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"El inmortal" de Jorge Luis Borges

La deconstrucción de la literatura
“El inmortal” es uno de los cuentos de género fantástico que
Borges incluyó en “El Aleph”, colección ésta de cuentos que, a
excepción de “Emma Zunz” y la “Historia del guerrero y la
cautiva”, gira en torno a este género de la literatura al que Borges,
con su acostumbrada ironía, hubo de incluir la Teología como una
rama de esta literatura, la fantástica.

“El inmortal” es un relato complejo y trataremos de ver dónde


radica su complejidad, cómo está construido y de qué elementos
se vale su autor para la elaboración de un argumento que, según la
opinión de numerosos críticos, constituye uno de los mejores
urdidos de la narrativa borgiana.

Señalemos el tema principal del relato antes de perdernos


definitivamente en él. Sin un esfuerzo intenso y solamente
echando un vistazo al título podemos sospechar que el tema es la
inmortalidad y ciertamente así es. La inmortalidad tratada desde
una mirada panteísta donde un solo hombre inmortal es todos los
hombres y a su vez ninguno. Y a partir de esta idea también puede
afirmarse, como luego veremos, que un solo texto también es
todos los textos. Según Borges este relato vendría a ser un
“bosquejo de una ética para inmortales” y su tema “el efecto que
la inmortalidad causaría en los hombres”. Este efecto lo describe
Borges a través del autor implícito del relato, el anticuario Joseph
Cartaphilus, quien narra la vida del tribuno romano Marco
Flaminio Rufo. Así podremos presenciar en este relato la voz de
un hombre que fue todos y a la vez fue nadie, ya que fueron “las
palabras de otros […] la pobre limosna que le dejaron las horas y
los siglos”. El texto presente nos servirá para hacer una reflexión
de la propia literatura, del propio hecho de escribir, de la creación,
de la originalidad y de la tradición. Pues en Borges veremos que
es imposible innovar, que toda novedad no es más que un
recuerdo y que como en Harold Bloom, Derrida, Kristeva o en
Barthes el escenario de la intertextualidad en la literatura alcanza
cotas extremas. Entendida ésta como fenómeno inconsciente del
escritor que a la manera en que T.S. Eliot expone en “Tradición y
talento individual” la poesía, y por extensión la literatura, forma
un todo viviente de todos los textos que han sido escritos, idea
ésta que como luego veremos también está en Valery, Emerson o
Shelley, incluso, de manera más amplia, en Platón. Junto a la
intertextualidad inconsciente que Cartaphilus irá desparramando a
lo largo de todo el relato se enfrenta la intertextualidad consciente
que Borges, de manera irónica, lúdica y erudita, irá
desparramando a lo largo de su relato. He aquí el juego borgiano
al que nos enfrentamos, el puzzle que contiene otro puzzle, el
laberinto cuyo centro contiene otro laberinto.

El relato comienza con la voz de un autor implícito que no está


representado y que podría ser el propio Borges –autor real- o un
investigador que nos da cuenta del siguiente hecho: la entrega de
“los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de
Pope” que el anticuario Cartaphilus realizó a la princesa de
Lucinge, hallándose ahí un manuscrito que “está redactado en
inglés y abunda en latinismos”. Este manuscrito es la narración,
como antes hemos señalado, de la vida de Marco Flaminio Rufo.
Tal narración, que se correspondería con un relato diegético,
dividido en cinco capítulos, concluye con una discusión sobre la
autoría de la misma ¿Flaminio Rufo? ¿Cartaphilus? ¿Homero? En
definitiva todo un juego cervantino que nos lleva a afirmar que tal
autoría realmente es lo que menos importa, pues, como señala el
anticuario Carthapilus, a quien se le atribuye la narración, “Yo he
sido Homero; en breve seré Nadie, como Ulises; en breve seré
todos: estaré muerto.” Finalmente el relato termina con una
Posdata de 1950 donde el autor implícito no representado del
comienzo cierra el relato refiriendo la documentada acusación, en
un magistral juego erudito, del doctor Nahum Cordonero, de que
toda la narración es apócrifa.
El relato posee la clásica estructura marco en abismo que nos
recuerda a Las mil y una noches, libro sumamente apreciado por
Jorge Luis Borges. Su estructura es circular pues la abre y la
cierra el que nosotros llamaremos, pues no está representado, el
investigador erudito: el Borges ficcional del relato o su alter ego.

Pero volvamos a dar otro repaso al relato fijándonos en otros


elementos compositivos del mismo. “El inmortal” se abre con
una cita de Francisco Bacon que presenta el tema, la tesis, del
relato borgiano: “Salomón dijo: No hay nada nuevo sobre la
tierra. Y así, de la misma manera que Platón imaginó que todo
conocimiento no es sino un recuerdo, del mismo modo Salomón
sentenció que toda novedad no es sino un olvido.” Recuerdo y
olvido serán dos elementos muy recurrentes a lo largo de todo el
relato que tendrán un papel específico en cada lugar, por ejemplo
aquí: “Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable
el recuerdo de nuestras primeras jornadas”, el tiempo del relato
parece difuminarse gravemente provocando en el lector cierta
desorientación o el propio olvido de datos circunstanciales que
hacen perderse también al lector en la maraña de identidades que
va tomando Cartaphilus a medida que avanza el relato: “abuso de
rasgos circunstanciales que aprendí en los poetas y que todo lo
contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los
hechos, pero no en su memoria”, sentencia Cartaphilus. La
memoria es por tanto Todo y Nada. Y como vemos al final del
relato, citando el investigador erudito a Cartaphilus, la memoria,
pasada por la tela del olvido, nos reduce a lo que somos: “Cuando
se acerca el fin –escribió Cartaphilus- ya no quedan imágenes del
recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y
mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron
las horas y los siglos.” Vemos como en un sorprendente recurso
borgiano el narrador del nivel extradiegético (investigador
erudito) cita al del nivel diegético (Cartaphilus). Tal que la idea
de ‘reminiscencia’ de Platón así se nos presenta lo que fue la vida
del anticuario de Esmirna. Y lo que sería, en definitiva, la vida de
todo texto. Es por tanto una reflexión sobre el propio hecho de la
literatura que no sería sino un recoger la voz de lo que ya se ha
dicho. Una originalidad improbable frente a la tradición; una
intertextualidad, un contagio, inevitable. Pues como el propio
Borges ha escrito en su poema Everness: “Sólo una cosa no hay.
Es el olvido”. Después volveremos sobre esta idea panteísta, ya
tratada por filósofos a los que Borges leyó con sumo interés,
como Plotino o Spinoza, planteada en muchos lugares de la
narración una vez nos vayamos deteniendo en ellos, pues en mí
opinión significa el tema principal del relato y por extensión uno
de los temas más y mejor tratados por Borges a lo largo de su
literatura, lo apreciamos en textos como La flor de Coleridge, El
acercamiento a Almotásim, La forma de la espada, Tres
versiones de Judas, De alguien a nadie, Los teólogos o el
magistral relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius donde refiriéndose a
los habitantes de Tlön escribe Borges: Explicaron que una cosa
es igualdad y otra identidad y formularon una especie de
reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de nueve hombres
que en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería
ridículo -interrogaron- pretender que ese dolor es el mismo? Y
en una nota a pie de página apostilla: En el día de hoy, una de las
iglesias de Tlón sostiene platónicamente que tal dolor, que tal
matiz verdoso del amarillo, que tal temperatura, que tal sonido,
son la única realidad. Todos los hombres, en el veniginoso
instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que
repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare.

El protagonista de nuestro relato se llama Joseph Cartaphilus, se


puede sospechar que Borges juega con las iniciales de este
nombre (J. C) en referencia a Joseph Conrad y así convertir a
Cartaphilus también en otro palimpsesto, en un nombre escrito
sobre el nombre de otro. Además Cartaphilus nace en Esmirna,
como Homero y muere en la isla de Ios, también como Homero.
Y es que no cabe duda de que es Homero, como el mismo
Cartaphilus confiesa. La narración borgiana está totalmente
plagada de estos recursos intertextuales, juegos eruditos que en
definitiva sirven para sostener y justificar la tesis misma del
relato: “[…] sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo
haya confundido las que alguna vez me representaron con las que
fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos
siglos”, dice Cartaphilus confesando que él también ha sido
Homero. Tal era el caudal lingüístico recogido por Cartaphilus
que, el investigador erudito al principio del relato, usando el
discurso indirecto libre, recuerda lo que dijo la princesa de
Lucinge de Cartaphilus, mediante una descripción o mirada
conceptual en un nivel analítico-psicológico, dice de él: “Era, nos
dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris,
de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e
ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del
francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de
español de Salónica y de portugués de Macao”.

Este es el primer momento del relato donde se describe a


Cartaphilus como alguien cuyo discurso es múltiple, en este caso
haciendo alusión a su polilingüísmo. Es decir, en el propio plano
de la lengua y no sólo en el intelectual, la propensión de
Cartaphilus a la acumulación de conocimientos se hace visible,
conformando su propio ser. Pero este dominio de la lengua está
tergiversado, como todo en Cartaphilus: “pasó del francés al
inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de
Salónica y de portugués de Macao”. Dice a “una conjunción
enigmática”, una especie de habla propia, una mixtura provocada
por la memoria y el olvido. Tal tergiversación nos hace poner en
juego el concepto de misreading de Paul De Man, donde toda
lectura es interpretación y, por tanto, tergiversación. También nos
lleva a pensar en la deconstrucción derridiana, mediante la cual se
afirma que no aclara los textos sino que “las relaciones textuales y
las figuras en ellos presentes producen una lógica doble o
aporética”, en palabras de Culler (1982, pág.99) y como señala el
profesor Pozuelo Yvancos: “deconstruir o enfrentar los textos a
sus contradicciones internas y a la metafísica radical de la que
parten, no es destruir sino leerlos en sus implicaciones,
presuposiciones, posibilidades no exploradas, etc” (1994, pág.
135)

Así, más adelante del relato, Cartaphilus oye hablar del río cuyas
aguas dan la inmortalidad en la voz de un jinete ensangrentado, al
fin se baña en el río y llega a la Ciudad de los Inmortales. Pero
este viaje resulta muy arduo, conoce a un troglodita que había
perdido la capacidad de hablar pero que luego resulta ser el autor
de la Odisea, otro inmortal. El viaje de Cartaphilus no deja de ser
un regreso a lugares comunes, una sabia deconstrucción de los
mismos, vemos el paralelismo de sus duras jordanas con las que
Dante padeció acompañado de Virgilio, Cartaphilus en este caso,
acompañado de Argos, nombre con el que decide llamar al
troglodita pues le seguía a todas partes como el perro de Homero:
“Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto
que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a
través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual
a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura
y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi
perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra
que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se
perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada.
Horriblemente me habitúe a ese dudoso mundo; consideré
increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de
nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el
tiempo que debí caminar bajo tierra; se que alguna vez confundí,
en la misma nostalgia, la atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad
natal, entre los racimos.” Otro ‘topoi’ de la literatura borgiana es
el laberinto, la idea de múltiples bifurcaciones y la imposibilidad
de llegar al centro del mismo, como señala en otra parte del
relato: “Un laberinto es una casa labrada para confundir a los
hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, esta subordinada a
ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura
carecía de fin”. Cartaphilus, o Flaminio Rufo, para los que duden
de si el documento es apócrifo, nos describe una ciudad en la que
predomina lo infinito, lo vertiginoso: “Abundaban el corredor sin
salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a
una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los
peldaños y la balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas
aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar
a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en la tiniebla superior
de las cúpulas”. Y otra vez la duda de la tergiversación: Ignoro si
todos los ejemplos que he enumerado son literales; se que durante
muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo ya saber si tal o
cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que
desatinaron mis noches”. Para Cartaphilus su conocimiento de la
Ciudad de los Inmortales resulta ser una experiencia casi terrible,
desconcertante y abismal al igual que, en otro plano, nuestro autor
real, Jorge Luis Borges, siente al recorrer una biblioteca. (léase el
relato “La biblioteca de Babel, que comienza así: “El universo
(que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número
indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos
pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas
bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y
superiores: interminablemente”.) Cartaphilus por tanto, a pesar de
un inmenso deseo de convertirse en inmortal y de llegar a la
ciudad descubre que su viaje no era tan maravilloso como
prometía, llega a decir “La codicia de ver a los Inmortales, de
tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir” pero
podríamos decir que la ciudad le supera, al igual que la inmensa
vastedad de libros supera al protagonista de “la biblioteca de
Babel”. Tal vez esta sensación pueda ser la misma que se alude
en el otro relato citado: “La certidumbre de que todo está escrito
nos anula o nos afantasma”, señala el autor implícito de “La
biblioteca de Babel”. No sería demasiado aventurado afirmar, y
esta es una interpretación personal, que la Ciudad de los
Inmortales es la alegoría de una enorme biblioteca,
milimétricamente ordenada y dispuesta pero que al entrar en ella,
al perderse el lector en sus infinitos libros, éste desordena,
desfigura, tergiversa y deconstruye.

La focalización, que es interna en ambos narradores, tiene una


especial importancia en el texto pues en todo momento el
protagonista-narrador observa y valora lo que ve, incluso lo que
ve en sus sueños. Así describe Cartaphilus uno de sus sueños
antes de llegar a la ciudad: “Insoportablemente soñé con un
exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis
manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y
perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de
alcanzarlo”. Pero finalmente consigue beber el agua del cántaro y
se encuentra con una ciudad claramente deconstruida, una ciudad
construida sobre los cimientos de la primera, un orden
desordenado: “En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había
dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la
habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el
mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de
parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que
manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se
parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que
condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que,
juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el
pensamiento, en la pura especulación”. Así los Inmortales se
convierten trogloditas. Vuelven a ser el origen, todo y nada al
mismo tiempo. Todo se reformula y adquiere nueva identidad en
el relato. Si acometemos una lectura del mismo fijándonos en el
tratamiento del tiempo vemos en primer lugar que la narración del
anticuario se articula retrospectivamente en la que predominan,
como no podía ser de otro modo al acometerse el intento de
resumir la vida de alguien inmortal, las anacronías y las elipsis
temporales. Así en el primer párrafo del capítulo V, Cartaphilus
resume lo que ha sido su vida –o sus vidas pues durante ese
tiempo se dedica a múltiples profesiones y actividades como si su
identidad se multiplicase- desde el año 1066 hasta que bebe de las
aguas que le devuelven a su condición de mortal en el año 1921.
E irónicamente, afirma quien ha sido casi todos los hombres: “de
nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el
amanecer”. Por fin el protagonista de abandona al sueño, para
vivir otra vida, otra vida en abismo como la estructura del relato,
que es la del sueño. Y es que en ningún momento del relato queda
claro si todo lo que ocurre al protagonista es real o es sólo un
sueño, o al menos no se logra advertir qué parte es la real y qué
parte es la transformada por el olvido o por los rasgos
circunstanciales añadidos, soñados, tergiversados. “No recuerdo
las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos
hipogeos. […] Nada más puedo recordar […] Ese olvido, ahora
insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi
evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado
también, he jurado olvidarlas”. Es necesario recordar, recobrar lo
que siempre estuvo ahí, la reminiscencia platónica, así el
protagonista nos cuenta de su acompañante el troglodita: le puse
el nombre de Argos y trate de enseñárselo. Fracasé y volví a
fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinación fueron del todo
vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los
sonidos que yo procuraba inculcarle”. Pero ante la imposibilidad
de comunicación con el troglodita el protagonista realiza la
siguiente reflexión en una clara mirada valorativa: “Pensé en un
mundo sin memoria, sin tiempo; considere la posibilidad de un
lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos
impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los
días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad
ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa”. Notamos de
nuevo el magistral dominio de la elipsis temporal donde en una
sola frase se concluye: “Así fueron muriendo los días y con los
días los años”, el tiempo, como vemos, pasa para un inmortal de
una manera vertiginosa si es la memoria la que pretende
recuperarlo. Finalmente Cartaphilus y Argos consiguen
encontrarse, comprenderse de alguna manera ante la inmensa
felicidad que sienten ambos al ver que llueve tras un largo tiempo
de sequía: “Argos, le grité, Argos”. Y cuando grita su nombre el
troglodita recuerda aquello que había olvidado, pues como
veíamos en la cita de Bacon “toda novedad no es si no un olvido”.
Recuerda que Argos es el perro de Ulises y después ante la
pregunta por su conocimiento de la Odisea el troglodita responde:
“Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán
pasado mil cien años desde que la inventé”.

Pero Homero no sólo es Argos el troglodita sino que también es


Cartaphilus. Cabe recordar aquí la famosa teoría que sostiene que
Homero realmente nunca existió, que la Odisea es la memoria de
todo un pueblo y Homero sería el autor ficticio que representa a
todos los griegos que fueron recogiendo la Odisea en su memoria.
Es leyenda también la afirmación de que muchos griegos se
sabían los viajes de Ulises de memoria y se ayudaban mirando la
posición que las estrellas ocupan en el firmamento. Así cada
estrella vendría a ser un verso de la Odisea. Y, como queda
implícito y explícito en el relato, poco importa quién escribiese la
Odisea pues como el autor real, Borges, explica en su texto “La
flor de Coleridge”, citando a Valery: “La Historia de la Literatura
no debería ser la historia y de los accidentes de su carrera o la
carrera de sus obras, sino la Historia del Espíritu”. En este sentido
Jaime Alazraki (1974, pág. 87) señala: “Como la historia
universal, que según el panteísmo es la historia de un solo
hombre, la historia de toda la literatura es la historia de un solo
libro, obra de un solo autor –el Espíritu-“. Borges en este texto
toma también la idea de Emerson casi similar a la anterior:
“diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en
el mundo” o la idea de Shelley de que todos los poemas del
pasado, del presente y del futuro componen un único poema
infinito. Estamos viajando durando todo el relato por el tema
principal, el panteísmo, desgajado en múltiples temas secundarios
que vienen a desembocar casi siempre en el principal. Todo es
todo, podía decirse, y todo también es nada. Alguien es todos y
nadie al mismo tiempo.

Capítulo aparte merecen las imágenes borgianas, la fabulosa


concisión y concreción que Borges desprende en cada descripción
o valoración. Ya hemos hablado de la ‘elipsis’ como recurso
predominante del relato, del cual Borges se sirve para provocar en
el lector un sentimiento de vertiginosa confusión. Otro recurso
importante, y muy relacionado con lo anterior, es la enumeración.
El efecto es parecido. Se van sumando escenas, o datos, o lugares,
o tiempos… todo tipo de elementos configuradores de la materia
narrativa, en la narración de los trabajos y los días de Cartaphilus
apreciamos tal recurso: “En el otoño de 1066 milité en el puente
de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó
en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada
que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco mas. En el
séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con
pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto
que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad
de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado
muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y
también en Bohemia. En 1638 estuve en Kolozsvar y después en
Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis
volúmenes de la Iliada de Pope; se que los frecuente con deleite.
Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de
retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron
irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el Patna, que me
conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa
eritrea 1. Baje; recordé otras mañanas muy antiguas, también
frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la
magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi
un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre”.
Vemos como la enumeración se estructura paralelísticamente
respondiendo casi en el mismo orden a la siguiente estructura:
Complemento Circunstancial de Tiempo + Complemento
Circunstancial de Lugar + Pretérito de Indicativo:

C. C.Tiempo Pretérito Indic. C. C.Lugar

En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford

En el séptimo siglo de la Héjira transcribí en el arrabal de Bulaq

En 1638 estuve en Kolozsvar y […] en Leipzig

Hacia 1729 discutí el origen de ese poema (CD)

El cuatro de octubre de 1921 recordé frente al Mar Rojo

Este esquema sirve también para dar comienzo al relato: En


Londres (C.C. Lug.), a principios del mes de junio de 1929 (C.C.
Tiempo.), el anticuario Joseph Cartaphilus […] ofreció (Pret.
Indic.). En definitiva, una maraña de datos circunstanciales que
como luego se verá confunden incluso al propio protagonista.

Pero pasemos a analizar más concretamente estos dos últimos


capítulos, que son quizás lo más interesantes y, sin lugar a dudas,
los más complejos, de los cinco que componen el relato.
Incluyendo claro está la Posdata de 1950 y conclusión del todo el
texto, realizada por el otro autor implícito, el no representado,
esto es, el investigador que nos presenta en forma de nota
introductoria, el hallazgo del manuscrito de Cartaphilus al
iniciarse el relato.

En el capítulo IV como ya se ha señalado se dilucida finalmente


que los trogloditas son los inmortales y que la ciudad que él había
visitado era, como en un palimpsesto, la construcción de otra
ciudad encima de la original. El propio Homero es quien aconseja
la construcción de la ciudad: “Fue como un dios que creara el
cosmos y luego el caos”, afirma Joseph Cartaphilus. A
continuación Cartaphilus inicia una mirada valorativa y
conceptual que ocupa un párrafo y que, visto de manera
independiente al relato, podría pertenecer claramente al género
ensayístico. En este párrafo es donde más claramente queda
expuesto el tema del relato: “Ser inmortal [afirma el anticuario de
Esmirna] es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son,
pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible,
es saberse inmortal”. Este es el punto de vista del personaje
protagonista acerca de la inmortalidad que él mismo ha
experimentado. Para él lo realmente terrible y divino al mismo
tiempo de la inmortalidad es la auto-conciencia de ese hecho.
Aquí sin duda está la clave fantástica del cuento, el hecho de
pensar en la posibilidad de la inmortalidad. Más adelante empieza
la mirada valorativa desde una perspectiva religiosa del hecho de
la inmortalidad, aquí nos dice que en las principales religiones
(judía, cristiana y musulmana) “tal convicción es rarísima”
recurriendo de nuevo al también común recurso de la ironía,
donde por un lado se dice que tales religiones profesan la
inmortalidad pero que por otro: “la veneración que tributan al
primer siglo prueba que sólo creen en el, ya que destinan todos los
demás, en numero infinito, a premiarlo o a castigarlo”. Llegamos
aquí a un punto muy interesante, el protagonista valora
positivamente la religión budista por un concepto que incorpora
llamado ‘Karma’, donde toda causa tiene su efecto y por tanto,
“en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas”.
Asentado en esa lógica el protagonista establece la siguiente
conclusión: “acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso
exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de
Heráclito”. Y a continuación se llega a la exposición del tema
principal del relato, pues es aquí en mi opinión donde más
claramente queda sintetizado: “Homero compuso la Odisea;
postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y
cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la
Odisea. nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los
hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy
filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa
manera de decir que no soy.” Una vez dilucidado el tema el lector
comprende que el Inmortal ya no es un solo personaje sino que es
muchos, su personalidad se ha bifurcado, se ha perdido en el
laberinto del tiempo. Para los mortales, pues, todo “tiene el valor
de lo irrecuperable y de lo azaroso” debido al paso del tiempo
pero para los Inmortales “cada acto (y cada pensamiento) es el
eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio
visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán
hasta el vértigo.” Poco a poco las claves del relato se van
descifrando, Argos y Cartaphilus han sido Homero, cada uno en
su inmortalidad han llegado a ser el mismo hombre y han llegado
a escribir la Odisea. Así, como en el famoso relato “Borges y yo”
también se podría decir: “Así mi vida es una fuga y todo lo
pierdo y todo es del olvido, o del otro”.

El capítulo V comienza con la enumeración de los trabajos de


Cartaphilus que ya hemos referido hasta que bebe de las aguas
que le hacen volver a ser mortal. Y, casi súbitamente, cogiendo de
sorpresa al lector, el relato da un giro total y Cartaphilus
comienza a reflexionar sobre la narración que acaba de contarnos.
Sospecha que hay algo falso en ella e introduce una oración
marcada en cursiva que indica lo siguiente: La historia que he
narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de
dos hombres distintos. Nos desvela que durante todo el relato ha
habido una serie de anomalías y de coincidencias que hacen
pensar que Homero está, intertextualmente, detrás de todo. De
nuevo la idea del palimpsesto cala en el relato pues da la
sensación de que la vida de Cartaphilus está reescrita, como la
Ciudad de Los Inmortales, sobre la vida y las letras de Homero.
Así se acerca el relato a una de las frases más bellas del mismo:
“Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo;
sólo quedan palabras”

Otro recurso interesante consiste en la nota a pie de página que


aparece justo antes de la frase citada y que serviría en primer
lugar para dotar al relato de las cualidades que un texto erudito
posee y al mismo tiempo para añadir mayor desconcierto textual e
intelectual al mismo, pues aquí se nos habla, por ejemplo, de la
hipótesis ya aludida de un Homero simbólico.

En la Posdata de 1950 el autor real –Borges- en la voz de su alter


ego –el investigador erudito- crea la figura de otro investigador y
lector de la narración de Cartaphilus, esto es, que establece su
particular interpretación del mismo, quien recuerda otras voces
reflejadas en el texto, otras huellas descubiertas bajo este
palimpsesto, de escritores tan dispares como Plinio, Thomas De
Quincey, Descartes y Bernard Shaw. El citado erudito-lector,
llamado Nahum Cordonero, asegura que todo el documento es
apócrifo. Y ciertamente así lo es, otra ironía borgiana que cierra el
relato, pues ya fuera del código y juego ficcional no nos queda
más remedio que afirmar que el texto es de Jorge Luis Borges. O
tal vez no lo sea. Pues sería más justo afirmar que es obra de ese
gran autor inmortal llamado Literatura o Historia del Espíritu. Las
viejas palabras, tergiversadas y mutiladas, releídas, deconstruidas
y resemantizadas crean otras palabras nuevas, sin olvidar que toda
novedad no es sino un recuerdo, un olvido que viene más tarde o
más temprano, que llega a nuestra memoria para hacernos
comprender que siempre estuvo ahí. Presente en la Eternidad del
Hombre único que es, ha sido y será todos los hombres.

José Manuel Martínez Sánchez

Publicado en la revista Barcarola. Nº68-69. ISSN 0213-0947

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