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Opinión

Educación sexual, escuelas y porcelana

Por Néstor Abramovich y Juan Rodríguez Muñoz

El Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable se creó por ley en mayo de
2003. En sus encuentros nacionales de ese mismo año y de 2004 las mujeres parieron la
campaña por el aborto legal, seguro y gratuito. En octubre de 2006 se sancionó la ley que creó
el Programa Nacional de Educación Sexual Integral. Y en estos últimas días, luego de 14 años
de militancia feminista y crecimiento de la conciencia social, el Senado debatió y, a modo de
oscuro retroceso, rechazó la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

En ese debate se reiteró y reavivó la demanda por educación sexual. Tanto que casi todos los
legisladores, algunos como preocupación y otros como subterfugio, hablaron sobre su
importancia y necesidad.

¿Qué estamos haciendo al respecto en las escuelas? ¿Qué queremos pensar y actuar en favor
del crecimiento de las personas a las que nos toca acompañar? ¿Qué, en un momento en el
que el Estado retrocede y descuida?

Para todos los colegios rigen similares marcos normativos. Y todos, o al menos los que
pudimos conocer, realizan actividades en las que abordan la educación sexual de sus alumnas
y alumnos. Con cierta frecuencia, esas actividades se limitan a una serie de talleres o espacios
de disertación sobre algún aspecto de la sexualidad humana. Algo más ocasionalmente,
aparecen proyectos que proponen también el abordaje de aspectos que podrían pensarse
como tangenciales: el rol de las mujeres en la historia, la literatura y las ciencias o el
predominio de los varones en la organización política, social y económica, por ejemplo.

En todas esas variantes, alumnas y alumnos suelen ser oyentes de lo que docentes, directivos y
jurisdicciones les presentan. La escuela se limita a informar sobre algunos temas, con lo que
queda sin recorrer la distancia entre lo que el educador cree relevante y lo que el educando
quiere o necesita saber. Es cierto que cuando hablamos de métodos anticonceptivos hay poco
lugar para diferencias y contradicciones, más allá de cualquier dislate albinista. Pero si lo que
queremos es educar a una persona para vivir su sexualidad de manera plena y saludable, pasa
a ser una obligación ética abrir espacios de encuentro y diálogo con quienes integran la
comunidad que educa y se educa, sin temer ni eludir lo que incomoda.

La atención del Estado a algunas de sus responsabilidades como la educación sexual integral,
viene demorando mucho y por muchos motivos. Uno, quizás el principal, es la falta de
voluntad política (ver al respecto la nota del periodista Werner Pertot en Página 12:
https://www.pagina12.com.ar/134251-tras-anos-de-boicot-ahora-es-la-solucion). Otro motivo,
más complejo y ya al interior de los sistemas educativos, puede ser la fuerza de lo instituido; su
persistencia; el hecho de que las viejas estructuras tienden a permanecer, apoyadas en la
costumbre, en la aparente seguridad que sentimos al obrar anclados al pasado.
Cuando, en cambio, la escuela se anima a sobreponerse al gesto de la costumbre puede ser,
según asuma o no el rol social que la historia le demanda, espacio de acogida. Lugar que recibe
y aloja, que cuida y acompaña la vida que se desarrolla no sólo según su propuesta sino
también con todo el peso de lo que les sucede a quienes la habitan y de lo que ocurre fuera de
ella; todo aquello que viene a traer el conflicto y la desestabilización vital de los nuevos modos
de comprender y de vivir las relaciones humanas.

La educación sexual integral, así como la educación para la prevención de los consumos, son
apenas algunas de las demandas actuales hacia la escuela. Está a la vista que no hay hoy
muchas instituciones que admitan la incomodidad del conflicto como parte de su dinámica. Ni
tampoco hay otros espacios institucionales que tengan base y cotidianidad para sostener su
peso. Si la escuela asume el rol de recibir, cuidar y acompañar la vida que crece, sus decisiones
irán rumbo a una propuesta honesta de educación.

Decimos honesta: una propuesta de educación sexual, coherente con todos los marcos
normativos de nuestro país e incluso con cualquier valor religioso fundamental, debe dar lugar
a la pregunta o a la afirmación que sea, sin escandalizarse, sin leerlas como provocaciones,
gestando oportunidades para abordarlas en las pequeñas comunidades educativas que
conforman cada grupo de estudiantes en cada aula. Una propuesta honesta de educación
sexual dará lugar a las dudas: el aborto, el comienzo de la vida, si se puede amar a alguien del
mismo sexo, lo objetable o no del sexo sólo por deseo. Dará lugar a los miedos: crecer, ser
madre, ser padre, el propio embarazo deseado o no, ser gay, trans o cis.

Una propuesta honesta de educación estará siempre incompleta; no encontrará todas las
respuestas en los lineamientos curriculares ni en los manuales de educación para el amor, ni
en la formación curricular de los maestros. Una buena propuesta educativa se centrará en la
pregunta, esa que los pibes hacen en el aula, incluso esa que no hacen con palabras pero que
el docente sensible registra. Esa propuesta requiere que los adultos que hacemos escuela nos
saquemos el abrigo de las certezas y reconozcamos la intemperie en la que nos sentimos
también fuera de la escuela.

El debate sobre la legalización del aborto vino a apartarnos de cierta rutinaria pasividad.
Muchas personas, multitud de estudiantes, pusieron el cuerpo en las calles para clamar
Estado. Las escuelas fueron caja de resonancia y hasta escenario de ese debate. Fue inevitable,
ineludible. Intempestivamente se metió, sino en los contenidos, en el patio y en las aulas, con
pañuelos verdes o celestes. Hubo de todo: escuchas y sorderas, habilitaciones y prohibiciones.

Y llegó el rechazo. Para el educador atento, un nuevo llamado a la tarea.

* Directivos del Colegio de la Ciudad.

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