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Cuentos de las mil y una noches.pdf

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FRANTIŠEK HRUBIN

Jiří Trnka

Pohádky z Tisíce a jedné noci, 1956
FRANTIŠEK HRUBIN

Jiří Trnka

Pohádky z Tisíce a jedné noci, 1956

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COLECCIÓN MAESTROS DEL RELATO INFANTIL

CUENTOS

D E L AS M I L Y U N A N O C H E S

CUENTOS DE LAS MIL Y UNA NOCHES

FRANTIŠ EK H R U B lN

C U E N T O S DE LAS MI L Y U N A
ILUSTRADOS POR JIŘÍ T T r a d u c c i ó n al e s p a ñ o l de M i g u e l de P r e s e n t a c i ó n T i p o g r á f i c a de J a n Ž bá E d i c i ó n de

UEROMÓN EDITORES, S .A.
B u c a r e l i 59 ( 1o y 2o P i s o s ) M É X I C O , D. F. y sus f i r m a s a s o c i a d a s : QUEROMÓN EDITORES, S. A.,

N a r v á e z 49 M A D R I D , España QUEROMÓN EDITORES, S. A.,

S a n t a l ó 96 y 98 B A R C E L O N A , España QUEROMÓN EDITORES, O r o 2455 B U E N O S A I R E S , Argentina QUEROMÓN RÍO © 1964 EDITORES, S. A., S. de R. L.,

L a r g o Sa o F r a n c i s c o 26, A p t . 1110 DE JANEIRO, B R A SIL E D I T O R E S , S. A. • M É X I C O

QUEROMÓN

Printed by A R T I A Impreso por A R T I A

LA I N G E N I O S A

SCHEHERAZADE

Había una vez, hace muchísimo tiempo, un rey poderoso llamado Schahriar. Poseía todo lo necesario para ser feliz. Tenía muchas y muy ricas tierras; disponía para servirle de miles de esclavos; innumerables eran sus joyas y piedras precio­ sas; con solo levantar un dedo sus menores deseos se cumplían inmediatamente. Mas un día descubrió que su esposa lo engañaba; cada vez que salía de caza con sus guepardos y sus caballos, ella se reunía con su amante, el esclavo favorito del rey; un día Schahriar los sorprendió juntos y su cólera fue terrible. Y allí mismo y con sus propias manos mató a su esposa y al esclavo. Desde aquel día no volvió a tener confianza en ninguna mujer. Decretó que cada noche tomaría por esposa a una bella joven, y para estar seguro de que no lo engañaría la haría ejecutar al día siguiente por la mañana. Y así fue durante muchísimo tiempo. Todas las familias nobles del reino, temblaban ante la idea de que al día siguiente pudiera tocarle el turno a una de sus hijas. Muchas de ellas huyeron para evitar semejante riesgo. Finalmente las bellas jóvenes se acabaron, y Schahriar no podía ya encontrar esposa.

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Ordenó a su visir que buscara por todo el reino, pero fué en vano. Al visir le fué imposible encontrar alguna joven. El visir sufría grandes temores, pues él tenía dos hijas jóvenes y bellas, Scheherazade y Dinarzade. Cuando comunicó sus preocupaciones a Scheherazade, joven sumamente inte­ ligente, ésta dijo que la única solución era, no obstante el peligro, que ella se casara con el rey. Pero tenía un plan. Había leído muchos libros y sabía innumerables cuentos. El día de su casamiento mandó llamar a su joven hermana, Dinarzade. “ Escúchame hermana — le dijo— , esta noche, antes de que el rey se duerma acude a nuestra habitación y suplícale que me permita contarte uno de mis cuentos.” Dinarzade aceptó, aunque sin comprender cómo aquello podría salvarle la vida a su hermana. Así se hizo. El rey, soñoliento accedió a la petición de Dinarzade. No sos­ pechaba nada y había dado las instrucciones de costumbre para que su esposa fuera ejecutada por la mañana. Scheherazade comenzó su historia. Estuvo contando y contando hasta la madrugada. Era tan interesante su historia que el rey no se percató de cuánto tiempo había pasado. Pero Scheherazade fué lo bastante ingeniosa para no ter­ minar el cuento aquella misma noche, y Schahriar tenía tanto interés en oírlo, que pospuso hasta el día siguiente la ejecución de Scheherazade. A la noche siguiente, Scheherazade, tras haber terminado el cuento, dió co­ mienzo a otro tan interesante como el anterior. De nuevo se mostró lo suficien­ temente ingeniosa para no terminarlo, y de nuevo Schahriar aplazó la ejecución con el fin de poder escuchar el final. De esta manera Scheherazade siguió contando sus historias. Noche tras noche contaba, y a la llegada del alba se callaba. Durante mil y una noches Scheherazade contó sus maravillosos cuentos. Al final, el rey Schahriar estaba tan maravillado de la inteligencia de su esposa que abandonó por completo la idea de mandar que la ejecutaran. Una mujer capaz de contar historias tan entretenidas, merecía vivir sin lugar a dudas. Éste es el origen de Las M il y Una Noches , Noches Árabes cómo se les llama de costumbre, a estos cuentos. Este libro contiene algunos de ellos. Después de leerlos, pensarán ustedes, al igual que yo, que efectivamente Scheherazade era una joven muy ingeniosa.

CUENTO DEL CABALLO DE ÉB AN O Había antaño un rey que tenía tres hijas, tan hermosas como el plenilunio en los cielos, y un hijo ágil como una gacela y tan bello como una mañana de verano. Cierto día llegaron al palacio real tres extranjeros. El primero era por­ tador de un pavo real de oro, el segundo de una vieja trompeta de cobre y el tercero de un caballo de ébano con ricos adornos de marfil. — ¿Para qué sirven esas cosas?— preguntó el rey. — Aquel que posee el pavo real de oro no tiene que preocuparse del tiempo — dijo el primer extranjero— . Cada vez que pasa una hora, el pavo real despliega la cola y lanza grandes gritos. — Aquel que posee la trompeta de cobre — añadió el segundo— , no tiene por qué temer a nadie. Aún antes de que un enemigo, haya dejado ver sus verdaderas intenciones, la trompeta suena por sí sola, en señal de advertencia. El tercer extranjero dijo: — Aquel que posee el caballo de ébano, puede ir a cualquier sitio que desee. —-No creeré lo que dicen, hasta no comprobarlo yo mismo — dijo el rey.

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En ese preciso momento el sol llegaba a su cénit, y al punto el pavo real desplegando su cola lanzó un fuerte grito. En aquel instante, un solicitante entraba por las puertas del castillo y, sin motivo aparente, la trompeta sonó por sí misma. El rey mandó que de inmediato fuera registrado el solicitante, encontrándosele una espada escondida entre su ropa. El hombre confesó, entonces, que había querido asesinar al rey. — Estos regalos son en verdad muy útiles — dijo el rey— . ¿Qué desean ustedes a cambio de ellos? — Permitidme tomar por esposa a una de las princesas — dijo el primer extranjero. La misma petición hizo el segundo. Sin pensarlo más, el rey tomó de manos de los extranjeros la trompeta y el pavo real, entregándoles a cambio una princesa a cada uno. El tercer extranjero dijo entonces acercándose al rey: — Tomad el caballo, noble señor, y permitid que me case con la tercera princesa. — Espera un poco — dijo el rey— , todavía no hemos probado el caballo. Y el príncipe personalmente se ofreció para la prueba. Se instaló en la silla, tomó las riendas y espoleó al caballo, pero éste no se movió, quedándose como clavado en el suelo. Encolerizado el rey se volvió hacia el extranjero; mas éste no se inmutó. Se acercó al caballo y rogó al príncipe que diera vuelta a la clavija de marfil colocada en la parte derecha del cuello del caballo. El príncipe obedeció y en un momento el caballo tomó vuelo con tanta rapidez que en un instante desapareció entre las nubes. Siguió elevándose más y más, tanto que el príncipe no podía ya ver la tierra. Presa del vértigo, el príncipe tuvo que abrazarse al cuello del caballo para no caer. Ya empezaba a arrepentirse de haber montado en aquel caballo y no tardó en creerse perdido. Fué entonces cuando se dió cuenta de que el caballo tenía otra clavija, en la parte izquierda del cuello. Le dió vuelta y el caballo empezó a deslizarse hacia el suelo. Pasó un corto tiempo, tras lo cual pudo distinguir el paisaje que tenía debajo; entonces vió un extraño País, con lagos y torrentes, verdes bosques llenos de caza y una hermosa Ciudad con blancos palacios y bosquecillos de cipreses. El príncipe voló hacia un palacio, decorado con doradas tejas, situado a corta distancia de la Ciudad, en medio de un jardín de rosas. Se posó en el tejado y se apeó del caballo. Se quedó sorprendido de la calma que imperaba. Ningún sonido llegaba a sus oídos; no se escuchaba ninguna voz. El príncipe decidió hacer un

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alto para pasar la noche allí y emprender el viaje de vuelta al día siguiente por la mañana. De pronto, apareció una luz entre las rosas. Era brillante como una estrella, haciéndose más grande a medida que se acercaba, no tardando en verse que se trataba de una docena de lucecitas. Para entonces el príncipe podía ya distin­ guir con claridad a unas bellas jóvenes cubiertas con velos plateados, llevando unas antorchas y acompañando a una joven virgen tan encantadora, que sintió en el corazón una dolorosa punzada. La procesión penetró en el palacio y todo el edificio se iluminó de repente; una dulce música resonó en las estancias y un perfume de incienso y ámbar impregnó el aire. Encantado el príncipe, desenrolló su turbante y ató una de las puntas en un pequeño campanario dorado del tejado, y se fué deslizando hacia la ventana donde el brillo de la luz era más intenso. Penetró en la estancia donde las jóvenes se divertían. Éstas huyeron despavoridas, pero la más hermosa de todas se quedó, como hipnotizada por el príncipe. Sin poderse quitar la vista de encima uno del otro, se declararon su amor en un solo suspiro. Acto seguido la espléndida joven le informó que era hija de un rey y que su padre mandó construir aquel palacio para ella. Entre tanto las jóvenes del séquito de la princesa habían ido presurosas al palacio real, a contar al rey la aparición del extraño visitante. Sin tardar, el rey tomó su espada y corrió al palacio de la princesa. Penetró en la estancia y la encontró sonriente y visiblemente complacida de la compañía del apuesto joven. Blandiendo su espada, se abalanzó contra el joven, mas el príncipe desenvainó la suya tan prestamente que el rey retrocedió un tanto. — ¿Eres un demonio o un mortal? — gritó. — Soy un mortal como vos lo sois — respondió el joven— , soy príncipe real y os emplazo a que me déis a vuestra hija en matrimonio. De lo contrario me la llevaré por la fuerza. — No lo conseguirás — dijo el rey— , la Ciudad está llena de soldados. — Me enfrentaré a vuestro ejército entero — dijo el príncipe, no creyendo que el rey le tomaría la palabra. — Muy bien — replicó el rey— , te entregaré a la princesa si te enfrentas a cuarenta mil soldados en el campo de batalla. En su deseo de quedar bien ante la princesa, antes que retractarse, el prín­ cipe prometió enfrentarse al ejército del rey al día siguiente. El rey invitó al

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príncipe a que pasara la noche en el palacio real al cual se dirigieron los tres, acto seguido. El príncipe se durmió inmediatamente; estaba terriblemente cansado después de su impetuoso vuelo por encima de las nubes. El rey, sin embargo, estuvo largo rato dando vueltas y más vueltas en su lecho, pues temía que sus soldados mataran al príncipe privándolo así de un noble y apuesto yerno. Al despuntar el sol había en el campo de batalla, en las afueras de la Ciudad, cuarenta mil soldados dispuestos para el combate. El rey mandó traer el más fino caballo de las cuadras reales para el príncipe, mas éste, agradeciéndoselo, le dijo que no quería montar ningún otro caballo que no fuera el suyo. — ¿ Y donde está tu caballo? — inquirió el rey. — En el tejado del palacio de la princesa — respondió el príncipe. El rey pensó que el príncipe se estaba burlando de él, pero el príncipe insistió en la veracidad de su aserto y pidió que fueran a buscar el caballo. Al cabo de un rato dos servidores volvieron trayendo un caballo tan magnífico que todos quedaron profundamente extrañados y sorprendidos. Mas, al ver que sólo se trataba de un caballo de madera, lanzaron un suspiro de alivio. — Con este caballo no podrás vencer a mi ejército — dijo el rey. Sin decir palabra el príncipe se montó en el caballo mágico, dió vuelta a la clavija de la derecha y se elevó en el aire; cuando el rey, su séquito y los miles de soldados volvieron de su asombro, el príncipe y el caballo estaban ya a tanta altura que parecían del tamaño de una golondrina. Larga fué la espera de la muchedumbre, mas el jinete del caballo de ébano no volvió. Por fin, el rey volvió a palacio a contarle a la princesa lo que había sucedido. La princesa fué a encerrarse a su retiro del palacio de doradas tejas; no comía ni dormía y el recuerdo de su amado la hacía languidecer. Fué en vano que el rey le implorara olvidar a aquel joven, que lo más seguro es que no fuera un príncipe, sino un mago. La princesa no encontraba consuelo, y la nostalgia la hizo enfermar de gravedad. Mientras tanto, el príncipe, jinete sobre el caballo de ébano, había perdido de vista la tierra. Su corazón estaba henchido del deseo de encontrarse junto a la princesa, pero decidió no volver a su lado, hasta no haber visto a su padre, que sin lugar a dudas debía de estar angustiado buscando a su hijo por todo el País.

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Al llegar a su Ciudad natal, dirigió el caballo de ébano hacia la tierra y fué inmediatamente a ver a su padre. Pasados los primeros momentos de júbilo por encontrarse de nuevo reunidos, el príncipe contó a su padre cómo había aprendido a controlar el caballo mágico, su aterrizaje en un lejano País y su apasionado amor por una princesa. Seguidamente quiso saber qué había sido del extranjero que a cambio del caballo había solicitado por esposa a la hija del rey. — Ese bribón está en la cárcel — respondió el rey— , pues por su culpa vos os perdisteis. — ¡Cómo! ¿Lo habéis encarcelado por habernos hecho el don de un milagro? — exclamó el príncipe— . ¡ Si es merecedor del respeto de toda la corte! El rey mandó entonces que sin tardanza pusieran en libertad al extranjero, y le confirió un alto nombramiento. El extranjero quedó, aparentemente, muy agradecido por aquella distinción, pero en el fondo de su corazón había resentimiento. Lo que él deseaba era la princesa y no quedó satisfecho. Esperaría, pues, la ocasión de vengarse. No tardó mucho el príncipe en sentirse cansado de estar en casa, y suspiraba por la princesa. Un día se montó en el caballo de ébano y fué volando hasta encontrarse encima del País extranjero; de nuevo se deslizó hacia tierra y se detuvo en el tejado del palacio de doradas tejas y jardines de rosas. La princesa estaba acostada en su habitación, pálida y demacrada, en medio de un gran silencio. De pronto se separaron las cortinas y su amado entró en la habitación. En el mismo momento la princesa recobró la salud, saltó de su lecho y rodeó con sus brazos el cuello de su príncipe. — ¿Quieres venir conmigo, a mi reino? — preguntó el príncipe. Ella asintió con un gesto de la cabeza y sin dar tiempo a las estupefactas sir­ vientas a reunirse, el príncipe la tomó en sus brazos y la llevó al tejado del pala­ cio. Una vez ahí la subió al caballo de ébano, se instaló en la silla detrás de ella y dió vuelta a la clavija situada a la derecha del cuello del caballo. De esta ma­ nera emprendieron el vuelo hacia las nubes, embargados por la felicidad de estar de nuevo reunidos. El príncipe y la princesa volaron más y más, y cuando tuvieron bajo su vista la ciudad donde reinaba el padre del príncipe, se dirigieron hacia la tierra y ate­ rrizaron en uno de los jardines reales. Ahí el príncipe ocultó a la princesa en un pabellón de verano, rodeado de jazmines, narcisos y flores de lis; después de dejar el caballo de ébano a un lado del pabellón, fué a anunciar a su padre su regreso. El príncipe le expuso que había traído a casa a una princesa de una belleza

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sin par y solicitó su permiso para casarse con ella. Con la esperanza de que, una vez casado, el príncipe no se dedicaría más a realizar sus peligrosos vuelos, el rey dió gozoso su consentimiento. Pero el verdadero dueño del caballo mágico, el extranjero, abrigaba todavía en el fondo de su corazón un rencor implacable; viendo los alegres preparativos de boda, por poco se muere del enojo. Así es que, para no seguir viéndolos, se alejó hacia los jardines del rey. De esta forma, llegó por casualidad hasta el pabe­ llón de verano en medio de jazmines y narcisos donde descubrió su caballo de madera junto al pabellón. Miró hacia adentro y vió a una joven bellísima. Al verla se dió cuenta que se trataba de la futura esposa y pensó que era una buena oca­ sión para tomar la revancha. Se acercó a la princesa y haciendo una profunda reverencia le dijo: — Mi señor, el príncipe, me ha ordenado esconderos en otro lugar, pues teme que aquí corráis peligro. Al ver que la princesa parecía espantada de su mala facha, el extranjero se apresuró a añadir: — El príncipe es muy celoso, por eso me ha escogido a mí, el más feo de sus amigos, para este encargo, para no correr el riesgo de que os ena­ moréis de mí. Feliz de saber que el príncipe se preocupaba tanto por ella, la princesa se dejó conducir de la mano por aquel horrible hombre hasta el caballo de ébano. — Tened la amabilidad de montar — díjole— , el príncipe quiere que vayáis a caballo. El extranjero montó tras la princesa, le dió vuelta a la clavija de la derecha y emprendieron el vuelo. — ¿Son tan extensos los jardines reales para que tengamos que volar tanto rato? — preguntó la princesa al cabo de un momento. El horrible extranjero se echó a reír, y le dijo a la princesa quién era en rea­ lidad, y que él había construido, el caballo mágico, y que la había raptado para vengarse del rey y del príncipe. Además se vanaglorió diciendo que él era un mago tan poderoso que podía hacer que las estrellas cayeran y se posaran en su cabeza, como avispas en un fruto maduro. Pero esto no era del todo verdad y de cualquier manera la princesa no lo había escuchado, pues se había desvanecido cuando el extranjero empezó a decirlo. A la hora del crepúsculo el extranjero dirigió el caballo a tierra y aterrizó en una pradera cerca de un arroyo, con objeto de pernoctar ahí. Felizmente, dió la

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casualidad que, en aquel mismo momento, el rey de aquel País volvía de cacería; al ver a los dos extranjeros hizo alto y les preguntó que estaban haciendo ahí. — A juzgar por vuestros modales y vuestro séquito imagino que sois rey — dijo aquel hombre horrible— . Os ruego nos disculpéis a mi hermana y a mí por encontrarnos en vuestro prado. La fatiga de un largo viaje nos ha extenuado. — ¡Está mintiendo! — exclamó la princesa— . No soy su hermana. Me ha rap­ tado. Salvadme noble príncipe y os lo agradeceré toda la vida. El rey ordenó que maniataran a aquel horrible hombre y que prepararan un palanquín para la princesa. Después examinó el caballo de ébano y quedó admi­ rado de su artística finura y de las incrustaciones de marfil. Pero ni el horrible extranjero ni la princesa le revelaron el mágico poder de aquel caballo. El rey ordenó que lo llevaran al palacio real; acompañó a la princesa y puso a su dispo­ sición una habitación magnífica. En cuanto a su raptor fué encarcelado. A partir de aquel momento era de esperar que las cosas mejorarían para la princesa; mas no fué así, pues si bien había sido liberada, ahora se encontraba de nuevo prisionera. Locamente enamorado de ella, el rey no le permitía salir de palacio para nada; y no esperó mucho para comunicarle su deseo de convertirla en su esposa. No queriendo ni comer ni dormir, la princesa se marchitaba. Para entonces, el príncipe había vuelto al jardín en busca de su futura esposa, encontrando vacío el pabellón de verano. Presa de inquietud salió al jardín y fué entonces cuando comprobó que el caballo de ébano también había desaparecido. Llamándola, buscó a la princesa entre los macizos de jazmines, mas no encontró el menor rastro. Finalmente una dama de la corte le informó que un hombre extraño había venido a buscar a la princesa y se había ido con ella en el caballo milagroso. Cuando la dama dió una descripción del hombre, el príncipe reconoció que se trataba del dueño del caballo mágico, que de esta manera se había tomado la revancha. Juró que encontraría a su prometida, para lo cual se disfrazó y fué de Ciudad en Ciudad, y de País a País, preguntando por donde quiera que pasaba por un hombre viejo y feo, por una hermosa joven y por un extraño caballo de ébano. De esta forma, interrogó a cientos de personas, mas nadie pudo facilitarle la menor ayuda. Así anduvo durante muchos meses, hasta que por fin la suerte le sonrió. En la plaza del mercado de una Ciudad unos mercaderes estaban diciendo que el rey del vecino País había hallado, al volver de cacería, a una hermosa joven en una

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pradera, que la había liberado de las garras de un hombre viejo y feo, y que se había enamorado de ella. Por supuesto que no había nada extraordinario en todo esto, a no ser un hermoso caballo de ébano; dicho caballo tenía unos magníficos adornos de legítimo marfil, y tenía toda la apariencia de un caballo de verdad. Después de escuchar aquel relato, el príncipe marchó sin demora al País vecino. Dos días más tarde había llegado a la Ciudad real. En ella, no se hablaba de otra cosa que no fuera de la hermosa joven con la que el rey deseaba desposarse; se decía asimismo que la joven, según parecía, estaba enferma, y que en vano el rey buscaba a alguien que le devolviera la salud. El príncipe se dirigió enseguida al palacio real, fingiendo ser un médico que venía de un lejano País y que sabía curar todas las enfermedades. El rey le dijo de su encuentro con la princesa; así como que no podía dormir, ni quería comer, y que no permitía a nadie entrar en su habitación. El príncipe escuchó y dijo: — Antes de empezar a curar a la princesa, tengo que ver a ese caballo. El rey mandó traer el caballo al patio del palacio y el príncipe lo examinó con atención. Comprobó que las dos clavijas funcionaban debidamente y dijo: — Mandad que guarden el caballo y que me conduzcan ante la joven enferma. El rey lo condujo a la habitación de la princesa. El príncipe recomendó al rey que diera las órdenes necesarias para que nadie lo molestara y penetró en la habitación. En cuanto la princesa dirigió sus ojos hacia él, lo reconoció a pesar de su disfraz. El príncipe le dijo lo que tenía que hacer para que él pudiera libe­ rarla y volvió junto al rey. — La princesa ha mejorado algo, pero para que quede totalmente curada tengo que llevar a cabo un procedimiento de magia. Entonces pidió al rey que mandara llevar el caballo a la pradera donde habían encontrado a la joven, añadiendo que ella también debía ser llevada ahí. El rey ordenó que se hiciera todo lo que el príncipe pedía, quedando a la espera con toda su corte para ver lo que iba a ocurrir. El príncipe colocó a la princesa en el caballo de ébano, se subió detrás de ella e hizo girar la clavija que tenía el caballo en el lado derecho del cuello. Lo que seguidamente ocurrió, nadie lo esperaba. Antes de que el asombrado rey hubiera recobrado sus cinco sentidos y pudiera ordenar a sus arqueros lanzar sus flechas contra el caballo, éste se encontraba a tanta altura que parecía del tamaño de una mosca. Al príncipe y la princesa no les preocupaba lo que quedaba atrás. Se sentían

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más que dichosos de estar otra vez el uno junto al otro y siguieron volando sobre montes y valles hasta que llegaron al palacio del príncipe. Inmediatamente se celebraron las bodas en medio de una gran alegría. Después de la boda, se le ocurrió al príncipe que le agradaría volver a cabalgar sobre el caballo de ébano. Mas su padre le habló así: — Hijo mío, el caballo de ébano ya causó bastantes penas. No es cosa de que nos vuelva a causar más tras­ tornos. Y ordenó que, ahí mismo, destruyeran el caballo, haciéndolo pedazos.

AVENTURAS

DE

SINDBAD

EL M A R I N O

En tiempos del califa Haroun-Al-Raschid, vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad. Su oficio era mozo de cuerda y era tan poco lo que ganaba que apenas podía vivir. Un día de intenso calor, llevaba a cuestas una pesada alfombra. Desde el momento en que la cargó empezó a sudarle la frente, la cabeza comenzó a darle vueltas, en una palabra, el cansancio se apoderó de él. En aquel momento pasa­ ba delante de una casa por cuyas puertas fluía una corriente de aire fresco y agra­ dable, impregnado del aroma de los más exquisitos manjares. Delante de la casa, a la sombra, había un banco de piedra y Sindbad no pudo resistir; extendió la alfombra en el suelo, tomó asiento en el banco y se puso cómodo. Melodiosos can­ tos y alegres voces a las cuales se mezclaban de cuando en cuando el tintinear de vasos y vajilla salían de la casa. Sindbad pensó, suspirando, que el venturoso propietario de aquella casa debía de sentirse tan feliz como desdichado se sentía él. — Cuán diferente es — dijo en voz alta— la condición de ese hombre y mi deplorable situación. Instantes después, un hombre joven y ricamente ataviado salió de la casa y le dijo:— Mi señor ha escuchado lo que habéis dicho, y os invita a cenar y a pasar la velada con él. Sindbad se quedó un tanto sorprendido pero como el joven lo tomó del brazo sonriéndole con tanta afabilidad, no tuvo más remedio que acompañarlo.

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Nunca en su vida había visto tanto esplendor. Los criados iban y venían pre­ surosos, llevando bandejas con los manjares más raros y un dulce sonido de música invadía la casa. Sindbad creyó estar soñando. El joven lo condujo a una pequeña sala. En ella se encontraba, sentado, un personaje de aspecto grave y benévolo. — ¿Cómo os llamáis? — le preguntó a Sindbad haciéndole seña de que se sentara. — Soy Sindbad el Cargador. — V aya coincidencia: yo también me llamo Sindbad; me dicen Sindbad el Marino, y voy a deciros por qué. Oí cómo os quejábais y os he hecho venir para que sepáis que mis riquezas las obtuve a costa de mucho sufrimiento y múltiples peligros. Voy a contaros la historia de mi vida, pero antes comed todo lo que os plazca. Sindbad el Cargador no se hizo repetir la invitación. Cuando Sindbad el Marino vió que su huésped se arrellanaba cómodamente en su asiento y que ya no podía aguantar las ganas de empezar a comer, incluso los manjares más deli­ cados, inició su relato.

Mi padre era un rico mercader y yo era hijo único. Al morir él, yo heredé todos sus bienes. Un año me bastó para malgastar, en compañía de unos cuantos inútiles casquivanos como yo, todo lo que mi padre había reunido en toda su vida. Final­ mente no me quedaba nada más que una viña. La vendí y con el dinero obtenido por esta venta compré diversas mercancías. Después me uní a un grupo de mer­ caderes que se preparaban a emprender un viaje por mar. Tenía la esperanza de lograr vender aquellos artículos a buen precio en otros Países y recuperar de esta forma mi antigua fortuna. Navegamos largo tiempo, haciendo escalas aquí y allá para cambiar o vender mercancías y comprar otras. El viaje me gustaba, ganaba bastante dinero y mi pasada vida de holganza ya no me importaba. Observaba detalladamente a los habitantes de otros países. Aprendí sus costumbres y su lengua, en una palabra me sentía un hombre nuevo. Un día, en el transcurso de nuestro viaje, pasamos cerca de una isla no muy grande y de una belleza extraordinaria, cubierta de abundante vegetación. Nos sentimos atraídos por los extraños frutos de sus árboles, por el perfume de miles de flores y por el murmullo de sus arroyuelos. Desembarcamos y deci-

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dimos descansar unos momentos en aquel lugar encantador. Algunos del grupo comieron frutas, las cuales resultaron ser suculentas; otros encendieron fuego y empezaron a preparar algo de comer, mientras que otros se refrescaban nadan­ do en ríos de una transparencia cristalina. Estábamos pasando todos un rato muy agradable, cuando de repente oímos gritos del capitán, que se había quedado en el barco y que nos decía: — ¡Pónganse a salvo! ¡vuelvan enseguida al barco! ¡Eso no es una isla, sino un enorme animal! Efectivamente, no era una isla. Era en verdad un gigantesco animal cuyo lomo sobresalía del agua. Éste había sido cubierto por la arena; el viento depositó encima esporas y semillas convirtiéndose más tarde en árboles y vegetación. Todo esto había ocurrido debido a que el animal llevaba dormido más de cien años y hasta aquel momento no había despertado. Al sentir que el fuego que habíamos encendido le quemaba la espalda empezó a moverse. Aterrorizados, cayéndonos unos contra otros, comenzamos a lanzarnos al aguaya nadar en dirección al barco. Mas no todos logramos llegar a salvarnos, pues aquel enorme animal tuvo un repentino estremecimiento y se zambulló. Los árboles y las flores se sumergieron y yo me hundí con ellos. Felizmente yo me sujeté al barril que habíamos llevado a la isla con objeto de llenarlo de agua fresca, y no lo solté. Junto con el barril estuve dando vueltas bajo el agua hasta que por fin salimos a la superficie. Durante una noche y un día estuve flotando en aquella singular balsa. Cuando ya me encontraba casi completamente agotado, debido a la sed, al hambre y al calor producido por los ardientes rayos del sol, vislumbré en el horizonte una ver­ deante faja de tierra. Haciendo un último esfuerzo, cuando ya se estaba ponien­ do el sol, logré encallar el barril en la orilla de la isla, la cual me acogió con el dulce canto de sus pájaros y el delicado perfume de las flores. Al llegar a tierra lo primero que mis ojos vieron fué un manantial que brotaba de las rocas entre helechos. Me aproximé y bebí, hasta que extenuado me acosté en la hierba y me dormí, bajo la caricia del murmullo del oleaje del mar. Cuando desperté, a la mañana siguiente, el sol había recorrido ya un buen trecho; comí algunas frutas, bebí agua del manantial y emprendí la exploración de la isla. Caminé por entre el espeso follaje, abriéndome camino a través de bosquecillos cubiertos de flores. Me costaba mucho trabajo avanzar; de vez en cuando oía algún mono asustarse, pero no encontré ni un alma viviente. Aquel bosque parecía no acabar nunca, así es que para ver si había algún signo

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de presencia humana me encaramé a uno de los árboles más altos que vi. A lo lejos, en la arenosa playa, percibí una enorme cúpula blanca y, descendiendo del árbol, me encaminé en aquella dirección. Tuve que caminar un largo trecho a través del bosque, entre flores cuyo per­ fume era tan penetrante que en varias ocasiones estuve a punto de desvanecerme de sueño. Al salir del bosque, vi a poca distancia una bola blanca y brillante, cuya cima apenas se distinguía. Di una vuelta alrededor de ella, para ver si podía entrar, pero no había ni puertas ni ventanas. Traté de escalar los muros, pero éstos eran tan lisos que ni una mosca hubiera podido lograrlo. Cansado, me senté junto a la bola, siguiendo con la mirada el curso del sol, en su descenso hacia el horizonte. Empecé a creer que estaba condenado a que­ darme en aquella isla hasta el fin de mi vida, sin compañía alguna. Ya empezaba a sentir nostalgia de mi Ciudad natal, con sus muelles siempre activos y con sus barcos. De pronto el cielo se obscureció, como si alguien hubiera corrido un velo negro tapando el sol. Levanté la cabeza y vi que el astro estaba oculto por una nube, la cual descendía hacia la isla, y a medida que avanzaba se hacía más grande, y luego vi que en realidad no se trataba de una nube, sino de un pájaro desco­ munal, tan grande que sus alas cubrían por completo el horizonte. Aquel pájaro descendía en dirección de la isla, hacia la bola, junto a la cual yo estaba descan­ sando. Apenas tuve tiempo de esconderme detrás de un montículo de arena; ahí me agaché aterrado, y casi perdí la cabeza esperando ver qué ocurría. El pájaro se posó en la bola, la cubrió con sus alas y se durmió. Me imaginé que se trataba del rocho, una maravillosa ave de un enorme tamaño. Con frecuen­ cia había oído yo a los marineros contar extraordinarias historias sobre ella: de qué manera alimentaba a su criatura y cómo ponía sus enormes huevos en una isla que nadie había podido encontrar. Me di cuenta de que la bola aquella que estaba cerca de mí no podía ser nada más que un huevo del rocho. Mientras que el pájaro dormía, me acerqué a él poco a poco hasta que estuve situado cerca de una de sus patas. Era tan gruesa como un tronco de árbol y a ella me amarré fuertemente con mi turbante. A la salida del sol el pájaro despertó y lanzó un terrible grito que resonó a través del bosque. Después desplegó sus alas y se elevó por los aires sin percatarse de que yo estaba amarrado a su pata. En su vuelo a través del océano, las nubes se disipaban al impulso de sus alas. Yo estaba completamente mareado y presa

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del pánico, con el corazón latiéndome a toda velocidad; pero el rocho no se detuvo hasta que no hubo cruzado el mar. Por fin llegamos a un extenso valle donde se posó en un montículo. Sin perder tiempo me desaté de la pata del pájaro y me escondí detrás de una piedra grande. El pájaro escudriñó el valle, dió un picotazo en el suelo y emprendió el vuelo, llevándose en sus garras una serpiente tan gruesa como una rama de cedro. Antes de que yo pudiera comprender qué era lo que había ocurri­ do, el rocho estaba ya muy lejos volando sobre el mar. Por mi parte me puse a caminar por el valle. Las piernas me temblaban to­ davía debido a la aventura y empecé a sentirme inquieto cuando después de es­ crutar el paisaje vi que era rocoso y desolado, dominado por abruptas montañas cuyas cimas se perdían en las nubes. Comencé entonces a arrepentirme de haber abandonado la isla, pues allí por lo menos había de qué comer y beber. Sin embar­ go, aquí no tardaría mucho en morirme de hambre y de sed. Seguí andando hasta que llegué a la falda de la gran montaña. Había víboras tomando baños de sol y serpientes tan gruesas como palmeras, enroscadas en grandes piedras. Me senté a esperar la llegada de la noche, la cual pensé, con toda sinceridad, que sería la última, puesto que si no perecía de hambre y sed, las serpientes se encargarían de acabar conmigo. Mientras gimoteaba con la mirada clavada en el suelo, advertí que lo que pisaba no eran piedras comunes, sino diamantes de todos los tamaños de los que el suelo estaba plagado. En aquel preciso momento cayó a mis pies algo que venía de arriba, rodó por el suelo y ahí quedó inmovilizado, cubierto de polvo y de diamantes. Era un cordero recién sacrificado. Fué entonces cuando me acordé de que un mercader me habló una vez del Valle de los Diamantes, donde pululaban las serpientes, y del cual — me dijo— nadie había salido jamás con vida. Sin embargo, los hombres ha­ bían descubierto una manera de apoderarse de los diamantes: mataban un cor­ dero o cualquier otro animal y lo dejaban caer desde lo alto de la montaña; los diamantes se pegaban al ensangrentado cadáver. Solía ocurrir a veces que un buitre o un águila descendían al valle y apoderándose del cadáver se lo llevaban hacia las alturas. Entonces los buscadores de diamantes ponían en fuga al ave golpeándola con palos y después recogían los diamantes que estaban pegados al cadáver. Me llené de diamantes los bolsillos, y el interior de mi casaca, utili­ zando de nuevo mi turbante, esta vez para atarme con él del cadáver del cor­ dero. La espera no fué larga. Segundos después oí un batir de alas por encima de mí, y vi una imponente

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águila que con sus garras se apoderó del cordero elevándose hacia la cima de la montaña y llevándome a mi con él. Una vez ahí soltó su presa y empezó a devo­ rar a picotazos el cadáver. En esto apareció un grupo de gentes gritando y con unos palos comenzaron a golpear al águila, el cual huyó espantado, abandonando al cordero. ¡ Cuál no sería la sorpresa de toda aquella buena gente al verme salir de debajo del cor­ dero! Les dije quién era yo y en qué forma había llegado al Valle de los Diaman­ tes, agradeciéndoles mucho el haberme salvado la vida. Creyeron mi historia y me invitaron a ir con ellos a su barco, y me informaron que eran mercaderes de diamantes. Me hice a la mar con mis nuevos compañeros. De nuevo volvía a ser un hombre rico, gozando de buena salud y lleno de esperanzas para el porvenir. Navegamos de puerto en puerto. Encontré a mucha gente de todas las razas y lenguas, compré y vendí mercancías, hasta que finalmente el barco totalmente cargado inició su viaje de vuelta. Una noche nos sorprendió una terrible tempestad, quedando roto el mástil y perdidos los remos. Por la mañana la tormenta cesó, y vimos que nuestra nave se encontraba cerca de las costas de un extraño País. Cuando el Capitán se dió cuenta de dónde estábamos se tiró de los pelos desesperado. — ¡Estamos perdidos! — exclamó.— ¡Éste es el País de los hombres vellu­ dos! Entre lamentos nos contó que los habitantes de aquella isla eran hombres parecidos a los monos, cuya piel obscura estaba por completo cubierta de pelo y que tenían ojos amarillos. Sin darnos tiempo ni a reponernos de nuestro descon­ suelo, aquellos monstruos asaltaron nuestro barco, nos rodearon, nos despojaron de nuestra ropa, nos arañaron, nos mordieron y para terminar nos obligaron a ir a tierra. Después pusieron un nuevo aparejo a nuestro barco y se alejaron en él. Anduvimos errantes por la isla, hasta que llegamos cerca de un palacio de piedra muy grande cuyas puertas de marfil se encontraban abiertas. Penetramos en él y llegamos a un patio grande. No había ningún ser viviente; así es que, ago­ tados, nos acostamos a la sombra de las grandes columnas y nos quedamos dor­ midos. Nos despertó un ruido tan ensordecedor, como si mil tormentas se hubieran desencadenado a la vez. De un salto nos pusimos en pie y vimos a un gigante de piel azul obscuro y de ojos centelleantes; tenía colmillos como los de un jabalí

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y garras como las de un león. Cuando lo vimos acercarse nos apretujamos los unos contra los otros cual polluelos asustados. El monstruo se inclinó, metió la mano en el grupo y, entre todos aquellos hombres temblorosos, ¡me escogió a mí! Me hizo un detenido examen con sus ojos de fuego, me tanteó todo el cuer­ po con sus manos y después me dejó en el suelo, tomó a otro de mis compañeros, después a otro, y así examinó a casi todos nosotros. Finalmente optó por el Ca­ pitán que era gordo y alto. — Contigo haré una buena comida — dijo el gigante, y su voz resonó como el trueno. Encendió fuego en el patio y preparó un asador. Entretanto nosotros, que nos habíamos repuesto un poco de nuestro susto, echamos a correr. El horrible ogro se quedó ahí riendo a grandes carcajadas, pues bien sabía él que no podíamos escapar de su poder. Estuvimos tratando de escondernos en árboles huecos, y en madrigueras abandonadas por los animales, pero sin ningún resultado. El gigante atrapaba cada anochecer a uno de nosotros. Después veíamos las llamas en el patio del palacio, y a la llegada de la mañana oíamos un enorme ruido, como si alguien estuviera arrancando rocas de una montaña. Era el gigante que roncaba des­ pués del festín. — No perdamos el tiempo lamentándonos inútilmente — les dije un día a mis compañeros que aún sobrevivían— . Vamos enseguida a buscar troncos para construir una balsa. Fuimos corriendo a la orilla del mar y no tardamos en construir una balsa con gruesos troncos de árbol. Cuando ya nos disponíamos a echarla al agua el gigante llegó y nos obligó a volver hacia el palacio como si fuéramos una manada de borregos. Otro de nuestros compañeros fué devorado en nuestra presencia, tras lo cual el gigante se acostó y se durmió como era su costumbre. Lo desesperado de nuestra situación nos infundió valor. Nueve de nosotros nos levantamos sin hacer ruido y tomando los espetones de asar carnes los pusimos a calentar al fuego hasta que las puntas estuvieron al rojo vivo; entonces se las clavamos en los ojos al monstruo, todos a la vez. Éste lanzó un grito terrible y en vano trató de atraparnos, por lo que abriendo las puertas de marfil salió del palacio. Nosotros por nuestra parte no nos quedamos allí perdiendo el tiempo, sino que corrimos presurosos a la orilla del mar; como la balsa la teníamos ya prepa­ rada, no tuvimos más que esperar la luz del día para empezar a navegar. Pero cuál no sería nuestra decepción cuando después de haber echado al agua la balsa, vimos llegar al gigante en compañía de su mujer, la cual era toda-

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vía más horrorosa que él. Ésta nos vió y tomando de la mano al gigante lo con­ dujo hasta la orilla. Ahí comenzaron a arrancar enormes piedras y a lanzarlas contra nosotros. Una de aquellas rocas cayó encima de la balsa, la cual quedó hecha pedazos, cayendo todos nosotros al agua. Una lluvia de enormes piedras seguía cayéndonos encima sin cesar y al parecer nadie saldría de allí con vida. Sin embargo yo logré ponerme a salvo. Me subí a los restos de la balsa y, como ya estaba solo, logré sostenerme ahí fácilmente. Por suerte una ola muy grande arrastró la balsa mar adentro. Las piedras y las rocas seguían cayendo en el agua detrás de mí, pero yo ya estaba muy lejos para que pudieran alcanzarme. Seguí alejándome más y más, a pesar de lo cual seguí escuchando los gritos del gigante durante mucho rato. De esta forma me encontré una vez más solo en medio del mar, hambriento, sediento y más pobre que un mendigo. Me preguntaba a mí mismo si realmente había tenido yo necesidad de afron­ tar tantos peligros. ¿Por qué no me quedé tranquilamente en mi casa? ¿Para qué ir al extranjero en busca de fortuna?; en aquel momento me hubiera conten­ tado con la sombra de una simple palmera al borde de un camino. Pero en lugar de eso allí estaba yo, rodeado de agua hasta donde podía alcanzar la vista, bajo los rayos del ardiente sol y sin una sola nube en el cielo. Me cubrí la cabeza con lo que me quedaba de ropa, para no coger una insola­ ción que me hubiera hecho perder el sentido. Resignándome a mi suerte me tapé la cara y los ojos y, agotado, me dormí. Cuando me desperté, dulces sones y un gorgueo encantador acariciaron mis oídos y pude escuchar el alegre murmullo de un manantial. Entonces vi que la balsa había abordado la arenosa costa de una espléndida bahía. Por doquier había árboles cargados de frutas; las orquídeas y otras flores raras resplandecían al sol. Con la transparencia del cristal los torrentes caían en cascada entre las rocas. Me levanté y con las piernas temblorosas me acerqué a uno de los riachuelos, donde hundí la cabeza y bebí con avidez. Un tanto repuesto después de calmar la sed y haber comido algunas frutas, me puse a caminar y al cabo de un rato llegué a una pradera donde había un anciano de barba y cabellos blancos y de aspecto amable. Me dirigí a él y le conté mis aventuras; el anciano me informó que al otro lado había un puerto importante, con barcos de todos los rincones del mundo. — ¡ Indicadme el camino! — le supliqué— . Os lo agradeceré el resto de mi vida.

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— Será un placer conduciros — dijo el anciano— , pero no puedo caminar. Estoy esperando que mi nieto venga a buscarme. No obstante si no tenéis inconveniente en llevarme a cuestas, os indicaré el camino y más o menos en una hora habremos llegado. Lo acomodé en mis hombros y él me señaló la dirección que debía seguir. Pero, apenas inicié la marcha, empecé a extrañarme de que aquel anciano pudiera pesar tanto. De pronto me rodeó el cuello con sus piernas, apoyó sus rodillas contra mi pecho y rió ahogadamente. — Te engañé — me gritó— , desde ahora tendrás que llevarme a cuestas toda tu vida. Al mismo tiempo me golpeaba las costillas obligándome a correr cada vez más aprisa y a dar vueltas aquí y allá. Hice esfuerzos inauditos para desemba­ razarme de aquel maldito anciano, pero todo fué en vano. De esta forma me con­ vertí en su esclavo. Ni siquiera durante la noche se bajaba de mis hombros. Me veía obligado a dormir sentado y a cada rato el anciano me despertaba para atormentarme. Así pasaron muchos días y muchas noches, yendo y viniendo por el bosque lleno de hermosos pájaros y flores y agradables sotos, pero sin que yo pudiera gozar de la belleza circundante. El dolor de mi espalda y de mis costillas se agudizaba cada vez más. Tenía la impresión que cada día me debilitaba más, y que el anciano se hacía cada día más pesado y más turbulento. Un día nos detuvimos cerca de una pequeña colina, donde había una viña; el anciano quería comer uvas. En el suelo vi una vieja cantimplora vacía. La tomé y la llené de uvas hasta los bordes, y después me la llevé, exponiéndola al ardien­ te sol. Pasados algunos días las uvas fermentaron, convirtiéndose en un vino claro pero fuerte. Cuando traté de beber en la cantimplora el anciano me la arrebató de las manos, y se bebió todo su contenido sin dejar una gota. Enseguida se puso a gritar y a cantar y a golpearme con las piernas y las manos para obligarme a bailar con él. Felizmente, aquello no se prolongó mucho tiempo. Pronto me percaté de que sus piernas se aflojaban y que ya no me apretaba con tanta fuerza. Con un mo­ vimiento me lo sacudí de los hombros y el anciano se cayó al suelo, cual fruto maduro que cae de un árbol. Tuve la sensación de que acababa de deshacerme del peso de una montaña y observé al anciano. Allí estaba cuán largo era, tirado en la hierba sin sentido. Dejé allí al anciano que dormía como un tronco y tomé la dirección por donde muchas veces había observado dirigirse a las palomas. Caminé durante dos

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días y por fin llegué a la Ciudad donde estaba el puerto de mar. Deambulé por las calles y anduve por los mercados pero en todos los lugares oía hablar en una len­ gua que me era desconocida. Ya entrada la tarde, cuando me encontraba descan­ sando junto a una fuente, en un mercado, escuché de pronto unas palabras pro­ nunciadas en mi propio idioma. Me levanté de un salto y me acerqué corriendo a un grupo de personas ele­ gantemente vestidas. Les dirigí la palabra y me miraron como a un insensato; aquello no me habría extrañado si yo hubiera podido verme a mí mismo. Lo único que me quedaba de ropa eran unos harapos alrededor de la cintura; tenía la cara completamente llena de arrugas; una barba larga y abundante, y el cuer­ po todo quemado por el sol. Así de cambiado estaba, a consecuencia de tan te­ rribles peregrinaciones. No parecían muy dispuestos a dar crédito a mi relato. Sin embargo, cuando les conté mi aventura sobre la isla en el lomo del gigantesco animal, se volvieron y empezaron a cuchichear entre ellos. De repente uno de ellos exclamó: — ¡Vos sois sin duda, Sindbad, el mercader de Bagdad! Asentí con gran alegría y todos me abrazaron y me dieron la bienvenida. Por mi parte reconocí en ellos a mis compañeros del primer viaje, los que habían conseguido salvarse antes que el animal — y la isla formada en su lomo— se zambullera en las profundidades del mar. El barco se hallaba en aquel momento anclado en el puerto. Al día siguiente me llevaron a bordo y me entregaron mis pertenencias que me habían guardado todo aquel tiempo; después me dieron ropa nueva y otra vez volví a estar presentable. Debido a que ya habían terminado sus negocios, nos hicimos a la mar para volver a casa. Llegamos a Bagdad sanos y salvos y después de vender todas mis mercancías me compré una casa con un jardín y una viña. Con la mucha expe­ riencia adquirida en el comercio, logré acumular mucha riqueza en algunos años. En esto me ayudó mucho las experiencias adquiridas en el transcurso de mis via­ jes. Pero desde entonces no he vuelto a viajar por mar. Cuando quiero cambiar o vender mercancías, mando a alguien en mi lugar. Soy dueño de tres navios que desafían los mares, pero ni una sola gota de agua salada llega hasta mí. Cuando Sindbad el Marino terminó su historia, esperó a ver qué comentarios hacía Sindbad el Cargador. Pero éste guardó silencio. Entonces su rico anfitrión le sirvió vino y dijo: — Ya terminé el relato de mis viajes, y os pregunto si no es justo que al fin goce de una vida tranquila y apacible. Sindbad el Cargador seguía pensativo y finalmente preguntó a Sindbad el

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Marino: — ¿Durante cuánto tiempo llevásteis a cuestas a aquel anciano obsti­ nado? — Muchos días, seguramente no menos de cuatro semanas. — ¿ Y creéis que hubierais podido llevarlo durante un año o incluso varios años? — Apenas medio año — contestó Sindbad el Marino— , y quizá hasta me hu­ biera muerto antes. Entonces Sindbad el Cargador le dijo: — Yo sin embargo llevo a cuestas a un anciano como aquél, desde hace treinta años. Me pesa cada día más, me lleva de aquí para allá, me quita el pan de la boca, por la noche me pesa en la espalda y no consigo deshacerme de él. Sindbad el Marino entendió lo que quería decir su homónimo, le hizo muy buenos regalos y le propuso que abandonara su trabajo de cargador y se quedara con él para el resto de su vida.

HISTORIA

DE

JOWDAR

Y

SUS

HERMANOS

Había una vez un mercader que tenía tres hijos. Cuando ya el peso de sus muchos años le hizo presentir que la muerte estaba próxima, dividió en cuatro partes todo lo que poseía. Una parte sería para su esposa y las tres restantes, iguales, para cada uno de sus hijos. El mercader murió poco tiempo después. Los dos hijos mayores, descontentos de la herencia que les tocó, intentaron un proceso contra el hermano menor Jowdar, respecto de la parte que éste heredó. El asunto fué llevado tantas veces ante los tribunales, que al fin de cuentas no les quedó nada de lo que habían heredado. Por su parte Jowdar estaba también arruinado. Pero los dos hermanos mayores se apoderaron de la parte que correspondía a su madre, obligando a ésta a vivir mendigando. Jowdar, por el contrario, no se olvidó de su madre. Adquirió una red y una barca y diariamente iba al lago a pescar. Vendía lo que podía y el resto lo cam­ biaba por pan y por frutas, con lo cual vivían precariamente su madre y él. Los dos hermanos mayores no tardaron mucho en gastar la parte que co­ rrespondía a la madre y azuzados por el hambre, fueron en busca de ella a pedirle

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que les ayudara. Lejos de echarlos de su lado dió a sus dos hijos todo lo que pudo, incluso su propia comida; evitando que Jowdar se enterara. No pasó sin embargo mucho tiempo sin que éste se diera cuenta de lo que pasaba, pero como tenía un corazón noble no dijo nada, sino por el contrario trabajó todavía con más tenacidad para poder mantener también a sus dos hermanos. De costumbre Jowdar tenía suerte y pescaba bastante, pero grande fué su desconsuelo cuando un día recogió su red del agua y vió que estaba vacía. Lo mismo ocurrió al otro día y los días subsiguientes. A consecuencia de esto la situación se agravaba y la familia pasaba cada día más hambre. Un día que en vano trataba de pescar, vió venir hacia él a un hombre mon­ tado en una mula y vestido con costosos atuendos. — ¡Mis saludos Jowdar, hijo de Omar! — le dijo el forastero, y Jowdar un tanto sorprendido de que el forastero aquel lo conociera por su nombre, lo sa­ ludó a su vez. El forastero echó pie a tierra y dijo: — Vengo de la Ciudad de Maghriba. Voy a pedirte un favor, Jowdar, y jamás en tu vida te pesará nuestro encuentro de hoy. Acto seguido le entregó una cuerda a Jowdar rogándole que lo atara con ella y lo empujara al agua. Jowdar se negaba a hacerlo pero el extranjero insistía. —-Átame, no tengas miedo — le dijo— y después me tiras al agua. Si ves mis manos emerger del agua, echa la red y sácame. Si por el contrario ves mis pies lo primero es que me he ahogado. En ese caso toma la mula y la conduces al mercado. Allí encontrarás sentado delante de una tienda a un hombre que se parece a mí. Le entregas la mula y a cambio de ello él te dará cien dinares. Jowdar tardaba en decidirse por lo que el forastero tuvo que emplear todo su poder de persuasión para convencerlo de que hiciera lo que le pedía. Final­ mente Jowdar accedió; después de haber empujado al hombre al agua, aguardó un momento y vió aparecer los pies del forastero de Maghriba. — ¡ Qué remedio! — se dijo, y tomando las riendas de la mula, la llevó a la Ciudad, donde vió a un hombre que se parecía al de Maghriba, que estaba sentado delante de una tienda y que se levantó dirigiéndose hacia él. Sin pronunciar una sola pa­ labra, aquel hombre tomó la mula y entregó cien dinares a Jowdar. Aquella noche, Jowdar, su madre y sus hermanos comieron bien, gracias al encuentro del pescador con el hombre de Maghriba y su mula. Al día siguiente Jowdar fué otra vez a pescar. Cuando se disponía a echar la red al agua, vió venir hacia él a otro hombre a lomos de una mula. También él

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llevaba ricas vestiduras y era idéntico al hombre de Maghriba del día anterior. Se apeó de su cabalgadura e insistió para que Jowdar le contara detalladamente todo lo ocurrido la víspera. No quedó satisfecho hasta que Jowdar le contó toda la historia; hecho lo cual y ante la gran sorpresa de éste el forastero le suplicó que hiciera con él lo que el otro hombre le pidió que hiciera el día anterior. Tras dudar largo rato, Jowdar consintió; ató al extranjero y lo echó al agua con gran ruido. Esperó un poco y cuando vió al forastero aparecer en la super­ ficie del agua con los pies para arriba, tomó la mula y la llevó al mercado. Por segunda vez le entregaron cien dinares. Los compartió con sus hermanos y juró no ir más a pescar. Pero a la mañana siguiente se sentía intranquilo. Parecía que había algo que lo impulsaba a ir hacia el lago, y finalmente hacia allá se dirigió. En el preciso momento en que echaba su red al agua, un hombre que era el vivo retrato de los dos ahogados, apareció montado en una mula. Hizo su presentación, asegurando que venía de la Ciudad de Maghriba e inquirió si tenía el honor de hablar con Jowdar, hijo de Omar. Jowdar asintió con la cabeza, le contó lo sucedido dos días antes y le rogó que no le pidiera ningún favor, pues ya no le quedaban ganas de arrojar al agua a nadie más. Pero el hombre de Maghriba insistió para que Jowdar hiciera con él lo que había hecho con los otros dos y le explicó por qué. — Los dos hombres que se ahogaron aquí, eran mis hermanos — principió el forastero— . Éramos cuatro. Nuestro padre nos enseñó varias fórmulas mágicas y nos legó al morir grandes tesoros entre los cuales se contaba el Libro de los Sabios. A causa del libro hubo disputas entre nosotros, y como no llegábamos a ponernos de acuerdo, sobre quién debía ser su dueño, decidimos ir a consultar al Sheikh, el cual nos dijo: “ El libro será para aquél que me traiga el Espejo del Universo, la Sortija de todos los Viajes y la Espada del Relámpago. El dueño de la Espada puede vencer a todos los ejércitos. El dueño del Espejo puede ver hasta los lugares más recónditos de la Tierra y encontrar a quien quiera, por bien escondido que esté. El dueño de la sortija puede ir a dónde quiera; lo único que necesita es darle vueltas” . “ Así nos habló el Sheikh y después nos dijo que la única persona que podía ayudarnos era Jowdar, hijo de Omar; al cual podríamos encontrar pescando junto al lago, al otro lado de la Ciudad; y al que debíamos de pedir que nos atara y nos arrojara al agua. Una vez dentro del agua teníamos que apoderarnos de dos de los hijos del mago Al-Mulik. El que lo consiguiera de nosotros, podría ir en com­ pañía de Jowdar a la búsqueda de los tres objetos mágicos” .

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“ Cuando el Sheikh terminó de hablar, nosotros discutimos para acordar lo que debía hacerse y uno de mis hermanos, el que te compró las dos muías en el mercado, convino en no intentar apoderarse del libro y en prestarnos su ayuda para encontrarte a ti y tenernos al tanto de todo. Después nosotros tres, uno tras otro, fuimos viniendo aquí. El resto de la historia ya lo sabes. Hoy me toca a mí probar suerte. Átame, Jowdar, y arrójame al agua.” Jowdar hizo lo que le pedían y el forastero desapareció en el agua. Jowdar estaba seguro de que el forastero había corrido la misma suerte que los dos que le precedieron cuando, de pronto, vió surgir dos manos del agua, en una de la cuales había dos peces rojos. Sin perder tiempo, echó la red al agua y sacó de ella al hombre de Maghriba. Éste, después de sacudirse, abrió la doble alforja que llevaba la mula y ponien­ do un pez en cada una de ellas, dijo: — ¡Te estoy muy agradecido, Jowdar! Sin embargo todavía te necesito. Mientras tanto, toma estos mil dinares. Entrega este dinero a tu madre, para que tenga con qué vivir y dile que te vas a recorrer el mundo durante algún tiempo. No digas ni una palabra de lo que aquí ha su­ cedido o de lo que yo te he dicho. No te pesará el acompañarme. Jowdar tomó los mil dinares y se los entregó a su madre. Le dijo que se iba a viajar por el mundo una temporada, prometiéndole volver a su lado. Encargó a sus hermanos que cuidaran a su madre durante su ausencia. Al día siguiente se puso en camino con el hombre de Maghriba y viajaron toda la mañana. A eso del medio día, el hombre dijo: —¿Tienes hambre, Jowdar? — Así es — contestó Jowdar. — ¿Qué quisieras comer? Jowdar dijo que un trozo de pan y queso. — Tú mereces algo mejor que eso — respondió el hombre de Maghriba, al tiem­ po que golpeaba la alforja— . ¿Te gustaría un pollo asado, o arroz con crema y con miel, o quizá prefieras bombones y vino dulce? Y así nombró todavía co­ mo cuarenta platos más. — ¿Cómo es posible que puedan caber tantos platos de comida en esta alforja? — exclamó Jowdar. Apenas hay lugar para dos pollos pequeños. — Fíjate bien — dijo el hombre. Y abriendo la alforja sacó un plato dorado que contenía un pollo asado. Después sacó un segundo plato con arroz, crema y miel, después un tercero y así continuó hasta colocar delante de Jowdar cuarenta platos dorados conteniendo cada uno un manjar diferente, a cual mejor.

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Jowdar estaba tan asombrado que no podía ni hablar. — Sírvete — le aconsejó el hombre— . Los dos peces que saqué del lago y que guardé en la alforja, son los hijos de Al-Mulik el mago, y ahora están a mi ser­ vicio. Cuando Jowdar hubo satisfecho su apetito, siguieron viajando y una semana más tarde llegaron a la Ciudad de Fez. El hombre de Maghriba buscaba un palacio en ruinas; cuando lo encontró se detuvo. Dejó a Jowdar con las cabalgaduras y se puso a trepar por entre las ruinas hasta que encontró lo que andaba buscando. Entonces llamó a Jowdar y juntos bajaron por una escalera al final de la cual había dos grandes puertas de cobre. — Ahora, Jowdar — dijo el hombre de Maghriba— , tienes que penetrar por estas puertas a un sombrío pasadizo. No te fijes en nada, ve derecho hacia adelante hasta que llegues ante una cortina de oro. Aparta la cortina a un lado y penetra en el cuarto que hay detrás. Allí verás a tu madre, sentada en un cofre de plata. No te extrañes si ella te pide que le pegues en la cara. No es realmente tu madre, sino el guardián del cofre que ha adoptado la apariencia de tu progenitora. Cuando le hayas pegado, se transformará en serpiente y se deslizará hacia afuera. Entonces podrás abrir el cofre. Saca el Espejo del Universo, la Sortija de Todos los Viajes y la Espada del Trueno y me los traes. Después de esto ya no te pediré nada más. Su acompañante dió tres golpes en las puertas de cobre y cuando se abrieron empujó a Jowdar hacia el sombrío pasadizo. Jowdar, con las piernas tembloro­ sas, caminó por el pasillo sin mirar ni a derecha ni a izquierda, hasta que llegó ante la cortina de oro. Detrás estaba el cofre de plata y, sentada encima, había una mujer. Esta se levantó el velo y Jowdar reconoció en ella a su propia madre. Al verla, éste se quedó como petrificado. Trató de levantar la mano, pero, a pesar de que era más bien tímido, hubiera preferido tener que pelear contra un dragón que pegarle a su madre. No lograba convencerse de lo que el hombre de Maghriba le había dicho, que aquella mujer no era en verdad su madre, sino el guardián del cofre que había tomado su apariencia. Sencillamente no podía hacer lo que aquél hombre le había pedido que hiciera, y empezó a retirarse. Pero en ese preciso momento la habitación quedó sumida en la más completa obscuridad. De repente volvió la luz y Jowdar vió que el cofre se había abierto solo. Entonces se decidió: tomó el Espejo del Universo, la Sortija de todos los Viajes y la Espada del Relámpago, volviendo atrás apresuradamente.

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El hombre de Maghriba dio las gracias a Jowdar y se mostró encantado con los objetos mágicos. Le preguntó a Jowdar sobre lo sucedido en la habitación del cofre y éste confesó toda la verdad. — Jowdar, eres un buen hijo — dijo aquél hombre— . Si le hubieras pegado a la mujer, la mala suerte hubiera caído sobre nosotros. Cualquier otro en tu lugar hubiera, quizá, fracasado ante esa prueba. Pero para ti, el amor y el respeto hacia tu madre, son más importantes que cualquier tesoro. Seguidamente el hombre de Maghriba dió vueltas a la Sortija de todos los Viajes y emitió el deseo de que ambos fueran transportados a la Ciudad natal de Jowdar. De inmediato se encontraron ante las puertas de la Ciudad, donde Jowdar encontró a su madre pidiendo limosna. Hecha un mar de lágrimas, ésta le contó que en el mismo momento en que se despidió de ella, sus dos hermanos se habían apoderado de todo su dinero y la habían echado de su casa. Jowdar la consoló y le aseguró que desde aquel momento no le faltaría nada y que tendría todo lo que deseara. El hombre de Maghriba dió gracias por todo a Jowdar, le entregó la alforja mágica y se despidió; Jowdar y su madre se dirigieron hacia su casa. Cuando llegaron a ella los hermanos no estaban. Al llegar estos dos, se pusieron a gritar como energúmenos, diciéndole a Jowdar cómo es que se había atrevido a instalarse en la casa de ellos. Jowdar les contó enseguida lo de la alforja mágica poniéndose inmediatamente a sacar pla­ tos y más platos, todos ellos preparados con los manjares más deliciosos. Al ver aquello, los dos hermanos fingieron gran regocijo por el regreso de Jowdar. Pero a la siguiente mañana fueron al puerto a entrevistarse con un hombre que se dedicaba a enrolar marineros. Le manifestaron, quejándose, que tenían un hermano muy malo, que abusaba de ellos y de su madre, y le dijeron que se sentirían sumamente aliviados si pudieran deshacerse de él. Aquel hombre les dijo que le trajeran a semejante hermano y que, por cierta cantidad de dinero, él se encargaba de ponerlo a buen recaudo. Aquella misma noche los dos hermanos invitaron a Jowdar a dar un paseo por el puerto. Allí unos cuantos marineros atraparon a Jowdar, lo ataron y lo llevaron a un barco. Los dos hermanos regresaron muy contentos a casa e inmediatamente echaron a su madre a la calle; desde entonces no perdían de vista ni un minuto a la alforja mágica, dedicándose casi únicamente a comer y a beber. Mas no habían pasado muchos días cuando ya empezaron a pelearse a causa de la alforja. Así es que terminaron por llevar el asunto ante un juez, el cual, al

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enterarse del poder mágico del objeto de la disputa, se apoderó de él y los mandó a los dos a la cárcel. Después le regaló la alforja al rey, la cual, a partir de aquel momento, proveía la mesa real de comida a cualquier hora del día o de la noche. Mientras tanto, Jowdar navegaba por los siete mares, en medio de las tor­ mentas y un calor abrasador, padeciendo hambre y sed. Finalmente el barco naufragó, pereciendo ahogados la mayoría de los tripulantes. No así Jowdar que consiguió salvarse. Anduvo errante a través de muchos países, hasta que por fin un día llegó a una gran Ciudad. Un día que andaba por las calles desmayándose de hambre y ago­ tado por el calor, oyó de pronto que alguien le dirigía la palabra. Se volvió y vió a su amigo el hombre de Maghriba. Éste lo condujo de inmediato a su casa, y allí Jowdar le contó todo lo que le había ocurrido desde el momento en que los marineros lo llevaron al barco. El hombre de Maghriba preparó un buen baño y le trajo a Jowdar ropa lim­ pia. Cuando este último se aseó y comió, su anfitrión le dijo: — Te encuentras en la Ciudad de Maghriba. Acompáñame a ver al Sheikh y ahí podrás saber lo que ha sido de los tuyos. El hombre presentó a Jowdar al Sheikh diciéndole que era el joven que le había ayudado a encontrar el Espejo del Universo, la Sortija de todos los Viajes y la Espada del Relámpago. Después preguntó si podían mirar en el Espejo mágico. El Sheikh los condujo a su cuarto especial y abrió una cortina. El espejo era del tamaño de un plato. El Sheikh limpió el cristal con los dedos; Jowdar vió enton­ ces un j uego de luces y sombras en la superficie del Espejo y pudo oír el sonido de voces lejanas. Las sombras fueron gradualmente tomando formas humanas, y de pronto Jowdar distinguió en el Espejo a sus hermanos. Los escuchó mani­ festar su gozo por haberse desembarazado de él y descubrió cómo se habían puesto de acuerdo para ello con el hombre del puerto. También pudo ver cómo el juez les quitaba la alforja a sus hermanos y los mandaba encerrar en la prisión, para después obsequiar al rey con ella. Pero lo que más afligía a Jowdar era saber que su madre estaba nuevamente pidiendo limosna en las puertas de la Cuidad. Una vez enterados de todo lo que querían saber, el hombre de Maghriba vol­ vió a su casa en unión de Jowdar. Éste agradeció a su anfitrión la invitación que le hacía para que se quedara algunos días en su casa, pero Jowdar deseaba ante todo regresar a su País con el fin de ayudar a su madre. Antes de que Jowdar partiera, el hombre de Maghriba le colocó alrededor del cuello una cadena a la cual estaba sujeta una bolita de cobre.

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— Te prometí una recompensa por tus servicios — dijo el hombre— y ya es hora de que cumpla mi promesa. Con la ayuda de la Sortija de todos los Viajes el Sheikh hará que llegues a tu tierra. Al anochecer te encontrarás en los alre­ dedores de tú ciudad natal. Cuando estés allí frota con los dedos la bola suspen­ dida a la cadena y al mismo tiempo expresa el deseo de que en el sitio exacto en que te encuentres aparezca un palacio mil veces más hermoso que el del rey. Expresa también el deseo de que la alforja vuelva nuevamente a tu poder. El rey mandará a su ejército contra ti, pero con la ayuda de esta bolita de cobre tú vencerás y, a la postre, serás rey. Aquella misma noche, Jowdar llegó a las puertas de su Ciudad natal. Siguien­ do el consejo del hombre de Maghriba, frotó la bola de cobre con los dedos y pidió que, en el sitio donde estaba, surgiera un palacio mil veces más hermoso que el del rey. En el mismo momento, un magnífico palacio, con techo y torres doradas, surgió de la tierra. Jowdar se vió rodeado de criados que lo condujeron a una gran sala en la cual cantaban y bailaban unas lindas jóvenes. Nuevamente frotó la bola y pidió que su madre apareciera a su lado. Su deseo se cumplió al instante. Al encontrarse en aquel magnífico palacio, su madre creyó estar soñando. Jowdar la condujo a una espléndida vivienda y dió instrucciones para que la trataran como a una reina. Acto seguido, frotó por tercera vez la bola de cobre y pidió que la alforja mágica volviera a su poder; inmediatamente la alforja se encontró junto a él. Entre tanto, en el palacio real había una gran confusión. El rey había ofre­ cido una gran recepción; los cocineros no se daban abasto a sacar platos de la alforja cuando, de repente, ésta desapareció de la cocina. Informaron al rey de lo acaecido; registraron el palacio hasta el último rincón, pero la alforja no apareció por ningún lado. El mal humor del rey se acentuó cuando, al despertarse a la mañana siguiente, vió un inmenso palacio situado al otro lado de la Ciudad, un palacio junto al cual, el suyo propio, parecía una humilde cabaña de pescador. Envió a un men­ sajero al nuevo palacio, con instrucciones de emplazar a aquel imprudente que había tenido la osadía de colocarse, por su cuenta y riesgo, por encima del rey, a que fuera inmediatamente al palacio real a dar cuentas de su atrevimiento. Pero en cuanto el mensajero del rey llegó a las puertas del palacio de Jowdar, dos hombres grandes y fuertes se lanzaron contra él y le propinaron una buena tunda.

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Cuando el rey supo aquello, se enfureció terriblemente y ordenó a su ejército que tomara el palacio por asalto e hiciera prisionero a su dueño. Pero cuando el ejército real llegó ante el palacio de Jowdar quedó detenido como clavado en el suelo. Nadie podía siquiera levantar un dedo, y los caballos eran incapaces de avanzar o de retroceder. El poder de la bola de cobre se manifestaba de nuevo. El rey, que desde su ventana observaba atentamente a su ejército, vió la situación en que éste se encontraba y su rabia no tuvo límites. Pero su visir le aconsejó que él personalmente fuera al palacio aquel, que era la única solución, ya que el que allí reinaba era a todas luces más poderoso que el mismo rey; le dijo, además, que debía procurar llegar a un acuerdo con el dueño del palacio. En compañía de su visir, el rey se dirigió al palacio de Jowdar. Éste lo recibió con todo respeto. Se preparó una cena espléndida y el rey empezó a pensar que, efectivamente, Jowdar era un noble príncipe. En el transcurso del banquete, el rey le dijo a Jowdar: — Veo que sois muy po­ deroso y me sentiría muy honrado si aceptárais ser mi aliado. Jowdar aceptó y antes de que la fiesta terminara el rey le había ofrecido su hija en matrimonio. La hija del rey era en verdad una princesa muy bella, alta y esbelta como un mimbre y su piel era blanca como la flor de lis. En el momento en que la princesa y Jowdar se vieron quedaron enamorados el uno del otro. La boda se celebró ahí mismo y en el acto; encargándose la alforja mágica de hacer de aquella ceremonia un acontecimiento memorable. Cuando las festividades terminaron, Jowdar donó la alforja mágica al tesoro del País, ordenando al mismo tiempo que, a partir de aquel momento, ningún súbdito de la nación padeciera hambre. El rey, por su parte, decidió ceder su trono al sabio Jowdar, ante la aprobación general, pues todos estaban de acuerdo en que jamás hubo un rey tan bueno en el mundo entero. Pero ¿qué había ocurrido con los hermanos de Jowdar? Habían sido puestos en libertad y desterrados del País por ser tan malos. Jowdar les regaló un barco aconsejándoles que se fueran a otro lado a ganarse la vida transportando mercan­ cías. Se fueron de ahí y nunca más volvieron a oír hablar de ellos. Un día, Jowdar llevó a su linda esposa por las afueras de la Ciudad a pasear, junto al lago mágico, origen de su buena fortuna. Estando inclinados sobre el agua, viendo los plateados peces jugar de aquí para allá, oyeron un ruido, como el que hace una piedra al caer al agua. Jowdar se llevó la mano al pecho y vió

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que la bolita de cobre se había caído, y que sólo le quedaba la cadena rota, col­ gándole todavía del cuello. Pero ¿para qué necesitaba ya la bolita mágica? Sus más caros deseos estaban ya cumplidos y además todavía le quedaba la alforja mágica, con la cual, tanto su familia como él y todo su pueblo, tenían asegurado el bienestar para toda la vida. El pueblo, feliz, no escatimaba los elogios y Jowdar vivía contento viendo contento a su pueblo; reinó dichoso durante muchos años.

A L Í BA BÁ Y LOS

CUARENTA

LADRONES

Había una vez, en Persia, dos hermanos llamados, el uno Kassim y el otro Alí Babá. Kassim tenía una esposa muy rica y vivía bien, mientras que Alí Babá era tan pobre que apenas ganaba para comer. Todas las mañanas muy temprano se iba al monte con sus tres burros a cortar y preparar haces de leña; al atar­ decer cargaba la leña en los burros y se iba a casa vendiéndola. Con el poco di­ nero que obtenía con su trabajo compraba algo para cenar él y su mujer, aunque frecuentemente se iban a la cama con mucha hambre. Estando un día Alí Babá trabajando en el bosque, vió una nube de polvo y oyó un galopar de caballos. Asustado, dispersó a sus burros y él se subió lo más alto que pudo a una encina. Cuarenta jinetes, dirigidos por un hombre de aspecto terrorífico, se aproximaron al galope, descendieron de sus caballos y de­ sataron unos pesados bultos que traían sujetos a las sillas. Cargándose los bultos en los hombros, se dirigieron con ellos hacia una roca rodeada de árboles. El jefe de la banda apartó una rama que tapaba una puerta de hierro incrustada en la roca y gritó: — ¡ Sésamo, ábrete! En el acto y ante el asombro de Alí Babá la puerta se abrió. Uno tras otro los ladrones (pues no cabía la menor duda de que se trataba de ladrones) llevaron

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sus bultos al interior de la gruta; cuando todos terminaron A lí Babá oyó decir al jefe de la banda: — ¡ Sésamo, ciérrate! La puerta se cerró enseguida. Los ladrones volvieron a montar en sus caba­ llos y toda la banda salió galopando a través del bosque. Lleno de asombro, aunque también un tanto asustado, Alí Babá esperó hasta que aquellos hombres desaparecieron; entonces bajó del árbol, se acercó a la roca y gritó: — i Sésamo, ábrete! La puerta se abrió y Alí Babá entró. Se encontraba en una gruta muy grande y sin tener tiempo ni de volverse, la puerta se cerró tras él con gran ruido. Pero casi ni cuenta se dió de ello, de tan ensimismado que estaba por lo que veían sus ojos. La gruta estaba toda alumbrada con magníficos candelabros de cristal y por dondequiera había mesas doradas, cubiertas con manteles bordados y repletas de bebidas y ricos manjares. Alí Babá probó un poco de cada plato, hasta que no tuvo más hambre. Cuando ya no quedaba nada más interesante que ver en aquella sala, siguió ade­ lante por la cueva y penetró en otra estancia. Allí había montones de espléndidos ropajes y fardos de magníficos tejidos; costosas alfombras cubrían el suelo. Eran tantas y tan hermosas las cosas que había allí, que hubieran bastado para mil potentados y para amueblar cien palacios reales. De allí, Alí Babá pasó a otra sala, la tercera que visitaba. Ésta rebosaba de tesoros. Amontonadas en el suelo, había perlas y diamantes, cual si se tratara de piedras comunes y corrientes. Había cofres tan repletos de piezas de oro que no se podían ni cerrar; por doquier había bolsas desbordantes de aretes y pulseras, y preciosos vestidos adornados con oro cubrían las paredes. Alí Babá iba y venía de derecha a izquierda llenándose los bolsillos y vacián­ doselos para volverlos a llenar, cuando lo que veía le parecía más bonito que lo que ya había cogido. Al final prefirió las piezas de oro y llenando tres sacos, los llevó junto a la puerta. — ¡Ábrete, sésamo!— gritó, y la puerta se abrió al instante. Alí Babá salió y la puerta se cerró a sus espaldas. Cargó los tres sacos de oro sobre los burros, los disimuló con fardos de leña y tomó alegremente el camino de vuelta, con la seguridad de que, a partir de entonces, su riqueza les permitiría vivir tranquilos a él y su mujer, hasta el fin de la vida. Al principio su mujer se asustó, cuando vió el contenido de los sacos, y no

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quería saber nada de toda aquella riqueza. Pero cuando Alí Babá le explicó lo ocurrido, se mostró encantada y empezó a contar aquella enorme cantidad de piezas de oro. — A este paso, tardarás una semana en contar — dijo Alí Babá— . Será me­ jor que dejes eso por ahora y me ayudes a buscar un buen escondite. No es cosa de dejar aquí todas estas monedas de oro. — Si no quieres que cuente las piezas déjame al menos que las mida — contestó la mujer— . Después de todo creo que debemos saber cuánto dinero tenemos. Alí Babá no gustaba de discutir con su mujer, así es que la dejó hacer lo que quería. Ésta sin perder un momento, fué a casa de Kassim a pedirle prestada, a la esposa de éste, una vara de medir. Esta última sintió curiosidad por saber para qué podrían necesitar una vara de medir aquellos parientes tan pobres; así es que, antes de prestársela, untó un poco de cera en la parte inferior de la vara. La mujer de Alí Babá volvió enseguida a su casa e inmediatamente se puso a medir las piezas de oro. Había diez medidas completas. Ni Alí Babá ni su mujer se dieron cuenta de que una moneda de oro había quedado adherida por la cera a la vara de medir. En cuanto que le devolvieron la vara de medir, la mujer de Kassim la examinó y vió la moneda de oro. La envidia se apoderó de ella y empezó a hacerle repro­ ches a su marido y a tratarlo de idiota, diciéndole que mientras él tardaba tanto tiempo en amasar una fortuna, Alí Babá era tan rico que tenía que contar su dinero con una vara de medir. Kassim se echó a reír y le dijo que estaba loca, pues no comprendía él dónde hubiera podido Alí Babá encontrar tanto dinero. Su mujer le enseñó entonces la moneda de oro y Kassim sintió su corazón traspasado de envidia. Salió corriendo y fué a casa de Alí Babá, al cual empezó a amenazar con denunciarlo si no le revelaba de qué manera había logrado obtener todo aquel oro. Alí Babá explicó todo a su hermano; sin perder tiempo, Kassim preparó doce muías y se encaminó hacia el bosque. Cuando llegó a la roca, ató las muías a un árbol y acercándose a la puerta de hierro gritó: — ¡Ábrete, sésamo! La puerta se abrió inmediatamente y Kassim entró. Al igual que Alí Babá, Kassim quedó deslumbrado por las maravillas que se ofrecían a sus ojos. Pareció haberse vuelto loco de repente. Pretendía arrastrar hasta la puerta los pesados cofres llenos de oro y los sacos de joyas. Al no poderlo conseguir, tomó un casco

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de oro y comenzó a llenarlo de oro y joyas. Hizo un montón con todo lo que iba cogiendo, cerca de la puerta. Cuando le pareció que ya tenía bastante, se fué hacia la puerta para ordenar que se abriera. Pero al tratar de hacerlo comprobó, aterrorizado, que se le había olvidado la palabra exacta. En vano gritaba: “ ¡Ábrete, trigo!” “ ¡Ábrete, cebada!” “ ¡Ábrete, arroz!” , y así siguió nombrando todo cuanto tipo de semilla conocía, pero lo de sésamo no le venía a la cabeza. Agotado por el esfuerzo, se sentó en el suelo pensando con espanto en la apurada situación en que se encontraba. De pronto, oyó ruido de pasos de caballos que se acercaban. Eran los ladro­ nes que volvían con un nuevo botín. A Kassim le dió un brinco el corazón. Oyó a los ladrones discutir acaloradamente; habían encontrado sus muías y temían que alguien les hubiera preparado una emboscada. Finalmente, Kassim oyó gritar a uno de ellos: — ¡Ábrete, sésamo! La puerta se abrió y Kassim salió precipitadamente, tropezando con los la­ drones. Éstos se abalanzaron contra él y lo mataron. Después de aumentar el te­ soro con el nuevo botín que traían, colocaron el cuerpo de Kassim detrás de la puerta, por el interior, de manera que sirviera de advertencia a cualquiera que tuviera la osadía de penetrar en la cueva. Después partieron al galope. Mientras tanto, y debido a que Kassim no volvía a su casa, su mujer se sentía sumamente preocupada. Cuando ya la espera se le hacía insoportable, fué a ver a Alí Babá y le pidió que fuera en su busca. Alí Babá presintió que algo malo le había ocurrido a su hermano en la cueva, por lo que sin demorar se dirigió al bosque. Fué derecho hacia la roca y valiéndose de la palabra mágica abrió la puerta. Al ver el cuerpo de su hermano allí detrás, imaginó lo sucedido. Colocó pues el cuerpo de Kassim encima de una mula y al anochecer se lo llevó. Alí Babá se encargó de preparar los funerales, e hizo saber que su hermano había muerto por haber bebido agua infectada; después del entierro él y su mujer se mudaron a casa de su cuñada, pusieron en común el dinero de ella y el que él había traído de la cueva de los ladrones e iniciaron la vida juntos. Vivían bien y ya no se acordaban de los ladrones. Un día los ladrones volvieron a la cueva, cargados de nuevas riquezas. Que­ daron altamente sorprendidos al ver que el cuerpo de Kassim había desaparecido de detrás de la puerta de la cueva. Hicieron el juramento de dar con el que había descubierto el escondite y matarlo dondequiera que se encontrara. Tras una pro­ longada discusión, el jefe designó al más valiente e inteligente de los cuarenta;

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le encomendó que se disfrazara de mercader y fuera a la ciudad más cercana. Allí debería informarse si alguien había sido enterrado últimamente y si alguna otra persona se había enriquecido de pronto. El ladrón deambuló por la ciudad, dió vueltas por el mercado y con hábiles preguntas hechas a unos y a otros, se enteró que hacía poco tiempo un tal Kassim, hombre bastante rico, había recibido sepultura, que su familia había comprado plantaciones de árboles frutales y viñas y que después se habían mudado a una residencia cuyo dueño anterior era un sheikh. El ladrón logró que alguien le indicara cuál era la casa, la examinó minuciosamente y creyó poderla reconocer más tarde, debido a que la puerta era bastante peculiar. Pero al echar una ojea­ da a las casas que había por allí cerca, se dió cuenta de que todas tenían las puer­ tas del mismo estilo. Ante aquel dilema y con el propósito de no cometer un error, puso con tiza blanca una marca en la de Alí Babá. Seguidamente volvió donde estaban sus camaradas, para informar lo que había descubierto. Alí Babá tenía en aquel entonces una esclava que se llamaba Morgiane, una joven muy inteligente. Aquella misma mañana, cuando volvía del mercado, Morgiane vió la marca de tiza en la puerta. Sospechando que alguien tramaba algo malo contra su señor, se procuró una tiza e hizo diez marcas idénticas en otras puertas circundantes. Alentados por la idea de vengarse y de recuperar su oro, los ladrones se trasladaron a la ciudad. El ladrón que había descubierto la casa de Alí Babá condujo al jefe a la calle donde ésta se encontraba y se disimularon entre la gente. Cuando llegaron ante una puerta marcada con un círculo, hecho con tiza blanca, el ladrón le dió con el codo al jefe y dijo en voz baja. — ¡ Ésa es la casa! Hice en la puerta una marca con tiza blanca, para no equi­ vocarme. Pero enfurecido, el jefe lo apostrofó:— ¡Estúpido, mira para allá! ¡También en aquella puerta hay una marca hecha con tiza blanca y en aquella otra también! Volvieron los dos a la plaza del mercado, donde se encontraban los demás ladrones y los llamaron por señas. Al galope regresaron todos al bosque y allí le cortaron la cabeza a su compañero, haciéndole pagar así su fracaso. Un segundo ladrón fué enviado a la ciudad. Recogiendo informes de un lado y otro, también éste logró localizar la casa de Alí Babá. Asimismo observó que todas las puertas de las casas del vecindario eran iguales. Así que para no come­ ter errores, el hombre se hizo un corte en un dedo y con su propia sangre marcó

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un círculo en la puerta. Hecho esto se volvió a la montaña y nuevamente los ladrones volvieron a la ciudad. Mientras esto ocurría, la inteligente Morgiane había visto el círculo rojo en la puerta de la casa de su señor. Temiendo que alguien quisiera hacerle daño a su amo y aprovechando que precisamente volvía del mercado, donde había comprado pescado recién sacado del agua, se mojó el dedo con sangre de éstos, e hizo un círculo igual en diez puertas de los alrededores. Cuando los ladrones llegaron a la ciudad, el jefe y el espía se separaron del grupo, para buscar la casa de Alí Babá. Cuando llegaron a la calle donde éste vivía, el espía designó una de las puertas y dijo: — Esta casa es; marqué la puerta con mi propia sangre, para no fallar. — ¿Estás bien seguro? — gritó furioso, el jefe— . ¿No será la casa de al lado? El ladrón miró la puerta de la casa de junto. Había un círculo rojo en la puer­ ta, lo mismo que en la siguiente y en otras más; en total diez puertas tenían la misma marca. De nuevo no había más remedio que volver al bosque, donde el segundo ladrón perdió su cabeza, como el anterior, en precio de su fracaso. La situación se había puesto de tal manera seria, que el jefe de la banda tomó la determinación de buscar él mismo la casa. Pudo encontrarla al fin pero en vez de hacer ninguna marca en la puerta, la examinó con tanta atención que era imposible que pudiera equivocarse. Después volvió con sus compañeros y les explicó su plan. Tenían que procurarse unas muías y grandes pellejos de meter aceite; cada uno se guardó un puñal y se introdujeron cada cual en un odre. No quedaba más que un pellejo vacío, el cual llenó de aceite puro de oliva el jefe. Después cerró los odres, los embadurnó de aceite por fuera, los cargó en las muías y se puso en camino hacia la ciudad. Llegó allí al anochecer, llevó las muías a la calle que ya conocía y se detuvo ante la casa de Alí Babá. Alí Babá estaba sentado en un banco delante de su casa. El ladrón lo saludó con una reverencia y dijo así: — Soy un forastero; he venido a esta ciudad a vender buen aceite de oliva. Como a la hora que es el mercado está cerrado, quizá po­ dría usted, señor, indicarme un lugar donde pueda yo dormir, y que estos ani­ males descansaran. — Sea usted bienvenido — dijo Alí Babá— . Mi casa se honrará con su pre­ sencia y en ella puede usted pasar la noche.

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El jefe de los bandidos dió las gracias y condujo las muías al patio. Descargó los pellejos y los colocó en fila junto a la pared. Anteriormente ya había conve­ nido con sus cómplices que a una señal que él les haría deberían salir de los odres para cumplir sus propósitos. Después de cenar con Alí Babá, el jefe de los ladrones se retiró a su habita­ ción. Alí Babá le pidió a Morgiane una taza de caldo. Cuando Morgiane estaba preparándolo se le acabó el aceite a la lámpara con que se alumbraba. Acordán­ dose que en el patio había odres llenos de aceite, cogió un recipiente y fue a buscar un poco para la lámpara. Cuando se acercaba al primer odre oyó una voz que murmuraba: — ¿Y a es la hora? Como ya hemos visto antes, Morgiane era una joven muy lista; cambiando su voz respondió: — Todavía no. Espera un poco. Se acercó al odre que estaba al lado y otra vez oyó decir en voz baja. — ¿Y a es la hora? — Espera un poco — contestó Morgiane. De esta manera fué de pellejo en pellejo; de cada uno salía la misma pregunta y cada vez Morgiane respondía: — Espera un poco. Por fin en el último odre encontró aceite. Morgiane adivinó inmediatamente que algo malo se estaba tramando allí y decidió actuar con rapidez para salvar a Alí Babá y a su familia. Cogió aceite del último odre, lo llevó a la cocina y lo puso a hervir. Después a toda prisa volvió al patio, después otra vez a la cocina, etc., y cada vez que iba al patio echaba aceite hirviendo en cada uno de los odres. De esta manera acabó con la vida de cada uno de los ladrones que componían la banda. Después de esto preparó el caldo que le había pedido Alí Babá. Se lo llevó y le dijo: — Ahora ya puede usted comer tranquilo; nada malo le ocurrirá. — ¿Por qué? ¿Me amenazaba algún peligro? — preguntó Alí Babá. Entonces Morgiane le contó toda la historia, desde lo de los círculos en la puerta, hasta lo de los hombres escondidos en los odres, y cómo ella había aca­ bado con todos. Ya más entrada la noche, el capitán de los ladrones se asomó por la ventana e hizo la señal convenida con sus hombres. Pero no obtuvo ninguna respuesta; ni vió moverse a nadie. Extrañado, bajó corriendo al patio, se inclinó sobre uno de los odres y dijo en voz baja: — ¡ Sal de ahí! ¿Qué es lo que te pasa?

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Al no obtener ninguna respuesta, miró dentro del odre y vió con horror que el hombre que se ocultaba dentro estaba muerto. Los recorrió uno por uno y en todos vió lo mismo. Cuando se percató de que todos sus hombres estaban muertos huyó saltando por encima del muro del patio y se internó en el bosque. Alí Babá quedó profundamente agradecido a Morgiane por su fidelidad y para recompensarla le concedió la libertad, aunque ella prefirió seguir a su servicio. Morgiane hizo muy bien en quedarse. Puesto que sus hombres habían muerto todos a la vez, el capitán de los la­ drones buscaba la manera de vengarse, él solo, de Alí Babá. Se disfrazó y vol­ vió a la ciudad, y una vez allí se las arregló para hacerse amigo del hijo de Alí Babá, que era un joven muy simpático. Sirviéndose de él logró que un día lo invitaran a la casa de Alí Babá, al cual el ladrón esperaba poder matar con un puñal que llevaba oculto en su ropa. Alí Babá lo había invitado a comer y el ladrón aceptó, con la condición de no comer nada que tuviera sal. Trató de hacer creer que la sal le hacía daño. Lo cierto es que no quería probar la sal en la mesa de Alí Babá, porque comer sal en casa de alguien significa que se acepta la hospitalidad, en cuyo caso ni siquiera un ladrón mataría a su anfitrión. Alí Babá no vió nada de raro en aquello, pero Morgiane, que era la que hacía la comida, pensó que era muy raro que un hombre rechazara la sal y se dispuso a observar al forastero. De repente, al ir a servir la comida, reconoció al ladrón y a través de una aber­ tura de la ropa vió el brillo del puñal. Después de la comida, solicitó permiso para bailar ante Alí Babá, su hijo y el huésped. En esto no había nada fuera de lo común, habida cuenta que Mor­ giane era una consumada bailarina. Bailó cada vez más aprisa, una danza desenfrenada y salvaje. En una mano llevaba un puñal, con el cual hacía ademán de herir a cada uno de los presentes y a ella misma. En la otra mano tenía un tamboril, que pasó ante la concurren­ cia para que echaran dinero. Alí Babá y su hijo echaron unas monedas de oro. El ladrón sacó su bolsa para hacer lo mismo y, mientras esto hacía, Morgiane le clavó su puñal en el co­ razón. De momento, Alí Babá y su hijo quedaron horrorizados ante tal suceso pero, con mucha calma, Morgiane les explicó que aquel hombre era el jefe de los ladro­ nes, que se había disfrazado y que entre su ropa llevaba escondido su puñal.

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Alí Babá estaba confuso ante tal demostración de fidelidad por parte de Morgiane. — Lo menos que puedo hacer por ti, es que entres a formar parte de mi fami­ lia — le dijo. Y añadió dirigiéndose a su hijo: — Hijo mío, he aquí una persona que ha servido a tu padre con devoción. Será para mí un placer que la tomes por esposa y que la hagas muy feliz. El hijo de Alí Babá, que ya se había dado cuenta de que Morgiane tenía grandes cualidades, no dudó un momento. La boda se llevó a cabo con grandes fiestas y todos fueron muy felices y vi­ vieron muchos años.

ABDALLAH-DE-LA-TIERRA Y ABDALLAH-DEL-MAR Había una vez un pobre pescador que se llamaba Abdallah. Con grandes esfuerzos y mucho trabajo conseguía sostener a su mujer y a sus nueve hijos. El día que nació su décimo hijo, se fué como de costumbre a echar su red al mar; pero cuando la sacó lo único que había en ella eran unos cuantos guijarros y algunas algas. Volvió a echarla, pero con el mismo resultado que la primera vez. Y el día se iba acabando; se cambió de lugar una y otra vez, pero a pesar de eso no logró pescar nada en absoluto. Lleno de tristeza se fué para su casa con las manos vacías. — i Hola, Abdallah! — le gritó el panadero, cuando pasaba delante de su panadería— . ¿Cuánto pan vas a llevarte hoy? Abdallah ni siquiera levantó la vista para saludar, pero el panadero, al ver la red vacía, añadió: — Ven y toma todo el pan que necesites. Si hoy no me puedes dar nada a cambio, ya me lo darás mañana. Y como insistía, Abdallah tomó diez panes y se fué a su casa, feliz y contento de comprobar que en verdad había gente buena en el mundo.

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Al día siguiente volvió de nuevo a la pesca, pero parecía que su red estaba embrujada, pues cada vez que la sacaba estaba vacía. De vuelta a su casa, apre­ suró el paso al ver la panadería, pues no tenía con qué pagar la deuda del día anterior. Pero el panadero salió de su tienda y le gritó: — ¿Cómo, otra vez has tenido mala suerte? Ven acá y llévate todo el pan que te haga falta. Tus hijos no deben pasar hambre. Ya me pagarás cuando obten­ gas buena pesca. Y le dió diez panes, al tiempo que le deseaba un buen sueño y una buena pesca para el día siguiente. Pero al día siguiente la situación no cambió, ni al otro día tampoco; día tras día volvía con las manos vacías y cada vez tomaba el pan fiado en la panadería; y así fué durante cuarenta días. Al cuadragésimo día, decidió probar otra vez y si la mala suerte seguía ensañándose con él, vería la manera de ganarse la vida con otro trabajo. Se fué a la playa, echó la red y la sacó vacía. De esta forma transcurrió medio día. Sintiéndose cansado y desmoralizado, se tumbó a la sombra de una roca muy grande y se dijo: — ¿Qué hago, me vuelvo a casa o pruebo una vez más? O quizá sería mejor que no volviera a mi casa nunca más. En aquel preciso momento vió a unos esclavos que salían por las puertas de la ciudad; extendieron una alfombra en el suelo y entonces apareció el rey. Éste venía rodeado por sus visires y por guardias de uniformes dorados. Detrás del rey venía un grupo de mujeres con velos de fina muselina, adornados con perlas y piedras preciosas. Abdallah dedujo que el rey iba a tomar un baño sagrado. Pensaba que pertenecer al séquito del rey, aunque fuera como el más humilde de sus servidores, debía de ser magnífico. Cuando se cansó de observar el paso de la real comitiva se levantó para ver si su suerte había cambiado. Echó la red al agua e inmediatamente notó que había pescado algo de mucho peso. Sujetó bien la red con sus manos y tiró con todas sus fuerzas para sacarla del agua, y tanto se esforzó que hasta le dolían los brazos. Pueden ustedes imaginar su sorpresa cuando, en lugar de un pez grande como esperaba encontrar, vió que lo que había en la red era un hombre. Aquel hombre dijo gritando: — ¡ Socorro, ayúdeme a salir de esta red! Le daré una buena recompensa. — ¿Quién lo tiró al agua? — le preguntó Abdallah. — Nadie me arrojó al agua — respondió aquel hombre— , yo vivo en el mar,

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así como usted vive en la tierra. Si me ayuda a salir de la red, cada día nos veremos en este mismo lugar, y cada vez le traeré una cesta de esmeraldas, de rubíes y de perlas, a cambio de lo cual usted me traerá una cesta de uvas, melones, melocotones y alguna otra fruta fresca, pues aquí donde yo habito no hay de eso. Abdallah ayudó al hombre a que saliera de la red. — ¿Cómo se llama usted? — le preguntó. — Me llamo Abdallah — respondió el hombre— y ¿usted? — Yo también me llamo Abdallah — contestó el pescador. — Entonces usted debe ser Abdallah-de-la-tierra — siguió diciendo aquel hombre— y yo Abdallah-del-mar. Espere un momento aquí mismo, que voy a traerle una cosa para demostrarle que lo que le he dicho es la verdad. Dicho esto se zambulló en el agua, reapareciendo un momento después, para poner delante de Abdallah, que estaba mudo de asombro, un puñado de perlas y piedras preciosas. Después le dijo que al día siguiente esperara en el mismo lugar, con una cesta de frutas. Seguidamente desapareció en las profundidades del mar. Abdallah no sabía qué hacer con tanta riqueza. Se guardó aquel tesoro en la camisa, abandonó la red y se fué más que de prisa para su casa. Antes se de­ tuvo en la panadería y vaciando en el mostrador de su amigo la mitad de sus riquezas dijo: — Toma esto en pago de lo que te debo. El panadero trató de convencerlo de que no quería que le pagara lo que le debía, pero Abdallah lo obligó a tomar las perlas y las piedras preciosas. — Esperaste durante cuarenta días — le dijo— y seguramente hubieras espe­ rado mucho más. Te regalo estas piedras preciosas, no únicamente por el pan, sino también por tu bondad. Al día siguiente, Abdallah se dirigió a la orilla del mar con una cesta llena de melocotones, melones, uva, higos y otras frutas frescas. Cuando llegó al borde del agua gritó: — ¡Abdallah-del-mar, aquí estoy! Enseguida Abdallah-del-mar surgió de entre las olas, y tomando la cesta de frutas que Abdallah-de-la-tierra le había llevado, desapareció en el agua. Un momento después volvió y entregó al pescador la cesta llena de perlas, esme­ raldas, rubíes y otras joyas. — Nos veremos mañana — dijo, desapareciendo entre las olas.

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Abdallah se volvió para su casa, con la cesta, que contenía suficiente riqueza como para comprar toda la ciudad. De paso, se llegó a ver a su amigo el pana­ dero y de nuevo insistió para que éste aceptara un puñado de piedras preciosas. El panadero, en agradecimiento, escogió los mejores panecillos y él mismo se los llevó a Abdallah a su casa. A la mañana siguiente, muy temprano, Abdallah llevó a una joyería, para venderlas, una piedra de cada especie, de las que le dió Abdallah-del-mar. Cuan­ do el joyero vió aquellas piezas tan raras, en poder de un hombre de aspecto tan pobre, imaginó que debía tratarse de un ladrón. Con una seña, indicó a su empleado que fuera enseguida a buscar a los guardias. Éstos arrestaron a Abda­ llah y lo llevaron ante el rey. Deseoso de ganarse la simpatía del rey, el joyero los acompañó y dijo al soberano: — Majestad, recordaréis que a la reina le fueron robadas algunas joyas. He aquí al ladrón, yo lo atrapé— y señaló a Abdallah. El rey mandó llamar a la reina y le mostró las joyas; ésta las miró asombrada y dijo: — Éstas no son mis joyas; éstas son mucho más hermosas que las mías. Y le suplicó al rey que las comprara para regalárselas a la princesa. El soberano ordenó a los guardias que, de inmediato, pusieran en libertad a Abdallah y re­ prendió al joyero, por acusar a un inocente. Después preguntó a Abdallah cómo es que tenía en su poder una riqueza tan grande; una vez al corriente de toda la historia, añadió: — A partir de hoy, Abdallah, pasarás a ser un miembro más de mi casa. Abdallah-del-mar seguirá llenando las arcas reales y de esta manera no habrá en todo el mundo un tesoro igual al nuestro. ¡ Vete a buscar a tu mujer y a tus hijos! Abdallah fué a su casa a traer a su familia; el rey mandó que les hicieran a todos ellos un magnífico vestuario y desde aquel día se quedaron a vivir en el Palacio Real. Todos los días, a las doce, Abdallah iba a la orilla del mar con una cesta reple­ ta de fruta y cada vez regresaba con una cesta llena de perlas y piedras preciosas; la tesorería real estaba tan llena que hubo que agrandarla. Abdallah se convirtió en un personaje importante en el gobierno y desde entonces todo el pueblo vivió mejor. Abdallah viajaba por todo el reino, procurando que todos gozaran de bien­ estar y prosperidad. Un día, en ocasión en que se paseaba cerca de su antigua casa, se detuvo delante de la panadería de su amigo y le extrañó encontrarla cerrada. Preguntó y le informaron que, hacía algún tiempo, el panadero se había

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ausentado de la ciudad. Una intensa búsqueda en todo el país dio como resul­ tado el hallazgo del panadero al cabo de una semana. Cuando estuvo en presencia de Abdallah el hombre se postró a sus pies y dijo: — ¡ Oh, poderoso señor. No hice nada malo. Tened piedad de mí y de mi fa­ milia! — Pero ¿cómo? ¿No reconoces a tu amigo? — preguntó Abdallah. Todo confuso, el panadero miró a Abdallah, y fué entonces cuando reconoció al pescador, al cual había ayudado hacía algún tiempo. Contó que se había asustado, al ver que el joyero mandó arrestar y conducir a Abdallah ante el rey y que entonces huyó de la ciudad por temor a ser citado ante la corte como cóm­ plice de robo. De esta forma, todo quedó aclarado y Abdallah consiguió para su amigo el puesto de panadero del rey. Día tras día, Abdallah acudía a la cita con Abdallah-del-mar. Y diariamente intercambiaban la cesta de frutas por la cesta de joyas. Abdallah sentía curio­ sidad por saber cómo era el país submarino de donde procedía su amigo y a me­ nudo le preguntaba sobre esta cuestión. — V en conmigo, y lo verás — le ofreció un día Abdallah-del-mar. — ¿ Y cómo voy a vivir bajo el agua? — se inquietó su amigo. — No temas —-le aseguró Abdallah-del-mar— . Te cubrirás el cuerpo con una crema especial, y así podrás vivir con toda tranquilidad dentro del mar, para siempre si tu quieres. Le entregó a su amigo un bote de aquella crema, la cual era de un precioso color y un exquisito perfume. — Esta crema está hecha con hígado de tiburón — explicó Abdallah-delmar— un pez muy grande que hay en nuestro país. — Tengo miedo de ese tiburón — dijo Abdallah-de-la-tierra estremecién­ dose. — No tengas miedo — respondió Abdallah-del-mar— ese tiburón tiene la peculiaridad de no gustarle la carne humana. Por otra parte el olor de la crema lo alejará de ti. Por fin, tranquilizado y lleno de curiosidad por ver el país de su amigo, Abdallah-de-la-tierra aceptó la invitación. Frotó su cuerpo con la crema y, cogidos de la mano, los dos Abdallah se lanzaron al agua. Fueron descendiendo cada vez más hacia las profundidades del mar, a pesar de lo cual Abdallah-de-la-tierra comprobó, sorprendido, que se sentía comple­ tamente bien. Flotando aquí y allá observaban todo y admiraron maravillosos

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peces, algunos brillantes como las estrellas y otros adornados con toda la gama de colores del arco iris; los había que impresionaban por su enorme tamaño, pero todos nadaban alrededor de ellos sin manifestar desconfianza. Abdallah-dela-tierra estaba como en un sueño. Había unas plantas verdes, con flores muy grandes que atrapaban pececitos, como si tuvieran boca. Abdallah-del-mar condujo a su compañero a la ciudad enclavada en el fondo del mar, cuyos habitantes parecían hombres desde la mitad del cuerpo para arriba, pero de la cintura para abajo tenían forma de pez. Abdallah-de-la-tierra aceptó la invitación que le hacía Abdallah-del-mar para que conociera su casa, construida con conchas de almejas y de mejillones; después le enseñó todo el reino submarino. Abdallah-de-la-tierra no sentía la sensación de llevar mucho tiempo en el fondo del mar y pensaba, además, que no le estorbaría en lo más mínimo co­ nocer aquellas maravillas, privilegio que no le había sido concedido hasta enton­ ces a ningún ser humano. Debido a que la luz del sol no llega hasta el fondo del mar, no hay allí ni día ni noche, pero cuando Abdallah calculó que ya llevaba una semana allí abajo, se le ocurrió pensar que probablemente su familia estaba preocupada por él y que sus amigos, el rey, el panadero y todos, debían de estar buscándolo por todo el país. — Amigo Abdallah, permíteme volver a tierra — le dijo a su anfitrión. Al principio, Abdallah-del-mar trató de persuadirlo de que se quedara, pero cuando vió que era inútil, lo acompañó hasta la superficie del mar y le dijo así: — Ya no nos volveremos a ver nunca más. Lamento que no quieras quedarte con nosotros, pues lo que te espera en tierra no es nada agradable. Antes de que Abdallah tuviera tiempo de responder, desapareció en el agua. Abdallah se dirigió a la roca donde había escondido su ropa, antes de iniciar su viaje submarino, pero no la encontró. Encolerizado, pensó que algún ladrón la había robado, y no veía la manera de volver a la ciudad. En ese momento pasaba por allí un pescador. Miró a Abdallah y dijo: — ¿Buscas el pasado? Ayúdame a pescar. Abdallah replicó: — Soy Abdallah, el amigo del rey. Préstame alguna ropa, y ven mañana al palacio real que te daré tu recompensa. El pescador se echó a reír. — Más bien me parece que eres el bufón del rey. No conozco a ningún amigo del rey, y dudo mucho que tenga alguno. Que seas Abdallah es posible; también yo me llamo Abdallah. Somos muchos los que

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nos llamamos así; tantos que podríamos formar un ejército. Y en cuanto a ir al Palacio del rey, ni se me ocurriría hacerlo, pues la ciudad real se encuentra más o menos a mil kilómetros de aquí! — ¡Mil kilómetros! — exclamó Abdallah. Fué entonces cuando echó una ojea­ da alrededor suyo y vió que, donde antes había grandes jardines y parques y donde los muros del palacio se erigían blancos bajo el cielo azul, no quedaban más que algunos árboles raquíticos a cuya sombra se apiñaban unas cuantas chozas feas y miserables. Abdallah debía mostrar un semblante muy triste, pues el pescador cesó de reír y se acercó a él a prestarle algo de ropa. Abdallah le dió las gracias y se en­ caminó en dirección a su antigua casa. Llegó a la primera choza, donde vió a un anciano que estaba arreglando una red de pescar. — ¿Me podría indicar la manera de llegar a la ciudad real? — le preguntó Abdallah. — ¿La ciudad real? Tardará usted mucho en llegar, varias semanas e incluso quizá varios meses. — Pero, ¿no era aquí donde estaba antes la ciudad real? — Sí, aquí estaba — dijo el anciano— pero de eso hace ya tanto tiempo que ni siquiera mi bisabuelo se acuerda de haberla visto. Se dice que, en aquel tiempo, el rey tenía un consejero llamado Abdallah, hombre bueno y justo, que un día desapareció en el mar. Pero quién sabe si esa historia es verdadera. Abdallah se desesperó al oír aquello. Ahora comprendía que, sin advertirlo, debió permanecer en el fondo del mar más de cien años. Sin decir nada más vol­ vió a la orilla del mar. — ¡ Oh, Abdallah-del-mar, ayúdame! — gritaba. Las olas golpeaban las rocas, pero no aparecía nadie. Estuvo, durante un buen rato, llamando y suplicando, pero fué en vano. Entonces penetró en el agua, siguió avanzando, hasta que el agua le cubrió la cabeza. Trató de abrir los ojos, pero sentía los párpados sumamente pesados. Por fin con un gran esfuerzo logró abrirlos. Y vió no precisamente agua a su alrededor, sino los ardientes rayos del sol, y algo más lejos, las blancas casitas brillando en medio de los verdes jardines; y él estaba acostado debajo de su vieja red y estaba vestido con la ropa que lle­ vaba antes de convertirse en el amigo del rey. Volvió la cabeza, se pellizcó y finalmente comprendió que todo aquello había sido un sueño, que él seguía

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siendo un pescador y que Abdallah-del-mar nunca había existido. Se levantó, con la alegría en su corazón, pensando en que pronto volvería a ver a sus hijos y les llevaría conchas para que jugaran. Pero de pronto se sintió abatido. Des­ pués de todo todavía tenía una larga deuda con el panadero, y hoy no se sentía con valor para pasar delante de la panadería. ¿Qué llevaría a su casa de comer para su familia? — Voy a probar otra vez, la última — se dijo echando la red. No bien la había lanzado se sintió un peso en ella. Empezó a tirar con toda su fuerza, pero temía no poder sacarla del agua de tanto como pesaba. Por fin lo logró y vió que estaba llena de pescados. Feliz, se fué para la ciudad. Entró en la panadería y le dió a su amigo dos hermosos pescados, continuando su camino hasta el mercado, donde vendió el pescado a muy buen precio. Pagó sus deudas en la panadería; debido a que iba muy cargado, con frutas y legumbres que compró en el mercado para sus hijos, no pudo llevar pan. Pero el panadero escogió diez buenos panes e insistió en llevarlos él mismo a casa de Abdallah. A partir de aquel día, la suerte de Abdallah cambió y su familia empezó a comer bien. Al atardecer se reunía con su amigo el panadero para charlar, y éste no se cansaba nunca de escuchar la historia de Abdallah-del-mar.

ABOU KIR

Y ABOU

SIR

En la Ciudad de Alejandría, en Egipto, vivían una vez un tintorero llamado Abou Kir y un peluquero cuyo nombre era Abou Sir. Sus tiendas estaban cerca la una de la otra y los dos negocios andaban mal. El tintorero era un perezoso que engañaba y abusaba de sus clientes. Si alguien le llevaba una tela para teñir, podía estar seguro que no volvería a verla. Abou Kir la vendía, se gastaba el dinero y después le decía al cliente que se había deteriorado. Por el contrario, Abou Sir, el barbero, era un hombre consciente que dominaba bien su oficio; pero ¿de que le servía eso? Lo único que poseía era una miserable peluquería en la que no podía ofrecer a sus clientes comodidades y buen servicio como hacían los demás peluqueros. Abou Kir y Abou Sir tenían la costumbre de sentarse todas las tardes, delante de sus respectivos locales, para lamentarse mutuamente de su suerte. Un día, el tintorero le dijo al peluquero: — Se me ocurre una idea. Vamos a recorrer el mundo los dos juntos, en busca de fortuna. Abou Sir aceptó la proposición, en vista de lo cual Abou Kir sugirió que jun­ taran todo el dinero que cada uno tenía y se ayudaran mutuamente como buenos amigos.

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Al día siguiente, por la mañana temprano, tomaron un barco, que se disponía a zarpar de Alejandría. Como no había peluquero a bordo, Abou Sir hizo buen negocio. Afeitaba a los marineros y a los pasajeros, los cuales le pagaban con pan, queso, higos, dátiles y algunas veces hasta le daban dinero. Mientras tanto el pillo del tintorero, se pasaba el día comiendo y durmiendo, encantado de que todo el trabajo lo hiciera su amigo. Tras navegar tres semanas, el barco llegó a su destino y ancló en el puerto de una gran Ciudad. Abou Kir no estaba muy dispuesto a abandonar la vida llena de comodidades que llevaba a bordo, así que su amigo tuvo que emplear todo su poder de persua­ sión para convencerlo de que lo acompañara a conocer la Ciudad aquella. Se pasaron el día recorriendo las calles, y ya estaban cansados de tanto andar cuando por fin consiguieron encontrar un cuarto no muy grande, con unos cuan­ tos muebles, el cual alquilaron. En cuanto vió la cama, Abou Kir, el tintorero, se dejó caer en ella y se quedó dormido. Y dormido continuaba al día siguiente al medio día, mientras que Abou Sir estaba ya buscando trabajo, en el mercado y por el puerto. Al anochecer, el barbero volvió al cuarto con pan y frutas, todo lo cual se comió Abou Kir sin ni siquiera levantarse de la cama. Y así fueron pasando los días. A los cuarenta y un días de encontrarse en aquella Ciudad extranjera, el barbero se puso enfermo, por lo que le fue imposible ir a trabajar. Al día siguiente su estado empeoró. El tintorero empezaba a tener hambre. Se levantó de la cama y sin pensarlo, registró la ropa y las cosas de su amigo. Encontró sus útiles de trabajo y se adue­ ñó del poco dinero que había. Salió de la casa y se metió en la primera pastelería que vió, donde comió hasta hartarse. Al pasar por el mercado, Abou Kir se com­ pró ropa nueva y se puso a vagar por las calles. En su deambular, pasó delante de una tintorería. Le extrañó mucho ver que todas las telas estaban teñidas de color azul. Entró en la tienda y le pidió al tintorero que le tiñera un trozo de paño, en color verde. — No sé teñir en ese color — le dijo el tintorero moviendo la cabeza. — Entonces en rojo — insistió Abou Kir. — Tampoco sé— respondió su interlocutor— . Aquí solamente sabemos teñir en azul. Aquello era precisamente lo que Abou Kir deseaba oír. Se dió media vuelta

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y se dirigió al palacio real. Ante el rey, manifestó que él era un maravilloso artista, llegado de un país de allende los mares, y suplicó al soberano que le permitiera establecerse en la Ciudad e instalar un comercio de tintorería. Des­ cribió los magníficos tintes púrpura que sabía preparar, hechos con moluscos, y exaltó las bellezas del color azafrán, del rojo escarlata y otros muchos colores. Seducido por tales maravillas, el rey le facilitó a Abou Kir una buena suma de dinero, le regaló una hermosa casa con criados y ordenó que le construyeran inmediatamente una tienda. Por su parte, Abou Kir hizo pedidos a países extranjeros de todo el material que necesitaba para su oficio, y el taller quedó listo en poco tiempo. Tomó empleados a los cuales les enseñó el oficio; él no trabajaba sino que se limitaba a dar órdenes. Llevaba una vida de indolencia, comiendo los manjares más exquisitos y bebiendo aguas deliciosamente perfumadas. Numerosos pedidos empezaron a llegar, al principio del palacio real, y más tarde de ricos mercaderes de todo el País. Todos admiraban los artísticos trabajos de Abou Kir. Las demás tintorerías del País acabaron por perder la clientela y los tintoreros no tuvieron más remedio que ir a trabajar al taller de Abou Kir. Entre tanto, Abou Sir seguía en cama, enfermo. Su situación se hubiera hecho desesperada, de no haber sido por el portero de la casa donde vivía. Éste, extrañado de no ver al barbero ir y venir a su trabajo, empezó a temer al cabo de un par de días, que los dos inquilinos se hubieran marchado de la casa sin pagar el alquiler. Así es que subió al cuarto y encontró a Abou Sir quejándose en la cama. En el acto comprendió que Abou Kir le había robado. El portero era un hombre de buen corazón, y ayudó en lo que le fué posible a Abou Sir; con lo cual el barbero se repuso al poco tiempo. No obstante, tardó varias semanas en restablecerse por completo. Un día, decidió que ya estaba suficientemente fuerte para volver a trabajar. Andando por la Ciudad, paso un buen día delante de la tienda del tintorero Abou Kir. Se congratuló de ver que su amigo tenía un negocio próspero, y se reprochó a sí mismo de haber dudado de Abou Kir. — El tintorero tomó mi dinero para instalar su taller— se dijo a sí mismo— con objeto de incrementar nuestra fortuna. Penetró en la tienda y vió a Abou Kir, elegantemente vestido, sentado en un diván, escogiendo su comida, entre una gran variedad de manjares y dando instrucciones a sus ayudantes. Abou Sir se acercó a él, muy feliz de encontrarse de nuevo junto a su amigo.

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En cuanto Abou Kir vió al barbero empezó a gritar colérico: — ¡ Atrapen a ese ladrón! — les gritó a sus ayudantes— . ¡ Apaleen a ese granuja, ese pillo, ese canalla! Sin darle tiempo al asombrado barbero, a decir una sola palabra, los ayudan­ tes se le echaron encima y le dieron una buena paliza. Después le echaron fuera de la tienda; el barbero se alejó arrastrándose, en medio de los insultos de Abou Kir y las burlas de la gente. Semejante vapuleo obligó al barbero a guardar cama durante mucho tiempo. Un día fué a darse un baño para limpiarse las heridas y que cicatrizaran más pronto. Salió a la calle y preguntó a la primera persona que vió en qué lugar podría bañarse. — ¿Unos baños? — se extrañó aquel hombre— ¿y eso qué es? Abou Sir se lo explicó. El hombre se echó a reír. — Tendrá usted que ir a lavarse al mar — le dijo— pues ése es el único baño que tenemos en esta Ciudad. Abou Sir quedó tan extrañado de que una ciudad tan hermosa no tuviera baños, que inmediatamente se fué al Palacio Real y solicitó una audiencia al rey. Cuando estuvo en su presencia, le dijo: — Noble señor, según entiendo, en esta Ciudad no hay baños. ¿Comó es po­ sible que una urbe tan hermosa carezca de baños? Y le describió al rey las ventajas del baño, poniendo de manifiesto que el baño rejuvenece, que evita graves enfermedades, y que se piensa con más cla­ ridad y se siente uno más alegre, después de un buen baño. El rey, que gustaba de las novedades, ordenó que dieran magníficas ropas a Abou Sir, le concedió amplio crédito financiero y el permiso para instalar unos baños en la Ciudad, en el lugar que él deseara. Abou Sir escogió un sitio a propósito y mandó construir unos baños espléndidos. Se plantaron cipreses y rosales; se instalaron numerosas fuentes de donde surgía agua perfumada. En distintos lugares había músicos, tocando dulces melodías. Cuando todo estuvo terminado, Abou Sir invitó al rey para que él lo inaugurara. El rey quedó gratamente sorprendido por la magnificencia del establecimien­ to y gozó los placeres de un verdadero baño; poco faltó para que decidiera mu­ darse con toda su corte a los baños. Toda la Ciudad fué a verlos y, todo el que se bañaba una vez, volvía. Abou Sir se hizo rico y construyó otros baños para poder atender a todos. El rey fué un buen cliente.

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Cuando Abou Kir oyó hablar de aquello decidió ofrecerse él también el placer que proporciona un baño, al cuerpo y al espíritu. Al llegar a los baños, se quedó horrorizado, al ver que lo recibía nada menos que su viejo amigo, ele­ gantemente ataviado y rodeado por nobles cortesanos. Fingió estar encantado por aquel encuentro y exclamó: — ¿No te habrás olvidado de tu viejo amigo Abou Kir? ¿Por qué no me in­ vitaste a visitar tus baños? Tenía tantas ganas de volver a verte que no he espe­ rado tu invitación para venir. — Me mandaste apalear y me echaste a la calle cuando me encontraba solo y necesitado — dijo Abou Sir estupefacto. Abou Kir juró que él no haría eso nunca con su amigo. Desde luego era verdad que un día mandó echar de mala manera de su tienda a un ladrón, pero no reconoció en ningún momento a Abou Sir. — ¿ Cómo hubiera podido imaginarme que eras tú? — se lamentó Abou Kir— . ¡Y o creía que estabas muerto! Y así siguió mintiendo y diciendo que había sentido mucho su ausencia y que había llorado mucho su muerte. Creyendo de buena fe lo que decía, Abou Sir agasajó a Abou Kir y se alegró mucho de saber que los dos habían hecho for­ tuna. Pero Abou Kir estaba pensando ya de qué manera podría conseguir enemistar a su amigo con el rey, y deshacerse de él para siempre. — Lo arreglaste todo muy bien — dijo cuando se marchaba— pero falta algo, ¿no te parece? — ¿Que falta algo? ¿A qué te refieres? — Pues según veo no tienes baño de burbujas. — Tienes razón — concedió Abou Sir— . Voy a mandar instalar uno ahora mismo. Y se separaron, prometiendo ser buenos amigos toda la vida. Abou Kir no se fue directamente a su casa, sino al Palacio a ver al rey. — Noble señor — le dijo— vengo a advertiros que se prepara un complot. El hombre de los baños, finge ser vuestro amigo pero en este momento está prepa­ rándose para asesinaros. Y le contó que había conocido a Abou Sir en un barco y que Abou Sir le había confiado que unos príncipes extranjeros lo habían contratado para matar al rey y así poder invadir todo el reino. Abou Kir dijo, además, que al llegar a la ciudad había querido entregar a Abou Sir a la justicia, pero que lo había

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perdido de vista entre la muchedumbre. Desde aquel momento, él, Abou Kir, no había podido dormir ni una sola noche, debido al peligro que amenazaba al rey. Al principio, el rey no creyó ni una sola palabra de lo que decía Abou Kir, pero éste prosiguió: — ¡Majestad, no vayáis mañana a los baños! Abou Sir piensa invitaros a que toméis un baño de burbujas. ¡No aceptéis! En realidad es un baño cáustico y si os introducís en él, desapareceréis! Al día siguiente, el rey fué a bañarse y Abou Sir le dió la bienvenida. Siguien­ do su costumbre, el rey iba a darse un baño de agua de rosas, pero Abou Sir dijo sonriendo: — Majestad, hoy os he preparado una sorpresa. Se trata de un baño de burbu­ jas perfumado con jazmín. Es el único baño realmente digno de vuestra majes­ tad; después de eso os sentiréis veinte años más joven. Al oír estas palabras, el rey montó en cólera; inmediatamente ordenó a sus guardias que maniataran a Abou Sir y lo encerraran en la cárcel. Después llamó al capitán de la guardia y le dijo: — ¡Mañana al amanecer, meterás a ese bribón en un saco y lo llevas al borde del mar. Yo estaré en una ventana del palacio y cuando grite ¡ahógalo! lo arro­ jarás al mar. Pero el capitán de la guardia era hombre de buen corazón y Abou Sir lo había tratado siempre bien y no le cobraba nunca por bañarse. Ahora se le pre­ sentaba la ocasión de hacerle un favor a Abou Sir, así es que fué a sacarlo de la cárcel cuando se hizo de noche, y lo llevó a una isla lejos del Palacio. Allí, Abou Sir esperaría un barco, que llegaría a la semana siguiente; el capitán lo tomaría a bordo y Abou Sir podría irse a un lejano país, fuera del alcance del rey. Aquella madrugada, el capitán metió una piedra grande en un saco, lo cosió, lo puso en una barca y salió al mar hasta encontrarse frente a las ventanas del pa­ lacio. Esperó hasta que el rey, desde la ventana, levantó la mano y gritó: “ ¡Ahó­ galo!” , y entonces lo arrojó al agua. El rey se frotaba las manos muy contento de haberse desembarazado, según creía él, de un granuja. En aquel momento sucedió algo terrible; según se estaba frotando las manos, el rey dió un paso atrás y lanzó una exclamación de horror — su anillo de oro acababa de caer al agua. Aquél no era un anillo cualquiera; su poder mágico era tan grande, que sin él, el rey nunca hubiera llegado a ser rey. Bastaba que con el dedo donde llevaba el anillo señalara a alguien para que la cabeza del

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desdichado rodara por tierra. Gracias a aquel anillo, el rey dominaba a la guar­ dia, al ejército y a toda la corte. Ni una palabra dijo del anillo perdido, pues temía que si llegaba a saberse en la corte, lo mataran y pusieran a otro en el trono. Entre tanto, Abou Sir pescaba en la costa de la isla, con una red que le había dado el capitán. Al primer intento pescó un buen número de hermosos peces. Escogió el más grande y lo abrió para limpiarlo. En el interior vió brillar una cosa, y al sacarla vió que era un anillo de oro. Abou Sir se lo puso en un dedo y siguió limpiando el pescado. En aquel momento, pasaron dos ancianas y se sorprendieron mucho de ver tan buena pesca. Abou Sir les indicó por señas que se acercaran y tomaran el pescado que quisieran, pero se quedó aterrado al ver que las cabezas de las dos mujeres caían por tierra. Y por allí no se veía a nadie. Lleno de pánico, Abou Sir se escondió en su cabaña. Se sentó en un rincón y allí se quedó largo rato; de pronto oyó que lo lla­ maban y reconoció la voz del capitán. Éste había venido para decirle que pronto pasaría un barco y que podría subir a bordo. Cuando Abou Sir salió de la choza, vió al capitán mirando estupefacto a las dos mujeres sin cabeza. Abou Sir iba a levantar la mano para saludar al capitán, cuando éste, al ver el anillo en su dedo, gritó:— ¡No levantes la mano en mi dirección, porque soy hombre muerto! Había reconocido el anillo del rey y reveló a Abou Sir los poderes mágicos que tenía, preguntándole, después, qué pensaba hacer ahora que era tan poderoso. — Llévame ante el rey — le dijo Abou Sir. El capitán accedió, aunque pensó que el rey vería entonces que no había cumplido sus órdenes. Sin embargo, el rey ya no lo asustaba, puesto que el anillo ya no estaba en su poder. Cuando llegaron al palacio, vieron al rey rodeado de su guardia y sus conse­ jeros. En ningún momento mostraba sus manos. Al ver al capitán con Abou Sir gritó iracundo: — ¿ Cómo te atreves a presen­ tarse ante mí? ¡No contento con no haber ahogado a ese tunante, ahora tienes la audacia de traerlo a mi presencia! ¡Os castigaré a ambos! Ya se disponía a ordenar que los arrestaran, cuando Abou Sir se adelantó y le mostró el anillo. El rey palideció y ordenó a sus guardias que se retiraran. Abou Sir le devolvió el anillo diciendo: — Habéis sido muy generoso conmigo, Majestad. Para probaros mi agradecimiento y demostraros que no soy un crimi­ nal, os devuelvo vuestro anillo mágico. El rey quedó impresionado por tanta honradez. Comprendió que Abou Sir

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había sido víctima de un complot. — ¿Quién ha sido el canalla que te ha metido en todas estas dificultades? — quiso saber el rey. Abou Sir contó entonces la historia de su amistad con Abou Kir, y de qué manera el desaprensivo tintorero le pagó con calumnias, golpes y una increíble ingratitud. Aquello llenó de ira el rey. Mandó a sus guardias a la ciudad a arrestar al tintorero. — Tráiganlo con las manos atadas a la espalda, y sentado al revés en un bu­ rro — les ordenó. Los guardias ejecutaron inmediatamente las órdenes del rey. El tintorero fué conducido, montado en un burro que rebuznaba, con la cabeza vuelta hacia la cola del cuadrúpedo, en medio de las burlas de la muchedumbre. La sombría mirada del rey, fulminó a aquel hombre ingrato. — Átenlo, métanlo en un saco y arrójenlo al mar — ordenó a sus guardias. Pero Abou Sir todavía apreciaba a su amigo. — Majestad — dijo— le perdono a este hombre todo el daño que me hizo. — Es posible que así sea — replicó el rey— , pero yo no perdono. Que se lo lleven. Y esta vez sí fué verdad que el saco y lo que contenía fueron a parar al mar, y Abou Kir sufrió el castigo que se merecía con creces. El rey preguntó a Abou Sir qué era lo que más deseaba, diciendo que le daría lo que pidiera. — No podéis desear unos baños mejores que los que tenéis — dijo Abou Sir— . Ya no me necesitáis. Permitidme volver a mi país, pues quisiera ver de nuevo a mis compatriotas. El rey le suplicó que se quedara, y le ofreció a su hija por esposa. Pero era imposible convencer a Abou Sir, pues tenía añoranza de su patria. Por otra parte, no quería quedarse al servicio de un rey tan ingenuo y cuyo poder depen­ día de un trozo de metal tan pequeño que fácilmente podía perderse. 41 fin el rey se resignó a que se marchara y mandó preparar un hermoso barco que lo llevaría a Alejandría. Tras un feliz viaje, Abou Sir vió con alegría las costas de su país natal. Cuan­ do iba a desembarcar, en la bahía, vió un saco que el agua había arrastrado hacia la orilla. Lo abrió y descubrió en su interior el cuerpo de Abou Kir. El bondadoso Abou Sir dió sepultura al infortunado tintorero en la playa de la bahía, que desde entonces se llama Bahía de Aboukir — lo cual podrán ustedes verificar buscando en un mapa de Egipto.

A L A D I N O Y LA L Á M P A R A M A R A V I L L O S A Aladino era hijo de Mustafá, un pobre sastre que vivía en una de las regiones más ricas de Persia. Cuando el muchacho tuvo edad suficiente para aprender el oficio, su padre lo puso de aprendiz en su taller; pero como la educación de Ala­ dino dejaba un tanto que desear, éste prefería más jugar que trabajar, y, lejos de cumplir con su deber, andaba siempre con toda clase de vagabundos. Su padre murió cuando Aladino era todavía muy joven y éste se pasaba el día correteando por las calles, mientras que su madre tenía que coser hasta por las noches para poder vivir ella y su hijo, y lo hacía de muy buena gana, por el amor y la ternura que sentía por su hijo, pensando además que cuando él fuera mayor se avergon­ zaría de su comportamiento y sería un buen trabajador. Un día, Aladino estaba, como de costumbre, jugando con una pandilla de muchachos de su edad, cuando un extraño se detuvo a mirarlo. Era un insigne mago, que necesitaba la ayuda de una persona algo estúpida; en cuanto vió a Aladino, se dió cuenta, a juzgar por su apariencia y modales, de que era un muchacho perezoso e inútil — precisamente lo que estaba buscando. El mago preguntó a algunas personas que estaban por allí, el nombre y la manera de

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vivir del muchacho. Las respuestas confirmaron la opinión que él ya se había formado. Pasando entre la gente, tocó en el hombro a Aladino y le dijo: — ¿Eres tú el hijo de Mustafá, el sastre? — Sí, señor, pero mi padre murió hace ya mucho tiempo — respondió Aladino. — ¡Oh, qué desgracia! — exclamó el extranjero— . Yo soy hermano de tu padre, hijo mío; durante largos años he viajado por el extranjero y ahora que esperaba poder vivir feliz con mi hermano, ¡me entero de que ha muerto! Aladino, que nunca había oído hablar de un hermano de su padre, se quedó anonadado, hasta que el falso tío sacó de su bolsillo dos monedas de oro y se las dió, pidiéndole que corriera a su casa y le dijera a su madre que preparara de cenar, pues él pensaba ir aquella misma noche a pasar unas horas con su querida cuñada. Aladino le indicó al mago la casa dónde vivían y después se fué corriendo a darle las monedas de oro a su madre y a contarle lo que había pasado. Ésta quedó muy extrañada, pues ella sabía que su marido sólo había tenido un her­ mano, que también había sido sastre y que murió antes de que Aladino naciera. Sin embargo no podía dudar de la palabra de un hombre que le había mandado dos monedas de oro. Muy contenta, fué al mercado y compró lo necesario para la cena; cuando la estaba preparando, el mago llamó a la puerta y entró seguido de un mozo que iba cargado con toda clase de frutas y dulces, así como de buen vino en abun­ dancia. Después de saludar a su querida cuñada, como él la llamaba, y dedicar elogiosas palabras a su difunto hermano Mustafá, se sentaron a cenar. Entonces el mago echó una mirada a su alrededor y dijo: — Me entristece mucho, querida hermana, ver que la viuda de mi difunto her­ mano sea tan pobre. Supongo que mi sobrino Aladino cumple con su deber de hijo. Ya debía de ser capaz de procurarle algún consuelo. Al oír aquellas palabras, Aladino bajó la cabeza y se puso rojo. Su madre guardó silencio unos segundos y después respondió: — Mi querido hermano, casi se me parte el corazón de tener que decir que, aunque Aladino ya cumplió quince años, no piensa nada más que en jugar, y lo que gana, apenas alcanza para com­ prar pan. Mucho me temo que nunca aprenderá a trabajar; ¿qué será de él cuan­ do yo muera? La pobre mujer se puso a llorar, y el mago dijo dirigiéndose a Aladino: — Esto es muy triste, querido sobrino, pero nunca es tarde para corregirse. Debes

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de procurar ganarte la vida tú mismo y yo te ayudaré en todo lo que pueda. ¿Te gustaría tener una tienda? A Aladino le encantó aquella oferta, pues pensaba que manejar una tienda no le daría mucho trabajo. — De acuerdo — dijo el extranjero— ; cumpliré mi promesa y tú tendrás una tien­ da, bien surtida, con toda clase de mercancías. Mañana por la mañana vendrás conmigo, te compraré buena ropa y, después, buscaremos una bonita tienda. La madre de Aladino, muy conmovida, dió las gracias al mago, por su gene­ rosidad y, después que éste se marchó, la madre y el hijo se quedaron juntos gran parte de la noche, hablando de la tienda, del tío y de la ropa nueva para Aladino. A la mañana siguiente el mago volvió y llevó a Aladino a un gran almacén donde vendían toda clase de ropa, y allí le compró todo lo que necesitaba. Después, paseó al muchacho por toda la ciudad, enseñándole las tiendas más bonitas y las mercancías que en ellas se vendían; al cabo de un rato llegaron a las afueras de la ciudad. Como hacía muy buen tiempo, el mago propuso con­ tinuar el paseo. Caminaron por los jardines de la ciudad y Aladino estaba encan­ tado por las bellas cosas que veía y la conversación de su tío. Luego, se sentaron junto a una hermosa fuente y comieron frutas y unos pasteles que el mago había llevado. Aladino comió con buen apetito; después, se levantaron y continuaron su caminata, a través de innumerables jardines y lindos prados y, mientras an­ daban, el mago iba contando maravillosos cuentos. Tras su larga caminata lle­ garon a la entrada de un estrecho valle, flanqueado de altas y áridas montañas. — Querido tío — exclamó Aladino— : ¿dónde vamos ahora? Fíjate lo lejos que están los jardines; por favor, vamos a volver; vámonos pronto de este lugar tan feo. — No — le dijo el mago, sujetándolo por el brazo— por ahora no pienses en volver. Quiero que veas cosas todavía más hermosas que las que has visto hasta ahora. Aladino tuvo que seguir a su tío por el valle, hasta que, rodeados por las grandes montañas negras, parecía que habían perdido de vista el país que que­ daba tras ellos. De pronto el mago se detuvo y con una voz ronca, completamente diferente a la manera de hablar que había empleado hasta entonces, ordenó a Aladino que recogiera ramas para hacer fuego. Aladino obedeció y, cuando hubo recogido una buena brazada de leña, el

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mago la prendió. Cuando las llamas eran muy altas, el mago echó en el fuego unos polvos y pronunció extrañas palabras, que Aladino no entendió. En el acto quedaron envueltos en un humo espeso; la tierra se puso a temblar bajo sus pies y la roca se abrió, apareciendo una gran piedra plana que tenía incrusta­ da en medio una gran argolla de bronce. Aladino se asustó tanto que quiso huir, pero el mago, que se dió cuenta, le dió tan tremenda bofetada que lo tiró al suelo. Aladino se levantó y con las lágri­ mas en los ojos dijo: — ¿Qué he hecho, tío, para que me trates con tanta rudeza? — Hijo mío — dijo el mago, hablando con cierta dulzura— , no tuve intención de pegarte tan fuerte. Pero no debías pensar en escapar, pues si yo te he traído aquí ha sido para hacerte un favor. Debes de saber, Aladino, que bajo de esa piedra, hay algo que puede hacerte más rico que el rey más poderoso del mundo, y yo puedo procurártelo. Al oír aquello, Aladino olvidó enseguida la bofetada y prometió hacer todo lo que le dijeran. — Ven, Aladino — dijo el mago— , coge esta argolla de bronce y levanta la piedra. Debajo de la piedra Aladino vió una profunda cueva y una escalera estrecha. — Baja a esa cueva — dijo el mago— . Al final de los escalones encontrarás una puerta, tras de la cual hay un gran espacio, dividido en tres grandes salas, llenas de oro y plata. La atraviesas rápidamente, con mucho cuidado, pues si tocas algo morirás en el acto. Al final de la tercera sala hay un jardín. Lo atra­ viesas tomando un camino que verás allí el cual te conducirá a un nicho, donde hay una lámpara encendida. Coge la lámpara y la apagas, después quitas la mecha, tiras el aceite, te la escondes entre la ropa y me la traes. Si las frutas que hay en el jardín te apetecen, podrás coger todas las que quieras. Después de decir todo esto, el mago se quitó un anillo que llevaba y se lo puso a Aladino en un dedo, diciéndole que aquel anillo lo protegería de todo peli­ gro, a condición de que hiciera todo lo que él le había dicho. — Baja sin miedo, hijo mío — añadió el mago— y seremos ricos y felices el resto de nuestras vidas. Aladino entró en la cueva, bajó por la escalera y vió las tres salas, tal como el mago le había dicho. Las atravesó sin tocar nada, cruzó el jardín sin detener­ se, tomó la lámpara, la apagó, tiró la mecha y el aceite y tal como el mago le había indicado, se la guardó en su ropa. Al volver por donde había venido, se extrañó de ver en el jardín las ramas

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de los árboles repletas de lo que él creyó que eran espléndidas piezas de cristal de diversos colores. A pesar de que hubiera preferido encontrar melocotones, higos o uvas, no pudo resistir el llenarse los bolsillos y dos bolsas que su tío le había dado de aquellas piezas tan bonitas de cristal de colores. Además se guardó tantas como pudo entre su ropa y, bien cargado como iba, volvió corriendo con su tío. El mago lo esperaba a la entrada de la cueva, preguntándose qué habría pasado para que tardara tanto. — Por favor, tío — dijo Aladino cuando estuvo arriba de la escalera— dame la mano y ayúdame a salir. — Sí, desde luego, pero antes dame la lámpara — dijo el mago. — No puedo dártela sin salir de la cueva — replicó Aladino. — ¡Miserable! — rugió furioso el mago— ¡Dame la lámpara ahora mismo! — No, no la entregaré — dijo Aladino— si antes no me ayudas a salir de aquí. — ¡Te arrepentirás, muchacho!— gritó el tío, al tiempo que pronunciaba unas poderosas palabras de magia. La roca tembló con estruendo, la piedra plana volvió a su lugar y Aladino se quedó encerrado en la cueva. Fué inútil que llorara, elevando sus manos al cielo; sus lamentos no podían escucharse. La puerta que comunicaba con las tres salas, quedó cerrada también, al conjuro de las palabras mágicas, que hi­ cieron que la piedra volviera a su lugar, y Aladino quedó allí en espera de la muerte. Durante dos días Aladino se quedó sin comer; al tercer día empezó a creer que moriría irremisiblemente, cuando, al juntar las manos con desesperación, pensando en la pena que tendría su madre, frotó por casualidad el anillo que el mago le había colocado en el dedo y, de repente, un genio enorme surgió de la tierra y dijo: — ¿Qué quieres de mí? Estoy listo a obedecerte, yo, y los demás esclavos del anillo. Temblando de miedo, Aladino dijo: — Sácame de aquí, si es que puedes. Apenas pronunció estas palabras, la roca se abrió y Aladino se encontró fuera de la cueva. Como recordaba el camino por donde había venido, se volvió presuroso a la ciudad. Al llegar a la casa de su madre, la alegría de volver a en­ contrarse en su hogar y las penalidades que había soportado pudieron más que él y se desmayó delante de la puerta.

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Cuando volvió en sí y una vez que su madre le dió mil veces la bienvenida, Aladino le contó todo lo que le había acontecido. — ¡Ay, hijo mío! — se lamentó su madre— ¡Ahora veo que ese extranjero no era ni mucho menos un hermano de tu padre! Era un hombre malo, que quería utilizarte con algún mal designio. Esto debe servirte de lección, Aladino, y alen­ tarte para que procures ganarte la vida por tí mismo; de esa manera no tendrás necesidad de que te ayude ningún extraño, o algún pretendido tío tuyo. Aladino prometió seguir los buenos consejos de su madre y, como estaba me­ dio muerto de hambre, le rogó que le diera algo de comer. Pero la pobre mujer no tenía ni comida ni dinero; pues durante la ausencia de su hijo lo único que hizo fué recorrer las calles buscándolo. — No te apures, mamá — dijo Aladino— . Deja de llorar y dame la lámpara que acabo de poner en la mesa, que voy a venderla. Su madre tomó la lámpara y, pensando que sería más fácil venderla si esta­ ba limpia, empezó a frotarla con arena. De repente un enorme y horrible genio se apareció ante ella y gritó con voz estentórea: — ¿Qué quieres de mí? Estoy listo para obedecerte, yo, y los demás esclavos de la lámpara. Aladino, que ya había visto al otro genio, casi no se asustó, pero su madre se desmayó. Entonces él tomó la lámpara y dijo con voz firme: — Tengo hambre, tráeme algo de comer. El genio desapareció, volviendo enseguida con dos bandejas de plata, llenas de exquisita carne, seis panes blancos, dos botellas de vino y dos copas de pla­ ta. Colocó todo en la mesa y se esfumó. Aladino le echó a su madre un poco de agua en la cara para que volviera en sí, y después la invitó a que compartiera con él aquel exquisito festín. — Pero, ¡cómo! — exclamó la buena mujer muy extrañada— . ¿Acaso el rey se ha enterado de nuestra pobreza y nos ha enviado todo esto? — Ven, mamá — le dijo Aladino-— . Vamos a comer y ya hablaremos de eso cuando nos hayamos repuesto. Sin perder más tiempo se sentaron y comieron hasta hartarse; después guardaron lo que les quedaba, que era suficiente para comer otros dos días más. Cuando la madre de Aladino supo que quien había traído la comida era el genio, le pidió a su hijo que vendiera la lámpara y se dejara de cosas con seme­ jantes espíritus. Pero Aladino había decidido conservar aquella lámpara, pues se dió cuenta del enorme valor que tenía. Ahora comprendía por qué el mago

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había insistido tanto en apoderarse de ella. No obstante, le dijo a su madre que no la utilizaría nunca, salvo en caso de fuerza mayor y que, además, iba a buscar trabajo y a tratar de aprender un oficio. Aquella noche sé quedaron muy sorprendidos al ver que de las piezas de cristal de colores que Aladino había traído emanaba una brillante luz. Aunque aquello les extrañó mucho, no se les ocurrió pensar que en lugar de piezas de cristal pudiera tratarse de joyas de gran valor y, madre e hijo, se durmieron tranquilamente, sin saber que su casa albergaba una tal riqueza. Al otro día Aladino vendió una de las bandejas de plata, para comprar ciertas cosas que necesitaban en la casa. Así mismo quiso vender la otra para comprar a su madre vestidos nuevos, pero ésta se opuso, pues no quería nada que no hu­ biera ganado con su propio trabajo. Seguidamente, Aladino se fué a recorrer las tiendas y almacenes en busca de trabajo. Al principio nadie le demostraba confianza, pero viendo que parecía haber cambiado, y que era un muchacho más serio, empezaron a confiarle algunos mandados. Poco a poco fué ganándose la confianza y el aprecio de todos, por sus costumbres y su buena conducta, y esto le permitía ganarse la vida honestamente. Un día en que Aladino andaba por la ciudad, oyó que un hombre ordenaba a todo el mundo meterse en las casas, pues la princesa, a la que nadie tenía dere­ cho de mirar, iba a pasar por allí, camino a los baños públicos. Aladino se encon­ traba en aquel momento lejos de su casa y no sabía dónde meterse. Al oír los tambores y las trompetas, que precedían el paso de la princesa, se escondió tras una puerta plegadiza que había en un gran vestíbulo. Pero resultó que aquel vestíbulo era la entrada a los baños; una vez traspuesta la puerta, la princesa, creyendo que sólo la veían sus esclavos, se quitó el velo. Pero Aladino pudo verla, por una rendija que había en la puerta. Deslumbrado por la extraordinaria belle­ za de la Princesa, Aladino se pasaba los días pensando en ella y se olvidaba de comer y de trabajar. Al fin ya no pudo ocultar por más tiempo su amor. — Mamá, amo a la princesa — dijo un día— y te suplico que le pidas al rey me permita casarme con ella. La buena mujer dejó la costura y miró a su hijo, pensando que se había vuelto loco; pero cuando insistió en que estaba decidido a ser el marido de la bella princesa, su madre no pudo contener la risa y le recordó que él no era más que el hijo de Mustafá, el sastre. — No soy tan pobre como crees — dijo Aladino— . Desde que me relaciono con los joyeros, he ido conociendo el valor de eso que yo creía que eran trozos de

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vidrio. Y es precisamente con eso, con lo que pienso obtener el favor del rey. La madre de Aladino siguió riéndose y dijo que ya no quería oír más tonte­ rías. Pero el pobre Aladino languidecía y, cuando su madre vió un día cuán desmejorado estaba, le dijo que si lo que necesitaba para curarse era que ella fuera a ver al rey, lo haría desde luego. Feliz al oír aquello, Aladino la mandó pedir prestado un plato grande de porcelana y lo llenó con las más hermosas joyas de su tesoro. La pobre mujer envolvió aquello con mucho cuidado con un paño y, con harto dolor de su corazón, se dirigió al palacio del rey, con gran te­ rror de ser castigada por su atrevimiento. Cuando llegó a la corte, el rey estaba juzgando a unos prisioneros, así es que esperó allí, calladamente, a que la llamaran. Cuando ya no quedaba nadie, el gran visir le rogó que se acercara. Entonces ella se arrodilló e imploró el perdón del rey; pero éste la invitó a hablar, diciéndole que no tenía nada que temer. Entonces le contó al rey, pidiéndole perdón a cada momento, el amor de su hijo por la princesa y cómo ella había tratado de hacerlo desistir. Sonriente, el rey le preguntó qué era lo que llevaba envuelto en aquel paño. La mujer entregó el plato al gran visir y éste se lo pasó al rey. Cuando el rey vió aquello se estre­ meció de felicidad, pues nunca, hasta entonces, había visto joyas de aquel ta­ maño con tanto esplendor. — Tu hijo — dijo el rey— no puede ser una persona cualquiera, si puede per­ mitirse hacer regalos de esta naturaleza. El gran visir se aproximó al rey y le dijo algo al oído; éste asintió con la ca­ beza y dirigiéndose a la madre de Aladino, dijo así: — Dile a tu hijo que le daré a la princesa por esposa, cuando me envíe cua­ renta copas de oro, llenas de joyas iguales que éstas, traídas por cuarenta escla­ vos negros, los cuales deben venir conducidos por cuarenta esclavos blancos, y todos ellos magníficamente vestidos. Vete aprisa y dile eso a tu hijo. La madre de Aladino se fué sumida en la desesperación y presa de grandes temores. Se sorprendió grandemente cuando vió que su hijo sonreía al oír la petición del rey. Creyó que Aladino se había olvidado ya de su amor insensato, y muy contenta se fué al mercado a comprar. En cuanto su madre salió, Aladino frotó la lámpara y ante él apareció el genio al cual pidió las copas de oro, las joyas, los esclavos negros y los esclavos blancos, tal y como deseaba el rey. En el acto la casa se llenó de esclavos magníficamente ataviados, llevando las copas de oro llenas con las joyas más raras y hermosas. Cuando la madre de Aladino volvió del mercado, se echó a temblar de miedo

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al ver todo aquello, pero su hijo le pidió que volviera a toda prisa al Palacio. Sin preguntar nada más, su madre se colocó a la cabeza de los esclavos, los cuales despertaron viva curiosidad a su paso por la ciudad. Cuando llegaron ante el rey, la mujer se echó a sus pies y dijo: — Señor, mi hijo Aladino sabe que estos regalos que envía a vuestra Majestad están muy por debajo del valor de la princesa, pero espera que los aceptéis como una muestra de la obediencia que os debe a vos y a vuestras reales órdenes. El rey no estuvo en condiciones de responder inmediatamente, de tan sobre­ cogido como estaba, ante la belleza de los esclavos, que parecían reyes, y cuyos vestidos eran más hermosos que los suyos propios. Por fin dijo: — Trae a tu hijo aquí, para entregarle la mano de mi hija. Aladino llamó nuevamente al esclavo de la lámpara y en un minuto estaba dándose un baño de agua de rosas. Después el esclavo lo vistió con magníficas ropajes. Le entregó un caballo, con la silla y las riendas de oro puro y que era mucho mejor que el mejor de los caballos que había en las reales caballerizas. Una fila de esclavos, también a caballo, lo esperaban, llevando espléndidos regalos para la princesa. Había otro grupo de esclavos, para el servicio de la madre de Aladino, para la cual habían traído, asimismo, ricos vestidos y equipaje. Aladino se subió al caballo y su aspecto era tan diferente, debido a los cui­ dados de los esclavos, que nadie reconoció al humilde Aladino, el hijo del sastre, y todo el mundo lo tomaba por un poderoso príncipe, acostumbrado a ser ser­ vido por esclavos desde que nació. Cuando el rey lo vió quedó gratamente sorprendido de su prestancia, sus buenas maneras y la riqueza de su ropa. Aladino quiso arrodillarse a sus pies, pero el rey lo detuvo y tomándolo de la mano le ofreció un asiento a su derecha. Tuvieron una conversación de varias horas, quedando el rey tan agradable­ mente impresionado, por la seriedad y el buen criterio de Aladino, que quería que la boda se llevara a cabo aquella misma tarde. Aladino, sin embargo, no aceptó que así fuera, pues quería que antes se construyera un palacio para la princesa. A este objeto le pidió al rey que le diera un lote de terreno, junto al palacio real. El rey accedió de inmediato y allí se despidieron. Aladino volvió a su casa a pedirle al esclavo que construyera un palacio y el rey fué a ver a su hija para decirle que podía considerarse feliz, pues pronto tendría un marido muy rico y de una gran prestancia. Cuando el rey se levantó a la mañana siguiente, tuvo una gran sorpresa, al descubrir frente a su palacio, otro palacio magnífico. La mi|ad de los habitantes

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de la ciudad estaban allí, aglomerados, admirados todos de aquella maravilla. Se le hizo saber al rey que Aladino lo estaba esperando, para conducirlo a aquel espléndido edificio. A medida que el rey caminaba, crecía su estupor, pues los muros eran de oro y plata,los ornamentos de jade, de ágata y de mármol, con incrustaciones de diamantes, rubíes y esmeraldas, y todo lo que existe de más rareza y de más hermosura. Había un cuarto lleno de monedas de oro; nu­ merosos esclavos se ocupaban del servicio; en las caballerizas abundaban los hermosos corceles y los carruajes más bellos, guardados por criados ricamente vestidos. En una palabra, el rey se daba cuenta que ni con todas las riquezas de sus tierras, hubiera podido comprar cosas tan caras como las que había en la gran sala del palacio de Aladino, con sus veinticuatro ventanas incrustadas de piedras preciosas. Aladino y la princesa se casaron enseguida y fueron muy felices. La fama de aquellas riquezas fué propagándose por todo el mundo, hasta que finalmente llegó a oídos del mago, que enseguida comprendió de qué manera Aladino se había hecho tan rico. Dispuesto a recuperar la lámpara maravillosa, se disfrazó y emprendió el viaje a Persia. Cuando llegó a la ciudad donde vivía Aladino, compró varias lámparas muy bonitas y, mientras Aladino andaba de cacería, él se puso bajo las ventanas de la princesa y empezó a gritar. — ¿Quién quiere cambiar lámparas viejas por nuevas? Las esclavas de la princesa, se asomaron a las ventanas, burlándose. — Comprobemos si ese tonto sabe realmente lo que dice — dijo una de ellas— ; en la sala de las veinticuatro ventanas hay una lámpara muy vieja, si ese viejo quiere se la cambiaremos por una nueva. La princesa accedió y una de las esclavas le llevó la lámpara al viejo, el cual de muy buena gana le entregó la mejor que tenía, marchándose muy contento por haber recobrado la lámpara maravillosa. En cuanto llegó la noche el mago llamó al esclavo de la lámpara: — Trans­ pórtame a mí, a la princesa y al palacio, al lugar más recóndito de la tierra — le dijo. Aquella orden fué inmediatamente ejecutada. Muy consternado quedó el rey cuando a la mañana siguiente vió que tanto el palacio como su propia hija habían desaparecido. Un importante destacamento de soldados fué en busca de Aladino, que todavía no había vuelto de cacería. Cuando se enteró de que su palacio y su esposa habían desaparecido se desmayó; lo llevaron ante el rey, tratándolo como si fuera un ladrón. Y lo hubieran ahor­

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cado allí mismo si el rey no hubiera temido a la ira del pueblo, que quería mucho a Aladino. — ¡Vete, miserable! -—gritó furioso el rey— . No te mataré; pero si vuelvo a verte otra vez te mandaré ejecutar, al menos que de aquí a cuarenta días me traigas noticias de mi hija. Aladino abandonó el palacio, sin saber a dónde dirigirse. Finalmente se de­ tuvo al borde de un arroyuelo para refrescarse los ojos que le ardían de tanto como había llorado. Al inclinarse se resbaló y al tratar de sujetarse a una piedra para no caer, frotó el anillo contra ella y, en el acto, apareció el esclavo y le dijo: — ¿Qué deseas? — Poderoso genio — gritó Aladino— , devuelve mi palacio al lugar donde estaba ayer. — Eso que me pides — contestó el genio— no puedo hacerlo yo. Soy única­ mente el esclavo del anillo; le tendrás que pedir eso al esclavo de la lámpara. — Entonces te ordeno que me lleves al lugar en que se encuentra el palacio ahora mismo — dijo Aladino. Momentos después, Aladino se encontraba cerca de su palacio, el cual estaba en una pradera, no lejos de una gran ciudad. La princesa iba y venía por su habi­ tación llorando por la pérdida de su amado Aladino. Al mirar por una ventana lo vió debajo y le hizo seña de que no hiciera ruido, mandando después a una esclava para que lo introdujera en el palacio por una puerta oculta. Aladino tomó en sus brazos a la princesa y le preguntó: — ¿Dime, princesa mía, dónde está la vieja lámpara que yo dejé encima de una mesa, en la sala de las veinticuatro ventanas? Entonces la princesa le contó cómo sus esclavas habían cambiado aquella lámpara por una nueva, añadiendo que se temía mucho que toda aquella des­ ventura viniera de aquella lámpara, pues había observado que el hombre que en aquel momento la poseía nunca se separaba de ella. Enseguida comprendió Aladino que se trataba de su viejo enemigo, el mago, y preparó un plan con la princesa para recuperar la lámpara. Aladino se vistió de esclavo y fué a la ciudad a comprar unos polvos que pro­ ducían a quien los tomaba un sueño tan profundo como la muerte; la princesa rogó al mago que la acompañara a cenar. Como nunca había sido tan amable con él, el mago se sintió encantado. Estando en la mesa, la princesa mandó a

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una esclava a traer dos copas de vino que ella misma había preparado. Después de hacer como que bebía, la princesa le pidió al mago que cambiaran las copas pues, le dijo, en Persia hay esa costumbre entre amantes. Muy contento, el mago tomó la copa y se la bebió toda, pero, apenas hubo terminado, se cayó al suelo sin conocimiento. Aladino, que ya estaba preparado, recogió la lámpara y arrojó al mago por una ventana. Llamó al genio y, en un momento, Aladino, la princesa y el palacio volvieron a su lugar de origen. Aquel día, el rey se había levantado de madrugada llorando su desgracia. Pero con gran alegría vió de nuevo el palacio. Llamó a la guardia y fué enseguida a ver a su hija; toda una semana duraron las festividades en toda la ciudad, en honor de Aladino y la princesa, que habían vuelto sanos y salvos. Desde entonces, Aladino llevaba siempre la lámpara consigo, y todo marchó bien durante un tiempo. Pero cuando el mago se recuperó de los efectos del polvo, vió que la princesa y el palacio habían desaparecido. Otra vez volvió a Persia. Cuando llegó a su destino, fué a ver a una santa llamada Fátima, conocida en toda la Ciudad por su bondad y porque curaba el dolor de cabeza. El terrible mago mató a la pobre anciana, la enterró y se puso su ropa. Des­ pués se tiñó la cara y las cejas para que fueran del mismo color que el de la santa y se fué a la ciudad. Todos la tomaron por la santa y la seguían para que les diera la bendición. Finalmente llegó frente al palacio y, al saber la princesa que Fátima estaba en la calle, mandó a sus esclavas a pedirle que hiciera el favor de pasar. La princesa trató cordialmente a la falsa Fátima, llevándola por todo el pa­ lacio y enseñándole, entre otras cosas, la sala de las veinticuatro ventanas. — Princesa— dijo la falsa Fátima— , permitidme que os diga que, si en la cú­ pula hubiera un huevo de rocho, esta sala no tendría igual en todo el país y vuestro palacio sería la maravilla del universo. — Mi estimada Fátima — dijo la princesa— , ¿qué es un rocho y dónde puedo obtener un huevo? — Princesa — respondió Fátima— , el rocho es una enorme ave que vive en la cima del Monte Cáucaso. El hombre que construyó este palacio puede procu­ raros un huevo de ese ave. La falsa Fátima hubiera querido marcharse, pero la princesa la invitó a que se quedara varios días en el palacio. Aquella tarde, cuando Aladino volvió de un viaje, encontró a la princesa un poco triste. Le suplicó que le dijera cuál era el motivo de su tristeza, y ella le dijo que le

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gustaría mucho que, en la cúpula de la sala de las veinticuatro ventanas, hubiera un huevo de rocho. — Bella princesa — dijo Aladino— , se cumplirá vuestro deseo. Enseguida llamó al genio de la lámpara y le dijo: — En nombre de la lámpara te pido que coloques en esa cúpula un huevo de rocho. Al oír aquellas palabras, el genio dió un grito tan terrible que el palacio tem­ bló y Aladino casi se cae al suelo. — Pero, ¡cómo! — dijo el genio— . ¿Después de todo lo que mis amigos los esclavos y yo hemos hecho por ti, me pides que traiga a mi amo y lo cuelgue en esa cúpula? Te mataría y prendería fuego a este palacio si no supiera que tú no eres culpable. Es el mago que en este momento se encuentra debajo de tu cama, vestido como Fátima, a la que él asesinó. Ve a castigarlo por sus crímenes o tú morirás. El genio desapareció dejando a Aladino confuso. Sin embargo, pronto encon­ tró el modo de deshacerse de su enemigo. Fue a la habitación de su mujer y, echándose en un sofá, dijo que le dolía la cabeza. La princesa, feliz de poder ayudar a su marido, dijo que la buena de Fátima estaba en el palacio y fué corriendo a buscarla. La falsa Fátima se presentó con una mano levantada como para bendecir a Aladino, mientras en la otra traía, escondido, un puñal. Aladino no perdía de vista al mago y en cuanto estuvo junto a él le sujetó la mano, le quitó el puñal y se lo clavó en el corazón. La princesa, creyendo que su marido había matado a la santa Fátima, se puso a gritar como desesperada. Pero Aladino le quitó la capucha que ocultaba la cara de la falsa Fátima y demostró a su esposa que en realidad se trataba del horrible mago. La pena de la princesa se transformó en alegría al ver que se habían deshecho de su enemigo para siempre. Poco después el rey murió sin dejar ningún hijo varón. Aladino y la princesa fueron Rey y Reina. Su reinado fué largo y feliz y dejaron muchos y buenos hijos.

ÍNDICE

La ingeniosa Scheherazade Cuento del caballo de ébano Aventuras de Sindbad el Marino Historia de Jowdar y sus hermanos Alí Babá y los cuarenta ladrones Abdallah-de-la-Tierra y Abdallah-del-Mar A b o u K i r y A b o u Sir Aladino y la lámpara maravillosa

7 9 18 29 39 48 56 64

Nueva versión de František Hrubín CUENTOS DE LAS MIL Y UNA NOCHES Ilustraciones a colores de Jiří Trnka Versión española: Miguel de Casas L. Bajo diseño y realización técnica de A R T IA este libro se terminó de imprimir el 30 de mayo de 1964 © 1964 QUEROMÓN EDITORES, S. A ., M ÉXICO, D. F. Todos los derechos están reservados y son propiedad del Editor.
S 1592

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