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Sobre encontrarse

con la chica 100% perfecta


en una bella mañana de abril

Haruki Murakami

Traducción del inglés a cargo de Ediciones Estimado Lector

2011
A modo de prólogo

“¿Encontraría a la Maga?... Aunque conocíamos nuestros domicilios,


cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes de París,
cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max
Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos
buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente,
en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en
cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero
sabiendo que andábamos para encontrarnos”. (Rayuela, Julio Cortázar,
1963)

En la novela Rayuela, Julio Cortázar nos habla de como una


pareja se citaba a ciegas sin quedar de acuerdo dónde iban a verse, se
internaban por las calles y parques de París sin que ninguno conociera
la ruta del otro, a propósito se iban por caminos inusuales y, sin
embargo, ocurría el milagro del encuentro bajo la brújula del azar. Por
algo ella era llamada la Maga.

Cortázar cuenta que la novela no se quedó nada más en el papel.


Una vez conoció una mujer con la que creyó no volverse a encontrar.
Ella vivía en otro lugar. Un día, llega de visita a París por unas cuantas
horas, le envía una carta a Cortázar para citarse, él le contesta por
escrito que será mejor no verla porque no soporta un encuentro tan
breve. Cortázar sale a vagar por la ciudad, y se cruza fugazmente con
una mujer. Dice Cortázar: no sé por qué nos volvimos y nos miramos.
Era Ella. En medio de nueve millones de habitantes, se habían
encontrado justamente en una esquina en donde Cortázar había
descrito una escena similar en la novela Rayuela.

En esta misma línea, el relato de Haruki Murakami aborda


aquellos encuentros que se nos van por falta de palabras, y falta de
imaginación.

Imaginantes
(Miniserie audiovisual mexicana
de cápsulas sobre literatura y arte
conducidas por José Gordon)

www.imaginantes.tv
Sobre encontrarse con la chica 100% perfecta
en una bella mañana de abril

por Haruki Murakami

Del conjunto de relatos The Elephant Vanishes (1993)

Una bella mañana de abril, en una pequeña calle lateral del elegante barrio
de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no es tan linda. No sobresale de ninguna manera. Su ropa


no es nada especial. Visto desde atrás, su cabello aún tiene las huellas de
haber recién despertado. Tampoco es joven –debe andar alrededor de los
treinta-, ni si quiera cerca de lo que se considera una “chica” con todas sus
letras. Aún así, a cuarenta y cinco metros sé que ella es la chica 100%
perfecta para mí. Desde el momento que la veo algo retumba en mi pecho
y mi boca se ha quedado seca como un desierto.

Quizás tú tienes tu propio tipo de chica perfecta: digamos, una de tobillos


delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin ningún motivo especial
te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su comida. Yo
tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante
me descubro mirando a la chica de la mesa junto a la mía porque me gusta
la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un


tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo
recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo
recordar con certeza es que no era una gran belleza. Extraño.

-Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.
-¿Sí? –dice él- ¿era atractiva?
-No realmente.
-¿De tu tipo entonces?
-No lo sé. Es como si no pudiera recordar nada de ella, ni la forma de sus
ojos ni el tamaño de su busto.
-Raro.
-Sí. Raro.
-Bueno, como sea –me dice ya aburrido- ¿Qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La
seguiste?
-Nah, sólo me crucé con ella en la calle.
Ella camina de este a oeste y yo de oeste a este. Es realmente una bella
mañana de abril.

Desearía poder hablar con ella. Media hora sería suficiente: sólo para
preguntarle acerca de ella, contarle algo acerca de mí, y –lo que realmente
me gustaría hacer- explicarle las complejidades del destino que nos han
llevado a cruzarnos uno con el otro en esta calle lateral en Harajuku en una
bella mañana de abril de 1981.

Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj
construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una


película de Woody Allen, nos detendríamos en el bar de un hotel para
unos aperitivos. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros se ha reducido a quince metros.

¿Cómo podría acercarme a ella? ¿Qué debería decirle?

-Buenos días señorita, ¿cree que podría compartir conmigo media hora
para conversar un rato?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

-Discúlpeme, ¿sabría usted si hay aquí en el sector alguna lavandería que


atienda las 24 horas del día?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me compraría


una frase como esa?

Quizás simplemente decir la verdad puede que funcione: Buenos días, tú


eres la chica 100% perfecta para mí.

No, no se lo creería. Y aunque se lo creyera, es posible que no quiera hablar


conmigo. Lo siento, podría decir, es posible que yo sea la chica 100%
perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría
suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos.
Jamás me recuperaría del golpe. Tengo treinta y dos años, y precisamente
madurar se trata de eso.
Pasamos frente a una florería. Una breve y tibia masa de aire toca mi piel.
La acera está húmeda y percibo el aroma de las rosas. No logro obligarme
a hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha lleva un
escueto sobre blanco que sólo le falta una estampilla. Veamos: Ella le ha
escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada somnolienta quizás pasó
toda la noche escribiendo. Ese sobre puede que guarde todos sus secretos.

Doy algunos pasos más y volteo: Ella se ha perdido en la multitud.

Ahora sí, ciertamente, sé exactamente qué tendría que haberle dicho.


Aunque tendría que haber sido un largo discurso, demasiado extenso para
que yo hubiese podido decirlo adecuadamente. Las ideas que se me
ocurren nunca suelen ser muy prácticas.

En fin. Hubiera empezado diciendo “Érase una vez” y habría terminado


con “Una triste historia, ¿no crees?”.

Érase una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho y la chca
dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella.
Simplemente eran un chico solitario común y una chica solitaria común,
como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún
lugar del mundo vivía el chico 100% perfecto y la chica 100% perfecta para
ellos. Sí, creían en el milagro. Y de hecho ese milagro sucedió.

Un día se encontraron los dos en la esquina de una calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede


que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mí, exactamente


como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, y tomados de la mano se contaron


mutuamente sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa
maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Es un
milagro, un milagro cósmico.

Mientras estaban sentados juntos y hablaban, sin embargo, un asomo de


duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien que los sueños de uno se
hicieran realidad tan fácilmente?
Y así, tras una pequeña pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica:
Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100%
perfectos el uno para el otro, entonces alguna vez, en algún lugar, nos
volveremos a encontrar sin duda alguna, y cuando eso suceda y sepamos
que somos los 100% perfectos, nos casaremos en ese mismo momento y
lugar. ¿Qué dices?.

-Sí –dijo ella- eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

La prueba que habían acordado, sin embargo, era absolutamente


innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran los
amantes 100% perfectos el uno para el otro, y era un milagro que se
hubieran encontrado. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como
eran. Las frías e indiferentes olas del destino procederían a sacudirlos sin
piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica, se enfermaron de influenza, y tras


pasar semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de sus
años primeros. Cuando despertaron, sus cabezas estaban vacías como la
alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, y a través de esfuerzos


continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que
los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la
sociedad. Alabado sea el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo,
sabían hacer transbordo de una línea del subterráneo a otra, eran capaces
de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho,
incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del
amor.

El tiempo pasó veloz, y pronto el chico tuvo treinta y dos, y la chica treinta.

Una bella mañana de abril, en busca de una taza de café para empezar el
día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de
oeste a este con la intención de una enviar una carta de entrega especial,
ambos a lo largo de la pequeña calle del barrio de Harajuku de Tokio.
Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello
de sus memorias perdidas brilló por un instante muy breve en sus
corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era demasiado débil y sus


pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una
palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud.
Para siempre.

Una triste historia, ¿no crees?

Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.