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Ideología de Género y Nuevo Orden Mundial

Este documento describe el origen y desarrollo de la ideología de género y su relación con el objetivo de establecer un Nuevo Orden Mundial. Explica que la ideología de género niega las diferencias biológicas entre hombres y mujeres y promueve roles de género opcionales. Señala que surgió en la década de 1960 influenciada por el feminismo radical y los escritos de Simone de Beauvoir. Finalmente, detalla cómo la ideología ha ganado fuerza a través de organizaciones internacional
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Ideología de Género y Nuevo Orden Mundial

Este documento describe el origen y desarrollo de la ideología de género y su relación con el objetivo de establecer un Nuevo Orden Mundial. Explica que la ideología de género niega las diferencias biológicas entre hombres y mujeres y promueve roles de género opcionales. Señala que surgió en la década de 1960 influenciada por el feminismo radical y los escritos de Simone de Beauvoir. Finalmente, detalla cómo la ideología ha ganado fuerza a través de organizaciones internacional
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LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Y
EL “NUEVO ORDEN MUNDIAL”
1. ¿QUÉ ES LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO?

Para poder dar una respuesta de forma global y más precisa a esta pregunta es necesario
contemplar todo el desarrollo del presente documento. Pero como es necesario en nuestra “hoja de ruta”
partir de un punto concreto, debemos comenzar afirmando que, como su propio nombre indica, la
ideología de género es una ideología, es decir, un sistema de pensamiento cerrado que no admite
oposición alguna y que tiene su origen más efectivo en la segunda mitad del siglo XX. La palabra
género es empleada por su imprecisión y con el objetivo de eliminar la palabra sexo. El sexo es un dato
biológico que en el mundo animal distingue entre macho y hembra. La palabra sexo nos conduce a una
doble realidad natural que distingue a los seres humanos en hombres y mujeres. Género, concepto
lingüístico, nos conduce a una posibilidad de masculino, femenino o neutro. Por lo que el concepto de
ideología de género nos conduce a la negación de una naturaleza humana sexuada para concluir en la
existencia de un género. En este caso, género es considerado como el rol específico que cada persona
desempeña en la sociedad, independientemente del sexo que poseamos. Dicho de un modo más sencillo,
el ser humano puede ser hombre o mujer independientemente del sexo que se le ha otorgado
biológicamente. Podemos ser perfectamente un hombre con el cuerpo de mujer o viceversa, puesto que,
para los defensores de esta ideología, el “envoltorio”, el cuerpo que se nos ha otorgado, puede coincidir
o no con el ser que llevamos interiormente. Ser hombre o mujer es una construcción social, un rol que
nos han enseñado a desempeñar socialmente donde la biología tiene poco que decir. Esta ideología, por
tanto, ha “dinamitado” la realidad natural del ser humano como ser sexuado para afirmar una realidad de
géneros (roles, estilos o papeles sociales opcionales en la conducta social de cada uno). Las únicas
diferencias que señalan entre hombre y mujer son culturales, son el rol que elegimos desempeñar en la
sociedad.

Esta ideología, como iremos viendo a lo largo del documento, es un instrumento para poder
llevar a cabo el fin de conseguir una nueva reingeniería social global, un cambio radical en el
pensamiento de la sociedad del mundo entero al que denominan Nuevo Orden Mundial. Es la búsqueda
de un pensamiento único y global y, para conseguirlo, es preciso hablar de ideología, de una realidad
que no acepte ninguna oposición. El Nuevo Orden busca que la persona se limite a obedecer el consenso
social, lo que dictamine la mayoría. No hay una búsqueda de una verdad inmutable sino de las
“verdades” que la mayoría decidan. Todo principio moral inmutable es desechado de forma inmediata.

2. ¿DE DÓNDE PROCEDE ESTA NUEVA IDEOLOGÍA?

No es sencillo señalar de forma inequívoca un punto de partida de esta ideología pero es claro
que los primeros conatos de la ideología de género se dieron en el feminismo radical tras la revolución
sexual de 1968. Este nuevo feminismo, denominado radical o de género, no buscaba ya los derechos de
las mujeres al voto o una igualdad en los derechos sociales, sino lo que ellos consideran es la liberación
total de la mujer, incluida la liberación sexual. La mujer debía dejar su rol de madre para insertarse
plenamente en la sociedad y poder “realizarse” mediante un trabajo remunerado. El abandonar la
maternidad no conlleva un abandono de la práctica de la sexualidad, pues ahora la mujer debía encontrar
el sentido de la sexualidad en el placer personal y no en el fin procreativo. Además, este feminismo
radical propugnaba (y lo hace hasta la actualidad) una verdadera lucha de sexos, donde varón y mujer
parecen estar enfrentados para conseguir el liderazgo de la sociedad. Donde el filósofo Marx afirmaba
que la sociedad era el resultado de una lucha de clases, el feminismo radical lo transforma en la lucha de
sexos. Ya no hay una búsqueda de igualdad sino la obtención de una “victoria” sobre el otro sexo
disfrazada de igualdad. Me atrevo a afirmar que esta corriente llega hasta la actualidad ya que se sigue

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legislando con cargas penales mayores a los hombres que realicen el mismo delito que una mujer. Esto
no muestra una igualdad sino un intento de victoria de un sexo sobre el otro.

Tampoco está de más el afirmar que esta ideología se ha fraguado durante largo tiempo en
diversas organizaciones pertenecientes a la masonería, y que su presencia, a día de hoy, tiene un papel
muy importante en todos los organismos públicos oficiales. La masonería sería un tema para tratar
individualmente y de forma muy extensa, pero no es el tema que nos ocupa. Solo enunciar que esta secta
propugna un relativismo moral (los preceptos morales sobre el bien y el mal son totalmente cambiantes),
una religión global o universal y un fuerte rechazo a todo dogma inmutable, rasgos que iremos viendo
que concuerdan perfectamente con el desarrollo de la ideología de género.

El feminismo radical se crea y apoya en las afirmaciones presentes en el libro El segundo sexo de
la autora Simone de Beauvoir, publicado en 1949. Simone era la pareja sentimental del filósofo Sartre y
permaneció toda su vida enamorada, o por lo menos “enganchada afectivamente” de él, pese a que este
tuviera encuentros sexuales con docenas de jóvenes. Ella misma le proporcionaba encuentros con otras
mujeres para poder desarrollar los experimentos basados en el sexo que Sartre defendía. Entre las
afirmaciones de Simone destaca su “la mujer no nace, se hace”. En su libro afirmaba que la sociedad
patriarcal, es decir, una sociedad dirigida por hombres, habían impuesto unos roles determinados a
hombres y mujeres y eso era lo único que les diferenciaba. El nacimiento como hombre o mujer no
debía determinar ningún rol, por lo que era precisa la liberación inmediata del término sexo. Por este
motivo muchos autores sitúan en Simone el origen de la ideología de género. El pensamiento de Simone
de Beauvoir conecta de pleno con algunas corrientes actuales tales como el nihilismo y el subjetivismo
moral. Ambas conducen a un relativismo atroz en el que cada persona decide por sí misma qué es el bien
y el mal, niega la existencia de una naturaleza humana que nos diferencia en dos sexos, y defiende a un
ser humano capaz de construirse a sí mismo. De su citada obra, El segundo sexo, pueden extractarse
algunas ideas útiles para comprender la ideología de género, tales como: No existe la naturaleza
femenina, pues esta es una creación histórica y cultural realizada por hombres para mantener a la mujer
en su rol de madre y, por consiguiente, sometida al varón; la mujer precisa de una liberación que acabe
con todo sometimiento machista y, por tanto, debe acabar con las instituciones que la perjudican en este
trabajo: el matrimonio y familia; la mujer debe comenzar a liberarse sexualmente y no restringir su vida
sexual al esposo, ni siquiera al varón, estando abierta a toda realidad en materia sexual. Estas ideas nos
perfilan esa base de pensamiento que el feminismo radical tomaría como preceptos y que extendería
hasta el día de hoy.

3. ¿CÓMO HA LLEGADO ESTA IDEOLOGÍA HASTA LA ACTUALIDAD PARA ESTAR


PRESENTE CON TANTA FUERZA?

Este es el punto álgido de este documento. Aquí vamos a determinar de forma objetiva el
proceso que ha llevado a cabo esta ideología para hacerse imperante en el pensamiento actual de la
mayoría de las personas. Es, por tanto, de suma importancia desarrollar de forma amplia y precisa
dónde, cómo y por qué ha estado presente esta ideología. Es aquí donde se debe ensalzar y agradecer el
enorme trabajo realizado por Juan Claudio Sanahuja, verdadero experto en este tema, el cual ha
dedicado una buena parte de su vida al análisis de miles de documentos oficiales de los diversos
organismos internacionales y el cual ha fallecido recientemente en 2016.

3.1. Los primeros pasos hacia el gran objetivo global: La reducción de la población.

Cronológicamente, para entender por qué irrumpe esta ideología en el campo internacional,
debemos remitirnos a 1972 a la I Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente
Humano, celebrada en Estocolmo. Es una cumbre que tiene como principal motivo el problema
medioambiental, pero quizá no como lo entendemos la mayoría de las personas actualmente. Cuando
oímos hablar de problemas medioambientales parece que surgen en nuestra mente conceptos como
contaminación atmosférica, emisiones, residuos, etc. Pero en esta cumbre tenían algo mucho más amplio

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y concreto que tratar: la población mundial. Parten de varios informes y documentos realizados en
Estados Unidos, como el de Paul Ehrlich titulado The Population Bomb (1968), en los que se afirmaba
de forma radical que si el crecimiento de la población del planeta seguía la misma trayectoria, los
recursos naturales se harían tan escasos que empezaría a morir de hambre más de un cuarto de la
humanidad en un período de tiempo de tan solo diez años. También una nueva corriente malthusiana
afirmó expresamente la necesidad de reducir 2/3 la población del planeta para poder hacer sostenible la
vida en la Tierra. Otros numerosos informes seguían esa misma línea apocalíptica que invitó a los
grandes dirigentes de los países del Primer Mundo a reunirse en Estocolmo para tratar sobre esta
preocupación pero con un objetivo principal claro: la reducción de la población mundial. Es por esto por
lo que me atrevía a afirmar la distinta concepción del problema medioambiental que solemos tener
nosotros con la que se trató en dicha cumbre. Para ellos, el problema medioambiental principal era el
exceso de población sobre el planeta.

Ante el escaso resultado de dicha cumbre, pues no se llegó a acuerdos claros, los Estados Unidos
decidieron comenzar una nueva política que mitigara el efecto negativo del crecimiento de la población.
En 1974 se elabora el llamado informe Kissinger que tenía tres objetivos explícitos claros que son: a)
disfrazar las metas del Plan de Acción de Estocolmo (reducción de la población) bajo la capa de los
derechos humanos, es decir, presentar políticas de control de la natalidad como derechos del individuo y
de la pareja; b) cambiar los preceptos religiosos y culturales de los pueblos pues son los obstáculos para
implantar las nuevas políticas de control de natalidad; c) los encargados de implantar las nuevas
políticas deben ser personas naturales de los diversos países, personas “autóctonas”, previa reeducación
de las mismas. Además, el informe también dejaba claro y de forma explícita el fin que debía tener la
educación: “la educación será considerada como un instrumento para llegar a índices de natalidad más
bajos y no como un derecho cultural de la población”.

Con motivo de este informe, el Santo Padre Pablo VI, en un discurso el 9 de noviembre de 1974
al Pontificio Consejo para la Familia, pronunciaba: “Es inadmisible que los que controlan las riquezas y
los recursos de la humanidad traten de resolver el problema del hambre prohibiendo que nazcan pobres
o dejando morir de hambre a niños cuyos padres no encajan en la estructura de planes teóricos basados
en puras hipótesis sobre el futuro de la humanidad…Acaso, ¿no es una nueva forma de hacer la guerra
imponer a las naciones una política demográfica restrictiva para asegurarse que no reclamarán la
parte que les corresponde de los productos de la tierra?”.

Un año antes del informe Kissinger, en 1973, se creó en Estados Unidos la denominada
Comisión Trilateral, iniciativa de David Rockefeller (masón reconocido y cuya familia mantiene la Gran
Logia Americana hasta el día de hoy). En ella se querían dar cita el mayor conjunto de potencias
financieras e intelectuales que el mundo hubiera conocido nunca, y uno de los objetivos principales de
esa comisión era que los países del denominado Primer Mundo no se vieran afectados por los chantajes
de los países pobres, a quienes culpaban del desequilibrio poblacional del planeta. En 1975, en una
reunión de la Comisión Trilateral en Kyoto, se estableció que “el eje esencial de los conflictos ya no se
sitúa entre los países occidentales y los comunistas, sino entre los países desarrollados y los que no lo
están”. Se dejaba claro que el enfrentamiento o guerra en ese determinado momento era entre países
ricos y pobres.

En línea con estas nuevas políticas antiprocreativas o de control de la natalidad, se encuentra el


libro publicado en 1978 y titulado Ética del control genético, del autor Joseph Fletcher, uno de los
“padres” de la conocida como fecundación in vitro. En él expresaba de forma inequívoca: “tenemos la
obligación moral de controlar la cantidad y la calidad de los bebés que traemos al mundo”. Aquí se
muestra que, ante el objetivo de una reducción compulsiva de la natalidad, era preciso tener una
población escasa pero “de calidad”. Son afirmaciones completamente abominables pues tratan al ser
humano como un producto que tiene un mayor valor cuanto más perfecto es, entendiendo por perfección
unas ciertas cualidades o una genética depurada. Es por ello que las poblaciones del denominado Tercer
Mundo no reunían las características adecuadas para estar presentes en esa sociedad de élite. Esto nos

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muestra una idea que veíamos años antes en la Alemania de Hitler hacia el año 1939 (la raza aria y la
eliminación de los débiles).

Nueve años más tarde de la publicación del mencionado libro, en 1987, las Naciones Unidas
reunían a la llamada Comisión Brundtland para estudiar los problemas que se venían percibiendo sobre
medio ambiente a lo largo de los últimos años. Como resolución realizan el informe llamado Nuestro
Futuro Común en el que definen el concepto de desarrollo sostenible o sustentable: “El desarrollo
sostenible se centra en mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos de la Tierra, sin aumentar el
uso de recursos naturales más allá de la capacidad del ambiente de proporcionarlos indefinidamente.
Se trata de tomar acción de cambiar políticas y prácticas en todos los niveles, desde el ámbito
individual hasta el internacional”. Ese desarrollo sostenible tenía unos fines muy concretos entre los
que destacan: a) una nueva conciencia ecológica que será el sustrato de una nueva ética universal; b) la
renuncia a la soberanía nacional por parte de los Estados para constituir un único mundo; c) la
reinterpretación de los derechos humanos, no ya enfocados hacia el bien de las personas sino hacia el
bien del llamado todo universal. Los fines a conseguir, por tanto, eran un único gobierno mundial, un
único derecho universal y una única religión o ética global. Todo enfocado a una “uniformidad” de
todos, incluido la forma única de pensamiento. Es a lo que nos hemos referido con anterioridad como
Nuevo Orden Mundial.

El año 1992 fue un año muy completo en lo que a nuestro tema se refiere. Un informe del World
Watch Institute alarmaba diciendo que “si en los próximos diez años se mantiene la misma tendencia
demográfica, será irreversible el proceso hacia la eliminación de la vida en el planeta”. Era como un
camino hacia la autodestrucción planetaria que precisaba de urgentes políticas a nivel mundial para
reducir el número de habitantes de la Tierra. Y es aquí donde la ideología de género empezó su
extensión de forma masiva, pues dicha ideología comenzó a ser considerada como un magnífico
instrumento para llevar a cabo el plan global de reducción de la población mediante sus llamadas
“nuevas formas de familia” (hombre-hombre y mujer-mujer), que garantizaban la infecundidad de
dichas uniones. Lo que hasta entonces eran unas ideas que se limitaban a un reducido grupo de
feministas radicales y que carecían de eco, ahora eran un valiosísimo instrumento para alcanzar el fin
propuesto por las organizaciones internacionales. Es aquí donde la ideología de género da “el salto” a la
esfera internacional. En una cumbre internacional celebrada ese mismo año en Viena, denominada La
división para el avance de la mujer, se dijo de forma explícita: “Es una prioridad cambiar los roles de
género en orden a reducir la fertilidad”. Es una de las frases más fuertes que se pueden leer en
documentos oficiales. Se ve la urgencia de “confundir”, cambiar los roles que desempeñan el hombre y
la mujer para conseguir un fin meramente de reducción natal. Las mujeres deben empezar a realizar las
actividades que hasta el momento venían desempeñando el hombre y viceversa. De esta forma la
maternidad se haría bastante más complicada por miedo a perder el trabajo, falta de tiempo para el
ciudado de los hijos, etc.

Es en este mismo año (1992) cuando se celebra la cumbre en Río de Janeiro, Cumbre de la
Tierra o Eco´92, convocada por las Naciones Unidas para “buscar vías más idóneas y creativas para
conciliar los imperativos del progreso económico con las necesidades del medio ambiente”. Sin
embargo, uno de sus principales resultados fue la reafirmación de sus integrantes de la necesidad de una
política global de control de la natalidad. La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura) propuso una nueva ética universal de vida sostenible cuyo postulado
básico era que los pobres son los que dañan los ecosistemas, viendo como prioritario impedir que
crezcan en número. El contenido ideológico de la cumbre de Río es claramente el inicio de una profunda
cultura de la muerte que tiene, entre sus documentos finales, la explícita imposición de la nueva
perspectiva de género.

Con el resultado claro en la cumbre de Río, los países miembros de la OMS (Organización
Mundial de la Salud) vieron la necesidad de aprobar el Nuevo Paradigma de la Salud, también en 1992,
que introdujo una reinterpretación del Derecho a la Salud. La Declaración Universal de Derechos

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Humanos de 1948 entendía el derecho a la salud como “derecho fundamental que tiene todo ser humano
sin distinción de raza, religión, opiniones políticas o condición económica o social”. En el Nuevo
Paradigma se habla de priorizar para atender las necesidades básicas del desarrollo sostenible, es decir,
dar prioridad a todas aquellas intervenciones destinadas a la reducción de la natalidad como aborto,
eutanasia, técnicas de infertilidad, etc. Desde ahí, la carrera de la OMS por implantar nuevos derechos
de la salud ha sido imparable. Será en el año 1995 cuando promueva la llamada anticoncepción de
emergencia destinada a eliminar la vida humana antes de la implantación del embrión en el útero con
medios como el DIU o la llamada píldora del día después. La Sra. Brundtland, que llegó a la Dirección
de la OMS en 1998, declaró un año más tarde los enormes logros de la nueva tendencia de la salud. La
natalidad se había reducido en numerosos países a casi el 50% desde las nuevas perspectivas de la
tendencia global a reducir el número de nacimientos. Y añadió que “la OMS está comprometida a
seguir realizando progresos en los problemas de población y salud reproductiva”, defendiendo técnicas
como el aborto sin restricciones y gratuito.

He querido señalar todo lo anterior para que nos demos cuenta de lo importante que resultó el
objetivo de reducir la natalidad puesto en marcha a inicios de los noventa. Es con esta visión clara de
reducción poblacional donde podemos situar el enorme crecimiento en la implantación de la ideología
de género. La misma OMS decía en el año 1993 con respecto a la nueva ideología de género: “La
identidad de género es la convicción personal, íntima y profunda de que se pertenece a uno u otro sexo
en un sentido que va más allá de las características cromosómicas y somáticas propias”. Era la misma
Organización Mundial de la Salud quien se atrevía a afirmar que el sexo era el resultado de una
construcción social y que nada tenía que ver con la biología. Aquí vemos un enorme impulso o
“espaldarazo” a esta ideología de género. No deja de ser lamentable que una organización mundial se
atreva a realizar una afirmación que atropella todo avance científico, pues es completamente reconocido
que el sexo se encuentra presente en cada una de las células del cuerpo humano y éste determina en
cientos de cosas a la persona.

Y es tras la cumbre de Río de 1992 y las afirmaciones de la OMS de 1993 cuando se ve clara la
necesidad desde Naciones Unidas de impulsar una Constitución o Carta de la Tierra que impusiera la
nueva ética que asegurase el, ya conocido, desarrollo sostenible. Para ello se llevaron a cabo otras
cumbres como la de El Cairo (1994) o Pekín (1995) de las que conviene hablar antes de adentrarnos en
otros asuntos.

La cumbre de El Cairo de 1994, sigue la misma hoja de ruta de las anteriores intentando ver
cómo implantar la nueva ética global. Entre sus documentos finales destaca la idea de “hacer
desaparecer la patria potestad en materia de educación, reproducción y sexualidad de los menores”, así
como reconocer unos “nuevos derechos” reproductivos del menor que se reducen a la plena libertad
sexual sin control parental. La novedad en esta cumbre es la iniciativa de privar a los padres de su patria
potestad sobre la educación sexual de sus hijos para no tener impedimento alguno para implantar su
nueva ideología. Se debía legislar para que los principios o creencias de los padres no impidieran la
nueva implantación de la revolucionaria ética global anti-natalidad. Uno de los personajes que más
implicación tuvo en la mencionada cumbre fue el presidente norteamericano Bill Clinton, el cual se hizo
un fiel defensor del aborto libre, sin plazos ni supuestos. Era prioritario introducir el aborto como un
derecho básico de la mujer y sobre él articular una serie de “nuevos derechos” que machacan los
derechos fundamentales reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ante este
hecho, el Papa San Juan Pablo II, inició una enorme campaña a favor de la vida en una serie de múltiples
discursos en los que condenaba abiertamente el aborto, la eutanasia y la nueva cultura de la muerte que
se había iniciado expresamente dos años antes. Los países pobres hicieron una gran oposición a las
nuevas políticas de esterilización masiva y aborto que se pretendían implantar entre su población. Todo
ello llevó a que no prosperasen los objetivos de dicha cumbre, al menos de forma momentánea.

Ante los pocos resultados obtenidos, se llevó a cabo una nueva cumbre en Pekín en 1995,
llamada IV Conferencia Mundial sobre la Mujer. Bajo una aparente búsqueda de igualdad de la mujer y

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la dotación de mayor importancia a su figura en la sociedad, en Pekín se retomó la misma agenda que un
año anterior en la cumbre de El Cairo. Lo único que ahora no sería la comisión estadounidense la que
llevase la voz cantante sino la europea, y a la cabeza estaría la representación española. Los miembros
de la Unión Europea designados para acudir a la cumbre de Pekín tomaron el relevo para poder hacer
posible lo hablado en El Cairo. Es aquí donde se defendió abiertamente la nueva ideología de género y
la necesidad de exponerla al mundo como un nuevo derecho del individuo. La comisión de la Santa
Sede, compuesta por Mary Ann Glendon (gran experta en derechos humanos) y Joaquín Navarro Valls
(médico y periodista español que ostentaba el cargo de portavoz oficial de la Santa Sede), antes de
acudir a la cumbre de Pekín recibieron un consejo de San Juan Pablo II: “Si algo no va bien, buscad
refugio en el pueblo”. Aquellas palabras que parecían carecer de sentido, se hicieron cruciales en Pekín.
Solo hicieron falta 48 horas en la cumbre para descubrir que se pretendía seguir la misma hoja de ruta de
El Cairo. Ante estos hechos y la voluntad de ser silenciados por las comisiones de los países integrantes,
los miembros de la comisión de la Santa Sede decidieron redactar un breve documento en el que se
exponían los objetivos que se estaban tratando en dicha cumbre. Ese documento fue enviado a todos los
medios de comunicación posibles haciendo así obediencia a las palabras del Pontífice “buscad refugio
en el pueblo”. La comisión entendió que ello significaba que el pueblo tenía que conocer las
pretensiones de los comisionados de Pekín. La mañana siguiente, una vez conocido el documento a nivel
internacional, muchos parlamentos decidieron llamar a sus representantes en la cumbre para expresar su
disconformidad con los parámetros que se pretendían adoptar. Esto supuso un nuevo aparente fracaso en
la imposición de la nueva ética global.

Pero como la sostenibilidad y los documentos apocalípticos habían mostrado una necesidad clara
de reducir a la población de manera drástica y rápida, no estaban dispuestos los defensores del Nuevo
Orden Mundial a abandonar su empeño. Por eso se reunirían nuevamente un año más tarde en la
Conferencia Habitat 2 en Estambul (1996). Aquí se muestra claramente la necesidad de hacer un cambio
en el estilo de vida de la población e implantar las llamadas “nuevas formas de familia” que harían
posible el proceso de reingeniería social necesaria. Ya se tenía claro que no solo era necesario reducir la
natalidad en los países del Tercer Mundo sino cambiar la mentalidad de la población occidental. Era
necesario un profundo cambio en la manera de pensar occidental que desterrase el concepto de familia
para poder reducir también de manera considerable la población en el conocido como Primer Mundo. En
estos instantes es tratado abiertamente el tema y con total impunidad. Es el momento de presionar a los
Estados para que comiencen a legislar atendiendo a este nuevo paradigma social en el que se tiene que
favorecer el ingreso de la mujer en el mundo laboral, los matrimonios entre personas de un mismo sexo,
el aborto libre, la eutanasia, el retraso en la edad de las nupcias y un cierto desprecio a la figura
masculina que debe ser vista como dominadora o represora. Por todo esto el avance en la legislación y
en la difusión de la que han denominado violencia de género (como vemos utilizan la misma palabra
género), que muestra al varón como “ser violento, dominador y repugnante”. Es un enorme lanzamiento
de la nueva ideología de género que se irá abriendo hueco en la sociedad occidental. No se busca la
igualdad sino, como antes hemos dicho, una victoria sobre el varón.

3.2. Una nueva ética universal y la Carta de la Tierra.

Toda esta nueva ideología de género y lo que se ha denominado New Age (propuesta espiritual
para la nueva sociedad surgida del Nuevo Orden Mundial que consiste en endiosar al propio yo
despojándole de su condición de criatura frente al Creador. No se niega la existencia de Dios, pero se
niega que sea un dios personal y se niega la divinidad de Jesucristo a los cuales se sustituye por un
panteísmo difuso, unas energías errantes benéficas, presentes en la totalidad del universo y en los seres
vivos), buscan, como hemos ido viendo, un cambio radical en el pensamiento de la sociedad global. Para
ello, uno de los principales objetivos es el cambio de lo que llamamos ética. La ética es la rama de la
filosofía que se encarga de las acciones humanas y de determinar la bondad o maldad de las mismas. De
forma sencilla podríamos decir que nos indica lo que está bien y lo que está mal y por qué. La New Age
busca cambiar la ética. Aquella que se apoyaba sobre los principios de hacer el bien y rechazar el mal
tiene que redefinir los conceptos de bondad y maldad. Y, según ellos, solo podemos llegar a una

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auténtica ética universal mediante el consenso. Una vez que la mayoría haya decidido lo que es el bien y
el mal se debe imponer a toda la sociedad. No se busca una objetividad sino un mero consenso. Una
nueva ética, afirman, solucionará la sostenibilidad del planeta pues se debe introducir como sinónimo de
bondad todo aquello que ayude a la regulación natural del planeta. Si el planeta necesita menos
población, entienden lícito todo aquello que alivie al planeta de su mal. Esa ética general y consensuada
será la que deba determinar qué tipos de familia son los más apropiados para la sostenibilidad y cuáles
no, si las familias deben ser grandes o pequeñas, si debemos actuar de una forma u otra. Estamos ante el
más grande totalitarismo de la historia planetaria. Los partidarios de este desarrollo sostenible buscan
entrar en cada hogar transformando la forma de pensar de cada individuo y hacerles entender que
cualquier cambio social impuesto por este nuevo orden tiene un fin bueno que es el equilibrio natural de
la Tierra.

Ese equilibrio adquirido mediante una misma forma de pensar y una ética común también abarca
el campo económico. La economía también debe estar controlada plenamente para hacer posible la
sostenibilidad y, por este hecho, nos encontramos declaraciones como la de Lawrence Summers,
importante funcionario del Banco Mundial y subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos con el
presidente Clinton, que dice: “Es económicamente lógico que las industrias más contaminantes se
desplacen al hemisferio sur porque, en primer lugar, se beneficiarán de un pago menor de impuestos y,
en segundo lugar, porque en cuanto a las posibles víctimas de la polución ambiental, los años de vida o
la esperanza de vida de un inglés valen más que la de cientos de indios”. Si esto es una actitud tolerante,
benéfica y equilibrada requiere de una explicación, pues muchos no lo entendemos.

Es en este “caldo de cultivo” donde, como ya hemos enunciado anteriormente, tiene su aparición
la Carta de la Tierra, documento enfocado a recoger, de una vez por todas, todos los preceptos de este
Nuevo Orden Mundial. Es un documento llamado a convertirse en el paradigma de una nueva ética
para un nuevo mundo. Sus autores se atrevieron a afirmar que sería el “Decálogo de la Nueva Era”.
Todo lo que en ella se recoge debe ser insertado en todas las naciones por los medios más diversos:
televisión, series, radio, teatro, conferencias, reuniones… Dicha carta se empezó a redactar en el año
1997 con colaboradores principales como el que había sido jefe de Estado de la Unión Soviética,
Mikhail Gorvachev, o el presidente del denominado Consejo de la Tierra, Maurice Strong, aunque no
estaría completamente terminada hasta el año 2000. El mismo Gorbachev, en cuanto a la denominación
de Decálogo de la Nueva Era, especificó: “Necesitamos encontrar un nuevo paradigma que reemplace
los vagos conceptos antropológicos. Estos nuevos conceptos se deberán aplicar a todo el sistema de
ideas, a la moral y a la ética, y constituirán un nuevo modo de vida. El mecanismo que usaremos es el
reemplazo de los Diez Mandamientos por los principios contenidos en esta Carta o Constitución de la
Tierra”. Es abiertamente un documento que busca ser aplicado en “todo el sistema de ideas”, es decir,
en toda mentalidad de todo hombre e incluso en toda moral. La Carta de la Tierra busca también ser un
sistema de religión universal. Ello lo apreciamos de modo claro en el panteísmo que muestra, pues
podemos participar del culto a la Carta de la Tierra, la cual se encuentra expuesta en Nueva York en el
denominado Centro Interconfesional del Diálogo (o Templo del Entendimiento Universal), introducida
en el Arca de la Esperanza y la cual se lleva en procesión a las sesiones de las Naciones Unidas para que
“presida” e “ilumine” a sus participantes. Si nos fijamos es una copia exacta de las Tablas de la Ley con
los Diez Mandamientos que Moisés introdujo en el Arca de la Alianza. El nuevo sistema de pensamiento
global ha sustituido, o desea hacerlo, el cristianismo por una nueva religión universal representada en
unos nuevos preceptos contenidos en la Carta de la Tierra, documento resultante del consenso entre
poderosos que debe ser impuesto a todos.

Pero para poder llegar a una implantación a nivel global es necesario convertir los nuevos
preceptos en leyes. Cuando se ha conseguido que el relativismo y el indiferentismo absoluto se hayan
transformado en dogmas recogidos en una gran Constitución planetaria, el objeto del derecho positivo
deja de ser la justicia para convertirse en ley. Ahora parece no interesar tanto que una ley sea justa o
injusta sino que sea ley y fruto del consenso. El ser humano tendemos a asociar el concepto de justo con
legal; creemos que todo lo legislado (todas las leyes) coincide con lo más justo. Y esto no es así. Son

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muchas las leyes que se han realizado en los últimos años que buscan “legalizar” actividades
completamente injustas, como el aborto (muerte de un bebé indefenso). La población actual, ante estos
constantes atropellos de convertir en ley acciones injustas y completamente reprobables, debe actuar y
esforzarse por no caer en el legalismo que nos envuelve. Parece que todos son derechos y libertades pero
no son más que atropellos contra el propio ser humano para “sacar a flote” un único objetivo: una
hipotética sostenibilidad planetaria que pasa por la desaparición de millones de hombres y mujeres. Es
por lo que San Juan Pablo II nos invitaba desde su encíclica Evangelium vitae (1995) a tener una actitud
crítica con la legislación vigente: “El deber de oponerse es parte del camino áspero al que está llamado
el cristiano. Las tácticas que usa el Nuevo Orden contra quienes se oponen y no claudican, son el
descrédito, la calumnia, la marginación”. ¿Acaso no son “linchados” públicamente todos aquellos que
presentan disconformidad con la nueva ideología de género? El Nuevo Orden Mundial que parece
prometer derechos y libertades sin fin nos muestra ser totalmente intolerante con otras formas de
pensamiento. Debemos remarcar que nos encontramos ante una ideología, pensamiento que no admite
aposición alguna. Ya se está legislando en distintos lugares, como en Buenos Aires, a favor de la
ideología de género hasta tal punto de contemplar como castigable o sancionable cualquier expresión u
opinión en contra de dicha ideología. En España se está legislando para favorecer la extensión de la
ideología de género aunque aún no se contempla (en 2017) como falta o delito expresar una opinión
contraria, aunque toda expresión que cuestione dicha ideología se someta a la ridiculización o presión
social desde medios de comunicación, etc.

3.3. Una democracia universal

Como hemos estado viendo hasta ahora, la ideología de género es solo una pequeña pieza de un
inmenso puzzle que pretende cambiar a la población mundial bajo el concepto de reingeniería social.
Aunque parezca apartarnos un poco del asunto que tratamos, me parece positivo ver hasta qué punto se
intenta hacer de los ciudadanos del mundo una completa uniformidad donde sean anuladas las
diferencias y riquezas culturales y religiosas. En 1999, la denominada Comisión para la Gobernabilidad
Global terminó un enorme proyecto llamado Carta para la Democracia Global. Dicho documento fue
promovido oficialmente por las Naciones Unidas y su objetivo es sustituir la representación
democrática, tal y como la entendemos ahora, por otro tipo de representación política liderada por las
ONG´s. Es la construcción de un “gobierno universal” donde la ONU es el órgano principal y, para no
parecer un régimen absolutista, se abre a un aparente carácter democrático donde la población mundial
será representada por las ONG´s. Es un auténtico cambio en la forma de representación de las Naciones
Unidas. El nacimiento de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial tenía como cometido
evitar los atropellos de los países ricos hacia los pobres, así como permitir alzar su voz y ser respetadas
todas aquellas naciones pobres y pequeñas. Todo ello ha derivado, en muy pocos años, en un intento de
convertir la ONU en un órgano de gobierno mundial regido por los países más ricos del mundo que
harán renunciar a todas las naciones a su soberanía nacional, teniendo que someterse a los mandatos del
“gran órgano supremo”. Esta Carta para la Democracia Global presenta unos fines muy concretos y
claros para hacer lograr un único gobierno mundial, entre los que destacan: a) una nueva religión
universal que se ajuste a los preceptos contenidos en la ya conocida Carta de la Tierra; b) la toma como
dogmas éticos de los nuevos derechos; c) un único poder político supranacional liderado por la ONU y
con “representación democrática” de las ONG´s; d) una nueva ciudadanía mundial, que considerará
como buen ciudadano a aquel que no posea ninguna convicción ética permanente sino que tenga como
criterios éticos aquellos resultantes del consenso.

Como podemos observar nos encontramos ante proyectos que intentan eliminar toda diversidad
cultural y religiosa para crear una nueva civilización que acepte como único modo de vida el impuesto
por un gran órgano único mundial. Ante esta actuación internacional, el Papa San Juan Pablo II, el 7 de
abril de 2000, se dirigió al por entonces Secretario General de la ONU, Kofi Annan, en estos términos:
“Le muestro mi profunda preocupación cuando observo que algunos grupos quieren imponer a la
comunidad internacional puntos de vista ideológicos o modelos de vida que defienden pequeños

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sectores y franjas particulares de la sociedad”. Lo que se estaba “fraguando” a nivel internacional era
un totalitarismo sin precedentes, como antes ya hemos citado.

3.4. Reinterpretación de los Nuevos Derechos

Tras las tremendas aberraciones acontecidas en la Segunda Guerra Mundial, se vio la necesidad
de redactar un documento que contuviera los derechos que toda persona humana posee y que nunca
debían ser vulnerados. Por ello, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Dicho documento recogía los derechos humanos
clasificados en dos grandes categorías: por un lado, los llamados por la ONU “derechos civiles y
políticos” que bien pueden ser considerados como los derechos fundamentales (derecho a la vida, a la
libertad, a fundar una familia, a la propiedad privada, a la libertad de pensamiento y expresión, de
asociación y participación política); por otro lado, la declaración presenta otra serie de derechos
subordinados a los primeros, “los derechos económicos, sociales y culturales” (al trabajo, a sindicarse, a
la salud, a la alimentación, etc.).

En 1993, durante la Conferencia de Viena sobre Derechos Humanos, el Secretario General de la


ONU, Boutros Ghali, manifestó abiertamente que los derechos humanos “son mudables”, es decir,
cambian según los tiempos. Quizá hay un momento donde hay que respetar la vida y otro no, o poder
fundar de forma libre una familia y en otro momento no; esto es lo que podemos entender en la
afirmación del Secretario de la ONU. Además agregó que “por una parte, los derechos civiles y
políticos, y por otra, los derechos económicos, sociales y culturales, se encuentran en un mismo plano
de importancia y dignidad”. Es de esta forma como trata de acabar con la subordinación de unos frente
a otros y restar importancia a los derechos civiles y políticos, pues su cometido era la introducción de
“nuevos derechos”, como el aborto, que interferirían con los derechos fundamentales del ser humano,
como es el derecho a la vida. Desde este momento se ha luchado incansablemente para que prácticas
enfocadas al control de la natalidad y, por tanto, a la reducción de la población, fuesen recogidas como
derechos. Son los denominados “derechos reproductivos y sexuales” que se han ido haciendo hueco
entre las cumbre internacionales de la ONU. En 1993 se determinó que “los derechos humanos de las
mujeres son universales” (Conferencia de los Derechos Humanos de Viena); en 1994 se dio un paso
más afirmando que “las mujeres tienen derechos reproductivos” (Conferencia de El Cairo sobre
Población y Desarrollo); para terminar con la afirmación rotunda en 1995 “que los derechos
reproductivos son derechos humanos” (IV Conferencia de Pekín sobre la Mujer). Es el comienzo para
implantar bajo la perspectiva de “nuevos derechos humanos” acciones como el aborto, la eutanasia, la
esterilización, la anticoncepción, etc. Para este fin se reúne en 1996 la llamada Mesa Redonda de Glen
Cove, que muestra su esfuerzo por realizar un marco legal en el que se incluyan de forma plena los
nuevos derechos reproductivos bajo la denominación “salud sexual y reproductiva”, pues el término
salud parece cargar de positivismo estos nuevos derechos de la “cultura de la muerte”. Un año más
tarde, en 1997, determinan imponer dichos derechos a todos los países miembros de la ONU.

El lenguaje iba tomando cada vez un tono mayor pues en la Asamblea General El Cairo + 5
(1999) se adoptó exigir que se proteja y se promueva el derecho de los adolescentes a la salud,
proporcionándoles servicios de salud sexual y reproductiva concretos y de fácil acceso, y donde los
padres no deben interferir en la educación sexual de sus hijos menores, ni siquiera en el acceso de sus
hijos a la regulación de la natalidad y al aborto. Es, como ya hemos dicho con anterioridad, un intento de
destruir la patria potestad. Si todo va encaminado a que la “auténtica libertad” del ser humano pasa por
disfrutar de los nuevos derechos reproductivos, es evidente que toda ley que limite dichos derechos
coarta la libertad personal. Es desde esta perspectiva donde no tiene cabida ninguna legislación que
condene el aborto o la contracepción pues se opone directamente a los nuevos derechos que han
“arrollado” a los derechos fundamentales.

En el año 2001, se realizó el Encuentro de Comités de los Tratados, sobre la aplicación de los
Derechos Humanos a la Salud Reproductiva y Sexual (Glen Cove + 5). Allí se determinó de forma

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drástica la necesidad de imponer, a nivel universal, los derechos sexuales y reproductivos, erradicando
de toda legislación nacional cualquier referencia a los derechos-deberes de los padres en materia de
educación y salud de sus hijos. Es amparado en este acuerdo por lo que el gobierno de Rodríguez
Zapatero implantaría en España una nueva ley del aborto en la que consideraba legal el aborto de
adolescentes sin comunicación a sus padres.

En el momento en el que se determina que los derechos humanos son tan cambiantes como los
tiempos, se admite cualquier cambio que proceda del consenso. Es de esta forma desde donde se
elaboran unos “nuevos derechos” que atentan contra los “antiguos” derechos. Desde las instituciones
internacionales nos explican que algunos derechos han “caducado”, están “pasados de moda” y hay que
redefinirlos. Si el derecho a la vida, primero y básico en el ser humano, puede ser redefinido hasta el
punto de poder justificar la muerte de inocentes por un fin concreto, estamos a merced de lo que decidan
los “grandes pensadores” de las naciones.

4. CONCLUSIÓN

La ideología de género, como hemos visto, comenzó siendo un conjunto de ideas pertenecientes
a un sector muy minoritario, el feminismo radical. Su repercusión a nivel mundial nunca se hubiera dado
si no se hubiese visto como un magnífico medio para conseguir el preciado fin de las Organizaciones
Internacionales: la reducción de la población mundial. Bajo un atractivo concepto de sostenibilidad, la
ONU ha ocultado una tendencia creciente a la reducción de la natalidad. Como era inconcebible exponer
sus ideas con claridad, pues nunca podrían haber dicho abiertamente que “sobramos” un sinfín de
personas, han decidido disfrazarlas bajo la apariencia de derechos y libertades que toda persona debe
poseer. Creo que nunca pensarían que la ideología de género llegaría tan lejos pues sus postulados eran
verdaderamente contrarios a todo pensamiento occidental y humano. Estamos ante un auténtico atentado
contra la persona humana, ya que busca la desaparición de nuestra propia naturaleza. Esta ideología es
verdaderamente dañina por un motivo principal: no busca cambiar lo que el hombre hace sino lo que el
hombre es. Intenta cambiar de forma ontológica la visión humana y ello nos lleva a una destrucción
humana. Esta gravedad la afirmaba abiertamente Benedicto XVI en el mensaje de diciembre de 2012
que dirigía a la Curia Romana: “Ahora lo que está en juego es el ser mismo del hombre. La falacia de la
ideología de género es afirmar que el hombre no posee naturaleza”.

Es ahora como, desde una gran variedad de medios, intentan implantarnos una nueva forma de
pensar que es vendida como la mentalidad “abierta” o mentalidad igualitaria. Todos somos iguales hasta
el punto de no poder afirmar las diferencias, ni siquiera las evidentes. Todo lo que pueda indicar
diferencia entre hombre y mujer es catalogado de sexista. Pero las diferencias son evidentes y son
motivo de agradecimiento. Hombre y mujer han sido creados por Dios como seres sexuados distintos
pero complementarios. La grandeza del amor de Dios se expresa en la complementariedad entre varón y
mujer que, uniéndose en acto de amor, pueden ser portadores de vida. Y es esa vida la que se intenta
“desechar” a toda costa en una sociedad enfocada a reequilibrar las desigualdades planetarias. Cuando el
ser humano ha abierto la puerta y ha dejado entrar a una cultura mortífera; cuando ha permitido que
crímenes como el aborto sean llamados derechos; cuando ha asumido que uno puede elegir el sexo que
quiera; cuando ha quedado convencido que la igualdad pasa por aceptar todos los “tipos de familias”, el
ser humano ha aceptado su propia autodestrucción. En la escala o pirámide de la creación, el hombre se
encuentra en la cúspide como el ser más digno creado. Y como nos dice Santo Tomás: “Corruptio
optimi pessima”, es decir, la corrupción de lo óptimo es lo pésimo. Lo óptimo del mundo creado es la
persona humana y su corrupción es lo peor que se podía esperar. Es en este momento tan delicado donde
tenemos el deber de actuar. Es ahora donde debemos tomar como lema “la verdad os hará libres”, pues
estamos obligados a extender la verdad sobre esta nueva ideología que atenta contra el ser de la persona.
No hay otro camino que abandonarse en manos de Dios y solicitarle a Él que cambie nuestros corazones,
y los de la humanidad entera, para capacitarnos a acoger la verdad preciosa sobre la persona humana:
“varón y mujer los creó” con un fin preciosísimo: ser moradores del cielo donde el único lenguaje
existente y la única máxima reinante es el AMOR.

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