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Mar de Historias

Este documento narra la historia de tres amigas, Isaura, Lourdes y la narradora, que trabajan juntas en el departamento de contabilidad y viajan anualmente a Veracruz durante las vacaciones de Semana Santa. Describe sus tradiciones de viaje, como tomar fotos para compartir historias exageradas a su regreso, y establecer reglas para dividir gastos de manera justa. También habla de problemas en el trabajo, como el despido injusto de su compañero Aurelio después de 30 años de servicio.

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Itzel Márquez
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Mar de Historias

Este documento narra la historia de tres amigas, Isaura, Lourdes y la narradora, que trabajan juntas en el departamento de contabilidad y viajan anualmente a Veracruz durante las vacaciones de Semana Santa. Describe sus tradiciones de viaje, como tomar fotos para compartir historias exageradas a su regreso, y establecer reglas para dividir gastos de manera justa. También habla de problemas en el trabajo, como el despido injusto de su compañero Aurelio después de 30 años de servicio.

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Mar de Historias

Lazos
CRISTINA PACHECO

E n su curso de fotografía a Mayra le pidieron hacer un reportaje en alguno de nuestros

viejos mercados. Me pidió que la acompañara. Acepté feliz: esos lugares me fascinan. El
sábado siguiente me recogió en mi casa, temprano. Necesitábamos tiempo para que ella
hiciera su trabajo con calma y, después, para comer en un restaurante oaxaqueño que había
descubierto.

En todo el trayecto no se me ocurrió preguntarle el nombre del mercado hacia el que nos
dirigíamos. Me llevé una gran sorpresa al ver que se trataba del que había conocido mucho
tiempo atrás, con apenas dos años de casada y Álvaro, mi primer hijo, a punto de nacer.

II

Encontré el mercado, como tantos otros, en malas condiciones: las marcas de humedad
en el techo, el amasijo de cables en las paredes, los mosaicos rotos y muchos puestos
abandonados. Pronto recordé el nombre de quienes habían sido mis proveedoras: Caritina,
Soledad y Lucita: muy inteligente y gran conversadora. Tenía el cabello corto, los ojos apenas
maquillados y los pómulos encendidos con un rubor natural, prueba de su magnífica salud.

Su local era una especie de fonda: cuatro mesas con manteles de plástico floreado, el
infaltable frasco de Búfalo con palillos y un salero. La mañana en que la conocí, Lucita se
encontraba escribiendo en un tablero el menú del día. El plumil se le escapó de la mano y fue
a chocar contra mi bota. Al recogerlo vi a una niñita debajo de la mesa con el pie atado a una
de sus patas.

La escena me dejó paralizada hasta que al fin pude acercarme a la fondera para entregarle
su plumil. Tratando de buscar indirectamente una explicación para el estado en que se
encontraba la prisionera le comenté: Qué linda niña. Sin quitarme los ojos de encima, me
dijo lo que no imaginaba: Es mi hija. Se llama Loli. Sí, es linda, pero también muy
traviesa. Un movimiento de su niña atrajo su atención: Muñequita: ni creas que no te vi. ¿Qué
agarraste? La niña, sin responder, volvió a ocultarse debajo de la mesa.

Tras el enfado que mostró Lucita noté cierto orgullo: ¿No le dije que era muy traviesa?
Por eso me la traigo conmigo. Este lugar es seguro, pero necesito tener mucho cuidado porque
los diableros pasan volando y pueden lastimarla. Se lo digo a Loli a cada rato, pero apenas
me descuido jala para el pasillo tan lejos como se lo permite el lazo.
Salí en defensa de Loli: Su niña está muy chiquita. ¿Cree que puede entenderla? Me
sonrió: Irá aprendiendo, como yo. Tenía la edad de Loli cuando mi madre empezó a traerme
al mercado. Para que no corriera peligros me ataba a la pata de la única mesa. Es lo que hago
con mi hija, y no porque no la quiera, sino al contrario.

No dije nada. Lucita interpretó mi silencio como reproche: Supongo que usted, como
tantas otras personas, ven mal que tenga a mi niña así. ¿Creen que no me duele? Claro que
sí, pero me aguanto porque sé que es mucho más seguro tenerla amarrada que dejarla solita
en el cuarto. Imagínese que ocurra un temblor y la niña sin poder salir. ¡No quiero ni pensar
lo que sucedería!

III

Después de aquel primer encuentro, muchas veces conversé con Lucita. Hablábamos de
todo, hasta de política. Nos reíamos. La mañana en que volví con Mayra al mercado recordé
aquellas charlas. Cuando mi marido y yo nos mudamos a Tajín fui a despedirme de Lucita.
Le prometí que la visitaría. En una servilleta de papel escribió su número de teléfono:
“Avíseme cuando piense venir para que le haga un coloradito como el que preparaba mi
madre.” No cumplí mi promesa y no llegué a saborear el platillo, seguramente delicioso.

Mayra se puso a recorrer los pasillos del mercado en busca de un tema fotográfico. La
seguí temerosa de que hubiera desaparecido la fonda de Lucita. Me equivoqué. El negocio
seguía como lo recordaba y con el mismo mobiliario: cuatro mesas. Lo único nuevo era un
refrigerador ruidoso. Encima del mueble estaba el retrato de Lucita, ya grande, adornado con
un moño negro.

Sin pensarlo, me dirigí a la mujer que limpiaba una mesa y, con la tonta esperanza de que
me desmintiera, le dije: ¿Lucita murió? Tensa, me preguntó si la había conocido. Le dije que
sí y bajo qué circunstancias: Yo estaba recién casada. Diego y yo alquilábamos un
departamentito en el edificio de la esquina. Aquí hacía mi mercado y a veces le compraba
comida a Lucita. ¿Qué más puedo decirle? Todo, me contestó sonriendo. Bueno, recuerdo a
su hijita. Era muy linda. Ahorita debe tener unos... Me arrebató la palabra: Treinta años. Yo
soy Loli. Aquí crecí, aquí jugué, aquí aprendí a trabajar y aquí voy a seguir el resto de mi
vida.

En el tono de Loli noté una especie de alegre serenidad. El recuerdo de su imagen, cuando
niña, me asaltó. ¿Sabes cómo te conocí? Amarrada a la pata de una mesa, jugando con una
muñequita tuerta que parecía gustarte mucho. Tu madre te vigilaba todo el tiempo.

Loli desvió la mirada para ocultarme sus lágrimas, pero luego se sobrepuso: Yo no me
acuerdo de eso porque era muy chiquita. Mi mamá me lo contó y me dijo cuánto la entristecía
tenerme amarrada, pero eso era preferible a dejarme solita en el cuarto. Suspirando, se
acarició el vientre: “Voy a ser madre soltera. Cuando nazca mi bebé –será niña– tendré que
hacer con ella lo mismo que mi madre, forzada por las circunstancias, hizo conmigo. Los dos
abuelos que me quedan no viven aquí, mi hermana no puede cuidarmela: trabaja dos turnos.
Con lo que gano, ni soñar en meterla a una guardería. Así que mi hija crecerá junto a mí.”
Pensé que era momento de despedirme. Antes le prometí a Loli visitarla. La perspectiva
la entusiasmó: Sí, venga para que conozca a mi nena. Nacerá en julio. Pienso llamarla Lucita
en memoria de mi madre. La extraño mucho. Cuando no soporto la idea de su muerte me
imagino que está conmigo, debajo de la mesa, amarradita.
Mar de Historias
Tres alegres viajeras
CRISTINA PACHECO

E n el departamento de contabilidad sólo trabajamos Isaura, Lourdes y yo. Nos hemos

hecho amigas y desde hace tiempo salimos juntas en las vacaciones de Semana Santa. Por lo
general vamos a Veracruz y nos hospedamos en la Casa Peniche. Un sitio muy limpio,
seguro, económico y con dos ventajas adicionales: no hay que subir escaleras y queda cerca
del malecón.

Hacemos el viaje en la camioneta que nos presta Juan José, el ex marido de Isaura (se
llevan mejor desde su divorcio.) Ella y Lourdes se encargan de manejar. Como no sé hacerlo,
me limito a ayudarlas cuando necesitan algo y a tomarles fotos. Mientras posan las imagino,
al regreso de las vacaciones, mostrándoselas a nuestros compañeros de trabajo y contando,
algo exageradas, nuestras aventuras: insignificancias, pero que a nosotras nos divierten y nos
dan tema de conversación por un buen tiempo.

¿Cuántas veces hemos repetido la historia del guitarrista que el año pasado, en un
restorán, dedicó dos de sus interpretaciones a Lourdes? Ella se hacía la indiferente, pero
Isaura y yo nos dimos cuenta de que estaba fascinada con el guitarrista. Cada vez que se lo
recordamos Lourdes lo niega, pero se pone toda colorada y los ojos le brillan. Nos gusta verla
así y no como está siempre, tristona, mustia. Tal vez se deba a que, cuando era niña, la
relación con su padre fue muy difícil. No invento. Ella me lo contó sin entrar en detalles.

II

Desde nuestro primer viaje establecimos algunas reglas: dejar los problemas en la casa,
olvidarnos de nuestras enfermedades y pagarlo todo (inclusive las propinas) entre las tres.
Para llevar las cuentas Isaura se pinta sola y es muy rigurosa: en una libretita va anotando
nuestros consumos y al final divide. Mientras realiza la operación su aspecto aniñado se
acentúa y puedo imaginármela como una estudiante aplicada haciendo un ejercicio en el salón
de clase.

El hecho de que nos hayamos fijado esas reglas no impide que a veces, sin darnos cuenta,
caigamos en los temas prohibidos. Imposible, por ejemplo, no hablar de los problemas en el
trabajo. Últimamente ha habido muchos despidos en la oficina, a veces muy injustos. El de
Aurelio, por ejemplo.

Llegó a la empresa como auxiliar en 1988. Con grandes esfuerzos fue ascendiendo hasta
convertirse en jefe de área. A principios de enero, para celebrarle sus treinta años de
antigüedad, le dieron un diploma. Lo enmarcó y lo puso detrás de su sillón, a la vista de
todos. Por hacerle la broma le decíamos: Si le entregaron este premio ahora, ¡imagínese el
que le darán cuando llegue a los cuarenta!

Aurelio se reía y disfrutaba por adelantado del fututo reconocimiento sin imaginarse que
a principios de marzo iban a despedirlo.

El departamento de contabilidad está junto al de recursos humanos de la empresa, así que


todas escuchamos la forma en que Aurelio le suplicó al licenciado Arreola que le diera otra
oportunidad, necesitaba el trabajo: su mujer padece de un mal crónico y las medicinas que
toma son carísimas.

Arreola se limitó a decirle que lo sentía mucho, pero necesitaba que desocupara su oficina
esa misma tarde.

Mientras Aurelio vaciaba el escritorio y metía sus cosas en una cajita de cartón, Patricio,
el vigilante, estuvo todo el tiempo con él y después lo acompañó hasta la puerta: no creemos
que por amabilidad, sino para comprobar que el ex jefe de área se llevara sólo su cafetera, el
retrato de su mujer y el pequeño diploma ganado por 30 años de eficiencia, honradez y
puntualidad en la compañía.

Aurelio llamó varias veces a la oficina. Quería saber si ya estaba ocupado su puesto o si
veíamos posibilidades de que Arreola lo recontratara, aunque fuera en un cargo inferior al
que había tenido.

Oír eso y no poder darle una respuesta positiva ni esperanzas significaba una presión muy
fuerte, hasta que al fin Lourdes le dijo que no perdiera más tiempo y mejor buscara trabajo
en otra empresa.

III

Todo eso sucedió mientras nosotras hacíamos planes para las vacaciones.

Era injusto, pero no estaba en nuestras manos cambiar nada; sin embargo, nos fuimos al
viaje con una espinita clavada en la conciencia.

Más de una noche hicimos a un lado la prohibición de hablar de problemas y salió a


relucir el caso de Aurelio, la situación desesperada por la que estaría atravesando y el temor
de vernos alguna vez en una circunstancia semejante. Sólo de pensarlo Lourdes se puso a
llorar.

Isaura la llamó al orden y de paso a mí: Acuérdense que estamos aquí para divertirnos.
Les propongo que salgamos al malecón y luego decidimos dónde cenar.

Así llegamos a Mi cielo azul, el restaurante donde el guitarrista se mostró tan amable con
Lourdes. Para las tres aquella noche será un muy grato recuerdo que podemos contar muchas
veces al regreso.
IV

Falta todavía para las vacaciones de este año. Aún me queda tiempo para dejarlo todo en
orden en la oficina y en mi departamento.

Hace cuatro meses mi hermano Gerardo me pidió que lo dejara vivir conmigo un tiempo,
mientras se reponía de su separación de Alicia.

Lejos de verlo más sereno, cada día me parece más angustiado y deprimido.

Bebe. Temo dejarlo solo, pero no pienso renunciar al viaje.

Necesito un cambio de aire, salirme de la rutina, ver algo distinto a lo que miro todo el
tiempo a través de mis ventanas: azoteas con tanques de gas, muebles inservibles, macetas
rotas, tendederos, llantas, ropa tendida.

Estoy cansada de ese paisaje tan árido, pero sé que voy a extrañarlo cuando esté de
vacaciones y espere el momento de volver a tenerlo enfrente.

A mis amigas les sucede lo mismo.

No lo dicen, pero con ciertas actitudes lo demuestran. Siempre, a punto de terminarse


nuestro descanso, salimos de compras.

Entonces no falta quien diga, al entrar en un almacén: Me gusta aquel florero para mi
casa. ¡Qué hamaca tan divina! Colgada del techo se verá linda.

Así, con esas expresiones domésticas comenzamos el viaje de regreso a la vida de todos
los días y a nuestro paisaje inmediato.

Traemos con nosotras regalos, artesanías, fotos y el recuerdo de nuestras aventuras junto
al mar.

Las contaremos una y otra vez hasta la próxima Semana Santa que nos vayamos las tres
de viaje.
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Mar de Historias
La dama azul
CRISTINA PACHECO

F elipe estaba acostumbrado a que su abuela Guillermina asistiera todos los sábados

al Parque Requena y a que invirtiera parte de la mañana en los preparativos: enchinarse el


cabello, depilarse las cejas y el bigote, cubrirse la cara con mascarilla de aguacate. Ponía
especial esmero en planchar su vestido largo, azul y vaporoso, escotado y con aberturas en
la falda que le facilitaban los pasos de baile. Al término de su tarea colgaba la prenda en un
gancho junto a la ventana. La brisa lo hacía balancearse levemente: anticipo del baile.

A las cuatro en punto Mina salía de la casa y regresaba a las nueve de la noche, contenta
y sudorosa, después de haber bailado tres horas: la primera amenizada por música en vivo y
las otras por el sonido Hermanos Rangel: tres muchachos atléticos y gritones que se
encargaban de tender cables, instalar bocinas y distribuir sus instrumentos musicales en un
espacio más que reducido.

II

Durante los tres años que Guillermina llevaba de asistir a las tardeadas sabatinas, su hija
Idalia había sido la primera en aplaudir su entusiasmo, pero de pronto un día tuvo una
reacción contraria.

Felipe recuerda cada detalle de aquel sábado. Su abuela –aún la llama Mina de cariño–
se encontraba en la cocina planchando su único vestido de fiesta. Idalia, quien esa tarde iba
a iniciarse como recamarera en el Hotel Bombay, se teñía el cabello frente al espejo del baño.
El olor a peróxido y la música salida de la radio lo abarcaban todo. Felipe, divertido con una
serie infantil en la tele, se distrajo al escuchar el tono de reproche con que su madre se dirigía
a su abuela:

–Mamá: creí que hoy no irías al Parque Requena. (¿Por qué no? Es sábado.) Me
prometiste cuidar a Felipe. (Nunca falto a mis promesas, no te preocupes.) Tiene seis años,
no puede quedarse solo. Si te vas al Requena ¿quién lo cuidará? (Pues yo.) ¿Cómo, si no
estarás aquí? (Muy fácil: llevándolo conmigo.) ¿A un muchachito de su edad? (A las
tardeadas van niños más chicos y se divierten como locos.) Me alegro por ellos, pero ahorita
sólo me interesa Felipe. (Estaré muy al pendiente de mi nieto.) Sí, cómo no. Ya me imagino:
tú baile y baile y mi hijo solo. ¿Qué tal si me lo roban o se pierde? (No seas tan pesimista.)
¿Me llamas así porque necesito proteger a Felipe? (Estará bien.) No estoy tan segura. (Porque
estás nerviosa...) ¿Te parece raro? Es mi primer día de trabajo y, para colmo, me fallas. (Me
ofende que lo digas.) Ponte en mi lugar. (Y tú en el mío: creo que merezco tu confianza.) La
tienes. (Entonces no discutamos más. Vete tranquila, pensando en que Felipe se va a divertir
y en que estará todo el tiempo conmigo. Lo adoro. Si por algo quiero vivir es para verlo
crecer y convertirse en médico.) Madre: por última vez: olvídate al menos por hoy del baile.
(Es mi única diversión. Además estoy muy ilusionada con que mis amigos conozcan a mi
nieto.)

III

Felipe no estudió medicina, como deseaba. Es agente viajero para una fábrica de casas
desmontables. Siempre que por razones de trabajo va a la ciudad donde transcurrió su
infancia, se toma unos minutos para visitar el Parque Requena. Todo ha cambiado: hay
menos árboles, en los prados reinan animales de fibra sintética y donde se instalaban las
orquestas y el equipo de sonido hay una nevería italiana.

De lo que él conoció quedan cuatro palmeras, la explanada que era pista y, alrededor, las
bancas metálicas donde descansaban, entre una tanda y otra, los bailarines: hombres y
mujeres de todas las edades y condiciones, parejas, extranjeros ansiosos de vivir una aventura
tropical para compensarse de sus sombríos y prolongados inviernos.

Sentado en la banca que por lo general ocupaba Mina, Felipe recuerda cuánto le
sorprendió, durante su primera visita al Parque Requena, ver a tantas personas –casi todas en
ropa de trabajo– intercambiando saludos y haciéndose bromas. En cuanto se escuchó la
rúbrica musical que anunciaba el comienzo del baile estallaron los aplausos y se formaron
parejas o grupos de bailarines que, al pasar frente a Mina le sonreían y le preguntaban quién
era su pequeño acompañante: Mi nieto Felipe, del que tanto les he hablado. ¿No es
guapísimo? Va muy bien en la escuela. Dice que de grande será médico.

El primero en solicitarle un pasodoble a Mina fue Rosendo –un hombre muy bajito, con
el cabello casi blanco y cierta deformidad en las piernas. Apenas vio a Felipe le dijo que iba
a enseñarlo a bailar y, sin más, lo tomó de las manos y lo impulsó a seguir el ritmo de un
danzón. Pronto se formó un círculo de curiosos y Felipe –al sentirse observado– se aferró
llorando a las piernas de su abuela. Ella lo tranquilizó con palabras dulces y un beso.

Después de Rosendo, se acercaron a Mina otros hombres deseosos de tenerla por pareja.
Contenta y halagada, ella aceptaba las invitaciones a condición de que su nieto se incorporara
al baile. La velada terminó con una actuación colectiva general y el anuncio de que al sábado
siguiente entablarían un duelo musical dos grupos.

Entre despedidas y promesas de rencuentro, abuela y nieto tomaron el camino rumbo a


casa. Obligados por el semáforo se detuvieron en la avenida Cuatro. Mina aprovechó el
momento para preguntarle a Felipe si se había divertido. Mucho. Ya lo sé, pero ¿qué te gustó
más? Bailar contigo: eras la más bonita de [Link] por la respuesta, Mina se inclinó
para darle un prolongado abrazo.

Fueron momentos muy gratos. Felipe procura revivirlos siempre que visita el Parque
Requena: menos árboles, cuatro palmeras, animales de fibra sintética en los prados y flotando
en el aire el eco de una música remota y la mágica presencia de Mina: la hermosa dama azul.
Mar de Historias
Perro guardián
CRISTINA PACHECO

S on las doce. Los empacadores que trabajan en el supermercado salen a tomar su

descanso. Lo aprovechan para comer el alimento que trajeron de sus casas, platicar o
distraerse mirando a las personas que llegan para hacer sus compras. A esas horas la mayoría
de clientes son mujeres. Algunas van en compañía de sus mascotas: perros a los que dejan
atados de una barra metálica, junto al estacionamiento.

Elisa y René prestan sus servicios en la caja de mayor afluencia. Con autorización del
gerente prolongan su descanso unos minutos más de los permitidos. René los ocupa en hacer
sus cuentas, Elisa en acercarse y mimar a los perros que, jadeantes, aguardan la reaparición
de sus dueños.

Hoy se queda más tiempo con el labrador al que le falta media oreja. Intenta acariciarlo,
pero el animal retrocede ladrando. Derrotada, Elisa vuelve a la banca donde su compañero
fuma el único cigarro que se permite al día.

II

–Pobre animal. ¿Cómo habrá perdido su media orejita?

–Seguro por maltrato –contesta René con naturalidad.

–No entiendo que haya personas capaces de lastimar a un perro: son animales
maravillosos. Lo sé porque tengo uno. Se llama Peluche.

–¿De qué raza es?

–Mestizo: cruzado de calle con banqueta; pero yo lo veo como el perro más fino del
mundo –concluye Elisa riendo.

–¿Y cómo se hizo de Peluche?

–Un sábado me lo encontré al salir de la panadería. Daba lástima de tan sucio y flaco.
Pensé que estaría hambriento, saqué un bolillo y se lo di partido en cachitos. Se lo comió tan
rápido que parecía una aspiradora. Empecé a caminar y se fue detrás de mí. Quise alejarlo,
pero no pude y me siguió hasta el edificio donde vivo. Sin hacerle caso entré en mi
departamento. Es cómodo, pero con una desventaja: falta mucho el agua. Cuando salí para
llenar una cubeta en la llave del patio vi al animal echado frente a mi puerta. Sentí horrible
de que estuviera allí, con tanto frío, y lo metí a mi casa para que durmiera por esa noche. Al
principio se puso a ladrar y quería morderme, pero después se tranquilizó. Cuando me senté
a comer, se echó a mis pies y se quedó mirándome con una expresión tan tierna que por poco
lloro. Entonces me dije: Elisa, no tienes tiempo para cuidar animales. Mañana que es tu día
libre, llévalo a la veterinaria donde se adoptan perros.

–No sabía que se pudiera adoptar un perro.

–Ahora ya lo sabe. Total, que me lo recibieron sin problema y regresé a mi casa.

En el momento de entrar y ver el plato donde le había servido agua y la toalla donde se
echó a dormir comprendí que extrañaba al perro. –¡Pero si estuvo con usted menos de un día!

–Sí, pero en ese poco tiempo me sentí acompañada, contenta de oír sus pasos y de que
me siguiera. Entonces me di cuenta de lo sola que he vivido. Estuve pensándolo un buen rato
antes de regresar a la veterinaria y pedir que me devolvieran al perro. Cuando firmé el acta
de adopción y me preguntaron qué nombre le pondría dije el primero que se me vino a la
cabeza: Peluche.

–¿Por qué?

–Fui una niña muy miedosa: mi abuela siempre me contaba historias de aparecidos.
Cuando me dio sarampión, mis padres me regalaron un perro de peluche para que me
acompañara mientras ellos salían a vender. Ese juguete significó tanto para mí como
ahora Peluche, pero con una diferencia: el perro de mentiras me hacía olvidar el temor a los
muertos; mi Peluche el miedo que me inspiran algunos vivos. En cuanto oye que alguien se
acerca a mi puerta ladra como loco; después, ya pasado el peligro, va a echarse junto a mí
muy quietecito.

–Y usted, ¡feliz!

–Y agradecida con Peluche. Cuando vuelvo del trabajo mueve la cola, salta, me hace
fiestas; si me agacho para acariciarlo, me lame la cara y las manos: son sus besos. A cambio
de la alegría que me da procuro atenderlo bien. En la noche lo saco a pasear y los domingos
que tengo libres me lo llevo al jardín para que juegue con otros perros. Ya tiene muchos
amigos: Lanas y Rocky son sus preferidos. ¿Por qué me mira así?

–Es que nunca la había visto tan animada.

–Porque nunca habíamos hablado de Peluche. No se imagina cuánto le debo a ese animal.

–Siento curiosidad por conocerlo.

–Nos toca descanso el domingo que viene. Lo invito a mi casa para que vea lo lindo que
está y lo simpático que es. Cuando se pone a cazar moscas me mata de risa.

–¿Qué le llevo?
–Un hueso poroso.

–No pensaba en Peluche, sino en usted. ¿Qué le gustaría que le llevara?

–Nada, gracias. Luego le apunto mi dirección, ahora vamos a trabajar antes de que nos
reporten.

III

Elisa cuenta las gratificaciones que recibió durante sus horas de trabajo. Va a guardarlas
en su bolsa de mano cuando llega al baño Amaranta, la cajera estrella, y le pregunta cómo le
fue.

–Bien, pero acabé rendida.

–Lo bueno es que ya se va.

–Sí, pero antes recojo una carne tampiqueña que dejé apartada. Hasta mañana, chaparrita.

Al pasar rumbo a la carnicería Elisa se detiene en la sección de cosméticos y perfumes.


Hace años que no se compra ni siquiera una loción. Hoy puede hacerlo: le fue bien con las
propinas y el domingo René irá a su casa para conocer a Peluche. Sonríe: piensa que está
creciendo su deuda con el perrito cruzado de calle con banqueta.
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