Está en la página 1de 226

1984

George Orwell
George Orwell

Traducción de Arturo Bray

© 2020, ASAP, S.A.


Avenida Domingo Paz
Ciudad de Panamá
edicionesasap@gmail.com

ISBN: 978-9962-9049-4-6
i
Impreso en Panilmá

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida,


sin autorización escrita de los titulares del cvpyri'g11t, la reproducción total
o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos
la reprografía y el tratamiento informático, asl como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.
Parte I

Era una radiante y fría mañana de abril y en los


relojes acababan de dar las trece. Winston Smith,
con el mentón caído sobre el pecho en un esfuerzo
por esquivar el viento desapacible, deslizose de prisa
por entre las puertas de vidrio de Victory Mansions,
pero no tanto como para impedir que con él también
se colara para adentro una ráfaga de arena y polvo.
El vestíbulo apestaba a repollos hervidos y a
trapos viejos. En un extremo del mismo veíase un
cartel mural a todo color pegado a la pared y cu­
yas dimensiones eran desmesuradas para ser exhi­
bido puertas adentro; representaba el enorme rostro
-de más de un metro de ancho- de un hombre
de unos _cuarenta y cinco años de edad, con espesos
bigotes negros y facciones armoniosas, aunque un
tanto ásperas. Enfiló Winston en dirección a la es-

7
GEORGE ÜRWELL
1984

calera. Inútil habría sido probar el ascensor, que aun reglamentário del Partido, no hacía sino acentuar su
en circunstancias normales era raro que funciona­ magra siluet.a. Muy rubios tenía los cabellos y rojiza
ra, y menos ahora, cortada como estaba la corriente la cara, con el cutis bastante estropeado por las hojas
eléctrica, como parte de la campaña de economía, de afeitar melladas de tanto usarlas, el empleo de
previa a la iniciación de la Semana del Odio. Siete jabón ordinario y los fríos del invierno que acababa
tramos de escaleras había que subir para llegar al de­ de pasar.
partamento, y Winston, que frisaba en los treinta y Afuera; ei mundo parecía frío, aun visto a través
nueve años y padecía una úlcera varicosa a la altura de los cristales de la ventana. En la calle, tenues tor­
del tobillo del pie derecho, ascendió pausadamen­ bellinos de viento agitaban en el aire nubecillas de
te, descansando de tanto en tanto en el trayecto. En polvo y trozos de papel formando espirales, y aun­
cada uno de los descansillos y frente al hueco del as­ que brillaba el sol en todo su esplendor y el cielo
censor, volvía a percibir aquella cara descomunal que estaba azul, no se advertía en el ambiente sensación
le miraba fijamente desde la pared. Tratábase de una alguna de colorido, como no fueran aquellos carte­
de esas figuras hechas de suerte que sus ojos parecen lones exhibidos con irritante profusión. Sobre la pa­
seguirle a uno en todas direcciones. Y en la parte red de la casa de enfrente asomaba el bigotudo rostro
inferior del cartelón leíase la siguiente inscripción: escudriñando con su m�ada a los transeúntes. EL
EL GRAN HERMANO OS VIGILA. GRAN HERMANO os VIGILA, advertía la inscripción,
En el ihterior del departamento una voz de so­ en tanto aquellos negros ojos se reflejaban profundos
noro timbre daba lectura a ciertos datos relativos a en los de Winston. Al nivel de la acera había otro
la producción de hierro en barras. Procedía la voz cartelón similar, desgarrado por el viento en uno de
de un cuadrado de metal, algo así como un espejo sus ángulos, cuyo fragmento inferior, al ser abatido
empañado, que cubría gran parte de la superficie de por la ventolera, cubría y descubría una sola pala­
una de las paredes. Hizo girar Winston una perilla bra: «lNGSOC». A la distancia, un helicóptero volaba
y disminuyó,un tanto el volumen de la voz, mas no sobre los techos de las casas y, luego de permanecer
sin dejar por eso de distinguir sus palabras. Se podía inmóvil un instante cual si fuera un moscardón, vol­
bajar el tono del aparato (llamado telepantalla), pero vía a remontarse lentamente trazando una curva en
no había medio de desconectarlo del todo. Encami­ el espacio. Era la patrulla policial, atisbando a través
nó Winston sus pasos hacia la ventana: era un hom­ de las ventanas de los vecinos. Pero esas patrullas
bre más bien bajo, de físico poco desarrollado, y el no eran de mayor cuidado. Lo único que de verdad
mameluco azul que llevaba puesto, como uniforme contaba era la Policía del Pensamiento.

8 9
GEORGE ÜRWELL 1984

A espaldas de Winston seguía la voz procedente Londres, la Capital de la Pista de Aterrizaje Uno y
de la telepantalla con su perorata sobre el hierro en tercera· ciudad de las provincias de Oceanía por su
barras y el rotundo éxito alcanzado por el Noveno población. Probó evocar algunos recuerdos de su in­
Plan Trienal. La telepantalla recibía y trasmitía a un fancia que le dijeran si Londres había sido siempre
mismo tiempo. Cualquier palabra que pronuncia­ así. ¿Existieron siempre estos vetustos edificios del
ra Winston, como no fuera en voz muy baja, sería siglo diecinueve con sus paredes apuntaladas con
captada de inmediato por el aparato; todavía. más, gruesas vigas, sus ventanas remendadas con pedazos
mientras permaneciera dentro del campo visual de de cartón, sus techos cubiertos con chapas de cinc
la placa metálica, podía ser visto a la vez que oído. y sus setos serpenteando sin orden ni concierto en
Desde luego, no existía medio de comprobar en un las más variadas direcciones? ¿Y aquellos embudos
momento dado si era uno objeto de vigilancia o no, formados por las bombas de aviación, donde la pol­
como tampoco resultaba posible determinar el siste­ vareda de las calles formaba remolinos y se esforzaba
ma de que se valía la Policía del Pensamiento para la hierba por asomar sus brotes entre los montones
intervenir los aparatos particulares o determinar la de escombros? ¿Y aquellos sitios en los cuales las
frecuencia con que lo hacía. Lo probable era que la bombas habían abierto enormes cráteres dentro de
vigilancia se ejerciera sobre todo el mundo y a todas cuyas bocaza; se alzaban viviendas sórdidas como
horas del día y de la noche. Por supuesto, podían gallineros? Estéril empeño el de tratar de recordar
intervenir a voluntad en cualquier aparato de los do­ pasados tiempos, pues su memoria nada le decía; de
micilios particulares. Había que vivir -y se vivía su infancia se había esfumado todo recuerdo, salvo
por fuerza de una costumbre hecha instinto- como una serie de episodios luminosos sin telón de fondo
acechado en todo momento por ojos invisibles, salvo y, podo general, imposibles de descifrar.
en la oscuridad más absoluta, y como si cada sonido El Ministerio de la Verdad -Miniver en la Neo­
emitido fuera captado por oídos extraños. h�bla- era único en su especie y nada de común te­
Mantúvpse Winston de espaldas a la telepan­ nía con ningún otro edificio de la urbe. Se trataba
talla. Era lo más seguro, aunque no ignoraba que de una gigantesca estructura en forma de pirámide,
aun por la espalda algo se puede llegar a saber. A construido de cemento de blancura deslumbrante,
un kilómetro de su casa, el Ministerio de la Verdad, que se alzaba, piso sobre piso, hasta una altura de
donde era empleado, elevaba su inmensa y blanca trescientos metros. Desde el sitio donde se encontra­
mole sobre un panorama de tintes sombríos. Y esto ba Winston se distinguían los tres lemas del Partido,
-pensó con una vaga sensación de amargura- es estampados sobre la alba fachada del enorme edificio:

10 11
1984
GEORGE ÜRWELL

LA GUERRA ES PAZ puertas de acero. Incluso las calles que conducían


LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD al citado edificio estaban custodiadas por nutridos
,guardias éon ferocidad de gorilas, enfundados en
LA IGNORANCIA ES FUERZA
uniformes negros y empuñando formidables clavas.
De pronto volviose Winston con un movimiento
El Ministerio de la Verdad contaba, decíase, con
brusco, mas no sin antes imprimir a su fisonomía un
tres mil habitaciones sobre el nivel de la calzada y
gesto de optimismo, que era lo prudente al dar fren­
sus correspondientes dependencias subterráneas. En
todo Londres no había sino tres edificios del mis­ te a la telepantalla. Cruzó la habitación para dirigir­
se a la modesta cocina. Por salir del Ministerio. a la
mo tamaño y arquitectura. Los cuatro dominaban
hora en que lo hizo no pudo almorzar en la cantina
el panorama en forma tan imponente que desde la
del mismo y demasiado sabía que en la cocina no en­
azotea de Victory Mansions era posible divisarlos a
contraría un bocado, salvo un trozo de pan moreno
todos ellos a un mismo tiempo. En dichos edificios
que era necesario ahorrar para el desayuno del día
funcionaban los cuatro Ministerios que constituían
siguiente. De la alacena tomó un frasco de líquido
la total estructura del Estado. El Ministerio de la
incoloro, cuyo simple rótulo blanco decía: GINEBRA
Verdad tenía a su cargo todo lo concerniente a no­
DE LA VICTORIA. Su untuoso y repugnante olor re­
. ticias, esparcimientos, educación y bellas artes. El
cordaba al aguardiente de arroz que fabrican los chi­
Ministerio de la Paz corría con la guerra. Al del
nos. Sirviose Winston una taza de las de té casi llena
·1 Amor correspondía el mantenimiento del orden y
· y, luego de templar sus nervios para el mal trance,
de la legalidad. Y al de la Abundancia los asuntos de
apuró de un trago su contenido como si se tratara de
orden económico. En el léxico de la. Neohabla' se los
una medicina.
conocía con las siguientes denominaciones: Miniver,
· Al instante se le encendieron las mejillas, en tan­
Minipax, Miniamor y Miniabunda. .
De todos ellos el de aspecto más siniestro era to las lágrimas le saltaban de los ojos. Aquello sabía
el Ministerio del Amor, totalmente desprovisto de a ácido nítrico y al ingerirlo se tenía la sensación de
que alguien le atizaba a uno un recio cachiporrazo
ventanas. Winston no conocía su interior ni jamás
en la nuca. A poco, sin embargo, se le fue pasando
se había aventurado a aproximarse a menos de qui­
el ardor en las entrañas y el mundo le pareció color
nientos metros del edificio. Era imposible trasponer
de rosa. Seguidament� probó extraer un cigarrillo
sus puertas, comb no fuera por asuntos de servicio,
de un atado sobre el cual se leía CIGARRILLOS DE
y aun así, era preciso atravesar alambradas de púa,
LA VICTORIA, más al tomarlo se le derramó por in-
pasar por entre nidos de ametralladoras y entrar por

1 13

11
12

li
GEORGE ÜRWELL 1984

advertencia algo del tabaco sobre el suelo; tornó a pobre de la ciudad (en cuál de ellos, no lo recordaba)
probar y tuvo mejor suerte. Acto seguido regresó al y al punto le entraron deseos vehementes de adqui­
living para tomar asiento junto a una mesa ubicada a drlo. No estaba permitido que los afiliados al Pár­
la izquierda de la telepantalla. De uno de sus cajones tido hicieran compras en los comercios corrientes
extrajo una lapicera, un frasco de tinta y un abultado («traficar en el mercado libre» se llamaba a eso), pero
volumen de lomo rojo y tapa jaspeada con sus pági- la prohibición no regía en forma absoluta, pues eran
. nas en blanco. muchos los artículos que, tales como cordones para
Vaya a saberse por qué, la telepantalla se hallaba zapatos y hojas de afeitar, resultaban imposibles de
situada en un sitio fuera de lo común, pues en vez adquirir por otros medios. Luego de echar un vista­
de encontrarse sobre una de las paredes del fondo, zo calle arriba y calle abajo, se coló en el negocio y se
conforme era la norma usual, de suerte de poder do­ hizo dueño del libro por dos dólares cincuenta. En
minar toda la habitación, estaba en uno de los tabi­ aquellos momentos no habría sabido precisar para
ques laterales y dando frente a la ventana. Hacia un qué quería. semejante objeto. Como si hubiera incu­
costado había un hueco donde en esos momentos se rrido en una acción delictuosa introdujo el libro en
encontraba sentado Winston, hueco destinado segu­ su cartapacio y marchó a su casa. Un libro era cosa
ramente a alojar estantes para libros al construirse el cuya tenencia podía resultar comprometedora, aun­
edificio. Sentado en dicho hueco y dando la espalda que sus páginas estuvieran en blanco.
a la telepantalla, Winston se sabía fuera del alcance Lo que Winston se proponía era empezar un
del aparato,' pero claro está que podía ser oído. El diario personal. Llevar un diario personal no cons­
dispositivo de aquella habitación le había inducido a tituía delito (nada era delito, desde que ya no exis­
hacer lo que en aquellos instantes se disponía a llevar tían leyes), pero si llegaban a sorprenderlo, era casi
a la práctica. seguro que sería castigado. con la pena capital, o por
Mas tampoco fue ajeno a la inspiración aquel vo­ lo menos, con veinticinco años de trabajos forzados
lumen en blanco que acababa de extraer de un ca­ en un campo de concentración. Insertó Winston
jón. Muy bónito era, por cierto, el libro. Su satinado una pluma en la lapicera, luego de limpiarla en la
papel de alta calidad, un tanto amarillento por los lengua. La lapicera configuraba un instrumento ar­
años, era de los que no se fabricaban hacía lo menos caico y en desuso, incluso para echar firmas, pero la
cuarenta años. Pero el libro en sí dataría de mucho había obtenido a escondidas y no sin vencer algunas
antes. Lo había visto en el escaparate de un modes­ dificultades, pues aquel papel tan primoroso pedía
tísimo negocio de artículos varios en cierto barrio que sobre él se escribiera con una pluma de ley, en

14 15
GEORGE ÜRWELL 1984

lugar de profanarlo con un lápiz tinta. En realidad, lleno contra el vocablo doblepensar de la Neohabla.
Winston no estaba habituado a escribir a mano. Por vez primera comprendió toda la magnitud de lo
Salvo que se tratara de tomar breves apuntes, lo co­ que se proponía hacer. ¿Cómo pretender tomar con­
rriente era dictar por medio del hablaescribe, aparato tacto con los tiempos venideros? El propósito era ab­
que desde luego no iba a servirle a los efectos de lo surdo, por su propia naturaleza. Si el porvenir iba a
que se disponía a hacer. Luego de mojar la pluma en ser lo mismo que el presente, no se le prestaría oídos;
el tintero, quedose un rato pensativo. Le hervía la y si había de ser distinto, su predicamento carecía de
¡!:,
sangre en las venas. Estaba por dar un paso decisivo razón de ser.
I i
al trazar los primeros renglones sobre aquellas pági­ Por algunos instantes quedose mirando la página
1

nas en blanco. Con letra menuda y caligrafía torpe, en blanco como perdido en un mundo de divagacio­
se puso a escribir: nes. La telepantalla había variado de programa y de
ella surgían ahora las notas estridentes de una mar­
Abril 4 de 1984. cha militar. Extrañó que no solamente hubiese per­
dido la facultad de expresarse, sino que no recordaba
Hecho lo cual, echose hacia atrás sobre el respal­ tan siquiera lo que tenía resuelto escribir. Semanas
do de la silla. Una sensación de absoluta impoten­ enteras se había pasado pensando en este momento y
cia se apoderó de todo su ser. En primer término, jamás se le ocurrió que habría de necesitar otra cosa
no estaba del todo seguro de si el año era de 1984, que reunir el valor necesario para poner en práctica
aunque por ahí debía andar, pues si él tenía treinta su propósito. Escribir, en su aspecto mecánico, no
y nueve años, de lo cual estaba más o menos cierto, tenía por qué ser tan difícil. A lo sumo, sería cues­
es que debió haber nacido en 1944 o 1945; pero por tión de trasladar al papel los interminables monó­
aquellos tiempos no resultaba posible precisar con logos que había venido recitando para sus adentros
exactitud una fecha cualquiera, como no fuera con durante años. Y sin embargo, en este momento, ni
un margen,de varios años. aquellos monólogos le venían a la memoria. Para
De pron,to se le ocurrió pensar en el eventual des­ colmo de males, su úlcera varicosa le causaba unas
tino de cuanto se proponía escribir en el diario, ya comezones intolerables y no se atrevía a rascarse por
que él estaría destinado al porvenir, a las generacio­ no agravar todavía más la inflamación. Raudos iban
nes que aún no habían venido al mundo. Cavilando transcurriendo los segundos. Nada parecía existir
estaba sobre si habría acertado o no en lo de la fecha para él, salvo las páginas vírgenes de su diario en
cuando de improviso sus pensamientos dieron de proyecto, la comezón de su úlcera a la altura del to-

16 17
1984

billo del pie derecho, los marciales acordes de una que también ella estaba muerta de miedo. Todo el
marcha militar y una sensación de mareo ocasionada tiempo procuraba proteger al niño con sus brazos
por la ginebra. comó si con ellos pudiera detener las balas, luego el
helicóptero arrojó una bomba de veinte kilos sobre
De pronto comenzó a escribir como impulsado el.bote y este saltó hecho astillas, seguidamente ve­
por el pánico, sin detenerse a reflexionar mayor­ nía una i;:scena admirable que mostraba el brazo de
mente acerca de lo que iba escribiendo. Su infantil un pequeñuelo volando por los aires un helicóptero
y menuda caligrafía fue llenando la página de arriba debió haber seguido su trayectoria con una cáma­
abajo, omitiendo primero las mayúsculas y muy lue­ ra fotográfica y en seguida estallaron aplausos en la
go incluso la puntuación: platea ocupada por los del partido pero una mujer
ubicada en las localidades destinadas a la plebe armó
gran alboroto diciendo que no debían pasarse tales
Abril 4 de 1984. Anoche fui al cine. Todas fueron
cintas en presencia de menores y que no había de­
películas de guerra. Una de ellas, muy buena, mos­
recho a hacerlo, no ante criaturas hasta que acudió
traba un barco repleto de refugiados en el momen­
la policía y sacó a la mujer del local y no creo que le
to de ser blanco de las bombas en cierta región del
haya pasado nada, pues a todo el mundo le tiene sin
Mediterráneo. Al público le causó mucha gracia un cuidado lo que opinan los plebeyos, reacción típica
gordinflón tratando de salvarse a nado de un heli­
de la plebe que nunca...
cóptero que ló perseguía de cerca, primero aparecía
braceando desesperada.mente en el agua como una
marsopa, luego se lo veía a través de ·1os puntos de Winston hizo una pausa, debido en parte a un
mira de las ametralladoras del helicóptero, para aca­ calambre. No hubiera podido explicar a qué se debía
bar acribillado y con el agua del mar tiñiéndose de el haber escrito semejante sarta de disparates. Pero
rojo vivo en torno del náufrago que acabó por irse al lo extraño fue que al hacerlo se le iba clarificando la
fondo como si el agua hubiese penetrado por los agu­
memoria y, por asociación de ideas, recordaba otras
jeros abiertos por las balas en su cuerpo. El público
'I reía a carcajadas mientras el hombre iba hundiéndo­ cosas y hasta se sentía capaz de trasladarlas al pa­
se en las aguas, luego se vio un bote salvavidas lle.no pel. Cayó entonces en la cuenta de que su resolución
de niñOs con un helicóptero posado encima. Había de recogerse en su casa con el propósito de empezar
una mlljer de edad madura, que parecía judía, sen­ un diario personal tuvo su origen en cierto episodio
tada en la proa de "la embarcación con un chico de ocurrido ese día.
unos tres años en brazos. El chico profería gritos de
Había sucedido aquella mañana en el Ministerio,
espanto y hundía su cabeza en el regazo de la mujer
como si fuera a perforarla y la mujer lo estrechaba
si es que de incidente tan nebuloso pudiera decirse
entre sus brazos tratando de infundirle ánimo, aun- que sucedió.

,i
"II',, 18 19
1
1!
GEORGE ÜRWELL 1984

Estaban por dar las once, y en la Sección Archi­ jóvenes y bonitas. Las mujeres, y muy especialmente
vos, donde trabajaba Winston, los empleados iban las jóvenes, figuraban entre las más fanáticas afiliadas
sacando sillas de los cubículos para colocarlas en el . al Partido y las más fecundas creadoras de estribillos
centro de la espaciosa rotonda, frente a una enorme de ocasión, haciendo de espías por afición y de soplo­
telepantalla, a fin de escuchar la transmisión de los nas voluntarias de cuanta actitud no se conformara
Dos Minutos de Odio. Disponíase Winston a tomar a la más estricta ortodoxia partidaria. Pero la joven
asiento en una de las filas del medio, cuando de pron­ aquella le daba la impresión de ser aún más peligrosa
to se hicieron presente dos personas a quienes cono­ que las demás. Cierta vez, al toparse con ella en uno
cía de vista, pero a las cuales nunca tuvo ocasión de de los corredores del edificio, le había dirigido una
tratar. Una de ellas era una joven con quien se había mirada de soslayo que a Winston pareció penetrarle
cruzado a menudo en los pasillos. Ignoraba su nom­ hasta lo más profundo de su ser al extremo de expe­
bre, pero la sabía empleada en el Departamento de la rimentar por un momento un negro pavor. Inclusive
Fantasía. A juzgar por ciertos signos exteriores, pues llegó a sospechar que acaso se tratara de un agente
con frecuencia la había visto con sus manos mancha­ de la Policía del Pensamiento, cosa a la verdad poco

1
' das de aceite y llevando una llave inglesa, la chica probable. Con todo, solía sentirse invadido por una
trabajaba como operaría en una de las máquinas para extra_ña desazón cada vez que la joven se cruzaba en

1
fabricar novelas. Andaría por los veintinueve años: de su camino, estado de ánimo al cual no eran ajenos el
porte resuelto, negra y abundante cabellera y tez sal­ temor y una buena dosis de hostilidad.
picada de pecas, movíase con la desenvuelta agilidad La otra persona era un sujeto de nombre O'Brien,
de un atleta. Una angosta faja de color encarnado, miembro del Consejo del Partido y funcionario de
insignia de la Liga Juvenil Antisexual, ceñía su talle jerarquía tan encumbrada y remota que Winston
con varias vueltas sobre su mameluco, destacando to­ sólo tenía una vaga idea de su naturaleza. Hízose un
davía más las líneas de sus bien contorneadas caderas. silencio en el auditorio al hacerse presente los miem­
Winston le había cobrado antipatía desde el primer bros del Constjo, con sus mamelucos negros. Era
momento. Y no sin motivos, pues la chica parecía la O'Brien un hombre fornido y corpulento, de cuello
personificación de un género de vida identificado con rojizo y rostro de rasgos comunes y dura expresión.
campos de deportes, duchas frías, excursiones colec­ A pesar de su físico ordinario, no carecía de cierto
tivas y, en general, con un concepto inmaculado en don de gentes. Tenía Jln modo peculiar y muy sim­
cuanto a hábitos de vida. Y es que todas las mujeres le pático de reajustarse los anteojos sobre la nariz, que
eran más o menos antipáticas, pero en particular las le prestaba un aire indefinido de hombre civilizado.

20 21
GEORGE ÜRWELL 1984

Al hacerlo, recordaba a un noble del siglo dieciocho De pronto la enorme pantalla, situada en un ex­
ofreciendo su caja de rapé, si hubiera sido posible tremo de la rotonda, emitió un chillido horrible,
incurrir en evocaciones tan anacrónicas. Winston como el producido por una máquina monstruosa a
no había visto a O'Brien más de diez veces en otros la que le falta aceite. Aquello era como para hacer
tantos años. Sentíase atraído por aquel hombre y no dar diente con diente y ponerle los pelos de punta al
debíase ello exclusivamente a los modales distingui­ más pintado. Se iniciaba la audición del Odio.
' dos de O'Brien ni a su físico de pugilista de profe­ Como de costumbre, se proyectó en la pantalla la
sión. La simpatía inspirábase más bien en la sospe­ efigie de Errimanuel Goldstein, el Enemigo del Pue­
cha -o mejor dicho, quizás en el anhelo- de que blo. Oyéronse rechiflas y manifestaciones hostiles
la ortodoxia política de O'Brien no era perfecta ni entre los espectadores. La rubia menudita soltó un
mucho menos. Algo había en su expresión que daba alarido hecho de espanto y repulsión. Goldstein era
pie a esa sospecha en forma irresistible. Pero acaso el renegado, el réprobo, que en cierta época, muchos
no fuera falta de ortodoxia lo que asomaba en aquel años atrás (cuántos, nadie podría precisar) había sido
rostro, sino simple indicio de inteligencia. Como una de las personalidades señeras del Partido, poco
quiera que fuese, daba la sensación de una persona menos que en un mismo pie de igualdad con el pro­
con la cual se podía hablar en el caso de que fue­ pio Gran Hermano; luego se dedicó a actividades
ra posible esquivar de algún modo a la telepantalla antirrevolucionarias y fue condenado a muerte, pero
· para abordarla a solas. Jamás se le había ocurrido a logró huir y desaparecer sin dejar rastros. Los Dos
Winston dar ningún paso tendiente a verificar sus Minutos de Odio cambiaba de programa todos los
presunciones; en realidad, no existía ni la posibili­ días, pero en ninguno de ellos dejaba Goldstein de
dad de intentarlo. En ese momento, O'Brien consul­ ser el personaje principal. Era el traidor número uno,
taba su reloj pulsera y, al ver que estaban por dar las el primer profanador de la pureza doctrinaria del
once, optó. evidentemente por quedarse en el local Partido. A su prédica debíanse todas las felonías, los
para presenciar la trasmisión de los Dos Minutos de actos de sabotaje y las herejías y defecciones que se
Odio. Tom9 asiento en la misma fila donde se halla­ · habían originado desde entonces. Oculto nadie sabía
ba Wmstori, con dos o tres sillas de por medio. En­ dónde, seguía con vida y fraguando conspiraciones;
tre ellos sentábase una rubia menudita y desteñida acaso estaba en alguna lejana tierra de ultramar, al
que trabajaba en la oficina contigua a la de Winston. servicio de un amo extranjero, o quizás -conforme
Inmediatamente detrás ocupaba una silla la joven de se corría de tiempo en tiempo- puede que estuviera
cabellos negros. oculto en algún lugar de la propia Oceanía.

22 23
'I
11
GEORGE ÜRWELL
1984
li
Sintió Winston un retortijón en las tripas. No realidad embozada tras las falsas palabras de Golds­
11
1 podía ver la cara de Goldstein sin experimentar un tein, la telepantalla mostraba en. segundo plano las
'L! mortificante complejo de sensaciones dispares. Era . columnas interminables del ejército eurasiano en
aquél un rostro anguloso de pronunciados rasgos marcha; filas y más filas de soldados bien plantados,
semitas, con una aureola de blancos cabellos y una con el rostro impasible de los asiáticos, asomaban a
barbita de chivo; en suma, el rostro de un hombre la pantalla para desvanecerse y ser al punto reempla­
¡i,
zados por otros. El paso rítmico y monótono de las
1
1 inteligente, mas con algo de ruin como particula­
ridad inherente. Su larga y afilada nariz, sobre la
¡1¡ 1¡; ,1'1
1

cual cabalgaban unas gafas de carey, denotaba cierta


tropas constituía la música de fondo de los balidos
,ii
de Goldstein.

I[
1 dosis de cretinismo senil. ·Se parecía a un carnero y No habían transcurrido treinta segundos desde
hasta su voz tenía algo de balido. Comenzó Golds­ la iniciación del Odio cuando la mayor parte de los

!i
tein a lanzar sus habituales y furibundos imprope­ espectadores dio rienda suelta a exclamaciones de
rios contra el Partido en términos tan exagerados y furor incontenible. La cara de carnero, con su gesto
1
malevolentes que un niño hubiese podido penetrar de hombre satisfecho de sí mismo, y el despliegue
sus verdaderas intenciones, pero lo suficientemen­ de las fuerzas del ejército eurasiano eran como para
' 1
te a tono con la realidad como para provocar cierta

¡:
colmar la paciencia de cualquiera; por lo demás, el
inquietud por si pudieran ser tomados en serio por sólo ver a Goldstein, o pensar en él, provocaba una
los menos avispados. Arremetía Goldstein contra el

1
reacción involuntaria de cólera y terror. Era el blanco
Gran Hermano y atacaba la dictadura del Partido; de un odio más intenso que el provocado por Eura­
exigía la inmediata concertación de la paz con Eu­ sia o Estasia, dado que Oceanía solía hallarse en paz
rasia y reclamaba libertad de palabra, de prensa, de con una de dichas potencias mientras hacía la guerra
reunión y de pensamiento; con histérica grita afir­ a la otra. Mas lo extraño estaba en que, aborrecido
maba que el Partido había sido traicionado, todo ello y execrado como era Goldstein por todos, y aunque
en medio de un derroche de términos polisílabos a todos los días, y millares de veces por día, desde la
guisa de parodia del estilo generalmente empleado tribuna, por la telepantalla, en publicaciones y pe­
11
por los oradores del Partido, incluso algunos voca­ riódicos, se refutaban, ridiculizaban y combatían
blos propios del léxico de la Neohabla y, para decir sus ideas, presentándolas al pueblo como sandeces
11
11
verdad, en una proporción mayor al que utilizarían indignas de ser tenidas en cuenta, no obstante todo
dichos oradores en la vida corriente. Entretanto, y ello, su influencia no parecía declinar en ningún mo­
para que nadie se llamara a engaño con respecto a la mento ni perdía terreno su prestigio. Nunca faltaban

24
25
GEORGE ÜR\VELL 1984

nuevos incautos que se dejaban seducir por su prédi­ y rebotar luego, sin que por eso se interrumpiera la
ca. No pasaba día sin que la Policía del Pensamiento implacable perorata. En cierto momento de lucidez
dejara de echar el guante a espías y saboteadores al apercibiose Winston de que también, a igual que
servicio del miserable renegado. Goldstein era jefe los otros, estaba hecho uria furia, golpeando el ·suelo
supremo de una numerosa legión que actuaba en las con los pies y a los gritos. Lo grotesco de los Dos
sombras y de una vasta red de conspiradores subte­ Minutos de Odio era que tales manifestaciones de
rráneos empeñados en derrocar al Estado. Se reu­ furor no estaban regimentadas, sino que por el con­
nían y operaban con el nombre de La Hermandad. trario, resultaba imposible substraerse al estado de
Hablábase asimismo de cierto diabólico libro escrito ánimo-colectivo. Transcurridos los primeros treinta
por Goldstein y que era como el compendio de todas segundos, no hacía falta violentarse para aparentar
las herejías, el cual circulaba en forma clandestina. lo que no se sentía. Un tremebundo éxtasis de terror
La obra no llevaba título. Para la gente era el libro, y de impulsos de venganza, un anhelo de matar y
a secas. Pero estas eran cosas de las que sólo llegaba destrozar cráneos a golpes de martillo, se apoderaba
uno a enterarse por vagas referencias. La Herman­ del público como una poderosa corriente eléctrica,
dad y el libro constituían tópicos que los afiliados al haciendo que aun sin quererlo, se convirtiera uno en
Partido trataban de eludir en lo posible. un desequilibrado mental, de aullidos espantosos y
El Odio llegó al paroxismo al entrar en el segun­ muecas horribles. Y sin embargo, aquella exacerba­
do minuto de su trasmisión. La gente poníase de pie ción que se apoderaba de uno era algo así como un
y volvía a sentarse, én tanto vociferaba a voz en cue­ estado emocional en lo abstracto, espontáneo y sus­
llo. La rubia menudita estaba sofocada de ira y es­ ceptible de ser enfocado a voluntad sobre un objeto
panto: abría y cerraba la boca como un pez fuera del determinado, cual si fuera la llama de un soplete. Así
agua. Incluso O'Brien tenía el rostro congestionado: fue como en un momento dado, Winston enfocó su
rígido en su asiento, su fornido tórax se ensanchaba y odio, no sobre Goldstein, sino sobre el Gran Herma­
desinflaba· como si estuviera dando el pecho a in .em­ no, el Partido y la Policía del Pensamiento; y en tales
bestida impetuosa de una ola gigantesca. La joven de momentos, sus simpatías estaban con el perseguido y
cabellos negros, sentada detrás de Winston, no hacía escarnecido apóstata de la pantalla, el único paladín
sino vociferar «¡Canalla! ¡Canalla! ¡Canalla!» hasta de la verdad en un mundo de embustes y falsedades.
que no pudiendo ya con sus nervios, echo mano de Y con todo eso, instantes después, volvía a sentirse
un diccionario de Neohabla para arrojarlo con fuerza identificado con quienes le rodeaban y todo cuanto se
contra la pantalla, dándole a Goldstein en las narices decía de Goldstein parecíale la verdad pura. Enton-

26 27
1 1¡
1 1;1
,¡':.
"¡: 1984

,'¡'·
ces, la recóndita repulsión que le inspiraba el Gran El Odio iba llegando al frenesí de su apogeo. La
1 i voz de Goldstein se parecía tomo nunca al balido de
I' Hermano trocábase en veneración y veíalo erguirse
1

poderoso e invencible en su carácter de protector in­ un carnero y, por algunos instantes, su propio rostro
1

trépido, firme como una roca de granito contra las asumía los rasgos d¡: ese animal. Luegó las faccio­
hordas asiáticas, en tanto Goldstein, no obstante su nes ovejunas cedieron lugar a la figura de un soldado
soledad, su impotencia y las sombras que envolvían eurasiano que avanzaba, imponente y formidable ,
su propia existencia, aparecíale como un siniestro he­ con su ametralladora vomitando fuego, hasta pare­
chicero, capaz· de reducir a escombros la estructura cer que se salía del marco de la pantalla, con tanto
de la civilización por el imperio de su verba. realismo que las personas sentadas en prime ra fila se
En determinados instantes, era posible, inclusive, echaron instintivamente hacia atrás como buscando
enfocar el odio personal sobre un blanco determina­ sacarle el cuerpo a la embestida. Mas en ese preciso
do. De pronto, y merced a un esfuerzo sobrehumano instante, y con un suspiro de alivio por parte de los
como el que realiza quien lucha por despertar de una espectadores, la agresiva imagen fue reemplazada
horrible pesadilla, consiguió Winston trasportar su por la del Gran Hermano, el d e la tupida cabe llera y
odio de la cara proyectada en la pantalla a la joven renegridos bigotes, como una máxima expresión de
que se hallaba sentada detrás de él. Tentadoras an­ poderío y serenidad imperturbable, cuyas dimensio­
sias cruzaron por su imaginación como un haz de
11
nes eran tales que ocupaba toda la pantalla. Nadie
,ji
luz. Se veía golpeándola con una cachiporra de goma escuchaba lo que iba diciendo el Gran Hermano.
1
hasta dejarla sin vida; L e agradaría amarrarla a una Eran apenas unas palabras de aliento, como las que
11
estaca y acribillada a flechazos como San Sebastián. se pronuncian en medio del fragor de una batalla,
il
1,

I
La pose ería por la fuerza para lue go degollarla en sin mayor contenido en sí, pero restauradoras de la fe
el momento culminante. Ahora más qu e nunca dá­ por el solo influjo de ser dichas. Momentos después
base cuenta del por qué de su odio a aquella mujer. volvió a desaparecer el rostro de l Gran Hermano y
La odiaba ,porque era joven, hermosa y desprovista en su lugar se proyectaron sobre la pantalla con . le­
de sexo, porque apetecía compartir el lecho con ella, tras enormes los tres lemas del Partido:
todo lo cual no pasaba de ser una quimera, pues su
armonioso y delicado talle, que parecía estar pidien­ LA GUERRA ES PAZ
do a gritos que alguien lo rode ara con sus brazos, iba LA LIBERTAD-ES ESCLAVITUD
ceñido por aquella antipática faja encarnada, símbo­ LA IGNORANCIA ES FUERZA
lo agresivo de la castidad.

28 29
111 GEORGE ÜRWELL 1984

No obstante, la fisonomía del Gran Herma­ tos, sobreponerse a los gestos y hacer lo que todos,
no pareció perdurar por algunos segundos sobre la era el fruto de una reacción instintiva .. Pero un es­
pantalla, como si su impacto sobre la retina de los pacio de tiempo hubo, dos segundos acaso, en que
espectadores hubiese sido demasiado vivido para la expresión de sus ojos hubiera podido traicionarle.
desvanecerse de inmediato. La rubia menudita se Y fue precisamente en ese brevísimo lapso cuando
apoyaba ahora sobre el respaldo de la silla que te­ sucedió algo muy significativo, si es que de verdad
nía delante de ella. Con un trémulo musitar, como llegó a suceder.
diciendo «¡Redentor Mío!», extendió sus brazos en Por un instante, sus ojos se posaron en los de
dirección a la pantalla. Luego cubriose la cara con O'Brien. Este se había puesto de pie; luego de sa­
ambas manos. Oraba, sin duda. carse los anteojos, so disponía a volver a colocárselos
En ese momento, prorrumpieron todos los pre­ con su característico movimiento. Pero bastó la frac­
sentes en el rítmico, solemne y machacón estribillo ción de .unos segundos en que sus miradas se encon­
de «¡H.G.!... ¡G. H.!... ¡H.G.!» una y otra vez, con traron para que Winston llegara a convencerse -sí,
una pausa prolongada entre la «hache» y la «ge»; era a convencerse- de que O'Brien pensaba como él.
aquel un tonante canturreo, con algo de bárbaro, a Entre los dos acababa de cursarse un mensaje. Era
través de cuya agria cadencia dijérase asomando el como si las puertas de sus pensamientos se hubie­
bailoteo de pies descalzos y el resonar de tambores sen abierto de par en par para comunicarse por el
indígenas. Por medio minuto o más se prolongó conducto de sus ojos. «Estoy con usted», parecieron
aquello. Era el coreado de preferencia en los ins­ decir los de O'Brien. «Sé perfectamente cómo pien­
tantes de suprema emoción. En parte, constituía un sa usted. Estoy al tanto de su desprecio, de su odio,
cántico sagrado a la majestad y sapiencia del Gran de su repulsión. Pero a no afligirse. ¡Yo éstoy de su
Hermano, pero más que eso, era el voluntario em­ parte!». Y al punto desvaneciose aquel rayo de recí­
botamiento de las facultades a fin de alcanzar un proca comprensión y el rostro de O'Brien volviose
estado de inconsciencia a fuerza de un martillado tan inescrutable como el de los demás.
silabeo. Sintió Winston un frío glacial en las entra­ Eso fue todo y ni siquiera estaba seguro Winston
ñas. Mientras duraron los Dos Minutos de Odio, no de que así había sido. Tales incidencias no podían te­
pudo menos que sumarse al delirio colectivo, pero ner proyecciones ulteriores. A lo sumo, servían para
aquella exhibición de animalidad infundíale espan­ despertar en él la fe, o la esperanza, de que no es­
to. Claro está que la coreaba con los demás, pues no taba solo como adversario del Partido. ¡Acaso, des­
cabía hacer otra cosa. Ocultar los propios sentimien- pués de ,todo, las versiones relativas a conspiraciones

30

,1 .
31
GEORGE ÜRWELL
1984

clandestinas no carecían tota�ente de fundamento deslizábase su pluma con trazos voluptuosos sobre la
y quizás la Hermandad existía de verdad! Costaba tersa superficie del fino papel, escribiendo con letras
creer que la Hermandad no pasara de ser un simple mayúsculas:
mito, a pesar de tantas detenciones, confesiones y
ejecuciones. Pruebas concretas no las había, desde ABAJO EL GRAN HERMANO
luego; apenas fugaces indicios que podían significar ABAJO EL GRAN HERMANO
mucho o nada, como las habladurías escuchadas al ABAJO EL GRAN HERMANO
azar, lo que manos anónimas escribían en las pare­ ABAJO EL GRAN HERMANO
des de los retretes y ciertas .señas secretas como de ABAJO EL GRÁN HERMANO
mutuo reconocimiento cuando se encontraban dos
personas al parecer desconocidas. Fantasías que aca­ Y así, renglón tras renglón, hasta llenar la mitad
so no fueran sino producto de la imaginación. Re­ de una página.
integrose Winston a su trabajo sin volver a dirigirle No pudo menos que sentirse sobrecogido por
a O'Brien la mirada. Apenas si pudo habérsele ocu­ una punzante. sensación de temor, que en realidad
rrido estimular aquel contacto inicial, pues hubiera no tenía razón de ser, pues el hecho de haber escrito
sido sumamente peligroso intentarlo, aún conocien­ aquellas palabras no era más peligroso que dispo­
do los medios para ello. Por espacio de un segundo, nerse a iniciar un diario personal; por un instante,
o de dos a lo más, se habían cambiado una mirada estuvo tentado de arrancar la hoja escrita y renunciar
y con eso podía darse por liquidado el asunto. Pero de una vez por todas a su propósito.
aún aquel fugaz contacto constituía todo un memo­ Pero no lo hizo, porque con ello nada habría ga­
rable acontecimiento en la existencia de Winston; nado. Qi,te escribiera o no «ABAJO EL GRAN HER­
así de implacable era la soledad en que vivía. MANO» daba igual. Y también daba lo mismo que
Enderezose Winston en su silla, volviendo a la prosiguiera o no con el diario. De todos modos,
realidad: Soltó un eructo: era la ginebra que le subía acabaría por caer en las redes de la Policía del Pen-
del estómago. samiento. Aunque no hubiese escrito una palabra,
Tornó a fijar la mirada sobre la hoja de su dia­ era reo del delito entre los delitos. Delito del pen­
rio, cayendo en la cuenta de que, en tanto pensaba samiento se lo .llamaba y, como tal, imposible de
en otras cosas, no había dejado de escribir como un ocultarlo indefinidamente. Se podría quizás burlar
autómata. Y su escritura no era ya garabateada e in­ la vigilancia por algún tiempo, tal vez durante años,
coherente como la de un momento antes, sino que pero tarde o temprano se daba con el culpable.

32 33
1984
GEORGE ÜRWELL

Sucedía siempre de noche. Las detenciones se Volvieron a sonar los golpes en la puerta. Peo� sería
realizaban invariablemente en horas de la noche: demorarse en abrirla. Dábale brincos el corazón en
el intempestivo despertarse todo azorado, la mano el pecho, pero su rostro era una esfinge, acaso en
brutal sacudiéndolo a uno por el hombro, la repenti­ virtud de la costumbre. Al fin púsose de pie y con
na iluminación de la estancia encandilando los ojos pasos arrastrados se dirigió a la puerta.
y un círculo de caras desapacibles en torno del lecho
de la víctima. En la inmensa mayoría de los casos,
no se abría proceso ni se informaba al público de
la detención. Sencillamente, la gente desaparecía,
casi siempre de noche. Se borraba de los registros el u
nombre del preso, eliminándose todo vestigio de su
identidad o de sus antecedentes personales; su exis­ Al empuñar el picaporte, advirtió que había
tencia era negada y luego echada al olvido. El indi­ dejado sobre la mesa el diario abierto tan luego en
viduo resultaba suprimido y liquidado: evaporado era aquella página donde estaba escrito lo de «ABAJO EL
la expresión en boga. GRAN HERMANO» con caracteres visibles que cual­
Por un momento sintiose Winston dominado por quiera hubiera podido leerlos desde el otro extremo
una especie de histerismo. Luego prosiguió escri­ de la habitación. ¡Vaya imprudencia la que había co­
biendo con trazos nerviosos y desperdigados: metido! Mas en medio de su desazón, recordó que
no quiso echar a perder aquel papel satinado cerran­
Me fusilarán y a mí qué me pegarán un tiro en la
nuca y a mí qué abajo el Gran Hermano siempre lo
do el libro con la tinta todavía fresca.

liquidan a uno de un tiro en la nuca a mí qué abajo


Luego de aspirar profundamente, abrió la puerta.
el Gran Hermano ...
· Al punto sintió que una racha de tranquilidad inva­
día todo su ser. Junto a la puerta vio a una mujer de­
sabrida, de apocado aspecto, cabellos ralos y rostro
Echose,para atrás como abochornado, para luego surcado de arrugas.
dejar la lapicera sobre la mesa. Un instante después, -Oh, camarada -comenzó diciendo la mujer
oyó sobresaltado que alguien llamaba a la puerta. en tono quejumbroso- me pareció oírlo cuando lle­
¡Tan pronto! Qy.edose inmóvil como una piedra, gaba a casa. ¿Podría u�ted molestarse en venir a ver
aferrado a la vana ilusión de que quienquiera fue­ lo que pasa con el sumidero de nuestra cocina? No
se el que llamaba se marcharía sin insistir. Pero no. corre el agua y...

35
34
GEORGE ÜR\VELL 1984

Era la señora Parsons, esposa de un inquilino que del revés- aparecían desparramados por el suelo,
vivía en el mismo piso. (Lo de «señora» no era térmi­ y sobre la mesa, un montón de platos sin lavar y al­
no grato al Partido, pero en presencia de cierta clase gunos deshojados cuadernos de deberes. De la pa­
de mujeres, uno lo empleaba por instinto). De unos red colgaban gallardetes de la Liga Juvenil y de los
treinta años de edad, la señora Parsons aparentaba Espías, además de un enorme cartelón con la efigie
muchos más. Cualquiera hubiera dicho que las arru­ del Gran Hermano. También en aquella estancia se
gas de su cara estaban marcadas con tierra. Siguiola respiraban las consabidas emanaciones de repollos
Winston a k, largo del pasillo. Reparar desperfec­ hervidos, al igual que en todo el resto del edificio,
tos caseros constituía una faena de todos los días. pero matizadas con el vaho más particular de la
Victory Mansions era un edificio viejo, construido transpiración, transpiración de una persona ausente
allá por el año 1930, y estaba cayéndose a pedazos. en esos momentos, cosa de la cual se apercibía uno al
Del cielo raso desprendíanse con frecuencia gran­ instante, sin explicarse la razón. En otra habitación,
des trozos de yeso; reventaban las cañerías con cada alguien trataba de acompañar con un peine envuelto
helada; el techo convertíase en una regadera con las en papel higiénico la marcha militar que proseguía
primeras nevadas, y la calefacción no marchaba sino trasmitiendo lá telepantalla.
a media presión, cuando no se la suprimía del todo -·-Son los chicos -explicó la señora Parsons, di­
por razones de economía. A menos que se presta­ rigiendo una mirada furtiva a la puerta-. No han
ran a realizarlos los propios inquilinos, todo trabajo salido de casa en todo el día, y, claro...
exigía el vistobueno de dependencias que, con sus Era costumbre en ella dejar en suspenso la mitad
engorrosos trámites, a veces demoraban un par de de la frase. El vertedero de la cocina rebosaba de
años en autorizar la reposición de un vidrio roto. agua sucia que olía como nunca a repollo. Puesto
-Me he permitido incomodarle porque Tom no de rodillas, examinó Winston el tubo de desagüe.
está en casa -iba diciendo la señora de Parsons. Desagradábale efectuar trabajos manuales y, más
El departamento de los Parsons era más espacio­ que nada, inclinarse, pues eso le provocaba siempre
so que el.de Winston, pero de otro género de sordi­ un acceso de tos. Mano sobre mano, presenciaba la
dez. Reinaba allí el mayor desorden y todo estaba señora Parsons la operación.
patas para arriba, como si en el departamento se -Claro que, si Tom hubiese estado en casa, esto
hubiera soltado a un animal feroz, útiles de deporte lo arreglaría él en un momento -dijo la mujer-.
-palos de «hockey», guantes de box, una pelota de Le encanta ocuparse de estos menesteres. Y es muy
fútbol desinflada, un par de «shorts» dados vuelta habilidoso para estas cosas, mi marido.

36 37
!i\l
-,--·
\ GEORGE ÜRWELL 1984
/1111 1
Parsons era compañero de tareas de Winston en el al punto en un ser invertebrado; y en ese instante
.'·,
Ministerio de la Verdad. Hombre cargado de carnes, irrumpieron los niños en la cocina a paso de car­
pero no por eso menos activo, era un bruto con ese ga y haciendo sonar la musiquilla del bendito peine
género de embrutecimiento que paraliza las faculta­ con toda la fuerza de sus pulmones. Trajo la señora
des mentales; atiborrado de exaltaciones majaderas, Parsons la llave inglesa y dejó correr el agua servida
formaba en la legión de ganapanes sobre quienes des­ para luego extraer, no sin un gesto de repugnancia,
cansaba la estabilidad del Partido, más aún que sobre el mechón de pelos sueltos que obstruía la cañería.
la Policía del Pensamiento. A la edad de treinta y cin­ Después de lavarse las manos con agua fría del grifo,
co años acababa de ser separado de la Liga Juvenil, pasó al otro cuarto.
luego de haber conseguido permanecer en sus filas -¡Arriba las manos! -ordenó de pronto una
cuando ya había sobrepasado con mucho el límite de voz en tono agrio y enérgico.
la edad reglamentaria. En el Ministerio tenía un em­ Por detrás de una mesa asomó un chico de nueve
pleo inferior de esos que no requieren inteligencia al­ años, bien parecido aunque de rudo continente, que
guna, pero eso sí, era miembro conspicuo de la Junta apuntaba a Winston con una pistola automática de
de Deportes y de cuantas comisiones corrían con la juguete, mientras su hermanita, dos años menor
organización de excursiones colectivas, demostracio­ que él, hacía lo propio con un pedazo de madera.
nes espontáneas, campañas en favor del ahorro y otras Ambos llevaban puesto el uniforme de los Espías,
actividades de carácter facultativo. Entre bocanadas es decir, camisa gris, calzones azules y pañuelo rojo
de humo, solía jactarse de no haber faltado una sola anudado al cuello .. Levantó Winston los brazos en
noche en cuatro años al club de la Comunidad. Como alto, sin tenerlas todas consigo, pues la feroz ex­
elemento inseparable de su· personalidad, y a modo presión de aquel chico era como para pensar que la
de testimonio de una vida ardua, despedía un olor a cosa iba .de veras.
transpiración que tiraba a cualquiera de espaldas y so­ -· -¡Es usted un traidor! -chilló el pequeño-,
lía perdurar en el ambiente aun después de haberse un delincuente del pensamiento, un espfa de Eura­
marchado su fuente de origen. sia. ¡Le voy a acribillar a balazos, a evaporizarlo, a
-¿No hay por ahí una llave inglesa? -inquirió enviarlo a las salinas!
Winston, mientras . manipulaba con la tuerca del De pronto ambos chicos se pusieron a brincar
tubo de desagüe. en tomo de Winston al tiempo que proferían gri­
-¿Llave inglesa? No sabría decir. Tal vez los tos de «¡Traidor!» y «¡Criminal del Pensamiento!»,
chicos... -musitó la señora Parsons, convirtiéndose imitando la niña a su hermano en todo. Era aquella

38 39
GEORGE ÜRWELL 1984

una escena no desprovista de truculencia, como si enfiló en dirección a la puerta de salida, pero no ha­
se estuviera viendo jugar a cachorros de tigre que bía andado seis pasos por el corredor cuando
habrían de convertirse con el tiempo en animales sintió que algo le daba en la nuca, produciéndole
cebados. En los ojos del niño brillaban destellos de un dolor agudísimo. Fue como si le hubieran traspa­
una estudiada agresividad, evidenciando impulsos a sado con un hierro candente. Al volverse alcanzó a
duras penas reprimidos de emprenderla a golpes y ver a la señora Parsons llevándose adentro a su hijo,
puntapiés con Winston, al saberse lo suficientemen­ quien en ese momento guardaba en el bolsillo una
te crecidito como para hacerlo. Menos mal que no honda.
era aquella una pistola de verdad, pensó Winston. «¡Goldstein!» vociferó el chico al cerrarse la puer­
Las miradas sobresaltadas de la señora Parsons ta tras él. Pero lo que más impresionó a Winston fue
iban de Winston a los niños y de estos a aquél. En · el gesto de horror y de impotencia dibujado en el
el living, donde había mejor luz, comprobó Winston cetrino rostro de la señora Parsons.
que era tierra lo que había en las arrugas de aquella De regreso en sus habitaciones, pasó rápidamente
mujer. frente a la telepantalla y fue a sentarse de nuevo ante
-Vaya bulla la que meten estos chicos -dijo su mesa, en tanto se restregaba la nuca. La músi­
ella- y es que están muy contrariados porque no ca irradiada p.or el aparato había cedido lugar a una
pueden ir a presenciar cuando ahorcan a esos hom­ voz de marciales arrestos que describía con brutal
bres. Yo estoy demasiado atareada para llevarlos y fruición el armamento de las nuevas Fortalezas Flo­
Tom no regresará de su empleo a tiempo. tantes que acababan de fondear entre Islandia y las
-¿Por qué no podemos ir a ver cómo los ahor­ islas Feroe.
can? - preguntó el mocito con voz tonante. Con tales críos -caviló Winston- la vida de
-¡Qyeremos ver a los ahorcados! ¡Qyeremos ver aquella pobre señora tenía que ser un tormento per­
a los ahorcados! -· - coreaba la niña sin dejar de hacer petuo. Dentro de un año o dos, vigilarían a su propia
cabriolas. madre a todas horas del día y de la noche, al acecho
Recordó Winston que esa tarde debían ser ahor­ de cualquier indicio que delatara en ella una falta de
cados imos prisioneros eurasianos condenados a lealtad partidaria. Y así eran casi todos los chicos
muerte por criminales de guerra. Se trataba de un de la época. Lo triste estaba en que, mediante or­
espectáculo muy popular que se daba, más o menos, ganizaciones tales como la de los Espías, se los iba
una vez por mes. Los niños solían pedir a gritos que convirtiendo sistemáticamente en pequeños salvajes
se los llevara a presenciarlo. Despidiose Winston y ingobernables, sin que por eso se sintieran llamados

40 41
GEORGE ÜRWELL 1984

a rebelarse contra la disciplina impuesta por el Par­ camino sin detenerse. Lo extraño fue que en aque­
tido. Por el contrario, rendían un venerado culto al llos momentos, siempre en sueños, no dio mayor
Partido y a todo lo relacionado con él. Las cancio­ . importancia a las palabras que acababa de escuchar.
nes, los estandartes, los desfiles, las excursiones co­ Sólo después y poco a poco fueron ellas adquiriendo
lectivas, la instrucción militar con fusiles de madera, cierto significado. No hubiera sabido precisar si fue
la vocinglería de los estribillos y el culto rendido al antes o después de aquel curioso sueño cuando vio a
Gran Hermano constituían para ellos otros tantos O'Brien por vez primera; tampoco recordaba en qué
entretenimientos de gloriosos matices. Toda su fero­ momento reconoció aquella misteriosa voz como la
cidad se concentraba sobre los enemigos del Estado de O'Brien. Sea como fuera, era la misma voz. Y fue
O'Brien quien le había hablado en sueños.
y sobre los extranjeros, traidores, saboteadores y de­
lincuentes del pensamiento. Lo corriente era que las Nunca pudo Winston tener la certeza de si
personas mayores tuvieran miedo de sus propios hi­ O'Brien era un amigo o un enemigo, ni siquiera
jos. Y con sobrada razón, pues no pasaba semana sin después de la mirada que con él había cruzado esa
que trajera el Times un suelto con detalles de cómo mañana. En realidad, tampoco le importaba poco
un ruin delator de escasos años -«niños héroes» ni mucho. Más importante que una simple relación
se les llamaba- había escuchado una conversación de amistad o cierta comunión de ideas era el hecho
comprometedora entre sus padres, denunciándolos de haberse establecido entre los dos un vínculo de
luego a la Policía del Pensamiento. solidaridad espiritual. «Volveremos a encontrarnos
Ya se le había pasado a Winston el ardor produ­ donde no existen las tinieblas» había dicho el otro.
cido por la perdigonada en la nuca. Tomó la pluma Ignoraba Winston lo que con ello quiso significar
con desgana, cavilando acerca de lo que agregaría a aquella voz, pero abrigaba el presentimiento de que,
su diario. De improviso, púsose de nuevo a pensar de un modo o de otro, habría de cumplirse la pro­
en O'Brien. fecía.
Año� atrás -¿cuántos?, acaso siete- había so­ Hizo una pausa la voz que hablaba a través de la
ñado que Iba caminando por una habitación sumida telepantalla. Rasgó el enrarecido ambiente un sono­
en la más completa oscuridad, cuando alguien, ubi­ ro y vibrante toque de clarín. Y prosiguió la voz con
cado en las proximidades, le dijo al pasar: «Nos en­ ronca entonación:
contraremos en un lugar donde no existen las tinie­ -¡Atención! ¡Aten�ión! En este momento reci­
blas». Era aquella una voz tranquila, que no parecía bimos una teleinformación del frente de Malabar.
ordenar, sino advertir. Pero Winston prosiguió su Nuestras tropas acaban de obtener una brillante

42 43
1984

victoria en el sur de la India. Estoy autorizado para crosantos. La Neohabla, el doblepemar y la mutabili­
afirmar que dicho triunfo bien puede significar la dad del pasado. Winston pareciole que vagaba por la
pronta terminación de la guerra. Y ahora voy a dar foresta de las profundidades del mar, perdido en un
lectura a un boletín... .mundo de monstruosidades, donde era él uno de los
Malas noticias en puerta, pensó Winston. Y así monstruos. Una infinita soledad invadíale el alma.
fue, pues tras de anunciar en términos truculentos El pasado estaba muerto y el porvenir se presentaba
la derrota del ejército eurasiano y destacar el elevado como indescifrable. ¿Qgé certeza podía abrigar de
número de muertos y prisioneros causados al ene­ que uno solo de los actuales seres vivientes pensara
migo, informó el locutor que, a partir de la sema­ como él? ¿Y por cuáles medios adivinar si la domina­
na entrante, la ración de chocolate sería reducida de ción del Partido duraría lo que durase el mundo? A
treinta gramos a veinte. modo de respuesta, hirieron su retina los tres lemas
Volvió Winston a eructar. Los efectos de la gine­ del Partido que podían leerse sobre la alba fachada
bra iban desapareciendo dejándole una sensación de del Ministerio de la Verdad:
flatulencia. En la telepantalla -fuera para celebrar
la victoria o para atenuar la mala impresión dejada LA GUERRA ES PAZ
en los oyentes por lo del chocolate-, se oyeron los LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD
primeros acordes del himno nacional. Era obliga­ LA IGNORANCIA ES FUERZA
ción escucharlo de pie, pero Winston no se hallaba
en ese momento al alcance del radio de captación De su bolsillo extrajo una moneda de veinticin­
del aparato. co céntimos. También grabados sobre ella, en ca­
Al himno nacional siguió un breve programa de racteres pequeñitos, podían leerse los citados lemas,
música ligera. Aproximose Winston a la ventana, mientras en el reverso aparecía la efigie del Gran
siempre dando la espalda a la telepantalla. Despeja­ Hermano, cuyos ojos vigilaban avizores e incansa­
. do y frío continuaba el día . En la lejanía acababa de bles aun desde el metal de las monedas. Estaban en
estallar 11na bomba voladora con sordo y prolongado todas partes esos ojos: en monedas, sellos de correo,
estruendo. Veinte o treinta de ellas caían todas las sobre las tapas de los libros, en los estandartes y car­
semanas sobre Londres. telones y hasta en los atados de cigarrillos. Siempre
En la calle, el viento seguía ázotando el desga­ los ojos en acecho· y la '!()Z premonitora. Despierto o
rrado cartelón y aparecían y desaparecían con cada dormido, en el trabajo y durante las horas de repo­
ráfaga las letras INGSOC. INGSOC. Sus principios sa- so, en casa y en la calle, en el baño o echado sobre

44 45
GEORGE ÜR,VELL 1984

la cama, no había forma de esquivar su sempiterna verdad condenada a esfumarse en la noche de los
vigilancia. No se era dueño de nada, salvo de algu­ tiempos. Pero en tanto consiguiera proclamarla de
nos pocos centímetros cúbicos de materia gris en el . algún modo se mantendría la continuidad. Lo im­
cráneo. portante no era precisamente hacer que esa verdad
Declinando iba el sol en su órbita y los millares de llegara a oídos de alguien; lo fundamental consistía
ventanas del Ministerio de la Verdad, al no reflejar en conservar la razón de modo a preservar y trasmi­
sus rayos, mostrábanse siniestras como otras tantas tir el patrimonio de la especie humana. Sentase de
troneras de una inexpugnable fortaleza. A Winston nuevo a la mesa y, luego de mojar la pluma, siguió
se le cayó el alma a los pies al contemplar aquella escribiendo:
mole gigantesca de forma piramidal. Era demasiado
formidable para ser tomada por asalto. Mil cohetes Al porvenir o al pasado, a una era en la cual el pen­
voladores no habrían podido abatirla. Volvió a pre� samiento no tenga trabas y los hombres sean distin­
tos entre si y no se viva en aislamiento y soledad: a
guntarse para quién estaba escribiendo aquel diario. una era en que exista la verdad y todo cuanto se hace
Para el futuro o para el pasado, para una era que no pueda ya deshacerse:
bien pudiera ser imaginaria. En su camino no veía Desde la época de la uniformidad y de la soledad;
la muerte, sino una total extinción. El diario sería desde la era del Gran Hermano y del doblepensar.
reducido a cenizas y él a humo. Solamente la Poli­ ¡Salve!
cía del Pensamiento llegaría a enterarse de cuanto
estaba escribiendo antes de arrebatarle la existencia Hacía tiempo que él estaba muerto, discurrió
y sumirlo en las sombras del más absoluto olvido. Winston. Pareciole que sólo ahora daba un paso
¿Cómo dirigirse al futuro si de su personalidad no trascendental al dar forma a sus pensamientos ín­
habría de sobrevivir un solo vestigio material, ni tan timos. Cada uno de nuestros actos lleva en si sus
siquiera la palabra anónima estampada\ sobre una propias consecuencias. Y escribió:
hoja de papel?
Dieron las catorce en la telepantalla. Dentro de El delito de pensamiento no significa la muerte; el
delito de pensar es la muerte.
diez minutos saldría de casa, pues para las catorce y
treinta había de estar de vuelta en su trabajo.
Y reconociéndose un cadáver, importábale se­
Cosa extraña, pero esta vez los campanazos dan­
guir subsistiendo el mayor tiempo posible. Advirtió
do la hora parecieron infundirle nuevos bríos. Sabía­
manchas de tinta en los dedos, detalle de los muy a
se un espectro solitario proclamando la verdad, una

46 47
GEORGE ÜRWELL 1984

propósito para delatar a cualquiera. No faltaría en escultóricas, carácter más bien retraído, ademanes
el Ministerio algún fanático inquisidor (una mujer parsimoniosos y soberbia cabellera rubia. De su pa­
probablemente, como la rubia menudita o la joven .dre apenas recordaba vagamente que era hombre
de negros cabellos) que se sintiera intrigado por los moreno y delgado, siempre vestido con atildadas
motivos de haber estado escribiendo en el intervalo ropas negras (como detalle curioso, se le había que­
para el almuerzo, o las razones que le llevaron a uti­ dado grabado en la memoria lo delgadas que eran
lizar cosa tan anacrónica como una lapicera, o lo que las suelas de sus zapatos) y gastando gafas. A los dos
sería peor. aún, sobre qué había estado escribiendo. debió haberles devorado una de las primeras purgas
Metiose Winston en el baño a lavarse las manos con realizadas en los comienzos del año 1950.
un trozo de jabón de color pardo oscuro que raspaba Ahora, veía a su madre sentada con una hermana
la piel como si fuera papel de lija, cosa que le venía menor en el regazo. Nada recordaba de esta herma­
de perlas para hacer desaparecer las delatoras man­ na, sino que era una chica muy pequeñita. De natu­
chas de tinta. ral callado y enormes y avizores ojazos. Madre e hija
Guardó el diario en un cajón de su mesa. De nada mirábanle en esos instantes. Hallábanse los tres en
serviría tratar de ocultarlo, pero a lo menos podría cierto lugar subterráneo -algo así como el fondo de
de ese modo verificar si alguien echaba mano al li­ un pozo o dentro de una sepultura muy profunda­
bro. Una hebra de cabello colocada entre las páginas pero en un sitio que parecía ir hundiéndose por mo­
habría sido en extremo sintomático. Con la yema de mentos. Estaban en el salón de un buque que se iba a
un dedo levantó un granillo de polvo para depositar­ pique y madre e hija elevaban hacia él sus miradas a
lo sobre la tapa del libro de modo que se notara sin través de las aguas. No faltaba el aire en aquel salón;
lugar a dudas si alguien llegaba a tocarlo. ellas podían verle a él y él a ellas, pero todos iban
sumergiéndose en el abismo del verde océano qu�,
instantes más, acabaría devorándolos a los tres. Aire.
y luz tenía éi mientras su madre y hermana estaban
siendo arrastradas al abismo de la muerte; hundían­
111 se ellas para que él pudiera mantenerse a flote. Eso
lo sabía él y no lo ignoraban ellas. Así se veía retra­
Soñaba Winston con su madre. tado en sus rostros. Y ep. los rostros y en las almas de
Diez o doce años debió tener, pensaba, cuando aquellos dos seres no se advertía el signo de ningún
desapareció su madre. Era una mujer alta, de líneas reproche acusador, y sí tan sólo la certidumbre de

48 49
GEORGE ÜRWELL 1984

saberse condenados a perecer para que él se salvara, superficie, en tanto seguían hundiéndose irremisi­
como fatal secuencia de un orden establecido. blemente en lo profundo del mar.
No podía recordar lo ocurrido en todos sus de­ De prÓnto se encontró en medio de un espacioso
talles, pero sí sabía, sin salirse del mundo de los césped en una tarde de verano, cuando los rayos del
sueños, que su madre y su hermana sacrificaron sus sol al declinar el día parecen rozar apenas la tierra.
vidas para salvar la de él. Era uno de esos sueños El soberbio paisaje que se extendía a su vista lo ha­
que, en medio del panorama característico de todo bía contemplado tantas veces en sus sueños, que no
sueño, parece una prolongación de la vida espiritual estaba seguro de haberlo visto también en la vida
de uno mismo y, en el cual, se reconocen hechos y real. Le había dado el nombre de País de Oro. Era
conceptos que parecen nuevos y significativos aun una verde y hermosísima pradera, con un sendero en
después de despertar. Lo que ahora se revelaba de el medio y madrigueras de topos aquí y allá; sobre
improviso a Winston era que la muerte de su madre, el sinuoso borde de aquellos campos, la brisa peina­
ocurrida casi treinta años antes, fue trágica y triste ba en suaves ondulaciones las copas de unos olmos,
como no hubiera de serlo en los presentes tiempos. agitando su denso follaje como si fuera una cabellera
Lo trágico, se dijo, es propio de pasadas épocas, 'de mujer. Más próximo a él, aunque fuera del al­
de tiempos en que aún se conocía la vida privada y cance de su vista, corría un arroyuelo de serenas y
existía el amor y la consecuencia y la lealtad entre cristalinas aguas; en los estanques, bajo unos sauces
los miembros de una misma familia, sin necesidad llorones, retozaban dorados pececillos.
de razones que justificaran esa lealtad. El recuerdo Vio venir hacia él a la joven de cabellos negros.
de su madre le desgarraba el alma porque sabía que Con lo que se le antojó un simple movimiento de
ella se fue de este mundo amándolo a él, cuando sus brazos, quitase la joven sus ropas y las arrojó a
él era demasiado niño y egoísta para retribuir aquel un costado del sendero. Inmaculadas y tersas eran
infinito amor; ella se había sacrificado en aras de sus carnes, mas no despertaron en él ningún deseo
un concepto de lealtad, que era su galardón perso­ pecaminoso. Lo que en esos momentos le movía a
nal y perdurable. Hoy sólo existe el temor, el odio y admiración era aquel ademán con que la joven se
los sufrimientos, sin la dignidad del sentir propio 'ni había despojado de sus vestidos. Pareciole que con
el hondo complejo de los grandes dolores del alma. aquel desgano y donaire se ponía fin a una cultura
Tod.o esto parecía verlo reflejado en los grandes ojos y se daba remate a ur¡a doctrina, algo así como si
de su madre y de su hermana, que le miraban a tra­ el Gran Hermano y la Policía del Pensamiento se
vés de las verdes aguas, a centenares de brazas de la hubiesen hundido de pronto en la nada con un solo

50 51
GEORGE ÜRWELL 1984

y magnífico movimiento de aquellos brazos. Era ¡Vamos, camaradas! Uno, dos, tres, cuatro; uno, dos,
aquél un ademán propio de épocas pretéritas, como tres cuatro. Algo más de energía, camaradas. Uno,
tantas otras cosas. Despertó Winston con la palabra dos, tres; cuatro...
«Shakespeare» en los labios. El acceso de tos no pudo hacer que a Winston se le
De la telepantalla emergía ahora el toque ensor­ pasara del todo la impresión dejada en su ánimo por
decedor de una sirena que no paró por espacio de lo que había visto en sueños, y los movimientos rít­
treinta segundos. Eran las siete y quince, hora de micos de la gimnasia tuvieron la virtud de reavivarla
levantarse para los empleados de gobierno. Saltó un tanto. Mientras extendía y recogía los brazos con
Winston de su lecho sin nada de. ropa encima, pues una deliberada expresión de contento en su rostro,
los afiliados al Partido sólo tenían derecho a mil cu­ que era lo indicado durante los ejercicios, luchaba
pones para ropa por año y un traje piyama equivalía por evocar los lejanos tiempos de su infancia, tarea
a trescientos de ellos; acto seguido, calzase un par nada fácil por cierto. Más allá del año 1950 todo
de «shorts» que estaban sobre una silla. Tres minu­ era penumbra. Ningún fenómeno corpóreo persis­
tos más y comenzarían los ejercicios físicos. Instan­ tía en la memoria que pudiera servir como punto de
tes después se sintió acometido por un violentísimo referencia; incluso los contornos de la propia perso­
acceso de tos, cosa corriente en él al abandonar el nalidad carecían de relieve. Sólo recordaba ciertos
lecho todas las mañanas; se vaciaban de tal modo sus acontecimientos de alguna magnitud que acaso ni
pulmones que no volvía a recobrar el resuello, sino siquiera llegaron a suceder y en la memoria agolpá­
echándose de espaldas y aspirando aire a bocanadas. banse los detalles de mil incidencias, mas sin poder
Con la tos habíanse dilatado sus venas y volvía la captar el cuadro de conjunto. Otros períodos había
horrible comezón de su úlcera varicosa. obliterados por completo. Todo era diferente enton­
-¡Grupo de los treinta a cuarenta! -ordenó una ces, incluso la denominación de los diversos países y
voz chillona de mujer en el aparato-, ¡Grupo de los su configuración en el mapa. Así por ejemplo. Pista
treinta a cuarenta! Alistarse para la clase. de Aterrizaje Uno se llamaba antes Inglaterra o Gran
Cuadrase Winston dando frente a la telepantalla, Bretaña, aunque Londres -de ello estaba casi-cierto
donde ya se percibía la imagen de una mujer más Winston- fue siempre Londres.
bien joven, huesuda, aunque de recia musculatura y A Winston no le era posible recordar ninguna
llevando ceñida blusa y zapatos de gimnasia. época én que su patria no estuviera en guerra, pero
-¡Brazos al frente, doblen y estiren! -ordenó su sin duda existió alguna vez un prolongado período
voz-. Al compás de los movimientos que yo haga. de paz en su infancia, porque uno de sus recuer0

52 53
GEORGE ÜRWELL 1984

dos coincidía con una incursión aérea que a todo lágrimas. Apestaba a ginebra, la que parecía brotar
el mundo tomó de sorpresa. Acaso fue cuando una de sus poros como si fuera sudor, y dijérase que has­
bomba atómica cayó sobre Colchester. No recordaba ta sus lágrimas estaban hechas del mismo líquido.
aquella incursión en sí, pero guardaba memoria de Aunque un tanto alcoholizado, se notaba a las cla­
cierto episodio relacionado con ella, es decir, de su ras que le abatía un dolor muy hondo, que le hacía
padre tomándole de la mano para correr juntos a un sufrir mucho. Con su mentalidad de niño, advirtió
refugio ubicado a muchos metros de profundidad, Winston que a aquel hombre acababa de suceder­
luego de bajar por una escalera de caracol de espira­ le alguna desgracia irreparable. Y creyó adivinar de
les interm:inables, tan interminables que en un mo­ qué se trataba. El anciano había perdido, sin duda,
mento dado sintiose rendido de fatiga y hubieron de a un ser querido, acaso una nietecita, pues no hacía
. descansar un rato antes de continuar descendiendo. sino repetir a cada rato:
Detrás de ellos bajaba su madre, con aquel su aire de -No debimos haber confiado en ellos. Te lo dije
ausencia, tan característico en ella; en sus brazos lle­ más de una vez. ¿Recuerdas, querida? Todo esto vie­
vaba a la hermanita pequeña de Winston, o acaso no ne por haber pecado de ingenuos. Lo he dicho siem­
fuera, después de todo, sino un bulto de ropas, pues pre, desde un principio. No debimos haber confiado
no estaba seguro de si para entonces ya había venido en esos miserables.
al mundo aquella hermanita. Por último llegaron a ¿A qué miserables se refería aquel anciano? Wins­
un sitio donde había un mundo de gente y reinaba ton no podía recordarlo. A partir de aquellos días,
gran animación; comprendió entonces Winston que ya la guerra no tuvo solución de continuidad, en el
aquel sitio era una estación del tren subterráneo. sentido literal de la palabra, aunque no siempre se
Había personas sentadas sobre el piso de baldo­ tratara de la misma guerra. En cierta época de su
sas del andén, mientras otras, en increíble promis­ niñez, inclusive hubo peleas en las calles de Lon�
cuidad, ocupaban literas de hierro superpuestas las dres por espacio de varios meses, algunos de cuyos
unas a las otras. Winston y sus padres tuvieron la episodios se le habían quedado grabados en la me­
suerte de dar con un espacio libre donde sentarse en moria, Pero tarea vana hubiera sido empeñarse en
el suelo. Cerca de ellos se hallaba sentada una pareja rememorar la historia de aquel período de tiempo
de ancianos. El viejo llevaba puesto un traje de bas­ identificando a los beligerantes, dado que no existía
tante buen aspecto y una gorra encasquetada sobre constancia escrita ni _expresión hablada de ningún
su cabeza de blanquísimos cabellos; tenía el rostro suceso que no perteneciera al presente. Ahora, por
congestionado y los ojos, muy azules, arrasados en ejemplo, en este año de 1984 (si de verdad se esta-

54 55
GEORGE ÜRWELL 1984

ba en 1984) Oceanía se encontraba en guerra con Smith, sabía que eso no era cierto, sino que Oceanía
Eurasia aliada con Estasia. Ninguna manifestación y Eurasia fueron aliadas hacía apenas cuatro años.
escrita o hablada daba a suponer que no hubiese _ ¿Pero dónde se albergaba esa noción? Pues en su en­
sido siempre así en punto a la posición adoptada tendimiento, el que dé todos modos no tardaría en
por las tres potencias. Pero la verdad era, según lo ser anulado. Y si todo el mundo se aviene a aceptar
sabía Winston, que Oceanía, aliada entonces con como ciertas las falsedades impuestas por el Partido
Eurasia, estuvo en cierto momento en guerra con y todas las constancias concurren a sustentarlas, en­
Estasia. Mas tratábase de un detalle furtivo que ha­ tonces, la mentira se hace historia y pasa a ser ver­
bía llegado a su conocimiento por la mera circuns­ dad. «Quien es dueño del pasado -rezaba el lema
tancia de no estar su memoria todavía sometida de del Partido- domina el porvenir; el que es dueño
un modo absoluto a un mandato ineludible. Oficial­ del presente domina el pasado». Y sin embargo, el
mente, tales vuelcos en la situación internacional pasado, aunque de naturaleza alterable, no había
no habían existido nunca. Oceanía estaba ahora en sido alterado jamás. Lo que es verdad hoy ha sido
guerra con Eurasia y, por lo tanto, lo había estado verdad en todos los tiempos, desde el principio al fin
en todos los tiempos. Como el adversario del mo­ de los siglos. Nada había de difícil en conformarse a
mento era siempre la personificación de todo mal, ese modo de razonar. Sólo era necesario vencer y do­
resultaba inconcebible haberse aliado con él antes minar a la memoria propia una y otra vez. «Dominio
ni llegar a estarlo en el futuro. sobre la realidad» llamaban a eso; «doblepensar» en el
Lo aterrador de todo aquello es que podía ser la léxico de Neohabla.
expresión de la verdad, discurrió Winston por mi­ -¡A discreción! -mandó la instructora, con un
llonésima Vez, en tanto echaba los hombros hacia tono menos ásp_ero. Dejando caer los brazos y aspi­
atrás, no sin sentir una intensa· punzada (con las ma­ rando pausadamente, llenó Winston sus pulmones
nos en las caderas, hacía girar el busto, ejercicio re­ de aire. Su entendimiento perdíase en los enmaraña­
comendado como excelente para fortalecer los mús­ dos dominios del doblepensar. Saber y no saber, tener
culos del torso). Más aterrador que los tormentos y conciencia de estar expresando la verdad cuando de-
la propia muerte debía ser el hecho de que el Partido · Hberadamente se dice una mentira, tener al mismo
tuviera la facultad de apoderarse del pasado y afir­ tiempo dos modos de pensar opuestos el uno al otro
mar que tal o cual suceso no había ocurridojamás. y creer en ambos; emplear la lógica contra la lógi­
Sostenía el Partido que Oceanía no había hecho ca, repudiar los principios morales y atribuirse sus
nunca causa común con Eurasia. Pero él, Winston virtudes; creer que la democracia es una quimera y

56 57
1984

tener al Partido como custodio de esa democracia; to. Retrotraíase su actuación hasta hacerlo figurar
echar al olvido lo que conviene olvidar, para luego · como actuando en la legendaria época de 1940 y aun
volver a recordarlo en la ocasión propicia y a renglón de 1930, cuando los capitalistas, tocados con sus ex-
seguido relegarlo una vez más al olvido; y por enci­ . travagantes sombreros de forma cilíndrica, todavía
ma de todo, aplicar idéntico procedimiento al pro­ paseaban por las calles de Londres en sus imponen­
cedimiento en si. En eso residía el s�premo artificio: tes y flamantes automóviles, cuando no en sobe.rbios
inducir a sabiendas a un estado de inconsciencia y, carruajes tirados. por hermosos troncos y con venta­
luego, perder todo sentido de haber obrado por su­ nillas de cristal. No había manera de discernir entre
gestión, momentos antes. Hasta para comprender la lo real y lo inventado. Winston ni siquiera recorda­
acepción del vocablo doblepensar era necesario discu­ ba la fecha en que el Partido comenzó a actuar en
rrir por partida doble. la vida pública. No le parecía haber oído hablar de
Ya la instructora ordenaba nuevos ejercicios: !NGSOC antes del año 1960, pero era posible que la
-Y ahora veamos quiénes de ustedes pueden to­ denominación ya existiera antes de la expresada fe­
carse la punta de los pies sin doblar las rodillas, Ea, cha, aunque en términos del viejo léxico, vale decir,
camaradas: ¡uno, dos!...; uno, dos!... «Socialismo inglés». Perdíanse los recuerdos en una
Irritábale a Winston aquel ejercicio, que le pro­ nebulosa impenetrable en forma tal que, a veces, in­
ducía intensos dolores, desde los tobillos hasta las cluso se podía poner el dedo en una determinada
nalgas y solía tener por colofón uno de sus accesos de falsedad. No era cierto, por ejemplo -ya tal aseve­
tos. Desvaneciéronse con ello las fases gratas de sus raban los libros de historia editados por el Partido­
meditaciones. El pasado, se puso a pensar, no sola­ que este hubiera inventado el avión. Winston recor­
mente había sido adulterado, sino anulado por com­ daba haber visto aviones cuando era muy pequeñito.
pleto. Pues ¿cómo sería posible verificar un suceso, Pero de nada servía tratar de probar lo que fuere,
por relevante que hubiese sido, si de él no quedaba porque de nada existían pruebas. Cierta vez, había
otra evidencia que su recuerdo en la memoria de los tenido en sus manos una prueba documental feha­
individuos? Trató de recordar en qué año había oído ciente que demostraba la adulteración de un hecho
hablar por vez primera del Gran Hermano. Debió histórico. Y en aquella ocasión...
haber sido allá por 1960 y tantos, aunque no habría -¡Smith! -chilló la regañona voz de la tele­
podido asegurarlo de fijo. Conforme a los anales del pantalla-. Smith W. 6079, a usted le estoy ha­
Partido, el Hermano fue el conductor y prócer de la blando. Sírvase incliiiar más el busto. No está po­
Revolución desde los días iniciales del movimien- niendo en ello suficiente espíritu. No procura como

58 59
GEORGE ÜRWELL 1984

es de desear. Doblar más el busto, he dicho. Eso ya IV


está mejor, camarada. Y ahora, a discreción la clase
y fijarse en mí. Con ,¡n suspiro tan hondo como involuntario,
Un sudor febril brotábale a Winston por todos que ni la proximidad de la telepantalla podía impe­
los poros de su cuerpo, pero su fisonomía permaneº dir que exhalara todas las mañanas al comenzar sus
cía inescrutable. ¡Jamás había de evidenciarse des­ tareas diarias, tomó Winston el hablaescribe y, lue­
ánimo! Y menos que nada, dar señales de fastidio. go de quitarle el polvo al tubo, se caló los anteojos.
Un simple parpadeo hubiera bastado para delatarlo. Seguidamente desenrolló cuatro pequeños cilindros
Qyedose mirando cómo en la telepantalla, la ins­ de papel que había extraído previamente del tubo
tructora levantaba sus brazos en alto con energía - neumático, situado a la derecha de su escritorio, para
con garbo hubiera sido mucho decir- para luego insertarlos en el aparato.
inclinarse y tocar con la yema de sus dedos la punta En la pared de su oficina veíanse tres aberturas:
de los pies. a la derecha del hablaescribe, un tubo neumático de
-Esto es, camaradas, lo que quiero que hagan. poco diámetro para las comunicaciones por escrito;
Fijarse otra vez en mí. Tengo treinta y nueve años a la izquierda, otro de mayor tamaño, destinado a los
y cuatro hijos. Ya ven que no doblo mis rodillas. periódicos; y sobre el tabique lateral, al alcance de la
Todos pueden hacerlo si se empeñan. Qyien tenga mano de Winston, una hendidura protegida por una
menos de cuarenta y dnco años puede perfectamen­ rejilla de tela metálica. Hendiduras del mismo género
te tocarse los pies con las manos. No a todos nos las había por miles o decenas de miles en todo el edi­
cabe el honor de luchar en el frente, pero a todos ficio, no solamente en cada una de las oficinas, sino a
nós alcanza la obligación de mantenernos sanos y lo largo de pasillos y galerías; llevaban el nombre de
fuertes. ¡Pensad en nuestros soldados que luchan en buzones de la memoria, nadie sabía por qué. Levan­
el frente de Malabar! ¡Y en nuestros marinos a bordo tando la rejilla, se arrojaba en aquellos buzones ex­
de las Fortalezas Flotantes! Recordemos lo que ellos pedientes y legajos inservibles, o cuanto papel suelto
están obligados a sobrellevar. Eso ya está mejor, ca­ se encontrara al paso en corredores y pasillos, todo lo
marada, bastante mejor -agregó la mujer a guisa de cual era absorbido por una corriente de aire caliente
estímulo- mientras Winston, mediante un violen­ que llevaba los desperdicios a unos gigantescos hornos
to esfuerzo, conseguía tocarse los pies sin doblar las incineradores, ubicado$ en los sótanos del edificio.
rodillas por vez primera en muchos años. Revisó Winston las cuatro tiras de papel que
acababa de desenrollar. En cada una de ellas se leía

60 61
GEORGE ÜR\VELL 1984

una comunicación de uno o dos renglones, escrita en marzo daba a entender que el Gran Hermano, eu
el lenguaje abreviado, que sin ser Neohabla precisa­ su discurso del día anterior, había predicho una cal­
mente, incluía muchos términos de su vocabulario, . ma en el frente del sur de India, en tanto anunciaba
y era el léxico oficial del Ministerio a los efectos del como inminente una ·ofensiva de los eurasianos en
servicio interno. África del Norte. Pero sucedió que el Alto Man­
He aquí lo que decían aquellos despachos: do eurasiano lanzó su ofensiva en el sur de la India,
dejando tranquila a África del Norte. Por lo tanto,
-times 17.3.84, discurso H. O. malpublica África. era necesario volver a componer aquella parte del
Rectifique. discurso del Gran Hermano de modo a hacer que
-times 19.12.83. previsiones 3yp trimestre 83 erro­
res imprenta verificar edición fecha.
acertara en sus predicciones. En segundo término:
-times 14.2.84. pluspésimo Miniabunda malinter­ el Times del diecinueve de diciembre había publicado
pretado chocolate. Rectificar. ciertos pronósticos relacionados con la producción
-times 3.12.83. díaorden ref. impersonas reescri­ de diversos artículos de consumo para el primer tri­
birlo todo elsup antes de archivar. mestre de 1983, que era al mismo tiempo el sexto del
Noveno Plan Trienal. La edición de la fecha traía los
Con una sensación de alivio, dejó Winston a un datos referentes a la producción alcanzada, de lo cual
lado el cuarto despacho. Tratábase de un asunto se infería que aquellos pronósticos resultaban total­
complicado y de responsabilidad que mejor era de­ mente equivocados. La tarea de Winston consistía
jarlo para ser resuelto en última instancia. En cuan­ en rectificar las cifras primitivas, conformándolas
to a los otros tres, referíanse a cuestiones corrientes, con las posteriores, a saber, reajuste de lo ficticio con
aunque el segundo implicaría seguramente perderse lo real. En cuanto al tercer despacho relacionábase
en un laberinto de datos y de cifras. con un simple error susceptible de ser subsanado en
Marcó Winston «números atrasados» en el te­ pocos minutos: hacía poco, en el mes de febrero, el
leaparato para solicitar se le hicieran llegar los coc Ministerio de la Abundancia, había adelantado la
rrespondientes ejemplares atrasados del Times, los formal promesa («compromiso solemne», según la
cuales aparecieron por el tubo neumático en conta­ fraseología oficial) de que en 1984 no se reduciría
dos minutos. Los despachos recibidos se referían a la ración de chocolate, pero la verdad era, conforme
artículos o informaciones que, por una razón u otra, lo sabía Winston, que. en la semana entrante dicha
debían ser reformados o, a estar por el léxico oficial, ración iba a ser reducida de treinta a veinte gramos.
rectificados. Por ejemplo, el Times del diecisiete de Todo lo que había de hacerse era reemplazar la pro-

62 63
1984

mesa por una advertencia en el sentido de que acaso quedaran indicios de ninguna información o de una
iba a resultar necesario efectuar la expresada reduc­ opinión cu.alquíera que no estuvieran condicionadas
ción hacia mediados del mes de abril. .a las exigencias de la hora. Todo episodio históri­
Así que Winston terminó de examinar los des­ co era escudriñado, analizado y modificado tantas
pachos, ajustó las correcciones hechas por medio del veces como fuera necesario. No hubiera habido for­
hablaescribe al correspondiente ejemplar del Times, ma de comprobar una adulteración deliberada de la
insertándolos después en el tubo neumático, Lue­ verdad. Gran parte de la Sección Archivos, mucho
go, con un movimiento poco menos que instintivo, más amplía que aquella donde trabajaba Wínston,
estrujó e1 despacho original, así como los apuntes era ocupada por numerosos empleados cuya misión
que había tomado, para arrojarlos en el buzón de la se· reducía a pesquisar y secuestrar todos los ejem-
memoria, con destino a las llamas de los hornos in­ . plares de libros, periódicos y cualquier otro material
cineradores. de lectura que hubiese sido proscrito y condenado a
Lo que pasaba en el invisible laberinto adonde l�s llamas. Así, un ejemplar del Times, modificado
conducían los tubos neumáticos era cosa por él ig­ una veintena de veces, sea para ajustar las predic­
norada en punto a los detalles, pero de la cual tenía ciones del Gran Hermano a la realidad, sea para
una idea general. Tan pronto como se verificaban conformarlas a los cambios operados en la postura
las correcciones en un determinado número del Ti­ política, pasaba al archivo con la fecha del número
mes, volvíase a imprimir dicho número, luego de primitivo, sin que pudiera existir otro susceptible de
destruido el primitivo y se lo reemplazaba con el contradecirlo. También las ediciones de libros eran
ejemplar rectificado. Dicho procedimiento de alte­ secuestradas para volver a escribirlos una y otra vez,
raciones constantes no rezaba solamente para con y ser nuevamente lanzados a la circulación sin el más
los diarios, sino que se aplicaba por igual a libros, leve indicio de haber sufrido alteraciones en su tex­
revistas, volantes, carteles, folletos, películas, dis­ to. Inclusive las instrucciones por escrito que recibía
cos de fonógrafo, gráficos, fotografías y, en suma, Winston, y que este destruía así que se enteraba de
a todo, material impreso o documental de posible ellas, jamás daban a entender, ni por medías pala­
trascendencia política o ideológica. Día a día, y bien bras, la adulteración ordenada; invariablemente, se
pudiera afirmarse que minuto a minuto, se actuali­ referían a errores de imprenta, de copia o a redacción
zaba el pasado. De esa manera podía probarse docu­ defectuosa a corregírs,; en homenaje a la verdad.
mentadamente que el Partido había estado acertado -Pero es que ni siquiera podía dársele el califi­
en todas sus predicciones; tampoco se toleraba que ,.• cativo de adulteración -pensaba Winston mientras

64 65
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

procedía al reajuste ordenado por el Ministerio de extremo de ignorarse a ciencia cierta la fecha del ·
la Abundancia. Aquello era simplemente substituir año en que se estaba.
una falsedad con otra. La mayoría de aquel material Echó Winston un vistazo en dirección al lado
ninguna relación guardaba wn los hechbs reales, ni opuesto de la rotonda. En el cubículo frente al suyo
siquiera la relación indispensable para dar formas a trabajaba Tillotson, hombre de menguado físico,
una abierta falsedad. Las estadísticas, por ejemplo, barbilla morena y aspecto de funcionario prolijo en
eran puras fantasías, tanto en su versión original sus cosas; en esos momentos, sostenía un periódico
como en la rectificada. A la verdad, muchas de ellas sobre sus rodillas y hablaba con .el teletubo pegado
eran producto de la inventiva de los propios funcio­ a sus labios. S� diría que estaba trasmitiendo un se­
narios. Por ejemplo, las previsiones del Ministerio creto de la mayor importancia. En eso alzó la vista y
de la Abundancia daban a la producción de calzado en los cristales de sus anteojos asomó el centelleo de
un total trimestral de ciento cuarenta y cinco millo­ una mirada hostil en dirección a Winston.
nes de pares, en tanto las cifras reales de lo fabricado Winston apenas si conocía a Tillotson y no tenía
se referían a sesenta y dos millones. Pero Winston, ni idea del género de ocupación en que trabajaba.
al proceder a un reajuste de dichos cálculos, fijó El personal de la Sección Archivos no era dado a
la cifra en cincuenta y siete millones, de modo de comentar sus respectivas ocupaciones. En aquella
poder afirmar más tarde· que los planes habían re­ vasta rotonda sin ventanas exteriores, con su doble
sultado superados en la práctica. Así como así, los hilera de cubículos y un incesante murmullo de vo­
sesenta y dos millones estaban tan lejos de la verdad ces trasmitiendo por el hablaescribe entre montañas
como los cincuenta y siete o los ciento cuarenta mi­ de papeles, trabajaban muchas personas a quienes
llones. Lo probable era que no se hubiese producido Winston no conocía ni de nombre, por más que los
un solo par de zapatos. Y aún más probable que na­ veía diariamente yendo y viniendo de prisa por los
die tuviera la menor idea del total fabricado ni se le pasill�s y gesticulando como energúmenos durante
importara un ardite. Todo cuanto se sabía era que los Dos Minutos de Odio. Sabía que en el cubícu­
trimestralmente se fabricaba sobre el papel una cifra lo contiguo al suyo trabajaba la rubia menudita día
astronómica de pares de calzado, aunque quizás la tras día en la labor de borrar de los periódicos los
mitad de los habitantes de Oceanía anduvieran des­ .nombres de aquellas personas que habían sido vícti­
calzos. Y tres cuartos de lo mismo ocurría con los mas de la evaporación y las cuales, por consiguiente,
demás datos oficiales, fueran importantes o nimios. debían ser consideradas como no habiendo existido
Todo acababa por diluirse en las sombras, hasta el j�más. En cierto modo, tal ocupación era muy indi-

66 67
GEORGE ÜR\VELL 1984

cada para ella, pues no hacía dos años que su propio y recóndito del edificio laboraban en el silencio y en
marido fue uno de los evaporados. En otro cubículo el anonimato las eminencias grises de la dependen­
laboraba un sujeto inofensivo y gris, de carácter so­ cia, que corrían con la coordinación del esfuerzo
ñador, que se llamaba Arnpleforth: de orejas velludas total, fijando directivas sobre cuáles fragmentos del
y una prodigiosa facilidad para encontrar asonan­ pasado habían de ser preservados, cuáles rectificados
cias y consonancias, su tarea era la de confeccionar y qué otros obliterados por completo.
versiones depuradas o textos definitivos -según el La Sección de Archivos no era, con todo, sino una
criterio oficial- de poemas juzgados como ideo­ dependencia del Ministerio de la Verdad, cuya mi­
lógicamente ineptos para el consumo público, pero sión principal no radicaba en reconstruir el pasado,
que por una razón u otra, convenía que siguieran sino en proporcionar a los ciudadanos de Oceanía
perteneciendo a la antología nacional. Y eso que los periódicos, películas, libros de texto, programas de
cincuenta o más empleados que trabajaban en aque­ telepantalla y novelas, y todo cuanto se relacionara
lla espaciosa rotonda no constituían sino una depenº con informaciones, instrucción y esparcimiento en
dencia, una célula por mejor decir, en la gigantesca sus más variados aspectos, desde una estatua a un es­
y compleja estructura de la Sección Archivos. En el tribillo, desde un poema lírico a un tratado de biolo­
mismo piso, así como en los de arriba y en los de gía, desde una cartilla para alumnos de primer grado
abajo, trabajaba un enjambre de empleados en ocu­ hasta un diccionario de Neohabla. Y el Ministerio no
paciones tan variadas comoinconcebibles. Estaban, solamente había de satisfacer las múltiples exigencias
por ejemplo, los amplios talleres de impresión, con del Partido en ese sentido, sino también reproducir
sus directores, técnicos, tipógrafos y laboratorios es­ toda la operación en una escala inferior para benefi­
pecialmente equipados para componer trucos foto­ cio del proletariado. Toda una cadena de oficinas se
gráficos. Había el departamento de teleprogramas, ocupaba de literatura, música, teatro y esparcimien­
con sµs ingenieros, productores y elencos de actores tos en general para consumo de dicho proletariado.
espec,ializados en el arte de imitar voces ajenas. Y En esta sección se editaban periódicos de pacotilla,
ejérci�os de oficinistas cuya misión se reducía a con­ cuyas páginas estaban dedicadas casi exclusivamente
feccionar listas de publicaciones y libros a ser retira­ a temas relacionadas con el dep orte y la astrología,
dos de la circulación. Y vastísimos depósitos donde novelitas de cuerda naturalista a cinco céntimos el
se archivaba la documentación ya rectificada y hor­ ejemplar, películas rezµmando sexualidad y cancio­
nos incineradores adonde iban a parar los originales nes sentimentales producidas por medios enteramen­
destinados a la hoguera. Y en algún sitio misterioso te mecánicos con un calidoscopio llamado versifica-

68 69
1984
GEORGE ÜR\VELL

dor. Incluso había toda una sección -denominada Desenrolló el mensaje que había puesto a un lado
Pornosec en Neohabla- dedicada a producir material momentos antes. Decía así:
pornográfico del más crudo y repulsivo realismo
-times 3.12.83 ref. G. H. díaorden plusdoblemal,
material que luego era despachado en paquetes se� respecto impersonas reescribir todo elsup anteai:'chi.
liados y lacrados, pues su lectura estaba vedada a los
afiliados al Partido y ninguno de estos podía leerlo, En Viejahabla, o lenguaje corriente, aquello que­
salvo aquellos que trabajaban en su impresión. ría decir: «La trascripción de la Orden del Día del
Tres despachos habían llegado por el tubo neu­ Gran Hermano en el Times correspondiente al 3 de
mático, mientras Winston trabajaba, pero como se diciembre de 1983 deja muchísimo que desear, in­
referían a asuntos sin mayor trascendencia, pudo cluyendo referencias a personas no existentes; volver
da�les el curso correspondiente antes de que los Dos a escribirlo todo de nuevo y elevar borrador a con- ·
Mmutos de Odio vinieran a interrumpir sus tareas. sideración de la superioridad antes de proceder a su
Finalizada la trasmisión del Odio, reintegrase a su archivo.»
cubículo y, luego de tomar de un estante un diccio­ Leyó Winston de cabo a rabo el artículo en cues­
�ari� de Neohabla, poner a un lado el hablaescribe y tión. Parece que la Orden del Día del Gran Herma­
. ('��1arse los vidrios de sus anteojos, se dispuso a no elogiaba en términos calurosos la tarea cumplida
m1aar la labor realmente importante del día. por cierta organización denominada FFCC, la que
En su trabajo encontraba Winston su mayor pla­ tenía a su cargo proveer a los marinos de las For­
cer. En gran parte, era ese trabajo una labor rutina­ talezas Flotantes de cigarrillos y otros obsequios.
ria Y burocrática, pero incluidas en él presentábanse Uno de los camaradas, llamado Withers, miembro
a veces tareas difíciles y complicadas como para en­ destacado del Consejo partidario, era objeto de es­
frascarse en ellas cual si se tratara de resolver pro­ pecial mención en dicha Orden del Día, habiéndose
blem�s de matemáticas, vale decir, sutilísimos casos resuelto otorgarle la Orden del Mérito Conspicuo de
de adulteración y desfiguración de la verdad, para Segunda Clase.
resolver los cuales no se contaba con otras directi­ Tres meses después se ordenó la disolución de la
vas que los principios del INGsoc y el propio criterio FFCC, sin adelantar las razones en que se fundaba
en penetrar los propósitos del Partido. Winston era la medida. Cabía suponer que Withers y sus cola­
todo un maestro en el género. En cierta ocasión, se boradores habían caído en desgracia, pero nada se
le encomendó incluso la rectificación de los edito­ dijo sobre el particular en la prensa o por la tele-
riales del Times, totalmente redactados en Neohabla.

71
70
GEORGE ÜR\\i'ELL 1984

pantalla. Eso no tenía nada de muy extraño, pues tiempo, un cerebro maestro de los del Consejo par­
no era corriente que los delincuentes políticos fueran tidario se resolvería por tal o cual de las versiones
procesados o se los denunciara a la opinión pública. para volver a redactarla y hacer marchar el complejo
Las purgas espectaculares, aquellas que alcanzaban m ecanismo de las confrontaciones necesarias, tras.lo
a millares de personas, con el juicio público· de los cual, la falsedad escogida entre tantas pasarla a los
traidores y criminales de pensamiento confesando archivos transformada en verdad.
sus culpas en términos de abyección antes de ser eje­ Ignoraba Winston los motivos por los cuales
cutados, constituían despliegues de teatralidad orga­ Withers había caído en desgracia. Pudo ser malos
nizados cada dos o tres años. Por lo general, aquellos manejos o falta de capacidad, o quizás el Gran Her­
que por algún motivo incurrían en el desagrado del mano resolvió desprenderse de un subordinado que
Partido, sencillamente desaparecían sin dejar ras- . iba adquiriendo excesivo prestigio. O también po­
tros. Era imposible dar con el menor vestigio de su dría ser que el mencionado, o alguien de su círcu­
paradero. Winston había conocido personalmente a lo, se hubiese hecho sospechoso de sustentar ideas
no menos de treinta personas, incluidos sus padres, heréticas. O si no -y era lo más factible- todo se
desaparecidos de esa manera. debía a que las purgas y las evaporaciones consti­
Rascose Winston el apéndice nasal con un corta­ tuían elementos indispensables de la mecánica gu­
papeles. En el cubículo de enfrente seguía Tillotson bernamental. El único indicio estaba en aquello de
pegado al tubo trasmisor del hablaescribe: levantó un «ref. impersonas», lo cual significaba que Whiters
momento la cabeza y otra vez percibiose un destello ya había dejado de pertenecer al mundo de los vi­
de animosidad reflejado en los cristales de sus ga­ vos. No siempre cabía, desde luego, deducir idéntica
fas. Apostaría Winston a que Tillotson trabajaba en conclusión con respecto a todas las personas dete­
la misma tarea que él. Era muy posible. Cuestión nidas. A veces, eran puestas en libertad y dejadas
tan vidriosa como aquella no podía ser confiada a en libertad durante uno o dos años antes de ser eje­
un solo empleado y, por otra parte encomendarla a cutadas. En determinadas ocasiones, una persona a
una junta de personas habría equivalido a admitir quien se daba por muerta desde tiempo atrás, volvía
sin ambages que se estaba tramando la adulteración de pronto a aparecer, cual si fuera un fantasma, en
de la verdad. Lo más probable era que diez o más algún juicio público, donde luego de comprometer
personas estuvieran en ese momento ocupadas en con sus declaraciones a millares de personas, volvía
examinar versiones contradictorias de las palabras a desaparecer, esta vez para siempre. Pero Withers
pronunciadas por el Gran Hermano. A su debido ya estaba clasificado como «impersona» y el prefijo

72 73
GEORGE ÜRWELL 1984

lo decía todo: ya no existía ni jamás había existido. reducía a formularse preguntas y a renglón segui­
Pensó Winston que no sería suficiente con invertir do respon.der a ellas uno mismo. (¿Qgé enseñanzas
simplemente los conceptos expresados por el Gran . hemos de deducir de todo esto, camaradas? La ense­
Hermano en su discurso. Mejor sería hacer que su ñanza -que es también uno de los principios fun­
texto apareciera refiriéndose a algo totalmente des­ damentales de lNGsoc- de que...).
vinculado del tema primitivo. A los tres años de edad, el camarada Ogilvy no
Fácil le resultaría a Winston trocar aquel discurso aceptaba otros juguetes que no fueran un tambor,
en una de las habituales filípicas contra los traidores una ametralladora y .un modelo de helicóptero. A
y delincuentes del pensamiento, pero eso hubiera sido los seis -un año antes de la edad reglamentaria, por
demasiado visible; por otro lado, inventar una victoria especial privilegio- se incorporó a los Espías y a los
obtenida en el frente, o el éxito de alguna superpro­ nueve ya era jefe de, pelotón. Cumplidos los once,
ducción en el Noveno Plan Trienal, habría significado delató a un tío suyo a la Policía del Pensamiento
complicar las cosas sin necesidad. Lo que se imponía por haberle escuchado ciertas palabras consideradas
era dar con algún tema que fuera producto de la fan­ como de tendencia delictuosa. A los diecisiete, or­
tasía. Cavilando estaba Wmston sobre ello cuando, ganizó en su barrio la Liga Juvenil Antisexual. A
de pronto y como hecho de medida, le vino a la me­ los diecinueve, inventó una granada de mano, acep­
moria el recuerdo de cierto camarada Ogilvy, que no tada luego por el Ministerio de la Paz, y que al ser
h'!ce mucho había perdido la vida sobre el campo de probada por primera vez, causó la muerte de treinta
batalla en circunstancias heroicas. En diversas oca­ prisioneros eurasianos con una sola explosión. A los
siones, había el Gran Hermano dedicado su Orden veintitrés, perdía la vida en acción de guerra. Aco­
del Día para exaltar a algún modesto correligiona­ sado por los aviones a chorro del enemigo mientras
rio, cuya vida y cuya muerte presentaba como ejemplo volaba sobre el Océano indico llevando urgentísimos
digno de ser imitado por los demás. Claro es que el tal despachos, sujetose al cuerpo una ametralladora a
Ogilvy jamás había existido en la vida real, pero unos modo de pesa, para arrojarse luego al mar desde su
cuantos renglones impresos y una fotografia falsa bas- helicóptero con despachos y todo; ese final-asegu­
tarían para conferirle existencia. raba el Gran Hermano- era como para despertar la
Luego de pensarlo un rato, arrimó Winston el envidia de todos. Añadía el Gran Hermano algunos
hablaescribe y se puso a dictar en el estilo peculiar del det�lles para subrayar las prendas personales del ca­
Gran Hermano, estilo a 1a vez marcial y pedante, marada Ogilvy y sus hábitos de sobria austeridad; no
nada dificil de imitar, porque todo o casi todo se fumaba ni probaba una gota de alcohol; no conocía

74 75
GEORGE ÜR\VELL 1984

otras diversiones que una hora diaria en el gimnasio V


y había formulado voto de celibato, por creer que el
matrimonio y las cargas del hogar son incompati­ En la cantina de techo bajo, situada a muchos
bles con el cumplimiento del deber, que demanda metros de profundidad, avanzaba lentamente la cola
se le dedique las veinticuatro horas del día. No tenía formada para retirar el almuerzo. No cabía ya allí un
el extinto héroe otro tema de conversación que los alfiler y la bulla era ensordecedora. De las ollas colo­
postulados .de lNGSOC ni más objetivo en la vida que cadas sobre un mostrador desprendíanse los vapores
la derrota del enemigo eurasiano y la persecución del rancho con un pronunciado y acre tufo a metal
implacable de espias, saboteadores, delincuentes del que no conseguía, sin embargo, disipar los de la Gi­
pensamiento y traidores en general. nebra de la Victoria. En un extremo del loe había
Debatió Winston en sus adentros si convenía o un bar, o mejor dicho, un simple hueco en la pared
no conferir al camarada Ogilvy la Orden del Mérito donde por diez céntimos se obtenía un generoso tra­
Conspicuo; al fin se resolvió por la negativa, dadas go de ginebra.
las confrontaciones innecesarias a que daría lugarla -A ti te andaba buscando -oyó Winston que
condecoración. decía alguien a sus espaldas.
De nuevo echó una mirada en dirección a su rival Volviose. Era su amigo Syme, que tenía un pues­
del cubículo de enfrente. Algo pareció decirle que, to en el Departamento de la Fantasía. Acaso no fue­
sin duda alguna, Tillotson trabajaba en lo mismo ra «amigo• el término apropiado a la época, pues en
que él. No había modo de saber cuál de los dos tra­ estos tiempos sólo había camaradas, pero entre estos
bajos sería el aceptado en última instancia, pero abri­ últimos estaban algunos cuyo trato era más agrada­
gaba Winston la profunda convicción de que sería el ble que el de otros. Syme era filólogo, especializado
suyo. El camarada Ogilvy, que hace un momento en Neohabla. En rigor de verdad, era uno de los eru­
no existía ni en la imaginación, era ya una realidad. ditos que tenían a su cargo confeccionar la Undéci­
Le pareció curioso que fuera posible crear hombres ma· Edición del diccionario de la novísima lengua.
muecros, pero no seres vivientes. El camarada Ogil­ Magro de carnes, aún más bajo que Winston, tenía
vy, que nunca existió en el presente, existía ahora los cabellos negros y unos ojos saltones que miraban
en el pasado y, una vez olvidada la falsedad perpe­ melancólicos y burlones a la vez, como queriendo
trada en aquellos instantes, existiría con los mismos penetrar en el fuero interno del interlocutor.
trazos auténticos y basado sobre idénticas pruebas ..
· -O!rería preguntarte si te sobran algunas hoJ1tas
documentales que Carlomagno o Julio César. de afeitar -dijo Syme.

76 77
GEORGE ÜRWELL 1984

-¡Ni una sola! -apresurose a responder Wins­ espectáculo». Espiritualmente, Syme era un faná­
ton, ya puesto a la defensiva-. Las he buscado por tico ponzoñoso. Con sibaritismo nada disimulado,
todas partes, pero no queda una ni para remedio. solía hacerse lenguas de las incursiones de nuestros
Todo el mundo andaba a la pesca de hojitas de helicópteros sobre las indefensas poblaciones ene­
afeitar. A decir verdad, Winston tenía dos sin usar, migas, del juicio y las confesiones de los delincuen­
pero las guardaba como oro en paño. Hacía meses tes del pensamiento y de su ejecución en los sótanos
que venían escaseando las dichosas hojitas. Había del Ministerio del Amor. Para poder entablar con
mercadería que, en un momento dado, era imposible él una conversación de cierta lucidez era necesa­
obtener en los comercios regentados por el Partido. rio alejarlo de tales temas para llevarlo al terreno
Hoy eran botones; mañana, lana de. zurcir; a veces, de Neohabla, cuyo tecnicismo despertaba su máxi­
cordones para zapatos; actualmente, faltaban en mo interés. Giró Winston un tanto la cabeza a fin
absoluto las hojas de afeitar. Solamente era posible de substraerse a la mirada inquisidora de aquellos
conseguirlas en el mercado «libre» en forma más o enormes ojos negros.
menos clandestina. -Fue un soberbio espectáculo, el de los ahor­
-Hace mes y medio que vengo usarido la misma cados -iba diciendo Syme-. A mi juicio, eso de
hoja -mintió Winston. amarrarle los pies al ajusticiado echa la cosa un tanto
Avanzó la cola un paso más. Al hacer alto, :vol­ a perder. A mí me gusta ver a los infelices agitando
viose de nuevo Winston hacia Syme. De una pila las piernas en el aire. Pero más que nada me seduce
que había en un extremo del mostrador tomaron cuando quedan con un palmo de lengua afuera. No
cada uno una bandeja de metal de grasiento aspecto. sé si te habrás fijado que la lengua de los ahocados es
-¿Fuiste ayer a ver ahorcar a los prisioneros? -. siempre de color azul, de un azul subido. Ese detalle
-Estuve demasiado ocupado -respondió no me lo pierdo nunca.
Winston, como no dando importancia a la cosa-. -¡El que sigue! -vociferó un plebeyo de blanco
Ya lo veré en el cine, me figu ro. delantal que empuñaba un cucharón.
-Ah, pero de una a otra cosa va mucha diferen­ Winstón y Syme colocaron sus respectivas ban­
cia -dijo Syme. dejas junto a la olla y en cada una de ellas depositó
Sus ojos burlones pasearon una mirada sobre el cucharón el almuerzo del día: un plato de guiso
el rostro de Winstoh. «Te conozco -parecían tirando a verde, un trozo de pan, un pedazo de que­
insinuar aquellos ojos- y penetro en tus pensa­ so, una taza de café de la Victoria sin azúcar y una
mientos. Sé muy bien por qué no has asistido al pastilla de sacarina.

78 79
GEORGE ÜRWELL
1984

-Allá veo una mesa desocupada, junto a la te­ lado su plato vacío, tomó con una de sus delicadas
lepantalla -dijo Syme--,. Compremos un trago de manos el trozo de pan y con la otra el pedazo de
ginebra antes de sentarnos. . queso; luego inclinose hacia su interlocutor de modo
Les fue servida la ginebra en jarros· de loza sin que este pudiera oírle sin tener que levantar dema­
asas. Luego. se abrieron paso por entre el mundo siado la voz.
de gente y, una vez llegados a la mesa, depositaron -La Undécima Edición será la definitiva -. co­
sobre ella lo que llevaban en sus respectivas bande­ menzó diciendo-. Estamos dando los últimos to­
jas; en un ángulo de la mesa veíase un nauseabun­ ques a la estructura que asumirá el idioma cuando
do coágulo de restos de comida, como si alguien llegue a ser el único en todo el mundo. Una vez que
lo hubiera vomitado. Levantó Winston sli jarro de hayamos acabado con ello, la gente como tú tendrá
ginebra y, tras una pausa para templar sus nervios, que volver a aprenderlo de nuevo. Tú te estarás cre­
vació de un trago aquel líquido con gusto a petróleo. yendo que nuestra tarea consiste en inventar nuevas
Después de enjugarse las lágrimas, se dio cuenta de palabras. ¡Nada de eso! Por lo contrario, lo que ha­
que sentía hambre. Comenzó a devorar,_ cucharada cemos es eliminar centenares de ellas todos los días.
tras cucharada, el guiso cuya insipidez .estaba mati­ Estamos reduciendo el lenguaje a lo indispensable.
zada por unos trocitos esponjosos de color rosa que En la Undécima Edición no figurará una sola pa­
pudieran ser carne. Ninguno de los dos pronunció labra que pueda ser tenida por anticuada antes del
palabra hasta vaciar sus respectivos platos. En una año 2050.
mesa situada a la izquierda de Winston y un tanto a Mordisqueó con apetito su pedazo de queso,
sus espaldas, alguien le daba a la sinhueso sin tregua tragando bocado tras bocado, para luego proseguir
ni descanso con un incesante parloteo que parecía hablando con cierta vehemencia no exenta de pe­
graznidos de pato dominando la baraúnda de la con- dantería. Su moreno y anguloso rostro iba cobrando
versación general. vida y de sus ojos se había desvanecido por completo
-¿�ómo marcha ese diccionario? -preguntó aquella expresión burlona para tornarse soñadores.
Winston, alzando la voz para hacerse oír sobre el -Meritoria obra, la de suprimir palabras. Des­
tumulto vocinglero. de luego, el mayor despilfarro ocurre en el renglón
-A pasos muy lentos -respondió Syme-. Abe:_. de los adjetivos, pero también hay centenares de
ra estoy en los adjetivos. Es de lo más cautivante. sustantivos sin los cu,iles se puede pasar. No se tra­
Con sólo traer a cuenta el tema de su predilec­ ta solamente de los sinónimos, sino también de los
ción, animose Syme de inmediato. Poniendo a un antónimos, porque a cuentas claras: ¿a qué emplear

81
80
GEORGE ÜR\VELL 1984

una palabra que sólo sirve para expresar todo lo de tarde en tarde.. Mal no están, pero no pasan de ser
contrario de otra? Todo vocablo lleva en si la acep­ traducciones. En tus adentros prefieres quedarte con
ción opuesta. Tomemos, por ejemplo, la palabra la Viejahablá, sus ambigüedades y pueriles variacio­
«bueno». Si existe el vocablo «bueno», ¿qué nece­ nes de acepción. No penetras toda la belleza que hay
sidad hay de que exista «malo»? Imbueno serviría en la eliminación de vocablos. ¿Sabes que Neohabla
igual, o mejor, porque expresa absolutamente todo es el único idioma del mundo cuyo vocabulario se va
lo opuesto, lo que no ocurre con «malo». Y si se reduciendo año tras año?
quiere acentuar la calidad de bueno ¿qué propósito Claro que Winston lo sabía. Esbozó una sonri­
sirve tener en el léxico una sarta de vocablos tan sa como signo de asentimiento, pero sin atreverse a
ambiguos y superfluos como «excelente», «esplén­ pronunciar palabra. Dio Syme otro mordisco al pan
dido» y otros por el estilo? «Plusbueno» responde moreno y luego de masticarlo un rato, prosiguió di­
a todas esas acepciones, o «dobleplusbueno», si se ciendo:
quiere cargar la mano todavía más. Claro ·es que ya -¿No comprendes que toda la finalidad de Neo­
hoy día empleamos esos términos, pero el léxico habla está en oponer barreras al pensamiento? Ter­
definitivo de Neohabla los contendrá en forma ex- . minaremos por hacer literalmente imposible el de­
elusiva. En última instancia, el concepto integral lito de pensamiento, porque no existirán vocablos
de lo bueno y de lo malo se reducirá a seis palabras, para expresarlo. Todo concepto que requiera ser ex­
o mejor dicho, a una sola. ¿Percibes, Winston, lo presado quedará circunscrito al empleo de un solo
estupendo de todo eso? Por supuesto,. que la idea se vocablo, con una acepción definitiva dentro de rígi­
debe a G. H. -agregó a modo de homenaje pru­ dos moldes, y eliminados y olvidados todos aquellos
dente, aunque tardío. de orden accesorio. Ya en la Undécima Edición nos
En el rostro de Winston asomó el desabrido ges­ aproximamos bastante a ese ideal, pero el proceso
to de un fingido interés al oír hablar del Gran Her­ no habrá terminado sino mucho después que tú y yo
mano, pero así y todo no dejó Syme de observar al hayamos dejado de pertenecer al mundo de los vivos.
instante una falta de entusiasmo en su amigo. Cuantos menos vocablos cada año, más restringido
-[.o que pasa es que tú, Winston, no concedes a se irá tornando el radio de acción del entendimiento.
Neohabla la debida importancia -prosiguió dicien­ Por supuesto, que incluso en los presentes tiempos
do con un dejo de tristeza-. Aun cuando lo escri­ no tiene el delito de pensamiento justificativo algu­
bes, estás pensando en términos de Viejahabla. He no. Pero con el tiempo ni siquiera eso será ya nece­
leído algunos sueltos de esos que escribes en el Times sario. La Revolución será total cuando el lenguaje

82 83
GEORGE ÜRWELL 1984

haya alcanzado su perfección. Neohabla es lNGsoc «Un buen día -pensó de pronto Winston para
e lNGSOC es Neohabla -agregó con mística frui­ su coleto, a Syme lo van a evaporar--. Es demasiado
ción-, ¿Has pensado, Winston, alguna vez en que inteligente: Percibe las cosas con excesiva claridad y
para el año 2050, a más tardar, no habrá una sola sabe expresarse sin rodeos. Al Partido no le resultan
criatura viviente que pueda entender el lenguaje que gratos hombres así. El día menos pensado, de Syme
en estos momentos hablamos tú y yo? no quedará ni rastro. Se le ve en la cara».
-Salvo... -comenzó a decir Winston con cierta Terminó Winston con su trozo de pan y pedazo
expresión de escepticismo, pero se contuvo a tiempo. de queso. Volviose un tanto en su asiento· para apurar
«Salvo la plebe» iba a agregar, pero se abstuvo, su jarro de café. A su izquierda, proseguía el charla­
temeroso de que sus palabras pudieran revelar una tán hablando a borbotones. Una joven, su secretaria
desviación del dogma partidario. Pero Symes había tal vez, sentada de espaldas a Winston, le escuchaba
adivinado lo que quiso decir. como embobada. En momentos perdidos pescaba
-Los plebeyos no son seres humanos -dijo Winston una que otra frase como «tiene usted so­
como al azar-. Para 2050 -o acaso antes- ha­ bradísima razón» o «estoy completamente de acuer­
brá desaparecido todo rastro de Viejahabla. Para en­ do con usted», dichas por la joven en tono juvenil y
tonces no quedará nada de la literatura del pasado. no sin cierta inflexión majadera. Pero el otro no le
Chaucer, Shakespeare, Milton y Byron sólo serán daba descanso a la lengua, ni aun para escuchar lo
conocidos a través de las versiones en Neohabla; no que decía la joven. Conocíalo Winston tan sólo de
solamente esas versiones serán distintas de las que vista y no sabía de él otra cosa sino que era empleado
conocemos hoy, sino el polo opuesto d� las origina­ en el Departamento de la Fantasía. Era hombre de
les. Inclusive habrá sufrido una evolución la litera­ unos treinta años, con el cogote de un buey y boca
tura del Partido. Y se habrán modificado los lemas. desmesurada. En esos momentos tenía la cabeza algo
¿Cómo adoptar, en efecto, un lema semejante al de echada para atrás y, dada la posición en que se halla­
«la libertad es esclavitud» cuando ya no exista el ba sentado, los cristales de sus anteojos reflejaban la
concepto de libertad? Todo el pensamiento se de­ luz de suerte que Winston veía un par de discos ne­
sarrollará en medio de un clima distinto. A decir gros en lugar de ojos. Lo grotesco era que en todo el
verdad, no existirá ya el pensamiento, tal como lo torrente salido de sus labios no era posible distinguir
entendemos hoy. Lo dogmático exime de pensar, de una sola palabra. Apenas una vez percibió Winston
la necesidad de pensar. Acatar el dogma es vivir en una frase dicha con vehemencia: «eliminación total y
un perpetuo estado de inconsciencia. definitiva de Goldstein». Pero fue una frase pronun-

84 85
GEORGE ÜRWELL 1984

ciada a la carrera y todo de golpe, como quien repite ra insulto; aplicada a quien es nuestro amigo, cons­
en forma mecánica una lección aprendida de memo­ tituye elogio.
ria. El resto no era sino una interminable sucesión de «A este Syme no hay quien lo libre de ser evapo­
sonidos inarticulados como el graznar de un palmí­ rado», volvió Winston a discurrir. Y no sin alguna
pedo. Con todo, no era necesario entender lo que el pena, ,aunque bien sabía que Syme lo despreciaba y
hombre decía para figurarse el tema central de toda hasta le guardaba cierta inquina, siendo por lo tan­
su cháchara. Estaría, sin duda, fulminando a Golds­ to muy capaz de denunciarlo como delincuente de
tein, exigiendo mayor rigor para con los saboteado­ pensamiento en la primera ocasión que se le presen­
res y delincuentes de pensamiento, o denunciando tara. En Syme se observaban algunos defectos su­
las atrocidades cometidas por el ejército eurasiano, tiles. Carecía de circunspección, de retraimiento y
o acaso poniendo por las nubes al Gran Hermano o de una salvadora imbecilidad. No es que le faltara
a los héroes del frente de Malabar. Daba igual. De ortodoxia. Creía a pie juntillas en los postulados de
todas formas, cada una de sus palabras sería expre­ INGSoc, veneraba al Gran Hermano, regocijábase
sión fiel del dogma partidario y manifestación la más con los triunfos militares y odiaba a muerte a los ré­
doctrinaria de los postulados de INGsoc. Al mirar probos, no solamente con toda el alma, sino con un
aquel rostro desprovisto de ojos y la mandíbula en celo incansable y una acabada compenetración, nada
constante movimiento perorativo, a Winston le in­ comunes en otros afiliad�s. Y, sin embargo, pesaba
vadió la curiosa sensación de que no era aquel un ser sobre él algo así como una aureola de descrédito. So­
humano, sino un pelele. No hablaba en él su cerebro, lía decir cosas que mejor estaban sin ser dichas; ha­
sino la laringe. Emitía palabras, es cierto, pero sin bía leído demasiados libros; y era dado a frecuentar
construir frases de sentido y contenido: eran sonidos el Café del Castaño, antro de pintores y de músicos.
emitidos por instinto como el graznido de un pato. Ninguna ley, ni siquiera un código moral, prohibía
Syme había guardado silencio por un rato y con que se frecuentara el expresado café, pero el sitio era
el mango de su cuchara trazaba rayas en el coágulo tenido como de mala fama. Los primeros dirigen­
de bazofia derramada sobre la mesa; en la otra, pro­ tes del Partido solían reunirse allí antes de caer en
seguían los graznidos por sobre el vocerío general. desgracia. Al propio Goldstein, asegurábase, se le
-Un vocablo h ay en Neohahla -dijo Syme­ había visto en aquel café alguna vez, años o décadas
que no sé si lo conoces: es patohabla, o sea graznar atrás. No resultaba mµy difícil prever en qué acaba­
como un pato. Es de esas palabras con acepciones ría Syme. Y, no obstante, si Syme llegara a sospechar
contradictorias. Aplicada a un adversario, configu- por uO: solo instante el pensamiento de Winston, no

86 87
GEORGE ÜR\VELL

titubearía en delatado a la Policía del Pensamiento.


'
�- '
1984

nidad bastaba palpar la humedad depositada sobre


Eso lo hubiera hecho cualquiera, desde luego, pero la raqueta del tenis de mesa para enterarse de que
Syme más que ningún otro. No era suficiente el celo allí había estado jugando Parsons. Acababa Syme
partidario. El dogma exigía inconsciencia. de sacar de �u bolsillo una hoja de papel con una
Alzó Syme la vista para decir: lista de palabras que examinaba, mientras sostenía
Ahí viene Parsons ... entre sus dedos un lápiz tinta.
Por el tono de sus palabras parecía haber querido -Mírenlo a este, trabajando en horas del al­
agregar: «ese perfecto imbécil». Y en efecto. Parsons muerzo -dijo Parsons, dándole con el codo a Wins­
-vecino de Winston en Victory Mansions-· venía ton-. Trabajador el mozo ¿eh? Ya me figuro que se
abriéndose paso entre las mesas; era un hombreci­ tratará de algo fuera de mis alcances. Smith; te he
llo de abultado abdomen y cara de sapo. Apenas en andado buscando por todas partes y te diré para qué.
los treinta y cinco años, rebosaba grasa en el cogote Se trata de unos pesos que has olvidado darme.
y en la cintura, aunque no por eso fuera su andar -¿Qyé pesos? -respondió Winston, y con un
menos ágil y juvenil. Daba la sensación de un chico movimiento reflejo echó mano al bolsillo en busca
que hubiese crecido demasiado para sus años; tan­ de dinero. Una tercera parte del sueldo había que
to era así que aün llevando puesto como llevaba, entregarlo como subscripción voluntaria a tantas or­
el mameluco de reglamento, se creía verlo vistien­ ganizaciones que resultaba difícil llevar la cuenta de
do los calzones azules, la camisa gris y el pañuelo todas ellas.
encarnado de los Espías. Con sólo pensar en él se -Los de la Semana del Odio. Ya sabes que esta­
le presentaban a uno las rodillas sucias y la camisa mos realizando una colecta casa por casa. A mí me
arremangadá de un chiquillo. A decir verdad. Par­ han designado tesorero en nuestra manzana. Nos
sons solía vestir calzones en las caminatas colectivas hemos empeñado a fondo para lograr un éxito sin
o en cualquier otro ejercicio físico que le propor­ precedentes. Y te aseguro que no será por culpa mía
cionara ocasión de hacerlo. Saludó a Winston y a si Victory Mansions no le gana a todas las casas del
Syme ·, con un «hola, hola», tomando seguidamente barrio en el número de banderas que vamos a enar­
asiento en la misma mesa que ellos, con su infaltable bolar. Dos dólares me prometiste.
y consabido hedor. Gruesas gotas de transpiración Hurgó Winston en sus bolsillos basta dar con dos
brotábanle de todos los poros de su cara coloradota. inmundos y estrujados billetes que Parsons anotó en
La capacidad de aquel hombre para transpirar era una libretita con la dibujada caligrafía de los cortos
de verdad extraordinaria. En el Club de la Comu- de letras.

88 89
GEORGE ÜRWELL 1984

-A propósito, viejo -dijo luego-, me cuentan De modo que ya no tuvieron dudas de que se trataba
que ese travieso de mi chico te atizó ayer una per­ de un extranjero. No es poca perspicacia para una
digonada con su honda: Le he cantado las cuarenta chiquilla de siete años ¿eh?
como castigo y hasta llegué a amenazarle con que le -¿Qyé pasó con el sujeto? -preguntó Winston.
quitaría la honda si volvía a hacerlo. -Eso no sabría decirlo, pero nada me extrañaría
-Comprendo que el chico estuviera un tanto que... -y Parsons hizo como que apuntaba con un
malhumorado por no habérsele llevado a presenciar fusil, mientras con un chasquido de su lengua simu­
la ejecución -respondió Winston. ló el disparo.
-Bueno, eso ... quiero decir... que eso se llámate­ -Bien hecho -apuntó Syme sin levantar la vis­
ner buen temple. Son unos demonios esos dos chicos, ta del papel que se hallaba examinando.
pero en cuanto a espíritu partidario, no hay como -Desde luego, en estos tiempos conviene estarse
ellos. No hacen sino pensar en los Espías y, por su­ con siete ojos -·-subrayó Winston, evidenciando un
puesto, también en la guerra. ¿Sabes lo que mi hijita claro concepto de su deber ciudadano.
hizo el sábado, cuando su pelotón andaba de manio­ -Eso es lo que yo digo. Por algo estamos en gue­
bras por los alrededores de Berkhampstead? Luego rra ¡qué caray! -ratificó Parsons.
de conseguir que le acompañaran dos amiguitas, se Como rubricando dichas palabras, la telepanta­
escabulló de la formación para pasarse toda la tarde lla situada sobre sus cabezas difundió un toque de
siguiéndole el rastro a un desconocido. Durante dos clarín, pero no se trataba esta ve:t de anunciar un
horas anduvieron detrás de él hasta llegar a Amers­ glorioso hecho de armas, sino de trasmitir un comu­
ham y entregarlo allí a las patrullas. nicado del Ministerio de la Abundancia.
· -¿Qyé les movió a ello? -inquirió Winston un -¡Camaradas! ¡Atención, camaradas! -chilló
tanto intrigado. una voz de acento juvenil-. ¡Vamos a trasmitir una
-Pensó mi hijita que aquel hombre podría ser noticia realmente sensacional! . ¡Hemos ganado la
un enemigo -prosiguió Parsons muy refociladci­ batalla de la producción! Los datos completos que
quizás · arrojado en paracaídas. Pero aquí viene lo nos acaban de llegar relativos a la producción de ar­
interesante: ¿a que no adivinan ustedes cuál fue el tículos de consumo revelan que el nivel de vida se
detalle que les hizo entrar en sospechas desde el ha elevado nada menos que en un 20 por ciento con
primer momento? Pues les llamó la atención que el relación al año anterior. En toda Oceanía se reali­
hombre calzara un par de zapatos fuera de lo común, zaron hoy manifestaciones espontáneas en que los
de un modelo de esos que no suelen verse por aquí. obreros, abandonando fábricas y talleres, se lanzaron

90 91
GEORGE ÜR\VELL 1984

a la calle con banderas desplegadas como expresión tragara tanta mistificación y olvidara lo dicho ha­
de gratitud al Gran Hermano por esta nueva y ven­ cía apenas veinticuatro horas? Pero se lo tragaban. Y
turosa vida que debemos a su conducción maestra. A . entre ellos, Parsons con su habitual estolidez de bru­
continuación, algunos de los resultados definitivos. to irracional. Y también se lo tragaba aquel sujeto
Productos alimenticios... sin ojos sentado en la otra mesa, anhelando furioso
Lo de «nueva y venturosa vida» se repitió varias poder denunciar y evaporar a quien se atreviera a
veces. De un tiempo a esa parte, venía siendo la ex­ afirmar que una semana antes la ración de chocolate
presión predilecta del Ministerio de la Abundancia. era de treinta gramos. Y se lo tragaba Syme, aunque
Parsons, todo oídos desde el toque de atención, es­ de un modo más complejo que implicaba el proceso
cuchaba con la boca abierta y un solemne y ejemplar de doblepensar. Pero entonces: ¿era Winston el único
aire de aburrimiento. Imposibilitado de seguir paso entre todos que conservaba la facultad de recordar?
a paso la retahíla de cifras y datos, parecía perci­ Proseguía la telepantalla difundiendo datos fan­
. bir en ellos un motivo más de íntima complacencia. · tásticos. En comparación con el año anterior, había
Acababa de sacar de su bolsillo una enorme y malo­ ahora más productos alimenticios, más ropas, mayor
liente pipa, medio llena de tabaco carbonizado. Con número de viviendas, más muebles, útiles de cocina
la ración de tabaco a cien gramos por semana, no y combustible, más barcos, helicópteros, libros y re­
estaban las cosas como para darse el lujo de llenar la cién nacidos, más de todo, excepto epidemias, crimi­
pipa hasta el tope. Fumaba Winston un cigarrillo de nalidad y orates. Año tras año y minuto por minu­
la Victoria que sostenía en posición horizontal a fin to, todo y todos segu ían ascendiendo la vertiginosa
de que tardara algo más en consumirse, pues la ra­ espiral del bienestar hacia la cumbre de la suprema
ción semanal no se distribuiría hasta el día siguien­ felicidad. Tal como lo había hecho Syme momentos
te y apenas le quedaban cuatro cigarrillos. En esos antes, Winston dibujaba con el mango de su cuchara
momentos,. tenía los oídos taponados para todo lo sobre el coágulo inmundo que se había formado so­
qu� no fuera lo difundido por la telepantalla. Según bre la mesa con restos de comida. Y mientras tanto,
not¡cias, habíanse organizado grandiosas manifes­ meditaba, no sin resentimiento, acerca de las vicisi­
taciones para expre.sar gratitud al Gran Hermano tudes de la vida humana, ¿Había sido siempre así?
por haber aumentado la ración de chocolate a vein­ ¿Fue siempre bazofia todo cuanto se come? Paseó su
te gramos por semana. «Y no fue sino ayer -pensó mirada por el local de.la cantina, un local de techo
Winston- que se anunció su reducción de treinta bajo y repleto de gente, con sus paredes mugrientas
a veinte gramos». ¿Cómo era posible que la gente por el constante restregar de cuerpos humanos: sillas

92 93
GEORGE ÜRWELL 1984

y mesas desvencijadas y apeñuscadas de suerte que se rabies todas estas cosas, a menos de conservar en la
estaba codo a codo con el vecino: cucharas de mango memoria recuerdos de otros tiempos más venturosos?
torcido, bandejas abolladas y jarros ordinarios: y en Tornó a pasear su mirada por la cantina. Allí casi
todas partes la mugre y en cada surco una inmun­ todos eran feos, y feos seguirían siendo aun cuan­
dicia; y un tufo insoportable a ginebra y a café abo­ do estuvieran vestidos con otras ropas que el clásico
minable; y guisados sabiendo a metal y ropas sucias. mameluco azul. En el otro extremo del local, senta­
El estómago y la epidermis parecían decirle a do él solo en una mesa, había un individuo de extra­
uno que no había derecho a todo ello. Verdad es que vagante aspecto y con algo de escarabajo, sorbiendo
Winston no guardaba memoria de nada que hubiese su jarro de mal café, mientras sus ojillos escrutaban
sido distinto en el pasado. En ningún período de su desconfiados en todas direcciones. «Si uno cerrara
vida recordaba que hubiera comida en abundancia ni los ojos -meditó Winston- no era difícil imagi­
suficiente provisión de calcetines o de ropa interior narse como existiendo en la realidad el físico ideal
que no fuera rota y remendada; o de muebles que no establecido por el Partido: jóvenes altos y de recia
estuvieran desvencijados y en la miseria, o de apo­ musculatura, muchachas de turgentes pechos y de
sentos sin calefacción, o de trenes subterráneos en dorados cabellos, plenas de vitalidad, tostadas por el
que se viajaba como tres en un zapato, o de pan color sol y andando con garbo y soltura». Pero la realidad
moreno, o de casas que se caían a pedazos, o de café era muy otra: la mayoría eran de los habitantes de la
con gusto a agua servida, o de cigarrillos con cuen­ Pista de Aterrizaje. Uno ostentaba un físico men­
tagotas; en suma, nada que fuera barato, abundante guado y poco favorecido por la naturaleza. Y como
y bueno, salvo la ginebra sintética. Y aunque, claro aquel sujeto con aspecto de escarabajo, había miles
está, la vida se volvía menos tolerable a medida que en las oficinas de los Ministerios: hombres pequeñi­
se avanzaba en años: ¿no era acaso un signo de no ser tos y rechonchos, engrosados antes de tiempo, con
este, el orden natural de la vida el que a uno se le en­ piernas cortas, ademanes nerviosos y rostros regor­
cogiera el corazón ante tanta inmundicia, tanta esca­ detes e inescrutables. De tales características era el
sez y tanta falta de las comodidades más elementales, prototipo de hombre que parecía proliferar más y
y el .:io poder ya soportar la fetidez de los propios cal­ . mejor en la Era del Partido.
cetines, y los ascensores que no funcionan, y el agua Finalizó el comunicado del Ministerio de la
siempre fría, y el jabón granulado, y el cigarrillo que Abundancia con otra clarinada y acto seguido co­
se deshacía entre los dedos y la comida de raro y ran­ menzó a difundirse música marcial. Impresionado
cio sabor? ¿Por qué habían. de parecerle a uno intole- por los datos referentes a los bombardeos aéreos,

94 95
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

quitose Parsons la pipa de la boca para decir con aire tenía sus ojos clavados en él. Era la de los cabellos ne­
de satisfacción: gros. Mirábale como de soslayo, mas así que sus ojos
-No se puede negar que el Ministerio de la se encontraron con los de él, los desvió al momento.
Abundancia ha sido un coloso en lo que va del año. Sintió Winston que un sudor frío le subía por la
Y ahora que lo recuerdo, Smith: ¿no tendrías unas espina dorsal. Una sensación de espanto invadiole
hojas de afeitar para prestármelas? todo el ser, que se desvaneció al punto. mas no sin
-Ni una sola -respondió Winston-. Mes y dejar en su ánimo una angustiada desazón. ¿Por qué
medio hace que vengo usando la misma. le vigilaba aquella muchacha? ¿A qué respondía que
-Bueno, no he hecho más que preguntarte. le siguiera los pasos? Desgraciadamente, no le era
-Pues lo siento -cerró Winston. dado recordar si ella ocupaba ya aquella mesa al lle­
Los graznidos de pato, acallados por un instante gar él o si entró después. Pero sea como fuere, el día
por el comunicado del Ministerio, volvieron a hacer­ anterior, cuando los Dos Minutos de Odio, aquella
se oír con redoblada estridencia. Sin saber por qué, joven había tomado asiento inmediatamente detrás
se puso Winston a pensar de improviso en la señora de él, sin ningún motivo aparente para que eligiera
Parsons, la de los cabellos ralos y tierra en los surcos tan luego esa ubicación. Acaso su verdadero propó­
de su demacrado rostro. Antes de dos años, aquellos sito fuera vigilarlo para ver si descubría en él alguna
chico.s la denunciarían a la Policía del Pensamien­ falta de entusiasmo eri las gritas colectivas.
. to y la señora Parsons terminaría por ser evaporada. Volvió a asaltarle la misma duda: tal vez la joven
Lo mismo le ocurriría a O'Brien. No así a Parsons. no era un agente de la Policía del Pensamiento, sino
Como tampoco a aquel sujeto con voz de palmípe­ simplemente una de esas soplonas por afición, de las
do. Y menos aún a aquellos individuos con aspecto cuales había de cuidarse uno todavía más. No sabría
de escarabajo que se deslizaban sinuosos por los pa­ decir cuánto tiempo estuvo observándole aquella
sillos, de los Ministerios. Y no era de suponer que chica, pero acaso no pasara de dos minutos, y en ese
alcanzara la evaporación a la joven de cabellos ne­ lapso supo Winston dominar la expresión de su ros­
gros. '¡Qyé raro -ocurriósele pensar- que le fuera tro en la medida de lo prudente. Muy arriesgado era
dado discernir como por instinto quiénes habían de dejarse llevar por las divagaciones del pensamiento
sucumbir y quiénes salvarse, aunque resultara difícil en un sitio público: el menor detalle y el más insigni­
precisar las razones en uno y otro caso! ficante de los gestos eyan susceptibles de delatado a
En ese instante, volvió bruscamente a la realidad uno. Bastaría con un tic nervioso, una desprevenida
al advertir que la joven sentada en la mesa contigua expresión de impaciencia, el hábito de musitar consi-

96 97
GEORGE ÜRWELL 1984

go mismo o cualquiera otra actitud que denotara un hay como ellos. Se lo deben a la educación de primer
estado fuera de lo normal o la ocultación de un pen­ orden que se les imparte en los Espías, muy superior
samiento íntimo. Las cosas llegaban al extremo de a la de mis tiempos, y eso ya es decir. ¿Qyé creen us­
que una áctitud como de indiferencia al difundirse el tedes que se les ha ocurrido en estos días? Pues unas
anuncio de una victoria (por ejemplo) constituía un trompetillas hechas para escuchar a través del ojo de
delito previsto y penado. Incluso existía en Neohabla las cerraduras. Mi hijita se trajo la suya a casa noches
un vocablo para calificar este delito: caracrimen. pasadas para probarla en nuestro dormitorio y nos
Volvió la niña a darle la espalda. Acaso después convencimos de que con el aparatito aquél se puede
de todo, no vigilara sus pasos y quizás fuese mera oír dos veces mejor que pegando el oído a la cerradu­
coincidencia el haberse sentado siempre cerca de él ra. Claro es que se trata de un simple juguete, como
de un tiempo a esta parte. Se le había apagado el comprenderán ustedes, pero es toda una fuente de
cigarrillo y lo dejó sobre el borde de la mesa. Termi­ inspiración para realizar buenas obras ¿no les parece?
naría de fumarlo a la salida del empleo, siempre que En ese momento se oyó por la telepantalla un es­
antes no se derramara todo el tabaco. Era muy posi­ tridente toque de sirena: era la señal para volver al
ble que la persona sentada en la mesa próxima fuese trabajo. Pusiéronse de pie los tres para sumarse al
una pesquisa de la Policía del Pensamiento y que él, gentío que pugnaba por meterse en los ascensores.
Winston, estuviera antes de tres días en los sótanos Y del cigarrillo de Winston se vació todo el tabaco.
del Ministerio del Amor, pero no por eso iba a des­
perdiciar una colilla. Syme doblaba su hoja de papel,
que luegq se la metió en un bolsillo. Y Parsons tornó
a hablar, sin sacarse la pipa de la boca:
-¿Les he contado alguna vez lo que hicieron mis VI
chicos con una vieja que tenía un puesto de carnicería
en el' mercado? T iene mucha gracia: resulta que al Escribía Winston en su diario:
advertir los chicos que aquella mujer envolvía unos
chorizos en uno de esos carteles con la efigie del G. Hace de esto tres años. Era una noche oscura, en
H. se acercaron a ella por detrás y le prendieron fue­ una callejuela cerca de la estación del ferrocarril. La
go a sus ropas con una cerilla. Según supe después, vi parada en un portal, debajo de un farol que apenas
alumbraba. Su cara; embadurnada de pintura era la
la vieja sufrió quemaduras horribles. ¡Demonios de
de una Joven. Y fue esa pintura la que me sedujo, su
chicos! Pero lo repito, en cuanto a celo partidario, no

98 99
1984

vivo color, como una máscara, y los labios de un rojo pentina, un ligero temblor como el que produce el
subido. Las mujeres del Partido no se pintan. No ha­
obturador de un aparato fotográfico, sin duda ha­
bía nadie en la calle y tampoco una telepantalla. Dos
dólares, me dijo la muchacha. Y yo..• bitual en aquel sujeto. En ese momento pensó: este
pob re diablo tiene sus días contados. Y lo tremendo
Se le estaba haciendo en extremo penoso seguir estaba en que acaso aquel gesto fuera totalmente
escribiendo. Cerró los ojos y los oprimió con la yema involuntario. Pero nada había tan peligroso como
de sus dedos, como queriendo ahuyentar aquella vi­ hablar en sueños: y contra eso no era posible guar­
sión cuyo recuerdo tornaba a su memoria con insis­ darse, que supiera Winston.
tencia mortificante. Invadiéronle unos deseos irre­ Tras un hondo suspiro, prosiguió escribiendo:
frenables de proferir a gritos palabras obscenas, o de
Entré con ella y, luego de cruzar un patio, bajamos
darse con la cabeza contra la pared, echar a rodar a una cocina ubicada en los s6tanos de la casa. Arri­
la mesa de un puntapié y arrojar el tintero por la mada a la pared haola una cama, y sobre la mesa una
ventana a la calle; en suma, cualquier cosa que fuera· lámpara de luz muy débil. Ella...
violencia y armara alboroto a ver sin con ello se de­
vanecían los recuerdos que le atormentaban. Castañeteábarile los dientes. Le hubiera gustado
No hay peor enemigo para el hombre -pen­ soltar un salivazo. Al recordar a la chica de la cocina
só- que su propio sistema nervioso. En cualquier del sótano, pensaba también en Catalina, su esposa.
momento, cuando menos s.e espera, la tensión ner­ Porque Winston era casado, o había estado casado:
viosa puede transformarse en un síntoma visible a acaso siguiera estándolo, pues no le constaba que su
los demás. Recordó a cierto sujeto con quien se ha­ mujer hubiese fallecido. Pareciole volver a aspirar el
bía cruzado en la calle no hacía mucho: era aquél cálido y vaporoso tufo de aquella cocina: un pro­
un hombre de los tantos, afiliado al Partido, entre nunciado olor a insectos, a ropa sucia y a perfumes
los· treinta y cinco y cuarenta años de edad, flaco y baratos, pero seductor así y todo, porque ninguna
más bien alto, llevando un cartapacio en la mano. afiliada al Partido usaba perfumes ni era concebible
Hallábanse a pocos pasos el uno del otro cuando que lo hiciera. Solamente los plebeyos se perfuma­
observó Winston que el lado izquierdo de la ca.ra ban. En la imaginación de Winston, el perfume era
de aquel hombre se contraía de súbito con Ún gesto cosa íntimamente ligada al sensualismo erótico .
como de espasmo. Volvió a repetirse el fenómeno El episodio con aquella mujer de la cocina fue su
al cruzarse ambos; era apenas una crispación re- primer desliz en dos o tres años. Desde luego, estaba

100 101
GEORGE ÜR\VELL 1984

.prohibido tener relaciones con mujeres de mal vivir, propósito encubierto· era suprimir todo placer se­
pero de tanto en tanto se hacía imprescindible sacar J(llal. No taJ;Ito el amor, sino el erotismo constituía el
fuerzas de flaqueza para violar la prohibición. Tenía principal enemigo, así en el matrimonio como fuera
sus riesgos, claro está, pero sin llegar a ser cuestión de él. Los matrimonios entre afiliados al Partido re­
de vida o muerte. Ser sorprendido en compañía de querían la autorización previa de una Junta especial­
una ramera podía significar una condena de cinco mente designada para el efecto, y por más de que
años de trabajos forzados en un campo de concen­ nunca se daba a conocer el motivo real, los permisos
tración como máximo, siempre que el culpable no · eran negados siempre que los futuros cónyuges die­
tuviera otros antecedentes delictuosos. El asunto ran muestras de sentir mutua atracción física. Desde
nada tenía de dificil, siempre que no fueran los ac­ el punto de ;,ista oficial, el matrimonio no tenía otra
tores sorprendidos en el acto mismo. En los barrios razón de ser que la de procrear hijos para el servicio
pobres de la ciudad había una multitud de mujeres del Partido. El mero contacto sexual había de con­
que comerciaban con su cuerpo. Inclusive se hacían siderarse como actividad secundaria y no desprovis­
accesibles a cambio de una botella de ginebra, bebi­ ta de cierto carácter repulsivo, como sucede con un
da que estaba vedada a los de la plebe. Tácitamente, enema, concepto jamás expresado en términos cate­
. el Partido estimulaba el ejercicio de la prostitución góricos, sino inculcado a los afiliados desde la más
como una válvula de escape para ciertos instintos tierna edad. Hasta existían organizaciones sin otro
imposibles de eliminar de un modo absoluto. Existía fin que el de propugnar el celibato para hombres y
cierta manga ancha para el libertinaje, con tal de que mujeres, como la Liga Juvenil Antisexual. Los ni­
se lo practicara discretamente, en forma reservada y ños debían ser engendrados por medios artificiales y
sin alharacas, ya que sólo alcanzaba a mujeres de una educados en establecimientos del Estado. Bien sabía
clase social despreciable y baja. El delito imperdona­ que todo esto no era para ser tomado en serio, pero
ble era la falta de continencia entre los afiliados del encuadraba a la perfección dentro de los postulados
Partido. Pero resultaba difícil imaginarse que pudie­ del Partido, que estaba empeñado en matar el ins­
ra '.incurrirse en él, aunque fuese uno de los delitos tinto sexual, y de no ser eso posible, al menos desvir­
que invariablemente solían confesar los acusados en tuarlo y envilecerlo. No alcanzaba a comprender por
el transcurso de las grandes purgas. qué había de ser así, pero parecíale en cierto modo
No tendía solamente el Partido a impedir que natural que lo fuera. Y. preciso es convenir que el
entre hombres y mujeres existieran lazos de fideli­ Partido se iba saliendo con las suyas, por lo menos
dad que resultaran luego imposibles de quebrar; su en lo concerniente a las mujeres.

102 103
GEORGE ÜR\VELL 1984

Volvió a pensar en Catalina. Haría nueve, diez Veíase de nuevo a la tenue luz de aquella lam­
o acaso once años que se separaron. Extraño que parilla, con aquel olor a insectos y perfume barato
la recordara con poca frecuencia. Ni siquiera solía. en las narices, y en el alma una sensación de fraca­
acordarse muy a menudo de haber estado casado al­ so y contrariedad al recordar en aquellos instantes
guna vez. Apenas si vivieron juntos año y medio. a Catalina, anestesiada por la hipnótica inflúencia
El Partido no permitía el divorcio, pero alentaba la del Partido. ¿Por qué había de ser así? ¿Por qué no
separación cuando no había hijos. podía tener él una mujer que fuera suya, en lugar de
Era Catalina una joven alta, rubia, de porte ele­ verse obligado a apelar a alternativas poco dignas a
gante y espalda recta como la cuerda de un arco. Tenía la vuelta de cada año? Pero un idilio era una impo­
el rostro de pronunciados rasgos aquilíneos, una cara sibilidad, dados los tiempos. Las afiliadas al Partido
noble, hasta que se descubría que detrás de todo aque­ eran todas de la misma cáscara. Se les inculcaba la
llo no existía sino el vacío completo. Poco después de continencia como signo de fidelidad partidaria. Se
casados llegó Wmston a la conclusión de no haber las despojaba de las inclinaciones naturales median­
conocido jamás en su vida una mentalidad tan simple, te una temprana educación y a fuerza de ejercicios
burda y vacua como la de aquella mujer, aunque acaso físicos, baños fríos y tonteras predicadas en las es­
fuera porque· la conocía más íntimamente que a otras cuelas, en los Espías y en la Liga Juvenil, de con­
personas. En la cabeza de Catalina no cabía nada que ferencias, desfiles, canciones, estribillos y música
no fuera un estribillo partidario, y ninguna tontería, marcial. La razón le decía a Winston que tenía que
absolutamente ninguna, que no estuviera dispuesta a haber excepciones, pero en su fuero íntimo no las
aceptar a ojos cerrados siempre que la proclamara el consideraba posibles. Las mujeres eran todas inex­
Partido. «Detector humano de sonidos» llegó a lla­ pugnables, tal como anhelaba el Partido que fueran.
marla. Empero, hubiera podido tolerar seguir hacien­ Y lo que Winston deseaba era no tanto ser amado
do vida marital con ella de no haber sido por una sola por una mujer como derribar las barreras de la virtud
y, única cosa: el aspecto sexual. aunque sólo fuera una vez en su vida. Aun en el caso
A poco empezó Winston a experimentar un po­ de haber logrado despertar en Catalina una pasión,
sitivo terror cada vez que se acercaba a su mujer. Por aquello habría sido como seducirla y violentarla, rio
fortuna, ella decidiose a abandonarlo, separándose obstante tratarse de su esposa.
poco después. Pero era preciso consignar lo que faltaba del epi­
Suspiró Winston p:.ra sus adentros y, tomando la sodio. Y Winston escribió:
pluma, púsose nuevamente a escribir.

104 105
GEORGE ÜR\VELL 1984

Di más luz a la lámpara. Cuando volví a mirarla... VII


Después de tanta oscuridad, la tenue luz de aquella
lamparilla a querosén pareció iluminar la estancia
Winston escribió:
con vivos resplandores. Ahora podía ver a aquella
mujer tal cual era. Luego de avanzar un paso hacia
Si alguna esperanza queda, está en la plebe.
ella, detúvose de pronto, paralizado de espanto. Se
daba penosa cuenta de los riesgos que cOrría. Muy
posible era que las patrullas le echaran el guante al Si alguna esperanza quedaba no podía estar sino
salir de aquella casa y acaso en esos momentos vigi- en la plebe, porque solamente en esas prolíficas y
. !aban ya la puerta de calle. Si optara por marcharse desheredadas masas que constituían el 85 por ciento
sin cumplir sus propósitos ... de la población de Oceanía sería posible generar la
fuerza capaz de derribar algún día al Partido. Iluso­
Era preciso escribirlo, necesario era confesarlo. A rio era pensar hacerlo desde adentro del Partido. Sus
la luz de aquella lámpara advirtió de improviso que !_a adversarios, si adversarios había, se hallaban incapa­
mujer era una vieja. Llevaba sobre la cara una espesa citados para aglutinarse o tan siquiera reconocerse.
capa de pintura que hubiera podido uno desgarrar Aun de existir la legendaria Hermandad, cosa nada
en pedazos cual si fuera una máscara de cartón. En imposible, no se podía pensar siquiera en que sus
su cabello veíanse numerosas hebras blancas; pero el integrantes pudieran reunirse en grupos mayores de
detalle de verdad horripilante fue que, al entreabrir dos o tres personas. El espíritu de rebeldía quedaba
la boca, apareció el negro vacío de una caverna. La así limitado a una mirada furtiva, a una inflexión
mujer no tenía un solo diente. de la voz; a lo más, a una palabra dicha por lo bajo.
Escribió de prisa, con trazos garabateados: Pero los plebeyos no necesitaban tramar ninguna
conjuración, si sólo llegaran a tener conciencia de su
Cuando la miré a la luz de la lámpara, me di cuenta de
fuerza: bastaría con que se irguieran con un sacu­
que era una mujer de cincuenta años o más.
dón como un caballo cuando espanta las moscas. De
quererlo y proponérselo, podrían hacer pedazos el
I De nuevo se comprimió los ojos con la yema de
Partido mañana mismo. Era de esperar que tarde o
sus dedos. Al fin lo había escrito, pero no por eso
temprano �e resolvieran a hacerlo. Empero...
sentíase mejor. La terapéutica no había dado resul­
Recordó Winston. que cierta vez, andando por
tado. Seguía con ganas de proferir palabrotas a voz
una calle de mucho tránsito, oyó de pronto un gran
en cuello.
vocerío -voces de mujeres- que procedía de una

106 107
GEORGE ÜRWELL
1984

calleja situada n� lejos de allí. E;a un clamoreo de por centenares de personas adquirió los contornos de
indignación y de protesta, un hondo y ensordecedor una formidable demostración de fuerza. ¿Por qué no
«¡Oh-o-o-o-oh!» que repercutía como campanazos. s.e resolverían a armar una batahola de esas propor-
«Empieza la cosa», se dijo Winston. «Ha estallado la ciones con fines más serios?
revuelta; por fin, la plebe se lanza a la calle». Cuan­ Winston escribió en su diario:
do llegó al sitio del tumulto, vio una muchedumbre
de doscientas o trescientas mujeres apiñadas frente Hasta haber adquirido conciencia no se rebelarán y
no pueden adquirirla sin recelarse antes.
a los puestos de un mercado al aire libre, con una
expresión de tragedia retratada en sus rostros, como
si fueran pasajeros de un barco que se hunde. Pero La frase -meditó- podría bien figurar en uno
en ese preciso instante, la batahola se deshizo en de los libros de texto del Partido. Claro está que el
múltiples incidencias aisladas. Parece que en uno de Partido blasonaba de haber liberado a la plebe de la
los puestos se vendían unas cacerolas de aluminio de. esclavitud. Antes de la Revolución, vivían los plebe­
pésima calidad, pero los utensilios de cocina estaban yos oprimidos por los capitalistas, padeciendo ham-
muy escasos y difíciles de conseguir, al punto que bre y azotes; las mujeres eran obligadas a trabajar en
en un momento dado llegaron a faltar por completo. las minas de carbón (a decir verdad, seguían hacién-
En aquel puesto ya se habían vendido todas las exis­ dolo), mientras los niños se vendían a las fábricas al
tencias y no quedaba un solo cacharro. Las mujeres cumplir los siete años de edad. Pero simultáneamen­
que habían podido conseguir la suya pugnaban por te y fiel a los principios del doblepensar, proclamaba
escabullirse entre empellones y apretujones, en tanto el Partido que la plebe estaba constituida por entes
las defraudadas agolpábanse junto al puesto, acusan­ de inferior ralea, destinados a ser manejados como
do al puestero de favoritismo y de ocultar cacerolas. bestias con la sola aplicación de contadas y simples
Surgió otra descomunal gritería. Dos mujeres gor­ reglas de procedimiento. En rigor de verdad, poco
das, a una de las cuales se le habían soltado los cabe­ era lo que se sabía de los plebeyos, ni falta que hi­
llos, forcejeaban por quedarse con una de las cace­ ciera. Mientras siguieran trabajando y procreando,
rolas a la cual habían echado mano ambas al mismo sus demás actividades no importaban en absoluto.
tiempo; entre tironazo va y tironazo viene, terminó Librados a su suerte, como el ganado suelto en las
por desprenderse el mango del utensilio. Winston pampas argentinas, habían tornado a un género de
presenciaba asqueado aquel espectáculo. Y sin em­ vi da que era lo natural y lógico para ellos, algo así
bargo, por un instante aquella baraúnda promovida como una heredad recibida de sus mayores. Venían

108 109
GEORGE ÜRWELL 1984

al mundo, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar nalidad, todo un mundo dentro de otro mundo, he­
a los doce años, disfrutaban de un periodo primave­ cho de ladrones, asaltantes, prostitutas, traficantes
ral de juventud y apetitos sexuales, contraían matri­ de estupefacientes y pillos de la más variada ralea,
monio a los veinte años, eran viejos a los treinta, y en pero como todo ello quedaba circunscrito a la plebe,
su mayor parte, se iban de este mundo a los sesenta. no había por qué preocuparse demasiado. En punto
Agotadoras labores físicas, el cuidado del hogar y de a principios morales, se les dejaba en libertad para
los niños, las grescas y líos entre vecinos, el cine, los seguir fieles a su código tradicional en la materia.
partidos de fütbol, la cerveza, y por sobre todo, el No se exigía de ellos el puritanismo sexual soste­
juego de azar, completaban el horizonte de su exis­ nido por el Partido para sus afiliados. Se toleraba
tencia. Tenerlos en un puño no constituía problema el concubinato y el divorcio era permitido. Y hasta
alguno. Entre ellos. actuaban siempre algunos agen­ se les hubiera dado libertad para profesar su culto,
tes de la Policía del Pensamiento, haciendo circular si los plebeyos hubiesen dado señales de necesitar­
versiones antojadizas y sorteando y eliminando a lo o desearlo. En suma, la plebe estaba por encima
aquellos pocos· que pudieran representar un peligro; de toda sospecha. Tal lo expresaba uno de los lemas
pero nunca se daba un solo paso para atraerlos al partidarios, «los plebeyos y los animales son libres».·
redil partidario. No era necesario que tuvieran con­ Con mucho cuidado rascose Winston su úlcera
vicciones políticas arraigadas. Todo cuanto se exigía varicosa. Otra vez volvía a sentir la maldita come­
de ellos era cierto género de patriotismo primitivo zón. En fin de cuentas, lo imposible de descifrar era
del cual se pudiera echar mano cuando fuera nece­ el género de vida que llevaba el pueblo antes de la
sario. exigirles más horas de trabajo o una reducción Revolución. De un cajón extrajo un texto escolar de
en el racionamiento. Y aun cuando manifestaban al­ historia que le había prestado la señora Parsons y de
gún descontento, tal ocurría a veces, el descontento él transcribió en su diario uno de los párrafos:
a nada conducía a la larga, porque carentes de no­
:ciones amplias y de conceptos generales, sólo eran En los viefos tiempos -rezaba el párrafo- antes de
capaces de enfocar sus protestas sobre cosas de poca la gloriosa Revolución, no era Londres la hermosa
monta. Los males mayores ni siquiera los advertían. ciudad que hoy conocemos, sino una población mi­
La mayoría de los plebeyos no disponía de una triste serable, desaseada y sórdida donde casi nadie comía
lo suficiente y había centenares de niiles de pobres
telepantalla en su casa. Incluso, la policía civil no se gentes sin calzado· o tan siquiera un techo bajo el
metía con ellos, sino en circunstancias excepciona­ cual cobijarse. Los niños de tu edad tenían que tra­
les. Én Londres proliferaba una exuberante crimi- bajar doce horas al día al servicio de patronos des-

110 · lll
GEORGE ÜRW'ELL 1984

piadados, que los azotaban con látigos si se mostra­ se tra taba de una ley por la cual se concedía a todo
ban remolones y no les daban de comer sino migajas
y agua. Pero en medio de toda aquella lóbrega mi­
capitalista el derecho de tener amores con cualquier
seria se alzaban unas pocas casas majestuosas donde inujer que trabajara en su fábrica.
vivían los ricos que tenían hasta treint_a �riadas para ¿Cómo discernir lo que había de verdad en todo
su servicio personal. Capitalistas, se llamaban esos aquello? Tal vez, después de todo, el promedio de los
hombres ricos. Eran todos obesos y feos, con cara de hombres que vivia en la actualidad disfrutara de me­
malvados, como el que aparece en la pagina siguien­ dios superiores a los conocidos antes de la Revolu­
te de este libro. Como podrás observar, lleva puesta ción. Lo único que parecía contradecir esa suposición
una casaca negra de largos faldones, llamada levita,
y un extravagante sombrero luStroso que parece una
era la callada protesta que sentía uno en lo profundo
chimenea y al cual se le daba el nombre de sombre­ de su ser y la sensación instintiva de lo intolerable
ro de copa. Ese era el uniforme de los capitalistas y de una vida que debió haber sido distinta en otras
nadie más que ellos tenía derecho a usarlo. Todo épocas. Se le ocurrió a Winston que la verdadera
cuanto había en el mundo era de los capitalistas, y característica de la vida presente no estaba precisa­
los otros estaban condenados a ser esclavos de ellos.
mente en su inhumanidad, o en la ausencia de toda
Eran dueños de todas las· tierras, de todas las casas,
de todas las fábricas y de todo el dinero. Si alguien se
garantía, sino en su desolación, en su falta absoluta
atrevía a desobedecerles, se lo reducía a prisión o se de horizontes y en la general apatía. Por lo que se
le quitaba el empleo para que se muriera de hambre. vela todos los días, la vida en nada se conformaba a
Cuando un hombre del pueblo les dirigía la palabra, las mentiras difundidas por la telepantalla ni mucho
debía descubrirse, inclinarse con servil deferencia y menos se acomodaba al ideal que el Partido se esfor­
llamarle «señor». El jefe máximo de los capitalistas zaba por alcanzar. Gran parte de esa vida, aun para
era el rey y...
los afiliados al Partido, era zona neutral y apolítica,
donde la existencia se reducía a cumplir monótonas
Ya se sabía Winston de memoria el resto de aque­
horas de labor diaria, a trepar a los coches. del tren
lla monserga. Se hablaba de obispos y sus ornamen­
subterráneo a codazos, a zurcir calcetines que ya no
tos fastuosos, de jueces con sus mantos de armiño,
admitían remiendos por lo gastado, a escamotear una
de1Ja picota pública, de los trabajos forzados, de los
pastilla de sacarina y a:horrar para mañana una coli­
fastuosos banquetes dados par el Alcalde de Lon­
lla de cigarrillo. El ideal sustentado por el Partido
dres y de la costumbre de besarle la zapatilla al Papa.
era algo deslumbrante, gigantesco y avasallador: un
Igualmente se hacía referencia deljus primae noctis,
mundo de acero y hormigón, de máquinas mons­
lectura no muy apropiada por cierto para niños; pues
truosas y armas aterradoras; un pueblo de guerreros

112 113
GEORGE ÜRWELL 1984

Y de fanáticos avanzando hacia sus destinos con per­ mortalidad infantil era solamente de ciento sesen­
fe�ta cohesión, animados todos por idénticos pensa­ ta por mil, mientras que en épocas pasadas llegaba
mientos y todos coreando el mismo estribillo, siem­ a trescientos por mil. Y así con todo. Era como el
pre trabajando, luchando, triunfando y persiguiendo. pla nteo de una ecuación simple con dos incógnitas.
En suma, trescientos millones de habitantes, todos Estaba dentro de lo posible que cuanto expresaban
con la misma cara. Pero la realidad era muy otra: ciu­ los textos de historia, incluso aquello que era dado
dades sórdidas y en plena decadencia, donde gente aceptar a ojos cerrados, no fuera sino producto de la
mal nutrida trajinaba calzando zapatos con agujeros fantasía. Acaso no existiera jamás la ley llamada jus
e? l�s suelas y habitando casas construidas en el siglo prímae noctis, o tales gentes como los capitalistas, o
d1ecmueve que olían a repollos hervidos y a retre­ prenda alguna que se llamara sombrero de copa.
tes en mal estado de conservación. Se le presentó a Todo acababa por disiparse en medio de una es­
Winston la visión de Londres tal cual era en la ac­ pesa bruma. Se obliteraba el pasado, luego se pasaba
tualidad: una vasta y destartalada capital, una ciudad una esponja sobre la propia obliteración, y la mentira
con un millón de tachos de basura y, en medio de quedaba transformada en verdad. Sólo una voz en
todo ello, la señora Parsons, una mujer con el rostro su vida le cupo a Winston tener en sus manos -
surcado de arrugas y los cabellos ralos, tratando de posterior al hecho, que es lo importante- la prueba
componer una cañería atascada de inmundicia. fehaciente, positiva e irrefutable de una deliberada
Otra vez se rascó el tobillo enfermo. Día y no­ ter giversación de la verdad. La tuvo apenas por es­
che la telepantalla le rompía a uno los tímpanos pacio de unos treinta segundos Debió haber sido en
con estadísticas para demostrar que hoy el pueblo 1973, por la época en que Catalina y él resolvieron
comía más, vestía mejor, disponía de viviendas más separarse. Pero la fecha de la prueba documental se
cómodas y mejores medios de diversión: que vivían refería a un hecho ocurrido seis o siete años antes.
los hombres más tiempo y trabajaban menos; que La cosa tuvo su origen allá por mediados de 1960,
eran más rob �stos, instruidos y dichosos que la po­ período en que se llevaron a cabo las purgas que die­
bre gente de cincuenta años atrás. Y de todo ello no ron cuenta para siempre de los primeros dirigentes
era p�sible negar ni confirmar una sola palabra. Así de la Revolución. Para 1970 no quedaba ninguno de
por eJemplo, afirmaba el Partido que actualmente ellos, con excepción del Gran Hermano. Los demás
el c��enta por ciento de los pleb eyos sabían leer y fueron acusados de traidores y reaccionarios. Golds­
escribir, en t�nto que antes de la Revolución no pa­ tein huyó para refugiarse nadie sabía dónde; de los
saban del quince por ciento. Decía asimismo que la otros, unos desaparecieron sin más trámites, en tan-

114 115
GEORGE ÜR\VELL 1984

to los restantes fueron ejecutados luego de un espec­ del ojo. Los tres hombres eran de más edad que él,
tacular juicio público en el curso del cual confesaron restos del pasado, casi todo lo que quedaba de las
ampliamente sus culpas. Entre los últimos sobrevi­ figuras que actuaron en primera fila en los tiempos
vientes se contaban tres sujetos: Jones, Aaronson y iniciales de la organización partidaria. Envolvíalos
Rutherford. Fue quizás en 1965 cuando se encar­ la aureola de aquellos días de guerra civil y activi­
celó a los tres citados. Tal como solía ocurrir con dades subterráneas. Tuvo la sensación de haberlos
frecuencia, se comenzó por hacerlos desaparecer por conocido por sus nombres mucho antes de que oyera
espacio de un par de años sin que nadie supiera más hablar del Gran Hermano, aunque ya por entonces
de ellos, hasta que un buen día volvieron a aparecer comenzaban los sucesos y las fechas a perderse en las
para confesar sus delitos, según el procedimiento en tinieblas. Pero también aquellos hombres eran los
boga. Confesaron los tres haber entrado en relacio­ facinerosos puestos al margen de la ley, los enemigos
nes con una potencia enemiga {Eurasia, por aquellos declarados del pueblo, los intocables condenados sin
tiempos), a más de haber incurrido en malversación remedio a la extinción más absoluta al cabo de un
de fondos, asesinatos de varios miembros destaca­ año o dos. Nadie que hubiese caído una vez en las
dos del Partido, solapadas maniobras para socavar redes de la Policía del Pensamiento podía ya sentirse
el prestigio del Gran Hermano, iniciadas ya antes seguro; por el resto de su vida, no era sino un cadá­
de que estallara la Revolución, y actos de sabotaje a ver aguardando su turno para ser sepultado.
consecuencia de los cuales perdieron la vida cente­ Vacías estaban las mesas más cercanas a los tres
nares de miles de personas. Luego de confesar am­ hombres. H�biera resultado imp¡'Udente ser visto en
pliamente, fueron indultados y reintegrados al Par­ las proximidades de gente de tal calaña. En silencio
tido en cargos de aparente significación, pero que sorbían sus copas de ginebra aromatizada con cla­
no pasaban de ser otras tantas canonjías. Los tres vos de olor, especialidad de la casa. Uno de ellos,
escribieron en el Times extensos artículos en térmi­ Rutherford, fue el que más profunda impresión cau­
nos de los más abyectos, explicando los motivos que só a Winston. En sus buenos tiempos, había sido
determinaron su defección partidaria y con reitera­ un celebrado caricaturista, cuyos dibujos agresivos
dos propósitos de enmienda para el porvenir. mucho contribuyeron a agitar la opinión pública,
Winston se había encontrado con los expresados tanto antes de la Revolución como durante ella. Sus
sujetos en el Café del Castaño poco tiempo después caricaturas seguían apareciendo actualmente en el
de haber sido puestos en libertad. Recordaba la es­ Times de tarde en tarde, pero no eran sino meras re­
pecie de admiración con que los, miró con el rabill� , peticiones de su ya gastada vena humorística, singu-

116 117
GEORGE ÜRWELL 1984

larmente desprovistas de vida y sin ninguna fuerza


de convicción. Referíanse siempre a los mismos y A la sombra del castaño
resobados temas; lóbregas casas de inquilinato, ni­ · Me vendiste y te vendí
Ahora yo aquí y tú allí
ños hambrientos, refriegas callejeras y sombreros
A la sombra del castaño.
de copa, que por lo visto no abandonaban los capi­
talistas ni para pelear en las barricadas. En suma,
No se dieron por enterados los tres sujeto s, pero
un vano y obstinado empeño por volver a ser lo que rostro
había sido. Era Rutherford un sujeto con aspecto de cuando Winston volvió a mirar el esmirriado .
de Rutherford ' o bservó que este tenía los OJOS arra-
monstruo: tupida melena de cabellos canosos, fac­ cargo
ciones fofas llenas de costurones y los gruesos labios sados de lágrimas y por vez primera se h"izo,
n las
de un negro africano. En sus buenos tiempos debió de que tanto Aaranson como Rutherford tema
. haber sido hombre de poderosa musculatura, pero narices rotas.
Poco después volvían los tres a ser encarcelados .
ahora, su impo nente físico parecía ir desintegrándo­ no
se a pedazos, dando la impresión de una montaña Se dijo que desde que fueron puestos en libertad
el
habían dejado de conspirar un solo momento . En
que se desploma ante nuestros ojos. vez más su s ante­
segundo juicio confesaron, una : _ _
Acababa de dar la solitaria hora trece. No hubie­
riores delitos, agregando otros. Fueron ªJusticiados,
ra podido decir Winston a qué obedeció su presencia
pasan do su historial a figurar en los. anales d:l Par-
en aquel café a esa hora del día. Poco menos que de­
t.ido como advertencia a las generac10nes vemderas.
sierto se hallaba el local. Difundía la telepantalla las . b a un d'ia
A unos cinco años de aquel suceso, revisa
melodías de una alegre musiquilla. Seguían los tres
Winston ciertos do cumentos acabados de llegarle
hombres sentados en su rincón, inmóviles y mudos.
por el tubo neumático, cuando dio c�n u� recorte
Sin que se lo pidieran, volvió el camarero a traer otros
de diario que evidentemente había vemdo Junto c��
tres vasos de ginebra. Sobre la mesa velase un table­
otros papeles por inadvertencia. A�enas lo e�tend10
ro de ajedrez con las piezas dispuestas, pero el juego
sobre su mesa se hizo cargo de su importancia. Era
no empezaba. En esos instantes, varió la telepantalla
la mitad de la hoja de un ejemplar del :imes de di�z
de programa por un espacio de tiempo que no habrá
años atrás -la mitad superior, es decir, que podia
pasado de treinta segundos. Cesó la musiquilla y si­
leerse la fecha-, y en ella aparecía una fotograf'.a
guiole un sonido peculiar, de tonalidad desconcertan­
de un grupo de delegados a cierto congreso parti­
te y dificil de explicar, algo así como un rebuzno entre
dario realizado en Nueva York. En medio del grupo
cascado y burlón. Y una voz se puso a cantar:

118 119
1984
GEORGE ÜRWELL

se distinguía a Jones, Aaronson y Rutherford. Eran Pero Winston siguió trabajando como si nada
ellos, sin asomo de duda. Y a mayor. abundamiento, hubiera pasado. Así que vio aquella fotografía y se
sus nombres figuraban al pie del grabado. hizo cargo de todo lo que podía significar, la cubrió
Lo interesante estaba en que, tanto en el trans­ a l instante con una hoja de papel en blanco. Mante­
curso del primer proceso como del segundo, los tres ner el rostro sin expresión no era cosa del otro mun­
habían declarado encontrarse en Eurasia por aquella do y hasta se podía, con algún esfuerzo, controlar la
lecha. Desde un aeródromo clandestino del Canadá propia respiración, pero llegar a dominar los lati��s
volaron a una determinada población de Siberia para acelerados del corazón estaba fuera de toda pos1b1-
entrevistarse allí con oficiales del Estado Mayor eu­ Jidad, y la sensibilidad de la telepantalla los hubiera
rasiano a quienes trasmitieron informaciones milita­ acaso captado. Dejó trascurrir unos diez minutos,
res de suma importancia. Aquella fecha se le quedó torturado sin cesar por el temor de que un accidente
a Winston grabada en la memoria porque coincidía cualquiera -una ráfaga de viento, por ejemplo, que
con la entrada del verano, pero el detalle tenía que viniera a revolver los papeles- pudiera venderle.
estar documentado en muchos otros papeles. De Luego, y cuidándose siempre de mantener tapada la
todo ello no se deducía sino lo siguiente: las confe­ fotografía, la arrojó por el buzón de la memoria, jun­
siones de los supuestos culpables no fueron sino un tamente con otros papeles. Si todo aquello hubiese
tejido de mentiras. sucedido hoy, es muy probable que se hubiese que­
Desde luego, no se trataba de una gran novedad dado con aquella fotografía. Diez u once años ha­
ni mucho menos, pues ya por aquel entonces no creía bían transcurrido desde aquel incidente y el tiempo
Winston que las personas exterminadas en las pur­ no parecía óbice para haberle restado su importan­
gas fuesen realmente culpables de los delitos de que cia, a pesar de que tanto la fotografía como todo lo
se les acusaba. Pero ahora, tenía en sus manos una relacionado con ella no eran ya sino recuerdos de un
prueba fehaciente e irrebatible, documentada por pasado lejano. ¿Sería más poderoso el dominio del
un fragmento del pasado, como uno de esos hue­ Partido sobre el pasado -se preguntó- por el solo
sos fósiles que aparecen en un estrato que no es el hecho de haber existido una prueba que ya no existía?
suyo para dar en tierra con toda una tesis geológica. Pero en los tiempos presentes aquella fotografía
Ese sólo detalle habría bastado para hacer añicos la ya no serviría acaso de prueba, aun en el supuesto
estructura del Partido, de haber sido posible proda­ de que fuera posible resucitarla de sus cenizas. Ya
marlo a la faz del mundo y difundir por todos los en la época en que la tuvo en sus manos Oceanía
ámbitos su enorme trascendencia. había dejado de estar en guerra con Eurasia; por

120
121
GEORGE ÜRl\'ELL 1984

lo tanto, tenían que haber sido agentes de Estasia Volvió a tomar el texto escolar. de historia para
los que indujeron a los tres sujetos a traicionar a s u contemplar un rato la efigie del Gran Hermano en
patria. Desde entonces muchos cambios se habían . la tapa. Aquellos ojos fascinadores se miraron en los
producido: uno, dos, tres, no recordaba ya cuántos. suyos. Era como sentirse aplastado por una mole in­
Lo más probable es que las confesiones fueran re­ mensa, algo que penetraba en el cerebro y hurgaba
dactadas una y otra vez hasta hacer que los hechos en el entendimiento para arrojar de él toda falsa
y las fechas perdieran toda importancia. No sola­ cr eencia e incluso hacer que uno pusiera en duda
mente variaba el pasado, sino que las variaciones una evidencia material percibida por los sentidos.
no tenían solución de continuidad. Lo que más le Acabaría el Partido por sustentar que dos y dos son
afligía era el sentirse incapaz de comprender las ra­ cinco y no habría más remedio que creerlo. Tarde o
zones determinantes de aquella extraordinaria im­ temprano, a eso llegarían fatal e irremisiblemente,
postura. Adulterar el pasado podía tener sus ven­ porque así lo exigían la doctrina y la filosofía del
tajas inmediatas, pero los motivos ulteriores de las Partido, que tácitamente negaban, no solamente la
adulteraciones era cosa que constituía un misterio. validez de todo conocimiento, sino hasta la pro­
Tomó la pluma y escribió: pia existencia de las cosas reales. Y lo espantoso
no estaba en que le pegaran cuatro tiros a quien
Comprendo cómo; lo que no puedo comprender es
sé resistiera a creerlo, sino en la posibilidad de que
porqué.
tuvieran razón, después de todo. Porque, a cuen­
Preguntose, como otras tantas veces, si él mis­ tas claras: ¿cómo sabemos que dos más dos hacen
mo no estaba loco de remate. En resumidas cuentas, cuatro? ¿O que la fuerza de la gravedad existe real­
acaso un loco no fuera sino una minoría de uno. En mente? ¿O que el pasado es inmutable? Si tanto
un tiempo se tuvo por loco a quien creía que la tierra el pasado como el mundo exterior sólo existen en
gira alrededor del sol; hoy se tendría por tal a quien nuestro entendimiento y el propio entendimiento
afirmara que el pasado es inmutable. Si entre todos es susceptible de ser subyugado ¿qué va a pasar?
fuera Winston el único en dar crédito a esa verdad, «Pero no puede ser», díjose Winston, sintiendo
pues entonces es que estaba loco perdido. Y no es que le volvía el ánimo para seguir luchando como
que el haber perdido la razón le importase poco ni a despecho de sí mismo. Al margen de toda asocia­
mucho; lo tremendo para él era sospechar que acaso ción de ideas, tornó a _pensar en O'Brien. Cada vez
. también estuviese equivocado. estaba más cierto de que O'Brien era de los suyos .
Para O'Brien escribía ahora su diario, dedicado a él,

122 123
GEORGE ÜRWELL 1984

como si se tratara de una carta interminable que na­ VIII


die ha de leer, pero que al dirigirla a u.na determi­
nada persona, adquiere por ese sólo hecho relieves De un entresuelo esparcíase a la calle un agra­
propios e inconfundibles. dable olorcillo a café tostado -café de verdad, no
Mandaba el Partido que se rechazara todo cono­ el denominado de la Victoria- y detúvose Wins­
cimiento percibido a través de ojos y de oídos. Era el ton sin querer. Acaso por espacio de dos segundos
más decisivo y fundamental de sus mandamientos. se vio de nuevo en el mundo de su infancia. Luego
Lo vio todo negro Winston al pensar en las fuerzas oyó que alguien cerraba violentamente una puerta y
poderosísimas que se alineaban contra él y en la fa­ _
con ello desvaneciose aquel aroma con la repentina
cilidad con que un intelectual cualquiera rebatiría su fugacidad de una imagen auditiva que se disipa de
tesis en un debate, sin que él pudiera echar mano a improviso en el espacio.
otro expediente que no fueran sutiles argumentos, Varios kilómetros llevaba andando por aceras de
ineficaces no ya para refutar, sino para comprender. piedra y dolíale su úlcera varicosa. Era la segunda vez
¡Y sin embargo, la razón estaba de su parte! Era de­ _
en quince días que faltaba al Club de la Comumdad,
ber imperativo asumir la defensa de lo real y de lo · actitud nada aconsejable, pues de seguro se llevaba
tangible, por majadero que pareciese. Lo verdadero allí cuenta minuciosa de las asistencias. En teoría,
· es la verdad: ¡A ese concepto había que aferrarse con ningún afiliado debía disponer de tiempo libre ni es­
alma y vida! El mundo físico existe y sus leyes son tar solo jamás, como no fuera en la cama. Se presu­
invariables. Las piedras son duras, el agua líquida y mía que cuando no estuviera trabajando, comiendo
los cuerpos abandonados a su propio peso son atraí­ o durmiendo, estaría tomando parte en algún géne­
dos al centro de la tierra. Como si estuviera dialo­ ro de esparcimiento colectivo. Hacer cualquier cosa
gando con O'Brien, o tal como si fuera a consignar que diera la impresión de buscar la soledad, inclus.o
un axioma de fundamental significación, escribió: tomarse un paseo, constituían motivos de sospecha.
Neohabla tenía su vocablo para expresarlo: propiavi­
La libertad consiste en poder afirmar que dos y dos
da se llamaba eso, como expresión de individualismo
son cuatro. Otorgada esa libertad, las demás vienen
solas. y excentricidad. Pero aquella noche, al salir Winston
del Ministerio, no había podido resistir los encantos
del embalsamado aire de abril. No recordaba haber
contemplado en lo que iba del año un cielo tan azul
y se le ocurrió intolerable seguir soportando aquellas

124 125
GEORGE ÜRWELL 1984

prolongadas y vocingleras tertulias del Club, con sus de sus madres. Más de la cuarta parte de las venta­
entretenimientos tan aburridos como agotadores , nas tenían los vidrios rotos y reemplazados por ta­
sus conferencias soporíferas y aquella chirriante ca­ blones. Casi nadie reparó en Winston, pero algunos
maradería lubricada con ginebra. Cediendo a un im­ le miraron con cierto interés no exento de ·sospecha
pulso irresistible había descendido del ómnibus para y desconfianza. Dos mujeres de imponente físico
vagar por los laberintos de Londres, perdiéndose en conversaban en una puerta de calle, con sus brazos
calles para él desconocidas y sin reparar en el rumbo color ladrillo cruzados sobre el delantal. Alcanzó
que tomaba. Winston a oír algunas frases sueltas.
«Si alguna esperanza queda -había escrito en su -Se lo dije bien clarito -decía la una-. Todo
diario- está en la plebe». Recordaba ahora aquella eso está muy bien, no lo discuto, pero puesta usted
frase como expresión de una verdad mística y de en mi lugar, haría lo mismo. Es muy fácil criticar,
un evidente absurdo. Caminaba en esos momentos pero no tienen ellos los mismos problemas que no­
por entre sórdidas casas de inquilinatos situadas al sotros.
norte y al este de lo que había sido la estación de · -Así es -asintió la otra-. Esa es la verdad. La
San Pancracio: iba subiendo por una empinada calle pura verdad.
con pavimento de piedra, flanqueada por casas de De pronto ambas mujeres se llamaron a silen­
dos pisos con puertas desvencijadas que daban. a la cio. Al pasar Winston frente a ellas, le miraron con
calzada y hacían pensar en cuevas de ratas. Entre callada hostilidad, aunque no pudiera llamarse así
los adoquines percibíanse charcos de agua turbia. en términos precisos: era más bien una especie de
Un número increíble de personas entraba y salía cautela, un repentino estado de alerta como cuando
por aquellas puertas, transitando sin cesar por las de pronto se ve a un animal extraño. El mameluco
oscuras callejas laterales; muchachitas en la flor de azul del Partido no se veía todos los días en aque­
la edad, con sus labios embadurnados de carmín y llos barrios. Las patrullas hubieran podido detener
mocitos que las acosaban; y mujeronas obesas y de a Winston para preguntarle: «Sus documentos, ca-
abultadas caderas, que parecían una visión antici­ marada.
pada de lo que llegarían a ser aquellas muchachi­ ¿Qyé hace usted aquí? ¿A qué hora salió de su
tas dentro de diez años; y viejos encorvados por la trabajo? ¿Es por aquí por donde suele usted volver a
edad arrastrando pesadamente sus pies, y chiquillos casa todos los días?» Y otras preguntas por el estilo.
descalzos, andrajosos, chapoteando en los charcos No es que constituyera infracción regresar a casa por
para luego echar a correr ante los gritos iracundos otro camino que no fuera el habitual, pero bastaba

126 127
GEORGE ÜRWELL 1984

ese detalle para llamar la atención de la Policía del advirtió que se hallaba cubierto por los fragmentos
Pensamiento, si esta llegara a enterarse. de vidrios rotos de una ventana.
De improviso prodújose una conmoción tre­ Siguió andando. La bomba había derribado una
menda en toda la calle. Voces de alarma oyéronse hilera de casas, doscientos metros calle arriba. Del
por todas partes. La gente metíase despavorida en lugar se elevaba una espesa columna de humo y ya
sus casas a todo correr. A pocos pasos de Winston, se habían congregado los curiosos en torno a los es­
una joven se precipitó a la calle y luego de tomar en combros. Veíase un mantoncito de yeso con un tra­
brazos a un chiquillo que chapoteaba en uno de los zo de vivo color rojo en el medio: cuando se hubo
charcos y envolverlo con su delantal, volvió a meterse aproximado, comprobó Winston que era una mano
adentro como una exhalación, todo ello en un abrir seccionada en la muñeca. Fuera del muñón sangui­
y cerrar de ojos. En ese preciso instante, un hombre nolento, aquella mano parecía formar parte del yeso,
vestido con un traje que parecía un acordeón por lo tan inmaculada era su blancura.
arrugado, emergió de una de las callejas y corriendo De un certero puntapié arrojó aquello a un lado
en dirección a Winston, señalaba al cielo, presa de y luego, eludiendo el gentío, dobló a la derecha para
gran excitación. tomar por otra calle. A poco de andar dejaba atrás
-¡Un barco! -vociferó- ¡Un barco! ¡Cuida­ la zona afectada por el estallido de la bomba, pero la
do, señor, ya está sobre nosotros! ¡Échese de bruces, bulliciosa y lóbrega vida del barrio proseguía como
pronto! si nada hubiese ocurrido momentos antes. Eran cer­
«Barco» llamaba la gente a las bombas voladoras, ca de las veinte y los despachos de bebidas frecuenta­
nadie sabía por qué. Sin pérdida de tiempo arrojase dos por la plebe comenzaban a llenarse de sedientos
Winston al suelo. En estos casos, los plebeyos nunca parroquianos. A través de sus mugrientas puerteci­
daban la voz de alarma sin motivo fundado, pues llas giratorias, que se abrían y cerraban sin cesar al
pa�ecían dueños de una especie de intuición para paso de cada recién llegado, se filtraba para afuera
advertir la proximidad de una bomba voladora se­ un penetrante olor a orina, aserrín y cerveza agria.
gundos antes de que estallara, aunque dichos pro­ Arrimados a la pared y muy juntos, se hallaban tres
yectiles se desplazaban con una velocidad superior hombres: el del medio sostenía un periódico que los
a la del sonido. Entrelazó Winston sus manos por otros leían por encima de sus hombros. Aun antes
detrás de la nuca. Siguió una explosión que pareció de poder distinguir sus caras, comprendió Winston
levantar en vilo el pavimento y al punto sintió que que aquellos hombres estaban absorbidos por alguna
una lluvia de cascotes caía sobre él. Al ponerse de pie noticia de gran trascendencia, y de muy apasionante

128 129
GEORGE ÜRWELL 1984

interés debía ser lo que leían en el diario. Faltaban aquellos que apenas sabían leer y escribir aventurá­
pocos pasos para llegar a ellos cuando dos de los banse en los más complicados cálculos y realizaban
hombres se trenzaron en un violento altercado. «Un verdaderos prodigios en ejercitar la memoria. Había
poco más y se irán a las manos» se dijo Winston. toda una pandilla que se ganaba la vida vendiendo
-Pero escucha lo que te estoy diciendo, so pel­ martingalas, pronósticos y amuletos de la suerte. No
mazo. Te digo que ningún número terminado en estaba Winston vinculado en forma alguna con la
siete ha salido en año y medio. organización de la lotería, pero sabía de sobra (como
-Sí, que ha salido. no lo ignoraban todos los afiliados) que los premios
-Y yo te digo que no. Pero si en casa llevo ano- eran, en gran parte, ficticios. Se pagaban únicamen­
tados todos los números que han salido en estos te los premios modestos, en tanto los mayores co­
últimos dos años. Los anoto con la puntualidad de rrespondían siempre a personas imaginarias. Dado
un reloj. Y repito que ningún número terminado en que no existía medio para que la gente residente en
siete... una región de Oceanía se comunicara con la que ha­
-. Insisto en que ha salido el siete. Y hasta podría bitaba otra, no resultaba nada difícil salir adelante
decirte la numeracion completa. Terminaba en siete, con la engañifa.
o en cuatro. Fue en febrero, en la segunda semana Pero si alguna esperanza quedaba, era la plebe.
del mes. Era de todo punto imprescindible aferrarse a esa te­
-¡Febrero, tu abuelita! Pero si lo tengo escrito. Y sis. Así expresada, no carecía de algún fundamento,
te repito, ningún número... pero al ver a aquellos desventurados transitando por
-Por favor, basta de discusiones -interpuso el la calzada, convertíase el aforismo en un acto de fe.
tercero de los sujetos. La calle por donde iba caminando Winston descen­
Aquellos hombres hablaban de la lotería. Luego día en suave pendiente y tuvo la impresión de haber
de ¡indar unos treinta pasos, volvió Winston la cabe­ andado por allí antes; no lejos tenía que estar la ca­
za. Seguían discutiendo los sujetos acaloradamente, lle principal. Oyó a la distancia voces de gente que
cor{ sus rostros congestionados. La lotería, que se hablaba a gritos. Luego de torcer a su izquierda casi
jugaba una vez por semana con tentadores premios, en ángulo recto, terminaba la calle en unos escalo­
constituía el único acontecimiento público capaz de nes por los cuales se bajaba a un callejón por debajo
despertar el interés de los plebeyos. Era su diversión del nivel general de 1:,, calzada, donde unos fruteros
apasionada, su anestesia, su enajenación y su esti­ ofrecían en venta manojos de verdura de mustias ho­
mulante espiritual. Siendo cuestión de lotería, hasta jas. En ese instante pudo Winston precisar de fijo

130 131
GEORGE ÜRWELL 1984

el lugar donde se hallaba. Aquel callejón desembo­ para trabar relación con el anciano y procurar conse­
caba en la calle principal y, pasando la bocacalle, a guir que le contara algo de lo que le interesaba saber.
menos de cien metros de allí, estaba el comercio de Se lo pediría en los siguientes términos: «Cuénteme
artículos varios donde había adquirido aquel libro usted su vida de cuando era muchacho. ¿Cómo se
en el cual escribía ahora su diario. Y en una librería pasaba en aquellos tiempos? ¿Eran mejores o peores
más modesta de los alrededores fue donde adquirió que los actuales?».
la lapicera y el frasco de tinta. Dándose prisa, por si el temor pudiera hacerle
Detúvose unos instantes antes de descender por cambiar de idea, descendió los escalones y cruzó la
los escalones. Al otro lado de la calleja vio una taber­ calleja. Era una locura, desde luego. Por lo general,
na, cuyas ventanas parecían veladas por la escarcha, no existía prohibición expresa de trabar relación con
pero sólo era espesa capa de polvo. En ese momento los plebeyos y frecuentár sus lugares de esparcimien­
entraba en el local un viejecito encorvado, pero ágil, to, pero. tratábase de un fenómeno demasiado fue­
de bigotes blancos con pelos duros y agresivos como ra de lo común para que pudiera pasar totalmente
los de un langostino. Al verlo se le ocurrió a Winston inadvertido. Si se hacían presente las patrullas, po­
que aquel viejo, de ochenta años por lo menos, tenía dría acaso salir del paso alegando haberse sentido
que haber sido un hombre de edad ya madura en indispuesto en la calle, aunque era muy poco pro­
la época de estallar la Revolución. Él, y otros como bable que le dieran crédito. Al abrir la puerta; le dio
él, constituían los únicos vínculos vivientes con el en la cara un insoportable tufo a cerveza agria y las
desvanecido pasado del capitalismo. En el propio conversaciones bajaroµ al punto de tono. Sin tener
Partido no quedaban muchos que ya hubieran sido necesidad de volverse, sabía que en esos momentos
afiliados en los días anteriores al estallido del movi­ todo el mundo tenía los ojos fijos en su mameluco
miento. Los de mayor edad habían sido liquidados azul. Un juego de dados quedó en suspenso por casi
casi totalmente en las grandes purgas de mitad de medio minuto. El anciano, a quien había seguido,
siglo y los escasos sobrevivientes vivían sometidos a se halj¡iba de pie junto al bar, trenzado en un cam­
. un absoluto sojuzgamiento espiritual. Sólo entre los bio ele' palabras con el dependiente, que era un mozo
pleb�yos habría sido posible encontrar quien pudiera corpulento de nariz aguileña y gigantescos antebra­
hacer una relación veraz de lo que era la vida en la zos. L.os otros, formando corro y con sus vasos en la
primera mitad del siglo. De pronto le vino a la me­ mano, asistían en sile,;icio a la discusión.
moria el párrafo aquél del texto de historia que había -Le he hecho a usted una pregunta como la
copiado en su diario. Resolvió entrar en la taberna gente, me parece -decía el anciano, echando los

132 133
1984

hombros hacia atrás, como en actitud de desafío-. -Es usted todo un caballero -respondió el an­
¿Me va usted a decir que no tiene en el negocio ja­ ciano, echando nuevamente los hombros hacia atrás.
rros de una pinta? ¡Qyé clase de bodegón indecente No pareció. reparar en el mameluco azul de Wins­
es este! ton-. ¡Una pinta! -le espetó al tabernero, en tono
-¿Y qué demonios es una pinta? -inquirió el agresivo-. ¡Una pinta de cerveza!
dependiente, apoyando sus manazas en el mostrador. Luego de enjuagar dos vasos de vidrio ordinario
-¡Mírenlo a este! ¡Se preci.a de mozo de taberna en una pileta situada debajo del mostrador, los llenó
y no sabe lo que es una pinta! Una pinta, para que el barman con otros tantos medios litros. La cerveza
lo sepas; es la mitad de un cuarterón y cuatro cuar­ era la única bebida alcohólica permitida a los plebe­
terones hacen un galón. ¿Te enteras? ¡A ver si ahora yos: no les estaba permitido beber ginebra, pero en
tengo también que enseñarte el abecedario! la práctica, la conseguían en cualquier cantidad. Se
-Pues en mi vida he oído hablar de pintas ni había reanudado el juego de dados y los demás con­
de cuarterones -apuntó el tabernero con pausada currentes conversaban sobre temas de lotería. Junto
voz-. Un litro o medio litro, es lo que servimos a la ventana había una mesa donde Winston y el an­
aquí. Allí están los vasos, en aquel estante, frente a ciano podrían conversar a sus anchas sin temor de
usted. ser escuchados por los otros parroquianos. Mucho
-Y yo lo que quiero es una pinta -insistió el era lo que arriesgaba al dar ese paso, pero a lo menos
viejo-. Esto de litros no lo conocíamos cuando yo no había telepantalla en el local, de lo que se aseguró
era joven. Winston no bien traspuso la puerta de entrada.
-Cuando usted era joven, la gente vivía en los -Bien hubiera podido el tío ese haberme servido
árboles -dijo el tabernero, mirando a los demás pa­ una pinta -murmuró el anciano al tomar asiento-.
rroquianos. Medio litro no es lo mismo. No satisface. Y un litro
Estallaron los circunstantes en una carcajada ge­ es demasiado. Me hace daño a la vejiga. Eso, sin ha­
neral y pareció disiparse un tanto la atmósfera de blar del precio.
desconfianza provocada por la presencia de Wins­ Sus ojos azules iban del blanco de los dados al
ton. 'Rojo de ira se puso el anciano y, al volverse mostrador de la taberna y de este a la puerta del
bruscamente mascullando entre dientes, dio de lleno baño, como si en tales sitios estuviera el origen y la
con Winston, quien tomándolo del brazo con ami­ raíz del cambio en los tiempos.
gable ademán, le dijo: -La cerveza era antes mejor -prosiguió dicien­
-¿Puedo invitarlo con un trago? do-. ·¡Y más barata! Cuando yo era joven, costaba

134 135
GEORGE ÜRWELL 1984

cuatro peniques la pinta. Eso fue antes de la guerra, han magníficos palacios, paseaban en automóvil y en
desde luego. carruajes tirados por dos yuntas de caballos, bebían
-¿Antes de cuál de las guerras? -preguntó champaña y llevaban sombreros de copa.
Winston. -¿Ha dicho usted sombreros de copa? Muy a
-De todas las guerras -contestó el anciano sin cuento viene que lo 4aya recordado, pues casual­
precisar-. ¡A su salud! mente estaba yo pensando en lo mismo, no sé a pro­
Movíasele al viejo la pronunciada nuez en su en­ pósito de qué. Y hablando de ellos, hace años que no
juto gaznate en vivos movimientos de sube y baja a veo uno de esos sombreros. La última vez que me
medida que iba escanciando su medio litro. Wmston encasqueté uno en la cabeza fue cuando el entierro
fue al bar por otros dos medios litros. El anciano no de mi difunta cuñada. Y eso tiene que haber sido ...
pareció ya tener objeciones a beberse todo un litro. a ver... a ver... se me va la fecha, pero hace lo menos
-Tiene que haber sido usted un hombre hecho cincuenta años. Claro que aquel sombrero, ya puede
y derecho mucho antes de haber nacido yo -co­ suponerse usted, lo alquilé nada más que para la ci­
menzó Winston- y recordará, sin duda, cómo era tada ocasión.
el mundo en los viejos tiempos, antes de la Revo­ -Dejemos los sombreros de copa a un lado -
lución. Las personas de mi edad nada sabemos de interrumpió Winston, ya impacientado-. Lo que
aquella época; sólo la conocemos a través de los li­ me interesa saber es de aquellos capitalistas que -a
bros y puede que estos no siempre digan la verdad. más de unos cuantos abogados y clérigos que vivían a
Me gustaría conocer su opinión al respecto. Afir­ sus costillas- eran los dueños y señores del univer­
man los textos de historia que la vida de antes de la so. Todo lo demás estaba a su servicio. La gente del
Revolución era totalmente distinta de lo que es aho­ pueblo, los trabajadores, usted mismo, vivían redu­
ra. Existía la más atroz esclavitud y la injusticia y la cidos a la condición de esclavos suyos, en tanto ellos
miseria, más allá de cuanto puede uno imaginarse. eran dueños de hacer con ustedes su santa voluntad.
Aquí en Londres, la generalidad de la gente no tenía Podían fletarlos a ustedes al Canadá como ganado
suficiente qué comer, de la cuna a la sepultura. Casi en pie, o tener relación con sus hijas a discreción,
todos andaban descalzos y dormían hacinados entre o bien disponer que les dieran azotes. Había que
diez en un cuartucho. Al par de todo eso, existía una descubrirse a su paso. Todo capitalista iba siempre
minoría integrada por apenas unos cuantos miles, acompañado por una cohorte de lacayos...
llamados capitalistas. Eran esos capitalistas dueños -¡Lacayos! Vea usted, es esa una palabra que
de todo cuanto había sobre la faz de la tierra; habita- no oigo hace años. De veras que me trae recuerdos

136 137
GEORGE ÜRWELL
1984

de pasadas épocas. Recuerdo -bueno, de esto hace


-Así era -dijo el viejo-. Les agradaba que
siglos- que solía ir a Hyde Park los domingos por
uno·'se descubriera ante ellos. Claro es que yo no
la tarde para escuchar a los que allí se desgañita­
estaba con eso, pero tenía que hacerlo por seguir la
ban pronunciando discursos: ejército de Salvación,
corriente. En cierto modo, era una especie de obli­
católicos, judíos, indios, de todo había. Recuerdo
gación.
un sujeto, cuyo nombre no me viene a la memoria,
-¿Y era costumbre -no hago sino repetir lo
que era un coloso en aquello de hablar en público.
afirmado por los textos de historia- era costumbre
A todo el mundo ponía de oro y azul. ¡«Lacayos!
que ustedes les cedieran la acera y descendían a la
-solía vociferar-- ¡Lacayos de la burguesía! ¡Ins"
calzada para darles paso?
trumentos de la clase gobernante! ¡Parásitos!». Y ..
-Algo de eso me pasó a mí en cierta oportuni­
hasta hienas, sí señor, hienas los llamaba, doy fe.
dad. Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue en la noche
Claro que se refería al Partido Laborista, ya habrá
de las Regatas -circunstancias en que todo el mun­
usted comprendido.
do solía extralimitarse un tanto- y venía yo andan­
Tuvo Winston la impresión de que el hombre se
do por la Avenida Shaftesbury cuando me di de nari­
estaba escurriendo por la tangente.
ces con un jovenzuelo. Muy empingorotado el mozo:
-Lo que yo deseaba saber -dijo- era esto:
camisa almidonada, sombrero de copa y sobretodo
¿tiene usted la sensación de haber sido más libre en­
negrp. Caminaba haciendo eses y distra��amente no�
tonces que ahora? ¿Se le trataba en aquellos tiempos
dimos un encontronazo bárbaro. Me d1io: «¿Por que
más como a un ser humano que en la actualidad? En
no mira usted por dónde carnina?» Y le contesté: «¿Y
los viejos tiempos, los ricos, los poderosos, los que
qué ·se cree usted? ¿Qiié toda la acera es suya por ha­
mandaban ...
berla comprado?». Y respondió: «Si no mide usted
-La Cámara de los Lores -interpuso el ancia­
sus palabras, le voy a propinar una z�rra que �o se
no como si la luz se hubiese hecho en su entendi­
le olvidará mientras viva». Y respond1 yo: «Esta us­
miento.
ted hecho una cuba. Un poco más y lo entrego a un
-·La Cámara de los Lores, muy bien, si usted se
policía». Y créame o no usted, me dio un empellón
empeña. A lo que quiero llegar es saber si aquella
que por poco voy a parar debajo de !as rueda� de un
lo consideraba a usted como a un ente inferior por
ómnibus. Bueno, pero en aquellos días yo era Joven Y
el solo hecho de ser ellos ricos y usted pobre. ¿Es
sentíame capaz de medirme con aquel sujeto.
verdad, por ejemplo, que debían llamarlos «señor» y
Intuyó Winston que estaba perdiendo el tiempo.
descubrirse a su paso en la calle?
El anciano nada recordaba, fuera de una retahíla de

138
139
GEORGE ÜRWELL 1984

hechos triviales. Nada iba a sacar de aquel hombre, · Apoyose Winston en el alféizar de la ventana.
así le interrogara de sol a sol. Todo lo que afirmaba el Era inútil seguir con aquel hombre. Disponíase a
Partido podía ser verdad a medias, después de todo, . pedir más cerveza cuando el anciano abandonó la
o acaso fuera toda la verdad. Probó una vez más. mesa para dirigirs e con pasos arrastrados al p.estí­
-Acaso no me haya explicádo bien -dijo-. Lo fero mingitorio ubicado en los fondos del local. El
que quiero decir es esto: usted ha vivido mucho y la seg undo medio litro comenzaba a hacer sentir sus
mitad de su vida tiene que haber trascurrido antes efectos. Qgedose Winston contemplando su escan­
de la Revolución. En 1925, por ejemplo, ya era usted ciado vaso por espacio de unos minutos y, casi sin
todo un hombre. A estar por sus recuerdos: ¿era la darse cuenta, volvió a encontrar se en la calle. «Den­
vida mejor o peor entonce s que ahora? Si le fuera tro de veinte años, a lo sumo -iba discurriendo­
dado escoger: ¿preferiría vivir en aquella época ci en quedaría para siempre sin respuesta el fundamental
la presente? a la vez que simple interrogante: ¿era la vida mejor
Miró el viejo el blanco de los dados como en ac­ antes de la Revolución que ahora?» A decir verdad,
titud meditativa. Dio cuenta de su segundo vaso de ni siquiera ahora era posible responder, pues los es­
cerveza con algo más de moderación. Al retomar la casos y dispersos sobrevivientes de aquel viejo mun­
palabra, lo hizo con un tono de filosófica compren­ do de nada servían como fuente de información a
sión, como si el alcohol hubiese pulido ciertas aristas los fines de establecer comparaciones. Recordaban,
de su entendimiento. es cierto, mil futesas tales como una incidencia con
-Adivino adónde quiere usted llevarme: quiere el compañero de trabajo, la búsqueda para dar con
usted que le diga si me agradaría volver a los días un extraviado inflador de bicicletas, la fisonomía de
de mi juventud. Es lo que anhela la mayoría de la un pariente desaparecido hace mucho, o las espirales
gente. Cuando se es joven, se tiene fuerza y salud. de tierra levantadas por el viento cierta memorable
En, cambio, a mi s años, nos tienen a mal traer los mañana de otoño, pero los acontecimientos impor­
áchaques. Yo, por ejemplo, tengo los pies a la mise­ tantes, los sucesos de algún relieve, las modalidades
ria X' la vejiga me hace padecer horrores: seis o siete ·de la vida, todo eso escapaba a su visión retrospecti­
veces me levanto de la cama todas las noches. Por va. Era como las hormigas que perciben los obje tos
otro lado, tiene sus grandes ventajas el ser viejo. Los pequeños, pero no los voluminosos. Desvanecidos
problemas son otros. Nada de mujeres y ya eso no es los recuerdos y tergiversadas las pruebas, no queda­
poco. ¿Qgiere usted creer que hace años no tengo ba sino admitir como buena la afirmación de que
tratos con mujeres? Ni falta que me hace. el Partido había mejorado las condiciones de vida,

140 141
GEORGE ÜRWELL 1984

pues ya no existía ni era factible que volviera a existir corvado, con una nariz prominente sin ser agresiva,
un término de comparación entre uno y otro género y ojos de lánguido mirar a través de gruesos crista­
de vida. les. Tenía los cabellos casi totalmente blancos, pero
Sobre todo eso iba cavilando cuando de pron­ negras y bien pobladas las cejas. Sus espejuelos, su.s
to volvió a la realidad. Detuvo sus pasos y miró en ceremoniosos y medidos ademanes y el hecho de lle­
derredor. Hallábase en una calle estrecha, con unas var puesta una raída chaqueta de terciopelo negro, le
cuantas tenduchas alternando con viviendas parti­ conferían el aspecto de un intelectual, algo así como
culares. Sobre .su cabeza colgaban tres descoloridas un hombre de letras o acaso un músico. Melodiosa
. bolas de metal que debieron ser doradas en su tiem­ era su voz, un tanto a la sordina, y su acento menos
po. Le pareció reconocer el lugar; él h:ibía estado viciado que el de la mayoría de los plebeyos.
allí antes. ¡Pero claro! Si fue en aquel bazar donde . -Lo he reconocido tan pronto lo vi en la ca­
adquirió el libro para escribir su diario. lle- dijo el hombre sin más preámbulos-. Usted
Invadiole un vago temor. Desde un principio, ha­ es el caballero que me compró aquel álbum tan
bía sido un disparate adquirir aquel libro en blanco y bonito. Excelente papel el de ese álbum. Satinado
tenía resuelto no volver a poner los pies en las cerca­ solían llamarlo. No se fabrica igual hace lo menos
nías. Y sin embargo, mientras caminaba ensimisma­ medio siglo.
do en sus cavilaciones, sus pasos le habían conducido Luego de escudriñar el rostro de Winston por
en dirección al lugar sin quererlo ni darse cuenta de encima de los cristales de sus anteojos prosiguió:
ello. Fue precisamente para precaverse contra im­ -¿Puedo mostrarle alguna mercadería en parti­
pulsos suicidas de esta naturaleza que se había deci­ cular? ¿O prefiere usted echar un vistazo a ver si da
dido a iniciar un diario. Al mismo tiempo observó con algo de su gusto?
que la tienda permanecía abierta, no obstante ser ya -Pasaba por aquí -respondió Winston como al
muy cerca de las veintiuna. Y resolvió entrar en ella, azar- y se me ocurrió entrar, sin ningún propósito
pensando en que resultaría menos comprometedor definido.
ser visto e� su interior que merodeando por sus in­ -Por suerte, y digo por suerte, porque no creo
mediaciones. que hubiera podido complacerlo en sus deseos -
El' propietario daba luz en esos instantes a una dijo el otro con un ademán como adelantándose a
lamparilla de aceite que colgaba del techo y despedía pedir excusas- ya ve �sted cómo está todo esto: sin
un olor poco grato, pero sin llegar a ser repulsivo. una mercadería, pudiera decirse. Dicho sea entre
Era ·un hombre de unos sesenta años, frágil y en" nosotros, el negocio de antigüedades está liquidado

142 143
GEORGE ÜRWELL 1984

o poco falta para ello. No hay clientes ni es posible -¿Qyé es esto? -preguntó Winston, cautivado
renovar las existencias. Muebles, porcelanas y crista­ por aquel objeto.
lería, todo fue desapareciendo poco a poco. Y los ar- . -Es un ·coral -respondió el anciano- y debe
tículos de metal, ni qué decir, han ido a parar todos proceder del Océano índico. Era costumbre engar­
en la fundición. Hace años que no pongo los ojos en zarlo dentro de una esfera de cristal. Este no tiene
un candelabro de bronce. menos de cien años. O quizás más, a lo que parece.
,1
En realidad, el interior del local estaba abarro­ -Es precioso -dijo Winston, por decir algo.
¡I tado de cosas, pero entre todas ellas no se percibía -Preciosísimo -subrayó el otro, hablando
un solo objetó de algún valor. Apenas si se podía como un entendido en la materia-, pero en estos

1
11
1 dar un paso a causa de los montones de marcos sin días no hay muchos que dirían lo mismo. Si está us­
cuadro esparcidos por todo el suelo o apoyados con­ ted pensando en llevárselo, se lo dejo en cuatro dó­


tra las paredes. En las estanterías veíanse bulones lares. Claro que hubo un tiempo en que eso hubiera
y tuercas, cinceles gastados por el uso, cortaplumas costado unas ocho libras, y ocho libras no son poco
de hojas rotas, relojes abollados que ni la apariencia dinero. Pero hoy en día: ¿a quién le interesan las po­
,, tenían de pretender dar la hora y mil baratijas más. cas antigüedades que todavía quedan?
Tan sólo sobre una mesita había algunos objetos Acto seguido pagó Winston los cuatro dólares,
como cajas de rapé laqueadas, broches de ágata y metiéndose en el bolsillo el codiciado objeto. Lo que
. cosas por el estilo, entre las cuales acaso fuera po­ más le seducía en él no era tanto su donosura como
sible encontrar algo de interés. Al aproximarse a la el hecho de llevar implícita la aureola de haber per­
mesita se fijó Winston en cierto objeto esférico y tenecido a una época distinta de la presente. En su
diáfano que resplandecía a la mortecina luz de la vida había visto un cristal de tanta tersura y limpi­
lamparilla de aceite. dez. El no servir para ningún fin práctico no hacía
Lo exa�inó de cerca. Era un grueso cristal, com­ sino darle todavía más valor, aunque acaso en lejanos
bado por uno de sus lados y liso por el otro, forman­ tiempos hubiese servido de pisapapeles. Pesaba aquel
do casi una esfera; el color traslúcido y la delicada objeto en el bolsillo, pero felizmente sin abultar de­
talladura d�l cristal daban una impresión de tersura masiado. Era desusado, e inclusive comprometedor,
vivificante como de agua de lluvia. En el interior del que un afiliado tuviera en su poder una joya como
cristal y magnificado por las combadas facetas de aquella. Todo lo antiguo, que era como decir todo
este, veíase un objeto raro cuyos delicados matices lo bello, constituía un motivo de sospechas. Pareció
hacían pensar en una rosa o en una anémona de mar. el viejo cobrar nuevos ánimos al echarse al bolsillo

144 145
GEORGE ÜRWELL 1984

los cuatro dólares. No se le ocultaba a Winston que Winston pensar que nada difícil sería alquilar aque­
se hubiera dado por bien servido con tres dólares y lla habitación por unos cuantos dólares a la semana,
aun con dos. siempre que se resolviera a afrontar los riesgos inhe­
-Arriba hay otro aposento que tal· vez tenga rentes a la operación. Por supuesto, se trataba de una
usted interés en visitar -dijo el hombre-. Mayor idea descabellada y absurda que convenía desechar al
cosa no encontrará usted allí, fuera de algunos tras­ momento; pero aquel aposento había despertado una
tos. Un momento, que voy a alumbrar el camino. especie de nostalgia, hecha de recuerdos sustentados
Encendió otra lámpara, y con las espaldas aún por la tradición de cosas pasadas y perdidas. Le pa­
más encorvadas, abrió la marcha por una empinada recía imaginarse lo que representaría sentarse en una
y vieja escalera. Luego de andar por un pasillo, lle­ habitación como aquella, arrellanado en un sillón
garon a una habitación que no daba a la calle, sino ante la lumbre, con los pies apoyados en el guarda­
a un patio empedrado y a un mundo. de chimeneas. fuego y una caldera eón agua calentándose sobre las
Observó Winston que el moblaje estaba dispuesto brasas: completamente solo y absolutamente seguro,
como si se esperara que alguien volvería alguna vez sin nadie en acecho, sin una voz premonitora, y sin el
a ocupar aquel aposento: sobre el piso una alfombri­ más leve ruido, que no fuera el del agua al hervir en
lla, dos o tres cuadros en la pared y una destartalada la pava o el tictac del reloj dando las horas.
butaca arrimada al hogar; sobre el vasar, un reloj de -No veo aquí ninguna telepantalla -murmuró
los antigu os, metido en un fanal de vidrio. Próxima casi sin querer.
a la ventana y ocupando poco menos que una tercera -Nunca he tenido uno de esos artefactos -dijo
parte de la alcoba, había una monumental cama con el viejo- pues aparte de ser demasiado caros, no
su correspondiente colchón. siento la necesidad. Pero mire usted esa bonita mesa
-Solíamos ocupar esta habitación hasta que fa­ allí, en ese rincón, aunque, claro está, habría que
lleció mi mujer -dijo el hombre a guisa de expli­ ajustarle unas bisagras nuevas antes de poder usarla.
cación--'-. Voy vendiendo los muebles de a poco. Es En otro rincón había un pequeño estante para li­
esa una'estupenda cama de caoba, o lo sería, si se la bros y ya Winston se aproximaba a él, pero allí no
limpiará de chinches. Pero me figuro que a usted le había nada de valor: la requisa y destrucción de li­
resultaría un tanto incómoda. bros se había llevado a cabo en los barrios plebeyos
Mantenía la lámpara en alto a fin de iluminar toda con la misma prolijidad .que en los otros. Muy poco
la estancia, que en medio de aquellos tenues resplan­ probable era que en toda Oceanía existiera una sola
dores, resultaba simpática y acogedora. Ocurriósele a publicación editada antes del año 1960. Sosteniendo

146 147
GEORGE ÜRWELL 1984

la lamparilla en una mano, el ·anciano se había de­ solíamos cantar cuando yo era pequeño. No me
tenido ante un cuadro con marco de palisandro col­ acuerdo más que de la última estrofa: «Toma la can­
gado al otro lado de la chimenea, frente a la cama. dela y véte a la camita, que si no viene el hachero
-Si le interesan a usted los grabados anti guos... a cortar tu cabecita». Era una especie de juego: se
-dijo con meliflua entonación. pasaba por debajo de una doble fila de chicos con
Acercase Winston a examinar el cuadro. Era un sus brazos entrelazados en alto, y al decir «que si
grabado sobre acero de un edificio de forma ovala­ no viene el hachero», los bajaban, quedando uno
da con ventanas rectangulares .Y una torrecilla en la aprisionado entre ellos. Todos los versos se referían
fachada. Un enrejado circundaba la mansión y, en a nombres de iglesias, a todas las de Londres, o por
segundo plano, distinguíase lo que parecía una es­ lo menos, a las más conocidas.
tatua. Lo contempló Winston por espacio de unos Preguntábase Winston en qué siglo habría sido
instantes; en alguna parte había visto aquel edificio, construido aquel templo. No era fácil precisar los
aunque no podía ubicar el detalle de la estatua. años de Un edificio cualquiera en Londres; de todo
-El marco está empotrado en la pared -decía lo que fuera imponente y majestuoso, y no lo dela­
el viejo- pero no sería difícil destornillarlo, si tu­ tara la pátina del tiempo, se decía construido en la
viera usted interés en adquirirlo. era de la Revolución, en tanto aquellos edificios de
-Conozco ese edificio -se aventuró a decir indudable arquitectura arcaica eran asignados a cier­
Winston-. Actualmente, no quedan de él sino rui­ ta nebulosa y remota época llamada Edad Media.
nas. Está en la calle que pasa por el Palacio de Jus­ Aprender historia a través de la arquitectura resul­
ticia. taba tan infructuoso como desentrañarla por medio
-Así es: frente a los tribunales. Resultó de­ de los libros. Estatuas, monumentos, inscripciones,
molido por una bomba hace ya tantos años que no piedras conmemorativas, todo cuanto pudiera arro­
recuerdo. En un tiempo, fue una iglesia, la de San jar alguna luz sobre el pasado, había sido sistemáti­
Clemente, apuntó sonriente, como si hubiera dicho camente obliterado o tergiversado.
un desprppósito, agregando: «Naranjas y limones di­ -Nunca me imaginé que en ese sitio hubiese ha-
cen las campanas de San Clemente ....» bido antes una iglesia -dijo Winston.
-¿Qy.é está usted diciendo? -interpuso Wins­ -A la verdad, quedan muchas de ellas, aunque
ton. ahora se las destina a ótros usos. ¿Cómo eran aque­
-Nada, nada. «Naranjas y limones dicen las llos versos ... ? Ah, ya recuerdo:
campanas de San Clemente ... » Son unos versos .que

148 149
GEORGE ÜRWELL
1984

«Naranjas y limones dicen las campanas de San Cle­


mente; ington. El señor Charrington, según lo llegó a saber,
Me debes tres cuartillos dicen las de San Martín... » era viudo y de sesenta y tres años de edad: llevaba
· treinta viviendo en aquella tienda. Siempre tuvo la
-Bueno, lo demás se me ha olvidado. El cuarti­ i.dea de cambiar aquel letrero, pero pasó el tiempo
llo, sabe usted, era una monedita de cobre, parecida sin resolverse a hacerlo.
al céntimo de ahora. Mientras conversaban, las estrofas de aquella
-¿Dónde estaba ubicada la iglesia de San Mar­ canción infantil no se apartaban del pensamiento de
tín? -inquirió Winston. Winston. «Naranjas y limones dicen las campanas
-¿La de San Martin? ¡Pero si todavía sigue en de San Clemente... Me debes tres cuartillos dicen
pie! Está en la Plaza de la Victoria, contigua al Mu­ las de San Martín ... Extrañó que al recitarlas para
seo de Bellas Artes. Es un edificio con una fachada sus adentros tuviera Winston la impresión de estar
diríamos triangular, de enormes pilares y amplia es­ escuchando las campanas de un Londres desapa­
calinata. recido y olvidado, pero que seguía viviendo bajo la
Winston conocía muy bien el lugar. Era un mu­ máscara de un disfraz, oculto en algún sitio apar­
seo utilizado para exposiciones de propaganda de di­ tado y misterioso. Empero, y por lo que le era dado
verso género, a saber, modelos en escala de bombas recordar, en su vida había oído jamás el tañido de las
voladoras. ·Fortalezas Flotantes, retablos con figuras campanas de un templo.
de cera representando las atrocidades cometidas por Retirase de la presencia del señor Charrington
el enemigo y otras cosas de ese jaez. para bajar las escaleras solo, a fin de que aquél no se
-San Martín del Prado solía ser el nombre del percatara de que se proponía explorar la calle antes
. templo -prosiguió explicando el anciano- aunque de trasponer la puerta de entrada. Ya tenía resuelto
no recuerdo de ningún prado en sus proximidades. desafiar los riesgos de otra visita a aquella tienda,
No adquirió Winston aquel cuadro. Su posesión luego de que trascurriera un tiempo prudencial, un
habría sido aún más comprometedora que la del pi­ mes, por ejemplo. Qyizás no fuera eso más peligroso
sapapefos e imposible de llevárselo a casa, a menos que faltar una noche al Club de la Comunidad. El
de quitarle el marco. Pero quedase unos minutos verdadero disparate estuvo en volver sin antes haber­
más conversando con el ancfano, cuyo nombre no se asegurado si cabía o no confiar en el propietario.
era Weeks, como habría podido inferirse por el le­ Sin embargo...
trero colocado sobre la puerta de calle, sino Charr- Volvería, se dijo para sus adentros. Volvería para
comprar otras de aquellas encantadoras chucherías,

150
151
GEORGE ÜRWELL 1984

incluso el grabado de la iglesia de San Martín, lue­ dado suponer que fuera obra de la casualidad el que
go de quitarle el marco, para llevárselo a casa entre se encontraran en la misma noche y en la misma ca­
sus ropas. Escarbaría en la memoria del señor Cha­ lleja, a varios kilómetros de los barrios habitados por
rrington hasta arrancarle lo que faltaba de aquellos los del Partido. Habría sido demasiada coincidencia.
versos. Y hasta se le pasó por la cabeza la disparatada Qge se tratara de un agente de la Policía del Pen­
idea de alquilar el cuarto de arriba. Por espacio de samiento, o de un pesquisante por afición, era lo de
cinco ·segundos, la exaltación de sus pensamientos menos: lo grave estaba en que se lo vigilaba. Acaso
hizo que descuidara las debidas precauciones, y se inclusive lo vio entrar en aquella maldita taberna.
lanzó a la calle sin antes atisbar a través de los vi­ Seguir andando resultábale un verdadero supli­
drios de la ventana. Incluso se puso a canturrear una cio. El cristal que llevaba en un bolsillo golpeábale
improvisada melodía: en la cadera a cada paso y a punto estuvo de des­
prenderse de él para arrojarlo a la calle. Pero lo peor
«Naranjas y limones dicen las campanas de San Cle­ era un espantoso dolor de vientre que lo tenío loco.
mente;
Me debes tres cuartillos... » Pensó que se moría a menos de dar pronto con un
sitio donde desahogarse, pero no era de esperar que
De pronto se le heló la sangre en las venas. A en aquellos barrios se encontrara uno de esos luga­
menos de diez pasos de él avanzaba una persona res destinados al uso público. Instantes después se le
vestida con un mameluco y esa persona era la joven pasaron los retortijones, pero no sin dejarle un do­
empleada en el Departamento de la Fantasía, la de lorcillo sordo y tenaz.
los negros cabellos. Iba cayendo la noche, pero la Era aquel un callejón sin. salida donde se había
reconoció al instante. Fijo ella sus ojos en él y pasó metido. Detúvose Winston sin saber qué hacer, pero
de larg� como si no lo hubiera visto. muy luego giró en redondo y se puso a desandar
Q!,ledose Winston por unos instantes como pa­ camino. Al volverse pensó que no habían trascu­
ralizado de terror. Así que hubo logrado reaccionar rrido ni tres minutos de su encuentro con la joven
y. que, echándose a correr, todavía estaría a tiempo
.un tanto, dobló por la derecha, alejándose a pasos para darle alcance. La seguiría hasta llegar a un sitio
lentos del lugar, sin advertir que marchaba en direc­
ción equivocada. A lo menos, iba pensando, queda apartado donde poder destrozarle el cráneo con un
disipada una duda: aquella joven vigilaba sus pasos. adoquín del pavimento; o acaso el cristal que llevaba
Debió haberle seguido hasta aquel lugar, pues no era en el bolsillo sirviera también para el efecto. Pero
al punto hubo de abandonar la idea, porque el sólo

152 153
GEORGE ÜRWELL 1984

pensar en un esfuerzo físico le resultaba intolerable. efectos fulminantes. No sin cierto asombro se puso a
No podía correr y, mucho menos, reunir suficien­ meditar sobre la ineficacia biológica del temor y de la
te energía para asestar un golpe. Además, tratábase ·mala pasada que suele depararnos la materia al gal­
de una muchacha joven y fuerte que, a buen seguro, vanizarse en una desoladora inercia en los precisos
opondría resistencia y sabría defenderse de la agre­ momentos en que exigimos de ella un esfuerzo fuera
sión. También se le pasó por las mientes llegarse a de lo común. De haber obrado sin vacilaciones ha­
toda prisa al Club de la Comunidad y quedarse allí bría podido acallar por siempre a la joven de negros
hasta que cerraran las puertas, como medio de esta­ cabellos, pero tan luego al verse frente a un peligro
blecer una coartada en su favor. Mas tampoco eso inminente, le faltaron las fuerzas para pasar a la ac­
era posible. Un mortal letargo se había hecho dueño ción. Se le ocurrió que en los instantes decisivos, no
de él. Todo cuanto anhelaba era llegar a casa, sentar­ es al enemigo exterior al que se impone vencer, sino
se y quedarse tranquilo. al que llevamos dentro. Aún en esos momentos, y·a
Ya habían dado las veintidós cuando subió a su pesar de la ginebra ingerida, el dolorcillo de vientre
departamento. A las veintitrés cortarían la luz en el le impedía hilvanar sus pensamientos. Y lo mismo
tablero central de la casa. Fue a la cocina y bebiose pasa -reflexionó- en todas las situaciones trágicas
una taza casi llena de ginebra de la Victoria. Sentose o heroicas de la vida. Sobre el campo de batalla, en
luego a la mesa y extrajo de un cajón su diario, pero la cámara de los suplicios y a bordo de un buque que
sin resolverse a abrirlo. Por la telepantalla, una mujer naufraga, quedan relegados a las sombras aqueJlos
de voz hombruna entonaba una canción patriótica. ideales por los cuales se lanzara uno a la lucha, por­
Se quedó un rato largo contemplando la jaspeada que el físico se ensancha entonces hasta llenar el uni­
tapa del diario, tratando, sin conseguirlo, de acallar verso; aun cuando no nos quedemos paralizados por
la voz de su conciencia. el terror, o no nos pongamos a proferir gritos de es­
Era ·por la noche, siempre por la noche, que ve­ panto y dolor, la vida no es sino una brega de minuto
nían a detenerlo a uno. Lo indicado solía ser quitarse a minuto contra el hambre, el frío o la falta de sueño,
la vida antes de caer en poder de ellos. Sin duda, así contra una acidez de estómago o un dolor de muelas.
procedía más de uno. Muchos de los desaparecidos Abrió su diario. Era imperativo escribir algo. La
no eran sino otros .tantos suicidas. Pero se necesitaba mujer de la telepantalla rompió con otra canción y
estar dotado de un coraje desesperado para quitarse pareciole que aquella voz se le incrustaba en el cere­
la vida en un medio donde era absolutamente impo­ bro como trocitos de vidrio hechos aí).icos. Trató de
sible procurarse. un arma de fuego o un veneno de recordar a O'Brien, por quien o para quien escribía el

154 155
1984
GEORGE ÜRWELL

de la telepantalla martillándole los tímpanos le fue


diario, mas en lugar de eso, se puso a pensar en lo que imposible seguir el hilo de sus meditaciones. Se llevó
le esperaba una vez que la Policía del Pensamiento le .un cigarrillo a los labios y al punto vaciósele sobre la
echara el guante. Nada sería si lo mataran en segui­ lengua la mitad del tabaco, algo así como un polvillo
da. La muerte era lo lógico en tales circunstancias y amargo difícil de volver a escupir. La efigie del Gran
no cabía esperar otra cosa. Pero antes de darle muerte Hermano se adueñó de su imaginación, desplazan­
a uno (esto nadie lo comentaba, aunque lo supieran do la imagen de O'Brien. Tal como lo había hecho
todos) había que pasar previamente por el aro de los días pasados, extrajo de su bolsillo una moneda y
interro�tor'.os; e l arrastrarse por los suelos implo­ se puso a mirarla. Graves, implacables y autoritarios
_
rando m1sencord1a a gritos, el crujir de los huesos al mirábanle aquellos ojos, más ¿qué género de sonri­
romperse y los dientes que saltan hechos pedazos a sa se ocultaba detrás de aquellos renegridos bigotes?
fuerza de puñetazos y los mechones ensangrentados. Como un tañido de campanas tocando a muerto, re­
¿Por qué someter al prójimo a tantos padecimientos sonaron en su cerebro las fatídicas palabras:
si, al cabo, todo ha qe terminar en lo mismo, sin otro
epílogo que la muerte? ¿Por qué no abreviar la vida LA GUERRA ES LA PAZ
en unos pocos días o en unas cuantas semanas si la .LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD
vida es tormento y carga? Nadie se salvaba d; .caer LA IGNORANCIA ES FUERZA.
en las garras de la Policía del Pensamiento y, una vez
en ellas, nadie dejaba de confesar. Una vez cometi­
do un delito de pensamiento, la muerte era cuestión
de tiempo y nada más. ¿Por qué, entonces, proyectar
so�re el futuro aquellos estériles horrores y padeci­
mientos que a nada útil podían responder?
Con .algo más de éxito procuró nuevamente in­
vocar el .fecuerdo de O'Brien. «Nos encontraremos
donde n� existen tinieblas» habíale dicho O'Brien.
Intuía lo' que con eso quiso decirle, o creía intuirlo.
El lugar sin tinieblas tenía que ser el futuro anhe­
lado, un futuro que ninguno de ellos llegaría a ver,
pero que con sólo presentirlo se disfrutaba de él con
místico arrobamiento. Sin embargo, con aquella voz

157
156
Parte II

I
Promediaba la mañana cuando Winston abando­
nó su cubículo para dirigirse al lavabo.
Desde el otro extremo del largo y bien iluminado
pasillo avanzaba hacia él una persona. Era la joven de
negros cabellos. Cuatro días habían trascurrido desde
aquel encuentro cerca de la tienda de antigüedades.
Al aproximarse más, observó que la chica llevaba un
brazo en cabestrillo, detalle difícil de advertir a la dis­
tancia por ser el vendaje de idéntico color que el ma­
meluco. Posiblemente se habría lastimado una mano
al accionar uno de aquellos monumentales calidos­
copios donde se confeccionaban novelas, incluso sus
argumentos y desarrollo. Era ese un accidente harto
común en el Departamento de la Fantasía.
Unos cuatro pasos lo separarían de la joven cuan­
do de pronto esta dio un traspiés y se fue de bruces,

159
GEORGE ÜRWELL 1984

al tiempo que lanzaba una exclamación de dolor. Sin Tras. lo cual prosiguió su camino a pasos vivos,
duda, había caído sobre el brazo lastimado. Parase como si nada hubiese ocurrido. No más de medio
Winston en seco, mientras la joven se incorporaba minuto d�ró el incidente. Dominar la expresión del
hasta quedar de rodillas y le asomaba al rostro un rostro para que por él no asomaran para afuera las
tinte amarillento verdoso, que hacía resaltar aún más emociones del alma constituía un hábito hecho ins­
el rojo vivo de sus labios. Sus ojos se clavaron en los tinto a fuerza de práctica y, en todo caso, ambos ha­
de Winston con una expresión de súplica, eviden­ bían estado bien al alcance de las telepantallas todo
ciando miedo antes que dolor. el tiempo. No obstante, difícil fue no dejarse vender
Sintiose Winston dominado por impulsos con­ por un gesto de sorpresa, porque al ayudar a la joven
tradictorios como quien se ve de improviso ante un a levantarse, esta había deslizado algo en la mano de
dilema. Aquella joven era un enemigo, decidido a Winston. De que lo hizo ron toda premeditación, no
quitarle la vida, pero también un ser hurn:ano que cabía la menor duda. Se trataba de algo pequeñito y
sufría dolores y acaso tenía fracturado algún hueso. Uso. Al entrar en el lavabo, Winston se puso aque­
Se apresuró a ofrecerle ayuda. llo en el bolsillo, palpándolo con sus dedos a través
Al verla caer sobre el brazo enfermo, le había pa- de la tela del pantalón. Era un billete doblado en
recido que era él quien experimentó un intenso dolor. cuatro. Ya dentro, consiguió Winston desdoblar el
-¿Se ha hecho usted daño? -le preguntó. · papel sin sacarlo del bolsillo. Era de suponer que se
-No es nada. Solamente el brazo. Ya pasará. trataba de algún mensaje escrito. Tentado estuvo de
Hablaba aquella joven como si estuviera a punto introducirse en uno de los retretes para satisfacer su
de perder el conocimiento y, a la verdad, una. mortal curiosidad, pero bien sabía que eso importaría una
palidez cubríale el rostro. locura, pues en ningún sitio como aquél vigilaban
-¿Se ha roto usted algún hueso? sin tregua las telepantallas.
-No, no tiene importancia. Me dolió un mo- Volvió a su cubículo y luego de tomar asiento, inc
mento, nada más. tradujo aquel papel como al descuido entre otros que
Extendió su mano la chica y ayudola Winston a había sobre su mesa. Acto seguido calase las gafas y
ponerse', de pie. Ya había recobrado los colores y daba arrimó a sus labios el hablaescribe. «¡Cinco minutos
la impresión de sentirse mejor. -se dijo- cinco minutos por lo menos!». Saltábale
-No tiene importancia -repitió-; apenas si el corazón en el pecho como si fuera a hacerse peda­
me he dado un golpe en la muñeca. ¡Gracias, ca­ ws. Por suerte, la tarea que tenía por delante era de
marada! las usuales, esto es, que no requería mayor caneen-

160 161
GEORGE ÜRWELL 1984

tración, pues sólo se trataba de poner en orden una Hizo un rollo de papeles, arrojándolos luego por
serie de datos sin mayor importancia. el tubo neumático. Ocho minutos habían transcurri­
Cualquiera fuera el mensaje escrito en el billete, clo. Reajustase los anteojos, lanzó un suspiro y echó
tenía que ser de carácter político. Hasta donde era mano de otro expediente entre cuyas hojas estaba el
capaz de discernir la situación, existían dos posi­ billete misterioso. Lo desdobló sobre su mesa: aquel
bilidades: una, que la joven fuera en realidad un billete traía escrito con una caligrafía no muy esme­
agente de la Policía del Pensamiento, como se ha­ rada, lo siguiente:
bía imaginado desde un principio. No podía imagi­
nar por qué esa Policía habría de escoger ese medio «TE QUIERO.»
para comunicarse con él, pero sus razones tendría
para ello, sin duda. Se trataría de una amenaza; de Qgedose tan anonadado y estupefacto que ni si­
una citación, de un mandato para que procediera quiera se le vino a la cabeza arrojar al instante aquel
a quitarse la vida, o de alguna treta. Pero otra po­ , comprometedor billete al bqzón de la memoria. Y
sibilidad había poco menos que absurda, la cual le cuando se resolvió a hacerlo, no fue sin antes volver
martillaba el entendimiento, a pesar de sus esfuer­ a leer aquellas palabras, como para cerciorarse de su
zos por desecharla:· quizás el mensaje no procedía realidad sin lugar a dudas, aunque con ello corría el
de la Policía del Pensamiento, sino de alguna or­ riesgo de evidenciar ante la telepantalla un exceso
ganización clandestina. ¡Y si fuera verdad que la de interés.
Hermandad existía, después de todo! Y acaso la jo­ El trabajo se le hizo cuesta arriba en lo que falta­
ven pertenecía a ella. Idea absurda, ,sin duda, pero ba de la mañana. Más duro que concentrar su pensa­
de la cual no lograba desprenderse desde el preciso miento en una serie de ocupaciones sin trascenden­
instante en que sintió en sus manos aquel trozo de cia resultaba disimular ante la telepantalla su estado
papel. Sólo unos minutos más tarde se le ocurrió de excitación .. El almuerzo en aquella abigarrada,
cavilar sobre otras posibles alternativas que expli­ bullanguera y calurosa cantina fue una tortura.
caran el enigma. Aún en aquellos instantes, cuando Había contado con estar solo durante el almuerzo,
la razón le decía que el mensaje no podía significar pero para colmo de su mala suerte, vino el imbécil
otra cosa que la muerte, se resistía a creerlo, porque de Parsons a tomar asiento junto a él, sin parar un
la disparatada esperanza demoraba en desvanecerse momento de comentar .los preparativos tendientes
y el corazón le latía con fuerza y temblábale la voz a hacer un éxito de la Semana del Odio. Referiase
al hablar por el teletubo. el hombre con marcado entusiasmo a una efigie de

162 163
GEORGE ÜRWELL 1984

cartón del Gran Hermano, de dos metros de alto, tió entre pecho y espalda varios vasos de ginebra y,
que en esos momentos confeccionaba el pelotón de por último, asistió por espacio de media hora a una
espías en cuyas filas prestaba servicios su hijita. Lo . conferencia sobre el tema de «INGSOC con relación al
malo era que en medio de aquel infernal vocerío re­ pecho». El tedio lo estaba matando, pero supo sobre­
sultaba imposible oír lo que Parsons iba diciendo y ponerse para no faltar al Club de la Comunidad en
fue necesario pedirle a cada rato que repitiera lo di­ la noche que le correspondía hacerlo. Al leer aquello
cho. En cierto momento, sus ojos se cruzaron con de «Te quiero» se había despertado en él un vivo an­
los de la joven de negros cabellos, que se hallaba helo de continuar viviendo y, de pronto, los riesgos
sentada eón otras dos chicas en el extremo opuesto de menor cuantía pareciéronle sin trascendencia. No
del local. Hizo ella como si no lo hubiera visto y no fue sino hasta las veintitrés, ya en casa y metido en la
volvió a mirar en su dirección. cama, en la oscuridad donde se estaba a cubierto de
La tarde resultó algo más llevadera. Inmediata­ la telepantalla a condición de no pronunciar palabra,
mente después del almuerzo le correspondió ocuparse que pudo dar rienda suelta a sus cavilaciones.
de una tarea delicada y difícil cuya solución le llevar­ Se hallaba frente a un problema material a resol­
la algunas horas, con prescindencia absoluta de otros ver: tomar contacto con la muchacha para convenir
menesteres. Se trataba de falsificar una serie de datos con ella una cita. Había desechado de su pensamien­
relativos a la producción de dos años atrás, de suerte to toda sospecha de que acaso se tratara de una tre­
de arrojar descrédito sobre un determinado miembro ta. Estaba seguro de que no se trataba de eso por
del Consejo del Partido, condenado a caer en desgrac la evidente agitación de aquella chica al poner en
cía a breve plazo. Winston era todo un maestro en sus manos el billetito. Sin duda, al hacerlo no las
ese género de tareas y por más de dos horas consiguió tenía todas consigo y razo,nes le sobraban para ello.
eliminar de su pensamiento todo recuerdo de la joven Tampoco se le pasó por la cabeza desairarla. Ver­
de negros cabellos. Pero muy luego tornó a percibirla dad es que liada apenas cinco noches Winston había
en su imaginación, apoderándose de él unos deseos pensado abrirle el cráneo con un adoquín, pero eso
irresistibles de estar solo. Hasta no hallarse solo sería ya no tenía importancia. Ahora no veía sino su cuer­
imposible buscar una solución al enigma. Esa noche po marmóreo y rozagante, tal como lo había soñado
era una de aquellas en que debía concurrir al Club de muchas veces. La había tomado por una majadera,
la. Comunidad. Comió precipitadamente en la canti­ al igual que las de su clase, llena su cabedla de odios
na, corriose al club a tomar parte �n cierto insípido y de embustes y con sangre de horchata. ¡Un estado
«debate», jugó dos partidas de tenis de mesa, se me- febril apoderase de él ante la sola idea de que po-

164 165
GEORGE ÜR\VELL 1984

día llegar a perderla y que sus juveniles y rosadas un secreto, toda la correspondencia era abierta antes
carnes fueran de otro! Lo que más le torturaba era de llegar a destino. A la verdad, se escribían muy
la posibilidad de que aquella chica cambiara de pa­ . pocas cartas: para las comunicaciones por escrito
recer antes de lograr ponerse en comunicación con utilizábanse unas tarjetas postales que llevaban. im­
ella. Pero las dificultades materiales que se oponían presos una serie de variados mensajes, de los cuales
a .una entrevista se presentaban como insuperables: el remitente se limitaba a tachar aquellos que no se
algo así como mover una pieza sobre el tablero de avenían a sus propósitos. De todas formas, ignoraba
ajedrez cuando ya le han dado a uno jaque mate. No el nombre de .¡a joven, y más aún, su dirección. Por
había modo de esquivar las telepanlallas. A decir último, pensó que el lugar más seguro sería la can­
verdad, a los cinco minutos de enterarse de aquella tina. Si pudieran sentarse los dos a la misma mesa,
esquela ya había examinado uno por uno todos los más o menos en el centro del local no muy cerca de
posibles medios de ponerse en contacto con ella para la telepantalla, acaso fuera posible cambiar algunas
convenir una cita, pero ahora, con más tiempo para palabras en medio de aquel infernal parloteo sin que
cavilar acerca del problema, volvió a repasarlos de­ trascendiera lo conversado entre ellos.
tenidamente, como quien va colocando una serie de Durante toda una semana su vida fue una pesa­
instrumentos sobre una mesa de operaciones. dilla sin fin. Al día siguiente no hizo ella su apari­
Desde luego, no .había que pensar en repetir un ción en la cantina hasta el momento de disponerse
encuentro como el de aquella mañana. De haber es­ él a partir, cuando ya había sonado la sirena. Po­
tado ella empleada en la Sección Archivos, la cosa siblemente, la joven trabajaba ahora en otro. turno.
no se habría presentado tan difícil, pero Winston no Se encontraron y se cruzaron sin cambiarse una
conocía sino muy vagamente el Departamento de mirada. Al otro día llegó ella al comedor a la hora
la Fantasía y ningún pretexto plausible habría para acostumbrada, pero en compañía de otras tres chi­
aventurarse en sus dependencias. Si supiera dónde cas, tomando asiento todas bien al alcance de la te­
vivía ella, o la hora en que abandonaba el empleo, no lepantalla. Luego, por espacio de tres días, plenos de
sería co;a del otro mundo abordarla en el trayecto a angustia para Winston, no se hizo ver. En cuerpo
su casa, pero aguardarla en la calle no era prudente, . y alma sentía Winston un agobio intolerable, una
pues importaría merodear por las inmediaciones del especie de excitación nerviosa que transformaba en
Ministerio, actitud que no dejaría de ser observa­ agonía cada uno de sus gestos, cada palabra que pro­
da. En cuanto a escribirle por correo, ni pensarlo. nunciaba o escuchaba. Ni en sueños podía borrarse
Conforme a una práctica que para nadie constituía de su imaginación el recuerdo de aquella chica. No

166 167
GEORGE ÜRWELL
1984

puso mano en su diario durante todo ese tie�po. Si a llamarlo por su nombre en un tono todavía más
_
algún alivio encontraba era en su labor diana, en el alto. Volviose. Un sujeto de cabellos rubios y cara de
transcurso de la cual lograba a medias sobreponerse · idiota invitábale con una sonrisa a tomar asiento en
a sus cavilaciones, aunque no fuera más que por diez su mesa. Rechazar la invitación no habría sido acon­
minutos como máximo. No tenía la menor idea de. sejable. Una vez reconocido por alguien, era poco
lo que había sido de ella ni existía la más mínima prudente no darse por enterado y obstinarse en to­
posibilidad de averiguarlo. Estaba dentro de lo :ac­ .
mar asiento junto a una chica que estaba sola. Tomo,
tible que hubiese sido evaporada, o que se hubiese
pues, asiento, esbozando una sonrisa apropiada a las
suicidado, o que la confinaran a otras regiones de
circunstancias. Aquel idiota parecía muy contento
Oceanía; la contingencia más probable, y la peor de de ver a Winston, en tanto este se vio acometido
todas, era que hubiese cambiado de idea, resolviendo por unas ganas tremendas de partirle la cabeza de
prescindir de él. un hachazo. Entretanto, la mesa donde se encontra­
. Al día siguiente, empero, volvió a verla. No lleva­ ba sentada la joven ya había sido ocupada por otros
ba ya el brazo en cabestrillo, pero sí una tira de tela concurrentes.
adhesiva en la muñeca. Tan inmenso fue el alivio de Pero ella se había percatado de que Winston tra­
Winston al verla que no pudo resistir a la tentación
tó de abrirse paso en dirección a su mesa y acaso
de fijar en ella sus ojos. Otro día vino en que Wins­ comprendería su intención. Al día siguiente tuve
ton estuvo a un paso de dirigirle la palabra. Al en­ buen cuidado en llegar temprano. Y allí estaba ella,
trar en el comedor, la vio sentada a solas y a regular
sola y sentada en la misma mesa. Qi,ien precedía
distancia de la pared. La cola formada para retirar el a Winston en la cola era un hombre pequeñito de
almuerzo iba avanzando hasta encontrarse Winston ademanes nerviosos, aspecto de escarabajo, rostro
muy próximo al mostrador, cuando se produjo una sin expresión y _unos ojillos tan avizores como des­
demora al protestar el primero de la fila por no ha­ confiados. Al retirarse Winston del mostrador con
bérsele entregado la ración de sacarina que le corres­ la consabida bandeja en sus manos, aquel .hombre
pondía. Sola seguía la chica cuando Winston retiró enfiló en línea recta hacia la mesa ocupada por la
su bandeja y se puso a abrirse camino entre las me­ joven. Volvió a caérsele el alma a los pies. Un sitio
sas. Como quien no quiere la cosa, enfiló en direc­ desocupado había en una mesa no lejos de allí, pero
ción a la joven, buscando con la mirada un asiento la actitud de aquel hombrecillo no era la del que re­
desocupado. En eso alguien llamó: «¡Smith!». Hizo nuncia a su propia comodidad para ocupar una mesa
como que no había oído, pero la misma voz volvió ya concurrida. Alicaído marchaba Winston detrás

168
169
GEORGE ÜR\VELL 1984

del sujeto. Era absolutamente necesario encontrarse dicho, una sopa de habichuelas. Con un balbuceo
con la chica a solas. En ese momento se produjo un apenas perceptible inició Winston la conversación.
descomunal e�trépito: el hombrecillo había rodado Ninguno de los dos levantaba la vista del plato: con
por el suelo con bandeja y todo, derramándose en pausados movimientos iban llevándose a la boca
todas direcciones el guisado y el café. Incorporose aquella sopa de aguachirle, pero entre cucharada y
echando lumbre por los oios, pues no dejaba de sos­ cucharada lograron cambiar algunas frases inexpre­
pechar que era Winston el responsable de la rodada. sivas por su tonalidad:
Pero no pasó de allí la cosa. Momentos después, y -¿A qué hora sales del empleo?
con el. corazón en un puño, Winston tomaba asiento -A las dieciocho y treinta.
junto a la joven. -¿Dónde podemos vernos?
Abstúvose de mirarla. Luego de depositar su -En la Plaza de la Victoria, junto al monumento.
bandeja sobre la mesa, se dio a ingerir el comistrajo. -Pero el sitio está lleno de telepantallas.
Era cuestión de vida o muerte dirigirle la palabra -No le hace, si somos muchos..
antes de que alguien viniera a meter las narices, pero -¿Alguna señal a convenir?
en esos momentos le entró un miedo cerval. Una se­ -Ninguna. No se me acerque hasta no verme en
mana había transcurrido desde que entre los dos se medio de otras personas. Y no me dirija la mirada.
estableciera el primer contacto. ¿Y si la chica hubie­ Mantenerse cerca de mí, nada más.
se cambiado de modo de pensar? Imposible parecía -¿A qué hora?
que todo aquello terminara bien, porque cosas así no -Diecinueve.
ocurrían en la vida real. Hubiérase abstenido de pro­ -Entendido.
nunciar palabra si en aquellos instantes no se hubie­ Ampleforth perdió de vista a Winston, acabando
se apercibido de la presencia de Ampleforth, el poeta por sentarse a otra mesa. Terminó la chica de almor­
de velludas orejas, buscando una -mesa desocupada zar a toda prisa, abandonando el local acto seguido,
donde tomar asiento. En medio de su embotada mientras Winston se demoraba un rato. más para fu­
menta,l.idad. Ampleforth sentía una suerte de afecto mar un cigarrillo. No volvieron a dirigirse la palabra
por Winston y no habría vacilado en sentarse a la ni a mirarse, hasta donde era posible abstenerse de
misma mesa si lo hubiera visto a tiempo: Era nece­ ello, tratándose de dos personas sentadas a una mis­
sario proceder sin perder un instante. Tanto Wins­ ma mesa y frente por frente.
ton como la chica vaciaban sus platos con deliberada Antes de la hora convenida ya estaba Winston
parsimonia, atacando un desabrido guisado, o mejor en la Plaza de la Victoria. Se puso a rondar en torno

170 171
GEORGE ÜRWELL 1984

del pedestal de un monumento desde cuya cima avi- . trató de abrirse paso a codazos y empellones entre
zoraba el Gran Hermano los espacios en los cuales la gente apeñuscada a más no poder. No tardó en
había derrotado a la aviación eurasiana (antes fue a la hallarse a pocos pasos de la joven, pero separado de
aviación de Estasia) en la batalla de Pista de Aterri­ ella por un plebeyo gigantón y una no menos desco­
zaje Uno. No lejos de allí se alzaba la estatua ecues­ munal mujerona, consorte de aquél como cabía infe­
tre que se decía era de un tal Oliverio Cromwell. Ya rir, que juntos formaban una inexpugnable fortaleza
habían transcurrido cinco minutos de la hora fijada de carne y hueso. A riesgo de hacerse papilla en­
y la joven sin llegar. Otra vez, una terrible sospecha tre aquellas dos imponentes moles humanas, logró
hizo presa en el ánimo de Winston. ¡Si no acudía a la Winston colarse de costado y abrir entre ellas una
cita era porque habrá cambiado de idea! Encaminó brecha a viva fuerza. Ya.estaba junto a la joven, codo
sus pasos hacia el lado norte de la plaza y sintiose un a codo, pero ambos seguían mirando de frente como
tanto menos nervioso al reconocer la iglesia de San si no se conocieran.
Martin, cuyas campanas, cuando todavía existían Por la calle desfilaba a marcha lenta una extensa
las campanas, habían tañido aquello de «Me debes columna de camiones con guardias de cara de palo y
tres cuartillos... » En ese momento vio a la joven pa­ tiesos como un huso, en tanto que hacinados en los
rada al pie del monumento, leyendo, o simulando vehículos veíanse unos hombrecillos de tez amarilla,
leer, . un cartelón. No era prudente acercarse a ella vistiendo uniformes verde olivo hechos jirones. Im­
hasta tanto dejara de estar sola. Telepantallas las ha­ pasibles y tristes eran aquellos rostros de pronuncia­
bía en aquel sitio a montones. Mas en ese momento dos rasgos mongólicos que miraban despreocupados
prodújose una corrida de la gente al hacer su apari­ desde los camiones. De tarde en tarde, y al frenar de
ción una fila de vehículos que venían avanzando por golpe un camión, se percibía un entrechocar de piezas
el lado izquierdo de la plaza. Escurriose la chica con de hierro: era que todos los prisioneros iban engrilla­
disimulo por entre lodeones de bronce que guarda­ dos. Camión tras camión pasaban· con su carga de
ban el pedestal de la estatua, para reunirse al gentío. doliente humanidad. Winston los miraba, mas sólo a
La siguió Winston; al echar a andar se enteró por ratos perdidos; presionaba la joven contra él su flan­
ciertas exclamaciones que se trataba de un desfile de co derecho y sus mejillas se hallaban tan próximas
prisioneros eurasianos. a las suyas que era imposible no percibir su aliento.
Centenares de mirones colmaban ya el costado Pero era ella la que doininaba la situación como la
sur de la plaza. Winston, que de ordinario era de los . había dominado en la cantina. Empezó a hablar con
que se mantienen al margen de toda aglomeración, aquella voz inexpresiva de antes, moviendo apenas

172 173
1984
GEORGE ÜRWELL

los labios con un simple balbuceo al instante perdido desfilando los camiones y continuaban saciando su
entre un mundo de voces y el rodar de los camiones. sed de curiosidad los espectadores. Se oyeron algunas
-¿Me puedes oír? -iba diciendo ella. silbatinas, que no duraron mucho, y eran proferidas
-Sí. exclusivamente por los afiliados al Partido; los demás
asistían al espectáculo nada más que llevados por la
-E�tonces, escucha y pon atención. Tienes que
curiosidad, pues todo extranjero, fuera eurasiano o
memorizar lo que voy a decirte: vete a la estación
estasiano, era para el común de la gente un bicho raro.
Paddington...
No era corriente echarle el ojo a un extranjero, salvo
Con una p�ecisión de corte militar que no dejó de
aso'.1;1brar a �mston, fue ella explicándole el plan de que se tratase de prisioneros, y aun estos sólo por con­
tados instantes. Lo que se haáa con los prisioneros
ac�10n: media hora de tren; tomar por la izquierda al
salir de la estación; andar dos kilómetros por la ca­ era como misterio, excepción hecha de los condena­
dos a la horca como criminales de guerra: los demás
rretera; luego, un portón al que le falta el travesaño
de arriba; en seguida, un sendero a través del campo se haáan humo simplemente, aunque se los suponía
_ destinados a los campamentos de trabajos forzados. A
abierto; un claro con pasto; una senda abierta en el
los cautivos de rasgos mongólicos siguieron otros de
matorral; y un árbol seco cubierto de musgo.
-¿Lo recordarás? -terminó diciendo con voz tipo más europeo, pero todos iban sucios, barbudos y
apenas perceptible. extenuados. Por encima de pómulos salientes y meji­
-Ya lo creo. llas hundidas, fijábanse aquellos tristes ojos en los de
Winston, a veces con una insistencia desconcertante,
-Doblas a la izquierda; luego a la derecha y, otra
vez tomas por la izquierda. Y no olvides: al portón le para desviar al momento sus miradas. Ya pasaban los
falta la parte de arriba. últimos vehículos. En el camión de cola iba un an­
-Bien, ¿a qué hora? ciano, cubierto el rostro por una tupida barba canosa,
erguido como una lanza y con las manos cruzadas
-.A eso de las quince. Tal vez me demore un rato
adelante, como si estuviera habituado a tenerlas siem­
pues tengo que llegar al sitio por otro camino. ¿T;
acordarás de todo? pre amarradas. Ya era hora de que Winston y la joven
-Perfectamente. se separaran. Pero en ese instante, todavía apretujados
entre la multitud, su mano tomó la de él para opri­
-Pues entonces, aléjate de mí lo más pronto que
puedas. . mirla en afectuosa y fugl!Z caricia.
Eso ya lo tenía sabido Winston, pero en esos mo­ No más de diez segundos habían permanecido
mentos no era fácil zafarse de los apretujones. Seguían tomados de la mano, pero se les antojaron siglos. Sea

175
174
GEORGE ÜR\VELL
1984

como fuere, a Winston le sobró tiempo para enterar­ Winston se había adelantado un tanto a la hora.
se por el tacto de todos los detalles de aquella mano Ningún inconveniente se le presentó en el trayecto
extraña: palpó los afilados dedos, las uñas bien con­ y, por lo visto, la joven era tan experimentada que
torneadas y la palma callosa y endurecida por los se sintió en esos momentos menos preocupado de lo
trabajos manuales. Con sólo volver a palparla hubie­ que habría estado en otras circunstancias. Eviden­
ra conocido aquella mano entre mil En eso pensó temente, se podía confiar en ella para dar con un
que no se había fijado de qué color eran los ojos de la sitio a cubierto de toda sospecha. Por lo general, no
niña. Pardos acaso, aunque nada tenía de particular existían motivos para suponer que se estuviera más
que personas de cabellos negros tuvieran ojos azu­ seguro en el campo que en la ciudad. Desde luego,
les. Volver la cabeza para salir de dudas habría sido no había telepantallas en el campo, pero no era por
una imprudencia demasiado grande. Tomados de la completo de descartar la posibilidad de micrófonos
mano, a ocultas de todo el mundo, siguieron presen­ ocultos que captaran cualquier conversación, por
ciando el desfile, y en lugar de los ojos de la joven, donde resultaría fácil individualizar . a las personas
advirtió Winston los de aquel anciano del camión, por el timbre de su voz: por lo demás, no siempre
mirándole melancólicamente a través de las hebras era cosa fácil alejarse de la ciudad para andar a solas
de su enmarañada y blanca barba. por las afueras sin llamar la atención. Tratándose de
distancias menores de cien kilómetros no se exigía
la posesión de un salvoconducto, pero a veces se to­
paba uno con patrullas rondando las estaciones de
ferrocarril, las que pedían la documentación a toda
II persona afiliada al Partido que encontraran a su
paso, amén de otras prepuntas raras. Como quie­
. Iba Winston caminando por una senda que ser­ ra que sea, no dio Winston con ninguna patrulla y,
penteaba entre matices de luces y de sombras, y al salir de la estación, se volvió repetidas veces para
anillqs de dorados contornos dibujados por el sol al cerciorarse de que nadie lo seguía. El tren iba repleto
filtrarse sus rayos entre el ramaje 'de la frondosa ar­ de plebeyos, que se dirigían a las afueras a disfrutar
boleda. A su izquierda extendíase un tapiz de flore­ de una tarde de verano; el coche con asientos de ma­
cillas silvestres: eran campanillas. El aire vivificante dera en el cual viajó V\Tinston estaba colmado hasta
le penetraba por todos los poros como un tónico y a 1 el máximo de su capacidad por una sola y numero­
lo lejos oíanse los dulces arrullos de aves torcazas. l sísima prole, desde la desdentada abuelita hasta un
¡
176 177
GEORGE ÜRWELL 1984

párvulo de poros meses, todos rumbo al campo para ba Winston, en sus manos el manojo de flores. Su
pasar el día con cierto «pariente político» y, de paso, primera. sensación había sido de alivio, pero al con­
conseguir en el mercado negro algo de manteca, se­ templar aquella ágil y juvenil silueta que marchaba
gún informaron a Winston sin pelos en la lengua. ·delante de él a pasos vivos, con la faja encarnada ce­
Ensanchándose iba ia senda poco a poco y Wins­ ñida a la cintura dando mayor relieve a sus bien con­
ton se encontró de pronto ante el ramillito q�e le torneadas caderas, sintiose invadido por el escozor
había señalado la chica, q�e era apenas una huella de un mortificante complejo de inferioridad. Aun en
internándose en la espesura. No llevaba reloj, pero esos momentos no había de descartarse en absoluto
todavía faltaría para las quince. Con tanta profusión la posibilidad de que la chica se echara atrás a última
crecían allí las campanillas que resultaba imposible hora. Le intimidaban la lozanía de aquellos aires y el
dar un paso sin pisarlas. Inclinase Winston para re- . fresco verdor de la campiña. Ya viniendo de la esta­
coger algunas, tanto para hacer tiempo como para ción, aquel deslumbrante sol de mayo le había hecho
tener el gusto de obsequiar a la joven con un manojo sentirse desaseado y apocado, como todo sujeto de
de flores silvestres cuando se encontraran. Ya lleva­ vida sedentaria que lleva embebido en los poros de la
ba recogido un montón y aspiraba su delicado aroma piel el tiznado hollín londinense. Se le ocurrió pen­
cuando advirtió que alguien venía acercándose: se sar que hasta ese instante la chica no lo había visto
oían sus pisadas sobre los tallos secos que poblaban nunca a la diáfana luz del campo abierto. Llegaron al
el sendero. Siguió recogiendo campanillas, como no árbol caldo de que le había hablado ella; de un brin­
dándose por enterado. Era lo aconsejable. Podría ser co lo traspuso la joven y se abrió camino entre unas
la chica, pero también podría ser alguien que venía malezas que parecían vírgenes. Al seguirla observó
siguiéndole los pasos. Volverse sería demostrar rece­ Winston que se encontraban en un claro cubierto de
lo, índice de culpabilidad. En ello estaba cuando sin­ pasto verde y sobre el cual pendía un espeso ramaje.
tió que una mano se posaba sobre su hombro. Detúvose la joven y volviéndose dijo:
Alzó la vista. Era la joven. Meneó esta la cabeza -Aquí es.
como, dándole a entender que no · debía pronunciar La seguía contemplando desde unos pasos de
palabra; luego, apartó la maleza, abriendo la marcha distancia, sin atreverse todavía a aproximarse a ella.
por el sendero que conducía al bosquecillo. Por lo -No quise decir nada mientras veníamos por la
visto conocía aquel lugar como la palma de su mano, senda -prosiguió- por si hubiera un micrófono
pues eludía como por instinto los charcos cenagosos oculto. No creo que lÓ haya, pero todo puede ser.
que había de trecho en trecho. A la zaga marcha- Siempre existe la posibilidad de que esos canallas le

178 179
GEORGE ÜRWELL 1984

reconozcan a uno por el timbre de la voz. Pero aquí -Tengo treinta y nueve años. Tengo una esposa
estarnos seguros. de la cual no puedo desprenderme. Tengo várices y
Y seguíale faltando a Winston el coraje para .unos cuantos dientes postizo.s.
estrechar distancias. Se limitó a repetir corno un -No por eso te querría menos -respondió la
idiota: joven.
-Entonces ¿aquí estarnos seguros? Un instante después, y sin que pudiera decirse
-Completamente seguros. Fíjate en esos árbo- por iniciativa de cuál de los dos, la estrechaba entre
les. sus brazos. Al principio no tuvo él otra sensación
Eran fresnos, que cortados en fecha reciente, ha­ que la de un hondo escepticismo. Aquel cuerpo jo­
bían vuelto a crecer con más fuerza hasta formar un ven se confundía con el suyo y la madeja de negros
bosque de largas varillas, ninguna de las cuales era cabellos rozaba sus mejillas: en un momento dado,
más gruesa que la muñeca de un hombre. echó ella la cabeza hacia atrás y juntáronse los labios
-Aquí no hay donde ocultar un micrófono. Por de ambos en un prolongado beso. Le echó luego ella
otro lado, he estado antes en este sitio. los brazos al cuello, llamándole querido, encanto, mi
Hablaban por hablar, pero ya él se había hecho de amor. Y él la hizo sentar en el suelo, sin hallar en
suficiente ánimo corno para acercarse algo más. La ella resistencia alguna, como dispuesta a someterse
vio frente a· él muy erguida y una sonrisa un tanto a todo. Pero la verdad era que Winston no percibía
irónica dibujada en sus labios corno preguntándose ninguna sensación fisica, fuera del mero contacto
el motivo de su titube.o para pasar a la acdón. El corporal. No sentía sino amor propio y desconfian­
manojo de campanillas se le había caído de las ma­ za. Era muy agradable todo aquello, sin duda, pero
nos y yacían las florecillas desparramadas por el sue­ placer material no había ninguno. Parecía todo tan
lo corno obedeciendo a su propio impulso. La tornó fuera de tiempo, tan prematuro: la juventud y her­
de una mano para decirle: mosura de aquella joven le infundían miedo, acaso
-¿Quieres creer que hasta este momento no sa­ por estar habituado a pasarse sin mujeres, o tal vez,
bía de qué color tienes los ojos? por algún otro motivo imposible de desentrañar. In­
Eran pardos, advirtió Winston, de un pardo ti­ corporase la joven, quitándose de los cabellos una
rando a claro, y pestañas muy negras. Prosiguió: florecilla enredada en ellos, para sentarse junto a él y
-Y ahora que me has visto corno soy en realidad: pasarle el brazo por el talle.
¿crees poder soportar mi compañía? -No importa, querido. No hay apuro. Tenemos
-Sin costarme mucho. toda la tarde por delante. ¿No te parece estupendo

180 181
GEORGE ÜRWELL 1984

este refugio? Lo descubrí cierta vez en que me extra­ -Algo de eso pensé. Hay muchas jóvenes que
vié en una de esas excursiones colectivas. Si se aproxi­ son así, como bien lo sabes.
mara alguien, lo oiríamos a cien metros de. distancia. -Esto tiene la culpa de todo -. dijo ella, des­
-¿Cómo te llamas? -le preguntó Winston. prendiéndose de la faja encarnada de la Liga Juvenil
-Julia. Yo sé tu nombre. Es _Winston, Winston Antisexual para arrojarla con desdén sobre el pasto.
Smith. Luego, como si al llevarse la mano a la cintura le
-¿Por dónde llegaste a saberlo? recordase algo, extrajo del bolsillo de su mameluco
-Porque quizás tengo más astucia que tú en eso una barra de chocolate. La partió en dos, dándole a
de descubrir cosas. Dime: ¿qué opinión tenías de mí Winston uno de los pedazos. Aun antes de llevarlo
antes de entregarte aquel billete? a la boca se dio cuenta Winston de que era aquel un
-Odiaba tu sola presencia. Sentía ganas de po­ chocolate de excelente calidad: bien oscuro y de su­
seerte por la fuerza y luego darte muerte. Hace quin­ perficie tersa, venía envuelto en papel plateado. Por
ce días estuve a un paso de partirte el cráneo con un lo común, el chocolate era una substancia de color
adoquín. Si de verdad quieres saberlo, te tomé por pardo indefinido que se deshacía en pedacitos y sa­
un agente de la Policía del Pensamiento. bía al humo que sale de quemar un montón de ba­
Echose ella a reír como si las palabras de Wins­ suras. Pero en algún tiempo pasado había probado
ton hubiesen sido un rendido homenaje a sus artes Winston un chocolate como el que acababa de darle
de simulación. la joven. Su aroma evocábale recuerdos imposibles
-¡Nada menos que de la Policía del Pensamien­ de localizar en su memoria, pero eran remembranc
to! Pero ¿de verdad pensaste eso? zas de firme trazo y acentuados relieves.
-Bueno, tanto como eso quizás no, pero a juz­ -¿Dónde conseguiste esto? -le preguntó.
gar por tu aspecto en general, o acaso por el solo -En el mercado negro -contestó ella, como
hecho de ser joveri, sana y rozagante, comprendes, no dando importancia al asunto-. A la verdad,
creí que tal vez... por fuera soy una de las tantas. Sobresalgo en los
-· Creíste que era una afiliada como manda el juegos. He mandado un pelotón de los Espías. Tra­
Partido que seamos. Pura de pensamientos y pala­ bajo como voluntaria en la Liga Juvenil Antisexual
bra. Banderas, desfiles, estribillos, juegos atléticos, tres noches a la semana. Y me he pasado horas y
excursiones colectivas, todo eso. ¿Y también pensas­ más horas empapelando las calles de Londres con
te que a la menor ocasióri te denunciaría a la Policía sus disparatados carteles. Siempre llevo una ban­
del Pensamiento para mandarte a la muerte? dera en las manifestaciones. Y nunca me muestro

182 183
GEORGE ÜRWELL 1984

desanimada ni esquivo el cumplimiento de ningu­ blos que suelen aparecer escritos con tiza sobre las
na obligación. Vociferar al par que los otros en las paredes de.las apartadas callejuelas. No era .que a
manifestaciones es el único modo de ponerse a cu­ Winston le contrariara ese modo de expresarse, pero
bierto de toda sospecha. constituía un síntoma visible de la repulsión que la
Winston llevaba a la boca su primer pedazo de chica experimentaba por el Partido y todas sus tác­
chocolate. Su sabor era delicioso, pero persistían ticas; en cierto modo, podría tomárselo como una
aquellos recuerdos rondándole la memoria como cosa natural e incluso saludable, como el estornudo
una imagen dominante, pero sin formas definidas, de un caballo al aspirar un pienso de pésima calidad.
al igual que un objeto que se percibe con el rabillo Alejábanse ahora de aquel claro para internarse en­
del ojo. Trató de alejarlos al presentir que eran re­ tre las sombras de una arboleda, tomados del talle
cuerdos de algo hecho que hubiera deseado en vano cuando se lo permitía el ancho del sendero. No dejó
deshacer. Winston de advertir que las caderas de lajoven pare­
-Eres muy joven -díjole a la chica-. Debes cían más suaves y cimbreantes sin la faja encarnada.
tener diez o doce años menos que yo. ¿Qyé puede Conversaban en voz muy baja. Ya fuera del claro,
seducirte en un sujeto como yo? apuntó Julia, era preciso andarse con cuidado. Así
-Fue la expresión de tu rostro. Pensé que val­ llegaron al borde del bosquecillo, donde ella lo de-
dría la pena correr el riesgo. Tengo instinto para dis­ tuvo diciendo:
tinguir a los que no son. Con sólo verte comprendí -No salgas al campo abierto. Puede haber al­
al instante que estabas contra ellos. guien vigilando. Mientras nos mantengamos entre
Al decir ellos se refería sin duda a los del Partido los árboles, no h ay peligro.
y, especialmente, a los del Consejo, sobre quienes Hallábanse a la sombra de unos avellanos. Los
se explayó en términos tan agresivos y duros que rayos del sol, filtrándose entre la's hojas, les daban en
Winston empezó a sentirse incómodo, aun sabiendo la cara.· Miró Winston en dirección al campo abier­
que estaban en un lugar seguro, si la seguridad pu­ to y al punto tuvo la sensación de reconocer aquel
diera existir en alguna parte. Lo que más le asom­ lugar. Por allí había andado él antes. Un prado muy
braba era el lenguaje soez empleado por la joven. No verde con un sendero en el medio y cuevas de topos
era bien visto que los afiliados prodigaran palabrotas aquí y allá. Sobre el dentado borde del bosquecillo,
y el propio Winston guardábase de hacerlo, por lo abanicaba la brisa la copa de unos álamos, agitando
menos en alta voz. Pero Julia no podía abrir la boca suavemente sus hojas como cabellera de mujer. De
y hablar del Partido sin emplear ese género de voca- seguro, en las cercanías, aunque invisible a sus. ojos,

184 185
GEORGE ÜR\\i'ELL 1984

había un arroyuelo formando estanques donde reto­ a plegarlas; luego de ensanchar ·su pecho aceituna­
zaban dorados pececillos. do, reanudaba los arpegios. Winston lo contemplaba
-¿No corre por estos sitios un arroyuelo? -pre­ con reverente admiración. ¿Para quién o qué cantaba
gu ntó en voz muy baja. aquel pajarillo? No había allí ninguna hembra o . r i­
-Sí, en el límite de aquel prado que se ve desde val alguno para escucharlo. ¿Q.1ié le había llevado a
acá. Y hay peces en él, algunos muy grandes. Se los posarse sobre una rama en aquel desierto bosquecillo
puede ver coleando en los estanques, a la sombra de y prodigar sus trinos en el vacío? Preguntose si a lo
unos sauces.. mejor no habría un micrófono oculto por allí. Julia
-Estaría por decir que es el País de Oro -mur­ y él sólo habían conversado en voz baja y el aparato
muró. no alcanzaría a captar sus voces, pero si los gorjeos
-¿El País de Oro? de aquel tordo. Tal vez en el otro extremo estaría
-No tiene importancia: un paisaje que suelo ver escuchando alguien con aspecto de escarabajo, pero
en sueños. sólo oiría al tordo. Poco a poco aquel dulce trinar
-¡Mira! -dijo Julia en un tono apenas percep­ del avecilla fue haciéndose dueño de toda su sensi­
tible. bilidad: era como si un líquido se introdujera en sus
A pocos metros de ellos, y a la altura de sus caras, venas junto con los rayos de aquel sol radiante. Dejó
acababa de posarse un tordo sobre una rama, acaso de pensar para solamente sentir. Suave y tibio era el
sin advertir la presencia de extraños, pues el ave esta­ talle de aquella joven que palpaba con la mano. La
ba en el sol y ellos a la sombra. Extendió las alas para hizo volver de manera que pudieran verse las caras y
luego volver a plegarlas en su sitio con elegante co­ el cuerpo de Julián pareció diluirse en el suyo.
quetería; en seguida inclinó su cabecilla como en una Diole a Winston un brinco el corazón. ¡Q1lién
profunda reverencia al astro rey y se puso a cantar. sabe si el Partido no se estaba desintegrando por
En la calma de aquel atardecer, los melodiosos trinos dentro y apelaba al culto de la templanza y del vigor
sonaban a gloria: Winston y Julia, muy juntos, lo es­ físico tan sólo a modo de disfraz para ocultar tras él
cuchaqan arrobados. Prosiguió el gorjeo sin parar un su desquiciamiento! Si en su manos estuviera inyec­
instante, minuto tras minuto, con asombrosas escalas tar en todos ellos el virus de la sífilis o de la lepra, lo
en sus modulaciones, pero sin repetir una sola vez la haría gustoso. Cualquier cosa que sirviera para co­
misma tonalidad, como si el avec.illa quisiera hacer rromper, debilitar y socavar.
gala de sus virtudes canoras. A ratos hacía una pausa -Oye: cuantos más varones hayas amado, mayor
de contados segundos para desplegar las alas y tomar razón para quererte. ¿Entiendes lo que quiero decir?

186 187
GEORGE ÜRWELL 1 984

-Lo comprendo muy bien. Fijó la joven cierto lugar donde podían encon- .
-¡Aborrezco la virtud! Qiiiero que la virtud trarse a la salida del trabajo, dentro de cuatro días.
desaparezca de la faz de la tierra. Qiiiero a todo el Era una calle en uno de los barrios menesterosos
mundo corrompido hasta los tuétanos. de la ciudad, donde había un mercado al aire libre,
-Pues entonces yo soy la mujer de tus ideales, generalmente de mucha animación y concurrencia.
porque estoy corrompida hasta los tuétanos. La encontraría merodeando por entre los puestos
-¿Te gusta hacer esto? No quiero decir conmigo, de venta, simulando buscar cordones para zapatos
.
smo que me refiero al acto en sí. o hilo de coser. Si a ella le pareciera que no existía
-Me ·encanta. peligro, se sonaría las narices al. aproximarse él; de
Eso era lo que Winston esperaba de ella, por so­ lo contrario, debía Winston pasar de largo sin dar
bre todas las cosas: no solamente el amor de un ser muestras de conocerla. Pero con un poco de suerte
por o tro, sino el instinto animal, porque ahí estaba no habría peligro en conversar por espacio de unos
la fuerza que algún día terminaría por hacer pedazos diez minutos entre tanta gente y concertar en esa
al Partido; ocasión una nueva entrevista.
El abraz o que se dieron había sido una bata­ -Ya es hora de marcharme -dijo así que Wins­
lla y el desenlace una victoria. Con ello daban un ton se hizo cargo de todas sus instrucciones-. Debo
bofetón al Partido y realizaban un acto de alcance estar de regreso a las diecinueve y treinta. Tengo
político. servicio por dos horas con la Liga Juvenil Antisexual
-Podemos volver a este sitio una vez más -·-dijo para distribuir volantes o algo por el estilo. ¡Estupi­
ella. Y comenzó a organizar el viaje de regreso en to­ deces!
dos sus detalles. Lógico parecía que fuera ella quien Instantes después se abría camino por entre la
se encargara de eso: era dueña de un sentido práctico espesura para perderse de vista casi sin hacer el más
del cual carecía Winston y, además, conocía al dedi­ leve ruido. Y Winston seguía ignorando su apellido
llo los alrededores de Londres por haberlos recorrido y dirección. En cualquier caso, no tenía mayor im­
en repetidas ocasiones en las excursiones colectivas. portancia, pues no era concebible que pudieran en­
Le indii¡ó una ruta distinta para el regreso, debiend contrarse algu na vez bajo techo o comunicarse por
o
tomar el tren en otra estación. «No regresar jamá escrito.
s
por el mismo camino», dij o, como si con ello enun Sucedió que no volv:ieron nunca más a aquel da­
­
ciara un nuevo y fundamental teorema. Se irla ella . ro en el bosquecillo. En todo elmes de marzo sólo
primero, y, media hora después, Winston. tuvieron una oportunidad de hallarse juntos y solos.

188 189
GEORGE ÜRWELL 1984

Fue en otro sitio oculto que conocía Julia: el campa­ de ellos. Advirtió Winston, no sin espanto, que el
nario de una iglesia en ruinas, sita en un paraje poco rostro de Julia, a escasos centímetros del suyo, se ha­
menos que desierto, donde treinta años antes había bía puesto· blanco, de un blanco de muerte. Incluso
caído una bomba atómica. Ideal era el lugar una vez ·de sus labios había huido el color. ¡Estaba muerta!
llegado a él, pero hacerlo importaba desafiar riesgos La estrechó entre sus brazos y observó entonces que
muy grandes. Fuera de eso, sólo se .encontraban en la estaba besando unas mejillas cálidas de vida. Sintió
. calle en sitios distintos cada vez y nunca por más de en sus labios una substancia pegajosa. Era que am­
media hora. En la calle era, por lo general, posible bos tenían la cara cubierta de yeso.
cambiar algunas palabras, siempre que se atuvieran En ciertas ocasiones, al llegar al lugar de la cita,
a cierta táctica. Al transitar por las aceras pobladas tenían que pasar de largo sin reconocerse al advertir
de gente, nunca uno al lado del otro y sin mirarse a una patrulla doblando la esquina o a un helicóp­
jamás, entablaban una curiosa conversación cortada tero posado sobre sus cabezas. Pero aun en el caso
a pedazos que nacía y moría con fugaces destellos de no haber peligro alguno en concertar entrevistas,
como el cono luminoso de un faro, enmudeciendo les habría faltado tiempo para encontrarse. Winston
apenas advertían un mameluco o llegaban a proxi­ trabajaba sesenta horas por semana y Julia todavía
midades de una telepantalla; pasados unos minutos, más; sus días libres estaban supeditados a la canti­
volvían a reanudar la conversación! completando la dad de trabajo y no siempre coincidían los del uno
frase trunca momentos antes; para en seguida volver con los del otro. Así, Julia jamás disponía de una
a interrumpirla, separarse luego en el sitio conveni­ noche libre; se pasaba todo el tiempo concurrien­
do, y retomar el hilo en la entrevista siguiente. Julia do a conferencias y manifestaciones, distribuyendo
parecía hecha a este género de conversación que lla­ publicaciones de la Liga Juvenil Antisexual, con­
maba «hablar por cuotas». También era una maestra feccionando cartelones para la Semana del Odio,
para hacerse entender sin mover los labios. A lo más recolectando fondos para las campañas de ahorro,
una vez por mes, se las componían para darse un o realizando otras tantas faenas del mismo o pare­
beso en las tertulias nocturnas. Caminaban una vez cido jaez. Valía la pena, solía decir, porque de ese
en silendo por cierta calleja {Julia nunca solía diri­ modo logra uno mimetizarse. Cumplir a carta ca­
girle la palabra sino en las calles de mucho tránsito) bal con las normas triviales para poder quebrantar
cuando de pronto se oyó una explosión ensordece­ impunemente las importantes. Ese era su principio.
dora: conmoviose la tierra y se oscureció la atmós­ Incluso convenció a Winston para que pasara una
fera. Una bomba voladora acababa de caer no lejos de sus noches libres en cierta fábrica de munido-

190 191
GEORGE ÜR'\\.'ELL 1984

nes, donde los afiliados más entusiastas trabajaban otros tantos artículos de consumo, a ser fabricados
voluntariamente algunas horas. De ese modo, una como la mermelada o los cordones para zapatos.
vez por semana, Winston soportaba cuatro horas de De los 'años anteriores a 1960 nada recordaba Ju­
intolerable monotonía, ajustando pequeñas piezas . lía; la única persona de su familia que splia comentar
metálicas, probablemente partes de la espoleta de con frecuencia la época anterior a la Revolución era
una bomba, en un taller mal iluminado y peor ven­ un abuelo suyo, fallecido cuando ella apenas con­
tilado, donde el coro de los martillos se sumaba a las taba ocho años· de edad. En la escuela encabezó el
estridencias de la telepantalla. . cuadro de «hockey» y obtuvo el premio de gimnasia
Al encontrarse en la torre de la iglesia, retomaron por dos años consecutivos. Luego mandó un pelotón
el hilo de una conversación dislocada días antes. Era de los Espías, antes de incorporarse a la Liga Juve­
una tarde de mucho calor. Sofocante y enrarecida nil Antisexual. Mereció, siempre de todos el mejor
estaba la atmósfera en aquel cuartucho situado enci­ concepto. Incluso (índice inequívoco de buenos anc
ma del campanario, con un penetrante olor a excre­ tecedentes) se· la había destinado por un tiempo al
mento de palomas. Horas enteras se pasaron senta­ Pornosec, subsección del Departamento de la Fan­
dos en el suelo; a ratos, uno de los dos se incorporaba tasía que corría con la difusión de un burdo material
para observad el terreno por si se acercara alguien. pornográfico entre la plebe. A dicha subsección le
Julia tenía veintiséis años. Vivía en una casa de daban el nombre de El Pudridero quienes trabajaban
huéspedes con treinta chicas («Siempre en compañía en ella, explicó Julia. Allí estuvo un año, colaboran­
de mujeres. ¡Detesto a las mujeres!», había dicho) y do en la producción de folletos, luego distribuidos
trabajaba, como había sospechado Winston, en el en paquetes sellados y lacrados, que llevaban títulos
Departamento de la Fantasía. Le tenía cariño a su tales como «Cuentos de amor» o «Una noche en un
trabajo, que consistía en accionar un poderoso motor internado de señoritas», folletos que eran adquiridos
eléctrico, nada fácil de entender. No era «inteligen­ clandestinamente por loa Jóvenes de la plebe, quie­
te», pero sabía utilizar sus manos y las máquinas no nes creían así hacerte de libros prohibidos.
tenían secretos para ella. Podría detallar el proceso -¿Cómo son esos libros? -preguntó Winston,
integro que supone fabrican; una novela» desde la intrigado.
directiva general impartida por la Junta de Proyectos -Pamplinas, en realidad, y sin el menor interés.
hasta los toques finales dados por la de Redacción Todo gira en rededor d_e media docena de argumen­
Definitiva. «No era muy afecta a la lectora», según tos, con sus correspondientes variantes. Por supues­
dijo ella misma. Los libros no eran para ella sino to, yo sólo manejaba los calidoscopios. Nunca me

192 193
GEORGE ÜRWELL 1984

pasaron a las dependencias de la Junta de Redacción joven nunca empleaba el léxico de Neohabla, excepto
Definitiva. Y es que carezco de aficiones literarias, aquellos términos de uso ya consagrado por la cos­
querido, ni aun para eso. tumbre. Jamás había oído hablar de la Hermandad
Se enteró Wlnston, no sin sorpresa, que todos los ni creía que pudiera existir. Consideraba como em­
que trabajaban eii Pornosec pertenecían al sexo fe­ presa disparatada toda actividad subversiva contra
menino, excepto el jefe de la subsección; presumíase el Partido, por estar irremisiblemente destinada al
que los varones, estaban más expuestos a dejarse co­ fracaso. Lo inteligente era. saber esquivar las normas
rromper por aquellas lecturas. y seguir viviendo a pesar de ello. Preguntase Wins­
-Y prefieren las solteras a las casadas -dijo Ju­ ton, como al azar, cuántas habría entre la juventud
lia- porque se tiene a aquellas por más virtuosas. que opinaban como Julia, es decir, gente que había
¡Pues aquí está una para desmentirlo! crecido en el mundo de la Revolución, ignoran­
A los dieciséis años tuvo sus primeros amores con te de todo lo que no fuera ese mundo y aceptando
un afiliado al Partido que andaba por los sesenta y ·el presente como inmutable y rígido, sin rebelarse
que luego se quitó la vida para no caer preso. abiertamente contra su autoridad, pero tratando de
-Por suerte -agregó Julia-, pues de no haber eludirla en todas formas, así como una liebre trata
sido así hubiera salido a relucir mi nombre en el cu!'­ de eludir a sus perseguidores.
so de los interrogatorios. No hablaron siquiera de la posibilidad de con­
A partir de entonces sucediéronse los deslices. traer matrimonio. Era cuestión demasiado inacce­
La vida para ella se reducía a _una fórmula harto sible para que valiera la pena pensar en ella. Las
simple: uno quiere disfrutar de la vida y ellos, los autoridades no autorizarían jamás semejante unión,
del Partido, se empeñan en amargarla; entonces, aun cuando hubiera forma de descartar a Catalina,
no queda otro remedio que quebrantar las normas esposa de Wlnston. Casarse con Julia era una ilusión
como mejor se pueda. A juicio de Julia, era tan lógi­ en la cual ni siquiera cabía soñar.
co que ellos se empecinaran en privarle a uno de los -¿Cómo era tu mujer? -preguntó Julia.
goces d� la vida como el que uno se esforzara por -Era ... como te diría ... bueno, hay una palabra ·
no caer \!n sus redes. Odiaba al Partido, y así lo dijo en Neohab!a que la define: buen pensar. Lo cual quie­
con expresiones de las más crudas, pero sin entrar re decir, esclavizada por el dogma partidario e inca­
en el terreno doctrinario. Salvo en cuanto esa doc­ . paz de abrigar un solo-pensamiento ilícito.
trina incidía sobre su concepto de vivir la vida, lo -La palabra no la conocía, pero sí conozco la
demás le tenía sin cuidado. Observó Winston que la clase de persona a que se refiere.

194 195
GEORGE ÜR.WELL 1984

Empezó a relatarle la historia de su vida de ca­ po. Manifestaciones, vocinglerías y despliegues de


sado, pero ella parecía al tanto de todo aun antes cartelones no configuran sino la suma de instintos
de que él dijera una palabra. Detalló Julia, como si sexuales reprimidos y desviados de su primitiva fi­
lo hubiera presenciado o experimentado, aquella ri­ nalidad. A quien se siente dichoso en lo más íntimo.
gidez asumida por Catalina cada vez que su esposo de su ser ¿qué pueden importarle el Gran Hermano,
ponía las manos en ella y aquella actitud con que lo los Planes Trienales, los Dos Minutos de Odio y de­
rechazaba con todas sus fuerzas, aun al estrecharlo más tonterías?
entre sus brazos. Con Julia era posible conversar de Esa era la pura verdad, pensó Winston. Existía
esas cosas y, dé todas formas, Catalina no era ya un una correlación íntima y directa entre la castidad y el
recuerdo doloroso, sino apenas ingrato. dogmatismo político. Porque de otro modo: ¿cómo
Prosiguió Julia explayándose. Para ella, todo gi­ sería posible mantener en constante tensión el te­
raba en torno del caso particular de su propia sexua­ mor, el odio y la fe ciega en el Partido, como este
lidad: en cuanto se tocaba ese tema, daba muestras exigía de sus afiliados, sin encadenar un· poderoso
de estar dotada de gran perspicacia. A diferencia de instinto para utilizarlo como fuente de energías? El
Winston, había penetrado el verdadero sentido de la impulso sexual era elemento peligroso para los fines
continencia sexual proclamada por el Partido como del Partido y, por eso, este lo utilizaba en su prove­
uno de sus postulados fundamentales. No se trataba cho. Idéntico criterio aplicaban a las relaciones entre
solamente de impedir que el instinto sexual, al crear padres e hijos. Suprimir por completo la familia no
su propio mundo, escapara a la férula del Partido: lo habría sido recomendable; antes bien, se estimula­
esencial estaba en que la castidad engendra el histe­ ba el amor a los hijos casi siempre a la vieja usanza.
rismo, elemento excesivamente útil desde el punto Pero, a renglón seguido, se inculcaba sistemática­
de vista partidario, pues era susceptible de ser troca­ mente a los niños el antagonismo hacia sus padres,
do en fiebre bélica o en sumisión incondicional a un incitándolos a espiarlos y denunciarlos. En realidad,
venerado Jefe. la familia pasaba a ser de ese modo una prolonga­
Lo explícó de este modo: ción de la Policía del Pensamiento. Por ese medio,
-Todo lance de amor lleva consigo un desgaste todos eran vigilados día y noche por quienes más al
de energías: cumplido el propósito se siente uno feliz corriente estaban de su vida íntima.
y sin importarle un rábano de lo que sea. Y al Parti­ De improviso, sus pensamientos se volvieron a
do no le conviene ese estado de ánimo, pues reclama Catalina. Sin ningún género de duda, Catalina lo
la exclusividad de las energías totales en todo tiem- habría denunciado a la Policía del Pensamiento, de

196 197
GEORGE .ÜR\v°ELL 1984

no haber sido tan obtusa como para dejar de adver­ -¡Mira, Catalina! ¡Mira esas matas! Ahí, abajo.
tir la escasa consistencia dogmática de sus opinio­ ¿Ves cómo son de dos colores?
nes. Pero el motivo que le impulsaba a recordarla en Disponíase ella a emprender la marcha, pero se
aquellos instantes se originaba en el calor sofocan­ resignó a asomarse por un instante al despeñadero y
te de la tarde que le hacía brotar gotas de sudor en hasta se inclinó un tanto para ver mejor lo que él le
la frente. Empezó a relatarle a Julia cierto episodio estaba enseñando.
ocurrido, o que estuvo a punto de ocurrir, en otra Winston, parado detrás de ella, la sujetó por el
tarde caliginosa como esa, once años atrás. talle para que no perdiera el equilibrio y se preci­
Fue a los tres o cuatro meses de casados. Mien­ pitase cuesta abajo. En ese preciso instante advirtió
tras tomaban parte en una excursión colectiva por cuán solos estaban: no había allí un alma ni se movía
los alrededores de Kent, se extraviaron ambos. una hoja ni vetase un ave en las cercanías. En un
Iban rezagados en aigunos minutos a la columna, sitio como aquél era poco probable que hubiera un
cuando tomaron por otro camino al llegar a una micrófono, y aun de haberlo, no podría captar sino
encrucijada para encontrarse poco después en los los sonidos. Era la hora más bochornosa y soñolienta
bordes de una alta barranca que daba a unas can­ de una tarde de estío.
teras de tiza. Qyince o veinte metros tenía la calda -¿Por qué no le diste un empellón? -preguntó
a pique de aquella barranca. Nadíe había por allí a Julia-. Yo, en tu lugar, lo hubiera hecho.
quien poder preguntar el camino. Al darse cuenta -Sí, querida, tú lo hubieras hecho. Y también
de que se habían equivocado, comenzó Catalina a yo, si entonces hubiese sido la misma persona que
mostrarse nerviosa. Separarse de los vocingleros de soy ahora. O tal vez ¡quién sabe!
la excursión, aunque no fuera más que por un mo­ -¿Te arrepientes de no haberlo hecho?
mento, era para ella como incurrir en una falta im­ -De todo corazón. De veras que me arrepiento.
perdonable. Qyería desandar el camino a toda prisa Muy arrimados el uno al otro seguían sentados
y procurar orientarse en sentido contrario. En ese en el suelo. La atrajo todavía más hacia él. Julia apo­
momento observó Winston unas matas de hierbas yaba la cabeza sobre su hombro y el perfume de sus
que asomaban por entre las grietas del barranco: cabellos echaba al olvido el olor a excremento de
una de ellas era de dos colores, magenta y rojo la­ palomas. Era muy joven, pensó, y tenía derecho a
drillo, y ambas parecían tener la misma raíz. Jamás esperar algo más de la yida; por eso, acaso no com­
había visto nada parecido y llamó la atención de prendía que arrojar a una persona indeseable por un
Catalina sobre el particular. precipicio no resuelve ningún problema.

198 199
GEORGE ÜRWELL 1984

-En realidad -dijo Winston-· no hubiera ser­ tengo mucho miedo a la muerte. Y tú, joven como
vido de nada. eres, debes tenerle todavía más. Se comprende que
-Entonces ¿por qué te arrepientes de no haberlo _ tratemos de alejar la muerte todo lo posible. Pero, al
hecho? fin de cuentas, da lo mismo. Mientras los humanos
-Porque prefiero lo positivo a lo negativo, nada sigan siendo humanos, la vida y la muerte no son
más. En este juego en que estamos empeñados es sino una sola y misma cosa.
imposible ganar. Sólo que hay distintas maneras de -¡Déjate de sandeces! ¿Con quién preferirías
fracasar, unas peores que otras. Eso es todo. estar ahora? ¿Conmigo o con un esqueleto? ¿No
Se apercibió por un ligero temblor de los hom­ encuentras placer en estar con vida? ¿No te agrada
bros de Julia que esta no era del mismo parecer. Solía percibir las sensaciones del tacto? Esto soy yo, mis
contradecirlo siempre que se expresaba de esa mane­ manos, mis brazos. ¿No te gusto así?
ra. Julia se resistía a admitir que fuera ley de la natu­ -- Claro que me gustas así -dijo.
raleza el constante fracaso de la propia personalidad. -Pues entonces, no hables de cosas tristes. Y es-
En cierto modo, tenía conciencia de su fatal destino cucha: tenemos que concertar la próxima entrevista,
y estaba convencida de que tarde o temprano la Poli­ querido. Podríamos volver a aquel sitio en el mato­
cía del Pensamiento caerla sobre ella para quitarle la rral. Hace ya tiempo que no vamos por allá. Pero
vida, pero su razonamiento decíale asimismo que no tendrás que llegarte a él por otro camino. Lo tengo
. era del todo imposible crear un mundo propio dond� todo planeado. Tomas el tren, pero... espera que te lo
vivir conforme a los gustos de cada cual. Todo lo voy a explicar con un dibujo...
que se requería era suerte, astucia y temeridad. No Y con su habitual sentido práctico, echando
alcanzaba a comprender que la felicidad era un mito; mano a una ramita de las que se sirven las palomas
que la única victoria posible pertenecía al porvenir, para construir su nido, trazó sobre el polvo que cu­
.
. :1 a los tiempos eu que ya habría dejado el mundo de bría el piso, el itinerario de marcha .
los vivos; y que declarar la guerra al Partido era lo
mismo que_ resignarse a ser un cadáver.
-Somds los muertos -dijo él.
-Pero todavía no lo estamos -apuntó Julia pro-
saicamente.
-Físicamente, tal vez no. Pero si lo estaremos
dentro de seis meses, de un año o de cinco. Yo le

200 201
GEORGE ÜRWELL 1984

III ton se proponía utilizarlo para determinados fines.


Antes bien, se puso a comentar el caso en términos
Echó Winston un vistazo en derredor del destar­ . tan circunspectos como para dar a entender que se
talado cuartucho situado sobre la tienda del señor podía confiar en su más absoluta discreción. La vida
Charrington.. Junto a la ventana estaba dispuesta privada, dijo, tiene derechos tan propios como ina­
aquella enorme cama, con unas frazadas deshila­ lienables; a cualquiera le agrada disponer de un sitio
chadas y una raída colcha tirada encima. Sobre la donde poder estar a solas de vez en cuando; sien­
repisa, el anticuado reloj, con las doce horas en su do así, no constituía sino una muestra de elemen­
esfera, marcaba el tiempo con su acompasado tictac. tal educación, para quienes estuvieran enterados de
En un rincón, sobre la mesa plegadiza, resplandecía ello, aguardar el secreto. Incluso llegó a decir, y al
radiante el pisapapeles de cristal que había adquirido decirlo parecía tornarse en un ser invisible, que la
en ocasión de su última visita al negocio. casa tenía dos entradas, una de ellas por el patio que
Junto al guardafuegos había un calorífero a pe­ daba a un callejón sin salida.
tróleo, una pava y dos tazas. Arrimó Winston fuego Al pie de la ventana alguien entonaba una can­
a la mecha y puso a hervir una pava de agua. Se ción. Miró Winston hacia afuera a través de los visi­
había traído consigo un paquete de Café de la Victo­ llos de muselina de la ventana. Alto estaba aún el sol
ria y algunas pastillas de sacarina. Las siete y veinte de junio y en el patio, bañado de luz, una corpulenta
marcaban las agujas del reloj, o sean, las diecinueve y mujer, imponente y majestuosa como un pilar nor­
veinte. A las diecinueve y treinta llegaría ella. mando, de fornidos y rosados antebrazos y un delan­
Locura, locura -le advertía a gritos el cora­ tal de brin sujeto a la cintura, iba de una pileta a unas
zón-, locura gratuita, deliberada y suicida. De to­ cuerdas de tender ropas, donde colgaba ciertas pren­
dos los delitos imaginables en que pudiera incurrir das que a Winston le parecieron pañales. Cuando no
un afiliado al Partido, era este el más difícil de man­ tenía entre los dientes uno de los ganchos, cantaba
tener oculto. A la verdad, la idea nació al advertir con vigorosa voz de contralto:
los reflejos del pisapapeles sobre la pulida superficie
de aquella mesa plegadiza. Tal como lo suponía, el Fue tan sólo una ilusión
Como arreboles de abril
señor Charrington no tuvo inconvenientes en al­ Pero miradas, palabras y sueños
quilarle el aposento, contento por los pocos dólares Me han robado el corazón.
que con ello se embolsaba. Tampoco mostrose sor-­
prendido o escandalizado al enterarse de que Wins-

202 203
GEORGE ÜRWELL 1984

Era una canción que venía haciendo furor en acuerdo en volver al refugio en el bosquecillo. La
Londres desde tiempo atrás. Formaba parte de una tarde del día anterior al fijado para la· cita, se entre­
serie de tonadas difundidas para consumo de la ple­ vistaron· por breves instantes en la vía pública. Como
be por el Departamento de Música. Las letras de de costumbre, Winston apenas si dirigió la mirada
dichas canciones se componían por medio de cierto a Julia al encontrarse con ella en medio del tránsito
aparato denominado versificador, sin intervenir para callejero, pero no dejó de observar que estaba más
nada en ello la mano del hombre. Pero aquella mujer pálida que nunca.
la cantaba con una entonación tan melodiosa que los . -No hay nada que hacer -murmuró ella así
cuatro versos tontos resultaban casi gratos al oído. que consideró seguro hablar-. Lo de mañana, a eso
Podía Winston oír el canto de la mujer y, al mismo me refiero.
tiempo, percibir el taconeo de sus zuecos sobre las -¿O!'é dices?
piedras del patio, y el griterío de los chiquillos en la -Mañana por la tarde, que no podré ir.
calle, y el amortiguado rumor del tránsito dé vehí­ . Por un instante se sintió dominado por un vio­
culos. Y sin embargo, aquel aposento parecía sumi­ lento acceso de cólera a duras penas reprimido. En el
do en el más profundo de los silencios, merced a la mes transcurrido desde que la conoció, había variado
ausencia de una telepantalla. la naturaleza de sus sentimientos hacia ella. En un
¡Locura, locura, locura!, se dijo nuevamente para principio, no fue sino pura sensualidad, un simple
sus adentros. Inconcebible era que pudieran frecuen­ acto de fuerza de voluntad. Pero después, las cosas
tar aquel sitio sin ser descubiertos. Pero la tentación cambiaron. El perfume de sus cabellos, el néctar de
de contar con un refugio que fuera sólo de los dos, sus labios, parecieron.penetrarle hasta fo más profun­
puertas adentro y accesible en cualquier momento, do de su ser, como formando parte de la atmósfera en
había sido demasiado avasalladora como para resis­ que vivía. Julia era ahora una necesidad, algo que se
tirla. Después de aquellas entrevistas en el campa­ le antojaba como un derecho al cual no era capaz de
nario no fue ya posible concertar otras. Las horas de renunciar. Cuando la oyó decir que no le sería posi­
trabajo iban tomándose más y más largas a medida ble acudir a la cita convenida, tuvo la sensación de
que se aproximaba la celebración de la Semana del que aquella mujer le engañaba, pero en ese preciso
Odio. Faltaba más de un mes para ello, es cierto, instante, la presión del gentío hizo que se arrimaran
pero los complicados preparativos recargaban la el uno al otro y su mano se rozó sin querer con la de
labor de todo el mundo. Por último, pudieron los ella. Julia le dio un ligero pellizco que parecía invitar
dos coincidir en una tarde libre. Habían quedado de más al afecto. Ojalá fueran marido y mujer con diez

204 205
GEORGE ÜR\VELL 1984

años de casados; ojalá pudieran pasear Juntos, como prendió la joven, acaso porque seguía sosteniendo en
lo estaban haciendo ahora, P.ero sin ocultamientos ni una mano la bolsa de herramientas..
temores, y conversar sobre trivialidades de la vida o -Un momentito, querido -dijo-; voy a ense­
adquiriendo, quizás, algunas cosillas para el hogar ñarte lo que traigo aquí. ¿Has vuelto a. traer ese en­
común. Ypor sobre todas las cosas, sintió vivos anhe­ demoniado Café de la Victoria? ¿Sí? Ya me parecía.
los de disponer de un sitio donde vivir juntos. No fue Pues lo puedes arrojar por la ventana, porque mira
entonces, sino al día siguiente, que le vino la idea de lo que me he traído ...
alquilar la habitación en casa del señor Charrington. Puesta de rodillas, abrió la bolsa sacando de ella
Cuando se lo propuso a Julia, esta acogió la idea con algunos martillos y destornilladores y, luego, unos
entusiasmo. Ambos se daban cuenta de que sería un envoltorios de papel. Al poner el primero de ellos
disparate. Era como si los dos, con deliberada inten­ en manos de Winston, notó este por el tacto que se
ción, dieran lin paso más hacia la tumba. Mientras trataba de algo compacto y como de arena que cedía
aguardaba sentado sobre el borde del lecho, volvió a al oprimirlo con los dedos.
pensar en los sótanos del Ministerio del Amor. ¡Qy.é -¿No me digas que es azúcar?-dijo él.
extraño que esos horrores predestinados se hicieran -Azúcar, azúcar de verdad, y no sacarina. Y
presentes en la imaginación a ratos perdidos para in­ aquí tienes pan, pan blanco, no ese estropajo que
crustarse en ella por breves instantes y luego volver a nos dan a nosotros. Y un tarro de mermelada. Y un
esfumarse, como un suceso proyectado sobre el futu­ bote de leche condensada. Pero aguarda, que falta lo
ro y que precedería a lá muerte con la misma certeza principal. He tenido que envolverlo en un pedazo de
con que el número 9 precede al 10! Imposible eludir­ lona por si...
lo, pero acaso posible postergarlo. Y con todo eso, de. Pero ninguna necesidad había que le explicara la
tarde en tarde, deliberadamente, conscientemente, se razón de traerlo envuelto en un pedazo de lona. Ya
daba un paso que abreviaba todavía más el intervalo tomaba todo el aposento un aroma fragante que pa­
entre la vida y la muerte. recía proceder de los tiempos de su infancia y que se
En ese momento oyó que alguien subía las esca­ solía percfüir de tanto en tanto aun en los presentes
leras con paso ágil. Instantes después irrumpía Julia tiempos, al avanzar por un pasillo antes de que se
en el aposento, en la mano una bolsa de lona con cerrara de golpe una puerta, o en una calle abarro­
herramientas, de esas que solía llevar al encontrarse tada de gente, aroma que surgía como por arte de
con él en los pasillos del Ministerio. Adelantase para encantamiento para desvanecerse al instante.
estrecharla entre sus brazos, pero al punto se des- -Esto es café -dijo Winston-, café del bueno.

206 207
GEORGE ÜR\VELL 1984

-Café de los que beben los del Consejo. Me he


traído nada menos que un kilo -apuntó ella con A lo que estaba, aquella mujer se sabía de memo­
expresión de orgullo y alarde. ria todas ias estrofas de la canción. Alzábase su voz
-¿Cómo has hecho para conseguir todas estas entretejida con la apacible atmósfera del estío, muy
cosas? melodiosa, pero no sin cierto tono de dichosa me­
-Son de las que consumen en el Consejo. A esos lancolía. Daba la impresión de que su felicidad sería
marranos no les falta nada, absolutamente nada. completa si aquella tarde de junio fuera interminable
¡Pero claro que los criados y los mozos se arreglan y no se acabara nunca el montón de ropas a tender
para alzarse 'con algo! ¡Mira! Aquí hay un poquito en las cuerdas, para seguir en la faena por miles de
de té... años, colgando pañales y cantando sandeces. Recor­
Sentado junto a ella, Winston desgarró el paque­ dó Winston que en su vida había oído cantar solo y
tito. en forma espontánea a ningún afiliado al Partido.
-Es té de verdad, no hojas de zarzamora -dijo. Hubiera sido acaso una falta de dogmatismo incurrir
-De un tiempo a esta parte abunda el té. Dicen en ello, algo así como una extravagancia peligrosa,
que nos hemos apoderado de la India o no sé qué como hablar solo. Tal vez la gente solamente se po­
-comentó Julia con vaga expresión-. Pero escu­ nía a cantar al sentirse inspirada por el fantasma del
cha, querido: quiero que te vuelvas de espaldas a mí hambre.
por espacio de tres minutos. Ve a sentarte al otro -Ya puedes volverte -dijo Julia.
lado de la cama. No te acerques mucho a la ventana. Se volvió Winston y por unos instantes no pudo
Y no te des vuelta hasta que yo te lo diga. casi reconocerla, por la asombrosa transformación
Así lo hizo 'Winston, mirando distraídamente operada en ella. Y es que Julia se había maquillado
por entre los visillos de la ventana. Abajo, en el pa­ la cara.
tio, proseguía la mujer sus idas y venidas de la pileta En alguna tienda de las existentes en los barrios
a las cuerdas y de estas a aquella. De su boca tomó plebeyos habría adquirido todos los elementos para
dos ganchos y acto seguido se puso a cantar: un perfect�;maquillaje. Sus labios eran de un color
1
1 rojo vivo, sus mejillas estaban cubiertas de carmín
Dicen que el tiempo todo lo cura y tenía empolvada la nariz; aun por debajo de sus
Dicen que todo puede olvidarse párpados inferiores veíanse dibujadas unas líneas
Pero las lágrimas y sonrisas
Aún me oprimen el corazón. que realzaban el brillo de sus ojos. Claro es que no
estaba aquello hecho con una mano maestra que se

208 209
1984

diga, pero Winston no era de los muy entendidos los pies de la cama, iluminando al mismo tiempo la
en la materia. Jamás había visto, ni se habría podi­ chimenea donde hervía a borbollones una pava de
do imaginar, a una afiliada al Partido con el rostro . agua. En el patio ya no cantaba la mujer, pero aún se
maquillado, Indudab.lemente, la transformación fa­ oían los gritos de los chiquillos jugando en la calle.
vorecía a Julia en forma notable. Con tan sólo unos Preguntándose estaba Winston si en los viejos tiem­
toques de carmín quedaba más bonita y hasta diríase pos sería cosa corriente estarse echado en una cama
que más femenina: sus cabellos cortos y el mameluco como aquella, en el sedante frescor de una tarde de
de corte varonil no hacían sino contribuir a ello. Al verano, hombre y mujer juntos en la intimidad, con­
tomarla en sus brazos, percibió la intensa fragancia versando acerca de lo que se les viniera en ganas,
de violetas sintéticas. Recordó entonces la media luz sin obligación de levantarse a una hora determinada
de una cocina situada en los sótanos y una boca ca­ y escuchando displicentes los ruidos de la calle. A
vernosa . de mujer. Era el mismo perfume, pero.en buen seguro; no podía haber existido una época en
esos momentos nada importaba. que eso fuera lo normal y corriente. Despertó Julia
-¡También perfume! -dijo. y, luego de restregarse los ojos, se incorporó a me­
-Sí, querido, también perfume. ¿Y sabes lo que dias apoyada en un codo para echar una mirada al
me propongo hacer ahora? Pues me voy a comprar un calorífero.
verdadero vestido de mujer para ponérmelo en lugar -La mitad de esa agua ya se habrá evaporado -
de estos antipáticos pantalones. Y me pondré medias dijo-. Voy a levantarme: un momento más y tendré
de seda y zapatos de taco alto. Aquí, en esta habita­ listo el café. ¿A qué hora cortan la luz en tu depar­
ción, seré mujer y no una camarada del Partido. tamento?
-A las veintitrés y treinta.
••• -En nuestra casa; a las. veintitrés. Pero que hay
que estar de pie antes de es¡ hora, porque... Eh, ¡fue­
Al despertar Winston observó que las manecillas ra de ahí, bicho asqueroso!
del reloj ápuntaban a casi las nueve, pero perma­ Y al decirlo, diose vuelta en la cama y, toman­
neció sin inoverse, pues Julia dormía con la cabeza do un zapato del suelo, lo arrojó con la energía y
apoyada sobre su brazo. Gran parte de sus afeites se aquel movimiento de su brazo con que la había visto
le había pegado a Winston y a la sobrecama, pero Winston arrojar un diccionario contra la efigie de
en las mejillas de Julia aún quedaban algunos tra­ Goldstein aquella mañana, cuando los Dos Minutos
zos de carmín. Un rayo de sol daba de lleno sobre de Odio.

210 211
GEORGE ÜRWELL 1984

-¿Qgé era? -preguntó sorprendido. detrás de aquella cortina hecha de sombras. Reali­
-Una rata. La vi asomar sus narices por entre zando un esfuerzo sobrehumano, como si con ello se
esas tablas. Debe haber un agujero allí. Pero menu­ .arrancara un pedazo de su propio cerebro, hubiera
do susto le he dado al animalejo. podido acaso desentrañar el misterio, pero siem­
-¡Ratas! -dijo Winston- ¿Ratas aquí? pre se despertaba sin conseguirlo; alguna relación
-¿Y por qué no? Las hay en todas partes - guardaba esa pesadilla con lo que Julia iba diciendo
respondió Julia con indiferencia, volviendo a acos­ cuando la interrumpió.
tarse-. Hasta en la cocina de nuestra casa suelen -Perdona, querida, no ha sido nada. Sólo que le
aparecer algunas. Ciertos barrios de Londres están tengo horror a las ratas, eso es todo.
inundados de ratas. ¿Sabías que suelen atacar a los -No te aflijas por ello, que no vamos a tolerar
niños pequeñitos? Hay calles en que una mujer no se que se nos metan aquí. Ahora mismo voy a meter en
atrevería a dejar solo a su hijito ni un momento. Las ese agujero un pedazo de lona. Y la próxima vez que
más peligrosas son esas grandotas de color pardo. Y vengamos, me traeré algo con que taparlo del todo.
lo más repelente es que... Ya había pasado el fugaz minuto de pavor y re­
-¡Basta, Julia, por favor! -dijo Winston ce­ pulsión. Un tanto avergonzado de sí mismo, sentase
rrando sus ojos con fuerza. Winston en la cama.
. -¡Qyerido mío! Te has puesto intensamente pá­ Entretanto ya Julia preparaba el café. El aroma
lido. ¿Qyé te pasa? ¿Es que les tienes asco a las ratas? que se desprendía del cacharro era tan sugestivo y
-De todas las cosas horrorosas de este mundo, penetrante que se apresuraron a cerrar la ventana por
lo peor para mi es una rata. si alguien llegara a percibirlo y le entrara curiosidad
Le echó los brazos al cuello como para infundirle de averiguar su procedencia. Pero mejor aún que el
ánimo con el calor de sus carnes. Pero Winston no café era la exquisita sutileza que le daba el azúcar,
volvió a abrir los ojos sino después de largo rato. Por cosa que ya Winston había olvidado con tantos años
algunos instantes tuvo la impresión de revivir una de probar sacarina. Con una mano en el bolsillo y
horrible pesadilla que solía atormentarlo de tiempo en la otra una rebanada de pan con mermelada, mo­
en tiempo. Se veía parado en medio de una oscu­ víase Julia por el ·aposento, revisando el estante de
ridad impenetrable: más allá de las tinieblas había libros, comentando sobre la mejor manera de reparar
algo indecible, algo demasiado horroroso para resol­ la mesa plegadiza, echándose en la butaca para ver si
verse a afrontarlo. Lo peor era que sin necesidad de resultaba cómoda y examinando aquel absurdo reloj
verlo, sabía con absoluta certeza lo que se ocultaba con las doce horas marcadas sobre su esfera. Se trajo

212 213
GEORGE ÜRWELL 1984

el pisapapeles para contemplarlo con mejor luz. Él se -No recuerdo ya lo que sigue, pero sí que termi­
lo tomó de las manos, cautivado como siempre por na con este verso: «Toma la candela y vete a la cami­
aquella diáfana transparencia del cristal. ta, que si no viene el hachero a cortar tu cabecita».
-¿Qyé te parece que es esto? -preguntó Julia. Cualquiera diría que se estaban dando los dos
-No creo que sea nada, es decir, que haya servi- términos de un santo y seña. Pero otros versos habría
do para nada. De ahí que me guste tanto. Es como después de aquello de «las campanas de Old Bailey».
un capítulo de historia que estos bárbaros olvidaron Acaso sería posible arrancarlos a la memoria del se­
tergiversar y encierra seguramente un mensaje, si ñor Charrington, si se lo abordaba con tacto.
tan sólo pudiéramos descifrarlo. -¿Dónde aprendiste esos vers_os? -preguntó
-¿Y ese cuadro? -volvió Julia a preguntar, se­ Winston.
ñalando con la cabeza el grabado colgado de la pa­ -De mi abuelito. Solía recitármelos cuando
red-. ¿Tendrá cien años? era yo muy pequeñita. Fue evaporado al cumplir yo
-Más de cien. Lo menos doscientos. Imposible ocho años, o al menos, desapareció sin dejar rastros.
determinarlo a ciencia cierta. Hoy en día no hay for­ ¿Cómo será el limón? Porque naranjas las he vis­
ma de enterarse de la edad que tienen las cosas. to: son redondas, amarillas y con una cáscara muy
Aproximose Julia para observar el grabado de gruesa.
cerca, y dijo: -Yo recuerdo haber visto limones -dijo Wins­
-¿Qyé representa este cuadro? En alguna parte ton-. Eran muy comunes allá por el año 1950, pero
he visto yo este edificio... tan ácidos que con sólo aspirar su aroma le alargaban
-Es una iglesia, o mejor dicho, era. San Cle­ a uno los dientes.
mente se llamaba ... -Apuesto a que detrás de ese cuadro hay miles
Y recordando el fragmento de la canción que el de chinches. Un buen día lo voy a descolgar para
señor Charrington le había enseñado, recitó como limpiarlo. Y ahora debo quitarme estos afeites. ¡Qyé
sumido en hondas añoranzas: «Naranjas y limones pena! Y después te quitaré a ti el carmín que se te ha
dicen las.campanas de San CÍemente...» pegado a la cara.
Con gran asombro de su parte, tomó Julia el hilo Por algu nos minutos más continuó Winston
para seguir: echado en la cama. Iba oscureciendo en el cuarto.
«Me debes tres cuartillos, dicen las de San Mar­ Volviose hacia la luz para contemplar, una vez más,
tín. ¿Cuándo me pagas?, repiten las campanas de .el pisapapeles. Lo cautivante en él no era precisa­
Old Bailey...» mente el trozo de coral, sino el cristal en sí: daba

214 215
GEORGE ÜRWELL 1984

la sensación de compacto y, sin embargo, era tras­ tenía una temperatura uniforme mediante el aire
lúcido como el aire, como si la superficie de aquel acondicionado en oficinas y galerías, pero en la calle,
cristal fuera una parte del firmamento encerrando la acera queinábale a uno los pies al andar sobre ella
un diminuto mundo con su atmósfera propia. Tuvo y. el tufo del tren subterráneo en las horas de mayor
la impresión de que podría introducirse dentro, o circulación era un horror. Muy adelantados estaban
que ya estaba dentro, junto con el lecho de caoba, la los preparativos para la Semana del Odio y el per­
mesa plegadiza, el viejo reloj, el grabado sobre ace­ sonal de todos los Ministerios trabajaba horas extras
ro y el propio pisapapeles. Aquel pisapapeles era el para terminarlos con tiempo. Manifestaciones, mí­
aposento donde se encontraban, y la vida de Julia y tines, desfiles militares, conferencias públicas, reta­
la suya formaban el coral, engarzadas con jerarquía blos con imágenes de cera, exhibiciones cinemato­
de lo eterno en lo hondo del cristal. gráficas, programas especiales de telepantalla, todo
tenía que ser organizado: había que conseguir gra­
derías, levantar efigies, acuñar estribillos, componer
canciones, circular rumores y falsificar fotografías.
La oficina de Julia había dejado de confeccionar no­
IV velas para dedicar todas sus horas a la producción de
folletos alusivos a las atrocidades perpetradas por el
Syme había desaparecido. Cierta mañana de las enemigo. Winston, sin perjuicio de sus labores or­
tantas, faltó a su trabajo y nada más: algunos im­ dinarias, se pasaba horas enteras revisando números
prudentes se dieron a comentar su ausencia. Al día atrasados del Times, modificando y puliendo extrac­
siguiente ya nadie mencionaba su nombre. Al tercer tos de noticias a ser citadas en los discursos. A altas
día, entró Winston al vestfbulo de la Sección Archi­ horas de la noche, cuando una multitud de plebeyos
vos para echar un vistazo al tablero de avisos. Sobre él se volcaba en las calles, adquiría la ciudad una ani­
estaba � nómina impresa del personal de la Junta de mación febril fuera de lo común. Las bombas vola­
Ajedrez, de la cual Syme era miembro. Todo estaba doras calan con más frecuencia que nunca y, a veces,
como antes, nada se había tachado, pero faltaba un se escuchaban a la distancia tremendas explosiones
nombre. Era suficiente para comprender lo ocurrido: que nadie atinaba a explicar, pero sobre las cuales se
Syme había dejado de existir, no había existido jamás. hacían circular las versiones más antojadizas.
Bochornosa y sofocante era la tarde. En el labe­ Ya se había compuesto la nueva canción que de­
ríntico Ministerio sin ventanas exteriores, se man- bía caracterizar a la Semana del Odio (se le puso el

216 217
1984

nombre de Canto al Odio) y sus acordes atronaban el Un nuevo cartel acababa de hacer su aparición en
espacio día y noche por las telepantallas. Eran acor­ todo Londres. No llevaba ninguna leyenda al pie:
des semibárbaros, con modulaciones tan tonantes que tan sólo mostraba la monstruosa figura de un solda­
no podía dárseles el nombre de música, pues más se d� eurasiano, de tres o cuatro metros de alto, avan­
asemejaba a un redoble de tambores. Entonada a voz zando con el rostro de esfinge de los mongoles, con
en cuello por un coro de centenares de voces, con enormes zapatones y en la mano una ametralladora
acompañamiento de rítmicos pasos, resultaba verda­ en posición de fuego. Por cualquier lado que se mi­
deramente de efectos aterradores. El público le había rara aquel cartel, magnificada por la disposición es­
tomado el gusto y en la calle rivalizaba con el siem­ pecial del dibujo, la ametralladora parecía apuntarle
pre popular: «Fue tan sólo una ilusión». Los chicos a uno. Dicho cartel había sido pegado sobre cuan­
. de Parsons la tocaban a todas horas del día y de la to espacio libre quedaba en muros y paredes, con
noche con el consabido peine envuelto en un trozo de una profusión que superaba incluso a la efigie del
papel higiénico, como para volver loco a cualquiera. Gran Hermano. Los plebeyos, por lo general apáti­
Las noches de Winston se hicieron más l argas que cos para todo lo relacionado con la guerra, estaban
nunca, debido al recargo de ocupaciones. Partidas de siendo llevados a otra de sus periódicas y frenéti­
voluntarios, organizadas por Parsons, adornaban las cas exaltaciones patrioteras. Como para ponerse a
calles en preparación de la Semana del Odio, fijan­ tono con el estado de ánimo del público en general,
do pendones, pintándo carteles, erigiendo mástiles y las bombas voladoras continuaban más que nunca
pendiendo precarios cables para colgar gallardetes de haciendo estragos y sembrando la muerte. Una de
ellos. Jactábase Parsons de que tan sólo Victory Man­ ellas cayó sobre un cinematógrafo atestado de públi­
sions · ostentarte cuatrocientos metros de colgaduras: co, sepultando entre los escombros a centenares de
el hombre estaba en su elemento y más contento que espectadores. Todo el barrio se hizo presente para
unas pascuas. El calor y las labores manuales le ha­ presenciar el paso de un larguísimo cortejo fü.nebre,
bían dado pretexto para ponerse un par de shorts y que en el fondo fue una expresión de protesta. Otra
llevar tina camisa desabrochada en el cuello. Estaba de las bombas cayó en un terreno utilizado como
en toda� partes y no se daba descanso, tirando, em­ cancha de deportes, haciendo pedazos a unos veinte
pujando, serruchando, martillando, improvisando y chiquillos que allí jugaban en ese momento. Repi­
animando a todo el mundo con exhortaciones, mien­ tiéronse las manifestacioqes de protesta, se quemó a
tras prodigaba por todos los poros de su piel un caudal Goldstein en efigie, arrojáronse a las llamas cente­
inagotable de traspiración de olor acre. nares de carteles �on la figura del soldado eurasiano

218 219
GEORGE ÜRWELL 1984

y, en medio de los tumultos, llegaron a saquearse ya impulsos de hacerle muecas a la telepantalla o de


varios negocios. Luego circularon versiones de que soltar maldiciones a voz en cuello. Ahora que con­
los espías orientaban las bombas voladoras por me­ taban con un refugio seguro ni siquiera les parecía
dio de ondas radioeléctricas; a un matrimonio de una contrariedad el que sólo pudieran entrevistarse
ancianos, de quienes se sospechaba que eran ·de ori­ de tarde en tarde y apenas durante contadas horas.
gen extranjero, le quemaron la casa, pereciendo am­ Nada importaba sino la realidad de aquel aposento,
bos carbonizados entre las llamas. que allí estaba como un reducto inviolable, aunque
En el cuarto situado sobre la tienda del señor no lo habitaran sino a espaciados intervalos. El señor
Charrington, las veces que allí podían reunirse, Ju­ Charrington, pensaba Winston, era otro animal de
lia y Winston solían echarse sobre la cama, junto a una especie ya extinguida. Al subir a la habitación
la ventana abierta, y pasarse horas en esa posición. solía detenerse a charlar un rato con él. El anciano
No volvió a hacerse ver la rata, pero las chinches se parecía salir muy poco de casa, si es que salía, y por
habían multiplicado prodigiosamente con el tiempo otro lado, tampoco tenía mucha clientela. Llevaba
caluroso. Mas todo eso eran cosas nimias. Pulcro una vida de espectro entre la oscura y estrecha tien­
o desaliñado, aquel aposento era un paraíso. Tan da y poseía una cocinita todavía más reducida, don­
pronto llegaban a él, esparcían pimienta adquirida de preparaba sus comida.s. Entre otras cosas, había
en el mercado negro por todos lados, quitábanse las un fonógrafo prehistórico con una despampanante
ropas de trabajo y se entregaban a las caricias con sus bocina. Moviéndose entre sus baratijas, con su nariz
cuerpos traspirados hasta quedarse dormidos y des­ prominente, anteojos de gruesos cristales, espalda
pertar para encontrarse con que las chinches habían encorvada y chaqueta de terciopelo negro, tenía más
reorganizado sus huestes y se aprestaban para pasar aspecto de coleccionista que de comerciante. Con
al contraataque. una especie de malogrado fervor, solía enseñar esta o
Cuatro, cinco, seis, siete veces se encontraron aquella chuchería -una taza de porcelana, una caja
en el mes de junio. Winston había abandonado su de rapé pintada a mano o un guardapelo con algunas
costumbre de beber ginebra a todas horas del día: hebras de cierto niño fallecido años antes- no para
estaba más gordo, la úlcera varicosa había mejorado pedir a Winston que las comprara, sino rogándo­
bastante, dejándole tan sólo una 'marca ennegrecida le les hiciera objeto de su admiración. Oírlo hablar
encima del tobillo y ya no padecía aquellos horri­ daba la sensación de estar escuchando las notas de
bles accesos de tos al levantarse por la mañana La una vieja caja de música. Había logrado extraer de su
vida había dejado de parecerle intolerable y no sentía memoria más estrofas de aquellos olvidados versos.

220 221
GEORGE ÜRWELL

Una de las estrofas se refería a veinticuatro mirlos, desaparecer, desfigurarse para no . ser reconocidos,
otra a una vaca con el cuerno rebanado y una tercera aprender a expresarse con acento pleb eyo, conseguir
a la muerte del desdichado Cock Robin. «Pensé que . trabajo en alguna fábrica y vivir su vida en un barrio
le interesarían a usted» solía decir al recitar un nuevo apartado. Claro que todo eso era un absurdo, bien lo
fragmento. Pero jamás recordaba más de un verso de sabían. Aun el suicidio, como única salida posible, no
la misma estrofa. había de tomarse en serio. En verdad, no había salva­
Julia y Winston sabían -aunque jamás lo dije­ ción posible. Aferrarse a la vida día tras día y semana
ran- que aquello no podía durar mucho. Momentos tras semana, y disfrutar de un presente sin futuro, era
había en que los signos de una muerte inminente se la expresión de un instinto indoblegable, así como los
tornaban tan corpóreos como la cama sobre la cual pulmones siguen respirando mientras queda aire.
dormían; en tales instantes, abrazábanse. con fuerza A veces, también pensaron en incorporarse a acti­
y voluptuosidad desesperada, como un condenado a vidades subversivas contra el Partido, pero sin la me­
muerte se aterra al último mendrugo de placeres te­ nor idea del primer paso a dar con ese objeto. Aun en
rrenales cuando sólo faltan cinco minutos para dar el caso de que la legendaria Hermandad fuera algo
.Ja hora. Pero en otros momentos no solamente te­ real y positivo, estaba el inconveniente de encontrar
nían la sensación de la seguridad, sino también de la el medio de incorporarse a ella. Puso Winston a Julia
continuidad. Mientras estuvieran en aquel aposento, en antecedentes de la amistad que existía, o llevaba
presentían que nada había de ocurrirles. Llegar hasta camino de existir, entre O'Brien y él y de los impul­
allí resultaba peligroso y difícil, pero la habitación sos que experimentaba a ratos de presentarse a aquél,
en si era todo un santuario. Era como contemplar el confesarle que era adversario del Partido y solicitar su
interior del pisapapeles y pensar que sería posible in­ cooperación. Algo extrañado, vio que Julia no consi­
troducirse en él para, una vez dentro de aquel mundo deraba descabellados tales planes. Habituada a juzgar
de cristal, tener poderes para detener la marcha del a las personas por su fisonomía, le parecía perfecta­
tiempo. A menudo se daban a soñar despiertos sobre mente natural que Winston confiara en O'Brien sobre
la posibmdad de eludir su fatal destino. La suerte les la sola base de aquel fugaz cambio de miradas; por lo
acompañaría siempre y podrían seguir disfrutando demás, daba por descontado que todos, o casi todos,
de su Idilio por el resto de sus vidas. Podría morirse odiaban en sus adentros al Partido y estarían dispues­
Catalina, en cuyo caso recurrirían a todos los subter­ tos a rebelarse apenas contaran con alguna posibili­
fugios posibles para casarse. O acabarían por quitar­ dad de éxito. Pero se negaba a creer que existiera, o
se la vida en un doble suicidio. O tal vez optaran por pudiera existir, una oposición organizada y de amplio

222 223
GEORGE ÜRWELL 1984

vuelo. Todo cuanto se propalaba sobre Goldstein y su brado al decir, como no dando importancia al asunto,
legión clandestina, no pasaba de ser una simple patra­ que la tal guerra no existía en realidad. Las bombas
ña fraguada por el mismo Partido con fines propios, y voladoras que caían a diario sobre Londres acaso
a los cuales había que simular prestar entero crédito. eran disparadas por el propio gobierno de Oceanía
En innumerables ocasiones, en mítines partidarios y «para tener atemorizada a la gente», posibilidad que a
manifestaciones espontáneas, había ella pedido a gri­ Winston jamás se le había ocurrido ni remotamente.
tos, como los demás, la ejecución de personas que no También logró Julia en cierta oportunidad despertar
conocía ni de nombre y en cuya culpabilidad no creía su envidia al manifestarle que su mayor dificultad du­
para nada. En los juicios públicos solía formar en las rante los Dos Minutos de Odio era, contenerse para
filas de las organizaciones juveniles que se congre­ no soltar una carcajada. Pero Julia se rebelaba airada
gaban frente a los tribunales para pasarse allí día y contra las teorías del Partido cuando ellas incidían en
noche vociferando a coro: «¡Mueran los traidores!». una forma u otra sobre su propia vida. Con frecuencia
Durante los Dos Minutos de Odio superaba a todos admitía sin pestañear la mitología del Partido por la
los presentes por el calibre de las diatribas lanzadas única razón que para ella, la diferencia entre lo ver­
contra Goldstein. Y, sin embargo, no tenía sino una dadero y lo falso carecía de importancia. Creía, por
vaga idea acerca de quién era Goldstein y menos aún ejemplo, por haberlo aprendido en la escuela, que el
sabía de la doctrina inspirada por él. Julia había cre­ Partido había inventado el avión. (En los tiempos de
cido con la Revolución y era demasiado joven para su infancia, recordaba Winston, allá por fines del año
tener presentes las luchas ideológicas de 1950 y 1960. 1950, sólo reclamaba el Partido para sí la paternidad
No �e imaginaba siquiera lo que era un movimiento del helicóptero; diez o doce años, cuando ya Julia iba
de opinión política y, sea como fuera, tenía al Partido a la escuela, fue también el avión, y mañana reclama­

1 por invencible. Y el Partido perdurarla por los siglos


de los siglos, sin variar un ápice. Sólo era factible re­
ría haber inventado la máquina de vapor). Y cuando
Winston le explicó que el avión ya existía antes de
belarse contra él a través de la desobediencia clandes­ que él viniera al mundo y era bastante anterior a la
tina o, en el mejor de los casos, con actos aislados de Revolución. Julia no hizo sino encogerse de hombros.
violenci�, como el asesinato de una de sus figu ras des­ Porque, a cuentas claras, razonaba ella: ¿qué más da
collantes o la voladura de un puente. En cierto modo, quién inventó el avión? Todavía más estupefacto se
era Julia más lista que Winston y menos susceptible a quedó Winston cuando la oyó decir que no se acor­
la catequización del Partido. Cierta vez, al traer él a daba de que Oceanía hubiese estado jamás en guerra
colación la guerra contra Eurasia, ella lo dejó asom- con Estasia y en paz con Eurasia. «Creí que siempre

224 225
GEORGE ÜRWELL 1984

habíamos estado en guerra con Eurasia», dijo como Procuró hacerle entrar en razón:
quien se refiere a una cosa sin ninguna importancia. -Aqud era un caso excepcional. No se trataba
A Winston le entró un poco de miedo. La invención solamente de matar a alguien. ¿Te das cuenta lo que
del aeroplano databa de antes de nacer Julia, pero las significa que el pasado no exista? Si algo sobrevive
dos guerras se habían desarrollado cuando ya ella era de él es apenas a través de unos pocos objetos inani­
una mujer hecha y derecha. Al fin consiguió forzar su mados como ese pisapapeles que allí ves. Hoy mis­
memoria hasta hacer que recordara vagamente que, mo nada sabemos de la Revolución ni de los años
en un tiempo, fue Estasia y no Eurasia la potencia anteriores a ella. Todo vestigio ha sido tergiversado
enemiga. Pero así y todo, se negó rotundamente a u obliterado: los libros vueltos a escribir, los cuadros
conceder importancia a la cuestión. «¿Qyé importa, vueltos a pintar, las calles y estaciones con una nueva
al fin de cuentas -dijo- pues a una maldita guerra denominación, las fechas adulteradas. Y ese proce­
sucede otra y ya se sabe que todas las noticias no son so continúa día a día y minuto tras minuto. La his­
sino un tejido de embustes?». toria se ha detenido en el tiempo. Nada existe sino
A veces, solía hablarle de la Sección Archivos y un presente sin fin, en el cual toda la razón es pa­
de las incalificables adulteraciones que había con­ .trimonio exclusivo del Partido. Yo sé, por supuesto,
sumado en su carácter de funcionario de la misma. que el pasado ha sido tergiversado, pero no estoy en
La cosa no parecía infundirle ninguna sensación de condiciones de probarlo, porque se han hecho des­
espanto. No percibía el abismo que iba abriéndose a aparecer las pruebas. La única prueba la llevo en el
sus pies al aceptar mentiras como si fueran verdades. entendimiento y tampoco abrigo la certeza de que
Le relató lo ocurrido con Jones, Aaronson y Ruther­ ser viviente alguno comparta mis recuerdos. En esa
ford y lo de aquel pedazo de diario que cierta vez ocasión, única en toda mi vida, tuve en mis manos la
cayó en sus manos. Pero ni por esas mostrase Julia prueba fehaciente después de ocurrido el hecho, años
impresionada e inclusive demoró un rato en captar más tarde.
su significado. -¿Y de qué te valió eso?
-¿�ran amigos tuyos esos sujetos? -preguntó. -De nada, porque la arrojé al fuego momentos
-No. Pertenecían al .Consejo. Además, eran de después. Pero si volviera a suceder, no haría lo mis­
más edad que yo y habían actuado en la época ante- . mo.
rior a la Revolución. Apenas si los conocía de vista. -Pues yo sí -dijo .Julia-. Estoy dispuesta a
-Pues entonces ¿a qué preocuparse? ¿Acaso to­ Jugarme la vida, pero por algo que valga la pena,
dos los días no se mata a alguien? no por pedazos de diario. ¿De qué te hubiera ser-

226 227
1984
GEORGE ÜRWELL

en seguir conversando sobre tales asuntos, Julia no


vido aquella prueba, aun en el caso de haberla con-
servado? hacía sino dormitar, porque era uno de esos seres
-De mucho tal vez no. Pero era una prueba privilegiados que pueden echarse a dormir a cual­
que hubiera podido contribuir a suscitar dudas aquí quier hora y en cualquier posición. Al conversar con
y allá, si yo me hubiese atrevido a enseñarla a más ella, comprendió Winston cuán fácil era simular una
rígida actitud dogmática sin saber lo que encierra el
de uno. No creo que podamos modificar las cosas
dogma. En cierto modo, el Partido imponía su doc­
en lo que nos resta de vida. Pero es posible ima­
ginarse la constitución de células de resistencia' trina con mayor facilidad a quienes eran incapaces
de comprenderla. Esa gente aceptaba a ojos cerrados
grupos de personas que se aglutinarían, ampliando
las más flagrantes adulteraciones de la verdad al no
poco a poco su radio de acción y dejando acaso al­
captar los alcances de la enormidad que de ella se
gunos vestigios para que las generaciones venideras
exigía, y no sentía suficiente interés por la vida pú­
prosigan la tarea.
-Oye, querido, a mí las generaciones venideras blica como para advertir lo que estaba ocurriendo.
Al no comprender se salvaban de perder la razón. Lo
me· tienen sin cuidado. Me interesa únicamente lo
creían todo y el creerlo ningún daño les producía,
que se relaciona con nosotros.
-Tú sólo eres una rebelde de la cintura para aba­ porque la mentira no dejaba en ellos residuo alguno,
jo -dijo Winston. como un grano de maíz que pasa por el organismo
A Julia le pareció eso una salida muy salerosa y, de un ave sin ser digerido.
para celebrarla, le echó los brazos al cuello. No le
interesaban en absoluto los fundamentos de la doc­
trina del Partido ni sus derivaciones sobre la vida
colectiva. En cuanto Winston se ponía a hablar de
los pos�lados del lNGsoc, de la mutabilidad del pa­ V
sado o de la negación de toda realidad objetiva, daba
muestrás de aburrirse soberanamente sin esforzarse Por fin sucedió lo que estaba llamado a suceder.
por ent�nder nada, agregando que jamás se había Llegó el tan anhelado mensaje. Pareciole a Wins­
preocupado de tales honduras. Ya se sabía que todo ton que toda su vida se había pasado aguardando
era un tejido de trapacerías; entonces ¿a qué rom­ ese instante. Iba por el largo pasillo del Ministerio,
perse la cabeza? Le bastaba con saber cuándo debía y había llegado al sitio donde Julia le deslizó en la
vitorear y cuándo silbar. Si Winston se empeñaba mano aquel billetito, cuando se dio cuenta de que

229
228
GEORGE ÜRWELL 1984

alguien, más corpulento que él, marchaba detrás. sino obliterado: se había convertido en una imper­
Tosió el desconocido como preludio para iniciar una sona. Cualquier referencia a él podía tener mortales
conversación. Detúvose Winston para volverse al derivaciones. Lo dicho por O'Brien implicaba, sin
instante. Era O'Brien. duda, una señal de alarma o una advertencia en có­
Por fin se encontraban frente a frente. Winston digo. Al compartir un venial delito del pensamiento,
sólo pensó en echarse a correr. El corazón le latía ambos se hacían cómplices. Seguían caminando por
con fuerza. No hubiera podido articular palabra en el pasillo cuando de pronto se detuvo O'Brien. Con
aquellos instantes, pero O'Brien acababa de tomarlo aquel su simpático gesto, tan característico en él, se
por el brazo en forma amistosísima. Siguieron an­ reajustó los anteojos. Luego prosiguió:
dando los dos, ya el uno al lado del otro. Comenzó -Qi,iería decirle que en su artículo ha empleado
O'Brien a hablar en esos términos refinados que le usted dos términos que hoy están fuera de uso. Pero
distinguían de los demás miembros del Consejo. hace muy poco que fueron eliminados del léxico ofi­
-He estado al acecho de una oportunidad para cial. ¿Conoce usted la décima edición del dicciona­
cambiar alguna.s palabras con usted -iba dicien­ rio de Neohabla?
do- pues no he dejado de leer su artículo, escrito -No -dijo Winston-; ni sabía que hubiese
en Neohabla, y publicado en el Times días pasados. aparecido. En la Sección Archivos seguimos utili­
Por lo que veo, toma usted el interés de un estudioso zando la novena edición.
en el nuevo idioma. -Según tengo entendido, no aparecerá hasta
Recobrado ya \V\nston de su primera impresión, dentro de unos meses, pero ya se han puesto en cir­
·1
respondió: culación algunos ejemplares. ¿Tendría usted interés
-Tanto como eso, no. Soy apenas un aficionado, en ver uno de ellos?
pues no es tema de mi especialidad. Nunca he teni­ -Muchísimo, desde luego -dijo Winston, al
do nada que ver con la estructura de la nueva lengua. advertir hacia dónde tiraba el otro.
-Pero usted lo escribe con un estilo muy atilda­ -Contiene algunas novedades verdaderamente
do. Y no soy el único de esa opinión. No hace mucho ingeniosas. Y la reducción de los verbos constitui­
conversaba con un amigo suyo que es todo un exper­ rá uno de los aspectos más interesantes para usted.
to en la �ateria. De momento, se me va el nombre. ¿Puedo hacerle llegar un ejemplar con un mensajero?
Otra vez sintió Winston que el corazón le saltaba Lo que pasa es que suelo olvidar esos compromisos.
en el pecho. La persona aludida no podía ser otra Mejor será que usted pase por mi departamento a la
que Syme. Pero Syme no solamente estaba muerto, hora que mejor le venga. Le daré mi dirección.

230 231
GEORGE ÜRWELL 1984

Hallábanse de frente a la telepantalla. Como dis­ Sabía .Winston que tarde o temprano acabaría
traídamente, hurgó O'Brien en dos de sus bolsillos, y por responder al llamado de O'Brien. Qgizás ma­
de uno de ellos extrajo una libretita con tapa de cuero ñana mismo, o luego de dejar pasar un tiempo, pues
y un lápiz tinta enchapado en oro. Debajo de la tele­ · sobre eso nada tenía resuelto. Lo que estaba ocu­
pantalla y de suerte que quien estuviera vigilando pu­ rriendo no era sino secuela de un proceso evolutivo
diera leer lo que iba escribiendo, anotó una dirección iniciado años antes. El primer paso fue un pensa­
y, arrancando la hoja, se la entregó a Winston. miento tan involuntario como recóndito: el segundo,
-Suelo estar siempre en casa por las noches - la iniciación del diario. Del pensamiento pasó a las
dijo- pero si no me encuentra usted, mi criado le palabras y ahora estaba a punto de pasar de las pala­
entregará el diccionario. bras a los hechos. Las etapas finales se desarrollarían
Y seguidamente se alejó, quedándose Winston en el Ministerio del Amor. Ya estaba resignado a
con la hoja de papel en la mano que, a esas alturas, ello. El principio llevaba consigo el fin. Era un tanto
ya no había por qué tratar de ocultar. Así y todo, aterradora la perspectiva, o en términos más preci­
memorizó lo escrito y, momentos después, arroja­ sos, suponía saborear la muerte por anticipado, algo
ba el papel al buzón de la .memoria, juntamente con así como sentirse con un poco menos de vida. Aun
otros. en los instantes en que conversaba con O'Brien, al
No más de un par de minutos habían estado jun­ comprender la trascendencia de lo que le iba dicien­
tos. Todo el episodio no tenía sino un posible -sig­ do el otro, se había apoderado de Winston un esca­
nificado: era un medio de hacer saber a Winston la lofrío glacial. Tuvo la sensación de que iba avanzan­
dirección de O'Brien, lo cual era imprescindible, do hacia una tumba abierta para recibirlo, y el hecho
porque fuera de preguntárselo a la propia persona, de que la visión de esa sepultura hubiese existido en
no había forma de conocer el domicilio de nadie . todo momento en su imaginación, en nada contri­
Guías no las había de ninguna clase. «Si algún in­ buía a tranquilizar su ánimo.
terés tiene usted en conversar conmigo, aquí me en­
contrará», había querido decir O'Brien. Tal vez tra­
tara lu�go de comunicarse con Winston ocultando
algún mensaje entre las páginas der diccionario. Sea
como fuere, una cosa había de cierta: la conjuración
con que soñaba Winston existía de verdad y él estaba
ahora a punto de trasponer sus fronteras.

232 233
GEORGE ÜRWELL 1984

VI -¿Por qué la mataste? -dijo Julia adormilada.


-Claro que no la maté en el sentido literal de la
Despertó Winston con los ojos arrasados en lá­ palabra.'
grimas. Entre dormida y despierta, se le arrimó Julia En aquel sueño tuvo la postrera visión de su ma­
para preguntarle: dre y, al despertar, se le agolparon en la memoria las
-¿Qyé te pasa? añoranzas de cierto episodio familiar. Eran recuer­
-Soñaba ... -dijo Winston y acto seguido se su- dos que el debió haber mantenido deliberadamente
mió en el más profundo de los silencios. Era todo proscriptos por muchos años. De la fecha no se acor­
tan complejo que costaba expresarlo con palabras. daba bien, pero no podía tener entonces más de diez
Por un lado el sueño en sí y, por otro, los recuerdos años, o acaso doce.
relacionados con ese sueño, recuerdos que se agolpa­ Su padre había desaparecido unos años antes;
ban tumultuosos en su memoria al despertar. cuántos, no sabría precisarlos. Con más acentua­
Cerró los ojos como si aún siguiera viviendo en el dos relieves recordaba el turbulento y agitado am­
mundo de los sueños. Era el suyo un sueño de amplios biente de la época: las reiteradas escenas dé pánico
horizontes y plenos de luz: en él desplegábase su pro­ con motivo de las incursiones aéreas; las corridas
pia vida como un primoroso paisaje. en el atardecer de para guarecerse en las estaciones del subterráneo;
un día de verano, después de un aguacero. Todo había las montañas de escombros por doquier; las enre­
ocurrido dentro del pisapapeles, sólo que la superficie vesadas proclamas pegadas en todas las paredes; las
del cristal era un pedazo de cielo y, debajo de aquel pandillas de jovenzuelos llevando todos camisas del
cielo, todo aparecía iluminado por una diáfana luz a mismo color; las largas colas frente a las panade­
través de la cual se podía ver a distancias inconmen­ rías; el fuego intermitente de las ametralladoras a la
surables. También incluía el sueño -y esa era, a decir distancia; y por encima de todo, el no tener nunca
verdad, su razón de ser-- un ademán hecho por su suficiente que comer. Recordaba las tardes pasadas
madre,· el mismo de la judía que Winston había de en compañía de otros muchachos, hurgando en los
ver treinta años después en un noticiario cinemato­ tachos de basura y montones de desperdicios, y reco­
gráfico: 'el ademán de una mujer tratando de preservar giendo hojas sueltas de repollo y cáscaras de patata,
con sus brazos a su hijo de las balas, antes de que el incluso algunas veces unos pedazos de pan duro, de
helicóptero los volara a ambos en pedazos. los cuales solían raspar la embarrada corteza antes
-¿Sabes -dijo- que hasta hoy siempre he creí­ de comérselos; y también la espera a que pasaran
do que fui yo quien mató a mi madre? unos camiones, que siempre tomaban por la mism�

234 235
GEORGE ÜRWELL 1984

calle, y los cuales, con cada barquinazo producido encima, una alacena donde se guardaban las provi­
por los baches abiertos en la calzada, dejaban caer siones. Y afuera, en el descansillo de la escalera, una
algo de provecho y utilidad. pileta dé ladrillos para el uso en común de varios
Cuando la desaparición de su padre, no dio su inquilinos. Recordaba asimismo la estatuaria silue­
n¡adre muestras de estupor o aflicción, sino que ope­ ta de su madre inclinándose sobre la cocinilla para,
rase en ella un cambio fundamental de la noche a la revolver algo que se guisaba en una cacerola. Y por
mañana: pareció desprenderse por completo de su sobre todas las cosas, no podía olvidar su hambre
espíritu. Comprendió Winston que su madre aguar­ de todos los días y las sórdidas luchas que se libra­
daba algo que fatalmente había de suceder. Seguía ban a la hora de las comidas. Solía preguntar con
atendiendo los quehaceres de la casa: cocina y lavado impertinencia a su madre, una y otra vez, por qué
de ropas, zurcidos y remiendos. Hacía la cama, ba­ no había más comida: luego se ponía a gritarle (con
rría las habitaciones y sacudía el polvo de los. mue­ aquel timbre de voz que ya entonces empezaba a cas­
bles, siempre con pausados movimientos, dijérase carse prematuramente) o poníase a lloriquear a ver si
tenidos por superfluos, al igual que una bailarina con ello le daban una porción más. Su madre ningún
marcando el compás. Horas enteras se pasaba sin inconveniente tenía en darle más de lo que era su
mover un músculo, rígida como una estatua, echada parte, por considerar que «el hombrecito de la casa»
sobre la cama, cuidando de una hermanita de Wins­ tenía derecho a una mayor ración. Pero Winston se­
ton, una chiquilla magra, frágil y sosegada de dos o guía pidiendo más y más. En la mesa solía suplicarle
tres años de edad, con un rostro de simiescos rasgos que no fuera tan egoísta y que su hermanita enfer­
por lo escuálido que era. A veces tomaba a Wins­ ma también necesitaba alimentarse. Pero él, como
ton su madre para estrecharlo entre sus brazos largo si nada: por el contrario, echábase a llorar de rabia
rato sin decir una sola palabra. A pesar de su carác­ cuando no se le daba un cucharón más y procuraba
ter egoísta y de sus pocos años, no dejó Winston de arrebatarle a. su madre la cacerola y aun incurría en
comprender que tales arrestos de ternura maternal los extremos de meter mano en el plato de su her­
alguna relación, guardaban con el anhelado, aunque manita. Sabía muy bien que por tenerlo satisfecho
nunca m�ncionado, acontecimiento. pasaban hambre aquellos . dos seres, pero eso no era
Recordaba perfectamente el cuarto donde vivían: asunto suyo: incluso consideraba como un derecho
lóbrego, oscuro, con el aire enrarecido y ocupado de su parte que él se hartara y los otros se pasaran
casi totalmente por una cama con una colcha blan­ sin tener para un diénte. El gusanillo del hambre
ca. Junto al guardafuego había una cocinilla a gas y, que le roía las entrañas todo lo justificaba a sus ojos.

236 237
GEORGE ÜRl\'ELL 1984

Entre horas, y· a poco que se descuidara su madre, Winston creyó ver que su hermanita se estaba mu­
acostumbraba birlar algo de la alacena de víveres. riendo. Bajó a escape las escaleras, con el pedazo de
Cierto día recibieron la ración de chocolate, cosa chocolate que empezaba a derretírsele en la mano.
que no ocurría desde muchos meses atrás, quizás No volvió a ver a su madre nunca más. Luego de
años. Recordaba muy bien aquel chocolate: era una comerse el chocolate, se sintió un tanto abochorna­
barra de dos onzas (entonces todavía regían las on-­ do y anduvo merodeando por las calles durante horas
zas) a repartirse entre los tres. Pero gritando como hasta que el hambre le hizo volver a casa. Cuando
un condenado, él exigió que le dieran todo. Dijole su volvió, su madre había desaparecido, cosa que ya nada
madre que no fuera tan mezquino. Y siguió una se­ tenía de muy particular en aquellos tiempos. Nada
rie de incidencias, entre gritos, lágrimas, lloriqueos, faltaba en el cuarto, fuera de su madre y de su her­
protestas y regateos. Su hermana pequeñita, pren­ mana. Las ropas estaban intactas, inclusive el abri­
dida al cuello de su madre como si fuera un mani­ go de su madre. Nunca pudo saber si su madre había
to, mirábale con sus melancólicos ojazos. Al fin, su muerto o seguía con vida. Nada imposible era que la
madre le dio las tres cuartas partes de la barra de hubiesen encerrado en un campo de concentración ..
chocolate y a su hermanita el resto. La niña lo tomó En cuanto a su hermana, pudieron habérsela llevado,
entre sus dedos y se quedó contemplándolo largo como luego hicieron con él, a una de las colonias para
rato como si no atinara a descifrar lo que era aquello. niños desamparados (Centros de Reclamación, según
Winston, entretanto, no le quitaba los ojos de enci­ el léxico oficial) instituidas a raíz de la guerra civil; o
ma, al acecho de la primera oportunidad, hasta que quizá hubiese ido con su madre, o tal vez la dejaran
en un descuido, arrebató de sus manos el pedazo de abandonada a la espera de la muerte.
chocolate para salir a escape de la habitación. Con vividos r.asgos persistían los detalles del sue­
-¡Winston, Winston! -llamó su madre-. ¡Ven ño, en particular aquel ademán de unos brazos don­
aquí! Dale a tu hermana su pedazo de chocolate. de parecía entroncarse toda su razón de ser. Recordó
Se detuvo Winston, pero sin volver sobre ;us entonces otro sueño que había tenido meses atrás.
pasos. Los afligidos ojos de su madre se fijaron en Tal como había visto a su madre, sentada en el borde
los suyos. En esos precisos instantes pensaba ella en de aquel mísero lecho cubierto por una blanca sobre­
el acontecimiento a punto de sobrevenir y del cual cama, se le presentó más tarde a bordo de un barco
nada sabía él. Su hermanita, al verse despojada de que iba hundiéndose por momentos en las profun­
su derecho de propiedad, rompió a llorar: su madre didades del mar, sin dejar ella de mirarle a través de
la tomó en brazos, oprimiéndola contra su pecho. · aquellas turbias y sombrías aguas.

238 239
GEORGE ÜRWELL
1984

Relató a Julia lo de la desaparición de su madre. amparó con sus brazos a su pequeño, aunque como
Sin despegar los ojos, adoptó ella en la cama una _ escudo contra las balas; igual habría dado protegerlo
posición más cómoda para decirle: . con una hoja de papel. En eso estaba el pecado más
-Habrás sido un desalmado pillastre en aque­ horrendo cometido por el Partido: en inculcar que
llos tiempos, como todos los niños, desde luego ..• impulsos y sentimientos no cuentan para nada, al
-Es cierto. Pero lo interesante de todo ello es ... mismo tiempo que, por otros medios, se despojaba
Evidentemente, Julia estaba resuelta a seguir a la personalidad humana de ejercer toda influencia
durmiendo, a juzgar por su respiración. A Wins­ sobre el mundo material. Una vez en las garras del
ton le hubiera complacido continuar hablando de Partido, carecía de toda importancia lo que un in­
su madre. Por cuanto recordaba de ella, no era lo dividuo sintiera o dejara de sentir, lo que hiciera o
que .se puede llamar una mujer extraordinaria, y mu­ dejara de hacer. En cualquiera de los casos, llegado
cho menos, inteligente; y sin embargo, poseía cierto un momento, el individuo se hundía en el mundo
abolengo espiritual y una especie de delicadeza de de las sombras sin que nunca más se supiera de él o
alma, por el solo hecho de ceñirse a ciertas reglas de su vida terrenal. De un plumazo se le excluía del
personales. Sus sentimientos le pertenecían por proceso evolutivo de la existencia. Y, sin embargo,
completo, como una propiedad exclusivamente suya a la gente de dos generaciones atrás, acaso eso no
y tan inalienables que ningún agente exterior podía le hubiese parecido tan fundamental, porque no en­
mandar sobre ellos. No se le hubiera ocurrido ja­ traba en sus propósitos modificar la historia. Vivían
más que la acción más nimia careciera de significado sujetos a los conceptos de una lealtad a guardarse
tan sólo por no reportar utilidad alguna: si se quería entre las personas, sin poner nunca esos conceptos
a alguien, se le quería y nada más; y cuando nada en tela de juicio. Lo que importaba eran los senti­
había para ofrendar al ser querido, se le ofrendaba mientos íntimos entre uno y otro ser: un ademán de
el cariño. Arrebatado el chocolate, su madre había absoluta impotencia, un abrazo, una lágrima, una
estrechado entre sus brazos a su hijita. Con ello palabra murmurada al oído del que se halla próximo
nada se remediaba y en nada se modificaba la reali­ a la muerte, eran acciones de valor intrínseco. Los
dad mat�rial de las circunstancias: no por eso iba a plebeyos, caviló Winston, se mantienen fieles a esos
aparecer i:ras la barra de chocolate ni iba su madre a conceptos: no son leales a una patria, a un partido, a
impedir su propia muerte y la de su hijita, pero en las una idea, sino leales entre si. Por vez primera en su
circunstancias dadas, era natural que hiciera lo que vida sintió respeto por la plebe y dejó de considerarla
hizo. La pobre mujer en el bote salvavidas también tan sólo como una fuerza inerte que algún día pasar-

240
241
GEORGE ÜR\VELL 1984

la a la acción para regenerar al mundo. Los plebeyos alguna maña tengo en eso de conseguir que sigamos
seguían siendo humanos. No estaban encallecidos­ viviendo.
por dentro. Manteníanse fieles a sus sentimientos -Puede que sigamos viviendo juntos por otros
atávicos, que el propio Winston estaba volviendo a seis meses, tal vez un año. Qyién sabe. Pero, al fin,
asimilar a costa de deliberados esfuerzos. Y al medi­ terminaremos por separarnos. ¿Te haces cargo de la
tar sobre todo ello, como sin relación alguna con sus infinita soledad en que nos encontraremos entonces?
presentes cavilaciones, recordó que pocas semanas Cuando uno de nosotros haya caído en las redes, no
atrás había visto sobre la acera la mano seccionada habrá nada, absolutamente nada, que el otro pueda
de un hombre, que él arrojó al alcantarillado de un intentar para librarlo de su suerte. Si yo confieso, me
puntapié como si fuera una mata de repollo. pegarán un tiro, y si me niego a confesar, te lo pe­
-Los plebeyos son seres humanos -dijo en alta garán a ti. Nada que yo pueda decir o hacer servirá
voz-·-. Nosotros no lo somos. para darte cinco .minutos más de vida. Ninguno de
-¿Por qué no lo somos? -preguntó Julia, que los dos sabrá siquiera si el otro ha muerto o sigue
había vuelto a despertar. con vida. Nos veremos en la más absoluta de las im­
Qyedose Winston pensando un rato y luego res- potencias.
pondió: -Si de confesar hablas, claro que confesaremos
· -¿Se te ha ocurrido alguna vez que lo mejor que -dijo Julia-, porque todo el mundo termina por
podríamos hacer es salir por esa puerta, antes de que hacerlo. A fuerza de torturas, uno lo dice todo ...
sea demasiado tarde, para nunca más volvernos a -No hablo de eso: confesar no es traicionar. Lo
ver? que se dice o se hace carece de importancia. La ver­
-Sí, querido, muchas veces. Pero así y todo, no dadera traición sstaría en que, obligado por ellos,
estoy dispuesta a hacerlo. dejara de amarte.
-Mucha suerte hemos tenido hasta ahora - Lo meditó un rato Julia para decir luego:
dijo Winston- pero no puede durar toda la vida. -A eso no te pueden obligar. Es lo único que
Tú eres 'joven y pareces normal y lista. Si lograras escapa a su poder. Pueden obligarte a que digas cual­
mantenerte alejada de gente como yo, podrías vivir quier cosa, pero no a que lo creas. No pueden man­
cincuenta años más. dar en tu fuero interno.
-No. Ya lo tengo todo pensado. Lo que tú ha­ -No -dijo con algo más de esperanza-, eso
gas haré yo. Mi suerte está ligada a la tuya. Y, por no lo pueden hacer. No pueden mandar en mi es­
favor, no te pongas tan deprimido. Bien sabes que píritu. Si pudiéramos sentir que vale la pena seguir

242 243
GEORGE ÜRWELL 1984

siendo humanos, aun cuando nada absolutamente VII


se gane con ello, entonces les habremos ganado la
partida. ¡Por fin, estaban en ello, por fin!
Pensó en la telepantalla eternamente al acecho. Profusamente iluminada y de forma rectangu­
Podían vigilarle a uno día y noche, pero con todo, lar era la sala donde les hizo pasar. La telepantalla
era posible burlarlos, a condición de no perder la ca­ funcionaba a la sordina y la alfombra azul daba la
beza. No obstante todas sus artes, todavía no habían sensación de andar sobre un piso cubierto de tercio­
develado el medio de penetrar en el pensamiento pelo. En un extremo de la sala, trabajaba O'Brien,
ajeno. Acaso. eso pareciera menos cierto al estar uno sentado a la luz de una lámpara de pantalla color
en podér de ellos. Nadie sabía lo que pasaba entre verde, entre montañas de legajos. Ni siquiera levantó
las cuatro paredes del Ministerio del Amor, pero no la vista cuando el criado anunció la presencia de Ju­
era muy difícil adivinarlo: torturas, drogas, delica­ lia y de Winston.
dos aparatos que registran las reacciones psíquicas y, A Winston palpitábale el corazón con tanta fuer­
en suma, todos los medios ideados para quebrar todo za que no hubiera sido capaz de articular una sola
espíritu de resistencia, entre ellos, el confinamiento palabra. Al fin, al fin, era todo cuanto se le ocurría.
solitario, la privación del sueño y los agotadores inte­ Locura fue llegarse hasta allí, y más todavía el haber
rrogatorios. Los hechos, desde luego, era imposible venido juntos, aunque tomaran por distinto camino
ocultarlos por mucho tiempo, pues al fin llegaban a para encontrarse en la puerta de entrada del domi­
descubrirlos a fuerza de indagar o de arrancarlos por cilio de O'Brien. Pero el s.olo hecho de introducirs·e
medio de suplicios. Pero si el objetivo del individuo en un sitio como ese importaba sobreponerse a una
fuese, no conservar la vida, sino seguir siendo hu­ tremenda tensión nerviosa. Muy raro era que nadie
mano ¿qué importaba todo lo demás? Mandar sobre visitara en su domkilio particular a los miembros
los sentimientos íntimos del individuo es un poder del Consejo, o tan siquiera se atreviera a transitar
que está fuera del alcance de los verdugos y, a veces, por el barrio donde residían. El ambiente de aque­
hasta del propio individuo. Podrían arrancarle a uno lla inmensa casa de departamentos, la suntuosidad y
todo lo hecho, dicho y pensado, pero el fondo del magnitud de su interior, los efluvios nada comunes
espíritu, cuyas reacciones constituyen un misterio de manjares delicados y buen tabaco, los silenciosos
hasta para uno mismo, seguiría siendo la fortaleza y rápidos as.censores, los criados de chaqueta blanca,
inexpugnable que ha sido siempre. todo resultaba imponente.· Aunque Winston tenía
sobrados justificativos para llegar hasta allí, se ima-

244 245

.
: GEORGE ÜRWELL 1984

ginaba a cada paso dar de manos a boca con un guar­ do por habérsele molestado en medio de sus ocupa­
dia de negro uniforme pidiéndole la documentación ciones. A la nerviosidad de Winston iba sumándose
para luego plantarlo en la calle. El criado de O'Brien . un encogimiento de ánimo. Sentíase perplejo y se le
los había hecho pasar al instante: era un hombre en­ antojó como muy posible que estuviera incurriendo
juto, de negros cabellos, vistiendo chaqueta de· brin en un trágico paso en falso. Porque, en definitiva:
blanco y con rostro ovalado, absolutamente vacío de ¿qué pruebas tenía de que O'Brien fuera en verdad
toda expresión, como el de un chino. El pasillo por un conspirador? Ninguna, salvo un cambio de mi­
donde los condujo ostentaba rica alfombra camine­ radas y una frase dicha al azar, susceptible de ser
ra, empapelado color crema y zócalo blanco, todo interpretada de diversos modos; al margen de eso,
exquisitamente impecable, y todo contribuyendo nada, como no fueran las cavilaciones intimas de
todavía más para que Winston se sintiera cohibido, Winston, sin más fundamento que algo visto en sue­
pues en su vida había conocido otros pasillos que los ños. Ni siquiera podía adelantar la excusa de haber
cubiertos de mugre por el refregarse contra ellos de venido a recoger el diccionario, pues en ese caso, la
cuerpos humanos. presencia de Julia no se explicarla. Al pasar O'Brien
Examinaba O'Brien solicito un documento que por frente a la telepantalla, pareció ocurrírsele una
tenía en sus manos. Su rostro grave, inclinado de idea de pronto: se detuvo, oprimió un botón en la
·suerte a ocultar los pronunciados rasgos de su apén­ pared, oyose un chasquido y la telepantalla cesó de
dice nasal, se perfilaba sagaz y torvo. Acaso pasaron funcionar.
veinte minutos sin que se diera por enterado de la Julia dejó escapar una exclamación apenas per­
presencia de sus visitantes. Luego arrimó el habla­ ceptible, algo así como una reprimida expresión de
escribe para dictar una comunicación en la híbrida estupor. Y el propio Winston, no obstante su ánimo
jerga del oficialismo: conturbado, no pudo contenerse, tal fue su extrañeza.
«Inciso coma cinco coma siete. Totalmente apro­ -¡Eso no puede desconectarse! -dijo.
bado. S.top. Inciso seis superridículo cuasi delito -Sí que se puede -respondió O'Brien-. No-
pensam\ento deróguese. Stop. Sin despacho». sotros los del Consejo gozamos de esa prerrogativa.
Con 'estudiados movimientos, se levantó de su Se había colocado frente a ellos. Su físico erguíase
sillón para venir al encuentro de sus visitantes. Al imponente por sobre sus visitantes, pero la expresión
dejar de expresarse en Neohabla parecía haberse des­ de su cara seguía indescifrable. Sin duda, aguardaba
prendido de todo empaque oficial, pero su rostro no sin impaciencia que Winston iniciara la conver­
asumió una expresión de severidad como contraria- sación, mas ¿sobre qué? Aun a esa altura de las cosas,

246 247
GEORGE ÜRWELL 1984

sólo tenía la impresión de hallarse en presencia de Le estoy diciendo todo esto para que usted vea hasta
un hombre ocupadísimo que se pregunta el motivo dónde estamos dispuestos a ponernos en sus manos.
de molestársele a esas horas. Continuaron los tres Si usted se resuelve a utilizar nuestros servicios, es­
guardando silencio. Abrumadores trascurrían los tamos a sus enteras órdenes.
segundos. Con gran esfuerzo mantenía Winston sus Paró Winston, de hablar al advertir que acababa
ojos fijos en los de O'Brien. De pronto aquel rostro de abrirse una puerta a sus espaldas. Era el criado
ceñudo esbozó lo que pudiera llamarse un proyecto que había entrado sin llamar: portaba una bandeja
de sonrisa. Con su gesto habitual, se reajustó los an­ con una garrafa y tres copas.
teojos para decir luego: -Martín es de los nuestros -dijo O'Brien sin
-¿Lo digo yo, o lo va a decir usted? inmutarse-. Pon la bandeja ahí, Martín, sobre esa
-Lo diré yo -respondió Winston sin vacilar un mesita redonda. ¿Hay sillas suficientes? Pues enton­
instante-. ¿Está seguro de que la telepantalla ha ces, a tomar asiento para conversar con toda como­
dejado realmente de funcionar? didad. Y arrima otra silla para ti, Martín. Tenemos
-Segurísimo. Nada hay que pueda molestarnos. que hablar de asuntos muy serios: por diez minutos
Estamos absolutamente solos. dejarás de ser un criado.
-Pues entonces, le diré que hemos venido a ... Sentase el hombrecillo con desenvuelta soltura,
Hizo una pausa Winston al caer en la cuenta de mas sin despojarse totalmente de su condición de
que ni siquiera podía concretar los motivos de su vi­ criado, tal haría un ayuda de cámara a quien su amo
sita. No resultaba fácil precisar esos motivos sin an­ permite ciertas libertades. Lo miró Winston por el
tes saber la acogida que cabía esperar de O'Brien con rabillo del ojo, dándole la impresión de un sujeto que
respecto al asunto que los había llevado allí. Siguió, se p:,.sa la vida interpretando un papel dado y que no
empero, hablando, con la sensación de que cuanto se arriesga a pasarse sin él ni siquiera-por unos ins­
decía era tan falto de consistencia como aventurado: tantes. Tomó O'Brien la garrafa por el cuello y llenó
-S�spechamos que existen ciertas actividades las copas con un líquido de color rojo' oscuro. Aquel
subversiyas contra el Partido, dirigidas por una or­ líquido, visto por encima, parecía casi negro, pero
ganización clandestina integrada por usted. Qge­ en la garrafa asumía un color rubí. Su aroma estaba
remos ser de los suyos y hemos venido a ofrecerle entre dulce y agrio. Observó que Julia levantaba su
nuestros servicios. Estamos contra el Partido y so­ copa y olisqueaba el contenido sin ningún disimulo.

1
mos contrarios a los postulados del INGsoc. Somos -Le llaman vino -dijo O'Brien con un asomo
delincuentes del pensamiento y también adúlteros. de sonrisa-. Lo habrán ustedes leído en ciertos Ji-
1

248 249
GEORGE ÜR\VELL
1984

bros, sin duda. Claro es que de esto no beben todos -No es aconsejable, incluso para los miembros
los correligionarios... del Consejo, desconectar la telepantalla por más de
Volviendo a asumir un tono de solemnidad, agre­ media hora. Hicieron ustedes mal en venir juntos: al
gó: · salir, se irán por separado. Usted, camarada -diri­
-Considero muy apropiado que comencemos giéndose a Julia-, saldrá primero. Tenemos unos
con un brindis. A nuestro Jefe: Emmanuel Golds­ veinte minutos a nuestra disposición. Comprende­
tein. rán ustedes que antes he de formularles algu nas pre­
Tomó Winston su copa con golosa anticipación. gu ntas. Hablando claro: ¿qué es lo que están ustedes
El vino era algo sobre el cual había leído y soña­ dispuestos a hacer?
do. Al igual que el pisapapeles, o los versos ·truncos -Cualquier cosa en que podamos ser útiles -
del señor Charrington, pertenecía a un romántico y dijo Winston.
desvanecido pasado, a los viejos tiempos, como solía O'Brien se había vuelto un tanto en su silla de
llamarlo en sus adentros. Sin saber por qué, siem­ forma a dar la cara a Winston. De Julia no se ocu­
pre se había imaginado al vino de sabor dulce, como pó gran cosa, dando por descontado que Winston
la jalea de zarzamora, y de inmediatos efectos em­ respondería por los dos. Por unos instantes, cerró
briagadores. A la verdad, apenas si podía paladearlo los ojos: seguidamente formuló las preguntas con
ahora, con los años que llevaba bebiendo ginebra. voz inexpresiva y tono bajo, como si se tratara de
Volvió a depositar sobre la mesa la copa ya escancia­ una mera formalidad, o de dictar una clase de ca­
da, y dijo: tecismo, donde ya se conoce por anticipado las res­
-¿Entonces, el tal Goldstein existe de verdad? puestas.
-Existe de verdad y está vivo. Dónde, no lo sé. -¿Están ustedes dispuestos a sacrificar sus vidas?
-¿Y la conjuración, la organización? ¿También -Sí.
eso es una realidad? ¿O se trata de un gazapo fra­ -¿Y a matar, si fuere necesario?
guado por la Policía del Pensamiento?
-Sí.
-También eso tiene existencia real. Le hemos -¿Y a realizar actos de sabotaje que pueden oca-
puesto el nombre de Hermandad, pero ustedes nunca sionar la muerte de centenares de personas?
llegarán a saber otra cosa sino que existe y que perte­ -Sí.
necen a ella. Ya volveré luego sobre el particular. -¿Y a traicionar a la patria al servicio de una po-
Miró la hora en su reloj pulsera, para proseguir tencia extranjera?
diciendo: -Sí.

250 251
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

-¿Y a mentir, falsificar y extorsionar? ¿A co­ rían distintos. Y usted misma puede que tenga que
rromper la mentalidad de los niños, difundir estu­ asumir otra identidad. Nuestros cirujanos saben ha­
pefacientes, estimular la prostitución, propagar en­ cer maravillas en el arte de la desfigu ración, a veces
fermedades venéreas y hacer todo cuanto propenda a necesaria. En ocasiones, incluso se llega al extremo
minar y socavar el poder del Partido? de tener que amputar un miembro.
-Sí. No pudo Winston resistir al impulso de volver a
-¿Y a renunciar a la propia personalidad para mirar las acciones mongólicas de Martín. En ellas
vivir el resto de sus vidas como mozo de hotel o es- - no se advertían, por cierto, rastros de cicatriz algu­
tibador? na, a lo menos perceptible a simple vista. Julia se
-Sí. había puesto más pálida que de ordinario, palidez
-¿Y a quitaros la vida y separarse para nunca que realzaba su cara pecosa. Pero no se amilanó ante
más volverse a ver? O'Brien; murmuró algo que hubiera podido inter­
-¡Eso no! -se adelantó Julia a exclamar. pretarse como un consentimiento.
Siglos le parecieron a Winston los instantes tras­ -Muy bien. Entonces, es ese un asunto resuelto.
curridos antes de poder articular una respuesta. Sin­ Sobre la mesa había una pitillera de plata. Con
tiose como privado de la facultad de expresarse. Se aire displicente la ofreció O'Brien a los otros dos
le trabó la lengua: articulaba la primera sílaba de un para servirse luego él: seguidamente púsose de pie
vocablo y luego la de otro, pero sin acertar a cons­ para medir la sala a pasos, como si de ese modo le
truir la palabra entera. Y hasta que lo hubo dicho, nó resultara más fácil coordinar sus ideas. Excelentes
tuvo idea de lo que se proponía decir. cigarrillos eran aquellos: gruesos, bien empaqueta­
-¡No! -dijo por último. dos y de papel suave al tacto como una seda. Otra
-Bien hacen en decírmelo -apuntó O'Brien- vez miró O'Brien la hora en su reloj pulsera.
porque es necesario disipar todo equivoco. -Mejor será que te vuelvas a la despensa, Mar­
Se volvió hacia Julia para decir con voz algo más tín -dijo-. Conectaré nuevamente dentro de un
expresiva: cuarto de hora. Fíjate bien en la fisonomía de estos
-¿No comprende usted que aun de sobrevivir él, dos camaradas. Puede que algún día vuelvas a ver­
sería una persona distinta de lo que es ahora? Las los. Yo, quizás no.
circunstancias pueden obligarnos a conferirle una Tal lo había hecho al franquearles la entrada,
nueva identidad. Su cara, sus ademanes, la forma de los ojos del hombrecilló se fijaron en los de ellos.
sus manos, el color de sus cabellos, hasta su voz, se- Ni asomos de cordialidad se advertía en su actitud.

252 253
GEORGE ÜRWELL 1984

Sin duda, estaba memorizando sus fisonomías, pero tecles, lo haré por intermedio de Martin. Si llegan a
sin interés alguno por sus personas, o por lo menos, ser descubiertos, tendrán que confesarlo todo, desde
sin demostrarlo. Calculó Wlnston que acaso las ca­ luego. Pero· fuera de sus propias actividades, poco
ras sintéticas nunca varían de expresión. Sin decir s�rá lo que tengan que confesar. No estarán en con­
palabra ni saludar salió Martin, cerrando la puerta diciones de comprometer sino a un reducido número
tras él sin el menor ruido. Continuaba O'Brien pa­ de personas de inferior jerarquía. Ni siquiera a mí
seándose de un extremo a otro de la habitación, con podrán comprometerme, pues, para entonces, o ha­
una mano en el bolsillo del mameluco y, en la otra, bré muerto, o habré cambiado de personalidad, con
el cigarrillo. una cara distinta de la que tengo ahora.
-Como ustedes comprenderán -dijo al cabo­ Y seguía midiendo con sus pasos la riquísima al­
la lucha se desarrolla en las sombras y dentro del fombra. No obstante la corpulencia de su físico, ha­
más riguroso incógnito. Jamás saldrán ustedes a luz. bía un marcado garbo en su modo de andar e incluso
Recibirán y cumplirán sus instrucciones sin averi­ en la forma de llevar la mano en el bolsillo y en el
guar nunca el por qué. Más tarde, les haré llegar un modo de sostener el cigarrillo entre sus dedos. Daba
libro por donde se enterarán del verdadero carácter la sensación, más que de fuerza, de ilimitada con­
de esta realidad social que hoy vivimos y de la es­ fianza en sí mismo. Aun al hablar de asuntos serios,
trategia adoptada para dar con ella en tierra. Una no era la suya esa mentalidad unilateral de todo fa­
vez que hayan leído ese libro pasarán a ser miembros nático. Aun al referirse a cosas tan truculentas como
activos de la Hermandad. Pero en cuanto a lo que el asesinato, el suicidio, las enfermedades venéreas
media entre los objetivos por los cuales bregamos y las amputaciones y desfiguraciones, lo hacía con
y las misiones individuales a cumplir, eso no lo sa­ sobria discreción. «Son males inevitables -parecía
brán ustedes nunca. Les he dicho que la Herman­ dar a entender su voz- para cumplir con nuestros
dad existe, pero no puedo informarles si se compone propósitos y debemos llevarlos a cabo implacable­
de rail o de diez millones de adherentes. Por lo que mente». Sintiose Winston dominado por un impul­
'ustedes ·lleguen a· saber en el cumplimiento de sus so de admiración, diriase de veneración, por aquel
misiones, esos adherentes no pasarán de diez. En­ hombre. En esos instantes se hallaba totalmente
trarán en contacto con tres o cuatro personas a la ausente de su pensamiento la enigmática persona­
vez, que serán relevadas de tiempo en tiempo por lidad de Goldstein. Al qmtemplar el robusto tórax
otras. Todas las órdenes emanarán de mí. Si creo de O'Brien y su rostro de firmes rasgos, cara hecha a
necesario ponerme en comunicación directa con us- puñetazos pero de hombre civilizado, era imposible

254 255
1984

dudar de su éxito en cualquier empresa que acome­ ciertos labios, solemos a veces hacer llegar al dete­
tiera. No existía estratagema que fuera un misterio nido una hoja de afeitar. Tendrán que habituarse
para él ni contingencias que no supiera prever. Hasta . a vivir si,; abrigar esperanzas ni comprobar resul­
Julia mostrábase profundamente impresionada: ha­ tados. Operarán por un cierto tiempo, luego serán
bía dejado apagar su cigarrillo y estaba pendiente de descubiertos, confesarán lo que sepan y, después,
los labios de O'Brien. Y prosiguió este: la muerte. Tales, los únicos resultados visibles para
-Habrán oído hablar muchas veces de la Her­ ustedes. No existe posibilidad de que sobrevengan
mandad, desde luego, y se habrán hecho ustedes su cambios fundamentales en lo que nos resta de vida.
composición de lugar al respecto. Se imaginarán, Nosotros somos los muertos. Nuestra verdadera
sin duda, una vasta organización subterránea de vida está en el futuro. De esa vida no disfrutarán
conspiradores que se reúnen sigilosamente en un sino cenizas y trocitos de hueso. Pero a qué distan­
sótano, escriben en las paredes y se reconocen mu­ cia nos hallamos de ese futuro, es imposible decirlo.
tuamente mediante una palabra clave o una señal Puede que estemos a mil años de él. Por ahora, no
·convenida. No hay nada de eso. Los integrantes de queda otra cosa que hacer sino ir ampliando poco
la Hermandad no tienen por dónde reconocerse y a poco el campo de la lucidez. No podemos actuar
es imposible que ninguno de ellos llegue a indivi­ en forma colectiva. Sólo estamos en condiciones de
dualizar sino a muy contados de sus camaradas. El difundir nuestro ideal de individuo a individuo, de
propio Goldstein si llegara a caer en manos de la generación en generación. Ante la Policía del Pen­
Policía del Pensamiento, no estarla en condiciones samiento no cabe proceder de otro modo.
de facilitarles una nómina completa de sus agentes, Detúvose para mirar la hora por tercera vez en su
o cualquier información que los delatara. Y es que reloj pulsera.
no existe tal nómina. La Hermandad no puede ser -· Ya es hora de que se marche usted -dijo a
vencida, porque no es una organización en el sen­ Julia-. Un momento. Todavía queda en la garrafa
tido corriente de la palabra. No tiene más cohesión algo más de la mitad.
que su'. ideal imperecedero. Y fuera de ese ideal, con Llenó las tres copas y levantando la suya por los
ningún otro factor cuenten ustedes para mantener bordes, dijo con un tono ligeramente burlón:
su espíritu. No esperen ni estimulo ni sentimientos -¿Cuál ha de ser ahora el brindis? ¿Por el fra­
de camaradería. y si llegan a ser descubiertos, tam­ caso de la Policía del Pensamiento? ¿O por la eli­
poco esperen ninguna ayuda. A lo más, y siempre minación del Gran Hermano? ¿Por la humanidad
que sea absolutamente necesario sellar para siempre , o por el futuro?

256 257
GEORGE ÜRWELL 1984

-Por el pasado -interpuso Winston. -Sí, por lo general.


-El pasado es más importante-subrayó O'Brien -¿Cómo es su cartapacio?
con severa entonación. -De cuero negro, con dos correas, algo desgas-
Vaciaron sus copas y, momentos después, se tado por el uso, pero de buena calidad.
dispuso Julia a marcharse. De encima de un mue­ Magnífico. Uno de estos días, no puedo adelan­
ble tomó O'Brien una cajita de la cual extrajo una tarle cuándo, entre los despachos que reciba usted
pastilla blanca que indicó a Julia la pusiera sobre por el teletubo, habrá uno con un error de imprenta y
su lengua. «No conviene -explicó- salir de aquí tendrá usted que solicitar otra copia. Al día siguiente
con el aliento oliendo a vino; los ascensoristas son de eso, no llevará usted al trabajo su cartapacio. A
muy suspicaces». Así que se cerró la puerta tras Julia, determinada hora del día, un sujeto le parará en la
O'Brien pareció olvidarla por completo. Dio unos. calle para decirle: «Si no me equivoco, este cartapa­
pasos y se detuvo para decir: cio se le ha caído a usted». Dentro, encontrará usted
-· -Faltan algunos detalles a concertar. ¿Presumo el libro de Goldstein. Lo devolverá a los quince días
que dispondrá usted de algún refugio? de haberlo recibido.
Explicó Winston lo de la habitación en la tienda Luego de un instante de silencio, prosiguió ·
del señor Charrington. .O'Brien:
-Por el momento, con eso basta. Más tarde, ya -Todavía faltan unos minutos para que se mar­
veremos. Conviene cambiar de refugio de tiempo en che usted. Nos volveremos a ver, si es que nos ve­
tiempo. Entretanto, le haré llegar un ejemplar del mos...
libro -y al abrirlo parecía pronunciarlo en redondi­ -Donde las tinieblas no existen -interrumpió
llas-, la obra de Joldstein. Como se imaginará us­ Winston con cierta vacilaci6n, levantando los ojos.
ted, na son muchos los ejemplares en circulación. La Asintió O'Brien con la cabeza, sin demostrar
Policía del Pensamiento os secuestra y destruye con sorpresa, y dijo como cayendo en la alusión:
la misma celeridad con que tañíamos las ediciones. -Donde no existen las tinieblas. Y ahora: ¿tiene
Pero con eso a nada llegan, porque el contenido del usted algo que decir antes de marcharse?, ¿alguna
libro es ',imperecedero. Aunque lograran secuestrar pregunta?
el último de los ejemplares en existencia, estamos en Caviló Winston un rato. No creía necesario hacer
condiciones de reproducirlo casi palabra por palabra. más preguntas y, menos aún, sintió deseos de perderse
¿Acostumbra usted a llevar un cartapacio cuando va en disquisiciones altisonantes. En lugar de pensar en
a su trabajo? nada relacionado directamente con O'Brien o la Her-

258 259

1
GEORGE ÜRWELL 1984

mandad, se le vino a la mente aquel sombrío cuarto En el Fondo, distinguió Winston la mesa escrito­
donde su madre había vivido sus últimos años y el rio con su lámpara de pantalla verde, el hablaescribe
aposento en casa del señor Charrington, con el pisa­ y unos cestos de mimbre atestados de expedientes.
papeles de cristal y el grabado sobre acero en su marco Dentro de treinta segundos, a lo sumo, reflexionó
de palisandro. Poco menos que al azar dijo: Winston, el camarada O'Brien se reintegraría a sus
-¿Conoce usted, por ventura, unos versos muy interrumpidas e importantísimas tareas al servicio
viejos que empiezan así: «Naranjas y limones dicen del Partido.
las campan,as de San Clemente»?
Otra ·vez asintió O'Brien con la cabeza, Y con
un aire de solemnidad, recitó lo que faltaba de la
estrofa:
VIII
Naranjas y limones
dicen las campanas de San Clemente;
Me debes tres cuartillos
Gelatinoso de cansancio sentíase Winston. Ge­
dicen las de San Martín; latinoso era el término apropiado y el que primero
¿Cuándo me pagas? se le vino al magín. Su físico tenía no solamente la
preguntan las de Old Bailey; frágil consistencia de una gelatina, sino también su
Cuando sea rico, trasparencia. Se imaginó que mirándose una mano
contestan las campanas de Shoreditch. podría ver a través de ella. No le quedaba gota de
sangre ni de linfa en todo el cuerpo a fuerza de tra­
-¿Conocía usted el último verso? -preguntó bajar como un esclavo y, sí, tan sólo era ese cuerpo
Winston. una endeble armazón de nervios, piel y hueso. To­
-Sí, lo conocía. Y ahora, debe usted marcharse. das las sensaciones le parecían magnificadas hasta lo
Pero, espere: le daré una pastilla de esas. intolerable. Su mameluco le irritaba los hombros, la
Al ponerse Winston de pie, O'Brien le tendió la acera producíale cosquilleos en la planta de los pies
mano y 'el apretón hizo crujir los huesos de la s;.ya. y aun al cerrar y abrir una mano sentía crujir todas
Ya en la puerta, volviose Winston, pero ya O'Brien sus coyunturas.
parecía a punto . de eliminarlo de su pensamiento. En cinco días había trabajado arriba de noventa
Esperaba a que su visitante se marchara con una horas, al igual que todos los demás empleados del
mano en la perilla de la telepantalla. Ministerio. Pero la tarea estaba terminada y el tiem-

260 261
GEORGE ÜRWELL 1984

po restante era suyo hasta el día siguiente. Podría adversario. Cuando ello ocurrió, Winston se hallaba
pasarse seis horas en el refugio y otras nueve en su tomando parte en una concentración que se reali­
cama. A pasos lentos, al sol de aquella tarde apaci­ . zaba en una de las plazas céntricas de Londres. Era
ble, tomó por una calleja en dirección a la tienda del noche cerrada y tanto las fachadas de los edificios
señor Charrington, cuidándose de las patrullas, aun­ como los rojos cartelones estaban iluminados con
que irracionalmente convencido de que no había pe­ luz difusa. Millares de personas colmaban la plaza,
ligro. El pesado cartapacio le golpeaba en una rodilla incluso unos mil escolares con el uniforme de los
a cada paso, produciéndole un dolorcillo en toda la espías. Desde una tribuna adornada con rojas colga­
pierna de �se lado. Dentro de él iba el libro, que había duras dirigía la palabra al pueblo un hombre de ma­
tenido en su poder por espacio de seis días sin tiempo gras carnes, brazos desproporcionados por lo largos
para abrirlo o tan siquiera mirar la portada. que eran, y una prominente y reluciente calva apenas
Al sexto día de la Semana del Odio, luego de peinada por unos poquísimos pelos. Como una fi­
las manifestaciones y de los discursos, de las grite­ gura de Rump elstilskin, contorsionado su físico por
rías, canciones, despliegues de estandartes, carteles, un intenso odio, tenía asido con una mano el micró­
películas, imágenes de cera, redobles de tambores, fono, mientras con la otra gesticulaba amenazante,
toques de trompeta, desfiles de tanqu,es, rugidos de dando zarpazos en el aire. Su voz, metalizada por
motores de avión y estruendo de cañones, después de los altoparlantes, atronaba el espacio con una reta­
todo eso, en momentos en que el frenesí llegaba a su híla interminable de atrocidades, matanzas, depor­
paroxismo y el odio a Eurasia alcanzaba un delirio taciones, saqueos, estupros, prisioneros torturados,
colectivo tal que si la multitud hubiera echado mano bombardeo de poblaciones indefensas, propaganda
de los dos mil criminales de guerra eurasianos, a ser embustera, agresiones injustificadas y convenios vio­
ahorcados en público como coronación de los fes­ lados. Resultaba imposible escuchar sus palabras sin
tejos, los habría despedazado, en aquellos precisos convencerse primero y volverse loco después. De vez
instantes se anunció que, al fin de cuentas, Oceanía en cuando, el furor de la multitud hacía explosión y
no estaba en guerra con Eurasia. Oceanía estaba en la voz del orador era ahogada por un vocerío de bár­
guerra 'con Estasia y Eurasia era su aliada. baros matices que se elevaba incontenible de millares
Con eso, claro está, no se quería dar a entender de gargantas enronquecidas. El tono más subido de
que hubiese ocurrido cambio alguno. Simplemente barbarie lo daban los escolares. Unos veinte minutos
se hacía público, de improviso y simultáneamente en llevarla hablando el hombre cuando se aproximó a
todos los ámbitos, que Estasia y no Eurasia era el la tribuna un mensajero para poner en manos del

262 263
1984
GEORGE ÜRWELL

se le acercó un desconocido para decirle: «Si no me


orador un billete, que leyó. sin interrumpir un solo equivoco, este cartapacio se le ha caído a·usted». Lo
instante su perorata. Ningún cambio se observó en tomó con ·aire despreocupado y sin responder una
su voz ni en su actitud, pero de pronto eran otros los ·palabra. Bien sabía que pasarían muchos �as sin
nombres que iba vociferando. Sin tener necesidad - .
poder mirar dentro. Finalizada la concentracmn, d1-
de expresarlo con palabras, el gentío comprendió al rigiose al Ministerio, aunque ya estaban por dar las
punto el fundamental cambio operado. ¡Oceanía es­ veintitrés. Todo el personal del Ministerio ocupaba
taba en guerra con Estasia! Por lo tanto, todos aque­ ya su puesto; estaba demás que por las tel�pantallas
llos canelones y estandartes estaban equivocados; _
se les diera orden de presentarse de mmediato en sus
casi la mitad de ellos llevaban inscripciones y figu ras respectivas oficinas.
que no correspondían a la realidad. ¡Sabotaje! ¡Todo Oceanía estaba en guerra con Estasia y nunca lo
obra de los agentes de Goldstein! Se produjo un for­ había estado con Eurasia. Gran parte de lo escrito
midable tumulto en medio del cual la gente se dló a y publicado en los últimos cinco años no tenía ya
arrancar carteles de las paredes y desgarrar a peda­ actualidad ni respondía a la realidad del presente.
zos las banderas, para pisotearlas después. Realiza­ Había que rectificar de golpe y zumbido informes
ron los espías prodigios de agilidad trepando a los y documentos de diversa naturaleza, periódicos, fo­
techos y tirando abajo las colgaduras que ostentaban lletos, películas, detectores de sonid�s y �otografí�s.
en alto los edificios. En dos o tres minutos todo ha­ Aunque no se había impartido un� directiva espe�1 al
bía concluido. El orador prosiguió su discurso como ,
en ese sentido, era sabido que los Jefes de la Seccmn
si nada hubiese pasado, siempre asido al micrófono, Archivos esperaban que se hiciera desaparecer en el
sus hombros gachos y su mano libre atizando zar­ término de ocho días hasta el último de los vestigios
pazos al aire. Un minuto después volvía a estallar el de que algu na vez Oceanía hubiese estado en guerra
furor de la multitud. Y siguió el odio como antes, con Eurasia o aliada con Estasia. Tarea de suyo abru­
sólo que ahora el blanco era otro. madora, lo era todavía más por el hecho de no poder
Lo que más le impresionó a Wlnston fue que el llamar las cosas por su nombre en todo el proceso de
orador 'realizara la media vuelta en medio de una la operación. El personal de la Sección Archivos tra­
frase, rio sólo sin hacer una pausa en su discurso, bajaba dieciocho horas de las veinticuatro, con tres
pero sin siquiera quebrantar las normas de la sin­ O cuatro horas para el descanso. De los sótanos sa­
taxis. Pero en esos momentos otros motivos tenía caron colchonetas para colocarlas en los pasillos; las
Winston para preocuparse . Fue en instantes de pro­ comidas se limitaban a emparedados, traídos de la
ducirse el tumulto y desgarrarse los cartelones que

265
264
1984

cantina en mesillas rodantes. Cada vez que Winston clinar el aluvión de cilindros. Toda una media hora
interrumpía sus labores para aprovechar su turno de trascurrió sin que llegara un solo despacho por el
descanso, trataba de dejar terminado el trabajo, y al teletubo; ·al fin, llegó una más, y ahí terminó la cosa.
volver a él, con los ojos amoratados y el cuerpo do­ En todas las oficinas, producíase simultáneamente
lorido, se encontraba con otra montaña de cilindros una súbita declinación de las agobiadoras tareas.
cubriendo su escritorio, ocultando el hablaescribe y Un hondo, y como quien diría clandestino, suspiro
desbordando sobre el piso; de ese modo, antes de de alivio salió de todos los pechos en el Ministerio.
iniciar una nueva jornada, había que poner orden en Acababa de ponerse término a una gigantesca la­
aquello para disponer de espacio libre donde trabajar bor que habría de quedar por siempre sumida en las
sobre la 'mesa. Lo peor era que no todas las tareas sombras. Ya era absolutamente imposible que ser vi­
eran de simple carácter mecánico ni mucho menos, viente alguno pudiera comprobar documentalmente
si bien, por lo general, sólo se trataba de substituir que Oceanía hubiese estado alguna vez en guerra
una denominación por otra, casos había que reque­ con Eurasia. A las mil doscientas se hizo saber de
rían atención y no poco esfuerzo imaginativo. Por pronto que todos los empleados del Ministerio te­
otro lado, el hecho de trasladar el teatro de la guerra nían franco hasta el día siguiente. Con el cartapa­
de una parte del globo a otra distinta exigía la pose­ cio en la mano, y dentro el libro, que lo había tenido
sión de vastos y múltiples datos geográficos. entre sus pies en el trabajo y debajo del colchón en
Al tercer día le dolian a Winston los ojos y tenía las horas de descanso, Winston se marchó a casa, se
que limpiarse los cristales de sus gafas a la vuelta de dio una afeitada y por poco se queda dormido en el
cada dos o tres minutos. Era como hacer frente a una baño, aunque el agua estaba apenas tibia.
demoledora tarea fisica, que uno tendría el derecho a Con una especie de voluptuosos espasmos en sus
negarse a cumplir, pero a la cual, sin embargo, se an­ coyunturas, ascendió por la escalera_ que conducía al
helaba ponerle término con un afán fronterizo a una aposento en casa del señor Charrington. Seguía muy
suerte de neurosis. Por lo que recordaba Winston, le fatigado, pero ya no tenía sueño. Abrió la puerta y
tenía sin mayor cuidado que cada palabra por él pro­ dio fuego al calorífero para preparar una taza de café.
nunciada en el teletubo y cada trazo de su lápiz tinta Instantes más y llegaría Julia; mientras tanto, estaba el
fueran expresión de una deliberada falsedad. Tanto libro para pasar el rato. Tomó asiento en el destartala­
como a cualquier otro empleado del Ministerio, le do sillón y deshizo las correas del cartapacio.
interesaba que las adulteraciones resultaran a la per­ Era un grueso volumen de tapa negra, encuader­
fección. En la mañana del sexto día comenzó a de- nado muy rústicamente y sin título ni nombre en la

266 267
GEORGE ÜRWELL 1984

portada. Las páginas estaban muy gastadas en sus primitiva por mucho que se lo haga oscilar en uno u
bordes y poco menos que sueltas, señal de que el li­ otro sentido.
bro había pasado por muchas manos. Los objetivos perseguidos por las tres expresadas
El encabezamiento de la primera página decía así: · clases son totalmente incompatibles ...
•••
TEORÍA y PRÁCTICA
DEL COLECTIVISMO OLIGÁRQUICO Suspendió Winston la lectura, en gran par­
te para disfrutar de la sensación de saberse leyen­
por do algo con seguridad y comodidad. Estaba solo:
Emmanuel Goldstein nada de telepantalla ni de alguien atisbando por el·
ojo de la cerradura, libre del impulso de echar una
Empezó Winston a leer: mirada furtiva por encima del hombro o de cubrir
apresuradamente la página con la mano. Abanicaba
Capítulo! sus mejillas la apacible brisa de verano. A la distan­
LA IGNORANCIA ES FUERZA cia oíase el griterío de los chiquillos jugando en la
calle; en el aposento reinaba un profundo silencio,
Desde tiempo inmemorial, acaso a partir de la sólo interrumpido por el tictac del viejo reloj. Arre­
Edad Neolítica, el mundo está habitado por tres cla­ llanase todavía más en la butaca, apoyando los pies
ses de seres humanos: los de Arriba, los del Medio en el guardafuego. Eso era vida, eso era eternidad.
y los de Abajo. Estas tres clases se fraccionaron' a De pronto, como suele acontecer con un libro que se
su vez, en otras subdivisiones conocidas con innu- sabe ha de leerse y releerse de la primera a la última
merables denominaciones y cuyo número variaba página, salteó lo que iba leyendo para pasar al tercer
de época en época así como sus relaciones entre sí. capítulo. Y se enfrascó en su contenido:
Aun después de grandes conmociones y profundos
cambios que parecieron llevar el sello de lo irrevo­ Capítulo III
cable, se terminaba por volver a los mismos moldes LA GUERRA ES PAZ
es decir, a las tres clasificaciones fundamentales' deÍ
.
mismo modo que un giróscopo vuelve a su posición La tlivisión del mundo en tres poderosos super­
estados constituyó un acontecimiento imposible de

268 269
Gt;ORGE ÜRWEt.L 1984

prever a mediados del siglo xx. Al ser Europa absor­ naturaleza ideológica. Lo cual no quiere decir que
bida por Rusia y pasar el Imperio Británico a form ar l a guerra en sí, o los medios a que se recurre para
parte de los Est ados Unidos de América, quedaron librarl a, sean menos sangrientos o más caballeres­
integradas dos de las tres grandes potencias existen­ cos que los de pasadas épocas. Por el contrario, el
tes en la actualidad. En lo que se refiere a Estasia, la histerismo bélico no tiene solución de continuidad
tercera de ellas, no surgió como unidad de relieves y prevalece en todos los países del orbe, teniéndose
propios hasta después de enrevesad as guerras. Las por corrientes y meritorios, cuando son cometidos
respectivas fronteras de los tres superestados son por una de las partes en detrimento de las otras dos,
un tanto . arbitrarias en muchos puntos, mientras tales actos de ba rbarie como las violaciones de mu­
en otros están sujetas a las fluctuaciones propias de jeres, Íos saqueos, la matanz a de niños, la reducción
las constantes guerras. entre ellos, pero en general a la esclavitud de poblaciones enteras y las represa­
se ciñen a determin ados trazos geográficos. Eurasia lias tomadas en la persona de los prisioneros, incluso
comprende grandes extensiones de Europa y Asia, quemarlos y enterrarlos vivos. Pero desde el punto
desde Portugal hasta el Estrecho de Behring; Ocea­ de vista individual la guerra no afect a sino a un nú­
nía está constituida por las Américas; las islas del mero muy limitado de person as, especialistas y téc­
Atlántico, incluso Gran Bretaña, así como Austra­ nicos casi todas, y ocasiona contadas víctimas. La
lasia y la parte meridional de África; Estasia, la de lucha, cuando la h ay, se desarrolla en las fronteras de
menor extensión entre los tres y con sus fronteras trazos sinuosos, de las cuales el común de la gente
occident ales menos precisas, abarca China y los paí­ sólo tiene un a vaga idea, o en torno de las Fortalezas
ses situados al sur de l a misma, las islas de!Japón y Flotantes que custodian las zonas estratégic as de las
zonas variables de Mongolia, Manchuria y el Tibet. rutas marítimas. En los centros de civilización, la
En una u otra combinación .de fuerzas, dichos su­ guerra se hace sentir por una continua escasez de
perestados viven en continuo estado de guerra desde artículos de consumo y los espaciados estallidos de
hace veinticinco años. Pero la guerra ya no es hoy bombas voladoras que s.uelen causar algunas vícti­
la lucha . fiera y devastadora que fue en las primeras mas en la población civil. En hecho de verdad, la
décadas·, del siglo xx, sino una porfía con objetivos guerra ha variado de naturaleza, o para decirlo en
limitados, en la cual los beligerantes, imposibili­ términos más precisos, ha va riado el orden de im­
tados de aniquilarse totalmente el uno al otro, no portancia de sus principales causas. Ciertas causas,
tienen motivos de orden material de hacerse la gue- . ya conocidas como secundarias cuando las grandes
rra ni están separados por ninguna divergencia de guerras de principios de siglo, han pasado a ser las

270 271
G�;ORGE ÜRWELL 1984

principales y el hecho de habérseles otorgado esa je­ na, ellos se reducen a la posesión de mano de obra.
rarquía explica la razón de los hechos. Entre los límites de los tres nombrados estados, y
Para comprender la naturaleza de la guerra mo­ sin pertenecer de un modo definitivo a ninguno de
derna -pues no obstante los cambios operados sin ellos, existe un cuadrilátero de líneas irregulares con
cesar en la posición de los beligerantes, la guerra es sus ángulos en Tánger, Brazzaville, Darwin y Hong
siempre la misma- es necesario, ante todo, dejar Kong, habitado por más o menos, una quinta parte
sentado que con ella no se logra jamás la decisión, de la población total de la tierra. Es por la conquis­
es decir, no se llega a resultados positivos y defini­ ta de dichas zonas superpobladas y del círculo polar
tivos. Ninguno de· los tres superestados podría ser ártico que se hacen la guerra los tres superestados.
derrotado ni siquiera por una coalición formada por Partes de esos territorios cambian continuamen­
los otros dos. Las fuerzas se hallan demasiado bien te de mano y la posibilidad de apoderarse de ellos
equilibradas y sus respectivas fronteras naturales son mediante un golp� de sorpresa constituye la causa
de carácter inexpugnable. Así, Eurasia está protegi­ determinante de las diversas y sucesivas variaciones
da por vastas extensiones, Oceanía por la inmensi­ que se operan en la posición de los beligerantes.
dad de los Océanos Atlántico y Pacífico, y Estasia Todos esos territorios disputados contienen va­
por la fecundidad y capacidad de trabajo de sus habi­ liosos minerales y algunos de ellos producen im­
tantes. En segundo término, no existe ya un objetivo p�rtantes productos vegetales como el caucho que,
definido por el cual luchar, en el sentido material en los países de clima frío, sólo puede ser obtenido
del concepto. Con la implantación de los sistemas mediante un oneroso proceso de sintetización. Pero
autárquicos, en los cuales la producción y el consu­ por encima de todo, su principal valor radica en la
mo se hallan estrechamente ligados entre sí, ya no mano de obra barata. La potencia que domina el
tiene razón de ser la antigua pugna por la conquista África Ecuatorial, o los países del Oriente Medio,
de nuevos mercados, una de las causas de las guerras o el Archipiélago de Indonesia, está en condiciones
del pasado, en tanto la rivalidad por la posesión de de beneficiarse con el aporte físico de centenares de
materias• primas ha dejado de ser cuestión de vida millones de trabajadores de mísera remuneración y
o muerte para los países. De todas formas, los tres gran capacidad productiva. Los habitantes de dichas
superestados son dueños de territorios tan vastos que zonas, reducidos poco menos que a un estado de es­
producen dentro de sus fronteras todos los recursos clavitud, pasan de las manos de un vencedor a las de
materiales de que han menester. Por lo que respecta otro como bestias de· carga, y se los utiliza como si
· a posibles objetivos económicos de la guerra moder- se tratara del carbón o del petróleo, a saber: como

272 273
Gt:;QRGE ÜRWJ;LL 1984

productos esenciales en la carrera por fabricar más El principal objetivo de toda guerra moderna
armamentos para conquistar nuevos _territorios y, (conforme a los principios del doblepensar, dicho ob­
una vez lograda la conquista, disponer de más bra­ jetivo es; a la vez, aceptado y rechazado por los di­
zos para dar todavía mayor impulso a la industria rigentes del Partido) es consumir el producto total
bélica. Y así, en un círculo vicioso. Las fronteras de del maquinismo sin elevar por eso el nivel general
Eurasia fluctúan entre la cuenca del Congo y el lito­ de vida. Desde fines del siglo diecinueve, el proble­
ral norte del Mediterráneo; las islas de los océanos ma fundamental de un mundo industrializado fue
Índico y Pacífico son conquistadas y reconquistadas, hallar un cauce por donde dar salida al exceso de
sea por Eurasia o por Oceanía; en Mongolia, la lí­ artículos de consumo producidos por la máquina.
nea fronteriza entre Eurasia y Estasia no logra jamás En la presente época, cuando contados son quienes
estabilizarse; en los alrededores del Polo, las tres tienen suficiente que comer, ése problema no asume
potencias dicen poseer enormes extensiones que, en ya carácter de urgencia y no tiene por qué ser tal
gran parte, constituyen zonas deshabitadas. e inex­ problema, aun cuando no se desarrollara el actual
ploradas; pero el equilibrio de fuerzas se mantiene proceso de destrucción por las guerras. El mundo
en forma más o menos estable y los territorios situa­ está hoy más despoblado, arruinado y hambriento
dos en el corazón de cada uno de los superestados que en 1914, y de un modo aún más pronunciado,
permanecen inviolables al enemigo. Por lo demás, el si se lo compara con el futuro con el cual soñaban
rendimiento de los pueblos explotados que habitan los pueblos de aquella época. A principios del siglo
la línea del Ecuador es absolutamente nulo desde diecinueve, la visión de una sociedad inmensamente
el punto de vista de la economía del mundo y en opulenta, tranquila y ordenada constituía el ideal de
nada contribuyen al progres_o de la humanidad, pues casi todas las personas de alguna cultura. La cien­
cuanto producen es destinado a fines bélicos y el ob­ cia y la tecnología progresaban entonces a _un ritmo
jeto de toda guerra, es adquirir ventajas para librar la prodigioso y no existían razones para poner en duda
siguiente . con mayores probabilidades de éxito. Por que ese progreso no iría acrecentándose con el correr
medio desu trabajo, las poblaciones subyugadas ha­ del tiempo. Pero no fue eso lo que ocurrió, debido
cen que se, mantenga el ritmo cada vez más acelerado en parte al empobrecimiento general provocado por
de las guerras interminables. Si esas poblaciones no una serie de guerras y de revoluciones y, por otro
existieran, la estructura de la sociedad universal y el lado, al hecho de que el progreso técnico y científi­
proceso de su evolución no experimentarían cambios co estuviera supeditado a una escuela empírica del
de orden fundamental. pensamiento, que no podía sobrevivir en una co-

274 275
GEORGE ÜRWELL
1984

lectividad estrictamente regimentada. En términos


con dar en tierra -o mejor dicho, estaba ya dando
generales, el mundo es hoy más primitivo que hace
en tierra-. con la colectividad jerarquizada. En un
cincuenta años. Algunas zonas poco desarrolladas
.mundo en que todos trabajaran menos, estuvieran
han logrado salir de su atraso, es verdad, y algún bien alimentados, habitaran viviendas con cuartos
progreso se ha obtenido en ciertas y determinadas
de baño y refrigeradores, y poseyeran automóvi­
actividades, siempre relacionadas con la guerra o el
les, cuando no helicópteros, tenía que desaparecer
espionaje político, pero los inventos y experimentos
el primero, y acaso el primordial, factor de la des­
están paralizados en gran parte y nunca el mundo se igualdad entre los hombres. Cuando todos fueran
rehízo íntegramente de los estragos causados por la
ricos, dejaría la riqueza de constituir un factor de
guerra atómica que se libró alrededor del año 1950.
desniveles. Sin duda alguna, no era posible imagi­
Desde el preciso instante en que la máquina hizo
narse una sociedad en cuya organización estuviera la
. su aparición, la gente de algún criterio comprendió riqueza, traducida en bienes personales y vida rega­
al pu�to que con ello se ponía término al trabajo
lada, equitativamente distribuida, mientras el poder
esclavizado del hombre y quedaba reducida a un mí­
continuara circunscripto a una reducida casta pri­
nimo la desigualdad entre los humanos. Si el poder
vilegiada. En la práctica, una sociedad organizada
del maquinismo hubiese sido utilizado con esos fi­
sobre dichas bases no podía tener carácter estable,
nes, unas pocas generaciones hubieran bastado para
porque si el poco trabajo y la vida sin apremios eco­
hacer desaparecer del mundo el hambre, las excesi­
nómicos fueran patrimonio de todos por igual, la
vas cargas de la lucha por la vida, la insalubridad, el
gran masa de seres humanos que viven sumidos en
analfabetismo y las epidemias. A decir verdad, aun
la ignorancia adquirirían · cultura y, con ella, serían
sin haber utilizado dicho poder con tales objetivos
dueños de ideas propias; en ese caso, dichas masas
en vista y al sólo impulso de un progreso automá­
_ no dejarían de darse cuenta, tarde o temprano, de
tico -al producir bienes a veces imposibles de dis­
la injusticia de ser gobernadas por una minoría pri­
tribuir-: la máquina contribuyó considerablemente,
vilegiada y se rebelarían para· acabar con ella. En
por cierto, a elevar en proporción insospechada el
suma, una sociedad jerarquizada sólo puede tener
nivel de vida �e la generalidad de la gente por espa­
_ por fundamentos la miseria y la ignorancia. Volver a
c10 de unos cmcuenta años, esto es, hacia fines del
una economía primordialmente agrícola, como abo­
siglo diecinueve y principios del veinte.
garon ciertos pensadores de principios de siglo, no
Pero era igualmente evidente que un acrecen­
representaba ninguna solución práctica: se oponía a
tamiento general de bienes disponibles amenazaba
ella la tendencia al maquinismo que había pasado

276
277
GEDRGE ÜR\\'ELL ]984

a ser un cuasi instinto en la mayor parte del globo te prósperos y, en consecuencia, con suficiente edu­
y, por lo demás, todo país industrialmente atrasado cación como para adquirir conciencia de su propia
puede considerarse. como desarmado, desde el pun­ fuerza. Y aun cuando esos materiales no estén ne­
to de vista militar y, por lo tanto, susceptible de ser cesariamente condenados a la destrucción, sirven
sojuzgado, directa o indirectamente, por sus rivales para armas cuya producción constituye siempre un
más progresistas. medio cómodo para absorber la capacidad de trabajo
Tampoco era solución aconsejable mantener a las de la población sin proporcionar ningún elemento
masas en la miseria al restringir la producción. Es lo de consumo para esa misma población. Una For­
qu e sucedió, en gran parte, en las etapas finales del taleza Flotante, por ejemplo, absorbe una mano de
capitalismo, entre los años 1920 y 1940. Se permitió obra que bastada para construir centenares de bar­
que la economía de muchos países se estancara, que cos mercantes. A la larga, esas Fortalezas deben ser
se dejaran de cultivar grandes extensiones de tierra, irradiadas, por no estar ya a tono con los progresos
que no se acrecentaran los medios de producción y de la guerra y sin haber reportado beneficio alguno a
quedara. sin trabajo un porcentaje considerable de la la humanidad; seguidamente, se procede a construir
población, el cual fue obligado a vivir de la caridad nuevos modelos, que vuelven a absorber más brazos
estatal. Esa situación implicaba asimismo ser mi­ y mano de obra. En principio, todo esfuerzo bélico
litarmente débil y, dado que las privaciones eran a se organiza de modo a absorber cualquier excedente
todas lu ces remediables, la resistencia se tornó inevi­ que pudiera restar de la producción, luego de satisfe­
table. El problema estribaba en mantener la produc­ chas las exigencias primordiales de la población. En
ción industrial sin acrecentar los bienes disponibles. la práctica, dichas exigencias son siempre calculadas
En otros términos: producir, pero sin distribuir. Y por debajo de la realidad y, en consecu encia, sobre­
en la práctica, el único modo de alcanzar ese objeti­ viene una continua escasez de artículos de primera
vo es librando guerras interminables. necesidad, estado de cosas considerado como venta­
La función esencial de toda guerra es destruir, joso. Constituye una táctica deliberada mantener a
no vidas· humanas necesariamente, sino el producto media ración a las clases acomodadas, porque una
de la labor de los hombres. La guerra es un medio sensación de general escasez presta mayor relieve a
de dar salida a cuantiosos materiales, arrojándolos a los contados bienes de algunos privilegiados y con­
la estratósfera o hundiéndolos en las profundidades tribuye a magnificar la distancia entre una clase y
del mar, materiales que, en caso contrario, podrían otra. Conforme al criterio imperante en el siglo die­
ser utilizados para hacer a los pueblos excesivamen- cinueve, un miembro del Consejo del Partido lleva

278 279
GEORG;E ÜR\VELL 1984

hoy una vida austera y sacrificada. No obstante, las sino el del propio Partido. Aun del más modesto de
limitadas comodidades de que disfruta -vivienda los afiliados se exige capacidad, laboriosidad e in­
espaciosa, mejor calidad de la ropa, manjares, ·bebi­ clusive inteligencia, dentro de ciertos límites, pero
das y tabaco finos, tres o cuatro criados a su servicio, también se requiere de él que sea un fanático iluso
automóvil particular o helicóptero- hacen de él un y crédulo, en cuyo estado emotivo_ prevalecen el te­
ser privilegiado con respecto al resto de los afilia­ mor, el odio, el servilismo y un constante frenesí de
dos y estos, a su vez, disfrutan de mejores condicio­ exaltaciones patrioteras, provocado por las victorias
nes de vida con relación a los llamados «plebeyos». militares. En otros términos, es necesario que todo
El ambiente social es el de una fortaleza asediada
' afiliado sea dueño de una mentalidad apropiada al
donde la posesión de un trozo de carne de caballo estado de guerra. No interesa que la guerra se libre
puede significar la diferencia que va entre la vida y o no de verdad y, estando descartada toda victoria
la muerte. Y, al mismo tiempo, el saber al país en es­ decisiva, tampoco importa que se ganen o se pierdan
tado de guerra y, por lo tanto, en inminente peligro, las batallas. Lo importante es que exista un estado
contribuye a que las masas comprendan la lógica de de guerra sin solución de continuidad. La desinte­
entregar el poder a una reducida casta, como condi­ gración de la inteligencia exigida por el Partido de
ción indispensable para seguir existiendo. sus adherentes y lograda con mayor facilidad en un
La guerra, como se verá, no solaniente cum­ ambiente bélico, es hoy poco menos que universal,
ple con sus fines de destrucción, sino que lo hace pero cuanto más elevada la jerarquía, mayor es su
dentro de ciertas modalidades psicológicas que to­ intensidad. Es precisamente entre los miembros del
dos aceptan y toleran. En teoría, no resultaría nada Consejo donde el histerismo bélico y el odio hacia el
complicado emplear el excedente de la mano de obra enemigo alcanzan su máxima tensión. Un miembro
en construir pirámides y templos, en abrir grandes del Consejo no puede dejar de ignorar, en virtud de
excavacio�es de tierra para volverlas a llenar, o aun las propias funciones que desempeña, las deliberadas
en producir considerables cantidades de artículos de falsedades en que se incurre al dar al pueblo noticias
consumo para luego arrojarlos a las llamas. Pero con sobre la guerra y no pocas veces llegará a la conclu-
ello se proporcionaría la base económica, mas no la . sión de que la lucha es de carácter espurio, vale decir,
emocional, que requiere una sociedad jerarquizada. que la guerra no existe en realidad, o que se la libra
Lo que importa no es precisamente mantener el es­ con fines inconfesados;. pero cualquiera reacción de
píritu de las masas, cuyo estado de ánimo no inte­ su parte en ese sentido queda al punto neutralizada
resa gran cosa con tal de tenerlas ocupadas en algo, por el doblepensar. Entretanto, ni por un solo instan-
\
280 281
GIIORGE ÜRWELL 1984

te se aparta un miembro del Consejo de su fe mística Los dos objetivos fundamentales del Partido son:
en que la guerra es real y ha de culminar forzosa­ la conquista del mundo y la eliminación definitiva
mente en una victoria definitiva para hacer de Ocea­ de la libertad de pensamiento. Por consiguiente, dos
nía la dueña y señora de todo el mundo. son los problemas cuya solución tiene el Partido por
Todos los miembros del Consejo creen firme­ delante: poder penetrar en el pensamiento ajeno por
mente en el advenimiento de esa era como un artí­ la fuerza y, luego, hallar el medio de aniquilar cen­
culo de fe. Se llegará a ese ideal conquistando cada tenares de millones de seres en pocos segundos y por
vez más territorios, para adquirir por ese medio una sorpresa. Dentro de las limitaciones impuestas a las
supremacía abrumadora, o descubriendo algún arma investigaciones de orden científico, esos dos proble­
nueva contra la cual no exista defensa posible. Las mas son actualmente objeto de constantes estudios,
investigaciones para inventar nuevos elementos de El hombre de ciencia de nuestros días es, o una
destrucción prosiguen sin tregua y constituyen una combinación de inquisidor y psicólogo, que estudia
de las pocas actividades que aún sirven de válvulas con extraordinaria minuciosidad el significado de
de escape para aquellas mentalidades dotadas de in­ gestos, ademanes y timbre de voz, y realiza experi­
ventiva e iniciativa. Hoy por hoy, la ciencia, en el mentos con drogas de psicoanálisis, con la terapéu­
proverbial sentido de la palabra, no existe en Ocea­ tica del terror y de las torturas físicas; o un químico,
nía. Las fórmulas empíricas del pensamiento, sobre psiquíatra o biólogo, al que sólo le interesan aquellos
las cuales se basaron todos los adelantos en épocas aspectos de su especialización que tienen por finali­
pretéritas, son contrarias a los principios fundamen­ dad provocar la muerte de los demás. En los vastos
tales del lNGsoc, que ni siquiera tolera el progreso laboratorios del Ministerio de la Paz, en las estacio­
técnico, a menos que este contribuya, en una for­ nes experimentales ocultas en las selvas brasileñas,
.
ma u otra, a restringir todavía más la libertad del en los desiertos australianos y en las lejanas islas del
hombre. En todas las artes útiles, la humanidad se Atlántico trabajan sin descanso numerosos equipos
ha estancado o se halla en plena regresión. Se cul­ de técnicos altamente especializados. Algunos sólo
tiva la tierra con arados de tracción a sangre, pero se ocupan de planear la logística de futuras guerras;
se escrib�n libros mediante un proceso enteramente otros diseñan bombas voladoras en constante supe­
.
mecánico. Mas tratándose de cuestiones de trascen- ración o buscan la fórmula de explosivos de mayor
dental importancia para el Partido, o sea la guerra poder destructivo _y- blindajes más resistentes; hay
y el espionaje político, se sigue estimulando, o por quienes tratan de descubrir nuevos gases tóxicos,
lo menos tolerando, los procedimientos empíricos. o tóxicos solubles y susceptibles de ser producidos

282 283
GEORGE ÜRWELL 1984

en escala tal que puedan obliterar la vegetación en hacer comprender a las clases gobernantes que unas
todos los continentes, o de cultivar bacilos de en­ cuantas bombas más acabarían con el mundo orga­
fermedades para combatir las cuales no se conocen . nizado y, por lo tanto, con ellas mismas. A partir de
antídotos; tampoco faltan los que propenden a la entonces, y sin necesidad de llegarse a un convenio
construcción de un vehículo capaz de abrirse paso especial ni de intentarlo, dejaron de arrojarse bom­
a través de la corteza de la tierra como lo hace un bas atómicas. Las tres potencias prosiguieron con su
submarino entre las aguas, o de un avión que pueda producción de bombas para almacenarlas a la espe­
operar con independencia de su base, al igual que un ra del momento decisivo, que todos confían en que
barco de vela; y están los que exploran posibilidades ha de llegar con el tiempo. Entretanto, el arte de
todavía más remotas, como la de enfocar los rayos la guerra ha permanecido estacionado durante los
del sol por medio de lentes gigantescos suspendidos últimos treinta o cuarenta años. Verdad es que los
a miles de kilómetros sobre la superficie de la tierra, helicópteros son empleados con profusión creciente,
o de provocar movimientos sísmicos artificiales y que los aviones de bombardeo han sido casi total­
maremotos aprovechando para ello el calor del cen­ mente substituidos por los proyectiles de propulsión
tro de la tierra. propia y que los frágiles barcos de guerra han cedido
Mas ni uno solo de esos proyectos ha tenido has­ lugar a las poco menos que insumergibles Fortalezas
ta el presente principio de ejecución en la práctica y Flotantes, pero fuera de eso, los progresos han sido
ninguno de los tres superestados se halla en condi­ escasos. El tanque, el '\ubmarino, el torpedo, la ame­
ciones de conquistar una absoluta supremacía sobre tralladora, e induso e1 fusil y la granada de mano,
los otros dos. Lo más notable es que todos ellos están siguen siendo empleados en el campo de batalla. Y
ya en posesión de la bomba atómica, esto es, el arma no obstante las fantásticas carnicerías de que sue­
más poderosa de cuantas se han inventado hasta la len informar las telepantallas, no han vuelto a darse
fecha. Aunque el Partido, conforme a su conocida aquellas sangrientas batallas de tiempos pasados, en
táctica, reclama para si la paternidad de la bomba las que perecían centenares de miles, y aun millones,
atómica, esta hizo su aparición a principios del de­ de seres en ·contadas semanas.
cenio 1940-1950 y fue utilizada en gran escala por Ninguno de los tres superestados emprende ja­
vez primera diez años más tarde. Por aquella época, más una operación de guerra que importe afrontar
centenares de dichas bombas fueron arrojadas sobre riesgos de alguna cons�cuencia. Cuando se deciden
el territorio de Rusia europea, Europa occidental y por una maniobra de regular envergadura, se trata
América del Norte. Tuvieron como consecuencia casi siempre de una agresión por sorpresa a ,la poten-

284 285
GI�ORGt: ÜRWELL
1984

cia aliada del momento. El plan de operaciones se Si Oceanía conquistara el territorio que en pasados
reduce invariablemente a una serie de batallas, ne­ tiempos abarcó lo que fueron Francia y Alemania,
gociaciones y felonías, y la estrategia adoptada por se haría necesario exterminar a toda la población
las tres potencias, o que dicen adoptar, es la misma: de dicho territorio, tarea de insuperables dificul­
. obtener bases en forma a encerrar por completo al tades ma:teriales, o absorber/cerca de cien millones
adversario de la hora para luego subscribir con él un de habitantes, quienes desde el punto de vista de
pacto de amistad y mantener la paz por espacio de los adelantos técnicos, se hallan al mismo nivel que
los años necesarios a fin de desvanecer toda.suspica­ los de Oceanía. El problema que con ello se plantea
cia de su parte; en ese intervalo de tiempo se acumu­ es común a los tres superestados. Es absolutamente
lan en los puntos estratégicos un número considera­ indispensable para la preservación de su estructu­
ble de cohetes cargados con explosivos atómicos para ra que no exista contacto alguno con el extranjero,
dispararlos simultáneamente en un momento dado ' excepción hecha de los prisioneros de guerra, y. aun
con efectos tan devastadores como para anular toda estos solamente dentro de ciertos límites. Inclusive
reacción posible. Seguidamente se subscribe otro el aliado oficial del momento es mirado con recelo
tratado de amistad con la tercera de las potencias, y suspicacia. Fuera de los prisioneros de guerra, el
.
como prolegómeno de una nueva agresión. Y vuelta común de los ciudadanos de Oceanía no ha puesto
a empezar. Claro está que toda esa tramoya de mar­ jamás los ojos en un oriundo de Eurasia o Estasia, y
chas y contramarchas, agresiones y felonías, no con­ hasta se le prohíbe el empleo de idiomas extranjeros.
duce a nada decisivo ni definitivo. Por lo demás, la Si se le permitiera ponerse ·al había con un extranje­
lucha se circunscribe casi exclusivamente a los terri­ ro, podría llegar a enterarse por ahí de que aquél es
torios en disputa situados en el Ecuador y en el Polo: un ser humano como él y no un monstruo del cual le
nunca se intenta siquiera la invasión del territorio han contado iniquidades. De ese modo, se quebran­
enemigo propiamente dicho. Así, Eurasia estaría en taría el aislamiento en que está condenado a vivir
condiciones de conquistar sin mayores tropiezos las y existiría el peligro de que se disipara el ambiente
Islas Británicas, que geográficamente forman parte de odio, temor y envanecida euforia de que se nutre
del contjnente europeo y, por otro lado, a Oceanía su estado de ánimo. Por lo tanto, es cosa convenida
no le resultaría muy difícil llevar sus fronteras hasta por todos los beligerantes que las fronteras metro­
el Rin y aun hasta el Vístula, pero con ello se vio­ politanas deben permanecer invioladas excepto por
laría el principio de integridad cultural, aceptado las bombas voladoras, aúnque Persia, Egipto, Java o
por los tres superestados, aunque jamás formulado. Ceilán pasen de una mano a otra a cada paso.

286 287
GEORGE ÜR\VELL
1984

Tras esa línea de conducta se oculta un hecho el riesgo de ser vencido por un enemigo exterior fa­
incontrovertible, aunque jamás mencionado, pero si cilita la negación de lo real, postulado esenc.ial del
tácticamente admisible por todos: el nivel de vida es lNGSOC y de sus doctrinas rivales. Y preciso es re­
aproximadamente el mismo en los tres superestados. petir lo dicho, esto es, que la guerra ha cambiado de
En Oceanía, la doctrina política recibe el nombre de naturaleza al adquirir el carácter de un fenómeno sin
lNGsoc; en Eurasia se la llama Neóbolcheviquismo; pausas en el tiempo. En épocas pasadas, la guerra -
y en Estasia lleva una denominación en chino que por propia definición- era una actividad que, tarde
pudiera traducirse como culto de la muerte, pero o temprano, se definía, sea con una victoria o con
cuya interpretación más apropiada sería la de Su­ una derrota de trazos inconfundibles. También en
presión del Yo. Al ciudadano de Oceanía no le está aquellos tiempos, era la guerra un factor por medio
permitido saber absolutamente nada de los postula­ del cual se mantenía el contacto con lo real. Los go­
dos de las otras dos doctrinas, pero se le inculca su bernantes de todos los tiempos han tratado siempre
execración como bárbaras trasgresiones a la moral de imponer a sus súbditos una visión deformada de
y al sentido común. La verdad es que las tres doc­ las cosas, pero sin correr el riesgo de alentar sofismas
trinas poco se diferencian entre sí y absolutamente · que pudieran comprometer su potencialidad militar.
nada los sistemas sociales inspirados por ellas. Todas En tanto una derrota pudiera significar la pérdida de
ellas configuran una estructura piramidal, el mismo la soberanía u otra consecuencia igualmente desas­
culto fanático por un jefe con jerarquía de semidiós trosa, había que precaverse contra tal eventualidad.
y una idéntica economía que tiene por base la gue­ No resultaba posible pasar por alto las realidades
rra. Por todo ello, fácil es advertir que ninguna de materiales. En filosofía, religión, moral o política,
las tres potencias puede llegar a dominar a las otras dos y dos pueden ser cinco, pero al proyectar un
dos y ninguna ventaja le reportaría el lograrlo. Por avión o una pieza de artillería tienen que ser cuatro
el contrario, en tanto se mantengan en un estado de ineludiblemente. Los pueblos incapaces terminaron
perpetuo conflicto armado, contribuyen a afianzarse por ser vencidos, tarde o temprano, y la lucha por
mutuamente como los pies de un trípode. Y las cla­ adquirir la capacidad fue siempre incompatible con
ses gob;ernantes de las tres potencias saben y no sa­ los sofismas. Por lo demás,. para lograr la eficiencia
ben, a un mismo tiempo, lo que hacen. Su afán es la era indispensable inspirarse en el pasado, asimilar
conquista del mundo, más también comprenden que sus lecciones y enseñanzas en la medida de lo posible
la guerra no debe tener fin y que toda victoria deci­ y sacar partido de ellas. Ya se sabe que tanto las pu­
siva es imposible. Entretanto, el hecho de no existir blicaciones como los textos de historia deformaron

288 289
GEORGE ÜRWELL 1984

siempre la verdad, pero una tergiversación como la el no arrojarse por. una ventana del cuarto piso. En­
que se practica en nuestros días habría sido incon­ tre la vida y la muerte, entre el placer material y los
cebible en tiempos pasados. La guerra constituía dolores físicos todavía existen distancias, pero nada
una sólida garantía de cordura, y acaso la más fun­ más que en esos fenómenos. Aislado de todo contac­
damental, desde el punto de vista de las clases go­ to con el resto del mundo y con el pasado histórico,
bernantes. Mientras las guerras fueron susceptibles el ciudadano de Oceanía es como un cuerpo suspen­
de ganarse o de perderse, ninguna clase gobernante dido en el espacio sideral, desprovisto en absoluto de
podía considerarse absolutamente al margen de toda todo sentido de altura o profundidad. Los gober­
responsabfüdad al respecto. nantes de dichos superestados ejercen poderes tan
Mas cuando la guerra no tiene solución de con­ discrecionales y absolutos como no los conocieron
tinuidad, carece de riesgos para quienes la fomentan los faraones ni los Césares. Están obligados por las
y estimulan. No existen entonces las denominadas circunstancias, es cierto, a impedir que sus adheren­
exigencias militares. El progreso técnico puede pa­ tes se mueran de hambre en número suficiente como
ralizarse y los hechos más visibles ser negados como para provocar reacciones molestas y a mantenerse al
no existentes o pasados por alto. Según hemos visto, par de sus enemigos exteriores en punto a adelan­
las investigaciones que pudieran llamarse científicas tos de técnica militar; pero una vez logradas dichas
siguen desarrollándose hoy día en beneficio exclusivo finalidades mínimas, nada les impide tergiversar la
de la guerra, pero reducidas a la jerarquía de sueños realidad a la medida de sus conveniencias.
irrealizables, cuyo fracaso en el terreno de la práctica Por todo lo dicho, y analizando la guerra con el
no reviste importancia alguna. La eficiencia, incluso criterio de pasados tiempos, la presente es una impos­
la de orden militar, ha dejado de contar para nada. tura. Se parece a esas luchas entabladas entre ciertos
En Oceanía nada hay de eficiente, fuera de la Policía rumiantes, cuyas cornamentas ·están dispuestas de
del Pensamiento. Dado que los tres superestados son modo a no ocasionarse daño alguno. Pero la guerra,
invencibles, cada uno de ellos configura un universo con carácter de realidad, no está desprovista de fines
por separado, dentro de cuyos respectivos límites se útiles: absorbe el excedente de los artículos de con­
puede pervertir el entendimiento de sus habitantes sumo y contribuye a mantener latente una atmósfera
con absoluta impunidad y sin peligro de interferen­ tan peculiar como indispensable para la subsistencia
cias extrañas. Lo real sólo es perceptible a través de de toda sociedad jerarquizada. La guerra ha pasado
las exigencias del diario vivir, como el comer y be­ a ser así un mero factor de la política interna. En el
ber, el cobijarse y vestirse, el evitar ingerir tóxicos y pasado, las clases gobernantes de todos los países, no

290
291
GEoRGE ÜR\VELL 1984

obstante reconocer la solidaridad de sus respectivos •••


intereses y limitar por ello las devastaciones propias
de toda guerra, luchaban de verdad las unas contra Suspendió Winston la lectura por unos instantes.
las otras y, al final, los despojos del vencido pasaban En la lejanía oyose la explosión de una bomba volado­
a constituir un derecho indiscutible del vencedor. · ra. El deleite íntimo de saberse solo, en un aposento
En nuestros días, los elencos gobernantes lejos es­ con el libr6 prohibido en sus manos sin interferencias
tán de hacerse la guerra en forma contra un enemigo de la telepantalla, seguíale llenando de gozo el espíri­
exterior, pero sí la hacen contra sus propios súbditos tu. Soledad y seguridad eran·también sensaciones fí­
y su objeto no es el de conquistar o impedir la con­ sicas, sumadas al cansancio del cuerpo, la comodidad
quista de territorios, sino el de mantener intacta una de aquel sillón y la suave brisa que penetrando por
determinada estructura social. En virtud de ello, el la ventana le acariciaba las mejillas. El libro le cauti­
vocablo «guerra» no responde ya a las circunstan­ vaba, o mejor dicho, contribuía a templar su ánimo.
cias presentes. No sería aventurado afirmar que la Nada decía de muy nuevo, en realidad, pero en ello
guerra, al no tener solución de continuidad, deja de radicaba precisamente el encanto de su lectura. Decía
ser tal. La influencia ejercida por ella sobre los seres lo que a él le hubiera complacido decir, si le fuera po­
humanos, entre la Edad Ne olítica y principios del sible poner orden en el fárrago de sus pensamientos.
siglo xx, ha sido substituida por algo totalmente dis­ Era obra de una mentalidad como la suya, pero in­
tinto. Igual daría que los tres superestados, en lugar finitamente más vigorosa, sistemática y valiente. Los
de estar en guerra, convinieran en concertar una paz mejores libros, caviló Winston, son aquellos que le
perpetua, inviolable cada uno de ellos dentro de sus dicen .a uno lo ya sabido.. En el momento de volver
propias fronteras; en ese caso, cada uno de dichos las hojas para reiniciar la lectura del primer capítulo,
superestados seguiría siendo un universo en sí mis­ oyó los pasos de Julia subiendo por la escalera y se
mo, libre para siempre del freno moderador que sig­ adelantó a recibirla. Dejó la joven caer su bolsa de
nifica un peligro externo. Una paz permanente no se herramientas para en seguida ar�ojarse en sus brazos.
diferenciaría gran cosa de una guerra perpetua. Tal Más de una semana llevaban sin verse.
es -por mucho que la gran mayoría de los del Con­ -Tengo el libro -dijo él, cuando pudo despren­
sejo partidario se empeñe en comprender tan sólo su derse de los brazos de Julia.
aspecto superficial- el sentido profundo del lema: -¡No me digas! Me.alegro -contestó ella, sin
la guerra ·es paz. demostrar mayor interés y disponiéndose a preparar
una taza de café.

292 293
1984

No volvieron sobre el asunto sino después de


Capítulo I
media hora de estar echados en la cama. Tan apaci­
ble estaba la tarde que resolvieron abrir la ventana:
LA IGNORANCIA ES FUERZA
del patio llegaron los ecos de una canción y de un
pesado taconeo sobre los adoquines de piedra. La
Desde tiempo inmemorial, acaso a partir de la
mujerona de fornidos brazos, que Winston había
Edad Neolítica, el mundo está habitado por tres cla­
visto antes, constituía ya una figura indisoluble­
ses de seres humanos...
mente ligada al patio. No parecía darse descanso
én sus idas y venidas entre la pileta y la cuerda de •••
tender ropa, cantando sin más pausas que las nece­
.
sarias para ponerse en la boca uno de los ganchos
-Julia: ¿duermes?
de colgar prendas.
-No, querido. Estoy escuchando. Sigue, por fa-
Julia estaba echaba sobre un costado y a punto
vor. Se está poniendo interesante
de quedarse dormida. Tomó Winston el libro del
Y prosiguió Winston:
suelo y se dispuso a reanudar la lectura, sentado en
Los objetivos perseguidos por las tres expresadas
la cama.
clases son totalmente incompatibles entre sí. El de
-Tenemos que leerlo -dijo-. Y tú también
los de Arriba es no perder sus posiciones a ningún
Julia, debes enterarte de su contenido. Es obligació�
precio; el de los del Medio, cambiar de lugar con los
de todos los integrantes de la Hermandad.
de Arriba; y el de los de Abajo -si es que puede
-Bueno, querido, léelo tú -dijo ella cerrando
decirse que tengan un objetivo, porque su eterna ca­
l�� ojos- y hazlo en alta voz; así me entero yo tam­
racterística ha sido siempre la de sentirse tan desmo­
b1en y me lo vas explicando a medida que lo leas.
ralizados por las adversidades como para no preo­
Las seis, o sean las dieciocho, marcaban las ma­
cuparse, sino a ratos perdidos, de otra cosa que no
. necillas del viejo reloj. Todavía les quedaban tres O
sea el diario subsistir- es abolir toda diferencia de
cuatro· horas.
clases y crear una sociedad en la que todos los hom­
Colocó el libro sobre sus rodillas y siguió leyendo:
bres sean iguales. De ese modo, a través de los siglos,
se sucedieron luchas interminables que por sus tra­
zos generales han sido todás de idéntica naturaleza.
Durante prolongados periodos pareció como si los de
Arriba se hubiesen afianzado definitivamente en el

294
295
GEORGE ÜRWELL
1984

poder, pero al cabo llegaba un momento en que vol­


demostrar que la desigualdad es ley inalterable de
vían a perderlo, por no tener confianza en sí mismos,
la naturaleza. A esa tesis, no le habían faltado nun­
o por su incapacidad para gobernar, cuando no am­
·ca fervorosos adherentes, como es fácil comprender,
bas cosas a la vez. En tales casos, eran derrocados por
pero por el modo de exponerla adquiría un nuevo
los del Medio, quienes lo aban la adhesión de los
gr significado. En el pasado, el imperativo de una so­
Abajo al persuadir a estos de que sus ideales eran de
ciedad jerarquizada fue tesis sustentada por los de
justicia y liber tad; pero tan pronto se apoderaban los
Arriba y sostenida por monarcas, aristócratas, clé­
del Medio de las altas posiciones, volvían a relegar
a rigos, hombres de leyes y los parásitos que de ellos
los de Abajo a su condición de sometidos, pasando
vivían, quienes ofrecían como compensación de la
ellos a ser los de Arriba. Andando el tiempo, los del
desigualdad en este mundo ciertos goces a ser dis-
Medio se dividían en fracciones disidentes y la lucha
. frutados en una vida ultraterrenal. En sus luchas por
s,
tornaba a reanudarse como antes. De las tres clase
alcanzar el poder, los del Medio hicieron Biempre
sólo los de Abajo no lograron jamás, ni siquiera tran­
suyos los postulados de libertad, justicia y fraterni­
sitoriamente, ver realizados sus ideales. Se pecaría
de dad, mas ya el concepto de la hermandad humana
exagerado si se afirmara que en toda la historia no
se era, en este caso, negado no por quienes estaban en
registraron progresos de orden material. Aun en los
el poder, sino por aquellos que esperaban estarlo
presentes tiempos de decadencia, el ser humano dis­
pronto. En épocas lejanas, los del Medio se habían
fruta de una existencia material superior a la de sus
alzado al conjuro de la igualdad, sólo para establecer
congéneres de siglos atrás. Mas el acumulamiento de
un nuevo despotismo, una vez abatido el existen­
bienes, el refinamiento de las costumbres, las refor
­ te. Las nuevas clases de los del Medio, en cambio,
mas y conmociones no han contribuido en un ápice
proclamaban la tiranía aun antes de establecerla. El
a reducir la desigualdad entre los hombres. Miradas
Socialismo, teoría que hizo su aparición a principios
las co�as desde el punto de vista de los de Abajo, las
del siglo diecinueve y constituyó el último eslabón
transformaciones históricas más trascendentales
se de las ideas originadas en la rebelión de los esclavos
!I han limitado a un cambio de amo.
en la antigüedad, seguía inficionado por las con­
Hacia fines del siglo diecinueve, muchos fueron
cepciones utópicas de pasadas edades, pero a partir
los observadores que cayeron en la cuenta de la ino­
del año 1900, las diversas fracciones en que se fue
perancia de tales transformaciones. Surgieron en­
dividiendo el movimiento socialista comenzaron a
tonces escuelas de pensamiento que interpretaron
la renunciar, más o menos abiertamente, al ideal de
historia como un simple proceso cíclico y pretendía
n establecer la igualdad y la libertad. Las nuevas co-

296 297
GEORGE ÜRWELL 1984

rrientes de opinión surgidas a mediados del presente sus aptitudes congénitas que favorecían a unos en
siglo -INGsoc en Oceanía, Neobolcheviquismo en desmedro de otros, pero no existían ya razones para
Eurasia y el vulgarmente llamado culto de la muer­ ·que continuara subsistiendo una diferencia de clases
te en Estasia- llevaban en sí el objetivo de perpe­ o pronunciados desniveles en la posesión de bienes.
tuar la ausencia de toda libertad y de toda igualdad. En los primeros tiempos, la diferencia de clases fue,
Claro es que las expresadas corrientes de opinión no no solamente inevitable, sino incluso necesaria. La
. eran sino prolongación de las ya existentes; tanto fue desigualdad constituyó el precio de la civilización.
así que asumieron las denominaciones de aquellas e Mas con el desarrollo del maquinismo se modifi­
incluso adoptaron sus postulados, aunque nada más caron los términos del problema. Aun cuando fuera
que de labios afuera. Pero el propósito inconfesado necesario Qge los nombres siguieran trabajando en
de las nuevas corrientes era paralizar el progreso diversos menesteres, ya no era indispensable que se
material y congelar la historia en un determinado prolongaran los desniveles sociales o económicos.
ciclo de su evolución. El viejo péndulo iba a oscilar Por lo tanto, desde el punto de vista de las nuevas
una vez más para en seguida detenerse nuevamente. fracciones que se aprestaban a arrebatar el poder,
De acuerdo con lo establecido, los de Arriba habían la igualdad entre los hombres dejó de ser un ideal
de ser eliminados por los del Medio, que entonces para trocarse en un peligro contra el cual había que
pasarían a ocupar las posiciones de aquellos, pero precaverse. En épocas primitivas, cuando era impo­
logrado eso, y merced a una maniobra maquiavélica, sible concebir una sociedad basada en la paz y en la
los de Arriba se agenciarían para mantenerse en el justicia, no había sido difícil mantener la fe en ese
poder por tiempo indefinido. ideal. El concepto de un paraíso terrenal, donde los
Las nuevas doctrinas debieron su origen, en par­ hombres convivieran en la más absoluta fraternidad,
te, a un exceso de conocimientos históricos y a los sin leyes ni labores agotadoras, constituyó el sueño
impulsos de un definido sentido de la historia, nada dorado de la humanidad por miles de años. Y a ese
de lo �ual existía antes del siglo diecinueve. Perfi­ concepto se adherían las clases beneficiadas por cada
lábase daro, o así parecía, el proceso cíclico de la uno de los vuelcos operados en el curso de la histo­
historia y, con ello, esta se tornaba inalterable. Pero ria. Los herederos de las revoluciones francesa, in­
la razón fundamental estribaba en que, a partir de glesa y americana creían parcialmente en sus frases
principios del siglo xx, la igualdad entre los hombres rimbombantes acerca de los derechos del hombre,
pasó a ser un ideal técnicamente realizable. Verdad de la igualdad ante la ley, de la libertad de palabra y
es que los humanos seguían siendo desiguales por otros conceptos similares, e inclusive y hasta cierto

298 299
1984
GEORGE ÜR\VELL

ciencia, dirigentes de los sindicatos obreros, exper­


punto, trataban de ajustar a ellos su conducta polí­ tos en publicidad, sociólogos, profesores, periodistas
tica. Mas hacia la cuarta década del siglo xx todos y políticos profesionales. Esta gente, que tenía su
los conceptos políticos adquirieron un matiz autori­ origen en la clase media o en las planas superiores
tario. El paraíso terrenal cayó en el descrédito por del gremio obrero, debía su aglutinación y confe­
impracticable. Todas las teorías políticas, cualquiera deración al monopolio industrial y a los gobiernos
fuera su denominación, tendieron a la i mplantación centralizados. Comparada con sus similares, era
de una sociedad jerarquizada y regimentada. Y al menos codiciosa, con menos inclinación al sibaritis­
adquirir dichos conceptos la rígida contextura de mo, mayores ansias del poder por el poder y, sobre
hechos consumados, allá por el año 1930, no sola­ todo, una mayor conciencia de su fuerza y un afiín
mente volvieron a ponerse en práctica ciertos proce­ más pronunciado de eliminar toda oposición. Esta
dimientos ya abolidos siglos atrás, sino que ellos fue­ última característica era de fundamental importan­
ron tolerados y apoyados por personas que se decían cia. Juzgadas las cosas a la luz de los despotismos
cultas y progresistas: el encarcelamiento sin juicio presentes, los de pasadas épocas pecaron todos de
previo, la reducción a la esclavitud de los prisioneros incompetentes y de flojos. En aquellos tiempos, aun
de guerra, las ejecuciones en masa, los instrumentos los déspotas estaban imbuidos de ciertas ideas libe­
de torturas, el fusilamiento de rehenes y la deporta­ rales y toleraban que quedaran ciertos cabos sueltos;
ción de poblaciones enteras. tan sólo reprimían las rebeldías de hecho, sin preo­
No fue sino después de una década de luchas in­ cuparse mayor cosa del pensamiento íntimo de sus
ternas y externas, y de revoluciones y contrarrevo­ súbditos. Incluso puede calificarse de tolerante a la
luciones, en todo el mundo, cuando el lNGsoc y sus iglesia católica de la Edad Media, si la juzgamos a
doctrinas antagónicas surgieron como teorías polí­ través de los conceptos imperantes en la actualidad.
ticas de relieve universal. Pero precursores de ellas Debíase ello, en parte, a que dichos gobernantes
fueron. los diversos sistemas de gobierno llamados autoritarios carecían de los medios materiales para
totalit:irios, que hicieron su aparición en el mismo ejercer sobre sus súbditos una vigilancia constante.
siglo; � ya de tiempo atrás, habían venido perfilán­ Empero, la invención de la imprenta vino a facilitar
dose las características · del inundo que surgiría del el dominio de la opinión pública, y el cinematógra­
caos reinante. Tampoco era un misterio la clase so­ fo y la radio ampliaron aún más ese dominio. Con
cial a la cual iba a corresponder el dominio del nuevo el desarrollo de la televisión y los adelantos técnicos
. mundo. La nueva aristocracia sería integrada, en su que permiten recibir y trasmitir al mismo tiempo en
mayor parte, por burócratas, técnicos, hombres de

301
300
1984

un solo aparato, se asestó el tiro de gracia a la vida Partido posee todo cuanto h ay en Oceanía, porque
privada. Todo ciudadano, o cuando menos toda per­ todo lo fiscaliza, y dispone de la producción a su ar­
sona cuyas actividades merecieran ser observadas, bitrio. En 1os años posteriores ál estallido de la Re­
podía ser acechado por la policía y asediado por la ·volución, el Partido pudo asumir la supremacía poco
propaganda oficial durante las veinticuatro horas del menos que sin resistencia, en razón de dar al proce­
día, sin posibilidad material de que el vigilado em­ so un pretendido cariz de colectivización. Se creyó
pleara ningún medio de comunicación para ponerse siempre que a la expropiación de la clase capitalis­
en contacto con sus semejantes. Por vez primera se ta seguiría fatalmente un régimen de socialismo y,
hacía posible, no solamente exigir de todos una su­ sin duda alguna, los capitalistas fueron despojados:
misión absoluta a la voluntad estatal, sino uniformar fábricas, minas, tierras, transportes, todo se les ha
la opinión de la totalidad de los ciudadanos. quitado y, al dejar esos bienes de constituir una pro­
Cerrado el ciclo de revoluciones producidas en­ piedad privada, lógicamente habían de pasar a ser
tre los años 1950 y 1960, volvió la sociedad a divi­ propiedad pública. A la verdad, el INGSOc, originado
dirse en las tres clases tradicionales: los de Arriba, en el Socialismo de los primeros tiempos y heredero
los del Medio y los de Abajo. Pero la clase de los de su fraseología, ha llevado a la práctica los princi­
de Arriba, a diferencia de sus antepasados, no ac­ pios fundamentales de aquél, con el resultado anhe­
tuaba por instinto, sino con pleno conocimiento de lado y previsto de antemano, esto es, el de conferir
sus objetivos. De tiempo atrás se había hecho carne título de permanencia a la desigualdad económica.
que la oligarquía no puede tener otra base sólida que Pero los problemas de perpetuar una sociedad
el colectivismo. Es más fácil defender privilegios y jerarquizada tienen un contenido más hondo. Sólo
bienes cuando constituyen un patrimonio común. existen cuatro formas por las cuales una clase go­
La llamada «abolición de la propiedad privada», que bernante pueda llegar a ser derribada del poder: in­
se cumplió a mitad de siglo, no significó otra cosa tervención, rebelión de las masas por actos de mal
en la práctica que el acaparamiento de la propiedad gobierno, surgimiento de una poderosa y descon­
por parte ·de unos pocos, y no de muchos como an­ tenta clase media, o pérdida de fe y voluntad para
tes, con la diferencia de que los nuevos propietarios seguir gobernando. Dichas causas no intervienen en
constituían una clase social, y no una mera suma de forma aislada, sino que suelen ser de acción conjun­
individuos. Individualmente considerado, ningún . ta. Una clase gobernante que fuera capaz de preca­
afiliado al Partido es dueño de nada, fuera de sus verse contra todas ellas podría gobernar por tiempo
contados efectos personales, pero colectivamente el indefinido. Por último, el factor determinante suele

302 303
GEORGE ÜRWELL 1984

residir en la mentalidad de fa propia clase que usu- en sus propias filas. En otros términos, el problema
fructúa el poder. es de carácter educacional y consiste en despertar y
El primero de los expresados peligros desapare­ encauzar d entendimiento, tanto del elenco direc-
ció hacia mediados del presente siglo: cada una de . tivo como de la mayoría de los adherentes. Sobre el
las tres potencias en que hoy se divide el mundo es entendimiento de las masas sólo es necesario influir
invencible, aun cuando se aliaran contra ella las otras con medios negativos.
dos, y sólo podría ser vulnerable a un proceso lento Dadas esas condiciones se puede deducir, si no
de carácter demográfico, eventualidad fácil de pre­ fuera ya conocida, la estructura general de la colec­
ver por cualquier gobierno. El segundo peligro ·no tividad Oceánica. En la cúspide de la pirámide está
pasa de ser teórico: las masas no se rebelan jamás por el Gran Hermano, infalible y todopoderoso: éxitos,
impulso propio y tampoco por el solo hecho de vi­ victorias y descubrimientos científicos, así como
vir oprimidas: a la verdad, mientras no disponen de todo saber, dicha y virtud se deben a su inspiración
medios para establecer comparaciones; «ni siquiera y dirección. Nadie ha visto jamás al Gran Hermano:
advierten la existencia de la opresión ejercida so­ es ap enas una figura en los carteles y una voz en las
bre ellas». Las reiteradas crisis económicas de otros telepantallas. Razones hay para sospechar que nun­
tiempos no tenían razón de ser y ya no se las tolera ca morirá, como nada de cierto se sabe acerca de la
en estos días, pero otras dislocaciones igualmente fecha de su nacimiento. El Gran Hermano es como
graves pueden ocurrir, y ocurren, mas sin deriva­ un pendón invisible que el Partido levanta ante la faz
ciones de orden político, pues no existen medios de del mundo. Su función consiste en enfocar el afec­
dar expresión al descontento. El problema de la su­ to, el miedo y el acatamiento de todos, sentimientos
perproducción, latente en la colectividad humana a que se rinden más prestamente a una persona que a
partir de los progresos realizados por la técnica, se lo una institución. Después del Gran Hermano viene
resuelve hoy con las guerras continuas (ver C ap ítulo el elenco dirigente, sintetizado en el Consejo, y cuyo
III), que también resultan eficaces para mantener en número es de unos seis millones de personas, o sea
alto el �spíritu de la población. En consecuencia y algo menos que el dos por ciento de la población
desde el. punto de vista de nuestros actuales gober­ total de Oceanía; seguidamente están los afiliados
nantes, el único peligro reside en la disidencia de un que constituyen los miembros, dando por sentado
núcleo constituido por gente capaz, sin suficientes que el elenco dirigente sea la cabeza. Y por último,
medios de subsistencia y con ambiciones políticas, o figuran las masas sin expresión, integradas por los
en el surgimiento de un espíritu liberal y escéptico llamados «plebeyos», que suman el ochenta y cinco

304 305
GEORGE ÜRWELL 1984

por ciento del total de habitantes. De acuerdo con la categoría o clase a otra con menos frecúencia que en
clasificación de otros tiempos, los «plebeyos» serían tiempos del capitalismo o en las épocas anteriores a
los de Abajo, pues las poblaciones esclavizadas de las la era industrial. Algún intercambio existe entre las
zonas ecuatoriales, que pasan del poder de un vence­ · dos categorías partidarias, pero sólo a los efectos de
dor al otro, no constituyen un elemento permanente eliminar del elenco dirigente a los apocados, o de
ni necesario en la estructura general. neutralizar las ambiciones de ciertos afiliados otor­
En principio, la filiación en cualquiera de las ca­ gándoles un ascenso para tenerlos satisfechos. En la
tegorías partidarias no es hereditaria, es decir, que práctica, los plebeyos no son admitidos en las filas
el hijo de un miembro del elenco dirigente no puede del Partido; los más capaces entre ellos, que acaso
considerarse como perteneciente al mismo por ese podrían constituir un núcleo de insatisfechos, son
solo hecho. Para ingresar en cualquiera de las ca­ simplemente eliminados por la Policía del Pensa­
tegorías se requiere dar examen a los dieciséis años miento. Pero dichas modalidades no llevan en sí el
de edad. Tampoco existen discriminaciones raciales sello de lo permanente ni asumen la jerarquía de un
o preponderancia de una provincia dada sobre otra: principio. El Partido no constituye una clase social
en los más altos cargos del Partido hay judíos, ne­ en la proverbial acepción del término: no es suyo el
gros y sudamericanos de pura sangre indígena, y los objetivo de trasmitir el poder a sus herederos nada
administradores de una zona determinada son inva­ más que por serlo; si no existiera otro medio de te­
riablemente oriundos de la misma. En parte algu­ ner a su cabeza a los más capacitados, se avendría a
na de Oceanía tienen los habitantes la impresión de reclutar una generación completamente nueva entre
constituir una colonia gobernada por una lejana me­ las filas de los plebeyos. En los años decisivos de su
trópoli; Oceanía no tiene ciudad capital y su gober­ lucha por el poder, el hecho de no ser el Partido una
nante máximo es una persona cuya residencia nadie institución hereditaria le sirvió de mucho para neu­
conoce. No existe ningún género de centralización, tralizar a la oposición. El socialista chapado a la an­
salvo en lo que respecta al inglés como idioma gene­ tigua, imbuido del espíritu de lucha contra lo que se
ralizado y al Neohabla como lengua oficial. Los go­ denominaba «privilegio de clases», daba por sentado
bernante� no están ligados entre sí por lazos de san­ que solamente lo hereditario puede ser permanen­
gre, sino por su acatamiento a una doctrina común. te; no percibía que la continuidad de una oligarquía
Verdad es que, a primera vista, nuestra colectividad no precisa ser de orden físico, ni tampoco se detenía
parece estar estratificada, y de un modo muy rígido a reflexionar sobre la bi:eve vida de las aristocracias
por cierto, sobre bases hereditarias. Se pasa de una hereditarias, en tanto las instituciones que no lo son,

306 307
GEORGE ÜRWELL 1984

como la iglesia católica, duran cientos y hasta miles tengan esta o aquella opinión es cosa absolutamen­
de años. El fundamento de todo régimen oligárqui­ te desprovista de la más elemental importancia. Y
co no está constituido por la simple trasmisión de un hasta se les puede otorgar esa libertad intelectual de
legado de padres a hijos, sino por la inmutabilidad · pensar, pues carecen de intelecto para hacer debido
de principios universales y cierto modo de vivir la uso de ella. Pero tratándose de un afiliado al Parti­
vida, impuestos ambos por los muertos a los vivos. do, no puede tolerarse la más mínima divergencia de
Una clase gobernante sigue siendo tal mientras pue- opinión en torno de cualquier asunto, por trivial que
. da designar a sus sucesores. Al Partido no le interesa fuere. Desde que nace hasta que muere, un afiliado
perpetuar su sangre, sino perpetuarse a si propio. al Partido está sometido a la vigilancia de la Poli­
Nada importa quién ejerza el poder, a condición de cía del Pensamiento; aun cuando se cree solo, nunca
no sufrir alteraciones la estructura jerárquica. puede tener la seguridad de estarlo. Dondequiera
Todos los postulados, modalidades, hábitos, sen­ que se halle, en el trabajo o en el descanso, dormido
timientos y pensamientos, característicos de nuestros o despierto, en el baño o en la cama, está vigilado
tiempos, responden en el fondo a la necesidad de ali­ sin saberlo ni poder advertirlo. Nada de lo que hace
mentar la mística partidaria e impedir que se ponga es indiferente. Sus amistades, sus esparcimientos, su
en evidencia la verdadera naturaleza de la sociedad conducta en el hogar, la expresión de su rostro y has­
actual. En el presente no es posible ninguna rebelión ta los ademanes propios de su físico son objeto de la
material; ni siquiera se puede pensar en dar los pa­ más estrecha fiscalización. Se registra de inmediato,
sos preliminares con ese objeto en vista. De la plebe no solamente cualquier desliz, sino una extravagan­
nada tiene el Partido que temer: abandonados a su cia, un cambio en las costumbres o un tic nervioso
suerte, seguirán de generación en generación y de si­ que pudieran interpretarse como una variante de su
glo en siglo trabajando y muriendo, no solamente sin estado emotivo. No tiene en absoluto libertad para
experimentar tendencia alguna a rebelarse, pero sin seguir sus inclinaciones en la dirección que fuere.
comprender siquiera que el mundo podría ser distin­ Por otro lado, sus actividades no están regladas por
to de lo que es hoy. Podrían tornarse peligrosos si los una legislación ni regidas por un código moral. En
adelanto� de la técnica industrial hicieran necesario Oceanía no existen leyes. Aquellos pensamientos y
darles un� mejor educación, pero dado que las riva­ acciones castigados con la pena de muerte no están
lidades de orden militar y comercial ya no tienen ra­ expresamente prohibidos por ninguna ley y las in­
zón de ser, el nivel de la instrucción pública se halla terminables purgas, depuraciones, torturas, encarce­
actualmente en franca declinación. Qye las masas lamientos y evaporaciones no constituyen sanciones

308 309
GEORGE ÜRWELL

por delitos cometidos, sino que tienden a la elimina­ germen a causa de la disciplina interior adquirida en
ción de aquellas personas que podrían acaso incurrir los años de la infancia. La primera y más elemental
· en un delito más adelante. A todo afiliado al Partido fase de ese proceso disciplinario del espíritu, sus­
se le exige tener, no sólo opiniones exclusivamente ceptible de ser inculcado desde la más tierna edad
estáticas, sino también instintos regimentados. Mu­ se denomina nodelito en el vocabulario de Neohabla:
chas de las opiniones y modos de ser requeridos de significa la facultad de detenerse como por instinto
él no están determinados en términos concretos y en los propios umbrales de cualquier pensamiento
no se podría determinarlos sin poner en descubier­ malsano. Nodelito comprende asimismo la facultad
to lo contradictorio de los postulados del lNGsoc. mental de no percibir las analogías más evidentes ni
Si se trata de una persona dogmática por naturaleza advertir los errores de más fácil percepción, como
(buenpensador en Neohabla) sabrá por intuición cuál el no captar los argumentos más simples, cuando
es la actitud o el estado emotivo que conviene a cada ellos son contrarios a los postulados del lNGsoc, y
circunstancia particular. Pero sea como fuere, una de experimentar repulsión por cualquier modo de
f'.rolij� educación mental, iniciada en la infancia y razonar que pueda desembocar en un cisma parti­
smtet1zada por los vocablos nodelito, blanconegro y dario. En suma, nodelito es el embrutecimiento in­
doblepensar en Neohabla, lo hacen incapaz y contrario telectual preventivo. Pero no basta con el embrute­
a meditar con alguna profundidad sobr¡: el asunto cimiento. Por el contrario, el profundo sentido de
que fuere. la ortodoxia partidaria exige el dominio sobre todo
Un afiliado al Partido no puede abrigar senti­ proceso mental ene! individuo, como el ejercido por
mientos personales ni demostrar la menor falta de un contorsionista sobre sus coyunturas. En última
entusiasmo en su fervor sectario: ha de vivir en un instancia, la sociedad Oceánica descansa sobre la
invariable frenesí de odio a los enemigos de adentro fe ciega en la omnipotencia del Gran Hermano y
y de afuera, regocijarse con las victorias militares y la infalibilidad del Partido; pero como ni el Gran
renunciar en absoluto a su personalidad para ofren­ Hermano es omnipotente ni infalible el Partido, se
darla al poder y a la sapiencia del Partido. Al des­ hace necesario establecer una flexibilidad incesante
contento que pudiera ocasionar esa existencia insí­ y de instantáneo cambio de marcha en la apreciación
pida s� le da deliberadamente una válvula de escape de los hechos. Es lo que se quiere significar con el
con medios tales como los Dos Minutos de Odio, y vocablo blanconegro, que como otros tantos del léxi­
las reflexiones que pudieran conducir a una actitud co de Neohabla, tiene dos acepciones recíprocamente
de escepticismo o de resistencia se desvanecen en su . contradictorias; aplicado a un adversario, significa el

310 311
GEORGE ÜRWELL
1984

pecado de afirmar con desparpajo que lo blanco es


negro, contrariamente a la verdad, pero interpretado en la doctrina o de un cambio en la postura políti­
por un afiliado, quiere decir la disposición espontá­ ca. Porque un cambio de opinión, o tan siquiera de
nea a admitir que lo blanco es negro cuando asrlo modo de pensar, constituye un signo de flaqueza.
exige la disciplina partidaria. A más de eso, Implica Si por ejemplo, Eurasia o Estasis (cualquiera sea)
igualmente la aptitud de creer que lo blanco es negro, es hoy el enemigo, tiene que haberlo sido en todos
y todavía más, la de saber que es así, pasando por alto los tiempos. Y si los hechos lo contradicen, pues a
que algu na vez se hubiese podido pensar lo contra­ obliterar los hechos. De ese modo, la historia está
rio. Ello requiere una tergiversación ininterrumpida sujeta a continuas rectificaciones.. Semejante adul­
de lo pasado, sólo posible por medio de una ope­ teración diaria del pasado, a cargo del Ministerio de
ración mental que comprende y encierra todas las la Verdad, es tan indispensable para la estabilidad
demás y conocida en Neohabla por doblepensar. del régimen como la tarea de represión y espionaje
La tergiversación de lo pasado es necesaria por cumplida por el Ministerio del Amor.
dos razones, la primera de las cuales es accesoria y, La mutabilidad del pasado constituye un postu­
por decirlo así, de carácter preventivo: reside en que lado cardinal del lNGSOC. Los hechos ocurridos en
un afiliado al Partido, al igual que los plebeyos, sólo el pasado, se argumenta, carecen de existencia cor­
tolera las actuales condiciones de vida . porque no pórea y sólo existen a través de los documentos ar­
dispone de medios para compararla con las anterio­ chivados y en la memoria de los humanos. El pasado
res. Por eso, debe aislársele del pasado, del mismo no es sino lo que afirman las constancias escritas y
modo que se lo aísla de toda relación con los ex­ se guarda en el recuerdo del hombre. Y dado que
tranjeros, porque es indispensable hacerle creer que el Partido fiscaliza todos los documentos escritos y
su nivel de vida es superior al de sus antepasados ejerce dominio sobre el entendimiento de sus afilia­
y que las comodidades materiales van en constante dos, el pasado es lo que el Partido ordena que sea. Y
aumento. Pero la razón principal que existe para rec­ por lo mismo, aunque el pasado es susceptible de ser
tificar lo pasado radica en la necesidad de abroquelar modificado, no ha sido jamás adulterado en ninguna
la infalibilidad del Partido. No se trata solamente instancia, pues la nueva versión es el pasado y nun­
de mantener al día discursos, estadísticas y archi­ ca existió otra. Igual procedimiento rige, y ocurre
vos con el objeto de probar que el Partido estuvo con frecuencia, cuando se hace necesario adulterar
siempre acertado en sus predicciones y previsiones, una realidad repetidas veces en un mismo año. En
sino de no dejar constancias de cualquier variación todos los tiempos, el Partido· es el depositario de la
verdad absoluta y lo absoluto no puede variar con el

312
313
GEORGE ÜRWELL 1984

tiempo. Surge de ahí que el dominio sobre el pasado cedimiento. Es absolutamente indispensable afirmar
depende del dominio sobre la facultad de recordar falsedades y creer en ellas, olvidar cualquier hecho
lo ocurrido con anterioridad. Asegurarse que toda cuyo recuerdo no responda a las conveniencias para
la documentación existente se adapta al dogma del luego, en caso necesario, volver a extraer del olvido
momento implica tan sólo una operación mecánica, ese mismo hecho por el tiempo que sea menester y
pero también es necesario que se recuerden los he­ negar la existencia de toda realidad objetiva, pero
chos en la forma exigida por las conveniencias del sin dejar por eso de sacar partido de esa misma ne­
momento .. Y al reconstruir los recuerdos y adulterar gación. Aun al emplear el vocablo doblepensar.es ne­
las constancias habrá que olvidar haberlo hecho. Ese cesario pensar por partida doble, pues su utilización
proceso se asimila como se aprende cualquier otra equivale a admitir una adulteración de la verdad;
técnica mental. En la Viqahabla recibía el nombre pero esta admisión queda obliterada por otro acto
de «imponerse a la realidad»; en Neohabla se llama de doblepensar y así sucesivamente, con la mentira
doblepensar, aunque este vocablo comprenda otras y siempre a un paso delante de la verdad. En defini­
muy diversas acepciones. tiva, es por medio del doblepensar que el Partido ha
Doblepensar quiere decir la facultad de albergar podido detener el curso de la historia y acaso, por
simultáneamente en el entendimiento dos creencias lo que sabemos hoy, lo siga haciendo por espacio de
contradictorias, admitiendo ambas a la vez. El afi­ miles de años.
liado intelectual sabe en qué sentido deben ser mo­ Las oligarquías de pasados tiempos fueron de­
dificados sus recuerdos y, por lo tanto, no ignora que rribadas por haberse osificado en el poder o por
va contra la realidad de las cosas, pero mediante la haberles faltado energía. Tornábanse arrogantes o
gimnasia mental del doblepensar está convencido de bobas y, por incapaces de adaptarse a la marcha de
que con ello no atenta contra esa realidad. El proce­ los tiempos, acababan por ser arrojadas del poder,
so tiene que ser consciente para llevar consigo la ne­ o bien, se hacían liberales y pusilánimes, otorgan­
cesaria precisión, pero también ha de ser inconscien­ do concesiones cuando debieron emplear la fuerza.
te para impedir toda sensación de estar incurriendo Vale decir que cayeron por inconsciencia o por exce­
en una falsedad y, por consiguiente, en una trasgre­ sivamente conscientes. Ha correspondido al Partido
sión. El doblepensar constituye la propia medula del instaurar un modo de pensar que incluye, a la vez, lo
Ingsoc, pues la acción primordial del Partido consis­ consciente y lo inconséiente. Y es que su dominio no
te en utilizar un engaño consciente sin desmedro de hubiera podido afianzarse sobre ninguna otra base
la firmeza de propósito ni de la honradez en el pro- intelectual. Si se quiere gobernar, y continuar go-

314 315
GEORGE ÜRWELL 1984

bernando, se ha de ser capaz de dislocar el sentido terror, pero dejándolos tranquilos, la guerra no les da
de la realidad, porque el secreto del poder reside en frío ni calor. Es en las filas del Partido, y sobre todo
creer en la propia infalibilidad y estar dotado de la · en el elenco dirigente, donde se percibe un frenético
aptitud de sacar partido de los errores cometidos en y desbocado entusiasmo por las actividades bélicas.
el pasado. Los que creen en una próxima conquista de) mundo
Desde luego, los maestros en la utilización del son precisamente quienes la saben imposible. Tan
doblepensar son aquellos que lo inventaron y saben peculiar maridaje de dos contrasentidos -el saber
que se trata. de un vasto sistema de escamoteo men­ con la ignorancia y la duda con el fanatismo- cons­
tal. En nuestra colectividad, quienes mejor entera­ tituye uno de los rasgos distintivos de la mentalidad
dos se mantienen acerca de los acontecimientos son Oceánica. El ideario oficial es pródigo en contradic­
precisamente los que más lejos están de ver el mundo ciones, incluso aquellas innecesarias y sin ninguna
como es en realidad. En otros términos, cuanto ma­ ;,tilidad práctica. Así, el Partido rechaza y vilipendia
yor la comprensión, mayor también el oscurecimien­ los postulados socialistas de otros tiempos, pero lo
to mental; cuanto más inteligente, menos lúcido. Lo hace en nombre del Socialismo; no oculta un des­
demuestra el hecho de que el histerismo bélico co­ dén sin precedentes por la clase trabajadora, pero
bra mayor intensidad a medida que se asciende en la impone a sus afiliados un uniforme que en épocas
escala jerárquica del Partido. Son los habitantes de pasadas era el llevado por los trabajadores manua­
los territorios en disputa, por el contrario, quienes les y está identificado con ellos; socava sistemática­
tienen un concepto más racional de la guerra; para mente la solidaridad de la familia, pero confiere a
ellos, la guerra no es sino una calamidad sin fin, cu­ su jefe máximo una denominación que es todo un
yos flujos y reflujos castigan sus lacerados cuerpos llamado a los sentimientos familiares. Hasta las de­
como las olas de una marea gigantesca. Cuál de los signaciones. de los cuatro Ministerios que nos go­
beligerantes gane o pierda, los tiene por completo · biernan importan un cínico alarde en su deliberada
sin cuida.do. Demasiado saben que, en cualquiera de manifestación de la realidad: el Ministerio de la Paz
los casos, no habrán hecho sino cambiar de amo y corre con la guerra, el de la Verdad con las mentiras,
que el nuevo ha de mantenerlos bajo la misma fé­ el del Amor con las torturas y el de la Abundancia
rula despótica que el anterior. Los obreros de algo con la escasez. Dichas contradicciones no son obras
mejor condición, llamados «plebeyos», sólo esporá­ de la casualidad ni obedecen a una descarada hipo­
dicamente sienten interés por la guerra; cuando con­ cresía, sino que constituyen ejemplos deliberados del
viene, se los inflama con un paroxismo de odio y de doblepensar, porque solamente conciliando lo contra-

316 317
1984

Julia sin hacer el menor movimiento: dormía sobre


dictorio se puede conservar el poder por tiempo in­
un costado con la cabeza ap oyada en un brazo y un
definido. No hay otro medio de quebrar el viejo ciclo
mechón de· cabellos caído sobre la frente. Su respira­
· histórico. Si la igualdad entre los hombres ha de ser
ción era normal, aunque fatigosa.
desechada para siempre, vale decir, si los de Arriba,
-¡Julia!
como los llamamos, han de retener su_ situación por
Silencio.
mucho tiempo, es necesario que la mentalidad do­
-¡Julia! ¿Duermes?
minante no sea sino un estado de embrutecimiento
Nada. La joven dormía profundamente. Cerro
fiscalizado por la voluntad estatal.
Winston el libro y luego de depositarlo en el suelo,
Pero resta un interrogante del cual poco nos he­
se acostó cubriéndose con la colcha.
mos ocupado hasta aquí: ¿por qué ha de desechar­
Todavía le quedaba por conocer el secreto máxi­
se la igualdad entre los hombres? Dando por des­
mo. Meditó. Hasta allí comprendía el cómo, pero no
contado que el mecanismo del proceso sea el que
el por qué. Ni el Capítulo I ni el II le habían dicho
hemos puesto de manifiesto: ¿qué motivos existen
nada que ya no lo supiera y tan sólo contribuyeron a
pura este gigantesco y bien meditado empeño en
sistematizar sus anteriores conocimientos. Pero des­
congelar la historia en una determinada época de
pués de leerlos se sentía más que nunca convenci�o
su evolución?
de no estar loco. El ser una minoría, aunque solo
Con ello llegamos al fondo del asunto. Tal como
fuese minoría de uno, no importaba haber perdido la
acabamos de verlo, la mística del Partido, y particu­
razón. Existía lo verdadero y lo falso, y quien se afe­
larmente la del elenco dirigente, descansa sobre el
rra a la verdad, aun desafiando al resto del mundo,
doblepensar, pero más en lo hondo reside el verda­
no puede estar loco. Un rayo de sol, penetrando por
dero motivo, el instinto indiscutido que, en primer
la ventana abierta, vino a dar en la almohada. En­
término, hizo posible alcanzar el poder y, luego, dio
tornó Winston sus ojos: el sol en la cara y el contacto
origen aÍ doblepensar, a la Policía del Pensamiento, a
de aquel cuerpo joven le infundieron una honda Y
las guer�as continuas y demás particularidades del
soñolienta confianza en sí mismo. Estaba seguro,
régimen., El verdadero motivo radica ...
' nada había que temer. Qyedose dormido mientras
••• murmuraba «la cordura no cuenta en las estadís­
ticas», convencido de haber
- expresado con ello un
pensamiento profundo.
Advirtió Winston el silencio como quien advier­
te un ruido inopinado. Demasiado tiempo llevaba

319
318
1984

IX Dicen que el tiempo todo lo cura


Dicen que todo puede olvidarse;
Pero las lágrimas y sonrisas
Cuando despertó fue con la impresión de haber Aún me oprimen el corazón.
estado dormido mucho tiempo, pero según el viejo
reloj, no eran más de las veinte y treinta. Por unos Mientras se ajustaba el cinturón del mameluco se
instantes se quedó como aletargado; de pronto oyé­ aproximó Winston a la ventana abierta. El sol se ha­
ronse las notas de la conocida canción: bía ocultado detrás de las casas y sus rayos no daban
ya de lleno en el patio. Húmedos estaban los ado­
Fue tan sólo una ilusión
Como arreboles de abril quines de piedra como recién lavados y a Winston
Pero miradas, palabras y sueños le pareció que también al cielo lo habían lavado, así
Me han robado el corazón. de esplendoroso era el azul celeste de sus retazos que
se percibían entre el tupido bosque de chimeneas.
Nada había perdido de su popularidad la trillada Impertérrita en su faena proseguía la mujerona, al­
copla. Se la oía cantar en todas partes. Hasta había ternando el canto con las· pausas y poniendo a secar
desplazado a la Canción del Odio. Despertó Julia y pañales y más pañales. Acaso se ganara la vida como
luego de desperezarse, se puso de pie y dijo: lavandera o era simplemente la sacrificada abuela de
-Siento hambre. Voy a preparar más café. ¡Qyé veinte o treinta nietecitos. En esto acercase Julia y
fastidio! Se ha apagado el calentador y el agua está juntos se pusieron a contemplar absortos a la corpu­
fría. lenta mujer de los pañales. Al reparar Winston en
Y alzando el calentador y sacudiéndolo, agregó: sus fornidos brazos y abultadas carnes se le ocurrió
-Se ha terminado el petróleo. que era aquella lavandera una mujer muy hermosa.
-Tal vez el señor Charrington pueda darnos un Jamás se le había pasado por la cabeza que pudiera
poco. ser hermosa una mujer de cincuenta años, de físico
-LO, extraño es que estaba lleno cuando lo en­ deformado por la maternidad y estropeado por du­
cendí. Vqy a vestirme, porque empieza a refrescar. ras labores hasta constituir una masa fofa como una
También Winston saltó de la cama para vestirse. hortaliza esponjosa de puro madura. Pero así era y,
Y todo el tiempo seguía aquella mujer dándole a la después de todo: ¿por qué no podría serlo? Aquella
. copla: compacta y amorfa masa de carnes, que parecía un
bloque de granito, recubierta de piel rojiza, tenía la

320 321
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

relación del escaramujo con una rosa. ¿Y por qué ha la tierra, sin saber nada los unos de los otros, se­
de tenerse al fruto por inferior a la flor? parados por vallas infranqueables de odios y false­
-Es muy hermosa -murmuró. dades, hombres que jamás aprendieron a ejercitar
-Pero si su cintura tiene lo menos un metro de su entendimiento, pero que ejercitaban su espíritu
· diámetro -dijo Julia. y su físico para acumular esa fuerza que algún ·día
-Pues ese es su tipo de belleza. estremecería al mundo. ¡Si alguna esperanza queda,
Tenía a Julia tomada del talle, pensando que en­ está en los plebeyos! Sin necesidad de haber llega­
tre los dos no darían jamás un hijo al mundo. A do a la última página del libro, intuía Winston que
esa esperanza debían renunciar para siempre. So­ esa habría de ser la voz de orden de Goldstein. El
lamente de boca en boca y de entenpimiento a en­ porvenir era de la plebe. Pero: ¿estaba seguro de que
tendimiento podrían trasmitir el secreto. La mujer el mundo construido por la plebe no resultaría, des­
que laboraba en el patio carecía de entendimiento: pués de todo, tan extraño para él, Winston, como lo
sólo era dueña de una recia musculatura en los bra­ era ahora el del Partido? Sí, estaba seguro, porque a
zos, de un corazón tierno y de fecundas entrañas. lo menos en ese nuevo mundo imperaría la lucidez
Se preguntó Winston cuántos hijos habría dado al y no la locura colectiva. Donde existe la igualdad
mundo. Lo menos quince. Y también habrá tenido la lucidez tiene que imponerse. Tenía que suceder,
nietos. Y sus años floridos, no muchos, de belleza tarde o temprano: el pensamiento s.e convertiría en
Y juventud, para luego hincharse y ponerse obesa, fuerza. Los plebeyos eran inmortales: bastaba con
fofa y rubicunda: su vida se habrá reducido enton­ ver a aquella valiente mujer para no ponerlo en
ces a lavar, barrer, planchar, zurcir y guisar, primero duda. Un día despertarían a la realidad. Y hasta
para sus hijos y, más tarde, para los nietos. Y, sin llegar ese día, distante acaso mil años, seguirían vi­
embargo, aún le quedaba ánimo para entonar una viendo al azar de la jornada diaria, trasmitiendo de
canción. El místico respeto que sentía Winston por unos a otros esa poderosa vitalidad que el Partido
aquella mujer guardaba alguna relación con el azul no podría destruir jamás.
diáfano, �in una sola nube, abierto a los espacios sin -¿Recuerdas -dijo- el tordo que cantaba para
fin. Y era, ese cielo· el mismo para todos los seres de nosotros aquella tarde de nuestro primer encuentro
la tierra, ásí vivieran en Oceanía, Eurasia o Estasia. en el bosquecillo?
Y todos esos seres, viviendo bajo un mismo cielo, -El tordo no cantaba para nosotros -respon­
eran más o menos iguales: centenares y millares de dió Julia- sino para dárse el gusto de hacerlo. Ni
millones de hombres diseminados sobre la faz de siquiera eso. Cantaba por cantar, nada más.

322 323
GEoRGE ÜR\\'ELL 1984

Cantan las aves, cantan los plebeyos, pero no el ¡El final, el inevitable final! Nada podían hacer
Partido, En todos los ámbitos del globo terráqueo, sino mirarse azorados el uno al otro. Ni por un solo
en Londres, Nueva York, África y Brasil, en las mis­ instante se les ocurrió lanzarse escaleras abajo a todo
teriosas y lejanas tierras allende las fronteras, en las ·correr antes de que fuera demasiado tarde. No ha­
calles de París y de Berlín, en las aldeas de las este­ bía ni qué pensar en desobedecer la orden dada· por
pas rusas y en los bazares de la China y del Japón, aquella voz tonante. Prodújose un ruido como el de
en todos los sitios y latitudes, erguíase esa misma· un pestillo que se corre y, en seguida, el de un vidrio
figura, invencible y recia, deformada por el trabajo y que se hace pedazos: el cuadro acababa de rodar por
la maternidad, sin conocer el descanso, pero siempre el suelo, dejando al descubierto la telepantalla, ocul­
con una alegre canción a flor de labios. De esas en­ ta en un hueco de la pared.
trañas vigorosas saldría una raza de seres humanos -Ahora pueden vernos -dijo Julia.
dotados de entendimiento. El presente era la muer­ -Ahora puedo verlos, dijo la voz-. Pararse en
te, pero el porvenir pertenecía a la plebe: Mas, así el centro de la habitación, espalda contra espalda.
y todo, era posible disfrutar de ese futuro con sólo Cruzar las manos sobre la nuca y sin tocarse el uno
mantener vivo el pensamiento como ellos mantenían al otro.
vivo su físico y seguir trasmitiendo la verdad de que No se tocaban, pero a Winston le pareció sentir el
dos y dos son cuatro. cuerpo de Julia temblando como una hoja. O acaso
-Somos los muertos -dijo Winston. era el suyo el que temblaba. Con un gran esfuerzo de
-Somos los muertos -repitióJulia como un eco. voluntad pudo impedir que le rechinaran los dientes,
-Sois los muertos -dijo de pronto una voz to- pero no que le dejaran de temblar las rodillas. Oyose
.nante detrás de ellos. un trajinar de pasos cómo de personas que andaban
De un brinco se separaron. Sintió Winston que dentro y fuera de la casa. Lleno de gente parecía el
un frío glacial le invadía las entrañas. Los ojos de patio. A· alguien se estaban llevando a la rastra por
Julia se velaron de espanto y pavor; sobre sus mejillas sobre los adoquines de piedra. La mujer había in­
aún veí.anse algunos trazos de carmín, como embe­ terrumpido su cantar bruscamente. Se produjo un
bidos e11 la epidermis del rostro. estrépito como si se hubiese echado a rodar la tina de
-Sois los muertos -repitió la voz misteriosa. lavar ropas y luego se alzó un coro de voces airadas
-Viene de allí, del cuadro -dijo Julia. que culminaron en un quejido de dolor.
-Viene del cuadro -subrayó la voz-. No mo- -La casa está rodeada -dijo Winston.
verse hasta que se les ordene. -La casa está rodeada -repitió la voz.

324 325
GEOilGE ÜRl\'ELL 1984

-Más vale que nos diga mos adiós -murmuró humedecer con ella el tajo horizontal que oficiaba de
Julia, dando diente con diente. boca, se alejó sin decir palabra. Se produjo otro rui­
-Más vale que se digan adiós -rubricó la voz. do peculiar como de cristales rotos: uno de los ¡'>re­
Y luego se oyó otra voz hablando por la telepan­ ·sentes había tomado de la mesa el pisapapeles para
talla, pero de timbre distinto y de más suave tonali­ estrellarlo con fuerza contra el suelo.
dad, que Winston creyó haber oído antes: El fragmento de coral, un lunarcill� color de
-Y, a propósito, ya que estamos en ello: toma la rosa como esos pimpollitos de azúcar con que sue­
candela y vete a la camita, que si no viene el hachero len adornarse las tortas de cumpleaños, rodó por
a cortar tu cabecita. el suelo. ¡Cuán pequeñito era -pensó Winston-;
Algo cayó sobre la cama con un ruido sordo, a cuán pequeñito había sido siempre! De pronto le
espaldas de Winston: acababan de apoyar una esca­ dieron un golpe feroz en el tobillo que por poco
lera de mano en el hueco de la ventana y el travesa­ le hace caer de bruces. Y, acto seguido, otro de los
ño superior había hecho trizas los vidrios. Alguien guardias aplicó a Julia un tremendo puñetazo en el
entraba por la ventana, en tanto subía gente por la plexo solar. Se desplomó la joven como un saco de
escalera. Instantes después el aposento rebosaba de arena y ahora yacía en el suelo, dando manotones
sujetos fornidos, uniformados de negro, con zapa­ en su desesperado esfuerzo por recobrar el aliento.
tones claveteados y en la mano una q1chiporra. Ya· No se atrevía Winston a girar la cabeza un solo
no temblaba Winston. Apenas si movía los ojos de milímetro, pero a ratos el rostro desencajado y lí-
un lado para otro. Sólo una cosa importaba ahora: . vido de Julia se ponía al alcance de su visión. En
quedarse quieto, muy quieto, a fin de no darles ex­ medio de su terror pareciole sentir en carne pro­
cusa para que le atizaran un feroz cachiporrazo. Un pia los dolores que en ese momento debía sentir
sujeto, con mandíbula de boxeador profesional y, en la joven, y que brutales como son, ceden lugar a la
lugar de boca, un tajo horizontal, se le acercó, dan­ desesperada lucha· que es necesario entablar para
do vueltas a la cachiporra que empuñaba en actitud conseguir un poco de aire. Bien sabía Winston de
agresiva y como meditando si le daba o no un gol­ esos dolores: espantosos, indecibles, pero de efec­
pe. Winston lo miró fijamente a los ojos. Se estaba tos retardados hasta volver a recobrar el resuello.
poniendo intolerable eso de estarse de pie, en ropas Luego dos hombres alzaron a Julia en vilo y se la
menores y con las manos entrelazadas en la nuca. llevaron de la habitación como un saco de patatas.
El sujeto con cara de boxeador asomó por entre sus Alcanzó a verle la cara,' desfigurada y verdosa, con
labios la punta de su lengua blanquecina y, luego de los ojos entornados, pero conservando aún en las

326
. 327
GEoRGE ÜRlVELL 1984

mejillas aquellos trazos de carmín. Fue lo último negros. Tampoco tenía anteojos. Miró a Winston
que vio de ella. fijamente en los ojos como para identificarlo y lue­
Seguía Winston inmóvil como un tronco. To­ go ya no se ocupó de él. Era el señor Charrington,
davía no le habían dado ningún golpe de esos que ·sin asomos de duda, pero no el de antes. Andaba
hacen estremecerse de dolor. Su mente comenzó a con el cuerpo erguido y parecía más· robusto. Su
poblarse de pensamientos pueriles. Se preguntaba si rostro no había variado gran cosa, pero también era
también habría caído el señor Charrington y qué le distinto: las cejas negras parecían menos pobladas,
sucedería a la mujer del patio. Observó que el viejo las arrugas habían desaparecido y hasta el apéndice
reloj marcaba las nueve, es decir, las veintiuna, pero nasal se diría más corto. Era ahora el semblante de
aún había mucha claridad. ¿No era ya hora de que un hombre de unos treinta y cinco años, tan vivaz
oscureciera en una tarde de agosto a las veintiuna? como impasible. Y pensó Winston que por vez pri­
Acasó, después de todo, Julia y él no se habían fijado mera en su vida tenía puestos los ojos en un agente
bien en la hora, y se quedaron dormidos mientras las de la Policía del Pensamiento.
manecillas del reloj daban una vuelta completa, de
modo que no serían las veinte y treinta de la tarde,
sino las ocho del día siguiente. Pero dejó de pensar
en tales tonteras. ¡Qyé más daba!
Se oyeron otros pasos subiendo por la escalera y
apareció el señor Charrington. Al instante la actitud
de los guardias perdió un tanto su fiero continente.
Pero tampoco el señor Charrington era el mismo de
antes; al advertir el pisapapeles hecho añicos, ordenó
con voz de mando:
-Recoger esos pedazos.
Una de los guardias dio cumplimiento a la or­
den. La voz del señor Charrington también era
otra y �lgo similar a la que se había dejado oír por
la telepantalla, reflexionó Winston. Llevaba pues­
ta su acostumbrada chaqueta de terciopelo negro,
pero sus cabellos, canosos antes, se habían vuelto

328 329
Parte III

1
No podía Winston precisar el sitio donde se en­
contraba.
Sería el Ministerio del Amor seguramente, pero
no había forma de comprobarlo.
Era en una celda de techo bajo y paredes de mo­
saicos blancos. Luces ocultas iluminaban la estan­
cia y escuchábase un constante zumbido que intuyó
· procedía de los tubos renovadores de aire. Un banco,
apenas lo suficientemente ancho para sentarse en él,
circundaba toda la celda, salvo donde se hallaba la
puerta de entrada. Y dando frente a esa puerta, un
inodoro sin tapa de madera en el asiento. Había cua­
tro telepantallas, una en cada pared.
Aún sentía Winstoli un molesto dolorcillo de
vientre. Lo venía sintiendo desde que lo hicieron
salir a empellones del aposento para hacerle trepar

331
GEORGE ÜRWELL 1984

a un camión celular en el cual lo habían conducido medio de calcular el tiempo. Era un lugar malolien­
hasta allí. Pero también sentía hambre, un hambre te y atestado de presos. Lo encerraron en una celda
atroz que le desgarraba las vísceras con unos espas­ parecida, pero inmunda de suciedad y con quince
mos intolerables. personas metidas dentro. Casi todos eran delincuen­
Tal vez llevara doce o acaso veinticuatro horas tes comunes, pero también había algunos presos po­
sin probar bocado. No habría sabido precisarlo, pues líticos. Mantúvose Winston sin meterse con nadie,
ni siquiera recordaba si era mañana o tarde cuando junto a la pared y apretujado por aquellos cuerpos
lo prendieron. Y desde aquel momento, no se había desaseados, demasiado absorbido por el temor y los
llevado nada a la boca. dolores de vientre para interesarse en sus compañe­
Manteníase absolutamente inmóvil como era ros de prisión, mas no sin dejar de observar la pas­
posible estarlo en aquel banco tan estrecho, con sus mosa diferencia entre los presos políticos y los otros.
manos sobre las rodillas. Ya había aprendido a es­ Los presos políticos manteníanse callados y aterro­
tarse quieto: al menor movimiento vociferaba una rizados, pero a los delincuentes comunes no pare­
orden la telepantalla. Pero el gusanillo del hambre cía importárseles un bledo de nada: se desataban en
lo tenía loco. En eso recordó que en el bolsillo del soeces improperios contra los guardias, defendían a
mameluco guardaba unos mendrugos; a lo. mejor dentelladas sus efectos personales, escribían palabras
encontraba un regular pedazo de pan, pues de tiem­ obscenas sobre el piso, engullían cosas que sacaban
po en tiempo sentía un objeto duro que le rozaba la de entre sus ropas y hasta se enfrentaban airados a
pierna. Al fin, el hambre pudo más que el miedo y las telepantallas cuando estas trataban de poner or­
deslizó un mano en el bolsillo. den en la celda. También los guardias los trataban
-¡Smith! -tronó una voz por la telepantalla­ con algo más de consideración, llamándolos por su
¡6079, Smith W.! ¡Fuera la mano de los bolsillos en apodo y pasándoles cigarrillos por la mirilla de la
la celda! puerta. Comentaban entre ellos los campamentos
Volvió a quedarse inmóvil, con las manos sobre de trabajadores forzados adonde irían a parar to­
sus rodillas. Antes de ser llevado a aquel lugar lo dos ellos. En esos campamentos no se pasaba del
habían conducido a otro, que debió ser un presidio todo mal -según pudo colegir Winston- si uno
cualquiera, o tal vez un depósito de detenidos utili­ conocía las mañas para burlar las reglamentaciones
zado por las patrullas. No sabría decir cuánto tiem­ y tuviera la suerte de hacerse de buenas amistades;
po lo retuvieron en aquel sitio, tal vez hayan sido en ellos andaban sueltos el favoritismo, el soborno y
horas: sin reloj y privado de la luz del sol, no había toda la gama de la delincuencia, incluso el homose-

332 333
Gr:ORGE ÜRWELL 1984

xualismo y la prostitución, y hasta se escamoteaba -Ahora me siento mejor. En estos casos no hay
a los detenidos cierta bebida alcohólica a base de la que aguantarse. Es malo, mientras se lo tenga en el
destilación de patatas. Los cargos de responsabili­ estómago. ¡Afuera con ello!
dad correspondían siempre a los delincuentes comu­ · Parecía simpatizar con Winston aquella pobre
nes, con especialidad a pistoleros y asesinos, quienes mujer. A poco le echaba los brazos al cuello y sintió
formaban en el presidio una especie de aristocracia. Winston un tufo insoportable de cerveza y vómito.
En cambio, los más bajos menesteres estaban reser­ -¿Cómo te llamas, encanto? -preguntó la mujer.
vados a los presos políticos. -Smith -respondió Winston.
Sin cesar salían y entraban detenidos de las más -¿Smith? ¡Qyé casualidad! También yo me lla-
variadas raleas que imaginarse puede: traficantes de mo Smith. Podría ser tu madre -agregó en tono
drogas, asaltantes, ladrones, agiotistas del mercado sentimental.
negro, ebrios consuetudinarios y mujeres de mal vi­ Nada imposible sería que fuera su madre, pensó
vir. Entre los forcejeos de cuatro guardias introdu­ Winston, por su edad y por su físico. Veinte años
jeron a una enorme mujer, de pechos abultadísimos en un campo de concentración cambian mucho a las
y desgreñada cabellera blanca que lanzaba alaridos personas.
y se resistía a dentelladas y puntapiés., Irguiéndose Ninguno de los otros presos le dirigió la palabra.
cuan larga era, les espetó desafiante a los guardias: Lo curioso era que los delincuentes comunes pare­
-¡Hijos de tal por cual! cían eludir todo c_ontacto con los presos políticos.
Al advertir que se había sentado sobre las rodillas «Polits» los llamaban, no sin marcada indiferencia
de Winston, se dejó caer al suelo y dijo, al tiempo y pronunciado desdén. Los presos políticos daban
que se recostaba en la pared y entreabría los ojos: muestras de estar demasiado atemorizados para en­
-Perdona, hijo, no lo hubiera hecho de no ha- tablar conversación, y menos para hablar entre ellos.
berme empujado esos miserables. Sólo en un momento dado, cuando dos afiliados al
Y lu�go de darse unos golpes en el pecho, como Partido se sentaron uno al lado del otro cerca de
para recobrar el aliento, agregó: Winston, percibió este algunas palabras inteligibles
-Te; pido disculpas. Es que no me siento del que se referían a cierto «cuarto uno, cero, uno» cuyo
todo bien ... significado no alcanzó a comprender.
Y acto seguido, se puso a vomitar copiosamente Dos o tres horas llevaría en la celda donde se
sobre el piso. Ya más tranquila, pero sin abrir los encontraba ahora. Sin alivio continuaba el dolor de
ojos, prosiguió: vientre, a ratos mejorando y por momentos empeo-

334 335
1984
GEORGE ÜRlVELL

de la hoja de afeitar, si es que se la hacían lleg�r;


rando; al mismo ritmo dilatábanse y encogíanse sus más natural era aferrarse a la vida, anhelando diez
pensamientos. Al empeorar, sólo pensaba en el do­ minutos más de existencia terrenal, aun a sabiendas
lor fisico y en sus ganas de comer algo; al mejorar, de que el obligado final había de ser él mismo: tortu­
se apoderaba de él un miedo horrible. Momentos ras, vejámenes, padecimientos inauditos. No cesaba
había en que al presentir lo que le esperaba, sentía de preguntarse qué hora sería; por momentos se le
oprimírsele el corazón con angustia desoladora. Pa­ antojaba que era de día y, en otros, tenía la certeza
recíale sentir ya los cachiporrazos en los codos y los que sería noche. En aquel sitio, por supuesto, �an­
puntapiés asestados a la mandíbula con zapatones de tendrían las luces encendidas día y noche. Alh no
claveteada· puntera; se vio asimismo gateando por el existían las tinieblas y comprendía ahora por qué
suelo, suplicando misericordia a sus verdugos, mien­ O'Brien recogió al instante aquella alusión suya. El
tras le hacían saltar los dientes en pedazos a fuerza Ministerio del Amor no tenía ventanas; su celda po­
de golpes. De Julia apenas si se acordaba y, cuan­ día estar ubicada en el interior del edificio dando a
do lo hacía, era con sentimientos contradictorios: la la calle. Mentalmente trasladose de un lugar a otro
amaba y no la traicionaría jamás -aunque eso lo a ver si a través de alguna figurada sensación física
sabía como se sabe una regla de aritmética- y al llegaba a precisar su ubicación, sea en los pisos altos
rato, se decía que no, que no la quería Y. ni siquiera le del edificio o en las profundidades de sus sótanos.
preocupaba lo que había sido de ella. Con más fre­ Se oyeron pasos afuera. Abriose la pesada puerta
cuencia pensaba en O'Brien como postrer esperan­ de hierro con un chirrido de sus goznes. Con paso
za. O'Brien no podía ignorar que estaba preso. La ágil entró en la celda un joven oficial, elegantemen­
Hermandad, dijo en aquella ocasión, nunca intenta te enfundado en su uniforme negro, cuyo charolado
salvar a sus miembros. Pero quedaba lo de la hoja de talabarte despedía resplandores a la luz de las lám­
afeitar: no se olvidaría O'Brien de hacérsela llegar, paras, y cuyo rostro pálido y bien perfil�do pare�ía
siempre que le fuera posible. Tal vez contaría con una máscara de cera. Indicó a los guardias que in­
cinco segundos de tiempo para usarla antes de que trodujeran al preso. Y apareció el poeta Ampleforth,
los guardias pudieran irrumpir · en la celda. Claro dando traspiés. Volvió a cerrarse la puerta.
está que', la hoja mordería en sus carnes con un cor­ Ampleforth dio algunos pasos como pensa�do
te gélido y profundo, desgarrando los propios dedos que allí debía haber otra puerta por donde salir y,
que la empuñaran. Al sólo pensarlo, su abatido físico _
luego, se puso a medida celda a zancadas, sm ad­
se encogía de espanto ante la visión de aquel instante vertir la presencia de Winston. Sus ojos velados por
supremo. Acaso le faltara la decisión para hacer uso

337
336
UEORGE UR\\'Er.L 1984

la congoja estaban fijos en la pared como a un metro que � vocablo «Dios» figurara al final de un verso.
sobre la cabeza de Winston. Le habían despojado de ·No había otra cosa que hacer! -agregó clavando
sus zapatos; por los agujeros de sus calcetines le aso­ �us ojos en Winston-. Era imposible modificar
maban los dedos del pie. Una barba de ocho días le
· aquel verso. Usted sabe que en nuestro idioma _sólo
cubría la cara hasta los pómulos, dándole un aspecto
hay diez palabras que riman con «pos». Día y no­
de facineroso que no se compadecía con su físico ra­
che hurgué en mi cerebro para dar con ella, pero
quítico y nerviosos ademanes.
todo fue inútil.
Logró Winston sobreponerse en algo a su aletar­
Ya era otra la expresión dibujada en el rostro de
gado espíritu. Era preciso cambiar algunas palabras
Ampleforth; pareciera haber puesto a un lado su
con Ampleforth, a riesgo de provocar un alarido de
contrariedad para evidenciar un especie de compla­
la telepantalla. Q,ién sabe si el hombre no le traía la
cencia. A través de su mugrienta barba esbozó un
tan anhelada hoja de afeitar.
gesto de satisfacción intelectual, como la que expe­
-Ampleforth -dijo.
rimentaría un pedante al descubrir algo totalmente
Silencio en la telepantalla. Ampleforth se detuvo, desprovisto de toda trascendencia.
un tanto perplejo, volviendo los ojos lentamente en -¿Se ha detenido usted alguna vez a pensar -
dirección a Winston. dijo- que toda la evolución de la poesía inglesa está
-¡Smith! ¡También usted! -es tod9 manto ati­ influida por el hecho de ser nuestro idioma muy po­
nó a decir. bre en vocablos asonantes?
-¿Por qué le han traído aquí?
A la verdad, Winston no había caído jamás en
-A decir verdad ... -y se dejó caer pesadamente
ello como tampoco, dadas las circunstancias, se le
sobre el banco, trente a Winston-. A decir verdad...
antojaba cosa de interés o importancia.
no h ay sino una clase de delito ¿no es así?
-¿Sabe usted qué hora es? -dijo.
-¿Incurrió usted en él?
-Ni se me ha ocurrido romperme la cabeza tra-
-Por lo visto.
tando de calcularlo -respondió Ampleforth, otra
Y se oprimió las sienes con los dedos como tra­ vez asumiendo una postura de perplejidad-. Me
tando .de' hacer memoria para en seguida proseguir: detuvieron hace dos días, o quizás tres.
-¡Cosas que le pasan a uno! Sólo se me ocurre Recorrió con la vista las paredes de la celda como
un posible motivo. Sin duda, fue una indiscreción buscando una ventana. Luego dijo:
de mi parte. Nos ocupábamos en redactar una edi­ -En sitios como este lo mismo da que sea de día
ción definitiva de las poesías de Kipling. Permití o de noche. No veo la forma de saber la hora.

338
339
GEORGE ÜRWELL

Siguieron conversando por algunos minutos so­ lado a otro como quien no puede estarse quieto un
bro trivialidades hasta que un alarido de la telepan- · solo momento. Al dar cada paso se veía a las cla­
talla les ordenó guardar silencio. Amplerorth seguía ras que le temblaban las rodillas. Sus ojos miraban
sentado en los bordes del banco, tomándose una · muy abiertos y escrutadores como fijos en algo a la
rodilla y después otra con ambas manos. Otra vez distancia.
vociferó la telepantalla, ordenándole que se quedara -¡Delito de pensamiento! -respondió al cabo
quieto. Pasó el tiempo. Veinte minutos, una hora: de un rato, poco menos que sollozante. El tono de
imposible precisarlo. De nuevo se oyó un ruido de su voz dejaba traslucir un hondo arrepentimiento y
pasos qué se acercaban. Volvió a hacerse presente el el indecible horror que le producía el que tan luego
joven oficial. Señalando con un dedo a Ampleforth, él hubiese podido incurrir en tan horrendo pecado.
mandó a sus hombres: Se paró frente a Winston y prosiguió con términos
-.Cuarto 101. vehementes:
Y salió Ampleforth, entre dos guardias, arras­ -Tú no crees que me pegarán un tiro ¿verdad?
trando sus pies. Nuevamente volvía Winston a sen­ No suelen proceder así con quienes no han hecho
tir aquel maldito dolor de vientre. Su pensamiento más que pensar, lo que no siempre se puede reme­
rondaba incansable en torno de lo mismo, como un diar. Sé que son justos. En cuanto a eso, no tengo
trompo que no cesa de girar alrededor de su eje. So­ la menor duda. Y no ignorarán mis antecedentes.
lamente pensaba en seis cosas: su dolor de vientre, Tú sabes la clase de hombre que soy. No se puede
un pedazo de pan, los aullidos de dolor, O'Brien, llamarme malo; claro que tampoco inteligente, pero
Julia y la hoja de afeitar. Sintió otro retortijón en las entusiasta, eso sí. En todo momento he procurado
tripas. Y otra vez, pasos afuera. Al abrirse la puerta servir al Partido con la mejor buena voluntad ¿no te
se coló por dentro un insoportable tufo a traspira­ parece? Me condenarán a cinco años, seguramente;
ción: y entró Parsons en la celda. Llevaba puesto un ¿qué dices tú? Un sujeto como yo puede ser muy útil
pantalón corto caqui y una camisa deportiva. en un campo de concentración. No me van a pegar
La sorpresa de Winston le hizo olvidar por un un tiro por el primer desliz.
momento sus penas. -¿Es usted culpable? -inquirió Winston.
-¿ Usted aquí? -dijo. -Claro que soy culpable -vociferó Parsons con
Parsons le dirigió una mirada, no de interés o una mirada de servilismo en dirección a la telepan­
de asombro, sino de profunda conmiseración por talla-· ¿Acaso el Partido procedería a detener a un
sí mismo. Seguidamente se puso a caminar de un inocente?

340 341
GEORGE ÜRWELL 1984

Su cara de sapo adquirió una expresión más sere­ Winston se cubrió la cara con las manos y al pun­
na y basta se perfiló en ella un asomo de santimonía, to tronó la telepantalla: «¡Smith! ¡6069 Smith W.!
prosiguiendo: Prohibido· taparse la cara. »
-El delito de pensamiento es cosa grave, mi Bajó Winston las manos. Hizo Parsons lo que se
querido amigo. Y muy traicionero. Se le echa a uno propuso hacer y al punto invadió la celda un hedor
encima cuando menos se espera. ¿Sabes cómo caí en insoportable que tardó horas en disiparse.
él? Pues en sueños. Yo, un leal servidor del Partido, Se lf fllevaron a Parsons. Más presos fueron traídos
llevaba dentro la ponzoña, sin sospecharlo siquiera. y vueltos a llevar. Una mujer fue destinada al «cuarto
Y hablé en sueños. ¿Sabes lo que oyeron que dije? 101 » y no dejó Winston de observar que la infeliz se
Y bajó la voz como quién, por razones de tera­ puso lívida -de terror al sólo oírlo. Llegó un momento
péutica, se ve obligado a proferir una obscenidad. en que si había sido de mañana cuando prendieron a
-¡Abajo el Gran Hermano! Sí, señor, eso llegué Winston, ahora debía ser de tarde, y si fue de tarde,
a decir. Confidencialmente, viejo, me alegro de que tenía que ser de noche. Frente a Winston sentábase
me h ayan detenido antes de incurrir en cosas peo­ un hombre sin barbilla, pues la cara se le juntaba con
res. ¿Sabes lo" que les voy a decir cuando me lleven el tronco y con unos dientes protuberantes como los
ante el tribunal? Les voy a decir: «Gracias, muchas de uno de esos grandes e inofensivos roedores: tan­
gracias, por haberme salvado antes de que fuera de­ tos pliegues de sotabarba le colgaban por debajo del
masiado tarde». mentón que era como para sospechar que allí llevara
-¿Qyién lo delató? -dijo Winston. oculta una reserva de alimentos. Sus ojos pardos iban
-Mi hijita -respondió Parsons con una especie de uno a otro lado de los presentes para desviarlos al
de lacerado orgullo-. Estaba escuchando por el ojo instante en cuanto alguien le sostenía la mirada.
de la cerradura: oyó lo que dije y al día siguiente dio Volviose a abrir la puerta para introducir a otro
parte a la patrulla. No está mal para una chiquilla preso, cuyo aspecto le dejó a Winston helado de es­
de siete años ¿eh? Y no crea que por eso le guar­ panto. Era un hombrecillo insignificante y vulgar,
dar rencor. Al contrario, me siento orgulloso de ella. acaso un ingeniero o un técnico de alguna espe­
Demuestra que, por lo menos, la he sabido educar. cialidad. Pero lo espeluznante de su aspecto era la
Siguió caminando de un lado a otro, echando de extremada delgadez del rostro, como si fuese una
vez en cuando un vistazo al retrete. De repente se calavera: su boca y sus ojos eran desmesuradamente
bajó los pantalones y dijo: grandes y eri su mirada resplandecían destellos de un
-¡Smith! Perdona, pero ya no lo aguanto más. odio homicida, implacable, por alguien o por algo.

342 343

,.
GEORGE ÜRWELL 1984

Sentose aquel hombre a cierta distancia de Wins­ seco se abrió la puerta. Al entrar el joven oficial se
ton, quien se abstuvo de mirarlo, pero sin poder . hizo a un lado para dar paso a un guardia rechon­
apartar de su mente su rostro cadavérico, pues se le cho de hombros y brazos gigantescos. Tomó este
antojaba tenerlo ante sus ojos en todo momento. De · posición frente al hombre de la triple papada y, a
pronto cayó en la cuenta: aquel hombrecillo se estaba una señal de su superior, propinó a aquél con todas
muriendo de hambre. Igual cosa parecieron pensar sus fuerzas un feroz puñetazo en plena boca. Le­
a un mismo tiempo todos los demás presos, pues se vantado en vilo, su cuerpo proyectado con fuerza
observó entre ellos un revuelo, apenas perceptible, de fue a dar contra la base del inodoro. Por un instante
estremecido horror. El hombre sin barbilla miraba al se quedó como privado de conocimiento, mientras
de aspecto cadavérico para desviar al instante sus ojos, le manaba la sangre de la boca y de la nariz; como
como reconociéndose en cierto modo culpable de su inconscientemente, dejó escapar lo que pareció un
actual estado; pero en seguida tornaba a mirarlo. Al gemido, o más bien, un chillido Luego, a duras pe­
rato dio señales de pronunciada inquietud y, trasta­ nas, se puso en cuatro patas y de su boca saltó en
billando, se llegó hasta el de rostro de calavera para dos pedazos una dentadura postiza.
sacar de su bolsillo un pedazo de pan y ofrecérselo Muy quietos seguían los demás presos, con las
como una parcial remisión de sus pecados. manos en las rodillas. El hombre sin barbilla vol­
Al momento se dejó oír una voz tonante y agria vió tambaleante a su asiento. Un lado de su cara iba
por la telepantalla. El hombre sin barbilla volvió so- cobrando un tinte rojo oscuro: su rostro no era sino
bre sus pasos, pero ya el hambriento había colocado una masa amorfa y sanguinolenta, con una negra
sus manos a la espalda, como queriendo dar a en­ cavidad en el sitio donde tenía la boca. Goteábale
tender que en ningún momento estuvo en su ánimo la sangre sobre el pecho de su mameluco. Sus ojos
aceptar aquella dádiva. pardos seguían posándose en unos y en otros, como
-¡Bumstead! -rugió la telepantalla- ¡2713, admitiendo su culpa con un arrepentimiento cada
BumsteadJ.! ¡Suelte ese pedazo de pan! vez más intenso y como si tratara de indagar has­
El hombre sin barbilla hizo lo que se le ordenaba ta dónde le despreciaban los presentes por haberse
y prosiguió la telepantalla: prestado a ser víctima de un vejamen.
-O!iédese parado donde está. Dando frente a la Se abrió la puerta.
puerta. No se mueva. Con un ademán señaló el oficial al de faz cada­
Obedeció el hombre sin chistar. Sus facciones vérica, diciendo:
fofas temblaban sin poder remediarlo. De un golpe -Cuarto 101.

344 345

,..
GEORGE ÜRWELL
1984

Tras una exclamación de horror, el infeliz se pos­ Lo señaló con el dedo, vociferando:
tró de hinojos y con las manos juntas se puso a im­ -A ese es a quien deben llevarse y no a mí. Us­
plorar misericordia: tedes no han oído lo que dijo al recibir el puñetazo.
-¡Camarada oficial! ¡No tiene por qué llevarme · Estaría descompuesta la telepantalla. Pero yo estoy
a ese lugar! ¿No he declarado ya todo cuanto sé? No dispuesto a repetirlo palabra por palabra. Ese es el
hay nada, absolutamente nada, que no esté dispuesto enemigo del Partido y no yo. Ustedes no saben lo
a confesar. Díganme lo que quieren saber y lo confe­ que dijo. A ese es a quien tienen que llevarse. ¡Llé­
saré al instante. Escríbanlo y firmaré cualquier cosa. venlo a él y no a mí!
¡Cualquier cosa, lo oyen! ¡Pero al cuarto 101! ¡No, -Cuarto 101 -dijo el oficial.
por favor, no! Disponíanse dos guardias a tomarlo por los
-Cuarto 101 -volvió a decir el oficial. brazos cuando el hombre, arrojándose al suelo, se
El rostro de aquel hombre; de suyo lívido, adqui­ aferró con ambas manos a las patas de hierro del
rió una coloración que Winston jamás hubiese creí­ banco, al tiempo que lanzaba un alarido como un
do posible llegar a ver en la cara de un ser humano: animal salvaje alcanzado por una flecha. Trataron
se puso verde, inconfundiblemente verde. los guardias de hacerle soltar, pero el infeliz seguía
-¡Hagan lo que quieran de mí! -gritó-. Se­ aferrado con prodigiosa energía. Cesaron los ala­
manas hace que me vienen matando, de hambre. ridos: al hombre no le quedaban ya otras fuerzas
Acaben de una vez y déjenme morir. Péguenme un que las indispensables para no soltar las patas del
tiro. Cuélguenme de la horca. Mándenme a presidio banco. En eso lanzó un grito que en nada se pare­
por veinticinco años. ¿Qgieren que delate a alguien cía a los anteriores: uno de los guardias acababa de
más? Pues digan a quién y les diré todo cuanto quie­ quebrarle de un puntapié los dedos de una mano.
ran saber. No me importa quién sea o lo que hagan Lo levantaron desfallecido.
con él. Tengo mujer y tres hijos, el mayor de ellos -Cuarto 101 -dijo el oficial.
apenas de seis años. Pueden prenderlos a todos y de­ . Transcurrió un tiempo largo. Si fue medianoche
gollarlo� ante mis ojos sin que yo pestañee siquiera. cuando se llevaron al de semblante cadavérico, sería
¡Pero al �uarto 101 no, por piedad, no! ahora de mañana; si fue de mañana, era de tarde.
-Cuarto 101 -dijo el oficial. Hacía rato que Winston estaba solo en la celda. Tan
Miró el infeliz desesperado en derredor, como insoportable se le hizo el estarse siempre sentado
cavilando a quién poner en su lugar: sus ojos se fija­ que levantábase de vez· en cuando para dar algunos
ron en el hombre sin barbilla. pasos por la celda, sin que la telepantalla se diera

346 347
GEORGE ÜRWELL
1984

por enterada. Todavía estaba el pedazo. de pan don­


de lo había dejado caer el hombre sin barbilla. Al mente posible desear, por el móvil que fuere, una
principio mucho le costó apartar sus ojos de aquel mayor inte.nsidad? A ese interrogante no se hallaba
pedazo de pan, pero ahora el hambre había cedido aún Winston en condiciones de dar una respuesta
lugar a la sed. Sentía la boca amarga y pastosa. El terminante.
zumbido de los ventiladores y la luz blanca tenían Otra vez los pasos y la puerta que se abre. Y fue
un efecto adormecedor y Winston advirtió que se le O'Brien quien entró en la celda. Winston se puso
hacía un vacío en la cabeza. Se levantaba porque le de pie de un brinco. El estupor le hizo perder todo
resultaba imposible seguir soportando el dolor en los sentido de discreción: por vez primera en su vida no
huesos, pero al instante volvía a sentarse, porque el tuvo en cuenta a la telepantalla.
tenerse de pie le producía mareos. En cuanto lograba -¡También ha caído usted! -dijo en alta voz.
dominar sus sensaciones fisicas, volvía a invadirlo el -Hace ya tiempo que yo he caído -respondió
terror. A ratos, como una esperanza que iba desva­ O'Brien con un acento de lánguida y pesarosa ironía.
neciéndose por momentos, ponía sus pensamientos Luego se hizo a un lado para dejar entrar a un
en O'Brien y en la hoja de afeitar. Era muy posible gigantesco guardia empuñando una larga y negra
que le hicieran llegar la hojita oculta en la comida, si cachiporra.
es que alguna vez le daban de comer. En forma más -Usted lo sabía, Winston -dijo O'Brien-. No
nebulosa recordaba también a Julia: en alguna parte trate de llamarse a engaño. Usted lo sabía, lo supo
estaría ella padeciendo acaso más que él. En ese pre­ siempre.
ciso instante tal vez estuviera profiriendo gritos de Es verdad: ahora se hacía cargo de que lo había
dolor. Se dijo: «Si en mis manos estuviese ahorrarle sabido siempre. Pero no era ese el momento propicio
a Julia sus padecimientos duplicando los míos: ¿sería para recapacitar sobre cosas pasadas. Sólo veía la ca­
capaz de hacerlo?». Mas sólo se trataba de una deci­ chiporra en la mano de aquel guardia. En cualquier
sión teórica, adoptada por no quedarle otro remedio.· momento caería quién sabe sobre qué parte de su
Pero en el fondo, pensaba otra cosa: y es que, puesto cuerpo: en la cara, en el brazo, en el codo...
en el lugar de Winston, no se perciben sino los do­ ¡En el codo ... ! Trastabillando, cayó Winston de
lores físii:os, tanto los del momento como aquellos rodillas, paralizado de dolor y sosteniéndose el codo
que se anticipan como seguros en un futuro cercano. con la otra mano. Todo pareció disiparse entre los.
Además, en el momento de pasar por esos dolores espesos vapores de una-bruma amarillenta. ¡Incon­
y de experimentarlos en carne propia: ¿es humana- cebible, inconcebible, que un solo golpe pudiera
causar tanto dolor! Disipo.se la bruma y pudo ver a

348
349
GEORGE ÜRWELL 1984

aquellos dos hombres que le miraban sin decir pala­ hubiese subido a la superficie desde un universo su­
bra. Al guardia le hacían mucha gracia sus convul­ mido en aguas muy profundas. Cuánto tiempo lle­
siones. Pero ahora, a lo menos, tenía una respuesta ·vaba en aquel sitio le habría sido imposible precisar.
a su interrogante de momentos antes: por nada del Desde que lo prendieron no había vuelto a ver la luz
mundo puede nadie desear que vayan en aumento del día ni tampoco la oscuridad. Por lo demás, sus
sus dolores físicos. Cuando del dolor físico se trata, recuerdos estaban plagados de lagunas: en determi­
sólo una cosa es posible pedir y es que pase pronto. nados momentos tenía conciencia de todo, aunque
Nada hay sobre la tierra más atroz que un dolor físi­ fuera la conciencia propia del que 'duerme, pero de
co. Ante esa clase de dolor no hay héroes, no puede pronto se interrumpía esa momentánea lucidez para
haberlos, pensó Winston una y otra vez, mientras se dar lugar al vacío más absoluto. Si esas interrupcio­
revolcaba en el suelo, apretándose el brazo izquierdo nes se prolongaban durante semanas, o duraban tan
inutilizado de dolor. sólo unos minutos, no había forma de saberlo.
La pesadilla empezó con aquel primer golpe que
le atizaron en el codo. Más tarde había de compren­
der que lo sucedido hasta allí no era sino el prólogo
de lo que vendría después, es decir, un interrogatorio
II de pura fórmula a que eran sometidos todos los pre­
sos Había una serie de delitos -espionaje, sabotaje,
Se encontró Winston echado sobre lo que parecía etc.- que todos debían confesar como cosa esta­
ser un catre de campaña, pero a considerable altura blecida. Pero si las confesiones eran meras forma­
del suelo, y sujeto a él de modo a imposibilitarle todo lidades, las torturas estaban lejos de serlo. Cuántas
movimiento. Una luz muy intensa le daba de lleno veces lo golpearon y por cuánto tiempo cada vez, no
en la cara. Junto a él vio a O'Brien de pie y obser­ hubiera podido decirlo. Junto a él vio siempre a cinco
vándolo. con atención. Al otro lado del catre había o seis sujetos uniformados de negro. Por momentos
un hombre de blusa blanca con una jeringa hipodér­ lo golpeaban con los puños, luego con cachiporras,
mica en la mano. en seguida con varillas de hierro y, a veces, a pun­
Aun después de abrir los ojos, le llevó cierto tapiés; a ratos, se arrastraba por el suelo como un
tiempo darse cuenta del ambiente en que se encon­ animal herido, rodando para uno y otro lado en un
traba. Tenía la impresión de haber llegado hasta allí vano empeño por esquivar los golpes, con lo cual
como procedente de un mundo distinto, como quien no conseguía sino provocar una nueva tanda, en las

350 351
GEORGE ÜRWELL 1984

costillas, en el vientre, en los testículos, en la región displicentes, vistiendo blusas blancas, que le toma­
lumbar. Hubo instantes en que fueron tan horri­ ban el pulso y le miraban el iris de los ojos, dándole
bles sus padecimientos que lo peor no era ya que los luego inyecciones que le hacían dormir.
guardias siguieran apaleándolo, sino su imposibili­ Disminuyó la frecuencia de los apaleamientos,
dad material de perder el conocimiento. Y a ratos le dejándole en el suspenso de una espantosa amenaza
abandonaban las fuerzas morales hasta el extremo cernida sobre él si sus declaraciones no eran acep­
de suplicar piedad antes de que tuvieran tiempo de tadas como satisfactorias. Los interrogatorios que
comenzar de nuevo con él, momentos en que la sola siguieron no estaban ya a cargo de aquellos forajidos
. visión de un puño cerrado en actitud de golpearle la de negro uniforme, sino de intelectuales del Partido,
cara era suficiente para hacerle confesar delitos rea­ unos personajillos de ademanes ágiles y centellean­
les e imaginarios. A veces, resolvíase en sus adentros tes espejuelos, que se turnaban en atormentarle diez
a no declarar una palabra y, entonces, se la arranca­ o doce horas seguidas, según creía, aunque acaso
ban una a una entre gritos de dolor; otras, trataba fuesen más. Los demás inquisidores se encárgaban
de transigir consigo mismo diciéndose: «Confesaré, de que en ningún momento le faltara el dolor físico,
pero no ahora; me mantendré firme hasta que el do­ aunque este hubiese sido relegado por el momento a
lor se haga insoportable». En ocasiones lo apaleaban segundo plano: le atizaban cachetadas, le tiraban de
basta no poder tenerse en pie para luego arrojarlo una oreja o de los cabellos, hacíanle sostenerse en un
exánime sobre el piso de piedra de su celda, donde pie; no le permitían ir al lavabo, o le enfocaban en
lo dejaban algunas horas para volver más tarde, y los ojos con una luz tan intensa que las lágrimas le
llevárselo de nuevo y comenzar otro martirio. Tam­ saltaban a raudales; pero el objetivo de todo eso no
bién le concedían algunos momentos de descanso era sino vejarlo y quebrar su espíritu de seguir dis­
para que recobrara sus fuerzas: de esas treguas no cutiendo y razonando. La verdadera tortura residía
guardaba sino recuerdos vagos, pues las pasaba dur­ en un interrogatorio implacable que se prolongaba
miendo p sumido en un profundo sopor. Recordaba por espacio de horas enteras, haciéndole incurrir en
cierta ceida con un camastro de tablas, una especie contradicciones, desconcertándolo con estratage­
de anaquel embutido en la pared, una palangana de mas, tergiversando sus dichos y enrostrándole fal­
latón y la comida consistente en un plato de sopa, sedades, hasta que se echaba a llorar como un niño,
pan y, a veces, café. Recordaba igualmente a un pe­ tanto de vergüenza como por reconocerse vencido
luquero de siniestro aspecto que venía a afeitarle y a por un agotamiento nervioso que le restaba toda
cortarle el cabello; y a unos sujetos muy estirados y energía para seguir resistiendo. A veces, se deshacía

352 353
1984
GEORGE ÜRWELL

en llanto hasta diez veces consecutivas en el curso de todo cuanto querían y complicar a todo el mundo
un mismo interrogatorio. La mayor parte del tiempo en ello. Además, en cierto sentido, sus declaraciones
lo cubrían de insultos, amenazándole con volverlo eran, en el' fondo, expresión de la verdad, pues fue
a entregar a los guardias; pero a ratos, cambiaban un adversario del Partido y, a los ojos del Partido,
de táctica en forma inesperada para apelar a sus no existía distingo alguno entre el pensamiento y la
sentimientos íntimos en nombre del INGSOC y del acción.
Gran Hermano y preguntarle si, a esa altura, no le También recordaba otros incidentes que se per­
quedaba un ápice de lealtad para con el Partido que filaban en su memoria en forma incoherente, como
pudiera redimirlo de todo el mal que había hecho. cuadros enmarcados en tinieblas.
Cuando tras horas de ser interrogado, quedaba con Viose en una celda que podía haber estado a
los nervios hechos pedazos, aun aquel llamado a su oscuras o iluminada, pero todo cuanto distinguía
fidelidad partidaria era suficiente para que rompiera era un par de ojos. Cerca de él, una especie de ins­
a llorar a lágrima viva. Ya todo su ser no era sino trumento dejaba oír un lento y acompasado tictac.
una boca que hablaba y una mano que firmaba. Su Agrandáronse aquellos ojos hasta volverse fosfores­
único afán era anticiparse a las preguntas y confesar centes; de pronto Winston se abalanzó sobre ellos y
sin pérdida de tiempo para así eludir nuevos interro­ fue devorado por aquellos ojos.
gatorios. Confesó haber asesinado a varios encum­ Estaba amarrado a un asiento en medio de una
brados personajes del Partido; se acusó de distribuir multitud de esferas luminosas como relojes. Un
folletos subversivos, malversar fondos públicos, ven­ hombre de chaqueta blanca examinaba una de esas
der secretos militares y cometer actos de sabotaje. esferas. Se oyeron pasos. Abriose la puerta y entró el
Declaró haber sido agente del gobierno eurasiano joven oficial de la máscara de cera, seguido de dos
allá por el. año 1960; que era un creyente, un ad­ guardias.
mirador del capitalismo y un pervertido sexual; que -Cuarto 101 -dijo el oficial.
había asesinado a su esposa, aunque él sabía y no lo El hombre de la chaqueta blanca, de espaldas a
. Winston, no separaba sus ojos de la esfera luminosa.
podían ignorar sus torturadores, que su mujer vivía
todavía. También confesó haber mantenido contacto Seguidamente se vio Winston rodando por una
personal con Goldstein y ser miembro de una or­ larguísima galería de más de un kilómetro de largo
ganización clandestina en cuyas filas hizo figurar a y profusamente ilumina�a; iba riendo a carcajadas y
cuantas personas había conocido en su vida. Era ese confesando sus culpas a voces. Se acusaba de todo,
un modo de simplificar el procedimiento: confesar aun de aquello que no habían podido arrancarle a

354 355
GEORGE ÜRWELL 1984

fuerza de tormentos. Iba relatando toda la historia O'Brien, pero sí de que era la misma, que siete años
de su vida a un auditorio que ya la conocía; junto a él antes le había dicho en sueños: «Nos encontraremos
estaban los guardias, los sujetos de blanca chaqueta, donde no existan las tinieblas».
O'Brien, Julia, el señor Charrington, todos rodando No tenía memoria de que alguna vez hubiesen
por la galería y riendo a mandíbula batiente. Cierto tenido solución de continuidad los interrogatorios.
horror que existía incrustado en el futuro acababa Un momento hubo de impenetrable oscuridad y,
de ser pasado por alto, sin haber tenido principio de luego, la celda o aposento donde se encontraba fue
ejecución. Todo iba saliendo a pedir de boca; habían cobrando materialidad. Hallábase tendido de es­
terminado los tormentos físicos; su vida entera, has­ paldas e imposibilitado de hacer movimiento al­
ta en sus más ínfimos detalles, yacía desnuda, com­ guno. Tenía el cuerpo amarrado en varios sitios.
prendida y perdonada. Hasta la cabeza la tenía sujeta. Sobre él inclinábase
Ya en aquel camastro de tablas, tuvo la cuasi certe­ O'Brien con una expresión un tanto melancólica
za de haber oído la voz de O'Brien. A través de todos en su fisonomía que, vista desde abajo, parecía des­
los interrogatorios, aun sin verlo, tuvo la sensación encajada y brutal, con abultados bolsones debajo
de que O'Brien se mantenía todo el tiempo cerca de de los párpados inferiores y profundas arrugas que
él. Era él quien lo dirigía todo: fue él quien ordenó iban de la nariz a la comisura de los labios. Era más
a los guardias que se arrojaran sobre Winston para, viejo de lo que Winston había sospechado: andaría
a renglón seguido, intervenir y evitar que allí mismo por los cuarenta y ocho o cincu�nta años. Al alcan­
pusieran fin a su vida; era él quien decidía cuándo ce de su mano había una de aquellas esferas, con
Winston debía gritar, cuándo había de concedérsele una manija en la parte. superior y números marca­
un respiro, cuándo debía dormir y cuándo aplicarle dos sobre el cuadrante.
una inyección. O'Brien era el torturador, protector, -Se lo dije, Winston, que si volvíamos a encon­
inquisidor y amigo, todo a un mismo tiempo. Y en trarnos, sería aquí.
cierta ocasión -no recordaba Winston si fue en sue­ -Sí -respondió Winston.
ños, o estando dormido a fuerza de drogas- una voz Sin que nada lo hiciera sospechar, excepto un
le murmuró al oído: «No se aflija, Winston, que aquí movimiento casi imperceptible de O'Brien, sintió
estoy para velar sobre usted. Durante siete años le Winston que un dolor lacerante, desgarrador, inau­
he venido observando. Ahora ha llegado el momento dito se apoderaba de todo su cuerpo. Lo horroroso
decisivo. Yo le salvaré para hacer de usted un hombre era que no podía ver lo que estaba sucediendo y pa­
perfecto». No estaba seguro si aquella voz fue la de reciole que le estaban ocasionando lesiones mortales.

356 357
1984
GEORGE ÜRWELL

Ignoraba si así era de verdad o fuera tan sólo efecto estancia. Al retomar la palabra, lo hizo en un tono
de algún aparato cargado de electricidad, pero su fí­ afable y de condescendencia. Asumió la postura de
sico estaba siendo deformado poco a poco y las co­ un médico; de un profesor, e inc,1usive de un sacer­
yunturas se le iban quebrando por momentos. Tenía dote, interesado en razonar y convencer, antes que
la frente bañada de sudor, pero lo más espantoso era en castigar.
el terror instintivo de que le estaban quebrando la -Me estoy tomando este trabajó con usted,
columna vertebral. Apretó los dientes y respiró con Winston -dijo- porque vale la pena. Usted sabe
fuerza por la nariz, procurando no exhalar una queja perfectamente lo que le pasa: hace años viene sa­
mientras le fuera posible. biéndolo, por mucho que se esforzara en no admitir­
-Está usted muerto de miedo -dijo O'Brien, lo. Tiene usted una memoria defectuosa. No puede
mirándole fijamente- porque sospecha que en recordar realidades y, en cambio, se empeña en hacer
cualquier momento algo se le va a partir en dos. memoria de cosas que nunca sucedieron. Su men­
Piensa en su espina dorsal y está viendo la medula talidad está desequilibrada. Por fortuna, su mal es
chorreando de su espinazo roto. En eso está usted curable. Usted no se ha curado a sí mismo por falta
pensando ¿verdad, Winston? de voluntad. Hubiera bastado un pequeño esfuerzo,
Winston no dijo una palabra. O'Brien hizo girar pero usted no estaba dispuesto a tentarlo. Aun en los
la manija y desapareció todo dolor casi'tan instantá­ actuales instantes, no lo ignoro, sigue aferrado a ese
neamente como había comenzado. mal, convencido de que con· ello practica una virtud.
-Cuarenta marcaba el aparato -dijo O'Brien-. Veamos un ejemplo. En el presente: ¿con qué país
Como usted puede ver, la graduación llega hasta está en guerra Oceanía?
ciento. Tenga usted presente, mientras conversamos, -Cuando me detuvieron estaba en guerra con
que bastará una simple presión de mi mano para Estasia.
hacerle padecer por el tiempo que yo estime conve­ -Con Estasia. Muy bien. Y Oceanía estuvo
niente. , Si trata usted de ocultar la verdad ' irn;urrir siempre en guerra con Estasia ¿no es así?
'
Iba Winston a contestar, pero se contuvo; no po­
'

en una mentira deliberada, o responder en términos


que no �stén al nivel de su inteligencia, al punto se le día quitar los ojos de aquella esfera luminosa.
escapará un grito de dolor. ¿Comprendido? -La verdad, Winston, su verdad. Dígame lo que
-Comprendido -dijo Winston. cree recordar.
Tornose O'Brien un tanto menos hosco. Luego -Recuerdo que hasta hace una semana antes de
de reajustarse los anteojos, dio algunos pasos por la ser detenido, no estábamos en guerra con Estasia,

358 359
GEORGE ÜRWELL
1984

sino que era nuestra aliada. El enemigo era Eurasia. de la esfera. Todo cuanto anhelaba era volver a tener
Antes de eso... aquella fotografía en sus manos, o tan sólo mirarla
.Lo interrumpió O'Brien con un ademán para de­ unos instantes.
cirle: -¡Existe! -exclamó gozoso.
-Otro ejemplo: hace algunos años fue usted víc­ -No, no existe -dijo O'Brien, quien cruzó la
tima de una alucinación: se le metió en la cabeza habitación hasta un buzón de la memoria .que había
que tres sujetos, ex miembros del Partido, llamados en una de las paredes y, levantando la rejilla, arrojó
Jones, Aaronson y Rutherford, sujetos que fueron el papel a la voracidad de los hornos incineradores.
ejecutados por traidores y saboteadores, luego de Hecho lo cual, se volvió para decir:
confesar ampliamente, no eran culpables de los de­ -¡Cenizas! Cenizas que ni siquiera pueden
litos de que se les acusaba. Le pareció a usted haber identificarse. Polvo. Ya no existe ese papel. Y nunca
tenido en sus manos una prueba documental incon­ ha existido.
trovertible de que las confesiones de aquellos suje­ -¡Sí que existió! ¡Y continúa existiendo en mi
tos fueron fraguadas. Fue una fotografía acerca de memoria! Lo recuerdo. Y también usted lo recuerda.
la cual padeció usted una alucinación. Incluso creyó -Yo no recuerdo nada -dijo O'Brien.
haberla tenido en sus manos alguna vez. ¿Era esta la · A Winston se le cayó el alma a los pies. Eso era
' ·
fotografía? doblepensar. Le invadió una sensación de mortal im­
Y O'Brien le enseñaba un pedazo de diario. No potencia. Si estuviera convencido .de que O'Brien
más de cinco segundos estuvo al alcance de los ojos estaba mintiendo, lo sucedido no tendría mayor
de Winston, pero lo suficiente para reconocerlo sin importancia, pero era perfectamente factible que
lugar a dudas: era la fotografía aquella de Jones, Aa­ hubiese olvidado de verdad; en ese caso, olvidaría
ronson y Rutherford, tomada en ocasión de cierto asimismo haber negado recordarlo y el propio hecho
congreso partidario reunido en Nueva York, y que de olvidarlo. ¿Cómo saber que no se trataba de un_a
Winston había encontrado por casualidad hacía simple superchería? Acaso fuera posible, después de
once años para destruirla al instante. O!ie en aquella todo, llegar a un absurdo dislocamiento de la menta­
ocasión la tuvo en sus manos no cabía ni el asomo de lidad, cuya sola idea anonadaba a Winston.
una duda. Hizo un desesperado esfuerzo por mover O'Brien no apartaba de él sus ojos como querien­
la parte superior de su cuerpo, pero imposible hacer­ do penetrar en sus pens'!-mientos. Más que nunca te­
lo, ni siquiera un centímetro en la dirección que fue­ nía el aspecto de un maestro que se toma penas con
re. En ese instante ni se acordaba ya de la existencia un discípulo lerdo, pero voluntarioso.

360
361
,..
GEORGE ÜRWELL 1984

-Hay un estribillo del Partido que se relaciona constancias escritas y sobre la memoria de los hom­
con el dominio del pasado. Repítalo, por favor -dijo. bres. Por consiguiente, también dominamos sobre el
-Qi,ien domina el pasado, fiscaliza el futuro; p¡isado ¿no es así?
quien es dueño del presente, domina sobre el pasado -Pero ¿cómo pueden ustedes impedir que los
-repitió Winston, sumiso. hombres recuerden cosas? -exclamó Winston, ol­
-Qi,ien es dueño del presente, domina sobre el vidándose por un momento de la esfera-. Lo que
pasado -dijo O'Brien, asintiendo con la cabeza-. se recuerda es espontáneo, algo que se escapa a la
¿Cree usted, Winston, que el pasado tiene existencia voluntad. ¿Cómo es posible que ustedes dominen
real? sobre la memoria del hombre? ¿Acaso han domina­
Otra vez la sensación de impotencia volvió a ha­ do la mía?
cer presa en Winston. Se fijó en la esfera luminosa. Volvió O'Brien a asumir una expresión de severi­
No solamente ignoraba si con la afirmativa o la ne­ dad y puso la mano en la manija de la esfera.
gativa se salvaría del tormento, sino que ni siquiera -Por el contrario -dijo- es usted el que no
sabía cuál había de ser la respuesta. ha logrado imponerse a su propia memoria. Por eso
Esbozando una sonrisa, dijo O'Brien: está aquí. Está aquí porque no ha querido someterse
-La metafísica no es su fuerte, Winston. Nun­ ni disciplinarse. Se ha resistido a hacer un acto de
ca meditó usted sobre el verdadero significado de la vasallaje, que es el precio de la lucidez. Prefirió ser
existencia. A ver si logro hacerme entender, formu­ un demente, la minoría de uno. Y solamente los en­
lando la pregunta en términos más precisos: ¿Existe tendimientos disciplinados son capaces de discernir
en algún lugar un mundo de objetos corpóreos don­ la realidad, Winston. Usted cree que la realidad es
de el pasado sigue desarrollándose? algo objetivo, substancial, con vida propia y dere­
-No. chos también propios. Y cree también que la natu­
-·Entonces: ¿dónde existe ese pasado, si es que raleza de lo real se revela por sí mismo.. Cuando se
existe? '. engaña a si propio creyendo haber visto algo, supone
-En los documentos, en las constancias escritas. que todos los demás lo ven del mismo modo. Pero yo
-El\ los documentos; y ¿dónde más? le digo a usted, Winston, que la realidad carece de
-En. el entendimiento, en la memoria de los existencia corpórea. La realidad no existe sino en el
hombres. entendimiento humano y nada más que allí; pero no
-En la memoria. Perfectamente. Pero nosotros, en el entendimiento individual, falible y perecedero,
el Partido, ejercemos el dominio sobre todas las sino en el del Partido, en un entendimiento colectivo

362 363
GEORGE ÜRWELL 1984

y, por lo tanto, inmortal. Lo que el Partido afirma, -¿Cuántos dedos, Winston?


eso es la verdad. No es posible advertir la realidad -Cuatro.
sino examinándola a través del Partido. Esa es la en­ Sesenta marcaba la aguja. Y prosiguió O'Brien
señanza que usted tiene que asimilar, Winston. Para implacable:
conseguirlo se requiere un acto de autosupresión y -¿Cuántos dedos, Winston?
un esfuerzo de voluntad. Tiene usted que humillarse -¡Cuatro! ¡Cuatro! ¿Qiié otra cosa puedo decir?
antes de poder recobrar la razón. ¡Cuatro!
Hizo O'Brien una pausa, como para que sus pa­ Otra vez debió haber ascendido la aguja, pero
labras hallaran debido eco y luego prosiguió: Winston mantuvo los ojos apartados de la esfera.
-¿Recuerda haber escrito estas palabras en su Aquel rostro severo y hosco, y los cuatro dedos, lle­
diario: «la libertad consiste en poder afirmar que dos naban toda su visión. Los dedos de O'Brien pare­
y dos son cuatro»? áanle gruesos pilares, enormes, monumentales, bo­
-Sí, lo recuerdo -respondió Winston. rrosos y estremecidos. Pero eran cuatro.
Levantó O'Brien una mano con el dorso vuelto -¿Cuántos dedos, Winston?
hacia Winston y, ocultando el pulgar en la palma, -¡Cuatro! ¡Basta! ¡No siga, por piedad!
mostró cuatro dedos. -¿Cuántos dedos, Winston?
-¿Cuántos dedos ve usted, Winston? -¡Cinco, cinco, cinco!
-Cuatro.· -No, Winston, eso no vale. Está usted mintien-
-¿Y si el Partido dijera que son cinco y no cua- do; sigue pensando que son cuatro. ¿Cuántos dedos
tro? ¿Cuántos vería? son?
-· Siempre cuatro. -¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Cuatro! Todos los que quiera
Tras la palabra lanzó Winston una exclamación usted. Pero basta, basta de hacerme sufrir.
de dolor: la aguja de la estera marcaba cincuenta y De pronto se encontró sentado y con O'Brien
cinco. De todo el cuerpo le brotaba un sudor trio. teniéndole por los hombros. Acaso perdió el cono­
El air� le penetraba en los pulmones por ráfagas y cimiento por espacio de unos pocos segundos. Le
volvía a expelerlo con cada uno de sus quejidos, im­ habían aflojado las ligaduras. Sentía mucho frío y
posibles de reprimir por mucho que se esforzara en temblaba como una hoja, dando diente con diente,
ello. O'Brien le miraba, siempre enseñando los de­ en tanto las lágrimas le corrían a raudales por las me­
. dos. Hizo girar la manivela del aparato y apenas si jillas. Por unos instantes se asió a O'Brien como un
declinó el intenso dolor. niño, hallando consuelo en aquellos robustos brazos

364 365
GEORGE ÜRWELL
1984

que lo sostenían. Estaba seguro de que O'Brien era la intensidad del dolor. Abrió los ojos. O'Brien había
su protector, y que el dolor procedía de otra fuente y disminuido la tensión del aparato.
que O'Brien acabaría por salvarlo. -¿Cuántos dedos, Winston?
-Es usted lerdo en aprender, Winston -dijo -Cuatro. Me parece que son cuatro. Diría que
O'Brien en un tono afable. son cinco si pudiera. Estoy tratando de ver cinco.
-¿Qyé culpa tengo yo? -balbuceó- ¿Cómo -¿Qyé prefiere usted: convencerse de que son
puedo negar lo que me dicen mis ojos? Dos y dos cinco, o verlos en realidad?
son cuatro. -Verlos en realidad.
-No siempre, Winston. A veces, son cinco; a -Otra vez -ordenó O'Brien.
veces, tres; y otras, tres y cinco a un mismo tiempo. La aguja tenía que haber marcado ochenta o aca­
Tiene usted que hacer un esfuerzo. No es fácil reco­ . so noventa. Winston sólo recordó las intermitencias
brar la lucidez. en su dolor. Se percató que O'Brien lo miraba y de­
Acostó a Winston sobre el camastro. Volvieron a trás de aquella mirada creyó distinguir todo un bos­
ponerse tensas las ligaduras, pero ya no experimen­ que hecho de innumerables dedos que se agitaban
taba dolor alguno y había dejado de tiritar, aunque en una especie de danza fantástica, ocultándose los
seguía sintiendo mucho frío y un gr¡m desfalle­ unos y los otros para luego volver de pronto a apa­
cimiento. Hizo O'Brien un signo con la cabeza al recer. Trataba de contarlos, sin saber por qué; sólo
hombre de chaqueta blanca, hasta entonces inmó­ sabía que le era imposible hacerlo, debido a cierta
vil: se acercó este para examinar de cerca los ojos de y muy curiosa similitud entre cuatro y cinco. De
Winston, tomarle el pulso, auscultarlo y palparle di­ nuevo disminuyó el dolor. Cuando reabrió los ojos,
versas partes del cuerpo; acto seguido, hizo un signo seguía viendo lo mismo: innumerables dedos, que
de asentimiento. se agitaban como otros tantos árboles, marchando
-Otra vez -ordenó O'Brien. en direcciones opuestas, pasando y repasándose los
Y, otra vez, un intensísimo dolor sacudió todas unos a los otros. Volvió a cerrar los ojos.
las fibras de Winston. La aguja debía marcar seten­ -¿Cuántos dedos, Winston?
ta o seteiita y cinco. No lo sabría decir, pues optó -No lo sé, no lo sé. Me matarán si vuelven a
por cerrar los ojos, pero sí sabía que los dedos conti­ hacerlo. Cuatro, cinco, seis... De veras que no lo sé.
nuaban siendo cuatro. Lo que importaba era seguir -,Eso ya está mejor -dijo O'Brien.
viviendo, hasta que se le pasara el espasmo. Ya no Sintió Winston el pinchazo de la aguja de inyec­
reparó en si profería o no gritos. Volvió a disminuir ción y al instante advirtió que se apoderaba de él un

366 367
GEORGE .OR,VELL 1984

templado y reparador letargo. Ya casi había olvidado -Para hacerme declarar.


el dolor. Abrió los ojos y miró a O'Brien con ex­ -No es ese el verdadero motivo. A ver si acierta.
presión de gratitud. Al contemplar aquel semblante -Para castigarme.
surcado de hondas arrugas, feo pero inteligente, pa­ -¡No! -exclamó O'Brien; su voz pareció cam-
reció abrírsele el corazón: nunca como ahora había biar de tono y la expresión de su rostro tornase de
sentido tanto afecto por O'Brien, y eso no solamen­ nuevo ceñuda y autoritaria.
te porque le debiera el no sufrir ya dolores. Volvió -¡No! -dijo otra vez-. ¿Qyiere que le diga por
a pensar lo de antes, es decir, que en el fondo no qué le hemos traído aquí? ¿Alcanzará usted a com-,
importaba mucho que O'Brien fuera su amigo o su prender si le digo que ninguno de los que aquí trae­
enemigo; bastaba con que fuera una persona con la mos sale de este lugar antes de estar completamente
cual se podía hablar. Tal vez era preferible ser com­ curado? Esos delitos tontos que usted ha cometido
prendido a ser amado. O'Brien lo había torturado no nos interesan. Al Partido le tienen sin cuidado las
hasta llevarlo a los bordes de la locura y, antes de acciones: sólo nos preocupan los pensamientos. No
mucho, le quitaría la vida, sobre eso no cabía duda nos limitamos a aniquilar a nuestros enemigos, sino
alguna. Daba igual. En un sentido más profundo que hacemos de ellos hombres nuevos. ¿Comprende
que el representado por la amistad, existí¡¡ entre ellos lo que quiero decir con eso?
una comunidad de pensamientos; en alguna parte, Estaba inclinado sobre Winston: su cara adquiría
volverían a encontrarse para conversar a sus anchas, dimensiones desmesuradas por su proximidad y era
aunque quizás no con palabras. O'Brien lo miraba espantosamente fea, vista desde abajo. Además, todo
con una expresión que parecía decir que también su ser parecía rezumar una exaltación fronteriza con
él pensaba lo mismo. Y cuando habló, lo hizo con la demencia. Otra vez se le encogió a Winston el
amistoso acento: corazón. De haberle sido posible también hubiera
-¿Sabe usted dónde está, Winston? encogido su cuerpo hasta lo más hondo de aquel ca­
-No, pero me lo imagino: en el Ministerio del mastro. Estaba seguro de que O'Brien se proponía
Amor. aumentar la intensidad del aparato llevado nada más
-¿Sabe cuánto tiempo lleva aquí? que por su maldad. Pero en ese instante, se volvió
-Tampoco. Días, semanas, meses... Me figuro O'Brien y comenzó a dar pasos por la habitación. Y
que meses. prosiguió con vehemencia:
-¿Y con qué objeto, cree usted, que le hemos -Lo primero que debe usted comprender es que
traído aquí? aquí no fabricamos mártires. Habrá leído usted acer-

368 369
1984

ca de las persecuciones religiosas de pasados tiem­ Cabe preguntarse una vez más: ¿por qué? En primer
pos. En la Edad Media funcionaba la Inquisición. término, .porque las declaraciones de aquellos hom­
Fue un fracaso: se propuso acabar con la herejía y lo bres no eran sino otras tantas falsedades arrancadas
que hizo fue perpetuarla. Por cada hereje quemado a fuerza de tormentos. Nosotros no incurrimos en
en la hoguera surgían miles más. ¿Por qué? Porque ese error: todo lo que aquí se confiesa es expresión
la Inquisición eliminaba a sus adversarios en forma de la verdad. Nosotros nos encargamos de que sea
aparatosa y les daba muerte sin antes lograr su arre­ la verdad. Y, por sobre· todas las cosas, no toleramos
pentimiento, o mejor dicho, por negarse aquellos a que los muertos se alcen contra nosotros. Debe usted
arrepentirse. Las víctimas preferían la muerte antes renunciar a su idea, Winston, de que la posteridad
que abjurar de sus creencias. Y, en consecuencia, la le hará justicia. La posteridad jamás llegará a saber
aureola era para la víctima y el baldón para el victi­ nada de su persona, porque la habremos eliminado
mario. Más tarde, en el siglo xx, aparecieron los to­ · por completo de la dimensión del tiempo. Haremos
talitarios, como se los llamaba, a saber, los nazis ale­ de usted un fluido para dispersarlo en la estratosfera.
manes y los comunistas rusos. Los rusos persiguieron Nada quedará de su ser: ni su nombre en un docu­
a los cismáticos con saña aún más implacable que la mento, ni su recuerdo en la memoria de un solo ser
propia Inquisición. Creían haber asimilado las ense­ viviente. Usted será aniquilado en lo pasado y en lo
ñanzas del pasado, o por lo menos, se �mpeñaban en futuro. No habrá tenido existencia jamás.
no hacer mártires. Antes de llevar a sus adversarios «Entonces, ¿a qué torturarme?» pensó Winston
a los estrados de la justicia, los despojaban hasta del para sus adentros, con un dejo de amargura. Detú­
último vestigio de su dignidad personal: los aniqui­ vose O'Brien como si Winston hubiese expresado su
laban por medio de torturas y confinamientos soli­ pensamiento en alta voz. Aproximó su rostro repul­
tarios hasta hacer de ellos miserables piltrafas, dis­ sivo y, entornando los ojos dijo:
puestos en su abyecto servilismo a subscribir cuantas -· -Está usted pensando: «si el propósito es hacer­
declaraciones se les pusiera delante, estragándose a me polvo, de suerte que cuanto yo diga o haga carece
si propios, acusándose los unos a los otros, escudán­ en absoluto de importancia ¿a qué tomarse el trabajo
dose en las culpas ajenas e implorando de rodillas el de interrogarme?» Eso es lo que está usted pensando
perdón de sus victimarios. Y, no obstante, al cabo ¿no es así?
de pocos años, volvía a repetirse el inveterado fenó­ -Así es -asintió Winston.
meno: los sacrificados se convertían en mártires y el Con una sonrisa apenas esbozada, prosiguió
mundo relegaba al olvido sus pasadas humillaciones: O'Brien:

370 371
GEORGE ÜRWELL 1984

-Winston: es usted un borrón, un tumor que es aquí limpios y puros de toda mancha. Aun esos tres
necesario extirpar. ¿No acabo de explicarle que en miserables traidores -Jones, Aaronson y Ruther-
nada nos parecemos a los perseguidores de pasadas , ford- en cuya inocencia creyó usted alguna vez,
épocas? No nos basta con la obediencia pasiva, ni si­ terminaron por doblar la cerviz. Lo sé, porque in­
quiera con la más abyecta de las sumisiones. Cuando tervine personalmente en los interrogatorios. Com­
alguien acaba por rendirse a nosotros, ha de ser por probé cómo iba cediendo paso a paso su espíritu de
voluntad propia. No eliminamos al réprobo por ofre­ resistencia y los vi sollozantes, envilecidos, arrastra­
cer resistencia. Es más: mientras se resiste, lo deja­ dos; y no por temor a los tormentos, no, sino como
mos tranquilo. Lo que buscamos es convertirlo, apo­ penitentes que se redimen doloridos con un acto de
derarnos de su más recóndita mentalidad y volverla contrición perfecta. Cuando acabamos con ellos, no
a plasmar a nuestra imagen y semejanza. Le arran­ tenían de hombres sino la figura. Nada quedaba de
camos todo mal y todo error, lo conquistamos para ellos, sino el arrepentimiento por sus pasadas culpas
nuestra doctrina, pero no solamente en apariencia, y un inmenso afecto por el Gran Hermano. Resulta­
sino a fondo, en cuerpo y alma. Hacemos de él uno ba impresionante verificar lo profundo de ese afecto.
de los nuestros antes de quitarle la vida. No pode­ Imploraban que se les diera muerte antes a fin de
mos tolerar que el error subsista en parte alguna del poder morir mientras una sola mancha no ensom­
mundo, por oculto e inofensivo que pueda ser. Ni en breciera su entendimiento.
los supremos instantes de la muerte podemos permi­ Hablaba O'Brien con una lánguida entonación.
tir la menor desviación doctrinaria. En los pasados Todavía persistían en su rostro el frenesí y el loco
tiempos, el hereje ascendía a la hoguera sin dejar de fervor de momentos antes. «No es un simulador -
serlo: antes bien, proclamaba su herejía y blasonaba pensó Winston-, ni tampoco un fariseo: está abso­
de ella públicamente. Incluso las víctimas de las pur­ lutamente convencido de lo que dice». Lo que más
gas rusas eran dueñas de conservar en sus espíritus oprimía a Winston era tener que reconocer su in­
una actitud rebelde en el momento de enfrentarse al ferioridad intelectual con respecto a aquel hombre.
piquete '.de ejecución. Nosotros, en cambio, perfec­ Contempló su figu ra corpulenta, pero no despro­
cionamos el cerebro antes de hacerlo saltar en peda­ vista de cierto garbo, apareciendo y desaparecien­
zos. El mandamiento de los viejos despotismos era: do de su campo visual. O'Brien era un ser superior
«No harás»; el de los totalitarios: «Harás»; el nuestro a· él, por cualquier ladp que se le mirara: no había
es: «Serás». Ninguno de los que traemos a este sitio idea que Winston tuviera, o que pudiera tener, que
vuelve jamás a rebelarse contra nosotros. Salen de O'Brien no la conociera, examinara y rechazara, por

..
372 373
GEORGE ÜRWELL 1984

anticipado. Su entendimiento contenía dentro el de -Tres mil -dijo, dirigiéndose al de chaqueta


Winston. Mas siendo así: ¿cómo podría ser verdad blanca.
que O'Brien estaba loco? Tenía que ser él, Winston, Le ajustaron a las sienes dos almohadillas lige­
el que había perdido la razón. Detuvo O'Brien sus ramente húmedas. Tuvo miedo. Se preparaba.algún
pasos y se quedó mirándole: luego con acento grave nuevo tormento, O'Brien le tomó de la mano de un
siguió hablando: modo casi paternal.
-Ni por un instante piense usted, Winston, que -Esto no le va a doler -dijo-. Míreme bien a
va a salvarse, por absoluta que sea su capitulación. A los ojos.
nadie que se haya apartado alguna vez del redil se le En ese instante se produjo una tremenda explo­
perdona jamás. Y aun si le dejáramos seguir viviendo sión, o lo que pareció ser una explosión, aunque no
lo que aún le falta de vida, aun así, usted nos perte­ podría asegurar haber escuchado ningún estampido,
necería para siempre. Lo que aquí ocurre no tiene pero visto sí un vivo fogonazo. Winston no sintió
remisión posible. Lo aniquilaremos a usted hasta un dolor alguno, sino una inmensa postración. Aun­
extremo del cual nadie puede reponerse. Le sucede­ que ya estaba en posición decúbito dorsal al ocurrir
rán cosas de las .cuales no podría recobrarse aunque aquello, tuvo la rara sensación de ser arrojado nueva­
llegara a vivir mil años. Y jamás volverá usted a abri­ mente de espaldas. Un golpe muy fuerte, pero indo­
gar sentimientos iguales a los de un ser humano cual­ loro, acababa de aplanarlo, o así le pareció. Y dentro
quiera. Todo habrá muerto en sus adentros. Nunca de su cabeza pasaba algo.
más volverá a sentir amor ni amistad por nadie, ni a Al volver a enfocar la visión recordó quién era y
disfrutar de los placeres de la vida, ni a reírse ni a ex­ dónde estaba, reconociendo aquellos que le miraban
perimentar curiosidad ni a tener valor o integridad. fijamente; pero en algún sitio acababa de producirse
Será un ser vacío, completamente vacío, porque nos un vacío, como si del cerebro le hubiesen arrancado
proponemos extraer todo lo que ahora tiene adentro un pedazo.
para volv�r a llenarlo con lo nuestro. -No durará mucho -dijo O'Brien-. Míreme
Paró de hablar, haciendo una señal al sujeto de a los ojos; siga mirando. ¿Con qué país está Oceaní a
chaqueta blanca. Sintió Winston que le colocaban en guerra?
un pesado aparato en la parte posterior de la cabeza. Caviló Winston un rato. Comprendió lo que se
O'Brien había tomado asiento junto al camastro, de quería decir con Oceanía y hasta recordaba ser un
suerte que su cabeza vino a quedar al mismo nivel ciudadano de dicho país. También recordaba los
que la de Winston. nombres de Eurasia y Estasia; pero quién estaba en

..
374 375
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

guerra con quién, no lo sabía. A decir verdad, ni si­ y no es· que fuera aquella una mano defectuosa. Luego
quiera estaba enterado de que hubiera guerra. todo volvió a lo normal y agolpáronse de nuevo en
-No lo recuerdo -acabó por decir. su mente los temores, odios y desorientaciones. Pero
-Oceanía está en guerra con Estasia. ¿Lo re- hubo momentos -no sabría decir si de treinta segun­
cuerda ahora? dos o más de duración- en que cada pregunta de
-Sí. O'Brien colmaba un espacio vacío para convertirse en
-Oceanía ha estado siempre en guerra con Es- verdad absoluta, momentos en que dos y dos hubieran
tasia. Desde que usted vino al mundo, desde que se podido ser tres o cinco, según se le exigiera. Aque­
constituyó el Partido, desde los orígenes de la histo­ llos momentos se desvanecieron al soltarle O'Brien la
ria, esa guerra ha proseguido sin interrupción, siem­ mano, y aunque no le era posible volver a evocarlos,
pre la misma guerra. ¿Lo recuerda? los recordaba como se . recuerda un episodio vivido
-· Sí. hace mucho tiempo cuando se era. otro.
-·Hace once años se le ocurrió a usted fraguar -Se habrá usted convencido -dijo O'Brien­
una patraña con respecto a tres sujetos condenados a de que por lo menos no es cosa imposible.
muerte por traidores. Pretende usted haber visto un -Sí, me he convencido -respondió Winston.
documento que probaba su inocencia.Jamás existió Púsose O'Brien de pie con aire de hombre satis­
tal documento. Usted lo inventó y, con el tiempo, fecho de su obra. A su izquierda advirtió Winston
llegó a creer en su autenticidad. Ahora está recor­ que el de chaqueta blanca rompía una ampolla para
dando en qué momento lo inventó. ¿No es así? luego introducir en ella la jeringa. O'Brien se volvió
-Así es. sonriente hacia Winston, reajustando sus gafas al
-Hace un momento le �nseñé los dedos de mi hacerlo, y le dijo:
mano. Usted vio cinco dedos. ¿Recuerda eso? -¿ Recuerda haber escrito en su diario que nada
-Sí. importaba que fuera yo su amigo o su enemigo, pues
Y enseñándole los dedos de su mano Izquierda, que le comprendía a usted y era persona con quien se
menos el pulga r, dijo O'Brien: puede conversar? Pues en eso no andaba muy errado.
-Son cinco los dedos. ¿Los ve? A mí mucho me complace conversar con usted. Su
-Sí. mentalidad es de las que me atraen. Se parece a la
Y los vio por unos fugaces instantes; porque inclu­ mía, sólo que usted está demente. Antes de poner
sive en su entendimiento habíase producido una de­ término a esta sesión, puede hacerme algunas pre­
formación receptiva. A la verdad que veía cinco dedos guntas, si le place.

376 377
GEORGE ÜRWELL 1984"

-¿Las que quiera? -Creo que existo -dijo con voz extenuada­
-Las que quiera-. - Y al ver que los ojos de porque tengo conciencia de mi propia personalidad.
Winston se fijaban en la esfera luminosa, agregó: He nacido y algún día he de morir; tengo brazos y
-Está desconectada. Vengan las preguntas. piernas; ocupo un lugar en el espacio que ningún
-¿Qy.é ha sido de Julia? otro cuerpo sólido puede ocupar. Es en ese sentido
-Lo traicionó sin vacilar un instante. Pocas que pregunto si existe el Gran Hermano.
veces he presenciado una capitulación tan resuelta. -No tiene importancia. Basta con que exista.
Apenas si la reconocería si la viera ahora. Su espíri­ -¿Y morirá algún día el Gran Hermano?
tu subversivo, su simulación, sus desvaríos, su des­ -Por supuesto que no. ¿Cómo podría morir el
carriada mentalidad, todo le ha sido arrancado de Gran Hermano? Pasemos a otra pregunta.
cuajo. Fue una conversión perfecta, un caso digno de -¿Existe la Hermandad?
figurar en nuestros anales. -Eso, Winston, no lo sabrá usted nunca. Si
-¿La torturaron? resolvemos ponerlo en libertad, cuando hayamos
Dio O'Brien la callada por respuesta, diciendo: acabado con usted, y llegara a vivir mil años, jamás
-Venga otra pregunta. podrá dar con la respuesta a esa pregunta. Mientras
-¿Existe de verdad el Gran Hermanq? viva, será para usted un misterio indescifrable.
-Claro que existe de verdad. El Partido existe y Qy.edose callado Winston. Su respiración se vol­
el Gran Hermano es la personificación del Partido. vió algo más agitada. Todavía le quedaba por formu­
-¿Existe del inismo modo que existo yo? lar la pregunta más interesante de todas; era preciso
-Usted no existe -respondió O'Brien. atreverse a ello, pero su lengua se negaba a articular
De nuevo, una sensación de absoluta impotencia las palabras. A O'Brien parecía divertirle su inde­
hizo presa en Winston. Presentía, o podía imaginar­ cisión: aun en los cristales de sus anteojos creyó ver
se, los argumentos de que echaría mano aquel hom­ Winston un destello de mordaz ironía. «¡Sabe -se
bre para probarle su falta de existencia. Disparates dijo-, sabe lo que voy a preguntarle!» Y las palabras
y juegos d_e palabras, desde luego. ¿Acaso el propio brotaron de sus labios, incontenibles:
«usted no '-existe» no Ilevaba implícito la evidencia -¿Qy.é hay en el cuarto 101?
de un absurdo? Mas ¿de qué le hubiera servido se­ Sin cambiar de expresión, respondió O'Brien con
ñalarlo? Se le encogía el ánimo con sólo pensar en aspereza:
la lógica tan absurda como irrebatible a que apelaría -Usted lo sabe, Winston. Todo el mundo sabe
O'Brien para rebatir sus argumentos. lo que hay en el cuarto 101.

378 379
GEORGE ÜRWELL 1984

Hizo señas al hombre de chaqueta blanca. Por lo no comprendo es por qué»? Y fue cuando se estrelló
visto, la sesión había terminado. Una aguja le pinchó contra ese «por qué» que empezó a poner en duda
en un brazo y al punto quedose Winston profunda­ . su lucidez mental. Usted ha leído el libro, la obra de
mente dormido. Goldstein, o, a lo menos, conoce algunos de sus ca­
-Tres etapas comprende la reintegración �iba pítulos. ¿Se enteró por ahí de algo que ya no supiera?
diciendo O'Brien- y son ellas: aprender, compren­ -¿Ha leído usted el libro? -preguntó Winston.
der y aceptar. Ha llegado el momento de entrar us­ -Lo escribí yo. Es decir, colaboré en su redac-
ted en la segunda etapa. ción, pues ya sabe usted que ningún libro es obra de
Como de costumbre, Winston se hallaba tendido una sola persona.
de espaldas, pero le habían aflojado algo las ligadu­ -¿Es cierto lo que dice ese libro?
ras, pues aunque continuaba amarrado, podía mover -Como una mera descripción, sí, desde luego,
un poco las rodillas, girar la cabeza y levantar las pero el programa de acción que esboza supone ab­
manos. Y la esfera ya no le infundía el mismo terror surdos inconcebibles: la educación clandestina de las
de antes. Con poner un poco de sagacidad en sus masas, la divulgación gradual de su doctrina y, en
respuestas se evitaría tormentos, pues a su torpeza último término, la rebelión de la plebe y el derroca­
en contestar se debía casi siempre que Q'Brien hicie­ miento del Partido. Los plebeyos no se alzarán ja­
ra funcionar el maldito aparato. A veces transcurría más, ni de aquí a mil años. No lo pueden hacer. No
toda una sesión sin que ello ocurriera. No recordaba necesito explicarle por qué: usted lo sabe tanto como
cuántas fueron las sesiones. Parecíale que el proceso yo. Si algu na vez soñó usted con esa revuelta, renun­
había durado un tiempo indefinido -semanas po­ cie de inmediato a tal quimera. No h ay forma de de­
siblemente- y los intervalos acaso se prolongaran rribar al Partido. El Partido gobernará por siempre
días o solamente horas. jamás. Esa verdad ha de ser el punto de partida de
-E�tá usted pensando e inclusive me lo ha pre­ todas sus ideas.
gu ntado -dijo O'Brien- por qué el Ministerio del Y aproximándose al camastro, prosiguió:
Amor se toma tantas penas con usted. Ya antes de -¡Por siempre jamás! Y ahora volvamos al cómo y
ser detenido le tenía a usted preocupado un similar al por qué. Usted comprende de sobra cómo el Partido
interrogante. Comprendía usted el mecanismo de la se mantiene en el poder. Falta que me diga por qué
colectividad en que vivimos, pero no alcanzaba a pe­ nos aferramos a él. ¿Cuáles son nuestros móviles?
netrar sus verdaderos móviles. ¿Recuerda haber escri­ Vamos, dígalo -repitió al ver que Winston conti­
to en su diario lo siguiente: «comprendo cómo: lo que nuaba callado.

380 381
GEORGE ÜRWELL 1984

Pero Winston guardó silencio por un rato largo. jenado mental que demuestra poseer talento, presta
Se sentía desfallecido y sin energías para discutir. En oídos a los razonamientos de la parte contraria y, a
cambio, a O'Brien le volvía a dominar un estado de pesar de todo, se empecina en los suyos?
febril exaltación. Demasiado conocía por anticipado - -Ustedes nos gobiernan por nuestro propio bien
el sermón que O'Brien iba a soltarle: que el Partido -dijo con voz apagada- y por considerar que los
no quería el poder por el poder, sino como medio de humanos son incapaces de gobernarse a sí propios...
promover el bienestar de la mayoría; que se aferra­ A punto estuvo de lanzar un alarido de dolor:
ba al poder porque las 'masas no constituían sino un O'Brien había hecho girar la aguja de la esfera hasta
conglomerado pusilánime, incapaz de disfrutar de la marcar treinta y cinco.
libertad ni de afrontar la realidad y, por lo tanto, no -¡Qyé torpeza, Winston, qué torpeza! Ya debie­
merecían sino ser sojuzgadas y deliberadamente en­ ra usted estar aleccionado para no incurrir en tales
gañadas por quienes eran dueños de una mentalidad inocentadas...
superior; que la humanidad tenía que escoger entre Y dando marcha atrás a la aguja, prosiguió:
la libertad y el bienestar y que, para una inmensa ma­ -Voy a dar una respuesta a su pregunta. Escuche:
yoría, era preferible ser prósperos a ser libres; que el el Partido quiere el poder por el poder, sin rodeos,
Partido era el ángel custodio de los oprimidos y ab­ lisa y llanamente. No nos interesa el bienestar de los
negada secta sin otro objetivo que hacer il mal para demás: sólo nos interesa el poder. No ambicionamos
que del mal surgiera el bien, sacrificando su propio ni el lujo ni la opulencia ni correm<;>s en pos de una
, bienestar en aras de la felicidad de los demás. Lo tre­ larga vida colmada de felicidad: solamente el poder,
mendo, pensó Winston, era que al decirlo O'Brien única y exclusivamente el poder. Lo que es el poder
lo hacía como quien está absolutamente convencido por el poder lo comprenderá usted antes de mucho.
de ello. Se notaba eso en su fisonomía. A mil codos Nada tenemos en común con las oligarquías del pa­
por encima de Winston, conocía lo que era el mundo sado, pues nosotros sabemos perfectamente adónde
en realidad, ,a qué extremos de degradación habían vamos. Todas ellas, incluso aquellas que alguna simi­
llegado las masas y por medio de cuántas falseda­ litud pudieran tener con la nuestra, fueron pusiláni­
des y atro¿idades conseguía el Partido mantenerlas mes y farisaicas. Los nazis alemanes y los comunistas
en ese estado. Todo lo comprendía O'Brien, todo lo rusos se nos acercaban un tanto por sus procedimien­
pesaba y, sin embargo, manteníase firme en sus con­ tos, pero les faltó el valor para proclamar con entera
vicciones: el fin justificaba todos los medios. ¿Qyé franqueza el móvil que les inspiraba. Simularon, o
se puede hacer -reflexionó Winston- con un ena- acaso lo creyeron de verdad, que habían sido lleva-

382 383
GEORGE ÜR�'ELL 1984

dos al poder contra su voluntad y sólo por un tiempo Apartose del camastro para pasearse por el apo­
determinado; cuyo transcurso sería suficiente para sento con una mano en el bolsillo y prosiguió ha-
exhibir ante el mundo un paraíso terrenal donde to­ blando:
dos los hombres serían iguales y libres. Nosotros no -Somos los sumos sacerdotes del poder. Dios
hemos procedido así. Sabemos que quien detenta el es el poder. Pero en las actuales circunstancias, el
poder no tiene la más mínima intención de despren­ poder no es sino una palabra para usted. Ha lle­
derse de él. El poder es un medio, no un fin. No se gado el momento de asimilar su verdadero signifi­
implanta la dictadura para salvar una revolución, sino cado. Lo primero a comprender es que el poder es
que se hace la revolución para imponer una dictadu­ de naturaleza colectiva. El individuo sólo es dueño
ra. El objetivo de la persecución es la persecución; el del poder en tanto renuncia a su personalidad. Ya
móvil de la tortura es la tortura; el objeto del poder es conoce usted el lema partidario: «La libertad es
el poder. ¿Empieza ahora a comprender? esclavitud». ¿Se le ha ocurrido a usted la posibi­
A Winston le impresionaba en esos momentos, lidad de invertir los términos y decir: «La esclavi­
como ya en otras ocasiones, las señales de una ex­ tud es libertad?» Solo y libre, el ser humano resulta
traordinaria fatiga que se dibujaban en el semblante siempre vencido. Y así tiene que ser, porque el ser
de O'Brien, semblante vigoroso, ágresiv� y lleno de humano está condenado a morir y es la muerte la
vida, pero consumido, al fin de cuentas. Abultados más grande de sus derrotas. Pero si ese individuo se
bolsones ensombrecían sus párpados inferiores y los somete en forma absoluta, haciendo completa abs­
carrillos le colgaban en fláccidos pliegues por debajo tracción de su personalidad, si puede desleírse en el
de los pómulos. Inclinose O'Brien sobre él, como Partido, entonces será inmortal y omnipotente. A
queriendo impresionarle con las profundas líneas de renglón seguido, deberá usted comprender que el
su rostro y le dijo: poder significa mandar sobre los semejantes. Man­
-Está usted pensando que tengo el semblante dar sobre sus cuerpos, pero antes que nada, sobre
de un hombre avejentado y consumido. Se pregunta sus espíritus. El poder sobre la materia -sobre la
usted cómo puedo hablar del poder cuando ni si­ realidad corpórea como diría usted- no interesa.
quiera piiedo impedir la declinación de mi propio Nuestro dominio sobre lo material hace tiempo
ñsico. ¿Pero no comprende usted, Winston, que el que es absoluto.
individuo no es sino una célula? Y el desgaste de una Por un momento olvidó Winston la esfera lumi­
célula presta vigor al resto del organismo. ¿Es que el nosa; hizo un violento esfuerzo para incorporarse,
cortarse las uñas puede ocasionar la muerte? · pero ape;,as si consiguió causarse un nuevo dolor.

384 385
GEORGE ÜRWELL 1984

-¿Pero cómo pueden ustedes vencer a la materia hombre habitando la tierra? Durante millones de
-dijo- cuando ni siquiera tienen poder para do- años la tierra estuvo inhabitada.
minar el clima o la ley de la gravedad? Eso sin hablar -¡Di�parates! La tierra tiene la misma edad que
de las enfermedades, los dolores físicos, la muerte... los humanos, ni un año más. Nada existe que no.haya
Decapitó O'Brien sus palabras en el aire con un sido plasmado por el entendimiento del hombre.
breve ademán: -Pero en los estratos se descubren todos los
-Dominamos la materia al dominar el enten­ días fósiles de especies extinguidas, mastodontes y
dimiento. Lo real está en el cerebro del hombre. Ya enormes reptiles que vivieron mucho antes de que el
irá usted aprendiendo poco a poco, Winston. Nada hombre hiciera su aparición sobre la tierra.
hay que no podamos conseguir: invisibilidad, leve­ -¿Ha visto usted, alguna vez, Winston, uno de
dad, cualquier cosa. Si lo quisiera, podría yo en este esos fósiles? Claro que no. Fueron invenciones de los
preciso instante elevarme en el espacio como una hombres de ciencia del siglo diecinueve. Antes de
pompa de jabón. No quiero hacerlo, porque no me que el hombre apareciera sobre la tierra, sólo existía
lo manda el Partido. Debe usted despojarse de esos la nada; y cuando el hombre haya desaparecido, si
conceptos propios del siglo diecinueve relativos a las es que algún día desaparece, el universo volverá a la
leyes de la naturaleza. Nosotros somo� quienes dic­ nada. Fuera del hombre, no hay existencia.
tamos leyes a la naturaleza. -Pero existe un mundo que vive y palpita más
-¡Qyé van a hacerlo! Pero si ni siquiera pueden allá de nosotros. ¡Recuerde usted las estrellas! Algu­
imponer su voluntad en el planeta. ¿Qyéme dice de nas de ellas se encuentran a millares de millones de
Eurasia y Estasia? No han podido vencerlos hasta kilómetros de distancia. Están fuera del alcance del
hoy. hombre; siempre lo han estado y lo seguirán estando.
-Totalmente desprovisto de importancia el he� -¿Qyé son las estrellas? Meros cuerpos lumino­
cho señalado por usted. Venceremos a Eurasia y sos situados a algunos kilómetros de la tierra. De
Estasia· cuando así convenga a nuestros fines. Pero proponérnoslo, podríamos llegar a ellas. O elimi­
aunque 'así no llegara a suceder: ¿qué más daría? Po­ narlas, si eso conviniera a nuestros propósitos. La
demos pasarnos sin la existencia de esos Estados. tierra es el centro del universo: el sol y las estrellas
Oceanía es el mundo, el mundo entero. giran en su rededor.
-Pero el mundo entero no es sino un grano de Hizo Winston un movimiento convulsivo, pero
arena en los espacios siderales. ¡Y el hombre un ser sin decir una palabra. Y prosiguió O'Brien como
insignificante e impotente! ¿Cuánto tiempo lleva el respondiendo a una objeción no expresada.

386 387
GEORGE ÜRWELL 1984

-Claro que todo eso no es verdad, si nos atene­ mos día y noche, no es el dominio sobre las cosas,
mos a ciertos conceptos. Al navegar por el océano sino sobre los hombres.
o anunciar un eclipse, puede resultar conveniente Hizo una pausa y seguidamente volvió a asumir
sostener que la tierra gira alrededor del sol o que la postura de un maestro que se empeña en hacer
las estrellas se encuentran a millares de millones de comprender la lección a un discípulo inteligente,
kilómetros de nosotros. Pero al fin de cuentas ¿qué? pero poco voluntarioso.
¿Cree usted que escapa a nuestro poder establecer un -¿De qué modo ejerce un hombre su influencia
sistema astronómico de doble acción? A las estrellas sobre los otros, Winston?
las podemos situar lejos o cerca, según nos conven­ -Haciéndolos sufrir.
ga. ¿Piensa usted que nuestros matemáticos no son -Eso mismo: haciéndolos sufrir. No basta la
capaces de hacer eso y mucho más? ¿Se le pasa a us­ subordinación. A menos que el subordinado sufra
ted por alto el doblepensar? ¿cómo saber que obra por propia voluntad y no in­
Una instintiva repulsión experimentó Winston. fluido por la de quien le manda? El poder consiste en
Dijera lo que dijera, siempre aquel hombre tenía una causar dolor y humillación, en desgarrar en pedazos
respuesta a flor de labios para invalidar sus razona­ el entendimiento humano para volverlo a reconsti­
mientos. Y, sin embargo, a pesar de todo, sabía, sí, tuir conforme a nuestros propósitos. ¿Empieza usted
sabía que la razón estaba de su parte. T�nía que ha­ a comprender la clase de mundo que estamos empe­
ber algún medio de demostrar lo falso de no existir ñados en estructurar? Es lo opuesto a todas las ma­
nada más allá del propio entendimiento. ¿No se ha­ jaderas utopías de corte hedonista que proclamaron
bía denunciado ese sofisma hacía ya mucho tiempo? los reformadores de otros tiempos: el nuestro será un
Incluso le dieron un nombre, que en esos momentos mundo de temores, felonías y tormentos, un mun­
escapaba a su memoria. En las comisuras de los la­ do de subyugadores y subyugados, un mundo que
bios de O'Brien se perfiló una tenue s�nrisa al incli­ se tornará, no menos, sino más despiadado a medida
narse sobre él. Dijo: que se vaya perfeccionando. El progreso en nuestro
-Le 'tengo dicho, Winston, que la metafísica mundo consistirá en evolucionar hacia padecimien­
nunca ha' sido su fuerte. La palabra que está procu­ tos más perfeccionados. Pretendían las caducas ci­
rando recordar es solipsismo. Pero está equivocado: vilizaciones estar fundadas en la caridad y en la jus­
no se trata ahora de eso. Eso es otra cosa; para decir ticia. La nuestra tiene por base el odio. En nuestro
verdad, todo lo contrario. Mas no nos apartemos del mundo no existirán los estados emotivos, fuera del
tema. El verdadero poder, aquél por el cual lucha- temor, de la violencia, del éxito y del envilecimiento.

388 389
GEORGE ÜRWELL 1984

Todo cuanto esté al margen de eso, absolutamente bota aplastando la cabeza de un ser humano... por
todo, será eliminado. Actualmente estamos empe­ todos los tiempos.
ñados en liquidar todos los razonamientos anterio­ Dejó de hablar como aguardando a que Wins­
res a la Revolución. Hemos roto los vínculos entre ton tomara la palabra, pero este prefirió encogerse
padres e hijos, entre un hombre y otro hombre, o todavía más en su camastro. Y es que no atinaba a
entre un hombre y una mujer. Ya nadie confía en su pronunciar palabra: se le había helado el corazón.
esposa, en su hijo o en el amigo. Pero en el porve­ Siguió diciendo O'Brien:
nir no habrá cónyuges ni amistades. Lo.s niños serán -Y no olvide que es por siempre jamás. Nunca
separados de sus madres al nacer, como se les quita faltarán caras que pisotear. Nunca faltará un revol­
los huevos a una gallina. El instinto sexual habrá toso o un enemigo de la colectividad a quien vencer
desaparecido, La procreación se verificará por cupos y humillar una y otra vez. Todo cuanto usted ha so­
anuales, al igual que la renovación de las cartillas de brellevado y padecido desde que se halla en nuestras
racionamiento. Suprimiremos todo placer del con­ manos, todo eso y mucho más seguirá siendo el pan
tacto carnal. Ya nuestros neurólogos se ocupan de de cada día en el futuro. El espionaje, las felonías, las
buscar una solución a ese problema. No existirá la prisiones, las torturas, las ejecuciones y desaparicio­
fidelidad, excepto aquella que se debe, al Partido. Y nes no cesarán jamás. El nuestro será un mundo de
no habrá amor, salvo el amor por el Gran Hermano. terror y de triunfos sin fin. Cuanto más poderoso el
Y nada de arte, ciencia o literatura. Cuando seamos Partido, menos tolerante; cuanto más decaída la opo­
todopoderosos, nos podremos pasar sin la ciencia. sición, más implacable el despotismo. Goldstein y sus
No existirán distingos entre la fealdad y la belleza. disidentes vivirán por siempre para que todos los días
Y ningún deseo de aprender ni afán por disfrutar de y en todo momento se los desacredite, contrarreste y
los goces de la vida. Los placeres habrán dejado de envilezca. La tragedia que he representadó con usted
contar como incentivos en la vida del hombre. Pero en estos últimos siete años volverá a representarse año
siempre -recuérdelo, Winston-, siempre existirá tras año· y generación tras generación, pero siempre
el sibaritismo del poder, cada vez más cautivante y superándose en refinamientos y crueldades. Siem­
sutil, si�mpre y en todos los momentos de la humana pre habrá un disidente a nuestras plantas, aullando
existencia, subsistirá la embriaguez producida por el de dolor, vencido y escarnecido y, al final, arrepenti­
éxito y la inefable satisfacción de aplastar la cabeza do, impotente y besando las manos de sus verdugos
de un enemigo vencido. Si quiere usted tener una por propia y espontánea voluntad. Ese es el _mundo
visión certera del mundo de mañana, imagínese una que nos proponemos estructurar, Winston. Exitos y

390 391
GEORGE ÜRWELL 1984

más éxitos, triunfos tras triunfos, en una incesante de las torturas. Y, Sin embargo, le costaba resignarse
lucha por tener poder y siempre más poder. Veo que a guardar. silencio. Sin un solo razonamiento para
empieza usted a comprender la clase de mundo que . apoyar su modo de pensar, sin nada que lo sostu­
tenemos por delante. Y usted lo aceptará benevolente viera en el trance, excepto un callado horror por las
y formará complacido parte de él. teorías sustentadas por O'Brien, volvió al ataque con
Winston se había recobrado lo suficiente para de- raleadas fuerzas:
cir con voz ahogada: -No sé ni me importa todo eso, pero ustedes no
/ -¡No podrán hacerlo! se saldrán con las suyas. Serán vencidos por alguna
-¿Qgé quiere usted insinuar con eso, Winston? resistencia, serán vencidos por la propia vida...
-Qge no podrán edificar un mundo como ese. -A la vida la dominamos nosotros, Winston, en
Es un sueño imposible. todos sus aspectos. Se deja usted llevar por la idea de
-¿Por qué? que existe la llamada naturaleza humana, la cual -
-Porque es imposible estructurar una civiliza- cree usted- acabará por reaccionar contra nosotros
ción sobre la base del temor, del odio y de la cruel­ al ser vulnerada en sus leyes. Pero la naturaleza hu­
dad. No podría durar mucho tiempo. mana la creamos nosotros. El hombre es un ser in­
-¿Por qué no? finitamente maleable. ¿O acaso se obstina usted en
-Porque carecería de vitalidad. Se desintegraría sus ilusiones de que los plebeyos o esclavos se alza­
por sí solo. Acabaría por sucumbir por sus propias rán un día para derrocarnos? Sáquese eso de la cabe­
.manos. za de una vez para siempre. Plebeyos y esclavos son
-¡No tiene sentido lo que está usted diciendo! tan incapaces como los seres irracionales para llevar
Y es que usted piensa que el odio desgasta más que a cabo esa empresa. La Humanidad es el Partido.
la fraternidad. ¿Por qué habría de ser así? Y aun­ Todo lo demás es innocuo, no cuenta para nada.
que lo fuera ¿qué más darí a? Supongamos que re­ -De todos modos, al fin resultarán ustedes ven­
solviéramos abreviar el desgaste de la vida, teniendo cidos. Tarde o temprano se les arrancará la máscara
por senÍ,l a un hombre de treinta años. ¿Y qué? ¿No y los harán pedazos.
comprende usted que la muerte del individuo no es -¿Advierte usted algún signo de que eso vaya
mm,rte? El Partido es inmortal. a suceder en un futuro cercano, o discierne alguna
Como siempre, O'Brien resultaba vencedor en razón para que suceda? .
toda la línea y Winston no sintió deseos de contra­ -No. Creo en ello, nada más. Sé que ustedes
decirlo por si con ello volviera a funcionar el aparato fracasarán. Algo hay en el universo, no sabría decir

392 393
GEORGE ÜRWELL
1984

qué, algún espíritu, un principio quizás, al cual ja­ -Levántese -ordenó.


más lograrán ustedes sobreponerse. A Winston le habían soltado las ligaduras: se dejó
-¿Cree usted en Dios, Winston? caer al suelo y apenas si pudo mantenerse en pie.
-No. -Es usted el último hombre-agregó O'Brien­
-Entonces ¿qué principio es ese contra el cual y el depositario del espíritu humano. Va usted a ver-.
vamos a estrellarnos? se a sí mismo tal cual es. Desnúdese.
-No lo sé. El espíritu del Hombre, quizás. Desató Winston el cordel con que se sujetaba
-¿Y se considera usted un hombre? el mameluco, pues el cierre relámpago se lo habían
-Sí. arrancado hacía mucho. No recordaba haberse qui­
-Si usted es un hombre, Winston, considérese tado las ropas una sola vez desde que lo detuvieron.
coino el último ejemplar de la especie, de una espe­ Debajo de su mameluco llevaba unos trapos mu­
cie extinguida, a la cual hemos sucedido nosotros. grientos de color indefinido, restos de lo que alguna
¿No comprende que está solo? Usted se halla fuera vez fueron sus ropas interiores. Al dejarlos caer, ad­
de la dimensión del tiempo, ya no tiene existencia. virtió que en el extremo opuesto del aposento había
Y con acento áspero, agregó: un espejo de tres cuerpos. Se aproximó al espejo y
-¿Y se cree usted moralmente superior a noso­ de pronto se detuvo, mudo de espanto y sin poder
tros, con nuestras falsedades y crueldades? reprimir una mueca de horror.
-Sí. Me considero superior -Siga andando -ordenó O'Brien-. Colóque­
Calló O'Brien. Había otras dos personas que ha­ se entre las caras del espejo. Así se verá también de
blaban y una de las voces reconoció Winston como perfil.
la suya: era una versión grabada de la entrevista con Winston se había detenido, impulsado por el
O'Brien aquella noche en que se incorporó a la Her­ terror: vio venir hacia él a un esqueleto. Era esa
mandad. Se oyó a sí mismo prometer que estaba dis­ visión la que le daba miedo y no el hecho de reco­
puesto a mentir, robar, falsificar, asesinar, estimu­ nocerse en aquel esqueleto. Se acercó más al espejo.
lar todo género de vicios, propagar enfermedades Resaltaban las facciones de aquella piltrafa huma­
venéreas y arrojar ácidos corrosivos a la cara de los na por lo encorvado de su porte: el rostro macilento
niños. O'Brien hizo un gesto de impaciencia, como y patibulario, con la frente achatada replegándose
queriendo dar a entender que estaba de más el pro­ sobre reluciente calva; la nariz deformada, los pó­
cedimiento; seguidamente hizo accionar una llave y mulos salientes y unos ojos de mirar fiero y vigi­
callaron las voces. lante; las mejillas surcadas de costurones y la boca

394 395
GEORGE ÜRWELL
1984

hundida y fláccida. Era su rostro, sin duda algu­ -¡Fíjese a lo que ha llegado! Fíjese en esa co­
na; había cambiado más por fuera que por dentro. chambre adherida a todo su cuerpo, en esa llaga as­
Ostentaba una calvicie impresionante; al principio querosa del tobillo. Y apesta usted como un chivo.
creyó que también se le habían puesto blancos los Tal vez ni lo note ya. Y mírese esas extremidades.
cabellos, mas luego se dio cuenta que lo blanco era ¿Lo ve? Pue.de juntar el índice y el pulgar alrededor.
su cráneo. Excepto por sus manos y la cara, todo de su brazo. Y podría quebrarle el pescuezo como se
su cuerpo había adquirido la tonalidad gris de la quiebra un fideo. Desde que está en nuestras manos
mugre adherida a la piel. Debajo de aquella capa de ha perdido usted veinte kilos. Hasta, el cabello se le
mugre veíanse algunas cicatrices de heridas y des­ está cayendo a mechones. ¡Mire!
garrones y, sobre el tobillo del pie derecho, la úlcera Y tirando de los pelos de Winston le arrancó un
varicosa no era sino una enorme llaga de la cual puñado. Y prosiguió:
se desprendían purulentas escamas. Pero de todo -Abra la boca: le quedan apenas nueve dientes
aquello, lo más horroroso era la extraordinaria del­ sanos. ¿Cuántos tenía al venir aquí? Y los pocos que
gadez de su cuerpo. Se podían contar las costillas le quedan no tardarán en caérsele. ¡Fíjese!
una a una, como en una armazón ósea, y las piernas Y tomando con dos dedos de su manaza uno de
eran tan flacas que la rodilla tenía un di�metro ma­ los incisivos de Winston se lo arrancó de raíz para
yor que el muslo. Y la curvatura de la espina dorsal arrojarlo al suelo.
era impresionante por lo grotesca. Comprendió por -Se está usted pudriendo vivo, desintegrándose
qué O'Brien quiso que se mirara también de per­ a pedazos. ¿Qy.é queda de su persona? Una bolsa de
fil. Los esmirriados hombros estaban echados tan inmundicias. Ahora, vuelva a mirarse en el espejo.
para adelante que el pecho no era sino una cavidad ¿Ve esa figura? Es el último hombre. Si usted se con­
y el descarnado cuello se doblaba bajo el peso del sidera ·un ser humano, esa es la humanidad. Puede
cráneo. Hubiérase dicho el físico de un hombre de ponerse sus ropas.
sesenta años, consumido por un mal corrosivo. Vistiose Winston con lentos y acalambrados
-A 'psted le pareció alguna vez -decía movimientos. Hasta ese momento no se había dado
O'Brien-' que yo, un miembro del Consejo, tenía cabal cuenta de lo débil y escuálido que estaba. Sólo
el aspecto de un hombre avejentado y consumido. en una cosa estaba pensando y es que llevaba allí
¿Qy.é me dice ahora del suyo? más tiempo del que se había imaginado. De pronto,
Tomando a Winston por los hombros lo volvió al volver a ponerse aquellos pobres y triste harapos,
hacia sí para mirarle en la cara y decirle: le invadió una sensación de infinita lástima por su

396 397
GÉORGE ÜRW"ELL
1984

deteriorado físico: dejándose caer sobre un banco, Dejó Winston de llorar, aunque le seguían co­
rompió a llorar como un niño. Comprendió enton­ rriendo las lágrimas. L_evantó sus ojos y fijándolos
ces que no era sino una cosa deforme y horrible, un en O'Brien, dijo:
montón de huesos envueltos en andrajos, que llora­ -A Julia no la he traicionado.
ba a lágrima viva y sin poder remediarlo. O'Brien -Eso es verdad, Winston -respondió O'Brien
le puso la mano en el hombro con un ademán casi pensativo-. A Julia no la ha traicionado usted.
amistoso. Volvió Winston a sentir por O'Brien aquel pro­
-Esto no tiene por qué prolongarse -dijo-. fundo respeto que le había inspirado desde el primer
Puede salir de ese estado en cualquier momento, con momento y que nada era capaz de menguar. ¡Qgé
sólo quererlo. De usted depende y de nadie más. hombre más comprensivo -se dijo- y más discre­
-¡Usted es el responsable de todo esto! -dijo to! Nunca dejaba O'Brien de penetrar el verdadero
Winston entre sollozos- ¡A usted, sólo a usted le sentido de cuanto se le decía. Cualquier otro habría
debo verme reducido a este estado miserable! respondido al instante que Julia fue traicionada,
-No, Winston, a nadie puede usted echar la pues Winston nada había callado y todo se lo arran­
culpa de sus desgracias sino a sí mismo. Demasiado caron a fuerza de torturas. Declaró cuanto sabía de
conocía usted los riesgos a que se exponí;i. al decidir Julia, sus costumbres, temperamento y antecedentes;
enfrentarse con el Partido. De allí proviene todo el contó con lujo de detalles lo pasado entre ellos en
resto. Nada le ha sucedido que usted no hubiera po­ cada una de las entrevistas, lo que se dijeron el uno
dido prever. al otro, los comestibles adquiridos en el mercado ne­
Y tras una pausa, continuó: gro, sus maquinaciones mentales contra el Partido,
-Le hemos vencido, Winston. Le hemos hecho todo, todo absolutamente sin ocultar nada. Y, sin
pedazos. Acaba de ver usted a lo que ha quedado embargo, en el sentido que él le daba al término,
reducido su físico. Y lo mismo pasa con su espíritu. no creía haber traicionado a Julia, porque la seguía
No creo que le reste ya un adarme de amor propio. queriendo y sus sentimientos hacia ella continuaban
Se le ha golpeado, vejado y azotado: ha proferido inconmovibles. Y O'Brien lo comprendió todo, sin ·
usted gritos de dolor, mientras se revolcaba en el necesidad de que se lo explicara.
suelo, deshecho y ensangrentado. Ha implorado -¿Podría usted decirme -preguntó Winston­
perdón; ha traicionado a todos y a todo. ¿Puede cuándo acabarán conmigo?
recordar alguna degradación en que no haya incu­ -Puede que falte mucho tiempo todavía -res­
rrido? pondió O'Brien- porque es usted un caso nada fá-

398 399
GEORGE ÜRWELL 1984

cil. Pero no pierda las esperanzas. Todos terminan o durante el día. Bastante buena era la comida que
por curarse, tarde o temprano. Y una vez completa­ incluía un- plato de carne cada tres veces. Y en cierta
mente sano, le pegaremos el tiro. · ocasión llegaron hasta hacerle entrega de un atado de
cigarrillos; no tenía con qué encenderlos, pero el car­
celero portador del rancho, que jamás abría la boca
para decir una sola palabra, solía darle lumbre. La
primera vez que se puso a dar unas pitadas se sintió
IV bastante mal, pero a fuerza de perseverar acabó con
el atado, fumando los cigarrillos por mitades a fin de
Sentíase infinitamente mejor. Estaba echando que duraran más.
carnes y basta iba recobrando su perdido vigor día a Le habían dado asimismo una pizarra con un
día, si es que de días pudiera hablarse. lápiz de mala muerte sujeto al marco. Al principio
El incesante zumbido y la intensa iluminación en trató de escribir algo, pero aun despierto sentíase
nada habían variado, pero su nueva celda era bas­ invadido por una persistente modorra. Las más de
tante más espaciosa y cómoda que las anteriores: el las veces, se pasaba las horas entre una y otra comi­
camastro tenía colchón y almohada como también da tirado en el camastro, despierto o dormido, pero
le habían puesto un taburete donde sentarse. Antes siempre sumido en divagaciones de las cuales mucho
de llevarlo allí le dieron un' baño y diariamente se trabajo le costaba evadirse. Ya se había habituado a
le permitía higienizarse a discreción en una palan­ dormir con la luz en la cara. Al fin, le pareció como
gana de hojalata. Inclusive le proporcionaban agua si lo hubiese hecho siempre, sólo que sus sueños eran
caliente para sus abluciones y ropa interior nueva y más coherentes. Solía soñar a menudo en el trascur­
también un mameluco sin uso. Le curaban con un­ so de aquellas horas y siempre con cosas agradables.
güentos la úlcera varicosa y le extrajeron los dientes Paseaba en sueños por el País de Oro o veíase senta­
restantes para colocarle una dentadura postiza com­ do entre unas imponentes y majestuosas ruinas ha-·
pleta. Semanas o meses habrían transcurrido desde ñadas de luz, en compañía de su madre, de Julia y de
que estaba en su nueva celda. De tener interés en O'Brien, sin hacer otra cosa que tostarse al sol y con­
ello, no le hubiera resultado muy difícil calcular el versar sobre temas plácidos. Y ya despierto, se ponía
tiempo por las horas fijas en que le servían de comer.. a cavilar sobre sus sueños, Pareciole haber perdido la
Tres veces en las veinticuatro horas traíanle la facultad de realizar todo esfuerzo mental al faltarle
comida, aunque no sabría decir si era por la noche el acicate del dolor físico. No experimentaba tedio

400
.. 401
1984
GEOÍlGE ÜRWELL

de unos días -o de unas comidas, que era su modo


alguno ni sentía la necesidad de distraerse en nada o de medir el tiempo- lo consiguió. Y en un mo­
de conversar con un semejante. Su contento era estar mento dado; llegó a completar seis flexiones y hasta
solo, sentirse libre de golpes e interrogatorios, tener experimentó cierta satisfacción íntima ante aquel
suficiente que comer y saberse limpio y aseado. recuperamiento de su físico y a forjarse esporádicas
Poco a poco fue durmiendo menos, pero no por ilusiones de que también su semblante iría volviendo
eso dejaba de estarse echado sobre su catre. Todo lo a lo que era antes de su martirio. Sólo al pasarse la
que importaba .por ahora era mantenerse tranquilo mano por la calva recordaba aquel rostro escuálido y
para ir recobrando paso a paso sus energías físicas. cosido a costurones que había visto en el espejo.
Palpábase una y otra parte de su cuerpo para ase­ Su embotado entendimiento iba recobrando asi­
gurarse de que no era una alucinación el creciente mismo la vitalidad de otros tiempos. Sentado en su
vigor. de sus miísculos y la tersa limpidez de su epi­ camastro, de espaldas a la pared y la pizarra sobre
dermis. Por último, hubo de rendirse a la realidad de sus rodillas se dio a la tarea de reeducarse a sí mismo.
que iba aumentando de peso: sus muslos eran ya más Había capitulado, es cierto. En realidad, tal lo
gruesos que las rodillas. Hecha la comprobación, y reconocía ahora, estuvo dispuesto a capitular mu­
venciendo ciertas dificultades iniciales, comenzó a cho antes de decidirse finalmente a ello. Desde el
hacer alguna gimnasia. Antes de mucho, ya podía momento de saberse en el Ministerio del Amor -y,
andar tres kilómetros, medidos con pasos dados en por qué no decirlo, desde aquel instante en que él
la celda, y sus caídos hombros iban recuperando su y Julia obedecieron aterrados la voz tonante de la
posición normal. Ensayó algunos ejercicios algo más . telepantalla- se había dado cuenta de cuán in­
difíciles, pero sólo para comprobar con sentida pena fructuoso y temerario era querer enfrentarse con el
que sus fuerzas no daban todavía para tanto. Sólo Partido. Dábase cuenta de que la Policía del Pensa­
podía andar al paso: sostener el banquillo en alto miento tenía que haber estado siguiéndole los pasos
con el brazo extendido no estaba al alcance de sus durante los últimos siete años con el ojo inquisidor
fuerzas y no podía tenerse en pie más de un ins­ con que se observa un insecto a través de un vidrio
tante sín p�rder el equilibrio. Púsose en cuclillas y de aumento. No pudo haberles pasado inadvertido
experimentó un dolor tan intenso en los muslos y en ninguno de sus actos materiales ni una sola palabra
las pantorrillas que apenas le sobraron energías para pronunciada en voz alta ni un solo pen�amiento del
recobrar la vertical. Trató de hacer algunas flexiones cual no dedujeran conclusiones. Aun aquel granito
de brazos, echado de bruces, pero fue inútil: no lo­ de arena dejado entre las páginas de su diario fue
graba alzarse un centímetro del suelo. Pero después

403
402
GEORGE ÜR\VELL 1984

objeto de un detenido ·examen para luego volver a Dms Es EL PODER


colocarlo en su sitio sin que nada pudiera notarse.
En el curso de los interrogatorios le habían hecho Todo lo aceptaba ahora. El pasado podía modifi­
escuchar versiones grabadas de todas sus conversa­ carse; el pasado nunca había sido modificado. Ocea­
ciones y mostrado fotografías de sus diversas andan­ nía estaba en guerra con Estasia: siempre lo había
zas, en alguna de las cuales aparecía en compañía de estado. Jones, Aaronson y Rutherford eran culpa­
Julia. Reconocíase ahora incapaz de librar una lucha bles de los delitos de que se les acusó; él, Winston,
contra el Partido. Por lo demás, el Partido estaba en jamás había visto aquella fotografía que probaba la
la razón. Tenía que ser así, porque ¿cómo podía caer inocencia de los tres, y nunca siquiera existió, sino
en el error una mentalidad inmortal y colectiva? que fue una invención suya. Guardaba memoria de
¿Con cuáles medios podría contarse para verificar haber tenido presente alguna vez ciertos hechos que
la razón o la sinrazón de sus dichos? Todo estribaba parecían contradecir aquellas realidades, pero tratá­
en aprender a pensar como ordenaba el partido que base, sin duda, de equívocos o de meras aberraciones
se pensara. Sólo que ... mentales. ¡Cuán fácil era todo! No había sino que
El lápiz se le antojaba demasiado pesado y de di­ capitular y lo demás venía sólo. Era como haberse
fícil manejo. Se puso a escribir lo primero que se le empeñado en nadar contra una corriente en lugar
vino a la cabeza. Y trazó la primera frase 'con gran­ de dejarse llevar por ella. Y todo seguía como an­
. des y no muy esmeradas letras mayúsculas: tes, sólo que el criterio era otro y otra la línea de
conducta: lo predestinado ha de suceder fatalmente.
LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD No podía comprender qué motivos pudieron haberle
inducido a asumir una actitud subversiva. Todo re­
Y ya no pudo seguir. Su entendimiento, como sultaba tan fácil, sólo que...
recelando de un peligro a la vista, resistíase a con­ Nada había que no pudiera ser la verdad absoluta.
centrarse sobre una idea dada. Sabía que sabía la fra­ Las llamadas leyes de la naturaleza no pasaban de ser
se siguiente, pero en ese momento le era imposible sandeces y la ley de la gravedad, otro disparate. «Si
recordarla< Y cuando se hizo la luz en su cerebro, me lo propusiera-dijo O'Brien- podría elevarme
no vino ella a modo de un fenómeno espontáneo, en el aire como una pompa de jabón». Reflexionó
sino a fuerza de indagar en las profundidades de su Winston: «Si él cree poder elevarse en el aire y, al
memoria. mismo tiempo, yo creo haberle visto hacerlo, enton­
Escribió: ces el fenómeno es perfectamente posible». De pron-

..
404 405
GEORGE ÜR\\'ELL 1984

to, como los restos de un buque náufrago que ino­ tos a dichos enunciados. Fácil no era; requería una
pinadamente aparecen en la superficie de las aguas, vigorosa aptitud para razonar e improvisar. Así, el
una reflexión se abrió paso por entre las marañas de problema aritmético planteado por la premisa de que
su entendimiento: «Esas cosas no pueden ocurrir de «dos y dos son cinco» lo encontró fuera del alcance
verdad. Nos las imaginamos. Son alucinaciones». Al de sus facultades intelectuales. Igualmente era pre­
instante arrojó de su mente pensamientos tan ma­ ciso ser dueño de una especie de atletismo mental y
lignos y, por lo demás, el absurdo era evidente, pues tener capacidad para echar mano de una lógica su­

1
equivalía a figurarse que, en alguna parte, fuera de til en el momento oportuno, y perder seguidamente
la propia personalidad, existiera un mundo «real» toda noción de haber incurrido en el más craso de
donde acaecían cosas «reales». ¿Podemos estar se­ los absurdos. El embrutecimiento era tan necesario
guros de nada que ocurra fuera de nuestro propio 1 como la inteligencia y no menos difícil de obtener.
entendimiento? Todo cuanto sucede, sucede en él. Y Al margen de todo ello, una parte de su enten­
lo que se da por ocurrido en el entendimiento de la dimiento cavilaba sin cesar sobre cuánto tiempo le
colectividad, eso es lo real y no otra cosa. quedaría aún de vida. «Todo depende de usted» le
Ninguna dificultad encontró en desechar de in­ había dicho O'Brien, pero bien sabía Winston que
mediato el absurdo y en ningún momento se vio en nada de cuanto pudiera hacer contribuiría a abre­
peligro de sucumbir a la tentación. Con todo, se viar la espera. Podía ser dentro de diez minutos
hacía cargo de que no debió haber sucedido lo que como de diez años. Tal vez decidieran mantenerle
· acababa de pasarle. Al menor asomo de un pensa­ en confinamiento solitario durante años, o tal vez lo
miento extraviado, la mente debe perder al instante mandaran a un campo de concentración, o quizás lo
su capacidad receptiva. Esa era la voz de orden del pusieran en libertad por un tiempo determinado, tal
Partido. Y el proceso ha de ser instintivo, automá­ solía ocurrir a veces. Tampoco era de descartar que
tico. En otros términos, el Nodelito, incluido en el antes de eliminarlo se volvieran a repetir la tragedia
vocabulario de Neohabla. de su detención y los interminables interrogatorios.
Se dio a la gimnasia mental de ejercitarse en el Lo único de cierto era que la muerte venía siem­
Nodelito, abocándose a enunciados tales como: «afir­ pre en el momento menos esperado. Lo clásico -la
ma el Partido que la tierra es plana» o «el Partido tradición conocida de todos, pero jamás comentada
sostiene que el hielo es inás pesado que el agua»; p�r nadie- era pegar el tiro por detrás, en la nuca,
acto seguido, puso su entendimiento a prueba, ad­ mientras el reo era conducido de una celda a otra.
mitiendo o rechazando los razonamientos opues- Cierto día -aunque lo de «día» bien hubiera po-

406 407
GEORGE ÜRWELL
1984

elido ser medianoche- tuvo una extraña pesadilla. ría pasos afuera, pasos de hombres que calzan za­
Iba por el pasillo, esperando que en cualquier mo­ patones claveteados. No le perdonarían jamás que
mento le dieran el tiro de gracia, que ya no se haría hubiese incurrido en tales pensamientos, y la corres­
esperar. Todo estaba logrado, adaptado y en regla. po�diente sanción no se haría esperar. Ya se habrían
No quedaban ya dudas, argumentos, dolores ni te­ enterado de su desliz, si es que no lo sabían antes, y
mores. Sano y vigoroso se había puesto su físico. Iba razón tendrían de castigar por haber violado el pac­
andando con paso ágil no por uno de los pasillos del to concertado con ellos. Obedecía al Partido, pero
Ministerio del Amor, sino a lo largo de una espa­ seguía odiando al Partido. Eso le echarían en cara.
ciosa galería como de un kilómetro de largo, que le .
Antes ocultaba su mentalidad rebelde con el disfraz
pareció haberla recorrido ya antes bajo la influencia de una aparente conformidad, pero ahora, hablase
de drogas estupefacientes. Desembocó de pronto en replegado a posiciones más recónditas: luego de ha­
el País de Oro para tomar por aquel sendero flan­ ber claudicado mentalmente· de todos sus pasados
queado por prados de un vivísimo verde esmeralda; extravíos, seguía empeñado en mantener inviolables
pisaba sobre una alfombra de pasto fresco y acari­ los arcanos de su corazón. Pero acaso no dejarían de
ciábale el rostro el tibio sol de la tarde. En el límite comprender su situación; O'Brien, por lo men�s, lo
de aquella pradera se alzaban unos olmos agitando comprendería. Todo lo había puesto al descubierto
sus copas y, más allá, el arroyuelo donde retozaban al proferir a gritos aquellas comprometedoras pala­
. dorado.s pececillos a la sombra de unos sauces. bras, entre dormido y despierto.
De pronto despertó, paralizado de terror: se ha­ Sería menester comenzarlo todo de nuevo. Le lle­
bía oído a sí mismo llamando a voces: varía años conseguirlo. Se pasó la mano por la cara,
-¡Julia! ¡Julia! ¡Mi amor! tratando de familiarizarse con su nueva fisonomía.
Por unos instantes fue con él la abrumadora ilu­ El tacto le reveló las hondas arrugas que surca­
sión de tenerla cerca. No solamente cerca, sino den­ ban sus mejillas, con la angulosa prominencia de
tro de su ser, como formando parte de sus tejidos. sus pómulos y el achatamiento de su n� riz. Ver�ad
Y en esos momentos sintió por ella un amor más es que desde que se miró en aquel espejo le habian
intenso que, cuando solían estar juntos y eran libres. colocado una dentadura postiza. Nada fácil resulta
Tendido en su camastro, trató de poner en or­ conservar un rostro inescrutable cuando no se co­
den sus pensamientos, ¿Ql,lé es lo que acababa de nocen los rasgos de la propia fisonomía. De todas
hacer? ¿Cuántos años agregaba a sus desdichas con formas, no bastaba con ejercer un dominio pleno so­
un solo instante de flaqueza? Momentos más y oi- bre los gestos. Por vez primera cayó en la cuenta de

408 409
GEORGE ÜRWELL 1984

que para guardar un secreto lo primero es ocultarlo Morir odiándolos, en eso consistiría la suprema li­
a sí mismo. Aunque consciente de su constante pre­ bertad.
sencia, no debe dejársele que trasponga los límites Cerró los ojos. Resultaba más difícil que ad­
del entendimiento hasta no invocarlo con un pro­ mitir una servidumbre mental. Sería cuestión de
pósito definido. De ahí en adelante sería menester mutilarse y degradarse y hundir su espíritu en la
no solamente pensar, sino sentir y soñar dentro de hez de las heces. ¿Qyé era para él lo más repelente
las normas establecidas. Y todo el tiempo había de y nauseabundo de todo aquello? Involuntariamente
mantener su odio adherido al alma como un quiste le vino a la memoria la figura del Gran Hermano
que, aun formando parte de su cuerpo, ninguna re­ con sus desmesuradas facciones (a fuerza de con­
lación guarda con el resto del organismo. templarla en los cartelones parecía tener siempre
Un día de tantos resolverían pegarle el tiro de un metro de ancho), descomunales bigotes negros
gracia. Conocer la hora a ciencia cierta era imposi­ y aquellos ojos que le seguían a uno por doquier.
ble, pero no sería difícil preverlo con algunos minu­ ¿Cuáles eran sus verdaderos sentimientos con res­
tos de anticipación. Un tiro en la nuca era lo estable­ pecto al Gran Hermano?
cido, mientras la futura víctima era conducida por Oyéronse pasos afuera. Se abrió la pesada puerta
un pasillo. Con diez segundos bastaría para cumplir con el característico chirriar de sus goznes. Y entró
con el acto final de su vida. En ese lapso volvería O'Brien, seguido por el joven oficial de la máscara
.del revés todo su mundo interior: de improviso, sin de cera y dos guardias uniformados de negro.
variar la expresión de su rostro ni detener el paso, -Póngase de pie -ordenó O'Brien- y acér­
desgarraría de un tirón la máscara de su simulación quese. Aproximósele Winston y el otro le puso la
para que las baterías de su encadenado odio soltaran mano en el hombro, para·decir:
la andanada. Y el odio se apoderaría de él como una -Ha estado usted meditando engañarme. ¡Inca­
intensa llamarada. Y en ese instante le darían el tiro, lificable torpeza de un hombre como usted, Wins­
o demasiado pronto, o demasiado tarde. Le harían ton! ¡Arriba la cabeza! Y míreme de frente -luego
saltar la tapa de los sesos antes de poder ligar con de una pausa, prosiguió en tono más obsequioso-:
nuevas cad�nas sus pensamientos invulnerables. Y Está usted mucho mejor. Desde el punto de vista
esos pensamientos en discordia quedarían sin san­ mental, poco hay que objetar, pero en cuanto a sus
ción ni penitencia, por siempre fuera del alcance de sentimientos, todavía dejan bastante que desear.
sus feroces verdugos. Con ello, esos verdugos ha­ Dígame, Winston, con entera franqueza, porque ya
brían perforado un boquete en su propia perfección. sabe usted que advierto al instante cualquier oculta-

410 411
GEORGE ÜRWELL 1984

1
miento de la verdad, dígame: ¿cuáles son sus senti­ cos metros de él y la otra a mayor distancia, próxima
mientos para con el Gran Hermano? a la puerta de entrada. Una especie de almohadilla le
-Lo aborrezco con toda el alma. tenía sujeta la cabeza por detrás, obligándole a man­
-Conque lo aborrece. Muy bien. Entonces ha tenerse con la vista al frente.
llegado el momento de entrar en la última etapa del Pasados unos instantes, se abrió la puerta para
proceso: Tiene usted que amar al Gran Hermano. dejar paso a O'Brien.
No basta con prestarle sumisión: hay que amarlo. -Una vez me preguntó usted -·-dijo el recién
Soltó a Winston para entregarlo a los guardias, llegado- lo que había en el cuarto 101 y le con­
diciendo: testé que todos, usted entre ellos, lo sabían. Lo que
-Cuarto 101. hay en este cuarto es lo más horroroso que se puede
imaginar.
Volvió a abrirse la puerta y se introdujo un guar­
dia llevando en la mano un objeto hecho de alambre;
algo así como un cesto o una caja, que depositó sobre
V una de las mesitas. Por la posición en que se encon­
traba O'Brien; no le era posible a Winston precisar
Desde que fue encarcelado siempre supuso qué era aquel objeto.
Winston -o creyó suponer- la ubicación de su cel­ Habló O'Brien para decir:
da dentro de aquel gigantesco edificio sin ventanas. -Cada hombre tiene un particular horror por
Acaso fuera por la diferencia en la presión del aire una cosa determinada; para unos es ser enterrado
acondicionado. La celda donde le maltrataron los vivo; para otros, morir entre las llamas; para los de
guardias se hallaba en los sótanos: el aposento en el más allá, perecer ahogado o empalado o lo que sea.
cual fue interrogado por O'Brien se hallaba situado A veces, se trata de cosas enteramente pueriles, que
en los piso� superiores. Pero el presente era un sitio ni siquiera llevan consigo un peligro de muerte.
ubicado bai,o tierra, a una gran profundidad. Al hacerse O'Brien a un lado, pudo Winston dis­
Era una' estancia algo más espaciosa que las cel­ tinguir mejor el objeto depositado por el guardia so­
das donde se le había recluido. Pero apenas Winston bre la mesa: era una jaula de alambre y forma ovalada
tuvo tiempo de hacer su composición de lugar, pues con una manija en su parte superior; por un lado, la ·
desde el primer momento llamaron su atención dos cubría una rejilla combada hacia adentro como una
mesitas de tapete verde: una de ellas se hallaba a po- careta de esgrima. Aunque se hallaba a tres o cuatro

412 413
GEORGE ÜRWELL 1984

metros de distancia del objeto, advirtió Winston que los más atroces dolores y dejarse morir sin echarse
la jaula estaba dividida en dos secciones y en cada atrás. Pern para todos existe siempre algo imposible
una de ellas había unos animales. Eran ratas. .de sufrir, algo en lo cual ni pensar se atreve uno. No
-En su caso particular -prosiguió O'Brien -a es cuestión de valor o de cobardía. Si uno se siente
nada tiene usted más horror que a las ratas. caer desde un décimo piso no es signo de cobardía
Un escalofrío de muerte, como de anticipado pa­ asirse a una cuerda: si el que está a punto de aho­
vor, se había apoderado de Winston al ver por pri­ garse logra subir por un momento a la superficie,
mera vez aquella jaula; mas en ese instante, al com­ no es un cobarde porque aproveche esos instantes
prender la finalidad de la rejilla de forma cóncava, se para volver a llenar sus pulmones de aire. Son movi-·
le erizaron los cabellos de espanto. mientos instintivos, que no admiten desobediencia.
-¡No, no es posible que lleguen a ese extremo! Lo mismo ocurre con las ratas. Para usted es lo peor
-gritó con una voz estremecida por el terror- ¡No que hay en el mundo. Es un procedimiento al que
lo pueden hacer! ¡No se atreverían! apelamos para doblegar su ánimo y al cual no podrá
-¿Recuerda-dijo O'Brien- aquellos instantes usted resistirse, aunque se lo propusiera. Y, por eso,
de pavor que solía experimentar en sueños? Veíase hará usted cuanto se le pida.
usted frente a un muro hecho de tiniebla.s y en sus -¿Pero qué es lo que me piden? ¿Cómo puedo
oídos resonaban unos ruidos sordos. Más allá de darles gusto si no sé lo que quieren de mí?
aquel muro ocultábase algo espantoso. Intuía usted Tomó O'Brien la jaula y la depositó sobre la mesa
lo que era, pero nunca tuvo el valor de desgarrar el más próxima a Winston. A este le bullía la sangre
velo y salir de dudas. Eran ratas, ratas lo que había en los oídos. Se sintió abrumado por una infinita
detrás de aquel muro de tinieblas. soledad: creyó hallarse en medio de una inmensa y
-O'Brien -clamó Winston, haciendo un es­ desierta llanura bañada de sol, a la cual llegaban ecos
fuerzo por dominarse-. Bien sabe usted que esto como procedentes de inconmensurables lejanías. Y,
no es necesario. ¿O!lé otra cosa quieren de mí? sin embargo, la jaula con los inmundos animalejos
No respondió O'Brien por un momento y cuando sólo estaba a escasos metros de él. Enormes eran
lo hizo, fue con ese tono de maestro que solía adop­ aquellas ratas y estaban en esa edad en que sus hoci­
tar en ocasiones. Fijando sus ojos a lo lejos, como si cos comienzan a tornarse ásperos y mudan su pelaje
se dirigiera a un auditorio, dijo: de gris a pardo oscuro.
-El dolor físico en sí no es bastante. Hay veces -La rata -iba diciendo O'Brien, como si con­
en que un ser humano es capaz de soportar impávido tinuara dirigiendo la palabra a un auditorio invisi-

414 415
GEORGE ÜRWELL 1984

ble- es un roedor, mas no por eso deja de ser car­ Se lanzarán sobre su cara para destrozárla a mordis­
nívoro. Usted no lo ignora, Winston. Habrá oído lo
que suele ocurrir en los barrios pobres de la ciudad, 1 cos. A veces, comienzan por los ojos; otras, horadan
fas mejillas para devorar la lengua.
donde no se puede dejar solo ni por un momento a Ya estaba más cerca la jaula. Oyó Winston una
un niño de corta edad, por temor a que lo devoren sucesión de. chillidos que parecían provenir de cier­
las ratas. En pocos minutos, no quedaría de él sino to sitio ubicado encima de su cabeza. Pero siguió lu­
los huesos. También atacan a las personas mayores chando a brazo partido para no dejarse vencer por el
imposibilitadas de defenderse, tales como inválidos terror. Pensar, seguir pensando, aun en la fracción de
o moribundos. Es prodigiosa la perspicacia de que segundo que le restaba, era el único medio de no vol­
· da pruebas la rata para advertir al instante cuando verse loco. De pronto percibió el peculiar olor a moho,
un ser humano se halla indefenso. característico de aquellos roedores. Sintió náuseas
Oyéronse unos aullidos provenientes de la jaula. y a punto estuvo de perder el conocimiento. Estaba
A Winston pareciole que venían de muy lejos. Las como envuelto en sombras impenetrables. Y en esos
ratas pugnaban entre si por abrirse paso a través de instantes no era sino un ser irracional que aullaba de
la abertura. Percibió asimismo un hondo gemido de desesperación. Pero de aquellas sombras emergió su
desaliento, que también se le antojó proferido por espíritu con una idea salvadora: sólo había un medio
otra persona. de librarse de aquel horror, uno solo, y era interponer
Levantó O'Brien la jaula y, al hacerlo, oprimió un el físico de otra persona entre él y las ratas.
resorte. Hizo Winston un desesperado esfuerzo por La proximidad de la máscara hacía que no pu­
zafarse de sus ligaduras, pero era inútil, pues se en­ diera ver otra cosa en su derredor. A no más de dos
contraba amarrado de la cabeza alos pies. Aproximó cuartas de su cara estaba la jaula. Y las ratas parecían
O'Brien la jaula todavía más, hasta colocarla a me­ presentirlo que había de suceder dentro de contados
nos de un metro de distancia del rostro de Winston. instantes: una de ellas daba saltos de arriba abajo,
-He accionado sobre el primero de los resortes mientras otra -un sarnoso veterano de las alcanta­
-dijo-. Vsted ve cómo está hecha esta jaula. Se le rillas- se paraba sobre sus patas traseras apoyando
ajustará la máscara a la cabeza de modo a no dejar las delanteras en los alambres de la jaula, olisquean­
ninguna salida; al accionar sobre el segundo resorte, do el festín; alcanzaba Winston a distinguir los pe­
se correrá la puerta de la jaula y los animalitos, apre­ los de sus bigotes y los dientes amarillentos. Y otra
miados por el hambre, se precipitarán fuera como vez, un negro terror se apoderó de él. Se encontraba
flechas. ¿Ha visto usted alguna vez saltar a una rata? ciego, indefenso y privado de la facultad de pensar.

,.
416 417
GEORGE ÜRWI-:LI. 1984

-Es este un castigo que solía ser muy común en VI


la China imperial -decía O'Brien, sin abandonar
su postura didáctica. _ Casi desierto estaba el Café del Castan- 0 . L
os ra-
La máscara iba aproximándose cada vez más. Y yos del sol, al filtrarse por la ventana, ponían un;i
de improviso, sintió Winston, no una sensación de nota de dorados resplandores sobre la lustrada super­
alivio, sino una esperanza, un débil rayo de esperan­ ficie de las mesas. Era la solitaria hora de las quince.
za. Acaso fuera tarde, demasiado tarde. Pero acaba­ La telepantalla dejaba oír una alegre musiquilla.
ba de comprender que en el mundo entero sólo había Ocupaba Winston su asiento habitual, contem­
una persona a quien podía endosarle su agonía, un plando su copa vacía. De vez en cuando levantaba
cuerpo que interponer entre él y las ratas. los ojos para fijarlos en una enorme cara que le mira­
-¡Hagan esto con Julia! -gritó-. ¡Sí, con ella! ba desde la pared de enfrente: EL GRAN HERMANO
¡Qiie sea Julia y no yo! No me importa lo que le pase os VIGILA, deda la leyenda al pie. Sin llamarlo, se
a ella. ¡Qiie le devoren la cara y no le dejen sino los llegó hasta su mesa un camarero para llenar la copa
huesos! ¡Qiie sea Julia, pero yo no! con Ginebra de la Victoria, agregando algunas gotas
Iba desplomándose de espaldas en las profundi­ de otra botella con vertedor: era sacarina aromatiza­
dades de un precipicio. Seguía amarrado a su asien­ da con clavos de olor, especialidad de la casa.
to, pero sin embargo, continuaba cayéndose, cayén­ Winston tenía toda su atención puesta en la te­
dose a través del piso, de las paredes del edificio, lepantalla. Por el momento, el programa era de gé­
del globo terráqueo, de los océanos, de la atmósfera, nero musicai pero era de esperar que no tardaría en
a través de los espacios siderales, hasta alcanzar las . trasmitirse un boletín espécial del Ministerio de la
estrellas, pero cada vez más y más lejos de aquellas Paz. Las noticias que llegaban del frente africano
malditas ratas. Sintiose a miles de kilómetros luz de no eran nada tranquilizadoras, lo que le había te­
aquel sitio, pero O'Brien seguía de pie junto a él. Y nido preocupado a Winston todo el día. Un ejército
todavía sentía en sus mejillas el frío contacto de los eurasiano (Oceanía estaba en guerra con Eurasia y
alambres de. la jaula. Mas a través de las tinieblas siempre lo había estado) avanzaba en dirección al
que parecían envolver todo su ser alcanzó a percibir sur, arrollándolo todo a su paso. En el comunicado
el ruido de un resorte al accionar, y en ese preciso del mediodía no se había hecho mención de ninguna
instante comprendió que la puerta de la jaula se ce­ zona geográfica en particular, pero lo probable era
rraba en vez de abrirse. que las acciones se estaban desarrollando en la re­
gión del Congo. Brazzaville y Leopoldville corrían

,.
418 419
1984
GEORGE ÜR\VELL

peligro de caer en manos del enemigo. Sin necesidad mesa trayendo el tablero de ajedrez y un ejemplar
de consultar el mapa se hacía uno cargo de lo que se del Times correspondiente a la fecha, con sus páginas
hallaba en juego: no. solamente era cuestión de per­ abiertas en la plana de los problemas de ajedrez; lue­
der toda el África Central, sino que, por vez primera go al advertir que la copa de Winston estaba vacía,
en el curso de toda la guerra, el propio territorio ·de volvió a servirle más ginebra. No era necesario que se
Oceanía se encontraba amenazado. lo pidiera al camarero, pues en aquel café estaban al
Una violenta emoción, no de miedo precisamente, tanto de sus costumbres. El tablero de ajedrez estaba
sino de indefinida exaltación, se apoderó del ánimo siempre a su disposición y, reservada para él la mesa
de Winston, pero sólo para desvanecerse al instante. del rincón, aunque el local estuviera colmado de pa­
Ydejó de pensar en la guerra. Por esos tiempos era rroquianos, los cuales solían esquivar sentarse dema­
totalmente incapaz de enfocar su atención sobre un siado cerca de Winston. Ni siquiera se preocupaba
tema dado por más de unos segundos. Apuró de un esta de llevar la cuenta de las copas que ingería: a
sorbo el contenido de su copa y, como siempre, sintió intervalos regulares solían presentarle un mugriento
un estremecimiento seguido de arcadas. ¡Vaya horri­ trozo de papel que decían era la adición, pero Wins­
ble menjurje! La sacarina y los clavos de olor, mezcla ton no dejaba de sospechar que le cobraban siempre
peculiar d� suyo repugnante, no alcanzapan a disi­ de menos. A la verdad, tanto le daba que hubiese sido
mular el grasiento sabor de la ginebra; para peor, el a le inversa: dinero no le faltaba nunca y hasta tenía
olor a ginebra, de que estaba empapado día y noche, un empleo, una canonjía en regla, con un sueldo su­
le hacía recordar aquellas... perior al de su destino de antes.
No las nombraba nunca y, siempre que le fuera Cesó la música en la telepantalla para ceder lu­
posible, las mantenía alejadas de su imaginación. gar a la voz de un locutor. Ladeó Winston la cabeza
Eran recuerdos de cosas que rondaban junto a su cara para no perder palabra. Sólo se trataba de un breve
con un olor que se le había quedado pegado al olfato comunicado del Ministerio de la Abundancia: en
desde ent¡mces. A medida que la ginebra iba produ­ el pasado trimestre -rezaba la noticia oficial- la
ciendo su� efectos, lanzaba sonoros eructos por entre cuota establecida por el Décimo Plan Trienal para
sus amora:tados labios. Se había vuelto casi obeso y la producción de cordones para zapatos había sido
los colores le iban volviendo a la cara: sus facciones superada en un 98 por ciento.
eran ahora fofas y teñidas de un rojo subido: inclu­ Estudió el problema de ajedrez y dispuso las pie­
so la calva la tenía de un color anaranjado. Otra vez zas sobre el tablero. Era un problema complicado con
el camarero, por propia iniciativa, se llegó hasta su un par de caballos: «juegan las blancas y dan mate

421
420
GEORGE ÜRWELL 1984

en dos jugadas». Miró Winston el retrato del Gran a las hordas negras en su arrollador avance hacia
Hermano: «Los mates siempre los dan las blancas», el sur, pensó en otro ejército, concentrado sigilo­
pensó, con una especie de nebuloso misticismo. En samente a ·su retaguardia y dispuesto a cortar las
ninguna partida de ajedrez, desde que el mundo es comunicaciones del enemigo por tierra y por mar.
mundo, han ganado las negras. ¿Acaso no constituía Era como si al solo impulso de su voluntad hubiese
ese fenómeno un símbolo de la eterna e inmutable logrado crear aquel ejército salvador. Pero era me­
victoria del Bien sobre el Mal? Y aquella cara desco­ nester obrar sin pérdida de tiempo. Si el enemigo
munal, síntesis de serena potencialidad, le devolvió lograba apoderarse de todo el continente africano
la mirada. Los mates siempre los dan las blancas. y llegara a instalar aeródromos y bases para sub­
Hizo una pausa el locutor de la telepantalla para marinos en el Cabo, Oceanía quedaría cortada en
agregar en un tono distinto y con acento más grave: dos. Y en ese caso, no resultaría difícil prever las
«Comunicamos a los oyentes que a las quince y trein­ eventuales consecuencias: desastre, pánico, recons­
ta difundiremos un boletín especial. ¡A las quince y titución del mundo, liquidación del Partido. Exhaló
treinta! La noticia que daremos es de extraordinaria un hondo suspiro. En sus adentros pugnaban entre
importancia. Estad atentos. ¡A las quince y treinta!». sí una extraordinaria y compleja diversidad de sen­
Y volvió a oírse la chispeante musiquilla. timientos como si estuvieran superpuestos los unos
A Winston se le aceleraron los latidos' del cora­ a los otros, mas sin poder precisar cuáles de ellos
. zón. Ese sería el comunicado sobre las operaciones formaban el basamento de los demás.
de guerra: decíale el instinto que las noticias iban a Pasó el mal momento. Reintegró el caballo blan­
ser buenas. Todo aquel día se lo había pasado cavi­ co a su casilla, porque no estaba Winston en esos
lando sobre layosibilidad de una derrota aplastante momentos para resolver problemas de ajedrez. Co­
en tierras de Africa. ·Hasta se imaginaba al ejército menzó de nuevo a divagar. Y casi sin tener conciencia
eurasiano irrumpiendo a través de las vírgenes fron­ de ello, trazó con un dedo sobre el polvo depositado
teras para avanzar sobre el extremo del continente sobre la superficie de la mesa la siguiente operación
africano como una incontenible invasión de hormi­ aritmética: «2 + 2. = 5»
gas. ¿No sería acaso factible envolver a ese ejército «No pueden mandar en tu fuero interno», había­
por medio de una maniobra? Mentalmente, vio ante le dicho ella. Pero mandaban. «Lo que aquí le pasa
sus ojos el litoral occidental de África. Levantó el no tiene remisión posible» dijo O'Brien. Nada más
caballo blanco para realizar una jugada: esa era la cierto. Había cosas, enti:e ellas las propias acciones,
casilla que convenía a la jugada. Y al imaginarse de las cuales no resultaba posible recobrarse. Algo

422 423
GEORGE ÜRWELL
1984

muerto llevaba Winston dentro de su pecho; y no No había .allí telepantalla, pero no faltarían mi­
solamente muerto, sino cauterizado y call cinado crófonos ocultos; por lo demás, cualquiera podría
para siempre. verlos. Pero daba igual; nada importaba. Hubieran
La había visto y hasta llegó a hablarle. No se ex­ podido echarse sobre el suelo y disfrutar del amor
ponían con ello a ningún riesgo. El instinto le de-. como en los viejos tiempos. Pero a Winston se le
cía que ya nadie se interesaba en él. Hubiera podido heló la sangre en las venas con sólo pensar en ello.
concertar con ella una nueva entrevista, si ambos lo Absolutamente insensible mostrábase ella al hecho
hubiesen deseado. Fue por mera casualidad que se de tenerla él asida por el talle, mas tampoco hacía
encontraron: sucedió en el parque, cierto día des­ esfuerzo alguno por desprenderse. Comprendió
apacible y frío del mes de marzo, cuando la tierra Winston cuál había sido el cambio operado en ella:
parece haberse · transformado en hierro y toda ve­ tenía la cara de un color más cetrino que antes y,
getación está muerta; cuando no se percibe un solo de la frente a la sien derecha, corría una profunda
brote, fuera de unos raquíticos bulbos abriéndose cicatriz, parcialmente oculta por el peinado. Pero no
paso a duras penas por entre la helada superficie sólo residía en eso precisamente lo fundamental del cam­
para ser despedazados por las gélidas ráfagas. De bio: el rasgo más prominente era que su talle había
prisa iba andando Winston, con las manos ateridas y engrosado para cobrar una mayor rigidez. Recordó
los ojos aguachentos, cuando la vio a menos' de diez Winston a propósito de ello que, en cierta ocasión,
metros de distancia. Al punto advirtió que la joven luego de estallar una bomba voladora, dio una mano
había cambiado y no en forma que la favorecía. Se para extraer un cadáver sepultado entre los escom­
cruzaron casi sin mirarse; a poco, volvíase él para bros, y lo que le impresionó entonces, fuera del peso
seguirla, aunque no de muy buena gana. Peligro no increíble de aquel cuerpo exánime, fue la extraordi­
había, pues nadie repararía en ellos. No dijo ella una naria rigidez, como si estuviera hecho de piedra y no
palabra. Tomó por el césped como buscando eludir­ de carne. Así estaba ahora el cuerpo de ella. Y su cu­
lo, pero luego pareció resignarse a su compañía. Pa­ tis había a,dquirido una complexión completamente
sos adelante;se encontraron en medio de unas matas distinta de la de antes.
sin hojas, que de nada servían, ni para ocultarlos a Ni intentó siquiera besarla y no cambiaron una
la vista ni como abrigo contra el vientó. Se detu­ sola palabra durante un largo rato. Mientras ca­
vieron. Arreciaba el frío. Silbaba el viento por entre minaban sobre el césped, mirole ella por. vez pri­
las ramas secas, segando los pocos bulbos que aún mera de frente: fue apenas una fugaz mirada, pero
quedaban en pie. La tomó por el talle. lo suficiente para advertir en sus ojos un fulgor de

424 425
GEORGE ÜRWELL

1984

antipatía y desdén. Preguntase si aquel desdén se


debería a las cosas que habían ocurrido, o si tam- · -No -� ijo Winston-, ya no se pue
- de.
bién tenían parte en él sus facciones abotargada� Le parec10 que entre ellos estaba todO. d'IChO, El
,
y sus ojos siempre aguanosos. Tomaron asiento en viento glac1'al planchaba sobre sus carnes la del -
ga
un banco, juntos pero no muy cerca el uno del otro. da tela de los malucos. Y se hizo desconéertante
P_arecía ella a punto de decir algo, pero antes de quedarse allí sentados sin dirigirse la palabra; por
decidirse, aplastó con un pie deliberadamente una lo demás, hacía demasiado frío para estarse mucho
rama seca. También sus pies han crecido, caviló tiempo en un mismo sitio sin moverse. Dijo ella que
Winston para sus adentros. debía tomar su tren y, al decirlo, se puso de pie.
-Te traicioné -dijo ella sin rodeos. -Tenemos que volvernos a ver -dijo él.
-Y yo a ti -apuntó Winston. -Sí -subrayó ella-, tenemos que volvernos a
Luego de otra mirada de aversión, prosiguió ella: ver.
-Hay veces en que le amenazan a uno con tor- La siguió como indeciso algunos pasos, siempre
mentos imposibles de resistir y en los cuales no se manteniéndose a la zaga. No volvieron a dirigirse
atreve uno ni a pensar. Y en ese trance, cavila uno: la palabra. Y no es precisamente que ella esquivara
«No me lo hagan a mí; hágasenlo a fulano». Luego su compañía, sino que apuraba el paso de tal modo
pretende uno convencerse a sí mismo de que aquel como para hacerle difícil caminar a su lado. Tenía
pensamiento sólo tenía por objeto librarse del tor­ resuelto Winston acompañarla hasta la estación del
mento, sin ninguna marcada intención. Pero eso no subterráneo, pero de pronto pensó que aquello de
es verdad: en esos trances se piensa con deliberado andar a la intemperie sin un motivo que lo justificara
propósito, como que es la única puerta de salvación. se estaba volviendo insoportable, además de tonto.
Se desea íntimamente que otra persona ocupe nues- Le invadieron deseos, no tanto de separarse de Julia
. tro lugar y padezca por nosotros. Y nada le importa como de volver al Café del Castaño, que nunca hasta
a uno que por ello esa persona haya de sufrir horro­ entonces le pareció tan acogedor. Evocó con un dejo
res: todo lo que interesa es salvarse a sí mismo. de nostalgia su mesa en el rincón, el periódico, el
-Todo lo que interesa es salvarse a sí mismo - tablero de ajedrez y las interminables copas de gi­
repitió Winston como un eco. nebra. Y, sobre todo, allí habría alguna posibilidad
-Y claro que después de eso, ya no se pueden de entrar en calor. En eso, y no del todo debido a
abrigar los mismos sentimientos para con aquella la casualidad, se quedó muy atrás de ella, debido a
persona. una aglomeración de gente en la acera; luego trató
de darle alcance, pero a poco dio una media vuel-

426.
427
GEORGE ÜRWELL 1984

ta y echose a andar en dirección contraria. Llevaba dorsal que se le antojaba quebrada en dos, le habría
andando unos cincuenta metros cuando volvió la sido imposible abandonar la horizontál si no fuera
cabeza, pero no alcanzó ya a distinguirla y eso que por la botella y la taza puestas al alcance de su mano'
la calle estaba poco concurrida: cualquiera de aque­ sobre la mesa de noche. Luego se pasaba las horas
llos contados transeúntes hubiera podido ser ell�. hasta el mediodía con los ojos perdidos en la lejanía,
Tal vez había cambiado tanto que ya no era posible en la mano la botella de ginebra y escuchando a la
reconocerla por detrás. «Y en esos trances -había telepantalla. Desde las quince hasta la hora de cerrar
dicho ella- se piensa con deliberada intención.» Así. era infaltable en el Café del Castaño. A nadie le im­
sucedió con él: no solamente llegó a pensarlo, sino a portaba ya su vida: no le despertaba por las mañanas
desearlo con toda el alma. Qyiso que fuera ella y no un estridente toque de sirena ni le regañaba una voz
él pasto de las ... por la telepantalla. Dos veces por semana concurría
Cambió de improvis� el programa difundido por a una oficina de mala muerte en el Ministerio de la
la telepantalla. Prodújose un ruido chirriante y desa­ Verdad para trabajar un rato, si es que a eso pudiera
gradable. Y se puso a cantar una voz -o acaso fuera llamarse trabajar. Se le había dado destino en una
una sugestión- aquello de: subcomisión de otra subcomisión que integraban
una de las tantas Juntas constituidas para entender
«A la sombra del castaño en detalles de poca monta, relativos a la Undécima
Me vendiste y te vendí.» edición del diccionario de Neohabla. La tarea prin­
cipal consistía en redactar un Informe Provisional,
Anegáronse sus ojos de lágrimas. Uno de los ca-­ aunque sobre qué asunto debían informar era cosa
mareros, al advertir su copa vacia, íuó en busca de la que Winstcin jamás pudo poner en claro. Sólo sa­
botella de ginebra. bía que alguna relación guardaba con el problema de
Alzó la copa para olfatear su c.ontenido. Con establecer si las comas habían de colocarse dentro o
cada sorb� aquello sabía peor, pero constituía el ele­ fuera de los paréntesis. Winston trabajaba en cola­
mento en ,cuyos brazos se había entregado: era su boración con cuatro personas de su misma catadura.
vída, su muerte y su resurrección. Merced a la gi­ Algu nas veces solían reunirse para volver a separarse
nebra sumíase todas las noches en un profundo so­ sin más ni más, al manifestar unos y otros con en­
por y, mediante ella, volvía a revivir poi la mañana. vídiable franqueza que allí no había nada que hacer;
Cuando despertaba, nunca antes de las once, con los pero en ocasiones, se ponían a trabajar de verdad,
párpados engomados, la boca pastosa y una espina con inusitado interés y en medio de un despliegue

428 429
GEORGE ÜRWELL 1984

impresionante de informes y de notas a los que nun­ un chico de nueve o diez años, sentado en el suelo,
ca se ponía remate; y surgían discusiones acaloradas agitando un cubilete y riendo con ganas. Su madre,
para definir el tema de la discusión y se perdían sin sentada frente a él, también reía.
remedio en un piélago de sutiles interpretaciones, Debió haber sido unos meses antes de que ella
entre divergencias de pareceres que alguien ame­ desapareciera. Fue en un instante de reconciliación
nazaba con elevar a la autoridad superior para su cuando, olvidando el gusanillo del hambre, sentía re­
resolución. En otras ocasiones, sentíanse todos tan vivir transitoriamente en su alma sus afectos de otros
desfallecidos y faltos de ánimo que optaban por que­ tiempos por su madre. Bien recordaba aquel día, un
darse sentados en torno de una mesa, mirándose los día oscuro y lluvioso, con el agu a repiqueteando en
unos a los otros con ojos de· opaca mirada, cual si los cristales de la ventana y el alumbrado demasiado
fueran fantasmas esperando el canto del gallo para pobre para poder leer en el interior de la habitación.
volver a sus aquelarres. Intolerable era el tedio de aquellos dos chicos en el
· Guardó silencio la telepantalla por unos instantes. hacinado y penumbroso aposento. Entre berridos y
Volvió Winston a levantar la vista. ¡El comunicado, protestas pedía Winston inútilmente que le dieran
al fin! Pero no era, no: era simplemente un cambio de comer; luego se ponía a revolver cuanto había en
de programa. El mapa de África lo llevaba Winston el cuarto hasta echarlo todo a rodar y pegaba coces
en la cabeza. La posición de los ejércitos beligeran- contra el friso hasta que los vecinos golpeaban en la
. tes formaba un gráfico: una flecha negra apuntan­ pared reclamando tranquilidad, mientras su herma­
do al sur y otra blanca apuntando al este y cortando na pequeña no cesaba de llorar todo el tiempo. Al
aquella por la extremidad. Como para infundirse fin le dijo su madre: «Si te portas bien, te compraré
más fe, echó una mirada al rostro imperturbable del un lindo juguete que mucho te va a gustar». Y acto
cartelón. ¿Podría ser posible que la segunda de las seguido se largó a la calle, en medio de la lluvia, para
flechas no existiera ni en proyecto? Pero de nuevo, llegarse a un bazar de las inmediaciones y volver al
había perd.ido todo interés en la guerra. Apur_ó un cabo con una caja de cartón conteniendo un juego
trago de ginebra, tomó el caballo blanco y se dispuso de blancas y negras. Todavía recordaba Winston el
a completar la jugada. Jaque. Pero no era la jugada color de aquel cartón mojado por la lluvia. Era un
que convenía porque... juguete de los más ordinarios: el tablero estaba ra­
Sin quererlo, le vino a la memoria un recuerdo jado en varias partes y los dados tan mal cortados
muy lejano: vio un aposento alumbrado por una que no había forma de tenerlos en equilibrio para
candela, un enorme lecho con blanca sobrecama y ver los puntos. Encendió su madre un trozo de vela

430 431
GEORGE ÜRWELL 1984

y sentáronse ambos en el suelo a jugar. Muy pronto formidable ejército, trasportado por mar y concentra­
se entusiasmaron con el entretenimiento, llegando do con el mayor sigilo, había llevado una embestida
a jugar diez partidas seguidas. Su hermanita, de­ sobre la retaguardia del enemigo: la flecha blanca ha­
masiado pequeña para entender de qué se trataba, bía cortado a la negra por su extremidad. A través de
seguía sentada en la cama con la cabeza apoyada en la baraúnda se alcanzaban a percibir algunas frases
un almohadón de plumas. Y también reía al ver reír sueltas: «Vasta maniobra estratégica... coordinación
a los otros. Una tarde muy feliz pasaron todos, como perfecta ... completo desbande... medio millón de pri­
en los viejos tiempos. sioneros... el enemigo desmoralizado... dominio de
Apartó de su memoria la evocación, porque eran todo el continente africano... nos llevará muy pronto
recuerdos falsos. De vez en cuando acosábale ese 1
@
al fin de la guerra ... victoria la más resonante de todos
género de recuerdos. No tenía mayor importancia, ¡ los tiempos... ¡victoria, victoria, victoria... !»
mientras se supiera darles el lugar que les correspon­
día: algunas cosas habían ocurrido, sin duda alguna,.
pero otras no. De nuevo fijase en el tablero de aje­
1 Winston no podía tener quietos los pies debajo
de la mesa. Sentado en aquella mesa y sin moverse
de allí sentíase compartiendo el frenético ent usias­
drez y volvió a levantar el caballo blanco, pero sólo mo de la multitud, prorrumpiendo en vítores y acla­
para volver a dejarlo al instante, sobresaltado como maciones. Volvió a mirar la figura del Gran Her­
si le hubiesen pinchado de pronto con un alfiler. mano. ¡El coloso que hace temblar el mundo entero!
Por la telepantalla acababa de oírse un agudo to­ ¡La roca de granito contra la cual se estrellan impo­
que de clarín. Era el comunicado. ¡Victoria! El toque tentes las hordas asiáticas! Pensó en que hacía diez
de atención era siempre anuncio de nuevas victorias. minutos -diez minutos apenas- todavía la duda
Los parroquianos vibraron todos como al conjuro de mordía en su espíritu al preguntarse si el comuni­
un fluido eléctrico. Incluso los camareros hicieron cado anunciaría una victoria o un desastre. No se
un alto en sus tareas para volverse todo oídos. trataba del solo hecho de haber sido liquidado todo
Tras e1 broncíneo toque de clarín, se dejó oír por la un ejército eurasiano, sino que en Winston habíase
telepantalla una voz vibrante de emoción, pero a poco operado un cambio profundo desde aquel primer día
fue ahogada por un griterío infernal que procedía de en el Ministerio del Amor, cambio que ahora que­
afuera. Y es que ya la noticia se había difundido en daba afianzado por siempre con la rotunda reválida
la calle. Winston alcanzaba a oír lo suficiente por la de una cicatriz indeleble.
telepantalla como para enterarse de que las cosas se Seguía el locutor difundiendo por la telepantalla
habían producido tal como las había previsto él: un · el total de prisioneros, el botín capturado y demás

432 433
GEORGE ÜRWELL

Apéndice
detalles del desastre enemigo, pero el vocerío de la
multitud había declinado un tanto en su fragorosa
intensidad. Ya reanudaban los camareros su inte­
rrumpida faena. Uno de ellos se acercó a la mesa
de Winston portando una botella de ginebra, pero
Winston, perdido en sus divagaciones, ni se dio
por enterado que volvían a llenarle la copa. Ya no
prorrumpía en estentóreos gritos de victoria. Veíase
de nuevo en el Ministerio del Amor con su alma
limpia de culpa y mancha: veíase en el banquillo de
los acusados, declarándolo todo, complicando en sus
declaraciones a todo el mundo. Y se imaginaba ca­
minando por aquella galería con la impresión de ir Los PRINCIPIOS DE «NEOHABLA»
andando por un reguero iluminado de sol, con un
guardia a sus espaldas. Neohabla era la lengua oficial de Oceanía y fue
Fijó de nuevo sus ojos en la cara d�scomunal. ideada con el objeto de satisfacer las exigencias ideo­
Cuarenta años le había llevado descubrir la clase lógicas del lNGsoc, o Socialismo Inglés. En 1984
de sonrisa que se ocultaba detrás de aquellos bigo­ nadie empleaba todavía el nuevo idioma como único
tes negros. ¡Oh, incomprensiones tan crueles como medio de entenderse con sus semejantes, sea oral­
innecesarias! ¡Oh, alejamiento obstinado y culpable mente o por escrito. Verdad es que los editoriales del
del regazo acogedor! Dos lágrimas saturadas de gi­ Times eran escritos en Neohabla, pero se trataba de
nebra se deslizaron por sus mejillas. Pero la lucha un tour de.force a cargo de redactores especializados
había terminado y el triunfo era completo, defini- · en la materia. Se estimaba que Neohabla llegaría a
tivo, rotundo. Winston acababa de triunfar sobre sí suplantar totalmente a Viejahabla (o inglés corrien­
mismo. Ahora amaba al Gran Hermano ... te) allá por el año 2050. Entretanto iba abriéndose
camino paso a paso, recomendándose a los afilia­
dos al Partido un empleo cada vez más intenso de
su vocabulario y construcciones gramaticales en
la conversación diaria. El léxico en uso en 1984, y
comprendido en la Novena y Décima ediciones del

434 435
1984
GEORGE ÜRWELL

diccionario de Neohabla, era de carácter provisional «el perro está libre de pulgas» o «este campo está
e incluía un gran número de vocablos superfluos y libre de abrojos»; no podía ser utilizado en su an­
locuciones anticuadas; aquí vamos a referirnos al tigua acepción de «políticamente libre» o «espiri-
vocabulario perfeccionado, tal como aparece en la . tualmente libre», dado que ni la libertad política
Undécima edición del expresado diccionario. ni la intelectual existían ya como conceptos y, por
El objeto de Neohabla era no solamente propor­ consiguiente, no tenían por qué traducirse en otros
cionar un medio de expresión ajustado a la doc­ tantos vocablos. Aparte la supresión de términos
trina y a la idiosincrasia del lNGsoc, sino hacer considerados como cismáticos, la reducción del vo­
impracticable cualquier otro modo de dar forma al cabulario constituía una finalidad en sí al eliminar
pensamient?. Se tenía el propósito de que, una vez todos aquellos términos cuyo empleo no fuera de
eliminada definitivamente la Viejahabla y adoptado imprescindible necesidad. En ese sentido, Neoha­
el nuevo idioma, un pensamiento cismático, esto bla tenía por principal objeto, no la ampliación sino
es, todo aquel que contraviniera los postulados del la limitación del pensamiento, cuya finalidad se al­
lNGSOC, no podría ser plasmado en el entendimien­ canzaba en forma indirecta al reducir el número de
to, por lo menos en cuanto a la relación que existe vocablos a un mínimo indispensable.
entre el pensamiento y la palabra. Su vocabulario Neohabla tenía por fundamento el idioma inglés
estaba estructurado con miras a dar expresión ca­ tal como lo conocemos actualip.ente, aunque la ma­
bal, y muchas veces sutil, a cualquier acepción que yor parte de sus locuciones, aun haciendo abstrac­
un afiliado tuviera necesidad de traducir en una ción de términos nuevos, resultaría ininteligible para
palabra, excluyendo todas las demás acepciones quienes sólo conocieran el inglés de nuestros días.
como también toda posibilidad de configurarlas El léxico de Neohabla estaba clasificado en tres ca­
por medio de deducciones indirectas. Esa finalidad tegorías, conocidas con los nombres de vocabulario
se obtenía en parte mediante la adopción de tér­ A, vocabulario B (para los términos compuestos) y
minos nuevos, pero muy especialmente eliminando vocabulario C. Tiende a facilitar la comprensión un
vocablos ip.convenientes, despojando a los restantes examen por separado de cada una de las nombradas
de toda acepción de significado reñido con el dog­ categorías, pero las· características gramaticales del
ma partidario y suprimiendo toda acepción acce­ nuevo idioma pueden incluirse al estudiar el Voca­
soria. Tomemos un ejemplo para mejor ilustración: bulario A, por cuanto las reglas rigen por igual para
el vocablo libre seguía figurando en Neohabla, pero las tres categorías.
sólo al objeto de su empleo en frases tales como

437
436
GEORGE ÜRWELL 1984

VocABULARIO A. - Este vocabulario compren­ quedan eliminadas muchas construcciones emplea­


de aquellos términos de empleo común y constante das hasta entonces. Así, por ejemplo, el vocablo pen­
en la vida corriente, tales como comer, beber, traba­ samiento no.existía en Neohabla, siendo reemplazado
jar, estrenar ropa nueva, ascender o descender por por pensar, que hacía las veces de substantivo y . de
una escalera, viajar en vehículos, cocinar, lavar, etc. verbo a un mismo tiempo. Dicha característica pe­
Se compone, en su mayor parte, de términos de vie­ culiar no se ceñía a ningún principio etimológico:
jo cuño -como golpear, correr, perro, azúcar, casa, en algunos casos, era el substantivo el que sobrevivía
campo- pero comparados con los del actual léxi­ al verbo y, en otros,. se procedía a la inversa. Aun
co del idioma inglés, su número es muy reducido y cuando un substantivo y un verbo de acepciones afi­
con una definición bastante más restringida de sus nes no guardaran entre sí ninguna relación de orden
respectivos significados. Se ha derogado toda ambi­ etimológico, se suprimía con frecuencia uno de los
güedad o variaciones de acepción. Hasta donde fue dos. Así, el vocablo cortar era inexistente, pasando
posible lograrlo, un vocablo cualquiera de Neohabla su significado a integrar el de cuchillo. No obstante la
no pasa de ser un chasquido de tralla, que expresa particular formación de los adjetivos, conservábanse
un concepto constreñido a ríg1dos límites de acep­ algunos de los actuales, como bueno, faerte, grande,
ción. Totalmente imposible resultaría hacer uso del negro, blanco, etc.; pero su número era muy limita­
Vocabulario A con fines literarios o como medio de do. Y ni falta que hacían, pues· toda adjetivación era
. discurrir sobre temas de orden político o filosófico: lograda con sólo agregar un determinado sufijo al
su objetivo no va más allá de la necesidad de expre­ substantivo. Nada ha quedado de ninguno de nues­
sar pensamientos definidos o concretos, con relación tros actuales adverbios. El vocablo bien, por ejemplo,
casi siempre a objetos corpóreos o hechos materiales. se ha trasformado en buenosi.
La gramática de Neohabla se distingue por dos Por otro lado, todos los términos -y esta era una
notables particularidades. La primera de ellas reside regla aplicada en principio a todos los vocablos del
en la naturaleza intercambiable de las diversas partes nuevo idioma- asumían su forma negativa con sólo
de la oración. Cualquiera de sus vocablos (en prin­ anteponerles el prefijo im, reforzado en caso nece­
cipio, la regla rige igualmente para aquellos térmi­ sario por plus, por dobleplus, cuando quería darse un
nos abstractos como si y cuando) puede ser empleado énfasis todavía mayor a la expresión. Así, im.frío sig­
como verbo, adjetivo, substantivo o adverbio. Entre nificaba «caliente»; plusfr(o y dobleplusfrío, «muy frío»
el verbo y el nombre, cuando ambos tienen idéntica y «superlativamente frío», respectivamente. Tam­
raíz, no existe diferencia alguna, mediante lo cual bién era factible, como ocurre en el idioma inglés,

438 439
GEORGE ÜRWELL 1984

modificar la acepción de gran parte de los vocablos vocablo difícil de expresar, o susceptible de ser mal
con preposiciones inseparables tales como sub, pos, interpretado, quedaba ipso facto radiado; por ello,
re y otras. Por ese medio se hizo posible llegar a una y debido a razones de dicción, se agregaban letras
reducción considerable del vocabulario. Dado, por a iln vocablo o se retenía su construcción de antes.
ejemplo, el vocablo bueno, no había necesidad alguna Esta exigencia regia especialmente en lo relativo al
de malo, pues igual -o mejor- función cumplía el vocabulario B. Más adelante se explicará la razón
término imbueno. En último caso, y tratándose de de conceder tan exagerada importancia a la facili­
vocablos de acepción contradic_toria, no se requería dad de dicción.
sino derogar una de ellas. Obscuro, por ejemplo, po­
dría ser reemplazado por imluz, o luz por imoscuro, VocABULARIO B. - Este vocabulario compren­
indistintamente. de términos cuya construcción responde específica­
La otra particularidad de Neohabla radicaba en mente a fines políticos, vale decir, que no solamente
sus formas invariablemente regulares. Salvo muy encuadraban en todos los casos un significado doc­
contadas excepciones, a las cuales se hace referencia trinario, sino que tendían a fijar en la mentalidad
más adelante, idénticas reglas regían todas las in­ del individuo un determinado criterio sectario. Su
flexiones del nuevo idioma. De ese modo, en todos empleo no era fácil para quien no estuviera absoluta­
los verbos, el pretérito y el participio pasivo eran mente compenetrado de los postulados del lNGsoc.
.el mismo, terminando todos en do. El pretérito de En algunos casos, podían expresarse con términos
suspender era suspendido, el de pretender, pretendido y pertenecientes a Viqahabla, o aun con aquellos in­
así sucesivamente, quedando eliminada las formas cluidos en el vocabulario A, mas dicha operación
irregulares como suspenso o pretenso. Los plurales se implicaba una extensa. y engorrosa paráfrasis previa.
formaban agregando invariablemente una s. Desa­ Los términos de este vocabulario eran como signos
parecían los superlativos como mqor, óptimo, peor, de una taquigrafía oral al concentrar en contadas sí­
pésimo, para ser reemplazados por masbueno, plus­ labas un cúmulo de ideas y darles, al mismo tiempo,
bueno, masmalo y plusmalo, respectivamente. más vigor expresivo y una mayor precisión en el sig­
Los únicos vocablos de forma irregular eran los nificado.
pronombres relativos, los adjetivos demostrativos Invariablemente los términos de este vocabulario
y los verbos auxiliares. Asimismo asumían forma eran compuestos.- (Otros términos compuestos como
irregular ciertas construcciones exigidas por la ne­ hablaescribe, por ejemplo; pertenecían al vocabula­
cesidad de expresarse con rapidez y facilidad. Un rio A, pero tratábase, en la mayoría de los casos, de

440 441
GEORGE ÜR,VELL 1984

abreviaturas sin significado ideológico.) Consistían cuya versión más simple en términos comprensibles
en dos o más palabras, o fracciones de palabras, sería: «Qyienes siguen ciñéndose a conceptos an­
enlazadas entre sí en forma tal de facilitar su pro­ teriores a· la Revolución no están capacitados para
nunciación, de lo cual resultaba un verbo substan­ · penetrar en toda su amplitud el significado emotivo
tivo, cuyas declinaciones quedaban sujetas a la regla del Socialismo Inglés». No sería esa, desde luego,
general. Veamos un ejemplo: el vocablo buenpensar, una traducción perfecta ni muchísimo menos. En
cuyo significado es más o menos «dogmático», o primer lugar, para comprender en toda su amplitud
considerado como verbo, «pensar de acuerdo con el el significado de la nombrada frase sería menester,
dogma partidario». Su declinación era como sigue: a modo de condición previa, tener una clara noción
verbo substantivo, buenpensar; participio, buenpen­ de lo que se entiende por lNGSOC. Y, por lo demás,
sado; gerundio, buenpensando; substantivo, buenpen­ sólo una persona profundamente versada en los pos­
sador, y adjetivo, buenpiensa. tulados de dicha doctrina estaría capacitada para
Los términos del vocabulario B no debían su comprender todo el vigor contenido en el vocablo
construcción a ninguna regla etimológica. Las pala­ sentir, que implica una aceptación ciega y absolu­
bras que lo formaban podían pertenecer a cualquier ta, concepto de difícil asimilación en nuestros días:
parte de la oración y variar de orden de colocación, lo mismo ocurre con el vo.cablo viefopensar, que de
o ser mutiladas, según conviniera a su pronuncia­ por sí supone un estado de ánimo carcomido por la
.ción ' sin afectar esas circunstancias su significado. malignidad y la decadencia. Pero el objeto principal
En el vocablo delitopensar (delito de pensamiento), de muchos términos de Neohabla, tal como viefo­
por ejemplo, el pensar venía después, en tanto que pensar, no tendía a expresar significados, sino más
tratándose de pensarpol (Policía del Pensamiento), bien a eliminarlos. Tales vocablos, necesariamente
figuraba en primer lugar, resultand.o en el proceso limitados en número, tenían significados tan am­
mutilada la palabra policía en varias de sus sílabas. plios que llevaban implícitos una legión de palabras,
Por dificultades de fonética, las formas irregulares las cuales, al ser comprimidas en un término único,
eran másnumerosas en el vocabulario B que en el A. quedaban eliminadas y descartadas. El mayor de los
Algunos de los términos de este vocabulario te­ inconvenientes con que tropezaron los forjadores
nían acepciones arbitrarias y nada fáciles de asimilar del nuevo idioma no fue crear nuevos términos, sino
para quienes no dominaran a fondo el idioma. To­ precisar su significado una vez creados, es decir, de­
memos a título de ejemplo, una frase de un editorial terminar cuáles habían de ser las palabras derogadas
del Times que dice así: « Viejopensar imsentir lngsoc», de hecho al adoptar una nueva.

442 443
GEORGE ÜRWELL 1984

Tal como hemos visto al referirnos al término li­ sexo (continencia). El primero de los nombrados
bre, a veces, por razones de conveniencia, se conser­ incluía la gama completa de todas las trasgresiones
vaban vocablos de pronunciado tinte cismático, pero sexuales, incluso fornicación, adulterio, homosexua­
depurándolos antes de cualquier acepción indeseable. lidad y aberraciones afines, a más de todo contacto
Otros quedaban lisa y llanamente derogados, como carnal sin otro fin que el mero goce material. Nin­
en el caso de honor,justicia, moral, democracia, ciencia guna necesidad había de especificarlas por separado,
y religión; nuevos vocablos reemplazaban a estos y, pues todas ellas configuraban delitos sancionados,
al reemplazarlos, los eliminaban. Así, el vocablo de­ en principio, con la pena capital. Acaso en el voca­
litopensar, contenía todos los conceptos relativos a la bulario C fuera preciso dar una denominación a cada
libertad y la igualdad, en tanto aquellos referentes a una de las trasgresiones sexuales, como que dicho
la objetividad y al racionalismo quedaban incluidos vocabulario comprendía términos científicos y téc­
en el término viejopensar. Una mayor precisión ha- nicos, pero desde el punto de vista del ciudadano co­
. bría importado correr riesgos. Lo que se exigía del rriente, eso estaba demás: este conocía el significado
afiliado al Partido era una mentalidad similar al del de buensexo, es decir, el contacto normal entre espo­
hebreo de épocas remotas, quien si nada sabía, com­ so y mujer con el solo objeto de propender a la pro­
prendía de sobra que, fuera del suyo, todos los demás creación y sin goce material de ningún género. Todo
pueblos adoraban «ídolos falsos». No le interesaba lo demás era, para él, sexdelito. En Neohabla, raras
saber que esos dioses se llamaran Baal, Osiris, Mo­ veces se hacía factible profundizar un pensamiento
lloc o Astarot; acaso cuanto menos supiera acerca de cismático fuera de reconocerlo como tal; más allá no
ellos, más inconmovible era su dogmatismo religio­ se podía ir por falta de términos. En el vocabulario
so. El hebreo sólo había oído hablar de Jehová y de B no existían términos que pudieran considerarse
los mandamientos, dando por descontado que todos neutrales, ideológicamente considerados. Muchos
los demás dioses, cualquiera fuera su denominación de ellos no pasaban de ser eufemismos. Así, tales
o sus atributos, eran ídolosfalsos. De idéntico modo, vocablos como gocecampo (campos de concentración)
el afiliado al Partido conocía al dedillo la línea de o Minipax (Ministerio de la Paz, a saber, Ministerio
conducta a óbservar en la vida, como también, aun­ de la Guerra) tenían un significado absolutamente
que en forma vaga y generalizada, las desviaciones . contrapuesto. Otros términos, en cambio, trasunta­
en que estaba expuesto a incurrir. Su vida sexual, ban abiertamente el estado de cosas imperante en la
por ejemplo, estaba totalmente regida por tan sólo colectividad de Oceanía con cierta inflexión despec­
dos vocablos: sexdelito (inmoralidad sexual) y buen- tiva; lo prueba el vocablo plebecome, significando los

444 445
GEORGE ÜRWELL 1984

insulsos esparcimientos y las paparru�has con que el tandas más o menos fortuitas, ·pero en el caso de
Partido alimentaba a las masas. En otras instancias, Neohabla, respondían a un propósito deliberado. Se
los vocablos eran biformes, como en el caso de aque­ vio claro que al abreviar una denominación quedaba
llos que tenían un significado al referirse a un afi­ ·sutilmente alterado su significado, al desligarlo de
liado y otro totalmente opuesto al ser aplicado a un cualquier otro que hubiera podido quedarle adhe­
adversario. Por lo demás, tampoco faltaban algunos rido por su relación con los antiguos conceptos. El
que, a simple vista, daban la impresión de ser meras término Comunismo Internacional, por ejemplo, evo­
abreviaturas y cuyo sentido ideológico derivaba, no ca de inmediato, por asociación de ideas, un pano­
de su acepción; sino de su estructura particular. rama de fraternidad universal, banderas rojas, barri­
Dentro de lo posible, el vocabulario B incluía to­ cadas, Karl Marx y la Comuna de París. Comintern,
dos los términos que tuvieran, o pudieran llegar a por otro lado, sugiere una organización exclusiva y
tener, un sentido político cualquiera. Las denomi­ una doctrina con definición propia: implica un con­
naciones con que se conocían los organismos, insti­ cepto de fácil percepción y precisos contornos, como
tuciones, doctrinas, países o dependencias públicas si se dijera silla o mesa. Comintern es vocablo suscep­
eran abreviaturas conforme al criterio establecido, tible de expresión sin necesidad de pensarlo previa­
esto es, reducidos a un vocablo único de fácil dicción mente, pero Comunismo Internacional supone cierta
y con el menor número posible de sílabas que fueran gimnasia mental, por breve que sea. En el mismo
. necesarias para darles significado. En el Ministe­ sentido, la asociación de ideas que inspira un vocablo
rio de la Verdad, por ejemplo, la Sección Archivos, como Miniver es más restringida en sus límites de
donde trabajaba Winston Smith, se denominabaAr­ interpretación y se halla más al alcance de cualquier
chisec, el Departamento de la Fantasía, Fandep y el mentalidad que Ministerio de la Verdad. Así se expli­
de los teleprogramas, Teledep. Todo lo cual no tenía ca la tendencia a abreviar todo lo posible y el exage­
precisamente por objeto ahorrar tiempo. Ya en las rado afán por facilitar la pronunciación.
primeras décadas del siglo xx, los términos y fra­ En Neohabla, todo lo que no fuera precisión en el
ses abreviadas .constituyeron una característica del significado estaba subordinado a las conveniencias
léxico político, haciéndose notar que esa tendencia de la fonética. De ser necesario, se sacrificaba a esa
era más pronunciada en aquellos regímenes y orga­ exigencia incluso las reglas gramaticales. Y razones
nizaciones de carácter totalitario. Así tuvimos Nazi, no faltaban para ello, pues el objetivo primordial,
Gestapo, Comintern, etc. En aquellos tiempos tales particularmente desde él punto de vista de los fines
términos surgieron como consecuencia de circuns- políticos, era plasmar vocablos breves de significa-

446 447
GE'ORGE ÜRWELL 1984

do inconfundible, diccióri fluida y con un mínimo de significado biforme, según a quien se lo aplica­
de repercusión en el entendimiento del individuo. ra, dando por descontado que constituía un mérito
Y dichos vocablos cobraban aún mayor énfasis por cuando lo expresado con graznidos estaba de acuer­
el hecho de acusar entre sí cierta similitud. Inva­ do con la doctrina partidaria. Así, cuando el Times,
riablemente, o poco menos, los expresados vocablos. por ejemplo, se refería a un orador oficial diciendo
-buenpensar, Minipax, sexdelito, Ingsoc, etc.- corni­ que era un dobleplus patohabla, rendíale con ello el
taban de dos o tres sílabas con acento prosódico en. más cálido y significativo de los elogios.
cualquiera de ellas. Su empleo propendía a la for- .
mación de un modo de hablar parlotero, a la vez VocABULARIO C. - Este vocabulario no era sino
que incisivo y monótono. Y esa era precisamente la complemento de los anteriores y componíase exclu­
finalidad perseguida. El propósito era hacer que la sivamente de términos científicos y técnicos. Dichos
palabra, especialmente aquella que se refiere a cual­ términos no se diferenciaban en mucho de los ac­
quier asunto que no fuera ideológicamente incoloro, tualmente en uso, como que derivaban de una mis­
estuviera en lo posible desvinculada de lo conscien­ ma raíz, pero llevando consigo el sello inveterado de
te. Claro es que en la vida diaria se hacía, a veces, darles una acepción rígida y despojarlos de todo sig­
necesario pensar antes de dar forma a la idea, pero nificado indeseable. Se conforman esos términos a
un afiliado puesto a opinar sobre materias de orden las mismas reglas gramaticales vigentes para los otros
político o relativas a la ética, debía tener la aptitud dos vocabularios. Muy contados de sus términos te­
de expresar ese pensamiento tan automáticamente nían aplicación posible en la conversación corriente
como una ametralladora dispara sus proyectiles. Su o en el lenguaje político. Un hombre de ciencia, o
educación facilitábale dicho mecanismo; el idioma un técnico cualquiera encontraba fácilmente el tér­
ponía a su disposición un instrumento a prueba de mino requerido en el índice de palabras compiladas
errores por comisión u omisión; y cierta deliberada para uso de su respectiva especialidad, pero no tenía
deformación del. término, para conciliado con los sino una vaga noción de las incluidas en los demás
requerimientos del lNGsoc, le abría camino para no índices. Apenas unos pocos vocablos eran comunes
incurrir en dµdas al respecto. a todos los indices y no existía término para definir
Contribuía. igualmente a ese fin el número redu­ la ciencia en función de actividad mental o escuela
cido de vocablos disponibles, lo que se evidencia con determinada de pensamiento. De hecho, no existía
el término patohabla, o sea «graznar como un pato»; . el vocablo «ciencia», pues cualquier acepción que pu­
como ocurría con otros de su género, patohabla era diera dársele iba implícita en el término lNGSOC.

448 449
GEORGE ÜRWELL 1984

De todo lo dicho se desprende que era poco me­ vocablos de Neohabla pudiera inducir a retrotraer la
nos que imposible dar forma hablada a ningún cri­ mentalidad a su primitiva acepción. En la práctica,
terio desafecto a la doctrina partidaria. No quedaba, evitar ese peligro no resultaba muy difícil para quien
desde luego, en absoluto descartado todo recurso fuera versado en las artes del doblepensar, pero al
. de expresar una discrepancia, pero sólo utilizando cabo de dos generaciones habría desaparecido total­
términos crudos que limitaran con la blasfemia. No mente todo riesgo en ese sentido. Una persona edu­
habría sido imposible, por ejemplo, decir: «El Gran cada en un medio donde el Neohabla fuera· el único
Hermano es imbueno»; pero tal frase que, para un idioma aceptado y hablado por todos, no tendría no­
criterio dogmático entrañaría un evidente absurdo, ción siquiera de que igual hubiese tenido alguna vez
no habría podido ser sostenida por ningún razona­ la acepción accesoria de «igualdad política», o que
miento, debido al hecho de no existir términos para libre pudiera haber significado en tiempos pasados
dar expresión a esos razonamientos. Las ideas opues­ «espiritualmente libre», del mismo modo que quien
tas al INGSOC sólo podían asumir una acepción tan es completamente ajeno al juego de ajedrez ignora
generalizada que en ella se habrían incluido todas las acepciones específicas de reina o caballo. El afi­
las posibles disidencias sin especificar ninguna. En liado estaba a salvo de incurrir en muchos deslices
realidad, el empleo de Neohabla con fines subversi­ y delitos por el solo hecho de carecer estos de una
vos sólo era factible traduciendo algunos de sus tér­ denominación en el lenguaje y, por lo tanto, no po­
minos a Viejahabla con violación de todas las reglas. dían ni siquiera ser concebidos. No era difícil supo­
Por ejemplo, «todos los hombres son libres» podría ner que con el correr del tiempo las particularidades
ser una frase de estructura posible, pero solamente características de Neohabla irían acentuándose cada
en el sentido con que en Viejahabla se diría «todos vez más; al reducirse gradualmente el número de
los hombres son pelirrojos»; es decir que, sin conte­ vocablos se harían más rígidas sus respectivas acep­
ner ningún error gramatical, la frase expresaría una ciones, disminuyendo en igual proporción la con­
evidente falsedad, como que equivaldría a sostener tingencia de incurrir en un significado disconforme
que todos los hómbres tienen el mismo peso, estatu­ con la doctrina partidaria.
ra y fuerza física'. El concepto de «igualdad política» Úna vez que Viejahabla hubiese desaparecido por
había sido eliminado, eliminándose igualmente su completo se habría quebrado el último vínculo con
acepción accesoria del vocablo igual. En 1984, época el pasado. Ya se había vueltq a escribir de nuevo toda
en que Viejahabla seguía siendo el lenguaje corrien­ la historia, pero aún quedaban algunos fragmen­
te, existía el peligro teórico de que el empleo de los tos sueltos de la literatura del pasado que se habían

450 451
GEORGE ÜRWELL 1984

filtrado a través de la censura; por lo tanto, quien Byron, Dickens y otros más; una vez finalizado el
conservara ciertas nociones de Viejahabla podía aún proceso, las versiones primitivas serían destruidas,
gustar de su lectura. En el futuro, dichos fragmen­ al igual que las de todos los autores del pasado. Por
tos, aun en el caso de sobrevivir, se habrán tornado implicar dichas traducciones una tarea lenta y com-.
. intraducibles e ininteligibles. De ese modo, no re­ plicada no se esperaba dejarlas terminadas antes de
sultaba factible traducir ningún texto de Viejahabla a la primera o segunda década del siglo veintiuno.
Neohabla a menos de tratarse de términos relaciona­ También un número considerable de obras de utili­
dos con el progreso técnico o referentes a actividades dad exclusivamente práctica -manuales técnicos y
de la vida diaria, o bien que estuvieran ya adaptados publicaciones afines- debía ser sometido a idénti­
al dogma partidario. Es decir, ningún libro escrito · co proceso. Fue especialmente con el objeto de dar
antes del año 1960 podía ser traducido íntegramente. tiempo para completar dichas traducciones prelimi­
La literatura prerrevolucionaria sólo podía ser objeto nares que se fijó el año 2050 como el de la implanta­
de una traducción ideológica, esto es, trasformado, ción definitiva de Neohabla.
no solamente el lenguaje, sino también el sentido.
De ese modo resultaría absolutamente imposible
verter en términos de Neohabla la Declaración de la
Independencia de los Estados Unidos de América.
Lo más que cabría hacer sería comprimir todo su
texto en un solo vocablo: delitopensar. Su traducción
íntegra sólo sería susceptible de ser realizada a través
de una deformación ideológica, mediante la cual las
conocidas expresiones de Jefferson quedarían trans­
formadas en un panegírico al absolutismo.
· A decir verdad, gran parte de la literatura del
pasado había sido ya traducida de acuerdo con esas
normas. Razones de prestigio nacional aconsejaban
no eliminar de la memoria ciertas figuras históricas,·
pero adaptando sus méritos a la filosofía del lNasoc.
Por consiguiente, se estaba procediendo a la traduc­
ción de las obras de Shakespeare, Milton, Swift,

452 453