POEMAS DE EUGENIO MONTEJO
El naufragio
Poema #70.
El naufragio de un cuerpo en otro cuerpo
cuando en su noche, de pronto, se va a pique…
Las burbujas que suben desde el fondo
hasta el bordado pliegue de las sábanas.
Negros abrazos y gritos en la sombra
para morir uno en el otro,
hasta borrarse dentro de lo oscuro
sin que el rencor se adueñe de esta muerte.
Los enlazados cuerpos que zozobran
bajo una misma tormenta solitaria,
la lucha contra el tiempo ya sin tiempo,
palpando lo infinito aquí tan cerca,
el deseo que devora con sus fauces,
la luna que consuela y ya no basta.
El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne.
Milagro Puro
"Y este milagro de ser aquí la vida
sin saber ¿qué es vigilia y qué es sueño?,
hasta que sople la noche y nos apague.
El milagro de verla, de sentirla
y con ella en los ojos, en las manos,
asir lo que nos da, lo que contiene,
para que vaya y vuelva con su música.
De lo que soy a lo que eres,
de tus palabras a las mías.
El sólo paso palpitante
de su sangre en nuestras venas.
La rotación de su misterio
en la galaxia de las cosas,
para que gire la gran rosa en el espacio
y nuestros cuerpos se encuentren en la tierra.
Cada cual con el grito de su llama,
cada cual en su tiempo, sin tiempo.
Hasta que el rayo que llega desde tan lejos
por un instante cruce nuestra carne
y nos ate los sueños su relámpago."
DE ÉLEGOS (1967)
ACACIAS
Estremecidas como naves,
acacias emergidas de un paisaje antiguo
y no obstante batidas en su fuego
bajo la negra luz de atardecida.
Yo miro, yo asisto
a este mínimo esplendor tan denso,
yo palpo
la intermitencia de las arboladuras,
su fuego girante, delirante;
enmarcadas en un éxtasis grave
como desposeídas lanzadas al abismo,
así de grande,
en un follaje poblado de sombras agitadas,
las miro
frente a la piedad de mis ojos
bajo los huracanes de la Noche.
DE MUERTE Y MEMORIA (1972)
REGRESO
Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.
Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.
Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.
Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando de tarde la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.
HAMLET ACTO PRIMERO
Mira la sala: no es el cortinado
lo que tiembla. Ni la sombra de Hamlet.
Tal vez, tal vez la capa de su padre.
Todas las noches son de Dinamarca.
Los soldados se turnan en la ronda
y lían sus cigarros.
Vuelve tan crudo allí el invierno
que desdibuja en bultos blancos
la tenue imagen del televisor.
Pero la noche tiembla
y las túmidas narices del caballo
nos olfatean bajo la nieve...
¿Qué país no ha escondido algún Rey muerto?
Pasan las propagandas
y retornan los pasos del espectro.
Es él, es él, es su fantasma
y la venganza de esa capa sola
estremece los clavos del perchero.
El locutor anuncia otra nevada
Para mañana, pero roja, siniestra.
Todas las noches son de Dinamarca.
DE ALGUNAS PALABRAS (1976)
LOS ÁRBOLES
Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.
Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.
ISLANDIA
Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo.
Islandia tan próxima del polo,
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.
Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena ( o viceversa).
¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?
Es este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos.
Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros.
Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir su fiordos con bosques de palmeras.
DE TERREDAD (1978)
LA CASA
En la mujer, en lo profundo de su cuerpo
se construye la casa,
entre murmullos y silencios.
Hay que acarrear sombras de piedras,
leves andamios,
imitar a las aves.
Especialmente cuando duerme
y en el sueño sonríe
- nivelar hacia el fondo,
no despertarla;
seguir el declive de sus formas,
los movimientos de sus manos.
Sobre las dunas que cubren su sueño
en convulso paisaje,
hay que elevar altas paredes,
fundar contra la lluvia, contra el viento,
años y años.
Un ademán a veces fija un muro,
de algún susurro nace una ventana,
desmontamos errantes a la puerta
y atamos el caballo.
Al fondo de su cuerpo la casa nos espera
y la mesa servida con las palabras limpias
para vivir, tal vez para morir,
ya no sabemos,
porque al entrar nunca se sale.
CREO EN LA VIDA
Creo en la vida bajo forma terrestre,
tangible, vagamente redonda,
menos esférica en sus polos,
por todas partes llena de horizontes.
Creo en las nubes, en sus páginas
nítidamente escritas
y en los árboles, sobre todo al otoño.
(A veces creo que soy un árbol).
Creo en la vida como terredad,
como gracia y desgracia.
- Mi mayor deseo fue nacer,
a cada vez aumenta.
Creo en la duda agónica de Dios,
es decir, creo que creo,
aunque de noche, solo,
interrogo a las piedras,
pero no soy ateo de nada
salvo de la muerte.
CARACAS
Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Perdí mi patio con sus lentas nubes
donde la luz dejó plumas de ibis,
egipcias claridades,
perdí mi nombre y el sueño de mi casa.
Rectos andamios, torre sobre torre,
nos ocultan ahora la montaña.
El ruido crece a mil motores por oído,
a mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
pero las voces van a la deriva
detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive
y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.
EL DORADO
a Luis García Morales
Siempre buscábamos El Dorado
en aviones y barcos de vela,
como alquimistas, como Diógenes,
al fin del arco iris,
por los parajes más ausentes.
Unos caían, otros llegaban,
jamás nos detuvimos.
Los hombres del país Orinoco
nunca elegimos otra muerte.
Perdimos años, fuerza, vida;
nadie soño que iba en la sngre,,
que éramos su espejo.
El oro del alma profunda
a través de las voces
que nos inventaban los ríos
en el rumor de las aldeas.
El Dorado que trae el café
a la luz del Caribe
con sus soles a paso de bueyes.
Jamás lo descubrimos,
no era para nosotros su secreto.
Los hombres del país Orinoco
teníamos raza de la quimera.
DE TRÓPICO ABSOLUTO (1982)
MANOA
No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.
Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.
Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.
LAMENTO DE PAISAJES
¿De qué paisajes hablo, de cuáles ríos?
Vivo envuelto en asfalto de estas calles,
mis ojos se fatigan de mirar edificios.
El río es una vocal extraña en mis palabras,
temo que desaparezca.
Me he habituado a nombrarlo sólo por metáfora.
La soledad de la línea recta
nivela mi casa, el cuarto, la ventana.
Las visiones rebotan en los muros,
estoy rodeado de piedras por todas partes.
Voy arrastrando a diario mi ciudad
como un asno su amarga carreta.
Avanzo. Dejo que crezcan las torres,
el humo, las paredes interminables.
Mi paisaje es el último grito,
ya muy lejos, de un gallo
que se borró de estas sordas madrugadas.
ESTA TIERRA
Esta tierra jamás ha sido nuestra,
tampoco fue de quienes yacen en sus campos
ni será de quien venga.
Hace mucho palpamos su paisaje
con un llanto de expósitos
abandonados por antiguas carabelas.
Esta tierra de tórridas llanuras
llevamos siglos habitándola y no nos pertenece.
Quienes antes la amaron ya sabían
que no basta pagarla con la vida
o fundar casa en sus montes
para un día merecerla.
Y sin embargo hasta el final permanecieron,
nunca desearon otra visión para sus ojos
ni otro solar para su muerte.
En ella están dormidos y hablan a solas,
a veces se oyen,
alzan sus voces en medio del follaje
y el viento las dispersa.
No serán nuestros sus vastos horizontes,
ninguna gota de sus ríos,
de quienes la pueblen después,
fue ajena siempre en cada piedra,
en cada árbol.
Demasiado verde son los bosques
de sus espacios sin nieve.
Sus colores desnudan las palabras;
en nuestras charlas siempre se delatan
sonidos forasteros.
Esta tierra feraz, sentimental, amarga,
que no se deja poseer,
no será de nosotros ni de nadie
pero hasta en la sombra le pertenecemos.
Ya nuestros cuerpos son palmas de sus costas,
aferrados a indómitas raíces,
que no verá nunca partir
aunque retornen del mar las carabelas.
EL CANTO DEL GALLO
a Adriano González León
El canto está fuera del gallo;
está cayendo gota a gota entre su cuerpo,
ahora que duerme en el árbol.
Bajo la noche cae, no cesa de caer
desde la sombra entre sus venas y sus alas.
El canto está llenando, incontenible,
al gallo como un cántaro;
llena sus plumas, su cresta, sus espuelas,
hasta que lo desborda y suena inmenso el grito
que a lo largo del mundo sin tregua se derrama.
Después el aleteo retorna a su reposo
y el silencio se vuelve compacto.
El canto de nuevo queda fuera
esparcido a la sombra del aire.
Dentro del gallo sólo hay vísceras y sueño
y una gota que cae en la noche profunda,
silenciosamente, al tic-tac de los astros.
LAS RANAS
No más teorías: me sumo al coro de las ranas.
Quiero oirlas croar esta noche, rodeándome.
En su alfabeto percibo una sola vocal
y las burbujas del pantano.
El piano que nos dieron marca las mismas notas
ya demasiado repetidas. Basta.
Tal vez sea un ángel esa sombra
que se eleva a la puerta de mi caverna.
No me consta.
La oscuridad de Dios nunca deja ver nada claro.
El tiempo puede girar en redondo,
depende de la lluvia, del viento entre los árboles.
No más teorías: ya oímos al espectro,
acallemos al Príncipe Hamlet.
Por hoy me bastan las voces de las ranas,
quiero oírlas croar esta noche más cerca
dejando que me llenen los sentidos
con su taoísmo solitario
hasta que se borren los enigmas del mundo.
En sus coros me entrego a la máxima gracia.
DE ADIÓS AL SIGLO XX (1992)
ADIÓS AL SIGLO XX
a Álvaro Mutis
Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.
NANA PARA EMILIO
Duerme, hijo mío, que la tierra está sola
y se fueron volando los astros.
Ya el sol guardó su última vela,
se durmieron las llamas;
se durmieron las horas del reloj, no hay tiempo,
no está despierto nadie.
Los hombres dejaron sus cuerpos y partieron;
desde esta calle no se ven,
ya van muy adelante.
El gallo que oyes cantar está muy lejos,
el sueño es su único plumaje.
Duerme, hijo mío, en mi carne, en mis ojos,
como dormistes antes que yo naciera,
como dormimos durante tanto tiempo
dentro de nuestros padres.
Mañana vuelve el día
junto a las voces que nos borró la ausencia
y saldrán del espejo rostros, casas, colinas,
y el humo tan humano del café
que viene a despertarnos con hondas vaharadas
aquí o en otra parte.
DE PARTITURA DE LA CIGARRA (1999)
ADIÓS A MI PADRE
Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.
ANATOMÍA DEL GORRIÓN
¿Qué es un gorrión?
Un diminuto cúmulo de plumas
que en dos alas se arquea
cuando persigue rápido a su cuerpo,
pero nunca lo alcanza.
El cuerpo se hunde en tierra cuando muere
y el gorrión permanece:
de un canto a otro va rodando
aquí, lejos, ayer,
ya no recuerda.
No vemos nada a veces en el aire
pero un gorrión va dentro,
algún canto sin cuerpo que allí cruza
o un cuerpo con un canto
que no puede ser visto
ni por él ni por nadie,
sólo eso.
PARTITURA DE LA CIGARRA I
Sin tregua las horas se aceleran
con el ronco clamor de la cigarra.
Miramos pasar el paisaje veloz
sabiendo que no vuelve
y que tampoco nosotros volveremos.
Bajo la nieve - dicen - el tiempo va más lento,
cada cosa se envuelve en su sombra,
en el silencio blanco de su sangre.
El sol, en cambio, apura en estas tierras
el paisaje que pasa,
las flores abren para una edad que aún no tenemos,
con aromas henchidos pero inalcanzables.
La cigarra y su lámpara sónica
alumbra hasta incendiarse,
hasta que deja su cuerpo reseco
a la intemperie, entre las ramas de los árboles.
El paisaje no se detiene a recogerla,
no tiene tiempo, va de prisa,
a la velocidad de fuerzas siderales.
Queda en el viento su ceniza cantora
que se dispersa ya inaudible
hasta que su rumor regrese en otro cuerpo,
en otro vuelo de sus alas.
VII
Ya es pura ceniza la cigarra,
sólo en mi corazón se oye su canto.
Está dormida lejos de su música,
yace a la luz de una remota estrella,
sólo han quedado restos de su cuerpo,
sus secos ojos, su materia marchita,
se alejó más allá de su grito,
quién sabe dónde, hacia otro bosque,
hacia algún árbol de ramas siderales.
Ya ha restituido cuanto le dio la tierra,
patas y antenas, anillos, talle cónico,
su alado tórax, su címbalo sonoro,
su traje tenue, color de oliva griega,
y nos dejó su sombra, como una carta
a la puerta del bosque,
después voló sin nada a lo invisible,
al otro lado de la partitura,
donde, por toda huella, queda el viento
y el rumor pensativo de los árboles...
Sólo en mi corazón se oye su canto.
Está alumbrando ahora desde una estrella, lejos,
está dormida fuera de su música,
soñando que podemos cantar lo que cantaba,
ella y su verde silencio compacto,
ella y el grito que inventa su quimera,
lo que canta en nosotros desde su ceniza,
desde sus alas sin alas que elevan su vuelo
hacia la lumbre musical de los astros.
DE PAPIROS AMOROSOS (2003)
MIENTRAS GIRE LA TIERRA
Déjame que te ame mientras gire la tierra
y los astros inclinen sus cráneos azules
sobre la rosa de los vientos.
Flotando, a bordo de este día
en que el azar, por un instante,
despertamos tan cerca.
Pude vivir en otro reino, en otro mundo,
a muchas leguas de tus manos, de tu risa,
en un planeta remoto, inalcanzable.
Pude nacer hace ya siglos
cuando en nada existías
y en mis angustias de horizonte
adivinarte en sueños de futuro,
pero mis huesos a esta hora
ya serían árboles o piedras.
No fue ayer ni mañana, en otro tiempo,
en otro espacio,
ni ocurrirá ya nunca,
aunque la eternidad cargue sus dados
a favor de mi suerte.
Déjame que te ame mientras la tierra siga
gravitando al compás de sus astros
y en cada minuto nos asombre
este frágil milagro de estar vivo.
No me abandones hasta que ella se detenga.
Del libro Alfabeto del mundo
Café
A Francisco Pérez Perdomo
Al dibujar cada palabra,
detrás de su color, ritmo, latido,
siempre soñé dejar llena, secreta,
alguna taza de café
que se beba entre las líneas.
Café con el aroma de las horas
y la mesa en el aire
donde al primer hervor los vivos y los muertos
levitemos.
Amable duende que nos sigue por el mundo
con densas vaharadas. Café natal, sentimental,
¿qué pruebo en su sabor, qué bebo?
–A grandes sorbos bebo tiempo,
bebo mi vida gota a gota,
la que he perdido y vuelve, la que queda
humeante aún ante mis ojos, esperándome.
Café del alba, amargo, recién hecho,
que nos trae a la cama
algún canto remoto del gallo.
Café de las ciudades fugaces, imprevistas,
que sabe a las voces de su gente,
al rumor de sus ríos imaginarios.
El café gris de las estatuas en la lluvia,
tan frío en su boca de mármol.
El café azul del pájaro,
el verde inmenso de los soleados platanales
y el café de los ausentes,
dormido en nuestra sangre.
Sólo para avivar su aroma escribo a tientas
al dictado del fuego.
Sólo para servirlo siempre dejé oculta
alguna taza que se beba entre líneas,
detrás de mis palabras.
La tierra girò para acercarnos
La tierra giró para acercarnos,
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño,
como fue escrito en el Simposio.
Pasaron noches, nieves y solsticios;
pasó el tiempo en minutos y milenios.
Una carreta que iba para Nínive llegó a Nebraska.
Un gallo cantó lejos del mundo,
en la previda a menos mil de nuestros padres.
La tierra giró musicalmente llevándonos a bordo;
no cesó de girar un solo instante,
como si tanto amor, tanto milagro
sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito
entre las partituras del Simposio.
El Duende
Esta misma calle, pero antes,
a bordo de mis veinte,
de noche en noche, con tabaco y lámpara,
escribía poemas.
Alrededor la multitud dormida
soñaba con dinero
y alguna que otra estatua recosía
el azul de su sombra.
Nunca supe qué duende a mis espaldas
–volátil e insistente–
fijos los ojos me seguía
frase por frase y letra a letra.
No, no era aquel azul casi corpóreo
arrancado del mármol,
ni mi ángel de la guarda anochecido
y en ardua vela,
ni tampoco un espectro hamletiano,
veraz hasta el misterio,
ni ninguna presencia subitánea
de aquella época.
Nada de nada ni de nadie,
sino yo mismo, yo mismísimo.
Pero no aquél de entonces: –éste
que cifra ya sesenta,
–éste era el duende…
El que aquí vuelve buscándome de joven,
en esta misma calle, a medianoche,
y me llama
y no es sueño.
El Sol En Todo
El trópico y sus horas de calor,
el sol sobre las cosas día tras día,
y el rencor de los malos matrimonios...
Se oye un sapo a la sombra en todo esto
que no se ve porque no hay sombra,
sino luz recta y piedras refractarias.
El calor de las horas emerge con su lava
de pantanos volcánicos.
Hay silbatos de barcos en el polvo sin puerto,
un salobre espejismo sin espumas,
el acre aroma de frutas descompuestas
y el color sin color de la miseria.
–¿Qué más, qué menos, cuál sopor no dicho,
cuál nieve inalcanzable en densos copos
cayendo siempre como blancos sapos,
en las noches más tórridas y amargas?
...Y cuanto no se tuvo ni ha de tenerse nunca,
lo que perdimos antes de este mundo,
el calor con su tedio y su postedio
y la tierra que gira para otros
y tanto sol en todo, hasta de noche,
y el rencor de los malos matrimonios.
Amantes
Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.
Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.
Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.
Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.
La Poesía
La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
-ni siquiera palabras.
LLega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos
Escritura
Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.
No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.
Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.
Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.
Canción
Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.
Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.
Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.
Del amor terrenal
"Estoy cantando la vieja canción/ que no tiene palabras", escribe Eugenio Montejo en uno de
los más breves y hermosos poemas de su último libro. No sabemos cuándo ni dónde surgió esa
canción, pero sí que viene de muy lejos y que ha cruzado el tiempo y ha vencido al tiempo,
para llegar hasta nosotros, en su más reciente avatar, con estos Papiros amorosos. En ellos
resuenan, como en un lírico palimpsesto, los acentos del carpe diem horaciano y la metáfora
femenina del ánfora griega, la fin'amors de Provenza y la dama que duerme mientras llega el
alba, el anima mundi de los neoplatónicos y el sympathos estoico que tanto fascinaron a los
poetas renacentistas, y también el erótico ritmo universal de los filósofos románticos de la
naturaleza, las amorosas correspondencias de los simbolistas, la carnalidad moderna con sus
miserias y esplendores, y, en fin, muchas otras referencias que sin duda se me escapan, pero
que convergen todas hacia una sola verdad: "Ésta es la antigua ruta de la especie/ que nadie
sabe adónde va, de dónde viene/ éste es tu cuerpo unido aquí con otro cuerpo/ éste es el
misterio de ser, de nacer en la tierra..."
Arqueología del amor, los poemas —los papiros— de Montejo constituyen un recorrido singular
por la historia plural de la poesía amatoria y erótica de Occidente, y acogen los más diversos
registros de una tópica inagotable y tan antigua como nuestra civilización. Así, entre la
celebración pagana del cuerpo y la música espiritual de las esferas, entre la intensidad del
sentimiento romántico y el loco deseo vanguardista, cada poema va trazando las líneas
mayores de una lectura que, lejos de cualquier eclecticismo, se asocia al sentido profundo del
canto: la experiencia de ser y de estar en el mundo como parte de un todo, que Montejo llamó,
en otro de sus libros, nuestra "terredad". Más que de un concepto, se trata de una visión
poética de la existencia en la que conviven la sabia inmediatez de un Caeiro, el sutil panteísmo
de un Supervielle, la sensibilidad postnietzscheana de un Ted Hughes e incluso aquella
provocadora idea de Jorge Guillén: la convicción de que, en el fondo, el universo está bien
hecho aunque el mal persista. "Creo en la vida bajo forma terrestre", escribía el venezolano
hace ya más de veinte años. Orbe armónico, cosmos y no caos, la realidad se despliega en sus
versos como el concreto y simétrico doble de su rigurosa prosodia: la reconciliada unidad que,
en un mismo ritmo, va enlazando las palabras, los seres y las cosas. De ahí que el amor no sea
en esta poesía de concordia ni un placer prohibido ni una fuerza transgresora ni menos todavía
un vano juego libertino. Ajeno por igual a la culpa, a la represión y al escándalo, el amor es, en
la aveniente terredad montejiana, el eurítmico misterio que mueve a la creación entera y le da
un fin y un sentido. Ninguna definición lo agota, ninguna logra cifrar por completo su
significado, pero todas aluden a las secretas nupcias de lo visible y lo invisible o, si se quiere,
del espíritu y la materia: "el vals nocturno de la redonda bóveda/ cuyo compás palpita en
nuestra sangre", "el fugaz epitafio de la espuma/ y la carne que muere en otra carne", "la
música que nace del deseo/ con sus murmullos tonales y atonales", "la sangre joven de tus
venas,/ la armoniosa corola hecha de música/ y tu rosa que tiembla con el mundo" o acaso "el
tiempo sin tiempo que nos une/ y nuestro empeño de descifrar a ciegas/ las mismas viejas
sílabas etruscas/ a través de la carne, el sueño, los sollozos,/ aunque su enigma aceche a cada
nuevo instante".
Compleja, diversa y, por momentos, sencillamente hermosa, la imagen del amor que se
desprende de este libro busca una difícil síntesis no sólo entre cielo y tierra sino también entre
los aspectos nocturnos y meridianos de la experiencia erótica y amatoria. Místico, el poeta
puede descubrir así en el cuerpo de la amada "el cántico tangible de quien ha creado el
mundo"; pero, también realista, no ignora que a veces "solamente la luna/ sabe qué manos
verdaderas se acarician,/ qué rostros ríen detrás de las máscaras/ y quiénes envueltos en la
sombra/ con pasos furtivos se reencuentran". Las distintas aproximaciones al tema amoroso,
como las analogías, son reversibles y se completan y se complementan en un juego de
geometrías variables que preside, invariable, el fino oído de un poeta capaz de alternar de un
modo siempre novedoso los acentos del endecasílabo, el dodecasílabo y el alejandrino, sus tres
versos predilectos. Montejo construye con ellos y en ellos sus límpidas estructuras rítmicas y
esa dicción depurada que es la equivalencia sonora del sentido o, dicho de otra manera, el
soporte verbal de su densa y armónica visión del mundo: la ya mencionada terredad. Ninguna
pasión humana le es ajena, ni la traición ni la lascivia ni el más amargo olvido, pero en su
centro se alza como una luz la certidumbre de que "todo el furor, el polvo y la derrota/ con un
amor, un solo amor, pronto se salvan". Si hubiera que encontrarle algún antecedente dentro de
la poesía hispanoamericana, no habría que buscarlo en el sensual telurismo de Neruda o en la
voluptuosidad de Rojas sino más bien en la gracia de un Eliseo Diego y, mucho más atrás o
más lejos, en el mejor Darío. No es poco decir, para concluir estas apretadas líneas, que, con
sus Papiros amorosos, Montejo pareciera haber hecho plenamente suya aquella vieja lección
que una satiresa le da a Orfeo en un soneto de Prosas profanas: "Tú que fuiste —me dijo— un
antiguo argonauta,/ alma que el sol sonrosa y que la mar zafira,/ sabe que está el secreto de
todo ritmo y pauta/ en un unir carne y alma a la esfera que gira/ y amando a Pan y a Apolo en
la lira y la flauta/ ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira." ~
Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008) fue un poeta
y ensayista venezolano, fundador de la revista Azar Rey y co-fundador de la Revista Poesía de
la Universidad de Carabobo.
Fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos "Romulo Gallegos" de Caracas, y
colaborador de una gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras. En 1998 recibió el
Premio Nacional de Literatura de Venezuela y en 2004 el Premio Internacional Octavio Paz de
Poesía y Ensayo. Uno de sus poemas es citado en la película 21 gramos, del director mexicano
Alejandro González Iñárritu.
Eugenio Montejo fue Profesor Universitario, Gerente Literario de la Editorial MonteAvila de
Venezuela. Como diplomático trabajo en la embajada de Venezuela en Portugal en varias
ocasiones.
El valor de su estimable obra poética y ensayística no ha parado de crecer en los últimos años,
siendo una de las más importantes y originales de la última mitad del siglo XX.