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Universidad de San Carlos de Guatemala

Escuela de Ciencias de la Comunicación


Curso: 128 Lingüística General
7mo. Semestre - Jornada nocturna, sección “B”

3. Lengua y realidad
Como vimos, los signos lingüísticos son realidades abstractas en las cuales una
materia significante se relaciona con una idea o concepto (significado). También vi-
mos que no existe relación directa o inmediata entre el lenguaje y la realidad. En
este capítulo resumo algunos aportes que la filosofía del lenguaje ha realizado para
comprender la relación entre lengua y realidad.
Primero, ubico al lenguaje dentro de la compleja trama de relaciones simbólicas
que constituye la cultura y a la cual Lotman le llamó “semiósfera”. Luego, acudo a
algunos autores que han analizado la relación que nos ocupa para determinar si el
lenguaje traduce, determina o vehicula al pensamiento. Finalmente, me detengo a
analizar cómo la lengua constituye un “modelo” del mundo o un proceso de modeli-
zación de la realidad.

3.1. Lengua y cultura1


Ya vimos que los signos en general y los lingüísticos en particular no guardan
una relación directa con el mundo material. Para definir a un signo, acudimos a otro
signo a partir de convenciones. Las palabras se relacionan con las ideas y no con la
realidad concreta.
Sin embargo, el concepto de “realidad” que cada persona tenga depende de su
visión del mundo. Prada Oropeza (1999) afirma que el mundo que cada individuo
conoce está previamente organizado por la cultura en la cual se inserta e integra. De
esa cuenta, si bien las concepciones que cada quien tenga se insertan en el eje de la
conciencia subjetiva; se nutren y tienen su origen en el eje de la sociedad en la cual
el sujeto se desarrolla como tal.
Así, el mundo adquiere sentido cuando nos insertamos en él. Recibimos de nues-
tra sociedad una serie de valores tácitos o explícitos que condicionan nuestra visión
de las cosas. El mundo adquiere sentido cuando el ser humano le aplica su sistema
de valores. El hombre humaniza el mundo; lo convierte en una serie infinita de sa-
tisfactores para sus necesidades. Los valores regulan nuestra conducta y provocan
las elecciones a las que la libertad conduce.
La idea de “mundo” o de “realidad” es una construcción semiótica y depende de
la visión general, de las concepciones filosóficas (conscientes o inconscientes) del
hombre. Sin embargo, la mayoría de personas no se detiene a meditar acerca de qué
es la realidad. Da por sentado que esta es lo que rodea su diario existir. Es decir, en

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Las siguientes páginas fueron tomadas (con las supresiones y los agregados pertinentes) de mi tesis doctoral
Cultura privada y actitud académica del estudiante universitario.

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la cotidianidad, más que a las grandes teorías filosóficas acudimos al sentido común
para conformar nuestro “criterio” o nuestras opiniones sobre lo que nos rodea. Así,
Para Oropeza afirma que “(…) el mundo para el hombre común, la “realidad” es, en
primer lugar, la vida cotidiana(o la del sentido común, como diría Greimas): para el
hombre común, la vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada por
sus semejantes como un mundo coherente” (1999:24). De acuerdo con ello, la vida
cotidiana con la que se enfrenta el sujeto le aporta una realidad ordenada coheren-
temente y en la cual se encuentran, explícitas o implícitas, relaciones jerárquicas de
organización.
El hombre ingresa en su mundo y lo convierte en una serie infinita de significa-
dos y en una gran red de relaciones. A la suma total y totalizadora de estas las llama
“cultura”.
Pero la cultura necesita de la lengua para manifestarse. Halliday (2001) apunta
que en el desarrollo del niño como ser social el lenguaje desempeña la función más
importante para la adquisición de los modelos de vida y para que este pueda actuar
como miembro de su sociedad. Por medio del lenguaje el niño adopta su cultura,
forma de pensar, creencias, valores, etcétera. Pero la lengua que sirve al niño y a
todas las personas, es la cotidiana, la que aprende en casa, con sus amigos, en la
calle. Es esta y no la académica, la que configura en mayor grado el universo de
valores culturales que el niño hace suyos y que toma de su sociedad.
Por supuesto, siguiendo a Habermas, en la medida en la que el individuo desa-
rrolla su universo moral, ensancha más sus concepciones; adquiere de otros grupos
cada vez mayores, los valores que le permiten construir una moral postconvencional
superior2.
Dada la anterior definición de cultura, es necesario indagar acerca de cómo cons-
truyen las personas su universo cultural. De acuerdo con Prada Oropeza, el ser hu-
mano vive en el mundo a partir de una infinita red de relaciones significativas “(…)
todo lo que toca lo convierte en un objeto con sentido humano, con sentido para el
hombre; lo introduce, en suma, ipso facto, en una red de relaciones, cuya suma total
y totalizadora llamamos cultura y cuyas prácticas particulares, son las semiosis
constitutivas de las semióticas particulares (…)” (1999:22)
De esa cuenta, la cultura privada de un individuo se construye a partir de los
diferentes lenguajes y significados que aprende en sociedad. Por supuesto, cada in-
dividuo, a tenor con el planteamiento de Marx, modifica y transforma esos valores.
En este sentido, entiendo por lenguaje a cualquier sistema de signos y significacio-
nes por medio de los cuales el ser humano convive en sociedad. Dentro de esa gama

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Habermas plantea tres estadios en el desarrollo moral del individuo: en la etapa pre-convencional el individuo
hace suyos valores impuestos por una autoridad: los padres, líderes religiosos, etcétera. En la etapa convencional,
el individuo se inserta en su comunidad, hace suyos los valores de esta y los practica. La etapa pos-convencional
es la de la autonomía moral. El individuo ensancha los horizontes de su cultura originaria; tiende un diálogo entre
sus valores y los de otras latitudes; a partir de ello, descarta valores de su propia cultura que puedan ser contrarios
a su visión del mundo y enriquece sus valores con los provenientes de otras culturas que puedan ser más con-
gruentes con los valores humanos universales. Todo ello ocurre con la intermediación de la lengua, como soporte
del pensamiento.

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infinita de lenguajes, la lengua es la principal fuente de creación cultural. De ahí
que, “En el desarrollo del niño como ser social, la lengua desempeña la función más
importante. La lengua es el canal principal por el que se transmiten los modelos de
vida, por el que aprende a actuar como miembro de una ‘sociedad’ –dentro y a través
de los diversos grupos sociales, la familia, el vecindario, y así sucesivamente– y a
adoptar su ‘cultura’, sus modos de pensar y de actuar, sus creencias y sus valores”
(Halliday, 2001:18)
3.1.1. Lengua y semiósfera
Desde la filosofía kantiana sabemos que no conocemos la realidad tal cual. Esta
se nos presenta siempre a partir de los signos que de ella hemos construido para
poder conocerla. Accedemos a ella por medio de los conceptos abstractos que la tra-
ducen y perfilan. Lotman (1996) hablaba de “semiósfera” al referirse al mundo den-
tro del cual interactuamos con los demás y producimos cultura. Nuestra visión de la
realidad depende de ese mundo de signos en el que se entrecruzan diferentes cultu-
ras, saberes, valores y juicios. Holliday señala que “Una realidad social (o una ‘cul-
tura’) es en sí un edificio de significados, una construcción semiótica”. (2001:10)

El individuo se integra a su grupo social a partir del desarrollo de sus competen-


cias semióticas: aprende a comunicarse a través de un idioma; se relaciona por medio
de los ritos sociales; absorbe la cultura por medio de sus tradiciones. En todos esos
ámbitos desarrolla competencias semióticas. Su acceso a la realidad está siempre
mediado por las coordenadas culturales que su circunstancia social le aportan.
Aprende a ver el mundo, la realidad a partir del prisma de los lenguajes que adquiere
en sociedad. Por supuesto, su desarrollo ulterior le permitirá consolidar o modificar
la cultura inicial; pero esta le sirve siempre como punto de partida.

Ya vimos que un lenguaje es siempre la manifestación de una forma determinada


–siempre parcial– de ver la realidad que comunica. El lenguaje por antonomasia es
el lingüístico. Por supuesto, no es el único y, según cómo se vea, también puede no
ser el más importante. Con la irrupción de los medios se privilegió la imagen como
lenguaje por excelencia. Sartori afirma que vivimos en la “iconósfera” parafraseando
un tanto la tesis de Lotman relativa a la semiósfera.

Pero intelectuales como Eco (2004) afirman que, mientras los apologistas de los
medios alzan triunfales la voz de la omnipresencia de la imagen, el desarrollo acele-
rado de internet manifiesta el retorno triunfal de la palabra. Más allá de iconistas y
lingüistas, lo cierto es que el ingreso a la sociedad significa la aprehensión de una
serie infinita de lenguajes a través de los cuales el significado de la realidad se nos
presenta.

Los diferentes lenguajes se interrelacionan y es imposible separarlos en la prác-


tica. De hecho, cualesquiera de los lenguajes “Solo funcionan estando sumergidos en
un ‘continuum’ semiótico”. (Lotman, 1996:22). Es decir, las palabras solo pueden sig-
nificar algo a hablantes que comparten elementos culturales, los cuales abarcan el

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dominio de una gran cantidad de códigos y sistemas semióticos. Lo mismo una cari-
catura, un programa de televisión, un oficio religioso. Cualquier código se nutre de
los otros con los que comparte la semiósfera de cada individuo o grupo. “La semiós-
fera es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la
semiosis”. (Lotman, 1996: 24)

Las relaciones humanas solo pueden realizarse dentro de ese espacio abstracto.
La construcción del significado se realiza siempre al interior de ese conjunto de sis-
temas semióticos. De hecho, para que algún elemento de la realidad adquiera sen-
tido, al individuo (…) le es indispensable traducirlos a uno de los lenguajes de su
espacio interno o semiotizar los hechos no semióticos”. (Lotman, 1996: 24)

Por supuesto, tal como lo establece Lotman, lo anterior no significa una asimila-
ción pasiva y total. Por el contrario, implica una adaptación semiótica de sus ele-
mentos al sistema semiótico propio.

3.1.2. Cultura y socialización


Dado que el individuo se inserta en un mundo cargado de significados, estos le
ofrecen ya una visión particular de la vida y de la realidad. Por ello, el proceso de
socialización por el que atraviesa todo individuo viene acompañado del proceso de
asimilación cultural.

Pérez Gómez define a la socialización como “el proceso por el cual cada individuo
mientras crece y satisface sus necesidades vitales adquiere los significados que su
comunidad, amplia o restringida, utiliza para desenvolverse en el escenario que ha-
bitan; ideas, códigos, costumbres, valores, técnicas, artefactos, comportamientos, ac-
titudes, formas de sentir, estilos de vida, normas de convivencia, estructuras de po-
der… (…) es la herramienta central para que las nuevas generaciones incorporen
las adquisiciones acumuladas durante el proceso de humanización de la especie”.
(2006:7-8). El autor afirma que el proceso de socialización es básicamente conserva-
dor ya que se limita a la transmisión de significados (cultura) ya establecidos y dados
como buenos. En cada sociedad se crean grupos de poder; estos detentan no solo el
poder económico sino, con ello, el cultural. De esta cuenta, son quienes deciden qué
es bueno y qué es malo. La transmisión de cultura (la socialización, en términos de
Pérez Gómez) se convierte en un proceso legitimador del statu quo.

El mismo autor señala que los grupos de poder procuran la imposición abierta o
encubierta de un modelo cultural, de una forma de ver la vida. Sin embargo, este
modelo, estos significados se ofrecen como la forma más plausible de concebir la
realidad. De esa manera se garantiza que esta no será cuestionada ni transformada.
Cuando un ser humano toma conciencia del carácter ideológico o parcializado de los
valores culturales, está en la posibilidad de vislumbrar alternativas a los mismos.
Es decir, cuestiona las estructuras sociales existentes, identifica los intereses que
existen en su base y propone alternativas para mejorar. Ello, obviamente, es nocivo
para los intereses de los grupos que detentan el poder.

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3.2. Lengua y pensamiento
Aunque los signos son realidades abstractas que solo se explican a partir de otras
realidades similares, su función es instrumental: sirven para comunicar la realidad.
La relación entre lengua y pensamiento ha ocupado a varios filósofos a lo largo
de la historia. En este acápite sintetizo los aportes de Conesa y Nubiola relacionados
con las tres posturas filosóficas básicas al respecto:
 La lengua como traducción del pensamiento
 La lengua como determinante del pensamiento
 La lengua como vehículo del pensamiento
Según los autores citados, la primera postura plantea que la lengua no es más
que el signo del pensamiento; el código que traduce las ideas y los conceptos que
existen en el cerebro humano pero sin “forma”. Según esta visión, el pensamiento se
formaría al margen del lenguaje y podría comunicarse al ser traducido o codificado
con palabras. Esto implica que lenguaje y pensamiento son dos realidades indepen-
dientes.
Esta postura filosófica, desarrollada por la filosofía de la conciencia, plantea que
el lenguaje es individual: cada persona “traduce” sus ideas en palabras y las comu-
nica. Sin embargo, ha recibido varias críticas. La principal es su carácter subjetiva:
si cada individuo traduce su propio pensamiento en palabras, sería extremadamente
difícil coincidir con los demás y la comunicación sería punto menos que imposible.
La segunda postura es opuesta a la anterior. Plantea que el lenguaje configura com-
pletamente al pensamiento. A esta corriente se le llama “relativismo lingüístico”
pues planta que cada comunidad lingüística configura su propia visión del mundo.
Desde el siglo 19 se realizaron investigaciones que confirmaban la relación entre la
estructura de una lengua y el tipo de cultura a la que pertenece. De esa cuenta, uno
de los principales principios es que “(…) el lenguaje de una comunidad es el organi-
zador de su experiencia y configura el ‘mundo’ y su ‘realidad social’” (Conesa y Nu-
biola, 1999:89).
Al llevar al extremo este principio se establece que la conducta de una comunidad
está determinada por la lengua que habla. Ello implica que las estructuras grama-
ticales no son meras fórmulas fonéticas sino son el pensamiento mismo. Conesa y
Nubiola sintetizan este postulado así: “La formulación de las ideas no es un proceso
independiente, estrictamente racional en el viejo sentido, sino que parte de una gra-
mática particular y difiere de modo muy variable de una gramática a otra”.
(1999:91).
Las críticas que se hacen a esta postura confluyen en evidenciar una contradic-
ción: si nuestra lengua configura nuestra visión del mundo, esta no podría cambiar
nunca; por lo tanto, no podríamos aprender otra lengua porque ello implicaría ad-
quirir otra visión del mundo y no podríamos tener ambas visiones a la vez. En todo
caso, el relativismo lingüístico es, en sí mismo, relativo. Y, en todo caso, como seña-
lan nuestros autores, “Parece más razonable decir que las palabras ‘predisponen’ a

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favor de ciertas líneas de razonamiento, en lugar de que determinan realmente nues-
tro pensar”. Con ello se comprende mejor la tesis de Habermas descrita páginas
arriba: nacemos dentro de un universo de valores, pero este es modificado o enrique-
cido en la medida en que nos relacionamos con otras culturas. De ahí que nuestra
visión del mundo no esté predeterminada, sino solo inicialmente predispuesta. Será
el desarrollo cultural del individuo lo que marque la pauta para que su universo se
ensanche o empobrezca.
La tesis que más convence a los autores que consulto para este tema es la tercera,
la cual, de alguna manera, concilia las dos anteriores sin caer en el eclecticismo: el
lenguaje es un vehículo del pensamiento. Este planteamiento “da cuenta de la vin-
culación entre pensamiento y lenguaje y, a la vez, de su distinción” (Conesa y Nu-
biola, 1999:94).
La tesis fundamental de esta postura filosófica radica en asumir que la lengua
es un instrumento para la comunicación. De esa cuenta, no es una mera traducción
del pensamiento, sino un vehículo (…) porque lo contiene y expresa de modo que
propiamente no hay distancia entre pensamiento y lenguaje (…) el lenguaje es el
vehículo del pensamiento porque contiene lo pensado. (…) no es un vestido o reves-
timiento externo del pensamiento, sino que es esencial al pensamiento” (ibídem).
Esos significa que no pueden presentarse ambos por separado, tal como lo esta-
blece la teoría de los signos: siempre que hay un significante, es porque existe un
significado y viceversa. El dominio de una lengua presupone el conocimiento de la
realidad que esa lengua presupone y de la que trata. Por ello, aunque el lenguaje
contiene al pensamiento, lo transporta, no lo determina. De ahí que pensamiento y
lenguaje sean dos caras de la poiesis, característica esencial y primordial del ser
humano.

3.3. Lengua y modelización del mundo3


Ya sabemos que la lengua no es un reflejo directo de la realidad. Como vehículo
del pensamiento solo puede reflejar una parte del mundo externo: la que la persona
conoce. Por ello, cada individuo conoce solo algunos aspectos de la realidad. Nunca
todos. Esos conocimientos que obtiene le hacen construir, en su mente, un “modelo”
del mundo. Así se entiende mejor la afirmación popular de que “cada cabeza es un
mundo.” En realidad, en cada “cabeza” humana se construye una interpretación par-
cial del mundo. Por ello, un mismo hecho o fenómeno genera infinitas interpretacio-
nes. Cada interpretación responde a esa visión que de la realidad posee cada per-
sona.
Ahora bien, nuestra visión del mundo solo la conocemos por medio de la lengua
que usamos. Por lo tanto, nuestro lenguaje solo podrá nombrar la parte del mundo
que conocemos y, en consecuencia, también comunicará el modelo que de la realidad

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Este texto fue tomado del documento Identidad de la literatura hispanoamericana. Le realicé algunas modi-
ficaciones mínimas para mis estudiantes de Lingüística general.

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tengamos. La lengua constituye, entonces, una modelización de la realidad. Esto
significa que cada hablante comunica con las palabras los conocimientos que posee.
La cantidad de palabras que se dominen traducen la cantidad de conocimientos
que se posean. A mayor dominio de vocablos, mayor desarrollo de ideas, y viceversa.
Ahora bien, una persona solo posee los conocimientos que su lengua le permiten co-
nocer. Eso significa que no existen conocimientos sin palabras o signos que los co-
muniquen. Los límites del conocimiento de una persona se evidencian en el lenguaje
que utiliza. Es decir, cada ser humano conoce lo que las palabras que domina le
permiten conocer. Cuando se adquiere un conocimiento nuevo es necesario aprender
también una o varias voces nuevas. Si esto no ocurre, es necesario asignar un nuevo
significado a una palabra que ya se utilizaba pero de manera diferente. Por ejemplo,
cuando empezamos a estudiar lógica, necesitamos aprender palabras nuevas como
silogismo, falacia, premisa. Al conocer estas empezamos a conocer su significado y a
dominar la lógica.
Pero las palabras son sociales. No las crea y utiliza un individuo a su antojo. Las
comparte socialmente. Por lo tanto, lo mismo le pasa a los pueblos. Cada grupo social
utiliza determinadas palabras. Cuando llega un conocimiento nuevo se hace acom-
pañar también de palabras nuevas. Ahora se habla de chatear, de un sitio en la web
o de utilizar el ratón. Estas palabras y frases eran imposibles hace unos veinte años.
Esto también ocurre en grupos más específicos o en diferentes estratos sociales.
Quien vive en una ciudad, desconoce las diferentes especies de plantas que crecen
en el campo. Puede decir cómodamente “monte” y en esa palabra engloba por lo me-
nos unas veinte especies diferentes de seres vegetales. En cambio, un campesino
sabe diferenciar cada una de esas especies, conoce su utilidad y algunas caracterís-
ticas. Por ello, puede nombrar cada planta con una palabra específica. Lo que nues-
tro vocabulario y conocimiento citadinos reduce a una palabra, en el campesino se
manifiesta en veinte distintas que reflejan veinte conocimientos específicos y dife-
rentes.
Por lo tanto, la lengua no es una copia directa de la realidad. Solo constituye una
forma de ordenar, en el pensamiento, los datos que conocemos de la realidad. Un
idioma, como el español, sirve como vehículo a cierto número de usuarios para co-
municar sus pensamientos. Cuando en el habla no existen suficientes palabras, se
tiene que construir nuevas: se le prestan a otra lengua, se utilizan viejas palabras
con nuevos significados, se construyen nuevas, etc.
De lo anterior se deduce que si existen muchos idiomas en el mundo es porque
existen muchas formas de conocer la realidad. Cada idioma ofrece muchas palabras
y construcciones que permiten a sus hablantes conocer el mundo. Como afirma
Mounin, “(...) cada lengua corresponde a una reorganización, que puede siempre ser
particular, de los datos de la experiencia; (la estructura) de la lengua es precisa-
mente la manera según la cual se analiza, se ordena y se clasifica la experiencia
común a todos los miembros de una comunidad lingüística determinada.” (Mounin:
1976:63). Por ejemplo, nosotros nombramos el agua congelada en las regiones pola-
res con el nombre “nieve” Sin embargo, las culturas aborígenes de Canadá poseen

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14 palabras para nombrar a igual número de realidades diferenciadas que para no-
sotros serían simplemente “nieve”.
El hablante de un idioma determinado mira el mundo de acuerdo a como su len-
gua lo tenga organizado. Ello se demuestra en el hecho de que para aprender un
idioma no basta con traducir las palabras. Es necesario aprender a pensar en él; a
concebir al mundo desde el prisma que esa lengua le ofrece. El propio Mounin conti-
núa diciendo al respecto “(...) cada lengua refleja y comporta una Weltanschauung,
una visión del mundo; que una lengua es un prisma a través del cual sus usuarios
están condenados a ver el mundo (...)”. (Ídem: 63).
Por supuesto, cada hablante posee su idiolecto; su forma particular de utilizar la
lengua de su comunidad. Aunque un grupo de personas hable el mismo idioma, cada
uno lo hace de diferente manera. Existen tantos idiolectos como personas hablantes
de una lengua. Eso le permite a cada individuo modificar o profundizar la visión del
mundo que su lengua le ofrece. Empero, cualquier nueva propuesta de visión del
mundo tiene como base y como génesis la sustentada en la estructuración de la len-
gua en que se escribe. Ahora bien, la lengua responde a las necesidades comunicati-
vas que tengan sus hablantes. Ese prisma que constituye la lengua se construye a
partir de la realidad cultural de su sociedad. Es decir, existe una relación dialéctica
entre lenguaje y cultura. La realidad cultural moldea la realidad lingüística. A la
vez, la realidad lingüística modeliza la mentalidad de los individuos de su sociedad.
Cuando los españoles conquistaron a los pueblos aborígenes de América, les im-
pusieron su lengua. Al aprender a hablar español los americanos adquirieron mu-
chos patrones culturales y mentales europeos. Sin embargo, no desaparecieron a la
cultura aborigen. La realidad geográfica les demandaba conservar inalterables mu-
chas de las relaciones hombre - naturaleza establecidas a lo largo de los siglos. De
esa cuenta, el español hablado en América fue paulatinamente diferenciándose del
hablado en España. Se impregnó de muchos vocablos y frases propias de los lengua-
jes aborígenes. Esos cambios ocurridos en el idioma respondían a las necesidades
comunicativas propias de la cultura de los pueblos americanos conquistados.
Se dice que un lenguaje es una modelización del mundo porque constituye un
modelo o molde que sirve a los hablantes para conocer e interpretar la realidad. Si
una persona viaja a un lugar lejano y desconocido, observa muchas cosas que no
conoce. Cuando regresa y quiere transmitir sus nuevos conocimientos, busca en sus
palabras los moldes para esos conocimientos. Por ejemplo, cuando Marco Polo viajó
por Asia se encontró con un animal que tenía un cuerno a mitad de la cara. No existía
en Europa un animal parecido por lo que tuvo que compararlo con un “unicornio”,
animal mitológico ya existente en la cultura europea. El “molde” de su idioma le
ofrecía esta palabra. Como no era exactamente un unicornio, utilizó otros adjetivos
como “gordo”, “rugoso”…, por lo que en la mentalidad europea se asumió que se tra-
taba de una especie de caballo gordo con un cuerno. El animal que trató de describir
era un rinoceronte el cual, visto ahora, desde nuestra realidad cultural, no se parece
a un caballo. Por supuesto, los nativos de los lugares visitados poseían ya una pala-
bra específica para nombrar a estos animales (el equivalente a nuestra palabra “ ri-
noceronte”). Como las comunicaciones en aquellos siglos eran mucho más lentas,
pasaron muchos años para que se enmendara el error.
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4. Disciplinas y campos de la Lingüística
Ya sabemos que la lengua es de carácter vocal, por lo que su materia son los
sonidos. Sin embargo, para estudiarla no basta con analizar estos. Los fonemas son sola
la manifestación material (significante) de conceptos mentales, convenciones, elementos
culturales y actos lingüísticos concretos. Por ello, la forma en que se describe una lengua
implica diferentes niveles de análisis. Según la lingüística tradicional, tres son los nive-
les básicos de análisis. Durante la segunda mitad del siglo XX se agregó dos niveles más.
De esa cuenta, podemos sintetizar en cinco los niveles de análisis lingüístico:
 Material, que trata de los medios materiales de expresión y es abordado por la fono-
logía, fonética, prosodia y la ortografía.
 Formal, que se ocupa de las relaciones formales o estructurales de los elementos
lingüísticos y es abordado por la gramática, aunque también se le llama morfosinta-
xis. Esta, se divide en dos partes:
o Morfología, que se encarga de las palabras, tomadas con independencia de sus
relaciones en la frase (morfemas que la integran).
o Sintaxis, que se ocupa de las relaciones de las palabras dentro de la frase
(oraciones y proposiciones).
 Semántico. Se ocupa del estudio del sentido que poseen las palabras y de la forma en
que se producen los significados. Dentro de este nivel se localizan la lexicografía (es-
tudio del léxico de un idioma –por ejemplo, los diccionarios, enciclopedias, etcétera–
) y la semántica: estudio de los fenómenos que producen y organizan los significados,
tales como sinonimia, polisemia, campos semánticos, etcétera.
 Textual. Se encarga de estudiar las estructuras que adquieren los textos lingüísticos
y sus manifestaciones micro y macho textuales: párrafos, conectores, géneros, etcé-
tera.
 Pragmático. Se ocupa del estudio de los actos lingüísticos concretos, desde su con-
texto específico.
Sin embargo, el encuentro de la lingüística con la semiótica ha permitido afinar
algunos aspectos que la lingüística estructural no había superado. Ya vimos que la
“palabra” no puede ser considerada como la unidad lingüística por excelencia debido a
que en sí misma contiene varias estructuras. Además, ya sabemos que el significado de
las palabras no es algo prestablecido y fijado de antemano. Incluso, sabemos que todo
acto lingüístico genera infinidad de posibilidades semánticas, por lo que esta categoría
no puede ser estudiada con solo el estudio lexicográfico.
Por otra parte, la unidad real de la comunicación lingüística es el texto o discurso y
no la palabra (como se pensaba hasta el siglo XIX), ni la oración (como pensaban los
estructuralistas). En ese sentido, el estudio de la lengua se diversifica y exige herra-
mientas más sutiles para su desarrollo.
A continuación se describe con mayor detenimiento cada uno de los niveles de aná-
lisis.

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4.1. Niveles de análisis lingüístico
Se llama “nivel de análisis” al enfoque desde el cual se puede estudiar científica-
mente la lengua. De acuerdo con la concepción clásica de las ciencias, un objeto de estu-
dio se puede segmentar en abstracto para facilitar su análisis. Así, cuando de una lengua
solo se estudian sus sonidos, con independencia de los significados y las relaciones que
se establezcan, se trata del nivel material de análisis.
El nivel material se encarga de analizar la materia de la que está hecha la lengua:
los sonidos. Como vimos, la lengua en sí misma es hablada. Cuando se escribe, no se
hace más que traducir a grafías lo que se diría con sonidos. De ahí que todas las personas
puedan hablar, aunque muchos no sepan escribir. De esa cuenta, la materia de la que
está hecha la lengua es el sonido. Pero para ser considerado como parte de la lengua, los
sonidos deben cumplir ciertas características especiales. Es decir, no se construyen pa-
labras con cualquier sonido; estos son muy específicos y responden a ciertas reglas que
cada persona aprende cuando se socializa. El estudio de los sonidos con los que se cons-
truye la lengua es propio de dos ramas de la lingüística: fonética y fonología. A la foné-
tica le interesa la materialidad de los sonidos mismos: cómo surgen, qué órganos parti-
cipan en su ejecución, etc. Por ejemplo, analiza cómo las vocales se emiten en la boca,
mientras las consonantes requieren de la combinación de varios órganos: la nariz, los
labios, etc. En conclusión, cuando se esté analizando la forma en que se articulan los
sonidos en los órganos fonadores, estamos haciendo un estudio fonético del lenguaje ar-
ticulado.
Pero el nivel material de la lengua también puede abordarse desde la perspectiva de
los sonidos ya en tanto que fonemas articulados con otros para construir palabras. La
disciplina lingüística encargada de este estudio es la fonología. Esta se ocupa por averi-
guar qué manera los fonemas pueden combinarse con otros. Por ejemplo, un estudio
fonológico del español podría explicar el por qué es imposible la existencia de una sílaba
que no contenga vocal.
El nivel formal es el que tradicionalmente más atención ha recibido. La disciplina
lingüística que se ocupa de él es la gramática. Muchas personas cometen el error de
confundir gramática con lingüística y creen que la gramática se interesa por todos los
fenómenos lingüísticos. A esta materia solo le interesa el nivel formal de la lengua; es
decir, la forma en que los monemas o elementos con significado se combinan para formar
palabras u oraciones. Pero el nivel formal puede asumirse desde dos perspectivas: desde
la palabra misma, como estructura; y desde la oración, como combinación de palabras.
Cuando se analiza la estructura de la palabra, los monemas que la integran (lexemas y
morfemas) se está haciendo un estudio morfológico. La morfología es una rama de la
gramática que se encarga de estudiar la estructura o forma de las palabras. Pero cuando
se va más allá y lo que se estudia es la función que las palabras adquieren dentro de
una oración concreta, se está realizando un estudio sintáctico. La sintaxis es la otra
rama de la gramática que estudia la oración: sus funciones (sujeto, predicado, modifica-
dores, núcleos, etcétera).
En cuanto al nivel semántico, este es abordado por la semántica. A esta disciplina
le interesa el estudio de la lengua en tanto que portadora de sentidos. Le interesa, por
ejemplo, los fenómenos semánticos tales como sinonimia y homonimia. También se in-
teresa por la relación semántica que se establece entre palabras para formar campos

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semánticos. Además, analiza los componentes semánticos o semas que posee una pala-
bra.
El nivel textual analiza las características de los textos. Por ejemplo, le interesa
hacer una clasificación de estos según su género discursivo.
Así, es posible distinguir, a nivel lingüístico, un texto narrativo de uno argumentativo y
de uno descriptivo. Cada macroestructura textual genera microestructuras que permi-
ten evidenciar la organización de cada uno de los textos que leemos o producimos.
Al nivel pragmático le interesa el análisis de la lengua en situación. Es decir, cómo
las palabras, oraciones y textos adquieren significados especiales según el contexto en
el que se emitan. Por ejemplo, la pragmática explica por qué determinadas frases pue-
den ser dichas en situaciones especiales, pero no fuera de ellas.

4.1.1. La morfología y la palabra


La morfología es la disciplina lingüística que estudia la forma y estructura de la
palabra a partir de aquellos de sus componentes que poseen un significado léxico (el
significado específico de la palabra) o un significado gramatical (como género, número,
tiempo...) Se interesa por el modo en que estos constituyentes se articulan para formar
las palabras y de los procedimientos de formación de las mismas. También se ocupa de
las distintas categorías de palabras (sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio...) pero solo en
cuanto a su estructura. Por ejemplo, un sustantivo, desde una perspectiva morfológica,
es una palabra que tiene variación de género y número; en comparación, un adverbio no
ofrece variación mientras un verbo tiene morfemas de persona, tiempo, modo, aspecto,
etc.
Como el objeto de estudio de la morfología es la palabra, es importante saber qué es
esta en realidad. En principio, la palabra es una unidad básica en el estudio de la lengua.
Todo mensaje está formado por ellas. Ahora bien, aunque muchos hablantes puedan
tener una noción más o menos clara de lo que es una palabra, no es fácil, desde el punto
de vista lingüístico, dar una definición precisa. En un texto las palabras aparecen gene-
ralmente separadas unas de otras mediante espacios. Sin embargo, hay palabras que
unas veces van unidas a otra y en ocasiones aparecen solas. Por ejemplo, la palabra les:
les avisó – avísales. En un texto oral, la dificultad es mayor, ya que normalmente las
palabras no se delimitan mediante pausas, sino que la cadena hablada constituye un
continuo, solo interrumpido por las pausas entre grupos fónicos: Elperrolada /cuan-
dooyepasos.
Para que un grupo de sonidos lingüísticos se considere como palabra debe reunir dos
condiciones:
 Que pueda separarse del texto en que está y ser utilizado en otro contexto conser-
vando su significado. Por ejemplo, en la frase El perro ladra se puede colocar los
sonidos perro en otro contexto: Mi perro es juguetón; en ambos casos, perro significa
lo mismo.
 Que pueda funcionar como forma libre. Por ejemplo, me es una palabra porque puede
aparecer en págueme o en me dijo que sí.
Cuando se hace un estudio morfológico de una palabra se analiza la estructura
que esta presenta. Por ejemplo, la palabra panito se compone de cuatro estructuras con
significado:
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→ pan que significa alimento hecho a base de harina, huevos, etc.
→ it que significa pequeño.
→ o relacionado con el género masculino (aunque esta palabra no posea va-
riación de género).
→ Ø el conjunto vacío (la ausencia de sonido) que indica singular (por oposi-
ción a la presencia del sonido /s/, indicador de plural).
Las palabras se caracterizan también por poseer forma y función. Estos dos ele-
mentos permiten a los hablantes diferenciar distintos tipos de palabras y combinarlas
según ciertas reglas para construir mensajes coherentes. La forma de las palabras es
objeto de estudio de la morfología; la función lo es de la sintaxis. Forma y función están
interrelacionadas. En cierto modo, la forma determina la función y viceversa. Así, la
función de núcleo del sujeto suele desempeñarla un sustantivo y la del núcleo del predi-
cado, una palabra con indicadores de persona, número, tiempo y modo: el verbo.

4.1.2. Nivel sintáctico


El objeto de estudio de la sintaxis es el sintagma. Por ello, tener claro qué son y
cómo funcionan los sintagmas facilita mucho la comprensión de las funciones oraciona-
les. Un sintagma es una palabra o grupo de palabras conectadas entre sí que constituyen
una unidad dotada de sentido y desempeñan una misma función sintáctica en la oración.
Por ejemplo, en la oración “Don Claudio Flores pagará el alquiler de la casa la semana
próxima”, los sintagmas y su función están distribuidos así:

Sintagma Función
Don Claudio Flores sujeto
pagará el alquiler de la casa la semana próxima predicado
el alquiler de la cabeza objeto directo
la semana próxima complemento
circunstancial

Todo sintagma consta de al menos una palabra que constituye su núcleo, pero
esta suele estar acompañada de otra u otras que se denominan adyacentes. El núcleo
debe ser una palabra tónica capaz de formar un mensaje completo. Nunca pueden fun-
cionar como núcleo, por ejemplo, los artículos y las preposiciones. El núcleo y sus adya-
centes deben tener concordancia gramatical.
Por la naturaleza de su núcleo, los sintagmas se clasifican en nominales, verbales,
adverbiales y adjetivos.
 Sintagma nominal es el que tiene por núcleo un sustantivo, un pronombre perso-
nal u otra palabra que equivalga a un sustantivo, como el infinitivo. Su función
más característica es la de sujeto (Federico aceptó.); también puede ejercer las
de objeto directo (Apostó la cabeza), objeto indirecto (Dio una lección a Carlos);
complemento del nombre (La cabeza de Federico); complemento circunstancial
(Lo encontró en la calle); complemento preposicional (salir de dudas); comple-
mento predicativo (fue nombrado presidente); atributo (Es abogado); y agente
(Municipal fue vencido por Comunicaciones).

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 Sintagma verbal es el que tiene por núcleo un verbo. Su función es la de predi-
cado: Madariaga aceptó su derrota.
 Sintagma adjetivo es el que tiene por núcleo un adjetivo. Su función más carac-
terística es la de complemento del nombre: aprendió una buena lección. Tam-
bién puede funcionar como atributo (La piña es saludable) y como predicativo
(El ave vuela veloz).
 Sintagma adverbial es el que tiene por núcleo un adverbio y funciona como com-
plemento circunstancial: Se levanta muy temprano.
Los sintagmas se unen entre sí para formar frases y oraciones. Algunas veces,
una misma función es realizada por más de un sintagma. En este caso, los sintagmas se
pueden unir de tres formas distintas: yuxtaposición, coordinación y subordinación.
 Se unen por yuxtaposición cuando, siendo sintácticamente equivalentes, desem-
peñan juntos la misma función y no aparece entre ellos ningún elemento de en-
lace: El perro, el gato y el asno son mamíferos.
 Dos o más sintagmas están unidos por coordinación cuando siendo sintáctica-
mente equivalentes, desempeñan juntos la misma función y aparecen unidos me-
diante enlaces llamados coordinantes: El perro y el gato se pelean.
 Los sintagmas se unen por subordinación cuando desempeñan juntos la misma
función pero no son sintácticamente equivalentes; uno de ellos funciona como nú-
cleo y el otro como adyacente: La casa de mis padres.

4.1.3. La oración
La definición de oración depende de los criterios a partir de los cuales se le ana-
lice. Existen básicamente tres criterios. Estos no son excluyentes y pueden complemen-
tarse uno con el otro.
 Criterio lógico – semántico. Según este punto de vista, la oración es la expresión
lingüística de un juicio aseverativo. Esto significa que la oración expresa una
proposición. Ejemplo: El niño se quedó mirándolo. Esta es la perspectiva más
abordada a lo largo de la historia. En ella se hace énfasis en el contenido semán-
tico de la oración más que en su estructura sintáctica. Ofrece la ventaja que vi-
sualiza la oración como un producto del pensamiento, por lo que integra el estudio
lingüístico con el lógico. Sin embargo, no es muy útil para comprender la estruc-
tura de la oración misma, ya que la subordina a la estructura del pensamiento.
 Criterio pragmático. Según este criterio, la oración es un enunciado que posee
una intención comunicativa. De acuerdo con Alston (1974), oración es la “unidad
lingüística más pequeña que puede usarse para ejecutar una acción completa
específicamente lingüística”. Ejemplo: Ya me he dado cuenta. Este criterio co-
bró impulso durante el siglo XX, y tiene un componente semiológico al hacer én-
fasis en la naturaleza comunicativa del lenguaje. Ofrece la ventaja de que nece-
sariamente remite a la práctica comunicativa, aunque no posibilita el análisis
oracional en cuanto tal.
 Criterio sintáctico. Según este criterio, la oración es una estructura sintáctica
independiente formada por dos sintagmas: uno nominal y otro verbal. Cada uno
de estos puede contener a su vez otro u otros. Por ejemplo, en el enunciado El
toro rompió el cerco, se evidencia una estructura sintáctica que se representa
así:
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O → SN + SV El toro + rompió el cerco.
SV → V + SN rompió + el cerco
SN → D+N el + cerco
SN → D+N El + toro

En lingüística transformacional se suele graficar la jerarquía de una oración a


partir de su arborización. El siguiente es un ejemplo:

O
El toro rompió el cerco

SN SV
el toro rompió el cerco

N V SN
toro rompió el cerco

Ady N
el cerco

Ady
el

Lo anterior se lee así: la oración está formada por un sintagma nominal y uno
verbal. El sintagma nominal se estructura en determinante y núcleo; el sintagma verbal
se compone a su vez por un verbo y otro sintagma nominal; este se estructura en deter-
minante y núcleo.
El criterio sintáctico es propio de las escuelas estructuralistas en lingüística. Cobró
protagonismo pleno a partir del desarrollo de la lingüística saussuriana y es el propio
de la escuela estructural funcionalista. Hace énfasis en la oración como estructura sin-
táctica independiente, por lo que ofrece la ventaja de poder analizar la oración con cri-
terios científicos certeros. Sin embargo, su desventaja es que aleja el estudio de este
fenómeno de su naturaleza comunicativa y corre el riesgo de convertirla en un mero
objeto de laboratorio más que en instrumento de uso cotidiano para los hablantes.
Por lo anterior, es conveniente y necesario integrar los tres criterios. Para resumir,
las características que los diferentes criterios asignan a la oración son las siguientes:
→ Cumple con una función comunicativa.
→ Relaciona un sintagma nominal, con función de sujeto, con uno verbal, con función
de predicado.

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→ Presenta autonomía sintáctica: no requiere de elementos externos para ser identifi-
cada.
→ Fonéticamente, es una porción fónica encadenada linealmente.
→ En su producción oral, se caracteriza por poseer una entonación final descendente.
→ Ortográficamente se caracteriza por empezar con inicial mayúscula y finalizar en
punto.
→ Semánticamente, es una unidad lingüística portadora de una proposición.
→ Semánticamente también expresa la actitud del hablante.

Bibliografía:

Velásquez, Carlos (2013). Apuntes para el curso de lingüística. Material de apoyo a


la docencia. Guatemala, C. A.

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