Está en la página 1de 318

8.

- TEXTOS: 1 Juan 3,1-2; Marcos 15,33-39;16,1-6


Nos reunimos hoy aquí para despedir a nuestro hermano N., para rezar por él y para pedirle
a Dios que lo acoja en su Reino.La muerte siempre nos sorprende, nos cuestiona, nos hace
daño, y más aún si se trata de la muerte de alguien que queremos. La muerte siempre nos
llena de dolor. Es algo desde luego muy humano, y estos mismos sentimientos los vivió el
mismo Jesús. Recordemos como se emocionó y lloró por la muerte de su amigo Lázaro. Jesús
es de carne y hueso y vive situaciones semejantes a las nuestras, nos comprende, y se quiere
hacer presente en este momento para acompañamos, para apoyaros, se quiere solidarizar
con vosotros.
Con todo, a pesar de que es normal y muy humano este dolor por la muerte de un
ser querido, los cristianos tenemos también siempre el consuelo que nos da la fe, porque
creernos que la vida puede más que la muerte y que con la muerte no se acaba todo, sino
que comienza una nueva vida. (Dios nos ama) En la primera lectura hemos escuchado:
"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamamos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". No
sabemos demasiadas cosas de Dios, pero de lo que sí estarnos seguros es de que Dios es
amor, que nos ama corno un padre y una madre, y más aún.
En la Biblia veíamos cómo nos dice que "si alguna vez te olvidan tu padre o tu
madre, yo, el Señor, nunca te dejaré". El Señor no nos abandona nunca -ni cuando morimos-.
Los cristianos creemos que entonces nos da la Vida Plena, la Vida de verdad, una vida sin
sufrimientos, ni dolor, sin enfermedades, ni vejez... solo alegría y paz. Y además nos dice
"ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos". Confiarnos y
esperamos que nuestro hermano N. ya lo vea, que ya viva esta plenitud de vida en el cielo.
En la lectura de evangelio hemos leído el relato de la Pasión, Muerte y
Resurrección del Señor. Pensar que Jesús ha vivido, sufrido, ha muerto y resucitado, aunque
no nos libra del dolor, sí que nos deja la puerta abierta a la esperanza, ya que nos hace sentir
la solidaridad de Dios con nosotros. Jesús que pasó por la muerte nos acompaña en este
momento, nos comprende. ¿Quién es más solidario sino quien ha pasado por lo mismo que
uno está pasando? ¿Quién puede entender mejor al que sufre que el que ha sufrido?
Pero también sabemos que después de morir resucitó y sabemos que
esta resurrección no era un don sólo para Él sino que si Él resucitó también nosotros
resucitaremos con Él. Ésta es nuestra esperanza y nuestra fe. Por eso estamos aquí, por eso
pedimos por N., para que también él resucite y se encuentre con Jesús, para que así como
Jesús venció la muerte también nuestro hermano lo haga, Que el Señor lo tenga en su gloria
y que nos dé a nosotros su consuelo. Pidamos que como Jesús, también él viva ya ahora la
Vida Nueva que no tiene fin.
Nosotros oramos por N., confiarnos que Dios lo tenga en el cielo. Y pidámosle
también a nuestro hermano que, si corno creemos que está más cerca del Padre, rece
también por nosotros, los que todavía permanecemos aquí hasta el día en que nos
volveremos a ver en la vida eterna de Dios. Que esta esperanza nos ayude a seguir adelante
con confianza.
9.- TEXTOS: Filipenses 3,20-21; Salmo 22; Lucas 7,11-17
Jesús se compadece de nuestro dolor.
Acabarnos de leer en el Evangelio cómo "Jesús iba camino de Naín, e iban con él sus
discípulos y mucho gentío" . Y en su camino, aquella comitiva de Vida, se encuentra con otra
procesión, ésta de muerte, formada por "una madre viuda, que llevaba a su hijo único a
enterrar, acompañada de un gentío considerable". ¡Qué contraste! Se entrecruzan la Vida y
la muerte. En el mismo camino.
El poeta José María de Segarra dejó escrito, en su 'Poema de Navidad", este bello
pensamiento: "Un camino: qué palabra tan fácil de pronunciar, qué experiencia tan difícil de
seguir. Y así es. Nuestra vida es un camino: más o menos largo, más o menos empinado... En
él hay momentos de sol y de sombra, de reposo y de cansancio, de pasar por verdes
praderas y por cañadas oscuras, de bullicio y de soledad...
(Aquí se procura concretar según cada caso: vida más o menos larga; etapas más importantes;
quiénes la han acompañado; penas y enfermedades vividas a lo largo del camino; cómo se ha
alcanzado la línea de meta ... )
Todo camino lleva a algún sitio. Tiene su final. Conduce a una meta.
(Jesús se compadece) A Jesús le dio lástima ver aquella comitiva en duelo. Se le
conmovieron las entrañas al contemplar el dolor de aquella madre viuda que llevaba a
enterrar a su hijo único, a su único apoyo.
El milagro de Jesús no sólo fue un gesto indicativo de su poder como Señor de la
Vida y vencedor de la muerte, sino también expresión de su misericordia para con todos los
desdichados. Con esta compasión humanísima Jesús nos enseña que Dios es humano, que se
compadece de nosotros y que no le gusta la muerte. Por eso el Evangelio no esconde que
Jesús llorara la muerte de su amigo Lázaro, ni que se conturbara al ver que se aproximaba su
propia muerte.
(La Vida vence a la muerte)
Jesús consoló primero a la mujer: "No llores", y actuó después en consecuencia dándole
motivo para dejar de llorar: "Muchacho, levántate". Si aquel joven resucitó para volver a
morir al cabo de unos años, nuestro hermano N. está llamado a la resurrección para no
volver a morir nunca más. Ha sido llamado a disfrutar la vida eterna que Jesucristo, Señor de
la Vida y vencedor de la muerte, quiere compartir con todos los que se esfuerzan en seguir
su camino.
Si a nuestro hermano N. y a sus familiares no les falta nuestra compañía y consuelo -
pues hemos venido aquí con los mismos sentimientos que movían al gentío que
acompañaba a la madre viuda y a su hijo difunto-, que tampoco les falte nuestra oración y
nuestro anhelo de felicidad, pues también -por el hecho de ser cristianos-, formamos parte
de la otra comitiva, aquella que seguía a Jesús viendo en Él "el camino, la verdad y la vida
TEXTOS:- 1 Corintios 15,1-11 ; Mateo 11,25-30.
Homilía en las exequias de una persona anciana creyente y practicante.
Nos hemos reunido para celebrar nuestra fe en el amor de Dios manifestado al mundo por
medio de Jesucristo, en la fuerza del Espíritu, y para acompañar con la oración el tránsito de
nuestro amigo (A) N. Aunque esta muerte sea la culminación de una larga vida y N. haya
podido conocer a los hijos de sus hijos, a nosotros se nos plantean una serie de interrogantes
sobre el sentido de la vida, sobre el sentido del dolor (¡tanto N. como nosotros hemos
afrontado ya y tendremos que afrontar más dificultades en este mundo!), y sobre el sentido
deL amor (en este momento de su muerte nos preguntamos: ¿qué queda de todo lo que N.
amó a lo largo de su vida?).
Las reacciones naturales ante estas preguntas fundamentales de la vida son:
el escepticismo, la perplejidad, o el reconocimiento de la pobreza humana. * El escepticismo
es la reacción de aquellos que sólo ven a través de los ojos físicos, se quedan en la
constatación de la derrota del cuerpo humano y piensan que más allá de la muerte nos
espera "tierra por encima y tierra por debajo". * La perplejidad es la reacción de los que se
sublevan contra la percepción racional de la vida humana como una experiencia apasionan-
te pero inútil, y que no saben o bien no pueden dar un paso más allá.
* La constatación de la pobreza es el descubrimiento y la aceptación de la grandeza y de los
límites de la existencia humana, pero que, al mismo tiempo, ponemos la mano como un
pobre que pide la ayuda de quien nos puede socorrer, comprender; nos puede sacar de la
oscuridad y nos puede dar el sentido de lo que ocurre.
Las lecturas de la Palabra de Dios son para todos nosotros una interpelación
profunda y una ayuda iluminadora. A las miradas escépticas y perplejas les da elementos
nuevos para poder contrastar la mirada física y racional con otras miradas intuitivas que van
más allá. A los que estamos convencidos de la grandeza y de la pobreza humanas nos
predisponen a recibir como un don la proclamación y el anuncio gozoso de la resurrección.
(A la luz de la resurrección de Cristo)
El texto de la primera carta a los Corintios nos anuncia la narración de la resurrección de
Cristo, como promesa de nuestra resurrección. Se trata de una noticia que ilumina con
realismo la oscuridad de la muerte. En efecto, a la luz del texto vemos que Jesucristo no ha
venido a eliminar el dolor. Tampoco ha venido a explicarlo. Jesucristo ha venido a llenarlo
con su presencia.
A la luz de la resurrección de Cristo tanto el escepticismo corno la
perplejidad quedan desafiados por la luz y el amor. A la luz de la resurrección de Cristo,
nuestra pobreza halla una respuesta de ternura y de amor. A la luz de la resurrección de
Cristo, en medio del dolor, se nos ofrece una propuesta de renovación existencial. A la luz de
la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte.
'De esta manera la encarnación de Cristo nos ayuda a descubrir que nuestros cuerpos
envejecen, pero que la vida no tiene edad. *La muerte de Cristo nos ayuda también a
descubrir que el amor no se entierra y que el dolor de la vida es una dificultad que puede
convertirse en una gran oportunidad y una escuela para crecer hacia la madurez del amor.
La resurrección de Cristo nos capacita para vivir de una manera nueva, ya que también
nuestro amor es más fuerte que la muerte.
La vida humana tiene sentido. Cristo se ha hecho como nosotros, ha
muerto y ha resucitado, a fin de que nosotros por medio de él y con la fuerza de su Espíritu
podamos caminar hacia Dios que es amor. Este es el sentido de la vida. Lo cual es una
realidad para todas las mujeres y los hombres de la tierra que buscamos y amamos como
podemos y como sabemos. No obstante hemos de ir más allá de la mirada exclusivamente
física, de la razón y de las emociones, para abrirnos a la mirada intuitiva del niño que todos
llevamos dentro, como un don muy apreciado desde la creación de Dios.
(Una nueva vida de paz y de amor)
El evangelio nos ha recordado que todos somos capaces de despertar a ese niño interior y de
dejarle para que, ahora y aquí, mirando hacia adentro, nos permita iniciar de nuevo la
aventura de la vida, el coraje de creer, la experiencia paciente de esperar y la opción gozosa
de amar. Por eso celebramos la muerte de N. con amor y con paz. Su cuerpo ha ido
envejeciendo hasta apagarse, su vida intelectual ha ido tomando conciencia en la medida de
lo posible. Mientras su cuerpo se apagaba y la inteligencia llegaba a su cima, sólo el amor es
más fuerte que la muerte. En definitiva estamos, pues, celebrando esa victoria de la fe y de
la vida sobre la muerte.
Él(lla) ya goza de la libertad, del gozo, de la paz y del amor, como don de
Dios. Este es el verdadero significado de la resurrección, ya que ésta es una nueva creación,
obra de la ternura de Dios, que nosotros recibimos como gracia y, por tanto, por la fe. Es
entonces cuando podemos ir entendiendo que "su yugo es llevadero y su carga ligera", como
se nos ha dicho en el evangelio. • Merece la pena vivir con el realismo trascendente. •
Merece la pena contemplar el misterio profundo de la vida humana. • Merece la pena
ayudarnos los unos a los otros a seguir este camino comunitariamente. * Merece la pena
creer, esperar y amar.
(La Eucaristía: la vida tiene sentido) Cuando dentro de unos minutos
consagremos el pan y el vino, haciendo el memoria¡ de la última cena de Cristo, de su
muerte y resurrección, proclamaremos que así como el pan y el vino ya no serán materia
sino la presencia real de Jesucristo, Dios y hombre, un día Dios estará todo en todos. A pesar
de que la vida es muy compleja, la fe nos permite intuir una vez más que merece la pena. Y
así, casi sin darnos cuenta, en esta celebración eucarística habremos proclamado que la vida
tiene sentido no sólo para N. en su muerte, sino también para todos los hombres y mujeres
de la tierra en nuestras tareas de cada día que continuaremos haciendo.

Esta oferta es un regalo gratuito de Dios dirigido a todos, sin distinción alguna. La aceptación
de este regalo es la respuesta que cada uno, desde su propia libertad, tiene que dar. ¡Que el
Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a acertar en la respuesta!
4.- TEXTOS:- Apocalipsis 21,1-7 ; Mateo 11, 25-28.
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviará". Son palabras que
Jesús nos dirige hoy a través del evangelio que acabamos de escuchar. Y lo hace
precisamente en un momento en que estamos apenados y desconsolados por la muerte de
N.La pérdida de un ser querido nos muestra el peso y la dureza de la condición humana
abocada por cualquier motivo a la muerte. Pero entonces cabe preguntarse: ¿qué sentido
tiene el esfuerzo, la vida y el amor si ineludiblemente todo desemboca en la muerte?

(Sencillos ante Dios)


Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús el sentido profundo de la vida. Dios nos
enseña la luz que ilumina este panorama oscurecido por la muerte de N. que nos ha sumido
en el abatimiento. Dios nos da a conocer una verdad que permanece oculta para los sabios y
entendidos y que sólo comprende la gente sencilla y de fe.
Los que sólo confían en la experiencia de su sabiduría o de su ciencia no
podrán entender nunca la revelación del Reino que Dios nos ha transmitido a través de
Jesucristo. En cambio, la gente sencilla, los pequeños, los humildes, es decir, los que viven
las bienaventuranzas, podrán captar el sentido profundo de la vida y la muerte. Y lo podrán
hacer porque no tienen ningún muro, léase sabiduría, que impida la revelación de Dios,
(Entender que é1 nos ama)
Sólo por el hecho de ponernos confiadamente en manos de Dios que es
Creador de¡ Universo y el Padre que nos ha dado la vida no lograremos descifrar los secretos
de Dios que sobrepasan nuestro conocimiento. Sin embargo, entenderemos de verdad que
él nos ama, que piensa y se interesa por nosotros. Y la prueba más grande y evidente de su
amor es que nos ha entregado a su Hijo Jesucristo. Jesús por su muerte y resurrección ha
hecho posible que la muerte ya no sea el final de¡ hombre, sino un lugar de paso que
conduce a la vida nueva y definitiva de Dios.
(Oremos con confianza)
Por tanto, hoy, dirigimos nuestra oración a Dios pidiéndole que conceda esta vida nueva y
definitiva a N. que ya se encuentra en el paso de la muerte. Y depositamos nuestra
esperanza en Jesús porque él conoce de verdad al Padre y, aunque nos cueste
comprenderlo, éste es el mejor camino que podía ofrecernos para llegar a Dios.Oremos con
confianza, haciendo unos momentos de silencio.
5.- TEXTOS: Mateo 25,1-13
. La muerte, la "hora de la verdad".
Aunque tengamos muy sabido que la muerte tiene que llegar también a la gente que
conocemos y amamos, y aunque incluso la enfermedad nos lo anuncie, hoy nos
encontramos aquí tristes y sorprendidos. Tristes porque conocíamos, apreciábamos y
amábamos a este hermano nuestro que se ha ido, y sorprendidos porque, por más que lo
sepamos, siempre nos parece que no puede ser, que no es posible que llegue un momento
en que la vida de este mundo termine.
Pero ésta es la realidad, ésta es la condición humana: llega un día en que la
vida de este mundo termina, y los hombres nos hallamos ante la hora de la verdad, el
momento definitivo de la existencia. Y hoy estamos aquí para decir adiós a este hermano
nuestro que llegó a este momento definitivo, a esta hora de la verdad.
Él no se encuentra ya entre nosotros, él está ahora ante Dios esperando que la
bondad infinita del Padre le abra las puertas de la vida eterna, de la esperanza eterna, del
gozo eterno. Él se ha presentado ante Dios, ante el Padre, llevando en sus manos, como las
doncellas del evangelio, la lámpara encendida de su buena voluntad, la lámpara encendida
de¡ bien que se haya esforzado en realizar en este mundo. Y nuestra confianza, la confianza
de los cristianos, es ésta: que Dios va a tomar esta luz, esta pequeña llama, y la va a
convertir en la luz eterna del gozo, de la vida, de la paz.
Por eso nos encontramos aquí. Para decirnos mutuamente que creemos en
la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos por este hermano nuestro, para que
verdaderamente Dios lo acoja para siempre en su Reino. (A nosotros nos llegará también la
hora de la verdad) Pero al mismo tiempo, el hecho de encontrarnos diciendo adiós y orando
por este hermano nuestra que murió, es también una llamada, una invitación para la vida de
cada uno de nosotros. Es una llamada que nos recuerda que también a nosotros nos llegará
un día esta hora de la verdad.
No sabemos cuando será, no podemos imaginarlo. Pero sabemos que llegará un
momento en que nuestra vida de aquí habrá terminado, y entonces deberemos tener las
lámparas encendidas, como aquellas doncellas que esperaban la llegada de¡ esposo. ¡Y cómo
valdrá la pena que entonces, cuando lleguemos a ese momento, nuestra vida pueda
aparecer como una claridad fuerte, viva, intensa! ¡Cómo valdrá la pena que en esta hora de
la verdad podamos constatar que sí, que hemos vivido la vida profundamente,
entregadamente, valiosamente!
¡Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que constatar que nos hemos pasado la vida
simplemente a base de ir tirando, sin tomarnos en serio nada que valiera la pena, sin haber
contribuido a la felicidad de los demás, sin haber procurado amar de veras!

Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lámpara apagándose, que apenas
serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy lamentablemente. Y ante nuestro Padre del
cielo, y ante los demás, y ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que habíamos
defraudado las esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los demás habían
puesto en nosotros.
(Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante)

Por tanto, sintámonos hoy llamados, ante todo, a confiar. A contar en el amor del Padre que
nos quiere a cada uno de nosotros, y que de modo especial quiere a este hermano nuestro
que ahora vamos a enterrar. Él le dio la fe, él lo acompañó en el camino de este mundo, él
quiere recibirle para siempre en el gozo de su Reino.

Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro deseo y nuestra
esperanza de que este hermano nuestro, liberado de toda culpa, pueda entrar en la luz
gozosa de Dios, en la casa del Padre.

Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para


que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la
atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena -ante Dios, ante los
demás hombres, ante nosotros mismos- haber vivido.
J.".
20.- TEXTOS.- Juan 11,17-27. MAYO 7-
Las palabras que acabamos de escuchar, del evangelio de san Juan, pueden ser una ayuda
para nuestra reflexión cristiana. Permitid que, brevemente, diga algo sobre ellas.En primer
lugar vemos que Jesús hace aquello que también nosotros hoy hemos hecho. Jesús sabe que
su amigo Lázaro ha muerto y, aunque estaba lejos, acude a Betania, la población del difunto.
Y como dice la continuación del evangelio que hemos leído- se conmueve y llora al ver el
dolor de Marta y María, las hermanas de Lázaro.

esta participación en el dolor, este deseo de ayuda, de compañía, que significa nuestra
presencia hoy aquí, es algo plenamente compartido por Jesucristo. Y por eso los cristianos
creemos que también ahora, que también aquí, está presente Jesús conmovido, Jesús
compadecido, Jesús que quiere acompañar y ayudar a todos aquellos a quienes más ha
afectado la muerte de N.

Y todos podemos pensar que nuestra presencia aquí, nuestra compañía- y quizás ayuda- a
quienes eran más próximos al difunto, hacen presente y palpable el amor de Dios, la
compasión de Jesucristo.

las palabras que hemos leído nos abren a una promesa de esperanza. Quizá más difícil,
menos palpable, pero no por ello creemos aquellos que nos fiamos de la palabra de
Jesucristo menos real. Es la gran esperanza de la resurrección. Es la gran esperanza de que la
muerte no significa el fin. Es la convicción -por más difícil que resulte aceptarlo- de que Dios
quiere para todos los hombres una vida para siempre, una vida sin fin.

Este fue el gran mensaje de Jesucristo. Que Dios, nuestro Padre, nos ama y por eso ya ahora
podemos vivir -durante nuestro camino en la tierra- en comunión con su amor. Que lo más
importante no es pensar en ello sino vivirlo; es decir, vivir como hijos de Dios, participando
de su bondad, de su amor, cada día. Y que quienes así viven -aunque como todos tengan sus
pecados, sus defectos- no morirán para siempre, resucitarán como Jesús resucitó después de
su muerte.

Para vivir para siempre en la comunión de plenitud de vida con Dios, en aquella gran fiesta
eterna que el Padre nos ha preparado para todos. Este es el mensaje de Jesús, el Mesías de¡
Reino de Dios, el Hijo de Dios. Esto es lo que los cristianos intentamos vivir. Esta es la
esperanza que da fuerza hoy a nuestra oración.

Con toda confianza, con una gran esperanza que venza en lo posible el peso de¡ dolor,
roguemos al Padre para que acoja en la vida eterna al difunto N. N. Y para que a nosotros
nos dé el saber vivir ahora y siempre tal como quisiéramos haber vivido en la hora de
nuestra muerte. Oremos, hermanos, unidos con Jesucristo sabiendo que -como hemos
escuchado en el evangelio- "todo lo que pidamos a Dios, Dios nos lo concederá".
Y que la paz del Señor esté con todos vosotros.
10.- TEXTOS: Juan 3,1-2-, Lucas 12,35-40-MAAAYO 7, 2PM.
Cuando nos enfrentamos a la muerte, cuando nos toca de cerca en la persona de un familiar
o amigo, muchas veces parece que nos hallamos ante una puerta cerrada, que nos
encontramos con un muro que no podemos traspasar. Y ello hace que nos preguntemos qué
sentido tiene la vida, para qué estamos en este mundo.

Pero las lecturas que hemos proclamado en esta celebración iban en una dirección
completamente opuesta. No hablaban de falta de sentido en la vida, de callejón sin salida,
sino de esperanza y de visión de futuro. Dios nos llama hijos suyos y en realidad lo somos,
nos lo decía san Juan, y como tales estamos llamados a crecer continuamente, estamos
llamados a ser semejantes a él, a Dios.

El día de nuestro bautismo nacimos como hijos de Dios, y en nuestra existencia debemos
ir aprendiendo a reconocer en Dios al Padre que nos ama, el Padre que quiere nuestro bien,
el Padre que quiere darnos la vida para siempre y toda suerte de bienes, el Padre que abre
nuestra existencia hacia un futuro de vida en plenitud. Esta fue
la misión principal de nuestro hermano que nos dejó y ésta debe ser también nuestra misión
a lo largo de nuestra vida: crecer continua- mente como hijos de Dios hasta el momento en
que él nos llame a verlo tal cual es.

Esto, en nuestra vida diaria, significa que no podemos dormirnos jamás pensando que lo
tenemos todo hecho, ni debemos creer que no podemos ya avanzar en nuestra madurez
humana y cristiana. Nuestro hermano ha llegado ya ante Dios. Todos nosotros caminamos
hacia él, y lo hacemos teniendo en cuenta la palabra de Jesús: conocemos la hora de la
salida, pero el momento de la llegada nos resulta totalmente desconocido, nada sabemos de
él. El momento de presentarnos ante el Padre puede llegarnos después de una larga y
fecunda vida o puede venirnos también de improviso, como el ladrón que se nos mete en
casa sin llamar a la puerta y cuando menos lo esperaríamos.

Estas palabras de Jesús no son para meternos miedo. Al contrario, quieren movernos a
vivir más intensamente nuestra vida presente, la vida de cada día. Recordémoslo de nuevo:
somos ya hijos de Dios. Por tanto, vivamos plenamente nuestra vida presente, siguiendo el
estilo de Jesús, el primero de los hijos de Dios y nuestro hermano. Hagamos de nuestra vida
un servicio a los demás, sepamos llevar paz, gozo, comprensión a nuestras relaciones
humanas, sepamos estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos y a todo lo que la
palabra de Dios pide de nosotros: ésta debe ser nuestra actitud vigilante, en esto debe
consistir nuestra espera del Señor.

¿Cómo podríamos sentarnos a la mesa con el Padre, si en esta vida no hemos cultivado la
amistad y la relación personal con Él? ¿Cómo podría Él servirnos personalmente a la mesa, si
antes nosotros no hemos querido servirle en cada uno de los hermanos? ¿Cómo íbamos a
pedirle que compartiera su felicidad con nosotros, si ahora no nos esforzamos por compartir
las penas y las alegrías con todos los hombres?
(El don de Dios supera nuestras aspiraciones)

El amor que Dios nos tiene supera con creces todos nuestros cálculos. ¡Cómo iban a pensar
los criados que esperaban de noche a su Señor que los haría sentar a la mesa y los serviría!
Tampoco nosotros podemos imaginar cuál va a ser nuestra condición cuando seamos hijos
de Dios en plenitud. Ni cuál es la condición de nuestro hermano, después de que el Padre lo
ha llamado a contemplarle cara a cara.

Pero en esta celebración sí queremos orar para que el Padre le conceda


todo su amor, le reconozca totalmente como hijo; para que, libre de cualquier mancha de
egoísmo o de pecado que siempre existen en la vida de los hombres, pueda contemplar a
Dios tal cual es sin ningún temor.

Y, al mismo tiempo que esta celebración es una plegaria por nuestro


hermano N., que pasó ya por esta etapa de la vida, debe significar también para nosotros un
deseo de crecer continuamente como hijos de Dios, un hacernos conscientes de que estamos
llamados a vivir con el Padre y de que esto no se improvisa en un momento, sino que
debemos comenzar a vivirlo ahora en nuestras relaciones de cada día, en la vida familiar, en
el trabajo, en toda ocasión.
11.- TEXTOS: Lucas 23, 33.39-4-aagosto-18
(Una oferta de salvación para todos).
Los evangelios recogen las palabras de Jesús en la cruz: son las siete palabras
que, tradicionalmente, meditamos cada año el día que celebramos su muerte, el
Viernes Santo. Ahora, reunidos en esta iglesia para acompañar en la fe y en la
oración el cuerpo sin vida de nuestro hermano N., hemos escuchado la segunda:
"Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso".
Jesús, que en otro momento, también en la cruz, pide al
Padre que perdone a aquellos que le habían crucificado, ahora perdona a aquél
que, habiendo reconocido su pecado, le pide que se acuerde de él cuando llegue
a su Reino. la respuesta de Jesús no se hace esperar: "Hoy estarás conmigo en el
paraíso", le dice de forma clara y contundente.
En el último momento de su vida, aquel hombre, al que la
tradición ha dado el nombre de Dimas, se abre a la salvación de Dios. Lo hace
cuando se le ofrece la última oportunidad; quizás se le habían ofrecido otras
muchas... quizás no. Sea como sea, Jesús, consecuente con lo que había
enseñado y predicado y sin recriminarle nada, le promete el paraíso, la salvación.
Esta salvación, ofrecida a todos los hombres y mujeres, es
la que deseamos y pedimos para nuestro hermano N.... Él ha acabado su estancia
en este mundo; a lo largo de su vida seguramente el Señor le habrá ofrecido
diversas oportunidades para hacer el bien, amar y ayudar, y él las habrá
aprovechado. También, seguramente, habrá tenido ocasión de volver al buen
camino cuando por debilidad humana se haya podido apartar. Quién sabe si, a
última hora, le habrá podido expresar su confianza, habrá podido pedirle
perdón, le habrá dicho desde el fondo del corazón: Acuérdate de mí.
Nosotros, recordando que Dios es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia, le pedimos que rescate de la muerte a nuestro
hermano N., lo libere de toda culpa y, reconciliado con Él y llevado sobre los
hombros del Buen Pastor, lo haga disfrutar eterna- mente de la Vida de su Reino.
Él, nuestro hermano N., ya no está entre nosotros; su
recuerdo, sin embargo, perdurará y nos acompañará siempre. Nosotros
permaneceremos todavía en este mundo hasta que llegue la hora de dejarlo, que
no sabernos cuando será. Ojalá, llegado el momento, podamos oír de labios de
Jesús: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".
Estar con Jesús eternamente; estar ya ahora. Unidos con él
tenernos que saber pedir el perdón de Dios para nosotros y para todos los
hombres: "Perdona nuestras ofensas" decimos en el Padrenuestro, y añadimos:
"Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Rezando esta oración -
la rezaremos también hoy nos comprometemos a perdonar a semejanza de
nuestro Padre del cielo.
El perdón, hermanas y hermanos, es una exigencia del
verdadero amor: quien ama, perdona; quien ama, sabe pedir perdón. Dios hace
que en nuestro vivir de cada día, en nuestras relaciones familiares, laborales,
sociales, tengamos Siempre el perdón a flor de piel. Lo dice Jesús en el evangelio,
cuando responde a la pregunta que le hace Pedro: ¿Cuántas veces tendré que
perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?. La respuesta de Jesús es tajante:
No te digo siete veces, sino setenta veces siete. Lo que quiere decir, siempre.
También tenernos que pedir perdón a Dios. Él nos ofrece
siempre este perdón. Basta sólo con pedirlo, reconociendo que tenemos
necesidad de él porque no hemos hecho caso de su Palabra ni nos hemos
esforzado lo suficiente en cumplir su voluntad. Esta Palabra, esta voluntad de
Dios, la expresó con claridad Jesús, y la encontrarnos bien sintetizada en el
sermón de la montaña: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Tenernos que tender hacia esta perfección; tenemos que
hacer el bien incluso a los que nos ofenden, amar a los enemigos, y orar por los
que nos hacen daño. Tenemos que vivir el espíritu y la letra de las
bienaventuranzas, de este programa de felicidad que puede dar un sentido
nuevo a nuestra vida.
Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa
será grande en el cielo. Este cielo, es decir, esta salvación, es la recompensa que
el Señor ofrece a todos aquellos y aquéllas que hayan vivido, o al menos hayan
intentado, vivir amando.
Pidamos al Señor que nos dé la fuerza necesaria para
saberlo hacer, para quererlo hacer. Pidámosle que un día nos podamos
encontrar con Él, con nuestro hermano difunto N. y con tantos otros que, quizás
sin saberlo, han hecho realidad en sus vidas este programa de felicidad
proclamado por Jesús.
12.- TEXTOS: Macabeos 12,43-46; Salmo 26; Lucas 23,33.39-43 agosto 19
Hoy estamos aquí todos nosotros, como hace 2.500 años hicieran
Judas Macabeo y sus compañeros soldados, "para rezar por los muertos". Ellos
recogieron dinero y dedicaron tiempo a la honra de los compañeros que habían
muerto en el campo de batalla. Querían cumplir así con un deber de
compañerismo hacia los que no habían sobrevivido en la lucha. Pedían a Dios
que los muertos fueran liberados del pecado".
También nosotros recordamos hoy a N. que ha partido de
este mundo, que ya no está en el campo de batalla. Pues la vida, con todos sus
afanes, es como una lucha. Lo fue para nuestro hermano N. (aquí se pueden
mencionar detalles de la vida del difunto que concretan su paso por este mundo:
vida familiar, trabajo, aficiones, enfermedad final ... ).
Toda persona, también nuestro hermano N., a lo largo de su
paso por este mundo queda tocada por el pecado. Por eso necesita de nuestra
oración que implora el perdón de Dios. Aquellos soldados israelitas tenían claro
que no desperdiciaban su tiempo ni su dinero al dedicarlos a los difuntos porque
creían en la resurrección. Decía bien claro el texto que "si no hubieran esperado
la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos".
También puede que entre nosotros haya quien no crea en la
Vida más allá de la muerte, esa Vida que los israelitas vislumbraban y que Jesús
promete con toda certeza. Esos están aquí porque valoran el acompañamiento a
los familiares de N., porque quieren expresar su afecto hacia ellos y hacia
nuestro hermano difunto N. También esos son
bienvenidos y ojalá puedan descubrir un día a ese Jesús que aprovecha los
últimos instantes de su vida para hablar de¡ paraíso, y para asegurarlo a todo
aquel que se confía a él!
El salmo que hemos rezado después de la primera lectura
nos reafirmaba en estas ideas. Expresaba la confianza del creyente que "espera
gozar de la dicha del Señor en el país de la vida", esto es, más allá de la muerte.
Pide "habitar en la casa del Señor, aunque se sienta indigno de ello y por eso
reclama la piedad de Dios. No tiene certeza alguna de conseguirlo, nada le
asegura alcanzar semejante dicha. Porque su vida en este mundo y su relación
con Dios aquí abajo es más búsqueda que certeza, por eso insiste: 'Tu rostro
buscaré, Señor, no me escondas tu rostro".
De buscar el rostro de Dios era todavía capaz aquel que
estaba clavado en cruz junto a Jesús y a quien acostumbramos a llamar "el buen
ladrón". Algo más que robar habría hecho, pues por el solo hurto nadie era
condenado a morir crucificado. Más real sería llamara "el criminal arrepentido".
Pero por grande que fuera su culpa, a diferencia de su otro compañero, él no se
burla de Jesús sino que reconoce en él a quien puede apiadarse de su desgracia,
a quien puede "hacerle gozar de la dicha de Dios en el país de la vida".
Se trata de una de las escenas más conmovedoras de¡ evangelio.
Jesús, crucificado injustamente, extenuado, aprovecha los últimos instantes de
su vida para hacer lo que siempre había hecho: escuchar al que se dirige a él con
sinceridad, perdonar a quien se muestra arrepentido de su mala vida pasada, y
asegurar la vida eterna al que se confía a él.
"Hoy estarás conmigo en el paraíso". Aparentemente, ¡qué poco fiables sonarían
estas palabras salidas de la boca de un rey a todas luces fracasado, de un hombre
a los ojos de todos extenuado y a punto de morir!
El malhechor arrepentido, pasó por alto todas esas apariencias,
y después de defender públicamente a Jesús obligando a callar a su compañero
que se reía de él, se confió a Jesús. Aprovechó al máximo los últimos momentos
de su vida para hacer una oración breve, resumen de su arrepentimiento y de su
confianza total: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino".
Y el Señor le contestó asegurándole el paraíso. Paraíso
que imploramos hoy también para nuestro hermano N. Y ¡ojalá todos nos
hagamos dignos de ese paraíso, llevando una vida honesta, tratando como
hermanos a los demás y como Padre a Dios!.
(Al compartir ahora la mesa de la Eucaristía de alguna
manera prefiguramos esa situación. Aquí nos unimos los que en la tierra
"buscamos el rostro de Dios" con los que -como nuestro hermano N. - ya "gozan
de la dicha de¡ Señor en el país de la vida" para, juntos, celebrar a Dios que nos
salva.
13.- TEXTOS. Job 29, 1,23,-27a. Lucas 23,44-46; 24.1-6ª.
Muchas corrientes dentro de nuestra sociedad nos quieren hacer pensar sólo en el goce de
la vida presente. La publicidad quiere hacernos creer que la felicidad se compra, que la
juventud se compra... que lo podemos comprar todo, para poder vivir en un mundo de color
de rosa.

Todo lo que está fuera de este marco de felicidad aparente, la publicidad lo quiere ocultar. Y
lo primero que quiere ocultar es la muerte. El mundo de hoy quiere ocultar la muerte,
envolverla en el silencio y renunciar a preparar al hombre a morir.

Nosotros hoy no podemos ocultar este hecho: N. ha muerto (lentamente se ha ido


apagando, se ha ido preparando a este momento, y nos ha ido preparando también a
nosotros ... ).
(
Pero todavía hay más. Los que nos confesamos creyentes en Jesucristo, no sólo aceptamos
el hecho por su evidencia biológica -un cuerpo que no tiene vida- sino que nuestra fe nos da
el valor de mirara la muerte cara a cara, y hasta de hablar de ella, llamándola, como hacía
san Francisco de Asís, "la hermana muerte".

Porque la muerte, para el creyente, es un paso hacia el encuentro


Definitivo y pleno con Dios y los hermanos. Paso que vamos preparando cuando vamos
muriendo a nuestro pequeño "yo" y nos vamos haciendo unas "personas para los demás";
cuando sabemos descubrir que el bien, la honradez, la apertura a Dios, son ya semilla de
eternidad.

Me diréis que esto es difícil de entender. Y yo os diré que es tan difícil como creer que la
historia de Jesús no se acabó con la muerte. Aquel domingo, al romper el alba, las mujeres
que iban a velar el cuerpo de Jesús encontraron el sepulcro vacío; atónitas descubrieron la
respuesta al mismo: "¿porqué buscáis entre los muertos al que vive?"

000000000 Repetir hoy que Jesús es "el que vive" es proclamar la Buena Noticia de la vida
para siempre y poner el fundamento de nuestra esperanza cristiana. Afirmar que Jesús es "el
que vive" es afirmar que nuestro querido N. ya está viviendo su vida nueva. Vida que no
comienza cuando se muere, sino cuando un hombre o una mujer se pone a caminar por la
senda de Jesús, por el camino de¡ bien.

Que esta Eucaristía sea una afirmación de que Jesús vive, un compromiso a seguir su camino,
una oración por nuestro N., para que la muerte sea para él un mejor nacimiento.
15.- TEXTOS. Lucas 24,13-35
(Se nos hace de noche)
"Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída" También nosotros,
muchas veces en la vida, podemos hacer nuestra la oración de los discípulos,
aunque sea con palabras diferentes. Porque, al igual que ellos, con frecuencia se
nos hace de noche. Se nos hace de noche por muchos motivos. A nivel personal e
íntimo, a nivel familiar, profesional o social.

Y ciertamente cuánto bien nos hace encontraron estos momentos de oscuridad a


alguien capaz de alargarnos su manos, su esperanza, su amor. Porque la vida
sigue. Porque hay que continuar el camino. Porque no nos podemos parar
demasiado tiempo, ni podemos permitir que los hechos, por dolorosos que sean,
nos entierren o nos paralicen.

(La muerte es la oscuridad más aplastante)


Sí, ha oscurecido muchas veces en nuestras vidas. Pero es muy posible que la
oscuridad más aplastante y más angustiosa se nos venga encima cuando nos
enfrentamos con el hecho de la muerte;- más exactamente, cuando el hecho de
la muerte se enfrenta con nosotros. Y esta oscuridad se nos hace más densa
todavía si el hecho de la muerte ha caído sobre alguna persona que nos es
especialmente conocida y querida. Es entonces cuando más que nunca
necesitamos a alguien que nos haga sentir su solidaridad, su compañía.

Queridos hermanos, estamos aquí porque la sombra de la muerte se ha


extendido sobre N., que todos ustedes conocían y amában (posible breve
referencia a la vida del difunto).
Nosotros, en estos momentos, querríamos ser esta mano extendida a las
personas más íntimas de nuestro hermano N. Una mano que querría expresar
todo nuestro sentimiento, nuestra comprensión, nuestra amistad.
(La fe en Jesús, el mejor consuelo)
Pero más que nosotros, todo eso lo quiere ser Jesús, que, como sabernos por la
fe, está siempre muy cercano a cualquier situación humana. Como aquel día que
se acercó a los discípulos de Emaús según hemos escuchado en el evangelio. Y,
en Él y por Él, sabemos que, más allá de todo dolor y de toda muerte, hay una
paz y una vida en plenitud. Esta paz y esta vida que nosotros hoy deseamos y
pedimos, llenos de esperanza, para N.
16.- TEXTOS: Isaías 25,6a.7-9; Romanos 6,3-9; Juan 6,37-40
Hemos venido a realizar algo difícil de explicar. Hemos venido a celebrar la muerte de nuestro hermano
N. ¿Es posible celebrar la muerte? ¿Tiene algún sentido hacerlo? Porque lo cierto es que la muerte es un
acontecimiento catastrófico y trágico. Cuando la muerte llama a las puertas de nuestra casa, o bien a las
de la casa de un pariente, de un amigo, de un compañero, de un vecino, lo hace para arrancarnos la
presencia viva de un ser amado. Ni el más claro y piadoso recuerdo podría llenar el vacío que deja la
muerte. La frialdad del cadáver hace más penetrante la ausencia de¡ ser amado: no hay palabra
humana que pueda despertar el más pequeño brillo de estos ojos o la floreciente sonrisa de estos
labios.
Cuando la muerte se acerca definitivamente a nuestra existencia, viene para
robarnos el don más preciado: la vida. Y con la muerte lo perdemos todo. las personas que amamos, el
mundo en el cual hemos vivido, el tiempo que más o menos hemos aprovechado para hacer tantas
cosas. (Dios nos hace entrar, por la muerte, en posesión de toda nuestra vida) ¿Tiene algún sentido,
pues, celebrar la muerte? Repasemos el mensaje de las lecturas que acabamos de proclamar.
El evangelio de Juan ha afirmado claramente que los que creen en Jesús no se pierden, sino al
contrario, ganan la vida eterna y el último día resucitarán. No se pierden. Por la muerte, yo pierdo la
vida, y con ella lo pierdo todo, pero yo no me pierdo. ¿Por qué? Dice Jesús: 'Esta es la voluntad de mi
Padre: que todo el que cree en el Hijo tenga vida eterna". Ello quiere decir que por la fe hemos sido
introducidos en el dominio en el dominio del Señor Resucitado, que por la fe pertenecemos a Cristo.
San Pablo nos ha recordado que por el bautismo, que es el sacramento de la fe, hemos sido sumergidos
en la muerte de Cristo, para emprender una nueva vida.
La muerte no me puede perder. Pero, ¿qué pasa con los que han muerto? El
evangelio nos ha hablado de la vida eterna. ¿Otra vida, quizás? Porque nosotros, los hombres, estamos
hechos para vivir esta vida: ¡y cómo nos aferramos a ella! la vida, decimos. Pero, ¿qué es esta vida? ¿No
os parece que vivir es ir perdiéndolo todo? Si la vida la medimos por los años ¡cuantos más tenemos,
menos nos quedan! Imaginaros que corréis por un bosque lleno de zarzas: poco a poco, por entre el
bosque, iréis perdiendo trozos de ropa, y quizás trozos de piel y de sangre.
De la misma manera, vivir es ir llenando nuestra existencia de experiencias, de hechos, de cosas y de
personas. Y Jesús ha dicho: "Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él
tenga la vida eterna". No una vida larga, ni tan sólo otra vida, sino la vida misma: que cuando mueran
entren en posesión de su vida, de todo lo que han perdido, de todo lo que han amado.
Por la muerte lo pierdo todo, pero con la muerte gano la vida. ¿Cómo? ¿De qué
manera? No lo sabemos, pero Jesús ha hablado de resurrección. Ello quiere decir que el encuentro de¡
hombre que muere con su propia vida es el resultado de aquella acción nueva y última de Dios, que lo
renueva todo. El aspecto más aniquilador de la muerte es que rompe los lazos con los vivos. Pero Jesús
ha dicho: 'Y yo lo resucitaré en el último día". Ello quiere decir que llegará un día en que todos los
pueblos y todos los hombres participarán del convite de la plena comunión. Y esta fe, y esta esperanza,
hacen que, ahora mismo, cuando despedimos a un hermano difunto, no tengamos que decir "adiós",
sino "hasta luego".
Porque creemos en Jesucristo, muerto y resucitado, por ello podemos ahora celebrar
la muerte de nuestro hermano. Para eso hemos venido aquí. Pero al mismo tiempo, hemos venido
también para otra cosa. ¿No os parece que es fabuloso poder ayudar a nuestro hermano difunto, para
que tenga unos ojos inmensos para ser llenados de luz, un corazón más grande para poseer más
plenamente la vida? Eso es lo que hacemos con nuestro sufragio. Celebremos ahora la Eucaristía. El
cadáver de nuestro hermano participa también, de alguna manera, del destino mortal del pan y del vino
que ofrecemos. Pero en la Eucaristía celebramos la muerte del resucitado: y el pan y el vino, que
contienen la presencia viva de Cristo, anuncian la resurrección de nuestro hermano.
1 7.- TEXTOS.- Isaías 25,6ª.7-9 ; Juan 6,51-58.
Para celebrar cristianamente la muerte de un hermano nuestro en la fe, nos
reunimos en torno a la Palabra de Dios y de la mesa de¡ Señor. En nuestros oídos
y, Dios lo quiera, también en nuestro corazón, ha resonado una palabra que nos
ha invitado a un banquete, que nos ha hablado de salvación y de esperanza, de
resurrección y de vida para siempre. Aceptemos, hermanos, esta palabra que nos
salva y demos gracias a Dios por ella, Él que nos consuela siempre en medio de
nuestro dolor.
Desde el Antiguo Testamento hemos escuchado la voz
profética que nos anunciaba la victoria sobre la muerte, este velo de dolor que
cubre a todos los pueblos de la tierra. Dios aniquilará la muerte para siempre y
enjugará las lágrimas de todos los rostros, borrará el oprobio de su pueblo.
Porque nuestro Dios es el Dios de la esperanza y de la salvación, por eso nos
alegrarnos y celebramos que nos ha salvado.
La salvación de Dios, la liberación que Él nos concederá, nos es
presentada en la imagen de un convite que nos congregará para celebrar la vida.
Es Dios mismo el que nos convidará para darnos la certeza de una victoria
definitiva sobre lo que entristece y cubre de duelo a todos los pueblos.
La promesa del convite de la vida, hecha en el Antiguo
Testamento, encuentra su cumplimiento en las palabras de Jesús que hemos
escuchado en el evangelio de esta Eucaristía.
Jesús, el que ha bajado de¡ cielo, es la misma vida. Él ha venido efectivamente
para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia: una vida para
siempre, no sujeta a la barrera insuperable de la muerte. Ahora bien, Jesús nos
da la vida haciendo que comamos el pan vivo, bajado del cielo. Este pan es su
carne, que Él entregó a la muerte de cruz para dar vida a todos los hombres.
La promesa de Jesús en el evangelio de Juan que hemos
proclama- do, hace referencia a la donación que Él hizo de su vida en su pasión.
En la muerte y resurrección de Jesús, efectivamente, encontramos la donación
suprema de Jesús por amor, hasta el extremo. Jesús acepta la muerte para que
todos vivamos por Él. Es la donación total por amor al Padre y por amor a todos
los hermanos. De esta donación brota la vida para los creyentes, para los que
aceptan la muerte redentora de Jesucristo.
Por esto Jesucristo instituyó el sacramento que ahora
celebramos, que es por encima de todo memoria¡ vivo y eficaz de la Pascua del
Señor, el convite prometido en el Antiguo Testamento para liberar a todos los
hombres de la mortaja que les oprimía, del velo que irremediablemente les hacía
desgraciados e infelices.
No comemos en la Eucaristía simplemente un alimento
celestial, como el maná: éste no podía liberar de la muerte. La Eucaristía es la
fuente de la vida porque en ella se nos da la carne y la sangre del Hijo de Dios,
que Él mismo ofreció en la cruz para dar vida a todo el mundo.
Por eso, con toda claridad y contundencia, nos dice: "Quien come
mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día".
¿Por qué? Porque "el que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él",
dice el Señor. Decimos que la Eucaristía es nuestra comunión con el Señor, y es
verdad: una comunión de vida tan íntima como la que existe entre el Padre y el
Hijo, que gozan de la misma vida divina.
También nosotros, en la Eucaristía, entramos en comunión con el
Hijo de Dios, es decir, compartimos la vida para siempre, la vida inmortal, la que
bajó de¡ cielo cuando el Hijo se hizo hombre para que todos nosotros nos
hiciéramos hijos de Dios.
Hermanos: la Eucaristía es garantía de la gran esperanza, de la
vida eterna en el reino de Dios. Nuestro hermano difunto se alimentó de ella
mientras convivía con nosotros y peregrinaba hacia la patria a la cual confiamos
que ya ha llegado, hacia la asamblea de los santos a la cual le encomendamos en
nuestras oraciones, hechas con fe.
Para celebrar cristianamente su muerte, el paso de esta vida
de peregrinos a la vida definitiva en Dios, no tenemos nada mejor que reunirnos
en torno al convite de la vida, que es la santa cena de¡ Señor, para comer el pan
bajado del cielo, que es semilla de inmortalidad.
En este sacramento proclamamos la muerte y la resurrección
de¡ Señor Jesús con la esperanza de su retorno glorioso, cuando venga
definitivamente para reunir en su Reino de vida a los vivos y a los difuntos, para
vencer la muerte para siempre, para hacer brillar por encima de todos los
hombres liberados la luz de la vida y de la paz eternas.
1 9.- TEXTOS: Juan 11. 1-36
Hoy, que nos reúne el recuerdo de nuestro hermano difunto, el dolor y
la pena de su enfermedad y muerte, las palabras de¡ evangelio de Juan
que acabamos de leer, nos pueden acompañar e iluminar en estos
momentos.
Vemos que Jesús tiene amigos. La familia de Lázaro, Marta y María, son
amigos de Jesús. Sabemos que muchas veces lo acogieron en su casa. Y
por eso, Marta y María avisan a Jesús cuando Lázaro se pone enfermo.
En estos momentos difíciles quieren que Jesús comparta sus
preocupaciones e inquietudes.

No existe una página en el evangelio donde Jesús no esté al lado de la


gente de¡ pueblo, de sus amigos, y especialmente de los pobres, de los
enfermos, de los que sufren. Jesús se acerca a la gente porque con ella
quiere compartir la amistad, sus preocupaciones y penas, sus in-
quietudes, sus alegrías y esperanzas. Jesús siempre es motivo de
consuelo, de ayuda, de sentirse acompañado, de sentirse perdonado y
amado por Dios.

Que nuestra presencia hoy, aquí, también nos permita encontrar este
Jesús que está a nuestro lado compartiendo la tristeza por la muerte de
nuestro hermano. Nuestros ojos no lo ven, pero nuestra fe hace que lo
sintamos presente entre nosotros. Despertemos, por tanto, nuestra fe.
Acojamos a Jesús como amigo. Y sintamos como Jesús en estos
momentos, tal como hizo con Marta y María ante el sepulcro de Lázaro
comparta nuestra pena y nuestras lágrimas. Que su compañía y
comprensión nos dé consuelo. Y démosle gracias por este gesto que
tiene hacia todos nosotros.

Lo que acabamos de decir de Jesús, procuremos también decirlo de


nosotros. Si nos hemos reunido aquí, que sea por el amor y la amistad
que teníamos con el difunto, que sea para dar como Jesús un
testimonio de solidaridad con la familia, en estos momentos difíciles.
Que sea para compartir entre todos el dolor de esta muerte.

A nuestro lado, Jesús es también aquél que nos abre a la esperanza de


una vida y felicidad plenas y, más aún, él mismo se nos ofrece como
esta vida y esta felicidad. Recordemos las palabras que dijo a Marta:
"Tu hermano resucitará... Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en
mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no
morirá para siempre".

La muerte es un hecho que nos visita constantemente, y nos deja no


sólo afligidos y tristes, sino también nos deja muchas veces sin
esperanza, sin ilusión ante la vida. Con la fuerza que nos da la compañía
de Jesús, con la luz que nos dan sus palabras, con el testimonio de vida
que nos dio, con la fe en su resurrección, hagamos nacer en nosotros la
esperanza en la vida que nunca se acaba a pesar de la muerte, avivemos
en nosotros la confianza que nos da el saber que nuestro hermano se
encuentra en las manos de¡ Padre para siempre.

Jesús, igual como le preguntó a Marta: "¿Crees esto?", nos hace la


misma pregunta a nosotros. Que cada uno haga suyas las palabras con
las que Marta respondió a Jesús: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios el que tenía que venir al mundo". Que para
nosotros, Jesús sea nuestro Dios y Señor, el dador de vida, el salvador
de¡ mal y de la muerte, y, como él, seamos portadores a los hombres y
mujeres de nuestro mundo de esta esperanza de vida y de felicidad
plenas.
20.- TEXTOS.- Juan 11,17-27.

Las palabras que acabamos de escuchar, del evangelio de san Juan,


pueden ser una ayuda para nuestra reflexión cristiana. Permitid que,
brevemente, diga algo sobre ellas.En primer lugar vemos que Jesús hace
aquello que también nosotros hoy hemos hecho. Jesús sabe que su
amigo Lázaro ha muerto y, aunque estaba lejos, acude a Betania, la
población del difunto. Y como dice la continuación del evangelio que
hemos leído- se conmueve y llora al ver el dolor de Marta y María, las
hermanas de Lázaro.

Podríamos decir que esta participación en el dolor, este deseo de


ayuda, de compañía, que significa nuestra presencia hoy aquí, es algo
plenamente compartido por Jesucristo. Y por eso los cristianos creemos
que también ahora, que también aquí, está presente Jesús conmovido,
Jesús compadecido, Jesús que quiere acompañar y ayudar a todos
aquellos a quienes más ha afectado la muerte de N. Y todos podemos
pensar que nuestra presencia aquí, nuestra compañía- y quizás ayuda- a
quienes eran más próximos al difunto, hacen presente y palpable el
amor de Dios, la compasión de Jesucristo.

En segundo lugar, las palabras que hemos leído nos abren a una
promesa de esperanza. Quizá más difícil, menos palpable, pero no por
ello creemos aquellos que nos fiamos de la palabra de Jesucristo menos
real. Es la gran esperanza de la resurrección. Es la gran esperanza de
que la muerte no significa el fin. Es la convicción -por más difícil que
resulte aceptarlo- de que Dios quiere para todos los hombres una vida
para siempre, una vida sin fin.

Este fue el gran mensaje de Jesucristo. Que Dios, nuestro Padre, nos
ama y por eso ya ahora podemos vivir -durante nuestro camino en la
tierra- en comunión con su amor. Que lo más importante no es pensar
en ello sino vivirlo; es decir, vivir como hijos de Dios, participando de su
bondad, de su amor, cada día. Y que quienes así viven -aunque como
todos tengan sus pecados, sus defectos- no morirán para siempre,
resucitarán como Jesús resucitó después de su muerte. Para vivir para
siempre en la comunión de plenitud de vida con Dios, en aquella gran
fiesta eterna que el Padre nos ha preparado para todos.

Este es el mensaje de Jesús, el Mesías de¡ Reino de Dios, el Hijo de Dios.


Esto es lo que los cristianos intentamos vivir. Esta es la esperanza que
da fuerza hoy a nuestra oración.

Con toda confianza, con una gran esperanza que venza en lo posible el
peso de¡ dolor, roguemos al Padre para que acoja en la vida eterna al
difunto N. N. Y para que a nosotros nos dé el saber vivir ahora y
siempre tal como quisiéramos haber vivido en la hora de nuestra
muerte. Oremos, hermanos, unidos con Jesucristo sabiendo que -como
hemos escuchado en el evangelio- "todo lo que pidamos a Dios, Dios
nos lo concederá".

Y que la paz del Señor esté con todos vosotros.

GRANÉ
22.- TEXTOS: Romanos 8, 1 4-17; Juan 11,21-27

La fe en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y


resucitado por todos los hombres, nos abre ante el hecho de la muerte unas
perspectivas llenas de esperanza. Lo acabamos de proclamar en estas lecturas
bíblicas. Nos ha dicho Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá". Y también san Pablo: "Los que se dejan llevar por
el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios: y si hijos, también herederos".
(Es verdad que nos duele la separación de un ser querido, sobre
todo cuando esta persona ha sido muy amada por nosotros. Y es verdad que
Jesús nos enseña a saber compartir el dolor de los que sufren. Pero la fe en Él
transfigura este dolor. Él ha querido compartir nuestra vida humana, como
hombre verdadero, hasta la muerte; por su resurrección, o sea, por la vida que
ahora posee para siempre en plenitud, nos da la esperanza de que también
podremos compartir esta vida suya para siempre.
La muerte, por ello, no es aniquilación de nuestras vidas, es un
paso a la nueva vida de Dios. Popularmente decimos: que nos volvamos a ver en
el cielo. Es una expresión que apunta a nuestra supervivencia, a la manera de
Dios, y manifiesta claramente cómo todos nos podremos encontrar en la nueva
vida de Dios, nuestro Padre.
Tal vez nos preocupa demasiado el pensar cómo será esta vida
nueva. Querríamos saber exactamente en qué consistirá. Y esto nos levanta
dudas respecto al más allá. De todos modos, "lo que será", la Palabra de Dios nos
lo explica con ejemplos y comparaciones. La felicidad que podemos conseguir no
es comparable con la felicidad de este mundo terreno, aunque éste sea el punto
de comparación. San Pablo pone el ejemplo de la semilla que se siembra con la
planta y el fruto que puede producir. Y ciertamente, ¡qué diferencia hay entre la
semilla y el árbol! Así también entre nuestra vida de este mundo y la que
esperarnos.
Por eso hemos de rezar, pedir a Dios que nos ayude a esperar
en esta vida nueva que Él nos ofrece: que nos dé fe y esperanza para conseguirla,
que nos dé alegría para cuando llegue la hora de la muerte. Sí, saber decir que
"sí” a la palabra absoluta de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá. No morirá para siempre".
23.- TEXTOS.- Juan 11,32-45.
Hoy formamos aquí un grupo de personas que se reúne con una vivencia difícil de
sobrellevar: la muerte de una persona que queremos, uno de nuestra familia, nuestro
amigo. Hoy se pone de manifiesto todo lo que ha significado para nosotros. Qué decisivo es
hacer el camino acompañados. Cuando falta uno de nosotros el camino se hace difícil,
pesado, incluso imposible. El texto que hemos escuchado del evangelio es como un espejo
para nosotros: Marta, María, el hermano Lázaro que ha muerto, los amigos, y entre ellos
Jesús, la gente del pueblo afectada por lo que vive la familia de Lázaro. Jesús llora al ver que
los suyos y el pueblo lloran. Es un sollozo que le sale del corazón: Jesús se conmueve. Todo
el mundo se dio cuenta: Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban "¡Cómo lo quería!".
Hoy vosotros también habéis llorado mucho, es vuestro lenguaje, el que
hoy os hace sentir familia, compartiendo una misma amistad decisiva en la que nadie sobra.
atravesamos un momento difícil que provoca que pase de todo por nuestra cabeza.
Habríamos hecho lo que fuera con tal de cambiar los acontecimientos ¿qué hemos hecho
mal? ¿qué más podíamos haber hecho? ¿Cuántas veces en estas horas hemos querido volver
atrás, como si todo hubiese sido un sueño?
Le echan en cara a Jesús: "Si has abierto los ojos a un ciega, ¿no podías haber
impedido que muriera éste?". María le dice a Jesús con el corazón en la mano: "Señor, si
hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano". Quizás nosotros también hemos
manifestado nuestra decepción a Dios: ¿es que no tiene nada que ver? ¿es que no puede
hacer que las cosas sean de otra manera? Pero encontrarnos con Jesús es encontrarnos con
la vida. Es también encontrarnos con su sollozo que tiene el sonido de nuestro vivir lleno de
sentimiento. Y es, además, el encuentro con toda la vida que se despliega cuando él está a
nuestro lado. Jesús hace frente a la muerte. No cabe ningún tipo de pacto con la muerte.
Jesús va directo: "¿Dónde lo habéis enterrado?" "Quitad la losa". No se paró ante la
descomposición del cadáver, porque Él es la vida: "Desatadlo y dejadlo andar'. Con Jesús es
imposible quedar a merced de la muerte.
Hoy Jesús nos levanta del acorralamiento de la muerte que nos tiene asidos de
pies y manos. Él es la resurrección y la vida. Con Jesús el sepulcro sólo es el paso a la vida.
Todo lo que hemos compartido con nuestro familiar o amigo tiene la huella de la vida
destinada a resucitar. Jesús no es el que evita que muramos, es el que nos levanta de la
muerte y nos muestra que la vida que Dios ha desplegado en nosotros no se quedará
atrapada en- la muerte, sino que es la pista para reencontrarnos definitivamente con la vida
de Dios.

Jesús, tan identificado con María, Marta y Lázaro, tantos amigos que son su familia, nos muestra la
verdadera raíz de esa familia: "Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has
escuchado". Sí, hoy también con Jesús podemos rezar así; mejor aún, podemos sentir esta familia que con
Dios no deja lugar a la muerte, la familia en la que cabemos todos, también aquel que hoy nos hace llorar.
No podría ser de otra manera. Hay tanto de Dios en nosotros que hoy, ayudados por Jesús, también
podemos decir: "Padre, te damos gracias", y así poder abrazar la vida. Una vida en la que ahora, en nuestro
familiar o amigo, se ha desvanecido la sombra de la muerte.
21.- TEXTOS: Job 19, 23-27; Juan 1 1, 17-27
Es inútil querer consolar con palabras a una persona que sufre profundamente en su corazón
-y ésta es la situación en la que estáis muchos de vosotros ante la muerte de N.-. Lo mismo
se puede decir de los intentos de confortar con la explicación de bonitas teorías a una
persona que no acaba de encontrar el sentido de la vida ni de la muerte o que ha perdido a
alguien muy querido. Lo mejor que podemos hacer es solidarizarnos con ella en silencio
fraternal.

Job, el personaje de la primera lectura, era también un hombre con una situación anímica
similar a lo que explicábamos. Había perdido todos sus bienes, fruto de¡ esfuerzo y de¡ duro
trabajo de muchos años. Había perdido la salud, su vida se encontraba pendiente de un hilo
y no veía el sentido de la vida. Estaba sumergido en la angustia y se preguntaba: ¿Por qué,
Señor llevo esta vida tan desgraciada? Y sus amigos, satisfechos con sus creencias religiosas,
lo hundían aún más con sus sermones. Esos amigos tendrían que haberse compadecido de
él, amarlo en silencio, y ahorrarse las palabras.

Pero Job es un gran creyente, un hombre de fe, que vive su fe, como todos los creyentes, en
la oscuridad. Sin embargo, ahora, a causa de la miseria, esa oscuridad le parece más densa.
Pero, sin embargo, cree con todas sus fueras.

Se obstina en esperar que Dios, a pesar de que Dios todavía no ha intervenido para librarle
de su desgracia. Hasta que un día hace un acto de fe y esperanza que ni tan siquiera él puede
justificar ni explicar pero que se convierte en una certeza absoluta. Job cree rotundamente
que "está vivo su Redentor y que al final se alzará sobre el polvo". Job sabe que Dios tendrá
la última palabra sobre el hombre y hará justicia y podrá más que el mal que ahora lo hunde.
(Con Jesucristo, una nueva esperanza)

Job vivió algunos siglos antes de Jesús por lo que su esperanza es todavía muy primitiva.
Esto se explica porque la fe en la resurrección se fue desarrollando poco a poco en el
judaísmo y porque creer en la resurrección encuentra su justificación en Jesucristo a quien
Dios levantó victorioso de¡ sepulcro.

Por tanto, Job estaba muy lejos de lo que creemos nosotros.


Nosotros nos hemos incorporado a la muerte y resurrección de Jesús desde nuestro
bautismo, y nuestra vida está animada por el mismo Espíritu de Jesús. Por eso creemos que
N., que ya comparte la muerte de Jesús, compartirá también su resurrección.
Esta es la fe que nos reúne aquí en la iglesia. La fe que nos hace decir: "mis propios ojos
verán a Dios" y a todos los que están con Él. La vida de N. no se ha perdido porque Dios es
más poderoso que la muerte. Y llegará un día en que nos volveremos a encontrar todos
juntos y que compartiremos del todo nuestra vida con N., con Jesús y con Dios.
INTRODUCCIÓN
Ningún tipo de predicación exige más
del predicador que la homilía de un
funeral. Exige del predicador que
interiormente esté cercano, que ofrezca el
consuelo objetivo de una participación verdaderamente
humana. No con un sentimentalismo
o con una emoción fácil que aumenta
la intensidad de los sentimientos
superficiales, sino con la cercanía que da el
aceptar nuestra realidad. Esta cercanía le da
la capacidad de encontrar la palabra adecuada
y el tono auténtico.
El ser humano se hace muchas preguntas
ante la muerte y quisiera tener alguna respuesta.
La homilía de un funeral tiene como
objetivo colocar la vida del difunto y el dolor
de los familiares y amigos bajo la cruz
de Cristo como signo de la victoria sobre la
muerte.
La predicación en el funeral no puede reducirse
a una colección de vaguedades e
ideas generales de tipo cliché. Tiene que actualizar
interiormente lo que esa muerte supone
para los familiares. Existe el peligro de
exponer teóricamente verdades objetivas y
dar, por ejemplo, una clase de teología sobre
los novísimos a un público heterogéneo.
Hace surgir la sospecha de que el sacerdote
no tiene nada que decir en estos momentos
para la vida de sus oyentes y se defiende y
se refugia en las altas torres de la especulación
teológica.
No se puede presuponer sin más que las
personas que acuden a un funeral constituyen
una comunidad de fe, como es el caso
de la misa dominical. Algunos vienen sólo
por solidaridad con el difunto o con su familia.
Para ellos es un acto social. En este
grupo puede haber alejados de la Iglesia. El
predicador debe resistir a la tentación de
aprovechar esta ocasión para dirigirse a
ellos con una predicación misionera. En estos
momentos la mejor predicación misionera
es que vean que creemos en aquello
que estamos celebrando. El Ritual de Exequias
advierte: «No intenten aprovechar demasiado
unilateralmente las celebraciones
exequiales para evangelizar a los asistentes,
ni mucho menos para hacer propaganda de
la Iglesia o lanzar invectivas contra los remisos
o marginados. En todo caso, la predicación
de la fe y la exhortación a la esperanza
debe hacerse de tal modo que, al
ofrecerles el amor santo de la madre Iglesia
y el consuelo de la fe cristiana, alivien, sí, a
los presentes, pero no hieran su justo dolor»
(nº 60).
La predicación en el funeral debe ser un
recuerdo del difunto y proporcionar un auténtico
consuelo a los que quedan. Los textos
del Nuevo Testamento tienen cada uno
su teología de la resurrección. Muchos textos
del Antiguo Testamento dan testimonio a
su modo del Dios de la vida, que no quiere
la muerte del hombre. Para cada difunto se
puede escoger un texto de la Sagrada Escritura
que sea adecuando de alguna manera a
su biografía. Una homilía debe tener en
cuenta el texto y la situación. En las exequias
predomina el aspecto personal, y será
el texto el que tendrá que estar al servicio
de la situación.
Para que la predicación pueda tener un
carácter personal hay que hacerse una idea
de la vida del difunto. Es importante el diálogo
con los familiares. A veces este contacto
es difícil: Porque el difunto o sus familiares
no tenían ninguna relación con la
parroquia; porque no se había contado con
una muerte trágica o temprana; porque la
relación del difunto con sus familiares era
conflictiva; porque la muerte del familiar
supone una gran pérdida en el matrimonio
y la familia de los que quedan.
¿En qué relación debe estar la vida del
difunto con la predicación de la palabra de
Dios? La predicación debe ser personal, pero
no debe ser una biografía. Se esfuerza
por la verdad de los hechos, sin canonizar
a nadie ni condenarlo. Las «Orientaciones
doctrinales y pastorales» del Ritual de Exequias
reprueban la práctica de hacer un panegírico
del difunto. «Queda excluido el
género literario llamado elogio fúnebre,
que consiste en una retórica exposición y
alabanza de las virtudes del difunto, pero
ello no quiere decir que no se pueda aludir
brevemente al testimonio cristiano de su vida,
si constituye motivo de edificación y de
acción de gracias» (nº 47). Parece ser que
la homilía debería incluir de algún modo la
vida del difunto, no para contar sus maravillas,
sino para anunciar las maravillas de
Dios.
Habrá que hacer a este respecto una observación
sobre los pueblos y pequeñas ciudades
donde todos se conocen y donde los
asistentes a cada funeral frecuentemente
son los mismos. Si el sacerdote toma como
norma hablar de la vida del difunto, queda
moralmente obligado en el futuro a hablar
de la vida de todos los feligreses que fallezcan,
y habrá ocasiones en que pese a todo
el tacto que ponga, sería más prudente extender
el velo del silencio.
No conviene olvidar el eco que ciertos
tiempos litúrgicos pueden hacer resonar en
los oyentes. En Navidad podemos referirnos
a la condición humana que Jesús comparte
con nosotros para darnos vida, y en Pascua
podemos escoger alguno de los relatos pascuales
y relacionar la muerte y resurrección
de Jesús con las del difunto. El relato de los
discípulos de Emaús nos describe el proceso
de la falta de esperanza a la fe y puede
ser un modelo para la hora del duelo.
Finalmente no podemos olvidar que estamos
celebrando la Eucaristía, el paso victorioso
del Señor a través de la muerte a la
vida y que encomendamos al difunto en
esta comunión con el que por él murió y
resucitó.
AVISO PARA EL «USUARIO»
DE ESTE LIBRO
Para facilitar la elección de la homilía,
hemos dividido el conjunto en dos secciones.
Con carácter «general» ofrecemos una
serie de homilías para ser utilizadas en cualquier
caso a juicio del celebrante. Puede
orientarse, al elegir, bien por los textos bien
por el título de la homilía. Las «especiales»
están clasificadas con criterios pastorales,
para situaciones especialmente difíciles
(muerte violenta, accidente, catástrofe, suicidio)
para determinado tipo de personas
(ancianas, jóvenes, padres y madres, practicantes
o generosas, sacerdotes y religiosas).
En todo caso, a veces, precisamos, si se trata
de asistentes a la eucaristía más o menos
cristianos o indiferentes.
Al final, en apéndice, presentamos una
serie de recursos, siguiendo el Ritual, para
un responso en casa del difunto, en el tanatorio,
en la Iglesia y en el momento de la inhumación.
Por razones prácticas, incluimos
también algunos cantos y poesías.
“Corriendo, se le echó al cuello y le besó”(Lc 15,20) digf oct 3.
Estamos compungidos. Nos pasa como a los discípulos de Emaús aquella tarde
del domingo de resurrección. La muerte de Jesús había acabado con todas sus
expectativas: «Nosotros, confiesan, esperábamos...», pero se han decepcionado;
ya no esperan más y huyen hacia adelante, tratando de olvidar. Pero no pueden
evitar el irse comentando todo lo sucedido.

Les pasaba algo parecido a lo que nos pasa hoy a nosotros, en la muerte de
nuestro hermano N. Hace unos dias, en el velatorio, se iban acercando los
familiares y amigos, todos con las mismas preguntas, todos con la misma
sorpresa, todos compartiendo sentimientos de condolencia y tratando de aliviar
la pena de los más allegados, todos sin saber más qué decir.

A los de Emaús se les acercó Jesús, empezó a hacerles preguntas, tratando de


que reflexionaran sobre lo sucedido, y poco a poco los fue tranquilizando, y
recobraron el ánimo y la palabra. Hoy también Jesús sale a nuestro encuentro en
la eucaristía. Soms nosotros los que hemos venido a su encuentro, a escuchar su
palabra de vida eterna. ¿Qué dice la Escritura, preguntó Jesús a los dos
discípulos? Y les fue explicando el sentido de las Escrituras, como quiere hacer
ahora con nosotros.

En la primera carta, san Pablo trata de explicar a los cristianos de Corinto cómo
si queremos vivir, libres del miedo a la muerte, tenemos que reconocer la
necesidad de despojarnos de este cuerpo mortal y corruptible y revestirnos de
otro incorruptible e inmortal. Entonces comprenderemos cómo se cumple la
Escritura, que dice: «la muerte ha sido vencida, se acabó con la prepotencia de la
muerte. ¿En qué ha quedado su victoria?». Y se está refiriendo a la nueva
situación creada, tras la muerte de Jesús en la cruz, con su gloriosa resurrección.

Es lo que hizo Jesús con los de Emaús, demostrando con toda la Escritura que
era necesario que el Hijo del hombre muriese para así entrar en la gloria. Es lo
mismo que desea que entendamos nosotros, que creamos. Los de Emaús no lo
entendieron enseguida, pero acabaron por convencerse al partir el pan. Entonces
reconocieron a Jesús, creyeron en sus palabras, se llenó de esperanza y gozo su
corazón. Y les faltó tiempo para volver sobre sus pasos. Regresar a Jerusalén y
contárselo a los otros.
El resultado fue que los discípulos de Jesús creyeron y dedicaron su vida a
divulgarlo por todo el mundo, para que la gente crea y recobre el ánimo y la
esperanza a pesar de todo. Y este todo es la muerte, la nuestra y la de nuestro
hermano, al que hemos traído aquí con nosotros, para que, el que tantas veces
quiso sentarse a la mesa del Señor, esté también hoy, con nosotros, a su mesa
compartiendo su pan y su palabra, pero disfrutando ya en el cielo de la vida
eterna, que es promesa y esperanza para nosotros, que aún quedamos
peregrinos en este mundo.

La eucaristía es viático para el camino. La eucaristía es precisamente el


sacramento de nuestra fe, el memorial de la pasión y muerte y resurrección del
Señor, la fuente de nuestra esperanza, el pan para el camino. Nos hemos
reunido, como tantas veces, para celebrar la muerte y resurrección del Señor,
hoy para celebrar también la de nuestro hermano N. Estamos seguros de que
nuestro hermano vive; por eso nuestra celebración, en medio del dolor de la
ausencia, tiene también el consuelo de la esperanza, y es acción de gracias al
Padre por haberlo acogido en sus brazos.

Nuestra oración no sólo quiere recomendarlo a la misericordia y amor del Padre,


sino que es también ya petición de ayuda e intercesión para que desde el cielo,
junto a Dios y a los santos, nos ayuden a los que aún quedamos peregrinos en la
tierra, para aliviarnos la pena presente, y confortarnos con la esperanza.

Nuestra acción de gracias al Padre es también por tantos años de vida de N.,
por sus desvelos por los suyos, por sus atenciones para con muchos, por sus
esfuerzos para el bien de todos, por todo cuanto de bueno y hermoso ha ido
tejiendo durante su vida y sigue inmarcesible en nuestro recuerdo. Que el Señor
se lo tenga en cuenta y se lo recompense para que desde el cielo siga
dispensándonos su favor y nos alcance la gracia del Señor.
Luis Betés
¿Entierro religioso? En el ambiente
en que hoy nos movemos prácticamente
todos, la religión es una realidad
«marginal» en cuanto al tiempo que le
dedicamos y el lugar que ocupa en la
lista de nuestras preocupaciones.
Es consecuencia lógica de nuestra
consideración sobre ella: ¿Por qué dedicar
tiempo a algo considerado infantil,
mítico, legendario o folclórico?
Estos ritos algunos piensan que
pueden conservarse como recuerdo de
otros tiempos que ya van pasando,
nostalgias de épocas pasadas, ceremonial
bello para algunos momentos importantes
de la vida y la muerte de las
personas.
Aunque también pueden desaparecer,
a algunos les parece positiva su
desaparición, por ser un freno al progreso
y una dificultad para la libertad
por las imposiciones morales que conlleva
la religión, o por la sumisión infantil
a Dios y a la autoridad que lo representa.
Hay una parte importante de nuestra
sociedad que tiene una comprensión
de la religión en general y de la
cristiana en particular, totalmente falsa.
Pero así es como están las cosas en
nuestro tiempo y con ello hay que
contar.
Pensar que pueda ser una bella fábula
para niños o una cosa surgida en
el folclore responde a experiencias que
muchas personas han tenido en su vida
de relación con la religión en su
etapa de niños nunca más evolucionada
ni madurada, o en su relación con
determinadas manifestaciones festivas
o luctuosas, como la que tristemente
nos congrega hoy.
NUESTRA CELEBRACIÓN
ES UNA AFIRMACIÓN DE ESPERANZA
No practicante
Ambiente indiferente Lecturas
Sabiduría 1,13-14
Salmo 15
Mateo 11,25-30
HOMILÍA
Como quien achaca a la religión todos
los males de la historia como consecuencia
de algunos acontecimientos
históricos o de la oposición al progreso
y avance del mundo porque así se
aseguraría la asistencia sumisa de los
pobres y los ignorantes del mundo.
La religión y la vida. Pero la religión
es un hecho cultural importante y es,
sobre todo, un hecho «vital», es decir,
una realidad de la vida, capaz de dar
sentido a la vida humana y dar respuesta
a los problemas más angustiosos
y graves del ser humano, los relativos
a su ser y su destino, su nacer y
morir, su esperar o, por el contrario,
conformarse.
Es cierto que vivimos asediados por
muchos problemas que exigen solución
inmediata: el pan de cada día, el
trabajo, la salud, la familia, la casa, el futuro,
los proyectos, la seguridad y estabilidad
de los seres queridos, la sociedad
en la que estamos con sus
requerimientos de tipo fiscal, laboral,
político, legal; las compras necesarias y
algunos extras para disfrutar y para
pregonar nuestra buena marcha.
Hay algunos otros en los que generalmente
no se piensa, o muy poco,
pero que algunas circunstancias dramáticas
de la vida nos los ponen delante
y aparecen en forma de interrogante
angustioso, de esperanza posible
o de desconcierto. ¿Todo termina con
la muerte o hay algo después?
A estos problemas e interrogantes,
que el ser humano entiende como los
más profundos y esenciales cuando llega
a su madurez reflexiva, es a los que
la religión da respuesta. No desde la
rutina profesional o la conveniencia
mercantil, sino desde la más sincera y
convencida convicción.
Tampoco desde una demostración
racional o una experimentación empírica
o una comunicación telefónica
con el más allá. Sí desde una fe, que es
una confianza radical en Alguien.
La necesidad de nuevos horizontes.
Si en otras épocas hemos tenido
algunos puntos firmes sobre los que
apoyar la vida y, además, eran puntos
común y socialmente aceptados que
aportaban solidez a los interrogantes
vitales, hoy, después de mucho tiempo
machaconamente insistiendo en la demolición
de aquellas viejas seguridades,
la sociedad se ha vuelto escéptica
y cada ser humano se encuentra solo
para afrontar los problemas de sentido
y del propio destino, a la vez que totalmente
desarmado y sumido en la
incertidumbre.
Si se dirige a la ciencia, no encuentra
respuesta porque sus problemas son
131
situaciones especiales
de tipo metafísico y espiritual, a donde
la ciencia no llega. Se ha acostumbrado
tanto a la razón como única vía
de respuesta que, cuando se encuentra
con las cuestiones más vitales y personales,
está suspendido en la oscuridad
de la desorientación espiritual y de los
puntos de referencia ética.
Quiere ser libre, adulto y maduro
pero se encuentra cortado ante la libertad
de pensar y decidir sobre su futuro
sometiéndose al dictado conformista
de no reconocer algo más allá de
lo materialmente evidente, lo que le
impregna un desánimo, una frustración
y la pérdida de la esperanza que le
socavan interiormente provocándole
un vacío profundo y una sensación general
de desencanto y decaimiento
que manifiesta un descontento profundo
y una queja implícita.
Sin embargo, los otros problemas
concretos del día a día y los muchos
ruidos y entretenimientos de esta sociedad
del ocio y del consumo, dificultan
la reflexión y hacen imposible el reencuentro
de cada uno consigo mismo.
Raramente hoy uno consigue salirse
del círculo que lo rodea y del ritmo
frenético que le imponen las mil cuestiones
pendientes para concederse una
pauta de silencio, reflexión y ponerse
ante sí mismo, interrogarse sobre el
sentido de la propia vida, decidir con
profundidad. Todos tendemos a vivir
fuera de sí. Todos tendemos a llevar
una vida que no es vida, decimos, pero
no la cambiamos.
Hay un modelo de vida consumista
que nos lleva a producir más para consumir
más y a consumir más para producir
más, en un círculo que no acaba
y una espiral que se acelera estimulando
hasta el infinito la ansiedad de los
bienes materiales y apagando las exigencias
de otros bienes, también necesarios.
Por eso, en momentos difíciles y
duros como éste, que a todos nos llegan,
es indispensable hacer un espacio
a las voces interiores que, desde el
núcleo más profundo de nosotros mismos,
se hacen oír con sus planteamientos,
interrogantes, dudas y aspiraciones.
¿Por qué no aspirar a una vida que
no se acabe? ¿No es una obra de arte,
lo más genuinamente humano, una
expresión de perennidad, permanencia
y trascendencia en la belleza de un
material transformado? ¿No puede el
ser humano, imagen de Dios, obra genial
de toda la realidad, pensar en una
transformación definitiva que le haga
realidad lo que aquí ha sido un comienzo
inacabado pero ya presentido?
Nuestro acto, en medio de una sociedad
que no cree ni espera, es una
132
situaciones especiales
133
situaciones especiales
afirmación de esperanza porque creemos
en que los muertos no pasan a la
destrucción definitiva sino a la realización
plena de sus aspiraciones. Su vida
no fue inútil y sus gestos, sus compromisos,
sus esfuerzos no quedan en
el saco roto de una historia cualquiera
sino en la seriedad de toda historia
personal, en la cuenta de una vida
única e irrepetible, que se entrega totalmente
a un ideal o se pierde en la
superficialidad de una vida divertida y
ociosa.
Dios, que no es nuestra proyección,
sí que es la posibilidad de nuestra realización.
Por eso este acto lo convertimos
en palabra de oración dirigida a
Él para que acoja a este hermano
nuestro a quien nosotros ya no podemos
hacer nada y, puesto su destino en
sus manos, lo atienda y lo acepte en su
realidad que es nuestra meta.

Leonor guzman. Agosto 12


Nos hemos reunido a orar por nuestra hermana LEONOR, A QUIEN DESPEDIMOS DE ESTA
VIDA QUE ALGUNOS CREEN ÚNICA; PARA QUE ENCUENTRE OTRA EN DONDE REALIZAR SUS
GRANDES ASPIRACIONES Y ALCANZAR SU PLENITUD. ROGAMOS AL SEÑOR POR, SUS SERES
QUERIDOS QUE EXPERIMENTÁN SU MARCHA CON TRISTEZA Y DOLOR; PARA QUE ABRÁN SU
CORAZÓN A LA ESPERANZA Y LO RECCUERDEN CULTIVANDO EL AMOR Y LA UNIÓN
ESTAMOS PROXIMOS A CELEBRAR El misterio de la Asunción de la Santísima
Virgen María al Cielo QUE nos recuerda el sentido de nuestra vida en la tierra y lo que nos
espera después de la muerte. El hecho de que la Santísima Virgen fuera llevada en cuerpo y
alma al Cielo, cuestión que es dogma de fe para el católico, es un verdadero signo de
esperanza para todos. María, que indudablemente fue adornada de gracias excepcionales
por Dios Padre para servir de Madre natural a Su Hijo Jesús, es -a pesar de estos dones
especiales- plena y totalmente humana como somos todos los hombres y mujeres de este
mundo.
El que María sea una mujer plena y totalmente humana, unido al hecho de
que Ella está en el Cielo en cuerpo y alma en forma gloriosa, nos lleva a reflexionar sobre el
destino que Dios tiene preparado a todo aquél que viva de acuerdo a esta verdad que
aprendimos desde el Catecismo de Primera Comunión: hemos sido creados para conocer,
amar y servir a Dios en esta vida y luego gozar plenamente de Su Presencia en la eternidad.
Y ... ¿Qué es la eternidad? ¿Qué es la Vida Eterna? ¿Qué es la salvación y la condenación ...
eternas? Son nada menos que las opciones que nos esperan al terminar esta vida pasajera,
temporal, finita ... fugaz y muy breve (si la comparamos con la eternidad) que ahora estamos
viviendo aquí en la tierra.
Explicaba el Papa Juan Pablo II en su LIBRO: Cruzando el Umbral de la
Esperanza, que la condenación es lo opuesto a la salvación, pero que tienen en común que
ambas son eternas. El peor mal es la condenación eterna: el rechazo del hombre por parte
de Dios, como consecuencia del rechazo de Dios por parte del hombre.
Pero el mayor bien es la salvación eterna: la felicidad que proviene de la
unión con Dios. Es el gozar de la llamada Visión Beatífica, es decir, el ver a Dios mismo "cara
a cara" (1Cor. 13, 12). De esto se trata el Cielo, que es un estado, un sitio indescriptible con
nuestros limitados conocimientos humanos, pero sabemos que es mucho más de lo que
podemos anhelar o imaginar. Por eso dice San Pablo: "ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el
corazón del humano pudo imaginar lo que Dios ha preparado para aquéllos que le aman"
El Papa Juan Pablo II insistía en tocar estos temas escatológicos, que él
denominaba de las "realidades últimas". Nos decía así en una de sus Catequesis sobre
escatología (11-8-99): "La vida cristiana ... exige tener la mirada fija en la meta, en las
realidades últimas y, al mismo tiempo, comprometerse en las realidades 'penúltimas' ... para
que la vida cristiana sea como una gran peregrinación hacia la casa del Padre".
En efecto, la vida en esta tierra es como una antesala, como una preparación, para unos más
breve que para otros, tal vez más difícil o más dolorosa para algunos. Pero en realidad no
fuimos creados sólo para esta antesala, sino para el Cielo, nuestra verdadera patria.

La Virgen María nos muestra, con su vida en la tierra y su Asunción al Cielo, el camino que
hemos de recorrer todos nosotros total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad
de Dios en esta vida y luego el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene
preparado desde toda la eternidad. Allí estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está
María, porque seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido
a todo el que cumpla la Voluntad del Padre (cfr. Juan 5,29 y 6,40).
¿Cómo es la muerte? La muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la
Verdadera Vida. Para los que mueren en Dios, la muerte es un paso a un sitio/estado mejor
... mucho mejor que aquí. No hay que pensar en la muerte con temor. La muerte no es
tropezarnos con un paredón donde se acabó todo. Es más bien el paso a través de esa pared
para vislumbrar, ver y vivir algo inimaginable. Santa Teresa de Jesús decía que esta vida
terrena es como pasar una mala noche en una mala posada.
Para San Juan Crisóstomo, "la muerte es el viaje a la eternidad". Para él, la muerte es
como la llegada al sitio de destino de un viajero. También hablaba de la muerte como el
cambio de una mala posada, un mal cuarto de hotel (esta vida terrena) a una bellísima
mansión. "Mansión" es la palabra que usa el Señor para describirnos nuestro sitio en el
Cielo. "En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar ...
Volveré y los llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes" (Jn. 14, 2-
Es en la Liturgia de Difuntos de la Iglesia donde tal vez encontramos mejor y más
claramente expresada la visión realista de la muerte. Así reza el Sacerdote Celebrante en el
Prefacio de la Misa de Difuntos: La vida de los que en Tí creemos, Señor, no termina, se
transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el
Cielo.
Por eso la muerte no tiene que ser vista como algo desagradable. ¡Es el
encuentro definitivo con Dios! Los Santos (santo es todo aquél que hace la Voluntad de Dios,
aunque no sea reconocido oficialmente) esperaban la muerte con alegría y la deseaban no
como una forma de huir de esta vida, que sería un pecado en vez de una virtud- sino como el
momento en que por fin se encontrarían con Dios. "Muero porque no muero" (Sta. Teresa
de Jesús).
"Qué dulce es morir si nuestra vida ha sido buena" (San Agustín). San Agustín fue
un gran pecador hasta su conversión ya bien adulto. El problema no es la muerte en sí
misma, sino la forma como vivamos esta vida. Por eso no importa el tipo de muerte o el
momento de la muerte, sino el estado del alma en el momento de la muerte.
¿Qué sucede después de la muerte?
¿Qué es el Juicio Particular?
Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de
nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro
cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios. Nuestra hermana ha obrado conforme a la
Voluntad de Dios en la tierra , el señor la tenga en su gloria.

sitio/estado en que le corresponde ubicarse para la eternidad, según sus buenas y malas
obras.
Es así como en el momento mismo de la muerte el alma recibe la sentencia de su destino
para toda la eternidad. Al decir, entonces, que alguien ha muerto, podría también afirmarse
que ese alguien también ha sido juzgado por Dios (cfr. Antonio Royo Marín, Teología de la
Salvación).
Por ello ante la pregunta de si conviene esperar el momento de la muerte para
prepararnos para la vida eterna, la respuesta parece muy simple: No, no es conveniente,
pues no sabemos ni el día, ni la hora, ni el lugar, ni las condiciones de nuestra muerte. Y es
mucho, es demasiado, lo que nos estamos jugando en ese instante: nada menos que nuestro
destino para siempre, para una vida que nunca tendrá fin.
¿Hay Vida después de la vida?
Sí hay Vida después de la vida. Y la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la
Verdadera Vida. El Papa Juan Pablo II nos recordaba en una de sus Catequesis sobre la vida y
la muerte las palabras de Jesús: "Yo soy la Resurrección y la Vida" (Jn. 11, 25). Y nos decía
que "en El, gracias al misterio de su muerte y resurrección, se cumple la promesa divina del
don de la Vida Eterna, que implica la victoria total sobre la muerte. 'Llega la hora en que
todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan
hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la
condenación' (Jn. 5, 28-29). 'Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al
Hijo y crea en El, tenga Vida Eterna y que Yo le resucite el último día'" Jn. 6, 40).
Y nos decía el Papa Juan Pablo II que no debemos pensar que la vida más allá
de la muerte comienza sólo con la resurrección final, pues ésta se halla precedida por la
condición especial en que se encuentra, desde el momento de la muerte física, cada ser
humano. Se trata de una fase intermedia, en la que a la descomposición del cuerpo
corresponde "la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento
espiritual, que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo
'yo' humano, aunque mientras tanto le falte el complemento de su cuerpo" (JP II, 28-10-98).

¿Qué es el Cielo?
Es un estado y un lugar de felicidad completa y eterna donde van las almas que han obrado
conforme a la Voluntad de Dios en la tierra y que mueren en estado de gracia y amistad con
Dios y perfectamente purificadas.
¿Qué es el Purgatorio?
Es un estado y un lugar de purificación donde van las almas que han obrado bien, pero que
aún deben ser purificadas de las consecuencias de sus pecados antes de entrar a la visión de
Dios en el Cielo.
¿Qué es el Infierno?
Es un estado y un lugar de castigo eterno donde van las almas que se han rebelado contra
Dios y mueren en esa actitud.
¿A dónde quieres ir tú?
Nuestra vida no acaba con la muerte

Indice 3.- ¿Cómo es el Cielo?

la plenitud del hombre es la entrega a los demás

Facebook (Me gusta)


Tweetea! Tweet Google Plus One

Compartir:
ImprimirShare on emailEnviar a un amigoShare on twitterTweeterShare on
facebookFacebookShare on meneameMeneameMore Sharing ServicesCompartir
..Un artículo de...
.. Salvador Bernal
..Más artículos de Salvador Bernal »
Dejo el tema previsto para hoy, porque desde el viernes se agolpan en mi
memoria recuerdos –motivos de agradecimiento personal- tras la muerte de
Alejandro Cantero. Le conocí cuando era director del Colegio Mayor Miraflores
de Zaragoza, y acudía yo desde Pamplona para rendir exámenes en la Facultad
de Derecho de esa universidad: el Estudio General de Navarra no se había
convertido aún en universidad, ni tenía capacidad jurídica de reconocer los
estudios realizados en sus aulas. Unos años después, circunstancias de la vida
hicieron que le sustituyera en esa tarea universitaria, cuando Alejandro marchó
de Zaragoza a Bilbao, para hacerse cargo de la dirección del colegio Gaztelueta.
Más tarde, la providencia me haría el regalo de convivir con él durante la friolera
de dieciséis años, sin perder luego el contacto, pues los dos seguíamos en Madrid
y, aparte de otros motivos, nos veíamos con relativa frecuencia con otros amigos
comunes: antiguos residentes de Miraflores que residían también en la capital de
España.

Amigo del alma, suele repetirse casi como estereotipo. En el caso de Alejandro,
la realidad antropológica –valga la cursilada- es profunda. Hace honor a tantas
expresiones con las que, durante su estancia en la tierra, Jesucristo habló y vivió
la amistad. Hasta el punto de llamar amigos a sus apóstoles, según relata san
Juan en uno de los extensos capítulos finales de su Evangelio: “Os he llamado
amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan,
15,15).

De esa amistad participó Alex, y la vivió con infinidad de personas. Se


cumplieron, pienso, las palabras del Señor que recoge san Juan en el versículo
siguiente al citado: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto
permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.
Esto os mando, que os améis los unos a los otros”.

Ese amor de benevolencia, por usar una idea clásica, refleja la plenitud de la
condición y de la vida humanas. Así se afirma en tantos documentos del
Magisterio, que he tenido ocasión de consultar recientemente, cuando
preparaba artículos y charlas sobre matrimonio y familia. Esa realidad es
consecuencia del hecho decisivo: Dios creó al hombre a su imagen y semejanza:
“llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor”,
escribía Juan Pablo II en Familiaris Consortio 11; y añadía: “El amor es por tanto
la vocación fundamental e innata de todo ser humano”.
En su Magisterio, Juan Pablo II se refirió constantemente al Concilio Vaticano II,
para profundizar en la verdad de la persona humana. Muchas veces citó el pasaje
de Gaudium et Spes, 24: “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la
entrega sincera de sí mismo a los demás”. Desde ahí se abre camino para una
plena y radical comprensión y solución de tantos problemas debatidos en
nuestro tiempo. Para ganar la vida, hay que entregarla, como bien describió
Jesús: “no hay amor más grande que el que entrega la vida por sus amigos”.

Esa donación se refleja en muchas facetas de la vida ordinaria, sencillas, sin


espectáculo, a veces sin que llegue a tener conciencia de lo recibido quien se
beneficia de una amistad que no busca reconocimientos ni gratitudes, aunque
los merezca. Porque la buena amistad es desinteresada, generosa, alegre, leal,
atenta, comprensiva, indulgente.

Estos días, ante la dura realidad del amigo fallecido, el creyente se consuela con
la convicción de que seguirá siéndolo, y más, desde el Cielo. También, con el
recuerdo de hechos bien concretos –algunos quizá excepcionales‑ de su afecto y
de sus patentes servicios. Más allá de su capacidad de aplicar sus dotes
personales a grandes causas apostólicas, como –en la última etapa de su vida‑ la
fundación Centro académico romano: traía con ilusión folletos y videos a
nuestras reuniones de amistad, bien persuadido de la necesidad de contribuir
generosamente a la formación de sacerdotes del mundo entero, indispensables
para la dilatación del reino de Dios en la tierra.

Lo recordaba el prelado del Opus Dei, de viaje pastoral a Santo Domingo, en


carta al Vicario de España. Tras referirse a sus dotes estupendas, que puso al
servicio de Dios y de las almas, escribía: "No resulta indiferente nuestra lucha,
con la que cuenta la Providencia para grandes bienes: ¡cuánta gente ha
descubierto horizontes insospechados a través del ejemplo y la tarea que
Alejandro ha realizado a lo largo de su vida! Y nuestra jornada –aunque
aparentemente sea de poca repercusión‑ tiene valor de eternidad cuando
buscamos a Cristo".

Alejandro fue amigo del alma. Se entregó a Dios muy joven, en el Colegio Mayor
La Estila de Santiago, donde estudiaba Medicina. La providencia dispondría que
en ese Colegio fuesen velados sus restos mortales. Se cerraba así un ciclo de
amistad creciente con Dios y con los hombres, reflejo de la universalidad propia
del Opus Dei. Sin duda, se le puede aplicar con justicia lo que san Josemaría
Escrivá de Balaguer escribió en Forja 565: “En un cristiano, en un hijo de Dios,
amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor”.

23.- TEXTOS.- Juan 11,32-45.


Hoy formamos aquí un grupo de personas que se reúne con una vivencia difícil de sobrellevar: la
muerte de una persona que queremos, uno de nuestra familia, nuestro amigo. Hoy se pone de
manifiesto todo lo que ha significado para nosotros. Qué decisivo es hacer el camino
acompañados. Cuando falta uno de nosotros el camino se hace difícil, pesado, incluso
imposible.
El texto que hemos escuchado del evangelio es como un espejo para nosotros: Marta,
María, el hermano Lázaro que ha muerto, los amigos, y entre ellos Jesús, la gente del pueblo
afectada por lo que vive la familia de Lázaro. Jesús llora al ver que los suyos y el pueblo lloran.
Es un sollozo que le sale del corazón: Jesús se conmueve. Todo el mundo se dio cuenta: Jesús se
echó a llorar y los judíos comentaban "¡Cómo lo quería!". Hoy vosotros también habéis llorado
mucho, es vuestro lenguaje, el que hoy os hace sentir familia, compartiendo una misma amistad
decisiva en la que nadie sobra.
Atravesamos un momento difícil que provoca que pase de todo por nuestra
cabeza. Habríamos hecho lo que fuera con tal de cambiar los acontecimientos ¿qué hemos
hecho mal? ¿qué más podíamos haber hecho? ¿Cuántas veces en estas horas hemos querido
volver atrás, como si todo hubiese sido un sueño? Le echan en cara a Jesús: "Si has abierto los
ojos a un ciegO, ¿no podías haber impedido que muriera éste?". María le dice a Jesús con el
corazón en la mano: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano". Quizás
nosotros también hemos manifestado nuestra decepción a Dios: ¿es que no tiene nada que ver?
¿es que no puede hacer que las cosas sean de otra manera?
Pero encontrarnos con Jesús es encontrarnos con la vida. Es también encontrarnos
con su sollozo que tiene el sonido de nuestro vivir lleno de sentimiento. Y es, además, el
encuentro con toda la vida que se despliega cuando él está a nuestro lado. Jesús hace frente a la
muerte. No cabe ningún tipo de pacto con la muerte. Jesús va directo: "¿Dónde lo habéis
enterrado?" "Quitad la losa". No se paró ante la descomposición del cadáver, porque Él es la
vida: "Desatadlo y dejadlo andar'. Con Jesús es imposible quedar a merced de la muerte.
Hoy Jesús nos levanta del acorralamiento de la muerte que nos tiene asidos de pies
y manos. Él es la resurrección y la vida. Con Jesús el sepulcro sólo es el paso a la vida. Todo lo
que hemos compartido con nuestro familiar o amigo tiene la huella de la vida destinada a
resucitar. Jesús no es el que evita que muramos, es el que nos levanta de la muerte y nos
muestra que la vida que Dios ha desplegado en nosotros no se quedará atrapada en- la muerte,
sino que es la pista para reencontrarnos definitivamente con la vida de Dios.
Jesús, tan identificado con María, Marta y Lázaro, tantos amigos que son su
familia, nos muestra la verdadera raíz de esa familia: "Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
Padre, te doy gracias porque me has escuchado". Sí, hoy también con Jesús podemos rezar así;
mejor aún, podemos sentir esta familia que con Dios no deja lugar a la muerte, la familia en la
que cabemos todos, también aquel que hoy nos hace llorar.
No podría ser de otra manera. Hay tanto de Dios en nosotros que hoy,
ayudados por Jesús, también podemos decir: "Padre, te damos gracias", y así poder abrazar la
vida. Una vida en la que ahora, en nuestro familiar o amigo, se ha desvanecido la sombra de la
muerte.

23.- TEXTOS.- Juan 11,32-45.


Hoy formamos aquí un grupo de personas que se reúne con una vivencia difícil de
sobrellevar: la muerte de una persona que queremos, uno de nuestra familia, nuestro amigo. Hoy se
pone de manifiesto todo lo que ha significado para nosotros. Qué decisivo es hacer el camino
acompañados. Cuando falta uno de nosotros el camino se hace difícil, pesado, incluso imposible.
El texto que hemos escuchado del evangelio es como un espejo para nosotros: Marta, María,
el hermano Lázaro que ha muerto, los amigos, y entre ellos Jesús, la gente del pueblo afectada por
lo que vive la familia de Lázaro.
Jesús llora al ver que los suyos y el pueblo lloran. Es un sollozo que le sale del corazón:
Jesús se conmueve. Todo el mundo se dio cuenta: Jesús se echó a llorar y los judíos comentaban
"¡Cómo lo quería!". Hoy vosotros también habéis llorado mucho, es vuestro lenguaje, el que hoy
os hace sentir familia, compartiendo una misma amistad decisiva en la que nadie sobra.
Atravesamos un momento difícil que provoca que pase de todo por nuestra cabeza.
Habríamos hecho lo que fuera con tal de cambiar los acontecimientos ¿qué hemos hecho mal?
¿qué más podíamos haber hecho? ¿Cuántas veces en estas horas hemos querido volver atrás, como
si todo hubiese sido un sueño? Le echan en cara a Jesús: "Si has abierto los ojos a un ciega, ¿no
podías haber impedido que muriera éste?". María le dice a Jesús con el corazón en la mano:
"Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano". Quizás nosotros también hemos
manifestado nuestra decepción a Dios: ¿es que no tiene nada que ver? ¿es que no puede hacer que
las cosas sean de otra manera?
Pero encontrarnos con Jesús es encontrarnos con la vida. Es también encontrarnos con su
sollozo que tiene el sonido de nuestro vivir lleno de sentimiento. Y es, además, el encuentro con
toda la vida que se despliega cuando él está a nuestro lado.
Jesús hace frente a la muerte. No cabe ningún tipo de pacto con la muerte. Jesús va directo:
"¿Dónde lo habéis enterrado?" "Quitad la losa". No se paró ante la descomposición del cadáver,
porque Él es la vida: "Desatadlo y dejadlo andar'. Con Jesús es imposible quedar a merced de la
muerte.
Hoy Jesús nos levanta del acorralamiento de la muerte que nos tiene asidos de pies y manos.
Él es la resurrección y la vida. Con Jesús el sepulcro sólo es el paso a la vida.
Todo lo que hemos compartido con nuestro familiar o amigo tiene la huella de la vida
destinada a resucitar. Jesús no es el que evita que muramos, es el que nos levanta de la muerte y
nos muestra que la
vida que Dios ha desplegado en nosotros no se quedará atrapada en- la muerte, sino que es la pista
para reencontrarnos definitivamente con la vida de Dios.
Jesús, tan identificado con María, Marta y Lázaro, tantos amigos que son su familia, nos
muestra la verdadera raíz de esa familia: "Jesús,
levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado". Sí, hoy también
con Jesús podemos rezar así; mejor aún, podemos sentir esta familia que con Dios no deja lugar a la
muerte, la familia en la que cabemos todos, también aquel que hoy nos hace llorar. No podría ser de
otra manera. Hay tanto de Dios en nosotros que hoy, ayudados por Jesús, también podemos decir:
"Padre, te damos gracias", y así poder abrazar la vida. Una vida en la que ahora, en nuestro familiar
o amigo, se ha desvanecido la sombra de la muerte.

24.- TEXTOS.- Juan 12,23-26. ( Versión breve ).


LA muerte y la resurrección de Jesucristo, prenda de vida eterna para los que han
muerto.
Cuando ya se acercaba la hora de su" pasión, Jesús dice estas palabras que
acabamos de escuchar en el evangelio de san Juan: "Ha llegado la hora de que
sea glorificado el Hijo del Hombre". Se acerca la hora de su muerte, la hora en
que las tinieblas harán sentir su poder, queriendo apagar la luz que es Jesucristo.
Pero las tinieblas no pueden contra la luz que es Cristo.
Jesucristo muere, es cierto, y como el grano de trigo enterrado bajo
tierra, es amortajado en el sepulcro. Pero, resucitado de entre los muertos, ya no
muere más. La muerte ya no tiene ningún poder sobre Él. Al contrario: Jesucristo
vive, glorioso, para siempre: en Él encontramos la vida quienes lo seguimos y lo
servimos. Y Jesucristo nos dice que estaremos allí donde Él está, es decir, en la
gloria de¡ cielo, por- que el Padre honrará a quienes se hacen servidores de
Jesucristo.
Nuestro hermano N. ha muerto. En esta plegaria que hacemos en el
momento de su entierro, pedimos que, purificado de todas sus culpas y liberado
de su deuda, esté allí donde está Jesucristo. Y nosotros, que deseamos y
esperarnos volver a encontrarnos coro nuestro hermano en el cielo, vivamos
sinceramente como servidores de Jesucristo, como buenos cristianos.
Sepamos hacer de la vida una donación a Dios; una entrega que dé
mucho fruto. Así no perderemos la vida y la guardaremos para la vida eterna.
25.- TEXTOS: Juan 12,23-28
Hermanos: la muerte es una realidad que nos supera, que vemos rodeada de misterio y que,
lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. Él es el único que puede iluminarnos para
despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que, humanamente, no sabemos
explicar. Jesucristo, enviado por el Padre para que conociésemos la Verdad, en el fragmento
del evangelio que acabamos de escuchar nos explica con un ejemplo, sacado de la misma
naturaleza, esta realidad que escapa a nuestra experiencia sensible y a cualquier
comprobación científica.
Fijémonos en el grano de trigo. Cuando lo siembran y cae al suelo, con la humedad se
deshace, se pudre, deja de existir como tal grano de trigo. Pero fijémonos cómo del interior
del grano ha salido una pequeña raíz que tomará de la tierra su alimento y dará lugar a una
nueva planta, una nueva vida que crecerá y dará fruto abundante.
Así pasa con nosotros. La muerte nos obliga a devolver a la tierra todo aquello
que de la tierra hemos tomado. En esto no somos diferentes de los demás seres vivos que
hay en la tierra. Nuestros componentes materiales vuelven a empezar el ciclo
ininterrumpido de la naturaleza. Pero nosotros somos más que los animales y las plantas.
Nosotros hemos sido creados "a imagen y semejanza de Dios". Y en Dios no hay materia.
¿Qué es lo que hay en nosotros que nos hace a imagen y semejanza de Dios? Desde luego
que no es la materia. Nuestros componentes materiales nos hacen más a imagen y
semejanza de los otros seres materiales de la creación.
Hay en nosotros algo que es distinto. Nuestra misma experiencia nos lo
indica. Hay en nosotros una inteligencia que nos hace entender las cosas, descubrir sus
causas, establecer sus leyes y sobre todo, a partir de las cosas creadas, nos permite llegar al
conocimiento del Creador y establecer con él una relación. También observamos en nosotros
una capacidad de amar que supera el egoísmo instintivo, que nos hace capaces de dar
gratuitamente sin esperar nada a cambio, tal como hace Dios con nosotros, y ello nos lleva a
una corriente mutua de amor entre Dios y nosotros.
Esta realidad profunda, este "yo" personal, que nos hace a imagen y
semejanza de Dios, no muere. Está destinado a una vida eterna. La que Dios nos tiene
reservada, precisamente cuando nuestro cuerpo, corno un grano de trigo, cae en tierra y
muere. Es entonces cuando, revestidos de inmortalidad, nos podemos sentar como hijos a la
mesa de¡ Padre, en la casa paterna, para contemplarlo cara a cara, tal como él es y saciarnos
de su amor para siempre. Esta nueva vida es la que inauguró Jesucristo con su muerte y su
resurrección. Él pronunciaba las palabras de fragmento del evangelio que hemos leído
cuando estaba a punto de despedirse de sus amigos. Ya presentía su muerte, pero anunciaba
también su resurrección. Esta comparación de¡ grano de trigo, ilumina la muerte y la
resurrección de Cristo, pero ilumina también la nuestra. Si Cristo, el Hijo de Dios, nuestro
hermano mayor, ha hecho este camino, también nosotros participamos de su Pascua,
también nosotros estamos destinados a pasar de este mundo al Padre.(La Eucaristía que
vamos a celebrar, nos hará revivir la muerte y la resurrección de Cristo que es garantía de la
nuestra).
26.- TEXTOS: Juan 14,1-6 Este fragmento del evangelio de san Juan que acabamos de leer se
sitúa en la última cena de Jesús con sus amigos, el día antes de morir. Jesús abre su corazón,
tiene una necesidad inmensa de comunicarse, es la oportunidad de poner luz a todo lo que han
compartido y que tanto ha significado, es el testamento. Es también la hora de la tensión, de no
saber qué postura adoptar, de montones de imágenes que se superponen y que no hay forma
de ordenar. Y también, sorprendentemente, es un momento de máxima finura y lucidez, es un
momento en que uno llega hasta el fondo y comprende como nunca.
Pienso que ustedes también están viviendo esto mismo: un momento cargado de
contradicciones, de oscuridad y de una luz inesperada, de comunicación inimaginable y de pasos
obstruidos que parecen infranqueables. Durante estas horas seguro que ha pasado por su
mente todo lo que han compartido con su familiar y amigo, agradecidos a la vida, pero
sintiendo que se ha acabado. La muerte y la vida, el amor con toda su fuerza, pero sintiendo la
impotencia de su realización plena.
Jesús se nos ofrece como el amigo que está a nuestro lado
incondicionalmente, que entiende estos sentimientos tanto nuestros como suyos, él sabe llorar
y sabe mantener el deseo de vivir que no se resigna. Él sabe acompañar silenciosamente,
escuchar, y también formular nuestras palabras cuando tan sólo las comenzamos a insinuar.
Jesús es el amigo. Aquellos hombres que compartieron con él la última cena, el día antes de
morir, nos lo ofrecen como amigo. Él sabe de corazones que no pueden encajar el dolor o el
sufrimiento ante la muerte: "Padre, si es tu voluntad, aparta de mi este cáliz”, reza al comenzar
el camino de la Pasión. Por eso nos confortan esas palabras que nos dicen: "Que no tiemble
vuestro corazón". La muerte no es el final, hay más vida, mucha más vida, hay toda la vida.
Jesús hoy nos descubre toda la vida que hemos compartido con los nuestros, y no
sólo nos la descubre desde la nostalgia, no sólo desde lo que hoy sentimos que hemos perdido,
sino como una vida que hoy podemos acoger como definitiva: todo el amor que hemos
compartido, el perdón, la entrega, el hecho de contar con el otro, el disfrutar y el sufrir juntos
forma parte de esta casa de todos que es la Casa de¡ Padre. jesús estos días, y muy especialmente
ahora, quiere ir acompañan- do todo esto, y de una manera sencilla, llena de afecto, nos quiere
llevar por este camino que es la casa del Padre y que ya podemos sentir como nuestra casa porque
en ella ya podemos comenzar a ver a nuestro hermano. No resulta fácil, hay demasiadas cosas,
demasiados sentimientos para llegar a sentir que nuestro corazón late con el de Jesús. Pero a Jesús
siempre podemos preguntarle, aunque la pregunta parezca que pone de manifiesto nuestra
debilidad: "Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?". Una y otra vez
volvemos a estar desconcertados, y es que la muerte es el desconcierto.
Jesús nos vuelve a decir: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.. Nadie va al
Padre, sino por mi. El camino de la vida sigue abierto, la muerte no lo puede cerrar. Ese camino está
con Jesús, que es la verdad y la vida, es el camino hacia el Padre, es el camino que pasa por el
corazón, porque en él hay un recuerdo muy nuestro: el amor que se ha realizado de tantas maneras
entre nosotros y especialmente en nuestro familiar y amigo y que ahora, para él es vida nueva, vida
resucitado, con Dios Padre.
"Que no tiemble vuestro corazón. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo,
para que donde estoy yo, estéis también vosotros". Hoy Jesús nos habla directo al corazón porque
es el amigo y nosotros lloramos porque sabemos lo que es la amistad

27.- TEXTOS: Romanos 8,31-39; Juan 14,1-6


Todos sabemos muy bien que la vida pasa y que un día se acabará. Sin embargo, ahora que
la muerte se lo acaba de llevar nos sentimos limitados y amenazados. Hoy palpamos que
todo es precario ante nuestros ojos. Nos damos cuenta más claramente de que la muerte se
encuentra en el horizonte de la vida. La muerte hace de nuestra vida una tarea seria, no un
juego. Una tarea que nadie puede hacer por nosotros. Una tarea que hay que cumplir "ahora
mismo" porque el tiempo pasa demasiado deprisa.
Por eso san Pablo, como hemos escuchado en la primera lectura, al fijarse en
Jesús se da cuenta que toda su vida ha sido una obra de amor. Sabe que la muerte de Jesús
no ha sido un fracaso sino que se ha convertido en la conquista de la Vida Plena. Y esto es
así, porque Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y Jesús, sentado a la derecha de
Dios, intercede por nosotros. La muerte de Jesús ha sido una victoria y san Pablo lo expresa
al afirmar que nada podrá apartarnos de su amor: "Ni la muerte, ni la vida, ni criatura alguna
podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesús".
A la luz de la resurrección podemos entender bien las palabras de Jesús que
hemos escuchado en el evangelio: "En casa de mi Padre hay muchas estancias. Cuando vaya
y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también
vosotros". Esto significa que por parte de Dios nuestra vida no se perderá nunca: es algo
asegurado. Porque Dios es Padre y ama siempre. Dios es el Amor donde todos encontramos
un lugar. Dios es la Vida desde siempre y para siempre y no quiere que se pierda nuestro
amor, por pequeño que sea.
Jesús nos ha dicho también a los que estamos tristes, a los que sufrimos la
muerte de N.: "Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mi.” "Yo
soy el camino, y la verdad, y la vida". Jesús nos ha allanado el camino y va delante nuestro.
Jesús ha abierto una ruta segura que avanza en el amor de Padre y que lleva a la plenitud de
la vida.
Desde el Bautismo, nuestro destino está íntimamente ligado al de Jesús. Desde el
Bautismo, N., unido a Jesús, se convirtió en hijo de Dios, a pesar de que mientras estuvo en
esta vida su filiación era todavía inmadura porque estaba sometida al pecado. San Pablo
diría: "Como si estuviera todavía en el vientre de la madre". Pero cuando Dios lo resucite de
entre los muertos será plenamente hijo. Será hijo a semejanza de Jesucristo que, resucitado,
se sienta a la derecha de Dios.
Esta vida nueva que Dios dará a N. en la resurrección y que nosotros ya
disfrutamos en parte gracias a la fe no es un fruto de nuestro esfuerzo. Es un don de Dios.
La esperanza en esa vida nueva nos lleva hoy a todos nosotros a rezar. No para asegurarle la
salvación a N., sino para expresar al Señor una confianza muy grande: estamos convencidos
que dará a N. una Vida Plena porque sabemos que ya lo ha hecho con Jesús, con quien N.
vivía unido.

28.- TEXTOS: 2 Macabeos 12,43-46; Salmo 102, Juan 17,24-26


(La oración por los difuntos)
Las lecturas que hemos escuchado hasta ahora tienen un eco muy claro en
nosotros. Es corno si Dios mismo nos dijese, a los que estamos reunidos en torno a
los restos mortales de nuestro hermano: esto que hacéis, está bien hecho: "es una
idea piadosa y santa rezar por los difuntos"; más aún: esto que estáis haciendo está
plenamente de acuerdo con lo que Jesús mismo hizo, el día antes de morir: pedir
que los que iban a ser suyos, por la fe y el bautismo, estuviesen con Él allí donde Él
está: en el cielo, con su Padre y nuestro Padre.
Cuando tomamos parte en un entierro, en efecto, nuestra misma
presencia es un testimonio de comunión y de afecto. En primer lugar, y sobre todo,
para los familiares del difunto, es un testimonio de acompañamiento, hasta el final,
de una persona que ha sido cercana a nosotros, con la que hemos convivido, de la
que hemos recibido y a la que hemos dado durante todo el tiempo que Dios ha
querido que estuviésemos juntos.
Este acompañamiento lo hacemos los cristianos también más allá
de¡ momento en que los hombres cerramos los ojos a la convivencia humana.
Creemos que más allá de nuestra convivencia terrena se despliega para los
hombres lo que ya desde ahora es verdad, y que conocemos por la fe: la
convivencia con Dios y con los Santos, la convivencia con Jesucristo resucitado, con
la Virgen María elevada al cielo...
La manera de acompañar a nuestros difuntos más allá de la vida presente
es la oración, porque la oración es la que nos pone en comunión con Dios, para el
cual todo vive, porque no es Dios de muertos sino de vivos. La oración que hacemos
por los hermanos difuntos es una oración confiada, porque sabemos que Dios los
ama más que nosotros mismos, y por eso confiamos en su misericordia.
Es también una oración humilde, porque nadie puede decir que ha
merecido vivir para siempre con Dios, y nadie puede decir que toda su vida haya
sido una vida perfecta delante de Dios. Por eso decimos, para los difuntos, aquella
expresión tan cristiana: Dios lo haya perdonado. Porque ¿qué cosa mejor podemos
pedir para una persona que pasa de este mundo de tentación y lucha a la vida
eterna, que el perdón de Dios en plenitud? Dios le ha concedido el perdón en el
bautismo, y en el sacramento de la penitencia, durante su vida. Dios lo recibirá, por
su misericordia, en su paz celestial.
esto es lo que hizo aquel soldado de Israel, Judas Macabeo, por sus
compañeros de. lucha, cuando se dio cuenta de que habían pecado: los encomendó
a la misericordia de Dios, con los sacrificios de¡ Templo de Jerusalén, para que los
perdonase y así pudiesen participar un día de la resurrección gloriosa. Lo hemos
escuchado en la primera lectura.
(La oración de Jesús, la unión con Jesús)
Esto es también lo que hizo Jesús, en la oración de su cena de despedida,
antes de comenzar su pasión. Pidió que todos los que iban a creer en Él por la
predicación de los apóstoles, a través de los tiempos -es decir, nosotros, los
cristianos- pudiésemos estar con Él, más allá de la frontera de la muerte que Él
mismo iba a traspasar.
¿No os parece magnífico, consolador, recordar estas palabras de Jesús,
que no son palabras que pasan, sino palabras de¡ Hijo de Dios, que permanecen
para siempre? Cuando nosotros ahora rezamos por nuestro hermano difunto,
estamos actualizando aquella oración de Jesús: queremos que
esté para siempre en la gloria de Jesucristo, ya que desde el comienzo de su vida
fue de Jesús, por la fe y el bautismo.
¡Cuánto sentido tiene este cirio pascual encendido junto al cadáver de nuestro
hermano! Representa a Jesús Resucitado, la llama viva que nunca se apaga. Cuando
se han cerrado los ojos de nuestro hermano a la luz de este mundo, pedimos para
él que sea iluminado para siempre por la luz de la gloria del Señor. Y qué sentido
tiene que rociemos con agua este cuerpo en la aspersión, recuerdo de aquella agua
bautismal con la que, en la fe de la Iglesia, fue incorporado un día a Jesucristo.
Nosotros pedimos que esta incorporación continúe para siempre, en la vida eterna.
Oremos, pues, hermanos: familiares, amigos, fieles presentes. Es
un gesto noble, es un gesto cristiano, es un acto de fe, es un acto de amistad y de
amor para el difunto a quien despedimos. Encomendémoslo con confianza a las
manos del Padre del cielo, que lo ha amado desde siempre y sigue amándolo, y nos
ha dado el gozo de tenerlo entre nosotros durante los años de su vida.
(Si hay misa):
Y sobre todo, dispongámonos a celebrar el misterio de¡ paso de
Jesucristo por la muerte a la gloria de Dios. La presencia de Jesús Resucitado,
vencedor del pecado y de la muerte, nos da también la presencia misteriosa de
todos los que están con Él, como pedimos que esté también nuestro hermano:
"Que así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él
la gloria de la resurrección".

29.- TEXTOS: 1 Tesalonicenses 4,13-14. 1 8; Juan 17,24-26


(La incertidumbre ante la muerte)
La muerte se nos manifiesta corno el reino de las tinieblas. N. ha dejado nuestro
mundo y nosotros no sabemos con certeza donde se encuentra ahora. Este
desconocimiento nos entristece a todos, porque estamos demasiado
acostumbrados a saberlo y a demostrarlo todo.Por eso san Pablo nos dice: "No
queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como los
hombres sin esperanza".
Porque es cierto que nadie ha regresado de la muerte. Pero también
es cierto que hay una excepción: Jesucristo. Dios lo ha resucitado de entre los
muertos. Su resurrección fundamenta nuestra esperanza a ilumina nuestra fe,
antes de morir: "Padre: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy"
.Y nosotros nos fiamos de la palabra de Jesús porque el evangelio nos da razones
suficientes para hacerlo.
Ahora Jesús vive totalmente con Dios. Jesús ha alcanzado la
resurrección y allí nos está preparando el sitio para que, por el bautismo de la
muerte, vivamos unidos a Él los que ya vivíamos unidos a Él por el Bautismo de¡
agua. Y Jesús se lo pidió a Dios, poco
San Pablo confiaba plenamente en la Palabra de Jesús. Estaba
seguro de que Dios se había llevado a Jesús a su Gloria, al resucitarlo de entre los
muertos. Pero también tenía la convicción de que Dios se llevaría también a
todos los que han muerto en comunión con Cristo. Pablo tenía una fe que hoy
también es nuestra fe. Una fe sobria y discreta, muy alejada de la fantasía o de la
imaginación infantil. Esa fe de Pablo se concreta en esta afirmación: "Los que
vivimos en comunión con Jesucristo, estaremos siempre con Él, incluso más allá
de la muerte".
Hoy, que nos hemos reunido con motivo de la despedida de N.,
no puedo deciros otra cosa que lo que nos decía san Pablo: "Consolaos
mutuamente con estas palabras". Tenemos que procurar que el miedo y la
angustia que provoca la muerte no ahogue nuestra esperanza.
Pidamos a Dios que escuche nuestra oración por N. Pero
también le pedimos que sepamos acompañar siempre nuestras plegarias con
todo el amor y el trabajo que somos capaces de ofrecer, puesto al servicio de las
personas que tenemos a nuestro lado para que cada día tengan más vida.

30.- TEXTOS: Filipenses 3,20-21, Juan 19,17-18.25-39


El evangelio que acabarnos de escuchar nos lleva a revivir el primer
Viernes Santo de la historia, aquél día en que Jesús entregó su espíritu, después
de haber cumplido la misión que le había sido encomendada. Había llegado su
Hora. Después de pasar por el mundo haciendo el bien y de haber anunciado la
Buena Nueva con palabras y signos, Jesús es detenido y conducido a la muerte, a
un tipo de muerte reservado a los ladrones y criminales: la muerte de cruz.

¿Cuál había sido su delito? ¿Qué había hecho aquel hombre para merecer este
final? Sencillamente había sido un hombre libre en su hablar y actuar; se había
mostrado celoso de las cosas de Dios y había defendido la dignidad de todos los
hombres y mujeres, fuese cual fuese su condición; había dicho que Dios era su
Padre y que la paternidad divina se extiende sobre toda la humanidad y que, por
eso, todos los hombres somos iguales y hermanos.

A este Jesús de Nazaret, Dios lo acreditó resucitándolo después de la muerte:


los que lo vieron dieron testimonio de ello, y su testimonio ha llegado hasta
nosotros. Y nosotros, los cristianos, sus discípulos así lo creemos y lo
proclamamos. Ésta es nuestra fe. Y es precisamente la fe en Cristo muerto y
resucitado la que da sentido a este acto que estamos celebrando en recuerdo de
nuestro hermano N.

Él, por el bautismo, fue incorporado a Cristo y hecho miembro de la gran familia
de los hijos de Dios, y desde el día de su bautizo comenzó a vivir la vida eterna,
aquella vida que la muerte no puede destruir: por eso nuestro hermano N, podía
decir, como decía el apóstol Pablo, y corno también podemos decir nosotros:
"Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador. el
Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su
cuerpo glorioso'.

Por eso, con confianza, rezamos a Dios por nuestro hermano N. Que habiendo
acabado su estancia en este mundo, Dios lo reconozca como hijo suyo; que le
perdone el pecado que le pudo manchar; que acepte el bien que hizo mientras
vivió entre nosotros; que valore las circunstancias diversas que tuvo que vivir;
que recuerde todo lo que amó y que lo haga participar en la herencia que desde
toda la eternidad le tenía reservada.
Junto a la cruz, hemos escuchado en la lectura de¡ evangelio,
estaba su madre, y, a su lado, el discípulo que tanto quería. María, la madre de
Jesús, aparece poco en los evangelios: sólo la encontramos en momentos muy
significativos: en el momento de la muerte, ella no podía faltar. La encontramos
cerca de la cruz, serena, firme, compartiendo el sufrimiento y el dolor del hijo. Y
a su lado, el discípulo que Jesús quería. En este momento, María se convierte en
Madre de los discípulos de su Hijo, de los seguidores de Cristo de todos los
tiempos: "Mujer, ahí tienes a tu hijo' "Ahí tienes a tu madre".

Es como madre que queremos amar a María, y la queremos imitar sobre todo en
la fortaleza ante el sufrimiento, en la actitud de escucha atenta y acogedora de la
Palabra de Dios, en la solicitud ante las necesidades, en la sencillez y en la
disponibilidad hacia el plan de Dios. Si la imitamos, nos parecernos más a su Hijo;
si la escuchamos, oiremos que nos dice: "Haced lo que él os dice", si se lo
pedimos, experimentaremos su protección y el efecto de su oración.

Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, decimos


en el Ave María. Hoy pedimos a María que rece por su hijo N., para que esté con
Jesús eternamente y contemple la gloria de Dios, disfrutando de la compañía de
los santos. Y le pedimos que rece también por nosotros, pecadores, para que
sigamos el camino que lleva a la Vida y nos podamos encontrar un día con ella y
con todos aquellos hermanos y hermanas que nos han precedido en el camino de
la fe y ahora duermen ya el sueño de la paz.
Esta fe nos urge a vivir amando; y el amor nos empuja a acercarnos a todos los
que sufren física o moralmente. Como María, y con ella, nos tenemos que
acercar a la cruz donde permanecen clavados tantos hermanos y hermanas
nuestros, y facilitar que experimenten la fuerza del amor de Dios, a través de
nuestra compañía, de nuestro afecto y de nuestro servicio sencillo y abnegado.
Y lo podemos hacer recordando estas palabras de Jesús:
Todo lo que le hicisteis a cada uno de mis hermanos, por pequeño que fuera, a
mí me lo hicisteis, y todo lo que le denegasteis a algunos de ellos, a mime lo
denegasteis. Que ahora nuestro hermano N., y llegado el momento nosotros,
podamos escuchar de boca de Jesús estas palabras: Venid, benditos de mí Padre.

31.- TEXTOS: Apocalipsis 21,1-5; Lucas 24,13-35


Homilía en la muerte de un joven, pensando en el impacto causado en la familia
y los amigos.
Hermanos, el motivo que nos congrega es muy triste. Todos compartimos el
mismo dolor: familia, amigos, vecinos ... Compartimos el dolor porque si la
muerte siempre es una experiencia dura y dolorosa, lo es más cuando siega una
vida en plena juventud.
1. La reacción más espontánea en estos momentos es tal vez la de la protesta.
Hace tiempo, en la muerte de un joven político de 29 años, decía un escritor: "La
muerte se nos ha llevado a un compañero y un amigo entrañable. Sólo nos
queda el dolor inmenso y la rabia impotente ante una terrible injusticia sin
culpable".
Estas palabras expresan el sentimiento de impotencia de¡ hombre ante la
muerte. Pero los cristianos, los que tenernos fe en Jesucristo, podemos hacer
algo más. Nuestra fe nos dice que podemos hacer algo más. A nosotros no nos
queda la rabia y la impotencia, a nosotros nos queda la esperanza, esperanza
que no es ilusión vana, esperanza que los creyentes tenernos puesta en
Jesucristo.
2. La fe nos ha reunido aquí: una fe pequeña o grande, una fe resignada o en
dura protesta. Nuestra fe nos invita a hacer algo más: orar, y tener esperanza.
Orar por N., orar para que Dios le dé la vida eterna que Jesús nos ha prometido.
Orar para que Dios nos dé esperanza en nuestro dolor.
N. era creyente, y tal vez como muchos de nosotros no lo veía todo claro; y
seguro que se preguntaba el porqué de muchas cosas, como nosotros. Ahora
confiamos que habrá encontrado en Dios la luz verdadera, ahora debe
comprender el porqué de tantos misterios.
Nosotros también creemos aunque todo nos resulte muy oscuro, aunque no
comprendamos de ningún modo el porqué de su muerte en la flor de la
juventud.
3. Los discípulos de Jesús tampoco podían entender cómo Él, que hacía el bien,
que era un hombre bueno, que predicaba el amor y la justicia, que hablaba de un
mundo nuevo, tuviese que morir en la cruz como un asesino.
Es lo que hemos escuchado en el evangelio, en la historia de los dos discípulos de
Emaús. Jesús se acerca a ellos y les quiere ayudar a entender que su muerte dará
mucho fruto: que su muerte abre las puertas a una vida más plena.
Nosotros no entendemos, pero confiamos que Dios puede sacar vida de la
muerte. No entendemos, pero hay alguien, Jesús, que nos puede ayudar a
entenderlo. No encontramos explicación, pero hay alguien que nos promete un
mundo nuevo, que nos habla de Vida, como hemos escuchado en la primera
lectura. Dios promete un mundo nuevo, en el que Él vivirá con nosotros y secará
todas las lágrimas y no existirá ya la muerte. Dios nos ofrece lo que en el fondo
todos anhelamos y deseamos.
A nosotros, que tenernos sed de vida, Dios nos promete: "Los_ sedientos
beberán de balde de la fuente de agua viva".
N. tenía sed de vivir, de felicidad. A partir de nuestra fe nosotros creemos que
Dios le habrá dado el agua de la vida, una vida que nadie nunca le podrá ya
arrebatar. Esta tiene que ser nuestra esperanza.
4. Pidamos a Jesús que, como a los discípulos de Emaús, nos enseñe a saber ver
que Dios, de la muerte, puede sacar vida.
Nosotros lo creemos pero no lo sabernos explicar. Confiamos que un día, como
los discípulos cuando se sentaron a la mesa y reconocieron a
Jesús, y su tristeza se convirtió en alegría, se nos hará la luz y entenderemos que
Dios es la Vida y es más fuerte que la muerte.
Que nuestra oración sea: Señor, quédate con nosotros, que estamos oprimidos y
todo nos parece noche. Acompañamos en el camino de la vida. Sé nuestro
compañero de camino; cuando todo parece que ha terminado, danos esperanza,
háblanos de tu vida y de tu luz.
Dale tu vida y tu luz a N. Que en tu Reino su vida sea una eterna primavera.
J. CUADRENCH
32.- TEXTOS.- Lamentaciones. 3,17-26 ; Juan 14.1-6.
Homilía para un joven muerto por enfermedad súbita y penosa, o por un
accidente.
(Tenemos derecho a lamentarnos, pero debemos buscar la esperanza)
Me encuentro ahora con vosotros para captar vuestros sentimientos y
expresarles. Vosotros (los padres, hermanos... de N.), me lo habéis encargado.
Reconozco que, por mucho que me lo propusiera, no podría vivir plenamente,
corno vosotros lo vivís, el gran dolor de esta prueba.
Desde luego nada ni nadie nos prohíbe "lamentarnos" por esto que nos está
pasando. El mismo texto bíblico que acabamos de leer en la primera lectura ha
sido todo él un rosario de sentimientos de sorpresa y de impotencia producidos
por el contratiempo, por la prueba, o, como es nuestro caso, por la sorpresa de la
muerte que "nos amarga y envenena". Sí, hoy, como en otras circunstancias de
nuestra vida, tenemos la impresión de que todo se nos hunde, que todo se
esfuma; y entonces nuestra vida llega a perder hasta la perspectiva de felicidad y
bienestar.
¿No sería conveniente, sin embargo, que intentásemos revivir otros
pensamientos? Porque seguro que la esperanza no está lejos de nosotros. Seguro
que la luz está cerca, a punto para iluminarnos, en la oscuridad. ¿No tendremos a
mano alguna posibilidad de volver a encontrar la esperanza perdida?
(Recordemos el camino de nuestro hermano)
Haciendo, pues, un esfuerzo, aunque sea heroico, saldremos de nosotros
mismos, de nuestro ensimismamiento, y volveremos la mirada en otra dirección,
para revivir otros pensamientos que nos mantengan en la esperanza.
Estos pensamientos podrían ir dirigidos en dos direcciones: primero, hacia
nuestro hermano: recordemos cómo a lo largo de su vida
nos ha permitido experimentar las cosas mejores de toda existencia humana: su
presencia abierta a los demás, su actividad.
(Recordemos el camino de Jesucristo)
El otro pensamiento lo tenernos que dirigir hacia Dios. Él no ha querido ahorrar a
nadie este trago amargo del dolor y de la muerte. Ni siquiera a su Hijo Jesucristo.
Y esto entra, extrañamente, en el ámbito de¡ amor que Dios nos tiene: "Tanto
amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que no se pierda
ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna" (Jn 3,16).
¡Cómo nos llenan de ánimo estas palabras! Porque nos recuerdan que la
presencia de Jesucristo ha sido un latido de amor del corazón de Dios. Y nos
animan más hoy, cuando pasarnos por esta prueba tan dolorosa, cuando nos
damos cuenta de que la presencia de Jesucristo, que sus amigos creían tan
necesaria y preciosa, fue cortada también por la muerte. Él sabía bien que esto le
tenía que pasar, y se esforzaba por comunicar esta convicción firme: que la vida
es más fuerte que la muerte. Nos lo dijo de muchas maneras: que si el grano de
trigo no muere no conseguiremos la espiga, que el que cree en él tendrá vida
eterna, que se va a prepararnos una morada a nosotros, para que también
nosotros vivamos donde él está.
Así, pues, además de las palabras de condolencia que nos podemos decir
mutuamente, contentos con está palabra de Dios que ha venido, precisamente
en estos momentos que tanto lo necesitábamos, a darnos fuerzas y ánimos: "Es
bueno esperar en silencio la salvación del Señor'.
R. CARALT
33.- TEXTOS.- Romanos 8,14-23; Juan 19,17-18.25-30-
Homilía en la muerte de un joven
(El dolor de una muerte joven)
Hoy sentimos el peso de la muerte de una forma muy significativa. Ha muerto
una persona joven. Su vida, que justamente ahora comenzaba a abrirse, llena de
proyectos, con toda la irradiación de ilusión a su alrededor que nos hacía sentir a
todos el gusto por vivir, ha quedado truncada. Y hoy, más que nunca, nos parece
que la vida es un sueño y que, de golpe, nos despertamos a una realidad capaz
de estropear- lo todo. En la muerte de un joven -y este joven forma parte de
nuestro vínculo con la vida- quedamos aturdidos, sin aliento. No hay donde
apoyarse, especialmente vosotros, los padres, los hermanos, los amigos más
cercanos.
Ahora estamos invitados a escuchar la Palabra de Dios que nos habla siempre a
partir de nuestras realidades. También hoy lo hace, lo acabamos de oír: un
hombre que muere ajusticiado, su familia que llora impotente, el universo
sumido en el mal, los dolores de una madre en el parto... Nuestra vida siempre
es el vehículo que Dios nos ofrece para encontrar la luz. También hoy que
sufrimos la muerte de una persona querida, aún joven.
El evangelio también nos habla de una persona joven, Jesús de Nazaret, poco
más de treinta años. Un hombre que había suscitado grandes esperanzas,
personas que con él habían sentido que vivían, proyectos que querían
transformar la realidad, unos amigos que habían aprendido a camina a su lado..,
Un hombre joven que sólo había tenido un año para comenzar a hacer camino y
de golpe todo acaba. Era como una estafa o como el amortajamiento de la
verdad, o como la decepción más grande.
(Todo se ha cumplido)
Y sorprendentemente lo que dice es "Todo se ha cumplido". Joven, un año, y
todo se ha cumplido. Jesús invita a ver la realidad desde otra perspectiva, a verla
con Dios. Con él las cosas se miden de otra manera. Todo lo que vivimos tiene
valor no por los frutos que somos capaces de apreciar, por los muchos años que
hemos tenido para hacer el bien. También a los ochenta o a los noventa o más
años nos queda mucho por hacer, podemos decir que nos queda todo por hacer.
Lo que tiene valor es todo lo que va más allá de nosotros, que se inscribe en la
larga y a menudo dolorosa marcha de la humanidad que se afana por obtener la
libertad. Las cosas encuentran su sentido cuando las descubrirnos entrelazadas,
como hoy tenernos oportunidad de sentirlas aquí. Con Dios nuestro amor,
nuestra entrega, nuestro perdón tiene un valor de eternidad, es ya obra
acabada.
Es esta sugerente y aparentemente insignificante historia en el marco de la cruz:
"Mujer, aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre. Y desde entonces el
discípulo la acogió en su casa". Una pequeña historia que genera un hecho de
eternidad, porque el amor no es una historia que nosotros controlemos y demos
o nos quedemos según nos venga en gana o nos convenga: el amor nos sitúa
siempre más allá de nosotros mismos, nos supera, y nos da la grandeza de una
vida que está con los demás y con Dios.
(conozcamos y esperemos)
Y todo esto no desmiente, ni nos desvía de un hecho incontrovertible: que toda
esta historia es la historia de todo el universo
creado que gime y sufre dolores de parto y con él gemimos nosotros como hoy lo
hacemos los que sentimos la muerte de N. No podía ser de otra manera: la
muerte de una persona joven clama al cielo, como la muerte de Jesús clamaba al
cielo.
Y de nuevo la Palabra de Dios nos remite a nuestra realidad:
podemos ver la impaciencia y la ilusión de la madre que sufre dolores de parto,
esperando el hijo que anhela. También nosotros gemimos en nuestro interior,
anhelando ser plenamente hijos, esperando que nuestro cuerpo sea redimido.
Hoy somos esta familia que llora por alguien muy querido, pero que espera.
Nuestro camino es un camino abierto, es el camino de¡ hombre joven, Jesús, que
abre el proceso de la humanidad hacia la plena libertad, hacia la vida. Nuestro
amigo, con toda su savia joven, es signo de toda la vitalidad del universo que se
encamina a la vida.
J. SOLER
C.- Funerales de niños.
34.- TEXTOS: Salmo 24,4-5.6.7.17 y 20 (se encuentra en los formularios de
exequias de niños no bautizados).
Homilía para las exequias de un niño no bautizado. Medio rural.
(La muerte de un niño)
Una vez más la muerte nos ha citado aquí. Siempre es desagradable la cita de la
muerte. Desagradable y dolorosa. Pero hoy podemos decir que todavía lo es más
que de costumbre. Llevamos a enterrar los restos de un niño.
¡Qué contrasentido descubrimos en esta expresión: los restos de un niño! Los
recién nacidos no tienen restos. Todo en ellos es esperanza de vida y de futuro,
realidad y promesa al mismo tiempo. Pero la muerte, ya lo podéis ver, es capaz
de triturar la semilla más prometedora.
Esta vez se nos ha llevado a un recién nacido. Una semilla que se ha malogrado,
apenas empezaba a vivir sobre la tierra. La alegría y la ilusión que su nacimiento
había traído a sus padres y a todo el pueblo, se ha transformado trágicamente en
desilusión y duelo por el misterio terrible de la muerte. Y todos nos encontramos
perdidos ante esta muralla tan impenetrable que es el misterio de la muerte. Y
una vez más nos salen de lo más íntimo del corazón las preguntas angustiosas de
siempre: ¿por qué tiene que pasar esto? ¿dónde van nuestros difuntos? ¿los
hemos perdido para siempre? ¿dónde están los que han muerto?
(La luz de la muerte de Jesús)
Guiados por al fe miramos a Jesús muerto en la cruz. Es la muerte del inocente,
que se ofrece por nosotros. Su muerte y su resurrección proyectan una luz
nueva, fuerte, sobre nuestra muerte. La muerte de
todos. También sobre la muerte de este niño. Nosotros no somos capaces por
nosotros mismos de . a. ahora nada más que muerte en el pequeño cuerpo sin
aliento de este niño. Pero la fe nos dice que aquí está la vida. La vida de Dios. De¡
Dios que salva. Que nos ha salvado por Jesucristo. La vida de Dios, la vida plena y
para siempre, siempre triunfa sobre la muerte. Por eso decimos con fe y con
valentía creyente que nuestros muertos están en las manos de Dios.
Las manos de Dios son las manos del Padre. Manos que acogen y perdonan.
Manos todopoderosas que crean y dan vida, la vida para siempre. No temamos,
nuestros muertos están en buenas manos. Y el camina que nos pone en las
manos salvadores del Padre es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto
y resucitado por nosotros. En nuestro bautismo hemos empezado este camino.
Lo hemos empezado y seguido después con Jesús, por él y en él, hasta llegara¡
término de nuestro viaje. La muerte es para nosotros la última etapa de esta
peregrinación hacia Dios.
Un niño no bautizado: en las manos amorosas de Dios
Hoy, sin embargo, nos encontramos también ante una pregunta más angustiosa.
¿ Que sucede con los niños que mueren sin haber podido recibir el bautismo ?.
Cómo podrán seguir el camino que conduce al padre si lo desconocen, si ni tan
siquiera ha recibido la gracia bautismal que nos une el misterio salvífico de la
vida de Jesús? ¿La muerte es para ellos doblemente negra? El salmo que hemos
escuchado pone en labios de este niño precisamente la oración que él dice
ahora: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas.
Él, N., desde la conmovedora soledad de la muerte reza con humildad y
confianza al Dios que no ha conocido y que ahora sale a su encuentro. Enséñame
cómo se hace para ir a tu lado. Haz que camine
con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. Es la vocecita de este
niño, él que no ha tenido tiempo de aprender nuestras palabras, la que clama
desde el terreno perdido y perdedor de la muerte. A ti, Señor, levanto mi alma...
Ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones. Aquí todo es
gracia. Todo es gratuidad, en la que se manifiesta de lleno la gran riqueza y la
gran bondad. Su palabra es la razón más firme de nuestra esperanza ahora y
siempre.
Unamos, hermanos, nuestra plegaria a la de este niño que va hacia el Padre.
Jesús está con nosotros y el sacrificio de su muerte y su resurrección que
celebramos, da fuerza y valor a nuestras plegarias. No dudemos de ello, Jesús
está también con N. Él es también su salvador y por caminos que nosotros no
conocemos, pero que él abre ante este niño, lo conduce hacia la felicidad de la
comunión total y eterna con el Padre de todos. Él guarda su vida y la libera de la
oscuridad y del miedo de verse perdido para siempre. Tengamos fe, hermanos.
Agarrémonos fuerte a la esperanza de la palabra de Dios que nos revela su amor
salvador y todopoderoso. Nos hemos amparado en él. No dudemos de ello: ¡no
tendremos ningún desengaño! Porque él es piadoso y nos protege desde
siempre, gratuitamente, con su amor.
J. M. ARAGONÉS
3 5.- TEXTOS: Apocalipsis 14,1-3.4b-5
Homilía para recién nacido ya bautizado. El texto no está en el ritual, sino que
corresponde al lunes de la semana 34 de¡ tiempo ordinario, año par. Las ideas,
sin embargo, son adaptables a otras lecturas.
(Amados por Dios)
Seguramente que vosotros, padres, os habréis preguntado muchas veces en
estos momentos: ¿Por qué esta muerte tan prematura? ¿por qué esta vida sin
realizarse, sin llegar a su plenitud? Yo también me lo pregunto: ¿porqué?
Humanamente no se concibe que una vida tan hermosa como es la de un niño
dure apenas unos días o unos pocos años... No me sabe nada mal confesaros que
a nivel humano yo tampoco encuentro el porqué. Humanamente hablando no se
concibe que este brote de vida haya sido cortado antes de abrirse. Comprendo
muy bien vuestra angustia y todos los "por qué" que os vendrán al pensamiento:
y sería ciertamente mucho más angustioso que no encontráramos ninguna
respuesta.
Si no la tenemos hablando humanamente, sí que la tenemos mirando esta
muerte bajo el prisma de la fe. Bajo este prisma sí que os puedo decir algo muy
seguro: Dios os ama. Y quisiera ayudaros en vuestro esfuerzo por creer que Dios
os ama, y quisiera ayudaros a sentiros amados por Dios.
(Como una ofrenda)
Se ama cuando se empieza a sufrir. Aceptando el sacrificio de la pérdida de la
vida de vuestro hijo, sufriéndola en vuestra propia carne, haciendo de ella una
ofrenda, podréis decir que empezáis a amar al Señor.
Todos somos conscientes de que la vida no nos la hemos dado nosotros mismos:
la vida en último término la hemos recibido de Dios. Dios es el señor de nuestra
vida: de la misma manera que nos la ha dado, nos la puede quitar en cualquier
momento. La vida de todos los hombres es como si fuese un jardín. El dueño de¡
jardín coge las rosas cuando son bellas a sus ojos. Si Dios ha querido el brote de
vuestro hijo, no se lo podéis reprochar: es el dueño. Insisto en lo que hace poco
os decía: haced de él una ofrenda. Ya sé que cuesta mucho, pero hacedlo.
(Encontrarse con Dios)
Cuando celebramos la Eucaristía ofrecemos al Padre la vida, la muerte y la
resurrección de su Hijo. Ofreced también al Padre, junto con Jesús, la vida de
vuestro hijo. El objetivo de nuestra fe es incorporarnos a Cristo, ser semejantes a
Él. Estos momentos que vivís son muy propicios para que, por poco que
penetréis en la fe, os podáis encontrar con Dios y vivir su presencia en esta vida.
Y en este encuentro con Dios, si está lleno de confianza, encontraréis el consuelo
y la fortaleza necesaria para decir: Señor, hágase tu voluntad.
(La comunión de los santos)
Todavía os quisiera decir otra cosa. Más de una vez habéis rezado el Credo. ¿Os
habéis fijado en aquellas palabras que decimos, "creo en la comunión de los
Santos?" Queremos decir: creemos que los que están en el cielo interceden por
nosotros. Vosotros tenéis la seguridad de que
vuestro hijo lo tenéis en el cielo. Es muy consolador pensar que tenéis un hijo
vuestro en el cielo que reza por vosotros.
Encomendadle. vuestras preocupaciones, todo lo que constituye vuestra vida.
Estad seguros de que él intercederá delante del Padre por todo lo que vosotros
deseáis obtener del Señor, porque es uno de aquellos que, como decía la lectura,
siguen al Cordero a dondequiera que vaya. Ellos fueron adquiridos de entre los
hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en sus labios no se
encontró mentira: son irreprochables.
F. POU
36.-
9. LOS MUERTOS SE DESPERTARÁN UN DíA EN LA LUZ
(Daniel 12,1 b-3)
El contexto
Escrito en la época trágica de la persecución de los griegos contra los judíos (ef.
p. 7), el libro de Daniel supone una serie de visiones «apocalípticas» relativas al
futuro próximo o lejano del pueblo de Israel. Nuestro pasaje se sitúa en la última
de estas visiones (Dn 10-12), hacia el final. Después de haber anunciado grandes
desgracias, el ángel que se dirige al vidente habla del final de los tiempos y
proclama una verdad jamás anunciada hasta ese momento en la Biblia con
semejante precisión: la resurrección de los muertos.
En efecto, sabemos que, durante muchos siglos,el pueblo de la Biblia
imaginaba la «morada de los muertos» (seol) como igual para todos en la
tiniebla y el silencio, lejos de la mirada de Dios. Estos pocos versículos ocupan,
pues, un lugar esencial en la historia de la fe bíblica. El segundo libro de los
Macabeos, contemporáneo del libro de Daniel, atestigua la misma fe en que Dios
resucitará a los muertos (ef. p. 7).
Las dos primeras líneas están tomadas del comienzo de la visión
(10,1-2). El sufrimiento de Daniel no se debe a la muerte de un ser querido, sino
a la angustia de su pueblo perseguido; la trasposición al duelo es fácil.
- v. 1: «En aquel tiempo» es una expresión bastante imprecisa, que puede
referirse tanto al pasado como al futuro, como es el caso aquí. Se asegura la
salvación para el pueblo, al menos para aquellos que estén inscritos en el libro
de Dios del que habla la Biblia (Éxodo 32,32-33).
Moises pide al Señor que perdone a su pueblo, que lo ha traicionado al erigir el
becerro de oro; «si no -le dice-, bórrame de tu libro», y el Señor responde:
«Borraré de mi libro al que haya pecado».
- v. 2: imagen de la muerte como sueño, seguido de un despertar con una
selección que separa a los justos de los pecadores, consagrados a dos destinos
diametralmente opuestos.
- v. 3: regreso al aspecto positivo de los sabios y maestros de justicia, con
imágenes de luz: brillar, resplandecer, firmamento, estrellas. Por tanto, no se
trata de individuos justos, sino de aquellos que hayan iluminado a sus hermanos.
El texto no dice en lo que se convertirán los justos... corrientes.
Pistas de lectura
La imagen del juicio final sin duda es familiar para muchos. Abre el horizonte
hacia una dicha eterna, especialemnete pára aquellos que hayan guiado a otros.
que su felicidad sea una luz para su entorno, marcado quizá sobre todo por el
sufrimiento de la separación.
La alusión al «libro de Dios» podría llevar a la idea de predestinación (<<estaba
escrito»), pero este libro no está escrito de una vez para siempre, pues se puede
estar inscrito en él o ser borrado, dependiendo de la conducta
Oct 14-juna 11-17-27Cuando uno muere se acaba la vida, no se acaba una
relación”.
Padre mío, si un día voy donde Tú estás sin poderte llevarte otra cosa que mis
infidelidades, mis amargos desengaños, mis batallas inútiles, todo el mal que
hice a los demás…¿sabrás quién soy? Señor, hoy sé que no soy quien yo hubiera
querido ser. Ni siquiera sé si me asemejo en algo a lo que esperabas de mí. No
soy un santo…¿me aceptarás así?

Porque puedo sentir que he sido el hombre perdido que viniste a buscar; el
enfermo a quien sólo Tú podías sanar. ¿Me reconoces así? Soy un pobre ser que
reclama tu amor, sólo tu amor. Y veo que mis manos están sucias y que voy
vestido de mugre; pero creo ser ese hijo tuyo para quien reservas un traje de
fiesta, un anillo y, sobre todo, esa ternura infinita que emana de ti, para poder
sentir el abrazo del encuentro y entrar en tu casa, y celebrar una fiesta que
nunca ha de terminar”. Cuando uno muere y llega al cielo dicen que se suele
llevar tres sorpresas.

La primera es mirar a su alrededor y ver un montón de gente, borrachos,


prostitutas, ladrones, … que nunca hubiera pensado encontrar allí. La segunda es
no ver a los que siempre pensó que estarían allí, su párroco, las beatas de la misa
de nueve, los endomingados, los consumidores de novenas, los cumplidores de
la letra y de las leyes… La tercera sorpresa será exclamar: Yo lo he conseguido.
No sé cómo, pero aquí estoy.

La comunidad cristiana se reúne domingo tras domingo para proclamar a


Jesucristo como el centro de su vida. Y se reúne en otras ocasiones para celebrar
los acontecimientos importantes que atañen a la comunidad. Hoy, hermanos,
estamos aquí para orar y celebrar no la muerte sino la vida eterna, con tristeza
sí, pero también con alegría.

Hoy, estamos aquí con todos ustedess y oramos con ustedess por X . Cada uno
de ustedes conserva y atesora recuerdos íntimos y cotidianos de X. Llorán a uno
que es parte de susangre y de su carne. Hoy, todos debemos orar, esperar y
aprender esta lección silenciosa. Sí, todos estamos destinados a morir. La
muerte es el último deber que todos tenemos que cumplir y tenemos que
hacerlo bien.
Este viaje último lo hacemos sin billete de vuelta. No lo necesitamos. En el
aeropuerto del cielo, alguien está esperando a X. Viaje para el que no se necesita
ni pasaporte, ni maleta. El que nos espera nos conoce bien. Lo único que
necesitamos es dirigir nuestros ojos en el único que salva, en el que puede dar
sentido a nuestro vivir y a nuestro morir: Jesucristo.

Jesucristo pasó por la experiencia de vivir y morir para mostrarnos que el amor
es más fuerte que la muerte, que hay un nuevo comienzo, que la última palabra
es pronunciada por Dios, un Dios que es amor y que es nuestra victoria. San
Pedro dijo muchas veces: “Ustedes dieron muerte al autor de la vida. Pero Dios
lo resucitó de los muertos y nosotros somos sus testigos”.

Hoy, nos toca a nosotros ser los testigos y proclamar que así como Cristo vive,
también vive nuestro hermano X. ¿Crees esto, Marta? ¿Creen esto ustedes los
cristianos? La primera parte del evangelio es creer y la segunda es vivirlo. Creer
en Jesucristo que es la resurrección y la vida. Vivir como Jesús que nos amó y
murió por nosotros. Hermanos, por la manera cómo X vivió está vivo con Dios.
Por la manera como nosotros vivamos, guardaremos vivo en nosotros el
recuerdo de X.

Una nota de humor.


Piloto a la torre de control. Piloto a la torre de control. Estoy a 600 kilómetros de
tierra…a 200 metros sobre el agua…me estoy quedando sin combustible…por
favor instrucciones.
Torre de control a piloto…aquí torre de control…repita conmigo: “Padre nuestro
que estás en el cielo…”

Esta es nuestra torre de control dando instrucciones a tantos pilotos en peligro.


Les invito a repetir conmigo: La vida es eterna. El amor de Dios no se agota
nunca. La muerte es sólo un horizonte y hay vida más allá de este horizonte.

Sí, Señor, tú eres mi final y mi nuevo y bendito principio.


OCTBRE 15 . funeral
La fe en Dios, la fe en Jesucristo nos congrega hoy aquí para celebrar esta
Eucaristía por N/. ||...... Dios lo creó un día para la vida eterna. Que El lo
acoja ahora en su seno para siempre. Vamos a pedir a Dios para N/... y para
todos nosotros, el perdón de nuestros pecados y la vida eterna.
Queridos familiares de N/...., Nos hemos reunido aquí esta tarde para celebrar
una "Eucaristía ", es decir, literalmente una "acción de gracias". Pero, gracias
¿por qué? ¿Es que se puede celebrar algo cuando se nos muere un familiar
entrañable, un compañero, un amigo....(de forma súbita, en la plenitud de la
vida)?

¿Qué sentido pueden tener estos encuentros que celebramos los creyentes y
donde nos congregamos hombres y mujeres de sensibilidad religiosa muy
diferente, convocados todos por la muerte de un ser querido? ¿Qué puede ser
esta Eucaristía? 1. Una despedida y un recuerdo. Ciertamente, este encuentro es
una despedida. No una despedida cualquiera, sino la última. Porque ya no
podremos tener junto a nosotros a N/.... Sus hermanos y hermanas, sus
familiares y amigos sentiréis como nadie su vacío. Ya no podréis esperar su
regreso pues no volverá junto a vosotros. N/... se nos ha muerto. Y cuando un
ser querido se nos muere, algo nuestro muere dentro de nosotros, una parte de
nuestra vida.

2. Despedida y recuerdo agradecido. Mientras caminamos por la vida, cogidos


por las ocupaciones e inquietudes de cada día, no sabemos muchas veces
apreciar lo que vamos recibiendo de los demás. No sabemos agradecer
debidamente su presencia, la amistad, la compañía, la riqueza que esa persona
significa para nosotros. Sin duda, sus hermanos y familiares, los amigos que lo
habéis tratado más de cerca recordáis en estos momentos encuentros,
experiencias, gestos muy concretos que agradecéis de corazón a N/...

Y sin duda, las gentes entre las que N/.... convivió, esos hombres y mujeres a los
que entregó su vida, agradecen hoy su servicio, su trabajo, su carácter dinámico,
su desgaste y su entrega. Yo también quiero agradecerle aquí, en nombre de su
vida .Es bueno, cuando termina una vida, reunirnos para recoger y expresar
nuestro agradecimiento y, si somos creyentes, elevar nuestra acción de gracias a
Dios porque un día quiso crear a N/..., nuestra acción de gracias por lo que ha
sido su vida, su trabajo 3. Una despedida esperanzada. Este celebración es, sobre
todo, un encuentro de fe, una oración confiada y esperanzada a Dios. Queridos
amigos, la vida debería ser diferente. Más hermosa, más feliz, más gozosa, más
larga, más vida... En el fondo, todos llevamos en lo más hondo de nuestro ser el
anhelo de una vida dichosa, feliz, eterna... ¿Por qué hay que morir?

Queridos amigos, los cristianos creemos que la vida de cada hombre y cada
mujer, la vida de todos y cada uno de nosotros es un misterio infinitamente
valioso, que no se pierde para siempre en la muerte. La Vida es mucho más que
esta vida. La vida de N/... es mucho más que esos ..... años de alegrías y penas,
de luchas y trabajos, que han transcurrido entre su nacimiento y su muerte.
Hemos escuchado las palabras de Jesús. "No se turbe vuestro corazón. Creéis en
Dios. Creed también en mí.

Todos tenemos un lugar preparado por Cristo resucitado en el corazón de


Dios. Todos. Los que viven confiando en Dios y los que viven olvidados de El.
"Creed en Dios". Esta es la invitación de Jesús. NO SE HHace fácil hoy creer en
Dios. Estos años han pasado muchas cosas. Y hemos cambiado mucho por
dentro. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles y menos
consistentes. No. No es fácil creer, pero es difícil no creer.
Queridos amigos, si en esta celebración de hoy sentimos que nuestra fe es débil
y vacilante, que está apagada, que ya no acertamos a creer, que no nos sale
invocar a Dios, siempre podemos ser sinceros en lo hondo de nuestro corazón y
abrirnos al Misterio de Dios desde nuestra pequeñez. El hombre, la mujer que
desde el fondo de su ser desea creer, ante Dios es ya creyente.
En el fondo último de la vida, en lo más hondo de la existencia, hay Alguien que
nos entiende y nos acepta a todos como nadie nos puede entender y aceptar. Un
Dios Padre que acoge y ama a N/... como ninguno de nosotros lo podemos hacer.
Por eso, en esta Eucaristía vamos a invocar a Dios. Vamos a decir, cada uno a su
manera, por dentro, algo como esto: "N/..., te seguimos queriendo pero ya no
sabemos cómo encontramos contigo y qué hacer por ti. Te confiamos al amor de
Dios. Ese amor infinito es para ti hoy un lugar más seguro que todo lo que
nosotros te podemos ofrecer". Descansa en Dios.

Monición inicial
Queridos amigos: Antes de morir, me pidió (N...) que este funeral no fuera triste.
Que fuese una Eucaristía de acción de gracias a ese Dios que un día creó la vida
de Josefina y hoy la ha llevado ya a la plenitud. Vamos a pedir a Dios perdón por
nuestros pecados. Que El nos conceda el perdón y nos conceda esa vida que
anhela nuestro corazón.
Homilía
Queridos amigos: El sábado pasado recibí un aviso inesperado, (N...) quería que
celebrara yo su funeral. Yo me había encontrado con el/la en alguna ocasión
estos últimos años en que vivía luchando con su enfermedad. Habían sido unos
encuentros breves pero profundos en los que (N...) me hablaba de lo que el/la
vivía por dentro al ver que la vida se le escapaba.
Por eso quise verle/a antes de morir. También esta vez fue un encuentro breve,
muy breve, pero que difícilmente podré olvidar. (N...) apenas podía respirar. Se
ahogaba. Pero pudimos hablar de lo más importante que se puede hablar en
esos momentos: de la muerte, de la otra vida, de Dios.
Cuando me quedé a solas con el/la, le agarré del brazo y le pregunté: (n...), ¿qué
sientes? Rápidamente me contestó: "...., que se me va la vida". Los que habéis
conocido a (N...) sabéis cómo amaba la vida, cómo ha luchado siempre por vivir,
cómo ha sabido mantener viva la ilusión y la esperanza a lo largo de estos años.
Ahora lo que sentía no era sufrimiento, angustia... Sencillamente, "se le iba la
vida".
Yo le pregunté: ¿Es duro? "Muy duro", me dijo. Y, entonces, inesperadamente,
abrió los ojos y se sonrió. Me sorprendió tanto que le pregunté por qué sonreía.
Entonces, rápidamente, me contestó: "Tú ya sabes que muero con la esperanza
de encontrar la verdadera vida. Esto se termina. Pronto empezaré algo nuevo".
Luego hablamos de lo pronto que pasa la vida. De lo importante que es creer en
Dios. Al final me dijo: "Quiero que hables de la esperanza. Quiero que sea un
funeral alegre. Que deis gracias a Dios por tantas cosas. . "
Queridos amigos, yo he hablado estos años muchas veces sobre la esperanza.
También hoy podemos hablar. Hablar es fácil. Demasiado fácil. Lo importante es
vivir desde dentro con esa esperanza que a (N...) le hacía sonreír ante la muerte.
Por eso creo que no soy yo el que tiene que hablar sobre la esperanza. Es mejor
que nos hable a todos (N...) con su ejemplo.
Yo no sé si los creyentes sabemos hoy valorar, cuidar y agradecer la fe que hay
en nosotros. A veces parece que la fe se nos está quedando por ahí, olvidada en
algún rincón de nuestra alma como algo poco importante, de lo que no merece la
pena preocuparse mucho.
Ante la muerte de este/a creyente que ha sido (N...), yo os quiero decir a todos
que es suerte hoy ser creyente. Es una suerte sentir por dentro la esperanza.
Cuando hoy un hombre, una mujer, dice que ha perdido la fe, dice muy bien: "Ha
perdido "Ha salido perdiendo".
Cuando una persona pierde la fe, se empobrece por dentro, pierde una luz,
pierde esperanza, pierde un resorte, una fuerza para vivir. Se queda más
empobrecido para enfrentarse a la vida y a la muerte.
Queridos amigos, si en este momento sentimos que nuestra fe es pequeña y
débil, que ya apenas acertamos a creer, que no nos sale poner nuestra esperanza
en Dios, este puede ser el momento de ser sinceros y empezar sencillamente
pidiendo fe a ese Dios al que, tal vez, sentimos hoy tan lejano. Un hombre, una
mujer que desea sinceramente creer ya es, ante Dios, un creyente.
Siguiendo el deseo de (N...), vamos a celebrar una Eucaristía gozosa, de acción de
gracias. Vamos a dar gracias a Dios porque no estamos solos. Hay un Padre que
nos comprende y nos ama como no nos comprende ni nos ama nadie. Un Dios
que ha comprendido los deseos de vivir que sentía (N...). Un Dios que quiere a
(N...) para siempre como ninguno de nosotros la hemos podido querer.
Vamos a dar gracias a Dios porque nuestra vida no es un pequeño paréntesis
entre dos vacíos. La Vida es mucho más que esta vida. Un día encontraremos,
por fin, todo lo que anhelamos desde el fondo de nuestro ser.
Todo lo bueno, lo hermoso, lo gozoso que aquí no podemos lograr. Todo lo que
aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, todo eso alcanzará un día su
realización plena. Por fin, sabremos lo que es vivir sin miedo disfrutar de una
felicidad total, amar y ser amados plenamente. Por fin, descubriremos que era
esa Vida la que andábamos buscando ya desde esta tierra.
Vamos a pedir a Dios por (N...). Que Dios llene su corazón de alegría eterna y la
sorprenda con una felicidad que ni ella ni nosotros podemos hoy sospechar.
Inicio
HOMILÍAS FUNERAL
1ª homilía: Lecturas: #1 Cor. 15,20-23; #Lucas 24, 13-16.28-35
2º homilía: Lecturas: #Rom. 6; #Juan 14, 1-6
____________________________________________________________
Lecturas: 1 Cor. 15,20-23; Lucas 24, 13-16.28-35
Cuando nos reunimos para orar y ofrecer la Eucaristía por un ser querido que ha
muerto no resulta fácil hablar. Por una parte, corremos el riesgo de repetirnos
ante una situación que varias veces a la semana nos convoca…, la muerte; y por
otra parte, uno piensa que sería más oportuno dejarnos envolver por el silencio,
evocar tantos recuerdos como de pronto se agolpan en la memoria y orar…
Pero también es un momento muy oportuno para confesar nuestra fe en la
resurrección . Confesarla con esperanza y hasta con gozo interior . Confesarla sin
otro fin que el de agradecer a Dios el don de la fe que, a través de nuestros
padres y de la comunidad cristiana , El nos trasmitió. Esa fe que a Ana María le
ha ayudado tanto a vivir, a luchar con esfuerzo y tesón contra el mal que le venía
aquejando estos años y a aceptar con serenidad una muerte que le ha llegado
antes de lo razonablemente previsible.
Sin duda que el consuelo de la presencia continuada y afectuosa de vosotros, su
esposo e hijos, que la habéis acompañado con cariño siempre y, muy en especial,
en la crisis de estos dos últimos años le habrá hecho mucho más llevadero este
tramo final de su vida terrena , sobre todo cuando el mismo día de Reyes de este
año disfrutaba con el gozo de conocer a su primer nieto.
MORIR
Siempre he pensado que el pensamiento de la muerte no debe convertirse en
una especie de idea obsesionante. Es muy importante vivir y disfrutar del don de
la existencia...
Vivir con ilusión y gozar de las muchas cosas bellas que Dios ha creado para
nosotros es una forma de creer en El, es un modo de agradecer al Creador el don
de la vida. La experiencia de la amistad, del amor, de la familia, de la relación
humana, de la solidaridad, de la entrega generosa…, la vivencia de los más
nobles valores humanos y éticos, el empeño por hacer una convivencia mejor
entre todos y para todos…son vistos desde la fe cristiana, como reflejos del
rostro mismo de Dios…, como expresiones, en frágil versión humana, de la
infinita plenitud de Dios que, de múltiples formas, ha dejado impresa su huella
en nosotros al llamarnos a la vida y al hacernos a su propia imagen.
Ahora bien, para todos llega un momento en que toda esta secuencia se
interrumpe con la muerte. Y la muerte siempre es dura sobre todo cuando, como
en este caso, acaece en una mujer todavía joven y llena de ganas de vivir. La
muerte siempre nos arranca … siempre nos separa de lo que más queremos…. Es
como si algo muy profundo se quebrase dentro de nosotros, como si el dolor
moral que nos produce la marcha del ser querido nos dejase un poco más solos.
RESUCITAR
Ahora bien, junto a estos sentimientos es posible también confesar una vez más
nuestra fe en la resurrección. Nuestra fe en que ...., aunque ha dejado esta vida
terrena, vive para siempre en Dios, porque Dios no nos creó para morir sino para
vivir… Y vive de un modo nuevo al haber sido transformada y resucitada por
Cristo y con Cristo. En ella se han hecho ya realidad aquellas palabras de Jesús “el
que crea en mí aunque haya muerto vivirá”…
Al traspasar el umbral de la muerte habrá descubierto a Cristo tal como es de
verdad… Como los discípulos de Emaús, ......... también habrá reconocido al
Señor en ese momento inefable del encuentro definitivo con El , en “el partir el
pan “ de la plena y eterna comunión con El. Hasta el sábado lo conocía por la fe,
y los sacramentos de la fe la confortaron en tantas ocasiones… Ahora lo habrá
descubierto tal como es, sin velos ni obscuridades
Mientras tanto, los que quedáis y fuisteis tan cercanos a ella os quedáis con su
recuerdo. Como escribía bellamente Bonhoefer, aquel gran cristiano de
confesión luterana que padeció y murió en los campos de exterminio nazis
“no hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida; ni siquiera
hemos de intentarlo. Hemos de
soportar sencillamente la separación y resistir. Al principio eso parece muy duro,
pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo. Porque al quedar el vacío sin llenar
nos sirve de nexo de unión.
No es cierto que Dios es quien llena este vacío. Dios no lo llena sino que,
precisamente, lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a conservar- aunque con
dolor- nuestra unión con el que se ha ido. Por otra parte, cuanto más hermosos y
ricos son los recuerdos, más fuerte resulta la separación y más permanente se
hace su memoria”.
#Inicio
Lecturas: Rom. 6, 3-9; Juan 14, 1-6
Introducción
La muerte de un ser querido siempre impacta en lo más profundo de nuestro ser
y remueve las fibras más sensibles de nuestra memoria. Toda una larga historia
de relación humana y de convivencia con el desaparecido cobra plena actualidad,
y reviven en el recuerdo detalles, gestos, frases y actitudes que, aunque
remueven la herida de su desaparición, suavizan al mismo tiempo el vacío de su
ausencia.
Sin duda, queridos familiares de ...., esposa e hijos, que esto mismo os está
pasando a vosotros. Lo recordareis siempre como hombre trabajador y serio, y
siempre y especialmente en estos últimos años totalmente entregado al cuidado
de su esposa, con ternura y abnegación ejemplar…
Hoy celebramos cristianamente su muerte y también su larga vida de x años que,
a partir de ahora, queda depositada en manos de un Dios que es nuestro Padre.
Celebrar la muerte
Es posible que más de uno se pregunte con perplejidad si es humano “celebrar la
muerte”. ¿Es que la muerte tiene algo que celebrar?
La muerte en sí misma no. En todo caso la muerte tiene mucho para ser llorada,
para ser lamentada. La muerte siempre significa el fin del tiempo y de esa propia
historia personal que queda enmarcada en él.
Sin embargo y siendo todo esto verdad, lo es también que la muerte de un
cristiano tiene un significado peculiar. Un cristiano, por el bautismo, queda ya
incorporado a la muerte y a la “suerte” de Cristo y, por tanto, a su resurrección.
“Nuestra existencia está unida a Cristo, es decir a una muerte como la suya y a
una resurrección como la suya” (1ª lectura).
La vida de un cristiano, por la gracia bautismal, es una llamada permanente a
morir y a renunciar a todo aquello que tiende a empujarnos al mal, y a ir
liberándonos de las servidumbres que origina en nosotros aquello que san Pablo
llamaba el “hombre viejo”… Y, al mismo tiempo, la vida de un cristiano es ir
recuperando cada día un trozo más de esa libertad interior que es el anticipo de
la vida resucitada…, de modo que, a medida que vamos viviendo más años,
vayamos también alumbrando espacios nuevos de convivencia en los que la
concordia y el
buen entendimiento sean más fuertes que las tensiones, el respeto al otro más
significativo que la exclusión, la alegría y la esperanza más vivas que la
desconfianza, y el deseo de vivir más intenso que las actitudes destructivas. Esta
dinámica de atenuar en nosotros los síntomas de negatividad y de muerte, y de
acrecentar los signos de positividad y de vida es la más viva expresión de lo que
es la auténtica vida cristiana: morir a nuestras tendencias negativas e ir
resucitando a los gérmenes de eternidad que el bautismo sembró en nosotros.
Esto es lo que nuestro hermano ...., tal vez sin darse del toco cuenta, ha ido
haciendo a lo largo de sus x años de vida . ¿No os parece que una existencia así
merece ser celebrada en el momento en que, terminado su tiempo, se introduce
en el misterio eterno de Dios?
¿Que nuestro hermano habrá tenido también sus deficiencias? Evidentemente,
toda existencia humana está, al mismo tiempo, marcada por la debilidad, pero
Dios “conoce de qué barro estamos hechos” como dice san Pablo.
Por eso, al celebrar hoy la existencia de nuestro hermano culminada con la
muerte, en realidad celebramos a Cristo que habrá ido acogiendo, a lo largo de
su vida, todos y cada uno de sus esfuerzos por liberarse del Mal y los habrá ido
uniendo a su propia cruz, y, al mismo tiempo, habrá ido incorporando a su
resurrección todos los destellos de nueva existencia que alumbró ejercitó ......
mientras vivió en este mundo.
Por todo esto celebramos su muerte cristiana. Por todo esto creemos que si ha
muerto con Cristo también vivirá con El.
#Inicio Exclusivamente para uso privado.
PALABRA DEL SEÑOR
SUGERENCIAS PARA LA HOMILIA
LC. 23, 33. 39-43
Estadísticas realizadas en diversos países de Europa muestran que sólo un
cuarenta por ciento de las personas creen hoy en la vida eterna y que, además,
para muchas de ellas esta fe ya no tiene fuerza o significado alguno en su vida
diaria.
Pero lo más sorprendente en estas estadísticas es algo que también entre
nosotros he podido comprobar en más de una ocasión. No son pocos los que
dicen creer realmente en Dios y, al mismo tiempo, piensan que no hay nada más
allá de la muerte.
Y, sin embargo, creen en la vida eterna no es una arbitrariedad de algunos
cristianos, sino la consecuencia de la fe en un Dos al que sólo le preocupa la
felicidad total del ser humano. Un Dios que, desde lo más profundo de su ser de
Dios, busca el bien final de toda la creación.
Antes que nada, hemos de recordar que la muerte es el acontecimiento más
trágico y brutal que nos espera a todos. Inútil querer olvidarlo. La muerte está
ahí, cada día más cercana. Una muerte absurda y oscura que nos impide ver en
qué terminarán nuestros deseos, luchas y aspiraciones. ¿Ahí se acaba todo?
¿Comienza precisamente ahí la verdadera vida?
Nadie tiene datos científicos para decir nada con seguridad. El ateo "cree" que
no hay nada después de la muerte, pero no tiene pruebas científicas para
demostrarlo. El creyente "cree" que nos espera una vida eterna, pero tampoco
tiene prueba científica alguna. Ante el misterio de la muerte, todos somos seres
radicalmente ignorantes e impotentes.
La esperanza de los cristianos brota de la confianza total en el Dios de Jesucristo.
Todo el mensaje y el contenido de la vida de Jesús, muerto violentamente por los
hombres pero resucitado por Dios para la vida eterna, les lleva a esta convicción:
"La muerte no tiene la última palabra. Hay un Dios empeñado en que los
hombres conozcan la felicidad total por encima de todo, incluso por encima de la
muerte. Podemos confiar en él".
Ante la muerte, el creyente se siente indefenso y vulnerable como cualquier otro
hombre; como se sintió, por otra parte, el mismo Jesús. Pero hay algo que, desde
el fondo de su ser, le invita a fiarse de Dios más allá de la muerte y a pronunciar
las mismas palabras de Jesús: "Padre, en tus manos dejo mi vida". Este el núcleo
esencial de la fe cristiana: dejarse amar por Dios hasta la vida eterna; abrirse
confiadamente al misterio de la muerte, esperándolo todo del amor creador de
Dios.
Esta es precisamente la oración del malhechor que crucifican junto a Jesús. En el
momento de morir, aquel hombre no encuentra nada mejor que confiarse
enteramente a Dios y a Cristo: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu
Reino". Y escucha esa promesa que tanto consuela al creyente: "Te lo aseguro:
hoy estarás conmigo en el paraíso".
Como creemos le ha escuchado ya a ---------
Hoy en esta Eucaristía unimos la muerte de -------- a la muerte y resurrección de
Cristo para que nuestro/a hermano/a esté gozando de la vida eterna en el
paraíso.
HOMILÍAS FUNERAL
1ª homilía: Lecturas: #1 Cor. 15,20-23; #Lucas 24, 13-16.28-35
2º homilía: Lecturas: #Rom. 6; #Juan 14, 1-6
____________________________________________________________
Lecturas: 1 Cor. 15,20-23; Lucas 24, 13-16.28-35
Cuando nos reunimos para orar y ofrecer la Eucaristía por un ser querido que ha
muerto no resulta fácil hablar. Por una parte, corremos el riesgo de repetirnos
ante una situación que varias veces a la semana nos convoca…, la muerte; y por
otra parte, uno piensa que sería más oportuno dejarnos envolver por el silencio,
evocar tantos recuerdos como de pronto se agolpan en la memoria y orar…
Pero también es un momento muy oportuno para confesar nuestra fe en la
resurrección . Confesarla con esperanza y hasta con gozo interior . Confesarla sin
otro fin que el de agradecer a Dios el don de la fe que, a través de nuestros
padres y de la comunidad cristiana , El nos trasmitió. Esa fe que a Ana María le
ha ayudado tanto a vivir, a luchar con esfuerzo y tesón contra el mal que le venía
aquejando estos años y a aceptar con
serenidad una muerte que le ha llegado antes de lo razonablemente previsible.
Sin duda que el consuelo de la presencia continuada y afectuosa de vosotros, su
esposo e hijos, que la habéis acompañado con cariño siempre y, muy en especial,
en la crisis de estos dos últimos años le habrá hecho mucho más llevadero este
tramo final de su vida terrena , sobre todo cuando el mismo día de Reyes de este
año disfrutaba con el gozo de conocer a su primer nieto.
MORIR
Siempre he pensado que el pensamiento de la muerte no debe convertirse en
una especie de idea obsesionante. Es muy importante vivir y disfrutar del don de
la existencia...
Vivir con ilusión y gozar de las muchas cosas bellas que Dios ha creado para
nosotros es una forma de creer en El, es un modo de agradecer al Creador el don
de la vida. La experiencia de la amistad, del amor, de la familia, de la relación
humana, de la solidaridad, de la entrega generosa…, la vivencia de los más
nobles valores humanos y éticos, el empeño por hacer una convivencia mejor
entre todos y para todos…son vistos desde la fe cristiana, como reflejos del
rostro mismo de Dios…, como expresiones, en frágil versión humana, de la
infinita plenitud de Dios que, de múltiples formas, ha dejado impresa su huella
en nosotros al llamarnos a la vida y al hacernos a su propia imagen.
Ahora bien, para todos llega un momento en que toda esta secuencia se
interrumpe con la muerte. Y la muerte siempre es dura sobre todo
cuando, como en este caso, acaece en una mujer todavía joven y llena de ganas
de vivir. La muerte siempre nos arranca … siempre nos separa de lo que más
queremos…. Es como si algo muy profundo se quebrase dentro de nosotros,
como si el dolor moral que nos produce la marcha del ser querido nos dejase un
poco más solos.
RESUCITAR
Ahora bien, junto a estos sentimientos es posible también confesar una vez más
nuestra fe en la resurrección. Nuestra fe en que ...., aunque ha dejado esta vida
terrena, vive para siempre en Dios, porque Dios no nos creó para morir sino para
vivir… Y vive de un modo nuevo al haber sido transformada y resucitada por
Cristo y con Cristo. En ella se han hecho ya realidad aquellas palabras de Jesús “el
que crea en mí aunque haya muerto vivirá”…
Al traspasar el umbral de la muerte habrá descubierto a Cristo tal como es de
verdad… Como los discípulos de Emaús, ......... también habrá reconocido al
Señor en ese momento inefable del encuentro definitivo con El , en “el partir el
pan “ de la plena y eterna comunión con El. Hasta el sábado lo conocía por la fe,
y los sacramentos de la fe la confortaron en tantas ocasiones… Ahora lo habrá
descubierto tal como es, sin velos ni obscuridades
Mientras tanto, los que quedáis y fuisteis tan cercanos a ella os quedáis con su
recuerdo. Como escribía bellamente Bonhoefer, aquel gran cristiano de
confesión luterana que padeció y murió en los campos de exterminio nazis
“no hay nada que pueda sustituir la ausencia de una persona querida; ni siquiera
hemos de intentarlo. Hemos de soportar sencillamente la separación y resistir. Al
principio eso parece muy duro, pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo.
Porque al quedar el vacío sin llenar nos sirve de nexo de unión.
No es cierto que Dios es quien llena este vacío. Dios no lo llena sino que,
precisamente, lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a conservar- aunque con
dolor- nuestra unión con el que se ha ido. Por otra parte, cuanto más hermosos y
ricos son los recuerdos, más fuerte resulta la separación y más permanente se
hace su memoria”.
#Inicio
Lecturas: Rom. 6, 3-9; Juan 14, 1-6
Introducción
La muerte de un ser querido siempre impacta en lo más profundo de nuestro ser
y remueve las fibras más sensibles de nuestra memoria. Toda una larga historia
de relación humana y de convivencia con el desaparecido cobra plena actualidad,
y reviven en el recuerdo detalles, gestos, frases y actitudes que, aunque
remueven la herida de su desaparición, suavizan al mismo tiempo el vacío de su
ausencia.
Sin duda, queridos familiares de ...., esposa e hijos, que esto mismo os está
pasando a vosotros. Lo recordareis siempre como hombre trabajador y serio, y
siempre y especialmente en estos últimos años
totalmente entregado al cuidado de su esposa, con ternura y abnegación
ejemplar…
Hoy celebramos cristianamente su muerte y también su larga vida de x años que,
a partir de ahora, queda depositada en manos de un Dios que es nuestro Padre.
Celebrar la muerte
Es posible que más de uno se pregunte con perplejidad si es humano “celebrar la
muerte”. ¿Es que la muerte tiene algo que celebrar?
La muerte en sí misma no. En todo caso la muerte tiene mucho para ser llorada,
para ser lamentada. La muerte siempre significa el fin del tiempo y de esa propia
historia personal que queda enmarcada en él.
Sin embargo y siendo todo esto verdad, lo es también que la muerte de un
cristiano tiene un significado peculiar. Un cristiano, por el bautismo, queda ya
incorporado a la muerte y a la “suerte” de Cristo y, por tanto, a su resurrección.
“Nuestra existencia está unida a Cristo, es decir a una muerte como la suya y a
una resurrección como la suya” (1ª lectura).
La vida de un cristiano, por la gracia bautismal, es una llamada permanente a
morir y a renunciar a todo aquello que tiende a empujarnos al mal, y a ir
liberándonos de las servidumbres que origina en nosotros aquello que san Pablo
llamaba el “hombre viejo”… Y, al mismo tiempo, la vida de un cristiano es ir
recuperando cada día un trozo más de esa libertad interior que es el anticipo de
la vida resucitada…, de modo que, a medida que vamos viviendo más años,
vayamos también alumbrando espacios nuevos de convivencia en los que la
concordia y el buen
entendimiento sean más fuertes que las tensiones, el respeto al otro más
significativo que la exclusión, la alegría y la esperanza más vivas que la
desconfianza, y el deseo de vivir más intenso que las actitudes destructivas. Esta
dinámica de atenuar en nosotros los síntomas de negatividad y de muerte, y de
acrecentar los signos de positividad y de vida es la más viva expresión de lo que
es la auténtica vida cristiana: morir a nuestras tendencias negativas e ir
resucitando a los gérmenes de eternidad que el bautismo sembró en nosotros.
Esto es lo que nuestro hermano ...., tal vez sin darse del toco cuenta, ha ido
haciendo a lo largo de sus x años de vida . ¿No os parece que una existencia así
merece ser celebrada en el momento en que, terminado su tiempo, se introduce
en el misterio eterno de Dios?
¿Que nuestro hermano habrá tenido también sus deficiencias? Evidentemente,
toda existencia humana está, al mismo tiempo, marcada por la debilidad, pero
Dios “conoce de qué barro estamos hechos” como dice san Pablo.
Por eso, al celebrar hoy la existencia de nuestro hermano culminada con la
muerte, en realidad celebramos a Cristo que habrá ido acogiendo, a lo largo de
su vida, todos y cada uno de sus esfuerzos por liberarse del Mal y los habrá ido
uniendo a su propia cruz, y, al mismo tiempo, habrá ido incorporando a su
resurrección todos los destellos de nueva existencia que alumbró ejercitó ......
mientras vivió en este mundo.
Por todo esto celebramos su muerte cristiana. Por todo esto creemos que si ha
muerto con Cristo también vivirá con El.
#Inicio
Exclusivamente para uso privado.
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOSTESALONICENSES 4,13-
14.17SALMO RESPONSORIAL 129R. SEÑOR, ESCUCHA MI ORACIÓN MATEO 25,1-
13
No nos reúne aquí la muerte sino la vida: La vida de ………, que hoy llega a su fin
terreno (que hoy cumple una etapa). La vida de jesucristo, que continúa vivo y
presente. La vida eterna que todos esperamos. por ello, la actitud cristiana ante
la muerte, hay, no puede ser de desesperacion, de panico o de miedo. No somos
unos ilusos cuando, reunidos en esta circunstancia, ciertamente triste a nivel
humano, nos invaden sentimientos de esperansa, de certesa y casi de alegría.
es por ello que esta liturgia es una celebracion. La celebracion de una despedida,
sin duda, donde se me$clan al mismo tiempo los sentimientos de triste$a y
alegría.
como en toda despedida. Los hom&res de hoy no sa&emos qu hacer con la
muerte. veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no ha&lar de ella.
*lvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los tr#mites religiosos o civiles
necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.+ como les decía no
sa&emos ni la hora ni el inicio, san pa&lo en su carta nos dice que no estemos
triste como los que no tienen esperan$a, y que es no tener esperan$a- %s
pensar que todo ha terminado que despues de la muerte no hay nada y no es así
san !a&lo nos reafirma que si creemos que esús muri" y resucit", pues lo mismo
suceder# con nosotros, y nuestra meta or prue&a es jesús sino vana sería
nuestra /e, y de&emos tam&i n de pensar algo que muchas veces nos
olvidamos como lo dir# un cantante ‘ Nadie es eterno en el mundo…, Todo lo
acaban los añ os, dime que te llevas tu’, yo medita&a y decía
es cierto, pero tam&i no es cierto, si n0, vamos ha resucitar con esús el nos lo
prometi" y san !a&lo nos lo recuerda eso

en el evangelio mateo con est# par#&ola nos ense1a que esta es la realidad,esta
es la condici"n humana : llega un día en que la vida termina y loshom&res nos
hallamos ante la hora de la verdad. el se ha presentado ante dios, ante el !adre,
llevando en sus manos, como las doncellas del evangelio, la l#mpara encendida
de su &uena voluntad, la l#mpara encendida del &ien que se haya esfor$ado en
reali$ar en este mundo. + nuestra confian$a, la confian$a de los cristianos, es
sta: que dios va a tomar esta lu$, esta peque1a llama y la va a convertir en la lu$
eterna del go$o, de la vida, de la pa$.pero al mismo tiempo, el hecho de
encontrarnos diciendo adi"s y orando por este hermano nuestro que muri", es
tam&i n una llamada, una invitaci"n para la vida de cada uno de nosotros.

%s una llamada que nos recuerda que tam&i n a nosotros nos llegar# un día
esta hora de la verdad. No sa&emos cuando ser#, no podemos imaginarlo. !ero
sa&emos que llegar# un momento en que nuestra vida de aquí ha&r# terminado,
y entonces deberemos tener las l#mparas encendidas, como aquellas doncellas
prudentes y precavidas que espera&an la llegada del esposo. *ho tal ve$
llegaríamos a este momento definitivo con una l#mpara apag#ndose, que apenas
serviría de nada.

habríamos perdido la vida muy lamenta&lemente. + ante nuestro !adre del cielo,
y ante los dem#s hom&res, y ante nosotros mismos, de&eríamos reconocer que
ha&ríamos defraudado las esperan$as que dios ha&ía puesto en nosotros, y que
los dem#s hom&res que nos conocen, la ha&ían puesto en nosotros. !or tanto,
sint#monos hoy llamados, ante todo, a confiar. confiar en el amor del !adre,
que nos quiere a cada uno de nosotros, y que de modo especial quiere a este
hermano nuestro que ahora vamos a enterrar.

el le dio la fe, l lo acompa1" en el camino de este mundo, l quiere reci&irle


para siempre en el go$o de su 4eino que nos ha prometido. 5int#monos
llamados, tam&i n, a orar. 'omo dice el salmo, se acuerdan-SEÑOR,
ESCUCHA MI ORACIÓN. manifestar ante 2ios nuestro deseo y nuestra
esperan$a de que este hermano nuestro, li&erado de toda culpa, pueda entrar
en la lu$ go$osa de 2ios, en la casa del !adre. 4ecuerden ninguno de nosotros
tiene una fecha de vencimiento gra&ada enel cuello como los productos, y eso
quiere decir que de&emos estar preparados y puesta nuestra fe en esús que
nos salvar# por estar preparados y ha&ernos portados dando el amor al projimo
sint#monos llamados finalmente, todos nosotros, a tra&a ar para que nuestra
vida sea realmente luminosa, llena de la lu$ del amor, de la apertura, de la
atenci"n a los dem#s, porque solamente así ha&r# merecido la pena ante 2ios,
ante los dem#s hom&res, ante nosotros mismos, ha&er vivido.

Lucas 24,13-35

Quedate con nosotros porque atardece y el dia va de caída.


También nosotros podemos hacer nuestra en este dia la oracion de los discípulos.
Aunque sea con palabras diferentes, al igual que ellos tambien a nosotros se nos hace
de noche.

A nivel personal, a nivel intimo, a nivel familiar este año se nos ha hecho de noche,
primero con camilo andres y hoy con nuestra siempre querida Helena.
Y ciertamente cuanto bien nos hace encontrar en estos momentos de oscuridad a
todos ustedes que nos quieren dar sus manos, su esperanza, su amor.

La vida sigue y tenemos que continuar el camino , no nos podemos estacionar


Ni parar por demasiado tiempo aunque la muerte se enfrente con nosotros.
Hoy estamos aquí porque la sombra se extendió sobre helena a quien tanto
queríamos, de nuestra orfandad primera,para Carmen sofia y yo, Dios la suplio con
muchas madres y helena era la ultima que nos quedaba.

Me duele su partida pero en mis oraciones, siempre estuve dándole gracias al Señor
por su larga y generosa vida por todo el bien que ella hizo , por su preocupación por
todos nosotros, por su constante vida de oración, por querer siempre que todos
estuvieramos bien.

Ahora me toco el turno de ser el patriarca de la familia, para Eduardo, alvaro , Nancy
y todos los nietos y nietas, quiero ser la mano que exprese todos los sentimientos,
comprensión y amistad de quienes los acompañamos.

Pero mas que todos nosotros quien mas cercano quiere estar es el Señor Jesus. Por la
fe que profesamos sabemos que el esta muy cercano a nuestras situaciones humanas,
como aquel dia qe e acerco a los discípulos de emaus según o hemos escuchado en el
Evangelio.
En el y por el , sabemos que mas alla de todo dolor y de toda muerte, hay una paz y
una vida en plenitud. Paz y vida que nosotros hoy pedimos llenos de esperanza, para
helena.
Fue buena hija, buena hermana, buena esposa, buena madre y buena abuela yo se
que ahora esta en una fiesta con todos los que la amaron antes :Herminia, Ofelia,
Antonia, Eduardo , máximo , camilo y tantos que partieron antes
Pero permaneciern tan cercanos. Dios nos bendiga a todos.amen.
Febrero 17.
Cuando nos reunimos para orar y ofrecer la Eucaristía por un ser
querido que ha muerto no resulta fácil hablar. Por una parte, corremos
el riesgo de repetirnos ante una situación que varias veces a la semana
nos convoca…, la muerte; y por otra parte, uno piensa que sería más
oportuno dejarnos envolver por el silencio, evocar tantos recuerdos
como de pronto se agolpan en la memoria y orar…
Pero también es un momento muy oportuno para confesar
nuestra fe en la resurrección . Confesarla con esperanza y hasta con
gozo interior . Confesarla sin otro fin que el de agradecer a Dios el don
de la fe que, a través de nuestros padres y de la comunidad cristiana , El
nos trasmitió. Esa fe que a …………………..le ha ayudado tanto a vivir, a
luchar con esfuerzo y tesón contra el mal y la enfermedad y a aceptar
con serenidad una muerte que le ha llegado .
Sin duda que el consuelo de la presencia continuada y
afectuosa de ustedes, su familiares, que la han acompañado con cariño
siempre le habrá hecho mucho más llevadero este tramo final de su
vida terrena . Siempre he pensado que el pensamiento de la
muerte no debe convertirse en una especie de idea obsesionante. Es
muy importante vivir y disfrutar del don de la existencia...
Vivir con ilusión y gozar de las muchas cosas bellas que Dios
ha creado para nosotros es una forma de creer en El, es un modo de
agradecer al Creador el don de la vida. La experiencia de la amistad, del
amor, de la familia, de la relación humana, de la solidaridad, de la
entrega generosa…, la vivencia de los más nobles valores humanos y
éticos, el empeño por hacer una convivencia mejor entre todos y para
todos…son vistos desde la fe cristiana, como reflejos del rostro mismo
de Dios…, como expresiones, en frágil versión humana, de la infinita
plenitud de Dios que, de múltiples formas, ha dejado impresa su huella
en nosotros al llamarnos a la vida y al hacernos a su propia imagen.
Ahora bien, para todos llega un momento en que toda esta secuencia se
interrumpe con la muerte. Y la muerte siempre es dura . La muerte
siempre nos arranca … siempre nos separa de lo que más queremos….
Es como si algo muy profundo se quebrase dentro de nosotros, como si
el dolor moral que nos produce la marcha del ser querido nos dejase un
poco más solos.
Ahora bien, junto a estos sentimientos es posible también
confesar una vez más nuestra fe en la resurrección. Nuestra fe en que
...., aunque ha dejado esta vida terrena, vive para siempre en Dios,
porque Dios no nos creó para morir sino para vivir… Y vive de un modo
nuevo al haber sido transformada y resucitada por Cristo y con Cristo.
En ella se han hecho ya realidad aquellas palabras de Jesús “el que crea
en mí aunque haya muerto vivirá”…
Al traspasar el umbral de la muerte habrá descubierto a Cristo
tal como es de verdad… Como los discípulos de Emaús, ......... también
habrá reconocido al Señor en ese momento inefable del encuentro
definitivo con El , en “el partir el pan “ de la plena y eterna comunión
con El. Ahora lo habrá descubierto tal como es, sin velos ni
obscuridades
Mientras tanto, los que quedan y fueron tan cercanos a ella se
quedán con su recuerdo. Como escribía bellamente Bonhoefer, aquel
gran cristiano de confesión luterana que padeció y murió en los campos
de exterminio nazis “no hay nada que pueda sustituir la ausencia de
una persona querida; ni siquiera hemos de intentarlo. Hemos de
soportar sencillamente la separación y resistir. Al principio eso parece
muy duro, pero, al mismo tiempo, es un gran consuelo. Porque al
quedar el vacío sin llenar nos sirve de nexo de unión.
No es cierto que Dios es quien llena este vacío. Dios no lo llena sino
que, precisamente, lo mantiene vacío, con lo cual nos ayuda a
conservar- aunque con dolor- nuestra unión con el que se ha ido. Por
otra parte, cuanto más hermosos y ricos son los recuerdos, más fuerte
resulta la separación y más permanente se hace su memoria”.
OMINGO 19 FEB 1.
La muerte de un ser querido siempre impacta en lo más profundo de
nuestro ser y remueve las fibras más sensibles de nuestra memoria. Toda
una larga historia de relación humana y de convivencia con el desaparecido
cobra plena actualidad, y reviven en el recuerdo detalles, gestos, frases y
actitudes que, aunque remueven la herida de su desaparición, suavizan al
mismo tiempo el vacío de su ausencia.

Sin duda, queridos familiares de ...., , que esto mismo LES está pasando a
USTEDES. Lo recordarAN siempre como hombre trabajador y serio, y
siempre Hoy celebramos cristianamente su muerte y también su larga vida
de x años que, a partir de ahora, queda depositada en manos de un Dios
que es nuestro Padre. Es posible que más de uno se pregunte con
perplejidad si es humano “celebrar la muerte”. ¿Es que la muerte tiene algo
que celebrar? La muerte en sí misma no. En todo caso la muerte tiene
mucho para ser llorada, para ser lamentada.

La muerte siempre significa el fin del tiempo y de esa propia historia


personal que queda enmarcada en él. Sin embargo y siendo todo
esto verdad, lo es también que la muerte de un cristiano tiene un
significado peculiar. Un cristiano, por el bautismo, queda ya incorporado a
la muerte y a la “suerte” de Cristo y, por tanto, a su resurrección. “Nuestra
existencia está unida a Cristo, es decir a una muerte como la suya y a una
resurrección como la suya”

La vida de un cristiano, por la gracia bautismal, es una llamada


permanente a morir y a renunciar a todo aquello que tiende a empujarnos
al mal, y a ir liberándonos de las servidumbres que origina en nosotros
aquello que san Pablo llamaba el “hombre viejo”… Y, al mismo tiempo, la
vida de un cristiano es ir recuperando cada día un trozo más de esa libertad
interior que es el anticipo de la vida resucitada…, de modo que, a medida
que vamos viviendo más años, vayamos también alumbrando espacios
nuevos de convivencia en los que la concordia y el buen entendimiento sean
más fuertes que las tensiones, el respeto al otro más significativo que la
exclusión, la alegría y la esperanza más vivas que la desconfianza, y el deseo
de vivir más intenso que las actitudes destructivas. Esta dinámica de
atenuar en nosotros los síntomas de negatividad y de muerte, y de
acrecentar los signos de positividad y de vida es la más viva expresión de lo
que es la auténtica vida cristiana: morir a nuestras tendencias negativas e ir
resucitando a los gérmenes de eternidad que el bautismo sembró en
nosotros.

Esto es lo que nuestro hermano ...., tal vez sin darse del toco cuenta,
ha ido haciendo a lo largo de sus x años de vida . ¿No os parece que una
existencia así merece ser celebrada en el momento en que, terminado su
tiempo, se introduce en el misterio eterno de Dios? ¿Que nuestro hermano
habrá tenido también sus deficiencias? Evidentemente, toda existencia
humana está, al mismo tiempo, marcada por la debilidad, pero Dios
“conoce de qué barro estamos hechos” como dice san Pablo.

Por eso, al celebrar hoy la existencia de nuestro hermano


culminada con la muerte, en realidad celebramos a Cristo que habrá ido
acogiendo, a lo largo de su vida, todos y cada uno de sus esfuerzos por
liberarse del Mal y los habrá ido uniendo a su propia cruz, y, al mismo
tiempo, habrá ido incorporando a su resurrección todos los destellos de
nueva existencia que alumbró ejercitó ...... mientras vivió en este mundo.
Por todo esto celebramos su muerte cristiana. Por todo esto creemos que si
ha muerto con Cristo también vivirá con El.
DOINGO 19FEB F2.
Para nosotros los creyentes, ante el dolor y la muerte, siempre hay una luz de
esperanza y de consuelo. Y es porque nosotros creemos en un Dios que ha
sufrido y ha muerto, pero sobre todo creemos en un Dios que ha Resucitado, y
que ahora vive junto a nosotros. Nuestro Dios en el que creemos, no es un
Dios ajeno a los problemas humanos. Ha experimentado en su misma carne, las
dificultades y dolores de la vida humana.

Ha querido compartir todo con nosotros, ha querido saber lo que cuesta ser
persona y ha querido comprobar la dura tensión que se da entre nosotros. É L
SUFRIÓ, PADECIÓ Y MURIÓ AJUSTICIADO EN UNA cRUZ. Pero amó a todos,
incluso a sus verdugos. Su amor ha sido más fuerte que la muerte y por eso ha
Resucitado y vive ahora entre nosotros. Vive para animarnos a nosotros a
seguir su ejemplo de amor y servicio a los demás.

Vive para enseñarnos que si somos capaces de ir venciendo las dificultades y


trabajos de la vida; para enseñarnos que, si somos capaces de ayudar a los
demás y de compartir las penas y alegrías, como Él; entonces también nosotro
resucitaremos como Jesús. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza.
Esto es lo que nos da fuerzas para seguir viviendo a pesar de las dificultades
de la vida.

Y esto es, también, lo que nos da fuerzas para aceptar la muerte de un ser
querido. Sabemos que si nos unimos a Jesús, en vida, también Él nos recibirá y
nos asociará a su Resurrección. Sólo así tiene sentido nuestra vida. Sólo así
tienen sentido los sufrimientos y dolores. Sólo así tiene sentido el trabajo en
favor de los demás. Si todo no termina con la muerte, sino que pasamos a vivir
junto a Dios, tiene sentido nuestra vida; tienen sentido nuestros esfuerzos, tiene
sentido el colaborar para que, también en este mundo se viva cada vez mejor.

Vamos a continuar celebrando esta Eucaristía. Vamos a seguir orando, para


que Dios reciba ya junto a Él a nuestro hermano ............ y para que lo mismo
que hoy nos ha reunido aquí, para darle el último adiós, nos siga manteniendo
unidos y solidarios en la tarea de la vida.
Homilía de difunto
Juan 16,19-22
En estos momentos comprendemos mejor las palabras de Jesús en el evangelio, cuando, al
hablar a los discípulos de su muerte inminente, observa cómo la tristeza se va apoderando
de sus amigos. La tristeza es el sentimiento que mejor expresa nuestra situación en estos
momentos, con nuestro hermano Luis Vicente, de cuerpo presente delante de nosotros.

Familiares y amigos nos hemos reunido en la Iglesia para despedir a nuestro hermano, para
encomendarlo a las manos de Dios. Pero el consuelo de la fe no basta para enjugarnos las
lágrimas y devolvernos la serenidad. Mas bien nos identificamos con las palabras de pena y
de dolor del profeta Jeremías, que hemos escuchado en la primera lectura. El profeta llora y
se lamenta por la desgracia de su pueblo herido de muerte, derrotado, a punto de
emprender el camino del destierro.

Pero en medio de tanta desesperación y miseria, el profeta recurre a su fe, eleva su oración
al Señor y, poco a poco, se va serenando y recobra la esperanza en Dios. Sus palabras
también pueden hoy traer consuelo y paz a nuestros corazones, atribulados por la muerte de
nuestro hermano y amigo: «Es bueno esperar en el Señor, porque el Señor es bueno para los
que confían en él».

Dios sabe de nuestros sufrimientos y conoce nuestros temores ante la muerte. Por eso no ha
querido abandonarnos a nuestro destino y ha tratado de traernos consuelo a través de los
profetas. Pero viendo que todo eso no bastaba, ha querido venir Él mismo en persona, para
compartir nuestros sentimientos, y así lo expresa con sus lágrimas en la muerte del amigo
Lázaro, o compadeciendo la desesperación de la viuda de Naín cuando llevaban a su hijo a
enterrar. Por eso Jesús, en el evangelio que hemos leído en esta ocasión, quiere evitar el
dolor de sus discípulos en su muerte, y les advierte lo que va a pasar «dentro de poco no me
veréis», pero también que eso no es todo, porque después de la muerte resucitará, por eso
«dentro de poco me volveréis a ver» y eso será ya definitivo, sin más traumas ni
limitaciones.

La muerte es inevitable, somos así; pero la muerte no es lo definitivo; es sólo el modo de


pasar a la otra vida, a la vida de Dios. Y eso exige despojarnos de nuestra condición mortal,
de las debilidades y enfermedades de esta vida, de todo aquello que mortifica nuestra
existencia y nos impide disfrutar de la vida como Dios quiere y sueña y desea para todos.
Para eso nos ha creado. No nos ha creado para morir sino para vivir eternamente, aunque de
momento no lo entendamos. Tampoco los discípulos lo entendieron entonces. Lo
comprenderían más tarde, después de la resurrección, cuando vieron al Señor Resucitado.

Para los cristianos morir es el paso necesario para podernos encontrar con Dios. Dale, Señor
el descanso eterno….
Marxo1-21016(Se puede acompañar con Tesalonicenses. 4, 12-17; Salmo: 129)

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que siempre sirve de aliento, y de esperanza en


momentos tan difíciles como son estos de tener que despedir a un ser querido. Es grande el
desánimo que nos queda, (morirse es des-animarse) pero también es mucha la ayuda que
recibimos en momentos como estos: Los familiares, los amigos, los conocidos, en estos días,
se sienten más cercanos, nos ofrecen palabras de consuelo y para el difunto la paz y el
descanso eterno.
Hace unos días escuchaba en la radio a un señor mayor, que le estaban
entrevistando, precisamente en el día de su cumpleaños, y después de que le preguntaran
muchas cosas sobre su vida y su trabajo, terminaron preguntándole lo siguiente: ¿qué cree
vd. que le sucederá después de la muerte?. Tengo muy poco que decir sobre eso, respondió
el señor, no tengo miedo a morir. Sólo quiero vivir mi vida ahora lo mejor que pueda y,
cuando me muera, bueno, ¡entonces veremos!.
Aquella respuesta me sorprendió: “Bueno, entonces veremos”, porque lo mismo
puede significar: “bueno, está todo en el aire”, ¡quien sabe si luego habrá algo!, o por el
contrario: ¡por fin veremos lo que siempre quisimos ver: Veremos a Dios y nos veremos los
unos a los otros.
En el evangelio vemos que Jesús fue claro en ese punto:
1.- María Magdalena estaba buscando entre los muertos al que estaba vivo cuando Jesús se
le apareció junto al sepulcro vacío, y le dijo: vete a donde están mis hermanos y diles: subo a
mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios, y su llanto se convirtió en gozo..
(Jn.20,11-18).
2.- Otro ejemplo: cuando dijo: “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios;
creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si así no fuera, ¿os habría
dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os lo prepare, volveré para llevaros
conmigo; así, donde esté yo, estaréis también vosotros.” (Jn.14,1-3)
3.- Y el mismo Jesucristo resucitado, mostrando sus manos, sus pies y su
costado traspasados, reveló que todo lo que hemos vivido en nuestro cuerpo durante
nuestros años sobre la tierra, las alegrías y las penas, la salud y en enfermedad, etc. no caerá
en olvido sino que merecerá su recompensa cuando demos el paso de la muerte a la vida.
4.- Cuando la resurrección de Lázaro, le dice a Marta: “el que cree en mí,
aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 32-45)
Bueno, “entonces veremos”: siempre tendrá ese doble sentido, también para
nosotros, por eso tendremos que decir en más de una ocasión: “Creo Señor, pero ayuda a mi
poca fe”. (Mc. 9, 25) y ojalá que no sólo el amor sea más fuerte que la misma muerte, sino
también que nuestra fe sea más fuerte que nuestra duda.
Pidamos hoy por nuestro hermano/a para que Dios le conceda la vida eterna y
por vosotros, familiares, para que os de la fuerza necesaria para aceptar la separación física
suya, y a todos no de la luz que necesitamos para seguir el camino que lleva a la vida eterna.
Amén.
Marzo 7.
1Jn 3,14-16; Jn 6, 37-40

“Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los


hermanos”. Con estas palabras, San Juan nos saludaba en la primera lectura que hemos
escuchado. San Juan es el evangelista que quizás mejor ha sabido captar cuál es la clave, el
sentido de la existencia. El evangelista nos dice algo que todos los seres humanos hemos
sabido siempre, o al menos hemos sospechado, que la vida consiste en amar, que sólo el
amor permanece más allá de la muerte, que sólo cuando se ama de verdad merece la pena
vivir. Y ese amor procede de Dios porque Dios es amor.

Dios ha creado el universo y al ser humano por amor, y por amor le ofrece compartir su
vida, la vida eterna en la persona de su Hijo Jesús. Y este Dios que se nos ha revelado como
Padre, nos da ahora su Espíritu para que podamos amar a la manera de su Hijo Jesucristo. Y
es el amor, el amor que hayamos dado a lo largo de nuestra vida a los demás, un amor
materializado en hechos concretos de perdón, solidaridad y servicio, es ese amor el puente
que nos permitirá pasar de la muerte a la vida.

Pero nos equivocaríamos si pensásemos que San Juan nos habla sólo de la vida
eterna. Para él todo el que no ama a su hermano, ahora y aquí mismo, está muerto, y en
esto coincide con nuestra experiencia de que el odio y el rencor que anidan en nuestro
corazón acaban matando en nosotros todo bien y felicidad. Si tan importante es para
nuestra vida el amar, amar a la manera de Dios, será bueno que a menudo hagamos examen
de cómo va nuestra vida en esta asignatura tan importante. La Iglesia durante este tiempo
de Cuaresma que estamos viviendo, nos invita a examinar y profundizar en nuestra vida.
Quizás hoy de lo que más andamos necesitados es de la reconciliación.

Buscar incansablemente la manera de reconciliarnos con el hermano, con el primo o el


vecino. Pedir la ayuda de Dios y dejar de lado nuestro orgullo y nuestros derechos si es
preciso. ¡Qué buen ejercicio cuaresmal si consiguiésemos estos días romper esa coraza de
rencor y salir al encuentro de aquel con quien no nos hablamos desde hace tiempo!
Sentiríamos vivir en nosotros la vida de Dios que sie todas las tardes a la puerta de su casa
esperando la vuelta del hijo pródigo.

Y ante este Dios Padre misericordioso ponemos hoy la vida de María. Que le perdone
sus faltas y premie su amor. Que le de la vida que nos ha prometido en Jesús. Y que a
nosotros nos permita un día gozar de ese amor de Dios que nunca se acaba.
Mazo2106
Lecturas: AT Sabiduría 4, 7-15 - III, NT Juan 17, 24-26 - XVIII

Hemos escuchado un trozo del discurso de despedida del Señor. Es la Ultima Cena,
Jesús se está despidiendo de sus discípulos y ante la proximidad de la muerte, abre su
corazón y expresa sus más íntimos deseos. Y su deseo dirigiéndose al Padre lo expresa así:
“que los que me confiaste, Padre, estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la
que me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo”.

Y este deseo de Cristo, nosotros lo retomamos en la despedida de nuestro hermano .... El


fué incorporado al Cuerpo de Cristo por el Bautismo, y como el Señor, ... también conoció en
su vida lo que significa el trabajo, sacar una familia adelante, también la alegría y las
tristezas, la debilidad y finalmente la muerte, todo eso que nos hacen a todos humanos.
Ahora ... ha entregado su vida a Dios, y nosotros expresamos también el mismo deseo que
Jesús: “Padre, que donde esté Jesucristo, esté también ..., contemplando y participando de
su gloria”.

Y nosotros, los que aún vivimos en este mundo, nos detenemos unos minutos a pensar,
a reflexionar sobre nuestra vida. Y si sabemos que nuestro destino es encontrarnos con el
Señor, bueno será que comencemos a vivir ya aquí con El, aceptando sus actitudes y sus
criterios, contemplando esa gloria que El nos mostró en su vida entregada en el servicio a los
demás.

Esa Gloria que el mundo no conoce y rechaza, pero que nosotros sabemos es la verdadera
gloria de los hombres. Aquí nuestra Gloria se manifiesta en el servicio callado, humilde y
generoso hacia los demás, en la vida futura esa Gloria se manifestará con todo el esplendor
que Dios tiene.

Que esta despedida de nuestro hermano nos anime a todos a confiar en Dios y a
entragarnos al servicio de los demás.
Difnto. Marzo 22.
Estamos compungidos. Nos pasa como a los discípulos de Emaús aquella tarde del domingo
de resurrección. La muerte de Jesús había acabado con todas sus expectativas: «Nosotros,
confiesan, esperábamos...», pero se han decepcionado;ya no esperan más y huyen hacia
adelante, tratando de olvidar.
Pero no pueden evitar el irse comentando todo lo sucedido. Les pasaba algo parecido a lo
que nos pasa hoy a nosotros, en la muerte de nuestro hermano N. Hace unos momentos, en
el velatorio, se iban acercando los familiares y amigos, todos con las mismas preguntas,
todos con la misma sorpresa, todos compartiendo sentimientos de condolencia y tratando
de aliviar la pena de los más allegados, todos sin saber más qué decir.

A los de Emaús se les acercó Jesús, empezó a hacerles preguntas, tratando de que
reflexionaran sobre lo sucedido, y poco a poco los fue tranquilizando, y recobraron el ánimo
y la palabra. Hoy también Jesús sale a nuestro encuentro en la eucaristía. Mejor dicho,
somos nosotros los que hemos venido a su encuentro, a escuchar su palabra de vida eterna.
¿Qué dice la Escritura, preguntó Jesús a los dos discípulos? Y les fue explicando el sentido de
las Escrituras, como quiere hacer ahora con nosotros. Hemos escuchado su palabra.

En la primera carta, san Pablo trata de explicar a los cristianos de Corinto cómo si queremos
vivir, libres del miedo a la muerte, tenemos que reconocer la necesidad de despojarnos de
este cuerpo mortal y corruptible y revestirnos de otro incorruptible e inmortal. Entonces
comprenderemos cómo se cumple la Escritura, que dice: «la muerte ha sido vencida, se
acabó con la prepotencia de la muerte. ¿En qué ha quedado su victoria?». Y se está
refiriendo a la nueva situación creada, tras la muerte de Jesús en la cruz, con su gloriosa
resurrección.

Es lo que hizo Jesús con los de Emaús, demostrando con toda la Escritura que era necesario
que el Hijodel hombre muriese para así entrar en la gloria. Es lo mismo que desea que
entendamos nosotros, que creamos. Los de Emaús no lo entendieron enseguida, pero
acabaron por convencerse al partir el pan. Entonces reconocieron a Jesús, creyeron en sus
palabras, se llenó de esperanza y gozo su corazón. Y les faltó tiempo para volver sobre sus
pasos. Regresar a Jerusalén y contárselo a los otros.

El resultado fue que los discípulos de Jesús creyeron y dedicaron su vida a divulgarlo por
todo el mundo, para que la gente crea y recobre el ánimo y la esperanza a pesar de todo. Y
este todo es la muerte, la nuestra y la de nuestro hermano, al que hemos traído aquí con
nosotros, para que, el que tantas veces quiso sentarse a la mesa del Señor, esté también
hoy, con nosotros, a su mesa compartiendo su pan y su palabra, pero disfrutando ya en el
cielo de la vida eterna, que es promesa y esperanza para nosotros, que aún quedamos
peregrinos en este mundo.
La eucaristía es viático para el camino. La eucaristía es precisamente el sacramento de
nuestra fe, el memorial de la pasión y muerte y resurrección del Señor, la fuente de nuestra
esperanza, el pan para el camino. Nos hemos reunido, como tantas veces, para celebrar la
muerte y resurrección del Señor, hoy para celebrar también la de nuestro hermano N.
Estamos seguros de que nuestro hermano vive; por eso nuestra celebración, en medio del
dolor de la ausencia, tiene también el consuelo de la esperanza, y es acción de gracias al
Padre por haberlo acogido en sus brazos.

Nuestra oración no sólo quiere recomendarlo a la misericordia y amor del Padre, sino que es
también ya petición de ayuda e intercesión para que desde el cielo, junto a Dios y a los
santos, nos ayuden a los que aún quedamos peregrinos en la tierra, para aliviarnos la pena
presente, y confortarnos con la esperanza.
Nuestra acción de gracias al Padre es también por tantos años de vida de N., por sus
desvelos por los suyos, por sus atenciones para con muchos, por sus esfuerzos para el bien
de todos, por todo cuanto de bueno y hermoso ha ido tejiendo durante su vida y sigue
inmarcesibleen nuestro recuerdo.
Que el Señor se lo tenga en cuenta y se lo recompense para que desde el cielo siga
dispensándonos su favor y nos alcance la gracia del Señor.

ORACIÓN DE LOS FIELES


POR NUESTRO HERMANO N., PARA QUE EL SEÑOR La RECIBA EN SU MORADA
AL QUE TANTAS VECES SE SENTÓ A SU MESA PARA COMPARTIR SU PAN Y SU
PALABRA. ROGUEMOS AL SEÑOR.

POR TODOS LOS DIFUNTOS DE NUESTRAS FAMILIAS, QUE NOS HAN PRECEDIDO
EN LA FE, PARA QUE RECIBAN A NUESTRO HERMANO EN EL REINO DE
LOS CIELOS. ROGUEMOS AL SEÑOR.

POR TODOS NOSOTROS, PARA QUE LA ESPERANZA DE LA VIDA ETERNA SOSTENGA


NUESTROS PASOS Y ALIVIE NUESTRO SENTIMIENTO DE DOLOR EN ESTE
TRANCE. ROGUEMOS AL SEÑOR.
Homilía difuntos. Marzo ¿
¿Entierro religioso? En el ambiente en que hoy nos movemos prácticamente todos, la
religión es una realidad «marginal» en cuanto al tiempo que le dedicamos y el lugar que
ocupa en la lista de nuestras preocupaciones. Es consecuencia lógica de nuestra
consideración sobre ella: ¿Por qué dedicar tiempo a algo considerado infantil, mítico,
legendario o folclórico?Estos ritos algunos piensan que pueden conservarse como recuerdo
de otros tiempos que ya van pasando, nostalgias de épocas pasadas, ceremonial bello para
algunos momentos importantes de la vida y la muerte de las personas.
Aunque también pueden desaparecer, a algunos les parece positiva su
desaparición, por ser un freno al progreso y una dificultad para la libertad por las
imposiciones morales que conlleva la religión, o por la sumisión infantil a Dios y a la
autoridad que lo representa. Hay una parte importante de nuestra sociedad que tiene una
comprensión de la religión en general y de la cristiana en particular, totalmente falsa. Pero
así es como están las cosas en nuestro tiempo y con ello hay que contar. Pensar que pueda
ser una bella fábula para niños o una cosa surgida en el folclore responde a experiencias que
muchas personas han tenido en su vida de relación con la religión en su etapa de niños
nunca más evolucionada ni madurada, o en su relación con determinadas manifestaciones
festivas o luctuosas, como la que tristemente nos congrega hoy.
Como quien achaca a la religión todos los males de la historia como
consecuencia de algunos acontecimientos históricos o de la oposición al progreso y avance
del mundo porque así se aseguraría la asistencia sumisa de los pobres y los ignorantes del
mundo. La religión y la vida. Pero la religión es un hecho cultural importante y es, sobre
todo, un hecho «vital», es decir, una realidad de la vida, capaz de dar sentido a la vida
humana y dar respuesta a los problemas más angustiosos y graves del ser humano, los
relativos a su ser y su destino, su nacer y morir, su esperar o, por el contrario, conformarse.
Es cierto que vivimos asediados por muchos problemas que exigen solución inmediata: el
pan de cada día, el trabajo, la salud, la familia, la casa, el futuro, los proyectos, la seguridad y
estabilidad de los seres queridos, la sociedad en la que estamos con sus requerimientos de
tipo fiscal, laboral, político, legal; las compras necesarias y algunos extras para disfrutar y
para pregonar nuestra buena marcha.
Hay algunos otros en los que generalmente no se piensa, o muy poco, pero que
algunas circunstancias dramáticas de la vida nos los ponen delante y aparecen en forma de
interrogante angustioso, de esperanza posible o de desconcierto. ¿Todo termina con la
muerte o hay algo después? A estos problemas e interrogantes, que el ser humano entiende
como los más profundos y esenciales cuando llega a su madurez reflexiva, es a los que la
religión da respuesta. No desde la rutina profesional o la conveniencia mercantil, sino desde
la más sincera y convencida convicción. Tampoco desde una demostración racional o una
experimentación empírica o una comunicación telefónica con el más allá. Sí desde una fe,
que es una confianza radical en Alguien. La necesidad de nuevos horizontes. Si en otras
épocas hemos tenido algunos puntos firmes sobre los que apoyar la vida y, además, eran
puntos común y socialmente aceptados que aportaban solidez a los interrogantes vitales,
hoy, después de mucho tiempo machaconamente insistiendo en la demolición de aquellas
viejas seguridades, la sociedad se ha vuelto escéptica y cada ser humano se encuentra solo
para afrontar los problemas de sentido y del propio destino, a la vez que totalmente
desarmado y sumido en la incertidumbre.
Si se dirige a la ciencia, no encuentra respuesta porque sus problemas son
situaciones especiales de tipo metafísico y espiritual, a donde la ciencia no llega. Se ha
acostumbrado tanto a la razón como única vía de respuesta que, cuando se encuentra con
las cuestiones más vitales y personales, está suspendido en la oscuridad de la desorientación
espiritual y de los puntos de referencia ética. Quiere ser libre, adulto y maduro pero se
encuentra cortado ante la libertad de pensar y decidir sobre su futuro sometiéndose al
dictado conformista de no reconocer algo más allá de lo materialmente evidente, lo que le
impregna un desánimo, una frustración y la pérdida de la esperanza que le socavan
interiormente provocándole un vacío profundo y una sensación general de desencanto y
decaimiento que manifiesta un descontento profundo y una queja implícita.
Sin embargo, los otros problemas concretos del día a día y los muchos ruidos
y entretenimientos de esta sociedad del ocio y del consumo, dificultan la reflexión y hacen
imposible el reencuentro de cada uno consigo mismo. Raramente hoy uno consigue salirse
del círculo que lo rodea y del ritmo frenético que le imponen las mil cuestiones pendientes
para concederse una pauta de silencio, reflexión y ponerse ante sí mismo, interrogarse sobre
el sentido de la propia vida, decidir con profundidad. Todos tendemos a vivir fuera de sí.
Todos tendemos a llevar una vida que no es vida, decimos, pero no la cambiamos.
Hay un modelo de vida consumista que nos lleva a producir más para consumir más y a
consumir más para producir más, en un círculo que no acaba y una espiral que se acelera
estimulando hasta el infinito la ansiedad de los bienes materiales y apagando las exigencias
de otros bienes, también necesarios.
Por eso, en momentos difíciles y duros como éste, que a todos nos llegan,
es indispensable hacer un espacio a las voces interiores que, desde el núcleo más profundo
de nosotros mismos, se hacen oír con sus planteamientos, interrogantes, dudas y
aspiraciones. ¿Por qué no aspirar a una vida que no se acabe? ¿No es una obra de arte, lo
más genuinamente humano, una expresión de perennidad, permanencia y trascendencia en
la belleza de un material transformado? ¿No puede el ser humano, imagen de Dios, obra
genial de toda la realidad, pensar en una transformación definitiva que le haga realidad lo
que aquí ha sido un comienzo inacabado pero ya presentido?
Nuestro acto, en medio de una sociedad que no cree ni espera, es una
situaciones especiales afirmación de esperanza porque creemos en que los muertos no
pasan a la destrucción definitiva sino a la realización plena de sus aspiraciones. Su vida no
fue inútil y sus gestos, sus compromisos, sus esfuerzos no quedan en el saco roto de una
historia cualquiera sino en la seriedad de toda historia personal, en la cuenta de una vida
única e irrepetible, que se entrega totalmente a un ideal o se pierde en la superficialidad de
una vida divertida y ociosa. Dios, que no es nuestra proyección, sí que es la posibilidad de
nuestra realización. Por eso este acto lo convertimos en palabra de oración dirigida a Él para
que acoja a este hermano nuestro a quien nosotros ya no podemos hacer nada y, puesto su
destino en sus manos, lo atienda y lo acepte en su realidad que es nuestra meta.
ORACIÓN DE LOS FIELES
POR NUESTRO HERMANO A QUIEN DESPEDIMOS DE ESTA VIDA QUE ALGUNOS
CREEN ÚNICA; PARA QUE ENCUENTRE OTRA EN DONDE REALIZAR SUS
GRANDES ASPIRACIONES Y ALCANZAR SU PLENITUD. ROGUEMOS AL SEÑOR.
POR VOSOTROS, SUS SERES QUERIDOS QUE EXPERIMENTÁIS SU MARCHA
CON TRISTEZA Y DOLOR; PARA QUE ABRÁIS VUESTRO CORAZÓN A LA ESPERANZA
Y LO RECORDÉIS CULTIVANDO EL AMOR Y LA UNIÓN. ROGUEMOS AL
SEÑOR.
POR LA CULTURA QUE TANTO INFLUYE EN NUESTRA FORMA DE PENSAR; PARA
QUE ABRA LOS OJOS A LO QUE ESTÁ MÁS ALLÁ DE NUESTRA VISTA Y DE
NUESTRAS POSIBILIDADES Y RECONOZCA LA PRESENCIA DE DIOS EN LA VIDA.
ROGUEMOS AL SEÑOR.
POR LOS NECESITADOS QUE TANTAS VECES SE DESANIMAN POR NO VER
OTRO MUNDO DISTINTO A ÉSTE; PARA QUE NUNCA PIERDAN LA ESPERANZA
DE SER QUERIDOS Y ATENDIDOS. ROGUEMOS AL SEÑOR.
José Alegre
Homilía de difunto
Salmo 85 Juan 16,19-22
En estos momentos comprendemos mejor las palabras de Jesús en el evangelio, cuando, al
hablar a los discípulos de su muerte inminente, observa cómo la tristeza se va apoderando
de sus amigos. La tristeza es el sentimiento que mejor expresa nuestra situación en estos
momentos, con nuestro hermano Luis Vicente, de cuerpo presente delante de nosotros.
Familiares y amigos nos hemos reunido en la Iglesia para despedir a nuestro
hermano, para encomendarlo a las manos de Dios. Pero el consuelo de la fe no basta para
enjugarnos las lágrimas y devolvernos la serenidad. Mas bien nos identificamos con las
palabras de pena y de dolor del profeta Jeremías, que hemos escuchado en la primera
lectura. El profeta llora y se lamenta por la desgracia de su pueblo herido de muerte,
derrotado, a punto de emprender el camino del destierro. Pero en medio de tanta
desesperación y miseria, el profeta recurre a su fe, eleva su oración al Señor y, poco a poco,
se va serenando y recobra la esperanza en Dios. Sus palabras también pueden hoy traer
consuelo y paz a nuestros corazones, atribulados por la muerte de nuestro hermano y
amigo: «Es bueno esperar en el Señor, porque el Señor es bueno para los que confían en él».
Dios sabe de nuestros sufrimientos y conoce nuestros temores ante la
muerte. Por eso no ha querido abandonarnos a nuestro destino y ha tratado de traernos
consuelo a través de los profetas. Pero viendo que todo eso no bastaba, ha querido venir Él
mismo en persona, para compartir nuestros sentimientos, y así lo expresa con sus lágrimas
en la muerte del amigo Lázaro, o compadeciendo la desesperación de la viuda de Naín
cuando llevaban a su hijo a enterrar. Por eso Jesús, en el evangelio que hemos leído en esta
ocasión, quiere evitar el dolor de sus discípulos en su muerte, y les advierte lo que va a pasar
«dentro de poco no me veréis», pero también que eso no es todo, porque después de la
muerte resucitará, por eso «dentro de poco me volveréis a ver» y eso será ya definitivo, sin
más traumas ni limitaciones.
La muerte es inevitable, somos así; pero la muerte no es lo definitivo;
es sólo el modo de pasar a la otra vida, a la vida de Dios. Y eso exige despojarnos de nuestra
condición mortal, de las debilidades y enfermedades de esta vida, de todo aquello que
mortifica nuestra existencia y nos impide disfrutar de la vida como Dios quiere y sueña y
desea para todos. Para eso nos ha creado. No nos ha creado para morir sino para vivir
eternamente, aunque de momento no lo entendamos. Tampoco los discípulos lo
entendieron entonces. Lo comprenderían más tarde, después de la resurrección, cuando
vieron al Señor Resucitado.

Para los cristianos morir es el paso necesario para podernos encontrar con Dios. Dale, Señor
el descanso eterno….
Homilía de difunto. Domin resurrec
El reciente atentado en Bruselas muestra el imperio de la muerte en nuestro mundo. Muerte
consecuencia del odio que engendra violencia y corre el riesgo de provocar una espiral de
odio y violencia, que es lo que quieren los terroristas. En esta situación costará trabajo
creerse que el Señor ha resucitado y con Él todos los seres queridos muertos y a los que
todavía lloramos. Y, sin embargo, este año, más que nunca, es necesario creer que el Señor
ha triunfado sobre las fuerzas del odio y de la muerte.
La resurrección de Jesús es la realización de todas la promesas hechas por Dios a su
pueblo y la anticipación del futuro definitivo de Dios. Es el acto fundacional de la Iglesia,
convocada por el Resucitado. Leemos algunos momentos más significativos de la historia de
la salvación en la que Dios ha actuado a favor de su pueblo. Ya la creación, inicio de esa
historia, es un momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza
para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). Ese amor misericordioso no
abandona al hombre pecador ni deja esclavo a su pueblo en Egipto sino que lo libera de la
esclavitud para llevarlo a su servicio. La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en
la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía
destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrec de xto
La resurrección cogió de sorpresa a todos, a empezar por sus discípulos y las
piadosas mujeres que iban a cumplir un deber caridad para con el muerto, embalsamar su
cuerpo, cosa que no habían podido hacer el día de su sepultura por falta de tiempo. El ángel
les reprocha el que sigan pensando en un muerto entre los muertos cuando en realidad el
Señor está vivo (Lc 24,1-12. El ángel les invita a penetrar en el misterio recordando las
palabras de Jesús que habían anticipado el acontecimiento. Según Jesús, su muerte y su
resurrección eran la realización de lo que las Escrituras anunciaban.
Las mujeres recordaron las palabras de Jesús y sin duda se abrieron a la fe pues
se convirtieron en anunciadoras de la resurrección. Pero los apóstoles no las creyeron y
pensaron que deliraban. Pedro, en cambio, fue al sepulcro y lo encontró vacío y se volvió
admirado. Tan sólo el encuentro con el Resucitado hará que la fe de los discípulos vuelva a
revivir y se reúnan de nuevo para ser los testigos de Jesús.
Existe el peligro de que nos pasemos la vida buscando al resucitado entre los
muertos. Quizás a través de la religión popular hemos vivido intensamente en las
procesiones la realidad de la pasión del Señor. Son tantos los sufrimientos del mundo que no
puede uno menos que compadecerse del inocente que entregó la vida para que no muera ya
más ningún inocente. Pero llega la Pascua y no sabemos cómo celebrarla. Tantos siglos de
catolicismo triste han dejando una herencia y una huella demasiado pesada. Pero es aquí
donde nos jugamos el futuro de nuestra fe como fuerza transformadora del mundo.
Frente a las ofertas de felicidad barata que ofrece el mundo, los cristianos
seguimos proclamando que el corazón del hombre tiene una sed de amor infinito y absoluto.
Sólo si nosotros resucitamos en Cristo y llegamos a pertenecer totalmente a Dios, y Él nos
pertenece totalmente a nosotros, nuestro corazón inquieto encontrará finalmente su
descanso. Vivamos intensamente esta eucaristía y sintámonos también nosotros enviados a
anunciar a nuestros hermanos la buena noticia: Jesús está vivo. Venid y lo veréis.
Resurrecion-
Queridos hermanos: en este Domingo radiante de Vida, la Iglesia nos invita a
participar del gozo de la Resurrección del Señor. Se nos invita a participar (no a
mirar desde fuera), a hacer nuestra esta alegría, como cuando se toma parte en
una fiesta... Y esta es la fiesta más grande: es la Pascua: la del Señor y la nuestra.
Pascua: paso de la muerte a la Vida, a la vida gloriosa de los hijos de Dios, Vida
que ya se nos da en Cristo Resucitado, al que ahora celebramos.
Pascua: paso de la oscuridad a la Luz del Señor, del caos de este
mundo al orden de la Nueva Creación que Dios ya introdujo en Jesucristo
Resucitado. Paso de la esclavitud a la libertad; del desierto a la posesión de la
Tierra prometida, al Reino de Dios; del pecado a la amistad con Dios; del hombre
viejo destinado a la muerte al hombre nuevo, hecho para el Cielo. Paso de la
incredulidad y la desesperación, a la alegría serena y profunda de la Fe, la
Esperanza y el Amor.
No puede haber para el hombre alegría más profunda que la que
hoy se proclama: la alegría de la Salvación. Hoy resuena, como el silbido de una
luz vertiginosa, el eco, aún vivo, del anuncio de la Resurrección del Señor. De
boca en boca corre este rumor, que se prueba eficazmente por el testimonio del
Espíritu en los corazones renovados. Cristo ha resucitado y se ha aparecido. Es
verdad. Nosotros somos testigos de ello.
Sin embargo, para entrar en esta Fiesta, la Fiesta Eterna de los
hijos de Dios, es necesario que nos vistamos con el traje de fiesta adecuado. Y
ese traje de fiesta es la FE. Y sin Fe, nos quedamos fuera de esta fiesta. De los
hombres y mujeres que conocieron a Jesús, sólo los que tuvieron fe en Él
encontraron la alegría de la salvación. Para los otros, las cosas no cambiaron. Del
mismo modo ocurre hoy: sólo por la fe, que recibimos en el Bautismo y
compartimos en cada Misa, encontramos la alegría de la salvación... para los
otros, este Domingo es igual a todos... puede que incluso sea hasta un día triste,
vacío, lleno de nostalgia y de un deseo ahogado de encontrarse con Dios. La
Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo. Jesucristo ha resucitado
como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es la vida que nos espera y se
nos ofrece si damos el “paso” de la fe.
Tenemos así el futuro garantizado por Dios mismo, que ha hecho
con nosotros una Alianza Nueva y Eterna, sellada con la Sangre de su Hijo. Así
por la fe celebramos a Jesucristo, el Hombre Nuevo que nos renueva, a nosotros
y a toda la Creación, inaugurando cielos nuevos y tierra nueva; y Jesús, el Señor,
es ya la Cabeza de esta Nueva Creación. Por eso anoche hemos
bendecido el fuego, la luz, el agua, y hemos renovado nuestras promesas
bautismales: porque celebramos la nueva Vida que nos trae el mismo Dios hecho
hombre. La Resurrección aniquila el poder de la muerte y la transforma sólo en
un paso - amargo pero no definitivo - : la muerte se transforma en el último acto
de amor y entrega del hombre a su Señor.
Nosotros no hemos tenido oportunidad de ver a Jesús Resucitado.
Pero Él mismo nos dice que “son felices los que creen sin ver”. Por eso el Señor
no da, en primera instancia, “pruebas” en sentido estricto de la Resurrección,
sino sólo signos: una tumba vacía, y ángeles que lo proclaman vivo... Pero la
Palabra de la Sagrada Escritura que nos anuncia que Cristo murió y resucitó por
nosotros y por nuestra salvación, y la fe de la Iglesia, que parte de los mismos
Apóstoles, que vieron al Señor Resucitado, comieron y bebieron con Él, y
enviados por Él llegan hoy a nosotros en sus sucesores, los Obispos y los
Sacerdotes.
Por eso, nuestra única respuesta quiere ser la Fe... La fe del discípulo amado, que
no vio a Jesús (Evangelio de hoy); vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y
creyó en Jesús, al que más tarde vería...
También hoy nosotros queremos contemplar con fe el
testimonio inalterado de la Iglesia, que desde la Ascensión del Señor cree y
celebra al Resucitado en cada Misa, hasta que Él vuelva. El signo para nosotros
(como para el discípulo amado), es la misma Iglesia, que a pesar de su debilidad
y los defectos de sus miembros, permanece siempre estable a través de los
siglos, para dar testimonio de la Palabra del Señor y llevar a todos los hombres la
Buena Noticia de la Salvación.

Este es el gran signo de que Jesús está vivo, pues de lo contrario el


milagro viviente que es la misma Iglesia, no podría sostenerse. Se confirma así la
Palabra de la Escritura: Jesucristo ha resucitado. Y si analizamos nuestra propia
vida, encontraremos también muchos “signos”, que nos ha dado el Espíritu Santo
que recibimos en el Bautismo y viendo todo esto, queremos creer hoy aún más,
crecer en la fe.

Así, al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe,
acrecentemos nuestra esperanza, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la
fuerza de nuestro Amor.AMÉN!! ALELUYA!!!
1- TEXTOS: Mateo 5,1-12ª La vida humana muchas veces parece que está llena de
contradicciones. De hechos absurdos. La misma muerte es uno de ellos. El hombre
difícilmente la puede parar. Y las respuesta que damos al sentido de nuestra vida por medio
de la fe también parecen absurdas e irreales. Recuerdo, por ejemplo, a san Francisco de Asís
que, haciendo un hermoso canto a Dios creador, dice: "Te alabamos, Señor, por nuestra
hermana la Muerte, compañera de viaje de todo viviente". ¿Se puede alabar a Dios por la
muerte? Es como el evangelio que hemos leído: Bienaventurados los pobres...
Bienaventurados los que lloran... Bienaventurados... Pero esto es el mundo al revés, porque
los hombres creernos que la felicidad "no es el dinero, pero ayuda mucho", y que es feliz el
que no tiene ninguna preocupación. ¿Qué pasa aquí con este mensaje de Jesús que dice que
la felicidad es el mundo al revés?
les quisiera ayudar a creer que, a pesar de lo absurdo de la muerte, es en ella donde el
hombre empieza a hacer camino hacia la felicidad de las bienaventuranzas. Por eso, os
quisiera decir: A PESAR DE LA MUERTE, CANTEMOS A LA VIDA. Sí, cantemos a la vida, porque
hay motivos para hacerlo. Ante la enfermedad de N. ....... agravada estos últimos tiempos,
ustedes, sus familiares, han cantado a la vida: le han dado su tiempo y su dedicación, han
estado a su lado. Cuando la llama parecía apagarse, estaban a su lado en guardia
permanente.
Y es que a nadie nos gusta tener a nuestros familiares enfermos, pero a la larga, y
creo que así lo pueden decir utedes, es para nosotros una experiencia importante, y una
experiencia que nos hace ser pobres. Nos hace dar todo lo que tenemos. Nos hace palpar
qué quiere decir ser persona. Nos hace ver que el hombre no será nunca dueño de la vida.
Porque la vida es de Dios y estamos en sus manos. Esto cuesta aceptarlo. Pero es la clave del
secreto. Es entonces cuando se entiende que se diga: "Te alabamos, Señor, por nuestra
hermana la Muerte", o bien: "Bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que
sufren". Utedes lo pueden decir, hoy que despiden a N., porque su enfermedad, para
vosotros, ha sido un canto a la vida. Le han dado todo lo que tenían en sus manos,. Pero Dios
también da fuerzas en este momento. Yo no creo en un Dios mágico, que cura a nuestros
enfermos apenas se lo pedimos. Pero sí creo en Jesucristo, que nos predica a un Dios que no
ha pasado de largo ante el dolor humano, sino que se acerca a él. Y se acerca tanto, con su
Hijo Jesucristo, que él también ha muerto de una manera injusta.
Es por esta razón por lo que la muerte ya no es absurda para el creyente.Y por lo que
ahora, en estos momentos, cantamos a la vida. Gracias, Señor, por todos los beneficios que
has dado en esta vida a nuestro hermano. Dios se sirve del hombre para realizar su tarea en
el mundo. Nosotros no somos más que instrumentos en sus manos. Dios se ha servido de N.
para realizar en este mundo su amor, y merece la pena recordarlo, continuarlo. Esta es la
esperanza. Nada muere, siempre queda lo que nos marca a cada uno de nosotros. La vida es
como una carrera de relevos: nos vamos pasando el testigo del amor de Dios. Nuestro
hermano ha dejado una chispa de ese amor. Recojámosla y llevárnosla con nosotros, hasta
aquel día -así lo creemos- en que en el mundo feliz de las bienaventuranzas nos volveremos
a encontrar y compartiremos la felicidad sin fin.
4.- TEXTOS:- Apocalipsis 21,1-7 ; Mateo 11, 25-28.
Homilía genérica
("Venid a mí, y yo os aliviaré")
"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviará". Son palabras
que Jesús nos dirige hoy a través del evangelio que acabamos de escuchar. Y lo hace
precisamente en un momento en que estamos apenados y desconsolados por la
muerte de N.

La pérdida de un ser querido nos muestra el peso y la dureza de la condición humana


abocada por cualquier motivo a la muerte. Pero entonces cabe preguntarse: ¿qué
sentido tiene el esfuerzo, la vida y el amor si ineludiblemente todo desemboca en la
muerte?

(Sencillos ante Dios)


Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús el sentido profundo de la vida. Dios nos
enseña la luz que ilumina este panorama oscurecido por la muerte de N. que nos ha
sumido en el abatimiento. Dios nos da a conocer una verdad que permanece oculta
para los sabios y entendidos y que sólo comprende la gente sencilla y de fe.
Los que sólo confían en la experiencia de su sabiduría o de su ciencia no podrán
entender nunca la revelación del Reino que Dios nos ha transmitido a través de
Jesucristo. En cambio, la gente sencilla, los pequeños, los humildes, es decir, los que
viven las bienaventuranzas, podrán captar el sentido profundo de la vida y la muerte.
Y lo podrán hacer porque no tienen ningún muro, léase sabiduría, que impida la
revelación de Dios,

(Entender que é1 nos ama)


Sólo por el hecho de ponernos confiadamente en manos de Dios que es Creador de¡
Universo y el Padre que nos ha dado la vida no lograremos descifrar los secretos de
Dios que sobrepasan nuestro conocimiento. Sin embargo, entenderemos de verdad
que él nos ama, que piensa y se interesa por nosotros. Y la prueba más grande y
evidente de su amor es que nos ha entregado a su Hijo Jesucristo. Jesús por su muerte
y resurrección ha hecho posible que la muerte ya no sea el final de¡ hombre, sino un
lugar de paso que conduce a la vida nueva y definitiva de Dios.
(Oremos con confianza)
Por tanto, hoy, dirigimos nuestra oración a Dios pidiéndole que conceda esta vida
nueva y definitiva a N. que ya se encuentra en el paso de la muerte. Y depositamos
nuestra esperanza en Jesús porque él conoce de verdad al Padre y, aunque nos cueste
comprenderlo, éste es el mejor camino que podía ofrecernos para llegar a Dios.
Oremos con confianza, haciendo unos momentos de silencio.
Abrl 04.
Familiares de ... y hermanos todos:

En este tiempo de Pascua, estamos celebrando la Resurrección de Jesús, el


acontecimiento más importante de la historia para un creyente, la victoria de
Cristo sobre la muerte, la victoria de la vida y del amor de Dios, más fuerte que
el pecado y las limitaciones del hombre. Y como cristianos que hemos sido
hechos hijos de Dios en Cristo por el Bautismo, celebramos también la
Resurrección de nuestro hermano ..., su paso a la vida eterna.

Creer en la Resurrección no es una cuestión de más o menos inteligen-cia,


tampoco es cuestión de comprender cómo podrá darse o cómo es posible. Creer
en la Resurrección es sobre todo una cuestión de confianza. Confianza en Cristo,
en sus palabras y en su promesa. El prometió la vida eterna para to-dos que
quieran acogerle. Y por sus obras, por su coherencia de vida, nosotros sabemos
que podemos confiar en El.

Confianza en aquellos testigos de la resu-rrección que nos dicen que lo vieron


vivo y que esa experiencia fue capaz de cambiar por completo sus vidas.
Confianza en los miles de testigos que a lo largo de la historia han creído y han
dado su vida por esa fe. Y confianza también en el amor, en ese amor que
sentimos y que aunque se nos muestra débil también se nos muestra con
necesidad de eternidad.

Y esa confianza es la que nos da valor y fuerza para seguir caminando por la
vida, para seguir luchando por un mundo más justo y solidario, para amar
siempre, cueste lo que cueste. Porque la resurrección nos dice que me-rece la
pena el esfuerzo, que todos los gestos de amor y solidaridad son fecun-dos y
transformados por Dios en vida verdadera.

Hermanos, ante el cadáver de nuestro hermano, reafirmemos nuestra fe y


nuestros deseos de trabajar para que este mundo sea cada día más humano y
más fraterno.
Querida familia de ..., amigos y hermanos todos:
La muerte, una vez más se ha llevado a uno de los nuestros. En estos momentos
nuestro corazón y nuestro pensamiento buscan respuestas, un sentido a la muerte.
Sentimos la herida profunda de la ausencia de .... El vacío que nos deja. Tanto más cuanto
más grande era vuestro c
Querida familia de ..., amigos y hermanos todos:

La muerte, una vez más se ha llevado a uno de los nuestros. En estos momentos nuestro corazón y nuestro
pensamiento buscan respuestas, un sentido a la muerte. Sentimos la herida profunda de la ausencia de .... El vacío
que nos deja. Tanto más cuanto más grande era vuestro cariño por él. Por eso seguimos buscando respuestas,
porque no podemos soportar que todo el amor desplegado en vuestra familia, todo el trabajo, los buenos y malos
momentos pasados con ..., acaben aquí.

El hecho de la muerte, con toda su crudeza, nos revela una vez más algo que todos sabemos pero que
tendemos a olvidar, que la vida del hombre es como una sombra que pasa, como hierba del campo que hoy florece
y mañana se marchita, empleando palabras del salmista. El tiempo consume rápidamente nuestra vida. Y nos
seguimos preguntando cuál es el sentido de la existencia, ¿merece la pena amar si todo acaba en la muerte?
¿merece la pena tanto trabajo y sufrimiento? ¿merece la pena también tantas alegrías, si todo dura un instante
fugaz?. Todos los seres humanos nos hemos hecho alguna vez estas preguntas. Son preguntas que tememos
hacernos porque nos desinstalan. Muchos huyen de ellas entregándose a consumir su vida detrás del dinero, del
placer, del poder, del tener cosas que llenen ese vacío que todos llevamos dentro.

Nosotros, aquí, en la Iglesia, desde hace casi dos mil años, creemos haber encontrado una respuesta a esas
preguntas, una respuesta que se nos ha dado gratuitamente y que no nace de nuestros deseos. Una respuesta que no
pretende darnos un fácil consuelo, sino implicarnos en una difícil tarea. Una respuesta a la altura de la dignidad del
ser humano. Esta respuesta está en Cristo Jesús muerto y resucitado, en el Jesús real que vivió en este mundo
haciendo el bien, que lo mataron por decir la verdad, que mantuvo hasta la muerte su adhesión a un Dios Padre
bueno que nos da la vida verdadera. Esa vida que vieron y experimentaron unos testigos que hasta hoy nos han
transmitido como buena noticia. Por eso, aunque con humildad, aún con el corazón dolorido, aún sin comprender
totalmente, nosotros los cristianos, vivimos con confianza, al estilo y a la manera de Jesús, que confió siempre en
su Padre Dios. Por eso también comprendemos que nuestra vida aunque es como una sombra que pasa es una
sombra de Dios. Mejor aún, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios sabemos que el amor nunca
muere, porque estamos hechos de la misma esencia que constituye a Dios: el amor. Por eso también
comprendemos que si la vida es amor, la vida tiene que morir de amor para dar frutos de amor, como el grano de
trigo, como Jesús. Muere la vida pero no la persona que vive para Dios, con la vida de Dios. Por eso, el mejor
consuelo y esperanza que encontraremos será revivir y rememorar el amor que sentisteis por ..., el amor que
sentimos por nuestros familiares y amigos difuntos, revivirlo y rememorarlo bajo la mirada del Dios Padre que nos
ha revelado Jesús, y dejar que la confianza en Dios, la confianza en todo lo bueno y hermoso que tienen las
personas y el mundo renazca en nuestro corazón.

Que el amor de Dios y el amor de ... os mantenga unidos siempre en el amor, a vosotros familiares que lo
estuvísteis en su vida, en su enfermedad y en su muerte. Que crezcáis en el amor todos los días de vuestra vida, y
que un día nos encontremos juntos, junto al Padre de todos, felices en el cielo y la tierra nuevas que se nos han
prometido.

ariño por él. Por eso seguimos buscando respuestas, porque no podemos soportar que todo
el amor desplegado en vuestra familia, todo el trabajo, los buenos y malos momentos
pasados con ..., acaben aquí.
El hecho de la muerte, con toda su crudeza, nos revela una vez más algo que todos
sabemos pero que tendemos a olvidar, que la vida del hombre es como una sombra que
pasa, como hierba del campo que hoy florece y mañana se marchita, empleando palabras
del salmista. El tiempo consume rápidamente nuestra vida. Y nos seguimos preguntando
cuál es el sentido de la existencia, ¿merece la pena amar si todo acaba en la muerte?
¿merece la pena tanto trabajo y sufrimiento? ¿merece la pena también tantas alegrías, si
todo dura un instante fugaz?. Todos los seres humanos nos hemos hecho alguna vez estas
preguntas. Son preguntas que tememos hacernos porque nos desinstalan. Muchos huyen
de ellas entregándose a consumir su vida detrás del dinero, del placer, del poder, del tener
cosas que llenen ese vacío que todos llevamos dentro.
Nosotros, aquí, en la Iglesia, desde hace casi dos mil años, creemos haber encontrado
una respuesta a esas preguntas, una respuesta que se nos ha dado gratuitamente y que no
nace de nuestros deseos. Una respuesta que no pretende darnos un fácil consuelo, sino
implicarnos en una difícil tarea. Una respuesta a la altura de la dignidad del ser humano.
Esta respuesta está en Cristo Jesús muerto y resucitado, en el Jesús real que vivió en este
mundo haciendo el bien, que lo mataron por decir la verdad, que mantuvo hasta la muerte
su adhesión a un Dios Padre bueno que nos da la vida verdadera. Esa vida que vieron y
experimentaron unos testigos que hasta hoy nos han transmitido como buena noticia. Por
eso, aunque con humildad, aún con el corazón dolorido, aún sin comprender totalmente,
nosotros los cristianos, vivimos con confianza, al estilo y a la manera de Jesús, que confió
siempre en su Padre Dios. Por eso también comprendemos que nuestra vida aunque es
como una sombra que pasa es una sombra de Dios. Mejor aún, porque estamos hechos a
imagen y semejanza de Dios sabemos que el amor nunca muere, porque estamos hechos de
la misma esencia que constituye a Dios: el amor. Por eso también comprendemos que si la
vida es amor, la vida tiene que morir de amor para dar frutos de amor, como el grano de
trigo, como Jesús. Muere la vida pero no la persona que vive para Dios, con la vida de Dios.
Por eso, el mejor consuelo y esperanza que encontraremos será revivir y rememorar el
amor que sentisteis por ..., el amor que sentimos por nuestros familiares y amigos difuntos,
revivirlo y rememorarlo bajo la mirada del Dios Padre que nos ha revelado Jesús, y dejar que
la confianza en Dios, la confianza en todo lo bueno y hermoso que tienen las personas y el
mundo renazca en nuestro corazón.
Que el amor de Dios y el amor de ... os mantenga unidos siempre en el amor, a vosotros
familiares que lo estuvísteis en su vida, en su enfermedad y en su muerte. Que crezcáis en el
amor todos los días de vuestra vida, y que un día nos encontremos juntos, junto al Padre de
todos, felices en el cielo y la tierra nuevas que se nos han prometido.
Abril 13 dfto
La muerte, una vez más se ha llevado a uno de los nuestros. En estos momentos nuestro
corazón y nuestro pensamiento buscan respuestas, un sentido a la muerte. Sentimos la
herida profunda de la ausencia de .... El vacío que nos deja. Tanto más cuanto más
grande era vuestro cariño por él. Por eso seguimos buscando respuestas, porque no
podemos soportar que todo el amor desplegado en vuestra familia, todo el trabajo, los
bueos y malos momentos pasados con ..., acaben aquí.
El hecho de la muerte, con toda su crudeza, nos revela una vez más algo que todos
sabemos pero que tendemos a olvidar, que la vida del hombre es como una sombra que
pasa, como hierba del campo que hoy florece y mañana se marchita, empleando palabras
del salmista. El tiempo consume rápidamente nuestra vida. Y nos seguimos preguntando
cuál es el sentido de la existencia, ¿merece la pena amar si todo acaba en la muerte?
¿merece la pena tanto trabajo y sufrimiento? ¿merece la pena también tantas alegrías, si
todo dura un instante fugaz?. Todos los seres humanos nos hemos hecho alguna vez estas
preguntas. Son preguntas que tememos hacernos porque nos desinstalan. Muchos huyen
de ellas entregándose a consumir su vida detrás del dinero, del placer, del poder, del tener
cosas que llenen ese vacío que todos llevamos dentro.
Nosotros, aquí, en la Iglesia, desde hace casi dos mil años, creemos haber encontrado
una respuesta a esas preguntas, una respuesta que se nos ha dado gratuitamente y que no
nace de nuestros deseos. Una respuesta que no pretende darnos un fácil consuelo, sino
implicarnos en una difícil tarea. Una respuesta a la altura de la dignidad del ser humano.
Esta respuesta está en Cristo Jesús muerto y resucitado, en el Jesús real que vivió en este
mundo haciendo el bien, que lo mataron por decir la verdad, que mantuvo hasta la muerte
su adhesión a un Dios Padre bueno que nos da la vida verdadera. Esa vida que vieron y
experimentaron unos testigos que hasta hoy nos han transmitido como buena noticia. Por
eso, aunque con humildad, aún con el corazón dolorido, aún sin comprender totalmente,
nosotros los cristianos, vivimos con confianza, al estilo y a la manera de Jesús, que confió
siempre en su Padre Dios. Por eso también comprendemos que nuestra vida aunque es
como una sombra que pasa es una sombra de Dios.
Mejor aún, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios
sabemos que el amor nunca muere, porque estamos hechos de la misma esencia que
constituye a Dios: el amor. Por eso también comprendemos que si la vida es amor, la vida
tiene que morir de amor para dar frutos de amor, como el grano de trigo, como Jesús.
Muere la vida pero no la persona que vive para Dios, con la vida de Dios. Por eso, el
mejor consuelo y esperanza que encontraremos será revivir y rememorar el amor que
sentisteis por ..., el amor que sentimos por nuestros familiares y amigos difuntos, revivirlo
y rememorarlo bajo la mirada del Dios Padre que nos ha revelado Jesús, y dejar que la
confianza en Dios, la confianza en todo lo bueno y hermoso que tienen las personas y el
mundo renazca en nuestro corazón.
Que el amor de Dios y el amor de ... os mantenga unidos siempre en el amor, a
vosotros familiares que lo estuvísteis en su vida, en su enfermedad y en su muerte. Que
crezcáis en el amor todos los días de vuestra vida, y que un día nos encontremos juntos,
junto al Padre de todos, felices en el cielo y la tierra nuevas que se nos han prometido.
HOMILÍA de fjuneral de dos hermanos abril 16,
Querido, presentes en espíritu en medio de nosotros, : ¡Qué días tan
tristes! –¡Qué horas tan densas, tan misteriosas! En este atardecer de
sabado, estamos en esta iglesia de santa ana, recordándolos,
queriéndolos, sintiéndonos muy unidos a ustedes, más con el corazón
que con la mente.A propósito de la desdedida de estos dos hermanos
nuestros quiero contarles el diálogo filosófico teológico de los DOS
GEMELOS. En este momento se lo dedicamos a estos hermanos, en
presencia de sus amigos:
“Dos gemelos fueron concebidos en un seno.
Pasaron las semanas, y los gemelos fueron creciendo. A medida que
iban tomando conciencia, su alegría rebosaba. “Dime, ¿no es increíble
que vivamos? ¿No es maravilloso estar aquí?”. Los gemelos comenzaron
a descubrir su mundo. Cuando encontraron el cordón que les unía a su
madre, y a través del cual les llegaba el alimento, exclamaron llenos de
gozo: “¡Tanto nos ama nuestra madre que comparte su vida con
nosotros!”.
Pasaron las semanas y los meses. De repente, se
dieron cuenta de cuánto habían cambiado. “¿Qué significará esto?”,
preguntó uno. – “Esto significa (respondió el otro) que pronto no
cabremos aquí dentro”…”No podemos quedarnos aquí dentro. Vamos a
nacer”. Pero el primero objetó: “No quiero verme fuera de aquí en
ningún caso. Quiero quedarme aquí para siempre”.
Su hermano le dijo: “Reflexiona: no tenemos otra
salida. Acaso haya otra vida después del nacimiento”… A lo que el
primero respondió con energía: “¿Cómo puede ser eso? Sin el cordón de
la vida no es posible vivir. Además, otros antes de nosotros han
abandonado el seno materno y ninguno de ellos ha vuelto a decirnos
que hay una vida tras el nacimiento. No. Al salir se acaba todo. Esto es
el final”.
“Si la concepción acaba con el nacimiento, ¿qué sentido tiene esta vida
aquí? No tiene ningún sentido. A lo mejor, resulta que ni existe una
madre, como siempre hemos creído”. – ¡Debe existir!, protestaba el
primero, de lo contrario, ya no nos queda nada”. A lo que el otro
preguntó: ¿Has visto alguna vez a nuestra madre? A lo mejor, nos la
hemos imaginado. Nos la hemos forjado para podernos explicar mejor
nuestra vida aquí”.
Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda
angustia, transcurrieron los últimos días de los dos hermanos en el seno
materno. Por fin, llegó el momento del nacimiento. Cuando los gemelos
dejaron su mundo, abrieron los ojos y lanzaron un grito. Lo que vieron
superó sus más atrevidos sueños”.

Al hilo de esta convicción profunda, de que la vida tiene sentido ,


quiero decir que el Universo y la Vida tienen sentido, por más que a
muchos no se lo parezca o no lo encuentren, y que ni la más breve
brizna de sonrisa o esfuerzo que hacemos andará perdido, porque hay
como un cuenco infinito donde se recoge amorosamente todo el amor y
el cuidado, todo el desvelo y la alegría, todas las lágrimas y esfuerzos de
la vida del último de este mundo, y es apreciado todo ello y hecho valer
amplia y misteriosamente como el tesoro que han destilado los
corazones al vivir. A este cuenco lo llamamos Dios.

Ustedes …. ….., han dejado en el mundo una obra admirable,


espiritual, social y moral. Todo lo que han sembrado está ya floreciendo
y florecerá aun más. Y nosotros ya lo estamos viendo. Cada recuerdo
nuestro, cada latir de nuestra vida deseamos sea una oración, una
elevación de la mente, que los acompañará siempre.
LLORAR Y REZAR-abril27.
podemos ignorarla. No hablar de ella. Vivir intensamente cada día y olvidarnos
de todo lo demás. Pero no lo podemos evitar. Tarde o temprano, la muerte va
visitando nuestros hogares arrebatándonos a nuestros seres más queridos.
¿Cómo reaccionar ante ese accidente que se nos lleva para siempre a nuestro
hijo? ¿Qué actitud adoptar ante la agonía del esposo que nos dice su último
adiós? ¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y
personas queridas?
La muerte es como una puerta que traspasa cada persona a
solas. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No
sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en
el misterio. ¿Cómo vivir esa experiencia de impotencia, desconcierto y pena
inmensa? No es fácil. Durante estos años hemos ido cambiando mucho por
dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más vulnerables. Más
escépticos, pero también más necesitados. Sabemos mejor que nunca que no
podemos darnos a nosotros mismos todo lo que en el fondo anhela el ser
humano.
Por eso quiero recordar, precisamente en esta sociedad, unas
palabras de Jesús que sólo pueden resonar en nosotros, si somos capaces de
abrirnos con humildad al misterio último que nos envuelve a todos: «No se turbe
vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí». Creo que casi todos,
creyentes, poco creyentes, menos creyentes o malos creyentes, podemos hacer
dos cosas ante la muerte: llorar y rezar. Cada uno y cada una, desde su pequeña
fe. Una fe convencida o una fe vacilante y casi apagada. Nosotros tenemos
muchos problemas con nuestra fe, pero Dios no tiene problema alguno para
entender nuestra impotencia y conocer lo que hay en el fondo de nuestro
corazón.
Cuando tomo parte en un funeral, suelo pensar que,
seguramente, los que nos reunimos allí, convocados por la muerte de un ser
querido, podemos decirle así: «Estamos aquí porque te seguimos queriendo,
pero ahora no sabemos qué hacer por ti. Nuestra fe es pequeña y débil. Te
confiamos al misterio de la Bondad de Dios. Él es para ti un lugar más seguro que
todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Sé feliz. Dios te quiere como nosotros
no hemos sabido quererte. Te dejamos en sus manos».
NO A LA MUERTE.Yo soy la resurrección y la vida
Lo que nosotros llamamos muerte, no es sino terminar de morir. El
último instante en que se apaga la vida biológica. En realidad, tardamos en morir
veinte, cuarenta o setenta y cinco años. Desde que nacemos estamos ya
muriendo. La muerte no es algo que nos llega desde fuera, al final de nuestra
vida. La muerte comienza cuando nacemos. Nos vamos muriendo segundo a
segundo y minuto a minuto, gastando de manera irreversible la energía vital que
poseemos. Los hombres somos mortales no porque al término de nuestra vida
hay un final, sino porque constantemente nuestra vida se va vaciando, se va
desgastando y va «muriendo».
Pero la muerte no es problema sólo del individuo humano. La
muerte está presente dentro de toda vida, envolviendo con sus brazos
poderosos a todo viviente. Se puede afirmar que todo lo que vive está ya camino
de la muerte. Los animales que corren, vuelan y se agitan por la tierra entera, la
vegetación multicolor que cubre nuestro planeta, la vida que se puede encerrar
en el universo entero, camina hacia la muerte. Pero hay que decir todavía algo
más. Lo que construyen los vivientes, sus organizaciones, sus grandes sistemas,
sus revoluciones, logros y conquistas están abocados también a morir un día.
Y sin embargo, desde el fondo de la vida, de toda vida, nace una
protesta. Ningún viviente quiere morir. Y esta protesta se convierte en el hombre
en un grito consciente de angustia y de impotencia que refleja y resume el deseo
profundo de toda la creación. Los cristianos creemos que este anhelo por la vida
ha sido escuchado por Dios. Jesucristo muerto por los hombres, pero resucitado
por Dios, es el signo y la garantía de que Dios ha recogido nuestro grito y quiere
encaminarlo todo hacia la plenitud de la vida.
Por eso dentro de esta vida mortal, el creyente es un hombre
que afirma la vida y rechaza la muerte. Defiende y promueve todo lo que
conduce a la vida, y condena y lucha contra todo lo que nos lleva a la destrucción
y la muerte. Dios ha dicho no a la muerte. La actitud cristiana de defensa de la
vida en todos los frentes (aborto eutanasia muertes violentas, opresión
destructora...) nace de esa fe en un Dios «amigo de la vida» que en Jesucristo
resucitado nos descubre su voluntad de liberarnos definitivamente de la muerte.
EN LAS MANOS DE DIOS
En la casa de mi Padre hay muchas moradas.
El hombre contemporáneo no sabe qué hacer con la muerte. Lo único que se le ocurre es
ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso y volver de nuevo al
vértigo de la vida.
Pero, tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros
seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para
siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante la agonía de ese esposo que nos dice
su último adiós? ¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y
personas queridas?

La muerte es una puerta que traspasa cada hombre o mujer en solitario. Una vez cerrada la
puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan
querido y cercano se nos pierde ahora en e1 misterio insondable de Dios. ¿Cómo
relacionarnos con él?
La liturgia cristiana nos revela cuál es la actitud de los creyentes ante la muerte de nuestros
amigos y hermanos.

La Iglesia no se limita a asistir pasivamente al hecho de la muerte ni tan sólo a consolar a los
que quedamos aquí llorando a nuestros seres queridos. Su reacción espontánea es de
solidaridad fraterna hacia el difunto.
La comunidad cristiana rodea al que muere, pide por él y le acompaña con su amor y su
plegaria en ese misterioso encuentro con Dios.

Ni una palabra de desolación o de rebelión, de vacío o duda. En el centro de toda la liturgia


por los difuntos, sólo una oración de confianza: «En tus manos, Padre de bondad,
encomendamos el alma de nuestro hermano”.
Es como si dijéramos a ese ser querido que se nos ha muerto: «Te seguimos queriendo, pero
tú te vas y tu partida nos entristece. Sin embargo, sabemos que te dejamos en mejores
manos. Esas manos de Dios son un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos
ofrecer ahora. Dios te quiere como nosotros no hemos sabido quererte. En El te dejamos
confiados”.

Esta confianza que llena el corazón de los-creyentes de paz y esperanza ante la muerte de
nuestros seres queridos no es un sentimiento arbitrario, sino que nace de nuestra fe en
Jesucristo resucitado: «Recuerda a tu hijo a quien has llamado de este mundo a tu presencia.
Concédele que así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo, comparta también con él
la gloria de la resurrección”.
Todo esto puede parecer inaceptable a muchos que se acercarán hoy al cementerio a
depositar unas flores y recordar experiencias vividas aquí con sus seres queridos. Como
decía K Rahner, hay cosas que sólo podemos vivir “si tenemos un corazón sabio y humilde y
nos acostumbramos a ver lo que está sustraído a la mirada del superficial y del impaciente”.
HOMILIA.

Yo soy la resurrección y la vida


Lo que nosotros llamamos muerte, no es sino terminar de morir. El último instante en que se
apaga la vida biológica. En realidad, tardamos en morir veinte, cuarenta o setenta y cinco
años. Desde que nacemos estamos ya muriendo. La muerte no es algo que nos llega desde
fuera, al final de nuestra vida. La muerte comienza cuando nacemos.

Nos vamos muriendo segundo a segundo y minuto a minuto, gastando de manera


irreversible la energía vital que poseemos. Los hombres somos mortales no porque al
término de nuestra vida hay un final, sino porque constantemente nuestra vida se va
vaciando, se va desgastando y va «muriendo».

Pero la muerte no es problema sólo del individuo humano. La muerte está presente dentro
de toda vida, envolviendo con sus brazos poderosos a todo viviente. Se puede afirmar que
todo lo que vive está ya camino de la muerte.
Los animales que corren, vuelan y se agitan por la tierra entera, la vegetación multicolor que
cubre nuestro planeta, la vida que se puede encerrar en el universo entero, camina hacia la
muerte.

Pero hay que decir todavía algo más. Lo que construyen los vivientes, sus organizaciones, sus
grandes sistemas, sus revoluciones, logros y conquistas están abocados también a morir un
día.

Y sin embargo, desde el fondo de la vida, de toda vida, nace una protesta. Ningún viviente
quiere morir. Y esta protesta se convierte en el hombre en un grito consciente de angustia y
de impotencia que refleja y resume el deseo profundo de toda la creación.

Los cristianos creemos que este anhelo por la vida ha sido escuchado por Dios. Jesucristo
muerto por los hombres, pero resucitado por Dios, es el signo y la garantía de que Dios ha
recogido nuestro grito y quiere encaminarlo todo hacia la plenitud de la vida.

Por eso dentro de esta vida mortal, el creyente es un hombre que afirma la vida y rechaza la
muerte. Defiende y promueve todo lo que conduce a la vida, y condena y lucha contra todo
lo que nos lleva a la destrucción y la muerte.

Dios ha dicho no a la muerte. La actitud cristiana de defensa de la vida en todos los frentes
(aborto, eutanasia, muertes violentas, opresión destructora... ) nace de esa fe en un Dios
«amigo de la vida» que en Jesucristo resucitado nos descubre su voluntad de liberarnos
definitivamente de la muerte.
Familiares de ... y hermanos todos:

En este tiempo de Pascua, estamos celebrando la Resurrección de Jesús, el


acontecimiento más importante de la historia para un creyente, la victoria de Cristo sobre la
muerte, la victoria de la vida y del amor de Dios, más fuerte que el pecado y las limitaciones
del hombre. Y como cristianos que hemos sido hechos hijos de Dios en Cristo por el
Bautismo, celebramos también la Resurrección de nuestro hermano ..., su paso a la vida
eterna.

Creer en la Resurrección no es una cuestión de más o menos inteligen-cia, tampoco es


cuestión de comprender cómo podrá darse o cómo es posible. Creer en la Resurrección es
sobre todo una cuestión de confianza. Confianza en Cristo, en sus palabras y en su promesa.
El prometió la vida eterna para to-dos que quieran acogerle. Y por sus obras, por su
coherencia de vida, nosotros sabemos que podemos confiar en El. Confianza en aquellos
testigos de la resu-rrección que nos dicen que lo vieron vivo y que esa experiencia fue capaz
de cambiar por completo sus vidas. Confianza en los miles de testigos que a lo largo de la
historia han creído y han dado su vida por esa fe. Y confianza también en el amor, en ese
amor que sentimos y que aunque se nos muestra débil también se nos muestra con
necesidad de eternidad.

Y esa confianza es la que nos da valor y fuerza para seguir caminando por la vida, para
seguir luchando por un mundo más justo y solidario, para amar siempre, cueste lo que
cueste. Porque la resurrección nos dice que me-rece la pena el esfuerzo, que todos los
gestos de amor y solidaridad son fecun-dos y transformados por Dios en vida verdadera.

Hermanos, ante el cadáver de nuestro hermano, reafirmemos nuestra fe y nuestros


deseos de trabajar para que este mundo sea cada día más humano y más fraterno.

Rm 14,7-9 (VIII): En la vida y en la muerte somos de Dios

Jn 14, 1-6 (XVI): Creed en Dios y creed también en mí.


Funeral abril 30.
Todos buscamos respuestas al enigma de la muerte. Todos nos hemos hecho a veces
la pregunta de si habrá algo más allá. ¡Dónde se va todo lo que amamos, tantas
alegrías y sufrimientos! ¡Dónde se queda tanto esfuerzo y tanto trabajo!... Los años
pasan con rapidez, sentimos que apenas hemos podido hacer lo que deseábamos. Los
ideales de juventud, las ilusiones, todo se va pasando y nos va quedando esa
sensación de que muchas veces, demasiadas, la vida no cumple las expectativas que
hemos puesta en ella.
Y siempre está ahí la muerte, acompañándonos durante toda la
vida, primero en la muerte de los familiares y amigos, después en ese deterioro
progresivo que vamos sintiendo en nuestros cuerpos anunciador de que en el
horizonte, también a nosotros, nos espera la muerte. Pensar en la muerte es
incómodo, preferimos huír de ese pensamiento, no queremos hacernos preguntas.
Preferimos vivir al día, y mañana... ya veremos.
Nosotros los cristianos, tampoco tenemos respuestas para el
enigma de la muerte. No sabemos por qué tenemos que morir, por qué mueren los
inocentes y los jóvenes, por qué parece que el mal acaba destruyendo lo que más
queremos. Nosotros los cristianos sólo tenemos la palabra de un hombre como
nosotros, Jesús de Nazaret, que vivió hace dos mil años y que nos prometió la vida
eterna si creíamos en El. El nos anunció con sus palabras y con sus obras la buena
noticia de que existe un Dios que es Padre misericordioso, que está en el origen del
Universo y de la vida.
El, con su ejemplo nos enseñó que podemos pasar por la vida y
por la muerte confiando en este Padre bueno, a pesar de que muchas veces no
comprendemos el porqué de las cosas. Para nosotros los cristianos, Jesucristo es
como ese faro que en el mar de la vida nos guía en medio de las tormentas y las
tinieblas. Sí, sólo tenemos su palabra y la confianza que le han dado millones de
personas a lo largo de la historia. Quizás para algunos no sea gran cosa, para nosotros
los que creemos la vida con El se ilumina de esperanza: con El sí merece la pena amar,
merece la pena sufrir, merece la pena trabajar por un mundo mejor, merece la pena
perdonar y compartir y ser solidarios. Porque El, Jesús, así lo hizo. Porque nosotros
somos sus discípulos, hijos de Dios, herederos de la verdadera vida.

“En la vida y en la muerte somos del Señor”, nos decía San Pablo. En esta fe nosotros
hoy damos las gracias a Dios por la larga vida de Antonio, por su amor, su trabajo, sus
desvelos, por todo lo que dio a su familia, y pedimos que tenga misericordia con sus
defectos y errores, y que un día podamos encontrarnos todos en la casa del Padre.
Amén.
La respuesta de Dios al interrogante sobre la muerte

"Después de que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios, yo mismo lo veré,
y no otro, mis propios ojos lo verán". Así hablaba Job en la primera lectura que hemos
escuchado. Job ha descubierto en medio de su desgracia, en medio de la muerte, la
presencia callada y silenciosa de Dios. Después de la rebelión, Job ha decidido
finalmente poner toda su confianza en Dios, a pesar de que Dios calla, a pesar de que
parece que no hay respuesta a la injusticia del sufrimiento y del dolor, Job acepta y
confía.

Job vivió antes que Jesús, y en cierta medida Job no tuvo la suerte de conocer la
respuesta de Dios a la muerte. Nosotros sí la hemos conocido en Cristo. Nosotros
hemos descubierto en El, algo mejor que la respuesta a la muerte, algo más
importante y más decisivo para nuestra vida: el sentido que tiene el sufrimiento y la
muerte. Nosotros hemos visto en Jesús, que la vida entregada al amor y al servicio de
los demás, tiene futuro, tiene continuidad.

Nosotros hemos comprendido gracias a Jesús, que el sufrimiento y la muerte no son


más que la otra cara del amor tal como es posible vivirlo en este mundo. Nosotros
sabemos por Jesús, que el amor y el servicio a los demás es lo único que en este
mundo tiene capacidad para superar la muerte. Sólo muriendo como el grano de trigo
se puede dar fruto. Cristo ha ten-dido por nosotros el puente entre esta vida caduca y
la vida eterna, entre este amor sufriente y el amor gozoso.

Por eso, ser cristiano no es otra cosa que vivir en una continua acción de gracias a
Dios. Gracias por la vida que nos ha dado, gracias por todos los acontecimientos,
gracias por todas las personas que hicieron el camino de la vida a nuestro lado, gracias
por lo bueno y por lo malo, gracias sobre todo por su Hijo, Jesús, que muriendo por
nosotros nos ha abierto las puertas de la feli-cidad eterna.

Y hoy aquí, ante el cadáver de ..., también le damos gracias a Dios, por su vida, por
su trabajo y por su servicio, también por su sufrimiento que lo ha unido al sufrimiento
de Cristo, y gracias finalmente por su muerte que le ha permitido unirse a la muerte y
a la resurrección de Cristo. Esta es nuestra fe y nuestra confianza que aquí
confesamos y proclamamos.
Dofunjato mayo 8.
Tan importante es festejar el cumpleaños de un ser querido recordando cuando
nació, -alegres de poder compartir su vida-, como festejar cuando uno de ellos
nace a la vida eterna y conoce cara a cara a Dios, -aunque nos entristezca tener
que separarnos momentáneamente de él, pero con la certeza de que llegó a su
destino. Ojalá recordáramos cada día aquello que un padre le dijo a su hijo al
nacer: “Hijo hoy tú lloras mientras todos sonríen, ojalá vivas de tal forma que
cuando mueras todos lloren y tú sonrías”
MORIR ES NACER DE NUEVO En el vientre de una mujer
embarazada se encontraban dos bebés. Uno pregunta al otro: – ¿Tú crees en la
vida después del parto? – Claro que sí. Algo debe existir después del parto. Tal
vez estemos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más
tarde. – ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida? – No lo
sé pero seguramente … habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros
propios pies y nos alimentemos por la boca. – ¡Eso es absurdo! Caminar es
imposible.
¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por
donde nos alimentamos. Yo te digo una cosa: la vida después del parto está
excluida. El cordón umbilical es demasiado corto. – Pues yo creo que debe haber
algo. Y tal vez sea sólo un poco distinto a lo que estamos acostumbrados a tener
aquí. – Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el
final de la vida.
Y a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa
existencia en la oscuridad que no lleva a nada. – Bueno, yo no sé exactamente
cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos
cuidará. – ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella? –
¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es como vivimos.
Sin ella todo este mundo no existiría. – ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a
mamá, por lo tanto, es lógico que no exista. –
Bueno, pero a veces, cuando estamos en silencio, tú puedes oírla
cantando o sentir cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes? … Yo pienso que hay
una vida real que nos espera y que ahora solamente estamos preparándonos
para ella … -
Difuntos..mayo.
Le doy la razón a un amigo mío que me decía: “Dar la vida por otro tiene que ser
magnífico. De todos modos, yo creo que, llegado el momento, yo estaría dispuesto a
hacerlo. Pero lo difícil para mí es dar la vida en calderilla.” Dar la vida por otro es
ciertamente un gesto estupendo, pero está rodeado de muchas compensaciones. Si
das la vida por otro: terminas siendo un héroe; los periódicos te pondrán en primera
página como alguien extraordinario; y hasta la Iglesia es capaz de beatificarte por ese
gesto supremo de caridad.
Ese dar la vida así de un golpe, es duro, pero no cabe duda de que tiene
sus alicientes. En cambio, eso de “dar la vida en calderilla”, suena poco. No hace ruido
alguno. Todo pasa desapercibido. Ir dando la vida cada día en unos gestos de
amabilidad, no llama la atención. Ir dando la vida cada día en el perdón diario, nadie
lo va tomar en cuenta. Ir dando la vida cada día en la servicialidad, no lo anuncian los
periódicos. Ir dando la vida cada día en una sonrisa sencilla, a nadie sorprende. Ir
dando la vida cada día en no gritar, hablar con voz tranquila, nadie se fija.
Ir dando la vida cada día reconociendo los propios errores y pidiendo
disculpas, nadie se entera. Sin embargo, esta es la manera que todos tenemos de dar
nuestra vida por los demás. No siempre se tiene la oportunidad de que a uno le pidan
la vida de un golpe. Pero siempre tendremos al lado: A quien sonreír. A quien
perdonar. A quien decir una palabra amable. A quien decirle descansa que lo hago yo
por ti. A quien decirle, disculpa, me equivoqué. Es el modo de dar la vida en
“calderilla” es el modo de dar la vida a “poquitos”.
Pareciera menos doloroso, pero posiblemente, duele más que el
darla toda de una vez. Porque es el dolor de todos los días y de muchas veces al día.
Porque es el dolor sin aureola y que, de ordinario, nadie la agradece a uno. Tanto
valorar los grandes milagros, nos hemos olvidado del valor de los milagros pequeños.
Tanto valorar a los grandes gestos, nos olvidamos de dar el debido valor a los
pequeños gestos de cada día.
Personalmente no sé si, llegado el momento, tendría suficiente
valentía para dar mi vida por otro. Lo que sí sé, por experiencia, lo que me cuesta ser
amable siempre, sonreír siempre, comprender a los demás siempre, perdonar
siempre, y ser sincero siempre. Me gustaría que la Iglesia beatificara algún día a
alguien porque sencillamente dio su vida, entregó su vida todos los días “en
calderilla”. Ese día sí me convencería de que también yo puedo ser Beato y, quién
sabe, si algún día también Santo. –
Difuntos-mayo.
Paulo Coelho en su novela Brida comienza haciendo una comparación entre
constructores y jardineros. Y la verdad es que la idea me gustó. El constructor
planifica y ejecuta un plan que, posiblemente, está diseñado por otro. Los
cálculos están hechos por otro. Él se dedica sencillamente a realizar lo que otros
han trazado. Termina su obra y se desentiende de ella.
En cambio, el jardinero comienza por seleccionar las semillas o
las plantas, prepara el terreno, las planta, las riega, les escarba las malas hierbas,
las ve crecer, de cuando en vez también es testigo de los estragos que hacen las
tormentas o incluso ciertas pestes, trata de sanar las heridas de las plantas, y
espera. Luego ve cómo comienzan los primeros brotes, las primeras flores. Las
mira, se recrea en ellas. Piensa como mejorar las semillas y hasta se atreve a
ensayar la modificación de colores.
En la vida suele haber constructores y jardineros. Unos son
constructores. No son dueños de sus propios proyectos de vida, otros proyectan
por él. El sencillamente obedece a quienes deciden lo que tiene que ser y llega
un momento en que cree que ya se ha realizado, cree que ya llegó al final de su
obra y se detiene. Renuncia a crecer. En cambio otros, se sienten jardineros de su
propia vida. Seleccionan bien las semillas que van sembrando en su corazón y en
su mente. Siembran y plantan el jardín de su vida con aquellos valores y aquellas
flores que más le gustan.
Él mismo las va cuidando. Sabe cuando las debe regar y
cómo regarlas. Va creciendo y va siendo testigo gozoso de su propia identidad y
de su propia misión. No obedece a maestros que desde fuera le imponen un
estilo determinado. Él se decide ser lo que él mismo quiere ser. Nunca se siente
terminado. Cada día siente que algo muere en él y algo nuevo va naciendo. Sabe
que su obra de jardinería no terminará hasta su muerte.
Su vida es obra de toda la vida. Su vida es el esfuerzo, la
contemplación de todos los días. Siempre encuentra alguna ramita que cortar y
podar. Siempre es testigo de nuevos brotes, nuevas ilusiones, nuevas
esperanzas. Cada día vive atento a esas pestes de la mente y del corazón que
pueden dañar el jardín de su vida. Es bella la obra de los constructores. Pero más
bella es la obra de los jardineros. ¿Cuánto hay de constructor en mi vida?
¿Cuánto tengo de vocación de jardinero?
Por qué surgen dudas en vuestro interior? abril 19, 2015 juanjaureguicas Dejar un
comentario No siempre es fácil entender el Plan de Dios, sobre todo cuando no
coincide con nuestra manera de ver las cosas. Pero fe es sobre todo confiar, y
luego…confiar, y después… seguir confiando. BORDADOS DE LA VIDA Un niño pequeño
sentado en el suelo, contemplaba cómo su madre trabajaba cosiendo en una mesa
alta. El pequeño miraba y preguntaba qué es lo que estaba haciendo. Ella le
contestaba que estaba bordando. Todos los días le hacía la misma pregunta y ella le
contestaba lo mismo. Observaba su trabajo desde abajo, y le decía: – Mamá, ¿qué es
eso tan raro que estás bordando? Desde donde miraba, todo su bordado era muy
extraño y confuso. Era un amontonado de nudos e hilos de diferentes colores, unos
largos, otros cortos, unos gruesos y otros finos… Ella sonreía, miraba al pequeño y de
manera amable le decía: “Hijo, ve a jugar, en cuanto termine mi trabajo, te llamaré, te
tomaré en mis brazos y dejaré que veas el trabajo desde mi posición”. Durante
muchos días, le siguió preguntando: ¿Por qué usaba algunos hilos de colores oscuros y
otros claros en vez de un solo color? ¿Por qué eran tan desordenados y enmarañados?
¿Por qué estaba todo lleno de nudos y puntos? ¿Por qué tardaba tanto?… Por fin, un
día, ella le llamó, le tomó en sus brazos y le enseñó el bordado. Se sorprendió mucho
al verlo. ¡No se lo podía creer!¡Lo que desde abajo le parecía tan confuso, desde
arriba, era el cuadro de un paisaje maravilloso!. Entonces ella le dijo: – Hijo, desde
abajo mi bordado te parecía confuso y desordenado porque tú no lo podías ver desde
mi posición. Pero, ahora, mirándolo desde arriba ya puedes ver que en lo que estaba
haciendo había un bello diseño. Muchas veces, a lo largo de los años, hemos mirado al
cielo y hemos dicho: “Dios, ¿qué es lo que estás haciendo? ¿qué es lo que pasa con mi
vida? Él parece responder: Estoy bordando vuestra vida, hijos”. Y hemos seguido
preguntando: “Pero si lo vemos todo confuso… todo desordenado. Hay muchos nudos,
situaciones difíciles que no terminan, desgracias que no cesan y las cosas buenas se
pasan demasiado rápido. Algunos hilos son tan oscuros… ¿por qué no haces mejor las
cosas? Y él nos sonríe y nos dice: “Vosotros, ocupaos de vuestro trabajo, relajaros… y
siempre, confiad en mí. Yo haré mi trabajo. Un día, os tendré a todos conmigo y desde
donde yo estoy, entonces contemplaréis el plan de vida que he diseñado para
vosotros”. A veces no entendemos qué está ocurriendo en nuestras vidas. Las cosas
son confusas, no encajan y parece que nada nos sale bien. Lo importante es que
tengamos paciencia, que confiemos y recordemos que estamos mirando el reverso de
la vida. Desde el otro lado, las cosas se ven mucho más bellas y diferentes. - See more
at: http://juanjauregui.es/por-que-surgen-dudas-en-vuestro-interior/#more-1529
Homilía difun to mayo 16. al morir nos encontramos con el Dios de los vivientes. Iniciemos
con el Evangelio de S. Lucas: algunos saduceos que negaban la resurrección de los muertos
preguntaron a Jesús: “Maestro: Moisés ordenó que si alguien tiene un hermano casado, que
muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia al hermano”. Esta
norma tenía objetivos precisos, como no permitir que los bienes del difunto cayeran en
manos de los especuladores, ya que la viuda difícilmente podría conservar para sí lo que
perteneció a su esposo, dada la situación social de entonces, y la avaricia de los que se
abalanzaban sobre la herencia del difunto.
En el c. 20 47, del mismo Evangelio, Jesús acusa a los doctores de la Ley
de “devorar los bienes de las viudas”. En el mismo Evangelio de hoy, los saduceos presentan
el caso jocoso de una mujer que se casó hasta con siete hermanos que fueron muriendo uno
tras otro, hasta que murió la mujer; luego preguntan: “cuando llegue la Resurrección de los
muertos, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer?” La respuesta de Jesús está fundada en la
fe: “Dios no es Dios de muertos sino de vivos, porque todos viven por Él”.
Se trata de una resurrección, que no es la simple vivificación de un cadáver;
ser resucitado significa no morir más; esto es, vida indefectible, que germinalmente ya es
poseída por el cristiano, que es por tanto hijo de la resurrección. Nuestro Dios es un Dios
vivo para hombres vivos. El hombre es una realidad histórica; vive en el hoy del tiempo; en
continuidad con el tiempo pasado, de donde toma la posibilidad de comprender todo lo que
para él es riqueza y valor perennes; vive el presente como momento real de su conciencia,
de su libertad y de su espiritualidad; pero se orienta hacia el futuro para recuperar el
significado del pasado y del presente, vive aspirando El futuro, lo que todavía no es, es para
el hombre la dimensión más radical porque condiciona sus elecciones humanas y determina
sus realizaciones.
La muerte será el naufragio de la vida? O qué será el hombre después de la
muerte? Este es el problema fundamental de la existencia: el futuro confirmará su
inconsistencia y vanidad? o recuperará el transitorio naufragio de la vida? Comentemos
algo, para los deterministas que los hay en todas partes y aún en nuestra cristiandad .Si la
vida presente lo es todo, si no hay algo más allá después de la muerte, es claro que materia y
espíritu se perderán definitivamente. Si todo termina con la muerte, si todo tiene un fin que
lo nivela o lo iguala, no hay proyecto que pueda trascender; el progreso humano en todo
orden, personal y comunitario, material y espiritual, cultural o técnico parecería tener un
soplo fatal y definitivo.
Los cristianos somos los testigos de la resurrección. Hoy muchos se fatigan
para creer en el más allá. Esto, por una parte es debido a la crítica marxista que juzga la vida
eterna como una evasión de la responsabilidad de transformar este mundo, y por otra, a la
civilización del bienestar empeñada a proponer una felicidad hedonista en este mundo.
Nosotros los cristianos, diciendo que nuestro Dios es Dios de vivos y no de muertos,
hacemos una afirmación que se refiera al más allá, pero también al presente. Dios de vivos,
ya hoy verdaderamente vivientes, empeñados a fondo en la vida para mejorar la situación
de la humanidad. Vida, que no puede terminar, porque es la misma vida de Dios, vida que
por tanto continúa más allá de la vida física
Pasaje de Emús: Lc.2413-17. 25-35
hoy nuestra hermana …., se ha ido por el camino de la pascua al cielo. dejándonos una
sonrisa en su rostro como indicándonos que el lugar donde está no hay llanto, ni luto, ni
dolor sino alegría y gozo en el Señor. Dios tiene para cada uno sus planes, quizá el hombre
les quiera cambiar con el uso de su libertad, pero bien sabemos que los planes de Dios, como
diría el apóstol Pablo, son sin duda lo mejor.

Hay muertes repentinas, un accidente, un infarto, sin tiempo para despedirse de nadie, ni
dar consejos, ni dejar recomendaciones a última hora, todo se acaba en un abrir y cerrar de
ojos y hay otras muertes, alargadas y lentas, como queriendo y no queriendo despegar al
infinito, en el que el tiempo da oportunidad para rectificar, para poner y dejar las cosas
ordenadas, si, para contemplar la vida y verla desde muchos ángulos y perspectivas
diferentes, cuestionamientos y preguntas, cuyas respuestas quizá, vengan después de la
muerte, sin llegar a entender el mundo del dolor pero asimilando a la hermana enfermedad
como compañera, que nos va enseñando muchas cosas, la paciencia, la humildad, la
constancia, la fortaleza ante la adversidad, la fragilidad ante el tiempo ,

marcando un camino que se hace familiar para purificar mil cosas que quizá no
comprendíamos y dentro de las horas del misterio que tiene la vida y la muerte, como que
vamos despertando a un nuevo amanecer que se ve en el horizonte más allá de nuestros
pensamientos y sentimientos comunes, de los cuales Jesús ya nos habló como en parábolas,
un deshojar la flor hasta quedarnos con el ultimo pétalo en nuestras manos. El reino de los
cielos se parece a las doncellas que esperan la llegada del novio para el banquete de bodas,
para el que hay que estar preparados con las lámparas encendidas, para cuando llegue, salir
a su encuentro” o cuando dice ”En la casa de mis Padre hay muchas moradas y voy a
prepararles un lugar”

Nuestra hermana… pudo esperar para entrar en el banquete con su lámpara encendida,
tiempo para entender que la resurrección de Jesús venció la muerte y el pecado como portal
para la eternidad y ayer viernres entregaba a Dios Padre su tarea cumplida.
En su larga vida tuvo tiempo para aprender muchas cosas y dejar también un ejemplo,

En esta historia del dolor y la muerte, , está su familia sus, hijos , su familia, para Elvira como
hija fiel , has sido con otros miembros de su familia como el cirineo que has ayudado a llevar
la cruz hasta la cima, como le ayudaron a Jesús hasta el calvario

Hoy todos debemos agradecer la fe cristiana que nuestros padres nos dieron y que ha sido la
llave para entrar en esa dimensión del misterio ante el aparente sin sentido de la muerte,
pero paso obligatorio para llegar a la vida.
Como los discípulos de Emús ante la muerte de un ser querido nos sentimos como humanos
tristes e impotentes o fracasados, no comprendemos los caminos de Dios, pero en esta
oscuridad Jesús sale al encuentro de sus amigos hundidos en la desesperanza, y les dirá
“tardos de corazón para creer lo que está escrito” y les fue iluminando con su palabra la
densa oscuridad, como convenía pasar por este momento de la muerte para llegar a la
gloria, de forma que al final del camino, le piden que se quede con ellos, porque ya es de
noche, se quedó y compartió con ellos la mesa y allí le reconocieron que estaba vivo y había
resucitado.

También nosotros necesitamos ese encuentro de Jesús peregrino que nos acompaña,
también necesitamos dejarnos iluminar por su palabra, también necesitamos decirle
quédate con nosotros porque sin ti nuestra vida es de noche, necesitamos comer en su mesa
para reconocer por la fe que estamos llamados a la vida en la resurrección, a sembrar
esperanza y vivir la caridad.

Por eso ustedes lloran sí, pero con esperanza, con fe y con paz en el corazón, porque creen
en su palabra, Dios enjuga nuestras lágrimas, el que sabe del amor a hijos o esposa o marido
podrá comprender mejor el amor de Dios Padre, como una madre ama hasta dar la vida por
sus hijos, Dios nos ama hasta dar su Hijo la vida por nosotros.
En esta Eucaristía el don más grande que tiene nuestra fe católica, Cristo que muere y
resucita, es un valor infinito, incomparable con todo lo humano que podemos ofrecer por
nuestra hermana.

Una madre es también misterio de la vida, a través de las madres Dios realiza los milagros de
su amor, por ello hoy hemos de agradecer a Dios la vida de las madres, y ustedes hijos debén
aprender de la vida de su madre y ofrecer a Dios como ella ya lo hizo, con su amor, su dolor,
su sacrificio generoso su ejemplo, vivamos la misma fe que ella, si ella nos acercó a Dios, no
nos separemos de Él, la muerte no es una separación para siempre sino un hasta luego,
habrá un mañana de encuentro definitivo con Dios en el cielo , mientras vivamos el presente
aguardando de tal manera, que con alegría y esperanza puedas decir tengo una madre
cristiana que me enseño como llegar a Dios y me espera en el cielo, allí está mi casa, porque
allá está mi madre, y ¿qué madre no quiere estar con sus hijos,? pues no le defraudemos.

La Virgen María madre que Jesús nos dio desde la cruz en el dolor antes de morir, nos
acompañe y nos cuide en este trayecto de caminar en la tierra hasta el cielo. R.Cob
Difunto mayo 22 ,El hombre empezó preguntándose por la Creación, después habló del
Sistema Solar, después se preguntó por el origen del hombre, luego habló un poquito del
nacimiento de Jesús . ese Jesús se hizo mayor y murió en la cruz y hoy, cuando nosotros
sufrimos la cruz, tenemos que unir nuestro sufrimiento a la cruz de ese Niño Jesús que se
hizo mayor". Y el señor dijo, entendiéndosele perfectamente: "Entonces, el sufrimiento
tiene sentido". Y la familia dijo: "¡Exacto!". Dice: "Entonces, ya me puedo morir en paz".

Hermanos: morirse, cuesta. Pero vivir cuesta más. Por eso, cuando sufráin, cuando
suframos, tenemos que unir ese sufrimiento, que tiene sentido, a la cruz de Jesús.
cuando bautizas en un pueblo a un niño es muy fácil, con los padrinos, la
vela, la hermosura de la ceremonia del Bautismo. recordar el "sí, creo; sí creo" de cuando
fuimos confirmados o de cuando fuimos padrinos de alguien. En un matrimonio, en una
boda todos los presentes pueden renovar las promesas de su matrimonio; en las
ordenaciones sacerdotales de los compañeros tú vuelves a decir "sí, quiero; sí, prometo; sí,
quiero; sí, quiero con la gracia de Dios".
Pero es difícil en un entierro que no pensemos en la vida de. Está
hermoso. Que pensemos en nuestra muerte, en tus pecados y en los míos y en cómo
tenemos las manos para presentarlas al Señor si hoy nos llamara. no tenemos que ver la
muerte como algo ajeno. Que, a veces, dicen: "¡Uy, toquemos madera! No nombres eso!" Sí,
sí; sí lo nombro. ¿Cómo estoy yo para presentarme delante de Dios? ¿Cuánto tiempo hace
que no confesé? ¡Espero que menos de ciento dos años! ¿Qué tengo que hacer para mejorar
algo en mi vida? ¿Con mi esposa?¿Con mi primo?¿Con mi vecino?¿Con el cura de mi pueblo?
¿Con mis hijos? Igual puedo mejorar algo. "Yo es que no hago pecados". ¡Ya lo sé! Nadie
hace pecados. El mundo va fatal, España va peor pero aquí nadie hace nada malo. Pero
quizás puedes mejorar un poquito, puedo mejorar un poquito, debo mejorar un poquito.

Y por último: la oración sobre las ofrendas y - . Y además de pedir por el eterno descanso de
……., que para eso hemos venido, tenemos que darle gracias a Dios de tantos regalos a lo
largo de su vida; de todas las Navidades que hemos pasado juntos, de todo lo que
aprendimos de ella, de que nos enseñara a rezar. "Jesús, José y María, os doy el corazón y el
alma mía. Jesús,
Hoy le damos gracias a Dios por xxxxxx le damos gracias a Dios por xxxxx. Y hoy le doy
gracias a Dios por vosotros, por sushermanos, por sus esposas y por todos.
"que esta ofrenda glorifique tu nombre y nuestra unión se haga fuerte por la participación
en estos Sacramentos". Estamos en la semana del octavario por la unidad de los cristianos:
hoy pedimos al Señor -y según Madre Maravillas porque los que van al cielo nos ayudan más
desde allí que todo lo que nos quisieron aquí- que nos mantenga unidos. Unidos a la familia,
a la Unión Seglar, a los colegios, al Opus Dei, a los amigos. Hermanos: a todos los bautizados
porque como decía la primera lectura "los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo,
fuimos incorporados a su muerte".
Homilia de un funeral por una mujer anciana
afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de
las cosas más dolorosas que uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una desazón
interior y un desasosiego indescriptible ya que se nos priva de volver a estar junto a esa
persona tan querida. Recordemos que también la Santísima Virgen María lloró por el terrible
sufrimiento causado por la cruel crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también,
volvamos a pasar por nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó el
dolor y el sufrimiento que lleva aneja nuestra condición de criaturas.

Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la podrá arrebatar: que
resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el funeral de nuestra hermana Esther y
todos nos unimos en la oración por ella y la echaremos de menos.

Lo que nos sucede a nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al terruño,
llegando incluso a considerar que no hay más que lo que vemos, oímos, palpamos, gustamos
y olemos. Craso error ya que a lo largo de toda la historia de salvación y de manera
constante Dios se nos ha ido manifestando en múltiples ocasiones y de variadas formas,
llegando a manifestar de un modo totalmente culminante y supremo en su único Hijo
Jesucristo. Que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros nos hizo el gran
regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y en el madero de la cruz se
realizó la salvación, brotó el manantial de la salvación.
Y no nos olvidemos que Jesucristo resucitó de entre los muertos,
que durante cuarenta días se estuvo manifestando vivo en numerosas apariciones, que
después ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos hace llegar la salvación por medio de
los sacramentos que administra la Iglesia Católica. Llegando incluso a quedarse entre
nosotros en la Eucaristía y poniendo como ‘su tienda de campaña’ entre nosotros de manera
permanente en el Sagrario. Es muy importante no olvidarnos de todo esto.
Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las
plantas de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre las raíces llevan
consigo tierra del lugar donde estaba bien arraigada. Nosotros los cristianos tendríamos que
tener arraigadas nuestras raíces en el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en
Cristo Eucaristía. Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión
frecuente es tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos constantemente.
Nuestra vida cristiana tiene que estar oxigenada para que cuando Dios nos llame ante su
presencia nos podamos personar ante Él lo mejor y antes posible.
Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana ,,,,,,,,,,,, y ella se
está dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la presencia
divina hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado. Y es aquí donde entramos
nosotros. Todas las oraciones que realicemos por ella serán una importante ayuda para
conseguir el fin: estar gozando de la dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el
descanso eterno… y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz
FUNERAL DE CASTRILLON.
, como dice el libro del Apocalipsis; la buenas obras de Una vez más este misterio
inefable del ser humano, que nos maravilla y asombra cuando nace, que nos aflige y
sobrecoge cuando muere, nos ha convocado a todos en este templo Algunos –sus hijos
como viven las ramas enlazadas al tronco del árbol. Otros, los más, compañeros y
amigos, queremos compartir con ustedes el dolor y la esperanza. Y todos juntos,
creyentes y esperanzados, arropando con nuestra plegaria a esta persona, para que,
en este trance de su llegada al más allá, se encuentre con los brazos acogedores del
Dios de Jesús de Nazaret, ante el cual querríamos vivirnos como hijos e invocarle en
este instante como Padre.
Esta es una convocatoria para el dolor. Aunque la muerte suceda en una edad
avanzada, siempre llega pronto y abre en nuestras carnes una herida con sangre.
Duele y mucho no ver ya esos ojos que se cruzaban con nuestra mirada, no escuchar
ese timbre de voz que acariciaba nuestros oídos, no poder estrechar ya sus manos
entre las nuestras, ver Lo que nosotros queremos decirles es que en esta aflicción no
están solos. Todos los aquí presentes estamos a su lado. Hemos venido aquí como
acudió Jesús de Nazaret a Betania, cuando murió su amigo Lázaro: para estar cerca de
sus hermanas, Marta y María, acompañarlas en su aflicción y confortarlas en su
esperanza. Nuestro pésame no es una fórmula fría, huera y protocolaria; nace de lo
hondo de nuestro espíritu: “algo se muere en el alma cuando un amigo se va.

Para que esta celebración eucarística se realice como la última cena de Jesús, debe
estar llena de acción de gracias. Gratitud dirigida al Altísimo, manantial del que brotan
todos los bienes y valores que han presidido la vida de este hermano nuestro

piensa que unos brazos amorosos nos acogen cuando nacemos, y unas manos de
ternura nos reciben cuando morimos. Lo cual no es negar el lado oscuro de la muerte:
por supuesto que el cuerpo se convertirá en el sepulcro en polvo: “serán ceniza, más
tendrá sentido, polvo serán, mas polvo enamorado”. O como dice Benedicto XVI: “La
oración del cristiano no es el “Dies irae”, el día de la cólera, sino el Maranatha, “Ven,
Señor, no tardes”.

A ……………….., en esta hora crucial, no le sigue la soledad ni el vacío: le acompañan


sus buenas obras misericordia
Difunto asesinado.
Ante la muerte de … que nos commociona, sabemos que no hay palabras que puedan
explicar este momento, todos sentimos que tampoco hay palabras que puedan
consolar a su familia y amigos. Parece que lo mejor que podemos hacer es guardar
silencio, porque en el silencio se aguanta mejor el dolor, porque ninguna palabra
puede abarcar el sufrimiento de perder a un esposo, a un hijo o a un hermano en estas
circunstancias.
Sin embargo para que ese silencio no se convierta en desesperación,
para que ese silencio se pueda llenar de un poco de luz que pueda dar un poco de
sentido a la muerte de ..., necesitamos escuchar una palabra, una palabra que solo
merece ser dicha porque la dijo Jesús de Nazaret. Viniendo de El, tiene por lo menos
para nosotros la credibilidad del que ha experimentado el mismo dolor y el mismo
abandono que ... y su familia.
Sólo porque Jesucristo también pasó por la muerte, podemos
hoy aquí, dejar que sus palabras iluminen nuestro silencio. Y las palabras de Jesús,
fueron siempre de confianza en un Dios que no nos abandona en la muerte sino que
nos da la vida eterna. El mismo experimentó todo el sinsentido y el abandono de Dios
en la Cruz, pero eso no le impidió confiar, confiar y confiar en que el amor, tiene la
última palabra, confiar y confiar en que la bondad y la misericordia de Dios son más
fuertes que la muerte.
Sus discípulos, Pedro, Juan, Mateo, María Magdalena, nos
cuentan que después de muerto vieron vivo a su Maestro. Y por contarnos eso y
mantenerlo fueron perseguidos y martirizados. Su testimonio es garantía para
nosotros de que lo que vieron era verdad. Su testimonio nos confirma ese grito que
desde nuestro interior surge siempre: la vida es amar y tener misericordia, el amor no
acaba nunca, Dios es amor.
Y ahora pedimos que el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Dios vivo,
ilumine nuestro silencio y nuestro dolor, para que los que aún vivimos en este mundo,
vivamos siempre preparados para encontrarnos con el Señor, porque no sabemos ni el
día ni la hora. Que el Padre de la Misericordia acoja a ... y salve todo el amor y la
bondad que tuvo en vida. Despedida: Antes de separarnos oremos una vez más con fe
y esperanza, confiando nuevamente en las manos de Dios a nuestro hermano ....
Hemos venido a esta celebración hondamente afectados. Salgamos de ella
fortalecidos por las palabras del Señor. Cantemos a Cristo Resucitado....Señor dale el
descanso eterno Descanse en paz
Difuntos mayo 28.
Esperar contra toda desesperanza Familiares, amigos y hermanos todos., nos toca despedir a
.... Lo hacemos con tristeza porque la muerte nos arrebata a un ser querido pero también lo
hacemos con agradecimiento, porque toda vida es buena y bendita para Dios. Pero sobre
todo esta despedida, los cristianos la hacemos con esperanza. Esperanza en que ...
que se unió a la muerte de Cristo por el Bautismo, lo sea ahora también por la resurrección.
Aunque es verdad que esto de la esperanza, como lo de tener fe, no es tan
fácil. Porque la vida se empeña una y otra vez en poner a prueba nuestros mejores deseos y
esperanzas. La vida con todo su cortejo de desamores y desengaños, las dificultades por
encontrar un trabajo digno, la enfermedad que acaba apareciendo inexorablemente y tarde
o temprano, la muerte. Todo esto hace mella en nosotros, con los años se instala en
nosotros el cansancio, la desilusión, la desconfianza y acabamos malviviendo o
sobrellevando la vida instalados en el más feroz individualismo y egoísmo
. Y no hay cosa que más se parezca a la muerte que esa soledad en la que
se encierra el que ha desesperado de todos y de sí mismo. Por eso, ¿qué podemos hacer
para recuperar la esperanza o para no perderla?. Es cierto que la vida nos golpea a veces
duramente, es cierto que estamos desengañados, desengañados del amor, desengañados de
la política, desengañados de la Iglesia. Es cierto que muchas veces no tenemos ganas de
nada. Pero también es cierto que la solución no pasa por abandonarlo todo, por desertar.
Es necesario que aceptemos que las personas crecemos a base de
conflictos y de crisis, es necesario que comprendamos, que el camino se hace al andar y que
la verdadera humanidad está no en evitar los tropiezos sino en ser capaz de levantarse de
nuevo y en intentarlo una y otra vez. Pero aún así podemos preguntarnos: ¿pero dónde
podremos apoyarnos? ¿Dónde sacaré fuerzas para levantarme una y otra vez?
Nosotros, aquí en la Iglesia, creemos que encontramos ese apoyo, esa fuerza
que nos ayuda a seguir adelante. Nosotros creemos que aquí, en esta Iglesia santa y
pecadora, se recuerda y se celebra el acontecimiento más importante de la historia de la
humanidad: la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Un acontecimiento que nos
interpela y ante el que no podemos quedarnos indiferentes. Y si bien es verdad que como
comunidad de seguidores de Jesús, tenemos mucho que aprender y mejorar, también es
verdad que aquí no celebramos lo buenos o malos que somos sino lo bueno que es Dios y lo
mucho que nos ama.
recordermonos que hay otro horizonte para la existencia, un sentido
para vivir. Y todo esto apoyándonos en Cristo, el vencedor del mal y de la muerte. Esta
oportunidad que hoy se nos da a todos de repensar nuestra vida y nuestra pertenencia a la
Iglesia, es un motivo más para dar gracias a .... Los muertos siempre tienen para nosotros
mensajes que es necesario escuchar con los oídos del corazón. Gracias por tu vida ..., gracias
por tus trabajos, sufrimientos y alegrías, gracias por tus virtudes y por tus defectos. Que el
Señor te acoja y colme de felicidad todas tus esperanzas y se cumpla en nosotros la
esperanza de encontrarnos juntos un día.
EL CRISTIANO ANTE LA MUERTE

R.P. Pedro Herrasti, S.M.

INTRODUCCIÓN

Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo


mundo, algunas enfermedades pasajeras. Pero un buen día, descubrimos con pena que
tenemos cáncer y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se nos empieza a desmoronar
irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto,
morimos.

0 bien puede suceder que estando perfectamente sanos, caemos fulminados por un paro
cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.

Al final, de una manera u otra, TODOS MORIREMOS. Nadie absolutamente escapará de la


muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos concebidos en el vientre
de nuestra madre, somos por definición, mortales.

La muerte es el trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e
impotencia del hombre. Es un momento sin trampa. Cuando alguien ha muerto, queda el
despojo de un difunto: un cadáver.

Esta situación provoca en los familiares y la comunidad cristiana un clima muy complejo. El
cuerpo del muerto genera preguntas, cuestiones insoportables. Nos enfrenta ante el sentido
de la vida y de todo, causa un dolor agudo ante la separación y el aniquilamiento. Todo el
que haya contemplado la dramática inmovilidad de un cadáver no necesita definiciones de
diccionario para constatar que la muerte es algo terrible.

Ese ser querido, del que tantos recuerdos tenemos, que entrelazó su vida con la nuestra, es
ahora un objeto, una cosa que hay que quitar de en medio, porque a la muerte sigue la
descomposición. Hay que enterrarlo. Y después del funeral, al retirarnos de la tumba, vamos
pensando con Becquer: ¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!".

¿QUÉ ES LA MUERTE?
La definición dada por un diccionario muy en boga es:"La cesación definitiva de la vida". Y
define la vida como "el resultado del juego de los órganos, que concurre al desarrollo y
conservación del sujeto".

Habrá que reconocer que estas u otras definiciones tanto de la vida como de la muerte, no
expresan toda la belleza de la primera y todo el horror de la segunda.

La muerte es trágica. El hombre, que es un ser viviente, se topa con la muerte, que es la
contradicción de todo lo que un ser humano anhela: proyectos, futuro, esperanzas,
ilusiones, perspectivas y magníficas realidades.

ACTITUD INSTINTIVA ANTE LA MUERTE.

No es de extrañar, pues, el horror a la muerte. Y no tan solo al misterioso momento de la


"cesación de la vida", sino tal vez más, al proceso doloroso que nos lleve a la muerte.

Tenemos el maravilloso instinto de conservación que nos hace defender y luchar por la vida.
Sabemos que la vida es un don formidable y la humanidad ama la vida, propaga la vida,
defiende la vida, prolonga la vida y odia la muerte. En muchos casos luchamos por la vida
aunque ésta sea un verdadero infierno.

Si hay personas que en el colmo de la desesperanza recurren al suicidio, lo normal es que no


queremos morir y estamos dispuestos a pasar por todos los sufrimientos y a gastar toda
nuestra fortuna para curar a un enfermo. Le peleamos a la muerte un ser querido a costa de
lo que sea, de vez en cuando hasta en contra de la voluntad del interesado. ¡La vida es la
vida!

Gracias a los progresos de la ciencia y la tecnología, podemos ahora recurrir a métodos


sensacionales en la lucha contra la muerte.

Ejemplo formidable de ello es el trasplante de órganos, incluido el corazón. Por desgracia, en


algunas ocasiones, esa lucha no es en realidad prolongación de la vida, sino de una dolorosa
agonía sin sentido. Nos sentimos obligados a sacar del cuerpo del enfermo agonizante, hasta
el último latido de un corazón que por sí solo se detendría, totalmente agotado.

Triste espectáculo el ver a nuestros ser querido lleno de tubos por todos lados y rodeado de
sofisticados aparatos en una sala de terapia intensiva. No nos resignamos a dejarlo morir.
LA MUERTE DIGNA.

Se plantea ahora la cuestión del derecho a una "muerte digna". Debemos entender por esto
el derecho que tiene la persona a decidir por sí misma el tratamiento a su enfermedad.
Cuando el cuerpo ya ha cumplido su ciclo normal de vida, no hay obligación de recurrir "a
métodos extraordinarios" para prolongar la vida, según lo define la Iglesia. El enfermo tiene
derecho de pedir que lo dejen morir en paz.

Puede llegar el momento en que no sea justo mantener artificialmente viva a una persona, a
costa de la misma persona. Los sufrimientos de una agonía prolongada por una idea
equivocada de lo que es la vida o lo que es la muerte, no tienen sentido.

Pero una cosa es prescindir de aquellos métodos extraordinarios y otra es la de provocar la


muerte positivamente, crimen que es llamado eutanasia. Tampoco podemos llamar "muerte
digna" al suicidio. Ni estamos obligados a posponer dolorosamente el momento de la
muerte, ni podemos provocarla.

¿SABEMOS ALGO DEL MAS ALLÁ?

Desde que el hombre es hombre, ha tenido la intuición de que la vida, de alguna manera, no
termina con la muerte. Los más antiguos testimonios arqueológicos de la humanidad son
precisamente las tumbas, en las cuales podemos descubrir la idea que las diferentes culturas
tenían del más allá.

Del mismo modo, el hombre siempre ha intentado de mil maneras, entrar en contacto con
los difuntos. Diversas clases de espiritismo, apariciones, fantasmas, ánimas en pena, han
sido un vano y supersticioso intento de trasponer los dinteles de la muerte y saber algo del
más allá.

¡Cuántas teorías ha inventado el hombre! ¡Cuántos experimentos ha hecho! Proliferan


libros, novelas y revistas desde las más inocentes hasta las más terroríficas, pasando por la
ciencia-ficción que aparentando solidez científica, no hace sino descubrir su falsedad.

La realidad es que nuestros esfuerzos por investigar lo que sucede después de la muerte son
por demás frustrantes. Podemos decir que todo queda en especulaciones, algunas
totalmente equivocadas o fraudulentas, que no explican nada ni consuelan a nadie. No
sabemos prácticamente nada.
UNA LUZ EN LAS TINIEBLAS.

Sin embargo nuestro Creador, profundo conocedor de nuestra naturaleza humana, no podía
habernos dejado en completas tinieblas acerca de un asunto tan inquietante e importante
como es la muerte y lo que sucede en el más allá.

En su inmenso amor por la humanidad, nos envió a Su Hijo Unigénito, su Segunda Persona
Divina, como Luz del Mundo.

En Jesucristo Nuestro Señor todas las tinieblas quedan disipadas. Su infinita sabiduría nos
ilumina hasta donde Él quiso que viéramos: "Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no
andará en tinieblas".

SOMOS INMORTALES.

Toda la Sagrada Escritura nos enseña, pero especialmente el Nuevo Testamento nos
descubre el sentido de la vida y de la muerte y nos hace atisbar lo que Dios tiene preparado
para nosotros en la eternidad.

Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por antonomasia haya querido
compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir El también la muerte.

Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. "Se hizo obediente hasta
la muerte y muerte de cruz" (Fil.2:8). El misterio de la Cruz nos enseña hasta qué punto el
pecado es enemigo de la humanidad ya que se ensañó hasta en la humanidad santísima del
Verbo Encarnado.

En su vida pública, el Señor Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la muerte y


su tremenda importancia.

En aquella ocasión en que los Saduceos, que ni creían en la otra vida, le preguntaron
maliciosamente de quién sería una mujer que había tenido siete maridos cuando ésta
muriera, Jesús les contestó: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, Pero los
que sean juzgados dignos de entrar al otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no
se casarán. Sepan además que no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles. Y son
hijos de Dios, pues El los ha resucitado" (Lc,20:34-36)

Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: "Yo soy la
Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en M í, no morirá
para siempre" (Jn. l1:25)
Hay que tener en cuenta que cuando Jesucristo habla de la vida, en ocasiones se refiere
explícitamente a la vida del cuerpo, que promete será restituida con la resurrección de la
carne: "No se asombren de esto: llega la hora en que todos los que están en los sepulcros
oirán mi voz. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida; pero los que obraron el mal,
resucitarán para la condenación" (Jn.5:29).

En otras ocasiones, en cambio, se está refiriendo a la Vida de la Gracia o sea a la


participación de su propia Vida Divina que nos comunica por amor.

Ejemplo de esto es el sublime discurso del "Pan de Vida "que San Juan nos transcribe en su
capítulo sexto: "yo soy el Pan vivo bajado del Cielo; el que coma de este Pan, vivirá para
siempre" (Jn.6:51). Y más adelante, en el versículo 54 nos hace esta maravillosa promesa: "El
que come mi carne y bebe mi sangre, vive de la vida eterna y yo lo resucitaré en el último
día".

MUERTE Y RESURRECCIÓN.

Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino que por el contrario es el
principio de la verdadera vida, la vida eterna.

En cierta manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra,
estamos viviendo ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre
tierra, de la cual salimos, por causa del pecado, pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es
por definición eterna como eterno es Dios.

Llevamos en nuestro cuerpo la sentencia de muerte debida al pecado, pero nuestra alma ya
está en la eternidad y al final, hasta este cuerpo de pecado resucitará para la eternidad. San
Pablo (Rom.8:11) lo expresa magníficamente:

"Mas ustedes no son de la carne, sino del Espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de Cristo. En cambio, si Cristo está en ustedes,
aunque el cuerpo vaya a la muerte a consecuencia del pecado, el espíritu vive por estar en
Gracia de Dios. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en
ustedes, el que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos
mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en ustedes".

El cristiano iluminado por la fe, ve pues la muerte con ojos muy distintos de los del mundo.
Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la muerte, puede ésta llegar
a hacerse deseable.
El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja "del cuerpo de pecado" pidiendo ser
liberado ya de él. "Para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia" (Fip.1:21) "Cuando se
manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la
luz con El" (Col.3,4).

EL CIELO

Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que nos aferramos a esta vida. Después de
todo, es lo único que conocemos, lo único que hemos experimentado.

A partir del uso de la razón, aprendemos a discernir entre las cosas buenas de la vida y las
malas, entre lo bello y lo feo, entre lo placentero y lo desagradable. Y trabajamos
arduamente para obtener de la vida lo mejor para nosotros. Todos los afanes del hombre
están motivados para acomodarnos en la tierra lo mejor que podamos.

No podernos negar que la vida puede ofrecernos cosas preciosas. Gozar de la belleza del
mundo prodigioso, abrir los sentidos al cosmos entero, la inteligencia a los secretos que la
materia encierra, aprender a amar y ser amados, crear obras de arte, terminar bien un
trabajo, ver el fruto de nuestros afanes, tener lo que llamamos "satisfactores" por que
precisamente satisfacen nuestros gustos, conocer otras culturas, leer un buen libro, etc...

No es fácil relativizar todo ello o restarle importancia. Nuestros parientes y amigos, nuestras
posesiones, nuestros proyectos, son todo lo que tenemos y por lo que hemos trabajado toda
la vida. Nos hemos gastado en ello, invirtiendo todas nuestras fuerzas.

Y por ello, ni pensamos en la otra vida. Ni en el Cielo ni el Infierno. Ni el Cielo nos atrae, ni el
Infierno nos asusta. Vivimos inmersos en el tiempo, como si fueramos inmortales. Hablar de
Cielo o de Infierno hasta puede parecer ridículo. ¡Y sin embargo es, una cosa u otra, nuestro
destino ineludible!

No es el objeto de este Folleto hablar del Infierno, que hemos tratado en el Folleto EVC No.
58 sino de abrir los corazones, pero no podemos dejar de recomendar el No.272 "El Cielo",
en que la EVC reproduce una magistral conferencia dictada por el Padre Monsabré.

Podemos decir que todos los goces o todas las penas de esta vida temporal, no tienen tanta
importancia, no son para tanto. San Pablo, que fue arrebatado en éxtasis para tener un
atisbo de los que nos espera, no puede describir con palabras humanas su experiencia: "Ni el
ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los
que le aman" (1 Cor.2:9). Y en 11 Cor. 12:4, nos confía que arrebatado al paraíso, donde oyó
palabras que no se pueden decir; son cosas que el hombre no sabría expresar".

Ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta vida, el mismo Apóstol nos recomienda
en la carta a los Colosenses :

3:1-4, "Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; piensen en las cosas de
arriba, no en las de la tierra"

El CAMINO Y LA META.

Esta manera de pensar puede ser comparada con un viaje: por encantador que sea el paisaje
del camino eso no es lo importante, sino el llegar al lugar de destino. Sería una torpeza
desear que el camino nunca terminara y olvidar que al fin de éste, nos esperan por ejemplo,
unas vacaciones deliciosas a la orilla del mar.

Podría existir la posibilidad de que cambiáramos de opinión y decidiéramos detenernos en


un lugar más hermoso que el mismo fin planeado anteriormente. Pero en la vida esto no
puede suceder: vamos a la muerte indefectiblemente; no podemos detener el tiempo, no
podemos "cambiar los planes". Y si avanzamos fatalmente al fin del viaje, es de sabios fijar
nuestra vista en lo que nos puede esperar.

Podría alguien decir que pensar "en las cosas de arriba" como nos aconseja el Apóstol, va en
detrimento del progreso de la humanidad y del desarrollo de todas las posibilidades del ser
humano. Por eso dijo Marx que la religión era el opio de los pueblos. Y no le faltaba razón al
estudiar ciertas religiones, sobre todo orientales, en las que parece que todo el esfuerzo
humano radica en fugarse de la realidad cotidiana.

El cristianismo no cae en esa posición. La historia lo demuestra ampliamente al comprobar


cómo ha sido precisamente en los países cristianos en donde se han dado los más grandes
pasos en el bienestar del ser humano.

El peligro no radica tanto en 'fugarse" sino por el contrario en aferrarse en lo temporal,


perdiendo de vista lo eterno. El auténtico seguidor de Jesucristo, al mismo tiempo que
trabaja por hacer este mundo más habitable, no pierde de vista sin embargo, que esto no es
sino el camino a la felicidad eterna y sin límites que Dios nos promete.

Vivimos con los pies bien asentados en la tierra, pero con el anhelo de obtener al fin de
nuestros días, la corona de gloria eterna.
ENVEJECER ES MARAVILLOSO

El instinto de conservación y la falta de fe, nos hacen tener horror al envejecimiento


irremediable. Hemos hecho de la juventud un mito. "Juventud, divino tesoro" dijo el poeta,
y perder la juventud lo consideramos un drama.

Da pena ver a personas maduras y post-maduras, intentar defenderse de la calvicie, de las


canas, de las arrugas... No logran, por supuesto, engañar a nadie y menos detener el tiempo.

Todas las operaciones de cirugía plástica que sufren, ni preservan la belleza juvenil, ni restan
un sólo día a su avanzada edad. Todos esos intentos vanos por beber en la fuente de la
eterna juventud, no hacen sino evidenciar que hemos perdido el sentido de la vida y de la
muerte.

La edad no solamente nos hace poner en su justa medida las cosas temporales (cosa que los
jóvenes no han aprendido todavía) sino que nos acercan más y más a Dios, nuestro último
fin. Los ancianos llevan ventaja a los muchachos. Ya van llegando a su realización plena, van
llegando a la meta.

El gran San Pablo nos escribe: "Por eso no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro
exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba
ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que
no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya
que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre." (II Cor.4:16-18)

Y no es que nos resignemos mansamente a lo inevitable. Es por el contrario la conciencia


jubilosa de que estamos siendo llamados por Dios.

Las canas y arrugas son los signos de este gozoso llamado. Y las enfermedades y achaques
nos dicen lo mismo: la meta está ya cerca. Pronto verás a Dios.

El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanza gozoso al encuentro
con Dios y escribe a los romanos: "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de
los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y
me dice:' Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de
este mundo".

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que
todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación!
LA LITURGIA DE LOS DIFUNTOS

La reforma litúrgica implementada a raíz del Concilio Vaticano II, ha puesto empeño en
hacer resaltar los aspectos positivos del trance de la muerte. Lo primero que nos llama la
atención es el abandono de los ornamentos color negro en las Misas de Difuntos, por ser el
negro signo de duelo sin asomo de consuelo ni esperanza.

Sin ignorar el aspecto trágico de la muerte, lo que sería una falacia, el Ritual de Sacramentos
en la introducción a las Exequias acentúa la esperanza del creyente. "A pesar de todo, la
comunidad celebra la muerte con esperanza. El creyente, contra toda evidencia, muere
confiado: "En tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc.23:26)

En medio del enigma y la realidad tremenda de la muerte, se celebra la fe en el Dios que


salva".

"En el corazón de la muerte, la iglesia proclama su esperanza en la resurrección. Mientras


toda imaginación fracasa, ante la muerte, la iglesia afirma que el hombre ha sido creado por
Dios para un destino feliz. La muerte corporal será vencida."

"En la celebración de la muerte, la iglesia festeja "el misterio pascual" con el que el difunto
ha vivido identificado, afirmando así la esperanza de la vida recibida en el Bautismo, de la
comunión plena con Dios y con los hombres honrados y justos y, en consecuencia, la
posesión de la bienaventuranza"

En un equilibrio notable entre las realidades temporales como son el pecado y la muerte, en
la Oración Colecta de la Misa de Difuntos, asegura la acción salvadora de Jesucristo: "Dios,
Padre Todopoderoso, apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y resurrección de tu
Hijo, te pedimos que concedas a nuestro hermano N. que así como ha participado ya de la
muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa resurrección".

Al mismo tiempo que se ora por el difunto, pidiendo al Señor se digne perdonar sus culpas,
hay un grito de esperanza en la misericordia infinita del Salvador.

En la oración sobre las Ofrendas, queda expresado perfectamente este sentimiento: "Te
ofrecemos, Señor, este sacrificio de reconciliación por nuestro hermano N. para que pueda
encontrar como juez misericordioso a tu hijo Jesucristo, a quien por medio de la fe reconoció
siempre como su Salvador".
"La muerte, es por tanto, un momento santo: el del amor perfecto, el de la entrega total, en
el cual, con Cristo y en Cristo, podemos plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a
encontrar, más allá de los siglos, la vida del Paraíso" (Romano Guardini)

La mejor y más completa respuesta al problema de la muerte la encontramos en los escritos


de San Pablo. Recordemos la, magnífica frase: "Al fin de los tiempos, la muerte quedará
destruida para siempre, absorbida en la victoria" (I Cor.15:26).

Con el realismo que caracteriza a la Iglesia Católica, toda la liturgia de Difuntos, ofrece a Dios
sufragios por los muertos, sabiendo que todos, en mayor o menor grado, hemos ofendido a
Dios, pero con la plena confianza en la infinita misericordia divina, que garantiza al final el
goce de la bienaventuranza. Por ello el libro del Apocalipsis nos enseña: "Bienaventurados
los que mueren en el Señor" (Ap.21:4).

Repetimos una y otra vez al orar por los nuestros: "Dale Señor el descanso eterno y brille
para él la Luz Perpetua". Descanso de las luchas y fatigas de esta vida; luz para siempre, sin
sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de
contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y
eterno.

"La Muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a Aquel que
amamos".

San Agustín

"La Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo, la eternidad para
poseerlo".

P. Novet

¿Tienes algún comentario?


EL CRISTIANO ANTE LA MUERTE
Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo
mundo, algunas enfermedades pasajeras. Pero un buen día, descubrimos con pena que
tenemos cáncer y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se nos empieza a desmoronar
irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto,
morimos. 0 bien puede suceder que estando perfectamente sanos, caemos fulminados por
un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.
Al final, de una manera u otra, TODOS MORIREMOS. Nadie absolutamente
escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos
concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales. La muerte es el
trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e impotencia del
hombre. Es un momento sin trampa. Cuando alguien ha muerto, queda el despojo de un
difunto: un cadáver. Esta situación provoca en los familiares y la comunidad cristiana un
clima muy complejo. El cuerpo del muerto genera preguntas, cuestiones insoportables. Nos
enfrenta ante el sentido de la vida y de todo, causa un dolor agudo ante la separación y el
aniquilamiento. Todo el que haya contemplado la dramática inmovilidad de un cadáver no
necesita definiciones de diccionario para constatar que la muerte es algo terrible.
Ese ser querido, del que tantos recuerdos tenemos, que entrelazó su vida
con la nuestra, es ahora un objeto, una cosa que hay que quitar de en medio, porque a la
muerte sigue la descomposición. Hay que enterrarlo. Y después del funeral, al retirarnos de
la tumba, vamos pensando con Becquer: ¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!".
¿QUÉ ES LA MUERTE? La definición dada por un diccionario muy en boga es:"La
cesación definitiva de la vida". Y define la vida como "el resultado del juego de los órganos,
que concurre al desarrollo y conservación del sujeto". Habrá que reconocer que estas u otras
definiciones tanto de la vida como de la muerte, no expresan toda la belleza de la primera y
todo el horror de la segunda. La muerte es trágica. El hombre, que es un ser viviente, se topa
con la muerte, que es la contradicción de todo lo que un ser humano anhela: proyectos,
futuro, esperanzas, ilusiones, perspectivas y magníficas realidades.
No es de extrañar, pues, el horror a la muerte. Y no tan solo al misterioso
momento de la "cesación de la vida", sino tal vez más, al proceso doloroso que nos lleve a la
muerte. Tenemos el maravilloso instinto de conservación que nos hace defender y luchar
por la vida. Sabemos que la vida es un don formidable y la humanidad ama la vida, propaga
la vida, defiende la vida, prolonga la vida y odia la muerte. En muchos casos luchamos por la
vida aunque ésta sea un verdadero infierno.
Si hay personas que en el colmo de la desesperanza recurren al suicidio, lo
normal es que no queremos morir y estamos dispuestos a pasar por todos los sufrimientos y
a gastar toda nuestra fortuna para curar a un enfermo. Le peleamos a la muerte un ser
querido a costa de lo que sea, de vez en cuando hasta en contra de la voluntad del
interesado. ¡La vida es la vida! Gracias a los progresos de la ciencia y la tecnología, podemos
ahora recurrir a métodos sensacionales en la lucha contra la muerte.
el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino que por el
contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna. En cierta manera, desde que
por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra, estamos viviendo ya la vida
eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre tierra, de la cual salimos, por
causa del pecado, pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es por definición eterna como
eterno es Dios.
El cristiano iluminado por la fe, ve pues la muerte con ojos muy distintos de
los del mundo. Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la muerte,
puede ésta llegar a hacerse deseable. El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja
"del cuerpo de pecado" pidiendo ser liberado ya de él. "Para mí la vida es Cristo y la muerte
ganancia" (Fip.1:21) "Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también
estarán en gloria y vendrán a la luz con El" (Col.3,4). Por desgracia somos tan carnales, tan
terrenales, que nos aferramos a esta vida. Después de todo, es lo único que conocemos, lo
único que hemos experimentado.. Vivimos inmersos en el tiempo, como si fueramos
inmortales. Hablar de Cielo o de Infierno hasta puede parecer ridículo. ¡Y sin embargo es,
una cosa u otra, nuestro destino ineludible!
Podría alguien decir que pensar "en las cosas de arriba"
como nos aconseja el Apóstol, va en detrimento del progreso de la humanidad y del
desarrollo de todas las posibilidades del ser humano. Por eso dijo Marx que la religión era el
opio de los pueblos. Y no le faltaba razón al estudiar ciertas religiones, sobre todo orientales,
en las que parece que todo el esfuerzo humano radica en fugarse de la realidad cotidiana.
¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que
todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación!
En medio del enigma y la realidad tremenda de la muerte, se celebra la fe en el
Dios que salva". "En el corazón de la muerte, la iglesia proclama su esperanza en la
resurrección. Mientras toda imaginación fracasa, ante la muerte, la iglesia afirma que el
hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz. La muerte corporal será vencida."
"En la celebración de la muerte, la iglesia festeja "el misterio pascual" Al mismo tiempo que
se ora por el difunto, pidiendo al Señor se digne perdonar sus culpas, hay un grito de
esperanza en la misericordia infinita del Salvador. "La muerte, es por tanto, un momento
santo: el del amor perfecto, el de la entrega total, en el cual, con Cristo y en Cristo, podemos
plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a encontrar, más allá de los siglos, la
vida del Paraíso" (Romano Guardini)
La mejor y más completa respuesta al problema de la muerte la encontramos en
los escritos de San Pablo. Recordemos la, magnífica frase: "Al fin de los tiempos, la muerte
quedará destruida para siempre, absorbida en la victoria" (I Cor.15:26). Repetimos una y
otra vez al orar por los nuestros: "Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz
Perpetua". Descanso de las luchas y fatigas de esta vida; luz para siempre, sin sombras de
muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de contemplar la gloria
de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno. "La Muerte es
la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a Aquel que amamos". "La
Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo, la eternidad para
poseerlo".
EN LA VIDA Y EN LA MUERTE SOMOS DEL SEÑOR
Romanos 14, 7-9. 10c-12
Mateo 5,1-12a
Hermanos:
. Como cristianos celebramos esta misa funeral de una hija de Dios y miembro de
la Iglesia, Hoy, tras una peregrinación de 103 años, vuelve a las manos de su
Creador y Padre.
2. La Eucaristía, que es la acción de gracias de Jesús al Padre, sacrificio de
expiación y de intercesión, recoge esta vida para poner sobre ella la perla de la
corona y presentarla a Dios. Hemos sido salvados por Cristo Jesús, "que me amó
y se entregó por mí", dice san Pablo, y conscientes de que esta gracia, estamos
ante el Dueño de la vida, que es Dios, el que nos ha amado desde toda la
eternidad, y antes de la creación del mundo nos bendijo con toda bendición,
haciéndonos hijos en el Hijo, y destinados a reproducir en nosotros la imagen del
Hijo de su amor.
3. En la predicación cristiana mil veces se repite: Lo más importante
de la vida no es ni siquiera el amar a Dios; lo más importante es el saberse
amado por Dios, sentirse amados por Él, porque su amor es fiel, es incondicional,
y traspasa todas las barreras.
Uno de los pasajes de la Escritura para la misa funeral es el texto de san Pablo
que acabamos de escuchar. En la vida y en la muerte somos del Señor. Y ¿qué
significa esto, hermanos, de que en la vida y en la muerte somos del Señor?
Significa que el Señor es el centro y sentido de nuestra vida; es el centro, sentido
y esperanza de nuestra muerte.
La vida humana se puede planificar con muchos intereses, con múltiples
perspectivas. En todo caso el cristiano ha de poner como centro y eje al Señor.
Esto es lo que quita todo egoísmo y lo que da hermosura, pleno sentido y
fecundidad a nuestra existencia, una vida consagrada a Dios, una vida
consagrada al bien de los demás.

Por la gracia y misericordia del Señor hoy se presenta nuestra hermana ante la
presencia de Dios, diciendo: Aquí está la esclava del Señor, aquí está tu hija. Y
confiamos firmemente que Jesucristo, al darle el abrazo de acogida y bienvenida,
le diga: ¡Bien, sierva buena y fiel, pasa al banquete de tu Señor! . La Iglesia no
quiere elogios fúnebres en los funerales; no, ni es eso lo que hacemos. Pero la
Iglesia sí que quiere escuchar las alabanzas del Señor, y oír el canto de los
cristianos, que es el canto de la Virgen María: Mi alma proclama la grandeza del
Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha hecho maravillas en
la humildad de su esclava.
La vida humana, vivida en plenitud, tiene que cerrarse con este
cántico de amor y agradecimiento, que es el canto de la Virgen María, Resuene
en los labios nuestra hermana; y puesto que ella no puede hablar en la tierra,
resuene en los labios de los creyentes, que estamos celebrando el fruto de la
redención, al mismo tiempo que la Eucaristía es siempre intercesión y perdón de
los pecados.
5. ¿Cuáles son las maravillas que Dios ha realizado a lo largo de ciento
tres años en esta hija suya?

El haberla mantenido en la fe, en la esperanza y en el amor.,103 años sostenidos


por su fe cristiana, haciendo del dolor resignación, esperanza y lucha. Esto
significa que en la vida y en la muerte somos del Señor.
6. Pasemos al santo Evangelio que hemos proclamado. ¿Qué son las
Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado y que acabamos de escuchar como
lectura de funeral? Puede pensarse que las Bienaventuranzas son las virtudes
fundamentales que Jesús nos quiere inculcar. Ciertamente, pero, por encima de
eso, las bienaventuranzas son las felicitaciones que Jesús pronuncia sobre los
discípulos que tiene delante. ¡Qué dicha la vuestra, porque Dios os ha hecho
pobres de corazón, puros, misericordiosos...!
Hermanos: ¿Quién puede ser pobre de corazón? Nadie, si Dios mismo
no interviene y le hace de verdad pobre y humilde.¿Quién puede ser de verdad
pura, íntegra de corazón, misericordioso...? Nadie, absolutamente nadie, si Dios
mismo no lo hace..., y, naturalmente, si el ser humano se deja hacer. Por eso,
ante el cadáver de nuestra hermana podemos repetir las Bienaventuranzas del
Señor: Bienaventurados los pobres de espíritu...Dichosa tú, porque el Señor te
hizo pobre de corazón, te hizo humilde, te hizo pura, te hizo misericordiosa...
Él te purifique de toda mancha, al encontrarte ahora con su
divino rostro, y te guarde consigo por toda la eternidad.
A ustedes hermanos les quiero decir: vivan con Cristo, entren en su gozo; por
su perdón y su gracia canten victoria. Entremos en la vida! Nosotros, los que
quedamos, testigos de la esperanza, amen
Junio 09- se quinagtero
Con la serenidad de la fe y con la fortaleza de la esperanza la Iglesia nos ha convocado para celebrar
cristianamente la muerte de nuestra hermano……. Cuando nacemos, venimos a la vida para un
destino de eternidad, y morir es ir al encuentro de la realización de ese destino con toda la dignidad
del ejercicio de la libertad que se nos da para agradar a Dios y santificar su nombre en la alegría y
en dolor, en la vida y en la muerte. El nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre nos da la garantía
de estar llamados a convertirnos en los moradores de la eternidad. En la resurrección de Cristo se
nos promete la vida eterna y en su muerte se nos asegura la proximidad fiel de Dios al dolor y la
muerte que caracterizan nuestra historia. Toda la vida del cristiano es una peregrinación continua
de muerte y resurrección vividas con Cristo y en Cristo. La muerte física es la última vicisitud visible
de nuestra existencia. Morimos solos, sin embargo como Jesús, quien muere en el Señor, sabe que
le acogen los brazos de Dios Padre, haciendo germinar la vida resucitada. Nuestra vida terrena es
mortal, pero no es una vida para la muerte que viene en esa hora siempre incierta.
Ante esta certeza no debemos dejarnos llevar por la melancolía de lo efímero o por
la tristeza de lo irremediable. Hay que contemplar la muerte desde la luz de la cruz de Cristo que
nos abre al horizonte de la resurrección. No podemos esconder la muerte. Son momentos en que se
pone a prueba toda la verdad. Quien trivializa la muerte, trivializa también la vida, porque sólo
quien sabe dar razón de la muerte, amar a los muertos y rezar por ellos, sabe dar razón de la vida y
amar a los que viven.
Dios nos creó llamándonos desde la nada, y nos resucitará llamándonos desde la
muerte a la vida eterna. Un gran misterio nos envuelve y nos penetra. Pequeños somos y al mismo
tiempo sublimes: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”. La Biblia define al hombre
como aquel de quien Dios se acuerda, aquel de quien Dios nunca se olvida. La memoria de Dios es
la garantía del valor imperecedero de la persona humana. Con Cristo somos sepultados y debemos
resucitar, estamos llamados a ser coherederos con él. Esto es el don que Dios nos ha concedido en
su querido Hijo.
La herencia humana de Adán es la muerte. La herencia del Nuevo Adán Cristo
es ser coherederos de la gloria del Padre. Para nosotros el nuevo camino está hecho de misericordia
y paz que da sentido a nuestra esperanza. “En la vida y en la muerte somos del Señor, pues para eso
murió y resucitó Cristo: para ejercitar su poder a favor de los que viven y de los que mueren. De ahí
nuestra convicción y nuestra fortaleza ya que ni la vida ni la muerte son poderes superiores a Cristo,
y por tanto nada nos puede arrancar al amor de Dios manifestado en él”.
……………. ha terminado su camino sobre la tierra para entrar en la eternidad donde el rostro santo
de Dios resplandece en todo su esplendor. Al recordarlo como esposo y padre podemos referirnos a las
palabras de la Sagrada Escritura: “Dichoso el marido de una mujer buena, se doblarán los años de su
vida. La mujer hacendosa hace prosperar al marido, él cumplirá sus días en paz”. Vivimos escindidos
entre el miedo y la esperanza. No podemos sustraernos a la muerte y a la desaparición humana de los
seres queridos. Pero Dios no nos deja nunca deslumbrados por su luz ni en la total oscuridad de forma
que no podamos intuir el camino de las Bienaventuranzas que siempre tiene una meta dichosa. La
unión con Dios consiste en la visión perfecta: “Ahora vemos confusamente como en un espejo;
entonces veremos cara a cara”; en la suprema alabanza: “Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias
al son de instrumentos”; en la amable compañía de todos los bienaventurados. Nuestro hermano verá a
los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. La alegría y el gozo de cada uno se verán
aumentados con el gozo de todos. La fe en jesucristo resucitado nos reafirma en la convicción de que la
última palabra la tiene Dios y es siempre la palabra de la vida.
Como madre fue siempre instancia de gratuidad, de vida, de refugio, de silencio, de palabra,
de intuición. La madre, dando vida, ocupa un puesto muy relevante en la familia. La que da
vida debe ser amada, pero el amor que se le tiene debe también trasfigurarse en sacrificio.
La importancia de la madre que reflejada cuando se nos dice que Dios nos consuela como
una madre. Dª Carmen nos ha dejado el ejemplo de la mujer laboriosa, generosa y con un
profundo sentido religioso, que ha cuidado de la familia, haciendo más sincero el amor
mutuo en el matrimonio y el amor maternal. ¿Cómo honrar a la esposa y a la madre en la
vida y en el trance de la muerte como divino mandamiento y como supremo gozo humano?
Más allá del elogio fácil o del dolor evidente, uno desearía tener esas pocas palabras
verdaderas, necesarias y suficientes para confesar la resurrección esperada, ofreciendo esta
Eucaristía con todos vosotros para que el sacrificio de Cristo le sirva para su salvación
definitiva y para que la misericordia de Dios, compasivo y misericordioso, sea su
santificación última:
Junmio9 señora 68 años.
“Tu bondad y tu misericordia nos acompañan todos los días de mi vida y
habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Vivimos escindidos
entre el miedo y la esperanza. No podemos sustraernos a la muerte y a la
desaparición humana de los seres queridos. Pero Dios no nos deja nunca
deslumbrados por su luz ni en la total oscuridad de forma que no podamos
intuir el camino de las Bienaventuranzas que siempre tiene una meta
dichosa. Esta conciencia en medio del dolor sosiega el espíritu.
El rostro de Dios Padre es misericordia porque es piedad
para aquel que está dirigiéndose hacia él. La muerte es el paso definitivo a
Dios, Dios de la vida, de la justicia y de la misericordia. La vida eterna es el
término de todos nuestros deseos, y consiste en nuestra unión con Dios, ya
que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras
fatigas: “Yo soy tu escudo y tu paga abundante”.
La unión con Dios consiste en la visión perfecta:
“Ahora vemos confusamente como en un espejo; entonces veremos cara a
cara”; en la suprema alabanza: “Allí habrá gozo y alegría, con acción de
gracias al son de instrumentos”; en la amable compañía de todos los
bienaventurados. Cada cual verá a los demás bienaventurados participar de
sus mismos bienes. La alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados
con el gozo de todos.
La fe en Jesucristo resucitado nos reafirma en la
convicción de que la última palabra la tiene Dios y es siempre la palabra de
la vida. Solamente esa esperanza puede consolar adecuadamente la pérdida
de un ser querido y dar sentido a su vida y a su muerte, a sus proyectos y
trabajos. Los muertos no nos abandonan; quedan a nuestro lado. Para
nosotros son invisibles pero ellos no están ausentes.
manifestándoles nuestro profundo sentimiento,
hecho oración sencilla a nuestro Padre Dios, con la intercesión de la Virgen
María pido la misericordia del Señor sobre su persona y su historia para que
la haga sentar en la mesa del banquete del Reino y goce ya de la felicidad
eterna. Amén.
Difunto de edad. Junio 16.
“No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mi” (Jn, 14, 1-12)
Estas son las palabras de Jesús en su despedida cuando tiene conciencia plena de que
su vida llega al final. Jesús invita a sus discípulos y a todos nosotros, a mantener la
calma en los momentos límites. La muerte humana es un momento doloroso en que
experimentamos la fragilidad de nuestra vida humana.
Hoy, el recuerdo de ……………….nos invita a pensar en la muerte que
todos experimentaremos tarde o temprano. Nada hay en este mundo tan presente
como la muerte. Está tan presente como la vida. Nacer es estar destinado a la muerte,
como dice algún filósofo existencialista. En nuestra cultura actual no sabemos qué
hacer con la muerte. Lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar mucho de
ella. Parece que lo mejor es no decir nada. No es tema de conversación; está mal visto
hablar de la muerte.
. Pero, tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares
arrancándonos a nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa
muerte que nos arrebata a las personas más queridas? Mientras la muerte ocurre
lejos parece que no nos afecta. Pero, ¿Qué pasa cuando la sentimos cerca y cuando
afecta a personas que amamos?
Cuando visitamos un cementerio Encontramos lo único que
perdura: sus nombres, pero el creyente sabe que Alguien más que los amigos recuerda
sus nombres. Dios tiene a cada ser humano en su memoria. Eso es muy importante
porque en la memoria sólo están los muy amigos. Al acordarse de nuestro nombre,
Dios nos hace partícipes de su eternidad. Si Dios existe y es amor y el amor es fuente
de vida, entonces no sólo sobreviven nuestros nombres sino que sobrevivimos
nosotros.
La muerte es para nosotros la puerta que nos abre a la vida definitiva. Es el
momento en que nos sumergimos en el Océano del amor infinito de Dios. Podemos
pensar que en la muerte logramos una plenitud de vida y una alegría. En el Evangelio
de Juan Jesús lo expresa así: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os
quitará vuestra alegría”. (Jn. 16,22). “No perdáis la calma, creed en Dios, creed
también en mi” (Jn, 14, 1-12).
Es reconfortante escuchar estas palabras de Jesús en la última cena, en
el momento de su despedida: Los discípulos se sentían inquietos, intranquilos. Esta
intranquilidad era debido al anuncio que Jesús les había hecho de su muerte… Los
discípulos estaban nerviosos y no sabían cómo iba a acabar todo aquello. Entonces,
Jesús, comienza con una invitación a la serenidad y a la confianza. “No perdáis la
calma…”. “Que no tiemble vuestro corazón”. El fundamento de esta calma, de esta
confianza, está en el Padre: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a
prepararos el sitio”.Entonces, ¿qué se puede temer?.
Así, anclados en la confianza en el Padre, es posible mantener la
calma. Sí, cuando nos hacemos conscientes de nuestra condición de hijos/as, es
posible vivir en la confianza y encontrar así la paz que todos necesitamos para vivir. Y
Tomás, que está más desconcertado que ninguno, pregunta a Jesús: “Señor, no
sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?”. Tenía razón Tomás cuando
decía: “No sabemos el camino”. Tampoco nosotros, a veces, sabemos el camino.
Estamos también bastante desorientados, ante esta sociedad que no da respuesta a
las preguntas radicales que el ser humano lleva en el corazón. El ser humano necesita
de un amor incondicional, de un amor sin límites. Necesita esa certeza que le hace
decir: “Ni muerte, ni vida, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni criatura
alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor
nuestro”. (Rom. 38,39). Si existe este amor absoluto, pase lo que pase, incluso la
muerte, estamos salvados.
Jesús responde a Tomás: “Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida
“. Jesús está diciendo a sus discípulos y a todos nosotros, que la única seguridad, la
única luz para avanzar, está en fiarnos de Él, en seguirle a Él, en vivir como Él vivió. Sí,
en Jesús Resucitado, encontramos todas las orientaciones que necesitamos para vivir
y morir con sentido. Los cristianos creemos que el anhelo de vida que todo ser
humano lleva dentro ha sido escuchado por Dios: Jesús, muerto y Resucitado, es
signo y garantía de que Dios ha recogido nuestro grito y nos llama a una plenitud de
vida.
Realmente podemos decir que: “Dios está siempre con
nosotros. Incluso en las noches oscuras de nuestra vida, no nos abandona. Y también
en la última noche, en la última soledad en la que nadie puede acompañarnos, en la
noche de la muerte. La bondad de Dios siempre está con nosotros”. Hoy es un día que
queda en los recuerdios recordamos a los que han pasado al otro lado de Dios y
aunque su desaparición física nos hace sufrir, mediante la oración y la Eucaristía
experimentamos una comunión más íntima con ellos. A ellos los encontramos en
nuestro corazón, ahí donde percibimos el misterio de la presencia de Dios.
En este día, volviéndonos interiormente a Jesús Resucitado, podemos decirle: Señor,
que descansen en tu paz todos los que hemos amado y todos los que ya participan de
tu Pascua. Concédenos esa confianza que nos hace afrontar la muerte con un talante
sereno y una gran esperanza.
pARA LA HOMILIA
JN. 14, 1- 9
Estamos celebrando en esta misa funeral la muerte de ---------, unida a la muerte y
resurrección de Jesús. Hermanos, se nos ha ido preparada para el encuentro con Dios Padre
en el cielo. Porque ha creído en Jesús, en ese mismo Jesús que nos ha dicho: "No tengáis
miedo, no os agobiéis, hay sitio para todos en el cielo. Yo soy el camino, la verdad y la vida".
Tengo la impresión de que casi todo lo que el cristianismo dice acerca del cielo
y de la felicidad final en la "otra vida", resulta para muchos contemporáneos, creyentes o
no, algo demasiado lejano y abstracto, un lenguaje extraño que apenas tiene relevancia
alguna para la vida de cada día. Porque en el fondo, creemos en "el futuro" con cierta
convicción cuando podemos experimentar que ese futuro se inicia ya desde ahora y
comienza a despuntar, de alguna manera, en el momento presente. En concreto, la gente
creemos más fácilmente en el cielo si realmente podemos experimentar, aunque sea de
manera fragmentaria que "el cielo comienza en la tierra".
Lo que ocurre es que, los cristianos hemos despreciado demasiado los gozos de la
tierra, los placeres de la vida y la belleza del mundo, sin descubrir dentro de esa vida frágil y
caduca el germen de lo que será el cielo. Porque el cielo prometido no es simplemente un
lugar hacia el que vamos después de morir. El cielo es el disfrute pleno del amor y de la vida
que se está gestando ya en el interior de nuestro mundo y en la de cada persona.
Hermanos, como creyentes en Jesús, encarnado, hecho hombre, no hemos de contraponer
el cielo a este mundo de una manera total y absoluta, pues el cielo es precisamente la
plenitud de este mundo, la realización plena en Dios, de todas las posibilidades de paz,
reconciliación, libertad, de amor y felicidad que encierra esta vida.
Mirad, cuando amamos a una persona, amamos algo más que una persona,
estamos amando la vida y la felicidad para la que hemos nacido, esa persona amada y yo
mismo. Cuando hacemos justicia a un oprimido, hacemos algo más que un gesto de equidad,
estamos haciendo crecer desde ahora el mundo reconciliado y justo que estamos llamados a
disfrutar todos. Desde la experiencia cristiana del misterio de la Encarnación y de la
Ascensión de Jesús: "Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, de la
felicidad, de la amistad, de la paz y del amor, estamos viviendo ya de forma precaria pero
real, la realidad del cielo". Hermanos, en este momento en que celebramos con esperanza
la Eucaristía por ---------, deberíamos recordar que lo que se opone a la esperanza cristiana
no es solamente la incredulidad y el ateísmo, sino también la tristeza y la amargura y, el no
saborear la vida que se nos promete.
Porque en la vida , hermanos, hay momentos de paz y transparencia, experiencias de
amistad y reconciliación, de libertad y amor que pueden ser fugaces y precarias. Pero,
cuando se viven desde la FE en JESUS RESUCITADO, hemos de aprender a saborear ya en el
interior de esta misma vida, la fiesta del cielo, aunque sea de manera frágil y fragmentaria.
Esta fiesta del cielo que ya goza en plenitud ----------, en compañía de la Virgen María, y de
todos sus familiares que nos han precedido en el camino de Jesús.
¿Qué hacemos en la vida para alcanzar el cielo?
os dónde está… nos parece mentira! El evangelio que acabamos de escuchar nos narra la
escena de la resurrección de Lázaro. Pero Lázaro que atravesó el túnel de la muerte con ida
y vuelta no nos dijo nada del más allá, ¿recordaría algo?
no sólo la muerte es misterio, también lo es la vida. Lo es la existencia
humana en su totalidad.

Sentía lo mismo que millones de moribundos, deseos de vivir , pero bebiendo la angustia
trágica de la copa de la muerte.

Mamá sintió lo mismo que aquel hombre ,hermano nuestro, Jesús de Nazaret. También El
se aferró a la tierra y en Getsemaní , sudando sangre, besando el suelo, durante tres horas
,desde su agonía le decía al Padre que no quería morir

“Padre que pase de mi este cáliz”…fue su agonía…

Más tarde ya en la cruz, ahogándose, casi sin vida, con las pocas fuerzas que le quedaban, no
pudo menos que quejarse y dijo así:

“Dios, mío, Dios mío ¿ porqué me has abandonado?”

!Qué misteriosa la agonía de Jesús! Qué misteriosas todas las agonías!

Quizás las últimas palabras de mamá, aquellas que nadie de nosotros pudo comprender,
fueron también de queja ,como las de Jesús.

Jesús, como un humano más , murió, su madre y unos amigos, con sentimientos muy
semejantes a los nuestros, entre el desconcierto y el dolor, le dejaron en un nicho.

Pero a los tres días su tumba estaba vacía. Aquel agonizante había triunfado sobre la
muerte, había resucitado.

Estoy totalmente convencido, desde mi fe, la que heredé de papá y mamá, que éste
también es el destino de ella hoy, y lo será el nuestro, mañana, cuando Dios quiera.

No, mamá no ha muerto para siempre. La tumba no es su último destino, las flores que la
cubren perderán su aroma, se pudrirán, se convertirán en polvo… para ellas pronto llegará
el final total. Pero ése no es el presente, ni el futuro de mamá.

Como la de Jesús también su tumba un día quedará vacía.


Mamá está viva. Allí sólo está su cuerpo, un cuerpo gastado, dolorido, envejecido por el
tiempo, los trabajos y el sufrimiento…

“Y a los tres días resucitó”.

Jesús rompió el túnel de la muerte , hoy está vivo. Una vida que no reserva para El sólo, sino
para los que crean en El ,también.

“El que crea en mi , aunque muera vivirá”

Mamá, porque creyó en Jesús, vive ya con esa vida del resucitado. Por eso un día, en el
misterio del tiempo, podremos hablarle y decirle lo que quizás quisiéramos decirle ahora y
no sabemos cómo.

Con nuestra fe podemos atravesar ese túnel de la muerte, ir más allá de la tumba…yo sé
que mamá está viva, ya no sufre , ya no está amenazada por los dolores, la falta de vista,
oído…por la agonía. Ya no dice “me ahogo” porque es feliz…y desde ese sitio misterioso, en
este momento nos ama de otro modo y sigue con nosotros.

CREO EN LA VIDA, LA MUERTE Y EN LA RESUSRRECCION, porque creo en Jesús y sé que El


no vino a engañarnos.

A lo largo de la vida , mamá nos dio además de la vida misma otras muchas cosas, yo
quisiera compartir con vosotros algo que yo siento nos está dando ahora a todos los que
oramos por ella en esta misa.

Su muerte nos puede enseñar a vivir mejor, sobre todo en dos aspectos:

-No dejar para cuando mueran las personas decir que buena era. Hacer en vida todo lo
más que podamos por los demás, acompañarlos, calmar el dolor del vivir de cada
día…Llenar en el corazón de los que nos rodean ese espacio misterioso, que muchas veces
es vacío y también dura, muy dura soledad.

-No instalarnos en esta tierra como si esta fuera nuestra patria definitiva. Estamos de paso
y un día también nosotros tendremos que atravesar ese túnel, pero precisamente por esa fe
que mama y papa nos transmitieron, sabemos que esa noche de la muerte no es
interminable, es sólo un paso al AMANECER, nuestra RESURRECCION.

Mamá desde su muerte, nos está enseñando a todos a vivir mejor y sobre todo a creer y
fiarnos del Dios, en quien ella confió siempre. “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”,
solía repetir muchas veces.
Quiero terminar estas reflexiones reviviendo en nosotros unas palabras de mamá.

Hace cinco años nos reuníamos todos en tono de fiesta para celebrar en una misa primero,
y después en un banquete sus ochenta años. Al final ,con una tarta de cumpleaños
enfrente, rodeada de nuestra alegría y cariño, nos dirigió estas palabras que fueron como
su despedida anticipada:

“Os doy gracias a todos mis hijos y nietos. Digo hijos porque no tengo ni yernos, ni nueras,
tengo hijos y nietos que son dos veces hijos, por este gran día que me dais.

También a mi sobrino, que es como si fuera un hijo y vino para estar este día con nosotros
como un hijo más.

Pido a Dios que estéis siempre unidos como lo habéis hecho hasta ahora, cuando hizo falta
hacerlo.

Quizás ésta sea una despedida para mi, porque el joven puede morir, pero el viejo no
puede vivir. Pero quiero veros desde donde el Señor me tenga , así de unidos, celebrando
de vez en cuando una comida como ésta de hermandad.

Lo escribo, no porque no sepa decirlo, sino porque estoy nerviosa y a lo mejor no me salen
las palabras, pero hablo con el corazón.

VUESTRA MADRE Y ABUELA QUE ESTA SIEMPRE A VUESTRO LADO OS BENDICE Y PIDE POR
VOSOTROS.”

Que mamá nos vea , desde donde el Señor la tenga, siempre unidos y que desde allí , en
estos momentos sintamos que sigue estando a nuestro lado y de nuevo nos bendice.

Que así sea.

FINAL de la Misa

En nombre de toda mi familia os doy las gracias a vosotros los nos estáis acompañando en
estos momentos tan duros para nosotros. De un modo en particular, le doy las gracias a mis
hermanos jesuitas que me han concelebrado conmigo esta Misa

facebooktwitter
funeral julio 2, La Iglesia ora e intercede ante el Señor por las almas de los que nos
precedieron con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz en la esperanza de la
resurrección. La Iglesia reza también por todos los fieles difuntos, desde el principio
del mundo, cuya fe sólo Dios conoce. Encomendamos al Señor a todos los que mueren
víctimas del hambre, de la violencia, de la guerra…Oramos por los difuntos para que,
purificados de toda mancha de pecado y asociados a los ciudadanos del cielo, puedan
gozar de la felicidad eterna en el reino de Dios.
3.- No tenemos ciudad permanente aquí; buscamos otra: la ciudad de
Dios. La esperanza cristiana Lo sabemos todos. No tenemos en este mundo una ciudad
permanente. Buscamos otra ciudad construida por Dios. Somos peregrinos por este
mundo hacia la casa del Padre. La muerte no es el final del camino ni el abismo de
nuestra destrucción total. Recordemos estas enseñanzas del Concilio Vaticano II en la
Constitución pastoral “Gaudium et Spes” (gozo y esperanza). Nos harán mucho bien
pues fortalecerán nuestra fe, esperanza y caridad.
* “La semilla de eternidad que en sí lleva el hombre, por ser irreductible a la
sola materia, se levanta contra la muerte” (GS 18). * La Iglesia, aleccionada por la
revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz
situado más allá de las fronteras de la miseria humana” (GS 18) * “La fe cristiana
enseña que la muerte corporal, que entro en la historia a consecuencia del pecado,
será vencida, cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en
el estado de salvación perdida por el pecado” (GS 18).
* “Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a Él con la total plenitud de su
ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido cristo el que ha
ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte”
(GS 18). * “Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos,
responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del
hombre, y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros
mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que
poseen ya en Dios la vida verdadera”
(GS 18)
* “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera
del Evangelio nos envuelve en absoluta escuridad. Cristo resucitó, con su muerte destruyó la
muerte y nos dio la vida para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba,Padre!”
(GS 22) * “La esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino
que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (GS 21).“La vida de
los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y, al deshacerse nuestra morada
terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio de la misa de Difuntos). Los
que viven y mueren a la sombra de la cruz, despertarán en el regazo del Padre por toda la
eternidad. Terminamos. Unidos en la oración
Textos: 1 Corintios 15,20-24a.25-28; Marcos 15,33-39;
No hay nada que pueda iluminarnos mejor sobre el sentido cristiano de la muerte,
ni nada que nos pueda consolar tanto -y no hemos de avergonzarnos del consuelo
de la fe-, como el relato de los últimos momentos de la vida de nuestro Salvador.
Porque todo lo que podemos decir, en cristiano, acerca de la muerte, lo hemos de
referir a la muerte de Cristo, y todo lo que debemos hacer para vivirla como
cristianos es imitar la muerte de Jesús, no en sus detalles externos sino en su
actitud profunda.
1. Dios, solidario del hombre por amor.
Cristo no nos ha dado explicaciones complicadas sobre el porqué de la muerte, ni
nos ha ofrecido soluciones intelectuales a los enigmas -ciertamente grandes- que
presenta a nuestra inteligencia. Jesús ha dicho muy poco sobre la muerte. Pero ha
hecho mucho. Durante su vida la combatió; con ello -y antes con obras que con
palabras- nos dijo que Dios
no se complace en la muerte sino en la vida y que no nos llama a morir sino a vivir
para siempre. Y no sólo combatió la muerte curando enfermos -la enfermedad es
como una antesala de la muerte- y resucitando muertos, sino que El mismo quiso
morir, como muere todo hombre, y su muerte fue la mejor lección que nos podía
presentar para afrontar también nosotros esta dura e ineludible
realidad.
Creemos en un Dios que por amor se ha hecho solidario del hombre,
con todas las consecuencias, sin excluir el pasar por esta zona trágica en la que
desemboca nuestra vida terrena. Creemos en un Dios que se ha hecho solidario del
hombre hasta compartir la misma muerte. Y no pasó por ella con la inmutabilidad
del Ser absoluto ni, lo que parecería a primera vista más razonable, con la estoica
serenidad del humanismo clásico, sino con el temor y el temblor, con la angustia y
el lamento desesperanzado de un hombre: "Padre, ¿por qué me has
abandonado?"
Esta actitud de Cristo hace a nuestro Dios profunda e íntimamente
fraterno; en El descubrimos nuestra realidad más profunda de hombres: nuestra
debilidad y nuestros temores, nuestro miedo y nuestra angustia. Porque la verdad
más profunda del hombre no es su fortaleza, sino su debilidad; no es su
impasibilidad, sino su temor y su angustia, y todas las limitaciones inherentes a
nuestra condición humana.
2. Silencio y gratitud, ante la muerte de Cristo
Ante la muerte de Cristo, que nos sitúa en nuestra realidad y en nuestra verdad,
no cabe otra actitud que el silencio y la gratitud. Silencio, porque nunca llegaremos
a comprender o a poder expresar el insondable misterio de amor y de humillación
que representó para Cristo el acto de morir. Si morir es trágico y humillante para
nosotros, ¿cómo debió serlo para el que era la Vida misma? Por esto, la palabra
más expresiva de Cristo es paradójicamente su silencio en la cruz: la suprema
expresión del Amor ofrecido a la humanidad.
Y con el silencio, la gratitud, porque a partir de la muerte de Cristo
nuestra muerte adquiere un sentido nuevo, insospechado. La muerte ya no es la
muerte. La muerte es el paso a la vida. Cristo murió para matar la misma muerte,
de manera que la muerte es ya -en El y en nosotros- el primer paso hacia la
resurrección. Cristo resucitado, primicia de la humanidad nueva, representa el
triunfo total de la vida sobre la muerte.
El fragmento de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto, que
hemos oído, contiene la "buena noticia" -el Evangelio- que representa el núcleo de
la predicación y de la fe de la Iglesia primitiva:
"Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de todos los que han
muerto". Y esto acontece para nosotros y para todos los hombres, porque "si la
muerte vino por un hombre, también por otro hombre -por Cristo- vendrá la
resurrección de los muertos". Cristo ha de reinar -dice también- hasta que todos
sus enemigos le hayan sido sometidos bajo sus pies, "y el último enemigo vencido
será la muerte".
Un cristiano, un hermano nuestro, ha muerto, Cristo, en sus fieles, está
en la agonía de Getsemaní hasta el fin de los tiempos. Todos sabén lo largo que ha
sido el Getsemaní de N……. Sólo el Señor, que escruta los corazones, sabe la
purificación que ha supuesto para él aceptar la muerte, que le ha visitado
justamente cuando estaba en medio del camino de la vida.
Como a Cristo, a él también le visitó la angustia y el miedo, y, como
Cristo, también pidió: "Si es posible, pase de mi este cáliz sin que yo lo beba". Pero,
también con Cristo, procuró decir aquellas supremas palabras: "Pero que no se
haga mi voluntad, sino la tuya", palabras que no implican una cobarde resignación,
sino una gran entereza de espíritu.
Ha muerto en el Señor; sabemos que, con Cristo, también resucitará.
Por eso, en medio de la tristeza nos acompaña la certeza y el gozo profundo de la
fe, y nuestra plegaria también se expresa en canto, que sin esta convicción podría
parecer inadecuado. Prosigamos la celebración de la Eucaristía, anticipación del
banquete del Reino. Confiemos a las manos del Padre el alma de nuestro hermano.
Pidamos al Señor que nos ilumine a todos con la luz de la fe y renovémosla hoy con
las palabras del soldado romano ante la cruz de Cristo: "Realmente, este hombre
era hijo de Dios". En efecto, sólo por medio de la fe en Cristo sabemos que nuestro
futuro definitivo no es la muerte sino la vida eterna.
Homilía de Funeral ( Muerte joven )
¡Qué difícil es hablar y decir algo que pueda consolarnos en momentos así!.
¡Qué difícil es animar, dar consuelo e infundir esperanza, cuando uno mismo
no encuentra respuesta a las preguntas que en este momento todos nos
hacemos!
Estoy seguro de que muchos de vosotros estáis pensando en este momento
el absurdo de la vida, y posiblemente también muchos os habéis rebelado
contra Dios, diciendo que no hay derecho, que es injusto.

Solo tengo una cosa clara: que Dios no es injusto ni culpable; que Dios no ha
deseado esta muerte, ni la ha permitido. El no desea nunca la muerte de
nadie .El sufre como todos nosotros. No ha podido evitar esta muerte, como
tampoco pudo evitar la muerte de su propio Hijo Jesús.

La muerte es un misterio. Al menos los creyentes tenemos un consuelo y


una esperanza. La fe, aunque no nos evita el dolor y la tristeza ante la
muerte, sí nos ofrece una luz de esperanza. La fe nos asegura que hay un
más allá; que la vida no termina en la muerte; sino que hay después; hay
resurrección y vida para siempre, como hubo para Cristo.

La fe nos asegura y garantiza que llevamos dentro una semilla de nueva


vida, que germina precisamente en la muerte. Somos como ese grano de
trigo que tiene que morir en la tierra, para germinar y dar fruto.

Ahora solo vemos este lado de la vida y pensamos que no hay más vida que
la que vemos desde aquí; pero la fe nos dice que hay otro lado, otra cara de
la vida, que comienza después de la muerte. Es la vida nueva, la vida de
resucitados, la vida eterna junto a Dios, nuestro Padre.

No son palabras vacías. Están cargadas de fe y de esperanza.


16.02.09 - América Latina
EL CAMINO, ensayo sobre El Seguimiento de Jesús

José Comblin

Adital

Publicado por
MOVIMIENTO TEOLOGIA de la LIBERACION

(Capítulos: 7. La Indignación y 8. Hacer)

LA INDIGNACIÓN

La compasión se vuelve indignación cuando se percibe que el mal existente


es resultado del abuso de algunos seres humanos sobre los otros. El mal y el
sufrimiento no vienen solamente del mundo material en que nuestro
cuerpo está inserto. Está el mal que viene de los hombres. Jesús vio que la
causa de muchos males que sufría su pueblo era provocada por miembros y
sobre todo por autoridades de ese mismo pueblo - que en lugar de conducir
para la vida, conducían para el sufrimiento y la muerte. La compasión de
Jesús se volvió indignación contra los jefes del pueblo que engañaban en
lugar de enseñar la verdad. El amor al pueblo se expresa por la indignación.

La indignación de Jesús surge al ver la explotación, la dominación y la


humillación del pueblo por los sacerdotes - que era patente en el templo de
Jerusalén. Estaba también la explotación hecha por los comerciantes, pero
eran sobre todo los sacerdotes los que recibían gratuitamente a casi todos
los animales domésticos ofrecidos por el pueblo. Se trataba de un enorme
tributo con motivación pseudoreligiosa.
Los sacerdotes impusieron al pueblo los sacrificios. Pero Jesús denunció
tales sacrificios, supuestamente ofrecidos a Dios. Los profetas ya habían
condenado y denunciado los sacrificios: "Pues tú no quieres un sacrificio, y
un holocausto no te agrada. Sacrificio a Dios es un espíritu contrito", dice el
Salmista (Sal 50,6-14; 51,18-19). El profeta Amós estaba indignado con los
sacrificios ofrecidos en el templo: "Detesto, desprecio vuestras
peregrinaciones, no puedo soportar vuestras asambleas; cuando me
ofrecéis holocaustos, en vuestras ofrendas no hay nada que me agrade; de
vuestro sacrificio de animales cebados, aparto el rostro; aparto de mí el
alarido de tus cánticos, el toque de tus arpas no puedo ni oírlo" (Am 5,21-
24).

La indignación de Jesús tiene también por objeto las imposiciones morales


que hacen que el fardo que – sobre todo los doctores y fariseos - imponen
sobre los hombros de los pobres sea pesado. Esos doctores y fariseos "atan
fardos pesados y los ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos
mismos ni con un dedo se disponen a moverlos" (Mt 23,4). El capítulo 23 de
Mateo contiene una colección de expresiones de indignación de Jesús
contra las prácticas de dominación de los jefes de la nación. Es una protesta
vehemente. Es la indignación que procede del amor al pueblo. La
indignación se vuelve todavía mayor cuando es provocada por los jefes
religiosos, que tenían como misión enseñar las verdades y practicar la
misericordia.

Fue con esa indignación que, en el 4° domingo de Adviento de 1511, en


nombre de toda la comunidad dominicana, el fraile dominicano Antonio
Montesinos pronunció el famoso sermón en el que denunciaba los crímenes
cometidos por los conquistadores y dueños de esclavos españoles. Fue un
sermón pronunciado en la presencia de las principales autoridades del país,
y terminaba con una sentencia de excomunión contra todos los que no
liberasen a sus esclavos. Los frailes fueron duramente castigados tanto por
las autoridades civiles como por las autoridades religiosas. Fueron
deportados a España y encarcelados. Pagaron duramente por el resto de su
vida el crimen de haber protestado contra el genocidio practicado en
nombre del rey de España, esto es, en nombre del Papa que le había
otorgado todas esas tierras con sus habitantes.

¿Cómo no evocar la memoria de Bartolomé de Las Casas, conquistador


convertido que se hizo dominico y misionero en el actual Sur de México y en
la hoy llamada América Central? Las Casas fue hecho obispo de Chiapas,
pero los propietarios lo expulsaron después de algunos meses y lo llevaron
de vuelta a España. Incansablemente – en América, en presencia de la corte
de España y en los libros que escribió -, condenó los crímenes cometidos por
los conquistadores, proclamó la injusticia de la conquista y defendió la
causa de los indígenas durante 50 años. Sólo consiguió que fuesen
aprobados algunos decretos más favorables a los indios, pero que nunca
fueron aplicados - y la matanza de los indios continuó durante siglos.
Continuó porque fueron nombrados obispos de confianza de la corte, que
no levantaron la voz, y ordenados sacerdotes que cerraron los ojos a lo que
estaba sucediendo – en cuanto a los frailes fueron condenados a
permanecer en sus conventos.

Faltó el grito de la indignación y el amor a los indios durante siglos. Ese


amor resucitó en la vida de Don Leónidas Proaño - obispo de Riobamba, en
el Ecuador, de 1954 a 1985. Su vida entera, minuto por minuto, estuvo
dedicada a los indios que formaban el 80% de la población de la diócesis y
eran cruelmente maltratados, robados, aplastados por las clases dirigentes
de la región. Varios testimonios afirman que poco antes de morir, cuando ya
estaba expresando los últimos pensamientos que lo perseguían, él dijo:
"Tengo una convicción: que la Iglesia es la única responsable por el peso
que, por siglos, sufrieron los indios. ¡Qué dolor! Estoy quebrantado con ese
peso secular". Esas fueron sus últimas palabras, pronunciadas en el día 27
de agosto de 1988, a las 3h20 de la mañana (30). De alguna manera, con
esas palabras, él decía lo que había sido el motor de todo su ministerio
episcopal. Esa indignación fue el impulso que lo llevó a defender los
derechos de los indígenas durante más de 30 años. En ningún momento de
su vida, esa obligación de hablar y obrar para defender a los indios lo
abandonó. Era poco expresivo, muy reservado, más tímido que atrevido,
pero siempre dispuesto a entrar inmediatamente en la discusión, a partir
del momento en que un indio estuviese siendo maltratado.

Cuando investigamos la causa por la que tantas veces las autoridades de la


Iglesia se habían callado, dando cobertura al exterminio de los indios y la
esclavitud de los negros, descubrimos que fue la falta de amor. Había cierta
compasión de sentimientos y de palabras, pero solamente un gran amor
hace que una persona levante la voz y se haga defensor del otro humillado,
oprimido, rechazado, enfrentando a la sociedad entera, con las autoridades
todas - también las religiosas.

Jesús fue el defensor de su pueblo. Así lo muestran los evangelios sinópticos


y el evangelio de Juan condensa en esa imagen del defensor toda su
actuación. El cuarto evangelio fue compuesto en un esquema de juicio.
Desde el comienzo los jefes del pueblo, sacerdotes, doctores y fariseos se
sienten atacados por Jesús y lo denuncian. Quieren condenarlo,
persiguiéndolo hasta que, finalmente, consiguen una condena pronunciada
por Pilatos. Durante todo el ministerio de Jesús lo seguirán, lo provocarán,
procurarán hacer que caiga en palabras, o en conductas pecaminosas. Lo
consideraban un pecador y querían matarlo por ser pecador - porque no se
sometía a su sistema religioso.

"Ustedes procuran matarme porque les dije la verdad que oí de Dios... Pero
ustedes hacen las obras de su padre... Ustedes tienen por padre al Diablo, y
quieren realizar los malos deseos de su padre. Desde el comienzo, es
asesino de hombres; no ha permanecido en la verdad porque en él no hay
verdad. Cuando habla, de él brota la mentira, porque es mentiroso y padre
de toda mentira. Yo en cambio, les hablo la verdad y ustedes no me creen"
(Jn 8, 37-44).

Jesús es condenado porque dice la verdad. Se trata de la verdad sobre el


verdadero Dios y la verdadera religión, que condena todo aquello que los
jefes religiosos quieren imponer al pueblo. Jesús denuncia el sistema de
mentiras que los jefes religiosos quieren imponer. Ese sistema no lleva a la
vida, sino a la muerte. Quieren matar a Jesús porque sienten que la verdad
los condena. Jesús da testimonio de sí mismo, pero ellos no lo aceptan y le
preparan la muerte.

Jesús es acusado porque defiende al pueblo contra la mala administración


de las autoridades. Defiende su actuación porque es la verdad. El no
engaña, como hacen aquellas autoridades, sino que dice la verdad al pueblo
y por eso será condenado. Una vez que sepa la verdad, el pueblo no seguirá
más esos falsos pastores.

Jesús fue muerto y resucitó, pero no recomenzó su vida aquí. Envió a un


segundo defensor, un segundo abogado para anunciar la verdad y para
defender a los discípulos en el juicio que hacen contra ellos (Cf. Jo 16,7-15).
Ellos también serán condenados por causa de la verdad, esa verdad que los
aparta de los falsos pastores.

Como defensor, Jesús habla con indignación. Jesús está indignado porque
esos falsos pastores engañan al pueblo y lo llevan a la muerte en lugar de la
vida. En esa indignación está el gran amor de Jesús hacia el pueblo.

La misma indignación se expresó en la voz de Don Oscar Romero, defensor


de su pueblo masacrado. Vale la pena recordar las últimas palabras da su
última homilía pronunciada el día 23 de marzo de 1980. En estas palabras la
indignación alcanzó su punto culminante - siendo también la causa
inmediata de su muerte:
"Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del
Ejército y, en concreto, a las Bases de la Guardia Nacional, de la Policía, y de
los Cuarteles; son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos
campesinos, y ante una orden de matar, que dé un hombre, debe prevalecer
la ley de Dios que dice: 'no matar'. Ningún soldado está obligado a obedecer
una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.
Ya es tiempo que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su
conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos
de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede
quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome
en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En
nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos
suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les
ordeno en nombre de Dios: Cesen la represión!" (31)

Gracias a Dios, a partir de los años 50, culminando en Medellín y Puebla,


hubo en América Latina una generación de Santos Padres que levantaron la
voz, movidos por una indignación a la altura de los discípulos de Jesús, y su
voz fue multiplicada por millares de sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos. La Iglesia, gracias a ellos, no quedó callada. Hubo también
autoridades de la Iglesia que hicieron que el amor fuese más fuerte que la
rutina burocrática - que volvió a la Iglesia prisionera de si misma durante
tantos siglos.

¿Cómo explicar que, con D. Vital y D. Macedo, la Iglesia haya levantado la


voz con tanta fuerza contra la presencia de masones en algunas
hermandades, y nadie levantó la voz para denunciar la esclavitud? ¿No era
mucho más grave a los ojos de Dios la esclavitud de millones de negros que
la presencia de algunos masones en algunas hermandades? ¿Dónde estaba
la indignación? Se había perdido, muy lejos de la realidad. ¿Jesús habría
dado más importancia a la presencia de algunos samaritanos, en el grupo
que lo acompañaba, o a la mentira diaria y constante de las autoridades del
sistema religioso del templo? Es necesario saber escoger la propia
indignación. ¿La indignación de D. Vital estaba inspirada por el amor al
pueblo brasileño, o por el apego a la institución católica, la institución de las
hermandades y al derecho canónico? ¿Dónde estaba el amor? No cualquier
indignación procede del amor, sino aquella que defiende a los pobres,
oprimidos, engañados, conducidos a la perdición.

La indignación no se limita al sentimiento, a las palabras o a los gestos. Ella


es activa y verdadera cuando asume la defensa de los oprimidos - no
permaneciendo inerte, sin reacción. Sin embargo, la indignación fácilmente
queda callada cuando aparecen las autoridades o la policía con sus
amenazas. Muchos, que normalmente "hablaban fuerte", de repente
quedan callados. La verdadera indignación, inspirada por el amor, defiende
al débil. Enfrenta la opresión, denuncia y se opone por todos los medios de
que dispone.

Frente a cualquier problema, los ricos contratan buenos abogados que


saben como "interpretar mejor" la ley y convencer a los jueces. Defender a
un pobre es casi siempre predisponerse a perder la causa. Es muy raro que
los pobres encuentren defensores. Jesús toma la defensa de los pobres que
los doctores condenan como pecadores. Defiende a la mujer adúltera, a los
samaritanos tenidos como herejes, a la mujer pagana que se aproxima a él y
lo toca y a los discípulos que recogen espigas en día de sábado porque
tienen hambre. En cada caso hay una manifestación de condena global
hecha al pueblo: para las élites el pueblo siempre es sospechoso de ser
malhechor o mal intencionado. Jesús lo defiende de antemano y no
condena a nadie. Rompe con la lógica del sistema dominante y su
indignación es consecuente.

Jesús no quiere solamente defender derechos particulares, sino cambiar el


sistema que lleva a la condena de tantas personas inocentes porque son
pobres y débiles. La indignación tiene por objeto el sistema y procura
defender al pueblo contra el sistema. El amor enfrenta no solamente los
males individuales, sino también el conjunto del sistema.

Por otro parte, no basta indignarse contra el sistema. Es también necesario


entrar en los casos particulares, indignarse frente a determinada persona y
asumir la defensa del oprimido real e concreto. De otro modo, la
indignación puede fácilmente volverse retórica y sin efecto. Hay un
proverbio que dice: "Quien no es socialista a los 20 años, muestra que no
tiene corazón; quien todavía es socialista a los 40, muestra que no tiene
cabeza". Así sucede muchas veces. En el comienzo de la vida, cuando
todavía no aparecieron los problemas de la lucha para mantenerse, es fácil
la indignación. Pero permanecer en la indignación exige un amor muy
fuerte, que no procede de las ideas o de los sentimientos, sino de un
compromiso con personas concretas. El proverbio enseña que el amor es
una debilidad de la juventud y que para los adultos solamente vale el
dinero. Esa es una expresión de sabiduría popular bien amarga.

8. HACER

Lo que sorprende, en los evangelios, es la manera radical como Jesús opone


el decir al hacer. Amar no es decir, sino hacer. Los sentimientos, gestos y
señales simbólicas no se tienen en cuenta. Lo que vale son los actos
prácticos, lo que produce resultado visible, lo que realmente beneficia al
otro.

"No todo aquel que me dice 'Señor, Señor' entrará en el Reino de los Cielos,
sino aquel que practica la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt
7,21). La voluntad del Padre, nosotros la conocemos: es amar al prójimo con
hechos y no con palabras. Decir "Señor, Señor" es lo que hacemos sin cesar,
en nuestras oraciones y liturgias. Todo eso tendrá sentido si llevar a un
obrar concreto.

“Aquí están mi madre y mis hermanos, porque aquel que hace la voluntad
de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, hermana y madre"
(Mt 12,49-50). El juicio final es más claro todavía (Cf. Mt 25,31-46). Como
decía san Juan: "No amemos con palabras ni con la lengua, sino con obras y
en la verdad" (1 Jn 3,18).

Jesús testimonia haciendo. Los evangelios lo muestran siempre activo,


yendo de un poblado a otro, ayudando, levantando los ánimos,
despertando la esperanza, curando a los enfermos y consolando a los
afligidos. Al final de cada día está cansado. Su trabajo es la realización
concreta material del trabajo del Padre.

"Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo" (Jn 5,17). "Las obras que el
Padre me encargó de consumar, esas obras, yo las hago y ellas dan
testimonio de que el Padre me envió" (Jn 5,36). "Mientras sea de día,
tenemos que realizar las obras de aquel que me envió" (Jn 9,4). Esa vez la
obra era la curación del ciego de nacimiento. "Cree en las obras", dice Jesús
(Jn 10,38). Al final de su vida, Jesús dice: "Concluí la obra que me encargaste
realizar" (Jn 17,4). "Quien esté en mí hará las obras que yo hago" (Jn 14,12).
Así, de la misma manera los discípulos deben hacer obras. La elección de esa
palabra está llena de significado. Se trata siempre de hacer. Pues el ser
humano es corporal y su vida vale por las obras que realiza. Las obras se
refieren siempre a lo concreto material, realizado en el mundo material, y
no en el mundo de las ideas o de la imaginación.

La mayor tentación de los cristianos no es el materialismo sino el


espiritualismo. Es hacer del cristianismo un camino de vida espiritual
distante del mundo material, con un programa de actividades internas,
hechas de emoción, de sentimientos, de ideas, puramente religiosas fuera
de la red de las actividades diarias y fuera de las dinámicas del mundo -
especie de programa de salida de este mundo material, para vivir en un
mundo hecho de puro espíritu, lejos de la materia considerada como
obstáculo, freno o tentación.

Desde el comienzo, y durante los primeros siglos, el espiritualismo entró en


la Iglesia. Le dieron el nombre de "gnosis", o sea, de "conocimiento" (32).
Ellos mismos, sin embargo, no se llamaban gnósticos, sino elegidos. Fueron
llamados gnósticos porque, para ellos, el cristianismo era un conocimiento:
la vía del conocimiento de Dios por la salida progresiva de este mundo
material y por la creciente separación del espíritu en relación al cuerpo que
lo mantiene preso. Ese conocimiento se debía mucho a la influencia de
movimientos filosóficos espiritualistas de aquel tiempo. Era una adaptación
del cristianismo al modelo gnóstico que tenía buena aceptación sobre todo
en Egipto, pero también en territorio del Imperio romano.

Para los gnósticos, la vida en la tierra es el resultado de una caída. El ser


humano pertenecía a un mundo espiritual, pero cayó en virtud de diversos
episodios. La vocación humana es liberarse de este mundo terrestre
mediante el pensamiento y, por medio de actividades mentales, recuperar
el conocimiento que perdió al caer en la carne. La corporeidad significa
caída. Hay necesidad de liberar el espíritu del cuerpo. La vida cristiana seria
una fuga de este mundo para volver al mundo de origen.

La gnosis fue denunciada con fuerza por los defensores de la ortodoxia.


Parecía más elevada, siendo más religiosa y más espiritual en sus
expresiones. En realidad, era la negación del cristianismo que está
fundamentado en la encarnación del Hijo de Dios. Jesús fue y es un hombre
verdadero hecho de cuerpo y de espíritu, no yuxtapuestos sino formando un
único conjunto viviente, y el espíritu no tiene vida autónoma
independientemente del cuerpo. En el ser humano el espíritu es corporal.
Fue lo que defendieron los testimonios del verdadero evangelio, como
Clemente de Alejandría, Ireneo y Epifanio.

Con el correr de los siglos hubo varias intentos de espiritualismo de tipo


gnóstico. En la Edad Media, en el siglo XII, apareció el movimiento "cátaro",
o sea, de los puros, viniendo de Oriente - que también defendía el rechazo
del cuerpo y la emancipación del espíritu. Los cataros también defendían la
negación de todo el sistema institucional de la Iglesia, condenándolo como
dominio de la materia. Por ese motivo el catarismo (llamado también
movimiento de los albigenses) fue muy popular, pues era una manera de
liberarse del poder económico de la Iglesia romana y de las Iglesias locales.
Pastores muy simples supieron convencer a las masas populares, pero
también a personas de la nobleza, conquistando casi todo el Sur de Francia y
el Norte de Italia. La reacción de la Iglesia fue violenta. El Papa - en
compañía con algunos barones del Norte de Francia - constituyó una
cruzada contra tales herejes aplastando, matando, exterminando y robando
todos sus bienes. La represión de los albigenses todavía está en la memoria
de los habitantes de ciertas regiones del Sur de Francia - aún después de
más de 800 años.

Con el Renacimiento reaparecerán varias sectas de tipo gnóstico,


aprovechándose del retorno a los documentos de la antigüedad,
especialmente de las filosofías próximas al gnosticismo como el
neoplatonismo. Durante toda la Edad Moderna, dominada por el
racionalismo, prosperaron también las sectas esotéricas proclamando un
mensaje semejante al del gnosticismo. En la época actual asistimos al
renacimiento de sectas gnósticas, que predican también una vida humana
fuera de este mundo, hecho de almas puras, libres de la servidumbre de la
materia, regocijándose de la contemplación del verdadero conocimiento.

Esos movimientos son fácilmente detectables a lo largo de la historia. El


mayor problema viene de la infiltración de una sensibilidad o inclinación -
generalmente inconsciente – de la mentalidad gnóstica dentro de la
ortodoxia. La lectura de varios escritos que se refieren a la vida monástica
de Oriente no puede no dejar de dar la impresión de una infiltración
espiritualista inconsciente. Hay una actitud negativa en relación a todo lo
que es corporal: promoción de la vida religiosa como liberación del cuerpo,
para subir hasta llegar a un conocimiento totalmente desligado del cuerpo,
liberado de la contaminación material. Se pensaba que la vida mental era
separada del cuerpo. Por eso, llegar a un pensamiento puro sería quedar
libre del cuerpo. La ascensión monástica fue presentada muchas veces como
una lucha entre el espíritu y la materia, entre el espíritu y el cuerpo. De
hecho, la Teología y la vivencia de la Teología en los usos populares y en las
prácticas eclesiásticas, desde la Edad Media hasta el Vaticano II, asocian el
cuerpo y la materia con el pecado. De esa manera se entiende hasta qué
punto la preocupación por el pecado puede ser casi patológica, ya que el
cuerpo está siempre presente y recuerda su presencia. La mente siempre
siente la presencia de la materia, aún cuando quiera desprenderse de ella.
Eso puede provocar angustia y muchos autores espirituales la alimentarán
(33). La jerarquía no desmentía y, nada raro, hasta participaba de esa
mentalidad.

Puede haber una deformación literaria o de inspiración popular que tiende


a ver la santidad como desprendimiento de todo lo que es material. En la
representación popular el santo es aquel que vive lo menos posible en el
cuerpo - no come, no bebe, no tiene placer corporal, no siente ninguna
atracción sexual, mortifica y combate cualquier tipo de solicitación del
cuerpo. Puede haber descripciones exageradas en la hagiografía y en los
relatos sobre los santos monjes o la vida religiosa en general, pero hay
también un fondo de realidad. Durante siglos y hasta hace poco tiempo el
programa de vida de los religiosos consistía en atender lo menos posible al
cuerpo y a desarrollar la actividad mental. La misma Iglesia insistía en ese
sentido, estimulando prácticas ascéticas de mortificación del cuerpo: ayuno,
abstinencia de carne, uso del cilicio, flagelación (34), dormir sobre una tabla,
permanecer largos períodos de rodillas, cobertura total del cuerpo etc. Todo
eso muestra una actitud de rechazo del cuerpo, que no encuentra acogida
en los evangelios - donde encontramos a Jesús que es acusado: "He aquí a
un glotón y bebedor, amigo de publícanos y pecadores" (Mt 11,19).

En Occidente el rechazo del cuerpo no fue tan radical como en Oriente. En la


tradición monástica de Occidente el trabajo manual ocupa un lugar
destacado. El programa de san Benito es "Ora et labora" (rezar y trabajar).
Por eso los monjes de Occidente tuvieron un papel importante en el
desarrollo económico - no ocurrió lo mismo en Oriente, que se volvió menos
desarrollado.

El Occidente también se benefició de la ayuda en la atención a las


necesidades del pueblo por parte de los religiosos y, sobre todo, de las
religiosas. En Oriente no se permitió a las mujeres tener tanta
independencia y fueron confinadas a las tareas domésticas. De ahí la
ausencia casi total de obras de caridad. En la Edad Media hubo una
explosión de fundaciones para ayudar a los pobres, los enfermos, los
huérfanos, las viudas, los peregrinos, las víctimas de los cataclismos
naturales. Aún así, todavía era visible en el ámbito de la vida religiosa la
desconfianza hacia el cuerpo, que, sin embargo, se mostraba tan dedicado a
la práctica del amor al prójimo. No se puede amar al prójimo solamente con
el espíritu. Sin el cuerpo no se le puede prestar ninguna ayuda. No se puede
dar más vida a no ser con medios corporales.
En el siglo XX, en Occidente, hubo un proceso de cambio cultural que llevó a
una rehabilitación del cuerpo. En muchos casos ese movimiento puede
haber llevado a excesos que deformaron el mismo cuerpo o lo idealizaron a
tal punto que lo apartaron de las tareas propias de la vida humana. El
cuerpo se apartó entonces de su misión de amor en la práctica, y se
convirtió en finalidad en sí mismo. De cualquier modo la reacción fue
saludable, no teniendo nada en contrario a la espiritualidad cristiana. El
pecado no está en el cuerpo, sino en el uso inadecuado que la persona hace
de él. Se puede usar el cuerpo para dar vida o para matar.

Amar es hacer lo que realmente va a generar más vida en los pobres. No es


hacer cualquier cosa. Hay muchas falsificaciones de la caridad. Lo que Jesús
decía: "no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mt 6,3) es de
plena actualidad. Hay una manera de dar que es la mejor forma de
publicidad. Los fariseos ya sabían eso, y el comercio de hoy también. Hay
donaciones que sirven para hacer publicidad. Se puede dar cualquier cosa,
sin preguntar cuál es la necesidad de quien recibe - hasta objetos que no
responden a ninguna necesidad. Esas donaciones consiguen lo que quieren:
publicidad. En ese caso, no se establece ninguna relación de amistad entre
la persona que da y la que recibe. Hay casos en que la donación tiene
retorno - por ejemplo, los candidatos que compran votos de electores
dándoles camisetas, un colchón, algunos ladrillos, un aparato de TV... El don
es apenas una compra, una operación comercial. No hay en eso ningún
amor. Se puede dar también para crear o alimentar la fama de
"bienhechor". Se puede dar por miedo: dar a los pobres para que no vengan
a robar, para que no adhieran a un partido revolucionario. Se puede dar
para verse libre de los mendigos y del castigo. Se puede dar un poco para no
verse obligado a dar mucho. Se puede dar por costumbre o por rutina -
dentro de lo que prevé el reglamento del convento o de la empresa.

Dar sin que haya una implicación personal no llega a ser amor. Es dar por
necesidad, porque no se puede evitar el dar. Si lo que se da fuera algo
superfluo, si no fuera un repartir, tenderá a humillar, salvo en casos de
extrema urgencia. El repartir es abrir al diálogo, es colocar al otro en pie de
igualdad. De la misma manera, participar de la actividad de los pobres es
abrir el camino del diálogo. Es un acto que promueve, prestigia al pobre y le
inspira más confianza en sí mismo.

Como dice muy bien la Hermana Emmanuelle (35) — que trabajó durante 20
años en las favelas del Cairo -, lo más necesario para los pobres es el
respeto. Ellos aspiran a ser tratados como personas. Por eso, la base de todo
hacer que sea amor es tratar a los otros como personas, manifestarles el
respeto debido como a un hijo o a una hija de Dios.

¿Y hoy, qué hacer? ¡Esa es la cuestión! El problema es qué hacer hoy en la


sociedad y en el momento histórico en que vivimos. Tal vez más que nunca
el mundo nos da la impresión de estar cerrado a cualquier tipo de acción
porque la arrogancia de las potencias mundiales alcanzó tal nivel, quizás
solamente comparable al del Imperio romano antiguo. Los norteamericanos
de hoy, por ejemplo, gustan compararse con el Imperio romano. La
comparación no deja de tener puntos de aproximación, al menos en lo que
se refiere a la arrogancia de sus élites. Pero la esperanza nos garantiza que
siempre es posible "hacer" algo.

Antes de entrar en el asunto, vamos a estudiar la siguiente pregunta: ¿quién


va a "hacer"? ¿Quién va a amar? ¿Quién va a tener compasión? ¿Quién va a
tener indignación? Si Dios envió a su Hijo al mundo, es porque en él todavía
hay amor. Es difícil encontrar personas que sean únicamente egoísmo, en
quienes no haya nada de amor. La historia muestra la existencia de las más
diferentes proporciones de amor. En la actualidad, el amor existente en el
mundo es muy tenue. ¿Si hubiese un amor consistente, habría tanta miseria
como la que hay?

El amor de Dios es don para todos, pero hay diversidad en su recepción. El


Reino de Dios es la llegada del amor. Sin embargo, muchos no se interesan
por él, están distraídos, viven con el mínimo empleo de las fuerzas de que
disponen, hacen solamente lo indispensable para sobrevivir. El amor
requiere el empleo de mucha energía.
El amor es don de Dios. Con Jesús llega a un nivel ideal, estimulando y
suscitando vocaciones especiales. En las antiguas civilizaciones los pobres se
encontraban abandonados - y, en muchas regiones del mundo, eso sigue
hasta hoy - la religión no lleva a mirar hacia el otro, en especial a los pobres.
Se mira solamente hacia Dios, que es una proyección de las propias
necesidades y deseos.

El amor no se presenta espontáneamente, necesita de personas que lo


anuncien. El amor es don de Dios, pero es también efecto de un paciente
trabajo humano.

Homilia de un funeral por una mujer anciana

Afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de las cosas


más dolorosas que uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una
desazón interior y un desasosiego indescriptible ya que se nos priva de
volver a estar junto a esa persona tan querida. Recordemos que también la
Santísima Virgen María lloró por el terrible sufrimiento causado por la cruel
crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también, volvamos a
pasar por nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó
el dolor y el sufrimiento que lleva aneja nuestra condición de criaturas.

Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la
podrá arrebatar: que resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el
funeral de nuestra hermana Esther y todos nos unimos en la oración por ella
y la echaremos de menos.

Lo que nos sucede a nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al
terruño, llegando incluso a considerar que no hay más que lo que vemos,
oímos, palpamos, gustamos y olemos. Craso error ya que a lo largo de toda
la historia de salvación y de manera constante Dios se nos ha ido
manifestando en múltiples ocasiones y de variadas formas, llegando a
manifestar de un modo totalmente culminante y supremo en su único Hijo
Jesucristo. Que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros
nos hizo el gran regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y
en el madero de la cruz se realizó la salvación, brotó el manantial de la
salvación. Y no nos olvidemos que Jesucristo resucitó de entre los muertos,
que durante cuarenta días se estuvo manifestando vivo en numerosas
apariciones, que después ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos hace
llegar la salvación por medio de los sacramentos que administra la Iglesia
Católica. Llegando incluso a quedarse entre nosotros en la Eucaristía y
poniendo como ‘su tienda de campaña’ entre nosotros de manera
permanente en el Sagrario. Es muy importante no olvidarnos de todo esto.

Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las
plantas de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre
las raíces llevan consigo tierra del lugar donde estaba bien arraigada.
Nosotros los cristianos tendríamos que tener arraigadas nuestras raíces en
el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en Cristo Eucaristía.
Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión
frecuente es tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos
constantemente. Nuestra vida cristiana tiene que estar oxigenada para que
cuando Dios nos llame ante su presencia nos podamos personar ante Él lo
mejor y antes posible.

Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana Esther y ella se está
dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la
presencia divina hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado.
Y es aquí donde entramos nosotros. Todas las oraciones que realicemos por
ella serán una importante ayuda para conseguir el fin: estar gozando de la
dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el descanso eterno…
y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz.
las víctimas accidente aéreo

20:08
Homilía dra mellado. Agost 7.
Hago presentes las condolencias , sentimientos de cercanía, de plegaria y de apoyo en estos
momentos de todas las personas que los acaompañan en esta celebración. Que el Señor les
conceda fortaleza, consuelo y esperanza".
No es fácil decir una palabra que pretenda dar sentido a lo vivido, cuando uno se
ha rendido ya a la tragedia, y sabe que no puede buscar comprender lo que no tiene sentido.
No es posible comprender. Sólo es posible, si uno tiene o le quedan fuerzas, acoger y
aceptar, para musitar una plegaria, para que la vida siga adelante, para seguir ayudando a
los que quedan, y poner el brazo para que se apoyen otros y para que uno experimente que
la propia vida sigue sirviendo para alguien.
Pero cuando no es posible comprender, cuando el dolor es tan crecido que sólo
queda acoger y aceptar para seguir viviendo, entonces la presencia cercana y el silencio son
más elocuentes que el ruido de los discursos. Y en realidad eso estamos tratando de hacer
todos en este momento.
Las palabras más amargas para quejarse a Dios no han aparecido en los
periódicos de boca de agnósticos o ateos. Hace muchos siglos que están escritas en la Biblia.
Brotaron y siguen brotando de corazones creyentes que se han situado ante el Padre Dios
como eran, humanos heridos por la desgracia y la tragedia. Han gritado y han llorado, han
maldecido y se han quejado amargamente. Y al fin han comprendido que Dios estaba con
ellos, gritando también para que los hombres no nos hiciéramos daño unos a otros, y
llorando también en silencio para que sintiéramos su cercanía junto a nosotros.
¿Dónde estaba Dios el viernres? ¿Dónde estaba Dios cuando Cristo muere en
la Cruz en el Gólgota? Siempre junto al que sufre, siempre junto al que experimenta la
soledad y el abandono. Nuestras asambleas cristianas están presididas siempre por una
Cruz, la Cruz de Cristo. ¿Por qué? Si Cristo ha resucitado ¿por qué nos preside su imagen de
crucificado? Porque no debemos olvidar su Amor. Para que la victoria del Resucitado no nos
oculte que el Amor le llevó a estar siempre con nosotros en el peor dolor, y a vivir como
nosotros y con nosotros nuestros peores momentos.
Estamos tan acostumbrados a ver la cruz, a trazarla sobre nosotros mismos al
santiguarnos, que quizás no nos detenemos a contemplarla como lo que es: un instrumento
de bárbaro suplicio, el gran signo de la crueldad humana, el gran signo del horror de todas
nuestras tragedias: ¿qué ha hecho este hombre? pregunta uno de los ladrones que
acompaña a Jesús en el monte de la Calavera. Sí, ¿qué ha hecho esta hermana nuestra? Es la
pregunta que se han hecho muchos estos días: ¿qué ha hecho la víctima de este horror para
tener esa muerte? Jesús es el hombre justo, que no ha hecho nada malo, sino que carga
sobre sí todos los males y todos los pecados.
La cruz es el gran signo del horror, y el gran signo del amor de Dios. Todo está
cumplido, oímos decir a Jesús antes de expirar. ¿Qué has cumplido, Jesús? Has cumplido el
encargo del Padre de manifestarnos su amor con tu amor, su cercanía con tu cercanía. Has
cumplido el encargo de vivir todo lo nuestro, de vivir nuestra debilidad y nuestra alegría; has
cumplido el encargo de vivir el horror de nuestra muerte, y no meramente de una muerte
cualquiera, sino el horror de la muerte del abandonado, condenado, despreciado y
asesinado.
Cristo ha hecho suyo todo lo nuestro. Ha vivido nuestra alegría y nuestra
admiración y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello que existe. Ha vivido el calor de la
amistad, el amor de la familia, la alegría de los novios el día de su boda. Ha vivido el dolor de
la muerte del amigo, y ha sentido el dolor de la viuda que pierde también al hijo joven. Y ha
vivido nuestra soledad, y el abandono y hasta la traición de los más cercanos, y la amargura
del desprecio, de la burla; y el dolor profundo y agudo de la condena injusta y de la violencia
despiadada del tormento. Cristo ha hecho suyo todo lo nuestro, para que nosotros podamos
hacer nuestra su paz, su fuerza, su gozo, su Vida.
Ese es precisamente el mensaje, lo que Dios ha hecho y hace con nosotros, lo
que no deja de hacer nunca. Con el silencio o con la Palabra, está junto a nosotros y hace
brotar y fortalece con su gracia nuestra esperanza. Esa es la experiencia de Pablo en medio
de enormes pruebas: Nada, nada, nada, ni la muerte, podrá apartarnos del Amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. La manifestación de su amor se ha hecho la
máxima cercanía en la Cruz. Sí, Jesús, has cumplido el encargo. Te has puesto de nuestra
parte, te sentimos de nuestro lado. Tú, Cristo, eres el verdadero pastor que conoce también
el camino que pasa por el valle de la muerte; el que incluso por el camino de la última
soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él
mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto
para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso
abierto.” Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara
y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 22,4), será siempre la nueva «
esperanza » que brota en la vida de los creyentes (SS 6).
También ahora está con nosotros. También ahora habla a su Madre María,
y nos la entrega como Madre, y nos entrega a nosotros a sus cuidados. Hoy somos todos
nosotros el discípulo al pie de la cruz, viviendo la muerte de nuestros seres queridos, y
acompañando a tantas madres y padres que han perdido a sus hijos, y a tantos hermanos
que han perdido a sus hermanos. Necesitamos escuchar la voz de Cristo: ¡Hijos! Ahí tienen a
su Madre. ¡Mujer! Ahí tienes a tus hijos. María sabe de dolor, sabe de silencio, sabe de queja
contenida_ y sabe de amor, de ese amor que quita la soledad porque es consuelo y cercanía;
María sabe de esperanza.
Padre, ponemos en tus manos la vida de nuestro hermana. Sabemos que tú la
hiciste a ella, como a nosotros, frágil y débil. Ten misericordia. Ponemos en tus manos de
Padre la vida de nuestros seres queridos; son las tuyas, las mejores manos; guárdalos tú para
el encuentro final. Por tu Hijo Jesucristo, nuestro Buen Pastor, ten misericordia también de
nosotros. Danos fortaleza para que podamos seguir ayudándonos unos a otros. María,
Madre del Crucificado, Madre del Señor Resucitado, Madre nuestra, ruega a tu Hijo por
nosotros, abre nuestros corazones a la luz de la esperanza.
Msma de gloria
Afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de las cosas más dolorosas que
uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una desazón interior y un desasosiego
indescriptible ya que se nos priva de volver a estar junto a esa persona tan querida.
Recordemos que también la Santísima Virgen María lloró por el terrible sufrimiento causado
por la cruel crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también, volvamos a pasar por
nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó el dolor y el sufrimiento
que lleva aneja nuestra condición de criaturas.
Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la podrá
arrebatar: que resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el funeral de nuestra
hermana ………. y todos nos unimos en la oración por ella y la echaremos de menos. Lo que
nos sucede a nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al terruño, llegando
incluso a considerar que no hay más que lo que vemos, oímos, palpamos, gustamos y
olemos. Craso error ya que a lo largo de toda la historia de salvación y de manera constante
Dios se nos ha ido manifestando en múltiples ocasiones y de variadas formas, llegando a
manifestar de un modo totalmente culminante y supremo en su único Hijo Jesucristo.
Que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros nos
hizo el gran regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y en el madero de la
cruz se realizó la salvación, brotó el manantial de la salvación. Y no nos olvidemos que
Jesucristo resucitó de entre los muertos, que durante cuarenta días se estuvo manifestando
vivo en numerosas apariciones, que después ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos
hace llegar la salvación por medio de los sacramentos que administra la Iglesia Católica.
Llegando incluso a quedarse entre nosotros en la Eucaristía y poniendo como ‘su tienda de
campaña’ entre nosotros de manera permanente en el Sagrario. Es muy importante no
olvidarnos de todo esto.
Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las
plantas de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre las raíces llevan
consigo tierra del lugar donde estaba bien arraigada. Nosotros los cristianos tendríamos que
tener arraigadas nuestras raíces en el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en
Cristo Eucaristía. Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión
frecuente es tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos constantemente.
Nuestra vida cristiana tiene que estar oxigenada para que cuando Dios nos llame ante su
presencia nos podamos personar ante Él lo mejor y antes posible.
Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana {{……. Y ella se
está dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la presencia
divina hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado. Y es aquí donde entramos
nosotros. Todas las oraciones que realicemos por ella serán una importante ayuda para
conseguir el fin: estar gozando de la dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el
descanso eterno… y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz.
Agosto 31.
Exequias
En el evangelio según San Juan, Jesús les dice a los discípulos: “Para ir a
donde voy, ustedes saben el camino.” Y Santo Tomás le dice a Jesús: “Señor, no
sabemos dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?" Y Jesús le responde:
"Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí."
Con estas palabras Tomas expresa su incertidumbre. Es el mismo reparo
que sentimos a menudo todos los humanos al llegar la muerte. Nos preguntamos
¿Porqué tenemos que morir? ¿Cómo podemos hacer frente a esta tragedia? Es
natural sentir dolor por la muerte de un ser querido. Sin embargo, como
Cristianos, sentimos, a la vez, una esperanza firme de que la muerte es el
comienzo de una separación más a menos larga. Reconocemos que tarde o
temprano nosotros también sentiremos la llegada de la muerte. Sabemos que la
vida humana es demasiado valiosa para que desaparezcamos sin dejar rastro. De
esto estamos muy conscientes cuando se trata de la muerte de alguien a quien
amamos. Nos acordamos de ellos a menudo y cada vez que lo hacemos
perpetuamos su memoria entre nosotros. Siguen viviendo en nuestra memoria.
Pero también hay otro aspecto de la muerte que debemos recordar.
Nosotros, como cristianos, creemos que la muerte no es término sino tránsito:
no es ruptura, sino transformación. Creemos además que, cuando llega la hora
de la muerte, cuando nuestra existencia temporal Llega al limite extremo de sus
posibilidades, en ese limite se encuentra no el vacío de la nada, sino las manos
misericordiosas del Dios vivo, que nos acoge y convierte esa muerte en semilla
de nuestra resurrección.
La muerte es ciertamente la mayor crisis que podemos vivir. Lo sentimos
mucho más porque reconocemos que algún día nosotros también tenemos que
morir. La muerte nos arranca forzosamente todo nuestro ser y todo nuestro
haber. Es además una crisis irremediable a la que no podemos responder. Nos
quita la palabra: es muda y nos hace mudos. Solo nuestra fe en Dios puede
responder a esa incertidumbre nuestra sobre la muerte. Nuestro Padre celestial
siempre es nuestro mejor amigo y aliado. Por eso, en estos momentos tan
tristes, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo(a) N. A la
hora de morir, Dios esta ahí con el(ella) para acogerlo(a) y dar su respuesta a la
muerte que es la vida y la resurrección.
Exequias sep.16.
En su Segunda Carta a su amigo Timoteo, San Pablo le dice a él y, a
través de los siglos a nosotros también, que: "Estas palabras de esperanza
son muy acertadas. Si hemos muerto con Cristo, con él también viviremos."
Pablo no nos dice que no debemos sentir tristeza cuando un ser querido
muere. Sin embargo nos advierte que nuestra tristeza no debe ser
desesperada. En un plazo más o menos próximo, esta separación dolorosa
terminará y nos reencontraremos.
Como Cristo, el cristiano no muere para quedar muerto, sino para
resucitar: no entrega su vida en balde, se la devuelve a su Creador. En la
muerte los cristianos alcanzamos nuestra plenitud de ser y de sentido que
es la vida verdadera, la vida eterna. Debemos recordar que no hay dos
vidas, esta y la otra. Lo que se suele llamar "la otra vida" no lo es. En
realidad es la continuación de la vida en toda su plenitud. La vida que
comenzó con el bautismo en la fe y que ahora se consuma en la comunión
inmediata con nuestro Padre.
Hermanas y hermanos, estamos reunidos aquí para orar por
nuestro(a) hermano(a) N. La separación que la muerte representa no
significa que N. queda fuera del alcance de nuestro amor. Nuestro amor le
llega en forma de oración, en la medida en que lo necesita. Es toda la Iglesia
la que ahora se une a nosotros en la oración por su hijo(a) N. que en este
momento critico comparece ante Dios. Pero no comparece en solitario.
Nosotros estamos con N., la Iglesia entera esta con él(ella) y
evoca para él(ella) las palabras consoladoras de Nuestro Señor: "No se
turben: ustedes creen en Dios, crean también en mí... volveré y los llevaré
junto a mí, para que, donde yo estoy, estén también ustedes. Para ir a
donde voy, ustedes saben el camino.”
Septiembre 16.Exequias
Este es un día muy doloroso para la familia y los amigos y compañeros de N. El dolor,
la enfermedad y, sobre todo, la muerte nos ponen ante situaciones de la vida que nos hacen
preguntarnos muchas preguntas que llegan al fondo de nosotros mismos. Supongo que es
que todos amamos tanto la vida y somos muy vitalistas, que incluso cuando alguna
enfermedad, algún accidente, pone en peligro la vida las preguntas nos llegan muy dentro. Y
estas preguntas son mucho más serias cuando experimentamos una muerte en la familia o
entre nuestros amigos o conocidos. Dudamos. Y a veces hasta nos preguntamos. ¿Cómo
es posible tanto dolor? ¿Será que Dios se ha olvidado de nosotros? ¿Será que ya no nos
quiere? ¿Será que nos castiga? Y es que la muerte siempre hace que tengamos que
escoger, de decir sí o no, a nuestra fe.
Ahora estamos aquí como creyentes, es decir, desde nuestra fe nos enfrentamos la
realidad de la muerte. Y ¿qué hacemos aquí, como creyentes? Además de recordar a N. – su
vida entre nosotros y su manera de vivir, sobre todo recordamos otro nombre y otra muerte,
el nombre y la muerte de Jesús. Y le damos gracias a Dios porque la muerte de Nuestro
Señor no fue inútil, sino que nos trae para nosotros la salvación. Y junto al nombre y la
muerte de Jesús ponemos hoy el nombre de N. – y también otros nombres y otras muertes
de nuestros seres queridos - y confesamos y creemos que tampoco esas muertes han sido
inútiles o sin sentido. Estas muertes, unidas a la de Jesús, son también principio de salvación
y vida.
Por eso los Cristianos hacemos de esta reunión una celebración; no celebramos el
poder de la muerte, que nos asusta. No celebramos que nuestra vida esta siempre llena de
muerte o amenazada por la muerte. Celebramos otra cosa bien distinta: que nuestra
muerte esta llena de vida al unirse a la muerte de Jesús. En medio del dolor lo que de
verdad celebramos no es la muerte, sino la resurrección. La resurrección de Jesús. Pero no
sólo ella. Celebramos también la resurrección de N, la de aquellos difuntos nuestros que
siempre recordamos en nuestras oraciones, y, claro está, nuestra propia resurrección. Así
que delante de la muerte, recordemos a la resurrección y alegrémonos por ella.
Cuando celebramos la Santa Misa, después de la consagración, decimos: "Anunciamos
tu muerte. Proclamamos tu resurrección. Ven Señor Jesús". Y este es el gran anuncio que
hoy nos da la fe. Cristo mismo nos dice: no se asusten, no tenga miedo. La muerte no es el
final de la vida. Cristo Jesús nos espera a todos para darnos la recompensa que merecemos.
Para los que creemos en el Señor, la vida no se nos quita, se nos cambia. Se nos
cambia por otra mejor y definitiva. Ya no será una vida amenazada por la muerte, ni por el
dolor. Por eso para los creyentes la muerte de un ser querido es, sobre todo, un recuerdo de
nuestra propia de resurrección. Claro está, tenemos muy claro siempre lo doloroso que
puede ser la vida y la aceptamos con valor y sacrificio.
Así que cuando recordamos a N en nuestras oraciones, juntemos su nombre al
nombre de Jesús, recordemos la resurrección que es nuestro destino y así puede ser que
entendamos un poco mejor el sentido de la muerte en nuestra vida. En este día tan triste
para nosotros, confesemos y celebremos la resurrección de Jesús, que es confesar y celebrar
nuestra propia resurrección.
Homilía funeral sra ana Tulia bocanegra,
"No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios. Creed también en mi".
La fe en Dios, la fe en Jesucristo nos congrega hoy aquí para celebrar esta Eucaristía
por la señra ana Tulia . Dios la creó un día para la vida eterna. Que El la acoja ahora en
su seno para siempre.
Queridos familiares de la señora ana Tulia,profesora rosa Tulia, queridos hermanos y
hermanas: Nos hemos reunido aquí esta tarde para celebrar una "Eucaristía ", es
decir, literalmente una "acción de gracias". Pero, gracias ¿por qué? ¿Es que se puede
celebrar algo cuando se nos muere un familiar entrañable, un compañero, un amigo
¿¿Qué sentido pueden tener estos encuentros que celebramos los creyentes y donde
nos congregamos hombres y mujeres de sensibilidad religiosa muy diferente,
convocados todos por la muerte de un ser querido? ¿Qué puede ser esta Eucaristía?

1. Una despedida y un recuerdo. Ciertamente, este encuentro es una despedida. No


una despedida cualquiera, sino la última. Porque ya no podremos tener junto a
nosotros a nuestra hermana ana Tulia., sus familiares , sus hijos y sus amigos sentiran
como nadie su vacío. Ya no podran esperar su regreso pues no volverá junto a
vosotros. se nos ha muerto. Y cuando un ser querido se nos muere, algo nuestro
muere dentro de nosotros, una parte de nuestra vida.

2. Despedida y recuerdo agradecido. Mientras caminamos por la vida, cogidos por las
ocupaciones e inquietudes de cada día, no sabemos muchas veces apreciar lo que
vamos recibiendo de los demás. No sabemos agradecer debidamente su presencia, la
amistad, la compañía, la riqueza que esa persona significa para nosotros. Sin duda, sus
hermanos y familiares, los amigos los amigos que la han tratado más de cerca
recordáran en estos momentos encuentros, experiencias, gestos muy concretos que
agradecen de corazón a nuestra hermana-
Y sin duda, las gentes entre las que nuestra hermana ana Tulia convivió, esos
hombres y mujeres a los que entregó su vida, agradecen hoy su servicio, su trabajo, su
carácter ,su desgaste y su entrega.

Yo también quiero agradecerle aquí, en nombre de la comunidad parroquial por su


vida .Es bueno, cuando termina una vida, reunirnos para recoger y expresar nuestro
agradecimiento y, si somos creyentes, elevar nuestra acción de gracias a Dios porque
un día quiso crear a nuestra hermana ana Tulia y presentar nuestra acción de gracias
por lo que ha sido su vida, su trabajo, su familia.
3. Una despedida esperanzada. Este celebración es, sobre todo, un encuentro de fe,
una oración confiada y esperanzada a Dios. Queridos amigos, la vida debería ser
diferente. Más hermosa, más feliz, más gozosa, más larga como la de nuestra
hermana, más vida... En el fondo, todos llevamos en lo más hondo de nuestro ser el
anhelo de una vida dichosa, feliz, eterna... ¿Por qué hay que morir?
Queridos amigos, los cristianos creemos que la vida de cada hombre y cada mujer, la
vida de todos y cada uno de nosotros es un misterio infinitamente valioso, que no se
pierde para siempre en la muerte.

La Vida es mucho más que esta vida. La vida de nuestra hermana ana tulia es mucho
más que esos 100 años de alegrías y penas, de luchas y trabajos, que han transcurrido
entre su nacimiento y su muerte.
Hemos escuchado las palabras de Jesús. "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios.
Creed también en mí.

Todos tenemos un lugar preparado por Cristo resucitado en el corazón de Dios. Todos.
Los que viven confiando en Dios y los que viven olvidados de El. "Creed en Dios". Esta
es la invitación de Jesús. Yo sé que a muchos hombres y mujeres no se les hace fácil
hoy creer en Dios. En esta época hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos
hecho más escépticos, pero también más frágiles y menos consistentes.. No es fácil
creer, pero es difícil no creer.

Queridos amigos, si en esta celebración de hoy sentimos que nuestra fe es débil y


vacilante, que está apagada, que ya no acertamos a creer, que no nos sale invocar a
Dios, siempre podemos ser sinceros en lo hondo de nuestro corazón y abrirnos al
Misterio de Dios desde nuestra pequeñez. El hombre, la mujer que desde el fondo de
su ser desea creer, ante Dios es ya creyente.

En el fondo último de la vida, en lo más hondo de la existencia, hay Alguien que nos
entiende y nos acepta a todos como nadie nos puede entender y aceptar. Un Dios
Padre que nos acoge y ama como ninguno de nosotros lo podemos hacer.
Por eso, en esta Eucaristía vamos a invocar a Dios. Vamos a decir, cada uno a su
manera, por dentro, algo como esto: "ana Tulia te seguimos queriendo pero ya no
sabemos cómo encontramos contigo y qué hacer por ti. Te confiamos al amor de Dios.
Ese amor infinito es para ti hoy un lugar más seguro que todo lo que nosotros te
podemos ofrecer". Descansa en Dios.
Miércoles 14 sept. Dif. 1.
Teresa de Lisieux poco antes de morir decía: “No muero, entro en la vida”.

Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida.


Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa
vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no
muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (G. Marcel). Eso
es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos.
Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina
(Juan 6,37-40).

Cuando se está convencido de que “la vida no termina sino que se transforma”, como
dice el prefacio de difuntos, uno no tiene miedo a dejar la vida. Puede incluso
entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11).
Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos
engaña. Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo
de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y
experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.

Incluso el mismo Job que se pasa la vida debatiéndose con Dios, experimentando ya la
muerte en vida, eleva su protesta porque está convencido de que su estado de miseria
no puede ser la última palabra de Dios sobre él. Si así fuera sería un Dios irreconocible.
Por eso desde su postración hace una profesión de fe en la vida con Dios (Job 19,1.23-
27). “Sé que mi redentor está vivo”. Pues mientras hay vida hay esperanza. Si mi
redentor está vivo, no dejará que yo me hunda en la muerte. El redentor es la persona
de la familia que tiene que responder por ella, que tiene que salvarla y liberarla. Cristo
nuestro Redentor ha respondido por todos nosotros. Ha respondido con su vida. Por
eso nosotros podemos vivir con esperanza. Nuestra vida ha sido ya rescatada de la
tumba.

Al celebrar la eucaristía, memorial de la salvación, celebremos esa salvación en la que


ya han entrado nuestros seres queridos difuntos. La oración nos permite relacionarnos
con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho
más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del
espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra
existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante
el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.
Difuntios.- sep 14 2.
1. En virtud de la “comunión de los santos”, la Iglesia encomienda los difuntos a la
misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio de
la Misa.Hoy nos hemos reunido para rezar y ofrecer la Santa Misa por el eterno
descanso de ………La fe nos ilumina sobre el sentido de la muerte. La muerte se nos
presenta, desde la fe, no como una ruptura o disolución, sino más bien como premio y
corona de la existencia terrena cuando ha estado sellada por la gracia de Dios.
En la muerte, el Señor viene a nuestro encuentro.Para la tradición
cristiana la muerte es el dies natalis, el día del verdadero nacimiento. El día del
nacimiento a Dios, para contemplar el rostro del Padre en unión con el Hijo en el
vínculo del Espíritu Santo. Santa Teresita decía: “Yo no muero, entro en la vida”. La
liturgia lo expresa espléndidamente: “La vida de los que en tí creemos Señor, no
termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una
mansión eterna en el cielo” (Prefacio de difuntos).
3. La primera lectura, del libro de la Sabiduría (Sab. 3,1-6.9), nos
trae una palabra de consuelo: “Las almas de los justos están en las manos de Dios”.
La muerte, según el libro de la Sabiduría, no es una desgracia irreparable. Es un
acontecimiento que debemos iluminar desde la cruz y la resurrección de Cristo.Si
vivimos en el amor y en la fe, aprenderemos a morir progresivamente cada día: a
morir al mundo, al pecado, a los deseos terrenos y a crecer en la luz de Dios. Entonces
la muerte es un itinerario hacia el Padre.
En esta página de la Escritura se da un contraste entre los sufrimientos
visibles de los justos: tormentos, desgracias, ruinas, castigos y su situación real: “están
en las manos de Dios, están en paz, su esperanza está colmada de inmortalidad, gozan
de grandes beneficios, son dignos de Dios, permanecen junto a Él en el amor”. Todos
los que se confían en el Señor y se abandonan en sus manos, aun viviendo pruebas y
oscuridades y aunque su suerte parezca una desgracia, no tienen nada de que temer.
4. El Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12a), es también el
Evangelio de la esperanza. A la luz de la página de las bienaventuranzas, nuestro
encuentro con Dios en la muerte será un confesar nuestra pobreza, confesar nuestra
incapacidad a vivir en esta tierra las bienaventuranzas, será un confiarnos a la
misericordia del Señor que nos dirá: “No temas, yo estoy contigo”.
Esta es nuestra gran esperanza para nosotros El Señor recibirá en su Reino
a aquellos que fueron detrás de Él con humildad y con amor, que creyeron en su amor
y en su Palabra. Él nos purificará de toda mancha y de todo pecado. Recemos con la
confiada certeza de las bienaventuranzas, junto a la Virgen, por Monseñor Casado
para que goce cuanto antes del esplendor luminoso del Reino y sea recibido en los
brazos misericordiosos del Padre.
TEXTOS: Apocalipsis 21, 1-7. Mateo 25, 31-46.
Queridos hermanos y hermanas:
Nos hemos reunido para recordar y para rezar por nuestro hermano N. La
muerte de personas que hemos conocido y hemos querido siempre nos
produce tristeza, porque comporta una separación. La Iglesia comparte este
dolor y estos sentimientos. Pero, también la Iglesia ante la muerte tiene una
actitud de una profunda esperanza. Está convencida por la Palabra de Dios
que la muerte no es un final, no es un ir a la nada, sino que es un paso a una
vida para siempre.
(El designio de Dios es la salvaciom La voluntad de Dios es salvar
a todos los hombres, llevarlos hacia una plenitud de vida y de salvación. Por
eso el Hijo de Dios se ha hecho hombre en la persona de Jesús de Nazaret. Y
Jesús ha pasado por el mundo haciendo el bien, dando vida. Incluso, dio su
propia vida, muriendo en la cruz para salvarnos a todos. Él dijo: "He venido
al mundo para dar vida en abundancia", " he venido a salvar, no a condenar
“. Dios, pues, sólo tiene un designio, una voluntad: la de salvar.
Acabamos de escuchar aquella palabra reconfortante de Dios:
"Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo". Sin embargo, puede parecer que
Dios tenga un segundo designio: el de la condena: "Apartaos de mí,
malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles".
Realmente, esta condena es una posibilidad porque somos personas libres
y, por tanto, nos podemos negar a amar, nos podernos negar a la vida, pero
Dios sólo quiere salvar, sólo quiere que vivamos, que seamos felices, en
plenitud.
Hemos visto en el libro del Apocalipsis que esta vida en el
más allá de la muerte, la describe como "un mundo nuevo", un mundo
totalmente diferente del mundo actual. "Vi un cielo nuevo y una tierra
nueva". En esta nueva situación "no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni
dolor. Porque el primer mundo ha pasado". Por tanto, el Apocalipsis nos
habla de un mundo -feliz, de aquella nueva situación de la humanidad que
todos deseamos y hemos soñado. Así pues, aquellos deseos más profundos
que existen en el corazón del hombre se realizarán. Éste es el designio de
Dios. Y esto es lo que deseamos y pedimos hoy para nuestro hermano N.
El evangelio nos ha dicho quiénes son los que entrarán
en este Reino de vida: Los que hayan amado, los que hayan hecho el bien:
"Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui
forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me
visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme". "Porque cada vez que lo hicisteis
con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis". Por tanto,
hermanos, el juicio de Dios será sólo sobre el amor a los demás. "Seremos
examinados sobre el amor', escribió san Juan de la Cruz.
El amor que es servicio y entrega a los demás es lo único
que permanece, que no se pierde, que traspasa el umbral de la muerte.
Incluso la experiencia de cada día nos lo confirma. Porque qué nos queda de
las personas que recordamos, con las que hemos vivido alguna vez,
estrechamente unidas en la vida y que ya han muerto, o bien están lejos de
nosotros ... Nos queda el amor que hemos recibido de ellas, el bien que nos
han hecho. "El amor no pasará nunca', dijo san Pablo.
Ahora nos uniremos en la oración por nuestro hermano N.
Pediremos a Dios, que como dice el salmo es bueno y compasivo, infinito en
su bondad y su misericordia, que tenga misericordia y perdón por nuestro
hermano; él fue humano y limitado, como todos nosotros. Él, pues, necesita
también del perdón y de la misericordia de Dios.
Pero sobre todo pidamos que todo lo bueno que ha hecho
en su vida, lo tenga en cuenta el Señor. Porque cada acto de amor, de
ayuda, de solidaridad hacia los hermanos, los hombres, especialmente los
más pequeños y necesitados, es como si hubiésemos ido sembrando en la
vida. Y todo lo bueno que hemos sembrado fructifica después de la muerte
en una vida para siempre.

iniciará la historia que ya nunca acabará.


DIFUNTO NOV 7.
4.- ¡CREO! ¿PASA ALGO?
¿Pero tú crees en la resurrección después de la muerte? ¡Por supuesto! ¡Lo creo y no pierdo
nada! Así de contundente, un sacerdote, contestaba en plena calle a una interpelación de un
periodista en plena calle.
1.- Los saduceos, que no creían en la resurrección, se mofaban de ella y por
añadido de los que profesaban esta creencia. Hoy, como entonces, también nos toca asistir
constantemente a encuestas que nos dicen que un alto porcentaje de católicos no creen en
la resurrección. A lo que, con el evangelio en la mano, habrá que responder: ni son católicos
ni son cristianos. ¿Por qué? Porque el cristianismo se sustenta en esa verdad fundamental: la
resurrección de Cristo y, con ella, la de cada uno de nosotros.
Ser testigos de esta verdad es una misión que, aunque resulte difícil, se
convierte en un signo de la fortaleza y vigorosidad de nuestra fe y, sobre todo, de nuestra
fidelidad a Jesús.Una vez celebrada la Festividad de Todos los Santos y de Todos los
Difuntos, se nos impone una reflexión:
-¿Valoramos y mantenemos vivo el recuerdo por nuestros difuntos?
-¿Tratamos con respeto sus restos? Resulta llamativo, por lo menos en algunos lugares,
cómo levantamos monumentos a mascotas y –en cambio- una vez incinerados los restos de
nuestros seres queridos los dispersamos por montes, mares o jardines. ¿Es correcto? ¿Dónde
queda entonces la memoria de nuestros difuntos? ¿Acaso nos estorban? ¿Tal vez nos
incomoda el visitarles una vez al año? Algo, en este sentido, tiene que cambiar y a mejor.
Somos semillas de esperanza pero, esas semillas, ¿no deben de ser tratadas con mimo y
depositadas en un lugar digno? Muy recientemente la Iglesia ha recordado como debe ser el
tratamiento de esas cenizas de nuestros seres queridos. Parece muy claro. ¿No?
2.- Como cristianos, y al igual que aquellos niños macabeos, esperamos en
Dios. Sabemos que, es mejor morir según Dios que atenazados por la frialdad y la
incredulidad del mundo. No acompaña el ambiente ni, mucho menos, las ideologías que
endiosan lo pragmático y ridiculizan hasta lo más santo.
Frente aquellos que sólo creen en lo que ven, nosotros –por la Palabra del Señor-
- y por su muerte y resurrección, creemos en lo que no vemos: ¡resucitaremos! Un profesor,
ante una pregunta de un alumno sobre este tema, le respondió: “mira; si hay algo es mucho
lo que gano…y si no hay nada (cosa que no creo) no perderé mucho menos que tú y, además,
habré vivido con esperanza”.

3.- Vale la pena, amigos, creer y fiarnos de las palabras del Señor. Vale la pena sufrir
calumnias y burlas, incomprensiones o sonrisas malévolas cuando sabemos que, después del
sufrimiento y de la prueba, han de quedaR en evidencia aquellos que vivieron sin Dios y, por
el contrario, hemos de disfrutar de una vida eterna con el Señor aquellos que creemos
profundamente en El. Y es que, al final, Dios es quien ríe el último y a pleno pulmón.
Nov 8 de 2016Difunto.DIOS DE VIVOS, LA DERROTA DE LA MUERTE
1.- Al final del tiempo la muerte será vencida. Será el último enemigo de Jesús en desaparecer. La
muerte es solo una circunstancia física. El espíritu no desaparece. Si Cristo fue la voz del Dios y el
rostro visible del Dios invisible, comunicó, asimismo, la permanencia del espíritu de los hombres al
afirmar que Dios lo era de vivos y no de muertos. Sus contemporáneos en el judaísmo no creían en
esa permanencia constante de lo espiritual y con la desaparición del cuerpo todo se acababa.
Algunos creían en la resurrección, pero no así los saduceos que solo contemplaban la relación con
Dios en la vida física.
- El primogénito entre los resucitados fue Jesús y toda la trayectoria de sus seguidores
cambio cuando lo vieron transformado. San Pablo alude a la Resurrección como elemento básico –
sine qua non—de nuestra fe. Hoy, tal vez, muchos de los creyentes de hoy se estén aproximando a
los saduceos bajo la idea de que niegan ese fenómeno transcendente y transcendental para incidir
más en una necesidad de acción social que niega el camino futuro del espíritu. Y esto es grave.
Defendemos la acción social fuerte de los cristianos a favor de los pobres, de los débiles, de los
marginados, pero en ningún caso podemos limitar la acción del cristianismo en su sentido de
portador de eternidad.
Será la oración constante la que nos acerque y nos familiarice con el mundo
espiritual. Insistimos en que son muy atractivas y elogiables esas vidas que se entregan al cuidado
de los demás, pero no pueden olvidar que es Dios quienes les da la fuerza para convertir su
esfuerzo en un camino sin final terrestre y que transcenderá por los siglos de los siglos. A veces
pensar en el mundo futuro produce vértigo. Incluso, nos sentimos cómodos en nuestra vida
terrena. Es como quien se acostumbra a su pequeña celda y desprecia el amplio campo. La celda
tiene su importancia, pero en la línea del horizonte está nuestra meta espiritual. Dios es un Dios de
vivos y reinará, un día, sobre vivos permanentes, perfectos y felices.
- Cuando se es joven, o se tiene buena salud, el fenómeno de la muerte parece algo
muy lejano. Tal vez, la desaparición de un ser querido nos acerca más a la muerte. Más adelante,
cuando los años pasan la mayor posibilidad de que se termine el tiempo de estancia en este mundo,
nos abrirá una mayor cercanía o familiaridad con ese hecho. Dicha familiaridad no tiene que ser
"cordial" e, incluso, tal cercanía puede estar rodeada de espanto. Si, además, se está lejos de
cualquier planteamiento trascendente, la muerte es como un final absoluto de terribles
consecuencias. Pero, si por el contrario, estamos cerca de Dios, comenzaríamos a entender que es
solo un paso hacia otro tipo de vida. Nadie sabe, con exactitud, como es el tránsito. Y por ello, ni
podemos condenar a la inquietud permanente a quienes no tienen fe, ni tampoco nosotros
podemos estar seguros de que los momentos del paso de la vida que conocemos a la otra que no
hemos visto todavía, vayan a ser fáciles.
- El Evangelio sitúa la gran esperanza que nos da Jesús respecto al mundo
futuro. Seremos como ángeles y es una promesa fehaciente que abre todo un camino de esperanza.
Y por ello, parece que nuestro comentario solo puede incidir en la aceptación de la muerte como un
tránsito hacia una vida mejor. A la postre será, como en muchas otras cosas nuestras, Cristo el
camino, la verdad y la vida. Y a partir de la Resurrección de Jesús se produce otra promesa:
moriremos pero resucitaremos. Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso
nos hará parecidos a los ángeles. La promesa del Señor está clara. Y ante ella la muerte no nos debe
asustar.
Difunta. Nov 22- Textos: Sabiduría 3,1-9
1. (La vida de los hombres no termina con la muerte) El hecho de la muerte se alza como un
muro lleno de interrogantes y de temor en el centro mismo del camino de la vida. Vamos
avanzando por nuestra existencia y, de repente, nos encontramos encarados con esta
muralla misteriosa que nos impide el paso. Y en su misma base dejamos los restos de
nuestro cuerpo. Los familiares, los amigos piadosamente los recogen y los entierran. ¿Todo
se ha terminado para nosotros? Este es uno de los interrogantes escritos en la muralla de la
muerte y que nos llena de angustia: ¿LA VIDA DE LOS HOMBRES SE TERMINA CON LA
MUERTE?
La Palabra de Dios que hemos leído NOS DICE QUE NO: "La gente
insensata—los que no tienen fe—pensaban que morirían—que todo se terminaba para
ellos—, consideraba su tránsito como una desgracia, su partida de entre nosotros—esto es,
el pasar de una a otra manera de vivir—como una destrucción. Pero ellos están en paz".
Parece como si esta muralla de la muerte fuera impenetrable, que no nos deja pasar al otro
lado, pero nuestra vida, aquello que constituye verdaderamente nuestra personalidad,
"probada como oro en crisol", libre de los obstáculos que nos imponían el tiempo y el
espacio, "resplandecerá como chispa que prende" y atravesará el muro. HEMOS PASADO AL
OTRO LADO. En este momento solemne se cumple lo que hemos oído en la lectura: "Los
que confien en el Señor conocerán la verdad, y los fieles permanecerán con él en el amor".

2. (Los que han muerto están en manos de Dios) Ahora encontramos también respuesta a
otro de los interrogantes de la muerte: ¿DONDE ESTAN NUESTROS DIFUNTOS? ¿QUIEN SE
PREOCUPA AHORA DE ELLOS? Desde la fe podemos decir: "La vida de los justos está en
manos de Dios" No tengamos miedo, ya que NUESTROS DIFUNTOS ESTAN EN BUENAS
MANOS, mucho mejores que las nuestras. Pues mientras vivían y estaban con nosotros, más
de una vez fueron victimas de nuestros defectos, de nuestras limitaciones, de nuestro
egoísmo y de nuestras injusticias. Ahora están en las manos de Dios: manos de padre que
acogen, que comprenden, que aman y por ello siempre están dispuestas a perdonar. Manos
de padre y de madre llenas de amor.
Las manos de Dios nos han dado la vida, se han juntado con las nuestras
y nos han conducido por los caminos de la existencia, nos han educado para la libertad, para
la responsabilidad, para el amor. Por ello nos han salvado, nos han liberado, y han hecho
que llegásemos a ser lo que somos: nosotros. Las manos de Dios se alargan también hacia
nosotros a la hora de la muerte y nos llevan al otro lado de la frontera, allí donde "ningún
tormento nos tocará", a la felicidad inmensa, al lugar del reposo, de la luz y de la paz, a la
inmortalidad. Nuestro hermano ha dado este paso definitivo. Ahora está con Dios.
ACOMPAÑEMOSLE CON NUESTRO RECUERDO Y CON NUESTRA PLEGARIA, unidos a
Jesucristo, nuestro hermano mayor, que ha muerto y ha resucitado y nos ha enseñado el
camino que conduce a nuestra casa, a la casa de Dios, a la casa del Padre y la Madre, a la
casa donde todos nos hemos de reunir para siempre.
Miércoles 23 nov. Difunta. : Romanos 14,7-12
1. (Toda la vida se presenta ante Dios)
A primera vista, parece como si san Pablo dijera que es igual vivir como morir, porque
dice: "SI VIVIMOS, VIVIMOS PARA EL SEÑOR; SI MORIMOS, MORIMOS PARA EL SEÑOR".
Entendida así, esta afirmación no nos acabaría de convencer. Todos los que estamos aquí
amamos la vida. La muerte se nos presenta como una cosa negativa, como el final de
nuestro camino en este mundo, un alejamiento de todo lo que nos rodea, una
imposibilidad de seguir realizando nuestros proyectos de futuro...
Pero situémonos en nuestra perspectiva, seguramente la que debería tener
san Pablo cuando hacia aquellas afirmaciones. Nosotros somos criaturas de Dios. No
podemos estar al margen de esta dependencia. Y a pesar de que muchos de nosotros
muchas veces no lo pensemos, la realidad es que DEPENDEMOS EN TODO DE DIOS y que
nuestra vida es
como un acto de culto a Dios. Por suerte, hay muchas personas que viven esta realidad
de una manera consciente. Cada día, cada hora, cada minuto, ofrecen a Dios todo lo que
hacen. Como el escritor que escribe cada día una hoja y, al llegar la noche la revisa,
corrige aquello que no le gusta y la deja preparada para su publicación Así hacemos
nosotros, acumulando cada día de nuestra vida todo lo bueno que hemos podido hacer.
Y al llegar la hora de la muerte, esta página, escrita cada día, se junta a las
otras: son las obras completas. LA MUERTE ES EL OFRECIMIENTO DE TODA LA VIDA,
ENTERA, DE GOLPE. Mientras vivíamos, la ofrecíamos minuto a minuto. A la hora de la
muerte, la ofrecemos toda entera. Desde esta óptica sí que son semejantes la vida y la
muerte. "Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida
y en la muerte
somos del Señor".
2. (Oremos por este hermano al Dios que salva) Nuestro hermano ha
llegado al término de su vida mortal. EL SEÑOR HABRA APRECIADO TODO LO BUENO
QUE HA IDO HACIENDO, EL DESIGNIO DE DIOS ES DE SALVACION. "Cristo murió y
resucitó" para indicar que también nosotros los creyentes, pasando por la muerte,
estamos llamados a la vida. Los méritos infinitos de Jesucristo y todo lo positivo que
habremos hecho mientras vivíamos nos darán acceso a la vida eterna. "Todos hemos de
comparecer ante el tribunal de Dios. Cada
uno dará cuenta a Dios de sí mismo".
Hermanos, yo os invito ahora a orar. Hacemos como de abogados
defensores en un juicio. Que nuestra plegaria sea un DECIRLE A DIOS QUE VALORE TODO
LO BUENO y positivo que ha hecho nuestro hermano mientras vivía y que,
misericordioso, no le tenga en cuenta todo lo que quizás por debilidad humana no pudo
controlar. Seguramente él mismo ya debía ir puliendo a tiempo todo aquello con lo que
no estaba de acuerdo. Confiemos reencontrarnos un día en la casa del Padre.
Difunta nov 28 -Textos: 1 Juan 3,14-16 - Mateo 5,1-12a
Hemos escuchado este ANUNCIO DE DICHA, DE FELICIDAD, DE VlDA (y diría que
incluso de triunfo) que pronunció Jesús en el inicio de su predicación. Y PUEDE PARECER
EXTRANO que lo hayamos leído con motivo de una celebración exequial, es decir, en esta
reunión de plegaria por la muerte de... Puede parecer extraño y sin duda lo es si lo miramos
desde un punto de vista puramente humano. Pero aquí nos hemos reunido como
cristianos, como creyentes en Jesucristo, en Aquel que pronunció estas extrañas palabras.
Por eso nos atrevemos a leerlas: porque creemos que su palabra es Palabra de Dios, es
decir, la verdad más profunda, la más real, más allá de la verdad aparente que suele
dominar en nuestro modo de pensar y de sentir de cada dia.
Y LA GRAN VERDAD QUE ANUNCIÓ CON FUERZA JESUS, EL HlJO DE DIOS, ES
ÉSTA: son dichosos, son felices, de ellos es el Reino de Dios, los que han vivido como pobres,
en la sencillez, quizá en el dolor. Los hijos de Dios —ahora y para siempre—, los que verán a
Dios y poseerán su herencia de paz y felicidad, son los que vivieron con hambre y sed de
justicia, los que supieron amar en su vida de cada día, los limpios de corazón, los que
comunicaron paz.
Y quizá en su vida aquí en la tierra todo esto no fue comprendido, no fue valorado
como se merecía. Quizá ni ellos mismos lo comprendieron. Pero si lo vivieron —y eso es lo
que, hermanos, importa al fin y al cabo— DIOS LES ACOGE COMO HIJOS SUYOS. Por eso dice
Jesús —lo acabamos de leer—: "estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa
será grande en el cielo". Una alegría y una recompensa que tienen ya plenamente los que
viven en total comunión con Dios en aquel país que llamamos "cielo", pero de lo que —de
algún modo— participamos ya ahora aquellos que compartimos su amor, su bondad, su
camino duro de cada dia. Su alegría y su dolor.
Por eso esta celebración nuestra, hoy, es de COMUNION. Comunión con un
camino que no ha terminado, que se ha transformado en dicha. Comunión con Dios y con
los hermanos que ya no viven entre nosotros. Pero su recuerdo seguirá vivo, ejemplar —
más allá de todo lo que hay de pecado o de deficiencia en cada hombre o mujer—; su
recuerdo podrá ayudarnos.
Hemos leído antes en primer lugar, unas palabras del apóstol Juan que resumen
nuestra fe cristiana. Esta fe que, de algún modo, hoy deberíamos reafirmar y renovar. Nos
decía san Juan que "el que no ama permanece en la muerte". O dicho al revés: el que ama,
vive para siempre. Esta es nuestra fe. Nos decía también: "nosotros hemos pasado de la
muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos". Esta debe ser—y pidámosio
hoy— la consecuencia de nuestra fe, para que sea fe de verdad, fe de vida. Y terminaba
diciendo: "EN ESTO HEMOS CONOCIDO EL AMOR: en que él —Jesús— dio su vida por
nosotros". Es lo que renovamos cada vez que celebramos la Eucaristía: nuestra fe en el
amor de Dios que nos enseña que "también nosotros debemos dar nuestra vida por los
hermanos". Que así sea.
Nov 30. H5.d.Textos: Mateo 25,1-13 1. (La hora de la verdad)
Aunque tengamos muy sabido que la muerte tiene que llegar también a la gente que
conocemos y amamos, y aunque incluso la enfermedad nos lo anuncie, hoy nos
encontramos aquí tristes y sorprendidos. Tristes porque conocíamos y apreciábamos y
amábamos a este hermano nuestro que se ha ido, y sorprendidos porque, por más que lo
sepamos, siempre nos parece que no puede ser, que no es posible que la vida de este
mundo llegue un momento en que termine.
Pero esta es la realidad, esta es la condición humana: llega un día en que la vida
de este mundo termina, y los hombres nos hallamos ante la hora de la verdad, el momento
definitivo de la existencia. Y hoy estamos aquí para decir adiós a este hermano nuestro que
llego a este momento definitivo, a esta hora de la verdad. El no se encuentra ya entre
nosotros, él está ahora ante Dios esperando que la bondad infinita del Padre le abra las
puertas de la vida eterna, de la esperanza eterna, del gozo eterno.
El se ha presentado ante Dios, ante el Padre, llevando en sus manos, como las
doncellas del evangelio, la lámpara encendida de su buena voluntad, la lámpara encendida
del bien que se haya esforzado en realizar en este mundo. Y nuestra confianza, la confianza
de los cristianos, es ésta: que Dios va a tomar esta luz, esta pequeña llama y la va a
convertir en la luz eterna del gozo, de la vida, de la paz. Por eso nos encontramos aquí Para
decirnos mutuamente que creemos en la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos
por este hermano nuestro, para que verdaderamente Dios lo acoja para siempre en su
Reino.
2. (A nosotros nos llegará también la hora de la verdad) Pero al mismo
tiempo, el hecho de encontrarnos diciendo adiós y orando por este hermano nuestro que
murió, es también una llamada, una invitación para la vida de cada uno de nosotros. Es una
llamada que nos recuerda que también a nosotros nos llegará un día esta hora de la
verdad. No sabemos cuando será, no podemos imaginarlo. Pero sabemos que llegará un
momento en que nuestra vida de aquí habrá terminado, y entonces deberemos tener las
lámparas encendidas, como aquellas doncellas que esperaban la llegada del esposo.
¡Y cómo valdrá la pena que en este momento, cuando lleguemos a este momento, nuestra
vida pueda aparecer como una claridad fuerte, viva, intensa! ¡Cómo valdrá la pena que en
esta hora de la verdad podamos darnos cuenta de que síi, de que hemos vivido la vida
profundamente, seriamente, valiosamente!
¡ Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que darnos cuenta de que solamente
nos hemos pasado la vida a base de ir tirando, sin tomarnos en serio nada que valiera la
pena, sin haber contribuido a la felicidad de los demás, sin haber procurado amar de veras!
Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lampara apagándose, que apenas
serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy lamentablemente. Y ante nuestro Padre
del cielo, y ante los demás hombres, y ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que
habíamos defraudado las esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los
demás hombres habían puesto en nosotros.

3. (Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante)


Por tanto, sintámonos hoy llamados, ante todo, a confiar. A confiar en
el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros, y que de modo
especial quiere a este hermano nuestro que ahora vamos a enterrar. El le
dio la fe, él lo acompañó en el camino de este mundo, él quiere recibirle
para siempre en el gozo de su Reino.
Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro
deseo y nuestra esperanza de que este hermano nuestro, liberado de
toda culpa, pueda entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre.
Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que
nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la
apertura, de la atención a los demás, porque solamente así habrá
merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros
mismos— haber vivido.
JOSEP LLIGADAS
Nov 30 h8.Textos: Marcos 15,33-39;16,1-6. 1. Estamos afectados y agobiados por la muerte
de nuestro familiar y amigo. (Pero, en esta hora de dolor, las palabras que hemos escuchado
nos sirven de iluminación y de consuelo, a pesar de que la enfermedad y la muerte están
siempre rodeadas de un gran misterio
2. (La muerte-resurrección de Jesús, nuestra imagen) Hemos escuchado el
núcleo de la pasión de san Marcos; relato extraordinariamente sobrio. Por un lado,
estamos ante una muerte que es el resultado de una larga oposición de Jesús a los poderes
religiosos y civiles de su tiempo, a los cuales se dirigió con un lenguaje profético, libre e
incómodo. Pero al mismo tiempo es la muerte del Mesías que ha querido hacerse "servidor"
y no "jefe", y que se entrega plenamente él mismo por amor. La muerte que estamos
contemplando es un don de Dios, es el momento culminante de toda la historia de la
salvación, de la liberación de los hombres. No nos pongamos, por tanto, ante esta escena
porque sí, o porque es bonita o consoladora, sino porque ESTE HECHO DE SUFRIMIENTO
MUERTE-RESURRECCION DE JESUS ES LO QUE DA SENTIDO a nuestro presente angustioso y
a nuestro futuro.
3. (Compenetración vida/muerte) A menudo este más allá, lo hemos mirado
como desconectado de la vida presente, como una etapa aislada. En cambio, en Jesús
encontramos las dos etapas perfectamente compenetradas. LA MUERTE NOS AYUDA A
DESCUBRIR LA SERIEDAD DE LA VIDA PRESENTE. Y el secreto no consiste tanto en saber qué
pasará en aquel último instante, sino en servir con fidelidad la historia de cada día, sin
excluir la posibilidad de una opción final. Dicho sencillamente: MORIREMOS TAL COMO
HABREMOS VIVIDO.
De ahí que tenga una gran importancia nuestra vida actual según el
evangelio: ahora es el momento de perdonar a los que nos han ofendido, de ser solidarios
en el trabajo y en el barrio, de atender a los hijos y educarlos, de escuchar la voz de Dios, de
reavivar el amor en el matrimonio, etc. La hora de nuestra conversión es la vida de cada día.
Las preocupaciones finales quizás no sirvan de nada. ermanos, con las palabras que hemos
escuchado habremos recibido consuelo y habremos descubierto mejor lo que hemos de
hacer. Pero con esta celebración cristiana también hemos querido despedir a nuestro
familiar difunto y hemos orado por él.
Con mucha más simplicidad que unos decenios atrás (muchos debéis de
recordar aún aquellos largos y complicados rituales funerarios), pero con la fe sincera en
nuestro corazón y una expresión colectiva. Así hemos querido ENCOMENDAR NUESTRO
FAMILIAR DIFUNTO A LA VOLUNTAD DE DIOS. Por último dejad que os advierta de un
aspecto importante de esta celebración: a pesar del dolor que se respira, creo que este
encuentro es una señal de NUESTRA ESPERANZA CRISTIANA. Reunidos aquí, seguimos la
recomendación de san Pedro a los primeros cristianos, y a los de todos lo tiempos: "que
sepamos dar una respuesta a aquellos que nos piden la razón de nuestra esperanza".
Precisamente lo que ahora estamos haciendo.
Diciembrew 9. Difunto
Texto: Juan 11,17-27
Las palabras que acabamos de escuchar, del evangelio de san Juan, pueden ser
una ayuda para nuestra reflexión cristiana. Permitid que, brevemente, diga algo sobre ellas.
En primer lugar vemos que JESUS HACE AQUELLO QUE TAMBIEN NOSOTROS HOY HEMOS
HECHO. Jesús sabe que su amigo Lázaro ha muerto y, aunque estaba lejos, acude a Betania,
la población del difunto.
Y —como dice la continuación del evangelio que hemos leído— se
conmueve y llora al ver el dolor de Marta y Maria, las hermanas de Lázaro. Podríamos decir
que esta participación en el dolor, este deseo de ayuda, de compañía, que significa nuestra
presencia hoy aquí, es algo plenamente compartido por Jesucristo. Y por eso los cristianos
creemos QUE TAMBIEN AHORA, QUE TAMBIEN AQUI, ESTA PRESENTE JESUS CONMOVIDO,
Jesús compadecido, Jesús que quiere acampañar y ayudar a todos aquellos a quienes más
ha afectado la muerte de N.N.
Y todos podemos pensar que nuestra presencia aquí, nuestra compañía
-y quizás ayuda- a quienes eran más próximos al difunto, es un hacer presente y palpable el
amor de Dios, la compasión de Jesucristo. En segundo lugar, las palabras que hemos leído
NOS ABREN A UNA PROMESA DE ESPERANZA. Quizá más difícil, menos palpable, pero no
por ello —creemos aquellos que nos fiamos de la palabra de Jesucristo-- menos real. Es la
gran esperanza de la resurrección. Es la gran esperanza de que la muerte no significa el fin.
Es la convicción —por más difícil que parezca de aceptar— de que Dios quiere para todos los
hombres una vida para siempre, una vida sin fin.
Este fue EL GRAN MENSAJE DE JESUCRISTO. Que Dios, nuestro Padre, nos
ama y por eso ya ahora podemos vivir -durante nuestro camino en la tierra- en comunión
con su amor. Que lo más importante no es pensar en ello sino vivirlo; es decir, vivir como
hijos de Dios, participando de su bondad, de su amor, cada día. Y que quienes así viven —
aunque como todos tengan sus pecados, sus defectos— no morirán para siempre,
resucitarán como Jesús resucitó después de su muerte. Para vivir para siempre en la
comunión de plenitud de vida con Dios, en aquella gran fiesta eterna que el Padre nos ha
preparado para todos.
Con toda confianza, con una gran esperanza que venza en lo posible el
peso del dolor, ROGUEMOS AL PADRE para que acoja en la vida eterna al difunto N.N. Y
para que a nosotros nos dé el saber vivir ahora y siempre tal como quisiéramos haber vivido
en la hora de nuestra muerte.
Oremos, hermanos, unidos con Jesucristo sabiendo que —como hemos
escuchado en el evangelio— "todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá". Y la paz del
Señor sea con todos vosotros.
10 dic .difunto. Textos: Romanos 5,5-11 Lucas 23,44-49
1. (La muerte salvadora de Jesucristo)
Si siempre impresiona la lectura del relato de la muerte de Jesús, mucho más cuando lo
escuchamos conmovidos por la muerte de una persona querida. Instintivamente
adivinamos UN ESTRECHO PARALELISMO entre la muerte de Cristo y la muerte de nuestro
hermano, y ello no es fruto sólo de una intuición, sino que se desprende de una ley esencial
de la fe cristiana: la muerte de Cristo está necesariamente vinculada a la muerte de todos y
cada uno de los cristianos.
Primeramente, en el plano de la ejemplaridad, ya que LA MUERTE DE
CRISTO ES EL MODELO SUPREMO DE LA MUERTE CRISTIANA. Sobre todo en dos aspectos
principales: Cristo aceptó voluntariamente su muerte como prueba de obediencia amorosa
a la voluntad del Padre; Cristo murió por los demás, por todos los hombres, como
culminación de una vida totalmente entregada al servicio de los hombres. En segundo lugar
en el plano de la eficacia, pues para nosostros la muerte de Cristo no es solamente un
ejemplo, sino la FUENTE REAL, VIVA, DE NUESTRA SALVACION. San Pablo nos lo ha dicho
con palabras inequívocas: gracias a la muerte de Jesús, hemos sido justificados, hemos sido
salvados de la ira de Dios, nos hemos reconciliado con el Padre. La muerte de Cristo es así el
instrumento más eficaz del poder de Dios.

2. (El cristiano ante la muerte) Por el ejemplo de Cristo y por su fuerza, el cristiano es capaz
de vivir su muerte de una manera que transforma totalmente sus aspectos negativos. Estas
son las condiciones indispensables: aceptar voluntariamente la muerte, en señal de
obediencia amorosa al Padre; vivir siempre para los demás, como preludio de una muerte
fecunda; creer que la muerte no representa el fin, sino el inicio de una vida totalmente
liberada de cualquier esclavitud. En definitiva, uno muere tal como ha vivido. SI HACEMOS
DE NUESTRA EXISTENCIA UNA CONTINUA EXPRESION DE AMOR a Dios y a los hombres, si
no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que por nosotros murió y resucitó,
entonces NUESTRA MUERTE, COMO LA DE CRISTO, SERA INSTRUMENTO DE VIDA y de
victoria.
Los cristianos valoramos tanto la muerte de Cristo que la hacemos
OBJETO DE CELEBRACION FESTIVA. Cada eucaristía proclama y reactualiza la muerte
victoriosa del Señor, y por ello también nos resulta significativa para celebrar la muerte de
cada uno de los creyentes en Jesús. Evidentemente, la muerte es objeto de celebración en la
medida en que, vinculada con la muerte de Cristo, se convierte en UN HECHO DE
SALVACION. Que esta celebración eucarística sea al mismo tiempo recuerdo eficaz de la
muerte de Cristo, plegaria piadosa por nuestro hermano difunto, y signo de nuestra
voluntad de vivir y morir por el ejemplo y la fuerza de Jesús.
Xxxx
Homilía para misa exequial, especialmente en tiempo pascual. La
participación para siempre en la Pascua de Jesucristo, de aquellos que en
la tierra participaron ya en ella por la fe y los sacramentos.

Textos: Hechos 10,34-43


2 Timoteo 2,8-13
Lucas 24,13-35

1. (La vida: un camino con Jesús)


Hermanos: A menudo decimos que la vida es un camino. Lo decimos y
expresamos particularmente de un amigo, de una persona con la que
hemos convivido, que hemos amado. Decimos que ha terminado su
camino, el camino de esta vida.
Y es verdad: la muerte es término de nuestro caminar por este mundo
que pasa.
Pero los cristianos no andamos solos este camino: Jesús lo hace con
nosotros. El evangelio nos lo acaba de decir. Los discípulos de Jesús a
menudo sin darnos cuenta, caminamos con él. NOS SALE AL
ENCUENTRO CUANDO ESTAMOS MAS ABATIDOS Y DESANIMADOS,
cuando no encontramos sentido a la vida, cuando todo se nos hunde.
Entonces él, por su palabra, nos introduce en la verdad de las cosas, nos
descubre y nos comunica la vida verdadera, recorre con nosotros el
camino de las dudas y las incertidumbres, de la preocupaciones y los
desánimos. Jesús, nuestro camino, verdad y vida, nos acompaña, como
acompañó aquella tarde de Pascua a los dos discípulos que iban a
Emaús.

2. ("Quédate con nosotros")


Creo que hoy los que nos hemos reunido para celebrar la eucaristía
recordando con afecto cristiano a un pariente, a un amigo difunto, lo
hemos hecho PARA ESCUCHAR UNA PALABRA DE LUZ Y DE VIDA, UNA
PALABRA QUE SOLAMENTE JESUS nos puede decir. Sentimos la
necesidad de que Jesús nos descubra el sentido de las escrituras, el
sentido de nuestra vida, nos abrase el corazón en esta hora siempre
crítica y desconsoladora de la muerte. De nuestros labios, ahogados de
tristeza, nos brota ciertamente la súplica de los dos discípulos: "Quédate
con nosotros que se hace tarde". En la noche siempre oscura de la
muerte, NECESITAMOS LA PRESENCIA DEL AMIGO, del maestro, de
aquel que nos toma la mano para animarnos a seguir caminando.
Este sólo puede ser Jesús: el que compartió nuestra muerte, la venció,
y resucitó para darnos vida sin fin.
3. (Realmente el Señor ha resucitado)
Los funerales cristianos expresan siempre y lo han de hacer de forma
viva, lo que es EL NUCLEO MISMO DE LA FE CRISTIANA: "Realmente
Jesús, el Señor, ha resucitado". Esta es LA BUENA NOTICIA QUE HEMOS
ACEPTADO LOS CREYENTES Y QUE NOS SALVA, la Buena Noticia que
en cualquier ocasión la Iglesia, la comunidad cristiana, ha de predicar.
Hoy nuestra oración fraterna por nuestro hermano, que ha terminado
el camino de esta vida mortal, se centra en esta aspiración: QUE VIVA Y
QUE REINE CON JESUS, es decir, que participe para siempre en el Reino
de Dios de la victoria del Señor sobre el pecado y sobre todo mal: que
Jesús, el Señor, juez de vivos y muertos, le perdone toda infidelidad, ya
que él permanece siempre fiel a pesar de que le seamos infieles; que
encuentre en Jesús la vida para siempre, ya que EL COMPARTIO LA
VIDA NUEVA MIENTRAS FUE MIEMBRO DE NUESTRA COMUNIDAD
cristiana.
Hermanos: Jesús está con nosotros, con los que aún quedamos en
este mundo. LE RECONOCEMOS EN LA FRACCION DEL PAN, EN LA
EUCARISTIA. A nosotros, los que comemos y bebemos con él, los que en
la intimidad de nuestra fe le decimos hermano y amigo, nos destina a ser
testigos de su resurrección.
SOMOS, YA AHORA, TESTIGOS de la resurrección, cuando rodeamos
la mesa del pan de la vida; cuando proclamamos la muerte victoriosa del
Señor con la esperanza de su retorno glorioso. Seámoslo también en
todas nuestras actitudes: sí, incluso ante la muerte. Ya que ésta,
aceptada como Jesús, en plena unión con él, es un paso: un paso de la
muerte a la vida. Es nuestra Pascua: nuestro paso de este mundo al
Padre, con Jesús, por siempre jamás.
PERE LLABRÉS
Filipenses 1,18b-26.
1. La vida es Cristo

1.1 “¡Mi amor!” “¡Mi vida!” son expresiones frecuentes entre los enamorados. Con estas
dulces palabras expresan la alegría irreemplazable de contar con alguien que ha traído
grandes bienes a su historia personal.

1.2 ¿Qué dirá entonces aquel que se ha encontrado con Cristo? ¿No son por ventura
mayores, infinitamente mayores, los bienes que de Él hemos recibido? El perdón, la paz, la
reconciliación, el sentido verdadero de la vida y las promesas más hermosas que puedan
imaginarse para la eternidad. ¿Cómo no decirle a Él con infinita gratitud: “Tú eres mi vida”?

1.3 Y es que además, de Él hemos recibido lo que nadie más podría darnos. A Él nos
debemos por ser creaturas, puesto que por Él y para Él han sido creadas todas las cosas. A Él
nos debemos por ser redimidos, puesto que hemos sido adquiridos a precio de su Sangre. A
Él nos debemos, en fin, por ser templos de su Espíritu, que Él imploró y ereció para nosotros
con su sacrificio en la Cruz

2. ¿La muerte, una ganancia?

2.1 Dice San Pablo que la muerte es “una ganancia” para él. ¿Cómo puede ser esto? Para
comprenderlo hay que tener presente que en el conjunto de la vida humana, lo que
llamamos “muerte” es la única puerta y posibilidad de acceso a nuestra realidad más
profunda y permanente, que es la eternidad.

2.2 La muerte estará ahí, lo queramos o no. Para quien tiene todos sus tesoros solamente en
esta vida, la muerte implica la pérdida inevitable y completa de todo lo que quiso lograr y
poseer. Una persona en tal condición dirá: “para mí la muerte es la peor de las desgracias.”
Muy distinto es el caso del que conoce la proporción de la victoria de Cristo, la fidelidad de
sus palabras y el alcance de su poder y sus promesas.

2.3 Nos damos cuenta entonces que no es opcional para el cristiano el modo de ver la
muerte. El que niega que la muerte nos acerca a los bienes plenos, estables y verdaderos
está negando la eficacia del amor redentor de Cristo. Lo que sucede es que hay gente
maravillosa, como san Pablo, que se atreve a decir las cosas de un modo tan claro y brillante,
que su claridad nos ilumina a todos.
. El amor es más fuerte que la muerte
1.1 El misterio central de nuestra fe es la Resurrección de Cristo (cf. 1 Cor 15,14). Esto hemos de
tomarlo en serio: el enemigo más grande de nuestros sueños y esperanzas, es decir, la muerte, ha
caído ante uno que es más fuerte: Jesucristo.
1.2 La resurrección del Señor es una obra del amor. Levantado del sepulcro, Cristo manifiesta el
sentido de toda su vida, que no fue otra cosa sino una continua ofrenda de amor. Es que el freno
para amar, lo que nos detiene de amar más y mejor es la muerte. Sentimos que si amamos
demasiado perdemos lo nuestro y nos quedamos sin nada. Pero Cristo ha amado hasta quedarse sin
nada, porque se ha <<vaciado>> de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2,7). Cristo ha asumido el riesgo
terrible de ofrecerse a las fauces de la muerte, fiado solamente de la voluntad del Padre. La
resurrección de Cristo es entonces la respuesta de amor del Padre, que así manifiesta el triunfo de
un amor que no se mide, un amor que no se limita porque no se detiene ante la muerte.
2. La comunión de los santos
2.1 Nosotros hemos nacido de ese amor invencible, pues de nosotros fue escrito: <<no nacieron de
sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios>> (Jn 1,13). El que
nos une y nos reúne no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu que resucito a Jesús de entre los
muertos. Este es el misterio que llamamos la <<comunión de los santos>>: somos uno en Él, gracias
al mismo amor que hizo posible el portento de la Encarnación y el milagro sublime de la
Resurrección.
2.2 No cabe pensar entonces que ese amor, que ya venció una vez y para siempre a la muerte,
ahora sea inferior a la muerte. El amor que nos hace <<uno>> en Jesús es el mismo amor que
resucitó a Jesús, y por eso estamos ciertos que la Iglesia que peregrina en esta tierra está
indisolublemente unida a la Iglesia que ha pasado ya por el umbral de la muerte.
2.3 Semejante lenguaje no podía decirse antes de la resurrección del Señor, y por ello, antes de la
predicación de este misterio de misterios, toda invocación de difuntos o toda idea de una
comunicación entre los difuntos y nosotros tenía que ser prohibida como espiritismo, según ordena
severamente el Antiguo Testamento: <<No sea hallado en ti ... quien practique adivinación, ni
hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los
muertos>> (Dt 18,10-11). Esta prohibición era razonable porque el contacto con los difuntos sólo
podía tener un objetivo: el intento de asegurar algunos bienes (suerte, dinero, éxitos...) para esta
vida. Pero nosotros no miramos así a nuestros difuntos, pues es la luz de la victoria del Resucitado
quien nos lleva a considerar el alto destino al que han sido llamados ellos lo mismo que nosotros.
3. Un inmenso acto de amor
3.1 Nuestras oraciones por los fieles difuntos llevan por consiguiente un doble sello: caridad hacia
ellos y certeza de la victoria de Cristo. Les amamos, pero no con un amor nostálgico, prisionero de
la fantasía o el recuerdo, sino con el amor eficacísimo propio de la victoria del Señor.
3.2 Y por eso desde antiguo la Iglesia ha considerado que es acto precioso de misericordia orar por
los difuntos de quienes podemos pensar que necesitan de este sufragio, no para reemplazar la fe, si
no la tuvieron, sino para limpiar con la potencia de nuestro amor, fundado en Cristo, cualquier
imperfección que pueda impedirles gozar de la visión de Dios.
3.3 Y ofrecemos este acto de amor uniéndonos al amor más grande, es decir, al amor de Cristo en la
Eucaristía. Allí precisamente donde se renueva la ofrenda viva de Cristo, allí fundamos nuestro
amor y nuestra esperanza mientras rogamos por nuestros hermanos difuntos.
Difunto dic 27.1. " ¡Dichosos ya los muertos que mueren en el Señor!" Qué poca gente se
atreve a decir: "Dichosos los muertos", porque todos nos agarramos a la vida tan
fuertemente como podemos. Afirmar "dichosos los muertos" podría, incluso, parecer un
insulto al difunto o un agravio a su familia. Pero el añadido "en el Señor" transforma
totalmente esta expresión. Podemos afirmar, pues, sin ningún temor: "Dichoso N. que ha
alcanzado la muerte a partir del estilo de vida característico de los seguidores de Jesús". El
por el Bautismo se unió a Jesucristo y a lo largo de su vida intentó hacer suyas las actitudes
propias del Evangelio. Y, por supuesto, una manera concreta da vivir según el estilo de Jesús
es, y ha sido siempre, la de aquel que se pone al servicio de los demás, entregando en favor
de los demás la propia vida hasta morir. ¡Dichoso N., porque por este camino has alcanzado
la muerte!
2. "Descansan de sus fatigas". Para mucha gente es una forma de consuelo
pronunciar o escuchar expresiones parecidas cuando se llora la muerte de una persona
amada: Acabó ya sus sufrimientos, ahora ya descansa... Afirmaciones que, aunque tienen
parte de verdad, olvidan valorar algo tan importante como es la obra realizada en vida. Por
eso debemos creer en el valor perenne de cuanto se hizo: "porque sus obras los
acompañan". Estas obras pueden ser muchas y muy diversas; vosotros, los familiares y
amigos de N. las conocéis muy bien. Merece la pena que volvamos a recordar las palabras
de Jesús en el Evangelio.
Eran una valoración final de la vida, de las obras de una persona, poniendo sobre ellas el
sello de "vida eterna". ¿Cuándo sucede esto? Cada vez que uno comparte con los demás las
cosas materiales, como la comida, el vestido... o ha dedicado tiempo a acompañar las horas
tristes de los que sufren enfermedad o marginación... La muerte, mirada desde esta
perspectiva, tiene otro sentido: el dolor se transforma en fiesta; las lágrimas en alegría, y la
muerte en vida. Por eso el apóstol san Juan se atrevió a escribir: "sabemos que hemos
pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos".
Ahora, al despedir a N. os invito a recordar el ejemplo de tantos hombres y
mujeres que han seguido fielmente el camino de Jesucristo dando, día tras día, su propia
vida en favor de los demás... ¡Qué alegría y qué paz interior deben sentir aquellos que han
obrado de esta manera! ¡Con qué mirada tan distinta mirarán el paso de la vida a la
etemidad! Recuerdo ahora la experiencia de un hombre (de mediana edad): era obrero y
había dedicado toda su vida a dar testimonio de Jesús entre sus compañeros obreros.
Herido de muerte por una grave enfermedad fue capaz de escribir así: "La muerte ya no me
inquieta. Si llega será voluntad de Dios; mi tránsito de este mundo a otra situación —más
allá del tiempo y del espacio—, no es muy distinto al de aquellos hombres y mujeres que
van al Más Allá ya se trate... del deconocido que muere en la carretera o bien del que hace el
tránsito en su propio lecho. Vivo en las manos omnipotentes, las manos amorosas de Dios. Esto
llena de paz mi corazón y mi espíritu...". Cuánta gente habrá que sin haber escrito nada parecido,
han experimentado otro tanto; han experimentado "gran paz en el corazón y en el espíritu"
porque sabían que "sus obras los acompañaban". Y gracias a estas obras —expresión de una fe
muy firme en Cristo— han merecido oir esta invitación: "Venid, vosotros, benditos de mi Padre;
heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo".
DIFUTNHO DIC 28.
En este momento de profunda oscuridad para SUs vidas la Palabra de Dios quiere salir más que
nunca a SU encuentro para iluminarLos, reconfortarlos y dar sentido a lo que están viviendo.. Me
gustaría ser para uistedes un pequeño alivio, el apoyo del que se siente derrumbado y no sabe
porqué, el que se enfrenta a la cara más dura de la vida. Pido a Dios con fuerza para que los
sostenga, Él que conoció el mayor de los sufrimientos. Y le pido también que aleje de usteds la
tentación de abandonar a Dios en este momento. Es más. La tentación de pensar que Dios los ha
abandonado o se ha desentendido de ustedes. Es justo al contrario. Sé con certeza que Su
presencia, Su Gracia, Su consuelo está ahora más vivo que nunca entre ustedess. ¡Cuánto sufre
nuestro Señor al ver este trago amargo que hande beber! Pero quiere Cristo nuestro Señor que de
esta copa de amargura puedans hacearce mas fuertes, quiere Él que puedan afrontar su paso por
este mundo con la conciencia aún más clara acerca del valor exacto que tiene nuestra vida.
Abran su corazón a la esperanza que Cristo nos ha traído con Su muerte y resurrección. La
pasión de Cristo no fue en vano. El tesoro de Gracia que de nuestra fe en Él se desprende es de
incalculable valor. Nuestra vida no tiene sentido sin Dios y Su promesa de vida eterna. ¡Esta es la
cuestión! ¿Seguimos creyendo y esperando en la vida eterna? No desesperén de la fe que bañada
en sangre por tantos mártires nos ha sido transmitida, según la cual hemos nacido para siempre,
nuestro paso por este mundo no es sino un entrenamiento, una decisión en favor o en contra del
Dios que nos ama y nos ha preparado un hogar eterno, la paz perpetua, la dicha definitiva hacia la
cual deberíamos estar trabajando.
La despedida, pues, del cristiano no consiste en decir un “hasta siempre” sino un
“hasta pronto”. No nos separamos definitivamente de nuestros seres queridos porque Dios es la
vida y en Él estaremos siempre, estamos en Sus Manos, y la única forma de perdernos esta dicha es
persistiendo en el pecado y rechazar libre y conscientemente a Dios y Su amor. ¡Confiad en esta
promesa! ¡Pedidle a Dios la fuerza para que aumente su esperanza en encontrar un día todos
ustedess la unidad que ahora la muerte ha interrumpido bruscamente, de reencontraros con N.! Os
parece un milagro ¿verdad? Y es que lo es, pero un milagro que podemos esperar si el vacío que ha
dejado esta ausencia lo completáin con el único que puede comprenderlos, darles luz y sentido en
lo que estáin viviendo: Jesús, el Señor .sepan que el mayor bien y beneficio que pouedens hacer a
N. es orar por la paz de su alma, que ahora se encuentra cara a cara con el amor y la Misericordia de
Dios. ¡
Qué encuentro tan hermoso, pero también tan temible! ¿De qué podemos temer al
estar en la presencia de Dios? De no haber respondido a tanto amor como Dios nos da. De haber
renunciado a amar, servir a los nuestros. De no haber dado la cara por Jesús, haberlo ignorado
cuando Él es nuestra única Vida después de esta vida. Pero Dios no conoce otra forma de ser que el
amor. Su amor por nosotros no tiene condiciones, es eterno, irrevocable. Somos nosotros, en
cambio, los que podemos persistir en el pecado y la indiferencia y romper este lazo indestructible.
Por eso estamos hoy orando por N. Por estamos ofreciendo la Eucaristía, para que el sacrificio de
Jesús beneficie a N. y le ayude a acercarse al Señor para que pueda estar definitivamente con Él,
como todos nosotros esperamos.
Pido finalmente a María, nuestra Madre querida, que tenga compasión de usteds, que cuide de
ustedezs que los ilumine y los fortalezca para que sigán firmes y valientes en esta escalada hacia el
Cielo, nuestro hogar definitivo. Hagámoslo recordando las Palabras de Jesús: “Yo Soy la
Resurrección y la Vida, el que cree en Mí aunque haya muerto, vivirá; y el que cree en Mí y está
vivo, no morirá para siempre. ¿Creéis esto?” (Jn 11, 25-26).
Lunes 2 enero,.17.. )
El fragmento que hemos escuchado es uno de los tres relatos de resurrección
obrados por Jesús, que nos han transmitido los escritores del Nuevo
Testamento. Los otros dos cuentan la resurrección de la hija de Jairo y la de
Lázaro. Probablemente habría más narraciones de esta clase, ya que,
juntamente con las curaciones de toda clase de enfermedades, constituían las
señales de la inauguración del reino mesiánico. Pero es significativo que los
evangelistas sólo nos hayan conservado el recuerdo de estas resurrecciones, que
se refieren a personas cuya muerte es especialmente absurda y dolorosa: un
muchacho, una niña, un amigo. Parece como si nos quisieran decir que JESUS NO
ACEPTABA FACILMENTE LA MUERTE DE PERSONAS TAN QUERIDAS y que
reaccionaba haciendo una afirmación de su derecho a la vida.
2. (El mensaje de Jesús: Dios siempre da vida)
JESUS AMA LA VIDA: Su mensaje consiste en proclamar que Dios quiere que
todos los hombres vivan, y su obra tiende a conseguir la plenitud de la vida para
todos los que crean en él. Al contrario de lo que muchos se imaginan, el
cristianismo no es ninguna religión basada en el pensamiento de la muerte y de
la caducidad de las cosas terrenales. Es UNA FE QUE VALORA EL ASPECTO
POSITIVO DE LA VIDA, y aspira a realizar todas las potencialidades vitales del
hombre. PERO NO CIERRA LOS OJOS ante la realidad, aparentemente absurda,
de la muerte. Ni la ignora ni se obsesiona. Sencillamente, la contempla desde
una perspectiva de salvación.
No nos ofrece ninguna explicación filosófica o científica de la
muerte, pues ello pertenece a la reflexión autónoma de la razón humana. Pero
le da, eso sí, un "sentido" nuevo que, sin disipar los enigmas, sirve para orientar
nuestra actitud práctica. Y este sentido nuevo recae en la afirmación paradójica
de que Nl LA MISMA MUERTE ES OBSTACULO para el triunfo de la vida. Para el
creyente, la muerte no existe, pues Dios es Dios de vivos y no de muertos.
Ante la muerte de un ser querido, nuestra reacción
espontánea es de protesta y rebelión. No es de extrañar: Dios nos ha hecho para
la vida y no para la muerte. El mismo Jesús reaccionó así y combatió firmemente
el poder de la muerte. Sl PUDIERAMOS, DEVOLVERIAMOS LA VIDA A ESTE
HERMANO NUESTRO. Humanamente, no podemos, pero la fe cristiana nos
asegura que aquello que es imposible a los hombres, no lo es para Dios, amante
de la vida y de los hombres. Reavivemos en estos momentos NUESTRA
ESPERANZA, y hagamos de esta celebración litúrgica de la muerte una
afirmación convencida de nuestra fe incondicional en la vida.
207. La muerte, una llamada a la plenitud de vida, y una llamada a la vigilancia. Textos: 1 Juan 3,1-2
Lucas 12,35-40
Cuando nos enfrentamos con la muerte, cuando nos toca de cerca en la persona de un familiar o amigo,
muchas veces parece que nos hallamos ante una puerta cerrada, que nos encontramos con un muro que
no podemos traspasar. Y ello hace que nos preguntemos qué sentido tiene la vida, para qué estamos en
este mundo.
1. (Llamados a la plenitud de la Vida) Pero las lecturas que hemos proclamado en esta
celebración iban en una dirección completamente opuesta. No hablaban de falta de sentido en la vida, de
callejón sin salida, sino de esperanza y de visión de futuro. Dios nos llama hijos suyos y lo somos en
realidad, nos decía san Juan, y en cuanto tales estamos llamados a crecer continuamente, estamos
llamados a ser semejantes a él, a Dios. El día de nuestro bautismo nacimos como hijos de Dios, y en nuestra
existencia debemos ir aprendiendo a reconocer en Dios al Padre que nos ama, el Padre que quiere nuestro
bien, el Padre que quiere darnos la vida para siempre y toda suerte de bienes, el Padre que abre nuestra
existencia hacia un futuro de vida en plenitud. Esta fue la misión principal de nuestro hermano que nos
dejó y ésta debe ser también nuestra misión a lo largo de nuestra vida: crecer continuamente como hijos de
Dios hasta el momento en que él nos llame a verlo tal cual es.
Esto, en nuestra vida diaria, significa que no podemos dormirnos jamás pensando que lo
tenemos todo hecho, ni debemos creer que no podemos ya avanzar en nuestra madurez humana y
cristiana. Nuestro hermano ha llegado ya ante Dios. Todos nosotros caminamos hacia él, y lo hacemos
teniendo en cuenta la palabra de Jesús: conocemos la hora de la salida, pero el momento de la llegada nos
resulta totalmente desconocido, nada sabemos de él. El momento de presentarnos ante el Padre puede
llegarnos después de una larga y fecunda vida o puede venirnos también de improviso, como el ladrón que
se nos mete en casa sin llamar a la puerta y cuando menos lo esperaríamos.
2. (Caminamos con esperanza) Estas palabras de Jesús no son para meternos miedo.
Al contrario, quieren movernos a vivir más intensamente nuestra vida presente, la vida de cada día.
Recordémoslo de nuevo: somos ya los hijos de Dios. Por tanto, vivamos plenamente nuestra vida presente,
siguiendo el estilo de Jesús, el primero de los hijos de Dios y nuestro hermano. Hagamos de nuestra vida
un servicio a los demás, sepamos llevar paz, gozo, comprensión a nuestras relaciones humanas, sepamos
estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos y a todo lo que la palabra de Dios pide de nosotros:
ésta debe ser nuestra vela, en esto debe consistir nuestra espera del Señor.
¿Cómo podríamos sentarnos a la mesa con el Padre, si ahora no hemos cultivado la
amistad y la relación personal con El? ¿Cómo podría El servirnos personalmente a la mesa, si antes nosotros
no hemos querido servirle en cada uno de los hermanos? ¿Cómo íbamos a pedirle
que compartiera su felicidad con nosotros, si ahora no nos esforzamos por compartir las penas y las
alegrías con todos los hombres?
3. (El don de Dios supera nuestras aspiraciones) El amor que Dios nos tiene supera con
creces todos nuestros cálculos. ¡Cómo iban a pensar los criados que esperaban de noche a su Señor que los
haría sentar a la mesa y los iría sirviendo! Tampoco nosotros podemos imaginar cuál va a ser nuestra
condición cuando seamos hijos de Dios en plenitud. Ni cuál es la condición de nuestro hermano, después
de que el Padre lo ha llamado a contemplarle cara a cara. Pero en esta celebración sí queremos orar para
que el Padre le conceda todo su amor, le reconozca totalmente como hijo; para que, libre de cualquier
mancha de egoísmo o de pecado que siempre existen en la vida de los hombres, pueda contemplar a Dios
tal cual es sin ningún temor.
Y al mismo tiempo que esta celebración es una plegaria por nuestro hermano N., que pasó
ya por esta etapa de la vida, debe significar también para nosotros un deseo de crecer continuemente
como hijos de Dios, un hacernos conscientes de que estamos llamados a vivir con el Padre y de que esto no
se improvisa en un momento, sino que debemos comenzar a vivirlo ahora en nuestras relaciones de cada
día, en la vida familiar y en el trabajo. Dichoso nuestro hermano N., porque intentó vivir así. Dichosos
nosotros, si el Señor nos encuentra en esta actitud.
Enero 28.
de vida para siempre, todo el amor y la bondad que un hombre haya
puesto en el mundo, por poco que sea.

Textos: Mateo 25,31-40


Hoy nos reune aquí la tristeza de despedir a quien amábamos. No quisiéramos
tener que separarnos de él, y el adiós que le hemos de decir nos es doloroso.
Pero dejenme decir hoy, también, que esta tristeza no se queda sólo en eso, en
tristeza. Hemos venido aquí, a la iglesia, a orar y a comunicarnos con Dios en
esta despedida. Y lo hemos hecho porque creemos que entre nosotros, hoy, hay
una esperanza que queremos creer y que nos anima y consuela. Una esperanza
que es lo que Jesús nos ha dicho en el evangelio que acabamos de escuchar.

Una esperanza que nos hace creer por encima de todo en la fuerza del amor.
Una esperanza que nos hace creer que todo aquello que es amor, bondad y
servicio, por pequeño que sea, no se pierde, no se puede perder, porque Dios no
quiere que se pierda. Porque Dios lo llena de su vida, y de su mismo amor, y lo
hace vivir para siempre.

Jesús nos ha dicho que todo hombre que, de una forma u otra, sabiéndolo o no,
ha procurado poner un poco de amor en el mundo, ha querido amar, ha puesto
bondad y servicio a su alrededor, vivirá por siempre con él. Que todo lo que
este hombre ha hecho, Jesús se lo toma como hecho a él mismo y lo llena de su
vida.

Por eso hoy, hermanos, tenemos esperanza. Porque sabemos que todo el bien
que hizo este hermano nuestro que ahora enterramos, toda atención que tuvo
con otro, por pequeña que fuera, Dios lo convierte en vida por siempre. Porque
Dios ama a los hombres. Porque Dios no quiere que ningún hombre se pierda.

Con esperanza, pues, oremos ahora. Oremos para que Dios llene
verdaderamente de vida a este hijo suyo que acaba de morir. Oramos también
para que olvide y perdone todo lo que de mal, de infidelidad, de falta de amor
pudo cometer. Y que a nosotros nos dé fuerza y Espíritu Santo para vivir cada
día como él quiere.
2017 e.Textos: Romanos 5,5-11 Lucas 23,44-49
1. (La muerte salvadora de Jesucristo)
Si siempre impresiona la lectura del relato de la muerte de Jesús, mucho más
cuando lo escuchamos conmovidos por la muerte de una persona querida.
Instintivamente adivinamos UN ESTRECHO PARALELISMO entre la muerte de Cristo
y la muerte de nuestro hermano, y ello no es fruto sólo de una intuición, sino que
se desprende de una ley esencial de la fe cristiana: la muerte de Cristo está
necesariamente vinculada a la muerte de todos y cada uno de los cristianos.
Primeramente, en el plano de la ejemplaridad, ya que LA MUERTE DE
CRISTO ES EL MODELO SUPREMO DE LA MUERTE CRISTIANA. Sobre todo en dos
aspectos principales: Cristo aceptó voluntariamente su muerte como prueba de
obediencia amorosa a la voluntad del Padre; Cristo murió por los demás, por todos
los hombres, como culminación de una vida totalmente entregada al servicio de los
hombres. En segundo lugar en el plano de la eficacia, pues para nosostros la
muerte de Cristo no es solamente un ejemplo, sino la FUENTE REAL, VIVA, DE
NUESTRA SALVACION.
San Pablo nos lo ha dicho con palabras inequívocas: gracias a
la muerte de Jesús, hemos sido justificados, hemos sido salvados de la ira de Dios,
nos hemos reconciliado con el Padre. La muerte de Cristo es así el instrumento más
eficaz del poder de Dios. por el ejemplo de Cristo y por su fuerza, el cristiano es
capaz de vivir su muerte de una manera que transforma totalmente sus aspectos
negativos. Estas son las condiciones indispensables: aceptar voluntariamente la
muerte, en señal de obediencia amorosa al Padre; vivir siempre para los demás,
como preludio de una muerte fecunda; creer que la muerte no representa el fin,
sino el inicio de una vida totalmente liberada de cualquier esclavitud. En definitiva,
uno muere tal como ha vivido.
SI HACEMOS DE NUESTRA EXISTENCIA UNA CONTINUA EXPRESION DE
AMOR a Dios y a los hombres, si no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel
que por nosotros murió y resucitó, entonces NUESTRA MUERTE, COMO LA DE
CRISTO, SERA INSTRUMENTO DE VIDA y de victoria. Los cristianos valoramos tanto
la muerte de Cristo que la hacemos OBJETO DE CELEBRACION FESTIVA. Cada
eucaristía proclama y reactualiza la muerte victoriosa del Señor, y por ello también
nos resulta significativa para celebrar la muerte de cada uno de los creyentes en
Jesús. Evidentemente, la muerte es objeto de celebración en la medida en que,
vinculada con la muerte de Cristo, se convierte en UN HECHO DE
SALVACION. Que esta celebración eucarística sea al mismo tiempo recuerdo eficaz
de la muerte de Cristo, plegaria piadosa por nuestro hermano difunto, y signo de
nuestra voluntad de vivir y morir por el ejemplo y la fuerza de Jesús.
Febreo2 .m12
Lucas 24,13-35 1. (La vida: un camino con Jesús) Hermanos: A menudo decimos que la vida es un
camino. Lo decimos y expresamos particularmente de un amigo, de una persona con la que hemos
convivido, que hemos amado. Decimos que ha terminado su camino, el camino de esta vida. Y es
verdad: la muerte es término de nuestro caminar por este mundo que pasa. Pero los cristianos no
andamos solos este camino: Jesús lo hace con nosotros. El evangelio nos lo acaba de decir. Los
discípulos de Jesús a menudo sin darnos cuenta, caminamos con él. NOS SALE AL ENCUENTRO
CUANDO ESTAMOS MAS ABATIDOS Y DESANIMADOS, cuando no encontramos sentido a la vida,
cuando todo se nos hunde.
Entonces él, por su palabra, nos introduce en la verdad de las cosas, nos descubre y
nos comunica la vida verdadera, recorre con nosotros el camino de las dudas y las incertidumbres,
de la preocupaciones y los desánimos. Jesús, nuestro camino, verdad y vida, nos acompaña, como
acompañó aquella tarde de Pascua a los dos discípulos que iban a Emaús.
2. ("Quédate con nosotros") Creo que hoy los que nos hemos reunido para celebrar la
eucaristía recordando con afecto cristiano a un pariente, a un amigo difunto, lo hemos hecho
PARA ESCUCHAR UNA PALABRA DE LUZ Y DE VIDA, UNA PALABRA QUE SOLAMENTE JESUS nos
puede decir. Sentimos la necesidad de que Jesús nos descubra el sentido de las escrituras, el
sentido de nuestra vida, nos abrase el corazón en esta hora siempre crítica y desconsoladora de la
muerte. De nuestros labios, ahogados de tristeza, nos brota ciertamente la súplica de los dos
discípulos: "Quédate con nosotros que se hace tarde". En la noche siempre oscura de la muerte,
NECESITAMOS LA PRESENCIA DEL AMIGO, del maestro, de aquel que nos toma la mano para
animarnos a seguir caminando. Este sólo puede ser Jesús: el que compartió nuestra muerte, la
venció, y resucitó para darnos vida sin fin.
3. (Realmente el Señor ha resucitado) Los funerales cristianos expresan siempre y lo
han de hacer de forma viva, lo que es EL NUCLEO MISMO DE LA FE CRISTIANA: "Realmente Jesús,
el Señor, ha resucitado". Esta es LA BUENA NOTICIA QUE HEMOS ACEPTADO LOS CREYENTES Y QUE
NOS SALVA, la Buena Noticia que en cualquier ocasión la Iglesia, la comunidad cristiana, ha de
predicar.
Hoy nuestra oración fraterna por nuestro hermano, que ha terminado el camino de esta
vida mortal, se centra en esta aspiración: QUE VIVA Y QUE REINE CON JESUS, es decir, que participe
para siempre en el Reino de Dios de la victoria del Señor sobre el pecado y sobre todo mal: que
Jesús, el Señor, juez de vivos y muertos, le perdone toda infidelidad, ya que él permanece siempre
fiel a pesar de que le seamos infieles; que encuentre en Jesús la vida para siempre, ya que EL
COMPARTIO LA VIDA NUEVA MIENTRAS FUE MIEMBRO DE NUESTRA COMUNIDAD
cristiana.
Hermanos: Jesús está con nosotros, con los que aún quedamos en este mundo. LE
RECONOCEMOS EN LA FRACCION DEL PAN, EN LA EUCARISTIA. A nosotros, los que comemos y
bebemos con él, los que en la intimidad de nuestra fe le decimos hermano y amigo, nos destina a
ser testigos de su resurrección. SOMOS, YA AHORA, TESTIGOS de la resurrección, cuando
rodeamos la mesa del pan de la vida; cuando proclamamos la muerte victoriosa del Señor con la
esperanza de su retorno glorioso. Seámoslo también en todas nuestras actitudes: sí, incluso ante la
muerte. Ya que ésta, aceptada como Jesús, en plena unión con él, es un paso: un paso de la
muerte a la vida. Es nuestra Pascua: nuestro paso de este mundo al Padre, con Jesús, por siempre
jamás.
Febrero 23.Texto: Juan 11,17-27Las palabras que acabamos de escuchar, del evangelio
de san Juan, pueden ser una ayuda para nuestra reflexión cristiana. Permitid
que, brevemente, diga algo sobre ellas. En primer lugar vemos que JESUS HACE
AQUELLO QUE TAMBIEN NOSOTROS HOY HEMOS HECHO. Jesús sabe que su
amigo Lázaro ha muerto y, aunque estaba lejos, acude a Betania, la población
del difunto. Y —como dice la continuación del evangelio que hemos leído— se
conmueve y llora al ver el dolor de Marta y Maria, las hermanas de Lázaro.
Podríamos decir que esta participación en el dolor, este deseo de
ayuda, de compañía, que significa nuestra presencia hoy aquí, es algo
plenamente compartido por Jesucristo. Y por eso los cristianos creemos QUE
TAMBIEN AHORA, QUE TAMBIEN AQUI, ESTA PRESENTE JESUS CONMOVIDO,
Jesús compadecido, Jesús que quiere acampañar y ayudar a todos aquellos a
quienes más ha afectado la muerte de N.N. Y todos podemos pensar que
nuestra presencia aquí, nuestra compañía -y quizás ayuda- a quienes eran más
próximos al difunto, es un hacer presente y palpable el amor de Dios, la
compasión de Jesucristo.
En segundo lugar, las palabras que hemos leído NOS ABREN A
UNA PROMESA DE ESPERANZA. Quizá más difícil, menos palpable, pero no por
ello —creemos aquellos que nos fiamos de la palabra de Jesucristo-- menos real.
Es la gran esperanza de la resurrección. Es la gran esperanza de que la muerte no
significa el fin. Es la convicción —por más difícil que parezca de aceptar— de que
Dios quiere para todos los hombres una vida para siempre, una vida sin fin.
Este fue EL GRAN MENSAJE DE JESUCRISTO. Que Dios, nuestro Padre, nos ama y
por eso ya ahora podemos vivir -durante nuestro camino en la tierra- en
comunión con su amor. Que lo más importante no es pensar en ello sino vivirlo;
es decir, vivir como hijos de Dios, participando de su bondad, de su amor, cada
día.
Y que quienes así viven —aunque como todos tengan sus pecados,
sus defectos— no morirán para siempre, resucitarán como Jesús resucitó después de
su muerte. Para vivir para siempre en la comunión de plenitud de vida con Dios, en
aquella gran fiesta eterna que el Padre nos ha preparado para todos. Con toda
confianza, con una gran esperanza que venza en lo posible el peso del dolor,
ROGUEMOS AL PADRE para que acoja en la vida eterna al difunto N.N. Y para que a
nosotros nos dé el saber vivir ahora y siempre tal como quisiéramos haber vivido en
la hora de nuestra muerte. Oremos, hermanos, unidos con Jesucristo sabiendo que —
como hemos escuchado en el evangelio— "todo lo que pidas a Dios, Dios te lo
concederá". Y la paz del Señor sea con todos vosotros.
Textos: Juan 12,23-28 1. (La imagen del grano de trigo)
Hermanos: La muerte es una realidad que nos supera, que vemos rodeada de
misterio y que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. El es el único que puede
iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que,
humanamente, no sabemos explicar. Jesucristo, enviado por el Padre para que
conociésemos la Verdad, en el fragmento del evangelio que acabamos de escuchar nos
explica con un ejemplo, sacado de la misma naturaleza, esta realidad que escapa a nuestra
experiencia sensible y a cualquier comprobación científica. Filémonos en el grano de trigo.
Cuando lo siembran y cae al suelo, con la humedad se deshace, se pudre, deja de existir
como tal grano de trigo. Pero filémonos cómo DEL INTERIOR DEL GRANO HA SALIDO UNA
PEQUEÑA RAIZ que sumirá de la tierra su alimento y dará lugar a una nueva planta, una
nueva vida que crecerá y dará fruto abundante.
2. (Nosotros, hechos a imagen de Dios, destinados a una vida eterna) Así pasa
con nosotros. La muerte nos obliga a devolver a la tierra todo aquello que de la tierra
hemos cogido. En esto no somos diferentes de los demás seres vivos que hay en la tierra.
Nuestros componentes materiales vuelven a empezar el ciclo ininterrumpido de la
naturaleza. Pero nosotros SOMOS MAS QUE LOS ANIMALES Y LAS PLANTAS.
Nosotros hemos sido creados "a imagen y semejanza de Dios". Y en Dios no hay materia.
¿Qué es lo que hay en nosotros que nos hace a imagen y semejanza de Dios? Desde luego
que no es la materia. Nuestros componentes materiales nos hacen más a imagen y
semejanza de los otros seres materiales de la creación. Hay en nosotros alguna cosa que es
distinta. Nuestra misma experiencia nos lo indica. Hay en nosotros una INTELIGENCIA que
nos hace entender las cosas, establecer las leyes y sobre todo, a partir de las cosas creadas,
nos permite llegar al conocimiento del Creador y establecer con él una relación.
También observamos en nosotros una CAPACIDAD DE AMAR que supera
el egoísmo instintivo, que nos hace capaces de dar gratuitamente sin esperar nada a
cambio, tal como hace Dios con nosotros, y ello nos lleva a una corriente mutua de amor
entre Dios y nosotros. Esta realidad profunda, ESTE "YO" PERSONAL, QUE NOS HACE A
IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS, no muere. Está destinada a una vida eterna. La que Dios
nos tiene reservada, precisamente cuando nuestro cuerpo, como un grano de trigo, cae en
tierra y muere. Es entonces cuando nace en nosotros la vida nueva. Es entonces cuando,
revestidos de inmortalidad, nos podemos sentar como hijos, a la mesa del Padre, en la casa
paterna, para contemplarlo cara a cara, tal como él es y saciarnos de su amor para siempre.
3. (Como Jesucristo) Esta nueva vida ES LA QUE INAUGURÓ JESUCRISTO
CON SU MUERTE Y SU RESURRECCION. El pronunciaba las palabras del fragmento del
evangelio que hemos leído cuando estaba a punto de despedirse de sus amigos. Ya
presentía su muerte, pero anunciaba también su resurrección. Esta comparación del grano
de trigo, ilumina la muerte y la resurrección de Cristo, pero ilumina también la nuestra. Si
Cristo, el Hijo de Dios, nuestro hermano mayor, ha hecho este camino, también nosotros
participamos de su Pascua, también nosotros estamos destinados a pasar de este mundo al
Padre. (La eucaristía que vamos a celebrar, nos hará revivir la muerte y la resurrección de
Cristo que es garantía de la nuestra).
Jueves ceniza. Textos: Juan 12,23-28
Hermanos: La muerte es una realidad que nos supera, que vemos rodeada
de misterio y que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. El es el único que puede
iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que,
humanamente, no sabemos explicar. Jesucristo, enviado por el Padre para que
conociésemos la Verdad, en el fragmento del evangelio que acabamos de escuchar nos
explica con un ejemplo, sacado de la misma naturaleza, esta realidad que escapa a nuestra
experiencia sensible y a cualquier comprobación científica. Fijémonos en el grano de trigo.
Cuando lo siembran y cae al suelo, con la humedad se deshace, se pudre, deja de existir
como tal grano de trigo. Pero fijémonos cómo DEL INTERIOR DEL GRANO HA SALIDO UNA
PEQUEÑA RAIZ que sumirá de la tierra su alimento y dará lugar a una nueva planta, una
nueva vida que crecerá y dará fruto abundante.
Así pasa con nosotros. La muerte nos obliga a devolver a la tierra todo
aquello que de la tierra hemos cogido. En esto no somos diferentes de los demás seres vivos
que hay en la tierra. Nuestros componentes materiales vuelven a empezar el ciclo
ininterrumpido de la naturaleza. Pero nosotros SOMOS MAS QUE LOS ANIMALES Y LAS
PLANTAS. Nosotros hemos sido creados "a imagen y semejanza de Dios". Y en Dios no hay
materia. ¿Qué es lo que hay en nosotros que nos hace a imagen y semejanza de Dios? Desde
luego que no es la materia. Nuestros componentes materiales nos hacen más a imagen y
semejanza de los otros seres materiales de la creación.
Hay en nosotros alguna cosa que es distinta. Nuestra misma experiencia nos
lo indica. Hay en nosotros una INTELIGENCIA que nos hace entender las cosas, establecer las
leyes y sobre todo, a partir de las cosas creadas, nos permite llegar al conocimiento del
Creador y establecer con él una relación. También observamos en nosotros una CAPACIDAD
DE AMAR que supera el egoísmo instintivo, que nos hace capaces de dar gratuitamente sin
esperar nada a cambio, tal como hace Dios con nosotros, y ello nos lleva a una corriente
mutua de amor entre Dios y nosotros.
Esta realidad profunda, ESTE "YO" PERSONAL, QUE NOS HACE A IMAGEN
Y SEMEJANZA DE DIOS, no muere. Está destinada a una vida eterna. La que Dios nos tiene
reservada, precisamente cuando nuestro cuerpo, como un grano de trigo, cae en tierra y
muere. Es entonces cuando nace en nosotros la vida nueva. Es entonces cuando, revestidos
de inmortalidad, nos podemos sentar como hijos, a la mesa del Padre, en la casa paterna,
para contemplarlo cara a cara, tal como él es y saciarnos de su amor para siempre.
3. (Como Jesucristo) Esta nueva vida ES LA QUE INAUGURÓ JESUCRISTO CON SU MUERTE Y
SU RESURRECCION. El pronunciaba las palabras del fragmento del evangelio que hemos
leído cuando estaba a punto de despedirse de sus amigos. Ya presentía su muerte, pero
anunciaba también su resurrección. Esta comparación del grano de trigo, ilumina la muerte
y la resurrección de Cristo, pero ilumina también la nuestra. Si Cristo, el Hijo de Dios,
nuestro hermano mayor, ha hecho este camino, también nosotros participamos de su
Pascua, también nosotros estamos destinados a pasar de este mundo al Padre. (La
eucaristía que vamos a celebrar, nos hará revivir la muerte y la resurrección de Cristo que es
garantía de la nuestra).
Jueves ceniza 2,Textos: Juan 14,1-6. acabamos de escuchar en palabras de Jesús: "En la casa de mi
Padre hay muchas estancias". Nosotros sabemos gracias a Jesús que nuestra vida no se perderá
nunca por parte de Dios. Por parte de Dios —que es el Padre que ama siempre— lo tenemos
ganado. El tiene lugar para todos en su inmenso amor de Padre. El que es la vida y el amor de
siempre y por siempre, quiere que nuestro amor, por pequeño que sea, no se pierda. Por ello Jesús
podía decir a los que sentían como nosotros la tristeza de la muerte y el dolor de perder una
persona amada: "No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí;".
Si sabemos que por parte de Dios no se perderá, lo que vemos es que LA VIDA Y EL
AMOR SE PUEDE PERDER POR NUESTRA PARTE. Y ello lo sabemos por la experiencia de
sufrimientos innecesarios, de odios y rencores, de injusticias toleradas, de silencios culpables, de
indiferencias y traiciones que los hombres cometemos. Dios no condena a nadie porque Dios es
Amor, y el Amor da vida y recoge amor. Somos nosotros mismos los que, al volvernos de espaldas
al Amor y al hacer el mal, nos alejamos de Dios. La responsabilidad de vivir la vida en el Amor o en
el fracaso está totalmente en nuestras manos.
Jesús nos decía: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"; él mismo abre el camino y va
delante para ayudarnos a encontrar la ruta segura que nos lleva a la plenitud de la vida en el Amor
eterno del Padre. Nosotros hemos de reconocer que a menudo, ante tantos caminos como vemos y
nos señalan a nuestro alrededor, estamos igual que Tomás que dijo a Jesús: "Señor, ¿cómo
podemos saber el camino?". Porque caminos que parecen fáciles y llenos de éxito y prosperidad
encontraremos muchos. Hay personas que prosperan y viven bien porque han seguido el camino
de sus intereses sin respetar a los demás, y que para prosperar ellos han pisoteado a quien fuera
necesario; este camino que de momento parece el mejor, a la larga es el gran fracaso, es un camino
que no lleva a ningún sitio, es un camino que rompe la vida y el amor, y cae en el mayor de los
vacíos.
Otros caminos de vida, como el buscar solamente el dinero y el poder, también
dejan a la persona vacía de amor y esperanza en los demás, le cierran en él mismo y le empobrecen
hasta la muerte. JESUS MISMO NOS AYUDA A ENCONTRAR EL CAMINO que da sentido total a
nuestra vida; él es el camino. Jesús no es un predicador, Jesús es el que abre el camino y nos
acompaña en la vida. Jesús es aquel que siguió el camino de "pasar por el mundo haciendo el bien,
dando vida y esperanza a los demás", como dijo Pedro al pueblo después de la muerte de Jesús. Y
porque Jesús siguió este camino, de dar vida, amor y esperanza, vive para siempre en el Amor total
del Padre.
Hoy que nos encontramos ante una muerte, Jesús nos habla de vida y del camino que
lleva a la vida en plenitud. Nosotros ante la muerte en vez de dejar que la muerte nos abrume y
nos supere, NOS PLANTEAMOS EL SENTIDO DE LA VIDA, porque no creemos en la muerte, sino en
la vida y queremos vivir, y vivir para siempre en el Amor del Padre que nos ha dicho que tiene
lugar para todos. Miremos pues, si hemos encontrado el camino que nos llena de vida y de
esperanza; ante la muerte tomemos la vida con más fuerza y voluntad para encontrar el camino
que nos llene de sentido y de esperanza ahora y siempre.
Finalmente, en la tristeza de perder una persona amada, OS INVITO A RECORDAR TODO LO QUE
CADA UNO SEPA DEL AMOR, la amistad, la ayuda, la bondad que el difunto os haya dado, porque si
recordamos que en su vida ha habido amor, sabemos que este amor no se pierde nunca, ni se
puede enterrar, y que todo el amor que vivimos, por pequeño que sea, Dios que es el Amor más
grande lo recoge y los recibe para siempre. Recordemos aquellas palabras de la Escritura: "El que
ama encuentra a Dios, porque Dios es amor".
Marzo 13 . Textos: Juan 14,1-6
1. (Nuestra vida, por parte de Dios, no se perderá nunca) Lo acabamos de escuchar en
palabras de Jesús: "En la casa de mi Padre hay muchas estancias". Nosotros sabemos gracias a Jesús
que nuestra vida no se perderá nunca por parte de Dios. Por parte de Dios —que es el Padre que ama
siempre— lo tenemos ganado. El tiene lugar para todos en su inmenso amor de Padre. El que es la vida
y el amor de siempre y por siempre, quiere que nuestro amor, por pequeño que sea, no se pierda. Por
ello Jesús podía decir a los que sentían como nosotros la tristeza de la muerte y el dolor de perder una
persona amada: "No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí;".
Si sabemos que por parte de Dios no se perderá, lo que vemos es que LA VIDA Y EL AMOR SE PUEDE
PERDER POR NUESTRA PARTE. Y ello lo sabemos por la experiencia de sufrimientos innecesarios, de
odios y rencores, de injusticias toleradas, de silencios culpables, de indiferencias
y traiciones que los hombres cometemos. Dios no condena a nadie porque Dios es Amor, y el Amor da
vida y recoge amor. Somos nosotros mismos los que, al volvernos de espaldas al Amor y al hacer el
mal, nos alejamos de Dios. La responsabilidad de vivir la vida en el Amor o en el fracaso está
totalmente en nuestras manos.
2. (Seguir el camino de Jesús, no los caminos fáciles que hacen perder la vida) Jesús nos
decía: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"; él mismo abre el camino y va delante para ayudarnos a
encontrar la ruta segura que nos lleva a la plenitud de la vida en el Amor eterno del Padre. Nosotros
hemos de reconocer que a menudo, ante tantos caminos como vemos y nos señalan a nuestro
alrededor, estamos igual que Tomás que dijo a Jesús: "Señor, ¿cómo podemos saber el camino?".
Porque caminos que parecen fáciles y llenos de éxito y prosperidad encontraremos muchos. Hay
personas que prosperan y viven bien porque han seguido el camino de sus intereses sin respetar a los
demás, y que para prosperar ellos han pisoteado a quien fuera necesario; este camino que de
momento parece el mejor, a la larga es el gran fracaso, es un camino que no lleva a ningún sitio, es un
camino que rompe la vida y el amor, y cae en el mayor de los vacíos.
Otros caminos de vida, como el buscar solamente el dinero y el poder, también dejan a la
persona vacía de amor y esperanza en los demás, le cierran en él mismo y le empobrecen hasta la
muerte. JESUS MISMO NOS AYUDA A ENCONTRAR EL CAMINO que da sentido total a nuestra vida; él
es el camino. Jesús no es un predicador, Jesús es el que abre el camino y nos acompaña en la vida.
Jesús es aquel que siguió el camino de "pasar por el mundo haciendo el bien, dando vida y esperanza a
los demás", como dijo Pedro al pueblo después de la muerte de Jesús. Y porque Jesús siguió este
camino, de dar vida, amor y esperanza, vive para siempre en el Amor total del Padre.
3 (Creemos en la Vida) Hoy que nos encontramos ante una muerte, Jesús nos habla de vida y del
camino que lleva a la vida en plenitud. Nosotros ante la muerte en vez de dejar que la muerte nos
abrume y nos supere, NOS PLANTEAMOS EL SENTIDO DE LA VIDA, porque no creemos en la muerte,
sino en la vida y queremos vivir, y vivir para siempre en el Amor del Padre que nos ha dicho que tiene
lugar para todos. Miremos pues, si hemos encontrado el camino que nos llena de vida y de esperanza;
ante la muerte tomemos la vida con más fuerza y voluntad para encontrar el camino que nos llene de
sentido y de esperanza ahora y siempre.
Finalmente, en la tristeza de perder una persona amada, OS INVITO A RECORDAR TODO LO
QUE CADA UNO SEPA DEL AMOR, la amistad, la ayuda, la bondad que el difunto os haya dado, porque
si recordamos que en su vida ha habido amor, sabemos que este amor no se pierde nunca, ni se puede
enterrar, y que todo el amor que vivimos, por pequeño que sea, Dios que es el Amor más grande lo
recoge y los recibe para siempre. Recordemos aquellas palabras de la Escritura: "El que ama encuentra
a Dios, porque Dios es amor".
Marzo 13 -2.Textos: Job 19,1.23-27a o bien Isaías 25,6a.7-9 Salmo 102 ó 104 Juan 14,1-6.
No nos reune aquí la muerte sino la vida: La vida del amigo N., que hoy llega a su fin terreno (que hoy
cumple una etapa). La vida de Jesucristo, que continúa vivo y presente. La vida eterna que todos
esperamos. Por ello, la actitud cristiana ante la muerte, hay que decirlo de entrada, no puede ser de
desesperación, de pánico o de miedo. No somos unos ilusos cuando, reunidos en esta circunstancia,
ciertamente triste a nivel humano, nos invaden sentimientos de esperanza, de certeza y casi de alegría.
Es por ello que esta liturgia es una celebración. La celebración de una despedida, sin duda, donde se
mezclan al mismo tiempo los sentimientos de tristeza y alegría. Como en toda despedida.
1. (El hecho) (En el primer punto hay que hacer referencia a la situación concreta: ni todas las muertes
son iguales, ni todas las vidas tienen la misma resonancia llegada esta hora. Algunas afectan más que
otras a la asamblea reunida. Por ello no todas las homilías pueden decir lo mismo...)
2. (La fe en Jesucristo resucitado) Los cristianos celebramos la vida, no la muerte. (Un Dios de vivos, no
de muertos). Pero la muerte siempre nos oprime y entristece lo mismo que a los demás hombres. No
somos insensibles ni estoicos. No le encontramos sentido y nos rebelamos. Pero no es una rebelión
desesperada. Impulsados por la fe en Jesucristo, miramos el futuro esperanzados, confiados e, incluso,
deseosos (o alegres). Creemos que el futuro del hombre está en Dios; que no es una incógnita.
La fe en Jesucristo vivo se caracteriza por la certeza que tenemos de una victoria sobre la muerte. Es lo
que experimentaron los apóstoles la mañana del domingo de Pascua: Jesús, el Señor, que ha muerto y
ha sido sepultado, ivive! ¡Está vivo! No sólo ha pasado por la muerte como los demás hombres, sino
que la ha vencido. Y la fe de los discípulos en Jesucristo resucitado es la esperanza cierta de la propia
resurrección.
3. (La vida eterna) "No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre
hay muchas estancias..." La raíz de nuestra esperanza está en la bondad de Dios y en la victoria de
Jesucristo. "... Yo sé que está vivo mi Vengador, y que al final se alzará sobre el polvo". "El Señor Dios
enjugará las lágrimas de todos los rostros". La liturgia nos anima a hablar de un "convite" y de una
"fiesta" que Dios nos tiene preparada.
La vida no se acaba, se cambia por aquello que es definitivo. Cuando hemos perdido la confianza en
todas las seguridades humanas, en las riquezas, los razonamientos y las ideologías terrenas —que es lo
que nos pasa ante el hecho implacable de la muerte— cuando probamos la amargura de que las
cualidades personales, el dinero (el poder), la misma ciencia, son impotentes, entonces es cuando
estamos abiertos a la esperanza de una victoria definitiva sobre la muerte.
¡Tantas cosas que queríamos hacer en la vida y no hemos podido, tantas ganas de vivir y nos morimos!
Al final de este camino de decepción y de impotencia humana, nos espera Dios con su vida, la vida
eterna. Esta nace precisamente allí donde mueren las esperanzas humanas. A eso, desde pequeños, lo
llamamos el cielo. Pero lo vemos lejos, cuando está cerca; lo vemos difícil, cuando es Jesús mismo
quien nos prepara el lugar y vuelve a buscarnos para que vivamos con él; cuando es Dios Padre que
desde siempre nos espera para acogernos y perdonarnos (abrazarnos). Es la vida eterna que dará
cumplimiento a todas nuestras ansias de ser felices y completará, sobradamente, todos nuestros
proyectos inacabados.
4. (Eucaristía) Vamos a celebrar la cena con la que Jesús se despidió de sus amigos: la Eucaristía.
Nosotros creemos en la eficacia del sacrificio de Jesucristo. Celebrar el memorial del Señor, no es
simplemente recordar al Maestro y tomar ejemplo, sino que es recibir también la energía y la fuerza
que nos viene de su victoria sobre la muerte. Por la Eucaristía participamos de su vida y recibimos ya
aquí una señal (una garantía) de nuestra resurrección. Por ello sabemos que nuestro hermano vivirá y
nosotros también viviremos. La plegaria de esta celebración acompaña a nuestro amigo hacia la vida
eterna. Con la esperanza puesta en Jesucristo resucitado, al despedirnos, no decimos "un adiós para
siempre", sino sólo un "hasta luego".
Abril 01.
Querámoslo o no, el temor a la muerte arruina nuestra alegría de vivir. Y es que en el interior de toda
felicidad humana, se oculta una especie de “insatisfacción subterránea” que todo ser humano lúcido
puede percibir, ya que no es posible, en último término, escamotear la fugacidad del momento feliz y
desterrar la amenaza de la muerte. Todos vivimos cercados por la muerte esa “omnipotente
aguafiestas” que nos estropea la seguridad de nuestro vivir diario. Por muchos que sean los logros de la
humanidad, la vida sigue dominada por la muerte y sigue, por eso mismo, amenazada por lo irreal, por
el vacío y por la nada.
En nuestra sociedad nadie sabe cómo tratar a la muerte. Pensamos que es mejor olvidarla.
No hablar de ella. Porque es arriesgado tratar de penetrar en su enigma. Preferimos hablar de las
consecuencias que una muerte trae consigo para los que seguimos viviendo. No nos atrevemos a
plantearnos de frente la pregunta más “lógica” y elemental: la muerte ¿es o no es el final de todo?
Porque si es el final de todo, la muerte reviste el carácter de una poderosa y terrible mutilación de
nuestra existencia. Pero si no es el fin, entonces nuestra muerte y, por tanto, también nuestra vida,
adquiere una dimensión extraordinariamente nueva, de infinitos horizontes.
La confrontación serena con esa muerte que tarde o temprano todos tendremos que
afrontar, nos coloca delante del todo o de la nada, del sentido o del sinsentido último de nuestra
existencia: Dios o el vacío infinito. En el fondo, a pesar de este estremecimiento, también el hombre del
sigo XXI sigue planteándose la eterna cuestión que el ser humano desde que es humano lleva en su
corazón: “¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué va a ser de todos y de cada uno de nosotros?” Todos
los vivientes mueren, pero sólo el hombre sabe que debe morir. Ahí está su grandeza y también su
problema. Porque “el problema no es que el hombre en abstracto tenga que morir, sino que yo me voy
a morir, que tú te vas a morir”. Esa es la cuestión.
Cuando los cristianos hablamos de “resurrección” no pretendemos saberlo todo
ni comprenderlo todo. No nos dedicamos tampoco a especular con nuestra imaginación. Porque
sabemos muy bien que “el más allá” escapa a los esfuerzos que puede hacer la mente humana. La
actitud básica de quien cree en la resurrección de Cristo es una actitud de confianza en un Dios Padre
que nos mira con amor. No estamos solos ante la muerte. Hay un Dios que no defraudará los anhelos y
esperanzas que habitan al ser humano.
En el interior mismo de la muerte nos espera el amor infinito de Dios Padre. A
lo largo de la historia, los seres humanos han formulado de muchas maneras su anhelo de vida más allá
de la muerte. Nosotros los creyentes encontramos en Cristo resucitado el camino más humano, realista
y esperanzado para adentrarnos en el misterio de la muerte. Lo expresa san Pablo cuando dice que:
“No ponemos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.” Y es que
no se puede encontrar el sentido de la vida si no está incluido en él, el sentido de la muerte. Y en Cristo
Resucitado los creyentes encontramos ambos sentidos.
Acabamos de escuchar en el Evangelio que Jesús es “la resurrección y la vida”. Poco a poco,
los creyentes vamos descubriendo en las palabras de Jesús no sólo una promesa que abre nuestra
existencia a una esperanza de vida eterna; al mismo tiempo los creyentes vamos comprobando que ya
desde ahora Jesucristo es alguien que resucita lo que en nosotros estaba muerto, y nos despierta a una
vida nueva. La fe en la resurrección, cuando crece de verdad en nuestros corazones es origen de aire
fresco que ensancha los corazones, y es siempre fuente de libertad.
La fe en la resurrección puede y debe darnos a los creyentes la capacidad para vivir sin
reservas, y luchar de manera incondicional por un hombre nuevo y liberado. Porque “el que cree que
Jesucristo en la resurrección y la vida, aunque muera, vivirá”. Hoy la pregunta nos la formula el mismo
Jesús cuando nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá…
¿Crees tú esto?”. ¿Qué respondes? ¿Nos lo planteamos en un momento de silencio?
Abrail 22.Afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de las cosas más
dolorosas que uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una desazón interior y un
desasosiego indescriptible ya que se nos priva de volver a estar junto a esa persona tan
querida. Recordemos que también la Santísima Virgen María lloró por el terrible sufrimiento
causado por la cruel crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también, volvamos a
pasar por nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó el dolor y el
sufrimiento que lleva aneja nuestra condición de criaturas.
Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la podrá
arrebatar: que resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el funeral de nuestra
hermana ……………. y todos nos unimos en la oración por ella y la echaremos de menos. Lo
que nos sucede a nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al terruño, llegando
incluso a considerar que no hay más que lo que vemos, oímos, palpamos, gustamos y
olemos. Craso error ya que a lo largo de toda la historia de salvación y de manera constante
Dios se nos ha ido manifestando en múltiples ocasiones y de variadas formas, llegando a
manifestar de un modo totalmente culminante y supremo en su único Hijo Jesucristo.
Que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros nos hizo el
gran regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y en el madero de la cruz se
realizó la salvación, brotó el manantial de la salvación. Y no nos olvidemos que Jesucristo
resucitó de entre los muertos, que durante cuarenta días se estuvo manifestando vivo en
numerosas apariciones, que después ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos hace
llegar la salvación por medio de los sacramentos que administra la Iglesia Católica. Llegando
incluso a quedarse entre nosotros en la Eucaristía y poniendo como ‘su tienda de campaña’
entre nosotros de manera permanente en el Sagrario. Es muy importante no olvidarnos de
todo esto.
Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las plantas
de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre las raíces llevan consigo
tierra del lugar donde estaba bien arraigada. Nosotros los cristianos tendríamos que tener
arraigadas nuestras raíces en el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en Cristo
Eucaristía. Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión frecuente es
tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos constantemente. Nuestra vida
cristiana tiene que estar oxigenada para que cuando Dios nos llame ante su presencia nos
podamos personar ante Él lo mejor y antes posible.
Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana ……………….. y ella se
está dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la presencia
divina hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado. Y es aquí donde entramos
nosotros. Todas las oraciones que realicemos por ella serán una importante ayuda para
conseguir el fin: estar gozando de la dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el
descanso eterno… y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz
TEXTOS:- 1 Corintios 15,1-11 ; Mateo 11,25-30.
Nos hemos reunido para celebrar nuestra fe en el amor de Dios manifestado al mundo
por medio de Jesucristo, en la fuerza del Espíritu, y para acompañar con la oración el
tránsito de nuestro amigo ……………..
Aunque esta muerte sea la culminación de una larga vida y ………….. haya podido
conocer a los hijos de sus hijos, a nosotros se nos plantean una serie de interrogantes
sobre el sentido de la vida, sobre el sentido del dolor y sobre el sentido de¡ amor (en
este momento de su muerte nos preguntamos: ¿qué queda de todo lo que ……………..
amó a lo largo de su vida?).
Las reacciones naturales ante estas preguntas fundamentales de la vida son: el
escepticismo, la perplejidad, o el reconocimiento de la pobreza humana.
* El escepticismo es la reacción de aquellos que sólo ven a través de los
ojos físicos, se quedan en la constatación de la derrota del cuerpo humano y piensan
que más allá de la muerte nos espera "tierra por encima y tierra por debajo". * La
perplejidad es la reacción de los que se sublevan contra la percepción racional de la
vida humana como una experiencia apasionan- te pero inútil, y que no saben o bien
no pueden dar un paso más allá.
* La constatación de la pobreza es el descubrimiento y la aceptación de la grandeza y
de los límites de la existencia humana, pero que, al mismo tiempo, ponemos la mano
como un pobre que pide la ayuda de quien nos puede socorrer, comprender; nos
puede sacar de la oscuridad y nos puede dar el sentido de lo que ocurre.
El texto de la primera carta a los Corintios nos anuncia la narración
de la resurrección de Cristo, como promesa de nuestra resurrección. Se trata de una
noticia que ilumina con realismo la oscuridad de la muerte. En efecto, a la luz del texto
vemos que Jesucristo no ha venido a eliminar el dolor. Tampoco ha venido a
explicarlo. Jesucristo ha venido a llenarlo con su presencia.
A la luz de la resurrección de Cristo tanto el escepticismo corno la
perplejidad quedan desafiados por la luz y el amor. A la luz de la resurrección de
Cristo, nuestra pobreza halla una respuesta de ternura y de amor. A la luz de la
resurrección de Cristo, en medio del dolor, se nos ofrece una propuesta de renovación
existencial. A la luz de la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte
que la muerte.
'De esta manera la encarnación de Cristo nos ayuda a descubrir que
nuestros cuerpos envejecen, pero que la vida no tiene edad. *La muerte de Cristo nos
ayuda también a descubrir que el amor no se entierra y que el dolor de la vida es una
dificultad que puede convertirse en una gran oportunidad y una escuela para crecer
hacia la madurez del amor.
La resurrección de Cristo nos capacita para vivir de una manera
nueva, ya que también nuestro amor es más fuerte que la muerte. La vida humana
tiene sentido. Cristo se ha hecho como nosotros, ha muerto y ha resucitado, a fin de
que nosotros por medio de él y con la fuerza de su Espíritu podamos caminar hacia
Dios que es amor. Este es el sentido de la vida. Lo cual es una realidad para todas las
mujeres y los hombres de la tierra que buscamos y amamos como podemos y como
sabemos. No obstante hemos de ir más allá de la mirada exclusivamente física, de la
razón y de las emociones, para abrirnos a la mirada intuitiva del niño que todos
llevamos dentro, como un don muy apreciado desde la creación de Dios.
El evangelio nos ha recordado que todos somos capaces de despertar
a ese niño interior y de dejarle para que, ahora y aquí, mirando hacia adentro, nos
permita iniciar de nuevo la aventura de la vida, el coraje de creer, la experiencia
paciente de esperar y la opción gozosa de amar. Por eso celebramos la muerte de N.
con amor y con paz. Su cuerpo ha ido envejeciendo hasta apagarse, su vida intelectual
ha ido tomando conciencia en la medida de lo posible. Mientras su cuerpo se apagaba
y la inteligencia llegaba a su cima, sólo el amor es más fuerte que la muerte. En
definitiva estamos, pues, celebrando esa victoria de la fe y de la vida sobre la muerte.
Él ya goza de la libertad, del gozo, de la paz y del amor, como don de
Dios. Este es el verdadero significado de la resurrección, ya que ésta es una nueva
creación, obra de la ternura de Dios, que nosotros recibimos como gracia y, por tanto,
por la fe. Es entonces cuando podemos ir entendiendo que "su yugo es llevadero y su
carga ligera", como se nos ha dicho en el evangelio.
• Merece la pena vivir con el realismo trascendente.
• Merece la pena contemplar el misterio profundo de la vida humana. • Merece la
pena ayudarnos los unos a los otros a seguir este camino comunitariamente. * Merece
la pena creer, esperar y amar.
Cuando dentro de unos minutos consagremos el pan y el vino,
haciendo el memoria¡ de la última cena de Cristo, de su muerte y resurrección,
proclamaremos que así como el pan y el vino ya no serán materia sino la presencia
real de Jesucristo, Dios y hombre, un día Dios estará todo en todos. A pesar de que la
vida es muy compleja, la fe nos permite intuir una vez más que merece la pena. Y así,
casi sin darnos cuenta, en esta celebración eucarística habremos proclamado que la
vida tiene sentido no sólo para ………….. en su muerte, sino también para todos los
hombres y mujeres de la tierra en nuestras tareas de cada día que continuaremos
haciendo.
Esta oferta es un regalo gratuito de Dios dirigido a todos, sin distinción
alguna. La aceptación de este regalo es la respuesta que cada uno, desde su propia
libertad, tiene que dar. ¡Que el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a acertar en la
respuesta!
DIIFUNTOS.Mayo 01-17 Textos: Romanos 8,14-23 Mateo 11,25-30
Dios Padre nos acaba de hablar como nos habla siempre que nos reunimos en su casa, el templo.
Sólo que hoy nosotros, sus hijos, ESTAMOS DE LUTO: se nos ha muerto un hermano, N., que en el
cielo esté. Es como si nos hubiéramos muerto un poco de nosotros mismos, tal es la pena que
pasamos. Le conocíamos, le amábamos, nos amaba...
Podemos afirmar que en estos momentos nos une el dolor, miembros como somos de la
misma familia humana, solidarios los unos de los otros, enfrentados con el común destino fatal, la
muerte. A veces la alegría también suele unirnos, pero no tan intensamente; nos vuelve eufóricos,
orgullosos, egoístas. El dolor, en cambio, nos hace humildes, impotentes, compasivos.
Ya que nos une un mismo dolor, yo ols invito, amigos, a sentirnos hermanados por una misma
esperanza. No por una esperanza cualquiera, ilusoria, evasiva, grotesca, sino POR LA ESPERANZA
QUE SE FUNDA EN LA PALABRA DE DIOS QUE HEMOS ESCUCHADO. Los cristianos, ya lo sabemos,
sufrimos y morimos como todos los demás hombres (iy el Padre no nos ahorra nada!), pero somos
capaces de morir y sufrir de manera distinta, no ya sólo con dignidad, sino con esperanza. Como
Jesús. Con Jesús.
2. ("Pienso, decia san Pablo, que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día
se nos descubrirá". Y eso que sufrimientos, en este mundo, hay muchos, incalculables: a los
naturales, inherentes a la imperfeccón de las cosas, hay que sumar los que vamos añadiendo los
hombres con nuestro pecado. Pues bien, toda ESTA ENORME CANTIDAD DE SUFRIMIENTOS, toda
esta triste herencia humana que nos vamos pasando de generación en generación, NO SE PUEDE
COMPARAR CON EL CIELO QUE NOS ESPERA, la otra herencia de alegría que nos corresponde como
hijos de Dios.
"La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto". Pensemos, por
ejemplo, en los pobres y en los enfermos, en los hambrientos y en los emigrantes, en los jóvenes y
en los ancianos, en los presos y en los que no tienen trabajo, en los labradores y en los obreros de
las fábricas, en todos aquellos que experimentan de una u otra manera la existencia del mal y del
pecado. Pensemos también en la lucha que mantienen los hombres de buena voluntad (iy todos
tendríamos que serlo!), en favor de la verdad, de la justicia, de la paz.
Pensemos, también, en los esfuerzos de renovación que hace la Iglesia, impulsada
por el Espíritu, para mantenerse fiel al evangelio y a los signos de los tiempos. Ya que, ASÍ COMO
LOS DOLORES DE LA MADRE SON REDENTORES PORQUE DAN A LUZ AL HIJO, ASI TAMBIEN LO
SERAN NUESTROS SUFRIMIENTOS Y NUESTRA MISMA MUERTE, si sabemos
asumirlos, de cara a nuestra definitiva salvación en Dios. Aquello que expresó Maragall en aquel
verso maravilloso: "Séame la muerte un mayor nacimiento".
Es, hermanos, LA CONSECUENCIA NATURAL DE NUESTRA FE: "Si somos hijos, también herederos,
herederos de Dios y coherederos con Cristo con tal que suframos con él para tener parte en su
gloria". Ahora, después del bautismo, ya somos hijos, pero sólo lo somos en tanto que nos anima
el Espíritu de Dios, o sea, de manera imperfecta, inmadura, sometida al pecado, como si aún
estuviéramos dentro del vientre de la madre. Vendrá un día en que seremos "plenamente hijos,
cuando nuestro cuerpo sea redimido", A SEMEJANZA DE JESUS, NUESTRO HERMANO MAYOR, el
cual, después de haber muerto, fue resucitado a gloria de Dios Padre. Este es el fundamento más
profundo de nestra esperanza. Esta creemos que es la fuerza, la única fuerza, que mantiene a la
humanidad y que la ayuda a avanzar, a pesar de todo, hacia su plenitud de vida y comunión de
amor con Dios.
Mayo……………… (Un misterio que pide fe y confianza)
Historias! —pensará alguien. Ah, no, hermanos, no lo creáis. Los sabios y
entendidos de este mundo, aquellos que sólo confían en la ciencia, en el dinero
y en el poder, esto, ni lo entienden ni lo quieren entender. Ya se quejaba Jesús;
SOLO ES DADO DE ENTENDERLO A
LOS SENCILLOS Y HUMILDES DE CORAZON. A nosotros, si somos capaces de
fiarnos del Padre.
No hagáis caso de aquellos que prometen paraísos terrenales como
si Dios no existiera y el hombre no tuviera un destino trascendente. Ahora, eso
si, y éste es nuestro compromiso: en un mundo tan materializado y tan falto de
horizontes, nosotros los creyentes debemos ser signos de fe y de esperanza con
nuestra manera de vivir y de morir, con nuestra manera de amar.
¿Por qué Dios, si es tan bueno y poderoso, permite que suframos y muramos?
¿Cualquier padre de la tierra no evitaría semejantes desgracias a sus hijos, si
pudiera hacerlo? Es una tentación que a menudo nos asalta y un reproche que
nos hacen quienes no tienen fe.
Mirad, hermanos; nos encontramos ante un misterio, pero un misterio de amor,
como el misterio de la existencia. No hay ningún absurdo. El Padre no está sordo
a nuestras súplicas. Su silencio es más aparente que real.
Nos ha dado una vez para siempre su respuesta, UNA
RESPUESTA MAS CONTUNDENTE QUE TODAS LAS PALABRAS: JESUS, SU PROPIO
HIJO, CLAVADO EN CRUZ. Sólo nos hace falta confiar en él como Jesús confiaba.
No tengamos miedo: somos hijos, no esclavos. Abandonémonos a él con el gesto
espontáneo y seguro del niño pequeño que se lanza a los brazos de su padre.
Después de habernos hablado, el Padre nos invita a la mesa: a celebrar su amor
y reponer nuestras fuerzas con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. No nos deja
solos, abandonados. SUFRE CON NOSOTROS.
Mientras acoge con una mano a nuestro hermano difunto, N., y le corona de
gloria al lado de Jesús, de la Virgen Maria y de los otros santos, con la otra mano
limpia nuestras lágrimas y nos guarda de caer en el abismo. Sí, estamos
cansados y agobiados. Descarguémonos un poco. Aquí y sólo aquí
encontraremos el reposo y la paz. Amen.
CONMEMORACIÓN DE LOS FIELESDIFUNTOS

La liturgia de hoy: Hoy, con el corazón dirigido a las realidades


últimas, conmemoramos a todos los fieles difuntos, que "nos
han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la
paz" ()yer y hoy: )yer, la !glesia *riunfante# Hoy, la
!glesiaPurgante# +o&re el purgatorio:Los que mueren en la
gracia y en la amistad de ios, peroimperfectamente
purificados, aunque est n seguros de sueterna sal%ación,
sufren despu-s de su muerte unapurificación, a fin de o&tener la
santidad necesaria paraentrar en la alegr a del cielo# La !glesia
llama Purgatorio aesta purificación final.Llorar a los muertos:Por
eso, el llanto de&ido a la separación terrena no ha depre%alecer
so&re la certeza de la resurrección, so&re laesperanza de llegar

a la &iena%enturanza de la eternidad#/uestra relación con


nuestros hermanos difuntos:+an Pa&lo, escri&iendo a las
primeras comunidades,e0horta&a a los fieles a "no afligirse
como los hom&res sinesperanza"# "+i creemos que 1esús ha
muerto y resucitado2escri& a2, del mismo modo a los que han
muerto en1esús ios los lle%ar con -l" (3 *s 4, 35634
#7irtud de la 8speranza cristiana:La muerte no es el final de
todo# 8s el inicio de una %idaplena en el oc-ano infinito del
amor de ios# +an )l&ertoHurtado:

La vida se nos ha dado para buscar a Dios; lamuerte para


encontrarlo; el cielo para gozarlo.
11.- TEXTOS: Lucas 23, 33.39-4
Los evangelios recogen las palabras de Jesús en la cruz: son las siete
palabras que, tradicionalmente, meditamos cada año el día que celebramos
su muerte, el Viernes Santo. Ahora, reunidos en esta iglesia para acompañar
en la fe y en la oración el cuerpo sin vida de nuestro hermano N., hemos
escuchado la segunda: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso".
Jesús, que en otro momento, también en la cruz, pide al Padre
que perdone a aquellos que le habían crucificado, ahora perdona a aquél
que, habiendo reconocido su pecado, le pide que se acuerde de él cuando
llegue a su Reino. la respuesta de Jesús no se hace esperar: "Hoy estarás
conmigo en el paraíso", le dice de forma clara y contundente.
En el último momento de su vida, aquel
hombre, al que la tradición ha dado el nombre de Dimas, se abre a la
salvación de Dios. Lo hace cuando se le ofrece la última oportunidad; quizás
se le habían ofrecido otras muchas... quizás no. Sea como sea, Jesús,
consecuente con lo que había enseñado y predicado y sin recriminarle nada,
le promete el paraíso, la salvación.
Esta salvación, ofrecida a todos los hombres y mujeres, es la que
deseamos y pedimos para nuestro hermano N.... Él ha acabado su estancia
en este mundo; a lo largo de su vida seguramente el Señor le habrá ofrecido
diversas oportunidades para hacer el bien, amar y ayudar, y él las habrá
aprovechado. También, seguramente, habrá tenido ocasión de volver al
buen camino cuando por debilidad humana se haya podido apartar. Quién
sabe si, a última hora, le habrá podido expresar su confianza, habrá podido
pedirle perdón, le habrá dicho desde el fondo del corazón: Acuérdate de mí.
Nosotros, recordando que Dios es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia, le pedimos que rescate de la muerte a
nuestro hermano N., lo libere de toda culpa y, reconciliado con Él y llevado
sobre los hombros del Buen Pastor, lo haga disfrutar eterna- mente de la
Vida de su Reino.
Lucas 23, 33.39-4 Difuntos myo N2, Él, nuestro hermano N., ya no está entre
nosotros; su recuerdo, sin embargo, perdurará y nos acompañará siempre.
Nosotros permaneceremos todavía en este mundo hasta que llegue la hora de
dejarlo, que no sabernos cuando será. Ojalá, llegado el momento, podamos oír
de labios de Jesús: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".
Estar con Jesús eternamente; estar ya ahora. Unidos con él tenernos
que saber pedir el perdón de Dios para nosotros y para todos los hombres:
"Perdona nuestras ofensas" decimos en el Padrenuestro, y añadimos: "Así como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Rezando esta oración -la
rezaremos también hoy nos comprometemos a perdonar a semejanza de nuestro
Padre del cielo.
El perdón, hermanas y hermanos, es una exigencia del verdadero
amor: quien ama, perdona; quien ama, sabe pedir perdón. Dios hace que en
nuestro vivir de cada día, en nuestras relaciones familiares, laborales, sociales,
tengamos Siempre el perdón a flor de piel. Lo dice Jesús en el evangelio, cuando
responde a la pregunta que le hace Pedro: ¿Cuántas veces tendré que perdonar a
mi hermano? ¿Hasta siete veces?. La respuesta de Jesús es tajante: No te digo
siete veces, sino setenta veces siete. Lo que quiere decir, siempre.
También tenernos que pedir perdón a Dios. Él nos ofrece siempre
este perdón. Basta sólo con pedirlo, reconociendo que tenemos necesidad de él
porque no hemos hecho caso de su Palabra ni nos hemos esforzado lo suficiente
en cumplir su voluntad. Esta Palabra, esta voluntad de Dios, la expresó con
claridad Jesús, y la encontrarnos bien sintetizada en el sermón de la montaña:
sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Tenernos que tender
hacia esta perfección; tenemos que hacer el bien incluso a los que nos ofenden,
amar a los enemigos, y orar por los que nos hacen daño. Tenemos que vivir el
espíritu y la letra de las bienaventuranzas, de este programa de felicidad que
puede dar un sentido nuevo a nuestra vida.
Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será
grande en el cielo. Este cielo, es decir, esta salvación, es la recompensa que el
Señor ofrece a todos aquellos y aquéllas que hayan vivido, o al menos hayan
intentado, vivir amando. Pidamos al Señor que nos dé la fuerza necesaria para
saberlo hacer, para quererlo hacer. Pidámosle que un día nos podamos
encontrar con Él, con nuestro hermano difunto N. y con tantos otros que, quizás
sin saberlo, han hecho realidad en sus vidas este programa de felicidad
proclamado por Jesús.
Difuntoa, Textos: Mateo 25,1-13

el hecho de encontrarnos diciendo adiós y orando por este hermano nuestro


que murió, es también una llamada, una invitación para la vida de cada uno de
nosotros. Es una llamada que nos recuerda que también a nosotros nos llegará
un día esta hora de la verdad. No sabemos cuando será, no podemos imaginarlo
Pero sabemos que llegará un momento en que nuestra vida de aquí habrá
terminado, y entonces deberemos tener las lámparas encendidas, como
aquellas doncellas que esperaban la llegada del esposo.
¡Y cómo valdrá la pena que en este momento, cuando lleguemos a
este momento, nuestra vida pueda aparecer como una claridad fuerte, viva,
intensa! ¡Cómo valdrá la pena que en esta hora de la verdad podamos constatar
que sí, que hemos vivido la vida profundamente, entregadamente,
valiosamente! ¡Y qué tristeza, qué lástima, si tuviéramos que constatar que nos
hemos pasado la vida simplemente a base de ir tirando, sin tomarnos en serio
nada que valiera la pena, sin haber contribuido a la felicidad de los demás, sin
haber procurado amar de veras!
Entonces llegaríamos a este momento definitivo con una lámpara
apagándose, que apenas serviría de nada. Habríamos perdido la vida muy
lamentablemente. Y ante nuestro Padre del cielo, y ante los demás hombres, y
ante nosotros mismos, deberíamos reconocer que habíamos defraudado las
esperanzas que Dios había puesto en nosotros, y que los demás hombres habían
puesto en nosotros.

Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro deseo y


nuestra esperanza de que este hermano nuestro, liberado de toda culpa, pueda
entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre. Y sintámonos llamados
finalmente, todos nosotros, a trabajar para que nuestra vida sea realmente
luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás,
porque solamente así habrá merecido la pena -ante Dios, ante los demás
hombres, ante nosotros mismos- haber vivido.
3. Sintámonos llamados a confiar, a orar, a caminar hacia adelante
Por tanto, sintámonos hoy llamados, ante todo, a confiar. A confiar en
el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros, y que de modo
especial quiere a este hermano nuestro que ahora vamos a enterrar. El le
dio la fe, él lo acompañó en el camino de este mundo, él quiere recibirle
para siempre en el gozo de su Reino.
Sintámonos llamados, también, a orar. A manifestar ante Dios nuestro
deseo y nuestra esperanza de que este hermano nuestro, liberado de
toda culpa, pueda entrar en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre.
Y sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que
nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la
apertura, de la atención a los demás, porque solamente así habrá
merecido la pena -ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros
mismos- haber vivido.
Homilía preparada por J. Lligadas
Difuntos mayo 27, Hay alguna razón para rezar por los difuntos? En la mayoría de los funerales
a los que he asistido, la gente dice con cierta seguridad, "él está en un lugar mejor ahora" o "ella
está en el cielo", como si la llegada inmediata de su ser querido en el cielo fuera una conclusión
inevitable. En nuestro dolor queremos creer que nuestros seres queridos han ido al cielo, pero
la verdad es, que no sabemos exactamente a dónde se dirigen. La Biblia proporciona evidencia
de que no puede haber imperfecciones en el cielo:
“Demasiado puros son tus ojos para mirar al mal, y la visión de la miseria no la puedes
soportar” (Hab. 1,13)
De acuerdo con el Catecismo, muchos de nosotros no merecemos el infierno pero
aun así necesitamos de purificación antes de que podamos entrar en el cielo, es decir que
cuando morimos pasamos a través de un estado que la Iglesia llama purgatorio: "Los que
mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están
seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener
la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo". (CIC 1030)
¿Qué es el purgatorio y cómo es? La mayoría de las descripciones de los santos
implican fuego. San Pablo escribe: "El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro,
porque el fundamento es Jesucristo. Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas,
madera, pasto o paja: la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se
revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra
de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá
la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como
quien se libra del fuego" (1 Cor. 3, 11-15).
El fuego puede ser metafórico, ya que las almas en el purgatorio no tienen
cuerpos. Lo que puede causarles dolor y sufrimiento es su separación de Dios, así como también
tienen el gozo de saber que van a entrar en el cielo. El pensamiento de un ser querido que sufre
en el purgatorio es una gran motivación para orar por él, pero hay otra razón. Hay tres estados
de la Iglesia: Los que estamos en la tierra (Iglesia militante), los que han muerto y están siendo
purificados (Iglesia purgante) y los que están en la gloria con Dios (Iglesia Triunfante). (CIC 954)
¿Cómo ayudar a nuestros Fieles Difuntos? Por la caridad, estamos llamados a
encomendar las almas de los fieles difuntos a la misericordia de Dios y orar por ellos. Podemos
ayudarles no sólo a través de nuestras oraciones, sino también ofreciendo misas por ellos,
dando limosnas y ofreciendo obras piadosas para el beneficio espiritual de los demás. Durante
el mes noviembre, que se dedica a las Benditas Almas del Purgatorio, hay más oportunidades
para ayudarles a ganar indulgencias que son sólo son aplicables a los difuntos.
3.- Rezar el Descanso Eterno Incluso si nuestros seres queridos que ya están en el cielo, sigue
siendo beneficioso orar por ellos porque puede ser que otra alma necesite la ayuda. Algún día
nosotros mismos podríamos necesitar las oraciones de los vivos. En su oración por un
emperador difunto, San Ambrosio muestra este amor al prójimo:"Dale Señor el descanso a tu
siervo Teodosio, ese descanso que Tú has preparado para tus santos… Yo lo amo, y por lo
mismo también lo seguiré a la tierra de los vivientes, no lo voy a dejar hasta que por mis
oraciones y lamentaciones sea admitido al monte santo del Señor..."

Difunto junio12. Cuando uno muere se acaba la vida, no se acaba una relación”.alguiem, al
final de su viaje preguntaba a Dios.: “Señor, cuando llame yo a la puerta de tu casa, cansado
de luchar, abatido y desnudo, ¿me reconocerás? Padre mío, si un día voy donde Tú estás sin
poderte llevarte otra cosa que mis infidelidades, mis amargos desengaños, mis batallas
inútiles, todo el mal que hice a los demás…¿sabrás quién soy? Señor, hoy sé que no soy
quien yo hubiera querido ser. Ni siquiera sé si me asemejo en algo a lo que esperabas de mí.
No soy un santo…¿me aceptarás así?
Porque puedo sentir que he sido el hombre perdido que viniste a buscar; el
enfermo a quien sólo Tú podías sanar. ¿Me reconoces así? Soy un pobre ser que reclama tu
amor, sólo tu amor. Y veo que mis manos están sucias y que voy vestido de mugre; pero creo
ser ese hijo tuyo para quien reservas un traje de fiesta, un anillo y, sobre todo, esa ternura
infinita que emana de ti, para poder sentir el abrazo del encuentro y entrar en tu casa, y
celebrar una fiesta que nunca ha de terminar”.
Cuando uno muere y llega al cielo dicen que se suele llevar tres sorpresas. La
primera es mirar a su alrededor y ver un montón de gente, borrachos, prostitutas, ladrones,
etc… que nunca hubiera pensado encontrar allí. La segunda es no ver a los que siempre
pensó que estarían allí, su párroco, las beatas de la misa de nueve, los endomingados, los
consumidores de novenas, los cumplidores de la letra y de las leyes…
La tercera sorpresa será exclamar: Yo lo he conseguido. No sé cómo, pero aquí
estoy. La comunidad cristiana se reúne domingo tras domingo para proclamar a Jesucristo
como el centro de su vida. Y se reúne en otras ocasiones para celebrar los acontecimientos
importantes que atañen a la comunidad. Hoy, hermanos, estamos aquí para orar y celebrar
no la muerte sino la vida eterna, con tristeza sí, pero también con alegría.
Hoy, estamos aquí con todos vosotros y oramos con istedes por X . Cada uno
de ustedes conserva y atesora recuerdos íntimos y cotidianos de X. Llorán a uno que es parte
de su sangre y de su carne. Hoy, todos debemos orar, esperar y aprender esta lección
silenciosa. Sí, todos estamos destinados a morir. La muerte es el último deber que todos
tenemos que cumplir y tenemos que hacerlo bien. Este viaje último lo hacemos sin billete
de vuelta. No lo necesitamos. En el aeropuerto del cielo, alguien está esperando a X. Viaje
para el que no se necesita ni pasaporte, ni maleta. El que nos espera nos conoce bien. Lo
único que necesitamos es dirigir nuestros ojos en el único que salva, en el que puede dar
sentido a nuestro vivir y a nuestro morir: Jesucristo.
Jesucristo pasó por la experiencia de vivir y morir para mostrarnos que el
amor es más fuerte que la muerte, que hay un nuevo comienzo, que la última palabra es
pronunciada por Dios, un Dios que es amor y que es nuestra victoria. San Pedro dijo muchas
veces: “Ustedes dieron muerte al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de los muertos y
nosotros somos sus testigos”.Hoy, nos toca a nosotros ser los testigos y proclamar que así
como Cristo vive, también vive nuestro hermano X. ¿Crees esto, Marta? ¿Creen esto ustedes
los cristianos? La primera parte del evangelio es creer y la segunda es vivirlo. Creer en
Jesucristo que es la resurrección y la vida. Vivir como Jesús que nos amó y murió por
nosotros. Hermanos, por la manera cómo X vivió está vivo con Dios. Por la manera como
nosotros vivamos, guardaremos vivo en nosotros el recuerdo de X.

Una nota de humor.

Piloto a la torre de control. Piloto a la torre de control. Estoy a 600 kilómetros de tierra…a
200 metros sobre el agua…me estoy quedando sin combustible…por favor instrucciones.

Torre de control a piloto…aquí torre de control…repita conmigo: “Padre nuestro que estás
en el cielo…”

Esta es nuestra torre de control dando instrucciones a tantos pilotos en peligro. Les invito a
repetir conmigo: La vida es eterna. El amor de Dios no se agota nunca. La muerte es sólo un
horizonte y hay vida más allá de este horizonte.

Sí, Señor, tú eres mi final y mi nuevo y bendito principio.


Diofunto indigente.El evangelio y la primera lectura son una advertencia contra la
indiferencia y la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Son tantas las personas que piden
ayuda, solicitan auxilio, reclaman apoyo, que acabamos por cerrar los ojos para no ver y
apagamos el corazón para no sentir. Yo no puedo resolver las necesidades de tanta gente,
decimos, y si ayudo a uno, los demás se enteran y quieren que yo también los ayude. Y yo
puedo con uno, pero no con veinte. Por eso también, esta parábola es un reclamo político
para suscitar la responsabilidad moral en la ejecución de políticas económicas incluyentes.
El tema lo introduce la lectura del profeta Amós. ¡Ay de ustedes los que se
sienten seguros en Sion! Se reclinan sobre divanes adornados con marfil, se recuestan sobre
almohadones para comer los corderos del rebaño. Se atiborran de vino, se ponen los
perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos. Es una
denuncia audaz y violenta contra los que viven entre lujos y abundancia, pero se mantienen
indiferentes y dan por descontada la pobreza, la indigencia, las carencias de la multitud.
Jesús personaliza la situación con la parábola, llamada desde antiguo “El rico
epulón y el pobre Lázaro”, es decir “El hombre rico comilón y el indigente Lázaro”. Es una
parábola que solo encontramos en el evangelio según san Lucas. En el cuento actúan tres
personajes. Uno es un hombre anónimo, al que Jesús identifica solo por su vicio de comer.
Es un comilón y glotón grosero que vive para hartar. El otro personaje es un pordiosero, que
limosnea su alimento diario y nadie se lo da. Jesús le puso el nombre de su amigo, Lázaro, al
que devolvió la vida tres días después de muerto. El tercer personaje es Abraham, que hace
las veces de Dios.
Lázaro yace a la puerta de la casa del comilón. Jesús compone el escenario
para destacar el otro rasgo del glotón: no solo vive para comer, sino que es indiferente al
sufrimiento y la necesidad de Lázaro. Nunca se le ocurrió darle alguna sobra de lo mucho
que se servía a su mesa. Los perros tenían más compasión de Lázaro, pues llegaban a
lamerle las llagas. Y así pasaron los días hasta que ambos murieron.
Comienza así la segunda escena del relato. Lázaro va a reunirse con Abraham
y los justos de la antigüedad. El comilón va a un lugar de sufrimiento y frustración; su
existencia egoísta malogró su vida. Y desde su desesperación se fija, ahora sí, en Lázaro y le
pide a Abraham que lo mande con algún refresco para calmar la sed. Pero lo que es posible
en la tierra, cambiar de vida, recuperar la esperanza, ya no es posible en la otra vida. La
muerte sella el logro o fracaso de la existencia. Es aquí en la tierra, antes de la muerte,
cuando se decide el significado de la vida personal de cada uno. Por eso Lázaro no puede
llevarle una gota de agua en el dedo al comilón para aliviarle el tormento.
Entonces el comilón piensa, quizá por primera vez, en otros. Piensa en los suyos
que todavía no han muerto, y pide a Abraham, que envíe a Lázaro a advertirles cómo deben
vivir para no malograr su vida y acabar como él. La resurrección de un difunto los impactará
para convertirse. Pero Abraham responde con una advertencia. Es la que Jesús nos hace a
los que leemos la parábola. No hace falta que Lázaro vaya a enseñarles el camino de la
rectitud y de la vida. Moisés y los profetas enseñan cómo hay que vivir para alcanzar la
salvación. Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un
muerto.

Y uno piensa si Jesús aludía a su propia resurrección y a la indiferencia con que también la
recibimos. Él ha resucitado y muchas personas, incluso que se dicen creyentes, siguen
viviendo al margen de la voluntad de Dios, cuando se rigen en algunos aspectos de su
conducta por la lógica del individualismo y los criterios del egoísmo. Jesús resucitó a Lázaro,
su amigo, tres días después de muerto, y en vez de ser motivo de conversión, ese portento
desencadenó la decisión de matarlo, según nos cuenta el evangelista san Juan.
En esta parábola, Jesús censura la indiferencia ante el sufrimiento, la carencia,
la necesidad del prójimo. Es una interpelación personal, para que de tanto ver gente
indigente no nos volvamos insensibles. Pero sabemos que con solo limosnas no vamos a
resolver el problema de la pobreza generalizada. Es importante auxiliar la pobre concreto,
pero es también importante plantearnos el problema político de cómo hacemos para que los
pobres dejen de serlo. Hay que leer este cuento en clave de política nacional.
Somos un país con una multitud que yace a las puertas de la abundancia de
algunos. Y lo malo no que haya quien tenga bienes y riqueza, sino que sean pocos y no
todos los que la tienen. En el estado actual del mundo, la riqueza ya no depende
únicamente de tener tierra. La riqueza está también en la industria, en el conocimiento, en
la oportunidad para la creatividad productiva y sobre todo en la capacidad de incluir. Lo
censurable es que no somos capaces de poner en práctica políticas económicas incluyentes,
para que la abundancia sea mayor y los excluidos dejen de serlo. Las estadísticas de
nuestras exclusiones son conocidas. Pero la resistencia a hacer las cosas de otro modo para
que la inclusión se produzca se mantiene firme e inamovible. A veces hay resistencias
ideológicas hasta en los mismos pobres para que esto sea posible.
Dios no quiere la pobreza y la indigencia de nadie. Dios quiere el
bienestar de todos. Quizá esta parábola nos motive como ciudadanos a exigir a los políticos
a actuar de otro modo en la gestión de la economía. Se equivocan quienes creen que la
pobreza se acabará cuando se acaben también los ricos. La pobreza se acabará, o por lo
menos disminuirá, cuando haya más inclusión, más oportunidad, más inversión, más
seguridad legal y fiscal, menos privilegios y menos trabas burocráticas, de modo que los que
ahora son pobres también lleguen a generar y poseer los bienes necesarios para la vida. A
quien le preocupan los pobres debe interesarse por saber cómo funciona la economía, para
impulsar políticas incluyentes.
Homilia de un funeral por una mujer anciana
Afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de las cosas más
dolorosas que uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una desazón interior y un
desasosiego indescriptible ya que se nos priva de volver a estar junto a esa persona tan
querida. Recordemos que también la Santísima Virgen María lloró por el terrible sufrimiento
causado por la cruel crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también, volvamos a
pasar por nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó el dolor y el
sufrimiento que lleva aneja nuestra condición de criaturas.
Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la podrá
arrebatar: que resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el funeral de nuestra
hermana Esther y todos nos unimos en la oración por ella y la echaremos de menos.
Lo que nos sucede a nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al
terruño, llegando incluso a considerar que no hay más que lo que vemos, oímos, palpamos,
gustamos y olemos. Craso error ya que a lo largo de toda la historia de salvación y de
manera constante Dios se nos ha ido manifestando en múltiples ocasiones y de variadas
formas, llegando a manifestar de un modo totalmente culminante y supremo en su único
Hijo Jesucristo. Que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros nos hizo el
gran regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y en el madero de la cruz se
realizó la salvación, brotó el manantial de la salvación.
Y no nos olvidemos que Jesucristo resucitó de entre los muertos, que
durante cuarenta días se estuvo manifestando vivo en numerosas apariciones, que después
ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos hace llegar la salvación por medio de los
sacramentos que administra la Iglesia Católica. Llegando incluso a quedarse entre nosotros
en la Eucaristía y poniendo como ‘su tienda de campaña’ entre nosotros de manera
permanente en el Sagrario. Es muy importante no olvidarnos de todo esto.
Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las plantas
de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre las raíces llevan consigo
tierra del lugar donde estaba bien arraigada. Nosotros los cristianos tendríamos que tener
arraigadas nuestras raíces en el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en Cristo
Eucaristía. Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión frecuente es
tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos constantemente. Nuestra vida
cristiana tiene que estar oxigenada para que cuando Dios nos llame ante su presencia nos
podamos personar ante Él lo mejor y antes posible.
Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana Esther y ella se está
dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la presencia divina
hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado. Y es aquí donde entramos
nosotros. Todas las oraciones que realicemos por ella serán una importante ayuda para
conseguir el fin: estar gozando de la dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el
descanso eterno… y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz.

Difunta MVALIDA- AGOSTO 12. En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la
confianza en la vida eterna de los que han abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo
muerto y resucitado. En este gran misterio encuentra el creyente la fuente del consuelo verdadero
y busca el rostro de dios para Desahogar su alma en el. Cuenta la historia que una abuela estaba
escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le pregunta que está haciendo. La abuela le dice
Estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que lo QUE escribo con el lápiz es el lapiz
que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que fueras como el cuando crezcas y
madures. Depende, prosiguió la abuela. de como mires las cosas. Hay cinco cualidades CON LAS
QUE SI puedes conservarlas , te harán una persona en paz con todo el mundo.
Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que
existe una mano que guia tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempre
en la direccion de su Voluntad. Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar
el sacapuntas. Con eso el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has
de saber soportar algunos dolores porque te harán una persona mejor. tercera
cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes entender
que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino algo importante para
mantenernos en el camino de la justicia. Cuarta cualidad: lo que realmente importa en el lápiz no es
la madera, ni la forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto cuida siempre lo que
ocurre dentro de tí. Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz , siempre deja una marca. Del
mismo modo has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente
de todas sus acciones.
Hoy celebramos la huella que ha dejado ……….. en suss vidas, Cada uno de ustedess han
sentido su huella.. Pero hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar las impresiones que dejo
en cada uno de nosotros . Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no
queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres
sin esperanza. Los que han muerto , Dios, por medio de Jesús los llevará con El. Consolaos con estas
palabras .
Hoy, al final de la tarde, como los discípulos de Emaus sentimos que nuestro corazón
ardía al escuchar las palabras del Señor en nuestra vida.Estamos aqui para acompañar a su familia,
que han visto como poco a poco se iba debilitando su “madera,” su fisico se deterioraba, y cómo
eran testigos de la poda que el señor iba haciendo en ella y cómo ella mismo se iba dejando afilar
por ese sacapuntas que representa la enfermedad, el dolor , el sufrimiento. Estamos con vstedes ,
queridos amigos, y familiares porque pensamos que el Señor no nos deja hoy como siempre y no
pasa de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra mesa, comiendo nuestro
mismo pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre para que como
los díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio de nosotros, que está
resucitado y que ……….. va camino de sus manos. Ahora verá a Dios cara a cara , como el hombre en
el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado todo aquello que le impide ser ella mismo
delante de su creador. Que haya borrado para siempre los sinsabores, las desesperanzas, los
desalientos y frustraciones por las que haya podido transitar en este mundo. Que ahora goce de la
Vida eterna que DIOS ha querido darle a Ella y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.
Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a fuentes
tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a quien en este mundo e ha ,
amado cuidado y respetado.

difunto
En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la confianza en la vida eterna de
los que han abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo muerto y resucitado. En este
gran misterio encuentra el creyente la fuente del consuelo verdadero y busca el rostro de
dios para Desahogar su alma en el.

Cuenta la historia que una abuela estaba escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le
pregunta que está haciendo. La abuela le dice

Estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que lo escribo con el lápiz es el lapiz
que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que fueras como el cuando
crezcas y madures.

Depende, prosiguió la abuela. de como mires las cosas. Hay cinco cualidades en el que
puedes si consigues conservarlas , te harán una persona en paz con todo el mundo.

Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una
mano que guia tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempr en la
direccion de su Voluntad.

Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso
el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has de saber
soportar algunos dolores porque te harán una persona mejor.

tercera cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores.
Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino
algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.

Cuarta cualidad: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera, ni la forma exterior,


sino el grafito que lleva dentro. Por tanto cuida siempre lo que ocurre dentro de tí.

Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz siempre deja una marca. Del mismo modo
has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de
todas sus acciones.

Hoy celebramos la huella que ha dejado Leopoldo en vuestras vidas, Cada uno de vosotros
ha sentido su huella. De un modo especial su esposa y sus hijos. Posiblemente ha dejado
huella en varios de vosotros la forma de dejar este mundo a una edad cuando todavía
quedaba tanto por hacer. Pero hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar las
impresiones que dejo en cada uno de nosotros .
Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no queremos que ignoréis la
suerte de los difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres sin esperanza. Los
que han muerto , Dios, por medio de Jesús los llevará con El. Consolaos con estas palabras .

Hoy, al final de la tarde, como los discípulos de Emaus sentimos que nuestro corazón ardía al
escuchar las palabras del Señor en nuestra vida.

Como el lápiz , Leopoldo tenía un gran corazón. Fue un hombre serio, trabajador incansable,
responsable, comprometido con su trabajo ejerciendo la profesión de Ingeniero en Obras
Publicas. visitó muchas zonas del mundo por razón de su cargo y muchas ciudades dentro de
España.

La huella que dejó en los suyos y hoy damos gracias a Dios por ello fue su ejemplo personal:
Era más un hombre de enseñar con el ejemplo de su vida, que con grandes discursos. Fue un
hombre a juzgar por quienes lo conocieron de una dulce sonrisa, y una mirada penetrante.
Mirada tengo que decir que me impresionó cuando lo visité en su lecho de dolor y cuando le
ofrecí los consuelos de la oración y la esperanza cristiana. Tengo que decir que su mirada era
penetrante y demostraba ser un hombre sensible ante los demás.

Estamos aqui para acompañar a su familia, esposa e hijos que han visto como poco a poco se
iba debilitando su “madera,” su fisico se deterioraba, y cómo eran testigos de la poda que el
señor iba haciendo en el y cómo el mismo se iba dejando afilar por ese sacapuntas que
representa la enfermedad, el dolor , el sufrimiento. Estamos con vosotros , queridos amigos,
y familiares de Leopoldo porque pensamos que el Señor no nos deja hoy como siempre y no
pasa de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra mesa, comiendo
nuestro mismo pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre
para que como los díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio
de nosotros, que está resucitado y que Leopoldo va camino de sus manos. Ahora verá a Dios
cara a cara , como el hombre en el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado
todo aquello que le impide ser el mismo delante de su creador. Que haya borrado para
siempre los sinsabores, las desesperanzas, los desalientos y frustraciones por las que haya
podido transitar en este mundo. Que ahora goce de la Vida eterna que DIOS ha querido
darle a El y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.

Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a
fuentes tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a aquel que en
este mundo hemos conocido, amado y respetado.
Difuntos 19 agsto
LUZ EN LAS TINIEBLAS.
nuestro Creador, profundo conocedor de nuestra naturaleza humana, no podía
habernos dejado en completas tinieblas acerca de un asunto tan inquietante e
importante como es la muerte y lo que sucede en el más allá. En su inmenso
amor por la humanidad, nos envió a Su Hijo Unigénito, su Segunda Persona
Divina, como Luz del Mundo. En Jesucristo Nuestro Señor todas las tinieblas
quedan disipadas. Su infinita sabiduría nos ilumina hasta donde Él quiso que
viéramos: "Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas".
Toda la Sagrada Escritura nos enseña, pero especialmente el Nuevo
Testamento nos descubre el sentido de la vida y de la muerte y nos hace atisbar
lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad. Lo primero que
debería asombrarnos es que Dios, el eterno por antonomasia haya querido
compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir El también la
muerte. Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. "Se
hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil.2:8). El misterio de la Cruz
nos enseña hasta qué punto el pecado es enemigo de la humanidad ya que se
ensañó hasta en la humanidad santísima del Verbo Encarnado.
En su vida pública, el Señor Jesús se refirió de muchas maneras
al momento de la muerte y su tremenda importancia. En aquella ocasión en que
los Saduceos, que ni creían en la otra vida, le preguntaron maliciosamente de
quién sería una mujer que había tenido siete maridos cuando ésta muriera, Jesús
les contestó: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, Pero los que
sean juzgados dignos de entrar al otro mundo y de resucitar de entre los
muertos, ya no se casarán. Sepan además que no pueden morir, porque son
semejantes a los ángeles. Y son hijos de Dios, pues El los ha resucitado"
(Lc,20:34-36)
Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta,
el Señor dijo: "Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El
que vive por la fe en M í, no morirá para siempre" (Jn. l1:25) Hay que tener en
cuenta que cuando Jesucristo habla de la vida, en ocasiones se refiere
explícitamente a la vida del cuerpo, que promete será restituida con la
resurrección de la carne: "No se asombren de esto: llega la hora en que todos los
que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que hicieron el bien, resucitarán
para la vida; pero los que obraron el mal, resucitarán para la condenación"
(Jn.5:29).
En otras ocasiones, en cambio, se está refiriendo a la Vida de la
Gracia o sea a la participación de su propia Vida Divina que nos comunica por
amor. Ejemplo de esto es el sublime discurso del "Pan de Vida "que San Juan nos
transcribe en su capítulo sexto: "yo soy el Pan vivo bajado del Cielo; el que coma
de este Pan, vivirá para siempre" (Jn.6:51). Y más adelante, en el versículo 54 nos
hace esta maravillosa promesa: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de
la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día".
Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino
que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna. En cierta
manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra,
estamos viviendo ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo
a la madre tierra, de la cual salimos, por causa del pecado, pero la Vida Divina de
la que ya gozamos, es por definición eterna como eterno es Dios. Llevamos en
nuestro cuerpo la sentencia de muerte debida al pecado, pero nuestra alma ya
está en la eternidad y al final, hasta este cuerpo de pecado resucitará para la
eternidad. San Pablo (Rom.8:11) lo expresa magníficamente:
"Mas ustedes no son de la carne, sino del Espíritu, pues el Espíritu
de Dios habita en ustedes. El que no tuviera el Espíritu de Cristo, no sería de
Cristo. En cambio, si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo vaya a la muerte a
consecuencia del pecado, el espíritu vive por estar en Gracia de Dios. Y si el
Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el
que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos
mortales; lo hará por medio de su Espíritu, que ya habita en ustedes".

El cristiano iluminado por la fe, ve pues la muerte con ojos muy distintos de los
del mundo. Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la
muerte, puede ésta llegar a hacerse deseable. El mismo San Pablo, enamorado
del Señor, se queja "del cuerpo de pecado" pidiendo ser liberado ya de él. "Para
mí la vida es Cristo y la muerte ganancia" (Fip.1:21) "Cuando se manifieste el que
es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con
El" (Col.3,4).

Exequias Papa de Cesar . nazareno.


Hoy ………………….ha sido llamado a sus ….. años a vivir eternamente en la casa de Su Padre, de mi
Padre y padre de Todos. El, en sus últimos minutos de su vida terrenal, como hombre de fe y
seguidor de las enseñazas de Cristo, devio tener la convicción de que la muerte no solamente no es
el fin, sino que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna que nos prometió
Jesucristo nuestro Señor. ¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la
verdadera vida y que todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación! Y a pesar de
todo, la comunidad celebra la muerte con esperanza, todos en nuestro corazón de cimos a Dios: "En
tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc.23:26) "En el corazón de la muerte, nos queda el gozo de la
esperanza en la resurrección, el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz. La muerte
corporal será vencida."
Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo el
mundo, algunas enfermedades pasajeras. Pero un buen día, descubrimos con pena que tenemos
alguna enfermedad grave, y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se nos empieza a
desmoronar irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos
corto, morimos, es decir al final, de una manera u otra, todos moriremos. Nadie, absolutamente
nadie, escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos
concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales.
Desde que el hombre es hombre, ha tenido la intuición de que la vida, de alguna manera,
no termina con la muerte. Es así, como el hombre siempre ha intentado de mil maneras, entrar en
contacto con los difuntos. Diversas clases de espiritismo, apariciones, fantasmas, ánimas en pena,
han sido un vano y supersticioso intento de trasponer los dinteles de la muerte y saber algo del más
allá. ¡Cuántas teorías ha inventado el hombre! ¡Cuántos experimentos ha hecho! se difunden libros,
novelas y revistas desde las más inocentes hasta las más terroríficas, en la televisión se muestran
reportajes que pasan por la ciencia-ficción que aparentando solidez científica, no obstante, todo
esto, hace que podamos descubrir cuanta falsedad se expone sobre este tema.
La realidad es que nuestros esfuerzos por investigar lo que sucede después de la muerte
son por demás frustrantes. Podemos decir que todo queda en especulaciones, algunas totalmente
equivocadas o fraudulentas, que no explican nada ni consuelan a nadie. No sabemos prácticamente
nada, por mucho que trate de buscarse un explicación, basado solo en hipótesis absurdas. Sin
embargo nuestro Padre Creador, quien de verdad nos ama intensamente y se preocupa de verdad
por nosotros ahora y por la eternidad, profundo conocedor de nuestra naturaleza humana, no
podía habernos dejado en completas tinieblas acerca de un asunto tan inquietante e importante
como es la muerte y lo que sucede en el más allá. En su inmenso amor por la humanidad, nos envió
a Su Hijo único, Nuestro Señor Jesucristo, como Luz del Mundo. En Jesucristo Nuestro Señor todas
las tinieblas quedan disipadas. Su infinita sabiduría nos ilumina hasta donde Él quiso que viéramos,
por eso nos anunció: "Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas".
Toda la Sagrada Escritura nos enseña, pero especialmente el Nuevo Testamento nos
descubre el sentido de la vida y de la muerte y nos hace observar lo que Dios tiene preparado para
nosotros en la eternidad que nos ha prometido Jesucristo, Nuestro Señor. Lo primero que debería
asombrarnos es que Dios, el eterno por excelencia haya querido compartir nuestra naturaleza
humana hasta el grado de sufrir El también la muerte. No obstante, Jesucristo no vino a suprimir la
muerte sino a morir por nosotros. "Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Fil.2:8). El
misterio de la Cruz nos enseña hasta qué punto el pecado es enemigo de la humanidad ya que se
ensañó hasta en la humanidad santísima del Verbo Encarnado.
En su vida pública, el Señor Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la
muerte y su tremenda importancia. Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de
Marta, el Señor dijo: "Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El que vive
por la fe en Mí, no morirá para siempre" (Jn. l1:25) Hay que tener en cuenta que cuando Jesucristo
habla de la vida, en ocasiones se refiere explícitamente a la vida del cuerpo, que promete será
restituida con la resurrección de la carne: "No se asombren de esto: llega la hora en que todos los
que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que hicieron el bien, resucitarán para la vida; pero los
que obraron el mal, resucitarán para la condenación" (Jn.5:29).
En otras ocasiones, en cambio, se está refiriendo a la Vida de la Gracia o sea a la
participación de su propia Vida Divina que nos comunica por amor. Ejemplo de esto es el sublime
discurso del "Pan de Vida "que San Juan nos transcribe en su capítulo sexto: "yo soy el Pan vivo
bajado del Cielo; el que coma de este Pan, vivirá para siempre" (Jn.6:51). Y más adelante, en el
versículo 54 nos hace esta maravillosa promesa: "El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de la
vida eterna y yo lo resucitaré en el último día".
Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, por el contrario, la
muerte es el principio de la verdadera vida, como el grano que muere para dar sus frutos. En cierta
manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra, estamos viviendo
ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre tierra, de la cual salimos,
pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es por definición eterna como eterno es Dios. Llevamos
en nuestro cuerpo la sentencia de muerte debida al pecado, pero nuestra alma ya está en la
eternidad y al final, hasta este cuerpo de pecado resucitará para la eternidad. San Pablo (Rom.8:11)
lo expresa magníficamente:
Digan lo que digan, los cristianos iluminados por la fe, vemos la muerte con ojos
muy distintos de los del mundo. Si sabemos lo que nos espera una vez transpuesto el umbral de la
muerte, puede ésta llegar a hacerse deseable. El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja
"del cuerpo de pecado" pidiendo ser liberado ya de él. "Para mí la vida es Cristo y la muerte
ganancia" (Fip.1:21) "Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán
en gloria y vendrán a la luz con El" (Col.3,4).
Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que nos aferramos a esta vida, eso es
normal, porque después de todo, es lo único que conocemos, lo único que hemos experimentado. Y
por tanto, a partir del uso de la razón, aprendemos a discernir entre las cosas buenas de la vida y las
malas, entre lo bello y lo feo, entre lo placentero y lo desagradable. Y trabajamos arduamente para
obtener de la vida lo mejor para nosotros. Todos los afanes del hombre están motivados para
acomodarnos en la tierra lo mejor que podamos.
No podemos negar que la vida puede ofrecernos cosas preciosas. Gozar de la
belleza del mundo prodigioso, abrir los sentidos al cosmos entero, la inteligencia a los secretos que
la materia encierra, aprender a amar y ser amados, crear obras de arte, terminar bien un trabajo,
ver el fruto de nuestros afanes, tener lo que llamamos "satisfactores" por que precisamente
satisfacen nuestros gustos, conocer otras culturas, leer un buen libro, etc... No es fácil relativizar
todo ello o restarle importancia. Nuestros parientes y amigos, nuestras posesiones, nuestros
proyectos, nuestras aspiraciones e ilusiones, son todo lo que tenemos y por lo que hemos trabajado
toda la vida. Nos hemos gastado en ello, invirtiendo todas nuestras fuerzas.
Y por ello, ni pensamos en la otra vida. Ni en el Cielo ni el Infierno. Ni el Cielo nos atrae,
ni el Infierno nos asusta. Vivimos sumergidos en el tiempo, como si fuéramos inmortales. Por esa
razón, cuando hablamos del Cielo o de Infierno, a muchos les llega hasta parecer ridículo. ¡Y sin
embargo es, una cosa u otra, nuestro destino ineludible!, por los que en este instante les invito a
reflexionar sobre esto. Y ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta vida, San Pablo,
incasable trabajador por Cristo, nos recomienda en la carta a los Colosenses: 3:1-4, "Busquen las
cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra"
pasar por el mundo haciendo el bien, algo que nada cuesta y eso lo haCEMOS para
agradar a Dios, creo que esa es la razón por la que heMOS visto en esto días de dolor, la presencia
de tantos amigos aquí hoy, Por tanto, el auténtico seguidor de Jesucristo, al mismo tiempo que
trabaja por hacer este mundo más habitable, no pierde de vista sin embargo, que esto no es sino el
camino a la felicidad eterna y sin límites que Dios nos promete. El gran San Ignacio de Antioquía,
anciano y camino al martirio, avanza gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: "Mi
amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi
interior la voz de una agua viva que me habla y me dice:' Ven al Padre. No encuentro ya deleite en
el alimento material ni en los placeres de este mundo". ¡Qué maravilla llegar a comprender que la
muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto no ha sido sino un ensayo, un camino, una
invitación!
"La muerte, es por tanto, un momento santo: el del amor perfecto, el de la entrega total,
en el cual, con Cristo y en Cristo, podemos plenamente realizar la inocencia bautismal y volver a
encontrar, más allá de los siglos, la vida del Paraíso" (Romano Guardini) La mejor y más completa
respuesta al problema de la muerte la encontramos en los escritos de San Pablo. Recordemos la,
magnífica frase: "Al fin de los tiempos, la muerte quedará destruida para siempre, absorbida en la
victoria" (I Cor.15:26).
Con el realismo que caracteriza a la Iglesia, toda la liturgia de Difuntos que celebramos
hoy, ofrece a Dios sufragios por ,,,,,,,,,,,,,, sabiendo que todos, en mayor o menor grado, hemos
ofendido a Dios, pero con la plena confianza en la infinita misericordia divina, que garantiza al final
el goce de la bienaventuranza. Por ello el libro del Apocalipsis nos enseña: "Bienaventurados los
que mueren en el Señor" (Ap.21:4). Repetimos una y otra vez al orar por ………: "Dale Señor el
descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua". Descanso de las luchas y fatigas de esta vida; luz
para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias. La luz total de
contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno.
"La Muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a
Aquel que amamos". San Agustín "La Vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para
encontrarlo, la eternidad para poseerlo". San Alberto Hurtado. De la Oración Colecta de la Misa de
Difuntos: "Dios, Padre Todopoderoso, apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y
resurrección de tu Hijo, te pedimos que concedas a nuestro hermano ………………, que así como ha
participado ya de la muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa
resurrección". De la Oración sobre las Ofrendas: "Te ofrecemos, Señor, este sacrificio de
reconciliación por nuestro hermano ………………., , para que pueda encontrar como juez
misericordioso a tu hijo Jesucristo, a quien por medio de la fe reconoció siempre como su
Salvador". Al Señor de la Vida Eterna, todo honor y gloria, Amen.

Septiembare 6 Ana Maria.


Hoy hacemos nuestra oración y ofrecemos el sacrificio de la Misa por nuestros hermana maria
ines “Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado” (2
Mac 12,46). La oración por los difuntos, anclada en la más profunda tradición cristiana se funda,
queridos hermanos, en dos hechos fundamentales de nuestra fe:
- En primer lugar, rezamos por nuestros difuntos porque creemos en la resurrección.
Si no creyéramos en la resurrección sería inútil rezar por los muertos, dice el libro I de los
Macabeos. San Pablo en su primera carta a los corintios también se hace eco del tema y dice:
“Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la
muerte. Porque lo mismo que por un hombre vino la muerte, también por un hombre ha venido
la resurrección de los muertos. Y como por su unión con Adán todos los hombres mueren, así
también por su unión con Cristo, todos retornarán a la vida” (1 Cor 15,20-22).
- En segundo lugar, rezamos por los muertos porque creemos en la comunión de
los santos. Según el concilio, “todos, aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en
fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios. Porque todos los que son
de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí, formando una sola Iglesia
(cf. Ef., 4,16). Así que la unión de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de
Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se
fortalece con la comunicación de los bienes espirituales” (LG 49). Nos sentimos unidos con los
difuntos, y rezamos por ellos, al igual que reconocemos la intercesión de todos los santos por
nosotros.
Pero en un día como este, en el que recordamos con memoria agradecida el paso
de n uestra hermana maria ines no podemos dejar de afianzar tres propósitos en nuestro
corazón:
- El primero debe ser nuestro compromiso con la vida, que se funda en el amor que Dios nos
tiene. El Dios vivo “no ha hecho la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos. Él lo
creó todo para que subsistiese, y las criaturas del mundo son saludables” (Sab 1,13-14). El
cristiano, en todo momento, bajo cualquier circunstancia, siempre, debe ser amigo de la vida,
desde la concepción hasta su término natural.
- Nuestro segundo propósito debe ser hoy afianzar nuestra fe en la victoria de
Jesucristo sobre la muerte. Y de ahí debe nacer un estilo nuevo en nuestra vida cristiana, un
estilo animado siempre por la alegría de saber que Cristo es nuestra vida, que en él y por él
todos estamos llamados a la vida. Que en él y por él todos podemos vencer a la muerte y a
todos los ámbitos de muerte de nuestra existencia.
- En tercer lugar, hoy estamos invitados a vivir desde la esperanza. En tiempos
recios y de crisis como los nuestros el cristiano debe brillar como luz en medio de las tinieblas,
haciendo resplandecer la esperanza de una salvación nueva en Cristo Jesús, Salvador de todo el
género humano. Así nos invita Benedicto XVI desde su encíclica spe salvi.
La Eucaristía que celebramos es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo,
misterios a través de los cuales el Señor nos ha abierto el camino del cielo. Hoy la ofrecemos
poniendo sobre el altar a nuestros hermana maria ines, con la firme esperanza de que nuestras
oraciones serán escuchadas, y el Señor que es bueno, le dará el premio a la fe y a las buenas
obras.
DIFUNTOS.
1
¿Qué significa resucitar?
¿Cómo serán nuestros
cuerpos resucitados?

La liturgia de la Resurrección de Cristo es la más bella e imponente de todo el Calendario


Litúrgico. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra
salvación, ya que si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (1Cor.15,14) ... y también
nuestra esperanza. Pero sabemos que Jesucristo no sólo ha resucitado, sino que nos ha
prometido resucitarnos también a nosotros.

Así nos explica el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, la resurrección, es decir, el misterio de
nuestra futura inmortalidad.

¿Qué significa resucitar?

En la muerte, que es la separación del alma y el cuerpo, el cuerpo humano cae en la corrupción,
mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado.
Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible,
uniéndolos a nuestras almas. Esto, en virtud de la Resurrección de Jesús (N.C.#997).

Es de hacer notar que hay una diferencia entre "resurrección" y "revivificación". ¿Cuál es esa
diferencia? Pensemos, por ejemplo en la llamada "resurrección" de Lázaro (Jn. 11, 1-44) o en la
del hijo de la viuda de Naím (Lc. 7, 12-1-15). ¿Fueron éstas "resurrecciones" en el sentido que
nos explica el Catecismo? ¿Las almas de estos dos se unieron a cuerpos glorificados, como el del
Señor en su resurreción? Ciertamente cuerpo y alma fueron unificados nuevamente y volvieron
a la vida, pero volvieron a esta misma vida, no a la vida en gloria en el Cielo. Tanto es así que
Marta, la hermana de Lázaro, le responde a Jesús: "Yo sé que mi hermano resucitará en la
resurrección de los muertos, en el último día". Pero el Señor al hablar de "resucitar" a Lázaro se
refería a volverlo, como de hecho lo hizo, a esta misma vida terrena. También fue así para el
hijo único de la viuda del pueblo de Naím.

¿Cómo será nuestra resurrección?

"Ciertamente el 'cómo'", nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, "sobrepasa nuestra


imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe". (#1000)

Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy Yo mismo" (Lc.24,39);
pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El todos resucitarán con su propio
cuerpo, el que tienen ahora, pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria"
(Flp.3,21), "en cuerpo espiritual" (1 Cor.15,44) (N.C.#999).

La resurrección tendrá lugar en un instante. "Yo quiero enseñarles este misterio: aunque no
todos muramos, todos tendremos que ser transformados, en un instante, cuando toque la
trompeta (Ustedes han oído de la Trompeta que anuncia el Fin). Entonces, en un abrir y cerrar
de ojos, los muertos se levantarán, y serán incorruptibles" (1a. Cor. 15, 51-52).

Este dogma central de nuestra fe cristiana no sólo nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia
Católica, del cual hemos tomado las anteriores citas textuales, sino que la esperanza de nuestra
resurrección y futura inmortalidad se encuentra en textos bíblicos tanto del Antiguo como del
Nuevo Testamento.

En el Libro 2 de los Macabeos vemos como siete hermanos, que estaban siendo torturados y
muertos delante de su madre, se sentían consolados y fortalecidos en la seguridad de su futura
resurrección. Respondían así al rey que los asesinaba en medio de horribles suplicios: "Más vale
morir a manos de los hombres y aguardar las promesas de Dios que nos resucitará ... nos dará
una vida eterna; tú, en cambio, no tendrás parte en la resurrección para la vida" (2 Macabeos 7,
1-42).

Más aún, Jesucristo mismo nos ha dejado la doctrina de nuestra futura resurrección en
términos muy claros: "No se asombren de esto: llegará la hora en que todos los que están en los
sepulcros oirán Mi Voz. Los que hicieron bien saldrán y resucitarán para la vida; pero los que
obraron mal, resucitarán para la condenación" (Jn. 5, 28-29).

Esta diferenciación en los resucitados la había anunciado ya el Profeta Daniel: “Muchos de los
que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para el eterno castigo”
(Dn. 12, 2).

2 ¿Quiénes resucitarán?
Todos los hombres que han muerto (N.C. #998). Unos para la condenación y otros para la
salvación.

¿Cómo serán nuestros cuerpos resucitados?

1. Nuestros cuerpos resucitados serán nuestros mismos cuerpos pero en un nuevo estado.

2. Los cuerpos resucitados serán inmortales y sin defecto.

¿Qué sucede con los cuerpos que han tenido mutilaciones o que han sido destruidos por un
incendio o un accidente de aviación?

Si Dios pudo crear todo de la nada, ¡cómo no va a ser posible para Dios reunir elementos
dispersos de nuestra naturaleza humana! Si Dios es Todopoderoso (dogma de fe) y nos ha
prometido resucitar, lo hará. ¿Cómo lo hace? No sabemos cómo, pero lo hace.

Sobre la reposición de los miembros faltantes del cuerpo humano hay una tradición al respecto
desde el Antiguo Testamento. Los hermanos Macabeos que fueron torturados, entre otras
cosas, mediante mutilaciones exclamaban durante su tortura: "Estos miembros que ahora nos
quitan los tenemos del Cielo ... y esperamos recibirlos nuevamente de Dios" (2 Mac. 4,11). Job,
que también fue martirizado en su cuerpo, conocía y creía en el misterio de la resurrección.
Había perdido la piel y exclamaba: "Seré nuevamente revestido con mi piel y en mi propia carne
veré a Dios (Job 19, 26).

Para tener una idea de cómo serán nuestros cuerpos resucitados, veamos, entonces, cómo es el
cuerpo glorioso de Jesucristo. Era ¡tan bello! el cuerpo glorioso de Jesucristo que no lo
reconocían los Apóstoles ... tampoco lo reconoció María Magdalena. Y cuando el Señor se
transfigura ante Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, mostrándoles todo el fulgor de Su
Gloria era ¡tan bello lo que veían! ¡tan agradable lo que sentían! que Pedro le propuso al Señor
hacerse tres tiendas para quedarse a vivir allí mismo. Así es un cuerpo glorioso.

Conocemos de otro cuerpo glorioso: el de la Madre de Dios, que fue subida al Cielo en cuerpo y
alma. Los videntes que dicen haber visto a la Santísima Virgen -y la ven en cuerpo glorioso,
como es Ella después de haber sido elevada al Cielo- se quedan extasiados y no pueden
describir, ni lo que sienten, ni la belleza y la maravilla que ven. Así es un cuerpo glorioso.

Si comparáramos nuestros cuerpos resucitados con nuestros cuerpos actuales, los futuros
tendrán cualidades propias de los cuerpos espirituales, como por ejemplo, la capacidad de
transportarse instantáneamente de un sitio a otro y de penetrar cualquier sustancia material.
Más importante aún, ya no se corromperán, ni se enfermarán, ni se envejecerán, ni se dañarán,
ni sufrirán nunca más. Pero, por encima de todo esto, brillarán con gloria, como el de Jesucristo
el Señor y el de su Santísima Madre.
San Pablo tuvo que ocuparse de este tema al escribirle a los Corintios: "Algunos dirán: ¿cómo
resucitan los muertos?, ¿con qué tipo de cuerpo salen? ... Al enterrarse es un cuerpo que se
pudre; al resucitar será tal que no puede morir. Al enterrarse es cosa despreciable; al resucitar
será glorioso. Lo enterraron inerte, pero resucitará lleno de vigor. Se entierra un cuerpo
terrenal, y resucitará espiritual ... Adán por ser terrenal es modelo de los cuerpos terrenales;
Cristo que viene del Cielo, es modelo de los celestiales. Y así como nos parecemos ahora al
hombre terrenal, al resucitar llevaremos la semejanza del hombre celestial ... cuando nuestro
ser mortal se revista de inmortalidad y nuestro ser corruptible se revista de incorruptibilidad"
(1a.Cor 15, 35-58).

3 Re-encarnación o inmortalidad

Ante la promesa del Señor de nuestra futura inmortalidad al ser resucitados con El, y ante la
maravilla de lo que serán nuestros cuerpos resucitados ¿cómo a los hombres y mujeres de hoy,
puede ocurrírsenos que re-encarnar en otro cuerpo terrenal, decadente y que volverá a morir
puede ser más atrayente que resucitar en cuerpos gloriosos con Cristo Jesús?.

Pero la re-encarnación se nos está introduciendo de manera muy profusa a través de todos los
medios de comunicación social. Sin embargo, la re-encarnación es un mito, un error, una
herejía, un embuste; como diría San Pablo: "una patraña".

Debemos los cristianos descartarla de las creencias que solemos tomar de fuentes no cristianas,
y que vienen a contaminar nuestra Fe. Porque cuando comenzamos creyendo que es posible,
deseable, conveniente o agradable re-encarnar, ya estamos negando la resurrección. Y nuestra
esperanza está en resucitar con Cristo, como El nos lo ha prometido ... no en re-encarnar.

La re-encarnación niega muchas cosas, parece muy atractiva esta falsa creencia, este mito. Sin
embargo, si en realidad lo pensamos bien ... ¿cómo va a ser atractivo volver a nacer en un
cuerpo igual al que ahora tenemos, decadente y mortal, que se daña y que se enferma, que se
envejece y que sufre ... pero que además tampoco es el mío?.

Aun partiendo de una premisa falsa, suponiendo que la re-encarnación fuera posible, si no
fuera un mito, una patraña, ¿cómo podemos los hombres, pero sobre todo los cristianos que
tenemos la seguridad y la promesa del Señor de nuestra futura resurrección, pensar que es más
atractivo re-encarnar, por ejemplo, en un artista de cine, o en un millonario, o en una reina ...
que resucitar en cuerpos gloriosos?.

Tenemos que tener claro los cristianos que la re-encarnación está negada en la Biblia. En el
Antiguo Testamento: "Una sola es la entrada a la vida y una la salida" (Sabiduría 7, 6). San Pablo
en su Carta a los Hebreos dice: "Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el
juicio: los que hicieron bien saldrán y resucitarán para la vida, pero los que obraron mal
resucitarán para la condenación" (Hebreos 9,27).
Pero, además, ¿no nos damos cuenta de lo que recitamos en el Credo todos los domingos? Creo
en la resurrección de la carne y en la vida eterna. (Credo de los Apóstoles). Espero la
resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. (Credo de Nicea).

Cuando haya tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no volveremos a
otras vidas terrenas. "Está establecido que los hombres mueren una sola vez" (Hb. 9,27). No hay
"re-encarnación" después de la muerte. Así lo dice textualmente el Catecismo de la Iglesia
Católica (#1013).

SEPTIEMBRAE 7.
¿Llegaremos a ser inmortales? La visión realista de la muerte se expresa clarísimamente en la
Liturgia de Difuntos de la Iglesia: La vida de los que en Tí creemos, Señor, no termina, se
transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el
Cielo. Por la muerte el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida
incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha
resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos el último día. (Nuevo Catecismo
#1016).
Nuestra vida no termina con la muerte, pues hay otra Vida después de esta
vida. La muerte es sólo el paso a la otra Vida, que no termina, sino que es eterna. La muerte,
entonces, no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida. Por eso la muerte no
tiene que ser vista como algo desagradable, pues es nuestro encuentro definitivo con Dios.
Nuestra meta, entonces, es llegar al Cielo, ese lugar/estado que "ni el ojo vio, ni el oído
escuchó, ni el corazón humano puede imaginar Dios tiene preparado para aquéllos que le
aman" (1 Cor 2,9). Así es el Cielo: indescriptible, inimaginable, insondable, inexplicable para el
ser humano, pues somos limitados para comprender lo ilimitado de Dios. Y el Cielo es
básicamente la presencia de Dios.
Al morir, nuestra alma se separa del cuerpo. El alma pasa a la Vida Eterna: o al
Purgatorio para posteriormente pasar al Cielo, o al Cielo directamente, o al Infierno. Y el cuerpo,
que es material, queda en la tierra, bien descomponiéndose o bien hecho cenizas si ha sido
cremado. Sin embargo, la Resurrección de Jesucristo y la Asunción de la Virgen María al Cielo,
nos recuerdan la promesa del Señor de nuestra resurrección: resucitaremos como El. Y ¿qué
significa resucitar? Resurrección es la re-unión de nuestra alma con nuestro cuerpo glorificado.
Resurrección significa que Dios dará a nuestros cuerpos una vida distinta a la que vivimos ahora,
pues serán cuerpos incorruptibles, al unirlos a nuestras almas. (cfr. Catecismo #997).
Nuestros cuerpos resucitados serán nuestros mismos cuerpos, pero en un nuevo
estado: inmortales, sin defecto, ya no se corromperán, ni se enfermarán, ni se envejecerán, ni
se dañarán, ni sufrirán nunca más. Serán cuerpos gloriosos. Y llegaremos a ser inmortales.
¿Cuándo será nuestra resurrección? Esta pregunta la responde así el Catecismo de la Iglesia
Católica: Sin duda en el “último día” (Jn.6, 54 y 11,25); “al fin del mundo” (LG 48).
En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente ligada a la Parusía o Segunda Venida
de Cristo: “Cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son
de la trompeta divina. Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1Ts. 4,16)
(#1001). Y continúa San Pablo: “Después nosotros, los vivos, los que todavía estemos, nos
reuniremos con ellos llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y para siempre
estaremos en el Señor” (1Ts. 4, 17).
San Pablo nos habla de los que han muerto y han sido salvados. También nos habla de los
que estén vivos para el momento de la Segunda Venida de Cristo. Pero es San Juan quien
completa lo que sucederá con los que no han muerto en Cristo: “No se asombren de esto: llega
la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que hicieron el bien saldrán
y resucitarán para la vida; pero los que obraron el mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5,
28-29). Es decir, todos resucitaremos: salvados y condenados. Unos para una resurrección de
gloria y de felicidad eternas. Otros para una resurrección de condenación e infelicidad eternas.
SEPTIEMBARE 13 ERMESTO GUZMAN.Cuándo será La Venida Final de Cristo?
El Papa Juan Pablo II habló sobre La Venida final de Cristo (título
Osservatore Romano) en su catequesis semanal desde la Plaza de San Pedro el día
Miércoles 22-4-98. Y en esta Catequesis nos hablaba también sobre el “cuándo”: “El
camino hacia el jubileo nos remite a la primera venida histórica de Cristo, pero nos
invita también a mirar hacia adelante en espera de su Segunda Venida al Final de los
Tiempos. Esta perspectiva escatológica, que indica la orientación fundamental de la
existencia cristiana hacia las realidades últimas, es una llamada continua a la
esperanza ... La historia camina hacia su meta, pero Cristo no señaló ninguna fecha
concreta”.
Nos decía el Papa Juan Pablo II que los discípulos, interesados en
saber la fecha del fin del mundo, tienen la tentación de pensar en una fecha cercana. Y
Jesús les da a entender que deben suceder primero muchos acontecimientos y
cataclismos, y serán solamente “el comienzo de los dolores” (Mc. 13, 8). Y Juan Pablo
II recordaba, entonces las palabras de San Pablo: Toda la creación “gime y sufre
dolores de parto”, esperando con ansiedad la revelación de los hijos de Dios” (Rom. 8,
19-22).
Es claro, entonces, que respecto del tiempo, nadie conoce el
momento. Nos dice Jesucristo que “ni siquiera los Angeles del Cielo,sólo el Padre”
(Mt.24, 36). Adicionalmente, Cristo resucitado advirtió a sus Apóstoles que no les
correspondía a ellos conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en
virtud de su poder soberano (cfr. Hech. 1, 7).
“Sin embargo, la misma Sagrada Escritura nos proporciona ciertos
signos o señales por donde puede conjeturarse de algún modo la mayor o menor
proximidad del desenlace final. No se nos prohíbe examinar estas señales, pero es
preciso tener en cuenta que son muy vagas e inconcretas y se prestan a grandes
confusiones ... prueba de esto la ofrece el hecho de que la humanidad ha creído verlas
ya en diferentes épocas de la historia que hacían presentir la proximidad de la
catástrofe final”. (Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación).
Y es el mismo Jesucristo quien nos ha dado algunos síntomas que
anuncian su Venida. En el relato sobre el fin de los tiempos que hacen los Evangelistas,
el Señor nos da la parábola de la higuera: “Cuando se presenten los primeros signos,
enderécense y levanten sus cabezas, pues habrá llegado el día de su liberación. Jesús
les propuso esta comparación: `Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando
ustedes ven los primeros brotes, saben que está cerca el verano. Así también, cuando
vengan las señales que les dije, piensen que está cerca el Reino de Dios'” (Mt. 24, 32-
35; Mc. 13, 28-31; Lc. 21, 28-33)

Sept 29.
El Concilio Vaticano II (1960-1965 al tocar las realidades últimas. Nos dice: "La Iglesia ...
no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo
de la restauración de todas las cosas (cr. Hech. 3, 21) y cuando, junto con el género
humano, también la creación entera ... será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef.
1, 10; Col. 1, 20; 2 Pe. 3, 10-13) ... Y como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario,
según la amonestación del Señor que velemos constantemente, para que, terminado
el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Heb. 9, 27), merezcamos entrar con El a las
bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt. 25, 31-46), y no se nos mande, como a
siervos malos y perezosos (cf. Mt. 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt. 25, 41) a las
tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes (Mt. 22, 13 y 25, 30).

Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer ante el Tribunal
de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su
vida mortal (2 Cor. 5, 10); y al fin del mundo saldrán los que obraron el bien para la
resurrección de vida; los que obraron mal para la resurrección de condenación (Jn. 5,
29; cf. t. 25, 46)".

"El hombre de la civilización actual se ha hecho poco sensible a las 'cosas últimas' ... La
escatología se ha convertido, en cierto modo, en algo extraño al hombre
contemporáneo. el hombre en una cierta medida está perdido, los hombres y mujeres
de hoy parecemos andar por esta vida sin rumbo y sin medida del tiempo, ya que no
sabemos hacia dónde vamos al final de esta vida en la tierra y, además, no sabemos
medir el tiempo de aquí con reloj de eternidad.

En efecto, la vida en la tierra es sólo una preparación para la otra Vida, la que nos
espera después. Y esa preparación es muy corta, cortísima, si la comparamos con la
medida de la eternidad, la cual es infinita. Y como preparación que es esta vida, debe
servirnos justamente para eso: para prepararnos. Y estar preparados significa, como
decía San Francisco de Sales: vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida
en la tierra. Pensar que en cualquier momento de cualquier día, puede sobrevenirnos
el final: el momento de presentarnos ante Dios a dar cuenta de los pensamientos,
palabras, obras y omisiones que tuvimos durante nuestra vida aquí en la tierra.

Nuestra esperanza es llegar al Cielo y a la resurrección para la Vida, prometida por


Cristo para aquéllos que le amen y hagan la Voluntad del Padre. Debemos, entonces,
vivir cada día haciéndonos merecedores de esa esperanza de Cielo y de resurrección,
de manera que cuando nos llegue el día más importante de nuestra vida -aquél de
nuestro encuentro definitivo con el Señor- podamos ser contados entre sus elegidos.
Accidente de un adulto
Introducción:
El Señor esté con vosotros... Familiares y amigos de jhon Jaime.ramirez...,
hermanos todos: La vida humana es un bien tan precioso que, cuando alguien la
pierde de forma violenta por accidente, todos nos sentimos afectados y
conmocionados. La muerte de nuestro hermano jhon. Jaime... nos ha reunido
aquí, en
nuestra Iglesia. Para unos esto es un acto de solidaridad con el difunto y consu
familia, para otros, los que nos llamamos creyentes, es también unmomento de
oración y una manera de recordar la palabra y la promesa de Jesucristo: para
Dios nada se pierde, nuestro destino es vivir y vivir felices en el reino eterno de
Dios. Que esta celebración ayude a nuestro hermano a presentarse ante Dios y a
nosotros a prepararnos para hacerlo también un día.

Comenzamos pidiendo perdón a Dios:


Por nuestro egoísmo que nos impide compartir con los demás lo que somos y
tenemos. Señor ten piedad.
Por nuestro afán que nos impide descubrir que lo importante en la vida es el
amor. Cristo ten piedad.
Por nuestra intolerancia y falta de respeto con los demás, que nos impiden
descubrir la verdad de los demás. Señor ten piedad.
Y Dios todopoderoso...

HOMILIA:
Ante una muerte como la de nuestro hermano jhon jaime..., que a todos nos
conmociona, sabemos que no hay palabras que puedan explicar esta
circunstancia, todos sentimos que tampoco hay palabras que puedan consolar a
su familia y amigos. Parece que lo mejor que podemos hacer es guardar silencio,
porque en el silencio se aguanta mejor el dolor, porque ninguna palabra puede
abarcar el sufrimiento de perder a un esposo, a un hijo o a un hermano en estas
circunstancias.
Sin embargo para que ese silencio no se convierta en desesperación,
para que ese silencio se pueda llenar de un poco de luz que pueda dar un poco
de sentido a la muerte de ..., necesitamos escuchar una palabra, una palabra que
solo merece ser dicha porque la dijo Jesús de Nazaret. Viniendo de El, tiene por
lo menos para nosotros la credibilidad del que ha experimentado el mismo dolor
y el mismo abandono que ... y su familia. Sólo porque Jesucristo también pasó
por la muerte, podemos hoy aquí, dejar que sus palabras iluminen nuestro
silencio.
Y las palabras de Jesús, fueron siempre de confianza en un Dios que no
nos abandona en la muerte sino que nos da la vida eterna. El mismo
experimentó todo el sinsentido y el abandono de Dios en la Cruz, pero eso no le
impidió confiar, confiar y confiar en que el amor, tiene la última palabra, confiar
y confiar en que la bondad y la
misericordia de Dios son más fuertes que la muerte.
Sus discípulos, Pedro, Juan, Mateo, María Magdalena, nos cuentan
que después de muerto vieron vivo a su Maestro. Y por contarnos eso y
mantenerlo fueron perseguidos y martirizados. Su testimonio es garantía para
nosotros de que lo que vieron era verdad. Su testimonio nos confirma ese grito
que desde nuestro interior surge siempre: la vida es amar y tener misericordia, el
amor no acaba nunca, Dios es amor.
Y ahora pedimos que el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Dios vivo,
ilumine nuestro silencio y nuestro dolor, para que los que aún vivimos en este
mundo, vivamos siempre preparados para encontrarnos con el Señor, porque no
sabemos ni el día ni la hora. Que el Padre de la Misericordia acoja a ... y salve
todo el amor y la bondad que tuvo en vida.

Despedida: Antes de separarnos oremos una vez más con fe y esperanza,


confiando nuevamente en las manos de Dios a nuestro hermano .... Hemos
venido a esta celebración hondamente afectados. Salgamos de ella fortalecidos
por las palabras del Señor.
Novenario jhon Jaime.
Resulta consolador, queridos familiares de jjhon Jaime y amigos todos,
encontrar personas a las que el paso del tiempo no borra las huellas de
los seres queridos que se fueron; personas que mantienen su recuerdo
vivo y se unen con fe a la Iglesia orante, pidiendo por ellos.
Es un gesto eficaz de la «comunión de los santos»: los que aún
peregrinamos entramos en comunión con los que ya partieron hacia la
casa del Padre. Nosotros aportamos nuestros pobres méritos y pedimos
a Dios que los acepte junto a los méritos infinitos de Cristo, para que
ellos, los difuntos, purificados de sus culpas, formen parte de la
comunidad triunfante del cielo. A su vez, ellos intercederán ante Dios
por nosotros, a fin de que nuestro discurrir por el mundo enderece el
rumbo y encuentre el camino que conduce a la patria celeste.
Entendemos, por tanto, a la Escritura que nos dice: «Es una
idea piadosa y santa rezar por los difuntos». Y así mismo, entendemos
el por qué la Iglesia ha mantenido siempre la tradición de encomendar a
los difuntos. Encomendar a los difuntos es orar, es recordar y
reflexionar, es agradecer y continuar, y es ponerlos en las manos de
Dios.
Es orar: es pedir por ellos, para que Dios les conceda el
perdón de los fallos que, como seres humanos, cometieron.
Reconocemos humildemente la limitación humana. En más de una
ocasión nos hemos creído intachables y autosuficientes, incapaces de
aceptar nuestros errores ante los demás. A la hora de la verdad, cuando
uno se enfrenta a solas con su conciencia y con Dios, no le queda otro
remedio que confesar que todos somos pecadores y que sólo Dios es
santo. Por eso comenzamos cada eucaristía diciendo: «Antes de
celebrar los sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados». Y nos
confesamos pecadores. Y por eso también, al pedir por los difuntos, las
oraciones de la liturgia se dirigen al «Dios de la misericordia y del
perdón» y piden que sean purificados de sus faltas para que puedan
entrar a vivir junto al Señor.
Encomendar a los difuntos es recordar y reflexionar. Cuando
alguien ora a Cristo, a la Virgen o a algún santo, se acuerda y piensa en
ellos, en algún pasaje de su vida, en alguna frase de su mensaje. Cuando
uno encomienda a los difuntos, acude a su mente toda una película con
multitud de sus gestos, palabras, costumbres, gustos... ¡Multitud! Sobre
todo en fechas señaladas: navidad, cumpleaños... o en un día como hoy,
el novenario de su muerte.

Es bueno recordar. Reconforta, y da que pensar. Hace reflexionar


en el trabajo y sacrificio que nuestros antecesores realizaron por
conseguirnos un modo de vida mejor que el que ellos tuvieron. Somos
deudores de ríos de sudor y lágrimas. Y repasamos también todo lo
bueno que nos ofrecieron día a día: sonrisas, detalles, caricias... y
correcciones. Sí, también sus censuras, porque nos ayudaron a
enmendarnos y a mejorar.
Todo eso es de agradecer. Y merece ser continuado. Decíamos
que encomendar a los difuntos incluye este aspecto. Es más: la mejor
forma de reconocer lo bueno que de ellos recibimos es continuarlo en
nosotros mismos, en nuestra relación familiar, con nuestros amigos y
vecinos, en la vida diaria.
Encomendar a los difuntos es, final y especialmente,
ponerlos en las manos de Dios. Las mejores manos. Las manos del
Padre. De él sólo cabe esperar amor infinito y entrañable, y vida plena y
eterna. Sobre todo si, como en la eucaristía que celebramos, el mismo
Cristo se une a nuestra oración, cumpliendo el anuncio del evangelio:
«Esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: que no pierda nada
de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día».

Que sea así para nuestro hermano (nuestra hermana) N. y para todos
los difuntos.

Octubre 24.
a pesar de lo claro que ha sido el último Concilio con respecto de las
cosas últimas, el Papa Juan Pablo no dudaba en afirmar lo siguiente: "El
hombre de la civilización actual se ha hecho poco sensible a las 'cosas
últimas' ... La escatología se ha convertido, en cierto modo, en algo
extraño al hombre contemporáneo". hay que responder honestamente
que sí: el hombre en una cierta medida está perdido,
¿Estamos perdidos?

debemos dar a nuestra vida en la tierra su justa significación y su justa


medida para no "estar perdidos" ni en el tiempo, ni en el espacio.
hombres y mujeres de hoy parecemos andar por esta vida sin rumbo y
sin medida del tiempo, ya que no sabemos hacia dónde vamos al final
de esta vida en la tierra y, además, no sabemos medir el tiempo de aquí
con reloj de eternidad.
En efecto, la vida en la tierra es sólo una preparación para
la otra Vida, la que nos espera después. Y esa preparación es muy corta,
cortísima, si la comparamos con la medida de la eternidad, la cual es
infinita. Y como preparación que es esta vida, debe servirnos
justamente para eso: para prepararnos. Y estar preparados significa,
como decía San Francisco de Sales: vivir cada día como si fuera el último
día de nuestra vida en la tierra. Pensar que en cualquier momento de
cualquier día, puede sobrevenirnos el final: el momento de
presentarnos ante Dios a dar cuenta de los pensamientos, palabras,
obras y omisiones que tuvimos durante nuestra vida aquí en la tierra.
Nuestra esperanza es llegar al Cielo y a la resurrección
para la Vida, prometida por Cristo para aquéllos que le amen y hagan la
Voluntad del Padre. Debemos, entonces, vivir cada día haciéndonos
merecedores de esa esperanza de Cielo y de resurrección, de manera
que cuando nos llegue el día más importante de nuestra vida -aquél de
nuestro encuentro definitivo con el Señor- podamos ser contados entre
sus elegidos.
Octubre 25
De acuerdo a estas citas sabemos que:1.Cristo vendrá con gran poder y gloria,
en todo el esplendor de su divinidad. 2.Cristo glorioso será precedido de una
cruz en el Cielo (la señal del Hijo del Hombre). 3.Vendrá acompañado de los
Angeles.
4.Con su omnipresencia, todos los resucitados, de todas las naciones estarán
ante Cristo Juez. Comparecerán ante el Tribunal de Dios todos los seres
humanos, sin excepción, para recibir la recompensa o el castigo que cada uno
merezca. En el Juicio Final vendrá a conocerse la obra de cada uno, tanto lo
bueno, como lo malo, y aun lo oculto. 5.Ya resucitados todos, Cristo separará
a los salvados de los condenados. Dios no envió su Hijo al mundo para
condenarlo, sino más bien para salvarlo (Jn. 3, 17). (JP II, 7-7-99)
¿Quién se salvará? Aquél que tiene fe en Jesucristo, nos dice el
Evangelio. Pero tener fe en Jesucristo no significa solamente creer en El, sino
que es indispensable vivir de acuerdo a esa fe; es decir, siguiendo a Cristo en
hacer la Voluntad del Padre. Para los que así hayan actuado, no habrá
condenación, pues aunque todos estábamos condenados por el pecado de los
primeros seres humanos, al cual hemos añadido nuestros propios pecados,
Jesús, Hijo de Dios, vino a hacer justicia, una justicia que nos salva, en vez de
condenarnos, una justicia que -como lo indica la misma palabra- nos
“justifica”.
“Sólo quien haya rechazado la salvación ofrecida por Dios
con su misericordia ilimitada, se encontrará condenado, porque se habrá
condenado a sí mismo”. (JP II, 7-7-99) “la justicia sólo se realizará plenamente
en el futuro” por parte del Hijo de Dios. Y así, “el triunfo de los justos se
transformará en pánico y en asombro para los impíos”(JP II, 7-7-99
el Juicio Final dará a conocer la Sabiduría y la Justicia de Dios. Ese
día conocerá toda la humanidad cómo Dios dispuso la historia de la salvación
de la humanidad y la historia de cada uno de nosotros para nuestro mayor
bien, que es la felicidad definitiva, perfecta y eterna en la presencia de Dios en
el Cielo. Se conocerá cómo los diferentes males y sufrimientos de las personas
y de la humanidad los ha tornado Dios para Su gloria y para nuestro bien
eterno. Mucho de lo que ahora en este mundo se considera tonto, negativo,
incomprensible, se verá a la luz de la Sabiduría Divina.

Octubre 27. Difunta. Accid. Textos: Sabiduría 3,1-9; Juan 14,1 6


1. El interrogante ante la muerte
Nos hemos reunidos hoy aquí con un inmenso sentimiento de ahogo moral, de sorpresa
tristemente emocionada, de peso agobiante. Si dentro de la persona humana hay siempre
un interrogante ante la muerte, aun cuando aparece como final y término digamos 'normal'
de una vida, cuando la muerte golpea imprevistamente, el interrogante adquiere un aire de
rebelión viva y punzante. Pero ¿rebelarse contra qué? ¿contra quién? He aquí el porqué de
nuestra angustia y del peso que nos oprime.
2. Grandeza y pequeñez de la vida humana
¡Nos agrada tanto palpar la grandeza de la persona humana! ¡Nos agrada tanto recrearnos
en las inmensas posibilidades que tiene la persona humana de crecer y progresar, de hacer
crecer y hacer progresar! ¡Es tan palpable que la persona humana ha sido hecha para amar
y para asomarse a los demás y que sólo amando y acogiendo siente que su vida es más viva!
Todo esto es tan claro, que cuando por una circunstancia cualquiera todo queda truncado,
cae tan de lleno sobre nosotros el peso de la contradicción que nos cuesta rehacernos y
serenarnos. Las ilusiones y los proyectos y la compañía quedan cortados y arrasados por el
golpe irreversible de la muerte.

3 La amistad ayuda a caminar. Los que más sienten el peso de esta muerte se encuentran
hoy acompañados por un grupo de amigos. Con su palabra, con su silencio, porque en estos
casos cuesta expresar con palabras lo que se siente interiormente, con su presencia, en
resumidas cuentas, intentan confortaros en estos momentos. La vida tiene que seguir, y,
cuando el dolor hiere, es bueno sentirse especialmente acompañado.
4. Jesucristo, un punto de referencia
Los que entre nosotros creemos en Jesucristo tenemos en El una puerta abierta a la
esperanza. Si por una parte Jesús compartió con nosotros esta vida con sus sufrimientos,
contradicciones y limitaciones, por otra, le creemos vencedor de la muerte y de toda
oscuridad.
A Jesús podemos acercarnos en los momentos duros y pesados para encontrar en El su
palabra portadora de consuelo: si nos encontrámos cansados y agobiados, vengan ami nos
dice el mimso Jesus. Al contemplar los despojos fríos y sin vida de nuestro hermana,
podemos acercarnos a Jesús, el Señor de la Vida, para que nos mantenga en la esperanza de
que volveremos a reunirnos todos con Dios, el Padre. Aferrados a Jesús nos atrevemos a
decir que este cuerpo frío y sin vida no es la última palabra. Sólo nuestra fe en Jesús nos
hace capaces de hablar de Vida cuando más envueltos nos encontramos por la muerte.
Mantengámonos constantes en la amistad y en la ayuda mutua. Que nuestro gesto
amistoso y solidario no sea sólo de un día. Y que el Señor nos haga el don de vivir con
esperanza.

Funeral del cofrade denazarenos de san jose.


Cuando la muerte aparece a nuestro alrededor y arrebata a uno de los nuestros,
se produce un profundo desgarro, un vacío inmenso y una tremenda soledad. La
muerte, nuestro peor enemigo, nos arrebata lo que más queremos y aquello por
lo que más luchamos: la vida. Cuando ella llega, no sólo causa estas cosas; es que
encima se presenta como jactanciosa y victoriosa, como diciéndonos: “¿Veis? Yo
les puedo a todos. Tarde o temprano caéran en mis garras”.
Y como nuestros ojos materiales sólo ven esta realidad, la muerte quiere
provocarnos no sólo la muerte física y material, sino lo que es más grave: la
muerte existencial, la muerte de la esperanza. Por eso nos provoca una duda
impresionante: ¿será verdad que al final sólo existen el vacío y la nada, la
destrucción y el aniquilamiento? De estas experiencias y dudas no se libra nadie:
ni el creyente ni el no creyente.
Al creyente, que ante la muerte se encuentra con todo lo que estoy
diciendo al igual que el no creyente, es en este preciso momento cuando se le
pone en la tesitura de hacer el más radical acto de fe. Cuando está viendo la
negación de la vida, cuando aparecen el poder de la muerte y las angustias y las
preguntas que ella causa, es entonces cuando hace, por la fe, una afirmación
impresionante: “Muerte,. Tú no tienes la última palabra. Hay Alguien que es más
fuerte que tú y ya te ha vencido y te está venciendo permanentemente: nuestro
Dios, que no es un Dios de muertos sino de vivos; nuestro Dios, que no quiere la
muerte sino la vida. Es Él quien tiene la última palabra y, así como resucitó a
Jesús, también nos resucitará a todos y a cada uno de nosotros, liberándonos de
tus garras destructoras y aniquiladoras”.
Dios, que nos llamó a la vida, que nos mantiene en la vida y cuando la
muerte aparece queriendo quitárnosla, es el único que no se retira, hace lo que
siempre hace Dios: DAR VIDA. También cuando llega la muerte, Dios, que está
ahí, hace lo suyo: dar vida superando la misma muerte y transformándola para
darnos ya la vida en plenitud, en la que ni dolor ni precariedad, ni vejez ni
enfermedad ni muerte, nada pueda arrebatarnos la vida definitiva y total que
Dios, al fin, nos regala. Por eso el creyente habla de la muerte como paso: un
tránsito hacia la plenitud.
Ésta es nuestra fe. Nnnnn- que ya ha hecho el paso definitivo a la
contemplación de lo que siempre ha buscado, me imagino lo que le habrá dicho
a su Dios, que es nuestro Dios, al experimentarlo ya cara a cara.

Yo creo que nnnnnnnnnnnnnnnn le habrá dicho: “He buscado tu rostro, Señor,


incansablemente a largo de mi vida. Como a través de un espejo, te he
contemplado, pero ahora te veo en todo tu esplendor: ¡qué grandes son, Señor,
tu amor y tu infinita misericordia! Gracias, Dios mío, por permitirme contemplar
tu rostro. Yo, desde mi pobreza y pequeñez, he querido ser fiel a lo que Jesús nos
enseñó. Por eso descubrí lo que ahora veo con claridad: Que Tú eres un Dios de
vida y quieres la vida de todos. Por eso intenté a lo largo de mi vida
comprometerme en dar vida y luchar contra todo lo que quitaba la vida y la
dignidad a tus hijas e hijos.
También ahora veo, Señor, que lo que descubrí es bien cierto: que
eres un Dios de la comunión. Por eso me empeñé en ser una persona de
reconciliación y paz. Por eso trabajé incansablemente por hacer de la Iglesia
signo y sacramento de comunión en medio de la humanidad. A pesar de mis
pecados y flaquezas quise, Señor, reflejar tu rostro. Acógeme ahora en tu amor y
tu misericordia”.
Yo creo firmemente que nnnnnnnnnnnn habrá oído de labios de su
Señor: “Ven, mi siervo fiel, a participar del gozo de tu Señor. Ven a recibir el
abrazo de comunión en el amor de la Trinidad divina, en el que todo se funde en
la unidad amorosa”.
Familia de nnnnnn y corades nazarenos de san jose: ésta es nuestra
esperanza, que nos hace superar el desgarro de la separación y la tremenda
soledad de su vacío. Por eso le encomendamos al Señor y descansamos también
nosotros en sus benditas manos. Y ya para acabar, queridos amigos y amigas, me
gustaría hacer una llamada.
Nosotros hemos tenido la suerte de encontrarnos con testigo de la fe: un
creyente. Él nos ha dejado un testimonio impresionante y extraordinario al
servicio al Señor en su realidad de nazareno. Prolonguemos lo que para él era
sagrado y, como él, seamos también testigos del Dios vivo que quiere la vida de
todas sus criaturas y que quiere que todas sus hijas e hijos vivan reconciliados y
en auténtica hermandad universal.
Que bbbbbbbbbbb desde Dios, en el cual también nosotros vivimos y
existimos y al que nos unimos de un modo especial ahora que celebramos la
Eucaristía, interceda por nosotros para que el Señor nos envíe su Espíritu y así
podamos seguir firmes, como lo fue nnnnnnnnnnnnhasta el fin, en el
compromiso por la construcción del Reino en nuestro mundo. Amén.

DIFUNT, n0v 11,


Cuando fallece un ser querido, queda en nosotros un sentimiento de soledad y desconcierto.
Al pensar que algún día vamos a experimentar la muerte, también nos llenamos de
desasosiego. Muchas preguntas vienen a nuestra mente: ¿Qué pasa con los que mueren?
¿Acaba todo con la muerte? ¿Hay algo nuestro que sobreviva a este desenlace tan
dramático? ¿Volveremos a reunirnos con los seres que amamos? ¿Qué relación podemos
tener con aquellos que están ausentes físicamente porque han fallecido?
Pues bien, la Biblia, que contiene la Palabra de Dios, nos da respuestas
esperanzadoras: 1. "No todo acaba con la muerte física" Perece nuestro cuerpo, pero
nuestra alma, nuestro espíritu, no deja de existir, pues es inmortal. El Eclesiastés nos
introduce en este misterio, invitándonos a tener en cuenta “al Creador en los días de la
juventud” (Ecl 12, 1), “antes de que regrese el polvo a la tierra de donde vino, y el espíritu
regrese a Dios, que lo dio” (Ecl 12,
El autor del libro bíblico de la Sabiduría responde al pesimismo de quienes
piensan que “vinimos al mundo por obra del azar, y después será como si no hubiéramos
existido” (Sb 2, 2a) y a la desesperanza de los que afirman que cuando se apaga la vida, “el
cuerpo se convierte en ceniza, y el espíritu se esfuma como aire inconsistente” (Sb 2, 3),
recordándonos que “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su
propio ser” (Sb 2, 23) y dándonos a conocer que “las almas de los justos están en las manos
de Dios y ningún tormento las alcanzará” (Sb 3, 1a).
Continúa diciéndonos el autor sagrado: “Los necios piensan que los justos están
muertos, su final les parece una desgracia, y su salida de entre nosotros, un desastre; pero
ellos están en paz” (Sb 3, 2-3). Esto está en plena armonía con lo que nos enseña Jesús en el
Nuevo Testamento, cuando nos cuenta la parábola del hombre rico y Lázaro, el pobre (Lc 16,
19-30): “Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lc 16, 22).
De Lázaro, Abraham, nuestro padre en la fe, nos dice que “él está aquí consolado”
Resulta muy estimulante la manera en que concluyó la vida de Esteban, el
primer mártir cristiano: "Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: -Señor Jesús, recibe mi
espíritu. Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: -Señor, no les tengas en cuenta este
pecado”. Y dicho esto, murió (Hch 7, 59-60)."
Esto armoniza perfectamente con estas palabras del libro del Apocalipsis: "Cuando el
Cordero rompió el quinto sello, vi debajo del altar, con vida, a los degollados por anunciar la
palabra de Dios y por haber dado el testimonio debido (Ap 6, 9)." Estos mártires, aunque
han muerto por su fidelidad a Cristo, aunque han sido degollados, están debajo del altar,
vivos, como bien lo dice el texto sagrado. Por eso, dialogando con los saduceos, Jesús puede
afirmar que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él” (Lc 20,
Como podemos notar, nuestros familiares y amigos difuntos continúan
relacionándose con Dios. Por eso, para un católico, de ninguna manera resultan extrañas
estas palabras de san Pablo: "Porque para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia. Pero
si seguir viviendo en este mundo va a permitir un trabajo provechoso, no sabría qué elegir.
Me siento presionado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que
es con mucho lo mejor (Flp 1, 21-23)." Esto está en armonía con las palabras que dijo Jesús a
uno de los malhechores crucificados junto a él:
"Jesús le dijo: -Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43)."
"No se termina nuestra relación con nuestros familiares difuntos" Teniendo presente que
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (cfr. Lc 20, 38), podemos decir que no cesa nuestra
relación con los que han fallecido. Si bien no podemos verlos físicamente, la carta a los
Hebreos nos ayuda a percibir una realidad que escapa a nuestra vista, pues nos dice que los
héroes de la fe que han fallecido (cfr. Hb 11: Abel, Noé, Abraham, Moisés…) nos circundan
como una nube (cfr. Hb 12, 1).
La carta a los Hebreos abunda diciéndonos lo siguiente: "Ustedes, en cambio, se
han acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial con sus
innumerables ángeles, a la asamblea en fiesta de los primeros ciudadanos del cielo; a Dios,
juez universal, al que rodean los espíritus de los justos que ya alcanzaron su perfección; a
Jesús, el mediador de la nueva alianza, llevando la sangre que purifica y que clama a Dios
con más fuerza que la sangre de Abel (Hb 12, 22-24)." Note usted que, en la Jerusalén
celestial, además de innumerables ángeles, está "la asamblea en fiesta de los primeros
ciudadanos del cielo"; y que rodean a Dios, juez universal, "los espíritus de los justos que ya
alcanzaron su perfección".
Nosotros podemos pedirle a Dios que nos conceda tomar conciencia de que
nuestros seres queridos no nos han abandonado, puesto que como una nube nos envuelven
(Hb 12, 1), yendo más allá de lo que aparece a nuestros sentidos, como se ve en el segundo
libro de los Reyes (2Re 6, 8-23).

"El criado del hombre de Dios se levantó de madrugada y vio que la ciudad estaba sitiada
por toda aquella tropa. Y dijo a Eliseo: -¡Ay, señor! ¿Qué hacemos? Él respondió: -No temas,
pues, los que están con nosotros son más que ellos. Eliseo oró así: -Señor, ábrele los ojos
para que vea. El Señor abrió los ojos al criado y vio la montaña llena de caballos y carros de
fuego, que rodeaban a Eliseo (2Re 6, 15-17)."
Esta puede ser nuestra oración: “¡Señor, ábreme los ojos para que pueda
percibir que mis seres queridos que han muerto, no me han abandonado del todo; que tome
conciencia de que su presencia me envuelve como una nube! ¡Señor, ábreme los ojos para
que vea!”. Otra forma de estar en comunión con ellos, es a través de la oración de
intercesión, como se puede ver en el segundo libro de los Macabeos (2Mac 12, 38-46):
"Rogaron al Señor que aquel pecado les fuera totalmente perdonado. (…)
Judas hizo una colecta entre los soldados y reunió dos mil dracmas de plata, que envió a
Jerusalén para que ofrecieran un sacrificio por el pecado. Actuó recta y noblemente,
pensando en la resurrección. Pues si él no hubiera creído que los muertos habían de
resucitar, habría sido ridículo y superfluo rezar por ellos. Pero, creyendo firmemente que a
los que mueren piadosamente les está reservada una gran recompensa, pensamiento santo
y piadoso, ofreció el sacrificio expiatorio para que los muertos fueran absueltos de sus
pecados (2Mac 12, 42-46)."
Para nosotros, el sacrificio por excelencia es el sacrificio eucarístico, es decir, la
Santa Misa; y lo ofrecemos constantemente para que nuestros seres queridos sean
“absueltos de sus pecados” (2Mac 12, 46).
3. "La muerte física es transitoria: ¡Resucitaremos!" La muerte física es
dolorosa. Nuestro Señor lloró ante la muerte física de su amigo Lázaro (Jn 11, 35-36), a quien
amaba entrañablemente (Jn 11, 36). Pero ante el drama que supone la muerte de un ser
querido, Jesús se nos presenta como la resurrección y la vida (Jn 11, 1-44):
"Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y
todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá. ¿Crees esto? (Jn 11, 25-26)." Por
eso no hay lugar para una tristeza sin esperanza: "No queremos, hermanos, que
permanezcan ignorantes acerca de los que ya han muerto, para que no se entristezcan como
los que no tienen esperanza. Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, y que, por tanto,
Dios llevará consigo a los que han muerto unidos a Jesús (1Tes 4, 13-14)."
De ahí la importancia que los católicos damos a la Eucaristía, donde escuchamos la Palabra
de Dios y nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues esto nos permite estar
unidos íntimamente a Jesús y nos posibilita nuestra futura resurrección:
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el
último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que me envió posee la vida y yo
vivo por él, así también, el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 54-57)."
4. "Nos volveremos a reunir con nuestros seres queridos"
es una esperanza que brota de la Sagrada Escritura y un anhelo que se
encuentra en nuestros corazones. La experiencia de los siete hermanos y su madre,
martirizados durante la insurrección macabea (2Mac 7), da cauce a este deseo y suscita una
esperanza confiada:
"Tanto insistió el rey, que la madre accedió a convencer a su hijo. Se inclinó
hacia él, y burlándose del cruel tirano, dijo al niño en su lengua materna: -Hijo mío, ten
piedad de mí, que te he llevado en mi seno nueve meses, te he amamantado tres años, te he
alimentado y educado hasta ahora. Te pido, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y lo que
hay en ella: que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y del mismo modo fue creado el
ser humano. No temas a este verdugo; muéstrate digno de tus hermanos y acepta la muerte,
para que yo te recobre con ellos en el día de la misericordia (2Mac 7, 26-29)."
Como puede verse, esta valiente madre tiene la firme esperanza de recobrar a sus
hijos en el día de la misericordia
Estas respuestas esperanzadoras que nos da la Palabra de Dios, deben
proporcionarnos consuelo y fortaleza en los momentos de duelo por el fallecimiento de un
ser querido y serenidad y confianza ante la perspectiva de nuestro propio fallecimiento.

Nov 22. Por qué la gente no quiere hablar de la muerte?


Efectivamente, la gente no quiere hablar de la muerte. Y resulta que lo más seguro que
tenemos los seres humanos, una vez nacidos, es la muerte. Y resulta que el negocio más
importante que tenemos en esta vida es el de nuestra salvación eterna. Resulta, además,
que hemos nacido para prepararnos para la vida eterna, que nuestra vida aquí en la tierra es
sólo una ante-sala, una preparación para lo que nos espera en la otra vida. Y este tiempo de
preparación que es nuestra vida en la tierra es realmente muy breve, muy fugaz ... si lo
comparamos con la duración de la eternidad, que no terminará ¡nunca!

Estas posturas equivocadas sobre la muerte son simplemente una evasión de la realidad, tal
vez por temor a lo que es la muerte. Y ese temor es ocasionado por la falta de conocimiento
de lo que es la muerte y de lo que nos espera en la otra vida.

Tenemos que tener claro que la muerte no es un final, sino un paso a una vida mejor,
mucho mejor que la que tenemos aquí. Como dice el Prefacio que se lee en las Misas de
Difuntos: “la vida de los que en Tí creemos, Señor, no termina, se transforma; y al
deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.

Esta oración contiene toda la verdad y la realidad de la vida terrena, de la muerte y de la


Vida Eterna. En efecto, nuestra vida aquí no termina, sino que se transforma en algo
muchísimo mejor. Es ¡tanto mejor! que no lo podemos describir, pues se trata de realidades
infinitas, y nuestro intelecto humano y nuestro lenguaje son demasiado limitados para
siquiera imaginarlas, mucho menos describirlas.

San Pablo que pudo vislumbrar el Cielo, no lo pudo describir, pues no tuvo palabras para
lograr una descripción adecuada, y se limitó a escribir esto: “oí palabras que no se pueden
decir: cosas que el hombre no sabría expresar ... ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el
corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman” (2
Cor. 12, 2-4 y 1 Cor. 2, 9).
Pero notemos las condiciones para llegar a disfrutar de estas indescriptibles maravillas
eternas: “la vida de los que en Tí creemos, Señor”, nos dice el Prefacio ... “lo que Dios tiene
preparado para aquéllos que le aman”, nos dice San Pablo.
Llegar a la Vida Eterna exige ciertos comportamientos durante esta vida no-eterna: Fe en
Dios, que nos lleva a creer en El, a confiar en El y a esperar estas cosas maravillosas. Y amor
a Dios, proveniente de esa Fe, que nos lleva a entregarnos a El y a cumplir en esta tierra su
Voluntad. Sólo así: creyendo en Dios (Fe), confiando en El y esperando en lo que nos ha
prometido (Esperanza) y haciendo en esta vida su Voluntad y no la nuestra (Caridad-Amor)
“tendremos una mansión eterna en el Cielo”. Tendremos una felicidad plena que nunca
terminará, pues será eterna... para siempre, siempre, siempre. Estas respuestas
esperanzadoras que nos da la Palabra de Dios, deben proporcionarnos consuelo y fortaleza
en los momentos de duelo por el fallecimiento de un ser querido y serenidad y confianza
ante la perspectiva de nuestro propio fallecimiento.
Nov 22¿Cómo y cuándo será nuestra resurrección?

"Ciertamente el ‘cómo’, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “sobrepasa nuestra


imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe”. (Catecismo de la
Iglesia Católica #1000)
Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy Yo
mismo” (Lc.24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El todos
resucitarán con su propio cuerpo, el que tienen ahora, pero este cuerpo será “transfigurado
en cuerpo de gloria” (Flp.3, 21), “en cuerpo espiritual" (1ª Cor. 15, 44) (Catecismo de la
Iglesia Católica #999).
La resurrección tendrá lugar en un instante. “Yo quiero enseñarles este misterio:
aunque no todos muramos, todos tendremos que ser transformados, en un instante, cuando
toque la trompeta (Ustedes han oído de la Trompeta que anuncia el Fin). Entonces, en un
abrir y cerrar de ojos, los muertos se levantarán, y serán incorruptibles” (1ª. Cor. 15, 51-52).
Este dogma central de nuestra fe cristiana no sólo nos lo recuerda el Catecismo
de la Iglesia Católica, del cual hemos tomado las anteriores citas textuales, sino que la
esperanza de nuestra resurrección y futura inmortalidad se encuentran en textos bíblicos
tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
El “cuándo” lo responde así el Catecismo de la Iglesia Católica:
Sin duda en el “último día” (Jn.6, 54 y 11, 25); “al fin del mundo” (LG 48). En efecto, la
resurrección de los muertos está íntimamente ligada a la Parusía o Segunda Venida de
Cristo: “Cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son
de la trompeta divina. Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1ª Tes. 4, 16)
(Catecismo de la Iglesia Católica #1001). Y continúa San Pablo: “Después nosotros, los vivos,
los que todavía estemos, nos reuniremos con ellos llevados en las nubes al encuentro del
Señor, allá arriba. Y para siempre estaremos en el Señor” (1ª Tes. 4, 17).
San Pablo nos habla de los que han muerto y han sido salvados. También nos
habla de los que estén vivos para el momento de la Segunda Venida de Cristo. Pero es San
Juan quien completa lo que sucederá con los que no han muerto en Cristo: “No se asombren
de esto: llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que
hicieron el bien saldrán y resucitarán para la vida; pero los que obraron el mal resucitarán
para la condenación” (Jn. 5, 28-29).
Esta diferenciación en los resucitados la había anunciado ya el Profeta Daniel:
“Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otros para
el eterno castigo” (Dn. 12, 2).
¿Quiénes resucitarán? Todos los hombres que han muerto (Catecismo de la Iglesia Católica
#998). Unos para la condenación y otros para la salvación. Es decir, todos resucitaremos:
salvados y condenados. Unos para una resurrección de gloria y de felicidad eternas. Otros
para una resurrección de condenación e infelicidad eternas.
Estas respuestas esperanzadoras que nos da la Palabra de Dios, deben proporcionarnos
consuelo y fortaleza en los momentos de duelo por el fallecimiento de un ser querido y
serenidad y confianza ante la perspectiva de nuestro propio fallecimiento.
MAESTRA,JN. 14, 1- 9
Estamos celebrando en esta misa funeral la muerte de LA profesora Amparo
Cespedes, unida a la muerte y resurrección de Jesús. Hermanos, se nos ha ido
una docente por lo tanto una-mujer prudente, generosa y responsable,
acogedora, reconciliada con todos, mujer profundamente cristiana.
Constantemente se le veía en las Eucariostias. lentamente se ha ido apagando,
arropada por el cariño de su familia y amigos. En casa ha recibido la ayuda
necesaria para vivir su muerte de forma humana, médicamente atendida, y
familiarmente acompañada.

También cristianamente se fue preparando para este momento y fue


preparando también a ustedes , sus familiares más allegados, que han vivido
juntos esta experiencia de la muerte como paso a otra vida, como una acción de
gracias por su vida y su testimonio. -------- se nos ha ido preparada para el
encuentro con Dios Padre en el cielo. Porque ha creído en Jesús, en ese mismo
Jesús que nos ha dicho: "No tengáis miedo, no os agobiéis, hay sitio para todos
en el cielo. Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Tengo la impresión de que casi todo lo que el cristianismo dice acerca del cielo y
de la felicidad final en la "otra vida", resulta para muchos contemporáneos,
creyentes o no, algo demasiado lejano y abstracto, un lenguaje extraño que
apenas tiene relevancia alguna para la vida de cada día. Porque en el fondo,
creemos en "el futuro" con cierta convicción cuando podemos experimentar que
ese futuro se inicia ya desde ahora y comienza a despuntar, de alguna manera,
en el momento presente.
En concreto, la gente creemos más fácilmente en el cielo si realmente podemos
experimentar, aunque sea de manera fragmentaria que "el cielo comienza en la
tierra". Lo que ocurre es que, los cristianos hemos despreciado demasiado los
gozos de la tierra, los placeres de la vida y la belleza del mundo, sin descubrir
dentro de esa vida frágil y caduca el germen de lo que será el cielo.

Porque el cielo prometido no es simplemente un lugar hacia el que vamos


después de morir. El cielo es el disfrute pleno del amor y de la vida que se está
gestando ya en el interior de nuestro mundo y en la de cada persona.
Hermanos, como creyentes en Jesús, encarnado, hecho hombre, no hemos de
contraponer el cielo a este mundo de una manera total y absoluta, pues el cielo
es precisamente la plenitud de este mundo, la realización plena en Dios, de todas
las posibilidades de paz, reconciliación, libertad, de amor y felicidad que encierra
esta vida.

Miren, cuando amamos a una persona, amamos algo más que una persona,
estamos amando la vida y la felicidad para la que hemos nacido, esa persona
amada y yo mismo. Cuando hacemos justicia a un oprimido, hacemos algo más
que un gesto de equidad, estamos haciendo crecer desde ahora el mundo
reconciliado y justo que estamos llamados a disfrutar todos.

Desde la experiencia cristiana del misterio de la Encarnación y de la Ascensión de


Jesús: "Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, de la felicidad,
de la amistad, de la paz y del amor, estamos viviendo ya de forma precaria pero
real, la realidad del cielo".

Hermanos, en este momento en que celebramos con esperanza la Eucaristía por


nuestra hermana amparo, deberíamos recordar que lo que se opone a la
esperanza cristiana no es solamente la incredulidad y el ateísmo, sino también la
tristeza y la amargura y, el no saborear la vida que se nos promete.

Porque, en la vida, hermanos, hay momentos de paz y transparencia,


experiencias de amistad y reconciliación, de libertad y amor que pueden ser
fugaces y precarias. Pero, cuando se viven desde la FE en JESUS RESUCITADO,
hemos de aprender a saborear ya en el interior de esta misma vida, la fiesta del
cielo, aunque sea de manera frágil y fragmentaria. Esta fiesta del cielo que ya
goza en plenitud la profesora y maestra amparo cespedes, en compañía de la
Virgen María, y de todos sus familiares que nos han precedido en el camino de
Jesús.

¿Qué hacemos en la vida para alcanzar el cielo ¿

Diciembre 152funeral. Anciana.


En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la confianza en la vida eterna de los que han
abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo muerto y resucitado. En este gran misterio encuentra el
creyente la fuente del consuelo verdadero y busca el rostro de dios para Desahogar su alma en el. Cuenta la
historia que una abuela estaba escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le pregunta que está
haciendo. La abuela le dice Estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que lo escribo con el
lápiz es el lapiz que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que fueras como el cuando
crezcas y madures.
Depende, prosiguió la abuela. de como mires las cosas. Hay cinco cualidades en el que
puedes si consigues conservarlas , te harán una persona en paz con todo el mundo.
Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una mano que guia
tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempr en la direccion de su Voluntad.
Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso
el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has de saber soportar algunos
dolores porque te harán una persona mejor.
tercera cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes
entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino algo importante para
mantenernos en el camino de la justicia.
Cuarta cualidad: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera, ni la forma exterior, sino el
grafito que lleva dentro. Por tanto cuida siempre lo que ocurre dentro de tí.
Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz siempre deja una marca. Del mismo modo has de
saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas sus acciones.
Hoy celebramos la huella que ha dejado xxxxxxxxxxxxxxxx en sus vidas, Cada uno de uds ha sentido su
huella. De un modo especial su esposa y sus hijos.. Pero hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar
las impresiones que dejo en cada uno de nosotros .
Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no queremos que ignoréis la suerte de los
difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres sin esperanza. Los que han muerto , Dios, por
medio de Jesús los llevará con El. Consolaos con estas palabras .
Hoy, al final, como los discípulos de Emaus sentimos que nuestro corazón ardía al escuchar las palabras del
Señor en nuestra vida.
Como el lápiz , xxxxxxxxxxxxxx tenía un gran corazón. Seguramente como tdos en esta querida atierra
fue serio, trabajador incansable, responsable, comprometido con su trabajo
La huella que dejó en los suyos y hoy damos gracias a Dios por ello fue su ejemplo personal:
Estamos aqui para acompañar a su familia que han visto como poco a poco se iba debilitando su
“madera,” su fisico se deterioraba, y cómo eran testigos de la poda que el señor iba haciendo en ella y cómo
ella misma se iba dejando afilar por ese sacapuntas que representa la enfermedad, el dolor , el sufrimiento.
Estamos con vosotros , queridos amigos, y familiares de xxxxxxxxxxxxxporque pensamos que el Señor no
nos deja hoy como siempre y no pasa de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra
mesa, comiendo nuestro mismo pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre
para que como los díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio de nosotros,
que está resucitado y que xxxxxxxxxxxxx va camino de sus manos. Ahora verá a Dios cara a cara , como el
hombre en el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado todo aquello que le impide ser ella
mismo delante de su creador. Que haya borrado para siempre los sinsabores, las desesperanzas, los
desalientos y frustraciones por las que haya podido transitar en este mundo. Que ahora goce de la Vida
eterna que DIOS ha querido darle a Ella y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.
Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a fuentes
tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a aquella que en este mundo hemos
conocido, amado y respetado.
Exequias de un joven (una joven)
Lecturas: Sabiduría 4, 7-15; Salmo 114-115 R/ Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida; Lucas 7, 11-17
Una vez escuché decir en un funeral que ante la muerte no
tenemos mucho qué decir... que ante tanto dolor, injusticia y sinsentido, nos
quedamos sin palabras... ¡No creo que sea esa la postura que debe tomar un
cristiano!

Ante la muerte, por más injusta e incomprensible que sea tenemos mucho para
decir. Claro, nuestro pensamiento no podrá jamás ser dirigido a explicar los
porqué de esta situación, no lograremos nunca «explicar» por qué muere un
justo, por qué muere un joven o un niño. Tampoco lograremos «explicar» por
qué hay cataclismos devastadores, o tantas situaciones de infortunio que nos
descolocan y nos pueden llevar hasta el desaliento y la duda.

No lograremos explicaciones que nos dejen tranquilos, que nos hagan ver
razones que antes no veíamos, que nos permitan decir «¡Ah! ¡Era por eso!
¡Ahora comprendo por qué sucedió esto!». En ese sentido tenía razón aquella
persona cuando decía que no teníamos mucho que decir (explicar) ante esta
dolorosa situación de muerte prematura. Ya de por sí, la muerte la vivimos
como unacontradicción, pues el Señor nos creó para la vida y no para la muerte.
Esta misma contradicción puede ser el inicio de la búsqueda que nos
proponemos en esta tarde (este día).

Si la muerte nos llega a resultar anti-natural pero es inevitable, ¿cuál será


nuestro punto firme desde donde construir la vida? ¿por qué, a pesar de tanta
lucha cotidiana por la vida, de tantas apuestas por mejorarnuestras condiciones
de vida, no es ella la que aparentemente reina, sino la muerte con su violencia,
su irrupción a des-tiempo, su maldad? ¿Cómo seguir caminando y construyendo
vida si sabemos que al final moriremos, o peor, que nos arrancarán de la vida?

Son preguntas difíciles de responder pero sí tenemos una respuesta desde la fe


y deberá ser una respuesta, como todas las cosas de la fe, que nosimpulse hacia
adelante, que nos dé fuerzas para seguir luchando, que nos permita encontrar
nuevos caminos, nuevas pistas para, con Jesús, «hacer nuevas todas las cosas».
No será una respuesta que nos tranquilice, ni que nos dé una cierta «paz» que en
realidad es inmovilidad anti-evangélica, una quietud más parecida a la muerte
que a la vida.

Antes de entrar en esta búsqueda de la fe, quiero decirque hay también algunas
respuestas que se dan en estos casos que quieren «explicar», como decía, y que
aunque nombren a Dios, se alejan mucho del Dios de Jesucristo. Por ejemplo,
decir que Dios elige a las mejores rosas de su jardín como explicación de la
desaparición de entre nosotros de este (esta) joven, es mostrar a un dios egoísta,
que quiere estas «rosas» para él y nos quita lo que nos dio...¡

mejor sería que dejara la rosa en el jardín para que todos (¡Él también!)
gozáramos con su presencia y su aroma! No, el Dios de Jesús no es un egoísta y
arbitrario que te da algo por un momento y luego te lo quita para su propio
beneplácito. Dios se goza de su creación y la contempla con nosotros. Dios
también sufre con nosotros cuando su creación es vejada, maltratada, abusada.

Esta es una primer respuesta ante el dolor. NO SÉ POR QUÉ PASÓ ESTO, pero sí
sé que Dios sufre con nosotros. Tenemos que asegurar que Dios no fue el que
mandó la muerte a la tierra, y que la muerte es lo más contrario al plan de Dios
para nosotros. Nuestro Dios, que es omnipotente, muestra justamente esa
omnipotencia en el amor infinito que nos tiene, en el perdón, en la oportunidad
nueva. Nuestro Dios no esviolento sino compasivo, es fiel a lo que nos promete y
su promesa se cumplirá. Esa es nuestra esperanza y eso es lo que tenemos que
renovar en este día de dolor.
Miremos un poco el evangelio que hemos proclamado[1]. Jesús viene con sus
discípulos a la ciudad de Naím y se encuentra, en la puerta de la ciudad, con una
procesión de funeral que salía de la ciudad: iban a enterrar a un joven, «hijo...

FUNERAl de j asesinado.
Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo
que pidas a Dios, Dios te lo concederá" (Jn 11, 21).
I. Queridos hermanos, en estas palabras de la hermana de Lázaro, narradas
en el capítulo 11 del Evangelio según S. Juan, se expresan los dos sentimientos que nos
embargan en estos momentos: dolor por la separación de un ser querido y, a la vez,
esperanza firme de que se trata efectivamente de una separación, pero no de una
pérdida. La vida humana, y de esto somos muy conscientes, es demasiado valiosa para
desaparecer sin rastro. Desde lo profundo de nuestra alma brota un silencioso grito
que pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué de este modo? Un grito que repite las palabras de
Marta: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermanoI.
Nos encontramos ante el problema del mal y de la muerte en el
mundo, Por qué Dios permite el mal. El misterio del mal, y de esto estamos
convencidos, es fruto del abuso de nuestra libertad. Cuando nos dejamos llevar por el
egoísmo, por nuestros vanos intereses, por la tentación, caemos en el abismo del
pecado. Rechazamos a Dios por un deseo desordenado de las criaturas. No podemos
dudar de la omnipotencia y la bondad divinas. Sí, Dios es bueno. ¿Y podemos seguir
afirmándolo después de lo que hemos vivido? Sí, Dios es bueno. No lo dudemos. Dios
es bueno y sabe más.
Aquello que nos resulta incomprensiblemente doloroso, Dios lo
conoce y sabe sacar abundantes bienes de los males. Recordemos las palabras del
apóstol S. Pablo a los romanos: “Todo redunda en bien para los que aman al Señor”
(Rom 8,28). Santo Tomás Moro, viendo cercano el trance de la muerte, decía a su hija
Margarita en una de sus cartas: “No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la
bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta.” Más adelante, continúa: “De lo
que estoy cierto, mi querida Margarita, es de que Dios no me abandonará sin culpa
mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y
confianza.” Y finaliza esta hermosa carta: “Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te
preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme
que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en
realidad lo mejor”.
III. Respecto a la muerte, los cristianos creemos que la muerte no es
término, sino tránsito; no es ruptura, sino transformación. Creemos además que,
cuando nuestra existencia temporal llega al límite de sus posibilidades, en ese límite
se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, que acoge
esa realidad entregada y convierte esa muerte en semilla de resurrección.
La muerte es ciertamente la crisis radical del hombre, una crisis
irrefutable, a la que el hombre no puede responder. Nos quedamos mudos ante este
misterio. Sólo Dios puede responder a esa interpelación, que también le toca a él; si
realmente es el Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado del
hombre, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo. Dios está ahí
para responder por él. ¿Y cuál es la respuesta de Dios ante el misterio de la muerte?
Su respuesta es el cumplimiento de la promesa de vida y de resurrección.
Pablo decía a sus fieles de Tesalónica, en un trance parecido al que ahora
estamos viviendo: "No os aflijáis como los hombres sin esperanza" (1 Tes 4, 13). Al
Apóstol no prohíbe a sus cristianos la tristeza, pero les advierte que la suya no tiene
por qué ser una tristeza desesperada. A la separación sucederá el reencuentro, en un
plazo más o menos próximo, pero en todo caso seguro. El cristiano, como Cristo, no
muere para quedar muerto, sino para resucitar; no entrega la vida a fondo perdido; la
devuelve a su Creador y en él alcanza esa vida verdadera, esa vida eterna. Porque,
notémoslo bien, no hay dos vidas, ésta y la otra; lo que se suele designar como "la
otra vida" no es, en realidad, sino ésta plenificada, la que había comenzado con el
bautismo y la fe ("quien cree posee la vida eterna", cf. Jn 5. 24) y que ahora se
consuma en la comunión inmediata con el ser mismo de Dios.
Con el adiós al difunto, “se canta por su partida de esta vida y por su
separación, pero también porque existe una comunión y una reunión. En efecto, una
vez muertos no estamos en absoluto separados unos de otros, pues todos recorremos
el mismo camino y nos volveremos a encontrar en un mismo lugar. No nos
separaremos jamás, porque vivimos para Cristo y ahora estamos unidos a Cristo,
yendo hacia él... estaremos todos juntos en Cristo” (S. Simeón de Tesalónica, De
ordine sep).
IV. Por otra parte, estamos reunidos aquí también para rezar por
nuestros hermanos. La separación que la muerte representa no significa que el difunto
queda fuera del alcance de nuestro amor. Nuestro amor les llega en forma de oración.
Y es toda la Iglesia la que ahora se une a nosotros, avalando, con su intercesión. Por
eso, toda la comunidad parroquial reunida en torno al altar del Señor, expresa su
comunión eficaz con nuestros hermanos difuntos, y con sus familiares, sobre quienes
imploramos el consuelo divino.
Dice el Catecismo en su número 2677: "Ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte". Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos
reconocemos pecadores y nos dirigimos a la "Madre de la Misericordia", a la Virgen
Santísima. Nos ponemos en sus manos "ahora", en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra
confianza se ensancha para entregarle desde ahora, "la hora de nuestra muerte". Que
esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo y que en la
hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos
a su Hijo Jesús, al Paraíso.

Lucsa 20 , 27-38
Ante el hecho de la muerte la pregunta crucial no es: ¿qué ocurre después de la muerte?,
sino: ¿quiénes somos? El soñador se identifica con el mundo que aparece en sus sueños;
mundo que se deshace al despertar, cuando se diluye la identidad onírica. Pero no pierde
nada valioso; aquello era sólo un sueño, ahora emerge a una identidad mayor. De manera
similar, lo que llamamos "nuestra vida" es un sueño que nos tomamos como real y, como le
ocurre al soñador, únicamente podremos percatarnos de ello cuando "despertemos".
Porque, del mismo modo que el soñador es incapaz de pensar la vigilia, la mente tampoco
puede ir más allá de la mente.
Por eso, tiene razón también el "maestro" que encarna Nick Nolte en la película
"El guerrero pacífico" cuando le dice al muchacho: "La muerte es algo más radical que la
pubertad; pero no es algo por lo que debas preocuparte".
"Los sueños de los moribundos no se refieren a un final, sino a un paso".En cualquier
caso, la sabiduría de Jesús radica en la frase con que culmina el relato: "Para Dios todos
están vivos". "Dios" –la Realidad inefable, que trasciende absolutamente nuestra mente- es
la palabra que apunta a la Vida misma que constituye y sostiene a todo lo que es. Dios,
Realidad, Vida... son expresiones equivalentes. Y en tanto en cuanto nos reconocemos como
la Vida que es, cesa la ignorancia y desaparecen nuestros miedos. Era sólo el "yo separado"
el que se sentía atemorizado. Si tomas distancia de él y vienes al presente, ¿dónde queda el
miedo?
Al venir al presente, que no es un "lapso" de tiempo entre el pasado y el futuro –
no es el "presente pensado"-, sino justamente el no-tiempo, la atemporalidad o eternidad,
sólo hay Vida, que se despliega y manifiesta en el tiempo en infinidad de formas. Esa misma
Vida es lo que realmente somos. Pero, mientras estamos identificados con nuestro yo
particular, lo desconocemos: tomamos como "real" lo que no es sino una "expresión"
particular y transitoria. De un modo similar a como el soñador toma como real el mundo de
sus sueños.
"Despertar" significa salir de los límites del yo –de la mente- para acceder a la
Realidad que es y somos, que desborda las estrechas fronteras del pensamiento, y se revela
plena de Vida. Por otro lado, que el yo se pregunte por el más allá de la muerte no tiene más
sentido que si quien duerme se preguntara por el mundo de la vigilia. Lo que cabe hacer es
salir de nuestra identificación con la mente, aprender a venir al momento presente y
empezar a percibir la realidad desde él.
En este campo, que trasciende lo mental, es muy importante el realismo del que
hacía gala aquel maestro de la siguiente anécdota. Cuando uno de sus discípulos le preguntó
qué pasaba después de la muerte, él respondió: «No lo sé». «Pero, ¿cómo? –volvió a
preguntar el discípulo-, ¿no se supone que es usted un maestro espiritual?». «Sí –contestó el
maestro-; pero no soy un maestro espiritual muerto».En cualquier caso, lo que importa no
son las "ideas" sobre el más allá de la muerte; a la postre, son únicamente eso: ideas. Lo
realmente importante es ir abriéndonos a experimentar la Presencia que trasciende
cualquier barrera temporal y, por ende, la misma muerte. El ego muere; la Presencia
permanece.
Abril 21. EL RETO DE LA RESURRECCIÓN
En una cultura decididamente orientada hacia el dominio de la naturaleza, el progreso
técnico y el bienestar, la muerte viene a ser «el pequeño fallo del sistema». Algo
desagradable y molesto que conviene socialmente ignorar. Todo sucede como si la
muerte se estuviera convirtiendo para el hombre contemporáneo en un moderno
«tabú» que, en cierto sentido, sustituye a otros que van cayendo.
Es significativo observar cómo nuestra sociedad se preocupa cada vez más
de iniciar al niño en todo lo referente al sexo y al origen de la vida, y cómo se le oculta
con cuidado la realidad última de la muerte. Quizás esa vida que nace de manera tan
maravillosa, ¿no terminará trágicamente en la muerte?
Lo cierto es que la muerte rompe todos nuestros proyectos individuales y
pone en cuestión el sentido último de todos nuestros esfuerzos colectivos. Y el
hombre contemporáneo lo sabe, por mucho que intente olvidarlo. Todos sabemos
que, incluso en lo más íntimo de cualquier felicidad, podemos saborear siempre la
amargura de su limitación, pues no logramos desterrar la amenaza de fugacidad,
ruptura y destrucción que crea en nosotros la muerte.
El problema de la muerte no se resuelve escamoteándolo ligeramente. La
muerte es el acontecimiento cierto, inevitable e irreversible que nos espera a todos.
Por eso, sólo en la muerte se puede descubrir si hay verdaderamente alguna
esperanza definitiva para este anhelo de felicidad, de vida y liberación gozosa que
habita nuestro ser. Es aquí donde el mensaje pascual de la resurrección de Jesús se
convierte en un reto para todo hombre que se plantea en toda su profundidad el
sentido último de su existencia.
Sentimos que algo radical, total e incondicional se nos pide y se nos
promete. La vida es mucho más que esta vida. La última palabra no es para la
brutalidad de los hechos que ahora nos oprimen y reprimen. La realidad es más
compleja, rica y profunda de lo que nos quiere hacer creer el realismo. Las fronteras
de lo posible no están determinadas por los límites del presente. Ahora se está
gestando la vida definitiva que nos espera. En medio de esta historia dolorosa y
apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.
Nos espera un Padre capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro
es una fraternidad feliz y liberada. Por qué no detenerse hoy ante las palabras del
Resucitado en el Apocalipsis «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar»?

Homilía dos hermanos muertos en accidente.


Queridas familias, amigos: iQué necesitados estamos, en estos
momentos dramáticos, de una palabra de luz para nuestra oscuridad y
de bálsamo para nuestras heridas! Sobre todo ustedes, familiares y
allegados de las víctimas de esta tragedia. Pero también los demás, que
han sufrido la conmoción ante el luctuoso acontecimiento que ha
costado la vida a estos dos hermanos. Todos ansiamos una frase que
nos devuelva la paz, una respuesta que aclare tantas preguntas, una
razón que argumente esta sinrazón. Y sobre todo, necesitamos con
urgencia un rayo de esperanza que nos ilumine el camino de vuelta del
abatimiento a las ganas de vivir.
como creyente y como sacerdote que preside esta
celebración, los invito a buscar desde la fe y a volver la mirada hacia el
Señor porque únicamente en él podemos encontrar ese mensaje. Dios
nos ofrece siempre respuesta: una respuesta viva y una respuesta
eficaz. Una respuesta viva. No desde las nubes de un cielo lejano, sino
desde la realidad de un Dios hecho hombre, llamado Jesús de Nazaret,
que asumió nuestra condición humana, que anduvo por nuestros
caminos, que sufrió el dolor y el llanto de nuestras limitaciones y que
murió de la forma más terrible e inhumana.
Por eso, en este momento de nuestra tragedia, él puede
presentarse como respuesta viva, ofrecida en la página de su propia
tragedia. Lo hemos proclamado en el evangelio. La similitud de
situaciones es asombrosa:
—Atónitos, sin poder creérselo, padecían María, Juan y las piadosas
mujeres la espantosa muerte del hijo, del ser querido. Como nosotros.
—Consternadas, habiendo visto lo que ocurría, las gentes se volvían con
gestos de abatimiento. Como nosotros.
—Se oscureció el sol y se apoderaron las tinieblas. Llegó la oscuridad y
el no entender nada. Como nosotros.
—El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Como nuestro
corazón.
—Lo único que les quedaba era recoger su cuerpo, embalsamarlo y
depositarlo en un sepulcro. Como a nosotros.
Pero no hemos de quedarnos ahí. Hemos de volver
nuestra mirada al Señor para unirnos a su grito de queja dolorida: «Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?». Tenemos todo el derecho, porque
Cristo ha cargado con las penas y sufrimientos de la humanidad total.
Después, desde nuestra fe tambaleante, hemos de unirnos a la oración
de Cristo, quien, a pesar de todo, se pone en las manos del Padre:
«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Tenemos todo el
derecho, porque la súplica del Señor es también la de toda la
humanidad, que se apoya en sus méritos.
Y entonces sucederá que el Dios de la vida no nos
va a abandonar al poder de la muerte. Tenemos todo el derecho,
porque en la muerte de Cristo ha quedado vencida toda muerte,
también la de nuestros seres queridos. Y el Dios de la vida seguirá
cumpliendo la segunda parte del evangelio: la resurrección. Porque no
hay sepulcro que pueda establecer el, dominio de la muerte sobre sus
hijos. Porque no hay vendas ni mortaja que pueda retener maniatada la
vida del Hijo de Dios ni la de los que con él hemos sido hechos sus hijos,
herederos de su reino resucitado.
Hermanos, he ahí la respuesta de Dios a nuestra
situación angustiosa. Una respuesta viva y llena de esperanza. Pero
afirmábamos también que es, a la vez, una respuesta eficaz: cumple lo
que anuncia. En la eucaristía que celebramos, Dios renueva con toda su
eficacia la página contemplada en el evangelio. En su totalidad
maravillosa. La cruz se transforma en luz, y la muerte, en vida
resucitada: para Cristo y para nuestros hermanos a los que pretende
arrebatarnos la muerte de forma violenta y cruel. A nuestros «¿por
qué?» el Señor responde con otro: «¿Por qué buscáis entre los muertos
al que vive? No está aquí». Y añade la afirmación más llena de
esperanza que jamás se ha pronunciado: «iHa resucitado.

DIFUNTA. MAYO 10-18 En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la
confianza en la vida eterna de los que han abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo
muerto y resucitado. En este gran misterio encuentra el creyente la fuente del consuelo verdadero
y busca el rostro de dios para Desahogar su alma en el.
Cuenta la historia que un abuel estaba escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le pregunta
que está haciendo. el abuelo le dice .estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que
lo escribo con el lápiz es el lapiz que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que
fueras como el cuando crezcas y madures. Depende, prosiguió el abuelo. de como mires las cosas.
Hay cinco cualidades en el que puedes si consigues conservarlas , te harán una persona en paz con
todo el mundo.
Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que existe
una mano que guia tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempr en la
direccion de su Voluntad. Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el
sacapuntas. Con eso el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has de
saber soportar algunos dolores porque te harán una persona mejor.
tercera cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los
errores. Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino
algo importante para mantenernos en el camino de la justicia. Cuarta cualidad: lo que realmente
importa en el lápiz no es la madera, ni la forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto
cuida siempre lo que ocurre dentro de tí. Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz siempre
deja una marca. Del mismo modo has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y
procura ser consciente de todas sus acciones.
Hoy celebramos la huella que ha dejado ---------- en sus vidas, Cada uno de ustedes ha
sentido su huella.. hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar las impresiones que dejo en
cada uno de nosotros .
Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no queremos que ignoréis la
suerte de los difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres sin esperanza. Los que han
muerto , Dios, por medio de Jesús los llevará con El. Consuelense con estas palabras . Como el lápiz
-------------- tenía un gran corazón. seguramente Fue un, trabajadora incansable, responsable,
comprometido con su trabajo y en su hogar.
Estamos aqui para acompañar a su familia,. Estamos con ustedes , queridos amigos, y
familiares de ---------------- porque pensamos que el Señor no nos deja hoy como siempre y no pasa
de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra mesa, comiendo nuestro mismo
pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre para que como los
díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio de nosotros, que está
resucitado y que ---------------- va camino de sus manos. Ahora verá a Dios cara a cara , como el
hombre en el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado todo aquello que le impide ser
el mismo delante de su creador. Que haya borrado para siempre los sinsabores, las desesperanzas,
los desalientos y frustraciones por las que haya podido transitar en este mundo. Que ahora goce de
la Vida eterna que DIOS ha querido darle a El y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.
Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a fuentes
tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a aquel que en este mundo
hemos conocido, amado y respetado.

Sept 20.parrq Carmen.srsalcedo.


La muerte de un ser querido siempre impacta en lo más profundo de nuestro ser y
remueve las fibras más sensibles de nuestra memoria. Toda una larga historia de relación humana y
de convivencia con el desaparecido cobra plena actualidad, y reviven en el recuerdo detalles,
gestos, frases y actitudes que, aunque remueven la herida de su desaparición, suavizan al mismo
tiempo el vacío de su ausencia.
Sin duda, queridos familiares de ...., esposa e hijos, que esto mismo les está pasando a
ustedes. Lo recordaran siempre como hombre trabajador y serio, y especialmente entregado al
cuidado de su esposa y sus hijos, con ternura y abnegación. Hoy celebramos cristianamente su
muerte y también su vida que, a partir de ahora, queda depositada en manos de un Dios que es
nuestro Padre.
Es posible que más de uno se pregunte con perplejidad si es humano “celebrar la
muerte”. ¿Es que la muerte tiene algo que celebrar? La muerte en sí misma no. En todo caso la
muerte tiene mucho para ser llorada, para ser lamentada. La muerte siempre significa el fin del
tiempo y de esa propia historia personal que queda enmarcada en él.
Sin embargo y siendo todo esto verdad, lo es también que la muerte de un cristiano tiene
un significado paraticular. Un cristiano, por el bautismo, queda ya incorporado a la muerte y a la
“suerte” de Cristo y, por tanto, a su resurrección. “Nuestra existencia está unida a Cristo, es decir a
una muerte como la suya y a una resurrección como la suya” (1ª lectura).
La vida de un cristiano, por la gracia bautismal, es una llamada permanente a morir y a
renunciar a todo aquello que tiende a empujarnos al mal, y a ir liberándonos de las servidumbres
que origina en nosotros aquello que san Pablo llamaba el “hombre viejo”… Y, al mismo tiempo, la
vida de un cristiano es ir recuperando cada día un trozo más de esa libertad interior que es el
anticipo de la vida resucitada…, de modo que, a medida que vamos viviendo más años, vayamos
también alumbrando espacios nuevos de convivencia en los que la concordia y el buen
entendimiento sean más fuertes que las tensiones, el respeto al otro más significativo que la
exclusión, la alegría y la esperanza más vivas que la desconfianza, y el deseo de vivir más intenso
que las actitudes destructivas.
Esta dinámica de atenuar en nosotros los síntomas de negatividad y de muerte, y de
acrecentar los signos de positividad y de vida es la más viva expresión de lo que es la auténtica
vida cristiana: morir a nuestras tendencias negativas e ir resucitando a los gérmenes de eternidad
que el bautismo sembró en nosotros.
Esto es lo que nuestro hermano ...., tal vez sin darse del todo cuenta, fue haciendo a lo
largo de sus x años de vida . una existencia así merece ser celebrada en el momento en que,
terminado su tiempo, se introduce en el misterio eterno de Dios? ¿Que nuestro hermano habrá
tenido también sus deficiencias? Evidentemente, toda existencia humana está, al mismo tiempo,
marcada por la debilidad, pero Dios “conoce de qué barro estamos hechos” como dice san Pablo.
Por eso, al celebrar hoy la existencia de nuestro hermano culminada con la muerte, en
realidad celebramos a Cristo que habrá ido acogiendo, a lo largo de su vida, todos y cada uno de
sus esfuerzos por liberarse del Mal y los habrá ido uniendo a su propia cruz, y, al mismo tiempo,
habrá ido incorporando a su resurrección todos los destellos de nueva existencia que alumbró
ejercitó ...... mientras vivió en este mundo.

Por todo esto celebramos su muerte cristiana. Por todo esto creemos que si ha muerto con Cristo
también vivirá con El.
Octubre 12 rosario perilla
afrontar el momento de la muerte de un ser querido es una de las cosas más dolorosas que
uno tiene que afrontar durante la vida. Genera una desazón interior y un desasosiego
indescriptible ya que se nos priva de volver a estar junto a esa persona tan querida.
Recordemos que también la Santísima Virgen María lloró por el terrible sufrimiento causado
por la cruel crucifixión de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Y también, volvamos a pasar por
nuestro corazón que el Hijo de Dios se hizo hombre y experimentó el dolor y el sufrimiento
que lleva aneja nuestra condición de criaturas.
Sin embargo los cristianos tenemos una certeza que jamás nadie nos la podrá
arrebatar: que resucitaremos. Ahora mismo estamos celebrando el funeral de nuestra
hermana ropsario y todos nos unimos en la oración por ella . Lo que nos sucede a
nosotros, las personas, es que nos aferramos mucho al terruño, llegando incluso a
considerar que no hay más que lo que vemos, oímos, palpamos, gustamos y olemos. Craso
error ya que a lo largo de toda la historia de salvación y de manera constante Dios se nos ha
ido manifestando en múltiples ocasiones y de variadas formas, llegando a manifestar de un
modo totalmente culminante y supremo en su único Hijo Jesucristo.
que Jesucristo, al ser crucificado y muriendo por todos nosotros nos hizo el
gran regalo de la salvación, Él nos compró a precio de su sangre y en el madero de la cruz se
realizó la salvación, brotó el manantial de la salvación. Y no nos olvidemos que Jesucristo
resucitó de entre los muertos, que durante cuarenta días se estuvo manifestando vivo en
numerosas apariciones, que después ascendió a la diestra de Dios Padre y que nos hace
llegar la salvación por medio de los sacramentos que administra la Iglesia Católica. Llegando
incluso a quedarse entre nosotros en la Eucaristía y poniendo como ‘su tienda de campaña’
entre nosotros de manera permanente en el Sagrario. Es muy importante no olvidarnos de
todo esto.
Lo que nos sucede a las personas es que nos llegamos a asemejar a las plantas
de nuestros jardines que cuando son arrancadas de cuajo siempre las raíces llevan consigo
tierra del lugar donde estaba bien arraigada. Nosotros los cristianos tendríamos que tener
arraigadas nuestras raíces en el cielo, y de un modo más exacto, en el Sagrario, en Cristo
Eucaristía. Hermanos, por eso el asistir a la Eucaristía dominical y la confesión frecuente es
tal importante como el oxígeno en el aire que respiramos constantemente. Nuestra vida
cristiana tiene que estar oxigenada para que cuando Dios nos llame ante su presencia nos
podamos personar ante Él lo mejor y antes posible.
Ayer Dios llamó ante su presencia a nuestra hermana Esther y ella se está
dirigiendo al Trono de la Gloria. Sin embargo no podrá ser recibida ante la presencia divina
hasta que esté totalmente purificada de culpa y de pecado. Y es aquí donde entramos
nosotros. Todas las oraciones que realicemos por ella serán una importante ayuda para
conseguir el fin: estar gozando de la dulzura del Señor contemplando su rostro. Dale Señor el
descanso eterno… y brille para ella la luz perpetua. Descanse en paz.

Octubre 30. Sandra m.


Textos: 1 Corintios 15,20-24a.25-28; Marcos 15,33-39;
Uno de los mejores textos evangélicos que podemos leer en la celebración
cristiana de las exequias es ciertamente el que acabamos de oír: la narración,
sobria e impresionante, de la muerte de Jesús. No hay nada que pueda
iluminarnos mejor sobre el sentido cristiano de la muerte, ni nada que nos pueda
consolar tanto -y no hemos de avergonzarnos del consuelo de la fe-, como el
relato de los últimos momentos de la vida de nuestro Salvador. Porque todo lo
que podemos decir, en cristiano, acerca de la muerte, lo hemos de referir a la
muerte de Cristo, y todo lo que debemos hacer para vivirla como cristianos es
imitar la muerte de Jesús, no en sus detalles externos sino en su actitud
profunda.
Cristo no nos ha dado explicaciones complicadas sobre el porqué
de la muerte, ni nos ha ofrecido soluciones intelectuales a los enigmas -
ciertamente grandes- que presenta a nuestra inteligencia. Jesús ha dicho muy
poco sobre la muerte. Pero ha hecho mucho. Durante su vida la combatió; con
ello -y antes con obras que con palabras- nos dijo que Dios no se complace en la
muerte sino en la vida y que no nos llama a morir sino a vivir para siempre. Y no
sólo combatió la muerte curando enfermos
-la enfermedad es como una antesala de la muerte- y resucitando
muertos, sino que El mismo quiso morir, como muere todo hombre, y su muerte
fue la mejor lección que nos podía presentar para afrontar también nosotros
esta dura e ineludible realidad. Creemos en un Dios que por amor se ha hecho
solidario del hombre, con todas las consecuencias, sin excluir el pasar por esta
zona trágica en la que desemboca nuestra vida terrena. Creemos en un Dios que
se ha hecho solidario del hombre hasta compartir la misma muerte. Y no pasó
por ella con la inmutabilidad del Ser absoluto ni, lo que parecería a primera vista
más razonable, con la estoica serenidad del humanismo clásico, sino con el
temor y el temblor, con la angustia y el lamento desesperanzado de un hombre:
"Padre, ¿por qué me has abandonado?"
Esta actitud de Cristo hace a nuestro Dios profunda e íntimamente
fraterno; en El descubrimos nuestra realidad más profunda de hombres: nuestra
debilidad y nuestros temores, nuestro miedo y nuestra angustia. Porque la
verdad más profunda del hombre no es su fortaleza, sino su debilidad; no es su
impasibilidad, sino su temor y su angustia, y todas las limitaciones inherentes a
nuestra condición humana.

Ocvt 30. Difunto.Ante la muerte de Cristo, que nos sitúa en nuestra realidad y en nuestra
verdad, no cabe otra actitud que el silencio y la gratitud. Silencio, porque nunca
llegaremos a comprender o a poder expresar el insondable misterio de amor y de
humillación que representó para Cristo el acto de morir. Si morir es trágico y
humillante para nosotros, ¿cómo debió serlo para el que era la Vida misma? Por esto,
la palabra más expresiva de Cristo es paradójicamente su silencio en la cruz: la
suprema expresión del Amor ofrecido a la humanidad.
Y con el silencio, la gratitud, porque a partir de la muerte de Cristo nuestra
muerte adquiere un sentido nuevo, insospechado. La muerte ya no es la muerte. La
muerte es el paso a la vida. Cristo murió para matar la misma muerte, de manera que
la muerte es ya -en El y en nosotros- el primer paso hacia la resurrección. Cristo
resucitado, primicia de la humanidad nueva, representa el triunfo total de la vida
sobre la muerte.
El fragmento de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto,
que hemos oído, contiene la "buena noticia" -el Evangelio- que representa el núcleo
de la predicación y de la fe de la Iglesia primitiva: "Cristo ha resucitado de entre los
muertos, como primicia de todos los que han muerto". Y esto acontece para nosotros
y para todos los hombres, porque "si la muerte vino por un hombre, también por otro
hombre -por Cristo- vendrá la resurrección de los muertos". Cristo ha de reinar -dice
también- hasta que todos sus enemigos le hayan sido sometidos bajo sus pies, "y el
último enemigo vencido será la muerte".
Un cristiano, un hermano nuestro, ha muerto. Cristo, en sus fieles, está en
la agonía de Getsemaní hasta el fin de los tiempos. Sólo el Señor, que escruta los
corazones, sabe la purificación que ha supuesto para nuestro hermano él aceptar la
muerte, que le ha visitado justamente cuando estaba en medio del camino de la vida.
Como a Cristo, a él también le visitó la angustia y el miedo, y, como Cristo, también
pidió: "Si es posible, pase de mi este cáliz sin que yo lo beba". Pero, también con
Cristo, procuró decir aquellas supremas palabras: "Pero que no se haga mi voluntad,
sino la tuya", palabras que no implican una cobarde resignación, sino una gran
entereza de espíritu.
Ha muerto en el Señor; sabemos que, con Cristo, también resucitará. Por eso, en
medio de la tristeza nos acompaña la certeza y el gozo profundo de la fe, y nuestra
plegaria también se expresa en canto, que sin esta convicción podría parecer
inadecuado. Prosigamos la celebración de la Eucaristía, anticipación del banquete del
Reino. Confiemos a las manos del Padre el alma de nuestro hermano. Pidamos al
Señor que nos ilumine a todos con la luz de la fe y renovémosla hoy con las palabras
del soldado romano ante la cruz de Cristo: "Realmente, este hombre era hijo de Dios".
En efecto, sólo por medio de la fe en Cristo sabemos que nuestro futuro definitivo no
es la muerte, sino la Vida.
Nov 17-pcarmen.
Cuando la muerte aparece a nuestro alrededor y arrebata a uno de los nuestros, se produce un profundo
desgarro, un vacío inmenso y una tremenda soledad. La muerte, nuestro peor enemigo, nos arrebata lo que
más queremos y aquello por lo que más luchamos: la vida. Cuando ella llega, no sólo causa estas cosas; es
que encima se presenta como jactanciosa y victoriosa, como diciéndonos: “¿Ven? Yo les puedo a todos.
Tarde o temprano caéran en mis garras”.
Y como nuestros ojos materiales sólo ven esta realidad, la muerte quiere provocarnos no sólo la
muerte física y material, sino lo que es más grave: la muerte existencial, la muerte de la esperanza. Por eso
nos provoca una duda impresionante: ¿será verdad que al final sólo existen el vacío y la nada, la destrucción
y el aniquilamiento? De estas experiencias y dudas no se libra nadie: ni el creyente ni el no creyente.
Al creyente, que ante la muerte se encuentra con todo lo que estoy diciendo al igual que el no
creyente, es en este preciso momento cuando se le pone en la tesitura de hacer el más radical acto de fe.
Cuando está viendo la negación de la vida, cuando aparecen el poder de la muerte y las angustias y las
preguntas que ella causa, es entonces cuando hace, por la fe, una afirmación impresionante: “Muerte, eres
una embustera. Tú no tienes la última palabra. Hay Alguien que es más fuerte que tú y ya te ha vencido y te
está venciendo permanentemente: nuestro Dios, que no es un Dios de muertos sino de vivos; nuestro Dios,
que no quiere la muerte sino la vida. Es Él quien tiene la última palabra y, así como resucitó a Jesús, también
nos resucitará a todos y a cada uno de nosotros, liberándonos de tus garras destructoras y aniquiladoras”.
Dios, que nos llamó a la vida, que nos mantiene en la vida y cuando la muerte aparece queriendo
quitárnosla, es el único que no se retira, hace lo que siempre hace Dios: DAR VIDA. También cuando llega la
muerte, Dios, que está ahí, hace lo suyo: dar vida superando la misma muerte y transformándola para
darnos ya la vida en plenitud, en la que ni dolor ni precariedad, ni vejez ni enfermedad ni muerte, nada
pueda arrebatarnos la vida definitiva y total que Dios, al fin, nos regala. Por eso el creyente habla de la
muerte como paso: un tránsito hacia la plenitud.
Ésta es nuestra fe. De esta experiencia hemos hablado mucho… Por eso el , que ya ha hecho el paso
definitivo a la contemplación de lo que siempre ha buscado, me imagino lo que le habrá dicho a su Dios, que
es nuestro Dios, al experimentarlo ya cara a cara. Todo creyente le dira a Dios:
“He buscado tu rostro, Señor, incansablemente a largo de mi vida. Como a través de un espejo, te he
contemplado, pero ahora te veo en todo tu esplendor: ¡qué grandes son, Señor, tu amor y tu infinita
misericordia! Gracias, Dios mío, por permitirme contemplar tu rostro. Yo, desde mi pobreza y pequeñez, he
querido ser fiel a lo que Jesús nos enseñó. Por eso descubrí lo que ahora veo con claridad: Que Tú eres un
Dios de vida y quieres la vida de todos. Por eso intenté a lo largo de mi vida comprometerme en dar vida y
luchar contra todo lo que quitaba la vida y la dignidad a tus hijas e hijos.
También ahora veo, Señor, que lo que descubrí es bien cierto: que eres un Dios de la comunión.
Por eso me empeñé en ser una persona de reconciliación y paz. Por eso trabajé incansablemente por hacer
de la Iglesia signo y sacramento de comunión en medio de la humanidad. A pesar de mis pecados y
flaquezas quise, Señor, reflejar tu rostro. Acógeme ahora en tu amor y tu misericordia”.Yo creo firmemente
que nuestro hermano habrá oído de labios de su Señor: “Ven, mi siervo fiel, a participar del gozo de tu
Señor. Ven a recibir el abrazo de comunión en el amor de la Trinidad divina, en el que todo se funde en la
unidad amorosa”.
ésta es nuestra esperanza, que nos hace superar el desgarro de la separación y la tremenda soledad
de su vacío. Por eso le encomendamos al Señor y descansamos también nosotros en sus benditas manos. Y
ya para acabar, queridos amigos y amigas, me gustaría hacer una llamada.seamos también testigos del Dios
vivo que quiere la vida de todas sus criaturas y que quiere que todas sus hijas e hijos vivan reconciliados y
en auténtica hermandad universal.
Que nuestro hermano, desde Dios, en el cual también nosotros vivimos y existimos y al que nos
unimos de un modo especial ahora que celebramos la Eucaristía, interceda por nosotros para que el Señor
nos envíe su Espíritu y así podamos seguir firmes, en el compromiso por la construcción del Reino en
nuestro mundo. Amén.
Difunto enro 8. Pag.
El hombre actual ha quedado, en gran medida, atrofiado para descubrir a Dios.
No es que sea ateo. Es que se ha hecho «incapaz de Dios». Cuando un hombre o
una mujer sólo busca o conoce el amor bajo formas degeneradas y cuando su
vida está movida exclusivamente por intereses egoístas de beneficio o ganancia,
algo se seca en su corazón.
Cuántos viven hoy un estilo de vida que les abruma y empobrece.
Envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de abrirse a
Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida sin la compañía
interior de nadie.
El gran teólogo A. Delp, ejecutado por los nazis, veía en este
«endurecimiento interior» el mayor peligro para el hombre moderno. «Entonces
deja el hombre de alzar hacia las estrellas las manos de su ser. La incapacidad del
hombre actual para adorar, amar, venerar, tiene su causa en su desmedida
ambición y en el endurecimiento de la existencia».
Esta incapacidad para adorar a Dios se ha apoderado también de muchos
creyentes que sólo buscan un «Dios útil». Sólo les interesa un Dios que sirva para
sus proyectos privados o sus programas socio-políticos. Dios queda así
convertido en un «artículo de consumo» del que podemos disponer según
nuestras conveniencias e intereses. Pero Dios es otra cosa. Dios es Amor infinito,
encarnado en nuestra propia existencia. Y ante ese Dios, lo primero es
adoración, júbilo, acción de gracias.
Cuando se olvida esto, el cristianismo corre peligro de convertirse en
un esfuerzo gigantesco de humanización y la Iglesia en una institución siempre
tensa, siempre agobiada, siempre con la conciencia de no lograr el éxito moral
por el que lucha y se esfuerza.
Pero la fe cristiana, antes que nada, es descubrimiento de la Bondad
de Dios, experiencia agradecida de que sólo Dios salva. El gesto de los Magos
ante el Niño de Belén expresa la actitud primera de todo creyente ante Dios.
Dios existe. Está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos
por Él. No sabemos a dónde nos quiere conducir a través de la muerte. Pero
podemos vivir con confianza ante el misterio. Ante un Dios del que sólo sabemos
que es Amor, no cabe sino el gozo, la adoración y la acción de gracias. Por eso,
«cuando un cristiano piensa que ya ni siquiera es capaz de orar, debería tener al
menos alegría» (L.Boros).

Enero 14-EN LAS MANOS DE DIOS


Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos
ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir
los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.
Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares
arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa
muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el
esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van
dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?
La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez
cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de
él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de
Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?
Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de
la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra
plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos
no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de
confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”
¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los
que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte?
¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también
increyentes?
A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos
hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos,
pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer.
Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.
A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos
podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser
querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a
Dios:
“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni
qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al
amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más
seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te
quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.

22 enero dif.
¿Cuál es el sentido de las exequias cristianas? La Iglesia celebra en ellas el
misterio pascual para que quienes fueron incorporados a Cristo, muerto y
resucitado por el bautismo, pasen con Él a la vida, sean purificados y recibidos en
el cielo, y aguarden el triunfo definitivo de Cristo y la resurrección de los muertos
(S.C. 82). Esto explica que la esperanza de la resurrección sea un tema central en
las exequias. A ella se refieren constantemente las lecturas, las antífonas y las
oraciones.
La Iglesia, consciente de esta esperanza cristiana, intercede por los
difuntos para que el Señor perdone sus pecados, los libre de la condenación
eterna, los purifique totalmente, los haga partícipes de la eterna
bienaventuranza y los resucite gloriosamente al final de los tiempos. La eficacia
de este intercesión se funda en los méritos de Jesucristo, no en los sufragios
mismos. En estas exequias ve también la Iglesia la veneración del cuerpo del
difunto.
El cristianismo no considera el cuerpo como la cárcel del alma, –
platonismo– ni tampoco lo ve intrínsecamente malo –como proclamó el
maniqueísmo– y menos aún admite el materialismo ateo para quien sólo existe
lo material, a lo que considera indefectiblemente perecedero y despreciable. La
Iglesia defiende la unidad cuerpo-alma, y por lo mismo, ambos elementos son
objeto de salvación; uno y otro serán glorificados o condenados.
Las exequias son una magnífica ocasión para que la comunidad
cristiana reflexione y ahonde en el significado profundo de la vida y de la
muerte; y para que los pastores de almas realicen una eficaz acción
evangelizadora, potenciada por las disposiciones positivas de los familiares, la
participación en la misa exequial de muchos cristianos alejados y la presencia
amistosa de personas indiferentes, incrédulas e incluso ateas.
* El agua bendita que el sacerdote derrama sobre el cadáver alude al bautismo, y
la incensación, a la resurrección. Son, pues, gestos pascuales.
* El color litúrgico de las exequias de adultos es el morado; el de los niños, el
blanco.
todos los cristianos son igualmente hijos de Dios y de la Iglesia y poseen la
misma dignidad bautismal.
: Al Dios del amor y de la vida, en quien creemos, en quien confiamos, pidámosle
que nuestro hermano ….gocen de la plenitud de la vida con Jesús resucitado.
OREMOS:
Homilía para la celebración de las exequias I: Mt 5, 1-12ª enero 22,pcarmen
Han venido ustedes a acompañar a ………………. a su última morada. La familia les agradece.
Es un gesto de amistad, de estima, de respeto. Permitanme ver en ello también un gesto de
fe. su presencia en nuestro Templo Parroquial en torno al féretro de N para mí el signo de la
presencia de Dios cerca de cada uno de nosotros en nuestra muerte.
No han querido dejarl@ sol@ en su partida. Esta reacción sencilla es para mí, repito,
expresión de la fe; nosotros creemos que en la muerte no marchamos hacia lo terriblemente
desconocido. Alguien está ahí para acogemos al final del camino de nuestra vida. Aunque el
azar, la casualidad, tenga un lugar importante en el mundo y en nuestras existencias,
nosotros no creemos que el azar sea la explicación última de la realidad. "Dios es Amor". Y el
amor ha sido, es y será la explicación suprema de la vida. Al principio está Dios; un Dios
Padre, que da la vida. Al final está también Dios; un Dios que acoge, un Dios que nos recibe
en Él. Dios nos ha creado por amor y nos salva en Cristo también por amor. "Él nos amó
primero y entregó a su Hijo por nosotros para que tengamos vida y la tengamos abundante".
(La vida de …………. estuvo marcada por el amor de su familia especialmente por la
asistencia y cuidado que Maritza le proporciono ,nuestra hermana era Una buena persona,
con sus defectos, fruto de la condición humana (que yo desconozco), pero con un gran
corazón que puso de manifiesto también a lo largo de toda su existencia.)
Necesitamos personas que nos animen a tener menos miedo al dolor, al
sufrimiento. Porque …………. tuvo un buen Maestro y supo tomar la Cruz y seguir al Señor. Y
necesitamos personas que, como ella), nos hagan cercanas la paz y la alegría de la fe, de su
creencia en el buen Dios que dio su vida por nosotros. "Ánimo, soy yo, no tengáis miedo", le
dijo también a Pedro cuando le invitó a seguirle caminando sobre las aguas".
"¿ustedes también quieren marcharse?”... "¿Y adónde vamos a ir? Sólo tú
tienes palabras de vida eterna". "Hombres de poca fe ¿Por qué dudán?". No nos agobia
incluso el que en algunos momentos no hayamos sido del todo fieles a nuestra vocación de
cristianos. Recordemos juntos aquellas preguntas de Jesús, después de la Resurrección, al
Apóstol Pedro: ¿Pedro, me amas más que éstos?... "Señor, Tú sabes que te quiero". Al final,
somos juzgados por el amor.
Acercarse a las Bienaventuranzas produce siempre alguna inquietud
porque parece imposible compartir, de obra, la claridad de Cristo al pronunciarlas con toda
rotundidad. Por eso, resulta esperanzador escuchar al mismo tiempo que existe una
multitud incontable de santos anónimos que, a pesar de ser como nosotros, débiles e
inseguros, han logrado su túnica blanca del gozo de la presencia de Dios para siempre.
Las personas pobres de espíritu, que viven sencillamente y no corren angustiadas
tras la riqueza, el poder y la gloria ni ponen el placer y el bienestar como metas supremas de
la vida. Las personas sufridas, no violentas, que tienen criterios cristianos y los mantienen,
pero no los imponen a gritos ni con las armas porque saben que todos los seres humanos
hemos nacido del mismo Padre Dios.

Las personas limpias de corazón y de mirada limpia que como no tienen doblez en sus vidas,
no creen que exista en la del prójimo. Que no se mueven por la envidia u orgullo. Y son fieles
a su propia conciencia.
Las personas misericordiosas, dispuestas siempre a la comprensión, a la tolerancia, al
perdón, al juicio misericordioso.
Las personas que han llorado sin que las lágrimas hayan dejado rencores en su vida.
Las personas que tienen hambre y sed de justicia y que, por eso, no les gusta su mundo pero,
como es el suyo, no lo odian sino que lo aman e intentan cambiarlo. Y trabajan
voluntariamente por el bien de los demás.

¡Qué bien recoge el espíritu de las bienaventuranzas la hermosa oración de San Francisco de
Asís!:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que yo ponga amor.
Donde haya ofensa, que yo ponga perdón.
Donde haya discordia, que yo ponga unión.
Donde haya error, que yo ponga verdad
Donde haya duda, que yo ponga fe.
Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza.
Donde haya tiniebla, que yo ponga luz.
Donde haya tristeza, que yo ponga alegría
Haz que yo no busque tanto
El ser consolado como el consolar,
El ser comprendido como el comprender,
El ser amado como el amar.
Porque dando es como se recibe.
Olvidándose de si mismo
Es como se encuentra a sí mismo.
Perdonando es como se obtiene perdón.
Muriendo es como se resucita para la vida eterna.
Junto al dolor, elevamos nuestra acción de gracias por N Celebramos la
victoria definitiva del amor, de la vida y de la misericordia de Dios. Porque la santidad se
construye casi siempre sobre muchas cicatrices que se han tenido que curar, sobre ruinas,
pequeñas o grandes, que ha habido que reparar.
Por eso no nos desanimamos: "Nuestro auxilio es el nombre del Señor".
Que el señor Escuche, nuestra oración y escuche también todo aquello que nuestro corazón
no sabe decir. Que el Pronuncie sobre todos sus hij@s su palabra bendita, que redime y que
libera. Haz señor que te recordemos sin cesar el nombre de todos los suyos, como lo hace tu
Hijo Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía para la celebración de las exequias III: Mt 25, 31 – 46 (Se puede


acompañar con Hch 10, 34-43)
Sentido cristiano ante la muerte
La muerte es el lenguaje más universal... todos sentimos la muerte... no
dudamos de ella... sí nos sentimos inseguros sobre lo que habrá después.
Solemos decir: " si hay Dios, debe ser misericordioso y nos perdonará a todos".
Más allá de lo que nosotros pensamos: La palabra de Dios nos dice cómo
debemos valorar la muerte desde la vida, cómo tenemos que pensar en el futuro
desde el presente.
Nuestra vida tiene más sentido: - cuanto más amamos, - cuanto
más bien hacemos por los demás, - cuanto mejor y más nos solidarizamos, -
cuanto más y más nos perdonamos unos a otros.
Lo que realmente vale para Dios es el amor, el hacer el bien... (Sobre esto
seremos examinados al final (Evang). Pasarán muchas cosas, pero estamos
seguros que quedará lo fundamental: la justicia, el bien hecho, el amor dado.
Por eso para los cristianos la vida de hoy, es el fruto del
mañana... El cristiano prolonga a Dios en la tierra:
- cuando ama, porque Dios es amor,
- cuando perdona, porque Dios no perdonó la muerte de su Hijo,
- cuando respeta, porque Dios no impone, se ofrece,
- cuando es justo, porque Dios nunca discrimina,
- cuando hace el bien, porque Dios es el sumo bien.
Y todo esto es cumplir el evangelio en vida, por tanto es dar
sentido cristiano en vida, y el que da sentido cristiano en la vida vivirá siempre
para el Señor, "porque en la vida y en la muerte somos del Señor".
Nuestro compromiso presente es vivir como cristianos que han sido salvados. Y
esto es preveer el futuro: vivir con plenitud nuestro presente.
Por eso, más que nosotros, es Dios el que se acerca en cualquier
situación humana, por dolorosa que nos parezca y nos anima, a través de
personas, acontecimientos y nos dice: - las cosas materiales no son eternas.
Más allá del dolor y de la muerte hay paz y vida en plenitud para los que han
hecho de su presente un canto lleno de esperanza y amor.
Paz y vida en plenitud que nosotros, hoy, deseamos y pedimos llenos de
esperanza por nuetr@ herman@ N.

Difuntos.19 Mt 25, 1-13


El Evangelio que acabamos de proclamar puede iluminar desde la fe este momento que vivimos al
despedir a un hermano nuestro, momento de dolor y a la vez cargado de esperanza. Y es que nos
hemos reunido aquí con un motivo profundo: rezar por nuestro hermano, pedirle a Dios por él en
éste, que es el momento clave de su existencia, pues creemos que ahora él tiene un encuentro con
el Señor, el encuentro esperado desde el mismo momento en que comenzó a vivir. Y de un
encuentro nos ha hablado el Evangelio. Por ello podemos sacar luz de él, para saber en qué consiste
ese encuentro.
No deberíamos sentir miedo cuando nos llegue ese momento, ya que Jesucristo
compara ese encuentro con la llegada de un esposo. Es el Amigo el que viene, se trata de esperar a
alguien que nos quiere, no a un juez implacable. ¡Cómo lo expresa la parábola: “que llega el esposo,
salid a recibirle”! ¿No es ésto lo que espera todo hombre cuando se acaba su caminar por este
mundo? ¿No es el encuentro con nuestro Amigo Dios lo que más desea una pobre criatura? Eso es
lo que quiere expresar la imagen de aquellas que tenían sus lámparas encendidas y con aceite
suficiente para esperar: es la esperanza alegre de quien se va a encontrar con el Dios que le dio un
día la vida.
Pero el Evangelio recuerda dramáticamente también que hay quien no espera, no
espera nada ni a nadie, sólo espera fatalmente su desaparición total. El que no espera es como las
doncellas que se han dormido, en un sueño que no quiere despertar porque ha perdido toda ilusión
sobre la vida y sobre uno mismo. “Os lo aseguro: no os conozco”, dice el esposo a aquellas torpes
mujeres. ¡Tremendo! Es lo peor que nos puede suceder: que no miremos al Señor como Amigo,
como el Buen Dios que te espera para devolverte la Vida sin fin, que no esperemos nada de Él que
todo lo puede dar. “No os conozco” quiere decir que somos nosotros lo que no lo queremos
conocer a Él, y esa, hermanos, sería nuestra perdición.
“Velad, pues no sabéis el día ni la hora”. Así termina este Evangelio, con una llamada
de atención. Nuevamente no para que sintamos pánico ante lo que nos pueda suceder, sino como
una llamada a avivar nuestra esperanza, una llamada a esperar a Alguien, y a esperarlo como la
única buena noticia que el corazón puede soñar.
¿Qué venimos a hacer en un entierro? Sencillamente venimos a pedirle a Dios que
nuestro hermano espere, que haya mantenido viva la llama de la esperanza, que haya querido
encontrarse con Aquel que es su Amigo. Pedimos a Dios que nuestro hermano se presente
humildemente ante Él porque lo conoce y porque ha puesto en Él toda su confianza. Pedimos a Dios
que perdone todos aquellos momentos en los que nuestro hermano haya podido “olvidarse” de ese
Amigo con el que ahora se va encontrar. En una palabra, rezamos para que ese encuentro sea un
encuentro feliz, y el Esposo le invite a pasar adentro, al gran banquete que tiene preparado.
Y pedimos no sólo por nuestro hermano al que hoy despedimos. Pedimos por
nosotros, para que no nos durmamos, para que sigamos esperando también nosotros a Aquel que
nos dio un día la vida y que nos la quiere devolver si es que le queremos. Pedimos que la
desesperanza no se apodere de nosotros y que el Señor un día sí nos reconozca y nos haga
compartir todo lo que Él nos tiene preparado.
Ciertamente, este es el mejor homenaje que podemos rendirle a nuestro hermano, lo
mejor que podemos hacer por él y por nosotros mismos, ahora que nos despedimos de él y
quedamos emplazados para el momento en que nosotros tengamos también ese encuentro que a
todos nos aguarda. Velemos, pues, y que Dios nos mantenga firmes en la esperanza y en la fe. Así
sea.
Homilía para la celebración de las exequias IV: Mc 15, 33-39;16,1-6 (Se puede acompañar con Sab
3, 1-9; Salmo: 114)
En muchas ocasiones acompañamos a personas cercanas o conocidas en el dolor de la
muerte de sus familiares, pero cuando esta realidad nos toca vivirla personalmente no
resulta tan fácil aceptarlo humana y religiosamente. El hombre, cuando tiene
sufrimiento o muerte, suele reaccionar con el rechazo, la huída de la realidad o la
desesperación. En otras ocasiones con la aceptación y resignación, con paciencia y
hasta con paz y serenidad, pero esto son las menos ocasiones. Es lógico la reacción del
rechazo y de lucha con la perdida de un ser querido.
Sin embargo, lo más sensato sería, en el momento de dolor, ofrecerle al
Señor ese daño que se tiene, ofrecerle al Señor y preguntarle porqué, ofrecerle la
desilusión y la desesperanza, las lágrimas y el llanto. Ningún argumento racional, ni
ninguna medicina nos puede ayudar ante esa situación. pero una ofrenda del dolor
puede ayudar a reconocer y a confiar. La muerte no es sólo muerte, para Dios y para
los que creemos en Dios, el sufrimiento inevitable es también la llamada irreductible
de Dios, es el espejo en el que el rostro de la vida adquiere sus perfiles verdaderos. El
sufrimiento es camino para la verdadera vida. Como hizo Cristo en la cruz, a Dios se le
invoca de forma nueva en la que aparentemente es abandono y soledad. Y el rostro de
Dios, su cercanía amorosa, aparece con intensidad de nuevo cuando sólo tenemos un
dolor con esperanza. Y no es menos cierto cuando se trata de la muerte.
"La gente insensata, dice el libro de la Sabiduría, pensaba que morían,
consideraban su tránsito como una desgracia, pero ellos están en paz". Es que la
muerte no tiene para Dios la última palabra sino la Vida, ni la tiene la destrucción sino
la inmortalidad. La muerte es para el cristiano un paso, un hasta luego, no es un fin
donde todo acaba. La muerte es como un nuevo parto que daña y hace llorar, un
nuevo parto que deja aquí la placenta de la vida vivida, y que con el aliento del alma
da paso a la otra vida. Es dejar este mundo del vivir para llegar al mundo del amar, el
mundo donde veremos cara a cara a Dios y donde la familia humana que estábamos
en la tierra, nos volvemos ajuntar cara a cara, sin velo, viendo lo que en verdad es
cada uno y que la propia naturaleza tapó.

Aunque, en la muerte de un ser querido, no podemos evitar la tristeza, las lecturas de


hoy sí nos puede llevar a afirmar lo que creemos, a anunciar lo que esperamos y
apoyarnos en la Palabra de Dios. Lo que Dios, que es mas fuerte que la muerte, recoge
en sus manos como ofrenda del atardecer de la vida de nuestro/a hermano/a
difunto/a y la une al sufrimiento de su Hijo en la cruz, y así como a Cristo lo resucitó a
nuestro/a hermano/a también lo resucita. ¿Es esto poca alegría para nosotros?

Homilía para la celebración de las exequias V: Lc 7, 11-17 (Se puede acompañar con Sabiduría 2, 1-
5.21-23; Sal 24 )
Siempre los momentos de la muerte son profundamente tristes y
tremendamente dolorosos. Son indiferentes los años que podamos tener, siempre
queremos vivir y nos aferramos a la vida como el tesoro mayor del que podemos disponer.
Sin embargo, la muerte nos dice el sentido de la vida de las personas. Ya seamos ricos o
pobres, felices o infelices, estemos sanos o enfermos, sea cual sea nuestra condición, con la
muerte experimentamos la fragilidad de nuestra existencia, de lo que somos. Poco importa
lo que hayamos hecho o lo que hayamos vivido. Si el final de nuestra vida es la muerte, nada
puede tener mucho sentido. Nuestra vida es un esforzarse para nada. Ante la muerte,
nuestras manos siempre quedan vacías. Como mucho, podemos aspirar a que nuestros hijos
o nuestros familiares gocen de aquello por lo que nosotros hemos luchado tanto. Nuestra
vida, la de todos, está destinada al fracaso.
Se puede vivir así, sabiendo que terminaremos nuestros días enterrados en la
tierra. Muchas personas, de hecho, viven así, sin pensar siquiera lo que será el final. Lo que
vemos es que al final nuestro cuerpo será enterrado en la tierra. Pero todos sabemos que el
hombre, que la persona humana no es así, que en el fondo de nuestros corazones siempre
buscamos el sentido de nuestra vida. Dentro de nosotros encontramos anhelos profundos a
los que quizá no somos capaces de responder, pero están ahí. Toda nuestra vida está
construída sobre la esperanza de un sentido profundo y total. Por eso también, muchas
personas, viven teniendo fe en que nuestra vida no termina en la muerte. Vemos lo que
vemos pero sabemos que nuestra vida tiene que perdurar más allá de la muerte. Es la
confianza en que Dios no abandona a sus hijos.
Jesucristo viene al mundo no para condenarlo, sino para ofrecerle la mayor
esperanza, la mayor noticia jamás dicha y es que el final del camino no es la muerte sino la
vida. Él fue el primero en morir para ser el primero en resucitar, para enseñarnos que Dios,
sobre todo, es Dios de vivos y no de muertos. Ahí es donde está la esperanza cristiana, en
que Dios da sentido a toda nuestra vida, a todas nuestras obras, a todos nuestros desvelos,
anhelos e ilusiones de nuestra vida terrenal, que esperamos una vida más allá de la muerte.
Esa es la esperanza que nos ofrece la fe. Quizá en los momentos de la muerte sintamos vacío
y hasta desesperación pero no podemos perder, como cristianos, la esperanza en Dios, la fe
y la confianza en que Él, a este cuerpo sin vida le va a regalar la vida. Ese es el secreto de
Dios, que Dios nos ha creado "para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser". Por
eso Jesús puede acercarse al ataud del muchacho, que hemos escuchado en el Evangelio, y
decirle "¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!".
Dios está a nuestro lado en los momentos de dolor y sufrimiento para que no
perdamos la esperanza. Tengamos, hoy, una oración especial, sencilla, con nuestras
palabras, por esta familia para que Dios la conforte y la aliente en su sufrimiento, para que,
a pesar del dolor, no pierda la esperanza en que se reunirán con su familiar en el cielo y
pidámosle también por nosotros, para que los sepamos acompañar en estos momentos de
sufrimiento y de vacío y para que sintamos cerca a Dios, para que lo reconozcamos como
"Dios de vivos".
VI: Lc 12, 35-40 (Lectura: Rom. 6, 3-9 / Salmo 102)
“La muerte es encuentro y nuestra vida es su preparación”
El evangelio de Lucas nos acerca a la comprensión cristiana de la muerte. Más
allá de su aparente realidad de final del camino, de término de la vida, de trágico desenlace,
la muerte es un encuentro, o mejor, un re-encuentro con el Dios que, no sólo nos da la vida
temporal y terrena, sino que nos hace partícipes de su propia vida divina: Si somos hijos por
el Bautismo, seremos herederos de su Reino.
Ante tal encuentro gozoso y definitivo, nuestra esperanza en la resurrección
nos anima a desarrollar ya aquí las actitudes y comportamientos propios del que espera con
ilusión recibir a Aquel que viene porque nos ama. La muerte es encuentro, y nuestra vida es
su preparación. Veamos las actitudes que nos propone Jesús en el evangelio de Lucas:
“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Estad preparados y
dispuestos para acoger al Señor que está viniendo continuamente a animar y fortalecer
nuestra esperanza: Viene en la Eucaristía, en su Palabra y en toda Persona que necesita
nuestra compañía y ayuda. Somos “candiles” que portan la llama de la fe, la presencia del
Señor, en nuestras palabras y obras. Somos instrumentos de la Luz de Cristo. Hemos de estar
en “traje de faena”, utilizando lo que somos y tenemos para construir a nuestro alrededor
un ambiente más humano y fraternal.
“Dichosos ellos si al llegar los encuentra en vela”. La alegría del encuentro
desborda el trabajo de la espera; y la misma espera adelanta el entusiasmo del encuentro.
Vivimos ya un anticipo del gozo eterno. Merece la pena el esfuerzo y sacrificio de vivir
aquella nueva identidad de hijos y hermanos. La lucha por la igualdad y fraternidad, la
entrega y servicio generoso a los demás, la oración confiada, son signos de la presencia del
Señor, que, no sólo vendrá al final, sino que nos acompaña en nuestro caminar y sostiene
con su Espíritu nuestra débil voluntad.
“Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo de
Dios”. Es una llamada a la constancia, a hacer definitivos nuestros compromisos, a trabajar y
orar con dedicación, a dar importancia a nuestro vivir diario, a nuestra rutina cotidiana.
Porque es en nuestro caminar día a día, en los pequeños detalles, en la normalidad de la
vida, donde hemos de ir descubriendo la presencia del Señor. Él nos sorprende, se presenta
sin avisar, o mejor está siempre a nuestro lado. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes,
para descubrir su presencia y preparar nuestro encuentro.
“Si supiera el dueño a que hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete” Es
un toque de atención a nuestra dejadez, pereza o comodidad. La relación con Dios, como el
encuentro con los demás, no se improvisa. Las cosas importantes se preparan, las relaciones
necesitan su tiempo. No debemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Y si ya
sabemos que somos hijos por el Bautismo, hemos de vivir desde ahora como hermanos.

Y más allá de nuestra limitación y debilidad a la hora de vivir estas actitudes y


comportamientos está la Bondad de Dios: “el Señor es compasivo y misericordioso”.

Homilía para la celebración de las exequias VII: Lc. 23, 33. 39-43
Hermanos: Nos hemos reunido para celebrar cristianamente la muerte de______

Sin duda la muerte es una de las realidades que más nos cuesta entender y
aceptar. Porque, independientemente de las circunstancias, siempre, ante este
gran misterio, nos hacemos las mismas preguntas: ¿por qué existe una realidad
tan dura? ¿es que hemos nacido para esto: para morir? ¿el final del ser humano
es desaparecer para siempre?.
Estas preguntas no son nuevas, no sólo nos las estamos haciendo nosotros, sino
que acompañan al ser humano desde el primer momento de su existencia.

Y ante estos interrogantes sólo caben dos posturas, claramente


reflejadas en los textos que acabamos de escuchar: una postura es la de lo que
piensan que todo acaba aquí, que no hay nada más allá; que no hay posibilidad
de salvación; y la otra postura es la del buen ladrón: creer que Jesús es la
salvación misma; creer que efectivamente el paraíso, es decir, la salvación, la
vida definitiva Cristo ha empezado a hacerla realidad desde la cruz.
Por eso nosotros debemos dejarnos llenar por la luz que la
Palabra de Dios nos ofrece y convertir nuestra presencia en oración suplicante:
Lo primero que hemos de pedirle es que esas palabras de Jesús al buen ladrón
“hoy estarás conmigo en el paraíso”, ya hayan sido escuchadas por nuestro
hermano/a. Porque eso supondría que nuestro hermano/a, tras una vida de
constante búsqueda de Dios, ya lo ha encontrado y ya lo está gozando
eternamente.

Pero también hemos de pedirle algo para todos nosotros:


ante la dolorosa realidad de la muerte, que antes o después nos afectará, como
ha llegado a nuestro hermano/a, sepamos reconocer en el crucificado al Mesías
que nos va a hacer participar de la gloria de la resurrección.

Una resurrección que, si nosotros queremos, puede empezar “hoy”, “ahora


mismo”, porque Cristo lo ha hecho posible.

omilía para la celebración de las exequias VII: Lc. 23, 33. 39-43
Por José Luis Bardera, sacerdote en la Parroquia de san Rafael, arcángel, de Alcázar de san
Juan(Ciudad Real)

Por: José Luis Bardera | Fuente: iglesiaendaimiel.com

(Se puede acompañar con Sabiduría, 3, 1-9 y el salmo ‘El Señor es mi luz y mi salvación’).

Hermanos:

Nos hemos reunido para celebrar cristianamente la muerte de______

Sin duda la muerte es una de las realidades que más nos cuesta entender y aceptar. Porque,
independientemente de las circunstancias, siempre, ante este gran misterio, nos hacemos
las mismas preguntas: ¿por qué existe una realidad tan dura? ¿es que hemos nacido para
esto: para morir? ¿el final del ser humano es desaparecer para siempre?.
Estas preguntas no son nuevas, no sólo nos las estamos haciendo nosotros, sino que
acompañan al ser humano desde el primer momento de su existencia.

Y ante estos interrogantes sólo caben dos posturas, claramente reflejadas en los textos que
acabamos de escuchar: una postura es la de lo que piensan que todo acaba aquí, que no hay
nada más allá; que no hay posibilidad de salvación; y la otra postura es la del buen ladrón:
creer que Jesús es la salvación misma; creer que efectivamente el paraíso, es decir, la
salvación, la vida definitiva Cristo ha empezado a hacerla realidad desde la cruz.

Por eso nosotros debemos dejarnos llenar por la luz que la Palabra de Dios nos ofrece y
convertir nuestra presencia en oración suplicante:

Lo primero que hemos de pedirle es que esas palabras de Jesús al buen ladrón “hoy estarás
conmigo en el paraíso”, ya hayan sido escuchadas por nuestro hermano/a.

Porque eso supondría que nuestro hermano/a, tras una vida de constante búsqueda de Dios,
ya lo ha encontrado y ya lo está gozando eternamente.

Pero también hemos de pedirle algo para todos nosotros: ante la dolorosa realidad de la
muerte, que antes o después nos afectará, como ha llegado a nuestro hermano/a, sepamos
reconocer en el crucificado al Mesías que nos va a hacer participar de la gloria de la
resurrección.

Una resurrección que, si nosotros queremos, puede empezar “hoy”, “ahora mismo”, porque
Cristo lo ha hecho posible.
VIII: Lc 23,44-49; 24,1-6Se puede acompañar con Romanos 8,14-17 y Salmo 102)
¡Cuánta gente buena hay en el mundo! ¡Cuántos santos anónimos! Muchos son los
que viven cada día cercanos al bien, buscando lo que mejor les venga a los demás,
entregándose con naturalidad y sin buscar recompensa. Nos encontramos así con el estilo de
vida al que todos quisiéramos llegar: ser buenos y vivir con esa bondad.
En el fondo nuestras vidas van teniendo sentido cuando nos descubrimos
así: nacidos para ser buenos, para amar profundamente sin esperar nada a cambio. Es
también la invitación que nos hace San Pablo: “los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios,
esos son hijos de Dios”. Es decir, cuando seguimos las indicaciones de Dios es más fácil, no
sólo ser buenos, sino que además, es más fácil ser feliz. Si todos pertenecemos al amor que
Dios ha puesto en cada uno, entendemos que nuestra vida está llamada a ser ese mismo
amor.
Los hijos de Dios tenemos ese privilegio. Ya aquí en la tierra podemos empezar a
participar del amor que Dios pone en cada uno de nosotros. Toda vida que se nos regala, es
un don suyo, las personas que pone en nuestro entorno son motivo de agradecimiento. Es
ante la muerte cuando mayor sentido tiene esa expresión: darle gracias a Dios por quien nos
ha amado, por quien nos quiere, por quien hace posible que hoy estemos aquí.
Dios quiere lo mejor para sus hijos y por eso nos invita a ser buenos, a imitar la
bondad de su Hijo Jesús. Su estilo de vida era el de la entrega incondicional, y aunque en su
tiempo no todo el mundo quería reconocerlo así, la historia le ha dado la razón. Él quiso ser
fiel a su Padre Dios, y por eso le resucitó de entre los muertos.
También nosotros que estamos aquí para seguirle, sabemos que es el Hijo de
Dios, y confiando en él vamos a resucitar, nos vamos a incorporar al amor infinito de Dios.
Antes de morir Jesús confió en Dios-Padre, por eso le resucitó. Dios necesita de nuestra
confianza en Él para que podamos participar en la vida eterna. Con esa confianza, desde esa
fe hoy rezamos especialmente por nuestro hermano NN. Sabemos que camina hacia la
presencia de Dios y por eso confiadamente, como familia cristiana le presentamos al Padre.
Esta es la herencia que nos ha dejado Dios, esta es la esperanza que
compartimos. Si somos hijos, si somos hermanos, también somos herederos. Esta esperanza
se hace todavía más fuerte cuando el sufrimiento y el dolor se hace presente entre nosotros,
ya sea desde la muerte, ya sea desde la enfermedad. Nos unimos a Jesucristo que padeció
por nosotros, sufrió por nosotros para que, ahora, todos podamos participar del amor del
Padre.
En la obediencia de Jesús a su Padre Dios, aprendemos también nosotros a ser
como él. Que nuestra fidelidad, que nuestra fe se fortalezca hoy con la esperanza de los hijos
de Dios: vamos a resucitar y con nosotros todos nuestros hermanos a los que veremos en la
vida eterna.

Homilía para la celebración de las exequias IX: Lc 24, 13-35 «Dos discípulos de Jesús iban
andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante
unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras
conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus
ojos no eran capaces de reconocerlo.
La Eucaristía es un signo de acogida para todos los que coinciden en nuestro
camino. El Reino de Dios aparece cuando nos sentamos fraternalmente en la misma mesa y
partimos el pan y lo damos a los compañeros del camino. Compañero es el que comparte el
mismo pan (“compañero” = com-panero; del latín cum (con) y pane, pan).
Jesús es el “pan de la vida”: «Yo soy el pan de la vida. El que coma pan de
éste vi-virá para siempre. Además, el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva.
Aquí está el pan que ha bajado del cielo; quien coma de este pan vivirá para siempre» (Cfr.
Jn 6, 35-58).
El pan de la vida. Valoramos nuestra vida, nos preocupamos por ella, sufrimos
angus-tias existenciales, nos deprime envejecer. Paralelamente, hay miles de millones de
personas para quienes la vida no vale ni un comino. Qué poco vale la vida, ciertamente.
Es que... “nosotros esperábamos...” “Esperábamos...” Quiere decir que ya han dejado de
esperar.
La desesperanza es su gran herida. Desesperanza no es sinónimo de desesperación,
sino de desencanto, el desencanto que produce el ver frustrada una expectativa personal.
No han descubierto que la promesa de Jesús es triunfar sobre la muerte, no sobre los
adversarios políticos. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su
gloria? Han estado junto a Jesús mucho tiempo, pero no se han enterado de nada.
Represen-tan a todos los que no saben interpretar el signo de vida de quien
muere en Cristo: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, nos incorporamos a él
a través de su muerte, para que, igual que Cristo fue despertado de entre los muertos, así
también nosotros obtengamos una vida nueva”. «Era necesario que el Mesías padeciera
antes de entrar en su gloria». El triunfo de Jesús sobre la muerte no suprime mágicamente la
marcha fatigosa en busca de la salvación final.
¿Qué esperaban los de Emaús? «La liberación de Israel». ¿Qué es lo que esperábamos
nosotros? ¿Mejor familia? ¿Mejores resultados profesionales? ¿Más salud? ¿Más suerte?...
Emaús es camino de ida y vuelta: “Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares.
Al ir, iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas”
(PS 126,5-6). El pan que Jesús prepara es “para que el mundo viva”, para dar valor a la vida.
Y, al mismo tiempo, para que «quien coma de este pan viva para siempre».
Pero este pan tiene que ser compartido. Sólo cuando es compartido sirve para
descubrir a Cristo; sólo cuando es compartido, sirve para descubrir el sentido de la vida y...
de la muerte.

Homilía por suicidio.


Sin hacer caso de cuán oscuro pueda parecerle el futuro, recuerde que Dios
nunca lo abandona. Está en la Biblia, II Corintios 4:8-9, "Que estamos atribulados
en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas
no desamparados; derribados, pero no destruidos".todos somos de un gran valor
para Dios. Está en la Biblia, Lucas 12:6-7, "¿No se venden cinco pajarillos por dos
cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los
cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis
vosotros que muchos pajarillos".
Dios se interesa y piensa constantemente en nos.. Está en la Biblia, Salmo
139:17-18, "¡Cuán preciosos me son, Oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es
la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y
aún estoy contigo".A todos se nos ha prometido un futuro maravilloso. Está en
la Biblia, Jeremías 29:11, "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de
vosotros, dice yahve., pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que
esperáis".
Jesús le ayudará nos cuando las cargas sean muy pesadas de llevar. Está
en la Biblia, Salmo 55:22, "Echa sobre yahve tu carga, y él te sustentará", Mateo
11:28-29, "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas".
No son pocos los que piensa en desearse la muerte. Varios hombres en la Biblia
sintieron lo mismo. Está en la Biblia, Números 11:14-15, "No puedo yo solo
soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú
conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que
yo no vea mi mal". Un evento en la historia de Elías se encuentra en 1 Reyes
19:3-4, "Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y él se
fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro, y
deseando morirse, dijo: Basta ya, Oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo
mejor que mis padres".
Si nos sentimos vencido por el temor, Dios nos ayudará. Está en la Biblia,
Isaías 41:10, "No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu
Dios que te esfuerzo; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia". Josué
1:9, "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes,
porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas".
Dios nunca nos abandonará aun si los demás lo han hecho. Está en la Biblia,
Salmo 9:9-10, "En ti confiarán los que conocen tu nombre". Salmo 46:1-3, "Dios
es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por
tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes
al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes
a causa de su braveza".
Dios le ofrece paz a su mente y a su corazón. Está en la Biblia, Juan 14:27, "La paz
os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro
corazón, ni tenga miedo". Isaías 26:3, "Tú guardarás en completa paz a aquel
cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado". Juan 16:33, "Estas
cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción;
pero confiad, yo he vencido al mundo".

Con la ayuda de Dios, mantengan su corazón y su mente enfocados en


pensamientos positivos. Está en la Biblia, Filipenses 4:8, "Por lo demás,
hermanos [y hermanas], todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo
justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud
alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad". Si alguien se siente
completamente solo en este momento, por favor recuerde que usted es de gran
valor para Dios y que sus amigos están listos para escucharlo y ayudarlo.
Elevemos una opracion por nuestro hermano.Padre Santo,Dios Poderoso y
Eterno, en tu Santa presencia nos postramos,unidos ala Iglesia universal,con la
intercesion de la Santisima Virgen Maria y. Por los meritos de la Pasion y Muerte
de Nuestro Señor Jesucristo,para interceder por el eterno descanso de
...........quien en un momento de oscuridad se atrevio a quitarse la vida, que solo
esta reservada para Ti.Tu conoces el corazon y la vida de cada ser humano que
has creado y es por ello que apelamos a tu infinita misericordia ,para clamar por
su eterna salvacion.
A Ti que eres un Dios justo, te pedimos que tengas en cuenta ,las
presiones que vivio,los ataques del mundo de la oscuridad,quizas su equivocada
educacion,sus miedos,su debilidad y su confusion,para que apliques tu infinita
misericordia ,que no tiene limite.Queremos unirnos ala Iglesia Universal y a cada
Eucaristia para pedir por su eterno descanso .Gracias PadreCelestial por escuchar
nuestra oracion , a pesar de . Nuestro pecado y nuestra pequeñez .Estamos
seguros que en tu infinita bondad, ya nuestro hermano (a) ................. Cuenta
con tu. Benevolencia y con la gracia de la eternidad bienaventurada.Amen.
Abril07.19.1(Homilía para Quinto Domingo de Cuaresma, Año A)
En su carta a los corintios, Pablo les hace recordar el breve credo que él les había
entregado:Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras,Fue sepultado
Y, según las Escrituras, resucitó al tercer día. (I Cor 15:3-4)
En este último domingo antes de la Semana Santa, tenemos una
oportunidad para entender lo que significaba la sepultura en el primer siglo.
Juan, capítulo 11, nos da una narración sobre los ritos funerales de los judios:
como envolvieron el cuerpo con sábanas, los días de luto público, la tumba
cortada de roca y cubierta con una piedra grande. En comparación nuestros ritos
son empobrecidos. Como resultado nuestra fe - y nuestra humanidad - son
empobrecidas.
Como católicos mostramos reverencia para el cuerpo humano en celebrar
la misa de sepultura cristiana. El rito asume que el cuerpo está presente… Así se
puede poner el nombre en la tumba y volver al lugar con la seguridad que los
restos mortales realmente se encuentran allá.
Tenemos un motivo muy fuerte para recordar a los difuntos: la Comunión
de los Santos. Cuando estamos en el estado de gracia, estamos unidos no
solamente a nuestros hermanos cristianos aquí en la tierra, sino también a los
que están en el cielo y el purgatorio. Siempre decimos a otros cristianos, "favor
de rezar por mí," y "yo oraré por tí." Es natural que hagamos lo mismo para
nuestros queridos difuntos. Por supuesto, los que están en el cielo no necesitan
nuestras oraciones. Ya están en la gloria y ningún sufrimiento puede tocarlos. Sin
embargo, con la excepción de los santos canonizados, no sabemos con seguridad
si un ser querido está en el cielo. Quizás esa persona está en el purgatorio y
necesita nuestras oraciones para cumplir su limpieza final.
Y podemos suponer que ellos rezan por nosotros. No creo que las almas
benditas siguen nuestras vidas como si fuera una telenovela. Tenemos que
admitir que en comparación con la Visión Beatífica los detalles de nuestras vidas
son bien aburridos. No obtante, los santos, sí, se preocupan que hagamos las
decisiones requiridas para la salvación. En aquel sentido, es lógico pensar que
ellos rezan por nosotros todavía en este valle de lagrimas. Por eso hablamos de
una Comunión de los Santos.El papa Juan Pablo, , hizo una observación
significante sobre la Comunión de los Santos:La fe en la comunión de los santos
es, en definitiva, fe en Cristo, que es la única fuente de vida y de santidad para
todos. Este domingo vislumbramos aquella realidad gloriosa, pero como Jesús (y
como Lázaro) primero viene la muerte - y la sepultura.
Abril 7.19.2 Es hermoso esto: Jesús solo en el monte, orando. Oraba solo (cf. Jn 8,1).
Después, se presentó de nuevo en el Templo, y todo el pueblo acudía a él (cf. v. 2).
Jesús en medio del pueblo. Y luego, al final, lo dejaron solo con la mujer (cf. v. 9).
¡Aquella soledad de Jesús! Pero una soledad fecunda: la de la oración con el Padre y
esa, tan bella, que es precisamente el mensaje de hoy de la Iglesia, la de su
misericordia con aquella mujer.
También hay una diferencia entre el pueblo. Todo el pueblo acudía a él;
él se sentó y comenzó a enseñarles: el pueblo que quería escuchar las palabras de
Jesús, la gente de corazón abierto, necesitado de la Palabra de Dios. Había otros que
no escuchaban nada, incapaces de escuchar; y estaban los que fueron con aquella
mujer: «Mira, Maestro, esta es una tal y una cual... Tenemos que hacer lo que Moisés
nos mandó hacer con estas mujeres» (cf. vv. 4-5).
Creo que también nosotros somos este pueblo que, por un lado, quiere
oír a Jesús pero que, por otro, a veces nos gusta hacer daño a los otros, condenar a los
demás. El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es
el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia. Pero él mismo lo ha dicho: «No he
venido para los justos»; los justos se justifican por sí
solos. Bah!, Señor bendito, si tú puedes hacerlo, yo no. Pero ellos creen que sí pueden
hacerlo... Yo he venido para los pecadores (cf. Mc 2,17). Pensad en aquella cháchara
después de la vocación de Mateo: «¡Pero este va con los pecadores!» (cf. Mc 2,16). Y
él ha venido para nosotros, cuando reconocemos que somos pecadores.
Pero si somos como aquel fariseo ante el altar – «Te doy gracias, porque no
soy como los demás hombres, y tampoco como ese que está a la puerta, como ese
publicano» (cf. Lc 18,11-12) –, no conocemos el corazón del Señor, y nunca tendremos
la alegría de sentir esta misericordia. No es fácil encomendarse a la misericordia de
Dios, porque eso es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo. «Ay,padre, si
usted conociera mi vida, no
me hablaría así». «¿Por qué, qué has hecho?». «¡Ay padre!, las he hecho gordas».
«¡Mejor!». «Acude a Jesús. A él le gusta que se le cuenten estas cosas». El se olvida, él
tiene una capacidad de olvidar, especial. Se olvida, te besa, te abraza y te dice
solamente: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).
Sólo te da ese consejo. Después de un mes, estamos en las mismas condiciones...
Volvamos al Señor. El Señor nunca se cansa de perdonar, ¡jamás! Somos nosotros los
que nos cansamos de pedirle perdón. Y pidamos la gracia de no cansarnos Y pidamos
la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de perdonar.
Pidamos esta gracia.especialmente por ,,,,,….

Abril 22.19 difunto aristobulo.LECTURAS: /1Ts/04/13-14 /1Ts/04/17-18:


/Jn/11/17-25"Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero
aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá" (Jn 11. 21). En estas
palabras de la hermana de Lázaro se expresan los dos sentimientos que nos embargan
en estos momentos: dolor por la separación de un ser querido y, a la vez, esperanza
firme de que se trata efectivamente de una separación, pero no de una pérdida. La
vida humana, es demasiado valiosa para desaparecer sin rastro. Los cristianos
creemos que la muerte no es término, sino tránsito; no es ruptura, sino
transformación. Creemos además que, cuando nuestra existencia temporal llega al
límite de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino
con las manos del Dios vivo, que acoge esa realidad entregada y convierte esa muerte
en semilla de resurrección.
La muerte es ciertamente la crisis radical del hombre; alguien ha dicho
irónicamente que ella es la expropiación forzosa de todo el ser y todo el haber de los
humanos. es muda y hace mudos. Sólo Dios puede responder a esa interpelación, que
también le toca a él; es el Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado
del hombre, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo. Dios está
ahí para responder por él; y su respuesta es el cumplimiento de la promesa de vida y
de resurrección.
Pablo decía a sus fieles de Tesalónica, "No os aflijáis como los hombres
sin esperanza" 1 T 04. 13). Al Apóstol no prohíbe a sus cristianos la tristeza, pero les
advierte que la suya no tiene por qué ser una tristeza desesperada. A la separación
sucederá el reencuentro, en un plazo más o menos próximo, pero en todo caso seguro
y ya a salvo de toda contingencia. El cristiano, como Cristo, no muere para quedar
muerto, sino para resucitar; no entrega la vida a fondo perdido; la devuelve a su
Creador y en él alcanza esa plenitud de ser y de sentido que es la vida verdadera y que
llamamos vida eterna y que ahora se consuma en la comunión inmediata con el ser
mismo de Dios.
Por otra parte, estamos reunidos aquí también para rezar por nuestro
hermano-. La separación que la muerte representa no significa que el difunto queda
fuera del alcance de nuestro amor. Nuestro amor le llega, en la medida en que lo
necesite, en forma de oración. Y es toda la Iglesia la que ahora se une a nosotros,
avalando, con su intercesión. a este hijo- suyo- en el momento crítico de su
comparecencia ante Dios. No comparece en solitario; nosotros estamos con él-, la
Iglesia entera está con él- y evoca para él- las palabras consoladoras del evangelio:
"Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor" (Mt 25.
11).Con estos sentimientos de dolor esperanzado, de amor solidario, participemos en la
Eucaristía que ofrecemos ahora en sufragio de nuestro- hermano-; una Eucaristía que es, a la
vez, celebración de su encuentro con Cristo y expresión de nuestra fe en la resurrección
Abril23.difunto.
CRISTO ES LA VIDA Y RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS
Hermanas, hermanos y amigos todos: El Señor nos ha convocado aquí para
celebrar juntos el paso de N. en la Pascua del Señor muerto y resucitado. Es una
celebración de despedida y también de encuentro. La despedida la
experimentamos los que quedamos en la tierra, y el
encuentro lo celebra nuestro hermano (nuestra hermana) a quien decimos
"hasta pronto".
A la luz de las lecturas proclamadas y del prefacio que pronto proclamaremos,
hay como tres constantes que estimulan nuestra fe en la esperanza de los que
estamos llamados a morir:
1. Cristo es la salvación del mundo: En él está la respuesta a los afanes,
trabajos, penas, sufrimientos y proyectos para todo el que muere. La muerte es
la firma autentificadora de que somos limitados y de que no estamos hechos, sin
embargo, para una vida caduca, sino eterna y sin fin.
2. Cristo es la vida de los hombres: Parece, a veces, como si todo se
acabara con la muerte de un ser querido; pero, para los cristianos, es todo lo
contrario. La muerte en Cristo es la plenitud de vida para el creyente. Con la
muerte se acaban los interrogantes, las dudas, las limitaciones y comienza la
verdadera vida en totalidad, que es "Cristo resucitado" en la persona del
hermano (de la hermana) a quien despedimos con dolor humano y explicable.
3. Cristo es la resurrección de los que mueren: