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El Burro de Carmelo: Un Cuento Singular

Este cuento narra la historia de Carmelo, un hombre pobre que vive en una choza con su burro Rocinantes. Carmelo visita regularmente a Petra Cordero, una mujer con diez hijos de diferentes padres, para llevarle verduras. Aunque Rocinantes sufre con los largos viajes y la falta de comodidades, Carmelo se siente atraído por Petra. El cuento describe las humildes vidas de estos personajes y la amistad entre Carmelo y su burro Rocinantes.

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El Burro de Carmelo: Un Cuento Singular

Este cuento narra la historia de Carmelo, un hombre pobre que vive en una choza con su burro Rocinantes. Carmelo visita regularmente a Petra Cordero, una mujer con diez hijos de diferentes padres, para llevarle verduras. Aunque Rocinantes sufre con los largos viajes y la falta de comodidades, Carmelo se siente atraído por Petra. El cuento describe las humildes vidas de estos personajes y la amistad entre Carmelo y su burro Rocinantes.

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Cuento por:

José Vicente Figueroa

Nota triste:

Yo tenía la esperanza de hacer una gran novela con esto de El Burro de


Carmelo pero muchos amigos y conocidos me dijeron que, tratándose de un
burro no valía la pena hacer una novela y que mejor era que lo dejara en
la categoría de cuento y va que chuta. Bueno, ni modo, así será.
Carmelo tenía un burrito.

Pero no vayan ustedes a pensar que este diminutivo le venia al animalito por vena
cariñosa o algo parecido. No, lo de “Burrito” era aplicable literalmente porque su
tamaño así lo requería. Aquel burro era tan pequeño que muchos lo confundían
con un perro y sólo se daban cuenta de que era un burro cuando lo oían rebuznar.
Nadie pudo saber jamás cómo llegó a poder de Carmelo aquel extraño animal.
Todo el mundo en Valle Guanape sentía gran curiosidad por aquel bicho hasta que,
con el tiempo, se acostumbraron a él y ya no les parecía tan raro.

Es sabido por todos que no es común ponerles nombres propios a los burros, pero
el de Carmelo fue la excepción. Y para completar esta extrañeza, el nombre que le
fue asignado ponía la nota admirable: Carmelo le puso por nombre…
¡Rocinantes!”

Aquello vino a ser algo así como un misterio. ¿De dónde sacó Carmelo aquel
pomposo nombre sólo asignado a la cabalgadura de aquel ilustre caballero
andante llamado “Don Quijote de La Mancha”? Tuvo que haber sido una de esas
casualidades irrepetibles de la vida, porque es indudable que Carmelo jamás en su
vida tuvo ni la más mínima idea de que hubiera existido un escritor llamado Miguel
de Cervantes y Saavedra y; mucho menos que llegara a hojear la tan famosa obra
de dicho escritor. Lo cierto de este cuento es que aquel burro enano llevaba
encima un nombre que le quedaba grande.

¿Nunca llegaron ustedes a oír hablar de Carmelo? ¿No? Pues permítanme


presentárselo.

Carmelo era uno de esos seres a quienes los eruditos y grandes pensadores
identifican con el código UPPB que, una vez decodificado por el vulgo no ilustrado,
significa: “Un Pobre Pela Bolas”. Y es que, verdaderamente, Carmelo no tenía en
este mundo (y, posiblemente, en el otro tampoco) como dice el refrán: “ni un
cuero en qué caerse muerto”. Todos sus bienes materiales formaban parte de un
exiguo inventario que, de ir a llegar, no llegaba a ninguna parte, y consistía en: Un
catre de tijera con jergón de lona que databa de cuando nació Carmelo, tres
camisas y dos pantalones que eran más remiendos que tela propiamente dicha y
un par de alpargatas que ya habían cumplido largamente su período normal de
vida. Todo esto cabía holgadamente en un rancho “vara en tierra” que Carmelo
invadió al encontrarlo desocupado (porque de su propia mano de obra no habría
surgido jamás) Allí, hombre y burro iban pasando sus días y sus años en estrecha
camaradería. En cuanto a instrucción escolar, ninguno tenía nada que echarle en
cara al otro, puesto que jamás habían asistido a una escuela ni cosa semejante.
Carmelo solía decir, filosóficamente, que nadie se había muerto por no saber leer
ni escribir y “Rocinantes”, aunque no lo expresaba, estaba totalmente de acuerdo
con su dueño.

Algunas veces me he puesto a pensar acerca de que Carmelo tenía cierta vena de
coincidencia con “Don Quijote”. Por ejemplo, Carmelo también tenía, al igual que
aquel andante caballero, su damisela, sólo que, en su caso, no se llamaba Dulcinea
sino Petra Cordero; ni era oriunda de El Toboso sino de San José de Guaribe. Esta
romántica circunstancia sacaba de quicio a “Rocinantes”, pues cada viaje desde
Valle Guanape hasta San José de Guaribe le dejaba, físicamente, “hecho polvo”. Y
aquello no fallaba cada quince o veinte días. Esta situación la sufría estoicamente
el pobre animal.

Cuando Carmelo desembocaba en la calle principal de San José de Guaribe, jinete


sobre su burrito, nunca faltaba una cuerda de zagaletones sin oficio de esos que,
para divertirse, se ocupan en fastidiarles la paciencia a los demás. El motivo de las
burlas de aquellos muchachos era que Carmelo, debido a la poca alzada de su
montura, iba arrastrando las puntas de sus alpargatas sobre el suelo. Aquellos
zagaletones impíos reían al tiempo que gritaban:

-¡El burro que dejó estas huellas está en peligro! ¡Lo persiguen dos culebras!

Allí, montado sobre su burro, Carmelo tenía más parecido con Sancho Panza que
con Don Quijote: Desgarbado, melancólico, cabizbajo…

Al llegar a la puerta de la casa de Petra Cordero salía a recibirlo, como abejas de


un panal, un enjambre de triponcitos. Era una trulla de niños y niñas hijos todos
de Petra. Y es que de Petra se pudiera decir que fue siempre una mujer de “muy
mala pata” con los hombres. Cada hombre que pasó por su vida le dejó un hijo y
un mal recuerdo. En aquel grupo de chiquillos había para escoger: Blancos,
negros, mulatos, etc. No había un rostro repetido ni por casualidad. Las únicas
cosas en que estaban parejos eran: En género (5 varones y 5 hembras) y en
contextura (Todos esmirriados por el hambre).

La casa de Petra era un armazón de estantes de madera ya medio podridos


cubiertos con sacos de arpillera como paredes y unas cuantas piezas de hojas de
latas abiertas como techo. Esta “vivienda” estaba ubicada en una calle que
formaba una hondonada, justo a la orilla de un arroyuelo por donde discurrían las
aguas putrefactas del vecindario. Este parecía ser el regalo que hacía la comunidad
a Petra por tener su casa en la parte más baja del pueblo. Pero esto no hacía
mella en el carácter tranquilo de Petra. Ella decía cachazudamente:
“¡Cará, en piores sitios en vivío y entuavía no me he muerto!”

Carmelo era bien recibido en casa de Petra Cordero siempre. Claro, no podía ser
de otra manera, pues era él quien llevaba aquellos sacos llenos de verdura y de
hortalizas para la alimentación de toda la familia. Ya era costumbre que cada
quince o veinte días se recibiera la visita de Carmelo con su burro cargado de
comida. A quien no le simpatizaba mucho esta situación era a “Rocinantes”. Y es
que, en verdad, era un suplicio para el pobre burro traer desde Valle Guanape
aquellos pesados sacos y, de ñapa, a Carmelo trepado sobres sus lomos. Para más
calamidad, aquellos chiquillos de Petra eran tan desconsiderados que siempre
pedían a Carmelo que los dejara dar… ”Una vueltica en burro. ¿Sí?” No les
importaba que “Rocinantes” estuviera largando el bofe después del largo y pesado
viaje. Y no era que se montaran de uno en uno. ¡No señor, era por cambote!
“Rocinantes” tuvo, en muchas ocasiones, ganas de ponerse a corcovear para
tirarlos al suelo y entrarles a patadas seguidamente. Pero sólo se quedaba en las
ganas pues, “Rocinantes” podía ser muy burro y todo lo que usted quiera, pero él
sabía que si hacia eso o algo parecido, le salía castigo severo.

El pernoctar en casa de Petra Cordero era, para “Rocinantes”, el complemento del


suplicio. Carmelo lo dejaba atado a una cerca natural de matas de Cardón, donde
el pobre animal tenía que “dormir” parado porque el suelo estaba lleno de espinas.
Además, había en casa de Petra unos perros, cual más sarnoso y famélico entre
todos que, como por fastidiar, ladraban a cada rato sin saber a qué o a quién.
Toda la noche se la pasaban en esa macana. Claro, como ellos podían dormir en
el día…

La única satisfacción que tenía “Rocinantes” era saber que su dueño tampoco
dormía muy bien. Petra le colgaba un chinchorro en uno de los aleros de la casa al
tiempo que le decía en son de broma (que era verdad): “Bueno, esta noche nos
ayudas un poquito con la plaga” Y, para mayor desgracia, aquel chinchorro era
una verdadera birria. Estaba dividió en tres bandas: una para la cabeza, otra para
la cintura y otra para los pies. Por cobija o colcha no tenía Carmelo qué
preocuparse, porque no había.

¡Ah! Pero resulta que “Rocinantes” se equivocaba al pensar que Carmelo estuviera
sufriendo por las incomodidades de la estadía. No, por el contrario, Carmelo hacía
ese sacrificio en honor a su “doncella” al tenor de un Caballero Andante de la talla
de Don Quijote.

Es posible que aquí pueda yo aplicar aquel refrán que dice: “Las costumbres se
hacen reglas” porque eso estaba sucediendo en casa de Petra Cordero con
Carmelo. A pesar de que la naturaleza no fue generosa ni mucho menos cuando
proporcionó el físico a Carmelo, se podía notar que Petra se sentía atraída por él.
Claro que aquella atracción estaba calculada en relación directa con los sacos de
comida que él le traía periódicamente, por lo que podemos colegir que aquella era
una “atracción vegetal” y que difícilmente llegaría a ser “carnal” porque eso si era
verdad que Carmelo no llevaba nunca.

En cierta ocasión Petra le preguntó que por qué no llevaba de vez en cuando unos
huesos y alguno que otro trocito de carne para preparar una sopa, y Carmelo le
respondió que él tenía prohibido, por prescripción facultativa, el consumo de
carnes y sus derivados y que estaba sometido a una dieta alimenticia balanceada.
Ese fue el momento en que a Petra se le volaron los tapones y le grito que más de
lo que se balanceaba sobre el burro no se podía y que él podría estar sometido a
todas las dietas que quisiera pero que ella y sus muchachos; no. Quien más gozó
de esta situación fue “Rocinantes” que se rió a mandíbula batiente hasta más no
poder. Carmelo no se dio cuenta pues creyó que el burro lo que estaba era
rebuznando

Por su parte, Carmelo se sintió atraído por Petra Cordero desde el mismo momento
en que la conoció. Desde ese instante quedó prendado de los atractivos de aquella
mujer de tal manera que en su mente no se dibujaba ninguna otra que pudiera
compararse con “su” Petra. Él había oído hablar de unas fulanas mises y de un
condenado concurso de belleza que se hacía en Caracas para escoger a las chicas
más bellas del país, y cada día estaba más convencido de que aquellas chicas
llegaban a figurar y hasta a ganar porque Petra no participaba en esos eventos. Y
es que Carmelo no se cansaba de admirar la belleza natural de Petra. Petra tenía
un rostro angelical donde resaltaban atributos que sólo ella podía lucir, como era
aquella abultada y hermosa verruga verdinegra que tenía en el entrecejo a manera
de un tercer ojo. Además, ¿quién le iba a decir a Carmelo que aquel bigotillo tan
negro y tupido que tenía petra, y que ya hubiera deseado para sí el General
Ezequiel Zamora (con el debido respeto), luciera bien sobre el labio superior de
cualquiera de esas mises? ¡Nadie! Ninguna de ellas podría tener jamás la
satisfacción de lucir algo así en sus pálidos y macilentos rostros. Otro atractivo de
Petra que no podrían lucir nunca aquellas chicas de los concursos era su cabellera.
Aquella enmarañada pelambrera jamás habría podido ser lucida en ninguna otra
cabeza que no fuera la de Petra Cordero. Allí hacían vida común, en estrecha
hermandad, todos los bichos que usted quiera imaginar. Y es que Petra había
declarado al peine como su más acérrimo enemigo desde hacía mucho tiempo.
Aquellas mises con sus alambicados y enchampuzados pelos lacios nunca
alcanzarían, ni por asomo, el esteticismo de Petra en ese renglón. Por otra parte,
siguiendo el viejo refrán aquel que dice: “De no bañarse no se ha muerto nadie”,
Petra se bañaba muy esporádicamente, por lo que disfrutaba de eso que los
científicos llaman “olor sui generis” que engalanaba su figura al poder ufanarse de
tener una “fragancia natural genuina” ¿Habría alguna de esas muchachas
concursantes que se atreviera a retar a Petra en ese terreno? ¡Por supuesto que
no! ¿Entonces? ¡No cabía duda de que Petra, en el caso de que se decidiera a
concursar, se las llevaría de calle a todas con amplia ventaja!

Al llegar a este punto de la lectura quizás usted, al igual que me pasó a mí en su


oportunidad, estará reflexionando acerca de lo siguiente:

Si Carmelo era, según los sesudos pensadores y eruditos, UPPB… ¿cómo era que
cada quince o veinte días pudiera llevar sacos llenos de verdura y tubérculos a la
casa de Petra Cordero? Igual que a usted, a mí también me intrigó esa situación e
inicié una exhaustiva investigación que arrojó el siguiente resultado: ¡Robos en
conucos!

Efectivamente, como sabemos, Carmelo tenía su “residencia” en Valle Guanape, en


un lugar donde abundaban las parcelas de cultivos agrícolas. Sabiendo esto, no se
necesita ser un Sherlock Holmes ni mucho menos para deducir la procedencia
de aquellas vituallas con que Carmelo mantenía a Petra y su muchachada. Pero lo
peor de todo esto, sin menoscabar el acto del robo en si mismo, es que Carmelo
utilizaba a “Rocinantes” como cómplice induciéndolo a la comisión del delito. Si
razonamos detenidamente, a Carmelo se le podía acusar de Instigación al Delito,
lo que le hubiera valido cárcel fácilmente. Estoy seguro de que “Rocinantes”, de
propia voluntad, nunca hubiera accedido a participar en tales operaciones
delictuosas.

Precisamente estas actividades de Carmelo fueron causa principal de la desgracia


que sufrió “Rocinantes”

Resulta que, un día, estaban “cosechando” en una parcela cuando, de pronto, se


presentó el propietario escopeta en mano y, sin miramientos de ninguna especie
les lanzó un tiro de perdigones. Carmelo huyó del lugar como alma que va en pena
y fue su burro quien recibió los perdigones justo en la base del rabo. Para
“Rocinantes” fue una profunda y mortal herida en su ego equino pues su
integridad se vio lacerada por este ultraje a su dignidad asnal. Y es que, si usted
se pone a pensar: en el mundo se ha hablado muchas veces de burros con dos
cabezas, de burros con seis patas, de burros con cuatro orejas, etc.; pero jamás se
ha oído hablar de un burro sin rabo. ¡Esto fue, sin lugar a dudas, una terrible
afrenta para la dignidad de “Rocinantes!”.

Esta actitud de Carmelo dejó muy mal parada mi opinión personal acerca de su
parecido con el “Don Quijote” de Cervantes pues, en ninguna parte de la obra
mencionada se habla acerca de que aquel ilustre hijodalgo anduviera metiéndose
en conucos ajenos a robar ocumos, ñames, auyamas ni ninguna otra especie de
verduras y hortalizas. Ni tampoco se habla de que a su montura le hubiese
ocurrido ningún percance en su anatomía por andar en aventuras de tal estilo.

Carmelo, en forma impía, se permitió hacer un chiste de la desgracia de su burro.


Decía que esta circunstancia le permitiría a “Rocinantes” hacerse famoso
aplicándose la canción de un cantante llamado Noel Petro, titulada: “El Burro
Mocho”. Los amigos de Carmelo casi echaron las tripas riéndose con aquel
malhadado chiste, que no le pareció nada gracioso a “Rocinantes”

Cuando los amigos le preguntaban a Carmelo el motivo de su inactividad, éste les


explicaba que estaba disfrutando de un corto período de vacaciones, pero la
verdad era que estaba esperando a que “Rocinantes” se recuperara del escopetazo
para seguir en las andadas. Un día viernes por la mañanita, casi un mes después
del accidente, “Rocinantes” estuvo en condiciones de volver a ser un burro entero
(obviando, desde luego, su falta de rabo) y Carmelo, que esperaba ese momento,
lo aperó de prisa para iniciar sus actividades ya conocidas. Carmelo se desesperó
porque, para ese momento, ya la cosecha principal había pasado y sólo quedaba la
pasilla en los rastrojos. Pero con todo y eso, triscando aquí, triscando allá, pudo
llenar un saco y enfiló rumbo hacia San José de Guaribe. El corazón le daba un
vuelco en el pecho cada vez que pensaba en la actitud que tomaría Petra cuando
le presentara aquella menguada provisión. En contraposición a la incertidumbre y
preocupación de Carmelo, “Rocinantes” iba alegre y retozón porque esta vez la
carga que llevaba era realmente liviana.

******

En todos los pueblos de Venezuela siempre hay una bodeguita que se distingue de
las demás por estar más surtida, por estar mejor situada o por ambas cosas. Pues
bien, San José de Guaribe no podía ser la excepción y allí estaba la bodega del
señor Julio Morales. Era éste un andino oriundo del Estado Táchira,
específicamente de San Cristóbal, que residía en San José desde hacía muchos
años y que se había ganado el cariño y el respeto de todos los habitantes del lugar
por sus dotes de buena persona. A don Julio le llamaban por un apodo: “Jumo”.
Uno pudiera pensar que un apodo así correspondería a una persona que le gustase
empinar el codo pero, en este caso, nada más lejos de la verdad: El señor Julio
Morales era abstemio. Aquel apodo se lo había aplicado él mismo juntando la
primera sílaba de su nombre con la primera sílaba de su apellido.

Julio Morales o “Jumo” (como le gustaba oírse llamar) era un comerciante de ideas
modernistas y progresistas. El sueño dorado de su vida era ser propietario de un
gran expendio de víveres, un súper abasto, pues; algo que se luciera en
presentación en el pueblo. Dispuesto a hacer realidad su sueño, se dispuso a hacer
algunas remodelaciones al local donde funcionaba la bodega. Pronto comprendió
que aquellas remodelaciones le iban a costar “un ojo de la cara” pues, el local
donde funcionaba el negocio era una casa cuya edad databa de la época colonial:
Paredes de barro argamasado y con refuerzo de pañetes de paja; el techo de
hojas de palmera con incrustaciones de chapas de hojalata. Remodelarla
significaba tener que derrumbarla toda y construirla de nuevo. Por otra parte, el
mobiliario también exageraba la longevidad: Las estanterías eran arcaicas
armazones de madera donde los comejenes hacían vida holgada. El almacenaje de
la mercancía, dejaba mucho qué desear del orden estético y organizativo de
“Jumo”. Se veía que no se preocupaba mucho por los detalles. La mercancía,
desparramada por todas partes (incluso en el suelo) presentaba un desorden tal
que el despacho en aquel mar de confusión y revoltijo, tan sólo él podía hacerlo.

Al fin, “Jumo” decidió que lo único que importaba modificar era la fachada del
local, por lo que decidió efectuar un solo cambio que obraría el efecto de una
remodelación total: Quitó el aviso que identificaba el negocio como Bodega “La
Moderna” y lo sustituyó por otro que decía: “Súper Abastos La Moderna” y
aquel fue, en realidad, el Gran Cambio.

Luego, el señor “Jumo” puso en actividad todas las neuronas de su cerebro para
dar nacimiento a una grande y revolucionaria idea con la que modificaría a partir
de entonces el oficio de bodeguero en todo San José de Guaribe y, si me apuran
un poquito, en todo el país: El reparto a domicilio y subrayó esta frase en su
mente como estampar su rúbrica sobre el más importante documento de su vida.

Estaba el señor “Jumo” sentado a la puerta de su negocio acariciando su gran idea


y esperando el momento de ponerla en práctica, cuando, jinete sobre su burro,
apareció Carmelo haciendo su entrada al poblado por la calle principal. El señor
“Jumo” notó que Carmelo venía como hablando solo y le veía levantarse el
sombrero y rascarse la cabeza. Casi cuando iba a pasar por delante de la bodega,
el señor “Jumo” se levantó y le llamó para que se acercara a donde él estaba.
Sumido en su gran preocupación, Carmelo no se había dado cuenta de que el
señor “Jumo” lo estaba llamando. Al notarlo, detuvo el burro y escuchó el saludo
que le daba el propietario de la bodega:

“Caramba, por fin tengo el honor de saludar al burro de Carmelo… y a su dueño”

Desde los más remotos centros sensibles de inteligencia del cerebro, y después de
mucho buscar, le llegó a Carmelo algo así como cierta aprehensión acerca del
significado de aquel saludo. ¿Se refería el señor “Jumo” a él o al burro?

El señor “Jumo” le invitó a pasar al tiempo que le decía que hoy él [Carmelo] había
amanecido con una suerte morrocotuda, pues lo estaba esperando para ofrecerle
un trabajo que sería para él [Carmelo] el fin de su vida de privaciones, porque él
[“Jumo”] lo iba a introducir en una jugada comercial que le haría rico en poco
tiempo. Iba a ser un comisionista, lo que le colocaba fuera de la línea de simple
empleado asalariado y le daba mayor independencia y jerarquía. Aquella perorata
del señor “Jumo” era para Carmelo como escuchar latín pero, no obstante, se
dejaba conducir. El señor “Jumo” lo llevó hasta su oficina, si oficina se podía llamar
a un sucucho situado en un rincón de la bodega al lado de unas ristras de ajos que
colgaban del techo hermanadas con otras de chorizos y unos sacos que contenían
rollos de tabaco trenzado. Allí el olor habría sido insoportable para otra persona
que no fuera Carmelo, que ya estaba acostumbrado a peores. El señor “Jumo”,
después de quitar un montón de ropa sucia y algunos trastos de cocina con restos
de comida, hizo aparecer ante sus ojos, como por arte de magia, un escritorio y su
silla correspondiente. Hecho esto, el señor “Jumo” se sentó con la actitud del
empresario que Vendió al Contado de aquel famoso cuadrito. Carmelo miró hacia
todos lados y, al no ver otra silla, se quedó de pie. El señor “Jumo” empezó a
detallarle los aspectos de la gran idea que quería llevar a cabo y de la cual él
(Carmelo) iba a formar parte integral. Entre otras cosas, se enteró de que él era la
persona idónea para ejecutar la tarea. ¿Qué cuál era la actividad a desarrollar? ¡La
más sencilla: el reparto de mercancías a domicilio! Carmelo objetó diciendo que él
pensaba que aquel trabajo era más apropiado para alguien que tuviera una
bicicleta o una moto, objeción que fue destruida por el señor “Jumo” en un
santiamén: ¿Cómo se le ocurría decir tal cosa? Él sabía que Carmelo no tenía ni
bicicleta ni moto pero, en cambio, poseía el vehículo ideal para llevar a cabo la
tarea… ¡Un burro! Aun así, Carmelo insistió en lo de la bicicleta y la moto y el
señor “Jumo” lo tranquilizó diciendo que aquello de las bicicletas y las motos era
para centros urbanos densamente poblados pero que para San José de Guaribe el
estilo vernáculo era el reparto a domicilio en burro. ¡Algo realmente novedoso!
¡Algo realmente criollo! Y eso era lo que quería el señor “Jumo” Ante esta
andanada Carmelo no supo cómo responder y, automáticamente, pasó a ser
comisionista del Súper Abasto La Moderna cuyo propietario era el señor Julio
Morales, alias “Jumo”.

Debido al malestar anímico que le invadía por el problema de la menguada


provisión que llevaba para Petra, Carmelo pisó un envase de mantequilla que
estaba “almacenado” en el piso cuando iba saliendo. El señor “Jumo”, sonriente,
le dijo que no se preocupara; que él se lo iba a descontar del monto de sus
próximas comisiones. Es decir: Carmelo no había empezado a trabajar y ya estaba
endeudado con el negocio. Carmelo aceptó y, viendo que el señor “Jumo” tomaba
el envase de mantequilla para botarlo, le dijo que se lo diera a él; que no
importaba que estuviera espachurrado. Después, quedaron de acuerdo en que el
lunes de la próxima semana empezaba Carmelo a laborar en firme. En un
recóndito cuadrito de la inteligencia de Carmelo se dibujó esta pregunta: ¿Cómo
será eso de ser comisionista? Bueno, más adelante lo llegaría a saber

Carmelo llegó a casa de Petra Cordero.

Su ánimo estaba por el suelo. No quería estar en ese sitio cuando Petra asomara la
cabeza por la puerta. Cuando esto sucedió, su ademán fue el de alguien que
espera que le lancen algún objeto. Pero Carmelo no contaba con que había llevado
consigo su salvación sin darse cuenta. Cuando Petra vio que era sólo un saco
arrugó el entrecejo, pero cuando se percató del envase de mantequilla su rostro se
iluminó: ¡Mantequilla!, aquello era algo extraordinario en su casa. Inmediatamente
se propuso poner a sancochar unos ocumos y unas auyamas para comer con
mantequilla. Fue tal su alegría que se olvidó por completo de lo exiguo del
bastimento llevado por Carmelo. Esto significó un tremendo alivio para Carmelo.

Mientras los niños y las niñas comían, Carmelo le habló a Petra acerca del negocio
que había acordado con el señor “Jumo· Le hizo ver, además, que aquello le
obligaba a mudarse para San José y que, como ella sabía, él no tenía donde
quedarse y que, con mucha pena, le iba a pedir que le aceptara como huésped por
algún tiempo. Por el gesto que hizo Petra, Carmelo se dio cuenta de a ella no le
había gustado nada la idea. Y es que a Petra se le formó la imagen de que en el
futuro, quizás, tendría que pasar a ser una especie de “cachifa” de Carmelo.
Pensando en sus experiencias se dijo para si: “De esa cabuya tengo yo un rollo y
no es lo mismo tenerlo aquí por una noche cada quince días que tenerlo por
siempre y que, por otra parte, eso será dejar de recibir las provisiones que él me
trae”. Le dijo a Carmelo que, como él mismo sabía, en su casa no había espacio
para una persona más. Que si eso del negocio era cierto tendría que buscar un
rancho por su cuenta.
Carmelo y “Rocinantes” regresaron a Valle Guanape. Tenían que transportar todo
el mobiliario hasta San José de Guaribe. Menos mal que aquel mobiliario cabía,
literalmente, en un puño. Debían regresar el domingo porque el lunes próximo
ambos tenían que empezar a trabajar en el Súper Abasto La Moderna, el
primero como “Comisionista” y el segundo como “vehículo de reparto”.

FIN

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