Educar es transmitir cultura.
Transmitir cultura es dar la
posibilidad de pensar la realidad desde otro lugar, distinto al
que el niño trae. La transmisión de la cultura es el eje del
sentido del trabajo docente, no es solo educar sino transmitir
algo que sea útil a los alumnos en el porvenir. Esta transmisión
les permite ser críticos, tener criterio y tomar como propios los
conceptos.
La transmisión implica la inculcación de una determinada visión
del mundo, pero la herencia cultural brinda la posibilidad a los
niños y jóvenes de reconocerse en una historia, un
antepasado, una pertenencia desde donde pueda valorar su
propia identidad. En especial, aquellos que quizás, tengan
pensado, ir desde su lugar de origen hacia “otras culturas”
necesitan herramientas para una posterior construcción de
conocimiento que sea útil en ese recorrido, pero sin olvidar el
pasado, no dejar que ese legado cultural se olvide, usarlo para
renovarse pero sin perder identidad y generando igualdad.
Creo, que actualmente, en un mundo tan vertiginoso por los
cambios (en especial, tecnológicos y el nuevo perfil de las
nuevas generaciones) el docente (“motor y corazón de esa
transmisión”) debe evolucionar con él, elaborando nuevas
formas de trabajo intentando adaptarse a las motivaciones
cambiantes de los niños, sus características y hábitos, en
definitiva, a su cultura, pero recordándoles siempre las
tradiciones, las costumbres y pasiones de sus ancestros.
Empatizar con el alumnado es fundamental para que los
procesos profundos de aprendizaje tengan lugar,
especialmente esos aprendizajes y valores que se consideran
necesarios en la comunidad y que llevan a los alumnos a
utilizar y mejorar sus capacidades en beneficio tanto de la
sociedad como en el suyo propio. Transmitir es “llegar” al
alumno y lograr que se movilice para captar el contenido y lo
tome como propio y “escriba su propia historia”.