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LA CRISIS DEL SISTEMA MONETARIO INTERNACIONAL ∗

Ernest Mandel

[Comienza en la página 191]


Las reformas que se proponen al sistema monetario internacional
Obviamente, la burguesía mundial no permanece pasiva frente a la
degradación constante de su sistema monetario internacional. En los últimos
años ha habido una serie de proyectos de reforma. Incluso algunos proyectos se
han discutido a un nivel semigubernamental y gubernamental, particularmente
durante la última reunión anual del Fondo Monetario Internacional en
septiembre-octubre en Whasington (en vísperas de la borrasca de noviembre de
1968 que, dicho sea de paso, no había sido prevista). El análisis de estos
diversos proyectos permite “discernir más [Pág. 191] de cerca” las
contradicciones que golpean al conjunto de la economía capitalista
internacional, y las contradicciones imperialistas.
1. El retorno al patrón oro. Ésta es la tesis defendida en Francia por Jacques
Rueff, quien goza del apoyo del régimen gaullista. Ya hemos indicado sus
peligros, los que el Gran Capital y sus economistas perciben claramente. No
existe ninguna posibilidad de que la burguesía internacional admita esta
reforma, comenzando por la de los países anglosajones. La mentalidad de un
pequeño rentista conservador se refleja en esa confianza ciega que manifiesta de
Gaulle en un “metal con valor inmutable”. A través de su voz, habla el ancestro
campesino que realiza su acumulación originaria escondiendo piezas de oro
bajo su vestido de lana.
Ya hace más de un siglo que los capitalistas industriales, por oposición a los
rentistas y usureros, saben, como Marx lo decía, que la cantidad de trabajo
social que sirve para producir medios de cambio y de pago metálicos no
representa sino los faux frais [falsos costos] de la producción social y por tanto
reduce las fuerzas productivas reales; para el sistema sería más conveniente
reducir esta cantidad y no aumentarla. 12 [Pág. 192]
2. La reapreaciación del oro. En el espíritu de Rueff, el retorno al patrón oro
debería estar acompañado de un acrecentamiento del precio del oro; de ser

12 “La suma total de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción invertidos
como medios de circulación en la producción anual de oro y plata representa una partida
importante de los faux frais del régimen capitalista de producción y de todo régimen basado en
la producción de mercancías. Sustrae al empleo social una suma proporcional de posibles
medios adicionales de producción y de consumo, es decir, una parte proporcional de la riqueza
efectiva. En la medida en que, partiendo de una escala dada e invariable de la producción o de
un determinado grado de extensión, se reducen los gastos de esta maquinaria tan cara de
circulación, aumenta la fuerza productiva del trabajo social. Por consiguiente, en la medida en
que los recursos que se van perfeccionando con el régimen de crédito surten este efecto,
aumenta directamente la riqueza capitalista...” (Carlos Marx, El Capital, Ed. Fondo de Cultura
Económica, México, 1959, t. II, cap. XVII, p. 309.)

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posible, duplicar su precio (de 35 a 70 dólares la onza). Esto estimularía, por


una parte, la producción de oro así como su flujo hacía los cofres de los bancos
centrales. 13 Por otra parte, permitiría a dichos bancos centrales suprimir el
empleo de las monedas de reserva, dado que toda la circulación monetaria
actual de las potencias imperialistas –y aun una nueva expansión de estos
medios de circulación- podría asentarse sobre la actual masa de oro,
considerablemente revaluada. Es claro que esta solución, sin estar acompañada
de un retorno al patrón oro, despierta las tentaciones de las potencias
imperialistas. No hay duda de que es en esta vía que se han orientado por
etapas. El establecimiento de un doble precio del oro (precio en el mercado libre
privado, y precio pagado por los bancos centrales) en marzo de 1968 ha
marcado una primera etapa hacia el abandono del precio de 35 dólares la onza
establecido en 1934.
¿Cómo apreciar semejante reforma? Buscaba simplemente expresar la
inflación generalizada, sin suprimir de ninguna manera los resortes y las causas
esenciales, y ni siquiera ocultarlos. Después de treinta y cinco años, digamos,
todos los precios han subido (en papel moneda), en tanto que el precio del oro
se ha mantenido estable. Se olvida prematuramente que durante el mismo
periodo ha habido un desarrollo prodigioso de la productividad del [Pág. 193]
trabajo en casi todas las ramas industriales, sin que haya sucedido nada
equivalente en la industria del oro. 14 Expresadas en valor, es decir en
cantidades de trabajo socialmente necesarias para producir a unos y a otros, las
relaciones entre el oro y las otras mercancías, por tanto, han evolucionado
profundamente en el sentido de una baja en el valor de las mercancías, expresado
en oro. Revaluando el “precio del oro” sin duda se acabaría por cercar más las
relaciones relativas entre el valor del oro y el de las otras mercancías. Pero se
desembocaría de alguna manera en la “legalización” del alza de los precios o
aun en su estimulación (no hay duda de que el alza del precio del oro
desencadenaría un proceso general de acrecentamiento de la masa monetaria).
La baja en el valor de las mercancías –en relación al valor del oro- se expresaría, en
consecuencia, en un alza acentuada de sus precios. No podría decirse de mejor
manera que el medio de cambio –de papel moneda- se encuentra en estado de
inflación pronunciada.
Agreguemos que si existe manifiestamente una subevaluación del oro en las
condiciones actuales, ninguna persona podría decir, de oficio, cuál sería el

13 La expectativa de un aumento en “el precio del oro” (es decir una devaluación del dólar)

ha estimulado considerablemente el atesoramiento del oro durante varios años. En 1966 y 1967,
el equivalente de toda la producción de oro del mundo capitalista más que ir a las reservas de
los bancos centrales, ha ido a parar a los cofres de los especuladores. Es interesante recordar que
Marx, en el párrafo que sigue al que nos referimos en la nota 12, indica que, sin el desarrollo del
sistema de crédito y de los signos de reemplazo monetario (moneda de crédito), el régimen
capitalista habría encontrado sus límites en el volumen de la producción de metales preciosos.
14 Es verdad que el alza constante de los costos de producción, mientras los precios de venta

han permanecido invariables durante más de treinta años, ha estimulado a los capitalistas que
explotan las minas auríferas a acrecentar la racionalización del trabajo y a cerrar las minas
marginales, lo que de todas maneras ha acrecentado la productividad media del trabajo en este
sector.

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precio normal del metal en el mercado en ausencia de un curso oficial


establecido por los bancos centrales. Los cursos actuales en el mercado libre se
hallan influidos considerablemente por la anticipación de una recuperación del
precio de compra por los bancos centrales. Una comparación efectiva de valor –
el cálculo de la cantidad de trabajo a la productividad media mundial necesaria-
podría provocar muchas sorpresas. 15 [Pág. 194]
3. La devaluación del dólar. El aumento del “precio del oro” sería en realidad
una devaluación general de todas las monedas que están referidas al mismo
patrón de cambio oro. Pero en ocasión de esta devaluación, las relaciones
recíprocas entre las divisas imperialistas podrían ser objeto de una revisión; por
ejemplo, ésta sería una oportunidad para que el imperialismo norteamericano
obtuviera una devaluación del dólar, particularmente con relación a algunas
divisas como el marco alemán, el marco suizo, el florín, e incluso el yen y la lira.
La fracción industrial de la burguesía de EUA podría, a través de este giro,
reducir la enorme diferencia de sus costos salariales en relación a sus
competidores inmediatos, y por este hecho detener el ascenso inquietante de las
importaciones en el mercado norteamericano, al tiempo que estimularía las
exportaciones norteamericanas. Por las razones recíprocas, los competidores del
imperialismo americano son obviamente reticentes a esto. Esta reticencia se
torna en indignación cuando se revocan los proyectos de este género frente a
burgueses, banqueros o rentistas, que detentan grandes paquetes de
obligaciones libradas en dólares.
4. La unificación de las monedas del Mercado Común, y su empleo como moneda de
reserva. La creación de un “eurofranco” está en estudio desde hace mucho
tiempo. Para que se convierta en realidad no es suficiente una [Pág. 195]
unificación de las reservas de cambio a escala europea; todavía sería necesaria
la creación de un poder estatal europeo. Tanto una como otra medida son
inconcebibles sin una etapa mucho más avanzada de interpenetración europea
de los capitales. Para que los capitalistas europeos abandonen la idea de la
“soberanía nacional” y el empleo del Estado nacional como instrumento de
defensa y garantía de las ganancias de los grandes monopolios, sería necesario
que sus intereses, es decir la propiedad de estos monopolios, se hubiera
europeizado desde hace algún tiempo.
Con motivo de la devaluación de la libra esterlina se ha planteado la
posibilidad de una fusión entre ella y dicho eurofranco. La nueva moneda
cumpliría las funciones de moneda de reserva que la libra desempeña de

15 En varias ocasiones, los dirigentes imperialistas norteamericanos habían amenazado con


“desmonetizar el oro”. Creían que si los bancos centrales dejaban de comprar oro, y lanzaban
todos sus stocks al mercado, el precio del oro –que sólo sería comprado por quienes lo usan
industrialmente- se desplomaría. Esta suposición habría sido más realista en la época en que
Estados Unidos detentaba las dos terceras partes del oro mundial; y no es por azar que no lo
hayan hecho entonces. Actualmente no existe la posibilidad de que todos los gobiernos
capitalistas (para no hablar ya de los gobiernos de los Estados obreros) aceptaran semejante
proposición. Por lo tanto, cualquier “desmonetización” siempre sería solamente parcial, y la
inflación del papel moneda continuaría, y el oro seguiría siendo comprado, tanto por los
gobiernos como por los particulares, como garantía contra una devaluación periódica de las
divisas.

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La crisis del sistema monetario internacional – Ernest Mandel

manera cada vez menos satisfactoria. Evidentemente, esto presupone la entrada


de Inglaterra al Mercado Común y la participación de la burguesía británica en
la creación de los grandes monopolios europeos frente a sus competidores
norteamericanos. Pero incluso si estas condiciones se cumplieran y si el
eurofranco, en función del lugar preponderante en una Europa occidental
ocuparía aun en el mercado mundial, 16 pudiera efectivamente desempeñar el
papel de moneda de reserva en los países imperialistas pequeños (como los
países escandinavos, Australia, Nueva Zelanda), y sobre todo de los países
semicoloniales, esto no sería más que una vuelta a la situación de principios de
la década de 1950, que desembocaría en el mismo resultado después de cierto
lapso. Porque este eurofranco sería sometido implacablemente a la inflación, a
menos que los capitalistas europeos prefiriesen un crack del tipo del de 1929. Y
la inflación de la moneda de [Pág. 196] reserva desencadena el mecanismo de la
crisis del sistema monetario internacional.
5. La creación de un papel moneda mundial, “Moneda de los bancos centrales”. La
crisis del sistema de patrón de cambio oro proviene de la inflación inevitable
que afecta a las monedas de reserva, por el hecho de su función de instrumento de
política anticrisis en el seno de las potencias imperialistas que las emiten (cuando
decimos “instrumento de política anticrisis”, evidentemente implicamos
también “instrumento de política de rearmamento permanente”, etcétera). Para
escapar de esta tarea congénita, los economistas han maquinado una solución
muy simple: ¿Por qué no crear una moneda de reserva que no tuviera curso en
ninguna economía nacional y que fuera simplemente una “moneda entre
bancos centrales”?
Esta moneda estaría fuera del alcance de las presiones inflacionistas
nacionales. Estaría regida por un consejo mundial de gobernadores de bancos
centrales (o de ministros de finanzas), quienes aplicarían una disciplina estricta:
su emisión dependería exclusivamente de las necesidades del comercio
mundial, y no de las necesidades propias de ninguna potencia nacional. Sería
“buena como el oro”, dado que emitida en cantidades estrictamente limitadas y
mesuradas, resolvería el problema de la penuria de liquidez internacional y
evitaría todas las crisis del sistema actual. Se trata, en otros términos, de un
proyecto de creación de una “moneda mundial”. Y los famosos “derechos
especiales de impresión” imaginados en marzo de 1968 son un primer paso,
aunque modesto, en esta vía.
La primera proposición importante en este sentido fue formulada por
Keynes en 1943; incluso había encontrado un nombre para esta moneda
mundial, el bancor. En Bretton Woods, los norteamericanos insistieron en el
proyecto, mismo que fue olvidado hasta que la crisis del sistema monetario
internacional lo ha devuelto a la luz, veinte años después.
Estas proposiciones se enfrentan a dos dificultades [Pág. 197] insuperables.
En primer lugar, no es cierto que semejante sistema estuviera protegido de la

16 Los países capitalistas de Europa absorben más del 50% de las exportaciones mundiales

para su cuenta. Incluso si se elimina de esta suma los intercambios internos del Mercado
Común (y no existe ninguna razón para tal sustracción), este porcentaje es superior al 40%.

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inflación de las diversas monedas “nacionales”. En efecto, si la balanza de


pagos de un país es deficitaria, y si dicho país rechaza la deflación para evitar la
crisis económica, acabará por deshacerse de todo su oro si no obtiene una
cantidad suplementaria de “moneda de reserva mundial”. Así, la inflación
universal acabará por expulsar al oro fuera de las reservas de cambio.
Sus reservas estarían compuestas, cada vez en mayor medida,
exclusivamente de “moneda mundial”; la cantidad emitida de ésta, a su vez,
debería inflarse en una proporción mayor que los intercambios mundiales, a
riesgo de condenar a los países imperialistas a la deflación que seguramente
ellos rechazarían. En consecuencia, la inflación de las monedas nacionales
acabaría por repercutir en la “moneda mundial”.
En segundo lugar, semejante “moneda mundial”, administrada por un
“consejo mundial”, presupone que éste sea un cenáculo de expertos
“independientes” frente a todos los gobiernos y todas las potencias
imperialistas, lo cual es una ficción, o bien sea una solidaridad total y sin falla
entre las potencias imperialistas, lo cual es una quimera.
No cabe la menor duda de que existe cierta dosis de solidaridad entre esas
potencias frente a una “amenaza común” (que no es solamente la de los Estados
obreros burocratizados, o la revolución socialista como en mayo de 1968 en
Francia, sino aun la amenaza de hundimiento de todo el sistema monetario
internacional). Pero la realidad es más compleja: es la unidad dialéctica de
solidaridad y competencia entre las potencias imperialistas. Mientras exista
divergencia de intereses y competencia, la “neutralidad” del “consejo de
gestión” es totalmente ilusoria; dicho consejo no haría sino reflejar la relación de
fuerzas, en constante movimiento, entre las potencias. Un “consejo de gestión
de la moneda mundial [Pág. 198] por encima de los problemas” (se entiende que
de los problemas internacionales, no de los conflictos entre fuerzas sociales
antagónicas) presupone en realidad un “gobierno mundial”, es decir, un
“superimperialismo”, una fusión de los intereses imperialistas por la
copropiedad de los principales monopolios a escala mundial. Nos hallamos
lejos de tal estado de cosas.
La conclusión es clara: todas las reformas del sistema monetario mundial
aplicables no representan más que parches a la inflación internacional. Ésta no
puede ser realmente sofocada más que a cambio de volver al patrón oro
ortodoxo, es decir con el costo de una nueva crisis económica de extrema
gravedad. El sentido de la reforma es en el mejor de los casos el de atenuar la
crisis, no el de suprimirla. Esta crisis durará tanto tiempo como el modo de
producción capitalista logre sobrevivir.
El significado de la crisis del sistema monetario internacional
A escala histórica, el desarrollo de las fuerzas productivas se rebela cada vez
más, no solamente contra la propiedad privada de los medios de producción
sino también contra los estrechos límites del Estado nacional, dentro de los
cuales se asfixian cada día más. De la misma manera que las guerras
imperialistas –prácticamente imposibles en la actualidad por las amenazas que
pesan sobre el conjunto del sistema-, la tentativa de integración económica de la

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La crisis del sistema monetario internacional – Ernest Mandel

Europa capitalista, la propaganda en favor de la “comunidad atlántica”, la


aparición de instituciones tales como el Club de los 10 (que reúne a las
principales potencias imperialistas) o el “pool del oro”, la agitación en favor de
una moneda mundial, todo esto expresa las tentativas de la burguesía
imperialista de resolver esas contradicciones a su manera. Al mismo tiempo
refleja también la imposibilidad de llegar a resultados estables por este camino.
[Pág. 199]
El mundo está maduro para la planificación económica a escala global; esto
implicaría una sola moneda mundial que podría suprimir al máximo los faux
frais que implica la fabricación de oro con fines monetarios. Pero solamente el
socialismo es capaz de realizar estas posibilidades y las promesas que encierra.
Para el capitalismo continuarán siendo eternamente una fata Morgana.
No se puede planificar globalmente la moneda a escala mundial, es decir, la
esfera de la circulación, sin planificar simultáneamente la producción. La
combinación de una “moneda dirigida” y la anarquía de la producción ha
desembocado en la inflación permanente en cada uno de los países
imperialistas. No existen razones por las cuales podría desembocar en otro
resultado a escala internacional.
Ahora bien, la propiedad privada de los medios de producción, es decir, la
descentralización de las decisiones importantes de inversiones, implica la
inevitabilidad de las fluctuaciones económicas y la anarquía de la producción
La brecha entre el aumento de la capacidad de producción que implica el
capitalismo y los límites que impone la capacidad de consumo solvente de las
masas, imprime a esas fluctuaciones y a esa anarquía la tendencia a las crisis
periódicas de sobreproducción. El neocapitalismo no puede evitar esas
fluctuaciones y esas crisis, de la misma manera que no las podían evitar el
capitalismo de la libre competencia y el imperialismo clásico. Lo único que
puede hacer es amortiguar las crisis más graves, transformándolas en
recesiones más moderadas, al precio de una inflación permanente.
Si la inflación –en tanto que continúa siendo moderada- no es incompatible
con el funcionamiento más o menos normal del capitalismo de los monopolios
en los principales países imperialistas, una vez que haya provocado una crisis
grave en el sistema monetario internacional, amenaza perturbar, cada vez en
mayor medida, los intercambios mundiales por la inflación de las monedas
[Pág. 200] internacionales de reserva. Ésta es la etapa que se ha abierto ahora en
la historia del neocapitalismo. Las potencias imperialistas buscarán y tratarán
de aplicar remedios parciales. Cada remedio reflejará, aparte del deseo de
reformar el sistema en su conjunto, los intereses competitivos especiales
existentes en cada etapa específica. La inflación misma no se detendrá.
La posición privilegiada que el dólar ha ocupado durante dos décadas
dentro del sistema monetario internacional reflejaba la situación excepcional de
la economía norteamericana y la potencia del imperialismo norteamericano en
el seno del sistema capitalista internacional. Esta situación se ha modificado
gradualmente; esta potencia experimenta una decadencia relativa. Toda
reforma del sistema monetario internacional, así sea poco viable, reflejará por
tanto, necesariamente, las nuevas relaciones de fuerza en el seno del sistema, es

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decir, reducirá el papel del oro y reducirá igualmente el papel del oro. Las
relaciones de fuerza resolverán en definitiva la cuestión de saber si son las
divisas europeas unificadas o si son las experiencias parciales de la “moneda
mundial” quienes sustituirán el papel decadente del oro, la libra esterlina y aun
del dólar en tanto medio de pago internacional. 17
Todo ajuste del sistema monetario internacional, al igual que la
modificación de las paridades monetarias nacionales, no es solamente un arma
de la competencia interimperialista, sin también un instrumento de la lucha de
clases nacional e internacional. El esfuerzo concentrado [Pág. 201] del gran
capital consiste ahora en hacer pagar a los trabajadores el precio de la inflación
y de su “reforma”. La crisis del sistema monetario internacional, tiende, por tanto, a
acentuar los conflictos de clase en el seno de los países imperialistas, puesto que refleja
una exacerbación de la competencia interimperialista; cada clase burguesa se ve
obligada a sanear su situación competitiva sobre las espaldas de sus propios
obreros. Las manifestaciones de esta tendencia se multiplicaron durante los
últimos cuatro o cinco años en Europa; y pronto atravesaron el Atlántico para
golpear primero a Estados Unidos y Canadá, y posteriormente a Japón.
La cuestión de saber si a la larga todos estos artificios que mantienen en pie
la colosal pirámide cargada de créditos, de deudas y de papel moneda
inflacionista terminarán por hundirse, y de si como consecuencia de equis
número de recesiones presenciaremos de nuevo un crack del tipo del de 1929,
en la etapa actual no tiene ningún interés especial para el movimiento
revolucionario. El marxismo nunca ha hecho depender la perspectiva de la
revolución socialista de una crisis económica de una gravedad excepcional,
como la de 1929 (en realidad un hecho único en toda la historia del capitalismo).
Simplemente ha hecho depender esta perspectiva de la perspectiva de las
contradicciones económicas y sociales del sistema. Estas contradicciones,
incluida la imposibilidad de evitar las crisis y las fluctuaciones económicas, son
ahora como ayer visibles y sensibles, incluso si las crisis son menos graves que
las de 1929 y 1937 (las recesiones no son, precisamente, sino crisis menos graves
que las de 1929 y 1937, particularmente debido al gran número de
desempleados que provocan).
Al exasperar los conflictos sociales, la crisis monetaria internacional revela
la enfermedad del sistema en su totalidad. Crea al mismo tiempo,
oportunidades cada vez más propicias para combates de clase que abren los
periodos prerrevolucionarios como el que ha tenido Fran- [Pág. 202] cia en
mayo-junio de 1968. 18 Corresponde a los revolucionarios utilizar estas

17 Es necesario subrayar que la economía capitalista internacional experimenta una


verdadera “crisis de liquidez internacional”, crisis que afecta a los países semicoloniales aún
más fuertemente que a los países imperialistas. Antes de 1940, el monto total de las reservas de
cambio de todos los países era más o menos igual al valor de las importaciones anuales
mundiales. En 1964, estas reservas (de las cuales sólo el 60% son el oro) no representaban ya
más que un 43% de las importaciones mundiales.
18 Si en Francia los estudiantes han desempeñado el papel de un detonador en mayo-junio de

1968, ello es debido a que la materia explosiva ya estaba presente. Esta materia explosiva estaba
constituida de manera precisa –otra de las causas generales producidas por el neocapitalismo,
pero que no explican por qué esta explosión se produjo ahora y no en 1961 o en 1973- por las

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La crisis del sistema monetario internacional – Ernest Mandel

contradicciones, estos conflictos y estas recesiones, para realizar el


derrocamiento del capitalismo, que objetivamente es posible. Pontificar acerca
del “gran crack como en 1929” muy a menudo oculta la resistencia a
comprender lo que ya es posible hacer, y la oposición a comprometerse a
realizarlo.
[Finaliza en la página 203]


Este fragmento corresponde a los dos últimos apartados del artículo “La crisis del sistema
monetario internacional”, publicado en International Socialist Review, Nueva York, marzo-abril
de 1969. Ha sido extraído del volumen El dólar y la crisis del imperialismo, Ediciones Era, México
D. F., 1974. Como expresa la Introducción de Ernest Mandel: “Los estudios reunidos en esta
recopilación fueron escritos en fechas diferentes; más de siete años se extienden entre la
redacción del primero y la del último.”

consecuencias de las reivindicaciones obreras no satisfechas, mismas que resultan del “plan de
estabilización” de Giscard d’Estaing, de la recesión que éste había provocado en 1964 y de la
relance por las ordenanzas de 1967, así como el ascenso de la desocupación entre los jóvenes
desde hace un año. Estos tres fenómenos están ligados a la inflación y a las tentativas de
limitarla dentro del cuadro de la competencia interimperialista (véase al respecto: Daniel
Bensaid y Henri Weber, Mayo 68: un ensayo general. Ed. Era, México. 1969).