0% encontró este documento útil (0 votos)
295 vistas4 páginas

Los tres sueños de René Descartes

Los tres sueños de René Descartes se resumen en 3 oraciones: En su primer sueño, Descartes se siente débil y tambaleante ante el viento hasta refugiarse en un colegio. En el segundo, ve chispas en su habitación que lo dejan pensativo. En el tercero, encuentra libros misteriosos y conversa con un desconocido sobre poemas que aparecen y desaparecen, cayendo en la cuenta de que aún sigue soñando.

Cargado por

Almudena TG
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
295 vistas4 páginas

Los tres sueños de René Descartes

Los tres sueños de René Descartes se resumen en 3 oraciones: En su primer sueño, Descartes se siente débil y tambaleante ante el viento hasta refugiarse en un colegio. En el segundo, ve chispas en su habitación que lo dejan pensativo. En el tercero, encuentra libros misteriosos y conversa con un desconocido sobre poemas que aparecen y desaparecen, cayendo en la cuenta de que aún sigue soñando.

Cargado por

Almudena TG
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LOS TRES SUEÑOS DE

RENÉ DESCARTES

La noche del 10 al 11 de noviembre de 1619, el joven soldado René


Descartes se encuentra en los alrededores de Ulm, hospedado en
Neuburg, una aldea en el suroeste de Alemania. Poco tiempo antes había
abandonado el ejército del gobernador de los Países Bajos, el príncipe
Maurice de Nassau, enemigo de España y aliado de Francia en la guerra
de los Treinta Años. Su participación en la contienda en Breda no se
había distinguido por el ejercicio de las armas sino por el de las
matemáticas, al resolver en pocas horas un difícil problema cuya
solución dejó clavada en una de las tiendas del campamento. Durante
ese breve intervalo de paz, Descartes ha compuesto un tratado sobre
música, y en agosto asiste en Fráncfort a la coronación del emperador
Fernando II de Habsburgo. Los fastos duran hasta septiembre y los
últimos días de otoño lo sorprenden ocasionalmente en un apartado
refugio solitario donde ninguna conversación, ni entretenimiento lo
distraen de su concentrado aislamiento. Pero esto es lo que busca, pues
le agrada pasar todo el día encerrado en sí mismo, al calor de una estufa,
dedicado enteramente al ejercicio de su pensamiento.

Es una solitaria costumbre que ha adoptado desde su época escolar. Su


padre lo había enviado a los ocho años al prestigioso colegio de jesuitas
de La Flèche, que acababa de fundar Enrique IV, para que recibiera una
educación digna de su clase. Descartes era un chico pálido, de aspecto
enfermizo, con una tos seca heredada de su madre, que murió durante
el parto de su segundo hijo, al año de cumplir René su primer año de vida.
Gracias a esta tos, el colegio le concedió el privilegio de permanecer
buena parte de las mañanas tendido en su lecho, evitando así el fastidio
de tener que madrugar en compañía de sus compañeros, especialmente
en los fríos días de invierno. En estas inhóspitas mañanas, impregnadas
de vaho y escarcha, le chambriste (como lo apodaban sus compañeros)
se quedaba tumbado tranquilamente en su lecho bajo el calor de las
mantas, sumido en sus soliloquios. Cada mañana, aprovechaba esta
favorable circunstancia para ejercitar el pensamiento, costumbre que
conservará el resto de su vida.

Según su Discours, había pasado toda aquella mañana y parte de la


tarde cavilando junto a la estufa de su cuarto. En su largo y concentrado
monólogo, comparaba las obras humanas con esas viejas ciudades mal
trazadas que en un principio habían sido aldeas pero que, poco a poco,
habían ido creciendo desordenadamente construidas por distintos
arquitectos hasta tener ese aspecto detestable, arbitrario y poco
armonioso que poseen ciertas urbes europeas faltas de sentido
urbanístico.¡Qué distintas le parecían a las plazas regulares diseñadas
a su gusto por una sola persona! Sirviéndose de ese símil. reflexionaba
sobre la diversidad de ciencias expuestas en los libros que, sin
demostración alguna, forman parte del conjunto del saber en el que han
participado tantas personas respetables, y que, sin embargo, «no se
acercan tanto a la verdad como los sencillos razonamientos de un
hombre de buen sentido». De este modo cavilaba, pensando en la
conveniencia de tirar abajo esas viejas y desordenadas construcciones
del intelecto humano para construir de forma más hermosa «las calles
del saber». Lo mismo sucedía con las opiniones que había heredado:
debía abandonarlas por completo si deseaba erigir un edificio
enteramente propio, distinto y nuevo, que tuviera una base fiable y
pudiera unificar y dar verdadero fundamento a todas las ciencias. En su
interior crecía una rebelión cada vez mayor hacia la ciencia establecida:
todo saber le parecía viejo y errado, y una tremenda certeza interna le
empujaba con fuerza a buscar la verdad de las cosas por sí mismo, con
independencia de los postulados que sostenían la tradición sobre el
conocimiento de las cosas. Aquella noche se acostó «rebosante de
entusiasmo», completamente poseído por la idea de haber encontrado
«los fundamentos de una ciencia maravillosa» que por fin sometería
todo el saber a una sola «matemática universal». Este largo y
continuado ardor intelectual le dejó exhausto; y como era su costumbre
en aquellos días, se acostó pronto. En el curso de esa noche, tuvo res
sueños que nunca olvidaría.

Primer sueño

Descartes ve acercarse a varios fantasmas y huye aterrado por unas


callejuelas. Camina rápido, con pasos largos, pero siente una terrible
debilidad en el lado derecho de su cuerpo, que apenas le permite
sostenerse y le fuerza a inclinarse sobre su lado izquierdo para poder
andar mejor. Es un signo de flaqueza que le abochorna, al caminar de un
modo ridículo y tambaleante a pesar de todo su empeño en mantener su
cuerpo erguido. De pronto, sopla el viento. Es un viento fuerte y poderoso
que lo zarandea con fuerza de un lado a otro, haciéndole girar tres o
cuatro veces sobre el pies izquierdo. A penas puede avanzar, pero sigue
andando a duras penas hasta llegar a un colegio donde decide
refugiarse. Una vez al resguardo, se dirige a la capilla de la escuela y reza
para mitigar su angustia, cuando una absurda obcecación le hace
cambiar de idea: mientras caminaba por la calle, se había olvidado de
saludar a un conocido y había pasado de largo sin decirle nada, lo cual,
piensa, ha debido de causarle una pésima impresión, así que decide
volver sobre sus pasos para presentarle sus respetos. Sin embargo, nada
más salir, el viento vuelve a zarandearle como a un guiñapo. Al fondo del
patio, descubre a un hombre; parece llamarle por su nombre, pero las
fuertes corrientes de aire deforman su voz. El hombre se acerca con
actitud deferente y le comunica que Monsieur N tiene algo para él. Se
trata de un melón traído de un lugar lejano… Todo parece discurrir con
normalidad, aunque un detalle le llama especialmente la atención, y es
lo derechos que andan los demás en comparación con él, que sigue con
el paso vacilante, a pesar de haberse calmado el viento.

Al despertar, siente un dolor punzante en la misma zona del cuerpo que


le molestaba durante el sueño. Todavía bajo la impresión de su vivencia
onírica, cambia de postura para calmar su dolencia. Las imágenes
siguen revoloteando muy vivas en su mente; el miedo no lo abandona…
Según Baillet, se puso a rezar pidiendo a Dios que lo protegiera de la mala
influencia del sueño. Aunque a los ojos de los hombres parecía haberse
comportado correctamente, en su fuero interno se sentía muy culpable.
Esta ansiedad moral lo mantendrá despierto dos horas más, durante las
cuales sigue meditando sobre el problema del bien y del mal hasta
quedarse otra vez dormido.

Segundo sueño

Un fuerte y repentino sonido parecido a un trueno lo «despierta»


bruscamente. Abre los ojos y toda su habitación está bañada en chispas.
La visión es inquietante, pero no lo estremece en absoluto: estas
extrañas fosforescencias nocturnas le son familiares; no es la primera
vez que las ve en medio de la noche, ni que percibe los objetos más
cercanos y con mayor presencia, como le sucede a los sonámbulos.
Descartes abre y cierra los párpados varias veces y procura concentrar
su atención en los objetos del cuarto para tratar de ajustar su visión. Al
recuperar su percepción normal, comienza a darse explicaciones
filosóficas sobre lo ocurrido, como es habitual en él, hasta que el hilo de
sus pensamientos se ca poco a poco deshilachando en la somnolencia,
y vuelve a dormirse.

Tercer sueño
De nuevo se encuentra en su propio cuarto. Sobre su mesa de trabajo hay
un libro que llama vivamente su atención. Ignora quien lo ha podido
dejar allí. Al abrirlo, descubre que se trata de un diccionario. Este
hallazgo lo complace porque piensa que puede serle muy útil. Pero he
aquí que descubre otro libro, que tampoco conoce, ni sabe cómo ha
llegado hasta la mesa. Es una recopilación de poetas latinos
titulada Corpus Poetarum. Abre el libro con gran curiosidad por conocer
su contenido y lee al azar este verso: Quod vitae sectabor iter? («¿Qué
camino he de seguir en la vida»?).

Al levantar los ojos, repara en la presencia de un hombre desconocido


que se acerca hasta él y le muestra otro poema que comienza así: Est et
non («Sí y no»). Este poema parece tener mucha importancia para el
desconocido, que alaba todas sus excelencias. Descartes replica que
conoce el verso: pertenece a los Idilios de Ausonio y se encuentra en una
voluminosa antología de poemas que tiene sobre su mesa de trabajo.
Toma el libro en las manos y pasa las páginas del grueso volumen
jactándose de conocer perfectamente el orden de los poemas, pero no
puede [Link] e afana en buscar la referencia, el hombre le
pregunta dónde ha conseguido este libro. Descartes contesta que ahora
no puede responderle. La situación empieza a ser confusa: el volumen
que hace un segundo tenía en las manos era otro y ha desaparecido sin
saber cómo. El libro aparece de pronto en el extremo de la mesa. Nada
más recogerlo, nota que no es ni mucho menos un diccionario tan largo
y completo como le había parecido al principio. Encuentra los versos de
Ausonio, pero como sigue sin hallar aquel poema que empieza
diciendo Est et non, dice que conoce otro mucho mejor que empieza con
el verso «¿Qué camino debo seguir en la vida?». El hombre se muestra
muy interesado y le pide vivamente que se lo muestre, pero Descartes,
mientras pasa las páginas buscando el poema, tropieza con varios
pequeños retratos, grabados en cobre, que le hacen pensar que, aunque
se trata de una bella edición, no es la misma que conoce. Acto seguido,
los libros, el hombre y toda la habitación comienzan a desvanecerse…
Una extraña sensación se apodera de él. Ha recobrado la lucidez, como
cuando está despierto, pero sólo es una sensación: Descartes sigue
soñando. Puede razonar con plena conciencia y, sin embargo. está
soñando con su habitación. La sensación es muy extraña, pero el joven
se siente tan poseído por los acontecimientos que prefiere seguir el
curso de su experiencia onírica y ponerse a interpretar el sueño antes de
despertar.

También podría gustarte