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LA CORPOREIDAD HUMANA COMO MANIFESTACIÓN DE INTERIORIDAD

Por Esther Gómez


Dra. En Filosofía
Cada uno de nosotros se conoce a sí mismo, sabe quién es y cómo es. Sin
embargo, de todas las sesiones, profundizaremos en ese conocimiento y
abordaremos lo que tenemos en común y nos caracteriza como personas
humanas. Partiremos por lo más externo y evidente: nuestro cuerpo.
Si comparamos el cuerpo humano con el de otro animal nos daremos
cuenta que el cuerpo humano es “inútil”, lo que significa que no posee
especialización. Es desespecializado. El cuerpo animal se encuentra
morfológicamente configurado para responder a las exigencias del medio.
Su estructura corporal está ordenada a que pueda procurarse el alimento,
huir de los depredadores y sobrevivir a un clima determinado.
El cuerpo de una jirafa, por ejemplo, es absurdo si no se considera que se
alimenta de los retoños que crecen en las copas de ciertos árboles. Para
comprender la morfología de la jirafa, se la debe relacionar con el árbol. Esto
demuestra que es un cuerpo orientado al medio y que manifiesta
exterioridad. Los animales tienen hocico, es decir, una protuberancia hacia
el exterior, orejas puntiagudas y se desplazan en cuatro patas o muy
encorvadamente. La complexión corporal muestra una inclinación hacia
afuera del mismo cuerpo. Es una materia que se configura como hacia algo
que desde fuera le determina. Pensemos por un momento en un cocodrilo.
Su enorme quijada, el aerodinamismo de su cuerpo, su piel, todo responde a
su entorno y su alimento.
Todo en el animal irracional se ordena a tener un conocimiento sensible. Ello
explicaría que algunos tengan sentidos externos tan agudos, con la finalidad
de asegurar una adecuada adaptación a su ambiente. Es claro que el
surgimiento de las especies animales responde a la evolución, la radiación, al
aislamiento geográfico y a la mutación. Son, indudablemente, cuerpos
adaptados.
Sin embargo, respecto de la corporeidad humana, la conclusión es distinta,
pues su desespecialización manifiesta que está por sobre el medio. Tanto es

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así, que los esquimales tienen menos vello que hombres que viven en
latitudes más cálidas, no obstante, ningún animal pueda sobrevivir ahí sin
una gruesa capa de grasa y una vellosidad abundante. Es más, el hombre
puede tomar el mismo hielo y trasformarlo en hogar, en fuente de calor y en
refugio. La respuesta a esta paradoja se resuelve apreciando lo que se
manifiesta en su misma constitución física.
Hay desespecialización también en sus manos, lo cual las constituye en
instrumento de instrumentos, pues, mediante su uso, el hombre es capaz de
fabricar utensilios según sus necesidades. Por otro lado, la articulación de
mente y cerebro brindan al ser humano un sinnúmero de posibilidades que le
permiten, por ejemplo, procurarse el abrigo, teniendo un cuerpo desprovisto
de modo natural de la necesaria protección.
El animal huye del fuego y es determinado por la existencia o no de éste,
pasando a ser un elemento circunstancial del cual dependen sus
desplazamientos. El hombre, en cambio, además de no temerle como los
demás animales, se lo procura, lo mantiene, lo lleva consigo. Más aún,
determina su existencia, porque puede apagarlo y encenderlo según lo
desee. Este dominio que el hombre tiene sobre el fuego está dado por su
interioridad, la que es propia de un ser personal e inteligente.
Esta misma interioridad se revela si se analiza el sentido del tacto, su unión
con los demás sentidos y, en el caso del hombre, su conexión con la
inteligencia, y esto lo comparamos en el hombre y el animal. Pues sucede
que únicamente el hombre se deleita en las cosas sensibles de los sentidos
distintos al tacto, consideradas en sí mismas, mientas que los demás animales
no se deleitan en ellas sino en la medida que se refieren a lo sensible al
tacto1. Por eso el lobo no se deleita en la visión del cordero sino en cuanto se
come, pero el hombre sí puede deleitarse en la contemplación de la belleza
del cordero manifestada a sus sentidos.
También podemos observar que el hombre tiene rostro y tiene boca. Si
tomásemos arcilla y modelásemos en ella el rostro humano tendríamos que

1
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 35.a.3.

2
quitar material y modelarlo más hacia el interior, en cambio la cara de un
animal se forma dando volumen hacia afuera. Además, la corporeidad
humana está, como si dijéramos, hacia el interior manifestando ese “dentro
del hombre”. En el arte, por su parte, se representa a los animales comiendo,
mirando, desplazándose o descansando, mientras que en las
representaciones humanas se muestra más propiamente al hombre
replegado sobre sí mismo, ya sea pensando, contemplando o
comunicándose. Los animales no contemplan, únicamente miran y tampoco
les brillan los ojos como al ser humano. Otra característica que llama la
atención es que el hombre se encuentra erguido, como expresando su
superioridad, y su complexión y equilibrio le brindan una gracia y prestancia
que le separan de cualquier otro cuerpo vivo. En resumen, si el hombre se
viese solo en medio de todos los demás cuerpos, captaría que está solo, que
es un cuerpo entre otros cuerpos radicalmente distintos a él.
Según este análisis, es posible concluir que el cuerpo humano refleja una
finalidad distinta a la del cuerpo animal. El ser humano no es para un medio
sino para otra persona. La corporeidad del hombre es inexplicable en
ausencia de la corporeidad de la mujer. Su cuerpo es expresión de lo que le
corresponde como ser humano, esto es, el encuentro y la comunión con
otro. Ahora bien, ese encuentro no termina con el encuentro físico entre dos,
pues la comunicación de la interioridad es más profunda que eso. Aunque
en su corporeidad se expresa él mismo, por ser un cuerpo personal, la
comunión y el encuentro pleno entre dos personas implica algo más. Por
ejemplo, en la mirada se manifiesta la presencia de ese interior. Pero una
persona aunque perciba la interioridad en la mirada no puede acceder al
interior por ella. Porque el interior se comunica mediante la palabra. El interior
es impenetrable para otro hombre en aquello de más íntimo, sólo puede
conocerlo cuando le es comunicado. La interioridad se manifiesta en el
cuerpo, por eso el cuerpo mismo nos indica que estamos ante alguien y no
ante algo. En el hombre su cuerpo expresa inequívocamente que es un ser
que trasciende la materia. Por lo mismo, es el más noble de todos los
cuerpos.

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El cuerpo humano es el más noble porque es el más perfecto. Sin embargo,
constatamos con frecuencia que existen animales más ágiles, más veloces o
con sentidos más agudos que el hombre. ¿Cómo se explica esto? Esas
características no son necesariamente signos de mayor perfección; aunque
cabe mencionar que respecto de los sentidos externos el hombre posee un
tacto más perfecto que los demás animales. Pero, aún cuando fueran todos
sus sentidos externos inferiores a los del resto de los animales, no deja de
superarlos en cuanto a los sentidos internos, que son más perfectos que los
externos. Por eso el hombre es más perfecto, a pesar de que aparezcan
desventajas en relación a la agudeza de algunos sentidos externos, la
agilidad o la velocidad de sus movimientos.
Sabemos que es perfecto aquello a lo que no le falta nada. Sin embargo,
vemos que el cuerpo humano carece de muchos atributos que el cuerpo de
otros animales sí tiene, por ejemplo, mayor abrigo natural o defensas que
aseguran su supervivencia. A pesar de que esa observación es correcta,
notamos que el hombre no necesita de esos atributos, porque gracias a su
entendimiento puede utilizar sus manos para procurarse infinitos medios
según sus necesidades.
Sucede también que el hombre está más cercano a los animales que a las
plantas. Pero vemos que los animales se mantienen en posición horizontal y
las plantas de modo vertical. Surge entonces la siguiente pregunta: ¿por qué
su cuerpo no está dispuesto de forma más semejante a los animales que a
las plantas?
Si lo pensamos bien, es la posición vertical del hombre la que posibilita la
manifestación de lo específicamente humano que es conocer y hablar. En
cambio, en los animales el cuerpo sirve para alimentarse y reproducirse. Por
eso los animales no se deleitan con la belleza, por poner un ejemplo,
mientras que el hombre se deleita con la belleza del mundo por la belleza
misma. Por eso hemos dicho anteriormente que los animales miran pero no
contemplan. Además, esta posición permite al hombre tener los sentidos en
un rostro que se fija en la tierra y en el cielo, encontrándose abierto a todo lo
sensible para descubrir la verdad.

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Pensemos otra cosa. Si el hombre fuera corvo, utilizaría sus manos para
desplazarse y no estarían libres para ejecutar otras operaciones. Si empleara
sus manos como patas delanteras, tendría que tomar el alimento con la
boca, y por tanto, poseería un hocico puntiagudo, labios duros y gruesos y
una lengua áspera como tienen los animales para no ser dañados al tomar
los alimentos. Y todo aquello le impediría hablar, que es la obra propia de la
razón.
Por otro lado, aún cuando el hombre se encuentra en posición vertical como
las plantas, está a gran distancia de ellas. Pues su parte más sublime, la
cabeza, mira a lo más sublime del mundo, y su parte inferior hacia lo inferior
del mundo. En las plantas su parte más sublime, las raíces, se encuentra
sumergida en lo inferior del mundo, y su parte más ínfima a lo más alto del
mundo. Y los animales, por su parte, están en una posición intermedia, pues
lo más sublime en ellos, que es por donde se alimentan, y lo inferior en ellos,
que es por donde evacuan, por lo general se encuentran a la misma altura2.

2
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Q. 91 a.5.

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