OTRAS OBRAS EN ESTA EDITORIAL

En el nombre del pobre

SERGIO CARRERAS La sagrada familia JORGE LONDERO Lo mejor de Don Boyero MARIANO SARAVIA Naciones secuestradas La sombra azul FERNANDO COLAUTTI CARLOS PAILLET El tercer atentado ESTEBAN DOMINA Historia mínima de Córdoba La misteriosa desaparición de Martita Stutz LAURA RODRIGUEZ MACHADO MARIANO SARAVIA Fiestas populares de Córdoba ALICIA FRANCHISENA Verdugos y pilatos Esta es una historia que podría suceder en cualquier lugar de la Argentina donde existan políticos y pobres. Este libro demuestra, con datos y nombres precisos, cómo el clientelismo político sigue usando a su antojo los dineros del Estado para mantener como rehenes a miles de personas económicamente necesitadas. Con una prosa atrapante y directa, En el nombre del pobre relata cómo una millonaria partida de subsidios que iba destinada a indigentes y ancianos pobres se transformó en un apetecible botín político y terminó involucrando, causa judicial de por medio, a allegados del gobernador José Manuel de la Sota y a funcionarios del presidente Carlos Menem. En esa operación jugó un papel preponderante la ex esposa del mandatario cordobés, Olga Riutort, desde la presidencia de una fundación que se convirtió en una aspiradora de subsidios nacionales destinados a ayudar, en especial, a la tercera edad. ¿Qué pasó con esos dineros? ¿Quiénes fueron los verdaderos beneficiados? ¿Continúa esta sangría de las arcas públicas? Las páginas de este libro son una invitación, que nos involucra a todos, a encontrar y comprender las respuestas para estas preguntas urgentes.

En el nombre del pobre
Edgardo Litvinoff nació en 1971 en la ciudad de Córdoba. Desde 1997 trabaja en La Voz del Interior, diario para el que cubrió acontecimientos internacionales en Hong Kong, Colombia, Venezuela, Israel y El Líbano. Actualmente es co-editor de la sección Sociedad y escribe la columna dominical «Detrás de cámara», en la que apela a la ironía y a una mirada descontracturada para retratar los temas sociales del momento. Sus artículos sobre el uso político de los subsidios para gente pobre, aparecieron en las páginas políticas del diario y luego se convirtieron en la base para este libro. Es licenciado en comunicación social y se desempeñó en diversos medios radiales y gráficos.
© Sebastián Salguero

Edgardo Litvinoff

Edgardo Litvinoff

La historia de los subsidios sociales que complica a Olga Riutort y a funcionarios de De la Sota y de Menem

En el nombre del pobre

Ediciones del Boulevard

El ex presidente Carlos Menem. Las denuncias sobre supuestas irregularidades en los subsidios entregados por la Secretaría de Desarrollo Social corresponden a la última etapa de su mandato.

El 20 de noviembre de 1998, en plena campaña por la gobernación de Córdoba, José Manuel de la Sota y Germán Kammerath fueron acompañados por Menem a varias localidades del interior. La jornada culminó en el Pajas Blancas Center, en un acto organizado por Funcavi.

Ramón «Palito» Ortega es uno de los cuatro ex secretarios de Desarrollo Social de la Nación involucrados en la causa de los subsidios sociales.

José Manuel de la Sota y Olga Riutort cuando todavía eran marido y esposa. Fueron otros tiempos.

Ancianos pobres de toda la provincia fueron llevados al Pajas Blancas Center de la ciudad de Córdoba, el 20 de noviembre de 1998, para escuchar al presidente Carlos Menem y recibir carnets del Plan Asoma Medicamentos. A esa movilización la pagó Funcavi —cuya presidenta era Olga Riutort— con un subsidio de la Nación de 80 mil pesos.

Adán Fernández Limia y Olga Riutort fueron aliados políticos en el PJ capital. Olga Riutort fue la presidenta de Funcavi y la que firmó los pedidos de subsidio que investigó la Justicia.

El local del ex viceintendente de Córdoba, Adán Fernández Limia, en Cerrito 2139. Los vecinos lo conocen como una unidad básica peronista, y así se desprende del cartel pegado en su puerta. Después de la publicación de esta foto en La Voz del Interior, dicho cartel fue retirado. Allí se repartieron cajas del Plan Asoma, al menos entre 1998 y 1999.

La sede de Funcavi, cuando estaba en Corrientes 33, durante la distribución de las cajas del Asoma.

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Edgardo Litvinoff

La historia de los subsidios sociales que complica a Olga Riutort y a funcionarios de De la Sota y de Menem.

Ediciones del Boulevard
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Litvinoff, Edgardo En el nombre del pobre - 1ª ed.Córdoba: Ediciones del Boulevard, 2005. 124 p.; 21x14 cm. ISBN: 987-556-089-8 I. Título - 1. Periodismo

Colección dirigida por

Sergio Carreras
© 2005, Edgardo Litvinoff © 2005, Compañía de Libros S.R.L. Ediciones del Boulevard Rosario de Santa Fe 535 5000 Córdoba Te/fax: (54-351) 425 8687 E-mail: delboulevard@uolsinectis.com.ar

ISBN: 987-556-089-8

Fotografías de tapa e interior: gentileza del diario La Voz del Interior.

Hecho el depósito que indica la ley 11.723 Impreso en Argentina

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A Tamar, David, Ingrid

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PRÓLOGO

La función de la prensa en las sociedades democráticas hasta fines del siglo 20 fue informar, formar y entretener. Después del caso Watergate —la investigación del espionaje electrónico del ex presidente de los EE.UU. Richard Nixon sobre la oposición—, se sumó la de fiscalizador, controlador o «perro guardián» del gobierno de turno. La investigación de Edgardo Litvinoff sobre el clientelismo político en Córdoba iniciada en La Voz del Interior y ahora terminada en este libro es un excelente ejemplo del rol de la prensa como fiscalizador del poder. Durante la investigación, Litvinoff soportó presiones políticas y navegó con éxito por el laberinto kafkiano de la burocracia cordobesa y porteña para conseguir documentos que respaldaran sus sospechas. Denunció los puntos oscuros del manejo de fondos nacionales destinados a ancianos sin jubilación, entre otros planes sociales usados más para ganar elecciones que para reparar injusticias. Y demostró que el periodismo de investigación no es un periodismo de escritorio, como recomienda el Nobel colombiano Gabriel García Márquez, sino una indagación en el lugar de los hechos al meterse en todos los rincones de los barrios pobres de Córdoba. No se trata sólo de un libro documentado y una investigación de campo, sino de una exquisita narración que no cuenta una historia desde la política, como generalmente hace el periodismo tradicional, sino que también lo hace desde la voz de los pobres, las víctimas directas del clientelismo. Daniel Santoro Abril 2005
Daniel Santoro es prosecretario de Redacción y miembro del Equipo de Investigación de Clarín. Obtuvo el Premio Rey de España por sus investigaciones sobre el contrabando de armas desde Argentina hacia Croacia y Ecuador.

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INTRODUCCIÓN

El trabajo es la suprema dignidad del hombre. En la comunidad argentina no existe más que una sola clase de hombres: la de los que trabajan. Una de las 20 verdades peronistas.

Pasaron más de cinco décadas desde que la hija de Josefa recibió aquella camiseta que, decían su madre y su padre y los altoparlantes de la camioneta que tiraba las prendas entre la multitud, entregaba la mismísima Evita. Evita estaba allá, a 700 kilómetros, a toda una vida de distancia. Pero su corazón latía acá, en Córdoba, en barrio Villa Cabrera, por las venas de todos los que recibían las camisetas. Y, más que su corazón, era la mano simbólica de «la abanderada de los humildes»—–la mano que siempre acompañaba al General— la que se estiraba hasta lo sobrenatural para que todos tuvieran abrigo ese invierno. Medio siglo después, la imagen es símbolo, memoria y tradición. Símbolo, para un partido Justicialista que la explotó con aires de epopeya. Memoria, para la hija de Josefa que aún hoy, en la soledad del kiosco que atiende en la ventana de su casa —a pasos de la costanera del río Suquía— vive aquel momento como una llaga escondida bajo la piel. Tradición, porque lejos de convertirse en historia, aquella práctica encarnó una costumbre de la que mamaron todos los partidos y que, reinventada, sobrevive con nuevas formas y adaptaciones. La «edad de oro» del peronismo que recuerdan los que recibían las camisetas es un mundo paralelo que, como la Matrix, nunca se sabrá si existió o fue un sueño necesario. Hay imágenes, hay sonidos
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y hasta olores. ¿Pero quién puede decir que eso tuvo entidad, si es que hubo un eso y si es que tanta interpretación no lo desmembró? ¿Acaso sus miles de significados no disiparon el origen, el acontecimiento iniciático? Mucho se ha escrito sobre el clientelismo político en Argentina y seguramente su raíz y sus manifestaciones son y serán motivo de debate permanente. Los especialistas —politólogos o sociólogos que se ocuparon del tema—, coinciden en la imposibilidad de un análisis simple, uniforme. Es decir, se niegan a reducir el fenómeno a una figura bipolar, aquella en la que de un lado hay un militante «demoníaco» que reparte para obtener fidelidad y votos y, del otro extremo, un pobre infeliz que recibe el beneficio con pasividad. Detrás de esa fotografía preconstruida se esconde un proceso demasiado complejo, en el que se vuelve difícil detectar e identificar víctimas y victimarios. Más bien subyace una maraña de relaciones que van y vienen, en diferentes niveles y distintos escalones de responsabilidad. Allí se entremezclan las relaciones de poder, las desigualdades de una sociedad cada vez más empobrecida y la necesidad de esperanza en un futuro personal distinto, cuando distinto sólo puede significar mejor. ¿Conoce un puntero político el origen del dinero con el que se compran los bolsones o las entradas de teatro que debe repartir en su seccional? Puede que sí, pero quizás eso no tenga la menor importancia para su concepción del mundo y de la política. Ya en campo jurídico, se hace difícil juzgar a una persona cuando ésta comete un delito sin saber que se trata de un acto ilegal. En especial porque el tiempo lo ha convertido en una sistematización: la fuerza de la poderosa costumbre instaló una estructura tan sólida que sus actores ya no se preguntan por la clase de columnas que la sostienen. El clientelismo tiene mucho de eso: la naturalidad con la que sus participantes desarrollan una práctica que se mueve en límites difusos, aunque no tengan conciencia de esas ambigüedades. Muchas de esas prácticas son ilegales, de acuerdo a su naturaleza y a su trasfondo. Pero muchas otras se mueven en una línea
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delgadísima, en la que la ética pasa a ser el árbitro espontáneo ante la falta de normas claras. «Lo importante es que los bolsones se entregaron», es la frase más recurrente de algunas de las personas que entrevisté, seguros de que se trató de la menos peor de las opciones. El caso que aquí se cuenta —nacido a partir de una serie de notas publicadas en La Voz del Interior *— está siendo investigado por la Justicia Federal de Buenos Aires. Involucra a los ex secretarios de Desarrollo Social de la época del ex presidente Carlos Menem: Eduardo Amadeo, Ramón «Palito» Ortega, Santiago de Estrada y José Figueroa. También a personajes como el ex obispo castrense Antonio Baseotto y a numerosas instituciones que habrían recibido dinero del Estado con llamativa facilidad, cuyo uso y destino comenzó a ser investigado en 2001. Las denuncias también incluyen a Olga Riutort, a la fecha de esta edición presidenta del Partido Justicialista (PJ) en la capital cordobesa y titular del Consejo Provincial de la Mujer, ex esposa del gobernador José Manuel de la Sota, ex Secretaria General de la Gobernación de Córdoba y ex número uno de la Fundación para una Mejor Calidad de Vida (Funcavi). Precisamente los hechos de los que aquí se dan cuenta ocurrieron mientras Riutort era la presidenta de Funcavi. Junto a ella figuran en la causa varios funcionarios, legisladores y ex funcionarios ligados a su círculo más íntimo y al de De la Sota. Fue entre 1998 y 1999, cuando la fundación de la hasta hace poco mujer fuerte del Gobierno cordobés recibió jugosos fondos de la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación, durante el último tramo de la presidencia de Menem. Eran tiempos de campaña, cuando faltaban pocos meses para que De la Sota alcanzara su primera gobernación de Córdoba y Menem soñaba con un tercer mandato presidencial, esperanzado con el apoyo de su «compañero» cordobés, entre otros.
* Ediciones del 27 y 28 de octubre de 2003 y 20 de junio de 2004.

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En ese entonces, pocos imaginaban que el menemismo era desplomable. Y que Riutort y otros aliados de De la Sota quedarían involucrados en las sospechas y denuncias de manejo irregular de fondos a través de Funcavi. Enfrentar cargos por malversación de bienes públicos, falsedad ideológica o defraudación al Estado era una posibilidad difícil de concebir. A medida que se fueron descifrando los pormenores de la denuncia judicial surgían más y más detalles que complementaban la historia. Que alimentaron las notas periodísticas primero y este libro después. El encadenamiento de los hallazgos resulta poco menos que natural, y las relaciones entre ellos son tan claras que se infieren por decantación. No hace falta ser Nostradamus o un analista de peso para presentir lo que la Justicia puede hacer con esta causa, que en noviembre de 2005 cumplirá cuatro años sin grandes progresos. Por lo tanto, puede que nunca se compruebe si hubo o no un delito. Entonces, si al cabo de dicha investigación judicial no se encontraran culpables de usar irregularmente fondos del Estado (más de diez millones de pesos/dólares) que, entre otras cosas, debían destinarse a la población más pobre, el inasible pero pertinaz juicio popular reemplazará al judicial. Entonces será de ética la vara con la que se mida la historia. En ambos casos, este libro pretende ser un aporte.

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1. BOLSONES

EN LA UNIDAD BÁSICA

«Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo». Abraham Lincoln

Tenga cuidado, no pise ahí que el gasista tuvo que romper todo el piso. Disculpe el desorden pero me agarró de sorpresa. Pase, pase, siéntese ahí que ahora le cuento. Resulta que ese bolsón era para los que no tenían absolutamente nada y yo no tenía. Ahí me daban también la tarjeta de medicamentos que no usé. Lo fui a ver a Adán Limia porque lo conozco y bueno, me anotaron. De vez en cuando me los daban, tres o cuatro veces. Una vez voy y me dicen que no estoy anotada: ¿cómo?, le digo. Hace 14 años que estoy en el partido peronista y jamás me dieron nada. ¿Y ahora que pido una caja no me la dan? ¿En qué quedamos? Me dicen no se la damos porque a usted le da el gobierno. ¿Usted se cree, le digo a Fernández Limia, que si a mí me la diera el gobierno vendría a buscársela a usted? Más vale que no. Y me la dio, fue la última vez que me la dio. Lo que no conté es que muchas veces que pasaba por ahí y estaba la puerta abierta había cajas del Asoma hasta arriba del techo. Y las negaban. Había hasta el techo, en la casa de la madre, al lado de la unidad básica. Ese plan era bueno. Sigo sin poder conseguir la jubilación pero mi hijo trabaja gracias a Dios y ahora me dan la caja del gobierno... esa... no sé. Antes se hacían en ese lugar reuniones partidarias. Yo siempre iba pero cuando me dejaron de dar la caja no fui más. Conozco a otra señora que va siempre y nunca le dieron nada pero a la hija sí, a la hija le dieron trabajo. No me gustó que en el diario pusieran mi edad, no ponga mi edad. Cuenta Rebeca Ledesma, ex beneficiaria del Plan Asoma.

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Dos de harina, dos de azúcar El calor de barrio San Martín, en la capital de Córdoba, no es como el calor del resto de la ciudad. En otras zonas no hay calle Los Granaderos ni una penitenciaría ni se inundan las veredas cada vez que caen tres gotas ni se llena el aire de mosquitos gracias al agua acumulada en los cordones ni el vapor y el esmog que vienen desde el centro avanzan con tanta enjundia. En otros barrios sí, hay tres kioscos cada dos cuadras como en San Martín. Pero ninguno cierra tantas horas durante la siesta ni acumula tantos perros vagabundos en su vereda. También hay cyber, muchos cyber que desentonan con la humildad del barrio. Como si esas computadoras alineadas en prolijos cubículos enfrentaran la pobreza con tecnología. En los cyber de San Martín, cualquier chico con 50 centavos es, por media hora, un chico como cualquiera de los que se encuentra en el chat o en los juegos en red, allí donde se igualan las clases, los sexos y las edades. En San Martín, a la vuelta y enfrente y al lado de esos cyber, también viven muchos ancianos. Es un barrio de gente mayor que camina —si puede— con la bolsa de las compras en la mano. Marchan despacio, saludan a Pablito el verdulero, se llevan dos papas, una banana, medio de cebolla para el resfrío y vuelven a sentarse detrás de sus ventanas a ver pasar la gente. Resisten la soledad y el desamparo en sus viejas casas de 40, 50 ó 60 años. Algunas fachadas luchan por no perder su dignidad, trozada en pedazos de revoque. Otras tienen jardines bien regados, con plantas cuidadas al milímetro, señal de que la naturaleza no ha sido tan implacable como los años. O como la vida, que se les pasó sin que se cumplieran sus sueños y ellos ahí, a esa altura, viendo pasar gente que ya no los saluda y peleando por un bolsón de mercadería para subsistir por unos días. Esa, se dicen, no era la historia que habían escrito en su juventud. Sin jubilaciones, sin pensiones y sin hijos que ayuden, comenzaron a recibir la caja del plan Asoma (Ayuda Solidaria a Mayores) en 1995.
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Otros, recién en 1998. El programa, financiado por la Nación, estaba destinado a atender ancianos de más de 60 años, carecientes y sin obra social. Entonces se calculaba que había en esas condiciones 400 mil argentinos cuya principal virtud no estaba escrita en las bases del programa: aún podían votar. Dos kilos de harina y otros dos de azúcar. Un kilo y medio de fideos soperos. Uno de arroz y uno de yerba. Un litro de leche en polvo y medio kilo de dulce de batata. Medio de mermelada y medio de maíz blanco. Medio de polenta y un cuarto de galletitas. Dos latas de puré de tomate y dos de picadillo. Un budín y una caja con 25 saquitos de té. Eso tenía la caja que Silvana Sánchez, la hija de Antonia Roldán, retiraba para su madre durante 1998. Primero lo hizo en Funcavi —en la vieja sede de la calle Corrientes, en el centro de la ciudad— y luego «en la unidad básica» de Adán Fernández Limia, en la calle Cerrito de barrio San Martín, casi esquina Los Granaderos. En el mismo lugar que Rebeca Ledesma. Funcavi es la «Fundación para una Mejor Calidad de Vida», en ese entonces presidida por Olga Riutort, esposa de quien en aquel momento era candidato a gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota. Fernández Limia —músico y militante del PJ ligado a Olga Riutort— comenzaba a imaginar la campaña que finalmente lo depositaría en la viceintendencia de la ciudad, en la fórmula de Unión por Córdoba (UPC), junto a Germán Kammerath*. La madre de Silvana sobrevive hoy gracias al apoyo de su familia. «La estamos ayudando como podemos porque estamos hasta acá», dice, subiendo el dedo índice hasta dejarlo perpendicular al cuello. Como si hiciera falta, aclara: «Nos arreglamos como podemos». Cuenta que retiró entre seis y siete veces cajas del Asoma. Después
* Germán Kammerath había sido elegido vicegobernador en la fórmula de UPC junto a José Manuel de la Sota, en diciembre de 1998. Pero renunció para ser el candidato en las elecciones para intendente de la ciudad de Córdoba. Ganó esos comicios del 10 de octubre de 1999, con Fernández Limia como vice. Asumieron el 10 de diciembre de ese año.

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nunca más. Se disculpa, retrocede, entorna la puerta porque los perros ladran demasiado y los chicos gritan y tiene que atender a todos. Saluda y cierra con llave. Fantasmas En Constituyente Salguero 425 se levanta un complejo de departamentos que se comenzó a construir en 2002. Casi dos años después de finalizado el reparto de cajas del Asoma. Ningún vecino, incluso los que viven en la zona desde hace décadas, recuerdan a Elsa Acevedo. Ella es una de las supuestas beneficiarias que figura en el padrón del Plan Asoma de Funcavi, con esa dirección. En ese lugar antes hubo un baldío, por años, en el que vivió Benigno Ordóñez. Cuando le avisaron que no podría estar más allí, al menos le consiguieron trabajo de albañil para la obra, que hoy se ve terminada. Benigno nunca escuchó hablar de Elsa Acevedo ni le suena el apellido. Ni oyeron hablar del Asoma las personas que aparecen con ese nombre o similares en la guía telefónica. Sorpresa Las puertas de latón están despintadas. La casa es grande, pero hace años que no se cuida. Está sobre la calle Colombres. Allí habitan Elba Farías y su esposo. Ella también figura en el padrón, pero ambos negaron haber recibido alguna vez cajas del Asoma. Llevan 50 años viviendo en el barrio. Elba dice haberse jubilado como empleada del Hospital Aeronáutico en 1986, por lo que técnicamente tampoco podría haber recibido esa ayuda, que estaba destinada a ancianos sin cobertura social. Les llama la atención figurar en la lista. Contacto El 31 de octubre de 1998 murió María Julia Pintos, otra vecina de San Martín, en la calle Soldado Ruiz al 1.700. Hasta entonces, su
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sobrina Norma Benejan retiraba las cajas del Asoma «en casa de un vecino». Las consiguieron gracias «a una consuegra de María Julia que era peronista y trabajaba en una unidad básica», cuenta Norma, tras la reja del garaje en donde vende artículos de limpieza, escobas y líquidos desinfectantes. Manotazos La hija de Josefa Reche atiende su kiosco a una cuadra de la costanera, en barrio Villa Cabrera. Es la misma casa en la que murió su madre, a los 101 años. Antes de fallecer alcanzó a recibir algunas cajas del Asoma. «Pegaba manotazos de ahogado para conseguirle algún beneficio», dice. Josefa no tuvo una vida fácil. Problemas con su esposo, cuidar a su madre, atender a su hija... Cuenta que al trámite para recibir el bolsón se lo hizo «una vecina que estaba con De la Sota y con Limia», y que varias veces debió retirar la mercadería en el local partidario de este último. Está preocupada de que sus palabras perjudiquen a alguien («no se muerde la mano al que le da de comer») pero entiende muy bien cómo funciona la política. Suena el timbre del kiosco y le piden una Coca, una cerveza, un paquete de galletitas. Atiende. Es todo lo que hace, antes de despedirse. Por encargo Casi donde termina barrio Pueyrredón, cerca de la ruta 19 que conduce a San Francisco, los vecinos recuerdan que varias veces «Josefina» distribuyó cajas del Asoma en su vivienda de la calle 87. Josefina, a su vez, mencionó a María Aguilar y a Zulma Aguirre —ambas militantes peronistas— como los nexos que tuvieron que ver con su elección como centro de reparto. La primera era coordinadora de Funcavi y luego ingresó al Ministerio de la Solidaridad. La segunda tenía el cargo, en ese momento, de presidenta del subcircuito Pueyrredón del PJ.
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Un poco más al sur, sobre calle Suipacha, Haydeé Herrera cuenta que quien le pidió que repartiera las cajas del Asoma en su casa fue Ramón Sánchez, otro militante del PJ, ex director de Administración del Concejo Deliberante durante la gestión de Germán Kammerath y, a marzo de 2005, empleado del bloque de UPC, en el mismo lugar. En rigor, durante el relevamiento realizado al azar con el padrón de beneficiarios de Funcavi fueron muchos más los casos en los que las cajas se entregaron que los que no. Pero en los que la mercadería llegó a sus destinatarios casi siempre hubo una intermediación directa o indirecta de algún simpatizante, puntero o militante del PJ. Muchos de ellos —no sólo Fernández Limia— se convertirían en funcionarios provinciales y municipales durante el primer gobierno de José Manuel de la Sota. Y también en el segundo. No hay que ser quisquilloso «Todos colaboramos de la mejor forma. No creo que haya que ser tan quisquilloso si las cosas se hacen bien». Adán Fernández Limia intentaba argumentar por qué desde su local partidario se habían entregado bolsones que debía distribuir una fundación como Funcavi, comprados con dinero de la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación. Y por qué lo hizo, especialmente, en tiempos de la campaña electoral –1999– que luego lo depositaría en la viceintendencia de Córdoba. Su reconocimiento del hecho, de haberse concretado antes, me hubiera ahorrado gran parte de la investigación realizada en distintos barrios de la ciudad de Córdoba, en la que la gente contó cómo y dónde recibía las cajas del Asoma. Al momento de morir, el 12 de diciembre de 2004, Fernández Limia era diputado nacional por Córdoba. Llegó al Congreso luego de triunfar en las elecciones de octubre de 2003. Atrás quedaba su paso por la viceintendencia de la capital mediterránea, en una gestión —junto a Germán Kammerath— que será recordada como una de las peores en la historia de la ciudad, si es que sus sucesores no se
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esmeran en imitarlos. Es más: cuando la evidencia era inocultable y ya no había alfombra que tapara los baches, las calles sin luces, los ómnibus hechos pedazos y las cloacas desbordadas, el mismo José Manuel de la Sota debió pedir perdón «a los vecinos» por haber impulsado a la intendencia al ex Secretario de Comunicaciones de la Nación y amigo personal de Carlos Menem*. Fernández Limia fue entrevistado para la nota que apareció en La Voz del Interior el 28 de octubre de 2003, aunque allí no se reflejó la conversación completa. Pocas veces es posible, o vale la pena, publicar un diálogo transcribiéndolo literalmente, sin ninguna edición. Esta es una de esas ocasiones. Cuando sonó el teléfono y la secretaria le pasó el llamado, el funcionario atendió con confianza. No esperó que le mencionaran lo que empezó a escuchar. —¿Recuerda el Plan Asoma, hace cuatro o cinco años? Sé que ustedes lo repartían desde la unidad básica que está en su casa. ¿Se acuerda la fecha en la que se repartió? —No creo. Está todo planillado. Si me das un ratito apelo a la memoria... Ese programa fue de la época de Menem. —Sí, entre el ‘98, ‘99... ¿Quién le daba las cajas del Plan Asoma? —¿Cómo que quién las daba? —¿Teóricamente no las tenía que distribuir la Fundación Para una Mejor Calidad de Vida (Funcavi)? —... En principio, entiendo que sí. —El Gobierno se las daba a Funcavi como una ONG. La pregunta es por qué se las repartía a través de las unidades básicas. —Creo que todos colaboramos de la mejor forma. No hay que ser tan quisquilloso en algunas cosas si éstas se hacen bien. Ahora, si se hacen mal, bárbaro. Ese plan, que yo recuerde, ha sido uno de los más correctamente implementados. Vos no podías incorporar a nadie. Eras como un «comisionista» que viene del interior y le piden «lleve esta caja». Pero no se entregaban desde ahí. Fue desde distintos lados.
* La Voz del Interior, 1 de febrero de 2002. En Río Cuarto, De la Sota hizo su primera declaración en público sobre el distanciamiento con Germán Kammerath.

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Recuerdo la casa de un vecino que la prestaba. Se iban buscando sitios... Además ese lugar nunca fue una unidad básica, te aclaro. —¿Cómo lo denominaría? —En ese local funcionan cosas actualmente, pero no es un lugar formal. Está el plan de inclusión familiar. Justamente es un requisito del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) que no sean locales partidarios. —¿Usted fue miembro de Funcavi en alguna de las comisiones? —Sí, trabajaba con ellos. —¿Como miembro o colaborando? —Colaborando y en algún momento formalmente.. pero después ya no. —Lo extraño es que si al plan lo tenía que administrar Funcavi, se hiciera desde ese tipo de locales. —Sí, lo extraño también es que cuatro años después nos ocupemos de esto. —Es porque hay denuncias penales. —Nunca funcionó una unidad básica ahí. —Sin embargo, hay carteles para pedir turno para atención psicológica, por ejemplo, y se lee «aclarar que el turno se solicita para las unidades básicas». —A ver... ¿qué querés saber? —Simplemente eso. Que era un plan que tenía que implementar Funcavi como ONG y se hizo a través de unidades básicas en los barrios. Pero bueno, usted dice que lo hizo colaborando... —Como colaboramos con cuanta pelotudez nos pide quien sea. Cuando estaban los radicales, ya que te interesa tanto el tema, también colaboramos con la distribución de los bolsones. Y no teníamos problemas. ¿Qué me importaba que fueran radicales? Si la gente necesita que le llegue y puedo dar una mano, la doy. ¿Qué te quiero decir con esto? La caja, ¿le llegó al que le tenía que llegar? ¿Nos quedamos con alguna? Ese es el punto. —Tomamos al azar un sector siguiendo el padrón del plan Asoma. Hubo gente que dice que nunca recibió nada. ¿Es posible? O domicilios en los que no vivió quien figuraba ahí.
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—Imposible, porque no se entregaba a domicilio. Tenían una credencial. Es el plan que más satisfacción me ha dado. Muchas veces estuve personalmente entregándolo. Conozco bastante bien el tema. Había que tener más de 65 años y no recibir otra atención. Esos listados bajaban de la Nación. Había un formulario de alta que se remitía. No era una decisión política a quién se lo daba. Lo que hacíamos era contribuir con la distribución de la caja. Que el tipo no tuviera que ir al centro. Lo entregábamos en distintos barrios. Debo tener archivado todo eso. Tenían un código de barra, que hacía más controlable al asunto. —¿Puede que una persona que figuraba en el padrón no viviera en ese domicilio? —Lo que puede haber pasado es que figuró en el DNI con una dirección pero se mudó. Puede haber habido algún caso de esos. Al no entregarse en la casa, no se podía controlar que fuera ese el domicilio real. Este programa tenía además un plan médico con alguna ventaja para la adquisición de medicamentos. Fue uno de los mejor implementados. Mirá que la Nación, y en tiempos de Menem, no se caracterizaba por ser una cosa transparente, digamos. Pero éste en particular fue uno de los mejores. —No lo molesto más. —No, es que me llama la atención... en medio de una campaña electoral...* —Le cuento que en la sección Sociedad (La Voz del Interior) estábamos haciendo un informe sobre ONG y surgió que había una denuncia penal en la Justicia Federal de Buenos Aires —en Córdoba no se sabía— contra Funcavi, por el plan Asoma. —Me acuerdo de la polémica con Cáritas. Nuestra colaboración fue esa: ayudar a distribuir para que los ancianos no tuvieran que trasladarse demasiado. Pero guardo esa sensación de plan bien instrumentado. Fue uno de los pocos planes serios que vi. Fernández Limia, como casi todos los dirigentes que hablaron
* Se avecinaban las elecciones del 5 de octubre de 2003, en las que José Manuel De la Sota triunfaría para comenzar su segundo mandato en la gobernación.

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sobre el tema —muchos de ellos allegados a Riutort, temerosos de represalias si eran identificados— demostraron una lógica de pensamiento similar: primero, tratar de descalificar la información sobre el método de distribución de las cajas. Luego, una vez expuestos los argumentos y las pruebas y disimuladamente rendidos ante la evidencia, apelaron al tradicional «pero las cajas llegaron, eso es lo importante». El caso del ex viceintendente de Córdoba es ilustrativo. Algunas semanas después de que apareciera la nota y la fotografía de la fachada del local en las páginas de La Voz del Interior, fue retirado el cartel que daba la pista de ese lugar como una unidad básica. Al poco tiempo se agregaron sobre la vidriera unas letras de papel, cortadas a mano, en donde se leía «CAB - Centro de Atención Barrial»: una curiosa nueva denominación para este tipo de locales. El relevamiento tuvo lugar en los barrios San Martín, Pueyrredón, Villa Cabrera y Los Paraísos, con similares resultados en cuanto a la forma de distribución de las cajas Asoma. O el azar jugó una pasada inexplicable, o el resto del padrón aún tiene mucho más para decir. A pesar de las palabras de Limia, oficialmente todavía nadie aceptó ni explicó por qué las cajas, al menos en los casos mencionados, se entregaron a través de la estructura partidaria del PJ. Cajas que debía repartir una ONG, compradas con dinero del Estado.

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2. PUNTEROS

RADICALES

«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Groucho Marx

«De Cesaris es un puntero radical, igual que Nora Chiavassa». Al presidente de Cáritas Córdoba y a la integrante de la comisión directiva de esa institución se les atragantaron las tostadas del desayuno. ¿Se referían realmente a ellos? ¿Era una broma pesada? Tomaron aire y volvieron a leer las noticias que aparecían en los diarios de aquel 13 de abril de 1998. Ambos tuvieron la misma sensación; esa que empieza en el estómago, se irradia hacia los brazos y sube, como una ola caliente, primero a los pómulos y después hacia el centro de la frente, en donde el rojo persiste por algunos segundos. La que tiraba con munición gruesa era Olga Riutort, entonces presidenta de la Fundación para una Mejor Calidad de Vida (Funcavi). No. No había ningún error. Ella hablaba de ellos. Cuando se recuperaron de la sorpresa, los acusados corrieron a sus autos casi al mismo tiempo, tomaron el camino hacia la esquina de Avenida Vélez Sársfield y San Luis y entraron hechos una furia al histórico edificio de Cáritas, en donde los esperaba la comisión directiva. Los más cautos intentaban reflexionar y se preguntaban de qué se trataba todo. Los más efusivos estrellaban las puntas de sus zapatos contra las paredes, en repeticiones sucesivas. Necesitaban descargar la bronca. La destinataria de la ira era, una vez más en esa semana, la señora Riutort. Los cordobeses empezaban a conocerla.

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La señora «Nadie me va a hacer creer que esto no está motorizado por la oposición», disparó ella, antes de decir nada, como para dejar sentado cómo funcionan las máximas. Coqueta, bien peinada a pesar de haber trabajado y viajado por el interior todo el día, entró a la pequeña sala como un huracán. Se sentó con elegancia, clavó los ojos hacia adelante y saludó, como si nunca hubiera pronunciado lo que acababa de decir. Fue la primera y única vez que estuvimos frente a frente, aunque a los cinco minutos parecíamos conocernos de siglos. Es de esas mujeres con quien cualquiera compartiría un asado, sin riesgo de aburrirse. Lanza las palabras y las frases y las despliega con toda su energía cinética. Ella maneja los tiempos y las sensaciones y hace que su interlocutor pase, en segundos, de sentirse halagado a pensar que es la peor basura. Va del elogio al insulto sin transiciones, aunque siempre con un tono que invita a seguir conversando, a crear empatía y mantener el diálogo, que a veces se vuelve monólogo. Es una persona tenaz, intensa. Parece seguir al pie de la letra las enseñanzas de aquella otra mujer omnipresente, que arengaba a sus admiradoras a empezar otra era: «Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico dentro de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar. Ha llegado la hora de la mujer argentina, íntegramente mujer en el goce paralelo de deberes y derechos comunes a todo ser humano que trabaja, y ha muerto la hora de la mujer compañera ocasional y colaboradora ínfima...*. Entró en la sala aquel agosto de 2003, con una montaña de carpetas y papeles y padrones. «Acá tenés, quiero ver si investigás en serio», me desafió.
* Discurso de Eva Perón del 12 de marzo de 1947. Página web del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (www.me.gov.ar).

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Era la primera vez que Olga Riutort de De la Sota ingresaba a la sede del diario La Voz del Interior, después de la querella por injurias entablada en febrero de ese año contra el diario y el periodista Sergio Carreras. La demanda se había originado, dijo, al sentirse ofendida por la investigación sobre sus gestiones para traer desde Chile 50 millones de pesos en bonos Lecor. La nota —publicada el 24 de julio de 2002— echaba un manto de dudas sobre los motivos del viaje de la entonces poderosa secretaria general de la Gobernación, en noviembre de 2001, así como sobre los supuestos inconvenientes que habría tenido en el aeropuerto de Santiago con la millonaria carga*. No fue la primera demanda por calumnias e injurias iniciada por Riutort: en agosto de 2001, un juez correccional condenó al médico Miguel Martínez García a dos años de prisión en suspenso, al encontrarlo culpable de calumnias en perjuicio de la funcionaria. Ella había iniciado la querella al enterarse de que el profesional, miembro de la Intergremial Médica, había aludido durante una asamblea a rumores sobre presuntas coimas que Riutort habría cobrado en la licitación para el gerenciamiento del Ipam (Instituto Provincial de Atención Médica). En marzo de 2004, el Tribunal Superior de Justicia de Córdoba dejó sin efecto la condena a Martínez García: consideró que no se trataba de una calumnia sino de una injuria, aunque ratificó la indemnización de 25 mil pesos. Como sea, allí estaba ella, en la sede de avenida La Voz del Interior 6080, dando explicaciones. La escena no volvería a repetirse. Habían pasado más de cinco años desde la pelea con Cáritas, pero la causa judicial —que involucraba a Funcavi en supuestas irregularidades con subsidios de la Secretaría de Desarrollo Social durante la gestión menemista—, la tenía preocupada. Aunque ella hacía lo posible por restarle importancia, por decir que nada de eso tenía sentido.
* En octubre de 2002, cuando la Justicia archivó la causa por el supuesto sobreprecio pagado por la Provincia en la confección de los bonos Lecor, el fiscal también consideró que no hubo irregularidades en el viaje de Riutort a Chile.

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En ese momento había dejado su puesto como funcionaria provincial, pero estaba al frente de la campaña de Unión por Córdoba* para las elecciones de octubre de 2003, en la que su esposo sería reelegido gobernador. Atrás quedaban aquellos años en el Congreso de la Nación, cuando se conocieron, hasta que se casaron un 28 de diciembre de 1989, el Día de los Santos Inocentes. Si de algo puede vanagloriarse la sanjuanina es de que nunca necesitó marido para la política: su extenso currículum de militante comenzó a los 17 años, cuando se lanzó a estudiar en la Universidad de San Luis, adonde se recibió de bioquímica. Fue presidenta del PJ de San Juan y dos veces diputada nacional, entre 1983 y 1987, y luego reelegida hasta 1991. Aún conserva su jubilación como legisladora, por lo que —afirma— nunca cobró su sueldo como funcionaria provincial. Desde que juró como secretaria General de la Gobernación de Córdoba, el 20 de julio de 1999, hasta que dejó su cargo, el 26 de agosto de 2002, Riutort acumuló un poder que ninguna mujer consiguió en la historia política de la provincia. Tuvo bajo su órbita a los ministerios de Solidaridad, Salud y Obras Públicas; las agencias Turismo, Ciencia, Cultura, Deportes y Ambiente, el servicio penitenciario, la Dirección de Personal y el estratégico Ocpif (Organismo de Coordinación, Programación de la Inversión y Financiamiento) cuya función era contactar a entidades de crédito para financiar la reforma del Estado que De la Sota propuso a inicios de su Gobierno**. Sus críticos la tildan de autoritaria. Ella les responde con 12 horas de trabajo al día que en sus tiempos de bonanza realizaba en un despacho contiguo al del gobernador.
* UPC, una coalición del PJ con partidos minoritarios creada para las elecciones de 1998. La integran, también, la Unión de Centro Democrática y Acción para el Cambio, entre otros. ** Al quedar convertido por la Legislatura en agencia de Estado, el organismo quedó eximido de presentar balances al Tribunal de Cuentas provincial.

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Parte de su buena estrella se desmoronó a mediados de noviembre de 2004, cuando se hizo pública su separación, a punto de cumplir 15 años de matrimonio. Aunque la tensión había empezado mucho antes. «La señora» u «Olguita», como le dicen sus allegados, ya no frecuentaba desde hacía meses los pasillos de la Casa de Gobierno. Apenas retuvo el cargo de titular del Consejo Provincial de la Mujer, que depende del Poder Legislativo. El 24 de octubre de 2004 obtuvo un triunfo aplastante en la interna del justicialismo cordobés por la capital, demostrando que aún podía reposicionarse en el escenario político local, junto a su ex marido. «La política significa tener poder para solucionarle los problemas a la gente»*, suele decir la otrora «Dama de Hierro». Quienes la conocen de cerca no sólo saben que es así, sino también que ella jamás concebiría esa frase sin algunos de sus elementos. Coincidencias El conflicto de Riutort con Cáritas Córdoba había empezado el 6 de marzo de 1998, cuando la entidad de la Iglesia Católica recibió un fax de la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación (SDS). Allí se le comunicaba el corte del programa Asoma (Ayuda Solidaria a Mayores), un plan nacional destinado a distribuir cajas de alimentos entre ancianos carecientes de más de 60 años, sin obra social ni jubilación. Más que la decisión, lo que llamó la atención a los destinatarios del mensaje fueron los argumentos de esa medida, ya que se mencionaba una serie de irregularidades con la administración de los fondos del programa (que utilizaba unos 80 mil pesos/dólares mensuales para alimentar a cuatro mil ancianos). Desde 1995 Cáritas implementaba el Asoma con una constancia regular. Aseguran que apenas tres meses antes del escándalo habían recibido una felicitación de la SDS por la metodología utilizada en Córdoba, así como por los resultados obtenidos en la promoción de esa franja tan vulnerable de la población.
* La Voz del Interior, 13 de enero de 2002.

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Sin embargo, algo no andaba bien. Ya el 17 de junio de 1997, el diario La Mañana de Córdoba había publicado un informe de la SDS que observaba ineficiencias y deficiencias en la administración del Asoma por parte de Cáritas Córdoba, por «falta de recepción de beneficios entre personas registradas», «entrega de bolsones a personas que no figuran en el padrón» y problemas administrativos en las declaraciones juradas sobre las rendiciones de cuentas. Juan De Césaris y Nora Chiavassa se transformaron en los voceros de la entidad que —aseguran sus autoridades— en casi cinco décadas de existencia jamás había recibido críticas de ese tenor. Esto hizo que sus dirigentes se movilizaran hasta Buenos Aires en busca de explicaciones ante el titular de la SDS, Eduardo Amadeo. Allí comenzaron a comprender lo que se estaba gestando. La primera sospecha llegó cuando brotaba abril, al enterarse de que la SDS había adjudicado el Asoma a Funcavi. Era la primera vez que escuchaban hablar de la fundación, pero no de su presidenta: Olga Riutort de De la Sota, entonces esposa del senador y aspirante a la gobernación de Córdoba. Faltaban ocho meses para las elecciones provinciales que pondrían al eterno candidato peronista, por primera vez, ahora sí, al frente de la Casa de las Tejas. «En un período electoral no es negocio que este plan esté manejado por Cáritas. Nunca pensamos que se podía usar para fines políticos, pero evidentemente esta decisión tiene ese objetivo», dijo entonces Nora Chiavassa* sobre la medida de la SDS. Quien le contestó a la vocera de Cáritas fue Dante Heredia, y no por casualidad: Heredia era el director de Programas de Funcavi, y con la llegada de De la Sota al poder pasaría a desempeñarse en la agencia Córdoba Solidaria, un experimento del primer gobierno delasotista que derivaría luego en el Ministerio de la Solidaridad. En esa área se maneja, justamente, la distribución de planes sociales. Con una particularidad: mientras tuvo estatus de agencia del Estado, no tenía obligación de presentar balances ni rendiciones al Tribunal de Cuentas de la Provincia.
* La Nación, 17 de abril de 1998.

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Heredia es miembro de la Legislatura cordobesa por el PJ, pero lo más interesante de su currículum tiene que ver con el conflicto con Cáritas: además de asesor de De la Sota en el Senado de la Nación, Heredia fue director nacional en la SDS, tal como figuraba en su historial de la página web del Gobierno de Córdoba. Fuentes de la Gobernación aseguran que desempeñó tales tareas durante el período de Eduardo Amadeo, pero Dante Heredia no quiso contestar esta ni otras preguntas relacionadas con el tema Funcavi. Los curiosos eslabones no terminan allí. El mismo día en que La Voz del Interior publicó la declaración de Heredia descartando cualquier vinculación política de Funcavi (13 de abril de 1998), por la tarde se invitaba el lanzamiento del Asoma en la sede de Smata Córdoba, en la calle 27 de abril 863. La gacetilla de prensa invitando al acto tenía el membrete de «José Manuel De la Sota – Senador de la Nación – República Argentina». Y, para que no quedaron dudas, comenzaba diciendo: «El Senador Nacional José Manuel de la Sota e integrantes de la Fundación para una mejor Calidad de Vida (Funcavi) participarán del lanzamiento en nuestra ciudad del sub programa alimentario Asoma». Quizá no se trataba del mismo De la Sota. O de la misma Funcavi. Quizá hubiera una persona y una fundación homónimos. O quizá nadie le había avisado del acto a Heredia, al menos para que no hablara. Desechadas estas posibilidades, no sería la primera vez que marido y esposa, que senador y fundación, se relacionarían de alguna manera –a través de sus allegados– con los subsidios de la SDS. Ellos, nosotros Empezó en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, ayudando a recuperar soldados presos, otorgando protección a los niños huérfanos y sirviendo de correo entre los combatientes encarcelados y los beligerantes. La experiencia de Cáritas Alemania Católica reuniendo la ayuda internacional debe haber sido interesante, porque su eco
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hizo que la Iglesia de Roma decidiera, en 1947, manejar el proyecto de Cáritas Internacional. La iniciativa fue del polémico Pío XII y del cardenal Giovanni Montini, futuro Papa Pablo VI. Fue así que en 1950 surgió la Confederación que nuclea a las Cáritas del mundo. Siguiendo esos lineamientos, la Conferencia Episcopal Argentina creó en 1956 Cáritas Argentina, con el objeto de «animar y coordinar la obra social y caritativa de la Iglesia», entre otros aspectos. Quizá sea una exageración, pero en la filial cordobesa aseguran que nunca, en las casi cinco décadas de la institución, recuerdan un episodio como el de Asoma, Riutort y compañía. «Veíamos claramente una intencionalidad manifiesta para que se le cayera el programa a Cáritas. Cuando nos enteramos de que va a parar a Funcavi, se reafirman nuestras sospechas. Es así: en nuestro país, cuando llegan las épocas de elecciones, todo lo que tiene que ver con la ayuda social se alborota», dice Sergio Sesma, integrante de la entidad católica. Pasaron siete años pero el recuerdo está intacto. Y la bronca, ya disimulada con pizcas de cinismo, sigue rondando por el edificio de Cáritas, en la calle San Luis. Allí, Sesma recordó aquellos días de 1998 con la serenidad que concede la distancia temporal. Sesma era coordinador de Cáritas Córdoba cuando estalló el escándalo. Y continúa en el mismo cargo. —¿Qué sintieron cuando se enteraron de que a Cáritas le sacaban el Plan Asoma para dárselo a Funcavi, y en medio de críticas por su gestión? —Lo primero fue una seria sospecha de que ese no era el punto en cuestión. Primero, en diciembre anterior (1997) habíamos recibido una carta del director del programa de la SDS felicitándonos por nuestra administración, con una serie de loas hacia cómo lo habíamos hecho. Es que la SDS armaba los bolsones en Buenos Aires. Pero como nosotros habíamos tenido problemas con algunos productos que venían en la caja (como tomates podridos: debimos recoger todas las botellas de las parroquias que las distribuían), surgió la idea de armar nosotros las cajas, con proveedores propios. E incluso poder mejorarla. Con esta modalidad hacíamos todo con proveedores de
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Córdoba, que nos daban muy buenos precios por ser Cáritas, incluso mejores que a la SDS. Con la misma plata con la que la SDS hacía una caja de 17 productos, nosotros llegamos a hacer una de 24. Y de marcas de primera calidad. Trabajamos mucho tratando de conseguir mejores precios. Me acuerdo, por ejemplo, que con la yerba llegamos a tener más de 10 presupuestos. Además, en las parroquias pudieron generar otro tipo de contención a esos ancianos. Estábamos muy contentos. A los meses siguientes aparece de golpe la señora Olga Riutort diciendo que por una mala administración de Cáritas, la SDS le concedía a Funcavi el manejo del plan Asoma. —¿A cuántos ancianos llegaban? —A cuatro mil aproximadamente. —¿Alguna vez tuvieron una experiencia semejante a la que les pasó con el plan Asoma? —Nunca. Además, por ejemplo en el ‘89, en la época de la hiperinflación, cuando estalló la crisis, Cáritas fue convocada por el Gobierno, los gremios, etcétera. Entre ellos, nadie confiaba en nadie. Dijeron «entonces pongamos a Cáritas como responsable de la ayuda». Ahí surgieron históricamente nuestros comedores. Eso tuvo un proceso promocional hasta que, en 1994, el Gobierno los formalizó desde un programa. Aún hoy sostiene el alimento para los comedores. Cáritas sigue haciendo una tarea de promoción muy importante en esos espacios, incluso la mayoría ya tiene guarderías maternales. Hoy existen 39 centros infantiles, aunque aspiramos a tener menos. Nunca hubo un solo problema o crítica relacionados con el desarrollo del programa. Al contrario, 15 años de trabajo intenso en estos centros infantiles nos avalan. —¿Por qué cree que surgió todo el conflicto en ese momento? —Veíamos claramente una intencionalidad manifiesta para que se le cayera el programa a Cáritas. Cuando nos enteramos de que va a parar a Funcavi, se reafirman nuestras sospechas. Es así: en nuestro país, cuando llegan las épocas de elecciones, todo lo que tiene que ver con la ayuda social se alborota. —¿Qué pasó cuando se enteraron de las denuncias judiciales en las que se involucraba a Funcavi?
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—Corroboramos todo lo que pensábamos y sabíamos, aunque sin elementos contundentes en ese momento. Lo primero que tuvimos que hacer fue cuidar lo que habíamos hecho. Tratar de cuidarnos ante tamaño movimiento, incluso mediático. Hubo un medio local, La Mañana de Córdoba, que nos pegaba muy duro. Nos dimos cuenta de que había en la SDS un personaje (un arquitecto) que estaba moviendo todo en Buenos Aires. A tal punto que promovió un desbarajuste en el mismo Ministerio. En fin, vimos con nuestros propios ojos lo que un aparato partidario es capaz de hacer en época de elecciones. En La Mañana de Córdoba recibieron un fax de ese personaje. Cuando nos enteramos, planteamos la queja al Ministerio y nos mandaron a decir que había sido un informe trucho; no sabían de dónde había salido. ¿Cómo hacíamos para desmentir eso? El mismo Amadeo nos dijo que no se trataba de un informe de ellos. A tal punto que posteriormente Amadeo tuvo alguna intención de reponernos el programa, a lo que nos negamos terminantemente. Por supuesto que a nada de esto lo admitió públicamente. Fue muy duro asumir un golpe de ese tipo, más cuando veíamos la realidad nuestra. Encima, en medio del problema, La Voz del Interior nos pidió una entrevista. La comisión directiva estaba efervescente, quería ser prudente y le dijimos que en ese momento no sabíamos cómo y qué contestar. Ese día no podíamos. El título a la mañana siguiente fue «Cáritas no quiere explicar cómo manejó los fondos del plan Asoma». A los dos días nos fuimos al diario con todas las carpetas y los números... pero mediáticamente ya era tarde. Cuando un año y medio después vi la investigación de La Voz del Interior, confirmé que era tal cual como pensábamos, con un montón de detalles que hubieran reafirmado esa situación. —¿Qué pasó con esos ancianos? —Algunas parroquias intentaron seguir asistiendo a los ancianos, sin querer participar con Funcavi. Cuando dejamos el programa muchos venían a quejarse y les explicábamos lo que pasó. Los mandábamos a Funcavi. Lamentablemente se perdió un muy buen trabajo, que trascendía lo asistencial. Hacíamos un seguimiento personalizado y cuando había alguna duda, se visitaba personalmente
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al anciano. Hasta logramos armar un grupito de chicos sin trabajo que organizaba todo, era como una pequeña fábrica en la que se armaban las cajas. —¿Cuándo fue la última vez que entregaron las cajas? —Diciembre de 1997 aproximadamente. El problema surgió en los primeros meses de 1998 y el programa se cortó automáticamente. Como lo anticipó el coordinador de Cáritas, la versión de Eduardo Amadeo contradice el relato de la entidad católica. Al ex titular de la SDS le llevó algunos segundos recordar el caso, a siete años de aquel conflicto. Sin embargo señaló que «no hubo ningún informe falso, sino una auditoría externa que determinó que los fondos no se habían usado totalmente para bolsones, sino para otras cosas como, por ejemplo, arreglo de viviendas». En segundo lugar afirmó que «no se rindieron a tiempo las cuentas». «Y tercero, no se presentaron padrones de beneficiarios», agregó. «No quiero decir con esto que hayan robado, ni mucho menos. Pero el dinero no se usó para los fines especificados», recalcó varias veces el ex funcionario. Y dijo no recordar si Dante Heredia trabajó con él en la SDS en aquel momento, al menos en las primera y segunda líneas de funcionarios. Bien católicos Cuando Olga Riutort respondió a las críticas de Cáritas acusando a Juan De Césaris y a Nora Chiavassa de ser punteros radicales, el escándalo alcanzó a la cúpula de la Iglesia. Por esos días, las autoridades eclesiásticas realizaban explícitas críticas contra la corrupción y el manejo de los planes sociales por parte del gobierno de Carlos Menem. Durante la 75ª asamblea plenaria del Episcopado, el arzobispo de Paraná y titular de la Iglesia, Estanislao Karlic, exhortaba a rechazar «la injusticia y toda corrupción moral, procurando el bien común de la Nación». En el mismo encuentro, el obispo de Humahuaca, Pedro Olmedo, fue el encargado de expresar la opinión sobre los intentos re-reeleccionistas, a los que veía como «sin sentido». Advertía, además,
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que muchas veces la ayuda social destinada a los más necesitados «no llega porque las políticas sociales pueden prestarse el manoseo político»*. En ese contexto, y en una actitud desacostumbrada, el entonces arzobispo de Córdoba, Raúl Primatesta, emitió un comunicado en el que defendió a los acusados por Riutort, dejó establecida la «absoluta imparcialidad política» de la comisión directiva de Cáritas y oficializó el corte de relaciones entre esta entidad y el Estado nacional en cuanto al plan Asoma. El 20 de abril de ese año (1998) la discusión pública comenzó a cerrarse con una carta de disculpas que Riutort dirigió a Primatesta, encabezada con un «Querido cardenal». Allí pidió «humildemente disculpas si en el fragor de la reciente discusión alguna expresión mía pueda haber ofendido o molestado a las personas o instituciones involucradas, lo que no ha sido mi intención». La misiva también tenía el objetivo de negar cualquier vinculación con el Gobierno nacional o con las críticas a Cáritas, y también «intentar aclarar una equívoca situación...» para testimoniar «el afecto y respeto que sentimos por Ud. como miembros de la Iglesia Católica que somos, todos los integrantes de Funcavi». Nadie supo si con esto último intentaba componer o embarrar las cosas. Tampoco se sabe si Primatesta quedó conforme con la actitud de Riutort, aunque no es difícil adivinarlo. Desde entonces las relaciones entre la Iglesia de Córdoba y el posterior Gobierno de De la Sota nunca fueron muy fluidas ni cordiales. No fue por algún reparto oficial de preservativos, por la discusión sobre la despenalización del aborto o por un debate sobre el rol de la Iglesia dentro del Estado. Tampoco se aprovechó la ocasión para repensar las distintas formas de clientelismo (ya fuera político o parroquial). En este caso no hubo enfrentamiento ideológico: la piedra de la discordia fueron los bolsones del plan Asoma. Bolsones de 15 pesos.
* La Voz del Interior, 21 de abril de 1998.

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3. MI

AMIGO EL PRESIDENTE

«Tras cualquier acción de un político se puede encontrar algo dicho por un intelectual quince años atrás». John Maynard Keynes

Los ómnibus empezaron a llegar después del mediodía. La mayoría de los pasajeros era gente mayor, cansada y acalorada, de distintos barrios y localidades de Córdoba. Bajaban las escaleras de los vehículos despacio, con paciencia, algunos después de un largo viaje, ayudados para no tropezar. Según la crónica periodística fueron alrededor de cinco mil, ese viernes por la tarde del 20 de noviembre de 1998, acomodados en el Pajas Blancas Center, en las cercanías del aeropuerto Ambrosio Tarabella. El entonces presidente Carlos Menem, acompañado por su secretario de Desarrollo Social Ramón «Palito» Ortega, dijo allí que la «Tercera Vía» de Tony Blair* era el camino que «seguían Perón y Eva». Fue el último de los actos de una serie maratónica que había comenzado esa mañana, en una jornada que los principales medios de Córdoba previeron y cubrieron como parte de la campaña electoral para los comicios que se avecinarían un mes después, el 20 de diciembre. En esa fecha, José Manuel De la Sota y Germán Kammerath serían elegidos gobernador y vicegobernador de la provincia,
* La «Tercera Vía» fue la renovación del laborismo que propuso el primer ministro británico, Tony Blair, como un nuevo camino para la socialdemocracia que superaría viejas dicotomías entre derechas e izquierdas. El proyecto es hoy un desvelo para los antropólogos, quienes intentan encontrar sus restos.

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respectivamente, por la coalición Unión Por Córdoba (UPC). Y Menem, a pesar de que públicamente negaba sus intentos rereeleccionistas para un tercer mandato, aún contaba con los empujes de su entorno, que no se rendía. La mezcla de actividad oficial con proselitismo del primer mandatario empezó en Cura Brochero, siguió en Villa Dolores, luego en Villa Carlos Paz y, finalmente, en Córdoba. En el Pajas Blancas Center. En todos los actos el ex presidente estuvo acompañado por la fórmula de UPC. Menem les ratificó su pleno apoyo, vaticinó la victoria en Córdoba y aplaudió la promesa de De la Sota —que efectivamente cumpliría— de bajar el 30 por ciento los impuestos en caso de acceder al sillón principal de la Casa de la Tejas. En Villa Dolores, el candidato a gobernador pronunció un aplaudido discurso de campaña, mientras que el pretendiente a la vicegobernación repartió celulares a docentes rurales, en su entonces condición de Secretario de Comunicaciones de la Nación. Por la tarde, ya en el Pajas Blancas Center, el presidente Menem estuvo acompañado por los principales funcionarios de Funcavi cuando anunció que el plan Asoma se extendería para los medicamentos. Aquellos miles de ancianos (cinco mil, según La Voz del Interior; 11 mil, según Funcavi) que hacía algunas horas bajaban de los colectivos eran —como señaló Olga Riutort— beneficiarios del plan Asoma. Es decir, personas mayores de 60 años, sin jubilación ni obra social, con necesidades básicas insatisfechas —la mayoría del interior de la provincia—, que habían sido trasladadas a la capital cordobesa para escuchar el lanzamiento del programa y recibir el carnet correspondiente. Una visita que, según sus organizadores, era necesaria. Ese traslado fue pagado por Funcavi. O, mejor dicho, por la Secretaría de Desarrollo Social —cuyo titular estaba en el escenario del Pajas Blancas Center—, que en un trámite relámpago decidió otorgarle a la fundación los 80 mil pesos/dólares necesarios para la
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movilización. La misma suma con la que Cáritas daba de comer a sus cuatro mil ancianos durante un mes. Ese hecho es uno entre varios de los que investigó la Oficina Anticorrupción de la Nación (que vio detrás de este evento una intencionalidad netamente política), y por los que la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6 decidió pedir la indagatoria de Riutort y varios de los ex miembros de Funcavi. De la Sota tal vez intuyó quién pagaba ese acto en particular, realizado en la ciudad de Córdoba, ya que había señalado que no estaría junto a Menem. Eso, para que el radicalismo no pensara que se trataba «de una actitud electoralista», como declaró el día anterior al diario La Mañana de Córdoba*. Sin embargo, una fotógrafa de La Voz del Interior captó una nítida imagen de ese evento (ver fotografías), en el que aparecen sobre el escenario Carlos Menem, Germán Kammerath y... José Manuel de la Sota. La reportera gráfica aún recuerda bien los detalles de aquel día, así como la foto que fue publicada el 22 de noviembre de 1998. ¿Alguno de sus asesores se distrajo y no le recordó la promesa? ¿Habrá sido un hermano mellizo? Diez veces más «Lo primero que me llamó la atención fue que Funcavi recibía diez veces más dinero que el entonces gobierno de Ramón Mestre». La voz, mucho más relajada que en sus tumultuosos días de funcionaria, es la de Graciela Fernández Meijide. Ella fue la ministra de Desarrollo Social durante la primera parte del efímero gobierno de la Alianza, que en octubre de 1999 derrotó al PJ de Eduardo Duhalde, con Fernando de la Rúa y Carlos «Chacho» Álvarez a la cabeza. Como todos los gobiernos de distinto sello que inician una gestión, el del presidente De la Rúa también intentó revisar el pasado más reciente en cada área sensible de la administración pública. Una de
* La Mañana de Córdoba, 20 de noviembre de 1998.

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ellas fue la Secretaría de Desarrollo Social (SDS), desde donde la gestión menemista manejó buena parte de la ayuda financiera a las provincias. Fernández Meijide recuerda que se encontró con los informes de la Auditoría General de la Nación (AGN), a comienzos de 2001. Allí se tendía un manto de serias sospechas sobre la entrega de subsidios por parte de la SDS, en especial en el último tramo de la gestión de Carlos Menem. Por tal motivo decidió elevarlos a la Oficina Anticorrupción de la Nación. La AGN señalaba lo que eran numerosas irregularidades en la entrega de subsidios a diferentes fundaciones y organizaciones del país, la mayoría de ellas desconocida: fondos entregados y utilizados sin demasiado control, rendiciones dudosas o inexistentes, escasez de requisitos legales, sobreprecios, aceptación de un solo presupuesto, falta de constancias o utilización de dinero que no se condecía con la finalidad para la que había sido solicitado. Las sospechas recaían sobre las fundaciones y sobre los funcionarios de la SDS, por su aparente facilidad para soltar grandes sumas sin pedir demasiadas explicaciones, ni antes ni después de concederlas. El informe 40/01 de la AGN que despertó la sorpresa de Fernández Meijide analizaba una serie de expedientes sobre subsidios otorgados a asociaciones civiles de todo el país, en relación a diversos planes sociales que se encontraban en ejecución. Mencionaba, por ejemplo, el caso de una fundación que obtuvo 29.500 pesos para la compra de un cardiodesfibrilador, sin que existiera constancia de una intervención quirúrgica o de la implantación del aparato. Otra asociación recibió 100 mil pesos para un trasplante de médula a realizarse en el exterior, pero en la cuenta del paciente aparecían más de 60 mil pesos cuyo destino no se especificaba y que, al parecer, no habían sido gastados. También detectaba la falta generalizada de controles para conocer la condición de la población con necesidades básicas insatisfechas (NBI), ya que los subsidios sólo podían ser utilizados en estos casos. Descubrieron, entre otras, a una fundación que recibió 30 mil pesos para un programa de prevención de cáncer femenino y organizó una charla en el Alvear Palace Hotel, en Buenos Aires. En otro expediente
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se destinaban 86.400 pesos para financiar ayuda económica a trabajadores de una empresa a quienes se adeudaba sueldos. O se concedían 10 mil pesos para honorarios a un profesional que dictó una charla sobre «Mercado y democracia». También se usaron 15.440 pesos para pagar pasajes a México a un grupo de delegados scouts. Uno de los expedientes más llamativos es el que involucra a una fundación cuyo titular era el entonces obispo de Añatuya, monseñor Antonio Baseotto. Se trata de la misma persona que luego se transformaría en el obispo castrense que sugirió tirar al mar al ministro de Salud, Ginés González García, por su posición favorable a la despenalización del aborto. Estos son sólo algunos de los casos que en esos años se multiplicaron, sumando fortunas*. La investigación judicial se relaciona con expedientes por más de 10 millones de pesos (entonces dólares) en los que se habrían detectado irregularidades. Casi una docena de ellos pertenece a Funcavi, por una suma cercana a los dos millones y medio de pesos. Al menos cuatro se relacionan con el plan Asoma. ¿En cuántos quedamos? El informe de la AGN se elaboró a finales de diciembre y se presentó a comienzos de 2001. Hacía tiempo que se conocían las supuestas irregularidades. Un estudio de la Sindicatura General de la Nación (Sigen) sobre el plan Asoma, realizado hasta setiembre de 2000, ya planteaba algunos interrogantes. Por ejemplo, describía al programa con una estructura de actividades que ni Cáritas ni Funcavi mencionaron haber desarrollado en forma completa: además de lo estrictamente alimentario, relacionado con la entrega de bolsones, el plan preveía capacitación en educación alimentaria (con talleres participativos) e iniciativas sociales (participación de organizaciones comunitarias y desarrollo de microemprendimientos), incluido el acceso a los medicamentos, que sí se realizó.
* Estos casos son descriptos con detalle en el ANEXO, al final del libro.

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Otra observación fue que, mientras la prestación alimentaria había disminuido el 16,1 por ciento en el segundo trimestre de 2000, el gasto en bienes y servicios no personales se incrementaba en un 120 por ciento. Por otro lado se detectó que la prestación, que debía ser continua a lo largo del año, era demasiado variable e irregular, lo que determinaba «un impacto negativo para la población objetivo del Asoma, caracterizada por un alto grado de vulnerabilidad». Mostraba cómo en Córdoba, por ejemplo, en el primer trimestre se habían distribuido 2.428 cajas, 7.777 en el segundo y 6.050 en el tercero. El promedio mensual —1.806 bolsones— abarcaba al cuatro por ciento de la población NBI de más de 60 años (unas 42.646 personas). Es decir, a menos de la mitad del promedio nacional, que fue del 10 por ciento. Lía Ongini, ex miembro de Funcavi, aclaró en su oportunidad que en la última fase del plan hubo «baches» entre un convenio y otro, por lo que pudieron haber pasado algunos «meses colgados» sin poder distribuir los bolsones. De todas maneras la duda que surge en ese informe de la Sigen es, precisamente, la cifra de los 1.806 bolsones mensuales en Córdoba, al menos en ese año. Es que Funcavi señaló siempre que tenía 11 mil beneficiarios en la provincia. Cuando al plan lo manejaba Cáritas Córdoba, se atendía a cuatro mil ancianos en su diócesis y casi seis mil en las del interior. Cuando surgió el conflicto con Funcavi, se dijo que se elaboraría un nuevo padrón depurado con 1.500 nuevos nombres (¿en la ciudad de Córdoba?), pero nunca quedó claro qué pasó con los cuatro mil anteriores. Nadie quiso explicar esta confusión. La causa A partir de los informes de la AGN, la Oficina Anticorrupción de la Nación (OA) comenzó a investigar por su cuenta y realizó una denuncia penal ante la fiscalía de Carlos Stornelli, en los Tribunales de Retiro, Buenos Aires. Descubrieron que ese fiscal, junto a su par Eamon Müllen,
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investigaba los mismos hechos. Se decidió sumar ambos casos y unificarlos en una sola denuncia. La presentación se hizo el 16 de noviembre de 2001 ante la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6, a cargo de Eduardo Freiler. Allí se continuó con la investigación, en especial con un peritaje encargado a la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) para revisar si algunas de las facturas presentadas por las distintas fundaciones eran válidas o habían sido «dibujadas». El trabajo de la Fiscalía 6 se centró especialmente en reconstruir la cadena por la que pasaron los subsidios, desde los funcionarios que los concedieron hasta los miembros de las entidades que los recibieron y utilizaron. Las conclusiones fueron elevadas al Juzgado Criminal y Correccional Federal nº 3, en ese momento a cargo temporariamente de Rodolfo Canicoba Corral. En las mismas se pide la indagatoria a casi todos los involucrados en la denuncia original, en especial de los cuatro ex secretarios de Desarrollo Social: Eduardo Amadeo, Ramón «Palito» Ortega, José Figueroa y Santiago de Estrada. Por el lado de Funcavi, el pedido recayó sobre Olga Riutort y reconocidos dirigentes del justicialismo cordobés, cercanos a José Manuel de la Sota: Domingo Angel Carbonetti (ex tesorero de la entidad y actual legislador en Córdoba), José Ignacio Rufeil (ex presidente de la fundación), María del Carmen Ceballos (ex tesorera, esposa de Carbonetti), María Balvina de la Sota (ex consejera, sobrina del gobernador), Alicia Isabel Narducci (ex consejera, actual legisladora nacional y esposa del también diputado Carlos Caserio), y María Lía Ongini (ex consejera, esposa del ex ministro de la Solidaridad de Córdoba, Herman Olivero). Canicoba Corral se tomó el caso con calma, y no decidió si aceptar o no el pedido de indagatoria de ninguno de los implicados. Sin embargo, antes de dejar la suplencia del juzgado nº 3 dictó el sobreseimiento de Eduardo Amadeo y José Figueroa (este último perdió las elecciones para gobernador en Santiago de Estero, como candidato del Gobierno de Néstor Kirchner, en febrero de 2005). Esta medida fue apelada por la fiscalía, por lo que la causa pasó a la Cámara Nacional
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de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal, también en Comodoro Py 2002 de la ciudad de Buenos Aires. El Juzgado Federal 3 ya tiene un nuevo titular: Daniel Rafecas, que tampoco podrá decidir nada hasta tanto la cámara de apelaciones (Sala 1) resuelva qué hace finalmente con el sobreseimiento de Amadeo y Figueroa. Hasta entonces, la causa 20.051/01 —que en noviembre de 2005 cumplirá cuatro años— avanza a paso lento*. Para elegir Negociaciones incompatibles con la función pública (artículo 265 del Código Penal), peculado de caudales o efectos públicos (artículo 261), malversación de bienes equiparados (artículo 263), falsedad ideológica (artículo 293) y defraudación en perjuicio del Estado (artículos 173 y 174), es el frondoso listado de delitos que la Oficina Anticorrupción mencionó en la valoración jurídica de su denuncia, de acuerdo a la entidad de la que se tratara. En algunos casos, muchas de las fundaciones y la misma SDS habrían cometido más de uno. En dicha investigación se incluye la enumeración de las supuestas irregularidades detectadas en conjunto: 1-Subsidios usados para un objeto distinto al que tenía la institución beneficiaria. 2-El objeto del subsidio no coincide con la finalidad de «lucha contra la pobreza», expresamente previsto en el programa presupuestario de los planes. La resolución 353/94 establece como causales para otorgar un subsidio la «incapacidad económica objetiva y debidamente comprobada para enfrentar una situación relacionada con necesidades básicas insatisfechas (NBI)» y la «urgencia en la atención de una situación individual o familiar —no colectiva— que se haya presentado abruptamente y que no sea posible prever o prevenir por el afectado». Esta resolución también abre las puertas para objetar que muchos de los subsidios recibidos por fundaciones
* En la cámara de apelaciones, la causa lleva el número 37.370.

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se usaron para ser redistribuidos por éstas, a su vez, a otras entidades. 3-Vaguedad del subsidio, que impide saber para qué se estaba otorgando. 4-Subsidios otorgados sin cumplirse los requisitos y mecanismos establecidos. Por ejemplo, la presentación de tres presupuestos que avalen la cifra que se solicita (resolución 353/94). Otra curiosidad referida al plan Asoma es que la resolución 1.531/95 de la SDS exigía entre 17 y 24 pasos administrativos para tramitar, dentro de la secretaría, el pedido de fondos. Pese a esta regulación extrema, muchos de los subsidios analizados se otorgaron arbitrariamente, en tiempo récord o salteando pasos. 5-Falta de dictamen jurídico exigido por la ley 15.549. 6-Subsidios otorgados a pesar de deberse rendiciones de subsidios anteriores. 7-En algunos casos se detectaron importantes sobreprecios en los productos adquiridos con el subsidio. 8-Se otorgaron sumas superiores a las solicitadas. 9-El Estado se hizo cargo de todos los gastos generados por los proyectos de los respectivos subsidios. Las instituciones no efectuaron ningún aporte, lo que es contrario a la ley 11.672 (Ley Complementaria Permanente de Presupuesto) ya que el subsidio debería ser sólo una ayuda (se exige al menos un 25 por ciento de recursos propios). Además, si el Estado financiara todos los proyectos, no lo haría con el primero que se lo pidiera sino que debería llamar a licitación. «Si la institución presenta un proyecto en el que todos sus componentes están financiados por el Estado, su actuación en el proyecto del subsidio no parecería estar movida por un interés público...», dice en su presentación la Oficina Anticorrupción. Además de Funcavi, las fundaciones involucradas en la denuncia fueron, entre otras, la Asociación Mutual de Óptica Integral, Cooperativa de Trabajo Asunción Ltda., Fundación Monseñor Jorge Gottau, Fundación Calidad de Vida para Latinoamérica y Asociación Civil Ramón Martos, entre otras. También se investigó un expediente de otra ONG cordobesa, la Fundación Evita 2000, por un subsidio de 211.280 pesos (expediente 200.679/99).
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4. ASOMA

UN PROBLEMA

«Lanzarse a la política es como meter a una virgen en una casa de citas». H. L. Mencken

En relación a Funcavi, existen 12 expedientes que investigó la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6. Al menos cuatro de ellos tienen que ver con el plan Asoma. Uno de los que más llamó la atención fue el pedido presentado por la entidad cordobesa el 13 de noviembre de 1998, firmado por Olga Riutort. Allí se solicitó al ex secretario de Desarrollo Social Ramón «Palito» Ortega, los 80 mil pesos para financiar el «traslado y atención» de 11 mil ancianos pobres del interior de la provincia hasta la capital, para ser recibidos por el presidente de la Nación, Carlos Menem (ver capítulo 3). Tres días después, según la denuncia, se elaboró un informe técnico que recomendaba la aprobación del proyecto. La auditoría interna nº 37 señala que el informe «no se basó en suficiente información para un adecuado examen de su procedencia y no se le requirió información al peticionante acerca de cómo se iba a usar el dinero». Tampoco se presentaron tres presupuestos. En otros dictámenes de las distintas direcciones de la SDS que aprobaron la solicitud, se detectó que algunas resoluciones no poseían fecha, número de registro o incluso firma. Sin embargo, el mismo 16 de noviembre —en un tiempo récord, inusual para estos trámites— la Nación otorgó a Funcavi los 80 mil pesos. Para Anticorrupción resultó «altamente llamativo que se haya tramitado todo el expediente en un solo día, que se haya otorgado un subsidio que nada tenía que ver con el objeto de la ex SDS, —programa Asoma— ya que, como se señaló, el objetivo era llevar
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personas mayores de edad hacia la capital de Córdoba a fin de que saludasen a quien era presidente de la Nación; es decir, se otorgó un subsidio para fines netamente políticos». La denuncia agrega que, hasta fines de 2000, aún estaba pendiente la rendición completa de cuentas. Olga Riutort y María Lía Ongini dijeron en su oportunidad que el acto con la presencia de Menem tuvo por objeto el lanzamiento del plan Asoma Medicamentos. Agregaron que era muy importante que los beneficiarios estuvieran allí, y que además se entregaron los carnets de dicho programa. El dinero se pidió para pagar el traslado de 11 mil ancianos. Sede financiera Otro de los cuestionamientos de los denunciantes surgió por un pedido de Riutort el 13 de abril de 1998, para que Funcavi continuara con el Plan Asoma. Una asesora de la SDS, Alicia Lopresti, recomendó entonces «realizar un estudio de mercado a fin de conseguir mejores precios y aumentar el número y/o cantidad de alimentos». Riutort diría después que Funcavi se negó a bajar la calidad de los productos de los bolsones. Finalmente, el monto solicitado (495 mil pesos) fue aprobado y se dispuso su depósito en la caja de ahorro 34.007/8 del Banco de la Nación Argentina, pero en la sucursal Bell Ville. Ante la consulta sobre por qué Funcavi utilizaba una cuenta de una localidad ubicada a más de 200 kilómetros de su sede, Riutort señaló que ello se debía a que por entonces el tesorero de la entidad era nada menos que Domingo Angel Carbonetti, amigo y mano derecha del gobernador José Manuel de la Sota, en especial en lo relacionado con los asuntos partidarios. Ambos se conocen desde 1980. Carbonetti es hoy miembro de la legislatura cordobesa, precisamente en representación del departamento Unión, cuya cabecera es Bell Ville, su ciudad natal. A lo largo de su carrera política y como funcionario, Carbonetti se vio envuelto en numerosos escándalos. Tuvo dos imputaciones judiciales en 1991 y 1997. La
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última le costó la desaforación como diputado provincial. Una de ellas lo vinculó con un robo de automóviles y la otra con una falsa denuncia por un caso de injuria en la difusión de afiches. Él siempre consideró que se trataron de grandes injusticias. En ambas causas fue finalmente absuelto. Ya como fiscal de Estado en la administración delasotista tuvo otros problemas: en junio de 2002 debió devolver a 80 mil deudores de la Dirección General de Rentas los dineros cobrados bajo el rubro «honorarios», a su nombre y en calidad de procurador fiscal. La noticia sobre el cobro aparentemente irregular se conoció a través de notas publicadas en La Voz del Interior ese mismo mes, así como las denuncias penales en su contra, que finalmente no prosperaron. Carbonetti explicó que había renunciado verbalmente al cobro de dichos honorarios el año anterior. Mientras se desempeñó como fiscal de Estado del gobierno de De la Sota, enfrentó otra polémica que llegó a los tribunales. Se lo imputó por el traslado de plazos fijos oficiales del Banco de Córdoba desde una sucursal de la capital a, precisamente, Bell Ville. Se trataron de 19,2 millones de pesos. Carbonetti esgrimió que en esa localidad se otorgaban mejores intereses, y que por eso hizo los plazos fijos en ese lugar. Lo extraño es que los depositantes cordobeses no se hayan dado cuenta de esa situación: si así fuera, Bell Ville podría recibir millones de pesos y convertirse en la Singapur argentina. Sobre las cuentas de Funcavi, el legislador explicó que «en aquel momento» él «tenía registrada la firma en ese banco», por lo que era «mucho más simple la apertura de la cuenta». Negó que dichas cuentas estuvieran relacionadas con las de los plazos fijos de la Provincia, y agregó que las mismas «después se transfirieron a Córdoba. Nos pedían una serie de requisitos y bueno, en Bell Ville yo tenía cuenta en ese banco. Era mucho más simple», señaló. Y dijo no tener conocimiento sobre cómo la fundación distribuyó las cajas del plan Asoma. Carbonetti es uno de los ex miembros de Funcavi a quienes la Fiscalía Federal 6 pidió la indagatoria, aunque el juez de la causa aún
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no decidió si la acepta. En este expediente la denuncia también señala que no existirían constancias de que los beneficiarios realmente hayan recibido los bolsones, entre otras supuestas irregularidades. En otro caso (exp. 1016/98), el 18 de febrero de ese año también se solicitaron 45 mil pesos para comprar bolsones del Asoma y atender a 1.500 ancianos. La solicitud se autorizó y el dinero se depositó en la misma caja de ahorro. El expediente 6.274/99 es uno de los más complejos. En éste, Funcavi formuló un pedido para continuar con la prestación del Asoma el 29 de julio de 1999. Con el argumento de que se trataba de atender a 11 mil personas, con bolsones a ser entregados por tres meses, se solicitaron 495 mil pesos. La Subsecretaría de Proyectos Sociales constató que la fundación aún adeudaba rendiciones de cuentas de cinco subsidios anteriores, pero dicho memorando —según Anticorrupción— no se agregó al expediente citado. Al recibir esta comunicación, Funcavi remitió una nota explicando las demoras: en algunos casos informó que las rendiciones llegarían pronto; en otros pidió una prórroga y en algunos dijo que ya se habían remitido. El 29 de setiembre de ese año, sin ningún dictamen que analizara las respuestas de la entidad, José Figueroa, como titular de la SDS, firmó la resolución que asignó los 495 mil pesos. Entre las rendiciones de cuentas se presentaron facturas a nombre de Servifood SRL, la empresa que armó las cajas del Asoma. En la denuncia se objeta un aparente aumento de precio en ese servicio con relación a oportunidades anteriores, y se presume que habría existido una «contratación directa ilegítima». Mensajero en Buenos Aires Fueron 219 mil pesos los que se le decidieron otorgar a Funcavi a raíz de su pedido formulado el 24 de noviembre de 1998, firmado también por Olga Riutort. En esta ocasión, el objeto del subsidio era reotorgárselo a otras ONG. Las auditorías internas (AI 48) y la
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posterior denuncia señalaron una serie de supuestas irregularidades, no muy diferentes a las de otros expedientes. Sin embargo, éste tuvo una particularidad: en un listado anexo a la solicitud aparecen fojas sin foliar con la firma y sello de «Cnel. Alberto Luis Devoto – coordinador de gestión del senador nacional José Manuel de la Sota». Esta curiosidad no está explicada en la denuncia, pero el mismo coronel se encargó de aclararla. El actual director general de Coordinación y Hábitat Social del Gobierno de Córdoba señaló que en aquella oportunidad, como asesor de De la Sota en el Senado, tramitó «miles de subsidios, incluso para clubes de fútbol, escuelas o todo aquel que lo necesitara». En definitiva, para «todo cordobés que necesitaba un trámite en Buenos Aires». En este expediente se critica, también, la falta de descripción del proyecto, la cantidad de beneficiarios o su localización y la dudosa intervención de Asuntos Jurídicos de la SDS. La resolución 3.457 del director Santiago de Estrada, que otorgó los 219 mil pesos, fue duramente cuestionada en la auditoría interna. Entre otras cosas, porque los beneficiarios del subsidio distribuido por Funcavi «no reunirían el perfil de población socioeconómica pauperizada o NBI». Y señalan a algunos de ellos: «Gran Premio Rally Provincial, Damas Patricias o Liga Dolores de Fútbol, entre otros». También se habrían detectado gastos ajenos al objeto del subsidio como «servicios de teléfonos, Internet, honorarios profesionales, publicidad, afiliaciones a federaciones, etcétera». Asimismo, «se verificó la entrega de subsidios personales, no contemplados en la resolución». La denuncia hace hincapié en que la tercerización no está incluida en las normas de la SDS y, en consecuencia, este caso se habría tratado de «delegación sin fundamento normativo de la competencia del funcionario que administra los fondos». Es decir, «mediante la apariencia de subsidio se encubrió una contratación directa ilegítima». Hubo demoras en las rendiciones de este subsidio, y una nueva extrañeza: allí se declararon facturas con fecha anterior a la solicitud del subsidio y a la fecha de la resolución que lo aprobaba.
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Riutort aseguró que esto se debió a que muchas ONG tenían necesidades urgentes y no podían esperar a que llegara la decisión o el dinero prometido desde Buenos Aires. En la denuncia, la Oficina Anticorrupción (OA) ensayó otra explicación: «Una posibilidad es pensar que se intentó justificar en qué se había invertido el dinero otorgado por la ex SDS a través de gastos que nada tenían que ver con el objeto del subsidio; o podría entenderse que ellos tenían que ver con el subsidio, y que como tenían la ‘certeza’ de que éste les sería otorgado, gastaron a cuenta». En el expediente 201.048/98 Funcavi solicitó 97.800 pesos para financiar construcción, equipamiento, remodelación y asistencia social a diversas entidades de bien público. En la denuncia se consigna que el informe técnico «no determina la línea de acción, no se describe el proyecto, no sustenta el plazo de ejecución ni cuantifica los potenciales beneficiarios». También se duda de que los beneficiarios hayan cumplido con el perfil de población socioeconómica pauperizada, y se detallan algunos como «Club Caza y Pesca, Comisión Fiesta Nacional del Sorgo y Cosecha Gruesa o Asociación Mutual Unidad Básica, entre otros». Los fondos fueron depositados el 4 de diciembre de 1998. Según las auditorías internas, faltan constancias de trasferencias a las entidades beneficiarias. Generosidad El expediente 9.073/98 es otro caso llamativo que ilustra el buen trato que tuvo Funcavi en materia de disponibilidad de fondos por parte de la SDS menemista. Para muchas ONG, conseguir un peso del Estado es una misión imposible que lleva tiempos interminables y kilos de papel en trámites. Sin embargo, en esta oportunidad la generosidad con dinero público excedió los cánones: no sólo se le concedió a la entidad cordobesa lo que pidió, sino que casi se le duplicó el monto, sin mediar un pedido expreso al respecto. La solicitud se realizó el 3 de setiembre de 1998, con la firma de
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Riutort, con el objeto de implementar el «Programa de fortalecimiento juvenil». El 25 de ese mes el coordinador del Programa de Fortalecimiento del Desarrollo Juvenil de la SDS, Juan Curuchet, elevó un informe técnico en el que consideró «propicio destinar la suma de 69 mil pesos para implementar las acciones del programa…». En ningún lugar de ese informe surgirían elementos que permitan entender por qué se fijó ese monto y no otro. Llamativamente, el 4 de diciembre Santiago de Estrada firmó la resolución 3.375 que dispuso otorgarle a Funcavi... 90 mil pesos para ese proyecto. Es decir, 21 mil pesos más que los solicitados en el informe técnico. Finalmente, en el convenio firmado por Riutort y Jorge Capitanich (entonces subsecretario de Proyectos Sociales de la SDS) se acompañó un nuevo informe técnico, también realizado por Curuchet, según el cual «resulta oportuno destinar mayores recursos que los previstos originalmente (...)», por lo que concluyó: «...destínase la suma de 130.187 pesos para la implementación de las acciones previstas en el convenio…». Dicho dictamen no posee ni fecha ni número de providencia ni logo de la ex SDS. Tampoco se identifica en qué cuenta bancaria debía hacerse el depósito, señala la denuncia. Pero no todas fueron críticas para la fundación: en la investigación judicial también se incluyó un expediente (el 1.016/98), en el que Funcavi pidió 45 mil pesos para continuar distribuyendo bolsones del plan Asoma, que «no contiene irregularidades patentes». El motivo de dicha inclusión fue poder compararlo con todos los demás expedientes analizados, para destacar las diferencias entre uno y otros. En la conclusión sobre el capítulo de Funcavi, y refiriéndose a los ex funcionarios de la SDS, la OA señala que, a su parecer, hubo «un grave descuido del patrimonio estatal que no puede ser calificado como una mera negligencia». El encuentro Eran casi las ocho de la noche aquel 28 de agosto de 2003, cuando
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ella entró a la sede de La Voz del Interior, cansada por el trajín que llevaba como encargada de la campaña de su entonces esposo, el gobernador José Manuel de la Sota. Ambos trabajaban en busca de la reelección que finalmente él obtendría en los comicios del 5 de octubre de ese año. A ella no le iría tan bien, como mujer fuerte del PJ en el distrito capital: la intendencia de la ciudad de Córdoba quedaría para el temperamental Luis Juez — antes amigo y después archirrival de De la Sota— con su Partido Nuevo. Ese día, en el diario (Ver capítulo 2), la acompañaba María Lía Ongini de Olivero —esposa del ex ministro de la Solidaridad—, quien se había desempeñado como responsable administrativa de Funcavi en los años cuestionados. Riutort estaba incómoda por tener que presentarse en un lugar en el que —y aseguraba que nadie se lo sacaría de su cabeza— se hace todo en su contra. Las explicaciones sobre la forma de trabajar en ese diario no hicieron mella en su creencia, ni ablandaron su blindaje. En ese momento se mostró sorprendida por la información que se manejaba sobre la denuncia de los subsidios sociales, y aseguró que se trataba de una maniobra política de cara a las elecciones del mes siguiente (en ese momento no lo sabía, pero las notas periodísticas serían publicadas luego de los comicios). De todas maneras se mostró dispuesta a contestar las preguntas, y aportó numerosa documentación para mostrar que, según ella, no se había cometido ningún delito con los subsidios. En primer lugar señaló que Funcavi cumplió con todas las normativas que se le exigían en ese momento, y que la ex Secretaría de Desarrollo Social de la Nación (SDS) tenía la facultad de rechazar las solicitudes, si es que consideraba que existían irregularidades. Aportó gran parte del padrón de beneficiarios (con las zonas capital, centro, oeste y norte de la provincia) que sumaban poco menos de siete mil inscriptos, y afirmó que se trataba de personas con necesidades básicas insatisfechas (NBI), si el subsidio así lo requería. En relación con la obligación de presentar tres presupuestos para la compra de productos, dijo que tal cosa no figuraba en los convenios
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firmados. Esto es cierto, pero las denuncias se apoyan en la resolución 353/94 que estipula la información mínima con la que debe contar un pedido de subsidio: por ejemplo, tres presupuestos que avalen el monto solicitado. Riutort y Ongini señalaron entonces que se cumplió con el objeto de los programas, y aportaron algunos de los expedientes. Las facturas y las autorizaciones de cobro coinciden con lo que se afirma en la denuncia, aunque existe una clara diferencia de interpretación entre lo que Funcavi califica como normal y lo que los denunciantes infieren. El atraso en las rendiciones de cuentas fue explicado por la lentitud de las entidades beneficiarias, que no se lo enviaban a Funcavi a tiempo. En este aspecto existen demoras de hasta un año y medio, cuando el plazo máximo era de 60 días, aunque en algunos casos se autorizaron 90 días. Entre los papeles presentados figura una copia de la resolución 3.492/95, firmada por Eduardo Amadeo, en la cual se establece cómo se debe presentar una rendición de cuentas de subsidios. Esta información en nada cambia los términos de la denuncia, puesto que se estipulan los mecanismos de presentación, que no son los que se ponen en duda. Por ejemplo: la resolución establece que se debe presentar una declaración jurada asegurando que los fondos recibidos fueron empleados para el objeto solicitado. Técnicamente esto se realizó, pero lo que está en cuestión en la investigación judicial es la veracidad del contenido y la interpretación de algunas de dichas presentaciones. En cuanto a los expedientes 201.249/98 y 201.048/98, Riutort y Ongini exhibieron la nómina de las entidades beneficiadas, con el detalle de cuánto dinero recibió cada una. Esto tampoco introduce elementos nuevos en la investigación: lo que se objeta en la denuncia es la naturaleza de dichas entidades (es decir, si se trataba o no de población NBI) o si podía otorgarse y usarse un subsidio para, a su vez, «resubsidiar» a otras entidades. Riutort también aportó la documentación referida a algunos de los convenios del Plan Asoma. Estos no contienen datos específicos que aclaren las sospechas de las supuestas irregularidades encontradas.
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En todo caso demuestran que los acuerdos en verdad existieron, y que oficialmente se resolvió entregar el dinero a su fundación. La ex secretaria de Gobierno de Córdoba acierta en que básicamente se cumplieron los términos de los convenios (a excepción de algunos relacionados con la demora en la rendición de cuentas o la presentación de facturas con fecha anterior al otorgamiento del subsidio). Pero lo que se cuestiona en la denuncia judicial es la naturaleza de dichos acuerdos, entre otros elementos. Alfajores y gaseosa Otros aportes de Riutort para su defensa fueron los convenios realizados con cámaras y laboratorios, así como los listados de médicos adheridos, para demostrar la entidad del plan Asoma Medicamentos. También ofreció una copia del polémico subsidio de 80 mil pesos para financiar «el traslado y atención general de aproximadamente 11 mil ancianos desde el interior hacia la ciudad de Córdoba a fin de recibir los beneficios del plan Asoma». Se trata del acto que presidió Carlos Menem el 20 de noviembre de 1998, en una jornada de plena campaña electoral con Germán Kammerath y José Manuel de la Sota, a un mes de las elecciones provinciales (Ver capítulo 3). La «atención general» y los «beneficios» que los ancianos pobres recibieron ese día, además del calor y el reconfortante discurso de su entonces presidente fue —según Lía Ongini— el carnet que los acreditaba como favorecidos del programa. También alfajores y gaseosa. De todas maneras, la misma Ongini aseguró que no todos estuvieron ese día en el Pajas Blancas Center de la ciudad de Córdoba, por lo que seguramente a los demás se les hizo llegar el carnet por otro método de distribución (quizás con la entrega de las cajas). Ahora bien: suponiendo que hubiera dudas sobre la naturaleza del acto; es decir, sobre si se trató o no de un mitin político, aún queda un interrogante. Si no estuvieron todos los beneficiarios —La Voz del Interior habló de cinco mil personas presentes— la duda es por qué —y en qué— se gastó el dinero destinado al traslado de 11 mil personas. O, si la estimación del cronista no era correcta y sí
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había 11 mil, quiénes eran los restantes asistentes. Los 80 mil pesos que gastó Funcavi para el evento equivalían a lo que, hasta hacía un año, Cáritas Córdoba usaba para alimentar mensualmente a sus cuatro mil ancianos. En el expediente aparecen las cartas en las que se solicita al jefe de la Policía de la Provincia de Córdoba, Máximo Lazcano, que se tomen «las medidas necesarias» para el acto ubicado en ese predio de la ciudad. Y en otras misivas, como broche de oro, Funcavi mostró su preocupación por pedirle a Sadaic, a Aadicapif, y a Argentores que se eximiera de cualquier arancel al evento, «dadas las características del mismo y los fines altruistas que persigue». Todo fuera por cuidar los dineros del Estado. Elogios Con respecto al Programa de Fortalecimiento de la Sociedad Civil, Riutort ofreció los expedientes 1.322/98 y 2.572/99, que muestran los convenios celebrados y las autorizaciones de gastos emitidas por la SDS, los contratos de locación de obra y los contratos entre Funcavi y distintos asistentes técnicos. También aparece una carta de la SDS, firmada por la «Lic. Mabel Denis» y dirigida a Riutort, en la que se invita a Funcavi a seguir participando del programa impulsado desde la Nación, debido al «óptimo desempeño con el que han trabajado durante el año 1997». La ex esposa de De la Sota intentó demostrar así la transparencia con la que se manejaban tales subsidios, así como el apoyo de la administración de Eduardo Amadeo. A fines de 1999 la presidenta de Funcavi ya no era Olga Riutort, sino Cristina Amestoy, una especialista en minoridad que actualmente ocupa el cargo de secretaria de Atención y Protección Integral del Niño y el Adolescente. También fue directora del Programa Provincial de Protección al Menor y, como otros allegados al gobierno delasotista, integrante de la Fundación Banco Provincia de Córdoba, en el puesto de vicepresidenta.
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Los primeros días de 2000 Amestoy envió a la SDS una serie de rendiciones de cuentas de distintos expedientes, que luego Riutort y Ongini aportarían para intentar mostrar, también, que las cuentas se manejaron con transparencia. En el informe aparecen planillas de cada uno de los beneficiarios a los que Funcavi ayudó con el dinero de la Nación. Se consignan nombres de proveedores, fechas, concepto de los gastos realizados, montos y numeración de facturas o recibos. Según explicaría más tarde Riutort (a través de una carta documento enviada al director periodístico de La Voz del Interior y a mí), Amestoy se presentó espontáneamente en la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6, de Eduardo Freiler, luego de que aparecieran las primeras notas periodísticas, a fines de octubre de 2003. La carta señalaba: «Dicha presentación la efectuó la nombrada (Amestoy) en razón de que, a las fechas de otorgamiento de los subsidios objeto de la investigación penal y periodística, por el cargo que desempeñaba en Funcavi (coordinadora de Programas Sociales), era una de las dos personas encargadas de la administración y ejecución de los subsidios». Este párrafo de la carta tiene varias lecturas: en primer lugar, Riutort acepta que se trata de una investigación periodística y no de algún tipo de publicación de dudoso calificativo. Esto ya es un avance significativo. Segundo: aclara que Amestoy y otra persona, a la que no nombra (aunque deja entrever que no es ella misma), era una de las dos responsables del manejo de fondos. Sin embargo Amestoy no figura en la lista de ex miembros a los que la Fiscalía 6 pidió la indagatoria. Como fuera, la historia de aquella carta documento y los episodios que la rodearon merecerán ser tenidos en cuenta como una de las más extrañas casualidades vistas en Córdoba. Milagro en Comodoro Py —Mario, decíle a la señora Riutort que vamos a sacar la noticia sobre el pedido de indagatoria de la Fiscalía federal 6, en la causa de los
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subsidios sociales entregados a Funcavi. No sé si querrá decir algo. Ese día, y el siguiente, y el siguiente, el secretario de prensa de la Gobernación de Córdoba fue llamado varias veces. —¿Y, Mario? ¿Alguna novedad? —Olga dice que habló a la Fiscalía, no hay ninguna imputación. —No dije que estaba imputada. Dije que la Fiscalía pidió la indagatoria, pero no está imputada porque en la Justicia Federal el juez debe decidir si acepta a no el pedido del fiscal. Entre el miércoles 16 de junio de 2004 y el viernes 18 hubo casi una decena de llamados mutuos y aclaratorios con respecto a la nota que aparecería ese domingo 20 de junio en La Voz del Interior. Hasta el viernes por la mañana no hubo noticias ni respuestas, aunque las mismas se produjeron, casi milagrosamente, pasado ese mediodía. Hacía ocho meses que ningún medio de comunicación se ocupaba del tema. La última vez había sido a través de las notas de La Voz del Interior, a fines de octubre de 2003. Y no habían provocado gran repercusión mediática, más que alguna mención en los titulares radiales y televisivos. Sin embargo ese día frío, a la hora de la siesta, en una emisora que ni siquiera había tratado el tema cuando aparecieron las publicaciones periodísticas, repentinamente se escuchó la voz del juez de la causa —Rodolfo Canicoba Corral— hablando de... ¡Riutort y la causa de los subsidios sociales! Se trató de una gran casualidad, porque el periodista le estaba preguntando al magistrado... ¡si Riutort estaba imputada! Vaya vueltas de la vida. Dos días después de la consulta para obtener una respuesta oficial, el corresponsal de esa radio –que no se caracteriza por ser muy crítica del gobierno de José Manuel de la Sota– transmitía directamente desde los tribunales de Comodoro Py, en la Capital Federal, las últimas novedades del caso. Sobre el mismo tema que, una semana antes, había motivado el diálogo entre dicho juez y el autor de este libro. Más extraño es aún que, dado el tiempo que pasó sin que nadie se ocupara del tema —y teniendo en cuenta que la fiscalía ya había emitido su dictamen varias semanas antes sin ningún tipo de
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repercusión—, el cronista advirtiera que aquel acontecimiento había corrido «como reguero de pólvora en todas las redacciones». Luego continuó, literalmente: «Se habló hoy fuerte de que podrían ser indagados y procesados varias ex figuras políticas y actuales figuras políticas por la causa 20.051/01 en donde fueron mencionados como... por irregularidad por un fiscal sobre ONG en el tema de subsidios por prestaciones sociales (SIC). Recuerda esto sobre Ramón Ortega, Santiago de Estrada, Eduardo Amadeo, eh... dieron subsidios a fundaciones en donde están.... qué te puedo decir, Fundación Calidad de Vida para Latinoamérica, la Cruz Roja, está la Fundación para una mejor Calidad de Vida —Funcavi—, donde está la señora Olga Riutort... varias, 30 son, que iban a ser indagados y procesados (SIC), o posiblemente procesados después de la indagatoria. Insisto ¿no? Con políticos»*. Sin embargo, cuando el destino se obstina en alcanzar su meta, no hay nada que lo detenga: a pesar de la confusión para entender de qué hablaba el periodista, el juez dijo exactamente lo que la señora Riutort habría querido oír. No sólo eso: al parecer, ella estaba escuchando ese programa. Un par de horas después estaba en el teléfono, otra vez, el secretario de prensa del Gobierno. No sé por qué, pero intuí lo que iba a decirme: —¿Escuchaste al juez desde Buenos Aires? Al día siguiente (sábado), Olga Riutort envió al diario una carta documento dirigida a Carlos Jornet (director periodístico) y al autor de este libro, con la desgrabación de la entrevista al juez. En rigor, todo esto resultó muy poco práctico, puesto que nada de lo que allí se decía modificaba en algo el artículo que aparecería el domingo 20 de junio de 2004, en donde el juez explicaba lo mismo, y mucho más. Sin embargo, Riutort se esmeró en aclarar, ante lo que pudiera publicarse, que ella no estaba imputada en la causa. Algo que ya estaba muy claro, aunque la mini-entrevista radial no contemplaba la parte más jugosa de la información: que la Fiscalía

* Desgrabación del programa «El Observador», Cadena 3. Viernes 18 de junio de 2004. Hora: 14:32.

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había pedido la indagatoria, que abarcaba a Riutort y a otros importantes dirigentes del PJ y del gobierno de De la Sota, y que — aunque a esto sí se lo mencionaba— el juez aún debía analizar si la denuncia estaba relacionada con irregularidades administrativas o con delitos. Es decir, seguiría investigando antes de decidir si aceptaba el pedido de indagatoria de la Fiscalía. Vale aclarar que no hubo ningún «reguero de pólvora» en todas las redacciones, puesto que La Voz del Interior siguió siendo el único medio que informó la noticia ese día, y completa.

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5. EL GREMIO DE LA PAVA

«Aquel que regala el dinero que no se ha ganado, es generoso con el trabajo de otra gente». George Bernard Shaw

Cree que fue cuando Evita estuvo en Córdoba, en 1948, y pasó cerca de él en el descapotable que la trasladó desde la Estación Mitre hasta el lugar de su alojamiento, en el Banco De Córdoba. Quizá fue en San Vicente, cuando ella inauguró la obra de desagüe frente a la escuela Bernardino Rivadavia y llovía y la gente se desmayaba y los que llegaban a su lado le daban cartas y agradecimientos y la tocaban para ver si era cierto, si era ella de verdad. O puede que haya sido en el acto de la CGT, que llenó la plaza San Martín como nunca se vio y el pueblo gritaba y coreaba y lloraba y se subía al caballo de la estatua del prócer para poder verla en el balcón del Cabildo. A lo mejor no fue en el ’48 sino dos años antes, cuando Eva vino por primera vez, repartió ropas a los chicos pobres de Alta Gracia, inauguró dos hospitales regionales y pasó por Villa María. De todas maneras, a Camilo no le importan la fecha ni el momento precisos. Pero fue allí, asegura, cuando la retina le quedó impresa con esa imagen de epopeya que no lo abandonaría nunca, ni en los peores momentos de su militancia. En la historia de Camilo no hay Perón ni Menem ni nadie. Sólo hay Evita. Una, muchas Evitas que lo invitan a levantarse cada vez que observa en lo que se ha convertido, dice, su Partido Justicialista. En lo que lo han convertido algunos, aclara. En aquellos recuerdos borrosos de la infancia interfieren las palabras, los gestos y las actitudes de su madre que, en un pueblito
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de Traslasierra, ya militaba en las filas del peronismo. «Todos hablan lindo, pero después no se acuerdan de la gente», decía ella. Y repite él, ahora, como ella le enseñó a acordarse. Quizá por eso hoy sigue haciendo changas y no ocupa ningún cargo público. Continúa en su mismo subcircuito, en un barrio perdido de la ciudad, esperando que alguna vez le llegue su oportunidad. Mientras tanto ayuda a arreglar plazas, a pintar escuelas y a tenderle una mano a gente que siempre necesita cosas, aunque no lo recuerden necesariamente a la hora de votar. Vive en la misma humilde vivienda, desde hace décadas, con sus hijas y una esposa que con el tiempo también se transformó en «compañera». Apenas terminó la primaria, pero le alcanza para entender el mundo en el que vive, o intenta sobrevivir. En las últimas elecciones internas del PJ a Camilo no le fue muy bien, pero igual cree que podrá conseguir algún puesto en el gobierno provincial. Ahora se lo prometieron. «Eso sí: yo nunca repartí un bolsón en mi casa. Pero muchos lo hacen», se queja, alegando una honestidad que, dice, les falta a sus compañeros. Habla de jóvenes militantes que recién empiezan y ya tienen un auto importado, o de presidentes de subcircuitos y seccionales que se quedan con cajas y especulan con la necesidad de la gente. No hace falta observar mucho para saber que él no lo hace: su humilde vivienda, en la que no sobra nada, es la mejor prueba. Camilo no quiere ser parte de lo que llama el «gremio de la pava» (pariente-amigo-vecino-amante) que estructura las relaciones y los conchabos de aquel submundo. Ver esas cosas lo pone triste. Conoce al gobernador De la Sota desde mediados de los ‘70, y si tuviera que definirse dentro de las corrientes del peronismo cordobés, lo haría como «delasotista». Por eso está convencido de que no es «José Manuel» el responsable de lo que hacen algunos de los dirigentes de su entorno. Camilo es uno de los pocos que se anima a contrariar a los que proponen o realizan actos que él cree injustos: otro motivo más para su eterno congelamiento.
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Por eso, en noviembre de 2003, no tuvo problemas en llamar por teléfono a La Voz del Interior y preguntar por el periodista que había escrito las notas sobre los bolsones del plan Asoma. Nos encontramos en su casa y, contrariamente a lo que el prejuicio adelantaba, se mostró amable y señaló las cosas que compartía y las que no le gustaban nada de aquellos artículos. Admitió, sin embargo, que esas cosas pasaban con demasiada frecuencia. Y detalló, con nombres y apellidos, cómo se sistematizaban en su barrio y en su seccional. —¿Por qué hace esto? ¿Por qué me llamó? —Llevo 50 años militando en el peronismo y me indigna ver cómo algunos lo utilizan para sacar provecho para ellos. Claro que en aquel primer encuentro era difícil creerle y no atribuir todo a las sangrientas internas a las que los políticos nos tienen acostumbrados. Pasó más de un año, los encuentros siguieron y se matizaron con asado y vino. Algo de la interna había, pero Camilo era —y no hacen falta buscar sinónimos o palabras rebuscadas— un hombre que quería ser honesto. La mayor prueba fue la demostración de que no me contaba nada que sus compañeros y la dirigencia no hubieran escuchado. Es más: no tuvo problemas en aceptar que él había escrito las dos notas que le mostré un día en el living de su casa. Las revisó con paciencia. —Estas son —dijo, devolviéndome las dos cartas prolijas, en las que una modesta sintaxis no impedía transmitir ideas claras. La primera había sido presentada en setiembre de 2000 en la mesa de entrada del Ministerio de la Solidaridad, y estaba dirigida a la «Señora Aguilar María – Coordinadora general de Entrega de Módulos». María Aguilar era miembro de Funcavi y luego pasó a trabajar en el Ministerio de la Solidaridad. De allí se retiró en medio de un escándalo de denuncias por el manejo de bolsones en esa área gubernamental. En la carta, Camilo se queja de irregularidades en su barrio con bolsones de planes sociales. Uno de esos párrafos es elocuente: «Hace un año se implementó el programa y todavía se sigue con las mismas personas que entregaron el plan Asoma, Prani y ahora los provinciales,
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donde sacaban y ponían la gente de las listas según les convenía, dejando afuera a personas con mucha necesidad. La señora M. entregó en su casa hasta hace un mes, pero resulta que en diciembre nos cursaron una nota donde decían que no se podían dar dichos módulos en los domicilios particulares de ningún miembro del subcircuito ni de unidades básicas y su domicilio funciona como subcomando. Ahora cambiaron de sitio, (...pero) continúa controlado por la flía. S. y otros»*. Esto corrobora que la distribución, al menos del plan Asoma, se realizó como lo fueron contando los diferentes vecinos y hasta el propio Adán Fernández Limia, a pesar de la negativa de Riutort a aceptar la utilización de la estructura partidaria para distribuir el programa que se le había quitado a Cáritas. Lo que cuenta Camilo sobre la forma de reparto se repitió en los distintos barrios investigados, con la misma metodología. La segunda carta está fechada el 30 de abril de 2001, ya con membrete del subcircuito y dirigida al «Señor director de la Dirección de Emergencia Social, Ing. Pablo Martínez». Tiene el código de barras de ingreso a Control Ciudadano del Gobierno de la Provincia de Córdoba, aunque la fecha no consta. Allí, Camilo y otro miembro del subcircuito hacen varios reclamos por los «módulos alimentarios», dejando entrever la conexión que existiría entre los punteros y el Ministerio de la Solidaridad. Pero lo mejor viene al final: «No podemos dejar de aprovechar esta oportunidad (...porque), en lo concerniente al plan Asoma, todavía nos quedó pendiente de solución la urgente necesidad de nuestras personas incapacitadas que no pueden acceder a los módulos alimentarios, por cuanto se los tenemos que alcanzar personalmente, y precisamente si este plan es suspendido, los beneficiarios deberán ser trasladados al padrón general de módulos alimentarios». Camilo nunca fue miembro de la fundación de Riutort; ni siquiera conocía cuál era el nombre de esa entidad. Esta misiva es aún más explícita que la anterior, y agrega un

* Se preserva el nombre de los aludidos, miembros de diferentes subcircuitos del PJ, aunque en la carta se los menciona completos.

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interrogante: ¿Por qué la carta estaba dirigida al Gobierno, si en teoría era Funcavi la que manejaba el Asoma? La preocupación genuina de los militantes barriales no diferencia de dónde ni cómo llegan los bolsones. Al menos la mayoría cree que hay gente que los necesita. Y los distribuye, sin preguntarse, por ejemplo, cuáles son los requisitos de la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación para utilizar sus subsidios. Además, las cartas demuestran que, en el área de Solidaridad, alguien debía estar al tanto de dichos reclamos y de lo que sucedía con el plan Asoma. En setiembre de 2000 el titular del área era Herman Olivero, esposo de María Lía Ongini, una de las involucradas en la causa judicial de los subsidios. En abril de 2001, quien estaba a cargo de Solidaridad era Dante Heredia: el ex integrante de Funcavi y actual legislador. Camilo no es Camilo, y no porque no se anime a dar su verdadero nombre («yo ya no tengo nada que perder y siempre fui de frente, nadie puede decirme nada»), sino por un acuerdo que hicimos en el que primó la preocupación por su familia y por su historia, de la que no quiere renegar. Sin comentarios En una canchita con el pasto crecido de más, un grupo de adolescentes juega a la pelota. Una joven camina hacia su casa, con las carpetas bajo el brazo. Dos vecinas ceban mate en una de las entradas del complejo de edificios, mientras sus pequeños corretean por la vereda. Una mujer barre. Otra señora limpia. Todo es tan normal que apabulla en barrio Cerveceros Anexo. Allí, en el sudeste de la ciudad de Córdoba, se levantan las seis torres construidas a través de un plan de viviendas del Gobierno de José Manuel de la Sota. Son departamentos de uno, dos dormitorios, en una construcción modesta pero firme, con un amplio patio interior, mucho espacio verde y una limpieza llamativa. En ese lugar viven algunos de los
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dirigentes y militantes del peronismo, que transforman los chismes de vecinos en algo más que curiosidades de medianera o quejas por ruidos molestos. Allí habita, también, María Aguilar con su familia. Tuvo que pasar más de un año, decenas de consultas a funcionarios y búsquedas interminables en la guía telefónica para encontrarla. En las primeras notas publicadas en La Voz del Interior sobre la causa del Asoma y otros subsidios, ella había sido mencionada por varios vecinos que habían repartido las cajas. Decían que debían comunicarse con ella «al Pizzurno», como se llama al edificio en el que se encuentra el Ministerio de la Solidaridad. Allí trabajaba María, a la que casi todos conocen por «Mari». En ese momento (setiembre de 2003) no hubo forma de encontrarla. Tampoco llamó ella una vez que las notas aparecieron en el diario. Su paradero era un misterio. La entonces concejal peronista de UPC, María Teresa Galeazzi —ex cuñada de José Manuel de la Sota—, confirmó que Mari había trabajado con ella hacía dos o tres años, antes de pasar a Solidaridad. El punto de inflexión en la vida política de Mari fue, sin dudas, junio de 2002. Ese mes, el entonces fiscal Anticorrupción de Córdoba, Luis Juez —hoy intendente de la capital y rival preferido de De la Sota*— inició una investigación por un supuesto faltante de 3.600 módulos alimentarios del programa A la Mesa, que distribuía Solidaridad. El aparente problema se había generado en las seccionales 12ª y 13ª. El revuelo generado en Solidaridad —que al final pareció ser otra derivación de una feroz interna partidaria en el Gobierno— generó, entre otros movimientos, la separación de María Aguilar. Su cargo era el de coordinadora de Módulos Alimentarios en capital. Finalmente, en un informe dado a conocer el 8 de julio de 2002,
* Luis Juez fue Fiscal Anticorrupción de Córdoba hasta el 10 de octubre de 2002, cuando fue separado del cargo luego de una serie de denuncias por irregularidades contra funcionarios de la administración de José Manuel de La Sota. Ese día, Juez dijo que De la Sota le había pedido que «aflojara con las investigaciones».

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Juez desestimó las denuncias y concluyó que no hubo faltante de bolsones, pero no dejó pasar la oportunidad de endilgarle todo a la interna justicialista y señalar que, si bien el Gobierno contaba con una eficiente estructura en el área social, «a la hora de su efectiva y correcta instrumentación los funcionarios se envilecen y corrompen al priorizar mezquinos intereses particulares». El Gobierno provincial desmintió con fuerza que existiera el clientelismo político en el reparto de módulos. Sin embargo, el informe de Anticorrupción constató que, de los 85 empleados de Córdoba Solidaria —luego se transformaría en Ministerio— que entregaban bolsones a los beneficiarios, 58 eran afiliados al PJ. Y finalizaba con una recomendación: «Que la Agencia Córdoba Solidaria arbitre los medios para abstenerse de toda actividad partidaria o internas políticas». Mari no volvió al Gobierno, a pesar del resultado de aquella investigación judicial. Cuando la puerta de aquella vivienda de barrio Cerveceros Anexo se abrió, era visible que esa mujer joven seguía enojada. —Ustedes pusieron cualquier cosa en el diario –dijo, parada debajo del marco, con una mano apoyada en la pared y otra en la puerta, lista para cerrarse en cualquier momento. Aseguró que aquella denuncia de Juez no tenía asidero, y que nadie tuvo en cuenta eso al señalarla en los medios como una de las supuestas responsables. —Yo no vengo por eso, sino por las notas sobre el Plan Asoma. —Sí, las leí. —¿Y qué le parecieron? —Sin comentarios. —Muchos vecinos hablaron de usted. ¿No va a decir nada? —Sin comentarios. La seguidilla de preguntas fue respondida con la misma frase de dos palabras. Sin comentarios. Sin comentarios. Sin comentarios. Después de unos minutos la puerta se cerró amablemente, pero daba igual. No hubo comentarios. Mari quiere dedicarse a su familia, y difícilmente vuelva a militar.
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¿Estaba preocupada, dolida, desengañada, temerosa? Por ahora no habrá forma de saberlo. Quizá no le soltaron las amarras del todo, y tema perder el puesto que hoy ocupa en la Maternidad Provincial. Vaya cambio laboral. De seguro debe estar mucho más tranquila. Duro de encontrar —Hace seis meses que no viene por acá. Esa fue la respuesta que dieron los empleados de la Dirección de Administración del Concejo Deliberante de Córdoba, en setiembre de 2003, cuando fueron consultados por el paradero de su jefe. Esa persona era, en los papeles, Ramón Sánchez, un conocido militante justicialista de la seccional 10ª, que en la gestión municipal de Germán Kammerath y Adán Fernández Limia llegó a ocupar aquella dirección. La primera vez que alguien lo nombró, y que entró a jugar en esta historia, ocurrió en esa primavera de 2003. Los vecinos de la calle Suipacha, en barrio Pueyrredón, señalaron entonces a Haydeé Herrera, una humilde anciana que pasaba los 70, como la que entregaba los bolsones del plan Asoma en ese sector. A Haydeé Herrera se la veía guapa, a pesar de los años. La falta de cuidado de su vivienda, al menos de la fachada, dejaba entrever una precariedad que ella disimulaba. Hizo una pausa, revolvió en sus recuerdos durante algunos segundos y su memoria no le falló: el que le había pedido el favor de repartir los bolsones había sido «Ramón Sánchez», a quien recordaba como un dirigente del peronismo «de la 10ª». Costó una semana encontrarlo, hasta que al fin pudo ser ubicado en su casa. Aceptó que había colaborado con su «amigo» Dante Heredia, por aquel entonces integrante de Funcavi y aliado político de Riutort, que luego se transformaría en funcionario del gobierno delasotista. Dijo que aquella distribución no tuvo «ningún manejo político», pero que había ayudado a Heredia en calidad de «dirigente político». Casi un año y medio después, y ya con el Concejo Deliberante
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liderado por otro signo político (el Partido Nuevo, de Luis Juez), fue mucho más fácil encontrar información sobre su paso por ese lugar. Un funcionario del Concejo —institución que hoy se encuentra en el edificio Garden, en el centro cordobés— y que trabaja allí desde hace varios lustros, aseguró que era muy difícil encontrar abierta la Dirección de Administración durante la gestión de Sánchez. Y que existían serios inconvenientes para hacerle entregar las notificaciones y mensajes que llegaban a su nombre. En ese puesto habría cobrado alrededor de 2.300 pesos mensuales, de bolsillo. Sánchez continúa siendo empleado del Concejo, ahora como secretario del bloque de Unión por Córdoba, liderado por el PJ. —Me fue mal con esa nota —dijo, cuando lo llamé por última vez y recordó las publicaciones periodísticas de octubre de 2003. Insistió en que las cajas del Asoma no se habían distribuido a través del partido, sino por algunos centros vecinales. Y agregó que se trataba de «una historia vieja». No quiso seguir hablando: pidió un número de teléfono para que la charla pudiera continuar. Pero la campanilla nunca sonó. No se lo tome a mal La casa sobre la calle Cochabamba —como toda la cuadra— rebalsaba de afiches con el rostro de Alfredo Keegan, el candidato de Unión por Córdoba para la intendencia de la capital. Faltaban pocas semanas para las elecciones del 5 de octubre de 2003, y el movimiento era incesante: pegatinas, corridas, autos cargados de panfletos... No era buen momento para intentar que la gente recordara los pormenores del plan Asoma, aunque muchos pudieron hacerlo. El mapa con los domicilios marcados que, en teoría, habían recibido las cajas, se concentraba en ese sector de barrio Pueyrredón. La «encargada del local partidario» se identificó como Zulma Aguirre. Dijo que recordaba el Asoma, pero que había que hablar con Josefina, la vecina que había distribuido los bolsones. Josefina vivía sobre la calle 87. Atendió desde el garaje y, algo confusa, dijo que sólo le llevaban los bolsones para que los distribuyera
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desde su vivienda. Mencionó a dos personas que habían tenido que ver con aquel programa: María Aguilar y... Zulma Aguirre, la misma que a pocos metros de allí cargaba los afiches de Keegan. Pueyrredón fue uno de los primeros barrios que recorrí, por lo que el nombre de Aguilar me era desconocido entonces. Luego comenzaría a sonar en otros sectores de la ciudad. Zulma Aguirre, quien en esos días aparecía demasiado ocupada con la campaña, se mostró mucho más pausada y amena un año y medio después. Contó que en aquellos días era la presidenta del subcircuito Pueyrredón del PJ, y que cuando vio las notas publicadas en el diario fue a decirle a Riutort que no se lo tomara a mal, que Josefina estaba equivocada. «Pero ella me dijo que no me hiciera problema», señaló. Sin embargo no pudo decir exactamente en qué estaba equivocada Josefina: «La Mari era la jefa, la que estaba en el mostrador de Funcavi. Era la encargada, pero Olga no repartía nada...», dijo, por las dudas. Recordó que el Asoma «no era para gente afiliada, sino para gente mayor». Y agregó que «nunca más un partidario entregó una caja». —¿Y los militantes? —Pero un militante que no puede hacer cosas partidarias. Antes de que le pidiera una explicación sobre el significado de «cosas partidarias», Zulma señaló, resignada: «Se hace así, de esa forma... Nosotros buscábamos la gente...». Zulma, al igual que Mari Aguilar, asegura que ya no milita, que no cree volver a hacerlo y que, por ahora, sólo quiere estar tranquila con su familia. Al parecer, ambas cosas juntas —la militancia y la tranquilidad— no se llevan demasiado bien. Te quieren, no te quieren «Se entregaban desde mi casa porque yo trabajaba con la encargada del programa, que era Mari Aguilar», señaló Alejandra, una militante del PJ en el subcircuito Horizonte I de la seccional 10ª. A ella
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condujeron los relatos de los vecinos que, en ese sector de la ciudad, dijeron recordar cómo se entregaba el Asoma. Alejandra dijo que en aquel entonces aún no era afiliada al partido, y confirmó que quien le pidió el favor de distribuir las cajas había sido Stella Bustos Fierro. —¿Ella te pidió que las entregaras? —Sí, quería entregarlas acá porque (allá) quedaba lejos para alguna gente. Bustos Fierro no sólo es dirigente de la seccional 10ª en el PJ capital: trabaja en la Legislatura de Córdoba como secretaria del legislador Dante Heredia, ex dirigente de Funcavi, de la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación y del área de Solidaridad del Gobierno de Córdoba. En una de las charlas que mantuve con ella, la dirigente justicialista negó haber entregado bolsones del Asoma. Al comienzo de la conversación tampoco recordaba a Alejandra, del subcircuito Horizonte I. —Ella dice que usted le pidió repartir los bolsones del Asoma en su casa. —Ese es otro tema. Pero yo no repartí bolsones. —Entonces sí le pidió. —No era pedirle. Fue una referencia porque era una compañera y nada más. Pero no le he pedido ni repartí. —¿Cómo llegó al plan Asoma, si usted en ese entonces no era miembro de Funcavi? —Era secretaria de Heredia. —¿Usted figura en la comisión directiva de Funcavi? —No, era secretaria de Heredia. —¿Era empleada de él, o lo hacía como militante? —Lo hacía ad honorem. Stella negó haber estado en Solidaridad e intentó explicar de dónde pueden venir algunas de las críticas de la gente de su barrio: «Es normal que cuando se hace política, unos te quieran y otros no. Lo que sí puede haber en Solidaridad, mire qué cosa, son notas enviadas por mí pidiendo la baja de muchos que lo recibían (al plan),
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que cobraban jubilaciones de mil, 1.200 pesos, y se llevaban el bolsón. Esa es la gente que a lo mejor no me quiere. Pero nunca trabajé en Solidaridad ni fui efectora ni mucho menos». La cadena sumaba un eslabón más y una extraña casualidad guiaba las indagaciones sobre el plan Asoma hacia militantes y punteros de un mismo partido. Al parecer, Funcavi tenía en esa época bastantes relaciones, ramificaciones y colaboradores. Lo que le otorgaba una gran capacidad estructural para distribuir bolsones y subsidios. Los funcionarios de Menem se lo reconocieron con más convenios.

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6. EL

CASTILLO

«Una oficina gubernamental es lo más cercano a la vida eterna que veremos en este mundo». Ronald Reagan

—No es tan fácil hacer una fundación. Hay una serie de requisitos especificados por la ley. Controlamos que se cumplan. Es nuestra función controlar... —¿Qué ley es esa? —Es la ley de fundaciones... y después tenemos normativas dentro de... eso es lo que estaba buscando... estaba tratando de buscar, pero me han puesto todo...—decía María Marta Cáceres de Bollati, mientras revolvía los papeles de su escritorio con el grabador ya encendido. La directora de Inspección de Personas Jurídicas de Córdoba, responsable de controlar las fundaciones de toda la provincia, intentaba recordar o encontrar la ley nacional que rige la constitución de las fundaciones. Es decir, el aspecto más básico de su trabajo. La tarea no le era fácil. Me sentí en la obligación de romper el incómodo silencio. —No quiero que me diga todos los requisitos, sino simplemente si es más fácil que en otros países hacer una fundación... —No creo. Al contrario. Hay países como en EE.UU., donde hay una profusión de fundaciones... te voy a dar el número... —insistió ella. Los segundos que pasaban se hacían embarazosos. La funcionaria seguía revolviendo. —Después lo buscamos —dije, apurado por continuar la entrevista. —Después te lo doy exactamente... es a partir de la ley y de las resoluciones normativas que haya dictado la repartición... (SIC) —señaló.
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—¿Y dentro de esa ley se contemplan las presentaciones anuales que deben hacer las fundaciones? Cáceres no pareció escuchar la pregunta y dijo por lo bajo, casi como para ella misma: —...No sé si te doy el número, dejame ordenar... Hubo unos cuantos segundos más de espera y la cinta siguió corriendo, hasta que la tensión se rompió con un alivio que devolvió el aliento a la funcionaria. ¡Lotería! El papel apareció: —¡19.836! —cantó ella. Entonces volvió todo a la normalidad. Costó, pero la mujer había encontrado el número de la ley sobre «Constitución de fundaciones», instrumento básico que aporta casi todos los lineamientos y requisitos de su trabajo diario. La situación emulaba a la de un secretario de un gremio de prensa que no sabe cuál es la ley del estatuto del periodista. O a la de un funcionario del Ministerio de Trabajo incapaz de identificar la ley laboral. Fue la primera vez que Cáceres de Bollati habló sobre el control de las ONG. Parte de esa entrevista fue publicada en La Voz del Interior el 26 de octubre de 2003, cuando apareció mi primer informe —en coautoría con la periodista Rosa Bertino— sobre los problemas para manejar la explosión de fundaciones y asociaciones civiles que habían surgido en los últimos años, en especial a partir de la crisis de 2001. En esa oportunidad, la titular de la Dirección de Inspección de Personas Jurídicas habló sobre cuál era el rol de la entidad —que ya no tiene a cargo— para detectar irregularidades, fiscalizar y sancionar las asociaciones que no cumplían los propósitos establecidos en sus actas de constitución. Lo más interesante de la entrevista llegó al final. Al ser consultada sobre si era público el acceso a la información sobre las fundaciones, Cáceres respondió: «Habría que ver la motivación que ustedes exponen en ese momento. Hablo del caso de los balances. Después, la existencia o no de personería jurídica o cuáles son las autoridades, creo que son datos obviamente públicos. Mi criterio es hacerlo todo más público. Si se trata de instituciones de bien público, atento al papel que
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cumplen, en principio deben estar abiertas a la comunidad». Como le gustaba decir a Carlos Menem, parafraseando a la Biblia, «el hombre es amo de su silencio y esclavo de sus palabras». Al parecer, la funcionaria ya no seguía pensando lo mismo cuando la información que se le pidió fue la de Funcavi. Todo cuanto puedo informar Después de casi un mes de insistencia, numerosos llamados telefónicos y un pedido por escrito, no hubo forma de acceder a las actas de asamblea de Funcavi, por lo que las notas publicadas en octubre de 2003 en La Voz del Interior no contuvieron esa información oficial. Sólo se comunicó que dicha asociación estaba al día con los requisitos legales. Volví a contactar a Cáceres de Bollati un año y medio después, cuando ya trabaja en la redacción de este libro. Había un dato nuevo que llamaba la atención: la titular de la Dirección de Personas Jurídicas integraba el Consejo Capital del Partido Justicialista, luego de las elecciones internas del 24 de octubre de 2004, en la lista encabezada por Olga Riutort. No existe una ley que lo prohíba, pero al menos resulta curioso y sugestivo ocupar un puesto desde el que se debe controlar a una fundación cuya presidenta es una aliada partidaria, en la hipótesis más benigna. Por otra parte, es llamativo que esta dependencia nunca haya estado al tanto de las auditorías de la Nación, de las denuncias de los fiscales y de la Oficina Anticorrupción, o bien de la causa judicial que se tramita en la Justicia Federal de Buenos Aires y que involucra a esta fundación en supuestas irregularidades relacionadas, en algunos casos, con su función y su objeto. Hicieron falta diez días de llamadas para que la funcionaria se pusiera al habla. —No sé si su secretaria le contó algo... Sigue siendo importante acceder a las actas de Funcavi, para chequear algunos datos. —¿En aquella oportunidad no se la dimos? —dijo Cáceres,
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refiriéndose a octubre de 2003. —No, nunca. —Usted no las vino a retirar nunca. Le recordé amablemente que no sólo había insistido telefónicamente con el pedido durante casi un mes, sino que 20 días antes de la publicación de las notas hubo una solicitud por escrito. Y que no hubo novedades ni antes ni durante ni después de las publicaciones periodísticas. —Yo me acuerdo que al final habíamos sacado copias —insistió ella. —Entonces las puedo retirar ahora. —No, ni sé si las tengo todavía. Fue hace más de un año. Reiteré —una vez más— el encargo, y le recordé que utilizaría la información y las entrevistas que me había dado en la primera oportunidad. —Me gustaría reverlas porque no me acuerdo. Sé que salió un artículo en el diario, pero algunas de las cosas que se mencionaban no me parece que se ajustaban a lo que había ocurrido. Algo no coincidía con lo que habíamos hablado. No supo decir qué, así que continué con mis dudas éticas sobre su posición partidaria y, al mismo tiempo, su cargo para controlar a fundaciones vinculadas con sus jefes políticos. —Con ese criterio ninguno de los funcionarios podría trabajar en nada, prácticamente —respondió ella, acertándole al nudo de la cuestión. —Pero justo es una fundación de Riutort... —agregué. —Pero Riutort no está más. —Pero sí estaba en la fecha de la información que le pido. —Pero en ese entonces yo no estaba acá —se defendió la funcionaria. —Digo que usted a lo mejor no me quiere mostrar los datos que le pido por eso... —No he tenido reclamos de que no cumpla mi función como corresponde. La vía está abierta y es la Justicia, si es que alguien duda de mi forma de actuar. Ejerzo una función y doy una información a
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quien corresponde, como corresponde. No se trata de que yo quiera o no quiera. Si alguien cree que es así, que vaya a la Justicia. —Se lo pregunto porque... —Es que hay preguntas que son molestas. Yo siempre digo: cuando alguien me pone en duda, que lo demuestre. —Es que llevo mucho tiempo sin poder conseguir eso. —Hay que ver si está planteado como corresponde. Si es así, no me niego en darlo. —Pero en la primera entrevista usted me dijo que era partidaria de que cualquiera accediera a esa información de las fundaciones. —No abuse de mi mala memoria en este momento. Finalmente, el 11 de marzo de 2005 fue presentado el nuevo pedido por escrito, así como la nota periodística en la que, según ella, algo no se ajustaba a lo que había ocurrido. Esta última observación no fue aclarada. Al parecer, todo ajustaba. Además, en un esfuerzo que debe haber motivado la paralización de la Dirección de Inspección y un gasto descomunal para el erario público, la respuesta llegó el 23 de marzo de 2005: una carilla y media en deslumbrante tinta negra. Se trata de dos hojas, con membrete del Gobierno de Córdoba, firmada por María Elena Presti Danigi, coordinadora de asociaciones civiles y fundaciones de la Dirección de Inspección de Personas Jurídicas. Allí se detallan los datos de Funcavi (domicilio y fecha de otorgamiento de personería y de la última reunión especial). Luego se describe el objeto de la misma (relacionado con la promoción de la cultura, la educación, la vivienda, la salud, etcétera), y se nombra a las autoridades que pasaron por los diferentes consejos de administración y órganos fiscalizadores. La nota finaliza con un sugestivo «Es todo por cuanto puedo informar». Y punto. No hay copias de actas originales ni ningún otro elemento que permita investigar, eventualmente, algo de lo relacionado con la causa judicial. La respuesta de Inspecciones Jurídicas fue elaborada para la ocasión, y carece de cualquier aporte significativo. Lo que lleva a pensar y a preguntarse por qué tanto celo o por qué, al menos para la conducción de la entidad, no existe una razón fundamentada para
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acceder a los archivos de Funcavi. En esas dos hojas hay sólo un dato nuevo, y aparece en la nómina de integrantes de la primera conducción de la fundación, la que presidía Olga Riutort. Se trata de la inclusión de Herman Olivero como fiscalizador titular. Olivero, ya se ha dicho, era ministro de la Solidaridad de Córdoba y su esposa —María Lía Ongini— está entre los dirigentes de Funcavi a quienes la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6 pidió citar a indagatoria. Luego de las últimas elecciones internas del PJ, en octubre de 2004, las relaciones entre Riutort y Olivero son cada día peores. El ex ministro sería uno de los pocos integrantes de esa comisión directiva que no está nombrado en la causa judicial que se tramita en Buenos Aires. Muy ocupados —El problema es que estoy mañana y después no vuelvo hasta el lunes 21 (de marzo). —Pero estoy insistiendo desde el lunes de la semana pasada. —Sí, pero usted no sabe lo que es esta Dirección. Hay mucha gente que también me reclama soluciones. El diálogo con María Marta Cáceres de Bollati, ex directora de Inspección de Personas Jurídicas de Córdoba*, se repitió con algunos matices entre los funcionarios involucrados en la causa judicial o en el manejo de la distribución de bolsones por parte de Funcavi. Hicieron falta semanas de llamados telefónicos diarios o envíos de solicitudes por escrito para obtener una respuesta por parte de estas personas, en su mayoría actuales funcionarios del gobierno de José Manuel de la Sota. En el mejor de los casos fue para decir que no recordaban nada. Con algunos llevó tiempo, pero fueron más sinceros: Olga Riutort

* María Cáceres de Bollati fue la titular de la Dirección de Inspección de Personas Jurídicas hasta comienzos de abril de 2005, cuando pasó a ser subsecretaria de Justicia de la Provincia.

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dijo a través de su secretaria que lo del Asoma era, para ella, «tema cerrado». Dante Heredia, a pesar de no figurar en la causa, nunca respondió a los mensajes y a los pedidos, a pesar de los 11 llamados telefónicos realizados a su despacho en la Legislatura de Córdoba. Sólo comunicó a través de sus secretarios que tenía la «agenda completa». Carbonetti contestó, después de otras tantas llamadas. De la Sota tampoco está incluido en la causa judicial. Pero hubiera sido útil que explicara su relación con Funcavi y si participó en actos de esta fundación. Comunicó a través de su secretario de Prensa que no habla con periodistas de La Voz del Interior. Y que poco importaba que esto fuera un libro, ya que identificaba al autor por trabajar en ese medio*. Al margen de este último caso, «está en sesiones», «está muy ocupado», «ya le pasé el pedido» o «eso que me pide lleva tiempo» son respuestas que, en la práctica, se constituyen en los verdaderos obstáculos para la libertad de expresión. También lo es pedir mayores especificaciones sobre lo que se busca: en el caso de las actas de Funcavi, la clave era acceder a los documentos para rastrear información que se relacionara con la causa judicial. Es difícil pedir de antemano la fecha exacta o el folio preciso en el que se espera encontrar algo. En Argentina se lucha para sancionar, de una vez por todas, una ley para el libre acceso a la información. Allí se dispondrán plazos máximos para que cualquier dependencia pública responda a las solicitudes de medios, periodistas o ciudadanos preocupados por saber qué se hace con su dinero. Y cómo los funcionarios manejan o manejaron asuntos para los cuales fueron designados por el voto popular, o bien por delegación indirecta. No hay funcionario que no apoye esa norma o que no diga que el

* También comunicó que su ex esposa ya estaba sobreseída en la causa que aquí se describe. Lo que, al menos al cierre de esta edición, no se condice con la información brindada por la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal nº 6, por el Juzgado Criminal y Correccional Federal nº 3 (secretaría 5) o por la Oficina Anticorrupción.

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acceso a la información pública es un derecho básico del ciudadano. Pero a la hora de difundir los datos se muestran demasiados ocupados. O desmemoriados. O dilatan los tiempos de manera que las respuestas se diluyan, lleguen tarde o cuando ya a nadie le interesan. El «truco» de estirar los tiempos con cualquier excusa y probar el límite de tolerancia del interesado en obtener la información es, en la práctica, casi lo mismo que negar dicha información. Thomas Jefferson decía que «cuando alguien asume un cargo público debe considerarse a sí mismo como propiedad pública». Pero Jefferson pasó de moda. Todos los días, ciudadanos curiosos, trabajadores de medios de comunicación, escritores o periodistas insensibles siguen sin comprender lo difícil que es cargar la mochila de funcionario público, responder a una avalancha de reclamos y bregar, cada día, por un país mejor. Eso, bregar por un país mejor consume mucho tiempo. Funcavi trae suerte Algunas fundaciones tienen como objeto la atención a determinado tipo de enfermos. Otras, ayudar a la investigación en un campo social o sanitario. O a los chicos de la calle, por ejemplo. O a las mujeres golpeadas, por citar algunos casos. Sin embargo, los fundadores de Funcavi no quisieron dejar nada ni a nadie afuera. Por eso pensaron en una entidad que no se encasillara en ámbitos limitantes: según sus estatutos, la fundación tiene por objeto la promoción, realización y difusión de acciones vinculadas a la cultura y la educación, el arte y la creación, la vivienda propia, la salud, la defensa de los derechos de la mujer —civiles, sociales, políticos—, la planificación e implementación de sistemas protectores de contingencias sociales, la realización de programas relacionados con el cuidado del medio ambiente y, ya en la última categoría, «todas aquellas medidas y programas que contribuyan a mejorar y complementar la formación integral, armoniosa y permanente de la gente y de la comunidad y, en particular, de lo que resulte en beneficio integral de la persona humana, de su bienestar general y de todo
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aquello que contribuya a un sustancial mejoramiento de la calidad de vida». Es decir, casi todo. Difícilmente exista alguna actividad o tipo de subsidio estatal que no pueda terminar atrapado entre tan amplios y generosos objetivos. Hoy la entidad dispone de una coqueta sede ubicada en el barrio Nueva Córdoba. Se trata de al menos el quinto domicilio que recorrió a lo largo de sus casi diez años de historia. En ese tiempo pasó por Independencia 396, Corrientes 33, Chacabuco 626 y Buenos Aires 956, todos en la ciudad de Córdoba. Como una elipsis simbólica, el derrotero geográfico de las sedes de Funcavi, que comenzó en el centro cordobés, culmina hoy en Chile 54, a sólo una cuadra y media de la Casa de Gobierno. Esta curiosidad parece emular el recorrido que siguieron muchas de las autoridades de la entidad. Y es que pasar por la fundación trae suerte, como ir al programa de Mirtha Legrand. Veamos: de la primera comisión, Olga Riutort —presidente— llegó a transformarse en secretaria general de la Gobernación. Domingo Angel Carbonetti —Secretario, según Inspecciones Jurídicas, aunque en la causa judicial figura como tesorero— fue fiscal de Estado y luego legislador. Herman Olivero (fiscalizador titular) fue ministro de la Solidaridad y hoy representante cordobés en la Región Centro. En Solidaridad también trabajó María Aguilar, quien hoy mantiene un puesto en la Maternidad provincial. Alicia Narducci (consejera) es legisladora nacional y esposa del también diputado nacional por Córdoba (PJ) , Carlos Caserio. Por su parte, Dante Heredia estuvo al frente de Solidaridad y hoy es legislador. Y quienes colaboraron con él en la distribución del Asoma —Ramón Sánchez y Stella Bustos Fierro— trabajan en el Concejo Deliberante y la Legislatura de Córdoba, respectivamente. Además, una de las presidentas que siguió a Riutort, María Cristina Amestoy, es la secretaria de Atención y Protección Integral del Niño y el Adolescente. Como se observa, Funcavi trae suerte. La lista en la Legislatura cordobesa sigue con Liliana Josefa Juncos,
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diputada por UPC (vicepresidente del bloque) desde diciembre de 2001. Su currículum en la página web de esa institución oficial está casi en blanco, aunque en el rubro «antecedentes laborales» figuran dos ítems: «empleada mercantil» y «Fundación para una mejor calidad de Vida (Funcavi)». Juncos saltó a la escena pública en octubre de 2002, cuando el programa «Sociedad Anónima», de Canal 10, emitió varios testimonios de personas que dijeron ser parientes y allegados de la funcionaria, y que afirmaron que ésta se dedicaba al negocio de las drogas en Villa Carlos Paz. A raíz del escándalo, el entonces fiscal federal Gustavo Vidal Lascano decidió citar a los denunciantes en el marco de una causa que ya investigaba en la villa serrana. Aquel hecho trajo a colación lo ocurrido en 1991, cuando Juncos fue imputada —y luego sobreseída— por «tenencia de estupefacientes con fines de comercialización con grado de partícipe secundaria y agravada por el empleo de menores». Aquello ocurrió luego de un operativo judicial realizado en una casa de veraneo de Carlos Paz, en donde fueron detenidos Juncos y otras personas. Entre ellas, María Ramona Reyna (alias «La gorda Kika»), condenada en 1996 a 18 años de prisión por su participación en una red internacional de narcotráfico*. Como se ve, Funcavi debe ser una de las ONG con el índice más alto de «egresados» con colocación en la función pública. Y también con un elevado índice de apoyo oficial: el último signo de la vinculación de la entidad con el Gobierno de De la Sota apareció el 27 de abril de 2005, cuando el gobernador entregó 380 mil pesos a 20 ONG ganadoras del concurso «Córdoba sana». Se trata de un plan que busca incluir a las sociedades civiles en el desarrollo de programas de atención primaria de la salud. Se presentaron 142 ONG
* Reyna se encontraba en libertad condicional cuando volvió a ser detenida, el 21 de diciembre de 2003, e imputada por supuesta «organización y financiamiento de transporte de estupefacientes agravado o para exportación». En mayo de 2005 se llevaba a cabo el juicio (La Voz del Interior, 24 de octubre de 2002 y 4 de mayo de 2005).

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con 35 proyectos. Entre las 20 seleccionadas, ¿cuál figura? Sí: Funcavi, con 17.178 pesos para un programa de prevención de adicciones en la escuela media. Pero esto no es todo. Además, esta fundación es la única que consiguió dos subsidios. Con el segundo, por 10.720 pesos, se encargará de la «Promoción de la salud desde la perspectiva de género» junto al Centro de Asistencia Integral a la Mujer Maltratada (Caimm). Otro de los eventos que contó con la participación de Funcavi fue el VII Modelo de las Naciones Unidas, realizado del 3 al 5 de noviembre de 2000, junto a la Secretaría General de Gobierno de Córdoba (a cargo de Olga Riutort), el Ministerio de Educación y Cultura de la Provincia, y la asociación Conciencia. También tuvo un papel destacado en la Campaña de Prevención del Sida y las Adicciones, llevada a cabo junto al Ministerio de Educación provincial y la Agencia Córdoba Cultura. Como se ve, además de suerte, Funcavi también atrae buenas relaciones.

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7. DOS

VERDADES, UN ENGAÑO

«La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse». Jean Jacques Rosseau

Sería ilusorio pensar que las prácticas clientelares son un patrimonio del peronismo. Todos los partidos, en mayor o menor medida, siendo gobierno u oposición, hicieron o hacen uso y abuso de lo que ya es una tradición de la política argentina. Es cierto que es el peronismo en donde este fenómeno se visualiza con mayor claridad, quizás por su magnitud y alcance territorial. En él se centran, también, la mayoría de los estudios sociológicos que intentan explicar estas prácticas. Uno de los mayores riesgos de cualquier ensayo o investigación relacionados con el clientelismo tiene que ver con la dificultad para delimitar a los verdaderos actores y su posición en la red de intercambio, para trazar la medida de su participación. Y, especialmente, para no caer en la tentación de imputar responsabilidades al margen de un análisis profundo de la naturaleza de estas manifestaciones. Esto no significa, sin embargo, que el arraigamiento de una costumbre justifique un delito, si lo hubiera. Casi todos los estudios coinciden en los aspectos básicos del clientelismo, definido como el intercambio personalizado de favores, bienes y servicios, por apoyo político y votos entre masas y elites. Un rasgo común es que esta expresión de la política está siempre ligada a la pobreza, la desocupación, la marginalidad y las desigualdades. Supone una red de relaciones complejas que es mucho más que una persona activa que da y otra persona pasiva que recibe. Por lo general,
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muchos medios de comunicación caen en la trampa de demonizar a unos u otros –punteros o clientes– sin llegar a comprender todo lo que subyace en esas relaciones, pero en especial sin visualizar las fuerzas que actúan detrás de dichas prácticas. Estos otros actores, a veces no tan visibles, agazapados tras despachos de lujo, son los que abonan el terreno en el que crecen esos intercambios. Y, por supuesto, no están dispuestos a dejar de hacerlo porque no hay —no se discuten, no son capaces de diseñarlas— alternativas de participación política. Como escribe Javier Auyero en La política de los pobres, «el clientelismo es entendido como un elemento central en la seducción populista, pero también es definido como un modo de inclusión política vertical distinto del populismo» (2001:36). Auyero es uno de los autores argentinos que mejor da cuenta de este fenómeno, en base a investigaciones realizadas principalmente en diversos asentamientos del conurbano bonaerense. Sobre una de estas experiencias cuenta: «Aquellos que supuestamente fueron por una bolsa de mercadería comparten una categoría y una red de relaciones, y reivindicaban una identidad común, aunque multifacética» (2001:30). Es más: Auyero ve a los punteros como «un soporte relacional para la reinvención cotidiana del peronismo» (2001:217). Uno de sus conceptos más interesantes tiene que ver con el de la «doble verdad» que regula este tipo de práctica, así como la percepción que sus actores tienen de ella. En las distintas entrevistas a vecinos (clientes) realizadas para este libro, casi todos se mostraban sorprendidos al enterarse de las denuncias relacionadas con el plan Asoma, ya que consideraban que —salvo casos puntuales— el puntero o «esa amiga concejal» los habían ayudado a obtener un beneficio. Y que, si ese beneficio realmente existió, el perjuicio quedaba por ende excluido de la transacción. Lo mismo sucedió con los punteros: es cierto que no tenían por qué conocer, por ejemplo, las supuestas irregularidades detectadas por una auditoría de la Nación, pero aun después de enterarse seguían convencidos de que sólo habían «ayudado a la gente». Este pensamiento se presentó en varios niveles, incluso en el de los
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funcionarios de alto rango que, ante la evidencia de cómo Funcavi distribuyó los bolsones del Asoma en ciertos barrios, concluían que «al menos las cajas llegaron a la gente». Auyero lo explica con claridad en su libro Clientelismo político: «La verdad del clientelismo es así colectivamente reprimida, tanto por los mediadores con su énfasis en el ‘servicio a los pobres’, el ‘amor a los humildes’, ‘la pasión por su trabajo’, como por los clientes con sus evaluaciones sobre la amistad, la colaboración, etcétera. Esto implica que las prácticas clientelares no sólo tienen una doble vida (en la circulación objetiva de recursos y apoyos y en la experiencia subjetiva de los actores), sino que también tienen una doble verdad. Una doble verdad que no es un invento de quien investiga al clientelismo sino que está presente en la realidad misma de esta perenne práctica política como una contradicción entre la verdad subjetiva y la realidad objetiva» (2004:56). Para el sociólogo, esta contradicción «no aparece como tal en la experiencia de los sujetos —clientes y punteros— porque se sostiene en un autoengaño, una negación colectiva que se inscribe en la circulación de favores y votos y en las maneras de pensar la política que tienen clientes y punteros». Y concluye, con más nitidez: «Para decirlo con otras palabras, entre clientes y punteros se genera una verdad sobre la política que excluye la posibilidad de obrar y pensar de otro modo, que excluye —que no escucha, que ignora— todas las críticas —incluso las que pueden aparecer aquí— al carácter injusto, manipulador, coercitivo de esas prácticas» (2004:57). Riego y abono Al margen de los discursos, ¿se hace algo para cambiar el modelo clientelar? ¿Existen alternativas o voluntad de plantearlas? Los datos hablan por sí solos. Durante dos años consecutivos (2003-2004) Argentina creció a un ritmo del 8,8 por ciento anual, llegando a los niveles de producción anteriores a la recesión. Sin embargo, el 10 por ciento de los hogares más pobres recibe 32,8 veces menos de riqueza (53 pesos mensuales)
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que el 10 por ciento de la franja más rica (1.740 pesos por mes). Estas cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) pertenecen al tercer trimestre de 2004. Y señalan que la brecha entre ricos y pobres aumentó, ya que en el primer semestre de ese año esa distancia era de 31 veces. Si se tiene en cuenta que en ese período el empleo creció, se podrá ver cómo la distribución de los ingresos continúa empeorando, al margen de la marcha de la economía. Esto también puede medirse con la porción de la torta que le queda al 40 por ciento de los hogares más pobres del país —20 millones de personas—, que es del 17,5 por ciento. Esta proporción era del 18 por ciento en el primer semestre de 2004, y de 18,2 por ciento a fines de 2003. La profusión de los planes sociales —en especial el Jefas y Jefes de Hogar*— enmascara la desocupación, pero no puede hacerlo con la distribución de la riqueza, que es cada día más regresiva. A pesar de que la pobreza se redujo con respecto a 2003, hay 11 millones de argentinos que ganan menos de 107 pesos por mes: es decir que viven apenas por encima de la línea de la indigencia. En total, los pobres son 15 millones: el 40 por ciento de la población. En el Gran Córdoba ese porcentaje es similar: hay alrededor de 570 mil pobres, de los cuales 185 mil son indigentes, mientras que las personas ocupadas suman 540 mil y 70 mil los desocupados. Entre el primero y el segundo semestre de 2004, 83.500 cordobeses superaron el umbral de pobreza y 50 mil, el de la indigencia. En ese fuego se cuecen numerosas ONG y fundaciones, integrantes del llamado «Tercer sector», que a veces realizan una tarea indispensable para numerosos grupos excluidos y anónimos. Pero aquí también aparecen, revueltos, la Biblia y el calefón. En el límite Diez mil pesos, un plan trienal con cronograma de actividades y
* Asignaciones de 150 pesos para sostenes de hogar desempleados. En teoría debían producir una contraprestación a cambio del subsidio.

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una base presupuestaria. Estos son, en síntesis, los requisitos básicos para crear una fundación. En Argentina no se dispone de una base de datos única y actualizada, pero se estima que habría entre 80 mil y 100 mil organizaciones de la sociedad civil. Un número imposible de controlar para los organismos oficiales, que se limitan a fiscalizar cuestiones administrativas que no siempre muestran verazmente lo que una entidad hace o deja de hacer. Entre estas organizaciones se encuentran muchas fundaciones vinculadas a políticos o integradas por miembros de un mismo partido. Esto entra en un terreno pantanoso para el cual no hay demasiada regulación, o bien las leyes existentes dejan lagunas: ¿Puede una persona ser presidente de una fundación cuyo objeto sea similar al que ejerce como funcionario? ¿Puede una entidad sin fines de lucro conformarse por funcionarios en ejercicio y recibir fondos públicos? ¿Qué pueden hacer con ese dinero, y cómo? ¿Cuándo hay incompatibilidad? En la práctica, muchas fundaciones se han transformado en una herramienta útil para conseguir dinero destinado a diversos fines, a veces al filo de lo legal. Dada esta situación, no es descabellado preguntarse si, por ejemplo en Córdoba, era útil que una persona que integra el Consejo local del PJ fuera la encargada de controlar a fundaciones relacionadas de alguna manera con ese partido político, o al menos con personas ligadas a él y al oficialismo. Claro que nadie lo prohíbe. Es más: esa es la norma en la administración pública. Pero las normas no nacen impolutas. Ni son eternas. Al margen de estas generalidades, en este caso quedan demasiados interrogantes: ¿Puede una ONG recibir un subsidio del Estado y canalizarlo a través de militantes de un partido político? ¿Podía hacer eso Funcavi con el plan Asoma, en épocas de campaña electoral? ¿Por qué era tan importante gastar 80 mil pesos de fondos públicos para que miles de ancianos pobres viajaran cientos de kilómetros a escuchar al presidente y recibir carnets? ¿No se los podrían haber
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entregado en sus lugares de residencia, junto con los bolsones? ¿Por qué la mayoría de los miembros de la fundación que participaron en esa época se transformaron después en funcionarios provinciales? ¿Cuál fue la real participación de José Manuel de la Sota, cuando era senador y candidato a la gobernación, en los actos y otras acciones vinculadas al Plan Asoma, junto a Funcavi? ¿Por qué pasó un año y medio para que la Dirección de Inspección de Sociedades Jurídicas de Córdoba brindara el listado de miembros de Funcavi, y sin ofrecer copias de las actas de asamblea originales? ¿Por qué algunos militantes del PJ debían dirigirse al Ministerio de la Solidaridad para tratar asuntos relacionados con el plan Asoma, que debía distribuir una ONG? ¿Cuáles son los límites de acción de una fundación? ¿Cómo se controlan? ¿A cuántas fundaciones benefició el Estado durante los ‘90? ¿Cuánto dinero significó eso? Si se investigan casos supuestamente irregulares por 10 millones de pesos/dólares, ¿cuántos quedan sin investigar? ¿Por qué el Gobierno de Carlos Menem decidió sacarle el plan Asoma a Cáritas para otorgárselo a Funcavi? ¿Qué se tomó en cuenta para elegir a esta fundación y no a otra? ¿Recibía Funcavi en esa época, por parte de la SDS, diez veces más fondos que el gobierno provincial de Ramón Mestre? En el nombre del pobre se dictan políticas y medidas que, se cree, se intuye, son las que ellos más necesitan, las que les sirven, las que mejor iluminarán la sombra de su miseria. En el nombre del pobre se construye, se decide, se afirma, se ejecuta, se administra, se actúa. En el nombre del pobre se argumenta, se justifica, se excusa, se esconde. En el nombre del pobre se hace, porque los pobres no saben hacer ni tienen nombre ni voz. Y se supone que, como no tienen voz pero sí voto, conviene que perciban que alguien se interesa por ellos. En esa máxima se diluyen y confunden los destinatarios de las conveniencias, y ya no es posible saber quién es realmente el beneficiado. Nada más cómodo, y menos arriesgado, que explicar lo inexplicable en el nombre del pobre.
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8. VIEJOS

Y ANÓNIMOS

«Nadie puede sospechar cuántas idioteces políticas se han evitado gracias a la falta de dinero». Charles-Maurice Talleyrand Périgord

Aparecía cada día en la casa de Olga para pedir una cebolla, un ajo, un puñado de yerba. No pasaba siesta sin que, entre las 14 y las 14.30, Elías H. golpeara la puerta del garaje de su vecina. Y entonces ella ya sabía que no podía ser otro. Dicen que se había separado. Que, desde que tuvo un accidente de trabajo, nunca volvió a ser el mismo. Que lo había atropellado un auto mientras andaba en bici. Que por eso la parte inferior de una de sus piernas parecía una pelota de fútbol. Que sus padres habían venido de Armenia. Elías H. no tenía nada. Ni a nadie. Su casa de Soldado Ruiz al 1.800, en el corazón de barrio San Martín de la ciudad de Córdoba, era una fotografía borrosa de lo que alguna vez había sido una vivienda habitable. La única salida de Elías era la caminata diaria de cinco cuadras hasta el Centro de Jubilados Esperanza, sobre la calle Arquímedes. Allí le daban una vianda que solía ser su único alimento de la jornada. Aunque nadie conocía su edad exacta, parecía que Elías había tenido siempre 70 años, mal llevados y atacados por la fuerza de la miseria. No tenía hermanos ni parientes ni parientes lejanos –dicen los vecinos– que alguna vez se hubieran preguntado qué hacer con él. Cuentan que le vendió la casa a un hombre con la condición de que lo dejara habitar allí hasta el fin de sus días. Vivía de la ayuda de sus vecinos: que un pedazo de pan, que un sobretodo, que medio
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kilo de azúcar y hasta una estufa para el invierno. Comía poco y bebía lo justo. Picaba los fideos o la carne hasta dejarlos hechos migas, miguitas. Después los tragaba. No le gustaba ir al médico. Hubo un tiempo en que una enfermera se llegaba para verlo y ayudarlo con las curaciones. Hasta que dejó de llegar. A Olga le contaba cómo se curaba todos los males con barro: se lo echaba sobre la pierna o sobre el vientre y se sentaba a esperar que el dolor lo abandonara. Y a veces funcionaba. Había leído mucho y nunca dejó de ser amable y educado: conservaba libros de sus buenas épocas, si es que tal cosa existió. Era bueno trabajando con madera: hizo marcos, patas de cama y hasta reparó mesas para los vecinos que se lo pedían. Pero fue en otro tiempo, cuando aún se adivinaban restos de entusiasmo en su mirada y el color de la piel no lo había abandonado. En los últimos años se empezaba a cansar demasiado, a quedarse quieto, a observar los rincones sin darse cuenta del tiempo, a hablar de menos. Algunas cajas de alimentos recibió. Eso dicen en la cuadra y eso dice el padrón de beneficiarios del plan Asoma. Muchos de los que recibían esos bolsones —ancianos de más de 60 años, carenciados y sin obra social— eran como Elías H. Hubo un invierno en que hizo demasiado frío en Córdoba. Hacía cinco días que Elías no buscaba su vianda en el Centro de Jubilados. Trinidad, una de las que más se preocupaba por él, llamó a Olga y le pidió por favor que se fijara. Olga recordó que hacía cinco siestas que Elías no le daba golpecitos a la puerta. Una hora después lo encontraron en su dormitorio. Había empezado a bajarse los pantalones para acostarse, pero éstos quedaron a la altura de las rodillas. Estaba sobre la cama, en posición fetal, como un último intento desesperado por volver a un vientre que le diera calor, que lo consolara con esa calidez que perdió vaya a saber cuándo. En el momento fatal Elías se debió permitir el dolor: en su rostro putrefacto se adivinaba, como un sendero trazado en la maleza, un
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surco tibio y ya seco, que iba desde el ojo izquierdo hasta la nariz. La última lágrima tenía cinco días de antigüedad. Creen que Elías se fue durante el invierno de 2002, pero podría ser el de 2001: nadie recordará ni siquiera la fecha de la muerte de aquel viejo anónimo cuyos padres habían venido de Armenia y que, como él, dejaron su vida en la casa de Soldado Ruiz al 1.800. El otro lado No compran jeans ni autos ni gaseosas ni computadoras ni celulares ni discos ni yogures dietéticos ni departamentos ni camperas de cuero ni relojes ni pasajes al exterior ni navegan en Internet ni conocen a Pampita. Por suerte todavía pueden votar. Si no, les iría mucho peor. Hay aproximadamente 4.850.000 personas de más de 60 años en Argentina. La cifra aumentará a medida que pasen los años ya que, como en muchos otros países, la población envejece con rapidez. Por lo tanto, cada vez habrá menos trabajadores activos para sostener a los ancianos. Hace 40 años América Latina tenía un promedio de 10 a 15 trabajadores por cada jubilado. Hoy, en Argentina, la relación es de 2 a 1. Los que tienen la «suerte» de cobrar una jubilación, en su mayoría, ganan 350 pesos, lo que los ubica cerca de la línea de pobreza. Pero hay, aunque parezca broma, otros menos afortunados que ellos. Se cree que son casi 400 mil los ancianos que no tienen ningún ingreso ni cobertura social. Alrededor del 18 por ciento de ellos vive en hogares indigentes, y más de 50 por ciento en hogares pobres. Cuando una persona ni siquiera tiene obra social, todo lo que la ligaba a una «comunidad organizada», como le gustaba decir al general Perón, queda hecho trizas. Está lista para ser lanzada en caída libre hacia la desprotección absoluta. Estos eran los mayores a los que el plan Asoma intentó ayudar entre 1995 y 2000, aproximadamente. Cuando los bolsones dejaron de llegar nadie se preguntó por qué, salvo los viejos que sintieron su falta. Y cómo.
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Al comienzo de la investigación que dio origen a este libro, uno de los fiscales de la causa relató que, al enterarse de las primeras denuncias, a comienzos de 2001, se dirigió a la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación, en Buenos Aires. Mientras esperaba que lo atendieran observó a una mujer que salía llorando porque no conseguía una silla de ruedas para su hijo discapacitado. La mujer, seguramente, no sólo era pobre sino que carecía de los contactos a los que se suele apelar en estos casos para apurar un trámite o conseguir un beneficio. El fiscal dijo que en esa escena se resumía gran parte del problema: allí estaba la consecuencia, la otra cara de la moneda de los que durante años habían conseguido —y otorgado— fondos públicos sin transpirar una gota, indiscriminadamente. Esa mujer era la imposibilidad, la negación, el fruto de la distribución irracional de los recursos. Allí fue cuando el fiscal, dijo, se decidió a impulsar como fuera su investigación. A esta altura de nuestra historia, los argentinos conocemos en la práctica que la corrupción no sólo es un delito per se. Sabemos que sus consecuencias son duraderas y repercuten en la salud, la educación, la vida o la economía de un pueblo. Su feroz desenlace aparece en Tucumán, cuando muere un chico por desnutrición. O en el Once, cuando 192 jóvenes se asfixian en un boliche fuera de la ley. El impulso que acompañó el efímero gobierno de la Alianza para inquirir sobre la entrega de subsidios durante el último período de la administración menemista fue un paso positivo. Pero por diversos motivos —propios y ajenos— no tuvo eco en la gestión de políticas sociales. La crisis de 2001 que esfumó a la Alianza dejó interrogantes sobre estos casos que, aunque pendientes de resolución judicial, deberían haber proporcionado una enseñanza. ¿Se mejoró el servicio para esa gente? ¿Se modificó el sistema de otorgamiento y distribución de ayuda social de la Nación? ¿Se repensaron las formas de atención a los sectores más vulnerables de la población? ¿En qué contribuyó a la calidad de vida de nuestros ancianos? El modelo sigue vigente, no se fueron todos ni muchos menos y
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no hay signos de que esta estructura cambie en el corto plazo. Acaso la causa judicial aporte elementos que permitan empezar la búsqueda de algunas respuestas, debatir nuevas formas de hacer política y diseñar otros caminos. Mientras tanto, 400 mil Elías H. caminan, pausados y anónimos, hacia la muerte en cualquiera de sus variedades.

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ANEXO

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OTRAS

FUNDACIONES INVESTIGADAS EN LA CAUSA JUDICIAL*

«Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos». Jorge Luis Borges

Una piedra al cuello Fundación Monseñor Jorge Gottau En Añatuya, en donde pasó la década de los ‘90, se lo recuerda como un hombre sencillo, que sólo se dedicaba a su trabajo pastoral, lejos de los centros de decisión de la Iglesia. Algunos lo consideraban como uno de los «obispos menemistas» durante la gestión del ex presidente. Sumamente conservador y partidario del modelo de las Fuerzas Armadas para crear una «nueva Argentina», saltó a la vidriera pública el 18 de diciembre de 2002, al ser designado obispo castrense**. A Antonio Baseotto ya se lo conocía por sus posiciones y su moral ortodoxas, así como por la polémica que había suscitado el 27 de julio de 1986, cuando en el canal 7 de Santiago del Estero acusó a los «hebreos» de «desintegrar las bases» de la civilización y la cultura nacional, entre otras calificaciones antisemitas. Lo hizo

* Las fiscalías intervinientes ampliaron el número de expedientes investigados por la Oficina Anticorrupción, por lo que quizás existen otras fundaciones y funcionarios de la SDS involucrados en la causa judicial 20.051/01. ** «Incómodos con Baseotto», por Washington Uranga. Página 12, 28 de febrero de 2005. -Currículum Vitae de Baseotto en la página web de la Agencia Informativa Católica Argentina (www.aica.org).

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en su micro dominical de cierre de programación que tenía en el canal propiedad de Néstor Ick, el empresario relacionado con el régimen de los Juárez*. Pero no fue sino hasta marzo de 2005 cuando estalló el escándalo que le costó su remoción del cargo. Baseotto sugirió «tirarlo al mar con una piedra atada al cuello» al ministro de Salud, Ginés González García, por sus declaraciones y su postura a favor de la despenalización del aborto. Este conflicto, que enfrentó al Gobierno argentino con la Iglesia católica y con el propio Vaticano, no es el único problema que posiblemente deba atender Baseotto. Quizá lo desconozca hasta el propio Gobierno argentino, pero el religioso aparece involucrado en el caso de los subsidios entregados de manera supuestamente irregular por la ex Secretaría de Desarrollo Social (SDS) de Carlos Menem. O sea, la causa 20.051/01 que también involucra a Olga Riutort y otros ex miembros de Funcavi. El ex obispo de Añatuya era el presidente de la Fundación Monseñor Jorge Gottau, con sede en esa localidad santiagueña, en el período que motivó la investigación y denuncia de la Oficina Anticorrupción, a partir de una auditoría de la SDS (9/00) y de la investigación inicial del fiscal Carlos Stornelli. Hay numerosas supuestas irregularidades detectadas, pero la que más llama la atención es que algunos de los subsidios otorgados a la fundación fueron depositados en un banco de Uruguay, cuando en teoría estaban destinados a obras benéficas en Santiago del Estero. Además, las normas indicaban que esa operación sólo se podía hacer a través de una cuenta del Banco Nación Argentina. También se señalan otras anomalías: 1) El otorgamiento de cinco subsidios en un tiempo récord (20 días); 2) El hecho de que en todos los casos se sostiene que se trata de ejecuciones presupuestarias «ajenas al programa» de la SDS; 3) En ningún expediente se cumple

* «Si la pornografía es negocio, el hebreo vende pornografía. Y si la droga es negocio, vende droga». Página 12 , 6 de marzo de 2005.

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con la obligación de presentar los tres presupuestos; 4) Irregularidades en la acreditación de la propiedad de los terrenos en los que se debían hacer las obras; 5) Los beneficiarios no forman parte de la población NBI, tal como lo estipulaba el programa presupuestario de la Secretaría; y 6) Fue sólo el Estado quien costeó los proyectos, cuando debía hacerlo sólo en parte. Al otro lado del charco El 15 de febrero de 1999 la fundación Gottau presentó un pedido de subsidio de 200 mil pesos para financiar la actividad de 87 centros que atendían a ancianos y niños. En el informe del oficial de cuenta de la SDS se concluyó que «por tratarse de una ejecución presupuestaria ajena al programa, no se emite opinión sobre la existencia o no de saldos con los cuales financiar el proyecto». Sin embargo, el entonces coprovinciano y secretario de la SDS, José Figueroa —quien perdió las elecciones para gobernador de Santiago del Estero en febrero de 2005, como candidato del PJ— autorizó que se depositaran a la fundación los 200 mil pesos en la caja de ahorro 003-40-111.138-0 de la Banca Nazionale del Lavoro, sucursal 003, Uruguay. En otro expediente la fundación solicitó $78.320 para arreglar los pisos, instalación eléctrica, aberturas y tapia perimetral de la Casa de Oración de Añatuya. En la auditoría y en la denuncia se consigna que, en vez de presentar tres costos distintos, la entidad incorporó tres veces el mismo presupuesto, realizado por Cheein Construcciones. La evaluación técnica constructiva de la SDS (número 334/99) sostiene que «teniendo en cuenta que se trata de una obra de refacción y en virtud de que este evaluador no ha podido verificar «de visu» e «in situ» los trabajos listados por el peticionante, no pudiendo verificar lo computado numéricamente, se deja a criterio de la superioridad el otorgamiento del subsidio solicitado…». A su vez, el informe del oficial de cuentas lapidaba: «...por tratarse de una ejecución presupuestaria ajena al programa, no se emite opinión».
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A pesar de todo, relata la denuncia, Figueroa resolvió dar el subsidio, que se depositó nuevamente en Uruguay. Otro caso curioso es el del expediente 200.482/99 del 19 de julio de 1999, cuando la fundación pidió un subsidio que ascendería a 200 mil pesos/dólares para construir un hogar para chicos de familias pobres en la ciudad de Suncho Corral. Al parecer no se presentaron los tres presupuestos y monseñor Baseotto, en su carácter de obispo, «declaró bajo juramento que el terreno en donde se construiría el albergue era de ese obispado y que sería cedido en usufructo a la Fundación Gottau por el plazo de 99 años». Pero los denunciantes aseguran que, al menos al presentarse la demanda, no había «ninguna constancia de que efectivamente se haya hecho ese usufructo». En el informe del oficial de cuenta se sostiene, como en las otras oportunidades, que «por tratarse de una ejecución presupuestaria ajena al programa no se emite opinión». Figueroa les concedió los 200 mil pesos*. Por último, surgieron muchas dudas sobre el otorgamiento de 65 mil pesos para construir otro albergue juvenil, pero esta vez en la ciudad de Los Juríes. Tampoco se presentaron tres presupuestos. Pero el hecho que más llamativo fue que el proyecto era idéntico al del expediente anterior, para el hogar de Suncho Corral. A pesar de eso, el costo por metro cuadrado era de 523 pesos y no de 432, como en el primer caso. Es decir, había una diferencia de 91 pesos por metro para dos obras idénticas. Además, por supuesto, se trataba de una «ejecución presupuestaria ajena al programa». No es difícil adivinar cuál fue la decisión final de la SDS sobre el otorgamiento de este pedido: lo volvió a conceder. Si bien estos casos figuran en la denuncia original de la Oficina Anticorrupción, no pudo comprobarse que la Fiscalía 6 haya pedido la indagatoria para Baseotto.

* El 25 de julio de 2002 el hogar fue inaugurado por Baseotto y por el padre Julio Grassi, de la Fundación Felices los Niños. Este último está denunciado por supuesto abuso de menores a chicos que vivían en su hogar, en la provincia de Buenos Aires.

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La secretaria privada del monseñor en la Vicaría Castrense dijo que, por ahora, éste no hablaría sobre el tema. Al cierre de esta edición, la transición en el Vaticano* había enfriado la pelea con Roma y la decisión final del Gobierno de Néstor Kirchner sobre este obispo y la vicaría castrense. Quizá haya que consultarlo en Uruguay.

Dientes de oro Fundación Calidad de Vida para Latinoamérica La Fundación Calidad de Vida para Latinoamérica (F.C.V.L) posee un amplio repertorio de áreas relacionadas con su objeto, según los estatutos que la crearon en 1991. Entre ellas, «medio ambiente y recursos naturales», pero también «psicología individual y colectiva», «salud física y mental» u «ocio y tiempo libre». Quizá por su amplitud de miras, esta entidad recibió 2.600.000 pesos de la SDS durante los últimos meses de 1999. La mayoría de ese dinero fue, según los expedientes, para brindar asistencia odontológica. La Oficina Anticorrupción denunció que esta entidad no sólo carecía de experiencia previa vinculada a ese tipo de atención, sino que la misma ni siquiera estaba prevista en sus objetivos, relacionados en especial con lo académico. Esto hizo que la F.C.V.L se viera obligada a tercerizar esta actividad. Para ello subcontrató a un centro odontológico que «no sólo proveyó los recursos humanos y el equipamiento odontológico, sino que además vendió a la F.C.V.L los pasajes de avión, estadía en hotel, combustibles, seguros, alquiler de vehículos, etcétera». Y se concluye que «la cadena de tercerización ha sido tan extensa, que seguramente ha incidido notablemente en el precio final». Por otra parte, si bien en los proyectos se mencionan estudios

* La muerte del Papa Juan Pablo II y la elección de Joseph Ratzinger como Sumo Pontífice.

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que justificarían la necesidad de asistencia odontológica, «nunca se los acompaña». Otro elemento que se discute es el criterio para la distribución de los fondos ya que, por ejemplo, se habrían destinado 572.900 pesos a Santiago del Estero, mientras que a Santa Fe sólo 284 mil. El titular de la SDS era, en ese momento, el santiagueño José Figueroa. Al igual que en los casos de otras fundaciones investigadas, también se incumplió el requisito de presentar tres presupuestos. Al mismo tiempo, fue el Estado quien solventó todos los gastos que demandaron los proyectos. Incluso con situaciones insólitas como cargar al Estado con la compra de los equipos odontológicos. Por último, se señala que en uno de los expedientes «los listados de personas asistidas que habría presentado la F.C.V.L como rendición contendrían un promedio del 20 por ciento de las personas que debía asistir». Sin contar que se «omite consignar el domicilio» de los beneficiarios, «de manera que cualquier intento de control respecto de la ejecución del subsidio se vuelve mucho más dificultoso». Todo sea por una dentadura sana y dientes cada vez más blancos.

Por control remoto Asociación Civil Ramón Martos El 22 de noviembre de 1999 la SDS, a cargo de José Figueroa, le otorgó 975 mil pesos a la Asociación Civil Ramón Martos, de San Ignacio, Misiones. Se trató de parte de un subsidio de un convenio por 1.950.000 pesos, por medio del cual la entidad misionera se comprometía a armar 130 mil cajas de alimentos para distribuir en el marco del plan Asoma. Al parecer, ese día los funcionarios de la SDS estaban apurados, porque no se dieron cuenta de que la entidad no tenía ni siquiera una sede. Entre los principales hallazgos, una auditoría interna señaló que tres días después de que se depositaron los fondos en una cuenta del
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Banco Nación de Posadas, la asociación extrajo 970 mil pesos: «...dichos fondos fueron derivados, según lo informado por el tesorero de la asociación... a una caja de seguridad perteneciente a Juan Carlos Martos», presidente de la entidad. Al momento de presentar la denuncia, la Oficina Anticorrupción señaló que «el saldo actual de la caja de ahorro no puede ser constatado por cuanto ni el Banco ni los responsables de la asociación suministraron dicha información». En segundo lugar se destaca que la fundación «no posee estructura edilicia, administrativa-contable, gerencial ni antecedentes temáticos requeridos para el logro de los objetivos». La principal consecuencia fue que debió contratar empresas localizadas en Rosario para poder efectuar la prestación. Así, plantea la denuncia, «se emplea la figura del subsidio institucional para transferir sumas de dinero destinadas a tercerizar la compra de cajas de alimentos», lo que permite «eludir la aplicación del régimen de contrataciones y los controles a los cuales están sometidos los procesos de compras efectuados por la Administración». Por otra parte, en el expediente no figurarían elementos que fundamenten la decisión de otorgar 1.950.000 pesos a esta asociación, y el mismo no habría sido analizado por todas las áreas correspondientes de la SDS. Finalmente la entidad sólo habría cobrado los 975 mil pesos y no el monto total que establecía el convenio. Nadie explicó por qué, pero era lo de menos. Mejor déjenlo así.

Justicia social en el Alvear Palace Fundación Argentina contra el Cáncer (Facec) Cuando la Fundación Argentina Contra el Cáncer (Facec) pidió 300 mil pesos a la SDS para destinarlo a programas de prevención del cáncer femenino, educación y prevención e investigación, tuvo que conformarse con 30 mil. No era lo mismo pero tampoco estuvo mal, considerando la situación. Quien decidió otorgar esa suma fue un funcionario del sector de
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Acciones Compensatorias que, sin ningún tipo de dictamen de otras áreas y sin especificación del fin para el que se utilizaría el dinero, dio el sí por su cuenta. Es por eso que el 25 de noviembre de 1998 la Facec le remitió una nota al titular de la SDS, Ramón «Palito» Ortega, informándole que el pedido estaba destinado a solventar gastos de un «curso sobre cáncer, sida y hepatitis». Y que «por razones de programación» dicho evento ya se había realizado a fines de noviembre en... ¡el Alvear Palace Hotel! Así fue como se gastaron los 30 mil pesos. El informe técnico da cuenta de que los beneficiarios fueron 125 médicos, con un perfil de profesionales «de primera línea y buena posición económica». La justificación por haber realizado el curso antes de tener el dinero fue que, en función de «la participación de expositores extranjeros y de la calidad de los concursantes, sus agendas impedían postergar el evento». Otra vez, en el informe del oficial de cuenta no se emite opinión para financiar el proyecto «por tratarse de una ejecución presupuestaria ajena al programa». La resolución que otorgó el dinero a Facec, firmada por Santiago de Estrada, sostiene que «el destino de los fondos satisface necesidades básicas de la comunidad, en el marco de los conceptos de solidaridad y justicia social». Por el contrario, la denuncia destaca que no se trataba de personas con necesidades básicas insatisfechas (NBI), como lo requerían los subsidios. ¿Qué médicos habrán concurrido al hotel? ¿De qué habrán sido los bocaditos del coffee-break?

Combatiendo al capital Cooperativa de trabajo y consumo «Puerto Vilelas» Parece una ironía de la historia pero, de acuerdo a lo que surge de la auditoría 42/99 del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación,
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se habría otorgado a la Cooperativa de Trabajo y Consumo «Puerto Vilelas» un subsidio de 75 mil pesos para.. financiar la recomposición del capital de giro de la entidad. Al parecer se trató de un subsidio «no reintegrable» que preveía un «retorno social». Esto significaba que, una vez recuperado el capital de giro de la entidad, ésta entregaría a diversas instituciones que indicara la SDS productos de su elaboración a precio de costo, por una suma similar a la previamente otorgada. El pago del subsidio se concretó en marzo de 1999. Esos fondos se utilizaron para comprar hacienda vacuna. «Asombrosamente —dice la denuncia— no se incrementó la cantidad de faena. Por el contrario, durante el período de inversión del subsidio el capital de giro de la cooperativa experimentó una evolución negativa». Eso, sin contar que la auditoría se queja de la ambigüedad de los términos en que está planteado el «retorno social», lo que lo convertiría en «inviable». Y agrega que el perfil del beneficiario no es NBI ni con ingresos inferiores a la línea de pobreza. Todo por el capital de giro. Qué diría el General.

Plata hecha agua Municipalidad de Barranqueras En 1998 se concedieron subsidios por casi 1.300.000 pesos al municipio chaqueño de Barranqueras para, en teoría, ayudar a familias de escasos recursos y a damnificados por las inundaciones. En el primer caso se concluye que «no surgen del expediente elementos que permitan determinar que la Municipalidad haya distribuido el subsidio y en su caso, cuál ha sido el procedimiento utilizado para la determinación de la población asistida, como tampoco surgen acciones desarrolladas por el área responsable tendientes a procurar el cumplimiento de la finalidad del subsidio». En el segundo expediente el informe también es categórico: «Las
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acciones tendientes a satisfacer las necesidades de la población en estado de emergencia no se han comprobado, debido a la imprevisión contractual por parte de la ex SDS, circunstancia que ha facilitado a la beneficiaria y a la Municipalidad de Barranqueras distribuir los fondos con absoluta libertad...». Quizás las rendiciones se mojaron con la inundación. Paciencia, ya se secarán.

Hogar multiuso Fundación Pequeña Casa de Nazareth La Fundación Pequeña Casa de Nazareth, de Bahía Blanca, recibió 132 mil pesos a mediados de 1998 para la compra de un inmueble. Según la AGN, no se informaba plazo de ejecución, no se identificaba a la población beneficiaria y la propiedad pertenecía a un miembro de la ONG solicitante. A su vez, un informe de la auditoría interna del Ministerio de Desarrollo Social (9/00) observó que no había «escritura traslativa de dominio» y precisó que el inmueble era propiedad del vicepresidente de la fundación. Personal de la Oficina Anticorrupción se comunicó telefónicamente con el número que figuraba en el papel membretado de la entidad: «Un contestador automático contestó ‘Pequeña Casa de Nazareth y consultorio del Dr. Gertiser’». Gertiser era el vicepresidente de la fundación. La denuncia de Anticorrupción presume que «se entregó un subsidio para la compra de un inmueble perteneciente a la misma persona que lo solicitaba —aunque sea en una cuarta parte— sin que existieran fundamentos que justifiquen que debió haber sido precisamente ése el inmueble que la fundación debía adquirir para seguir funcionando». ¿Qué? ¿Ahora no se puede hacer solidaridad desde el lugar de trabajo?

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Secos Secretaría General de la Gobernación de Jujuy En mayo de 1998 la Secretaría General de la Gobernación de Jujuy le solicitó al titular de la SDS, Ramón Ortega, subsidios para intendencias y jurisdicciones afectadas por la sequía. Se le destinaron 680 mil pesos para 34 comisiones municipales, que debían distribuir entre 20 mil personas. Una auditoría de la AGN señaló que en la rendición de cuentas faltaba la declaración jurada de los beneficiarios, el detalle de las inversiones y documentación que acreditase que cada persona recibió el subsidio. En Jujuy se secaron hasta las declaraciones juradas. Ya florecerán.

Entre algodones Cruz Roja Argentina En junio de 1998 la Cruz Roja Argentina pidió un subsidio de cuatro millones de pesos para comprar y distribuir alimentos y otros elementos a los afectados por las inundaciones. Tiempo después, la auditoría interna 47 detectó, entre otras supuestas irregularidades, que no hubo informe técnico por parte del área que otorgó el subsidio, que faltaban rendir 1.329.232 pesos, y que el inventario de bienes que declaró la Cruz Roja en existencia en el Batallón 601 (donde los depositaba) no se correspondía con el inventario practicado por el Ejército Argentino: «Este último es inferior al declarado por la beneficiaria», dice la denuncia. Gran parte de esa mercadería se perdió en un incendio. Vaya paradoja: a los inundados se les quemó todo.

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GRACIAS

A Ary, hermano de leche de este libro. A María, por la paciencia y la confianza. A Sergio y «el Gato», por su tiempo y su apoyo. A Marcela, Normita, Andrea, por las fotos. A Daniel, que se jugó. A los Muchachos de la Alameda, fervorosos alentadores. A Ingrid, soporte principal de la estructura. A los funcionarios que hablaron, porque ayudaron a clarificar datos. A los que no hablaron, porque ayudaron a inferir.

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FUENTES

DE INFORMACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA

-Auyero, Javier. 2004. Clientelismo político (Las caras ocultas). Capital Intelectual. Buenos Aires. -Auyero, Javier (comp.). 1997. ¿Favores por votos? (Estudios sobre clientelismo político contemporáneo. Editorial Losada. Buenos Aires. -Auyero, Javier. 2001. La política de los pobres (Las prácticas clientelistas del peronismo. Ediciones Manantial. Buenos Aires. -«Atención Social a Mayores (Asoma)». Informe de la Sindicatura General de la Nación (Sigen) al 30/9/2000. -Denuncia de la Oficina Anticorrupción de la Nación. -Desgrabación del programa «El Observador», Cadena 3. Viernes 18 de junio de 2004. Hora: 14:32. -Entrevistas a funcionarios. -Entrevistas a vecinos que recibieron el plan Asoma en los barrios San Martín, Villa Cabrera, Pueyrredón, Los Paraísos, Horizonte. -Informe 40/01. Auditoría General de la Nación. -Ley 19.836. Constitución de fundaciones. -Padrón de beneficiarios del Plan Asoma proporcionado por Funcavi. -Página web Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (www.me.gov.ar). Discurso de Eva Perón del 12 de marzo de 1947. -Página web Agencia Informativa Católica Argentina (www.aica.org). Currículum de Monseñor Baseotto. -Página web Gobierno de Córdoba. CV de Dante Heredia (www.cba.gov.ar/vercanal.jsp?idCanal=1124). -Página web Indec (www.indec.mecon.ar). -Página web Cáritas Argentina (www.caritas.org.ar).

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Diarios La Voz del Interior 21/11/1998. «Menem respaldó la promesa de De la Sota». Tapa y pág. 4 A. 02/05/1999. «Cuando Eva estuvo en Córdoba». Suplemento Temas. 12/10/1999. «Kammerath piensa que la gente lo votó porque quiere cambiar». Pág. 6A. 07/12/1999. «La Asamblea aceptó la renuncia anticipada de Kammerath». Pág. 6A. 01/12/1999. «Fernández Limia juró como vice». Pág. 16 A. 26/06/2000. «El plan Asoma, parado hace seis meses». Pág. 7 A. 07/04/2002. «A Kammerath le deseo mucha suerte». 09/07/2002. «Juez sostiene que una interna del PJ altera el trabajo en Solidaridad». 26/10/2003. «Luces y sombras del tercer sector». Págs. 4 y 5 A. 27/10/2003. «Denuncia por subsidios involucra a Funcavi». Págs. 4 y 5 A. 28/10/2003. «Bolsones en la unidad básica». Pag. 4 A. 20/06/2004. «Piden Indagatoria de Riutort y otros dirigentes». Pág. 6 A. 12/11/2004. «Se separaron De la Sota y Riutort» -Sobre el conflicto Cáritas-Riutort: 9/04/1998 («Cáritas denunció el corte de un programa asistencial»); 13/04/1998 («Polémica por un programa asistencial»); 15/04/1998 («Fuerte réplica de Primatesta a la esposa de De la Sota»); 16/04/1998 («Párrocos defienden a Cáritas y se alinean con el Arzobispado»); 19/04/1998 («Otra vez, los bolsones de la discordia»); 20/04/1998 («Bajo palabra»); 21/04/1998 («Karlic volvió a reclamar el rechazo a la corrupción moral» y «La política social no es para conseguir votos»); 26/04/1998 («Cáritas difunde los números del programa Asoma»).

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-Sobre Olga Riutort: 21/07/1999 («Riutort asumió...»); 06/10/ 2000 («Riutort tiene la firma inhibida por el Central hasta el 2002»); 03/12/2000 («Hacia dónde va Olga Riutort»); 24/07/2002 («El viaje secreto de Riutort»); 31/10/2002 («Angelone ordenó archivar la causa de las Lecor»); 22/02/2003 («Querella de Riutort por nota sobre las Lecor»); 11/03/2004 («Dejan sin efecto condena por una querella a Riutort»); 25/10/2004 («Triunfo aplastante de Riutort y polémica»); 26/11/2004 («El reencuentro estuvo cargado de tensión»). -Sobre Domingo Carbonetti: 24/09/2000 («No soy el monje negro de De la Sota»); 25/06/2002 («Denunciaron a Carbonetti por estafas»); 27/06/2002 («El Gobierno devolverá los honorarios de Carbonetti»); 11/07/2002 («Carbonetti dice que reintegrará honorarios que cobró a Rentas»); 29/08/2002 («Investigan cómo Carbonetti saltó el corralito»); 30/08/2002 («Imputan a Carbonetti por los plazos fijos»); 26/11/2002 («Carbonetti está sorprendido»); 27/11/2002 («La Cámara ratifica que Carbonetti ya está imputado»); 13/02/2003 («Carbonetti tuvo que dar un paso al costado»); 06/10/ 2003 («Carbonetti vuelve a escena: será legislador»). La Mañana de Córdoba 17/06/1997. «Crítico informe sobre Cáritas». Pág. 6. 14/04/1998. «Niegan utilización política de plan de ayuda a mayores». Pág. 6. 15/04/1998. «Primatesta apoyó a Cáritas en la distribución de bolsones». Pág. 6. 20/11/1998. «Menem, de campaña, visita Córdoba por segunda vez». 06/08/2002. «Remiten informes en causa Lecor...». 26/10/2004. «El oficialismo en el PJ llegó al 96%». Pág. 2. La Nación 17/04/1998. «Denunció Cáritas el desvío de fondos». 21/01/2001. Perfil de Olga Riutort. 11/11/2001. «Denuncian a ex titulares del área social».
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Página 12 28/02/2005. «Incómodos con Baseotto», por Washington Uranga. 06/03/2005. Sobre monseñor A. Baseotto. Clarín 11/03/2005. «Volvió a aumentar la brecha entre los ricos y los pobres».

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SIGLAS

AFIP: Administración Federal de Ingresos Públicos. AGN: Auditoría General de la Nación. AI: Auditoría Interna. Asoma (Plan): Ayuda Social a Mayores. BID: Bando Interamericano de Desarrollo. CP: Código Penal. Funcavi: Fundación para una mejor Calidad de Vida. Indec: Instituto Nacional de Estadística y Censos. NBI: Necesidades Básicas Insatisfechas. OA: Oficina Anticorrupción de la Nación. ONG: Organización No Gubernamental. PJ: Partido Justicalista. SDS: Secretaría de Desarrollo Social. Sigen: Sindicatura General de la Nación. UPC: Unión Por Córdoba.

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ÍNDICE

PRÓLOGO ..................................................................................... 9 INTRODUCCIÓN ......................................................................... 11

1. BOLSONES 2. PUNTEROS 3. MI

EN LA UNIDAD BÁSICA ............................................. 15 RADICALES

............................................................. 25

AMIGO EL PRESIDENTE ........................................................ 37 UN PROBLEMA

4. ASOMA

............................................................. 47

5. EL GREMIO DE LA PAVA ............................................................ 63 6. EL
CASTILLO ........................................................................... 75 VERDADES, UN ENGAÑO ................................................... 91 Y ANÓNIMOS ................................................................ 97

7. DOS

8. VIEJOS

ANEXO OTRAS
FUNDACIONES INVESTIGADAS EN LA CAUSA JUDICIAL

......... 105

GRACIAS .................................................................................. 116 FUENTES
DE INFORMACIÓN Y BIBLIOGRAFÍA

................................ 117

SIGLAS ...................................................................................... 121

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Este libro se terminó de imprimir en Compañía de Libros S.R.L. en el mes de junio de 2005

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