pregonero hizo
saltar a Zaratustra que no lo oyó acercarse, y quien se limitó a decirle:
usted, cirquero, déjelo tranquilo.

- No quería molestarlo, amigo, sólo deseaba saber que le ocurre, me pareció


extraño lo que hace, pero ya me marcho. Buen día, caballero. Por favor,
dele mis respetos a al señor alcalde. Cuando se volvía para dirigirse al
camión el pregonero le hizo una seña con la que le indicaba que se
detuviera, y luego le en voz muy bajo le pidió que se alejaran del sitio.

- No se moleste, amigo, le dijo el pregonero, pero el alcalde no quiere ser


interrumpido, ha ordenado que nadie entre a la plaza, usted pudo hacerlo
por su tamaño, es seguro que por el cansancio los vigilantes que han
permanecido despiertos toda la noche no lo vieron.

- ¿Quiere decirme que él ha permanecido toda la noche aquí?

- Si, así es. No se ha levantado de esa silla desde ayer cuando terminó la
partida, o si, caminó un poco por la plaza y regresó aquí. No ha querido
hablar con ninguno de nosotros. Bueno, si lo ha hecho, pero sólo para
darnos órdenes de no hablarle, de no dejar acercarse a nadie a la mesa y
para pedir agua que es todo lo que ha tomado en todas estas horas.
Escúchelo, por momentos habla sólo...

Zaratustra se volvió a mirar con atención al alcalde que se pasaba las manos
por la cabeza, arrugaba la cara y balbuceaba palabras que no pudieron
entender, pero de pronto se pasó las manos por la cara y dijo con voz clara:
¿cómo pude entregar el caballo? Fui un completo imbécil, él parecía
adivinar mis jugadas, por momentos creo que me las impuso, de otra
manera no hubiera jugado el peón del rey, nunca he jugado tan mal, por
más que repito la partida no tengo claro por que cometí tantos errores.
¿Cómo dijo llamarse el sujeto ese? ¿Odín? Si, ese es el nombre, es el
mismo de un dios de la mitología... ¿de cuál mitología será? No importa
quien sea, ya no vale la pena aclararlo, la cosa es que juega como todo un
dios; no me dio oportunidad de desplegar ninguna de las estrategias que
tenían pensadas para enfrentarlo. Se levantó, y con un pañuelo grande de
rayas blancas y negras que tenía sobre la mesa, se secó las lagrimas que le
corrían en abundancia por la cara. Volvió a sentarse y empezó a colocar las
fichas en su lugar como si fuera a iniciar una partida, y dijo en voz alta: voy
a repetir la partida, jugada tras jugada, tengo que saber por que jugué tan
mal. De pronto levantó la mirada y vio a Zaratustra que a algunos metros de
él lo miraba sin comprender muy bien que le pasaba al alcalde.
- Oiga, usted, el pequeño, acérquese, quiero hablarle.

Con recelo Zaratustra se acercó a la mesa pero no habló, esperaba que el


sujeto lo hiciera.

-Dígame, le dijo el alcalde, ¿quienes son ustedes?

- ¿A quienes se refiere?

Zaratustra tenía claro que se refería a la gente del circo, pero


deliberadamente quiso hacerse el que no entendía, no le gustaba para nada
el tono que usaba con él alcalde.

- Me refiero a ustedes los hombres del circo, ese del que usted es parte.
¿Ahora si me entendió, amigo?

- Creo entenderlo.

- Entonces responda mi pregunta, de inmediato.

Zaratustra entendió que tendría dificultades y que lo mejor sería darle


respuestas evasivas.

- Somos gente común, como usted y como todos aquí en este pueblo.

- No le creo una sola palabra, su amigo, el que jugó conmigo conoce trucos
o tiene habilidades desconocidas que utilizó para ganarme. ¿Verdad que si,
amigo?

- No, señor, no es así, usted perdió por que él es un extraordinario jugador.

El alcalde se quedó mirando fijamente a Zaratustra y le dijo:

- Ustedes, los del circo, ¿cuánto tiempo más permanecerán aquí'

- Vamos de salida. Mis amigos están esperándome, todo está listo para
irnos. Yo vine únicamente a despedirme de usted y sus amigos y a darles las
gracias a nombre de todos nosotros por su hospitalidad.
- No le creo nada de lo que me dice sobre su amigo el jugador, pero nada
puedo hacer ya, me ganó públicamente; medio pueblo vio la partida y todos
pueden jurar que no hubo nada indebido, y lo peor, ahora me doy cuenta, es
que perdí mi prestigio como ajedrecista con un desconocido que me ganó
en unas pocas jugadas, como si yo fuera un aprendiz. Volvió a fijar la
mirada en Zaratustra, le hizo una seña con una mano para indicarle que se
retirara, acomodó la silla, corrió dos casillas el peón blanco del rey, se
limpió las lágrimas con el pañuelo de rayas y dijo con toda claridad: Tengo
que saber por que perdí la partida.

- ¿Y bien, que pasó, amigo?

- Ángelo, sentí lástima por él, se quedó llorando. Míralo, desde aquí puedes
verlo, sigue sentado frente al tablero, creo que se enloqueció.

El pito del camión sonó con más fuerza que de costumbre y todos corrieron
a treparse en sus vehículos, y a medida que la larga caravana pasaba frente a
la calle desde la que se veía la plaza, todos pudieron ver al alcalde sentado
frente al tablero, acodado sobre la mesa y sus ojos tapados con las manos
como si no tuviera valor para ver lo que las fichas le mostraban.

Será un día largo y caluroso pensó Mardoqueo mirando el cielo despejado,


pero me alegra saber que quizás mañana llegaremos a la mar, y terminaré
mi viaje. Hace casi un año que salí de mi pueblo. Espero que mi madre haya
recibido mis cartas, pero Francisco Javier me dice que del correo que él le
ha enviado a su tía no ha tenido respuesta, parece que ninguna carta llega a
su destino. Me quedaré unos días en el puerto y volveré a casa, ya me hacen
falta un montón de cosas; lo que más extraño es la comida de mi madre y
hasta sus regaños, y tener la misma cama todas las noches, y despertarme
sin oír el chillido de los malditos micos, por suerte no he vuelto a
encontrarlos en el camino; me hace falta también tener una mujer. Las que
he conocido aquí son agradables y bonitas, pero no piensan sino en al vida
de circo, unas siempre quieren estar de viaje y otras aman el espectáculo y
los aplausos, eso me dijo Primavera cuando le pregunté si algún día dejaría
el circo y me contestó que no, que ella y su hermana vivían para el circo.
Ella para recibir cada noche los aplausos del público, y su hermana los
recibe por los trajes tan hermosos que hace para los artistas. Pensar que me
vine detrás del circo creyendo que Primavera era uno de los ángeles que
me visitaban cuando era niño y que con el tiempo se convierten en personas
comunes y corrientes, pero que aún así me diría todo que siempre quise
saber sobre ellos, pero nada de eso parece ser; es bonita y femenina pero no
tiene nada de ángel, por lo menos no se porta como si lo fuera; se lo he
preguntado varias veces y siempre me contesta que estoy chiflado, que ella
será todo lo que yo quiera menos un ser celestial. Las otras mujeres están
comprometidas, o por lo menos lo parecen. Antonella, es hermosa de veras,
pero es la amante de Diábolo y no quiero nada de líos con ese mago. Mab
parece que está condenada a vivir sola, ningún hombre querrá
comprometerse con una mujer sin piernas; Alegría hace lo que le dice su
hermana y la seguirá a donde ella vaya; Circe está vieja y no parece
interesada en tener amores con nadie, Paola se ve preciosa en el trapecio,
parece tener alas cuando salta en el vacío, pero de cerca no es tan
atractiva, es que nunca sonríe y es un completo misterio, no es posible
sacarle más de dos o tres palabras juntas, nunca cuenta nada de su vida, no
la he visto compartir con ninguno de sus compañeros, termina el
espectáculo y desaparece, y las demás..., pues son muchachas simpáticas
pero no me parecen interesantes, menos me lo parecen las enanas que son
mujeres chiquiticas, y que cada vez que uno va a decirles algo tiene que
agacharse, y además dicen que son todas del harén de Zaratustra que las
tajo de un país que ni nombre tiene; y Clarabella... Ella si... Cada día me
parece más hermosa y atractiva, pero... ¿cómo voy a querer a una mujer con
barba? Sería como querer a un varón. Tampoco tengo claro cual es su
relación con Odín. No parecen ser una pareja de enamorados, a veces creo
que el es algo así como su tutor y ella una pupila que tiene cierto poder
sobre él... Y si le quitara la... no, imposible, no podría volver a actuar, se
quedaría sin trabajo, Ángelo la contrata por que es rara; es la única mujer en
el mundo que tiene barba y bien roja por cierto, y a la gente le llama la
atención y paga por verla. ¡Soy tonto!, ¡un idiota completo! Si la quiero
para que sea mi mujer y para irme con ella a mi pueblo pues lo último que
hará será actuar en un circo o en cualquier otro lugar. ¿Pero si le quito la
barba no volverá a salirle como nos pasa a los varones? ¿Que dirá mi
madre? Lo primero que me preguntará cuando la vea será: ¿de donde la
sacaste? Mujeres con ojos azules y piel de leche no son de esta tierra.
Dime, hombre, ¿qué sabe hacer? ¿Si es capaz de cuidar de su marido?
¿Cocina bien? Siempre pasaba lo mismo con todas la mujeres que le
presenté, no importa cual fuera la relación que yo tuviera con ellas, hasta mi
secretaria tuvo que pasar por ese examen. Pero si vuelve con esos cuentos
voy a decirle que yo la escogí así, tal cual, que es para que sea mi esposa y
no mi sirvienta, como hizo ella toda su vida con mi padre, no lo dejaba que
se preparara ni una taza de café, siempre le decía que preparar café y
comidas eran cosas de mujeres. Ya estoy otra vez imaginando tonterías, ni
siquiera se si Clarabella se interesa en mi, o si quiere irse conmigo para un
pueblo triste y aburridor... No, mejor me dedico a pensar en que voy a hacer
cuando estemos en la capital y no a imaginar tonterías; ya no tengo nada
para hacer en el circo, y es seguro que algunos se marcharán porque quieren
regresar a sus países, otros me han contado que buscarán nuevas actividades
por que quieren olvidarse de la pista, de la magia, de los animales, de todo
lo que huela a circo. Ángelo tendrá que volver a armarlo, pero él sabe
como son las cosas en este negocio, por mi parte ya tengo suficiente de esta
vida, no es para mi eso de que un día si hay que comer y al siguiente nada
de nada, a aguantar hambre, a veces ni siquiera hubo un mal trago para
olvidarnos del mal rato.

- Señor, Mardoqueo, ¿siente el olor? Viene de aquel lado.

- Si, Aparecido, es agradable, ¿Sabes que es?

- No, no se que es, le preguntaré a alguno y vendré a contarle.

- Óyeme, Triste, ¿sabes que es lo que huele? Es un olor que está en todas
partes, ya recorrí toda la caravana y se siente por todos los lados. Es bien
agradable, nunca lo había sentido.

- ¿No sabes Aparecido que es lo que huele? ¿En verdad nunca lo sentiste?
Pues no es otra cosa que el olor de la mar.

- ¿El olor de la mar? Nunca pensé que la mar tuviera olor, siempre me
imaginé que era como los ríos que no huelen a nada, o cuando huelen es a
podrido por que se estancan y se dañan cuando el verano es fuerte. Pero,
dime Triste, ¿siempre huele así o cambia si llueve o no llueve?

- No hombre, que va a cambiar, un aguacero por fuerte que sea no la afecta


para nada, así que si no llueve o llueve mucho la mar sigue igual. Además
es tan grande que huele diferente en cada parte del mundo, eso me dicen
quienes le han dado la vuelta a la Tierra, por que yo no la he olido sino en
cuatro o cinco lugares, y aunque es la misma en todos ellos si he podido
notar que huele diferente, y...

- Tú me está tomando del pelo, Triste. Ninguna cosa puede ser tan grande
que esté en todas partes del mundo, porque eso si lo se, lo que quiero
decirte es que el mundo es enorme, que hay cinco Continentes y que cada
uno tiene su propia mar y por eso tal vez huelan diferente, así como cada
fruta y cada flor huelen diferente.

- ¡Diablos, Aparecido! ¿No fuiste a la escuela?

- Pues ir si fui, pero aprender realmente fue muy poco lo que aprendí, y más
si se tiene en cuenta que a cada rato nos dejaban sin clases por una u otra
razón: una vez por que por que necesitaban la escuela para meter tropas,
otra por que se fue el maestro, a veces por que a todos lo alumnos nos daba
la gripa, así que a cada rato nada de clases, de manera que todo se redujo a
aprender a leer y escribir, y eso mal, y si acaso a realizar las cuatro
operaciones que a decir verdad ya olvidé como se hacen.

- Te entiendo, hombre, pero ahora no puedo darte clases de geografía, así


que conténtate con lo que te he dicho.

- Gracias de todos modos, algo aprendí, aunque no muy bien por que el
asunto es enredado.

- ¿Que averiguaste, Aparecido?

- Pues averigüe, señor Mardoqueo, que lo que huele es la mar, por lo que
deduzco que estamos cerca de ella, pues ninguna cosa por grande que sea, y
me dice Triste que la mar es cosa que está en todos los lugares de la Tierra,
que es inmensa, puede olerse desde muy lejos, quiero decir que nos puede
enviar sus aromas a mucha distancia.

- Tampoco yo te entendí muy bien, Aparecido, pero gracias por hacerme


saber que lo que huele tan agradable es la mar. Me habían dicho que en la
mar hay toda clase de cosas raras y curiosas, pero nunca me dijeron que
tuviera olores. ¿Será que el olor de la mar cambia de acuerdo con el tiempo
que haya, quiero decir que si llueve huele de una manera, o si hace sol
fuerte huele de otra?

- Pues, señor Mardoqueo eso será cosa que verificaremos cuando lleguemos
a ella, el Triste me dice que ni lluvia ni sol afectan a la mar, pero poco le
creo, pues en el tiempo que tengo de vivir siempre he visto que las lluvias
inundan pueblos y campos y hacen crecer a los ríos, y no veo por que la mar
ha de ser diferente, pero supongo que quienes viven a su lado tendrán
conocimiento de cómo se comporta y podrán aclararnos todas las dudas que
tengamos, y podrán así mismo decirnos si en la noche huele diferente a
como huele en el día.

- Es el pito del camión de Ángelo, parece que seguimos la marcha. Sube


Aparecido, te invito a un trago para que celebremos que en poco tiempo
terminaremos esta odisea.

- ¿Odisea? ¿Qué cosa es esa, señor Mardoqueo?

- Que se yo, hombre; bueno si lo se, pero es largo de explicar y además


poco recuerdo de ese cuento.

- ¿Pero usted va dejarme sin saber nada de la tal odisea? Hace como el
Triste que no me explicó mayor cosa de la mar por que también era largo de
explicar. A es paso llegaré a viejo y nadie va a explicarme nada de nada...

- Está bien, Aparecido, te lo diré pero sin darte muchos detalles porque ha
pasado mucho tiempo desde que leí la historia de un caballero que se llamó
Ulises u Odiseo, que peleó en una guerra pero no recuerdo porque fue, pero
cuando ésta terminó decidió regresar a su patria, pero en el viaje tuvo mil
problemas y dificultades y se tardó un montón de años en el regreso, por
eso la gente dice que cuando una cosa es larga, complicada y llena de
problemas es una odisea. Ese es el cuento, Aparecido.

- Pues bien corto por cierto, señor, porque si ese hombre estuvo peleando en
una guerra, y de las guerras siempre hay muchas cosas que contar, y si no
pregúnteme a mi que nunca he peleado pero que si he escuchado cosas de la
guerra que tenemos aquí, pero si luego él tuvo tantos problemas para
regresar a casa, me parece que su historia da para un cuento más largo, que
si yo la conociera completa le aseguro que lo tendría a usted toda una tarde
y parte de la noche contándosela en detalle y no en cuatro palabras como
usted me la cuenta.

- Mira, muchacho, te prometo que cuando lleguemos a la capital buscaré


una librería y te compraré el libro en el que se cuenta la historia completa
de Ulises, y así podrás salir de dudas y saber en detalle que pasó con él.

- ¡Ola, señorita Clarabella, bien venida!


- Gracias, Aparecido, vine a hacerles compañía, o mejor, a que me hagan
compañía ustedes, no quiero viajar sola lo que resta del viaje hasta la
capital.

-¿Que pasa con Odín? ¿En qué anda?

- Está preparándose para el retorno a nuestra patria, quiere estar sólo, dice
que tiene muchas cosas por hacer, así que lo dejé y me vine a buscar
compañía más amena.

- Pues ya la encontró, señorita Clarabella; estábamos a punto de hacer un


brindis por la terminación del viaje; tome una copa con nosotros y
conversemos mientras llegamos a la mar que parece está bien cerca.

- En cuestión de un par de horas llegaremos a la mar, Aparecido. Lo se por


los vientos y el olor que viene de ella, y también por el color del cielo.
Todas son señales que conozco muy bien; ya les he contado que nací y me
críe cerca de la mar, aunque la que veremos es diferente de la que conocí de
niña, pero la he visto en muchas partes del mundo y no tengo dificultad
alguna para saber cuando estoy cerca de ella, y...

- Señorita, siento interrumpirla pero es que cada vez que oigo algo sobre la
mar me confundo más; que es una sola cosa me dijo el Triste, que son
varias, algo así cinco o siete, o tal vez más, no recuerdo el número exacto,
fue lo que me enseñaron en la escuela. Que en un lado huele distinto al
otro, que su color cambia de verde a azul, y en algunas partes es de otros
colores son cosas que me han dicho; pero en fin, no preguntaré más y me
espero a llegar a su orilla y ver con mis propios ojos como es el cuento de la
mar. Pero ahora que lo pienso bien, señorita Clarabella, me pregunto si es
una sóla mar que está como Dios en todas partes, ¿cuál es su nombre? por
que alguno ha de tener, como tienen los ríos que a todos los bautizan.

- Conténtate con saber que la mar existe, y después cuando lleguemos a ella
vas a poder preguntar cuanto quieras a quienes viven en sus orillas, por que
eso si te lo puedo asegurar, Aparecido, y es que la mar tiene orillas, le
respondió Clarabella.

- ¿Por qué no dejan de discutir y más bien se asoman y la ven con sus
propios ojos? Ahí la tienen, bueno, eso es lo que creo que es esa cosa
verdosa que veo a la distancia, les dijo Mardoqueo que había permanecido
silencioso mirando a Clarabella a quien cada día encontraba más bella.
Ambos corrieron a mirar por la ventana y se encontraron con la mar que los
deslumbró con los reflejos de luz que a esa hora del día caía casi a plomo.

- Si, es la mar, y es tan hermosa como la de mi tierra, dijo con voz muy
suave Clarabella a los dos hombres que la vieron casi salirse por la pequeña
ventana del coche.

- Pues ya que hemos llegado celebremos amigos dijo Mardoqueo, y tomó


un largo trago directamente de la botella.

- Ángelo, tal vez podamos dar algunas funciones de gala antes de que nos
dispersemos, mira que aquí están en fiestas y van a elegir una reina de
belleza, parece que han venido mujeres hermosas de todo el país, y hay
miles de turistas que quieren divertirse; la oportunidad es buena, el carnaval
es maravilloso, la gente no para de fiestear y gastan como locos...

- Tienes razón, Rosalinda, pero me parece difícil hacerlo cuando la mayoría


de la gente quiere irse. Sólo esperan que yo les pague todo lo que les debo,
pero para hacerlo necesito vender parte del oro con el que me pagaron los
mineros, y no olvides que en la Grandeza nos dieron joyas como pago de
los servicios que les prestamos, y no tengo idea de que valor tienen; tal vez
si les digo que esperen a que yo haga la venta de venta del oro y las joyas
decidan esperar unos días, o si les prometo darles alguna paga adicional se
decidan a quedarse. Voy a intentarlo. De todas maneras necesito que
algunos de ellos me ayuden a embarcar lo que quede después de que
vendamos todo lo que sea posible, y eso si conseguimos un vapor que tenga
cupo y vaya para nuestra tierra; tal vez pasen semanas antes de que
podamos embarcarnos, mientras tenemos que ingeniarnos la manera de
trabajar así sea con pocos artistas. Aspiro a que de pronto aparezcan
algunos que sean buenos y podamos engancharlos; tú sabes que en lugares
como este al que viene tanta gente no dejan de venir algunos artistas que
quieren montar espectáculos por su cuenta pero no lo logran o no ganan
bien y entonces buscan entrar a un circo grande como este, por lo menos
durante un tiempo tienen trabajo; creo que pondré un aviso en un diario, tal
vez consigamos algunos, aunque sean los payasos nada más.

- Nos ayudaría mucho conseguir algunos payasos, respondió Rosalinda,


mira que no quedan sino Zaratustra que poco quiere trabajar ya de payaso,
está viejo y se cansa fácil, el Triste que permanecerá un par de semanas
más con nosotros, Odín ya está a punto de marcharse, y para de contar.
Tendremos que acudir a Aparecido que está más interesado en ser mago
que payaso, pero aunque lo hace mal puede suplir en algo a los que faltan.

- Rosalinda, ¿te han dicho Mardoqueo y Francisco Javier que piensan hacer
ahora que ya llegaron a la capital?. Voy a extrañarlos, han sido buenos
compañeros, me ayudaron mucho a resolver problemas. Circe me dijo que
ella también se embarcará para su tierra, que se dedicará a leer la suerte en
un balneario para gente rica; asegura que se aburre de hacerlo solo en los
sitios en donde nos detenemos, es porque los clientes que le llegan no
tienen con que pagarle lo que se merece, quiere hacer dinero para su vejez...

- Nada se mucho sobre las intenciones de ellos, Ángelo, aunque Alegría me


contó que Francisco Javier quiere montar un negocio de modas en esta
ciudad y le propuso que fuera su socia, él pondría dinero y trabajo, y ella
que es la que sabe de hechura de ropas se dedicaría a diseñar. Mardoqueo
parece que desea regresar a su pueblo.

- Mujer, la cosa es que nos estamos quedando tú y yo solos, al paso que


vamos no tendremos con quien dar una función que valga la pena llamar
así. ¿Sabes que Águila y sus hombres quieren montar su propio espectáculo
en un teatro de aquí, y los trapecistas, todos me lo han dicho, quieren dejar
el espectáculo, aseguran que los riesgos son muchos y el dinero muy poco?

- No sabía nada de lo que me dices, pero me parece que lo mejor que


podemos hacer es vender todo y no parte como pensábamos, olvidémonos
de las funciones me preocupa el destino de los animales, tal vez podamos
venderlos a alguien que quiera poner un pequeño zoológico y los cuide por
que los quiere o porque le producen dinero.

- De acuerdo Rosalinda, lo venderemos todo, les pagaremos a los artistas y


nos dedicaremos a descansar en cualquier pueblo tranquilo.

- Ángelo, ¿Y Zaratustra, que será de él? Está viejo, no podrá encontrar otro
circo en el cual trabajar; sus mujeres como él las llama tal vez encuentren
algo, pueden cuidar niños y entrenar animales, como lo hacen aquí

- Zaratustra sabe que no lo dejaré abandonado, si quiere venir con nosotros


lo llevaremos a nuestro país; el suyo desapareció después de la guerra,
también podrán venir las mujeres, no son más que cuatro, son muy útiles, tú
misma las has utilizado para que te ayuden en los trabajos de la casa, si es
que a ese carromato en el que vivimos puede llamársele así; sabes que a
pesar de lo diminutas que son pueden hacer muchas cosas, no sólo cuidar
niños, también tejen muy bien, cocinan cosas muy agradables, se
desempeñan muy bien en las funciones, podrían ellas solas presentar un
espectáculo muy bonito, saben entrenar los perros, y ayudan con el
maquillaje.

- Ángelo, Ángelo, cálmate... Ya estás pensando otra vez como empresario


de circo, quieres poner a trabajar de nuevo a las mujeres de Zaratustra.
Vamos a ayudarlas, pero no nos haremos cargo de ellas, por lo menos yo no
lo haré, ni voy a acolitarte en ese asunto.

- Si, tienes razón, mujer, vamos a ayudar a la gente, pero dejemos que cada
cual haga su vida como mejor le parezca, pero entiéndeme, es que el
negocio del circo ha sido mi vida. Está bien, mañana pondré avisos en el
periódico ofreciendo en venta todo esto, pero... Rosalinda, créeme va a
darme una tristeza enorme, la verdad ya me siento triste, es que han sido
como treinta años metido en esto, viajando por todo el mundo, y ahora todo
se va la diablo, me quedo sin trabajo, sin amigos, es como volver a
empezar de cero... Dime, ¿en que voy a ocuparme en un pueblo pequeño en
que pocas cosas se pueden hacer?

- ¡No seas cobarde, Ángelo! sabíamos desde hace mucho tiempo que tarde o
temprano este negocio iba a terminarse; ¿acaso no sabes que tienes un
negocio de armar y desarmar todos los días, que los artistas siempre van de
un lugar a otro, que hoy están con nosotros y mañana con otros? Los artistas
son nómadas, de un momento a otro deciden quedarse en una ciudad que les
agrada y hasta ahí llegamos juntos, ellos por lado y nosotros por el nuestro,
nunca se enganchan para siempre, de modo que deja de quejarte,ya
encontrarás en que ocuparte.

-¿Qué le parece el cartel, señor Diábolo? ¿Verdad que quedó bonito?

- Es agradable, Aparecido. El artista que lo dibujó te mejoró bastante,


quedaste bien plantado y con aire misterioso, pueda ser que tengas muchos
éxitos. ¿Donde te presentarás?
- En el Imperial, señor, es pequeño y muy bonito; el empresario me dice
que se llenará; en la ciudad hay miles de visitantes de todas partes que
buscan diversiones y están dispuestos a pagarlas bien. También me dice el
empresario que mi espectáculo es novedoso y no hay nadie en la ciudad que
presente algo igual; ahora, como usted me prometió que me acompañará en
las primeras funciones, estoy seguro de que todo saldrá a las mil maravillas
y de que ganaremos buen dinero. Después de trabajar aquí en el puerto me
embarcaré para una gira por países más grandes y más ricos, estoy seguro
de que seré tan famoso como usted...

- ¡Tranquilízate, Aparecido! Las cosas no son tan sencillas como crees, el


camino es largo y en ocasiones las cosas no salen como esperamos. Tienes
que aprender a improvisar y hacer creer al público que lo que salió mal fue
algo preparado, y que lo que harás a continuación será mejor que lo que
dejaste de hacer. El público puede ser benévolo y pasar por alto tus errores
si sabes hacerte perdonar dándole algo realmente bueno. Tienes suerte al
contar con Mab, es excelente como ayudante, conoce todos mis actos, sabe
en que momento intervenir y como ayudarte si algo sale mal. Cuídala
mucho, Aparecido, olvídate de que le faltan las piernas, ella maneja bien las
artificiales y cuando se lo propone hace creer al público que su manera de
caminar es parte del espectáculo y lo hace reír, aunque en el circo siempre
la hice llegar al escenario montada en un camello o en un caballo, era cosa
de simple precaución para evitarle una caída o cosa parecida.

- Gracias, señor Diábolo, se que con su ayuda no tengo de que


preocuparme, por lo menos en principio, también se que cada día tendré que
estudiar y ensayar cosas nuevas, buscar otros maestros tan buenos como
usted. No me olvidaré de lo que me dijo un día: Ten presente que siempre
hay cosas nuevas que aprender y que nunca se llega a la cima sin esfuerzo y
estudio. Esto en cuanto a mi, pero y usted maestro, ¿a dónde irá? ¿A que se
dedicará ahora que abandona el circo?

- Me quedaré aquí. Esta ciudad es muy bella, antigua y agradable, está llena
de edificios que en pocas partes se ven, quiero dedicarme a descansar, la
mar siempre me ha gustado, tal vez de una que otra función como para no
perder mis habilidades... Hablando de funciones, no olvides tu compromiso
de entregarme el porcentaje convenido de las utilidades que obtengas.

- Cómo voy a olvidarme, maestro, le entregaré religiosamente su parte. no


importa donde me encuentre le haré llegar su dinero; ahora excúseme, debo
ir al teatro a preparar la función de mañana, será la primera que doy en un
lugar tan distinguido, usted sabe que las anteriores fueron en la calle o en
alguna placita, recogiendo monedas del público, pero ahora debo
presentarme con traje de gala, o como se llame el vestido ese tan raro que
me fabricó Alegría y que me hace sentir como si estuviera de luto, pero que
a decir verdad también me hace sentir como si fuera uno de esos señores
distinguidos y finos que aparecen en los periódicos y revistas en la
celebración de acontecimientos especiales. ¡Buen día maestro!

-¿Qué pasa con tu barba, Clarabella? No es la misma de antes, no se bien


que pasa con ella, me parece que está más rala.

- Está desapareciendo, Mardoqueo, en unos días ya no la tendré, seré como


siempre quise ser: igual a todas las mujeres.

Clarabella empezó a pasarse los dedos blancos y finos por entre la barba
mientras Mardoqueo miraba como en ellos quedaban cabellos color de
cobre rojo, que ella recogía con calma e iba echándolos en una caneca de
basura, luego tomó un pequeño espejo de marco dorado, se miró el rostro
con detenimiento y le dijo a Mardoqueo:

- Amigo, en tres o cuatro días me verás y me verán todos como una mujer
común y corriente, dejaré de verme como un fenómeno, no tendré que
buscar un circo que me contrate para exhibirme, podré hacer muchas cosas
que siempre he querido hacer. Debes saber Mardoqueo que en todas las
ciudades en las que he estado buscaba los almacenes en que vendieran
cosméticos, preguntaba por su precio, buscaba tonos que salieran con mi
piel, pero tenía que limitarme a mirarlos y sentirme mal, porque como iba a
ponérmelos con toda la cara cubierta por esta barba que muchos varones
deben envidiar; apenas si me colocaba algo de cosméticos en los ojos
cuando debía salir a la pista. Nunca he dejado de sentirme una mujer fea
que jamás encontrará un hombre que me ame, ¿por qué que hombre va a
interesarse por una mujer tan extraña como yo? Pero ahora, en poco
tiempo, todo será distinto, nadie me mirará como a bicho raro.

- Espera, mujer, espera. No tienes que ir muy lejos para encontrar un


hombre que se interese por ti como mujer, lo tienes aquí frente a ti.

- ¿Quieres decir, Mardoqueo, que tú...


- Si Clarabella, yo no te veo como un bicho raro como tú misma te llamas,
me pareces una mujer hermosa y delicada, y si en pocos días desaparece tu
barba es seguro que serás más hermosa todavía. Yo había pensado pedirte
que dejaras el circo y vinieras conmigo, todo lo que tendrías que hacer sería
afeitarte todos los días como lo hago yo, y ya nadie te miraría como a una
mujer rara.

- Escúchame bien, Mardoqueo, tengo que confesarte algo que seguramente


va a sorprendente, cuando me hayas escuchado me dirás si todavía sigues
interesado en mi.

Volvió Clarabella a pasarse los dedos por la barba y de nuevo quedaron en


ellos grandes cantidades de cabellos rojizos, que como antes lanzó a la
basura.

No soy, le dijo con una sonrisa, una mujer común, como todas las que
conoces, como las que has amado y te han amado. Mi barba no es un error
de la naturaleza, la tengo desde que era una adolescente y me fue puesta
para protegerme de los hombres que aun desde niña me buscaban porque
soy hermosa, siempre los he atraído. No soy de raza humana, pertenezco al
reino de las Valquirias y si nos buscan los dioses más nos buscan los
simples mortales quienes sin saberlo notan en mi cualidades que no son
comunes en las mujeres. Por alguna razón que desconozco me fue
permitido vivir entre los humanos, pero no se me permitió gozar del amor,
como cualquier mujer, por eso me pusieron la barba, para que no fuera
atractiva a los varones, pero ahora las cosas van a cambiar y se me ha
permitido ser y vivir como una mujer mortal. Cuando pierda la barba
totalmente no seré vista como alguien especial, dejaré de ser una valquiria,
nadie verá en mi nada diferente a como son todas las mujeres; con el paso
del tiempo me olvidaré de lo que soy y mis recuerdos de valquiria se
borrarán, no tendré la capacidad de ver acontecimientos futuros; tendré las
virtudes de las mujeres, pero también sus defectos.

Guardó silencio por un momento como esperando que Mardoqueo asimilara


lo que ella le decía, y continuó contándole su historia.

Te dije ya que desconozco por que se me permitió vivir entre humanos


desde que era una niña, pero tengo los recuerdos del país de donde vengo,
mejor será decirte que son recuerdos de un paraíso muy hermoso y de los
dioses que lo habitan. Fui criada a la orilla de la mar por una familia de
humanos quienes me contaron que me encontraron un día de invierno
viajando a la deriva en un enorme témpano de hielo, cubierta con una piel
de un oso blanco.

La familia que me recogió pescaba cerca de la costa, estaban todos juntos


como se acostumbra en ese país cuando salen de pesca. Van los padres, los
hijos y los nietos si los tienen; dicen que en caso de una tragedia no quedará
nadie para lamentarse y dolerse de la desgracia y que todos irán al tiempo al
paraíso. Yo tenía unos siete años, pero a pesar de que mis recuerdos del
lugar de donde venía eran claros, no tenía ni tengo recuerdos de haber
tenido una familia antes de conocer a la que me crió, ni sentí nunca dolor o
tristeza por la separación del paraíso de donde venía. Tuve siempre la
sensación de que todo estaba preparado en mi vida para que fuera lo que ha
sido, pero ahora que todo se ha resuelto y seré una mortal más, me siento
muy bien y no tengo la sensación de haber perdido cosa alguna. No se en
que momento empecé a cambiar, ha sido como una metamorfosis que me
hace feliz. Dejaré de ser una valquiria para convertirme en una simple
mujer, una mortal como todas, pero no lo lamento, este mundo es mi mundo
y el mundo de donde vengo ya no tiene importancia para mi.

Se silencio de nuevo y miró con fijeza a Mardoqueo quien a su vez la


miraba con admiración y no atinaba a decirle algo. Al fin le habló y le dijo:

- Clarabella, es maravilloso lo que me cuentas, eso no me impide seguir


interesado en ti, quiero decir como mujer. Nunca me he enamorado de
ninguna mujer, aunque si he tenido novias, pero por alguna razón que
desconozco en principio siento gran atracción por ellas y luego con el paso
de los días la atracción desaparece y el noviazgo termina muriéndose, pero
contigo creo que será todo diferente. Hay algo en ti que me atrae como no
me ha sucedido con ninguna otra; tengo sensaciones nuevas que nunca
había tenido, son sensaciones que he vivido desde hace unos meses cuando
te escuché declamar poemas muy hermosos, los declamabas dormida y
Francisco Javier y yo nos detuvimos a oírte. Ese día empecé a verte como a
un ser especial y no como a la mujer barbuda que todos miraban con
curiosidad y empecé a pensar también en como acercarme a ti, aunque te
confieso que me preocupaba tu barba porque seria como amar a un varón,
pero pensé también que podías afeitarla y así aparecer como una mujer
común.

- Espera, Mardoqueo, afeitarme no es la solución, ya lo intenté en varias


oportunidades pero en cuestión de minutos volvía a tener la sombra de la
barba en mi cara, y en pocas horas volvía a tenerla larga y abundante como
si no la hubiera cortado en meses.

- Entonces, Clarabella, ¿como puedes estar segura de que ahora se te caerá


y no volverá a salirte?

Mira, Mardoqueo, lo que ocurre ahora le respondió ella pasándose los dedos
por la barba y mostrándoselos llenos de pelos, se caen solos, ¿lo ves? Esto
no me había ocurrido nunca y en los sitios en que ha desaparecido no ha
vuelto a salir, además tengo la sensación de que estoy transformándome.
Puedes estar tranquilo, no volveré a ser la mujer barbuda que conociste,
además, Odín que es de mi misma tierra y conoce todas las leyendas de los
dioses, me dice que en ocasiones estos permiten que una valquiria venga al
mundo de los mortales, se convierta en mujer y sea amada por un mortal.
Pero como te conté nos ponen defectos como la barba o un color feo de la
piel, y a veces nos dan una estatura desproporcionada o nos hacen enanas,
pero cuando los defectos empiezan a desaparecer es porque los dioses nos
permiten vivir plenamente como mujeres, por que no a todas se les da la
oportunidad de serlo, muchas vuelven al paraíso a servir a los dioses y
olvidan totalmente su paso por el mundo.

- Ya que mencionas a Odín, ¿cual es tu relación con él? Se que llevan


muchos años juntos, parece conocerte muy bien.

- Mi encuentro con él se dio cuando empecé a trabajar en otro circo, hace


unos siete años, supe que éramos compatriotas porque lo escuché cantar una
canción en nuestra lengua; trabajaba como payaso, como ahora. Era un
circo pequeño y poco ganábamos así que cuando se presentó la oportunidad
de trabajar con Ángelo la aceptamos de inmediato. Somos excelentes
amigos, sabe bien quien soy por que se lo he contado todo sin ocultarle
nada, sin embargo él parece tener habilidades especiales que nunca me ha
reconocido tener, a veces me parece que es una especie de brujo de los que
existen en mi tierra que tienen poderes especiales para comunicarse con los
dioses y lograr que ellos hagan algo por los mortales y por los semidioses y
las valquirias como yo, y que de alguna manera él es el responsable de mi
cambio, creo que logró que los dioses se compadecieran de mi y me
permitieran volverme mujer. Hace poco me dijo que al llegar a la mar se
embarcaría para nuestra patria, pero no me pidió volver con él por lo que
creo que sabía de mi cambio, que yo no tenía interés en regresar.
Clarabella siguió pasando sus dedos por la barba y retirando con ellos
grandes cantidades de pelos; a medida que lo hacía iban revelándose más
sus rasgos hermosos y delicados que mostraban a una mujer joven y fresca
que a Mardoqueo le dio la impresión de una bella mariposa que acababa de
salir de su capullo y le hizo recordar los ángeles que lo visitaban cuando era
niño.

- Dime algo más, Clarabella le dijo sin poder evitar un sobresalto por el
recuerdo de los ángeles que de pronto lo había asaltado que durante muchos
meses no había tenido y que creía que nunca regresarían.

-Ya se que eres una valquiria, o mejor que pronto serás una mujer cabal,
pero dime, ¿no has tenido algo que ver con los ángeles?

Clarabella no pudo evitar mirarlo con sorpresa porque la pregunta era


ininteligible para ella, algo había oído de los ángeles de los que tenía una
idea muy vaga, pero jamás pensó que alguien fuera a relacionarla con ellos.

- ¿Ángeles? No te entiendo, Mardoqueo, apenas se que son una especie de


espíritus buenos en los que creen algunos, pero nunca he tenido que ver con
ellos, ni siquiera para invocarlos. ¿Por qué me lo preguntas?

El no le respondió de momento, se le acercó, le dio un beso en cada una de


las mejillas y luego le dijo:

- Perdóname, me confundí porque te pareces mucho a los ángeles que


conocí cuando era niño, tu perfume es maravilloso pero es diferente al de
ellos. Algún día te contaré en detalle como fue mi encuentro con ellos.
Ahora tenemos que pensar en como será nuestra vida de aquí en adelante,
porque los ángeles, las valquirias y los dioses han quedado atrás; el circo se
acabó y tú y yo tenemos muchas cosas que hacer, empezando por saber
como vamos a ganarnos la vida.

Ángelo y Rosalinda parados en la puerta de lo que hasta el día anterior


había sido su circo, no pudieron evitar la tristeza que se hacía más profunda
cada vez que daban un abrazo y soltaban una frase de adiós a cada uno de
los artistas y ayudantes que llegaban a despedirse de ellos.
- Adiós Vulcano, que Dios te ayude, Atlante, gracias por tu amistad, Odín
que los dioses sean contigo, Leónidas cuida los animales, tendrás éxito con
tu negocio, en la ciudad hace falta un zoológico.

No supieron Ángelo y Rosalinda cuando despidieron al último de sus


amigos, sólo notaron que ya la noche había llegado cuando el último de
ellos, Zaratustra, acompañado por sus cuatro mujeres les dijo que salieran a
mirar las estrellas que auguraban, según él, un futuro lleno de ventura.

- Adiós, señor Ángelo, adiós, señora Rosalinda, siempre recordaré los


buenos tiempos con ustedes y con los demás amigos. Por favor, agáchense
para darles un abrazo...

- ¿A donde irán, Zaratustra? le preguntó ella.

- Nos iremos con Mardoqueo y Clarabella, él quiere que maneje los


camellos que usted le regaló y lo acompañe de regreso a su pueblo,
montaremos un criadero de ellos, daremos exhibiciones cada cierto tiempo,
quiero decir que lo haremos mis mujeres y yo, de eso viviremos, no
necesitamos mucho, siempre hemos vivido con sencillez También buscaré
alumnos para enseñarles a leer los astros, no quiero que esta ciencia
desaparezca, creo que soy el último de los magos capaces de hacerlo y el
tiempo de vida que me queda no será mucho, espero que sea suficiente para
iniciar tres o cuatro jóvenes, luego tendrán que terminar de aprender en los
libros que les dejaré. Adiós, amigos, que la suerte los acompañe siempre.

Una muchedumbre se situó a lado y lado de la calle empedrada para


curiosear la pequeña caravana formada por siete camellos lujosamente
adornados en los que viajaban Mardoqueo, Clarabella y Zaratustra y sus
cuatro mujeres. Cada animal era conducido por uno de los viajeros que iban
también muy elegantemente vestidos como si fueran para una fiesta de gala.

Caminaron con lentitud por una lado de la enorme muralla que en otra
época protegía de los piratas a la ciudad, y desde la cual muchos curiosos
les arrojaron flores creyendo que eran parte de la comparsa que
acompañaría a las candidatas al reinado de belleza y las que serían
exhibidas al pueblo en pocas horas. Todos los curiosos estaban
convencidos de que Clarabella era una de las hermosas candidatas, y que
venía de las tierras altas donde poco se asomaba el sol porque su piel era tan
blanca que podían apostar que ese día era la primera vez en su vida que el
astro la alumbraba directamente.

Zaratustra, que montaba a Aladino, lo dirigió hacía el muelle en el que se


encontraban muchos de sus compañeros preparados para embarcarse en el
vapor Imperio III que partía para Europa y luego para el Lejano Oriente.

A una voz de Zaratustra los animales se detuvieron y se arrodillaron frente


al grupo de artistas que esperaba la llamada para embarcarse, que se
acercaron para despedirse de quienes consideraban un grupo de locos que
retornaban al interior de un país en guerra y donde no había circos o algo
parecido en los cuales trabajar y tener una verdadera vida.

Uno a uno abrazaron y dijeron frases de afecto a Mardoqueo, Clarabella y


los otros y algunos les entregaron pequeños regalos, pero fue Atlante quien
con lagrimas que no se preocupaba por ocultar levantó a cada uno hasta la
altura de su cara, les dio besos en las mejillas, luego se quitó una enorme
cadena dorada que llevaba al cuello y la puso en el de Clarabella a quien le
dijo con ternura: Mujer vas a hacerme mucha falta, se volteó y fue a
sentarse en un enorme baúl con la cara vuelta hacia la mar.

Fueron el barullo de la multitud y los toques de los clarines los que


interrumpieron la charla entre los viajeros quienes se volvieron a mirar a la
plaza que estaba próxima a donde se encontraban, para encontrarse con el
desfile de las candidatas al reinado de belleza que venían encaramadas,
cada una, en uno de los carromatos que fueron del circo y que todavía
conservaban los avisos en los que podía leerse la invitación a ver las
funciones del circo más maravilloso del mundo, y eran tirados por caballos
pintados de colores vivos, algunos de ellos con los colores de la bandera
nacional

Esperaban en silencio a que terminara de pasar el desfile cuando sonó el


pito del barco que era la señal esperada para embarcarse. Sin afanarse,
como si no quisieran embarcar, subieron al vapor y se acomodaron para ver
por última vez a sus amigos que en pequeña caravana se perdían por una
angosta calle empedrada.

SE TERMINÓ DE ESCRIBIR EL 26 DE ABRIL DE 2011

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