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Novena de la Inmaculada: Reflexiones Diarias

Una ayuda para un creyente católico que prepararse para el acontecimiento de la Inmaculada Concepción de María

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Novena de la Inmaculada: Reflexiones Diarias

Una ayuda para un creyente católico que prepararse para el acontecimiento de la Inmaculada Concepción de María

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Novena de la Inmaculada

Por Enrique Monasterio Herná ndez

Primer día
La Señora del dulce nombre, María, está recogida
en oración. Tú eres, en aquella casa, lo que quieras
ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino…
Yo ahora quiero ser Gabriel, el Arcá ngel que
Yahvé designó para llevar su embajada a María.
Dios me ha regalado unas grandes alas plateadas
y una tú nica radiante. Debo estar bien preparado
para entrevistar a la Reina de los Á ngeles.
— ¿Có mo la llamaré, Señ or?
— Llena de Gracia; ése es el nombre que debes darle antes de que yo
pueda llamarla Madre.
Al mirarme en el espejo comprendo que mi aspecto es grandioso, pero,
delante de la Señ ora, me siento ridículo, como una mota de polvo frente a
una gran montañ a florecida. Ella está reclinada sobre un faldistorio de
terciopelo rojo. Sus manos son dos palomas blancas; su cabello, un río de
oro del que nace una corona incrustada de rubíes, diamantes y
esmeraldas.
— Señ or, ¿có mo pueden los hombres pasar a su lado sin quedarse
prisioneros de esa mirada azul que ni siquiera yo mismo soy capaz de
resistir?
— Los he cegado yo para que no la vean como realmente es. Los hombres
no verá n su palacio real sino una casita de adobes chorreando
humedad en el centro de una aldea modesta, y su vestido de reina les
parecerá tan pobre y sencillo como todo lo demá s.
— ¿Y sus ojos?
—Los ojos no. No he querido empañ ar su resplandor, porque toda mi
Gracia se refleja en ellos. Quien se asome a esos ojos con una mirada
limpia, de frente, quedará prendido para siempre de su belleza. Y quizá
entonces empiece a descubrir el secreto de esa niñ a.
Camino de Nazaret, sobrevuelo el reino de mi Señ ora. Está amaneciendo;
María es la aurora que precede a la salida del sol. Entro en su palacio
temblando. Mi Reina levanta la vista y la estancia se ilumina.
—Alégrate, María, llena de Gracia…
Oración
Dios Padre, Todopoderoso, que, desde toda la eternidad, elegiste a María
Santísima para ser la Madre del Verbo Encarnado, y la hiciste Inmaculada,

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

llena de Gracia, inmensamente bella en el alma y en el cuerpo; concede a


los que comenzamos hoy esta Novena la gracia de amarla más cada día,
como Tú mismo la amas, para que sea siempre nuestro camino hasta el
corazón de tu Hijo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
Amén.

Segundo día

El Ángel le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor


es contigo.
Ella se turbó al oír estas palabras…
La saludé como tú me dijiste, llamá ndola “Llena
de Gracia”, y entonces la Reina se ruborizó igual
que una adolescente. ¡Si la hubieses visto…!
Perdó name, Señ or, por un momento olvidé que tú
la ves siempre, que no puedes dejar de mirarla ni
un solo instante. Pero es que mi Señ ora es una niñ a; só lo tiene 14 añ os y
cuando se pone colorada aú n parece má s pequeñ a. Yo me quedé
embobado contemplando su rubor, y allí habría permanecido toda la
eternidad, sin saber qué decirle.
Pensé entonces que la culpa de su azoramiento era mía: yo había llegado
sin avisar, y aunque los á ngeles no solemos llamar a la puerta cuando
vamos de visita, tratá ndose de María, debería haberle advertido con
tiempo o entrar delicadamente por la ventana, como un suave remolino
de brisa fresca. A ella le habría bastado una palabra en voz baja, el
susurro de un á ngel en la oscuridad. ¡Cuá ntas veces hemos conversado
así desde que era muy pequeñ a! Y la Señ ora siempre comprendió mis
palabras y yo las suyas; pero es que hoy tenía prisa, quería llevarle la
noticia cuanto antes y surgí por sorpresa torpemente, con cierto
estrépito, en medio de su casa.
Sin embargo enseguida entendí que no fue mi presencia inesperada lo
que turbó María. Fue el saludo. ¡Qué bien lo escogiste!: es preciosa, de
verdad; la má s graciosa, la criatura que má s se parece a ti, la que refleja
con nitidez la gloria de tu rostro. Llena de Gracia y también de humildad.
Apenas duró unos segundos su rubor. Me miró a los ojos, se llevó un dedo
a los labios y, sin perder su sonrisa de niñ a, me hizo callar.
Oración
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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

Madre mía Inmaculada, tú que sentiste arder tus mejillas, turbada por el
piropo de un Ángel, enséñame el secreto de la humildad. Que yo sepa, como
tú, rechazar los halagos y soportar las humillaciones; que no busque los
aplausos de nadie y no me rebele cuando sienta el desprecio o las burlas de
los que me conocen bien. Que pueda decir, con sinceridad, aquello que
tantas veces recitó en su oración San Josemaría Escrivá: “no tengo nada, no
puedo nada, no sé nada, soy la nada…” Y que comprenda que, por encima
de todo, soy tu hijo. Con eso me basta. Amén.

Tercer día
Cuando María puso su dedo índice delante de sus
labios, se hizo un silencio hondo y sonoro como la
pausa musical de una sinfonía. Fueron unos segundos
nada má s; ella cerró los ojos, y el Cielo y la tierra
estuvieron de acuerdo para que nada perturbara la
meditació n de la Señ ora. También los á ngeles
contuvimos el aliento.
Inmó vil junto a Ella, comprendí que, aunque quisiera,
no podría traspasar el umbral secreto de su silencio
interior. La Inmaculada reflexionaba sobre el significado de mi saludo,
pero no a solas: en ese reducto escondido del alma donde ni siquiera los
á ngeles podemos penetrar, escuchaba y conversaba con el Señ or.
De pronto, María comenzó a temblar. Era algo muy tenue, como una
sacudida apenas perceptible. Probablemente nadie que la viera con los
ojos de la tierra lo habría detectado. Su rostro seguía irradiando dulzura,
serenidad y Gracia, pero era la flor má s hermosa de Israel y se estremecía
sacudida por un viento huracanado. Y vi a Dios tan cerca de su criatura
que temí que la arrancara de la tierra y se la llevara a su casa para
siempre.
— No temas, María —dije entonces—.
La Señ ora abrió los ojos. Sonrió como si nada hubiera ocurrido, y, sin
palabras pero con toda claridad, me devolvió el consejo: “no tengas
miedo, Gabriel: es el Señ or”.
Oración
Virgen María, Señora del silencio, que supiste permanecer siempre a la
escucha de Dios, con un “sí” al borde mismo de tus labios para entregárselo
en cada llamada, en cada instante de tu vida, enséñame a hacer silencio en
mi alma para que yo también sea contemplativo en medio del mundo: que
descubra a Dios en la belleza de las cosas y de las personas, en el dolor de

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

los que sufren, en la inocencia de los niños, en el trabajo de la jornada, en la


enfermedad, en el dolor, en la pobreza y en la prosperidad, en las alegrías y
en las penas. Que ningún ruido externo ni interno me impidan escuchar la
voz de tu Hijo Jesucristo, que llama cada día a la puerta de mi corazón.
Amén.

Cuarto día

— No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás


en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será
grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino
no tendrá fin.
En toda la historia humana jamá s ha habido un mensaje como éste, y yo,
Gabriel, había sido designado por Yahvé para transmitirlo. El universo
entero se estremeció , y no diré que me envidiaron los demá s á ngeles,
pero sí que todas las criaturas celestiales escucharon en silencio el eco de
cada una de mis palabras, expresadas en el lenguaje de los hombres. Mil
veces me las había repetido para no equivocarme y para que mi voz
resonara en la bó veda celeste con la firmeza y majestad propias de un
enviado del Altísimo. Sin embargo pedí al Señ or que, al llegar a los oídos
de María, cada sílaba del mensaje se transformara en una nota musical
hasta componer una melodía muy sencilla; la canció n de un á ngel
enamorado que trataba de conquistar el corazó n de su Reina.
Mientras yo hablaba no dejé de mirar a la Señ ora. Estaba pensativa
aunque no sorprendida, igual que cuando era niñ a y aú n no sabía mi
nombre ni mi origen.
Tenía solo 5 añ os cuando hablamos por primera vez. A los 7 ya estaba
acostumbrada a conversar con los á ngeles. Y un día, mientras jugá bamos
con cantos rodados a la orilla del río, se quedó callada unos segundos y
por fin me preguntó :

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

— ¿Por qué mis amigas no te ven y yo sí?


Le dije la verdad: que yo era un Á ngel del Cielo, que estoy siempre en la
presencia de Dios y que É l me envió para protegerla y para señ alarle el
camino de su vocació n.
María tampoco en aquella ocasió n pareció sorprenderse.
— Entonces, ¿has venido a jugar con nosotros?
— ¿A jugar?
— Yo juego con el Señ or todos los días. El es mi Rey y yo su esclava. Tú
ahora será s mi paje. Ya verá s qué bien lo pasamos.
Oración
Dios Padre Todopoderoso, tú quisiste que la Virgen María fuese Santa e
Inmaculada desde el primer instante de su concepción para ser una digna
morada de tu Hijo. Al prepararnos ahora para su fiesta, ya que no podemos
igualar su santidad y nos sabemos pecadores, permítenos, al menos,
contemplarla como tú mismo la viste desde toda la eternidad. Que
aprendamos de Ella a ser niños y a jugar siempre en tu presencia. Líbranos
de nuestros enmarañamientos y vanidades de viejo. Concédenos la virtud
de la sencillez y de la humildad, para que un día tengamos un hueco en el
regazo de tu Madre y allí nos encontremos contigo, que vives y reinas por
los siglos de los siglos. Amén.

Quinto día

—¿Cómo será eso? Yo no conozco varón…


José fue un regalo de Dios para María, y
María lo fue para José. Ella conoció su
vocació n por la llegada de un á ngel; José,
por la aparició n de Reina de los Á ngeles.
Os voy a contar como fue, porque yo
estaba como siempre con mi Señ ora.
Ocurrió una tarde de verano, en las
afueras de Nazaret.
José regresaba de la aldea vecina. Era un muchacho de 17 añ os, alto y
robusto como los cedros del Líbano, de pocas palabras y mirada risueñ a.
Conocía muy bien a María. Eran de la misma aldea y habían jugado juntos
desde pequeñ os, pero él, como todos los que rodeaban a mi Reina, nunca

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

la vio como realmente era. Ya os dije que Dios nubló la vista de cuantos
trataban a la Inmaculada, porque de otro modo no habrían podido
resistirse a su belleza ni a su mirada. Para sus vecinos, María era só lo una
muchacha corriente y graciosa, como todas las de su edad.
Pero aquella tarde cuando José la encontró junto al pozo, Dios le devolvió
la vista y se enamoró sin remedio de la que sería su esposa. El muchacho
dijo entonces lo que en Nazaret esperaban desde mucho antes, y María
contestó :
—Yo soy la esclava del Señ or. É ste es mi nombre y mi vocació n. Y Dios me
ha pedido que sea completamente suya, que no me entregue a ningú n
hombre.
José reflexionó só lo unos segundos. Volvió a mirar a María y dijo:
—Si ésa es tu vocació n, tal vez sea también la mía. ¿Me permites que esté
siempre a tu lado? El Señ or me pide só lo que te contemple toda la vida
como un esposo y te cuide y defienda como un hermano mayor.
Poco después asistí a sus desposorios en primera fila, y en el Cielo se
abrieron un milló n de balcones para asistir al acontecimiento. Ya só lo
faltaba la segunda parte de la ceremonia: la Novia, entre cá nticos y flores,
debería entrar solemnemente en la casa de José.
Durante esa espera, Yahvé me envió a la casita de Nazaret para dar a
María la noticia má s esperada de la historia de la humanidad, y Ella, que
comprendió cada una de mis palabras, hizo la pregunta má s oportuna:
— ¿Cómo será eso? Yo no conozco varón…
Oración
(recomendada a los sacerdotes como preparació n para la Santa Misa)
¡Oh feliz varón, bienaventurado José, a quien le fue concedido no sólo ver y
oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron,
sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo! Ruega por nosotros,
bienaventurado José. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de
nuestro Señor Jesucristo.
Oh Dios, que nos concediste el sacerdocio real; te pedimos que, así como san
José mereció tratar y llevar en sus brazos con cariño a tu Hijo unigénito,
nacido de la Virgen María, hagas que nosotros te sirvamos con corazón
limpio y buenas obras, de modo que hoy recibamos dignamente el
sacrosanto cuerpo y sangre de tu Hijo, y en la vida futura merezcamos
alcanzar el premio eterno. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

Sexto día

Ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su


ancianidad ha concebido también un hijo, y la
que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto
mes, porque para Dios no hay nada imposible.
No sé por qué te he dicho esto, mi Señ ora. Y,
sobre todo, por qué te lo dicho tan mal.
Cualquiera que nos oiga pensará que quiero
darte una prueba, una especie de signo de que todo lo anterior es verdad
y no un sueñ o. ¡Como si tú necesitaras este género de pruebas!
Lo que pasa es que me he acordado que lo que me ha ocurrido hace seis
meses. Verá s fui enviado por Dios al Templo de Jerusalén, donde un
sacerdote justo y piadoso iba a ofrecer el incienso. Ese sacerdote era
Zacarías, esposo de Isabel, tu tía de Judá . Pues bien, me hice presente con
gran solemnidad cuando estaba a punto de empezar la ceremonia y le
dije que Dios había escuchado sus oraciones y las de todo Israel, que iba
llegar el Mesías esperado y que él tendría un hijo llamado Juan, que
habría de ser el Precursor del Cristo.
Zacarías me miró con desconfianza y no me creyó . Me pidió una prueba
de que mi anuncio era cierto. Yo naturalmente me enfadé:
— ¡Soy Gabriel —le dije— y he sido enviado por Dios para darte una
buena noticia!
Le mostré mis alas de oro y el resplandor de mi rostro, pero, como a
Zacarías le pareció poca señ al, le di otra: se va a quedar mudo una
temporada.
No te preocupes, María; es só lo una broma del Altísimo. Ademá s, de este
modo, podrá s charlar a solas con Isabel cuando vayas a verla, sin que te
interrumpa su marido con sus historias.
Tú sin embargo no necesitas señ ales, ¿verdad? Siempre has estado
pendiente de los mensajes que Dios te iba enviando; pero tenías que
enterarte de que Isabel también espera un niñ o y que ella sabe lo que te
ocurre a ti. Ademá s está un poco sola porque es casi una anciana y le da
vergü enza salir de casa con un embarazo tan insó lito. A lo mejor te
gustaría ir a verla…
Sí, ya sé. No hace falta que me lo pidas. Cuando nazca su hijo, Zacarías
recuperará el habla y los tres vivirá n felices unos añ os má s. Así que ya

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

puedes ir pidiéndole permiso a José. Dentro de un par de días pasará por


aquí una caravana camino del sur.
Oración
Dios Padre Todopoderoso, tú colmaste a la Virgen María de todos los Dones
y Gracias del Cielo. Le diste una fe gigante, una esperanza firme y una
caridad ardiente, a la medida de tu propio corazón. Sin embargo también
quisiste que, en su paso por este mundo, la Llena de Gracia siguiera
creciendo, igual que su Hijo Jesús, “en Gracia y en Sabiduría delante de Dios
y de los hombres”. Por eso, “durante su vida terrena no le fueron ahorrados
ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo ni el claroscuro de la
fe”. Concédenos, Señor, una fe sin vacilaciones como la de tu Madre, una
esperanza alegre y una caridad sin miedos que nos lleve a entregarnos a ti
sin condiciones. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Séptimo día

Para un á ngel como yo, mil añ os pueden pasar en un


segundo, pero hay segundos que nos duran una
eternidad; hay instantes interminables en los que
parece concentrarse el tiempo y la historia entera
del universo. De uno de esos instantes eternos debo
hablar hoy, el que empleó María en responder al
mensaje que le transmití de parte de Dios.
La Señ ora había escuchado con atenció n cada una de mis palabras y las
había entendido hasta tal punto que só lo hizo una pregunta, la ú nica
necesaria, precisamente aquélla que yo pensaba responder a
continuació n. Al terminar, su gesto no cambió , pero en sus ojos se
adivinaba una lá grima que no llegó a formarse.
Dicen que ha habido en la historia momentos estelares en los que el
futuro de la humanidad estuvo en manos de una sola persona, de una
pequeñ a decisió n aparentemente trivial. He oído que si Napoleó n hubiese
sabido ganar la batalla de Waterloo, hasta los á ngeles hablaríamos
francés. Y si Aníbal, después de aplastar al ejército de Roma, se hubiese
atrevido a asaltar las murallas de la Urbe, ni los á ngeles sabemos qué
habría pasado en Europa y en el mundo.
Sin embargo, en rigor, só lo hay tres momentos estelares que merecen
este nombre porque afectan al universo entero: el sí de Jesú s en el Huerto
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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

de los Olivos, que redimió al mundo; el sí de María al pie de la Cruz, que la


asoció a ese Misterio y la convirtió en Madre de todos los hombres, y el sí
de una Niñ a Inmaculada en Nazaret, del que dependió …, todo.
Yo no podía dudar de mi Señ ora; estaba seguro de que daría permiso a
Dios Padre para que todo el misterio de la Redenció n pasara por su seno
inmaculado. ¿Có mo iba a decir que no la Llena de Gracia?
Un santo enamorado de María, San Bernardo, se puso a mi lado en ese
instante para animar a nuestra Madre a decir sí. Por supuesto, San
Bernardo nació algunos siglos má s tarde, pero qué importa: los hombres
está is tan prisioneros del tiempo que no entendéis estas cosas.
É l recitó conmigo esta oració n con la que concluyo el séptimo día de la
Novena:
Oración
Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por
obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda
tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió.
También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina
sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.
Está en tus manos el precio de nuestra salvación. En seguida seremos
librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y
a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora
restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.
Te lo suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con
toda su miserable posteridad. Igual que Abrahán, que David con todos los
santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de
la muerte; esto mismo te pide el mundo entero, postrado a tus pies.
Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra
depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la
libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de los hijos de Adán, de
todo tu linaje.
Danos pronto tu respuesta. Responde ya al ángel, o, por mejor decir, al
Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la
Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz
y acoge en tu seno a la Palabra eterna.
¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se
revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene
que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no
temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la
modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.
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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las


castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está
llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después
volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre.
Levántate por la fe, corre por la devoción abre por el consentimiento.
— Aquí está la esclava del Señor—dice la Virgen—; hágase en mí según tu
palabra.

Vigilia de la Inmaculada Concepción


—Yo soy la esclava del Señ or…
Al decirlo, tu gesto ha sido de asombro, como si te
admirara que Dios quiera pedirte permiso para
entrar en tu casa. A los siervos —has pensado— no se
les consulta; todo lo má s, se les informa. Una esclava
debe ser só lo un puñ ado de barro en manos del alfarero. Así te ves
todavía delante del Señ or.
Dios, sin embargo, nunca te llamó sierva, y yo te pido que no vuelvas a
emplear ese nombre, porque el Verbo ya se ha hecho carne en ti y É l no
debe ser hijo de una esclava, sino de una Reina.
Desde ahora los hombres te llamará n Madre y los á ngeles Señ ora. Dios,
que estará en tus brazos, te hablará sin palabras, en una lengua
misteriosa hecha de llantos, sonrisas y balbuceos de recién nacido. Los
pá jaros del cielo te cantará n melodías recién estrenadas, que Yahvé ya ha
compuesto para ti; nacerá n estrellas nuevas para coronar tu frente, y
beberá n y beberá n los peces en el río por ver tu rostro cuando nazca el
Niñ o.

Yo te enseñ aré las lenguas de los á ngeles y de los hombres, mi Señ ora,
para que comprendas mejor los piropos que te traerá la brisa cada
mañ ana. Y consolará s en su lengua a los tristes, hará s sonreír a los
enfermos, acompañ ará s a los pobres, abrazará s a los solitarios, limpiará s
las heridas de los pecadores, llenará s de esperanza a los desalentados y
cambiará s el corazó n de todos los que se atrevan a llamarte por tu
nombre, el que Dios te dio al comienzo de la creació n: “Llena de Gracia”.
Lo sabes muy bien: el mundo entero te cantará . El avemaría se extenderá
por la tierra.

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

— Sí, Gabriel, tienes razó n. “Me felicitarán todas las generaciones, porque
Dios ha visto la pequeñez de su esclava”. Esclava, sí. Mi hijo será Rey y
yo, seguiré siendo su sierva. Mientras esté en este mundo, debo
llamarme así.

Oración
Virgen Inmaculada, Esclava del Señor, Reina de todo lo creado. En esta
vigilia de la Inmaculada Concepción, queremos pedirte muchos milagros: el
primero, que Europa no olvide las doce estrellas blancas de su bandera
azul. Esas estrellas son tu corona, la que Dios te regaló el día de tu
Asunción al Cielo. Que Europa y España no renieguen de sus raíces
cristianas y marianas, porque si lo hicieran, morirían.
Te pedimos también que los sacerdotes no se separen de ti; que, en este año
sacerdotal, muchos jóvenes escuchen tu llamada y respondan con un sí
pleno y sin condiciones imitando tu generosidad.
Te pedimos por el Santo Padre, por la Iglesia, por nuestros obispos, por las
familias, por los niños que nacen y por los que son abortados antes de venir
al mundo, por las madres engañadas, por los médicos que matan, por los
políticos, por...

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Y el á ngel se retiró de su presencia…


¡Qué cosas tiene San Lucas! ¡Có mo voy a
retirarme así, sin despedirme siquiera! Y
dó nde voy a estar mejor que con María. Yo,
Gabriel, soy uno de sus á ngeles custodios,
¿no lo sabíais?; estuve con Ella desde el
primer instante de su concepció n y no me he retirado jamá s.
Por otra parte, desde que el Verbo se hizo carne en su seno, la Madre de
Dios estuvo rodeada de millones de criaturas celestiales: Tronos,
Dominaciones, Potestades, Serafines, Querubines, á ngeles, arcá ngeles…
¡qué sé yo! Ya digo, una multitud; pero, como escribió alguno de vuestros
teó logos en la Edad Media, en la punta de un alfiler caben infinitos
á ngeles. Así que nadie se percataba de nuestra presencia.
Cuando María dejó de verme aquella mañ ana, no se quedó ensimismada
como habría hecho cualquier otra mujer. Habló con José, preparó un

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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

pequeñ o equipaje, cogió el borrico y se dispuso a esperar el paso de la


caravana.
Fue un viaje feliz a pesar de la dureza del camino. Yo me las arreglé para
que la acompañ ara un anciano llamado Simeó n que hacía la misma ruta y
estaba destinado a reconocer y abrazar al Mesías poco después de su
nacimiento. Pero, por supuesto, nosotros los Á ngeles fuimos su mejor
compañ ía y todos entramos en tropel en casa de su pariente, Isabel.
Debo desmentir rotundamente el rumor de que fui yo el inspirador del
Magnificat. No, María lo improvisó nada má s oír el saludo de su tía, y lo
cantó y bailó con tal gracia y salero, que hasta Zacarías tocó las palmas.
Nosotros no quisimos alborotar, má s que nada para no llamar la atenció n
del vecindario.
No puedo contar má s. Os bastará saber que me aparecí en sueñ os a José
para dejar las cosas claras y preparar la entrada de María en la casa de su
esposo; que fui con ellos al Templo y viajé a Egipto; que vi crecer al Niñ o
en estatura, gracia y sabiduría; que me llevé a San José al Cielo unos añ os
má s tarde; que brindé con Jesú s y con su Madre en las bodas de Caná de
Galilea.
En el Huerto de los Olivos la Virgen no estuvo, pero yo sí: ella me mandó
para que limpiara la frente de su Hijo. Y también estuve al pie de la Cruz
con las santas mujeres y con Juan.
¡Qué hermosa estaba María cuando volvió a decir sí en ese trance
tremendo! Nunca fue má s bella ni má s Llena de Gracia que aquel día
terrible y glorioso en el que se unió al Sacrificio de Jesú s. Los á ngeles
entendimos entonces lo que es la envidia al escuchar có mo el Señ or que,
desde lo alto, nombraba madre de todos los hombres a nuestra Reina y
Señ ora.
Tal vez en otro momento me anime a contar esta historia con má s
detalle…

Oración
Dios Todopoderoso y Eterno, Padre, Hijo y Esposo de María Inmaculada, te
pedimos en el día de su fiesta, por todos los que la hemos acompañado en
esta Novena. Que imitemos en nuestra Madre su fe llena de fortaleza; su
valentía y su abnegación; su total disponibilidad a tu voluntad; su señorío y
su desprendimiento; su entrega a los más necesitados; y, sobre todo, su
piedad: su oración fiel y perseverante hasta la Cruz. Que cada día la
conozcamos mejor; que nunca abandonemos las viejas devociones
marianas que aprendimos de pequeños; que, con Ella, sepamos creer como
creen los niños, rezar como rezan los niños, amar como aman los niños. De
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Novena de la Inmaculada
Por Enrique Monasterio Herná ndez

esta forma amaremos a tu Madre como Tú mismo la amas y será siempre


nuestro camino seguro hasta el corazón de tu Hijo, que vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén

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