Tener un encuentro con Jesús es la experiencia más gloriosa , bendecida que
puede tener un ser humano . Nuestras vidas son transformadas, nuestros
corazones renovados, somos llenos del Espíritu Santo de Dios, quien gobierna
nuestra vida.
Nos gozamos de alegría , la tristeza desaparece, nos perdonamos y perdonamos ,
la fortaleza en Dios es grande , es lo más maravilloso que puede pasarnos
Te invito a tener un encuentro con Dios .. Iglesia Mfc te apoya en este maravilloso
proceso de crecimiento y amor .
QUE DEBES TENER PRESENTE
1) Dar gracias a Dios por la oportunidad de que podamos compartir e intercambiar
información que te llenara tu espíritu.
2) Entender que el Encuentro con Dios no está influenciado por religión alguna , es
solo [Link] de cuerpo , Alma.y Espíritu de tener un cara a. cara con Dios.
Es tu Intimidad con Dios .
3)Estar preparado para confrontarte con Dios, perdonar y ser perdonado. Dejarte
abrazar por tu Padre . Recibir a manos llenas el amor que viene de Cristo .
4) imprescindible recibir las lecciones [Link] disfrutar a plenitud de esa
fiesta.
5) Lo demás lo regala Dios de su gracia para [Link] .
Si estás dispuesta (o).los Esposos Charris Romero te visitan y amplían
información. No te lo puedes perder . Dios hablara a tu corazón
¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo?"
Respuesta: ¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo? El pasaje clásico de
la Biblia que responde a esta pregunta es el de Juan 3:1-21. El Señor Jesucristo
está hablando con Nicodemo, un fariseo prominente y miembro del Sanedrín (el
consejo gobernante de los judíos). Había venido a Jesús de noche para hacerle
algunas preguntas.
Mientras Jesús hablaba con Nicodemo, Él dijo "...De cierto te digo, que el que no
naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". Nicodemo le dijo, "¿Cómo
puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el
vientre de su madre, y nacer?" Jesús contestó, "De cierto te digo, que el que no
naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es
nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te
maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo..." (Juan 3:3-7).
La frase "nacido de nuevo" literalmente significa "nacido de arriba". Nicodemo
tenía una necesidad verdadera. Él necesitaba un cambio de corazón – una
transformación espiritual. El nuevo nacimiento, el nacer de nuevo, es un acto de
Dios por el cual la vida eterna es impartida a la persona que cree (2 Corintios
5:17; Tito 3:5; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 2:1-4, 18). Juan 1:12, 13
indican que "el nacer de nuevo" también transmite la idea de "volverse hijo de
Dios" al confiar en el nombre de Jesucristo.
La pregunta viene de manera lógica, "¿Por qué una persona necesita nacer de
nuevo?". El apóstol Pablo en Efesios 2:1 dice, "Y él os dio vida a vosotros, cuando
estabais muertos en vuestros delitos y pecados...". A los Romanos en Romanos
3:23, el apóstol escribió, "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la
gloria de Dios". (Romanos 3:23). Los pecadores están espiritualmente "muertos";
cuando reciben vida espiritual a través de la fe en Cristo, la biblia lo compara
con un nuevo nacimiento. Sólo aquellos que han nacido de nuevo tienen sus
pecados perdonados y tienen una relación con Dios .
¿Cómo ocurre eso? Efesios 2:8,9 declara , "Por gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se
gloríe". Cuando uno es "salvo", él (o ella) ha nacido de nuevo, ha sido renovado
espiritualmente, y ahora es hijo de Dios por el derecho de este nuevo
nacimiento. Confiar en Jesucristo, en Aquel quien pagó el castigo del pecado al
morir en la cruz, es lo que significa "nacer de nuevo" espiritualmente. "De modo
que si alguno está en Cristo, nueva criatura es..." (2 Corintios 5:17).
Si nunca ha confiado en el Señor Jesucristo como su Salvador, ¿consideraría usted
dar lugar al Espíritu Santo mientras Él le habla a su corazón? Usted necesita
nacer de nuevo. ¿Haría usted la oración de arrepentimiento para así volverse hoy
una nueva creación en Cristo? "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen
en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son
engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de
Dios". (Juan 1:12-13)
Si usted desea aceptar a Jesucristo como su Salvador y nacer de nuevo, aquí está
una oración modelo. Recuerde, hacer esta oración o cualquier otra, no va a
salvarlo. Es solamente el confiar en Jesucristo lo que le puede librar del pecado.
Esta oración es simplemente una manera de expresar a Dios su fe en Él, y
agradecerle por proveerle su salvación. "Dios, sé que he pecado contra ti y
merezco el castigo. Pero Jesucristo tomó el castigo que yo merecía, de manera
que a través de la fe en Él yo pueda ser perdonado. Me aparto de mi pecado y
pongo mi confianza en Ti para la salvación. ¡Gracias por Tu maravillosa gracia y
perdón – el don de la vida eterna! En el nombre de Jesús, ¡Amén!"
¿Ha hecho usted una decisión por Cristo por lo que ha leído aquí? Si es así, por
favor oprima la tecla “¡He aceptado a Cristo hoy!”
La razón por la que es necesario
Jesús habló del nuevo nacimiento a Nicodemo, un principal entre los Judíos, que
había ido a verlo de noche. Jesús dijo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de
cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede
acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió
Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del
Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne,
carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que
te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y
oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo
aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:3-8). De las palabras de Jesús sobre
el nuevo nacimiento, es claro que para entrar y ver el Reino de Dios es esencial
nacer de nuevo. Las siguientes expresiones: “… no puede ver el reino de Dios ..no
puede entrar en el reino de Dios.. Os es necesario nacer de nuevo..” lo prueban.
Así que todos los que quieren entrar en el Reino de Dios que está en los cielos
tienen que nacer de nuevo, de lo contrario se quedarán fuera.
Pero ¿debido a qué los hombres tienen que nacer de nuevo para entrar en el reino
de Dios? Debido a que son muertos en sus delitos y transgresiones sin la vida de
Dios en ellos (Véase Efesios 2:1). El nuevo nacimiento es de hecho una
resurrección espiritual que permite a el que está muerto espiritualmente a resucitar
y llegar a ser vivo desde el punto de vista espiritual y entonces listo para entrar en
el Reino de Dios.
Como se experimenta
Pero ¿cómo se puede nacer de nuevo? A partir de la predicación que
Jesucristo dirigió a los Judíos, teniendo en cuenta que las palabras que le dijo a
Nicodemo, “Os es necesario nacer de nuevo” estaban dirigidas a todos los Judíos
(y no-Judíos, por supuesto), está claro que para nacer de nuevo hay que
arrepentirse y creer en el Evangelio, según lo que dijo Jesús a los
Judíos: “Arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). Por tanto, ¿no es
necesario el bautismo en agua para nacer de nuevo? No; porque el nuevo
nacimiento se experimenta cuando uno se arrepiente y cree en el Hijo de Dios, y
no cuando se descende en las aguas bautismales, o al salir de ellas. El bautismo
representa lo que el creyente ya ha experimentado a través de la fe en el Cristo de
Dios, es decir el nuevo nacimiento; la inmersión representa la sepultura con Cristo,
salir fuera del agua la resurrección con Cristo.
Alguien dirá: Pero ¿no está escrito que se nace de nuevo de agua? Sí, pero no es
el agua del bautismo, sino la Palabra de Dios que en la Escritura es simbolizada
por el agua, como está escrito a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras
mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la
palabra” (Efesios 5:25,26), y también en Isaías: “Porque como desciende de
los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la
hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así
será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo
que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:10-
11). Noten como claramente la Palabra de Dios se compara con el agua que
desciende de los cielos para regar la tierra y hacerla germinar. Ahora, Juan dijo
que “el que Dios envió, las palabras de Dios habla” (Juan 3:34), y de hecho,
Jesús, enviado por Dios, descendió del cielo y nos predicó lo que había oído de su
Padre, es decir la Buena Nueva del Reino de Dios. Y nosotros que estábamos
muertos en nuestros delitos, fuimos regenerados precisamente por la Palabra de
la Buena Nueva que Cristo nos anunció, como está escrito: “siendo renacidos,
no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que
vive y permanece para siempre… Y esta es la palabra que por el evangelio os
ha sido anunciada” (1 Pedro 1:23,25.) y en otra parte: “El, de su voluntad, nos
hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). La Palabra de Dios que
Cristo nos anunció es, pues, el poder regenerador. Es por eso que Jesús dijo un
día: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).
¿Y no es cierto que el Evangelio de la gracia de Dios nos dio vida, dándonos
aquella vida de la que una vez estábamos faltos? Sí, esta es la verdad; somos
nacidos de nuevo por la Palabra de Dios. Pero como dijo Jesús, hay que nacer
también del Espíritu de Dios. Vamos, por lo tanto, a hablar de lo que el Espíritu de
Dios ha obrado por nosotros para hacernos nacer de nuevo. Cuando hemos
escuchado la Palabra de la Gracia, el Espíritu nos ha convencido de pecado,
justicia y juicio, y de hecho, el Espíritu Santo fue enviado del cielo para llevar a
cabo incluso esta persuasión, de acuerdo con lo que Jesús dijo antes de ser
glorificado “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y
de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy
al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este
mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:8-11). Hermanos, es el Espíritu Santo que
nos ha convencido de ser pecadores e incrédulos; nosotros, antes de que
naciésemos de nuevo, pensábamos (confiando en nuestro falso discernimiento)
que no éramos pecadores que merecían ir al fuego eterno porque éramos
esclavos del pecado; no hablábamos como habríamos tenido que hablar porque
éramos también nosotros hijos de la rebelión; hay quien decía: “Pues ¿qué mal he
hecho yo para merecer el juicio de Dios?” Quien: “No mato, no robo, no blasfemo,
¿de que tengo que arrepentirme si no tengo pecados?”, mientras que la palabra
de Dios dice y todavía dice: “¿Qué, pues? Somos nosotros mejores que ellos?
En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos
están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay
quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se
hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides
hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en
sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante
de sus ojos” (Romanos 3:9-18, Salmo 14:1-3; 5:9; 140:3; 10:7; Isaías 59:7,8;
Salmo 36:1). Pero Dios ha sido paciente con nosotros y ha esperado que nos
reconociésemos como pecadores antes Él, y que nos arrepintiésemos y que Le
invocásemos para que Él tuviese misericordia de nosotros. ¿Cuántos de nosotros
antes de creer en el Señor, decían que creían? Muchos; pero no éramos
creyentes sino incrédulos, porque todavía no habíamos creído con nuestro
corazón en el Evangelio. De hecho, cuando nos decíamos: “Yo creo”, queríamos
decir: “Yo también he oído hablar de eso”; según nosotros haber oído el Evangelio
y creer en el Evangelio era la misma cosa, pero hay una gran diferencia entre
haber sólo oído hablar de Cristo (sin creer en Él), y haber oído hablar de Él y creer
en Él con todo el corazón; en el primer caso, todavía uno está perdido, en el
segundo uno es salvado con la certeza de tener la vida eterna. Todos nosotros,
antes de que naciésemos de nuevo éramos rebeldes y malvados, pero gracias a
Dios que por medio de su Espíritu, primero nos ha convencido de pecado, y luego
nos dio vida; “El Espíritu vive” (Romanos 8:10), Él nos dio vida, como está
escrito: “El Espíritu es el que da vida” (Juan 6:63). Muchos argumentan que
todos los hombres son hijos de Dios, que quiere decir que todos los hombres son
nacidos de Dios, pero esta afirmación es falsa porque la Escritura enseña que sólo
los que están en el camino de la salvación, son hijos de Dios; todos los hombres
fueron creados por Dios, pero no todos los hombres han sido regenerados por
Dios. Jesús dijo: “ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la
puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la
hallan” (Mateo 7:13-14); sabemos que la puerta es Cristo, porque Jesús dijo, “Yo
soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10:9), y que el camino
que lleva a la vida es también Jesucristo, porque Él dijo “Yo soy el camino, y la
verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), pero también
sabemos que son pocos los que encuentran el camino que lleva a la vida, y que lo
siguen, y esto significa que el número de aquellos que son nacidos de Dios y que
están en el camino de la salvación, es pequeño en comparación con el número de
los incrédulos que caminan en el camino de la perdición. La Escritura enseña que
sólo los que recibieron a Cristo Jesús son hijos de Dios, como está escrito: “Mas a
todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad
de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de
voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12,13), y
también: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas
3:26). Es por creer en Jesucristo que nos hemos convertido en hijos de Dios, por
lo tanto, los incrédulos no son hijos de Dios, sino hijos del diablo, porque no creen
en el nombre del Hijo de Dios, y para confirmar esto les recuerdo lo que Jesús
dijo a los Judíos que no creyeron en Él y querían matarlo; Él les dijo: “Vosotros
sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis
hacer” (Juan 8:44). El apóstol Pablo, en Chipre, llamó aquel falso profeta llamado
Barjesús (quien procuró apartar de la fe al procónsul) “hijo del diablo”. Sabemos
que los falsos profetas son hijos del diablo, porque ellos no creen en el Hijo de
Dios y tratan de desviar de la fe a los que han creído en el Señor. Cuando Jesús
contó la parábola de la cizaña del campo, les dijo a sus discípulos: “El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la
buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El
enemigo que la sembró es el diablo” (Mateo 13:37-39); de las palabras del
Señor se entiende claramente que en este mundo hay tanto los hijos de Dios
como los hijos del diablo, por lo tanto, no se puede decir que todos los hombres
son hijos de Dios.
El nuevo nacimiento es una experiencia real de la que una persona es plenamente
consciente de haber experimentado cuando sucede y es perfectamente segura de
haberlo vivido después de que lo ha experimentado; y esto, a pesar de que no
podamos explicar cómo pudo haber sucedido en nuestras vidas, porque es una
obra inescrutable hecha por Dios a través de su Palabra y de su Espíritu Santo.
Podemos compararlo a la salida de un muerto de la tumba donde fue enterrado; a
la liberación de un preso de una cárcel, a la salida a luz del sol de una persona
encerrada durante años en una habitación oscura; a la recuperación de la vista de
un ciego de nacimiento; al ser liberado de las cadenas fuertes y pesadas; en
definitiva, queremos decir que cualquier persona que lo haya experimentado sabe
lo que él sintió cuando nació de nuevo, ya que fue una experiencia que marcó su
vida de una manera radical. Lo que uno experimenta cuando nace de nuevo es la
salvación, el perdón de todos los pecados pasados; la desaparición del
sentimiento de culpa que atormenta al hombre sin Dios; por eso el que nació de
nuevo es seguro que fue salvado instantáneamente, que fue purificado de sus
pecados, y que no tiene más la conciencia que lo acusa. Y esto produce
inmediatamente en él una gran alegría, una alegría profunda que brota de Cristo
que viene a habitar en su corazón; y juntamente con la alegría una paz profunda,
verdadera, que siempre viene de Cristo. Se convierte en un hijo de Dios; ¿Cómo?
Lo hemos visto; por medio del arrepentimiento y la fe en Cristo. ¿Pero es seguro
que es un hijo de Dios? Claro. ¿En vista de qué puede decirse que es un hijo de
Dios? en virtud de lo que dice la Palabra de Dios; “Mas a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos
hijos de Dios” (Juan 1:12), y también: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre,
para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1); y en virtud del
testimonio del Espíritu Santo que ha venido a morar en su corazón porque está
escrito: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez
en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual
clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu,
de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15-16). Y entonces es seguro que
será un heredero de Dios y coheredero con Cristo; él es seguro de tener la vida
eterna porque tiene en su corazón Él que es la vida eterna; y por lo tanto sabe que
cuando morirá, vivirá en el cielo con Cristo y los demás santos que esperan la
resurrección. Además, decimos que todos los que creen, ya que son nacidos de
nuevo, son también sacerdotes de Dios; de hecho, después de que Pedro dijo al
comienzo de su primera epístola: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una
esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos…” (1 Pedro
1:3), dijo: “Mas vosotros sois… real sacerdocio..” (1 Pedro 2:9). ¿Ven? Todos
los que son nacidos de nuevo son sacerdotes de Dios. Y por lo tanto todos los que
creen en el Hijo de Dios son sacerdotes. Y, de acuerdo a la Escritura, todos los
que han creído también son un reino y reinarán con Cristo en la tierra, de hecho,
Juan dice que Cristo “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”
(Apocalipsis 1: 6), y que escuchó a los seres vivientes y los veinticuatro ancianos
decir: “…con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y
pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y
reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:9-10).
¿Cuántos pueden nacer de nuevo?
En este punto ustedes podrían preguntar: “¿Pero cuántos pueden nacer de
nuevo?” Todos aquellos que lo deseen. Precisamos, sin embargo, que esta
expresión no quiere decir que los que son nacidos de nuevo experimentan el
nuevo nacimiento porque son ellos a quererlo, ya que ellos lo experimentan
porque Dios lo quiere, de hecho está escrito que no nacieron “de sangre, ni de
voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13), y
también: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para
que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). Con esta expresión
sólo queremos decir que no sabemos el número exacto de los que Dios ha
decretado para generar a través de su Palabra y por eso decimos a todos los
hombres que tienen que nacer de nuevo para entrar en el reino de Dios.
¿Cómo se reconocen a los nacidos de nuevo?
Ahora, pero ¿cómo se reconocen a los hijos de Dios en este mundo? ¿Cómo se
puede saber si uno es nacido de Dios?
– Los que son nacidos de Dios son nuevas criaturas, en cuya vida las cosas viejas
(es decir, los viejos y malos hábitos) pasaron y todas son hechas nuevas porque
está escrito a los Corintios: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva
criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2
Corintios 5:17); así que si uno dice ser cristiano, pero no es una nueva criatura, él
no es nacido de Dios. Algunas personas dicen que son cristianos, pero no son en
absoluto nuevas criaturas porque su conducta mala y disoluta demuestra que
siguen siendo hijos de la desobediencia y esclavos de todo tipo de codicia; Juan
dice: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el
principio” (1 Juan 3:8) y también: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y
los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su
hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10). También hoy en día hay una raza de
personas que se llaman a sí mismas cristianas, pero adoran a los ídolos, y deliran
para ellos, pero la Escritura dice que “El que dice: Yo le conozco, y no guarda
sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan
2:4), entonces todos los que se niegan a obedecer al Evangelio de nuestro Señor
Jesucristo no son nacidos de Dios y no son hijos de Dios.
– Los que son nacidos de Dios creen que Jesús es el Cristo, de hecho está
escrito: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1
Juan 5:1), por lo tanto, todos aquellos que no creen que Jesús es el Mesías (una
palabra que se deriva de una palabra hebrea que significa ‘ungido’) no son
nacidos de Dios y no son hijos de Dios.
– Los que son nacidos de Dios aman a Dios y la hermandad, porque está
escrito: “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Juan
4:7); los que aman de hecho y en verdad a los hermanos son nacidos de Dios y
conocen a Dios porque Dios es amor, pero “El que no ama a su hermano,
permanece en muerte… y no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1
Juan 3:14; 4:8), esto significa que los que nos odian, a pesar de que digan ser
cristianos no son nacidos de Dios, Juan dice: “Nosotros sabemos que hemos
pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14).
Nosotros, antes de llegar a conocer a Dios no amábamos a los hermanos, no eran
el tipo de personas que nos gustaban, con las que amábamos quedarnos y hablar,
no queríamos visitar y ayudar a los hermanos y hermanas, porque estábamos en
la muerte; nosotros que estábamos muertos deseábamos quedarnos y hablar con
aquellos que estaban muertos como nosotros, estábamos orgullosos de ser
amigos y compañeros de los pecadores, y nos encantaba su forma perversa de
vivir y hablar, pero gracias a Dios que nos hizo nacer de nuevo; el día en que
nacimos de nuevo nuestra mente fue renovada por el Espíritu Santo y empezamos
a amar a los santos, por el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el
Espíritu. Pero entonces, ¿Por qué también en este país muchas personas dicen
que son cristianos, y nos odian, nos desprecian, nos ven mal, no les gusta
quedarse con nosotros o hablar con nosotros, y nos definen una “secta” como si
fuéramos los seguidores de algunos impostores? La razón es que ellos están en la
oscuridad aunque digan estar en la luz; ellos son del mundo y nos odian porque no
somos del mundo, de hecho, Jesús dijo: “Si fuerais del mundo, el mundo
amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo,
por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19). Hermanos, Cristo nos redimió de
este presente siglo malo, por eso que los que son de la oscuridad de este mundo
nos odian; dicen ser cristianos como nosotros, y dicen que tienen el mismo Padre
nuestro, pero no son de Dios, sino del diablo.
– Los que son nacidos de Dios están seguros de ser perdonados de todos sus
pecados y de tener la vida eterna, porque creyeron en el Hijo de Dios; como está
escrito: “…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados
según las riquezas de su gracia…” (Efesios 1:7), por lo tanto nosotros que
somos de Dios, hemos sido limpiados de nuestros pecados porque nos han sido
perdonados por la fe en Cristo. Todos los que dicen que cuando mueren van al
purgatorio para ser purgados de sus pecados no son nacidos de Dios y no son de
nosotros porque la Escritura dice: “si andamos en luz, como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos
limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7); el purgatorio no existe y los que creen en
su existencia se engañan a sí mismos. Los que dicen que van a confesar sus
pecados a los sacerdotes, y que al hacerlo sus pecados son perdonados no son
nacidos de Dios, y se engañan a sí mismos, porque el sacerdote no tiene el poder
de perdonar los pecados que un hombre ha cometido contra Dios. La Escritura
enseña que sólo Dios puede perdonar los pecados al pecador, como está
escrito: “El es quien perdona todas tus iniquidades” (Salmo 103:3). Los que se
van a confesar por los sacerdotes no son limpiados de todos sus pecados, de
hecho, continúan a tener consciencia de los pecados porque la confesión de los
pecados, el pecador debe hacerla a Dios para ser perdonado y nacer de nuevo,
como está escrito: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú
perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5). Nosotros, los que somos
nacidos de Dios, tenemos la vida eterna, porque hemos creído en el Hijo de Dios;
Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47) y Juan nos
escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del
Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Si uno
afirma ser un cristiano, pero dice que no tiene la vida eterna no es nacido de Dios;
muchos nos consideran como ser arrogantes porque decimos que tenemos la vida
eterna, pero lo que decimos es la verdad, porque está escrito: “Dios nos ha dado
vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11). Los que dicen ser
cristianos pero al mismo tiempo dicen que no tienen la vida eterna, ya que todavía
están haciendo su mejor esfuerzo para ganarla no son nacidos de Dios; la vida
eterna no se puede ganar haciendo buenas obras, ya que no está en venta; la vida
eterna no es la recompensa que Dios da al pecador que se esfuerza por ganarla,
sino Su dádiva que Él regala gratuitamente a todos los que se arrepienten y creen
en Cristo Jesús, como está escrito: “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo
Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro
Traducido por Enrico Maria Palumbo