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DESCUBRIMIENTO

ETIOLOGIA
DIAGNOSTICO
PREVENCION
Y TRATAMIENTO
DE TODAS LAS ENFERMEDADES
DEGENERATIVAS QUE PRODUCEN
AVISO: Esta es una copia exacta (salvo errores involuntarios) del
contenido del libro, pero no de su apariencia. Por ejemplo, en esta copia
digital las hojas son tamaño folio, en el libro copiado no.
INDICE

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PRESENTACION .........................................................3 ................... 7

VIRUS CLASICOS Y VIRUS DEL CANCER:

Formación y naturaleza de los virus ...................................11................. 16


Metabolismo de los virus ................................................... 26 ................ 32
Reconsideraciones sobre formación y metabolismo
de los virus..................................................................... 35 ................ 42

LOS VIRUS DEL CANCER:

Naturaleza y clasificación ................................................... 42 ............... 49


Patogenia del cáncer ......................................................... 50 ................ 57
Los hongos, virus del cáncer ............................................. 55 ................ 63

AGENTES CANCERIGENOS:

Los protomyces simbiónticos aberrantes ... ....................... 62 ................ 70


La vida elemental de los genes, virus-genes y fagos,
provirus o progenes ...................................................... 67 ................ 75

GENESIS DEL CANCER:

Enzimas cancerígenos o progenes ................................... 75 ................ 84


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LAS ESTRUCTURAS VITALES:

El bacteriófago, solución de un pleito ................................ 82 ................ 92


El manantial de la vida ....................................................... 91 .............. 101
En las fuentes de la vida .................................................... 97 .............. 108
El funcionamiento de las unidades vitales (virus y
genes) ......................................................................... 104 .............. 115
Multiplicación, mutación y formación espontánea
de las unidades vitales ................................................ 109 .............. 120
La mecánica de la cancerización ..................................... 122 .............. 135
Los nuevos rumbos en cancerología ............................... 137 .............. 151
El mecanismo de la inmunidad antienzimática arti-
ficial en el cáncer ........................................................ 145 .............. 159

LOS VIRUS CRISTALES:

Su origen y su vinculación con el cáncer ........................ 152 ............... 167


La mecánica de la diferenciación celular en las
colectividades celulares ............................................. 167 ............... 183
La duplicación controlada en las células vivas ............... 174 ............... 191
La autosíntesis en las «unidades vitales» ...................... 179 ............... 196
¿Qué es la vida y qué es la muerte? .............................. 190 ............... 207

INFORMACION Y POSOLOGIA:

Autovacunas para la inmunoterapia específica de


las enfermedades producidas por «enzimas vi-
vientes» ...................................................................... 197 ............... 215
Procedimiento para la obtención de vacunas con-
tra enfermedades producidas por «enzimas vi-
vientes» ...................................................................... 202 ............... 220
Procedimiento para la preparación de una vacuna
contra el cáncer........................................................... 211................ 229
—6—

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PATENTES .................................................................... 221 .............. 240

HIPOTESIS SOBRE LA CADENA FILOGENE-


TICA EVOLUTIVA:

Origen de la vida ............................................................. 241 ............... 260


Explicación de los dibujos esquemáticos ........................ 245 ............... 262
PRESENTACION
El presente libro recoge toda una serie de trabajos que, publicados du-
rante los años de 1959 a 1962 por el Dr. Chacón Mejías, representan actual-
mente la mayor y más cualificada aportación efectuada a la sociedad refe-
rente a la etiología, patogenia y tratamiento del cáncer.
Numerosos y valiosísimos son los trabajos y exposiciones que, tanto de
investigadores españoles como extranjeros, han sido publicados sobre es-
tudios y terapéuticas para combatir y comprender este azote de la huma-
nidad que es el cáncer; pero ninguno de ellos tiene la consistencia, universa-
lidad y evidencia como los contenidos en los trabajos de este español y
cordobés, que ahora, reunidos monográficamente, contiene esta publicación,
y cuyo título obedece a su excepcional y trascendental descubrimiento, que
ya en 1965 su lectura hizo al Académico Dr. Durán Santos, en un trabajo
publicado sobre «Meditaciones y progresos en la etiología y curación del
cáncer», reseñar con especial énfasis la figura del Dr. Chacón, junto a los
Doctores Severo Ochoa y Lorenzo Velázquez, como uno de los tres únicos e
ilustres investigadores españoles que más habían contribuido al conoci-
miento y etiología del cáncer.
La edición que ahora presentamos contiene todos aquellos conceptos,
experiencias y ensayos que han conducido al Dr. Chacón, tras más de
treinta años de trabajos y dedicación en el campo de la Microbiología,
Biología y Medicina, no sólo al descubrimiento de los protobios o enzimas
vivientes como productores de enfermedades degenerativas, entre ellas el
cáncer, sino a la terapia necesaria para combatir y aun prevenir esta plaga
que acecha inexorablemente a toda la Humanidad.
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Su lectura es, por tanto, para la inmensa mayoría de científicos y clínicos,


invaluable; su ingenio, actitud, actualidad y observaciones vuelven apasio-
nantes y hasta amenos temas que, por el gran impacto popular y trascen-
dencia que tienen no sólo debido a los efectos devastadores de las enfer-
medades propias que pueden ocasionar estas enzimas vivientes (E. V.), por
él descubiertas —cáncer, artropatías, asma, lupus eritematoso, parkinson,
etc—, sino por el notable incremento de las mismas, donde, según estadís-
ticas de la Organización Mundial de la Salud (O. M. S.), son diagnosticados
anualmente más de seis millones de cánceres en el mundo, y de cuya inci-
dencia en mortalidad en nuestro país para el año 2000 ha sido estimada en
seis millones; estadísticas todas ellas que reflejan el extraordinario interés
que su conocimiento y divulgación comporta no sólo para la Humanidad en
general, sino para la Medicina en particular, enormemente defraudada al
contemplar los insatisfactorios resultados que se obtienen con los trata-
mientos de radioterapia y quimioterapia.
No puede pasar inadvertido que a veces los criterios y teorías de algunos
de los mecanismos de acción expuestos de forma magistral por el Dr.
Chacón, pueden ser controvertidos; pero ello, sin duda, obedece más a la
magnitud y novedad del propio descubrimiento, no estudiado en las aulas
universitarias, que a cualquier planteamiento científico y formal que puede
objetarse.
Por hoy, la vanguardia de la investigación, a nivel mundial, en la lucha
contra el cáncer, está representeada por los «marcadores de actividad
tumoral», ya sean antígenos oncofetales (alfa-fetoproteína, carcino-embrio-
nario), enzimas (fosfatasa-ácida), hormonas (gonadotropina-coriónica) o
anticuerpos artificiales (monoclonados), cuyas bases no son otra forma más
que una extrapolación de la teoría del Dr. Chacón, que, escrita en 1959, ya
era objeto de ensayo en clinica animal en en el año 1948.
El Dr. Fernando Chacón Mejías, microbiólogo, farmacéutico y veterinario,
nació en Córdoba en 1917, ejerció el Profesorado como ayudante del Dr.
Castejón, en la Cátedra de Microbiología, Virología e Inmunología; fué Jefe
de la Sección de Microbiología del Laboratorio Seras, e Inspector Municipal
en el Ayuntamiento de Sevilla; su especialidad y fama como microbiólogo,
unido a un acontecimiento fortuito, como fué el envío por el Dr. Dorronsoro,
cirujano de Sevilla, de distintos tipos de cáncer para analizar la existencia de
hongos en los mismos, y los resultados negativos obtenidos, marcaron defi-
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nitivamente el rumbo de su vida, que a partir de ese momento, y ante los


interrogantes hallados, decidió dedicar sus esfuerzos y estudios a la investi-
gación de la etiología del cáncer; colabora con el Dr. Jiménez Díaz, al que
hace partícipe de los trabajos que realiza en el campo de la Oncogénesis,
quien muestra un especial interés por sus teorías, que apoya y anima firme-
mente. De los avances de su investigación mantiene constantes comunica-
ciones, charlas y publicaciones en revistas técnicas.
Sus especiales cualidades de investigador nato le hicieron apartarse
pronto de los cargos y ocupaciones oficiales que tenía, para, de este modo,
poder prestar una completa dedicación al estudio, investigación y ensayo del
tema que ya le apasiona: el cáncer, recluyéndose a tal efecto en su labora-
torio de Córdoba, para un día de 1974 patentar en el mundo entero su
excepcional descubrimiento: «una autovacuna contra las enfermedades
producidas por las enzimas vivientes».
En 1975, y por una resolución del INSALUD, es autorizada oficialmente la
dispensación con cargo a la Seguridad Social de las prescripciones de su
«autovacuna de enzimas inactivadas», resolución que, con fecha 25-X-1979,
es ratificada por la Secretaría de Estado del Ministerio de Sanidad.
En España son ya más de once mil los casos tratados hasta el presente,
así como más de mil quinientos los que actualmente siguen su tratamiento,
avalando por sí solos lo beneficioso de su «autovacuna de enzimas vivientes
inactivadas», que en todos los tratamientos lo son bajo prescripción y segui-
miento facultativo.
Su fama, aun en contra de su voluntad, es conocida en los cinco conti-
nentes; sus vacunas viajan por todo el mundo; la numerosa correspondencia
que recibe y personalmente contesta, así como el ingente trabajo que realiza
personalmente en la elaboración y control de las vacunas, le impiden mate-
rialmente proseguir al ritmo deseado su tarea investigadora para la conse-
cución de una mayor especificidad en sus autovacunas, al constatar con los
clínicos que en determinadas neoplasias, osteosarcomas y leucemias los
resultados no son del todo satisfactorios, pues aunque la autovacuna sí evita
los dolores y sufrimientos de estos enfermos en forma análoga que en el
resto de las neoplasias, consiguiendo así, al menos, obviar el síndrome de
adición, al que muchos clínicos temen; tema que recientemente ha sido
objeto de estudio por la Organización Mundial de la Salud (O. M. S.), emi-
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tiéndose al efecto un protocolo de aplicación, como fase piloto, en el Centro


SAITAMA del Cáncer (Tokio).
La falta de tiempo, que tan necesario es para continuar en la investigación
de una mayor especificidad en la autovacuna, así como el mayor incremento
en la demanda de ésta por todos aquellos que, sin publicidad alguna, co-
nocen de los beneficios que a su salud puede proporcionar, han provocado
el que en repetidas ocasiones los miembros de esta Asociación: «Chacón-
Cáncer», tanto clínicos como afectados y familiares, hayan dirigido al
Gobierno español —Ministerio de Sanidad y Consumo— sus demandas para
conseguir que las Instituciones estatales apoyen de alguna forma, con su
potencial de investigación, tan extraordinario descubrimiento; todo ello al
amparo de lo regulado en el Título VI, artículo 106, punto 2, de la Ley de
Sanidad, obviando con esta colaboración el que anualmente se acabe con la
vida de decenas de miles de españoles por la escasa atención que la
Administración Sanitaria presta a esta enfermedad y a su investigación.
Resulta imposible, pues, ante tan excepcional descubrimiento, no hacer
mención alguna de las características trascendentales contenidas en la obra
del Dr. Chacón, que, escrita hace más de veinticinco años, de forma tan
especial y vigente, viene jugando un primordial papel en el devenir de toda la
Humanidad, como es la integridad, defensa y conservación de la salud, que
puede aún, y merced a tan notable acontecimiento, no sólo quedar prote-
gida, sino liberada de las trágicas consecuencias que la acción de las
enzimas vivientes, ante la concurrencia de condicionamientos adecuados,
pueden producir como agentes etiológicos de enfermedades crónicas,
progresivas y no contagiosas.
En síntesis, el mecanismo de su actuación como tales agentes etiológicos
productores de enfermedades se efectúa bajo dos formas: bien por acopla-
miento al equipo genético de una célula, originando todo tipo de neoplasias
benignas o malignas, o bien por interferencia en el metabolismo de células
especiales, óseas, nerviosas, cartilaginosas, etc., produciendo entonces
enfermedades crónicas y progresivas, como: artrosis, espandilo-artrosis,
fiebres reumáticas no bacterianas, amiotropías progresivas, etc.
La decisión que nos mueve a publicar esta obra no es otra que la de
responder al deseo de numerosas personas, científicos y clínicos, con el
único objeto de presentar en forma monográfica el historial completo y refun-
dido de uno de los mayores acontecimientos del siglo, cual es el descubri-
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miento y terapia de las enfermedades neoplásicas, benignas o malignas, que


pueden producir las enzimas vivientes (E. V.), queremos destinar la presente
monografía a cuantos dedican su vida a la investigación, y de forma muy
especial a todos los miembros de la Asociación, afectados, familiares,
clínicos y simpatizantes, que con su colaboración e inquietud han hecho
posible esta edición.

ASOCIACIÓN CHACÓN CANCER


El conocimiento de la vida empieza en toda
su plenitud cuando se llega a conocer su
origen.»
El contenido de esta obra contribuirá a ello.

Chacón Mejías
VIRUS CLASICOS Y VIRUS DEL CANCER

Formación y naturaleza de los virus


(20 de enero de 1959)

Nos mueve a dar cuenta en esta serie de trabajos de los conceptos alcan-
zados en dieciocho años de investigación sobre virus, el hecho de haber
llegado a conclusiones que juzgo interesantes en este campo de la ciencia y
a nuestra creencia de que al conseguirlos hemos contraído con nuestros
semejantes la obligación moral de difundirlas.
Exponemos solamente ideas fundamentales, quizá un poco esquemática-
mente, pero suficientes para ser comprendidas con facilidad.
Como toda experimentación que abarca un extenso campo —imposible de
explorar por una sola persona dotada de escasos medios—, quizá adolezca
de algunos defectos de detalle, pero las cuestiones de fondo han sido confir-
madas por una observación meticulosa y detenida a través del tiempo en
numerosos casos de epi y enzootias.
Para mayor efectividad, unimos en una sola persona al microbiólogo y al
clínico y trasladamos el laboratorio experimental al campo. Las conclusiones
del clínico pasaron por la sanción del microbiólogo, y a la inversa.
Juzgamos que los problemas planteados han quedado parcialmente
resueltos y algunos de ellos parecen en vía de definitiva y práctica solución.
Desde el principio consideramos como un problema directamente vincu-
lado con el del cáncer. En este campo es donde hemos batallado sin
desmayo año tras año, alentados por varios miembros de la clase médica
que nos proporcionaron tumores extirpados de distinta índole.
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Sin más preámbulo quiero que entren ustedes conmigo en este mundo
maravilloso donde nace la vida en su forma más elemental. Donde la suma
de moléculas inertes y carentes de vida propia dan lugar por asociación a un
complejo molecular dotado de vida propia y susceptible de multiplicarse,
aunque esta multiplicación esté vinculada a la presencia de células vivas.
Los conceptos que aquí se vierten no modifican en nada los puntos de
vista actuales, pero completan sectores amplios completamente descono-
cidos.
Hemos considerado siempre, y así está admitido, que un virus determi-
nado procede ontogénicamente de otro igual, por ser una especie definida
biológicamente e incluso incluido como tal en la sistemática microbiológica
(pero vemos la cuestión en su conjunto en un aspecto menos simplista y
parcialmente más amplio).
Es cierto que cualquier virus procede por multiplicación en células vivas de
otra macromolécula vírica igual, pero hemos llegado a la conclusión de que,
en su origen, los virus no proceden de otros iguales, sino que se forman por
agregaciones enzimáticas, procedentes de distintas bacterias, y que sólo
cuando estas agregaciones se han efectuado cualitativa y cuantitativamente
en una proporción determinada es cuando el virus aparece como tal, con su
cortejo de efectos patógenos, y es estudiado por el virólogo.
Vamos a explicar cómo se forman los virus y el mecanismo que emplean
los enzimas para transformarse por asociación en virus.
Luis Pasteur creyó que el desdoblamiento de los azúcares en alcohol y
ácido carbónico era debido a la acción vital de las levaduras o «fermentos
figurados»; pero en 1897, Buchner desgarró las levaduras con arena en un
mortero y, por filtración, consiguió un jugo libre de levaduras. Este filtrado
tenía la capacidad de fermentar la glucosa, demostrando que el desdobla-
miento de los azúcares lo ejecuta catalíticamente un sustrato no viviente. A
estas sustancias se les llamó «fermentos no figurados» y, posteriormente,
«enzimas».
En la levadura, así como en todos los microorganismos, existen enzimas
producidos por ellos, cuyos enzimas, a pesar de ser sustancias no dotadas
de vida, efectúan una función bioquímica, con autonomía absoluta del ser
que los creó.
No hace falta la presencia vital del organismo formador de enzimas para
que éstos actúen, teniendo, además, cada enzima una función bioquímica
específica, hasta el punto de que Fischer dijo que «el enzima es al sustrato
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sobre el que actúa, como la llave lo es a su cerradura».


Es conocido de todos que la enzima completa o halofermento está consti-
tuído por dos fracciones: una fracción llamada «apofermento», de naturaleza
proteica y carácter específico, y otra fracción llamada «cofermento», de natu-
raleza lipídica, que da el carácter de especificidad al enzima.
De las experiencias de Buchner se desprende que, a pesar de ser los en-
zimas sustancias no vivas, son creadas por seres vivos y actúan con auto-
nomía de éstos.
Realmente, estas funciones autónomas de los enzimas no podemos
considerarlas como manifestaciones vitales, puesto que los enzimas no se
multiplican por sí solos, sino que tienen que ser producidos por seres más o
menos organizados.
Pero estas manifestaciones autónomas llevan indiciariamente una acti-
vidad, que es en sí la más elemental manifestación de vitalidad.
De este balbuceo de vitalidad arranca la serie de fenómenos que darán
lugar, primero, a la formación de fagos, y después, a la formación de virus,
como organización más superior.
Un enzima aislado es sólo un eslabón de una cadena de enzimas elabo-
rados por un determinado ser vivo, con el fin de transformar el sustrato ali-
menticio y atender a su síntesis y captación energética.
Pero el enzima aislado trata de independizarse del organismo que lo creó,
intentando formar un equipo enzimático independiente, que, completando un
ciclo bioquímico exaltadamente heterótrofo, le procure los recursos nece-
sarios —por captación de ciclos vitales de la célula en que viven— a su
propia síntesis.
Los enzimas que se han de reunir en equipo tienen que componer una
serie definida, y estos enzimas distintos no se encuentran reunidos en una
sola bacteria o microorganismo inferior.
Cuando un enzima aislado se encuentra con uno de sus complementarios
—no de los complementarios producidos por una determinada bacteria, sino
los que van a formar equipo independiente de la bacteria para constituir el
virus—, se une con él, formando un ser bienzimático.
Este ser bienzimático puede seguir agregando exoenzimas procedentes
de otras bacterias, pero si se trata de un endoenzima el que necesita agre-
gar, entonces actúa como fago y libera el enzima del soma de la bacteria por
lisis de ella.
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En este último caso, el bi, tri, etc., enzima se multiplica activamente alre-
dedor o en el interior de la bacteria cuyo enzima trata de liberar, y bien sea
por donación voluntaria o por donación forzada, la bacteria cede el nuevo
enzima, que entra a formar parte del equipo elemental que la atacó.
Nos encontramos en presencia, pues, del proceso de multiplicación del
ser más elemental, el fago, producido por la agregación de dos o tres o más
enzimas sin capacidad de multiplicación aisladamente.
Pero el fago es un equipo enzimático incompleto que trata de completarse;
es un provirus todavía no dotado bioquímicamente para liberar energía de los
ciclos vitales de las células vivas.
Permanece, pues, en la más completa inactividad, captando exoenzimas,
quizá por quimiotactismo; pero se multiplica de nuevo activamente en
presencia de una bacteria de la que tenga que liberar un endoenzima.
Ahora bien: cuando el equipo enzimático se completa por captación del
enzima que faltaba, entonces adquiere otro tipo de autonomía. Ya puede
multiplicarse, utilizando los ciclos vitales de las células vivas. Ya es un virus
tal y como lo conoce el virólogo.
Explicado este fenómeno de una manera simplista, tal y como se ha ex-
puesto, resultaría que todos los enzimas tienden a formar equipos enzimá-
ticos completos e independientes, y, en consecuencia, la aparición de virus
saprófitos o patógenos resultaría de una frecuencia alarmante.
Pero resulta que para iniciarse la asociación en cadena hace falta una
inducción; es necesario que un enzima activado e inducido inicie la tendencia
asociativa.
Esta inducción o activación es provocada de distintas maneras. En primer
lugar consideremos la inducción inmunitaria.
Se efectúa de la siguiente manera: una bacteria, generalmente patógena
de cualquier naturaleza, determina una infección de tipo crónico o agudo en
un ser superior, el cual, en virtud de este ataque, se satura de defensas
contra la bacteria de que se trate, produciéndose en él una inmunidad
natural.
La bacteria ordinaria virulenta es bloqueda por las defensas orgánicas,
que le impiden su normal desenvolvimiento, siendo finalmente expulsada o
destruida o inactivada. En este momento es cuando ciertos enzimas de esta
bacteria son activados e inducidos a independizarse, tratando de crear un
equipo enzimático por su unión con otros enzimas de distinta procedencia,
determinando, primero, la formación de un elemento «fágico», y después, al
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completarse, un virus.
Esto debe ocurrir en algunas endemias tíficas, pues primero aparece el
fago en los convalecientes y, porteriormente, se produce en el enfermo ya
recuperado una encefalitis vírica, muchas veces mortal.
El virus encefalítico no ha procedido de contagio, sino que ha sido creado
en el interior del enfermo por el mecanismo explicado.
Por este mecanismo aparecen todas las virosis; el virus inicial es elabo-
rado por este mecanismo, y si es difusible, se inicia la cadena epidémica a
partir del individuo o individuos que primero lo crearon. Una vez iniciada la
serie por transmisión, ya el virus funciona como un ser dotado de vida, y
todos los virus posteriores proceden de los inicialmente creados. Ya no es
posible prejuzgar su formación.
Se desprende de estos razonamientos una consecuencia lógica, y es que
si en un país determinado no existen todas las bacterias que cuantitativa y
cualitativamente han de donar los distintos enzimas para formar un virus,
éste queda incompleto y nunca llega a formarse ese virus determinado, pues
todo lo más se formará un provirus o fago más o menos complicado, que no
se multiplica en presencia de células vivas de animales superiores, no pu-
diendo constituirse ese virus endémica o enzoóticamente en ese país.
Cuando en ese país se encuentren todas las bacterias capaces de com-
pletar el equipo enzimático de un virus determinado, entonces la virosis será
endémica en el país; en caso contrario, ha de llegar por vía epidémica.
Cuando una de las bacterias donadoras de enzimas sea huésped habitual
de insectos, el provirus fágico formado en el hombre o animal ha de pasar a
través de insectos vectores para que el provirus, al completar su equipo en el
insecto, se transforme en virus.
También por este mecanismo pueden ocurrir una serie de hechos que den
lugar a las distintas variantes antigénicas de un virus determinado. Supon-
gamos un virus con variantes antigénicas, como, por ejemplo, el de la gloso-
peda. Calculemos, por ejemplo, para él, como cantidad mínima de enzimas
que pueden formarlo, el de siete. Este virus es de una determinada cualidad
antigénica; pero ese virus, que se multiplica ante la célula viva como un virus
perfecto, puede encontrarse en un momento determinado y en otra comarca
o país de donde partió la epizootia con una bacteria determinada que le
puede ceder otro exo o endoenzima, y entonces, a pesar de tratarse ya de
un virus perfecto, actúa sobre la bacteria o sobre su exoenzima como un pro-
virus fágico, agregándose el nuevo enzima y completando el número de ocho
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enzimas. Ello lleva como consecuencia que el producto final de su metabo-


lismo —por haberse ampliado el campo de acción bioquímico del equipo
enzimático— sea distinto, con lo que ha variado antigénicamente, apare-
ciendo, por una aparente mutación, una nueva variante antigénica.
Pero existen otros procedimientos de activación o inducción enzimática, y
otro de ellos es la activación telúrica y radiactiva. Vamos a poner un ejemplo
que nos explicará el mecanismo de dicha activación.
Existen bacterias, como el bacilo del mal rojo del cerdo, que no actúan en
el verano —por lo menos por esta zona—, y que, sin embargo, en tiempo
borrascoso y frío, otoñal o invernal, provoca verdaderas invasiones masivas.
Se trata de factores telúricos que estamos muy lejos de conocer, pero que la
observación y la práctica nos ponen en evidencia de forma irrefutable.
Es comprobable también que cíclicamente cada doce o trece años aproxi-
madamente —quizá coincidiendo con períodos de máxima actividad radiac-
tiva solar— se producen epizootias de mal rojo verdaderamente desoladoras.
En casi todos los brotes graves de mal rojo, una cantidad enorme de bacilos
no actúan como formas bacilares visibles, sino en forma corpuscular invi-
sible. Que esto es así nos lo demuestra nuestra observación siguiente: si
tomamos con el asa de siembra, de las vísceras del cerdo muerto, dos canti-
dades iguales, y una de ellas la extendemos en frotis para observar, después
de coloreado, al microscopio, y otra de ellas la extendemos sobre la super-
ficie de agar, observaremos que, mientras en el frotis, después de ser reco-
rrido en toda su extensión, sólo son observables la mayoría de las veces una
cantidad de bacilos, que no pasan de diez, en la superficie del agar; después
de incubación, aparecen más de trescientas colonias. Como cada colonia ha
surgido de una unidad vital, resulta que en el frotis existían esas mismas
unidades vitales, pero estaban en forma invisible. Vemos, pues, cómo los
factores ambientales deciden sobre la patogenicidad de una bacteria deter-
minada. Asimismo, estos factores pueden inducir, activar o excitar las agre-
gaciones enzimáticas, apareciendo virus como los de la gripe y el consti-
pado.
Otro tipo de inducción podría ser determinado por ataque a bacterias por
medio de la acción antibiótica.
Una vez examinadas las causas inductoras, pasemos a revisar otros
aspectos interesantes.
Los virus, en su acción patógena, conservan la impronta de las bacterias
que le donaron sus enzimas. Si éstas están dotadas de un determinado tro-
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pismo, el virus lo poseerá aumentado, pues se trata de una organización más


heterótrofa y, por tanto, más exaltado en su actuación.
Hemos visto brotes pestosos donde los primeros cerdos atacados, sin
síntomas pestosos aún, tenían los pulmones completamente invadidos por
Hemophilus suis y totalmente macizos.
En los cerdos que van apareciendo enfermos, después han desaparecido
totalmente los Hemophilus del pulmón, pero continúa la macidez pulmonar,
con un cuadro ya claro de peste pulmonar. El Hemophilus ha sido, en este
caso, el donador del último enzima, y el virus resultante continúa con la
misma característica en su actuación patógena y sus mismos tropismos,
siendo la neumonía exclusivamente producida por el virus pestoso.
Los tropismos dérmicos, nerviosos, intestinales y septicémicos del virus de
la peste porcina en los distintos brotes de la enfermedad obedecen como
causa a que el núcleo fundamental del virus o su enzima de actuación pató-
gena está donado por una bacteria de la misma afinidad.
Hemos podido asimismo comprobar que, aunque existe un criterio unitario
sobre la antigenicidad del virus de la peste porcina, no es menos cierto que
está constituído por un verdadero mosaico antigénico, resultado de la distinta
cualidad de los enzimas agregados, y que cuando se utiliza en una suerova-
cunación un suero muy heterólogo con respecto al virus empleado simultá-
neamente, el suero neutraliza una serie de enzimas comunes, pero no otros
del mosaico enzimático del virus, por no estar su anti correspondiente repre-
sentado en el suero. Las macromoléculas víricas no neutralizadas totalmente
son degradadas a provirus fágicos, con lo que quedan inactivos; pero si los
enzimas no neutralizados son muchos, este provirus puede completarse con
otros tipos de enzimas distintos a los neutralizados por el suero y radicantes
en otras bacterias, y ocurre entonces a posteriori, más tarde o más tem-
prano, según el tiempo que el provirus ha tardado en completarse nueva-
mente, una explosión pestosa o un chorreo de enfermos crónicos. Estos
casos son conocidos de todos, y tiene su explicación en estos hechos.
Se desprende, en consecuencia, que el virus pestoso posee antígenos o
enzimas comunes neutralizados por todos los sueros anti, pero que estos
enzimas comunes pueden ser sustituídos si se deja sin neutralizar la parte
del resto del mosaico antigénico.
De aquí la necesidad de utilizar sueros homólogos que destruyan en su
totalidad el equipo enzimático del virus que hemos inoculado simultánea-
mente, pues el virus pestoso —ante la cantidad enorme de bacterias con que
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se pone en contacto el cerdo— se forma fraccionariamente de distinta


manera, según la cualidad de los enzimas aportados por distintas bacterias,
aunque su estructura común y fundamental sea casi idéntica en todos ellos.
Tenemos otra observación que apoya de una forma convincente el hecho
de que los virus se formen por agregaciones enzimáticas, y es la siguiente:
es conocido de todos los veterinarios y tratantes lo peligroso que resulta
reunir en una piara cerdos de distinta procedencia, por producirse con gran
frecuencia una explosión pestosa.
La explicación es la siguiente: cada lote de cerdos había permanecido
sano porque no se habían puesto en su lugar de origen en contacto con el
grupo completo de bacterias donadoras de enzimas, pero portando cada lote,
o bien una bacteria donadora, o bien un provirus fágico inactivo. Al reunirse
los distintos lotes y convivir, se intercambian los distintos provirus y bacterias
donantes, existiendo muchas probabilidades de que el equipo enzimático se
complete, y como el equipo enzimático completo es el virus, aparece la
explosión pestosa.
Con estas consideraciones terminamos la parte dedicada al estudio de la
formación de los virus clásicos.
Antes de terminar este primer trabajo efectuaremos también un estudio
sobre la formación de los virus del cáncer.
Hemos visto en lo que antecede cómo los virus clásicos son formados por
agregación fágica de una serie de enzimas procedentes de bacterias.
También hemos visto cómo en su actuación patógena y tropismos tisu-
lares llevan la impronta de las bacterias donadoras, y específicamente de la
o las bacterias patógenas que donaron sus enzimas. Es lógico que, siendo el
virus una entidad patógena más exaltada, por más heterótrofa, que la o las
bacterias patógenas donantes de parte de sus enzimas, sea el virus resul-
tante transmisible en serie si las bacterias donantes también lo son, aunque
en menor escala. Con estas consideraciones es fácil comprender cómo se
comportan los virus del cáncer y cuál es su naturaleza, cuando hagamos las
salvedades que siguen. Los virus del cáncer no se forman por agregación de
enzimas bacterianos, sino por agregación de enzimas de hongos y de ciertas
clases de hongos y bacterias encuadrados biológicamente en el orden acti-
nomicetales, orden que es el puente de enlace entre el mundo de las bac-
terias y de los hongos.
Entre los géneros de este orden encontrarnos al bacilo tuberculoso, pro-
— 24 —

ductor ya por sí solo de neoformaciones miliares; el Actinomyces, productor


de tumoraciones óseas; las Nocardias —productoras en algunos lugares de
la «farcinosis» del buey—, enfermedad crónica que produce tumoraciones
ganglionares muy parecidas en su evolución al linfogranuloma de Hogkins, y,
por último, el género Streptomyces, productor de casi todos los antibióticos
conocidos.
El hecho de que precisamente haya sido aislado por nosotros numerosas
veces un Streptomyces a partir de sangre de cancerosos, y que éste sea un
donante de enzimas para el virus cancerígeno, sería una causa que expli-
caría la inefectividad de los antibióticos para el cáncer.
El hecho de que el linfogranuloma de Hogkins parta casi siempre de lesio-
nes tuberculosas demostraría el hecho de que el bacilo tuberculoso puede
ser también un donador de enzimas que contribuye a la formación del virus
del linfogranuloma.
Queremos terminar haciendo las siguientes consideraciones. Los proce-
sos micósicos, e incluso la misma tuberculosis, no son transmisibles en serie
por contagio natural, pués para ello es necesario cierta susceptibilidad indi-
vidual, y, además, en su acción patógena tienden a la localización y a la
cronicidad.
Hemos dicho antes que los virus portan en su actuación patógena las
características de los agentes donadores de sus enzimas, y resulta de fácil
comprensión que los virus del cáncer tengan inclinación a producir procesos
crónicos, con tendencia a la localización y sin tendencia a la transmisión en
serie.
Como para denunciar la presencia de un virus hace falta que sea trans-
misible en serie, provocando en los animales de experimentación efectos
patológicos visibles, resulta que los virus del cáncer no se pueden poner en
evidencia con las técnicas actuales, puesto que no son transmisibles en
serie, y para conseguir esta serie haría falta descubrir al 3 ó 4 por 1.000 de
las personas sensibles y establecerla con ellos. Pero la sensibilidad, como no
es denunciable, hace que nos hayamos encontrado hasta ahora ante la
imposibilidad de ponerlos en evidencia.
Es muy probable que así como todas las personas sufrimos un ataque por
el bacilo tuberculoso que produce una primoinfección calcificada en los indi-
viduos resistentes, suframos una primoinfección cancerosa que produzca a
los no sensibles un estado de particular resistencia.
Al efectuar una revisión de lo expuesto anteriormente, vamos a examinar
— 25 —

el problema de la formación de los virus desde lo más elemental a lo más


complicado, de acuerdo con la siguiente escala:
Proenzima. Enzima. Fagos o virus de bacterias o provirus. Virus clásicos.
Gérmenes bacterianos de salida.
Los proenzimas, o precursores de enzimas, son apoenzimas producidos
en estado de inactividad catalítica. El tripsinógeno, por ejemplo, es producido
por el páncreas en una forma inactiva, y carece de acción sobre las proteí-
nas; pero cuando llega al intestino es activado por una sustancia de tipo
enzimoide, llamada enteroquinasa, presente en las secreciones intestinales,
cuya naturaleza precisa se desconoce, convirtiéndose en un activo enzima
proteolítico: la tripsina.
Se ha producido una especie de conjugación de una proteína procedente
del páncreas, o proenzima o apofermento inactivo, con un factor de otra
naturaleza, que, actuando como coenzima, da lugar al halofermento tripsina.
Vemos, pues, cómo para la formación de un enzima hacen falta, como ya
dijimos, un núcleo proteínico —apofermento— y una fracción de otra natura-
leza—el coenzima —, y hemos visto como el núcleo proteínico puede tener
un origen complétamente distinto del grupo prostético o coenzima. Estos
núcleos proteicos son verdaderos proenzimas, y pueden proceder de pro-
teínas de los más diversos y múltiples orígenes.
Las proteínas enzimáticas son sustancias de relativamente elevado peso
molecular, oscilando entre 40.000 para la peroxidasa y de 250.000 para la
catalasa.
Tienen de común con las restantes proteínas la propiedad de alterarse por
la acción del calor.
Teniendo en cuenta que los virus poseen un peso molecular comprendido
entre dos y cuarenta millones —los de las plantas—, deduciremos que están
formados por asociaciones de gran número de enzimas.
Si analizamos las funciones de los enzimas en las células y su distribu-
ción, nos encontramos con que casi todos los enzimas celulares se encuen-
tran en el protoplasma. Algunos son componentes solubles del proto y cito-
plasma, e incluso parece muy probable que la materia proteínica de éstos se
encuentre formada a base de las proteínas enzimáticas. Hay otros muchos
que están unidos firmemente y forman parte de la estructura granular del
protoplasma.
— 26 —

En las plantas se encuentran verdaderos equipos enzimáticos asociados a


los cloroplastos y otros a las mitocondrias, como ocurre con todo el grupo de
los enzimas que intervienen en la oxidación respiratoria de los azúcares.
Una interpretación de la presencia de tales equipos enzimáticos es que la
agregación íntima de varios enzimas es esencial para que se efectúen pro-
cesos metabólicos cuyas reacciones se suceden unas a otras en continua
serie de fases. Como el producto de una de estas reacciones es inmediata-
mente el sustrato de la siguiente, es fácil comprender el que los enzimas que
intervienen en ellas estén asociados en una sola unidad bien integrada y
organizada.
Todas las cadenas complejas de reacciones, como las de la respiración,
fotosíntesis, etc., tienen sus respectivos enzimas unidos entre sí, formando
partículas complejas.
Vemos en estos hechos cómo los enzimas tienden a agruparse cuando
los mecanismos liberadores de energía y sintéticos necesitan de ciclos
bioquímicos seriados.
Esto nos lleva a comprender cómo enzimas activados pueden tener
tendencia a conjugarse con total independencia de las células bacterianas
que los originaron para sufrir un proceso de vitalización al transformarse en
fagos y virus.
Algunos enzimas parecen estar formados solamente por una proteína;
otros, en cambio, constan de dos porciones, como ya hemos dicho.
La parte activadora, o coenzima, es de variada naturaleza; en la tirosinasa
está constituída por un átomo metálico de cobre. También el cinc, manga-
neso, magnesio y hierro forman el grupo prostético de muchos enzimas. En
otros casos, los grupos prostéticos están formados por sustancias orgánicas
relativamente complejas, y es curioso que sustancias descubiertas primera-
mente como vitaminas, se sabe hoy que funcionan como parte de los grupos
prostéticos de los enzimas.
El grupo prostético de las hidrogenasas es el nucleótido fosfopiridínico, y
el de los enzimas flavoproteínicos, la riboflavina.
Con estas consideraciones podemos tener una idea de la estructura de los
virus y provirus, o fagos o virus de bacterias, pues de las ideas anteriores se
deduce que estén formados por una masa de apoenzimas proteínicos conju-
gados, cubierta de un mosaico de grupos prostéticos, o bien con los grupos
— 27 —

prostéticos en cadena, formando un apéndice o cola. Cada grupo prostético


posee en el ciclo metabólico una función de eslabón de cadena, al final de la
cual se produce la liberación energética.
Debemos hacer ahora un recordatorio de las ideas actuales sobre los
fagos para deducir después consecuencias oportunas.
D'Herelle llegó a la conclusión que el bacteriófago era un ultra-microbio
que parasitaba a las bacterias, llegando a su destrucción.
También concluyó que el bacteriófago juega un gran papel en la infección
y en la inmunidad, constituyendo la principal defensa contra las bacterias
patógenas invasoras, concepto este último que fué fuertemente discutido.
Sobre su naturaleza exacta algunos investigadores apoyaron la opinión
D'Herelle de que se trataba de un diminuto microbio que vive a expensas de
la bacteria, mientras que otros se inclinaron a considerarlo como una sus-
tancia lísica inanimada, y otros, como un enzima.
Aparte su naturaleza exacta, es indudable que los fagos tienen una gran
facilidad para crecer y multiplicarse, habiéndose demostrado reiteradamente
que no tienen acción alguna sobre los gérmenes muertos, así como que se
muestra inactivo en el organismo vivo.
El fago tiene muchas de las características de los virus filtrables.
Si los virus son de una estructura especial, análogamente sucede con los
fagos. Mediante el uso de membranas de colodión, cuidadosamente gradua-
das en su porosidad, se ha demostrado que hay diferencia notable en el
tamaño de la partícula de diferentes cepas puras de fagos.
De estas circunstancias se desprende la naturaleza provírica del fago,
pues estaremos de acuerdo en que las bacterias son células vivas, y, sin
embargo, los virus no se multiplican en ellas, mientras que los fagos actúan
en las células vivas de animales superiores.
¿No se desprende, con toda lógica, que los fagos utilizan a la bacteria,
aparte de para captar bioquímicamente energía de los ciclos metabólicos de
la bacteria, para que le done, voluntaria o violentamente, enzimas que les
son necesarios para completar su equipo?
¿Del variado tamaño de los fagos, no se desprende que éste depende del
número de enzimas agregados en su aspiración a mayor autonomía de
actuación bioquímica?
¿Y por qué, si el concepto de D'Herelle es verdadero, la ingestión de fagos
tíficos, por ejemplo, no cura ni alivia al tífico, como él creía que ocurriría?
— 28 —

Los ciclos metabólicos de las bacterias y los de las células vivas de seres
organizados son tan semejantes —por lo menos algunos de ellos—, que no
habría un motivo fundamental para que se multiplicaran en presencia de
bacterias vivas y en crecimiento, y no en presencia de células vivas de ani-
males o plantas.
Es muy probable que el fago, actuando sobre la superficie de la bacteria o
penetrando en ella, derive un ciclo energético para multiplicarse activamente,
consiguiendo que la bacteria se desprenda de ciertos enzimas que le inte-
resan y que agrega a su estructura.
Es por lo que algunos fagos sólo atacan a bacterias con antígenos Vi,
mientras que no atacan a las mismas estirpes de esas bacterias que carecen
de ese antígeno.
Esto demuestra que el fago que ataca a las bacterias dotadas de antí-
genos Vi lo que le interesan son solamente estos antígenos proteínicos
convertibles en enzimas, y no la estructura celular propia de la bacteria.
No tratamos de entablar una discusión sobre si los fagos son pro-virus o
no.
Muy distantes todavía de conocer los secretos de todas las actividades
enzimáticas —pues hay células cuyos enzimas pasan de cientos y cuyos
mecanismos los desconocemos en su casi totalidad—, no pretendemos que
exista una separación tajante entre el concepto de fago y el de virus, máxime
cuando hemos establecido a priori que un virus —como en el caso de for-
mación de variantes en el virus de la glosopeda— puede actuar también
como fago en ciertas circunstancias.
Es, por tanto, imposible fijar la línea separatoria entre el concepto de fago
y el de virus.
Está comprobado que los fagos de bajo peso molecular—por tanto, con
pocos enzimas — producen en los cultivos de bacterias en medios sólidos
grandes calvas líticas, mientras que los de elevado peso molecular —de
mayor complejidad enzimática— producen calvas más pequeñas mientras
mayor es su tamaño.
Existe, pues, una verdadera relación entre el tamaño del fago y su acti-
vidad lítica, siendo curioso el hecho de que los fagos de mayor tamaño
posean progresivamente menor actividad lítica, cuando realmente debía
ocurrir lo contrario, puesto que a una organización más perfecta debía
acompañar una mayor actividad lítica.
— 29 —

Es por lo que creemos que posiblemente lo que ocurre en la realidad es


que la agrupación enzimática inicial formada por activación funciona como
virus contra las bacterias, utilizando o bloqueando sus ciclos metabólicos y
captando y utilizando los enzimas propios de la bacteria o alguno de los que
puede utilizar para completar su equipo.
Conforme el equipo enzimático va siendo mayor, la actividad sobre las
bacterias va disminuyendo, hasta que, insensiblemente, de ser un virus bac-
teriano pasa a ser un virus parásito de células vivas de animales o plantas.
Esto podía tener su explicación. Las células vivas de seres superiores están
dotadas de gran número de enzimas; pero, debido al reparto del trabajo
fisiológico en estos seres, poseen bastante menos que la célula bacteriana,
que, por ser autónoma, ha de llevar equipos enzimáticos completos para
efectuar múltiples acciones bioquímicas.
Al poseer los fagos de poco peso molecular pocos enzimas están más
necesitados de ellos que los voluminosos, y por esto restan a la célula bac-
teriana que atacan gran número de enzimas, lo que los hace más virulentos
para ellas.
Los enzimas de gran peso molecular, al necesitar pocos enzimas, permi-
ten a la célula bacteriana poder sustituir los sustraídos, pero a costa de una
amplia mutación en su acción bioquímica, y, por tanto, en su constitución
antigénica.
Debido a los nuevos enzimas de adaptación que la bacteria pone en juego
para sustituir a los perdidos, la bacteria no muere, sino que sufre una dege-
neración vítrea o simplemente una mutación más o menos profunda, según
la cantidad de enzimas perdidos.
Cuando el equipo enzimático se ha completado, ya no necesita captar
más enzimas de las bacterias, y se encuentra en condiciones para inter-
ceptar los ciclos metabólicos de las células vivas de seres organizados.
Claro está que el que el equipo enzimático se haya completado no signi-
fica que hayan adquirido un grado superior de autotrofía, sino que, por el
contrario, han de partir de sustratos definidos y previamente conseguidos por
las células vivas como consecuencia de su metabolismo, pero ya a partir de
este sutrato pueden liberar energía.
Si, saliendo del campo de los virus, seguimos ascendiendo en el campo
de los gérmenes, inmediatamente más autótrofos, vemos, por ejemplo, cómo
el Bacilus pertusis crece bien alrededor de colonias de estafilococos, y cómo
— 30 —

otros muchos gérmenes necesitan factores contenidos en la sangre de ani-


males.
Estos factores que necesitan son enzimas producidos por el estafilococo,
en el primer caso, y enzimas contenidos en la sangre, en el segundo, como
ocurre con los gérmenes del género Haemophilus.
Vamos saliendo de la vinculación de los virus a la célula viva por necesi-
dades perentorias de sustrato y por defecto de amplitud de equipos enzimá-
ticos, pues su pequeñez demuestra que no pueden poseer una gran comple-
jidad enzimática, y nos encontramos con otros gérmenes que, aunque ya
pueden vivir fuera de la célula viva, necesitan enzimas producidos por
células vivas, como en el caso del Pertusis. En estos gérmenes aún existen
deficiencias enzimáticas, y aunque ya utilizan sustratos más amplios, todavía
necesitan un aporte o ayuda de enzimas elaborados por otros seres para
completar sus ciclos metabólicos.
Otro hecho confirmaría los conceptos establecidos hasta ahora. Sabemos
que son fuentes de fagos, provirus o virus de bacterias —puesto que a estas
alturas podemos llamarlos indistintamente— las aguas de alcantarillado, los
ríos y, en general, los lugares donde existen acumulaciones bacterianas
procedentes de numerosos lugares.
Nos encontramos, pues, en el mismo caso citado anteriormente, de que la
reunión de cerdos de distinta procedencia da lugar, en la mayoría de los
casos, a una explosión pestosa por aparición del virus de la peste porcina.
Es lógico que así ocurra lo mismo en el caso de la peste porcina por acumu-
lación de numerosas bacterias de distinta clase y procedencia, que en la
aparición de fagos en aguas de letrinas, alcantarillas, ríos a la salida de
poblaciones, por acumulación de bacterias de distinta procedencia. La mecá-
nica de formación es la misma.
Ahora bien, es mucho más difícil la formación de un virus clásico que el de
un virus de bacterias, puesto que su complejidad enzimática es mucho
mayor. Los virus y los fagos son, pues, equipos enzimáticos autónomos que
se vitalizan cuando pueden derivar un ciclo metabólico propio de despren-
dimiento energético.
Como son equipos muy elementales, son eminentemente heterótrofos,
necesitando, unos, de los ciclos vitales de las bacterias, y otros, de los ciclos
vitales de animales superiores. Pero como las bacterias son células vivas, de
aquí que su única diferencia radique en la cuantía de sus equipos enzimá-
ticos y, en consecuencia, de su volumen.
— 31 —

El fago utiliza, pues, a la bacteria en dos sentidos: uno, para derivar sus
propios ciclos metabólicos, que le permiten crecer y multiplicarse; otro, para
agregar parte de sus enzimas.
En muchos casos el fago penetra dentro de la bacteria y se multiplica acti-
vamente después de haber sumado nuevos enzimas, y la bacteria, como
consecuencia del aumento de volumen por la multiplicación que se está
produciendo en su interior, estalla.
Otras veces, cuando la bacteria puede sustituir cualitativamente los
enzimas sustraídos por el fago por otros complementarios, pero diferentes,
sobrevive, pero a costa de una mutación en su estructura.
Otras, cuando el fago capta exoencimas, la bacteria no es alterada, y no
existe bacteriofagia ni otros fenómenos visibles.
Quedan aún otras consideraciones por hacer, que se refieren a la forma-
ción en ciertos y determinados tipos de virus de formas bacterianas de
salida.
Hemos dicho antes que los virus están constituidos por esferillas proteí-
nicas asociadas en una masa única, que constituyen la suma de todos los
apoenzimas reunidos, y por una serie de coenzimas que se pueden
encontrar en forma de tenue membrana mosaica o en forma apendicular.
Pues bien: hemos podido comprobar centenares de veces, y éstos fueron
trabajos que realizamos sobre el año 1942, que en ciertos virus y en ciertas
condiciones estas esferillas complejas que constituyen el núcleo proteico de
los virus crece y se rodea de una membrana, y, en un alarde de autotrofismo,
se transforman en bacterias. En el virus de la peste porcina lo conseguimos
numerosas veces en forma de un diplococo procedente de la transformación
del virus. Pero esta transformación lleva como consecuencia la pérdida de la
patogenicidad y la especificidad antigénica.
Nos queda aún una consideración de índole especial, que se refiere a la
constitución química de la masa formada por la unión de los apoenzimas en
los fagos o virus de bacterias y los virus.
Hemos dicho que esta masa está formada por proteínas; pero estas
proteínas están ligadas por un armazón de ácidos ribonucleicos en los virus
de las plantas y por ácidos desoxirribonucleicos en los virus de animales.
Numerosas enzimas están constituidos por ácidos nucleínicos o nucleó-
tidos, como el Co I, cuya constitución es la de un nucleótido de adenin-nico-
tinamida.
— 32 —

Se trata, pues, de una trama de proteínas de relatívamente elevado peso


molecular, asociadas con ácidos nucleínicos para constituir una estructura
química de una desoxirribo o ribonucleoproteína.
Es curioso que los genes tengan también esa misma constitución, pues
aunque fisiológicamente constituyen una unidad bien definida, citológica-
mente estarían formados por una o más zonas activas de cadenas polipeptí-
dicas y cadenas de ácidos nucleínicos más o menos distendidas y separadas
por zonas inactivas formadas por otras cadenas polipeptídicas.
El gen cromosómico lleva en sí el acto volitivo de la duplicación, e inicia en
la célula el proceso multiplicativo. Los virus y los fagos que poseen esta
misma estructura también son capaces, en determinadas condiciones espe-
cíficas, de iniciar volitivamente una duplicación material.
Estamos, pues, ante el hecho de que una determinada estructura física y
química en donde, proporcionada y cuantitativamente, intervengan combina-
ciones de ciertos polipéptidos o proteínas y ácidos nucleínicos, lleva en sí un
deseo de vitalización, cumplido prácticamente cuando concurren circuns-
tancias especiales.

Metabolismo de los virus


(20 de marzo de 1959)

Desde el principio que nos interesamos del estudio de los virus, nos causó
extrañeza el hecho de su fatal vinculación a la célula viva; pero en ningún
sitio se nos explicaba en qué consistía dicha vinculación, como tampoco el
que los fagos se multiplicaran en presencia de células vivas y no en bacterias
muertas. Durante bastante tiempo estuvimos intrigados, pensando en qué
podía consistir esta circunstancia, y al fin nos hicimos unas interrogantes
que, a nuestro parecer, la aclaran.
1.a¿Por qué al morir un ser superior por el ataque de un virus, éstos dejan
de multiplicarse, como si no tuvieran materia prima con la que sintetizar
materia propia y atender a su energética y multiplicación, mientras que las
bacterias existentes en ese animal se aprovechan de la muerte de éste para
multiplicarse activamente, invadiéndole y descomponiéndolo?
La respuesta fué la siguiente:
Porque mientras las bacterias utilizan para su síntesis liberación de ener-
gía, y multiplicación de todos los componentes orgánicos de un ser superior,
— 33 —

los virus no pueden liberar energía ni sintetizar materia propia de este


sustrato orgánico, sino de algo que se produce durante la vida del ser animal
o vegetal.
2.a ¿Por qué si tomamos de un cerdo enfermo de peste porcina —que es
producida por un virus filtrable— sangre asépticamente y la introducimos en
dos frascos distintos, y uno de ellos se lleva a la nevera y el otro a la estufa
de cultivo a 38°, la que se colocó a la estufa a 38°, o sea, a la misma tempe-
ratura del cerdo, se inactiva con rapidez, mientras que la que se colocó en la
nevera está activa y presta a determinar la enfermedad seis meses después?
Pensamos que la contestación correcta era la siguiente:
El virus del frasco que se introdujo en la estufa de cultivo, a 38°, agotó con
rapidez algo que quedó en muy pequeña cantidad como residuo vital en las
células, porque a 38° la actividad metabólica del virus es grande y, por tanto,
murió, se asfixió —en términos figurados— al agotar la materia prima resi-
dual que quedó en la célula al morir el animal; mientras que la que se intro-
dujo en la nevera, por poseer un metabolismo mínimo a baja temperatura,
tardó mucho tiempo en agotarlo, y por eso se encuentra activa seis meses
después.
Después vino la tercera pregunta:
3.a ¿En qué consiste, entonces, la diferencia entre una célula viva y una
célula muerta, para que la célula viva posea materia prima para sostener la
vida y la activa multiplicación de los virus y la célula muerta no?
La contestación fué la siguiente:
La diferencia consiste en que en la célula viva se están efectuando nume-
rosos procesos vitales —unos permanentes y otros accidentales— que no se
efectúan en la célula muerta. Entre ellos tenemos el proceso glucolítico de
demolición del glucógeno por la respiración, el proceso proteosintético, la
síntesis ocasional de cromátidas durante la multiplicación celular, etc.
Lógicamente, había que pensar que la materia prima necesaria para el
desarrollo y multiplicación de los virus era suministrada por estos procesos
vitales inexistentes en la célula muerta, entre ellos, quizá por ser un proceso
más general, la respiración.
Pero la respiración no es un fenómeno simple, sino muy complejo, y
consiste en procesos oxidativos por aportación del oxígeno respirado en un
sustrato de carbohidratos oxidables, durante los cuales se transforma la glu-
cosa en las plantas y el glucógeno en los animales —después de pasar por
— 34 —

un primer proceso glucolítico y por los ciclos de Krebs, a través del ácido
pirúvico, málico, succínico, fumárico, isocítrico, oxalacético, etc.— en ácido
láctico en los animales y en alcohol, ácido acético, etc., en los diferentes
tipos de fermentación.
A partir de una molécula de glucosa o glucógeno, según se trate de planta
o animal, y por sucesivas oxidaciones, carboxilaciones y escisiones molecu-
lares, van transformándose unos en otros, de una manera ordenada, durante
la vida del animal o de la planta, sucediéndose como un flujo liberador de
energía por fosforilaciones y desfosforilaciones que sostienen la energética
vital del ser y que desaparecen con la muerte, al cesar la respiración y, con
ella, la liberación de energía.
Estos productos de la escisión del glucógeno y de su transformación ener-
gética y biosintética existen en muy pequeña cantidad en la célula viva, pero
esta pequeña cantidad es prácticamente inagotable, porque constantemente
se están produciendo seriadamente nuevas pequeñas cantidades, mientras
que en la célula muerta la pequeña cantidad que queda como residuo no es
repuesta y, por tanto, rápidamente agotada si algún virus la utiliza, y, como
ya hemos visto, la agota con mayor rapidez mientras los productos patoló-
gicos se sostengan más próximos a la temperatura biogenésica propicia a la
máxima vitalidad de los virus. No cabía la menor duda después de estos
razonamientos de que la imposibilidad existente para cultivar virus fuera de la
célula viva radicaba en que en los medios de cultivo artificiales inertes no
existían estas pequeñas cantidades de ácidos respiratorios u otros sistemas
energéticos que, al parecer, eran la materia prima, el punto de partida de
donde los virus arrancan para sus síntesis orgánicas y para sostener su
energética, su dinámica, su desarrollo, crecimiento y multiplicación.
Las células, en virtud de sus fermentos propios y equipos enzimáticos,
provocan durante la respiración un proceso glucolítico, en el cual, merced a
fosforilaciones y desfosforilaciones y reacciones en cadena, provoca un
desprendimiento energético del cual depende y dimana la vida del ser.
Los virus se aprovechan en parte de esta energía activadora, y, además,
aprovechando uno de los cuerpos fundamentales de la serie de la degra-
dación glucolítica, proteolítica, proteosintética, etc., como materia prima,
provocan, a partir de él como elemento inicial, y por medio de su elemental
equipo enzimático, una derivación, una serie propia en la cual también existe
— 35 —

desprendimiento energético propio, que es utilizado por los virus para sus
síntesis, desarrollo y desenvolvimiento.
La longitud de este ciclo derivado por los virus depende de su tamaño,
pues los de menor tamaño, por tratarse de equipos enzimáticos elementales,
efectúan pocas intervenciones en cadena, mientras que en los de gran volu-
men molecular el ciclo derivado es de más longitud, como se desprende de
lo anteriormente dicho.
Podemos concretar más la captación íntima de energía por los virus. La
finalidad principal de la respiración es proporcionar energía para las reac-
ciones celulares endotérmicas, de síntesis, de organización, mecánicas,
osmóticas, etc. Los mecanismos mediante los cuales se libera la energía en
la respiración son de dos clases: el acoplamiento oxidativo y el fosforilativo.
El sistema principal de transporte de energía en los seres vivos tiene lugar
mediante la intervención de especiales compuestos fosforados. Las sus-
tancias base de este transporte energético son tres derivados de la adenina:
el ácido adenílico, el adenosindifosfórico y el adenosintrifosfórico.
Cuando el ácido adenosintrifosfórico, o ATP, se hidroliza con un enzima
apropiado, se separó el fosfato terminal, quedando en libertad una cantidad
relativamente grande de energía, unas 12.000 calorías por mol. También
cuando se separa el fosfato terminal del ácido adenosindifosfórico, APD, se
produce una liberación energética de 12.000 calorías por molécula.
Se conocen enzimas que catalizan la transferencia de los radicales fos-
fatos, y se denominan colectivamente transfosfatasas.
Se deriva de los conceptos anteriores que si un equipo enzimático vírico
posee un enzima desfosforilante y separa por hidrólisis un fosfato terminal
del ATP o del ADP, las calorías quedan a su disposición, siendo utilizadas en
distintas necesidades vitales.
No es, pues, cierto que los virus necesiten de las células vivas por el sólo
hecho de su vitalidad, sino porque necesariamente han de aprovecharse de
sus ciclos de desprendimiento energético.
Pero también se desprende de todo lo explicado una consecuencia, y es
que en un medio artificial de cultivo que posea básicamente una composición
parecida a la célula muerta, pero donde agregamos sistemas energéticos y
las materias primas que sirven a los virus para iniciar su serie fermentativa,
podremos cultivarlos como si tratase de células vivas.
De lo expuesto hasta ahora se deduce una serie de consecuencias inte-
resantes, y una de ellas es que al ponerse los virus en contacto con cual-
— 36 —

quier célula del animal receptible empieza a multiplicarse por estar efectuán-
dose en ellas los distintos ciclos vitales que constituyen su manantial ener-
gético, provocando enfermedades víricas típicas con arreglo a sus tropismos
especiales.
La transmisibilidad de estos virus está asegurada de ser vivo a ser vivo de
la misma especie, porque las células de todos ellos le proporcionan el mismo
manantial energético.
Creemos con esto explicados los hechos fundamentales del metabolismo
de los virus en general, pero quedan por hacer unas consideraciones sobre
el metabolismo de los virus del cáncer en particular.
Los virus del cáncer poseen, ante la célula viva de seres organizados, un
metabolismo precario, puesto que su energética no es captable de ciclos
metabólicos celulares de funcionamiento permanente, sino de ciclos pura-
mente temporales y accidentales.
Este ciclo es el que corresponde a la síntesis cromatínica —o del ácido
desoxirribonucleico, considerado bioquímicamente— a partir del ácido ribo-
nucleico protoplasmático, por distinta ordenación de nucleótidos y por susti-
tución de una pentosa con otra.
Ya hemos visto que los virus químicamente considerados son ribo o deso-
xirribonucleoproteínas. También hemos visto cómo muchas enzimas están
constituídas por un coenzima tipo nucleótido. Pues bien: los virus que fun-
cionan fosforilando el ATP, o el ADP, aparte de captar energía, agregan el
ácido adenílico de dichos ácidos —que es un nucleótido— a su estructura
somática. Este ácido adenílico, una vez agregado como estructura, puede
fosforilarse, y la necesaria energía de activación para ello —por necesitar
aporte energético— debe ser proporcionada por la célula o en virtud de
transfosfatasas existentes en el equipo enzimático estructural de los virus,
con lo que transferirían un fosfato terminal del ADP, o del ATP, o un fosfato
inorgánico a su ácido adenílico estructura, ganando el sistema vírico en nivel
energético acumulable por conversión en ATP o en ADP de su propio ácido
adenílico estructural.
También dijimos que una estructura en la que intervengan en cierta pro-
porción ácidos desoxirribonucleicos y proteínas llevaba en sí una volición
duplicativa y que de dicha estructura eran los genes y los virus.
En efecto, al intervenir nucleótidos en la estructura de los genes y de los
virus y al desfosforilarse y fosforilarse estos nucleótidos, se convierten en
— 37 —

verdaderas fuentes de energía acumulada, radicante en sus enclaves


nucleótidos y liberada por sus enclaves enzimáticos.
También se desprende que de cada combinación de un grupo enzimático
con la estructura en cadena del ácido desoxirribonucleico surge una unidad
génica, por lo que el equipo enzimático de los virus puede considerarse a su
vez como un verdadero equipo génico.
Como las proteínas de cada apoenzima son cualitativamente distintas,
como asimismo las sustancias que constituyen los coenzimas, y, por otro
lado, por la forma de estar estructurados con el ácido desoxirribonucleico,
resultan una variedad enorme de equipos enzimáticos y, por tanto, de virus.
Las mutaciones génicas se producen como las mutaciones víricas, con el
auxilio de rayos X y de distintas radiaciones, y consisten en la pérdida de un
gene-enzima o en una transformación cualitativa del mismo. Como vimos,
también se producen por agregaciones enzimáticas de tipo fágico o no. A
propósito de estas consideraciones, debemos recordar que, según algunos
genetistas, los genes producen directamente sustancias que serían segura-
mente proteínas de naturaleza enzimática, y existe la hipótesis del geneen-
zima, que supone que cada reacción bioquímica en un organismo está regu-
lada por un catalizador enzimático específico que tiene su modelo en un
gene determinado y es producido por él. Si el gene que produce la sustancia
enzimática se modifica por mutación, el enzima producido se alterará de la
misma forma, siendo generalmente menos activo que el original y a veces
completamente inactivo. Estos estudios parecen haber sido demostrados por
la investigación de la fisiología de la acción génica en la regulación de las
reacciones bioquímicas en los seres vivos, o sea, en el estudio de la feno-
génesis bioquímica.
En tres enfermedades humanas, la alcaptonuria, el idiotismo fenilpirúvico y
el albinismo, existe independencia en cuanto a su herencia, pero las tres
dependen de un factor mendeliano recesivo, que produce distinto tipo de
alteraciones en el metabolismo del aminoácido fenilalanina.
La fenilalanina es esencial en la alimentación humana, pues es uno de los
nueve aminoácidos que no se pueden formar por transformación de otros.
Ingerida con los alimentos, el individuo integra con ella sus proteínas o la
hace sufrir otros cambios químicos. De estos cambios, el gene de la alcapto-
nuria impide la descomposición de la alcaptona, que es secretada por la
orina. El de la oligofrenia fenilpirúvica impide la oxidación del ácido fenilpirú-
vico, que también es eliminado por la orina. No se conoce el mecanismo de
— 38 —

la reacción química regulada por el gene del albinismo.


Pero como dichas reacciones son activadas y realizadas por enzimas
específicos, se desprende que la alteración génica que da lugar a dichas
fenogénesis bioquímicas llevan consigo una alteración enzimática y precisa-
mente del enzima producido o regido por dicho gene mutante o recesivo.
Estos razonamientos demuestran que había que considerar el cromosoma
como un equipo génico enzimático, como asimismo a los virus y a los fagos.
Hemos visto cómo pueden captar energía los virus en general, y estas
explicaciones eran necesarias para comprender su mecanismo metabólico,
pero dijimos anteriormente que los virus del cáncer no podían captar energía
de las células vivas en reposo interdivisional como los demás virus, y vamos
a explicar esta circunstancia.
Pero aún hay que efectuar otra serie de consideraciones para situar el
problema y que sea fácilmente comprendido.
Las nucleoproteínas, tanto si son citoplasmáticas como nucleares, tienen
de común una organización de la que forman parte un ácido nucleico de gran
peso molecular unido a una proteína. Los ácidos nucleicos son sustancias
muy polimerizadas formadas por unidades más sencillas: los nucleótidos. Un
nucleótido está formado por una molécula de pentosa, unida por su extremo
reductor a una sustancia nitrogenada cíclica, y, por el otro extremo, se en-
cuentra esterificada por el ácido fosfórico.
La diferencia entre el ácido nucleínico del protoplasma y el del núcleo de
las células radica en la naturaleza de la pentosa.
En el primer caso es ribosa, y en el segundo, desoxirribosa. La desoxirri-
bosa se diferencia de la ribosa en que le falta el hidróxilo del segundo
carbono, estando sustituido por un hidrógeno que compone un grupo CH2.
El ácido resultante de la combinación del fósforo y de la base con desoxi-
rribosa es el ácido desoxirribonucleico, componente de los cromosomas
nucleares, y la misma combinación con ribosa da lugar a un ácido ribonu-
cleico existente en el protoplasma celular.
Los compuestos nitrogenados cíclicos que se encuentran en los ácidos
nucleicos son las purinas: adenina y guanina, y las pirimidinas: citosina y
uracilo, todos los cuales entran a formar parte cada uno de un nucleótido, y
todos ellos a la vez, en la formación del ácido ribonucleínico.
En la formación del ácido desoxirribonucleínico intervienen las mismas
bases en sus nucleótidos, excepto el uracilo, que es sustituído por la timina o
tiamina. Según T. B. Johnson, solamente la citosina y la metilcitosina, entre
— 39 —

las pirimidinas constituyentes del ribonucleico, deben ser productos primarios


y, como tales, participar en la constitución de los ácidos nucleínicos, mientras
que el uracilo y la tiamina provienen de aquéllos por descomposición hidrolí-
tica efectuada por la acción de fermentos.
Todavía no se tiene la seguridad sobre la manera de enlazarse los restos
de cada uno de los nucleótidos; es posible que esta unión no sea del mismo
tipo en todos los ácidos nucleínicos. Sobre la diferente forma de encade-
narse los mononucleótidos es posible que se base la gran estabilidad a los
álcalis del ácido nucleínico de la levadura, pero parece ser que la forma de
unión más frecuente sea por esterificación de un hidróxilo del azúcar de un
mononucleótido con el grupo fosfórico del otro.
Consideramos que la síntesis del ácido desoxirribonucleico debe efectuar-
se de la siguiente forma: El ácido ribonucleico se hidroliza por la acción de
enzimas, quedando libres los nucleótidos, los cuales pasan la membrana nu-
clear después de haber sido separado el oxígeno —por acción enzimática—
de los hidróxilos del segundo carbono de la ribosa y haberse convertido en
desoxirribosa. Pero, además, uno de los nucleótidos, el uracilo, es metilado,
probablemente por la metionina, o por un enzima de tipo betaínico, transfor-
mándose el uracilo en tiamina, y la metionina recogiendo el hidrógeno, en
cuyo lugar ha entrado en el uracilo, el grupo metilo se convierte en homocis-
teína.
Una vez que se ha efectuado esta transformación, los nucleótidos que han
pasado la membrana celular son nuevamente acoplados para formar las
largas cadenas de ácidos desoxirribonucleicos, que se acoplan a su vez con
proteínas para formar una estructura desoxirribonucleoproteínica.
Antes hablamos de que la energía vital de la respiración quedaba acu-
mulada en ciertos sistemas energéticos, y que estos sistemas eran el ATP y
el ADP, o ácidos adenosín di y trifosfóricos. También dijimos que dichos
sistemas energéticos podían ser acoplados por los virus al desfosforizarlos.
Nos encontramos ahora, al hidrolizarse el ácido ribonucleico, con cuatro
nucleótidos distintos, y entre ellos, el ácido adenílico. Pero el ácido adenílico
es también un sistema energético, aunque más débil, ya que su desfosforila-
ción no da lugar al desprendimiento de 12.000 calorías por mol, sino sola-
mente 3.000.
El ácido adenílico está formado por adenina-ribosa-fosfórico, y también
puede ser utilizado por los virus como sistema energético, pero al pasar los
nucleótidos la membrana celular, vemos que uno de ellos se ha transformado
— 40 —

en su base —de uracilo a tiamina—, y todos, en su pentosa, que se ha trans-


formado en desoxirribosa.
Entonces, antes de efectuarse la nueva condensación de nucleótidos para
formar el retículo nuclear, nos encontramos con un nuevo ácido adenílico,
compuesto ahora por adenina-desoxirribosa-fosfórico, que, asimismo, debe
funcionar con un sistema energético, pero que estructuralmente es distinto
del anterior.
A partir del ácido adenílico desoxirribósico pueden recomponerse los ATP
y ADP por fosforilaciones en el núcleo, pero estos ácidos también son estruc-
turalmente distintos a los que actúan en el protoplasma celular.
Veamos ahora cómo deben actuar los virus del cáncer. De su vinculación
inicial a la multiplicación celular y de las demás circunstancias expuestas, se
desprende que el equipo enzimático que constituye los virus del cáncer no es
capaz de desfosforilar al ATP, ni al ADP, ni al ácido adenílico constituido por
ribosa, ni a ningún otro sistema energético de funcionamiento permanente en
la célula en reposo mitósíco, puesto que entonces podría actuar como los
demás virus.
El equipo enzimático de los virus del cáncer sólo debe ser capaz de
desfosforilar y de captar energía de sistemas energéticos libres durante el
acto de la multiplicación celular, y ya hemos visto que los sistemas energé-
ticos libres, antes de su condensación cromosómica y reticular, son los
nucleótidos desoxirribonucleínicos, entre los que se encuentra el sistema
energético, ácido adenílico desoxirribósico. Nada nos dice en contra de que
los demás nucleótidos desoxirribósicos no se instituyan en sistemas energé-
ticos y también pueda ser liberada energía de ellos.
Pero una vez que los nucleótidos han pasado al interior del núcleo se
esterifican, quedando los sistemas energéticos bloqueados.
Supongamos ahora que el equipo enzimático de los virus del cáncer sólo
sea capaz de liberar energía —por características especiales de sus enzi-
mas— de los nucleótidos desoxirribósicos. En este caso se ha convertido en
un esclavo de estos sistemas energéticos; pero, como una vez bloqueados
no pueden utilizarlos, ha de procurar que se encuentren libres.
Luego el virus del cáncer, para prender en un organismo y multiplicarse,
necesita llegar al seno de una célula que se encuentre en pleno proceso
mitósico. Pero, al entrar la célula nuevamente en reposo divisional, se le
presenta el problema de que no dispone de material energético que sostenga
su metabolismo, y entonces pueden ocurrir dos cosas: que desaparezca por
— 41 —

inactivación —pudiendo quedar en estado de latencia sin actividad multipli-


cativa— o que, por un mecanismo especial, ponga en marcha una nueva
mitosis.
Es muy probable que el equipo enzimático del virus del cáncer se acople
al equipo génico-enzimático de un cromosoma y se instituya en un nuevo
gene de la célula atacada.
Pero ese gene no es como los demás de la célula, no actúa como el
equipo génico-enzimático celular en beneficio del organismo a que perte-
nece, sino que actuando por cuenta propia, ya que ha de atender a su meta-
bolismo, obliga al retículo nuclear de la célula a condenarse y a entrar en
mitosis constantemente, puesto que es la única posibilidad que tiene de
captar energía. La primera célula se divide en dos, cada una de las cuales
porta un gene constituido por el equipo génicoenzimático del virus del
cáncer, y así, en una progresión geométrica de multiplicación celular, resulta
que donde había una célula han aparecido, en un proceso de multiplicación
anárquica, millones de ellas. El cáncer está ya en marcha, a costa de una
célula madre que fué la primera parasitaria.
Después, muchas zonas tumorales entran en lisis celular por falta de vas-
cularización apropiada, y con fenómenos de carriórresis y cariólisis son
disueltos los núcleos celulares, y con ellos, los ácidos desoxirribonucleicos,
que son disgregados hidrolíticamente en sus nucleótidos, pasando gran parte
de ellos al torrente circulatorio.
Observemos que ahora no ha ocurrido el fenómeno inverso, o sea que la
desoxirribosa de los nucleótidos no se ha transformado en ribosa. Tenemos,
pues, los sistemas energéticos utilizables por los virus del cáncer circulando
con la sangre y al estado libre, puesto que no vuelven a condensarse. Ya el
virus del cáncer no es esclavo de los procesos mitósicos celulares; a la san-
gre los lleva accidentalmente, y entonces gran parte de los virus se sostienen
perfectamente en ella. Empieza el período de las metástasis y de la caque-
xia.
Si el tumor primitivo es extirpado quirúrgicamente, cesa el proceso de lisis
celular; cesa, por tanto, el aporte de nucleótidos desoxirribósicos a la sangre,
y el enfermo se recupera, a menos que antes de desaparecer por completo
se produzca una nueva metástasis.
— 42 —

Reconsideraciones sobre formación y metabolismo de los virus


(20 de mayo de 1959)

Hemos de detenernos nuevamente, antes de seguir adelante, en una serie


de consideraciones que se derivan de los conceptos establecidos anterior-
mente, ya que no debe quedar duda de su posibilidad.
En anteriores trabajos hemos considerado que, mientras la mayor parte de
los virus clásicos, o todos, utilizaban como sistemas energéticos a los ácidos
adenílicos ribósicos, los virus del cáncer no podían utilizarlos, estando vincu-
lados a otros sistemas energéticos constituídos fundamentalmente por los
ácidos adenílicos desoxirribósicos.
Esta diferencia de actuación de unos a otros pudiera prestarse a dudas, y
por esto queremos explicar las circunstancias por qué ocurren así las cosas.
Podemos aducir varias pruebas; pero sólo nos vamos a apoyar en un
hecho claro y terminante.
Luis Pasteur observó que los hongos o bacterias que crecen en solucio-
nes de combinaciones racémicas y se nutren de ellas, casi siempre consu-
men solamente una de las dos formas enantiomorfas, quedando la otra
inalterada, y utilizó este procedimiento para aislar sustancias activas óptica-
mente al estado de pureza.
Comprobó que el Penicillium glaucum, por ejemplo, deja inalterada la
forma levo, mientras que asimila la forma dextro, de una solución de race-
mato amónico, y consume, sin embargo, los ácidos I-mandélico, I-aspártico y
la I-leucina.
Al parecer, la combinación química debe reunir ciertas condiciones de
configuración estérica con el microorganismo para ser asimilada, y las
formas activas que son atacadas por el mismo hongo, en igualdad de condi-
ciones exteriores, poseen idéntica configuración.
No debe extrañarnos, por tanto, la distinta forma de actuar sobre los dos
sitemas energéticos distintos de unos u otros virus, pues aquí la ribosa y la
desoxirribosa, que diferencian a los dos sistemas energéticos, tienen un
parentesco químico mucho más alejado que el que existe entre dos formas
enantiomorfas de un compuesto racémico, y aunque aquí no se trate de
consumirlo, sino de utilizar sus fuentes energéticas, el caso es el mismo,
pues siempre habrá posibilidad o imposibilidad de liberación de energía de
uno de los dos sistemas.
— 43 —

Hemos apuntado antes, además, la necesidad probable de que para uti-


lizar una forma activa haga falta cierta condición estérica, y a este propó-
sito, recordamos que, en 1911, Beard indicó que mientras en las células nor-
males las albúminas y los aminoácidos, por tanto, son levogiros, las células
cancerosas son ricas en albúminas y aminoácidos dextrógiros.
Si estas proteínas dextrógiras fuesen proteínas componentes del virus del
cáncer o consecuencia de su metabolismo, tendríamos la condición estérica
apropiada a la utilización del ácido adenílico desoxirribósico por los virus del
cáncer y el porqué del fundamento de la diferente utilización de ambos
ácidos adenílicos por las distintas estructuras enzimáticas de los virus.
Otra conclusión que establecimos en el tercer trabajo era que los virus del
cáncer son esclavos del proceso de multiplicación celular, puesto que sola-
mente durante la fase de síntesis cromática, y antes de la condensación de
los nucleótidos desoxirribósicos, era cuando el ácido adenílico desoxirribosa
se encontraba libre y podía ser utilizado por los virus del cáncer.
También decíamos que sólo en el caso de que se produjese un proceso
necrótico o autólico en el tumor, con desaparición de los núcleos de las
células cancerosas mal irrigadas, podía liberarse el virus del núcleo celular y
pasar a sangre, ya que dicho proceso de autolisis llevaba consigo la libera-
ción del nucleótido-ácido adenílico desoxirribo, y al encontrarse éste circu-
lando fuera del núcleo de las células, podía ser captado y utilizado, corres-
pondiendo esta fase al período de diseminación y metástasis tumorales.
Estas afirmaciones quedarían destruídas si se consiguiese demostrar que
este sistema energético podía existir en la sangre de individuos normales y
que este hecho no fuese exclusivo del proceso de autolisis tumoral.
Examinemos las distintas causas por las que pudiese haber circulado
ácido adenílico desoxirribo como consecuencia de un metabolismo digestivo
o celular normal, y veremos si podemos dejar sentada o no la anterior afir-
mación.
El hombre consume diariamente numerosos alimentos con abundancia de
núcleos celulares, como carne, huevos, etc., que son fuentes de ácidos
desoxirribonucleicos.
Si la hidrólisis pépsica o trípsica llegase en su actuación sólo a escindir el
ácido desoxirribonucleico en sus nucleótidos desoxirribos y, como tales,
pasasen a la sangre después del proceso digestivo nuestras apreciaciones
sobre el metabolismo de los virus del cáncer no serían ciertas. Tampoco lo
— 44 —

serían si, como consecuencia de un metabolismo nuclear normal, se libera-


sen a partir del núcleo de las células al estado de nucleótidos.
El ácido del estómago y la pepsina desprenden la fracción albuminoidea
de las nucleoproteínas, que es digerida con las otras proteínas del alimento.
El ácido nucleínico puesto en libertad no es atacado por la pepsina, pasando
como tal al intestino, donde es atacado por las nucleasas y por la tripsina,
que primero le separan el fosfórico, degradándolos a nucleósidos, y, final-
mente, sufren la degradación estos nucleósidos a pentosas, purinas y pirimi-
dinas que los constituyen, los cuales pasan en este estado las barreras
digestivas para intervenir como tales en el metabolismo normal.
Cuando la función del páncreas —productor de tripsina— es nula, los
nucleósidos no son utilizados, por ser inhábiles en este estado para ser
absorbidos. Se deduce de aquí que es necesaria la acción de la tripsina para
la degradación total de los ácidos nucleínicos, y que si ésta no actúa, no hay
degradación. Es interesante fijar este concepto, porque luego nos va a expli-
car interesantes circunstancias.
En los tejidos, los núcleos de todas las células son ricos en ácidos nucleí-
nicos, principalmente en forma de nucleoproteínas, y además todas las
células contienen nucleótidos que funcionan como coenzimas.
En las células existen enzimas que degradan los ácidos nucleínicos tisu-
lares y ponen en libertad purinas (adenina y guanina) y pirimidinas, que
entran a formar parte del «pool purínico y pirimidínico común», siendo simul-
táneamente resintetizados los ácidos nucleicos del pool.
En el organismo existe un «pool adenínico común», que recibe:
1.° Adenina puesta en libertad de los alimentos. 2.° Adenina liberada de
varios constituyentes de las células, principalmente de los ácidos nucleínicos,
pero también de los nucleótidos coenzimas y del trifosfato de adenosina. Y
3.º Adenina sintetizada en el organismo. El organismo toma adenina libre del
pool: 1.° En mayores cantidades durante el crecimiento y convalecencia de
enfermedades. 2.° Para su conversión en guanina. Y 3.° Algo de ella se
malgasta, transformándose en ácido úrico.
La guanina y otras purinas (como la hipoxantina y la xantina) que han sido
absorbidas por el intestino, o formadas en el organismo, no pueden volver a
convertirse en adenina ni son utilizadas por las células para fines de síntesis.
Hemos visto, pues, que lo mismo cuando se ingieren alimentos ricos en
ácidos desoxirribonucleicos que cuando estos ácidos son movilizados por las
células, la destrucción hidrolítica digestiva y la enzimática de la célula impi-
— 45 —

den que queden libres nucleótidos desoxirribos, pues éstos, antes de pasar
la membrana de núcleo hacia afuera o las membranas digestivas hacia
adentro, son degradados totalmente en sus componentes, que aisladamente
no constituyen sistemas energéticos.
Mientras no se demuestre lo contrario, nuestro concepto sobre el metabo-
lismo y captación energética de los virus del cáncer es correcto en lo que se
refiere a la utilización exclusiva para estos fines del ácido adenílico desoxi-
rribo y, quizá, de algún otro nucleótido desoxirribo.
Queda en pie, como consecuencia, que el ácido adenílico desoxirribo sólo
se encuentra a disposición de los equipos enzimáticos de los virus del cáncer
en el acto de la multiplicación celular dentro del núcleo, y en caso de autolisis
tumoral, circulando por la economía.
Si nos fijamos en esta última conclusión, nos extrañará que la sentemos
después de haber manifestado que los ácidos desoxirribonucleicos se
degradan totalmente antes de pasar la membrana nuclear, y que, por tanto,
incluso en un proceso autolítico, se degradarían.
También vimos anteriormente que los causantes de estas degradaciones
son la tripsina y otros fermentos trípsicos celulares. Nos encontraríamos en
un callejón sin salida, y tendríamos que abandonpr estas ideas. Afortuna-
damente, queda explicado por las circunstancias que se exponen a conti-
nuación.
Brieger, Trebing, Bergmann, Meyer, Herzfeld, Roche y otros, sin haber
llegado a la debida interpretación, demostraron que en el suero sanguíneo de
los cancerosos, y en los filtrados de lisado tumoral, existe una antitripsina, és
decir, un fermento o enzima antitrípsica.
La no existencia de este fermento antitrípsico en individuos normales
demuestra que es producido expresamente por los virus del cáncer para
evitar la acción degradante de la tripsina sobre los nucleótidos, ya que si
fuesen todos lo resultantes del proceso autolítico degradados totalmente, los
virus del cáncer no podrían disponer de sus sistemas energéticos circulantes,
y no existiría la fase de metástesis y septicemia vírica, aunque sí de caquexia
a partir de un crecimiento progresivo de un tumor único. Las metástasis se
producirían, en este caso, exclusivamente por injerto de tejido del tumor
primario al pasar accidentalmente a la circulación células cancerosas que se
implantarían en otro lugar.
Cierto que, aun con la intervención de su fermento antitrípsico, no consi-
guen los virus del cáncer evitar totalmente la acción trípsica de los enzimas
— 46 —

celulares, puesto que Neuberg encontró en el carcinoma y en las metástasis


hepáticas un 70 u 80 por 100 más pentosa que en el hígado normal, y esta
pentosa debe ser producto de la degradación autólica de nucleótidos celu-
lares como consecuencia de la tumoración, a menos que se refiera a pentosa
resultante de una hidrólisis artificial del tejido tumoral. Pero lo cierto es que
gran cantidad de nucleótidos pasaría libre a la sangre, y a ese propósito la
mayor o menor acción antitrípsica de determinados virus estaría en relación
directa con su malignidad, puesto que, a mayor cantidad de sistemas ener-
géticos libres, mayor capacidad invasiva.
En otro orden de consideraciones, vamos a examinar otras circunstancias
vinculadas íntimamente con las conclusiones que se desprenden de los
trabajos anteriores.
Petris, Wolf y Beebe demostraron que existe en las neoplasias un mayor
contenido en nucleoproteínas, a la vez que una mayor cantidad de proteínas
incoagulables.
Recordamos haber dicho que las proteínas que constituyen los enzimas y,
por tanto, que entran a formar parte de los equipos enzimáticos de los virus,
son proteínas de relativamente bajo peso molecular, pudiéndose identificar
en el grupo de las histonas y protaminas incoagulables por el calor.
Estas proteínas darían, por tanto, a los virus del cáncer la cualidad quí-
mica de desoxirribonucleohistonas o desoxirribonucleoprotaminas, y precisa-
mente las nucleohistonas son abundantes en la mayoría de los tejidos tumo-
rales, según observaciones de Beebe y Bang, que las obtuvieron precipi-
tándolas de soluciones acuosas de masas neoplásicas con cloruro de calcio.
Que este tipo de nucleoproteínas —con proteínas formadas por aminoá-
cidos dextrógiros— son específicos de la célula tumoral y, por tanto, conse-
cuencia de la presencia del virus, lo demostraría la observación de Beebe de
que nucleoproteínas purificadas de un bazo leucémico produjeron un suero
que aglutinaba las células emulsionadas de ese bazo y las de un linfosar-
coma, pero no a las células del bazo y otros tejidos normales.
Se deduce de todo esto la existencia en la célula cancerosa de: 1.º Mayor
cantidad de proteínas de relatívamente bajo peso molecular incoagulables.
2.° De tipo dextrógiro. Y 3.° De carácter normal, como se puso en evidencia
por la aglutinación específica de Beebe.
Todo esto nos demuestra: 1.° Que el aumento de histonas y protaminas
es debido al aporte intracelular de equipos enzimáticos extraños a la célula
(los propios del virus). 2.° Que la aparición de proteínas de tipo dextrógiro en
— 47 —

la célula cancerosa debe ser consecuencia de una propiedad estérica del


agente cancerígeno, adaptada a su especial captación y utilización del ácido
adenílico desoxirribo.
Es cierto que algunos virus y agentes parecidos se multiplican dentro del
núcleo de las células, llegando a ocuparlo por entero —como en el caso de
una rickettisiosis observada hace ya muchos años por nosotros en cortes
histológicos de riñón de cerdo—, y quizá ellos también pudieron utilizar como
sistemas energéticos los nucleótidos desoxirribos; pero existe una diferencia
fundamental, que consiste en que mientras estas rickettsias poseerían enzi-
mas capaces de hidrolizar las desoxirribonucleoproteínas nucleares y, por
tanto, liberar el ácido adenílico desoxirribo, para ser utilizado en el interior del
núcleo, los virus del cáncer carecen de estos enzimas hidrolíticos, y para
captar el ácido adenílico han de esperar a que la célula se multiplique o
forzar su división por el procedimiento de irritar el retículo nuclear hasta
conseguir, por condensación cromática y la consiguiente mitosis, una seriada
e ininterrumpida multiplicación inducida.
En orden a la formación de los virus, se nos olvidó en los anteriores
trabajos referir un hecho observado por nosotros que hace perfectamente
comprensible sus mecanismos de formación.
El hecho es el siguiente: En la amplia zona donde desarrollamos nuestra
actividad profesional no se presenta, naturalmente, la salmonelosis porcina.
Jamás hemos visto un caso aislado, aparte de los que vamos a referir. Esto
nos ha llevado, como consecuencia, a que en lugar de emplear en las vacu-
naciones preventivas una bacterina mixta (pasteurella-salmonella), emplee-
mos sistemáticamente una bacterina simple contra la septicemia porcina.
Esta circunstancia nos ha llevado a poder observar reiteradamente una
circunstancia que, el transcurso de los años y la detenida observación, nos
ha demostrado que ocurre siempre por las mismas causas.
De todos es sabido que en la suerovacunación contra la peste porcina se
utiliza un suero protector y una dosis de sangre virulenta extraída de un
cerdo en período febril de la enfermedad, como consecuencia de una previa
inoculación con virus pestoso.
Empleando sueros homólogos —como ya dijimos en el primer trabajo —,
el virus es neutralizado en su totalidad, y se establece una inmunidad activa
de gran solidez.
Pues bien: veníamos observando en determinados casos que alguos
cerdos, generalmente pocos, sobre los quince o veinte días después de la
— 48 —

suerovacunación antipestosa, enfermaban y morían en poco tiempo, con la


piel muy enrojecida. Ocurría casi siempre en cerdos jóvenes. Efectuados los
correspondientes cultivos, pudimos comprobar que se trataba del Bacilus
suipestifer, salmonella cholera suis, tipo Kuzzendorf.
Como nos extrañó esta circunstancia, dedicamos al principio nuestra aten-
ción a desentrañar este hecho, y lo relacionamos, cuando se repitió, con la
suerovacunación antipestosa.
Pudimos comprobar en seguida que las cepas de salmonellas aisladas de
estos casos eran muy ricas en antígenos Vi, como asimismo que, aunque a
un título muy bajo, daban una aglutinación de tipo somático con el suero
antipestoso, mientras que otras cepas sin antígenos Vi no aglutinaban con el
mismo suero al mismo título ni a ninguno.
Hoy tenemos la seguridad de encontrarnos ante un caso contrario al de la
formación de fagos y virus.
La interpretación de los hechos es la siguiente: Dijimos, al hablar de la
formación de los fagos y de los virus, que, para que los enzimas bacterianos
tendieran a asociarse para formar un equipo autónomo completo o incom-
pleto hacía falta una inducción, y que esta inducción podía actuar en forma
de radiaciones, factores ecológicos, inducción antibiótica y, principalmente,
por inducción inmunitaria.
Recordemos, a este propósito, que decíamos que cuando un organismo o
ser superior adquiría inmunidad contra una determinada bacteria por haber
sufrido un ataque de ella, sus enzimas tendían a abandonar la estructura
bacteriana y buscaban los enzimas complementarios radicantes en otras
bacterias, para constituirse en equipos enzimáticos incompletos o fagos o en
equipos completos o virus.
Pues bien: ahora nos encontramos ante el caso contrario. Hemos proce-
dido a la suerovacunación antipestosa, y el equipo enzimático del virus de la
peste porcina es fijado y neutralizado por los antienzimas del suero.
Hablamos aquí de inmunidad antienzimática, puesto que de una inmu-
nidad de este tipo se trata. El equipo enzimático del virus, ante este ataque,
tiende a disgregarse para escapar de él, y si una de sus fracciones enzimá-
ticas encuentra, antes de ser destruída, a la bacteria de que originariamente
procedía, penetra en su interior y modifica a la bacteria en un sentido inverso
a la formación de los virus. En el caso de formación de virus y fagos, la
bacteria cedía enzimas o era asaltada por un fago que producía su degra-
— 49 —

dación o su lisis, resultando, en definitiva, que la bactería perdía sus antí-


genos Vi.
Ahora es el antígeno Vi el que, por inducción contraria a la anterior, busca
refugio dentro de la bacteria, restituyéndola a su normalidad de virulencia y
agresividad.
La salmonela nulamente patógena que parasitaba al cerdo, al encontrarse
con su antígeno o enzima de acción patógena, se convierte en una forma
altamente virulenta, y esto ocurre inmediatamente después de haberse
implantado en el cerdo la inmunidad antipestosa.
Que estos hechos ocurren así, en cierto número de casos, en que los
cerdos están parasitados por una salmonela poco o nada patógena, es
comprobable por todos con un poco de espíritu de observación, y, estando
ya en antecedentes, esperamos que se confirme en múltiples ocasiones.

LOS VIRUS DEL CANCER

Naturaleza y clasificación
(5 de junio de 1959)

Basados primitivamente nuestros estudios en la observación de las


circunstancias que concurrían en los virus clásicos, fuimos adaptando las
conclusiones establecidas en el estudio de ellos a los virus del cáncer.
Sin embargo, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que nos encontrá-
bamos frente a un problema de distinta índole, de que estos virus, y funda-
mentalmente los productores de carcinomas, no se formaban a la manera de
los clásicos.
Estábamos, pues, ante una nueva serie de hechos que había que desen-
trañar, y poco a poco la niebla que nos envolvía fué disipándose tras largas
horas de trabajo, dejándonos ver en toda su realidad a los terribles «mons-
truos» que segaron durante siglos infinitas vidas humanas y que resistieron
al esfuerzo de muchos hombres magníficamente capacitados y dotados de
poderosos medios.
Concluimos y determinamos experimentalmente la diferencia bien notable
que existe entre los virus clásicos y los virus de los tumores malignos del
hombre.
— 50 —

Es más: si tomamos por virus solamente los que se forman por la mecá-
nica apuntada en los trabajos anteriores, realmente no son virus; pero si
consideramos como virus aquellos agentes que actúan patogénicamente en
forma submicroscópica, son realmente virus, aunque procedan por reducción
de formas microbianas microscópicas, o sean ciclos invisibles de formas
visibles.
Antes de entrar de lleno en la descripción sistemática de lo que pudié-
ramos llamar «formas madres» de los virus del cáncer, que empezaremos a
efectuarla en el siguiente trabajo, hemos de hacer la salvedad de que no
todos los virus siguen la mecánica descrita en los anteriores trabajos, y a
demostrarlo dedicamos la primera parte.
Vamos, antes que nada, a establecer una clasificación, teniendo en
cuenta la mecánica de formación de los distintos virus.
Se pueden distribuir en este aspecto en tres grupos:
1.° Los que en su formación han seguido el procedimiento de agrega-
ciones enzimáticas, por captación fágica o no, de enzimas procedentes de
distintos grupos microbianos.
2.° Los que surgen en virtud de un mecanismo reduccional a partir de una
sola especie microbiana.
3.° Los que representan una fase del ciclo biológico de un Protomyces en
los casos que nos interesan, y quizá de otros protoascados en otros casos.
Se deduce de los razonamientos anteriores y los que se desprenden de
esta clasificación que en el primer grupo caben muchas combinaciones, y
entre ellas las siguientes:
1.° Virus formados por agrupación de enzimas procedentes exclusiva-
mente de bacterias.
2.° Virus formados por agregaciones enzimáticas procedentes exclusiva-
mente de hongos. Caso improbable.
3.° Virus formados por agrupaciones mixtas, o sea, resultantes de la
agregación en equipo de enzimas procedentes de hongos y bacterias.
Esto hay que considerarlo en sentido amplio, pues sabemos que se pasa
insensiblemente del campo de las bacterias al de los hongos.
Los virus de la primera combinación serían transmisibles en series; los de
la segunda no serían transmisibles y sólo les concedemos una existencia
teórica, puesto que aunque al principio creíamos que así debían de ser los
virus cancerígenos, la experiencia y los resultados conseguidos nos han de-
— 51 —

mostrado que no responden a la realidad, y, por último, los de la tercera


combinación o virus mixtos producirían tumores transmisibles en serie, como
los de la mixomatosis contagiosa de los conejos, el papiloma contagioso de
Shope, también de los conejos; sarcomas de Rous, de las aves, y el fibroma
infeccioso de Shope, del conejo común americano. En estos casos con-
cretos, las fracciones enzimáticas bacterianas concederían al virus la utili-
zación de ácido adenílico ribósico, y, por tanto, la transmisibilidad en serie, y
la fracción enzimática de hongos o actinomicetos, la utilización del adenílico
desoxirribo, y, por tanto, la facultad de provocar proliferaciones neoplásicas.
Poco se ha hablado de fenómenos fágicos sobre hongos; pero desde que
la producción industrial de antibióticos ha adquirido importancia, ha existido
la necesidad de preservar los cultivos de Penicillium y de otros Streptomyces
de la acción de fagos específicos que los destruyen, arrastrando consigo la
inutilización de los tanques contaminados. La existencia de fenómenos fági-
cos sobre hongos hace admitir la posibilidad de que se formen virus en los
que intervengan enzimas de hongos o actinomicetos captados por fagismo.
Pero no es este grupo el que nos va a interesar de ahora en adelante, sino
los otros dos, los de los virus propiamente cancerígenos, no transmisibles en
serie.
Con estas deducciones sobre los virus clásicos o del primer grupo nos
despedimos en estos trabajos definitivamente de ellos. Nos sirvieron de
estación intermedia para lanzarnos sobre los del cáncer.
Ahora entramos en un mundo menos complicado —¡triste ironía!—que el
de los virus clásicos.
A partir de un virus clásico, es una labor casi imposible prejuzgar cuáles
fueron las bacterias que les donaron sus enzimas, es un ser nuevo creado
casi de la nada en colaboración por varias bacterias.
A partir de un virus cancerígeno podemos averiguar rápidamente cuál fué
el agente microscópico que le dió vida, porque a partir del virus podemos, en
un juego de ilusionismo, recuperar el agente microscópico de que procede.
Pero vamos a entrar en los razonamientos necesarios para que se llegue
al conocimiento exacto de sus mecanismos de acción.
Todas las células y, por tanto, los seres unicelulares están compuestos
fundamentalmente de un protoplasma y un núcleo, y entre ellos, claro está,
las bacterias y los hongos.
El protoplasma le es tan imprescindible al núcleo como el núcleo al proto-
plasma. Uno se ocupa de las funciones metabólicas y de relación, y el otro
— 52 —

de las funciones germinativas, asegurando la continuidad de la especie.


El núcleo posee unidades génicas que constituyen los cromosomas, y
tiene más de éstos mientras mayor es el número de características heredi-
tarias que han de ir representadas.
En los animales superiores el número de cromosomas es bastante ele-
vado, pero en los seres microscópicos esta complicación se simplifica, que-
dando reducido todo el equipo génico enzimático a un solo gen o a una
estructura génica bastante rudimentaria.
Pues bien, existen seres microscópicos, lo mismo en el campo de las
bacterias que en el campo de los hongos, que en circunstancias especiales
sufren un proceso reduccional, perdiendo toda la parte somática, y, por tanto,
el protoplasma, su membrana e incluso parte del núcleo, quedando sola-
mente el gen aislado.
Pero el gen aislado es un virus, puesto que el gen —y ya este concepto se
estableció en los trabajos anteriores— es una estructura génico-enzimática,
es decir, un equipo enzimático capaz de captar energía y derivar un ciclo
propio con el que crece y se multiplica.
Pero hemos dicho antes que no puede un núcleo, y menos un gen aislado,
vivir sin la cooperación de un protoplasma, y resulta claro que para decidirse
el agente microbiano a llevar a efecto el fenómeno reduccional ha de contar
con un protoplasma que sustituya al suyo. Debido a esta circunstancia, esta
reducción se lleva a efecto en el seno de células vivas de animales o plantas,
pues el protoplasma de estas células sustituye al que la bacteria u hongo ha
desechado, y debido a esto, una vez que se ha llevado a efecto el proceso
de reducción, es decir, su transformación en virus, necesariamente han de
ser cultivados en presencia de células vivas.
Al producirse la reducción desechan sus equipos enzimáticos protoplas-
máticos, con los que atendía a su vida de relación con el medio; desechan
los equipos enzimáticos que efectuaban la función respiratoria u oxidativa,
pero los eliminan, porque la célula viva respira para ellos, porque la célula
viva, con sus ciclos propios, sostiene su energía germinativa.
Todo este proceso explicado pertenece a los virus clasificados en el
segundo grupo.
En el tercer grupo no existe el proceso reduccional, sino persistencia de
un ciclo cerrado de formas filtrables, que pertenecen a su vez a otro ciclo
más amplio del proceso evolutivo de agentes del género Protomyces.
— 53 —

El estudio de los agentes cancerosos de este género, que se están


presentando en un gran porcentaje de casos, se llevará a efecto en la parte
sistemática.
No hemos encontrado otro género de más próximo parentesco donde
encuadrarlos.
Para tener una idea general de ellos —pues en el trabajo correspondiente
se estudiarán con detalle— vamos a dar los datos pertinentes para su encua-
dramiento biológico.
El género está encuadrado en la familia Endomycetácea, del orden Pro-
toascados, de la clasificación de Wettstein, cuyo orden comprende también
la familia Sacharomycetácea.
El orden queda definido así: Con micelio filamentoso o sin él, y sin produc-
ción alguna de cuerpos fructíferos. Proceso fecundativo por copulación de
ramitas micelianas o de células de la misma forma o de forma diversa (dife-
renciadas en ascogonios y anteridios): el producto de la copulación o la
célula ascogónica fecundada se transforma directamente en asco. Ascos
nacidos directamente del ascogonio fecundado sin formar himeno. No existe
alternancia de generaciones, y son haplontes.
Pertenecen a la familia Endomycetácea los géneros Eremascus, Endo-
myces y Dipodascus. La posición sistemática de los géneros Ascoidea y
Protomyces, parásito de antofitas, es incierta; de ambos géneros se desco-
nocen los procesos fecundantes.
Esto es lo que se sabe hasta el día del género Protomyces. Cuando llegue
el momento estudiaremos los procesos fecundantes de los productores de
tumoraciones en el hombre, visibilizados muchas veces en cultivos de sangre
de cancerosos.
Baste decir por ahora que sus ascos en la sangre fresca, en examen en
fresco, son imposibles de diferenciar de los glóbulos rojos. Solamente tienen
un reflejo más brillante verdoso. Sus glóbulos esporíferos son idénticos a los
granulocitos, y, por fin, sus esporas actúan en ciclo cerrado como virus en la
célula tumoral.
No cultivan en ningún medio conocido actualmente, y sólo después de
centenares de pruebas en diversos medios especiales de cultivo, que ha sido
la tarea más agotadora llevada a cabo, hemos conseguido que cultiven y se
multipliquen activamente.
Todas las conclusiones establecidas anteriormente sobre metabolismo de
los virus del cáncer son aplicables a la fase esporífera de los Protomyces,
— 54 —

pues realmente, por sus cerrados ciclos submicroscópicos in vivo, hay que
considerarlos como virus. Con el fin de no confundirlos con los clásicos los
hemos encuadrado en el grupo tercero.
Vamos ahora a explicar la parte fundamental que nos ha llevado a deter-
minar e interpretar la etiología de los procesos cancerosos.
Hemos hecho un breve estudio del procedimiento de reducción de los
virus del segundo grupo y de los ciclos del tercero, y al comparar estos
grupos con el primero desprendemos una consecuencia inmediata, que es la
siguiente:
Como el primer grupo de virus se forma por agregaciones enzimáticas
procedentes de distintas bacterias, es lógico que jamás vuelvan a reproducir
—en un proceso de recuperación somática— las bacterias que los origi-
naron, y caso de reproducirse a partir de ellos un germen de salida, éste no
recordará en nada a los donadores y perderá sus mecanismos de acción
específica, por la sencilla razón de que estas «formas de salida» han perdido
sus antígenos enzimáticos de virulencia, por la misma razón que las bac-
terias con antígenos de virulencia Vi los pierden en los medios artificiales de
cultivo. Esto arrastra como consecuencia la pérdida de virulencia y antigeni-
cidad de las «formas de salida» de los virus del primer grupo o virus clásicos.
Un ejemplo de estas «formas de salida» es la del virus de la peste por-
cina, denunciado por nosotros el año 1942 en el Instituto de Biología Animal,
al que denominamos Diplomyces, y que se presenta en forma de diplococo.
En el caso de los virus del segundo y tercer grupo ocurren las cosas de
forma distinta.
Vimos en los trabajos anteriores que la estructura de un gen y la de un
virus era idéntica. También vimos y recordamos al efecto el caso de la alcap-
tonuria, el idiotismo fenil pirúvico y el albinismo, y que estos defectos eran de
tipo carencial, porque se debían a la carencia o defecto en algunos enzimas,
y que estas enfermedades eran hereditarias.
Esto supone necesariamente que un gen decide sobre la presencia o
ausencia de un enzima determinado que funciona fuera del núcleo, pues su
proenzima debe ser suministrado por la fracción proteica del gen que
funciona como precursora de enzimas. Se deduce de esto que en el gen
deben estar representados en forma de precursores los enzimas protoplás-
micos capaces de llevar a cabo funciones sintéticas, y entre ellas la de re-
construir el soma en un momento determinado y bajo especiales circuns-
tancias.
— 55 —

Estas especiales circunstancias se pueden especificar. Sabemos que un


precursor no es un enzima, por la misma razón que una prohormona no es
una hormona, o sea que el precursor carece de actividad enzimática, porque
se trata de la parte proteica llamada en el enzima apofermento. Pero si a
estos proenzimas génicos les proporcionamos sus correspondientes coen-
zimas, entonces se inicia su actividad sintética, que de principio conduce a la
reconstrucción del soma perdido durante la fase reduccional de transfor-
mación en virus.
Vimos antes en qué consistía la mecánica reduccional de los virus del
segundo grupo, y hemos dicho que la reducción afecta a todo el agente
microbiano, menos a su gen o elemental estructura génica. Se desprende, en
consecuencia de todos los razonamientos anteriores, que aunque un virus
del segundo grupo sea un agente microbiano que se ha desprendido de toda
la parte somática, está representado en el equipo génico, y que si este virus
o gen procede de una determinada especie microbiana, si da una forma de
salida, ésta ha de ser necesariamente la especie de procedencia.
Estas inversiones del fenómeno de reducción en los virus del segundo
grupo, que son posibles en ciertas condiciones, dan lugar a lo que hemos
llamado «formas madres» de los virus del cáncer. Hemos conseguido deter-
minar exactamente cuáles y cuántas son, y, por tanto, cuántos y cuáles son
los virus del cáncer.
En los virus del tercer grupo, la cosa es más simple, pues se reduce a
interrumpir el ciclo cerrado de la forma invisible, lo que da lugar a la aparición
de la fase visible del ciclo.
Después de estos razonamientos suponemos que nadie creerá necesario
que para el estudio de los virus del cáncer nos sería imprescindible el super-
microscopio electrónico.
Pero empecemos el estudio general de las «formas madres».
A partir de sangre de enfermos nos es posible determinar exactamente el
tipo de virus que está produciendo el proceso. Unas «formas madres» más y
otras menos necesitan, para llevar a cabo el proceso de «vuelta a la forma
somática», unas condiciones especiales; pero cuando se les coloca en estas
condiciones se pueden recuperar siempre a partir de la forma vírica, y no
solamente decidir el diagnóstico, sino, como hemos dicho antes, determinar
exactamente el tipo de virus.
En la descripción sistemática de los virus del cáncer, como es lógico, no
vamos a referirnos exactamente a ellos, sino a sus «formas madres» y cree-
— 56 —

mos que después de las explicaciones que anteceden quedarán todos


convencidos de que es una forma rápida y exacta de estudiarlos.
Como se desprende de lo anterior, existirán dos tipos distintos de «formas
madres»: las correspondientes al segundo grupo y las correspondientes al
tercero, o sea las recuperadas por inversión del proceso reduccional y las
recuperadas por aparición de formas visibles del ciclo biológico de los
Protomyces.
Estas mutaciones han sido observadas por nosotros numerosas veces en
cultivos de «formas madres» y han dado como resultado la aparición de otra
forma microbiana distinta perteneciente a la serie, que a su vez ha sido tam-
bién aislada directamente de sangre de enfermos cancerosos.
Hace mucho tiempo que conocemos estas «formas madres», y todas las
que seguimos aislando coinciden exactamente con las aisladas con ante-
rioridad.
La existencia de mutaciones dentro de estos virus del segundo grupo y el
hecho de que estas mutaciones se provocan fácilmente por inducción inmu-
nitaria, nos desconcertó al principio, cuando aún no las habíamos observado,
pués empleando vacunas monovalentes conseguimos recuperaciones mag-
níficas en enfermos por medio de nuestros colaboradores clínicos, pero
después, incomprensiblemente, recaían sin solución. Al comprobar la cadena
de mutaciones que se producían en los cultivos de «formas madres» com-
prendimos perfectamente lo que ocurría in vivo. Estas recaídas se han evi-
tado empleando vacunas inactivadas polivalentes con inclusión de todos los
virus del segundo grupo, lo que bloquea la posibilidad de mutaciones in vivo.
Los resultados clínicos han demostrado con toda certeza lo que la experi-
mentación nos había demostrado en el laboratorio.
Los virus del tercer grupo, o, mejor dicho, sus «formas madres», conse-
guimos cultivarlas sobre el mes de febrero de este año, y no tendría nada de
extraño, aunque por ahora no lo hemos podido demostrar, que pudiesen
proceder también por mutación de los del segundo grupo
El último que hemos conseguido aislar, y que al parecer difiere de los del
segundo y tercer grupo, es un virus sarcomatoso humano, aislado tres veces
consecutivas en tres casos distintos de sarcomatosos. Su «forma madre» es
un diplococo grueso levuriforme. Conforme avanzamos en su estudio micro-
biológico y clínico pasará a incluirse dentro de la parte sistemática que
empezará en el siguiente trabajo.
— 57 —

Por último, queremos hacer unas consideraciones.


Hemos visto en el transcurso de estos trabajos que los virus en general, y
los del cáncer en particular, son equipos génico-enzimáticos. Estos equipos
enzimáticos están en la célula cancerosa mezclados con los equipos enzi-
máticos propios de la célula.
Sus estructuras son tan parecidas, que, a todos los efectos, las causas
que afecten a unos han de afectar necesariamente a los otros. Cualquier
remedio terapéutico de naturaleza quimioterápica que se preconice contra el
cáncer ha de cumplir la condición de destruir los equipos génico-enzimáticos
de los virus, dejando intactos las de la célula.
Esto es imposible por quimioterapia, pues necesariamente son atacados
ambos equipos o no son atacados ninguno.
Pero hay un solo camino, y este camino, que preveímos hace mucho
tiempo, es el de la inmunoterapia, que, creando antienzimas selectivamente
específicos, produce una destrucción específica de los equipos enzimáticos
de los virus del cáncer y respeta los de las células.
Como se trata de enfermedad de largo proceso, es perfectamente posible
la adquisición progresiva de un estado de resistencia, y a este aspecto las
posibilidades de curación son inversas a la gravedad del enfermo.

Patogenia del cáncer


(20 de julio de 1959)

Cuando una colectividad asociada como entidad específica es sexual-


mente diferenciada —hombre, animal o planta— y se dirige con la ciega luz
del instinto —con o sin circunstancias afectivas concomitantes— hacia el
representante del sexo opuesto, sólo cumple una primera misión que termina
con el contacto.
Después, células germinales desprendidas de uno de los sexos van al
encuentro de las de distinto signo y cumplen la segunda misión que termina
con la construcción de un nuevo ser.
La célula germinal desprendida, a pesar de su escaso tamaño, lleva la
representación de todas las características: morfológicas, fisiológicas, etc.,
para construir un nuevo ser. También, como los aviones a reacción, lleva
— 58 —

combustible suficiente que le facilita energía para salvar el espacio, enor-


memente grande para ella, que lo separa del óvulo; pero lleva, además, un
aparato receptor de ondas electromagnéticas, y al igual que un proyectil
teledirigido va directamente en busca del objetivo, con la diferencia de que
mientras éstos fallan muchas veces, los otros no fallan nunca.
Pero ¿por qué estas células desprendidas de nosotros cumplen esta
misión nadando desesperadamente en busca de una finalidad, y actuando
como si tuvieran voluntad y personalidad propia?
¿Por qué pasan de largo sobre numerosas células vegetativas que no
actúan sobre sus «aparatos» de orientación?
Porque mientras que las células vegetativas están despolarizadas al
poseer por cada cromosoma y por cada gen otro gemelo, pero de carga
distinta que neutraliza, la célula germinal está polarizada por no haber sido
neutralizados los genes por otros de carga contraria. El equipo cromosómico
del óvulo con energía polar de un signo emite a su alrededor ondas que son
captadas por el espermatozoide, y éste acude a neutralizar sus propias
cargas con una vehemencia que demuestra que para él es una necesidad.
No ocurre esto solamente aquí, pues vemos cómo muchos aniones o
cationes abandonan su pareja para buscar otro que, por su mayor carga
eléctrica, los requiere y lo vemos también en la efímera vida de los radicales
químicos.
A pesar de todo lo que llevamos escrito en los cinco trabajos anteriores,
teníamos la evidencia de que aún quedaban cosas por explicar. Hemos
explicado la naturaleza de los virus del cáncer y su metabolismo, pero aún
quedaba otro problema por delante, y era que resultaba un poco inaceptable
que los virus del cáncer pudiesen prender en cualquier célula en multipli-
cación.
Poco a poco ha surgido una sospecha que creemos hasta tal punto intere-
sante que aplaza una vez más la aparición de la parte sistemática de estos
trabajos.
La marcha rápidamente progresiva de nuestras investigaciones provoca la
aparición de lógicas consecuencias que hay que ir tratando de interpretar
adecuadamente para formar un solo cuerpo de doctrina.
Trataremos de explicar, con la mayor claridad posible, las circunstancias
que han hecho brotar estas nuevas ideas, y queremos, en primer lugar, que
fijéis claramente los conceptos de los primeros párrafos de este trabajo.
— 59 —

Todos sabemos que el comportamiento, a todos los efectos, de una célula


vegetativa o diploide es totalmente distinto a todos los efectos de una célula
germinal o haploide.
La diferencia —como es sabido— radica en que en un caso hay la mitad
de cromosomas que en el otro, por haber existido una reducción miótica.
Quedamos, pues, en que la célula germinal haploide atrae a la contraria
por tener carga eléctrica, electromagnética, ......., de distinto signo.
Tenemos, pues, dos tipos de células: unas tranquilas o de cargas neutra-
lizadas, y otras, intranquilas o de cargas sin neutralizar, que tienden, por
reunión y neutralización, a convertirse en tranquilas.
Los genetistas saben perfectamente las causas que pueden modificar los
equipos cromosómicos de las células germinales —en tanto en cuanto estas
modificaciones no sean letales— por un estudio de la descendencia, que
denuncia con claridad que han existido modificaciones en la estructura y
posición de los cromosomas.
Son conocidas, por ejemplo, la acción de los rayos X y radiactividad que
producen roturas en cromosomas, que dan lugar a delecciones, inversiones
y traslocaciones. También es conocida la influencia que algunos productos
de naturaleza química producen, y a este respecto citamos la conocida
acción de la colchina, que da lugar a seres tri, tetra y poliploides por aumento
de número normal de equipos cromosómicos.
Otro tipo de alteraciones de las células germinales son desconocidas,
porque acarrean la letalidad al óvulo fecundado.
Ahora vamos a intentar definir lo que es un gen a la luz de las conclu-
siones que se van alcanzando.
«Un gen químicamente considerado es -como ya dijimos en los primeros
trabajos y conoce todo el mundo- una estructura en la que intervienen ácido
desoxirribonucleico y proteínas de relativo bajo peso molecular, identificables
con polipéptidos. Esta estructura está dispuesta en el espacio de forma que
adquiere polaridad, la cual el gene tiende a neutralizar.»
Cualquier sustancia de naturaleza química, o cualquier acción de natura-
leza física que produzca el desmoronamiento de esta estructura, acarrea la
despolarización del gen y, por tanto, su destrucción como tal.
Pero vamos a dejar ya la célula germinal y vamos a dedicarnos a estudiar
los efectos que esas mismas causas físicas o químicas pueden producir en
una célula vegetativa.
En la célula germinal hemos visto que estos efectos son denunciables por
— 60 —

un estudio de la descendencia; pero en el caso de la célula vegetativa nos


encontramos ante la imposibilidad de denunciar las alteraciones por un
estudio de este tipo. Sin embargo, hay que admitir necesariamente que
pueden ocurrir las mismas cosas, o sea, que las radiaciones de naturaleza
física y las acciones de naturaleza química han de actuar sobre el equipo
diploide de la célula vegetativa de la misma forma que sobre el equipo
cromosómico haploide de la célula germinal.
Pongamos el siguiente ejemplo, que será fácilmente comprendido: Si la
acción del radio, de los rayos X, de la colchicina, de la anilina, del alquitrán y
de otras múltiples sustancias lleva consigo la destrucción de un gen en la
célula somática, el otro gen par homólogo se ha convertido en un gen
haploide y, por falta de neutralización, se ha polarizado.
Tenemos entonces como consecuencia la aparición de una célula vege-
tativa polarizada parcialmente, y esta polarización, al igual que en el caso
concreto del óvulo, da lugar a la emisión de ¿ondas electromagnéticas? Está
llamando desconsoladamente a un gen que lo despolarice, el cual no llegará
nunca, a menos que... (este «que» lo vamos a explicar después).
Ya tenemos una célula anormal, una célula inquieta; una minúscula emi-
sora, en una palabra.
En una célula germinal, esto acarrearía una acción letal, pero no en una
célula vegetativa, ya que los precursores enzimáticos que su fracción pro-
teica suministraba para el metabolismo del individuo no representan nada
ante la ingente masa de genes similares que siguen funcionando en las
demás células.
Si el gen destruído pertenecía al espermatozoide, la polaridad de la célula
será de un signo; si pertenecía al óvulo, la polaridad será de signo contrario.
Con las ideas vertidas hemos cumplido la primera fase de este trabajo, y
ahora empezamos a explicar la segunda fase.
Dijimos en el quinto trabajo que los protomyces poseían un ciclo sexual
formado por células ascogónicas que funcionan como oogonios y que
también existían anteridios haplontes.
Estos anteridios son fácilmente visualizados durante un breve período de
tiempo en ciertas fases de nuestros cultivos.
Por su elementalidad sólo deben portar un gen haplonte. Este gen
haplonte, al igual que el espermatozoide, capta la pequeña emisora de la
célula polarizada, y si la naturaleza de onda percibida es de signo contrario a
la suya, lo mismo que el espermatozoide camina sin tregua en busca del
— 61 —

óvulo, así el anteridio camina en busca del gen huérfano de la célula vege-
tativa.
Ya sólo falta el acoplamiento, y cuando éste se produce, el gen se despo-
lariza; pero el gen despolarizante exige ahora ácido adenílico desoxirribo-
nuleico, y esto arrastra como consecuencia todos los hechos apuntados en
los trabajos anteriores.
Vemos, pues, ahora explicados los tumores de los radiólogos, el cáncer
del alquitrán, el de los deshollinadores, el de vejiga de los pintores y el de los
trabajadores de fábricas de anilina, la enorme proporción de niños leucé-
micos entre aquellos en que su madre fué observada por rayos X en período
de embarazo, la aparición de linfogranulomas —aparte de circunstancias ya
explicadas— en los que por padecer procesos fímicos han sido observados
numerosas veces por la pantalla, y también el del cáncer de labio y laringe
de fumadores, debido a la acción del alcaloide, del humo, del hollín o del
alquitrán de tabaco.
El aumento de radiactividad representa un inmenso peligro para la Huma-
nidad, pues si en estos momentos la preocupación existente radica en una
posible producción de monstruos por alteración de las células germinales,
también produce, en mayor grado, la aparición de células vegetativas, mons-
truosas por su polarización, que son futuras bases de procesos cancerosos.
La radioterapia, el radar, la roetgennoterapia, así como el diagnóstico por
rayos X, algunos tipos de industrias que cargan la atmósfera de sustancias
alterantes de la tranquilidad cromosómica, la convivencia social de nuestros
tiempos, los tubos de escape de los vehículos de aceite pesado, la invasión
de nuevos productos quimioterápicos, cuya acción organotropa puede estar
perfectamente estudiada, pero no en su acción a distancia como productora
de alteraciones cromosómicas, hacen a la Humanidad víctima propiciatoria
del cáncer.
Es la enfermedad de la civilización y del progreso industrial. Pero aún
pueden existir factores de naturaleza fisiológica, que vamos a tratar de
explicar.
En endocrinología no se estudia la mayor célula endocrina con que cuenta
el organismo, y cuando se llegue a esta conclusión y se profundice en su
estudio, la medicina interna se basará sobre pilares más firmes.
Hemos quedado en que las proteínas, que en unión del ácido desoxirribo-
nucleico forman el gene, son verdaderos precursores enzimáticos, y hemos
— 62 —

visto que entre hormona y enzima sólo existe, en muchos casos, la diferencia
de emplear por sistema dos vocablos distintos.
Si todas estas proteínas proenzimáticas las reuniésemos en un bloque,
habríamos construído la mayor glándula endocrina del organismo.
Pues bien: sabemos que entre los constituyentes de los equipos cromosó-
micos de todas las especies, y por ende, entre los de la especie humana,
existen cromosomas sexuales X e Y. Estos deciden el sexo. A pesar de ser
tan pequeños, imponen su férula de tal modo que se nace hombre o se nace
mujer. Ellos portan las características sexuales secundarias y primarias en
combinación con las glándulas sexuales y la hipófisis.
Desde el nacimiento hasta la pubertad, esta actividad específicamente
sexual es frenada por ínhibidores que probablemente proceden del timo.
Cuando éste desaparece gradualmente empieza la actividad sexual, también
gradualmente.
La intersexualidad, el feminismo en el varón y la inversión del sexo en los
vertebrados son desviaciones que pueden ser inducidas por causas que
actúan sobre los gametos antes de la fecundación.
Los criadores de bovinos saben que en las gestaciones gemelares, cuan-
do los dos gemelos son de sexo contrario, la hembra resulta estéril en
muchos casos.
Los ingleses llaman a estas hembras Free-Martin, y es muy probable que
sean, en este caso, los precursores enzimáticos de las proteínas de los
cromosomas sexuales del macho los que, por existir una comunidad
circulatoria, modifiquen a los precursores de la hembra, conduciéndola hacia
una esterilidad radicante en sus proteínas cromosómicas.
Padoa (1938) y Dautchakoff (1938) creen ciertamente que los genes
producen hormonas análogas a las elaboradas por las gonadas adultas y
que ellas serían los diferenciadores primarios del sexo.
Parece, pues, cierto que algunos genes de los cromosomas sexuales
efectúan una regulación de tipo enzimático-hormonal de la actividad sexual,
aunque ella tenga que traducirse a través de las glándulas sexuales y aso-
ciadas a ellas.
También resulta probable que no se pueda interpretar de una manera
unitaria y simplista, pues existen en cada individuo, y vinculados quizá a
factores hereditarios, diferentes grados fisiológicos de sexualidad que
radican en el gene correspondiente.
— 63 —

Siendo, pues, presumible la intervención directa de ciertos genes en la


actividad sexual operante en el espacio que media entre la pubertad y la
senectud, hay que admitir que el gen que regulaba esta actividad declina sus
funciones en la senectud.
Esta pérdida de actividad puede determinar una desaparición del gene
correspondiente en algunas de las células vegetativas.
Si esta desaparición es simultánea en los dos genes gemelos, no aparece
la polarización; pero si uno de ellos desaparece quedando el otro, éste se
polariza, empezando a funcionar la «emisora». La célula se ha convertido de
este modo en una célula cancerizable.
Quizá estemos sobre la pista de que las mutaciones observadas con toda
claridad entre las distintas «formas madres» de los virus cancerígenos se
deban a que un anteridio común pueda fecundar a distintos oogonios, dando
como resultado el acoplamiento a la aparición de formas diversas que apa-
rentemente proceden unas de otras por mutaciones bruscas.
Se trataría, al parecer, el anteridio observado —que probablemente sólo
porta un gen— de un portador génico aceptable por oogonios de distinta
naturaleza y aceptable también por las células somáticas parcialmente
polarizadas.

Los hongos, virus del cáncer


(20 de septiembre de 1959)

Zonas biológicas de inestabilidad.—Estábamos acostumbrados, como lo


está todo microbiólogo, a que las formas microbianas que estudiamos sean
más o menos inmutables; y cuando existen mutaciones, se refieren a cam-
bios de forma o a modificaciones antigénicas que no afectan en sí, funda-
mentalmente, a la estructura de la especie, pudiéndose, además, recuperar
las formas originales por distintas técnicas.
Acostumbrados a ver así las cosas, había que armarse de paciencia y
caminar por este terreno movedizo, hasta llegar a comprobar que las cosas
pueden ocurrir también de otra forma.
Para andar estos caminos hace falta, como factor decisivo, liberarse de
prejuicios que, por ser transitoriamente ortodoxos, pueden influir sobre
nuestro ánimo desechando caminos antes de emprenderlos.
— 64 —

La falta de influencia ajena, las horas interminables de trabajo, la obje-


tividad experimental, una extensa casuística y la ayuda de Dios, nos han
hecho andar firmemente sobre este terreno, donde todo era inestable, donde
la rigidez preceptiva de la microbiología clásica fracasa por completo.
No podemos hacer con ellos un museo microbiológico al estilo de los exis-
tentes en Norteamérica, Inglaterra y Francia, pues al cabo de algún tiempo el
contenido del cultivo no respondería a la etiqueta.
Es posiblemente esta circunstancia la que ha dado lugar a que el pro-
blema del cáncer no haya sido resuelto hasta ahora, y quizá su principal y
fundamental característica.
Hemos conseguido, sin embargo, al ir perfeccionando los medios de
cultivo, una limitación en las mutaciones y, con el último medio de cultivo
preparado, las formas recuperadas, directamente del enfermo, se mantienen
sin mutar.
Esto nos ha llevado a la demostración de que los virus hongos del cáncer
que actúan in vivo son exclusivamente los protomyces en sus distintas
especies.
Especies que se pueden estudiar y diferenciar debido a variaciones morfo-
lógicas y evolutivas visibles.
Los que en el quinto trabajo clasificamos como virus del segundo grupo
—a excepción de una pseudolevadura gemante, lisa y brillante, que corres-
ponde al ciclo de una de las especies de protomyces— son formas mutantes
in vitro, y estas mutaciones eran debidas fundamentalmente a la composición
de los medios de cultivo.
Trabajando con medios más idóneos, hemos conseguido evitar que los
protomyces muten y, a la vez, nos hemos convencido de que las mutaciones
eran debidas a las necesidad de utilizar una fuente de óxigeno distinta a la
que utilizan los protomyces en el enfermo, y una prueba de ello es que las
primeras mutaciones que se producen dan por resultado la aparición de
agentes microaerófilos que crecen en el fondo del medio de cultivo sobre la
sangre del enfermo agregada, utilizando el oxígeno hemoglobínico. Una
segunda mutación de los microaerófilos da lugar a formas que tienden a
crecer en la superficie utilizando el óxigeno del aire y que dan ya micelio
aéreo.
Si el medio es más simple aún, entonces aparecen desde el principio, en
algunos casos, agentes que desde el principio crecen en superficie. Las
mutaciones han dependido, por tanto, fundamentalmente, de procesos de
— 65 —

adaptación a la utilización de distintas fuentes de oxígeno, en unos casos por


mutación y adaptación progresiva, y en otros, por mutación brusca.
Es muy probable que estas mutaciones fuesen obligadas por faltar deter-
minados coenzimas en el medio de cultivo. Coenzimas con los que— cuen-
tan in vivo y con los que les resulta posible la utilización del oxígeno de la
hemoglobina y del existente en el plasma y jugo celular, debido a distintas
tensiones de presión con el anhídrido carbónico.
En los medios de cultivo nuevos no hemos observado más mutaciones,
señal evidente de que al utilizar el protomyces el oxígeno combinado no tiene
necesidad de mutar.
Ocurría, pues, con las mutaciones algo parecido al siguiente ejemplo: en
la destilación seca de la hulla aparecen numerosos cuerpos químicos aro-
máticos, pero muchas de estas sustancias químicas faltan en el protoal-
quitrán o alquitrán a baja temperatura, demostrándose con esto que la mayor
parte de los compuestos que se obtienen del alquitrán de hulla por destila-
ción seca no existen como tales compuestos en la hulla, sino que se forman
durante la destilación a causa de reacciones de pirogenación.
Hay que concluir a este respecto que los causantes de los procesos neo-
plásicos son exclusivamente los protomyces, y que los demás aparecen
como consecuencia de las mutaciones provocadas en los medios de cultivo
en un proceso biológico de adaptación a circunstancias distintas a las que
ocurren en el seno de los tejidos.
Aunque como consecuencia de la demostración de la filtrabilidad de los
protomyces —extremo que se explicará más adelante— hayan perdido
actualidad e importancia todas las distintas formas mutantes, vamos, sin
embargo, a dar un breve resumen de ellas, para que los que empiecen a
estudiar estas materias sepan cuáles agentes son los que están directa-
mente relacionados o son producto de mutaciones y cuáles son las formas
originales.
Tipos no mutantes o agentes directamente cancerígenos.—Tipo único:
Protomyces. En este género es común en todas las especies el anteridio y
podemos considerar los siguientes tipos morfológicos:
a) Micelios finísimos que desprenden diplococos de tipo o aspecto bac-
teriano, cuyos diplococos resisten en los cultivos a la acción de todos los
antibióticos.
b) Micelios que desprenden diplos más gruesos de tipo levuriforme.
— 66 —

c) Parecidos a los anteriores, pero que a posteriori siguen aumentando de


tamaño hasta formar pseudolevaduras, lisas, brillantes, gemantes de aspecto
inconfundible y característico.
d) Formaciones micelianas en las que se ven esferas parecidas a ascas
pequeñas, estando rodeadas de un halo rojizo transparente, seguramente
por la presencia de un pigmento.
e) Formaciones micelianas compactas con gránulos micetómicos irregu-
lares, que una vez independizados se convierten en parásitos de los eritro-
citos.
Tipos obtenidos por mutación de los Protomyces.—Streptomyces, Nocar-
dias (en formas móviles e inmóviles), y de hongos clamidosporáceos, uno
que se desarrolla en forma de masas algodonosas redondas o esféricas,
cuya esfera va creciendo paulatinamente y que crece primero sobre la
sangre en el fondo del medio de cultivo, acostumbrándose con el tiempo a
crecer en superficie, y a emitir micelios aéreos. Estos micelios aéreos son al
principio blancos, para al cabo de bastante tiempo aparecer pigmentados en
verde. El otro hongo clamidosporáceo no forma masas algodonosas, crece
siempre en el fondo del medio y emite esporas levuriformes, y por conjunción
sexual de ramas micelianas tableadas da lugar en los puntos de contacto a la
aparición de micelios parecidos a los de los protomyces que se resuelven en
diplococos de tipo bacteriano.
Directamente relacionado con las Nocardias tenemos el bacilo descrito por
Schuerlen, que quizá podamos identificar con el bacilo subtilis, y que este
bacilo pertenece a esta cadena de mutaciones nos lo denuncia el que pro-
duce antibióticos: la bacitracina.
Esta producción de antibióticos nos demuestra, por una bacteria, que son
próximos parientes de las Nocardias y, a través de ellas, de los Strepto-
myces, productores por excelencia de antibióticos.
Lo mismo que Scheurlen y Domingo Freire, obteníamos muchas veces
cultivos de la bacteria de Schuerlen cuando empleábamos medios de la
misma simplicidad que el que ellos emplearon.
Experimentalmente hemos comprobado la mutación de Streptomyces
aislados de sangre de cancerosos a Nocardias, así como de Nocardias a
bacilos esporulados identificables con el bacilo de Schuerlen. Todos ellos
tienden a crecer en superficie en los medios de cultivo formando velos, lo
que demuestra que las mutaciones se han llevado a cabo a efectos de la
utilización del oxígeno.
— 67 —

Sería un trabajo curioso —al que de momento no podemos dedicarnos—


el averiguar, por variación en la composición de los medios de cultivo, cuáles
de las mutaciones que partiendo de Streptomyces y pasando por Nocardias
—parcialmente ácido-resistentes— y por las bacterias alfa y beta de Ferran
—también parcialmente ácido-resistentes— conducían al bacilo tuberculoso
totalmente ácido resistente, así como cuál era el camino que seguían las
mutaciones inversas para que el bacilo tuberculoso llegase por mutaciones
sucesivas a formar el virus del linfogranuloma de Hogckins.
Que las mutaciones que se producen en esta zona microbiana han
desconcertado a los investigadores de todos los tiempos y que no se han
encontrado con fuerzas para seguirles la pista nos lo demuestra el hecho de
que normalmente en Microbiología sólo se estudian las formas crecidas en
medios de composición fija: los medios de Saubouraud de aislamiento y con-
servación, pues se conoce la labilidad de las formas cuando se modifica la
composición del medio.
Esta labilidad afecta en alta grado al curriculum vitae de agentes relacio-
nados por mutaciones con los agentes neoplásicos, y si hubiésemos renun-
ciado a seguirles la pista, este problema no se habría resuelto en bastante
tiempo.
Hemos encabezado este trabajo con el título de «Los hongos, virus del
cáncer», y este concepto, experimentalmente demostrado, hay que expli-
carlo, a lo que nos dedicamos a continuación:
Demostración de que los agentes cancerígenos son «hongos-virus». Una
de las circunstancias que sin ningún género de dudas nos ha puesto en evi-
dencia de cuáles son los agentes productores de neoplasias y cuáles no, y a
la par nos ha demostrado cuáles funcionan como virus y cuáles no, ha sido la
demostración experimental de que solamente los protomyces se siguen
multiplicando y creciendo en el medio de cultivo después de pasado por
placa filtrante Seist para virus, mientras que los demás no han pasado y, por
tanto, no han aparecido en el filtrado.
En efecto, hemos procedido a mezclar en un matraz cultivos de todas las
formas mutantes o no aisladas. Esta mezcla ha sido filtrada por placa Seist,
mezclando a la par bacterias pequeñas para comprobar su retención por la
placa esterilizante. Estos filtrados han sido puestos en la estufa de cultivos, y
al cabo de algún tiempo —unas semanas— el medio se ha enturbiado, y al
proceder al control de este enturbiamiento nos hemos encontrado con el
protomyces exclusivamente.
— 68 —

Teniendo en cuenta que se ha procedido correctamente, que se ha repe-


tido varias veces la prueba con idéntico resultado y que los protomyces no
crecen en medios ordinarios de Micología, creemos poder sentar definitiva-
mente que:
Los protomyces tienen la doble personalidad de hongos y virus.— Esta
demostración es tan concluyente que saca estos trabajos del período espe-
culativo y sanciona experimentalmente todas nuestras suposiciones, y lleva
como consecuencia el que el problema etiológico de los procesos neoplá-
sicos se centre sobre los protomyces, haciéndose ya necesario un estudio
general de ellos.
No obstante, antes vamos a hacer una pregunta: ¿Cuál es la parte de todo
el complejo ciclo de los protomyces que pasa a través de los finos poros del
filtro? Vamos a contestar la pregunta con la reproducción de unas líneas de
nuestra comunicación a la Academia de Medicina de Sevilla presentada el 25
de mayo de 1942, que dice así: «Los trozos fragmentarios de los micelios de
estos virus son filtrables y capaces de continuar el ciclo evolutivo».
La simple visión de las tenues masas micelianas nos demuestra que si en
algunas partes el grosor que se adivina, más bien que se ve, es de unas tres
décimas de micra, también existen en ese mismo micelio trozos de menor
grosor que llevan puntos fructíferos que filtran y reproducen esporas que
continúan el ciclo, puesto que las esporas son diplontes.
En el quinto trabajo hicimos la salvedad de que dábamos a estos agentes
el nombre de protomyces por considerar que por algunas de sus caracte-
rísticas era la especie más afín con la que podíamos relacionarlos, pero esto
no prejuzga que en su día, al intervenir los especialistas en sistemática,
tengan que ser considerados como tales.
Naturaleza, evolución y sexualidad de los protomyces productores del
cáncer.—Westtstein, aunque los incluye en la familia endimicetácea del
orden protoasci, manifiesta que su posición sistemática es incierta y que se
desconocen sus procedimientos fecundantes.
Lo que sí es indudable es su naturaleza de hongos-virus al haber sido
demostrada su filtrabalidad por nosotros.
Carecemos de cámara microfotográfica y nos es, por tanto, imposible
acompañar las correspondientes microfotografías para su exacto conoci-
miento visual, pero acompañamos dibujos que dan una idea aproximada de
ellos.
— 69 —

Los describimos con arreglo a los conocimientos adquiridos sobre ellos


después de largas entrevistas en muchas noches de vigilia.
La figura central por excelencia de todo el ciclo es el anteridio que se
presenta libre en los cultivos por excepción y generalmente fijo por un
extremo a un glóbulo rojo o a un ascogonio. En ambos casos la parte libre
está permanentemente dotada de un movimiento ondulatorio. En su extremo
libre tiene a modo de un engrosamiento esférico. Llega a tener hasta 50
micras de largo por menos de una de ancho, mientras que en otros casos
son bastante más cortos.
Evolucionan en varios sentidos: unas veces le aparecen engrosamientos
que lo simulan a un estreptococo, otras veces se inflan y dan lugar dírec-
tamente a una de las formas consideradas como mutantes: el hongo clami-
dosporáceo no algodonoso. Otras veces sufren una especie de vitrificación y
después adquieren movimiento, habiéndose convertido en Nocardias, otras
veces se diferencian en formas levuriformes.
Es probable que en estos casos de evolución directa no exista alternancia
de generaciones, por no haber existido acoplamiento sexual y las formas
resultantes sean haplontes.
Los ascogonios son generalmente esféricos, generalmente de menor
tamaño que los eritrocitos, pero a veces mayores y presentan unos reflejos

verdosos en su superficie lisa. En la mayor parte de los casos están erizados


de anteridios pequeñísimos, cuyo significado aún desconocemos.
— 70 —

Cuando el anteridio ondulante se fija a estos ascogonios, los convierte en


glóbulos esporíferos, que cuando sueltan la masa interior dejan muchas
veces la cubierta rota y transparente. Esta masa esporífera, como vimos en
la descripción anterior de las diferentes estirpes de protomyces, se resuelve
aflojándose y dando lugar a micelios tenuísimos cargados de esporas más o
menos gruesas.
Con esto hemos explicado, en términos generales, lo que son los proto-
myces productores de neoplasias.
Ahora vamos a tocar otro tipo de consideraciones. Hemos podido observar
que mientras más grave está el enfermo menos ascas aparecen, y en algu-
nos casos no hemos conseguido evolución ninguna. Pero en estos casos
existe, como siempre, el anteridio, que va emigrando de glóbulo rojo a gló-
bulo rojo, agotando el oxígeno hemoglobínico, como si fuese un paria huér-
fano. En estos casos, que son escasos, no crecen ni se multiplican, sólo
vegetan.
Es en los casos menos avanzados donde los anteridios, al encontrarse
con numerosos ascogonios, producen una enorme cantidad de formaciones
micelianas.
Aquí existe un secreto que no tardaremos en desentrañar, pero que
acarrea, como consecuencia, la demostración de que dentro de todo el
complejo evolutivo de los protomyces, el anteridio, como portador de una
formación génica elemental, es el que prende en la célula dotada de un gen
huérfano, tal como fué explicado en el trabajo anterior.

AGENTES CANCERIGENOS

Los protomyces simbiónticos aberrantes


(20 de octubre de 1959)

En el anterior trabajo decíamos que trataríamos de averiguar por qué en la


sangre de los enfermos graves existían menos anteridios en general y menos
ascogonios que en la sangre de los enfermos incipientes.
Para llegar a resolver esta incógnita contábamos con un arma decisiva, y
era que, prácticamente, habíamos conseguido lo que en el tercer trabajo era
sólo un proyecto que se enunció de la forma siguiente: «en un medio artificial
— 71 —

de cultivo que posea básicamente una composición parecida a la célula


muerta, pero donde agregamos sistemas energéticos y las materias primas
que sirven a los virus para iniciar su serie fermentativa, podremos cultivarlos
como si se tratase de células vivas».
El primer paso para iniciar las debidas comprobaciones fué probar en este
medio de cultivo si podríamos conseguir cultivos positivos del virus de la
peste del cerdo, y el conseguirlo llevó a la demostración de que este virus
clásico es también un protomyces, consiguiéndose con esto la comprobación
de que realmente no pueden considerarse como hongos, sino que hay que
hacer con ellos un grupo especial aparte.
El segundo paso fué sembrar sangre nuestra en el mismo medio, lo cual
nos deparó la sorpresa de poder comprobar a las veinticuatro horas la apa-
rición de anteridios y ascogonios de protomyces.
Al día siguiente procedimos a sacar sangre a nuestro ayudante y a dos
compañeros jóvenes que nos hicieron una visita y, asimismo, a las veinti-
cuatro horas aparecían anteridios y ascogonios.
Un nuevo mundo se presentó ante nosotros, y a ponerlo ante vuestros
ojos va dirigida nuestra tarea más inmediata, y que podemos resumirlo así:
En el interior de nuestro organismo existe una asociación simbióntica.
Este interior hay que subdividirlo en dos zonas totalmente distintas: las vías
extraparenterales y el mundo parenteral limitado por todas las zonas
cavitarias y separado de ellas por mucosas.
En las zonas cavitarias extraparenterales existen asociaciones
simbiónticas de todos conocidas, como las del colibacilo en el tramo
intestinal y las de los lactobacilus o bacilus de Doderlein en el tramo vaginal.
En el mundo intraparenteral existen también agentes, tan nuestros, que
con nosotros nacen, por atravesar la placenta de nuestra madre, y con
nosotros mueren.
Son tan nuestros y nosotros tan suyos que nos debemos mutuamente la
vida.
De esta convivencia íntima a través de millones de años ha nacido una
especialización perfecta, en virtud de la cual nos suministran los enzimas que
las células propias no elaboran e influyen poderosamente en la posterior
autolisis del cadáver.
Se desprende inmediatamente la circunstancia de que para existir en el
seno de nuestros tejidos y en nuestra sangre hace falta que carezcan total-
— 72 —

mente de poder antigénico, y así ocurre en efecto.


Sus ascas son verdaderos sacos de enzimas que vierten su contenido en
nuestra economía para ayudarla en las labores de síntesis y de degradación.
Son verdaderos protomyces en los que ninguna de sus proteínas apoenzi-
máticas son heterólogas a los efectos de antigenicidad.
Tenemos, pues, en esquema dos mundos simbiónticos. En el mundo
extraparenteral, bacterias, y en el interior del mundo intraparenteral, virus no
antigénicos o protomyces, en una palabra.
Unos nos ayudan a demoler albúminas, albumosas, peptonas, hasta ami-
noácidos, etc., y a sintetizar vitaminas como la K, sintetizada por el colibacilo.
Los otros nos ayudan por medio de sus enzimas propios a múltiples
tareas.
Ahora bien, el colibacilo puede enfermar o mutar al ser atacado, parcial-
mente por un fago, apareciendo entonces una estirpe patógena que nos
proporciona una colitis y otras afecciones.
Los protomyces simbiónticos pueden enfermar también llevando consigo
un trastorno metabólico general o local.
Examinemos cómo se lleva a cabo este mecanismo de acción, pero antes
vamos a hacer una clasificación de los virus o protomyces con arreglo a los
últimos conceptos alcanzados.
Grupo 1.°—Protomyces sin antigenicidad o simbiónticos.
Grupo 2.°—Protomyces con antigenicidad, no tolerados por el organismo,
contra los que se defiende, pudiendo llegar, al vencerlos, a la creación de un
estado refractario de inmunidad.
Grupo 3.°—Protomyces simbiónticos alterados por la introducción de enzi-
mas heterólogos, pero no antigénicos que no dan lugar a reacciones inmuni-
tarias. Vimos en el curso de los primeros trabajos cómo podían formarse los
virus o protomyces por agregaciones enzimáticas.
Vimos también cómo, por ejemplo, un virus de glosopeda, actuando como
fago podía captar nuevos enzimas, lo que daba lugar a la aparición de
nuevas variantes.
Pues bien: un protomyces simbióntico también puede captar —lo que es
poco probable— al agregársele forzosamente un enzima o un grupo de
enzimas —lo que es más probable— alterándose su constitución.
Ahora bien, si este enzima o grupo de enzimas agregados es antigénico,
las defensas humorales del organismo lo eliminan después de haber conse-
— 73 —

guido contra él un estado inmunitario volviéndose a la normalidad.


Si los enzimas agregados no son antigénicos el organismo carece de pro-
cedimientos para proceder a separarlos del protomyces simbióntico y
aparece una nueva estirpe de protomyces en nuestros tejidos.
Ahora bien, los enzimas agregados pueden no modificar estéricamente a
los protomyces simbiónticos y, entonces, aparece una deficiencia del meta-
bolismo normal, pero si la agregación de los enzimas extraños acarrea una
modificación espacial en la estructura del equipo enzimático del protomyces
simbióntico, éste automáticamente queda impedido para utilizar los sistemas
energéticos circulantes del ácido adenílico ribósico y han de buscar el interior
del núcleo de las células para captar energía del ácido adenílico desoxirri-
bósico.
La agregación de los enzimas heterólogos extraños debe ocurrir en la
estructura génico-enzimática del anteridio, y si automáticamente sobreviene
la transformación estérica no da lugar a descendencia, puesto que para
multiplicarse necesita energía, y esta energía no la encuentra fuera del
núcleo.
Cuando llega al interior de un núcleo celular, bien por las circunstancias
apuntadas en el sexto trabajo o por necesidades imperiosas de sustrato, por
los mecanismos apuntados en otros trabajos, pone en juego una mitosis y
crea un mundo anárquico que es su propio mundo.
Mientras, los demás protomyces simbiónticos circulantes son completa-
mente normales.
Como ya dijimos en trabajos anteriores, una vez creada por el protomyces
aberrante, una cabeza puente en la zona tumoral, pone en juego sus fer-
mentos antitrípsicos y así suministra ácido adenílico desoxirribo a la circu-
lación general del organismo, al que invade posteriormente, y esta invasión
tiene como consecuencia la interferencia en la actuación de los protomyces
normales, lo que acarrea la caquexia por deficiencias del metabolismo
normal.
Ahora hemos podido explicar con más exactitud en dónde radica la impo-
sibilidad para los curanderos de que tengan éxito sus composiciones quimio-
terápicas, cuando se trata de brotes que no se encuentran al alcance de sus
parches escarióticos y los fracasos de toda medicación interna quimiote-
rápica.
No se puede atacar a los protomyces aberrantes productores del cáncer,
porque son protomyces simbiónticos, cuya única diferencia con los normales
— 74 —

radica en que tienen agregados algunos enzimas y no antigénicos.


Pueden probar a utilizar sus medicamentos quimioterápicos contra los
protomyces de la peste del cerdo, de la rabia, etc., y cuando consigan éxito,
entonces deben intentarlo con alguna esperanza contra procesos neoplá-
sicos en los que sus protomyces son más difíciles de atacar, primero por
tratarse de que su soporte es simbióntico, mientras que el de los otros virus
es propio, y segundo, porque al carecer de antigenicidad, no se cuenta con la
colaboración de las defensas orgánicas. Aquí se les abre un inmenso campo
de pruebas para explorar posibilidades, pues si se descubre algo tan selec-
tivo que actúe sobre los protomyces extraños y no sobre los simbiónticos, es
posible que también sea capaz de separar la fracción agregada en los
protomyces simbiónticos volviéndolos a la normalidad.
Al llegar aquí, nos hacemos una pregunta inquietante: ¿Qué esperanzas
le quedan a la Humanidad ante el agobiante problema del cáncer?
Vamos a intentar hacer una revisión de los posibles caminos a seguir y
que puedan representar una esperanza.
En primer lugar vamos a hacernos una pregunta: ¿De dónde proceden los
enzimas heterólogos que al agregarse a un protomyces simbióntico lo con-
vierten en un protomyces cancerígeno? Si esta agregación se impide
habremos evitado la transformación del protomyces simbióntico en cancerí-
geno.
La pregunta es fácil de contestar: los enzimas proceden de agentes no
antigénicos.
De nuestros conocimientos microbiológicos podemos concluir que estos
agentes están encuadrados preferentemente desde el orden Actinocycetales
hacia el campo de los hongos clásicos.
Ahora podemos comprender la constitución del virus del linfogranuloma de
Hogdkins. Se ha formado al agregarse un grupo de enzimas del bacilo tuber-
culoso a un protomyces simbióntico.
Las cualidades patológicas específicas de los demás virus o protomyces
aberrantes productores de neoplasias dependen de la naturaleza y condición
de los enzimas agregados.
Resulta ahora —y con esto demostramos nuestra poca afición a las ideas
fijas— que los agentes micósicos que en el quinto trabajo incluíamos en el
segundo grupo, de los tres en que distribuíamos los virus, son solamente
agentes micósicos que donan sus enzimas a los protomyces simbiónticos.
— 75 —

Llegados a este punto, queda una esperanza y tenemos sobrados motivos


para creer en ella.
Algunos de los agentes donadores de enzimas, aunque poseen en
general poca capacidad antigénica, tienen alguna.
Aislemos todas las formas micósicas aún presentes en algunos cance-
rosos, en apropiados medios de cultivo, y hagamos con ellos Nocardias,
estreptomyces, clamidosporáceos, etc., una vacuna polivalente, obtenida por
lisado para liberación de endoenzimas y filtrado por placa esterilizante para
eliminar el resto del estroma que puede provocar reacción de hipersensibi-
lidad y habremos construído una vacuna contra los posibles enzimas que se
han podido agregar al protomyces simbióntico. Si éstos son un poco antigé-
nicos y utilizamos la vacuna antes de que los protomyces aberrantes hayan
invadido la economía, se obtendrán éxitos espectaculares, como nosotros,
por intermedio de colaboradores consecuentes, los hemos obtenido.
Si la fracción agregada no es en absoluto antigénica, sino que además al
intentar su tratamiento nos encontramos con reacciones de hipersensibilidad,
sólo nos queda cruzarnos de brazos.
Esto explica nuestros éxitos y nuestros fracasos.

La vida elemental de los genes, virus-genes y fagos,


provirus o progenes
(5 de enero de 1960)

Vamos a dedicar esta parte a efectuar una revisión del camino que hemos
seguido en nuestras investigaciones sobre los virus filtrados, así como de las
circunstancias asociadas, que como consecuencia de ellas han salido a
colación.
Es cierto que todos estos hechos han sido tocados en trabajos anteriores,
pero queremos desbrozarlos y presentarlos como un cuerpo de doctrina y a
modo de conclusiones, pues consideramos que se trata de materias de gran
interés.
Con esta especie de resumen nos daremos cuenta más exactamente del
misterio que va unido a la creación de la vida elemental de los virus.
Queremos también definir nuestra postura para que todos tengan una idea
exacta de la finalidad que perseguimos.
— 76 —

Desde que empezamos a trabajar sobre virus filtrables —a nuestro esti-


lo—, comprendimos que la génesis del cáncer estaba asociada en cierto
modo a la solución del problema del conocimiento de la naturaleza de los
virus filtrables y que, por lo menos, si no era producido directamente por
alguno de ellos, con su conocimiento nos habríamos de acercar a la solución
del problema.
En consecuencia, montamos una vasta operación, facilitando gratuita-
mente a todos los médicos que lo solicitaban vacunas totalmente inocuas,
pero con distintas composiciones enzimáticas en cada lote, con el fin de
conseguir una amplia estadística que nos demostrase qué tipo de enzimas
intervienen en la producción de neoplasias y, en último extremo, qué tipo de
virus.
Y escogimos este procedimiento y montamos esta operación hace unos
tres años y medio, porque llegamos a la conclusión de que la investigación
directa en la especie humana era la única eficaz, ya que reiteradamente las
investigaciones montadas en animales de experimentación han conducido
siempre a resultados que después no se han podido confirmar en la especie
humana.
Los fructíferos resultados conseguidos y marcados exactamente por la
brújula de la estadística serán la base del onceno trabajo.
En todos los casos tratados hemos afrontado la responsabilidad de
cualquier riesgo, y para llevar a cabo una amplia estadística hemos agotado
nuestros recursos. Era nuestra obligación de investigador.
Por otra parte, nuestro ánimo creció al conseguir la multiplicación de virus
filtrables clásicos en medios artificiales de cultivo, así como la visualización
de sus formas sexuadas en microscopios ordinarios.
Precisamente dijimos que dedicaríamos este trabajo a dar las técnicas
necesarias para el cultivo y visualización de los virus clásicos, pero existen
circunstancias que nos aconsejan retrasarlo.
Estas circunstancias son la falta de espíritu de polémica constructiva y la
pasividad inoperante que nos rodea. Desearíamos que nos saliesen al paso,
pues sería un motivo para especificar detalles y aclarar otros, y, sobre todo,
porque desearíamos que los hechos conseguidos fuesen sometidos a
comprobación por quienes pueden y tienen el deber de hacerlo.
Creemos aclarada con estas líneas la finalidad de nuestra intervención en
el tratamiento de procesos neoplásicos, y las metas alcanzadas justifican
plenamente nuestros sacrificios. Otra circunstancia ha mantenido alta nues-
— 77 —

tra moral, y ha sido el agradecimiento manifestado claramente en todos los


casos a nuestra intervención indirecta a través del médico.
Este agradecimiento es la única moneda de cambio que hemos admitido.
Terminada esta introducción, entramos de lleno en la materia de este
trabajo, que queda disgregada de la siguiente forma:
A) Creación de elementos dotados de vida a partir de moléculas inertes.
B) Genes y DNA.
C) Sistemas energéticos.
D) Virus clásicos.
E) Elementos cancerígenos.
A) Creación de elementos dotados de vida a partir de moléculas inertes.—
En junio de 1952 nos publicó la revista Medicamenta, edición de Farmacia,
un trabajo que titulábamos: «Sobre la procedencia, formación y naturaleza de
los virus filtrables.»
En dicho trabajo decíamos que los virus se formaban de la siguiente
manera: «Pongamos, por ejemplo, un virus que se componga de seis molé-
culas; estas moléculas tienen que ir sumándose empezando por dos, de la
siguiente forma: Dos bacterias matrices determinadas y no ninguna otra,
porque cada virus es originado por una combinación definida de moléculas
de distintas bacterias matrices, se encuentran accidentalmente y se sensi-
bilizan mutuamente, originándose su desintegración lítica y uniéndose
algunas de las moléculas emitidas por ambas para formar una dimolécula.
Esta dimolécula queda en este estado sin ninguna actividad, pero si acci-
dentalmente se encuentra con una de las otras cuatro bacterias matrices
restantes de su grupo, se les acercan por afinidad, y al sentir el contacto de
la dimolécula, la bacteria se desintegra, emitiendo numerosas unimoléculas,
pero como la desintegración ha sido precedida por una multiplicación activa
de la dimolécula que sólo se multiplica al ser a su vez sensibilizada por una
de las bacterias matrices de su grupo vírico, al ser emitidas las unimoléculas
por la bacteria, se encuentran con numerosas dimoléculas que han actuado
como bacteriófagos, a los cuales se conjugan para formar una trimolécula, y
así sucesivamente hasta un límite que puede ser el siguiente:
Si no se completan las seis moléculas —cantidad mínima para formar la
polimolécula vírica—, las tetra o pentamoléculas quedan como agrupación
inactiva indefinidamente, y esto puede ocurrir por no existir en el lugar donde
— 78 —

se están produciendo estas agregaciones, una, dos o más bacterias ma-


trices.
Pero si llegan a completarse las seis moléculas, entonces aparece el virus
con sus características peculiares, sin que por ello prejuzguemos que el virus
haya de ser necesariamente patógeno, pues lo mismo ha podido ser gene-
rado un virus saprófito».
También decíamos que podrían crearse en un tubo de ensayo de la
siguiente forma:
«Supongamos que se trata de un virus que necesita para su formación
cuatro moléculas de desintegración bacteriana. El fenómeno se produciría de
la siguiente forma:
Una vez conocidas las cuatro bacterias matrices, y obtenidos cultivos arti-
ficiales de ellas, se ponen en contacto dos de estos cultivos, en los cuales,
por un fenómeno de mutua sensibilización, se produciría una doble desinte-
gración formándose una dimolécula. Esta dimolécula se inocularía al cultivo
de la bacteria matriz número tres, la cual sufriría por sensibilización el fenó-
meno lítico de desintegración formándose una trimolécula, y, por último, esta
trimolécula agregada al cultivo de la bacteria matriz número cuatro, la sensi-
bilizaría produciéndose su lisis y formándose la tetramolécula, pero como la
tetramolécula es el virus completo, en el tubo habríamos obtenido, a partir de
moléculas no vivas, un virus activo con todas las características vitales espe-
cíficas.»
Estos párrafos, aparte de otras consideraciones que se hacían en abono
de esta concepción, sobre la formación de estructuras vitales a partir de
moléculas inertes, fueron primicia en aquella fecha de estas ideas, que por
considerarse excesivamente utópicas o revolucionarias pasaron inadvertidas,
para empezar a tomarse en consideración cuando con posterioridad vinieron
empaquetadas con etiqueta extranjera.
Pero el problema es más complejo de lo que decíamos y vamos a tratar
de situarlo en el camino para que pueda ser conseguido, ya que nosotros no
podemos afrontar su consecución, porque no es posible realizarlo por inves-
tigación privada, por falta de medios y tiempo.
En el curso de los ocho trabajos publicados con anterioridad a éste hemos
visto que las moléculas de desintegración a que nos referimos en aquel
trabajo son proteínas apoenzimáticas y enzimas completos, pero que para
— 79 —

unirse hacía falta una inducción de tipo inmunitario o de otro tipo, como asi-
mismo que la composición química final de dichas agrupaciones o virus era
la de una ribo o desoxirribonucleoproteína, afirmándose que al adquirir esta
combinación química una determinada estructura estérica adquiría vida, se
vitalizaba, y que esa era la estructura de los virus y los genes.
Dijimos también que la vida empezaba a balbucear en los enzimas al
tener actividad, aunque no se multiplicaran, y que a través de los enzimas se
manifestaba en forma de vida condicionada en los fagos y virus y en forma
más autónoma en los gérmenes bacterianos de salida.
Resta determinar, en último análisis, de dónde proceden los componentes
elementales de dichas proteínas enzimáticas y de los RNA y DNA que com-
pletan su armazón.
Con respecto a la procedencia de las proteínas apoenzimáticas, engas-
tadas en el gene y en los virus, se sabe que proceden de la condensación de
aminoácidos y que cada bacteria construye los suyos partiendo de una espe-
cificada ordenación de ellos en las cadenas moleculares de sus proteínas, lo
que permite la existencia de múltiples enzimas al acoplarse además con
distintos coenzimas. Las bacterias construyen los suyos o bien a partir de
polipéptidos presentes en los caldos de cultivos o de las albumosas o
peptonas por previa hidrólisis enzimática de ellos, o bien directamente de
aminoácidos por cultivo en hidrolizados totales de proteínas. Existen, pues,
en las bacterias enzimas condensantes de aminoácidos que son ordenados
de una forma peculiar por ellos para construir sus proteínas de sostén, de
reserva y sus proteínas enzimáticas.
B) Genes y DNA.—De la misma forma condensan los nucleótidos para
formar largas cadenas y gruesas moléculas de DNA que, en unión de la
proteína apoenzimática dará lugar al gen. Estos nucleótidos también están
ordenados de forma específica en cada gen y en cada virus, lo que propor-
ciona especificidad hereditaria a los genes de las células germinativas de
cada especie y especificidad antigénica a todas las especies y variantes de
los virus.
Tenemos, pues, dos sistemas: uno de demolición, o catabólico, con simpli-
ficación química del material de partida que usualmente se efectúa con
desprendimiento de energía, por lo que son exergónicas, y otro de construc-
ción o anabólico con aumento de la complejidad química del material de
partida, que normalmente se producen con captación de energía, por lo que
son endergónicos.
— 80 —

La finalidad de nuestro sistema digestivo es destruir las proteínas y los


ácidos DNA y RNA ingeridos con los alimentos, así como los hidratos de
carbono, por hidrólisis enzimáticas, para después, a partir de los aminoá-
cidos, pentosas, purinas y piriminas, aminoácidos y azúcares sencillos,
volver a construir el organismo sus propias proteínas, polisacáridos y ácidos
nucleínicos.
Es como si queremos hacer un nuevo edificio con los materiales de otro.
Hay que empezar por demoler el antiguo ladrillo por ladrillo y volver a poner-
los en una disposición distinta para que resulte la nueva casa que
pretendemos.
La hidrólisis de los materiales complejos para convertirlos en sencillos sa-
bemos que se puede realizar por hidrólisis ácida o básica, con calor a ebu-
llición o también por acción de enzimas específicos a cada tipo de degra-
dación, a 37° de temperatura, que es la corporal.
La condensación de estos materiales sencillos para construir otros más
complejos también sabíamos todos que tenía que efectuarse por la acción de
enzimas específicos; y en lo que respecta a la condensación de nucleótidos
para construir ácidos RNA y DNA, ha recibido la demostración experimental
de que, en efecto, era como se sabía por los doctores Ochoa y Koruberb.
Pero es muy presumible que para que se efectúe dicha condensación de
nucleótidos —que son fáciles de obtener a partir de macerado de timo con
grandes cantidades de agua, separando el componente proteico por saladura
y precipitación posterior de los ácidos nucleínicos por alcohol etílico en forma
de masa fibrosa y posterior intervención de nucleasa, que libera los nucleó-
tidos— hace falta, además de la intervención del enzima condensante
extraído del azobacter vinelandii de que hablan dichos doctores, un sistema
energético, puesto que como proceso constructivo es de naturaleza ender-
gónica.
C) Sistemas energéticos.—De la intervención de dichos sistemas energé-
ticos en el proceso condensante nada hemos leído en la Prensa, única refe-
rencia que hemos tenido de estos trabajos, pero es lógico pensar que así
como en los seres vivos las reacciones condensantes endergónicas tienen
material energético disponible por haberse liberado en los procesos con-
trarios, de demolición o exergónicos, en el tubo de ensayo no existen libres,
sino se adicionan ex profeso, a menos que existan sin haberse sospechado
su presencia o se conozca su presencia sin que se haya dado referencia a
la Prensa.
— 81—

En efecto, todos sabemos que los transportadores de energía son el


tridifosfato de adenosina y el ácido adenílico, y nosotros hemos sospechado
la existencia de otros sistemas energéticos nucletores, que serían el tridifos-
fato de adenosina desoxirribósico y el ácido adenílico desoxirribósico, inter-
viniendo probablemente estos últimos proporcionando energía para hacer
posible la condensación del DNA.
Y que estos sistemas energéticos existían en el tubo de ensayo de estos
doctores es fácil de demostrar, pues al proceder a la demolición de ambos
ácidos nucleínicos, para luego intentar su condensación, han quedado libres
los nucleótidos y entre ellos el conocido sistema energético ácido adenílico,
que es uno de los nucleótidos liberados por la acción de la nucleasa sobre el
RNA y el denunciado por nosotros en los trabajos anteriores: ácido adenílico
desoxirribo, nucleótido a su vez resultante de acción demoledora de las
nucleasas sobre el DNA.
Y esto es así, máxime cuando los dos ácidos adenílicos pueden adicionar
más de un radical fosfato transformándose en di y trifosfatos de adenosina
de elevado nivel energético.
La existencia del ácido adenílico desoxirribo como sistema energético
nuclear se deriva de la misma lógica, pues si al pasar los nucleótidos ribó-
sicos la membrana nuclear se transforman en desoxirribósico, es natural y
lógico pensar que el adenílico ribósico se ha transformado en desoxirribósico
al penetrar en el núcleo y que, por tanto, no es posible la existencia de
nucleótidos ribósicos en el seno del núcleo. Como es lógico pensar que la
energía nuclear sea sustentada por sistemas energéticos, entramos en un
círculo vicioso que nos lleva a demostrar su presencia.
Llegados aquí, tenemos que concluir que la vida en los genes y en los
virus se sustenta o nace de la unión de tres factores fundamentales:
1.° Proteínas de naturaleza enzimática que forman parte del gen y que
funcionan como precursoras de enzimas y cuya alteración parcial se trans-
mite hereditariamente como en los casos citados en trabajos anteriores de
alcaptonuria, idiotismo fenilpirúvico y albinismo.
2.° Acidos desoxirribonucleicos o DNA como componentes fundamentales
de la estructura genica.
3.° Sistemas energéticos de tipo ribo o desoxirribo, que ya indicábamos,
podían formar parte de la estructura génica o vírica.
— 82 —

Tenemos, pues, los tres elementos que han de edificar la vida elemental a
partir de sustancias simples no dotadas de ella.
Si empezamos por querer construir glóbulos de proteínas enzimaticas,
fracasaremos, puesto que la ordenación de los aminoácidos en éstas es
complejísima y específica, pero podemos valernos de una agrupación de
enzimas con indicios de vitalidad, los fagos (dotados de una estructura
génica incompleta), pues ellos van ordenando la posición de los enzimas que
le faltan y del DNA para completar el equipo de una forma sistemática, cosa
imposible de lograr si no existe una masa fágica o provírica inicial ordena-
dora.
Si no se parte de esta estructura inicial ordenadora, la unión de los nu-
cleótidos por enzimas condensantes simples es necesariamente anárquica y
no da lugar como resultado a la aparición de moléculas dotadas de vida,
puesto que para ello estas cadenas de ácido DNA han de estar constituídas
por nucleótidos y proteínas apoenzimáticas unidas a ellos de una forma
específicamente ordenada, pues tales apoenzimas van a dirigir, como
precursoras de enzimas, toda la bioquímica somática del virus, bacteria,
célula y organismo.
¿Se podría conseguir vida, o sea, un ser elemental capaz de multiplicarse
per se, por la unión desordenada de nucleótidos? Sospechamos que no, y
creemos, como hemos indicado, que hace falta la presencia de un elemento
inicial ordenador, aunque sea tan simple como el formado por la unión de
dos enzimas con su correspondiente armazón elemental de DNA que ya
presenta como fago o provirus indicios de vitalidad.
De todo esto se deduce que si se utiliza un solo enzima como agente
condensante de nucleótidos, carece, por su simplicidad, de capacidad orde-
natriz, consiguiéndose solamente —y no sin intervención de los correspon-
dientes sistemas energéticos— una anárquica de nucleótidos, como remedo
de la estructura vital, faltando todas las características básicas del elemento
vivo, su capacidad multiplicativa.
Si se utiliza una agrupación molecular de naturaleza provírica o fágica, ya
existen elementos iniciales ordenadores que conducen a la formación obli-
gada —ya que no aceptan una ordenacion distinta a la prevista— de un gen-
virus y en algunos casos a formas bacterianas de salida que son verda-
deras estructuras vitales.
Por ahora faltan muchos otros elementos que consigan unir genes en una
complejidad cromosómica, y, por tanto, el control de la herencia fuera de los
— 83 —

virus y la creación de formas de vida más complejas es por ahora un proyec-


to lejanísimo.
D) Virus clásicos.—Siguiendo las premisas que han presidido nuestros
trabajos de investigación, hemos conseguido el cultivo de virus clásicos en
medios artificiales de cultivo y su visualización por microscopio ordinario.
Lo conseguido es, en definitiva, haber logrado que un equipo génico —un
gene aislado, en una palabra— se multiplique sin auxilio de ningún proto-
plasma por haberle proporcionado en el medio de cultivo todos los mate-
riales simples y los correspondientes sistemas energéticos para que proceda
a su sostenimiento metabólico y a su multiplicación por condensación enzi-
mática y energética. Pero las técnicas para conseguirlo las dejamos para el
trabajo siguiente.
E) Elementos cancerígenos.—Dentro de todo este problema que hemos
tratado de exponer con brevedad cae el problema del cáncer, y por esto nos
ocupamos de él aquí brevemente.
La estadística nos va dejando entrever ciertas circunstancias interesantí-
simas que serán explicadas con extensión en el undécimo trabajo, y se
refieren a que los inofensivos per se, virus del cáncer, no actúan directa-
mente, sino cediendo enzimas o agrupaciones enzimáticas al gen de una
célula normal de la misma forma que un pro-virus, o incluso un virus-gen
—como fué explicado en anteriores trabajos—, es capaz de asociar otros
enzimas modificándose su constitución antigénica y ciertas de sus
características biológicas.
El gen de la célula normal, modificado por la agregación enzimática
extraña, actúa, como ya se explicó, produciendo una síntesis ininterrumpida
de DNA, con lo que constantemente el núcleo se está surtiendo de nucleó-
tidos desoxirribo libres que elevan el potencial energético de los núcleos
celulares de las células cancerosas muy por encima de los de las células
normales.
Se ha manifestado recientemente en la Prensa la posibilidad de retardar el
ritmo de crecimiento de un cáncer, imposibilitando, atenuando la síntesis del
DNA, pero esta síntesis en el cáncer es un efecto y no su causa y la única
posibilidad de evitar dichas síntesis ininterrumpidas radica en destruir la
causa, pues suprimida ésta, desaparece el efecto.
Se desprende que solamente destruyendo los enzimas extraños agre-
gados al gene de la célula cancerosa puede el gen volver a la normalidad y
— 84 —

con él la célula, y esto, insistimos, no es posible de forma efectiva nada más


que por el delicado mecanismo selectivo de la inmunoterapia.

GENESIS DEL CANCER

Enzimas cancerígenos o progenes


(5 de febrero de 1960)

De la lectura del apartado E) anterior (elementos cancerígenos) habréis


podido deducir que se ha producido un nuevo enfoque en el problema de la
génesis del cáncer.
En efecto: las conclusiones estadísticas nos han hecho variar unos grados
el rumbo para ajustarnos a la realidad.
Cuando terminéis de leer este trabajo habréis llegado a la conclusión de
que el enigma del cáncer ya no es ningún enigma, y si hay alguien que no se
haya convencido, le rogamos aduzca las razones por las que no se con-
vence.
Vamos a empezar por establecer un silogismo que se desprende de todo
lo publicado anteriormente:
1) La estructura química de un gen es igual a la de un virus.
2) Ambos necesitan para su multiplicación vivir en el seno de células
vivas.
3) Podemos, por tanto, considerar a los virus como genes autónomos, y a
los genes como virus, cualitativamente distintos unos de otros, pero agru-
pados o asociados en una estructura llamada cromosoma.
Siendo iguales en estructura y en exigencias biológicas, es lógico pensar
también que coincidan en otras muchas características y propiedades.
Y es una característica común a genes y virus la que nos va a dar toda la
clave de las génesis del cáncer.
Para que se comprenda, vamos a establecer otro silogismo:
1) Si un virus es igual a un gen, un provirus es igual a un progén.
2) Un provirus (es un fago que) trata de completarse en virus, robando
enzimas.
— 85 —

3) Luego un progén tiene también que tratar de completarse robando


enzimas para transformarse en gen.
Al provirus se llega por vía constructiva o destructiva, o sea por
agregaciones enzimáticas o por la destrucción parcial del equipo enzimático
de un virus.
Recuérdese al efecto lo dicho sobre destrucción parcial por seroterapia del
virus de la peste del cerdo en los primeros trabajos, que lo convierten en un
provirus inactivo.
El gen no se construye, porque venía construído en las células germinales
de cada especie, y, por tanto, no se puede llegar a progén por vía construc-
tiva, pero sí se llega por vía destructiva; ej.: acción de rayos X, tóxicos celu-
lares, etc.
Como un progén es igual a un provirus, trata de completarse agregando
enzimas, y de la cualidad de los enzimas agregados depende que la célula
se cancerice o no, y si los enzimas agregados son cancerígenos, su malig-
nidad depende de su naturaleza.
Recordamos, al efecto, que dijimos en el primer trabajo, después de
explicar cómo podían formarse los virus por agregaciones enzimaticas: «Que
también por este mecanismo pueden ocurrir una serie de hechos que den
lugar a las distintas variantes antigénicas, como, por ejemplo, el de la gloso-
peda.
Calculemos para él, por ejemplo, como cantidad mínima de enzimas que
pueden formarlo, el de siete. Este virus es de una determinada cualidad
antigénica; pero este virus, que se multiplica ante la célula viva como un virus
perfecto, puede encontrarse en un momento determinado y en otra comarca
y país de donde partió la epizootia, con una bacteria determinada que le
puede ceder otro exo o endo-enzima, y entonces, a pesar de tratarse ya de
un virus perfecto, actúa sobre la bacteria o sobre su exoenzima como un
provirus fágico, agregándose el nuevo enzima y completando el número de
ocho enzimas.
Ello lleva como consecuencia que el producto final de su metabolis-
mo —por haberse ampliado el campo de acción bioquímico del equipo enzi-
mático— sea distinto, con lo que ha variado antigénicamente, apareciendo,
por una aparente mutación, una nueva variante antigénica.»
Tenemos, pues, que también un virus perfecto puede actuar como fago y
agregar enzimas y, por tanto, hay que admitir que también un gen puede en
determinados casos actuar de la misma forma.
— 86 —

Sin embargo, la apetencia por la captación de enzimas, como se des-


prende de la misma lógica, ha de ser muy superior en un provirus y en un
progén.
Hay que admitir también necesariamente que si los enzimas agregados a
un virus modifican su constitución antigénica, los agregados al gen o progén
han de modificar su especificidad bioquímica, arrastrando a la vez a un grave
trastorno biológico a la célula que lo contiene.
Con respecto a esto, sólo son admisibles dos explicaciones:
1.a Que la agregación enzimática se produzca in situ, esto es, en el mismo
gen de la célula somática; y
2.a Que la agregación se produzca en el protomyces simbióntico, que
como virus es a la vez gen, y éste se sitúa en el lugar de un gen desapa-
recido de un equipo cromosómico de una célula vegetativa, como se explicó
en el sexto trabajo.
Es casi seguro que la agregación se produzca in situ en un progén resul-
tado de la destrucción parcial de un gen.
Vemos cómo el enfoque dado desde el principio a estos problemas ha
servido para ir progresando rápidamente hasta llegar a comprender este
misterioso mecanismo.
Muchas ideas vertidas en los trabajos anteriores se han hecho viejas
rápidamente; pero han servido para ir creando el armazón de este final.
Después de explicada esquemáticamente de esta forma la génesis del
cáncer, preguntaréis con razón lo siguiente: ¿En qué quedamos: existen
virus o no existen virus en el cáncer?
Y nosotros podemos contestar ya con toda seguridad que no existen tales
virus en el cáncer.
Pero esto requiere una más amplia explicación, y es la siguiente:
No existen virus en el concepto clásico de la palabra, porque los virus
clásicos son los protomyces; pero los enzimas que se agregan a los
progenes y que actúan, por tanto, como genes cancerígenos, proceden de
agentes que entran y salen de nuestro mundo parenteral sin que se les
ponga por parte del organismo ningún inconveniente.
Estos gérmenes son perfectamente conocidos por nosotros, porque
durante mucho tiempo hemos sembrado sangre de muchos cancerosos en
innumerables medios de cultivo, y sabemos exactamente cuáles son.
De muchos de ellos hemos hablado ya, diciendo que daban lugar a virus
— 87 —

reduccionales, que no es otra cosa que la forma adoptada por ellos para so-
brevivir en nuestros medios parenterales.
De ellos como «donantes de enzimas» vamos a hablar en el siguiente
trabajo, pues, aunque dijimos que en éste hablaríamos de los virus clásicos,
hemos decidido que sea más adelante, dedicando éste y el siguiente a ex-
plicar de qué forma se canceriza una célula, según las últimas conclusiones
alcanzadas.
En este trabajo sólo vamos a hablar de estos cinco interesantes puntos:
1.° Mecanismo de la agregación enzimática.
2.° Alteraciones bioquímicas que produce dicha agregación.
3.° Factores que inducen al gen a llevar a efecto dicha agregación.
4.° ¿Puede existir contagio en el cáncer?
5° Planteamiento de la lucha anticancerosa como resultado de estas
conclusiones.
1.° Mecanismo de la agregación enzimática.—Al transcribir a este trabajo
parte del primero, donde se explica la captación de enzimas por el virus de la
glosopeda, y del mecanismo de la formación de virus a partir de agrega-
ciones enzimáticas, se desprende todo el mecanismo de la agregación de
enzimas al gene o progene de la célula cancerizada.
Sólo existe un problema de fondo, y es si el mecanismo se lleva a cabo
por donación o por captación. Creemos que es por captación y no por dona-
ción, por las mismas razones que creemos que una bacteria no le dona
enzimas a un fago, sino que éste se las roba.
Al final resulta que los que considerábamos como virus reduccionales
cancerígenos son tan inofensivos que no sólo no determinan la tumoración,
sino que, por contra, resultan robados por el gen celular.
2.° Alteraciones bioquímicas que produce la agregación enzimática.—La
estabilidad de las células sanas es perfecta como todos sabemos. A las
células del cuerpo mucoso o capa de Malpigio de la piel que se multiplican
constantemente para sustituir al epitelio descamado, a las células del útero
grávido que se multiplican para aumentar su volumen, al tejido cicatricial
formado por células que se multiplican activamente para cerrar la solución de
continuidad no se les ocurre seguir creciendo constantemente, y una vez
cumplida la finalidad fisiológica que las induce a multiplicarse, entran en
tranquilo reposo.
— 88 —

Pero veamos ahora qué ocurre en una célula, en la que uno de sus genes
ha capturado y agregado enzimas extraños.
Hay que tener en cuenta que la alteración sólo afecta a la célula que ha
agregado dichos enzimas, y también que dichos enzimas pueden ser cance-
rígenos o no serlo. Interesa, por tanto, conocer la naturaleza y la forma de
actuar de dichos enzimas.
Hemos podido llegar a la demostración —y esto se explicará en el trabajo
siguiente— que dichos enzimas tienen como cualidad fundamental la de
provocar intensas hidrólisis en los materiales complejos elaborados por la
célula normal.
Y esto es así porque las bacterias donantes —perfectamente conocidas
ya por nosotros— poseen enzimas que tienen esa cualidad en alto grado.
Si estos enzimas hidrolíticos agregados actúan hidrolizando parte de los
ácidos desoxirribonucleicos o DNA que constituyen el retículo nuclear, éste
es irritado dando lugar a mitosis ininterrumpidas, con síntesis constantes de
nuevos equipos cromosómicos destinados a equipar a otras tantas nuevas
células, que por hijas de la primera y por ser los enzimas agregados al gen,
parte del patrimonio hereditario, pasan exactamente agregados topográfi-
camente a las distintas células hijas, que así heredan las características
anárquicas de sus progenitoras.
3.° Factores que inducen al gen a la agregación enzimática.—Los factores
que inducen al gen son: A) Su mutilación parcial; B) Su agotamiento, y C) Su
deficiencia o especial estructura hereditaria.
Vamos a analizar uno a uno todos estos factores.
A) Su mutilación parcial.—Las causas que pueden destruir o alterar un
gen ya fueron analizadas en el sexto trabajo con detenimiento, y haciendo
referencia a aquellos trabajos y actualizándolos, hemos de decir aquí que
deben existir dos tipos de polaridad en las estructuras génicas. Una polaridad
del progén o provirus de tipo constructivo sobre los enzimas que le hacen
falta o pueden serle útiles para establecer una serie de degradación o sín-
tesis química, y otra del gen perfecto y del virus perfecto de naturaleza
copulativa y sexual. Ejemplo: los genes masculinos tienen polaridad por los
femeninos y los anteridios de los protomyces por los ascogonios.
B) Su agotamiento.—Muchas de las operaciones de degradación química
que se realizan en el laboratorio, e incluso las de condensación o síntesis, se
— 89 —
efectúan por procedimientos puramente químicos calentando fuertemente las
materias primas para que puedan reaccionar entre sí.
Estas y otras muchas funciones más complicadas son realizadas constan-
temente por los organismos vivos a 37o de temperatura, y esto sólo es
posible por la acción de hormonas y enzimas que al fin y al cabo son la
misma cosa.
El individuo nace con una gran carga de ellos, pero en forma de precur-
sores porque la energía que se consume a través de toda la vida se gastaría
con la velocidad de un fogonazo o un incendio.
Durante el crecimiento hace falta gran cantidad de energía para dedicarla
a la síntesis de materiales de crecimiento y se consumen todos los ácidos
DNA y RNA del timo que al hidrolizarse y convertirse en nucleótidos propor-
cionan una gran cantidad de energía constructiva.
Durante la vida, muchos enzimas son elaborados por glándulas y diversos
órganos, pero muchos de estos enzimas son suministrados por las proteínas
apoenzimáticas del gen, que así va agotando, poco a poco, su carga.
Los tejidos nobles se esclerosan lentamente, sustituyendo el tejido conjun-
tivo a zonas glandulares y a células cansadas o agotadas.
La utilización de los materiales suministrados por la alimentación es cada
día menor en todos los aspectos y en el aprovechamiento calórico. El viejo
sale al sol, se arrima al brasero, necesita ya energía exterior, calor irradiado
por una fuente ajena porque la propia está agotándose.
El mechero tiene ya poca piedra, unos cuantos golpes más y de pronto la
chispa no salta. La vida se ha terminado.
Existen, pues, genes que envejecen, que agotan sus proteínas precur-
soras, pero antes de agotarlas del todo empiezan a ocurrir deficiencias,
consecuencia del desgaste.
En estas circunstancias es mucho más fácil que algún gene sienta la
veleidad de asociar enzimas para rejuvenecerse. La neoplasia del viejo
dispone de células jóvenes de gran energía multiplicativa, casi más que las
de un tierno infante. La célula vieja, el viejo gen, queriendo escapar a la
muerte por consunción se rejuvenece al autoinjertarse nuevos enzimas. Es
un rebelde que no se conforma con su destino y se lanza a una loca orgía
que termina por destruir a ellas y a las demás, que mansamente esperaban
su paulatino agotamiento.
C) Su deficiencia o especial estructura hereditaria.—También hemos visto
que se nace con deficiencias hereditarias de tipo enzimático, como en el ca-
— 90 —

so de la alcaptonuria, idiotismo fenilpirúvivo y albinismo —tantas veces cita-


dos— y tales deficiencias dependen de la ausencia de un precursor enzimá-
tico en un gen. También pueden existir deficiencias o modalidades distintas
en la utilización de muchas sustancias e incluso en la acción de muchos
medicamentos que constituyen la idiosincrasia de cada individuo.
Vamos a analizar un solo caso: Conocemos individuos alcohólicos que no
cenan de noche y no comen casi nada de día, estando, sin embargo, grue-
sos y conservan bien el calor correspondiente a la especie.
¿Qué caminos hace seguir ese individuo al alcohol para que casi con sólo
él mantenga todo el mecanismo energético, dinámico y sintético?
Lo cierto es que él utiliza lo que constituye un fuerte tóxico para la mayoría
de sus semejantes tomado en esas mismas cantidades.
Y es cierto también que los hijos de estos alcohólicos casi siempre pueden
repetir las «hazañas» de sus padres.
Si las transformaciones que el alcohólico hace sufrir al alcohol para utili-
zarlo en múltiples menesteres, se efectúan en virtud de la acción de enzimas
regulados por los precursores de distinta índole —a este respecto— que una
persona normal.
Esto nos lleva de la mano a comprender que existen líneas hereditarias
con circunstancias especiales en sus precursores y pueden existir líneas
hereditarias más propensas a que sus genes por una especial inestabilidad
agreguen enzimas extraños.
Tendríamos, pues, explicado con esto dos circunstancias favorecedoras
de la cancerización celular: el envejecimiento y los factores hereditarios.
4.º Puede existir contagio en el cáncer.—Después de haber alcanzado las
últimas conclusiones podemos afirmar que no. Son muy distintos los tumores
malignos de las personas de los tumores transmisibles de los animales, pues
en estos últimos es más que probable la existencia de virus como agentes
causales.
A esta circunstancia se debe el fracaso de querer aplicar las conclusiones
sacadas en tumores animales a las neoplasias humanas.
Las formas reduccionales de algunas bacterias y hongos que en esta
forma transitan por nuestro organismo son completamente inofensivas, y, por
tanto, el canceroso sólo nos puede contagiar la bacteria que le ha cedido los
enzimas a un gene suyo, determinando la aparición de su tumor. Pero el cul-
— 91 —

pable fué su gen que robó a la bacteria enzimas y no la propia bacteria que
al fin y a la postre fué robada.
Nos puede, pues, proporcionar solamente una bacteria saprófita, que
además podemos nosotros tomar en el mismo grado de saprofitismo en
cualquier sitio y en cualquier momento.
Si en nuestro organismo existe una perfecta estabilidad génica, ningún
gen tenderá a agregar enzimas de dicha bacteria, y no existirá alteración
alguna.
Pero además, como estas bacterias entran en nuestro recinto parenteral y
salen, resulta, en la mayoría de las veces, que después de haberse produ-
cido en el gen la agregación de enzimas de una bacteria determinada, ésta
desaparece de la circulación no quedando rastro del agente donador.
Aunque trituremos un cancer e inoculemos las células cancerosas a per-
sonas normales, no se producirá contagio, a menos que alguna célula can-
cerosa resulte injertada y dé lugar a descendencia.
Pero aun así hace falta predisposición, pues si no existe, el nuevo orga-
nismo inoculado separará del gen de dicha célula los enzimas extraños por el
mismo camino que nosotros queremos emplear en la inmunoterapia cance-
rosa.
5.° Planteamiento de la lucha anticancerosa como resultado de estas
conclusiones.—Aquí tenemos que confirmar nuestro punto de vista expre-
sado varias veces. Sólo existe como procedimiento viable el de despegar o
destruir dichos enzimas sin lastimar el resto de la estructura génica, sin que
se nos ocurra otro procedimiento que la acción selectiva de la inmunoterapia
enzimática.
Que esto es posible cuando los enzimas agregados poseen un ligero
poder antigénico, lo que no ocurre en todos los casos nos lo ha confirmado la
estadística clínica.
Al estudio de las bacterias donantes de dichos enzimas y a las técnicas de
elaboración de vacuna antienzimáticas dedicaremos el siguiente trabajo.
Cuando pongamos el punto final al trabajo siguiente, nuestra misión como
investigadores en cancerología habrá terminado, y pedimos humildemente
perdón por haber tenido el atrevimiento de ocuparnos de estos problemas.
— 92 —

LAS ESTRUCTURAS VITALES

El bacteriófago, solución de un pleito


(5 de marzo de 1960)

BREVE RESUMEN HISTORICO DE LA BACTERIOFAGIA

Antes de entrar en las explicaciones pertinentes que aclaran el misterio


que ha rodeado al problema de la bacteriofagia, y que explican hasta qué
punto son ciertas las afirmaciones y los resultados de nuestras investiga-
ciones sobre virus, vamos, como recordatorio, a efectuar un breve resumen
histórico de los puntos de vista sustentados y de las discusiones suscitadas
para conseguir su interpretación.
En el año 1896, ya Hankin había comprobado que el agua de ciertos ríos
de la India tenía acción antiséptica sobre el vibrión colérico.
Observaciones análogas hicieron Emmerich y Loew.
En 1915 observó Twort que sembrando linfa vacunal en gelosa inclinada
aparecían colonias de estafilococos, comprobando entre ellas la existencia
de zonas vítreas y zonas transparentes.
Estos fenómenos no se explicaron satisfactoriamente.
En la sesión del 10 de septiembre del año 1917, celebrada en la Acade-
mia de Ciencias de París, el sabio francés Félix Hubert D'Herelle presentó su
comunicación «Sur un microbe invisible, antagoniste des bacilles disente-
riques», que en breve tiempo le condujo a la máxima popularidad científica.
Los puntos de vista fundamentales de D'Herelle eran los siguientes:
La bacteriofagia está esencialmente constituída por un fenómeno de
bacteriólisis en serie, es decir, que la adición a una suspensión bacteriana de
un vestigio de un líquido que contenga el «principio bacteriófago» provoca en
algunas horas la disolución total, sin residuos, de todas las bacterias exis-
tentes en la suspensión. Un vestigio del líquido límpido obtenido provoca el
mismo fenómeno de disolución en la segunda suspensión bacteriana, y así
— 93 —

sucesivamente, reproduciéndose el mismo fenómeno indefinidamente, sin


que se debilite su acción.
Si se pone en gelosa una gota de suspensión bacteriana a la que se haya
acabado de añadir un vestigio (del orden de la millonésima de mililitro) de un
líquido que contenga el «principio bacteriófago», se obtiene, después de
incubación, un cultivo en capa de la bacteria, sembrado de islotes circulares,
de «playas», en que la gelosa está sola, sin rastro de cultivo aparente.
La presencia de tales «playas» hace posible demostrar que el «principio
bacteriófago» existe en forma de «corpúsculos».
Cada colonia representa, y la experiencia lo demuestra, una colonia de
corpúsculos bacteriófagos, lo cual permite numerar los corpúsculos pre-
sentes en un líquido y, por tanto, seguir el desarrollo de los corpúsculos en el
curso de la bacteriólisis.
En cuanto ha terminado la disolución de las bacterias, la suspensión
bacteriana ha venido a ser una suspensión de corpúsculos bacteriófagos.
D'Herelle concluyó que estos corpúsculos son seres vivos, por poseer un
conjunto de propiedades, por definición, pertenecientes en propiedad a los
seres vivos.
Que poseen individualidad propia, independiente de la bacteria que sufre
la lisis, y que estos corpúsculos autónomos se multiplican, pues, en un medio
heterogéneo y están dotados del poder de asimilación, siendo, además,
capaces de adaptarse a condiciones adversas de medio.
Como la individualidad, el poder de asimilación, la susceptibilidad de aco-
modación y la variabilidad, unida a la posibilidad de reproducción, consti-
tuyen precisamente un conjunto de propiedades consideradas como los
criterios de la vida, el corpúsculo que las reúne es, por consecuencia de la
definición misma de la vida, un ser vivo.
Concluyendo, que el fenómeno de la bacteriofagia no puede ser provo-
cado más que por un ser vivo, un ultramicrobio parásito de las bacterias, y a
esta entidad autónoma viva le dio el nombre de bacteriophagum intestinale.
Las particularidades del fenómeno de la bacteriofagia fueron confirmadas
por numerosos autores; pero en cuanto a la interpretación de la naturaleza y
el origen de los corpúsculos bacteriófagos, hubo una fuerte discusión.
Para T. Kabeshima (1) existiría en el intestino de los animales un cata-
lizador de naturaleza química, procedente, sin duda, de los leucocitos, que
provocaría la disolución de las bacterias, activando una prodiastasa normal-
mente encerrada en estas bacterias.
— 94 —

Para Anna Kuttner (2) intervendría un enzima contenido en las células del
intestino delgado y del hígado.
Para Borchardt (3), el enzima que interviene es la tripsina.
Estas tres opiniones sustentan el criterio de que la bacteriofagia podía ser
provocada por la presencia de un principio químico extraño, es decir, no
procedente de la bacteria que sufre la lisis.
A esto contestó D'Herelle diciendo que no se puede admitir que un prin-
cipio químico al que se denomina catalizador, o enzima, procedente del orga-
nismo de un animal, pueda reproducirse a expensas de bacterias, lo que
implicaría el poder transformar la «sustancia bacteria» en «sustancia catali-
zador».
O se admite esta transformación, o hay que admitir que este catalizador
existe ya formado en la bacteria.
Si no se admite ni una ni otra de las dos alternativas, se cae en el ab-
surdo , porque, al no poderse reproducir dicho principio químico, se eliminará
rápidamente durante los pases sucesivos, cesando, por dilución, de produ-
cirse el fenómeno.
Doerr (4) asimila el principio bacteriófago a una toxina que ejerce su
acción sobre el metabolismo bacteriano, y esta toxina será regenerada por
las bacterias enfermas; pero manifiesta que no es posible la hipótesis de una
autolisina, y admite que lo que llama toxina es un principio extraño a la
bacteria, es decir, que admite que la acción se proseguiría en serie, porque
durante cada pase se produce una transformación de la «sustancia bacteria»
a «sustancia lisógena».
A esto objetó D'Herelle que dicha transformación tiene un nombre especial
en biología: la asimilación. Que es la característica de la vida. La toxina de
Doerr sería, como consecuencia de la definición de la vida, un ser vivo.
Bordet y Ciuca (5) comprobaron que si se inyectaba en el peritoneo de un
cobayo varias veces con intervalos una dosis subletal de un cultivo de coli-
bacilos, y pocas horas después de la última inyección se tomaba el exudado
peritoneal y se adicionaba una gota a un cultivo joven de colibacilo en caldo,
se producía la lisis.
Y comprobaron, además, que este cobayo no tenía esta propiedad lítica
en el filtrado de sus excrementos.
En consecuencia, emitieron la hipótesis de una «viciación nutritiva here-
ditaria».
— 95 —

Esta opinión fue combatida por D'Herelle con la siguiente argumentación:


Filtró una emulsión lisada por una bujía de porcelana impermeable a bac-
terias, y un vestigio de este filtrado obtenido lisa a una emulsión de bacterias
frescas.
Filtrando en cada pase por bujía de porcelana, estoy seguro de no intro-
ducir, con el vestigio de filtrado, ninguna bacteria que proceda de la emulsión
precedente lisada, en la suspensión en que este vestigio de filtrado va a
provocar la lisis.
¿Cómo puede realizarse en este proceso la transmisión de un carácter
adquirido, puesto que yo no transporto ninguna bacteria de la suspensión
que acaba de ser usada, a la que acaba de sufrir la lisis?
¿O es que Bordet y Ciuca querrían hacernos admitir que un carácter here-
ditario puede ser excretado en un estado soluble, y que este carácter excre-
tado puede atravesar los filtros de porcelana, conservarse en un líquido,
exaltarse y atenuarse y comunicarse a una bacteria sana por el simple
contacto de ese líquido?
Esta fue la argumentación de D'Herelle; pero es lo cierto que Bordet y
Ciuca habían puesto el dedo en la llaga, y que, a pesar de las argumenta-
ciones en contra, se dejó entrever que el principio lítico podía proceder de la
misma bacteria.
No queremos introducirnos hasta el final en la discusión, para terminar de
una vez con ella, y por esto seguimos la historia de estas polémicas.
Bordet y Ciuca manifestaron que el primun movens de la lisis transmisible
reside en los leucocitos, pero D'Herelle manifestó que si el primum movens
residiera en los leucocitos, bastaría tomar éstos de animales experimental-
mente inmunizados e introducirlos en un cultivo bacteriano para provocar el
fenómeno, cosa que no ocurre.
Lisbonne y Carrere (6) formularon la teoría de la «viciación nutritiva», y
dijeron que ésta se produciría bajo la influencia de un «antagonismo bacte-
riano».
Seiffert pensó en una autolisis exógena.
A esto manifestó D'Herelle que en la serie infinita de suspensiones bacte-
rianas en que el proceso se renueva, cada emulsión no encierra más que
bacterias frescas normales, a consecuencia de la filtración efectuada en ca-
da pase: ninguna bacteria enferma de la precedente suspensión penetra en
la suspensión siguiente, y, por tanto, es preciso que la causa de la viciación
— 96 —

del metabolismo bacteriano atraviese los filtros y que esté indefinidamente


presente.
Ahora bien —continúa—, una de dos: o esta causa es inerte, o esta causa
es viva.
Si se la supone inerte, resulta imposible explicar la acción en serie, porque
una sustancia autónoma (llámese enzima, fermento soluble, catalizador,
toxina u otra cosa) desaparecerá fatalmente a causa de las diluciones suce-
sivas.
Si se admite que esta sustancia autónoma extraña a la bacteria se rege-
nera a expensas de la sustancia bacteriana, se dota a esta sustancia del
atributo de la vida, y no puede ser ya una sustancia inerte, es un ser vivo: es
el bacteriófago.
Como hemos visto, los puntos de vista de Bordet, Ciuca, Lisbonne,
Carrere y Seiffret parten del supuesto de que la viciación se produce por la
aparición de un principio lítico que no existe normalmente en las bacterias.
Pero aún hubo puntos de vista que consideraban que el fenómeno de la
bacteriofagia se produce bajo la acción de un principio encerrado normal-
mente en la bacteria, es decir, siempre presente en la bacteria normal.
No se trataría, pues, según estos puntos de vista, de un proceso mórbido
desencadenado bajo la acción de una causa extraña a la bacteria, sino de un
proceso normal.
O. Bail (7) dice que toda bacteria presentaría dos formas: la forma vegeta-
tiva, que observamos al microscopio, y una filtrante, el splitter.
Esta forma filtrante, introducida en un cultivo o una suspensión que no
contenga más que la forma normal, provocaría la transformación de la forma
splitter, acompañándose el fenómeno de la disolución de los cuerpos bacte-
rianos: el splitter, a su vez, podría transformarse en forma vegetativa normal.
W. Davinson, Pico, Krauss, Weimberg, Aznar, Da Costa y Ledingham
creen en la existencia de autolisinas normales, y la acción sería la siguiente:
Si se introduce una autolisina en una suspensión bacteriana, las bacterias se
disuelven y ponen en libertad en el medio la autolisina que encierran, de
donde resulta la continuidad de la acción en serie.
Otto y Winlher introducen una variante, y es que la sustancia lisógena,
normalmente encerrada en la bacteria, no sería un enzima, sino un proen-
zima, que se transformaría en enzima activo bajo la influencia del calor o la
filtración.
— 97 —

D'Herelle dijo a esto que la concepción del proceso autolítico no es ab-


surda, porque sabemos, en efecto, que toda célula contiene en sí misma
enzimas susceptibles de disolver el cuerpo celular, pero en las condiciones
normales de existencia raramente se consigue una autolisis total, y que,
además, no se observa jamás la autolisis de una bacteria joven, y los parti-
darios de las teorías autolíticas debían tener en cuenta que el fenómeno de
la bacteriofagia se produce con bacterias jóvenes, que no tienen tendencia
ninguna a la autolisis natural, mientras que no se produce en las viejas, que
se autolizan naturalmente.
En definitiva, D'Herelle concluía:
1.° Que el bacteriófago no es una autolisina.
2.° Que el principio bacteriófago no está contenido en la bacteria normal.
3.° Que el bacteriófago es un ultramicrobio parásito de las bacterias.
Antes de empezar a explicar nuestro punto de vista vamos a terminar este
breve resumen histórico con unas palabras de D'Herelle: «En último análisis,
toda la ciencia humana actual tiende hacia la resolución de dos grandes
problemas: la naturaleza de la materia y la naturaleza de la vida.»
Ignoramos lo que es la vida, pero sabemos que la vida es una propiedad
física, un procedimiento de una micela coloide de constitución especial. Para
estudiar esta constitución, este procedimiento, debemos dirigirnos necesaria-
mente a la partícula más pequeña posible de materia viva autónoma, donde
la vida se presenta bajo la forma más elemental, donde es menor la comple-
jidad del fenómeno.
Este infinitamente pequeño viviente que es preciso estudiar para deter-
minar la naturaleza de la vida ha de ser un ultramicrobio, y especialmente el
que es más fácil de observar el bacteriófago.
Gracias a los ataques dirigidos contra su concepción de la bacteriofagia
pudo Félix Hubert D'Herelle redondear una serie de conceptos que, dentro
de ciertas reservas, han resistido las críticas más audaces y las mejor cimen-
tadas.
Sus argumentos, sólidamente concebidos, sacaron a flote una doctrina, y
sus conclusiones son exactas, menos en un punto.
El afirmaba que el principio bacteriófago no está contenido en la bacteria
normal, y nosotros vamos a demostrar que está.
Pero este concepto sólo ha sido alcanzado en virtud de las premisas
sentadas por nosotros en todos los trabajos anteriores, y estaba entonces, y
— 98 —

aun hoy —a lo que se ve—, lejos de ser o de querer ser comprendido.


Hacía falta llegar a otros horizontes, como los alcanzados por nosotros,
para poder explicar el mecanismo íntimo del fenómeno de la bacteriofagia, y
por esto rendimos homenaje de admiración a D'Herelle, ya que llegó a la
meta máxima susceptible de ser alcanzada en su época.
Nuestra explicación, que representa —según nuestro punto de vista — el
fallo final de este largo pleito, va a ser escueta, y los que hayan leído los
anteriores trabajos comprenderán sin gran dificultad el proceso bacterio-
fágico.
Para abundar en más argumentaciones haría falta que se lanzaran sobre
nosotros los mismos ataques que se lanzaron contra D'Herelle, pues estos
ataques representan un estímulo, un acicate para afinar más, y para nosotros
sería una honra que se discutieran nuestros puntos de vista.
El hombre pasa, la Humanidad queda, y al final no se trata de ganar
ningún pleito personal, sino el haber contribuído al progreso y a la felicidad
de nuestros semejantes.

NUESTRO PUNTO DE VISTA

Hemos visto en los trabajos anteriores el mecanismo de formación de las


bacterias de salida.
Podemos definirlas como seres diploides, resultado de la unión sexual de
anteridio y ascogonio, que son las formas sexuales de los virus, que dan
lugar a esporas diplontes, cuando el equipo proenzimático o precursor de
enzimas de dichos virus es suficientemente complejo para conseguir por vía
sintética rodearse de un protoplasma.
Si las bacterias de salida se forman al rodearse de un protoplasma, las
esporas diplontes víricas se pueden también concebir como virus rodeados
de un protoplasma.
Pero ya el concepto no suena bien, ya que un virus rodeado de un proto-
plasma es un gen rodeado de protoplasma, una célula, en una palabra.
Entonces hay que decir que se trata de gérmenes bacterianos que poseen
dos genes: uno procedente del anteridio y otro del ascogonio.
Es lógico suponer que las demás bacterias también pueden concebirse de
la misma forma, esto es: seres unicelulares portadores de dos genes —o
más— que se dividen por la mitad en un proceso asexuado de multiplicación.
— 99 —

Supongamos ahora un individuo cuyo intestino se encuentre libre de


bacteriófagos antitíficos, y supongamos que ese individuo enferma de tifus.
Si la enfermedad transcurre de forma aguda y ese individuo muere sin
haber tenido recuperación alguna en su enfermedad, no aparecen bacterió-
fagos tíficos en su excremento.
Si el individuo se recupera de la enfermedad, en el mismo momento en
que se inicie la recuperación aparecen indefectiblemente en sus excre-
mentos los fagos tíficos.
El caso es el mismo que experimentalmente consiguieron Bordet y Ciuca
con el coli, aunque no lo interpretaran, pues al adquirir inmunidad el cobayo,
los colis generaron su propio fago.
En nuestros primeros trabajos, cuando hablábamos de la formación de
virus por agregaciones enzimáticas, dijimos que estos enzimas no se aso-
ciaban espontáneamente, sino que hacía falta una inducción, y que esta
inducción, fundamentalmente, era de naturaleza inmunitaria.
Ahora puede entenderse mejor el mecanismo referido.
El organismo animal, después del ataque de una bacteria, crea bacterio-
lisinas que lisan a las bacterias.
Pero los genes de dichas bacterias resisten la acción lítica, que no es
soportada por el protoplasma, y como consecuencia nos encontramos con
genes autónomos.
Ya hemos manifestado en el trabajo anterior que los genes autónomos
son virus, y, por tanto, nos encontramos con que del seno de la bacteria
lisada ha surgido un virus.
Pero ese virus, como tal, no puede vivir más que en el seno de una célula
viva y escoge fundamentalmente a la bacteria de que procede, aunque
pueda vivir también de bacterias afines.
Una vez generado el principio lítico por un mecanismo que Bordet y Ciuca
no llegaron a comprender, tenemos que darle la razón a D'Herelle, pero no
en cuanto a su génesis inicial.
Ya tenemos un gen-virus, un bacteriófago de naturaleza «corpuscular»,
transmisible indefinidamente en serie.
Al liberarse el gen masculino da lugar al anteridio, y al liberarse el gen
femenino da lugar al ascogonio, que se fecunda en el interior de las bacte-
rias, creciendo el ascogonio al fructificar las esporas diploides hasta que la
bacteria estalla.
— 100 —

Son los corpúsculos o vacuolas que se ven en el interior de las bacterias


durante el desarrollo del proceso lítico.
Al estallar las bacterias, las esporas diploides quedan en el lisado, que
resulta de esta manera indefinidamente transmisible.
Si alguna bacteria resiste sin destruirse totalmente, da lugar a una estirpe
resistente, pero parasitada, y como consecuencia el cultivo de estas bac-
terias tiene propiedades lisógenas sobre el cultivo de bacterias normales, ya
que son portadoras del principio lítico.
Como fagos, virus o genes autónomos tienen que vivir necesariamente en
el interior de bacterias vivas, por la misma razón que los virus clásicos y los
genes celulares.
Por esto no atacan a las bacterias muertas, ni incluso a los cultivos viejos
de bacterias, que por haber agotado el medio han suspendido casi total-
mente su actividad metabólica y han iniciado una lisis natural.
Estas conclusiones demuestran hasta dónde son ciertos nuestros puntos
de vista al considerar a los virus como a genes autónomos y a los genes
como a virus asociados.
Existe una única diferencia, y es la de que así como los virus son autó-
nomos, los genes carecen de esa autonomía.
Pero cuando el gen queda aislado en virtud de haberse lisado el proto-
plasma que lo rodeaba, adquiere independencia y se instituye como un ser
autónomo: en un virus.
Sería el fenómeno inverso al de la aparición de los gérmenes de salida.
En éstos, el virus se convirtió en gen; en la bacteriólisis, el gen se transformó
en virus.
En el momento de penetrar dos fagos en la bacteria, ésta tiene dos fagos
y dos genes, o cuatro genes, o cuatro fagos; pero los que han entrado tienen
autonomía, mientras que los dos genes de la bacteria no adquieren este
conocimiento mientras no se destruya totalmente su protoplasma, entrando
entonces a engrosar el número de fagos.
Ahora resulta profecía las palabras de D'Herelle cuando decía que «para
determinar la naturaleza de la vida hacía falta estudiar la estructura vital más
elemental y fácil de observar: el bacteriófago».
Hemos encontrado el camino que puede abrir todo un mundo de conoci-
mientos a la ciencia y puede disipar los misterios que rodean a la emanación
vital, esa cosa que surge de los seres vivos y que se cimenta sobre estruc-
turas físico-químicas.
— 101 —

En aras de la brevedad no nos extendemos más.

BIBLIOGRAFIA

(1) T. KABESHIMA: Sur un ferment d'inmunité bacterilise, «C. R. Soc. Bio-


logie», t. 83, pág. 219, 28-II-1920.
(2) ANNA KUTTNER: On the influence of tissue enzymes on the bacterio-
phage principle, «Proceed, exp. biol. and méd.», t. 28, pág. 222,- 20-IV 1921.
(3) BORCHARDT: Weitere Biologische Beitrage zum D'Herelle, schem
Phenomen, «Klin. Wochenschr», t. 2, núm. 17, 23-IV-1923.
(4) DOERR: Die Bakteriophagen, «Klin. Wochenschr», t. 1, núms. 30-31,
22-29-VII-1922.
(5) BORDET y CIUCA: Exudats leucocitaires et lise microbienne
transmisible, «C. R. Soc. Biologie», t. 83, pág. 1293, 9-X-1920.
(6) LISBONNE y CARRERE: Antagonisme microbiens et lysis transmi-
sible, «C. R. Soc. Biologie», t. 86, pág. 569, 18-III-1922.
(7) O. BAIL: Das Bacteriophage virus von D'Herelle, «Wien. Klin. Wo-
chenschr», 15-V-1921.

El manantial de la vida
(5 de abril de 1960)

Va dedicado este trabajo a rellenar lagunas conceptuales, pues lo consi-


deramos necesario para comprender en toda su amplitud los nuevos hechos
descubiertos.
Un apoenzima es un glóbulo proteico sin actividad y sin vida.
Un apoenzima unido a un coenzima es un enzima completo, que posee
actividad bioquímica, pero que no se puede multiplicar y, por tanto, carece de
vida.
Una proteína especial con DNA es una fábrica de proenzimas, una frac-
ción de virus o gen, en una palabra.
— 102 —

Una agrupación completa de proteínas precursoras con DNA es un


provirus o un progén, es decir, un equipo incompleto que tiende a comple-
tarse.
Una agrupación completa de proteínas precursoras con DNA es un virus o
un gen.
Una agrupación de genes es un cromosoma, y ya existe la suficiente
complejidad para que los distintos genes sinteticen una estructura proto-
plasmática que los rodeen, con lo que adquieren autonomía de células vivas.
Algunos virus complejos —formados de varios genes y virus simples—
pueden adquirir esa misma autonomía dando gérmenes bacterianos de
salida.
Un progén y un provirus son dos ladrones que roban precursores a los
genes de bacterias u hongos, con el fin de completarse.
Virus es un gen autónomo.
Gen es un virus que ha perdido su individualidad al asociarse a otros de
naturaleza distinta para formar un cromosoma o un equipo cromosómico.
Gen cancerígeno es un gen que no actúa de acuerdo con el resto de los
genes del equipo cromosómico de una célula y, por tanto, posee cierta
autonomía.
Por tanto, es un gen en cuanto forma parte de la estructura colectivizada
de un cromosoma; es un virus en cuanto posee cierta autonomía.
Las proteínas extrañas precursoras, agregadas al progén cancerígeno,
emiten proenzimas, como las demás, de los genes normales, pero existe una
diferencia: que radica en que mientras las proteínas precursoras normales
emiten proenzimas que no entran en actividad hasta haber salido fuera del
núcleo, por acoplarse entonces con los correspondientes coenzimas activa-
dores, las proteínas precursoras cancerígenas son activadas en el mismo
núcleo, con lo que el gen adquiere energía para automultiplicarse.
Cuando un fago penetra en la bacteria de la que era gen, se encuentran
dentro de la bacteria estas dos estructuras: una es el fago que como autó-
nomo emite directamente enzimas, y otra su gen, que aunque de la misma
estructura del fago sólo emite proenzimas y no puede declararse autónomo
transformándose en virus o fago mientras no quede desnudo de protoplas-
ma.
Por esto el fago, actuando libremente, lisa a la bacteria, mientras que su
gen, a pesar de ser de la misma naturaleza, no puede hacerlo al estar
incapacitado para ello por tener una actuación condicionada de precursor.
— 103 —

No todos los genes son capaces de adquirir autonomía y transformarse en


fagos o virus, solamente los que puedan tener en sus precursores suficiente
autonomía para adaptarse a las nuevas condiciones de vida.
La célula tiene procedimientos para evitar que sus genes se declaren
autónomos y lo efectúa impidiendo que los precursores se pongan en con-
tacto directo con los coenzimas correspondientes. Sólo dejarían pasar al
interior del núcleo los coenzimas destinados a acoplarse con ciertos precur-
sores que tienen que actuar por necesidad en el interior del núcleo.
Un cromosoma puede tener dos, tres, cuatro genes asociados.
Un virus puede estar formado por uno, dos, tres o más genes asociados,
procedentes de una misma misma bacteria o de bacterias distintas, pero a
pesar de tratarse cada elemento de una unidad vital, pierden el sentido
individual, y esta renuncia los convierte en una estructura vitalmente unitaria.
Serían como cromosomas autónomos, o, mejor dicho, virus complejos con
más de un gen asociado.
Mientras más genes asociados posee un virus, mayor es su facilidad para
dar bacterias de salida.
Al transformarse en bacteria de salida el equipo vírico se ha transformado
en equipo génico.
Así como el equipo génico diploide de las bacterias sólo se multiplica por
simple división, al ser liberados por lisis bacteriana quedan sueltos, y enton-
ces resultan genes o fagos haploides, que necesariamente han de recurrir a
la multiplicación sexuada, con acoplamientos de los genes de distinto signo,
el gen masculino se transforma en anteridio y el femenino en ascogonio.
El equipo génico de nuestras células somáticas es igual al equipo génico
diploide de las bacterias. El equipo cromosómico de los espermatozoides, de
naturaleza haploide, es igual al de los anteridios de los virus. Tienen auto-
nomía y poseen polaridad.
Cuando una bacteria resiste a la acción de un fago es que ha impedido
que su gen se le transforme en otro fago.
Si posee varios genes y consigue impedírselo a algunos, éstos que que-
dan pueden sostener la vida de la bacteria, pero a costa de una mutación
obligada por los genes que se han perdido.
Estas bacterias suelen ser lisógenas, porque se llega a establecer un
equilibrio parasitario entre la bacteria y el fago, ya que ni el fago puede
destruir completamente a la bacteria, ni la bacteria eliminar al fago.
— 104 —

Las bacterias más sensibles a la acción del fago son aquellas iguales a las
que lo emitieron. En primer lugar, porque el fago encuentra un ambiente
idóneo, y en segundo lugar, porque siendo este fago homólogo para la
bacteria puede ésta defenderse menos de él.
El fago, como todos los virus, acrecienta su virulencia para una bacteria
determinada, aunque al principio sea ésta poco sensible, por la misma razón
que un virus aumenta su virulencia por pases sucesivos, para una determi-
nada especie animal.
Este crecimiento de virulencia radica en que siendo un equipo elemental y
con una autonomía condicionada a las células vivas, tiene que adaptarse a
los coenzimas disponibles, y dicha adaptación es progresivamente creciente.
En efecto, sabemos que un apoenzima, según con el tipo de coenzima
que se una, efectúa distinta función bioquímica. Lo que da especificidad para
un tipo definido de función bioquímica es el coenzima.
Si una vez adaptado durante varias generaciones a una clase determina-
da de células —que le proporcionan una determinada clase de coenzimas—,
se la pasa a otra especie animal, donde estas circunstancias varían, se
encuentra inadaptado y ha de sufrir un nuevo proceso de acomodación.
Si el equipo de precursores de un virus se conforma con cualquier clase
de coenzimas de los existentes en las distintas especies animales, se
convierten en un virus panzoótico.
Si sólo le van bien los que tiene disponibles una especie definida, sólo
ataca a esta especie.
La aspiración de todo equipo vírico o génico es adquirir mayor comple-
jidad, agregar más genes, para poder atender a más necesidades, para
adquirir mayor autonomía.
Pero no todos los genes le sirven, sólo pueden asociar los que sean
complementarios de los suyos.
El aumento de complejidad es una aspiración de la materia viviente,
porque complejidad es especialización, es división de funciones dentro de la
colectividad génica celular, es mejor adaptación al medio, que al fin y al cabo
es el que limita todas las posibilidades de la materia viviente.
Desde el glóbulo proteico al enzima se ganó en complejidad.
Del enzima al gen y al virus se ganó en complejidad.
Del gen aislado al equipo plurigénico capaz de dar una bacteria de salida
se ganó en complejidad y en autonomía.
— 105 —

De la célula bacteriana aislada a la agrupación colectiva de Nitrosocystis,


que ensayaron la asociación celular uniéndose por una ganga mucosa
—¿precursora del tejido conjuntivo?— se ganó en complejidad.
Del virus que necesita robar la energía que emana de las funciones vitales
de las células vivas, pasando por las bacterias heterótrofas que toman ener-
gía transformando la longitud de onda de las radiaciones solares, merced a
sus pigmentos y la utilizan para crear materia orgánica partiendo de mate-
riales inorgánicos, se aumentó en complejidad y en autonomía.
Desde el infusorio a las algas microscópicas del plancton, pasando por los
trilobites y los helechos, hasta llegar al elefante y la sequoia, se ganó en
complejidad.
De la ameba, que efectúa una digestión protoplasmática de residuos
microscópicos, hasta el león que digiere un antílope, se ha ganado en
complejidad.
La vida surgió del primer barro húmedo que se produjo en el planeta,
cuando el agua vivificadora cayó sobre los nitruros y carburos de la época
incandescente.
Al pasarse de la materia inorgánica a la orgánica se ganó en complejidad.
La historia de los seres vivientes es la historia del aumento de comple-
jidad.
Si un virus poligénico encuentra un gen que lo complemente, se lo asocia.
Si un cromosoma poligénico de una célula vegetativa encuentra un gen
—vírico o perteneciente a un equipo cromosómico de una bacteria— puede
asociárselo por la misma razón.
Habría que admitir entonces tres explicaciones en el proceso de la cance-
rización: 1.ª La del progén, por reconstrucción de un gen preexistente; 2.ª La
ampliación del equipo cromosómico de la célula por captación de un nuevo
gen, y 3.ª El emplazamiento de un gen totalmente destruído por otro extraño.
Teóricamente pueden admitirse los tres casos.
El gen asociado en exceso, o para suplir una falta —a lo que sería indu-
cido por la polaridad emitida por un gen viudo— o la fracción extraña agre-
gada al progén, actúan directamente dentro del núcleo, pero también fuera
por medio de la emisión de sus precursores.
Al principio el organismo no se entera, porque la emisora tiene poca
potencia. Cuando hay muchas células cancerizadas, la emisora gana en
potencia y el organismo, para su desgracia, tiene que darse por enterado.
— 106 —

La acción, por tanto, no sólo es directa sobre el núcleo, sino que los enzi-
mas extraños emitidos alteran también el metabolismo general.
En la sangre del canceroso existen, por tanto, los enzimas emitidos por los
precursores del gen cancerígeno, y los productos resultantes de su acción
enzimática que van aumentando en cantidad, a la par que aumenta el nú-
mero de células cancerizadas.
Todo intento de tratamiento debe, pues, ser instituido cuando existen
pocas células cancerosas, pues luego la tumoración se convierte en una
nefasta y extraña glándula endocrina cada vez mayor.
Un virus de un tumor transmisible —como la mayoría de los de los ani-
males— no es un gen porque no entra a formar parte de una estructura
cromosómica; no es un progén reconstruido, no es un gen acoplado. Es un
gen no acoplado y autónomo totalmente; un virus, en una palabra, pero que
actúa de igual forma que los genes cancerígenos no autónomos, aunque con
total independencia de la estructura cromosómica de la célula parasitaria. Ha
entrado sin permiso de la célula, al contrario que el gen cancerígeno, que es
llamado o reconstruído por ellas.
Los virus no tienen uniformidad en cuanto a creación de inmunidad. Unos
son más antigénicos que otros.
Un gen, para ser admitido en una colectividad cromosómica celular, tiene
que tener por fuerza poco poder antigénico o ninguno.
Al querer establecer un tratamiento inmunizante anticanceroso nos encon-
tramos con estos tres casos: 1° Existe un indicio de capacidad antigénica en
el gen agregado o en la fracción extraña del progén. El enfermo cura. 2.° No
existe ningún poder antigénico. El enfermo no se beneficia. 3.° Determina un
estado de hipersensibilidad, que se traduce por aumento del dolor local, al
actuar la vacuna específicamente sobre la zona tumoral. El tratamiento es
contraproducente.
En cuanto a malignidad del proceso tumoral, dependerá en cada caso del
tipo de las acciones enzimáticas emanadas de la actividad de los precur-
sores agregados al progén o del progén agregado.
No existe un tipo único, existen muchos, porque muchas son las posibili-
dades de variabilidad en su actuación de los distintos genes que pueden
agregarse, o en la cualidad de los precursores agregados al progén.
A este respecto hay que aclarar que el progén no puede reconstruirse
robando simplemente enzimas.
— 107 —

Enzima es algo que se agota, y, por tanto, lo que tiene que robar es la
fábrica de esos enzimas, la proteína génica que entra a formar parte del
patrimonio hereditario del gen ladrón.
Por esto no captura un simple enzima circulante, sino que tiene que robar
a otro gen sus fábricas de precursores: sus proteínas génicas.
¿Por qué la proteína del enzima se agota, y por qué la proteína del pre-
cursor del gen es una fábrica inagotable de enzimas?
Ahí está uno de los grandes misterios de la vida. El enzima es como la pila
de una linterna; enciende a la bombilla hasta que se le agota la carga.
La proteína precursora génica es, por el contrario, como un generador de
corriente. Lanza continuamente electricidad a los cables, pero produce esta
corriente porque lo mueve la energía de una presa de agua o la de una
central térmica. En el gen, la presa o la central térmica están sustituídos por
el DNA y los sistemas energéticos nucleares.
El gen cancerígeno no admite la marcha normal de la central térmica o de
la presa. La energía suministrada a los genes normales por el trifosfato de
adenosina desoxirribo no es tolerada por él.
Levanta la compuerta de la presa al hidrolizar el DNA y entonces el aporte
normal de energía para sostener la vida vegetativa de la célula se ha reba-
sado.
Sobra energía, la célula «arde», y para disminuir el potencial energético lo
consume en una tarea multiplicativa.
En la presa, el agua no se agota porque llueve y los arroyos sostienen su
nivel, que es nivel energético.
En los genes de las células tampoco disminuye el nivel energético, porque
el DNA gastado es repuesto por los arroyos que vienen del protoplasma lleno
de RNA, y estos arroyos van corriendo gracias a la lluvia de la alimentación y
respiración.
Los virus no pueden permitirse ese lujo. Cuando se les vacía la presa,
tienen que ir donde haya arroyos con agua corriente que la vuelva a llenar, y
esos arroyos no existen para ellos más que en las células vivas.
Cuando la célula donde están muere, les queda la presa llena, pero pro-
curan gastarla lo más lentamente posible y suprimen el lujo de multiplicarse
que consume mucha agua.
Les conviene entonces, como a los lagartos, el frío, el invierno. Los la-
gartos pasan el invierno aletargados y sin moverse. Así resisten sin comer
— 108 —

mucho tiempo. Cuando los primeros calores primaverales le templan el lomo,


el lagarto corre, pero entonces tiene que comer.
Cuando el calor vivificante templa las estructuras víricas, el nivel de su
presa desciende con una velocidad alarmante —si están fuera de células
vivas— y se inactivan rápidamente al agotar el último resto de agua.
Si un fago es un ser independizado de una bacteria, no cabe la menor
duda de que es un virus perfecto y no un virus en formación.
Será en todo caso un virus unigénico, o digénico, pero un virus que es
susceptible de aumentar transformándose en poligénico.
Estamos manejando como estructura mínima el gen unitario, a la mínima
fracción material capaz de multiplicarse por sí sola.
Los virus poligénicos se forman, por tanto, por agregaciones de unidades
génicas capaces de multiplicarse por sí mismas independientemente.
Se ha creado, por tanto, una vida más compleja como resultado de la
agregación o suma de unidades vitales más simples.
Esto no es crear vida, pues para ello hay que crear la unidad vital: el gen o
el virus unigénico.
Pero de esto nos ocuparemos en otro trabajo.

En las fuentes de la vida


(20 de abril de 1960)

a) El protoplasma artificial.—b) La misteriosa membrana nuclear. c) Otras


causas generadoras del cáncer.—d) La pluralidad unificada

Unas cuantas jornadas más nos han conducido al final del problema que
abordamos hace ya mucho tiempo.
Final imprevisible, que tenemos la seguridad de que producirá verdadera
sensación a cuantos han asistido a su gestación a través de los trabajos
anteriores. No quiere esto decir que demos por terminada nuestra labor,
pues si bien hemos llegado hasta las fuentes de la vida y presenciado el fluir
vital, aún queda como labor futura la de crearlas artificialmente.
Con el arma decisiva que es el protoplasma artificial esperamos conse-
guirlo; pero este último camino no podremos andarlo sin la ayuda oficial o de
instituciones privadas.
— 109 —

A cada apartado de los cuatro que componen este trabajo podríamos


dedicarle uno por separado; pero tenemos la seguridad de que los conceptos
serán mejor comprendidos exponiéndolos con brevedad.

a) El protoplasma artificial.
Hace ya cerca de vetincinco años, cuando empezamos a tener las pri-
meras noticias de los virus, sentados como alumnos en los bancos faculta-
tivos, tuvimos la seguridad de que algo relativo a ellos no se nos había expli-
cado.
Y este algo era por qué los virus tenían necesidad absoluta de vivir en el
seno de células vivas.
Pero, a la par de esta interrogante, se nos metió dentro la seguridad de
que habíamos sido predestinados para resolver este enigma.
Teníamos la seguridad de que los virus necesitaban de la célula viva
porque ésta les suministraba algo material, y que cuando este algo material
se les proporcionase en un medio de cultivo, se podrían cultivar perfecta-
mente, y lo aceptarían igual que al protoplasma de las células vivas.
En otro trabajo hemos visto cómo el gen de ciertas bacterias Iisadas por
un organismo inmune se transformaba en fago o virus de esa misma bac-
teria, y esto nos explica exactamente por qué los virus necesitan vivir en las
células vivas, ya que son genes autónomos, y, por tanto, las necesidades de
genes y virus son las mismas, ya que es idéntica su naturaleza y consti-
tución.
Sólo se diferencian en las circunstancias que se explicarán en el apartado
b), «La misteriosa membrana nuclear»; pero estas diferencias son sólo
funcionales.
No hacemos historia del tiempo consumido para llegar a la demostración
de que las metas propuestas se cumplieron totalmente; sólo vamos a ofrecer
el final conseguido.
Vamos, por tanto, a describir cómo se construye un protoplasma artificial,
y podremos comprobar que es de una lógica y sencillez extraordinarias.
Para su construcción basta observar lo que hace un hombre o animal para
sostener su vida vegetativa.
Primera observación. —El hombre come, y después digiere lo que ha
comido, o, lo que es lo mismo, hidroliza los materiales complejos que consti-
tuyen sus alimentos habituales.
— 110 —

Basta, por tanto, con picar finamente los alimentos que puede comer un
hombre cualquier día y someterlos a una hidrólisis pépsica, erépsica y
trípsica.
Filtrar, isotonizar, neutralizar, envasar y esterilizar.
Cuando esto salga del autoclave, tenemos dentro de los frascos un proto-
plasma muerto.
Segunda observación.—El hombre respira, y al respirar fija oxígeno a la
hemoglobina, convirtiéndola en oxihemoglobina.
Si agregamos sangre, el protoplasma muerto es aceptado inmediatamente
por los virus y los genes, y esto demuestra que ya no es un protoplasma
muerto, sino un protoplasma tan dinámico como el de cualquier célula viva.
Aquello que no se nos explicó hace veinticinco años hemos podido expli-
carlo vetincinco años después.
Explicado de esta forma sencilla el fundamento del protoplasma artifical,
nos queda dar los datos técnicos necesarios para obtenerlo lo más perfecta-
mente posible.
Se toman trozos de timo de ternera, hígado, carne, huevos, levadura de
cerveza, sémola, etc., y se pica todo finamente. Se agrega agua y se somete
a una hidrólisis pépsica en las condiciones conocidas. Después se efectúa
una hidrólisis erépsica y trípsica en las condiciones también conocidas.
Se agregan en cantidades apropiadas todos los posibles coenzimas en
forma de vitaminas A, C, D, E. PP, complejo B, ácido pantoténico y fólico,
cobre II, manganeso II, hierro II, cobalto II, magnesio, calcio, cinc, molibdeno,
flúor, yodo, cloruro potásico, sales de amonio y fosfatos.
Se vuelve a hervir, se filtra, se isotoniza por crioscopia, se neutraliza con
potenciómetro y se filtra y esteriliza en autoclave a dos y media atmósferas.
Si quedan sedimentos, se vuelve a filtrar, si es necesario, por filtro Seistz,
y se vuelve a esterilizar a una y media o dos atmósferas.
Antes de esterilizar se pueden agregar antibióticos de amplio espectro,
puesto que los virus los resisten perfectamente, y se evitan posibles conta-
minaciones de los productos a sembrar.
Ya está preparado el protoplasma muerto. Podemos tomar ahora sangre
de un cerdo con peste experimental, o de un enfermo con gripe en período
febril, o de otra cualquier virosis que evolucione en sangre. Agregamos 0,5
ml por cada 10 de protoplasma artificial, con lo que, a la par de sembrar el
virus, le hemos agregado la sangre necesaria para que el protoplasma
muerto se convierta en vivo.
— 111 —

Introducir el frasco en la estufa de cultivos después de sembrado.


La observación se efectuará en la forma siguiente: ocular 20, objetivo seco
45, espejo curvo, iluminación artificial. Se agita el cultivo y se toma una gota
de él —con una jeringa de insulina o un asa de 0,50 mm de diámetro—, que
se deposita en la superficie de un portaobjetos. Se deja caer encima de la
gota un cubreobjetos fino, y la preparación se coloca en el carro del micros-
copio.
Entre la primera y la tercera hora empiezan a aparecer los anteridios víri-
cos fijos a los glóbulos rojos, y después irán apareciendo sucesivamente, en
el transcurso de los días siguientes, las imágenes dibujadas en otra parte de
estos trabajos.
Los virus están aceptando ya el protoplasma artificial, porque los mate-
riales que hemos puesto en él son los que la célula viva les proporciona a los
virus y a los genes. La interrogante quedó despejada.
Podemos decir, por tanto, que el protoplasma de las células vivas es sólo
un medio de cultivo que les suministra a los virus y a los genes su energía
vital, y este protoplasma lo vamos renovando con las excreciones y co-
miendo y respirando los seres vegetativos con el instinto de supervivencia,
de una alta representación delegada de nuestras colectividades celulares.
Es natural que, disponiendo del protoplasma artifical, habríamos de llegar
a conclusiones verdaderamente curiosas que nos tendrían que conducir a
presenciar el fluir de la vida vegetativa.
Estas conclusiones las vamos a recoger en los tres apartados siguientes.

b) La misteriosa membrana nuclear.


En otro trabajo hemos determinado que los fagos son genes de bacterias
hechos autónomos forzadamente cuando las defensas orgánicas, actuando
específicamente por inmunidad adquirida, han lisado el protoplasma de
algunas bacterias y han dejado libres sus genes.
Por esto, cuando un individuo muere de tifus, carece de fagos en su
excremento, mientras siempre aparecen cuando el individuo logra superar la
enfermedad, y por la misma razón aparecieron en las demostraciones de
Bordet y Ciuca —como se refiere en otro lugar—, cuando el cobayo se hizo
inmune a los colibacilos después de haber sido inyectado con varias dosis
subletales. La bacteria es en estas condiciones lisada, y su gen se libera,
quedando en una autonomía forzada.
— 112 —

Pero ya explicamos que un gen autónomo es un virus, y como virus nece-


sita ahora vivir en el seno de una célula viva.
Es natural, por tanto, que la busque, y como la más homóloga que en-
cuentra es aquella de la cual era gen, revierte en su acción contra la bacteria
de que procedía.
Creemos que esto se ha explicado y se ha comprendido con facilidad y
claridad, así que vamos a lanzarnos más adelante.
En el mismo momento que el virus-fago penetra dentro de la bacteria de la
que era antes gen, resulta que existen dentro de la bacteria dos estructuras
idénticas: una, el gen de la bacteria; otra, el fago, que por haber sido antes
gen de otra bacteria igual es igual al gen de dicha bacteria.
Pero así como la estructura es idéntica, no es igual su forma de actuar.
Ahora hay que explicar la misteriosa actuación de la membrana nuclear.
Un gen y un virus son esquemáticamente una masa de DNA cubierta de
un mosaico proteico de precursores enzimáticos.
Pues bien: el gen está envuelto por esta membrana nuclear, y esta mem-
brana impide que los coenzimas existentes en el protoplasma se pongan en
contacto con los precursores del gen, que, por tanto, carece de energía para
multiplicarse, ya que ha de limitarse a fabricar proenzimas, que no son acti-
vados mientras no pasan al exterior de la membrana nuclear, es decir, al
protoplasma.
La membrana nuclear los controla y los «adormece», evitando que se
puedan multiplicar y que recuperen su sentido de unidades vitales.
Se puede considerar, por tanto, a los genes como virus controlados y
«adormecidos», a los que el resto de la célula no les interesa «despertar».
Los fagos y virus no están envueltos por la membrana nuclear, y tienen,
por tanto, sus proteínas precursoras en contacto directo con los coenzimas.
Recogen, por tanto, sin limitación la energía que dimana de sus ciclos
fermentativos, y por medio de síntesis directas se multiplican activamente.
Pero de aquí resulta una circunstancia que vamos a explicar a conti-
nuación.

c) Otras causas generadoras del cáncer.


Imagínense ustedes, después de haber explicado lo anterior, que la mem-
brana nuclear se desgarra o se disuelve en parte o pierde su selectividad
físico-química de impedir el paso a los coenzimas.
— 113 —

Entonces ocurrirá que cuando los coenzimas lleguen a ponerse en con-


tacto con las proteínas precursoras de los genes, éstos se «despiertan» y de
ser genes pasan a ser virus.
Pero son virus que forman parte de una colectividad cromosómica, y como
tales cromosomas víricos empiezan a multiplicarse, Ilevando, como conse-
cuencia, cada mitosis la aparición de una nueva célula vegetativa, con las
mismas deficiencias que su progenitora, y quedará, por tanto, lugar a nuevas
mitosis.
Esto explica perfectamente la acción de las sustancias cancerígenas del
grupo del ciclopentanofenantreno y otras contenidas en el alquitrán de hulla,
pues su acción sería destruir o modificar químicamente la selectividad de la
membrana nuclear para los coenzimas.
Podemos, pues, considerar a nuestras células formadas de dos partes:
una, el protoplasma, que es el medio de cultivo donde se multiplican las
unidades vitales víricas y donde viven las unidades vitales génicas, y otra los
elementos dotados de vida: los genes.
De esta forma se puede considerar a los genes de nuestras células como
a virus «adormecidos» por ellas, y, teniendo en cuenta este concepto, la
cirugía ha de considerar a nuestros tejidos como a cultivos de virus, tratán-
dolos como a tales. Los tejidos objeto de transplante se conservarán en
mejores condiciones y más vitalidad a más baja temperatura, por las razones
que explicamos en otro trabajo.
Pero ahora vamos a dar el último paso, por ahora, hacia adelante.

d) La pluralidad unificada.
La membrana nuclear ejerce otra función, y ahora explicaremos cómo
hemos de entender la pérdida de autonomía, o el «adormecimiento», como
unidades vitales, no sólo de los elementos génicos en el cromosoma, sino de
las células en las formaciones y estructuras pluricelulares, y la aparición de
una entidad vital de categoría superior, como resultado de la suma de
unidades vitales asociadas.
Los virus, como elementos autónomos, tienen «sentido de individualidad»;
pero el gen agregado a una estructura cromosómica pierde este «sentido», y
la asociación o conjunto de las vidas unitarias elementales de los genes que
componen el cromosoma se suman, apareciendo, como consecuencia, una
vida única, que es la de las células cuando están aisladas, o la de los seres
unicelulares.
— 114 —

Una célula compuesta de cincuenta genes dispone exteriormente de una


vida única, que es la suma de las vidas de sus cincuenta unidades vitales
asociadas.
Pero pasa igual con las asociaciones celulares, pues las células pierden
su «sentido individual» y entre todas integran una vida, que se traduce al
exterior de una forma unitaria, percibiéndose como un todo homogéneo.
La vida de los billones de células vivas de un asno se unifican, sumán-
dose en una renuncia a la vida autónoma, y la vida del asno se nos pre-
senta, en consecuencia, como un reflejo exterior unitario: su asnalidad de
asno.
Pero si este asno recibe una ráfaga de ametralladora y muere, sólo ha
muerto, de momento, su asnalidad, que es la representación de la vida
colectiva de sus células. Porque si seguimos los procedimientos de Carrel,
Burrows, Levi, Macbruni o los procedimientos de los tambores rodantes y
efectuamos explantos, como los llamó Oppel, podremos comprobar que
varías horas después de haber muerto la asnalidad, las células del burro
están aún vivas.
De esto resulta que varios billones de células vivas colectivizadas son un
ser vivo, y que esos mismos billones de células vivas autónomas son un ser
muerto.
Cuando muere el asno, lo que muere es la vida en colectividad de sus
células, por haber cesado la respiración y la circulación, que son los instru-
mentos de relación que inducen a las células a colectivizar sus vidas y a
poner a disposición de la colectividad su emanación vital.
Cuando la vida colectiva desaparece, las células quedan aisladas, y, en
un intento desesperado, disponen de los materiales de reserva. Es cuando el
cadáver pierde la rigidez por haber empezado la autolisis.
Los disparos que habían matado al asno sólo destruyeron, de momento, el
cemento que unía en un solo bloque a billones de vidas génicas y celulares.
Pero la célula muere, a su vez, cuando desaparece la vida en colectividad
de sus genes, y los genes, a su vez, cuando, por haberse consumido su
núcleo de DNA, queda imposibilitado para poner en marcha sus equipos
enzimáticos, esto es, cuando sus enzimas carecen de sistemas energéticos
capaces de ayudar en tareas sintéticas.
Por último, el enzima, que forma parte de la colectividad enzimática del
gen, no puede morir, porque no puede morir lo que carece de vida.
— 115 —

La vida vegetativa de los seres inferiores y superiores es, como conse-


cuencia, el resultado de tres colectivizaciones.
Primero se reúne el equipo enzimático que forma al gen; después, distin-
tos genes se asocian en equipo cromosómico y dan lugar a la célula, y, por
último, se reúnen las células y dan lugar a los seres vivientes.
Los genes o virus resultan de la asociación en ciclo completo de unidades
funcionales, y son la mínima estructura dotada de vida: son, por tanto, uni-
dades vitales.
Alrededor de estas dos unidades asociadas en entidades más o menos
complejas, gira la vida de todos los seres.
Ningún ser vivo, ni incluso los seres unicelulares, son unidades vitales,
puesto que resultan de la asociación de ellas.
En la célula sólo existen vivos los genes; el resto es su medio de cultivo, al
que prestan el necesario dinamismo las unidades funcionales emitidas por
las unidades vitales. Los materiales de renovación son suministrados por la
respiración y la digestión y circulación, y los productos de desecho elimi-
nados por la orina y respiración, funciones efectuadas por el ser complejo, en
representación de la comunidad de unidades vitales.

El funcionamiento de las unidades vitales (virus y genes)


(20 de octubre de 1960)

Hemos esperado un poco de tiempo con la finalidad de que las ideas de


los demás se vayan aproximando a las conclusiones que ya hemos vertido
en los trabajos anteriores, pues bien por la modestia del autor, por falta de
difusión, por falta de preparación para una crítica científica honradamente
fundamentada, por miedo a ciertos prejuicios filosóficos o con la esperan-
zada espera de poder hacer suyas las ideas ajenas, lo cierto y verdad es que
parece existir una conspiración de silencio.
Y existe este silencio en contra de los intereses de todos, porque el tiempo
nos irá diciendo que se está perdiendo un período precioso en materias tan
fundamentales como el conocimiento de la génesis de la vida y la solución
práctica de la mayoría de los procesos tumorales.
Y es precisamente a llevar un poco de claridad a la cuestión, tan funda-
mental, de cómo funcionan las unidades vitales, o sea, de dónde fluye la vida
y por qué mecanismo, a lo que va destinado este nuevo trabajo.
— 116 —

Constará este nuevo trabajo de dos partes. En la primera vamos a


demostrar que por los procedimientos seguidos por la bioquímica actual
estamos tan lejos de conseguir unidades vitales, que prácticamente puede
considerarse como imposible, y, como consecuencia, hemos de llegar a la
conclusión de que hacen falta nuevas directrices en la investigación actual
para llegar a crearlas, permitiéndonos unas normas que pudieran constituir
una especie de escuela vitalista dentro de la bioquímica microbiológica.
En la segunda parte vamos a explicar el funcionamiento de las unidades
vitales.
Una unidad vital está compuesta por un núcleo de DNA y por una cober-
tura de dos tipos: una amorfa y otra proteica. Las fracciones proteicas están
localizadas aisladamente unas de otras en la parte externa de la unidad vital,
o sea en la periferia, y su número oscila entre unas cuarenta a más de cien.
Estas fracciones proteicas o proteínas constituyen, al desprenderse de la
unidad vital, los proenzimas emitidos por los genes de las células, y que
convierten en dinámico al protoplasma de éstas. También son las fracciones
activadas in situ de los virus, gracias a cuya activación les es posible multi-
plicarse activamente.
Ya habíamos predicho la constitución y estructura de las unidades vitales,
y los que hayan leído los trabajos anteriores tendrán una idea clara de su
naturaleza y estructura; pero, para mayor claridad nos vamos a referir a un
esquema dado hace sólo unos meses por Finch y Klug, de la Universidad de
Londres, del virus de la polio, obtenido por roetgnograma, es un cubo
rodeado de satélites en esferas concéntricas a su centro geométrico.
Después vamos a explicar cómo funciona esta unidad vital; pero ahora
vamos a demostrar la enorme dificultad de proseguir adelante con los proce-
dimientos clásicos de la Bioquímica en esta clase de investigaciones.
Cada proteína proenzimática de las que constituyen la corona de satélites
tiene una distinta ordenación de aminoácidos, y además un número de ellos
que lo pasan de la categoría de polipéptido a la de proteína, y ésta es de tal
número de aminoácidos que escapa la posibilidad del estudio a todos los
procedimientos de determinación de su secuencia estructural, pues no hay
ninguno que tenga posibilidades de aproximarse. Así, los procedimientos
hidrolíticos, auxiliados de métodos colorimétricos de cromatografía en papel,
etc., sólo nos dirán los aminoácidos que componen a la masa total de las
proteínas proenzimáticas, pero no su orden en cada una de ellas.
— 117 —

Tampoco la oxidación por a. pe-iódico, la yodometría, colorimetría, el


procedimiento de Fischer de destilación fraccionada de los ésteres metílicos
de los aminoácidos, como tampoco el procedimiento de cromatografía en
columna de Moore y Stein, ni los procedimientos enzimáticos de descarbo-
xilación, ni el procedimiento de la dilución isotópica, ni el método de Sanger,
ni el de Edman, ni el de la carboxipeptidasa, nos pueden ilustrar acerca de la
secuencia de proenzimas cuyas cadenas peptídicas pasan de 300 aminoá-
cidos. Y si esto fuese posible, haría falta, además, un procedimiento suscep-
tible de aislar cada proenzima por separado y hacer un estudio de su
secuencia. Esto, en la más elemental de las unidades vitales, equivaldría a
estudiar cuarenta o sesenta secuencias distintas, y después sintetizarlas y
volverlas a colocar en el mismo orden que estaban alrededor del núcleo de
DNA.
Hay que tener en cuenta también que sólo con variar el orden de un ami-
noácido hemos variado totalmente el significado y la índole funcional del
proenzima, pues basta poner un ejemplo para comprenderlo: la oxitocina
sólo se diferencia de la vasopresina en dos aminoácidos, siendo iguales los
siete restantes y estando en el mismo orden, y, sin embargo, tienen activi-
dades fisiológicas contrapuestas.
La vida, pues, emana del orden. Del orden de los aminoácidos en las
cadenas de cada precursor, del orden de cada nucleótido en la cadena de
cada ácido nucleínico y del orden de colocación de los proenzimas en la
corona de la unidad vital.
Y este orden, por muy optimista que se crea el hombre, nunca podrá ser
sintetizado en el laboratorio de ningún bioquímico.
Podrán efectuarse condensaciones anárquicas de nucleótidos como las
llevadas a cabo por los doctores Ochoa y Kronberg; pero de la anarquía al
orden va un abismo, lo mismo que de lo muerto a lo vivo.
Si no está todo esto aún suficientemente claro, vamos a traer en nuestra
ayuda un argumento que nos producirá un poco de vértigo y que nos demos-
trará de manera definitiva que hay que variar el rumbo de las cosas tal y
como están enfocadas.
Hemos dicho que sólo el variar el orden de un aminoácido o sustituirlo por
otro en una cadena de 300 aminoácidos hace cambiar la especificidad de
éste. Pues bien: hoy tenemos, para sorpresa de todos, los cálculos de
Synge. Para una proteína con un peso molecular de 34,000 y sólo 12 amino-
ácidos diferentes, con un número total de aminoácidos de 288, hay 10300 isó-
— 118 —

meros posibles. Con una sola molécula de cada isómero que existiese,
harían un peso total de 10280 gramos más que la masa total de la tierra, que
es de 10270.
¿Creen ustedes, después de estos argumentos, que se pueden crear
unidades vitales por síntesis en el laboratorio? Nosotros creemos que no,
porque, aunque se crearan las cuarenta proteínas distintas —cosa imposi-
ble—, ahora hacía falta ordenarlas no sólo unas con respecto a otras en la
corona exterior de la unidad vital, sino también con respecto a un orden
asimismo específico del DNA, como veremos luego.
Y aunque ya el doctor Ochoa nos ha explicado cómo el DNA y el RNA
tallan la proteína, nos queda por hacer una reflexión que podemos traducir
en una interrogante popular que dice: «¿Quién fué antes: la gallina o el
huevo?», y que, llevado al terreno que nos interesa, se puede traducir por
esta otra: «¿Quién fué antes: la proteína o el RNA y el DNA?».
Si fué antes la proteína, fué ésta la que talló al DNA. Si fué antes el DNA,
fué éste el que talló a la proteína.
O sea, si es cierta nuestra tesis de que la agrupación «instintiva» de
enzimas en equipo puede originar una unidad vital, es cierto que esta colec-
tividad se talla su propio núcleo central —su presa de energía, como decía-
mos en el décimo trabajo—, y en este caso es la proteína la que se talla
inicialmente su núcleo de DNA, aunque después se deje tallar por el molde
fabricado por ellas.
Las ideas iniciales para el cambio de rumbo con vistas a la creación de
unidades vitales —sin que con esto pretendamos crear ninguna escuela— es
seguir la mecánica seguida por la Naturaleza, y que se desprende de los
primeros trabajos.
En la aparición de un virus de la peste porcina, por ejemplo, hemos visto
en nuestros primeros trabajos cómo algunas bacterias consideradas como
productoras de infecciones secundarias lo terminaban de «construir» al
cederle enzimas, y que el virus tenía el mismo tropismo que la última bacteria
donante de los últimos enzimas, cuyo acoplamiento había dado por resultado
la conversión de un provirus en un virus completo.
Es cierto que nada de esto se efectúa con carácter de espontaneidad, y
que hace falta una inducción; pero esta inducción la podemos provocar.
Pongamos un ejemplo de cómo se puede provocar esta inducción: tome-
mos unos 15 cerditos e inyectémosles a cada uno por vía intraperitoneal una
bacteria distinta de las productoras de enfermedades porcinas, en cantidad
— 119 —

subletal. Después de un período de inoculaciones periódicas, unamos los


exudados peritoneales de todos a las pocas horas de la última inoculación e
inyectemos este exudado conjunto a nuevos cerdos de prueba. Es muy fácil
que hayamos sintetizado por vía vitalista, o sea, dejando que los distintos
elementos se ordenen a su manera, una unidad vital: el virus de la peste
porcina.
Porque si hemos partido de bacterias solamente, y después hemos filtrado
los exudados peritoneales, con lo cual eliminarnos las bacterias de que
hemos partido y aparece un virus de peste, no cabe duda de que, al no haber
existido anteriormente, ha sido «fabricado».
Puede que ortodoxamente esto tampoco pueda considerarse «crear vida»,
puesto que el virus pestoso se ha podido formar por agregaciones de genes
autónomos —es decir, de fagos procedentes de los genes de las bacterias,
como ya fue explicado—, y estos fagos tenían ya vida; pero por algo hay que
empezar.
Vamos ahora a explicar nuestra interpretación de cómo funcionan las
unidades vitales en esta segunda parte.
Observando el esquema antes aludido se ven claramente tres clases de
elementos o estructuras: 1) La corona exterior de precursores, de naturaleza
puramente proteica, separados uno de otro cada elemento. 2) Una zona
amorfa de relleno. Y por último: 3) El cristal central de DNA.
Estas unidades vitales sólo pueden vivir en el seno de células vivas, y esto
es, como ya fué explicado, porque necesitan encontrarse en un medio donde
hallen aminoácidos y nucleótidos libres, que ellos se encargan de condensar
y ordenar.
Les ocurre igual que a un linotipista. Si le soldamos los caracteres de
imprenta que maneja, no podrá componer su artículo de prensa. Si se los
colocamos sueltos, los irá tomando ordenadamente hasta componer el
artículo de prensa.
Pues bien: nuestra tesis es ésta:
La unidad vital —gen o virus— sumergida en el seno de una célula viva
encuentra sueltos estos caracteres de imprenta —aminoácidos y nucleóti-
dos— y los va ordenando. Pero no hay en la unidad vital un orden solo, sino
muchos órdenes, y por esto las cosas deben ocurrir de la siguiente forma:

Observen cómo entre las proteínas precursoras hay zonas amorfas de


relleno. Pues bien: en tantos puntos de ella como proteínas precursoras
— 120 —

haya, existen zonas de condensación.


Esto es: en un virus de 60 precursores existirán 60 zonas de conden-
sación.
En cada una de ellas van entrando los aminoácidos y los nucleótidos
como en el artículo del periódico elaborado por el linotipista van entrando los
caracteres de imprenta. Esta unión conjunta de nucleótidos y aminoácidos
hace que esta zona tenga estructura amorfa.
Esta serie, conforme se va ordenando, se dirige como una corriente de
lava hacia el precursor, rellenando el cráter dejado por el pro-enzima emitido
con anterioridad. Cuando el nuevo proenzima se desprende, queda un nuevo
cráter que vuelve a ser rellenado por la corriente de lava, y esto ocurre en
una unidad vital con 60 precursores, con 60 ordenaciones distintas.
Esto es natural, porque el cráter posee un relieve especial, y a él no se
amolda más que un determinado aminoácido y no otro, una cadena de deter-
minado orden y no otra. Lo impiden las tensiones atómicas y las diferentes
estructuras espaciales que han de entrar en huecos a medida.
Pero la corriente móvil de aminoácidos y nucleótidos se separa al llegar al
borde del cráter donde se va a crear o tallar el nuevo proenzima, entrando en
él los aminoácidos ordenadamente, mientras que los nucleótidos se dirigen al
núcleo —en misión de arroyos que han de llenar la presa energética, como
dijimos en el décimo trabajo—, impidiendo que desaparezca por desgaste el
núcleo central de DNA.
Cuando se agota, como ya vimos que ocurría con los virus mantenidos a
37°, la unidad vital se agota rápidamente por falta de energía.
En nuestro protoplasma artificial las unidades vitales encuentran, en las
mismas condiciones que en la célula viva, los aminoácidos y nucleótidos
libres, además de los sistemas oxidativos, y por ello se multiplican.
Sobre este punto también se ha guardado un silencio absoluto, y real-
mente son materias sobre las que es casi delictivo el guardarlo.

Multiplicación, mutación y formación espontánea


de las unidades vitales
(5 de diciembre de 1960)

Hemos referido en el trabajo anterior el funcionamiento de las unidades


vitales. En éste nos ocuparemos de cómo se multiplican, fundamento de las
— 121 —

mutaciones y de su formación espontánea a partir de «enzimas vitali-


zados».
Para recordar la estructura de estas unidades vitales (virus, fagos y ge-
nes) vamos a repetir gráficamente la figura del trabajo anterior.

Pero esta estructura es la que deben tener en pleno funcionamiento en el


interior de las células vivas, pues al salir de ellas, o al morir las células que
los albergan, se protegen con una membrana impermeabilizada por la pre-
sencia de lípidos, para evitar que sus proenzimas sufran activación por
coenzimas extraños a los habituales.
Esta cubierta membranosa es la que diferencian en protoplasmas ciertos
tipos de virus, dando lugar a los «gérmenes bacterianos de salida» cuando
las condiciones del medio inerte al que han sido incorporados lo permiten.
Cuando un virus no es capaz de dar una «bacteria de salida», o las condi-
ciones del medio natural o artificial inerte al que ha ido a parar no son apro-
piadas, agotarán más o menos rápidamente su reserva energética en lo que
influye el grado de hidratación y la temperatura, terminando por su inactiva-
ción y reducción a simples enzimas.
Si la unidad vital se pone en contacto de nuevo con una célula viva, se
desprende de la membrana de emergencia, lo cual puede hacer por dos
procedimientos.
— 122 —

Si tiene acceso directo al protoplasma, penetra en él, y allí se produce el


estallido dehiscente de la membrana, que libera a la unidad vital.
Si no tiene acceso, emite una prolongación funicular, que se fija a la mem-
brana protoplasmática de la bacteria, y después, en una especie de parto a
través del funículo, pasa la unidad vital desnuda al interior de la bacteria, en
el caso de los fagos.
Pero es muy posible que no pase la unidad vital entera, sino fraccionada
en «subunidades».

La figura 2 representa la forma dehiscente de un protomyces, y es sufi-


cientemente demostrativa del primer caso. El segundo caso, representado en
la figura 3, es fácilmente visible cultivando ciertos virus en nuestro protoplas-
ma artificial, y representa lo que hemos definido en trabajos anteriores como
fases anteridiales.
Veamos ahora qué es lo que ocurre cuando la unidad vital —virus o
fago— se encuentra en el seno de la célula viva y procede a multiplicarse.
— 123 —

Conocemos la forma de reproducirse de cualquier célula, en las cuales la


mitosis produce una duplicación exacta del equipo cromosómico, pues
cuando la célula se divide por la mitad, las dos células hijas son exactamente
iguales.
Observemos ahora la figura 1 y veremos que, por dondequiera que se
parta la esfera de la unidad vital, no quedan dos mitades iguales cualitati-
vamente consideradas, pues cada una se llevaría una parte del equipo
proenzimático, resultando dos fracciones incompletas o provirus que no se
automultiplican, porque no pueden completar ciclos bioquímicos de los que
captan la necesaria energía para multiplicarse.
En consecuencia, no hay procedimiento ni posibilidad de automultipli-
cación de esta manera, y necesariamente tiene que utilizar otra, sucediendo
la curiosa circunstancia de que la unidad vital se desgrana, dando lugar a
tantas unidades inferiores o «subunidades» como proenzimas tenía aso-
ciados la unidad vital.

Estas «subunidades» o «enzimas vitalizados» deben tener la estructura


que esquemáticamente se representa en la figura 4, y la reunión de todas
ellas componen la esfera de la unidad vital.
¿Qué hacen, una vez dispersas, estas «subunidades»? Oigamos la opi-
nión de Luria:
«La importancia del ácido nucleínico para la reproducción de los fagos se
puede deducir de investigaciones químicas. Los fagos constan aproximada-
mente de un 40 por 100 de ácido desoxirribonucleico, no conteniendo ácido
— 124 —

ribonucleico; pero las células que los hospedan —colibacilos, por ejemplo—
poseen ambas clases de ácidos.
Al penetrar el fago en estas bacterias se invierte el metabolismo del ácido
nucleínico en ellas, de tal modo que sólo se forma ácido desoxirribonucleico,
y de la misma forma se invierte también la síntesis proteica, pues la bacteria
infectada forma exclusivamente albúmina de fago.
Si se modifica la síntesis proteica, la bacteria infectada cambia también la
síntesis del ácido nucleínico en la medida correspondiente, y de estos resul-
tados puede sacarse la conclusión de que la formación de la proteína del
fago tiene que ajustarse necesariamente a la del ácido nucleínico del mis-
mo.»
En otro trabajo decíamos que la unidad vital estaba formada por la aso-
ciación de «unidades funcionales», y ahora vemos cómo se separan éstas,
independizándose, para multiplicarse, bajo las formas llamadas por Schramm
«subunidades».
Esta forma de multiplicarse aisladamente cada «enzima vitalizado», para
luego volver a reunirse, es la única forma viable de que se pueda reconstruir
exactamente la nueva unidad vital.
Pero ¿de dónde nace la posibilidad de que la «subunidad» de Schramm, o
«unidad funcional vitalizada» o «enzima vitalizado» nuestro, sea capaz de
automultiplicarse una vez separada de la unidad vital, y cuál es el meca-
nismo íntimo de esta multiplicación?
Hemos referido antes que, según Luria, «al penetrar un fago en una
bacteria se invierte el metabolismo del ácido nucleínico de la bacteria, de tal
forma que sólo se forma ácido desoxirribonucleico».
Esto quiere decir que el «enzima vitalizado» o «unidad funcional vitali-
zada» dotada de un potencial energético que ella arrastró al deshacerse la
«unidad vital», transforma el ácido ribonucleico de la bacteria en ácido deso-
xirribonucleico propio, previa hidrólisis, pues no puede aceptarlo con la
misma ordenación que el ribonucleico tiene en la célula bacteriana.
Hemos de recordar que en anteriores trabajos hablábamos de que la
transformación del RNA en DNA, con hidrólisis intermedia, dejaba libres
nucleótidos desoxirribonucleicos, y que estos sistemas energéticos — no
mencionados antes por nadie, que sepamos— eran los que proporcionaban
la suficiente energía para la automultiplicación, estando, por tanto, adscritos
a menesteres reproductivos, mientras que el ATP y ADP normales parecen
más bien utilizarse en faenas metabólicas.
— 125 —

Si observamos la figura 1, nos hemos de imaginar la «subunidad» o «uni-


dad funcional vitalizada» como una fracción de la «unidad vital», y, por tanto,
constituida cualitativamente como esta última, pero dotada de un solo proen-
zima. Estará formada, por tanto, por el proenzima; una zona inactiva a los
rayos Roentgen, formada posiblemente por mezcla de proteínas y DNA, y
una tercera zona en la parte aguda de la cuña, formada exclusivamente por
DNA, tal y como se representa en la figura 4.
Examinemos ahora el mecanismo íntimo de la duplicación.
Friederich Freksa da una interpretación fisicoquímica, y, en su opinión, «la
multiplicación comienza porque el "duplicante", es decir, Ia unidad que se
encuentra en trance de multiplicarse, en nuestro caso el proteico vírico, atrae
los materiales apropiados y los une químicamente entre sí de una forma
específica, suponiendo que en este proceso intervienen fuerzas de Coulomb.
En su opinión, sobre el tipo de cargas específicas de la proteína con capa-
cidad multiplicativa, debe formarse la misma proteína con idéntico modelo de
cargas.
»La cuestión es cómo se logra así reproducir estructuras idénticas, pues si
ello es en realidad posible, puede presumirse que el positivo, esto es, la albú-
mina que ha de reproducirse, se transforme en su negativo.
»Esta transformación tendría lugar mediante el ácido nucleínico, de tal
forma que los grupos electronegativos del fosfórico del mismo se unen a los
positivos de la arginina, con lo que se obtiene una ordenación bipolar espe-
cífica.
»En el negativo que se origina se forma el positivo de la nueva proteína
como en una placa fotográfica.
»La neoformación de las estructuras hijas sólo puede tener lugar en la
superficie de la molécula que va a reproducirse, y, por tanto, cuando la
superficie del "duplicante" es susceptible de reaccionar con el medio.
»Este no es el caso de una molécula vírica compacta, pues es más posi-
ble si ésta se descompone en pequeñas unidades, o sea, cuando se forman
"subunidades" como formas propias de la reproducción. En virtud de esta
división, se transforman en un estado dinámico y más apto para reaccionar
por engrosamiento de la superficie de contacto con el interior de la célula
hospedadora».
No estamos de acuerdo con esta opinión de Freksa en cuanto a que el
desgranamiento de la unidad vital lleve como finalidad un aumento de super-
ficie, pues nuestra interpretación de esta dispersión es la siguiente:
— 126 —

Cada proteína proenzimática de las que componen la unidad vital es


distinta de las demás en cuanto a su ordenación en aminoácidos, y, por
tanto, estructural y funcionalmente distinta, como corresponde a la diversidad
de funciones que han de realizar en el ciclo bioquímico regido por la unidad
vital.
Como cada proteína proenzimática de la unidad vital ha de ser tallada por
un DNA distinto, por ser distintas unas de otras, existe la necesidad de que
cada una posea su propio molde de DNA, resultando que en la zona subya-
cente a cada proteína existe un DNA que le corresponde específicamente.
Como cada unidad vital puede tener un equipo superior a las 60 unidades,
resultaría que tendrían que existir 70 o más tipos de DNA diferentes.
Esta circunstancia concede tal complejidad a la unidad vital, que se im-
pone, por esta sola razón, la dispersión.
Otra razón es que el DNA ocupa en la unidad vital el centro, y como de él
procede la energía que se ha de utilizar en la duplicación, debe quedar al
descubierto, y para ello no existe otra posibilidad que la dispersión de cada
«unidad funcional vitalizada» por separado, pues para la misión de elaborar y
suministrar proenzimas basta con la condensación de aminoácidos y nucleó-
tidos libres sobre las zonas de condensación de la unidad vital, como explicá-
bamos en el trabajo anterior; pero para automultiplicarse necesitan captar la
energía que emana de la hidrólisis del RNA celular, y esto no es posible si la
«unidad funcional» independizada no actúa catalíticamente con su enzima, y
aporta inicialmente para ello su propia energía, representada en su fracción
específica de DNA que, como consecuencia de la dispersión, queda al
descubierto.
Y, por último, esta dispersión representa una confirmación de nuestras
teorías, apoyadas en observaciones clínicas en numerosas epi y enzootias,
pues si la unidad vital se formó por asociación espontánea de «enzimas
vitalizados», éstos no han perdido el concepto de «unidades funcionales», y
se dispersan, se automultiplican y vuelven a reunirse para formar la «unidad
vital efectiva», que en este caso resulta de la suma de «unidades funcionales
vitalizadas».
En el primer trabajo decíamos que «realmente las funciones autónomas
de los enzimas no podíamos considerarlas como manifestaciones vitales,
puesto que los enzimas no se multiplican por sí solos, pero que estas mani-
festaciones autónomas, que se efectúan con completa independencia del ser
que los creó, llevan indiciariamente una actividad, que es en sí la más ele-
— 127 —

mental manifestación de vitalidad».


Ahora vemos que si el enzima va unido a una carga de DNA, no sólo
dispone de capacidad funcional de tipo enzimático, sino que es capaz
también de automultiplicarse.
Esto da una enorme fuerza a nuestro punto de vista, expuesto en octubre
de 1952 en la revista Medicamenta, edición de Farmacia, en donde decía-
mos, en el trabajo titulado «Sobre la procedencia, formación y naturaleza de
los virus filtrables», que «la suma de moléculas carentes de vida propia —
enzimas— dan, por asociación, lugar a un complejo molecular dotado de vida
propia y susceptible de multiplicarse, aunque esta multiplicación esté vincu-
lada a la presencia de células vivas».
Ahora va resultando completamente comprensible que los «enzimas vita-
lizados» pueden reunirse unos con otros, dando lugar a la aparición de la
«unidad vital», pues es claro que si ya poseen cierta autodeterminación y su
enzima sólo cataliza una función, tienda a agruparse con otros que com-
pleten un ciclo sintético y liberatorio de energía utilizable por ellos, pues si
bien el «enzima vitalizado» es capaz de automultiplicarse, esto se debe
exclusivamente a la carga de DNA elaborado en la unidad vital, pues la
«subunidad» consume la que le ha cedido la unidad vital, pero es incapaz de
regenerarla ella misma por lo que ha de volver a reunirse en equipo para
cargarse nuevamente de la energía consumida.
Nosotros explicamos la duplicación de las «unidades funcionales vitali-
zadas» de la siguiente manera:
Estas «unidades funcionales vitalizadas» o «enzimas vitalizados» trans-
forman el RNA protoplasmático de la bacteria o célula parasitada en nucleó-
tidos libres por hidrólisis. Esta hidrólisis, como proceso exergónico, da lugar a
una liberación de energía que queda acumulada en el sistema, con probable
transformación del adenílico en ATP. Posteriormente, este ATP ribósico se
transforma en desoxirribósico, y no sabemos si la pérdida del oxígeno oxidrí-
lico en 2 de la ribosa, para transformarse en 2-desoxirribosa, signifique otra
elevación del potencial energético; pero es posible que posea alguna inter-
vención de este tipo. Posteriormente viene la condensación del ATP, y los
demás nucleótidos fosforilados en el proceso anterior, sobre la cara libre de
la proteína enzimática de la «unidad funcional vitalizada», dando lugar a
DNA, que se ajusta a la estructura de la proteína.
—128 —

Esta condensación como proceso endergónico necesita aporte energético;


pero, como hemos visto, los elementos a condensar llevan acumulada en sí
la necesaria energía para ello.
El proceso íntimo debe efectuarse de la siguiente manera:
Sabemos que la proteína proenzimática es de naturaleza globular, y que
este tipo de proteínas tiene sus cadenas de aminoácidos arrolladas en espi-
ral, pudiéndose considerar como un ovillo de lana de los que utilizan las
mujeres para hacer punto.
Esta misma circunstancia nos hace pensar en la posibilidad de que no sea
cierta la hipótesis de Freksa cuando dice que «en el negativo que se origina,
se forma el positivo de la nueva proteína como en una placa fotográfica»,
pues resulta claro que un negativo sólo reproduce el relieve exterior de las
cosas y solamente una de sus caras.
Pero ¿cómo puede ser impreso por este procedimiento la disposición y
estructura de las cadenas interiores y de la cara posterior del ovillo, repre-
sentados por las espirales que componen la proteína globular? Está claro
que por este procedimiento sólo lograríamos copiar la superficie externa de
una de las caras.
Hace falta encontrar otra explicación, y nos parece más lógica la que
explicamos a continuación. El ovillo que representa la proteína globular se va
deshaciendo empezando por una punta y acoplándose a otra cadena de
DNA que se le va acoplando por condensación, siguiendo la estructura espe-
cífica del hilo proteico que se va desarrollando.
Cuando ha terminado totalmente de desenrollarse el ovillo, el proenzima
del «duplicante» ha pasado al «duplicado», y en la zona subyacente a esta
proteína se ha formado una zona de DNA, puesto que la cadena proteica se
ha vuelto a separar de la cadena de DNA. Si ahora tiramos de los dos cabos
finales de ambas cadenas, nos traeremos dos cadenas distintas, pero coinci-
dentes en sus huecos espaciales, en sus afinidades polares y en todas las
circunstancias que hacen una cadena específica para la otra.
En el «duplicante» queda ahora el cráter donde descansaba su proenzima
vacío; pero conserva los huecos y relieves, y vuelve a condensarse otro
proenzima en la forma explicada en el trabajo anterior, acompañado de otra
cadena de DNA, que entra a suplir el DNA gastado en la hidrólisis del RNA
celular, conservándose algo más la reserva energética del «enzima vitali-
zado».
— 129 —

Es posible que la hipótesis de Freksa en lo relativo a la intervención de


fuerzas de Coulomb sea cierta, puesto que hace falta una fuerza de esta
naturaleza para atraer los nucleótidos hidrolizados hacia la cadena proteica.
Pero aún no hemos analizado la función de la zona inactiva de los «enzi-
mas vitalizados» y el papel que desempeña.
Para nosotros se trataría de una zona de reserva, es decir, que en esa
zona la cadena de aminoácidos no se ha despegado del DNA, y en caso de
emergencia se despegan, dando lugar a un último pro-enzima y a una última
reserva energética.
Al terminarse la duplicación, los dos «enzimas vitalizados» se separan,
iniciando cada uno por su lado una nueva duplicación por el mismo meca-
nismo, resultando que en el «duplicante» el DNA talla a la proteína proenzi-
mática, pero en el «duplicado» es la proteína la que talla al DNA, por lo que
sigue sin determinarse si fue antes la gallina o el huevo.
Nosotros creemos que en vez de seguirse diciendo que el DNA talla o
fotografía a la proteína, se debe decir que le saca una película en toda su
longitud conforme se va desenrollando.
La serie duplicativa continúa sostenida por lá energía metabólica de la
célula viva parasitada, hasta que ésta muere al haberse transformado casi
todo su RNA en DNA, por pasar éste, así como la proteína propia de la bac-
teria, a las «subunidades fágicas».
Durante este proceso multiplicativo existe un período de latencia en cuan-
to a contagiosidad, porque los «enzimas vitalizados» no son contagiosos;
pero al terminar este período aumenta de repente la contagiosidad de 100 a
400 veces, para permanecer después a título constante.
Este crecimiento de la contagiosidad coincide con el momento en que los
«enzimas vitalizados» se reúnen de nuevo para recomponer las unidades
vitales: virus, fagos y genes, momento en que la bacteria sufre la lisis, que-
dando libres los nuevos fagos.
La polaridad —cuyo tipo ya fué explicado— impide que entren dos «enzi-
mas vitalizados» de la misma naturaleza en la unidad vital, y así la recons-
trucción por reunión se hace de idéntica forma a la estructura del virus madre
o inicial, a menos que existan libres otros «enzimas vitalizados» extraños,
pero acoplables, en cuyo caso entran a formar parte del equipo proenzimá-
tico de la unidad vital, con la consiguiente ampliación y mutación de caracte-
rísticas.
— 130 —

Recordemos que esto fue explicado por nosotros el año 1952 en la revista
Medicamenta, y posteriormente en el primero de estos trabajos al referirnos a
la mecánica de formación de variantes del virus de la glosopeda.
Esto es perfectamente comprensible, y lo confirma el hecho, demostrado
por Doermann y Anderson, de que los bacteriófagos son capaces de inter-
cambiar factores genéticos, pues al infectar un bacterium con dos fagos
distintos T2 y T4r, se encuentran después recombinacíones de las formas T2r
y T4 junto a los padres.
Pero no ocurre esto solamente en los fagos, pues también dos genes
pertenecientes a dos bacterias distintas pueden intercambiar factores gené-
ticos, y así parecen haberlo demostrado recientemente los biólogos del
Instituto Pasteur Francois Jacob y Edouard Adalberg, que lo explican así:
«Se creía hasta ahora que, fuera del acoplamiento de un macho con una
hembra, no podía haber transmisión de elementos genéticos de célula a cé-
lula. La ley parecía ser que la mitad de los cromosomas del macho y la mitad
de los cromosomas de la hembra se unían entre sí para aportar a la célula
nueva su patrimonio hereditario».
Pero han demostrado que en las bacterias pueden producirse transfe-
rencias genéticas de célula a célula fuera de toda sexualidad, lo cual quiere
decir que un elemento genético se transfiere a otra célula sin que haya
acoplamiento.
Han utilizado para sus experimentos colibacilos con dos características
distintas. En una probeta han colocado colibacilos machos con factor sexual
F, y en otra colibacilos hembras.
Después de haber mezclado el contenido de ambos tubos, comprobaron
que las hembras (invertidas en machos) habían ganado o perdido diversas
propiedades, lo que significaba que, unidos al factor sexual F de los primeros
machos que había pasado a las hembras, iban unidos otros caracteres
independientes del factor sexual.
Todo esto demuestra hasta la saciedad que nuestro punto de vista de que
los fagos son genes autónomos, y los genes, fagos controlados por la mem-
brana nuclear, es cierta, por la razón, para mayor abundamiento, que conse-
guimos demostrarlo experimentalmente e interpretar correctamente el fenó-
meno, repitiendo experiencias mal interpretadas por Bordet y Ciuca, como
describimos en otro trabajo.
Apliquemos también ahora estas ideas a nuestro concepto del progén
cancerígeno, y verán cómo es fácilmente explicable que un gen al que se le
— 131 —

ha destruido, por acción física o química, parte de sus proenzimas, puede


recuperarlas por acción polar de otros «enzimas vitalizados» procedentes de
la dispersión multiplicativa, o de la dispersión génica, por lisis inmunitaria, de
bacterias, hongos patógenos o apatógenos y agentes en general, a los que
llamábamos en los primeros trabajos «formas madres de los virus del cán-
cer», porque teníamos la seguridad de que cedían algo que intervenía en la
cancerización celular.
Después de todo lo que se ha explicado en este y en todos los anteriores
trabajos, ¿hay quien dude todavía sobre la realidad de la mecánica del
progén de nuestro protoplasma artificial, de que podíamos cultivar virus en él
y verlos en un microscopio ordinario, de que sean una realidad nuestros
sistemas energéticos desoxirribos, de que nuestro fallo al pleito de la bacte-
riofagia demostrando que los fagos son genes autónomos, y de que los
procedimientos de lucha anticancerosa por vacunoterapia específica antien-
zemática no sean una realidad?
Hemos sido precursores de estas ideas, y van siendo comprendidas
cuando los demás se van aproximando; pero aún tendremos que esperar
más, para que nuestras ideas del año 1952 sobre la formación espontánea
de unidades vitales por agregación de «enzimas vitalizados» entre dentro de
la mentalidad de los investigadores de nuestra época.
Terminamos esta primera parte de este trabajo dando consignas para que
la «escuela vitalista o biogenésica» que preconizamos en el anterior trabajo
tenga una orientación clara sobre el camino a seguir para alcanzar la meta
de crear vida.
El mecanismo que da lugar a la vida es el siguiente: La «unidad funcional
enzima», al unirse con DNA, da lugar a la «unidad funcional vitalizada» o
«enzima vitalizado». La agrupación en equipo de estas unidades da lugar a
la «unidad vital»: virus, genes y fagos; y ya vimos en otro trabajo que la
asociación de genes daba lugar a la vida colectivizada y discontinua de las
células y que la asociación de estas últimas en grandes colectividades daba
lugar a la vida vegetativa colectivizada y discontinua de los seres superiores.
Para que sea aceptada esta idea hemos de esperar mucho tiempo, quizá
más del que nos quede de vida; pero sabemos que otras generaciones la
aceptarán.
He aquí, pues, el camino abierto para dar el último asalto a la creación de
unidades vitales, o sea, para crear vida:
1.° Vitalización de enzimas.
— 132 —

2.° Reunión de los necesarios para formar un equipo completo.


Esta reunión dará lugar a una unidad vital, a un ser vivo, partiendo de
materiales carentes totalmente de vida propia.
Se nos ocurren bastantes procedimientos para llevar esto a cabo; pero no
contamos con medios para llevarlos a la práctica. Quizá en alguno de los
trabajos que faltan por publicar demos la pauta de estos procedimientos.
¿Que cómo ocurrió todo esto en la Naturaleza? Se tomó una coctelera
marca «Universo». Se pusieron en ella cadenas hidrocarbonadas generadas
por hidrólisis de los carburos, amoníaco y nitrógeno procedentes de hidrólisis
de los nitruros, azufre de las sulfatasas y minerales, oxígeno, sodio, etc. Se
agitó durante unos cuantos millones de siglos, y el Creador agregó su deseo
de que la materia inanimada se organizase.
Y como fue su deseo, la vida surgió.
Los que sólo poseen opiniones destructivas, por la razón de que es más
fácil destruir que crear, quizá opinen que este trabajo es excesivamente
especulativo; pero nosotros vamos a demostrarles que especulamos cons-
tructivamente y que los hechos se aproximan casi exactamente a las ideas
expuestas.
En prueba de ello, vamos a dar una pauta general de preparación de
vacunas antivirus basada precisamente en las ideas que se han vertido en
este trabajo.
Todos sabemos que los virus se conservan bien por el frío y por liofili-
zación, y que se inactivan más rápidamente mientras más nos acercamos en
su conservación a las condiciones de temperatura de las células de las que
eran parásitos.
Pero vamos a analizar en qué consiste esta inactivación, y para mayor
claridad vamos a valernos de un símil.
Vamos a considerar a un virus como a una batería de un automóvil, a la
que van conectadas sesenta lámparas.
La batería con las luces encendidas y sin conexión con la dínamo es un
virus mantenido a 37° fuera de las células vivas, pues se inactiva o descarga
con rapidez.
Una batería desconectada de la dínamo, pero con las luces apagadas, es
un virus liofilizado o refrigerado, pues así conserva la virulencia o carga
mucho tiempo.
Una batería con las luces encendidas, pero alimentada por una dinamo,
es un virus a 37° en el seno de una célula viva.
— 133 —

Las bombillas son las «unidades funcionales» proenzimáticas de que


consta la unidad vital, y la batería, la carga energética de su núcleo central
de DNA, cuyos elementos nucleótidos se liberan y fosforilan cuando hace
falta, convirtiéndose en sistemas energéticos.
Establecidos estos conceptos, vamos a dar la pauta para la preparación
de vacunas antivirus, de utilización principalmente en casos de emergencia.
Estos casos son, por ejemplo, el de una guerra bacteriológica, para pre-
parar grandes cantidades de vacuna cuando no se pueda preparar en canti-
dad suficiente por otros métodos o en caso de que, siendo la morbilidad igual
a la mortalidad, no se puedan preparar sueros anti, o en el caso de que, por
aparecer a la par múltiples variantes de un mismo virus, se puedan volver
ineficaces otros procedimientos más lentos, o en el caso de una virosis cuya
única posibilidad de combatirla exija un largo proceso de adaptación a otra
especie animal, etc.
Vamos a operar, para nuestra experiencia, por ejemplo, con el virus de la
peste porcina, y procederemos de la siguiente forma:
Tomamos sangre virulenta y le agregamos antibióticos para eliminar
contaminaciones.
Ponemos esta sangre en una estufa de cultivos a 38,5°, y a las doce horas
de estar en la estufa sacamos dos centímetros cúbicos e inoculamos a un
cerdo. A las veinticuatro horas hacemos igual con otro cerdo, y así de la
misma forma cada doce horas más.
Los cerdos que han sido inoculados con sangre de menos horas de
permanencia en la estufa mueren de forma aguda; los que han sido inocu-
lados con sangre de mayor exposición, mueren de forma menos aguda,
hasta que se llega a un cerdo que llega a tener una ligera curva febril, pero
que no muere.
Anotemos el número de horas que tenía de exposición en la estufa la
sangre inoculada a este último cerdo. Afinemos más: inoculando otros cinco
cerdos con sangre sostenida dos, cuatro, seis, ocho y diez horas menos,
para determinar con más exactitud el número de horas necesario para que
no mate, pero que produzca un ligero estado inmunitorio.
Una vez precisado este extremo, inyéctese un lote de diez cerdos para
averiguar el tanto por diez posible de bajas. Si no se producen, Inyéctese
otro lote de cien cerdos para averiguar el tanto por ciento de muertes posi-
bles. Caso de que sea completamente inocua, ya puede emplearse como
primera dosis. Como segunda se puede poner otra sangre menos inactivada,
— 134 —

e incluso como tercera otra más activa, si queremos reforzar la inmunidad en


mayor grado. Las dosis deberían aplicarse cada quince días.
Este es un procedimiento general aplicable a casi todos los virus
Conocemos muchos casos de procesos víricos abortivos, aunque Ia
mayoría de los casos son inaparentes, en los que algunas veces juega un
gran papel la resistencia del huésped; pero en otros es decisiva la pérdida de
virulencia —quizá por este mismo mecanismo— del agente etiológico.
Sólo falta, para hacer esta vacuna prácticamente utilizable, sacar la san-
gre o tejidos virulentos de la estufa a la hora exacta y proceder en seguida a
su congelación y liofilización para que el punto de inactivación no siga decre-
ciendo, lo que arrastraría la pérdida total del poder inmunizante.
Por qué ocurren estas cosas así, nos lo da resuelto la especulación.
Hemos visto que cuando un virus penetra en una célula viva se dispersa
en «unidades funcionales vitalizadas» o «enzimas vitalizados» —como
hemos bautizado a las «subunidades» de Schramm, porque ésta es el
concepto que tenemos de ellas—, y que éstas se duplican porque disponen
de los suficientes elementos para ello.
Pero si procedemos a descargar paulatinamente su energía, o sea, el
DNA, su batería, al forzarlos a vivir fuera de células vivas a temperatura
eugenésica —con lo que no tienen más remedio que gastarla—, llegará un
momento en que los «enzimas vitalizados» necesitarán cargarse nueva-
mente antes de iniciar la duplicación, gastando en este menester mayor
tiempo mientras más descargados estén.
Cuando ese tiempo dé la necesaria tregua al organismo para que éste
organice sus defensas, los enzimas vitalizados son destruídos por los antis
del suero, y, por tanto, no podrán volver a reunirse para formar el virus.
Cuando están descargados del todo, ya no son «enzimas vitalizados»,
sino solamente enzimas, que, por haber agotado su DNA, carecen ya de la
capacidad de multiplicarse y del poder antigénico referido al virus total.
Si tienen carga energética, pero no la suficiente para matar, como el virus
está formado por «enzimas vitalizados», la adquisición de inmunidades
parciales contra cada uno de los que componen el virus por separado produ-
cirá una inmunidad global contra el virus por infección abortiva.
— 135 —

La mecánica de la cancerización

Preparación de vacunas anticancerosas: Crítica del tratamiento


anticanceroso por «lisado de corazón de vacuno»
(5 de enero de 1961)

CONCLUSIONES PREVIAS

Para comprender bien este trabajo hace falta que recordemos que en los
anteriores hemos llegado, en materia cancerológica, a las siguientes conclu-
siones:
1.a Que la agregación de enzimas procedentes de «hongos y bacterias do-
nantes de enzimas cancerígenos», a un gen parcialmente destruído —nues-
tro progén— determina la aparición de la célula cancerosa, si los enzimas
agregados poseen ciertas cualidades que ya especificábamos.
2.a Que la colocación de un gen de estas mismas bacterias u hongos entre
los componentes de un equipo cromosómico celular, hasta donde es atraído
por un gen gemelo a otro destruido totalmente, en virtud de aparición de
polaridad, acarrea asimismo la cancerización de la célula.
3.a Que la colocación entre los genes del equipo cromosómico de una
célula, de un gen extraño, aunque no sustituya a ningún otro destruído, ni
sea atraído en virtud de ninguna polaridad, pero que sea aceptado voluntaria
o forzadamente por la célula, acarrea asimismo la cancerización, cuando
dicho gen proceda de algunos de los «agentes donantes de enzimas y genes
cancerígenos».
En estos tres primeros casos, la acción depauperante, tóxica e invasiva de
la tumoración dependerá del tipo de interferencias que produzcan en el meta-
bolismo del individuo, los enzimas extraños agregados.
4.a Que la pérdida de selectividad física, química o mecánica de la mem-
brana nuclear, al transformar el ambiente microaerófilo o anerobio propio del
núcleo, en medio aerobio, o al dejar pasar coenzimas protoplasmáticos,
transforma el equipo génico controlado por la célula, en un equipo vírico
sobre el que ésta ha perdido el control reproductivo.
Esta modificación de la membrana nuclear se puede producir por radia-
ciones físicas, de variada índole, por sustancias químicas diversas, e incluso
— 136 —

por acciones mecánicas irritativas.


Los tumores de este cuarto grupo serán voluminosos o llegarán a serlo,
por su poca acción general depauperante y tóxica, ya que no poseen enzi-
mas extraños a la célula.
5.a Que en todos los casos, salvo en el 4.°, hace falta la aportación de
enzimas o agentes microbianos procedentes del exterior, cuyos factores
comunes son el ser saprófitos —salvo ciertos streptomyces— y eminente-
mente aerobios, pero cuyos enzimas trasladados al ambiente anaeróbico
propio del núcleo celular, y después de una lenta adaptación a estas circuns-
tancias, son el factor decisivo de la cancerización.
Ninguno de estos tumores son transmisibles en serie y nada tienen que
ver con los puramente víricos, de los que no nos ocupamos aquí.

RAZONES ESTADISTICAS
La estadística de presentación topográfica de las neoplasias malignas en
el organismo humano nos da argumentos suficientes —aparte de los que
posteriormente se exponen— para comprender que éstos son precisamente
los factores de la cancerización.
Si fuese cierta la teoría embrionaria, habría que admitir que la célula
embrionaria tendría que tener una distribución topográfica puramente casual
en los diferentes individuos, puesto que cualquier zona o región de nuestro
organismo sería capaz de albergar dichas células.
Al hacer una estadística de presentación del cáncer por regiones, nos
encontraríamos que debían existir tumores de pie, pierna, espalda, masas
musculares, caderas, etc., en la misma proporción que los de mama, laringe,
próstata, útero, pulmón, etc.
Sin embargo, vemos que esto no ocurre así, sino que la frecuencia de
presentación es muchísimo mayor en estos últimos órganos.
Es fácil comprender que debiéndose la cancerización a la cesión de
enzimas o genes de hongos o bacterias, a progenes celulares, o al equipo
cromosómico de la célula, sean precisamente las células que están más en
contacto con ellos las más fácilmente cancerizables, y así resulta que es más
fácil el cáncer en labios, boca, laringe, pulmón, estómago, intestinos, vejiga,
próstata, útero, mama, pulmón, etc., porque al estar estos órganos comuni-
cados directamente con el exterior, se encuentran en contacto con abun-
dante flora microbiana.
— 137 —

También es fácilmente comprensible que sea más cancerizable un estó-


mago hipoclorhídrico cuyo pH permite la colonización de gérmenes, que la
de un estómago hiperclorhídrico, cuyo pH excesivamente ácido mantiene
una absoluta esterilidad microbiana.
De tan diversa índole y origen pueden ser los enzimas agregados al
progén, o los genes microbianos agregados al equipo cromosómico de la
célula cancerosa —por proceder de una larga lista de ellos—que podemos
considerar la existencia de numerosos tipos etiológicos de tumores, con
variadísima bioquímica, malignidad y posibilidades de tratamiento vacuno-
terápico.
Pero para que dentro de esta complejidad se pueda comprender bien el
proceso de la cancerización, vamos a reducir este estudio a un grupo de
gérmenes «donantes de enzimas cancerígenos» que por sus características
específicas definen la bioquímica de los tumores producidos por sus genes o
enzimas, aunque la casi totalidad de estos gérmenes microbianos sean per
se totalmente inofensivos —como dijimos en otros trabajos—, ya que cons-
tituyen, la mayoría de ellos, la flora normal del suelo.
Desde hace bastantes años nos hemos encontrado con relativa frecuencia
en la sangre de cancerosos y en tumores de diversa índole —por siembra en
medios de cultivo apropiados, que más adelante describiremos— una serie
de bacterias aerobias esporuladas, que desechábamos sistemáticamente
porque ninguna sospecha recaía sobre ellas, así como nocardias, strepto-
myces, ciertos tipos de levaduras y hongos microaerófilos recién aislados, de
los que ya dimos noticias en otros trabajos anteriores.
Hojeando un día el Traité de Bacteriologie, de E. Macè, de la Universídad
de Nancy, editado en París en 1901, nos encontramos una referencia que
nos indujo a pensar la intervención de dichos bacilos aerobios esporulados
en el proceso de la cancerización.
La referencia es la siguiente:
Scheurlen ha aislado por cultivo de tejidos cancerosos una bacteria espe-
cial, que considera como el verdadero agente patógeno de la afección.
Los cultivos crecen principalmente sobre suero solidificado, y también en
serosidades patológicas de pleuresía, ascitis e hidrocele.
Los tubos son sembrados con fragmentos o raspados de tumores, toma-
dos con todas las precauciones asépticas necesarias, a partir de autopsias, y
después de la ablación quirúrgica cuando se trata de tumores operados en
— 138 —

buenas condiciones, antes de la ulceración y preferentemente de tumores de


mama.
Llevados los tubos a la estufa a 39°, desde el tercer día se ve cómo toda
la superficie se recubre de una película incolora, que se plisa poco a poco, y
toma después de varios días o semanas un color amarillo, parduzco, apa-
reciendo sobre esta película pequeñas gotas líquidas.
Estos cultivos están formados por bacilos que miden de una y media a dos
y media micras de largos por media de anchos, y están animados por movi-
mientos lentos de oscilación, presentando muchos de ellos esporos elipsoi-
dales brillantes.
Los bacilos se colorean fácilmente, pero cuando se emplea el método de
Gram y se les trata con alcohol, se decoloran en parte, quedando solamente
coloreados los extremos.
Los esporos de estos bacilos, dice Scheurlen, son los que se encuentran
por examen microscópico en el jugo canceroso, mientras que nunca ha
conseguido observar los bacilos.
Los cultivos sobre suero pueden crecer por resiembra en gelosa, en la que
forman, después de doce horas a 39°, una película incolora, brillante, fisu-
rada y constituída únicamente por bacilos, pues los esporos no aparecen
hasta después de las doce horas.
La siembra de fragmentos de tumores directamente en gelosa da casi
siempre resultados negativos, pues Scheurlen sólo lo ha conseguido seis
veces de setenta siembras distintas.
Sobre patata y por resiembra, esta bacteria forma de las doce a las veinti-
cuatro horas una película blanca amarillenta, que se extiende por toda la
superficie.
En caldo ordinario y también por resiembra, se produce un velo superficial
plisado blanco amarillento que se extiende por toda la superficie.
La inoculación del producto de los cultivos, no ha dado nunca resultados
bien demostrativos. Las perras que habían recibido inyecciones en las
glándulas mamarias presentaron en el lugar de la inoculación pequeños
tumores blandos, del tamaño de un melocotón al de una nuez, y en dichos
tejidos pudo comprobar los bacilos de los cultivos.
Basándose principalmente en estos resultados, que creyó ligeramente
positivos, fué la razón de que considerase a la bacteria por él aislada como el
verdadero factor etiológico del cáncer.
— 139 —

Decía que el estudio de esta cuestión debía ser reproducido y profun-


dizado, y consideró curioso el que un organismo que vegeta con tal velocidad
en los cultivos evolucionase tan lentamente en el organismo humano y deter-
minase una afección de prolongada duración, pues al parecer, debido a su
vitalidad y rápida multiplicación, debía ocasionar una marcha rápida y aguda.
Domingos Freire confirmó estos resultados obtenidos por Scheurlen y
reclamó a éste el derecho de prioridad.
Para otros observadores, el bacilo de Scheurlen era sólo una especie
saprófita del aire y del suelo, clasificándolo dentro del grupo de los bacilos de
la patata, lo que, como vamos viendo, era una nueva confirmación de los
resultados.

ESTUDIO DE LA MECANICA DE LA CANCERIZACION POR BACILOS


AEROBIOS ESPORULADOS
Toda la descripción de Scheurlen coincide con numerosos gérmenes ae-
robios esporulados saprófitos, aislados sistemáticamente por nosotros —que
constituyen un amplio grupo del que podemos considerar tipo al bacilo sub-
tilis— cuando hemos partido de cultivos de sangre de cancerosos y tumores
en medios apropiados, pues es casi imposible obtenerlos directamente por
siembra en medios ordinarios.
Esta dificultad de aislamiento en medios de cultivo ordinarios directa-
mente, demuestra que la permanencia de sus esporos en el seno de los
organismos vivos les produce una mutación en sentido heterotrófico, ya que
cuando proceden del medio ambiente vegetan en medios muy simples.
Esto parece demostrar que estos esporos funcionan de dos formas
distintas:
1.a En el medio exterior se deshidratan casi totalmente, cutinizándose,
aislándose y suprimiendo totalmente los intercambios metabólicos, en cuyo
estado resisten altas temperaturas.
2.a En el seno de los tejidos viven en menor grado de deshidratación y
sostienen un metabolismo más o menos precario a través de la membrana
esporular que conservan, porque siendo ésta diferente a las defensas orgá-
nicas, es una forma de no ser atacada por ellas.
Por esta circunstancia no pasan a la forma vegetativa, ya que ésta si es
atacada.
— 140 —

Estos esporos adaptados a la vida intraorgánica son mucho menos resis-


tentes al calor y mucho más heterótrofos.
En este último estado pueden determinar a la larga ciertas fibrosis cró-
nicas como consecuencia directa del intercambio metabólico que desarrollan
en el seno de los tejidos parasitados, pero por acción indirecta —al ceder
genes o enzimas— determinan neoplasias.
Era muy difícil que Scheurlen y Domingos Freire pudieran explicar en
aquella época el mecanismo de cancerización seguido por estos gérmenes,
explicado extensamente por nosotros.
Al hacer un estudio detenido de este tipo de bacterias nos encontramos
con las siguientes circunstancias:
Wissokiwitsch observó en 1886 que inyectando esporos del bacilos
subtilis en las venas de animales se fijaban en el hígado y bazo de ellos, y se
les podía aislar de estos órganos varios meses después, sin que las citadas
vísceras hubiesen sufrido lesión de ninguna clase por su presencia.
Ya tenemos, por tanto, gérmenes que pueden vivir mucho tiempo de
forma completamente inocua en el seno de nuestros tejidos. Tanto tiempo
pueden permanecer en ellos en estado esporular, sin multiplicarse y soste-
niendo un metabolismo precario, que el organismo puede crear lentamente
un estado de resistencia o inmunidad contra ellos, naciendo por inducción en
los genes del esporo un deseo de dispersión que los convierte en genes
autónomos, los cuales pueden ceder «enzimas vitalizados» a un progén
celular, o instituirse ellos mismos como un gen celular más.
Pero existen además razones de tipo bioquímico que establecen un para-
lelismo entre estos gérmenes y sus genes y enzimas, y las neoplasias
malignas, lo que viene a demostrar en otro terreno que son ciertas todas
nuestras apreciaciones.
Para comprender bien este paralelismo, tenemos que recordar que dijimos
en los primeros trabajos que los virus poseen los mismos tropismos tisulares
y actividad patógena exaltada, que las bacterias que los han originado por
cesión enzimática.
También podemos decir que el progén reconstruido, o el gen extraño aco-
plado al equipo cromosómico de una célula cancerosa, ha de tener las
mismas características en su actuación bioquímica que las bacterias u hongo
que han facilitado la reconstrucción del progén, o que ha cedido un gen com-
pleto a la célula tumoral y, por tanto, es de gran interés el poder comprobar
— 141 —

que existe una perfecta identidad bioquímica entre tumor y gérmenes de este
grupo.
Petry, Wolf y Beebe encontraron en tejidos neoplásicos menos albúminas
y más cantidad de proteínas incoagulables que en el tejido normal.
Loeffler encuentra que el bacilus mesentericus, o de la patata, no puede
crecer en medios que contengan exclusivamente hidratos de carbono, sino
que le hace falta la presencia de cierta cantidad de materias albuminoideas,
y que disuelven rápidamente la albúmina de huevo.
Vemos, pues, cómo ciertos enzimas proteolíticos de estos gérmenes
pueden atacar —una vez agregados al progén celular— a las estructuras
proteicas propias de las células neoplásicas, disminuyendo la proporción de
albúmina y aumentando por degradación de éstas la cantidad de proteínas
solubles.
Otra circunstancia en la que se está en completo acuerdo es el alto poder
glucolítico de los tumores, habiendo sido observado por Fulcè en 1910 y
Saiki en 1911, mientras que Warburg, Nagelin y Possener en 1927 obser-
varon que en el suero Ringer y en el sanguíneo todas las células prolife-
rantes poseían la propiedad de desdoblar la dextrosa en ácido láctico.
En condiciones normales la respiración dispone de este producto por
oxidación, pero en los tumores es demasiado pobre, y el ácido láctico se
acumula, resultando que el elevado contenido en ácido láctico de las neo-
plasias es en gran manera el resultado de una falta de oxidación.
Estableciendo el paralelismo, citaremos una observación en Vandebelde,
en 1884, que comprobó que privando en parte de oxígeno a un cultivo de
bacilus subtilis y efectuando después un examen minucioso de un medio de
composición bien definido, donde la bacteria había vegetado un tiempo sufi-
ciente, se encontraba que la glicerina y el azúcar habían sido consumidos y
en su lugar quedaba ácido láctico y trazas de ácidos grasos.
Estas mismas condiciones microaerófilas se producen en el seno del
núcleo celular, donde se ha efectuado la unión de los enzimas vitalizados de
estos gérmenes con el progén, o donde funciona un gen completo de ellos,
pues sabemos por bioquímica que el núcleo está desprovisto de los enzimas
de la oxidación celular y, por consiguiente, que en él no hay respiración y que
cuando la glucolisis se produce en condiciones anaerobias, el DNP reducido
que se produce en el paso de fosfogliceraldehído a fosfoglicérico no se oxida
a través de la cadena respiratoria y en su lugar actúa sobre el ácido pirúvico
reduciéndolo a láctico.
— 142 —

Esta reacción viene catalizada por la lacticodeshidrogenasa, y es una


reacción que se produce en los tejidos cuando no hay suficiente aflujo de
oxígeno.
Vemos, por tanto, que si los enzimas intensamente glucolíticos de los
gérmenes del grupo Subtilis funcionan agregados al progén cancerígeno, el
cual a su vez funciona en el seno del núcleo en ambiente anaerobio, la célula
cancerosa condicionada a la bioquímica de estos enzimas extraños, ha de
tener una glucolisis intensa con gran producción de ácido láctico como pro-
ducto final.
Pero aún llega este paralelismo más lejos, pues sabemos que las albú-
minas normales están formadas por aminoácidos levogiros.
Sin embargo, Beard, en 1911, indicaba que las albúminas del tejido can-
ceroso estaban formadas por aminoácidos dextrógiros.
Posteriormente, Kogl ha descrito también el carácter dextrógiro de las
proteínas cancerosas, pues al parecer no tenía conocimiento de las obser-
vaciones de Beard.
En España ha sido estudiada esta cuestión detenidamente por Obdulio
Fernández.
Pues bien, miremos hacia la otra paralela:
Los dextroaminoácidos se encuentran muy raras veces en los productos
naturales, pero entre estos pocos casos raros, y quizá únicos, podemos citar
los siguientes:
El ácido D-glutámico se encuentra en la cápsula del bacilus anthracis y
otros análogos a él. Es decir, que es sintetizado por bacilos aerobios espo-
rulados.
La dextroprolina aparece en la hidrólisis de la ergotinina, que es elaborada
por el hongo microscópico claviceps purpúrea.
La dextroleucina, dextrovalina y dextrofenilalanina se encuentran en la
gramicidina, decapéptido antibiótico sintetizado por estirpes de bacilos espo-
rulados aerobios del suelo, el bacilus brevis.
La dextrofenilalanina, dextroornitina, D-aspártico y D-glutámico en la
bacitracina A, de diversas cepas de bacilus licheniformis.
¿Necesitan ustedes que se profundice más en esta cuestión?
Háganlo ustedes mismos, pues nosotros nos encontramos tan huérfanos
de medios que prácticamente nos encontramos inmovilizados.
— 143 —

Tomad cultivos de una bacteria de las del grupo de Scheurlen, aislada de


un proceso tumoral, separar el velo, hidrolizarlo y determinar la presencia de
tales aminoácidos dextrógiros.
Si no existen, ya tenéis una base para entablar una refutación a nuestros
argumentos, pero si existen habréis ayudado a la Humanidad, coadyuvando
con nosotros a que seamos oídos.
Hemos visto en las líneas que anteceden cómo la bioquímica enzimática
de los gérmenes del grupo Subtilis, y también de las demás bacterias y hon-
gos «donantes de enzimas» a la célula cancerosa, es igual a la bioquímica
de las neoplasias malignas.
Si a estos razonamientos unimos las observaciones de Scheurlen, Freire y
las nuestras y establecemos relación de causa a efecto con los resultados
clínicos obtenidos con el empleo de vacunas antienzimáticas elaboradas con
gérmenes de este grupo —a pesar de haber sido elaboradas con técnicas
elementales por no haber dispuesto de los aparatos necesarios para su ela-
boración correcta— hemos de llegar a la conclusión de que la mecánica de la
cancerización y todas las circunstancias que la rodean, estudiadas detenida-
mente en toda su extensión y profundidad en estos dieciséis trabajos publi-
cados, nos permiten concluir que hemos llegado al final.
En consecuencia, delegamos la mecánica de preparación de vacunas
anticancerosas a cualquier laboratorio que disponga de medios para ello,
pues cedemos a la comunidad humana en esta especie de testamento
nuestras técnicas e ideas que nadie podrá utilizar en beneficio propio. Para
ello damos las técnicas necesarias.

TECNICA DE PREPARACION DE VACUNAS ANTICANCEROSAS


Durante un corto período, y con el fin de confirmar clínicamente lo que las
conclusiones experimentales nos iban demostrando, preparamos una vacuna
anticancerosa con las distintas cepas microbianas que íbamos aislando.
Durante cerca de un año tratamos indirectamente a través de médicos a
unas ochenta personas, las cuales se hallaban en su mayoría en estado
avanzadísimo.
Las conclusiones fueron:
1 .a Que los tipos de vacunas preparadas con levaduras, diplococos y
diversos tipos de hongos aislados con toda garantía de sangre de enfermos
no producían mejorías de ninguna clase, y que en muy pocos casos aumen-
— 144—

taban las reacciones dolorosas en los focos tumorales. En otros individuos


disminuía visiblemente el dolor.
2.a Que las vacunas preparadas con las fracciones enzimáticas de bacilos
aerobios esporulados, y en menor proporción las preparadas con fracciones
enzimáticas de streptomyces, suprimían casi totalmente el dolor hasta el
punto de que se les podía suprimir completamente la administración de opiá-
ceos y morfina a que estaban sometidos.
Que con este tipo de vacunas obtuvimos altas en diecisiete individuos
graves y mejorías espectaculares en otro gran número de casos.
Que las altas producidas con este tipo de vacunas fueron un 20 por 100, y
que todas las altas se encuentran en perfecto estado dos años después.
Que poseemos la documentación médica que demuestra esos extremos.
También llegamos a la demostración de que así como en algunos casos la
vacuna actuaba magníficamente en las primeras dosis, dejaba, sin embargo,
de hacer efecto más adelante.
Esta circunstancia se debía a que se envasaba en frascos de unas veinte
dosis, y el frasco iba completamente lleno, pero conforme se le aplicaban las
dosis se iba quedando el frasco más vacío y con mayor cámara de aire.
De esta circunstancia sacamos la conclusión de que los enzimas al oxi-
darse perdían especificidad y que había que preparar las vacunas en am-
biente microaerófilo y envasarlas fuera del contacto del aire, así como que se
debían envasar en ampollas llenas para una sola dosis.
Estos extremos pueden ser comprobados por los distintos laboratorios que
empiecen a prepararla, y tenemos la seguridad de que elaborada correcta-
mente, cosa que nosotros no hemos podido hacer, se llegará a un alto
porcentaje de curaciones.

AISLAMIENTO DE CEPAS
Se procede a un aislamiento sistemático de toda clase de gérmenes exis-
tentes en la sangre de cancerosos y en tumores malignos, separados por
ablación quirúrgica.
Hay que tener en cuenta que los agentes a aislar pueden haber desapare-
cido del individuo después de ceder los enzimas cancerígenos, y que, por
tanto, existen muchos casos en que el aislamiento es negativo.
Teniendo en cuenta estas circunstancias se siembra sangre o trozos de
tumor en dos tipos distintos de medios de aislamiento:
— 145 —

Medio líquido, compuesto por caldo ordinario adicionado de sacarosa y


una pastilla de multibionta mineral «Merck» por litro. Por cada nuevo mililitro
de este medio se adiciona 1 ml de sangre desfibrinada del enfermo que sirve
para efectuar la siembra, y a la vez para aportar al medio factores termolá-
biles, pues este medio se esteriliza al autoclave.
Medio sólido, compuesto por carne finamente picada, una parte; pan
rallado o puré de patatas, dos partes. Se mezcla bien y se agrega medio
líquido de igual composición que el anterior hasta hacer una pasta muy
fluida.
Se pone en matracitos Erlemmeyer y se esteriliza al autoclave, con lo que
se solidifica el medio. Se pone en cada matraz como un centímetro de altura
de este medio.
Para sembrar se riega la sangre por toda la superficie del medio, a razón
de unos 2 ml por decímetro cuadrado.
Se llevan ambos medios a la estufa a 37°, donde se les sostiene, no
dándolos como negativos hasta los veinte días aproximadamente.
El cuello del matraz por fuera y el capuchón por dentro se pueden pincelar
con tintura de yodo para evitar que penetren micelios de hongos del medio
ambiente pegados al cristal.
En caso de que en la sangre del enfermo existan esporos de bacilos aero-
bios esporulados, el cultivo será positivo de los dos días a la semana y no
hay que explicar sus características porque son las mismas aproximada-
mente que figuran en la descripción dada por Scheurlen —también aparecen
streptomyces con bastante menos frecuencia en forma de colonias de con-
sistencia apretada, difícil de disgregar—. En los medios sólidos en los que se
ha bañado de sangre la superficie de ellos, aparecen de los ocho a diez días
numerosas colonias que, al crecer, confluyen formando una especie de cés-
ped, y como la aparición de las colonias aisladas es simultánea, demuestra
que en la sangre sembrada se encontraban en gran número, porque cada
elemento vital da lugar a una colonia, lo que elimina a la vez la sospecha de
que se trate de una contaminación.
Estos streptomyces mutan espontáneamente a nocardias y a bacilos ae-
robios esporulados y estas circunstancias fueron explicadas en los primeros
trabajos.
De bacilos del tipo de Scheurlen hay formas variadas, pues unos son
largos e inmóviles, otros largos y con movimiento de avance oscilatorio
cuando las cadenas están sueltas, siendo frecuentísimo que se encuentren
— 146 —

de dos en dos bacilos, sin separar.


De sangre de leucémicos hemos aislado una característica pseudoleva-
dura gemante y de superficie muy brillante en las cuatro veces que hemos
tenido ocasión de sembrar sangre de estos casos.
Aparte de éstos, que son los característicos, hemos aislado numerosos
hongos no frecuentes en el medio ambiente, así como levaduras diversas; y
decimos que no son frecuentes porque conocemos todos los hongos ambien-
tales de nuestro laboratorio, ya que numerosas veces hemos dejado placas
petri con estos medios abiertas, y hemos estudiado todos los tipos de ellos.
Una vez conseguida una colección de estos «agentes donantes de enzi-
mas cancerígenos» e incluso una estadística de frecuencia de presentación y
estudio de los distintos tipos, ya tenemos el material de partida para preparar
la vacuna.
Como los gérmenes esporulados aerobios son abundantes en el medio
ambiente y resisten la ebullición del agua, no tendrán valor las extracciones
de sangre efectuadas con jeringas simplemente hervidas, sino que deberán
ser esterilizadas perfectamente al autoclave.
Para hacer un lote de vacuna convendrá reducirse en un principio, y
mientras no haya una experiencia más amplia, a operar con los bacilos espo-
rulados aerobios de las distintas cepas aisladas, así como los streptomyces,
nocardias y pseudolevaduras brillantes y gemantes, sin ninguna estructura
visible, por ser los únicos que dan vacunas de cierto poder antigénico y no
producen reacciones de hipersensibilidad dolorosa.
Conviene tener —para partir de ellos al sembrar los frascos con los que se
ha de preparar la vacuna comercial— cepas de estos gérmenes adaptados a
condiciones microaerófilas, lo cual puede hacerse en tubos grandes de
bacteriología llenos en sus tres cuartas partes con el medio sólido descrito
anteriormente y tapados con un tapón macizo de goma.
Sólo resta sembrar los matraces necesarios con distintas cepas de los
gérmenes aislados con toda clase de garantía.
Estos matraces se llenan con el medio sólido, pero procurando que quede
semifluído por adición de mayor cantidad de medio líquido.
Este medio semifluído es preferible esterilizarlo por tyndalización, y agre-
garle previamente un 5 por 100 de hemoglobina, o un 10 por 100 de sangre
fresca.
— 147 —

Después de efectuada la inoculación, preferentemente a partir de cultivos


microaerófilos, se pone al matraz un tapón de goma esterilizado y se agita
para que se reparta el inóculo por toda la masa y se lleva a la estufa a 37°.
Cada día debe agitarse para que el cultivo se vaya efectuando por toda la
masa, y gran parte de él cultive en condiciones anaerobias.
Se sostendrán los matraces de veinte días a dos meses, según el tipo de
gérmenes de que se trate, o cuando se vea una clara hidrólisis de los mate-
riales del medio semifluído.
Se agrega después agua hervida y enfriada, a uno o dos grados, para
fluidificar y poder filtrar por papel. El agua debe hervirse para expulsar el
oxígeno que lleve disuelto y se debe utilizar fría porque así se arrastra prefe-
rentemente la proteína enzimática.
Al filtrado por papel, que debe hacerse rápidamente, o en atmósfera
inerte, se agrega una pequeña cantidad de bisulfito como antioxidante.
Se vuelve a filtrar por placa esterilizante, se reparte en viales o en am-
pollas de una dosis, se congela y se liofiliza, debiendo quedar con un vacío
absoluto.
Si no se dispone de liofilizador se envasa en ampollas de una dosis, casi
completamente llenas.
El tratamiento se empieza por dosis relativamente pequeñas y se va
aumentando paulatinamente hasta que produzca un poco de reacción febril,
en cuyo momento se estabiliza la dosis.
Se emplea preferentemente la vía subcutánea y se sostiene el tratamiento
el tiempo necesario.
El mecanismo de acción de la vacunación consiste en que, como entre
todos los enzimas de estos agentes recogidos en el cultivo van necesaria-
mente los que se han agregado al progén, al establecerse cierta inmunidad
contra la proteína enzimática extraña, ésta es eliminada por el organismo
cesando la acción cancerígena.

CRITICA DEL TRATAMIENTO ANTICANCEROSO POR «LISADO DE


CORAZON DE VACUNO»
Es curioso que todo esto que hemos ido resolviendo, llegando a explicar la
mecánica de la cancerización en sus menores detalles, haya sido quizá
resuelto por el farmacéutico uruguayo Federico Díaz.
Después de terminado este trabajo, ha llegado a nuestras manos un
periódico madrileño que refiere que este investigador había adquirido unos
— 148 —

perros jóvenes que enfermaron, y la casa vendedora le aconsejó que les


diese corazones de vacuno en lugar terrizo.
Los perros enterraban algunos de estos corazones y, pasado cierto
tiempo, se los comían.
La prensa no especifica qué clase de dolencia tenían, pero suponemos
que dicho investigador debió sacar la conclusión de que los perros actuaban
instintivamente para proporcionarse una medicación para su dolencia, y de
esta observación partió para ulteriores trabajos.
Si analizamos este hecho llegaremos a la conclusión de que la base de
trabajo fué mal establecida, pues los perros sólo entierran los alimentos
cuando están saciados, con la finalidad de disponer de ellos cuando tienen
hambre y, sobre todo, cuando hay más perros y temen que se los puedan
quitar, ocurriendo el hecho curioso de que después casi nunca se acuerdan
de dónde lo enterraron.
Sabemos que los animales jóvenes, sobre todo los criados en suelo de
cemento y solerías, sufren frecuentes enfermedades carenciales, y en los
cerditos o lechones mamones es muy frecuente verlo, cuando la cría se
efectúa en criaderas de cemento.
La mayor parte de estas carencias se evitan criándolos a campo libre o en
criaderas terrizas, o echándoles tierra en las criaderas de cemento, porque
de ellas toman los cerditos los oligoelementos que producían su carencia.
Si a los perritos se les da alimento proteico crudo, que lleva además san-
gre correctora de anemias ferropénicas —caso del corazón vacuno— y éstos
lo arrastran por el suelo ingiriendo después alguna tierra, tenemos motivos
suficientes para creer que con sólo estos factores curasen los perros.
Pero esté o no bien establecida la premisa de trabajo, se puso a investigar
este hecho, colocando trozos de corazón de vacuno sobre la tierra, y des-
pués a distintos niveles de profundidad. Los dejó allí algunos días y después
los desenterró para analizar las posibles modificaciones químicas que se
habían producido.
La primera comprobación de este investigador fué que a niveles diferentes
el desdoblamiento de las sustancias proteicas era distinto también.
En una segunda etapa determinó la flora del suelo a distintas profundi-
dades, efectuando cultivos y obteniendo muestras.
De esta manera observó que determinados niveles de profundidad acele-
raban o frenaban el desarrollo de los cultivos, averiguando la relación entre
los niveles de profundidad y las modificaciones de los microorganismos, para
— 149 —

lo que extrajo con rudimentarios aparatos muestras de gases de distintas


profundidades.
Los analizó y comenzó a efectuar el proceso del factor determinante de
las modificaciones. A este proceso lo llamó «lisado», y en este caso parti-
cular «lisado de corazón de vacuno».
Hasta ahora, dirán ustedes que en qué se parece todo esto a lo que
nosotros hemos explicado, y vamos a demostrarle que es sólo una forma
empírica de desarrollar lo que ordenadamente a través del tiempo hemos
venido demostrando y explicando.
Vamos a explicar los factores comunes a los dos procedimientos.
En la tierra nos encontramos abundantemente el bacilo del heno, de la
patata y numerosos más del grupo de los bacilos aerobios esporulados,
generalmente vinculados al desdoblamiento de los polisacáridos: celulosa y
almidón, así como numerosos hongos, streptomyces, etcétera, que, junto con
otros totalmente autótrofos, constituyen la flora microbiana normal del suelo,
pero que precisamente son también la flora «donante de enzimas y genes
cancerígenos».
Si se entierra un trozo de carne a cierta profundidad ya tenemos un
ambiente microaerófilo o anaerobio parecido al del interior de los núcleos
celulares, y en estas circunstancias, como en el caso citado de Vandevelde,
los gérmenes aerobios producen ácido láctico de los azúcares, y una proteo-
lisis anaerobia, teniendo necesidad para ello de hacer mutar su acción
enzimática aerobia normal, en cierto sentido anaerobio para adaptarse al
ambiente subterráneo.
La carne les sirve de medio de cultivo, y en el seno del trozo de corazón
—o de cualquiera— quedan los enzimas de estos gérmenes que se han
adaptado a vivir en las mismas condiciones que esos enzimas poseen
cuando funcionan agregados a los progenes o genes cancerígenos en los
núcleos celulares.
Si ahora hacemos un extracto de esa carne en estado de lisis, en ese
extracto van los enzimas cancerígenos liberados por la «flora donante de
enzimas y genes cancerígenos» para llevar a cabo en el trozo de carne sus
proteolisis y glucolisis anaerobias, y si tenemos procedimientos para sepa-
rarlos purificados, mejor que mejor.
Existe una diferencia fundamental entre el procedimiento del farmacéutico
uruguayo y el nuestro, y es que el nuestro es perfectamente correcto en or-
den a especificidad y ha sido establecido como consecuencia de un perfecto
— 150 —

conocimiento de las causas de la cancerización, mientras que el del farma-


céutico uruguayo partió de una observación empírica mal establecida, y en la
elaboración de su vacuna, o droga, como él llama, interviene una flora com-
petitiva no útil que disminuye la especificidad.
Esta es nuestra opinión con relación a lo que hemos leído en la prensa, y
felicitamos a dicho investigador por haber llegado —de esto no tenemos una
seguridad absoluta, a menos que las cosas hayan ocurrido como creemos—
a un resultado parecido, por un camino completamente distinto.
Ahora bien, si lo que él llama droga no actúa por acción vacunante —por
no ser un extracto de los enzimas dejados en el corazón de vacuno por la
flora del suelo— pronosticamos otro triste fracaso, porque ya vimos en los
trabajos anteriores que nunca se encontrará una droga o medicamento de
ningún tipo que actúe selectivamente sobre virus o genes extraños agre-
gados a equipos cromosómicos, y no actúe selectivamente sobre los genes
celulares propios del individuo tratado con dicha droga o medicamento.
¿Existe un medicamento que ataque a los virus de la polio, de la rabia, de
la viruela, de la peste porcina, etc., etc., y no sea letal para las células que
los albergan?
No; no existe ni existirá, como tampoco existen posibilidades de tratar un
proceso canceroso por quimioterapia.

BIBLIOGRAFIA

SCHEURLEN: Ueber die actiologie des Carcinoms, «Sitzung des Verins für
innere med in Berlín den 28 November 1887», et «Deutch med Wo--
schenschr., 1887», núm. 48, pág. 1033.
DOMINGOS FREIRE: Soc. de Med. Int. de Berlín, 1887.
WYSSOKOWITSCH: Ueber die Schiksale der in's Blute injirciten Microor-
ganismen, «Zietachr für Hygiene», I, pág. 3, 1886.
WOLFF: Z. K., 3,95, 1905.
PETRY: Hofmeister's Beitr, 2,94, 1902.
BEEBE: Am. J. Fisiol., 13, 341, 1905.
WARBURG: J. Can. Ros., 9, 143, 1925.
VANDEVELDE: Studien zur Chemic des Bacilus Subtilis, «Zeitschr für
fisiol. Chemie», VIII, 1939.
— 151 —

Los nuevos rumbos en cancerología


(20 de febrero de 1961)

LOS CUATRO FACTORES NECESARIOS PARA LA CANCERIZACION


Hemos visto anteriormente que en los siguientes casos: a) en la formación
espontánea de virus; b) en la aparición de bacterias con antígenos Vi, debido
a la recuperación por estirpes avirulentas de «enzimas vitalizados» pertene-
cientes anteriormente a estirpes virulentas, pero procedentes ahora de la
dispersión de los «enzimas vitalizados» de un virus, y c) en la aceptación de
«enzimas vitalizados», o genes de agentes microbianos por una célula somá-
tica humana o animal, existe un juego de transferencias, inducidas por una
aparición de inmunidad.
Esta inmunidad se produce: a) Contra bacterias cuyos genes, al disper-
sarse en «enzimas vitalizados», pueden reconstruir por acoplamiento de
ellos un virus de composición distinta a los diversos genes de las bacterias
que han colaborado a formarlo, y que denuncia su aparición si es patógeno.
Este es el caso de reunión de cerdos de distintas procedencias, en que cada
lote aporta diferente inducción inmunitaria, estableciéndose un juego de ellas
e intercambio de enzimas bacterianos, que lleva consigo la formación del
virus de la peste del cerdo en zonas donde esta enfermedad es enzoótica,
que es donde se encuentran todas las bacterias necesarias para formarlo.
(Esto es posible demostrarlo experimentalmente.) b) Contra un virus que al
ser atacado por aparecer inmunidad contra él, dispersa sus « enzimas vitali-
zados», que no pueden volver a reagruparse, porque serían destruídos, y se
refugian en las bacterias de que procedían, si las encuentran, denunciándose
este hecho cuando una bacteria avirulenta recupera su antígeno Vi, porque
reaparece su virulencia.
Este es el caso de la aparición de salmonelosis porcina, coincidiendo con
el establecimiento de una potente inmunidad antipestosa. (Esto también se
puede demostrar experimentalmente.) c) Contra gérmenes «donantes de
enzimas cancerígenos» a las células vegetativas de los seres humanos prin-
cipalmente —ya veremos después por qué—, que al ser inducidos inmunita-
riamente llevan a efecto la cesión.
— 152 —

Nos interesa aquí analizar con detalle solamente el aspecto cancerológico


de la cuestión, y vamos a estudiar también detenidamente en qué consisten
los trastornos bioquímicos, fisiológicos y clínicos del canceroso.
Los microorganismos «donantes de enzimas cancerígenos» a la célula
somática de un ser superior se encuentran en un gran porcentaje de indi-
viduos sanos, incluso en su sangre y tejidos, ya que al ser la mayoría de
ellos esporulados, resisten a la ebullición de la mayoría de nuestros alimen-
tos, y en un guiso de patatas, por ejemplo, ingerimos gran cantidad de ellos.
Si pasan al interior de nuestros tejidos —y muchos de ellos lo hacen—,
permanecen en forma inactiva y esporular, y ni atacan ni son atacados; pero
en el transcurso del tiempo pueden crearse defensas contra ellos, y entonces
son inducidos, y dispersan sus «enzimas vitalizados» y sus genes.
Por esto no se aislan muchas veces de cancerosos, debido a que éstos
aparecen enfermos después de haberse creado defensas contra ellos, lo que
conduce a su eliminación y destrucción, no sin antes haberse efectuado la
consiguiente transferencia de genes de la bacteria a una célula polarizada
del enfermo.
En la inmensa mayoría de los casos esta polarización de la célula del
individuo es un factor obligado de la cancerización, y es el decisivo para que
el gen de la bacteria lisada, polarizado a su vez como consecuencia de la
dispersión del equipo génico, se copule con ella.
De todo lo explicado hasta ahora vemos que para que aparezca el cáncer
son necesarias tres condiciones; pero aún existe una cuarta, que quedará en
evidencia en lo que resta de este trabajo:
1) Polarización de una célula somática de un ser superior por lesión en su
equipo génico.
2) Presencia próxima de gérmenes que puedan transferirle genes o «en-
zimas vitalizados».
3) Que estos gérmenes se sientan obligados a dispersar sus genes o
enzimas por inducción inmunitaria; y
4) Ausencia en el individuo o, por lo menos, precariedad, de dextro-
amino-oxidasas.
Si no hay inducción inmunitaria, no hay emisión por parte de la bacteria de
«enzimas vitalizados» ni genes polarizados, y si la hay, pero no existe nin-
guna célula polarizada en el individuo, no hay cancerización.
— 153 —

Pero además, como veremos más adelante, aunque haya células pola-
rizadas y enzimas y genes microbianos polarizados, tampoco hay canceri-
zación si en el individuo en el que ocurre el fenómeno dispone de bastantes
dextro-amino-oxidasas.
Por ser difícil que concurran estas cuatro circunstancias con carácter des-
favorable en un mismo individuo, el cáncer no adquiere —afortunadamente—
mayor casuística.
Cada individuo crea el suyo haciendo concurrir estas cuatro condiciones, y
son factores tan intrínsecamente específicos de cada canceroso, que existen
muy pocas posibilidades de transmisión en el cáncer, ya que son muchos los
gérmenes a producirlo y existir, por tanto, muchos tipos de inducción.
Ahora bien, si uno de los factores se produce masivamente en una pobla-
ción humana —caso de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki, en que la
radiación física ha determinado la aparición en casi todos los habitantes de
células somáticas lesionadas en sus equipos cromosómicos, con la consi-
guiente aparición de polaridad en ellas—, entonces la aparición de neopla-
sias se desplaza en el sentido de aumento de procesos neoplásicos.
El tabaco, el humo de los autobuses y otras causas tan traídas y llevadas,
sólo desplazan por acción química la estadística de los tumores a su favor,
porque influyen también sobre uno de los factores: la lesión química del
equipo cromosómico de las células del lugar donde actúan: labio y laringe del
fumador y pulmón del que respira humo del escape de los autobuses. Ahora
hace falta que concurran también negativamente para la salud del presunto
enfermo los otros tres factores para que el cáncer aparezca.
Es más: una vez producido el acoplamiento de «enzimas vitalizados», o
genes de gérmenes a la célula, hace falta un período más o menos largo de
latencia, hasta que los enzimas o genes de los gérmenes aerobios acoplados
se adapten al ambiente anaerobio del núcleo.

ACCION DEL CANCER SOBRE LA BIOQUIMICA Y LA FISIOLOGIA DEL


CANCEROSO.
Ewing manifiesta que «nuestros conocimientos actuales, logrados merced
a un cuidadoso estudio clínico, a la observación necrópsica y a la investiga-
ción química, parecen confirmar la opinión de que no existe una toxina pecu-
liar secretada por las células neoplásicas que conduzcan a la caquexia».
— 154 —

Esta opinión, de momento, no requiere revisión alguna, a la luz de los


diversos análisis químicos del tejido canceroso (Petry, Wolft, Shaffer), puesto
que no ha sido demostrada la existencia de ninguna nueva sustancia tóxica
ni anormal en el tejido canceroso, aunque puedan acontecer variaciones
cuantitativas en sus productos de desintegración (Warburg).
Con arreglo a esto vamos a explicar ahora qué serie de fenómenos bioquí-
micos y fisiológicos conducen al canceroso a la caquexia y a la muerte.
En la degradación de glúcidos y lípidos y su combustión a anhídrido
carbónico, la energía libre de estos compuestos se pierde en parte como
calor, pero en parte se retiene en forma de compuestos ricos en energía,
principalmente como ATP.
Existen dos tipos de fosforilación energética: la fosforilación sustractiva, en
la cual a la vez que se deshidrogena el sustrato aparece un enlace energé-
tico; y la fosforilación oxidativa, realizada durante el transcurso de la oxida-
ción por la cadena respiratoria.
Ambos tipos de fosforilación se complementan, sabiéndose que el máximo
de producción de moléculas de ATP es de tres moléculas por O 2 consumido,
y que se forman en la serie de procesos que tienen lugar al pasar el TPN
reducido a TPN oxidado.
En el paso del TPN a citocromo «c» se forman una o más moléculas de
ATP, y en el paso del citocromo «c» a O2 se forma otra molécula más.
La forma de engarzarse el sustrato con los diferentes coenzimas se supo-
ne que se hace con la intervención de un tercer elemento, o «intermediario»,
de la forma siguiente:
AH2 + B + C → BH2 + A ~ C
Donde AH2 es el sustrato reducido, B el coenzima y C el tercer elemento,
o «intermediario».
Este sustrato oxidado no queda libre (A), sino que, en realidad, da un
compuesto con un enlace rico en energía al unirse con el «intermediario»:
El compuesto A ~ C, en presencia de un fosfato inorgánico, da
A ~ C + P → A + C ~ P, y este compuesto C ~ P transfiere en el fósforo
energético el ADP.
C ~ P + ADP → C + ATP .
Quedando de nuevo el tercer elemento, o «intermediario» (C), en dispo-
sición de entrar de nuevo en la oxidación de otro sustrato.
— 155 —

De esta manera el organismo almacena energía disponible para innú-


meras tareas metabólicas, utilizándolas cuando es necesario.
Pero existen sustancias —metadinitrofenil, arsenitos, antibióticos como la
bacitracina, etc.— que actúan competitivamente en el «intermediario» (C) en
este proceso, y si su concentración en el medio es mayor que la de (C) son
capaces de sustituirlo en sus funciones según la ecuación siguiente:

OH OH
A~
AH2 + B + C + NO2 → BH2 + C + NO2
NO2 NO2

De este modo (C) queda imposibilitado para ejercer su función interme-


diaria, y en consecuencia el ATP no llega a formarse.
A su vez, como el compuesto energético A dinitrofenol es muy lábil, se
hidroliza fácilmente en sus dos componentes, librándose la energía almace-
nada en forma de calor, que se pierde.
El organismo entonces tiende a respirar más, para compensar la forma-
ción de moléculas de ATP, gastándose rápidamente las reservas del sus-
trato.
De una manera análoga se puede explicar la acción de la tiroxina en el
metabolismo humano, por tener éste una constitución parecida al dinitrofenol,
pues en los individuos hipertiroideos el exceso de tiroxina producida por el
tiroides motiva la rápida consumición de las reservas alimenticias.
Que este proceso es el que ocurre en el cáncer, incrementándose el fenó-
meno conforme evoluciona el tumor, vamos a demostrarlo.
Hemos dicho que entre las sustancias que actúan competitivamente con el
«intermediario» (C) están los antibióticos peptídicos, como la bacitracina, y
en el trabajo anterior vimos que la bacitracina es una cadena polipeptídica
que contiene los aminoácidos dextrofenilalnina, dextroornitina, dextroaspár-
tico y dextroglutámico.
Podemos afirmar que es debido a la presencia de estos isómeros ópticos
de los aminoácidos normales en la molécula bacitracina a lo que se debe su
acción competitiva con el «intermediario» (C), pues ninguna cadena polipep-
tídica compuesta por aminoácidos levo solamente establece interferencia
con (C).
— 156 —

Sabemos que ninguna célula humana ni animal tiene aminoácidos dextró-


giros entre sus proteínas, y se puede afirmar que un aminoácido dextro no
puede ser sintetizado por ninguna célula sin que ésta disponga de un enzima
específico que catalice su síntesis.
Tampoco pueden entrar como consecuencia de la demolición digestiva de
los prótidos alimenticios, pues ningún alimento los posee.
Pero la célula cancerosa los posee —esto está demostrado—, y si existen
en ella es porque poseen enzimas capaces de sintetizarlos.
Pero como en la Naturaleza sólo poseen estos enfermos los gérmenes
denunciados por nosotros como «donantes de enzimas cancerígenos», hay
que concluir necesariamente que sólo de estos gérmenes, al transferirle sus
enzimas elaboradores de aminoácidos dextrógiros, pueden haber tomado las
células cancerosas los enzimas con los que catalizan la «fabricación» de los
suyos estas células cancerosas. Con lo que el teorema del cáncer queda
demostrado de acuerdo con todas nuestras predicciones y trabajos experi-
mentales.
Pues si bien la bacitracina actúa competitivamente con el «intermediario»
(C) debido a los aminoácidos dextrógiros de su cadena peptídica, no es
menos cierto que las proteínas dextrógiras de la célula cancerosa pueden
actuar de la misma manera.
Esto acarrea como consecuencia que casi toda la energía de los com-
puestos fosforilados —como el ATP— sea interceptada por la masa tumoral,
con lo que dispone de una enorme energía acumulada, mientras que el
individuo se va caquectizando debido a que no la puede acumular para sus
tareas metabólicas y se encuentra obligado a quemar el sustrato, sin posibili-
dades de retener energía.
El canceroso se transforma fisiológicamente —valga el símil— en un
hipertiroideo en sumo grado, y la masa tumoral funciona como una nefasta
glándula endocrina en aumento, que mientras más crece menos reservas
energéticas deja al individuo.
Vemos, pues, cómo a la célula cancerosa no le es preciso elaborar nin-
guna sustancia tóxica para determinar la caquexia y conducir a la muerte.
Pero aún vamos a referir más circunstancias para llegar exhaustivamente
a agotar el tema del cáncer.
Entre los procedimientos con que cuenta el organismo para el catabolismo
de los aminoácidos está la desaminación oxidativa, por la cual los tejidos
— 157 —

pueden desaminar los aminoácidos, transformándolos en ácidos cetónicos


en presencia de enzimas específicos y O2, según la reacción:
1/2 O2
R — CH — COOH ———R — CO — COOH + NH3
NH2
Los enzimas que catalizan esta reacción son las levo-amino-oxidasas y
las dextro-amino-oxidasas.
El papel de estas últimas en el metabolismo no se lo explica la Bioquí-
mica, pues los aminoácidos naturales son, en general, de la serie levo.
Nosotros vamos a explicar la misión de estas dextro-amino-oxidasas.
Hemos dicho que el hombre ingiere esporos con el alimento, puesto que
resisten la ebullición; pero antes de inventar el fuego y de adoptar medidas
higiénicas sanitarias ingería muchos más, y para protegerse del paso cons-
tante de estos esporos a su través —aunque este paso se efectúe de una
forma inactiva— tenía que estar dotado de muchas dextro-amino-oxidasas
para desintegrar por desaminación las proteínas dextrógiras de estos
gérmenes.
Esta es la única justificación viable de la presencia en el organismo de las
dextro-amino-oxidasas, y entonces estaremos mucho menos protegidos
contra el cáncer.
Es muy posible que por eso sea la enfermedad de la civilización, y sería
curioso estudiar el incremento de casos de cáncer en relación con el
aumento de usuarios de ollas exprés.
Es posible que la inmunidad contra el cáncer radique en que algunos
individuos disponen de una buena reserva de dextro-aminooxidasas, que al
desaminar las proteínas de los agentes cancerígenos eliminen el peligro de
la copulación de sus enzimas con sus células somáticas.
Estas afirmaciones no se hacen a título gratuito, pues el carnero tiene una
dextro-amino-oxidasa en el riñón, que ha sido bien estudiada, y se encuentra
en él en bastante cantidad, tratándose de una flavoproteína con FDA.
Es poco específica y desamina todos los aminoácidos de la serie dextro,
menos el ácido dextro-glutámico, siendo inactiva para los aminoácidos de la
serie levo.
Pero que el carnero tenga muchas dextro-amino-oxidasas está explicado,
porque es el animal que arranca la hierba más de raíz y come donde los
demás animales se mueren de hambre, rascando materialmente el suelo con
— 158 —

la boca para prender una brizna de hierba, e ingiriendo a la par fragmentos


de polvo y tierra cargados de esporos de gérmenes aerobios esporulados.
Tanto es así, que para afirmar que un terreno está yermo se acostumbra a
decir: «Ahí no comen ni las ovejas.»
Es natural que posean un mecanismo para inactivar los esporos de los
gérmenes que pueden pasar a su interior en gran cantidad, máxime cuando
además los utiliza como auxiliares en la digestión, pues en la panza de estos
rumiantes y en el proceso digestivo de los demás estómagos les sirven para
hidrolizar la celulosa, pues estos animales carecen de fermentos digestivos
capaces de hidrolizarla.
En consecuencia, pueden inactivar los enzimas y los genes de este
esporo, si llegan a lisarse por desaminación oxidativa, mediante un fuerte
equipo de dextro-amino-oxidasas.
Y esto es así de tal forma, que si bien todos los gérmenes aerobios espo-
rulados son inofensivos para el carnero, hay uno para el que son muy sensi-
bles y les produce la muerte. Este bacilo aerobio esporulado es el bacilos
anthracis; pero ya hemos visto que está cubierto por una gruesa cápsula de
ácido dextro-glutámico, y que la dextro-amino-oxidasa del carnero desamina
todos los aminoácidos de la serie dextro, menos el ácido dextro-glutámico.
Por eso también el bacilos anthracis es el único capaz de desarrollarse en
los tejidos de los ávidos en forma vegetativa —de los bacilos esporulados, se
entiende—, mientras los demás han de permanecer en forma esporular.
Aunque estos esporos sean inducidos inmunitariamente a desintegrarse y
dispersen sus genes y «enzimas vitalizados», como las proteínas de éstos
son dextrógiras, son destruidas por las dextro-amino-oxidasas antes de que
puedan llegar a copularse con ninguna célula, y por tanto no hay canceri-
zación.
De todas estas circunstancias podemos deducir la acción de nuestra
vacuna anticancerosa —que será explicada con más amplitud en otro trabajo
posterior—, pues al suministrar en inyección parenteral los enzimas de esta
flora cancerígena excitamos la producción de dextro-amino-oxidasas y apa-
rece una inmunidad antienzimática contra el cáncer.
No conseguimos esto inyectando aminoácidos dextrógiros aislados,
porque es precisamente la estructura global de la proteína enzimática cance-
rígena la que, actuando como antígeno, determina la aparición de inmuno-
globulinas gamma defensivas, que la hidrolizan, actuando posterior o conjun-
tamente la dextro-amino-oxidasa para terminar la catabólisis.
— 159 —

La cosa es clara, pues si bien conseguimos inmunidad contra muchos


gérmenes utilizando lisados filtrados de ellos, no la conseguimos con los
productos resultantes de la hidrólisis de las proteínas de esos filtrados.
Es fácil deducir de todas estas circunstancias que habiendo conservado
los animales, por su tipo de alimentación, una dotación de dextro-amino-
oxidasas superior a la del hombre, sea el cáncer clásico, no transmisible, un
nefasto patrimonio de los seres humanos.
Ahora vemos la razón por lo que montamos nuestras investigaciones
sobre personas, en lugar de hacerlo sobre animales, y fué porque, conven-
cidos de que sólo así conseguiríamos algo práctico, afrontamos valiente-
mente todas las responsabilidades que pudieran recaer sobre nosotros, que
sobre el papel no eran pocas, a pesar de actuar con productos inofensivos.
Sólo nos resta ponernos incondicional y desinteresadamente a disposición
de cualquier laboratorio para aclararle cualquier duda que surja en la prepa-
ración de la vacuna anticancerosa, y esperamos en beneficio de todos que la
magnífica preparación de microbiólogos y bioquímicos de todo el mundo
haga una vacuna perfecta, que resuelva definitivamente el hasta ahora
acomplejante problema y libre a todos los humanos del más horrible de los
tributos.
Nosotros trataremos de seguir progresando para poder seguir ayudando a
todos en esta magna empresa.

El mecanismo de la inmunidad antienzimática artificial en el cáncer


(20 de marzo de 1961)

Para llegar a producir una inmunidad antienzimática artificial en el cáncer


hay que examinar, en primer lugar, el material antigénico sobre el que hay
que actuar y determinar después las distintas fases de especificidad por las
que pasa.
El material cancerígeno que hay que inactivar y destruir por acción vacu-
noterápica ha sido ya definido en trabajos anteriores, tratándose, como
vimos, de proteínas enzimáticas procedentes de determinados gérmenes
bacterianos, que son transferidas como consecuencia de la dispersión lítica
de éstos a células polarizadas del individuo huésped.
Pero hay que definir este material teniendo en cuenta su estructura anti-
génica, y para ello hay que apreciar las siguientes circunstancias:
— 160 —

1) Que un enzima es un glóbulo proteico emitido por los genes celulares,


al menos exterior —exoencimas—, o al citoplasma celular —endoencimas—,
con el fin de catalizar las múltiples funciones metabólicas necesarias para la
vida de éstas.
2) Que un «enzima vitalizado» no es un producto de emisión de los genes,
sino el resultado de la dispersión multiplicativa de ellos.
Existen múltiples diferencias entre enzimas normales y «enzimas vitali-
zados», y entre ellas las siguientes:
Los enzimas normales efectúan solamente aciones de tipo catalítico, y
están constituidos fundamentalmente por proteínas.
Los «enzimas vitalizados» tienen capacidad de automultiplicación, y están
constituidos, además de por la proteína enzimática, por cierta cantidad de
DNA, de donde dimana dicha capacidad multiplicativa.
De esta diferencia se desprende otra de tipo inmunológico, pues si bien la
proteína de un enzima normal es igual a la del «enzima vitalizado» que lo e-
laboró, el acoplamiento en este último de dicha proteína al DNA le hace
modificar su condición específica como antígeno, y, por tanto, nunca conse-
guiremos destruir un «enzima vitalizado» por medio de la inmunidad provo-
cada por vacunas preparadas con enzimas normales.
Esto lo vamos a comprender con facilidad con el siguiente ejemplo:
Cuando un tífico consigue inmunidad contra el bacilo de Eberth, los anti-
cuerpos formados actúan contra todos los encimas normales de dicha bac-
teria, así como contra todas sus proteínas estructurales, pero no contra los
«enzimas vitalizados», que, agrupados en colectividad, constituyen los genes
o material germinal de dicha célula bacteriana.
Como consecuencia de esta distinta forma de actuar los anticuerpos, la
célula bacteriana es lisada, mientras los genes de la bacteria quedan libres,
transformándose cada uno en una «unidad vital» autónoma.
Pero así como la inmunidad antibacteriana no determina la destrucción del
equipo génico de la bacteria, la inmunidad antivírica sí determina la lisis de
los «enzimas vitalizados» individualmente y como conjunto, y, por tanto,
actúa contra las «unidades vitales», autónomas.
Esta actuación en dos sentidos totalmente opuestos de las defensas orgá-
nicas hacen posible, por un lado, la aparición de fagos, y por otro, la trans-
misión de «enzimas vitalizados» de fagos, o virus, a células bacterianas en
— 161 —

las que producen mutaciones en su virulencia y en sus características


biológicas y metabólicas.
Como la cancerización de una célula es debida a la transferencia de
«enzimas vitalizados» o genes de un microorganismo a dicha célula, se
desprende que es contra dichos «enzimas vitalizados», o genes, contra los
que hay que actuar, y que, por tanto, la vacuna anticancerosa debe prepa-
rarse contra este tipo de enzimas.
Para ello pueden seguirse dos procedimientos:
1) Lisis de los gérmenes «donantes de enzimas cancerígenos» por ultra-
sonido, para liberar el contenido génico, homogeneización y posterior filtrado.
2) Por acción inmunitaria.
Se inmuniza a un animal con cultivos muertos y después se inyectan estos
mismos cultivos vivos en su peritoneo.
Pasadas unas horas, en el exudado peritoneal quedarán los residuos de la
lisis bacteriana, y, por tanto, los genes libres de la bacteria inoculada.
Si filtramos ahora ese material y lo inactivamos, tendremos otra vacuna
por otro procedimiento, aunque será ineficaz si esos genes se han adaptado
al ambiente aerobio, puesto que la especificidad antígena puede variar según
el «enzima vitalizado» se encuentre libre o esté funcionando en el interior del
núcleo de la bacteria o de la célula cancerosa.
Es decir, según actúe como gene o como virus o fago, o lo que es lo
mismo, según funcione agrupado en colectividad con otras «unidades
vitales» para formar la vida discontinua de la célula, o en forma de «unidades
vitales» autónomas.
Y esta variación antigénica depende de que el «enzima vitalizado» se
encuentre funcionando en ambiente aerobio o anaerobio, quizá porque al
modificarse las tensiones atómicas de sus grupos activos se modifique la
distancia entre ellos.
En efecto, los enzimas son proteínas, y, por tanto, pueden originar anti-
cuerpos cuando se inyectan parenteralmente a un individuo, puesto que se
ha obtenido una serie de antisueros conteniendo anticuerpos específicos
para determinados enzimas, y en muchos casos han sido usados para el
aislamiento específico del enzima de un extracto complejo por precipitación.
Los antisueros se producen en respuesta a un grupo o disposición parti-
cular de la molécula proteica, y son específicos solamente para el enzima
total.
— 162 —

Si el grupo antigénico está lejos del centro activo, el enzima puede ser
precipitado como complejo enzima-anticuerpo, sin pérdida apreciable de
actividad.
Si, por el contrario, el centro activo coincide con el centro antigénico, el
anticuerpo o antienzima actúa como inhibidor competitivo.
La ortodifeniloxidasa mantiene su actividad después de precipitar con el
anticuerpo, mientras que la lecitinasa es totalmente inactivada. Existen
numerosos casos intermedios.
El mecanismo íntimo de la inmunidad es debido a las siguientes circuns-
tancias, como todos sabemos:
Ei organismo recibe habitualmente los prótidos por medio de la alimen-
tación, y por la acción de los enzimas de las vías digestivas son degradados
al estado de aminoácidos, que son los que se absorben y metabolizan.
Pero si un prótido cualquiera —en nuestro caso enzimas— es inyectado
parenteralmente, se encuentra el organismo en una situación de emergencia,
puesto que intraparenteralmente carece de enzimas digestivos.
Entonces ha de crear, en primer lugar, un anticuerpo específico que haga
flocular al glóbulo proteico del enzima, cuyos grupos activos libres le dan
carácter de coloide estable y activo.
Para ello ha de crear anticuerpos o antienzimas —inmunoglobulinas
gamma— con grupos activos colocados a la misma distancia espacial que
tienen los del enzima, pero con actividad física y química contraria a los del
coloide enzimático.
Cuando se unen ambos coloides activos se neutralizan sus cargas respec-
tivas, y entonces el complejo flocula y pierde su estabilidad física y su acción
química y catalítica total o parcialmente.
Entonces el enzima es atacado por las peptidasas y tripsina celulares, y
es simplificado a sus aminoácidos constitutivos, que quedan libres.
Es entonces cuando intervienen las levo y dextro-amino-oxidasas, que los
transforman en ácidos cetónicos en una primera fase catabólica.
Al ser hidrolizado completamente el enzima, queda libre el antienzima o
anticuerpo, que puede bloquear y flocular a un nuevo antígeno enzimático.
De aquí resulta que si las dextro-amino-oxidasas no desaminan los ami-
noácidos dextro de las cadenas proteicas de los enzimas cancerígenos —en
tanto en cuanto permanezcan unidos peptídicamente en cadena—, no
implican defensa directa contra el cáncer; pero son la consecuencia directa
de la existencia de inmunoglobulinas anticancerosas, y, por tanto, de su exis-
— 163 —

tencia podemos deducir indirectamente la existencia de anticuerpos


específicos anticancerosos.
Ahora bien, la adaptación del «enzima vitalizado» cancerígeno al interior
del núcleo de la célula cancerosa debe llevar consigo un reajuste en las dis-
tancias de los grupos activos de su molécula proteica, y entonces no puede
ser floculada ni fijada —factores previos para su inactivación y destrucción
total— por los antienzimas creados por vacunas de enzimas aerobios, ya que
al variar las distancias espaciales de los grupos activos a neutralizar desapa-
rece la especificidad.
La variación de especificidad antigénica entre el enzima normal y el «enzi-
ma vitalizado» es debida a un bloqueo de parte de los grupos activos del
«enzima vitalizado» por el DNA, que aporta a su vez otros grupos activos,
modificando la estructura del enzima normal al transformarse en un complejo
proteína-DNA.
De todo lo dicho hasta ahora se deduce que para que una vacuna antican-
cerosa sea eficaz ha de ser elaborada con «enzimas vitalizados» adaptados
a la vida anaerobia. Si se hace con enzimas normales, se podrá inhibir par-
cialmente la acción competitiva de las proteínas dextrógiras, de los enzimas
emitidos por los «enzimas vitalizados» y genes cancerígenos desde el inte-
rior del núcleo de la célula cancerosa; pero por no actuar directamente contra
los genes y «enzimas vitalizados», el tumor sigue creciendo e invadiendo
como si nada se hubiese hecho.
Es cierto que se influye favorablemente sobre el estado general, y espe-
cialmente sobre el dolor; pero no se consigue modificar el crecimiento del
tumor.
Hemos querido aclarar estos extremos porque en ellos ha de basarse la
elaboración de vacunas anticancerosas.
Queremos hacer otra salvedad: y es que nunca se deben preparar vacu-
nas con gérmenes totales, y menos de tipo preventivo, ya que al producir una
inmunidad antibacteriana creamos una inducción artificial, y si el individuo
posee en sus tejidos los mismos gérmenes contra los que los vacunáis, éstos
se lisan, dejando los genes y «enzimas vitalizados» libres y en condiciones
de poderse transferir a una celula polarizada, dando lugar a su cancerización
y provocando precisamente lo que tratamos de evitar.
La inmunidad que hay que provocar es de signo contrario, o sea, de tipo
génico, vírico o fágico, pues así detenemos y destruimos una posible disper-
— 164 —

sión lítica de la bacteria y con ello evitamos que la transmisión se lleve a


efecto.
Creemos que los conceptos han sido bien comprendidos; pero vamos a
bosquejar un esquema del concepto etiológico que se deriva de todo lo
explicado.
El proceso de la cancerización pasa por las siguientes fases:
Antes de emitir la bacteria el gen cancerígeno es un gen de ella. Cuando
se lisa la bacteria y queda en libertad el gen, se convierte automáticamente
en una «unidad vital» autónoma, o sea, en un virus o fago. Cuando este virus
o fago se acopla al equipo cromosómico de la célula cancerosa es nueva-
mente un gen.
El hablar, por tanto, de virus como productores del cáncer clásico humano
es muy simplista, pues antes hay que saber hasta dónde alcanza una «uni-
dad vital» a ser virus, fago o gen, y estas diferencias han sido explicadas
primeramente por nosotros.
La definición etiológica correcta del cáncer sería la siguiente:
«El cáncer es debido etiológicamente a la transferencia de un gen o «enzi-
mas vitalizados» de determinados gérmenes microbianos al equipo cromo-
sómico de una célula polarizada —por lesión de su equipo génico—, al que
queda acoplado, y que se transmite, por formar parte del patrimonio here-
ditario de dicha célula, a todas las que descienden de ella directamente por
multiplicación.
Multiplicación que es posible en serie y atípicamente, porque el gen
cancerígeno, por medio de sus proteínas dextrógiras, interfiere los procesos
fosforilativos, acumulando energía en la célula cancerosa.»

DESPEDIDA.
Creíamos que lo difícil sería descubrir todo lo que ha sido descubierto;
pero ahora llegamos al final: estamos viendo que es aún más difícil conseguir
que los demás lo quieran entender.
Aunque queda aún la gran misión de crear vida en forma de «unidades
vitales» a partir de enzimas normales, no nos quedan fuerzas para seguir
predicando en desierto y sin la ayuda más elemental.
Por tanto, completado con la inmunología artificial el estudio de todos los
aspectos del cáncer, problema cuya resolución no podíamos moralmente
dejar, por muchos sacrificios que nos costase, abandonamos las demás em-
— 165 —

presas, y, por tanto, éste es nuestro último trabajo, que cierra un período de
veinte años de nuestra vida.
Nada nos obliga a continuar; pero hemos dejado como fruto de esos
veinte años un sólido edificio construido y una herencia efectiva, que termi-
nará poco a poco con las esperanzas personales de todos los investigadores
en cancerología —principal motivo por el que no hemos recibido ayuda— en
la misma proporción que vaya entrando en vigencia y llegando al lecho de los
beneficiarios.
Es posible que se sientan un poco más humildes al terminar de leer las
líneas que siguen:
La circunstancia de que los genes de una bacteria puedan liberarse por li-
sis inmunitaria —como fué explicado en otra parte de estos trabajos—, trans-
formándose en fagos o «unidades vitales» autónomas, así como el hecho de
que en esta dispersión génica puedan resultar tantas vidas autónomas como
genes tenía la bacteria, nos llevó a la demostración de que la vida de las
células era discontinua.
Partiendo de este hecho, no nos fué difícil llegar al concepto vertido en
«La pluralidad unificada», de que la vida de los seres superiores era asimis-
mo discontinua y que la personalidad de un individuo era el reflejo exterior de
billones o trillones de vidas colectivizadas.
Pero ahora vamos a demostrar hasta qué punto son ciertas estas afirma-
ciones.
El ser superior es, pues, solamente un delegado de su colectividad celular,
una emanación de la vida de todo el conjunto, y aunque crea que procede
con total y libre albedrío, es sólo un mandatario.
El hombre, obedeciendo al mandato de sus células vegetativas, come,
bebe, respira, elimina y se protege del frío y del calor.
Toda la vida del hombre está dedicada a satisfacer las imperativas órde-
nes de la colectividad que rige, aunque en su fuero interno crea que sus
voliciones emanan de una autodeterminación independiente de esa colec-
tividad.
Pero vamos a demostrar que se equivoca con un simple ejemplo:
El hombre posee células vegetativas que le imponen los mandatos que
hemos visto; pero también posee otras células, polarizadas en sus glándulas
sexuales, que le ordenan otro tipo de mandato: la misión de despolarizarlas.
El hombre cumple gustosa y elegantemente esa misión, recompensada
por la colectividad celular con una agradable descarga nerviosa.
— 166 —

Para cumplirla se enamora y emociona ante el ser al que polarmente ha


elegido; la mira febrilmente a los ojos, se extasía ante una fotografía o un
objeto que se la recuerde y se siente poeta, viviendo una vida de exaltación e
hipersensibilidad, que en su fuero interno cree que nace de lo más profundo
e íntimo de su espíritu.
Ahí los tenéis sentados en un banco del jardín volando cielos de ternura y
felicidad.
Vamos a raptarlos y a separarlos.
Ahora les hacemos una pequeña operación quirúrgica y desprendemos de
ellos sus glándulas sexuales. Pasado un mes los volveremos a reunir.
Es curioso: ya no hay ni fuego, ni fiebre en sus ojos, y al tocarse las
manos ya no perciben ninguna emoción. Se extrañan de que sus antiguas
sensaciones amorosas hayan dejado de existir.
El amor, que ellos creían nacido de lo más profundo de sus espíritus, se
ha esfumado; pero lo único que ha desaparecido son las células polarizadas,
que ordenaban despolarizarse, y las glándulas que las «fabricaban».
Al faltar las células que ordenaban al individuo, como delegado de ellas,
que se despolarizara y, por tanto, que se enamorara, ya que la sociedad le
impone un compás de espera, y toda esperanza ilusionada es amor, desapa-
recen los distintos aspectos que rodean al acto intrínseco de la despolari-
zación, y el amor desaparece.
Con esto se ha demostrado que el amor era sólo un mandato de despola-
rización, traducido en un deslumbrante juego de matices y elegantemente
por un ser inteligente, que dispone de un órgano potente para pensar, como
el águila lo tiene para volar.
No en balde el volumen del cráneo del hombre ha ido creciendo desde
unos 800 ml en los más antiguos fósiles hallados a 1.200 ml en en el hombre
primitivo, y a 1.500 ml en el hombre civilizado.
Al enjuiciar la proyección de otros tipos de actividades y de su aparente
procedencia nos equivocamos igual que con el amor, y estos errores proce-
den de interpretar las acciones en las que actuamos como mandatarias de
nuestra actividad celular como actos volitivos autónomos.
El conformarse con lo que realmente somos —sin imponerle condiciones
al que nos ha permitido nacer— entraña una filosofía conformista hermosa, y
sobre ello el tiempo irá creando una moral firme y sincera.
— 167 —

LOS VIRUS CRISTALES


Su origen y su vinculación con el cáncer
(20 de mayo de 1961)

En publicaciones anteriores hemos explicado el origen, la estructura y el


mecanismo de multiplicación de los virus esféricos, no cristalizados o deso-
xirribonucleoproteicos, así como el origen y procedencia de los bacterió-
fagos.
La casualidad nos ha deparado ahora la oportunidad de poder explicar el
origen de los virus cristales, virus de vegetales, o virus ribonucleoproteicos,
despejándose con ello una incógnita que ya quizá permaneciera un poco
arrinconada debido a la enorme dificultad que para el biólogo significaba
llegar a una interpretación satisfactoria y correcta acerca de su naturaleza,
en parte de ser vivo, y en parte de sustancia química inerte.
De todos los enigmas con que el hombre se ha enfrentado y que han
constituido una angustiosa pesadilla durante mucho tiempo, quizá hayan sido
el del cáncer y el de los virus cristales; uno, en el terreno de la clínica
humana, y el otro, en el terreno de la biología pura, los que han agotado el
tiempo, la técnica, el esfuerzo, el presupuesto, las ilusiones y el deseo, tanto
de investigadores aislados y en equipo, como la esperanza de una sociedad
dispuesta sin fortuna a despejarlos.
Vinculadas ambas incógnitas por una relación muy estrecha de circuns-
tancias concomitantes, era de prever que al ser humano que le fuese conce-
dido acercarse hasta el fondo de uno de los problemas, automáticamente
habría de resolver, por proximidad, el otro.
Un presentimiento nos concedió la seguridad de que habíamos sido esco-
gidos por el destino para prestar este inestimable servicio a los demás, y esa
seguridad vinculó nuestra vida hace más de veinte años a la sola meta de
conseguirlo.
Si el presentimiento se ha cumplido o no, todos tendrán ocasión de com-
probarlo al terminar de leer este trabajo, y se ha cumplido por la tozudez, por
la constancia, por la testarudez de perseguir sin tregua ni desmayo durante
tantos años, privadamente, a un fanstasma inaprensible en un ámbito rural.
— 168 —

BREVE RESEÑA HISTORICA


Las enfermedades de las plantas producidas por virus, aunque no fueron
reconocidas como tales, se conocían mucho antes del descubrimiento de las
bacterias, pero parece haber sido Allard (1) el que primeramente, en 1916,
consiguió visualizar un virus de planta como entidad independiente y, en un
intento de aislamiento del virus del mosaico del tabaco absorbió una fracción
activa de jugos de plantas enfermas, por medio de talco e hidróxido de
aluminio.
Pocos años más tarde, McKinney (2) trató de purificar el mismo virus
centrifugando a cierta velocidad, durante un tiempo reducido, savia bruta,
para librar al material de sustancias extrañas: calentó a 65° C la parte sobre-
nadante, y la volvió a centrifugar durante cinco a diez minutos.
Pero el primer intento serio de precipitar y aislar el virus del mosaico del
tabaco por medios químicos, lo efectuó Vinson (3) utilizando acetona, sulfato
amónico y safranina.
Más tarde, Vinson y Petre (4) llegaron a la demostración de que el precipi-
tado de virus safranina era inactivo, pero que si se eliminaba la safranina con
alcohol amílico, se restablecía la actividad. De estas circunstancias pudieron
deducir que en muchos aspectos los virus se comportaban de manera seme-
jante a una sustancia química.
En 1933, Barton-Wright y McBain (5) intentaron precipitar el virus utili-
zando sulfato amónico, pero los cristales que obtuvieron no resultaron ser
cristales de virus.
En 1935, Stanley (6), del Instituto Rockefeller de Princeton (Estados
Unidos), consiguió describir por primera vez la cristalización del virus. Fué,
por tanto, el primer investigador que consiguió el virus como un agente
tangible, demostrando que estaba compuesto de proteína.
En 1936, Best (7), trabajando independientemente en Austrália, precipitó
el virus del mosaico del tabaco en su punto isoeléctrico, demostrando que el
precipitado daba las reacciones de las proteínas.
Ese mismo año, Bawdden, Pirie, Bernal y Fankuchen (8) demostraron que
la proteína del virus del mosaico del tabaco podía existir al estado mesomór-
fico, o de cristal líquido.
Posteriormente, Bawdden y Pirie (9) demostraron que el virus era una
nucleoproteína.
— 169 —

Todas estas primeras experiencias se efectuaron con virus del mosaico


del tabaco, pues por su estabilidad y elevada concentración en la planta
huesped, se presta a esta clase de investigaciones.
Takahashi y Rawlins (10) demostraron que el virus del mosaico del
tabaco, extraído de la planta, era un bastoncito y no una esfera, haciendo
notar que si se observa savia de plantas afectas de mosaico a la luz polari-
zada entre nicoles cruzados ésta presenta el fenómeno de «anisotropía al
flujo», pues estas partículas contenidas en un líquido fluyente, tienden a
orientarse con sus ejes mayores paralelos a la dirección de la corriente,
como leños en un río.
En estas circunstancias, un líquido que contenga bastoncitos que posean
un índice de refracción distinto al del líquido, es doblemente refractivo
cuando la dirección de transmisión de la luz incidente es perpendicular a la
dirección del flujo, y esto es lo que se conoce como «anisotropía al flujo».
Bawdden y Pirie (11) demostraron después que si se reposan soluciones
concentradas de virus del mosaico del tabaco, el líquido se separa en dos
capas. La de arriba es más opalescente, aunque está menos diluída que la
inferior. Si se observan estas dos capas, con luz polarizada, se advierte que
la capa inferior es espontáneamente birrefringente, es decir, es un cuerpo
cristalino líquido; en cambio, la capa superior no es birrefringente mientras
permanece en reposo, pero lo es después de ser agitada suavemente.
Posteriormente, los físicos, químicos e inmunólogos consiguieron grandes
avances, por medio del microscopio electrónico y la técnica de la microfoto-
grafía de sombras, por estudios de la difracción de los rayos X, y con la
ayuda de la ultracentrífuga y los estudios inmunológicos, nos dieron imáge-
nes e ideas que completan los conocimientos que se tenían hasta ahora de
estos virus, pero sobre los que aún quedaban muchas incógnitas por des-
pejar.
Hemos relatado la historia reciente de los decubrimientos sobre los virus
cristales, pero aún quedan datos más antiguos, algunos de los cuales, por
considerarlos de interés, los traemos a colación
En 1892 se demostró científicamente, por primera vez, la existencia de un
virus.
lwanowsky (12), trabajando sobre el mosaico del tabaco descrito por
Mayer, comprobó que la savia de la planta enferma podía contagiar el
mosaico a plantas sanas de la misma especie después de haber atravesado
— 170 —

un filtro de bujía a prueba de bacterias, que había sido perfectamente este-


rilizado antes de la filtración.
Pero el mismo lwanowsky no pareció interpretar exactamente el signifi-
cado de su experiencia y su descubrimiento pasó inadvertido.
A pesar de su propia demostración de la capacidad del virus del mosaico
del tabaco para atravesar los filtros, lwanowsky parecía estar convencido de
que la enfermedad era producida por una bacteria, idea que fué expuesta por
primera vez por Bayer en 1886.
Siete años más tarde, la prueba de filtración efectuada por lwanowsky fué
repetida por Beijerinck (13), quien propuso entonces su teoría de un conta-
gium vivum fluidum.
Todas estas ideas fueron barridas al aislar Stanley la proteína del virus del
tabaco, pero las recogemos porque, después de leído este trabajo, recupe-
rarán las ideas de Mayer e lwanowsky una parte de su valor.
El descubrimiento de los virus cristales produjo estupor entre los biólogos,
quienes creían que existía una línea divisoria precisa entre las cosas
vivientes y las que no lo son. Sin embargo, en esas nucleoproteínas que
constituyen los virus de las plantas había algo que cristalizaba, y además se
multiplicaban a medida que la enfermedad progresaba en la planta.
A favor de su naturaleza de seres vivos, hablan el poder de multiplicarse,
así como el que tanto los virus de las plantas como los de los animales,
mutan e invariablemente originan líneas, variedades o tipos estrechamente
relacionados con la línea madre.
Estas dos propiedades son características de los organismos vivientes,
pero por otro lado tenemos el indiscutible comportamiento de muchos virus
como sustancias químicas y su aislamiento en forma cristalina.
Nosotros, que en un trabajo publicado anteriormente dimos una idea de la
estructura íntima de los virus esféricos normales, admitiendo que son una
agrupación en equipo de «enzimas vitalizados», sobre los que ya en el año
1952 habíamos dicho que se podían originar por agrupación espontánea en
equipo de enzimas procedentes de bacterias, nos nos habíamos atrevido,
hasta ahora, a enfrentarnos con la incógnita que suponían los virus cristales.
En ninguno de nuestros trabajos publicados últimamente en diferentes
revistas hemos hecho mención de ellos, porque nos resultaba un descon-
certante misterio.
Pero he aquí que la «suerte» nos ha deparado la ocasión de poder desen-
trañar también este problema, y al resolverlo se ha encontrado una clara ex-
— 171 —

plicación, y visible, a numerosos enigmas y, entre ellos, la explicación


perfecta de la manera como se efectúa la transmisión de material génico,
desde los agentes microbianos «cancerígenos» a la célula donde se inicia la
cancerización.
Imbuidos la totalidad de los investigadores y estudiosos por la creencia de
que los virus están vinculados necesariamente a un tamaño submicroscó-
pico, lo que sólo es cierto para los virus que se encuentran en situación de
emergencia en el seno de células vivas que se defienden y que, por acción
recíproca, los convierte en submicroscópicos y agresivos, en cuya forma son
estudiados en la actualidad, tendremos que sufrir durante un cierto tiempo
una actitud de escepticismo general —mayor por parte de los menos perspi-
caces, con la que ya hemos contado de antemano—.
En un trabajo anterior demostramos que los virus normales desoxirribonu-
cleoproteicos, por lo menos algunos de ellos que hemos tenido ocasión de
examinar, se podían visualizar en forma de anteridios fijos a glóbulos rojos, o
raramente sueltos, y dotados de movilidad semejante a la de los espermato-
zoides, en microscopio ordinario, con sólo unos 1.500 diámetros de aumento
y aun menos, cuyo trabajo contenía unos dibujos que daban una idea de su
morfología y de su evolución sexual
Hoy veremos cómo los virus cristales se pueden visualizar incluso a
simple vista.
Vida precaria la de estos seres en medios artificiales, incluso en los
medios que utilizamos, que podrían llamarse «fluidos protoplasmáticos artifi-
ciales», pero de vida real, de seres no agredidos por el medio y donde se
multiplican durante varias generaciones de formas infinitamente mayores a
las conocidas.
Y, en definitiva, hay que tener «fe» en que decimos la verdad, pues no
crean que nos exponemos al ridículo después de veinte años de vinculación
a la investigación pura y desinteresada. Y si alguien cree lo contrario, «que
se tire al ruedo», como decimos por estas tierras.
A pesar del silencio que nos rodea, notamos ya en el ambiente que se nos
va concediendo un mayor margen de crédito, y nuestro interés en conse-
guirlo no es personal, sino que con ello resultarán grandes beneficios para la
comunidad humana y para las ciencias biológicas, compensando constructi-
vamente la alarma destructiva que significa el progreso de otras ciencias.
Con esto hemos querido situar los acontecimientos lejanos y próximos, a
fin de que las demostraciones puedan ser mejor comprendidas.
— 172 —

ANTECEDENTES INMEDIATOS Y DESCRIPCION DE LA MARCHA DE LA


INVESTIGACION EXPERIMENTAL
En nuestra ya larga vida de microbiólogos autónomos, nos ha sucedido
varias veces —cuatro o cinco— que al efectuar siembras de vísceras de
animales, bien con el fin de apoyar un diagnóstico clínico, bien para que
sirvieran de base para la preparación de autovacunas, nos ha aparecido en
lugar de una serie de colonias bacterianas, un cultivo de cristales en la
superficie de los tubos de agar inclinados.
La penúltima vez fué hace unos seis años, y recordamos perfectamente
que conseguimos mantener en estado de multiplicación, reproduciéndose los
cultivos, durante tres pases sucesivos.
Reconocemos que aún carecíamos de la base necesaria para poder inter-
pretar el fenómeno como lo hemos podido hacer ahora, pues nuestras ideas
no habían evolucionado lo suficiente al faltarles el apoyo que después les
han concedido numerosas demostraciones experimentales.
Observaciones del mismo estilo tenemos la seguridad que han tenido
ocasión de constatar algunos otros microbiólogos que se dedican a la micro-
biología animal, pero no ha pasado de una observación y curiosa circuns-
tancia, sin explicación posible.
Así, pues, es posible que no hayamos hecho más que interpretar algo que
ha debido ser observado antes por muchos microbiólogos, que obsesionados
por el prejuicio de la época, de creer que los virus han de vivir vinculados a
tamaños ultramicroscópicos, no han relacionado estos cristales con los virus
cristales.
Pero la última vez que nos ocurrió habíamos partido y procedido a una
meticulosa observación desde el principio —antes de efectuar las siembras—
por observar circunstancias que habíamos predicho en trabajos anteriores,
durante la observación de las preparaciones microscópicas, de las vísceras
del animal muerto.
Los hechos ocurrieron así:
Sobre mediados de abril del presente año autopsiamos un cerdo, al que
apreciamos fuertes lesiones inflamatorias circunscritas de bazo y un estado
hemorrágico generalizado en serosas y mucosas.
Ante la sospecha de que se tratase de un caso de peste porcina africana,
enfermedad que aún no se ha presentado por los contornos de nuestra
comarca, y por la posterior observación de algo de nuestro personal interés
— 173 —

en el examen microscópico de las vísceras, procedimos no con el interés


profesional que trata de resolver un caso más, sino con la evidencia de
encontrarnos ante una bacteria que típicamente respondía al tipo de las
bacterias denunciadas por nosotros, como «cancerígenas» y de las que en
un trabajo anterior dimos amplia referencia.
Y la cuestión no perdía para nosotros interés porque el caso en examen
no tuviese relación ni remota con una proliferación neoplásica, sino que lo
acrecentaba por el hecho de que estos gérmenes son saprofitos, y porque en
el canceroso son muy difíciles de observar porque cuando la neoplasia apa-
rece, ya hace tiempo que se efectuó la transferencia y la bacteria y los «es-
poros intraorgánicos» a que da lugar han desaparecido.
El examen microscópico detenido de frotis de distintas vísceras nos de-
mostró que sólo existía como causa microscópica visible y responsable de la
muerte del animal —que había muerto sólo unas horas antes— un largo
bacilo Gram positivo, la mayor parte de las veces en diplobacilo, que, desde
luego, morfológicamente no era el bacilus anthracis.
Pero desde el examen microscópico empiezan a dar fruto nuestras obser-
vaciones y demostraciones experimentales anteriores, ya publicadas, pues
un examen detenido nos demostró que, junto con la forma bacilar, había
«esporos intraorgánicos», de los que ya dijimos anteriormente que tenían
significación y bioquímica distintas a los esporos conocidos corrientemente
como formas de resistencia en el medio ambiente.
Decidimos aislar dicho bacilo, sembrando en caldo ordinario, caldo gluco-
sado, caldo hígado anaerobio, agar inclinado ordinario, agar para siembra
anaerobia y en nuestro «fluído protoplasmático artificial».
Pero con gran sorpresa por nuestra parte, a los tres días no había creci-
miento positivo en ninguno de los medios sembrados.
Era evidente que el bacilo que habíamos observado con profusión en el
examen de vísceras tenía que crecer en alguno de aquellos medios de
cultivo, que fueron preparados con toda meticulosidad, y que nos han servido
posteriormente para la resiembra de todos los gérmenes de nuestra colec-
ción de bacterias.
Estábamos ya más que intrigados cuando en los tubos de agar inclinado
—desde dos centímetros por encima del agua de condensación hasta ella—
observamos una especie de crecimiento sospechoso, que examinado con la
lupa resultaron ser cristales.
— 174 —

Como no era la primera vez que lo observamos, y sabiendo ahora positi-


vamente cuál era el origen de ellos, que no podía ser otro que una transfor-
mación de la bacteria observada en cristal, tomamos con el asa de siembra
agua de condensación de uno de los tubos donde habían crecido los cris-
tales y sembramos tres tubos nuevos.
Inmediatamente observamos la superficie sembrada con el microscopio a
unos 50 aumentos y sólo eran visibles cinco o seis cristales en cada tubo por
haber sido arrastrados por el asa.
A las cuarenta y ocho horas apareció un cultivo perfectamente visible a
simple vista, por su abundancia, siguiendo las estrías dejadas por la aguja de
platino sobre la superficie del agar, y que examinadas con pocos aumentos
resultaron ser cristales idénticos a los que se habían sembrado.
Repetidas las resiembras, hemos conseguido siete pases hasta el mo-
mento presente, aunque decreciendo la exuberancia en los últimos pases.
Es de toda evidencia que los macrocristales se multiplican como otro ser
vivo cualquiera, y que son de la misma naturaleza de los virus cristales.
La fortuna de haber podido examinar detenidamente las vísceras, la de
haber podido identificar el germen cuya existencia habíamos pronosticado
junto con sus «esporos intraorgánicos», y haber podido, por tanto, llegar a la
obligada conclusión de que, necesariamente, los cristales procedían de ellos,
ya que ellos no aparecen en forma de bacilos por ningún sitio, tiene una
enorme importancia, porque demuestra que el enigma ilógico de los cristales
vivos, de naturaleza química, resulta ahora más lógico.
Nuestra interpretación es que la bacteria elimina la parte somática y se
convierte en «esporo intraorgánico», el cual conserva exclusivamente el
material germinal.
No es un virus todavía porque sus proenzimas germinales están envueltos
por una membrana selectiva al paso de coenzimas y, por tanto, no son
activados in situ, pero solamente hace falta que se desprovean de ella, para
que la transformación en virus sea automática, y esto fue explicado en otro
trabajo.
Es decir, que la ribonucleoproteína génica, al quedar libre de la membrana
esporular, crea el primer núcleo de condensación cristalina, que se multiplica
a tamaño ultramicroscópico mientras permanece en contacto con células
vivas, pero que forma un macrocristal por acumulación seriada del mismo
tipo de material, en los medios de cultivo.
— 175 —

Se trata de macrocristales formados por innúmeras unidades vitales, y


visibles, por la misma razón que una colonia bacteriana se visualiza, por
acumulación de bacterias de la misma clase.
No sólo radica el interés de estas investigaciones en haber llegado a
encontrar el origen y en haber podido explicar la naturaleza de los virus
cristales —origen que, como ya hemos visto, presumía lwanowsky, a pesar
de haber sido él el primero en haber conseguido demostrar la filtrabilidad del
material contagioso—, sino en múltiples fenómenos observados después de
un extenuante período de observaciones experimentales, que hemos podido
recoger de forma gráfica parcialmente, dentro de las posibilidades de una
cámara microfotográfica improvisada por nosotros.
De las pruebas experimentales efectuadas hasta ahora —y estamos en
los comienzos— se destacan dos por su importancia:
1.ª Si sobre un cultivo de agar inclinado, o en placa de petri, de estos
cristales vivos sembramos un cultivo de bacilus caprisepticus, o pasteurella
caprina, éste crece al principio normal y uniformemente, pero rápidamente
aparecen colonias mutantes, que se destacan fácilmente, por su mucha
mayor opacidad, del resto de las colonias translúcidas del bacilo no mutado.
Son indiscutiblemente colonias mutadas de dicho bacilo, que al examen
microscópico se muestran más pequeñas que los normales, pero es aún más
curioso el que por debajo de esas colonias mutadas aparezcan asimismo
cristales mutados, por lo menos en tamaño y morfología.
2.ª Si sobre otro tubo con agar inclinado, conteniendo un abundante cul-
tivo superficial de cristales vivos, sembramos un germen del grupo Subtilis,
éste crece, pero en las zonas donde se establece contacto entre las colonias
bacterianas y los cristales, ocurre el siguiente fenómeno:
Los cristales se difuminan y disuelven, pero las colonias del bacilo del
grupo Subtilis, a su contacto, pierden opacidad y se vuelven transparentes,
vitrificándose, en un fenómeno parecido a la vitrificación de colonias bacte-
rianas, por contacto con algunas estirpes de bacteriófagos.
No se advierten detalles porque al estar sembrado el cultivo en agar incli-
nado ha existido la necesidad de microfotografiar a través de una gruesa
capa de agar, pero se observan las zonas más claras vitrificadas.
Estas dos pruebas experimentales tienen gran importancia porque de-
muestran visiblemente que existe una transferencia de material génico de
— 176 —

cristal a bacteria y posiblemente de bacteria a cristal que conduce a una


mutación doble.
Pero la importancia para la colectividad humana radica, aparte de otras
consideraciones de patología vegetal, animal y genética, etc., en que con
éste queda demostrado visualmente que la transmisión de material génico de
una bacteria «cancerígena», transformada en virus cristal a una célula somá-
tica humana, es posible, ya que las bacterias que en nuestro caso reciben el
material génico del virus cristal, mutando, son al fin y al cabo células bacte-
rianas.
Y esto es así, ya que la bacteria que en nuestro caso se transformó en
virus cristal era un tipo perfectamente definido del grupo de microorganismos
que ya hemos denunciado en trabajos anteriores, como agentes «canceri-
zantes» por transmisión de material germinal, ya que en este caso no fallaba
ni la tipología del bacilo ni sus «esporos intraorgánicos».
Pero examinemos antes de terminar varios aspectos y consideraciones
que se derivan de las observaciones conseguidas.
Entre los virus cristales los hay que producen proliferaciones y tumores,
pero más que por actuación directa, por probable transmisión de material
germinal de virus o célula —no olviden que en lo sucesivo consideramos a
los virus cristales como bacterias cristalizadas, es decir, como el germen
cristalizado de algunos tipos de bacterias— y entre ellos el tipo más común
es el conocido como «neación», que consiste en una hoja secundaria que
crece en la cara inferior de otra hoja. Son provocados por numerosos virus,
pero solamente en ciertos huéspedes.
Se ha observado que los siguientes virus producen «enaciones»: el com-
plejo de virus de la roseta del tabaco, sobre tabaco y especies afines de
nicotina; el virus del anillo negro del tomate, sobre plantas de pepino de
invernáculo; varias líneas del mosaico del tabaco, algunas sobre tomate y
otras sobre tabaco, y el virus del enrulamiento de la hoja del tabaco, sobre
tabaco.
Se han descrito además, recientemente, en América, cánceres de plantas
determinados por este tipo de virus, y al que se ha denominado «virus del
tumor de herida».
Grandes protuberancias que aparentemente pueden crecer ilimitada-
mente, se desarrollan en las raíces y tallos de las plantas afectadas, de
trébol blanco de olor: Melilotus alba.
— 177 —

Estando ya demostrado que existe un juego de transmutaciones de ciertas


bacterias a virus cristal, la mecánica que se desprende de la cancerización
es exactamente la apuntada por nosotros a través de numerosas publica-
ciones —que han ido por demostraciones parciales elevando el problema al
claro estado en que hoy se encuentra— con la única variante de que no
habíamos prejuzgado que la transmisión se llevara a efecto por intermedio
de un virus cristal, aunque ya apuntábamos que el material génico de la
bacteria al dispersarse, y antes de efectuarse la transmisión se transformaba
en virus.
Ahora bien, como la ribonucleoproteína cedida por el virus cristal a la
célula somática humana es de la misma naturaleza que la del material génico
de la bacteria de la cual proceden, y éstas tienen proteínas dextrógiras en su
fracción enzimática germinal, el mecanismo de interferencia fosforilativa que
provocan y que conduce al canceroso a la caquexia y a la muerte es el
mismo que ya explicábamos en otro trabajo anterior.
Otra de las observaciones recogidas durante el curso de nuestras investi-
gaciones es confirmativa de las observaciones de Bawdden, Pirie, Bernal y
Fankuchen, referida con anterioridad, pues depositando una gota de agua de
condensación de un tubo con un cultivo positivo de cristales en la superficie
de una placa de agar, y enfocándola en el microscopio, no vemos al principio
ningún cristal, pero conforme la gota va siendo absorbida por el agar hay una
activa condensación de los cristales líquidos al estado de cristal sólido.
Esto demuestra que la observación de dichos investigadores de que los
cristales pueden existir en un estado mesomórfico, o líquido, es exacta.
Pero aún existen más circunstancias, pues hemos conseguido la reversi-
bilidad del fenómeno, o sea la transformación de los cristales nuevamente en
bacteria, de la siguiente forma.
Hemos machacado en mortero hojas verdes de alhelíes y geranios hiedra,
el jugo lo hemos filtrado por placa esterilizante, mezclado con caldo de carne
ordinario, lo hemos mantenido una semana a la estufa y a la temperatura
ambiente, sin que perdiera un ápice la transparencia.
Después lo hemos sembrado con un cultivo puro de cristales y lo hemos
dejado a la temperatura ambiente.
A los tres días ha aparecido la misma bacteria que había en las vísceras
del cerdo y que originó los virus cristales.
Esta bacteria ha puesto viscoso el caldo filtrado en que fué cultivada, y en
el cultivo no se aprecian esporos del tipo de los intraorgánicos, ni de ningún
— 178 —

otro tipo, lo que demuestra que el «esporo intraorgánico» sólo se produce en


el organismo de los seres parasitarios, como una fase previa a la aparición
del virus cristal.
De todas estas circunstancias nos nace una sospecha que pudiera adap-
tarse a la realidad y es la siguiente:
Así como los núcleos de las células animales —seres de crecimiento limi-
tado por un formato específico— son incapaces de regenerar, en términos
generales, órganos amputados y poseen solamente desoxirribonucleopro-
teínas como material germinal, las plantas que son capaces de elaborar a
partir de yemas o brotes nuevos tejidos durante toda su vida, poseen ribonu-
cleoproteínas como material génico.
Por otra parte, los virus cristales sólo atacan de forma infectiva transmi-
sible —en términos generales, pues ya hemos visto que en nuestro cerdo no
ocurrió así— a las plantas y son ribonucleoproteínas, mientras que los virus
no cristalinos, que están compuestos de dexoxirribonucleoproteínas, atacan
de forma epidémica y epizoótica a hombres y animales.
Situados los hechos en este punto, se puede decir que la transmisión de
material génico de naturaleza ribonucleoproteica, al material germinal desoxi-
rribonucleico de una célula somática humana, puede modificar a esta última
en su estabilidad de célula animal, y acercarla a la condición de célula
vegetal en lo que se refiere a no obedecer los patrones que rigen el obligado
estatismo de la célula animal, sino erigiéndose en brote o yema, que ha de
originar una serie ininterrumpida de multiplicaciones celulares, apoyadas por
una absorción o captación de energía extraordinaria, suministrada por la
captación de los procesos fosforilativos, por las proteínas dextrógiras que
inhiben al interdiario de las fosforilaciones orgánicas en beneficio propio.
Todas estas causas constituyen el primus movens de la iniciación multi-
plicativa de las neoplasias.
En definitiva, la diferencia genética entre virus normales y virus cristales
radica en que mientras los virus cristales pueden proceder de la cristalización
del material génico de una sola bacteria, sin que haya dispersión de «subuni-
dades» o «enzimas vitalizados», o bien del resultado del intercambio de
material génico de un virus cristal con una bacteria, los virus esféricos no
cristalinos sólo aparecen tras una asociación en corona superficial de enzi-
mas acoplados en equipo, sobre un núcleo de ácido desoxirribonucleico o
ribonucleico de tipo no cristalino, cuyos enzimas son procedentes de varias
— 179 —

bacterias, e iniciándose por la formación de un provirus elemental, que sólo


cuenta con parte del equipo enzimático definitivo, y sólo se convierte en
unidad vital autónoma al completarse, porque sólo entonces es capaz de
apropiarse, para efectos multiplicativos, de la energía dimanante de un ciclo
bioquímico completo.
Sus estructuras íntimas y su forma de multiplicarse se desprenden fácil-
mente, pues mientras un virus esférico, con una corona periférica de enzi-
mas, sólo puede multiplicarse en la forma que apuntábamos en otro trabajo,
los virus cristales poseen, o deben poseer, una disposición lineal o plana,
simétricamente seriada de su material ribonucleico y de sus enzimas, lo que
les concede el poder reunir por agregación cristalográfica muchas unidades
vitales en una estructura cristalina, de la misma forma que un enzima crista-
lizado posee numerosos enzimas por cada cristal y que un cristal de ferricia-
nuro acopla sus moléculas formadas por átomos diversos en una estructura
cristalina, que se individualizan al efectuar una disolución de ellos.
Así lo demuestra el estado mesomórfico, o de cristales líquidos, donde las
moléculas individualizadas del virus cristal se encuentran dispersas en una
fase líquida.
Así, la multiplicación íntima del virus cristal no ha de seguir el patrón
dispersivo de la multiplicación de los virus normales, pues sólo ha de repro-
ducir una línea, o un plano preexistente, por acumulación sobre él de
material de la misma naturaleza y reproduciéndolo en este caso como un
negativo fotográfico a su positivo.

CONFIRMACION PRACTICA
Hemos recibido de Zaragoza la sangre de una enferma remitida por dos
doctores —cuyos nombres silenciamos por no contar con su autorización
para ello— con el siguiente diagnóstico: «Bultoma que sigue una progresión
creciente a un ritmo rapidísimo, de manera que en dos meses ocupa todo el
hemiabdomen derecho, con las mismas características de dureza, nódulos,
dolor, etc., y con un estado general muy precario. Todo abunda en el sentido
de una tumoración maligna de origen hepático (o ganglionar mesentérico),
casi con entera seguridad de tipo sarcomatoso.»
La sangre, según nuestras instrucciones, se extrajo con jeringa esterili-
zada al autoclave, e introducida en frasco asimismo esterilizado al autoclave
y agitada durante unos tres minutos. La sangre fué recibida en perfectas
condiciones y se sembraron varios tubos de «fluído protoplasmático artifi-
— 180 —

cial», depositando unas tres gotas, con pipeta Pasteur, en el agua de


condensación, mezclando y extendiendo por inclinación del tubo por toda la
superficie del agar inclinado.
Se dejaron a temperatura ambiente, y a las setenta y dos horas nos
pareció observar algunos cristales en el agua de condensación, pero no se
percibían bien por la sangre.
Sin agitar, tomamos con el asa de platino de la parte transparente del
agua de condensación y sembramos nuevos tubos de «fluído protoplas-
mático artificial» solidificado por la adición de agar.
Dos días después aparecieron en todos los tubos resembrados cristales
abundantes en el agua de condensación.
La prueba directa fué efectuada y respondió a todas nuestras previsiones.
Queremos hacer constar aquí que así como los cristales aislados del
cerdo son eminentemente aerobios y crecen abundantemente en la super-
ficie libre del «fluido protoplasmático artificial», los del cáncer sólo crecen en
el fondo del agua de condensación, en el fondo de los tubos de «fluido proto-
plasmático artificial» líquido y también en el fondo de tubos del mismo medio
líquido anaerobio por adición de parafina líquida.
Esta microaerofilia estaba prevista, como se puede comprobar al examinar
los trabajos publicados.

CONCLUSIONES
1) Hemos podido demostrar que los virus cristales proceden de la cris-
talización del material génico ribonucleoproteico de varias estirpes de bac-
terias, tras una interfase parásita de «esporo intraorgánico».
2) Hemos podido demostrar la reversibilidad del fenómeno al demostrar
que los virus cristales se transforman en bacterias, de la misma naturaleza
que las originaron, en ciertas condiciones.
3) El virus cristal es el que efectúa la transferencia de material génico a la
célula humana o animal, y a cuya transferencia es debida la cancerización,
de acuerdo con todas nuestras previsiones publicadas con anterioridad,
excepto que, como ahora se demuestra, fuese llevada a cabo bajo la forma
de material génico cristalizado procedente de las bacterias que ya habíamos
denunciado.
4) En la ampliación hemos llegado a la demostración directa de que así es
en efecto al aislar de sangre de una enferma de tumoración maligna un virus
— 181 —

cristal microaerófilo.
5) Que el cultivo de estos virus cristales es perfectamente posible efectuar
«in vitro» en nuestros medios de cultivo, a los que llamamos «Fluidos proto-
plasmáticos artificiales», en los que al no ser agredidos llegan a formas de
tamaño macroscópico.

CONCLUSIONS
1) Nous avons pu démontrer que les virus cristaux procédent de la cris-
tallisation de la matière ribonucléoprotéique des gênes de plusieurs sortes de
bactéries, après une phase intermédiaire parasitaire de «spore intraorga-
nique».
2) Nous avons pu démontrer la réversibilité du phénomène en démontrant
que les virus cristaux se transforment en bactéries, de même nature que
celles dont ils sont issus, cela sous de certaines conditions.
3) C'est le virus cristal qie effectue le transport de matière de gênes à la
cellule humaine ou animale; c'est à ce transfert qu'est due la cancérisation,
en accord avec toutes nos prévisions publiécs antérieurement, sauf que,
comme nous le démontrons maintenant, il se réalise sous la forme de
matière de gênes cristalisée en provenance des bactéries que nous avions
déjà dénoncées.
4) En approfondissant nous sommes arrivés à la démostration directe que
cela se passe ainsi, en effet, car nous avons isolé à partir dusang d'une
malade de tumeur maligne, un virus cristal microaérophile.
5) Que la culture de ces virus cristaux est parfaitement possible «in vitro»
avec nos moyens de culture que nous appelons «Fluides protopasmiques ar-
tificiels», dans lesquelles, n'étant pas attaqués, ils atteignent des formes
macroscopiques.

CONCLUSIONS
1) We have been able to show that the crystal viruses proceed from the
crystalisation of the ribonucleoproteic genic material of several kinds of bac-
teria, after an intermediate parasitic phase of «interorganic spore».
2) We have been able to show that this phenomenon is reversible, de-
monstrating that the virus crystals are transformed into bacteria of the same
kind as those from which they came under certain conditions.
— 182 —

3) The virus crystal is the entily which effects the transference of genic
material to the human or animal cell, cancerisation being the result of this
transference in accordance with all the forecasts we have previously publi-
shed, except —as we now show— in such cases as when the latter is deve-
loped in the form of crystalised genic material coming from bacteria that we
have already revealed.
4) We have achieved direct proof that this is in fact the case when, from
the blood of a patient suffering from a malignant tumour, a microaerophie
crystal is isolated.
5) That the cultivation of these virus crystals is perfectly possible «under
glass» by our means of cultivation, which we have called «artificial proto-
plasmie fluids», in which, unless attacked, the crystals can reach macros-
copie size.

BIBLIOGRAFIA
(1) ALLARD, H. A.: «Some Properties of the Virus of Mosaic Bisease of
Tobacco». Jour. Agric. Res., 6, 849-74, 1916.
(2) McKINNEY, H. H.: «Quantitative and Purification Metods in virus studies».
Jour. Agric. Res., 35, 13-38, 1927.
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(N. S.), 66, 350-58, 1927.
(4) VINSON, C. G., y PETRE, A. W.: «Mosaic Disease of Tobacco V.
Decomposition of the safranin Precipitate». Phytepath, 22, 965-75,
1932.
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Tobacco Mosaic virus». Nature, 132, 1003-4, Londres 1938.
(6) STANLEY, W. M.: «Isolation of a Crystalline Protein Possessing the
Properties of Tobacco Mosaic virus». Science (N. S.), 81, 644-5, 1935.
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electric Point». Aust. Jour. Exp. Biol. and Med. Sci., 14, 1-3, 1938.
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1061-2, Londres 1936.
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Crystaline State». Nature, 141, 513-14, Londres 1938.
— 183 —

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Tobacco. Mosaic Demonstrated by Stream Double Refraction».
Science (N. S.), 77, 26-27, 1933.
(11) BAWDDEN, F. C., y PIRIE, N. W.: «The relation ship between Liquid
Crystalline Preparation of cacumber Viruses 3 and 4 and strains of To
bacco Mosaic Virus». Brit. Jour. Exp. Path., 18, 275-91, 1937.
(12) IWANOWSKY, D.: «Ueber die Mosaikrankheit der Tabakspflanze». Acd.
Imp. Sci, Bull., 35. 67-70, St. Petersb. 1892.
(13) BEIJERINCK, M. W.: «Ueber ein contagium vivum fluidum als Ursache
der Fleckenkrankheit der Tabaksblätter». Verhandel K. Akad
Wetwnsch, Sec. 2., Deel 6, 1-22, Amsterdam 1898.

La mecánica de la diferenciación celular


en las colectividades celulares
(5 de octubre de 1962)

El período de vacaciones veraniegas, que impone una inactividad faculta-


tiva y experimental, nos ha aconsejado dejar para el principio del curso aca-
démico la publicación de los trabajos puramente técnicos, para que puedan
ser reproducidos en los distintos laboratorios que así lo deseen, siguiendo la
marcha de dichos trabajos.
Pero mientras, una ingente cantidad de problemas que son afectados por
nuestras investigaciones, esperan en fila su explanación, y hemos de apro-
vechar estos momentos para ir presentando los conceptos alcanzados al
aplicar los principios generales experimentalmente conseguidos, en campos
que aún permanecen oscuros.
Misterioso campo donde si es posible un ligero error en un sector del
terreno disquisitivo, no lo es en la concepción global, que nos va a explicar
de una forma bastante exacta el enigma de la diferenciación celular que da
origen a los grandes edificios celulares colectivizados: los animales y plantas.
Cada especie animal, o vegetal, tiene en cada célula un número determi-
nado de cromosomas, y cada cromosoma un número determinado de genes.
Todos los genes que van a determinar la formación de un nuevo individuo
van representados en los dos gametos que van a unirse sexualmente.
Al unirse las dos células sexuales, se inicia una multiplicación somática de
células, que paulatinamente se empiezan a diferenciar en misiones
especificas, lo que determina en ellas una extensa diversificación morfológica
— 184 —

y funcional.
Pero es estrictamente cierto que cada una de ellas, por muy diversas que
sean su morfología y fisiologismo, ha recibido como dotación la misma
cantidad y calidad de genes.
¿En dónde radica, pues, el mecanismo de la diferenciación celular, que
convirtiendo a diferentes grupos de células en representantes de especiali-
zaciones anatómicas y fisiológicas distintas, dan lugar a órganos completa-
mente dispares, y, en definitiva, a la colectivización celular: individuo?
Algunas teorías han tratado de explicar el mecanismo de esta diferen-
ciación, sin que ninguna de ellas haya convencido a nadie.
Vamos a partir, pues, para nuestra argumentación sobre el mecanismo de
la diferenciación celular, de la base cierta de que todas las células del orga-
nismo animal son equivalentes en cuanto a patrimonio genético, así como
que no es ninguna ilusión su diferenciación morfológica y fisiológica, puesto
que las células van perdiendo poco a poco el carácter embrionario no dife-
renciado, para poseer características cada vez más específicas.
Y en apoyo de esto se ha demostrado experimentalmente que las células
y zonas embrionarias van perdiendo en el transcurso del desarrollo su cua-
lidad inespecífica caminando insensible y fatalmente hacia la especialización.
Células que en el desarrollo normal estaban destinadas a transformarse
en epidérmicas, si se las extrae de su posición normal antes de que hayan
alcanzado su diferenciación, y se las trasplanta a regiones destinadas a
originar tejido nervioso, pueden alterar su destino y convertirse en células
nerviosas.
No obstante, a partir de un determinado momento esta transformación no
podrá efectuarse, y las células epidérmicas darán lugar siempre a células
epidérmicas.
Existe, pues, un momento determinado en que es imposible el retroceso, y
entonces caminan decidida e irrevocablemente orientadas hacia un destino
específico.
Pero el misterio de esta diferenciación no podemos buscarlo en la célula
considerada globalmente, sino penetrando profundamente en la intimidad de
su equipo génico, que es el conjunto de vidas capaces de autonomía, pero
instituidas en la célula en «unidades vitales» asociadas.
Las células son como los hormigueros monticulosos y visibles de las
termitas, los genes son las termitas.
— 185 —

Los hormigueros han sido construidos por las termitas, como las células
por los genes.
También como en las colectividades de termitas y de abejas existe espe-
cialización en las colectividades génicas que constituyen la célula, pero
mientras en las asociaciones de insectos las especializaciones se efectúan
por grupos de ellos, en la colectividad génica sólo existe un gen para cada
misión específica, a parte de las funciones comunes por las que cada uno ha
adquirido autonomía vital.
Pero hay que llegar más profundamente y analizar, no el equipo génico en
conjunto, sino cada gen en particular.
Empecemos, pues, el análisis examinando las características individuales
de las «unidades vitales» libres, para llegar poco a poco a deducir qué es lo
que ocurre cuando se asocian y forman las células y qué es lo que ocurre
cuando éstas se diferencian en misiones anatómicas y fisiológicas especí-
ficas para constituir las colectividades celulares: animales y plantas.
Iniciemos el estudio de la «unidad vital» individualmente considerada, en
la forma que fué explicada en nuestros trabajos anteriores, y confirmada por
Finch y Klug, en su estructura por roetgnograma en la Universidad de
Londres, sobre el virus de la poliomielitis epidémica infantil.
La molécula vírica, o fágica, o génica, es una esférula de DNA salpicada
en su cubierta por unas 40-60 fracciones proteicas engastadas, que según
nosotros, se tratan de otros tantos enzimas.
— 186 —

Carece, como fácilmente se puede comprender, de enzimas hidrolizantes,


por lo que le es imposible utilizar directamente prótidos, polipéptidos, polisa-
cáridos, tri y disacáridos y lípidos.
Necesitan material completamente hidrolizado, como el que resulta de la
hidrólisis digestiva.
Carecen, asimismo, de la posibilidad de fijar oxígeno, pues éste ha de
suministrársele en un estado especial de activación, pues el oxígeno difun-
dido en el plasma, o en otro líquido cualquiera, no puede ser utilizado por
ellos.
Necesitan que el oxígeno sea fijado por el protoplasma celular vivo (como
se demuestra en los cultivos de virus en células vivas), en el que perma-
necen en forma submicroscópica, o tomarlo directamente de la oxihemoglo-
bina (como se demuestra en los cultivos de virus en nuestro F. P. A.), en el
que parte del ciclo evolutivo se hace visible al microscopio ordinario.
Se desprende, como consecuencia, que los virus han de ser parásitos
obligados, o saprófitos simbiontes, pues fuera de las células vivas, o de
nuestro F. P. A. no pueden vivir, y en la naturaleza no encuentran otros
sustratos similares.
Es, pues, una aspiración anhelante de los virus, o «unidades vitales», en
términos generales, llegar a una autonomía que les permita utilizar el oxí-
geno para desencadenar procesos glucolíticos que les proporcionen energía
para la duplicación, pero esa aspiración sólo puede ser conseguida por
improvisación alrededor de ellos de una estructura protoplasmática, es decir,
transformándose en célula.
Pero la pobreza enzimática de seres tan elementales lo impide, y para
conseguirlo tiene que asociarse en gran número, aportando cada uno de
ellos enzimas de características específicamente distintas, pues la colecti-
vidad sólo admite un representante de cada especialidad.
El trabajo en común de múltiples equipos enzimáticos, aportados por
numerosas «unidades vitales» asociadas, consigue la construcción de una
estructura protoplasmática que fije el oxígeno y se lo suministre a ellos
activado.
Con ello han conseguido la primera etapa y se han transformado en
células solitarias poco a nada diferenciadas.
Después, al conseguirse la colectivización celular, se cumple la segunda
etapa asociativa y entonces las células se diferencian en múltiples misiones
vegetativas, conforme se va gestando el nuevo ser.
— 187 —

Sin embargo, una célula diferenciada como la espermátida, origina en un


proceso de haploidia una reducción cromosómica, que al copularse con otra
célula haploide, el óvulo, dan origen a una célula vegetativa indiferenciada,
por lo que el proceso haploídico no sólo representa una reducción cromo-
sómica, sino un regreso a la indiferenciación.
También han conseguido las «unidades vitales» al integrarse en células
una mecánica digestiva que les proporciona el material hidrolizado que les es
imprescindible, obtenido a partir de elementos digestibles complejos.
Este tipo de digestión en el ser unicelular —pues que en el pluricelular
está encomendado a células especializadas— es posible gracias a la acción
enzimática conjunta de todos los genes asociados, y gracias a que la energía
conseguida es derivada en este sentido, en lugar de ser exclusivamente
utilizada en duplicaciones por las «unidades vitales», como lo es cuando se
encuentran aisladas en el seno de células vivas ó en nuestro F. P. A.
La colectivización impone, pues, sus reglas: los genes libres, o virus,
tienden hacia la autosíntesis activa como única manifestación de utilización
enérgica, las colectividades génicas celulares tienden a utilizar esta energía
en tareas vegetativas: digerir y respirar.
Este equilibrio regula la vida de las células, como la de los individuos,
pues la vida no es más que un equilibrio entre lo vegetativo y la reproduc-
ción entre la ingestión y la copulación, entre la hoja y la flor.
Lo sexual necesita de lo vegetativo, como el gen de la célula.
Pero puesto que la volición de constituirse en asociaciones para crear
células de los propios genes son éstos los que voluntariamente limitan su
actividad duplicante ante las múltiples ventajas que consiguen de tal colec-
tivización, y para ello se recluyen voluntariamente en el interior de una mem-
brana nuclear que les limita los mecanismos de oxidación a su alcance, y por
consecuencia disminuye su energía al pasarse de un mecanismo germinal
de glucólisis aerobia a un mecanismo somático de glucólisis anaerobia, en el
que sólo duplican sus proteínas enzimáticas, que facilitan a la tarea vege-
tativa de la célula.
Así, pues, la propia elementalidad del equipo génico de una sola «unidad
vital», con su carencia de autonomía, impone la tendencia y la aparición del
ser unicelular y a su vez el ser unicelular tiende a la asociación celular, y al
aparecer la asociación en cierto grado de complejidad, aparece la diferencia-
ción morfológica y fisiológica en las células asociadas.
— 188 —

Analicemos ahora al equipo génico, considerado en conjunto, de las


células colectivizadas, y presenciemos de qué forma se diferencia y espe-
cializa la célula a que pertenecen dentro de esa colectividad.
La diferenciación se inicia en alto grado en el mismo equipo génico de la
célula indiferenciada, puesto que no son admitidas dos «unidades vitales»
con idénticos equipos enzimáticos.
Podemos, pues, hablar, en primer lugar, de diferenciación génica en la
célula.
En segundo lugar hemos de explicar ahora el mecanismo de la diferen-
ciación celular, y para ello vamos a razonar de la siguiente forma:
Hemos salido ya de la simplicidad enzimática de una «unidad vital» ais-
lada, e incluso de la elementalidad del equipo génico de los seres unicelu-
lares, encontrándonos ahora con el de las células colectivizadas de los seres
superiores, diferenciadas y especializadas en alto grado, y como conse-
cuencia con gran cantidad de cromosomas, que implican mayor cantidad de
genes.
Mejor dicho, la alta especialización es la consecuencia de la alta cantidad
de genes.
Así, pues, cada especie animal o vegetal implican, en primer lugar, una
colectivización génica a la que va unida una obligada diferenciación génica, y
en segundo lugar, una colectivización celular, a la que también va unida
obligadamente una diferenciación celular.
Sumerjámonos ahora en la intimidad del misterioso mecanismo de la
diferenciación celular, y para ello presenciemos cómo dos gametos hetero-
sexuales unen sus equipos de genes haploides, dando lugar a la primera
célula somática del nuevo ser.
Tenemos ahora una célula indiferenciada con 30-50 cromosomas y 300-
800 genes, cada uno de ellos con su equipo enzimático actuando libremente.
En esta célula están presentes todas las distintas funciones enzimáticas
que luego han de ser encomendadas específicamente a cada grupo de
células, a cada órgano, a cada glándula.
Esta célula es compendio y resumen de todas las actividades del ser
complejo a que va a dar lugar.
Durante gran parte del trastorno del desarrollo embrionario, estos genes
siguen ejerciendo total y libremente sus funciones enzimáticas, hasta que
empieza la diferenciación celular.
— 189 —

Existe un momento en que pueden escoger especialización, pero pasado


ese momento ya están fatalmente condenadas a detentar la especialidad
para las que han sido designadas.
La célula embrionaria representa al «enciclopedista»; la diferenciada, al
«especialista», y el especialista ha de limitar obligadamente su campo de
acción.
Así, pues, los enzimas que no van a hacer falta a la célula en la misión
específica que le ha sido designada, son bloqueados.
La anulación de los enzimas o grupos enzimáticos no necesarios se lleva
a efecto rellenándose las oquedades del DNA, donde son sintetizados, por
polipéptidos muy básicos: las histonas, que además sirven para unirlos por
grupos, y por DNA inactivo, es decir, no perteneciente a la dotación de DNA
de la «unidad vital» parcialmente bloqueada.
Así, aparecen los genes de la célula diferenciada, no sueltos anárquica-
mente, lo que podría ocurrir si no fuese cierto nuestro punto de vista, sino
encadenados linealmente en estructuras cromosómicas.
En cada célula especializada son anulados los distintos genes, diversos
enzimas o grupos enzimáticos, y dejados libres otros enzimas o grupos enzi-
máticos especialistas, lo que origina no sólo su diferenciación, bioquímica y
fisiológica, sino estructural, morfológica y anatómica.
Sólo dos complejos enzimáticos comunes quedan libres en todas ellas.
El que les permite efectuar los procesos glucolíticos necesarios para
captar energía a utilizar en la tarea vegetativa de la síntesis y suministro de
enzimas al conjunto celular, y el que les permite autosintetizarse cuando las
circunstancias lo consienten.
Si ponemos un ejemplo podemos decir que las células de la glándula
tiroides tienen libre el equipo enzimático que sintetiza la tiroxina, mientras
que en todas las demás células de la colectividad ese equipo enzimático está
bloqueado y anulado.
Es también natural pensar que el equipo enzimático sintetizador de la
tiroxina no se encuentra completo en un solo gen, porque la «unidad vital» no
necesita la tiroxina para nada, sino disperso en muchas de ellas.
Por esta acción desbloqueante y bloqueante resultan infinitas combina-
ciones que conducen a las más sutiles diferenciaciones celulares.
Así, pues, la limitación de la actividad enzimática complejísima del nume-
roso equipo génico celular crea la morfología y fisiología celular y la define en
su específico determinismo.
— 190 —

Pero la colectividad génica no es estática en su especificidad, pues si se


ha sometido a lo vegetativo y convertido en su esclavo, lo vegetativo lo es a
su vez del medio ambiente, y han de modificar su especificidad cuando las
condiciones del medio modifican las condiciones vegetativas.
Así, una bacteria puede consumir de una mezcla de los azúcares senci-
llos, o incluso de una mezcla racémica de un mismo azúcar, uno de ellos, y
cuando éste se ha consumido hay un período temporal de inactividad en que
el otro continúa sin utilizarse, para después ser consumido.
El mantenimiento de lo vegetativo, vínculo habitual, impone un proceso de
adaptación y hay que desbloquear ciertos enzimas si estaban bloqueados
por falta de uso, o hay que proceder a su adquisición.
Si esto último no es fácil, el monosacárido queda sin utilizar.
Si una especie animal se recluye en la oscuridad durante muchas genera-
ciones, pierde los ojos, o éstos se vuelven rudimentarios.
¿Para qué quiere la colectividad celular células especializadas en una
función que no se realiza?
Lentamente la especialidad desaparece, como casi desaparecieron los
especialistas de enfermedades venéreas, después del descubrimiento de
Fleming.
El antiguo proverbio «Organo que no funciona se atrofia» hay que susti-
tuirlo por este otro: «Actividad enzimática que se hace innecesaria, se anu-
la», que respalda a este otro: «Actividad enzimática que se hace necesaria,
se crea».
Y como esta nueva actividad enzimática está «engastada» en los genes y
pertenece a ellos, se transmite a la descendencia.
Paulatinos cambios del medio ambiente se tradujeron en paulatinos
cambios de adaptación vegetativa, generados por aparición de nuevas acti-
vidades enzimáticas y desaparición de otras.
O lo que es lo mismo: los golpes del cincel del medio ambiente, haciendo
aparecer y desaparecer especializaciones celulares, fueron tallando morfo-
lógica y fisiológicamente a las especies.
Estamos, pues, ante una nueva teoría sobre la diferenciación celular.
¿Impugnable?
Esperemos las razones que confirmen, o las impugnaciones que deses-
timen, pero ahí queda como una distraída «soñación» veraniega.
— 191 —

La duplicación controlada en las células vivas


(20 de noviembre de 1962)

La célula es sólo el resultado de una simbiosis establecida entre dos cate-


gorías de seres con vida autónoma, que se complementan hasta tal punto
que la vida de cada grupo de ellos, que podemos diferenciar en «entes» nu-
cleares y «entes» citoplasmáticos, es imposible sin la presencia de «entes»
del otro grupo. Es la simbiosis entre la respiración y fermentación, entre
seres que sólo respiran instituyéndose en el citoplasma como enzimas respi-
ratorios y formando parte de la estructura reticular de él, como las citocromo-
oxidasas, que son «entes» con vida autónoma condicionada y no enzimas
inertes como hasta ahora se ha creído, y«entes» conservadores de la morfo-
logía y de la fisiología de la especie resistentes en el núcleo y que atienden a
todas las tareas enzimáticas de tipo hidrolítico y condensante, etc.
Ambos seres se desarrollan por autosíntesis independientemente en el F.
P. A. con ciertos aditamentos especiales que ya serán explicados. Hemos
destruido, pues, la simbiosis y los hemos cultivado independientemente unos
de otros en el mismo cultivo, porque en el F. P. A. encuentra cada grupo de
«entes» lo que el otro grupo les proporcionaba.
Los simbiontes citoplásmicos, en los que hasta ahora nos ha sido impo-
sible encontrar indicios de sexualidad, pasan por medio de la célula sexual a
constituir el citoplasma de las células somáticas del nuevo ser. Serían, pues,
los portadores de la herencia citoplasmática y se trataría de «entes» casi
exclusivamente proteicos.
Por contra, el otro grupo de simbiontes, los «genes», están compuestos
de DNA y proteína, y podemos llegar a la conclusión de que el DNA rige
morfológica y anatómicamente a la especie, y las proteínas enzimáticas lo
rigen fisiológicamente.
Una alteración en el DNA antes de la diferenciación celular, o incluso
después, produce monstruos anatómicos o morfológicos por alteración de la
acción distributiva y topográfica de órganos. Pero estos monstruos anató-
micos no son monstruos fisiológicos, sino seres fisiológicamente perfectos.
Por el contrario, una alteración enzimática en los genes produce mons-
truos fisiológicos, como los albinos, idiotas fenilpirúvicos, alcaptonúricos, etc.,
pero anatómicamente son seres perfectos. Es lógico, pues, que puesto que
las especies son entidades colectivas de células con características fisioló-
— 192 —

gicas y morfológicas definidas, su génesis haya de ser dirigida por patrones


específicos de DNA (proteína enzimática).
Entes incapaces de respirar; es decir, de efectuar procesos de óxidore-
ducción, adición de oxígeno, eliminación de hidrógeno o separación de elec-
trones, por lo menos por un mecanismo aerobio, y han de simbiotizarse
necesariamente con «entes» que efectúen estas funciones.
Hasta en el límite de la simplicidad vital tienden obcecadamente a con-
servar el tipo específico, como en las moléculas víricas, fágicas, o como en
los seres unicelulares con equipo génico elemental.
Los virus van a la célula viva en busca del simbionte que «respira»; van a
buscar al simbionte citoplasmático de los genes por la sencilla razón de que
ellos son de la misma naturaleza de los genes. Es más, podemos decir que
son genes libres, como en trabajos anteriores demostramos.
Podemos llegar a más y decir que la célula es la simbiosis entre «entes»
energéticos porque liberan energía de ciclos glucolíticos aerobios, o «entes»
citoplasmáticos, y «entes» catalíticos, o «entes» génicos. Si la energía y la
acción catalítica convergen sincronizadamente sobre un substrato idóneo, la
síntesis vital surge.
Estamos ante el mismo problema de siempre: el albañil, la mezcla y los
ladrillos. Si falta alguno de estos elementos, el edificio no se puede construir,
no hay actividad constructiva, no hay actividad vital. El esquema se va sim-
plificando.
Quizá nos dé miedo seguir profundizando hasta alcanzar claramente el
concepto de lo que realmente somos, en este mundo biológico, pero esto es
cerrar los ojos a la realidad, esto es cobardía.
Si se necesita crear una nueva filosofía conformista, constrúyase, pero la
Humanidad no puede caminar vuelta de espaldas.
Somos como nos hicieron, o como el medio nos permitió ser.
Aceptémonos y observémonos con los ojos bien abiertos para sorprender de
qué forma nos gestó el Creador. En nuestros simbiontes celulares se en-
cuentra escrita una nueva página del Génesis, que tenemos la obligación de
descifrar en su totalidad.
En el trabajo anterior hemos explicado el mecanismo de la diferenciación
celular en las colectividades celulares.
En el presente vamos a intentar explicar otra serie de circunstancias que
ocurren en las células durante el estadio vegetativo de repose y el germina-
tivo o duplicante. Ambos aspectos, provocados por estados distintos de dis-
— 193 —

ponibilidades energéticas de las «unidades vitales génicas», van a ser expli-


cados desde los nuevos conceptos alcanzados. (Esta parte está escrita
antes de llegar a la conclusión de la existencia de la simbiosis celular: entes
citoplasmáticos, entes nucleares.)
En el paso de la célula del estadio vegetativo al germinativo, los genes se
convierten transitoriamente en virus, y la célula adopta ciertos mecanismos
para evitar la pérdida de control sobre la multiplicación de ellos.
Estos mecanismos sólo consienten una duplicación, y conseguida ésta
son convertidos nuevamente en genes, regresando a la forma vegetativa.
Esta es la diferencia fundamental entre la célula normal y la cancerosa,
pues esta última ha perdido completamente la acción de control y no con-
sigue convertir nuevamente a sus virus en genes, y, por tanto, es incapaz de
regresar a la forma vegetativa.
Vamos, pues, a analizar ambos estados celulares, y al ser concebidos de
la nueva forma que explicamos llegaremos a la conclusión de que con ello
han desaparecido muchos misterios hasta ahora sin explicar.
En la Naturaleza no hay nada que se haga superfluamente, a todo hay
que buscarle una razonable explicación, y nos parece que la que aquí damos
explica perfectamente por qué ocurren ciertas cosas en la célula en reposo y
por qué ocurren otras durante la multiplicación de ellas.
Durante el estado metabólico o de reposo intermitósico, los genes están
dispersos por toda la extensión del núcleo celular, pero unidos por puentes
histonales parcialmente bloqueantes de actividades enzimáticas en las
células diferenciadas, formándose un conjunto reticular o alveolar donde es
difícilmente apreciable una estructura.
En esta situación, cada gen o grupo de ellos domina un espacio alveolar o
reticular lleno de jugo nuclear, donde se vierten los enzimas que elaboran en
esta fase metabólica.
Durante su permanencia en las paredes de los alvéolos o retículos nu-
cleares, los enzimas se encuentran en la misma forma inactiva en que fueron
generados; es decir, como proenzimas.
La explicación es la necesidad en que se encuentran los mismos genes de
protegerse contra los mismos enzimas que elaboran, ya que, por ejemplo, la
desoxirribonucleasa celular elaborada por ellos los destruiría si estos enzi-
mas fuesen emitidos en forma activa, por la misma razón que el páncreas ha
de emitir la tripsina en forma inactiva.
— 194 —

El jugo nuclear cargado de múltiples y variados enzimas se moviliza selec-


tivamente a través de los nucléolos como colectores generales para deter-
minados grupos de enzimas cada uno, y de éstos, una vez activados, son
conducidos a través de canalículos a los microsomas y mitocondrias proto-
plasmáticos donde han de actuar.
La misión de los canalículos es preservar a las estructuras protoplasmá-
ticas de la acción de los enzimas, que así van a efectuar sus funciones en
lugares definidos.
Los que han de efectuar su misión fuera de la célula son arrastrados al
exterior de ella.
Hasta los compartimentos estancos que representan los microsomas y las
mitocondrias son llevados los materiales simples que se han de «quemar», o
los que hay que condensar para construir estructuras propias por el plasma
intersticial.
Es curioso, en el proceso de síntesis protoplasmática de proteínas y glu-
cógeno —que es un proceso endergónico que necesita aporte de A. T. P.—,
el hecho de que lo mismo los aminoácidos que han de ser condensados que
la glucosa han de ir fosforilados, y entregan el fósforo a cambio de ser inte-
grados en cadena, con lo que quedan fosfatos inorgánicos en el interior de la
célula para la regeneración del A. T. P., a través de otros procesos energé-
ticos, como en el de la glucolisis aerobia.
Vemos también, en esta circunstancia, cómo los genes, a cambio del
suministro de hidrolizado y del sistema de oxidación que les proporciona el
protoplasma, trasladan a éste su actividad enzimática, sacrificando su capa-
cidad germinativa.
Actividad que es efectuada per se por los virus, lo que les permite duplica-
ciones consecutivas e ininterrumpidas, mientras el sustrato se lo permita.
Así, pues, como ha sido explicado, mientras la membrana nuclear perma-
nezca intacta, los genes se dedican tranquilamente a la faena conjunta de
metabolización a través del suministro de enzimas al citoplasma, porque un
«relanti» en el suministro de sistemas oxidantes, y por tanto de energía, los
sumerje en un estado especial de «sopor» que les hace olvidarse de su
condición de «unidades vitales», y, por tanto, de su capacidad multiplicativa.
Este «adormecimiento» es la consecuencia de la glucólisis anaerobia a que
están vinculados.
Pero examinemos ahora qué es lo que pasa cuando la célula decide dupli-
carse:
— 195 —

Empieza por hacerse permeable la membrana nuclear a los sistemas oxi-


dantes protoplasmáticos, pasando los genes de un mecanismo de glucólisis
anaerobia a otro de glucólisis aerobia; es decir, se transforman de genes en
virus. Pronto aparecen unos filamentos tenuísimos: las cromátidas que llevan
abultamientos de trecho en trecho, los cromómeros o genes.
El retículo se ha deshecho. Las cromátidas y los cromómeros ahora trans-
formados en virus se hacen dobles en virtud de una acción autosintética
duplicante, debida al aumento de energía.
Mientras tanto, la membrana nuclear ha desaparecido del todo.
Pero la célula se encuentra ante un grave problema después de haberse
producido la duplicación de las cromátidas y los cromómeros o genes, y es
que si siguen disponiendo libremente de una energética propia de los virus,
la duplicación no cesará ahí y las mitosis se seguirán produciendo en forma
ininterrumpida.
¿Le da tiempo a la célula a dividir el protoplasma y separar los dos
equipos génicos y a restablecer dos membranas nucleares antes de que
ocurra una nueva duplicación? No.
Entonces ha de recurrir a un mecanismo especial.
Rápidamente, después de la duplicación, las cromátidas se encogen,
arrollándose en espiral, a la par que su grosor aumenta considerablemente,
transformándose en cromosomas. Basta examinar el esquema de un cromo-
soma para darse cuenta del mecanismo de que se vale la célula para blo-
quear la actividad enzimática de las «unidades vitales» víricas para transfor-
marlas nuevamente en génicas.
La cromátida, o cronema, o filamento cromosómico, se carga de DNA, de
relleno que bloquea casi completamente a la cromátida y a los cromómeros,
impidiéndoles una activdad enzimática en ambiente aerobio —ya que la
membrana nuclear no existe— que los conducirá a una nueva duplicación.
Este mecanismo persiste durante todo el tiempo que dure la separación
de los equipos cromosómicos que constituyen la dotación génica de las dos
células hijas y la restitución de la membrana nuclear en las dos células
resultantes.
Restablecida ésta, ya no hace falta la acción bloqueante del DNA, y los
cromosomas desaparecen, restituyéndose el retículo alveolar de la célula
vegetativa en reposo, a costa de la desaparición de los cromosomas.
— 196 —

La autosíntesis en las «unidades vitales»


(5 de septiembre de 1962)

Iniciamos una segunda época de publicaciones sobre virus esféricos y


cancerología de índole eminentemente experimental, durante la cual serán
detenidamente examinados los problemas planteados en la primera serie de
trabajos publicados entre los años 1959-1961.
En el curso de ella daremos detallada cuenta de las técnicas a emplear y
de la marcha a seguir, para que cualquier investigador pueda reproducir los
descubrimientos biológicos efectuados y comparación de los resultados.
El cambio de domicilio a un ambiente más propicio al desarrollo de
nuestras investigaciones, así como la colaboración que se nos ha empezado
a prestar, en orden a la comprobación de todas las cuestiones que anterior-
mente hemos planteado, hará que nuestras técnicas y descubrimientos sean
introducidos en el modus operandí diario, venturosamente para todos.
Sólo este primer trabajo de esta segunda época será en parte especu-
lativo, porque siempre es legítimo especular —que es como tender los arcos
de un puente— cuando los pilares son de índole experimental y se encuen-
tran firmemente asentados.
En el último trabajo publicado, el 20 de junio de 1961, dábamos a enten-
der que perdería el tiempo cualquier investigador que tratase de caminar en
la solución del problema del cáncer por otro camino distinto al que nuestras
investigaciones habían puesto en evidencia, como asimismo al que tratase
de hacer creer que las moléculas vivas poseen una constitución distinta de la
que habíamos apuntado.
Hemos estado vigilando por si se vertían algunos conceptos sobre estas
materias, con el fin de evitar un viciamiento de conceptos que retrasaran y
condenaran al ostracismo los dos aspectos fundamentales que hemos defi-
nido en los trabajos de la primera época.
Durante el tiempo que ha durado nuestro silencio hemos leído el redescu-
brimiento por enésima vez de virus en el cáncer, sin que ninguno de sus
redescubridores haya cumplido las promesas que su redescubrimiento
prometía.
No nos hemos creído obligados a hacer más aclaraciones de las que en
su día hicimos, pero es ahora el premio Nobel Dr. Salk el que echa toda su
— 197 —

autoridad por delante, afirmando la presencia de virus en el cáncer y anun-


ciando que va a intentar la preparación de una vacuna.
En otro orden de conceptos, hemos de volver sobre el cisma que crearon
las declaraciones del Dr. Ochoa al afirmar que las moléculas de RNA que
había conseguido por síntesis biológica poseían vida, como afirmó la Prensa
nacional en su día con grandes titulares.
El prestigio de ambos hombres de ciencia gravitando sobre estas afirma-
ciones —aunque tenemos entendido que el Dr. Ochoa desmintió posterior-
mente las afirmaciones de la Prensa sobre la vitalidad de sus moléculas—
podrían hacer mucho daño al llevar el confusionismo a problemas que en
ambos aspectos hemos hecho pasar del terreno de las especulaciones al
campo experimental.
Los que ingenuamente creyeron en las afirmaciones que la Prensa puso
en boca del Dr. Ochoa —que no fueron pocos— sobre que sus moléculas de
RNA tenían vida, desconocían la mecánica bioquímica que la genera.
Ignoraban que la mínima porción de ente vivo es el producto del siguiente
círculo vicioso:
Energía condensada en forma de RNA-DNA, que es necesaria para casos
de emergencia al morir las células que los alberga y que sirve, además, de
patrón para la síntesis de proteína enzimática + equipo enzimático acoplado
al RNA-DNA, capaz no sólo de «quemar» cadenas carbonadas en proceso
glucolítico con auxilio del oxígeno unido a la hemoglobina, sino de servir de
equipo catalítico con el auxilio de la energía Iiberada en la glucólisis, para
autosintetizarse en un proceso duplicativo + acción combinada del equipo
enzimático de la «unidad vital» sobre un sustrato de glucosa, a la que
«quema» por degradación glucolítica aerobia con el concurso del oxígeno
hemoglobínico, en cuyo ciclo se desprende energía bioquímica + utilización
de esta energía para autosintetizarse por acción de su equipo enzimático
sobre purinas, pirimidinas, pentosas, fosfórico y aminoácidos, cuya ordenada
condensación conduce a una exacta duplicación de su estructura, y vuelta a
empezar.
Vemos, pues, que fatalmente la constitución más elemental de un ente
vivo está vinculado a la estructura ya descrita por nosotros anteriormente: es
decir, núcleo de DNA o RNA, con el aditamento proteico del equipo encimá-
tico, y esta estructura está fatalmente vinculada para poder multiplicarse a un
sustrato donde existan libres azúcares sencillos o al menos aminoácidos que
degradar en proceso glucolítico aerobio para disponer de energía química y
— 198 —

material sencillo —no condensado— de sus propios elementos constitutivos,


es decir, purinas, pirimidinas, ribosa o desoxirribosa, fosfatos y aminoácidos,
que ellos se encargan de ordenar específicamente para duplicarse, y por
descontado un mecanismo oxidativo necesario para poder cumplir el ciclo de
glucólisis aerobia.
Este sustrato que existe en las células vivas de todos los animales merced
a que comen e hidrolizan lo que comen, y respiran, es el sustrato necesario a
los genes, fagos y virus, y que al reproducirlo en nuestro F. P. A. ha dado
lugar a su cultivo fuera de las células vivas.
Como ya dijimos en un trabajo anterior, al hablar de los «enzimas vitali-
zados», el núcleo de DNA o RNA de las «unidades vitales» dispondrá de
numerosos DNA o RNA diferentes cualitativamente en secuencias nucleo-
líticas, porque han de servir de molde, de negativo, a las variadas secuencias
proteicas de sus distintos enzimas.
De aquí que el Dr. Ochoa había conseguido solamente condensar RNA a
partir de sus elementos, por medio de un enzima del Azobacter Vinelandil
—aunque no explicó, por lo menos en la Prensa, qué fuente energética había
ayudado a condensar al citado enzima—, sin seguirse en la síntesis ningún
patrón natural de ordenación, y no pudo, por tanto —y porque le faltaba un
equipo enzimático acoplado y un sustrato apropiado—, desencadenar el
«círculo vicioso» que origina la vida.
Nosotros hemos conseguido la síntesis biológica de DNA-Proteína
siguiendo el patrón multifacéticamente ordenado de los entes vivientes, y
hemos desencadenado el «círculo vicioso vital», creando entes vivientes,
como resultado de la multiplicación seriada de entes vitales preexistentes,
pasados en forma de moléculas víricas por placas esterilizantes que han
introducido en el medio artificial de cultivo exento de células vivas —en el F.
P. A.— un patrón de ordenación biológica.
Los aminoácidos, purinas y pirimidinas, desoxirribosa o ribosa y fosfatos
libres en el medio de cultivo como consecuencia de una hidrólisis cuidadosa,
son utilizados en un proceso condensante que conduce a la formación de
DNA-Proteínas por los elementos víricos inoculados a través de placas este-
rilizantes, en el proceso de su duplicación, gracias a que pueden utilizar el
mecanismo de oxidación de las células vivas en forma de oxihemoglobina
agregada, que les permite, con el concurso de sus enzimas, «quemar»
cadenas carbonadas en un proceso de glucólisis aerobia.
— 199 —

Al final, todos los elementos sencillos han desaparecido para integrarse en


edificios moleculares de DNA-Proteína vivos.
Al crear en el F. P. A. las mismas condiciones de sustrato que los virus
buscaban en las células vivas, hemos dado un golpe mortal a un principio
dogmático sostenido contra toda lógica, que ha mantenido el problema de los
virus en un terreno completamente artificioso. Con esto queremos dejar
sentado definitivamente que ni el DNA, ni el RNA, por sí solos, pueden
poseer capacidad duplicativa, y, por tanto, vida, si no llevan acoplados un
equipo enzimático de doble acción, glucolítica y condensante, y mucho
menos si no están situados en el sustrato de una célula viva o en nuestro F.
P. A.
Esto nos lo denuncian claramente los genes, virus y fagos que son DNA o
RNA proteínas, por constitución química, y que necesitan el sustrato de la
célula viva o nuestro F. P. A.
Ocupémonos ahora de las afirmaciones del Dr. Salk.
El Dr. Salk parece haber manifestado que ha detectado la presencia de
virus en el cáncer. Pero resulta raro de todo punto que sea capaz de detectar
—presentimiento más bien— la presencia de virus en el cáncer que en lo
tocante a transmisibilidad, como se demostró con los presos de Sing-Sing y
en otras pruebas, serían completamente intransmisibles y, por tanto, sapró-
fitos para el inoculado, y no haya conseguido detectar, ni sospechar, la
presencia de virus simbiones presentes fatalmente en todos los organismos
vivientes.
Tan fatalmente, que sin ellos sería imposible la vida animal.
Son los «fermentos vivos» que al morir el animal o la planta autolizan el
cadáver, cuya autólisis puede evitarse por inhibición de sus equipos enzimá-
ticos con el formol, como los cadáveres de nuestros departamentos anató-
micos, o con el frío, como el célebre mamut de Siberia, o con la estabili-
zación en las plantas para salvar sus glucósidos y demás principios activos
de una segura hidrólisis.
¿Nos podría decir que virus —en el concepto actual que tiene de ellos—
puede producir en el seno de la célula cancerosa la síntesis de aminoácidos
dextrógiros, cuando sólo poseen enzimas para catalizar su síntesis agentes
del grupo Streptomyces, bacilos aerobios esporulados y algunos hongos?
En su día dimos cuenta de que la mayoría de los tumores benignos son
debidos a formas submicroscópicas de Streptomyces, que si se consiguen
recuperar en cultivo artificial y se inyectan reproducen el tumor y son capa-
— 200 —

ces de permanecer en estado de latencia durante mucho tiempo, lo que


demuestra que no actúan incorporados al material génico de la célula cance-
rosa como material propio de ella, y los malignos a una mutación de estos
Streptomyces: la bacteria de Scheurlen en sus variadas estirpes antigénicas,
que responden todas al tipo del bacillus mesentericus ruber, más o menos
pronunciadamente.
El material germinal de los esporos de estas bacterias es adquirido por
células polarizadas por lesión de su equipo génico como material propio, lo
que las conduce a su cancerización; pero la bacteria aislada en cultivo, lo
mismo que sus esporos, son inocuos en sí y no determinan ningún tipo de
tumoración, a menos que se produzca la transmisión del material germinal.
Si se inyectan cien esporos intravenosamente a un conejo, a los dos o tres
meses, o incluso al año, persisten los mismos circulando, porque in vivo no
pueden regresar a sus formas vegetativas, que serían destruidas.
Las mutaciones de Streptomyces a bacteria de Scheurlen se producen en
cierto número de casos, en tubos sembrados con Streptomyces y cerrados
inmediatamente a la llama del soplete, apareciendo sobre colonias del Strep-
tomyces sembrado hasta uno o dos meses después de haber sido cerrados
los tubos.
Hay que admitir, como consecuencia, que un Streptomyces que está
actuando en una célula fibro o miomatosa en forma submicroscópica, puede
mutar al material germinal de la bacteria de Scheurlen, malignizándose el
proceso si la célula admite este material como propio.
En abono de todo esto está el hecho de que ciertos antibióticos produ-
cidos por Streptomyces actúan contra otros Streptomyces.
Tuvimos ocasión de comprobarlo en nosotros mismos al inocularnos acci-
dentalmente con un Streptomyces aislado de un proceso fibromatoso de
útero.
Al cabo de unas semanas empezó a formarse un bulto en la muñeca
izquierda, que con períodos estacionarios fué creciendo durante dos años.
Este mismo Streptomyces mataba a los conejos inoculados por vía
intracerebral en unos dos meses, existiendo en todos los casos un tumor
cerebral.
Un día, al tratarnos una bronquitis con Bristacilina, desapareció casi del
todo, para volver a crecer de forma más violenta unos tres meses después.
Entonces tomanos una colección de antibióticos de amplio aspecto, que
se mostraron totalmente ineficaces, pero al volver a tomar Bristacilina de
— 201 —

forma más continuada nos desapareció hasta la fecha.


Posteriormente hemos visto desaparecer fibromas y miomas uterinos que
producían fuertes hemorragias con la administración de sólo dos frascos de
bristacilina.
Pero existe otro dato curioso, que consiste en que los antibióticos produ-
cidos por Streptomyces no atacan a sus formas mutantes, los bacilos aero-
bios esporulados, pues si la bacteria de Scheurlen nace por mutación, sobre
colonias de Streptomyces, es porque no es atacado por su Streptomyces
«madre».
En esto se basa también empíricamente una especialidad farmacéutica
constituida por esporos del bacilus Subtilis, que sirve en los tratamientos
largos con Bristacilina, Estreptomicina y Clorofenicina para sustituir la flora
sensible intestinal destruida por otra flora resistente.
Y el bacilus Subtilis resiste a la acción de los antibióticos elaborados por el
Streptomyces productores de la Bristacilina, por el griseus productor de la
Estreptomicina, y por el Venezuelae, productor de la Clorofenicina, porque
todos estos Streptomyces son próximos «parientes» del Streptomyces
«madre» del bacilus Subtilis, de la que probablemente es originado, como la
bacteria Scheurlen, por mutación.
No obstante, vemos cómo un antibiótico producido por un Streptomyces,
como la Bristacilina, tiene actividad contra ciertos tumores benignos produ-
cidos por formas submicroscópicas de Streptomyces, la que demuestra que
en la naturaleza, en el suelo, existe una «guerra sorda» entre ellos.
Aprovechemos este antagonismo en el tratamiento de los tumores benig-
nos, puesto que el ente funciona como material independiente al de la célula
tumoral benigna.
En cuanto al tratamiento de los malignos, hay que actuar por la acción
vacunante del material génico de la bacteria de Scheurlen, porque este
material génico no funciona autónomamente, sino acoplado como material
propio en los cromosomas de la célula cancerosa.
La fina sensibilidad del Dr. Salk ha percibido la necesidad de utilizar la
acción selectiva de una vacuna contra el cáncer, pero ha equivocado la
etiología.
Hacemos la aclaración de que existen virus tumorales tan transmisibles
como el de la mixomatosis del conejo, y en menor escala en otros procesos
neoplásicos animales.
— 202 —

Es posible que también en muy restringida escala lo sean algunos huma-


nos, pero la inmensa mayoría de ellos tienen por causas las denunciadas por
nosotros en los trabajos de la primera serie y en éste.
Tampoco se nos oculta el hecho de que el Streptomyces funciona en los
tumores benignos como un seudovirus; tampoco el que en el linfogranuloma
de Hogkin y en algunos tipos de leucemias la fracción agregada a los genes
celulares proceda del bacilo de Koch, también cercano en parentesco a los
Streptomyces, así como el que existan materiales antigénicamente distintos
dentro de la bacteria de Scheurlen; pero rechazamos el concepto de la exis-
tencia de virus en el cáncer, por lo menos en el esquema actual que los
demás tienen actualmente sobre ellos.
En uno de nuestros trabajos también caímos en este error, pues por haber
trabajado con más intensidad con sangre de cancerosos a falta de otro
material, creímos que los virus simbiontes que crecían en nuestro F. P. A.
(fluido protoplasmático artificial) tenían algo que ver con el cáncer.
Después comprobamos que existían en la sangre de todas las personas y
animales.
En los trabajos anteriores dijimos que un gen y un virus sólo se diferen-
ciaban en que unos están envueltos por la membrana nuclear intacta que
impide el paso de coenzimas, y el otro está fuera.
Este concepto, merced a demostraciones experimentales, ha sido modifi-
cado en el siguiente sentido:
Si utilizamos solamente el hidrolizado del F. P. A. e inoculamos en él una
gota de una suspensión de virus de cualquier índole, las moléculas víricas no
se multiplican, pero lo hacen activamente en el momento que le agregamos
hemolizado de sangre a través de placa esterilizante.
Esto demuestra hasta la saciedad que el concurso del oxígeno combi-
nado, que se utiliza en los procesos de oxidación de las células vivas, es
absolutamente necesario para el proceso de autosíntesis de las «unidades
vitales».
Es lógico pensar, por tanto, que el equipo cromosómico de la célula
cancerosa «respira»; es decir, utiliza oxígeno para un proceso glucolítico
aerobio que le proporciona la energía suficiente para duplicarse incansa-
blemente.
Pero los genes no respiran, puesto que en el núcleo celular no hay respi-
ración.
— 203 —

Llegamos, pues, a la obligada consecuencia de que gen que «respira» no


es gen, es un virus.
Así, pues, el equipo génico de la célula cancerosa, por el hecho de
consumir oxígeno, podría desencadenar un proceso glucolítico aerobio y
disponer, por tanto, de energía propia para automultiplicarse activamente,
reúne todas las características de un equipo vírico perfecto.
La consecuencia inmediata de todo ello es que la membrana nuclear que
normalmente sólo permite el paso del agente oxidante durante el transcurso
de la mitosis, evitando luego su paso, está permanentemente alterada en la
célula cancerosa.
Hablará en contra de una glucólisis aerobia y a favor de una glucólisis
anaerobia el hecho de que en los tumores malignos se acumula una apre-
ciable cantidad de ácido láctico, puesto que un grupo numeroso de tejidos
normales, como hígado, bazo, timo, etc., no producen ácido láctico en
aerobiosis o lo hacen en pequeña cantidad.
En cambio, un reducido número de ellos, como la retina, placenta, em-
brión de rata, y los tejidos malignos, si bien se reduce en ellos la producción
de ácido láctico, al pasar de anaerobiosis a una atmósfera de oxígeno, esta
reducción es menor que en los casos anteriores y produce una cantidad
relativamente grande de ácido láctico en aerobiosis.
Es decir, que su glucólisis aeróbica es elevada.
Esta acción inhibidora del oxígeno, de disminuir el consumo de glucosa y
la produción de ácido láctico, se conoce con el nombre de «efecto Pasteur».
Es común expresar, como un índice de esta diferencia, que los tejidos en
los cuales es grande la reducción del consumo de los hidratos de carbono y
la producción de ácido láctico cuando pasan de anaerobiosis a aerobiosis,
presentan un «efecto Pasteur» elevado. La circunstancia de presentar los
tejidos malignos y algunos tejidos normales muy particulares, un «efecto
Pasteur» bajo en relación a la mayoría de los tejidos normales constituye una
diferencia metabólica entre ambos grupos, que en el caso de los tejidos
malignos estaría vinculada al proceso biológico que en ellos se desarrolla.
Se acepta actualmente que el mecanismo del «efecto Pasteur» es debido
a que en las oxidaciones que ocurren en aerobiosos, el fosfato inorgánico
disminuye en su concentración celular, pues es empleado en la formación de
uniones fosfóricas de alto contenido energético.
Esta disminución trae como consecuencia que las relaciones de la glucó-
lisis que conducen a la formación de ácido láctico, y para las cuales el fosfato
— 204 —

inorgánico es necesario, disminuyen en intensidad en la aerobiosis.


Cuando se pasa a anaerobiosis, el fosfato inorgánico se acumula, por
formarse muchas menos uniones fosfóricas de alto contenido energético y
acumulación de ácido láctico.
En favor de esta hipótesis se menciona el hecho de que determinadas
sustancias que inhiben la formación de uniones fosfóricas en los procesos de
oxidación inhiben también la aparición del «efecto Pasteur» al pasar un tejido
de la anaerobiosis a la aerobiosis.
Con estos últimos datos el esquema resulta claro:
Tenemos en el núcleo de la célula cancerosa un equipo cromosómico no
protegido por una membrana nuclear intacta.
(Una imagen frecuente de los carcinomas es la presencia de varios
bloques cromatínicos alojados irregularmente en el interior de un núcleo
desprovisto de membrana. Ewing: Oncología.)
Que, como consecuencia, ha pasado de un sistema poco energético de
glucólisis anaerobia a un sistema muy energético de glucólisis aerobia.
Pero el «efecto Pasteur», que debía llevar como consecuencia la desapa-
rición de la producción de ácido láctico al pasarse de anaerobiosis a aero-
biosis, se encuentra inhibido en este caso en bastante proporción, debido a
que, como explicamos en otra parte de estos trabajos, la fracción extraña
agregada al equipo génico posee en sus proteínas dextrógiras inhibidores de
los intermediarios de las fosforilaciones, y hemos visto «que determinadas
sustancias que inhiben la formación de uniones fosfóricas en los procesos de
oxidación, inhiben también la aparición del «efecto Pasteur», y, por consi-
guiente, es perfectamente comprensible la coexistencia de una intensa glu-
cólisis aerobia, con una acumulación de ácido láctico en la célula cancerosa.
Pero estamos quizá ante el hecho de que es probable que el freno im-
puesto por el «efecto Pasteur» a la glucólisis aerobia sitúe a los genes
cancerígenos en una situación energética intermedia entre la glucólisis anae-
robia y la glucólisis aerobia.
Es decir, entre la energética de los genes celulares normales y la de los
virus simbiontes y patógenos.
La primera permitiría a los genes atender a la síntesis enzimática, pero no
a su duplicación, circunstancia que quizá se deba también a que durante las
interfases mitósicas normales la membrana nuclear impida la llegada de
purinas, pirimidinas y desoxirribosa hasta los cromosomas.
— 205 —

La segunda permitiría a los virus duplicarse activamente, como se de-


muestra en los cultivos de virus en el F. P. A.
Y la posición de energía intermedia que permitiría a los genes virus de la
célula cancerosa mantener un ritmo de duplicación mucho menos intenso
que en los virus normales, y que marcaría a los procesos tumorales con un
sello característico de relativa cronicidad. Cronicidad que no afecta a los
virus tumorales, que como en la mixomatosis del conejo actúan en plena
aerobiosis con «efecto Pasteur» nulo, por funcionar independientemente del
equipo cromosómico, lo que les permite duplicarse activamente determi-
nando un proceso tumoral agudo.
Para mayor abundamiento, se sabe que la glucólisis anaerobia, en condi-
ciones normales, es muy débil en el núcleo celular, puesto que si se ponen
células en condiciones de anaerobiosis, el 80-90 por 100 de la glucólisis se
efectúa en el citoplasma, y el núcleo es bastante más del 10-20 por 100 de la
célula generalmente, por lo que hay que pensar que la célula limita la dosis
de energía disponible por los cromosomas en condicones normales, a través
de un mecanismo selectivo localizado en la membrana nuclear.
La aparición de la primera célula cancerosa maligna lleva consigo la apa-
rición de proteínas dextrógiras en ella y la aparición de glucólisis aerobia, por
pérdida de la acción de control de la membrana nuclear sobre la limitación de
la energía disponible por el núcleo normal.
Se puede establecer que primero sus genes adquieren estas proteínas
dextrógiras —cuya procedencia ya hemos analizado— que alteran la norma-
lidad de la membrana nuclear, y que esta alteración lleva como consecuencia
la aparición de la glucólisis aerobia, y que ésta conduce a un incremento
considerable del potencial energético disponible por las estructuras cromo-
sómicas, lo que conduce a la duplicación celular.
Así, pues, sólo existen dos opciones: o llevamos razón en nuestra concep-
ción de la génesis del cáncer, avalada por múltiples comprobaciones efec-
tuadas a lo largo de más de veinte años, y los genes o cromosomas de la
célula cancerosa han admitido material génico extraño que ha modificado la
integridad de la membrana nuclear, transformándose el equipo génico en
equipo vírico, en cuyo caso, actuando por vacunoterapia, desprenderían la
fracción extraña agregada, que los hizo mutar, restituyéndose la normalidad
en la membrana nuclear y transformándose los virus-genes cancerígenos
nuevamente en genes, o desapareciendo las células alteradas por autólisis
después de haber desaparecido la fracción extraña, o la célula cancerosa es
— 206 —

el resultado de la conversión de un equipo génico normal en un equipo vírico


normal, por una irreversible permeabilización a la acción oxidante de su
membrana nuclear, en cuyo caso hay que despedirse de encontrar una
solución, pues nunca podremos destruir un equipo génico-vírico normal sin
destruir al ser vivo portador de ellos.
Afortunadamente, existen muchos indicios de que llevamos razón.
Y esta firme esperanza de conseguir inmunización por medio de vacunas
contra los procesos tumorales se basa, aparte de las altas obtenidas en el
tratamiento de varios enfermos, en las siguientes razones:
Sólo muy pocos virus patógenos son en la totalidad de su estructura
extraños al organismo que atacan.
La gran mayoría son simbiontes mutados por habérseles agregado una
fracción enzimática o génica procedente de una bacteria.
Tenemos el antecedente de un simbionte bacteriano: el colibacilo, que
accidentalmente, por una mutación de características, se convierte en pató-
geno.
La fracción bacteriana agregada al virus simbiotente define a éste en su
acción patógena, vinculándolo al mismo tropismo que poseía la bacteria que
produjo la mutación.
Si una bacteria del árbol respiratorio es la que efectúa la transferencia al
virus simbionte, éste se instituye en un virus de constipado, en un virus gripal
o en un virus productor de una neumonía atípica, que sólo actuará, de prefe-
rencia, por tropismo adquirido en el lugar que actuaba la bacteria que lo hizo
mutar.
En las virosis graves, el simbionte mutado desplaza totalmente al sim-
bionte no mutado, lo que acarrea la muerte del enfermo.
Pero en todas estas virosis es posible adquirir inmunidad, que consistiría
en actuar específicamente contra la fracción agregada al simbionte, lo que es
posible por ser una fracción heteróloga y, por tanto, normalmente antigénica,
respetándose al simbionte que vuelve a la normalidad, porque por tratarse de
material homólogo carece de poder antigénico para la especie que normal-
mente lo alberga.
De lo explicado se desprenden dos procedimientos de vacunación: uno
indirecto, utilizando el material génico encerrado en los esporos de la bac-
teria de Scheurlen, o sea, su RNA-Proteína, que por ser en la mayoría de los
casos la fracción extraña y, por tanto, heteróloga y, por tanto, antígena, agre-
gada al equipo génico-vírico mutado, a equipo génico normal, o a la elimina-
— 207 —

ción autolítica, como ha ocurrido en los casos que se han resuelto satisfac-
toriamente.
El otro camino sería directo, pues si en nuestro F. P. A. crecen los virus
simbiontes y patógenos, también crecen los genes-virus cancerígenos.
En este cultivo se multiplicarían fuera de las células, enriqueciéndose el
cultivo con estos genes-virus, y como estos genes-virus son cancerígenos
por llevar una fracción extraña agregada, heteróloga y, por tanto, antigénica,
produciríamos una inmunidad; es decir, despegaríamos la fracción extraña
agregada por acción vacunante, por el mismo mecanismo que se consigue
inmunidad contra los virus simbiontes mutados; es decir, contra los virus
patógenos en general.
La obtención de gran cantidad de estos antígenos puros y libres de células
no constituye ya ningún problema.

¿QUE ES LA VIDA Y QUE ES LA MUERTE?


Basta echar una ojeada a nuestro alrededor, o a través del microscopio,
para darnos cuenta de que la vida sólo existe en nuestro planeta —y proba-
blemente en los demás que reúnan condiciones para el desarrollo de la vida
orgánica— emanando de células más o menos autógrafas, formando parte,
bien de vidas colectivizadas de seres superiores, integrados por complicadas
especializaciones de una célula inicial, o bien formando aisladamente seres
unicelulares, como esos palitos con vida que vemos atravesar raudos el
campo microscópico.
Pero las células, como hemos apuntado en nuestro anterior trabajo, son el
resultado de la unión simbióntica de dos tipos de «entes» que se necesitan y
se complementan de tal forma que la vida de ambos está fatalmente ligada a
la unión simbióntica.
Resulta de toda claridad que toda acción que rompa dicha simbiosis
produce un estado de emergencia en el «ente» aislado, que lo conduce a
una latencia vital.
El «ente» génico rige la vida de la célula, de la que el «ente» citoplasmá-
tico no es más que un «ente» pasivo encargado de fijar el oxígeno mediante
un sistema de citrocromos. —¡Hay del «ente» citoplasmático si deja de «res-
pirar», es decir, de iniciar el proceso, siquiera durante cuatro minutos!—. El
— 208 —

«ente» nuclear lo «devora» entonces y rompe la simbiosis, arrastrando la


desaparición de ésta como paso inicial, la cesación de la emanación de la
vida colectiva celular, es decir, del individuo.
No quiere decir esto que el «ente» citoplasmático sea destruído directa-
mente por los «entes» nucleares, sino por los enzimas elaborados por éstos,
que han pasado a través de conductillos a compartimentos estancos situados
en el seno del «ente» citoplasmático.
Los enzimas «rompen» las barreras, e hidrolizan la estructura proteica del
«ente» citoplasmático, para proporcionar el último hidrolizado a los sim-
biontes nucleares, que restan en estado de vida latente.
Por eso cuando un fago penetra en el citoplasma de una bacteria —y ya
sabemos por trabajos anteriores que un fago es un gen libre, de la misma o
de una especie próxima a la que ataca— y se pone en contacto directo con
el simbionte citoplasmático, lo hidroliza transformando la proteína citoplas-
mática en proteína de fago, pues en este caso el equipo enzimático del fago
no ha entrado por los conductillos, sino que se ha puesto en contacto directo
con la estructura proteica del simbionte, por lo que lo hidroliza para resinteti-
zarse.
De aquí se deduce claramente que el simbionte citoplasmático corre un
grave peligro si se pone en contacto con los simbiontes nucleares, y por esto
ha de estar separado de ellos por una membrana, y recibir los enzimas ela-
borados por los genes, por conductos, y estacionarlos para su utilización en
lugares definidos.
Ya apareció otra función de la membrana nuclear.
De toda esta serie de circunstancias resulta que si tomamos como la más
elemental manifestación de vida la multiplicación, y ésta no es posible sin el
acoplamiento simbióntico de los dos «entes», la vida resulta de la unión
simbióntica.
Es decir, que un virus aislado por ultracentrifugación es un «ente» sin
vida, porque no está en presencia del simbionte citoplasmático, y lo mismo le
ocurre a un virus o a un gen en una célula que ha dejado de «respirar». Pero
basta poner un virus en presencia de un simbionte citoplasmático que esté
«respirando», es decir, en el citoplasma de una célula de una especie recep-
tible, para que inmediatamente se multiplique activamente, pasando de vida
latente a vida activa.
Por eso los seres uni o pluricelulares poseen autonomía vital, y por eso los
genes, virus y fagos poseen vida condicionada.
— 209 —

Esto hemos podido demostrarlo gracias a nuestro F. P. A. (fluído proto-


plasmático artificial), y gracias a que, como se nos hace poco caso, cami-
namos sólo hacia las fuentes de la vida. Es una íntima satisfacción que nos
compensa, con creces, otros muchos sinsabores.
Ha resultado, en definitiva, que si trituramos células con un homogenei-
zador y le agregamos agua destilada, y mezclamos esto con F. P. A. y
filtramos por placa esterilizante, se produce una síntesis activa por conden-
sación de los elementos simples del F. P. A. que da lugar a tres tipos de
estructuras. Las tres se inician en forma de retículos libres filamentosos de
naturaleza proteica, pero uno de ellos da origen a gametos esféricos y está-
ticos femeninos, otro a gametos pequeños y móviles masculinos y el tercero
permanece estéril.
Las estructuras reticulares son proteicas. Ambos gametos son DNA
proteínas.
Tenemos, pues, sueltos y con vida independiente en el medio, a los genes
y al simbionte citoplasmático.
El hecho de que el simbionte citoplasmático se autosintetice siendo de
naturaleza proteica, nos sitúa ante una génesis autónoma de proteína, es
decir, de un ser con vida propia de naturaleza proteica.
Pero resulta de todo esto que si los que hasta ahora han sido conside-
rados como enzimas estructurales del citoplasma —como la citocrooxidasa—
son capaces de autosintetizarse en las condiciones especiales que les
proporcionan nuestro F. P. A., y, por tanto, poseen vida, aunque ésta se
encuentre condicionada, la vida nace de estructuras más elementales de las
que hasta ahora han sido consideradas.
La vida misma de los seres superiores está condicionada a múltiples fac-
tores también; por ejemplo, a que no volviera a salir el sol, a que disminuya
la cantidad de oxígeno atmosférico, a que aumenten las radiaciones, a que la
Tierra le diese por aproximarse al Sol unos cuantos millones de kilómetros, o
alejarse, a que un día llegase el Sol a calentar a 80°, etc., etc.
Pero sólo nos interesa analizar cuáles son las condiciones mínimas que
un simbionte proporciona a otro, para que de la unión de los factores apor-
tados por ambos brote el fluido vital de las células.
Hemos manifestado en trabajos anteriores que si mezclamos el F. P. A.
con sangre hemolizada y pasamos la mezcla por placa esterilizante, se pro-
duce en el filtrado completamente limpio y transparente una activa síntesis
que lleva a un rápido enturbiamiento en el plazo de unas horas, y que este
— 210 —

enturbiamiento no se produce si se formola, o se pone el filtrado encima del


congelador, pues en un caso se inactiva la acción enzimática que decide la
acción autosintética, y en otro caso se detiene.
Si en lugar de sangre hemolizada mezclamos con el F. P. A. suero o
plasma, y filtramos, el filtrado permanece claro.
Esto quiere decir que los genes, virus y fagos no pueden utilizar el oxí-
geno difundido en el plasma, mientras que pueden utilizar el unido a la
hemoglobina.
Pero si razonamos llegamos a la siguiente conclusión:
La hemoglobina no llega a las células, pues su misión, de todos conocida,
es transportar y ceder al plasma empobrecido el oxígeno que lleva disuelto.
Cuando éste se hace intersticial lleva hasta el seno de los tejidos el oxígeno
que resta en disolución.
Luego una célula hepática, por ejemplo, se encuentra, con respecto a esta
circunstancia, igual que una bacteria en un líquido, es decir, ambas: la célula
perteneciente a una colectividad celular y el ser unicelular toman el oxígeno
del difundido en líquidos.
Pero como los genes viven estáticamente, a los efectos duplicativos, en
las células, los virus se multiplican en ellas, y a las células no llega hemo-
globina, era lógico pensar que existe un mecanismo independiente de la
hemoglobina que proporciona oxígeno utilizable a los genes, a los virus, y a
los fagos, porque además las bacterias en los que estos últimos se multi-
plican carecen de sangre y, por tanto, de hemoglobina.
En virtud de este razonamiento, hemos agregado al F. P. A. homogenei-
zado de células, plasmolizado en agua destilada y filtrado por placa esterili-
zante, y sin necesidad de agregar sangre hemolizada se ha efectuado una
síntesis activísima donde son claramente diferenciables los dos tipos de
«entes» simbiónticos referidos anteriormente.
Tenemos, en definitiva, síntesis activa con F. P. A. y hemolizado, y sín-
tesis activa con F. P. A. y homogeneizado de células.
Por el contrario, si mezclamos con el F. P. A. plasma o suero, la mezcla
queda transparente.
Y esto tenía que ser así porque si este proceso de activa síntesis proteica
y DNA-proteica se efectuase en el plasma sanguíneo, los seres morirían de
embolia en la primera comida que efectuasen. Basta observar la activísima
síntesis de los dos primeros casos para darnos cuenta de que esto ocurriría
fatalmente. Por eso, cuando hay hemólisis, la hemoglobina se degrada rápi-
— 211 —

damente a pigmentos ictéricos, o ha de eliminarse rápidamente por hemoglo-


binuria. Por eso también los glóbulos rojos van a morir al interior de macro-
crófagos endoteliales que degradan rápidamente el pigmento hemoglobínico,
y por eso se eliminan finalmente como pigmentos biliares.
Volviendo sobre el «ente» proteico citoplasmático nos encontramos ante
el hecho evidente de que es un ser vivo que se multiplica, de donde resulta
que el DNA o el RNA no son imprescindibles en estos «entes» vivientes, y de
aquí llegamos a la conclusión de que el DNA y el RNA rigen las «formas» de
vida, pero no a la vida en sí.
Es decir, se instituyen en patrones ordenadores de morfologías especí-
ficas, pero la vida en sí no depende de ellos.
Y de aquí decidimos que la vida amorfa no precisa de los ácidos nucleí-
nicos.
Pero la vida amorfa, es decir, de «entes» no limitados por membranas
celulares, es asexual, y la supervivencia por adaptación al medio de los
mejor dotados exige dinamismo morfológico y fisiológico. La vida exige estar
limitada y separada del medio exterior, y traslación en busca de sustrato, y la
simple presencia de una membrana celular, o de un flagelo, implica ya una
representación de estas características morfológicas en un DNA o RNA
génicos.
Por esto la adaptación morfológica y fisiológica al medio ambiente no es
encomendada al «ente» simbióntico proteico, sino al «ente» simbióntico
nuclear, sexuado dinámico y DNA-proteico, porque la sexualidad dimana
diversificación, y ante circunstancias de emergencia ambientales sólo sobre-
viven los mejor dotados. La vida, merced a la información recibida del medio
ambiente por la DNA-proteína, cambia morfológica y fisiológicamente, adap-
tándose al estrecho callejón por el que la obligan a caminar las circuns-
tancias ambientales. Gracias a que la DNA-proteína es consecuente, las
especies seguirán adaptándose a paulatinos cambios ambientales a través
de los siglos, con paulatinos cambios fisiológicos y morfológicos. La DNA-
proteína acepta la esclavitud del mundo físico, y gracias a ello las especies
evolucionan.
Volviendo a considerar las consecuencias resultantes de la modificación
efectuada en el F. P. A. al mezclar con este medio homogeneizado de célu-
las en lugar de sangre hemolizada, resulta que los enzimas respiratorios
citoplasmáticos que pasan a través de la placa esterilizante procedentes del
homogeneizado celular, se manifiestan, no como enzimas inertes, sino como
— 212 —

«entes» capaces de multiplicarse, pero a la par ponen el oxígeno por ellos


fijado al alcance de los simbiontes génicos, y éstos se multiplican sin nece-
sidad de agregar hemoglobina.
Pero hemos llegado más lejos aún, en una demostración completamente
revolucionaria, pero de una lógica aplastante, y es la siguiente:
Tomamos carne de ternera y la hidrolizamos a término, filtrando y esteri-
lizando después.
Agregamos ahora una pequeña cantidad de homogeneizado de carne de
cerdo al F. P. A. y filtramos por placa esterilizante. Obtenemos ahora una
cantidad de materia autosintetizada que exprimida viene a pesar lo que pesa-
ba la carne de ternera menos el material no hidrolizado. Pero este material
es íntegramente proteína y DNA-proteína de cerdo. Es decir, hemos destruí-
do las secuencias en aminoácidos, y las propias del DNA de la ternera por
liberación hidrolítica, y después el patrón de ordenación proteico y DNA-pro-
teico, introducido en pequeña cantidad con el filtrado procedente del cerdo,
ha producido una ordenación de secuencias con arreglo al patrón cerdo.
No hay que asustarse, pues un niño come carne de ternera y la convierte
en carne de niño. Sólo que esta vez lo hemos conseguido in vitro.
Así, pues, la vida más simple es la que podemos sorprender en nuestro F.
P. A., pero fuera de este medio artificial de cultivo sólo existe vida activa
cuando los dos simbiontes se reúnen y se asocian. Vegetativa cuando se
encuentran separados por una membrana nuclear, germinativa cuando al
romperse o desaparecer la membrana, se ponen ambos en contacto directo.
Ya hemos analizado en otro trabajo anterior las precauciones que el «ente»
citoplasmático adopta durante el espacio de tiempo que dura la duplicación
del «ente» nuclear, con vistas a que sólo se duplique una sola vez, y con
vistas a salvar su propia integridad.
Por la acción combinada de ambos simbiontes se «queman» cadenas
carbonadas, y el motor de la vida se pone en marcha al disponer de energía
para ello. Pero como claramente se desprende, independientemente de la
estructura simbiotizada, hace falta para que arranque el motor el sustrato
«quemable» por cuya consecución luchan todos los seres, unos directa-
mente comiendo hierba, otros indirectamente en lo alto de un andamio o
haciendo oposiciones para ingresar en la Administración.
Cada ser obtiene su F. P. A., que en este caso es F. P. N. (fluído proto-
plasmático natural), con los medios a su alcance. Bondadosamente si no
— 213 —

existen dificultades, o por la violencia si existen.


Una mitad la obtienen todos lo mismo: respirando.
La otra mitad, el hidrolizado, unos lo obtienen a partir de hierba o pastos
en plena dehesa, y otros con potaje de garbanzos o chuletas empanadas,
etc., en pleno restaurante.
Así, pues, la autosíntesis vital plantea en último término el mismo pro-
blema que plantea la edificación.
Un arquitecto diseñador: DNA.
Mezcla para unir: Enzimas catalíticos.
Ladrillos: Sustrato hidrolizado.
Albañiles: Energía resultante de las combustiones bioquímicas.
Así se edifica un rascacielos, y así se edifica un elefante.
De todo ello resulta que los virus buscan en las células vivas el establecer
una simbiosis con el «ente» citoplasmático de la célula, y que éste no se lo
consiente por las buenas, porque al entrar directamente fuera de la «vía
normal» en las estructuras citoplasmáticas las hidroliza por acción enzimática
directa.
Existe, pues, agresión mutua, y a esta agresión responden los virus mini-
mizándose, lo que no hacen en el F. P. A. por no existir agresión.
Este «fuera de vía» es perfectamente explicable teniendo en cuenta que
no es lo mismo comer un bisteck de ternera que nos lo injerten debajo de la
piel.
La clave de la vida se sustenta, en definitiva, en que ninguno de los dos
«entes», por separado, puede llevar a cabo un proceso glucolítico generador
de energía.
Cuando se asocian aparece la energía, a la par que la vida. Aquí se
confunden ya emanación vital y fluído energético. Los dos brotan al mismo
tiempo.
Cuando la matrona corta el cordón umbilical al feto, en cuyo momento el
feto deja de ser un órgano más de la madre, y le da un azote, con la primera
inspiración angustiosa, con el primer llanto, una nueva vida colectivizada se
instaura. El feto pasa a individuo.
Si no grita se queda en feto, por no haber tomado posesión de la colectivi-
zación celular.
Para tomar posesión hay que respirar.
La angustiosa inspiración que produjo el primer llanto, asoció a los dos
«entes» simbiónticos y el motor de la vida arrancó.
— 214 —

Horas después solicitará con nuevos lloros la primera demanda de materia


prima para proporcionar el primer hidrolizado a sus células colectivizadas, en
un acto representativo y exigente. Se hace oír.
Muchos años después, un último suspiro estertoroso romperá la asocia-
ción, y la vida en colectividad desaparecerá por envejecimiento de los «servi-
cios públicos».
La organización en colectividad falla, y el que la representa desaparece
con ella, porque es ella misma.
Las células viven todavía, aunque en plena anarquía, y los «entes»
nucleares sostienen durante algún tiempo una latencia vital a costa de la
destrucción hidrolítica del «ente» citoplasmático.
Pero si los «servicios colectivos» son utilizables todavía, y la simbiosis se
ha roto per accidens, se puede restablecer y la representación es repuesta
nuevamente.
Después todo termina como empezó, pero en un proceso inverso. Síntesis
y análisis. Condensación constructiva e hidrólisis destructiva.
El árbol de la tierra, el animal del árbol, la tierra del animal. El ciclo se ha
cerrado. El ciclo de la vida es, pues, el ciclo del Nitrógeno y del Carbono.
Y en ese círculo se ha puesto de manifiesto que «la materia no se crea ni
se destruye, solamente se transforma».
Pulvis eris, et pulvis reverteris.
— 215 —

INFORMACION Y POSOLOGIA
Autovacunas para la inmunoterapia específica de las enfermedades
producidas por enzimas vivientes

Composición: Preparada con los tipos antigénicos de enzimas vivientes


inactivados, que el suero de cada enfermo haya hecho flocular.
Los «enzimas vivientes», capaces de duplicarse como una bacteria, o un
virus, cuando concurren las condiciones adecuadas, se convierten en
agentes etiológicos de enfermedades crónicas, progresivas y no contagiosas.
Aun dentro de un mismo individuo, sólo atacan a un tejido determinado,
porque su energética dimana de una sustancia específica de su cadena
metabólica, y de ella, y no de otra, derivan su ciclo vital. Los «enzimas
vivientes» nada tienen que ver con los enzimas conocidos actualmente por el
mundo científico, pues mientras estos últimos son elaborados por las células
vivas para la utilización del sustrato en el que viven, los «enzimas vivientes»
existieron antes que las células, y antes que ninguna otra forma de vida,
pues «brotaron» del mundo inorgánico, instituyéndose, por tanto, en el
origen de la vida.
Tenemos, en consecuencia, tres niveles en la etiología microbiológica:
- El nivel «enzimático con vida propia», invisible al microscopio electró-
nico, producto de la agrupación de aminoácidos, en parte levo y en
parte dextro, resultando de ello una transitoria termorresistencia y una
vinculación a la energética físico-química para su multiplicación.
- El nivel vírico visible al microscopio electrónico, resultante de la agru-
pación de enzimas normales, con especialidades distintas, que para
reproducir el equipo asociado han recurrido al molde desoxirribo o ribo-
nucleico. Este nivel es idéntico en virus, fagos y genes con autonomía
suficiente para vivir en el seno de células vivas receptoras y en conse-
— 216 —

cuencia productores de enfermedades infectocontagiosas.


- Y, por último, el nivel celular o bacteriano, visible al microscopio ordi-
nario, creado por agrupación de genes con especialidades distintas.
A las enfermedades determinadas por «enzimas vivientes» podemos apli-
carles la siguiente ley: Todo enfermo afecto de una enfermedad cuya etio-
logía sea hasta el momento desconocida, pero cuyo suero haga flocular a los
antígenos resultantes del proceso industrial presentado, se cura —si aún
está a tiempo— o se retarda en su progresión con los antígenos que hayan
floculado.
Si estos «enzimas vivientes» interfieren actividades propias del núcleo
celular, producen: neoplasias benignas, o malignas, si interfieren la secuen-
cia metabólica de la célula nerviosa, la parálisis general progresiva; si el
colágeno, artrosis; si el músculo, la amiotrofia general progresiva y además
espondiloartrosis, fiebres reumáticas no bacterianas, esclerosis en placas,
leucoplasias, hepatitis, asma, lupus eritematoso, algunos tipos de psoriasis,
adenomas prostáticos, etc.
Cada una de estas enfermedades necesita para su tratamiento la compro-
bación previa de si el suero del paciente «conoce» a alguno de los nume-
rosos antígenos que manejamos y su vacuna se prepara entonces precisa-
mente con los antígenos que su suero haya hecho flocular, porque si los
conoce es que están actuando dentro de él como agentes etiológicos de su
proceso.
Las autovacunas antineoplásicas sólo son oncolíticas en procesos en los
que no se hayan rebasado las posibilidades terapéuticas. Desbordadas éstas
por caquexia, amplia diseminación, zonas necróticas en órganos importan-
tes, imposibilidad de alimentación, lesiones irreversibles, fuerte interferencia
por inmunosupresores, etc., sólo puede rellenar una indicación paliativa.
Sólo en casos excepcionales, la autovacuna puede ser curativa en
procesos relativamente avanzados con índices clínicos aceptables, ya que la
acción inmunoterápica es de carácter cuantitativo, y en todo enfermo existe
un equilibrio entre una resistencia individual y una agresividad del «enzima
viviente» actuante, pudiendo concurrir una buena resistencia individual, con
un «enzima viviente» poco agresivo, en cuyo caso la autovacuna puede
actuar con carácter resolutivo.
Por su acción inmunoterápica, la autovacuna está indicada en el preope-
ratorio y el post-operatorio para evitar metástasis y recaídas.
— 217 —

Las serofloculaciones practicadas con suero de enfermos sospechosos de


alguna neoplasia pueden denunciar ésta mucho antes que por cualquier otro
procedimiento, por lo que su utilización sistemática nos podrá permitir actuar
en todos los casos con la precocidad necesaria para un buen resultado de
carácter definitivo.
Dosificación curativa o paliativa de neoplasias.—Se suministran tres tipos
de pautas de mayor a menor intensidad, según el mayor o menor grado de
gravedad del enfermo.
Se puede pasar de una pauta a otra con arreglo al criterio del médico a la
vista de la evolución del tratamiento.
1) Empezar por 1 cc., aumentando 1 cc. cada 24 horas hasta llegar a 5
cc., y mantener los 5 cc. diariamente.
1) Empezar por 1 cc. y aumentar 1 cc. cada 24 horas hasta llegar a 3cc.,
que se seguirán poniendo diariamente.
2) Empezar por 0,5 cc. y aumentar 0,5 cc. diariamente hasta llegar a 3cc.
Entonces se siguen poniendo los 3 cc. cada 48 horas.
Según el tipo de tumor y la situación clínica con que se inicie el trata-
miento, éste puede durar unos meses, hasta dos años.
Si el tratamiento marcha bien, se va ampliando el número de días entre
una y otra aplicación, pero esta circunstancia debe ser aconsejada si la
mejoría clínica coincide con una disminución simultánea de cruces en los
sucesivos análisis que se practiquen.
Si el enfermo ha sido tratado con antimióticos, el número de cruces del
análisis primero queda enmascarado, no ateniéndose a la situación real del
paciente hasta que no pase el tiempo suficiente de la acción quimioterápica,
ya que entonces empiezan a aparecer las que realmente tenga. En estos
casos se empezará el tratamiento con vacuna polivalente, pasándose a
autovacuna cuando la lectura del análisis sea posible.
Las autovacunas contra enfermedades producidas por «enzimas vivien-
tes» son de una inocuidad total, y durante el tratamiento con ellas se puede
simultanear cualquier otro tipo de tratamiento que el médico crea necesario.
Como es lógico, los citostáticos y los corticoides, por su acción inmunosu-
presora y depresora sobre los mecanismos de inmunización, deben supri-
mirse, a menos que el médico los considere indispensables.
La aplicación de la autovacuna se efectuará por vía subcutánea o intra-
muscular superficial, dando masaje en el lugar en que haya quedado depositada.
— 218 —

Se puede aplicar en brazos, espalda, muslos, región glútea, etc. Se acon-


seja cambiar con frecuencia el lugar de aplicación.
Las primeras dosis suelen dar alguna reacción local, que va disminuyendo
en las siguientes.
Para iniciar el tratamiento hace falta:
1.° Receta del médico que atiende al enfermo prescribiendo: «Autovacuna
de "enzimas vivientes" inactivados».
2.° Historial clínico abreviado.
3.° Hay que enviar 6 cc. de sangre extraída en ayunas con jeringa seca, y
depositada en tubo o vial seco con tapón de goma o plástico, sin adición de
anticoagulante y por correo certificado urgente.
Observación.—En los enfermos con una caquexia acentuada, en los que
la inmunoterapia antitumoral sólo debe utilizarse como paliativa en casos de
dolores simultáneos, debe tomarse la precaución de atemperar las dosis a la
precaria situación del enfermo. Es decir, no se puede pasar a la dosis
siguiente a la indicada en la pauta si se presenta reacción febril o síntomas
de lipotimia. Sólo puede ocurrir esto, y no en todos los casos, en pacientes
con caquexis avanzadísima.
Dosificación para el tratamiento de procesos no neoplásicos.— Iniciar el
tratamiento con 0,25 cc. y aumentar cada 48 horas 0,25 cc., hasta llegar a 3
cc., dosis límite, cada 72 horas.
Al llegar a 3 cc., mantener esta dosis, sin aumentar, cada 96 horas. Los
enfermos de procesos reumáticos de distinta localización, cuyo suero haga
flocular a los «enzimas vivientes» pero no se beneficien totalmente de la
autovacuna, deben efectuar un análisis de Uricemia y Antiestroptolisina.
En caso de que las cifras de estos análisis sean altas, deben dar cuenta al
médico que ordene el análisis para que los someta al tratamiento adecuado.
Pueden coexistir dos procesos de este tipo, e incluso tres.
Por supuesto, el suero de los gotosos exclusivos y los reumáticos por
streptococus viridans no producen serofloculaciones frente a los «enzimas
vivientes».
Como en el curso de varios años los pacientes de enfermedades reumáti-
cas pueden recaer, aunque cada vez con menor intensidad, debido a muta-
ciones de los «enzimas vivientes», es aconsejable que al desaparecer los do-
lores y molestias no sigan poniéndose autovacuna, y que si recaen remitan
sangre para hacer nueva autovacuna que se adapte a la mutación ocurrida.
— 219 —

La autovacuna contra enfermedades producidas por «enzimas vivientes»


se prepara bajo prescripción médica, especialmente para cada enfermo, y el
farmacéutico preparador está legal y profesionalmente facultado para su
elaboración. (Consúltese legislación vigente.)
Patente de invención en el Registro de la Propiedad Industrial del Minis-
terio Español de Industria, y en Francia, Alemania Occidental, Alemania
Oriental, Inglaterra, Rusia, Portugal, Polonia, Yugoslavia, Suecia, Bélgica,
Holanda, Suiza, Dinamarca, Canadá, Estados Unidos, México, Argentina,
India, Japón, Pakistán, República Surafricana y Venezuela.

Dispensación sólo con receta médica.

Elaborada por Fernando Chacón Mejías para dispensación exclusiva en


su farmacia de Córdoba (España). Farmacia «El Globo», Alfonso XIII, 11.
Teléfonos (957) 47 40 24 y 47 11 48.
Las autovacunas que prepara el farmacéutico Fernando Chacón Mejías,
con patente internacional, en su oficina de farmacia de Córdoba (España),
son, a efectos de facturación, vacunas especiales o fórmulas magistrales,
según escrito del Instituto Nacional de Previsión de fecha 5 de junio de 1975,
ratificado por resolución de la Secretaría de Estado del Ministerio de Sanidad
y Seguridad Social, con fecha de 25 de octubre 1979.
— 220 —

Procedimiento para la obtención de vacunas contra enfermedades


producidas por «enzimas vivientes»

El enunciado de esta Memoria contiene a unos protagonistas descono-


cidos totalmente por la ciencia actual: los enzimas vivientes.
Su descubrimiento origina una serie de vacunas preventivas y curativas
contra las enfermedades por ellos producidas, y en consecuencia son la
materia prima inicial y final de la presente solicitud de patente.
Esto obliga al solicitante a explicar qué son los «enzimas vivientes», cómo
se demuestra su existencia en sus fuentes naturales de vida y en el orga-
nismo de los enfermos afectados por las enfermedades crónicas, progresivas
y no contagiosas, por ellos producidas.
Porque si todo ello no fuese demostrable, la patente que se solicita care-
cería de viabilidad, ya que no se pueden hacer vacunas contra las enferme-
dades que se pretenden prevenir, o curar, si éstas no continen a los agentes
productores de las mismas.
La sola pronunciación de una de las enfermedades que producen, cáncer,
origina el pánico en la comunidad humana y es una de las enfermedades que
el descubrimiento de los «enzimas vivientes» barrerá de la faz de la Tierra.
La producción industrial es accesoria en esta patente, porque se cae de
su propio peso que toda la tecnología actualmente conocida en preparación
de vacunas es incapaz de originar vacunas contra las enfermedades produ-
cidas por «enzimas vivientes» si se desconoce qué son, dónde se encuen-
tran y cuáles son los procedimientos para detectar su presencia.
En consecuencia, en primer lugar hay que llevar al convencimiento del
experto que examine esta Memoria, que los «enzimas vivientes» existen, por
lo que la exposición de hechos ha de ser tan clara que fuerce rápidamente
cualquier postura excéptica y tan verídica y comprobable que no resulte una
nueva decepción para la Humanidad ni un nuevo sarcasmo para los que
padecen.
Pero atención, los «enzimas vivientes» fueron además los primeros seres
que a nivel molecular poseyeron vida propia, y si ellos no hubiesen «brota-
do» del mundo inorgánico, ni la vida ni el hombre, como consecuencia,
existirían.
— 221 —

¿QUE SON LOS «ENZIMAS VIVIENTES»?

Los «enzimas vivientes» son seres vivos de tamaño molecular, y en


consecuencia invisibles por medios ópticos que autocatalizan su propia
dinámica vital a nivel de ultraespecialistas, y cuya constitución química es la
de proteínas termorresistentes, globulares, o cristalinas, en cuyas secuencias
existen aminoácidos dextrógiros.
Surgieron del mundo inorgánico como pioneros de la vida y organizaron
su diversificación.
Por agrupación de ultraespecialistas seriadamente, diversos organismos
originaron a las células procarióticas de raíz más antigua, como se demues-
tra filogenéticamente, y eminentemente autótrofas: los Streptomyces, Nocar-
dias, Actinomyces y Bacillus, pero dejando un puente de escape entre ellos,
de tal manera que un Streptomyces, cuando la temperatura aumentaba, se
tabicaba, dividiéndose en segmentos que ya no eran Streptomyces, sino
Bacillus esporulados con termorresistencia, y éste, a su vez, si la tempera-
tura seguía aumentando, liberaba su material hereditario, que se convertía
en «enzimas vivientes» de naturaleza cristalina.
Pero esos cristales vivientes eran asociaciones cristalográficas de «enzi-
mas vivientes» que eran los que por agrupación habían concedido la vida a
los Streptomyces y Bacillus.
Así jugó la vida sus primeras bazas. Así, con espíritu de preservación,
guardaron la vida en ellos depositada, hasta conseguir generar la vida que
actualmente conocemos.
Aún siguen siendo los Streptomyces, y los Bacillus, autótrofos.
Aún siguen habitando la madre Tierra.
Aún la arcilla que los formó sigue oliendo a Streptomyces cuando la lluvia
vivificadora la humedece.
Nunca, salvo el bacillus anthracis, se lanzaron a atacar al hombre desca-
radamente. Las microbiologías clínicas los ignoran.
Los ampulosos equipos de investigación de lucha contra el cáncer no han
sospechado siquiera de ellos, porque para redimir a la Humanidad del terrible
holocausto hacía falta que alguien encontrase el origen de la vida, y para
encontrar el origen de la vida había que descubrir a los «enzimas vivientes».
Descubrimiento demasiado prematuro, demasiado osado y demasiado
fuerte, del que posiblemente pagaré las consecuencias.
— 222 —

El que avanzó demasiado de prisa, siempre se encontró solo. Si los «enzi-


mas vivientes» no cambiaron en millones de siglos, no voy a esperar que la
mentalidad humana cambie en varios años.
Mi propia experiencia lo abona y la historia lo demuestra.
Pero sigamos adelante. De la trilogía Streptomyces-Bacillus-Enzimas
Vivientes, sólo los «enzimas vivientes» tenían entidad vital unitaria, puesto
que los Streptomyces y Bacillus eran el resultado de la colectivización de
vidas unitarias de «enzimas vivientes».
Colectivización que podía desaparecer, reintegrándose los «enzimas
vivientes» a su vida unitaria y autónoma.
Aún siguen haciéndolo, y por ello no podemos culpar a los Streptomyces y
Bacillus de producir el cáncer, ni las demás enfermedades del grupo, sino a
alguno de sus «enzimas vivientes» desprendido de la vida en colectividad y
reintegrado a la vida autónoma y unitaria.
De esta forma, los «enzimas vivientes» se convierten en agentes etioló-
gicos de enfermedades crónicas, progresivas y no contagiosas, cuando por
susceptibilidad individual, familiar o adquirida por distintos tipos de agre-
siones físicas, químicas o traumáticas, se le dan facilidades para que
empiecen a actuar.
Pero su poder patógeno es tan débil —en la mayoría de los casos—, en
un principio, que muchas veces permanecen en latencia durante años, y
cuando vencen la resistencia, si llegan a conseguirlo, porque muchas veces
permanecen en latencia durante años, si sólo atacan a su tejido, histológica y
bioquímicamente considerado, pues debido a su elemental constitución, sólo
pueden extraer su energética de una sustancia determinada, de la cadena
metabólica de un tejido determinado, y de él, y no de otro, derivan su ciclo
vital.
Por ello no son transmisibles ni de una persona a otra, ni siquiera de un
tejido a otro de un mismo individuo.
¿Pero cómo brotaron del mundo inorgánico los «enzimas vivientes»?
En los tiempos en que aún no había aparecido sobre la Tierra ninguna
forma de vida, existían ya los aminoácidos, que fueron dotados por la natura-
leza de un don especial, que los capacitaba para transformarse en los ladri-
llos» de la edificación de la vida.
Existía en ellos la pareja creadora, de signos contrarios, el Géminis, que
había presidido la creación del mundo inorgánico.
Electrones y positrones, aniones y cationes, ácido y base, polos magné-
— 223 —

ticos, materia y antimateria, atracción y repulsión, fuerza centrífuga y centrí-


peta, que habían originado los átomos, las moléculas, las masas y, en una
palabra, la materia inorgánica.
En los aminoácidos estaba ya definida la constitución de la materia orgá-
nica, puesto que había en ellos carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno,
pero además, la pareja creadora, el Géminis, estaba representada en ellos
por la pareja de signos contrarios ácido-base, que la definían ya como una
molécula hermafrodita o bipolar, especialmente dotada para concederle la
naturaleza, el don de convertirse en el elemento básico, que, sumándose a
otros, iba a constituir el edificio de la vida, porque llevaban dentro de ellos la
propia argamasa que debía unirlos.
Si un hermafrodita aminoácido se unía con otro, el diaminoácido formado
era a su vez hermafrodita porque en la dimolécula seguía existiendo libre un
«géminis», los gemelos contrarios ácido-base, y lo mismo ocurría en el di, tri,
penta, etc., aminoácido.
Sin embargo, al igual que el metano es más reactivo que un ácido graso
de muchos carbonos, y el metanol mucho más que un alcohol de larga
cadena, conforme crecía el número de aminoácidos copulados el «géminis»
se debilitaba, ya que cien aminoácidos enlazados disponían de la misma
cantidad de «géminis» que un aminoácido solo.
Entonces la vida tuvo que buscar otro tipo de organización.
Entre las infinitas posibilidades de combinación de los aminoácidos, ayu-
dados por un ambiente físico favorable, muchas secuencias de aminoácidos
anduvieron alejadas del camino de la vida, pero algunas de entre enorme
cantidad de combinaciones aparecieron con capacidad catalítica y lo encon-
traron.
Eran los «enzimas vivientes».
Pero para que una estructura compleja de aminoácidos enlazados tuviera
vida, ya que sólo la capacidad catalítica en sí no la proporciona, hacía falta
un dispositivo capaz de que la molécula se apropiara y acumulara la energía
liberada por la acción catalítica.
Al poseer esas primeras secuencias de aminoácidos ambas virtudes, la
acción catalítica y la propiedad de acumular energía, surgió del seno de la
Tierra la vida en forma de «enzimas vivientes».
Pero esa vida, en los tiempos en que esto ocurrió, tenía que estar dotada
además de otra virtud que le permitiese salvaguardarla; por eso eran además
termorresistentes.
— 224 —

Virtud debida a los aminoácidos dextrógiros intercalados en su molécula


proteica.
Su batería vital, su capacidad para acumular energía bioquímica, también
radicaba en sus aminoácidos dextrógiros, porque la energía térmica y radiac-
tiva permitía al grupo amino de algunos de los aminoácidos enlazados pasar
de la posición levo a la posición dextro, provocando una tensión molecular
que era un depósito, disponible por la molécula, de energía acumulada.
Por ello los «enzimas vivientes» son aún termorresistentes y poseen
todavía aminoácidos dextrógiros en su molécula.
Pero los «enzimas vivientes» eran seres demasiado elementales para lo
que la naturaleza había proyectado como meta final del desarrollo biológico.
Su ultraespecialización les impedía actuar en un amplio sustrato, estando
cada «enzima viviente» distinto obligado a trabajar catalíticamente sobre una
sola sustancia química.
Para que apareciese un nivel superior de autonomía vital era necesario
que se agrupase un equipo de «enzimas vivientes», cada uno con una espe-
cialización distinta, de tal manera que el resultado del trabajo bioquímico del
número 1 fuese el sustrato de actuación del número 2, y que el resultado del
trabajo bioquímico del número 2 fuese el sustrato de actuación del número 3,
y así sucesivamente.
Entonces se construyeron un molde, los ácidos nucleínicos, y ya no se
perdió el orden del equipo de «enzimas vivientes» asociado, porque el molde
replicaba la estructura ordenada del equipo.
Entonces apareció un nivel de vida distinto, porque el equipo de «enzimas
vivientes» se había convertido en el material hereditario de las más primitivas
células procarióticas. Los Actinomycetos y los Bacillus, que aparecieron por
mutación directa de los Streptomyces.
Estos Actinomycetos y Bacillus tenían por dotación biológica y hereditaria
a uno o varios equipos de «enzimas vivientes», y por ello poseen aminoá-
cidos dextrógiros, al igual que las células cancerosas, que también tienen
«enzimas vivientes» en su interior.
En un principio, los Streptomyces, Bacillus y «enzimas vivientes» estaban
solos en la naturaleza y tenían que ser autótrofos.
Posteriormente derivaron líneas de diversificación biológica y aparecieron
otros tipos de bacterias y de hongos que eran menos autótrofos.
Su heterotrofia les indujo a atacar a los que habían originado por diversifi-
cación y entonces los Streptomyces y Bacillus se vieron obligados a crear y
— 225 —

lanzar antibióticos contra ellos para sobrevivir.


Por ello, los Streptomyces, Actinomyces y Bacillus son los grandes pro-
ductores de los más potentes antibióticos.
Con la esquemática descripción de lo que antecede hemos dado cuenta
de la naturaleza química de los «enzimas vivientes», que a los efectos de su
calidad como antígenos son proteínas antigénicas termorresistentes que no
se destruyen por ebullición.
Pero también hemos dado cuenta de dónde se pueden obtener al indicar
que forman el equipo hereditario de Streptomyces, Actinomyces y Bacillus, y
de algunos géneros más de hongos y bacterias muy emparentados filogené-
ticamente con ellos.
Sin embargo, hemos limitado, por el momento, nuestro campo de acción,
a la obtención de «enzimas vivientes», según las técnicas que más adelante
serán descritas a los Streptomyces, Actinomyces y Bacillus, por razones de
inocuidad total de las vacunas que de ellos se obtienen.
Nos queda por demostrar experimentalmente con toda claridad la existen-
cia de los «enzimas vivientes», y la basamos en las siguientes demostra-
ciones experimentales:
Los «enzimas vivientes» tienen como microestructura una clave antigénica
complicada, que sólo un suero anti, por medio de sus anticuerpos especí-
ficos, es capaz de identificarla, provocando su floculación.
En efecto, si procedemos a la extracción del material antigénico de los
«enzimas vivientes» contenidos en los Streptomyces, Actinomyces y Baci-
llus, tendremos tantos complejos de «enzimas vivientes» como Actinomyces,
Streptomyces y Bacillus distintos hayamos sometido a los procesos de
extracción.
Con este material, y por la técnica ordinaria, practicamos una seroflocu-
lación con suero sanguíneo de personas completamente sanas, y podremos
comprobar que puesta la gradilla conteniendo los tubitos en estufa a 37o C.
durante veinticuatro horas, la prueba resulta negativa.
Hacemos lo mismo con suero sanguíneo de cancerosos, reumáticos o de
enfermos de cualquier otra enfermedad producida por «enzimas vivientes», y
podremos comprobar en las mismas condiciones anteriores que se produce
una serofloculación, cuya intensidad guarda una relación directa con la
intensidad del proceso que padece el enfermo.
Es de toda evidencia que si las personas sanas no hacen flocular las solu-
— 226 —

ciones-suspensiones de «enzimas vivientes» y las de los cancerosos, reu-


máticos, etc., sí, es porque los primeros desconocen la clave antigénica de
las extrañas proteínas existentes en los tubos de floculación, señal inequí-
voca de que nunca han estado en contacto con ellos, mientras que los
sueros de los enfermos afectos de enfermedad producida por «enzimas
vivientes» tienen anticuerpos que identifican la clave antigénica de los que
están determinando su proceso y los hacen flocular.
La sensibilidad de la prueba deja fuera de duda la relación de causa-efec-
to.
Y menos si efectuamos la contraprueba, procediendo a la vacunación de
los enfermos con los complejos de «enzimas vivientes» que sus sueros
hayan hecho flocular.
Si los enfermos en los que aún existe la posibilidad terapéutica se curan
con carácter definitivo, el proceso de investigación ha completado el cerco y
la demostración no deja resquicio a la duda.
¿Se podría pensar acaso que la reacción se debe a las proteínas estruc-
turales de los Streptomyces y Bacillus considerados como tales?
Dos circunstancias hacen inviable esta sospecha.
La primera, el enorme tamaño de los Actinomycetos y Bacillus, que serían
perfectamente visualizados en los productos patológicos de las enferme-
dades a que me estoy refiriendo.
La segunda, que se trata de agentes microbianos completamente inofen-
sivos, salvo el Bacillus Anthracis.
De estas dos circunstancias se desprende también la existencia de los
«enzimas vivientes», puesto que si los antígenos que identifican el suero de
los enfermos han sido extraídos de los Streptomyces, Actinomyces y Baci-
llus, y no son ellos los que producen la enfermedad, hay que concluir que
necesariamente es algún constituyente de ellos, capaz de autonomía vital.
De lo explicado hasta ahora se desprende la siguiente ley: «Todo enfermo
afecto de una enfermedad cuya etiología sea hasta el momento desconocida,
pero cuyo suero haga flocular a los antígenos resultantes del proceso indus-
trial de esta Memoria, se cura, si aún está a tiempo, o se retrasa en su pro-
gresión con los antígenos que hayan floculado».
— 227 —

INTERPRETACION DEL MODO DE ACCION DE LAS VACUNAS.

¿Podríamos considerar a los «enzimas vivientes» componentes de las


vacunas como antibióticos contra otros «enzimas vivientes», en relación con
el efecto terapéuticamente visible, ya que la materia prima procede de micro-
organismos, grandes productores de antibióticos, o bien podríamos interpre-
tarlos, según la teoría apuntada con anterioridad, como anticuerpos naturales
en el sentido clásico de su naturaleza y de su mecanismo?
No; ni de una forma ni de la otra.
Ocurrió, desde el mismo momento en que aparecieron en solitario sobre la
superficie de la Tierra, que cuando un «enzima viviente» se encontraba con
otro complementario, estaba obligado física y químicamente a unirse con él.
Esta unión destruía la individualidad catalítica de cada uno de los unidos,
apareciendo como consecuencia una microestructura más amplia, pero total-
mente diferente, con una acción catalítica también distinta.
Lo mismo que en la unión de una toxina con su antitoxina específica,
queda destruída la toxicidad y absorbida la antitoxina.
Casi igual que un anticuerpo es atraído hacia el lugar donde se encuentra
su antígeno específico para unirse con él.
La unión del «enzima viviente» de la vacuna con el que está determinando
una enfermedad, lo vemos en el tubo de floculaciones.
Se «abrazan», se «funden» y floculan.
¿Pero cuál es el antígeno y cuál el anticuerpo?
El antígeno de la vacuna actúa como si fuese un anticuerpo, porque hace
que floculen los «enzimas vivientes» existentes en el suero del enfermo.
Cuando la vacuna anticuerpo neutraliza a todos los «enzimas vivientes»
del enfermo vacunado, la serofloculación se vuelve negativa porque el
enfermo ya no es enfermo y ya no tiene en su suero «enzimas vivientes» que
la vacuna anticuerpo puede hacer flocular.
¿Destruyó la vacuna-anticuerpo el «enzima viviente» que estaba determi-
nando la enfermedad?
No; simplemente se unió con él, pero no para destruirse mutuamente, sino
para generar una nueva estructura vital, con una nueva cualidad de ultraes-
pecialistas y el campo de su nueva acción catalítica se desplazó fuera del
ámbito hasta entonces explotado obligadamente por el patógeno.
El patógeno ya no es patógeno después de la unión, pues ha entrado a
formar parte de una estructura no patógena.
— 228 —

Pero ha de cumplirse una ley cuantitativa.


Si existen 10.000 simbólicos «enzimas vivientes» dentro del enfermo,
considerados teóricamente en estado estático y no en su verdadero estado
dinámico, hay que proporcionarles por lo menos 10.001 parejas que se
copulen con ellos por medio de la vacuna, porque si se les proporcionan
menos, los que quedan libres siguen automultiplicándose.
Este mecanismo es exacto cuando el «enzima viviente» de la vacuna
posee una gran afinidad con el productor del proceso.
Vamos a poner dos ejemplos: Hagamos polvo de diez metales distintos. El
primero, de hierro puro; el segundo, de una aleación de nueve partes de
hierro y una de cobre, y el décimo, de nueve partes de cobre y una de hierro.
Frente a un imán, el comportamiento de afinidad alcanza el máximo el polvo
de hierro puro, y el mínimo, la aleación compuesta por la aleación de nueve
partes de cobre y una de hierro.
Otro ejemplo: Si a un mol de CIH le agregamos un mol de HONa, desapa-
recen el CIH y HONa y aparece CINa. Si sólo agregamos a un mol de CIH
medio mol de HONa, queda libre medio mol de CIH.
¿No nos suena esto a electrolítica, a química, a física y a neutralización
ácido-base?
Nos tiene que sonar, porque la química inorgánica no tuvo más remedio
que organizar a la química orgánica, así como la química orgánica a la vida.
Pero en un determinado momento de la evolución creativa de la química
orgánica aparecieron los «enzimas vivientes» y éstos ya no eran materia
orgánica inerte, eran ya la vida.
Por eso la unión de los «enzimas vivientes» entre sí ya no generaba
materia orgánica, o inorgánica inerte, sino materia orgánica con vida propia,
pero una vida propia con verdadera furia por evolucionar hacia estructuras
cada vez más complicadas por la unión de «enzimas vivientes» complemen-
tarios entre sí.
Los que no eran complementarios no eran atraídos porque no servían
para el fin propuesto. Los que poseían virtudes catalíticas complementarias
eran atraídos fuertemente como el imán al polvo de hierro, como el anti-
cuerpo a su antígeno.
Los que tenían propiedades catalíticas iguales eran repelidos porque no
servían para el fin propuesto, porque no hacían falta dos catalizadores
iguales. Con uno había bastante.
— 229 —

Cuando se completaron los distintos catalizadores que debían formar una


suma de ultraespecialistas con un rango de superior autonomía, entonces
apareció la forma de vida celular y, como sostén de ella, los ácidos nucleí-
nicos.

Procedimiento para la preparación de una vacuna contra el cáncer

En microbiología, cuando se produce una revolución científica es como si


se destapara un cajón de secretos.
El primer cajón fué destapado por Luis Pasteur, y en él se encontraron las
bacterias, los hongos y los parásitos animales, visibles al microscopio ordi-
nario. Es decir, un extenso campo de la microbiología que comprendía parte
de la parasitología, parte de la micología y toda la bacteriología. La caracte-
rística común de las bacterias era que además de ser visibles al microscopio
ordinario podían ser cultivadas in vitro, salvo muy pocas excepciones, en me-
dios artificiales de cultivo más simples o más complicados.
En este primer cajón se encontraron los agentes productores de la tuber-
culosis, la lepra, el tifus, el cólera, la disentería, los abscesos, etc.
Eran células; es decir, seres unicelulares.
En el cajón que destaparon Loefler y Frosch se encontraron unos seres
submicroscópicos, que después pudieron ser observados al microscopio
electrónico. Si después de pasar líquidos patológicos por filtros porosos o
placas que detenían a las bacterias, el líquido filtrado continuaba siendo
patológico, nos encontrábamos frente a unos nuevos agentes etiológicos: los
virus.
Dentro del cajón estaban los productores de la rabia, la parálisis infantil, la
viruela, la glosopeda, etc. Todos o casi todos visibles al microscopio electró-
nico; todos a casi todos cultivables in vitro en cultivos artificiales de células
vivas; todos o casi todos productores de enfermedades infecto-contagiosas;
todos con constitución análoga a los genes celulares, es decir, ribo o desoxi-
rribonucleoproteínas, y todos con la misma necesidad para multiplicarse:
encontrarse en el seno de una célula viva, es decir, de una célula que esté
respirando.
Podemos considerar, según una ley biológica establecida sobre el año
1969 en uno de los trabajos del solicitante, que los virus son como genes
libres: patógenos o no.
— 230 —

Son, pues, genes libres, con la misma constitución y con las mismas exi-
gencias. Así, pues, genes, virus y fagos son la misma cosa en diferentes
situaciones, como se explicó ampliamente en tales trabajos.
En estos dos primeros cajones se encontraban los agentes etiológicos, a
nivel celular y a nivel genético, de las enfermedades infecciosas e infectocon-
tagiosas.
Pero quedaba un tercer cajón, que es el que el solicitante ha conseguido
destapar después de treinta y un años de investigaciones.
Dentro de él se encuentran agentes etiológicos de enfermedades a nivel
de «enzimas vivientes» y que actúan, o bien acoplándose al equipo genético
de una de nuestras células, en cuyo caso producen el cáncer, o bien sin
incorporarse al equipo genético, como interferidores del metabolismo normal
de células especializadas, y entonces producen enfermedades crónicas, pro-
gresivas, no transmisibles a seres de la misma especie, y en consecuencia
no contagiosas por estar apoyadas en una susceptibilidad individual.
Entre estas enfermedades están la mayor parte de las artropatías reumá-
ticas, fiebre reumática no bacteriana, enfermedad de Parkinson, amiotrofia
general progresiva, etc., según interfieran el metabolismo de las células
cartilaginosas, óseas, nerviosas, etc.
Estos «enzimas vivos» no son cultivables ni en medios artificales de cul-
tivo, como las bacterias, ni en medios artificiales para cultivo de células vivas,
donde, utilizando la célula viva como hábitat, se multiplican los virus.
Estos «enzimas vivos» son solamente cultivables en el seno de la célula a
la que pertenecen por naturaleza; la célula de los seres unicelulares termo-
rresistentes del género Bacillus.
A través de los principios establecidos en la Patente de Invención espa-
ñola número 348.986, de 5 de enero de 1968, se consigue no sólo una
fuente productora de «enzimas vitalizados», es decir, el único procedimiento
capaz de cultivarlos en su propio hábitat, sino también un procedimiento de
aislamiento del resto de las estructuras de las bacterias que lo contienen y
del medio de cultivo; lo que ha conducido a la purificación al estado de antí-
genos de los «enzimas vitalizados», y también, y como consecuencia al
tratamiento específico por inmunoterapia, contra las enfermedades crónicas
y progresivas por ellos desencadenadas.
En consecuencia, podemos establecer la siguiente ley: «Todo enfermo
afecto de una enfermedad cuya etiología sea hasta el momento desconocida,
— 231 —

pero cuyo suero haga flocular a los antígenos resultantes del proceso indus-
trial de esta patente, se cura con la vacuna preparada con los antígenos que
hayan floculado».
Así, pues, los cajones de sorpresas se han ido abriendo en sentido inver-
so a como se generó la vida.
Primero, una secuencia de aminoácidos que generaron una proteína con
propiedades catalíticas y capacidad transitoria de termorresistencia: los
«enzimas vitalizados».
Segundo, una reunión de enzimas con sus correspondientes ácidos
nucleínicos generadores de la secuencia proteica: los genes, virus y fagos.
Tercero, una reunión de genes o de virus o fagos en régimen de anaero-
biosis en las células eucarióticas, o de aerobiosis en las células procarióticas:
las células vivientes en régimen de uni o pluricelularidad.
En la Patente de Invención española mencionada se trataba de la posibi-
lidad de producción de una vacuna, partiendo del principio de que la cance-
rización es determinada por la adquisición, por parte de la célula que se
canceriza, de un gen bacteriano, como consecuencia de haber sido destruído
en ella uno de los pares genéticos por causas físicas, químicas o irritativas,
cuyo gen, al emitir enzimas, provoca que el organismo del canceroso cree
anticuerpos que pueden detectarse por medio de reacciones analíticas de
floculación, y otras denunciando el antígeno que corresponde para el trata-
miento vacunoterápico de la enfermedad y por supuesto detectando y
haciendo posible un diagnóstico precoz del cáncer.
Durante la fabricación de vacunas según la Patente anterior, se han
producido, sin embargo, pocos avances, principalmente porque se tropezaba
con una dificultad primaria provocada por el o por los medios de cultivo que
se describen en dicha Patente. Consecuentemente, con ello los lisados
bacterianos iban acompañados por el medio de cultivo, que no se podía
separar y que constituía una impureza considerable, no sólo en el orden de
su aplicación terapéutica, sino en el de la posibilidad de un estudio sistemá-
tico de las diferencias antígenas existentes entre las distintas cepas de
Bacillus que se manejaban.
Consecuencia de ello eran los diferentes resultados obtenidos, muy bue-
nos en ocasiones, buenos a veces y malos en otras.
Resultaba evidente que había que modificar profundamente los medios de
cultivo para la separación total en ellos de los antígenos bacterianos y el
medio de cultivo, y poder operar en consecuencia con antígenos puros.
— 232 —

Primero, para la identificación organoléptica primaria de las cepas bacte-


rianas, y segundo, para la obtención de un lisado bacteriano puro totalmente
transparente y exento de otras sustancias procedentes del medio, con objeto
de, en primer lugar, obtener una vacuna de una inocuidad total y sin interfe-
rencias, y en segundo lugar, poder disponer de un procedimiento de diag-
nóstico previo por floculación, reacción de zonas, etc., que se produce colo-
cando los diferentes antígenos purificados, frente a sueros sanguíneos de los
enfermos.
Conseguido todo esto, el problema del cáncer empieza a dejar de serlo,
porque ya se marcha por un camino que ha sido iluminado por los avances
técnicos conseguidos y que recibe asimismo la luz inequívoca y orientadora
de reacciones biológicas de diagnóstico serológico que señalan específica-
mente qué cepas bacterianas intervienen en la cancerización y cuáles son
las que no intervienen. Con ello, no sólo se consigue producir una vacuna
industrial de alta eficacia curativa, sino que permite tratar a cada enfermo con
el tipo de vacuna que su suero señale corresponderle.
La importancia de la presente modificación industrial radica en que, si utili-
zando el procedimiento descrito en la Patente, es decir, sin determinar la
relación que podía existir en el orden de especificidad entre el agente antigé-
nico del proceso canceroso y el antígeno que se suministraba al enfermo, en
donde entraba en juego la suerte de que dicha coincidencia se produjese, se
ha conseguido un 10 por 100 de altas totales en enfermos diagnosticados
histopatológicamente de procesos tumorales malignos, no cabe duda de que
actuando con conocimiento exacto en cada caso del antígeno a utilizar,
pueden resolverse todos los casos que se han determinado por transferencia
genética procedente del género Bacillus, que se autodenuncia como produc-
tos de la gran mayoría de tumores malignos y benignos.
Cierto que existe la posibilidad de que en otros géneros bacterianos exis-
tan también algunas especies que asimismo puedan determinar por transfe-
rencia genética la producción de neoplasias, y especialmente en el género
Streptomyces, pero el camino está ya abierto para su localización. Para la
producción de la vacuna, según esta Patente, se utilizan todas las cepas de
Bacillus o de otras bacterias no termorresistentes ni esporuladas, cuyos
lisados demuestran frente al suero de los enfermos afectos de neoplasias
que existen entre ellos una relación positiva, en orden a especificidad, de-
tectables por procedimientos analíticos.
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En lugar de los medios de cultivo polisacáridos empleados hasta eI


momento, se utilizan medios semisintéticos fácilmente eliminables en su tota-
lidad, utilizables fundamentalmente para el género Bacillus.
La experiencia demuestra que utilizando una vacuna polivalente en la que
entren las tres o cuatro cepas que la práctica ha denunciado como más
frecuentes, se puede disponer de una vacuna casi universal.
Las excepciones, que pueden alcanzar al 30 por 100 restante, sólo se
podrán dominar, por lo pronto, con el estudio estadístico de las cepas bacte-
rianas con las que dichos enfermos conviven, con las reacciones serológicas
del propio enfermo ante las cepas aisladas en él y con las altas clínicas
obtenidas en ellos por las autovacunas que les están indicadas. Después de
un período de tiempo necesario para el planteamiento y desarrollo de dicha
labor es posible llegar al 100 por 100 de altas totales.
Por último, y puesto que se ha hablado aquí repetidas veces de flocula-
ción, va a referirse a continuación cuál es la técnica de las floculaciones en
relación con el proceso de la solicitud de Patente.
Depositar en cada tubo de hemólisis 1 cc. de antígeno distinto y agregar
0,1 ó 0,2 cc. de suero del enfermo. Poner en estufa. Lecturas a la hora, a las
seis horas y a las veinticuatro horas.
Interpretación de las lecturas de floculación:
+ + + + + A. Floculación gruesa ascendente visible a la hora a simple
vista.
+ + + + + D. Floculación gruesa descendente visible a la hora a simple
vista.
+ + + + A. Floculación gruesa ascendente visible a las seis horas a sim-
ple vista.
+ + + + D. Floculación gruesa descendente visible a las seis horas a
simple vista.
+++ — Floculación granular visible a simple vista hasta las veinti-
cuatro horas.
++ — Floculación granular visible con lupa débil hasta las veinti-
cuatro horas.
+ — Floculación granular visible con lupa fuerte hasta las veinti-
veinticuatro horas.
La floculación ascendente se produce como consecuencia de que el antí-
geno floculado es una mucoproteína con abundante mucoide.
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La floculación descendente se produce como consecuencia de que el antí-


geno floculado es poco abundante en mucoproteína, es decir, es una pro-
teína con escaso mucoide.
Estas reacciones de floculación, producto de una alta especificidad entre
los anticuerpos presentes en el suero del paciente, y el, antígeno-enzima vi-
viente inactivado, que se pone en su presencia, no sólo sirven para la confir-
mación clínica de la presencia de un proceso determinado por «enzimas
vivientes», sino también para su diagnóstico precoz y para preparar adecua-
damente la vacuna inactivada que necesita dicho paciente.
Las floculaciones más intensas se obtienen en procesos reumáticos agu-
dos, y la curación de los enfermos se produce de una forma espectacular en
algunos días.
Un mayor número de cruces en neoplasias malignas indica una mayor
actividad tumoral, y en igualdad de volumen tumoral son más intensas en los
tipos de tumores más agresivos.
Precisamente la puesta a punto de las pruebas de floculación nos ha
llevado a un descubrimiento decisivo.
Durante muchos años se había podido comprobar que algunos lotes de
vacuna daban muy buenos resultados, mientras que otros eran inoperantes
en el tratamiento de enfermos neoplásicos.
Pero a través de las pruebas de serofloculación se ha conseguido com-
probar lo siguiente:
Antes de preparar la vacuna para un enfermo determinado se efectúa la
serofloculación para averiguar qué «enzimas vivientes» son los que están
actuando, o mejor dicho, en qué complejos enzimáticos se encuentran los
«enzimas vivientes» actuantes.
Preparada la vacuna con arreglo a esta técnica, los resultados son espec-
taculares en la mayor parte de los casos, pero conforme se avanza el trata-
miento se observa también en muchos casos que la mejoría clínica se
detiene y el enfermo empieza a retroceder nuevamente.
Si entonces volvemos a efectuar otra serofloculación al mismo enfermo,
nos encontramos con que los tubos que ahora floculan no son los mismos
que la vez anterior, lo que demuestra que la estructura del enzima actuante
ha cambiado, es decir, se ha producido una mutación como consecuencia
del ataque determinado por la vacuna contra la estructura inicial.
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Si ahora preparamos otra vacuna con arreglo a los tubos que han flocu-
lado en la segunda serofloculación, el enfermo se recupera nuevamente con
ella.
Cierto que las mutaciones se pueden producir en un mismo enfermo tres y
cuatro veces, pero si se inició el tratamiento en relativamente buenas condi-
ciones, hay tiempo de descubrir y destruir a los mutantes.
Esto ocurre debido a la simplicidad de estos seres vivos, desconocidos
hasta ahora y denunciables sólo por reacciones de floculación, y esta simpli-
cidad los convierte en las más versátiles moléculas dotadas de vida.
Como consecuencia de ello, el género Bacillus, resultado de una agrupa-
ción en equipo de varias decenas de estos «enzimas vivientes», posee asi-
mismo una enorme versatilidad, considerado desde el punto de vista enzimo-
lógico e inmunitario.
Y nos demuestra que el Bacillus que vive como un vulgar saprótito en el
organismo humano y animal, y al que ninguna microbiología clínica le hace
caso —excepto al Bacillus Anthracis—, pone en juego para su vida saprófita
en el organismo animal los enzimas capaces de utilizar el sustrato adecua-
damente. Cuando uno o varios de dichos enzimas se vuelven autónomos y
actúan a nivel de «enzimas vivos», determinando un proceso canceroso o
una enfermedad no contagiosa crónica y progresiva, es a esos enzimas a los
que «conoce» el suero del enfermo y los hace flocular.
Las serofloculaciones nos descubren, además, que existen tres tipos de
«enzimas vivientes»:
1.° Los genéricos existen en todos los componentes del género Bacillus,
por lo que si este tipo está determinando un proceso, el suero del enfermo
que lo padece hace flocular a todos los complejos de «enzimas vivientes»
que se ponen en su presencia, procedentes del género Bacillus.
2.° Los específicos que son comunes a una especie de Bacillus. Cuando
uno de ellos está determinando un proceso, el suero del paciente sólo hace
flocular a los complejos de «enzimas vivientes» correspondientes a dicha
especie.
3.° Los subespecíficos o raciales, que son patrimonio de una variante
dentro de una determinada especie de Bacillus. Cuando uno de ellos está
determinando un proceso, el suero del paciente sólo hace flocular al com-
plejo procedente de la subespecie de Bacillus que lo contiene.
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Muchas víctimas se han cobrado estos «enzimas vivientes», pero como


contrapartida, sin la existencia previa de estos «enzimas vivos» dotados de
termorresistencia transitoria y sin la versatilidad de que dotaron a la primera
célula viva a la que dieron lugar, la cual vivió más de la energía física que de
la química (el género Bacillus), la Humanidad no hubiese existido ni ninguna
otra forma de vida sobre la Tierra. El primer ser vivo fué una secuencia pro-
teica, conteniendo aminoácidos dextrógiros, que se duplicaban per se, por
activación física térmica y radiactiva, etc., como formas de vida amorfa,
debido a que catalíticamente utilizaban dicha forma de energía, y para ello y
por ello estaban dotados de termorresistencia, y cuando por asociación de un
equipo de ellos apareció la primera célula viva, también termorresistente,
entonces, al aparecer la vida con forma, el patrón hereditario se trasladó a
los ácidos nucleínicos.
Por ello, no sólo producen el cáncer las radiaciones energéticas, sino el
calor. Y lo producen porque activan a estos «enzimas vivos» por mecanis-
mos físicos; como ejemplo de ello citemos los cánceres profesionales de los
radiólogos, o el enorme incremento de cánceres tras las explosiones ató-
micas de Hiroshima y Nagasaki, o la enorme incidencia de niños leucémicos
entre los que han sido observados por rayos X prenatalmente, o el cáncer de
Kangri —epitelioma de la pared abdominal anterior—, forma común del cán-
cer entre los naturales de Kashmir, provincia limítrofe de Punjab. El Kangri es
un vaso de barro que contiene una brasa de carbón vegetal que los indí-
genas lo tienen en contacto con la piel, bajo su túnica, para protegerse del
frío. La irritación calórica prolongada es la causa de las degeneraciones epi-
teliomatosas de la piel. Ahora podemos decir que el calor excesivo activa
físicamente a los «enzimas vivos», que una vez activados actúan.
También conocen estos procesos los químicos industriales, en el proceso
de obtención de sustancias químicas por fermentación de Bacillus.
Ellos saben que cuando un Bacillus pierde actividad fermentativa la recu-
pera sometiéndolo a calentamientos repetidos con mucha frecuencia.
Tampoco debe olvidar que actualmente la acción irritativa de sustancias
químicas y mecánicas pueden ser en alto grado determinantes para decidir a
los «enzimas vivientes» a actuar. En consecuencia, las sustancias carcinoge-
néticas sólo son activadoras de estos «enzimas vivientes».
Se han hecho dos afirmaciones que pudieran parecer atrevidas:
1.ª Que el material génico enzimático del género Bacillus puede indepen-
dizarse del Bacillus que lo contiene y actuar por cuenta propia, convirtién-
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dose de esta manera en agente etiológico de todas las enfermedades cuya


etiología es ignorada por la Medicina actual.
2.ª Que este material autónomo fué el primer material dotado de vida que
apareció en la Tierra.
Aún puede hacerse otra afirmación aparentemente más atrevida, y es la
de que entre el material amorfo o cristalizado del planeta Tierra, cuando aún
nada existía con vida, aparecieron unos cristales que se multiplicaban porque
estaban dotados de vida.
Pero estas tres afirmaciones pueden demostrarse y reproducirse experi-
mentalmente de la siguiente forma:
Si al medio de cultivo descrito cualitativamente anteriormente se agrega
cierta cantidad de fluido protoplasmático artificial (véase la Patente española
281.177), se inocula en él un Bacillus, éste crece normalmente formando el
clásico velo liso, plisado o mucoso, y después de cierto tiempo pueden
observarse en alguno de estos cultivos unos macrocristales visibles a simple
vista.
Si tomamos una de estas cepas cristalíferas y la resembramos en otro
frasco con el mismo medio de cultivo, pero al cual agregamos pequeña
cantidad de varios antibióticos para evitar que el Bacillus se multiplique,
entonces no aparece el velo, pero aparecen los cristales que se multiplican
como si fueran seres vivos. En el cultivo existen enzimas cristalinos en forma
líquida, y los macrocristales resultan de la agregación de muchos millones de
dichos enzimas-virus-cristales. Una bacteria no visible, una colonia de bac-
terias en la superficie de una placa de agar puede tener más de un centí-
metro de diámetro.
Estos cristales vivos son asimismo termorresistentes, porque aparecen,
aunque el cultivo con el medio explicado, inoculado con Bacillus y adicionado
de antibióticos, se mantenga a 100° durante más de diez minutos.
Con ello queda demostrado experimentalmente:
1.° Que los cristales vivos se instituyeron en el material genético del
género Bacillus, originando la primera célula dotada de vida.
2.° Que pueden hacerse autónomos de la bacteria cuando el crecimiento
de ésta se encuentra dificultado por la presencia de antibióticos para los que
los cristales vivientes son insensibles.
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Existen, en consecuencia, dos tipos de material genético o enzimático en


el género Bacillus: uno de naturaleza globular y otro de naturaleza cristalina.
Ambos tipos son secuencias proteicas.
Ambos son susceptibles de ser transformados en antígenos, y en conse-
cuencia de producir inmunidad contra las enfermedades de las que son
productores.
Patentes
HIPÓTESIS SOBRE LA CADENA FILOGENÉTICA
EVOLUTIVA. ORIGEN DE LA VIDA
EXPLICACION DE LOS DIBUJOS ESQUEMATICOS

(1) Mundo inorgánico.


(2) Aminoácidos: Hace cincuenta años, Haldane y Operin sintetizaron
aminoácidos a partir de material inorgánico, reproduciendo así en el labora-
torio el escalón evolutivo entre la química organizadora de la materia inerte o
inorgánica y la que estructuró a la materia vital u orgánica.
(3) Enzimas vivientes: Descubrimiento por D. Fernando Chacón Mejías, en
Córdoba (España), 1973.
(4)-(5) Bacillus y Clostridium: Constituídos por la Agrupación colectivizada
de enzimas vivientes, como se explicó anteriormente. Dicha colectivización
permitió concatenar no sólo sus estructuras, sino también sus diversas
capacidades catalíticas, dando lugar a los primeros entes celulares.
Bacillus y Clostridium, en su evolución, derivaron hacia las dos corrientes
biológicamente productoras de energía: la aerobiosis y la anaerobio-
sis —respiración y fermentación— que los posibilitaba en el mantenimiento
metabólico que sostenía la entidad en sus enzimas vivientes colectivizados
habían originado con la finalidad de ampliar el campo de catabolización de
los sustratos inorgánicos del medio.
Pero los enzimas vivientes o protobios, a través de esta evolución bioló-
gica, conservaron su autonomía y, por lo tanto, su capacidad autodetermina-
tiva, y aunque prestaron su concurso para crear la vida de los Bacillus y
Clostridium, conservaron su prístina independencia.
(6) Actinomycetos: Primer ensayo de convivencia bioquímica entre enzi-
mas vivientes termorresistentes y enzimas normales. Surgieron cuando la
temperatura de la superficie terráquea había descendido lo suficiente como
para que la termorresistencia no fuera una implicación vital indispensable.
(7) Bacterias: La pauta evolutiva da paso a las entidades termolábiles: son
los bacilos, cocos, vibriones, etc., portadores de genes reunidos en un
cromosoma lineal sin membrana nuclear. Su sustrato catalítico es orgánico;
son, pues, heterótrofos.
(8) Simultáneamente a la aparición de las bacterias, y como consecuencia
directa de ellas, aparece el bacteriófago definido como un gen libre de las
— 263 —

mismas y cuyas posibilidades metabólico-reproductivas quedan limitadas al


seno de una célula de características iguales o similares a las que poseía la
célula de la que antes era gen.
(9) Célula eucariótica: En la que se conjugan simbióticamente los aero-
bios-oxidativos-citoplasmáticos y los anaerobios fermentativos-nuclear, mer-
ced a la compartimentación efectuada por una nueva formación evolutiva: la
membrana nuclear mediante la cual los genes se mantienen inertes, es decir,
en período intermitótico, gracias a las bajas tensiones de oxígeno de la
cámara que los alberga. El control replicativo es, pues, ya factible, instau-
rándose el rito. mitótico. Era la salida para la vida celular colectivizada.

(10) Como consecuencia directa de la aparición de la célula eucariótica,


con su equipo de genes controlados energéticamente mediante los períodos
mítóticos e intermitóticos, aparecen los virus que son genes libres, saprófitos
o patógenos, emitidos por la célula eucariótica.
Un gen permanece bajo control de la célula mientras se encuentra en am-
biente anaerobio, es decir, mientras fermenta.
Al iniciarse la mitosis y escindirse, en la profase, la membrana nuclear, el
oxígeno difunde fácilmente al núcleo, que adopta la vía aerobia, más
gratificante, en su producción energética, con lo que el ADN, desmadejado y
ricamente perfundido de oxígeno, puede replicarse.
Los genes, por este mecanismo, se transforman transitoriamente en virus.
Tras la duplicación, el gen es inmediatamente enfundado por la cromatina,
que lo vuelve a aislar transitoriamente de la vía aeróbica. El enzima,
entonces, pierde su capacidad duplicativa, pasando de nuevo a constituirse
en gen en reposo, y la célula aprovecha esta circunstancia para envolver
rápidamente a los dos núcleos hijos con sus dos correspondientes membra-
nas nucleares.
Así funciona el mecanismo de autocontrol.
Pero si esto no se consigue, la célula seguirá multiplicándose ininterrum-
pidamente, transformándose en procariote.
Sin la mitosis, las células nunca hubieran podido agruparse en comunida-
des tisulares organizadas, pues hubiera faltado una premisa fundamental en
su gremialidad: el equilibrio ecológico.
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(11) Célula eucariótica parasitada por virus.


(12) Agrupación de células en ensayo de colectivización.
(13) En el espacio dejado en blanco se encuentra todo tipo de asociación
celular, con promoción de distintos tejidos especializados, a partir de una
célula única, que conforman a los seres superiores.