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1. ¿La izquierda popular es peronista?

La izquierda popular recupera al peronismo como la experiencia histórica nacional más avanzada de
organización, empoderamiento y conquista de derechos por parte del pueblo trabajador argentino,
reivindicando hitos incontrastables como el 17 de Octubre, la Constitución del ‟49, la Resistencia
Peronista, la experiencia de la CGT de los Argentinos o la lucha librada por las organizaciones de la
Tendencia Revolucionaria en las décadas del „60 y el „70. A su vez, retoma banderas de la política
económica y social del primer peronismo, de indudable trascendencia histórica. Iniciativas como el
decidido impulso a la industria nacional, el control estatal sobre el comercio exterior y la banca, la
nacionalización de sectores clave de la economía, el fomento a la ciencia y la tecnología atendiendo
a intereses estratégicos, la Ley de Arrendamiento y el Estatuto del Peón Rural, la expansión
inclusiva del sistema educativo y de salud, el derecho al voto femenino, la legislación laboral y el
sistema de previsión social, el planeamiento económico centralizado, etc.

Pero, lejos de confundir al movimiento y a su experiencia histórica con una determinada estructura
política (llámese CGT o Partido Justicialista), la izquierda popular retoma al peronismo, al decir de
José Carlos Mariátegui, como “raíz” y no como “programa”. Lo hace de la misma manera que
recupera a otros movimientos nacional-populares intentando construir, desde esas plataformas
históricas, una superación programática que retome y profundice los mejores de sus elementos. Por
eso vuelve a referentes e intelectuales peronistas como Eva Perón, Domingo Mercante, Raúl
Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Ramón Carrillo, John William Cooke, Alicia Eguren, Rodolfo
Walsh, Envar El Kadri, Raimundo Villaflor, Carlos Olmedo o Juan José Hernández Arregui.
Muchos de los cuales, en tanto protagonistas de primera línea de la escena política, fueron lúcidos
exponentes a la vez que severos críticos de las limitaciones de este gran movimiento nacional. No
casualmente algunos de ellos escapan completamente a la liturgia y a la celebración oficial del
“peronismo realmente existente”.
La izquierda popular comprende la caducidad de las estructuras políticas y partidarias tradicionales y
señala -con plena conciencia histórica- que, aquellas que en algún momento han sido una
herramienta imprescindible para librar las batallas del pueblo trabajador, pueden volverse
instrumentos privilegiados de las clases dominantes (por efecto de los procesos de colonización y
cooptación que éstas impulsan, y que redundan en fenómenos de burocratización de las
organizaciones otrora populares). Además del Partido Justicialista, ejemplifican este proceso el
Partido Comunista Chino, el APRA peruano y el PRI mexicano, y, en cierta medida, también lo
hacen la Unión Cívica Radical y el Partido Socialista en la Argentina.
El peronismo es, por tanto, un punto de partida insoslayable, en tanto identidad popular de masas -
actuante- y memoria histórica -latente- que condensa distintos “núcleos de buen sentido” y oficia
como elemento de cohesión de amplios sectores del pueblo trabajador. Pero es también, a setenta
años de su emergencia histórica, un insuficiente punto de llegada, al insistir en la posibilidad de un
desarrollo nacional soberano conducido por los sectores mismos que se benefician de nuestra
condición dependiente y de una estructura social desigual. Lo que indica, más allá de la fetichización
y del prestigio de ciertas siglas, que requerimos de novedosas herramientas políticas y sindicales y
perspectivas programáticas superadoras acordes a nuestro siglo. Así lo entendió Hugo Chávez,
quién, para recuperar el legado de Simón Bolívar, supo romper con los partidos tradicionales
venezolanos que también se asumían como lejana y distorsionadamente bolivarianos. Así lo
entendió el mismísimo Juan Domingo Perón, que supo atreverse a la creación heroica de un nuevo
movimiento histórico, que incluía las tradiciones populares anteriores y las amalgamaba en un nuevo
horizonte de inciertas posibilidades. Finalmente, así lo entendió Evita al dejar planteada claramente
la disyuntiva: “el peronismo será revolucionario o no será nada”.
2. ¿La izquierda popular es marxista?

La izquierda popular es decididamente marxista, ya que entiende que ha sido esta inestimable teoría
crítica la que mejor ha comprendido y desnudado los mecanismos profundos de la acumulación del
capital y de la desigualdad asentada en la división de la sociedad en clases antagónicas. A la par,
reconoce que el marxismo ha estimulado la praxis revolucionaria y alimentado los sueños de
liberación de millones de hombres y de mujeres desde fines del siglo XIX, a lo largo de todo el siglo
XX, y lo continúa haciendo aún hoy, pese al colapso de la experiencia soviética y a la debacle
ideológica de la China comunista.

Sin embargo, en tanto la izquierda popular reconoce otros sistemas de dominación complementarios
al capitalismo (el patriarcado, el colonialismo, el racismo, la depredación ambiental, etc.) nuestra
lectura de la historia y las dinámicas sociales no se reduce a la mera lucha de clases, y, por lo tanto,
no subordina una agenda de reivindicaciones a otra, ni la difiere en el tiempo. Así, por ejemplo, sabe
que la abolición de la sociedad de clases no produce por sí misma la anulación de las desigualdades
sexo-genéricas o raciales que atraviesan nuestra sociedad. Sólo una lectura situada de una formación
social y nacional concreta puede dar cuenta del orden de prioridades a la hora de definir una
intervención estratégica. Es decir, que no hay “contradicción principal” a priori, sino que distintos
sujetos y agendas pueden constituir, y de hecho lo hacen, bloques históricos que encabecen procesos
radicales de transformación.
Por lo antedicho, el marxismo como marco teórico debe ser enriquecido y revisado con el aporte de
otras teorías críticas y de distintas experiencias históricas. En especial, feministas, anticoloniales,
antirracistas, ecologistas y las provenientes del nacionalismo popular. De no abrirse a otras
reflexiones, el marxismo puede caer en el riesgo (y lamentablemente a menudo lo hace y lo ha
hecho) de perder el filo de su crítica y volverse un instrumento útil a la colonización ideológica. No
obstante, si estamos atentos a su origen europeo y decimonónico y a sus comprensibles limitaciones
a la hora de analizar nuestra realidad nacional y latinoamericana actual, podemos recuperar los
valiosísimos aportes fundacionales de Marx y Engels, como así también las contribuciones de otros
“clásicos” europeos. Nos referimos fundamentalmente a Vladimir Lenin, a su teoría del
imperialismo y al papel de la organización revolucionaria; a Rosa Luxemburgo, a sus reflexiones en
torno a la espontaneidad, la dialéctica entre reforma y revolución y al lugar asignado a los países
colonizados en el desarrollo capitalista; a León Trotsky, a la concepción de revolución permanente y
a su crítica a la burocratización estalinista; y a Antonio Gramsci, autor imprescindible para pensar la
articulación de la izquierda con las tradiciones nacional-populares, el rol de los intelectuales y los
procesos de construcción de hegemonía.
Pero, en particular, la izquierda popular se hace eco de las lecturas marxistas desplegadas en
contextos periféricos y dependientes como el nuestro. Rescatamos a asiáticos como Mao Tse Tung y
Ho Chi Minh, a africanos como Amílcar Cabral y Thomas Sankara y a latinoamericanos como José
Carlos Mariátegui, Paulo Freire, Carlos Fonseca Amador, Farabundo Martí, Julio Antonio Mella,
Luis Emilio Recabarren, Cyril Robert Lionel James, Fidel Castro, Ernesto Guevara, Frantz Fanon,
Florestan Fernandes, René Zavaleta Mercado, Agustín Cueva y Álvaro García Linera. Pensadores
que aportan ejemplos de articulaciones creativas entre teoría marxista, tradiciones nacionales de
pensamiento y prácticas revolucionarias situadas en países periféricos.
Por todo lo dicho se sobreentiende que la izquierda popular rechaza la idea de un marxismo
abstracto, dizque universal (o sea, europeizante) y dogmático. Y se distancia de aquellas corrientes
que, escondidas bajo el ropaje de un pretendido marxismo crítico, pregonan un desprecio
eurocéntrico y colonial por lo nacional, lo popular y lo latinoamericano; de quienes subordinan la
lucha feminista a la lucha de clases; y de aquellos que sucumben fascinados ante una idea de
progreso asociada al desarrollo incesante de las fuerzas productivas, menoscabando los aportes de la
ecología política.
Por último, es necesario no confundir al marxismo en tanto teoría crítica, programa e identidad
política. Estas dimensiones no siempre van de la mano. Respecto a lo primero, lo atestigua el hecho
de que herramientas analíticas del marxismo (tales como explotación, alienación, etc.) hayan sido
incorporadas por las ciencias sociales, desconectadas de la crítica y del programa anticapitalista para
las que fueron concebidas. A su vez, es preciso reconocer que el marxismo en nuestro país, en tanto
identidad política, ha jugado un rol más bien contradictorio. Por un lado, podemos constatar una
posición marginalizante y reaccionaria en los primeros partidos autoidentificados como marxistas:
organizaciones alineadas en ocasiones en el campo del enemigo, desde el positivismo racista de los
“socialistas” José Ingenieros y Juan B. Justo hasta el desprecio aristocrático del “comunista”
Victorio Codovilla por la plebe peronista. Pero también encontramos, con la emergencia de la
“nueva izquierda” en las décadas del ´60 y `70, la irrupción de un combativo y extenso sindicalismo
clasista (como el de Agustín Tosco, Raimundo Ongaro y René Salamanca) y la constitución de
distintas organizaciones político-militares (como las FAR y el PRT-ERP), capaces de lograr una
inserción popular de masas, de tender puentes con las tradiciones nacionales y populares, y de
proyectar una auténtica política revolucionaria.

3. ¿La izquierda popular es nacionalista? ¿Y latinoamericanista?

La izquierda popular es nacionalista y latinoamericanista, ya que entiende por ambas una sola y
misma cosa. El proyecto de una común nación latinoamericana, nuestra auténtica Patria Grande al
decir de Manuel Ugarte, emerge de los despojos del orden colonial. Colonización que, primero, fue
causa de unificación violenta, y, luego, promovió nuestra fragmentación territorial. No había, como
tal, unidad latinoamericana antes de la Conquista europea, en tiempos del Cem Anáhuac, la Abya
Yala, el Tawantinsuyu o el Yvy Mara He´y. No era necesaria al fin y al cabo. Pero cuando el invasor
colonizó a los cientos de pueblos originarios, sometidos indiscriminadamente bajo la categoría de
“indios”, nos legó una identidad común. Identidad cimentada a lo largo de los siglos por la
colonización cultural, por las resistencias populares al despojo y por los intensos procesos de
mestizaje. La unificación creciente de estos pueblos se volvió con el tiempo peligrosa para los
designios de las metrópolis imperiales. Y tras el largo ciclo de las Guerras de Independencia, la gran
nación latinoamericana fue desgajada en sucesivas “patrias chicas”.

Primero las potencias europeas y, más tarde, la norteamericana, con la activa complicidad de las
oligarquías vernáculas, se encargaron de trazar fronteras donde no las había y de fomentar las
enemistades entre pueblos antes hermanados en su lucha anticolonial. El viejo principio cesariano,
“divide y reinarás”, ha sido la clave bajo la cual debe leerse el sometimiento neocolonial de un
conjunto de países sólo formalmente soberanos. Así lo anticiparon los patriotas de nuestra primera
Guerra continental de Independencia: José de San Martín, Juana Azurduy, Simón Bolívar, Francisco
de Morazán y José Artigas, entre otros y otras. Por lo tanto, la reafirmación nacional no puede ni
debe ser entendida como una contradicción con la reivindicación de una plena integración popular
continental. Así como tampoco el latinoamericanismo se enfrenta de modo alguno a la prédica y la
práctica internacionalistas. La izquierda popular afirma, con José Martí, que patria es humanidad y
entiende que la Revolución Cubana ha saldado de una vez por todas estos debates, siendo un proceso
consecuentemente nacionalista, latinoamericanista e internacionalista.
Por otro lado, cabe aclarar que nuestro nacionalismo, oriundo de un país colonizado, oprimido y
dependiente, es de un signo totalmente contrario al nacionalismo chauvinista y xenófobo profesado
por las potencias imperiales. El cual ha arrojado como saldo no solo el despojo y la aniquilación de
innumerables pueblos del sur global, sino que ha desatado incluso dos grandes guerras
intraeuropeas, habilitando la calamidad del Genocidio Nazi. Pero también, el patriotismo de la
izquierda popular se distancia del nacionalismo conservador, militarista, elitista y excluyente de las
élites locales, cuya idea de la argentinidad continúa siendo hegemónica. En ese sentido, como parte
de la construcción de una nacionalidad inclusiva, es imperioso disputar los símbolos y emblemas de
una identidad argentina en pugna, además de crear otros nuevos (como sucedió, por ejemplo, con la
instauración de la wiphala en Bolivia como emblema nacional equivalente a la bandera tricolor). Un
nacionalismo consecuente, en suma, sólo puede ser encarnado por las clases populares. Como
afirmaron desde José Carlos Mariátegui a René Zavaleta Mercado, las burguesías nativas, privadas
de toda conciencia y vocación nacional, actúan como meros representantes locales de los intereses
imperiales.
Finalmente, la izquierda popular entiende que una práctica soberana requiere de una perspectiva
anti-eurocéntrica, ya que es necesario pensar nuestros problemas y nuestras soluciones con cabeza
propia y con los pies asentados en la tierra. Es preciso, por tanto, descolonizar las formas
hegemónicas de producción, circulación y legitimación del pensamiento. No es posible obviar, como
ya señalamos, las teorías críticas surgidas en Europa, pero sin ignorar que provienen de otros
contextos y atienden, por lo tanto, a muy distintas realidades, memorias y proyectos. La izquierda
popular supone un pensar situado que retome la sentencia de Simón Rodríguez: “O inventamos o
erramos”. Para lo cual recupera los saberes de los pueblos africanos, asiáticos y americanos,
deliberadamente silenciados por la violencia epistémica eurocéntrica. De hecho, constata, en esta
dramática coyuntura histórica, que las alternativas emancipatorias se despliegan en el sur global, y,
en particular, en Nuestra América.

4. ¿La izquierda popular es cristiana?

Sí, en tanto considera, de la mano de la Teología de la Liberación, que el cristianismo histórico


expresó un movimiento revolucionario de carácter plebeyo, comunitario y anticolonial, inscripto en
la larga tradición profético crítica iniciada por Moisés. Como nos recuerda Enrique Dussel, el éxodo
del pueblo judío de Egipto instaura el paradigma de liberación para nuestra cultura judeocristiana
(modelo presente incluso en los teóricos del socialismo). El movimiento de Jesús de Nazaret
combinó una tenaz oposición antiimperialista (considerando que el Imperio Romano era la potencia
colonial de esa región del planeta), con la recuperación de antiguas formas de vida comunitaria y
con la tentativa de organizar una sociedad regida por principios radicales de justicia, solidaridad e
igualdad. En este sentido la izquierda popular reivindica al cristianismo primitivo (como experiencia
histórica, memoria popular y proyecto ético político), reafirmando su posicionamiento en cada etapa
histórica en favor de la causa de los oprimidos. Cada experiencia popular aporta lecciones, y con
ellas la izquierda popular se hermana en sus esperanzas y sus dolores.
No obstante lo cual, es preciso distinguir al cristianismo en tanto programa emancipatorio respecto
de la jerarquía eclesiástica constituida siglos después del asesinato del líder del movimiento (en
connivencia con el poder romano al cual el Nazareno enfrentó hasta dar su vida). Por lo tanto,
recuperar el legado cristiano no implica comulgar con las prácticas reaccionarias promovidas por el
alto clero de Iglesia Católica a lo largo de su historia. Institución que se edificó de espaldas al
mensaje amoroso de Jesús y en base a la violencia sobre las mujeres, el campesinado, las
religiosidades no católicas y los indígenas americanos.
Pero la izquierda popular no es tampoco anticatólica. Lejos de las prácticas ilustradas de una
izquierda eurocéntrica, no supone un desprecio a secas por los fenómenos religiosos y por la humana
búsqueda de la trascendencia. Reconoce en nuestro pueblo una extendida religiosidad popular con
raíces autóctonas en la espiritualidad de las comunidades originarias y la vigencia de una fe que,
contradictoriamente, puede ser tanto un “opio de los pueblos” como un factor de empoderamiento
(en tanto punto de apoyo para superar la impotencia a la que son condenados los oprimidos).
Por último, más allá de la recuperación de un ícono religioso en su dimensión histórico-mítica, la
izquierda popular profesa y respeta la más absoluta libertad de culto. Y no ignora que las grandes
revoluciones latinoamericanas tuvieron una inspiración religiosa profunda y diversa, desde la
encabezada por Tupac Amaru II, pasando por la Revolución Haitiana y la Guerra de Independencia,
hasta las Revoluciones Mexicana, Sandinista y Bolivariana. E incluso nuestra propia revolución
nacional truncada en el año ´76, contó con el aporte militante y apasionado de miles de cristianos
que dieron la vida por realizar lo que Camilo Torres llamó un “amor eficaz”.

5. ¿La izquierda popular es democrática?


Sí, es profundamente democrática dado que el fundamento de su proceder está en la socialización
del poder y en la reapropiación de las mayorías populares de una vida política que nos es
expropiada. Pero la izquierda popular reniega de las concepciones hegemónicas de la democracia,
meros ejercicios formales legitimados en un liberalismo político y un republicanismo fosilizados. En
nuestro país, esta concepción está salvaguardada por el funesto artículo 22 de la Constitución
Nacional que establece que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”.
Sin embargo, no se trata de un democratismo ingenuo. Y la izquierda popular sabe que en
sociedades de masas la democracia directa, sin mediaciones, es inviable. Pero entiende, no obstante,
que es necesario combinar una relectura radical de la democracia representativa (con una mejora de
los mecanismos electivos y la inclusión de elementos consultivos, revocatorios y plebiscitarios) a
escala regional y nacional, con un ejercicio directo, no mediado, protagónico y popular de la
soberanía política en los niveles locales. Además, es posible generar órganos e instituciones que
articulen esta democracia “desde el pie” en niveles agregados (incluso a escala nacional) como
formas escalonadas de un poder popular constituyente. El Parlamento Comunal Nacional de
Venezuela, los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba y la articulación del “mandar
obedeciendo” indígena con los poderes centrales en el Estado Plurinacional de Bolivia son
experiencias en ese sentido.
La izquierda popular comprende que sin esa participación protagónica de masas todo proceso de
cambio adolece de su principal sostén en el tiempo. Por eso, además de promover la
democratización del Estado, comprende que los movimientos populares deben a su vez
democratizarse. Para lo cual es preciso desarrollar mecanismos inclusivos y transparentes de toma de
decisiones a todo nivel, evitando caer en meros formalismos democráticos o en una inclusión
subordinada al estilo partido de cuadros/frente de masas. Así como tener en cuenta elementos
cualitativos de representación política (en particular, considerando los condicionamientos de clase,
género, raciales y de procedencia geográfica) más allá del esquema liberal cuantitativo una
persona/un voto. La izquierda popular considera esta democratización interna tanto un reaseguro
estratégico contra la burocratización de la organización (antesala de las claudicaciones ideológicas)
como un ejercicio de empoderamiento popular y laboratorio de experiencias para la futura
democratización del Estado.
Por otro lado, una genuina democracia protagónica sólo será posible restringiendo el poder de los
aparatos hegemónicos en la formación de la conciencia y de la agenda pública. En particular, nos
referimos a las corporaciones mediáticas, financieras y judiciales; verdaderos poderes fácticos
constituidos al margen de procesos eleccionarios que ejercen un poder sin límites en nuestra vida
social. Es preciso construir mecanismos de contraloría social y política que oficien como frenos al
poder desbocado de estas corporaciones y que puedan propiciar imprescindibles reformas
estructurales en dichos sectores.
Ahora bien, esta reivindicación de la democracia no define a priori un método de disputa político-
electoral. La izquierda popular es sustancialmente democrática en su organización y en su programa,
aunque solo en determinadas circunstancias históricas asume una estrategia político-electoral en los
marcos de la democracia formal. Nada descarta que el cambio de las coordenadas de la lucha
política y el desprecio de las propias clases dominantes por la democracia liberal representativa
(cuando ésta no satisface sus anhelos) pueda implicar modificaciones en los métodos de lucha y
acumulación.
En las actuales condiciones asumir una participación político-electoral supone riesgos y
posibilidades. Entre los primeros se destaca el electoralismo. Es decir, que el medio se confunda con
el fin, lo táctico con lo estratégico y lo secundario con lo primordial, naturalizando las actuales
reglas de juego como el escenario de la acumulación política por excelencia. Por el contrario, la
izquierda popular tiene presente que la disputa electoral tiene sentido en tanto expresa, potencia y
articula procesos de masas. Allí están sus mejores posibilidades. Ya que, como atestiguan los más
avanzados procesos latinoamericanos, la victoria electoral siempre fue antecedida por procesos de
irrupción popular que pusieron en entredicho la hegemonía de las fuerzas políticas tradicionales. Sin
el despliegue de esta conflictividad social de masas, la izquierda popular sabe que la acumulación
electoral persigue fines que no son necesariamente la consecución de una mayoría electoral.
Objetivos tales como fortalecer construcciones sociales, referenciar liderazgos, articular
programáticamente diferentes sectores, disputar sentidos y obstaculizar la estabilización
conservadora del sistema político.

6. ¿La izquierda popular es liberal?


La izquierda popular reniega del liberalismo político, ya que fue y es la ideología constitutiva de las
clases dominantes en Nuestra América (expresando matices y modulaciones según cada país).
Mientras que en Europa el liberalismo de las ascendentes burguesías tuvo elementos progresivos en
su confrontación con la aristocracia feudal, en nuestro continente las élites locales expresaron más
bien un liberalismo de signo conservador. Una relativa excepción lo constituye el contexto de la
Guerra de Independencia, en el que la influencia liberal dotó de legitimidad y fundamentos a la
emancipación política de las colonias, enmarcando la praxis de los líderes y de parte de los sujetos
populares. Pero, culminada esta etapa, el liberalismo local, articulado con el racismo y discursos
modernizadores, se constituyó en ideología oficial de las clases dominantes, excluyendo de la
ciudadanía a las capas populares indígenas, mestizas, negras y criollas. Así, los nuevos Estados se
construyeron no solo de espaldas a sus pueblos sino incluso en contra de ellos. Gobernantes
amparados en la dicotomía sarmientina “civilización o barbarie” edificaron los Estados nacionales
masacrando a las poblaciones nativas y criollas pobres, tal como sucedió en la conquista del
“desierto” en Argentina, en la “pacificación” de la Araucanía en Chile o en el exterminio de la
población de Canudos en Brasil. Como indicara tempranamente Francisco Bilbao en “La América
en peligro” (1863) se trató de “la gran hipocresía de cubrir todos los crímenes y atentados con la
palabra civilización”.
La consolidación en nuestros países de Estados construidos a imagen y semejanza de las clases
dominantes y la hegemonía de las ideas liberal republicanas elevadas a pensamiento único y
horizonte de época, implican en la actualidad la consagración de las instituciones realmente
existentes como las únicas posibles y deseables. Tanto perspectivas progresistas como
conservadoras rinden culto a instituciones percibidas como neutras, valiosas en sí mismas, que
parecen ubicarse al margen de la historia. Este institucionalismo de izquierda o de derecha
(especialmente propagado por una intelectualidad academicista) oculta en realidad que este
andamiaje jurídico expresó históricamente la cristalización de correlaciones de fuerza sumamente
desfavorables para las clases populares. Correlaciones que, lejos de permanecer invariantes, son
permanentemente actualizadas por la lucha política y social.
Precisamente esta concepción naturalizada de las instituciones republicanas produce una
caracterización superficial de los gobiernos radicalizados como autoritarios o “bonapartistas” de
parte de sectores liberales de derecha y de izquierda. La irreverencia de los liderazgos populares
consecuentes hacia las formas anquilosadas de la democracia formal y con las instituciones
tradicionales del orden conservador son confundidas con un presunto desprecio por la “democracia”
a secas. Enfoque que ignora que la creación de nuevos modelos institucionales implica
necesariamente la remoción o al menos la desestructuración de los anteriores. Lo que requiere, como
lo afirma la filosofía de la liberación, situarse en la ilegalidad característica de toda praxis
antisistémica. Así también lo expresó Bernardo de Monteagudo al señalar que “creer que se puede
entablar un nuevo orden de cosas con los mismos elementos que se oponen a él, es una quimera”. De
hecho, un apego demasiado riguroso a los procedimientos formales y a las instituciones garantes del
statu quo ha significado una seria limitación para procesos históricos como el de la Revolución
Chilena encabezada por Salvador Allende y el de la Revolución Sandinista en Nicaragua. En
síntesis, la izquierda popular considera que la democracia como la entiende el liberalismo político y
la organización republicana del Estado funcionan como garantes de la dominación social, blindando
los privilegios de las élites dirigentes con un denso entramado jurídico.
Pese a lo antedicho, no es posible prescindir sin más de los aportes del liberalismo político. En
particular, lo que expresa en tanto momento de verdad en su afirmación de las libertades
individuales. Pero bajo ningún punto de vista subrayando su primacía o su desconexión respecto a
las formas de vida colectivas en que el individuo necesariamente se inscribe. La izquierda popular
hace eje en la consecución de formas de vida más comunitarias, fraternas y solidarias, frente a la
soledad y el individualismo al que pretende condenarnos la modernidad capitalista. A su vez, rescata
el conjunto de libertades civiles y políticas como así también el paradigma de derechos, pero para
resignificarlos en función de sus propias batallas. Así lo ha hecho eficazmente el movimiento de
derechos humanos enfrentando la clausura democrática durante la última dictadura cívico-militar.
También lo ha hecho la Venezuela Bolivariana al radicalizar elementos de la tradición republicana,
introduciendo en la arquitectura institucional dos poderes complementarios a la clásica división
entre legislativo, ejecutivo y judicial (el poder electoral y el poder ciudadano). Otro ejemplo
encontramos en los procesos constituyentes de Bolivia y Ecuador que tensionaron la matriz
individualista del paradigma liberal al establecer una serie de derechos de fundamento
colectivo: derechos comunitarios de las etnicidades, derechos de la naturaleza, derechos de las
generaciones por nacer, etc.
Por otra parte, la izquierda popular reniega también del liberalismo económico. Y, en particular, no
confunde la crítica hacia la matriz liberal republicana del Estado con la prédica antiestatista del
liberalismo económico. Por el contrario, entiende cabalmente que en un país periférico y
dependiente el fortalecimiento del Estado es condición necesaria para la defensa de la más elemental
soberanía nacional. Sin la cual, a su vez, no es posible desarrollar procesos de empoderamiento
popular y gestión de una nueva estatalidad de tipo comunal (que trascienda la actual organización
liberal del Estado). Por lo tanto, la izquierda popular reconoce que la mayor o menor presencia
estatal (o su repliegue a mero custodio del orden prescindiendo de sus funciones educativas,
sanitarias, económicas o previsionales), no ha sido indiferente a las clases populares. Al menos
desde mediados del siglo XX la mayor densidad estatal ha venido acompañada de mejores
condiciones de vida para nuestro pueblo, mientras que el antiestatismo del liberalismo económico en
realidad significó la reforma del Estado con énfasis en sus funciones coactivas y regulatorias y el
desmerecimiento de sus facetas sociales y patrimoniales. Lo cual se tradujo históricamente en
pérdida de soberanía nacional y un dramático aumento de nuestra dependencia respecto a las
potencias imperiales junto con acelerados procesos de concentración y extranjerización de la
riqueza.
En síntesis, frente a la condición compleja y contradictoria de lo estatal en nuestras naciones, la
izquierda popular asume la tarea paradójica de luchar en defensa del Estado, contra el Estado y más
allá del Estado, con al menos tres objetivos: destruir su carácter monopólico transfiriendo instancias
de decisión al pueblo organizado, reorientar sus cuantiosos recursos con criterios de desarrollo
socioeconómico endógeno y justicia social y potenciar su rol como factor de integración y de
soberanía territorial frente a la injerencia imperialista.

7. ¿La izquierda popular es feminista?


Sí, dado que adopta como propias la identidad, la agenda y los aportes teórico-políticos del
feminismo. Asume la lucha frontal contra el patriarcado entendido como el más antiguo sistema de
dominación de la humanidad (el cual estructura una serie de violencias sexuales y genéricas, de las
que el femicidio constituye el más dramático e insoportable de sus ejemplos).
La izquierda popular, lejos de asumir la perspectiva de un sujeto universal, abstracto o a la europea,
privilegia la afirmación de un feminismo situado, nacional, popular y latinoamericano. Toma
distancia, así, del feminismo hegemónico que estrecha y reduce el análisis a la experiencia de
mujeres blancas, europeas, urbanas, burguesas y heterosexuales. Los feminismos populares, en
cambio, tienden puentes con las determinaciones clasistas y raciales, visibilizando en su
corporalidad a otros sujetos como las mujeres trabajadoras, campesinas, indígenas, negras o
migrantes. Y también, tomando el ejemplo de referentas como Lohana Berkins, a todo el abanico de
las identidades sexuales disidentes que escapan al par normativo varón/mujer heterosexual: gays,
lesbianas, bisexuales, trans, travestis, intersex, etc. Orgullo y visibilidad, son, por tanto, dos palabras
fundamentales del vocabulario político de la izquierda popular.
Desde esta perspectiva se rescata del olvido a feministas populares que, o bien fueron previas a la
teorización europea del feminismo, o que, siendo contemporáneas a este fenómeno, no se definieron
a sí mismas como feministas. Nos referimos a personajes de la talla de Juana Azurduy, Bartolina
Sisa, la Negra Ramírez, Micaela Bastidas, Manuela Sáenz, Policarpa Salavarrieta, Martina
Chapanay, Victoria Romero, Dandara Dos Palmares, las hermanas Mirabal, Evita, Azucena Villaflor
y la Comandanta Ramona. Detrás de sus figuras se reconocen procesos de empoderamiento
femenino de gran escala e intensidad. La izquierda popular sostiene que, así como existe lucha de
clases desde la misma constitución de las clases sociales, podemos encontrar formas de resistencia
feminista desde la misma constitución del patriarcado como sistema de dominación. Circunscribir el
feminismo a su enunciación o reivindicación explícita puede implicar un peligroso sesgo ilustrado a
la hora de analizar el accionar de las clases populares.
Por otra parte, la izquierda popular reconoce al movimiento de mujeres y disidente como un
auténtico y dinámico movimiento de masas en nuestro país y, crecientemente, a escala continental y
mundial. Y entiende que el feminismo popular, en disputa con visiones reformistas, institucionales,
liberales y posmodernas, puede y debe canalizar verdaderos anhelos de transformación social. Por
eso, la izquierda popular no difiere ni coloca en segundo orden la agenda de reivindicaciones
feministas: defiende su especificidad y su actualidad (distanciándose de una izquierda que considera,
contra toda evidencia histórica, que la abolición de la sociedad de clases resolverá por sí mismas las
desigualdades sexo-genéricas).
Por último, la izquierda popular entiende que la profundización de la lucha feminista y la adopción
de un programa antipatriarcal solo es posible de la mano de procesos de despatriarcalización de las
propias organizaciones populares. Lo que supone poner en cuestión, desde una renovada pedagogía
feminista, las jerarquías de las estructuras partidarias y movimientistas. Es sabido que el machismo
está arraigado en la cultura política y organizativa de nuestros pueblos. Las estructuras militantes de
todo el espectro político siguen teniendo bases fuertemente feminizadas y direcciones
masculinizadas, reproduciendo los privilegios sexo-genéricos de la sociedad patriarcal. La izquierda
popular debe ser pionera en estos procesos de empoderamiento, en la formación de referentas
femeninas y en la construcción de lideresas públicas. Las mujeres constituyen, como constata
cualquier mirada atenta, una mayoría demográfica en nuestra sociedad y una mayoría militante en
las estructuras orgánicas. Por eso, y por su protagonismo de primera línea en todos los procesos de
transformación social, constituyen más de la mitad de cualquier revolución. Y su protagonismo,
junto al de las identidades sexuales disidentes, es y será determinante a la hora de pensar, desear y
construir un horizonte de vida pleno, amoroso y comunitario.

8. ¿La izquierda popular es federal?


Sí, ya que recupera y retoma el conjunto de las tradiciones nacional populares de nuestro país. Si el
peronismo fue la experiencia sobresaliente de nuestro siglo XX, no caben dudas de que el
federalismo, contradicciones mediante, fue el más importante y radical movimiento popular del siglo
XIX. Dicho movimiento enfrentó la acción de las potencias coloniales extranjeras (los imperios
británico, español, portugués y francés), a la vez que hizo frente a las ambiciones unitarias y
centralistas de la burguesía comercial de la ciudad-puerto de Buenos Aires.
La izquierda popular reivindica en particular la figura ejemplar de José Gervasio Artigas. Caudillo
popular que, lejos de promover la escisión de la Banda Oriental del Uruguay, expresó la vertiente
más radical del pensamiento revolucionario de Mayo y fue un decidido defensor de la unidad y la
soberanía latinoamericanas. Entre sus méritos se cuentan nuestra primera Declaración de
Independencia (en el Congreso de Oriente de 1815), la primera reforma agraria de Sudamérica, la
incorporación en pie de igualdad de criollos, indígenas, gauchos y negros sin distinciones raciales ni
sociales de ningún tipo y la combinación creativa de lo más avanzado del pensamiento liberal
republicano europeo y norteamericano con las prácticas de democracia comunitaria de los pueblos
originarios guaraníes y charrúas. A su vez, fue quien primero combatió la concentración centralista
del poder en la ciudad de Buenos Aires y advirtió sobre la construcción temprana de una estatalidad
asimétrica y desigual. La raíz artiguista y su proyecto inconcluso, por tanto, serán fundamentales a la
hora de repensar una nación en clave popular, democrática, federal y soberana.
Así pues, la izquierda popular entiende que, a la par de los procesos de colonización externos
ejercidos por las potencias imperiales, nuestros países también evidencian fenómenos intermedios de
colonialismo interno. Esto se expresa en Argentina centralmente en las profundas asimetrías
demográficas, políticas, económicas, productivas y culturales entre Buenos Aires y el “interior” del
país. El insigne caudillo Felipe Varela lo dijo con absoluta claridad en el año 1866 en su proclama
“¡Viva la Unión Americana!”: “Buenos Aires es la metrópoli de la República Argentina, como
España lo fue de la América”.
Desde esta constatación histórica la izquierda popular no puede replicar acríticamente los esquemas
centralistas de concentración metropolitana del poder. Ni actuar como un vector más de
reproducción de la asimetría entre las provincias del “interior” y Buenos Aires. A su vez, esta
perspectiva programática no puede prescindir del debate urgente sobre cómo construir una patria
equilibrada que sea digna de ser vivida en cada uno de sus rincones. Para lo cual se precisa superar
fenómenos como el rezago crónico de las economías regionales (empobrecidas en función de
intereses metropolitanos), las migraciones forzosas de la periferia al centro y la negación colonial de
las culturas provincianas.
La izquierda popular entiende que el federalismo argentino, pese a la derrota provisoria de su
proyecto nacional, es hoy una identidad viva y operante en el “interior” de nuestro país (y también
en los cordones de los grandes centros urbanos). Lo atestigua el arraigo popular de figuras históricas
como Andrés Guacurarí, el Chacho Peñaloza y la devota reivindicación del gaucho Antonio Gil. En
ese sentido, es patente la presencia del federalismo en las culturas populares, tanto rurales como
urbanas. Este ideario de base popular se distingue del federalismo del que se hacen eco las élites
regionales conservadoras: discursos oficiales reducidos a meros provincialismos sin radicalidad
alguna, que lejos están de cuestionar los fundamentos de las asimetrías regionales de nuestro país y
aspiran, a lo sumo, a negociar privilegios o prebendas con los poderes centrales. Por lo tanto, el
federalismo, lejos de ser un cupo federativo en instancias de decisión o una preocupación exclusiva
de provincianos, aparece como una perspectiva crítica que debe ser transversal a toda praxis política
de una izquierda popular.
Los aportes de los santiagueños Bernardo Canal Feijóo y Francisco René Santucho (impulsor del
Frente Revolucionario Indoamericano Popular – FRIP) y los provenientes de teóricos de la izquierda
nacional (Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Fermín Chávez, Norberto Galasso, etc), son
ejemplos a recuperar que dan cuenta de cómo reactualizar críticamente la tradición federal en
nuestro país. Proyecto que constituye una verdadera potencia dormida que anida en la memoria
histórica de las clases populares. Así lo entendieron grandes exponentes de nuestra cultura popular
como Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa, quienes supieron acompañar con una guitarra y con su
canto las tristezas y las esperanzas de los criollos de nuestra Argentina profunda.

9. ¿La izquierda popular es indigenista/indianista?


La izquierda popular parte desde un lugar elemental pero no por ello menos significativo: el
reconocimiento de la preexistencia en estos territorios americanos de “nuestros paisanos los indios”,
como los llamara José de San Martín en su Orden General de 1819. Desde este reconocimiento y
una matriz anticolonial, asume como propias las reivindicaciones indianistas e indigenistas radicales.
La izquierda popular no replica una relación colonialista y aculturadora con nuestros pueblos
originarios, sino que sostiene que es necesario refundar nuestras respectivas naciones en clave
pluricultural. Lo cual implica, entre otras cosas, reconocer que los fundamentos de nuestra
nacionalidad no provienen sólo de 1810. Sino también, directamente, de los trescientos años
anteriores de resistencia al opresor colonial e, indirectamente, de las culturas originarias cimentadas
a lo largo de los miles de años de poblamiento del continente americano.
Por supuesto, la izquierda popular no desconoce que en cada nación latinoamericana hay
actualmente una dispar presencia demográfica indígena, y no puede pasar por alto el hecho de que,
en nuestro país, las culturas originarias han sido diezmadas por una implacable política genocida
llevada adelante por la oligarquía liberal modernizadora. Pese a eso, reconoce el vigor y la
permanencia de cientos de miles de indígenas argentinos, así como la presencia de lo nativo en la
cultura popular, la religiosidad y la identidad política de nuestras clases trabajadoras mestizadas
(centralmente en el “interior” del país y en los grandes cordones urbanos).
En ese sentido, la izquierda popular asume como propias las iniciativas descolonizadoras, cuyos
avances más notables se han desarrollado en el proceso abierto en Bolivia, de la mano de Evo
Morales y las organizaciones campesinas e indígenas. La creación de un Estado Plurinacional no
implica solo una vía de resolución para la mal llamada “cuestión indígena” en Bolivia, sino una
lección para el mundo entero sobre cómo realizar una articulación política novedosa de la diversidad
étnica y cultural dentro de una misma estructura estatal.
La izquierda popular se propone además descolonizar la mirada, es decir, reconocer los efectos
prácticos del racismo moderno. “No hay odio de razas porque no hay razas” decía José Martí en
“Nuestra América”, discutiendo el darwinismo social de las izquierdas y derechas de su época. Pero
la inexistencia de razas en términos biológicos no implica la ausencia de un racismo políticamente
operante hasta la actualidad. La izquierda popular reconoce la “racialización” de las relaciones de
clase, en un continente en donde el color de la piel y la clase social se superponen casi
perfectamente. Ignorar ese cruce entre clase y color de piel implica convertirse en un vector más de
colonización, como lamentablemente lo han sido las élites progresistas del siglo XIX y buena parte
de la izquierda “ilustrada” del siglo XX. Para descolonizar la praxis política es preciso, al igual que
con la perspectiva de género, iniciar un proceso de descolonización en el seno de las organizaciones
populares. Sin lo cual se replica una división entre trabajo intelectual y manual (dirección y bases)
semejante a la del resto de la sociedad en términos de clase/raza, naturalizando pautas culturales y
educativas que imponen un “techo de cristal” a quienes no pertenecen a sectores medios
universitarios de tez blanca.
Por otro lado, la izquierda popular rescata la productividad política de las cosmovisiones indígenas
que aportan un ideal de vida plena no ligado al consumo (el “buen vivir” como distinto del “vivir
mejor”); una memoria de resistencia de largo aliento signada por heroicas batallas; la propuesta de
una relación de reciprocidad con la naturaleza (que se vuelve insoslayable en plena crisis ecológica);
e intensas formas de vida comunitaria, verdaderos “elementos de socialismo práctico”, que es
preciso recuperar a la hora de edificar un proyecto de liberación para este siglo XXI.
Por último, la izquierda popular reconoce las tensiones que emergen entre sociedades
occidentalizadas y las pautas culturales indígenas, en términos de la racionalidad con que se utilizan
los bienes naturales y se viven las relaciones comunitarias. Sin embargo, estas tensiones pueden
volverse creativas si son asumidas como desafíos y no como contradicciones insuperables. Teniendo
en cuenta que la condición primera para que estos diálogos interculturales sean fecundos es la
satisfacción del reclamo sobre la tenencia comunitaria de la tierra por parte de los pueblos indígenas,
requisito imprescindible para su reproducción material y cultural. Un programa de izquierda popular
incluye necesariamente una política agraria y de bienes comunes acorde con esas reivindicaciones
ancestrales.

10. ¿La izquierda popular es ecologista?


Definitivamente. Uno de los efectos innegables de la expansión capitalista ha sido la degradación
brutal del ambiente y el desprecio por la reproductibilidad de la vida en el planeta tierra, nuestra
única e irremplazable casa común. El modo de producción capitalista se relaciona con la naturaleza
como si ésta fuera una fuente inagotable de recursos. Lejos de estar regulado por las necesidades
sociales, el metabolismo entre sociedad y naturaleza se orienta a la acumulación infinita de
ganancias. Esta lógica de explotación ha destruido completamente ecosistemas, degradado
biorregiones y puesto en tensión el equilibrio ecológico global. El fenómeno del cambio climático -
inducido por la actividad humana bajo estas condiciones- es un signo por demás alarmante, dadas las
graves consecuencias que acarrea para la vida en el planeta.
Desde Nuestra América sabemos de las consecuencias prácticas de esta dinámica depredatoria.
Desde inicios del período colonial fue desarrollado el más brutal extractivismo minero en regiones
como Potosí (actual Bolivia) y Zacatecas (actual México). Complementariamente, la economía
colonial implementó el sistema de monocultivo, afectando irreversiblemente amplias zonas como las
Antillas y el nordeste brasilero. Ambas formas de explotación colonial, desarrolladas entre los siglos
XVI y XVIII, estuvieron destinadas a solventar la acumulación originaria capitalista y el ascenso de
las metrópolis coloniales como potencias globales.
Ya en los siglos XIX y XX se mundializa este sistema socioeconómico sobre la base del despojo de
los pueblos del sur global y un acelerado proceso de industrialización. El resultado fue el actual
modelo de desarrollo caracterizado por no ser sustentable ambientalmente en el mediano plazo.
Razón por la cual pensadores contemporáneos como István Mészáros y Michael Löwy señalan que
estamos frente a una verdadera crisis civilizatoria. Esta idea da cuenta de que no hay solución
posible a la debacle ecológica desde un encuadre capitalista, ya que la reproducción ampliada del
capital requiere de la mercantilización creciente y la sobreexplotación de la naturaleza.
El fracaso de las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP) expresa
esta imposibilidad de las élites globales de afrontar seriamente la crisis ambiental. Por eso, la
izquierda popular entiende que la posibilidad de superarla proviene de las clases populares, en
particular de las regiones periféricas empobrecidas, principales afectadas por la degradación
ecológica. Procesos de resistencia como los que encabezaron Ken Saro-Wiwa en Nigeria o el de
Medha Patkar y Vandana Shiva en India, dan cuenta de esto. Ya en América Latina encontramos
valiosos ejemplos como los de Chico Mendes en Brasil, Berta Cáceres en Honduras, el Movimiento
de Afectados por las Represas (MAB) y el Movimiento de Afectados por la Minería (MAM) en
Brasil. Y, en el caso argentino, la lucha de las asambleas ciudadanas contra la megaminería y contra
el uso irresponsable de agroquímicos en la producción de monocultivos. Son ejemplos de resistencia
popular que apuntan a la conservación, la expansión y la reproducción de la vida frente a un sistema
de muerte que nos precipita a la catástrofe ambiental.
La izquierda popular hace suyos los aportes agroecológicos de la Vía Campesina y se referencia en
el Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano y en la cosmovisión indígena del Buen Vivir en que
éste se inspira. Concibe, así, a la naturaleza y a las generaciones por nacer como auténticos sujetos
de derecho, cuya consideración debe ser la pauta para cualquier proyecto de desarrollo. Lo cual
supone poner en cuestión la visión antropocéntrica propia de la modernidad colonial europea, que
otorga al ser humano el derecho incuestionable de doblegar y explotar a la flora y la fauna y a
usufructuar sin límite los recursos energéticos. En ese sentido, la izquierda popular suscribe
plenamente lo señalado por la Declaración de la 2da Conferencia Mundial de los Pueblos contra el
Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra (Cochabamba, 2015). Sólo un paradigma
civilizatorio alternativo a la ideología del progreso indefinido, cimentado en otras bases filosóficas,
es capaz de dar respuesta a la actual crisis ecológica.
Más allá del productivismo propio de las matrices desarrollistas, la izquierda popular se ubica en la
tensión establecida entre la preservación del planeta y la necesaria y urgente satisfacción de las
necesidades materiales de los sujetos sociales más postergados por este orden global de
desigualdades. Por otra parte, frente a los planteos individualistas de un ecologismo superficial,
fácilmente asimilable por el sistema bajo el discurso de la “economía verde”, la izquierda popular
predica y practica una ecología política radical y de horizonte liberador. En ese sentido, se reivindica
ecosocialista, ya que sostiene que la superación del capitalismo requiere de la construcción de una
alternativa civilizatoria que contemple nuevos modos de producir y convivir con la naturaleza.

11. ¿La izquierda popular es kirchnerista?


La izquierda popular se siente a la vez ajena e implicada en la experiencia kirchnerista. Por un lado,
le reconoce el haber expresado en los últimos años la identidad política de parte importante del
campo popular argentino, por lo que resulta un punto de partida insoslayable con el que no puede
sencillamente hacerse borrón y cuenta nueva. La derecha así lo entendió; parte de la izquierda
reincide en sus anacronismos. Por otro lado, la izquierda popular, así como rescata el carácter
progresista de la gestión kirchnerista, toma distancia de su programa social y económico y de su
modelo de construcción política (aspectos en los cuales radican las causas de su derrota electoral,
antes que en la ofensiva mediática o en la “traición de las clases medias”). Lejos de tratarse de un
análisis en abstracto o maximalista, la izquierda popular señala esas limitaciones del proyecto
kirchnerista tomando como vara procesos populares del pasado y del presente. Esto no implica
desmerecer el perfil progresivo de los gobiernos kirchneristas (con elementos de vanguardia a escala
global en políticas como las de memoria, verdad y justicia), pero los ubica en su justa dimensión
histórica, sin sobrevaloraciones ni subestimaciones imprudentes. Un análisis comparativo con los
procesos venezolano y boliviano, por un lado, y con el primer peronismo, por el otro, son un buen
punto de partida para la necesaria crítica y autocrítica sobre los alcances y limitaciones del proceso
político iniciado en 2003 en nuestro país.
En relación a los gobiernos encabezados por Hugo Chávez y Evo Morales es preciso señalar que, a
pesar de partir de correlaciones de fuerzas en todo sentido más adversas, éstos han logrado avanzar
en transformaciones estructurales en lo económico, en lo político y en lo cultural. Venezuela y
Bolivia, siguiendo el ejemplo de Cuba, articularon creativamente los anhelos colectivos con las
tradiciones nacional-populares y socialistas, extendiendo así el campo de lo posible (de modo de dar
respuesta a demandas populares históricamente postergadas). Al poner en entredicho las estructuras
de dominación en sus respectivos países, estos gobiernos esbozaron, no sin contradicciones,
elementos de sociedades anticoloniales y poscapitalistas.
De este modo, y al ir mucho más allá de un modelo de crecimiento con inclusión social (o
“capitalismo serio”), afectaron intereses sensibles a las clases dominantes y a los países centrales.
Razón que explica la virulencia del hostigamiento imperial, el grado de confrontación callejera y las
sucesivas intentonas golpistas. Sólo el profundo arraigo en las masas populares puede dar cuenta de
la supervivencia de esos procesos en plena embestida de la derecha continental. En ambos casos, y a
diferencia de lo sucedido en Brasil con el PT y en Argentina con el FPV, la conducción política
entendió cabalmente que la ofensiva reaccionaria no se combate con moderación y política
institucional, sino mediante la radicalización y el poder popular.
Para decirlo claramente, la izquierda popular identifica entre las principales limitaciones de la
experiencia política kirchnerista una exagerada confianza en las instituciones y una desconfianza en
la organización y el protagonismo populares. Se trata de una concepción liberal republicana de la
política y el Estado claramente expuesta por Cristina Fernández en diversas oportunidades (aunque
al final de su mandato planteó tímidamente un discurso de empoderamiento popular). Esto nos da
pie para la comparación con el primer peronismo. Indiscutiblemente fue parte de la matriz
ideológica de Perón la subordinación del movimiento obrero al Estado. Sin embargo, y en
simultáneo, promovió su masiva organización y movilización en las ramas política, sindical y
femenina del justicialismo. Lo cual, junto a la radical mejora en las condiciones de vida de los más
humildes, así como la interpelación política y cultural a los trabajadores como los hacedores de la
patria y forjadores de su destino, produjeron un grado de identificación popular inédito entre el líder,
las organizaciones, el programa y las masas populares. Dando como resultado un involucramiento
que trascendió los marcos institucionales liberales de la política. Lo que explica porqué, frente al
clima destituyente del año „54 y a la clausura institucional iniciada con el golpe del ‟55, los
trabajadores apelaron a diversas y sostenidas estrategias de acción directa, llevando adelante una
resistencia heroica, plebeya y masiva. En contraste, la frágil adhesión de los sectores populares
interpelados en la experiencia kirchnerista desde un marco liberal (es decir, como espectadores y
electores), explica la presencia exclusiva de sectores medios en las autoconvocatorias de las “plazas
de la resistencia”. Señal del distanciamiento del FPV y de sus liderazgos de buena parte del
movimiento obrero y del emergente sujeto de la economía popular, dando cuenta de una marca de
clase y racial completamente distintas en las bases de apoyo de uno y otro proyecto.
Por otra parte, es ineludible señalar los avances así como las limitaciones económicas de un
proyecto que en suma no logró esbozar la superación de una matriz económica primarizada y
dependiente. Las progresivas políticas de distribución del ingreso mediante creación del empleo y
fomento al consumo popular, de recuperación industrial y de inversión pública, contrastan con el
mantenimiento de un sistema tributario altamente regresivo, con una industrialización con bajos
niveles de valor agregado, con la preservación de las leyes de flexibilización laboral del
neoliberalismo y de un alto nivel de pobreza estructural. En términos de soberanía económica se
destacaron la reestatizacion de algunas empresas públicas, la recuperación del sistema previsional, el
desarrollo de la infraestructura nacional, la ruptura con el intervencionismo del FMI y el impulso a
la ciencia y, en ciertas áreas, a la tecnología. Sin embargo, al mismo tiempo se profundizó la
extranjerización de las principales empresas, creció la concentración de capitales en un puñado de
grupos económicos, se sostuvo el marco jurídico financiero de la última dictadura y se consolidó la
matriz academicista de nuestro sistema científico.
La izquierda popular reconoce en estos procesos, más allá de una voluntad política, los
condicionamientos de una matriz estructural-dependiente de difícil superación, que ahoga incluso la
profundidad de los procesos más avanzados del continente. No obstante, así como reconoce el
mérito de los gobiernos kirchneristas en las medidas progresivas asumidas, señala la ausencia de una
vocación de ruptura que sí constatamos en otras latitudes. Frente a la propuesta bolivariana de una
integración económica autónoma de escala continental (con propuestas como el Banco del Sur, el
Sucre como moneda común y el ALBA como mercado regional soberano), se privilegió desde los
países neodesarrollistas una estrategia de inserción internacional dependiente, aislando estas
iniciativas de avanzada. Asumir una voluntad de ruptura implica, además de la confrontación
institucional y discursiva (legítima y necesaria) contra las corporaciones mediática y judicial,
identificar y socavar las bases materiales de poder de los antagonistas que campean en los grandes
grupos económicos y en los socios locales del imperialismo.
Ante el cambio de etapa que vivencia la Argentina, vale aclarar que la izquierda popular no evalúa la
derrota externamente, ya que la asume como propia al menos en dos sentidos. Por una parte, porque
entiende que con el triunfo neoliberal empeoran drásticamente las correlaciones de fuerzas. Y, por
otra parte, porque asume su propia limitación a la hora de incidir en la orientación general de ese
proceso. En ese sentido, clarificar la crítica sirve, a propios y extraños, para extraer las lecciones
pertinentes. Una síntesis apretada de las comparaciones realizadas, indica que en las dimensiones
económica, política y cultural, tanto el chavismo como el proceso boliviano y el primer peronismo,
se diferencian respecto del proyecto progresista encabezado por Néstor y Cristina Kirchner. En los
primeros se planteó un proyecto nacional constituido por el trabajador, el campesino, el indio, el
pobre y el humilde, y se convocó a estos sujetos a ser protagonistas mediante el estímulo a la
organización y la movilización popular. Durante el kirchnerismo, en cambio, se interpeló
privilegiadamente a sectores de las clases medias ilustradas, convidando a los sujetos populares a ser
meros consumidores en lo económico, espectadores pasivos en lo cultural y simples electores en lo
político.
Se trata, en fin, de balancear la derrota para no perder dos, tres o mil veces. Y ésta ha de ser entonces
una tarea impostergable de quienes asumieron la lucha política desde adentro y desde afuera de la
experiencia kirchnerista, en la construcción fraterna de un proyecto de liberación nacional y social.

12. ¿La izquierda popular es chavista?


Sí, dado que reconoce en el chavismo y en la figura indeleble de Hugo Chávez Frías (cuya estatura
histórica es asemejable a la de Fidel Castro o la de Vladimir Lenin en el siglo XX) al gran
actualizador de las tradiciones socialistas, latinoamericanistas y nacional-populares de nuestro
continente, con una proyección indudablemente mundial. A su carisma inigualable y a sus singulares
dotes como conductor, comunicador y pedagogo de masas, se suman sus aportes teórico-políticos,
insoslayables para las nuevas izquierdas que emergen en el sur global. En ese sentido se destaca la
apertura de un hombre de origen nacionalista que entendió, tras algunos años de gobierno, que no es
posible el desarrollo soberano de un país dependiente si no es avanzando por el camino del
socialismo.
La izquierda popular ubica al Plan de la Patria y al Golpe de Timón entre los aportes políticos más
importantes de este temprano siglo XXI, con un papel orientador similar al que tuvo la Segunda
Declaración de La Habana en las décadas del ‟60 y „70. Es particularmente relevante el legado
resumido en la consigna “Comuna o nada”, ya que se trata de una guía de acción orientada a la
desestructuración del Estado liberal burgués, a la socialización del poder y la reapropiación de la
política por parte las clases populares (mediante la creación de instrumentos de democracia
protagónica como los Consejos Comunales y las Comunas Socialistas, entre otros). Pero el
Comandante Chávez no solo refundó creativamente la cuestión democrática, sino que además
potenció las demandas emergentes del feminismo, el ecologismo y las diversas etnicidades,
poniendo a rodar esa utopía llamada Socialismo del Siglo XXI. Continuidad y ruptura, crítica y
superación de los “socialismos realmente existentes” del siglo pasado, y verdadero programa para
las nuevas generaciones.
Entre las medidas más radicales de su gobierno encontramos la promulgación de legislación laboral
y social de avanzada en el contexto global (como la Ley Orgánica del Trabajo y la Ley Orgánica
sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre). En la Venezuela chavista se reconocen los
derechos de los obreros, de las mujeres y de los campesinos como en ninguna otra parte del mundo
(con la excepción de Cuba). Las Misiones Bolivarianas atendieron, por otra parte, las necesidades
más urgentes de la población. La Misión Barrio Adentro extendió la cobertura gratuita de salud; la
Misión Mercal proveyó de alimentos a la población a bajo precio; la Misión Hábitat y la Gran
Misión Vivienda construyeron millones de hogares; la Misión Robinson, la Misión Sucre y la
Misión Ribas alcanzaron altas metas educativas; la Misión Guaicaipuro restituyó territorios
ancestrales a los pueblos indígenas; y la Misión Zamora y la Misión Vuelta al Campo potenciaron el
desarrollo rural y promovieron la reforma agraria. Organismos internacionales, aún reacios al
proceso bolivariano, reconocen el impacto social del Sistema Nacional de Misiones, en términos de
reducción de la pobreza, mejora en los índices de educación y salud, disminución de la desigualdad
social, etc.
En lo económico, se destaca la expropiación de empresas estratégicas en la economía nacional, en
particular del complejo petrolífero. Pero encontramos también nacionalizaciones de cientos de
compañías de telecomunicaciones, energía, insumos agrarios, electrónica, alimentos, aviación,
metalurgia, siderurgia, materiales para la construcción, etc. Además, se destaca la inclusión en la
Constitución de 1999 del monopolio sobre la explotación de hidrocarburos para la empresa estatal
venezolana PDVSA. Sin dudas, fue el control soberano sobre la renta petrolera (principal riqueza
nacional) lo que permitió a los gobiernos bolivarianos desplegar el conjunto de políticas sociales y
económicas que hemos mencionado. Y, al mismo tiempo, lo que alertó tempranamente a las
potencias imperiales acerca del peligro que representaba el chavismo al detentar el control sobre una
de las reservas de hidrocarburos más importantes del planeta. Esto explica porque Venezuela fue
caracterizada por el imperialismo como uno de los países del “eje del mal” en la era Bush y como
una “amenaza para la seguridad nacional” durante la administración de Obama (promoviendo desde
un golpe de estado en 2002 hasta una guerra de cuarta generación que se prolonga en la actualidad).
Acorde con este escenario, la República Bolivariana de Venezuela desarrolló una política soberana
de defensa nacional. Se destaca, por un lado, el profundo trabajo ideológico en el seno de las fuerzas
armadas, sin dudas facilitado por el origen castrense de Hugo Chávez. Pero, ante todo, producto de
la conciencia política acerca del papel regresivo de las fuerzas armadas en casi toda la historia
latinoamericana y venezolana. El líder de la revolución entendía con absoluta claridad que sin el
apoyo de poder armado ningún proceso de cambio radical tiene posibilidades de supervivencia. Por
lo que se dedicó exhaustivamente a reconstruir el sentido bolivariano y antiimperialista de las
fuerzas armadas. Complementariamente, Chávez recuperó la noción revolucionaria de “pueblo en
armas” y propuso la creación de masivas milicias populares. Iniciativa que se cuenta entre las más
radicales del chavismo, ya que muy pocos procesos políticos en el mundo se animaron a quitarle al
Estado el monopolio sobre el poder de fuego. Paso que supone, de parte de la dirección política, una
profunda confianza en los apoyos populares a la revolución. El éxito de esta política conjunta de
defensa nacional y unidad cívico-militar explica en buena medida la continuidad del orden
constitucional a pesar de las intentonas golpistas, los mecanismos de infiltración y sabotaje y el
desgaste al que son sometidos los gobiernos chavistas.
Por otro lado, se destaca la contribución de Chávez al diseño de una nueva geopolítica mundial, a la
utopía concreta de “un mundo en donde quepan muchos mundos”, en sintonía con la emergencia de
un escenario internacional multipolar y multicéntrico. Y sobre todo, su aporte a la reactualización
del viejo sueño de la Patria Grande, a través de iniciativas de integración soberana como la Alianza
Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), la Comunidad de Estados de Latinoamérica y del
Caribe (CELAC) y la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR). De la mano con el impulso a
estos organismos, Chávez creó empresas regionales como Petrocaribe (orientada a garantizar
hidrocarburos a las Antillas) y propuso planes de integración continental en infraestructura,
alternativos a la propuesta neocolonial del IIRSA. Se destacan también los esfuerzos tendientes a la
articulación sur-sur, jerarquizando en la política exterior a países empobrecidos de África y Asia y a
aquellos naciones amenazadas por el imperialismo. En suma, Hugo Chávez Frías ha sido el gran
sembrador de utopías en este siglo y el principal responsable de que la esperanza de un mundo mejor
siga caminando por Nuestra América y el sur global.
Por último, la izquierda popular destaca la supervivencia del chavismo a la muerte del líder del
movimiento y la preservación de una orientación revolucionaria. La articulación novedosa de un
bloque popular, sintetizando los mejores elementos de las tradiciones nacionales y populares
venezolanas (el bolivarianismo, el cristianismo, el nacionalismo) con las perspectivas de izquierda y
revolucionarias, es un ejemplo práctico de que no solo es posible sino necesaria la construcción de
una izquierda popular en nuestra época. El mantenimiento de una extendida y convencida base
popular de apoyo a la revolución da cuenta de eso, a pesar de la profundidad de una crisis económica
que golpea fuertemente a las clases trabajadoras (y que expresa tanto los límites propios del proceso
como la eficacia de la agresión desestabilizadora interna y externa). Este “chavismo silvestre”
(enfrentado en muchos casos a la burocracia gubernamental) viene siendo la verdadera salvaguarda
del proceso de cambio, junto al consecuente liderazgo de Nicolás Maduro.

13. ¿La izquierda popular es revolucionaria?


La izquierda popular se define como “izquierda” por su orientación revolucionaria. Es decir,
entiende que las formas de dominación estructurales de nuestra vida social solo pueden ser resueltas
mediante el planteamiento radical de nuevos fundamentos. Las relaciones sociales en todos los
órdenes (económico, político, cultural, racial, nacional, sexo-genérico, etc.) requieren de encuadres
que pivoteen en torno a la solidaridad y no la competencia, la comunidad y no el individualismo, la
realización y no la alienación, la vida y no la muerte. Esta utopía ha tomado diferentes nombres en la
historia de los pueblos, siendo englobados en el último siglo por la denominación genérica de
socialismo. En todas ellas se supone la necesaria redistribución radical de los bienes materiales
como condición indispensable para el despliegue de los demás órdenes vitales y para el desarrollo de
una utopía simultáneamente material, intelectual, espiritual y moral.

Ese horizonte revolucionario parece decir poco en concreto respecto a las orientaciones presentes.
Sin embargo, perderlo de vista como brújula implica el abandono de la identidad de izquierda y la
deriva en las distintas alternativas de gestión de “lo posible”. La izquierda popular, para no renunciar
a la radicalidad, mantiene viva la utopía revolucionaria en la mística militante (entendida como el
anticuerpo por excelencia contra la resignación y el conformismo). No obstante y al mismo tiempo,
es preciso evitar caer en el consignismo abstracto, consistente en convertir mecánicamente
horizontes utópicos en eslóganes políticos (como si su mera formulación pudiera modificar alguna
realidad social). La izquierda popular comprende los lentos y complejos procesos de formación de la
conciencia, y parte siempre de una lectura del estado actual de las relaciones de fuerza, tanto
materiales como organizativas y subjetivas. La orientación revolucionaria aporta, entonces, claridad
y decisión, no aislamiento y abstracción. Al decir de John William Cooke: “sólo ganan las batallas
los que participan en ellas. Y sólo caen las correlaciones abrumadoras de fuerzas si, como punto de
partida, existió el propósito inquebrantable de vencer”.
A su vez, la izquierda popular se mantiene alerta del posibilismo (riesgo contrario al izquierdismo),
el cual supone que la orientación revolucionaria es correcta para los manuales o para la agitación
interna, pero que no tiene actualidad práctica, es decir, no sería orientativa de la praxis. El
posibilismo es, entonces, renunciar a hacer posible lo imposible, e implica la resignación a optar por
un “mal menor”. Es la forma por excelencia del conformismo: si no abandona lisa y llanamente la
identidad de izquierda, encubre esta renuncia con alguna forma más o menos sutil del etapismo,
postergando para un futuro remoto e improbable la realización de una praxis auténticamente
transformadora. Por eso señalamos, con el Che Guevara, la “actualidad de la revolución” (que no es
lo mismo, huelga decir, que enunciar su proximidad o su inmediatez).
El problema, una vez más, radica en confundir el punto de partida con el de llegada. Reconocer los
actuales niveles de conciencia de masas no implica que estos definan los alcances de nuestra praxis.
Por el contrario, es una función privilegiada de la izquierda popular ensanchar permanentemente el
campo de lo posible. De hecho, entiende que un camino de reformas consecuentes implica
necesariamente la confrontación con las clases dominantes. Y que este enfrentamiento plantea
siempre la disyuntiva entre moderación o radicalización. El primer camino, que puede parecer
razonable en el corto plazo, ha conducido históricamente a la derrota de los procesos populares
(como atestiguan los recientes ejemplos de Argentina y Brasil). Mientras que la segunda vía asume
que, sin socavar las bases materiales de los poderes fácticos, no hay triunfo duradero posible. Por
supuesto, esto requiere de niveles de audacia en los liderazgos y la confianza en la potencia de la
movilización y la organización popular (como sucede en Bolivia y Venezuela). De eso se trata la
dialéctica viva entre reforma y revolución.

14. ¿La izquierda popular es un espacio político, un partido o un movimiento?


Es todo eso y más que eso. Es un partido, o bien varios, dado que diversas organizaciones políticas
argentinas y latinoamericanas trazan desde este proyecto sus coordenadas esenciales (asumiendo o
no esta denominación). Es también un espacio político en pleno desarrollo, dado que muchas de
estas organizaciones vienen sedimentando acuerdos programáticos y formas de articulación estables
y duraderas, tanto a nivel nacional como latinoamericano (por ejemplo la experiencia de la
Articulación de Movimientos Sociales hacia el ALBA). Pero también es un movimiento de masas
que se desenvuelve a lo largo de toda la historia en Nuestra América, que se presenta con diferentes
grados de articulación según la región y el momento, pero que siempre se mantiene como
potencialidad revolucionaria, como memoria histórica y como mito movilizador.
En términos organizativos, la izquierda popular no condena a priori la forma “movimiento” ni la
forma “partido”. De hecho, entiende que estas categorías europeizantes que separan lo espontáneo
de lo consciente, lo corporativo de lo político, lo inmediato de lo mediato, no describen
adecuadamente la praxis compleja de nuestros pueblos. La organización partidaria cuenta con una
larga tradición en la historia de las izquierdas, y ha aportado, en diversas coyunturas, elementos
indispensables de articulación política, centralización estratégica y cohesión identitaria. Por eso es
que grandes revoluciones sociales y numerosos procesos de liberación nacional han sido
comandados por estructuras partidarias de distinto signo a lo largo de todo el siglo XX. Si bien al
amparo de este tipo de organizaciones se han producido numerosos errores y desviaciones, creemos
que los procesos de burocratización y la reproducción de relaciones de poder clasistas, sexistas,
racistas y autoritarias, no son exclusivas ni inherentes a la forma partido. Por otro lado, la forma
movimiento ha mostrado una dinámica y una radicalidad únicas en nuestro continente en los
comienzos de este siglo, funcionando como verdadero laboratorio de experiencias políticas
novedosas. Han sido los mal llamados “nuevos” movimientos sociales aquellos capaces de organizar
y representar eficazmente a sectores emergentes no identificados con estructuras partidarias
tradicionales. Y han generado, por añadidura, mecanismos profundos de empoderamiento popular.
Una atenta mirada panorámica a Nuestra América nos señala que los procesos que han combinado
creativamente formas partidarias y movimientistas son los que mejor han sabido articular, desde la
agenda múltiple y en ocasiones contradictoria de las reivindicaciones populares, un nuevo “bloque
histórico”. Es decir, una mayoría social efectiva y autoconsciente, capaz de enfrentarse a sectores
dominantes estructuralmente más compactos y homogéneos. Por eso, la izquierda popular asume la
posible y necesaria complementariedad de estas formas de organización política a través de
modalidades mixtas de partido-movimiento, que aporten a la construcción de una política liberadora
que sea simultáneamente eficaz y democrática, unitaria y diversa. La voluntad organizada de vencer
al enemigo y la construcción de poder popular son el faro que debe guiar la elección de las mejores
formas organizativas en cada circunstancia histórica. Este poder popular es tanto un instrumento en
la acumulación y la confrontación así como la garantía última de que un proceso transformador en
ciernes no se trastoque en un mero recambio de élites.
Para el caso argentino, las formas organizativas adoptadas deben ser capaces de suturar una honda
fractura colonial tendida entre las clases populares y las llamadas “clases medias”. Esta identidad de
clase media, muy efectiva más allá de sus ilusorias determinaciones económicas, moviliza
representaciones estables y duraderas y se basa en fundamentos más culturales y raciales que
materiales. En verdad, ha sido elaborada y promovida por distintos ideólogos de las clases
dominantes a lo largo de la historia con el objetivo de fragmentar el amplio espectro de las clases
trabajadoras, y evitar así su contraposición con los grupos dominantes. No casualmente distintos
momentos de radicalización política de masas coinciden con mayores grados de integración del
campo popular en un sentido amplio (incluyendo a sectores populares y “medios”). Esto se
evidencia en coyunturas tales como la Revolución de Mayo, las primeras décadas del siglo XX, el
periodo iniciado por el Cordobazo y la rebelión popular del año 2001.

15. ¿Se puede ser de izquierda popular sin contradicciones?

La izquierda popular es la tentativa de convertir en una redundancia lo que hoy aparece como una
contradicción insalvable: es decir, la existencia de un nacionalismo popular consecuente y
revolucionario, o de una izquierda nativa y criolla. En tanto identidad, utopía política y memoria
histórica, asume múltiples contradicciones, pero no entendidas como yerros o como limitaciones
paralizantes, sino más bien como tensiones creativas. Por ejemplo, no ignora las posturas diversas e
incluso antagónicas que el cristianismo popular y el feminismo han adoptado históricamente en
relación a los modelos familiares y el papel de la mujer. O los distintos abordajes que sobre la
cuestión ambiental presentan las cosmovisiones indígenas en oposición a la matrices occidentales.
También reconoce los conflictos entre las tradiciones de izquierda y nacionalistas populares. Sin
embargo, la propia confluencia entre la perspectiva de género y reflexiones cristianas en la teología
feminista de la liberación, los audaces intentos por articular en Nuestra América concepciones del
desarrollo provenientes de diversas tradiciones filosóficas, y la síntesis entre socialismo y
nacionalismo en la historia de las revoluciones latinoamericanas, dan cuenta del carácter creativo y
movilizador de estas contradicciones.
Por el hecho mismo de asumir de esta manera las tensiones, la izquierda popular rechaza, como
estrategia de acumulación, la instrumentalización de las identidades populares así como el
“entrismo” de células ilustradas en los movimientos de masas. Un militante de izquierda popular no
se asume feminista, clasista, nacionalista, federalista, ecologista o cristiano, como una argucia para
desde allí cooptar, infiltrar o atraer a determinados sectores. La impostura es éticamente
cuestionable, pero, sobre todo, infértil. Ya que, con el tiempo, o bien se delata o bien se pierde el
horizonte revolucionario. La izquierda popular prescinde de artificios, se hace eco y recoge las
tradiciones populares de masas porque son su propia tradición. Ella misma es un capítulo más de una
larga historia de acumulación popular, tan larga como la historia de la humanidad.
Por lo tanto la izquierda popular no es tampoco la sumatoria mecánica de “izquierda” y “pueblo”.
Es, ante todo, más allá de sus expresiones organizativas, un proyecto de liberación que intenta
siempre trascender lo posible, sin caer en la abstracción de lo imposible. No es una posición estática
en el tiempo, definida de antemano, sino que debe revalidar su nombre en cada coyuntura. Por eso
los apologetas de todas las iglesias la consideran herética y su experiencia escapa a la comodidad del
libreto. Pero tiene confianza en sí misma: la historia de las revoluciones la respaldan y también el
saberse parte de un pueblo en su devenir soberano.
La síntesis histórica de una izquierda genuinamente popular no saldará estos debates desde una
pretendida pureza intelectual o política y al margen de la historia, sus protagonistas y sus
contradicciones. Tampoco será operada desde arriba hacia abajo por obra y gracia de sectores
ilustrados y bienpensantes, sino por el protagonismo y la creatividad incesante de las mujeres, las
identidades sexuales disidentes, las y los trabajadores, los estudiantes, los migrantes, los creyentes,
los campesinos, los afrodescendientes, las comunidades originarias, los pobres y los humildes, los
intelectuales, artistas y profesionales patriotas. La izquierda popular es, por todo lo antedicho, la
tentativa novedosa de reactualizar un muy antiguo proyecto, que ha estado en la raíz de todas las
grandes revoluciones, articulando memorias históricas de corto, mediano y largo plazo.

Y la yapa… pero entonces, ¿qué es la izquierda popular?

Eclecticismo dirán algunos. Creación heroica, responderemos nosotros. ¿Cómo compaginar el


legado de Marx y de Bolívar, de Jesús y de Tupac Amaru II, de Moreno y de Artigas, de Evita y de
Santucho? ¿Cómo integrar las culturas indígenas, la gesta de independencia, el proyecto federal, el
nacionalismo popular, el clasismo revolucionario, la batalla por los derechos humanos, la dignidad
piquetera, el feminismo popular? ¿Cómo reunirlos aunque protesten los dogmas y recelen las
tumbas? Los refutadores de leyendas ignoran que no son las vanguardias autoproclamadas ni los
nostálgicos de viejas liturgias los que hacen las grandes síntesis históricas. Son los pueblos en su
andar errante, dolientes y esperanzados, en sus derrotas y sus victorias, quienes forjan el camino.
Quién no inventa yerra siempre. De eso estamos seguros.

La izquierda popular es, al decir de Fidel, sentido del momento histórico. Es memoria, pero también
puro porvenir. Es la Tierra sin Mal de nuestros hermanos guaraníes. El amor eficaz del compromiso
cristiano. La Patria Grande de nuestros libertadores y libertadoras. La sociedad sin clases del
marxismo. El fanatismo de los descamisados. El hombre y la mujer nuevos que soñó el Che. El
horizonte comunitario del feminismo popular. La furia de Lohana Berkins. Son los ríos profundos de
nuestra identidad descarnada y viva. Es la huella bajo el pastizal que hemos de seguir infatigables.
Es el turno del ofendido. Es la porfía de los condenados de la tierra. Es audacia táctica, claridad
estratégica y paciencia histórica. Es comprender y no juzgar. Es tomar al otro siempre como punto
de partida y punto de llegada. Es no confundir al compañero con el enemigo, al diferente con el
antagónico. Es hablar como pueblo, siempre en primera persona.

Lautaro Rivara y Santiago Liaudat

Centro de Estudios para el Cambio Social (CECS)

Mayo de 2017, La Plata / Ciudad Eva Perón

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