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ediciones de la universidad bolivariana de venezuela

Sobre las aguas del Golfo nace Venezuela


Los grandes conflictos políticos de nuestra historia

Carlos Edsel
UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA, 2016

Sobre las aguas del golfo nace Venezuela


Lo s g ran d e s c o n f l i c to s p o l í ti c o s d e nuestra historia
Carlos Edsel

Dirección General de Promoción y Divulgación de Saberes

Diseño y diagramación
Ariadnny Alvarado Hernández
Fotografía de portada
Imagen satelital de la Península de la Guajira,
Centro Nacional de Historia.

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República Bolivariana de Venezuela
ÍNDICE

2 • Proemio

4 • Introducción

8 • ¿Tuvo origen indígena el nombre de Venezuela?


10 • Tierra de bellas mujeres
12 • Nos quieren quitar el histórico nombre del golfo
de Venezuela

15 • Coquibacoa un golfo que nunca ha existido


19 • Orígenes históricos del topónimo Maracaibo
22 • Maracaibo fue también el nombre de un poblado indígena
24 • Etimología histórica de Maracaibo
26 • El idioma como arma de conquista
28 • Otros significados lingüísticos de Maracaibo

30• Anexo DocumentaL


Orígenes de los topónimos Zulia y San Carlos del Zulia

31 • Zulia: San Carlos de Zulia y su origen


37 • Etimología de algunas palabras de origen indígena

41 • Bibliografía
…desde el Cabo de San Román al Cabo de Coquibacoa, ay tres isleos en
triángulo, entre estos dos cabos se haze un golfo de mar en figura cuadrada, y
al cabo del acerca de la tierra está una peña grande que es llana encima della,
y encima della está un lugar o casa de indios que se llama Veneçiuela, está
en X grado, entre este golfo de Veneçiuela y el cabo de Coquibacoa haze una
vuelta de agua dentro de la tierra a la parte del oeste…

Suma de Geografía
MARTÍN FERNÁNDEZ DE ENCISO
Proemio

El cartógrafo y navegante español Juan de La Cosa al dibujar en 1500 el


primer Mapamundi dado a conocer en el puerto de Santa María, en el cual
figuran las islas y tierras descubiertas en el Nuevo Mundo, escribe la palabra
Veneçuela para bautizar con este sonoro nombre al cuerpo de aguas que
conforman nuestro golfo epónimo.
Según el primer libro de geografía impreso que habla del Nuevo Mundo
“Suma de Geografía” del bachiller Martin Fernández de Enciso, geógrafo y
navegante español, editado en Sevilla en 1519, se hace una descripción del
Golfo de Venezuela: “Al cabo del acercase de la tierra está una peña grande
que es llana encima de ella, y encima de ella está un lugar o casas de indios
que se llama Veneciela…”.
Este nombre, según testimonio de Fernández de Enciso, se recogió de los
propios labios de sus pobladores originarios, y se ubica en una extremidad de
la actual isla de Zapara.
Igualmente, el cronista Antonio Vázquez Espinoza, sacerdote español,
quien viajó por casi todo el continente en el último tercio de los años de
1500, escribe en su obra “Compendio y Descripción de las Indias Occidenta-
les”, editada en 1629 lo siguiente: “Venezuela en la lengua natural de aquella
tierra quiere decir agua grande, por la gran laguna de Maracaibo que tiene su
distrito, como quien dice, la Provincia de la Grande Laguna”.
Los pobladores originarios de la laguna de Maracaibo vivían sobre la gran
piedra o laja fundacional, formación geológica del Zulia, que cruza el Zulia desde
el pie de la Sierra de Perijá y se alarga hasta entrado el lago. Parte de ella, en el sitio
conocido como Punta Arrieta, fue volada con explosivos entre los siglos XVII
y XVIII para poder agrandar la profundidad y alcance del puerto de Maracaibo.

2
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Es bien sabido, que existe una versión muy difundida en textos y manua-
les escolares que enseñan que el nombre de Venezuela corresponde a una
sugerencia que hiciera el geógrafo y navegante florentino Américo Vespucio
(1451-1512) al divisar un poblado palafítico que le recordó a la Venecia adriá-
tica, agregándole un morfema diminutivo: Venecia-Zuela. Pero nunca se han
localizado documentos que confirmen esta versión.
Bajo este mismo orden de ideas, el lingüista Ramón Hernández Villoria
apoya la versión de que el vocablo Veneciuela que es el original cartográfico
signado por el propio Juan de La Cosa en su mapamundi de 1500, corres-
ponde a una pronunciación castellanizada propia de la lengua de la etnia añú,
aborígenes de la zona de entrada al lago de Maracaibo.

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Introducción

En el principio fue la luz… luego el golfo. Sobre sus azules aguas comienza
el génesis de la formación territorial venezolana. A su imagen y semejanza se
crea la piedra angular sobre la cual se edifica el proceso formativo de lo que, a
partir del 5 de julio de 1811 será la República de Venezuela, conformada por
una extensión territorial de 2.100.026 kilómetros cuadrados.
Según testimonios bien documentados de los navegantes-conquistadores
Alonso de Ojeda (1466-1515), el cartógrafo Juan de la Cosa (¿-1516), y el geó-
grafo-piloto italiano Américo Vespucio (1454-1512), al entrar sus naves, el 24 de
agosto de 1499, al canal o barra de comunicación del golfo y el lago se toparon
con una pintoresca población palafítica, edificada sobre una peña llana, cercana
a la tierra a la cual sus pobladores autóctonos identificaban con una voz indí-
gena que al ser oída por vez primera a los asombrados navegantes les recordó,
por semejanza fonética, el nombre de la Venecia italiana. Palabra que luego los
conquistadores castellanizaron como Veneçuela (con c con zedilla) y que años
más tarde, después de una compleja evolución fonética y paleográfica, se signará
definitivamente –en cartas de navegación, mapas corográficos y documentos ofi-
ciales– como Venezuela, sustituyéndose la primigenia ç con zedilla por una zeta.
Cuando el cartógrafo Juan de la Cosa dibuja su famoso Mapa Mundi –do-
cumento elaborado en el puerto español de Santa María entre 1499-1500,
donde aparecen ubicadas por primera vez las islas y tierras del Nuevo Mun-
do– al demarcar el perfil de las costas de nuestro país1 signa con el nombre
de Veneçuela al cuerpo de aguas que conforman a nuestro golfo.
Esta versión documentada desecha la conocida fábula de que fue Amé-
rico Vespucio quien le adjudicó a la pequeña aldea palafítica el diminutivo

1 Históricamente, el primer mapa que se dibujó del territorio venezolano.

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Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

despectivo de una lejana y ajena ciudad europea situada a orillas del Adriático.
Además, en su carta a Lorenzo di Medici2, el navegante florentino solo dice
que el poblado estaba en el agua y que tal hecho le recordó a Venecia.
Mal podía Vespucio darle el diminutivo de Veneçuela puesto que para
aquel momento era apenas un personaje secundario en la tripulación de la
nave descubridora de Alonso de Ojeda, ya que venía tan solo como merca-
der de la expedición. Este hecho lo confirma el cronista español y de Indias
Antonio Herrera y Tordesillas (1559-1625), autor de Décadas o Historia General
de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, editada
en 1601, cuando afirma que Vespucio: “iba de mercader en la expedición y
como sabio en la cosmografía y de la mar”3.
Por lo tanto, el privilegio de ponerle nombres a las tierras y lugares recién
descubiertos en el golfo y en el lago, le correspondía por ley a Ojeda como
capitán de la expedición, con quien formalmente los monarcas españoles
habían celebrado capitulaciones ajustadas a la tradición jurídica de la época.
De no haber sido Ojeda, le hubiera correspondido por derecho al maestre y
piloto Mayor Juan de la Cosa. Herrera dice al respecto: “…iban por piloto
Juan de la Cosa, Vizcaíno de Valer. Cuanto en este viaje se hubiera descu-
bierto, a Alonso de Ojeda (sic), natural de Cuenca, como capitán y Juan de la
Cosa como piloto, se debe la gloria”4.
Américo Vespucio en la primera de sus famosas Lettere, redactada en el
año de 1500, la única que históricamente se considera digna de crédito –pues-
to que en sus Cuatro navegaciones, según afirma el Hermano Nectario María,
queda comprobado que el florentino insertó leyendas inventadas, hablando
de viajes supuestos que nunca en verdad se realizaron– dice:

2 Carta del 18 de Julio de 1500, dirigida desde Sevilla a Lorenzo di Pierfrancesco de Medici,
en Florencia, disponible en: http://pueblosoriginarios.com/textos/vespucio/vespucio.html
(consultado el 13-5-2015).
3 Antonio Herrera y Tordesillas, Décadas o historia general de los hechos de los castellanos
en las islas y tierra firme del mar océano, década I, Libro IV, Capítulo II, citad o por Hermano
Nectario María, en Los orígenes de Maracaibo, Madrid, Villena, Artes Gráficas, 1977,
Publicaciones del Instituto Nacional de Cooperación Educativa, INCE, p. 122.
4 Antonio Herrera y Tordesillas, Décadas o Historia General de los Hechos de los Castellanos
en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Década I, Libro IV, Capítulo 11, Citado por
hermano Nectario María, en Los Orígenes de Maracaibo, Madrid, Villena, Artes gráficas, 1977,
publicaciones del Instituto Nacional de Cooperación Educativa, INCE, p. 121.

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Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

Hallamos (dice Vespucio, se entiende dentro del golfo) una población


que tenía sus casas dentro del agua como Venecia; quisimos verla, y los
naturales se oponían a la entrada. Mas huyeron al probar el filo de nues-
tros aceros, y encontramos las casas llenas de algodón finísimo. Tenían
también mucho brasil y tomamos ambas cosas5.

Debido a los escritos de Vespucio es que generalmente se ha venido cre-


yendo que Venezuela era el despectivo diminutivo de Venecia. Pero existe otro
testimonio documental de mayor valía que los redactados por el fabulador cos-
mógrafo florentino que es de una sorprendente precisión: nos referimos a la
Suma de Geografía del bachiller Martín Fernández de Enciso, primer libro impre-
so que habla del Nuevo Mundo, editado en España el 5 de septiembre de 1518.
Por haber sido su autor amigo y compañero de Alonso de Ojeda y de Juan de
la Cosa, además de haberse alistado con ellos para la última expedición con el
título y cargo de alguacil Mayor de la nueva Gobernación, su testimonio es de
una autoridad histórica que merece mucho respeto:

Del Cabo de San Román al Cabo Coquibacoa hay tres isleos en trián-
gulo, entre estos dos cabos se hace un golfo de mar en figura cuadrada,
y al cabo de Coquibacoa entra desde este golfo otro golfo pequeño en
la tierra cuatro leguas. Y al cabo del acerca de la tierra está una peña
grande que es llana encima della. Y encima della está un lugar o casas de
indios que se llama Veneçiuela (sic). Está en X grados. Entre el golfo de
Veneçiuela y el cabo de Coquibacoa haze una vuelta el agua dentro de la
tierra a la parte del Oeste. Y en esta vuelta está Coquibacoa6.

Los dos testimonios documentales, el de Vespucio y el del bachiller Fer-


nández de Enciso, hablan de una población palafítica en el golfo, precisando
el último su ubicación geográfica, que fija Juan de la Cosa en su Mapa Mundi
de 1400-1500.

5 Ibídem, p. 124.
6 Martin Fernández de Enciso, Suma de Geografía, 1518, citado por hermano Nectario María
en Los orígenes de Maracaibo, Madrid, Villena, Artes gráfica, 1977, publicaciones del Instituto
Nacional de Cooperación Educativa, INCE, p. 125.

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Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Vespucio no da nombre a este pueblo indígena. Sólo dice en sus escritos


que estaba edificado sobre el agua, y que tal hecho le recordó a Venecia.
Fernández Enciso explica que la población se hallaba sobre el agua, cerca
de la tierra, pero sobre una peña llana, y se llamaba Veneçiuela.

7
¿Tuvo origen indígena el nombre de Venezuela?

Ante los dos testimonios que hemos citado anteriormente surge una interro-
gante: ¿Oirían los expedicionarios españoles el nombre de Veniciuela (sic)
de boca de los propios aborígenes como designación de aquella población
palafítica edificada en aguas del golfo sobre una peña plana? Fernández de
Enciso en su obra ya citada parece confirmar esta última opinión cuando
dice: “y encima della está un lugar o casas que se llama Veneçiuela”7.
Todo parece indicar, según la documentación histórica consultada por el
Hermano Nectario María, que el nombre de Veneçiuela (sic) que Juan de la
Cosa signó como Veneçuela (con c con zedilla) en su famoso Mapa Mundi
1499-1500, sería designación netamente indígena de la población que encon-
tró entre el golfo y el lago, a la entrada de la barra, la expedición de Alonso
de Ojeda y Juan de la Cosa, el 24 de agosto de 1499.
Por su parte, el acucioso investigador Adán Contreras Machado (fallecido
en 1988), en sus estudios de filología histórica, al tratar de ubicar las raíces
primigenias de esta palabra aborigen, afirma que podría tratarse de una voz
caribe, que puede escribirse como: Ve, e-ne-xuera (Ve, j,e-ne-xue-ra) con r
muy suave hispanizable como Venexuela.
Durante los años iniciales del descubrimiento y conquista de las tierras del
Nuevo Mundo, fue hecho frecuente que algunos nombres de poblados indí-
genas se castellanizaran por semejanza fonética. Un ejemplo ilustrativo de lo
que estamos afirmando sucedió cuando el conquistador Gonzalo Jiménez de
Quesada (¿1500?-1579) llegó a la sabana donde hoy está asentada la capital de

7 Martín Fernández de Enciso, Suma de Geografía, 1518, citado por Hermano Nectario María,
Los Orígenes de Maracaibo, Villena, Artes gráficas, 1977, publicaciones del Instituto Nacional
de Cooperación Educativa, INCE, p.127

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Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Colombia. Allí se toparon con un centro urbano aborigen de construcciones


de madera y paja, que sus pobladores chibchas o muiscas llamaban Bacatá.
Palabra netamente indígena que posteriormente se castellanizó dando ori-
gen, por semejanza fonética al nombre de Bogotá.

9
Tierra de bellas mujeres

Volviendo a las páginas de la Suma Geografía de Fernández de Enciso, el cro-


nista español refiere que: “en Veneçiuela es la gente bien dispuesta; y hay más
gentiles mujeres que no en otras partes de aquella tierra”8.
Así tuvo que ser, ya que de una de las orillas del lago se llevaron los ex-
pedicionarios algunas bellas mujeres que voluntariamente se fueron con los
europeos, quienes después de recibir el bautismo cristiano se casaron formal-
mente con los españoles, dando así inicio al mestizaje que caracteriza al bravo
pueblo venezolano.
El mismo Alonso de Ojeda en recuerdo de su primera novia, Isabel,
que le había sido arrebatada en Sevilla hizo bautizar con este nombre
a una hermosa princesa guajira que había escogido entre las beldades
de las orillas del lago, con la cual se unió en legítimo matrimonio. Pero
primero lo había hecho por el ritual aborigen para poder así realizar un
pacto de alianza con la casta guajira –a la que pertenecía su mujer– que
le permitiera iniciar con apoyo local la conquista y poblamiento de las
nuevas tierras.
Al parecer, Ojeda fundó con ciento veinte expedicionarios españoles, en
tierras del cacique Ayaro, en un lugar conocido como Ancon Cinto, ubicado
a unas ocho leguas de Santa Marta, el puerto y fortaleza de Santa Cruz, de
efímera existencia9.

8 Martín Fernández de Enciso, Suma de Geografía, 1518, citado por Hermano Nectario María,
Los Orígenes de Maracaibo, Madris, Villena, Artes gráficas, 1977, publicaciones del Instituto de
Cooperación Educativa, INCE, p. 127.
9 Gabriel Camargo Pérez, “La Coquibacoa de Hojeda y su puerto de Santa Cruz”, Revista de las
Fuerzas Armadas, vol. XLIII, nº 128, Bogotá, julio-septiembre de 1988, p. 371.

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Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Posteriormente, la princesa guajira bautizada con el nombre de Isabel,


marchó con Ojeda para España. Allí aprendió a hablar con soltura y elegan-
cia la lengua de Castilla, así como refinados modales cristianos.
Nombrado gobernador de la Costa de Coquibacoa y Urabá por Cédula de
21 de septiembre de 1504, insiste Ojeda en sus propósitos de fundación sin
lograr ningún resultado favorable. En 1508, con nuevo nombramiento para
gobernar la provincia de Urabá, al tratar de poblar allí fue destrozado por los
aborígenes en la costa de Santa Marta y apenas pudo salvar la vida. Después
de grandes padecimientos, náufrago, pobre, solo y desencantado, fue a parar
a un convento de franciscanos en Santo Domingo, en la isla de La Española,
en donde murió a principios de 1516. Antes de fallecer pidió ser enterrado
en la puerta de la capilla del convento para que sus restos fueran pisados por
todos. Refiere la tradición que su esposa, la princesa guajira doña Isabel, pos-
trada de dolor sobre su tumba, murió de tristeza a los pocos días.

11
Nos quieren quitar el histórico nombre
del golfo de Venezuela

El nombre del golfo de Venezuela es históricamente uno de los topónimos


más antiguos del continente suramericano. Su fijación cartográfica la inició
Juan de la Cosa cuando hizo publicar en 1499-1500 su Mapa Mundi, que con-
tiene el perfil de las costas venezolanas. Desde entonces, a todo el grupo de
sus aguas se le conoce oficialmente con el nombre de golfo de Venezuela.
Por lo tanto, la maniobra tramada por la bicéfala oligarquía neogranadina,
liberal-conservadora y narcotraficante, encaminada a poner en duda la ve-
racidad histórica del nombre de nuestro golfo epónimo, al que pretenden
sobreponerle el topónimo de Coquibacoa, con el propósito de poner en mi-
nusvalía nuestros derechos, constituye una muestra más de su mala voluntad
hacia el pueblo venezolano.
Esta campaña que ensaya cambiarle el nombre al golfo de Venezuela fue
planificada y financiada por el ex presidente colombiano Alfonso López Mi-
chelsen (1974-1978), uno de los abanderados del expansionismo neogranadi-
no hacia nuestro territorio nacional; quien logró que desde las altas esferas del
gobierno del vecino país se le exigiera a las instituciones culturales, cadenas
de radio y televisión, periódicos y revistas, así como a las agencias nacionales
e internacionales de noticias acreditadas en Colombia, que cuando hagan
mención de nuestro golfo lo llamen de Coquibacoa y nunca de Venezuela.
Asimismo, en centros culturales, comerciales y turísticos, se reparten ho-
jas sueltas impresas donde se difunde este mensaje: “¿Golfo de Venezuela?
No. Colombia: Golfo de Coquibacoa”.
Esta campaña ha desatado a tal extremo la xenofobia contra los venezo-
lanos que cuando ejercía la presidencia de Colombia, Virgilio Barco Vargas
(1986-1990), fue invitada la señora Alicia Pietri de Caldera a la inauguración

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Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

del Museo de los Niños en Bogotá. Durante la ceremonia protocolar, una in-
solente mano arrojó sobre el rostro de la dama un manojo de hojas volantes
que contenían el mensaje impreso anteriormente mencionado.
El doctor Julio César Pineda, abogado y comentarista internacional de
televisión, quien formaba parte de la delegación venezolana, recogió algunos
de los impresos y los trajo a Caracas. Una de esas hojas me fue obsequiada
por el diplomático en un acto cultural realizado en el Ateneo de Caracas, y es
la que se reproduce en este trabajo.
Además, como parte de la estrategia hilada por López Michelsen, en los nue-
vos mapas elaborados en Colombia por el Instituto Agustín Codazzi, a nuestro
golfo se lo identifica como “de Coquibacoa”. Hasta el presente, descono-
cemos si nuestra Cancillería ha emitido una nota de protesta –como es su
deber– por esta premeditada adulteración histórica. De seguir guardando
silencio, el Ministerio del Poder Popular para las Relaciones Exteriores de
nuestro país estaría avalando la estrategia de los neogranadinos.
Para contrarrestar los efectos de esta campaña psicológica, los venezolanos
debemos recordar que oficialmente el nombre de nuestro país, como entidad
geográfica y gubernamental, tiene su origen en la Real Cédula emitida por Car-
los V, el 27 de marzo de 1528, cuando concertó capitulaciones con Jerónimo
Sailer y Enrique Ehinger, apoderados generales de la casa Welser en España,
creando de esta manera la Provincia y Gobernación del Golfo de Venezuela,
que luego se simplificará en Venezuela; sin perder el golfo su maternidad y por
ello es que se convierte, dice el historiador Daniel Barandiarán:

Como en el líquido amniótico que envolvió en su gestación al bebé


naciente de entonces, fue la Provincia de Venezuela y que no es la
Venezuela de hoy: ese bebé se extendería desde el Cabo de la Vela, en
La Guajira colombiana, hasta un lugar llamado Maracapaná, a la altura
de donde está hoy Puerto la Cruz, y con todas las islas que habían en
sus costas. Todo lo dicho está expresamente afirmado por la Cédula
Real de 1528 y entre esas islas figuraban ya, naturalmente, Los Monjes,
a excepción de Curazao, Aruba y Bonaire, que habían sido adjudicadas
a un tal Juan de Ampies, en calidad de explotación de sus recursos10.

10 Laurenti Odrizola Echegaray, “Un país llamado Colombia busca un golfo llamado
Coquivacoa”, entrevista a Daniel de Barandiarán, El Diario de Caracas, Caracas, domingo 20 de
septiembre de 1987, p. 22.

13
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

Junto a esa Provincia y Gobernación del Golfo de Venezuela se confor-


maron sucesivamente las otras cinco hermanas progenitoras de la Venezuela
de nuestros días. Estas provincias eran también autónomas. Dependían indi-
vidualmente de la potestad del rey de España a través del Consejo Supremo
de Indias. Ellas eran: la de Margarita que nace en 1525; la de Cumaná en
1568; la de Guayana en 1595; la de Mérida-Maracaibo en 1573 y la de Bari-
nas en 1786. Además hubo una sexta provincia hermana autónoma desde el
año 1731, la de Trinidad de Barlovento11. Luego, el 8 de septiembre de 1777,
todas las provincias hermanas se unen por orden del rey Carlos III, bajo el
liderazgo de la Provincia del Golfo de Venezuela, que ya para entonces tam-
bién se le conocía como Provincia de Caracas.
El golfo de Venezuela, con sus aguas y sus costas, es nuestro vientre ma-
terno. Por lo tanto, esa región no es un lugar cualquiera de nuestra geografía.
De sus entrañas fecundas nació la primera Venezuela provinciana que heredó
la Venezuela republicana de nuestros días.

11 La Provincia de Trinidad de Barlovento que nos fue arrebatada por Inglaterra en 1797, pocos
años antes de nuestra independencia.

14
Coquibacoa un golfo que nunca ha existido

Quienes en Colombia ordenaron editar los nuevos mapas (tal vez Virgilio
Barcos Vargas, Julio Londoño y Alfonso López Michelsen), donde se llama
“de Coquibacoa” a nuestro golfo epónimo que desde hace más de quinientos
años se llama “de Venezuela”, sólo se proponen herir el sentimiento patrio
de los venezolanos.
La dirigencia política colombiana pretende fingir no saber, cosa habitual en
ellos, que Alonso de Ojeda no halló ningún golfo de Coquibacoa, pues los abo-
rígenes con los cuales hizo contacto en agosto de 1499, le dijeron que la tierra
y la región que tocaban con su expedición se llamaba Coquibacoa y esa tierra,
que no mar ni golfo, llamada Coquibacoa, señalada así por los indígenas es
simplemente la actual península de La Guajira y que Alonso de Ojeda en aquel
tiempo, por falta de conocimientos exhaustivos sobre sus costas, pensó que se
trataba de una enorme ínsula: la isla de Coquibacoa. Esa creencia se tuvo por
unos veinte años, hasta que se dieron cuenta de que no era una isla sino parte
de la tierra firme, una península que fue llamada luego de La Guajira.
Prueba de que lo afirmado era para entonces tenido por cierto lo cons-
tituye el mismo texto original de la capitulación que concertó Ojeda con los
reyes católicos, donde se dice con fecha de 8 de junio de 1501: “Vos facen
merced de la Gobernación de la isla de Coquibacoa que vos descubriste”12. Y
también en Cédula Real de los reyes católicos firmada en la ciudad de Grana-
da, el 10 de junio de 1501, se puede leer:

12 En Laurenti Odrizola Echegaray, “Un país llamado Colombia busca un golfo llamado
Coquivacoa”, entrevista a Daniel de Barandiarán, El Diario de Caracas, Caracas, domingo 20 de
septiembre de 1987, p. 22.

15
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

A voz, los vecinos o moradores que sois o fuéredes de aquí delante de


la isla de Coquibacoa, que de las islas que por nuestro mandato se han
descubierto en la parte del mar océano, sepades que nuestra Merced e
voluntad es que Alonso de Hojeda sea nuestro Gobernador desa isla
y su tierra13.

Confundir –se pregunta Daniel Barandiarán– “una isla con un golfo es


una ambivalencia que toca a la ignorancia o a la mala fe. ¿A cuál de las dos
pertenecen los nuevos mapas colombianos?”14.
La existencia de un supuesto golfo de Coquibacoa no es sino un mito
creado por la oligarquía colombiana en su afán de eliminar de las páginas de
la historia la realidad innegable del golfo de Venezuela, cuna del gentilicio de
todos los venezolanos de ayer, de hoy y de mañana.
En su afán de querer rebautizar nuestro golfo de Venezuela, la dirigencia
política colombiana se apoya en el único testimonio que existe al respecto:
el del geógrafo italiano Agustín Codazzi, quien un día jugó a ser venezolano
y luego a neogranadino, desdiciendo y destruyendo lo que un día escribió o
dibujó a favor o en contra.
En su Atlas Neogranadino –publicado mucho después de su muerte– des-
truye todo su anterior Atlas de Venezuela de 1840, en razón de su enemistad
hacia el gobierno de turno en nuestro país. Su odio hacia los hermanos José
Gregorio y José Tadeo Monagas lo convirtió en odio hacia Venezuela. Pero
además, en su Atlas de Venezuela editado en París en 1840, por error de co-
nocimientos históricos, Codazzi, en uno de los primeros mapas que elabora,
llama “golfo de Coquibacoa” a lo que desde 1500 se viene llamando golfo de
Venezuela. De este grave error se aprovecha hoy la narco-oligarquía colom-
biana para adulterar el nombre de nuestro golfo epónimo.
¡Una falla!, un error del geógrafo Codazzi fue aprovechado para conver-
tirlo en bandera política por leguleyos neograndinos como Ángel Zuleta y los
ex presidentes Alfonso López Michelsen y Virgilio Barco Vargas; secunda-
dos por los ex cancilleres Julio Londoño y Noemí Sanín de Rubio. Y, además,

13 Ídem.
14 Ídem.

16
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

las cincuenta familias godas que conforman el gobierno plutocrático de la


oligarquía neogranadina que gobierna en el vecino país, hoy repotenciada
económicamente por el Plan Colombia auspiciado por los Estados Unidos.
Se debe dejar en claro –señala el historiador Barandiarán– que todos, ab-
solutamente todos los mapas históricos comunes a los dos países desde 1502
hasta muy entrado el año de 1600, indican con el nombre de Coquibacoa a
la península de La Guajira, que nada tiene que ver con el nombre del golfo.
Luego, poco a poco, la denominación de Coquibacoa como tierra de La Gua-
jira se irá reduciendo a la señalización de un simple cabo, el de Coquibacoa, y
que hoy en los mapas de Colombia aparece señalado como de Chichibacoa,
quizás por el secular empeño de los neogranadinos de renegar de su propia
onomástica y de su propia prosapia.
La dirigencia política neogranadina, con sus frecuentes declaraciones y
sus nuevos mapas, está faltando a las más elementales verdades históricas y
jurídicas, puesto que se apoya deliberadamente en errores de base que, ade-
más de injuriar la inteligencia humana, atentan contra la verdad y por ello a
la moral. “Ningún gobierno digno –señala el historiador Barandiarán– puede
echar mano de tales recursos para defenderse o atacar”15.
Nunca el capitán Alonso de Ojeda habló o escribió de la existencia de un
golfo de Coquibacoa. La única capitulación de la Corona española, con su
consecuente Cédula Real, que todavía habla de Coquibacoa como “tierra para
evangelizar” es la concedida a fray Bartolomé de Las Casas, en el año de 1520.
Para ser fieles a la rigurosa verdad histórica debemos recordar que el mis-
mo fray Bartolomé, en su Historia general de Indias, habla de la “provincia o
región de Coquibacoa y su golfo”, pero especificando muy bien que la región
o provincia es región terrestre o de tierra firme y que lleva el nombre de
Coquibacoa; recordar que desde el año 1500 hasta mediados de ese mismo
siglo, nada tuvo que ver con ninguna entidad administrativa o gubernati-
va territorial de la actual República de Colombia, sino con administraciones
cuyos territorios iban a pertenecer, todas ellas sin excepción a la República
de Venezuela y, por ende, a la actual República Bolivariana de Venezuela,
puesto que la primera provincia primogénita de la actual Colombia, que fue
la provincia de Santa Marta, sólo llegaba hasta el área de la región del cabo de

15 Ídem.

17
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

la Vela. Todo lo demás de Coquibacoa o Guajira era de la Provincia de Ve-


nezuela desde la fecha exacta de 27 de marzo de 1528, cuando el emperador
Carlos V concertó capitulaciones con los Welser.
Como existe desconocimiento en el manejo de estos importantes datos
aportados por el distinguido historiador-investigador Daniel de Barandiarán,
es conveniente volver a insistir que desde 1528, el término real y verdadero
del golfo de Venezuela es el único usado por la cédulas reales y por los docu-
mentos históricos y jurídicos de la Corona española, en forma ininterrumpi-
da hasta el 5 de julio de 1811, en que la antigua Gobernación y Provincia del
Golfo de Venezuela se declara ante el mundo como república independiente
de todo yugo extranjero.
Si algunas veces el golfo de Venezuela, en el lapso de tres largos siglos,
aparece signado en mapas y documentos oficiales con otro nombre, nunca
fue con el de Coquibacoa, sino con el de golfo o saco de Maracaibo.
Barandiarán, uno de los mejores especialistas sobre la historia del golfo
de Venezuela, afirma que los neogranadinos sienten la tentación de vincular
el golfo de Venezuela de hoy con la Coquibacoa Guajira de ayer, ya que La
Guajira de nuestros días, descuartizada por obra y gracia del laudo español
de 1891, pertenece en su mayoría a Colombia. Por eso sienten el vértigo de
desvincular el golfo de Venezuela de la esencia misma estructural de nuestro
país. Además, pretenden, como ya lo hicieron en la reunión de Caraballeda
en 1980, declarar al golfo de Venezuela como una bahía histórica común y
compartida, erigiendo, contra la historia misma, dos mares interiores respec-
tivos y arrancándole así, a Venezuela, el útero de su madre y su progenitora
en el golfo que le dio su nombre a esta tierra con destino de gloria, que al
decir en los versos telúricos del poeta Andrés Eloy Blanco: “Nació en los
cuarteles y se crió en los vivaques de las guerras civiles”.
Es de suma importancia tener siempre presente que la región del golfo de
Venezuela, con su territorio y su cuerpo de aguas, no es un lugar cualquiera de
nuestra geografía. Allí, sobre sus azules aguas, nació el gentilicio de los vene-
zolanos. Por lo tanto, nuestro deber es amarlo y defenderlo de las apetencias
expansionistas de quienes pretenden mutilar el sagrado suelo de nuestra patria.
Posiblemente, el golfo de Coquibacoa que tan afanosamente trata de ubi-
car la dirigencia expansionista colombiana sólo exista en las magistrales pági-
nas del fabulador de Aracataca.

18
Orígenes históricos del topónimo Maracaibo

En la escuela se forma la conciencia del pueblo.


Cuando las naciones descuidan las líneas formativas
de sus planteles primarios caminan rápidamente
a la disolución nacional.
Mario Briceño Iragory

Sobre el origen histórico de Maracaibo los historiógrafos han emitido opi-


niones en las cuales la imaginación campea a veces más que la documenta-
ción histórica.
Lo único que sobre el origen de este vocablo tenemos de cierto docu-
mentalmente es lo que se lee en la Descripción de la ciudad de Nueva Zamora y
Laguna de Maracaibo, de Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga, del 11 de
julio de 157916.
El lago de Maracaibo recibió al principio de su descubrimiento por Alon-
so de Ojeda, el 24 de agosto de 1499, el nombre de lago de San Bartolomé,
nombre que sólo usaron quienes lo pusieron, sin que nadie para entonces
conociera el de Maracaibo que años más tarde se le diera.
Los primeros europeos en oír y pronunciar este nombre netamente in-
dígena, fueron los expedicionarios de Ambrosio Alfinger (Ulm, Alemania,
1500/1505-Valle de Chinacota, Colombia, 1533), factor de la Casa Welser

16 Archivo General de Indias, Sección Indiferente General, legajo 1528, no 48, citado por
Hermano Nectario María, en Los Orígenes de Maracaibo, Madrid, Villena, Artes gráficas, 1977,
publicaciones del Instituto Nacional de Cooperación Educativa, INCE p. 409.

19
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

y primer gobernador y capitán general de la Provincia de Venezuela, en su


primera entrada a la laguna, en septiembre de 1529.
En la boca del lago estaba una isla situada más arriba de la que hoy se
llama Toas y a la cual los indígenas de la zona llamaban Maracaibo, por ser el
nombre del jefe o cacique principal de aquella ínsula.
En el Archivo General de Indias, Sección Indiferente, legajo 1528, se lee la
siguiente información que desmiente todas las versiones fabuladas que se
han venido enseñando en los textos escolares tradicionales de Venezuela y
el extranjero: “…de la Isla de Toas, más arriba, está otra isla que se llama la
Ysla de Maracaibo, llámase ansi porque bibía el principal Maracaivo (sic) en
ella; es baja y llana”17.
Por la posición que le fija y la descripción que de ella hace el documento
citado no puede ser otra sino la que hoy todos conocemos con el nombre de
isla de San Carlos, ubicada a la entrada occidental de la barra del hoy llamado
lago de Maracaibo.
Este nombre de origen indígena que el gobernador Welser, Ambrosio
Alfinger, y los suyos oyeron pronunciar a los pobladores aborígenes del lago,
se les grabó hondamente en sus mentes, tanto que el jefe expedicionario
resolvió dárselo a una pequeña población que encontraron a las orillas de
aquella laguna que Alonso de Ojeda había llamado lago de San Bartolomé,
a la cual puso por nombre: Nuestra Señora de Maracaibo, por haber llegado
a ella el día de Nuestra Señora que según el santoral cristiano es el día de la
Natividad de la virgen María, que se celebra el 8 de septiembre de cada año.
Para entonces corría el año de gracia de 1529, pero como ocurre en muchos
casos el uso corriente trocó aquel largo nombre por el de Maracaibo, con el
que ha sido siempre designado este lago al correr de los tiempos coloniales y
de los presentes de la era republicana.
El historiador colonial fray Pedro Simón (San Lorenzo de la Parrilla,
España, 1581-¿Bogotá? d. 1623), reafirma la información que reposa en el
Archivo General de Indias, Sevilla (España), al escribir: “…a esta laguna lla-
máronla los españoles de Nuestra Señora y los indios de Maracaibo, por un
cacique que se llamaba así, señor de la mayor parte de los indios que estaban
poblados en sus márgenes hacia la boca del lago”18.

17 Ídem.
18 Ibídem, p. 411.

20
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Como una primera conclusión podemos afirmar que los documentos his-
tóricos del Archivo General de Indias no mencionan en ningún momento la
existencia de un cacique llamado Mara, nombre que, como lo señala el Her-
mano Nectario María, sólo ha existido en la imaginación de algunos escrito-
res. Por lo tanto, para ajustarnos a la verdad histórica sería lo más justo que el
monumento que le consagró la ciudad y que lleva su nombre se le cambiara
la palabra Mara por Maracaibo, apellido del gran cacique de la etnia Onoto
que dio su nombre a la ciudad y al lago.

21
Maracaibo fue también el nombre
de un poblado indígena

El cronista colonial fray Pedro Simón, ya citado por nosotros, en su obra


Noticias Historiales refiere, además, que con el nombre de Maracaibo, los Pe-
mones-Bobures del sur del lago designaban a una de sus poblaciones, situada
a la orilla de un río principal, probablemente el Zulia.
Don Juan de Castellanos (Alanis, España 1522-Tunja, Colombia 1607),
acucioso y veraz primer cronista-rimador de la historia de Venezuela, nos
dice en inequívocas estrofas: “En un pueblo de indios que allí estaba hicieron
los cristianos el asiento que este Maracaibo se llamaba de quien el lago tuvo
nombramiento”19.
Por el testimonio de este soldado-fraile-poeta-cronista de la conquista se
constata que antes de la llegada de los europeos al lago existía ya Maracaibo
como pueblo, desde quizás cuánto tiempo, con su nombre y su destino de
centro comercial de la región claramente afirmado, tal como Castellanos ase-
gura en la elegía antes citada: “Allí no se cogía ni sembraba más era de rescate
el sustento y celebraban ferias y mercado a trueque de sal y del pescado”20.
Además, Castellanos nos informa en su rimado estilo, cómo el primer go-
bernador y capitán general de la Provincia de Venezuela, Ambrosio Alfinger
tuvo una abusiva iniciativa que ha hecho profunda tradición en la picaresca
criolla y ha enriquecido a más de un concejal deshonesto y a sus compinches:
“hizo Micer Ambrosio de solares según orden, común repartimiento, nive-
lando las calles y lugares para mejor trazar aquel asiento”21.

19 Juan de Castellanos, Elegías de Varones Ilustres de Indias, Introducción y notas de Isaac J.


Pardo. Caracas, Academia Nacional de la Historia, Biblioteca Colonial de Venezuela, nº 57,
1962. p. 180.
20 Ídem.
21 Ídem.

22
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

También podemos constatar en los versos del cronista que hace más de
cinco siglos que en “esta Tierra de Gracia”, en nombre de gobierno ajeno y
leyes ajenas, fueron expropiados los solares y casas de los habitantes primige-
nios de Maracaibo, e improvisada una oficina de obras públicas municipales,
para poner en vigencia la nueva rezonificación que quizás cambió la situación
económica de los personeros del nuevo gobierno municipal, que según Cas-
tellanos: “nombraron de personas singulares oficiales, justicia y regimiento:
Fernando de Beteta fue teniente que conocí de moro de presente”22.
Por los testimonios versificados de Juan de Castellanos constatamos que
Maracaibo tenía quizás cuánto tiempo de fundada y era un centro activo de
intercambio comercial, estando su nombre tan firmemente enraizado que no
pudieron suplantarlo ni los nombres de nuevos santos patronos, ni las extra-
ñas toponimias con que los conquistadores europeos intentaron propiciar el
proceso de transculturación, logrando tan sólo alterar su fonética e imponer-
le una arbitraria grafía, con la cual refrendaron, una vez más, la consumación
de nuestro violento y fecundo mestizaje.

22 Ídem.

23
Etimología histórica de Maracaibo

En cuanto al significado real del vocablo Maracaibo, varios historiadores y


filólogos han tratado de ubicar su interpretación etimológica. Es sabido que
entre los aborígenes existía la costumbre de dar a las personas nombres de
animales, plantas y otros seres, principalmente cuando existía algún motivo,
fuese éste accidental o remoto o aun de conveniencia.
El doctor Adán Contreras Machado, en su artículo “Proceso histórico de
Maracaibo, su extensa área de influencia nacional”23, dice que este topónimo
es difícil de precisar ya que sólo podemos aproximarnos a su significado eti-
mológico, pues el proceso de su gestación, génesis y afincamiento, según la
historiografía conocida fue anterior a la colonización española.
Don Juan de Castellanos, el acucioso y veraz primer cronista-rimador de
nuestra historia, nos dice al respecto: “en un pueblo de indios que allí estaba
hicieron los cristianos el asiento aqueste Maracaibo se llamaba de quien el
lago tuvo nombramiento”24.
Maracaibo se deriva de la voz indígena mbabaka-i-mboi, cuya etimología
definió Contreras Machado con la ayuda de la Gramática y Diccionario Guara-
níes del padre Guasch, al identificar el significado de sus componentes cons-
titutivos: Mbarara: maraca, y Mboi: serpiente, los cuales, unidos por el infijo
diminutivo “i”, significan en conjunto, serpiente de maraquita, presunta re-
ferencia a la abundancia de serpientes de cascabel en la sabana maracaibera,
donde aún hoy día es posible encontrarlas25.

23 Panorama, Maracaibo, viernes 8 de febrero de 1980, p. 29.


24 Juan de Castellanos, Elegías de Varones Ilustres de Indias, Introducción y notas de Isaac J.
Pardo. Caracas, Academia Nacional de la Historia, Biblioteca Colonial de Venezuela, nº 57,
1962, p. 180.
25 Adán Contreras Machado, “Proceso histórico de Maracaibo, su extensa área de influencia
nacional”, art. cit.,, p. 29.

24
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Este toponímico que procede de la lengua ágrafa de la etnia Caribes o


más propiamente Karai-ve, cubre la condición fundamental y característica
de las denominaciones guaraníes que, por lo regular, suelen hacer mención
de algún fenómeno natural o cualidad sobresaliente del lugar, animal o cosa
nombrada.
También supone Contreras Machado, en sus investigaciones de filología
histórica, que la palabra Maracaibo pudo gestarse de un rito mágico-religioso,
concebido por algún cacique de viva inteligencia quien, con una danza ritual,
al son de litúrgicas maracas y la insistente repetición de la mágica letanía:
Mbaraaaa-iii-mbooooi, realizaba una invocación animista, con la cual logró al
fin que su gente perdiera el miedo y se dispusiese a cazar las terribles serpien-
tes de cascabel que allí tanto abundaban, pudiendo entonces establecerse en
la codiciada sabana, a cuyo norte están las ricas salinas, que para ellos pudie-
ron significar lo que para nosotros es hoy el petróleo que, al igual que la sal,
ha sufrido un proceso de piratería y despojo, por gentes extrañas, venidas
de allende el mar. Proceso que aún mantiene, para todo el país, vigentes las
estrofas de Castellanos: “allí no se cogía ni sembraba más era de rescate el
sustento”26.

26 Juan de Castellanos, Elegías de Varones Ilustres de Indias, ob. cit., p. 180.

25
El idioma como arma de conquista

El idioma español se apoderó en el Nuevo Mundo de un enorme botín de


nuevas voces, muchas de las cuales fueron distorsionadas y alteradas por la
diferente fonética de sus personeros, los conquistadores, quienes en su ma-
yoría fueron lingüísticamente incultos en comparación con la mayoría de los
dirigentes aborígenes, que según el inolvidable maestro y mi profesor Miguel
Acosta Saignes, a pesar de ser ágrafos, es decir, sin lenguajes escritos, poseían
una disciplinada y eficaz tradición oral de su cultura, principalmente en su
idioma cuyo dominio y maestría comunicativa eran cualidades resaltantes del
prestigio de todo guerrero distinguido.
Los Caribes o Karai-ve, gentilicio de la parcialidad orinoquense de la etnia
amazónica guaraní, a la llegada de los invasores europeos, dominaban las
cuencas del Orinoco, otros ríos, lagunas, lagos y gran parte de la costa marí-
tima de nuestro país y del archipiélago antillano.
A su lengua étnica, el Avañe-e, que ellos denominaban “el lenguaje del
hombre”, los misioneros españoles le adaptaron un abecedario latino y le
llamaron idioma guaraní. En Brasil, los misioneros portugueses la designaron
con el nombre “a lingua general” (la lengua general), con la cual, tanto espa-
ñoles como portugueses lograron comunicarse con las numerosas comuni-
dades indígenas que participaban, por origen o por sometimiento, de la do-
minante y vigorosa cultura guaraní, que en Suramérica se extendió por todo
el inmenso territorio al este de los Andes, desde la cuenca del río Paraná-La
Plata, la del Amazonas-Orinoco y la Costa Atlántica, hasta el archipiélago
antillano del Mar de Los Caribes, cultura que hoy, según el fallecido Augusto
Roa Bastos, está condenada a la extinción.
Pero el idioma guaraní es aún lengua viva, sonora y melodiosa, hablada
por millones de personas en Paraguay, el Chaco boliviano, provincias del

26
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

norte argentino y del oeste de Brasil y entre nosotros los venezolanos, que a
diario pronunciamos multitud de palabras de origen guaraní, adaptadas a la
fonética y grafía española.
Adán Contreras Machado opina que el guaraní, o mejor llamado Avañe-e,
es nuestra verdadera lengua materna, la lengua de las madres en cuyo vientre
estropeado se gestó nuestro violento y vigoroso mestizaje y, por lo tanto, el
castellano es, por la fuerza de los hechos históricos, nuestra lengua paterna,
la lengua de nuestros padres europeos.
Voces como Maracaibo, que usamos sin tomar conciencia de que son
algo muy nuestro, de que son la herencia despreciada que nos legaron quie-
nes defendieron su cultura con increíble heroicidad y por amor a su liber-
tad –tal como lo hizo el Karaiguasú Mbaraká-i-mboí (el gran jefe Maracaibo),
quien con agresiva fiereza de cascabel irritada rindió su vida en defensa de su
tierra nativa, antes que aceptar la esclavitud– son, fundamentalmente, sím-
bolos mitológicos de los ancestrales fundadores de la pequeña ranchería que
aquellos aborígenes llamaban en su lengua nativa Mbaráka-i-Mboí: Maracaibo.
En nuestros días, Maracaibo sigue siendo el paso obligado del tráfico
humano y mercantil de su extensa área de influencia y, pese a que su her-
moso lago va saliendo tan maltratado de la aventura petrolera, la ciudad
proseguirá su portentoso crecimiento, protegida por la égida vivificante de
su alegría maraquera, de sus cascabeleras gaitas, que simbolizan la ances-
tral y permanente rememoración de esas supuestas danzas mágico-religiosas,
que posiblemente dieron origen a su nombre, y que hoy se expresan a través
de un desbordante alborozo colectivo, que periódicamente contagia a todo el
país y que también se expresa en el amor acendrado que los nativos profesan
a su ciudad, amor que le tributamos muchos de los que en ella hemos nacido
o vivido.

27
Otros significados lingüísticos de Maracaibo

Del significado lingüístico de la voz Maracaibo se han dado otras versio-


nes tales como la de Adolfo Ernst (Primkenau, Silesia, Prusia, 1832-Caracas,
1899), quien vislumbró el importante papel del guaraní en nuestro lenguaje
cotidiano y trató de identificar la etimología de varias toponimias zulianas,
entre otras la de Maracaibo, que supuso procedía de la voz guaraní: Maraca-
yar-mbo, que tradujo como “mano de tigre”.
Pero según J. E. Montenegro27, Maracaya es el nombre del tigrillo en len-
gua Caribe y según el padre Guasch, en el guaraní actual paraguayo Mbaraká-
ja es el gato y, además, el sufijo mbo es un fonema factivo, que agregado como
prefijo a voces como pu: sonido, forma por ejemplo la voz Mbo-pu: tocar un
instrumento, de modo que Mbo-pu-Mbaraká es tocar la maraca y ahora tam-
bién, tocar la guitarra. Pero ciertamente, en guaraní el nombre del tigre es
jaguaraté y po es mano, así que jaguareté-po es “mano de tigre”.
Otra interpretación ha sido citada por Fernando Guerrero Matheus, en
su libro En la ciudad y en el tiempo28, quien hace referencia a una publicación
del pretérito director del Instituto de Ciencias Naturales de Maracaibo, Agus-
tín Pérez Piñango, quien durante trabajos de campo, realizados en los años
1930 y 1935, de una investigación suya sobre las aves rapaces de la sabana
maracaibera, aves depredadoras de las crías de los ofidios, creyó identificar,
en palabras de un guía goajiro que no hablaba español, la palabra Maracaibo,
cuando dicho guía le anunciaba sitios donde había madrigueras de la serpien-
te cascabel, pronunciando de corrido las voces goajiras mará: serpiente casca-
bel, e iwo, Mará-iwo: lugar o sitio, locución que puede ser netamente goajira o

27 J.E Montenegro, Caracas y Guayqueríes, Razas Caribes. Caracas, Artes gráficas, 1983.
28 Fernando Guerrero Matheus. En la ciudad y en el tiempo. Maracaibo, Tipografía Excelsior,
1970.

28
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

indicio de alguna pretérita influencia o intercambio entre el idioma goajiro y


el guaraní. Versión que al parecer no tuvo aceptación o ha pasado desaperci-
bida por los estudiosos locales del lenguaje regional del Zulia.
Carlos Medina Chirinos en su obra “Fundaciones de las ciudades de Ma-
racaibo, Ciudad Rodrigo y Nueva Zamora”29, refiere que la palabra Maracai-
bo la tradujo del guaraní el historiador Juan de O’ Leary, y corresponde al
nombre que se le daba a un brazo del río Tulé, hoy desecado, que quiere decir
“río de los loros”.
Mediana Chirinos señala también en su libro ya citado que la etnia caribe
solia llamar Maracayar al tigre (el jaguar), pudiendo haber sucedido que
Maracaibo fuera anteriormente bebederos de tigres por ser una de las partes
más bajas del lago.
Todas estas interpretaciones evidencian que para poder acertar en la co-
rrecta significación de la nombre Maracaibo, voz indígena de origen guaraní
se requiere realizar mayores estudios lingüísticos, tales como los que hiciera
en vida el notable investigador Adán Contreras Machado, nativo de la región
zuliana.

29 Carlos Medina Chirinos, Fundaciones de las ciudades Maracaibo, Ciudad Rodrigo y Nueva Zamora.
Macaibo, editorial Exelsior, 1931, p.21

29
Anexo Documental I
Orígenes de los topónimos Zulia
y San Carlos del Zulia30

Las historias, leyendas y papeles viejos pusiéronme en perfecto conocimien-


to de por qué el estado Zulia, San Carlos del Zulia, el río Zulia, etc. llevan el
nombre de Zulia, y como supongo (con justo pensar) que es una historia que
debe ser conocida por todo zuliano, he creído a bien publicar este folleto en
estilo conciso, agosto de 1914.

Zulia: San Carlos de Zulia y su origen

Refiere la historia, que allá por el siglo XV, el indio Cínera, jefe de unas
tribus belicosas, casóse con una hija del jefe de las tribus de los Guanes, de
este matrimonio nació la célebre Zulia, la figura más extraordinaria de que
haya noticia en la historia de los indios en la época de la conquista.
La existencia de Zulia fue corta y rápido su paso por la tierra, pero sus
hazañas han dejado resplandores que perdurarán y vivirán mientras haya es-
píritus nobles que rindan culto a la belleza y al valor.
Los españoles Ambrosio Alfinger y Martín García dejaron huellas inde-
lebles que la historia recuerda con horror: robos, matanzas sin piedad, vio-
lencias de toda especie; de tal manera que muchos años después, al haber
noticia de que existían fuerzas españolas, trataron las tribus de confederarse
para resistir al feroz enemigo. Fijáronse en el anciano Cínera, en quien pu-
sieron todas sus esperanzas por su poderosa influencia y los recursos de que
disponía; al efecto le enviaron sendas diputaciones que arreglaron con él los
términos de una defensa.

30 Investigación realizada por Mario F. Bracho. Maracaibo, tip. Fénix, 1927.

31
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

Pero conociendo el astuto indio la dificultad de vencer a los invasores


a causa del pavoroso armamento que traían, pensó en igualar las ventajas,
por lo menos, poniendo un número crecido de soldados fuertes y ague-
rridos.
Aceptó las disposiciones de sus vecinos y resolvió enviar una embajada a
sus aliados y parientes los invictos Guanes, para que estuvieran dispuestos al
combate cuando fuera preciso, y nadie mejor que su bella Zulia para el des-
empeño de tan importante comisión, así lo dispuso y ella fue la embajadora.
La tradición se ha complacido en adornar la interesante figura de Zulia,
con todos los atractivos de su belleza extraordinaria. Se dice que su sola
presencia cautivaba los corazones, que la dulzura de su fisonomía y la suavi-
dad de sus modales contrastaban notablemente con el espíritu esforzado y
varonil que la animaba. Dícese también que la influencia de su padre en toda
esa región se debía a la clara inteligencia de la hermosa india y a sus raras
cualidades de justicia y benevolencia.
Partió la india Zulia para el territorio de los Guanes, acompañada de una
pequeña corte de parientes y amigos que le formó su padre.
Durante su ausencia, Diego Monte, con una expedición española cayó
de improviso sobre el indefenso Cínera, destrozándolo completamente; los
indios, sobrecogidos a la vista de los hombres blancos con barba, montados a
caballo y manejando a discreción el fusil que producía la muerte, no respon-
dían sino con alaridos a la voz del bravo Cínera, que rechazando las armas
de los enemigos opuso alguna resistencia, pero todo fue inútil, los indios que
pudieron escaparse de aquella matanza horrorosa se rindieron sin condicio-
nes y el infeliz cacique pagó en el mismo acto, con su vida, el valor que había
demostrado en el combate. Las grandes riquezas de Cínera, consistentes en
oro, plata y piedras finas, las mujeres de su casa y de sus tribus fueron repar-
tidas por Montes entre sus ávidos soldados.
Zulia desempeñó hábilmente su comisión y a su regreso se encontró con
los indios Cáchiras, tributarios de su padre, quienes en completa derrota y
agobiados por el terror le refirieron los inesperados sucesos que en su casa y
en su territorio habían ocurrido pocos días antes.
Zulia no podía dar crédito a la relación que los Cáchiras le hicieron de
aquel terrible cataclismo; despojóse de sus reales atavíos para disfrazarse con

32
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

el traje de uno de sus vasallos, y aprovechando las sombras de la noche pudo


llegar a los límites de su residencia; al ver a la luz de la luna el cadáver de su
anciano padre, colgado de las altas ramas de un caracolí, balanceándose por
el viento, un grito de agudo dolor se escapó de su pecho, lágrimas de indig-
nación brotaron de sus ojos y un voto de odio y un juramento de venganza
estremecieron su brioso corazón.
Volvió silenciosa pero resuelta, donde le esperaban los suyos, y en desa-
rrollo del valiente plan que en breves momentos había concebido, envió un
comisionado a cada una de las parcialidades de los Cúcutas, Chitareros, Gua-
nes, etc. Mientras, ella se situó en el valle donde hoy está situada la ciudad de
Pamplona (Colombia), a esperar el resultado de sus proyectos.
Poco tiempo después tenía Zulia a su derredor más de dos mil hombres,
no sólo dispuestos a combatir, sino electrizados con la presencia de ella, pues
ya la fama de su belleza, bondad y valor se había extendido por toda la región.
Zulia dictó sus últimas órdenes y se abrió en campaña.
Uno de los principales jefes que concurrieron a la expedición fue el gallar-
do Guaimaral, hijo adoptivo del indio Cúcuta, se presentó con lucida hueste
a la defensa de Zulia y por su indiscutible valor, su arrogancia y el entusiasmo
que infundía en los suyos fue proclamado segundo jefe.
El anciano Cúcuta, cacique altamente respetado y querido de las tribus,
puso a la disposición de Guaimaral los mejores soldados de sus parcialidades
y abundantes recursos, así fue que cuando Guaimaral llegó al campamento
con su numerosa y equipada división, aclamáronlo con entusiasmo y recibió
de la valiente Zulia señaladas muestras de estimación y simpatía.
En el plan que combinaron para atacar a los españoles se convino en
dividir la expedición en dos cuerpos: uno al mando de Zulia y el otro bajo la
dirección de Guaimaral.
Fijados como estaban el día y la hora del asalto, se efectuó con éxito
asombroso; las tropas indias pelearon con valor y disciplina, debido a la al-
tísima confianza que tenían en los jefes, quienes en la movilización de los
cuerpos y ejecución del plan de ataque demostraron persuasión completa de
la importancia de su misión.
Guaimaral, profundamente enamorado de Zulia desde que la vio por vez
primera, demostró en el combate con actos de increíble arrojo que tenía de-

33
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

recho a pretenderla y Zulia, que correspondía dignamente a tan noble pasión,


se esmeró con su valor y feroz energía en conservar el renombre que le había
dado la fama.
Diego Montes, el español, estaba completamente descuidado; las grandes ri-
quezas que encontró en el campamento de Cínera y las guapas indias que capturó
ocuparon tanto su atención que ni sospechó siquiera la venganza que le prepara-
ban sus enemigos; no se cuidó de vigilarlos porque los creyó aniquilados. Montes
pagó con su vida la muerte de Cínera y sus soldados en vez de dueños quedaron
esclavos de los indios. El caserío que el español Montes había comenzado a fun-
dar fue arrasado; los vencedores recuperaron sus mujeres y riquezas. Zulia, triun-
fante y orgullosa, celebró ostentosamente sus bodas con el brioso Guaimaral,
formaron su campamento en un hermoso valle que desde aquella época lleva el
nombre de “Zulia” (en tierra cucuteña, República de Colombia).
Guaimaral era de origen goajiro, hijo primogénito del famoso Mara, que
tenía bajo su dominio todas las tribus que habitaban las poéticas orillas del
lago del Coquivacoa, hoy Maracaibo; repugnaba a Guaimaral la vida muelle
y perezosa que llevaba en sus posesiones, sin empresa alguna de importancia
en que pudiera dar a conocer el alto temple de su alma.
Pidió y obtuvo permiso de su padre para explorar las numerosas monta-
ñas del sur del lago y los caudalosos ríos que en él desembocan; provisto de
una piragua que hizo construir según sus órdenes, se lanzó al centro de las
aguas azules ávido de libertad y aspirando con delicia el puro ambiente de
aquella hermosísima región; navegando sin brújula y a merced de los vientos
dio con el delta del sereno Catatumbo que remontó sin cuidado, luego que
hubo devuelto la piragua y tomando una canoa que le fue facilitada por las
tribus salvajes que habitaban la montaña, entró al brazo de aquel río, que hoy
se llama “Zulia” e informado por la misma tribu acerca del indio Cúcuta, de
sus riquezas y de la belleza de sus dominios, sin tener en cuenta las grandes
penalidades del viaje, Guaimaral continuó su marcha hacia el sur, acompaña-
do de dos de sus esclavos que había traído consigo, de este modo llegó a la
presencia del cacique Cúcuta, que le recibió con agasajo.
Guaimaral quiso regresar más tarde, pero fue retenido vivamente por el
cacique Cúcuta, y como era querido y respetado por las tribus, recibió de éste
el mando y dirección absoluta de los dominios en calidad de hijo adoptivo,
dos años más tarde, ocurrió el asalto de Diego Montes.

34
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

Entretenidos Guaimaral y Zulia en gozar de las delicias de su feliz unión


y de la ferviente adhesión de las tribus descuidaron la vigilancia de los ene-
migos.
Apenas terminada la campaña se retiraron gran parte de las parcialidades
que los habían acompañado creyendo que los españoles no volverían; de
modo que dos años más tarde, cuando se presentó Diego Parada, en los ce-
rros del Occidente, con trescientos soldados y setenta caballos, Guaimaral no
pudo organizar la defensa y de acuerdo con Zulia determinaron citar a todas
las tribus, a las que oportunamente les enviaron mensajeros.
Pero el español Diego Parada, que estaba bien enterado de la cualidad de
jefes y tropas con quienes iba a combatir, no les dio tiempo, sino que avanzó
resueltamente.
Los indios se parapetaron en el valle dejando libre la retirada hacia el pá-
ramo; en pocos momentos se les agregaron las parcialidades más vecinas y
las disposiciones que Guaimaral y Zulia dieron para el combate infundieron
en el ejército la persuasión del próximo triunfo.
Diego Parada confiaba en su armamento y en el valor de sus vigorosos
soldados; se presentó orgulloso ante el campamento indio, creyendo que se
le rendirían incondicionalmente, pero las primeras cargas que dio, aunque
enérgicas, fueron infructuosas, así pues, comprendió que la resistencia era
formidable y ya estaba Diego Parada pensando en abandonar la empresa
cuando divisó en las alturas del sur a gente española, eran Pedro de Ursúa
y Ortín de Velasco, quienes con numeroso ejército venían a conquistar esas
regiones; puestos de acuerdo los tres jefes españoles atacaron a los indios por
distintas partes, invadieron el campamento a fuego y sangre; el destrozo fue
horrible. Zulia, en el paroxismo de la desesperación, hizo prodigios increíbles
de valor, montada en uno de los caballos que le habían capturado a Diego
Montes, parecía una fiera acorralada, dispuesta a morir antes que rendirse.
Más esforzado que nunca, Guaimaral secundó admirablemente el arrojo
extraordinario de Zulia, pero al fin de la batalla, viéndola exánime, acribillada
a balazos y comprendiendo que la derrota era completa, se escapó en un
caballo y se refugió en los valles del indio Cúcuta.
Guaimaral, agobiado por la tristeza y viendo la imposibilidad de resistir a
los españoles, partió para el Coquivacoa (Maracaibo), dándole antes un lasti-

35
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

moso adiós a la poética comarca donde había sido tan feliz… pero, al llegar
a Encontrados, avergonzado de la derrota que había sufrido, temió la vista
de su padre y torciendo hacia el oriente, atravesando la montaña, llegó a las
riberas del caudaloso Escalante, allí reunió las tribus indígenas que habitaban
esa región y con ello fundó un caserío que llamó Zulia, en recuerdo de su
idolatrada esposa; este mismo caserío luego pasó a ser Cantón Zulia y, más
tarde, hasta la actualidad, llegó a convertirse en San Carlos de Zulia.
Muerto el indio Mara, tocóle a Guaimaral tomar posesión del cacicazgo
como legítimo heredero, para desahogar el dolor que llenaba su alma puso el
nombre de Zulia a todas las tierras de su dependencia. Los españoles procura-
ron destruir hasta el recuerdo de la valerosa india, pero no pudieron conseguir-
lo, pues han pasado más de cuatrocientos años y Zulia se llama el caserío que
fundó Guaimaral al casarse con ella; Zulia, el torrente que lo refresca; Zulia,
el lugar donde ella exhaló su último suspiro; Zulia, el río que aquel infeliz
mancebo navegó; San Carlos de Zulia, el caserío que fundó Guaimaral en las
riberas del Escalante y Zulia en fin, el estado del gran lago de Maracaibo, en
memoria de la sublime heroína.
Guaimaral también le dejó su nombre a unas frondosas y perfumadas
vegas de un caño que hasta hoy existe en San Carlos de Zulia, distrito Colón
del estado Zulia.

36
Etimología de algunas palabras
de origen indígena31

Catatumbo: Katuitui-mbo,a: yo expelo, evacuo, excreto (agua luz) hasta más no poder.
Coquibacoa: puede ser la versión hispana de la voz avañ-e (lengua étni-
ca de los Caribes o Karai-ve), Ko’oyvko’e, que significa amanecer con viento
fuerte, formada por ko’o: fuerte, picado, irritado, yvy, apócope de yvytú: viento,
y ko’e: amanecer, madrugada, fenómeno climático frecuente a la entrada del
golfo de Venezuela. 32
Guajira: puede ser versión hispana de Gua’i-ra (gua-j,i-ra): será hijo predi-
lecto de su ambiente. Por su parte, Adolfo Ermest, fundador de los estudios
de las ciencias sociales en nuestro país, autor del trabajo “Etimologías zulia-
nas”, publicado en la revista el Zulia Ilustrado N°189,pp.114-116, afirma que
la palabra guajiro o guajira procede de la voz Guayó (nosotros). En el mapa
de América que dibujo Fernando Colón en 1527, aparace signada esta pala-
bra por primera vez en un documento histórico. Fuente informativa: Carlos
Medina Chirinos, “por los vericuetos de la historia”. Tipografia excelsior,
Maracaibo, 1924, p.31.
Karaí-guasú mbaraká-i-mbói: el gran jefe Maracaibo.
Karaí-ve: Los más señores, los más hombres.
Urabá: de Urabá: pleno de mariposas. Formado por ura: mariposa noc-
turna negra (palometa) y mba: plenitud, quizás por la abundancia temporal de

31 Este glosario fue elaborado según las investigaciones realizadas por el doctor Adán Contreras
Machado (manuscrito inédito, 1985).
32 Adán Contreras Machado. “Coquibacoa fue nombre de un recodo que marcaba el inicio del
Golfo de Venezuela”, Últimas Noticias, Caracas, martes 9 de septiembre de 1987, p. 22.

37
Sobre las aguas del golfo • Carlos Edsel

mariposas, como sucede en algunos lugares del oriente de nuestro país y en


el golfo de Darién, en la vecina Colombia.
Surimae o Zulia: según Adolfo Ernst significa lo que sube, lo que crece.
Paraguaná: posible castellanización de Pará-guaná: adheridos a la natura-
leza marina. Formado por Pará, arcaísmo sinónimo de yguasú: mar, natu-
raleza, y na: adherirse.

Xuruará: yo festejaré con ruidosa música, formado por xurú: apócope de


xuruxuxú: fiesta musical ruidosa. a: pronombre de la 1era persona singular y
“ra”: “sufijo nominal de futuro”.
Zulia: puede ser posterior castellanización de Syry’ay (siuriu.jaiu): río que
nace, fluye, toma corriente. Formado por syry: fluir, tomar corriente y a: sín-
copa de ha’a: amanecer, e y: río. También, según Adolfo Ernst, el nombre
Zulia puede proceder de la voz karai-ve surima’e, que significaría: lo que crece.

38
Anexo Documental II
ORÍGENES DE LOS TOPÓNIMOS ZULIA,
Y SAN CARLOS DEL ZULIA

Por Mario F. Bracho

Las historias, leyendas y papeles viejos pusiéronme en perfecto conoci-


miento de por qué el Estado Zulia, San Carlos del Zulia, el Rio Zulia, etc.
Llevan el nombre de Zulia, y como supongo (con justo pensar) que es una
historia que debe ser conocida por todo zuliano, he creído a bien publicar
este folleto en estilo conciso. Agosto de 1914.

Nota del Autor: El señor Mario F. Bracho denuncia plagio de su trabajo

“ En de 1914 escribí y publiqué el folleto “Zulia y su origen”, ahora, hace


pocos añoshe visto y leído otros folletos con el mismo “mote”, con las mis-
mas palabras y con la firma de otro autor que no lo es”.

Encontrados, agosto 1950.

El señor Mario F. Bracho autor del folleto “Zulia y su Origen”, publicado


en agosto de 1914 que posteriormente reedito con el título “Zulia, San Car-
los de Zulia y su Origen”, en la revista “Avance”, N° 26 y 27, en la ciudad de
Maracaibo en 1950, según el testimonio del doctor Adam Contreras Macha-
do era un estudioso y apreciado boticario del pueblo de San Carlos de Zulia,

40
Sobre las aguas del golfo• Carlos Edsel

quien nos presenta a la Cacica Zulia como “La figura más extraordinaria de
que haya noticias de la historia de los indios de la época de la conquista”.

Fuentes Bibliográficas

Castellanos, Juan. Elegías de Varones Ilustres de Indias, Introducción y no-


tas de Isaac J. Pardo. Caracas, Academia Nacional de la Historia, Biblioteca
Colonial de Venezuela, nº 57, 1962.
Guerrero Matheus, Fernando. En la ciudad y en el tiempo. Maracaibo, Ti-
pografía Excelsior, 1970.
Herrera y Tordesillas, Antonio. Décadas o Historia General de los hechos de
los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Sevilla, 1601.
Nectario María, Hermano. Los orígenes de Maracaibo, Caracas, Publicacio-
nes del Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE), 1977.
Nectario María, Hermano. Los orígenes de Maracaibo, Maracaibo, Publica-
ciones de la Junta Cultural de la Universidad del Zulia.

Hemerográficas

Camargo Pérez, Gabriel. “La Coquibacoa de Hojeda y su Puerto de San-


ta Cruz”, Revista de las Fuerzas Armadas, vol. XLIII, no 128. Bogotá, D.E: julio-
septiembre de 1988, pp. 345-378.
Contreras Machado, Adán. “Proceso histórico de Maracaibo, su extensa
área de influencia nacional”, Panorama, Maracaibo, viernes 8 de febrero de
1980.
———. “Coquivacoa fue nombre de un recodo que marcaba el inicio
del golfo de Venezuela”, Últimas Noticias, Caracas, martes 9 de septiembre de
1987, p. 22.
Odrizola Echegaray, Laurenti. “Un país llamado Colombia busca un
golfo llamado Coquivacoa”, entrevista a Daniel de Barandiarán, El Diario de
Caracas, Caracas, domingo 20 de septiembre de 1987, p. 22.
41
Anexos gráficos
Mapa del cartógrafo italiano Agustín Codazzi donde le llama “Golfo de Venezuela o
de Maracaibo” (1840).
La Cacica Zulia, quien acaudilló la resistencia contra los invasores europeos bajo el
mando del primer gobernador y capitán general de Venezuela, Ambrosio Alfinger
(1500-1533).

Cacica Urkia. S.f. En Pedro Centeno Vallenilla. Caracas, Museo de Arte


Contemporáneo de Caracas. Armitano Editores.
Fray Bartolomé de Las Casas (¿1474-1566)

El padre De Las Casas, muchos siglos antes de que apareciera la lucha anticolonial,
denunció el carácter del sistema colonial y los diversos modos de su acción degradante,
con la tenacidad y fogosa agudeza que caracteriza a los más recientes heraldos de los
pueblos explotados y oprimidos por el sistema capitalista de nuestros días.
Ilustración de la ubicación de las unidades navales colombianas y venezolanas
durante la crisis de la corbeta colombiana Caldas que violó las aguas históricas del
golfo de Venezuela, 1986.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Mapas con el trazado de la línea Boggs en las aguas históricas del golfo de Venezuela.
Autor: Jorge Olavarría, imagen tomada del libro El golfo de Venezuela es de Venezuela
de Jorge Olavarría. Caracas, E. Armitano Editor, 1988.

Mapa del golfo de Venezuela y el lago de Maracaibo. En recuadro rojo se señala el


archipiélago de Los Monjes. Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de
Historia.
Mapa de Los Monjes del Sur que conforman el archipiélago venezolano de Los
Monjes. Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Diversas embarcaciones en el archipiélago de los Monjes, golfo de Venezuela.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.

Unidades de la Armada Nacional que patrullan las aguas históricas del golfo de
Venezuela.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Guardacostas venezolanos que patrullan las aguas históricas del golfo de Venezuela.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.

Vista aérea del archipiélago de los Monjes.


Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Vistas aéreas del archipiélago de Los Monjes.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Vista aérea del apostadero naval y helipuerto en el archipiélago de Los Monjes.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.

Faro ubicado en el archipiélago de Los Monjes.


Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Imagen satelital de la Península de la Guajira, golfo de Venezuela y Península de
Paraguaná. Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.

Vista satelital del Golfo de Venezuela donde se ubican el archipiélago de Los Monjes,
la isla holandesa de Aruba y el puerto naval de Punto Fijo, estado Falcón.
Vista aérea del apostadero naval y helipuerto del Archipiélago de Los Monjes,
ubicado en aguas históricas territoriales de Venezuela.
Fuente: Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.

Unidades de la Fuerza Armada Bolivariana en el helipuerto


del archipiélago de Los Monjes.
Faro ubicado en el Archipiélago de Los Monjes.
Fuente: Centro Nacional de Historia.

Golfo de Venezuela y Lago de Maracaibo, imagen satelital.


Banco de imágenes del Centro Nacional de Historia.
Corbeta “Caldas”

La incursión de la corbeta colombiana ‘Caldas’, al sur del paralelo de Castilletes,


en aguas históricas y vitales para Venezuela, estuvo a punto de provocar un conflicto
bélico entre los dos países en agosto de 1987.

Foto de “Los Monjes”

El archipiélago de Los Monjes, forma parte del territorio insular de Venezuela, está
situado al noroeste de la entrada del Golfo de Venezuela. Formado por nueve islas, en
tres grupos: Los Monjes del norte, Los Monjes del sur y el Monje del este, siempre
han sido venezolanos desde 1528. En nuestros días son codiciados por la oligarquía
expansionista neogranadina.
repÚblica bolivariana de venezuela

Nicolás Maduro Moros


Presidente de la República Bolivariana de Venezuela

Jorge Arreaza
Ministro del Poder Popular para la Educación Universitaria,
Ciencia y Tecnología

Andrés E. Ruiz A.
Viceministro para La Educación y Gestión Universitaria

Eulalia Tabares R.
Viceministra del Vivir Bien Estudiantil
y la Comunidad del Conocimiento

Guillermo R. Barreto E.
Viceministro para la Investigación y la Aplicación del Conocimiento

Anthoni C. Torres M.
Viceministro para el Desarrollo de las Tecnologías
de la Información y la Comunicación

Universidad Bolivariana de Venezuela

Maryann Hanson
Rectora

Alifrank Laguna
Vicerrector

Jesús Marcano
Vicerrector de Desarrollo Territorial

José Berríos
Secretario General
DIRECCIÓN GENERAL DE PROMOCIÓN Y DIVULGACIÓN DE SABERES

Ramón Medero
Director General

Tibisay Rodríguez
Coordinadora Editorial

Luis Lima Hernández


Supervisor Producción Creativa

Rafael Acevedo
Supervisor del Taller de Impresos

Carlos Duque
Editor

Ariadnny Alvarado / Edgar Sayago


Diseñadores Gráficos

Nubia Andrade
Técnico en Recursos Informáticos

Freddy Quijada
Fotolitógrafo

Hernán Echenique / César Villegas


Iván Zapata / Richard Armas
Prensistas

Alcides González
Guillotinero

Rotgen Acevedo
Doblador

Odalis Villarroel / Ana Segovia / Carmen Aragort / Reina Aguiar


Encuadernadoras

Henry Ochoa
Promotor de Lectura

Yuri Luksic
Distribuidor
Este libro se terminó de editar en la
Universidad Bolivariana
de Venezuela durante el mes
de octubre de 2016.
Las fuentes utilizadas fueron
Garamond y Minion Pro

Caracas, Venezuela.