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! CAPÍTULO VI

LOS RASGOS PSICOLÓGICOS


DE LA GUERRA.

I. - Impulsos belicosos y agresividad

En ciertos momentos, los grupo§ humanos se ven


transportados, po:r arrebatos de impulsos belicosos
consistentes, tal como hemos visto, en un estado de
ánimo colectivo que empuja a la mayoría de los
.¡ miembros del grupo a desear la guerra o, por lo
i menos; a aceptar la idea. ·
Lo propio <le las sociedades humanas es que
, . ,
están sicn1prc en espera ne l a guerra. p ero esto no
nignifica que la deseen en todo momento. Aquel
<J ue ayer fue bélico, puede preferir hoy la JHtz,
pero sin querer decir qnc más tarde vuelva a en­
contrar su agresividad, momentáneamente calmada.
,¡ ¿A través de qué constataciones y qué razona­
­¡ .,
1
i
mientos se vislumbra en la conciencia de una colee­
ti vidad la convicción <le que una guerra se impone
en un momento dado? ; ¿cómo y en qué circuns­
tancias nace el deseo de la guerra en los dirigentes
y en los pueblos?
Una serie de investigaciones hechas en Estados
Unidos puede servir de punto de partida para
nuestra indagación: ellas demuestran las estrechas
relaciones que existen entre la agresividad y lo [rus­
traci<fo. El sentimiento de frustración nace cuando
un ohstáculo cualquiera nos impide satisfacer un
74 Lt1 GUERRA RASGOS PSICOLÓGICOS 75

<lcseo o alcanzar un objetivo. Se puede comprobar sividad colectiva: tan pronto como nos encoutra­
que la irritación provocada por la frustración, y mos en presencia de uri grupo, las reacciones de
que se traduce en agresividad, no siempre se dirige agresividad se vuelven más regulares y parece que
al autor de la frnstraci6n. Por ejemplo, un subordi­ participen de un automatismo inconsciente. Lógi­
nado vejado por su superior jerárquico, descar­ camente, se podría deducir que este automatismo
gará su mal humor en su mujer y sus hijos. es tanto más señalado cuanto más numeroso es el
K.. Levin y sus alumnos han podido así deter­ grupo. Y se invoca un fenómeno social que ha
minar una verdadera correlación estadística entre sorprendido muy particularmente a los precur­
las fluctuaciones del precio del algodón y el número sores de la sociología: la agresividad ele las multi­
de linchamientos. Dicho de otra manera: la frus­ tudes (pillaje, liuchnmicntos y explosiones de todas
tración económica aumenta la agresividad, la cual clases, en donde se ve a la multitud, bruscamente
se manifiesta contra el elemento más <lébil. En la enajenada en furor, destrozar, destruir, matar, ctc.).
vida política la agresividad provoca el descontento Sin embargo, un estudio profundo demuestra que,
para con las clases dirigentes, la Administración por naturaleza, las multitudes· son más bien pa­
o el partido en el poder. Las malas condiciones sivas, sumisas y conformistas. Y que cuando se
económicas, el descenso del nivel de vida, el paro muestran violentas es, por regla general, resultado
forzoso, etc., en los países democráticos se traducen de un adoctrinamiento previo o de una actitud
por el triunfo de la oposición. Unas encuestas convencional." Tanto · las ceremonias extáticas u
hechas en el Middle W est americano han demos­ orgiásticas, como los «corroboris» o los «tam­tam»
trado que, en los períodos de sequedad, el partido primitivos. Sus participantes saben de antemano
político en el poder, por regla general es derrotado que entrarán en trance.
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¡ en las elecciones. Lo que caracteriza el impulso belicoso colectivo,
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Sin embargo, conviene hacer notar que las reac­ por oposición a la agresividad de un individuo
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ciones contra la frustración pueden revestir, oca­ o de un pequeño grupo, es, ante todo, su profun­ i
didad y su duración. Más que una acción inme­ \\
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sionalmente, una forma que se podría denominar
·1 ' depresiva. La resignación sustituye a la agresividad, diata de violencia, podría decirse que es un estado
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.:� pero puede observarse entonces una regresión de ánimo. Es el sentimiento de la necesidad de un
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mental en los individuos, que retornan a un modo período de luchas y de destrucciones, una convic­
i más primitivo y más inferior de vida intelectual. ción que puede, incluso, no ser más que una simple
:¡ Si se considera al individuo aisladamente, no resignación frente a una calamidad que se considera
hay duda de que la agresividad va unida al vigor como inevitable. En cuanto a la noción de frustra­
físico: puer robustus, horno malus. Entre los ani­ ción, cuando se trata de impulsos bélicos reviste
males, comprendiendo también al hombre, los ma­ las formas más inesperadas según las creencias del
!\ chos jóvenes son particularmente turbulentos y grupo. Toda una nación puede considerarse frus­
'; batalladores. No obstante, las cosas toman otro trada porque le falta el Santo Grial o· porque
aspecto cuando se examinan las reacciones de agre­ quiere ocupar los Santos Lugares.' Puede convén­
RASGOS PSICOLÓGICOS '77
76 LA GUERRA

cerse, igualmente, de que le es del todo insopor­ al sacrificio, pero, para merecer un aumento de
table no tener una desembocadura' a este o a aquel castigo, puede propender a nuevos crímenes: «El
mar o no poseer pozos de petróleo. Igualmente, héroe de guerra, por ejemplo, puede tener el alma
1 ambivalente de una víctima y de un asesino; es un
puede negarse a tolerar que sus vecinos tengan
mártir que mata: asume al mismo tiempo, en su
instituciones o creencias diferentes de las suyas. { subconsciente, el sacrificio y el crimen; este propor­
Esta variedad <le motivos susceptibles <le ali­
mentar la agresividad colectiva nos lleva a ercer ¡ ciona una justificación más a aqucl»1•
que son solamente pretextos o, más exactamente, Respecto a los sentimientos de inferioridad, pueden
causas ocasionales. Es la razón por la cual esta tener gran número ele orígenes. Han sido admira­
motivación nos parece, muchas veces, engañosa. blemente analizados por Adler . y por Olivicr
Es una tuüomixtijicacián, Es necesario, pues, inves­ Brachfcld. Su principal efecto es qnc, en la mayoría
tigar si esta agresividad tiene un fundamento de los casos, provocan el deseo imperioso de la
infraestructura! más sólido y más constante. compensación: por orgullo, buscamos consolarnos
Psicoanálisis de los impulsos belicosos. - Algunos <le nuestras faltas por medio de ventajas que se
-y no sin éxito­ han intentado relacionar el im­ hallen a nuestro alcance. Un puohlo que se. crea
pulso belicoso a unos complejos que están en el menos civilizado o menos · rico que sus vecinos
centro del método psicoanalítico. Y, entre estos reaccionará, por ejemplo, desarrollando, en com­
complejos, al del fracaso, al de culpabilidad y·,a los pensación, su fuerza hruta.
sentimientos de .inferioridad bajo todas sus formas. ) El impulso bélico muchas veces puede encontrar
El sentimiento del fracaso muchas veces va unido su fundamcnto igualmente en el sentimiento de inse-
al complejo de culpabilidad física o metafísica. Lleva 1
guridad dominante en el mundo contemporáneo.
a personalizar los fracasos, los contratiempos ines­ Puede llevar a )os individuos a preferir la realidad
perados y las desgracias. Se intenta achacar sohrc <le la catástrofe antes que vivir en una aprensión
los demás la responsahilidad de un acontecimiento constante. Es lo que se podría llamar el complejo
que nos perjudica y del cual queremos ignorar la de Dtunocles,
verdadera causa. Además, el sentimiento de encon­ En otro estudio" hemos intentado demostrar que
trarse uno mismo en falta predispone a esperar una cada generación encuentra la fuente <le sus princi­
sanción de la suerte y, por lo mismo, a aceptar pales actitudes psicológicas en los complejos resul­
oscuramente ­e incluso a aspirar­ la desgracia. tantes <le los hechos sociales e históricos que han
En otros casos, el complejo de culpabilidad tiende emocionado profundamente su infancia. Así, cada
a la sublimación: se transforma en heroísmo, el generación que sube está marcada por los aconteci­
.1
individuo se deshace en ahnegacioncs para los de mientos que corresponden a la edad adulta o a la
su alrededor, para una obra o para su patria, etc. edad madura de sus padres. Así, también, se pre­
Pero, incluso en este caso, tal heroísmo permanece
) frecuentemente mezclado a unos elementos turbios 1 Afo1ao,lr" y Stauh, L� ,,,¡,,,¡,...,¡ 11 •u j••r,u,
que provienen de su mismo origen. El héroe aspira 2 L'i.u:anlion, pñ:;R. 4­67 y sigs.

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i'. RASGOS PSICOLÓGICOS 79

paran las reacciones afectivas, que nacen de los s1011 · como de legítima defensa. Pero nos parece
complejos desarrollados por los trauma resultantes <¡ne se puede · postular que en los dos campos la
de los acontecimientos vividos cu la infancia. Pero, intención de luchar o de atacar es siempre más
de entre todas las perturbaciones sociales, la guerra fuerte de un lado que de otro.
es particularmente fecunda en ocasiones de trauma. El combatiente puede ser un movilizado, un
Aunque tamhién es la solución, a Ja vez catastró­ mercenario, un voluntario o un fanático. La dorni­
fica y deleitable, hacia la cual tienden nuestros más nante psicológica del movilizado es la resignación,
intensos complejos colectivos. la cual puede ir acompañada o no de firmeza,
valor, indignación, cte. El mercenario, que hace
de. la guerra una profesión, desea ejercerla con el
II. ­ Los comportamientos de los combatientes máximo provecho y el menor riesgo posible. Las
guerras en las cuales se oponen unos ejércitos pro­
Lo propio de la guerra es que os introduce inme­ fesionales son las que hacen menos víctimas, por lo
¡, diatamente en otro universo psicológico. Los valores menos entre los soldados. El ejemplo que ilustra
están invertidos y la mentalidad está revolucio­ mejor esta tendencia es el de los condotieros del
nada. Aquellos que son contrarios a la pena de Renacimiento italiano, o de los ejércitos de los
muerte y se escandalizan por la ejecución del más recientes «soñorcs de la guerra» chinos, cuyas carn­
vil criminal, encuentran natural que se mande a la pafias eran costosas y mortíferas sólo pura las pobla­
il matanza a millones de jóvenes inocentes. Los eco­ j
1
ciones civiles, a las que saqueaban, secuestraban y
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nomistas, a quienes indigna el más pequeño desom­ exigían rescate, reducían a la esclavitud, cte. El
Iiolso, encuentran natural que se destruyan ciu­ caso del voluntario es más complejo: sin duda, para
dades enteras y se aniquilen, ele manera completa­ él la guerra presenta, indiscutiblemente, un atrac­
mente improductiva, millares ele millones. Los espí­ tivo; puesto que admite participar en ella bené­
ritus acostumbrados a la crítica y a la libertad volamente. Pero no es una finalidad en si. El volun­
adoptan inmediatamente una obccli encía pasiva, el tario entra en un conflicto para la defensa de una
fatalismo y la resignación eleva u os al máximo ... , cansa. El verdadero tipo del voluntario es aquel
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etcétera. El mundo de las relaciones sociales se que se alista en un conflicto determinado y luego
,, transfigura y se nos aparece bajo una óptica com­ regresa a su hogar, una vez la guerra terminada,
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pletamente diferente ele la del tiempo <le paz.
Del mismo modo que distinguiremos la psicología
) con la impresión del deber cumplido.
Desde el punto de vista intelectual, el soldado
¡¡ <le los vencedores de la de los vencidos, es menester está libre del paso de sus perplejidades. Su deber
l\ en principio, distinguir la de los agresores de la de es siempre claro. «Adonde está mi escuadrón ­dice
q los agredidos. Añadamos que, muchas veces, la dis­ Alfrcd de Vigny-, allí está mi dcber.» Tiene,
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tinción se hace difícil, pues el summum del arte de además, conciencia de ejercer una profesión noble.
! los hombres <le Estado o de los historiadores es Está rodeado de la estimación y, muchas veces, de
barajar las cartas y ·disfrazar las guerras ele agrc­ la admiración de sus conciudadanos y del· temor

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80 LA GUERRA
RASGOS /'SICOLÓGICOS 81
respetuoso de los habitantes cuando se encuentra
en país enemigo.' El joven soldado representa, derar su� impulsos co�o providenciales y directa­
finalmente, el máximo atractivo erótico para las men�c dictados por D10s. Pero el más fuerte de
mujeres. �odos nuest�os impulsos, porque es colectivo, es el
impulso· belicoso. Una mentalidad tal, es, por lo
tanto, extremadamente favorable ni desarrollo <le
I�I. ­ Los comhatientes y la jerarquía social las guerras.
Existe en las guerras un aspecto moral innegable.
. I:Ievar las armas es un privilegio de las clases Incluso los más acérrimos pacifistas no pueden ne­ \
dirigentes, a las cuales los soldados más o menos 1 gar que la guerra exalta unas virtudes emocio­ \
nantes y nobles: el valor, la abneaación la fide­ J
se identifican siempre, ya que son su emanación.
Para Simone de Beauvoir y Oliver Brachfold, una lidacl, la amistad entre comhatient�s y l� lealtad. �
�e las razones principales del complejo de inferio­ La humanidad, en todas sus formas de civilización \
ndad de la muJer es que ella no participa tradicio­ ha sido siempre consciente de estas virtudes ética;
n.ah�1.ente en la guerra: «En la humanidad, la supe­ de 1a gn�rra, a las cuales ha otorgado un muy
rioridad no se otorga al sexo que engendra, sino al alto prcc10.
que mata». En las sociedades fundadas en el régimen de
La a�titud de heroísmo gratuito, que se había castas, o en aquellas en las cuales reinan unos

I
convertido en muy escasa desdo el tiempo do los tipos ele jcr�rquía que tienden hacia el régimen <le
cahallcros andantes, conoció un renacimiento desde castas, las virtudes guerreras son consideradas como
principios del siglo XIX con el Romanticismo. Está correspondientes por derecho a los grupos que son
=¡ ;' hecha, al mismo tiempo, de un gusto por el riesgo soldados generación tras generación. Estos grupos
1 y un desprecio por la vida prudente y ordenada. fomentan con · celoso cuidado el sentimiento del
La elección del riesgo guerrero es una forma, para honor, de la virilidad y de la bravura, y se com­
un hombre joven de espíritu atormentado y asal­ portan como sintiéndose depositarios de tales vir­
tado P?r inquict�dcs metafísicas, de escapar a tan tudes. �n la. mitol?gía hindú, la casta de los gue­
1
angl�st10sas cuestiones. Aquel que ha adoptado este
rreros sigue inmediatamente después de la de los
1
camino se ve llevado a creerse un instrumento del brahmanes, y entre sus miembros se reclutan, por
í regla general, los príncipes y los reyes. La misma
destino ', Se �ñade a ello una especie de embriaguez
de la historia que cada cual, naturalmente, inter­ justificación de la estructura feudal es el dominio
preta a su manera y para su mayor gloria personal. militar: las tierras están divididas en lotes entre
Las tendencias. románticas, tal como pueden en­ · las familias de los guerreros para permitirles poder
contrarse expresadas por unos dilettanti del heroís­ asegurar el servicio militar del rey o la defensa
mo como Chatcaubriand, Byron, d' Annunzio o l�cal de los campesinos. Incluso los pueblos cono­
Barres, autorizan a sus fieles a que cultiven la cidos por su actividad mercantil soñaron con el
inspiración, es decir, en último análisis, a consi­ valor militar, y veían muchas veces en este estado
el coronamiento del éxito comercial: en Venecia,
6
82 LA GUERRA . RASGOS PSICOLÓGICOS 83

los hijos de la aristocracia comerciante eran, fre­ que haya pasado por un cuartel, está perdido irre­
cuentemente, oficiales del ejército o <le la flota de misiblemente para el espíritu de fineza».
la República. En las repúblicas y monarquías de· Ante todo, la vida militar desarrolla el espíritu,
tipo democrático, se vio a la burguesía ele Luis <le brutalidad. Con el sentimiento del peligro, en­
Felipe y <le Víctor Manuel, de la III República gendra el deseo <le gozar rápidamente y sin ninguna
Francesa y <le la Alemania de Guillermo, descosa consideración para nadie ni por nada, las ventajns
de ver a sus hijos acceder a los grados elevados ele!
)
que se ofrecen: «Para aquel que vive de minuto
ejército. en minuto o de batalla en batalla, el tiempo no ';1
existe. Las compensaciones del futuro son pura
¿En qué medida este culto <le las virtudes guc­. .
rreras, propio de todas las aristocracias, y al cual quimera; únicamente el placer del momento­ tiene
los jóvenes de todas las clases sociales son sen­ 'I
una certidumbre y, para emplear una expresión
J doblemente conveniente aquí, cada gozo es otro
sibles, puede ser una de las causas de la guerra? ¡ tanto que se gana sobre el enemigo. ¿Quién no
Se puede concebir perfectamente que las aristo­ 1
cracias militares no sean, a pesar de todo, batalla­ puede sentir que esta lotería del placer y de la
­:.¡
·¡ doras. Pueden muy bien quedarse anquilosadas muerte es necesariamente corruptora?»ª.
,¡ dentro de su orgullo, satisfechas de sí mismas, y

1
considerar que ya han hecho sus pruebas y adqui­
rido, en el pasado, suficiente gloria para no tener Iy. ­ El comportamiento de los dirigentes
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necesidad de huscar nuevos laureles. Pensando de
esta manera, los espartanos llegaron a convertirse El papel de los dirigentes en las guerras ha dado
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,,' en una nación pacífica. ;) y da lugar 'a más controversias que el de los com­
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;l batientes. Uno ele los problemas más discutidos de
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Una clase de guerreros triunfantes y gozando del la sociología es saber si los dirigentes no hacen
·;, ! fruto de sus victorias y de la situación de consumi- más que seguir los impulsos y los deseos difusos de
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dores eminentes en donde ellas los han colocado, las masas o si, por el contrario, imponen efectiva­
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puede estar llena de refinamiento. Pero la vida mente a estas unos puntos de vista originales.
1
militar, sobre todo en los peldaños más bajos ele la 1
1 Una primera distinción se impone: es la de la
1
jerarquía, está más bien hecha de privaciones y de 1
clase directora· y las élites. La primera ejerce un
brutalidades. Las bromas groseras de cuartel, los 1 poder de hecho, pero no posee necesariamente nin­
1
trabajos pesados, el entrenamiento a la vida dura guna superioridad intelectual ni técnica sobre la

r
y a la indiferencia para con los sufrimientos ele los 1 masa. Además, es por este motivo que Ia masa se
demás, son lo esencial para el adiestramiento de reconoce más en sus dirigentes que en su élite. Por
los nuevos reclutamientos. Se ha dicho que el el contrario, la élite se diferencia de la masa: se
ocaso de las buenas maneras de los siglos XVII y compone de hombres �e poseen conocimientos
XVIII empezó con los reclutamientos y la extensión
del servicio militar. Renan declaró: «Quienquiera 3 Couatant , D., De l'upril át conqudl•,
84 LA GUERRA RASGOS PSICOLÓGICOS . 85
1
más vastos, que están dotados , de un espíritu de eficaz parn esclarecerla como declarar una guerra.
inventiva y de una activida<l. superiores al término . 1
La gncrra dispensa de buscar laboriosos compro­
medio, pero que, muchas veces, no ejercen ningún i misos y de equilibrar intereses divergentes. Podría
poder. decirse, paradójicamente, que la guerra es el fin de
Esta distinción, que ha sido expuesta de la ma­ las .quercllas: muchas veces se lncha por horror
nera más clara por Saint­Simon, permite creer que, a la discusión.
en general, los dirigentes siguen la mentalidad am­ La g1ierra es el reposo ele los gobiernos. Incluso
biente más que la preceden o modifican. Tolstoi cuando son, democráticos, les permite imponer
decía que resulta increíble que si una nación entera silencio, sumisión, obediencia pasiva y privaciones
es pacífica, baste el capricho de un jefe o de una múltiples a sus ciudadanos, que por las circuns­
pequeña minoría para arrastrarla inevitablemente tancias se han convertido en sujetos. Se suspenden
a una guerra. Esto podía ser concebible, en todo las elecciones y los jefes son inamovibles.
caso, en la época de las guerras dinásticas, cuando I La guerra también es la solución más halagadora
los príncipes luchaban con pequeños ejércitos de para los gobernantes. Inmediatamente después de
mercenarios, pero · la forma tan ampliada de los declarada, el más insignificante de los hombres
.!¡:¡ conflictos contemporáneos exige la participación políticos llegados al poder se convierte en una es­
,

cordial, si no entusiasta, del conjunto de la nación. pecie de pontífice sublime y aureolado. Desde aquel
Puede admitirse también que los dirigentes.no son momento, los combatientes mueren en su nombre.
ti nunca la causa absoluta de un conflicto, pero que, Por parte <le estos se produce un fenómeno de
siempre, no hacen más que responder al deseo se- cristalización: el jefe se convierte en un objeto de
creto del pueblo. Ciertamente, cuando las cosas van fervor y de devoción. Tanto si es cruel y licencioso
por mal camino, los dirigentes pueden servir de 1' como Julio César, o astuto e implacable como
Aníhal, la victoria le asegura el amor profundo
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cabeza. de turco a la culpabilidad colectiva. Como \

contemporáneamente, la reprobación tardía de de sus soldados. Innegablemente, nos hallamos ante


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Hitler y de Mussolini. Pero la historia nos enseña un fenómeno religioso: la guerra santifica a los
también que los jefes de Estado individualmente jefes. En Roma, el jefe militar estaba rodeado de
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pacifistas y que han resistido a los impulsos beli­ pontífices, agoreros y arúspices. En ciertas circuns­
u
cosos ambientales, muchas veces resultan dura­ tancias, él mismo oficia y sacrifica. En la Edad
r�­: mente castigados: las reticencias de Luis XVI en Media, el futuro caballero se retiraba en una vela
la guerra de la independencia americana marcan de armas mística. En nuestros días, las promociones
H el _principio de su impopularidad; igualmente el ele jóvenes oficiales, incluso en las naciones que
":.·
\i pacifismo de Luis Felipe cuando la tensión con profesan la irreligiosidad oficial, están rodeadas de
Prusia. todo un impresionante aparato de gran solemnidad.
Para. el hombre de Estado la guerra es, en prin­ Por último, en los jefes de guerra y en los que
cipio, la solución de facilidad. Cuando la situación ejercen un mando absoluto se encuentra un fenó­
1 interior se embrolla y se envenena, no hay nada tan meno que podría llamarse complejo de Abrahani .
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86 LA GUERRA RASGOS PSICOLÓGICOS 87
i.

Todo mando absoluto invita a su poseedor a una V. ­ Las consecuencias psicológicas de las guerras
vida interior mística. Sc:rá llevado fatalmente, en
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¡
los momentos en que sus responsabilidades le an­ Es de gran interés para la polcmología analizar
1 gustian más, a remitirse a la inspiración en el sen­ los comportamientos psicológicos individuales y
tido místico de la palabra. El mando absoluto colectivos que siguen inmediatamente a la paz.
dicta, también, unas actitudes psicológicas patriar­ Siempre es necesario, cuando se habla del rcsul­
cales en la medida en que el padre es el jefe omni­ tado de una guerra, tener en cuenta el hecho <le
potente y el pontífice de la gens. Pero los momentos que, en general, existe un vencido y un vencedor.
culminantes del poder patriarcal son aquellos en los Pero hay ciertos grados, tanto en Ia derrota como
cuales ordena el sacrificio del hijo. Y nos encontramos en la victoria, que van de la sumisión total al ven­
·! :
aquí con la ambivalencia psicoanalítica, pues el cedor y la capitulación sin condiciones ­como cu
padre inmola al hijo indigno o, por el contrario, la fórmula antigua: «remitirse a la clemencia <lcl
r

i. �l hijo perfecto, oblación de lo más selecto, víctima pueblo romano»­, hasta la simple aceptación de
incomparable ofrecida a los dioses. El sacrificio <le un tratado ligeramente desventajoso. Tales ma­
AJJraham es la consagración suprema de una obra tices existen incluso en los pueblos primitivos.
;¡.
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o <le una política. Así sucedió con Iván el Terrible La verdadera función <le las guerras aparece
y P�dro el Grande, después de J efté y Agamcnón. . mucho mejor en aquellas que se terminan con un
Indirectamente, la guerra hace este oficio: el jefe · retorno al statu quo y no desembocan en nada,
envía Y: sacrifica a los mejores <le sus hijos. 'Los que en aquellas que modifican profundamente las
combatientes, por su parte, cuanto más admiran situaciones. Entonces no hay más remedio que
y aman a su jefe más vivamente esperan que les constatar que su papel no ha podido ser otro <¡ue
ordene sacrificios inauditos. devorar las energías excesivas, los bienes y los
El complejo de Ahraham parece presentar tam­ hombres excedentes.
hién otro significado: el de una manifestación del Desde el punto de vista psicológico, en este caso
conflicto entre generaciones". La generación <le los el único hecho nuevo resultante de la guerra es
padres, la de la gente bien suministrada y sosegada, que la agresividad de los individuos, es decir, espe-
que se encuentra sobrepasada por una desbordante cialmente la de los dirigentes y la de los combatientes
y ambiciosa juventud cuyo número excede las más virulentos, terminó. En las guerras modernas
posibilidades de poderla satisfacer y emplear, tiende es posible, muchas veces, distinguir el momento
a ver, en la solución guerrera, conscientemente en el cual el impulso belicoso y la intransigencia
º. no,. ;l remedio más eficaz para esta peligrosa que lo acompaña empiezan a declinar. Las solu­
ciones del compromiso que parecían indignas al
srtuación,
¡
,• principio, son entonces consideradas sin aversión.
El final, de las guerras produce una intensa y
súbita sensación de euforia. Esta sensación se
4 Eo� oonllioto entre vlejoe y j6venc• varones e� co111 bien eonoelda en la
especie animal, aplica, primeramente, a los combatientes, que ven
88 LA GUERRA RASGOS PSICOLÓGICOS 89

desaparecer bruscamente la amena�a que se cernía suelto los problemas que se les planteaban de la
sobre sus cabezas. Todos se sumergen en la alegría manera más aguda. Han operado una reclasifica­
ele la aventura excitante que no ha terminado del ción, cerrado una época y abierto una nueva era.
todo mal. Al mismo tiempo, las más rudas de las La guerra es el examen ele los pueblos, dice Von
servidumbres militares se aligeran: los unos van Bernhardi; también la euforia <le posguerra parti­
a ser desmovilizados, y los otros gozarán, más o cipa de la tranquilidad de ánimo, muy conocida
menos, de unas vacaciones. de los estudiantes, que sigue a los períodos cruciales
Para el país vencedor,· la euforia se explica del año escolar. Bien o mal, los exámenes ya han
fácilmente: ha alcanzado su finalidad, espera de pasado.
la victoria unas anexiones de territorios, unas Esta impresión de ser un examen de los pueblos
indemnizaciones y unas ventajas de las cuales se hace que la guerra sea considerada, tanto por los
aprovecharán, poco o mucho, gran parte <le sus hcligcrantcs como por los espectadores neutrales,
ciudadanos. Pero incluso los vencidos ven · llegar como una fuente (le cnseñanzus. Existe una ten­
la paz con un alivio muchas veces mayor. Si su dencia general a inscribirse en la escuelu del ven­
territorio se encuentra ocupado, esperan su evacua­ cedor. Inversamente, se denigran las instituciones
ción, el final de las requisas, el retorno de los y el carácter del vencido. Se le hace soportar la
prisioneros y el fin de las represiones. responsabilidad de la derrota.
Pero es evidente que este buen humor no .dura Desde el punto de vista psicológico, las posguerras
· siempre. Esto es especialmente cierto cu.ando la son· generadoras de complejos. Evidentemente, los
guerra ha traído unas destrucciones materiales más graves son los complejos de inferioridad ele los
demasiado considerables, hasta el punto que resulta pueblos vencidos. Muchas veces se traducen en
imposible retornar a una vida normal. Así, si bien forma <le actitudes expiatorias. Se decide la «gran
:j en 1945 el alivio al final del conflicto fue grande, Penitencia», como se hizo en Francia después de
la euforia fue menor que en 1918: por primera vez 191,0. Estas penitencias se pueden considerar como
1
;1 Europa hahía visto lo que podía ser una guerra la reviviscencia de un viejo proceso mágico que se
1
¡ total, y cada uno sabía por experiencia que el encuentra en todas las épocas y en to<los los países:
1 final de la guerra no es necesariamente la llegada los antiguos, después de las derrotas, ofrecían a los
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ele la prosperidad. dioses unos sacrificios expiatorios y se imponían
;J La tendencia natural del cspfritu humano es ·privaciones. En las civilizaciones menos arcaicas,
1 considerar que cada guerra importante termina una el sacrificio existe todavía, pero hajo la forma des­
j
'1 época y alrre otra nueva. No es ninguna actitud viada de la sanción: es raro (JUC al <lía siguiente de
.i
·.t arlritrar ia la de los historiadores c¡ue razonan de una derrota no se asista a la ejecución <le algunos
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esta forma; no hacen más que adaptarse al espíritu
general y a una tradición milenaria. Una vez res­
.,
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jefes, a veces de una porción entera de la pobla­
ción, acusados ele haber desmerecido o traicionado.
tituida la paz, los hombres tienen la impresión de Son las cabezas de turco cuyo sacrificio purifica
haber cumplido una labor muy importante y re­ a los supervivientes.