Libro de cuentos para Christopher.
Los miedos de Julia
Había una vez una niña que se llamaba Julia. Julia tenía miedo de muchas cosas: tenía
miedo en la oscuridad, tenía miedo de quedarse sola, también tenía miedo cuando veía a
mucha gente, tenía miedo de los perros, de los gatos, de los pájaros, de los desconocidos,
tenía miedo al agua de la piscina y de la playa, tenía miedo del fuego, de los truenos, de las
tormentas, tenía miedo de los monstruos de los cuentos, tenía miedo de ponerse enferma, o
de que su mamá enfermara, tenía miedo de ir al cole, de caerse o hacerse daño jugando…
Tenía tanto miedo que nunca salía de casa para no caerse, enfermar, encontrarse con algún
perro o persona desconocida. Pasaban los días y Julia miraba por la ventana, veía jugar a
los niños y niñas, veía cómo corrían y se divertían. Su mamá le decía: “¿por qué no vas a
jugar con ellos?” Pero Julia se sentía muy triste porque tenía mucho miedo y no quería salir
de casa. Llegaba la noche y Julia temblaba de miedo en su cama, todo estaba muy oscuro y
no se oía nada, le daba miedo el silencio y la oscuridad de la noche, así que se levantaba y,
sin hacer ruido, se metía en la cama de sus papás, allí se sentía protegida.
Una noche, mientras dormía entre mamá y papá, la cama comenzó a temblar, se movía
tanto que Julia se despertó sobresaltada. ¡Terremoto, hay un terremoto! Sus papás parecían
no notarlo. Julia se puso de pie en la cama, comenzó a saltar y gritar para despertar a sus
papás, entonces un gran agujero se abrió en el centro. Julia cayó dentro y bajo por un
tobogán que le dejó en un bosque tenebroso y oscuro. Se levantó del suelo y miró a su
alrededor: “¿dónde estoy? Está muy oscuro, tengo miedo. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Venid a por mí!”.
Nadie parecía oírla, así que Julia pensó que tenía que salir de ahí, se levantó y comenzó a
andar. Enseguida encontró un camino y decidió seguir andado por él para ver dónde le
llevaba. “¡Qué silencio, no se oye nada! ¡Tengo miedo!”. Julia se acordaba de mamá y papá,
se sentía sola y tenía más miedo aún. Cansada de andar se sentó junto a un árbol, se
sentía tan triste que empezó a llorar.
Entonces oyó un ruido “¡uuhhhh! ¡ohohoho! ¡uuuhhhh!” Julia miraba a un lado y a otro y no
conseguía ver nada, un gran pájaro volaba sobre su cabeza y Julia temblaba de miedo. El
pájaro desapareció, volvió el silencio. Por un momento Julia dejó de temblar, pero entonces
oyó ladrar a un perro, parecía que estaba furioso, luego otra vez volvió el silencio… Julia
cerró los ojos y se dijo a sí misma: “no tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo, no
tengo miedo, no tengo miedo…” Cuando abrió los ojos, tenía delante de ella un gran perro
negro. Julia se quedó paralizada, el miedo no le dejaba ni parpadear, tenía ganas de gritar,
de llorar, de pedir ayuda, pero el miedo no le dejaba moverse, ni hablar, ni gritar, ni siquiera
podía llorar.
El perro se acercó aún más, se sentó frente a ella y le dijo:
– ¡Me tienes harto! Estoy cansado de que seas una miedica, nunca he conocido a una niña
con tantos miedos. ¡Eres la Reina del Miedo!
Julia seguía paralizada y con la boca abierta, pero no de miedo sino de asombro, ¡le estaba
hablando un perro! O, mejor dicho, ¿le estaba regañando por tener miedo? Julia no daba
crédito a lo que veía y oía.
– ¿Es que no vas a decir nada? ¿Se te ha comido la lengua un gato? ¡Ah, se me olvidaba
que también te dan miedo los gatos!
– ¿Quién eres tú?
– ¿Que quién soy? Soy Dog, el guardián de tu bosque.
– ¿Mi bosque? – Julia miraba a su alrededor, observando el bosque en el que se
encontraba.
– Sí, tu bosque, el bosque de tus miedos. Aquí viven todos tus miedos: los perros, los gatos,
los pájaros, los monstruos, la oscuridad, el silencio, los ruidos, la soledad, las tormentas, el
agua, los truenos… ¡Este es el bosque más grande que conozco! ¡Me das demasiado
trabajo! ¡No puedo controlar un bosque tan grande! Tienes que hacer algo.
– Pero, no entiendo, ¿quién ha creado este bosque?, ¿por qué dices que es mío yque yo te
doy mucho trabajo?
– Te lo voy a explicar más despacio… ¡Hola! Soy Dog, soy el perro que guarda el bosque de
tus miedos, este bosque lo has creado tu solita, aquí vas metiendo todas las cosas,
animales y personas que te dan miedo. Es un bosque muy grande, demasiado grande,
porque tienes miedo de demasiadas cosas. ¿Quieres que te lo enseñe? Sígueme.
Dog y Julia recorrieron el bosque y Julia pudo ver todas las cosas, animales y personas que
le daban miedo. Después de haberlo visto todo, se sentó en un claro del bosque. A su
alrededor tenía nubes negras, perros, gatos, pájaros, tormentas, desconocidos, fuego y
tantas cosas que le daban miedo.
– Estoy cansada de que me sigan todas estas cosas. ¿Puedes decirme qué tengo que
hacer para no tener miedo?
– ¡Al miedo hay que asustarle!, le dijo Dog.
– ¿Asustar al miedo? ¿Y eso cómo se hace?
– Muy fácil. ¿Tú cómo asustas a un amigo?
– Me escondo y, cuando no se lo espera, salto y con cara de monstruo le grito: ¡¡Buuuuhhh!!
– ¡Muy bien! Pues eso mismo tienes que hacerle al miedo.
– Pero, ¿dónde está el miedo?
– Espera, que ahora mismo te lo traigo.
Dog desapareció entre los árboles y al poco rato apareció trayendo consigo algo muy
grande que venía tapado con una tela negra. Julia se quedó con la boca abierta. "¡Que me
trae el miedo", pensó. Y al instante se puso a temblar. Dog colocó delante de ella aquel
bulto tan grande y le dijo:
– ¡Prepárate!– Julia volvió a quedarse paralizada.– ¡He dicho que te prepares! ¡Confía en
mí! Pon cara de monstruo y prepárate para darle un buen susto al miedo. Cuando estés
lista, dímelo y le descubro.
Julia se armó de valor, puso la cara más fea que había puesto nunca, levantó las manos
como si fueran garras y gritó muy, muy fuerte “¡¡¡¡Buuuuuhhhhh!!!!”. Al instante Dog retiró la
tela que cubría al miedo y ¡sorpresa! Julia se vio reflejada en un gran espejo, como se vio
tan fea y haciendo de monstruo, le dio un ataque de risa
– ¡Jajajaja! ¿Pero qué broma es wsta? ¡Si soy yo!
– No es ninguna broma, Julia. El miedo no existe, lo creas tú misma. ¿Volverás a tener
miedo?
– ¿Miedo? ¿De quién? ¿De mí misma? ¡No!, pero si yo no doy miedo. ¡Buuuhhh! –gritaba
Julia frente al espejo.– ¡Jajajajajaja! Nunca me había reído tanto.
Mientras decía esto, los animales empezaron a desaparecer, las tormentas, el fuego, el
agua, y también el bosque; el bosque empezó a hacerse pequeño, muy pequeño.
– ¡Gracias, Julia!
– ¡No! ¡Gracias a ti, Dog! Por enseñarme al miedo.
A la mañana siguiente, Julia se despertó en su habitación, su mamá extrañada fue a
buscarla
– ¡Julia, no has venido esta noche a nuestra cama!
– Sí, mamá, pero ahora soy valiente y pensé que podía dormir sola en mi cama.
A partir de aquel día, Julia dejó de tener miedo y volvió a ser feliz, a salir a la calle, a jugar
con sus amigos e incluso llegó a tener varias mascotas. Recuerda: al miedo hay que
asustarle.
Gluf, el monstruo azul
“¡Patapapluuuum!” Se escuchó un enorme ruido en la habitación de Leyre y mamá fue
corriendo:
– ¿Qué ha pasado?
– Verás, mamá, yo estaba jugando y de la caja de los muñecos ha salido un monstruo muy
grande de color azul que se ha asustado al verme y se ha escondido debajo de la cama.
– ¿Y tú no te has asustado cuando salió ese monstruo?
– Claro que no, ¿por qué me tengo que asustar? Es muy guapo y suavecito. Solo quiero
jugar con él, pero me parece que él no quiere.
– Bueno, tengo una idea, vamos a agacharnos y le buscamos bajo la cama para que nos
conozca.
– Hola, señor monstruo, me llamo Leyre y tengo 3 años, ¿quieres jugar conmigo y con
mamá? Me gusta tu color, aunque mi color preferido es el rosa. Tengo puzles y un tren, y
pinturas... ¿que te gusta más?
De repente, debajo de la cama asomó una cabecita azul, peluda, con tres ojos y una boca
enorme:
– Hola, yo me llamo Gluf y me dan mucho miedo los niños.
– ¿Por qué te doy miedo? Mira, mira mi cara, soy muy buena.
– Pero no tienes pelo en la cara, eres pequeñita, de color carne, con dos ojos... no te
pareces a mí, por eso me asustas un poco.
– A mí me gustas así, también me gusta mamá aunque sea grande y con el pelo marrón, y
el abuelo que lo tiene de color blanco y la perrita Pi que es negra y con cuatro patas. No
tienes que asustarte, todos somos distintos, pero podemos jugar muy bien. Dame tu mano
que yo te enseño.
Una pequeña mano peluda con seis dedos salió bajo la cama y agarró la de Leyre.
Entonces Gluf notó su calor, vio la alegría en la cara de la niña y su sonrisa y cuando ella le
besó supo que iban a ser grandes amigos, que podrían jugar juntos y se le pasó el miedo.
Esa tarde corrieron por la casa, hicieron puzles, saltaron a la comba y cuando ya estaban
muy cansados se sentaron a merendar. Leyre decidió que le presentaría a sus amigos del
cole y Gluf le enseñó a sus amigos monstruos de muchos colores, grandes y pequeños,
peludos y sin pelo. Desde entonces los niños y los monstruos juegan juntos, se cuentan
cuentos y se lo pasan muy bien. Ya no se asustan por ser distintos y todos están mas
contentos.
Monstruos jugando al escondite
Eran más de las 12 de la noche, Érika dormía tranquilamente en su cuna y papá se
encontraba en la habitación del ordenador. Érika se había dormido apenas una hora antes y
papá suspiraba aliviado porque por fin la niña empezaba a descansar. De repente Érika
rompió a llorar de una forma en la que nunca papá había oído. Corrió hacia la habitación y
la encontró sentada en la cuna con las mejillas surcadas por las lágrimas y llorando
desconsoladamente. Papá la cogió en brazos y le preguntó:
– Érika, mi vida, ¿qué te ocurre, por qué lloras mi amor?
Como no sabía hablar bien todavía, señaló con su dedito las cortinas de la habitación. Papá
se giró y vio que se movían ligeramente, pero además donde ella señalaba se encontraba
tirado un pantalón suyo, que estaba tapado en gran parte por la cortina, solo sobresaliendo
un trozo del pie. Comprendió que Érika se asustó al pensar que ahí había algo escondido.
Sentó a Érika en la cuna y dijo:
– Cariño, no te asustes, ahí no hay nada, además si fuese un monstruito no tendrías que
tenerle miedo, ¿y sabes por qué? Hace mucho tiempo, en una ciudad muy, muy lejana
vivían todos los monstruitos juntos. En esa ciudad tenían de todo; tenían parques, tenían
piscinas y muchas cosas más, pero lo que no tenían eran lugares para que los monstruitos
niños jugaran sin molestar a los monstruitos papás y mamás, así que los monstruitos niños
pensaron que, para poder jugar sin molestar y que no les castigaran, lo mejor era jugar
fuera de la ciudad.
Su juego favorito era el escondite, les encantaba esconderse, detrás de las cortinas, debajo
de las camas y donde más les gustaba era en los armarios. Pero, claro, como estaban
jugando fuera de la ciudad, no tenían esos sitios para jugar, así que uno de los monstruitos
niños le dijo al resto: “tengo una gran idea, ¿por qué no nos escondemos en las casas de
las otras ciudades? Allí sí que podríamos escondernos como nos gusta”. Todos los
monstruitos niños entusiasmados decidieron que así lo harían. Como siempre, uno se
quedó contando para que los demás se escondieran, cuando hubo acabado de contar
empezó a buscar a los demás monstruitos niños, pero a mitad del juego empezaron a sonar
muchos llantos, llantos de niños, los niños de las casas se habían asustado al ver a los
monstruitos escondidos, pues pensaban que se escondían para asustarles, pero esa no era
la intención de los monstruitos niños, así que se marcharon muy tristes sin poder jugar. Eso
mismo ocurrió la noche siguiente, y la siguiente y así todas las noches, hasta que un día los
monstruitos niños ya enfadados dijeron: “si ellos creen que queremos asustarlos, pues eso
haremos. Veréis qué divertido va a ser ver la cara de esos niños”.
Así ocurrió, todos los niños eran asustados y cada vez lloraban más y más, sin dejar
descansar a sus papás y mamás, hasta que un día uno de esos papás se dio cuenta de qué
sucedía y fue a la ciudad de los monstruitos a hablar con los papás y mamás monstruitos.
Les dijeron lo que sus hijos hacían y entre los papás y mamás acordaron que los
monstruitos niños no asustarían a más niños, pero a cambio los papás y mamás deberían
enseñar a los niños a no llorar para así no estropear el juego de los monstruitos niños.
Por eso, cariño, no debes asustarte aunque sea un monstruito, simplemente están jugando
al escondite, y si lloras, seguro que a ese monstruito niño lo encuentran y entonces les
estropeas el juego, ¿y eso a ti no te gustaría que te lo hicieran, verdad?
Érika comprendiendo la historia, se tranquilizó un poco más, y desde entonces cuando creía
ver un monstruito niño escondido en un armario, debajo de la cama o detrás de las cortinas,
no lloraba, se reía pensando que ella también se escondería ahí para que no la
encontraran.
El niño que tenía miedo del miedo
– ¡Papá, mamá!, repetía el niño desde su nueva habitación.
Los adormilados padres, que para dormir a su hijo ya habían intentado el cuento, la nana y
el ruego desesperado ("¡por favor, duérmete, que mañana no va a haber quien te levante!")
respondieron a un tiempo
– ¿Qué te pasa?
– ¡Que tengo miedo!
Finalmente llegó el temido día por parte de los padres en que su hijo pronunciase esas dos
palabras juntas: “tengo miedo”. Habían procurado, desde que nació, que el miedo no le
encontrara, pero le encontró. Así que se levantaron, entraron en la habitación y preguntaron
a su pequeño:
– ¿De qué tienes miedo?
– Del monstruo.
– Y, ¿dónde está?
– Ahí, debajo de la ropa.
Los padres levantaron la ropa y nada.
– Se ha metido dentro del armario al veros, aseguró el niño.
Los padres abrieron el armario y nada.
– ¡Está debajo de la cama!, susurró como si la amenaza más terrible del mundo pudiera
oírles.
Los padres miraron debajo de la cama, cada uno por un lado, y solo se vieron el uno al otro,
aguantándose la risa y también los bostezos.
– No hay ningún monstruo, campeón, afirmó el padre, con la vana esperanza de que su hijo
le creyera.
– Pues lo había. ¿Y si vuelve?
La madre miró al padre con complicidad. Había llegado el momento de revelar a su hijo un
secreto que pertenecía a su familia desde hacía muchas generaciones, y que pasaba de
padres a hijos cada vez que el miedo les encontraba. Así que le dio un palmadita en el
hombro, un cariñoso beso en la mejilla, y se fue a dormir diciendo: "A por él, tigre". El padre
respiró profundamente, cogió un taburete verde y se sentó junto a la cama de su pequeño.
– Voy a contarte una historia...
– ¿Otro cuento?
– No, una historia que...
– ¿Es de monstruos?
– Algo así, es una historia que nuestra familia lleva contando...
– ¿Salgo yo?
– Si me dejas hablar, te la contaré.
– Perdón, se disculpó el niño, impaciente como todos los niños, emocionado como todos los
niños. Y se sentó en la cama, tapándose con su sábana hasta las orejas, dispuesto a
escuchar como solo saben escuchar los niños. Y el padre comenzó su historia.
– Hace miles de años los humanos fueron testigos del combate que mantenían los
semidioses por el dominio de la Tierra. Por un lado, los Geómidas se habían comprometido
a mantener el equilibrio natural del mundo y protegían a los mortales de las amenazas que
provenían del lugar situado detrás de la Sombra Oscura, territorio de los Necrómidas, que
odiaban a los mortales por haber recibido la Tierra como su morada.
– ¿Los quiénes hacían qué cosa y los como-se-llamasen-los-otros que venían de
no-se-dónde iban a hacer qué, papá?, preguntó el niño, que no había entendido nada.
– Que los buenos luchaban contra los malos y uno de los más malos se llamaba
Somnícubus, un semidios que, desterrado a la Sombra Oscura por su codicia, juró que se
vengaría de los mortales y que su venganza sería tan terrible que todos los Poderes del
Universo tendrían que arrodillarse ante él.
Usando un conjuro prohibido que habían ocultado bajo siete hechizos los Santos Sabios,
Somnícubus creó un sentimiento que sólo él podría controlar: el miedo. Y usó su poder para
inspirar ese sentimiento entre todos los mortales mientras dormían. Y antes de que la Luna
diera paso al Sol, el miedo se había vuelto tan poderoso que ni el mismo Somnícubus pudo
dominarlo.
– ¿Y qué le hizo? ¿Lo mató?, ¿le hizo sangre?, preguntó el niño, cada vez más interesado
en la historia.
– Lo encontraron con los ojos muy abiertos, temblando y llorando, acurrucado en una cueva
de la que, dicen, nunca más salió. El miedo se instaló en el corazón de las personas y,
durante décadas, dominó su voluntad para que no se atrevieran a hacer muchas de las
cosas que hacían antes de su llegada: dejaron de pasear solos por el bosque, dejaron de
guardar cosas en los altillos de sus casas. Incluso dejaron de relacionarse con otras
personas por miedo a lo que les podrían hacer. Y la peor parte se la llevaron los niños.
– ¿Nosotros? ¿Por qué, papá, por qué?, ¿eh?, ¿por qué?
– Porque, cuando dormían, convertían su miedo en imágenes de monstruos que impedían
su descanso y les provocaban un amargo llanto. Y cuando aquellos niños se convirtieron en
adultos, al crecer viendo esas imágenes en sueños, las transformaron en seres reales que
escaparon de su imaginación y el mundo se llenó de feroces dragones, trolls deformes y
malolientes y todo tipo de seres espantosos que aguardaban en la oscuridad, se escondían
en los armarios o dormían bajo las camas.
– ¿En serio?, el niño escuchaba a su padre con suma atención, pues le afectaba
directamente, ya que él estaba convencido de que un monstruo se había colado en su
habitación.– Sigue, sigue, porfi.
– Los semidioses no sabían qué hacer. Estaban desolados, pues el mundo que habían
jurado proteger se estaba destruyendo a sí mismo por culpa del miedo. Entonces, un
muchacho joven, casi un niño, tuvo una idea: juntó varias hojas grandes (las más grandes
que pudo encontrar) y las cosió con una cuerda de cáñamo. Y con su invento bajo el brazo,
pidió ser escuchado por los Geómidas...
– ¿Por quiénes?, preguntó el hijo.
– Por los buenos, aclaró el padre, y continuó.– ... ser escuchado en la siguiente Asamblea y
proclamó: esto que veis puede vencer al miedo. Lo llamo Valor. Los semidioses sonrieron
incrédulos, pues no entendían como un montón de hojas podían vencer al miedo, que ya
había derrotado a un poderoso semidios como Somnícubus, había dominado el corazón de
los hombres y amenazaba el equilibrio del Universo. Entonces el joven preguntó a la
Asamblea cuál era su mayor temor. Y mientras ellos le contestaban: ser desterrados como
Guardianes de la Tierra, el joven les dibujaba en las hojas, marchando con la cabeza baja y
el rostro triste. Cuando hubo terminado el dibujo, lo mostró. Y entonces...
– ¿Qué, qué?, preguntaba el niño aferrado a su almohada.
– Unas luces oscuras salieron de los corazones de los semidioses, como rayos en una
tormenta. Y todas aquellas luces se estrellaban contra el montón de hojas quedando
encerradas. Y cuando las luces terminaron, el miedo había desaparecido.
– ¡Qué guay!, exclamó el niño, pensando que sería fantástico poder tener unas cuantas de
esas hojas. El padre se sentó en la cama, junto a su hijo, y le preguntó si le apetecía oír el
resto de la historia.
– ¡Claro!, respondió. Y se acurrucó bajo uno de sus brazos.
– Fascinados por el invento ordenaron a los árboles que hicieran brotar millones de hojas y
encargaron al joven muchacho que los convirtiera en "valores". Uno para cada corazón
temeroso. Entonces él explicó que eso era algo que tenía que hacer cada persona por sí
misma, pero los semidioses (que no tenían demasiada paciencia) insistieron en que él debía
ir pueblo por pueblo explicando el modo de acabar con el Miedo.
– ¿Por todos los pueblos?, preguntó el niño, solidarizándose con el protagonista, que
también era casi un niño.
– Por cada pueblo de cada provincia de cada país, respondió el padre.
– ¿Por todo el mundo?, insistió el niño, casi indignado por el encargo de los semidioses. -
Eso mismo pregunté yo –dijo el padre, recordando su propia indignación.– Era imposible
que le diera tiempo a recorrer el mundo entero y menos en aquella época que no había más
transporte que un caballo. ¡Imposible!
– Sí es posible –matizó el niño– Con magia. El padre se tragó un gesto de envidia porque a
él, cuando era pequeño, no se le ocurrió esa respuesta.
– En efecto. Los semidioses le ayudaron con magia. Fue entonces cuando los
Necrómidas… Los malos acusaron a los Geo..., a los buenos, de modificar la Ley de los
Santos Sabios.
– ¿Qué ley era esa, papá?
– Se decía que los semidioses no podían interferir en las decisiones de los humanos. Si la
idea era del muchacho ellos no podían ayudarle concediéndole la magia de estar en
cualquier lugar del mundo sólo con pensarlo. Reclamaron su derecho a imponer
condiciones en la misión que habían encargado al muchacho.
– ¿Cuáles? –preguntó el niño extrañado, ya que, como todo niño sabe, los malos no tienen
derecho a nada, salvo que los buenos les dejen, que para eso son los buenos que, como
dice su madre, "a veces de tan buenos parecen tontos".
– Que las hojas de árbol sólo pudieran encontrarse en el interior de una cueva oscura como
la noche, que el muchacho sólo pudiera explicar una vez la forma de usarlas a quienes
quisieran escucharle y le creyeran, y, por último, que una vez hubiera recorrido la Tierra
explicando el modo de vencer el miedo, perdiera la magia que le habían concedido y
volviera a ser un muchacho normal.
¡Qué fastidio! –protestó el niño pensando en lo chulo que sería tener magia. Él podría hacer
tantas cosas si tuviera magia.– ¿Y qué pasó, papá?
– El muchacho recorrió la Tierra en poco más de un mes, explicando en todos los idiomas
(que curiosamente hablaba a la perfección), a quien quiso escucharle, que si querían vencer
al miedo deberían entrar en la cueva oscura, encontrar el valor y dibujar en las hojas aquello
que temían.
– ¡Qué miedo! Entrar en una cueva oscura.
– Ese era el plan de los Nec... de los malos. Pensaban que nadie se enfrentaría a sus
temores para encontrar el valor, pero se equivocaron. Cada vez más y más personas
dibujaban sus monstruos y vencían sus miedos. Con el paso de los años, las hojas de árbol
se convirtieron en hojas de papel; la cuerda de cáñamo, en grapas o cola de contacto, y los
valores, en libros. Y así nacieron los cuentos sobre monstruos, ogros, dragones,
fantasmas... La gente fue dibujando sus miedos en libros para que desaparecieran. Y
colorín colo...
– ¡Venga ya! –exclamó el niño, terriblemente decepcionado al oír la conclusión de la
historia.– ¿Todo este rollo para decirme que quieres que lea cuentos?
– No, hijo, quiero que los escribas y, sobre todo, que los dibujes. Así, el monstruo que de tu
ropa saltó al armario y se escondió debajo de tu cama desaparecerá para siempre.
– Ya, seguro –dijo entre dientes el niño, cruzado de brazos, con los morros bien apretados.
Entonces el padre salió un momento de la habitación para entrar en el
"cuarto-donde-nunca-se-debe-entrar-porque-ahí-están-las-cosas-de-los-papás" y salió con
un paño viejo en las manos. Volvió a sentarse en el taburete verde y le puso el paño en las
piernas a su hijo.
– Ábrelo.
El niño desenvolvió el paño y dentro se encontró con un montón de grandes hojas de árbol,
cosidas por una cuerda de cáñamo. Apenas podía creer lo que estaba viendo. Aquello
parecía tener miles de años y estaba lleno de dibujos de seres monstruosos.
– Dibuja a tu monstruo y mañana volveremos a guardarlo. ¿Vale, hijo?
El padre estaba saliendo de la habitación cuando el niño, al fin, se atrevió a preguntar:
– Pero, ¿cómo?
Y su padre le guiñó un ojo y respondió: "Magia”.
Miedo por ser diferente
Jaime vivía con sus padres en una bonita casa con jardín a las afueras de una gran ciudad.
Por las mañanas iba al cole en el autobús que le recogía en la puerta y por las tardes se
entretenía jugando con su balón, sus coches y sus piezas de construcción en el jardín. Las
horas se le pasaban volando mientras disfrutaba saltando en la hierba, a pesar de que
mamá a veces le regañase por estropearle los geranios. Ella cuidaba de sus flores y sus
tres árboles frutales con ilusión, pero le costaba subirse a la escalera y cargar con las ramas
secas. Un día dijo papá en la cena:
– Hoy ha llegado a la fábrica una persona buscando trabajo. Parecía muy triste y cansado.
Ahora no tenemos puestos libres, pero como le he visto grande y fuerte se me ha ocurrido
ofrecerle cuidar del jardín para que mamá pueda descansar un poco. ¿Qué te parece?
– ¡Creo que es una idea muy buena! Así podrá ayudarme con la poda pues casi no llego a
las últimas ramas de los árboles.
A la semana siguiente, mientras Jaime jugaba con un tren entre las piedras del jardín, llegó
papá y le dijo:
– Mira Jaime, quiero presentarte a Yumadi, nos ayudará a cuidar del jardín.
Yumadi, tímidamente, extendió la mano para saludarle. Jaime se quedó muy quieto,
mirando con ojos grandes y asustados al gran hombre que tenía delante. No se atrevió a
abrir la boca y después de unos segundos sin moverse, salió corriendo hacia la casa. Se
metió en su cuarto y cerró la puerta. No quiso salir hasta la hora de la cena y no sin antes
preguntar si se había ido ya ese señor tan raro. Durante la cena, papá le preguntó:
– Jaime, ¿por qué no has querido saludar al nuevo jardinero? Se ha quedado un poco triste
cuando te ha visto huir sin decir nada.
– ¡Es que me da miedo! –exclamó sorprendido de que no le entendiesen– ¿No habéis visto
que es todo negro?
– ¡Claro que sí! –dijo mamá– Hay gente de otras razas y de otros colores, pero lo
importante es que sean personas buenas y, en este caso, ha venido con ganas de trabajar.
– ¡Pues a mí no me gusta! Además, ¡es feo!
– Jaime, eso lo dices porque le ves diferente, pero tienes que aprender que no todos somos
iguales y no por eso somos peores personas.
Ese día Jaime se acostó enfadado con sus padres, enfadado con Yumadi y hasta enfadado
con el jardín por tener que necesitar que viniera alguien de fuera a cuidarlo. Se sentía
incomprendido, le atemorizaba la imagen de ese hombre de manos grandes que le miraba
con ojos saltones. “¡No y no! ¡No seré su amigo!”, pensó justo antes de dormirse.
Al llegar del colegio al día siguiente, Yumadi estaba ya subido a una escalera con las tijeras
de podar y saludó al niño con la mano cuando pasó a su lado. Jaime se dirigió directamente
a la casa y se metió en su cuarto sin merendar. Después de un rato, aburrido por no salir
fuera, se asomó a la ventana y vio como Yumadi hacía un montón con las ramas secas,
después se fijó en el cuidado que ponía en plantar unas petunias y finalmente se entretuvo
viéndole regar los setos. La tarde se le hizo así más entretenida, aunque no salió al jardín a
pesar de que papá le animó varias veces.
La tarde siguiente Jaime se encerró también en su dormitorio, pero cuando esta vez se
asomó a la ventana se encontró en su alféizar una rama de hierbaluisa que, con su fuerte
olor a limón, llenaba toda la habitación de un fresco perfume. Al mirar hacia el jardín Yumadi
le saludó con su gorra. Jaime sonrió, pero no se atrevió a salir al exterior. Dos días después,
Jaime se animó a ir al jardín con su colección de muñecos articulados. Mientras jugaba con
ellos, miraba de reojo cómo Yumadi iba de un lugar a otro acarreando macetas, tierra,
semillas y agua. Le sorprendía su agilidad y su fuerza y, al mismo tiempo, la delicadeza con
la que trataba a las plantas. Al final de la tarde, pudo más la curiosidad y se acercó
mirándole con intensidad. Yumadi no decía nada, pues se daba cuenta de que el niño
necesitaba tomarse su tiempo. Después de pensárselo mucho, Jaime dijo:
– ¿Por qué tienes los ojos y los dientes tan blancos?
Yumadi se echó a reír, pero al ver la cara de susto de Jaime, le respondió con suavidad:
– Mis ojos son castaños, casi negros, pero te parecen blancos porque contrastan con el
color oscuro de mi piel. ¡Mis dientes sí que son blancos de verdad!
– Nunca había visto a nadie así…
– En mi país, Etiopía, somos todos así. Mi mujer y mis hijos también son negros.
– ¿Tienes hijos? Pero, ¿dónde están?
– Muy lejos. Espero volver a verles algún día.
A partir de esa tarde, Jaime volvió a jugar en el jardín. Le gustaba sentirse acompañado
cuando extendía sus juguetes entre los arbustos. De vez en cuando se acercaba a Yumadi
a preguntarle sobre su país y su familia, le parecía muy interesante todo lo que le contaba
sobre ese lugar tan lejano y misterioso, sobre todo por poder contárselo luego a los amigos
de su clase con todo lujo de detalles.
Unos meses después, papá se acercó a Jaime y le dijo:
– Esta tarde Yumadi vendrá con su hijo mayor. Su familia acaba de llegar desde su país y la
madre tiene que cuidar del bebé pequeño. Espero que te portes bien con él.
– ¡Qué emocionante!
Después de tanto hablar de ellos iba a conocerles. Al llegar del colegio Jaime fue
directamente al jardín a buscar al nuevo visitante lleno de curiosidad. Encontró a Yumadi
junto a los acebos y a un niño delgadito con el pelo muy rizado sentado a su lado. Jaime se
acercó y exclamó muy contento:
– ¡Hola!, ¿cómo te llamas?
De repente el niño rompió a llorar agarrándose a las piernas de su padre. Jaime no entendía
nada. Yumadi intentaba consolarlo diciéndole:
– Se llama Melaku. Todavía no habla tu idioma, pero espero que lo aprenda pronto para que
seáis buenos amigos.
Mamá llegó en ese momento y cogiendo suavemente de la mano a Jaime le dijo:
– Mira, hijo, ¿te acuerdas de que cuando llegó Yumadi a esta casa tú te asustaste mucho y
no querías hablar con él? Pues a este niño le pasa algo parecido. Acaba de llegar de un
viaje muy largo y todo es nuevo para él. Yo creo que incluso le asusta ver a personas de piel
tan blanca y tan distintas de las que él conoce.
– ¿De verdad?, dijo Jaime, a quien le costaba entender que un niño tuviese miedo de él.
Entonces Jaime se fue a su cuarto a buscar en la caja de juguetes su tren favorito. Lo llevó
al jardín donde Melaku seguía enroscado a las piernas de su padre secándose las lágrimas.
Le tendió el juguete, pero el niño miraba hacia abajo sin querer cogerlo. Jaime se lo dejó en
la tierra y se echó unos pasos hacia atrás sentándose en una roca. Al principio Melaku no
se atrevía a levantar los ojos, pero después de unos minutos miró al tren, después a Jaime
y, luego, otra vez al tren. Muy despacito se puso de pie y lentamente se acercó al juguete
cogiéndolo con cuidado. Jaime no decía nada, pero le observaba sonriente.
Jaime volvió a la casa a por su pelota, su barco pirata y sus coches de carreras y lo puso
todo alrededor de Melaku. La mirada del niño se iluminó con alegría y al poco rato estaban
los dos jugando sin darse cuenta de que ni siquiera les hacía falta hablar el mismo idioma.
Esa noche, cuando su padre se acercó a darle un beso de buenas noches le dijo:
– Lo has hecho muy bien, hijo.
– ¿Vendrá Melaku mañana a jugar conmigo?
– Sí. Además, así podrás seguir ayudándole a perder su miedo a lo nuevo y desconocido.
Aquella noche Jaime durmió feliz por haber encontrado a un amigo tan diferente y especial.
El monstruo alado
Anita era una niña muy lista, pero se sentía muy sola. Sus padres trabajaban todo el día y
aún no la llevaban al colegio, pese a tener 5 años. Su abuela, María, le había enseñado a
leer, y le encantaba. Así que ella vivía entre libros y fantasía, aprendiendo muchas cosas y
aprendiendo a evadirse de la realidad, viviendo miles de aventuras a través de tan
apasionadas lecturas. Pero eran aventuras, que una vez terminado el libro, sabía nunca
existieron, lo que la apenaba mucho.
Ella había leído la Historia Interminable, y ansiaba encontrar un día un libro como aquel, un
libro que la transportara al mundo donde los cuentos, se hacían realidad. Pero su único
amigo, Damián, el vecinito de al lado, le decía que despertara, que eso no era posible
porque solo eran letras. ¿Solo letras? ¿Y cómo nadie podía coincidir en escribir sobre las
mismas criaturas una y otra vez? Muchos escritores hablaban de monstruos, hadas,
centauros, unicornios, dragones y ogros, algo tenía que ser verdad. Y esa fe ciega es lo que
despertó a Edgar.
Edgar era un monstruo alado, que había dormido durante los siglos. Había sido hechizado
por una malvada bruja, y solo la fe ciega de un ser humano en los seres mágicos podría
despertarlo. Anita ese día lloraba desconsolada. No entendía cómo la dejaban tanto tiempo
sola, cómo no podía ir al colegio, para tener más amigos y conocimiento, y se sentía muy
mal. Lloraba sobre la medallita de dragón que le regaló su abuelita para su cumpleaños. ¡Y
la medalla empezó a brillar intensamente con chispas de colorines!
Anita, lejos de asustarse, dejó de llorar. Se secó las lágrimas y siguió hacia donde le guiaba
esa bella luz. ¡La guiaba al ático! Allí se escuchaban gruñidos y batir de alas... ¿Se atrevería
a abrir la puerta? Pues sí, se atrevió. Abrió la puerta y subió las escaleras de entrada al
ático. ¡Y soltó un grito enorme!, ¡Allí había un terrible monstruo plateado que gritaba y
giraba sobre sí mismo! Con un grito, el enorme ser paró y la miró fijamente.
– No te asustes, Anita. Soy Edgar.
¡Sabía su nombre!, ¿como sabía su nombre?, ¿estaría soñando? Se frotó los ojos, pero no,
seguía allí, mirándola con esos ojos amarillos, que la atemorizaban.
– Necesito tu ayuda. Acércate, por favor.
Volvía a dirigirse a ella y su voz se había tornado melodiosa. ¿Y si quería que se acercara
para comérsela? No, ya lo habría hecho, el ático era pequeño y la habría alcanzado
fácilmente. Se acercó temblorosa y le preguntó qué quería.
– Desátame las alas para que pueda volver al Reino Imaginario.
Anita se atrevió y habló a aquel ser temblorosa.
– ¿El Reino Imaginario?, ¿qué reino es ese? ¿Y quién o qué eres tú?
– El Reino Imaginario es el lugar que los niños han construido con su imaginación durante
los siglos. Allí, todas vuestras criaturas imaginarias, nacemos y vivimos. Yo soy el monstruo
de la abuela, tu abuelita María, me creó y lo fue pasando de generación en generación a
través de un cuento inventado. María te lo contó en un cuento miles de veces. El monstruo
que imaginabas miles de veces que salía de tu cama y te llevaba volando lejos de aquí. Me
llamo Edgar. Y no soy malvado, no temas, como frutas del bosque. Me hechizaron y me
quedé dormidito aquí. Pero tú me has despertado. Solo que mis alas siguen atadas con un
hilo mágico que solo tú puedes cortar. Date prisa, se va apretando y me hace mucho daño.
– ¿Y cómo lo corto?
– Usa tu imaginación.
Anita cerró los ojos y se imaginó unas tijeras mágicas de oro, cuando abrió los ojos, las
tenía en su mano. Anita rió encantada, se acerco a Edgar, pero era tan alto que no llegaba.
Entonces, cerró los ojos y se imaginó una planta que la levantaba hacia las alas de Edgar.
Imaginado y hecho. La planta brotó del suelo y la levantó. Anita cortó el hilo y Edgar
extendió las alas. ¡Eran diminutas! ¿Cómo podían hacerle volar? Pero luego pensó: “es un
monstruo de plata, está en mi ático, he creado unas tijeras de la nada, y un ascensor
vegetal. ¡Pues claro que puede volar!”
Estaba muy contenta, pero, ¿y ahora qué? Edgar la miraba como si pudiera leerle la mente.
– Sube, Anita.
– ¿Dónde vamos?
– Quiero que veas lo que los niños habéis creado con vuestra imaginación, quiero
enseñarte mi mundo, vuestro mundo. A donde vais en vuestros sueños y juegos.
Anita montó en su lomo y se agarró a su cuello. Un circulo mágico se abrió ante ellos al
pronunciar Edgar: “Escantimplopletuplena”. Entraron en él y pasaron por un túnel de Arco
Iris. Lo que allí vio la llenó de alegría. ¡Todos los seres mágicos conocidos y por conocer
estaban allí! Y también aprendió que nuestra imaginación era la que hacía que aquellos
seres se comportaran de un modo u otro. No había ogros ni monstruos malos, si no
queríamos que fueran. Nuestra imaginación podía volverlos buenos, malos, altos, bajos,
como quisiéramos. Y todos esperaban un niño o niña, incluso un adulto, que quisiera ser su
amigo, su creador de aventuras. No había que tenerles miedo, solo saber jugar con nuestra
imaginación. Anita vivió muchas aventuras con Edgar y otros amigos, pero eso ya es otra
historia.