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DESCUBRIMIENTO ETIOLOGIA DIAGNOSTICO PREVENCION Y TRATAMIENTO DE TODAS LAS ENFERMEDADES DEGENERATIVAS QUE PRODUCEN

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I N D I C E

 

Libro

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PRESENTACION

 

3

7

VIRUS CLASICOS Y VIRUS DEL CANCER:

 

Formación y naturaleza de los virus

 

11

16

Metabolismo de los virus

 

26

32

Reconsideraciones sobre formación y metabolismo

 
 

de los virus

35

42

LOS VIRUS DEL CANCER:

 

Naturaleza y clasificación

 

42

49

Patogenia del cáncer

 

50

57

Los hongos, virus del cáncer

 

55

63

AGENTES CANCERIGENOS:

 

Los protomyces simbiónticos aberrantes

 

62

70

La vida elemental de los genes, virus-genes y fagos,

 
 

provirus o progenes

67

75

GENESIS DEL CANCER:

 

Enzimas cancerígenos o progenes

 

75

84

5

 

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LAS ESTRUCTURAS VITALES:

 

El bacteriófago, solución de un pleito

 

82

92

El manantial de la vida

 

91

101

En las fuentes de la vida

 

97

108

El funcionamiento de las unidades vitales (virus y

 
 

genes)

104

115

Multiplicación, mutación y formación espontánea

 
 

de las unidades vitales

109

120

La mecánica de la cancerización

 

122

135

Los nuevos rumbos en cancerología

 

137

151

El mecanismo de la inmunidad antienzimática arti- ficial en el cáncer

145

159

LOS VIRUS CRISTALES:

 

Su origen y su vinculación con el cáncer

 

152

167

La mecánica de la diferenciación celular en las colectividades celulares

 

167

183

La duplicación controlada en las células vivas

 

174

191

La autosíntesis en las «unidades vitales»

 

179

196

¿Qué es la vida y qué es la muerte?

 

190

207

INFORMACION Y POSOLOGIA:

 

Autovacunas para la inmunoterapia específica de las enfermedades producidas por «enzimas vi- vientes»

197

215

Procedimiento para la obtención de vacunas con- tra enfermedades producidas por «enzimas vi- vientes»

202

220

Procedimiento para la preparación de una vacuna

 
 

contra el cáncer

211

229

6

 

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PATENTES

221

240

HIPOTESIS SOBRE LA CADENA FILOGENE- TICA EVOLUTIVA:

Origen de la vida

241

260

Explicación de los dibujos esquemáticos

245

262

PRESENTACION

El presente libro recoge toda una serie de trabajos que, publicados du- rante los años de 1959 a 1962 por el Dr. Chacón Mejías, representan actual- mente la mayor y más cualificada aportación efectuada a la sociedad refe- rente a la etiología, patogenia y tratamiento del cáncer.

Numerosos y valiosísimos son los trabajos y exposiciones que, tanto de investigadores españoles como extranjeros, han sido publicados sobre es- tudios y terapéuticas para combatir y comprender este azote de la huma- nidad que es el cáncer; pero ninguno de ellos tiene la consistencia, universa- lidad y evidencia como los contenidos en los trabajos de este español y cordobés, que ahora, reunidos monográficamente, contiene esta publicación, y cuyo título obedece a su excepcional y trascendental descubrimiento, que ya en 1965 su lectura hizo al Académico Dr. Durán Santos, en un trabajo publicado sobre «Meditaciones y progresos en la etiología y curación del cáncer», reseñar con especial énfasis la figura del Dr. Chacón, junto a los Doctores Severo Ochoa y Lorenzo Velázquez, como uno de los tres únicos e ilustres investigadores españoles que más habían contribuido al conoci- miento y etiología del cáncer.

La edición que ahora presentamos contiene todos aquellos conceptos, experiencias y ensayos que han conducido al Dr. Chacón, tras más de treinta años de trabajos y dedicación en el campo de la Microbiología, Biología y Medicina, no sólo al descubrimiento de los protobios o enzimas vivientes como productores de enfermedades degenerativas, entre ellas el cáncer, sino a la terapia necesaria para combatir y aun prevenir esta plaga que acecha inexorablemente a toda la Humanidad.

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Su lectura es, por tanto, para la inmensa mayoría de científicos y clínicos, invaluable; su ingenio, actitud, actualidad y observaciones vuelven apasio- nantes y hasta amenos temas que, por el gran impacto popular y trascen- dencia que tienen no sólo debido a los efectos devastadores de las enfer- medades propias que pueden ocasionar estas enzimas vivientes (E. V.), por él descubiertas —cáncer, artropatías, asma, lupus eritematoso, parkinson, etc—, sino por el notable incremento de las mismas, donde, según estadís- ticas de la Organización Mundial de la Salud (O. M. S.), son diagnosticados anualmente más de seis millones de cánceres en el mundo, y de cuya inci- dencia en mortalidad en nuestro país para el año 2000 ha sido estimada en seis millones; estadísticas todas ellas que reflejan el extraordinario interés que su conocimiento y divulgación comporta no sólo para la Humanidad en general, sino para la Medicina en particular, enormemente defraudada al contemplar los insatisfactorios resultados que se obtienen con los trata- mientos de radioterapia y quimioterapia.

No puede pasar inadvertido que a veces los criterios y teorías de algunos de los mecanismos de acción expuestos de forma magistral por el Dr. Chacón, pueden ser controvertidos; pero ello, sin duda, obedece más a la magnitud y novedad del propio descubrimiento, no estudiado en las aulas universitarias, que a cualquier planteamiento científico y formal que puede objetarse.

Por hoy, la vanguardia de la investigación, a nivel mundial, en la lucha contra el cáncer, está representeada por los «marcadores de actividad tumoral», ya sean antígenos oncofetales (alfa-fetoproteína, carcino-embrio- nario), enzimas (fosfatasa-ácida), hormonas (gonadotropina-coriónica) o anticuerpos artificiales (monoclonados), cuyas bases no son otra forma más que una extrapolación de la teoría del Dr. Chacón, que, escrita en 1959, ya era objeto de ensayo en clinica animal en en el año 1948.

El Dr. Fernando Chacón Mejías, microbiólogo, farmacéutico y veterinario, nació en Córdoba en 1917, ejerció el Profesorado como ayudante del Dr. Castejón, en la Cátedra de Microbiología, Virología e Inmunología; fué Jefe de la Sección de Microbiología del Laboratorio Seras, e Inspector Municipal en el Ayuntamiento de Sevilla; su especialidad y fama como microbiólogo, unido a un acontecimiento fortuito, como fué el envío por el Dr. Dorronsoro, cirujano de Sevilla, de distintos tipos de cáncer para analizar la existencia de hongos en los mismos, y los resultados negativos obtenidos, marcaron defi-

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nitivamente el rumbo de su vida, que a partir de ese momento, y ante los interrogantes hallados, decidió dedicar sus esfuerzos y estudios a la investi- gación de la etiología del cáncer; colabora con el Dr. Jiménez Díaz, al que hace partícipe de los trabajos que realiza en el campo de la Oncogénesis, quien muestra un especial interés por sus teorías, que apoya y anima firme- mente. De los avances de su investigación mantiene constantes comunica- ciones, charlas y publicaciones en revistas técnicas.

Sus especiales cualidades de investigador nato le hicieron apartarse pronto de los cargos y ocupaciones oficiales que tenía, para, de este modo, poder prestar una completa dedicación al estudio, investigación y ensayo del tema que ya le apasiona: el cáncer, recluyéndose a tal efecto en su labora- torio de Córdoba, para un día de 1974 patentar en el mundo entero su excepcional descubrimiento: «una autovacuna contra las enfermedades producidas por las enzimas vivientes».

En 1975, y por una resolución del INSALUD, es autorizada oficialmente la dispensación con cargo a la Seguridad Social de las prescripciones de su «autovacuna de enzimas inactivadas», resolución que, con fecha 25-X-1979, es ratificada por la Secretaría de Estado del Ministerio de Sanidad.

En España son ya más de once mil los casos tratados hasta el presente, así como más de mil quinientos los que actualmente siguen su tratamiento, avalando por sí solos lo beneficioso de su «autovacuna de enzimas vivientes inactivadas», que en todos los tratamientos lo son bajo prescripción y segui- miento facultativo.

Su fama, aun en contra de su voluntad, es conocida en los cinco conti- nentes; sus vacunas viajan por todo el mundo; la numerosa correspondencia que recibe y personalmente contesta, así como el ingente trabajo que realiza personalmente en la elaboración y control de las vacunas, le impiden mate- rialmente proseguir al ritmo deseado su tarea investigadora para la conse- cución de una mayor especificidad en sus autovacunas, al constatar con los clínicos que en determinadas neoplasias, osteosarcomas y leucemias los resultados no son del todo satisfactorios, pues aunque la autovacuna sí evita los dolores y sufrimientos de estos enfermos en forma análoga que en el resto de las neoplasias, consiguiendo así, al menos, obviar el síndrome de adición, al que muchos clínicos temen; tema que recientemente ha sido objeto de estudio por la Organización Mundial de la Salud (O. M. S.), emi-

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tiéndose al efecto un protocolo de aplicación, como fase piloto, en el Centro SAITAMA del Cáncer (Tokio).

La falta de tiempo, que tan necesario es para continuar en la investigación de una mayor especificidad en la autovacuna, así como el mayor incremento en la demanda de ésta por todos aquellos que, sin publicidad alguna, co- nocen de los beneficios que a su salud puede proporcionar, han provocado el que en repetidas ocasiones los miembros de esta Asociación: «Chacón- Cáncer», tanto clínicos como afectados y familiares, hayan dirigido al Gobierno español —Ministerio de Sanidad y Consumo— sus demandas para conseguir que las Instituciones estatales apoyen de alguna forma, con su potencial de investigación, tan extraordinario descubrimiento; todo ello al amparo de lo regulado en el Título VI, artículo 106, punto 2, de la Ley de Sanidad, obviando con esta colaboración el que anualmente se acabe con la vida de decenas de miles de españoles por la escasa atención que la Administración Sanitaria presta a esta enfermedad y a su investigación.

Resulta imposible, pues, ante tan excepcional descubrimiento, no hacer mención alguna de las características trascendentales contenidas en la obra del Dr. Chacón, que, escrita hace más de veinticinco años, de forma tan especial y vigente, viene jugando un primordial papel en el devenir de toda la Humanidad, como es la integridad, defensa y conservación de la salud, que puede aún, y merced a tan notable acontecimiento, no sólo quedar prote- gida, sino liberada de las trágicas consecuencias que la acción de las enzimas vivientes, ante la concurrencia de condicionamientos adecuados, pueden producir como agentes etiológicos de enfermedades crónicas, progresivas y no contagiosas.

En síntesis, el mecanismo de su actuación como tales agentes etiológicos productores de enfermedades se efectúa bajo dos formas: bien por acopla- miento al equipo genético de una célula, originando todo tipo de neoplasias benignas o malignas, o bien por interferencia en el metabolismo de células especiales, óseas, nerviosas, cartilaginosas, etc., produciendo entonces enfermedades crónicas y progresivas, como: artrosis, espandilo-artrosis, fiebres reumáticas no bacterianas, amiotropías progresivas, etc.

La decisión que nos mueve a publicar esta obra no es otra que la de responder al deseo de numerosas personas, científicos y clínicos, con el único objeto de presentar en forma monográfica el historial completo y refun- dido de uno de los mayores acontecimientos del siglo, cual es el descubri-

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miento y terapia de las enfermedades neoplásicas, benignas o malignas, que pueden producir las enzimas vivientes (E. V.), queremos destinar la presente monografía a cuantos dedican su vida a la investigación, y de forma muy especial a todos los miembros de la Asociación, afectados, familiares, clínicos y simpatizantes, que con su colaboración e inquietud han hecho posible esta edición.

ASOCIACIÓN CHACÓN CANCER

El conocimiento de la vida empieza en toda su plenitud cuando se llega a conocer su origen.» El contenido de esta obra contribuirá a ello.

Chacón Mejías

VIRUS CLASICOS Y VIRUS DEL CANCER

Formación y naturaleza de los virus

(20 de enero de 1959)

Nos mueve a dar cuenta en esta serie de trabajos de los conceptos alcan- zados en dieciocho años de investigación sobre virus, el hecho de haber llegado a conclusiones que juzgo interesantes en este campo de la ciencia y a nuestra creencia de que al conseguirlos hemos contraído con nuestros semejantes la obligación moral de difundirlas. Exponemos solamente ideas fundamentales, quizá un poco esquemática- mente, pero suficientes para ser comprendidas con facilidad. Como toda experimentación que abarca un extenso campo —imposible de explorar por una sola persona dotada de escasos medios—, quizá adolezca de algunos defectos de detalle, pero las cuestiones de fondo han sido confir- madas por una observación meticulosa y detenida a través del tiempo en numerosos casos de epi y enzootias. Para mayor efectividad, unimos en una sola persona al microbiólogo y al clínico y trasladamos el laboratorio experimental al campo. Las conclusiones del clínico pasaron por la sanción del microbiólogo, y a la inversa. Juzgamos que los problemas planteados han quedado parcialmente resueltos y algunos de ellos parecen en vía de definitiva y práctica solución. Desde el principio consideramos como un problema directamente vincu- lado con el del cáncer. En este campo es donde hemos batallado sin desmayo año tras año, alentados por varios miembros de la clase médica que nos proporcionaron tumores extirpados de distinta índole.

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Sin más preámbulo quiero que entren ustedes conmigo en este mundo maravilloso donde nace la vida en su forma más elemental. Donde la suma de moléculas inertes y carentes de vida propia dan lugar por asociación a un complejo molecular dotado de vida propia y susceptible de multiplicarse, aunque esta multiplicación esté vinculada a la presencia de células vivas. Los conceptos que aquí se vierten no modifican en nada los puntos de vista actuales, pero completan sectores amplios completamente descono- cidos. Hemos considerado siempre, y así está admitido, que un virus determi- nado procede ontogénicamente de otro igual, por ser una especie definida biológicamente e incluso incluido como tal en la sistemática microbiológica (pero vemos la cuestión en su conjunto en un aspecto menos simplista y parcialmente más amplio). Es cierto que cualquier virus procede por multiplicación en células vivas de otra macromolécula vírica igual, pero hemos llegado a la conclusión de que, en su origen, los virus no proceden de otros iguales, sino que se forman por agregaciones enzimáticas, procedentes de distintas bacterias, y que sólo cuando estas agregaciones se han efectuado cualitativa y cuantitativamente en una proporción determinada es cuando el virus aparece como tal, con su cortejo de efectos patógenos, y es estudiado por el virólogo. Vamos a explicar cómo se forman los virus y el mecanismo que emplean los enzimas para transformarse por asociación en virus. Luis Pasteur creyó que el desdoblamiento de los azúcares en alcohol y ácido carbónico era debido a la acción vital de las levaduras o «fermentos figurados»; pero en 1897, Buchner desgarró las levaduras con arena en un mortero y, por filtración, consiguió un jugo libre de levaduras. Este filtrado tenía la capacidad de fermentar la glucosa, demostrando que el desdobla- miento de los azúcares lo ejecuta catalíticamente un sustrato no viviente. A estas sustancias se les llamó «fermentos no figurados» y, posteriormente, «enzimas». En la levadura, así como en todos los microorganismos, existen enzimas producidos por ellos, cuyos enzimas, a pesar de ser sustancias no dotadas de vida, efectúan una función bioquímica, con autonomía absoluta del ser que los creó. No hace falta la presencia vital del organismo formador de enzimas para que éstos actúen, teniendo, además, cada enzima una función bioquímica específica, hasta el punto de que Fischer dijo que «el enzima es al sustrato

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sobre el que actúa, como la llave lo es a su cerradura». Es conocido de todos que la enzima completa o halofermento está consti- tuído por dos fracciones: una fracción llamada «apofermento», de naturaleza proteica y carácter específico, y otra fracción llamada «cofermento», de natu- raleza lipídica, que da el carácter de especificidad al enzima. De las experiencias de Buchner se desprende que, a pesar de ser los en- zimas sustancias no vivas, son creadas por seres vivos y actúan con auto- nomía de éstos. Realmente, estas funciones autónomas de los enzimas no podemos considerarlas como manifestaciones vitales, puesto que los enzimas no se multiplican por sí solos, sino que tienen que ser producidos por seres más o menos organizados. Pero estas manifestaciones autónomas llevan indiciariamente una acti- vidad, que es en sí la más elemental manifestación de vitalidad. De este balbuceo de vitalidad arranca la serie de fenómenos que darán lugar, primero, a la formación de fagos, y después, a la formación de virus, como organización más superior. Un enzima aislado es sólo un eslabón de una cadena de enzimas elabo- rados por un determinado ser vivo, con el fin de transformar el sustrato ali- menticio y atender a su síntesis y captación energética. Pero el enzima aislado trata de independizarse del organismo que lo creó, intentando formar un equipo enzimático independiente, que, completando un ciclo bioquímico exaltadamente heterótrofo, le procure los recursos nece- sarios —por captación de ciclos vitales de la célula en que viven— a su propia síntesis. Los enzimas que se han de reunir en equipo tienen que componer una serie definida, y estos enzimas distintos no se encuentran reunidos en una sola bacteria o microorganismo inferior. Cuando un enzima aislado se encuentra con uno de sus complementarios —no de los complementarios producidos por una determinada bacteria, sino los que van a formar equipo independiente de la bacteria para constituir el virus—, se une con él, formando un ser bienzimático. Este ser bienzimático puede seguir agregando exoenzimas procedentes de otras bacterias, pero si se trata de un endoenzima el que necesita agre- gar, entonces actúa como fago y libera el enzima del soma de la bacteria por lisis de ella.

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En este último caso, el bi, tri, etc., enzima se multiplica activamente alre- dedor o en el interior de la bacteria cuyo enzima trata de liberar, y bien sea por donación voluntaria o por donación forzada, la bacteria cede el nuevo enzima, que entra a formar parte del equipo elemental que la atacó. Nos encontramos en presencia, pues, del proceso de multiplicación del ser más elemental, el fago, producido por la agregación de dos o tres o más enzimas sin capacidad de multiplicación aisladamente. Pero el fago es un equipo enzimático incompleto que trata de completarse; es un provirus todavía no dotado bioquímicamente para liberar energía de los ciclos vitales de las células vivas. Permanece, pues, en la más completa inactividad, captando exoenzimas, quizá por quimiotactismo; pero se multiplica de nuevo activamente en presencia de una bacteria de la que tenga que liberar un endoenzima. Ahora bien: cuando el equipo enzimático se completa por captación del enzima que faltaba, entonces adquiere otro tipo de autonomía. Ya puede multiplicarse, utilizando los ciclos vitales de las células vivas. Ya es un virus tal y como lo conoce el virólogo. Explicado este fenómeno de una manera simplista, tal y como se ha ex- puesto, resultaría que todos los enzimas tienden a formar equipos enzimá- ticos completos e independientes, y, en consecuencia, la aparición de virus saprófitos o patógenos resultaría de una frecuencia alarmante. Pero resulta que para iniciarse la asociación en cadena hace falta una inducción; es necesario que un enzima activado e inducido inicie la tendencia asociativa. Esta inducción o activación es provocada de distintas maneras. En primer lugar consideremos la inducción inmunitaria. Se efectúa de la siguiente manera: una bacteria, generalmente patógena de cualquier naturaleza, determina una infección de tipo crónico o agudo en un ser superior, el cual, en virtud de este ataque, se satura de defensas contra la bacteria de que se trate, produciéndose en él una inmunidad natural. La bacteria ordinaria virulenta es bloqueda por las defensas orgánicas, que le impiden su normal desenvolvimiento, siendo finalmente expulsada o destruida o inactivada. En este momento es cuando ciertos enzimas de esta bacteria son activados e inducidos a independizarse, tratando de crear un equipo enzimático por su unión con otros enzimas de distinta procedencia, determinando, primero, la formación de un elemento «fágico», y después, al

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completarse, un virus. Esto debe ocurrir en algunas endemias tíficas, pues primero aparece el fago en los convalecientes y, porteriormente, se produce en el enfermo ya recuperado una encefalitis vírica, muchas veces mortal. El virus encefalítico no ha procedido de contagio, sino que ha sido creado en el interior del enfermo por el mecanismo explicado. Por este mecanismo aparecen todas las virosis; el virus inicial es elabo- rado por este mecanismo, y si es difusible, se inicia la cadena epidémica a

partir del individuo o individuos que primero lo crearon. Una vez iniciada la serie por transmisión, ya el virus funciona como un ser dotado de vida, y todos los virus posteriores proceden de los inicialmente creados. Ya no es posible prejuzgar su formación. Se desprende de estos razonamientos una consecuencia lógica, y es que

si en un país determinado no existen todas las bacterias que cuantitativa y

cualitativamente han de donar los distintos enzimas para formar un virus, éste queda incompleto y nunca llega a formarse ese virus determinado, pues todo lo más se formará un provirus o fago más o menos complicado, que no se multiplica en presencia de células vivas de animales superiores, no pu- diendo constituirse ese virus endémica o enzoóticamente en ese país. Cuando en ese país se encuentren todas las bacterias capaces de com- pletar el equipo enzimático de un virus determinado, entonces la virosis será endémica en el país; en caso contrario, ha de llegar por vía epidémica. Cuando una de las bacterias donadoras de enzimas sea huésped habitual de insectos, el provirus fágico formado en el hombre o animal ha de pasar a través de insectos vectores para que el provirus, al completar su equipo en el insecto, se transforme en virus. También por este mecanismo pueden ocurrir una serie de hechos que den lugar a las distintas variantes antigénicas de un virus determinado. Supon- gamos un virus con variantes antigénicas, como, por ejemplo, el de la gloso- peda. Calculemos, por ejemplo, para él, como cantidad mínima de enzimas que pueden formarlo, el de siete. Este virus es de una determinada cualidad

antigénica; pero ese virus, que se multiplica ante la célula viva como un virus perfecto, puede encontrarse en un momento determinado y en otra comarca

o país de donde partió la epizootia con una bacteria determinada que le

puede ceder otro exo o endoenzima, y entonces, a pesar de tratarse ya de un virus perfecto, actúa sobre la bacteria o sobre su exoenzima como un pro- virus fágico, agregándose el nuevo enzima y completando el número de ocho

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enzimas. Ello lleva como consecuencia que el producto final de su metabo- lismo —por haberse ampliado el campo de acción bioquímico del equipo enzimático— sea distinto, con lo que ha variado antigénicamente, apare- ciendo, por una aparente mutación, una nueva variante antigénica. Pero existen otros procedimientos de activación o inducción enzimática, y otro de ellos es la activación telúrica y radiactiva. Vamos a poner un ejemplo que nos explicará el mecanismo de dicha activación. Existen bacterias, como el bacilo del mal rojo del cerdo, que no actúan en el verano —por lo menos por esta zona—, y que, sin embargo, en tiempo borrascoso y frío, otoñal o invernal, provoca verdaderas invasiones masivas. Se trata de factores telúricos que estamos muy lejos de conocer, pero que la observación y la práctica nos ponen en evidencia de forma irrefutable. Es comprobable también que cíclicamente cada doce o trece años aproxi- madamente —quizá coincidiendo con períodos de máxima actividad radiac- tiva solar— se producen epizootias de mal rojo verdaderamente desoladoras. En casi todos los brotes graves de mal rojo, una cantidad enorme de bacilos no actúan como formas bacilares visibles, sino en forma corpuscular invi- sible. Que esto es así nos lo demuestra nuestra observación siguiente: si tomamos con el asa de siembra, de las vísceras del cerdo muerto, dos canti- dades iguales, y una de ellas la extendemos en frotis para observar, después de coloreado, al microscopio, y otra de ellas la extendemos sobre la super- ficie de agar, observaremos que, mientras en el frotis, después de ser reco- rrido en toda su extensión, sólo son observables la mayoría de las veces una cantidad de bacilos, que no pasan de diez, en la superficie del agar; después de incubación, aparecen más de trescientas colonias. Como cada colonia ha surgido de una unidad vital, resulta que en el frotis existían esas mismas unidades vitales, pero estaban en forma invisible. Vemos, pues, cómo los factores ambientales deciden sobre la patogenicidad de una bacteria deter- minada. Asimismo, estos factores pueden inducir, activar o excitar las agre- gaciones enzimáticas, apareciendo virus como los de la gripe y el consti- pado. Otro tipo de inducción podría ser determinado por ataque a bacterias por medio de la acción antibiótica. Una vez examinadas las causas inductoras, pasemos a revisar otros aspectos interesantes. Los virus, en su acción patógena, conservan la impronta de las bacterias que le donaron sus enzimas. Si éstas están dotadas de un determinado tro-

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pismo, el virus lo poseerá aumentado, pues se trata de una organización más heterótrofa y, por tanto, más exaltado en su actuación. Hemos visto brotes pestosos donde los primeros cerdos atacados, sin síntomas pestosos aún, tenían los pulmones completamente invadidos por Hemophilus suis y totalmente macizos. En los cerdos que van apareciendo enfermos, después han desaparecido totalmente los Hemophilus del pulmón, pero continúa la macidez pulmonar, con un cuadro ya claro de peste pulmonar. El Hemophilus ha sido, en este caso, el donador del último enzima, y el virus resultante continúa con la misma característica en su actuación patógena y sus mismos tropismos, siendo la neumonía exclusivamente producida por el virus pestoso. Los tropismos dérmicos, nerviosos, intestinales y septicémicos del virus de la peste porcina en los distintos brotes de la enfermedad obedecen como causa a que el núcleo fundamental del virus o su enzima de actuación pató- gena está donado por una bacteria de la misma afinidad. Hemos podido asimismo comprobar que, aunque existe un criterio unitario sobre la antigenicidad del virus de la peste porcina, no es menos cierto que está constituído por un verdadero mosaico antigénico, resultado de la distinta cualidad de los enzimas agregados, y que cuando se utiliza en una suerova- cunación un suero muy heterólogo con respecto al virus empleado simultá- neamente, el suero neutraliza una serie de enzimas comunes, pero no otros del mosaico enzimático del virus, por no estar su anti correspondiente repre- sentado en el suero. Las macromoléculas víricas no neutralizadas totalmente son degradadas a provirus fágicos, con lo que quedan inactivos; pero si los enzimas no neutralizados son muchos, este provirus puede completarse con otros tipos de enzimas distintos a los neutralizados por el suero y radicantes en otras bacterias, y ocurre entonces a posteriori, más tarde o más tem- prano, según el tiempo que el provirus ha tardado en completarse nueva- mente, una explosión pestosa o un chorreo de enfermos crónicos. Estos casos son conocidos de todos, y tiene su explicación en estos hechos. Se desprende, en consecuencia, que el virus pestoso posee antígenos o enzimas comunes neutralizados por todos los sueros anti, pero que estos enzimas comunes pueden ser sustituídos si se deja sin neutralizar la parte del resto del mosaico antigénico. De aquí la necesidad de utilizar sueros homólogos que destruyan en su totalidad el equipo enzimático del virus que hemos inoculado simultánea- mente, pues el virus pestoso —ante la cantidad enorme de bacterias con que

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se pone en contacto el cerdo— se forma fraccionariamente de distinta manera, según la cualidad de los enzimas aportados por distintas bacterias, aunque su estructura común y fundamental sea casi idéntica en todos ellos.

Tenemos otra observación que apoya de una forma convincente el hecho de que los virus se formen por agregaciones enzimáticas, y es la siguiente:

es conocido de todos los veterinarios y tratantes lo peligroso que resulta reunir en una piara cerdos de distinta procedencia, por producirse con gran frecuencia una explosión pestosa. La explicación es la siguiente: cada lote de cerdos había permanecido sano porque no se habían puesto en su lugar de origen en contacto con el grupo completo de bacterias donadoras de enzimas, pero portando cada lote,

o bien una bacteria donadora, o bien un provirus fágico inactivo. Al reunirse

los distintos lotes y convivir, se intercambian los distintos provirus y bacterias

donantes, existiendo muchas probabilidades de que el equipo enzimático se complete, y como el equipo enzimático completo es el virus, aparece la explosión pestosa. Con estas consideraciones terminamos la parte dedicada al estudio de la formación de los virus clásicos. Antes de terminar este primer trabajo efectuaremos también un estudio sobre la formación de los virus del cáncer. Hemos visto en lo que antecede cómo los virus clásicos son formados por agregación fágica de una serie de enzimas procedentes de bacterias.

También hemos visto cómo en su actuación patógena y tropismos tisu- lares llevan la impronta de las bacterias donadoras, y específicamente de la

o las bacterias patógenas que donaron sus enzimas. Es lógico que, siendo el

virus una entidad patógena más exaltada, por más heterótrofa, que la o las bacterias patógenas donantes de parte de sus enzimas, sea el virus resul- tante transmisible en serie si las bacterias donantes también lo son, aunque en menor escala. Con estas consideraciones es fácil comprender cómo se comportan los virus del cáncer y cuál es su naturaleza, cuando hagamos las salvedades que siguen. Los virus del cáncer no se forman por agregación de enzimas bacterianos, sino por agregación de enzimas de hongos y de ciertas clases de hongos y bacterias encuadrados biológicamente en el orden acti- nomicetales, orden que es el puente de enlace entre el mundo de las bac- terias y de los hongos. Entre los géneros de este orden encontrarnos al bacilo tuberculoso, pro-

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ductor ya por sí solo de neoformaciones miliares; el Actinomyces, productor de tumoraciones óseas; las Nocardias —productoras en algunos lugares de la «farcinosis» del buey—, enfermedad crónica que produce tumoraciones ganglionares muy parecidas en su evolución al linfogranuloma de Hogkins, y, por último, el género Streptomyces, productor de casi todos los antibióticos conocidos. El hecho de que precisamente haya sido aislado por nosotros numerosas veces un Streptomyces a partir de sangre de cancerosos, y que éste sea un donante de enzimas para el virus cancerígeno, sería una causa que expli- caría la inefectividad de los antibióticos para el cáncer. El hecho de que el linfogranuloma de Hogkins parta casi siempre de lesio- nes tuberculosas demostraría el hecho de que el bacilo tuberculoso puede ser también un donador de enzimas que contribuye a la formación del virus del linfogranuloma. Queremos terminar haciendo las siguientes consideraciones. Los proce- sos micósicos, e incluso la misma tuberculosis, no son transmisibles en serie por contagio natural, pués para ello es necesario cierta susceptibilidad indi- vidual, y, además, en su acción patógena tienden a la localización y a la cronicidad. Hemos dicho antes que los virus portan en su actuación patógena las características de los agentes donadores de sus enzimas, y resulta de fácil comprensión que los virus del cáncer tengan inclinación a producir procesos crónicos, con tendencia a la localización y sin tendencia a la transmisión en serie. Como para denunciar la presencia de un virus hace falta que sea trans- misible en serie, provocando en los animales de experimentación efectos patológicos visibles, resulta que los virus del cáncer no se pueden poner en evidencia con las técnicas actuales, puesto que no son transmisibles en serie, y para conseguir esta serie haría falta descubrir al 3 ó 4 por 1.000 de las personas sensibles y establecerla con ellos. Pero la sensibilidad, como no es denunciable, hace que nos hayamos encontrado hasta ahora ante la imposibilidad de ponerlos en evidencia. Es muy probable que así como todas las personas sufrimos un ataque por el bacilo tuberculoso que produce una primoinfección calcificada en los indi- viduos resistentes, suframos una primoinfección cancerosa que produzca a los no sensibles un estado de particular resistencia. Al efectuar una revisión de lo expuesto anteriormente, vamos a examinar

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el problema de la formación de los virus desde lo más elemental a lo más complicado, de acuerdo con la siguiente escala:

Proenzima. Enzima. Fagos o virus de bacterias o provirus. Virus clásicos. Gérmenes bacterianos de salida.

Los proenzimas, o precursores de enzimas, son apoenzimas producidos en estado de inactividad catalítica. El tripsinógeno, por ejemplo, es producido por el páncreas en una forma inactiva, y carece de acción sobre las proteí- nas; pero cuando llega al intestino es activado por una sustancia de tipo enzimoide, llamada enteroquinasa, presente en las secreciones intestinales, cuya naturaleza precisa se desconoce, convirtiéndose en un activo enzima proteolítico: la tripsina. Se ha producido una especie de conjugación de una proteína procedente del páncreas, o proenzima o apofermento inactivo, con un factor de otra naturaleza, que, actuando como coenzima, da lugar al halofermento tripsina. Vemos, pues, cómo para la formación de un enzima hacen falta, como ya dijimos, un núcleo proteínico —apofermento— y una fracción de otra natura- leza—el coenzima —, y hemos visto como el núcleo proteínico puede tener un origen complétamente distinto del grupo prostético o coenzima. Estos núcleos proteicos son verdaderos proenzimas, y pueden proceder de pro- teínas de los más diversos y múltiples orígenes. Las proteínas enzimáticas son sustancias de relativamente elevado peso molecular, oscilando entre 40.000 para la peroxidasa y de 250.000 para la catalasa. Tienen de común con las restantes proteínas la propiedad de alterarse por la acción del calor. Teniendo en cuenta que los virus poseen un peso molecular comprendido entre dos y cuarenta millones —los de las plantas—, deduciremos que están formados por asociaciones de gran número de enzimas. Si analizamos las funciones de los enzimas en las células y su distribu- ción, nos encontramos con que casi todos los enzimas celulares se encuen- tran en el protoplasma. Algunos son componentes solubles del proto y cito- plasma, e incluso parece muy probable que la materia proteínica de éstos se encuentre formada a base de las proteínas enzimáticas. Hay otros muchos que están unidos firmemente y forman parte de la estructura granular del protoplasma.

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En las plantas se encuentran verdaderos equipos enzimáticos asociados a los cloroplastos y otros a las mitocondrias, como ocurre con todo el grupo de los enzimas que intervienen en la oxidación respiratoria de los azúcares. Una interpretación de la presencia de tales equipos enzimáticos es que la agregación íntima de varios enzimas es esencial para que se efectúen pro- cesos metabólicos cuyas reacciones se suceden unas a otras en continua serie de fases. Como el producto de una de estas reacciones es inmediata- mente el sustrato de la siguiente, es fácil comprender el que los enzimas que intervienen en ellas estén asociados en una sola unidad bien integrada y organizada. Todas las cadenas complejas de reacciones, como las de la respiración, fotosíntesis, etc., tienen sus respectivos enzimas unidos entre sí, formando partículas complejas. Vemos en estos hechos cómo los enzimas tienden a agruparse cuando los mecanismos liberadores de energía y sintéticos necesitan de ciclos bioquímicos seriados. Esto nos lleva a comprender cómo enzimas activados pueden tener tendencia a conjugarse con total independencia de las células bacterianas que los originaron para sufrir un proceso de vitalización al transformarse en fagos y virus. Algunos enzimas parecen estar formados solamente por una proteína; otros, en cambio, constan de dos porciones, como ya hemos dicho. La parte activadora, o coenzima, es de variada naturaleza; en la tirosinasa está constituída por un átomo metálico de cobre. También el cinc, manga- neso, magnesio y hierro forman el grupo prostético de muchos enzimas. En otros casos, los grupos prostéticos están formados por sustancias orgánicas relativamente complejas, y es curioso que sustancias descubiertas primera- mente como vitaminas, se sabe hoy que funcionan como parte de los grupos prostéticos de los enzimas. El grupo prostético de las hidrogenasas es el nucleótido fosfopiridínico, y el de los enzimas flavoproteínicos, la riboflavina. Con estas consideraciones podemos tener una idea de la estructura de los virus y provirus, o fagos o virus de bacterias, pues de las ideas anteriores se deduce que estén formados por una masa de apoenzimas proteínicos conju- gados, cubierta de un mosaico de grupos prostéticos, o bien con los grupos

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prostéticos en cadena, formando un apéndice o cola. Cada grupo prostético posee en el ciclo metabólico una función de eslabón de cadena, al final de la cual se produce la liberación energética. Debemos hacer ahora un recordatorio de las ideas actuales sobre los fagos para deducir después consecuencias oportunas. D'Herelle llegó a la conclusión que el bacteriófago era un ultra-microbio que parasitaba a las bacterias, llegando a su destrucción. También concluyó que el bacteriófago juega un gran papel en la infección y en la inmunidad, constituyendo la principal defensa contra las bacterias patógenas invasoras, concepto este último que fué fuertemente discutido. Sobre su naturaleza exacta algunos investigadores apoyaron la opinión D'Herelle de que se trataba de un diminuto microbio que vive a expensas de la bacteria, mientras que otros se inclinaron a considerarlo como una sus- tancia lísica inanimada, y otros, como un enzima. Aparte su naturaleza exacta, es indudable que los fagos tienen una gran facilidad para crecer y multiplicarse, habiéndose demostrado reiteradamente que no tienen acción alguna sobre los gérmenes muertos, así como que se muestra inactivo en el organismo vivo. El fago tiene muchas de las características de los virus filtrables. Si los virus son de una estructura especial, análogamente sucede con los fagos. Mediante el uso de membranas de colodión, cuidadosamente gradua- das en su porosidad, se ha demostrado que hay diferencia notable en el tamaño de la partícula de diferentes cepas puras de fagos. De estas circunstancias se desprende la naturaleza provírica del fago, pues estaremos de acuerdo en que las bacterias son células vivas, y, sin embargo, los virus no se multiplican en ellas, mientras que los fagos actúan en las células vivas de animales superiores. ¿No se desprende, con toda lógica, que los fagos utilizan a la bacteria, aparte de para captar bioquímicamente energía de los ciclos metabólicos de la bacteria, para que le done, voluntaria o violentamente, enzimas que les son necesarios para completar su equipo? ¿Del variado tamaño de los fagos, no se desprende que éste depende del número de enzimas agregados en su aspiración a mayor autonomía de actuación bioquímica? ¿Y por qué, si el concepto de D'Herelle es verdadero, la ingestión de fagos tíficos, por ejemplo, no cura ni alivia al tífico, como él creía que ocurriría?

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Los ciclos metabólicos de las bacterias y los de las células vivas de seres organizados son tan semejantes —por lo menos algunos de ellos—, que no habría un motivo fundamental para que se multiplicaran en presencia de bacterias vivas y en crecimiento, y no en presencia de células vivas de ani- males o plantas. Es muy probable que el fago, actuando sobre la superficie de la bacteria o penetrando en ella, derive un ciclo energético para multiplicarse activamente, consiguiendo que la bacteria se desprenda de ciertos enzimas que le inte- resan y que agrega a su estructura. Es por lo que algunos fagos sólo atacan a bacterias con antígenos Vi, mientras que no atacan a las mismas estirpes de esas bacterias que carecen de ese antígeno. Esto demuestra que el fago que ataca a las bacterias dotadas de antí- genos Vi lo que le interesan son solamente estos antígenos proteínicos convertibles en enzimas, y no la estructura celular propia de la bacteria. No tratamos de entablar una discusión sobre si los fagos son pro-virus o no. Muy distantes todavía de conocer los secretos de todas las actividades enzimáticas —pues hay células cuyos enzimas pasan de cientos y cuyos mecanismos los desconocemos en su casi totalidad—, no pretendemos que exista una separación tajante entre el concepto de fago y el de virus, máxime cuando hemos establecido a priori que un virus —como en el caso de for- mación de variantes en el virus de la glosopeda— puede actuar también como fago en ciertas circunstancias. Es, por tanto, imposible fijar la línea separatoria entre el concepto de fago y el de virus. Está comprobado que los fagos de bajo peso molecular—por tanto, con pocos enzimas — producen en los cultivos de bacterias en medios sólidos grandes calvas líticas, mientras que los de elevado peso molecular —de mayor complejidad enzimática— producen calvas más pequeñas mientras mayor es su tamaño. Existe, pues, una verdadera relación entre el tamaño del fago y su acti- vidad lítica, siendo curioso el hecho de que los fagos de mayor tamaño posean progresivamente menor actividad lítica, cuando realmente debía ocurrir lo contrario, puesto que a una organización más perfecta debía acompañar una mayor actividad lítica.

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Es por lo que creemos que posiblemente lo que ocurre en la realidad es que la agrupación enzimática inicial formada por activación funciona como virus contra las bacterias, utilizando o bloqueando sus ciclos metabólicos y captando y utilizando los enzimas propios de la bacteria o alguno de los que puede utilizar para completar su equipo. Conforme el equipo enzimático va siendo mayor, la actividad sobre las bacterias va disminuyendo, hasta que, insensiblemente, de ser un virus bac- teriano pasa a ser un virus parásito de células vivas de animales o plantas. Esto podía tener su explicación. Las células vivas de seres superiores están dotadas de gran número de enzimas; pero, debido al reparto del trabajo fisiológico en estos seres, poseen bastante menos que la célula bacteriana, que, por ser autónoma, ha de llevar equipos enzimáticos completos para efectuar múltiples acciones bioquímicas. Al poseer los fagos de poco peso molecular pocos enzimas están más necesitados de ellos que los voluminosos, y por esto restan a la célula bac- teriana que atacan gran número de enzimas, lo que los hace más virulentos para ellas. Los enzimas de gran peso molecular, al necesitar pocos enzimas, permi- ten a la célula bacteriana poder sustituir los sustraídos, pero a costa de una amplia mutación en su acción bioquímica, y, por tanto, en su constitución antigénica. Debido a los nuevos enzimas de adaptación que la bacteria pone en juego para sustituir a los perdidos, la bacteria no muere, sino que sufre una dege- neración vítrea o simplemente una mutación más o menos profunda, según la cantidad de enzimas perdidos. Cuando el equipo enzimático se ha completado, ya no necesita captar más enzimas de las bacterias, y se encuentra en condiciones para inter- ceptar los ciclos metabólicos de las células vivas de seres organizados. Claro está que el que el equipo enzimático se haya completado no signi- fica que hayan adquirido un grado superior de autotrofía, sino que, por el contrario, han de partir de sustratos definidos y previamente conseguidos por las células vivas como consecuencia de su metabolismo, pero ya a partir de este sutrato pueden liberar energía. Si, saliendo del campo de los virus, seguimos ascendiendo en el campo de los gérmenes, inmediatamente más autótrofos, vemos, por ejemplo, cómo el Bacilus pertusis crece bien alrededor de colonias de estafilococos, y cómo

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otros muchos gérmenes necesitan factores contenidos en la sangre de ani- males. Estos factores que necesitan son enzimas producidos por el estafilococo, en el primer caso, y enzimas contenidos en la sangre, en el segundo, como ocurre con los gérmenes del género Haemophilus. Vamos saliendo de la vinculación de los virus a la célula viva por necesi- dades perentorias de sustrato y por defecto de amplitud de equipos enzimá- ticos, pues su pequeñez demuestra que no pueden poseer una gran comple- jidad enzimática, y nos encontramos con otros gérmenes que, aunque ya pueden vivir fuera de la célula viva, necesitan enzimas producidos por células vivas, como en el caso del Pertusis. En estos gérmenes aún existen deficiencias enzimáticas, y aunque ya utilizan sustratos más amplios, todavía necesitan un aporte o ayuda de enzimas elaborados por otros seres para completar sus ciclos metabólicos. Otro hecho confirmaría los conceptos establecidos hasta ahora. Sabemos que son fuentes de fagos, provirus o virus de bacterias —puesto que a estas alturas podemos llamarlos indistintamente— las aguas de alcantarillado, los ríos y, en general, los lugares donde existen acumulaciones bacterianas procedentes de numerosos lugares. Nos encontramos, pues, en el mismo caso citado anteriormente, de que la reunión de cerdos de distinta procedencia da lugar, en la mayoría de los casos, a una explosión pestosa por aparición del virus de la peste porcina. Es lógico que así ocurra lo mismo en el caso de la peste porcina por acumu- lación de numerosas bacterias de distinta clase y procedencia, que en la aparición de fagos en aguas de letrinas, alcantarillas, ríos a la salida de poblaciones, por acumulación de bacterias de distinta procedencia. La mecá- nica de formación es la misma. Ahora bien, es mucho más difícil la formación de un virus clásico que el de un virus de bacterias, puesto que su complejidad enzimática es mucho mayor. Los virus y los fagos son, pues, equipos enzimáticos autónomos que se vitalizan cuando pueden derivar un ciclo metabólico propio de despren- dimiento energético. Como son equipos muy elementales, son eminentemente heterótrofos, necesitando, unos, de los ciclos vitales de las bacterias, y otros, de los ciclos vitales de animales superiores. Pero como las bacterias son células vivas, de aquí que su única diferencia radique en la cuantía de sus equipos enzimá- ticos y, en consecuencia, de su volumen.

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El fago utiliza, pues, a la bacteria en dos sentidos: uno, para derivar sus propios ciclos metabólicos, que le permiten crecer y multiplicarse; otro, para agregar parte de sus enzimas. En muchos casos el fago penetra dentro de la bacteria y se multiplica acti- vamente después de haber sumado nuevos enzimas, y la bacteria, como consecuencia del aumento de volumen por la multiplicación que se está produciendo en su interior, estalla. Otras veces, cuando la bacteria puede sustituir cualitativamente los enzimas sustraídos por el fago por otros complementarios, pero diferentes, sobrevive, pero a costa de una mutación en su estructura. Otras, cuando el fago capta exoencimas, la bacteria no es alterada, y no existe bacteriofagia ni otros fenómenos visibles. Quedan aún otras consideraciones por hacer, que se refieren a la forma- ción en ciertos y determinados tipos de virus de formas bacterianas de salida. Hemos dicho antes que los virus están constituidos por esferillas proteí- nicas asociadas en una masa única, que constituyen la suma de todos los apoenzimas reunidos, y por una serie de coenzimas que se pueden encontrar en forma de tenue membrana mosaica o en forma apendicular. Pues bien: hemos podido comprobar centenares de veces, y éstos fueron trabajos que realizamos sobre el año 1942, que en ciertos virus y en ciertas condiciones estas esferillas complejas que constituyen el núcleo proteico de los virus crece y se rodea de una membrana, y, en un alarde de autotrofismo, se transforman en bacterias. En el virus de la peste porcina lo conseguimos numerosas veces en forma de un diplococo procedente de la transformación del virus. Pero esta transformación lleva como consecuencia la pérdida de la patogenicidad y la especificidad antigénica. Nos queda aún una consideración de índole especial, que se refiere a la constitución química de la masa formada por la unión de los apoenzimas en los fagos o virus de bacterias y los virus. Hemos dicho que esta masa está formada por proteínas; pero estas proteínas están ligadas por un armazón de ácidos ribonucleicos en los virus de las plantas y por ácidos desoxirribonucleicos en los virus de animales. Numerosas enzimas están constituidos por ácidos nucleínicos o nucleó- tidos, como el Co I, cuya constitución es la de un nucleótido de adenin-nico- tinamida.

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Se trata, pues, de una trama de proteínas de relatívamente elevado peso molecular, asociadas con ácidos nucleínicos para constituir una estructura química de una desoxirribo o ribonucleoproteína. Es curioso que los genes tengan también esa misma constitución, pues aunque fisiológicamente constituyen una unidad bien definida, citológica- mente estarían formados por una o más zonas activas de cadenas polipeptí- dicas y cadenas de ácidos nucleínicos más o menos distendidas y separadas por zonas inactivas formadas por otras cadenas polipeptídicas. El gen cromosómico lleva en sí el acto volitivo de la duplicación, e inicia en la célula el proceso multiplicativo. Los virus y los fagos que poseen esta misma estructura también son capaces, en determinadas condiciones espe- cíficas, de iniciar volitivamente una duplicación material. Estamos, pues, ante el hecho de que una determinada estructura física y química en donde, proporcionada y cuantitativamente, intervengan combina- ciones de ciertos polipéptidos o proteínas y ácidos nucleínicos, lleva en sí un deseo de vitalización, cumplido prácticamente cuando concurren circuns- tancias especiales.

Metabolismo de los virus

(20 de marzo de 1959)

Desde el principio que nos interesamos del estudio de los virus, nos causó extrañeza el hecho de su fatal vinculación a la célula viva; pero en ningún sitio se nos explicaba en qué consistía dicha vinculación, como tampoco el que los fagos se multiplicaran en presencia de células vivas y no en bacterias muertas. Durante bastante tiempo estuvimos intrigados, pensando en qué podía consistir esta circunstancia, y al fin nos hicimos unas interrogantes que, a nuestro parecer, la aclaran. 1. a ¿Por qué al morir un ser superior por el ataque de un virus, éstos dejan de multiplicarse, como si no tuvieran materia prima con la que sintetizar materia propia y atender a su energética y multiplicación, mientras que las bacterias existentes en ese animal se aprovechan de la muerte de éste para multiplicarse activamente, invadiéndole y descomponiéndolo? La respuesta fué la siguiente:

Porque mientras las bacterias utilizan para su síntesis liberación de ener- gía, y multiplicación de todos los componentes orgánicos de un ser superior,

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los virus no pueden liberar energía ni sintetizar materia propia de este sustrato orgánico, sino de algo que se produce durante la vida del ser animal o vegetal. 2. a ¿Por qué si tomamos de un cerdo enfermo de peste porcina —que es producida por un virus filtrable— sangre asépticamente y la introducimos en dos frascos distintos, y uno de ellos se lleva a la nevera y el otro a la estufa de cultivo a 38°, la que se colocó a la estufa a 38°, o sea, a la misma tempe- ratura del cerdo, se inactiva con rapidez, mientras que la que se colocó en la nevera está activa y presta a determinar la enfermedad seis meses después? Pensamos que la contestación correcta era la siguiente:

El virus del frasco que se introdujo en la estufa de cultivo, a 38°, agotó con rapidez algo que quedó en muy pequeña cantidad como residuo vital en las células, porque a 38° la actividad metabólica del virus es grande y, por tanto, murió, se asfixió —en términos figurados— al agotar la materia prima resi- dual que quedó en la célula al morir el animal; mientras que la que se intro- dujo en la nevera, por poseer un metabolismo mínimo a baja temperatura, tardó mucho tiempo en agotarlo, y por eso se encuentra activa seis meses después. Después vino la tercera pregunta:

3. a ¿En qué consiste, entonces, la diferencia entre una célula viva y una célula muerta, para que la célula viva posea materia prima para sostener la vida y la activa multiplicación de los virus y la célula muerta no? La contestación fué la siguiente:

La diferencia consiste en que en la célula viva se están efectuando nume- rosos procesos vitales —unos permanentes y otros accidentales— que no se efectúan en la célula muerta. Entre ellos tenemos el proceso glucolítico de demolición del glucógeno por la respiración, el proceso proteosintético, la síntesis ocasional de cromátidas durante la multiplicación celular, etc. Lógicamente, había que pensar que la materia prima necesaria para el desarrollo y multiplicación de los virus era suministrada por estos procesos vitales inexistentes en la célula muerta, entre ellos, quizá por ser un proceso más general, la respiración. Pero la respiración no es un fenómeno simple, sino muy complejo, y consiste en procesos oxidativos por aportación del oxígeno respirado en un sustrato de carbohidratos oxidables, durante los cuales se transforma la glu- cosa en las plantas y el glucógeno en los animales —después de pasar por

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un primer proceso glucolítico y por los ciclos de Krebs, a través del ácido pirúvico, málico, succínico, fumárico, isocítrico, oxalacético, etc.— en ácido láctico en los animales y en alcohol, ácido acético, etc., en los diferentes tipos de fermentación. A partir de una molécula de glucosa o glucógeno, según se trate de planta o animal, y por sucesivas oxidaciones, carboxilaciones y escisiones molecu- lares, van transformándose unos en otros, de una manera ordenada, durante la vida del animal o de la planta, sucediéndose como un flujo liberador de energía por fosforilaciones y desfosforilaciones que sostienen la energética vital del ser y que desaparecen con la muerte, al cesar la respiración y, con ella, la liberación de energía. Estos productos de la escisión del glucógeno y de su transformación ener- gética y biosintética existen en muy pequeña cantidad en la célula viva, pero esta pequeña cantidad es prácticamente inagotable, porque constantemente se están produciendo seriadamente nuevas pequeñas cantidades, mientras que en la célula muerta la pequeña cantidad que queda como residuo no es repuesta y, por tanto, rápidamente agotada si algún virus la utiliza, y, como ya hemos visto, la agota con mayor rapidez mientras los productos patoló- gicos se sostengan más próximos a la temperatura biogenésica propicia a la máxima vitalidad de los virus. No cabía la menor duda después de estos razonamientos de que la imposibilidad existente para cultivar virus fuera de la célula viva radicaba en que en los medios de cultivo artificiales inertes no existían estas pequeñas cantidades de ácidos respiratorios u otros sistemas energéticos que, al parecer, eran la materia prima, el punto de partida de donde los virus arrancan para sus síntesis orgánicas y para sostener su energética, su dinámica, su desarrollo, crecimiento y multiplicación. Las células, en virtud de sus fermentos propios y equipos enzimáticos, provocan durante la respiración un proceso glucolítico, en el cual, merced a fosforilaciones y desfosforilaciones y reacciones en cadena, provoca un desprendimiento energético del cual depende y dimana la vida del ser. Los virus se aprovechan en parte de esta energía activadora, y, además, aprovechando uno de los cuerpos fundamentales de la serie de la degra- dación glucolítica, proteolítica, proteosintética, etc., como materia prima, provocan, a partir de él como elemento inicial, y por medio de su elemental equipo enzimático, una derivación, una serie propia en la cual también existe

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desprendimiento energético propio, que es utilizado por los virus para sus síntesis, desarrollo y desenvolvimiento. La longitud de este ciclo derivado por los virus depende de su tamaño, pues los de menor tamaño, por tratarse de equipos enzimáticos elementales, efectúan pocas intervenciones en cadena, mientras que en los de gran volu- men molecular el ciclo derivado es de más longitud, como se desprende de lo anteriormente dicho. Podemos concretar más la captación íntima de energía por los virus. La finalidad principal de la respiración es proporcionar energía para las reac- ciones celulares endotérmicas, de síntesis, de organización, mecánicas, osmóticas, etc. Los mecanismos mediante los cuales se libera la energía en la respiración son de dos clases: el acoplamiento oxidativo y el fosforilativo. El sistema principal de transporte de energía en los seres vivos tiene lugar mediante la intervención de especiales compuestos fosforados. Las sus- tancias base de este transporte energético son tres derivados de la adenina:

el ácido adenílico, el adenosindifosfórico y el adenosintrifosfórico. Cuando el ácido adenosintrifosfórico, o ATP, se hidroliza con un enzima apropiado, se separó el fosfato terminal, quedando en libertad una cantidad relativamente grande de energía, unas 12.000 calorías por mol. También cuando se separa el fosfato terminal del ácido adenosindifosfórico, APD, se produce una liberación energética de 12.000 calorías por molécula. Se conocen enzimas que catalizan la transferencia de los radicales fos- fatos, y se denominan colectivamente transfosfatasas. Se deriva de los conceptos anteriores que si un equipo enzimático vírico posee un enzima desfosforilante y separa por hidrólisis un fosfato terminal del ATP o del ADP, las calorías quedan a su disposición, siendo utilizadas en distintas necesidades vitales. No es, pues, cierto que los virus necesiten de las células vivas por el sólo hecho de su vitalidad, sino porque necesariamente han de aprovecharse de sus ciclos de desprendimiento energético. Pero también se desprende de todo lo explicado una consecuencia, y es que en un medio artificial de cultivo que posea básicamente una composición parecida a la célula muerta, pero donde agregamos sistemas energéticos y las materias primas que sirven a los virus para iniciar su serie fermentativa, podremos cultivarlos como si tratase de células vivas. De lo expuesto hasta ahora se deduce una serie de consecuencias inte- resantes, y una de ellas es que al ponerse los virus en contacto con cual-

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quier célula del animal receptible empieza a multiplicarse por estar efectuán- dose en ellas los distintos ciclos vitales que constituyen su manantial ener- gético, provocando enfermedades víricas típicas con arreglo a sus tropismos especiales. La transmisibilidad de estos virus está asegurada de ser vivo a ser vivo de la misma especie, porque las células de todos ellos le proporcionan el mismo manantial energético. Creemos con esto explicados los hechos fundamentales del metabolismo de los virus en general, pero quedan por hacer unas consideraciones sobre el metabolismo de los virus del cáncer en particular. Los virus del cáncer poseen, ante la célula viva de seres organizados, un metabolismo precario, puesto que su energética no es captable de ciclos metabólicos celulares de funcionamiento permanente, sino de ciclos pura- mente temporales y accidentales. Este ciclo es el que corresponde a la síntesis cromatínica —o del ácido desoxirribonucleico, considerado bioquímicamente— a partir del ácido ribo- nucleico protoplasmático, por distinta ordenación de nucleótidos y por susti- tución de una pentosa con otra. Ya hemos visto que los virus químicamente considerados son ribo o deso- xirribonucleoproteínas. También hemos visto cómo muchas enzimas están constituídas por un coenzima tipo nucleótido. Pues bien: los virus que fun- cionan fosforilando el ATP, o el ADP, aparte de captar energía, agregan el ácido adenílico de dichos ácidos —que es un nucleótido— a su estructura somática. Este ácido adenílico, una vez agregado como estructura, puede fosforilarse, y la necesaria energía de activación para ello —por necesitar aporte energético— debe ser proporcionada por la célula o en virtud de transfosfatasas existentes en el equipo enzimático estructural de los virus, con lo que transferirían un fosfato terminal del ADP, o del ATP, o un fosfato inorgánico a su ácido adenílico estructura, ganando el sistema vírico en nivel energético acumulable por conversión en ATP o en ADP de su propio ácido adenílico estructural. También dijimos que una estructura en la que intervengan en cierta pro- porción ácidos desoxirribonucleicos y proteínas llevaba en sí una volición duplicativa y que de dicha estructura eran los genes y los virus. En efecto, al intervenir nucleótidos en la estructura de los genes y de los virus y al desfosforilarse y fosforilarse estos nucleótidos, se convierten en

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verdaderas fuentes de energía acumulada, radicante en sus enclaves nucleótidos y liberada por sus enclaves enzimáticos. También se desprende que de cada combinación de un grupo enzimático con la estructura en cadena del ácido desoxirribonucleico surge una unidad génica, por lo que el equipo enzimático de los virus puede considerarse a su vez como un verdadero equipo génico. Como las proteínas de cada apoenzima son cualitativamente distintas, como asimismo las sustancias que constituyen los coenzimas, y, por otro lado, por la forma de estar estructurados con el ácido desoxirribonucleico, resultan una variedad enorme de equipos enzimáticos y, por tanto, de virus. Las mutaciones génicas se producen como las mutaciones víricas, con el auxilio de rayos X y de distintas radiaciones, y consisten en la pérdida de un gene-enzima o en una transformación cualitativa del mismo. Como vimos, también se producen por agregaciones enzimáticas de tipo fágico o no. A propósito de estas consideraciones, debemos recordar que, según algunos genetistas, los genes producen directamente sustancias que serían segura- mente proteínas de naturaleza enzimática, y existe la hipótesis del geneen- zima, que supone que cada reacción bioquímica en un organismo está regu- lada por un catalizador enzimático específico que tiene su modelo en un gene determinado y es producido por él. Si el gene que produce la sustancia enzimática se modifica por mutación, el enzima producido se alterará de la misma forma, siendo generalmente menos activo que el original y a veces completamente inactivo. Estos estudios parecen haber sido demostrados por la investigación de la fisiología de la acción génica en la regulación de las reacciones bioquímicas en los seres vivos, o sea, en el estudio de la feno- génesis bioquímica. En tres enfermedades humanas, la alcaptonuria, el idiotismo fenilpirúvico y el albinismo, existe independencia en cuanto a su herencia, pero las tres dependen de un factor mendeliano recesivo, que produce distinto tipo de alteraciones en el metabolismo del aminoácido fenilalanina. La fenilalanina es esencial en la alimentación humana, pues es uno de los nueve aminoácidos que no se pueden formar por transformación de otros. Ingerida con los alimentos, el individuo integra con ella sus proteínas o la hace sufrir otros cambios químicos. De estos cambios, el gene de la alcapto- nuria impide la descomposición de la alcaptona, que es secretada por la orina. El de la oligofrenia fenilpirúvica impide la oxidación del ácido fenilpirú- vico, que también es eliminado por la orina. No se conoce el mecanismo de

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la reacción química regulada por el gene del albinismo. Pero como dichas reacciones son activadas y realizadas por enzimas específicos, se desprende que la alteración génica que da lugar a dichas fenogénesis bioquímicas llevan consigo una alteración enzimática y precisa- mente del enzima producido o regido por dicho gene mutante o recesivo. Estos razonamientos demuestran que había que considerar el cromosoma como un equipo génico enzimático, como asimismo a los virus y a los fagos. Hemos visto cómo pueden captar energía los virus en general, y estas explicaciones eran necesarias para comprender su mecanismo metabólico, pero dijimos anteriormente que los virus del cáncer no podían captar energía de las células vivas en reposo interdivisional como los demás virus, y vamos a explicar esta circunstancia. Pero aún hay que efectuar otra serie de consideraciones para situar el problema y que sea fácilmente comprendido. Las nucleoproteínas, tanto si son citoplasmáticas como nucleares, tienen de común una organización de la que forman parte un ácido nucleico de gran peso molecular unido a una proteína. Los ácidos nucleicos son sustancias muy polimerizadas formadas por unidades más sencillas: los nucleótidos. Un nucleótido está formado por una molécula de pentosa, unida por su extremo reductor a una sustancia nitrogenada cíclica, y, por el otro extremo, se en- cuentra esterificada por el ácido fosfórico. La diferencia entre el ácido nucleínico del protoplasma y el del núcleo de las células radica en la naturaleza de la pentosa. En el primer caso es ribosa, y en el segundo, desoxirribosa. La desoxirri- bosa se diferencia de la ribosa en que le falta el hidróxilo del segundo carbono, estando sustituido por un hidrógeno que compone un grupo CH 2 . El ácido resultante de la combinación del fósforo y de la base con desoxi- rribosa es el ácido desoxirribonucleico, componente de los cromosomas nucleares, y la misma combinación con ribosa da lugar a un ácido ribonu- cleico existente en el protoplasma celular. Los compuestos nitrogenados cíclicos que se encuentran en los ácidos nucleicos son las purinas: adenina y guanina, y las pirimidinas: citosina y uracilo, todos los cuales entran a formar parte cada uno de un nucleótido, y todos ellos a la vez, en la formación del ácido ribonucleínico. En la formación del ácido desoxirribonucleínico intervienen las mismas bases en sus nucleótidos, excepto el uracilo, que es sustituído por la timina o tiamina. Según T. B. Johnson, solamente la citosina y la metilcitosina, entre

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las pirimidinas constituyentes del ribonucleico, deben ser productos primarios y, como tales, participar en la constitución de los ácidos nucleínicos, mientras que el uracilo y la tiamina provienen de aquéllos por descomposición hidrolí- tica efectuada por la acción de fermentos. Todavía no se tiene la seguridad sobre la manera de enlazarse los restos de cada uno de los nucleótidos; es posible que esta unión no sea del mismo tipo en todos los ácidos nucleínicos. Sobre la diferente forma de encade- narse los mononucleótidos es posible que se base la gran estabilidad a los álcalis del ácido nucleínico de la levadura, pero parece ser que la forma de unión más frecuente sea por esterificación de un hidróxilo del azúcar de un mononucleótido con el grupo fosfórico del otro. Consideramos que la síntesis del ácido desoxirribonucleico debe efectuar- se de la siguiente forma: El ácido ribonucleico se hidroliza por la acción de enzimas, quedando libres los nucleótidos, los cuales pasan la membrana nu- clear después de haber sido separado el oxígeno —por acción enzimática— de los hidróxilos del segundo carbono de la ribosa y haberse convertido en desoxirribosa. Pero, además, uno de los nucleótidos, el uracilo, es metilado, probablemente por la metionina, o por un enzima de tipo betaínico, transfor- mándose el uracilo en tiamina, y la metionina recogiendo el hidrógeno, en cuyo lugar ha entrado en el uracilo, el grupo metilo se convierte en homocis- teína. Una vez que se ha efectuado esta transformación, los nucleótidos que han pasado la membrana celular son nuevamente acoplados para formar las largas cadenas de ácidos desoxirribonucleicos, que se acoplan a su vez con proteínas para formar una estructura desoxirribonucleoproteínica. Antes hablamos de que la energía vital de la respiración quedaba acu- mulada en ciertos sistemas energéticos, y que estos sistemas eran el ATP y el ADP, o ácidos adenosín di y trifosfóricos. También dijimos que dichos sistemas energéticos podían ser acoplados por los virus al desfosforizarlos. Nos encontramos ahora, al hidrolizarse el ácido ribonucleico, con cuatro nucleótidos distintos, y entre ellos, el ácido adenílico. Pero el ácido adenílico es también un sistema energético, aunque más débil, ya que su desfosforila- ción no da lugar al desprendimiento de 12.000 calorías por mol, sino sola- mente 3.000. El ácido adenílico está formado por adenina-ribosa-fosfórico, y también puede ser utilizado por los virus como sistema energético, pero al pasar los nucleótidos la membrana celular, vemos que uno de ellos se ha transformado

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en su base —de uracilo a tiamina—, y todos, en su pentosa, que se ha trans- formado en desoxirribosa. Entonces, antes de efectuarse la nueva condensación de nucleótidos para formar el retículo nuclear, nos encontramos con un nuevo ácido adenílico, compuesto ahora por adenina-desoxirribosa-fosfórico, que, asimismo, debe funcionar con un sistema energético, pero que estructuralmente es distinto del anterior. A partir del ácido adenílico desoxirribósico pueden recomponerse los ATP y ADP por fosforilaciones en el núcleo, pero estos ácidos también son estruc- turalmente distintos a los que actúan en el protoplasma celular. Veamos ahora cómo deben actuar los virus del cáncer. De su vinculación inicial a la multiplicación celular y de las demás circunstancias expuestas, se desprende que el equipo enzimático que constituye los virus del cáncer no es capaz de desfosforilar al ATP, ni al ADP, ni al ácido adenílico constituido por ribosa, ni a ningún otro sistema energético de funcionamiento permanente en la célula en reposo mitósíco, puesto que entonces podría actuar como los demás virus. El equipo enzimático de los virus del cáncer sólo debe ser capaz de desfosforilar y de captar energía de sistemas energéticos libres durante el acto de la multiplicación celular, y ya hemos visto que los sistemas energé- ticos libres, antes de su condensación cromosómica y reticular, son los nucleótidos desoxirribonucleínicos, entre los que se encuentra el sistema energético, ácido adenílico desoxirribósico. Nada nos dice en contra de que los demás nucleótidos desoxirribósicos no se instituyan en sistemas energé- ticos y también pueda ser liberada energía de ellos. Pero una vez que los nucleótidos han pasado al interior del núcleo se esterifican, quedando los sistemas energéticos bloqueados. Supongamos ahora que el equipo enzimático de los virus del cáncer sólo sea capaz de liberar energía —por características especiales de sus enzi- mas— de los nucleótidos desoxirribósicos. En este caso se ha convertido en un esclavo de estos sistemas energéticos; pero, como una vez bloqueados no pueden utilizarlos, ha de procurar que se encuentren libres. Luego el virus del cáncer, para prender en un organismo y multiplicarse, necesita llegar al seno de una célula que se encuentre en pleno proceso mitósico. Pero, al entrar la célula nuevamente en reposo divisional, se le presenta el problema de que no dispone de material energético que sostenga su metabolismo, y entonces pueden ocurrir dos cosas: que desaparezca por

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inactivación —pudiendo quedar en estado de latencia sin actividad multipli- cativa— o que, por un mecanismo especial, ponga en marcha una nueva mitosis. Es muy probable que el equipo enzimático del virus del cáncer se acople al equipo génico-enzimático de un cromosoma y se instituya en un nuevo gene de la célula atacada. Pero ese gene no es como los demás de la célula, no actúa como el equipo génico-enzimático celular en beneficio del organismo a que perte- nece, sino que actuando por cuenta propia, ya que ha de atender a su meta- bolismo, obliga al retículo nuclear de la célula a condenarse y a entrar en mitosis constantemente, puesto que es la única posibilidad que tiene de captar energía. La primera célula se divide en dos, cada una de las cuales porta un gene constituido por el equipo génicoenzimático del virus del cáncer, y así, en una progresión geométrica de multiplicación celular, resulta que donde había una célula han aparecido, en un proceso de multiplicación anárquica, millones de ellas. El cáncer está ya en marcha, a costa de una célula madre que fué la primera parasitaria. Después, muchas zonas tumorales entran en lisis celular por falta de vas- cularización apropiada, y con fenómenos de carriórresis y cariólisis son disueltos los núcleos celulares, y con ellos, los ácidos desoxirribonucleicos, que son disgregados hidrolíticamente en sus nucleótidos, pasando gran parte de ellos al torrente circulatorio. Observemos que ahora no ha ocurrido el fenómeno inverso, o sea que la desoxirribosa de los nucleótidos no se ha transformado en ribosa. Tenemos, pues, los sistemas energéticos utilizables por los virus del cáncer circulando con la sangre y al estado libre, puesto que no vuelven a condensarse. Ya el virus del cáncer no es esclavo de los procesos mitósicos celulares; a la san- gre los lleva accidentalmente, y entonces gran parte de los virus se sostienen perfectamente en ella. Empieza el período de las metástasis y de la caque- xia. Si el tumor primitivo es extirpado quirúrgicamente, cesa el proceso de lisis celular; cesa, por tanto, el aporte de nucleótidos desoxirribósicos a la sangre, y el enfermo se recupera, a menos que antes de desaparecer por completo se produzca una nueva metástasis.

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Reconsideraciones sobre formación y metabolismo de los virus

(20 de mayo de 1959)

Hemos de detenernos nuevamente, antes de seguir adelante, en una serie de consideraciones que se derivan de los conceptos establecidos anterior- mente, ya que no debe quedar duda de su posibilidad. En anteriores trabajos hemos considerado que, mientras la mayor parte de los virus clásicos, o todos, utilizaban como sistemas energéticos a los ácidos adenílicos ribósicos, los virus del cáncer no podían utilizarlos, estando vincu- lados a otros sistemas energéticos constituídos fundamentalmente por los ácidos adenílicos desoxirribósicos. Esta diferencia de actuación de unos a otros pudiera prestarse a dudas, y por esto queremos explicar las circunstancias por qué ocurren así las cosas. Podemos aducir varias pruebas; pero sólo nos vamos a apoyar en un hecho claro y terminante. Luis Pasteur observó que los hongos o bacterias que crecen en solucio- nes de combinaciones racémicas y se nutren de ellas, casi siempre consu- men solamente una de las dos formas enantiomorfas, quedando la otra inalterada, y utilizó este procedimiento para aislar sustancias activas óptica- mente al estado de pureza. Comprobó que el Penicillium glaucum, por ejemplo, deja inalterada la forma levo, mientras que asimila la forma dextro, de una solución de race- mato amónico, y consume, sin embargo, los ácidos I-mandélico, I-aspártico y la I-leucina. Al parecer, la combinación química debe reunir ciertas condiciones de configuración estérica con el microorganismo para ser asimilada, y las formas activas que son atacadas por el mismo hongo, en igualdad de condi- ciones exteriores, poseen idéntica configuración. No debe extrañarnos, por tanto, la distinta forma de actuar sobre los dos sitemas energéticos distintos de unos u otros virus, pues aquí la ribosa y la desoxirribosa, que diferencian a los dos sistemas energéticos, tienen un parentesco químico mucho más alejado que el que existe entre dos formas enantiomorfas de un compuesto racémico, y aunque aquí no se trate de consumirlo, sino de utilizar sus fuentes energéticas, el caso es el mismo, pues siempre habrá posibilidad o imposibilidad de liberación de energía de uno de los dos sistemas.

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Hemos apuntado antes, además, la necesidad probable de que para uti- lizar una forma activa haga falta cierta condición estérica, y a este propó- sito, recordamos que, en 1911, Beard indicó que mientras en las células nor- males las albúminas y los aminoácidos, por tanto, son levogiros, las células cancerosas son ricas en albúminas y aminoácidos dextrógiros. Si estas proteínas dextrógiras fuesen proteínas componentes del virus del cáncer o consecuencia de su metabolismo, tendríamos la condición estérica apropiada a la utilización del ácido adenílico desoxirribósico por los virus del cáncer y el porqué del fundamento de la diferente utilización de ambos ácidos adenílicos por las distintas estructuras enzimáticas de los virus. Otra conclusión que establecimos en el tercer trabajo era que los virus del cáncer son esclavos del proceso de multiplicación celular, puesto que sola- mente durante la fase de síntesis cromática, y antes de la condensación de los nucleótidos desoxirribósicos, era cuando el ácido adenílico desoxirribosa se encontraba libre y podía ser utilizado por los virus del cáncer. También decíamos que sólo en el caso de que se produjese un proceso necrótico o autólico en el tumor, con desaparición de los núcleos de las células cancerosas mal irrigadas, podía liberarse el virus del núcleo celular y pasar a sangre, ya que dicho proceso de autolisis llevaba consigo la libera- ción del nucleótido-ácido adenílico desoxirribo, y al encontrarse éste circu- lando fuera del núcleo de las células, podía ser captado y utilizado, corres- pondiendo esta fase al período de diseminación y metástasis tumorales. Estas afirmaciones quedarían destruídas si se consiguiese demostrar que este sistema energético podía existir en la sangre de individuos normales y que este hecho no fuese exclusivo del proceso de autolisis tumoral. Examinemos las distintas causas por las que pudiese haber circulado ácido adenílico desoxirribo como consecuencia de un metabolismo digestivo o celular normal, y veremos si podemos dejar sentada o no la anterior afir- mación. El hombre consume diariamente numerosos alimentos con abundancia de núcleos celulares, como carne, huevos, etc., que son fuentes de ácidos desoxirribonucleicos. Si la hidrólisis pépsica o trípsica llegase en su actuación sólo a escindir el ácido desoxirribonucleico en sus nucleótidos desoxirribos y, como tales, pasasen a la sangre después del proceso digestivo nuestras apreciaciones sobre el metabolismo de los virus del cáncer no serían ciertas. Tampoco lo

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serían si, como consecuencia de un metabolismo nuclear normal, se libera- sen a partir del núcleo de las células al estado de nucleótidos. El ácido del estómago y la pepsina desprenden la fracción albuminoidea de las nucleoproteínas, que es digerida con las otras proteínas del alimento. El ácido nucleínico puesto en libertad no es atacado por la pepsina, pasando como tal al intestino, donde es atacado por las nucleasas y por la tripsina, que primero le separan el fosfórico, degradándolos a nucleósidos, y, final- mente, sufren la degradación estos nucleósidos a pentosas, purinas y pirimi- dinas que los constituyen, los cuales pasan en este estado las barreras digestivas para intervenir como tales en el metabolismo normal. Cuando la función del páncreas —productor de tripsina— es nula, los nucleósidos no son utilizados, por ser inhábiles en este estado para ser absorbidos. Se deduce de aquí que es necesaria la acción de la tripsina para la degradación total de los ácidos nucleínicos, y que si ésta no actúa, no hay degradación. Es interesante fijar este concepto, porque luego nos va a expli- car interesantes circunstancias. En los tejidos, los núcleos de todas las células son ricos en ácidos nucleí- nicos, principalmente en forma de nucleoproteínas, y además todas las células contienen nucleótidos que funcionan como coenzimas. En las células existen enzimas que degradan los ácidos nucleínicos tisu- lares y ponen en libertad purinas (adenina y guanina) y pirimidinas, que entran a formar parte del «pool purínico y pirimidínico común», siendo simul- táneamente resintetizados los ácidos nucleicos del pool. En el organismo existe un «pool adenínico común», que recibe:

1.° Adenina puesta en libertad de los alimentos. 2.° Adenina liberada de varios constituyentes de las células, principalmente de los ácidos nucleínicos, pero también de los nucleótidos coenzimas y del trifosfato de adenosina. Y 3.º Adenina sintetizada en el organismo. El organismo toma adenina libre del pool: 1.° En mayores cantidades durante el crecimiento y convalecencia de enfermedades. 2.° Para su conversión en guanina. Y 3.° Algo de ella se malgasta, transformándose en ácido úrico. La guanina y otras purinas (como la hipoxantina y la xantina) que han sido absorbidas por el intestino, o formadas en el organismo, no pueden volver a convertirse en adenina ni son utilizadas por las células para fines de síntesis. Hemos visto, pues, que lo mismo cuando se ingieren alimentos ricos en ácidos desoxirribonucleicos que cuando estos ácidos son movilizados por las células, la destrucción hidrolítica digestiva y la enzimática de la célula impi-

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den que queden libres nucleótidos desoxirribos, pues éstos, antes de pasar la membrana de núcleo hacia afuera o las membranas digestivas hacia adentro, son degradados totalmente en sus componentes, que aisladamente no constituyen sistemas energéticos. Mientras no se demuestre lo contrario, nuestro concepto sobre el metabo- lismo y captación energética de los virus del cáncer es correcto en lo que se refiere a la utilización exclusiva para estos fines del ácido adenílico desoxi- rribo y, quizá, de algún otro nucleótido desoxirribo. Queda en pie, como consecuencia, que el ácido adenílico desoxirribo sólo se encuentra a disposición de los equipos enzimáticos de los virus del cáncer en el acto de la multiplicación celular dentro del núcleo, y en caso de autolisis tumoral, circulando por la economía. Si nos fijamos en esta última conclusión, nos extrañará que la sentemos después de haber manifestado que los ácidos desoxirribonucleicos se degradan totalmente antes de pasar la membrana nuclear, y que, por tanto, incluso en un proceso autolítico, se degradarían. También vimos anteriormente que los causantes de estas degradaciones son la tripsina y otros fermentos trípsicos celulares. Nos encontraríamos en un callejón sin salida, y tendríamos que abandonpr estas ideas. Afortuna- damente, queda explicado por las circunstancias que se exponen a conti- nuación. Brieger, Trebing, Bergmann, Meyer, Herzfeld, Roche y otros, sin haber llegado a la debida interpretación, demostraron que en el suero sanguíneo de los cancerosos, y en los filtrados de lisado tumoral, existe una antitripsina, és decir, un fermento o enzima antitrípsica. La no existencia de este fermento antitrípsico en individuos normales demuestra que es producido expresamente por los virus del cáncer para evitar la acción degradante de la tripsina sobre los nucleótidos, ya que si fuesen todos lo resultantes del proceso autolítico degradados totalmente, los virus del cáncer no podrían disponer de sus sistemas energéticos circulantes, y no existiría la fase de metástesis y septicemia vírica, aunque sí de caquexia a partir de un crecimiento progresivo de un tumor único. Las metástasis se producirían, en este caso, exclusivamente por injerto de tejido del tumor primario al pasar accidentalmente a la circulación células cancerosas que se implantarían en otro lugar. Cierto que, aun con la intervención de su fermento antitrípsico, no consi- guen los virus del cáncer evitar totalmente la acción trípsica de los enzimas

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celulares, puesto que Neuberg encontró en el carcinoma y en las metástasis hepáticas un 70 u 80 por 100 más pentosa que en el hígado normal, y esta pentosa debe ser producto de la degradación autólica de nucleótidos celu- lares como consecuencia de la tumoración, a menos que se refiera a pentosa resultante de una hidrólisis artificial del tejido tumoral. Pero lo cierto es que gran cantidad de nucleótidos pasaría libre a la sangre, y a ese propósito la mayor o menor acción antitrípsica de determinados virus estaría en relación directa con su malignidad, puesto que, a mayor cantidad de sistemas ener- géticos libres, mayor capacidad invasiva. En otro orden de consideraciones, vamos a examinar otras circunstancias vinculadas íntimamente con las conclusiones que se desprenden de los trabajos anteriores. Petris, Wolf y Beebe demostraron que existe en las neoplasias un mayor contenido en nucleoproteínas, a la vez que una mayor cantidad de proteínas incoagulables. Recordamos haber dicho que las proteínas que constituyen los enzimas y, por tanto, que entran a formar parte de los equipos enzimáticos de los virus, son proteínas de relativamente bajo peso molecular, pudiéndose identificar en el grupo de las histonas y protaminas incoagulables por el calor. Estas proteínas darían, por tanto, a los virus del cáncer la cualidad quí- mica de desoxirribonucleohistonas o desoxirribonucleoprotaminas, y precisa- mente las nucleohistonas son abundantes en la mayoría de los tejidos tumo- rales, según observaciones de Beebe y Bang, que las obtuvieron precipi- tándolas de soluciones acuosas de masas neoplásicas con cloruro de calcio. Que este tipo de nucleoproteínas —con proteínas formadas por aminoá- cidos dextrógiros— son específicos de la célula tumoral y, por tanto, conse- cuencia de la presencia del virus, lo demostraría la observación de Beebe de que nucleoproteínas purificadas de un bazo leucémico produjeron un suero que aglutinaba las células emulsionadas de ese bazo y las de un linfosar- coma, pero no a las células del bazo y otros tejidos normales. Se deduce de todo esto la existencia en la célula cancerosa de: 1.º Mayor cantidad de proteínas de relatívamente bajo peso molecular incoagulables. 2.° De tipo dextrógiro. Y 3.° De carácter normal, como se puso en evidencia por la aglutinación específica de Beebe. Todo esto nos demuestra: 1.° Que el aumento de histonas y protaminas es debido al aporte intracelular de equipos enzimáticos extraños a la célula (los propios del virus). 2.° Que la aparición de proteínas de tipo dextrógiro en

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la célula cancerosa debe ser consecuencia de una propiedad estérica del agente cancerígeno, adaptada a su especial captación y utilización del ácido adenílico desoxirribo. Es cierto que algunos virus y agentes parecidos se multiplican dentro del núcleo de las células, llegando a ocuparlo por entero —como en el caso de una rickettisiosis observada hace ya muchos años por nosotros en cortes histológicos de riñón de cerdo—, y quizá ellos también pudieron utilizar como sistemas energéticos los nucleótidos desoxirribos; pero existe una diferencia fundamental, que consiste en que mientras estas rickettsias poseerían enzi- mas capaces de hidrolizar las desoxirribonucleoproteínas nucleares y, por tanto, liberar el ácido adenílico desoxirribo, para ser utilizado en el interior del núcleo, los virus del cáncer carecen de estos enzimas hidrolíticos, y para captar el ácido adenílico han de esperar a que la célula se multiplique o forzar su división por el procedimiento de irritar el retículo nuclear hasta conseguir, por condensación cromática y la consiguiente mitosis, una seriada e ininterrumpida multiplicación inducida. En orden a la formación de los virus, se nos olvidó en los anteriores trabajos referir un hecho observado por nosotros que hace perfectamente comprensible sus mecanismos de formación. El hecho es el siguiente: En la amplia zona donde desarrollamos nuestra actividad profesional no se presenta, naturalmente, la salmonelosis porcina. Jamás hemos visto un caso aislado, aparte de los que vamos a referir. Esto nos ha llevado, como consecuencia, a que en lugar de emplear en las vacu- naciones preventivas una bacterina mixta (pasteurella-salmonella), emplee- mos sistemáticamente una bacterina simple contra la septicemia porcina. Esta circunstancia nos ha llevado a poder observar reiteradamente una circunstancia que, el transcurso de los años y la detenida observación, nos ha demostrado que ocurre siempre por las mismas causas. De todos es sabido que en la suerovacunación contra la peste porcina se utiliza un suero protector y una dosis de sangre virulenta extraída de un cerdo en período febril de la enfermedad, como consecuencia de una previa inoculación con virus pestoso. Empleando sueros homólogos —como ya dijimos en el primer trabajo —, el virus es neutralizado en su totalidad, y se establece una inmunidad activa de gran solidez. Pues bien: veníamos observando en determinados casos que alguos cerdos, generalmente pocos, sobre los quince o veinte días después de la

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suerovacunación antipestosa, enfermaban y morían en poco tiempo, con la piel muy enrojecida. Ocurría casi siempre en cerdos jóvenes. Efectuados los correspondientes cultivos, pudimos comprobar que se trataba del Bacilus suipestifer, salmonella cholera suis, tipo Kuzzendorf. Como nos extrañó esta circunstancia, dedicamos al principio nuestra aten- ción a desentrañar este hecho, y lo relacionamos, cuando se repitió, con la suerovacunación antipestosa. Pudimos comprobar en seguida que las cepas de salmonellas aisladas de estos casos eran muy ricas en antígenos Vi, como asimismo que, aunque a un título muy bajo, daban una aglutinación de tipo somático con el suero antipestoso, mientras que otras cepas sin antígenos Vi no aglutinaban con el mismo suero al mismo título ni a ninguno. Hoy tenemos la seguridad de encontrarnos ante un caso contrario al de la formación de fagos y virus. La interpretación de los hechos es la siguiente: Dijimos, al hablar de la formación de los fagos y de los virus, que, para que los enzimas bacterianos tendieran a asociarse para formar un equipo autónomo completo o incom- pleto hacía falta una inducción, y que esta inducción podía actuar en forma de radiaciones, factores ecológicos, inducción antibiótica y, principalmente, por inducción inmunitaria. Recordemos, a este propósito, que decíamos que cuando un organismo o ser superior adquiría inmunidad contra una determinada bacteria por haber sufrido un ataque de ella, sus enzimas tendían a abandonar la estructura bacteriana y buscaban los enzimas complementarios radicantes en otras bacterias, para constituirse en equipos enzimáticos incompletos o fagos o en equipos completos o virus. Pues bien: ahora nos encontramos ante el caso contrario. Hemos proce- dido a la suerovacunación antipestosa, y el equipo enzimático del virus de la peste porcina es fijado y neutralizado por los antienzimas del suero. Hablamos aquí de inmunidad antienzimática, puesto que de una inmu- nidad de este tipo se trata. El equipo enzimático del virus, ante este ataque, tiende a disgregarse para escapar de él, y si una de sus fracciones enzimá- ticas encuentra, antes de ser destruída, a la bacteria de que originariamente procedía, penetra en su interior y modifica a la bacteria en un sentido inverso a la formación de los virus. En el caso de formación de virus y fagos, la bacteria cedía enzimas o era asaltada por un fago que producía su degra-

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dación o su lisis, resultando, en definitiva, que la bactería perdía sus antí- genos Vi. Ahora es el antígeno Vi el que, por inducción contraria a la anterior, busca refugio dentro de la bacteria, restituyéndola a su normalidad de virulencia y agresividad. La salmonela nulamente patógena que parasitaba al cerdo, al encontrarse con su antígeno o enzima de acción patógena, se convierte en una forma altamente virulenta, y esto ocurre inmediatamente después de haberse implantado en el cerdo la inmunidad antipestosa. Que estos hechos ocurren así, en cierto número de casos, en que los cerdos están parasitados por una salmonela poco o nada patógena, es comprobable por todos con un poco de espíritu de observación, y, estando ya en antecedentes, esperamos que se confirme en múltiples ocasiones.

LOS VIRUS DEL CANCER

Naturaleza y clasificación

(5 de junio de 1959)

Basados primitivamente nuestros estudios en la observación de las circunstancias que concurrían en los virus clásicos, fuimos adaptando las conclusiones establecidas en el estudio de ellos a los virus del cáncer. Sin embargo, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que nos encontrá- bamos frente a un problema de distinta índole, de que estos virus, y funda- mentalmente los productores de carcinomas, no se formaban a la manera de los clásicos. Estábamos, pues, ante una nueva serie de hechos que había que desen- trañar, y poco a poco la niebla que nos envolvía fué disipándose tras largas horas de trabajo, dejándonos ver en toda su realidad a los terribles «mons- truos» que segaron durante siglos infinitas vidas humanas y que resistieron al esfuerzo de muchos hombres magníficamente capacitados y dotados de poderosos medios. Concluimos y determinamos experimentalmente la diferencia bien notable que existe entre los virus clásicos y los virus de los tumores malignos del hombre.

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Es más: si tomamos por virus solamente los que se forman por la mecá- nica apuntada en los trabajos anteriores, realmente no son virus; pero si consideramos como virus aquellos agentes que actúan patogénicamente en forma submicroscópica, son realmente virus, aunque procedan por reducción de formas microbianas microscópicas, o sean ciclos invisibles de formas visibles. Antes de entrar de lleno en la descripción sistemática de lo que pudié- ramos llamar «formas madres» de los virus del cáncer, que empezaremos a efectuarla en el siguiente trabajo, hemos de hacer la salvedad de que no todos los virus siguen la mecánica descrita en los anteriores trabajos, y a demostrarlo dedicamos la primera parte. Vamos, antes que nada, a establecer una clasificación, teniendo en cuenta la mecánica de formación de los distintos virus. Se pueden distribuir en este aspecto en tres grupos:

1.° Los que en su formación han seguido el procedimiento de agrega- ciones enzimáticas, por captación fágica o no, de enzimas procedentes de distintos grupos microbianos. 2.° Los que surgen en virtud de un mecanismo reduccional a partir de una sola especie microbiana. 3.° Los que representan una fase del ciclo biológico de un Protomyces en los casos que nos interesan, y quizá de otros protoascados en otros casos.

Se deduce de los razonamientos anteriores y los que se desprenden de esta clasificación que en el primer grupo caben muchas combinaciones, y entre ellas las siguientes:

1.° Virus formados por agrupación de enzimas procedentes exclusiva- mente de bacterias. 2.° Virus formados por agregaciones enzimáticas procedentes exclusiva- mente de hongos. Caso improbable. 3.° Virus formados por agrupaciones mixtas, o sea, resultantes de la agregación en equipo de enzimas procedentes de hongos y bacterias.

Esto hay que considerarlo en sentido amplio, pues sabemos que se pasa insensiblemente del campo de las bacterias al de los hongos. Los virus de la primera combinación serían transmisibles en series; los de la segunda no serían transmisibles y sólo les concedemos una existencia teórica, puesto que aunque al principio creíamos que así debían de ser los virus cancerígenos, la experiencia y los resultados conseguidos nos han de-

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mostrado que no responden a la realidad, y, por último, los de la tercera combinación o virus mixtos producirían tumores transmisibles en serie, como los de la mixomatosis contagiosa de los conejos, el papiloma contagioso de

Shope, también de los conejos; sarcomas de Rous, de las aves, y el fibroma infeccioso de Shope, del conejo común americano. En estos casos con- cretos, las fracciones enzimáticas bacterianas concederían al virus la utili- zación de ácido adenílico ribósico, y, por tanto, la transmisibilidad en serie, y la fracción enzimática de hongos o actinomicetos, la utilización del adenílico desoxirribo, y, por tanto, la facultad de provocar proliferaciones neoplásicas. Poco se ha hablado de fenómenos fágicos sobre hongos; pero desde que la producción industrial de antibióticos ha adquirido importancia, ha existido la necesidad de preservar los cultivos de Penicillium y de otros Streptomyces de la acción de fagos específicos que los destruyen, arrastrando consigo la inutilización de los tanques contaminados. La existencia de fenómenos fági- cos sobre hongos hace admitir la posibilidad de que se formen virus en los que intervengan enzimas de hongos o actinomicetos captados por fagismo. Pero no es este grupo el que nos va a interesar de ahora en adelante, sino los otros dos, los de los virus propiamente cancerígenos, no transmisibles en serie. Con estas deducciones sobre los virus clásicos o del primer grupo nos despedimos en estos trabajos definitivamente de ellos. Nos sirvieron de estación intermedia para lanzarnos sobre los del cáncer. Ahora entramos en un mundo menos complicado —¡triste ironía!—que el de los virus clásicos.

A partir de un virus clásico, es una labor casi imposible prejuzgar cuáles

fueron las bacterias que les donaron sus enzimas, es un ser nuevo creado casi de la nada en colaboración por varias bacterias.

A partir de un virus cancerígeno podemos averiguar rápidamente cuál fué

el agente microscópico que le dió vida, porque a partir del virus podemos, en

un juego de ilusionismo, recuperar el agente microscópico de que procede. Pero vamos a entrar en los razonamientos necesarios para que se llegue al conocimiento exacto de sus mecanismos de acción. Todas las células y, por tanto, los seres unicelulares están compuestos fundamentalmente de un protoplasma y un núcleo, y entre ellos, claro está, las bacterias y los hongos. El protoplasma le es tan imprescindible al núcleo como el núcleo al proto- plasma. Uno se ocupa de las funciones metabólicas y de relación, y el otro

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de las funciones germinativas, asegurando la continuidad de la especie. El núcleo posee unidades génicas que constituyen los cromosomas, y tiene más de éstos mientras mayor es el número de características heredi- tarias que han de ir representadas. En los animales superiores el número de cromosomas es bastante ele- vado, pero en los seres microscópicos esta complicación se simplifica, que- dando reducido todo el equipo génico enzimático a un solo gen o a una estructura génica bastante rudimentaria. Pues bien, existen seres microscópicos, lo mismo en el campo de las bacterias que en el campo de los hongos, que en circunstancias especiales sufren un proceso reduccional, perdiendo toda la parte somática, y, por tanto, el protoplasma, su membrana e incluso parte del núcleo, quedando sola- mente el gen aislado. Pero el gen aislado es un virus, puesto que el gen —y ya este concepto se estableció en los trabajos anteriores— es una estructura génico-enzimática, es decir, un equipo enzimático capaz de captar energía y derivar un ciclo propio con el que crece y se multiplica. Pero hemos dicho antes que no puede un núcleo, y menos un gen aislado, vivir sin la cooperación de un protoplasma, y resulta claro que para decidirse el agente microbiano a llevar a efecto el fenómeno reduccional ha de contar con un protoplasma que sustituya al suyo. Debido a esta circunstancia, esta reducción se lleva a efecto en el seno de células vivas de animales o plantas, pues el protoplasma de estas células sustituye al que la bacteria u hongo ha desechado, y debido a esto, una vez que se ha llevado a efecto el proceso de reducción, es decir, su transformación en virus, necesariamente han de ser cultivados en presencia de células vivas. Al producirse la reducción desechan sus equipos enzimáticos protoplas- máticos, con los que atendía a su vida de relación con el medio; desechan los equipos enzimáticos que efectuaban la función respiratoria u oxidativa, pero los eliminan, porque la célula viva respira para ellos, porque la célula viva, con sus ciclos propios, sostiene su energía germinativa. Todo este proceso explicado pertenece a los virus clasificados en el segundo grupo. En el tercer grupo no existe el proceso reduccional, sino persistencia de un ciclo cerrado de formas filtrables, que pertenecen a su vez a otro ciclo más amplio del proceso evolutivo de agentes del género Protomyces.

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El estudio de los agentes cancerosos de este género, que se están presentando en un gran porcentaje de casos, se llevará a efecto en la parte sistemática. No hemos encontrado otro género de más próximo parentesco donde encuadrarlos. Para tener una idea general de ellos —pues en el trabajo correspondiente se estudiarán con detalle— vamos a dar los datos pertinentes para su encua- dramiento biológico. El género está encuadrado en la familia Endomycetácea, del orden Pro- toascados, de la clasificación de Wettstein, cuyo orden comprende también la familia Sacharomycetácea. El orden queda definido así: Con micelio filamentoso o sin él, y sin produc- ción alguna de cuerpos fructíferos. Proceso fecundativo por copulación de ramitas micelianas o de células de la misma forma o de forma diversa (dife- renciadas en ascogonios y anteridios): el producto de la copulación o la célula ascogónica fecundada se transforma directamente en asco. Ascos nacidos directamente del ascogonio fecundado sin formar himeno. No existe alternancia de generaciones, y son haplontes. Pertenecen a la familia Endomycetácea los géneros Eremascus, Endo- myces y Dipodascus. La posición sistemática de los géneros Ascoidea y Protomyces, parásito de antofitas, es incierta; de ambos géneros se desco- nocen los procesos fecundantes. Esto es lo que se sabe hasta el día del género Protomyces. Cuando llegue el momento estudiaremos los procesos fecundantes de los productores de tumoraciones en el hombre, visibilizados muchas veces en cultivos de sangre de cancerosos. Baste decir por ahora que sus ascos en la sangre fresca, en examen en fresco, son imposibles de diferenciar de los glóbulos rojos. Solamente tienen un reflejo más brillante verdoso. Sus glóbulos esporíferos son idénticos a los granulocitos, y, por fin, sus esporas actúan en ciclo cerrado como virus en la célula tumoral. No cultivan en ningún medio conocido actualmente, y sólo después de centenares de pruebas en diversos medios especiales de cultivo, que ha sido la tarea más agotadora llevada a cabo, hemos conseguido que cultiven y se multipliquen activamente. Todas las conclusiones establecidas anteriormente sobre metabolismo de los virus del cáncer son aplicables a la fase esporífera de los Protomyces,

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pues realmente, por sus cerrados ciclos submicroscópicos in vivo, hay que considerarlos como virus. Con el fin de no confundirlos con los clásicos los hemos encuadrado en el grupo tercero. Vamos ahora a explicar la parte fundamental que nos ha llevado a deter- minar e interpretar la etiología de los procesos cancerosos. Hemos hecho un breve estudio del procedimiento de reducción de los virus del segundo grupo y de los ciclos del tercero, y al comparar estos grupos con el primero desprendemos una consecuencia inmediata, que es la siguiente:

Como el primer grupo de virus se forma por agregaciones enzimáticas procedentes de distintas bacterias, es lógico que jamás vuelvan a reproducir —en un proceso de recuperación somática— las bacterias que los origi- naron, y caso de reproducirse a partir de ellos un germen de salida, éste no recordará en nada a los donadores y perderá sus mecanismos de acción específica, por la sencilla razón de que estas «formas de salida» han perdido sus antígenos enzimáticos de virulencia, por la misma razón que las bac- terias con antígenos de virulencia Vi los pierden en los medios artificiales de cultivo. Esto arrastra como consecuencia la pérdida de virulencia y antigeni- cidad de las «formas de salida» de los virus del primer grupo o virus clásicos. Un ejemplo de estas «formas de salida» es la del virus de la peste por- cina, denunciado por nosotros el año 1942 en el Instituto de Biología Animal, al que denominamos Diplomyces, y que se presenta en forma de diplococo. En el caso de los virus del segundo y tercer grupo ocurren las cosas de forma distinta. Vimos en los trabajos anteriores que la estructura de un gen y la de un virus era idéntica. También vimos y recordamos al efecto el caso de la alcap- tonuria, el idiotismo fenil pirúvico y el albinismo, y que estos defectos eran de tipo carencial, porque se debían a la carencia o defecto en algunos enzimas, y que estas enfermedades eran hereditarias. Esto supone necesariamente que un gen decide sobre la presencia o ausencia de un enzima determinado que funciona fuera del núcleo, pues su proenzima debe ser suministrado por la fracción proteica del gen que funciona como precursora de enzimas. Se deduce de esto que en el gen deben estar representados en forma de precursores los enzimas protoplás- micos capaces de llevar a cabo funciones sintéticas, y entre ellas la de re- construir el soma en un momento determinado y bajo especiales circuns- tancias.

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Estas especiales circunstancias se pueden especificar. Sabemos que un precursor no es un enzima, por la misma razón que una prohormona no es una hormona, o sea que el precursor carece de actividad enzimática, porque se trata de la parte proteica llamada en el enzima apofermento. Pero si a estos proenzimas génicos les proporcionamos sus correspondientes coen- zimas, entonces se inicia su actividad sintética, que de principio conduce a la reconstrucción del soma perdido durante la fase reduccional de transfor- mación en virus. Vimos antes en qué consistía la mecánica reduccional de los virus del segundo grupo, y hemos dicho que la reducción afecta a todo el agente microbiano, menos a su gen o elemental estructura génica. Se desprende, en consecuencia de todos los razonamientos anteriores, que aunque un virus del segundo grupo sea un agente microbiano que se ha desprendido de toda la parte somática, está representado en el equipo génico, y que si este virus o gen procede de una determinada especie microbiana, si da una forma de salida, ésta ha de ser necesariamente la especie de procedencia. Estas inversiones del fenómeno de reducción en los virus del segundo grupo, que son posibles en ciertas condiciones, dan lugar a lo que hemos llamado «formas madres» de los virus del cáncer. Hemos conseguido deter- minar exactamente cuáles y cuántas son, y, por tanto, cuántos y cuáles son los virus del cáncer. En los virus del tercer grupo, la cosa es más simple, pues se reduce a interrumpir el ciclo cerrado de la forma invisible, lo que da lugar a la aparición de la fase visible del ciclo. Después de estos razonamientos suponemos que nadie creerá necesario que para el estudio de los virus del cáncer nos sería imprescindible el super- microscopio electrónico. Pero empecemos el estudio general de las «formas madres». A partir de sangre de enfermos nos es posible determinar exactamente el tipo de virus que está produciendo el proceso. Unas «formas madres» más y otras menos necesitan, para llevar a cabo el proceso de «vuelta a la forma somática», unas condiciones especiales; pero cuando se les coloca en estas condiciones se pueden recuperar siempre a partir de la forma vírica, y no solamente decidir el diagnóstico, sino, como hemos dicho antes, determinar exactamente el tipo de virus. En la descripción sistemática de los virus del cáncer, como es lógico, no vamos a referirnos exactamente a ellos, sino a sus «formas madres» y cree-

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mos que después de las explicaciones que anteceden quedarán todos convencidos de que es una forma rápida y exacta de estudiarlos. Como se desprende de lo anterior, existirán dos tipos distintos de «formas madres»: las correspondientes al segundo grupo y las correspondientes al tercero, o sea las recuperadas por inversión del proceso reduccional y las recuperadas por aparición de formas visibles del ciclo biológico de los Protomyces. Estas mutaciones han sido observadas por nosotros numerosas veces en cultivos de «formas madres» y han dado como resultado la aparición de otra forma microbiana distinta perteneciente a la serie, que a su vez ha sido tam- bién aislada directamente de sangre de enfermos cancerosos. Hace mucho tiempo que conocemos estas «formas madres», y todas las que seguimos aislando coinciden exactamente con las aisladas con ante- rioridad. La existencia de mutaciones dentro de estos virus del segundo grupo y el hecho de que estas mutaciones se provocan fácilmente por inducción inmu- nitaria, nos desconcertó al principio, cuando aún no las habíamos observado, pués empleando vacunas monovalentes conseguimos recuperaciones mag- níficas en enfermos por medio de nuestros colaboradores clínicos, pero después, incomprensiblemente, recaían sin solución. Al comprobar la cadena de mutaciones que se producían en los cultivos de «formas madres» com- prendimos perfectamente lo que ocurría in vivo. Estas recaídas se han evi- tado empleando vacunas inactivadas polivalentes con inclusión de todos los virus del segundo grupo, lo que bloquea la posibilidad de mutaciones in vivo. Los resultados clínicos han demostrado con toda certeza lo que la experi- mentación nos había demostrado en el laboratorio. Los virus del tercer grupo, o, mejor dicho, sus «formas madres», conse- guimos cultivarlas sobre el mes de febrero de este año, y no tendría nada de extraño, aunque por ahora no lo hemos podido demostrar, que pudiesen proceder también por mutación de los del segundo grupo El último que hemos conseguido aislar, y que al parecer difiere de los del segundo y tercer grupo, es un virus sarcomatoso humano, aislado tres veces consecutivas en tres casos distintos de sarcomatosos. Su «forma madre» es un diplococo grueso levuriforme. Conforme avanzamos en su estudio micro- biológico y clínico pasará a incluirse dentro de la parte sistemática que empezará en el siguiente trabajo.

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Por último, queremos hacer unas consideraciones. Hemos visto en el transcurso de estos trabajos que los virus en general, y los del cáncer en particular, son equipos génico-enzimáticos. Estos equipos enzimáticos están en la célula cancerosa mezclados con los equipos enzi- máticos propios de la célula. Sus estructuras son tan parecidas, que, a todos los efectos, las causas que afecten a unos han de afectar necesariamente a los otros. Cualquier remedio terapéutico de naturaleza quimioterápica que se preconice contra el cáncer ha de cumplir la condición de destruir los equipos génico-enzimáticos de los virus, dejando intactos las de la célula. Esto es imposible por quimioterapia, pues necesariamente son atacados ambos equipos o no son atacados ninguno. Pero hay un solo camino, y este camino, que preveímos hace mucho tiempo, es el de la inmunoterapia, que, creando antienzimas selectivamente específicos, produce una destrucción específica de los equipos enzimáticos de los virus del cáncer y respeta los de las células. Como se trata de enfermedad de largo proceso, es perfectamente posible la adquisición progresiva de un estado de resistencia, y a este aspecto las posibilidades de curación son inversas a la gravedad del enfermo.

Patogenia del cáncer

(20 de julio de 1959)

Cuando una colectividad asociada como entidad específica es sexual- mente diferenciada —hombre, animal o planta— y se dirige con la ciega luz del instinto —con o sin circunstancias afectivas concomitantes— hacia el representante del sexo opuesto, sólo cumple una primera misión que termina con el contacto. Después, células germinales desprendidas de uno de los sexos van al encuentro de las de distinto signo y cumplen la segunda misión que termina con la construcción de un nuevo ser. La célula germinal desprendida, a pesar de su escaso tamaño, lleva la representación de todas las características: morfológicas, fisiológicas, etc., para construir un nuevo ser. También, como los aviones a reacción, lleva

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combustible suficiente que le facilita energía para salvar el espacio, enor- memente grande para ella, que lo separa del óvulo; pero lleva, además, un aparato receptor de ondas electromagnéticas, y al igual que un proyectil teledirigido va directamente en busca del objetivo, con la diferencia de que mientras éstos fallan muchas veces, los otros no fallan nunca. Pero ¿por qué estas células desprendidas de nosotros cumplen esta misión nadando desesperadamente en busca de una finalidad, y actuando como si tuvieran voluntad y personalidad propia? ¿Por qué pasan de largo sobre numerosas células vegetativas que no actúan sobre sus «aparatos» de orientación? Porque mientras que las células vegetativas están despolarizadas al poseer por cada cromosoma y por cada gen otro gemelo, pero de carga distinta que neutraliza, la célula germinal está polarizada por no haber sido neutralizados los genes por otros de carga contraria. El equipo cromosómico del óvulo con energía polar de un signo emite a su alrededor ondas que son captadas por el espermatozoide, y éste acude a neutralizar sus propias cargas con una vehemencia que demuestra que para él es una necesidad. No ocurre esto solamente aquí, pues vemos cómo muchos aniones o cationes abandonan su pareja para buscar otro que, por su mayor carga eléctrica, los requiere y lo vemos también en la efímera vida de los radicales químicos. A pesar de todo lo que llevamos escrito en los cinco trabajos anteriores, teníamos la evidencia de que aún quedaban cosas por explicar. Hemos explicado la naturaleza de los virus del cáncer y su metabolismo, pero aún quedaba otro problema por delante, y era que resultaba un poco inaceptable que los virus del cáncer pudiesen prender en cualquier célula en multipli- cación. Poco a poco ha surgido una sospecha que creemos hasta tal punto intere- sante que aplaza una vez más la aparición de la parte sistemática de estos trabajos. La marcha rápidamente progresiva de nuestras investigaciones provoca la aparición de lógicas consecuencias que hay que ir tratando de interpretar adecuadamente para formar un solo cuerpo de doctrina. Trataremos de explicar, con la mayor claridad posible, las circunstancias que han hecho brotar estas nuevas ideas, y queremos, en primer lugar, que fijéis claramente los conceptos de los primeros párrafos de este trabajo.

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Todos sabemos que el comportamiento, a todos los efectos, de una célula vegetativa o diploide es totalmente distinto a todos los efectos de una célula germinal o haploide. La diferencia —como es sabido— radica en que en un caso hay la mitad de cromosomas que en el otro, por haber existido una reducción miótica. Quedamos, pues, en que la célula germinal haploide atrae a la contraria

por tener carga eléctrica, electromagnética,

Tenemos, pues, dos tipos de células: unas tranquilas o de cargas neutra- lizadas, y otras, intranquilas o de cargas sin neutralizar, que tienden, por reunión y neutralización, a convertirse en tranquilas. Los genetistas saben perfectamente las causas que pueden modificar los equipos cromosómicos de las células germinales —en tanto en cuanto estas modificaciones no sean letales— por un estudio de la descendencia, que denuncia con claridad que han existido modificaciones en la estructura y posición de los cromosomas. Son conocidas, por ejemplo, la acción de los rayos X y radiactividad que producen roturas en cromosomas, que dan lugar a delecciones, inversiones y traslocaciones. También es conocida la influencia que algunos productos de naturaleza química producen, y a este respecto citamos la conocida acción de la colchina, que da lugar a seres tri, tetra y poliploides por aumento de número normal de equipos cromosómicos. Otro tipo de alteraciones de las células germinales son desconocidas, porque acarrean la letalidad al óvulo fecundado. Ahora vamos a intentar definir lo que es un gen a la luz de las conclu- siones que se van alcanzando. «Un gen químicamente considerado es -como ya dijimos en los primeros trabajos y conoce todo el mundo- una estructura en la que intervienen ácido desoxirribonucleico y proteínas de relativo bajo peso molecular, identificables con polipéptidos. Esta estructura está dispuesta en el espacio de forma que adquiere polaridad, la cual el gene tiende a neutralizar.» Cualquier sustancia de naturaleza química, o cualquier acción de natura- leza física que produzca el desmoronamiento de esta estructura, acarrea la despolarización del gen y, por tanto, su destrucción como tal. Pero vamos a dejar ya la célula germinal y vamos a dedicarnos a estudiar los efectos que esas mismas causas físicas o químicas pueden producir en una célula vegetativa. En la célula germinal hemos visto que estos efectos son denunciables por

, de distinto signo.

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un estudio de la descendencia; pero en el caso de la célula vegetativa nos encontramos ante la imposibilidad de denunciar las alteraciones por un estudio de este tipo. Sin embargo, hay que admitir necesariamente que pueden ocurrir las mismas cosas, o sea, que las radiaciones de naturaleza física y las acciones de naturaleza química han de actuar sobre el equipo diploide de la célula vegetativa de la misma forma que sobre el equipo cromosómico haploide de la célula germinal. Pongamos el siguiente ejemplo, que será fácilmente comprendido: Si la

acción del radio, de los rayos X, de la colchicina, de la anilina, del alquitrán y de otras múltiples sustancias lleva consigo la destrucción de un gen en la célula somática, el otro gen par homólogo se ha convertido en un gen haploide y, por falta de neutralización, se ha polarizado. Tenemos entonces como consecuencia la aparición de una célula vege- tativa polarizada parcialmente, y esta polarización, al igual que en el caso concreto del óvulo, da lugar a la emisión de ¿ondas electromagnéticas? Está llamando desconsoladamente a un gen que lo despolarice, el cual no llegará

nunca, a menos que

Ya tenemos una célula anormal, una célula inquieta; una minúscula emi- sora, en una palabra. En una célula germinal, esto acarrearía una acción letal, pero no en una célula vegetativa, ya que los precursores enzimáticos que su fracción pro- teica suministraba para el metabolismo del individuo no representan nada ante la ingente masa de genes similares que siguen funcionando en las demás células. Si el gen destruído pertenecía al espermatozoide, la polaridad de la célula será de un signo; si pertenecía al óvulo, la polaridad será de signo contrario. Con las ideas vertidas hemos cumplido la primera fase de este trabajo, y ahora empezamos a explicar la segunda fase. Dijimos en el quinto trabajo que los protomyces poseían un ciclo sexual formado por células ascogónicas que funcionan como oogonios y que también existían anteridios haplontes. Estos anteridios son fácilmente visualizados durante un breve período de tiempo en ciertas fases de nuestros cultivos. Por su elementalidad sólo deben portar un gen haplonte. Este gen haplonte, al igual que el espermatozoide, capta la pequeña emisora de la célula polarizada, y si la naturaleza de onda percibida es de signo contrario a la suya, lo mismo que el espermatozoide camina sin tregua en busca del

(este «que» lo vamos a explicar después).

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óvulo, así el anteridio camina en busca del gen huérfano de la célula vege- tativa. Ya sólo falta el acoplamiento, y cuando éste se produce, el gen se despo- lariza; pero el gen despolarizante exige ahora ácido adenílico desoxirribo- nuleico, y esto arrastra como consecuencia todos los hechos apuntados en los trabajos anteriores. Vemos, pues, ahora explicados los tumores de los radiólogos, el cáncer del alquitrán, el de los deshollinadores, el de vejiga de los pintores y el de los trabajadores de fábricas de anilina, la enorme proporción de niños leucé- micos entre aquellos en que su madre fué observada por rayos X en período de embarazo, la aparición de linfogranulomas —aparte de circunstancias ya explicadas— en los que por padecer procesos fímicos han sido observados numerosas veces por la pantalla, y también el del cáncer de labio y laringe de fumadores, debido a la acción del alcaloide, del humo, del hollín o del alquitrán de tabaco. El aumento de radiactividad representa un inmenso peligro para la Huma- nidad, pues si en estos momentos la preocupación existente radica en una posible producción de monstruos por alteración de las células germinales, también produce, en mayor grado, la aparición de células vegetativas, mons- truosas por su polarización, que son futuras bases de procesos cancerosos. La radioterapia, el radar, la roetgennoterapia, así como el diagnóstico por rayos X, algunos tipos de industrias que cargan la atmósfera de sustancias alterantes de la tranquilidad cromosómica, la convivencia social de nuestros tiempos, los tubos de escape de los vehículos de aceite pesado, la invasión de nuevos productos quimioterápicos, cuya acción organotropa puede estar perfectamente estudiada, pero no en su acción a distancia como productora de alteraciones cromosómicas, hacen a la Humanidad víctima propiciatoria del cáncer. Es la enfermedad de la civilización y del progreso industrial. Pero aún pueden existir factores de naturaleza fisiológica, que vamos a tratar de explicar. En endocrinología no se estudia la mayor célula endocrina con que cuenta el organismo, y cuando se llegue a esta conclusión y se profundice en su estudio, la medicina interna se basará sobre pilares más firmes. Hemos quedado en que las proteínas, que en unión del ácido desoxirribo- nucleico forman el gene, son verdaderos precursores enzimáticos, y hemos

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visto que entre hormona y enzima sólo existe, en muchos casos, la diferencia de emplear por sistema dos vocablos distintos. Si todas estas proteínas proenzimáticas las reuniésemos en un bloque, habríamos construído la mayor glándula endocrina del organismo. Pues bien: sabemos que entre los constituyentes de los equipos cromosó- micos de todas las especies, y por ende, entre los de la especie humana, existen cromosomas sexuales X e Y. Estos deciden el sexo. A pesar de ser tan pequeños, imponen su férula de tal modo que se nace hombre o se nace mujer. Ellos portan las características sexuales secundarias y primarias en combinación con las glándulas sexuales y la hipófisis. Desde el nacimiento hasta la pubertad, esta actividad específicamente sexual es frenada por ínhibidores que probablemente proceden del timo. Cuando éste desaparece gradualmente empieza la actividad sexual, también gradualmente. La intersexualidad, el feminismo en el varón y la inversión del sexo en los vertebrados son desviaciones que pueden ser inducidas por causas que actúan sobre los gametos antes de la fecundación. Los criadores de bovinos saben que en las gestaciones gemelares, cuan- do los dos gemelos son de sexo contrario, la hembra resulta estéril en muchos casos. Los ingleses llaman a estas hembras Free-Martin, y es muy probable que sean, en este caso, los precursores enzimáticos de las proteínas de los cromosomas sexuales del macho los que, por existir una comunidad circulatoria, modifiquen a los precursores de la hembra, conduciéndola hacia una esterilidad radicante en sus proteínas cromosómicas. Padoa (1938) y Dautchakoff (1938) creen ciertamente que los genes producen hormonas análogas a las elaboradas por las gonadas adultas y que ellas serían los diferenciadores primarios del sexo. Parece, pues, cierto que algunos genes de los cromosomas sexuales efectúan una regulación de tipo enzimático-hormonal de la actividad sexual, aunque ella tenga que traducirse a través de las glándulas sexuales y aso- ciadas a ellas. También resulta probable que no se pueda interpretar de una manera unitaria y simplista, pues existen en cada individuo, y vinculados quizá a factores hereditarios, diferentes grados fisiológicos de sexualidad que radican en el gene correspondiente.

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Siendo, pues, presumible la intervención directa de ciertos genes en la actividad sexual operante en el espacio que media entre la pubertad y la senectud, hay que admitir que el gen que regulaba esta actividad declina sus funciones en la senectud. Esta pérdida de actividad puede determinar una desaparición del gene correspondiente en algunas de las células vegetativas. Si esta desaparición es simultánea en los dos genes gemelos, no aparece la polarización; pero si uno de ellos desaparece quedando el otro, éste se polariza, empezando a funcionar la «emisora». La célula se ha convertido de este modo en una célula cancerizable. Quizá estemos sobre la pista de que las mutaciones observadas con toda claridad entre las distintas «formas madres» de los virus cancerígenos se deban a que un anteridio común pueda fecundar a distintos oogonios, dando como resultado el acoplamiento a la aparición de formas diversas que apa- rentemente proceden unas de otras por mutaciones bruscas. Se trataría, al parecer, el anteridio observado —que probablemente sólo porta un gen— de un portador génico aceptable por oogonios de distinta naturaleza y aceptable también por las células somáticas parcialmente polarizadas.

Los hongos, virus del cáncer

(20 de septiembre de 1959)

Zonas biológicas de inestabilidad.—Estábamos acostumbrados, como lo está todo microbiólogo, a que las formas microbianas que estudiamos sean más o menos inmutables; y cuando existen mutaciones, se refieren a cam- bios de forma o a modificaciones antigénicas que no afectan en sí, funda- mentalmente, a la estructura de la especie, pudiéndose, además, recuperar las formas originales por distintas técnicas. Acostumbrados a ver así las cosas, había que armarse de paciencia y caminar por este terreno movedizo, hasta llegar a comprobar que las cosas pueden ocurrir también de otra forma. Para andar estos caminos hace falta, como factor decisivo, liberarse de prejuicios que, por ser transitoriamente ortodoxos, pueden influir sobre nuestro ánimo desechando caminos antes de emprenderlos.

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La falta de influencia ajena, las horas interminables de trabajo, la obje- tividad experimental, una extensa casuística y la ayuda de Dios, nos han hecho andar firmemente sobre este terreno, donde todo era inestable, donde la rigidez preceptiva de la microbiología clásica fracasa por completo. No podemos hacer con ellos un museo microbiológico al estilo de los exis- tentes en Norteamérica, Inglaterra y Francia, pues al cabo de algún tiempo el contenido del cultivo no respondería a la etiqueta. Es posiblemente esta circunstancia la que ha dado lugar a que el pro- blema del cáncer no haya sido resuelto hasta ahora, y quizá su principal y fundamental característica. Hemos conseguido, sin embargo, al ir perfeccionando los medios de cultivo, una limitación en las mutaciones y, con el último medio de cultivo preparado, las formas recuperadas, directamente del enfermo, se mantienen sin mutar. Esto nos ha llevado a la demostración de que los virus hongos del cáncer que actúan in vivo son exclusivamente los protomyces en sus distintas especies. Especies que se pueden estudiar y diferenciar debido a variaciones morfo- lógicas y evolutivas visibles. Los que en el quinto trabajo clasificamos como virus del segundo grupo —a excepción de una pseudolevadura gemante, lisa y brillante, que corres- ponde al ciclo de una de las especies de protomyces— son formas mutantes in vitro, y estas mutaciones eran debidas fundamentalmente a la composición de los medios de cultivo. Trabajando con medios más idóneos, hemos conseguido evitar que los protomyces muten y, a la vez, nos hemos convencido de que las mutaciones eran debidas a las necesidad de utilizar una fuente de óxigeno distinta a la que utilizan los protomyces en el enfermo, y una prueba de ello es que las primeras mutaciones que se producen dan por resultado la aparición de agentes microaerófilos que crecen en el fondo del medio de cultivo sobre la sangre del enfermo agregada, utilizando el oxígeno hemoglobínico. Una segunda mutación de los microaerófilos da lugar a formas que tienden a crecer en la superficie utilizando el óxigeno del aire y que dan ya micelio aéreo. Si el medio es más simple aún, entonces aparecen desde el principio, en algunos casos, agentes que desde el principio crecen en superficie. Las mutaciones han dependido, por tanto, fundamentalmente, de procesos de

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adaptación a la utilización de distintas fuentes de oxígeno, en unos casos por mutación y adaptación progresiva, y en otros, por mutación brusca. Es muy probable que estas mutaciones fuesen obligadas por faltar deter- minados coenzimas en el medio de cultivo. Coenzimas con los que— cuen- tan in vivo y con los que les resulta posible la utilización del oxígeno de la hemoglobina y del existente en el plasma y jugo celular, debido a distintas tensiones de presión con el anhídrido carbónico. En los medios de cultivo nuevos no hemos observado más mutaciones, señal evidente de que al utilizar el protomyces el oxígeno combinado no tiene necesidad de mutar. Ocurría, pues, con las mutaciones algo parecido al siguiente ejemplo: en la destilación seca de la hulla aparecen numerosos cuerpos químicos aro- máticos, pero muchas de estas sustancias químicas faltan en el protoal- quitrán o alquitrán a baja temperatura, demostrándose con esto que la mayor parte de los compuestos que se obtienen del alquitrán de hulla por destila- ción seca no existen como tales compuestos en la hulla, sino que se forman durante la destilación a causa de reacciones de pirogenación. Hay que concluir a este respecto que los causantes de los procesos neo- plásicos son exclusivamente los protomyces, y que los demás aparecen como consecuencia de las mutaciones provocadas en los medios de cultivo en un proceso biológico de adaptación a circunstancias distintas a las que ocurren en el seno de los tejidos. Aunque como consecuencia de la demostración de la filtrabilidad de los protomyces —extremo que se explicará más adelante— hayan perdido actualidad e importancia todas las distintas formas mutantes, vamos, sin embargo, a dar un breve resumen de ellas, para que los que empiecen a estudiar estas materias sepan cuáles agentes son los que están directa- mente relacionados o son producto de mutaciones y cuáles son las formas originales. Tipos no mutantes o agentes directamente cancerígenos.—Tipo único:

Protomyces. En este género es común en todas las especies el anteridio y podemos considerar los siguientes tipos morfológicos:

a) Micelios finísimos que desprenden diplococos de tipo o aspecto bac- teriano, cuyos diplococos resisten en los cultivos a la acción de todos los antibióticos. b) Micelios que desprenden diplos más gruesos de tipo levuriforme.

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c) Parecidos a los anteriores, pero que a posteriori siguen aumentando de

tamaño hasta formar pseudolevaduras, lisas, brillantes, gemantes de aspecto inconfundible y característico.

d) Formaciones micelianas en las que se ven esferas parecidas a ascas

pequeñas, estando rodeadas de un halo rojizo transparente, seguramente por la presencia de un pigmento. e) Formaciones micelianas compactas con gránulos micetómicos irregu- lares, que una vez independizados se convierten en parásitos de los eritro-

citos.

Tipos obtenidos por mutación de los Protomyces.—Streptomyces, Nocar- dias (en formas móviles e inmóviles), y de hongos clamidosporáceos, uno que se desarrolla en forma de masas algodonosas redondas o esféricas, cuya esfera va creciendo paulatinamente y que crece primero sobre la sangre en el fondo del medio de cultivo, acostumbrándose con el tiempo a crecer en superficie, y a emitir micelios aéreos. Estos micelios aéreos son al principio blancos, para al cabo de bastante tiempo aparecer pigmentados en verde. El otro hongo clamidosporáceo no forma masas algodonosas, crece siempre en el fondo del medio y emite esporas levuriformes, y por conjunción sexual de ramas micelianas tableadas da lugar en los puntos de contacto a la aparición de micelios parecidos a los de los protomyces que se resuelven en diplococos de tipo bacteriano. Directamente relacionado con las Nocardias tenemos el bacilo descrito por Schuerlen, que quizá podamos identificar con el bacilo subtilis, y que este bacilo pertenece a esta cadena de mutaciones nos lo denuncia el que pro- duce antibióticos: la bacitracina. Esta producción de antibióticos nos demuestra, por una bacteria, que son próximos parientes de las Nocardias y, a través de ellas, de los Strepto- myces, productores por excelencia de antibióticos. Lo mismo que Scheurlen y Domingo Freire, obteníamos muchas veces cultivos de la bacteria de Schuerlen cuando empleábamos medios de la misma simplicidad que el que ellos emplearon. Experimentalmente hemos comprobado la mutación de Streptomyces aislados de sangre de cancerosos a Nocardias, así como de Nocardias a bacilos esporulados identificables con el bacilo de Schuerlen. Todos ellos tienden a crecer en superficie en los medios de cultivo formando velos, lo que demuestra que las mutaciones se han llevado a cabo a efectos de la utilización del oxígeno.

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Sería un trabajo curioso —al que de momento no podemos dedicarnos— el averiguar, por variación en la composición de los medios de cultivo, cuáles de las mutaciones que partiendo de Streptomyces y pasando por Nocardias —parcialmente ácido-resistentes— y por las bacterias alfa y beta de Ferran —también parcialmente ácido-resistentes— conducían al bacilo tuberculoso totalmente ácido resistente, así como cuál era el camino que seguían las mutaciones inversas para que el bacilo tuberculoso llegase por mutaciones sucesivas a formar el virus del linfogranuloma de Hogckins. Que las mutaciones que se producen en esta zona microbiana han desconcertado a los investigadores de todos los tiempos y que no se han encontrado con fuerzas para seguirles la pista nos lo demuestra el hecho de que normalmente en Microbiología sólo se estudian las formas crecidas en medios de composición fija: los medios de Saubouraud de aislamiento y con- servación, pues se conoce la labilidad de las formas cuando se modifica la composición del medio. Esta labilidad afecta en alta grado al curriculum vitae de agentes relacio- nados por mutaciones con los agentes neoplásicos, y si hubiésemos renun- ciado a seguirles la pista, este problema no se habría resuelto en bastante tiempo. Hemos encabezado este trabajo con el título de «Los hongos, virus del cáncer», y este concepto, experimentalmente demostrado, hay que expli- carlo, a lo que nos dedicamos a continuación:

Demostración de que los agentes cancerígenos son «hongos-virus». Una de las circunstancias que sin ningún género de dudas nos ha puesto en evi- dencia de cuáles son los agentes productores de neoplasias y cuáles no, y a la par nos ha demostrado cuáles funcionan como virus y cuáles no, ha sido la demostración experimental de que solamente los protomyces se siguen multiplicando y creciendo en el medio de cultivo después de pasado por placa filtrante Seist para virus, mientras que los demás no han pasado y, por tanto, no han aparecido en el filtrado. En efecto, hemos procedido a mezclar en un matraz cultivos de todas las formas mutantes o no aisladas. Esta mezcla ha sido filtrada por placa Seist, mezclando a la par bacterias pequeñas para comprobar su retención por la placa esterilizante. Estos filtrados han sido puestos en la estufa de cultivos, y al cabo de algún tiempo —unas semanas— el medio se ha enturbiado, y al proceder al control de este enturbiamiento nos hemos encontrado con el protomyces exclusivamente.

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Teniendo en cuenta que se ha procedido correctamente, que se ha repe- tido varias veces la prueba con idéntico resultado y que los protomyces no crecen en medios ordinarios de Micología, creemos poder sentar definitiva- mente que:

Los protomyces tienen la doble personalidad de hongos y virus.— Esta demostración es tan concluyente que saca estos trabajos del período espe- culativo y sanciona experimentalmente todas nuestras suposiciones, y lleva como consecuencia el que el problema etiológico de los procesos neoplá- sicos se centre sobre los protomyces, haciéndose ya necesario un estudio general de ellos. No obstante, antes vamos a hacer una pregunta: ¿Cuál es la parte de todo el complejo ciclo de los protomyces que pasa a través de los finos poros del filtro? Vamos a contestar la pregunta con la reproducción de unas líneas de nuestra comunicación a la Academia de Medicina de Sevilla presentada el 25 de mayo de 1942, que dice así: «Los trozos fragmentarios de los micelios de estos virus son filtrables y capaces de continuar el ciclo evolutivo». La simple visión de las tenues masas micelianas nos demuestra que si en algunas partes el grosor que se adivina, más bien que se ve, es de unas tres décimas de micra, también existen en ese mismo micelio trozos de menor grosor que llevan puntos fructíferos que filtran y reproducen esporas que continúan el ciclo, puesto que las esporas son diplontes. En el quinto trabajo hicimos la salvedad de que dábamos a estos agentes el nombre de protomyces por considerar que por algunas de sus caracte- rísticas era la especie más afín con la que podíamos relacionarlos, pero esto no prejuzga que en su día, al intervenir los especialistas en sistemática, tengan que ser considerados como tales.

Naturaleza, evolución y sexualidad de los protomyces productores del cáncer.—Westtstein, aunque los incluye en la familia endimicetácea del orden protoasci, manifiesta que su posición sistemática es incierta y que se desconocen sus procedimientos fecundantes. Lo que sí es indudable es su naturaleza de hongos-virus al haber sido demostrada su filtrabalidad por nosotros. Carecemos de cámara microfotográfica y nos es, por tanto, imposible acompañar las correspondientes microfotografías para su exacto conoci- miento visual, pero acompañamos dibujos que dan una idea aproximada de ellos.

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Los describimos con arreglo a los conocimientos adquiridos sobre ellos después de largas entrevistas en muchas noches de vigilia. La figura central por excelencia de todo el ciclo es el anteridio que se presenta libre en los cultivos por excepción y generalmente fijo por un extremo a un glóbulo rojo o a un ascogonio. En ambos casos la parte libre está permanentemente dotada de un movimiento ondulatorio. En su extremo libre tiene a modo de un engrosamiento esférico. Llega a tener hasta 50 micras de largo por menos de una de ancho, mientras que en otros casos son bastante más cortos. Evolucionan en varios sentidos: unas veces le aparecen engrosamientos que lo simulan a un estreptococo, otras veces se inflan y dan lugar dírec- tamente a una de las formas consideradas como mutantes: el hongo clami- dosporáceo no algodonoso. Otras veces sufren una especie de vitrificación y después adquieren movimiento, habiéndose convertido en Nocardias, otras veces se diferencian en formas levuriformes. Es probable que en estos casos de evolución directa no exista alternancia de generaciones, por no haber existido acoplamiento sexual y las formas resultantes sean haplontes.

Los ascogonios son generalmente esféricos, generalmente de menor tamaño que los eritrocitos, pero a veces mayores y presentan unos reflejos

eritrocitos, pero a veces mayores y presentan unos reflejos verdosos en su superficie lisa. En la

verdosos en su superficie lisa. En la mayor parte de los casos están erizados de anteridios pequeñísimos, cuyo significado aún desconocemos.

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Cuando el anteridio ondulante se fija a estos ascogonios, los convierte en glóbulos esporíferos, que cuando sueltan la masa interior dejan muchas veces la cubierta rota y transparente. Esta masa esporífera, como vimos en la descripción anterior de las diferentes estirpes de protomyces, se resuelve aflojándose y dando lugar a micelios tenuísimos cargados de esporas más o menos gruesas. Con esto hemos explicado, en términos generales, lo que son los proto- myces productores de neoplasias. Ahora vamos a tocar otro tipo de consideraciones. Hemos podido observar que mientras más grave está el enfermo menos ascas aparecen, y en algu- nos casos no hemos conseguido evolución ninguna. Pero en estos casos existe, como siempre, el anteridio, que va emigrando de glóbulo rojo a gló- bulo rojo, agotando el oxígeno hemoglobínico, como si fuese un paria huér- fano. En estos casos, que son escasos, no crecen ni se multiplican, sólo vegetan. Es en los casos menos avanzados donde los anteridios, al encontrarse con numerosos ascogonios, producen una enorme cantidad de formaciones micelianas. Aquí existe un secreto que no tardaremos en desentrañar, pero que acarrea, como consecuencia, la demostración de que dentro de todo el complejo evolutivo de los protomyces, el anteridio, como portador de una formación génica elemental, es el que prende en la célula dotada de un gen huérfano, tal como fué explicado en el trabajo anterior.

AGENTES CANCERIGENOS

Los protomyces simbiónticos aberrantes

(20 de octubre de 1959)

En el anterior trabajo decíamos que trataríamos de averiguar por qué en la sangre de los enfermos graves existían menos anteridios en general y menos ascogonios que en la sangre de los enfermos incipientes. Para llegar a resolver esta incógnita contábamos con un arma decisiva, y era que, prácticamente, habíamos conseguido lo que en el tercer trabajo era sólo un proyecto que se enunció de la forma siguiente: «en un medio artificial

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de cultivo que posea básicamente una composición parecida a la célula muerta, pero donde agregamos sistemas energéticos y las materias primas que sirven a los virus para iniciar su serie fermentativa, podremos cultivarlos como si se tratase de células vivas». El primer paso para iniciar las debidas comprobaciones fué probar en este medio de cultivo si podríamos conseguir cultivos positivos del virus de la peste del cerdo, y el conseguirlo llevó a la demostración de que este virus clásico es también un protomyces, consiguiéndose con esto la comprobación de que realmente no pueden considerarse como hongos, sino que hay que hacer con ellos un grupo especial aparte. El segundo paso fué sembrar sangre nuestra en el mismo medio, lo cual nos deparó la sorpresa de poder comprobar a las veinticuatro horas la apa- rición de anteridios y ascogonios de protomyces. Al día siguiente procedimos a sacar sangre a nuestro ayudante y a dos compañeros jóvenes que nos hicieron una visita y, asimismo, a las veinti- cuatro horas aparecían anteridios y ascogonios. Un nuevo mundo se presentó ante nosotros, y a ponerlo ante vuestros ojos va dirigida nuestra tarea más inmediata, y que podemos resumirlo así:

En el interior de nuestro organismo existe una asociación simbióntica. Este interior hay que subdividirlo en dos zonas totalmente distintas: las vías extraparenterales y el mundo parenteral limitado por todas las zonas cavitarias y separado de ellas por mucosas.

En las zonas cavitarias extraparenterales existen asociaciones simbiónticas de todos conocidas, como las del colibacilo en el tramo intestinal y las de los lactobacilus o bacilus de Doderlein en el tramo vaginal. En el mundo intraparenteral existen también agentes, tan nuestros, que con nosotros nacen, por atravesar la placenta de nuestra madre, y con nosotros mueren. Son tan nuestros y nosotros tan suyos que nos debemos mutuamente la vida. De esta convivencia íntima a través de millones de años ha nacido una especialización perfecta, en virtud de la cual nos suministran los enzimas que las células propias no elaboran e influyen poderosamente en la posterior autolisis del cadáver. Se desprende inmediatamente la circunstancia de que para existir en el seno de nuestros tejidos y en nuestra sangre hace falta que carezcan total-

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mente de poder antigénico, y así ocurre en efecto. Sus ascas son verdaderos sacos de enzimas que vierten su contenido en nuestra economía para ayudarla en las labores de síntesis y de degradación. Son verdaderos protomyces en los que ninguna de sus proteínas apoenzi- máticas son heterólogas a los efectos de antigenicidad. Tenemos, pues, en esquema dos mundos simbiónticos. En el mundo extraparenteral, bacterias, y en el interior del mundo intraparenteral, virus no antigénicos o protomyces, en una palabra. Unos nos ayudan a demoler albúminas, albumosas, peptonas, hasta ami- noácidos, etc., y a sintetizar vitaminas como la K, sintetizada por el colibacilo. Los otros nos ayudan por medio de sus enzimas propios a múltiples tareas. Ahora bien, el colibacilo puede enfermar o mutar al ser atacado, parcial- mente por un fago, apareciendo entonces una estirpe patógena que nos proporciona una colitis y otras afecciones. Los protomyces simbiónticos pueden enfermar también llevando consigo un trastorno metabólico general o local. Examinemos cómo se lleva a cabo este mecanismo de acción, pero antes vamos a hacer una clasificación de los virus o protomyces con arreglo a los últimos conceptos alcanzados. Grupo 1.°—Protomyces sin antigenicidad o simbiónticos. Grupo 2.°—Protomyces con antigenicidad, no tolerados por el organismo, contra los que se defiende, pudiendo llegar, al vencerlos, a la creación de un estado refractario de inmunidad. Grupo 3.°—Protomyces simbiónticos alterados por la introducción de enzi- mas heterólogos, pero no antigénicos que no dan lugar a reacciones inmuni- tarias. Vimos en el curso de los primeros trabajos cómo podían formarse los virus o protomyces por agregaciones enzimáticas. Vimos también cómo, por ejemplo, un virus de glosopeda, actuando como fago podía captar nuevos enzimas, lo que daba lugar a la aparición de nuevas variantes. Pues bien: un protomyces simbióntico también puede captar —lo que es poco probable— al agregársele forzosamente un enzima o un grupo de enzimas —lo que es más probable— alterándose su constitución. Ahora bien, si este enzima o grupo de enzimas agregados es antigénico, las defensas humorales del organismo lo eliminan después de haber conse-

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guido contra él un estado inmunitario volviéndose a la normalidad. Si los enzimas agregados no son antigénicos el organismo carece de pro- cedimientos para proceder a separarlos del protomyces simbióntico y aparece una nueva estirpe de protomyces en nuestros tejidos. Ahora bien, los enzimas agregados pueden no modificar estéricamente a los protomyces simbiónticos y, entonces, aparece una deficiencia del meta- bolismo normal, pero si la agregación de los enzimas extraños acarrea una modificación espacial en la estructura del equipo enzimático del protomyces simbióntico, éste automáticamente queda impedido para utilizar los sistemas energéticos circulantes del ácido adenílico ribósico y han de buscar el interior del núcleo de las células para captar energía del ácido adenílico desoxirri- bósico. La agregación de los enzimas heterólogos extraños debe ocurrir en la estructura génico-enzimática del anteridio, y si automáticamente sobreviene la transformación estérica no da lugar a descendencia, puesto que para multiplicarse necesita energía, y esta energía no la encuentra fuera del núcleo. Cuando llega al interior de un núcleo celular, bien por las circunstancias apuntadas en el sexto trabajo o por necesidades imperiosas de sustrato, por los mecanismos apuntados en otros trabajos, pone en juego una mitosis y crea un mundo anárquico que es su propio mundo. Mientras, los demás protomyces simbiónticos circulantes son completa- mente normales. Como ya dijimos en trabajos anteriores, una vez creada por el protomyces aberrante, una cabeza puente en la zona tumoral, pone en juego sus fer- mentos antitrípsicos y así suministra ácido adenílico desoxirribo a la circu- lación general del organismo, al que invade posteriormente, y esta invasión tiene como consecuencia la interferencia en la actuación de los protomyces normales, lo que acarrea la caquexia por deficiencias del metabolismo normal. Ahora hemos podido explicar con más exactitud en dónde radica la impo- sibilidad para los curanderos de que tengan éxito sus composiciones quimio- terápicas, cuando se trata de brotes que no se encuentran al alcance de sus parches escarióticos y los fracasos de toda medicación interna quimiote- rápica. No se puede atacar a los protomyces aberrantes productores del cáncer, porque son protomyces simbiónticos, cuya única diferencia con los normales

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radica en que tienen agregados algunos enzimas y no antigénicos. Pueden probar a utilizar sus medicamentos quimioterápicos contra los protomyces de la peste del cerdo, de la rabia, etc., y cuando consigan éxito, entonces deben intentarlo con alguna esperanza contra procesos neoplá- sicos en los que sus protomyces son más difíciles de atacar, primero por tratarse de que su soporte es simbióntico, mientras que el de los otros virus es propio, y segundo, porque al carecer de antigenicidad, no se cuenta con la colaboración de las defensas orgánicas. Aquí se les abre un inmenso campo de pruebas para explorar posibilidades, pues si se descubre algo tan selec- tivo que actúe sobre los protomyces extraños y no sobre los simbiónticos, es posible que también sea capaz de separar la fracción agregada en los protomyces simbiónticos volviéndolos a la normalidad. Al llegar aquí, nos hacemos una pregunta inquietante: ¿Qué esperanzas le quedan a la Humanidad ante el agobiante problema del cáncer? Vamos a intentar hacer una revisión de los posibles caminos a seguir y que puedan representar una esperanza. En primer lugar vamos a hacernos una pregunta: ¿De dónde proceden los enzimas heterólogos que al agregarse a un protomyces simbióntico lo con- vierten en un protomyces cancerígeno? Si esta agregación se impide habremos evitado la transformación del protomyces simbióntico en cancerí- geno. La pregunta es fácil de contestar: los enzimas proceden de agentes no antigénicos. De nuestros conocimientos microbiológicos podemos concluir que estos agentes están encuadrados preferentemente desde el orden Actinocycetales hacia el campo de los hongos clásicos. Ahora podemos comprender la constitución del virus del linfogranuloma de Hogdkins. Se ha formado al agregarse un grupo de enzimas del bacilo tuber- culoso a un protomyces simbióntico. Las cualidades patológicas específicas de los demás virus o protomyces aberrantes productores de neoplasias dependen de la naturaleza y condición de los enzimas agregados. Resulta ahora —y con esto demostramos nuestra poca afición a las ideas fijas— que los agentes micósicos que en el quinto trabajo incluíamos en el segundo grupo, de los tres en que distribuíamos los virus, son solamente agentes micósicos que donan sus enzimas a los protomyces simbiónticos.

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Llegados a este punto, queda una esperanza y tenemos sobrados motivos para creer en ella. Algunos de los agentes donadores de enzimas, aunque poseen en general poca capacidad antigénica, tienen alguna. Aislemos todas las formas micósicas aún presentes en algunos cance- rosos, en apropiados medios de cultivo, y hagamos con ellos Nocardias, estreptomyces, clamidosporáceos, etc., una vacuna polivalente, obtenida por lisado para liberación de endoenzimas y filtrado por placa esterilizante para eliminar el resto del estroma que puede provocar reacción de hipersensibi- lidad y habremos construído una vacuna contra los posibles enzimas que se han podido agregar al protomyces simbióntico. Si éstos son un poco antigé- nicos y utilizamos la vacuna antes de que los protomyces aberrantes hayan invadido la economía, se obtendrán éxitos espectaculares, como nosotros, por intermedio de colaboradores consecuentes, los hemos obtenido. Si la fracción agregada no es en absoluto antigénica, sino que además al intentar su tratamiento nos encontramos con reacciones de hipersensibilidad, sólo nos queda cruzarnos de brazos. Esto explica nuestros éxitos y nuestros fracasos.

La vida elemental de los genes, virus-genes y fagos,

provirus o progenes

(5 de enero de 1960)

Vamos a dedicar esta parte a efectuar una revisión del camino que hemos seguido en nuestras investigaciones sobre los virus filtrados, así como de las circunstancias asociadas, que como consecuencia de ellas han salido a colación. Es cierto que todos estos hechos han sido tocados en trabajos anteriores, pero queremos desbrozarlos y presentarlos como un cuerpo de doctrina y a modo de conclusiones, pues consideramos que se trata de materias de gran interés. Con esta especie de resumen nos daremos cuenta más exactamente del misterio que va unido a la creación de la vida elemental de los virus. Queremos también definir nuestra postura para que todos tengan una idea exacta de la finalidad que perseguimos.

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Desde que empezamos a trabajar sobre virus filtrables —a nuestro esti- lo—, comprendimos que la génesis del cáncer estaba asociada en cierto modo a la solución del problema del conocimiento de la naturaleza de los virus filtrables y que, por lo menos, si no era producido directamente por alguno de ellos, con su conocimiento nos habríamos de acercar a la solución del problema. En consecuencia, montamos una vasta operación, facilitando gratuita- mente a todos los médicos que lo solicitaban vacunas totalmente inocuas, pero con distintas composiciones enzimáticas en cada lote, con el fin de conseguir una amplia estadística que nos demostrase qué tipo de enzimas intervienen en la producción de neoplasias y, en último extremo, qué tipo de virus. Y escogimos este procedimiento y montamos esta operación hace unos tres años y medio, porque llegamos a la conclusión de que la investigación directa en la especie humana era la única eficaz, ya que reiteradamente las investigaciones montadas en animales de experimentación han conducido siempre a resultados que después no se han podido confirmar en la especie humana. Los fructíferos resultados conseguidos y marcados exactamente por la brújula de la estadística serán la base del onceno trabajo. En todos los casos tratados hemos afrontado la responsabilidad de cualquier riesgo, y para llevar a cabo una amplia estadística hemos agotado nuestros recursos. Era nuestra obligación de investigador. Por otra parte, nuestro ánimo creció al conseguir la multiplicación de virus filtrables clásicos en medios artificiales de cultivo, así como la visualización de sus formas sexuadas en microscopios ordinarios. Precisamente dijimos que dedicaríamos este trabajo a dar las técnicas necesarias para el cultivo y visualización de los virus clásicos, pero existen circunstancias que nos aconsejan retrasarlo. Estas circunstancias son la falta de espíritu de polémica constructiva y la pasividad inoperante que nos rodea. Desearíamos que nos saliesen al paso, pues sería un motivo para especificar detalles y aclarar otros, y, sobre todo, porque desearíamos que los hechos conseguidos fuesen sometidos a comprobación por quienes pueden y tienen el deber de hacerlo. Creemos aclarada con estas líneas la finalidad de nuestra intervención en el tratamiento de procesos neoplásicos, y las metas alcanzadas justifican plenamente nuestros sacrificios. Otra circunstancia ha mantenido alta nues-

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tra moral, y ha sido el agradecimiento manifestado claramente en todos los casos a nuestra intervención indirecta a través del médico. Este agradecimiento es la única moneda de cambio que hemos admitido. Terminada esta introducción, entramos de lleno en la materia de este trabajo, que queda disgregada de la siguiente forma:

A) Creación de elementos dotados de vida a partir de moléculas inertes.

B) Genes y DNA.

C) Sistemas energéticos.

D) Virus clásicos.

E) Elementos cancerígenos.

A) Creación de elementos dotados de vida a partir de moléculas inertes.—

En junio de 1952 nos publicó la revista Medicamenta, edición de Farmacia, un trabajo que titulábamos: «Sobre la procedencia, formación y naturaleza de los virus filtrables.» En dicho trabajo decíamos que los virus se formaban de la siguiente manera: «Pongamos, por ejemplo, un virus que se componga de seis molé- culas; estas moléculas tienen que ir sumándose empezando por dos, de la siguiente forma: Dos bacterias matrices determinadas y no ninguna otra, porque cada virus es originado por una combinación definida de moléculas de distintas bacterias matrices, se encuentran accidentalmente y se sensi- bilizan mutuamente, originándose su desintegración lítica y uniéndose algunas de las moléculas emitidas por ambas para formar una dimolécula. Esta dimolécula queda en este estado sin ninguna actividad, pero si acci- dentalmente se encuentra con una de las otras cuatro bacterias matrices restantes de su grupo, se les acercan por afinidad, y al sentir el contacto de la dimolécula, la bacteria se desintegra, emitiendo numerosas unimoléculas, pero como la desintegración ha sido precedida por una multiplicación activa de la dimolécula que sólo se multiplica al ser a su vez sensibilizada por una de las bacterias matrices de su grupo vírico, al ser emitidas las unimoléculas por la bacteria, se encuentran con numerosas dimoléculas que han actuado como bacteriófagos, a los cuales se conjugan para formar una trimolécula, y así sucesivamente hasta un límite que puede ser el siguiente:

Si no se completan las seis moléculas —cantidad mínima para formar la polimolécula vírica—, las tetra o pentamoléculas quedan como agrupación inactiva indefinidamente, y esto puede ocurrir por no existir en el lugar donde

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se están produciendo estas agregaciones, una, dos o más bacterias ma- trices.

Pero si llegan a completarse las seis moléculas, entonces aparece el virus con sus características peculiares, sin que por ello prejuzguemos que el virus haya de ser necesariamente patógeno, pues lo mismo ha podido ser gene- rado un virus saprófito».

También decíamos que podrían crearse en un tubo de ensayo de la siguiente forma:

«Supongamos que se trata de un virus que necesita para su formación cuatro moléculas de desintegración bacteriana. El fenómeno se produciría de la siguiente forma:

Una vez conocidas las cuatro bacterias matrices, y obtenidos cultivos arti- ficiales de ellas, se ponen en contacto dos de estos cultivos, en los cuales, por un fenómeno de mutua sensibilización, se produciría una doble desinte- gración formándose una dimolécula. Esta dimolécula se inocularía al cultivo de la bacteria matriz número tres, la cual sufriría por sensibilización el fenó- meno lítico de desintegración formándose una trimolécula, y, por último, esta trimolécula agregada al cultivo de la bacteria matriz número cuatro, la sensi- bilizaría produciéndose su lisis y formándose la tetramolécula, pero como la tetramolécula es el virus completo, en el tubo habríamos obtenido, a partir de moléculas no vivas, un virus activo con todas las características vitales espe- cíficas.»

Estos párrafos, aparte de otras consideraciones que se hacían en abono de esta concepción, sobre la formación de estructuras vitales a partir de moléculas inertes, fueron primicia en aquella fecha de estas ideas, que por considerarse excesivamente utópicas o revolucionarias pasaron inadvertidas, para empezar a tomarse en consideración cuando con posterioridad vinieron empaquetadas con etiqueta extranjera. Pero el problema es más complejo de lo que decíamos y vamos a tratar de situarlo en el camino para que pueda ser conseguido, ya que nosotros no podemos afrontar su consecución, porque no es posible realizarlo por inves- tigación privada, por falta de medios y tiempo. En el curso de los ocho trabajos publicados con anterioridad a éste hemos visto que las moléculas de desintegración a que nos referimos en aquel trabajo son proteínas apoenzimáticas y enzimas completos, pero que para

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unirse hacía falta una inducción de tipo inmunitario o de otro tipo, como asi- mismo que la composición química final de dichas agrupaciones o virus era la de una ribo o desoxirribonucleoproteína, afirmándose que al adquirir esta combinación química una determinada estructura estérica adquiría vida, se vitalizaba, y que esa era la estructura de los virus y los genes. Dijimos también que la vida empezaba a balbucear en los enzimas al tener actividad, aunque no se multiplicaran, y que a través de los enzimas se manifestaba en forma de vida condicionada en los fagos y virus y en forma más autónoma en los gérmenes bacterianos de salida. Resta determinar, en último análisis, de dónde proceden los componentes elementales de dichas proteínas enzimáticas y de los RNA y DNA que com- pletan su armazón. Con respecto a la procedencia de las proteínas apoenzimáticas, engas- tadas en el gene y en los virus, se sabe que proceden de la condensación de aminoácidos y que cada bacteria construye los suyos partiendo de una espe- cificada ordenación de ellos en las cadenas moleculares de sus proteínas, lo que permite la existencia de múltiples enzimas al acoplarse además con distintos coenzimas. Las bacterias construyen los suyos o bien a partir de polipéptidos presentes en los caldos de cultivos o de las albumosas o peptonas por previa hidrólisis enzimática de ellos, o bien directamente de aminoácidos por cultivo en hidrolizados totales de proteínas. Existen, pues, en las bacterias enzimas condensantes de aminoácidos que son ordenados de una forma peculiar por ellos para construir sus proteínas de sostén, de reserva y sus proteínas enzimáticas.

B) Genes y DNA.—De la misma forma condensan los nucleótidos para formar largas cadenas y gruesas moléculas de DNA que, en unión de la proteína apoenzimática dará lugar al gen. Estos nucleótidos también están ordenados de forma específica en cada gen y en cada virus, lo que propor- ciona especificidad hereditaria a los genes de las células germinativas de cada especie y especificidad antigénica a todas las especies y variantes de los virus. Tenemos, pues, dos sistemas: uno de demolición, o catabólico, con simpli- ficación química del material de partida que usualmente se efectúa con desprendimiento de energía, por lo que son exergónicas, y otro de construc- ción o anabólico con aumento de la complejidad química del material de partida, que normalmente se producen con captación de energía, por lo que son endergónicos.

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La finalidad de nuestro sistema digestivo es destruir las proteínas y los ácidos DNA y RNA ingeridos con los alimentos, así como los hidratos de carbono, por hidrólisis enzimáticas, para después, a partir de los aminoá- cidos, pentosas, purinas y piriminas, aminoácidos y azúcares sencillos, volver a construir el organismo sus propias proteínas, polisacáridos y ácidos nucleínicos. Es como si queremos hacer un nuevo edificio con los materiales de otro. Hay que empezar por demoler el antiguo ladrillo por ladrillo y volver a poner- los en una disposición distinta para que resulte la nueva casa que pretendemos. La hidrólisis de los materiales complejos para convertirlos en sencillos sa- bemos que se puede realizar por hidrólisis ácida o básica, con calor a ebu- llición o también por acción de enzimas específicos a cada tipo de degra- dación, a 37° de temperatura, que es la corporal. La condensación de estos materiales sencillos para construir otros más complejos también sabíamos todos que tenía que efectuarse por la acción de enzimas específicos; y en lo que respecta a la condensación de nucleótidos para construir ácidos RNA y DNA, ha recibido la demostración experimental de que, en efecto, era como se sabía por los doctores Ochoa y Koruberb. Pero es muy presumible que para que se efectúe dicha condensación de nucleótidos —que son fáciles de obtener a partir de macerado de timo con grandes cantidades de agua, separando el componente proteico por saladura y precipitación posterior de los ácidos nucleínicos por alcohol etílico en forma de masa fibrosa y posterior intervención de nucleasa, que libera los nucleó- tidos— hace falta, además de la intervención del enzima condensante extraído del azobacter vinelandii de que hablan dichos doctores, un sistema energético, puesto que como proceso constructivo es de naturaleza ender- gónica.

C) Sistemas energéticos.—De la intervención de dichos sistemas energé- ticos en el proceso condensante nada hemos leído en la Prensa, única refe- rencia que hemos tenido de estos trabajos, pero es lógico pensar que así como en los seres vivos las reacciones condensantes endergónicas tienen material energético disponible por haberse liberado en los procesos con- trarios, de demolición o exergónicos, en el tubo de ensayo no existen libres, sino se adicionan ex profeso, a menos que existan sin haberse sospechado su presencia o se conozca su presencia sin que se haya dado referencia a la Prensa.

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En efecto, todos sabemos que los transportadores de energía son el tridifosfato de adenosina y el ácido adenílico, y nosotros hemos sospechado la existencia de otros sistemas energéticos nucletores, que serían el tridifos- fato de adenosina desoxirribósico y el ácido adenílico desoxirribósico, inter- viniendo probablemente estos últimos proporcionando energía para hacer posible la condensación del DNA. Y que estos sistemas energéticos existían en el tubo de ensayo de estos doctores es fácil de demostrar, pues al proceder a la demolición de ambos ácidos nucleínicos, para luego intentar su condensación, han quedado libres los nucleótidos y entre ellos el conocido sistema energético ácido adenílico, que es uno de los nucleótidos liberados por la acción de la nucleasa sobre el RNA y el denunciado por nosotros en los trabajos anteriores: ácido adenílico desoxirribo, nucleótido a su vez resultante de acción demoledora de las nucleasas sobre el DNA. Y esto es así, máxime cuando los dos ácidos adenílicos pueden adicionar más de un radical fosfato transformándose en di y trifosfatos de adenosina de elevado nivel energético. La existencia del ácido adenílico desoxirribo como sistema energético nuclear se deriva de la misma lógica, pues si al pasar los nucleótidos ribó- sicos la membrana nuclear se transforman en desoxirribósico, es natural y lógico pensar que el adenílico ribósico se ha transformado en desoxirribósico al penetrar en el núcleo y que, por tanto, no es posible la existencia de nucleótidos ribósicos en el seno del núcleo. Como es lógico pensar que la energía nuclear sea sustentada por sistemas energéticos, entramos en un círculo vicioso que nos lleva a demostrar su presencia. Llegados aquí, tenemos que concluir que la vida en los genes y en los virus se sustenta o nace de la unión de tres factores fundamentales:

1.° Proteínas de naturaleza enzimática que forman parte del gen y que funcionan como precursoras de enzimas y cuya alteración parcial se trans- mite hereditariamente como en los casos citados en trabajos anteriores de alcaptonuria, idiotismo fenilpirúvico y albinismo. 2.° Acidos desoxirribonucleicos o DNA como componentes fundamentales de la estructura genica. 3.° Sistemas energéticos de tipo ribo o desoxirribo, que ya indicábamos, podían formar parte de la estructura génica o vírica.

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Tenemos, pues, los tres elementos que han de edificar la vida elemental a partir de sustancias simples no dotadas de ella. Si empezamos por querer construir glóbulos de proteínas enzimaticas, fracasaremos, puesto que la ordenación de los aminoácidos en éstas es complejísima y específica, pero podemos valernos de una agrupación de enzimas con indicios de vitalidad, los fagos (dotados de una estructura génica incompleta), pues ellos van ordenando la posición de los enzimas que le faltan y del DNA para completar el equipo de una forma sistemática, cosa imposible de lograr si no existe una masa fágica o provírica inicial ordena- dora. Si no se parte de esta estructura inicial ordenadora, la unión de los nu- cleótidos por enzimas condensantes simples es necesariamente anárquica y no da lugar como resultado a la aparición de moléculas dotadas de vida, puesto que para ello estas cadenas de ácido DNA han de estar constituídas por nucleótidos y proteínas apoenzimáticas unidas a ellos de una forma específicamente ordenada, pues tales apoenzimas van a dirigir, como precursoras de enzimas, toda la bioquímica somática del virus, bacteria, célula y organismo. ¿Se podría conseguir vida, o sea, un ser elemental capaz de multiplicarse per se, por la unión desordenada de nucleótidos? Sospechamos que no, y creemos, como hemos indicado, que hace falta la presencia de un elemento inicial ordenador, aunque sea tan simple como el formado por la unión de dos enzimas con su correspondiente armazón elemental de DNA que ya presenta como fago o provirus indicios de vitalidad. De todo esto se deduce que si se utiliza un solo enzima como agente condensante de nucleótidos, carece, por su simplicidad, de capacidad orde- natriz, consiguiéndose solamente —y no sin intervención de los correspon- dientes sistemas energéticos— una anárquica de nucleótidos, como remedo de la estructura vital, faltando todas las características básicas del elemento vivo, su capacidad multiplicativa. Si se utiliza una agrupación molecular de naturaleza provírica o fágica, ya existen elementos iniciales ordenadores que conducen a la formación obli- gada —ya que no aceptan una ordenacion distinta a la prevista— de un gen- virus y en algunos casos a formas bacterianas de salida que son verda- deras estructuras vitales. Por ahora faltan muchos otros elementos que consigan unir genes en una complejidad cromosómica, y, por tanto, el control de la herencia fuera de los

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virus y la creación de formas de vida más complejas es por ahora un proyec- to lejanísimo.

D) Virus clásicos.—Siguiendo las premisas que han presidido nuestros trabajos de investigación, hemos conseguido el cultivo de virus clásicos en medios artificiales de cultivo y su visualización por microscopio ordinario. Lo conseguido es, en definitiva, haber logrado que un equipo génico —un gene aislado, en una palabra— se multiplique sin auxilio de ningún proto- plasma por haberle proporcionado en el medio de cultivo todos los mate- riales simples y los correspondientes sistemas energéticos para que proceda a su sostenimiento metabólico y a su multiplicación por condensación enzi- mática y energética. Pero las técnicas para conseguirlo las dejamos para el trabajo siguiente.

E) Elementos cancerígenos.—Dentro de todo este problema que hemos tratado de exponer con brevedad cae el problema del cáncer, y por esto nos ocupamos de él aquí brevemente. La estadística nos va dejando entrever ciertas circunstancias interesantí- simas que serán explicadas con extensión en el undécimo trabajo, y se refieren a que los inofensivos per se, virus del cáncer, no actúan directa- mente, sino cediendo enzimas o agrupaciones enzimáticas al gen de una célula normal de la misma forma que un pro-virus, o incluso un virus-gen —como fué explicado en anteriores trabajos—, es capaz de asociar otros enzimas modificándose su constitución antigénica y ciertas de sus características biológicas. El gen de la célula normal, modificado por la agregación enzimática extraña, actúa, como ya se explicó, produciendo una síntesis ininterrumpida de DNA, con lo que constantemente el núcleo se está surtiendo de nucleó- tidos desoxirribo libres que elevan el potencial energético de los núcleos celulares de las células cancerosas muy por encima de los de las células normales. Se ha manifestado recientemente en la Prensa la posibilidad de retardar el ritmo de crecimiento de un cáncer, imposibilitando, atenuando la síntesis del DNA, pero esta síntesis en el cáncer es un efecto y no su causa y la única posibilidad de evitar dichas síntesis ininterrumpidas radica en destruir la causa, pues suprimida ésta, desaparece el efecto. Se desprende que solamente destruyendo los enzimas extraños agre- gados al gene de la célula cancerosa puede el gen volver a la normalidad y

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con él la célula, y esto, insistimos, no es posible de forma efectiva nada más que por el delicado mecanismo selectivo de la inmunoterapia.

GENESIS DEL CANCER

Enzimas cancerígenos o progenes

(5 de febrero de 1960)

De la lectura del apartado E) anterior (elementos cancerígenos) habréis podido deducir que se ha producido un nuevo enfoque en el problema de la génesis del cáncer. En efecto: las conclusiones estadísticas nos han hecho variar unos grados el rumbo para ajustarnos a la realidad. Cuando terminéis de leer este trabajo habréis llegado a la conclusión de que el enigma del cáncer ya no es ningún enigma, y si hay alguien que no se haya convencido, le rogamos aduzca las razones por las que no se con- vence. Vamos a empezar por establecer un silogismo que se desprende de todo lo publicado anteriormente:

1) La estructura química de un gen es igual a la de un virus. 2) Ambos necesitan para su multiplicación vivir en el seno de células vivas. 3) Podemos, por tanto, considerar a los virus como genes autónomos, y a los genes como virus, cualitativamente distintos unos de otros, pero agru- pados o asociados en una estructura llamada cromosoma.

Siendo iguales en estructura y en exigencias biológicas, es lógico pensar también que coincidan en otras muchas características y propiedades. Y es una característica común a genes y virus la que nos va a dar toda la clave de las génesis del cáncer. Para que se comprenda, vamos a establecer otro silogismo:

1) Si un virus es igual a un gen, un provirus es igual a un progén. 2) Un provirus (es un fago que) trata de completarse en virus, robando enzimas.

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3) Luego un progén tiene también que tratar de completarse robando enzimas para transformarse en gen.

Al provirus se llega por vía constructiva o destructiva, o sea por agregaciones enzimáticas o por la destrucción parcial del equipo enzimático de un virus. Recuérdese al efecto lo dicho sobre destrucción parcial por seroterapia del virus de la peste del cerdo en los primeros trabajos, que lo convierten en un provirus inactivo. El gen no se construye, porque venía construído en las células germinales de cada especie, y, por tanto, no se puede llegar a progén por vía construc- tiva, pero sí se llega por vía destructiva; ej.: acción de rayos X, tóxicos celu- lares, etc. Como un progén es igual a un provirus, trata de completarse agregando enzimas, y de la cualidad de los enzimas agregados depende que la célula se cancerice o no, y si los enzimas agregados son cancerígenos, su malig- nidad depende de su naturaleza. Recordamos, al efecto, que dijimos en el primer trabajo, después de explicar cómo podían formarse los virus por agregaciones enzimaticas: «Que también por este mecanismo pueden ocurrir una serie de hechos que den lugar a las distintas variantes antigénicas, como, por ejemplo, el de la gloso- peda. Calculemos para él, por ejemplo, como cantidad mínima de enzimas que pueden formarlo, el de siete. Este virus es de una determinada cualidad antigénica; pero este virus, que se multiplica ante la célula viva como un virus perfecto, puede encontrarse en un momento determinado y en otra comarca y país de donde partió la epizootia, con una bacteria determinada que le puede ceder otro exo o endo-enzima, y entonces, a pesar de tratarse ya de un virus perfecto, actúa sobre la bacteria o sobre su exoenzima como un provirus fágico, agregándose el nuevo enzima y completando el número de ocho enzimas. Ello lleva como consecuencia que el producto final de su metabolis- mo —por haberse ampliado el campo de acción bioquímico del equipo enzi- mático— sea distinto, con lo que ha variado antigénicamente, apareciendo, por una aparente mutación, una nueva variante antigénica.» Tenemos, pues, que también un virus perfecto puede actuar como fago y agregar enzimas y, por tanto, hay que admitir que también un gen puede en determinados casos actuar de la misma forma.

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Sin embargo, la apetencia por la captación de enzimas, como se des- prende de la misma lógica, ha de ser muy superior en un provirus y en un progén. Hay que admitir también necesariamente que si los enzimas agregados a un virus modifican su constitución antigénica, los agregados al gen o progén han de modificar su especificidad bioquímica, arrastrando a la vez a un grave trastorno biológico a la célula que lo contiene. Con respecto a esto, sólo son admisibles dos explicaciones:

1. a Que la agregación enzimática se produzca in situ, esto es, en el mismo gen de la célula somática; y 2. a Que la agregación se produzca en el protomyces simbióntico, que como virus es a la vez gen, y éste se sitúa en el lugar de un gen desapa- recido de un equipo cromosómico de una célula vegetativa, como se explicó en el sexto trabajo.

Es casi seguro que la agregación se produzca in situ en un progén resul- tado de la destrucción parcial de un gen. Vemos cómo el enfoque dado desde el principio a estos problemas ha servido para ir progresando rápidamente hasta llegar a comprender este misterioso mecanismo. Muchas ideas vertidas en los trabajos anteriores se han hecho viejas rápidamente; pero han servido para ir creando el armazón de este final. Después de explicada esquemáticamente de esta forma la génesis del cáncer, preguntaréis con razón lo siguiente: ¿En qué quedamos: existen virus o no existen virus en el cáncer? Y nosotros podemos contestar ya con toda seguridad que no existen tales virus en el cáncer. Pero esto requiere una más amplia explicación, y es la siguiente:

No existen virus en el concepto clásico de la palabra, porque los virus clásicos son los protomyces; pero los enzimas que se agregan a los progenes y que actúan, por tanto, como genes cancerígenos, proceden de agentes que entran y salen de nuestro mundo parenteral sin que se les ponga por parte del organismo ningún inconveniente. Estos gérmenes son perfectamente conocidos por nosotros, porque durante mucho tiempo hemos sembrado sangre de muchos cancerosos en innumerables medios de cultivo, y sabemos exactamente cuáles son. De muchos de ellos hemos hablado ya, diciendo que daban lugar a virus

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reduccionales, que no es otra cosa que la forma adoptada por ellos para so- brevivir en nuestros medios parenterales. De ellos como «donantes de enzimas» vamos a hablar en el siguiente trabajo, pues, aunque dijimos que en éste hablaríamos de los virus clásicos, hemos decidido que sea más adelante, dedicando éste y el siguiente a ex- plicar de qué forma se canceriza una célula, según las últimas conclusiones alcanzadas. En este trabajo sólo vamos a hablar de estos cinco interesantes puntos:

1.° Mecanismo de la agregación enzimática. 2.° Alteraciones bioquímicas que produce dicha agregación. 3.° Factores que inducen al gen a llevar a efecto dicha agregación. 4.° ¿Puede existir contagio en el cáncer? 5° Planteamiento de la lucha anticancerosa como resultado de estas conclusiones.

1.° Mecanismo de la agregación enzimática.—Al transcribir a este trabajo parte del primero, donde se explica la captación de enzimas por el virus de la glosopeda, y del mecanismo de la formación de virus a partir de agrega- ciones enzimáticas, se desprende todo el mecanismo de la agregación de enzimas al gene o progene de la célula cancerizada. Sólo existe un problema de fondo, y es si el mecanismo se lleva a cabo por donación o por captación. Creemos que es por captación y no por dona- ción, por las mismas razones que creemos que una bacteria no le dona enzimas a un fago, sino que éste se las roba. Al final resulta que los que considerábamos como virus reduccionales cancerígenos son tan inofensivos que no sólo no determinan la tumoración, sino que, por contra, resultan robados por el gen celular.

2.° Alteraciones bioquímicas que produce la agregación enzimática.—La estabilidad de las células sanas es perfecta como todos sabemos. A las células del cuerpo mucoso o capa de Malpigio de la piel que se multiplican constantemente para sustituir al epitelio descamado, a las células del útero grávido que se multiplican para aumentar su volumen, al tejido cicatricial formado por células que se multiplican activamente para cerrar la solución de continuidad no se les ocurre seguir creciendo constantemente, y una vez cumplida la finalidad fisiológica que las induce a multiplicarse, entran en tranquilo reposo.

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Pero veamos ahora qué ocurre en una célula, en la que uno de sus genes ha capturado y agregado enzimas extraños. Hay que tener en cuenta que la alteración sólo afecta a la célula que ha agregado dichos enzimas, y también que dichos enzimas pueden ser cance- rígenos o no serlo. Interesa, por tanto, conocer la naturaleza y la forma de actuar de dichos enzimas. Hemos podido llegar a la demostración —y esto se explicará en el trabajo siguiente— que dichos enzimas tienen como cualidad fundamental la de provocar intensas hidrólisis en los materiales complejos elaborados por la célula normal. Y esto es así porque las bacterias donantes —perfectamente conocidas ya por nosotros— poseen enzimas que tienen esa cualidad en alto grado. Si estos enzimas hidrolíticos agregados actúan hidrolizando parte de los ácidos desoxirribonucleicos o DNA que constituyen el retículo nuclear, éste es irritado dando lugar a mitosis ininterrumpidas, con síntesis constantes de nuevos equipos cromosómicos destinados a equipar a otras tantas nuevas células, que por hijas de la primera y por ser los enzimas agregados al gen, parte del patrimonio hereditario, pasan exactamente agregados topográfi- camente a las distintas células hijas, que así heredan las características anárquicas de sus progenitoras.

3.° Factores que inducen al gen a la agregación enzimática.—Los factores que inducen al gen son: A) Su mutilación parcial; B) Su agotamiento, y C) Su deficiencia o especial estructura hereditaria. Vamos a analizar uno a uno todos estos factores.

A) Su mutilación parcial.—Las causas que pueden destruir o alterar un

gen ya fueron analizadas en el sexto trabajo con detenimiento, y haciendo referencia a aquellos trabajos y actualizándolos, hemos de decir aquí que deben existir dos tipos de polaridad en las estructuras génicas. Una polaridad del progén o provirus de tipo constructivo sobre los enzimas que le hacen falta o pueden serle útiles para establecer una serie de degradación o sín- tesis química, y otra del gen perfecto y del virus perfecto de naturaleza copulativa y sexual. Ejemplo: los genes masculinos tienen polaridad por los femeninos y los anteridios de los protomyces por los ascogonios.

B) Su agotamiento.—Muchas de las operaciones de degradación química

que se realizan en el laboratorio, e incluso las de condensación o síntesis, se

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efectúan por procedimientos puramente químicos calentando fuertemente las materias primas para que puedan reaccionar entre sí. Estas y otras muchas funciones más complicadas son realizadas constan- temente por los organismos vivos a 37 o de temperatura, y esto sólo es posible por la acción de hormonas y enzimas que al fin y al cabo son la misma cosa. El individuo nace con una gran carga de ellos, pero en forma de precur- sores porque la energía que se consume a través de toda la vida se gastaría con la velocidad de un fogonazo o un incendio. Durante el crecimiento hace falta gran cantidad de energía para dedicarla a la síntesis de materiales de crecimiento y se consumen todos los ácidos DNA y RNA del timo que al hidrolizarse y convertirse en nucleótidos propor- cionan una gran cantidad de energía constructiva. Durante la vida, muchos enzimas son elaborados por glándulas y diversos órganos, pero muchos de estos enzimas son suministrados por las proteínas apoenzimáticas del gen, que así va agotando, poco a poco, su carga. Los tejidos nobles se esclerosan lentamente, sustituyendo el tejido conjun- tivo a zonas glandulares y a células cansadas o agotadas. La utilización de los materiales suministrados por la alimentación es cada día menor en todos los aspectos y en el aprovechamiento calórico. El viejo sale al sol, se arrima al brasero, necesita ya energía exterior, calor irradiado por una fuente ajena porque la propia está agotándose. El mechero tiene ya poca piedra, unos cuantos golpes más y de pronto la chispa no salta. La vida se ha terminado. Existen, pues, genes que envejecen, que agotan sus proteínas precur- soras, pero antes de agotarlas del todo empiezan a ocurrir deficiencias, consecuencia del desgaste. En estas circunstancias es mucho más fácil que algún gene sienta la veleidad de asociar enzimas para rejuvenecerse. La neoplasia del viejo dispone de células jóvenes de gran energía multiplicativa, casi más que las de un tierno infante. La célula vieja, el viejo gen, queriendo escapar a la muerte por consunción se rejuvenece al autoinjertarse nuevos enzimas. Es un rebelde que no se conforma con su destino y se lanza a una loca orgía que termina por destruir a ellas y a las demás, que mansamente esperaban su paulatino agotamiento.

C) Su deficiencia o especial estructura hereditaria.—También hemos visto que se nace con deficiencias hereditarias de tipo enzimático, como en el ca-

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so de la alcaptonuria, idiotismo fenilpirúvivo y albinismo —tantas veces cita- dos— y tales deficiencias dependen de la ausencia de un precursor enzimá- tico en un gen. También pueden existir deficiencias o modalidades distintas en la utilización de muchas sustancias e incluso en la acción de muchos medicamentos que constituyen la idiosincrasia de cada individuo. Vamos a analizar un solo caso: Conocemos individuos alcohólicos que no cenan de noche y no comen casi nada de día, estando, sin embargo, grue- sos y conservan bien el calor correspondiente a la especie. ¿Qué caminos hace seguir ese individuo al alcohol para que casi con sólo él mantenga todo el mecanismo energético, dinámico y sintético? Lo cierto es que él utiliza lo que constituye un fuerte tóxico para la mayoría de sus semejantes tomado en esas mismas cantidades.

Y es cierto también que los hijos de estos alcohólicos casi siempre pueden

repetir las «hazañas» de sus padres. Si las transformaciones que el alcohólico hace sufrir al alcohol para utili- zarlo en múltiples menesteres, se efectúan en virtud de la acción de enzimas regulados por los precursores de distinta índole —a este respecto— que una persona normal. Esto nos lleva de la mano a comprender que existen líneas hereditarias con circunstancias especiales en sus precursores y pueden existir líneas hereditarias más propensas a que sus genes por una especial inestabilidad agreguen enzimas extraños. Tendríamos, pues, explicado con esto dos circunstancias favorecedoras de la cancerización celular: el envejecimiento y los factores hereditarios.

4. º Puede existir contagio en el cáncer.—Después de haber alcanzado las últimas conclusiones podemos afirmar que no. Son muy distintos los tumores

malignos de las personas de los tumores transmisibles de los animales, pues en estos últimos es más que probable la existencia de virus como agentes causales.

A esta circunstancia se debe el fracaso de querer aplicar las conclusiones

sacadas en tumores animales a las neoplasias humanas. Las formas reduccionales de algunas bacterias y hongos que en esta forma transitan por nuestro organismo son completamente inofensivas, y, por tanto, el canceroso sólo nos puede contagiar la bacteria que le ha cedido los enzimas a un gene suyo, determinando la aparición de su tumor. Pero el cul-

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pable fué su gen que robó a la bacteria enzimas y no la propia bacteria que al fin y a la postre fué robada. Nos puede, pues, proporcionar solamente una bacteria saprófita, que además podemos nosotros tomar en el mismo grado de saprofitismo en cualquier sitio y en cualquier momento. Si en nuestro organismo existe una perfecta estabilidad génica, ningún gen tenderá a agregar enzimas de dicha bacteria, y no existirá alteración alguna. Pero además, como estas bacterias entran en nuestro recinto parenteral y salen, resulta, en la mayoría de las veces, que después de haberse produ- cido en el gen la agregación de enzimas de una bacteria determinada, ésta desaparece de la circulación no quedando rastro del agente donador. Aunque trituremos un cancer e inoculemos las células cancerosas a per- sonas normales, no se producirá contagio, a menos que alguna célula can- cerosa resulte injertada y dé lugar a descendencia. Pero aun así hace falta predisposición, pues si no existe, el nuevo orga- nismo inoculado separará del gen de dicha célula los enzimas extraños por el mismo camino que nosotros queremos emplear en la inmunoterapia cance- rosa.

5.° Planteamiento de la lucha anticancerosa como resultado de estas conclusiones.—Aquí tenemos que confirmar nuestro punto de vista expre- sado varias veces. Sólo existe como procedimiento viable el de despegar o destruir dichos enzimas sin lastimar el resto de la estructura génica, sin que se nos ocurra otro procedimiento que la acción selectiva de la inmunoterapia enzimática. Que esto es posible cuando los enzimas agregados poseen un ligero poder antigénico, lo que no ocurre en todos los casos nos lo ha confirmado la estadística clínica. Al estudio de las bacterias donantes de dichos enzimas y a las técnicas de elaboración de vacuna antienzimáticas dedicaremos el siguiente trabajo. Cuando pongamos el punto final al trabajo siguiente, nuestra misión como investigadores en cancerología habrá terminado, y pedimos humildemente perdón por haber tenido el atrevimiento de ocuparnos de estos problemas.

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LAS ESTRUCTURAS VITALES

El bacteriófago, solución de un pleito

(5 de marzo de 1960)

BREVE RESUMEN HISTORICO DE LA BACTERIOFAGIA

Antes de entrar en las explicaciones pertinentes que aclaran el misterio que ha rodeado al problema de la bacteriofagia, y que explican hasta qué punto son ciertas las afirmaciones y los resultados de nuestras investiga- ciones sobre virus, vamos, como recordatorio, a efectuar un breve resumen histórico de los puntos de vista sustentados y de las discusiones suscitadas para conseguir su interpretación. En el año 1896, ya Hankin había comprobado que el agua de ciertos ríos de la India tenía acción antiséptica sobre el vibrión colérico. Observaciones análogas hicieron Emmerich y Loew. En 1915 observó Twort que sembrando linfa vacunal en gelosa inclinada aparecían colonias de estafilococos, comprobando entre ellas la existencia de zonas vítreas y zonas transparentes. Estos fenómenos no se explicaron satisfactoriamente. En la sesión del 10 de septiembre del año 1917, celebrada en la Acade- mia de Ciencias de París, el sabio francés Félix Hubert D'Herelle presentó su comunicación «Sur un microbe invisible, antagoniste des bacilles disente- riques», que en breve tiempo le condujo a la máxima popularidad científica. Los puntos de vista fundamentales de D'Herelle eran los siguientes:

La bacteriofagia está esencialmente constituída por un fenómeno de bacteriólisis en serie, es decir, que la adición a una suspensión bacteriana de un vestigio de un líquido que contenga el «principio bacteriófago» provoca en algunas horas la disolución total, sin residuos, de todas las bacterias exis- tentes en la suspensión. Un vestigio del líquido límpido obtenido provoca el mismo fenómeno de disolución en la segunda suspensión bacteriana, y así

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sucesivamente, reproduciéndose el mismo fenómeno indefinidamente, sin que se debilite su acción.

Si se pone en gelosa una gota de suspensión bacteriana a la que se haya acabado de añadir un vestigio (del orden de la millonésima de mililitro) de un líquido que contenga el «principio bacteriófago», se obtiene, después de incubación, un cultivo en capa de la bacteria, sembrado de islotes circulares, de «playas», en que la gelosa está sola, sin rastro de cultivo aparente. La presencia de tales «playas» hace posible demostrar que el «principio bacteriófago» existe en forma de «corpúsculos». Cada colonia representa, y la experiencia lo demuestra, una colonia de corpúsculos bacteriófagos, lo cual permite numerar los corpúsculos pre- sentes en un líquido y, por tanto, seguir el desarrollo de los corpúsculos en el curso de la bacteriólisis. En cuanto ha terminado la disolución de las bacterias, la suspensión bacteriana ha venido a ser una suspensión de corpúsculos bacteriófagos. D'Herelle concluyó que estos corpúsculos son seres vivos, por poseer un conjunto de propiedades, por definición, pertenecientes en propiedad a los seres vivos. Que poseen individualidad propia, independiente de la bacteria que sufre la lisis, y que estos corpúsculos autónomos se multiplican, pues, en un medio heterogéneo y están dotados del poder de asimilación, siendo, además, capaces de adaptarse a condiciones adversas de medio. Como la individualidad, el poder de asimilación, la susceptibilidad de aco- modación y la variabilidad, unida a la posibilidad de reproducción, consti- tuyen precisamente un conjunto de propiedades consideradas como los criterios de la vida, el corpúsculo que las reúne es, por consecuencia de la definición misma de la vida, un ser vivo. Concluyendo, que el fenómeno de la bacteriofagia no puede ser provo- cado más que por un ser vivo, un ultramicrobio parásito de las bacterias, y a esta entidad autónoma viva le dio el nombre de bacteriophagum intestinale. Las particularidades del fenómeno de la bacteriofagia fueron confirmadas por numerosos autores; pero en cuanto a la interpretación de la naturaleza y el origen de los corpúsculos bacteriófagos, hubo una fuerte discusión. Para T. Kabeshima (1) existiría en el intestino de los animales un cata- lizador de naturaleza química, procedente, sin duda, de los leucocitos, que provocaría la disolución de las bacterias, activando una prodiastasa normal- mente encerrada en estas bacterias.

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Para Anna Kuttner (2) intervendría un enzima contenido en las células del intestino delgado y del hígado. Para Borchardt (3), el enzima que interviene es la tripsina.

Estas tres opiniones sustentan el criterio de que la bacteriofagia podía ser provocada por la presencia de un principio químico extraño, es decir, no procedente de la bacteria que sufre la lisis.

A esto contestó D'Herelle diciendo que no se puede admitir que un prin-

cipio químico al que se denomina catalizador, o enzima, procedente del orga-

nismo de un animal, pueda reproducirse a expensas de bacterias, lo que

implicaría el poder transformar la «sustancia bacteria» en «sustancia catali- zador».

O se admite esta transformación, o hay que admitir que este catalizador

existe ya formado en la bacteria.

Si no se admite ni una ni otra de las dos alternativas, se cae en el ab- surdo , porque, al no poderse reproducir dicho principio químico, se eliminará rápidamente durante los pases sucesivos, cesando, por dilución, de produ- cirse el fenómeno. Doerr (4) asimila el principio bacteriófago a una toxina que ejerce su acción sobre el metabolismo bacteriano, y esta toxina será regenerada por las bacterias enfermas; pero manifiesta que no es posible la hipótesis de una autolisina, y admite que lo que llama toxina es un principio extraño a la bacteria, es decir, que admite que la acción se proseguiría en serie, porque durante cada pase se produce una transformación de la «sustancia bacteria» a «sustancia lisógena».

A esto objetó D'Herelle que dicha transformación tiene un nombre especial

en biología: la asimilación. Que es la característica de la vida. La toxina de Doerr sería, como consecuencia de la definición de la vida, un ser vivo.

Bordet y Ciuca (5) comprobaron que si se inyectaba en el peritoneo de un cobayo varias veces con intervalos una dosis subletal de un cultivo de coli- bacilos, y pocas horas después de la última inyección se tomaba el exudado

peritoneal y se adicionaba una gota a un cultivo joven de colibacilo en caldo, se producía la lisis.

Y comprobaron, además, que este cobayo no tenía esta propiedad lítica

en el filtrado de sus excrementos. En consecuencia, emitieron la hipótesis de una «viciación nutritiva here- ditaria».

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Esta opinión fue combatida por D'Herelle con la siguiente argumentación:

Filtró una emulsión lisada por una bujía de porcelana impermeable a bac- terias, y un vestigio de este filtrado obtenido lisa a una emulsión de bacterias frescas. Filtrando en cada pase por bujía de porcelana, estoy seguro de no intro- ducir, con el vestigio de filtrado, ninguna bacteria que proceda de la emulsión precedente lisada, en la suspensión en que este vestigio de filtrado va a provocar la lisis. ¿Cómo puede realizarse en este proceso la transmisión de un carácter adquirido, puesto que yo no transporto ninguna bacteria de la suspensión que acaba de ser usada, a la que acaba de sufrir la lisis? ¿O es que Bordet y Ciuca querrían hacernos admitir que un carácter here- ditario puede ser excretado en un estado soluble, y que este carácter excre- tado puede atravesar los filtros de porcelana, conservarse en un líquido, exaltarse y atenuarse y comunicarse a una bacteria sana por el simple contacto de ese líquido? Esta fue la argumentación de D'Herelle; pero es lo cierto que Bordet y Ciuca habían puesto el dedo en la llaga, y que, a pesar de las argumenta- ciones en contra, se dejó entrever que el principio lítico podía proceder de la misma bacteria. No queremos introducirnos hasta el final en la discusión, para terminar de una vez con ella, y por esto seguimos la historia de estas polémicas. Bordet y Ciuca manifestaron que el primun movens de la lisis transmisible reside en los leucocitos, pero D'Herelle manifestó que si el primum movens residiera en los leucocitos, bastaría tomar éstos de animales experimental- mente inmunizados e introducirlos en un cultivo bacteriano para provocar el fenómeno, cosa que no ocurre. Lisbonne y Carrere (6) formularon la teoría de la «viciación nutritiva», y dijeron que ésta se produciría bajo la influencia de un «antagonismo bacte- riano». Seiffert pensó en una autolisis exógena. A esto manifestó D'Herelle que en la serie infinita de suspensiones bacte- rianas en que el proceso se renueva, cada emulsión no encierra más que bacterias frescas normales, a consecuencia de la filtración efectuada en ca- da pase: ninguna bacteria enferma de la precedente suspensión penetra en la suspensión siguiente, y, por tanto, es preciso que la causa de la viciación

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del metabolismo bacteriano atraviese los filtros y que esté indefinidamente presente. Ahora bien —continúa—, una de dos: o esta causa es inerte, o esta causa es viva. Si se la supone inerte, resulta imposible explicar la acción en serie, porque una sustancia autónoma (llámese enzima, fermento soluble, catalizador, toxina u otra cosa) desaparecerá fatalmente a causa de las diluciones suce- sivas. Si se admite que esta sustancia autónoma extraña a la bacteria se rege- nera a expensas de la sustancia bacteriana, se dota a esta sustancia del atributo de la vida, y no puede ser ya una sustancia inerte, es un ser vivo: es el bacteriófago. Como hemos visto, los puntos de vista de Bordet, Ciuca, Lisbonne, Carrere y Seiffret parten del supuesto de que la viciación se produce por la aparición de un principio lítico que no existe normalmente en las bacterias. Pero aún hubo puntos de vista que consideraban que el fenómeno de la bacteriofagia se produce bajo la acción de un principio encerrado normal- mente en la bacteria, es decir, siempre presente en la bacteria normal. No se trataría, pues, según estos puntos de vista, de un proceso mórbido desencadenado bajo la acción de una causa extraña a la bacteria, sino de un proceso normal. O. Bail (7) dice que toda bacteria presentaría dos formas: la forma vegeta- tiva, que observamos al microscopio, y una filtrante, el splitter. Esta forma filtrante, introducida en un cultivo o una suspensión que no contenga más que la forma normal, provocaría la transformación de la forma splitter, acompañándose el fenómeno de la disolución de los cuerpos bacte- rianos: el splitter, a su vez, podría transformarse en forma vegetativa normal. W. Davinson, Pico, Krauss, Weimberg, Aznar, Da Costa y Ledingham creen en la existencia de autolisinas normales, y la acción sería la siguiente:

Si se introduce una autolisina en una suspensión bacteriana, las bacterias se disuelven y ponen en libertad en el medio la autolisina que encierran, de donde resulta la continuidad de la acción en serie. Otto y Winlher introducen una variante, y es que la sustancia lisógena, normalmente encerrada en la bacteria, no sería un enzima, sino un proen- zima, que se transformaría en enzima activo bajo la influencia del calor o la filtración.

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D'Herelle dijo a esto que la concepción del proceso autolítico no es ab- surda, porque sabemos, en efecto, que toda célula contiene en sí misma enzimas susceptibles de disolver el cuerpo celular, pero en las condiciones normales de existencia raramente se consigue una autolisis total, y que, además, no se observa jamás la autolisis de una bacteria joven, y los parti- darios de las teorías autolíticas debían tener en cuenta que el fenómeno de la bacteriofagia se produce con bacterias jóvenes, que no tienen tendencia ninguna a la autolisis natural, mientras que no se produce en las viejas, que se autolizan naturalmente. En definitiva, D'Herelle concluía:

1.° Que el bacteriófago no es una autolisina. 2.° Que el principio bacteriófago no está contenido en la bacteria normal. 3.° Que el bacteriófago es un ultramicrobio parásito de las bacterias.

Antes de empezar a explicar nuestro punto de vista vamos a terminar este breve resumen histórico con unas palabras de D'Herelle: «En último análisis, toda la ciencia humana actual tiende hacia la resolución de dos grandes problemas: la naturaleza de la materia y la naturaleza de la vida.» Ignoramos lo que es la vida, pero sabemos que la vida es una propiedad física, un procedimiento de una micela coloide de constitución especial. Para estudiar esta constitución, este procedimiento, debemos dirigirnos necesaria- mente a la partícula más pequeña posible de materia viva autónoma, donde la vida se presenta bajo la forma más elemental, donde es menor la comple- jidad del fenómeno. Este infinitamente pequeño viviente que es preciso estudiar para deter- minar la naturaleza de la vida ha de ser un ultramicrobio, y especialmente el que es más fácil de observar el bacteriófago. Gracias a los ataques dirigidos contra su concepción de la bacteriofagia pudo Félix Hubert D'Herelle redondear una serie de conceptos que, dentro de ciertas reservas, han resistido las críticas más audaces y las mejor cimen- tadas. Sus argumentos, sólidamente concebidos, sacaron a flote una doctrina, y sus conclusiones son exactas, menos en un punto. El afirmaba que el principio bacteriófago no está contenido en la bacteria normal, y nosotros vamos a demostrar que está. Pero este concepto sólo ha sido alcanzado en virtud de las premisas sentadas por nosotros en todos los trabajos anteriores, y estaba entonces, y

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aun hoy —a lo que se ve—, lejos de ser o de querer ser comprendido. Hacía falta llegar a otros horizontes, como los alcanzados por nosotros, para poder explicar el mecanismo íntimo del fenómeno de la bacteriofagia, y por esto rendimos homenaje de admiración a D'Herelle, ya que llegó a la meta máxima susceptible de ser alcanzada en su época. Nuestra explicación, que representa —según nuestro punto de vista — el fallo final de este largo pleito, va a ser escueta, y los que hayan leído los anteriores trabajos comprenderán sin gran dificultad el proceso bacterio- fágico. Para abundar en más argumentaciones haría falta que se lanzaran sobre nosotros los mismos ataques que se lanzaron contra D'Herelle, pues estos ataques representan un estímulo, un acicate para afinar más, y para nosotros sería una honra que se discutieran nuestros puntos de vista. El hombre pasa, la Humanidad queda, y al final no se trata de ganar ningún pleito personal, sino el haber contribuído al progreso y a la felicidad de nuestros semejantes.

NUESTRO PUNTO DE VISTA

Hemos visto en los trabajos anteriores el mecanismo de formación de las bacterias de salida. Podemos definirlas como seres diploides, resultado de la unión sexual de anteridio y ascogonio, que son las formas sexuales de los virus, que dan lugar a esporas diplontes, cuando el equipo proenzimático o precursor de enzimas de dichos virus es suficientemente complejo para conseguir por vía sintética rodearse de un protoplasma. Si las bacterias de salida se forman al rodearse de un protoplasma, las esporas diplontes víricas se pueden también concebir como virus rodeados de un protoplasma. Pero ya el concepto no suena bien, ya que un virus rodeado de un proto- plasma es un gen rodeado de protoplasma, una célula, en una palabra. Entonces hay que decir que se trata de gérmenes bacterianos que poseen dos genes: uno procedente del anteridio y otro del ascogonio. Es lógico suponer que las demás bacterias también pueden concebirse de la misma forma, esto es: seres unicelulares portadores de dos genes —o más— que se dividen por la mitad en un proceso asexuado de multiplicación.

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Supongamos ahora un individuo cuyo intestino se encuentre libre de bacteriófagos antitíficos, y supongamos que ese individuo enferma de tifus. Si la enfermedad transcurre de forma aguda y ese individuo muere sin haber tenido recuperación alguna en su enfermedad, no aparecen bacterió- fagos tíficos en su excremento. Si el individuo se recupera de la enfermedad, en el mismo momento en que se inicie la recuperación aparecen indefectiblemente en sus excre- mentos los fagos tíficos. El caso es el mismo que experimentalmente consiguieron Bordet y Ciuca con el coli, aunque no lo interpretaran, pues al adquirir inmunidad el cobayo, los colis generaron su propio fago. En nuestros primeros trabajos, cuando hablábamos de la formación de virus por agregaciones enzimáticas, dijimos que estos enzimas no se aso- ciaban espontáneamente, sino que hacía falta una inducción, y que esta inducción, fundamentalmente, era de naturaleza inmunitaria. Ahora puede entenderse mejor el mecanismo referido. El organismo animal, después del ataque de una bacteria, crea bacterio- lisinas que lisan a las bacterias. Pero los genes de dichas bacterias resisten la acción lítica, que no es soportada por el protoplasma, y como consecuencia nos encontramos con genes autónomos. Ya hemos manifestado en el trabajo anterior que los genes autónomos son virus, y, por tanto, nos encontramos con que del seno de la bacteria lisada ha surgido un virus. Pero ese virus, como tal, no puede vivir más que en el seno de una célula viva y escoge fundamentalmente a la bacteria de que procede, aunque pueda vivir también de bacterias afines. Una vez generado el principio lítico por un mecanismo que Bordet y Ciuca no llegaron a comprender, tenemos que darle la razón a D'Herelle, pero no en cuanto a su génesis inicial. Ya tenemos un gen-virus, un bacteriófago de naturaleza «corpuscular», transmisible indefinidamente en serie. Al liberarse el gen masculino da lugar al anteridio, y al liberarse el gen femenino da lugar al ascogonio, que se fecunda en el interior de las bacte- rias, creciendo el ascogonio al fructificar las esporas diploides hasta que la bacteria estalla.

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Son los corpúsculos o vacuolas que se ven en el interior de las bacterias durante el desarrollo del proceso lítico. Al estallar las bacterias, las esporas diploides quedan en el lisado, que resulta de esta manera indefinidamente transmisible. Si alguna bacteria resiste sin destruirse totalmente, da lugar a una estirpe resistente, pero parasitada, y como consecuencia el cultivo de estas bac- terias tiene propiedades lisógenas sobre el cultivo de bacterias normales, ya que son portadoras del principio lítico. Como fagos, virus o genes autónomos tienen que vivir necesariamente en el interior de bacterias vivas, por la misma razón que los virus clásicos y los genes celulares. Por esto no atacan a las bacterias muertas, ni incluso a los cultivos viejos de bacterias, que por haber agotado el medio han suspendido casi total- mente su actividad metabólica y han iniciado una lisis natural. Estas conclusiones demuestran hasta dónde son ciertos nuestros puntos de vista al considerar a los virus como a genes autónomos y a los genes como a virus asociados. Existe una única diferencia, y es la de que así como los virus son autó- nomos, los genes carecen de esa autonomía. Pero cuando el gen queda aislado en virtud de haberse lisado el proto- plasma que lo rodeaba, adquiere independencia y se instituye como un ser autónomo: en un virus. Sería el fenómeno inverso al de la aparición de los gérmenes de salida. En éstos, el virus se convirtió en gen; en la bacteriólisis, el gen se transformó en virus. En el momento de penetrar dos fagos en la bacteria, ésta tiene dos fagos y dos genes, o cuatro genes, o cuatro fagos; pero los que han entrado tienen autonomía, mientras que los dos genes de la bacteria no adquieren este conocimiento mientras no se destruya totalmente su protoplasma, entrando entonces a engrosar el número de fagos. Ahora resulta profecía las palabras de D'Herelle cuando decía que «para determinar la naturaleza de la vida hacía falta estudiar la estructura vital más elemental y fácil de observar: el bacteriófago». Hemos encontrado el camino que puede abrir todo un mundo de conoci- mientos a la ciencia y puede disipar los misterios que rodean a la emanación vital, esa cosa que surge de los seres vivos y que se cimenta sobre estruc- turas físico-químicas.

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En aras de la brevedad no nos extendemos más.

BIBLIOGRAFIA

(1) T. KABESHIMA: Sur un ferment d'inmunité bacterilise, «C. R. Soc. Bio- logie», t. 83, pág. 219, 28-II-1920. (2) ANNA KUTTNER: On the influence of tissue enzymes on the bacterio- phage principle, «Proceed, exp. biol. and méd.», t. 28, pág. 222,- 20-IV 1921. (3) BORCHARDT: Weitere Biologische Beitrage zum D'Herelle, schem Phenomen, «Klin. Wochenschr», t. 2, núm. 17, 23-IV-1923. (4) DOERR: Die Bakteriophagen, «Klin. Wochenschr», t. 1, núms. 30-31,

22-29-VII-1922.

(5) BORDET y CIUCA: Exudats leucocitaires et lise microbienne transmisible, «C. R. Soc. Biologie», t. 83, pág. 1293, 9-X-1920. (6) LISBONNE y CARRERE: Antagonisme microbiens et lysis transmi- sible, «C. R. Soc. Biologie», t. 86, pág. 569, 18-III-1922. (7) O. BAIL: Das Bacteriophage virus von D'Herelle, «Wien. Klin. Wo- chenschr», 15-V-1921.

El manantial de la vida

(5 de abril de 1960)

Va dedicado este trabajo a rellenar lagunas conceptuales, pues lo consi- deramos necesario para comprender en toda su amplitud los nuevos hechos descubiertos. Un apoenzima es un glóbulo proteico sin actividad y sin vida. Un apoenzima unido a un coenzima es un enzima completo, que posee actividad bioquímica, pero que no se puede multiplicar y, por tanto, carece de vida. Una proteína especial con DNA es una fábrica de proenzimas, una frac- ción de virus o gen, en una palabra.

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Una agrupación completa de proteínas precursoras con DNA es un provirus o un progén, es decir, un equipo incompleto que tiende a comple- tarse. Una agrupación completa de proteínas precursoras con DNA es un virus o un gen. Una agrupación de genes es un cromosoma, y ya existe la suficiente complejidad para que los distintos genes sinteticen una estructura proto- plasmática que los rodeen, con lo que adquieren autonomía de células vivas. Algunos virus complejos —formados de varios genes y virus simples— pueden adquirir esa misma autonomía dando gérmenes bacterianos de salida. Un progén y un provirus son dos ladrones que roban precursores a los genes de bacterias u hongos, con el fin de completarse. Virus es un gen autónomo. Gen es un virus que ha perdido su individualidad al asociarse a otros de naturaleza distinta para formar un cromosoma o un equipo cromosómico. Gen cancerígeno es un gen que no actúa de acuerdo con el resto de los genes del equipo cromosómico de una célula y, por tanto, posee cierta autonomía. Por tanto, es un gen en cuanto forma parte de la estructura colectivizada de un cromosoma; es un virus en cuanto posee cierta autonomía. Las proteínas extrañas precursoras, agregadas al progén cancerígeno, emiten proenzimas, como las demás, de los genes normales, pero existe una diferencia: que radica en que mientras las proteínas precursoras normales emiten proenzimas que no entran en actividad hasta haber salido fuera del núcleo, por acoplarse entonces con los correspondientes coenzimas activa- dores, las proteínas precursoras cancerígenas son activadas en el mismo núcleo, con lo que el gen adquiere energía para automultiplicarse. Cuando un fago penetra en la bacteria de la que era gen, se encuentran dentro de la bacteria estas dos estructuras: una es el fago que como autó- nomo emite directamente enzimas, y otra su gen, que aunque de la misma estructura del fago sólo emite proenzimas y no puede declararse autónomo transformándose en virus o fago mientras no quede desnudo de protoplas- ma. Por esto el fago, actuando libremente, lisa a la bacteria, mientras que su gen, a pesar de ser de la misma naturaleza, no puede hacerlo al estar incapacitado para ello por tener una actuación condicionada de precursor.

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No todos los genes son capaces de adquirir autonomía y transformarse en fagos o virus, solamente los que puedan tener en sus precursores suficiente autonomía para adaptarse a las nuevas condiciones de vida. La célula tiene procedimientos para evitar que sus genes se declaren autónomos y lo efectúa impidiendo que los precursores se pongan en con- tacto directo con los coenzimas correspondientes. Sólo dejarían pasar al interior del núcleo los coenzimas destinados a acoplarse con ciertos precur- sores que tienen que actuar por necesidad en el interior del núcleo. Un cromosoma puede tener dos, tres, cuatro genes asociados. Un virus puede estar formado por uno, dos, tres o más genes asociados, procedentes de una misma misma bacteria o de bacterias distintas, pero a pesar de tratarse cada elemento de una unidad vital, pierden el sentido individual, y esta renuncia los convierte en una estructura vitalmente unitaria. Serían como cromosomas autónomos, o, mejor dicho, virus complejos con más de un gen asociado. Mientras más genes asociados posee un virus, mayor es su facilidad para dar bacterias de salida. Al transformarse en bacteria de salida el equipo vírico se ha transformado en equipo génico. Así como el equipo génico diploide de las bacterias sólo se multiplica por simple división, al ser liberados por lisis bacteriana quedan sueltos, y enton- ces resultan genes o fagos haploides, que necesariamente han de recurrir a la multiplicación sexuada, con acoplamientos de los genes de distinto signo, el gen masculino se transforma en anteridio y el femenino en ascogonio. El equipo génico de nuestras células somáticas es igual al equipo génico diploide de las bacterias. El equipo cromosómico de los espermatozoides, de naturaleza haploide, es igual al de los anteridios de los virus. Tienen auto- nomía y poseen polaridad. Cuando una bacteria resiste a la acción de un fago es que ha impedido que su gen se le transforme en otro fago. Si posee varios genes y consigue impedírselo a algunos, éstos que que- dan pueden sostener la vida de la bacteria, pero a costa de una mutación obligada por los genes que se han perdido. Estas bacterias suelen ser lisógenas, porque se llega a establecer un equilibrio parasitario entre la bacteria y el fago, ya que ni el fago puede destruir completamente a la bacteria, ni la bacteria eliminar al fago.

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Las bacterias más sensibles a la acción del fago son aquellas iguales a las que lo emitieron. En primer lugar, porque el fago encuentra un ambiente idóneo, y en segundo lugar, porque siendo este fago homólogo para la bacteria puede ésta defenderse menos de él. El fago, como todos los virus, acrecienta su virulencia para una bacteria determinada, aunque al principio sea ésta poco sensible, por la misma razón que un virus aumenta su virulencia por pases sucesivos, para una determi- nada especie animal. Este crecimiento de virulencia radica en que siendo un equipo elemental y con una autonomía condicionada a las células vivas, tiene que adaptarse a los coenzimas disponibles, y dicha adaptación es progresivamente creciente. En efecto, sabemos que un apoenzima, según con el tipo de coenzima que se una, efectúa distinta función bioquímica. Lo que da especificidad para un tipo definido de función bioquímica es el coenzima. Si una vez adaptado durante varias generaciones a una clase determina- da de células —que le proporcionan una determinada clase de coenzimas—, se la pasa a otra especie animal, donde estas circunstancias varían, se encuentra inadaptado y ha de sufrir un nuevo proceso de acomodación. Si el equipo de precursores de un virus se conforma con cualquier clase de coenzimas de los existentes en las distintas especies animales, se convierten en un virus panzoótico. Si sólo le van bien los que tiene disponibles una especie definida, sólo ataca a esta especie. La aspiración de todo equipo vírico o génico es adquirir mayor comple- jidad, agregar más genes, para poder atender a más necesidades, para adquirir mayor autonomía. Pero no todos los genes le sirven, sólo pueden asociar los que sean complementarios de los suyos. El aumento de complejidad es una aspiración de la materia viviente, porque complejidad es especialización, es división de funciones dentro de la colectividad génica celular, es mejor adaptación al medio, que al fin y al cabo es el que limita todas las posibilidades de la materia viviente. Desde el glóbulo proteico al enzima se ganó en complejidad. Del enzima al gen y al virus se ganó en complejidad. Del gen aislado al equipo plurigénico capaz de dar una bacteria de salida se ganó en complejidad y en autonomía.

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De la célula bacteriana aislada a la agrupación colectiva de Nitrosocystis, que ensayaron la asociación celular uniéndose por una ganga mucosa —¿precursora del tejido conjuntivo?— se ganó en complejidad. Del virus que necesita robar la energía que emana de las funciones vitales de las células vivas, pasando por las bacterias heterótrofas que toman ener- gía transformando la longitud de onda de las radiaciones solares, merced a sus pigmentos y la utilizan para crear materia orgánica partiendo de mate- riales inorgánicos, se aumentó en complejidad y en autonomía. Desde el infusorio a las algas microscópicas del plancton, pasando por los trilobites y los helechos, hasta llegar al elefante y la sequoia, se ganó en complejidad. De la ameba, que efectúa una digestión protoplasmática de residuos microscópicos, hasta el león que digiere un antílope, se ha ganado en complejidad. La vida surgió del primer barro húmedo que se produjo en el planeta, cuando el agua vivificadora cayó sobre los nitruros y carburos de la época incandescente. Al pasarse de la materia inorgánica a la orgánica se ganó en complejidad. La historia de los seres vivientes es la historia del aumento de comple- jidad. Si un virus poligénico encuentra un gen que lo complemente, se lo asocia. Si un cromosoma poligénico de una célula vegetativa encuentra un gen —vírico o perteneciente a un equipo cromosómico de una bacteria— puede asociárselo por la misma razón. Habría que admitir entonces tres explicaciones en el proceso de la cance- rización: 1.ª La del progén, por reconstrucción de un gen preexistente; 2.ª La ampliación del equipo cromosómico de la célula por captación de un nuevo gen, y 3.ª El emplazamiento de un gen totalmente destruído por otro extraño. Teóricamente pueden admitirse los tres casos. El gen asociado en exceso, o para suplir una falta —a lo que sería indu- cido por la polaridad emitida por un gen viudo— o la fracción extraña agre- gada al progén, actúan directamente dentro del núcleo, pero también fuera por medio de la emisión de sus precursores. Al principio el organismo no se entera, porque la emisora tiene poca potencia. Cuando hay muchas células cancerizadas, la emisora gana en potencia y el organismo, para su desgracia, tiene que darse por enterado.

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La acción, por tanto, no sólo es directa sobre el núcleo, sino que los enzi- mas extraños emitidos alteran también el metabolismo general. En la sangre del canceroso existen, por tanto, los enzimas emitidos por los precursores del gen cancerígeno, y los productos resultantes de su acción enzimática que van aumentando en cantidad, a la par que aumenta el nú- mero de células cancerizadas. Todo intento de tratamiento debe, pues, ser instituido cuando existen pocas células cancerosas, pues luego la tumoración se convierte en una nefasta y extraña glándula endocrina cada vez mayor. Un virus de un tumor transmisible —como la mayoría de los de los ani- males— no es un gen porque no entra a formar parte de una estructura cromosómica; no es un progén reconstruido, no es un gen acoplado. Es un gen no acoplado y autónomo totalmente; un virus, en una palabra, pero que

actúa de igual forma que los genes cancerígenos no autónomos, aunque con total independencia de la estructura cromosómica de la célula parasitaria. Ha entrado sin permiso de la célula, al contrario que el gen cancerígeno, que es llamado o reconstruído por ellas. Los virus no tienen uniformidad en cuanto a creación de inmunidad. Unos son más antigénicos que otros. Un gen, para ser admitido en una colectividad cromosómica celular, tiene que tener por fuerza poco poder antigénico o ninguno.

Al querer establecer un tratamiento inmunizante anticanceroso nos encon-

tramos con estos tres casos: 1° Existe un indicio de capacidad antigénica en el gen agregado o en la fracción extraña del progén. El enfermo cura. 2.° No

existe ningún poder antigénico. El enfermo no se beneficia. 3.° Determina un estado de hipersensibilidad, que se traduce por aumento del dolor local, al actuar la vacuna específicamente sobre la zona tumoral. El tratamiento es contraproducente. En cuanto a malignidad del proceso tumoral, dependerá en cada caso del tipo de las acciones enzimáticas emanadas de la actividad de los precur- sores agregados al progén o del progén agregado. No existe un tipo único, existen muchos, porque muchas son las posibili- dades de variabilidad en su actuación de los distintos genes que pueden agregarse, o en la cualidad de los precursores agregados al progén.

A este respecto hay que aclarar que el progén no puede reconstruirse

robando simplemente enzimas.

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Enzima es algo que se agota, y, por tanto, lo que tiene que robar es la fábrica de esos enzimas, la proteína génica que entra a formar parte del patrimonio hereditario del gen ladrón. Por esto no captura un simple enzima circulante, sino que tiene que robar a otro gen sus fábricas de precursores: sus proteínas génicas. ¿Por qué la proteína del enzima se agota, y por qué la proteína del pre- cursor del gen es una fábrica inagotable de enzimas? Ahí está uno de los grandes misterios de la vida. El enzima es como la pila de una linterna; enciende a la bombilla hasta que se le agota la carga. La proteína precursora génica es, por el contrario, como un generador de corriente. Lanza continuamente electricidad a los cables, pero produce esta corriente porque lo mueve la energía de una presa de agua o la de una central térmica. En el gen, la presa o la central térmica están sustituídos por el DNA y los sistemas energéticos nucleares. El gen cancerígeno no admite la marcha normal de la central térmica o de la presa. La energía suministrada a los genes normales por el trifosfato de adenosina desoxirribo no es tolerada por él. Levanta la compuerta de la presa al hidrolizar el DNA y entonces el aporte normal de energía para sostener la vida vegetativa de la célula se ha reba- sado. Sobra energía, la célula «arde», y para disminuir el potencial energético lo consume en una tarea multiplicativa. En la presa, el agua no se agota porque llueve y los arroyos sostienen su nivel, que es nivel energético. En los genes de las células tampoco disminuye el nivel energético, porque el DNA gastado es repuesto por los arroyos que vienen del protoplasma lleno de RNA, y estos arroyos van corriendo gracias a la lluvia de la alimentación y respiración. Los virus no pueden permitirse ese lujo. Cuando se les vacía la presa, tienen que ir donde haya arroyos con agua corriente que la vuelva a llenar, y esos arroyos no existen para ellos más que en las células vivas. Cuando la célula donde están muere, les queda la presa llena, pero pro- curan gastarla lo más lentamente posible y suprimen el lujo de multiplicarse que consume mucha agua. Les conviene entonces, como a los lagartos, el frío, el invierno. Los la- gartos pasan el invierno aletargados y sin moverse. Así resisten sin comer

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mucho tiempo. Cuando los primeros calores primaverales le templan el lomo, el lagarto corre, pero entonces tiene que comer. Cuando el calor vivificante templa las estructuras víricas, el nivel de su presa desciende con una velocidad alarmante —si están fuera de células vivas— y se inactivan rápidamente al agotar el último resto de agua. Si un fago es un ser independizado de una bacteria, no cabe la menor duda de que es un virus perfecto y no un virus en formación. Será en todo caso un virus unigénico, o digénico, pero un virus que es susceptible de aumentar transformándose en poligénico. Estamos manejando como estructura mínima el gen unitario, a la mínima fracción material capaz de multiplicarse por sí sola. Los virus poligénicos se forman, por tanto, por agregaciones de unidades génicas capaces de multiplicarse por sí mismas independientemente. Se ha creado, por tanto, una vida más compleja como resultado de la agregación o suma de unidades vitales más simples. Esto no es crear vida, pues para ello hay que crear la unidad vital: el gen o el virus unigénico. Pero de esto nos ocuparemos en otro trabajo.

En las fuentes de la vida

(20 de abril de 1960)

a) El protoplasma artificial.—b) La misteriosa membrana nuclear. c) Otras causas generadoras del cáncer.—d) La pluralidad unificada

Unas cuantas jornadas más nos han conducido al final del problema que abordamos hace ya mucho tiempo. Final imprevisible, que tenemos la seguridad de que producirá verdadera sensación a cuantos han asistido a su gestación a través de los trabajos anteriores. No quiere esto decir que demos por terminada nuestra labor, pues si bien hemos llegado hasta las fuentes de la vida y presenciado el fluir vital, aún queda como labor futura la de crearlas artificialmente. Con el arma decisiva que es el protoplasma artificial esperamos conse- guirlo; pero este último camino no podremos andarlo sin la ayuda oficial o de instituciones privadas.

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A cada apartado de los cuatro que componen este trabajo podríamos dedicarle uno por separado; pero tenemos la seguridad de que los conceptos serán mejor comprendidos exponiéndolos con brevedad.

a) El protoplasma artificial.

Hace ya cerca de vetincinco años, cuando empezamos a tener las pri- meras noticias de los virus, sentados como alumnos en los bancos faculta- tivos, tuvimos la seguridad de que algo relativo a ellos no se nos había expli- cado. Y este algo era por qué los virus tenían necesidad absoluta de vivir en el seno de células vivas. Pero, a la par de esta interrogante, se nos metió dentro la seguridad de que habíamos sido predestinados para resolver este enigma. Teníamos la seguridad de que los virus necesitaban de la célula viva porque ésta les suministraba algo material, y que cuando este algo material se les proporcionase en un medio de cultivo, se podrían cultivar perfecta- mente, y lo aceptarían igual que al protoplasma de las células vivas. En otro trabajo hemos visto cómo el gen de ciertas bacterias Iisadas por un organismo inmune se transformaba en fago o virus de esa misma bac- teria, y esto nos explica exactamente por qué los virus necesitan vivir en las células vivas, ya que son genes autónomos, y, por tanto, las necesidades de genes y virus son las mismas, ya que es idéntica su naturaleza y consti- tución. Sólo se diferencian en las circunstancias que se explicarán en el apartado b), «La misteriosa membrana nuclear»; pero estas diferencias son sólo funcionales. No hacemos historia del tiempo consumido para llegar a la demostración de que las metas propuestas se cumplieron totalmente; sólo vamos a ofrecer el final conseguido. Vamos, por tanto, a describir cómo se construye un protoplasma artificial, y podremos comprobar que es de una lógica y sencillez extraordinarias. Para su construcción basta observar lo que hace un hombre o animal para sostener su vida vegetativa. Primera observación. —El hombre come, y después digiere lo que ha comido, o, lo que es lo mismo, hidroliza los materiales complejos que consti- tuyen sus alimentos habituales.

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Basta, por tanto, con picar finamente los alimentos que puede comer un hombre cualquier día y someterlos a una hidrólisis pépsica, erépsica y trípsica. Filtrar, isotonizar, neutralizar, envasar y esterilizar. Cuando esto salga del autoclave, tenemos dentro de los frascos un proto- plasma muerto.

Segunda observación.—El hombre respira, y al respirar fija oxígeno a la hemoglobina, convirtiéndola en oxihemoglobina. Si agregamos sangre, el protoplasma muerto es aceptado inmediatamente por los virus y los genes, y esto demuestra que ya no es un protoplasma muerto, sino un protoplasma tan dinámico como el de cualquier célula viva. Aquello que no se nos explicó hace veinticinco años hemos podido expli- carlo vetincinco años después. Explicado de esta forma sencilla el fundamento del protoplasma artifical, nos queda dar los datos técnicos necesarios para obtenerlo lo más perfecta- mente posible. Se toman trozos de timo de ternera, hígado, carne, huevos, levadura de cerveza, sémola, etc., y se pica todo finamente. Se agrega agua y se somete a una hidrólisis pépsica en las condiciones conocidas. Después se efectúa una hidrólisis erépsica y trípsica en las condiciones también conocidas. Se agregan en cantidades apropiadas todos los posibles coenzimas en forma de vitaminas A, C, D, E. PP, complejo B, ácido pantoténico y fólico, cobre II, manganeso II, hierro II, cobalto II, magnesio, calcio, cinc, molibdeno, flúor, yodo, cloruro potásico, sales de amonio y fosfatos. Se vuelve a hervir, se filtra, se isotoniza por crioscopia, se neutraliza con potenciómetro y se filtra y esteriliza en autoclave a dos y media atmósferas. Si quedan sedimentos, se vuelve a filtrar, si es necesario, por filtro Seistz, y se vuelve a esterilizar a una y media o dos atmósferas. Antes de esterilizar se pueden agregar antibióticos de amplio espectro, puesto que los virus los resisten perfectamente, y se evitan posibles conta- minaciones de los productos a sembrar. Ya está preparado el protoplasma muerto. Podemos tomar ahora sangre de un cerdo con peste experimental, o de un enfermo con gripe en período febril, o de otra cualquier virosis que evolucione en sangre. Agregamos 0,5 ml por cada 10 de protoplasma artificial, con lo que, a la par de sembrar el virus, le hemos agregado la sangre necesaria para que el protoplasma muerto se convierta en vivo.

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Introducir el frasco en la estufa de cultivos después de sembrado. La observación se efectuará en la forma siguiente: ocular 20, objetivo seco 45, espejo curvo, iluminación artificial. Se agita el cultivo y se toma una gota de él —con una jeringa de insulina o un asa de 0,50 mm de diámetro—, que se deposita en la superficie de un portaobjetos. Se deja caer encima de la gota un cubreobjetos fino, y la preparación se coloca en el carro del micros- copio. Entre la primera y la tercera hora empiezan a aparecer los anteridios víri- cos fijos a los glóbulos rojos, y después irán apareciendo sucesivamente, en

el transcurso de los días siguientes, las imágenes dibujadas en otra parte de

estos trabajos. Los virus están aceptando ya el protoplasma artificial, porque los mate- riales que hemos puesto en él son los que la célula viva les proporciona a los

virus y a los genes. La interrogante quedó despejada. Podemos decir, por tanto, que el protoplasma de las células vivas es sólo un medio de cultivo que les suministra a los virus y a los genes su energía vital, y este protoplasma lo vamos renovando con las excreciones y co- miendo y respirando los seres vegetativos con el instinto de supervivencia, de una alta representación delegada de nuestras colectividades celulares. Es natural que, disponiendo del protoplasma artifical, habríamos de llegar

a conclusiones verdaderamente curiosas que nos tendrían que conducir a presenciar el fluir de la vida vegetativa. Estas conclusiones las vamos a recoger en los tres apartados siguientes.

b) La misteriosa membrana nuclear.

En otro trabajo hemos determinado que los fagos son genes de bacterias hechos autónomos forzadamente cuando las defensas orgánicas, actuando específicamente por inmunidad adquirida, han lisado el protoplasma de algunas bacterias y han dejado libres sus genes. Por esto, cuando un individuo muere de tifus, carece de fagos en su excremento, mientras siempre aparecen cuando el individuo logra superar la enfermedad, y por la misma razón aparecieron en las demostraciones de Bordet y Ciuca —como se refiere en otro lugar—, cuando el cobayo se hizo inmune a los colibacilos después de haber sido inyectado con varias dosis subletales. La bacteria es en estas condiciones lisada, y su gen se libera, quedando en una autonomía forzada.

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Pero ya explicamos que un gen autónomo es un virus, y como virus nece- sita ahora vivir en el seno de una célula viva. Es natural, por tanto, que la busque, y como la más homóloga que en- cuentra es aquella de la cual era gen, revierte en su acción contra la bacteria de que procedía. Creemos que esto se ha explicado y se ha comprendido con facilidad y claridad, así que vamos a lanzarnos más adelante. En el mismo momento que el virus-fago penetra dentro de la bacteria de la que era antes gen, resulta que existen dentro de la bacteria dos estructuras idénticas: una, el gen de la bacteria; otra, el fago, que por haber sido antes gen de otra bacteria igual es igual al gen de dicha bacteria. Pero así como la estructura es idéntica, no es igual su forma de actuar. Ahora hay que explicar la misteriosa actuación de la membrana nuclear. Un gen y un virus son esquemáticamente una masa de DNA cubierta de un mosaico proteico de precursores enzimáticos. Pues bien: el gen está envuelto por esta membrana nuclear, y esta mem- brana impide que los coenzimas existentes en el protoplasma se pongan en contacto con los precursores del gen, que, por tanto, carece de energía para multiplicarse, ya que ha de limitarse a fabricar proenzimas, que no son acti- vados mientras no pasan al exterior de la membrana nuclear, es decir, al protoplasma. La membrana nuclear los controla y los «adormece», evitando que se puedan multiplicar y que recuperen su sentido de unidades vitales. Se puede considerar, por tanto, a los genes como virus controlados y «adormecidos», a los que el resto de la célula no les interesa «despertar». Los fagos y virus no están envueltos por la membrana nuclear, y tienen, por tanto, sus proteínas precursoras en contacto directo con los coenzimas. Recogen, por tanto, sin limitación la energía que dimana de sus ciclos fermentativos, y por medio de síntesis directas se multiplican activamente. Pero de aquí resulta una circunstancia que vamos a explicar a conti- nuación.

c) Otras causas generadoras del cáncer.

Imagínense ustedes, después de haber explicado lo anterior, que la mem- brana nuclear se desgarra o se disuelve en parte o pierde su selectividad físico-química de impedir el paso a los coenzimas.

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Entonces ocurrirá que cuando los coenzimas lleguen a ponerse en con- tacto con las proteínas precursoras de los genes, éstos se «despiertan» y de ser genes pasan a ser virus. Pero son virus que forman parte de una colectividad cromosómica, y como tales cromosomas víricos empiezan a multiplicarse, Ilevando, como conse- cuencia, cada mitosis la aparición de una nueva célula vegetativa, con las mismas deficiencias que su progenitora, y quedará, por tanto, lugar a nuevas mitosis. Esto explica perfectamente la acción de las sustancias cancerígenas del grupo del ciclopentanofenantreno y otras contenidas en el alquitrán de hulla, pues su acción sería destruir o modificar químicamente la selectividad de la membrana nuclear para los coenzimas. Podemos, pues, considerar a nuestras células formadas de dos partes:

una, el protoplasma, que es el medio de cultivo donde se multiplican las unidades vitales víricas y donde viven las unidades vitales génicas, y otra los elementos dotados de vida: los genes. De esta forma se puede considerar a los genes de nuestras células como

a virus «adormecidos» por ellas, y, teniendo en cuenta este concepto, la cirugía ha de considerar a nuestros tejidos como a cultivos de virus, tratán- dolos como a tales. Los tejidos objeto de transplante se conservarán en mejores condiciones y más vitalidad a más baja temperatura, por las razones que explicamos en otro trabajo. Pero ahora vamos a dar el último paso, por ahora, hacia adelante.

d) La pluralidad unificada.

La membrana nuclear ejerce otra función, y ahora explicaremos cómo hemos de entender la pérdida de autonomía, o el «adormecimiento», como unidades vitales, no sólo de los elementos génicos en el cromosoma, sino de

las células en las formaciones y estructuras pluricelulares, y la aparición de una entidad vital de categoría superior, como resultado de la suma de unidades vitales asociadas. Los virus, como elementos autónomos, tienen «sentido de individualidad»; pero el gen agregado a una estructura cromosómica pierde este «sentido», y

la asociación o conjunto de las vidas unitarias elementales de los genes que

componen el cromosoma se suman, apareciendo, como consecuencia, una vida única, que es la de las células cuando están aisladas, o la de los seres unicelulares.

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Una célula compuesta de cincuenta genes dispone exteriormente de una vida única, que es la suma de las vidas de sus cincuenta unidades vitales asociadas. Pero pasa igual con las asociaciones celulares, pues las células pierden su «sentido individual» y entre todas integran una vida, que se traduce al exterior de una forma unitaria, percibiéndose como un todo homogéneo. La vida de los billones de células vivas de un asno se unifican, sumán- dose en una renuncia a la vida autónoma, y la vida del asno se nos pre- senta, en consecuencia, como un reflejo exterior unitario: su asnalidad de asno. Pero si este asno recibe una ráfaga de ametralladora y muere, sólo ha muerto, de momento, su asnalidad, que es la representación de la vida colectiva de sus células. Porque si seguimos los procedimientos de Carrel, Burrows, Levi, Macbruni o los procedimientos de los tambores rodantes y efectuamos explantos, como los llamó Oppel, podremos comprobar que varías horas después de haber muerto la asnalidad, las células del burro están aún vivas. De esto resulta que varios billones de células vivas colectivizadas son un ser vivo, y que esos mismos billones de células vivas autónomas son un ser muerto. Cuando muere el asno, lo que muere es la vida en colectividad de sus células, por haber cesado la respiración y la circulación, que son los instru- mentos de relación que inducen a las células a colectivizar sus vidas y a poner a disposición de la colectividad su emanación vital. Cuando la vida colectiva desaparece, las células quedan aisladas, y, en un intento desesperado, disponen de los materiales de reserva. Es cuando el cadáver pierde la rigidez por haber empezado la autolisis. Los disparos que habían matado al asno sólo destruyeron, de momento, el cemento que unía en un solo bloque a billones de vidas génicas y celulares. Pero la célula muere, a su vez, cuando desaparece la vida en colectividad de sus genes, y los genes, a su vez, cuando, por haberse consumido su núcleo de DNA, queda imposibilitado para poner en marcha sus equipos enzimáticos, esto es, cuando sus enzimas carecen de sistemas energéticos capaces de ayudar en tareas sintéticas. Por último, el enzima, que forma parte de la colectividad enzimática del gen, no puede morir, porque no puede morir lo que carece de vida.

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La vida vegetativa de los seres inferiores y superiores es, como conse- cuencia, el resultado de tres colectivizaciones. Primero se reúne el equipo enzimático que forma al gen; después, distin- tos genes se asocian en equipo cromosómico y dan lugar a la célula, y, por último, se reúnen las células y dan lugar a los seres vivientes. Los genes o virus resultan de la asociación en ciclo completo de unidades funcionales, y son la mínima estructura dotada de vida: son, por tanto, uni- dades vitales. Alrededor de estas dos unidades asociadas en entidades más o menos complejas, gira la vida de todos los seres. Ningún ser vivo, ni incluso los seres unicelulares, son unidades vitales, puesto que resultan de la asociación de ellas. En la célula sólo existen vivos los genes; el resto es su medio de cultivo, al que prestan el necesario dinamismo las unidades funcionales emitidas por las unidades vitales. Los materiales de renovación son suministrados por la respiración y la digestión y circulación, y los productos de desecho elimi- nados por la orina y respiración, funciones efectuadas por el ser complejo, en representación de la comunidad de unidades vitales.

El funcionamiento de las unidades vitales (virus y genes)

(20 de octubre de 1960)

Hemos esperado un poco de tiempo con la finalidad de que las ideas de los demás se vayan aproximando a las conclusiones que ya hemos vertido en los trabajos anteriores, pues bien por la modestia del autor, por falta de difusión, por falta de preparación para una crítica científica honradamente fundamentada, por miedo a ciertos prejuicios filosóficos o con la esperan- zada espera de poder hacer suyas las ideas ajenas, lo cierto y verdad es que parece existir una conspiración de silencio.

Y existe este silencio en contra de los intereses de todos, porque el tiempo

nos irá diciendo que se está perdiendo un período precioso en materias tan fundamentales como el conocimiento de la génesis de la vida y la solución práctica de la mayoría de los procesos tumorales.

Y es precisamente a llevar un poco de claridad a la cuestión, tan funda-

mental, de cómo funcionan las unidades vitales, o sea, de dónde fluye la vida y por qué mecanismo, a lo que va destinado este nuevo trabajo.

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Constará este nuevo trabajo de dos partes. En la primera vamos a demostrar que por los procedimientos seguidos por la bioquímica actual estamos tan lejos de conseguir unidades vitales, que prácticamente puede considerarse como imposible, y, como consecuencia, hemos de llegar a la conclusión de que hacen falta nuevas directrices en la investigación actual para llegar a crearlas, permitiéndonos unas normas que pudieran constituir una especie de escuela vitalista dentro de la bioquímica microbiológica. En la segunda parte vamos a explicar el funcionamiento de las unidades vitales. Una unidad vital está compuesta por un núcleo de DNA y por una cober- tura de dos tipos: una amorfa y otra proteica. Las fracciones proteicas están localizadas aisladamente unas de otras en la parte externa de la unidad vital,

o sea en la periferia, y su número oscila entre unas cuarenta a más de cien. Estas fracciones proteicas o proteínas constituyen, al desprenderse de la unidad vital, los proenzimas emitidos por los genes de las células, y que convierten en dinámico al protoplasma de éstas. También son las fracciones activadas in situ de los virus, gracias a cuya activación les es posible multi- plicarse activamente. Ya habíamos predicho la constitución y estructura de las unidades vitales,

y los que hayan leído los trabajos anteriores tendrán una idea clara de su naturaleza y estructura; pero, para mayor claridad nos vamos a referir a un esquema dado hace sólo unos meses por Finch y Klug, de la Universidad de Londres, del virus de la polio, obtenido por roetgnograma, es un cubo rodeado de satélites en esferas concéntricas a su centro geométrico. Después vamos a explicar cómo funciona esta unidad vital; pero ahora vamos a demostrar la enorme dificultad de proseguir adelante con los proce- dimientos clásicos de la Bioquímica en esta clase de investigaciones. Cada proteína proenzimática de las que constituyen la corona de satélites tiene una distinta ordenación de aminoácidos, y además un número de ellos que lo pasan de la categoría de polipéptido a la de proteína, y ésta es de tal número de aminoácidos que escapa la posibilidad del estudio a todos los procedimientos de determinación de su secuencia estructural, pues no hay ninguno que tenga posibilidades de aproximarse. Así, los procedimientos hidrolíticos, auxiliados de métodos colorimétricos de cromatografía en papel, etc., sólo nos dirán los aminoácidos que componen a la masa total de las proteínas proenzimáticas, pero no su orden en cada una de ellas.

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Tampoco la oxidación por a. pe-iódico, la yodometría, colorimetría, el procedimiento de Fischer de destilación fraccionada de los ésteres metílicos de los aminoácidos, como tampoco el procedimiento de cromatografía en columna de Moore y Stein, ni los procedimientos enzimáticos de descarbo- xilación, ni el procedimiento de la dilución isotópica, ni el método de Sanger, ni el de Edman, ni el de la carboxipeptidasa, nos pueden ilustrar acerca de la secuencia de proenzimas cuyas cadenas peptídicas pasan de 300 aminoá- cidos. Y si esto fuese posible, haría falta, además, un procedimiento suscep- tible de aislar cada proenzima por separado y hacer un estudio de su secuencia. Esto, en la más elemental de las unidades vitales, equivaldría a estudiar cuarenta o sesenta secuencias distintas, y después sintetizarlas y volverlas a colocar en el mismo orden que estaban alrededor del núcleo de DNA. Hay que tener en cuenta también que sólo con variar el orden de un ami- noácido hemos variado totalmente el significado y la índole funcional del proenzima, pues basta poner un ejemplo para comprenderlo: la oxitocina sólo se diferencia de la vasopresina en dos aminoácidos, siendo iguales los siete restantes y estando en el mismo orden, y, sin embargo, tienen activi- dades fisiológicas contrapuestas. La vida, pues, emana del orden. Del orden de los aminoácidos en las cadenas de cada precursor, del orden de cada nucleótido en la cadena de cada ácido nucleínico y del orden de colocación de los proenzimas en la corona de la unidad vital. Y este orden, por muy optimista que se crea el hombre, nunca podrá ser sintetizado en el laboratorio de ningún bioquímico. Podrán efectuarse condensaciones anárquicas de nucleótidos como las llevadas a cabo por los doctores Ochoa y Kronberg; pero de la anarquía al orden va un abismo, lo mismo que de lo muerto a lo vivo. Si no está todo esto aún suficientemente claro, vamos a traer en nuestra ayuda un argumento que nos producirá un poco de vértigo y que nos demos- trará de manera definitiva que hay que variar el rumbo de las cosas tal y como están enfocadas. Hemos dicho que sólo el variar el orden de un aminoácido o sustituirlo por otro en una cadena de 300 aminoácidos hace cambiar la especificidad de éste. Pues bien: hoy tenemos, para sorpresa de todos, los cálculos de Synge. Para una proteína con un peso molecular de 34,000 y sólo 12 amino- ácidos diferentes, con un número total de aminoácidos de 288, hay 10 300 isó-

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meros posibles. Con una sola molécula de cada isómero que existiese, harían un peso total de 10 280 gramos más que la masa total de la tierra, que es de 10 270 . ¿Creen ustedes, después de estos argumentos, que se pueden crear unidades vitales por síntesis en el laboratorio? Nosotros creemos que no, porque, aunque se crearan las cuarenta proteínas distintas —cosa imposi- ble—, ahora hacía falta ordenarlas no sólo unas con respecto a otras en la corona exterior de la unidad vital, sino también con respecto a un orden asimismo específico del DNA, como veremos luego.

Y aunque ya el doctor Ochoa nos ha explicado cómo el DNA y el RNA

tallan la proteína, nos queda por hacer una reflexión que podemos traducir en una interrogante popular que dice: «¿Quién fué antes: la gallina o el huevo?», y que, llevado al terreno que nos interesa, se puede traducir por

esta otra: «¿Quién fué antes: la proteína o el RNA y el DNA?».

Si fué antes la proteína, fué ésta la que talló al DNA. Si fué antes el DNA,

fué éste el que talló a la proteína. O sea, si es cierta nuestra tesis de que la agrupación «instintiva» de enzimas en equipo puede originar una unidad vital, es cierto que esta colec- tividad se talla su propio núcleo central —su presa de energía, como decía- mos en el décimo trabajo—, y en este caso es la proteína la que se talla inicialmente su núcleo de DNA, aunque después se deje tallar por el molde fabricado por ellas. Las ideas iniciales para el cambio de rumbo con vistas a la creación de unidades vitales —sin que con esto pretendamos crear ninguna escuela— es seguir la mecánica seguida por la Naturaleza, y que se desprende de los primeros trabajos. En la aparición de un virus de la peste porcina, por ejemplo, hemos visto en nuestros primeros trabajos cómo algunas bacterias consideradas como productoras de infecciones secundarias lo terminaban de «construir» al cederle enzimas, y que el virus tenía el mismo tropismo que la última bacteria donante de los últimos enzimas, cuyo acoplamiento había dado por resultado la conversión de un provirus en un virus completo. Es cierto que nada de esto se efectúa con carácter de espontaneidad, y que hace falta una inducción; pero esta inducción la podemos provocar. Pongamos un ejemplo de cómo se puede provocar esta inducción: tome- mos unos 15 cerditos e inyectémosles a cada uno por vía intraperitoneal una bacteria distinta de las productoras de enfermedades porcinas, en cantidad

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subletal. Después de un período de inoculaciones periódicas, unamos los exudados peritoneales de todos a las pocas horas de la última inoculación e inyectemos este exudado conjunto a nuevos cerdos de prueba. Es muy fácil que hayamos sintetizado por vía vitalista, o sea, dejando que los distintos elementos se ordenen a su manera, una unidad vital: el virus de la peste porcina. Porque si hemos partido de bacterias solamente, y después hemos filtrado los exudados peritoneales, con lo cual eliminarnos las bacterias de que hemos partido y aparece un virus de peste, no cabe duda de que, al no haber existido anteriormente, ha sido «fabricado». Puede que ortodoxamente esto tampoco pueda considerarse «crear vida», puesto que el virus pestoso se ha podido formar por agregaciones de genes autónomos —es decir, de fagos procedentes de los genes de las bacterias, como ya fue explicado—, y estos fagos tenían ya vida; pero por algo hay que empezar. Vamos ahora a explicar nuestra interpretación de cómo funcionan las unidades vitales en esta segunda parte.

Observando el esquema antes aludido se ven claramente tres clases de elementos o estructuras: 1) La corona exterior de precursores, de naturaleza puramente proteica, separados uno de otro cada elemento. 2) Una zona amorfa de relleno. Y por último: 3) El cristal central de DNA. Estas unidades vitales sólo pueden vivir en el seno de células vivas, y esto es, como ya fué explicado, porque necesitan encontrarse en un medio donde hallen aminoácidos y nucleótidos libres, que ellos se encargan de condensar y ordenar. Les ocurre igual que a un linotipista. Si le soldamos los caracteres de imprenta que maneja, no podrá componer su artículo de prensa. Si se los colocamos sueltos, los irá tomando ordenadamente hasta componer el artículo de prensa. Pues bien: nuestra tesis es ésta:

La unidad vital —gen o virus— sumergida en el seno de una célula viva encuentra sueltos estos caracteres de imprenta —aminoácidos y nucleóti- dos— y los va ordenando. Pero no hay en la unidad vital un orden solo, sino muchos órdenes, y por esto las cosas deben ocurrir de la siguiente forma:

Observen cómo entre las proteínas precursoras hay zonas amorfas de relleno. Pues bien: en tantos puntos de ella como proteínas precursoras

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haya, existen zonas de condensación.

Esto es: en un virus de 60 precursores existirán 60 zonas de conden- sación. En cada una de ellas van entrando los aminoácidos y los nucleótidos como en el artículo del periódico elaborado por el linotipista van entrando los caracteres de imprenta. Esta unión conjunta de nucleótidos y aminoácidos hace que esta zona tenga estructura amorfa. Esta serie, conforme se va ordenando, se dirige como una corriente de lava hacia el precursor, rellenando el cráter dejado por el pro-enzima emitido con anterioridad. Cuando el nuevo proenzima se desprende, queda un nuevo cráter que vuelve a ser rellenado por la corriente de lava, y esto ocurre en una unidad vital con 60 precursores, con 60 ordenaciones distintas. Esto es natural, porque el cráter posee un relieve especial, y a él no se amolda más que un determinado aminoácido y no otro, una cadena de deter- minado orden y no otra. Lo impiden las tensiones atómicas y las diferentes estructuras espaciales que han de entrar en huecos a medida. Pero la corriente móvil de aminoácidos y nucleótidos se separa al llegar al borde del cráter donde se va a crear o tallar el nuevo proenzima, entrando en él los aminoácidos ordenadamente, mientras que los nucleótidos se dirigen al núcleo —en misión de arroyos que han de llenar la presa energética, como dijimos en el décimo trabajo—, impidiendo que desaparezca por desgaste el núcleo central de DNA. Cuando se agota, como ya vimos que ocurría con los virus mantenidos a 37°, la unidad vital se agota rápidamente por falta de energía. En nuestro protoplasma artificial las unidades vitales encuentran, en las mismas condiciones que en la célula viva, los aminoácidos y nucleótidos libres, además de los sistemas oxidativos, y por ello se multiplican. Sobre este punto también se ha guardado un silencio absoluto, y real- mente son materias sobre las que es casi delictivo el guardarlo.

Multiplicación, mutación y formación espontánea

de las unidades vitales

(5 de diciembre de 1960)

Hemos referido en el trabajo anterior el funcionamiento de las unidades vitales. En éste nos ocuparemos de cómo se multiplican, fundamento de las

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mutaciones y de su formación espontánea a partir de «enzimas vitali- zados». Para recordar la estructura de estas unidades vitales (virus, fagos y ge- nes) vamos a repetir gráficamente la figura del trabajo anterior.

a repetir gráficamente la figura del trabajo anterior. Pero esta estructura es la que deben tener

Pero esta estructura es la que deben tener en pleno funcionamiento en el interior de las células vivas, pues al salir de ellas, o al morir las células que los albergan, se protegen con una membrana impermeabilizada por la pre- sencia de lípidos, para evitar que sus proenzimas sufran activación por coenzimas extraños a los habituales. Esta cubierta membranosa es la que diferencian en protoplasmas ciertos tipos de virus, dando lugar a los «gérmenes bacterianos de salida» cuando las condiciones del medio inerte al que han sido incorporados lo permiten. Cuando un virus no es capaz de dar una «bacteria de salida», o las condi- ciones del medio natural o artificial inerte al que ha ido a parar no son apro- piadas, agotarán más o menos rápidamente su reserva energética en lo que influye el grado de hidratación y la temperatura, terminando por su inactiva- ción y reducción a simples enzimas. Si la unidad vital se pone en contacto de nuevo con una célula viva, se desprende de la membrana de emergencia, lo cual puede hacer por dos procedimientos.

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Si tiene acceso directo al protoplasma, penetra en él, y allí se produce el estallido dehiscente de la membrana, que libera a la unidad vital. Si no tiene acceso, emite una prolongación funicular, que se fija a la mem- brana protoplasmática de la bacteria, y después, en una especie de parto a través del funículo, pasa la unidad vital desnuda al interior de la bacteria, en el caso de los fagos. Pero es muy posible que no pase la unidad vital entera, sino fraccionada en «subunidades».

la unidad vital entera, sino fraccionada en «subunidades». La figura 2 representa la forma dehiscente de

La figura 2 representa la forma dehiscente de un protomyces, y es sufi- cientemente demostrativa del primer caso. El segundo caso, representado en la figura 3, es fácilmente visible cultivando ciertos virus en nuestro protoplas- ma artificial, y representa lo que hemos definido en trabajos anteriores como fases anteridiales. Veamos ahora qué es lo que ocurre cuando la unidad vital —virus o fago— se encuentra en el seno de la célula viva y procede a multiplicarse.

que ocurre cuando la unidad vital —virus o fago— se encuentra en el seno de la

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Conocemos la forma de reproducirse de cualquier célula, en las cuales la mitosis produce una duplicación exacta del equipo cromosómico, pues cuando la célula se divide por la mitad, las dos células hijas son exactamente iguales. Observemos ahora la figura 1 y veremos que, por dondequiera que se parta la esfera de la unidad vital, no quedan dos mitades iguales cualitati- vamente consideradas, pues cada una se llevaría una parte del equipo proenzimático, resultando dos fracciones incompletas o provirus que no se automultiplican, porque no pueden completar ciclos bioquímicos de los que captan la necesaria energía para multiplicarse. En consecuencia, no hay procedimiento ni posibilidad de automultipli- cación de esta manera, y necesariamente tiene que utilizar otra, sucediendo la curiosa circunstancia de que la unidad vital se desgrana, dando lugar a tantas unidades inferiores o «subunidades» como proenzimas tenía aso- ciados la unidad vital.

como proenzimas tenía aso- ciados la unidad vital. Estas «subunidades» o «enzimas vitalizados» deben tener

Estas «subunidades» o «enzimas vitalizados» deben tener la estructura que esquemáticamente se representa en la figura 4, y la reunión de todas ellas componen la esfera de la unidad vital. ¿Qué hacen, una vez dispersas, estas «subunidades»? Oigamos la opi- nión de Luria:

«La importancia del ácido nucleínico para la reproducción de los fagos se puede deducir de investigaciones químicas. Los fagos constan aproximada- mente de un 40 por 100 de ácido desoxirribonucleico, no conteniendo ácido

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ribonucleico; pero las células que los hospedan —colibacilos, por ejemplo— poseen ambas clases de ácidos. Al penetrar el fago en estas bacterias se invierte el metabolismo del ácido nucleínico en ellas, de tal modo que sólo se forma ácido desoxirribonucleico, y de la misma forma se invierte también la síntesis proteica, pues la bacteria infectada forma exclusivamente albúmina de fago. Si se modifica la síntesis proteica, la bacteria infectada cambia también la síntesis del ácido nucleínico en la medida correspondiente, y de estos resul- tados puede sacarse la conclusión de que la formación de la proteína del fago tiene que ajustarse necesariamente a la del ácido nucleínico del mis- mo.»

En otro trabajo decíamos que la unidad vital estaba formada por la aso- ciación de «unidades funcionales», y ahora vemos cómo se separan éstas, independizándose, para multiplicarse, bajo las formas llamadas por Schramm «subunidades». Esta forma de multiplicarse aisladamente cada «enzima vitalizado», para luego volver a reunirse, es la única forma viable de que se pueda reconstruir exactamente la nueva unidad vital. Pero ¿de dónde nace la posibilidad de que la «subunidad» de Schramm, o «unidad funcional vitalizada» o «enzima vitalizado» nuestro, sea capaz de automultiplicarse una vez separada de la unidad vital, y cuál es el meca- nismo íntimo de esta multiplicación? Hemos referido antes que, según Luria, «al penetrar un fago en una bacteria se invierte el metabolismo del ácido nucleínico de la bacteria, de tal forma que sólo se forma ácido desoxirribonucleico». Esto quiere decir que el «enzima vitalizado» o «unidad funcional vitali- zada» dotada de un potencial energético que ella arrastró al deshacerse la «unidad vital», transforma el ácido ribonucleico de la bacteria en ácido deso- xirribonucleico propio, previa hidrólisis, pues no puede aceptarlo con la misma ordenación que el ribonucleico tiene en la célula bacteriana. Hemos de recordar que en anteriores trabajos hablábamos de que la transformación del RNA en DNA, con hidrólisis intermedia, dejaba libres nucleótidos desoxirribonucleicos, y que estos sistemas energéticos — no mencionados antes por nadie, que sepamos— eran los que proporcionaban la suficiente energía para la automultiplicación, estando, por tanto, adscritos a menesteres reproductivos, mientras que el ATP y ADP normales parecen más bien utilizarse en faenas metabólicas.

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Si observamos la figura 1, nos hemos de imaginar la «subunidad» o «uni- dad funcional vitalizada» como una fracción de la «unidad vital», y, por tanto, constituida cualitativamente como esta última, pero dotada de un solo proen- zima. Estará formada, por tanto, por el proenzima; una zona inactiva a los rayos Roentgen, formada posiblemente por mezcla de proteínas y DNA, y una tercera zona en la parte aguda de la cuña, formada exclusivamente por DNA, tal y como se representa en la figura 4. Examinemos ahora el mecanismo íntimo de la duplicación. Friederich Freksa da una interpretación fisicoquímica, y, en su opinión, «la multiplicación comienza porque el "duplicante", es decir, Ia unidad que se encuentra en trance de multiplicarse, en nuestro caso el proteico vírico, atrae los materiales apropiados y los une químicamente entre sí de una forma específica, suponiendo que en este proceso intervienen fuerzas de Coulomb. En su opinión, sobre el tipo de cargas específicas de la proteína con capa- cidad multiplicativa, debe formarse la misma proteína con idéntico modelo de cargas. »La cuestión es cómo se logra así reproducir estructuras idénticas, pues si ello es en realidad posible, puede presumirse que el positivo, esto es, la albú- mina que ha de reproducirse, se transforme en su negativo. »Esta transformación tendría lugar mediante el ácido nucleínico, de tal forma que los grupos electronegativos del fosfórico del mismo se unen a los positivos de la arginina, con lo que se obtiene una ordenación bipolar espe- cífica. »En el negativo que se origina se forma el positivo de la nueva proteína como en una placa fotográfica. »La neoformación de las estructuras hijas sólo puede tener lugar en la superficie de la molécula que va a reproducirse, y, por tanto, cuando la superficie del "duplicante" es susceptible de reaccionar con el medio. »Este no es el caso de una molécula vírica compacta, pues es más posi- ble si ésta se descompone en pequeñas unidades, o sea, cuando se forman "subunidades" como formas propias de la reproducción. En virtud de esta división, se transforman en un estado dinámico y más apto para reaccionar por engrosamiento de la superficie de contacto con el interior de la célula hospedadora». No estamos de acuerdo con esta opinión de Freksa en cuanto a que el desgranamiento de la unidad vital lleve como finalidad un aumento de super- ficie, pues nuestra interpretación de esta dispersión es la siguiente:

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Cada proteína proenzimática de las que componen la unidad vital es distinta de las demás en cuanto a su ordenación en aminoácidos, y, por tanto, estructural y funcionalmente distinta, como corresponde a la diversidad de funciones que han de realizar en el ciclo bioquímico regido por la unidad vital. Como cada proteína proenzimática de la unidad vital ha de ser tallada por un DNA distinto, por ser distintas unas de otras, existe la necesidad de que cada una posea su propio molde de DNA, resultando que en la zona subya- cente a cada proteína existe un DNA que le corresponde específicamente. Como cada unidad vital puede tener un equipo superior a las 60 unidades, resultaría que tendrían que existir 70 o más tipos de DNA diferentes. Esta circunstancia concede tal complejidad a la unidad vital, que se im- pone, por esta sola razón, la dispersión. Otra razón es que el DNA ocupa en la unidad vital el centro, y como de él procede la energía que se ha de utilizar en la duplicación, debe quedar al descubierto, y para ello no existe otra posibilidad que la dispersión de cada «unidad funcional vitalizada» por separado, pues para la misión de elaborar y suministrar proenzimas basta con la condensación de aminoácidos y nucleó- tidos libres sobre las zonas de condensación de la unidad vital, como explicá- bamos en el trabajo anterior; pero para automultiplicarse necesitan captar la energía que emana de la hidrólisis del RNA celular, y esto no es posible si la «unidad funcional» independizada no actúa catalíticamente con su enzima, y aporta inicialmente para ello su propia energía, representada en su fracción específica de DNA que, como consecuencia de la dispersión, queda al descubierto. Y, por último, esta dispersión representa una confirmación de nuestras teorías, apoyadas en observaciones clínicas en numerosas epi y enzootias, pues si la unidad vital se formó por asociación espontánea de «enzimas vitalizados», éstos no han perdido el concepto de «unidades funcionales», y se dispersan, se automultiplican y vuelven a reunirse para formar la «unidad vital efectiva», que en este caso resulta de la suma de «unidades funcionales vitalizadas». En el primer trabajo decíamos que «realmente las funciones autónomas de los enzimas no podíamos considerarlas como manifestaciones vitales, puesto que los enzimas no se multiplican por sí solos, pero que estas mani- festaciones autónomas, que se efectúan con completa independencia del ser que los creó, llevan indiciariamente una actividad, que es en sí la más ele-

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mental manifestación de vitalidad». Ahora vemos que si el enzima va unido a una carga de DNA, no sólo dispone de capacidad funcional de tipo enzimático, sino que es capaz también de automultiplicarse. Esto da una enorme fuerza a nuestro punto de vista, expuesto en octubre de 1952 en la revista Medicamenta, edición de Farmacia, en donde decía- mos, en el trabajo titulado «Sobre la procedencia, formación y naturaleza de los virus filtrables», que «la suma de moléculas carentes de vida propia — enzimas— dan, por asociación, lugar a un complejo molecular dotado de vida propia y susceptible de multiplicarse, aunque esta multiplicación esté vincu- lada a la presencia de células vivas». Ahora va resultando completamente comprensible que los «enzimas vita- lizados» pueden reunirse unos con otros, dando lugar a la aparición de la «unidad vital», pues es claro que si ya poseen cierta autodeterminación y su enzima sólo cataliza una función, tienda a agruparse con otros que com- pleten un ciclo sintético y liberatorio de energía utilizable por ellos, pues si bien el «enzima vitalizado» es capaz de automultiplicarse, esto se debe exclusivamente a la carga de DNA elaborado en la unidad vital, pues la «subunidad» consume la que le ha cedido la unidad vital, pero es incapaz de regenerarla ella misma por lo que ha de volver a reunirse en equipo para cargarse nuevamente de la energía consumida. Nosotros explicamos la duplicación de las «unidades funcionales vitali- zadas» de la siguiente manera:

Estas «unidades funcionales vitalizadas» o «enzimas vitalizados» trans- forman el RNA protoplasmático de la bacteria o célula parasitada en nucleó- tidos libres por hidrólisis. Esta hidrólisis, como proceso exergónico, da lugar a una liberación de energía que queda acumulada en el sistema, con probable transformación del adenílico en ATP. Posteriormente, este ATP ribósico se transforma en desoxirribósico, y no sabemos si la pérdida del oxígeno oxidrí- lico en 2 de la ribosa, para transformarse en 2-desoxirribosa, signifique otra elevación del potencial energético; pero es posible que posea alguna inter- vención de este tipo. Posteriormente viene la condensación del ATP, y los demás nucleótidos fosforilados en el proceso anterior, sobre la cara libre de la proteína enzimática de la «unidad funcional vitalizada», dando lugar a DNA, que se ajusta a la estructura de la proteína.

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Esta condensación como proceso endergónico necesita aporte energético; pero, como hemos visto, los elementos a condensar llevan acumulada en sí la necesaria energía para ello. El proceso íntimo debe efectuarse de la siguiente manera:

Sabemos que la proteína proenzimática es de naturaleza globular, y que este tipo de proteínas tiene sus cadenas de aminoácidos arrolladas en espi- ral, pudiéndose considerar como un ovillo de lana de los que utilizan las mujeres para hacer punto.

Esta misma circunstancia nos hace pensar en la posibilidad de que no sea cierta la hipótesis de Freksa cuando dice que «en el negativo que se origina, se forma el positivo de la nueva proteína como en una placa fotográfica», pues resulta claro que un negativo sólo reproduce el relieve exterior de las cosas y solamente una de sus caras. Pero ¿cómo puede ser impreso por este procedimiento la disposición y estructura de las cadenas interiores y de la cara posterior del ovillo, repre- sentados por las espirales que componen la proteína globular? Está claro que por este procedimiento sólo lograríamos copiar la superficie externa de una de las caras. Hace falta encontrar otra explicación, y nos parece más lógica la que explicamos a continuación. El ovillo que representa la proteína globular se va deshaciendo empezando por una punta y acoplándose a otra cadena de DNA que se le va acoplando por condensación, siguiendo la estructura espe- cífica del hilo proteico que se va desarrollando. Cuando ha terminado totalmente de desenrollarse el ovillo, el proenzima del «duplicante» ha pasado al «duplicado», y en la zona subyacente a esta proteína se ha formado una zona de DNA, puesto que la cadena proteica se ha vuelto a separar de la cadena de DNA. Si ahora tiramos de los dos cabos finales de ambas cadenas, nos traeremos dos cadenas distintas, pero coinci- dentes en sus huecos espaciales, en sus afinidades polares y en todas las circunstancias que hacen una cadena específica para la otra. En el «duplicante» queda ahora el cráter donde descansaba su proenzima vacío; pero conserva los huecos y relieves, y vuelve a condensarse otro proenzima en la forma explicada en el trabajo anterior, acompañado de otra cadena de DNA, que entra a suplir el DNA gastado en la hidrólisis del RNA celular, conservándose algo más la reserva energética del «enzima vitali- zado».

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Es posible que la hipótesis de Freksa en lo relativo a la intervención de fuerzas de Coulomb sea cierta, puesto que hace falta una fuerza de esta naturaleza para atraer los nucleótidos hidrolizados hacia la cadena proteica. Pero aún no hemos analizado la función de la zona inactiva de los «enzi- mas vitalizados» y el papel que desempeña. Para nosotros se trataría de una zona de reserva, es decir, que en esa zona la cadena de aminoácidos no se ha despegado del DNA, y en caso de emergencia se despegan, dando lugar a un último pro-enzima y a una última reserva energética. Al terminarse la duplicación, los dos «enzimas vitalizados» se separan, iniciando cada uno por su lado una nueva duplicación por el mismo meca- nismo, resultando que en el «duplicante» el DNA talla a la proteína proenzi- mática, pero en el «duplicado» es la proteína la que talla al DNA, por lo que sigue sin determinarse si fue antes la gallina o el huevo. Nosotros creemos que en vez de seguirse diciendo que el DNA talla o fotografía a la proteína, se debe decir que le saca una película en toda su longitud conforme se va desenrollando. La serie duplicativa continúa sostenida por lá energía metabólica de la célula viva parasitada, hasta que ésta muere al haberse transformado casi todo su RNA en DNA, por pasar éste, así como la proteína propia de la bac- teria, a las «subunidades fágicas». Durante este proceso multiplicativo existe un período de latencia en cuan- to a contagiosidad, porque los «enzimas vitalizados» no son contagiosos; pero al terminar este período aumenta de repente la contagiosidad de 100 a 400 veces, para permanecer después a título constante. Este crecimiento de la contagiosidad coincide con el momento en que los «enzimas vitalizados» se reúnen de nuevo para recomponer las unidades vitales: virus, fagos y genes, momento en que la bacteria sufre la lisis, que- dando libres los nuevos fagos. La polaridad —cuyo tipo ya fué explicado— impide que entren dos «enzi- mas vitalizados» de la misma naturaleza en la unidad vital, y así la recons- trucción por reunión se hace de idéntica forma a la estructura del virus madre o inicial, a menos que existan libres otros «enzimas vitalizados» extraños, pero acoplables, en cuyo caso entran a formar parte del equipo proenzimá- tico de la unidad vital, con la consiguiente ampliación y mutación de caracte- rísticas.

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Recordemos que esto fue explicado por nosotros el año 1952 en la revista Medicamenta, y posteriormente en el primero de estos trabajos al referirnos a la mecánica de formación de variantes del virus de la glosopeda. Esto es perfectamente comprensible, y lo confirma el hecho, demostrado por Doermann y Anderson, de que los bacteriófagos son capaces de inter- cambiar factores genéticos, pues al infectar un bacterium con dos fagos distintos T 2 y T 4 r, se encuentran después recombinacíones de las formas T 2 r y T 4 junto a los padres. Pero no ocurre esto solamente en los fagos, pues también dos genes pertenecientes a dos bacterias distintas pueden intercambiar factores gené- ticos, y así parecen haberlo demostrado recientemente los biólogos del Instituto Pasteur Francois Jacob y Edouard Adalberg, que lo explican así:

«Se creía hasta ahora que, fuera del acoplamiento de un macho con una hembra, no podía haber transmisión de elementos genéticos de célula a cé- lula. La ley parecía ser que la mitad de los cromosomas del macho y la mitad de los cromosomas de la hembra se unían entre sí para aportar a la célula nueva su patrimonio hereditario». Pero han demostrado que en las bacterias pueden producirse transfe- rencias genéticas de célula a célula fuera de toda sexualidad, lo cual quiere decir que un elemento genético se transfiere a otra célula sin que haya acoplamiento. Han utilizado para sus experimentos colibacilos con dos características distintas. En una probeta han colocado colibacilos machos con factor sexual F, y en otra colibacilos hembras. Después de haber mezclado el contenido de ambos tubos, comprobaron que las hembras (invertidas en machos) habían ganado o perdido diversas propiedades, lo que significaba que, unidos al factor sexual F de los primeros machos que había pasado a las hembras, iban unidos otros caracteres independientes del factor sexual. Todo esto demuestra hasta la saciedad que nuestro punto de vista de que los fagos son genes autónomos, y los genes, fagos controlados por la mem- brana nuclear, es cierta, por la razón, para mayor abundamiento, que conse- guimos demostrarlo experimentalmente e interpretar correctamente el fenó- meno, repitiendo experiencias mal interpretadas por Bordet y Ciuca, como describimos en otro trabajo. Apliquemos también ahora estas ideas a nuestro concepto del progén cancerígeno, y verán cómo es fácilmente explicable que un gen al que se le

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ha destruido, por acción física o química, parte de sus proenzimas, puede

recuperarlas por acción polar de otros «enzimas vitalizados» procedentes de

la dispersión multiplicativa, o de la dispersión génica, por lisis inmunitaria, de

bacterias, hongos patógenos o apatógenos y agentes en general, a los que llamábamos en los primeros trabajos «formas madres de los virus del cán- cer», porque teníamos la seguridad de que cedían algo que intervenía en la cancerización celular. Después de todo lo que se ha explicado en este y en todos los anteriores trabajos, ¿hay quien dude todavía sobre la realidad de la mecánica del

progén de nuestro protoplasma artificial, de que podíamos cultivar virus en él

y verlos en un microscopio ordinario, de que sean una realidad nuestros

sistemas energéticos desoxirribos, de que nuestro fallo al pleito de la bacte- riofagia demostrando que los fagos son genes autónomos, y de que los

procedimientos de lucha anticancerosa por vacunoterapia específica antien- zemática no sean una realidad? Hemos sido precursores de estas ideas, y van siendo comprendidas cuando los demás se van aproximando; pero aún tendremos que esperar

más, para que nuestras ideas del año 1952 sobre la formación espontánea de unidades vitales por agregación de «enzimas vitalizados» entre dentro de

la mentalidad de los investigadores de nuestra época.

Terminamos esta primera parte de este trabajo dando consignas para que la «escuela vitalista o biogenésica» que preconizamos en el anterior trabajo tenga una orientación clara sobre el camino a seguir para alcanzar la meta de crear vida. El mecanismo que da lugar a la vida es el siguiente: La «unidad funcional enzima», al unirse con DNA, da lugar a la «unidad funcional vitalizada» o «enzima vitalizado». La agrupación en equipo de estas unidades da lugar a la «unidad vital»: virus, genes y fagos; y ya vimos en otro trabajo que la asociación de genes daba lugar a la vida colectivizada y discontinua de las células y que la asociación de estas últimas en grandes colectividades daba lugar a la vida vegetativa colectivizada y discontinua de los seres superiores. Para que sea aceptada esta idea hemos de esperar mucho tiempo, quizá más del que nos quede de vida; pero sabemos que otras generaciones la aceptarán. He aquí, pues, el camino abierto para dar el último asalto a la creación de unidades vitales, o sea, para crear vida:

1.° Vitalización de enzimas.

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2.° Reunión de los necesarios para formar un equipo completo.

Esta reunión dará lugar a una unidad vital, a un ser vivo, partiendo de materiales carentes totalmente de vida propia. Se nos ocurren bastantes procedimientos para llevar esto a cabo; pero no contamos con medios para llevarlos a la práctica. Quizá en alguno de los trabajos que faltan por publicar demos la pauta de estos procedimientos. ¿Que cómo ocurrió todo esto en la Naturaleza? Se tomó una coctelera marca «Universo». Se pusieron en ella cadenas hidrocarbonadas generadas por hidrólisis de los carburos, amoníaco y nitrógeno procedentes de hidrólisis de los nitruros, azufre de las sulfatasas y minerales, oxígeno, sodio, etc. Se agitó durante unos cuantos millones de siglos, y el Creador agregó su deseo de que la materia inanimada se organizase. Y como fue su deseo, la vida surgió. Los que sólo poseen opiniones destructivas, por la razón de que es más fácil destruir que crear, quizá opinen que este trabajo es excesivamente especulativo; pero nosotros vamos a demostrarles que especulamos cons- tructivamente y que los hechos se aproximan casi exactamente a las ideas expuestas. En prueba de ello, vamos a dar una pauta general de preparación de vacunas antivirus basada precisamente en las ideas que se han vertido en este trabajo. Todos sabemos que los virus se conservan bien por el frío y por liofili- zación, y que se inactivan más rápidamente mientras más nos acercamos en su conservación a las condiciones de temperatura de las células de las que eran parásitos. Pero vamos a analizar en qué consiste esta inactivación, y para mayor claridad vamos a valernos de un símil. Vamos a considerar a un virus como a una batería de un automóvil, a la que van conectadas sesenta lámparas. La batería con las luces encendidas y sin conexión con la dínamo es un virus mantenido a 37° fuera de las células vivas, pues se inactiva o descarga con rapidez. Una batería desconectada de la dínamo, pero con las luces apagadas, es un virus liofilizado o refrigerado, pues así conserva la virulencia o carga mucho tiempo. Una batería con las luces encendidas, pero alimentada por una dinamo, es un virus a 37° en el seno de una célula viva.

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Las bombillas son las «unidades funcionales» proenzimáticas de que consta la unidad vital, y la batería, la carga energética de su núcleo central de DNA, cuyos elementos nucleótidos se liberan y fosforilan cuando hace falta, convirtiéndose en sistemas energéticos. Establecidos estos conceptos, vamos a dar la pauta para la preparación de vacunas antivirus, de utilización principalmente en casos de emergencia. Estos casos son, por ejemplo, el de una guerra bacteriológica, para pre- parar grandes cantidades de vacuna cuando no se pueda preparar en canti- dad suficiente por otros métodos o en caso de que, siendo la morbilidad igual a la mortalidad, no se puedan preparar sueros anti, o en el caso de que, por aparecer a la par múltiples variantes de un mismo virus, se puedan volver ineficaces otros procedimientos más lentos, o en el caso de una virosis cuya única posibilidad de combatirla exija un largo proceso de adaptación a otra especie animal, etc. Vamos a operar, para nuestra experiencia, por ejemplo, con el virus de la peste porcina, y procederemos de la siguiente forma:

Tomamos sangre virulenta y le agregamos antibióticos para eliminar contaminaciones. Ponemos esta sangre en una estufa de cultivos a 38,5°, y a las doce horas de estar en la estufa sacamos dos centímetros cúbicos e inoculamos a un cerdo. A las veinticuatro horas hacemos igual con otro cerdo, y así de la misma forma cada doce horas más. Los cerdos que han sido inoculados con sangre de menos horas de permanencia en la estufa mueren de forma aguda; los que han sido inocu- lados con sangre de mayor exposición, mueren de forma menos aguda, hasta que se llega a un cerdo que llega a tener una ligera curva febril, pero que no muere. Anotemos el número de horas que tenía de exposición en la estufa la sangre inoculada a este último cerdo. Afinemos más: inoculando otros cinco cerdos con sangre sostenida dos, cuatro, seis, ocho y diez horas menos, para determinar con más exactitud el número de horas necesario para que no mate, pero que produzca un ligero estado inmunitorio. Una vez precisado este extremo, inyéctese un lote de diez cerdos para averiguar el tanto por diez posible de bajas. Si no se producen, Inyéctese otro lote de cien cerdos para averiguar el tanto por ciento de muertes posi- bles. Caso de que sea completamente inocua, ya puede emplearse como primera dosis. Como segunda se puede poner otra sangre menos inactivada,

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e incluso como tercera otra más activa, si queremos reforzar la inmunidad en mayor grado. Las dosis deberían aplicarse cada quince días. Este es un procedimiento general aplicable a casi todos los virus Conocemos muchos casos de procesos víricos abortivos, aunque Ia mayoría de los casos son inaparentes, en los que algunas veces juega un gran papel la resistencia del huésped; pero en otros es decisiva la pérdida de virulencia —quizá por este mismo mecanismo— del agente etiológico. Sólo falta, para hacer esta vacuna prácticamente utilizable, sacar la san- gre o tejidos virulentos de la estufa a la hora exacta y proceder en seguida a su congelación y liofilización para que el punto de inactivación no siga decre- ciendo, lo que arrastraría la pérdida total del poder inmunizante. Por qué ocurren estas cosas así, nos lo da resuelto la especulación. Hemos visto que cuando un virus penetra en una célula viva se dispersa en «unidades funcionales vitalizadas» o «enzimas vitalizados» —como hemos bautizado a las «subunidades» de Schramm, porque ésta es el concepto que tenemos de ellas—, y que éstas se duplican porque disponen de los suficientes elementos para ello. Pero si procedemos a descargar paulatinamente su energía, o sea, el DNA, su batería, al forzarlos a vivir fuera de células vivas a temperatura eugenésica —con lo que no tienen más remedio que gastarla—, llegará un momento en que los «enzimas vitalizados» necesitarán cargarse nueva- mente antes de iniciar la duplicación, gastando en este menester mayor tiempo mientras más descargados estén. Cuando ese tiempo dé la necesaria tregua al organismo para que éste organice sus defensas, los enzimas vitalizados son destruídos por los antis del suero, y, por tanto, no podrán volver a reunirse para formar el virus. Cuando están descargados del todo, ya no son «enzimas vitalizados», sino solamente enzimas, que, por haber agotado su DNA, carecen ya de la capacidad de multiplicarse y del poder antigénico referido al virus total. Si tienen carga energética, pero no la suficiente para matar, como el virus está formado por «enzimas vitalizados», la adquisición de inmunidades parciales contra cada uno de los que componen el virus por separado produ- cirá una inmunidad global contra el virus por infección abortiva.

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La mecánica de la cancerización

Preparación de vacunas anticancerosas: Crítica del tratamiento

anticanceroso por «lisado de corazón de vacuno»

(5 de enero de 1961)

CONCLUSIONES PREVIAS

Para comprender bien este trabajo hace falta que recordemos que en los anteriores hemos llegado, en materia cancerológica, a las siguientes conclu- siones:

1. a Que la agregación de enzimas procedentes de «hongos y bacterias do- nantes de enzimas cancerígenos», a un gen parcialmente destruído —nues- tro progén— determina la aparición de la célula cancerosa, si los enzimas agregados poseen ciertas cualidades que ya especificábamos. 2. a Que la colocación de un gen de estas mismas bacterias u hongos entre los componentes de un equipo cromosómico celular, hasta donde es atraído por un gen gemelo a otro destruido totalmente, en virtud de aparición de polaridad, acarrea asimismo la cancerización de la célula. 3. a Que la colocación entre los genes del equipo cromosómico de una célula, de un gen extraño, aunque no sustituya a ningún otro destruído, ni

sea atraído en virtud de ninguna polaridad, pero que sea aceptado voluntaria

o forzadamente por la célula, acarrea asimismo la cancerización, cuando

dicho gen proceda de algunos de los «agentes donantes de enzimas y genes

cancerígenos». En estos tres primeros casos, la acción depauperante, tóxica e invasiva de

la tumoración dependerá del tipo de interferencias que produzcan en el meta-

bolismo del individuo, los enzimas extraños agregados. 4. a Que la pérdida de selectividad física, química o mecánica de la mem- brana nuclear, al transformar el ambiente microaerófilo o anerobio propio del núcleo, en medio aerobio, o al dejar pasar coenzimas protoplasmáticos, transforma el equipo génico controlado por la célula, en un equipo vírico sobre el que ésta ha perdido el control reproductivo. Esta modificación de la membrana nuclear se puede producir por radia- ciones físicas, de variada índole, por sustancias químicas diversas, e incluso

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por acciones mecánicas irritativas. Los tumores de este cuarto grupo serán voluminosos o llegarán a serlo, por su poca acción general depauperante y tóxica, ya que no poseen enzi- mas extraños a la célula. 5. a Que en todos los casos, salvo en el 4.°, hace falta la aportación de enzimas o agentes microbianos procedentes del exterior, cuyos factores comunes son el ser saprófitos —salvo ciertos streptomyces— y eminente- mente aerobios, pero cuyos enzimas trasladados al ambiente anaeróbico propio del núcleo celular, y después de una lenta adaptación a estas circuns- tancias, son el factor decisivo de la cancerización. Ninguno de estos tumores son transmisibles en serie y nada tienen que ver con los puramente víricos, de los que no nos ocupamos aquí.

RAZONES ESTADISTICAS

La estadística de presentación topográfica de las neoplasias malignas en el organismo humano nos da argumentos suficientes —aparte de los que posteriormente se exponen— para comprender que éstos son precisamente los factores de la cancerización. Si fuese cierta la teoría embrionaria, habría que admitir que la célula embrionaria tendría que tener una distribución topográfica puramente casual en los diferentes individuos, puesto que cualquier zona o región de nuestro organismo sería capaz de albergar dichas células. Al hacer una estadística de presentación del cáncer por regiones, nos encontraríamos que debían existir tumores de pie, pierna, espalda, masas musculares, caderas, etc., en la misma proporción que los de mama, laringe, próstata, útero, pulmón, etc. Sin embargo, vemos que esto no ocurre así, sino que la frecuencia de presentación es muchísimo mayor en estos últimos órganos. Es fácil comprender que debiéndose la cancerización a la cesión de enzimas o genes de hongos o bacterias, a progenes celulares, o al equipo cromosómico de la célula, sean precisamente las células que están más en contacto con ellos las más fácilmente cancerizables, y así resulta que es más fácil el cáncer en labios, boca, laringe, pulmón, estómago, intestinos, vejiga, próstata, útero, mama, pulmón, etc., porque al estar estos órganos comuni- cados directamente con el exterior, se encuentran en contacto con abun- dante flora microbiana.

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También es fácilmente comprensible que sea más cancerizable un estó- mago hipoclorhídrico cuyo pH permite la colonización de gérmenes, que la de un estómago hiperclorhídrico, cuyo pH excesivamente ácido mantiene una absoluta esterilidad microbiana. De tan diversa índole y origen pueden ser los enzimas agregados al progén, o los genes microbianos agregados al equipo cromosómico de la célula cancerosa —por proceder de una larga lista de ellos—que podemos considerar la existencia de numerosos tipos etiológicos de tumores, con variadísima bioquímica, malignidad y posibilidades de tratamiento vacuno- terápico. Pero para que dentro de esta complejidad se pueda comprender bien el proceso de la cancerización, vamos a reducir este estudio a un grupo de gérmenes «donantes de enzimas cancerígenos» que por sus características específicas definen la bioquímica de los tumores producidos por sus genes o enzimas, aunque la casi totalidad de estos gérmenes microbianos sean per se totalmente inofensivos —como dijimos en otros trabajos—, ya que cons- tituyen, la mayoría de ellos, la flora normal del suelo. Desde hace bastantes años nos hemos encontrado con relativa frecuencia en la sangre de cancerosos y en tumores de diversa índole —por siembra en medios de cultivo apropiados, que más adelante describiremos— una serie de bacterias aerobias esporuladas, que desechábamos sistemáticamente porque ninguna sospecha recaía sobre ellas, así como nocardias, strepto- myces, ciertos tipos de levaduras y hongos microaerófilos recién aislados, de los que ya dimos noticias en otros trabajos anteriores. Hojeando un día el Traité de Bacteriologie, de E. Macè, de la Universídad de Nancy, editado en París en 1901, nos encontramos una referencia que nos indujo a pensar la intervención de dichos bacilos aerobios esporulados en el proceso de la cancerización. La referencia es la siguiente:

Scheurlen ha aislado por cultivo de tejidos cancerosos una bacteria espe- cial, que considera como el verdadero agente patógeno de la afección. Los cultivos crecen principalmente sobre suero solidificado, y también en serosidades patológicas de pleuresía, ascitis e hidrocele. Los tubos son sembrados con fragmentos o raspados de tumores, toma- dos con todas las precauciones asépticas necesarias, a partir de autopsias, y después de la ablación quirúrgica cuando se trata de tumores operados en

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buenas condiciones, antes de la ulceración y preferentemente de tumores de mama. Llevados los tubos a la estufa a 39°, desde el tercer día se ve cómo toda la superficie se recubre de una película incolora, que se plisa poco a poco, y toma después de varios días o semanas un color amarillo, parduzco, apa- reciendo sobre esta película pequeñas gotas líquidas. Estos cultivos están formados por bacilos que miden de una y media a dos y media micras de largos por media de anchos, y están animados por movi- mientos lentos de oscilación, presentando muchos de ellos esporos elipsoi- dales brillantes. Los bacilos se colorean fácilmente, pero cuando se emplea el método de Gram y se les trata con alcohol, se decoloran en parte, quedando solamente coloreados los extremos. Los esporos de estos bacilos, dice Scheurlen, son los que se encuentran por examen microscópico en el jugo canceroso, mientras que nunca ha conseguido observar los bacilos. Los cultivos sobre suero pueden crecer por resiembra en gelosa, en la que forman, después de doce horas a 39°, una película incolora, brillante, fisu- rada y constituída únicamente por bacilos, pues los esporos no aparecen hasta después de las doce horas. La siembra de fragmentos de tumores directamente en gelosa da casi siempre resultados negativos, pues Scheurlen sólo lo ha conseguido seis veces de setenta siembras distintas. Sobre patata y por resiembra, esta bacteria forma de las doce a las veinti- cuatro horas una película blanca amarillenta, que se extiende por toda la superficie. En caldo ordinario y también por resiembra, se produce un velo superficial plisado blanco amarillento que se extiende por toda la superficie. La inoculación del producto de los cultivos, no ha dado nunca resultados bien demostrativos. Las perras que habían recibido inyecciones en las glándulas mamarias presentaron en el lugar de la inoculación pequeños tumores blandos, del tamaño de un melocotón al de una nuez, y en dichos tejidos pudo comprobar los bacilos de los cultivos. Basándose principalmente en estos resultados, que creyó ligeramente positivos, fué la razón de que considerase a la bacteria por él aislada como el verdadero factor etiológico del cáncer.

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Decía que el estudio de esta cuestión debía ser reproducido y profun- dizado, y consideró curioso el que un organismo que vegeta con tal velocidad en los cultivos evolucionase tan lentamente en el organismo humano y deter- minase una afección de prolongada duración, pues al parecer, debido a su vitalidad y rápida multiplicación, debía ocasionar una marcha rápida y aguda. Domingos Freire confirmó estos resultados obtenidos por Scheurlen y reclamó a éste el derecho de prioridad. Para otros observadores, el bacilo de Scheurlen era sólo una especie saprófita del aire y del suelo, clasificándolo dentro del grupo de los bacilos de la patata, lo que, como vamos viendo, era una nueva confirmación de los resultados.

ESTUDIO DE LA MECANICA DE LA CANCERIZACION POR BACILOS AEROBIOS ESPORULADOS

Toda la descripción de Scheurlen coincide con numerosos gérmenes ae- robios esporulados saprófitos, aislados sistemáticamente por nosotros —que constituyen un amplio grupo del que podemos considerar tipo al bacilo sub- tilis— cuando hemos partido de cultivos de sangre de cancerosos y tumores en medios apropiados, pues es casi imposible obtenerlos directamente por siembra en medios ordinarios. Esta dificultad de aislamiento en medios de cultivo ordinarios directa- mente, demuestra que la permanencia de sus esporos en el seno de los organismos vivos les produce una mutación en sentido heterotrófico, ya que cuando proceden del medio ambiente vegetan en medios muy simples. Esto parece demostrar que estos esporos funcionan de dos formas distintas:

1. a En el medio exterior se deshidratan casi totalmente, cutinizándose, aislándose y suprimiendo totalmente los intercambios metabólicos, en cuyo estado resisten altas temperaturas. 2. a En el seno de los tejidos viven en menor grado de deshidratación y sostienen un metabolismo más o menos precario a través de la membrana esporular que conservan, porque siendo ésta diferente a las defensas orgá- nicas, es una forma de no ser atacada por ellas.

Por esta circunstancia no pasan a la forma vegetativa, ya que ésta si es atacada.

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Estos esporos adaptados a la vida intraorgánica son mucho menos resis- tentes al calor y mucho más heterótrofos. En este último estado pueden determinar a la larga ciertas fibrosis cró- nicas como consecuencia directa del intercambio metabólico que desarrollan en el seno de los tejidos parasitados, pero por acción indirecta —al ceder genes o enzimas— determinan neoplasias. Era muy difícil que Scheurlen y Domingos Freire pudieran explicar en aquella época el mecanismo de cancerización seguido por estos gérmenes, explicado extensamente por nosotros. Al hacer un estudio detenido de este tipo de bacterias nos encontramos con las siguientes circunstancias:

Wissokiwitsch observó en 1886 que inyectando esporos del bacilos subtilis en las venas de animales se fijaban en el hígado y bazo de ellos, y se les podía aislar de estos órganos varios meses después, sin que las citadas vísceras hubiesen sufrido lesión de ninguna clase por su presencia. Ya tenemos, por tanto, gérmenes que pueden vivir mucho tiempo de forma completamente inocua en el seno de nuestros tejidos. Tanto tiempo pueden permanecer en ellos en estado esporular, sin multiplicarse y soste- niendo un metabolismo precario, que el organismo puede crear lentamente un estado de resistencia o inmunidad contra ellos, naciendo por inducción en los genes del esporo un deseo de dispersión que los convierte en genes autónomos, los cuales pueden ceder «enzimas vitalizados» a un progén celular, o instituirse ellos mismos como un gen celular más. Pero existen además razones de tipo bioquímico que establecen un para- lelismo entre estos gérmenes y sus genes y enzimas, y las neoplasias malignas, lo que viene a demostrar en otro terreno que son ciertas todas nuestras apreciaciones. Para comprender bien este paralelismo, tenemos que recordar que dijimos en los primeros trabajos que los virus poseen los mismos tropismos tisulares y actividad patógena exaltada, que las bacterias que los han originado por cesión enzimática. También podemos decir que el progén reconstruido, o el gen extraño aco- plado al equipo cromosómico de una célula cancerosa, ha de tener las mismas características en su actuación bioquímica que las bacterias u hongo que han facilitado la reconstrucción del progén, o que ha cedido un gen com- pleto a la célula tumoral y, por tanto, es de gran interés el poder comprobar

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que existe una perfecta identidad bioquímica entre tumor y gérmenes de este grupo. Petry, Wolf y Beebe encontraron en tejidos neoplásicos menos albúminas

y más cantidad de proteínas incoagulables que en el tejido normal. Loeffler encuentra que el bacilus mesentericus, o de la patata, no puede crecer en medios que contengan exclusivamente hidratos de carbono, sino

que le hace falta la presencia de cierta cantidad de materias albuminoideas,

y que disuelven rápidamente la albúmina de huevo. Vemos, pues, cómo ciertos enzimas proteolíticos de estos gérmenes pueden atacar —una vez agregados al progén celular— a las estructuras proteicas propias de las células neoplásicas, disminuyendo la proporción de albúmina y aumentando por degradación de éstas la cantidad de proteínas solubles. Otra circunstancia en la que se está en completo acuerdo es el alto poder glucolítico de los tumores, habiendo sido observado por Fulcè en 1910 y Saiki en 1911, mientras que Warburg, Nagelin y Possener en 1927 obser- varon que en el suero Ringer y en el sanguíneo todas las células prolife- rantes poseían la propiedad de desdoblar la dextrosa en ácido láctico. En condiciones normales la respiración dispone de este producto por oxidación, pero en los tumores es demasiado pobre, y el ácido láctico se acumula, resultando que el elevado contenido en ácido láctico de las neo- plasias es en gran manera el resultado de una falta de oxidación. Estableciendo el paralelismo, citaremos una observación en Vandebelde, en 1884, que comprobó que privando en parte de oxígeno a un cultivo de bacilus subtilis y efectuando después un examen minucioso de un medio de composición bien definido, donde la bacteria había vegetado un tiempo sufi- ciente, se encontraba que la glicerina y el azúcar habían sido consumidos y en su lugar quedaba ácido láctico y trazas de ácidos grasos. Estas mismas condiciones microaerófilas se producen en el seno del núcleo celular, donde se ha efectuado la unión de los enzimas vitalizados de estos gérmenes con el progén, o donde funciona un gen completo de ellos, pues sabemos por bioquímica que el núcleo está desprovisto de los enzimas

de la oxidación celular y, por consiguiente, que en él no hay respiración y que cuando la glucolisis se produce en condiciones anaerobias, el DNP reducido que se produce en el paso de fosfogliceraldehído a fosfoglicérico no se oxida

a través de la cadena respiratoria y en su lugar actúa sobre el ácido pirúvico reduciéndolo a láctico.

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Esta reacción viene catalizada por la lacticodeshidrogenasa, y es una reacción que se produce en los tejidos cuando no hay suficiente aflujo de oxígeno. Vemos, por tanto, que si los enzimas intensamente glucolíticos de los gérmenes del grupo Subtilis funcionan agregados al progén cancerígeno, el cual a su vez funciona en el seno del núcleo en ambiente anaerobio, la célula cancerosa condicionada a la bioquímica de estos enzimas extraños, ha de tener una glucolisis intensa con gran producción de ácido láctico como pro- ducto final. Pero aún llega este paralelismo más lejos, pues sabemos que las albú- minas normales están formadas por aminoácidos levogiros. Sin embargo, Beard, en 1911, indicaba que las albúminas del tejido can- ceroso estaban formadas por aminoácidos dextrógiros. Posteriormente, Kogl ha descrito también el carácter dextrógiro de las proteínas cancerosas, pues al parecer no tenía conocimiento de las obser- vaciones de Beard. En España ha sido estudiada esta cuestión detenidamente por Obdulio Fernández. Pues bien, miremos hacia la otra paralela:

Los dextroaminoácidos se encuentran muy raras veces en los productos naturales, pero entre estos pocos casos raros, y quizá únicos, podemos citar los siguientes:

El ácido D-glutámico se encuentra en la cápsula del bacilus anthracis y otros análogos a él. Es decir, que es sintetizado por bacilos aerobios espo- rulados. La dextroprolina aparece en la hidrólisis de la ergotinina, que es elaborada por el hongo microscópico claviceps purpúrea. La dextroleucina, dextrovalina y dextrofenilalanina se encuentran en la gramicidina, decapéptido antibiótico sintetizado por estirpes de bacilos espo- rulados aerobios del suelo, el bacilus brevis. La dextrofenilalanina, dextroornitina, D-aspártico y D-glutámico en la bacitracina A, de diversas cepas de bacilus licheniformis. ¿Necesitan ustedes que se profundice más en esta cuestión? Háganlo ustedes mismos, pues nosotros nos encontramos tan huérfanos de medios que prácticamente nos encontramos inmovilizados.

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Tomad cultivos de una bacteria de las del grupo de Scheurlen, aislada de un proceso tumoral, separar el velo, hidrolizarlo y determinar la presencia de tales aminoácidos dextrógiros. Si no existen, ya tenéis una base para entablar una refutación a nuestros argumentos, pero si existen habréis ayudado a la Humanidad, coadyuvando con nosotros a que seamos oídos. Hemos visto en las líneas que anteceden cómo la bioquímica enzimática de los gérmenes del grupo Subtilis, y también de las demás bacterias y hon- gos «donantes de enzimas» a la célula cancerosa, es igual a la bioquímica de las neoplasias malignas. Si a estos razonamientos unimos las observaciones de Scheurlen, Freire y las nuestras y establecemos relación de causa a efecto con los resultados clínicos obtenidos con el empleo de vacunas antienzimáticas elaboradas con gérmenes de este grupo —a pesar de haber sido elaboradas con técnicas elementales por no haber dispuesto de los aparatos necesarios para su ela- boración correcta— hemos de llegar a la conclusión de que la mecánica de la cancerización y todas las circunstancias que la rodean, estudiadas detenida- mente en toda su extensión y profundidad en estos dieciséis trabajos publi- cados, nos permiten concluir que hemos llegado al final. En consecuencia, delegamos la mecánica de preparación de vacunas anticancerosas a cualquier laboratorio que disponga de medios para ello, pues cedemos a la comunidad humana en esta especie de testamento nuestras técnicas e ideas que nadie podrá utilizar en beneficio propio. Para ello damos las técnicas necesarias.

TECNICA DE PREPARACION DE VACUNAS ANTICANCEROSAS

Durante un corto período, y con el fin de confirmar clínicamente lo que las conclusiones experimentales nos iban demostrando, preparamos una vacuna anticancerosa con las distintas cepas microbianas que íbamos aislando. Durante cerca de un año tratamos indirectamente a través de médicos a unas ochenta personas, las cuales se hallaban en su mayoría en estado avanzadísimo. Las conclusiones fueron:

1 . a Que los tipos de vacunas preparadas con levaduras, diplococos y diversos tipos de hongos aislados con toda garantía de sangre de enfermos no producían mejorías de ninguna clase, y que en muy pocos casos aumen-

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taban las reacciones dolorosas en los focos tumorales. En otros individuos disminuía visiblemente el dolor. 2. a Que las vacunas preparadas con las fracciones enzimáticas de bacilos aerobios esporulados, y en menor proporción las preparadas con fracciones enzimáticas de streptomyces, suprimían casi totalmente el dolor hasta el punto de que se les podía suprimir completamente la administración de opiá- ceos y morfina a que estaban sometidos.

Que con este tipo de vacunas obtuvimos altas en diecisiete individuos graves y mejorías espectaculares en otro gran número de casos. Que las altas producidas con este tipo de vacunas fueron un 20 por 100, y que todas las altas se encuentran en perfecto estado dos años después. Que poseemos la documentación médica que demuestra esos extremos. También llegamos a la demostración de que así como en algunos casos la vacuna actuaba magníficamente en las primeras dosis, dejaba, sin embargo, de hacer efecto más adelante. Esta circunstancia se debía a que se envasaba en frascos de unas veinte dosis, y el frasco iba completamente lleno, pero conforme se le aplicaban las dosis se iba quedando el frasco más vacío y con mayor cámara de aire. De esta circunstancia sacamos la conclusión de que los enzimas al oxi- darse perdían especificidad y que había que preparar las vacunas en am- biente microaerófilo y envasarlas fuera del contacto del aire, así como que se debían envasar en ampollas llenas para una sola dosis. Estos extremos pueden ser comprobados por los distintos laboratorios que empiecen a prepararla, y tenemos la seguridad de que elaborada correcta- mente, cosa que nosotros no hemos podido hacer, se llegará a un alto porcentaje de curaciones.

AISLAMIENTO DE CEPAS

Se procede a un aislamiento sistemático de toda clase de gérmenes exis- tentes en la sangre de cancerosos y en tumores malignos, separados por ablación quirúrgica. Hay que tener en cuenta que los agentes a aislar pueden haber desapare- cido del individuo después de ceder los enzimas cancerígenos, y que, por tanto, existen muchos casos en que el aislamiento es negativo. Teniendo en cuenta estas circunstancias se siembra sangre o trozos de tumor en dos tipos distintos de medios de aislamiento:

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Medio líquido, compuesto por caldo ordinario adicionado de sacarosa y una pastilla de multibionta mineral «Merck» por litro. Por cada nuevo mililitro de este medio se adiciona 1 ml de sangre desfibrinada del enfermo que sirve para efectuar la siembra, y a la vez para aportar al medio factores termolá- biles, pues este medio se esteriliza al autoclave. Medio sólido, compuesto por carne finamente picada, una parte; pan rallado o puré de patatas, dos partes. Se mezcla bien y se agrega medio líquido de igual composición que el anterior hasta hacer una pasta muy fluida. Se pone en matracitos Erlemmeyer y se esteriliza al autoclave, con lo que se solidifica el medio. Se pone en cada matraz como un centímetro de altura de este medio. Para sembrar se riega la sangre por toda la superficie del medio, a razón de unos 2 ml por decímetro cuadrado. Se llevan ambos medios a la estufa a 37°, donde se les sostiene, no dándolos como negativos hasta los veinte días aproximadamente. El cuello del matraz por fuera y el capuchón por dentro se pueden pincelar con tintura de yodo para evitar que penetren micelios de hongos del medio ambiente pegados al cristal. En caso de que en la sangre del enfermo existan esporos de bacilos aero- bios esporulados, el cultivo será positivo de los dos días a la semana y no hay que explicar sus características porque son las mismas aproximada- mente que figuran en la descripción dada por Scheurlen —también aparecen streptomyces con bastante menos frecuencia en forma de colonias de con- sistencia apretada, difícil de disgregar—. En los medios sólidos en los que se ha bañado de sangre la superficie de ellos, aparecen de los ocho a diez días numerosas colonias que, al crecer, confluyen formando una especie de cés- ped, y como la aparición de las colonias aisladas es simultánea, demuestra que en la sangre sembrada se encontraban en gran número, porque cada elemento vital da lugar a una colonia, lo que elimina a la vez la sospecha de que se trate de una contaminación. Estos streptomyces mutan espontáneamente a nocardias y a bacilos ae- robios esporulados y estas circunstancias fueron explicadas en los primeros trabajos. De bacilos del tipo de Scheurlen hay formas variadas, pues unos son largos e inmóviles, otros largos y con movimiento de avance oscilatorio cuando las cadenas están sueltas, siendo frecuentísimo que se encuentren

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de dos en dos bacilos, sin separar. De sangre de leucémicos hemos aislado una característica pseudoleva- dura gemante y de superficie muy brillante en las cuatro veces que hemos tenido ocasión de sembrar sangre de estos casos. Aparte de éstos, que son los característicos, hemos aislado numerosos hongos no frecuentes en el medio ambiente, así como levaduras diversas; y decimos que no son frecuentes porque conocemos todos los hongos ambien- tales de nuestro laboratorio, ya que numerosas veces hemos dejado placas petri con estos medios abiertas, y hemos estudiado todos los tipos de ellos. Una vez conseguida una colección de estos «agentes donantes de enzi- mas cancerígenos» e incluso una estadística de frecuencia de presentación y estudio de los distintos tipos, ya tenemos el material de partida para preparar la vacuna.

Como los gérmenes esporulados aerobios son abundantes en el medio ambiente y resisten la ebullición del agua, no tendrán valor las extracciones de sangre efectuadas con jeringas simplemente hervidas, sino que deberán ser esterilizadas perfectamente al autoclave. Para hacer un lote de vacuna convendrá reducirse en un principio, y mientras no haya una experiencia más amplia, a operar con los bacilos espo- rulados aerobios de las distintas cepas aisladas, así como los streptomyces, nocardias y pseudolevaduras brillantes y gemantes, sin ninguna estructura visible, por ser los únicos que dan vacunas de cierto poder antigénico y no producen reacciones de hipersensibilidad dolorosa. Conviene tener —para partir de ellos al sembrar los frascos con los que se ha de preparar la vacuna comercial— cepas de estos gérmenes adaptados a condiciones microaerófilas, lo cual puede hacerse en tubos grandes de bacteriología llenos en sus tres cuartas partes con el medio sólido descrito anteriormente y tapados con un tapón macizo de goma. Sólo resta sembrar los matraces necesarios con distintas cepas de los gérmenes aislados con toda clase de garantía. Estos matraces se llenan con el medio sólido, pero procurando que quede semifluído por adición de mayor cantidad de medio líquido. Este medio semifluído es preferible esterilizarlo por tyndalización, y agre- garle previamente un 5 por 100 de hemoglobina, o un 10 por 100 de sangre fresca.

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Después de efectuada la inoculación, preferentemente a partir de cultivos microaerófilos, se pone al matraz un tapón de goma esterilizado y se agita para que se reparta el inóculo por toda la masa y se lleva a la estufa a 37°. Cada día debe agitarse para que el cultivo se vaya efectuando por toda la masa, y gran parte de él cultive en condiciones anaerobias. Se sostendrán los matraces de veinte días a dos meses, según el tipo de gérmenes de que se trate, o cuando se vea una clara hidrólisis de los mate- riales del medio semifluído. Se agrega después agua hervida y enfriada, a uno o dos grados, para fluidificar y poder filtrar por papel. El agua debe hervirse para expulsar el oxígeno que lleve disuelto y se debe utilizar fría porque así se arrastra prefe- rentemente la proteína enzimática. Al filtrado por papel, que debe hacerse rápidamente, o en atmósfera inerte, se agrega una pequeña cantidad de bisulfito como antioxidante. Se vuelve a filtrar por placa esterilizante, se reparte en viales o en am- pollas de una dosis, se congela y se liofiliza, debiendo quedar con un vacío absoluto.

Si no se dispone de liofilizador se envasa en ampollas de una dosis, casi completamente llenas. El tratamiento se empieza por dosis relativamente pequeñas y se va aumentando paulatinamente hasta que produzca un poco de reacción febril, en cuyo momento se estabiliza la dosis. Se emplea preferentemente la vía subcutánea y se sostiene el tratamiento el tiempo necesario. El mecanismo de acción de la vacunación consiste en que, como entre todos los enzimas de estos agentes recogidos en el cultivo van necesaria- mente los que se han agregado al progén, al establecerse cierta inmunidad contra la proteína enzimática extraña, ésta es eliminada por el organismo cesando la acción cancerígena.

CRITICA DEL TRATAMIENTO ANTICANCEROSO POR «LISADO DE CORAZON DE VACUNO»

Es curioso que todo esto que hemos ido resolviendo, llegando a explicar la mecánica de la cancerización en sus menores detalles, haya sido quizá resuelto por el farmacéutico uruguayo Federico Díaz. Después de terminado este trabajo, ha llegado a nuestras manos un periódico madrileño que refiere que este investigador había adquirido unos

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perros jóvenes que enfermaron, y la casa vendedora le aconsejó que les diese corazones de vacuno en lugar terrizo. Los perros enterraban algunos de estos corazones y, pasado cierto tiempo, se los comían. La prensa no especifica qué clase de dolencia tenían, pero suponemos que dicho investigador debió sacar la conclusión de que los perros actuaban instintivamente para proporcionarse una medicación para su dolencia, y de esta observación partió para ulteriores trabajos. Si analizamos este hecho llegaremos a la conclusión de que la base de trabajo fué mal establecida, pues los perros sólo entierran los alimentos cuando están saciados, con la finalidad de disponer de ellos cuando tienen hambre y, sobre todo, cuando hay más perros y temen que se los puedan quitar, ocurriendo el hecho curioso de que después casi nunca se acuerdan de dónde lo enterraron. Sabemos que los animales jóvenes, sobre todo los criados en suelo de cemento y solerías, sufren frecuentes enfermedades carenciales, y en los cerditos o lechones mamones es muy frecuente verlo, cuando la cría se efectúa en criaderas de cemento. La mayor parte de estas carencias se evitan criándolos a campo libre o en criaderas terrizas, o echándoles tierra en las criaderas de cemento, porque de ellas toman los cerditos los oligoelementos que producían su carencia. Si a los perritos se les da alimento proteico crudo, que lleva además san- gre correctora de anemias ferropénicas —caso del corazón vacuno— y éstos lo arrastran por el suelo ingiriendo después alguna tierra, tenemos motivos suficientes para creer que con sólo estos factores curasen los perros. Pero esté o no bien establecida la premisa de trabajo, se puso a investigar este hecho, colocando trozos de corazón de vacuno sobre la tierra, y des- pués a distintos niveles de profundidad. Los dejó allí algunos días y después los desenterró para analizar las posibles modificaciones químicas que se habían producido. La primera comprobación de este investigador fué que a niveles diferentes el desdoblamiento de las sustancias proteicas era distinto también. En una segunda etapa determinó la flora del suelo a distintas profundi- dades, efectuando cultivos y obteniendo muestras. De esta manera observó que determinados niveles de profundidad acele- raban o frenaban el desarrollo de los cultivos, averiguando la relación entre los niveles de profundidad y las modificaciones de los microorganismos, para

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lo que extrajo con rudimentarios aparatos muestras de gases de distintas profundidades. Los analizó y comenzó a efectuar el proceso del factor determinante de las modificaciones. A este proceso lo llamó «lisado», y en este caso parti- cular «lisado de corazón de vacuno». Hasta ahora, dirán ustedes que en qué se parece todo esto a lo que nosotros hemos explicado, y vamos a demostrarle que es sólo una forma empírica de desarrollar lo que ordenadamente a través del tiempo hemos venido demostrando y explicando. Vamos a explicar los factores comunes a los dos procedimientos. En la tierra nos encontramos abundantemente el bacilo del heno, de la patata y numerosos más del grupo de los bacilos aerobios esporulados, generalmente vinculados al desdoblamiento de los polisacáridos: celulosa y almidón, así como numerosos hongos, streptomyces, etcétera, que, junto con otros totalmente autótrofos, constituyen la flora microbiana normal del suelo, pero que precisamente son también la flora «donante de enzimas y genes cancerígenos». Si se entierra un trozo de carne a cierta profundidad ya tenemos un ambiente microaerófilo o anaerobio parecido al del interior de los núcleos celulares, y en estas circunstancias, como en el caso citado de Vandevelde, los gérmenes aerobios producen ácido láctico de los azúcares, y una proteo- lisis anaerobia, teniendo necesidad para ello de hacer mutar su acción enzimática aerobia normal, en cierto sentido anaerobio para adaptarse al ambiente subterráneo. La carne les sirve de medio de cultivo, y en el seno del trozo de corazón —o de cualquiera— quedan los enzimas de estos gérmenes que se han adaptado a vivir en las mismas condiciones que esos enzimas poseen cuando funcionan agregados a los progenes o genes cancerígenos en los núcleos celulares. Si ahora hacemos un extracto de esa carne en estado de lisis, en ese extracto van los enzimas cancerígenos liberados por la «flora donante de enzimas y genes cancerígenos» para llevar a cabo en el trozo de carne sus proteolisis y glucolisis anaerobias, y si tenemos procedimientos para sepa- rarlos purificados, mejor que mejor. Existe una diferencia fundamental entre el procedimiento del farmacéutico uruguayo y el nuestro, y es que el nuestro es perfectamente correcto en or- den a especificidad y ha sido establecido como consecuencia de un perfecto

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conocimiento de las causas de la cancerización, mientras que el del farma- céutico uruguayo partió de una observación empírica mal establecida, y en la elaboración de su vacuna, o droga, como él llama, interviene una flora com- petitiva no útil que disminuye la especificidad. Esta es nuestra opinión con relación a lo que hemos leído en la prensa, y felicitamos a dicho investigador por haber llegado —de esto no tenemos una seguridad absoluta, a menos que las cosas hayan ocurrido como creemos— a un resultado parecido, por un camino completamente distinto. Ahora bien, si lo que él llama droga no actúa por acción vacunante —por no ser un extracto de los enzimas dejados en el corazón de vacuno por la flora del suelo— pronosticamos otro triste fracaso, porque ya vimos en los trabajos anteriores que nunca se encontrará una droga o medicamento de ningún tipo que actúe selectivamente sobre virus o genes extraños agre- gados a equipos cromosómicos, y no actúe selectivamente sobre los genes celulares propios del individuo tratado con dicha droga o medicamento. ¿Existe un medicamento que ataque a los virus de la polio, de la rabia, de la viruela, de la peste porcina, etc., etc., y no sea letal para las células que los albergan? No; no existe ni existirá, como tampoco existen posibilidades de tratar un proceso canceroso por quimioterapia.

BIBLIOGRAFIA

SCHEURLEN: Ueber die actiologie des Carcinoms, «Sitzung des Verins für innere med in Berlín den 28 November 1887», et «Deutch med Wo-- schenschr., 1887», núm. 48, pág. 1033. DOMINGOS FREIRE: Soc. de Med. Int. de Berlín, 1887. WYSSOKOWITSCH: Ueber die Schiksale der in's Blute injirciten Microor- ganismen, «Zietachr für Hygiene», I, pág. 3, 1886. WOLFF: Z. K., 3,95, 1905. PETRY: Hofmeister's Beitr, 2,94, 1902. BEEBE: Am. J. Fisiol., 13, 341, 1905. WARBURG: J. Can. Ros., 9, 143, 1925. VANDEVELDE: Studien zur Chemic des Bacilus Subtilis, «Zeitschr für fisiol. Chemie», VIII, 1939.

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Los nuevos rumbos en cancerología

(20 de febrero de 1961)

LOS CUATRO FACTORES NECESARIOS PARA LA CANCERIZACION

Hemos visto anteriormente que en los siguientes casos: a) en la formación

espontánea de virus; b) en la aparición de bacterias con antígenos Vi, debido

a la recuperación por estirpes avirulentas de «enzimas vitalizados» pertene-

cientes anteriormente a estirpes virulentas, pero procedentes ahora de la dispersión de los «enzimas vitalizados» de un virus, y c) en la aceptación de

«enzimas vitalizados», o genes de agentes microbianos por una célula somá- tica humana o animal, existe un juego de transferencias, inducidas por una aparición de inmunidad. Esta inmunidad se produce: a) Contra bacterias cuyos genes, al disper- sarse en «enzimas vitalizados», pueden reconstruir por acoplamiento de ellos un virus de composición distinta a los diversos genes de las bacterias

que han colaborado a formarlo, y que denuncia su aparición si es patógeno. Este es el caso de reunión de cerdos de distintas procedencias, en que cada lote aporta diferente inducción inmunitaria, estableciéndose un juego de ellas

e intercambio de enzimas bacterianos, que lleva consigo la formación del

virus de la peste del cerdo en zonas donde esta enfermedad es enzoótica, que es donde se encuentran todas las bacterias necesarias para formarlo. (Esto es posible demostrarlo experimentalmente.) b) Contra un virus que al ser atacado por aparecer inmunidad contra él, dispersa sus « enzimas vitali- zados», que no pueden volver a reagruparse, porque serían destruídos, y se refugian en las bacterias de que procedían, si las encuentran, denunciándose este hecho cuando una bacteria avirulenta recupera su antígeno Vi, porque reaparece su virulencia. Este es el caso de la aparición de salmonelosis porcina, coincidiendo con el establecimiento de una potente inmunidad antipestosa. (Esto también se puede demostrar experimentalmente.) c) Contra gérmenes «donantes de enzimas cancerígenos» a las células vegetativas de los seres humanos prin- cipalmente —ya veremos después por qué—, que al ser inducidos inmunita- riamente llevan a efecto la cesión.

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Nos interesa aquí analizar con detalle solamente el aspecto cancerológico de la cuestión, y vamos a estudiar también detenidamente en qué consisten los trastornos bioquímicos, fisiológicos y clínicos del canceroso. Los microorganismos «donantes de enzimas cancerígenos» a la célula somática de un ser superior se encuentran en un gran porcentaje de indi- viduos sanos, incluso en su sangre y tejidos, ya que al ser la mayoría de ellos esporulados, resisten a la ebullición de la mayoría de nuestros alimen- tos, y en un guiso de patatas, por ejemplo, ingerimos gran cantidad de ellos. Si pasan al interior de nuestros tejidos —y muchos de ellos lo hacen—, permanecen en forma inactiva y esporular, y ni atacan ni son atacados; pero en el transcurso del tiempo pueden crearse defensas contra ellos, y entonces son inducidos, y dispersan sus «enzimas vitalizados» y sus genes. Por esto no se aislan muchas veces de cancerosos, debido a que éstos aparecen enfermos después de haberse creado defensas contra ellos, lo que conduce a su eliminación y destrucción, no sin antes haberse efectuado la consiguiente transferencia de genes de la bacteria a una célula polarizada del enfermo. En la inmensa mayoría de los casos esta polarización de la célula del individuo es un factor obligado de la cancerización, y es el decisivo para que el gen de la bacteria lisada, polarizado a su vez como consecuencia de la dispersión del equipo génico, se copule con ella. De todo lo explicado hasta ahora vemos que para que aparezca el cáncer son necesarias tres condiciones; pero aún existe una cuarta, que quedará en evidencia en lo que resta de este trabajo:

1) Polarización de una célula somática de un ser superior por lesión en su equipo génico. 2) Presencia próxima de gérmenes que puedan transferirle genes o «en- zimas vitalizados». 3) Que estos gérmenes se sientan obligados a dispersar sus genes o enzimas por inducción inmunitaria; y 4) Ausencia en el individuo o, por lo menos, precariedad, de dextro- amino-oxidasas.

Si no hay inducción inmunitaria, no hay emisión por parte de la bacteria de «enzimas vitalizados» ni genes polarizados, y si la hay, pero no existe nin- guna célula polarizada en el individuo, no hay cancerización.

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Pero además, como veremos más adelante, aunque haya células pola- rizadas y enzimas y genes microbianos polarizados, tampoco hay canceri- zación si en el individuo en el que ocurre el fenómeno dispone de bastantes dextro-amino-oxidasas.

Por ser difícil que concurran estas cuatro circunstancias con carácter des- favorable en un mismo individuo, el cáncer no adquiere —afortunadamente— mayor casuística.

Cada individuo crea el suyo haciendo concurrir estas cuatro condiciones, y son factores tan intrínsecamente específicos de cada canceroso, que existen muy pocas posibilidades de transmisión en el cáncer, ya que son muchos los gérmenes a producirlo y existir, por tanto, muchos tipos de inducción.

Ahora bien, si uno de los factores se produce masivamente en una pobla- ción humana —caso de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki, en que la radiación física ha determinado la aparición en casi todos los habitantes de células somáticas lesionadas en sus equipos cromosómicos, con la consi- guiente aparición de polaridad en ellas—, entonces la aparición de neopla- sias se desplaza en el sentido de aumento de procesos neoplásicos.

El tabaco, el humo de los autobuses y otras causas tan traídas y llevadas, sólo desplazan por acción química la estadística de los tumores a su favor, porque influyen también sobre uno de los factores: la lesión química del equipo cromosómico de las células del lugar donde actúan: labio y laringe del fumador y pulmón del que respira humo del escape de los autobuses. Ahora hace falta que concurran también negativamente para la salud del presunto enfermo los otros tres factores para que el cáncer aparezca.

Es más: una vez producido el acoplamiento de «enzimas vitalizados», o genes de gérmenes a la célula, hace falta un período más o menos largo de latencia, hasta que los enzimas o genes de los gérmenes aerobios acoplados se adapten al ambiente anaerobio del núcleo.

ACCION DEL CANCER SOBRE LA BIOQUIMICA Y LA FISIOLOGIA DEL CANCEROSO.

Ewing manifiesta que «nuestros conocimientos actuales, logrados merced a un cuidadoso estudio clínico, a la observación necrópsica y a la investiga- ción química, parecen confirmar la opinión de que no existe una toxina pecu- liar secretada por las células neoplásicas que conduzcan a la caquexia».

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Esta opinión, de momento, no requiere revisión alguna, a la luz de los diversos análisis químicos del tejido canceroso (Petry, Wolft, Shaffer), puesto que no ha sido demostrada la existencia de ninguna nueva sustancia tóxica ni anormal en el tejido canceroso, aunque puedan acontecer variaciones cuantitativas en sus productos de desintegración (Warburg). Con arreglo a esto vamos a explicar ahora qué serie de fenómenos bioquí- micos y fisiológicos conducen al canceroso a la caquexia y a la muerte. En la degradación de glúcidos y lípidos y su combustión a anhídrido carbónico, la energía libre de estos compuestos se pierde en parte como calor, pero en parte se retiene en forma de compuestos ricos en energía, principalmente como ATP. Existen dos tipos de fosforilación energética: la fosforilación sustractiva, en la cual a la vez que se deshidrogena el sustrato aparece un enlace energé-

tico; y la fosforilación oxidativa, realizada durante el transcurso de la oxida- ción por la cadena respiratoria. Ambos tipos de fosforilación se complementan, sabiéndose que el máximo de producción de moléculas de ATP es de tres moléculas por O 2 consumido,

y que se forman en la serie de procesos que tienen lugar al pasar el TPN

reducido a TPN oxidado. En el paso del TPN a citocromo «c» se forman una o más moléculas de ATP, y en el paso del citocromo «c» a O 2 se forma otra molécula más. La forma de engarzarse el sustrato con los diferentes coenzimas se supo- ne que se hace con la intervención de un tercer elemento, o «intermediario», de la forma siguiente:

AH 2 + B + C BH 2 + A ~ C

Donde AH 2 es el sustrato reducido, B el coenzima y C el tercer elemento,

o «intermediario».

Este sustrato oxidado no queda libre (A), sino que, en realidad, da un compuesto con un enlace rico en energía al unirse con el «intermediario»:

El compuesto A ~ C, en presencia de un fosfato inorgánico, da

A ~ C + P A + C ~ P, y este compuesto C ~ P transfiere en el fósforo

energético el ADP.

C ~ P + ADP C + ATP .

Quedando de nuevo el tercer elemento, o «intermediario» (C), en dispo- sición de entrar de nuevo en la oxidación de otro sustrato.

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De esta manera el organismo almacena energía disponible para innú- meras tareas metabólicas, utilizándolas cuando es necesario. Pero existen sustancias —metadinitrofenil, arsenitos, antibióticos como la bacitracina, etc.— que actúan competitivamente en el «intermediario» (C) en este proceso, y si su concentración en el medio es mayor que la de (C) son capaces de sustituirlo en sus funciones según la ecuación siguiente:

OH NO 2 →
OH
NO 2 →

AH 2 + B + C + NO 2

A ~

BH 2 + C + NO 2

OH

2 → AH 2 + B + C + NO 2 A ~ BH 2 +

NO 2

De este modo (C) queda imposibilitado para ejercer su función interme- diaria, y en consecuencia el ATP no llega a formarse. A su vez, como el compuesto energético A dinitrofenol es muy lábil, se hidroliza fácilmente en sus dos componentes, librándose la energía almace- nada en forma de calor, que se pierde. El organismo entonces tiende a respirar más, para compensar la forma- ción de moléculas de ATP, gastándose rápidamente las reservas del sus- trato. De una manera análoga se puede explicar la acción de la tiroxina en el metabolismo humano, por tener éste una constitución parecida al dinitrofenol, pues en los individuos hipertiroideos el exceso de tiroxina producida por el tiroides motiva la rápida consumición de las reservas alimenticias. Que este proceso es el que ocurre en el cáncer, incrementándose el fenó- meno conforme evoluciona el tumor, vamos a demostrarlo. Hemos dicho que entre las sustancias que actúan competitivamente con el «intermediario» (C) están los antibióticos peptídicos, como la bacitracina, y en el trabajo anterior vimos que la bacitracina es una cadena polipeptídica que contiene los aminoácidos dextrofenilalnina, dextroornitina, dextroaspár- tico y dextroglutámico. Podemos afirmar que es debido a la presencia de estos isómeros ópticos de los aminoácidos normales en la molécula bacitracina a lo que se debe su acción competitiva con el «intermediario» (C), pues ninguna cadena polipep- tídica compuesta por aminoácidos levo solamente establece interferencia con (C).

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Sabemos que ninguna célula humana ni animal tiene aminoácidos dextró- giros entre sus proteínas, y se puede afirmar que un aminoácido dextro no puede ser sintetizado por ninguna célula sin que ésta disponga de un enzima específico que catalice su síntesis. Tampoco pueden entrar como consecuencia de la demolición digestiva de los prótidos alimenticios, pues ningún alimento los posee. Pero la célula cancerosa los posee —esto está demostrado—, y si existen en ella es porque poseen enzimas capaces de sintetizarlos. Pero como en la Naturaleza sólo poseen estos enfermos los gérmenes denunciados por nosotros como «donantes de enzimas cancerígenos», hay que concluir necesariamente que sólo de estos gérmenes, al transferirle sus enzimas elaboradores de aminoácidos dextrógiros, pueden haber tomado las células cancerosas los enzimas con los que catalizan la «fabricación» de los suyos estas células cancerosas. Con lo que el teorema del cáncer queda demostrado de acuerdo con todas nuestras predicciones y trabajos experi- mentales. Pues si bien la bacitracina actúa competitivamente con el «intermediario» (C) debido a los aminoácidos dextrógiros de su cadena peptídica, no es menos cierto que las proteínas dextrógiras de la célula cancerosa pueden actuar de la misma manera. Esto acarrea como consecuencia que casi toda la energía de los com- puestos fosforilados —como el ATP— sea interceptada por la masa tumoral, con lo que dispone de una enorme energía acumulada, mientras que el individuo se va caquectizando debido a que no la puede acumular para sus tareas metabólicas y se encuentra obligado a quemar el sustrato, sin posibili- dades de retener energía. El canceroso se transforma fisiológicamente —valga el símil— en un hipertiroideo en sumo grado, y la masa tumoral funciona como una nefasta glándula endocrina en aumento, que mientras más crece menos reservas energéticas deja al individuo. Vemos, pues, cómo a la célula cancerosa no le es preciso elaborar nin- guna sustancia tóxica para determinar la caquexia y conducir a la muerte. Pero aún vamos a referir más circunstancias para llegar exhaustivamente a agotar el tema del cáncer. Entre los procedimientos con que cuenta el organismo para el catabolismo de los aminoácidos está la desaminación oxidativa, por la cual los tejidos

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pueden desaminar los aminoácidos, transformándolos en ácidos cetónicos en presencia de enzimas específicos y O 2 , según la reacción:

1/2 O 2 R — CH — COOH ———R — CO — COOH + NH 3 NH 2

Los enzimas que catalizan esta reacción son las levo-amino-oxidasas y las dextro-amino-oxidasas. El papel de estas últimas en el metabolismo no se lo explica la Bioquí- mica, pues los aminoácidos naturales son, en general, de la serie levo. Nosotros vamos a explicar la misión de estas dextro-amino-oxidasas. Hemos dicho que el hombre ingiere esporos con el alimento, puesto que resisten la ebullición; pero antes de inventar el fuego y de adoptar medidas higiénicas sanitarias ingería muchos más, y para protegerse del paso cons- tante de estos esporos a su través —aunque este paso se efectúe de una forma inactiva— tenía que estar dotado de muchas dextro-amino-oxidasas para desintegrar por desaminación las proteínas dextrógiras de estos gérmenes. Esta es la única justificación viable de la presencia en el organismo de las dextro-amino-oxidasas, y entonces estaremos mucho menos protegidos contra el cáncer. Es muy posible que por eso sea la enfermedad de la civilización, y sería curioso estudiar el incremento de casos de cáncer en relación con el aumento de usuarios de ollas exprés. Es posible que la inmunidad contra el cáncer radique en que algunos individuos disponen de una buena reserva de dextro-aminooxidasas, que al desaminar las proteínas de los agentes cancerígenos eliminen el peligro de la copulación de sus enzimas con sus células somáticas. Estas afirmaciones no se hacen a título gratuito, pues el carnero tiene una dextro-amino-oxidasa en el riñón, que ha sido bien estudiada, y se encuentra en él en bastante cantidad, tratándose de una flavoproteína con FDA. Es poco específica y desamina todos los aminoácidos de la serie dextro, menos el ácido dextro-glutámico, siendo inactiva para los aminoácidos de la serie levo. Pero que el carnero tenga muchas dextro-amino-oxidasas está explicado, porque es el animal que arranca la hierba más de raíz y come donde los demás animales se mueren de hambre, rascando materialmente el suelo con

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la boca para prender una brizna de hierba, e ingiriendo a la par fragmentos de polvo y tierra cargados de esporos de gérmenes aerobios esporulados. Tanto es así, que para afirmar que un terreno está yermo se acostumbra a decir: «Ahí no comen ni las ovejas.» Es natural que posean un mecanismo para inactivar los esporos de los gérmenes que pueden pasar a su interior en gran cantidad, máxime cuando además los utiliza como auxiliares en la digestión, pues en la panza de estos rumiantes y en el proceso digestivo de los demás estómagos les sirven para hidrolizar la celulosa, pues estos animales carecen de fermentos digestivos capaces de hidrolizarla. En consecuencia, pueden inactivar los enzimas y los genes de este esporo, si llegan a lisarse por desaminación oxidativa, mediante un fuerte equipo de dextro-amino-oxidasas. Y esto es así de tal forma, que si bien todos los gérmenes aerobios espo- rulados son inofensivos para el carnero, hay uno para el que son muy sensi- bles y les produce la muerte. Este bacilo aerobio esporulado es el bacilos anthracis; pero ya hemos visto que está cubierto por una gruesa cápsula de ácido dextro-glutámico, y que la dextro-amino-oxidasa del carnero desamina todos los aminoácidos de la serie dextro, menos el ácido dextro-glutámico. Por eso también el bacilos anthracis es el único capaz de desarrollarse en los tejidos de los ávidos en forma vegetativa —de los bacilos esporulados, se entiende—, mientras los demás han de permanecer en forma esporular. Aunque estos esporos sean inducidos inmunitariamente a desintegrarse y dispersen sus genes y «enzimas vitalizados», como las proteínas de éstos son dextrógiras, son destruidas por las dextro-amino-oxidasas antes de que puedan llegar a copularse con ninguna célula, y por tanto no hay canceri- zación. De todas estas circunstancias podemos deducir la acción de nuestra vacuna anticancerosa —que será explicada con más amplitud en otro trabajo posterior—, pues al suministrar en inyección parenteral los enzimas de esta flora cancerígena excitamos la producción de dextro-amino-oxidasas y apa- rece una inmunidad antienzimática contra el cáncer. No conseguimos esto inyectando aminoácidos dextrógiros aislados, porque es precisamente la estructura global de la proteína enzimática cance- rígena la que, actuando como antígeno, determina la aparición de inmuno- globulinas gamma defensivas, que la hidrolizan, actuando posterior o conjun- tamente la dextro-amino-oxidasa para terminar la catabólisis.

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La cosa es clara, pues si bien conseguimos inmunidad contra muchos gérmenes utilizando lisados filtrados de ellos, no la conseguimos con los productos resultantes de la hidrólisis de las proteínas de esos filtrados. Es fácil deducir de todas estas circunstancias que habiendo conservado los animales, por su tipo de alimentación, una dotación de dextro-amino- oxidasas superior a la del hombre, sea el cáncer clásico, no transmisible, un nefasto patrimonio de los seres humanos. Ahora vemos la razón por lo que montamos nuestras investigaciones sobre personas, en lugar de hacerlo sobre animales, y fué porque, conven- cidos de que sólo así conseguiríamos algo práctico, afrontamos valiente- mente todas las responsabilidades que pudieran recaer sobre nosotros, que sobre el papel no eran pocas, a pesar de actuar con productos inofensivos. Sólo nos resta ponernos incondicional y desinteresadamente a disposición de cualquier laboratorio para aclararle cualquier duda que surja en la prepa- ración de la vacuna anticancerosa, y esperamos en beneficio de todos que la magnífica preparación de microbiólogos y bioquímicos de todo el mundo haga una vacuna perfecta, que resuelva definitivamente el hasta ahora acomplejante problema y libre a todos los humanos del más horrible de los tributos. Nosotros trataremos de seguir progresando para poder seguir ayudando a todos en esta magna empresa.

El mecanismo de la inmunidad antienzimática artificial en el cáncer

(20 de marzo de 1961)

Para llegar a producir una inmunidad antienzimática artificial en el cáncer hay que examinar, en primer lugar, el material antigénico sobre el que hay que actuar y determinar después las distintas fases de especificidad por las que pasa. El material cancerígeno que hay que inactivar y destruir por acción vacu- noterápica ha sido ya definido en trabajos anteriores, tratándose, como vimos, de proteínas enzimáticas procedentes de determinados gérmenes bacterianos, que son transferidas como consecuencia de la dispersión lítica de éstos a células polarizadas del individuo huésped. Pero hay que definir este material teniendo en cuenta su estructura anti- génica, y para ello hay que apreciar las siguientes circunstancias:

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1) Que un enzima es un glóbulo proteico emitido por los genes celulares, al menos exterior —exoencimas—, o al citoplasma celular —endoencimas—, con el fin de catalizar las múltiples funciones metabólicas necesarias para la vida de éstas. 2) Que un «enzima vitalizado» no es un producto de emisión de los genes, sino el resultado de la dispersión multiplicativa de ellos. Existen múltiples diferencias entre enzimas normales y «enzimas vitali- zados», y entre ellas las siguientes:

Los enzimas normales efectúan solamente aciones de tipo catalítico, y están constituidos fundamentalmente por proteínas.

Los «enzimas vitalizados» tienen capacidad de automultiplicación, y están constituidos, además de por la proteína enzimática, por cierta cantidad de DNA, de donde dimana dicha capacidad multiplicativa.

De esta diferencia se desprende otra de tipo inmunológico, pues si bien la proteína de un enzima normal es igual a la del «enzima vitalizado» que lo e- laboró, el acoplamiento en este último de dicha proteína al DNA le hace modificar su condición específica como antígeno, y, por tanto, nunca conse- guiremos destruir un «enzima vitalizado» por medio de la inmunidad provo- cada por vacunas preparadas con enzimas normales.

Esto lo vamos a comprender con facilidad con el siguiente ejemplo:

Cuando un tífico consigue inmunidad contra el bacilo de Eberth, los anti- cuerpos formados actúan contra todos los encimas normales de dicha bac- teria, así como contra todas sus proteínas estructurales, pero no contra los «enzimas vitalizados», que, agrupados en colectividad, constituyen los genes o material germinal de dicha célula bacteriana.

Como consecuencia de esta distinta forma de actuar los anticuerpos, la célula bacteriana es lisada, mientras los genes de la bacteria quedan libres, transformándose cada uno en una «unidad vital» autónoma.

Pero así como la inmunidad antibacteriana no determina la destrucción del equipo génico de la bacteria, la inmunidad antivírica sí determina la lisis de los «enzimas vitalizados» individualmente y como conjunto, y, por tanto, actúa contra las «unidades vitales», autónomas.

Esta actuación en dos sentidos totalmente opuestos de las defensas orgá- nicas hacen posible, por un lado, la aparición de fagos, y por otro, la trans- misión de «enzimas vitalizados» de fagos, o virus, a células bacterianas en

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las que producen mutaciones en su virulencia y en sus características biológicas y metabólicas.

Como la cancerización de una célula es debida a la transferencia de «enzimas vitalizados» o genes de un microorganismo a dicha célula, se desprende que es contra dichos «enzimas vitalizados», o genes, contra los que hay que actuar, y que, por tanto, la vacuna anticancerosa debe prepa- rarse contra este tipo de enzimas.

Para ello pueden seguirse dos procedimientos:

1) Lisis de los gérmenes «donantes de enzimas cancerígenos» por ultra- sonido, para liberar el contenido génico, homogeneización y posterior filtrado. 2) Por acción inmunitaria.

Se inmuniza a un animal con cultivos muertos y después se inyectan estos mismos cultivos vivos en su peritoneo.

Pasadas unas horas, en el exudado peritoneal quedarán los residuos de la lisis bacteriana, y, por tanto, los genes libres de la bacteria inoculada.

Si filtramos ahora ese material y lo inactivamos, tendremos otra vacuna

por otro procedimiento, aunque será ineficaz si esos genes se han adaptado al ambiente aerobio, puesto que la especificidad antígena puede variar según

el «enzima vitalizado» se encuentre libre o esté funcionando en el interior del núcleo de la bacteria o de la célula cancerosa. Es decir, según actúe como gene o como virus o fago, o lo que es lo mismo, según funcione agrupado en colectividad con otras «unidades vitales» para formar la vida discontinua de la célula, o en forma de «unidades vitales» autónomas.

Y esta variación antigénica depende de que el «enzima vitalizado» se

encuentre funcionando en ambiente aerobio o anaerobio, quizá porque al modificarse las tensiones atómicas de sus grupos activos se modifique la distancia entre ellos. En efecto, los enzimas son proteínas, y, por tanto, pueden originar anti- cuerpos cuando se inyectan parenteralmente a un individuo, puesto que se ha obtenido una serie de antisueros conteniendo anticuerpos específicos para determinados enzimas, y en muchos casos han sido usados para el aislamiento específico del enzima de un extracto complejo por precipitación. Los antisueros se producen en respuesta a un grupo o disposición parti- cular de la molécula proteica, y son específicos solamente para el enzima total.

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Si el grupo antigénico está lejos del centro activo, el enzima puede ser precipitado como complejo enzima-anticuerpo, sin pérdida apreciable de actividad. Si, por el contrario, el centro activo coincide con el centro antigénico, el anticuerpo o antienzima actúa como inhibidor competitivo. La ortodifeniloxidasa mantiene su actividad después de precipitar con el anticuerpo, mientras que la lecitinasa es totalmente inactivada. Existen numerosos casos intermedios. El mecanismo íntimo de la inmunidad es debido a las siguientes circuns- tancias, como todos sabemos:

Ei organismo recibe habitualmente los prótidos por medio de la alimen- tación, y por la acción de los enzimas de las vías digestivas son degradados al estado de aminoácidos, que son los que se absorben y metabolizan. Pero si un prótido cualquiera —en nuestro caso enzimas— es inyectado parenteralmente, se encuentra el organismo en una situación de emergencia, puesto que intraparenteralmente carece de enzimas digestivos. Entonces ha de crear, en primer lugar, un anticuerpo específico que haga flocular al glóbulo proteico del enzima, cuyos grupos activos libres le dan carácter de coloide estable y activo. Para ello ha de crear anticuerpos o antienzimas —inmunoglobulinas gamma— con grupos activos colocados a la misma distancia espacial que tienen los del enzima, pero con actividad física y química contraria a los del coloide enzimático. Cuando se unen ambos coloides activos se neutralizan sus cargas respec- tivas, y entonces el complejo flocula y pierde su estabilidad física y su acción química y catalítica total o parcialmente. Entonces el enzima es atacado por las peptidasas y tripsina celulares, y es simplificado a sus aminoácidos constitutivos, que quedan libres. Es entonces cuando intervienen las levo y dextro-amino-oxidasas, que los transforman en ácidos cetónicos en una primera fase catabólica. Al ser hidrolizado completamente el enzima, queda libre el antienzima o anticuerpo, que puede bloquear y flocular a un nuevo antígeno enzimático. De aquí resulta que si las dextro-amino-oxidasas no desaminan los ami- noácidos dextro de las cadenas proteicas de los enzimas cancerígenos —en tanto en cuanto permanezcan unidos peptídicamente en cadena—, no implican defensa directa contra el cáncer; pero son la consecuencia directa de la existencia de inmunoglobulinas anticancerosas, y, por tanto, de su exis-

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tencia podemos deducir indirectamente la existencia de anticuerpos específicos anticancerosos. Ahora bien, la adaptación del «enzima vitalizado» cancerígeno al interior

del núcleo de la célula cancerosa debe llevar consigo un reajuste en las dis- tancias de los grupos activos de su molécula proteica, y entonces no puede ser floculada ni fijada —factores previos para su inactivación y destrucción total— por los antienzimas creados por vacunas de enzimas aerobios, ya que

al variar las distancias espaciales de los grupos activos a neutralizar desapa-

rece la especificidad. La variación de especificidad antigénica entre el enzima normal y el «enzi- ma vitalizado» es debida a un bloqueo de parte de los grupos activos del «enzima vitalizado» por el DNA, que aporta a su vez otros grupos activos, modificando la estructura del enzima normal al transformarse en un complejo proteína-DNA. De todo lo dicho hasta ahora se deduce que para que una vacuna antican- cerosa sea eficaz ha de ser elaborada con «enzimas vitalizados» adaptados

a la vida anaerobia. Si se hace con enzimas normales, se podrá inhibir par-

cialmente la acción competitiva de las proteínas dextrógiras, de los enzimas emitidos por los «enzimas vitalizados» y genes cancerígenos desde el inte-

rior del núcleo de la célula cancerosa; pero por no actuar directamente contra los genes y «enzimas vitalizados», el tumor sigue creciendo e invadiendo como si nada se hubiese hecho. Es cierto que se influye favorablemente sobre el estado general, y espe- cialmente sobre el dolor; pero no se consigue modificar el crecimiento del tumor. Hemos querido aclarar estos extremos porque en ellos ha de basarse la elaboración de vacunas anticancerosas. Queremos hacer otra salvedad: y es que nunca se deben preparar vacu- nas con gérmenes totales, y menos de tipo preventivo, ya que al producir una inmunidad antibacteriana creamos una inducción artificial, y si el individuo posee en sus tejidos los mismos gérmenes contra los que los vacunáis, éstos se lisan, dejando los genes y «enzimas vitalizados» libres y en condiciones de poderse transferir a una celula polarizada, dando lugar a su cancerización

y provocando precisamente lo que tratamos de evitar. La inmunidad que hay que provocar es de signo contrario, o sea, de tipo génico, vírico o fágico, pues así detenemos y destruimos una posible disper-

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sión lítica de la bacteria y con ello evitamos que la transmisión se lleve a efecto. Creemos que los conceptos han sido bien comprendidos; pero vamos a bosquejar un esquema del concepto etiológico que se deriva de todo lo explicado. El proceso de la cancerización pasa por las siguientes fases:

Antes de emitir la bacteria el gen cancerígeno es un gen de ella. Cuando se lisa la bacteria y queda en libertad el gen, se convierte automáticamente en una «unidad vital» autónoma, o sea, en un virus o fago. Cuando este virus o fago se acopla al equipo cromosómico de la célula cancerosa es nueva- mente un gen. El hablar, por tanto, de virus como productores del cáncer clásico humano es muy simplista, pues antes hay que saber hasta dónde alcanza una «uni- dad vital» a ser virus, fago o gen, y estas diferencias han sido explicadas primeramente por nosotros. La definición etiológica correcta del cáncer sería la siguiente:

«El cáncer es debido etiológicamente a la transferencia de un gen o «enzi- mas vitalizados» de determinados gérmenes microbianos al equipo cromo- sómico de una célula polarizada —por lesión de su equipo génico—, al que queda acoplado, y que se transmite, por formar parte del patrimonio here- ditario de dicha célula, a todas las que descienden de ella directamente por multiplicación. Multiplicación que es posible en serie y atípicamente, porque el gen cancerígeno, por medio de sus proteínas dextrógiras, interfiere los procesos fosforilativos, acumulando energía en la célula cancerosa.»

DESPEDIDA.

Creíamos que lo difícil sería descubrir todo lo que ha sido descubierto; pero ahora llegamos al final: estamos viendo que es aún más difícil conseguir que los demás lo quieran entender. Aunque queda aún la gran misión de crear vida en forma de «unidades vitales» a partir de enzimas normales, no nos quedan fuerzas para seguir predicando en desierto y sin la ayuda más elemental. Por tanto, completado con la inmunología artificial el estudio de todos los aspectos del cáncer, problema cuya resolución no podíamos moralmente dejar, por muchos sacrificios que nos costase, abandonamos las demás em-

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presas, y, por tanto, éste es nuestro último trabajo, que cierra un período de veinte años de nuestra vida. Nada nos obliga a continuar; pero hemos dejado como fruto de esos veinte años un sólido edificio construido y una herencia efectiva, que termi- nará poco a poco con las esperanzas personales de todos los investigadores en cancerología —principal motivo por el que no hemos recibido ayuda— en la misma proporción que vaya entrando en vigencia y llegando al lecho de los beneficiarios. Es posible que se sientan un poco más humildes al terminar de leer las líneas que siguen:

La circunstancia de que los genes de una bacteria puedan liberarse por li- sis inmunitaria —como fué explicado en otra parte de estos trabajos—, trans- formándose en fagos o «unidades vitales» autónomas, así como el hecho de que en esta dispersión génica puedan resultar tantas vidas autónomas como genes tenía la bacteria, nos llevó a la demostración de que la vida de las células era discontinua. Partiendo de este hecho, no nos fué difícil llegar al concepto vertido en «La pluralidad unificada», de que la vida de los seres superiores era asimis- mo discontinua y que la personalidad de un individuo era el reflejo exterior de billones o trillones de vidas colectivizadas. Pero ahora vamos a demostrar hasta qué punto son ciertas estas afirma- ciones. El ser superior es, pues, solamente un delegado de su colectividad celular, una emanación de la vida de todo el conjunto, y aunque crea que procede con total y libre albedrío, es sólo un mandatario. El hombre, obedeciendo al mandato de sus células vegetativas, come, bebe, respira, elimina y se protege del frío y del calor. Toda la vida del hombre está dedicada a satisfacer las imperativas órde- nes de la colectividad que rige, aunque en su fuero interno crea que sus voliciones emanan de una autodeterminación independiente de esa colec- tividad. Pero vamos a demostrar que se equivoca con un simple ejemplo:

El hombre posee células vegetativas que le imponen los mandatos que hemos visto; pero también posee otras células, polarizadas en sus glándulas sexuales, que le ordenan otro tipo de mandato: la misión de despolarizarlas. El hombre cumple gustosa y elegantemente esa misión, recompensada por la colectividad celular con una agradable descarga nerviosa.

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Para cumplirla se enamora y emociona ante el ser al que polarmente ha elegido; la mira febrilmente a los ojos, se extasía ante una fotografía o un objeto que se la recuerde y se siente poeta, viviendo una vida de exaltación e hipersensibilidad, que en su fuero interno cree que nace de lo más profundo e íntimo de su espíritu. Ahí los tenéis sentados en un banco del jardín volando cielos de ternura y felicidad. Vamos a raptarlos y a separarlos. Ahora les hacemos una pequeña operación quirúrgica y desprendemos de ellos sus glándulas sexuales. Pasado un mes los volveremos a reunir. Es curioso: ya no hay ni fuego, ni fiebre en sus ojos, y al tocarse las manos ya no perciben ninguna emoción. Se extrañan de que sus antiguas sensaciones amorosas hayan dejado de existir. El amor, que ellos creían nacido de lo más profundo de sus espíritus, se ha esfumado; pero lo único que ha desaparecido son las células polarizadas, que ordenaban despolarizarse, y las glándulas que las «fabricaban». Al faltar las células que ordenaban al individuo, como delegado de ellas, que se despolarizara y, por tanto, que se enamorara, ya que la sociedad le impone un compás de espera, y toda esperanza ilusionada es amor, desapa- recen los distintos aspectos que rodean al acto intrínseco de la despolari- zación, y el amor desaparece. Con esto se ha demostrado que el amor era sólo un mandato de despola- rización, traducido en un deslumbrante juego de matices y elegantemente por un ser inteligente, que dispone de un órgano potente para pensar, como el águila lo tiene para volar. No en balde el volumen del cráneo del hombre ha ido creciendo desde unos 800 ml en los más antiguos fósiles hallados a 1.200 ml en en el hombre primitivo, y a 1.500 ml en el hombre civilizado. Al enjuiciar la proyección de otros tipos de actividades y de su aparente procedencia nos equivocamos igual que con el amor, y estos errores proce- den de interpretar las acciones en las que actuamos como mandatarias de nuestra actividad celular como actos volitivos autónomos. El conformarse con lo que realmente somos —sin imponerle condiciones al que nos ha permitido nacer— entraña una filosofía conformista hermosa, y sobre ello el tiempo irá creando una moral firme y sincera.

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LOS VIRUS CRISTALES

Su origen y su vinculación con el cáncer

(20 de mayo de 1961)

En publicaciones anteriores hemos explicado el origen, la estructura y el mecanismo de multiplicación de los virus esféricos, no cristalizados o deso- xirribonucleoproteicos, así como el origen y procedencia de los bacterió- fagos. La casualidad nos ha deparado ahora la oportunidad de poder explicar el origen de los virus cristales, virus de vegetales, o virus ribonucleoproteicos, despejándose con ello una incógnita que ya quizá permaneciera un poco arrinconada debido a la enorme dificultad que para el biólogo significaba llegar a una interpretación satisfactoria y correcta acerca de su naturaleza, en parte de ser vivo, y en parte de sustancia química inerte. De todos los enigmas con que el hombre se ha enfrentado y que han constituido una angustiosa pesadilla durante mucho tiempo, quizá hayan sido el del cáncer y el de los virus cristales; uno, en el terreno de la clínica humana, y el otro, en el terreno de la biología pura, los que han agotado el tiempo, la técnica, el esfuerzo, el presupuesto, las ilusiones y el deseo, tanto de investigadores aislados y en equipo, como la esperanza de una sociedad dispuesta sin fortuna a despejarlos. Vinculadas ambas incógnitas por una relación muy estrecha de circuns- tancias concomitantes, era de prever que al ser humano que le fuese conce- dido acercarse hasta el fondo de uno de los problemas, automáticamente habría de resolver, por proximidad, el otro. Un presentimiento nos concedió la seguridad de que habíamos sido esco- gidos por el destino para prestar este inestimable servicio a los demás, y esa seguridad vinculó nuestra vida hace más de veinte años a la sola meta de conseguirlo. Si el presentimiento se ha cumplido o no, todos tendrán ocasión de com- probarlo al terminar de leer este trabajo, y se ha cumplido por la tozudez, por la constancia, por la testarudez de perseguir sin tregua ni desmayo durante tantos años, privadamente, a un fanstasma inaprensible en un ámbito rural.

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BREVE RESEÑA HISTORICA

Las enfermedades de las plantas producidas por virus, aunque no fueron reconocidas como tales, se conocían mucho antes del descubrimiento de las bacterias, pero parece haber sido Allard (1) el que primeramente, en 1916, consiguió visualizar un virus de planta como entidad independiente y, en un intento de aislamiento del virus del mosaico del tabaco absorbió una fracción activa de jugos de plantas enfermas, por medio de talco e hidróxido de aluminio. Pocos años más tarde, McKinney (2) trató de purificar el mismo virus centrifugando a cierta velocidad, durante un tiempo reducido, savia bruta, para librar al material de sustancias extrañas: calentó a 65° C la parte sobre- nadante, y la volvió a centrifugar durante cinco a diez minutos. Pero el primer intento serio de precipitar y aislar el virus del mosaico del tabaco por medios químicos, lo efectuó Vinson (3) utilizando acetona, sulfato amónico y safranina. Más tarde, Vinson y Petre (4) llegaron a la demostración de que el precipi- tado de virus safranina era inactivo, pero que si se eliminaba la safranina con alcohol amílico, se restablecía la actividad. De estas circunstancias pudieron deducir que en muchos aspectos los virus se comportaban de manera seme- jante a una sustancia química. En 1933, Barton-Wright y McBain (5) intentaron precipitar el virus utili- zando sulfato amónico, pero los cristales que obtuvieron no resultaron ser cristales de virus. En 1935, Stanley (6), del Instituto Rockefeller de Princeton (Estados Unidos), consiguió describir por primera vez la cristalización del virus. Fué, por tanto, el primer investigador que consiguió el virus como un agente tangible, demostrando que estaba compuesto de proteína. En 1936, Best (7), trabajando independientemente en Austrália, precipitó el virus del mosaico del tabaco en su punto isoeléctrico, demostrando que el precipitado daba las reacciones de las proteínas. Ese mismo año, Bawdden, Pirie, Bernal y Fankuchen (8) demostraron que la proteína del virus del mosaico del tabaco podía existir al estado mesomór- fico, o de cristal líquido. Posteriormente, Bawdden y Pirie (9) demostraron que el virus era una nucleoproteína.

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Todas estas primeras experiencias se efectuaron con virus del mosaico del tabaco, pues por su estabilidad y elevada concentración en la planta huesped, se presta a esta clase de investigaciones. Takahashi y Rawlins (10) demostraron que el virus del mosaico del tabaco, extraído de la planta, era un bastoncito y no una esfera, haciendo notar que si se observa savia de plantas afectas de mosaico a la luz polari- zada entre nicoles cruzados ésta presenta el fenómeno de «anisotropía al flujo», pues estas partículas contenidas en un líquido fluyente, tienden a orientarse con sus ejes mayores paralelos a la dirección de la corriente, como leños en un río. En estas circunstancias, un líquido que contenga bastoncitos que posean un índice de refracción distinto al del líquido, es doblemente refractivo cuando la dirección de transmisión de la luz incidente es perpendicular a la dirección del flujo, y esto es lo que se conoce como «anisotropía al flujo». Bawdden y Pirie (11) demostraron después que si se reposan soluciones concentradas de virus del mosaico del tabaco, el líquido se separa en dos capas. La de arriba es más opalescente, aunque está menos diluída que la inferior. Si se observan estas dos capas, con luz polarizada, se advierte que la capa inferior es espontáneamente birrefringente, es decir, es un cuerpo cristalino líquido; en cambio, la capa superior no es birrefringente mientras permanece en reposo, pero lo es después de ser agitada suavemente. Posteriormente, los físicos, químicos e inmunólogos consiguieron grandes avances, por medio del microscopio electrónico y la técnica de la microfoto- grafía de sombras, por estudios de la difracción de los rayos X, y con la ayuda de la ultracentrífuga y los estudios inmunológicos, nos dieron imáge- nes e ideas que completan los conocimientos que se tenían hasta ahora de estos virus, pero sobre los que aún quedaban muchas incógnitas por des- pejar. Hemos relatado la historia reciente de los decubrimientos sobre los virus cristales, pero aún quedan datos más antiguos, algunos de los cuales, por considerarlos de interés, los traemos a colación En 1892 se demostró científicamente, por primera vez, la existencia de un virus. lwanowsky (12), trabajando sobre el mosaico del tabaco descrito por Mayer, comprobó que la savia de la planta enferma podía contagiar el mosaico a plantas sanas de la misma especie después de haber atravesado

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un filtro de bujía a prueba de bacterias, que había sido perfectamente este- rilizado antes de la filtración. Pero el mismo lwanowsky no pareció interpretar exactamente el signifi- cado de su experiencia y su descubrimiento pasó inadvertido.

A pesar de su propia demostración de la capacidad del virus del mosaico

del tabaco para atravesar los filtros, lwanowsky parecía estar convencido de que la enfermedad era producida por una bacteria, idea que fué expuesta por primera vez por Bayer en 1886.

Siete años más tarde, la prueba de filtración efectuada por lwanowsky fué repetida por Beijerinck (13), quien propuso entonces su teoría de un conta- gium vivum fluidum. Todas estas ideas fueron barridas al aislar Stanley la proteína del virus del tabaco, pero las recogemos porque, después de leído este trabajo, recupe- rarán las ideas de Mayer e lwanowsky una parte de su valor. El descubrimiento de los virus cristales produjo estupor entre los biólogos, quienes creían que existía una línea divisoria precisa entre las cosas vivientes y las que no lo son. Sin embargo, en esas nucleoproteínas que constituyen los virus de las plantas había algo que cristalizaba, y además se multiplicaban a medida que la enfermedad progresaba en la planta.

A favor de su naturaleza de seres vivos, hablan el poder de multiplicarse,

así como el que tanto los virus de las plantas como los de los animales, mutan e invariablemente originan líneas, variedades o tipos estrechamente relacionados con la línea madre. Estas dos propiedades son características de los organismos vivientes, pero por otro lado tenemos el indiscutible comportamiento de muchos virus como sustancias químicas y su aislamiento en forma cristalina. Nosotros, que en un trabajo publicado anteriormente dimos una idea de la estructura íntima de los virus esféricos normales, admitiendo que son una agrupación en equipo de «enzimas vitalizados», sobre los que ya en el año 1952 habíamos dicho que se podían originar por agrupación espontánea en equipo de enzimas procedentes de bacterias, nos nos habíamos atrevido, hasta ahora, a enfrentarnos con la incógnita que suponían los virus cristales. En ninguno de nuestros trabajos publicados últimamente en diferentes revistas hemos hecho mención de ellos, porque nos resultaba un descon- certante misterio. Pero he aquí que la «suerte» nos ha deparado la ocasión de poder desen- trañar también este problema, y al resolverlo se ha encontrado una clara ex-

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plicación, y visible, a numerosos enigmas y, entre ellos, la explicación perfecta de la manera como se efectúa la transmisión de material génico, desde los agentes microbianos «cancerígenos» a la célula donde se inicia la cancerización. Imbuidos la totalidad de los investigadores y estudiosos por la creencia de que los virus están vinculados necesariamente a un tamaño submicroscó- pico, lo que sólo es cierto para los virus que se encuentran en situación de emergencia en el seno de células vivas que se defienden y que, por acción recíproca, los convierte en submicroscópicos y agresivos, en cuya forma son estudiados en la actualidad, tendremos que sufrir durante un cierto tiempo una actitud de escepticismo general —mayor por parte de los menos perspi- caces, con la que ya hemos contado de antemano—. En un trabajo anterior demostramos que los virus normales desoxirribonu-

cleoproteicos, por lo menos algunos de ellos que hemos tenido ocasión de examinar, se podían visualizar en forma de anteridios fijos a glóbulos rojos, o raramente sueltos, y dotados de movilidad semejante a la de los espermato- zoides, en microscopio ordinario, con sólo unos 1.500 diámetros de aumento

y aun menos, cuyo trabajo contenía unos dibujos que daban una idea de su

morfología y de su evolución sexual Hoy veremos cómo los virus cristales se pueden visualizar incluso a simple vista. Vida precaria la de estos seres en medios artificiales, incluso en los

medios que utilizamos, que podrían llamarse «fluidos protoplasmáticos artifi- ciales», pero de vida real, de seres no agredidos por el medio y donde se multiplican durante varias generaciones de formas infinitamente mayores a las conocidas. Y, en definitiva, hay que tener «fe» en que decimos la verdad, pues no crean que nos exponemos al ridículo después de veinte años de vinculación

a la investigación pura y desinteresada. Y si alguien cree lo contrario, «que

se tire al ruedo», como decimos por estas tierras. A pesar del silencio que nos rodea, notamos ya en el ambiente que se nos va concediendo un mayor margen de crédito, y nuestro interés en conse- guirlo no es personal, sino que con ello resultarán grandes beneficios para la comunidad humana y para las ciencias biológicas, compensando constructi- vamente la alarma destructiva que significa el progreso de otras ciencias. Con esto hemos querido situar los acontecimientos lejanos y próximos, a fin de que las demostraciones puedan ser mejor comprendidas.

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ANTECEDENTES INMEDIATOS Y DESCRIPCION DE LA MARCHA DE LA INVESTIGACION EXPERIMENTAL

En nuestra ya larga vida de microbiólogos autónomos, nos ha sucedido varias veces —cuatro o cinco— que al efectuar siembras de vísceras de animales, bien con el fin de apoyar un diagnóstico clínico, bien para que sirvieran de base para la preparación de autovacunas, nos ha aparecido en lugar de una serie de colonias bacterianas, un cultivo de cristales en la superficie de los tubos de agar inclinados. La penúltima vez fué hace unos seis años, y recordamos perfectamente que conseguimos mantener en estado de multiplicación, reproduciéndose los cultivos, durante tres pases sucesivos. Reconocemos que aún carecíamos de la base necesaria para poder inter- pretar el fenómeno como lo hemos podido hacer ahora, pues nuestras ideas no habían evolucionado lo suficiente al faltarles el apoyo que después les han concedido numerosas demostraciones experimentales. Observaciones del mismo estilo tenemos la seguridad que han tenido ocasión de constatar algunos otros microbiólogos que se dedican a la micro- biología animal, pero no ha pasado de una observación y curiosa circuns- tancia, sin explicación posible. Así, pues, es posible que no hayamos hecho más que interpretar algo que ha debido ser observado antes por muchos microbiólogos, que obsesionados por el prejuicio de la época, de creer que los virus han de vivir vinculados a tamaños ultramicroscópicos, no han relacionado estos cristales con los virus cristales. Pero la última vez que nos ocurrió habíamos partido y procedido a una meticulosa observación desde el principio —antes de efectuar las siembras— por observar circunstancias que habíamos predicho en trabajos anteriores, durante la observación de las preparaciones microscópicas, de las vísceras del animal muerto. Los hechos ocurrieron así:

Sobre mediados de abril del presente año autopsiamos un cerdo, al que apreciamos fuertes lesiones inflamatorias circunscritas de bazo y un estado hemorrágico generalizado en serosas y mucosas. Ante la sospecha de que se tratase de un caso de peste porcina africana, enfermedad que aún no se ha presentado por los contornos de nuestra comarca, y por la posterior observación de algo de nuestro personal interés

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en el examen microscópico de las vísceras, procedimos no con el interés profesional que trata de resolver un caso más, sino con la evidencia de encontrarnos ante una bacteria que típicamente respondía al tipo de las bacterias denunciadas por nosotros, como «cancerígenas» y de las que en un trabajo anterior dimos amplia referencia. Y la cuestión no perdía para nosotros interés porque el caso en examen no tuviese relación ni remota con una proliferación neoplásica, sino que lo acrecentaba por el hecho de que estos gérmenes son saprofitos, y porque en el canceroso son muy difíciles de observar porque cuando la neoplasia apa- rece, ya hace tiempo que se efectuó la transferencia y la bacteria y los «es- poros intraorgánicos» a que da lugar han desaparecido. El examen microscópico detenido de frotis de distintas vísceras nos de- mostró que sólo existía como causa microscópica visible y responsable de la muerte del animal —que había muerto sólo unas horas antes— un largo bacilo Gram positivo, la mayor parte de las veces en diplobacilo, que, desde luego, morfológicamente no era el bacilus anthracis. Pero desde el examen microscópico empiezan a dar fruto nuestras obser- vaciones y demostraciones experimentales anteriores, ya publicadas, pues un examen detenido nos demostró que, junto con la forma bacilar, había «esporos intraorgánicos», de los que ya dijimos anteriormente que tenían significación y bioquímica distintas a los esporos conocidos corrientemente como formas de resistencia en el medio ambiente. Decidimos aislar dicho bacilo, sembrando en caldo ordinario, caldo gluco- sado, caldo hígado anaerobio, agar inclinado ordinario, agar para siembra anaerobia y en nuestro «fluído protoplasmático artificial». Pero con gran sorpresa por nuestra parte, a los tres días no había creci- miento positivo en ninguno de los medios sembrados. Era evidente que el bacilo que habíamos observado con profusión en el examen de vísceras tenía que crecer en alguno de aquellos medios de cultivo, que fueron preparados con toda meticulosidad, y que nos han servido posteriormente para la resiembra de todos los gérmenes de nuestra colec- ción de bacterias. Estábamos ya más que intrigados cuando en los tubos de agar inclinado —desde dos centímetros por encima del agua de condensación hasta ella— observamos una especie de crecimiento sospechoso, que examinado con la lupa resultaron ser cristales.

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Como no era la primera vez que lo observamos, y sabiendo ahora positi- vamente cuál era el origen de ellos, que no podía ser otro que una transfor- mación de la bacteria observada en cristal, tomamos con el asa de siembra agua de condensación de uno de los tubos donde habían crecido los cris- tales y sembramos tres tubos nuevos. Inmediatamente observamos la superficie sembrada con el microscopio a unos 50 aumentos y sólo eran visibles cinco o seis cristales en cada tubo por haber sido arrastrados por el asa. A las cuarenta y ocho horas apareció un cultivo perfectamente visible a simple vista, por su abundancia, siguiendo las estrías dejadas por la aguja de platino sobre la superficie del agar, y que examinadas con pocos aumentos resultaron ser cristales idénticos a los que se habían sembrado. Repetidas las resiembras, hemos conseguido siete pases hasta el mo- mento presente, aunque decreciendo la exuberancia en los últimos pases. Es de toda evidencia que los macrocristales se multiplican como otro ser vivo cualquiera, y que son de la misma naturaleza de los virus cristales. La fortuna de haber podido examinar detenidamente las vísceras, la de haber podido identificar el germen cuya existencia habíamos pronosticado junto con sus «esporos intraorgánicos», y haber podido, por tanto, llegar a la obligada conclusión de que, necesariamente, los cristales procedían de ellos, ya que ellos no aparecen en forma de bacilos por ningún sitio, tiene una enorme importancia, porque demuestra que el enigma ilógico de los cristales vivos, de naturaleza química, resulta ahora más lógico. Nuestra interpretación es que la bacteria elimina la parte somática y se convierte en «esporo intraorgánico», el cual conserva exclusivamente el material germinal. No es un virus todavía porque sus proenzimas germinales están envueltos por una membrana selectiva al paso de coenzimas y, por tanto, no son activados in situ, pero solamente hace falta que se desprovean de ella, para que la transformación en virus sea automática, y esto fue explicado en otro trabajo. Es decir, que la ribonucleoproteína génica, al quedar libre de la membrana esporular, crea el primer núcleo de condensación cristalina, que se multiplica a tamaño ultramicroscópico mientras permanece en contacto con células vivas, pero que forma un macrocristal por acumulación seriada del mismo tipo de material, en los medios de cultivo.

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Se trata de macrocristales formados por innúmeras unidades vitales, y visibles, por la misma razón que una colonia bacteriana se visualiza, por acumulación de bacterias de la misma clase. No sólo radica el interés de estas investigaciones en haber llegado a encontrar el origen y en haber podido explicar la naturaleza de los virus cristales —origen que, como ya hemos visto, presumía lwanowsky, a pesar de haber sido él el primero en haber conseguido demostrar la filtrabilidad del material contagioso—, sino en múltiples fenómenos observados después de un extenuante período de observaciones experimentales, que hemos podido recoger de forma gráfica parcialmente, dentro de las posibilidades de una cámara microfotográfica improvisada por nosotros. De las pruebas experimentales efectuadas hasta ahora —y estamos en los comienzos— se destacan dos por su importancia:

1.ª Si sobre un cultivo de agar inclinado, o en placa de petri, de estos cristales vivos sembramos un cultivo de bacilus caprisepticus, o pasteurella caprina, éste crece al principio normal y uniformemente, pero rápidamente aparecen colonias mutantes, que se destacan fácilmente, por su mucha mayor opacidad, del resto de las colonias translúcidas del bacilo no mutado. Son indiscutiblemente colonias mutadas de dicho bacilo, que al examen microscópico se muestran más pequeñas que los normales, pero es aún más curioso el que por debajo de esas colonias mutadas aparezcan asimismo cristales mutados, por lo menos en tamaño y morfología. 2.ª Si sobre otro tubo con agar inclinado, conteniendo un abundante cul- tivo superficial de cristales vivos, sembramos un germen del grupo Subtilis, éste crece, pero en las zonas donde se establece contacto entre las colonias bacterianas y los cristales, ocurre el siguiente fenómeno:

Los cristales se difuminan y disuelven, pero las colonias del bacilo del grupo Subtilis, a su contacto, pierden opacidad y se vuelven transparentes, vitrificándose, en un fenómeno parecido a la vitrificación de colonias bacte- rianas, por contacto con algunas estirpes de bacteriófagos. No se advierten detalles porque al estar sembrado el cultivo en agar incli- nado ha existido la necesidad de microfotografiar a través de una gruesa capa de agar, pero se observan las zonas más claras vitrificadas. Estas dos pruebas experimentales tienen gran importancia porque de- muestran visiblemente que existe una transferencia de material génico de

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cristal a bacteria y posiblemente de bacteria a cristal que conduce a una mutación doble. Pero la importancia para la colectividad humana radica, aparte de otras consideraciones de patología vegetal, animal y genética, etc., en que con éste queda demostrado visualmente que la transmisión de material génico de una bacteria «cancerígena», transformada en virus cristal a una célula somá- tica humana, es posible, ya que las bacterias que en nuestro caso reciben el material génico del virus cristal, mutando, son al fin y al cabo células bacte- rianas. Y esto es así, ya que la bacteria que en nuestro caso se transformó en virus cristal era un tipo perfectamente definido del grupo de microorganismos que ya hemos denunciado en trabajos anteriores, como agentes «canceri- zantes» por transmisión de material germinal, ya que en este caso no fallaba ni la tipología del bacilo ni sus «esporos intraorgánicos». Pero examinemos antes de terminar varios aspectos y consideraciones que se derivan de las observaciones conseguidas. Entre los virus cristales los hay que producen proliferaciones y tumores, pero más que por actuación directa, por probable transmisión de material germinal de virus o célula —no olviden que en lo sucesivo consideramos a los virus cristales como bacterias cristalizadas, es decir, como el germen cristalizado de algunos tipos de bacterias— y entre ellos el tipo más común es el conocido como «neación», que consiste en una hoja secundaria que crece en la cara inferior de otra hoja. Son provocados por numerosos virus, pero solamente en ciertos huéspedes. Se ha observado que los siguientes virus producen «enaciones»: el com- plejo de virus de la roseta del tabaco, sobre tabaco y especies afines de nicotina; el virus del anillo negro del tomate, sobre plantas de pepino de invernáculo; varias líneas del mosaico del tabaco, algunas sobre tomate y otras sobre tabaco, y el virus del enrulamiento de la hoja del tabaco, sobre tabaco. Se han descrito además, recientemente, en América, cánceres de plantas determinados por este tipo de virus, y al que se ha denominado «virus del tumor de herida». Grandes protuberancias que aparentemente pueden crecer ilimitada- mente, se desarrollan en las raíces y tallos de las plantas afectadas, de trébol blanco de olor: Melilotus alba.

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Estando ya demostrado que existe un juego de transmutaciones de ciertas bacterias a virus cristal, la mecánica que se desprende de la cancerización es exactamente la apuntada por nosotros a través de numerosas publica- ciones —que han ido por demostraciones parciales elevando el problema al claro estado en que hoy se encuentra— con la única variante de que no habíamos prejuzgado que la transmisión se llevara a efecto por intermedio de un virus cristal, aunque ya apuntábamos que el material génico de la bacteria al dispersarse, y antes de efectuarse la transmisión se transformaba en virus. Ahora bien, como la ribonucleoproteína cedida por el virus cristal a la célula somática humana es de la misma naturaleza que la del material génico de la bacteria de la cual proceden, y éstas tienen proteínas dextrógiras en su fracción enzimática germinal, el mecanismo de interferencia fosforilativa que provocan y que conduce al canceroso a la caquexia y a la muerte es el mismo que ya explicábamos en otro trabajo anterior. Otra de las observaciones recogidas durante el curso de nuestras investi- gaciones es confirmativa de las observaciones de Bawdden, Pirie, Bernal y Fankuchen, referida con anterioridad, pues depositando una gota de agua de condensación de un tubo con un cultivo positivo de cristales en la superficie de una placa de agar, y enfocándola en el microscopio, no vemos al principio ningún cristal, pero conforme la gota va siendo absorbida por el agar hay una activa condensación de los cristales líquidos al estado de cristal sólido. Esto demuestra que la observación de dichos investigadores de que los cristales pueden existir en un estado mesomórfico, o líquido, es exacta. Pero aún existen más circunstancias, pues hemos conseguido la reversi- bilidad del fenómeno, o sea la transformación de los cristales nuevamente en bacteria, de la siguiente forma. Hemos machacado en mortero hojas verdes de alhelíes y geranios hiedra, el jugo lo hemos filtrado por placa esterilizante, mezclado con caldo de carne ordinario, lo hemos mantenido una semana a la estufa y a la temperatura ambiente, sin que perdiera un ápice la transparencia. Después lo hemos sembrado con un cultivo puro de cristales y lo hemos dejado a la temperatura ambiente. A los tres días ha aparecido la misma bacteria que había en las vísceras del cerdo y que originó los virus cristales. Esta bacteria ha puesto viscoso el caldo filtrado en que fué cultivada, y en el cultivo no se aprecian esporos del tipo de los intraorgánicos, ni de ningún

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otro tipo, lo que demuestra que el «esporo intraorgánico» sólo se produce en el organismo de los seres parasitarios, como una fase previa a la aparición del virus cristal. De todas estas circunstancias nos nace una sospecha que pudiera adap- tarse a la realidad y es la siguiente:

Así como los núcleos de las células animales —seres de crecimiento limi- tado por un formato específico— son incapaces de regenerar, en términos generales, órganos amputados y poseen solamente desoxirribonucleopro- teínas como material germinal, las plantas que son capaces de elaborar a partir de yemas o brotes nuevos tejidos durante toda su vida, poseen ribonu- cleoproteínas como material génico. Por otra parte, los virus cristales sólo atacan de forma infectiva transmi- sible —en términos generales, pues ya hemos visto que en nuestro cerdo no ocurrió así— a las plantas y son ribonucleoproteínas, mientras que los virus no cristalinos, que están compuestos de dexoxirribonucleoproteínas, atacan de forma epidémica y epizoótica a hombres y animales.

Situados los hechos en este punto, se puede decir que la transmisión de material génico de naturaleza ribonucleoproteica, al material germinal desoxi- rribonucleico de una célula somática humana, puede modificar a esta última en su estabilidad de célula animal, y acercarla a la condición de célula vegetal en lo que se refiere a no obedecer los patrones que rigen el obligado estatismo de la célula animal, sino erigiéndose en brote o yema, que ha de originar una serie ininterrumpida de multiplicaciones celulares, apoyadas por una absorción o captación de energía extraordinaria, suministrada por la captación de los procesos fosforilativos, por las proteínas dextrógiras que inhiben al interdiario de las fosforilaciones orgánicas en beneficio propio. Todas estas causas constituyen el primus movens de la iniciación multi- plicativa de las neoplasias. En definitiva, la diferencia genética entre virus normales y virus cristales radica en que mientras los virus cristales pueden proceder de la cristalización del material génico de una sola bacteria, sin que haya dispersión de «subuni- dades» o «enzimas vitalizados», o bien del resultado del intercambio de material génico de un virus cristal con una bacteria, los virus esféricos no cristalinos sólo aparecen tras una asociación en corona superficial de enzi- mas acoplados en equipo, sobre un núcleo de ácido desoxirribonucleico o ribonucleico de tipo no cristalino, cuyos enzimas son procedentes de varias

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bacterias, e iniciándose por la formación de un provirus elemental, que sólo cuenta con parte del equipo enzimático definitivo, y sólo se convierte en unidad vital autónoma al completarse, porque sólo entonces es capaz de apropiarse, para efectos multiplicativos, de la energía dimanante de un ciclo bioquímico completo. Sus estructuras íntimas y su forma de multiplicarse se desprenden fácil- mente, pues mientras un virus esférico, con una corona periférica de enzi- mas, sólo puede multiplicarse en la forma que apuntábamos en otro trabajo, los virus cristales poseen, o deben poseer, una disposición lineal o plana, simétricamente seriada de su material ribonucleico y de sus enzimas, lo que les concede el poder reunir por agregación cristalográfica muchas unidades vitales en una estructura cristalina, de la misma forma que un enzima crista- lizado posee numerosos enzimas por cada cristal y que un cristal de ferricia- nuro acopla sus moléculas formadas por átomos diversos en una estructura cristalina, que se individualizan al efectuar una disolución de ellos. Así lo demuestra el estado mesomórfico, o de cristales líquidos, donde las moléculas individualizadas del virus cristal se encuentran dispersas en una fase líquida. Así, la multiplicación íntima del virus cristal no ha de seguir el patrón dispersivo de la multiplicación de los virus normales, pues sólo ha de repro- ducir una línea, o un plano preexistente, por acumulación sobre él de material de la misma naturaleza y reproduciéndolo en este caso como un negativo fotográfico a su positivo.

CONFIRMACION PRACTICA

Hemos recibido de Zaragoza la sangre de una enferma remitida por dos doctores —cuyos nombres silenciamos por no contar con su autorización para ello— con el siguiente diagnóstico: «Bultoma que sigue una progresión creciente a un ritmo rapidísimo, de manera que en dos meses ocupa todo el hemiabdomen derecho, con las mismas características de dureza, nódulos, dolor, etc., y con un estado general muy precario. Todo abunda en el sentido de una tumoración maligna de origen hepático (o ganglionar mesentérico), casi con entera seguridad de tipo sarcomatoso.» La sangre, según nuestras instrucciones, se extrajo con jeringa esterili- zada al autoclave, e introducida en frasco asimismo esterilizado al autoclave y agitada durante unos tres minutos. La sangre fué recibida en perfectas condiciones y se sembraron varios tubos de «fluído protoplasmático artifi-

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cial», depositando unas tres gotas, con pipeta Pasteur, en el agua de condensación, mezclando y extendiendo por inclinación del tubo por toda la superficie del agar inclinado. Se dejaron a temperatura ambiente, y a las setenta y dos horas nos pareció observar algunos cristales en el agua de condensación, pero no se percibían bien por la sangre. Sin agitar, tomamos con el asa de platino de la parte transparente del agua de condensación y sembramos nuevos tubos de «fluído protoplas- mático artificial» solidificado por la adición de agar. Dos días después aparecieron en todos los tubos resembrados cristales abundantes en el agua de condensación. La prueba directa fué efectuada y respondió a todas nuestras previsiones. Queremos hacer constar aquí que así como los cristales aislados del cerdo son eminentemente aerobios y crecen abundantemente en la super- ficie libre del «fluido protoplasmático artificial», los del cáncer sólo crecen en el fondo del agua de condensación, en el fondo de los tubos de «fluido proto- plasmático artificial» líquido y también en el fondo de tubos del mismo medio líquido anaerobio por adición de parafina líquida. Esta microaerofilia estaba prevista, como se puede comprobar al examinar los trabajos publicados.

CONCLUSIONES

1) Hemos podido demostrar que los virus cristales proceden de la cris- talización del material génico ribonucleoproteico de varias estirpes de bac- terias, tras una interfase parásita de «esporo intraorgánico». 2) Hemos podido demostrar la reversibilidad del fenómeno al demostrar que los virus cristales se transforman en bacterias, de la misma naturaleza que las originaron, en ciertas condiciones. 3) El virus cristal es el que efectúa la transferencia de material génico a la célula humana o animal, y a cuya transferencia es debida la cancerización, de acuerdo con todas nuestras previsiones publicadas con anterioridad, excepto que, como ahora se demuestra, fuese llevada a cabo bajo la forma de material génico cristalizado procedente de las bacterias que ya habíamos denunciado. 4) En la ampliación hemos llegado a la demostración directa de que así es en efecto al aislar de sangre de una enferma de tumoración maligna un virus

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cristal microaerófilo. 5) Que el cultivo de estos virus cristales es perfectamente posible efectuar «in vitro» en nuestros medios de cultivo, a los que llamamos «Fluidos proto- plasmáticos artificiales», en los que al no ser agredidos llegan a formas de tamaño macroscópico.

CONCLUSIONS

1) Nous avons pu démontrer que les virus cristaux procédent de la cris- tallisation de la matière ribonucléoprotéique des gênes de plusieurs sortes de bactéries, après une phase intermédiaire parasitaire de «spore intraorga- nique». 2) Nous avons pu démontrer la réversibilité du phénomène en démontrant que les virus cristaux se transforment en bactéries, de même nature que celles dont ils sont issus, cela sous de certaines conditions. 3) C'est le virus cristal qie effectue le transport de matière de gênes à la cellule humaine ou animale; c'est à ce transfert qu'est due la cancérisation, en accord avec toutes nos prévisions publiécs antérieurement, sauf que, comme nous le démontrons maintenant, il se réalise sous la forme de matière de gênes cristalisée en provenance des bactéries que nous avions déjà dénoncées. 4) En approfondissant nous sommes arrivés à la démostration directe que cela se passe ainsi, en effet, car nous avons isolé à partir dusang d'une malade de tumeur maligne, un virus cristal microaérophile. 5) Que la culture de ces virus cristaux est parfaitement possible «in vitro» avec nos moyens de culture que nous appelons «Fluides protopasmiques ar- tificiels», dans lesquelles, n'étant pas attaqués, ils atteignent des formes macroscopiques.

CONCLUSIONS

1) We have been able to show that the crystal viruses proceed from the crystalisation of the ribonucleoproteic genic material of several kinds of bac- teria, after an intermediate parasitic phase of «interorganic spore». 2) We have been able to show that this phenomenon is reversible, de- monstrating that the virus crystals are transformed into bacteria of the same kind as those from which they came under certain conditions.

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3) The virus crystal is the entily which effects the transference of genic material to the human or animal cell, cancerisation being the result of this transference in accordance with all the forecasts we have previously publi- shed, except —as we now show— in such cases as when the latter is deve- loped in the form of crystalised genic material coming from bacteria that we have already revealed. 4) We have achieved direct proof that this is in fact the case when, from the blood of a patient suffering from a malignant tumour, a microaerophie crystal is isolated. 5) That the cultivation of these virus crystals is perfectly possible «under glass» by our means of cultivation, which we have called «artificial proto- plasmie fluids», in which, unless attacked, the crystals can reach macros- copie size.

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La mecánica de la diferenciación celular en las colectividades celulares

(5 de octubre de 1962)

El período de vacaciones veraniegas, que impone una inactividad faculta- tiva y experimental, nos ha aconsejado dejar para el principio del curso aca- démico la publicación de los trabajos puramente técnicos, para que puedan ser reproducidos en los distintos laboratorios que así lo deseen, siguiendo la marcha de dichos trabajos. Pero mientras, una ingente cantidad de problemas que son afectados por nuestras investigaciones, esperan en fila su explanación, y hemos de apro- vechar estos momentos para ir presentando los conceptos alcanzados al aplicar los principios generales experimentalmente conseguidos, en campos que aún permanecen oscuros. Misterioso campo donde si es posible un ligero error en un sector del terreno disquisitivo, no lo es en la concepción global, que nos va a explicar de una forma bastante exacta el enigma de la diferenciación celular que da origen a los grandes edificios celulares colectivizados: los animales y plantas. Cada especie animal, o vegetal, tiene en cada célula un número determi- nado de cromosomas, y cada cromosoma un número determinado de genes. Todos los genes que van a determinar la formación de un nuevo individuo van representados en los dos gametos que van a unirse sexualmente. Al unirse las dos células sexuales, se inicia una multiplicación somática de células, que paulatinamente se empiezan a diferenciar en misiones especificas, lo que determina en ellas una extensa diversificación morfológica

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y funcional. Pero es estrictamente cierto que cada una de ellas, por muy diversas que sean su morfología y fisiologismo, ha recibido como dotación la misma cantidad y calidad de genes. ¿En dónde radica, pues, el mecanismo de la diferenciación celular, que convirtiendo a diferentes grupos de células en representantes de especiali- zaciones anatómicas y fisiológicas distintas, dan lugar a órganos completa- mente dispares, y, en definitiva, a la colectivización celular: individuo? Algunas teorías han tratado de explicar el mecanismo de esta diferen- ciación, sin que ninguna de ellas haya convencido a nadie. Vamos a partir, pues, para nuestra argumentación sobre el mecanismo de la diferenciación celular, de la base cierta de que todas las células del orga- nismo animal son equivalentes en cuanto a patrimonio genético, así como que no es ninguna ilusión su diferenciación morfológica y fisiológica, puesto que las células van perdiendo poco a poco el carácter embrionario no dife- renciado, para poseer características cada vez más específicas. Y en apoyo de esto se ha demostrado experimentalmente que las células

y zonas embrionarias van perdiendo en el transcurso del desarrollo su cua- lidad inespecífica caminando insensible y fatalmente hacia la especialización. Células que en el desarrollo normal estaban destinadas a transformarse en epidérmicas, si se las extrae de su posición normal antes de que hayan alcanzado su diferenciación, y se las trasplanta a regiones destinadas a originar tejido nervioso, pueden alterar su destino y convertirse en células nerviosas. No obstante, a partir de un determinado momento esta transformación no podrá efectuarse, y las células epidérmicas darán lugar siempre a células epidérmicas. Existe, pues, un momento determinado en que es imposible el retroceso, y entonces caminan decidida e irrevocablemente orientadas hacia un destino específico. Pero el misterio de esta diferenciación no podemos buscarlo en la célula considerada globalmente, sino penetrando profundamente en la intimidad de su equipo génico, que es el conjunto de vidas capaces de autonomía, pero instituidas en la célula en «unidades vitales» asociadas. Las células son como los hormigueros monticulosos y visibles de las termitas, los genes son las termitas.

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Los hormigueros han sido construidos por las termitas, como las células por los genes. También como en las colectividades de termitas y de abejas existe espe- cialización en las colectividades génicas que constituyen la célula, pero mientras en las asociaciones de insectos las especializaciones se efectúan por grupos de ellos, en la colectividad génica sólo existe un gen para cada misión específica, a parte de las funciones comunes por las que cada uno ha adquirido autonomía vital. Pero hay que llegar más profundamente y analizar, no el equipo génico en conjunto, sino cada gen en particular. Empecemos, pues, el análisis examinando las características individuales de las «unidades vitales» libres, para llegar poco a poco a deducir qué es lo que ocurre cuando se asocian y forman las células y qué es lo que ocurre cuando éstas se diferencian en misiones anatómicas y fisiológicas especí- ficas para constituir las colectividades celulares: animales y plantas. Iniciemos el estudio de la «unidad vital» individualmente considerada, en la forma que fué explicada en nuestros trabajos anteriores, y confirmada por Finch y Klug, en su estructura por roetgnograma en la Universidad de Londres, sobre el virus de la poliomielitis epidémica infantil. La molécula vírica, o fágica, o génica, es una esférula de DNA salpicada en su cubierta por unas 40-60 fracciones proteicas engastadas, que según nosotros, se tratan de otros tantos enzimas.

en su cubierta por unas 40-60 fracciones proteicas engastadas, que según nosotros, se tratan de otros

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Carece, como fácilmente se puede comprender, de enzimas hidrolizantes, por lo que le es imposible utilizar directamente prótidos, polipéptidos, polisa- cáridos, tri y disacáridos y lípidos. Necesitan material completamente hidrolizado, como el que resulta de la hidrólisis digestiva. Carecen, asimismo, de la posibilidad de fijar oxígeno, pues éste ha de suministrársele en un estado especial de activación, pues el oxígeno difun- dido en el plasma, o en otro líquido cualquiera, no puede ser utilizado por ellos. Necesitan que el oxígeno sea fijado por el protoplasma celular vivo (como se demuestra en los cultivos de virus en células vivas), en el que perma- necen en forma submicroscópica, o tomarlo directamente de la oxihemoglo- bina (como se demuestra en los cultivos de virus en nuestro F. P. A.), en el que parte del ciclo evolutivo se hace visible al microscopio ordinario. Se desprende, como consecuencia, que los virus han de ser parásitos obligados, o saprófitos simbiontes, pues fuera de las células vivas, o de nuestro F. P. A. no pueden vivir, y en la naturaleza no encuentran otros sustratos similares. Es, pues, una aspiración anhelante de los virus, o «unidades vitales», en términos generales, llegar a una autonomía que les permita utilizar el oxí- geno para desencadenar procesos glucolíticos que les proporcionen energía para la duplicación, pero esa aspiración sólo puede ser conseguida por improvisación alrededor de ellos de una estructura protoplasmática, es decir, transformándose en célula. Pero la pobreza enzimática de seres tan elementales lo impide, y para conseguirlo tiene que asociarse en gran número, aportando cada uno de ellos enzimas de características específicamente distintas, pues