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Historia del Pensamiento Filosófico: El mundo moderno. Tema 2.

Sesión 1
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Historia del Pensamiento Filosófico: El mundo moderno


Tema 2: Valerio Rocco
Resumen sesión 3ª (4 abril 2017)

BIOGRAFÍA

Gottfried Wilhelm Leibniz (Leipzig, 1646-1716), matemático y estadista alemán, fue


uno de los mayores intelectuales del siglo XVII. Comenzó siendo un niño prodigio que
utilizaba la enorme biblioteca de su padre, profesor de filosofía moral. De esta forma,
aprendió por sí mismo latín y griego a una edad muy temprana y a los 15 años estuvo
preparado para entrar en la universidad de Leipzig, donde estudió teología, leyes,
filosofía y matemáticas.

La universidad le negó la posibilidad de doctorarse en leyes porque era demasiado


joven, tenía veinte años, así que para graduarse tuvo que ir a Nuremberg, donde
rehusó la oferta de una plaza como profesor en leyes. En 1672 inventó una máquina de
calcular capaz de sumar, restar, multiplicar, dividir y extraer raíces cuadradas. Aunque
la tecnología de la época limitó las prestaciones de este dispositivo, la teoría era sólida
y aplicable. Es, por ello, considerado un pionero en el desarrollo de la lógica
matemática y precursor del cálculo automático.

En 1673 marchó a París, donde encontró la oportunidad perfecta en la persona de


Christian Huygens (1629-1695) para aprender las tendencias contemporáneas de las
matemáticas (según propias palabras de Leibniz, su formación matemática se limitaba
a las obras maestras de la época clásica). Cuando Leibniz abandonó París en 1676, ya
había descubierto por sí mismo los principios fundamentales del cálculo de tangentes y
áreas.
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En 1676 volvió a Londres para demostrar sus nuevos cómputos mecánicos. En su


segunda estancia aprovechó para hacer la presentación oficial de su máquina de
calcular, en la que llevaba trabajando algún tiempo. Allí tuvo la oportunidad de leer el
De analysi de Newton, lo que le dio la oportunidad de entablar una amistosa
correspondencia, intercambiando puntos de vista sobre las series infinitas.
La contribución de Leibniz a las matemáticas fue la enumeración de los principios de
cálculo infinitesimal publicado en 1684. Esta explicación se produjo con independencia
de los descubrimientos de Newton, cuyo sistema de cálculo fue inventado en 1666 y
publicado en 1687. Los resultados obtenidos por Leibniz eran similares a los que
Newton había obtenido pero que no había publicado. La disputa que surgió a raíz de
las afirmaciones de primacía en la invención del cálculo amargó sus últimos años de
vida. En 1676 fue designado bibliotecario y consejero privado en la corte de Hannover,
donde trabajó durante los 40 años siguientes.
Su obra aborda no sólo problemas matemáticos y filosofía, sino también teología,
derecho, diplomacia, política, historia, filología y física. Es entendido a menudo como
el último gran universalista, con un marcado interés por la lógica y los fundamentos del
lenguaje universal. Esto quizá se haga evidente sabiendo que el lenguaje del cálculo
que hoy utilizamos proviene básicamente de Leibniz.
El tiempo que no dedicaba a la prioridad del origen del cálculo, lo empleó Leibniz en la
gran variedad de empeños que caracterizaron su vida. Intentó establecer los orígenes
de la genealogía de la aristocracia y se convirtió en un experto en sánscrito y en cultura
china.
Leibniz intentó desarrollar un sistema perfecto de lógica formal basado en un “alfabeto
del pensamiento humano”, sentando las bases de la “lógica simbólica”. Fue el
presidente de la Academia de Berlín que él mismo contribuyó a crear. Finalmente
murió en 1716 y se cuenta que a su funeral sólo asistió un criado de confianza, pues
sus amigos se habían trasladado a Londres con la Corte. Un final injusto que contrasta
con la pompa y el reconocimiento que tuvo su contrincante Isaac Newton.
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Leibniz escribió principalmente en tres idiomas: latín escolástico, francés y alemán.


Durante su vida publicó muchos panfletos y artículos académicos, pero sólo dos libros
filosóficos, De Ars combinatoria y la Teodicea. Sus textos fueron frecuentemente
publicados como anónimos, en nombre de la Casa de Brunswick, entre los que se
destaca De jure suprematum, una importante consideración sobre la naturaleza de la
soberanía. Otro libro sustancial apareció póstumamente: Nuevos ensayos sobre el
entendimiento humano, el cual había evitado publicar tras la muerte de John Locke.

Hasta 1895, cuando Bodemann completó su catálogo de los manuscritos y la


correspondencia de Leibniz, no se esclareció la enorme extensión de su legado:
aproximadamente 15.000 cartas a más de 1000 destinatarios, además de 40.000 ítems
adicionales, sin contar que muchas de dichas cartas tienen la extensión de un ensayo.
Gran parte de su vasta correspondencia, en particular las cartas fechadas después de
1685, permanecen inéditas.

II. LA CONCEPCIÓN DE DIOS

Si la concepción del Deus sive natura de Spinoza resultaba polémica y revolucionaria


para su época, la de Leibniz en su Discurso de metafísica no es menos fascinante y
problemática. Con sólo 20 años Leibiz había escrito la Dissertatio de Arte Combinatoria,
en la que había plasmado el sueño de todo el racionalismo de una characteristica
universalis: a través de una logica inveniendi, una lógica destinada al conocimiento, se
propuso encontrar el alfabeto de los conceptos humanos, que una vez hallado
permitiría reconstruir de manera formal y unificada todas las ciencias. En otras
palabras, Leibniz se propuso encontrar átomos de verdad a partir de los cuales
reconstruir todo el conocimiento humano.
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No es de extrañar, pues, que su Discurso de metafísica comience con una operación de


análisis lógico de la mismísima definición de Dios: “La noción de Dios más admitida y
más significativa que tenemos de Dios se expresa bastante bien en estos términos: que
Dios es un ente absolutamente perfecto”.
Leibniz, que recupera la concepción –que ya habíamos visto en Francisco Suárez– de lo
ente entendido no como lo real, sino como lo posible, esto es, lo no contradictorio,
analiza el concepto de Dios para concluir que en él no hay contradicción alguna, y que
existe en todo mundo posible, luego su existencia es necesaria.
Como la omnipotencia y la omnisciencia son posibles lógicamente, entonces Dios obra
del modo más perfecto, tanto metafísica como moralmente. En este sentido, Leibniz se
opone a la concepción spinozista de Dios como una enorme fuerza cósmica de
autocausación, sin voluntad ni entendimiento.
Mientras que Spinoza había dicho que no había bondad en el obrar de Dios, y que todo
es producto de la potencia de Dios, y no de su entendimiento, para Leibniz el mundo y
todas las verdades metafísicas son efecto del entendimiento de Dios, no de su
voluntad. Dios obra bien porque maximiza los beneficios y la simplicidad del orden
“como un buen arquitecto, como el buen geómetra, como el buen padre de familia, el
hábil mecánico o el sabio autor”. Esto es lo que Leibniz denomina “la secreta
geometría de Dios”.
Esta concepción plantea una serie de problemas, como el hecho de que los aparentes
males de nuestras vidas sean en realidad condiciones necesarias para un bien mayor
(como se desarrollará en la Teodicea, escrita para intentar compatibilizar la bondad de
Dios con las terribles consecuencias del terremoto de Lisboa de 1755). También lleva a
preguntarnos, como sucedía en Spinoza y en Descartes: en esta secreta geometría
divina, ¿qué espacio queda para el libre albedrío, para la genuina libertad de los
individuos?
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III. LAS MÓNADAS

Para responder a esta pregunta hay que entender qué son para Leibniz los individuos,
esto es, las sustancias individuales, también conocidas como mónadas. Igual que en el
caso de Dios, nuestro filósofo-matemático también realiza un análisis lógico, para
comprender en qué consisten.
Si se dejan a un lado las proposiciones idénticas, tautológicas, se dice que los
predicados inhieren en las sustancias. El color rojo, el olor suave, la textura delicada, y
un sinfín de otras propiedades inhieren en la sustancia “rosa”, se adhieren a ella, y en
cierto modo la constituyen.
Ahora bien, Leibniz nos dice que, desde el comienzo de los tiempos, estos predicados,
estas propiedades, están ya inscritas virtualmente en cada sustancia. Por tanto,
conocer una sustancia individual significa conocer todos los predicados reales que
tiene actualmente, pero también todas las propiedades virtuales que se le pueden
atribuir en algún momento de su existencia.
A cada sustancia corresponde una noción individual o “haecceitas”, lo que se puede
traducir como “estidad”: lo que hace que esto sea justamente, esto, y no otra cosa: es
la descripción completa de todos los predicados de la sustancia, lo que permite su
conocimiento perfecto, total.
Leibniz nos dice que en toda sustancia están contenidos restos del pasado, marcas del
futuro y trazos de todo lo que ocurre en el universo. En efecto, en palabras de Leibniz,
“toda sustancia expresa, por más que confusamente, el universo entero”. Así pues, el
conocimiento de una sustancia individual, como ese hombre concreto que es Sócrates,
implicaría saber todo lo que le ha ocurrido en el pasado (restos), todo lo que ya está
previsto que le ocurra en el futuro (marcas), y por último su punto de vista de todos
los acontecimientos que ha vivido y vivirá (trazos).
Según esta concepción, los eventos del mundo físico sólo existen como suma de los
puntos de vista de cada sustancia individual que lo percibe, directa o indirectamente.
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Un partido de fútbol, por ejemplo, no es sino el conjunto de percepciones de los


jugadores, del público en el estadio, de los espectadores por televisión. Unas
percepciones, por cierto, que ya estaban programadas por el gran relojero del mundo,
por Dios mismo, para tener lugar dentro de nosotros en el mismo momento, y todas a
la vez. No hay partido de fútbol, sólo las infinitas percepciones que, nosotros, las
mónadas tenemos de él. Y esto porque también nosotros somos puntos de vista de
Dios, emanamos de Dios como los pensamientos emanan de nosotros.

En virtud de ello, las sustancias están aisladas entre sí, sólo se comunican con Dios, es
imposible la interacción recíproca entre las mónadas, de las que Leibniz dice que “no
tienen ni puertas ni ventanas”. Todos somos espectadores de un mismo espectáculo:
las ideas que tenemos no provienen de los objetos, sino de la “luz natural” que
proviene de Dios, de ese inmenso y eterno programa que se ha planificado desde el
comienzo de la creación.
De ello se siguen dos graves problemas, uno lógico y otro moral. Desde el punto de
vista lógico, si todas las propiedades están inscritas en la sustancia desde siempre, se
borra la distinción entre verdades necesarias y verdades contingentes: Sócrates no
puede no ser griego, filósofo, barbudo, igual que un soltero no puede ser a la vez
casado o 2 y 2 sumar cinco. Todo lo que ocurre en el mundo, al menos para el
entendimiento infinito de Dios, ocurre con la misma precisión y la misma necesidad
que un cálculo matemático y la misma seguridad que una tautología.
Como consecuencia de este problema lógico, surge un problema moral: parece
imposible la libertad tanto de cada sustancia como del conjunto de la creación. Es más,
el propio Dios parece esclavo de su propio plan, en la medida en que su voluntad está
sometida a su entendimiento: sólo puede querer y crear el mejor de los mundos
posibles, maximizando todas las perfecciones en una realidad suficientemente
compleja.
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Leibniz responde a la cuestión de la posibilidad de la libertad de las mónadas


introduciendo un nuevo dualismo, herencia del cartesiano, y tan problemático como
aquél. En cada sustancia y en el mundo entero hay una armonía preestablecida entre
la parte física (que obedece a causas eficientes) y la anímica (que responde a causas
finales), por lo que los cambios o los movimientos que creemos espontáneos y fruto de
nuestra voluntad en realidad se producen de manera programada.
Esta armonía descansa en que Dios es tanto el Arquitecto de la parte física del mundo
como el Príncipe de la parte moral. Pero la tarea más exigente que encontramos en los
textos de Leibniz es la que nos incita a actuar como si fuéramos libres, aun sabiendo
que no lo somos.
Aunque fuera verdad que Dios “inclina sin necesitar”, como sostiene nuestro autor,
parece que en este mundo-engranaje habría pocos estímulos para hacer el bien, para
intentar mejorar el mundo, para sobreponernos a nuestras desgracias
Y tampoco nos queda el consuelo de quejarnos por los males que nos afligen: en virtud
de la lógica de inhesión y la teoría de las sustancias individuales que hemos visto antes,
desear que no me haya ocurrido algún mal implicaría desear no haber existido: en
efecto, un individuo semejante en todo a mí, pero sin ese particular defecto o
problema, ya no sería yo, sino otra sustancia completamente diferente desde el punto
de vista metafísico. No hay escapatoria: para existir, hay que sufrir.

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