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Presentación

Resulta del todo imposible hacer una presentación cabal y completa


de CRIPTONOMICÓN, la novela de Neal Stephenson que se está con-
virtiendo ya en el nuevo libro de culto de los hackers y cuya primera
parte presentamos ahora en España.
Como la anterior novela de Neal Stephenson, LA ERA DEL DIA-
MANTE: MANUAL ILUSTRADO PARAJOVENCITAS (1995, NOVA cien-
cia ficción, número 101), CRIPTONOMICÓN es un inusual tour de for-
cé narrativo, esta vez con su ameno y ágil ir y venir de la Segunda
Guerra Mundial a nuestro presente, tomando como hilo conductor un
tema que puede parecer tan árido e inhóspito como la matemática y sus
aplicaciones criptográficas. Afortunadamente, Stephenson, conocedor
como pocos del complejo y rico mundo de los hackers informáticos de
hoy, es capaz de transmitirnos la riqueza intelectual del empeño de sus
protagonistas sin dificultad alguna y con un abundante lujo de detalles
humorísticos en brillantes guiños irónicos al lector.
La trama de esta apasionante novela se centra en tres peripecias hu-
manas claramente interrelacionadas. En 1942, Lawrence Pritchard
Waterhouse, un genio matemático y capitán de la Marina estadouni-
dense, colabora con Alan Mathison Turing y los especialistas británicos
de Betchely Park en el trabajo de descifrar los códigos de las potencias
dpi Ele Sesenta años más ttirclp la pYnfirp<¿/i. np cu metn M t/7rvjlii/>rj /in_ aet
tfe: sesemiMas mas tárete, la empresa ae su nieto y también brillante
cripto-hacker, Randy Lawrence Waterhouse, proyecta crear un nuevo
paraíso de datos y el mayor exponente de la libertad informática: la
Cripta. Y, como un complementario lazo de unión entre los dos
Waterhouse, CRIPTONOMICÓN se detiene también en la peripecia del
eficiente marine Bobby Shaftoe, sorprendido compañero del capitán
Lawrence en la Segunda Guerra Mundial y abuelo de una colabora-
dora de Randy en el presente.

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Evidentemente, si la matemática de los primeros criptoanalistas tu-
vo que someterse a las necesidades de la Segunda Guerra Mundial, el
proyecto revolucionario de la Cripta de datos de nuestro presente ha de
verse condicionado por las normas y leyes no escritas de las altas finan-
zas internacionales y por el nuevo juego de poder que permiten las in-
fotecnologías. La aventura, intelectual y humana, está servida.
Resulta imposible resumir las complejas intrigas que llevan al Wa-
terhouse del presente a la caza de un tesoro submarino perdido en el Pa-
cífico al tiempo que, con honestidad de hacker, defiende los intereses de
su empresa Epiphyte Corporation. Por su parte, el otro Waterhouse se
enfrenta a la complejidad de los códigos de las potencias del Eje y, lo más
importante, intenta que el enemigo no descubra que han sido descifra-
dos incluso los códigos obtenidos gracias a la ayuda de máquinas como
la alemana Enigma.
Con la presencia de una figura histórica como Alan Turing, Ste-
phenson escribe también en CRIPTONOMICÓN la novela de la gran
aventura intelectual que supone la creación de la informática europea
(máquina universal de Turing, ordenador Colosus, etc.), al tiempo que,
en las peripecias de Randy, se nos descubre el mundo de los hackers, sus
preocupaciones y, también, los negocios y las complejas relaciones de po-
der en que llegan a verse envueltos incluso a su pesar.
Hay en CRIPTONOMICÓN un tono que exige la atención del lector
inteligente (y no me refiero a la presencia esporádica de algunas fór-
mulas matemáticas que, según se dice, habrían molestado, y mucho, al
editor de Stephen Hawking). Se trata de una complicidad muy especial
a la que se presta el personal estilo narrativo de Stephenson, autor do-
tado de un cuidadoso respeto hacia la capacidad e inteligencia del lec-
tor. Me gustaría creer que se trata precisamente de la esencia de la me-
jor ciencia ficción ya que, aunque NOVA es una colección editorial
habitualmente dedicada a la ciencia ficción, no se me oculta que mu-
chos lectores podrían preguntarse qué hay de ciencia ficción en una no-
vela como CRIPTONOMICÓN.
La mejor respuesta le ofrece el mismo autor. En una entrevista de
LOCUS (agosto de 1999) Stephenson decía: «Existe una particular for-
ma de abordar el mundo típica de la ciencia ficción que no tiene nada
que ver con el futuro. Ni siquiera ha de estar en el futuro. De niño, yo
leía antologías de relatos de ciencia ficción: podían tener diez relatos
sobre cohetes espaciales y pistolas de rayos y, después, encontraba al-
gún extraño relato de Robert Bloch que ocurría en alguna ciudad du-
rante los años cincuenta, sin elementos de ciencia ni el contenido tra-

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dicional de la ciencia ficción pero que, en la mente del lector, era clara-
mente ciencia ficción. Partía de ese enfoque de la ciencia ficción: el con-
vencimiento de que las cosas podrían haber sido diferentes; que éste es
uno de los muchos mundos posibles; que, si vienes a este mundo des-
de otro planeta, éste sería un mundo de ciencia ficción.»
Esa es la idea. Incluso hoy, la informática y la matemática subya-
cente son, para muchos, un mundo de ciencia ficción. Un mundo del que
tal vez se extraen resultados pero del que no se conocen las reglas ni los
funcionamientos internos. El saber popular (sea eso lo que sea) quiere
que los matemáticos, al igual que los hackers, sean personas extrañas,
preocupadas por temas que al común de los mortales resultan un tanto
esotéricos y más bien misteriosos, pese a los resultados tangibles que de
ellos se obtienen.
Describirnos ese mundo y su intrínseca humanidad es uno de los ma-
yores logros de Stephenson en una novela de gran amenidad, decidida-
mente larga y repleta de anécdotas que, al mismo tiempo, por la facilidad
con que el autor se explica, puede recordar a algunos ese ingenuo «ins-
truir deleitando» que el doctor Miguel Masriera consideraba casi como
definitorio de la ciencia ficción que él elegía para la colección Nebulae,
allá por los años cincuenta y sesenta. A través de los ejercicios mentales de
Lawrence y Randy, el lectorpenetra en los arcanos de la criptografía y del
comportamiento de los hackers y, ¡milagro!, todo resulta comprensible:
cómo cifrar un mensaje, cómo «romper» los códigos enemigos, cómo usar
el software moderno y un largo, larguísimo etcétera.
En realidad, por si alguien lo dudaba, además de esa forma «cien-
cia ficcionística» de abordar el mundo de que habla Stephenson, hay
más elementos de ciencia ficción en CRIPTONOMICÓN: una especie de
mundo paralelo en el que se llama «nipones» a los japoneses, en el que
existe un curioso sultanato en Kinakuta, en el que un sistema operativo
como Linux se llama Finux (recordando tal vez el origen finlandés de
su creador), o en el que Gran Bretaña cuenta con una isla llamada
Qwghlm, impregnada de curioso tipismo. Y ésos son sólo algunos de los
elementos que podrían caracterizar ese «mundo paralelo» que, a fuerza
de paralelismos, se confunde fácilmente con el nuestro gracias a que en
ambos existieron tanto Turing, como la máquina Enigma, el Colo-sus
o el general MacArthur... Aunque, desgraciadamente, sólo en la novela
existen personajes inolvidables como Bobby Shaftoe o ese sorprendente
Enoch Root.
Debo comentar brevemente algunos aspectos de nuestra edición. El
original estadounidense se publicó en 1999 en un solo volumen, algo que

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en Europa no parece resultar conveniente cuando se obtienen, tras la tra-
ducción, libros de bastante más de mil páginas. El editor francés, por
ejemplo, decidió cortar el libro en tres partes (precisamente en las páginas
320 y 620 del original) e inventar títulos parciales: «El código Enigma»,
«La red Kinakuta» y «Gólgota», que se ofrecieron con varios meses de
diferencia al público lector (octubre 2000, abril 2001 y septiembre 2001).
Ante la escasa conveniencia de que nuestra edición se presentara en
un único volumen, hemos decidido seguir el ejemplo francés y repetir lo
que ya hiciéramos en 1990 con CYTEEN de C. /. Cherryh, publicada en
tres volúmenes (números 30, 31 y 32 de NOVA). Para «cortar» CRIP-
TONOMICÓN hemos utilizado el mismo criterio que el editor francés
(páginas 320 y 620 de las 918 del original estadounidense), pero hemos
elegido otros subtítulos para cada parte. Creo que nuestra manera de
etiquetar cada una de las tres partes resultantes refleja mucho más cla-
ramente el tema criptográfico que anuncia el mismo original CRIPTO-
NOMICÓN. Por eso, de acuerdo con el esforzado y brillante traductor,
el físico e informático Pedro Jorge Romero, hemos utilizado como sub-
títulos diversos códigos de los varios que aparecen en la novela. Así, en
España, los títulos completos serán: CRIPTONOMICÓN I: EL CÓDIGO
ENIGMA (NOVA ciencia ficción, número 148, previsto para marzo de
2002), CRIPTONOMICÓN II: EL CÓDIGO PONTIFEX (NOVA ciencia
ficción, número 151, previsto para mayo de 2002), CRIPTONOMICÓN III:
EL CÓDIGO ARETUSA (NOVA ciencia ficción, número 153, previsto
para julio de 2002).
Finalizaré recordando una vez más que, en los dos años transcurri-
dos desde su aparición en Estados Unidos, CRIPTONOMICÓN parece
haberse convertido en un libro de culto sobre el mundo hacker. Es algo
parecido a lo que, en su campo, le ocurrió a EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
de Tolkien. Y la comparación no es inútil ni ociosa: esta vez con una
amena prosa cargada del humor más irónico, el CRIPTONOMICÓN de
Stephenson resulta ser a la criptografía y la narrativa ciberpunk lo que
EL SEÑOR DE LOS ANILLOS de Tolkien a la magia y la fantasía.
¿ Exageración ? Sinceramente, no creo que lo sea. En cualquier caso,
son ustedes quienes han de juzgar.
Pasen y vean.
Y disfruten...

MlQUEL BARCELÓ

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Para S. Town Stephenson,
que hacía volar cometas
desde los buques de guerra

JQEL BARCELÓ
Agradecimientos

Bruce Schneir inventó Solitario, me permitió amablemente emplear-


lo en esta novela y redactó el apéndice. Ian Goldberg escribió la ver-
sión en Perl que aparece en el segundo volumen.
Exceptuando la cita ocasional, el resto del libro, para bien o para
mal, es obra mía. Pero he contraído deudas con muchas personas. Re-
conocer las deudas de esta forma puede remontarte con facilidad hasta
Adán y Eva, por lo que he elegido la Segunda Guerra Mundial como
mi fecha tope, y he dividido al personal en tres grupos generacionales.
Primero, las grandes figuras de la titanomaquia de 1937-1945. Casi
todas las familias tienen su pequeño panteón de figuras de la guerra,
como el caso de mi tío Keith Wells, que sirvió como marine en Florida
y las islas de Guadalcanal, y que es posible que fuese el primer marine
americano en llegar a una playa, en una operación ofensiva, durante esa
guerra. Pero esta novela trata básicamente sobre gente con inclinacio-
nes técnicas a las que se les pidió que hicieran cosas increíblemente ex-
trañas durante los años de la guerra. Entre todos esos grandes hackers
de la guerra, un reconocimiento especial debe dirigirse a William
Friedman, quien sacrificó su salud para romper el cifrado mecánico ja-
ponés llamado Púrpura antes del inicio de la guerra.
Pero he dedicado esta novela a mi abuelo S. Town Stephenson. Al
hacerlo, corro el riesgo de que la gente realice todo tipo de suposicio-
nes infundadas sobre las similitudes entre su familia —o lo que es lo
mismo, la mía— y los personajes de este libro. Por tanto, para que que-
de claro, garantizo que me lo he inventado todo —¡en serio!— y que
no es un román a clef; este libro no es más que una novela, y no una
forma solapada de apabullar al lector con oscuros y profundos secre-
tos familiares sin aviso previo.
Segundo: conocidos míos que (en su mayor parte sin saberlo) ejer-

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cieron una gran influencia en la dirección de este proyecto. Esos amigos
incluyen, en orden alfabético, a Douglas Barnes, Geoff Bishop, George
Dyson, Marc y Krist Geriene de Nova Marine Exploration, Jim Gib-
bons, Bob Grant, David Handley, Kevin Kelly, Bruce Sterling y Walter
Wriston, que anduvo con una máquina criptográfica por Filipinas du-
rante la guerra, y que sobrevivió para contarme, cincuenta años después,
historias sobre el sistema bancario prebélico de Shanghai.
Tercero: personas cuyos esfuerzos hicieron posible, o al menos
mucho más fácil, que escribiese este libro. En ocasiones su contribu-
ción fue enormes cantidades de amor y apoyo, como en el caso de mi
esposa, mis hijos y los abuelos de mis hijos. Otros me apoyaron con el
procedimiento engañosamente simple de realizar sus trabajos respec-
tivos con tenacidad y rigor: mi editora, Jennifer Hershey, y mis agen-
tes, Liz Darhansoff y Tal Gregory. Y muchas personas realizaron con-
tribuciones inconscientes a este libro simplemente manteniendo
conversaciones interesantes conmigo que probablemente ya hace mu-
cho que han olvidado: Wayne Barker, Christian Borgs, Jeremy Borns-
tein, Al Butler, Jennifer Chayes, Evelyn Corbett, Hugh Davis, Dune,
John Gilmore, Ben y Zenaida Gonda, Mike Hawley, Eric Hughes,
Cooper Moo, Dan Simón y Linda Stone.

N EAL T OWN S TEPHENSON

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Hay un paralelismo asombroso entre los problemas de un físico y
los de un criptógrafo. El sistema con el que se cifra un mensaje se corres-
ponde con las leyes del universo, el mensaje interceptado con los datos
disponibles, las claves para un día o un mensaje con las constantes im-
portantes a determinar. La correspondencia es muy estrecha, pero es
muy fácil tratar con el material criptográfico por medio de máquinas
discretas. No es tan sencillo en el caso de la física.

A LAN T URING

Esta mañana [Imelda Marcos] ofreció la última de una serie de ex-


plicaciones para los miles de millones de dólares que se cree que ella y
su marido, que falleció en 1989, robaron durante su presidencia.
«Fue una coincidencia asombrosa que Marcos tuviese dinero —de-
claró—. Después de la conferencia de Bretton Woods, comenzó a com-
prar oro de Fort Knox. Tres mil toneladas, luego cuatro mil toneladas.
Tengo documentos: siete mil toneladas. Marcos era muy inteligente.
Lo tenía todo. Es curioso; América no le comprendía.»

The New York Times, lunes, 4 de marzo, 1996


Prólogo

Dos ruedas vuelan-


Boscaje de bambú
Cantos de guerra

... Es lo mejor que se le ocurre al cabo Bobby Shaftoe dadas las


circunstancias... está de pie sobre el estribo del camión, aga-
rrando su Springfield con una mano y el espejo retrovisor con
la otra, así que no tiene sentido plantearse contar las sílabas con los de-
dos. ¿«Rueda» tiene dos sílabas o tres? ¿Qué hay de «vuelan»? El ca-
mión finalmente decide no volcar y vuelve a apoyarse sobre las cuatro
ruedas. El chirrido y la inspiración desaparecen. Bobby todavía puede
oír como cantan los coolies, a lo que ahora hay que añadir el tijeretazo
de la transmisión del camión cuando el soldado Wiley reduce la mar-
cha. ¿Podría ser que Wiley estuviese perdiendo los nervios? Y, en la
parte de atrás, bajo las lonas, tonelada y media de archivadores que
chocan entre sí, libros de códigos que saltan al suelo, el combustible
agitándose en los tanques de los generadores eléctricos de la Estación
Alfa. El mundo moderno es un infierno para el autor de haikus: «Ge-
neradores eléctricos» tiene, ¿cuántas?, ¿nueve sílabas? ¡Ni siquiera po-
dría encajarlo en la segunda línea!
—¿Nos está permitido atropellar a la gente? —pregunta el solda-
do raso Wiley, y machaca el botón de la bocina antes de que Bobby
Shaftoe pueda responder. Un policía sij les cierra el paso con una ca-
rretilla de fertilizante compuesto de excrementos humanos. La reac-
ción instintiva de Shaftoe es decir: «Claro, ¿qué iban a hacer, declarar-
nos la guerra?», pero como hombre de mayor graduación del camión
probablemente se supone que debe usar la cabeza o similar, así que no
contesta inmediatamente. Examina la situación:

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Shanghai, 16.45 horas, viernes, 28 de noviembre de 1941. Bobby
Shaftoe, y la otra media docena de marines del camión, miran a todo lo
largo de Kiukiang Road, a la que acaban de acceder doblando una es-
quina a gran velocidad. La catedral está a la derecha, lo que significa
que está a, ¿cuánto?, dos calles del Bund. Allí aguarda amarrada una
cañonera de la Patrulla Fluvial del Yangtzé, esperando el material que
llevan en el camión. El único problema serio es que esas dos calles en
particular están habitadas como por cinco millones de chinos.
Y bien, esos chinos son sofisticados urbanitas, no rústicos quema-
dos por el sol que no han visto nunca un coche... se apartan si vas lo su-
ficientemente deprisa y le das a la bocina. Y de hecho, muchos de ellos
huyen hacia uno u otro lado de la calle, creando la ilusión de que el ca-
mión se mueve más rápido que las cuarenta y tres millas que marca el
velocímetro.
Pero el bosquecillo de bambú del haiku de Bobby Shaftoe no ha
sido incluido simplemente para añadir un poco de sabor oriental al
poema y entusiasmar a los parientes allá en Oconomowoc. Hay «mu-
cho» bambú frente al camión, docenas de autopistas improvisadas que
bloquean el camino hasta el río, porque los oficiales de la Flota Asiática
de la Marina de Estados Unidos, y el Cuarto de Marines, que concibie-
ron esta pequeña operación olvidaron tener en cuenta el factor Tarde
del Viernes en sus cálculos. Como Bobby Shaftoe podría haberles ex-
plicado, si se hubiesen molestado en preguntarle a un pobre tonto
como él, la ruta asignada les llevaba justo por el corazón del distrito
bancario. Ahí tienes, claro está, el Banco de Hong Kong y Shanghai, el
City Bank, el Chase Manhattan, el Banco de América, el BBME y el
Banco Agrícola de China y un montón de pequeños bancos provincia-
les de mierda, y muchos de esos bancos tienen contratos con lo que
queda del gobierno chino para imprimir moneda. Debe ser un negocio
muy competitivo porque reducen costes imprimiéndola sobre viejos
periódicos, y si sabes chino puedes leer las últimas noticias del año pa-
sado y los resultados de polo por entre los números y las imágenes de
colores que transforman esos trozos de papel en moneda de curso legal.
Como sabe todo vendedor de pollos y operador de rickshaw en
Shanghai, el contrato de impresión de dinero estipula que todos los bi-
lletes que esos bancos imprimen deben estar respaldados por cierta
cantidad de plata; por ejemplo: cualquiera debería poder entrar en uno
de los bancos situados al final de Kiukiang Road, soltar un fajo de bi-
lletes y (si están impresos por ese mismo banco) recibir a cambio plata
de verdad.

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Si China no estuviese siendo sistemáticamente destrozada por el
imperio de Nipón, probablemente enviaría contables oficiales para
controlar la cantidad de plata presente en las cámaras acorazadas de los
bancos, y todo se realizaría con tranquilidad y de forma ordenada.
Pero tal y como están las cosas, lo único que mantiene la honradez de
un banco son los otros bancos.
Así es como lo hacen: durante el curso normal de su actividad, mu-
cho papel moneda pasará por las ventanillas de (digamos) el banco
Chase Manhattan. Lo llevarán a una habitación trasera y lo ordenarán,
arrojando en grandes cajas de dinero (de como medio metro de área y
un metro de profundidad, con cuerdas en las cuatro esquinas) todos los
billetes impresos por (digamos) el Banco de América, en una de ellas,
todos los de City Bank, en otra. Después, el viernes por la tarde, apa-
recerán los coolies. Cada coolie, o pareja de coolies, tendrá su gigantes-
camente larga caña de bambú —un coolie sin su bambú sería como un
marine chino sin su bayoneta brillante— e introducirán sus cañas en-
tre las cuerdas de las esquinas de las cajas. Luego un coolie se colocará
bajo cada uno de los extremos de la caña, elevando la caja en el aire. Tie-
nen que moverse al unísono, porque si no la caja empezaría a agitarse
y las cosas se irían al carajo. Así que mientras se dirigen a su destino
—el banco cuyo nombre esté impreso en los billetes de la caja— can-
tan y plantan los pies en el suelo siguiendo la música. La caña es muy
larga, así que están muy separados, y tienen que cantar muy alto para
oírse, y por supuesto, cada par de coolies en la calle está cantando su
canción particular, intentado ahogar a todos los demás para no perder
el paso.
Por tanto, diez minutos antes de la hora del cierre el viernes por la
tarde, las puertas de muchos bancos se abren de par en par y varias pa-
rejas de coolies entran desfilando y cantando, como si fuesen los telo-
neros de un jodido musical de Broadway, dejan caer sus enormes cajas
de gastado papel moneda y exigen plata a cambio. Todos los bancos se
lo hacen los unos a los otros. En ocasiones, todos lo hacen el mismo
viernes, especialmente en un momento como el 28 de noviembre de
1941, cuando incluso un soldado común como Bobby puede entender
que es mejor tener plata que un montón de recortes de periódico. Y es
por eso que, una vez que los peatones normales, los carritos de comi-
da y los furiosos policías sij se han apartado y pegado a los clubes, tien-
das y burdeles de Kiukiang Road, Bobby Shaftoe y los otros marines
del camión no pueden ver todavía la cañonera que es su destino, debi-
do al bosque horizontal de poderosos bastones de bambú. Ni siquiera

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pueden oír la bocina de su propio camión debido a la salvaje y vibran-
te cacofonía pentatónica de los coolies cantando. No es la típica carrera
monetaria del distrito bancario de Shanghai un viernes después del
mediodía. Es el ajuste de cuentas definitivo antes de que todo el he-
misferio oriental arda en llamas. Todos los millones de promesas im-
presas en esos trozos de papel higiénico se mantendrán o romperán en
los próximos diez minutos; se moverá plata u oro de verdad, o no se
hará. Era una especie de Día del Juicio fiduciario.
—Dios mío, no puedo... —ruge el soldado Wiley.
—El capitán dijo que no debíamos detenernos por ninguna puñe-
tera razón —le recuerda Shaftoe. No le ha dicho a Wiley que atrepelle a
los coolies, simplemente le ha recordado que si no los atropella tendrá
que explicar muchas cosas... asunto que se complica por el hecho de
que el capitán está justo detrás de ellos en un coche abarrotado de mari-
nes chinos cargados de subfusiles. Y juzgando por la forma de compor-
tarse del capitán con respecto al asunto de la Estación Alfa, está claro
que ya ha recibido algunos azotes en el culo por adelantado, cortesía de
algún almirante en Pearl Harbor o incluso (redoble de tambores) Mari-
ne Barracks, Eight and Eye Streets Southeast, Washington, D.C.
Shaftoe y los otros marines siempre habían visto Estación Alfa co-
mo un misterioso conciliábulo de escobillones de cuellos delgados co-
mo lápices que trabajaban sobre el tejado de un edificio en el Asenta-
miento Internacional en un barracón construido con tablones de
paletas de carga llenos de nudos, con antenas sobresaliendo en todas
direcciones. Si lo mirabas durante el tiempo suficiente, podías ver có-
mo las antenas se movían, apuntando hacia algo en el mar. Shaftoe in-
cluso le escribió un haiku:

Antenas buscan
Perros olfateando
Secretos de éter

Aquél había sido el segundo haiku de su vida —claramente muy


por debajo de los niveles de noviembre 1941— y le duele recordarlo.
Pero hasta el día de hoy los marines no habían comprendido la im-
portancia de la Estación Alfa. Su trabajo había consistido en envolver
en lona una tonelada de equipo y varias toneladas de papel y sacarlo
todo por las puertas. Luego habían pasado el jueves desmontando el
barracón, haciendo una hoguera con él y quemando ciertos libros y pa-
peles.

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—Eiiih —gruñe el soldado Wiley.
Pocos coolies se han apartado, o incluso les han visto. Pero enton-
ces se produce una extraordinaria explosión desde el río, como el so-
nido de una caña de bambú de un kilómetro de ancho que Dios rom-
piese sobre su rodilla. Medio segundo después ya no hay coolies en las
calles... sólo quedan las cajas, con solitarias cañas de bambú colgando
de ellas, golpeando el suelo como carillones. En el aire se alza un cham-
piñón de humo gris desde la cañonera. Wiley cambia de marcha y pisa
el acelerador. Shaftoe se aprieta contra la puerta del camión y baja la ca-
beza, con la esperanza de que el viejo casco de la Gran Guerra sirva
para algo. Las cajas de dinero se rompen y explotan cuando el camión
les pasa por encima. Shaftoe mira con ojos entrecerrados a través de la
ventisca de billetes y ve gigantescas cañas de bambú elevándose y gi-
rando en el aire hacia la costa.

Hojas de Shanghai
Contra el cielo acerado
Llegó el invierno

Barrens

i Dejando de lado el asunto de la existencia de Dios para


un futu-"tk-J" ro volumen, nos limitaremos a estipular que de
«alguna» forma
T los organismos autorreplicadores aparecieron en este planeta e
inmediatamente intentaron eliminarse los unos a los otros, ya fuese
ocupando todo el espacio disponible con copias aproximadas de ellos
mismos o por medios más directos que no precisan mayores explica-
ciones. La mayoría falló, y su legado genético desapareció para siempre
del universo, pero algunos encontraron la forma de sobrevivir y propa-
garse. Después de unos tres mil millones de años de una fuga estrafala-
ria y a menudo tediosa de carnalidad y carnicería, nació Godfrey Wa-
terhouse IV, en Murdo, Dakota del Sur, hijo de Blanche, esposa de un
predicador congregacionalista llamado Bunyan Waterhouse. Como
cualquier otra criatura sobre la faz de la Tierra, Godfrey era, por dere-
cho de nacimiento, un magnífico cabrón, aunque en el sentido técnico
y restringido de que podía remontar su ascendencia a través de una lar-
ga línea de magníficos cabrones ligeramente menos evolucionados has-
ta el primer artefacto autorreplicador... el cual, dado el número y varie-
dad de sus descendientes, podría justificadamente describirse como el
mayor de los magníficos cabrones de todos los tiempos. Todos y todo
lo que no fuese un magnífico cabrón estaba muerto.
En lo que se refería a máquinas de matar aterradoramente letales y
programadas meméticamente, los Waterhouse eran de las más agrada-
bles que podrías llegar a encontrarte. En la tradición de su homónimo
(el escritor puritano John Bunyan, que se pasó casi toda la vida en la
cárcel o evitándola), el reverendo Waterhouse no predicaba durante
demasiado tiempo en ningún sitio concreto. La iglesia lo trasladaba de
una pequeña ciudad a otra de las dos Dakotas cada uno o dos años. Es
posible que para Godfrey aquel estilo de vida fuese algo más que alie-
nante porque, en algún momento de sus estudios en el Colegio Uni-
versitario Congregacionalista de'Fargo, abandonó el rebaño y, para
eterna agonía de sus padres, se dedicó a actividades mundanas y acabó,
de algún modo, obteniendo un doctorado en clásicas en una pequeña
universidad privada de Ohio. Al ser los académicos no menos nóma-
das que los predicadores, aceptó trabajar allí donde encontró trabajo.
Se convirtió en profesor de griego y latín en el Colegio Universitario
Cristiano de Bolger (322 estudiantes) en West Point, Virginia, donde
se unían los ríos Mattaponi y Pamunkey para formar el estuario del Ja-
mes, y donde los repelentes vapores de la gran industria papelera im-
pregnaban cada cajón, cada armario, incluso las páginas interiores de
los libros. La joven prometida de Godfrey, de soltera Alice Pritchard,
quien había crecido siguiendo a su propio padre predicador itinerante
por entre las inmensidades del este de Montana —donde el aire olía a
nieve y salvia—, vomitó durante tres meses. Seis meses más tarde dio a
luz a Lawrence Pritchard Waterhouse.
El niño mantenía una peculiar relación con los sonidos. Cuando
pasaba un camión de bomberos, el aullido de la sirena o el sonido de la
campana no le producían ningún problema. Pero si un avispón entra-
ba en la casa y volaba cerca del techo ejecutando una curva de Lissa-
jous, zumbando de forma casi inaudible, lloraba de dolor por el ruido.
Y si veía u olía algo que le asustaba, se tapaba las orejas con las manos.
Un sonido que no le molestaba en absoluto era el del órgano de la
capilla del Colegio Universitario Cristiano de Bolger. La capilla en sí
no era nada del otro mundo, pero el órgano había sido donado por la
familia de la fábrica de papel y hubiese sido más que suficiente para una
iglesia cuatro veces mayor. Era un adecuado complemento para el or-

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ganista, un profesor de matemáticas de instituto ya retirado que creía
que ciertos rasgos de la divinidad (la violencia y el capricho en el An-
tiguo Testamento, la majestad y el triunfo en el Nuevo) podían ser
transmitidos directamente a las almas de los pecadores sentados en los
bancos por medio de una especie de impregnación sónica frontal. Que
corriese el nesgo de hacer estallar las vidrieras no tenía la menor im-
portancia porque no gustaban a nadie y las emisiones de la fábrica de
papel corroían el plomo. Pero después de que una viejecita, la última
de muchas, recorriese a trompicones el pasillo, tambaleándose por el
zumbido en los oídos, y se quejase de muy malos modos al sacerdote
sobre la música excesivamente «dramática», se sustituyó al organista.
Sin embargo, siguió dando clases de ese instrumento. A los estu-
diantes no se les permitía tocar el órgano a menos que tocasen bien el
piano, y cuando se lo explicaron a Lawrence Pritchard Waterhouse,
aprendió por su cuenta, en tres semanas, a tocar una fuga de Bach, y se
apuntó a las lecciones de órgano. Como en aquel momento sólo tenía
cinco años, no podía alcanzar simultáneamente los controles manua-
les y los pedales, y tenía que tocar de pie... o más bien, paseándose de
pedal en pedal.
Cuando Lawrence tenía doce años, el órgano se estropeó. La fa-
milia de la industria papelera no había dejado fondos para su repara-
ción, así que el profesor de matemáticas se decidió a probar suerte él
mismo. Sufría de mala salud y necesitaba un ayudante ágil: Lawrence,
quien le ayudó a abrir la cubierta del artefacto. Por primera vez en to-
dos aquellos años, el muchacho contempló lo que sucedía cuando pul-
saba aquellas teclas.
Para cada registro —cada timbre, o tipo de sonido, que el órgano
podía producir (por ejemplo, flauta dulce, trompeta, piccolo)— había
una fila separada de tubos, dispuestos en línea de mayor a menor. Los
tubos largos producían notas bajas, y los cortos altas. La parte supe-
rior de los tubos describía una gráfica: no se trataba de una línea recta
sino de una curva que tendía a subir. El profesor de matemáticas y or-
ganista se sentó con algunos tubos sueltos, un lápiz y papel, y ayudó a
Lawrence a deducir el motivo. Una vez que Lawrence lo comprendió,
fue como si el profesor de matemáticas hubiese tocado de pronto las
partes buenas de la Fantasía y fuga en sol menor de Bach en un órgano
del tamaño de la galaxia espiral de Andrómeda; aquella parte en la que
el Tío Johann disecciona la arquitectura del universo en un inflexible
acorde descendente y siempre cambiante, como si hundiese el pie en
capas cada vez más profundas de tierra hasta dar con la capa rocosa. En

_ 21 _
particular, los pasos finales en la explicación del organista fueron
como si un halcón descendiese atravesando capa tras capa de fingi-
mientos e ilusiones, pasos apasionantes, repugnantes o desconcertan-
tes, dependiendo de tu carácter. Los cielos se habían abierto de golpe.
Lawrence entrevio coros angelicales ordenándose en una infinitud
geométrica.
Los tubos surgían en formaciones paralelas de una amplia caja pla-
na de aire comprimido. Todos los tubos para una nota en particular
—pero pertenecientes a juegos diferentes— se alineaban juntos sobre
un eje. Todos los tubos de un juego —pero afinados a distintos tim-
bres— se alineaban sobre el otro eje perpendicular. Por tanto, en la caja
de aire plana había un mecanismo que llevaba aire al tubo correcto en
el momento correcto. Cuando se pulsaba una tecla o pedal, todos los
tubos capaces de hacer sonar la nota correspondiente hablaban,
siempre que los registros estuviesen retirados.
Mecánicamente, se resolvía de una forma perfectamente clara, sim-
ple y lógica. Lawrence había supuesto que la máquina debía ser al me-
nos tan complicada como la fuga más compleja que pudiese tocarse.
Pero había descubierto que una máquina de diseño simple podía pro-
ducir resultados de infinita complejidad.
Los registros rara vez se usaban solos. Solían estar situados unos en-
cima de otros, formando combinaciones diseñadas para aprovechar los
armónicos disponibles (¡otro delicioso detalle matemático!). Algunas
combinaciones específicas se empleaban una y otra vez. Muchas flautas
dulces, de longitudes variables, para el ofertorio, por ejemplo. El órgano
incluía un ingenioso dispositivo llamado ajuste que permitía al organista
seleccionar una combinación concreta de registros —registros que él
había escogido previamente— de forma instantánea. Se limitaba a apre-
tar un botón y varios registros saltaban de la consola, movidos por la
presión neumática y, en un instante, el órgano se transformaba en un
instrumento diferente con timbres completamente nuevos.
El verano siguiente Lawrence y Alice, su madre, fueron coloniza-
dos por un primo lejano, un virus que era un magnífico cabrón. Law-
rence escapó de él con una casi imperceptible tendencia a arrastrar uno
de los pies. Alice acabó en un pulmón de acero. Más tarde, incapaz de
toser bien, pilló la neumonía y murió.
Godfrey, el padre de Lawrence, confesó con total sinceridad que
no estaba capacitado para soportar el peso que había caído sobre sus
hombros. Dimitió de su puesto en la pequeña universidad de Virginia
y se trasladó, junto a su hijo, a una casita en Moorhead, Minnesota, jus-

— 22 —
to al lado del hogar de Bunyan y Blanche. Más tarde consiguió traba-
jo de profesor en una escuela cercana.
En ese punto, todos los adultos responsables de la vida de Law-
rence parecieron llegar al acuerdo tácito de que la mejor forma de edu-
carle —y ciertamente, la más fácil— era dejarle en paz. En los raros mo-
mentos en que Lawrence solicitaba la intervención de un adulto en su
vida era normalmente para plantear una pregunta que nadie podía res-
ponder. Al cumplir los dieciséis años, sin haber encontrado en el siste-
ma educativo local nada que pudiese plantearle un desafío, Lawrence
Pritchard Waterhouse fue a la universidad. Se matriculó en la Escuela
Universitaria Estatal de Iowa, que entre otras cosas era la sede de un
Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva Naval en el que
fue alistado a la fuerza.
El CEORN de la Escuela Universitaria Estatal de Iowa tenía una
banda, a la que le encantó descubrir que a Lawrence le interesaba la
música. Como era extremadamente difícil entrenarse sobre la cubierta
de un acorazado mientras se tocaba el órgano, le entregaron un xilófo-
no y un par de pequeñas baquetas.
Cuando no marchaba de un lado a otro sobre la llanura del río
Skunk emitiendo sonoros tintineos, Lawrence estudiaba ingeniería
mecánica. Acabó teniendo malas notas en esa especialidad porque ha-
bía conocido a un profesor búlgaro llamado John Vincent Atanasoff y
a su estudiante graduado, Clifford Berry, que construían una máquina
destinada a automatizar la resolución de algunas ecuaciones diferen-
ciales extremadamente tediosas.
El problema principal de Lawrence era su vagancia. Había llegado
a la conclusión de que todo era más simple si, como en el caso de la vi-
sión de rayos X de Superman, se limitaba a mirar más allá de las dis-
tracciones cosméticas y apreciaba el esqueleto matemático subyacen-
te. Una vez que habías conseguido descubrir la matemática de una
situación, ya lo sabías todo y la podías manejar para alegría de tu cora-
zón simplemente con un lápiz y una servilleta. Había visto la matemá-
tica en la curva de barras plateadas del xilófono, en el arco catenario de
un puente y en el tambor lleno de condensadores de la máquina com-
putadora de Atanasoff y Berry.
Es más, darle al xilófono, construir el puente o intentar descubrir
por qué la máquina computadora no funciona no le resultaban tareas
interesantes.
Por tanto, recibió malas notas. Pero de vez en cuando, realizaba
una proeza en la pizarra que dejaba a los profesores con las rodillas

_ 23 __
temblando y al resto de los estudiantes asombrados y hostiles. Pronto
fue de dominio público.
Simultáneamente, su abuela Blanche hacía uso de sus amplias co-
nexiones en el Congreso para beneficio de Lawrence, sin que éste lo
supiese. Sus esfuerzos acabaron en triunfo cuando a Lawrence se le
concedió un beca desconocida, dotada por un heredero del manipula-
do de avena en St. Paul, que tenía como propósito enviar a un congre-
gacionalista del Medio Oeste a una de las ocho universidades privadas
de mayor prestigio de Nueva Inglaterra, la Ivy League, durante un año,
lo que (evidentemente) se consideraba tiempo suficiente para elevar el
CI esos pocos puntos totalmente imprescindibles pero no tanto como
para corromperle. Así fue como Lawrence acabó en Princeton.
Princeton era una institución augusta y asistir a ella un gran honor,
pero nadie le había mencionado ninguna de esas dos características a
Lawrence, quien no tenía forma de saberlo. Eso tuvo sus buenas y sus
malas consecuencias. Aceptó la beca con una falta de gratitud que en-
fureció al magnate de la avena. Por otra parte, se ajustó a Princeton con
toda facilidad porque «no era más que otro lugar». Le recordaba los as-
pectos más bonitos de Virginia, y la ciudad tenía algunos espléndidos
órganos, aunque no se sentía demasiado contento con los deberes so-
bre problemas del cálculo y diseño de puentes y recorte de ruedas den-
tadas. Como siempre, en su mayoría se reducían a matemáticas, que
podía tratar con facilidad. Pero de vez en cuando se veía en un callejón
sin salida, lo que le llevaba a Fine Hall: el cuartel general del Departa-
mento de Matemáticas.
Había un colorido grupo de personajes vagando por Fine Hall,
muchos de ellos con acento británico o europeo. Hablando adminis-
trativamente, muchos de esos personajes no pertenecían ni de lejos al
Departamento de Matemáticas sino a algo llamado IEA, que significa-
ba Instituto de Estudios Avanzados de una u otra cosa. Pero todos se
encontraban en el mismo edificio y todos sabían bastante de matemá-
ticas, así que para Lawrence no existía la distinción.
Muchos de aquellos tipos fingían timidez cuando Lawrence les pe-
día consejo, pero otros estaban más que dispuestos a ayudarle. Por
ejemplo: había descubierto un método para resolver un difícil proble-
ma sobre la forma de las ruedas dentadas que, tal y como lo resolvían
habitualmente los ingenieros, hubiese exigido una serie de aproxima-
ciones razonables pero estéticamente desagradables. La solución de
Lawrence ofrecía resultados exactos. La única pega se encontraba en
que un quintillón de operadores con reglas de cálculo precisarían de un

— 24 —
quintillón de años para encontrar dicha solución. Lawrence trabajaba
en una aproximación completamente diferente que, si daba frutos, re-
duciría esas cifras a un trillón y un trillón, respectivamente. Por des-
gracia, Lawrence fue incapaz de interesar a nadie de Fine Hall en algo
tan prosaico como las ruedas dentadas, hasta forjar una súbita amistad
con un británico lleno de energía, cuyo nombre olvidó con rapidez, pe-
ro que recientemente se había dedicado mucho a la fabricación literal
de engranajes. Ese tipo intentaba construir, de entre todas las cosas de
este mundo, una máquina calculadora mecánica... para ser exactos, una
máquina para calcular ciertos valores de la Función Zeta de Riemann

donde s es un número complejo.


Lawrence no encontró esa función zeta ni más ni menos intere-
sante que cualquier otro problema matemático hasta que su nuevo
amigo le aseguró que era terriblemente importante, y que algunos de
los mejores matemáticos del mundo la habían estado atacando duran-
te décadas. Los dos acabaron despiertos hasta las tres de la mañana en-
frascados en el problema de engranajes de Lawrence. Lawrence pre-
sentó con orgullo sus resultados al profesor de ingeniería, quien los
rechazó con desprecio argumentado cuestiones de índole práctica, y le
puso una mala nota para compensar el trabajo que se había tomado.
Al final Lawrence recordó, después de varios contactos más, que
el nombre de ese británico amistoso era Al nosequé. Como Al era un
ciclista apasionado, él y Al dieron bastantes paseos en bicicleta por la
campiña del Estado Jardín. Mientras pedaleaban por New Jersey ha-
blaban de matemáticas, y especialmente de máquinas destinadas a eli-
minar los aspectos aburridos de las matemáticas.
Pero Al llevaba pensando en esas cosas mucho más tiempo que
Lawrence, y había llegado a la conclusión de que las máquinas calcu-
ladoras eran mucho más que dispositivos para ahorrarse trabajo. Ha-
bía estado trabajando en un tipo radicalmente diferente de mecanismo
computacional que resolvería cualquier problema aritmético siempre
que supieses como expresarlo. Desde un punto de vista puramente ló-
gico ya había descubierto todo lo que era posible saber sobre esa (to-
davía hipotética) máquina, aunque aún le falta construir una. Lawren-
ce comprendió que construir máquinas se consideraba poco digno en

— 25 —
Cambridge (es decir, Inglaterra, donde ese Al tenía su base) o, ya pues-
tos, en Fine Hall. Al estaba encantado de haber encontrado, en Law-
rence, a alguien que no compartía ese punto de vista.
Con delicadeza, Al le preguntó un día si no le importaría demasia-
do llamarle por su nombre completo y correcto, que era Alan, y no Al.
Lawrence pidió disculpas y dijo que intentaría recordarlo con todas
sus fuerzas.
Un día, un par de semanas después, mientras estaban sentados jun-
to a un riachuelo en los bosques del Delaware Water Gap, Alan le hi-
zo a Lawrence una especie de propuesta descabellada que implicaba a
los penes. La situación requirió gran cantidad de explicaciones metó-
dicas, que Alan ofreció sonrojándose y tartamudeando. Fue siempre
extremadamente correcto, y en varias ocasiones dejó bien claro que era
enormemente consciente de que no todo el mundo estaba interesado
en ese tipo de cosas.
Lawrence decidió que muy probablemente él era una de esas per-
sonas.
Alan pareció sentirse enormemente impresionado porque Law-
rence se hubiese detenido siquiera a considerarlo y se disculpó por ha-
ber sacado el tema. Volvieron directamente a una discusión sobre má-
quinas calculadoras, y su amistad siguió sin variación. Pero en su
siguiente paseo en bicicleta —una acampada nocturna en los Pine Ba-
rrens— se les unió otro tipo, un alemán llamado Rudy von algo.
Alan y Rudy parecían muy íntimos, o al menos parecían tener una
relación con más niveles que la de Alan y Lawrence. Éste llegó a la con-
clusión de que la idea de los penes de Alan había encontrado al fin un
receptor.
Lawrence lo pensó un poco. Desde un punto de vista evolutivo,
¿cuál era el sentido de que hubiese gente sin inclinación hacia la repro-
ducción? Debía haber alguna buena razón, y muy sutil.
Lo único que se le ocurría era que en ese momento eran los grupos
de personas —sociedades— en lugar de las criaturas individuales los
que intentaban reproducirse más que los demás y/o matar a los otros,
y que, en una sociedad, había espacio de sobra para alguien que no tu-
viese hijos siempre que realizase una labor útil.
En todo caso, Alan, Rudy y Lawrence pedalearon hacia el sur en
busca de los Pine Barrens. Después de un rato, las poblaciones se fueron
espaciando mucho, y las granjas de caballos dieron paso a una espesura
baja de árboles débiles y puntiagudos, que parecían extenderse hasta la
mismísima Florida, bloqueando la vista, pero no el viento de cara.

— 26 —
—Me pregunto dónde estarán los Pine Barrens —dijo Lawrence
un par de veces. Incluso se detuvo en una gasolinera para hacer esa mis-
ma pregunta. Sus acompañantes empezaron a burlarse de él.
—¿Dónde esstán loss Pine Barrenss? —preguntó Rudy, mirando
burlonamente a su alrededor.
—Deberías buscar algo con aspecto árido y numerosos pinos
—comentó Alan.
No había más tráfico, por lo que se habían extendido sobre la ca-
rretera para pedalear con libertad, con Alan situado en medio.
—Un bossque, imaginado por Kafka —murmuró Rudy.
Para entonces, Lawrence ya había deducido que se encontraban,
efectivamente, en los Pine Barrens. Pero no sabía quién era Kafka.
—¿Un matemático? —fue su suposición.
—Essa idea da verdadero miedo —dijo Rudy.
—Es un escritor —dijo Alan—. Lawrence, no te ofendas por lo que
voy a preguntarte, pero: ¿reconoces los nombres de otras personas?
Me refiero a gente aparte de la familia y amigos cercanos.
Lawrence debió adoptar una expresión de asombro.
—Estoy intentando descubrir si todo sale de aquí —dijo Alan
mientras alargaba la mano para golpear con los nudillos la cabeza de
Lawrence— o en ocasiones tomas ideas de otros seres humanos.
—Cuando era un niño, vi ángeles en una iglesia de Virginia —dijo
Lawrence—, pero creo que estaban en el interior de mi cabeza.
—Muy bien —dijo Alan.
Pero, más tarde, Alan lo intentó de nuevo. Habían llegado hasta la
torre de vigilancia contra incendios y había sido una tremenda decep-
ción: únicamente una escalera alienada que no llevaba a ninguna parte,
y una pequeña explanada debajo que brillaba cubierta de fragmentos
de botellas de bebidas alcohólicas. Montaron la tienda a un lado de un
estanque que resultó estar lleno de algas de color óxido y que se pe-
gaban al vello del cuerpo. No había nada más que hacer salvo beber
Schnapps y hablar de matemáticas.
Alan dijo:
—Mira, es así: Bertrand Russell y otro tipo llamado Whitehead es-
cribieron Principia Mathematica...
—Ahora sé que te burlas de mí —dijo Waterhouse—. Incluso yo
sé que sir Isaac Newton escribió ese libro.
—Newton escribió un libro «diferente», también llamado Princi-
pia Mathematica, que realmente no es sobre matemática, sino sobre lo
que «hoy» llamaríamos física.

— 27 —
—Entonces, ¿por qué lo tituló Principia Mathematica}
—Porque en la época de Newton la distinción entre física y mate-
mática no era extremadamente clara...
—O quisa inclusso hoy en día —dijo Rudy.
—... lo que está directamente relacionado con lo que iba a decir
—siguió Alan—. Hablo del P.M. de Russell, en el que él y Whitehead
empezaron absolutamente de la nada, y quiero decir desde la nada, y la
edificaron, toda la matemática, a partir de un número reducido de pri-
meros principios. Y si te lo estoy contando, Lawrence, es porque...
¡Lawrence! ¡Presta atención!
—¿Hmm?
—Rudy, coge ese palo, sí, ése, y vigila atentamente a Lawrence, y
cuando ponga esa mirada perdida, ¡dale un golpe!
—No esstamoss en un colegio ingléss, no podemoss haser essass
cossass.
—Estoy prestando atención —dijo Lawrence.
—Lo que surgió de P.M., lo extremadamente radical, fue la posibi-
lidad de afirmar que, en realidad, toda la matemática puede expresarse
como cierta ordenación de símbolos.
—¡Leibniz lo dijo mucho tiempo antess que elloss! —protestó Rudy.
—Eh, Leibniz inventó la notación que usamos para el cálculo,
pero...
—¡No me refiero a esso!
—E inventó las matrices, pero...
—¡Tampoco me refiero a esso!
—Y realizó algunos trabajos sobre aritmética binaria, pero...
—¡Esso ess completamente diferente!
—Entonces, ¿a qué demonios te refieres, Rudy?
—Leibniz inventó el alfabeto bássico... esscribió una sserie de
ssímboloss para expressar afirmasioness lógicass.
—Bien, no era consciente de que Herr Leibniz tenía la lógica for-
mal entre sus intereses, pero...
—¡Claro que ssí! ¡Quería haser lo que hisieron Russssell y White-
head, pero no ssólo con la matemática ssino con todo lo que hay en el
mundo!
—Bien, teniendo en cuenta que tú pareces ser el único hombre en
el planeta, Rudy, que conoce esa empresa de Leibniz, ¿podemos asu-
mir que fracasó ?
—Puedess assumir lo que te dé la real gana, Alan —respondió
Rudy—, pero yo soy matemático y no assumo nada.

— 28 —
Alan suspiró ofendido y le dirigió a Rudy una mirada que Water-
house asumió que indicaba que más tarde habría problemas.
—Si puedo en ese caso continuar —dijo—, sólo intento que estés
de acuerdo en que la matemática puede expresarse como una serie de
símbolos —cogió el palo que apuntaba a Lawrence y empezó a escri-
bir sobre el suelo cosas como + = 3 ) V -1 TI—, y sinceramente no po-
dría importarme menos si resultan ser símbolos de Leibniz, de Russell
o los hexagramas del / Cbing...
—¡A Leibniz le fasssinaba el / Chingl —dijo Rudy.
—Deja de hablar de Leibniz por un momento, Rudy, porque mi-
ra: tú, Rudy, y yo vamos en un tren en el que, sentados en el vagón co-
medor, mantenemos una agradable conversación, y ese tren corre a
gran velocidad tirado por ciertas locomotoras llamadas La Bertrand
Russell, La Riemann, La Euler y otras. Y nuestro amigo Lawrence co-
rre junto al tren, intentando mantenerse junto a nosotros. No es que
necesariamente seamos más inteligentes que él sino simplemente que
él es un «granjero» que no pudo comprar un billete. Y yo, Rudy, estoy
simplemente sacando los brazos por la ventanilla con la intención de
tirar de él y hacerle subir al puto tren, junto a nosotros, para que po-
damos mantener una deliciosa charla sobre matemáticas sin tener que
oír cómo se queda sin aire y pierde fuelle a mitad de camino.
—Vale, Alan.
—No me llevará más de un minuto si dejas de interrumpirme.
—Pero también hay una locomotora llamada La Leibniz.
—¿Lo dices porque crees que no doy crédito suficiente a los ale-
manes? Porque estaba a punto de nombrar a un tipo con diéresis.
—Oh, ¿no sse tratará de Herr Türing? —dijo Rudy sardónico.
—Herr Türing viene después. Realmente pensaba en Gódel.
—¡Pero no ess alemán! ¡Ess ausstriaco!
—Me temo que ahora es lo mismo, ¿no?
—El Anschluss no fue idea mía, y no tieness que mirarme assí. Hi-
tler me ressulta penoso.
—He oído hablar de Gódel —dijo Waterhouse intentado ser de
ayuda—. Pero ¿podríamos volver atrás un segundo?
—Claro, Lawrence.
—¿Por qué molestarse? ¿Por qué lo hizo Russell? ¿Había algo malo
en las matemáticas? Es decir, dos y dos son cuatro, ¿no?
Alan cogió dos tapones de botella y los colocó en el suelo.
—Dos. Uno-dos. Más... —Puso dos más—. Otros dos. Uno-dos.
Igual a cuatro. Uno-dos-tres-cuatro.

— 29 —
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Lawrence.
—Pero Lawrence... cuando haces matemática de verdad no cuen-
tas chapas, ¿verdad?
—No cuento «nada».
Rudy le ofreció la siguiente noticia:
—Essa es una possisión muy moderna para ti.
—¿Lo es?
Alan dijo:
—Durante mucho tiempo se tuvo la creencia implícita de que la
matemática era una especie de física de las chapas. Que cualquier ope-
ración matemática que pudieses realizar sobre el papel, sin que impor-
tase lo complicada que fuese, podía reducirse, al menos en principio, a
mover contadores físicos, como las chapas, en el mundo real.
—Pero no se puede tener dos coma una chapas.
—Vale, vale, digamos que usamos las chapas para los enteros, y
para números reales, como dos coma uno, usamos medidas físicas, co-
mo la longitud de este palo.
Alan lo arrojó junto a las chapas.
—Entonces, ¿qué hay de pi? No puedes tener un palo de longitud
pi centímetros.
—Pi viene de la geometría... ess el mismo cuento —añadió Rudy.
—Sí, se creía que la geometría euclidea era realmente un tipo de fí-
sica, que sus líneas y demás representaban propiedades del mundo fí-
sico. Pero... ¿conoces a Einstein?
—No soy muy bueno con los nombres.
—¿El tipo de pelo blanco y grandes bigotes?
—Oh, sí—dijo Lawrence sombrío—. Intenté plantearle mi pro-
blema de engranajes. Dijo llegar tarde a una cita o algo así.
—Ese tipo inventó una teoría general de la relatividad, que es una
especie de aplicación práctica no de la geometría de Euclides sino de la
de Riemann...
—¿El mismo Riemann de tu función zeta?
—Mismo Riemann, tema diferente. Ahora, no nos perdamos,
Lawrence...
—Riemann mosstró que podía haber muchass geometríass dife-
rentess, que no eran la geometría de Euclidess pero que mantenían la
coherensia interna.
—Vale, volvamos entonces al P.M. —dijo Lawrence.
—¡Sí! Russell y Whitehead. La cosa es así: cuando los matemáticos
empezaron a enredarse con cosas como la raíz cuadrada de menos uno

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y cuaterniones, ya no estaban tratando con cosas que podían traducir-
se a palos y chapas. Pero seguían obteniendo resultados razonables.
—O al menoss, ressultadoss internamente conssisstentess —dijo
Rudy.
—Vale. Lo que significaba que la matemática era algo más que una
física de las chapas.
—Así parecía, Lawrence, pero eso planteaba la pregunta de si la
matemática era realmente «verdad» o no era más que un juego con sím-
bolos. En otras palabras: ¿descubrimos la verdad o nos masturbamos?
—¡Debe ser verdad porque si la usas para hacer física todo sale
bien! He oído hablar de la relatividad general, y sé que hicieron expe-
rimentos y salió que era cierta.
—La mayor parte de la matemática no se pressta a la comproba-
sión experimental —dijo Rudy.
—La idea central del proyecto era cortar los lazos con la física
—dijo Alan.
—Pero no massturbarnoss.
—¿Eso era lo que intentaban hacer con P.M. ?
—Russell y Whitehead desmenuzaron todos los conceptos mate-
máticos en cosas brutalmente simples como los conjuntos. De ahí lle-
garon los enteros y demás.
—Pero ¿cómo puedes descomponer algo como pi en un conjunto?
—No puedes —dijo Alan—, pero puedes expresarlo en una larga
cadena de dígitos. Tres coma uno cuatro uno cinco nueve, y demás.
—Y loss dígitoss sson enteross —dijo Rudy.
—¡Pero no es justo! ¡Pi en sí mismo no es un entero!
—Pero puedes calcular los dígitos de pi, uno cada vez, usando cier-
tas fórmulas. ¡Y la formula se puede escribir! —Alan lo hizo en el suelo:

—He empleado la serie de Leibniz para aplacar a nuestro amigo.


¿Ves, Lawrence? Una cadena de símbolos.
—Vale. Veo la cadena de símbolos —dijo Lawrence renuente.
—¿Podemos seguir? Hace unos años, Gódel dijo: «¡Veamos! Si
aceptas lo de que la matemática es sólo cadenas de símbolos, ¿sabes
qué?» Y señaló que cualquier cadena de símbolos, como esta fórmula
de aquí, puede traducirse en enteros.

— 31 —
—¿Cómo?
—No es un método complicado, Lawrence... un cifrado simple.
Arbitrario. Se puede escribir el número 538 en lugar de esa enorme y
fea 2, y con los demás igual.
—Ahora sí que me parece que estamos muy cerca de la mastur-
bación.
—No, no. ¡Porque a continuación Gódel hizo saltar la trampa! Las
fórmulas se pueden aplicar a los números, ¿no?
—Claro. Como 2x.
—Sí. Puedes sustituir x por un número y la fórmula 2x lo doblará.
Pero si otra fórmula matemática, como la que tenemos aquí mismo
para calcular pi, se puede codificar en un número, puedes hacer que
otra fórmula opere sobre ella. ¡Fórmulas operando sobre fórmulas!
—¿Eso es todo?
—No. A continuación demostró, por medio de un argumento muy
simple, que si las fórmulas se pueden referir a sí mismas, es posible es-
cribir una que diga «esta afirmación no puede demostrarse». Lo que
fue una tremenda sorpresa para Hilbert y todos los demás, que espe-
raban el resultado opuesto.
—¿Ya habías mencionado a ese Hilbert?
—No, lo acabo de introducir en la discusión, Lawrence.
—¿Quién es?
—Un hombre que hace preguntas difíciles. En una ocasión hizo
toda una lista entera. Gódel contestó a una de ellas.
—Y Türing resspondió a otra —dijo Rudy.
—¿Quién es ése?
—Soy yo —dijo Alan—. Pero Rudy bromea. «Turing» no lleva
diéresis.
—Essta noche ssí que va a tener diéresiss —dijo Rudy mirando a
Alan de una forma que, años más tarde, Lawrence comprendería que
era pasión.
—Bien, no me tengas en vilo. ¿Qué pregunta respondiste?
—El Entscheidungsproblem —dijo Rudy.
—¿Qué es?
Alan lo explicó.
—Hilbert quería saber si una afirmación dada podía, en principio,
demostrarse verdadera o falsa.
—Pero desspuéss de Gódel, la cossa cambió —comentó Rudy.
—Es cierto... después de Gódel se convirtió en «¿Podemos deter-
minar si una afirmación dada es demostrable o no?». En otras palabras,

_ 32 __
¿hay algún tipo de proceso mecánico que podamos usar para separar
las afirmaciones demostrables de las indemostrables?
—Sse ssupone que «prosesso mecánico» ess una metáfora, Alan...
—¡Oh, cállate, Rudy! Lawrence y yo nos sentimos bien cómodos
con las máquinas.
—Lo comprendo —dijo Lawrence.
—¿Qué quieres decir con que lo comprendes? —preguntó Alan.
—Tú máquina... no la calculadora de la función zeta, sino la otra.
Esa que dices que vas a construir...
—Sse la llama Máquina Universal de Turing —dijo Rudy.
—El propósito de ese dispositivo sería distinguir lo que se puede
probar de lo que no se puede probar, ¿no?
—Por eso se me ocurrió el concepto básico —dijo Alan—. Por tan-
to, la pregunta de Hilbert ha quedado contestada. Ahora sólo quiero
construir una máquina que pueda derrotar a Rudy al ajedrez.
—¡Todavía no le hass revelado la respuessta al pobre Lawrense!
—protestó Rudy.
—Lawrence puede descubrirla por sí mismo —les respondió
Alan—. Así tendrá algo que hacer.

Pronto quedó claro lo que Alan había pretendido decir: «así ten-
drá algo que hacer mientras nosotros follamos». Lawrence se metió
una libreta de notas en los pantalones y recorrió en la bicicleta el cen-
tenar de yardas hasta la torre de vigilancia de incendios, subió los es-
calones hasta la plataforma que había en lo alto y se sentó, de espaldas
al sol de la tarde, con el libro sobre las rodillas para que le diese la luz.
No podía concentrarse y al final se distrajo por una falsa salida del
sol que iluminó las nubes del noroeste. Al principio pensó que algunas
nubes bajas reflejaban en su dirección la luz de la puesta de sol, pero se
trataba de una luz demasiado concentrada y parpadeante para ser eso.
A continuación se le ocurrió que podía ser un rayo. Pero la luz no era
lo suficientemente azulada. Fluctuaba muchísimo, modulada (era de
suponer) por los asombrosos y grandes sucesos que se ocultaban tras
el horizonte. A medida que el sol se ocultaba al otro lado del mundo,
la luz en el horizonte de New Jersey se convirtió en un resplandor con-
tinuo y apacible del color de una linterna cuando iluminas con ella la
palma de tu mano bajo las sábanas.
Lawrence descendió, fue hasta la bicicleta y marchó hacia los Pine
Barrens. No tardó mucho en llegar a una carretera que iba más o me-

— 33 —
nos en dirección hacia la luz. La mayor parte del tiempo no podía ver
nada, ni siquiera la carretera, pero después de un par de horas el res-
plandor que se reflejaba en la capa de nubes bajas iluminó las piedras
planas de la carretera, y convirtió los sinuosos riachuelos de los Barrens
en brillantes hendiduras.
La carretera comenzaba a desviarse en dirección opuesta, así que
Lawrence atajó directamente por medio del bosque, ya que ahora es-
taba muy cerca y la luz del cielo era lo bastante fuerte como para que
pudiese verla a través del escasamente poblado tapiz de pinos maltre-
chos, troncos negros que parecían haber sido pasto del fuego, aunque
no era así. El terreno se había convertido en arena, pero estaba húme-
da y compacta, y la bicicleta tenía neumáticos gruesos que rodaban
bastante bien sobre esa superficie. Llegado a un punto tuvo que dete-
nerse y alzar la bicicleta sobre una valla alambrada. A continuación sa-
lió de entre los troncos a una extensión perfectamente llana de arena
blanca, salpicada de penachos de hierba de playa y al momento quedó
deslumhrado por una barrera baja de llamas silenciosas y estables que
atravesaba parte del horizonte, aproximadamente del ancho de la luna
llena del equinoccio de otoño cuando se hunde en el mar. La intensi-
dad de su brillo hacía difícil que pudiese ver ninguna otra cosa. Law-
rence seguía pedaleando, tropezando con las pequeñas zanjas y ria-
chuelos que serpenteaban por el llano. Aprendió a no mirar directamente
las llamas. En cualquier caso, mirar hacia ambos lados era más intere-
sante: la meseta estaba delimitada a intervalos amplios por los edificios
más grandes que había visto nunca, estructuras de caja de galletas cons-
truidas por faraones, y en las plazas de una milla de ancho que había
entre ellos, gnómones de acero triangulado se asentaban sobre bases
amplias: los esqueletos internos de pirámides. El mayor de ellos per-
foraba el centro de una línea férrea perfectamente circular de varios
centenares de pies de diámetro: dos curvas plateadas marcadas sobre el
monótono suelo, interrumpidas en el punto donde la sombra de la to-
rre, un reloj de sol parado, marcaba el tiempo. Se acercó a un edificio
más pequeño que el resto, con tanques de forma ovalada junto a él. Sa-
lían murmullos de vapor desde las válvulas que estaban en la parte su-
perior de los tanques, pero en lugar de elevarse en el aire goteaba por
los laterales, golpeaba el suelo y se extendía, recubriendo la hierba con
un manto plateado.
Mil marinos de blanco formaban un anillo en torno a las llamas.
Uno de ellos alzó la mano y le hizo una señal para que se detuvie-
ra. Lawrence se paró junto al marino y puso un pie en la arena para

— 34 —
estabilizarse. Ambos se contemplaron mutuamente durante unos se-
gundos y a continuación, Lawrence, al que no se le ocurría nada más,
dijo:
—Yo también estoy en la Marina.
Entonces el marino pareció tomar una decisión respecto a algo. Sa-
ludó a Lawrence y le indicó que se dirigiera a un pequeño edificio apar-
tado del fuego.
El edificio parecía tan sólo un muro brillante a la luz del fuego,
pero cada cierto tiempo una salva de luz azul magnesio hacía que los
marcos de las ventanas resaltasen en la oscuridad, un relámpago rec-
tangular que se repetía muchas veces a lo largo de la noche. Lawrence
comenzó a pedalear de nuevo y avanzó hasta superar el edificio: una
bandada de periodistas en alerta daba vueltas punteando sobre fi-
nos cuadernos con imponentes lápices marca Ticonderoga, fotógrafos
moviéndose como cangrejos haciendo girar sus enormes margari-
tas cromadas, filas retorcidas de gente durmiendo con mantas sobre
sus cabezas, un hombre sudoroso con el pelo engominado trazando
nombres con diéresis sobre una pizarra. Finalmente, al dar la vuelta al
edificio, percibió el olor a combustible caliente, sintió el calor de las lla-
mas en el rostro y vio arena cristalizada curvada sobre sí misma y de-
secada.
Contempló el globo del mundo, no el globo recubierto de conti-
nentes y océanos sino tan sólo su esqueleto: un puñado de meridianos,
curvándose hacia atrás para encerrar una bóveda interior de llamas co-
lor naranja. Contra la luz del aceite ardiendo esas longitudes se veían
finas y retorcidas, como los trazos de tinta de un dibujante. Pero al
acercarse las vio convertirse en inteligentes composiciones de anillos y
travesanos, huecos como los huesos de un pájaro. Al alejarse del polo
antes o después empezaban a desviarse, a torcerse o simplemente se
rompían y colgaban entre el fuego, oscilando como tallos secos. La
perfecta geometría también se veía manchada, aquí y allá, por redes de
cable y arneses de tendido eléctrico. Lawrence estuvo a punto de pisar
una botella de vino rota y decidió que sería mejor caminar, para pre-
servar los neumáticos de la bicicleta, así que apoyó la bici en el suelo,
con la rueda delantera tapando un jarrón de aluminio al que parecían
haber hecho girar en un torno, con unas cuantas rosas carbonizadas
colgando de él. Varios marinos habían juntado sus manos para formar
una especie de trono y transportaban un trozo de carbón con forma
humana, cubierto con una manta de asbesto inmaculado. Mientras ca-
minaban, las puntas de sus zapatos tropezaban en las extensas marañas

— 35 —
ramificadas de sogas, cuerdas de piano, cables y alambres, creativos
movimientos furtivos sobre la hierba y la arena, docenas de yardas en
cada dirección. Lawrence comenzó a pisar cuidadosamente, un pie de-
lante del otro, intentando estimar la enormidad de lo que estaba vien-
do. Una vaina en forma de cohete estaba clavada torcida en la arena,
sosteniendo un paraguas de hélices dobladas. Los travesanos y pasare-
las de duraluminio se extendían sobre él a lo largo de millas. Había una
maleta abierta, mostrando un par de zapatos de mujer como si se tra-
tase del escaparate de una tienda del centro, y un menú que se había
carbonizado hasta convertirse en un óvalo blanco, y a continuación va-
rias láminas de pared arrugadas, como si una habitación completa se
hubiese caído del cielo. Estaban decoradas, una con un mapa gigante
del mundo, enormes círculos formando un arco desde Berlín hasta ciu-
dades aquí y allá, y otra con una fotografía de un alemán gordo y fa-
moso vestido de uniforme, sonriendo sobre una plataforma llena de
flores, con el enorme horizonte de un zeppelín nuevo a su espalda.
Pasado un rato dejó de ver cosas nuevas. Se subió a la bicicleta y re-
gresó a través de los Pine Barrens. Se perdió en la oscuridad y no encon-
tró el camino de vuelta a la torre de vigilancia de incendios hasta el ama-
necer. Pero no le importó perderse porque mientras pedaleaba en la
oscuridad estuvo pensando en la máquina de Turing. Finalmente llegó
a la orilla del estanque donde habían acampado. La luz del amanecer
brillando sobre el platillo de agua rojiza y tranquila hacía que pareciese
una piscina de sangre. Alan Mathison Turing y Rudolf von Hacklheber
estaban tendidos uno junto a otro, como cucharillas sobre la orilla, to-
davía algo manchados por el baño del día anterior. Lawrence encendió
una pequeña hoguera, preparó té y finalmente se despertaron.
—¿Resolviste el problema? —le preguntó Alan.
—Bueno, puedes convertir esa máquina universal de Turing tuya
en cualquier otra máquina cambiando los ajustes...
—¿Ajustes?
—Perdona, Alan, me imagino tu M.U.T. como si fuese una especie
de órgano.
—Oh.
—Una vez que hayas hecho eso, en cualquier caso, puedes hacer
cualquier cálculo que desees, si la cinta es lo bastante larga. Pero caray,
Alan, hacer una cinta que sea lo bastante larga, y sobre la que puedas
escribir símbolos y borrarlos va a ser bastante complicado... el tambor
de condensadores de Atanasoff sólo funcionaría hasta un cierto tama-
ño... tendrías que...

— 36 —
—Te estás desviando —dijo Alan con amabilidad.
—Sí, está bien, bueno... si tuvieses una máquina como ésa, enton-
ces cualquier ajuste dado podría representarse por un número... una se-
rie de símbolos. Y la cinta que introducirías para comenzar los cálcu-
los contendría otra serie de símbolos. Así que volvemos a empezar con
la prueba de Gódel... Si cualquier posible combinación de máquina y
datos pueden representarse como una serie de símbolos, entonces pue-
des colocar todas las series posibles de números en una gran tabla, y
entonces se convierte en un argumento del estilo de la diagonal de Can-
tor, y la respuesta es que deben existir algunos números que no pueden
ser computados.
—¿Y el Entscheidungsproblem} —le recordó Rudy.
—Probar o refutar una fórmula, una vez que has cifrado la fórmula
en números, quiero decir, es simplemente un cálculo sobre ese nú-
mero. Por lo tanto eso significa que la respuesta a la pregunta es ¡no!
¡Ciertas fórmulas no pueden probarse o refutarse por ningún proceso
mecánico! ¡Así que supongo que ser humano tiene algún sentido des-
pués de todo!
Alan parecía satisfecho hasta que Lawrence hizo este último co-
mentario, y entonces su expresión se derrumbó.
—Eso es una suposición injustificada.
—¡No le escuchess, Lawrense! —dijo Rudy—. Va a desirte que
nuesstros serebross sson máquinass de Turing.
—Gracias, Rudy —dijo Alan pacientemente—. Lawrence, yo plan-
teo que nuestros cerebros son máquinas de Turing.
—¡Pero has demostrado que existe un montón de fórmulas que
una máquina de Turing no puede procesar!
—Y tú también lo has demostrado, Lawrence.
—¿Pero no crees que podemos hacer algunas cosas que una má-
quina de Turing no podría?
—Gódel esstá de acuerdo contigo, Lawrence —intervino Rudy—,
y también Hardy.
—Dame un ejemplo —dijo Alan.
—¿De una función no computable que un humano puede hacer y
una máquina de Turing no?
—Sí. Y no me cuentes ninguna tontería sentimental sobre creativi-
dad. Yo creo que una máquina universal de Turing podría mostrar
comportamientos que interpretaríamos como creativos.
—Bueno, entonces no sé... Intentaré mantenerme alerta sobre ese
tipo de cosas en el futuro.

— 37 —
Pero después, mientras pedaleaban de vuelta a Princeton, dijo:
—¿Y qué hay de los sueños?
—¿Cómo esos ángeles de Virginia?
—Supongo.
—Se trata simplemente de ruido en las neuronas, Lawrence.
—También soñé ayer por la noche que había un zeppelín ardiendo.

Al poco tiempo, Alan obtuvo su doctorado y volvió a Inglaterra.


Le escribió un par de cartas a Lawrence. La última señalaba, simple-
mente, que no podría escribirle más cartas con «sustancia» y que Law-
rence no debía tomárselo como algo personal. Este comprendió de
inmediato que la sociedad de Alan le había puesto a trabajar en algo útil,
probablemente resolviendo cómo evitar que se los comiese vivos uno de
sus vecinos. Lawrence se preguntó qué uso le encontraría a él América.
Regresó a la Escuela Universitaria Estatal Iowa, se planteó cambiar su
especialidad a matemáticas pero no lo hizo. Todos aquellos a los que
consultó coincidían en que las matemáticas, al igual que la restauración
de órganos, estaban bien, pero que uno necesitaba algo con lo que llevar
pan a la mesa. Se quedó en ingeniería y fue obteniendo peores y peores
resultados hasta mediados de su último año, cuando la universidad le
sugirió que comenzase una línea provechosa de trabajo, como arreglar
tejados. Salió directamente de la universidad a los brazos expectantes
de la Marina.
Le hicieron una prueba de inteligencia. La primera pregunta de la
parte de matemáticas tenía que ver con botes en un río: Port Smith es-
tá a cien millas corriente arriba de Port Jones. El río fluye a cinco mi-
llas por hora. El bote surca el agua a diez millas por hora. ¿Cuánto
tiempo lleva ir desde Port Smith hasta Port Jones? ¿Cuánto tiempo lle-
va regresar?
Lawrence vio inmediatamente que se trataba de una pregunta con
trampa. Tendrías que ser un idiota para hacer la fácil suposición de que
la corriente añadiría o sustraería cinco millas por hora a la velocidad
del bote. Claramente, cinco millas por hora no era nada más que la ve-
locidad media. La corriente sería más rápida en el medio del río y más
lenta en los laterales. Se podrían esperar variaciones más complicadas
en las curvas del río. Básicamente, era una cuestión de hidrodinámica
que podría abordarse utilizando ciertos sistemas de ecuaciones dife-
renciales muy conocidos. Lawrence se sumergió en el problema cu-
briendo rápidamente (o eso le pareció) ambos lados de diez hojas de

— 38 —
papel con sus cálculos. A medio camino se dio cuenta de que una de sus
suposiciones, en combinación con las ecuaciones Navier-Stokes sim-
plificadas, le había conducido a la exploración de una familia particu-
larmente interesante de ecuaciones diferenciales parciales. Antes de
darse cuenta había demostrado un nuevo teorema. Si eso no demos-
traba su inteligencia, ¿qué lo haría?
Entonces sonó el timbre y se recogieron los exámenes. Lawren-
ce se las arregló para quedarse con su hoja borrador. Se la llevó de
vuelta a su dormitorio, la reescribió y se la envió por correo a uno de los
profesores de matemáticas más accesibles de Princeton, quien ense-
guida consiguió que fuese publicada en una revista de matemáticas de
París.
Lawrence recibió dos ejemplares gratis y recién impresos de la re-
vista unos cuantos meses más tarde, en San Diego, California, durante
la entrega del correo a bordo de un gran barco llamado U.S.S. Neva-
da. El barco tenía una banda, y la Marina le había asignado a Lawren-
ce el puesto de xilofonista, ya que su examen había demostrado que no
era lo bastante inteligente para hacer alguna otra cosa.
El saco con el correo que llevaba la contribución de Lawrence a la
literatura de las matemáticas llegó justo a tiempo. El barco de Law-
rence, y unos cuantos de sus hermanos, habían tenido hasta ese mo-
mento su base en California. Pero justo entonces, todos fueron trans-
feridos a un lugar llamado Pearl Harbor, Hawai, para enseñarles a los
nipones quién era el jefe.
Lawrence nunca había sabido realmente qué quería hacer con su
vida, pero enseguida decidió que ser un xilofonista en un barco de gue-
rra en Hawai en tiempos de paz estaba a mucha distancia de ser la
peor vida que uno podría tener. La parte más dura del trabajo era tener
que sentarse o desfilar en ocasiones en condiciones muy calurosas, y
soportar ocasionales notas falsas por parte de otros miembros de la
banda. Tenía abundante tiempo libre, que pasaba trabajando en una se-
rie de nuevos teoremas en el campo de la teoría de la información. El
campo había sido inventado y abarcado en su mayor parte por su ami-
go Alan, pero había mucho trabajo de detalle por hacer. Él, Alan y
Rudy habían bosquejado un plan general de lo que era necesario pro-
bar o refutar. Lawrence abordó la lista. Se preguntaba qué estarían ha-
ciendo Alan y Rudy en Inglaterra y Alemania, pero no podía escribir-
les y descubrirlo, así que guardó su trabajo para sí. Cuando no estaba
tocando el xilófono o resolviendo teoremas había bares y bailes a los
que acudir. Waterhouse llevó a cabo algunas labores de pene por su

_39 __
cuenta, pilló una enfermedad venérea, se curó* y compró condones.
Todos los marinos hacían lo mismo. Eran como niños de tres años que
se clavan lápices en las orejas, descubren que duele y dejan de hacerlo.
El primer año de Lawrence pasó casi instantáneamente. El tiempo se
desvaneció sin más. Ningún lugar podía ser más soleado y relajante que
Hawai.

Novus Ordo Sedorum

—Los filipinos son personas afectuosas, amables, cariñosas y


desprendidas —dice Avi—, de lo cual hay que alegrarse, te-
niendo en cuenta que muchos de ellos llevan armas ocultas.
Randy se encuentra en el aeropuerto de Tokio, recorriendo el ves-
tíbulo con una lentitud que enfurece a los otros viajeros. Todos ellos
han pasado el último medio día sujetos a asientos malos y apretujados
en un tubo de aluminio cargado de combustible de reactor. Sobre las
protuberancias de seguridad del suelo a la salida del avión, las maletas
con ruedecillas resuenan como aviones de combate. Las maletas le ro-
zan las rodillas mientras esquivan su largo y fornido cuerpo en forma
de columna. Randy sostiene su nuevo teléfono GSM a un lado de la ca-
beza. Se supone que funciona en cualquier parte del mundo, menos en
Estados Unidos. Se trata de su primera oportunidad para ponerlo a
prueba.
—Se te oye claro como una campana —dice Avi—. ¿Cómo ha si-
do el vuelo?
—Bien —dice Randy—. En la pantalla de vídeo tenían uno de esos
mapas animados.
Avi lanza un suspiro.
—Ahora los tienen en todas las compañías aéreas —señala con voz
monótona.
—Lo único que había entre San Francisco y Tokio era la isla
Midway.
-¿Y?

* 1940 fue un buen año para empezar a experimentar con las enfermedades vené-
reas ya que la nueva penicilina inyectable empezaba a estar disponible.

— 40 —
—Permaneció en medio de la pantalla durante horas. MIDWAY.
Con un vacío embarazoso a su alrededor.
Randy llega a la puerta de salida para Manila y se detiene para ad-
mirar un aparato de televisión de metro y medio de ancho y alta defi-
nición que muestra el logotipo de una importante compañía de elec-
trónica de consumo nipona. Emite un vídeo en el que un alocado
profesor de dibujos animados y su adorable ayudante canino señalan
las tres rutas de transmisión del virus del sida.
—Tengo una huella para ti —dice Randy.
—Dispara.
Randy se mira la palma de la mano, sobre la que ha escrito una se-
rie de números y letras con bolígrafo.
—AF 10 06 E9 99 BA 11 07 64 Cl 89 E3 40 8C 72 55.
—La tengo —dice Avi—. Es de Ordo, ¿no?
—Exacto. Te envié por e-mail la clave desde SFO.
—Lo del apartamento sigue sin resolverse —dice Avi—. Así que te
he reservado una suite en el hotel Manila.
—¿Qué quieres decir con que sigue sin resolverse?
—Filipinas es uno de esos países posespañoles que carecen de
una clara distinción entre los asuntos de negocios y las relaciones
persona- les —dice Avi—. No creo que puedas encontrar un
alojamiento segu- ro sin casarte con una familia que tenga como
apellido el nombre de una calle importante.
Randy se sienta en la sala de espera. El desenvuelto personal de tie-
rra, ataviado con sombreritos chillones e inverosímiles, se centra en los
filipinos que llevan demasiado equipaje de mano y los someten al ri-
tual público de rellenar pequeñas etiquetas y entregar sus posesiones.
Los filipinos alzan la vista y miran con ansia por los ventanales. Pero
la mayor parte de los pasajeros que aguardan son nipones: algunos
hombres de negocios, pero en su mayoría turistas. Miran un vídeo edu-
cativo que enseña cómo dejar que te roben en un país extranjero.
—Vaya —dice Randy, mirando por el ventanal—, tienen otro 747
para Manila.
—En Asia, ninguna compañía aérea decente se molesta en mover
nada más pequeño que un 747 —responde Avi—. Si alguien intenta
meterte en un 737 o, Dios no lo quiera, un Airbus, corre, no te moles-
tes en caminar, aléjate de la puerta de embarque, llámame al Sky Pager
y enviaré un helicóptero a evacuarte.
Randy ríe.
Avi sigue hablando.

— 41 —
—Ahora escúchame bien. El hotel al que vas es muy antiguo e im-
presionante, pero está en medio de ninguna parte.
—¿ Cómo se les ocurrió construir un hotel en medio de ninguna
parte?
—Hace tiempo fue una zona concurrida... está en el paseo maríti-
mo, justo en el límite de Intramuros.
Randy recuerda el suficiente español de instituto para comprender
el nombre.
—Pero Intramuros fue arrasado por los nipones en 1945 —siguió
diciendo Avi—. De forma sistemática. Todos los hoteles de negocios y
los edificios de oficinas están en un nuevo distrito llamado Makati, mu-
cho más cerca del aeropuerto.
—Así que quieres que nuestra oficina esté en Intramuros.
—¿Cómo lo has adivinado? —dice Avi, con voz de ligero asom-
bro. Se enorgullece de ser impredecible.
—Normalmente no soy un tipo demasiado intuitivo —dice
Randy—, pero he pasado trece horas en un avión y a mi cerebro le han
dado la vuelta y lo han colgado para que se seque.
Avi lanza las justificaciones tradicionales: el espacio para oficinas
es mucho más barato en Intramuros. Los ministerios del gobierno es-
tán mucho más cerca. Makati, el reluciente y nuevo distrito comercial,
está demasiado aislado de los verdaderos filipinos. Randy no presta
atención.
—Quieres actuar desde Intramuros porque fue sistemáticamente
arrasado y porque te obsesiona el Holocausto —dice Randy al fin, con
tranquilidad y sin rencor.
—Sí. ¿Y? —responde Avi.

Randy mira por la ventanilla del 747 en dirección a Manila, be-


biendo un refresco nipón de color verde fosforescente fabricado con
extractos de abeja (o, al menos, tiene el dibujo de una abeja) y mascan-
do algo que la azafata denominó tentempié japonés. El cielo y el océa-
no muestran el mismo color, un tono de azul que hace que se le conge-
len los dientes. El avión vuela tan alto que, ya mire arriba o abajo, ve
imágenes escorzadas de pilas de hirvientes cúmulos. Las nubes surgen
del cálido Pacífico como si inmensos barcos de guerra estuviesen ex-
plotando por toda la zona. Crecen y se mueven a una velocidad alar-
mante, las formas que adoptan son tan variadas y grotescas como las
de los organismos de las profundidades, y todas ellas, supone Randy,

— 42 —
son tan peligrosas para un avión como las estacas de bambú para un
peatón descalzo. Se sobresalta al descubrir la albóndiga de color rojo
anaranjado pintada en el ala. Se siente como si le hubiesen transporta-
do a una vieja película bélica.
Enciende el portátil. Los correos electrónicos de Avi, cifrados en
lo que externamente son mensajes de que-te-vaya-bien, se han ido acu-
mulando en la bandeja de entrada. Es una acumulación gradual de di-
minutos archivos, enviados por Avi cada vez que le venía una idea a la
cabeza durante los últimos tres días; sería evidente, incluso si Randy
no lo supiese, que Avi posee una máquina portátil de correo electróni-
co que puede conectarse a Internet por radio. Randy arranca un pro-
grama que técnicamente se llama Novus Ordo Seclorum pero que todo
el mundo abrevia como Ordo. Es un chiste muy forzado que se fun-
damenta en que la tarea de Ordo, como programa criptográfico, con-
siste en colocar los bits de un mensaje en un Nuevo Orden y le lleva-
ría siglos al gobierno descifrarlo. En medio de la pantalla aparece la
imagen de la Gran Pirámide, y un solitario ojo se materializa gradual-
mente en su ápice.
Ordo puede realizar su trabajo de dos formas. La más evidente es
descifrar todos los mensajes y convertirlos en archivos de texto en el dis-
co duro, que Randy podría leer en cualquier momento. El problema
(si eres un paranoico) es que cualquiera podría apropiarse del disco duro
y leer los archivos. Quién sabe, a los agentes de aduanas de Manila
podría ocurrírseles requisar el ordenador por pornografía infantil. O,
atontado por el desajuste horario, podría dejarse el portátil en un taxi.
Por tanto, en lugar de eso, activa Ordo en modo de flujo, que desci-
frará los mensajes lo justo para que él pueda leerlos y luego, cuando
cierre las ventanas, borrará los archivos descifrados de la memoria y
del disco duro.
El asunto del primer mensaje de Avi es: «Directriz 1.»

Buscamos s i t i o s donde l a s matemáticas sean f a v o r a b l e s . ¿Qué


s i g n i f i c a eso? S i g n i f i c a que buscamos l u g a r e s en l o s que la po-
b l a c i ó n esté a punto de explotar -podemos p r e d e c i r l o s i m p l e -
mente echando un v i s t a z o al histograma de edades— y la renta
per cápita esté a punto de dispararse como sucedió en Nipón,
Taiwán, Singapur. Multiplica esos dos factores y obtendrás el
crecimiento exponencial que nos h a r á asquerosamente r i c o s a n -
tes de c u m p l i r l o s cuarenta.

— 43 —
Se trata de una alusión a una conversación entre Randy y Avi de
hacía dos años, durante la cual Avi calculó el valor numérico específi-
co de ser asquerosamente ricos. Sin embargo, no se trataba de una
constante fija sino de una celda en una hoja de cálculo enlazada con va-
rios indicadores económicos que variaban continuamente. En ocasio-
nes, cuando Avi trabaja frente al ordenador deja la hoja de cálculo co-
rriendo en una pequeña ventana para poder echar un vistazo al valor
actual de «ser asquerosamente rico».
El segundo mensaje, enviado un par de horas más tarde, se llama
«Directriz 2».

D o s : e l e g i r un campo t e c n o l ó g i c o en el que n a d i e pueda com-


p e t i r con nosotros. Ahora mismo, el ú n i c o es redes. Damos mil
v u e l t a s a c u a l q u i e r otro en todo el mundo cuando se trata de
redes. Ni s i q u i e r a es d i v e r t i d o .

Al día siguiente, Avi había enviado un mensaje llamado, simple-


mente, «Más». Quizá ya no se acordaba de cuántas directrices había es-
tablecido hasta ese momento.

Otro p r i n c i p i o : esta vez mantenemos el control de la c o r -


poración. Eso s i g n i f i c a que conservamos al menos un cincuenta
por c i e n t o de l a s a c c i o n e s . . . lo que i m p l i c a poca o n i n g u n a i n -
v e r s i ó n externa h a s t a que hayamos ganado a l g o de v a l o r .

—No tienes que convencerme de eso —murmura Randy para sí, al


leer lo siguiente.

Ese p r i n c i p i o l i m i t a el t i p o de n e g o c i o en el que podemos


meternos. O l v i d a c u a l q u i e r cosa que e x i j a una gran i n v e r s i ó n
inicial .

Luzón es un conjunto de montañas de exuberante jungla verde os-


curo surcadas por ríos que podrían pasar por avalanchas de cieno. A
medida que el océano azul oscuro se encuentra con sus playas caqui, el
agua adopta el tono chocante de una piscina suburbana. Más al sur, las
montañas están quemadas para dejar paso a la agricultura. La tierra es
de un color rojo brillante, por lo que esas partes tienen el aspecto de
heridas recientes, pero en su mayor parte está cubierta de follaje que se
parece al material verde que los fanáticos de los trenes en miniatura po-

— 44 —
nen en sus colinas de papel maché, y en amplias zonas de las montañas
no hay señales de que los seres humanos hayan existido alguna vez.
Más cerca de Manila, algunas de las vertientes están deforestadas, sal-
picadas de estructuras, tejidas con líneas de alta tensión. Campos de
arroz bordean las cuencas. Los pueblos son aglutinaciones de chabo-
las dispuestas alrededor de enormes iglesias con forma de cruz y bue-
nos tejados.
La visión se vuelve nebulosa a medida que penetran en la cortina
de contaminación que cubre la ciudad. El avión comienza a sudar co-
mo un enorme vaso de té helado. El agua fluye y cae como una corti-
na, se acumula en los huecos, y salta con fuerza desde los bordes de los
alerones.
De pronto descienden sobre la bahía de Manila, que está marcada
por interminables vetas de rojo brillante, algún tipo de explosión de al-
gas. Los superpetroleros dejan a su paso largos arco iris. Todas las ca-
las están abarrotadas de botes delgados y alargados, con doble estabi-
lizador, con aspecto de chinches acuáticas de brillantes colores.
Y al final se encuentran sobre la pista del AÍNA, Aeropuerto In-
ternacional Ninoy Aquino. Guardias y policías de todo pelaje se pa-
sean portando M-16 o escopetas, cubiertos por túnicas hechas con
pañuelos sujetos a la cabeza por medio de gorras de béisbol america-
nas. Un hombre ataviado con un radiante uniforme blanco se encuen-
tra bajo la boca del túnel de salida de pasajeros, sosteniendo en las ma-
nos barras naranjas fosforescentes, como un Cristo que dispensase
perdón a un mundo de pecadores. Un aire sulfuroso y tropical co-
mienza a meterse por el sistema de ventilación del jumbo. Todo se em-
papa y languidece.
Está en Manila. Saca el pasaporte del bolsillo de la camisa. El nom-
bre es RANDALL LAWRENCE WATERHOUSE.

Así es como nació la corporación Epiphyte:


—¡Estoy canalizando mierda! —dijo Avi.
El número llegó al busca de Randy mientras estaba sentado a la me-
sa en un restaurante de la costa con los amigos de su novia. Un sitio en
el que, cada día, imprimían un menú nuevo con láser sobre una imita-
ción de pergamino cien por cien reciclado, en el que los platos estaban
recubiertos de trazos osciloscópicos con salsas color neón, y los en-
trantes eran altas pilas arquitectónicas de extraños ingredientes talla-
dos como prismas relucientes. Randy había pasado toda la comida re-

_ 45__
sistiéndose a la tentación de invitar a uno de los amigos de Charlene (a
uno cualquiera, no importaba) a salir a la calle y darse de puñetazos.
Miró el busca esperando ver el número del Centro de Computa-
ción de las Tres Hermanas, donde trabajaba (técnicamente, sigue tra-
bajando allí). Los dígitos del número de teléfono de Avi penetraron en
su ser como lo hubiese hecho el 666 en un fundamentalista.
Quince segundos más tarde, Randy estaba en la acera, pasando la
tarjeta por un teléfono público como un asesino pasaría la hoja afilada
por la garganta de un político rechoncho.
—El poder está llegando desde Lo Alto —siguió diciendo Avi—.
Esta noche, simplemente, llega a través de mí... atiende, pobre cabrón.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Randy, adoptando un tono
frío y casi hostil para enmascarar la enfermiza emoción que sentía.
—Compra un billete para Manila —dijo Avi.
—Primero tengo que hablarlo con Charlene —respondió Randy.
—Ni tú mismo te lo crees —dijo Avi.
—Charlene y yo tenemos una relación muy sólida...
—Han pasado diez años. Todavía no te has casado con ella. Saca tú
mismo las conclusiones.
(Setenta y dos horas más tarde estaría en Manila, contemplando la
Flauta de Un Solo Tono.)
—Todo el mundo en Asia se pregunta cuándo van los filipinos a to-
marse las cosas en serio —dijo Avi—; es la gran pregunta de los no-
venta.
(La Flauta de Un Solo Tono es lo primero que ves cuando atravie-
sas el control de pasaportes.)
—Medité sobre esa pregunta cuando estaba en la cola del Control
de Pasaportes del Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino —dijo Avi,
comprimiendo el nombre completo en un único sonido articulado—.
¿Sabes que tienen diferentes filas?
—Supongo que sí—dijo Randy. Un paralelepípedo de atún reho-
gado dio un salto mortal en su gaznate. Sentía el perverso deseo de to-
mar un helado de dos bolas. No viajaba tanto como Avi, y apenas te-
nía una vaga idea de a qué se refería con las «filas».
—Ya sabes. Una para nacionales. Una para extranjeros. Puede que
una para diplomáticos.
(Ahora, esperando para que le sellen el pasaporte, Randy puede
verlo con claridad. Por una vez no le importa esperar. Se sitúa en la co-
la junto a la fila de los TCE y los examina. Ellos conforman el merca-
do de Epiphyte Corp. En su mayoría mujeres jóvenes, muchas de ellas

— 46 —
vestidas a la moda, pero aún conservando una especie de recatamiento
de escuela católica. Agotadas por los largos viajes, cansadas de la espe-
ra, se encorvan, y luego de pronto se colocan rectas y levantan las finas
barbillas, como si una monja invisible estuviese recorriendo la fila gol-
peándoles los nudillos con una regla.)
Pero setenta y dos horas antes no había entendido de verdad lo que
Avi había querido decir con filas, así que se limitó a decir:
—Sí, ya he visto la cosa de las filas.
—¡En Manila, tienen toda una fila para los TCE que regresan!
—¿TCE?
—Trabajadores Contratados en el Extranjero. Los filipinos que
trabajan fuera... ya que la economía filipina está tan deteriorada. Co-
mo sirvientas y niñeras en Arabia Saudita. Enfermeras y anestesistas en
Estados Unidos. Cantantes en Hong Kong, putas en Bangkok.
—¿Putas en Bangkok? —Randy al menos sí había estado allí, y su
mente retrocedía ante el concepto de exportar prostitutas a Tailandia.
—Las filipinas son más hermosas —dijo Avi con calma—, y poseen
una ferocidad que las hace más interesantes para el viajero de negocios
inherentemente masoquista, que todas las titis tailandesas.
Ambos sabían que todo aquello eran chorradas; Avi era un hom-
bre de familia y no tenía experiencia de primera mano en esos asuntos.
Pero Randy no lo comentó. Siempre que Avi conservase su habilidad
para las chorradas improvisadas, tenían muy buenas posibilidades de
hacerse asquerosamente ricos.
(Ahora que está aquí, es tentador preguntarse cuáles de las chicas
en la cola TCE son putas. Pero no le parece que llegue a ninguna par-
te, así que cuadra los hombros y se acerca a la línea amarilla.
El gobierno filipino ha dispuesto expositores de vidrio en el ves-
tíbulo que lleva desde el control de pasaportes a la inspección de segu-
ridad. Los expositores contienen artefactos que muestran las glorias de
la cultura filipina anterior a Magallanes. El primero de ellos contiene
hpiéce de résistance: un instrumento musical rústico tallado a mano,
de largo y complicado nombre en tagalo. Debajo de él, en letras más
pequeñas, se encuentra la traducción al inglés: FLAUTA DE UN SOLO
TONO.)
—¿Comprendes? Filipinas está cercada de forma natural —dijo
Avi—. ¿Sabes lo raro que es encontrar una situación así? Cuando en-
cuentras un ambiente aislado de forma natural, Randy, embistes con-
tra él como un hurón furioso metido en una tubería llena de carne
cruda.

— 47 —
Un comentario sobre Avi: los antepasados de su padre apenas ha-
bían salido de Praga. En lo que se refería a judíos centroeuropeos, eran
bastante típicos. Lo único realmente anómalo es que siguiesen con vi-
da. Pero los antepasados de su madre eran unos cripto judíos mexica-
nos increíblemente peculiares que habían estado viviendo en las mese-
tas, esquivando a los jesuitas, disparando a las serpientes de cascabel y
comiendo hojas de estramonio durante trescientos años; tenían el as-
pecto de indios y hablaban como cowboys. Por tanto, cuando se rela-
cionaba con otras personas, Avi vacilaba. En la mayor parte de las oca-
siones se mostraba correcto y cortés de una forma que impresionaba
profundamente a los empresarios —especialmente a los nipones— ,
pero de vez en cuando tenía arrebatos, como si hubiese estado pro-
bando la hierba loca. Randy había aprendido a manejar esas situacio-
nes, razón por la que Avi lo llamaba en momentos como aquél.
—¡Oh, cálmate! —dijo Randy. Observó cómo una chica broncea-
da pasaba a su lado, de regreso de la playa—. ¿Aislada innata?
—Mientras Filipinas no se lo tome en serio, tendrá muchos TCE.
Querrán comunicarse con sus familias... los filipinos están muy cen-
trados en sus familias. Comparados con ellos, los judíos no son más
que un grupo de solitarios alienados.
—Vale. Sabes más de esos dos grupos que yo.
—Son sentimentales y afectuosos, tanto que es fácil que nosotros
les despreciemos.
—No tienes que ponerte a la defensiva —dijo Randy—. No les es-
toy despreciando.
—Cuando oigas en la radio las canciones que dedican, les despre-
ciarás —dijo Avi—. Pero, francamente, en esos asuntos podríamos
aprender de los Pinoys.
—Ahora mismo estás muy cerca de sonar a beato...
—Me disculpo —dijo Avi, con total sinceridad. La esposa de Avi
había estado embarazada casi de forma continua en los cuatro años que
llevaban casados. Cada día que pasaba él se volvía más diligente en los
asuntos religiosos y no podía mantener una conversación sin mencio-
nar el Holocausto. Randy era un soltero que estaba a punto de romper
con la chica con la que había estado viviendo.
—Te creo, Avi —dijo Randy—. ¿Tienes algún problema con que
coja un billete en businessl
Avi no le escuchó, así que Randy asumió que era un sí.
—Siempre que la situación se mantenga, habrá un gran mercado
para Pinoy-gramas.

— 48 —
—¿ Pinoy-gramas ?
—¡Por Dios santo, no lo digas a gritos! Estoy rellenando los for-
mularios para registrar la marca mientras hablamos —dijo Avi. Randy
podía oír de fondo un sonido de ametralladora, teclas de ordenador
moviéndose tan rápido que parecía que Avi se limitaba a sostener el te-
clado entre sus manos pálidas y huesudas y lo agitaba violentamente
de arriba abajo—. Pero si los filipinos se lo toman en serio, veremos un
crecimiento explosivo en las telecomunicaciones, como en cualquier
otra Earde.
—¿Earde?
—E-A-R-D. Economía Asiática en Rápido Desarrollo. En cual-
quier caso, nosotros salimos ganando.
—Asumo que quieres meterte en un negocio relacionado con las
telecomunicaciones.
—Bingo. —De fondo comenzó a oírse el llanto de un niño—. Ten-
go que irme —dijo Avi—. El asma de Shlomo ha vuelto a dispararse.
Apunta esta huella.
—¿Huella?
—Para mi clave de descifrado. Para el correo electrónico.
—¿Ordo?
—Sí.
Randy sacó un bolígrafo y, al no encontrar papel en el bolsillo, lo
colocó sobre la palma de la mano.
—Dispara.
—67 81 A4 AE FF 40 25 9B 43 0E 29 8D 56 60 E3 2F. —Y a conti-
nuación, Avi colgó el teléfono.
Randy volvió al restaurante. De camino a la mesa, le pidió al ca-
marero que le trajese media botella de un buen vino tinto. Charlene le
oyó y lo miró con el ceño fruncido. Randy seguía pensando sobre la
ferocidad innata, y no vio el gesto; sólo el aspecto mojigato común a
todos los amigos de Charlene. ¡Dios mío! Tengo que irme de Califor-
nia, comprendió de inmediato.

-49 —
Alga marina

Mujer e hijo Ojos


descoloridos Llanto
helado

El Cuarto de Marines marcha colina abajo al ritmo de John


Philip Sousa, lo que debería ser natural para un marine. Pero
el Cuarto de Marines lleva en Shanghai (que no es ni los salo-
nes de Montezuma ni las costas de Trípoli) demasiado tiempo, más
de lo que cualquier marine debería estar en ningún sitio, y Bobby ya
había visto como su sargento, un tal Frick, vomitaba por el mono del
opio.
Una banda de marines se encuentra a varias manzanas de Shanghai,
por delante. El pelotón de Bobby puede escuchar el retumbar de los
grandes tambores y el sonido penetrante emitido por los flautines y los
xilófonos, pero él es incapaz de seguir la melodía. El cabo Shaftoe es a
todos los efectos su líder, porque el sargento Frick está para el arrastre.
Shaftoe marcha junto a la formación, supuestamente para vigilar a
sus hombres, pero en realidad para admirar Shanghai.
Shanghai le devuelve la mirada y, en general, les regala una ovación
entusiasta. Evidentemente, siempre hay algún alborotador callejero
que considera una cuestión de honor dejar bien claro que no teme a los
marines, y los abuchea desde una distancia segura, y también disparan
petardos, lo que no ayuda a mantener la calma. Los europeos aplauden,
todo un grupo de coristas rusas de Delmonte enseña los muslos y lan-
za besos. Pero la mayoría de los chinos se muestran hieráticos, lo que
significa —sospecha Bobby— que están muertos de miedo.
Lo peor son las mujeres que llevan niños medio blancos. Algunas
de ellas se comportan con furia, con histeria, arrojándose entre las for-
maciones de marines sin que les importen las culatas de los rifles. Pero
la mayoría se muestran estoicas: permanecen de pie sosteniendo a los
niños de ojos claros y miran fijamente, buscando al culpable entre las
filas. Todo el mundo ha oído lo que sucedió río arriba, en Nanjing,
cuando llegaron los nipos, y saben que cuando todo acabe el único ras-
tro que podría quedar de que ellas y sus bebes existieron sería el horri-
ble recuerdo en la mente de algún marine americano.
Las miradas funcionan en el caso de Shaftoe: ha cazado ciervos en
Wisconsin y les ha visto cojear por la nieve mientras se desangraban

— 50 —
hasta morir. Vio a un hombre morir durante la instrucción en isla de
Parris. Ha visto marañas de cuerpos en el Yangtzé, corriente abajo del
lugar donde los nipones juzgaban el Incidente de China, y había visto
a refugiados de lugares como Nanjing morirse de hambre en los calle-
jones de Shanghai. Él mismo ha matado a gente que intentaba tomar
por asalto los barcos fluviales que les habían ordenado proteger. Pien-
sa que nunca ha visto, y nunca verá, nada tan terrible como esas muje-
res chinas de rostro duro sosteniendo a sus bebés blancos, sin siquiera
parpadear mientras los petardos estallan a su alrededor.
Es decir, hasta que mira los rostros de ciertos marines que a su vez
miran la multitud y ven sus propios rostros devolviéndoles la mirada,
regordetes por la grasa infantil y llenos de lágrimas. Algunos parecen
tomárselo a broma. Pero muchos de los marines que salieron esa ma-
ñana de los barracones vacíos como hombres cuerdos y responsables,
para cuando llegan a las cañoneras que les esperan en el Bund se han
vuelto completamente locos. No lo demuestran todavía. Pero Shaftoe
puede ver en sus ojos que finalmente algo en su interior se ha derrum-
bado.
Los mejores hombres del regimiento están muy mal de ánimos.
Los que como Shaftoe no se involucraron con las mujeres chinas de-
jan, aun así, muchas cosas detrás: casas con sirvientas y chicos para
abrillantar los zapatos y coolies, con mujeres y opio casi por nada. No
saben a dónde les envían, pero está claro que veintiún dólares al mes no
les llevarán muy lejos. Volverán a ir a los barracones y tendrán que
abrillantarse sus propias botas. Una vez retiradas las pasarelas del
Bund, quedan aislados de un mundo que no volverán a ver, un mundo
en el que eran reyes. Ahora vuelven a ser marines. A Shaftoe no le im-
porta, porque él quiere ser marine. Pero muchos de los hombres han
llegado a la mediana edad, y no quieren serlo.
Los hombres culpables se ocultan en el interior. Shaftoe permane-
ce en la cubierta de la cañonera, que se separa del Bund, en dirección al
crucero Augusta, que les espera en medio del canal.
El Bund está atestado de curiosos en una confusión de ropas de di-
ferentes colores, así que un grupo de uniforme le llama la atención: un
grupo de soldados nipos que han venido a ofrecer a sus colegas yan-
quis una despedida sarcástica. Shaftoe busca en el grupo a alguien alto
y voluminoso, y lo encuentra con facilidad. Goto Dengo le dice adiós
con la mano.
Shaftoe se quita el casco y le devuelve la despedida. Luego, en un
impulso, sólo porque le da la gana, se prepara y lanza el casco directa-

. — 51 —
mente hacia la cabeza de Goto Dengo. No le sale bien y Goto Dengo
debe derribar como a una docena de sus compatriotas para atraparlo.
Todos ellos parecen pensar que se trata de un gran honor, además de
extremadamente divertido, el ser derribado por Goto Dengo.
Veinte segundos más tarde, un cometa sale volando del cosmos de
carne del Bund y cae sobre la cubierta de madera de la cañonera, un
gran lanzamiento. Goto Dengo está demostrando su puntería. El pro-
yectil es una piedra envuelta en una serpentina blanca. Shaftoe corre a
recogerlo. La serpentina es uno de esos pañuelos de mil puntadas (se
supone; ha quitado algunos a nipos inconscientes, pero nunca se ha
molestado en contar las puntadas) que se ponen alrededor de la cabe-
za como amuleto de buena suerte; tiene una albóndiga en el centro y
escritura nipona a ambos lados. La desata de la piedra. Al hacerlo ve,
de pronto, que no se trata de una piedra; ¡es una granada de mano! Pero
el bueno de Goto Dengo estaba bromeando; no ha sacado el seguro. Un
bonito souvenir para Bobby Shaftoe.

El primer haiku (diciembre, 1940) de Shaftoe fue una adaptación


apresurada del credo de los marines:

El rifle es mío
Hay muchos iguales a él
Éste es el mío

Lo escribió en las siguientes circunstancias: Shaftoe y el resto del


Cuarto de Marines se encontraban estacionados en Shanghai para pro-
teger el Asentamiento Internacional y trabajar como músculos en las
cañoneras de la Patrulla Fluvial del Yangtzé. Su pelotón acababa de
volver de la Última Patrulla: un reconocimiento de mil millas, río arri-
ba, pasando por lo que quedaba de Nanjing, hasta Hankow, y de vuel-
ta. Los marines lo hacían desde la rebelión de los Boxers, la guerra
civil y todo lo demás. Pero, hacia finales de 1940, con los nipos"' con-
trolando ahora el noreste de China, los políticos en D.C. habían tira-
do finalmente la toalla y habían comunicado a los marines de China
que ya no debían remontar el Yangtzé.
Ahora, los marines de la vieja guardia como Frick afirmaban que

* Que era como los marines, quienes nunca usaban una palabra de tres sílabas
cuando bastaba con una de cuatro letras, llamaban invariablemente a los nipones.

— 52 —
podían distinguir entre bandidos organizados, muchedumbres arma-
das de campesinos hambrientos, bribones nacionalistas, guerrillas co-
munistas y las fuerzas irregulares pagadas por los señores de la guerra.
Pero para Bobby Shaftoe todos eran una panda de asiáticos enloque-
cidos y armados que querían su parte de la Patrulla Fluvial del Yang-
tzé. La Última Patrulla había sido un viaje desesperado. Pero ya había
terminado y estaban de regreso en Shanghai, el lugar más seguro de
China, y como cien veces más peligroso que el lugar más peligroso de
América. Habían descendido de la cañonera seis horas antes, se habían
metido en un bar, y acaban de salir ahora mismo, cuando habían deci-
dido que ya era hora de irse a un prostíbulo. De camino, dio la casua-
lidad de que pasaron frente a aquel restaurante ñipo.
En otras ocasiones, Bobby Shaftoe ya había mirado por la ventana
del local y había observado al hombre del cuchillo intentado com-
prender qué hacía. Demonios, parecía como si estuviese cortando el
pescado sin cocinarlo y poniendo la carne cruda sobre montoncillos de
arroz para pasárselos a continuación a los clientes nipos del otro lado
del mostrador, que los engullían.
Tenía que ser una ilusión óptica. El pescado debía haber sido coci-
nado de antemano en la parte trasera del local.
Esa situación llevaba un año incomodando a Shaftoe. Cuando él y
los otros marines borrachos y calientes pasaron frente al local, redujo
el paso para echar un vistazo, intentando reunir más pruebas. Podría
jurar que parte de aquel pez tenía un color rojo rubí, lo que no podía
ser si estaba cocinado.
Uno de sus compañeros, Rhodes, de Shreveport, le vio mirar. De-
safió a Shaftoe a entrar allí y sentarse. Luego otro soldado, Gowicki,
de Pittsburg, ¡dobló el desafío!
Shaftoe apretó los dientes y consideró la cuestión. Ya se había de-
cidido a hacerlo. Era un explorador encubierto, y formaba parte de su
personalidad hacer locuras de aquel tipo; pero examinar el territorio
antes de aventurarse en él también era parte de su entrenamiento.
El restaurante estaba tres cuartas partes lleno, y todos los clientes
eran miembros uniformados del ejército nipón. En el bar donde el
hombre cortaba pescado aparentemente crudo había una gran concen-
tración de oficiales; si tuviese una granada, la tiraría allí. El local esta-
ba ocupado en su mayoría por mesas alargadas en las que se sentaban
los soldados, tomando sopa de tallarines. Shaftoe les prestó una aten-
ción especial, porque eran ellos los que iban a darle, en sesenta segun-
dos, una paliza. Algunos estaban a solas, leyendo. Un grupo, en una es-

— 53 —
quina, prestaban atención a un tipo que aparentemente contaba una
historia o un chiste.
Cuanto más tiempo pasaba Shaftoe reconociendo el local, más se
convencían Rhodes y Gowicki de que de verdad iba a hacerlo. Se en-
tusiasmaron y llamaron a más marines, quienes se habían adelantado
en dirección al prostíbulo.
Shaftoe vio que regresaban los otros. Eran su reserva táctica.
—¡Qué cono! —dijo y entró en el restaurante.
A su espalda, podía oír a los otros gritar entusiasmados; no podían
creer que lo estuviese haciendo. Cuando Shaftoe atravesó el portal de
aquel restaurante ñipo pasó a formar parte de la leyenda.
Todos los nipos le miraron al atravesar la puerta. Si estaban sor-
prendidos no lo manifestaron. El chef tras el mostrador comenzó a en-
tonar una especie de saludo ritual, que fue desvaneciéndose hasta apa-
garse cuando vio lo que había entrado. El tipo al fondo del local —un
ñipo de mejillas coloradas, de voz ronca— siguió contando su historia
o su chiste o lo que fuese.
Shaftoe saludó sin dirigirse a nadie en particular, luego se acercó a
la silla libre más próxima y se sentó.
Otros marines hubiesen esperado a tener reunido a todo el pelo-
tón. A continuación, hubiesen invadido el restaurante en masa, tiran-
do algunas sillas y derramando algo de sopa. Pero Shaftoe había toma-
do la iniciativa antes de que los otros pudiesen hacer algo así y había
entrado solo, como se suponía que hacía un explorador encubierto.
Pero no se trataba sólo de que fuese un explorador encubierto. Tam-
bién se debía a que era Bobby Shaftoe, y sentía sincera curiosidad por
aquel sitio y, si podía, quería pasar allí unos minutos de calma y apren-
der algunas cosas antes de que empezase la diversión.
Ayudó, claro, que Shaftoe fuera un borracho tranquilo y contem-
plativo, no un borracho peligrosamente explosivo. Debía apestar a cer-
veza (los teutones de Tsingtao producían un brebaje cuyo sabor le de-
volvía a Wisconsin, y sentía añoranza). Pero no aullaba ni tiraba cosas.
El chef estaba ocupado montando uno de los bocaditos y fingía ig-
norar a Shaftoe. Los otros hombres lo miraron con frialdad durante un
momento y luego volvieron a centrar su atención en la comida. Shaf-
toe examinó los peces crudos dispuestos sobre el hielo picado y a con-
tinuación dirigió la mirada al resto del local. El tipo al fondo hablaba a
ráfagas cortas leyendo de un libro de notas. Decía como diez o veinte
palabras y a continuación los miembros de su reducida audiencia se mi-
raban entre sí y sonreían, o hacían una mueca, y en ocasiones incluso

— 54 —
aplaudían. No recitaba como si fuesen chistes verdes. Hablaba con pre-
cisión y expresividad.
¡Cono! ¡Leía poesía! Shaftoe no entendía lo que decía, pero sí sa-
bía, por los sonidos, que debía ser poesía. Pero no rimaba. Aunque los
nipos lo hacían todo al revés.
Observó que el chef lo miraba con hostilidad. Se aclaró la gargan-
ta, lo que no tenía demasiado sentido puesto que no sabía hablar ñipo.
Miró en dirección al pescado rojo rubí que había tras la barra, lo señaló
y levantó dos dedos.
Todos se quedaron asombrados de que el americano hubiese real-
mente pedido algo. La tensión se rompió, aunque sólo un poquito. El
chef se puso a trabajar y preparó dos porciones, que procedió a servir-
le en un pedestal de madera.
A Shaftoe le habían enseñado a comer insectos y a arrancarle la ca-
beza a un pollo a mordiscos, así que se imaginó que podía tragarse
aquello. Cogió las porciones con los dedos, como hacían los nipos, y
se las comió. Sabían bien. Pidió dos más, de otra clase. El tipo de la es-
quina seguía leyendo poesía. Shaftoe se comió sus porciones y pidió al-
gunas más. Durante unos diez segundos, por el sabor del pescado y el
sonido de la poesía, se sintió realmente cómodo en aquel lugar, y se
olvidó de que simplemente estaba preparando una virulenta pelea racial.
Lo tercero que le sirvieron tenía un aspecto diferente: sobre el pes-
cado crudo había una hojas delgadas y traslúcidas de un material
húmedo y reluciente. Parecía papel empapado de aceite. Shaftoe lo
contempló boquiabierto durante un rato, intentado identificarlo, pero
no se parecía a ningún alimento que conociese. Miró a derecha y a iz-
quierda, con la esperanza de que uno de los nipos hubiese pedido lo
mismo, para echar un vistazo y descubrir cómo se comía. No hubo
suerte.
Demonios, eran oficiales. Quizás alguno de ellos hablase un poco
de inglés.
—Perdóneme. ¿Qué es esto? —dijo Shaftoe, levantando una es-
quina de la extraña membrana.
El chef lo miró nervioso, miró hacia la barra, sondeando a los clien-
tes. Se produjo una discusión. Al fin, un oficial ñipo sentado al otro ex-
tremo de la barra, un teniente naval, se puso en pie y le habló a Bobby
Shaftoe.
—Algas marinas.
A Shaftoe no le gustó especialmente el tono de voz del teniente:
hostil y arisco. En combinación con la expresión de su cara, el mensa-

_ 55 __
je parecía ser: «Nunca lo comprenderías, granjero, así que por qué no
lo consideras algas marinas.»
Shaftoe cruzo con formalidad las manos sobre el regazo, miró las
algas marinas durante unos segundos, y luego levantó la vista en di-
rección al teniente, quien todavía le miraba sin mostrar ninguna ex-
presión.
—¿Qué tipo de «alga marina», señor? —preguntó.
Miradas elocuentes empezaron a volar por todo el local, como los
semáforos antes de un encuentro naval. La lectura de poesía parecía ha-
ber terminado, y desde el fondo del local se había iniciado una emi-
gración de soldados. Mientras tanto, el teniente tradujo la pregunta de
Shaftoe a los otros, que la discutieron con todo detalle, como si fuese
una importante propuesta política de Franklin Delano Roosevelt.
El teniente y el chef intercambiaron algunas palabras. A continua-
ción, el teniente miró a Shaftoe.
—Dice que pague ahora.
El chef levantó la mano y frotó los dedos con el pulgar.
Un año de trabajo en la Patrulla Fluvial del Yangtzé había dotado
a Bobby Shaftoe de nervios de titanio, además de una fe ilimitada en
sus compañeros, por lo que resistió el impulso de volver la cabeza y
mirar por la ventana. Ya sabía con exactitud lo que vería: marines, hom-
bro contra hombro, dispuestos a morir por él. Se rascó el nuevo tatuaje
del brazo: un dragón. Las uñas sucias al pasar sobre las costras recien-
tes produjeron un sonido áspero en el total silencio del restaurante.
—No ha contestado a mi pregunta —dijo Shaftoe, pronunciando
las palabras con precisión etílica.
El teniente lo tradujo al nipón. Más discusiones. Pero en esta oca-
sión fueron cortantes y firmes. Shaftoe sabía que estaban a punto de ir
a por él. Cuadró los hombros.
Los nipos eran buenos; montaron una carga organizada fuera de la
puerta, hacia la acera, y se enfrentaron con los marines, antes de que
cualquiera le pusiese la mano encima. El ataque de anulación impidió
a los marines invadir el restaurante, lo que hubiese estropeado la co-
mida de los oficiales y, con suerte, hubiese producido imprevisibles da-
ños a la propiedad. A continuación, Shaftoe sintió como al menos tres
personas lo agarraban por detrás y lo elevaban en el aire. Mientras su-
cedía todo aquello, miró a los ojos al teniente y gritó:
—¿Me está tomando el pelo con lo de las algas marinas?
En lo que se refiere a la bronca, lo único a destacar de la presente
fue la forma en que lo llevaron a la calle antes de que pudiese empezar

— 56 —
apegar. Aparte de eso, fue como cualquier otra pelea callejera con sol-
dados nipos en la que se hubiese metido en Shanghai. Al final todas se
reducían al músculo americano (no te elegían para el Cuarto Regi-
miento a menos que fueses como un armario de metro ochenta) con-
tra los hachazos-tortazos nipones.
Shaftoe no era un boxeador. Era un luchador. Se trataba de su pun-
to de ventaja. Los otros marines adoptaban sus posturas e intentaban
luchar —al estilo del marqués de Queenberry— lo que no era mucho
frente a los hachazos-tortazos. Shaftoe no se hacía ilusiones sobre su
estilo de boxeo, así que bajaba la cabeza y cargaba como un toro, de ca-
mino recibía un par de golpes en la cara, pero normalmente conseguía
agarrar con fuerza a su oponente y lo llevaba al suelo. Por lo general,
eso sacudía tanto al ñipo que Shaftoe podía atraparlo en una full-nel-
son o una hammerlock y hacerle gritar de dolor.
Los tipos que le llevaban al exterior fueron atacados por marines
en cuanto salieron por la puerta. Shaftoe se encontró enfrentándose a
un oponente que era al menos tan alto como él, lo que era raro. Ade-
más, también tenía buena constitución. No era para nada como un lu-
chador de sumo, sino más bien como un jugador de rugby... un delan-
tero con algo de barriga. Era un hijo de puta fuerte, y Shaftoe supo de
inmediato que le esperaba una buena paliza. El tipo tenía un estilo de
lucha diferente al americano, que (como Shaftoe descubrió por las ma-
las) incluía algunos movimientos ilegales: estrangulamiento parcial y
potentes golpes cortos a los centros nerviosos más importantes. La se-
paración entre la mente y el cuerpo de Shaftoe, ya ampliada por el al-
cohol, se abrió definitivamente hasta convertirse en un abismo ante
esas técnicas. Acabó tendido en la acera, indefenso y paralizado, mi-
rando el rostro regordete de su oponente. Se trataba (vio) del mismo
tipo que había estado leyendo poesía al fondo del local. Para ser un
poeta, era muy buen luchador. O quizá viceversa.
—No es «alga marina» —dijo el enorme ñipo. En la cara tenía la
expresión de un escolar travieso al que la travesura le estuviese salien-
do bien—. ¿Quizá la palabra en tu idioma sea «calabaza»? —Y a con-
tinuación se dio la vuelta y volvió a entrar en el restaurante.
¡Vaya una leyenda! Lo que ninguno de los otros marines sabía era
que aquel no iba a ser el último encuentro entre Bobby Shaftoe y Goto
Dengo. El incidente dejó a Shaftoe con un montón de insistentes
preguntas sobre temas tan diversos como las algas marinas, la poesía y
los hachazos-tortazos. Después del incidente buscó a Goto Dengo, lo
que no fue difícil; se limitó a pagarle a un chico chino para que siguie-

— 57 —
se al llamativo ñipo por toda la ciudad y le diese informes diarios. Por
ellos supo que Goto Dengo y algunos de sus camaradas se reunían
todas las mañanas en cierto parque para practicar sus hachazos-torta-
zos. Después de asegurarse de tener en orden el testamento y escribir
una última carta a sus padres y hermanos en Oconomowoc, Shaftoe
fue al parque cierta mañana, volvió a presentarse al sorprendido Goto
Dengo y llegó a un acuerdo para servir de saco de arena humano. Sus
habilidades para la defensa personal les parecieron hilarantemente pri-
mitivas pero admiraron su resistencia, y por tanto, por el módico pre-
cio de algunos dedos y costillas rotos, Bobby Shaftoe recibió un curso
preliminar en el estilo particular de hachazo-tortazo preferido de Goto
Dengo, que se llama judo. Con el tiempo, la cosa incluso llevó a un
par de encuentros sociales en bares y restaurantes, en los que Shaftoe
aprendió a reconocer cuatro tipos de algas marinas, tres tipos de hue-
vas y varios estilos de poesía nipona. Claro está, no tenía ni idea de qué
cono decían, pero sabía contar sílabas, lo que, por lo que podía com-
prender, era todo lo necesario para apreciar la poesía nipona.
Aunque no es que esos conocimientos —o cualquier otra cosa que
pudiese aprender sobre su cultura— vayan a serle de utilidad ahora,
cuando muy pronto su trabajo consistirá en matarlos.
A cambio, Shaftoe enseñó a Goto Dengo a no lanzar como una chi-
ca. Muchos nipos son buenos jugadores de béisbol por lo que era gra-
cioso, incluso para ellos, ver como su enorme amigo lanzaba con tan
poca eficacia contra un bate. Pero fue Shaftoe el que enseñó a Goto
Dengo a ponerse de lado, girar los hombros y lanzar. Ha prestado mu-
cha atención durante el pasado año a los progresos del ñipo, y quizá
por eso la imagen de Goto Dengo plantando los pies en los bloques de
piedra del Bund, retirando el brazo, lanzando la granada envuelta en
una cinta, acertando mientras permanece sobre un solo pie metido en
una bota militar, permanece en la mente de Shaftoe de camino a Mani-
la y más lejos.

A un par de días de viaje se hace evidente que el sargento Fnck se


ha olvidado de cómo se limpian las botas. Cada noche las deja junto a
la litera, como si esperase que un coolie viniese por la noche a limpiar-
las. Cada mañana se despierta para encontrárselas todavía peor que an-
tes. Después de unos días, comienza a recibir reprimendas de lo Más
Alto, y empieza a tener muchos turnos de pelar patatas.
Ahora bien, esto por sí sólo sería perdonable. Por amor de Dios,

— 58 —
Frick comenzó su carrera manteniendo alejados a los bandoleros de los
trenes correo en High Chaparral. En 1927 lo enviaron a Shanghai sin
previo aviso, y sin duda tuvo que demostrar algo de capacidad de adap-
tación. Vale. Y ahora se encuentra en este deprimente crucero anterior
a la Gran Guerra, y es un poco duro para él. Pero no lo acepta con la
dignidad que los marines exigen a los marines. Se queja. Se deja humi-
llar. Se enfada. Muchos otros de los marines de China ven las cosas de
esa forma.
Una día, Bobby Shaftoe se encuentra en la cubierta del destructor
lanzando la siempre fiable pelota de béisbol con dos de los chicos cuan-
do ve a algunos de los veteranos reuniéndose como una masa viscosa
humana en la cubierta. Por las expresiones y los gestos comprende que
se están quejando.
Shaftoe oye como dos miembros de la tripulación hablan:
—¿Qué demonios pasa con estos marines? —dice uno de ellos.
El otro mueve la cabeza con tristeza, como un médico que aca-
base de ver que los globos oculares de un paciente dan vueltas en sus
cuencas.
—Esos pobres cabrones se han vuelto asiáticos —dice.
Y se vuelven para mirar a Shaftoe.
Esa noche, en el comedor, Bobby Shaftoe traga la comida a toda
prisa, y a continuación se pone en pie y se dirige a donde están reuni-
dos los marines veteranos.
—¡Le pido perdón, sargento! —grita—. ¡Le pido permiso para
limpiarle las botas, sargento!
Frick se queda boquiabierto, dejando al descubierto un trozo de
carne medio masticado.
—¿Qué ha dicho, cabo?
Todo el comedor está en silencio.
—¡Con todos los respetos le pido permiso para limpiarle las botas,
sargento!
Frick no es, ni siquiera cuando está sobrio, el tipo más rápido del
mundo, y es más que evidente, basta con mirarle a las pupilas, que tanto
él como sus compañeros han subido algo de opio a bordo.
—Bien, yo, supongo que sí —dice.
Mira a su grupo de quejicas, que se muestran confundidos y diver-
tidos. Se quita las botas. Bobby Shaftoe coge aquel vergonzoso calza-
do y vuelve un poco más tarde trayéndolo resplandeciente. Para en-
tonces, Frick se ha animado.
—Bien, esas botas tienen muy buen aspecto, cabo Shaftoe —dice

— 59 —
con voz ostentosa—. Que me aspen si no eres tan bueno abrillantando
zapatos como lo era mi coolie.
Al apagarse las luces, Fnck y su camarilla descubren que les han
«hecho la cama». Durante la noche se producen otras bromas bastan-
te más brutas. Uno de ellos sufre un ataque en su litera y le dan una
paliza; los atacantes no se identifican. A la mañana siguiente suena el
aviso de inspección sorpresa y les sacan de la cama maldiciendo. La ca-
marilla del «se han vuelto asiáticos» pasa la mayor parte del día for-
mando un grupo, vigilándose mutuamente las espaldas.
Como a mediodía, finalmente entra en la cabeza de Frick la idea de
que todo aquello ha sido iniciado por el gesto de Shaftoe, y que Shaf-
toe sabía, desde el primer momento, lo que iba a suceder. Así que lla-
ma a Bobby Shaftoe a cubierta e intenta arrojarlo por la borda.
A Shaftoe lo avisa en el último momento uno de sus camaradas y
gira lo justo para evitar el ataque de Frick. Frick rebota en la baranda,
vira e intenta agarrar los cojones de Shaftoe. Shaftoe le mete un dedo
en un ojo, lo que inmediatamente le pone firme. Se separan. Habién-
dose terminado las formalidades iniciales; adoptan las posturas de
boxeo.
Frick y Shaftoe boxean durante unos asaltos. Se reúne una larga
multitud de marines. Para la mayoría de ellos, Frick va ganando. Frick
siempre ha tenido muy pocas luces, y ahora está enloquecido, pero
sabe cómo moverse por el cuadrilátero, y supera a Shaftoe en veinte
kilos.
Shaftoe lo aguanta hasta que Frick le da un buen golpe en la boca
y le deja un labio sangrando.
—¿A cuánto estamos de Manila? —aulla Shaftoe. La pregunta, co-
mo es habitual, confunde y desconcierta al sargento Frick, e incluso le
hace ponerse recto durante un momento.
—Dos días —le contesta uno de los oficiales del buque.
—Maldita sea —dice Bobby Shaftoe—. ¿Cómo voy a besar a mi
chica con un labio hinchado?
Frick le responde:
—Tendrá que buscar una más barata.
Con eso le basta. Shaftoe agacha la cabeza y carga contra Frick, au-
llando como un ñipo. Antes de que Frick tenga tiempo de pensar,
Bobby Shaftoe lo tiene atrapado en una de esas llaves ñipo que Goto
Dengo le ha enseñado en Shanghai. Va subiendo por el cuerpo de Fnck
hasta golpearle la nuez y luego aprieta hasta que los labios del sargen-
to Frick se vuelven del color de una concha de ostra. A continuación,

— 60 —
cuelga a Frick de la baranda, sosteniéndole cabeza abajo por los talo-
nes, hasta que Frick se recupera lo suficiente para gritar:
—¡Me rindo!
Se organiza con rapidez un acto disciplinario. A Shaftoe se le en-
cuentra culpable de mostrarse cortés (al limpiarle las botas a Frick) y
defender la vida de un marine (la suya propia) de un atacante enloque-
cido. El atacante enloquecido va directamente a la jaula. A las pocas ho-
ras, los ruidos de Frick hacen que todos los marines sepan cómo es el
síndrome de abstinencia del opio.
Por lo tanto, el sargento Frick no llega a ver la entrada en la bahía
de Manila. Shaftoe casi siente pena por el pobre cabrón.
Durante todo el día la isla de Luzón permanece a babor, una masa
negra apenas visible entre la neblina, con vislumbres fugaces de pal-
meras y playas en la parte baja. Todos los marines ya han estado allí por
lo que pueden distinguir la Cordillera Central al norte, y más tarde las
montañas Zamabales, que acaban descendiendo para unirse al mar en
la bahía de Subic. Subic da pie a un aluvión de anécdotas picantes. El
barco no se detiene ahí, sino que continua en dirección sur bordeando
Batan, virando para entrar en la bahía de Manila. El barco apesta a be-
tún, polvos de talco y loción para después del afeitado; puede que el
Cuarto Regimiento de Marines se halle especializado en ir de apuestas
y abusar del opio, pero siempre se les ha conocido como los marines
de mejor aspecto de todo el cuerpo.
Pasan frente a Corregidor. Una isla con la forma de una gota de
agua sobre una bota encerada, de suave redondez en medio pero des-
lizándose en pendiente hacia el agua. Tiene una cola larga, delgada y
seca que se extiende a un extremo. Los marines saben que la isla está
acribillada de túneles y erizada de temibles cañones, pero la única se-
ñal de esas fortificaciones es el conjunto de barracones de cemento en
lo alto de las colinas, que sirven de hogar a los hombres que se ocupan
de las armas. Una maraña de antenas se eleva por encima de Topside.
Para Shaftoe tienen una forma familiar, porque muchas de esas mismas
antenas se elevaban sobre la Estación Alfa en Shanghai, y él mismo tu-
vo que desmontarlas y subirlas a un camión.
Hay un enorme acantilado de piedra caliza que desciende casi has-
ta el mar, y en la base está la entrada al túnel donde se esconden los es-
pías y tienen su guarida los hombres de la radio. Cerca hay un puerto,
en esos momentos muy atareado, porque están descargando suminis-
tros de transportes civiles y acumulándolos en la misma playa. Es un
detalle que todos los marines registran como un signo evidente de la

" Oí "
guerra que se aproxima. El Augusta ancla en la ensenada, y todo el
equipo de radio envuelto en lonas se descarga en botes y se lleva al
muelle, junto con los extraños tipos de la Marina que se ocupaban de
esas cosas en Shanghai.
El oleaje muere al pasar Corregidor y entrar en la bahía. Cerca de
la superficie flotan algas marrón verdoso formando remolinos y ara-
bescos. Los barcos de la Marina dejan largas cuerdas marrones de hu-
mo sobre el mar en calma. Al no ser alteradas por el viento, se difumi-
nan en formas desiguales como cordilleras montañosas traslúcidas.
Pasan frente a la gran base militar de Cavite, una zona de terreno tan
baja y plana que su límite con el agua sería invisible si no fuese por la
valla formada por las palmeras. En ella se elevan unos hangares y to-
rres de agua, y un oscuro conjunto de barracones más al interior. Ma-
nila está justo frente a ellos, todavía oculta por la neblina. Va anoche-
ciendo.
De pronto la neblina se disuelve, la atmósfera se torna súbitamente
tan clara como los ojos de un niño, y durante una hora más o menos
pueden ver el infinito. Están adentrándose en un área de inmensos
frentes de tormenta, con relámpagos cayendo en torno a ellos por to-
das partes. Nubes grises y planas, como fragmentos rotos de pizarra,
se vislumbran entre nubes de yunque. Tras ellas hay nubes más altas,
que llegan casi hasta la luna, reluciendo de un tono rosa y salmón a la
luz del sol poniente. Detrás, más nubes anidadas entre bancos de hu-
medad como adornos navideños envueltos en tisú, extensiones de cie-
lo azul, más frentes tormentosos intercambiando rayos de veinte mi-
llas de largo. Cielos dentro de cielos dentro de cielos.
En Shanghai hacía frío, y desde entonces la temperatura ha ido au-
mentando cada día. Algunos días incluso hace calor y bochorno. Pero
para cuando Manila se deja ver, una brisa cálida se levanta sobre la cu-
bierta y todos los marines suspiran, como si todos ellos hubiesen eya-
culado simultáneamente.

Manila aroma Batido


por palmeras Muslos
de Glory

Los tejados enlosados de Manila tienen cierto aspecto mestizo, me-


dio español y medio chino. La ciudad tiene un rompeolas cóncavo con
un paseo plano en lo alto. Los paseantes se vuelven y saludan a los ma-
rines; algunos les lanzan besos. Los invitados de una boda descienden

— 62 —
la escalinata de una iglesia y atraviesan el bulevar hasta el rompeolas,
donde se harán las fotos bajo la luz color melocotón de la puesta de sol.
Los hombres visten ligeras camisas filipinas de fantasía, o uniformes
del ejército de los Estados Unidos. Las mujeres llevan espectaculares
vestidos largos. Los marines les gritan y les silban y las mujeres se
giran, recogiéndose ligeramente las faldas para no caerse, y saludan
con entusiasmo. Los marines se marean y prácticamente se caen por la
borda.
A medida que el barco entra en el puerto, un banco de peces en for-
ma de media luna surge del mar. Se aleja como una duna golpeada por
el viento. Los peces son plateados y tienen forma de hojas. Cada uno
de ellos golpea el agua con un sonido metálico, y los ruidos se en-
tremezclan y resuenan como un desgarro. El creciente se desliza bajo
un embarcadero, fluye en torno a los postes y desaparece entre las
sombras.
Manila, la Perla de Oriente, primeras horas de un domingo por la
noche, el 7 de diciembre de 1941. En Hawai, al otro lado del meridia-
no, apenas ha pasado la medianoche. Bobby Shaftoe y sus camaradas
tienen unas pocas horas de libertad. La ciudad es moderna, próspera,
habla inglés y es cristiana, de lejos la ciudad más rica y avanzada de
Asia, prácticamente como estar de vuelta en Estados Unidos. A pesar
de todo su catolicismo, tiene zonas que parecen haber sido diseñadas,
desde sus mismos cimientos, siguiendo las especificaciones de marine-
ros cachondos. Llegas a esas partes de la ciudad girando a la derecha
justo cuando tus pies tocan la tierra firme.
Bobby Shaftoe gira a la izquierda, se excusa amablemente ante una
legión de prostitutas excitadas que pasan junto a él, y fija su curso en-
tre las altas paredes de Intramuros. Se detiene sólo para comprar un ra-
mo de rosas a un vendedor ambulante en el parque. El parque y los mu-
ros que se alzan sobre él están atestados de amantes que pasean, los
hombres vistiendo en su mayoría uniformes y las mujeres con vestidos
recatados pero impresionantes, haciendo girar los parasoles que llevan
apoyados en los hombros.
Un par de tipos que conducen taxis tirados por caballos insisten en
hacer negocios con Bobby Shaftoe, pero éste los rechaza. Un taxi no
haría más que llevarle a su destino más aprisa, y se siente demasiado
nervioso para darse prisa. Atraviesa una puerta en un muro y llega a la
antigua ciudad española.
Intramuros es un laberinto de paredes de piedra dorada que se ele-
van bruscamente entre calles estrechas. Las ventanas de los primeros

— 63 —
pisos a lo largo de las aceras están protegidas por enrejados negros. Los
barrotes se ondulan, giran y finalizan en elegantes brotes con forma de
hojas. Las segundas plantas sobresalen, exhibiendo lámparas de gas
que ahora mismo están siendo encendidas por sirvientes con largos pa-
los humeantes. De las ventanas surgen sonidos de risas y música, y
cuando pasa junto a los arcos que se abren a los patios interiores, pue-
de oler las flores de los jardines.
Ni de coña es capaz de distinguir una calle de otra. Recuerda que
el nombre de la calle es Magallanes, porque Glory le explicó en una
ocasión la referencia. Y recuerda la vista de la catedral desde la venta-
na de los Pascual. Vagabundea por la manzana un par de veces, con-
vencido de que está cerca. Entonces oye una exaltación de risas de mu-
chachas que vienen de una ventana del segundo piso, y se dirige hacia
ella como una medusa absorbida por una tubería de entrada. Lo re-
cuerda. Aquél es el sitio. Las chicas intercambian cotilleos, en inglés,
sobre una de sus profesoras. No distingue la voz de Glory, pero cree
oír su risa.
—¡Glory! —dice. Más fuerte a continuación. Si le han escuchado,
no le han prestado atención. Al fin, toma fuerza y lanza el ramo como
si fuese una granada sobre la baranda de madera, atravesando el hueco
entre los postigos de madreperla, que entra en la habitación.
Un milagroso silencio desde el interior, y luego un vendaval de ri-
sas. Los postigos de nácar se abren con lenta y angustiosa timidez. Una
muchacha de diecinueve años sale al balcón. Viste el uniforme de una
estudiante de enfermería. Tan blanco como la luz de las estrellas sobre
el Polo norte. Se ha soltado el largo pelo negro para cepillárselo, y se
agita lánguido con la brisa nocturna. Los restos de luz rosada de la
puesta de sol hacen que su rostro resplandezca como carbón ardiendo.
Durante un segundo se esconde tras el ramo, hunde la nariz en él, as-
pira profundamente, mirándole sobre las flores con los ojos negros. A
continuación, hace descender el ramo lentamente para mostrar sus al-
tos pómulos, su menuda y perfecta nariz, la fantástica escultura de sus
labios, y los dientes, blancos pero atractivamente torcidos, apenas vi-
sibles. Sonríe.
—Jesús H. Cristo —dice Bobby Shaftoe—, tus mejillas son como
un puñetero quitanieves.
Ella se lleva un dedo a los labios. El gesto de algo tocando los la-
bios de Glory atraviesa el pecho de Shaftoe con una lanza invisible.
Glory lo mira durante un rato, hasta que su mente tiene la certeza de
que posee la atención del muchacho y que no va a irse a ningún sitio.

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A continuación se da la vuelta. La luz roza su trasero, sin mostrar na-
da, pero sugiriendo una hendidura. Entra de nuevo y los postigos se
cierran tras ella.
De pronto, la habitación llena de chicas se queda en silencio, ex-
ceptuando el murmullo ocasional de la risa contenida. Shaftoe se
muerde la lengua. Lo están jodiendo todo. El señor y la señora Pascual
notarán el silencio y sospecharán.
Resuena el hierro y se abre una gran puerta. El mozo le indica que
pase. Shaftoe sigue al anciano por el oscuro y arqueado túnel de la co-
chera. Las duras suelas de sus relucientes zapatos negros resbalan so-
bre el empedrado. Un caballo del establo relincha al oler su loción
para después del afeitado. Desde el rincón del mozo se propaga una
suave melodía norteamericana, música de baile emitida por la estación
de las Fuerzas Armadas.
Parras en flor crecen sobre las paredes del patio. Es un mundo or-
denado, tranquilo y cerrado, casi como estar en el interior. El mozo le
señala en dirección a una de las escaleras que llevan al segundo piso.
Glory lo llama el entresuelo y dice que en realidad es un piso encajado
entre uno y otro, pero a Bobby Shaftoe le parece normal y corriente.
Sube los escalones y levanta la vista para descubrir al señor Pascual, un
pequeño hombre calvo con gafas y un diminuto bigote bien recortado.
Viste una camisa de mangas cortas, de estilo americano, pantalones ca-
qui, zapatillas, y sostiene una copa de San Miguel en una mano y un ci-
garrillo en la otra.
—¡Soldado Shaftoe! Bienvenido—dice.
Vaya. Glory ha decidido que en esta ocasión es mejor seguir las re-
glas. Se ha informado a los Pascual. Ahora, entre Bobby Shaftoe y la
chica se interponen varias horas de charla social. Pero un marine nun-
ca se desconcierta ante los reveses.
—Le pido perdón, señor Pascual, pero ahora soy cabo.
El señor Pascual se mete el cigarrillo en la boca y da la mano a
Shaftoe.
—¡Bien, felicidades! La semana pasada vi a tu tío Jack. Creo que no
tenía ni idea de que ibas a volver.
—Ha sido una sorpresa para todos, señor —dice Bobby Shaftoe.
Ahora se encuentran en un pasillo elevado que da la vuelta al pa-
tio. En el primer piso sólo habitan los animales y los sirvientes. El se-
ñor Pascual lo lleva hasta la puerta que da entrada al entresuelo. Allí las
paredes son de piedra basta y los techos simples tablas pintadas. Atra-
viesan una oscura y sombría oficina donde el padre y el abuelo del se-

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ñor Pascual solían recibir a los capataces de las haciendas y plantacio-
nes familiares. Durante un momento, Bobby Shaftoe siente renacer la
esperanza. Ese piso tiene algunas habitaciones que en los viejos días
eran apartamentos para los sirvientes de alto nivel, tíos solteros y tías
solteronas. Ahora que el negocio de la hacienda ya no es lo que era, los
Pascual los alquilan a las estudiantes. Quizás el señor Pascual lo esté
llevando directamente a Glory.
Pero acaba igual que todas las ilusiones estúpidas y calentonas
cuando Shaftoe se encuentra al pie de una gran escalera de madera de
nara pulida. En lo alto puede ver un techo de estaño prensado, cande-
labros y la imponente superestructura de la señora Pascual, contenida
en el interior de un impresionante corpino que parece concebido por
un ingeniero naval. Suben por la escalera hasta la antesala, que según
Glory es estrictamente para visitantes fortuitos e inesperados, pero es
más elegante que cualquier otra habitación que Bobby Shaftoe haya
visto. Por todas partes hay grandes jarrones y vasijas, supuestamente
antiguas y supuestamente de Japón y China. Corre una brisa fresca;
mira por la ventana y ve, cuidadosamente enmarcada, la cúpula verde
de la catedral y la cruz celta en lo alto, justo como la recordaba. La se-
ñora Pascual tiende la mano y Shaftoe la agarra.
—Señora Pascual —dice—, gracias por recibirme en su casa.
—Por favor, siéntese —dice ella—, queremos oírlo todo.
Shaftoe se sienta en una silla elegante cerca del piano, se ajusta un
poco los pantalones para no atrapar su pene en erección, y comprueba
su afeitado. Probablemente todavía valdrá durante unas horas. Se oye
pasar un escuadrón. La señora Pascual da instrucciones a la sirvienta
en tagalo. Shaftoe examina los cortes secos de sus nudillos y se pre-
gunta si la señora Pascual tiene la más mínima idea de lo que pasaría si
realmente se lo contase todo. Quizás una pequeña anécdota sobre el
combate mano a mano con los piratas fluviales chinos en las orillas del
Yangtzé serviría para romper el hielo. Por entre una puerta y al final de
un pasillo puede ver una esquina de la capilla familiar, todo arcos góti-
cos, un altar dorado y frente a él un reclinatorio gastado por las rótu-
las de la señora Pascual.
Se sacan cigarrillos, amontonados en un gran caja lacada como
obuses de artillería en un cajón. Beben té y charlan sobre banalidades
durante lo que parecen unos treinta y seis minutos. La señora Pascual
quiere que le garanticen una y otra vez que todo va bien y que no ha-
brá guerra. Es evidente que el señor Pascual cree que la guerra está a la
vuelta de la esquina, y se limita a preocuparse. Los negocios han ido

— 66 —
bien últimamente. Él y Jack Shaftoe, el tío de Bobby, han estado pa-
sando muchas cosas entre Manila y Singapur. Pero opina que los ne-
gocios pronto irán mal.
Aparece Glory. Se ha quitado el uniforme de estudiante y se ha
puesto un vestido. Bobby Shaftoe casi se cae por la ventana. La señora
Pascual vuelve a presentarlos formalmente. Bobby Shaftoe besa la ma-
no de Glory en lo que considera que probablemente sea un gesto muy
galante. Se alegra de haberlo hecho, porque Glory lleva en la palma de
la mano una nota que acaba en la suya.
Glory se sienta y como es debido se le asigna su propia taza de té.
Otra eternidad de charla insustancial. El señor Pascual le pregunta por
octogésima séptima vez si ya ha hablado con el Tío Jack, y Shaftoe rei-
tera que literalmente acaba de bajar del barco y que ciertamente verá al
Tío Jack mañana por la mañana. Se excusa para ir al baño, que es un
viejo sistema de dos agujeros montado sobre unos pozos profundos
que deben descender hasta el mismísimo infierno. Desdobla y lee la
nota de Glory, memoriza las instrucciones, la rompe y arroja los tro-
chos por el hueco.
La señora Pascual concede a los dos jóvenes amantes toda una me-
dia hora de «intimidad», lo que significa que los Pascual abandonan la
habitación y regresan cada cinco minutos para ver cómo están. Se pro-
duce una ceremonia de despedida dolorosamente elaborada y larga que
termina con Shaftoe de vuelta en la calle y Glory diciéndole adiós des-
de el balcón.
Media hora más tarde, hacen judo con las lenguas en el interior de
un taxi tirado por caballos que galopa sobre el empedrado en dirección
hacia los clubes nocturnos de Malate. La extracción de Glory de la re-
sidencia Pascual era algo sencillo para un marine de China totalmente
decidido y un escuadrón de descaradas estudiantes de enfermería.
Pero Glory debe estar besándole con los ojos abiertos, porque de
pronto se aparta de él con agilidad y le dice al taxista:
—¡Deténgase! ¡Por favor, deténgase, señor!
—¿Qué pasa? —dice Shaftoe desconcertado.
Mira a su alrededor y no ve nada excepto una inmensa y vieja igle-
sia de piedra que se alza muy por encima de ellos. La imagen le produ-
ce un incipiente ataque de pánico. Pero la iglesia está a oscuras, no hay
filipinas vestidas de largo, ni marines en uniforme de gala, no puede ser
su boda.
—Quiero mostrarte algo —dice Glory, mientras baja del taxi.
Shaftoe se ve obligado a perseguirla hasta el lugar en cuestión; la

— 67 —
iglesia de San Agustín. Ha pasado frente a ese montón de piedras en
muchas ocasiones, pero nunca se le había ocurrido que entraría en ella
algún día... durante una «cita».
Ella se encuentra al pie de una enorme escalera y dice:
—¿Ves?
Shaftoe levanta la vista y mira a la oscuridad, pensando que debe
haber una vidriera o dos allá en lo alto, quizás una Laceración de Cris-
to o un Empalamiento del Bendito Tórax, pero...
—Abajo —dice Glory, y golpea un pie en miniatura contra el pri-
mer escalón. Se trata de un único, grande, inmenso y enorme bloque
de granito.
—Parece, en mi estimación, que ahí hay diez o veinte toneladas de
roca —dice con autoridad.
—Vino de México.
—¡Ah, vaya!
Glory le sonríe.
—Llévame escaleras arriba.
Y por si Shaftoe estuviese considerando negarse, se arroja en sus
brazos, y él no tiene más remedio que sostenerla. Le agarra el cogote
con los brazos, para acercar mejor su cara a la de él, pero lo que Shaf-
toe recuerda es la sensación de la manga de seda sobre la piel del cue-
llo recién afeitada. Comienza el ascenso. Glory no pesa mucho, pero
después de cuatro escalones Shaftoe ha empezado a sudar ligeramen-
te. Ella lo observa a diez centímetros de distancia, buscando signos de
fatiga, y Shaftoe nota que se ruboriza. Es una suerte que toda la esca-
lera esté iluminada simplemente por unas dos velas. Hay un encanta-
dor busto de Jesús coronado de espinas con largas gotas de sangre pa-
ralelas que descienden por su rostro, y a la derecha...
—Estas gigantescas piedras fueron extraídas de México, hace mu-
chos, muchos siglos, antes de que los americanos tuviesen un país. Fue-
ron traídas en las bodegas de los galeones de Manila, como lastre. —Al
pronunciarlo destaca las eses y la erres.
—Vaya por Dios.
—Cuando los galeones llegaban, sacaban las piedras, una a una, de
su interior y las traían aquí, a la iglesia de San Agustín, para apilarlas.
Cada piedra sobre la piedra del año anterior. Hasta que, al fin, después
de muchos, muchos años, la escalera quedó terminada.
Después de un rato, a Shaftoe le parece que va a necesitar al menos
el mismo número de años para llegar a lo alto de aquella maldita cosa.
La parte superior está adornada con un Jesús de tamaño natural car-

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gando con una cruz que parece al menos tan pesada como los escalo-
nes. Por tanto, ¿quién puede quejarse? Luego Glory dice:
—Ahora bájame, para que recuerdes la historia.
—¿Crees que soy un borracho cachondo incapaz de recordar una
historia a menos que haya una chica bonita de por medio?
—Sí —dice Glory, y se ríe en su cara.
El la lleva de vuelta abajo. A continuación, antes de que ella se sal-
ga por cualquier otra tangente, la lleva directamente a la puerta y la su-
be al taxi.
Bobby Shaftoe no es de los que pierden la calma en el calor de la
acción, pero para él el resto de la velada es un confuso sueño febril.
Sólo unas pocas impresiones penetran en la neblina: apearse del taxi
frente a un hotel del paseo marítimo; todos los otros tíos mirando bo-
quiabiertos a Glory; Bobby Shaftoe mirándoles a ellos, amenazando
con enseñarles buenos modales. Bailes lentos con Glory en el salón de
baile, el muslo cubierto de seda de Glory deslizándose gradualmente
entre sus piernas, su cuerpo firme presionando el suyo cada vez con
mayor fuerza. Caminar por el rompeolas, cogidos de la mano, bajo las
estrellas. Notar que la marea está baja. Intercambiar miradas. Llevarla
en brazos hasta la delgada franja de playa rocosa.
Para cuando empiezan a follar de verdad, ya ha perdido la con-
ciencia, y se encuentra en un sueño fantástico y libidinoso. Él y Glory
folian sin la menor vacilación, sin ninguna duda, sin la más mínima in-
quietud en la mente. Sus cuerpos se han fundido espontáneamente, co-
mo un par de gotas que corren juntas por una ventana. Si él piensa en
algo, es que toda su vida ha culminado en ese momento. Su infancia en
Oconomowoc, la noche de graduación del instituto, la caza del ciervo
en la Península superior, el campo de entrenamiento de la isla de Pa-
rris, todas las peleas y reyertas en China, su duelo con el sargento
Frick, son la madera tras la punta de la lanza.
Se oyen sirenas en algún sitio. Del susto recupera la conciencia.
¿Lleva allí toda la noche, sosteniendo a Glory contra el rompeolas, con
los muslos de ella alrededor de su cintura? No puede ser posible. La
marea no ha subido nada.
—¿Qué pasa? —pregunta Glory.
Tiene las manos alrededor del cuello de Bobby. Las suelta y las ba-
ja hasta el pecho.
Todavía sosteniéndola, con las manos formando un cabestrillo ba-
jo su culo cálido y perfecto, Shaftoe se separa del rompeolas y se vuel-
ve hacia la playa, mirando al cielo.

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Ve reflectores que comienzan a encenderse. Y no se trata de un es-
treno de Hollywood.
—Es la guerra, cariño .

Excursiones

El vestíbulo del Hotel Manila tiene aproximadamente las di-


mensiones de un campo de fútbol. Huele a perfume del año pa-
sado, raras orquídeas tropicales y spray para bichos. Hay un
detector de metales en la entrada principal, porque resulta que el Pri-
mer Ministro de Zimbabwe se hospeda aquí durante unos días. Enor-
mes africanos ataviados con buenos trajes están repartidos por todas
partes en grupos de dos o tres. Una pequeña multitud de turistas ni-
pones, en bermudas, sandalias y calcetines blancos, se ha acomodado
en los profundos, gruesos y anchos sofás, esperando con tranquilidad
una señal preestablecida. Niños filipinos de clase alta exhiben paque-
tes cilindricos de patatas fritas como si fuesen jefes tribales cargando
con mazas ceremoniales. Un botones solemne, ya mayor, circula alre-
dedor del perímetro defensivo portando un tanque con bomba manual
y rociando en silencio el insecticida contra el zócalo. Entra Randall
Lawrence Waterhouse con un polo turquesa bordado con el logotipo
de una de las compañías de alta tecnología en quiebra que él y Avi han
fundado, vaqueros flojos sujetos por tirantes y enormes zapatos de-
portivos que en su día fueron blancos.
En cuanto terminó con las formalidades del aeropuerto, se dio
cuenta de que Filipinas, como México, es uno de esos países en los que
los Zapatos Importan. Se acerca con rapidez a recepción para que la
hermosa joven ataviada con un uniforme azul marino no pueda verle
los pies. Un par de botones se enzarzan en una lucha patética y digna
de Sísifo con su equipaje, que aproximadamente tiene las dimensiones
y la masa de un archivador de dos cajones.
—Allí no encontrarás libros técnicos —le había dicho Avi—, llé-
vate todo lo que podrías llegar a necesitar.
La suite de Randy tiene un dormitorio y sala de estar, los dos con
techos de más de cuatro metros de alto, y un pasillo a un lado con va-
rios armarios y tecnologías relacionadas con la fontanería. Toda la ha-

— 70 —
bitación está recubierta de una madera tropical teñida de un encanta-
dor tono castaño reluciente que sería deprimente en latitudes del norte
pero que, allí, ofrece una sensación acogedora y serena. Los dos
cuartos principales tienen inmensas ventanas con pequeñas indicacio-
nes junto a los cierres que advierten sobre los insectos tropicales. Ca-
da habitación está defendida de su ventana por un sistema multicapa
de barreras entrelazadas: contraventanas de madera increíblemente só-
lidas que resuenan sobre sus guías como si fuesen un tren de carga ma-
niobrando en un cruce de vías; una segunda capa de contraventanas
consistente en cuadrados de cinco centímetros de nácar engarzados en
una rejilla de madera barnizada y que se mueven sobre sus propias
guías, visillos, y finalmente, cortinas de gran calibre que no dejan pa-
sar la luz, cada una de ellas suspendida de su propio juego de estruen-
dosos rieles industriales.
Pide una enorme cafetera llena, que apenas sirve para mantenerlo
despierto el tiempo justo para deshacer el equipaje. La tarde está termi-
nando. Nubes púrpura caen de las montañas cercanas con el evidente
impulso de la lava volcánica y convierten la mitad del cielo en una pared
desnuda iluminada por las franjas verticales de luz de los relámpagos;
las paredes de la habitación del hotel centellean como si un ejército de
paparazzi estuviese actuando al otro lado de la ventana. En la calle, los
vendedores de comida del parque Rizal recorren las aceras de arriba
abajo intentando evitar la lluvia, que cae, como lleva haciéndolo desde
hace medio milenio, sobre los inclinados paredones de Intramuros. Si
esos muros no corriesen en línea recta podrían confundirse por un acci-
dente natural de la geología: crestas desnudas de oscura roca volcánica
que surgen de la hierba como los dientes de las encías. Los muros tienen
muescas en forma de cola de paloma que convergen en antiguos empla-
zamientos de cañones, proporcionando campos de fuego superpuestos
al otro lado de un foso desecado.
Viviendo en Estados Unidos nunca llegas a ver nada de mayor an-
tigüedad que unos dos siglos y medio, y tienes que visitar la costa este
del país para eso. El mundo de los viajeros de negocios, compuesto por
aeropuertos y taxis, tiene el mismo aspecto en todas partes. Randy
nunca se cree que está en un país diferente hasta que ve algo como In-
tramuros y, a continuación, debe quedarse allí mirando como un idiota
durante un buen rato, cavilando.

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Ahora mismo, al otro lado del océano Pacífico, en una pequeña y
elegante ciudad victoriana situada a un tercio del camino de San Fran-
cisco a Los Ángeles, hay ordenadores paralizándose, archivos crucia-
les están desapareciendo y los e-mail se pierden en el espacio interga-
láctico, porque Randy Waterhouse no está allí para vigilar cómo van
las cosas. La ciudad en cuestión presume de tres pequeñas universida-
des: una fundada por el Estado de California y dos fundadas por con-
fesiones protestantes ahora activamente vilipendiadas por todo el cuer-
po de profesores. Consideradas en conjunto, esas universidades —las
Tres Hermanas— conforman un centro académico de mediana im-
portancia. Los sistemas de ordenadores están conectados entre sí. In-
tercambian profesores y estudiantes. De vez en cuando organizan
congresos académicos. Esa parte de California ofrece playas, monta-
ñas, bosques de secuoyas, viñedos, campos de golf y por todas partes
instalaciones penitenciarias en crecimiento. Hay muchos hoteles de
tres o cuatro estrellas, y las Tres Hermanas, consideradas en conjunto,
poseen auditorios y salas de reuniones suficientes para organizar un
congreso para miles de asistentes.
La llamada de teléfono de Avi, unas ochenta horas antes, llegó en
medio de un importante congreso interdisciplinar llamado «La Fase
Intermedia (1939-1945) del Esfuerzo por la Supremacía Global en el
Siglo XX (Era Común)». Como es un poco trabalenguas, le han dado
el conciso mote de «La Guerra como Texto».
Viene gente de sitios como Amsterdam y Milán. El comité organi-
zador de la conferencia —que incluye a la novia de Randy, Charlene,
que en realidad ahora mismo está dando muestras de ser su ex novia—
contrató a un artista de San Francisco para el póster. Empezó con una
fotografía de media tinta en blanco y negro de un macilento soldado
de infantería de la Segunda Guerra Mundial con un cigarrillo colgán-
dole del labio inferior. Trabajó sobre ella una y otra vez usando una fo-
tocopiadora, ampliando los puntos del medio tono hasta convertirlos
en grumos bastos, como bolas de goma mascadas por un perro, y so-
metiéndola a otras muchas distorsiones hasta tener una figura desola-
da, impresionante e irregular; los ojos pálidos del soldado se volvieron
de un blanco fantasmagórico. Luego añadió algunos elementos en co-
lor: carmín rojo, sombra de ojos azul, y parte de un sujetador rojo so-
bresaliendo de la camisa desabrochada del soldado.
El póster ganó un premio casi en el momento de salir al público.
Eso llevó a un comunicado de prensa, lo que a su vez llevó a que el pós-
ter fuese consagrado por los medios de comunicación como Objeto

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Oficial de Controversia. Un periodista decidido consiguió localizar al
soldado de la fotografía original, un veterano de guerra condecorado y
fabricante retirado de herramientas que, casualidades, no sólo estaba
vivo sino que gozaba de excelente salud, y que, desde la muerte de su
esposa de cáncer de pulmón, pasaba su jubilación vagando por el Sur
Profundo en su camioneta ayudando a reconstruir iglesias negras que
habían sido quemadas por salvajes borrachos.
El artista que diseñó el póster confesó luego que se había limitado
a copiar la fotografía de un libro y no había realizado ningún esfuerzo
en absoluto por obtener permiso: el mismo concepto de pedir permi-
so para hacer uso de la obra de otra persona era defectuoso, ya que to-
da obra de arte derivaba de otra obra de arte. Poderosos abogados de
alto nivel convergieron, como bombarderos, sobre el pequeño pue-
blecito de Kentucky donde el agraviado veterano se encontraba en el
techo de una iglesia negra con la boca llena de clavos, clavando plan-
chas de contrachapado y murmurando «sin comentarios» a una horda
de periodistas plantados en el césped. Después de una serie de confe-
rencias en una sala del Holiday Inn del pueblo, el veterano surgió,
acompañado por uno de los cinco abogados más famosos sobre la faz
de la Tierra, y anunció que iba a presentar una demanda civil contra las
Tres Hermanas, que si prosperaba las convertiría a ellas y a toda su co-
munidad en abrasión humeante sobre la superficie del planeta. Pro-
metió compartir la indemnización con las iglesias negras, varios gru-
pos de veteranos minusválidos y equipos para la investigación sobre el
cáncer de pecho.
El comité organizador retiró el póster de la circulación, lo que dio
lugar a que un millar de copias piratas apareciesen en la web y llamó la
atención de millones de personas que no lo hubiesen visto en caso con-
trario. También presentaron una demanda contra el artista, cuyos re-
cursos económicos podrían detallarse en el reverso de un billete de me-
tro: poseía unos miles de dólares y deudas (en su mayoría préstamos
para estudios) por unos sesenta y cinco mil dólares.
Todo aquello sucedió incluso antes de que comenzase el congreso.
Randy estaba al corriente sólo porque Charlene le había puesto contra
las cuerdas para que ofreciese infraestructura informática para el con-
greso, lo que significaba montar una sede web y acceso de correo elec-
trónico para los asistentes. Cuando todo aquello se supo, los correos
empezaron a llegar en torrente, y pronto bloquearon todas las líneas y
llenaron toda la capacidad de disco que Randy había tardado meses en
montar.

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Los conferenciantes empezaron a llegar. Y muchos de ellos parecía
que habían decidido acomodarse en la casa donde Randy y Charlene
habían estado viviendo juntos durante siete años. Se trataba de una vieja
casa victoriana con mucho espacio. Llegaron desde Heidelberg, París,
Berkeley y Boston, y se sentaron a la mesa de la cocina de Randy y
Charlene, bebiendo café y hablando durante horas sobre el Espectá-
culo. Randy infería que el Espectáculo se refería al escándalo del pós-
ter, pero a medida que lo discutían, comenzó a sentir que no emplea-
ban la palabra en su sentido convencional sino como parte de la jerga
académica; que conllevaba gran cantidad de grises y connotaciones,
ninguna de las cuales Randy llegaría a comprender a menos que se con-
virtiese en uno de ellos.
Para Charlene, y para todos los asistentes a «La Guerra como Tex-
to», era una verdad evidente que el veterano que había presentado la
demanda pertenecía a la peor especie de ser humano: justo el tipo de
ser humano por el que se habían reunido, para desmitificarlo, quemar
su efigie y tirar las cenizas al contenedor del discurso poshistórico.
Randy había pasado mucho tiempo cerca de esa gente, y creía haberse
acostumbrado a ellos, pero durante esos días tenía un dolor de cabeza
constante de tanto mantener los dientes apretados, y continuamente se
ponía en pie de un salto en medio de las comidas o las conversaciones
y salía a dar paseos solitarios. En parte era para evitar decir algo poco
diplomático, y en parte una táctica infantil e infructuosa para llamar la
atención que deseaba de Charlene.
Sabía desde el principio que toda la saga del póster iba a ser un de-
sastre. Continuamente prevenía a Charlene y a los otros. Le escucha-
ban con frialdad, con atención clínica, como si Randy fuese un sujeto
de investigación situado en el lado incorrecto de un cristal de obser-
vación.

Randy se obliga a permanecer despierto el tiempo suficiente para


que se haga de noche. Luego se tiende en la cama durante unas horas
intentando dormir. El puerto de contenedores está justo al norte del
hotel, y durante toda la noche, el Boulevard Rizal, a lo largo de la ba-
se de la antigua muralla española, resulta abarrotado de un lado a otro
por vehículos de transporte de contenedores. Toda la ciudad es un cal-
dero de combustión interna. Manila parece tener más émbolos y tubos
de escape que todo el resto del mundo junto. Incluso a las dos de la ma-
ñana la masa aparentemente firme del hotel ronronea y vibra por efec-

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to de la energía sísmica que surge de todos esos motores. El ruido ha-
ce saltar las alarmas de coches en el aparcamiento del hotel. El ruido de
una alarma hace saltar otra, y así en cadena. No es tanto el ruido como
la insensata estupidez de la reacción en cadena lo que mantiene a Randy
despierto. Es una lección perfecta: el tipo de jodienda efecto bola de
nieve tecnológica que mantiene a los hackers despiertos incluso cuan-
do no pueden oír los resultados.
Abre una Heineken del minibar y se sitúa frente a la ventana, ob-
servando. Muchos de los camiones están adornados con brillantes des-
pliegues de luces multicolores, no tan ostentosas como las de los típi-
cos jeepneys filipinos que corretean y compiten entre ellos. Ver a tanta
gente despierta y trabajando hace que resulte imposible dormir.
Sufre demasiado desajuste horario para hacer nada que exija pen-
sar, pero hay una tarea importante que sí puede hacer, que no requiere
pensar para nada. Vuelve a encender el portátil. Parece levitar en el cen-
tro de la habitación oscura, la pantalla convertida en un rectángulo per-
fecto de luz del color de la leche diluida, de un amanecer nórdico. La
luz tiene su origen en pequeños tubos fluorescentes aprisionados en el
ataúd de policarbonato de la pantalla del ordenador. Sólo puede esca-
par a través de una superficie de vidrio, frente a Randy, completamente
cubierta de pequeños transistores dispuestos en una rejilla que permite
el paso de los fotones, o no, o sólo permite el paso de aquellos con
cierta longitud de onda, convirtiendo la pálida luz en colores. Acti-
vando y desactivando esos transistores según un plan sistemático,
Randy Waterhouse recibe información. Un buen director de cine po-
dría presentar toda una historia a Randy, tomando el control de esos
transistores durante un par de horas.
Por desgracia, hay más portátiles flotando por ahí que directores a
los que valga la pena prestar atención. Los transistores casi nunca caen
en manos de seres humanos. En lugar de eso, los controla el software.
Antes Randy estaba fascinado por el software, pero ya no. Ya es bas-
tante difícil encontrar seres humanos interesantes.
Aparecen la pirámide y el ojo. Randy pasa tanto tiempo usando
Ordo que ha hecho que la máquina lo arranque al empezar.
Hoy en día el portátil sólo tiene un propósito para Randy: lo usa
para comunicarse con otra gente por medio del correo electrónico.
Cuando se comunica con Avi debe emplear Ordo, que es una herra-
mienta para recoger sus ideas y convertirlas en bits que son casi indis-
tinguibles del ruido blanco, para poder enviárselos a Avi en privado. A
cambio, recibe ruido de Avi que convierte en los pensamientos de Avi.

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En estos momentos, Epiphyte no tiene más recursos que la informa-
ción; no es más que una idea con algunos hechos y datos para susten-
tarla. Eso la convierte en fácilmente hurtable. Por tanto, lo del cifrado
es una buena idea. La pregunta es: ¿qué nivel de paranoia es realmente
el apropiado?
Avi le envió un mensaje de correo cifrado:

Cuando l l e g u e s a M a n i l a me g u s t a r l a que generases un par


c l a v e de 4096 b i t s y lo guardes en un d i s c o floppy que l l e v e s
encima todo el tiempo. No la conserves en tu d i s c o duro. C u a l -
q u i e r a podría entrar en tu h a b i t a c i ó n cuando no estés y robar
la c l a v e .

Ahora Randy despliega un menú y elige el elemento etiquetado co-


mo «Nueva clave...».
Se le ofrecen varias opciones para LONGITUD DE LA CLAVE: 768
bits, 1024,1536,2048, 3072, u Opcional. Randy elige la última opción
y luego, con cansancio, teclea 4096.
Incluso romper una clave de 768 bits requiere vastos recursos. Si se
añade un bit, para hacerla de 769 bits, el número de claves posibles se
duplica, y el problema se vuelve mucho más difícil. Una clave de 770
es aún más difícil, y así sucesivamente. Usando claves de 768 bits,
Randy y Avi podrían mantener sus conversaciones en secreto para casi
todas las entidades del mundo durante los próximos años. Una clave
de 1024 bits sería astronómicamente más difícil de romper.
Algunas personas llegan al punto de usar claves de 2048 e incluso
3072 bits de longitud. Eso detendría a los mejores descifradores del
mundo durante periodos de tiempo astronómicos, excluyendo la in-
vención de alguna tecnología fantástica como los ordenadores cuánti-
cos. La mayor parte del software de cifrado —incluso el escrito por ex-
pertos criptográficos extremadamente preocupados por la seguridad—
no puede siquiera manejar claves más largas. Pero Avi insiste en usar
Ordo, que por lo general se considera el mejor software de cifrado del
mundo, porque puede manejar claves de longitud ilimitada... siempre
que no te importe esperar a que calcule todos los números.
Randy empieza a teclear. No se molesta en mirar a la pantalla; mi-
ra por la ventana los focos de los jeepneys y los camiones. Está em-
pleando una única mano, limitándose a golpear ligeramente en el te-
clado.
En el interior del ordenador de Randy hay un reloj preciso. Cuan-

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do pulsa una tecla, Ordo usa ese reloj para anotar el momento exacto,
con precisión de microsegundos. Pulsa una tecla a las 03:05:56,935788
y otra a las 03:05:57,290664, o 0,354876 segundos más tarde. Pulsa otra
0,372307 segundos más tarde. Ordo registra todos esos intervalos y eli-
mina los dígitos más significativos (en este ejemplo, el 0,35 y el 0,37)
porque esas partes tenderán a ser similares en una pulsación y la si-
guiente.
Ordo quiere azar. Sólo quiere los dígitos menos significativos, di-
gamos, el 76 y el 07 justo al final de los números. Quiere un buen mon-
tón de números al azar, y quiere que haya mucho, mucho azar. Está to-
mando números más o menos al azar y pasándolos por una función
hash que añade todavía más azar. Ejecuta rutinas estadísticas sobre los
resultados para asegurarse de que no contienen estructuras ocultas. Su
ansia de azar es asombrosamente alta, y no dejará de pedirle a Randy
que pulse el teclado hasta que no esté satisfecho.
Cuanto más larga es la clave que quieres generar, más largo es el
proceso. Randy intenta generar una ridiculamente larga. Le ha co-
mentado a Avi, por medio de un mensaje cifrado, que si cada una de las
partículas de materia del universo pudiese emplearse para construir un
único superordenador cósmico, y ese ordenador trabajase en intentar
romper la clave de cifrado de 4096 bits, le llevaría más tiempo que toda
la vida estimada del universo.
—Empleando la tecnología actual —le respondió Avi—, eso es
cierto. Pero ¿qué hay de los ordenadores cuánticos? ¿Y si se desarro-
llan nuevas técnicas matemáticas que simplifiquen la factorización de
grandes números?
—¿Cuánto tiempo quieres que sean secretos esos mensajes? —le
preguntó Randy en el último mensaje antes de abandonar San Fran-
cisco—. ¿Cinco años? ¿Diez años? ¿Veinticinco años?
Después de llegar al hotel esa tarde, Randy descifró y leyó la res-
puesta de Avi. Todavía la tiene colgada frente a los ojos, como la ima-
gen remanente de un flash.

Q u i e r o que s i g a n s i e n d o secretos m i e n t r a s l o s hombres sean


capaces del mal.

El ordenador lanza un pitido al fin. Randy deja descansar la mano


cansada. Ordo le informa amablemente que puede que esté ocupa-
do durante un rato, y luego se pone a trabajar. Está buscando en el cos-
mos de los números puros, buscando dos grandes primos que puedan

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multiplicarse entre sí para producir un número de 4096 bits de lon-
gitud.
Si quieres que tus secretos sigan siéndolo más allá del fin de tu vi-
da, debes ser un futurista. Debes anticipar qué velocidad alcanzarán los
ordenadores durante ese periodo. También debes estudiar la política.
Porque si el planeta entero se convirtiese en un estado policial obse-
sionado con recuperar viejos secretos, puede que se dediquen vastos
recursos al problema de factorizar grandes números compuestos.
Por tanto, en esencia, la longitud de la clave que empleas es por sí
misma una especie de código. Un espía del gobierno que supiese de qué
va el asunto, al darse cuenta de que Randy y Avi emplean una clave de
4096 bits, podría llegar a alguna de las siguientes conclusiones:
Avi no sabe lo que está haciendo. Esta conclusión puede desesti-
marse, investigando algunos de sus logros pasados. O,
Avi sufre paranoia clínica. También puede desestimarse con un po-
co de investigación. O,
Avi es extremadamente optimista en lo que respecta al desarrollo
futuro de la tecnología de ordenadores, o pesimista en lo que respecta
a la situación política, o ambas cosas. O,
Avi planifica con un horizonte que se extiende durante periodos de
tiempo superiores al siglo.
Randy da vueltas por la habitación mientras el ordenador navega
por el espacio numérico. Los contenedores que llevan los camiones ex-
hiben los mismos logotipos que los que solían llenar las calles de South
Seattle cuando descargaba un barco. Para Randy es extrañamente sa-
tisfactorio, como si, dando aquel alocado salto sobre el Pacífico, hu-
biese dotado a su vida de una especie de simetría antipodal. Había ido
del lugar donde las cosas se consumen a donde son producidas, de la
tierra donde el onanismo se venera en los más altos niveles de la socie-
dad a una donde los coches llevan en las ventanillas pegatinas que di-
cen «¡NO a los anticonceptivos!». Parece grotescamente adecuado. No
se sentía de la misma forma desde que Avi y él iniciaron su primera
aventura empresarial, malograda, doce años atrás.

Randy creció en una ciudad universitaria del este del estado de


Washington, se graduó en la Universidad de Washington en Seattle, y
acabó con un puesto de oficinista II en la biblioteca de la ciudad —para
ser específicos, el Departamento de Préstamos Interbibliotecarios—
donde su trabajo consistía en procesar las peticiones de préstamos que

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llegaban por correo desde bibliotecas más pequeñas de toda la región
y, a la inversa, enviar peticiones a otras bibliotecas. Si el Randy Water-
house de nueve años hubiese tenido la oportunidad de echar un vista-
zo al futuro para verse en aquel puesto, se habría sentido encantado
más allá de lo posible: la principal herramienta del Departamento de
Préstamos Interbibliotecarios era el sacagrapas. El joven Randy había
visto uno de esos dispositivos en las manos de su profesor de cuarto
curso y había quedado cautivado por el ingenio que manifestaba y por
el aspecto terrible que tenía, como si fuesen las mandíbulas de un dra-
gón robot del futuro. Es más, deliberadamente había grapado mal para
poder pedirle a su profesor que las desgrapase, para poder ver así esas
terribles mandíbulas en acción. Había llegado hasta el extremo de ro-
bar un sacagrapas de un escritorio en la iglesia y lo había incorporado
a un robot de mecano, un dispositivo asesino, con el que había aterro-
rizado a la mayor parte del vecindario; sus mandíbulas de víbora sepa-
raron muchas piezas de juguetes de plásticos y accesorios antes de que
se descubriese el robo y Randy se convirtiese en un ejemplo ante Dios
y ante los hombres. Ahora, en la oficina de Préstamos Interbiblioteca-
rios, Randy no sólo tenía uno, sino varios sacagrapas en su escritorio
y se veía obligado a usarlos durante una o dos horas al día.
Como la biblioteca de la Universidad de Washington estaba bien
dotada, normalmente no pedían libros a otras bibliotecas a menos que
alguien los hubiese robado o se tratase de volúmenes, en algún senti-
do, peculiares. La oficina de PIB (como la llamaban con afecto Randy
y sus colegas) tenía sus clientes regulares, gente con una larga lista de
libros extraños entre sus preferencias. Esas personas tendían a ser te-
diosas o terroríficas, o ambas cosas a la vez. Randy siempre acababa
tratando con el subgrupo de «ambas cosas», porque Randy era el úni-
co oficinista que no estaba allí de por vida. Parecía claro que él, con su
licenciatura en astronomía y sus amplios conocimientos de ordenado-
res, se iría algún día, mientras que sus compañeros de trabajo no ate-
soraban tales ambiciones. Su más amplia esfera de intereses, su, en cierta
forma, más amplio concepto de la normalidad, era útil cuando ciertas
personas entraban en la oficina.
Desde el punto de vista de muchas personas, el propio Randy era
un personaje tedioso, terrorífico y obsesivo. No sólo le obsesionaba la
ciencia, sino también los juegos de rol de fantasía. La única forma en
que podía soportar trabajar en un puesto tan estúpido durante un par
de años era porque su tiempo libre estaba dedicado completamente a
erigir escenarios de fantasía de tal profundidad y complejidad que ejer-

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citaba todos los circuitos craneales que tan evidentemente se malgas-
taban en la oficina de PIB. Pertenecía a un grupo que se reunía cada
viernes por la noche para jugar hasta bien entrado el domingo. Los
otros incondicionales del grupo eran un doble licenciado en informá-
tica y música llamado Chester, y un estudiante de posgrado en histo-
ria llamado Avi.
Cuando un estudiante de máster llamado Andrew Loeb entró en
la oficina PIB un día, con un cierto brillo en los ojos, y sacó de una su-
cia mochila un fajo de papeles de tres pulgadas de ancho consistente en
formularios de petición cuidadosamente mecanografiados, fue reco-
nocido inmediatamente como miembro de la especie «peculiar» y en-
viado en dirección a Randy Waterhouse. Era evidente que se trataba de
espíritus afines, aunque Randy no lo comprendió por completo hasta
que los libros solicitados por Loeb empezaron a llegar en el carrito des-
de la sala de correo.
El proyecto de Andy Loeb consistía en calcular el presupuesto
energético de las tribus indias locales. Un cuerpo humano debe gastar
una cierta cantidad de energía sólo para seguir respirando y mantener
la temperatura corporal. La cifra aumenta cuando hace frío o el cuer-
po en cuestión está realizando un trabajo. La única forma de obtener
esa energía es comiendo alimentos. Algunos alimentos tienen un con-
tenido energético más alto que otros. Por ejemplo, la trucha es muy nu-
tritiva pero con un contenido de grasa y carbohidratos tan bajo que
puedes morirte de hambre comiéndola tres veces al día. Otros alimen-
tos pueden contener mucha energía, pero se requiere tanto trabajo
para obtenerlos y prepararlos que comerlos produciría una pérdida,
desde el punto de vista de la eficacia energética. Andy Loeb intentaba
descubrir qué comían históricamente ciertas tribus indias del noroes-
te, cuánta energía gastaban para conseguir esos alimentos y cuánta ob-
tenían comiéndolos. Quería hacer los cálculos para indios costeros co-
mo los Salish (que tenían acceso fácil al marisco) y para indios del
interior como los Cayuse (que no lo tenían) como parte de un plan ex-
tremadamente complejo para demostrar una idea sobre los niveles de
vida relativos de esas tribus y como eso afectaba a su desarrollo cultural
(las tribus costeras realizaban un arte fantásticamente detallado y las de
interior se limitaban a grabar ocasionalmente figuritas en las piedras).
Para Andrew Loeb era un ejercicio de erudición metahistórica. Para
Randy Waterhouse sonaba como el inicio de un juego genial. Estran-
gula a una musaraña y ganas 136 Puntos de Energía. Pierde la musara-
ña y tu temperatura corporal baja otro grado.

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Si algo caracterizaba a Andy era el ser metódico, y por tanto había
buscado todos los libros escritos sobre el tema, y cada uno de los libros
mencionados en las bibliografías de esos libros, incluso retrocediendo
cuatro o cinco generaciones; sacó todos los disponibles localmente y
pidió el resto al PIB. Estos últimos pasaron por el escritorio de Randy.
Leyó algunos y ojeó otros. Aprendió cuánta grasa de ballena tenían
que comer los exploradores árticos para evitar morir de hambre. Le-
yó detenidamente las especificaciones de las raciones del ejército. Pasa-
do un tiempo, empezó a ir a la fotocopiadora para copiar algunos da-
tos clave.
Para realizar un juego de rol de fantasía que fuese realista, debes
llevar la cuenta de la comida que obtienen los personajes imaginarios
y lo que les cuesta obtenerla. Los personajes que atravesasen el desierto
de Gobi en noviembre del 5000 antes de Cristo tendrían que pasar
mucho más tiempo preocupándose por la comida que, digamos, unos
que viajasen por Illinois en 1950.
Randy no era el primer diseñador de juegos en darse cuenta de ese
detalle. Había algunos juegos increíblemente estúpidos en los que no
tenías que preocuparte por la comida, pero Randy y sus amigos los te-
nían en muy poca consideración. En todos los juegos en los que parti-
cipaba, o que diseñaba él mismo, debía dedicar una cantidad de tiem-
po realista a conseguir comida para los personajes. Pero no era fácil
determinar lo que era realista. Como la mayoría de los diseñadores,
Randy superó el problema reuniendo algunas ecuaciones rudimenta-
rias que básicamente se inventó. Pero en los libros, artículos y tesis que
Andrew Loeb pedía a través del PIB, descubrió precisamente los da-
tos en bruto que una persona con inclinación matemática podría usar
para crear un sistema complejo de reglas basado en hechos científicos.
Quedaba descartado simular todos los procesos físicos que se pro-
ducían en el cuerpo de los personajes, sobre todo si en el juego disponías
de un ejército de cientos de miles. Incluso una simulación rudimenta-
ria, que siguiese unas pocas variables y usase ecuaciones simples, re-
queriría una cantidad increíble de papel si lo hacías todo a mano. Pero
todo eso sucedía a mediados de los ochenta, cuando los ordenadores
personales se habían vuelto baratos y ubicuos. Un ordenador podría
controlar automáticamente una gran base de datos y especificarte si
cada personaje estaba bien alimentado o se moría de hambre. No había
ninguna razón para no hacerlo con un ordenador.
A menos que, como en el caso de Randy Waterhouse, tuvieses un
trabajo tan mierdoso que no pudieses permitirte un ordenador.

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Evidentemente, había una forma de evitar el problema. La univer-
sidad poseía muchos ordenadores. Si Randy podía conseguirse acceso
a uno de ellos, podría escribir el programa y ejecutarlo gratis.
Por desgracia, los accesos sólo estaban disponibles para los estu-
diantes o profesores, y Randy no era ninguna de esas cosas.
Por suerte, por esa época había empezado a salir con una estudiante
de posgrado llamada Charlene.
¿Cómo demonios acabó un tipo con forma de barril, estudiante de
ciencias, que trabajaba en un empleo sin futuro como administrativo,
y que dedicaba todo su tiempo libre a un pasatiempo tan consumada-
mente friki como los juegos de rol de fantasía, embarcado en una rela-
ción con una esbelta y guapa estudiante de arte que pasaba su tiempo
libre navegando en kayak y viendo películas extranjeras? Debía ser una
de esas situaciones en las que los opuestos se atraen, una relación com-
plementaria. Se conocieron, como es natural, en la oficina del PIB,
donde el muy inteligente pero seguro y tranquilizador Randy ayudó a
la muy inteligente pero dispersa y frivola Charlene a organizar un
montón desordenado de peticiones de préstamo. Le hubiese pedido sa-
lir allí mismo, pero era tímido. La segunda y tercera oportunidad se
presentaron cuando los libros que había pedido empezaron a salir del
cuarto del correo, y al final le pidió salir y fueron a ver una película jun-
tos. Los dos resultaron no sólo estar deseosos sino ansiosos, y posi-
blemente desesperados. Antes de que se diesen cuenta, Randy le había
dado a Charlene una llave de su apartamento, y Charlene le había da-
do a Randy la clave de su cuenta gratuita en el ordenador de la univer-
sidad, y todo iba de maravilla.
El sistema informático de la universidad era mejor que no tener or-
denador. Pero Randy se sentía humillado. Como toda otra red infor-
mática académica de alta potencia, aquélla estaba basada en un potente
sistema operativo llamado UNIX, que tenía una curva de aprendizaje
tan empinada como el Matterhorn, y carecía de las encantadoras y ele-
gantes características de los ordenadores personales que se estaban po-
niendo de moda. Randy lo había usado mucho como estudiante y sa-
bía cómo manejarse con él. Aun así, aprender a escribir un buen código
en aquella cosa requería mucho tiempo. Su vida había cambiado con la
aparición de Charlene, y ahora cambió aún más: dejó por completo el
circuito de juegos de rol, dejó de asistir a las reuniones de la Sociedad
para el Anacronismo Creativo y empezó a pasar todo su tiempo libre
con Charlene o frente a la terminal del ordenador. Teniéndolo todo en
cuenta, probablemente fue un cambio para mejor. Con Charlene hacía

— 82 —
cosas que no hubiese hecho de otra forma, como hacer ejercicio, o ir a
escuchar música en directo. Y frente al ordenador, aprendía habilida-
des nuevas, y creaba algo. Puede que fuese algo completamente inútil,
pero al menos creaba.
Pasaba mucho tiempo hablando con Andrew Loeb, que era quien
realmente iba por ahí y ponía en práctica las cosas sobre las que él es-
cribía un programa; desaparecía durante unos días y regresaba cojean-
do y macilento, con escamas de pez en el pelo de la barba y sangre ani-
mal seca bajo las uñas. Se tragaba un par de hamburguesas, dormía
veinticuatro horas y luego iba al encuentro de Randy en un bar (a
Charlene no le gustaba la idea de tenerlo por la casa) y hablaba con co-
nocimiento de causa sobre las dificultades de la vida diaria, al estilo
aborigen. Discutían sobre si los aborígenes llegarían a comerse las par-
tes más desagradables de los animales o las desecharían. Andrew vota-
ba que sí. Randy estaba en desacuerdo; el hecho de que fuesen primi-
tivos no quería decir que no tuviesen gusto. Andrew lo acusaba de ser
un romántico. Al final, para acabar con la discusión, fueron juntos a las
montañas, armados sólo con cuchillos y la colección de trampas para
alimañas que Andrew había construido con suma exquisitez. A la ter-
cera noche, Randy se descubrió considerando seriamente la posibili-
dad de comerse algunos insectos.
—Q.E.D —dijo Andrew.
En todo caso, Randy terminó el programa al cabo de un año y me-
dio. Fue un éxito; Chester y Avi lo adoraban. Randy se sentía modera-
damente alegre por haber construido algo tan complicado que real-
mente funcionase, pero no se hacía ilusiones sobre su utilidad práctica.
Se sentía ligeramente avergonzado por haber malgastado tanto tiempo
y energías mentales en el proyecto. Pero sabía que si no hubiese esta-
do escribiendo un código, habría empleado la misma cantidad de tiem-
po jugando a algún juego o yendo a las reuniones de la Sociedad para
el Anacronismo Creativo vestido como en la Edad Media, así que al fi-
nal la cosa se compensaba. Además, podría argumentarse que pasar el
tiempo delante de la pantalla era mejor porque así mejoraba sus cono-
cimientos de programación, que ya eran buenos al empezar. Por otra
parte, había realizado todo el trabajo en el sistema UNIX, que era pa-
ra científicos e ingenieros; no parecía un movimiento muy inteligente
en una época en la que todo el dinero estaba en los ordenadores perso-
nales.
Chester y Randy le habían puesto a Avi el mote de «Ávido», por-
que realmente, de verdad, le gustaban los juegos de fantasía. Avi siem-

— 83 —
pre había dicho que los jugaba cómo una forma de comprender como
era en realidad vivir en los tiempos antiguos, y era un fanático de la pre-
cisión histórica. No estaba mal; todos tenían sus ridiculas excusas, y la
perspicacia histórica de Avi venía bien a menudo.
No mucho después, Avi terminó la carrera, desapareció, y reapa-
reció meses más tarde en Minneapolis, donde había conseguido un tra-
bajo en una importante editorial de juegos de rol de fantasía. Se ofre-
ció a comprar el programa de Randy por la asombrosa cifra de mil
dólares más un porcentaje sobre los beneficios futuros. Randy aceptó
la oferta en líneas generales, le pidió a Avi que le enviase un contrato,
y luego salió y se encontró con Andrew hirviendo entrañas de pesca-
do en un hervidor sobre una parrilla en el tejado del edificio de aparta-
mentos en el que vivía. Quería darle a Andrew la buena noticia, y ofre-
cerle una parte de las ganancias. Lo que vino a continuación fue una
conversación realmente desagradable, de pie allí arriba bajo una lluvia
violenta y torrencial.
Para empezar, Andrew se tomó el asunto bastante más en serio que
Randy. Randy lo veía como una suerte inesperada, una lotería. An-
drew, que era hijo de un abogado, lo trataba como si fuese una impor-
tante fusión comercial, e hizo muchas preguntas tediosas e insistentes
sobre el contrato, que todavía no existía y que cuando existiese proba-
blemente ocuparía una única hoja. Randy no lo comprendió en ese mo-
mento, pero al hacer tantas preguntas para las que Randy no tenía res-
puesta, Andrew estaba, a todos los efectos, asignándose el papel de
Administrador General. Implícitamente estaba formando con Randy
una sociedad mercantil que, de hecho, no existía.
Además, Andrew no tenía ni idea del tiempo y el esfuerzo que
Randy había dedicado a escribir el código. O (como comprendió Randy
más tarde) quizá sí. En cualquier caso, Andrew asumía desde el inicio
que la participación con Randy sería al cincuenta por ciento, lo que era
extremadamente desproporcionado con respecto al trabajo que había
realizado en el proyecto. Básicamente, Andrew actuaba como si todo
el trabajo que hubiese realizado sobre los hábitos alimenticios de los
aborígenes fuese parte de la empresa, y que eso le daba derecho a una
parte igual.
Para cuando Randy pudo librarse de esa conversación, la cabeza le
daba vueltas. Había llegado con una visión de la realidad y había sufri-
do el desafío radical por parte de otra claramente absurda; pero al ca-
bo de una hora de intimidación por parte de Andrew empezaba a du-
dar de sí mismo. Después de dos o tres noches sin dormir, decidió

— 84 —
I
cancelar todo el asunto. Unos pocos cientos de dólares no valían toda
aquella agonía.
Pero Andrew (que para entonces estaba representado por un aso-
ciado del bufete de su padre en Santa Bárbara) se opuso con vehemen-
cia. Él y Randy habían, según el abogado, creado conjuntamente algo
con valor económico, y la incapacidad de Randy para venderlo al va-
lor de mercado equivalía a robarle el dinero del bolsillo a Andrew. Se
había convertido en una pesadilla increíble digna de Kafka, y Randy
sólo podía retirarse a una mesa en la esquina de su pub favorito, be-
ber jarras de cerveza negra (normalmente en compañía de Chester) y
observar cómo se desarrollaba aquel fantástico psicodrama. Ahora
comprendía que había tropezado con la peligrosa extravagancia de la
familia de Andrew. Resultaba que los padres de Andrew se habían di-
vorciado hacía mucho tiempo, y habían luchado ferozmente por su
custodia, su único hijo. Mamá se había vuelto hippie y se había unido
a un culto religioso en Oregón, llevándose a Andrew con ella. Se ru-
moreaba que esa secta se dedicaba a abusar sexualmente de los niños.
Papá había contratado a detectives privados para secuestrar a Andrew
y traerlo de vuelta. A continuación, lo había obsequiado con posesio-
nes materiales para demostrarle que él lo quería más. Luego se había
producido una interminable batalla legal en la que papá había contra-
tado a algunos psicoterapeutas marginales para hipnotizar a Andrew y
recuperar recuerdos reprimidos de horrores inexpresables e impro-
bables.
Ése era sólo el sumario ejecutivo de una extraña vida que Randy
fue descubriendo poco a poco a lo largo de los años siguientes. Más tar-
de, llegó a la conclusión de que la vida de Andrew era fractalmente ex-
traña. Es decir, se podía tomar una parte pequeña de ella, y al exami-
narla en detalle resultaría ser tan complicada y extraña como el todo.
En todo caso, Randy se había metido en esa vida y estaba rodeado
de su peculiaridad. Uno de los jóvenes ansiosos del bufete del padre de
Andrew decidió, como movimiento preventivo, obtener copias de to-
dos los archivos informáticos de Randy, que seguían almacenados en
el sistema informático de la UW. No hace falta decir que lo hizo de la
forma más torpe posible, y cuando el departamento legal de la univer-
sidad comenzó a recibir sus ariscas cartas, respondió informando al
abogado de Andrew y a Randy de que cualquiera que usase el sistema
informático de la universidad para crear un producto comercial debía
compartir los beneficios con la universidad. De esa forma, Randy re-
cibía cartas amenazadoras no de uno sino de dos grupos de temibles

— 85 —
abogados. A continuación Andrew amenazó con demandarle por ha-
ber cometido ese error, ¡que había reducido a la mitad el valor de la par-
te de Andrew!
Al final, sólo para poder salir con bien de todo aquello, Randy tu-
vo que contratar a su propio abogado. El coste final para él estuvo li-
geramente por encima de los cinco mil dólares. El programa nunca lle-
gó a venderse, y tampoco hubiese sido posible venderlo: para entonces
estaba tan legalmente enmarañado que hubiese sido como intentar
vender a alguien un Volkswagen corroído que hubiese sido desmonta-
do y sus partes escondidas en el interior de jaulas de perros de ataque
en diferentes zonas del planeta.
Fue la única ocasión en su vida en la que consideró el suicidio. No
lo pensó demasiado en serio, o durante mucho tiempo, pero sí que lo
pensó.
Cuando todo pasó, Avi le envió una carta escrita a mano que decía:
«Disfruté mucho haciendo negocios contigo y espero tener la oportu-
nidad de continuar con nuestra relación, tanto como amigos y, si se
presenta la oportunidad, como socios creativos.»

índigo

Lawrence Pritchard Waterhouse y el resto de la banda se en-


cuentran una mañana sobre la cubierta del Nevada, tocando el
himno nacional y contemplando cómo las Barras y Estrellas
suben por el asta, cuando se sobresaltan al encontrarse en medio de
ciento noventa aeroplanos de diseño no demasiado familiar. Algunos
de ellos vuelan bajo, moviéndose rasantes, y otros están en lo alto, des-
cendiendo casi en línea recta. Estos últimos van tan rápido que pare-
cen estar deshaciéndose; caen pequeños trozos. Se trata de una escena
atroz, algún ejercicio de entrenamiento está saliendo deprimentemen-
te mal. Pero salen de las trayectorias suicidas con tiempo de sobra. Los
trozos que se han caído descienden con suavidad y determinación, sin
dar volteretas o revolotear como harían los restos. Están por todas par-
tes. De forma perversa, todos parecen dirigirse a los buques amarra-
dos. Es increíblemente peligroso, ¡podrían darle a alguien! Lawrence
se siente indignado.

— 86 —
En uno de los barcos situados al fondo se produce un fenómeno de
corta vida. Lawrence se da la vuelta para mirar. Es la primera explosión
de verdad que ha visto en su vida, así que le lleva algo de tiempo reco-
nocerla como tal. Puede tocar los movimientos más difíciles de xilófo-
no con los ojos cerrados, y The Star Spangled Banner es mucho más
fácil de tocar que de cantar.
Sus ojos se centran, no en la fuente de la explosión, sino en un par
de aeroplanos que se dirigen directamente hacia ellos, casi rozando el
agua. Cada uno de ellos deja caer un largo huevo delgaducho y a con-
tinuación sus colas se mueven apreciablemente, viran hacia arriba y pa-
san por encima de sus cabezas. El sol naciente ilumina directamente el
interior de las carlingas. Lawrence puede mirar de frente a los ojos
de uno de los pilotos. Percibe que parece ser algún tipo de caballero
asiático.
Se trata de un ejercicio de entrenamiento increíblemente realista,
incluso hasta el punto de emplear pilotos étnicamente correctos, y ha-
cer detonar explosiones falsas en los buques. Lawrence lo aprueba de
todo corazón. Las cosas se habían relajado un poco últimamente.
Se siente una tremenda conmoción en la cubierta de la nave, que
hace que sus pies y piernas parezcan haber saltado un precipicio de tres
metros para caer sobre cemento sólido. Pero no ha sido así, sigue de
pie. No tiene el más mínimo sentido.
La banda ha terminado de tocar el himno nacional y presta aten-
ción al espectáculo. Las sirenas y las bocinas se dejan oír por todas par-
tes, en el Nevada, en el Arizona situado en el amarradero contiguo, en
los edificios de tierra. Lawrence no aprecia fuego antiaéreo, no ve en el
cielo ningún avión que pueda reconocer. Las explosiones se suceden.
Lawrence se acerca a la baranda y atraviesa con la mirada los pocos me-
tros de agua que les separan del Arizona.
Otro más de esos aeroplanos en picado lanza un proyectil que cae
directamente sobre la cubierta del Arizona para a continuación, aun-
que parezca extraño, desaparecer. Lawrence parpadea y ve que ha de-
jado sobre la cubierta un perfecto agujero en forma de bomba, justo
como si fuese un personaje de dibujos animados histéricos de la War-
ner Brothers atravesando a gran velocidad alguna estructura plana, co-
mo una pared o un techo. Durante unos microsegundos sale fuego de
ese agujero antes de que toda la cubierta se hinche, desintegrándose, y
se convierta en un floreciente globo de fuego y oscuridad. Waterhou-
se es vagamente consciente de que un montón de material se dirige ha-
cia él a toda velocidad. Es tan enorme que más bien le da la impresión

— 87 —
de que es él quien vuela hacia allí. Se queda congelado. Pasa a su lado,
por encima, a través de él. Un sonido terrible le perfora el cráneo, una
nota golpeada al azar, discordante pero no sin alguna especie de armo-
nía. Calidades musicales a un lado, es tan jodidamente fuerte que casi
le mata. Se pone las manos sobre los oídos.
Pero el sonido sigue ahí, como agujas al rojo vivo que le atravesa-
sen los oídos. Las campanas del infierno. Gira para evitarlo, pero le si-
gue. Siente una correa enorme y gruesa alrededor del cuello, anudada
a la altura de la entrepierna, donde lleva una base. Metido en la base
está el soporte central del xilófono, que permanece frente a él como un
peto en forma de lira, con enormes y esponjosas borlas colgando de los
extremos superiores. Curiosamente, una de las borlas está ardiendo.
No es lo único que está mal en el xilófono, pero no puede apreciarlo
del todo porque se le oscurece la visión periódicamente por algo que
pasa frente a él cada pocos momentos. Lo único que sabe es que el xi-
lófono se ha tragado un enorme cuanto de pura energía y ha sido pro-
pulsado a un estado increíblemente superior nunca antes alcanzado
por un instrumento similar; es un monstruo ardiente, brillante, gi-
miente, campaneante, radiactivo, un cometa, un arcángel, un árbol
de magnesio en llamas, atado a su cuerpo, de pie en su entrepierna.
La energía se transmite por su eje central zumbante, a la base y a sus
genitales, lo que en otras circunstancias le hubiese producido una
erección.
Lawrence pasa algo de tiempo vagando sin rumbo sobre la cubier-
ta. A final tiene que ayudar a abrir una escotilla para algunos hombres,
y se da cuenta de que todavía lleva las manos sobre las orejas, y así ha
sido durante mucho tiempo excepto cuando se limpiaba los ojos.
Cuando las retira el ruido ha desaparecido, y ya no oye a los aviones.
Pensaba que quería descender, porque el peligro venía del aire y le gus-
taría tener algo de aspecto permanente entre él y el peligro, pero mu-
chos de los marineros mantienen la opinión contraria. Oye que han sido
alcanzados por uno, o dos, de algo que rima con «torpedo», y que in-
tentan ganar velocidad. Oficiales y suboficiales, teñidos de negro y ro-
jo por el humo y la sangre, le ordenan continuamente que se encargue
de tareas diferentes, y extremadamente urgentes, que no entiende del
todo, porque continuamente se lleva las manos a los oídos.
Probablemente pasa otra media hora antes de que se le ocurra la
idea de dejar el xilófono, que es, después todo, más un estorbo que otra
cosa. Le fue entregado por la Marina con gran cantidad de adverten-
cias sobre las consecuencias de un mal uso. Lawrence es muy cons-

i
cíente de ese tipo de cosas, desde la época en que le dieron por primera
vez privilegios de órgano en West Point, Virginia. Pero en esta ocasión,
por primera vez en su vida, mientras permanece de pie observando có-
mo elArizona arde y se hunde, se limita a decirse a sí mismo: ¡Bien, a
la mierda! Saca el xilófono del soporte y lo mira por última vez, será la
última vez en su vida que toque un xilófono. De todas formas, com-
prende, ya no tiene sentido salvarlo; varias barras están dobladas. Le
da la vuelta y descubre que trozos de metal ennegrecido y distorsiona-
do han chocado con varias de las barras. Lanzando literalmente su pre-
caución al viento, lo arroja por la borda, más o menos en la dirección
del Arizona, una lira militar de acero bruñido que acompaña con su
canto a un millar de hombres hasta su lugar de descanso en el fondo del
puerto.
Mientras se desvanece en medio de una mancha de combustible ar-
diente, llega la segunda ola de aviones de ataque. La artillería antiaérea
de la Marina finalmente abre fuego y comienzan a llover bombas so-
bre la zona circundante y a volar edificios ocupados. Puede ver lla-
mas con forma humana corriendo por las calles seguidas de gente con
mantas.
El resto del día se invierte, en el caso de Lawrence Pritchard Wa-
terhouse y el resto de la Marina, aceptando el hecho de que muchas es-
tructuras bidimensionales en aquel u otros barcos, que se colocaron
para evitar la mezcla de diversos fluidos (por ejemplo, combustible y
aire) tienen agujeros, y no sólo eso, sino que otras muchas cosas están
ardiendo y que todo está algo más que un poco ahumado. Ciertos ob-
jetos que se supone deben (a) permanecer horizontales y (b) sostener
cosas pesadas, han dejado de cumplir ambas tareas.
La sala de máquinas del Nevada consigue ganar velocidad con un
par de calderas y el capitán intenta sacar la nave del puerto. Tan pron-
to como se mueve, sufre un ataque concertado, en su mayoría de bom-
barderos deseosos de hundirlo en el canal y bloquear el puerto por
completo. Al final, el capitán da la vuelta antes de que suceda tal cosa.
Por desgracia, lo que el Nevada tiene en común con otros buques de
la Marina es que no está realmente diseñado para actuar a partir de una
posición estacionaría y, en consecuencia, recibe tres impactos más. En
conjunto, es una mañana muy emocionante. Como miembro de la ban-
da que ya no tiene su instrumento, los deberes de Lawrence no están
muy bien definidos, y pasa más tiempo del debido mirando los avio-
nes y las explosiones. Ha retomado sus reflexiones anteriores con res-
pecto a las sociedades y sus esfuerzos por superarse las unas a las otras.

— 89 —
Tiene muy claro, a medida que ola tras ola de bombarderos nipones se
lanzan con precisión caligráfica contra la nave sobre la que está de pie,
y a medida que la flor y nata de la Marina de su país arde, estalla y se
hunde, sin ofrecer prácticamente resistencia, que su sociedad va a te-
ner que replantearse un par de cosas.

En algún momento se quema la mano con algo. Es la mano dere-


cha, lo que es preferible: es zurdo. Además, le queda claro que una por-
ción del Arizona ha intentado arrancarle el cuello cabelludo. Son heri-
das leves para los niveles de Pearl Harbor y no pasa mucho tiempo en
el hospital. El doctor le advierte que la piel de la mano puede contraer-
se y limitarle los movimientos de los dedos. Tan pronto como pue-
de soportar el dolor, Lawrence comienza a tocar el Arte de la fuga de
Bach sobre el regazo si no tiene alguna otra ocupación. La mayoría de
esas composiciones se inician con simplicidad; se puede imaginar con
facilidad al viejo Johann Sebastian sentado en su banco una fría maña-
na de Leipzig, retirados uno o dos registros de flauta dulce, la mano iz-
quierda en el regazo, un gordo niño del coro, o dos, en la esquina es-
forzándose en el doble fuelle, mientras apagados sonidos ansiosos
surgen de todos los agujeros del mecanismo, y la mano derecha de Jo-
hann vagando sin rumbo sobre la prohibida simplicidad del Gran ma-
nual, acariciando los amarillentos y rotos colmillos de elefante, bus-
cando alguna melodía que no haya inventado todavía. Ahora mismo es
bueno para Lawrence, así que obliga a su mano derecha a realizar los
mismos movimientos que Johann, aunque esté cubierta de vendas y
emplee una bandeja virada como sustituto del teclado, y tenga que ta-
rarear la música. Cuando le coge el gusto, su pie se mueve y presiona
bajo las sábanas, tocando sobre pedales imaginarios, y los vecinos se
quejan.
Sale del hospital en unos días, justo a tiempo para que él y el resto
de la banda de música del Nevada inicien su nueva tarea bélica. Esto
debía ser, evidentemente, todo un problema para los expertos en per-
sonal de la Marina. Esos músicos eran (desde el punto de vista de ma-
tar nipos) completamente inútiles. Desde el 7 de diciembre no tienen
ni siquiera un buque en funcionamiento y la mayoría de ellos han per-
dido los clarinetes.
Aun así, no todo es cargar obuses y darle a los gatillos. Ninguna
gran organización puede matar nipos de forma sistemática sin realizar
una cantidad casi increíble de labores de mecanografía y archivo. Es ló-

— 90 —
gico suponer que hombres que pueden tocar el clarinete no realizarán
ese trabajo peor que cualquier otro. Y por tanto Waterhouse y sus
compañeros de banda reciben órdenes transfiriéndolos a lo que pare-
ce ser una de las ramas de mecanografía-y-archivo de la Marina.
Es un edificio, no un barco. Hay mucho personal en la Marina que
desprecia la misma idea de trabajar en un edificio, y Lawrence y otros
reclutas recientes, deseosos de encajar, han adoptado el hábito de imi-
tar la misma actitud. Pero ahora que han visto lo que le sucede a un bar-
co cuando detonas cientos de kilos de explosivos sobre, dentro, o alre-
dedor de él, Waterhouse y muchos otros están reconsiderando esos
prejuicios con respecto a trabajar en edificios. Se presentan en sus nue-
vos puestos con la moral muy alta.
Su nuevo oficial al mando no se siente tan feliz, y sus sentimientos
parecen ser compartidos por toda la sección. A los músicos se les reci-
be sin darles la bienvenida y se les saluda sin honores. La gente que ha
estado trabajando en este edificio —lejos de sentirse intimidados por
tipos que no sólo han trabajado hasta hace poco en un barco de verdad
sino que además han estado muy cerca de cosas que explotaban, ardían,
etc., y no por fallos rutinarios sino porque los hombres malos lo cau-
saron deliberadamente— no parecen considerar que Lawrence y los
otros músicos merezcan que se les confíe aquel nuevo trabajo, lo que
demonios sea.
Abatidos, casi con desesperación, el oficial al mando y sus subor-
dinados instalan a los músicos. Incluso si no tienen escritorios sufi-
cientes para todos, cada hombre tendrá al menos una silla en una me-
sa o barra. Se demuestra bastante ingenio a la hora de encontrar sitio
para todos los nuevos. Está claro que esa gente intenta hacer lo mejor
posible lo que consideran una tarea inútil.
A continuación les dan una pequeña charla sobre discreción. Una
larga charla, en realidad. Realizan ejercicios para comprobar su habili-
dad para deshacerse de cosas de la forma correcta. Siguen así mucho
tiempo, y cuanto más tiempo dedican a ello, sin explicaciones, más mis-
terioso se vuelve. Los músicos, que al principio se sintieron un poco
molestos por la frialdad de la recepción, comienzan a hacer cabalas en-
tre ellos sobre en qué tipo de operación se han metido.
Por fin, una mañana, se les reúne en una clase frente a la pizarra más
limpia que Waterhouse haya visto nunca. Los días pasados le han im-
buido tal nivel de paranoia que sospecha que está limpia por una razón:
borrar la tiza no se toma a la ligera en tiempo de guerra.
Están sentados en sillas pequeñas con pupitres unidos a ellas, pu-

— 91 —
pitres diseñados para diestros. Lawrence se pone el cuaderno de notas
sobre el regazo, luego apoya la mano derecha vendada sobre el pupi-
tre y comienza a tocar una melodía del Arte de la fuga, haciendo mue-
cas e incluso gimiendo de dolor a medida que la piel quemada se estira
y se desliza sobre los nudillos.
Alguien le toca el hombro. Abre los ojos para ver que es la única
persona en toda la habitación que está sentada; hay un oficial en la ta-
rima. Se pone en pie y casi le falla la pierna débil. Cuando al final con-
sigue ponerse por completo en pie, ve que el oficial (si «es» realmente un
oficial) no lleva uniforme. No hay nada más diferente de un uniforme.
Viste una bata y fuma en pipa. La bata está extraordinariamente gasta-
da, pero no en el sentido, digamos, de una bata de hospital u hotel, que
se lava mucho. Hace tiempo que no lavan aquella prenda, pero chico,
vaya si le han dado uso. Los hombros están gastados casi por comple-
to, y el extremo de la manga derecha es de color gris grafito, de arras-
trarse de izquierda a derecha, decenas de miles de veces, sobre hojas de
papel cubiertas de números escritos a lápiz. La felpa parece cubierta de
caspa, pero no tiene nada que ver con la exfoliación del cuero cabellu-
do; esos copos son demasiado grandes y demasiado geométricos: res-
tos rectangulares y circulares de cartulina, producto de perforar tarje-
tas y cinta respectivamente. La pipa se consumió hace mucho tiempo
y el oficial (o lo que sea) ni siquiera finge preocuparse de encenderla de
nuevo. Su única función es proporcionarle algo que morder, lo que ha-
ce vigorosamente como si fuese un soldado de la guerra civil al que le
están cortando una pierna.
Otro tipo —uno que sí se ha molestado en afeitarse, ducharse y po-
nerse un uniforme— presenta al hombre de la bata como el capitán de
fragata Shane, deletreado-s-c-h-o-e-n, pero a Schoen eso no le intere-
sa; les da la espalda, mostrándoles la parte de atrás de la bata, que alre-
dedor del trasero es tan transparente como un salto de cama. Copian-
do de un bloc de notas, escribe lo siguiente:

1917171914 20231819 8 12 1619 8 3 21


8251814 18 6 3 18 8 15 18221811

Cuando aparece el cuarto o quinto número en la pizarra, Water-


house siente cómo se le eriza el pelo de la nuca. Antes de que termine
de escribir el tercer grupo de cinco números, ya ha percibido que nin-
guno de ellos es mayor que 26, el número de letras del alfabeto. Su co-
razón late con mayor fuerza que cuando las bombas niponas realiza-

— 92 —
ban trayectorias parabólicas sobre la cubierta del Nevada. Se saca un
lápiz del bolsillo. Como no tiene papel a mano, escribe los números
del 1 al 26 sobre la superficie de la mesilla.
Para cuando el hombre de la bata ha terminado de escribir el últi-
mo grupo de números, Waterhouse está inmerso en un recuento de fre-
cuencia. Lo completa cuando el Hombre de la Bata está diciendo algo
como: «Para ustedes esto podría parecer una secuencia sin sentido de
números, pero para los oficiales navales nipos es algo completamente
diferente.»
A continuación el hombre ríe nervioso, agita la cabeza con triste-
za, cuadra la mandíbula con resolución y lanza una letanía de expre-
siones extremadamente emotivas ninguna de las cuales es apropiado
reproducir aquí.
El recuento de frecuencia de Waterhouse se limita simplemente a
anotar el número de veces que cada cifra aparece en la pizarra. Tiene
esté aspecto:

1 1411
2 151
3 11 161
4 1711
5 18 lililí
61 19 lili
7 201
8 lili 211
9 221
10 231
11 I 24
12 I 25 I
13 26

Lo más interesante del asunto es que diez de los posibles símbo-


los (es decir, 1, 2, 4, 5, 7, 9, 10, 13, 24 y 26) ni siquiera se usan. En el
mensaje sólo aparecen dieciséis números diferentes. Dando por su-
puesto que cada uno de esos dieciséis representa una, y sólo una, le-
tra del alfabeto, ese mensaje tiene (Lawrence lo calcula de cabeza)
111136315345735680000 posibles significados.
Es un número curioso porque empieza con cuatro unos y termina
con cuatro ceros; Lawrence deja escapar una risita, se limpia la nariz y
sigue con el asunto.

— 93 —
El número más repetido es 18. Probablemente representa la letra
E. Si sustituye E en el mensaje cada vez que aparece un 18, entonces...
Bien, para ser sinceros, tendría que escribir otra vez todo el men-
saje, cambiando los 18 por E, y le llevaría mucho tiempo, que podría
ser tiempo perdido porque la suposición podría estar equivocada. Por
otra parte, si «obliga» a su mente a interpretar los 18 como E —una
operación que considera libremente análoga a cambiar los ajustes del
cuadro de un órgano— entonces lo que ve en su ojo mental cuando mi-
ra a la pizarra es:

19 17 17 19 14 20 23 E 19 8 12 16 19 8 3 21
8 25 E 14 E 6 3 E 8 15 E 22 E 11

que sólo tiene 10103301395066880000 posibles significados. También


se trata de un número curioso, por todos esos unos y ceros, pero se trata
de una coincidencia sin la más mínima importancia.
—La ciencia de crear códigos secretos se llama criptografía —dice
el capitán de fragata Schoen—, y la ciencia de romperlos criptoanalisis.
A continuación suspira, forcejea visiblemente con varios estados
emocionales extremadamente divergentes y con resignación se entre-
ga al inevitable ejercicio de dividir esas palabras en sus raíces, que son
latinas o griegas (Lawrence no presta atención, ni le importa, sólo ob-
serva fijamente la pureza de la palabra CRIPTO escrita en enormes
mayúsculas).
La secuencia inicial «19 17 17 19» es interesante. Junto con 8,19 es
el segundo número más común de la lista. El 17 es sólo la mitad de co-
mún. No pueden tener cuatro vocales o cuatro consonantes en fila (a
menos que las palabras sean alemanas), por tanto o el 17 es una vocal y
el 19 una consonante o viceversa. Como el 19 aparece con mayor fre-
cuencia (cuatro veces) en el mensaje, es más probable que sea una vo-
cal en lugar del 17 (que sólo aparece dos veces). A es la vocal más co-
mún después de la E, así que si asume que el 19 es una A, obtiene:

A 17 17 A 14 20 23 E A 8 12 16 A 8 3 21
8 25 E 14 E 6 3 E 8 15 E 22 E 11

La cosa se reduce mucho, a unas meras 841941782922240000 po-


sibles respuestas. ¡Ya ha conseguido reducir el margen de soluciones
en varios órdenes de magnitud!
Schoen está sudando profusamente, y está casi físicamente lanzán-

— 94-
dose a un repaso histórico de la ciencia de la CRIPTOLOGÍA, como se
llama la unión de la criptografía y el criptoanalisis. Habla un poco de
un tipo inglés llamado Wilkins, y de un libro llamado Criptonomicón
que se escribió hace unos cientos de años, pero (quizá porque no tiene
en demasiada estima la inteligencia de su público) pasa con rapidez por
las cuestiones históricas y salta de Wilkins al código «uno es tierra, dos
es mar» de Paul Reveré. Incluso hace el chiste matemático de que ésa
es una de las primeras aplicaciones prácticas de la notación binaria.
Lawrence resopla y bufa respetuosamente, recibiendo una mirada ho-
rrorizada del saxofonista sentado frente a él.
Al principio de la charla, Schoen mencionó que aquel mensaje esta-
ba (en lo que evidentemente era un escenario ficticio creado para hacer
interesante el ejercicio matemático a un conjunto de músicos para el
que se suponía que la matemática les importaba una mierda) dirigido a
un oficial naval ñipo. Dado ese contexto, Lawrence no puede sino asu-
mir que la primera palabra del mensaje es ATTACK. Eso significa que el
17 representa la T, el 14 la C y el 20 la K. Sustituyendo, obtiene:

A T T A C K 2 3 E A 8 12 16 A 8 3
21 8 25 E C E 6 3 E 8 15 E 22 E 11

y el resto es tan evidente que ni se molesta en escribirlo. No puede evi-


tar ponerse en pie. Está tan emocionado que se olvida de la pierna he-
rida y tropieza con varias mesillas de sus compañeros, lo que causa mu-
cho ruido.
—¿Tiene algún problema, marinero? —dice uno de los oficiales de
la esquina, uno que se ha molestado en vestir el uniforme.
—¡Señor! El mensaje es: «Attack Pearl Harbor December Seven.»
¡Señor! —grita Lawrence y vuelve a sentarse. Todo su cuerpo se estre-
mece de emoción. La adrenalina ha tomado el control de su cuerpo y
mente. Podría estrangular allí mismo a veinte luchadores de sumo.
El capitán de fragata Schoen se muestra completamente impasible,
excepto por un único parpadeo, muy lento. Se vuelve hacia uno de sus
subordinados, que está de pie frente a la pared con las manos a la es-
palda, y dice:
—Dele a ése una copia del Criptonomicón. Y un escritorio... tan
cerca como sea posible de la cafetera. Y ya que está en ello, por qué no
asciende al hijo de puta.

— 95 —
Lo del ascenso resultó ser o una muestra de humor militar o una
prueba más de la inestabilidad mental del capitán de fragata Schoen.
Exceptuando ese pequeño detalle gracioso, la historia de Waterhouse
a partir de ese punto, durante los siguientes diez meses, no es mucho
más complicada que la historia de una bomba que acaba de ser lanza-
da desde un avión. Las barreras puestas en su camino (leer el Cripto-
nomicón, romper el código meteorológico de las Fuerzas Aéreas Ni-
ponas, romper el Coral, el cifrado mecánico agregado naval, romper
el código innominado 3A del transporte acuático del ejército nipón,
romper el código del Ministerio de la Gran Asia Oriental) presentan
tanta resistencia como sucesivas cubiertas de fragata fabricadas con
madera comidas por los gusanos. En un par de meses está escribiendo
nuevos capítulos para el Criptonomicón. La gente habla de él como si
fuese un libro, pero no lo es. Básicamente es una recopilación de todos
los artículos y notas que han pasado por una esquina en particular de
la oficina del capitán de fragata Schoen en el periodo de más o menos
dos años que lleva destinado en la Estación Hypo, como llaman a ese
sitio. * Es todo lo que el capitán de fragata Schoen sabe sobre romper
códigos que, a todos los efectos, es todo lo que saben los Estados Uni-
dos de América. Podría resultar aniquilado en cualquier momento si a
un conserje se le ocurriese entrar en la habitación durante unos minu-
tos y hacer limpieza. Como comprendían esa posibilidad, los colegas
del capitán de fragata Schoen entre los oficiales de la Estación Hypo
habían diseñado enérgicas medidas para evitar cualquier limpieza u
operación higiénica en todo el ala del edificio que contiene la oficina
del capitán de fragata Schoen. En otras palabras, saben lo suficiente
para comprender que el Criptonomicón es extremadamente importan-
te, y tienen la inteligencia suficiente para adoptar las medidas necesa-
rias con el propósito de mantenerlo seguro. Algunos de ellos incluso
lo consultan de vez en cuando, y hacen uso de su sabiduría para rom-
per los mensajes nipones, e incluso resolver criptosistemas enteros. Pe-
ro Waterhouse es el primero que aparece que es lo suficientemente
bueno como para (al principio) señalar los errores en lo escrito por
Schoen, y (pronto) reunir el contenido de la pila en algo que se parece
a una obra ordenada, y (con el tiempo) añadirle material original.
Llegado un punto, Schoen lo lleva escaleras abajo, lo guía por un

* «Hypo» es la forma que tienen los militares para nombrar la letra H. Como es
un chico brillante, Waterhouse infiere que debe haber al menos siete más: Alfa, Bravo,
Charlie, etc.

— 96 —
largo pasillo sin ventanas hasta una puerta imponente protegida por
gruesos mirmidones y le permite ver lo segundo mejor que poseen en
Pearl Harbor, una habitación llena de maquinaria de la Electrical Till
Corporation que emplean especialmente para realizar recuentos de fre-
cuencias en los mensajes interceptados a los nipos.
Sin embargo, la máquina más extraordinaria de la estación Hypo::"
—y lo más genial de Pearl Harbor-— se encuentra en un nivel todavía
más profundo de la cloaca del edificio. Está contenida en algo que po-
dría ser considerado una cámara acorazada de banco si no fuese por-
que está llena de explosivos de forma que su contenido pueda vapori-
zarse en caso de una invasión total de los nipos.
Es la máquina que el capitán de fragata Schoen fabricó, más de un
año antes, para romper el código nipón llamado índigo. Aparente-
mente, ya que eso sucedió a principios de 1940, Schoen era un joven
equilibrado y de buena salud mental en cuyo regazo dejaron caer una
larga lista de números compilados por las estaciones de interceptación
del Pacífico (quizá, piensa Waterhouse, Alfa, Bravo, etc.). Aquellos nú-
meros eran mensajes nipones que habían sido cifrados de alguna for-
ma; las pruebas circunstanciales sugerían que se había hecho con algu-
na máquina. Pero no se sabía absolutamente nada sobre la máquina: si
usaba engranajes, discos rotatorios o tableros de conexiones, o alguna
combinación de esos elementos, o cualquier otro mecanismo que no se
le hubiese ocurrido todavía a los blancos; «cuántos» de esos mecanis-
mos usaba o no usaba; detalles específicos de cómo los usaba. Lo úni-
co claro era que esos números, que parecían completamente caóticos,
habían sido transmitidos, quizás incluso de forma incorrecta. Aparte
de eso, Schoen no tenía nada —nada— con lo que trabajar.
Y a continuación, a mediados de 1941, aquella máquina existía en
aquella cámara, en la Estación Hypo. Existía porque Schoen la había
fabricado. La máquina descifraba perfectamente todos los mensajes
índigo que recibían las estaciones de intercepción y era, por tanto, por
necesidad, una copia funcional exacta de la máquina de código índigo
de los nipones, aunque ni Schoen ni ningún otro americano la hubiese
visto jamás. Schoen la había construido simplemente mirando esa lar-
ga lista de números esencialmente caóticos, y empleando algunos pro-
cesos de inducción para deducir el sentido. En algún momento del
camino se había quedado totalmente debilitado psicológicamente, y

* Dando por supuesto, evidentemente, que Alan se equivoque y que el cerebro


humano no sea una máquina.

— 97 —
había empezado a sufrir crisis nerviosas a un ritmo de una cada sema-
na o dos.
Cuando estalla realmente la guerra con Nipón, Schoen está disca-
pacitado y toma mucha medicación. Waterhouse pasa todo el tiempo
que le dejan con Schoen, porque está bastante seguro de que lo que su-
cedió en la cabeza de Schoen, fuese lo que fuese, entre el momento en
que le pusieron entre las manos la lista de números aparentemente alea-
torios y cuando terminó de construir la máquina, es un ejemplo de un
proceso no computable.
La autorización de seguridad de Waterhouse sube de categoría al
ritmo de una vez al mes, hasta que alcanza el nivel más alto concebible
(o eso cree) que es Ultra/Magic. Ultra es como llaman los británicos a
la información de inteligencia que obtienen por haber roto el código
de la máquina alemana Enigma. Magic es como los yanquis llaman a la
información de inteligencia que obtienen de índigo. En cualquier ca-
so, a Lawrence le permiten ahora ver los resúmenes de Ultra y Magic,
documentos encuadernados, con párrafos resaltados en rojo y negro
impresos en la portada. El párrafo número tres dice:
NO SE EJECUTARÁ NINGUNA ACCIÓN SEGÚN LA INFORMACIÓN
CONTENIDA EN ESTE DOCUMENTO, NO IMPORTA CUAL SEA SU VEN-
TAJA TEMPORAL, SI TAL ACCIÓN PUDIESE TENER EL EFECTO DE RE-
VELAR LA EXISTENCIA DE LA FUENTE AL ENEMIGO.
Bastante claro, ¿no? Pero Lawrence Pritchard Waterhouse no está
tan jodidamente seguro.
... SI TAL ACCIÓN PUDIESE TENER EL EFECTO DE REVELAR...
Más o menos por la misma época, Lawrence ha comprendido algo
sobre sí mismo. Ha descubierto que trabaja mejor si no está caliente,
es decir, un día o dos tras la eyaculación. Por lo tanto, como parte de
sus obligaciones con Estados Unidos, comienza a pasar mucho tiem-
po en burdeles. Pero no puede conseguir mucho sexo con lo que sigue
siendo un sueldo de xilofonista, así que se limita a lo que eufemística-
mente se llaman masajes.
... ACCIÓN... EFECTO... REVELAR...
Las palabras se fijan a él como la gonorrea. Se tiende de espaldas
durante esos masajes, con los brazos cruzados sobre los ojos, murmu-
rando las palabras entre dientes. Algo le preocupa. Con el tiempo ha
aprendido que cuando algo le preocupa de esa forma en particular nor-
malmente termina escribiendo un nuevo artículo. Pero primero tiene
que realizar una dura labor intelectual de zapa.
Le viene a la cabeza, como una explosión, durante la batalla de

— 98 —
Midway, mientras él y sus camaradas pasan veinticuatro horas al día
entre las máquinas ETC, descifrando los mensajes de Yamamoto, di-
ciéndole a Nimitz donde encontrarse con la flota nipona.
¿Cuáles son las probabilidades de que Nimitz localice la flota por
accidente? Eso es lo que Yamamoto debe estar preguntándose.
Todo es cuestión (¡curiosamente!) de teoría de la información.
... ACCIÓN...
¿Qué es acción? Puede ser cualquier cosa. Puede ser algo evidente,
como bombardear una instalación militar nipona. Todos estarían de
acuerdo en que eso constituiría una acción. Pero también podría ser al-
go como cambiar el rumbo de un portaaviones en cinco grados... o no
hacerlo. O tener exactamente el conjunto adecuado de fuerzas en Mid-
way para aplastar a la flota nipona. Podría ser algo mucho menos dra-
mático, como cancelar los planes de acción. Una acción, en cierto sen-
tido, podría ser incluso la total ausencia de actividad. Cualquiera de
ellas podría ser la respuesta racional por parte de algún comandante a
LA INFORMACIÓN CONTENIDA EN ESTE DOCUMENTO. Pero cual-
quiera de ellas podría ser observable para los nipones... y por tanto,
cualquiera de ellas podría dar información a los nipones. ¿Qué tal será
la habilidad de esos nipos para extraer información de un canal rui-
doso? ¿Tienen algún Schoen?
... EFECTO...
¿Y qué pasaría si los nipos lo observasen? ¿Cuál sería exactamente
el «efecto»? ¿Y bajo qué circunstancias el efecto REVELARÍA LA
EXISTENCIA DE LA FUENTE AL ENEMIGO?
Si la acción fuese tal que nunca se hubiese producido a menos que
los americanos pudiesen romper índigo, eso constituiría una prueba
para los nipones de que los americanos lo habían roto. La existencia de
la fuente —la máquina construida por el capitán de fragata Schoen—
quedaría revelada.
Waterhouse confía en que ningún americano sea tan estúpido. Pero
¿y si no está tan claro? ¿Y si la acción fuese simplemente «muy impro-
bable» a menos que los americanos conociesen el código? ¿Qué pasa si
los americanos, a la larga, simplemente tienen una suerte de cojones?
¿Y hasta dónde puedes jugar ese juego? Un par de dados cargados que
muestran siete cada vez que los lanzas serán detectados en unas pocas
tiradas. Un par que sólo muestra siete un uno por ciento más de lo nor-
mal es más difícil de detectar; tendrías que arrojar el dado muchas ve-
ces para que tu oponente pudiese demostrarlo.
Si los nipos caen continuamente en emboscadas —si sus propias

— 99 —
emboscadas no funcionan—, si sus barcos mercantes se cruzan con los
submarinos americanos más de lo que la pura probabilidad sugeriría,
¿cuánto tiempo pasará antes de que se den cuenta?
Waterhouse escribe artículos sobre ese tema, los usa para dar la
lata. Entonces, un día, recibe nuevas órdenes.
Las órdenes llegan codificadas en un grupo de cinco cartas aparen-
temente aleatorias, impresas en el papel azul que se usa para los cable-
gramas de alto secreto. El mensaje ha sido cifrado en Washington em-
pleando un cuaderno de uso único, lo que es lento e incómodo pero,
en teoría, ofrece un cifrado perfectamente inviolable, utilizado para los
mensajes más importantes. Waterhouse lo sabe porque es una de las
dos únicas personas en Pearl Harbor con permiso para descifrarlos. El
otro es el capitán de fragata Schoen, y él está sedado. El oficial de guar-
dia abre la caja fuerte adecuada y le entrega el cuaderno de uso único
del día, que es básicamente un trozo de papel cuadriculado cubierto de
números impresos en grupos de a cinco. Los números han sido esco-
gidos por secretarias en un sótano de Washington revolviendo cartas o
sacando notas de un sombrero. Son ruido puro. Una copia del ruido
puro está en manos de Waterhouse, y la otra copia es usada por la per-
sona que ha cifrado el mensaje en Washington.
Waterhouse se sienta y se pone a trabajar, sustrayendo el ruido del
texto cifrado para obtener el texto llano.
Lo primero que ve es que la clasificación del mensaje no es simple-
mente alto secreto, o siquiera Ultra, sino algo completamente nuevo:
ULTRA MEGA.
El mensaje afirma que después de destruir en su totalidad el men-
saje, él —Lawrence Pritchard Waterhouse— se dirigirá a Londres, In-
glaterra, por el método más rápido posible. A su disposición estarán
todos los barcos, trenes, aviones e incluso submarinos. Por medio de
un miembro de la Marina de los Estados Unidos, se le hará entrega de
un uniforme extra —un uniforme del Ejército de Tierra de los Estados
Unidos— en caso de que eso le simplifique la operación.
Lo único que no debe hacer, nunca jamás, es encontrarse en una
posición en la que pueda ser capturado por el enemigo. En ese sentido,
la guerra ha terminado repentinamente para Lawrence Pritchard Wa-
terhouse.

■100 —
Hijos de Ondn

Una red de conductos de aire, del tamaño de túneles, tan vasta


e inabarcable como la Internet global se ramifica por entre las
gruesas paredes y los techos del hotel y produce ruidos apaga-
dos y atenuados que sugieren que en las profundidades ocultas del sis-
tema hay zonas de pruebas de aviones a reacción, herreros de la edad
de hierro, miserables prisioneros cargados de cadenas resonantes y
montones de serpientes contorsionándose. Randy es consciente de que
el sistema no es un bucle cerrado —que de alguna forma está conecta-
do a la atmósfera de la Tierra— porque del exterior se cuelan ligeros
olores callejeros. Por lo que sabe, podría llevarles una hora colarse en
la habitación.
Después de vivir allí durante un par de semanas, los olores termi-
nan sirviéndole como un despertador olfativo. Duerme al olor de las
emisiones diesel, porque las condiciones de tráfico en Manila exigen
que los barcos carguen y descarguen sólo por la noche. Manila se ex-
tiende a lo largo de una cálida y tranquila bahía que es una reserva in-
finita de bochorno, y la atmósfera es tan espesa, opaca y caliente como
un vaso de leche extraída directamente de la ubre de una vaca, por lo
que comienza a relucir con la salida del sol. Ante esa señal, los regi-
mientos y divisiones de gallos de pelea de Manila, aprisionados en jau-
las improvisadas en cada tejado, balcón y patio, empiezan a cantar. La
gente empieza a despertar y a quemar carbón. El humo del carbón pro-
duce el olor que despierta a Randy.
La condición física de Randy es meramente decente. De forma ru-
tinaria su médico le aconseja que pierda diez kilos, pero no es nada evi-
dente de dónde van a salir esos diez kilos: no tiene ni barriga cervece-
ra ni michelines. Los controvertidos kilos parecen estar distribuidos
por igual sobre su torso de barril. O al menos, eso se dice cada maña-
na, de pie frente al enorme espejo de su suite. La casa de Randy y Char-
lene en California está prácticamente libre de espejos y ya no recorda-
ba su aspecto. Ahora comprueba que se ha vuelto atávicamente peludo,
y su barba destella, porque está salpicada de pelo gris.
Cada día se desafía a afeitarse la barba. En los trópicos es conve-
niente tener la mayor cantidad de piel expuesta al aire, para así elimi-
nar el sudor.
Una noche en que Avi y su familia habían venido a cenar, Randy
había dicho:

— 101 —
—Yo soy la barba, Avi es el traje.
Era una forma de explicar su relación empresarial y, desde ese mo-
mento, Charlene se había disparado. Recientemente Charlene ha ter-
minado un artículo académico deconstruyendo las barbas. En particu-
lar, su objetivo era la cultura de las barbas en la comunidad de alta
tecnología del norte de California: el grupo de Randy. Su artículo co-
menzaba echando por tierra, en cierta forma, la idea de que las barbas
son más «naturales» o más fáciles de mantener que el afeitado; llega a
publicar estadísticas del departamento de investigación de Gillette que
comparan la cantidad de tiempo que pasan los hombres con barba y sin
barba en el baño cada día, que demuestran que la diferencia no es esta-
dísticamente significativa. Randy tenía muchas objeciones a la forma
en que se habían compilado esas estadísticas, pero Charlene no las
aceptaba.
—Es contraintuitivo —dijo.
Charlene estaba deseosa de llegar al fondo de su argumento. Fue a
San Francisco y compró varios cientos de dólares en pornografía en
una boite dirigida a fetichistas del afeitado. Durante un par de sema-
nas, Randy no podía llegar a casa por la noche sin encontrarse a Char-
lene tumbada frente al televisor con un enorme cuenco de palomitas y
un dictáfono en la mano, mirando un vídeo que mostraba una hoja de
afeitar recorriendo carne húmeda y jabonosa. Grabó algunas largas en-
trevistas con verdaderos fetichistas del afeitado que describieron con
lujo de detalles la sensación de desnudez y vulnerabilidad que les ofre-
cía el afeitado, y lo erótico que era, especialmente cuando se golpeaba
o zurraba en la parte recién afeitada.
Construyó una detallada comparación entre la iconografía de la
pornografía dirigida a los fetichistas del afeitado y los anuncios de pro-
ductos para el afeitado que aparecían en la televisión nacional durante
los partidos de fútbol americano, y demostró que eran básicamente in-
distinguibles (en realidad, podías comprar cintas de vídeo piratas con
los anuncios de cremas y maquinillas en los mismos lugares que ven-
dían la pornografía directa).
Consiguió estadísticas sobre las variaciones raciales en el creci-
miento de la barba. Los indios americanos no tenían barba, y los asiá-
ticos apenas. Los africanos eran un caso especial porque afeitarse
todos los días les provocaba dolorosos problemas en la piel. «La capa-
cidad de dejarse crecer una barba poblada como elección parece ser un
privilegio concedido por la naturaleza sólo a los hombres blancos», es-
cribió.

— 102 —
Las señales de alarma, las luces rojas y los cláxones se dispararon al
unísono en la cabeza de Randy cuando llegó a esa frase.
«Pero esa afirmación asume una categonzación engañosa. "Natu-
raleza" es un discurso construido socialmente, no una realidad objetiva
[aquí aparecían muchas notas a pie de página]. Eso es aún más cierto
en el caso de una "naturaleza" que concede barbas pobladas a la
población específicamente minoritaria de los hombres europeos del
norte. El Homo sapiens evolucionó en zonas climáticas en las que el
pelo facial tenía poca utilidad práctica. El desarrollo de una rama de la
especie caracterizada por machos de barbas muy pobladas es una res-
puesta adaptativa a los climas muy fríos. Esos climas no invadieron de
forma "natural" los hábitats de los primeros humanos; más bien, los
humanos invadieron las regiones geográficas donde prevalecían tales
climas. Esa trasgresión geográfica fue estrictamente un acontecimien-
to sociocultural y por tanto todas las adaptaciones físicas a ese aconte-
cimiento deben situarse en la misma categoría; incluyendo el desarro-
llo de un pelaje facial abundante.»
Charlene publicó los resultados de un sondeo que había organiza-
do en el que se pedía su opinión a unos centenares de mujeres. En esen-
cia, todas ellas decían que preferían a los hombres bien afeitados por
encima de los que llevaban barba. Inmediatamente, demostró que lle-
var barba no era más que un elemento de un síndrome muy relaciona-
do con el racismo y las actitudes sexistas, y con el patrón de incapaci-
dad emocional tan a menudo lamentada por las compañeras femeninas
de los machos blancos, especialmente de aquellos orientados hacia la
tecnología.
«El límite entre el Yo y el Ambiente es un constructo social. En las
culturas occidentales se supone que tal límite es claro y definido. La
barba es un signo externo de ese límite, una técnica de distanciamien-
to. Afeitarse la barba (o cualquier otra vellosidad corporal) es aniqui-
lar simbólicamente el límite (esencialmente falso) que separa el Yo de
lo Otro...»
Y así seguía. El artículo fue recibido con entusiasmo por los críti-
cos y fue aceptado inmediatamente para su publicación en una impor-
tante revista internacional. Charlene va a presentar un trabajo relacio-
nado en el congreso La Guerra como Texto: «El no afeitado como
significante en las películas de la Segunda Guerra Mundial.» Sólo por
la calidad de su trabajo sobre las barbas, tres diferentes universidades
de la Ivy League luchan por el privilegio de contratarla.
Randy no quiere trasladarse a la Costa Este. Peor aún, lleva una

— 103 —
barba tupida, lo que le hace sentirse sumamente incorrecto cuando sale
con ella. Le propuso a Charlene que quizá debería enviar una nota de
prensa declarando que se afeita el resto del cuerpo cada día. Ella no lo
consideró muy gracioso. Randy comprendió, a mitad de camino sobre
el océano Pacífico, que todo el trabajo de ella era básicamente una ela-
borada profecía sobre el fatídico futuro de su relación.
Ahora está considerando afeitarse la barba. Ya puestos, es posible
que siga con la cabeza y la parte superior del cuerpo.
Tiene el hábito de caminar mucho y de forma enérgica. Para los ni-
veles de los nazis del ejercicio físico que infestan California y Seattle,
no es más que una mejora marginal con respecto a (digamos) sentarse
frente a la tele fumando sin parar cigarrillos sin filtro mientras se come
grasa de un tarro. Pero él ha continuado caminando con obstinación
mientras sus amigos han seguido las modas del ejercicio y las han de-
jado. Para él se ha convertido en una cuestión de orgullo, y la verdad,
no va a dejar de hacerlo sólo por vivir en Manila.
Pero cono, hace calor. Aquí estaría muy bien no tener nada de pelo.

De la desafortunada Primera Aventura Empresarial de Randy con


el software de recolección de alimentos sólo salieron dos cosas buenas.
Primero, le metió en el cuerpo el miedo a cualquier tipo de negocio, al
menos hasta que tuviese como mínimo una vaga idea de dónde se me-
tía. Segundo, desarrolló una amistad duradera con Avi, su antiguo
compañero de juegos, ahora establecido en Minneapolis, que había de-
mostrado integridad y un gran sentido del humor.
Como sugerencia de su abogado (que para entonces era uno de sus
acreedores más importantes), Randy se declaró en bancarrota personal
y se trasladó a la California central con Charlene. Ella había obtenido
su doctorado y había conseguido un trabajo de profesora asistente en
una de las Tres Hermanas. Randy se matriculó en otra de las Herma-
nas con la idea de conseguir un máster en astronomía. Ese hecho lo me-
tamorfoseó en estudiante de posgrado, y los estudiantes de posgrado
no existen para aprender cosas sino para aliviar a los profesores nume-
rarios de la pesada carga de educar a la gente y realizar investigaciones.
Un mes después de su llegada, Randy resolvió algunos problemas
triviales de informática para otros estudiantes de posgrado. Una se-
mana más tarde, el jefe del departamento de astronomía lo llamó y le
dijo:
—Bien, tú eres el gurú del UNIX.

— 104 —
Por aquella época, Randy todavía era lo suficientemente estúpido
como para sentirse halagado por aquella atención, cuando en realidad
esas palabras deberían haberle congelado la sangre en las venas.
Tres años más tarde abandonó el Departamento de Astronomía sin
el diploma, y sin nada que mostrar por su trabajo excepto seiscientos
dólares en la cuenta corriente y conocimientos asombrosamente am-
plios del UNIX. Más tarde calcularía que, según las tarifas habituales
de los programadores, el departamento había extraído de él como un
cuarto de millón de dólares en trabajo a cambio de un desembolso de
menos de veinte mil. La única compensación era que sus conocimien-
tos ya no parecían tan inútiles. La astronomía se había convertido en
una disciplina extremadamente interconectada informáticamente, y
ahora se podía controlar un telescopio desde otro continente, o en ór-
bita, entrando comandos en un teclado, observando en tu monitor la
imagen que producía.
Randy tenía ahora conocimientos soberbios en lo que se refería a
redes. Años antes, la utilidad de esos conocimientos hubiese sido limi-
tada. Pero aquélla era la época de las aplicaciones en red, el amanecer
de la World Wide Web, y la oportunidad no podría haber sido mejor.
Mientras tanto, Avi se había trasladado a San Francisco y había
puesto en marcha una nueva compañía que iba a sacar a los juegos de
rol del gueto de los frikis y a convertirlos en algo popular. Randy aceptó
el puesto de jefe de tecnología. Intentó reclutar a Chester, pero éste ya
había aceptado un trabajo con una compañía de software en Seattle.
Así que se decidieron por un tipo que había trabajado para un par de
compañías de videojuegos, y más tarde contrataron a otros tipos para la
parte de hardware y comunicaciones, y consiguieron fondos suficien-
tes para construir un prototipo utilizable. Usándolo como muestra,
fueron a Hollywood y encontraron a alguien dispuesto a financiarles
por valor de diez millones de dólares. Alquilaron unas instalaciones in-
dustriales en Gilroy, las llenaron de estaciones de trabajo gráficas, con-
trataron algunos excelentes programadores y unos cuantos artistas y
empezaron a trabajar.
Seis meses más tarde, se les mencionaba a menudo entre las estre-
llas en ascenso de Silicon Valley, y Randy salió en una pequeña foto-
grafía en la revista Time en un artículo sobre Siliwood, la cada vez más
amplia colaboración entre Silicon Valley y Hollywood. Un año des-
pués, la empresa se había estrellado y quemado por completo.
Fue una historia épica que no vale la pena relatar. La idea habitual
a principios de los noventa era que los magos técnicos del norte de Ca-

— 105 —
lifornia se encontrarían a mitad de camino con las mentes creativas del
sur de California y surgiría una nueva y brillante colaboración. Pero se
fundamentaba en una creencia ingenua sobre la naturaleza de Holly-
wood. Hollywood no era más que un banco especializado, un consor-
cio de grandes entidades financieras que contrataba talento, casi siem-
pre por un precio fijo, ordenaba al talento crear un producto y luego
promocionaba ese producto hasta la muerte, por todo el mundo, por
todos los medios concebibles. La meta era encontrar productos que si-
guiesen generando dinero eternamente, mucho después de que el ta-
lento hubiese recibido su paga y hubiese sido enviado de vuelta a casa.
Casablanca, por ejemplo, seguía sentando a la gente en las butacas dé-
cadas después de que Bogart hubiese recibido su parte y se ganase una
tumba temprana a base de fumar.
Desde el punto de vista de Hollywood, los técnicos de Silicon Va-
lley no eran más que una forma especialmente ingenua de talento. Por
tanto, cuando la tecnología alcanzó cierto punto —el punto en que po-
día ser vendida con buenos beneficios a cierta compañía electrónica ni-
pona— los inversores de la compañía de Avi ejecutaron un veloz gol-
pe de estado que evidentemente había sido planeado con todo cuidado.
A Randy y a los otros se les dio a elegir: podían abandonar la empresa
ahora y conservar parte de sus acciones, que todavía valían una canti-
dad de dinero bastante decente. O podían quedarse; en cuyo caso se
verían saboteados desde dentro por quintacolumnistas infiltrados en
posiciones clave. Mientras tanto, se les acosaría con abogados que re-
clamarían sus cabezas por las cosas que de pronto iban mal.
Algunos de los fundadores se quedaron como eunucos de la corte.
La mayoría abandonó la compañía y, de ese grupo, la mayoría vendió
inmediatamente sus acciones porque no les parecía que fuesen en nin-
guna dirección más que hacia abajo. La compañía fue destripada, trans-
firiendo su tecnología a Japón, y la carcasa acabó secándose y se con-
virtió en polvo.
Incluso hoy en día, fragmentos de aquella tecnología siguen apa-
reciendo en los lugares más insospechados, como anuncios de nuevas
plataformas de videojuegos. Verlos siempre le produce a Randy un es-
calofrío. Cuando todo empezó a ir mal, los nipones intentaron con-
tratarle directamente, y llegó a ganar algo de dinero volando allí para
trabajar, durante una semana o un mes, como asesor. Pero no podían
mantener la tecnología en funcionamiento con los programadores que
tenían, por lo que no ha llegado a alcanzar sus potencialidades.
Así terminó la Segunda Aventura Empresarial de Randy. Salió de

— 106 —
ella con un par de cientos de miles de dólares, que en su mayoría in-
virtió en la casa victonana que compartía con Charlene. No se fiaba de
sí mismo con tanto dinero líquido, e inmovilizarlo en la casa le ofrecía
una sensación de segundad, como alcanzar la zona de seguridad en un
encuentro frenético de kabaddi.
Había pasado los años posteriores administrando el sistema infor-
mático de las Tres Hermanas. No había ganado mucho dinero, pero
tampoco había sufrido demasiado estrés.

Randy siempre estaba diciéndole a la gente, sin rencor, que eran


unos imbéciles. Era la única manera en que se podía hacer algo en pro-
gramación. Nadie se lo tomaba de forma personal.
El grupo de Charlene se lo tomaba definitivamente de forma per-
sonal. No les ofendía que les dijesen que se equivocaban; lo que les
ofendía era la suposición subyacente de que una persona podía equi-
vocarse o tener razón sobre cualquier cosa. Por tanto, la Noche en
Cuestión —la noche de la fatídica llamada de Avi— Randy había he-
cho lo que hacía habitualmente, que era mantenerse apartado de la con-
versación. En el sentido de Tolkien, no en el sentido endocrinológico
o de Blancanieves, Randy era un enano. Los enanos de Tolkien eran
personajes robustos, taciturnos y vagamente mágicos que pasaban mu-
cho tiempo en la oscuridad creando a martillazos objetos hermosos,
por ejemplo, Anillos de Poder. Considerarse a sí mismo un enano que
había colgado el hacha de guerra durante un tiempo para ir de viaje por
la Comarca, donde estaba rodeado por peleones hobbits (es decir, los
amigos de Charlene), había sido muy beneficioso para la tranquilidad
mental de Randy en los últimos años. Sabía perfectamente que, si es-
tuviese implicado en el mundo académico, esa gente y lo que decían le
parecería trascendental. Pero de donde él venía, hacía años que nadie
les tomaba en serio. Así que se limitaba a retirarse de la conversación,
beber vino, contemplar las olas del Pacífico e intentar no hacer nada
demasiado obvio, como negar con la cabeza o poner los ojos en blanco.
Entonces surgió el tema de la Superautopista de la Información, y
Randy pudo sentir que los rostros se volvían hacia él cuales cañones de
luz, haciendo que su piel se sintiese casi palpablemente caliente.
El doctor G. E. B. Kivistik tenía algunas cosas que decir sobre la
Superautopista de la Información. Era un profesor de Yale cincuentón,
que acababa de llegar desde algún lugar cuyo nombre había sonado
realmente genial e impresionante cuando se aseguró de citarlo varias

— 107 —
veces. Su nombre era finés, pero era británico como sólo un anglofilo
no británico puede serlo. Supuestamente estaba allí para asistir a La
Guerra como Texto. Realmente estaba allí para reclutar a Charlene, y
realmente «realmente» (sospechaba Randy) para follársela. Eso último
probablemente no era cierto en absoluto, sino un simple síntoma de
hasta que punto se sentía agotado en ese momento. El doctor G. E. B.
Kivistik había estado apareciendo en la tele con bastante frecuencia. El
doctor G. E. B. Kivistik había publicado un par de libros. El doctor G.
E. B. Kivistik estaba, en resumen, explotando su opinión fuertemente
contraria a la Superautopista de la Información durante más tiempo en
antena de lo que merecería cualquiera que no hubiese sido acusado de
volar una guardería.
Un enano de paso por la Comarca probablemente asistiría a mu-
chas cenas en las que pomposos y aburridos hobbits dirían cosas así.
Ese enano lo consideraría en general un entretenimiento. Sabría que
siempre podría regresar al mundo real, mucho más vasto y complejo
de lo que imaginaban esos hobbits, matar unos trolls y recordarse a sí
mismo qué cosas eran realmente importantes.
Al menos, eso era lo que Randy siempre se había repetido a sí mis-
mo. Pero en la Noche en Cuestión, no surtió efecto. En parte porque
Kivistik era demasiado grande y real para ser un hobbit; probable-
mente tenía más influencia en el mundo real de la que Randy tendría
jamás. En parte porque otro cónyuge de académica sentado a la mesa
—un tipo agradable, inofensivo y aficionado a los ordenadores llama-
do Jon— decidió disentir de alguna de las afirmaciones de Kivistik y
fue alegremente tiroteado por su atrevimiento. La sangre flotaba en el
agua.
Randy había destrozado su relación con Charlene por el deseo de
tener niños. Los niños plantean cuestiones. Charlene, como todos sus
amigos, no sabía manejar las cuestiones. Las cuestiones implican desa-
cuerdos. Los desacuerdos expresados eran una forma de conflicto. El
conflicto, en abierto y en público, era una forma masculina de interac-
ción social; el cimiento de la sociedad patriarcal que producía la habi-
tual letanía de cosas terribles. En cualquier caso, Randy decidió mos-
trarse patriarcal con el doctor G. E. B. Kivistik.
—¿Cuántos barrios bajos se derribarán para construir la Superau-
topista de la Información? —preguntó Kivistik. Esa pregunta tan pro-
funda fue recibida con meditabundos asentimientos en toda la mesa.
Jon se agitó en la silla como si Kivistik le hubiese metido un cubi-
to de hielo por el cuello de la camisa.

— 108 —
—¿Qué significa tal cosa? —preguntó.
Jon sonreía, intentado no ser un hegemonista patriarcal amante del
conflicto. Kivistik, en respuesta, levantó las cejas y miró a todos los de-
más, como diciendo «¿Quién ha invitado a este pobre don nadie inte-
lectual?». Jon intentó rectificar ese error táctico, mientras Randy ce-
rraba los ojos e intentaba no hacer una mueca. Kivistik había pasado
más años peleándose con gente realmente lista en Oxford alrededor de
una mesa de lo quejón llevaba vivo.
—No hay que derribar nada. No hay nada que derribar —ale-
gó Jon.
—Muy bien, en ese caso, lo expresaré de esta forma —dijo Kivis-
tik magnánimo; no le importaba reducir el alcance intelectual de lo que
decía en beneficio de gente como Jon—. ¿Cuántas salidas conectarán
los guetos del mundo con la Superautopista de la Información?
Oh, mucho más claro, parecieron pensar todos. ¡Punto aclarado,
Geb! Nadie miró a Jon, el paria discutidor. Jon miró indefenso a
Randy, pidiéndole ayuda.
Jon era un hobbit que hacía poco había estado fuera de la Comar-
ca, por lo que sabía que Randy era un enano. Ahora jodia la vida de
Randy pidiéndole que saltase sobre la mesa, se quitase la capa y aga-
rrase el hacha de dos hojas.
Las palabras salieron de la boca de Randy antes de que tuviese
tiempo de pensárselo mejor.
—¡La Superautopista de la Información no es más que una puta
metáfora! ¡Cono! —dijo.
Se produjo el silencio en toda la mesa mientras todos ponían un ric-
tus al unísono. Oficialmente la cena se había estrellado. Ahora lo úni-
co que podían hacer era sujetarse los tobillos, poner las cabezas entre
las rodillas y esperar a que los restos de la colisión se detuviesen.
—Eso no dice demasiado —dijo Kivistik—. Todo es una metáfo-
ra. La palabra «tenedor» es una metáfora para este objeto —sostuvo un
tenedor—. Todo discurso se construye sobre metáforas.
—Eso no es excusa para usar malas metáforas —dijo Randy.
—¿Mala? ¿Mala? ¿Quién decide qué es malo? —dijo Kivistik, imi-
tando a un estudiante de párpados caídos respirando por la boca. Se
produjeron algunas risitas dispersas por parte de aquellos desespera-
dos por aliviar la tensión.
Randy sabía a dónde se dirigía. Kivistik había ido por el habitual
as en la manga académico: todo es relativo, es sólo cuestión de pers-
pectivas diferentes. La gente había empezado a recuperar sus pequeñas

— 109 —
conversaciones privadas, pensando que el conflicto había pasado,
cuando Randy sorprendió a todos diciendo:
—¿Quién decide qué es malo? Yo lo decido.
Incluso el doctor G. E. B. Kivistik se quedó perplejo. No estaba se-
guro de si Randy no estaría bromeando.
—¿Perdóneme?
Randy no tenía demasiada prisa en continuar. Aprovechó la opor-
tunidad para reclinarse con comodidad, estirarse y tomar un sorbo de
vino. Se sentía bien.
—Más o menos es así—dijo—. He leído su libro. Le he visto en te-
levisión. Le he escuchado esta noche. Yo personalmente tecleé la lista
de sus credenciales cuando preparaba el material de prensa de la con-
ferencia. Por tanto, sé que no está cualificado para sostener una opi-
nión sobre asuntos técnicos.
—Oh —Kivistik fingió confusión—, no me había dado cuenta de
que era preciso estar cualificado.
—Creo que está claro —dijo Randy—, que si se es un ignorante en
un área en particular, su opinión no tiene el más mínimo valor. Si estoy
enfermo, no le pido consejo a un fontanero. Voy a un médico. De igual
forma, si tengo una pregunta sobre Internet, buscaré la opinión de gen-
te que conozca el tema.
—Es curioso como todos los tecnócratas parecen estar a favor de
Internet—dijo Kivistik con alegría, obteniendo algunas risas más de la
multitud.
—Acaba de hacer una afirmación que se puede demostrar que no
es cierta —dijo Randy con total amabilidad—. Muchos expertos en In-
ternet han escrito libros bien razonados criticándola duramente.
Kivistik se estaba, por fin, empezando a cabrear. Había desapare-
cido toda alegría.
—Por tanto —siguió diciendo Randy—, para volver al principio,
Superautopista de la Información es una metáfora para Internet, por-
que lo digo yo. Debe haber un millar de personas en todo el mundo
que sepan tanto de Internet como yo. Conozco a muchas de esas per-
sonas, y ninguna de ellas se toma esa metáfora en serio. Q.E.D.
—Oh, comprendo —dijo Kivistik, algo acalorado. Había visto una
vía de escape—. Deberíamos depender de los tecnócratas para que nos
digan lo que debemos pensar, y cómo debemos pensar, sobre esta tec-
nología.
La expresión de los otros parecía decir que aquel había sido un gol-
pe contundente, justificadamente lanzado.

— 110 —
—No estoy seguro de qué es un tecnócrata —dijo Randy—. ¿Soy
yo un tecnócrata? Simplemente soy un tipo que fue a la librería y se
compró un par de libros de texto sobre TCP/IP, que es el protocolo
subyacente en Internet, y los leyó. Y luego conseguí una cuenta en un
ordenador, lo que hoy puede hacer cualquiera, y me peleé con él du-
rante unos años, y ahora lo sé todo sobre la red. ¿Eso me convierte en
un tecnócrata?
—Usted pertenecía a la élite tecnocrática incluso antes de coger ese
libro —dijo Kivistik—. La habilidad de leer un texto técnico, y enten-
derlo, es un privilegio. Es un privilegio concedido por una educación
que sólo está disponible para los miembros de una clase social de élite.
A eso me refiero cuando hablo de tecnócrata.
—Fui a una escuela pública —dijo Randy—. Y luego a una uni-
versidad estatal. A partir de ese momento, me eduqué a mí mismo.
Charlene intervino. Le había estado dirigiendo a Randy miradas
de furia desde que había empezado a hablar y él la había estado igno-
rando.
—¿Y tu familia? —fue la gélida pregunta de Charlene.
Randy respiró hondo y reprimió las ganas de suspirar.
—Mi padre es ingeniero. Da clases en una universidad estatal.
—¿Y el padre de tu padre?
—Matemático.
Charlene levantó las cejas. Al igual que todos los demás en aquella
mesa. Caso cerrado.
—Me opongo enérgicamente a que me clasifiquen, me etiqueten y
me incluyan en el estereotipo del tecnócrata —dijo Randy, empleando
deliberadamente el lenguaje de personas oprimidas, quizás en un in-
tento de volver sus armas contra ellos, aunque probablemente sólo sea
(eso cree, tendido en la cama a las tres de la mañana en el Hotel Mani-
la) la incontrolable necesidad que siente de pincharlos. Algunos de
ellos, por hábito, lo miran con seriedad; la etiqueta dicta que debes
ofrecer todas tus simpatías a los oprimidos. Otros quedaron boquia-
biertos al oír esas palabras saliendo de los labios de un conocido y con-
victo tecnócrata masculino blanco—. Nadie de mi familia ha tenido ja-
más demasiado poder —dice.
—Creo que lo que Charlene quiere decir es lo siguiente —dijo To-
mas, uno de los invitados en la casa que ha venido desde Praga con su
mujer, Nina. Acaba de nombrarse a sí mismo conciliador. Se detiene lo
justo para intercambiar una mirada cálida con Charlene—. Sólo en vir-
tud de venir de una familia de científicos, eres miembro de una élite pri-

— 111 —
vilegiada. No eres consciente de ello; pero los miembros de las élites
privilegiadas rara vez son conscientes de sus privilegios.
Randy completó el argumento:
—Hasta que llegan personas como usted a explicarnos lo estúpi-
dos que somos, por no comentar la falta de moral.
—La falsa conciencia de la que habla Tomas es exactamente lo que
hace que las élites de poder enraizadas estén tan enraizadas —dijo
Charlene.
—Bien, no me siento enraizado —dijo Randy—. Me he partido el
culo trabajando para llegar a donde estoy.
—Mucha gente trabaja duro toda la vida y no llega a ninguna par-
te —dijo alguien en tono acusador. ¡Cuidado! La veda está abierta.
—-Bien, lamento no haber tenido la honra de no llegar a ninguna
parte —dijo Randy, sintiéndose por primera vez algo malhumorado—,
pero he descubierto que si trabajas duro, te educas y conservas la inte-
ligencia, puedes abrirte camino en esta sociedad.
—Pero ésa es una idea sacada directamente de algún libro del si-
:\\o XIX de Horatio Alger —escupió Tomas.
—¿Y? Sólo porque sea una idea antigua no quiere decir que este
equivocada —respondió Randy.
Una pequeña fuerza de ataque de camareros se había estado for-
mando en las inmediaciones de la mesa, con los brazos cargados de pla-
tos, mirándose los unos a los otros intentando decidir cuándo sería el
momento correcto para interrumpir la lucha y servir la cena. Uno de
ellos recompensó a Randy con un plato que contenía un tipi com-
puesto de lonchas de atún casi crudo. Los elementos proconsenso y
,int ¡confrontación aprovecharon la oportunidad para tomar el control
de la conversación y la dividieron en múltiples conjuntos de personas
¡odas vigorosamente de acuerdo entre sí. Jon le digirió una mirada la-
crimosa a Randy, como diciendo: ¿también fue agradable para ti?
Charlene le ignoraba intensamente; estaba atrapada en un grupo de
consenso con Tomas. Nina intentaba mirar a Randy a los ojos, pero él
lo evitaba estudiadamente porque temía que ella quisiese ofrecerle una
mirada ardiente de aproximación, y lo único que Randy quería en ese
momento era alejarse. Diez minutos después, su busca se activó, y po-
só la mirada sobre el número de Avi.

— 112 —
Incendio

La base americana de Cavite, a lo largo de la costa de la bahía


de Manila, arde bastante bien una vez que la incendian los ni-
pones. Bobby Shaftoe y el resto del Cuarto Regimiento de Ma-
riñes le echan un buen vistazo al pasar junto a ella, huyendo de Mani-
la como ladrones en la noche. Nunca en su vida se ha sentido más
personalmente humillado, y lo mismo sienten los otros marines. Los
nipos ya han desembarcado en Malaya y se dirigen a Singapur como
un tren sin control, están asediando Guam, Wake, Hong Kong y Dios
sabe qué más, y debería ser evidente para cualquiera que a continua-
ción atacarán Filipinas. Da la impresión de que un veterano regimien-
to de marines de China podría ser de utilidad en Manila.
Pero MacArthur parece opinar que puede defender Luzón por sí
mismo, de pie sobre las murallas de Intramuros con su Colt 45. Por
tanto, les envían a otro sitio. No tienen ni idea de a dónde. La mayoría
de ellos preferiría dirigirse a las playas de Nipón que permanecer en te-
rritorio de la Marina.
La noche del comienzo de la guerra, Bobby Shaftoe se había ase-
gurado en primer lugar de devolver a Glory al seno de su familia.
Los Altamira viven en el vecindario de Malate, a un par de millas
al sur de Intramuros, y no demasiado lejos del lugar donde Shaftoe aca-
ba de tener su media hora de Glory junto al rompeolas. La ciudad es
una locura, y es imposible conseguir un coche. Marineros, marines y
soldados salen disparados de bares, clubes nocturnos y salas de baile y
piden taxis en grupos de cuatro o seis; una locura igual que Shanghai
una noche de sábado; como si la guerra ya estuviese aquí. Shaftoe aca-
ba llevando a Glory en brazos medio camino a casa, porque los zapa-
tos de ella no están hechos para caminar.
La familia Altamira es tan amplia que casi constituye un grupo ét-
nico por sí sola, y todos ellos viven en el mismo edificio; prácticamente
en la misma habitación. En una o dos ocasiones Glory ha empezado a
explicarle a Bobby Shaftoe cómo se relacionan. Actualmente hay bas-
tantes Shaftoe —en su mayoría en Tennessee— pero el árbol familiar
de los Shaftoe todavía cabe en un cuadro decorativo de punto de cruz.
La familia Shaftoe es al clan Altamira lo que una única y alienada planta
es a una selva. Las familias filipinas, además de ser gigantescas y ca-
tólicas, están extremadamente interconectadas por relaciones de pa-
drinos y ahijados, como lianas extendidas de rama en rama y de árbol

— 113 —
en árbol. Si le preguntan, Glory está encantada, incluso deseosa, de ha-
blar sin parar durante seis horas sobre cómo los Altamira están empa-
rentados unos con otros, y eso sólo para dar una visión general. El ce-
rebro de Shaftoe siempre se desconecta después de los primeros treinta
segundos.
La lleva al apartamento, que siempre se encuentra en estado de tu-
multo histérico incluso cuando la nación no está sufriendo el ataque
del Imperio de Nipón. A pesar de ello, la aparición de Glory, poco des-
pués del estallido de la guerra, transportada en brazos de un marine de
los Estados Unidos, es recibida por los Altamira como si Cristo se hu-
biese materializado en medio del salón con la Virgen María cargada a
la espalda. A su alrededor, mujeres de mediana edad caen de rodillas,
como si aquel lugar estuviese lleno de gas mostaza. ¡Pero lo hacen
para gritar aleluya! Glory se apea con agilidad sobre los tacones altos,
mientras las lágrimas exploran la excepcional geometría de sus mejillas,
y besa a todos los miembros del clan. Los niños están todos despier-
tos, aunque son las tres de la mañana. Shaftoe ve un escuadrón de ni-
ños, de entre tres y diez años, armados todos con rifles y espadas de
madera. Miran a Bobby Shaftoe, resplandeciente en su uniforme, y pa-
recen completamente atónitos; podría meter una pelota de béisbol en
la boca de cada uno de ellos desde el otro extremo de la habitación. Por
el rabillo del ojo ve a una mujer de mediana edad, emparentada con
Glory por una cadena de parentesco increíblemente compleja, y que
ya tiene las marcas de los labios de Glory en la mejilla, en curso de co-
lisión con él, completamente decidida a darle un beso. Sabe que debe
abandonar el lugar inmediatamente o no saldrá nunca. Por tanto, ig-
nora a la mujer, y sosteniendo la mirada de los niños pasmados, se po-
ne firme y les dirige un saludo perfecto.
Los niños se lo devuelven, desigual, pero con un descaro fantásti-
co. Bobby Shaftoe gira sobre los talones y sale de la habitación, mo-
viéndose como si atacase con bayoneta. Cuenta con regresar al día si-
guiente a Malate, cuando las cosas se calmen un poco, para comprobar
cómo está Glory y el resto de los Altamira.
No vuelve a verla más.
Se presenta en el barco y no se le conceden más permisos de tierra.
Se las arregla para mantener una conversación con el Tío Jack, que se
sitúa al lado en una pequeña motora el tiempo suficiente para gritarse
algunas frases. El Tío Jack es el último de los Shaftoe de Manila, una
rama de la familia iniciada por Nimrod Shaftoe de los Voluntarios de
Tennessee. Nimrod recibió una bala en el brazo derecho cerca de Quin-

— 114 —
gua, cortesía de un rebelde filipino. Recuperándose en un hospital de
Manila, el viejo Nimrod, o «Zurdo» como ya empezaban a llamarle, de-
cidió que le gustaba el coraje de los filipinos; para matar a esa gente fue
necesario inventar un nuevo tipo de arma personal ridiculamente po-
tente (el Colt 45). No sólo eso, le gustaba la belleza de sus mujeres. Rá-
pidamente licenciado del servicio, descubrió que la paga por invalidez
daba para mucho en la economía local. Montó un negocio de exporta-
ción en el río Pasig, se casó con una mujer medio española y tuvo un
hijo (Jack) y dos hijas. Las hijas acabaron en Estados Unidos, de re-
greso a las montañas de Tennessee que habían sido el hogar ancestral
de todos los Shaftoe desde que se habían liberado del abuso de los con-
tratos de servidumbre en el siglo XVIII. Jack se quedó en Manila y he-
redó el negocio de Nimrod, pero no se casó nunca. Para los niveles de
Manila, gana una cantidad de dinero bastante apreciable. Siempre ha
sido una extraña combinación de comerciante marino y dandy perfu-
mado. Él y el señor Pascual llevan toda la vida haciendo negocios jun-
tos, que es el motivo por el que Bobby Shaftoe conoce al señor Pascual,
y llegó á conocer a Glory.
Cuando Bobby Shaftoe repite los últimos rumores, el rostro del Tío
Jack se viene abajo. Nadie está dispuesto a enfrentarse al hecho de que
pronto estarán siendo asediados por los nipos. Sus siguientes palabras
deberían haber sido: «Mierda, salgo pitando de aquí, te enviaré una
postal desde Australia.» Pero en lugar de eso, dice algo como:
—Volveré en un par de días para ver cómo estás.
Bobby Shaftoe se muerde la lengua y no dice lo que piensa, que es
que él es un marine y está en un barco, que se trata de una guerra, y que
los marines en barcos durante una guerra no suelen permanecer en el
mismo sitio. Se limita a quedarse allí y ver cómo el Tío Jack se aleja en
el barquito, volviéndose de vez en cuando para decirle adiós con el
sombrero. Los marineros que rodean a Bobby Shaftoe observan la es-
cena divertidos y con algo de admiración. El puerto es una locura de
actividad, porque todo equipo militar que no está fijado al suelo con
cemento se lleva a un barco y se envía a Batan o Corregidor, y Tío Jack,
de pie en su bote, vestido con un buen traje color crema y sombrero,
vadea el tráfico con aplomo. Bobby Shaftoe mira hasta que desapare-
ce hacia el río Pasig, sabiendo que probablemente es el último miem-
bro de su familia que verá al Tío Jack con vida.
A pesar de todas esas premoniciones, se sorprende cuando el bar-
co parte sólo después de unos días de guerra, dejando el amarre en me-
dio de la noche sin la tradicional ceremonia de despedida. Se supone

— 115 —
que Manila está repleta de espías nipos, y no habría nada que les gus-
tase más a los nipos que hundir un transporte lleno de marines vete-
ranos.
Manila queda atrás en la oscuridad. La conciencia de que no ha vis-
to a Glory desde aquella noche es como el lento torno de un dentista.
Se pregunta cómo le irá. Quizá, cuando la guerra se aclare un poco, y
se reafirmen las líneas de batalla, pueda encontrar una forma de que le
destinen a esa parte del mundo. MacArthur es un viejo cabrón que se
lo pondrá duro a los nipos cuando lleguen. E incluso si Filipinas cae,
FDR no permitirá que permanezca durante demasiado tiempo en ma-
nos enemigas. Con suerte, en seis meses, Bobby Shaftoe estará mar-
chando por la Avenida Taft de Manila, en uniforme de gala, tras una
banda de marines, quizá adornado con una o dos heridas de guerra no
muy graves. El desfile llegará a una sección de la avenida que estará
ocupada, a lo largo de toda una milla, por los Altamira. Como a medio
camino, la multitud se separará y de ella saldrá corriendo Glory, quien
se arrojará en sus brazos y le cubrirá de besos. Llevará a la chica direc-
tamente a las escalinatas de alguna bonita iglesia donde un sacerdote de
sotana blanca les estará esperando con una gran sonrisa en la cara...
El ensueño se disuelve en la nube de humo naranja que se eleva des-
de la base norteamericana de Cavite. Lleva ardiendo todo el día, y otro
depósito de combustible ha estallado. A millas de distancia se puede
sentir el calor en la cara. Bobby Shaftoe está en la cubierta del barco,
enfundado en un chaleco salvavidas por si les dan con un torpedo. Se
aprovecha de la llamarada para observar a una larga fila de marines con
chalecos salvavidas, mirando las llamas con expresiones atónitas en los
rostros cansados y sudorosos.
Manila está a sólo media hora tras ellos, pero bien podría estar a un
millón de kilómetros.
Recuerda Nanjing y lo que los nipos hicieron allí. Lo que le suce-
dió a las mujeres.
Érase una vez, hace mucho tiempo, una ciudad llamada Manila.
Allí vivía una chica. Es mejor olvidar su nombre y su rostro. Bobby
Shaftoe empieza a olvidar tan rápido como puede.

— 116 —
Peatón

Respete a los peatones, dicen las señales de tráfico en la zona


metropolitana de Manila. Tan pronto como las vio, Randy su-
po que iba a tener problemas.
Durante las primeras dos semanas que pasó en Manila su trabajo
consistía en pasear. Recorría la ciudad llevando un receptor GPS de
mano, apuntando latitudes y longitudes. Cifraba los datos en su habita-
ción de hotel y los enviaba por e-mail a Avi. Se convirtieron en parte de
la propiedad intelectual de Epiphyte. Se habían convertido en activos.
Ahora había conseguido unas oficinas. Randy se dirige hacia allí
caminando, con obstinación. Sabe que la primera vez que coja un taxi,
no volverá a caminar.
RESPETE A LOS PEATONES, decían las señales, pero los conductores,
el espacio físico, las costumbres locales relativas al uso de terreno y la
disposición misma del lugar conspiraban para tratar al peatón con el
desprecio que tanto merece. Randy recibiría más respeto si fuese a tra-
bajar subido en un saltador con una hélice en la cabeza. Todas las maña-
nas el botones le pregunta si quiere un taxi, y prácticamente se desmaya
cuando dice que no. Todas las mañanas los taxistas dispuestos en fila
frente al hotel, apoyados en los vehículos y fumando, le gritan: —
¿Taxi? ¿Taxi?
Al rechazarlos, hacen entre ellos ingeniosos comentarios en taga-
lo y ríen descontroladamente.
Por si Randy todavía no ha captado el mensaje, un helicóptero nue-
vo rojo y blanco llega volando bajo sobre el Parque Rizal, gira un par
de veces como un perro preparándose para echarse, no lejos de unas
palmeras, justo frente al hotel.
Randy ha adquirido el hábito de llegar a Intramuros cortando por
el Parque Rizal. No es una ruta directa. La ruta directa pasa sobre tie-
rra de nadie, una intersección vasta y peligrosa llena de chozas y ocu-
pas (es peligrosa por los coches, no los ocupas). Si atraviesas el parque,
sólo tienes que deshacerte de un montón de putas. Pero a estas alturas
Randy es un experto en esa tarea. La putas no pueden concebir la idea
de un hombre tan rico como para hospedarse en el Hotel Manila que
voluntariamente camine por la ciudad cada día, y lo han dejado por lo-
co. Se ha desplazado a la región de las cosas irracionales que simple-
mente es preciso aceptar, y en las Filipinas se trata de una región casi
infinita.

—117 —
Randy no conseguía comprender por qué todo olía siempre tan
mal hasta que se tropezó con un enorme hueco rectangular en la acera
y miró para ver el fluir de la masa maloliente de las aguas residuales.
Las aceras no son más que las tapas de las alcantarillas. El acceso a las
profundidades viene dado por losas de cemento con asas circulares que
sobresalen. Los ocupas fabrican arneses de alambre que se introducen
en las asas para facilitar el retirarlas y crear así letrinas públicas instan-
táneas. Frecuentemente las losas llevan grabadas las iniciales, el nom-
bre del equipo o el grafito de los caballeros que las fabricaron, y aun-
que su competencia y atención a los detalles varía, su esprit de corps está
ajustado al nivel más alto.
Hay un número limitado de puertas que llevan a Intramuros.
Randy debe esquivar un asedio diario de taxis tirados por caballos, al-
gunos de los cuales no tienen nada mejor que hacer que seguirle por la
calle durante un cuarto de hora diciéndole:
—¿Señor? ¿Señor? ¿Taxi? ¿Taxi?
Uno de ellos en particular es el capitalista más tenaz que Randy ha-
ya visto nunca. Cada vez que se coloca junto a Randy, una cuerda de
orina surge del vientre de su caballo y choca contra el pavimento, sil-
bando y formando espuma. Diminutos cometas de pis chocan contra
los pantalones de Randy. Él siempre viste pantalones largos, indepen-
dientemente de la temperatura.
Intramuros es un vecindario extrañamente tranquilo y perezoso.
Se debe especialmente a que fue destruido durante la guerra, y todavía
no lo han desdestruido. En su mayoría siguen siendo granjas de malas
hierbas, lo que es muy extraño en medio de una vasta y abarrotada me-
trópoli.
Varios kilómetros hacia el sur, en dirección al aeropuerto, entre
hermosas construcciones suburbanas, se encuentra Makati. Sería el lu-
gar lógico para la central de Epiphyte Corp. Tiene un par de gigantes-
cos hoteles de cinco estrellas en cada calle, torres de oficinas de aspecto
limpio y genial, y modernos bloques de apartamentos. Pero Avi,
haciendo gala de su perverso sentido de la propiedad inmobiliaria, ha
decidido rechazar todas esas ventajas a favor de lo que ha descrito por
teléfono como textura.
—No me gusta comprar o alquilar propiedades cuando los precios
están llegando al máximo —dijo.
Comprender las motivaciones de Avi es como pelar una cebolla
con un palillo. Randy sabe que hay más de lo que parece: quizá se ga-
ne un favor, o esté correspondiendo a un favor, de su casero. Quizás ha

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estado leyendo a algún gurú de la administración que aconseja a los jó-
venes empresarios que se sumerjan en la cultura local. No es que Avi
haya tenido jamás demasiado aprecio por los gurús. La última hipóte-
sis de Randy es que todo está relacionado con las líneas de visión; las
latitudes y las longitudes.
En ocasiones Randy. camina por lo alto de la muralla española. Al-
rededor de la calle Victoria, donde MacArthur tuvo el cuartel general
antes de la guerra. Es tan ancha como una calle de cuatro carriles. Los
amantes se acurrucan en los huecos trapezoidales para los cañones y
abren los paraguas para conseguir intimidad. Bajo él, hacia la izquier-
da, está el foso, tan ancho como un par de calles, prácticamente seco.
Los ocupas han construido chozas en su interior. En las partes que si-
guen sumergidas, cavan buscando cangrejos en el lodo o lanzan redes
improvisadas entre los lotos púrpuras y magenta.
A la derecha está Intramuros. Unos pocos edificios sobresalen so-
bre un revoltijo confuso de piedras desparramadas. Hay antiguos ca-
ñones españoles, medio enterrados, salpicados por el lugar. Los tende-
deros y las antenas de televisión se mezclan con las enredaderas y el
cableado eléctrico improvisado. Los postes eléctricos sobresalen en án-
gulos extraños, como las ramas altas que pueden caer en cualquier
momento en un bosque quemado, algunos casi completamente ocul-
tos por las burbujas de vidrio de los contadores eléctricos. Cada doce
metros aproximadamente, sin causa aparente, humea un montón de
basura.
Al pasar frente a la catedral, los niños le siguen, gimoteando y pi-
diendo lastimeros hasta que pone algunos pesos en sus manos. Enton-
ces sonríen y a continuación lanzan un alegre:
—¡Gracias! —en un inglés con perfecto acento de centro comer-
cial americano.
Los mendigos de Manila no parecen tomarse su trabajo demasia-
do en serio, porque incluso ellos han sido infectados por el hongo cul-
tural de la ironía y parece que siempre están reteniendo una sonrisa,
como si no pudiesen creerse que estén haciendo algo tan trillado.
No comprenden que él está trabajando. No importa.
Randy siempre ha tenido ideas más rápido de lo que puede usarlas.
Pasó los primeros treinta años de su vida dejándose llevar por cualquier
idea que le resultase atractiva en ese momento, descartándola en cuan-
to aparecía otra mejor.
Ahora vuelve a trabajar para una compañía, y siente la responsabi-
lidad de usar su tiempo de forma productiva. Las buenas ideas le vie-

— 119 —
nen tan rápido como siempre, pero debe mantener la vista fija en la pe-
lota. Si la idea no es pertinente para Epiphyte, debe apuntarla y olvi-
darse de ella de momento. Si es pertinente, debe resistirse a la idea de
sumergirse en ella y pensar: «¿Se le habrá ocurrido esa idea a alguien
antes?, ¿es posible simplemente comprar la tecnología?, ¿puede dele-
gar el trabajo a un programador contratado en Estados Unidos?»
Camina despacio, en parte porque en caso contrario sufriría una
insolación y caería muerto en el arroyo. Peor aún, podría caerse por
una abertura a un torrente de basura, o rozar los cables eléctricos de los
ocupas, que cuelgan sobre su cabeza como áspides pacientes. Los pe-
ligros constantes de electrocución total por arriba y de ahogarse en
mierda líquida por abajo le obligan a mirar continuamente de arriba
abajo además de un lado a otro. Randy nunca se ha sentido más atra-
pado entre un cielo caprichoso y peligroso y un submundo infernal. El
país está tan macerado en religión como la India, pero aquí es catoli-
cismo.
En el extremo norte de Intramuros hay un pequeño distrito co-
mercial. Está encajado entre la catedral de Manila y el Fuerte Santia-
go, que los españoles construyeron para controlar la desembocadura
del río Pasig. Está claro que es un distrito comercial porque hay servi-
cio telefónico. Como en otras Economías Asiáticas en Rápida Expan-
sión, no es fácil decidir si se trata de un cableado pirata o de una insta-
lación oficial increíblemente mal realizada. Son el ejemplo perfecto de
por qué el diseño incremental es malo. En algunos sitios el conjunto de
cables es tan grueso que Randy probablemente no podría abarcarlos
con ambos brazos. El peso y la tensión han empezado a tirar de los pos-
tes, especialmente en las curvas de las calles, donde los cables dan la
vuelta a las esquinas y ejercen una fuerza neta lateral sobre el poste.
Todos los edificios han sido construidos de la forma más barata po-
sible: cemento vertido en moldes de madera sobre rejillas formadas por
barras de metal atadas a mano. Son mazacotes, grises y por completo
indistinguibles unos de otros. Un par de edificios más altos, veinte o
treinta pisos, se alzan sobre el distrito desde una intersección cercana,
con el viento y los pájaros circulando por entre las ventanas rotas. Fue-
ron gravemente dañados en un terremoto durante los años ochenta y
todavía no los han arreglado.
Pasa junto a un restaurante con una rechoncha fortaleza de ce-
mento enfrente, con las salidas recubiertas de rejas de acero ennegreci-
do y las tuberías oxidadas, que sirven de ventilación al generador die-
sel oculto en su interior, sobresaliendo de la parte superior. En el

— 120 —
exterior han pintado un orgulloso NADA DE APAGONES PARCIALES.
Detrás hay un edificio de oficinas posterior a la guerra, de cuatro pisos
de altura, con un fajo especialmente grueso de cables telefónicos sur-
giendo de él. La parte baja de la fachada tiene atornillado el logo de un
banco. Hay un aparcamiento enfrente. Las dos plazas que quedan frente
a la entrada principal están bloqueadas por carteles pintados a mano:
RESERVADO PARA VEHÍCULO BLINDADO Y RESERVADO PARA EL
DIRECTOR DEL BANCO. Un par de guardas están apostados frente a la
entrada sujetando los mangos de madera de rifles antidisturbios, armas
con aspecto de armatoste y la apariencia caricaturesca de accesorios de
figuras de acción. Uno de los guardas se encuentra detrás de una pla-
taforma blindada que ostenta un cartel: POR FAVOR ENTREGUE LAS
PISTOLAS/ARMAS AL GUARDA.

Randy intercambia un saludo con el guarda y entra en el vestíbulo


del edificio, donde hace tanto calor como fuera. Rodea el banco e igno-
ra el poco fiable ascensor, atraviesa una puerta de acero que le conduce
hasta una escalera estrecha. Hoy está a oscuras. El sistema eléctrico del
edificio es un conjunto de remiendos: varios sistemas diferentes que
coexisten en el mismo espacio, controlados por paneles diferentes, al-
gunos con generador y otros sin él. Por tanto, los apagones se inician y
concluyen en fases. En algún punto de lo alto de la escalera se oye el
canto de los pájaros, que compite con las alarmas de coches que se dis-
paran en el exterior.
Epiphyte Corp. tiene alquilado el piso más alto del edificio, aun-
que por el momento él es la única persona que trabaja allí. Gracias a
Dios; el aire acondicionado sí ha estado funcionando. El dinero que pa-
garon por su propio generador ha valido la pena. Desactiva el sistema
de alarma, va a la nevera y saca dos botellas de agua de un litro. Su re-
gla de oro, después de caminar, es beber agua hasta que empieza a ori-
nar de nuevo. Sólo después de eso puede pensar en otras actividades.
Ha sudado demasiado para sentarse. Debe seguir moviéndose para
que el aire frío y seco fluya alrededor de su cuerpo. Se sacude el sudor
de la barba mientras realiza una órbita por el suelo, mirando por la ven-
tanas y comprobando las líneas de visión. Se saca una espantosa cartera
de nylon del bolsillo y la deja colgar del cinturón para que la piel que
había debajo se seque. Contiene su pasaporte, una tarjeta de crédito sin
usar, diez billetes de cien dólares nuevos y un disco con la clave de ci-
frado de 4096 bits.

— 121 —
Al norte puede examinar las zonas verdes y murallas del Fuerte
Santiago, donde se afana una falange de turistas nipones, preservando
su diversión con precisión forense. Al otro lado del río está Quiapo,
una zona urbanizada: altos edificios de apartamentos y oficinas con
nombres corporativos grabados en los pisos más altos y con antenas de
satélite en los tejados.
Todavía reacio a quedarse quieto, Randy pasea por la oficina en el
sentido de las agujas del reloj. Intramuros está rodeado de un anillo de
verde, su antiguo foso. Él mismo acaba de atravesar su borde oeste. El
este está tachonado de imponentes edificios neoclásicos que albergan a
varios ministerios gubernamentales. El edificio de Correos y Teleco-
municaciones se encuentra en la orilla del Pasig, en un vértice del río del
que irradian hacia Quiapo tres puentes muy próximos entre sí. Más allá
de las inmensas estructuras recientes situadas sobre el río, Quiapo y el
vecindario cercano de San Miguel son un conjunto de gigantescos esta-
blecimientos: una estación de tren, una vieja prisión, muchas universi-
dades y Malacanang Palace, que está subiendo río arriba por el Pasig.
De vuelta a este lado del río, Intramuros está al frente (iglesias y ca-
tedrales rodeadas de tierra dormida), instituciones gubernamentales y
edificios universitarios más o menos en el centro, y, más allá, una ex-
tensión aparentemente infinita de una ciudad de edificios bajos y mu-
cho humo. A varios kilómetros al sur se encuentra la reluciente ciudad
de negocios de Makati, construida alrededor de un cuadrado en el que
se cruzan dos enormes carreteras en ángulo agudo, un eco de la inter-
sección de pistas de aterrizaje del AÍNA un poco más al sur. A partir
de Makati se extiende una ciudad esmeralda de grandes casas situadas
sobre grandes jardines: allí viven los embajadores y los presidentes de
las corporaciones. Siguiendo con el paseo en el sentido de las agujas del
reloj puede recorrer el Boulevard Roxas, subiendo hacia él desde el
rompeolas, definido por una línea de altas palmeras. La bahía de Ma-
nila está abarrotada de barcos pesados, grandes buques de carga que
llenan el agua como troncos en una explotación forestal. El puerto de
contenedores está debajo de él hacia el oeste: una malla de almacenes
sobre terreno expropiado que es tan plana, y tan natural, como una lá-
mina de tablero aglomerado.
Al mirar más allá de las grúas y los contenedores, en dirección oeste
sobre la bahía, apenas puede distinguir la silueta montañosa de la pe-
nínsula de Batan, a unos 65 kilómetros de distancia. Siguiendo esa si-
lueta negra hacia el sur —siguiendo la ruta tomada por los nipones en
1942— casi puede distinguir un bulto en el extremo sur. Debe ser la ís-

—122 —
la de Corregidor. Es la primera vez que consigue verla; hoy la atmós-
fera está desacostumbradamente limpia.
Un fragmento trivial de historia flota hasta la superficie de su ce-
rebro fundido. El galeón de Acapulco. La señal de fuego en Corre-
gidor.
Marca el número GSM de Avi. Avi, en algún lugar del mundo, con-
testa. Por lo que se oye, parece que está en un taxi, en uno de esos paí-
ses en los que dar bocinazos todavía es un derecho inalienable.
—¿Qué tienes en mente, Randy?
—Líneas de visión —dice Randy.
—¡Caramba! —espeta Avi, como si una pelota de goma le hubiese
golpeado en el estómago—. Te has dado cuenta.

Guadalcanal

Los cuerpos de los marine raiders ya no están presurizados, no


logran contener la sangre y el aliento. El peso del equipo los
aplasta contra la arena. Las olas ya han comenzado a cubrirlos
de limo; rastros cometarios de sangre se pierden en el océano, alfom-
bras rojas para cualquier tiburón que pueda estar vigilando la costa. Só-
lo uno de ellos es un lagarto gigante, pero todos tienen la misma forma
general: gruesos en el medio y delgados al extremo, efecto de vivir en
el mar.
Un pequeño convoy de barcos nipos está cruzando su horizonte,
remolcando barcazas cargadas con suministros metidos en bidones de
acero. Shaftoe y su pelotón deberían estar lanzándoles mortero ahora
mismo. Cuando aparezcan los aviones americanos y empiecen a darles
caña, los nipos tiraran los bidones por la borda y saldrán corriendo,
con la esperanza de que algunos de ellos lleguen arrastrados por las olas
hasta Guadalcanal.
La guerra ha terminado para Bobby Shaftoe, y no es que sea la pri-
mera o última vez. Se mueve con dificultad por entre el pelotón. Las
olas le golpean en las rodillas para extenderse a continuación en al-
fombras mágicas de espuma y sustancias vegetales que se mueven so-
bre la superficie, por lo que parece que sus huellas se desplazan cuando
él camina. Se gira continuamente sin razón y se cae de culo.

—123 —
Al fin llega al cadáver del auxiliar sanitario y le despoja de todo lo
que lleve pintado una cruz roja. Da la espalda al convoy ñipo y levan-
ta la mirada hacia la empinada pendiente que cae sobre la costa. Igual
podría ser el monte Everest visto desde un campamento base. Shaftoe
decide afrontar el desafío con sus manos y rodillas. De vez en cuando,
una ola grande le golpea en el culo, se escurre orgiásticamente entre sus
piernas y le baña la cara. Le sienta bien y le impide caer hacia delante y
quedarse dormido por debajo de la línea de la marea alta.
El siguiente par de días consiste en un puñado de fotografías sucias
y desvaídas en blanco y negro, barajadas y repartidas una y otra vez: la
playa bajo el agua, la posición de los cadáveres marcada por olas esta-
cionarias. La playa vacía. La playa sumergida de nuevo. La playa sal-
picada de montones oscuros, como una rebanada del pan de pasas de
la abuela Shaftoe. Una cápsula de morfina medio hundida en la arena.
Personas menudas y oscuras, en su mayoría desnudas, moviéndose por
la playa durante la marea baja y saqueando los cadáveres.
¡Eh, un segundo! Por alguna razón Shaftoe vuelve a estar de pie,
agarrado a su Springfield. La jungla no quiere dejarle marchar; en el
tiempo que llevaba allí tendido han empezado a crecerle enredaderas
sobre los brazos y piernas. Cuando sale, arrastrando follaje a su paso
como una carroza en un desfile, el sol se derrama sobre su cuerpo co-
mo el sirope caliente sobre un helado. Puede ver que la tierra viene ha-
cia él. Da una vuelta al caer —apreciando momentáneamente a un
hombre grande con un rifle— y luego tiene la cara hundida en la arena
fría. Las olas rugen en el interior de su cráneo: una agradable ovación
en pie por parte de un público de ángeles que, habiendo muerto todos
ellos, saben reconocer una buena muerte cuando la ven.
Manos pequeñas le dan la vuelta. Tiene uno de los ojos cerrado por
la arena. Mirando por el otro ve un tipo grande con un rifle colgado al
hombro. El tipo lleva una buena barba de color rojizo, lo que hace un
poco menos probable que se trate de un soldado nipón. Pero ¿qué es?
Le da golpecitos como un médico y reza como un cura; incluso
en latín. Pelo plateado ensortijándose junto a un cráneo bronceado.
Shaftoe busca alguna insignia en las ropas del tipo. Espera ver unSemper
Fidelis pero en su lugar lee: Societas Eruditorum e Ignoti et quasi occulti.
—Ignoti et... ¿qué cono significa eso? —pregunta.
—Oculto y desconocido... más o menos —dice el hombre. Habla
con un acento extraño, como australiano o alemán. Él a su vez exa-
mina la insignia de Shaftoe—. ¿Qué es un marine raider? ¿Un equipo
nuevo?

— 124 —
—Como un marine, pero más —dice Shaftoe. Lo que puede sonar
a bravuconada. Y en realidad, lo es a medias. Pero el comentario está
tan cubierto de ironía como su uniforme de arena, porque en ese mo-
mento en particular de la historia un marine no es sólo un hijo de pu-
ta peligroso. Es un HIJO DE PUTA peligroso atrapado en medio de nin-
guna parte (Guadalcanal), sin comida ni armas (cosa debida, como te
dirá cualquier marine, a una siniestra conspiración entre el general Mac-
Arthur y los nipos) inventando a cada paso, improvisando armas con
los objetos que encuentra, confundido, la mitad del tiempo, por las en-
fermedades y los medicamentos que le han dado para mantener a raya
a las enfermedades. Y en cada uno de esos sentidos, un marine raider
es (como dice Shaftoe) como un marine, pero más.
—¿Es usted una especie de comando o algo así? —pregunta Shaf-
toe, interrumpiendo el farfulleo de Rojo.
—No. Vivo en la montaña.
—Oh, ¿sí? ¿Qué haces allá arriba, Rojo?
—Observo. Y hablo por la radio, en código —y vuelve a farfullar.
—¿Con quién hablas, Rojo?
—¿Te refieres a ahora, en latín, o en código por la radio?
—Ambos, supongo.
—En código por la radio hablo con los buenos.
—¿Quiénes son los buenos?
—Es una larga historia. Si sobrevives, quizá te los presente —con-
testa Rojo.
—¿Y ahora mismo en latín?
—Hablo con Dios —-dice Rojo—. Extremaunción, en caso de que
no sobrevivas.
Eso le hace pensar en los otros. Recuerda por qué tomó la alocada
decisión de ponerse en pie.
—¡Eh! ¡Eh! —intenta sentarse, y como descubre que es imposible,
se da la vuelta—. ¡Esos cabrones están saqueando los cuerpos!
No consigue enfocar la mirada y debe limpiarse la arena de uno de
los ojos.
En realidad, enfoca perfectamente. Lo que parecen bidones de ace-
ro salpicados por la playa resultan ser... bidones de acero salpicados por
la playa. Los nativos los sacan de la arena, usando las manos para cavar
como los perros, haciéndolos rodar sobre la arena hasta la jungla.
Shaftoe se desmaya.
Cuando despierta hay una hilera de cruces en la playa... palos uni-
dos con lianas, cubiertos con flores salvajes. Rojo las clava con la cula-

— 125 —
ta del rifle. La mayoría de los bidones de acero, y la mayoría de los na-
tivos, han desaparecido. Shaftoe necesita morfina. Se lo dice a Rojo.
—Si crees que la necesitas ahora —dice Rojo—, espera. —Le lanza
el rifle a un nativo, se acerca a Shaftoe y lo carga sobre el hombro. Shaf-
toe lanza un grito. Un par de Zeros les sobrevuelan mientras ellos pe-
netran en la selva—. Mi nombre es Enoch Root —dice Rojo—, pero
puedes llamarme Hermano.

Galeón

Una mañana, Randy Waterhouse se levanta temprano, se da


una larga ducha caliente, se planta frente al espejo de la suite, y
se afeita la cara dejándosela hecha un cristo. Estuvo conside-
rando encomendarle el trabajo a un especialista: el barbero del hotel.
Pero es la primera vez en diez años que su rostro estará visible, y quie-
re ser la primera persona que lo vea. Su corazón se acelera, en parte
por el miedo primario a la navaja y en parte por pura expectación. Es
como una escena de una de esas películas malas de antaño, cuando por
fin retiran las vendas de la cara del paciente y le colocan un espejo de-
lante.
La sensación, antes de nada, es de intenso deja vu, como si los úl-
timos diez años de su vida no hubiesen sido más que un sueño, y aho-
ra los hubiese recuperado para vivirlos de nuevo.
A continuación, comienza a apreciar los pequeños detalles en que
ha cambiado su rostro desde la última vez que estuvo expuesto a la luz
y el aire. Se sorprende ligeramente al descubrir que alguno de esos
cambios no han sido del todo malos. Randy nunca se ha considerado
especialmente atractivo, y tampoco le ha preocupado nunca. Pero el
semblante salpicado de sangre del espejo es, sin duda, más atractivo que
el que se hundió entre el pelo una década atrás. Parece el rostro de un
adulto.

Ha pasado una semana desde que Avi y él decidieron todo el plan


para los altos representantes de la APT: la Autoridad Postal y de Tele-
comunicaciones. APT es el nombre genérico que los empresarios de

— 126 —
telecomunicaciones asignan, como si fuera un post-it, a cualquier de-
partamento gubernamental que administre esos asuntos en el país en el
que estén de visita esa semana. De hecho, en Filipinas se llama de otra
forma.
Los americanos llevaron, o al menos acompañaron, a Filipinas al
siglo XX y erigieron el aparato de su gobierno central. Intramuros, el
corazón muerto de Manila, está rodeado por un anillo inconexo de
enormes edificios neoclásicos, muy al estilo del Distrito de Columbia,
que dan cabida a diferentes partes del aparato de gobierno. La APT tie-
ne su central en uno de esos edificios, justo al sur del Pasig.
Randy y Avi llegan pronto, porque Randy, acostumbrado al tráfi-
co de Manila, insiste en que reserven una hora para cubrir el trayecto
en taxi de unos tres kilómetros que les separa desde el hotel. Pero el trá-
fico se muestra perversamente ligero y acaban con veinte minutos ex-
tra. Pasean por un lateral del edificio y llegan al dique verde. Avi mira
directamente al edificio de Epiphyte Corp., simplemente para asegu-
rarse de que la línea de visión está libre. Randy ya lo ha comprobado a
su satisfacción, y se limita a quedarse de pie con los brazos cruzados,
mirando el río. Está lleno, de orilla a orilla, de basura flotante: algo de
materia vegetal, pero en su mayoría viejos colchones, cojines, piezas de
plástico, pedazos de espuma, y, sobre todo, bolsas de plástico de di-
versos colores brillantes. El río tiene la consistencia del vómito.
Avi arruga la nariz.
—¿Qué es eso?
Randy olisquea el aire y huele, entre otras cosas, a plástico quema-
do. Hace un gesto corriente abajo.
—Campamentos de ocupas al otro lado del Fuerte Santiago —ex-
plica—. Toman el plástico del río y lo queman como combustible.
—Hace un par de semanas estuve en México —dice Avi—. ¡Tienen
bosques de plástico!
—¿Qué significa eso?
—Fuera de la ciudad, en dirección al viento, los árboles cogen del
aire las bolsas de plástico y quedan totalmente cubiertos. Se mueren
porque la luz y el aire no pueden llegar a las hojas. Pero siguen en pie,
totalmente envueltos en bolsas de plástico, de diferentes colores, rotas,
que se agitan.
Randy se quita la chaqueta, se sube las mangas; Avi no parece per-
cibir el calor.
—Así que eso es el Fuerte Santiago —dice Avi, empezando a ca-
minar en esa dirección.

— 127 —
—¿Has oído hablar de él? —pregunta Randy, siguiéndole mientras
lanza un suspiro. El aire está tan caliente que cuando sale de los pul-
mones se ha enfriado varios grados.
—Se lo menciona en el vídeo —dice Avi mientras levanta una cinta
de vídeo y la agita.
—Oh, sí.
No tardan en encontrarse frente a la entrada del fuerte, que está
flanqueada por las esculturas de un par de guardias realizadas con la es-
pumosa roca volcánica: españoles blandiendo alabardas con pantalo-
nes anchos y cascos de conquistadores. Llevan allí de pie casi medio
milenio y un centenar de miles de tormentas tropicales han caído so-
bre sus cuerpos suavizándolos.
Avi se encuentra en un horizonte temporal mucho más corto: sólo
tiene ojos para los agujeros de bala que han desfigurado los rostros de
los soldados más que el agua y el tiempo. Les pone la mano encima, co-
mo un Tomás escéptico. Luego se echa atrás y empieza a farfullar en
hebreo. Dos turistas alemanes, con colas de caballo y sandalias rústi-
cas, cruzan la puerta.
—Nos quedan cinco minutos —dice Randy.
—Vale, volveremos más tarde.

Charlene no estaba del todo equivocada. La sangre sale de peque-


ños, invisibles e indoloros cortes en la cara de Randy, y sigue así du-
rante diez o quince minutos después de que se haya afeitado. Momen-
tos antes, esa sangre se veía acelerada por los ventrículos, o fluía por las
partes de su cerebro que lo convierten en un ente consciente. Ahora,
esa misma materia está expuesta al aire; puede alzar la mano y limpiár-
sela. La separación entre Randy y el ambiente ha sido aniquilada.
Coge un tubo de una potente crema solar resistente al agua y se cu-
bre la cara, cuello y la pequeña zona en lo alto de la cabeza donde em-
pieza a perder el pelo. Se pone los pantalones caqui, los náuticos, una
camisa de algodón suelta y una riñonera que contiene el receptor GPS
y un par de otros elementos esenciales como un poco de papel higiéni-
co y una cámara desechable. Deja la llave en recepción, y los emplea-
dos reaccionan con sorpresa y le sonríen. Los botones parecen espe-
cialmente encantados por su cambio. O quizá sea que por primera vez
lleva zapatos de piel: náuticos, que siempre ha considerado como ele-
mento distintivo del pijo total, pero que hoy son un elemento más que
razonable de su vestuario. Los botones se preparan para abrirle la puer-

— 128 —
a principal, pero Randy cruza el vestíbulo hacia la salida trasera del
íotel, esquiva la piscina y atraviesa una hilera de palmeras hasta llegar
i una baranda de piedra en la parte alta del rompeolas. Debajo de él se
¡ncuentra el muelle del hotel, que sobresale hacia una pequeña cala que
i su vez se abre hacia la bahía de Manila.
Su transporte todavía no está, así que se queda en la baranda du-
■ante un minuto. Un lado de la cala es accesible desde el Parque Rizal.
\lgunos ocupas filipinos de mal aspecto están ganduleando en los ban-
:os y le miran fijamente. En el rompeolas hay un hombre de mediana
:dad, vestido sólo con unos pantalones cortos, mirando con intensi-
iad felina el agua. Un helicóptero negro ejecuta giros lentos y ladéa-
los sobre un cielo de color blanco azúcar. Es un Huey de la era del
^ietnam, un helicóptero que además produce un silbido reptiliano y
:eroz al desplazarse en el aire.
Un barco se materializa entre el vapor que se eleva en la bahía. De-
:iene los motores y se acerca a la cala, provocando una ola frente a él,
:omo una arruga en una alfombra gruesa. Una mujer alta y esbelta va en
la proa, como un mascarón vivo, sosteniendo un pesado rollo de cuerda.

Las grandes antenas parabólicas del tejado del edificio de la APT


ipuntan casi directamente hacia arriba, como bebederos para pájaros,
debido a que Manila está muy próxima al ecuador. En las paredes de
piedra se está soltando la masilla de los agujeros de balas y metralla re-
llenados tras la guerra. Los acondicionadores de aire de las ventanas,
centrados en los arcos romanos del edificio, gotean agua sobre las ba-
laustradas de piedra caliza que hay debajo, disolviéndolas lentamente.
La piedra caliza está ennegrecida por una especie de limo orgánico, y
está marcada por las raíces de las minúsculas plantas que han construi-
do su hogar allí; probablemente han crecido a partir de las semillas de
la mierda de los pájaros que se reúnen allí para bañarse y beber, ocupas
del reino aéreo.
Una docena de personas, mitad peces gordos sentados a la mesa y
mitad lacayos de pared, esperan en una sala de conferencias con arte-
sonado. Al entrar Randy y Avi se produce una ráfaga de apretones de
mano y lluvia de tarjetas, aunque la mayor parte de los nombres pasan
por la memoria a corto plazo de Randy como un caza supersónico que
atravesase las tristes defensas aéreas de un país del Tercer Mundo.
Sólo le quedan un montón de tarjetas de visita. Las maneja en su zona
de la mesa como un vejete senil jugando al Klondike sobre una bande-

— 129 —
ja de metal. Avi, evidentemente, ya conoce a todas esas personas; pa-
rece que está autorizado a llamarles por el nombre de pila, se sabe las
edades y nombres de sus hijos, sus hobbies, sus grupos sanguíneos, en-
fermedades crónicas, los libros que están leyendo, a qué fiestas han
asistido. Todos ellos parecen encantados por esos conocimientos, y to-
dos ellos, gracias a Dios, ignoran a Randy por completo.
De la media docena de personas importantes de la sala, tres de ellos
son filipinos de mediana edad. Uno es el funcionario más importante
de la APT. El segundo es el presidente de una compañía de telecomu-
nicaciones emergente llamada FiliTel, que intenta competir contra el
monopolio tradicional. El tercero es el vicepresidente de una compa-
ñía llamada 24 Jam que posee la mitad de los supermercados de Filipi-
nas, así como bastantes de Malasia. Randy tiene problemas para dis-
tinguir entre esos hombres, pero les observa conversar con Avi, y
aplicando lógica inductiva pronto es capaz de relacionar la tarjeta de
visita con el rostro correspondiente.
Los otros tres son fáciles: dos americanos y un nipón, y uno de los
americanos es mujer. La mujer viste zapatillas color lavanda a juego
con un pequeño traje con falda, y coordinado con las uñas. Tiene as-
pecto de haber salido directamente del plato de uno de esos anuncios
de uñas falsas y permanentes caseras. La tarjeta la identifica como Mary
Ann Carson, y afirma ser la vicepresidenta de AVCLA, Asia Venture
Capital Los Angeles, que Randy vagamente recuerda como una firma
de Los Angeles que invierte en Economías Asiáticas en Rápida Ex-
pansión. El hombre americano es rubio, y tiene cierto aspecto duro y
cuasi militar. Parece alerta, disciplinado, impasible, rasgos que los ami-
gos de Charlene interpretarían como hostilidad producto de la repre-
sión de un profundo desorden mental. Representa al Subic Bay Free
Port. El hombre nipón es el vicepresidente ejecutivo de una compañía
de electrónica de consumo ridiculamente colosal. Mide como metro
ochenta. Tiene un cuerpo pequeño y una cabeza grande con forma de
pera vuelta del revés, pelo fuerte de color gris en las sienes y gafas de
alambre. Sonríe con frecuencia, y proyecta la serena confianza de un
hombre que ha memorizado una enciclopedia de dos mil páginas so-
bre etiqueta empresarial.
Avi no pierde tiempo en poner la cinta, que en estos momentos re-
presenta un setenta y cinco por ciento de los activos de Epiphyte Corp.
Ha hecho que la produzca una nueva empresa multimedia muy buena,
y el contrato de producción representa el cien por cien de los ingresos
de esa empresa durante este año.

— 130 —
«Los pasteles se deshacen cuando los trozos son demasiado pe-
queños», le gusta decir a Avi.
Comienza con una secuencia —hurtada de un telefilme ya olvida-
do— de un galeón español atravesando un mar picado. El título su-
perpuesto dice: MAR DE CHINA MERIDIONAL, 1699. La banda sonora
ha sido manipulada y convertida a dolby a partir de la versión mono.
Es bastante impresionante.
(—La mitad de los inversores de AVCLA tienen yate —le había ex-
plicado Avi.)
Cambio a un plano (producido por la compañía multimedia, y edi-
tado sin que se notase) de un vigía andrajoso, agotado, metido en su co-
fa, mirando a través de un catalejo de latón, aullando:
—¡Tierra a la vista!
Cambio a un plano del capitán español, un personaje duro y bar-
budo, emergiendo de su camarote para contemplar con mirada espe-
culativa y keatsiana el horizonte.
—¡Corregidor! —exclama.
Cambio a una torre de piedra en lo alto de una isla tropical, desde
la que un vigía observa al galeón en el horizonte (insertado digital-
mente). El vigía se pone las manos alrededor de la boca y aulla, en es-
pañol:
—¡Es el galeón! ¡Encended el fuego!
(—La familia del tipo que dirige la APT está muy interesada en la
historia local —dijo Avi—, dirigen el Museo de Filipinas.)
Con fuertes vítores, los españoles (en realidad, actores méxico-
americanos) con cascos de conquistadores plantan fuego a una inmen-
sa pila de madera seca que evoluciona hacia una pirámide de llamas tan
potentes como para asar a un buey en un segundo.
Corte a las almenas del Fuerte Santiago (el fondo: poliuretano es-
culpido; al frente: un paisaje generado digitalmente), donde otro con-
quistador observa una luz que llamea en el horizonte:
—¡Mira! ¡El galeón! —grita.
Sigue una serie de planos de gente de Manila corriendo hacia el
rompeolas para adorar la señal, incluyendo a un monje agustino que
une las manos sobre el rosario y se lanza allí mismo a una letanía en la-
tín (—La familia que controla FiliTel dotó una capilla en la catedral de
Manila.), así como una familia de mercaderes chinos descargando far-
dos de seda de un junco (—24 Jam, la cadena de tiendas, está dirigida
por mestizos chinos).
Se inicia una narración, una voz profunda y sincera, en inglés con

— 131 —
acento filipino (—El actor es hermano del padrino del nieto del hom-
bre que dirige la APT). Al pie de la pantalla aparecen los subtítulos
en tagalo (—La gente de la APT está muy comprometida con la lengua
nativa).
—Durante el apogeo del Imperio Español, el acontecimiento más
importante del año era la llegada del galeón de Acapulco, cargado de
plata procedente de las ricas minas de América; plata para comprar se-
das y especias de Asia, plata que convertía a Filipinas en la fuente eco-
nómica de Asia. La aproximación del galeón venía precedida por una
señal luminosa en la isla de Corregidor, en la entrada de la bahía de
Manila.
Cambio (¡al fin!) desde las caras relucientes de avaricia de las gen-
tes de Filipinas a una reproducción gráfica en 3-D de la bahía de Ma-
nila, la península de Batan y las pequeñas islas en la punta de Batan, in-
cluyendo Corregidor. El punto de vista desciende y se acerca a Co-
rregidor, donde arde un fuego falso y no muy bien recreado. Un rayo
de luz amarillo, como un disparo defáser en Star Trek, atraviesa la ba-
hía. El punto de vista lo sigue. Choca contra los muros del Fuerte
Santiago.
—La señal de fuego era una tecnología antigua y simple. Con el
lenguaje de la ciencia moderna, su luz era una forma de «radiación elec-
tromagnética», propagándose en línea recta sobre la bahía de Manila,
portando un único bit de información. Pero, en una época hambrien-
ta de información, ese único bit lo era todo para la gente de Manila.
Entra música funky. Cambio a plano de la Manila moderna. Cen-
tros comerciales y hoteles de lujo en Makati. Fábricas de electrónica,
escolares sentados frente a pantallas de ordenador. Antenas parabóli-
cas. Barcos descargando en el inmenso puerto libre de la bahía de Su-
bic. Muchas, muchas sonrisas, y gestos con el pulgar.
—Filipinas hoy es una dínamo económica en desarrollo. A medi-
da que crece su economía, también crece su sed de información... no
bits individuales, sino cientos de miles de millones. Pero la tecnología
para transmitir esa información no ha cambiado tanto como podría su-
ponerse.
De vuelta a la imagen en 3-D de la bahía de Manila. Pero en esta
ocasión, en lugar de una hoguera en Corregidor, hay una antena de mi-
croondas en una torre situada en el punto alto de la isla, disparando on-
das sinusoidales azul eléctrico a toda la extensión del área metropoli-
tana de Manila.
—La radiación electromagnética, en este caso microondas, que se

— 132 —
propaga en línea recta, puede transmitir vastas cantidades de informa-
ción con rapidez. La tecnología moderna de la criptografía permite que
esa señal sea segura frente a posibles fisgones.
De vuelta al plano del galeón y el vigía.
—En los viejos días, la posición de Corregidor a la entrada de la
bahía de Manila la convertía en un lugar de vigilancia natural; un lugar
en el que podía reunirse información sobre los barcos que se acercaban.
Cambio al plano de una barcaza en algún sitio, arrojando al mar un
grueso conjunto de cables, submarinistas trabajando con ristras de ba-
lizas color naranja.
—Hoy, la situación geográfica de Corregidor la convierte en el lu-
gar ideal para cables de fibra óptica a gran profundidad. La informa-
ción que viene por esos cables, desde Taiwán, Hong Kong, Malasia,
Nipón y Estados Unidos, puede transmitirse directamente al corazón
de Manila. ¡A la velocidad de la luz!
Más gráficos 3-D. En esta ocasión, una representación detallada del
perfil urbano de Manila. Randy se lo sabe de memoria, porque ha reu-
nido los datos para aquella maldita presentación recorriendo la ciudad
con el maldito receptor GPS. El rayo de bits de Corregidor viene di-
rectamente de la bahía y da en la diana de la antena en lo alto de un edi-
ficio de cuatro pisos sin especificar, entre el Fuerte Santiago y la cate-
dral de Manila. Es el edificio de Epiphyte Corp. A continuación, otras
antenas retransmiten la información al edificio de la APT y otros lu-
gares cercanos: rascacielos en Makati, edificios de oficinas del gobier-
no en Ciudad Quezón y una base de las fuerzas aéreas al sur de la
ciudad.

El personal del hotel tiende una pasarela enmoquetada entre el


rompeolas y el bote. Mientras Randy la recorre, la mujer le ofrece la
mano. El la toma y la agita.
—Randy Waterhouse —dice.
Ella tira de su mano y lo sube a bordo; no tanto como recibimien-
to sino para impedir que se caiga por la borda.
—Hola, Amy Shaftoe —dice—. Bienvenido al Glory.
—¿Perdóneme?
—Glory. El nombre de este bote es Glory —dice. Habla con fran-
queza y claridad, como si se comunicase por radio con mucho ruido—.
En realidad, se llama Glory IV—añade. Su acento es más o menos del
Medio Oeste, con cierto deje sureño, y también algo de filipino. Si la

— 133 —
viese por la calle en alguna ciudad del Medio Oeste es posible que ni si-
quiera apreciase alrededor de sus ojos los rastros de antepasados asiá-
ticos. Tiene el cabello castaño, con mechas rubias, lo suficientemente
largo para formar una cola de caballo, no más.
—Perdóneme un segundo —dice, mete la cabeza en la cabina del
piloto y habla en una mezcla de tagalo e inglés. El piloto asiente, mira
a su alrededor y comienza a manipular los controles. El personal del
hotel retira la pasarela—. ¡Oigan! —dice Amy con calma, y les lanza a
cada uno un paquete de Marlboro.
Ellos los cogen en el aire, sonríen y le dan las gracias. Glory IV em-
pieza a alejarse del muelle.
Amy pasa los siguientes minutos recorriendo la cubierta, repasan-
do una lista mental de cosas que hacer. Randy cuenta cuatro hombres
además de Amy y el piloto: dos caucásicos y dos filipinos. Todos ellos
trastean con motores y equipos de inmersión en lo que Randy, a través
de muchas barreras culturales y tecnológicas, reconoce como análogo
a la depuración informática. Amy pasa junto a Randy en un par de oca-
siones, pero evita mirarle a los ojos. No es por timidez. Su lenguaje cor-
poral es más que elocuente: «Soy consciente de que los hombres tienen
el hábito de mirar a toda mujer que esté cerca, con la esperanza de ob-
tener placer en el disfrute de su belleza física, su pelo, maquillaje, fra-
gancia y ropa. Lo ignoraré, con amabilidad y paciencia, hasta que lo su-
peres.» Amy es una muchacha de largas piernas vestida con unos
vaqueros manchados de pintura, una camiseta sin mangas y sandalias
de alta tecnología, y se mueve con facilidad por el bote. Finalmente se
acerca a él, mirándole a los ojos durante un segundo, para apartar lue-
go la vista como si estuviese aburrida.
—Gracias por llevarme —dice Randy.
—No es nada —dice ella.
—Me siento avergonzado por no haber dado propina a los chicos
del muelle. ¿Puedo reembolsárselo a usted?
—Puede reembolsarme con información —dice ella sin vacilar.
Amy levanta una mano para frotarse la nuca. Su codo se alza en el ai-
re. Randy puede ver el vello de su axila, como de un mes de largo, y lue-
go percibe el borde de un tatuaje que sobresale bajo la camiseta—. Us-
ted está en el negocio de la información, ¿no? —Lo mira a la cara,
esperando que él ría, o al menos sonría. Pero Randy está demasiado
preocupado para pillar la broma. Amy aparta la vista, ahora con un ges-
to sardónico y astuto en la cara: «No me comprendes, Randy, lo que es
totalmente típico y me parece bien.» A Randy le recuerda a las lesbia-

—134 —
ñas sensatas y trabajadoras que ha conocido, bolleras urbanas que tie-
nen gatos y practican esquí nórdico.
Ella le conduce hasta un camarote con aire acondicionado, un
montón de ventanas y una cafetera. El pandado es imitación de made-
ra como un sótano suburbano, y exhibe documentos enmarcados en
las paredes: documentos oficiales como licencias y registros, y grandes
fotografías en blanco y negro de personas y barcos. Huele a café, jabón
y grasa. Hay un equipo sostenido por cuerdas y una caja de zapatos
con un par de docenas de compactos, en su mayoría álbumes de can-
tautoras americanas del tipo poco convencional, incomprendidas, ex-
tremadamente inteligentes pero intensamente emocionales, que se ha-
cen ricas vendiendo música a consumidores que comprenden lo que es
ser un incomprendido.* Amy sirve dos tazas de café y las coloca sobre
la mesa, atornillada, del camarote. A continuación, mete la mano en los
ajustados bolsillos de los vaqueros, saca una cartera de nylon a prueba
de agua, extrae dos tarjetas de visita y las arroja al otro lado de la me-
sa, una tras otra, en dirección a Randy. Amy parece disfrutar; una son-
risita privada aparece en sus labios y se desvanece justo cuando Randy
la ve. Las tarjetas muestran el logotipo de Semper Marine Services y el
nombre America Shaftoe.
—¿Se llama America? —pregunta Randy.
Amy mira por la ventana, aburrida, temiendo que él vaya a emo-
cionarse con eso.
—Sí —dice.
—¿Dónde creció?
Ella parece estar fascinada por lo que se ve tras el cristal: grandes
buques de carga por toda la bahía de Manila hasta el mismo horizon-
te, buques que llegan de Atenas, Shanghai, Vladivostok, Ciudad del
Cabo, Monrovia. Randy infiere que contemplar grandes barcos oxi-
dados es más interesante que hablar con él.
—Bien, ¿le importaría decirme de qué va todo esto? —pregunta
Amy. Se vuelve, se lleva la taza a los labios y le mira directamente a los
ojos.
Randy se encuentra algo perplejo. Viniendo de America Shaftoe la
pregunta es básicamente impertinente. Su compañía, Semper Marine
Services, es un contratista del nivel más bajo en la corporación virtual
de Avi —sólo una de la docena de empresas de botes y submarinistas

* Una paradoja clara, pero tampoco fuera de lo común; estar lejos de América ha
hecho simplemente que esas cosas sean más evidentes para Randy.

— 135 —
que podrían haber contratado—, así que es como si el taxista o el por-
tero te estuviesen interrogando.
Pero ella es lista y extraña, y precisamente porque se esfuerza en no
serlo, es encantadora.
Como una mujer interesante y compatriota americana, está exi-
giendo su contrapartida, exigiendo que se le reconozca un status supe-
rior. Randy intenta ir con cuidado.
—¿Hay algo que le preocupe? —pregunta él.
Amy aparta la vista. Teme haberle causado una impresión equi-
vocada.
—Nada en particular —dice—. Simplemente soy curiosa. Me gus-
ta oír historias. Los submarinistas siempre están reuniéndose para con-
tar historias.
Randy bebe café. America sigue hablando:
—En este negocio, nunca sabes de dónde va a salir el próximo en-
cargo. Algunas personas tienen motivos increíblemente extraños para
hacer cosas bajo el agua, que a mí me gusta escuchar —termina—. ¡Es
divertido! —Que claramente es el único motivo que le hace falta.
Randy considera todo lo anterior un montón de chorradas razo-
nablemente profesional. Decide contarle sólo lo que se ha dicho a la
prensa.
—Todos los filipinos están en Manila. Ahí es a donde debe ir la in-
formación. Resulta bastante incómodo llevar información hasta Mani-
la, porque al fondo tiene montañas y por delante la bahía de Manila. La
bahía es un lugar infernal para colocar cables submarinos.
Ella asiente. Evidentemente, ya lo sabía. Randy acelera.
—Corregidor es un lugar bastante bueno. Desde Corregidor pue-
des lanzar un rayo de microondas con la línea de visión libre hasta el
centro de Manila.
—Así que ustedes van a extender el festón costero del norte de Lu-
zón desde la bahía de Subic hasta Corregidor —dice ella.
—Eh... dos cosas sobre lo que acaba de decir —dice Randy, y se de-
tiene un momento para situar la respuesta en el buffer de salida—. Una,
tiene que ser cuidadosa con los pronombres... ¿a qué se refiere con «us-
tedes»? Yo trabajo para Epiphyte Corporation, que desde su base está
diseñada para actuar no por sí sola, sino como un elemento en una cor-
poración virtual, como una especie...
—Sé qué es una epifita —dice ella—. ¿El número dos?
—Vale, bien —dice Randy, algo desconcertado—. Lo segundo es
que la extensión del festón del norte de Luzón será la primera de lo que

— 136 —
esperamos sean muchas conexiones. Con el tiempo queremos tender
un montón de cables hasta Corregidor.
Alguna maquinaria en la cabeza de Amy se pone en marcha. El
mensaje está muy claro. Habrá trabajo más que suficiente para Semper
Marine, si desarrollan bien el primer encargo.
—En este caso, la entidad que se encargará del trabajo es una cor-
poración conjunta que nos incluye a nosotros, FiliTel, 24 Jam y una
gran compañía de electrónica nipona, entre otras.
—¿Qué tiene que ver 24 Jam con todo esto? Son una cadena de
tiendas.
—Son el punto de venta, el sistema de distribución, para el pro-
ducto de Epiphyte.
—¿Que sería...?
—Pinoy-gramas. —Randy consigue evitar el impulso de decirle
que el nombre está registrado.
—¿ Pinoy-gramas ?
—Funciona así. Usted es una Trabajadora Contratada en el Ex-
tranjero. Antes de partir hacia Arabia Saudita, Singapur, Seattle o a
donde sea, nos compra o alquila un pequeño dispositivo. Tiene más o
menos el tamaño de un libro de bolsillo y contiene una pequeña cáma-
ra de vídeo, una pantalla diminuta y muchos chips de memoria. Los
componentes vienen de todas partes: se envían al puerto franco de Su-
bic y se ensamblan en una planta nipona. Así que cuestan casi nada. En
cualquier caso, te llevas el dispositivo contigo al extranjero. Cuando te
entran ganas de comunicarte con tus familiares, lo enciendes, apuntas
la cámara hacia ti y grabas un pequeño saludo en vídeo. Todo va a los
chips de memoria. Se comprime mucho. Luego conectas el dispositivo
a la línea telefónica y dejas que haga su magia.
—¿Qué magia? ¿Envía el vídeo por la línea telefónica?
—Exacto.
—¿No hace ya mucho tiempo que la gente manda vídeo por te-
léfono?
—En este caso, la diferencia está en el software. No intentamos en-
viar el vídeo en tiempo real; es demasiado caro. Almacenamos los da-
tos en un servidor central, y luego nos aprovechamos de los parones,
cuando el tráfico se reduce en los cables submarinos, y enviamos los
datos por esos mismos cables cuando resulta barato hacerlo. Al final,
los datos acaban en las instalaciones de Epiphyte en Intramuros. Des-
de allí empleamos tecnología inalámbrica para enviar los datos a las
tiendas 24 Jam en toda el área metropolitana de Manila. La tienda no

— 137 —
necesita más que una pequeña antena en el tejado, un decodificador y
un vídeo normal tras el mostrador. El Pinoy-grama se graba en una cinta
de vídeo normal. Luego, cuando mamá vaya a comprar huevos o papá
vaya a comprar cigarrillos, el empleado dirá: «Eh, tienen un Pinoy-
grama», y les entregará la cinta. Se la podrán llevar a casa y tener las
últimas noticias de sus niños en el extranjero. Cuando terminen, lleva-
rán la cinta de vuelta a 24 Jam para reutilizarla.
Como a medio camino de la explicación, Amy comprende el con-
cepto básico, mira por la ventana y comienza a intentar sacarse frag-
mentos del desayuno de entre los dientes usando la punta de la lengua.
Lo hace con la boca educadamente cerrada, pero parece ocupar sus
pensamientos más que la explicación de los Pinoy-gramas.
Randy se ve atrapado por el inexplicable y alocado deseo de no
aburrir a Amy. No es que tenga esperanzas con ella, porque ha calcu-
lado que las probabilidades de que sea lesbiana son de un cincuenta por
ciento y sabe que es mejor no molestarse. Ella es tan sincera, tan can-
dida, que él se siente como si pudiese confiárselo todo, como a un igual.
Esa es la razón por la que odia los negocios. Siempre quiere con-
társelo todo a todo el mundo. Siempre quiere hacerse amigo de la gen-
te que conoce.
—Bien, déjeme adivinar —dice ella—, usted es el encargado del
software.
—Sí—admite Randy, un poco a la defensiva-—, pero el software es
el único aspecto interesante de todo el proyecto. El resto no es más que
fabricar matrículas.
Eso le llama un poco la atención.
—¿Fabricar matrículas?
—Es una expresión que usamos mi socio y yo —dice Randy—. En
cualquier negocio hay una parte creativa que es preciso realizar, desa-
rrollar nueva tecnología o lo que sea. Todo lo demás, el noventa y nue-
ve por ciento, es llegar a acuerdos, recaudar capital, ir a reuniones, mer-
cadotecnia y ventas. A esa parte la llamamos fabricar matrículas.
Ella asiente, mirando por la ventana. Randy está a punto de con-
tarle que los Pinoy-gramas no son más que una forma de conseguir un
flujo de capital para poder pasar a la fase dos del plan de negocio. Está
seguro de que decírselo elevaría su posición por encima de la de abu-
rrido programador. Pero Amy sopla con fuerza sobre el café, como si
apagase una vela, y dice:
—Bien. Gracias. Creo que esto vale por los tres paquetes de ciga-
rrillos.

— 138 —
Pesadilla

Bobby Shaftoe se ha convertido en todo un experto en pesadi-


Has. Como un piloto de combate que salta de un avión en lla-
mas, ha salido catapultado de una vieja pesadilla, para caer en
una todavía mejor y totalmente nueva. Es escalofriante y tranquila; na-
da de lagartos gigantes.
Comienza con calor en su rostro. Si tienes combustible suficiente
para mover un barco de cincuenta mil toneladas por el océano Pacífi-
co a veinticinco nudos, lo metes todo en un tanque y, a continuación,
los nipos pasan volando y lo incendian en unos segundos, mientras tú
estás lo suficientemente cerca para ver las sonrisas de triunfo de los pi-
lotos, entonces sí que consigues sentir el calor en el rostro.
Bobby Shaftoe abre los ojos, esperando que al hacerlo esté alzan-
do el telón de otra absurda pesadilla, probablemente los momentos fi-
nales de ¡Bombarderos a las dos en punto! (su favorita) o el sorpresivo
arranque de Masacrados por hombres amarillos XVII.
Pero esta pesadilla no parece tener banda sonora. Todo está tan si-
lencioso como en una emboscada. Está sentado en una cama de hospi-
tal rodeado de un pelotón de lámparas de carbono que hacen difícil dis-
tinguir ninguna otra cosa.
Shaftoe parpadea y enfoca un remolino de humo de cigarrillo que
flota en el aire, como el combustible vertido en una cala tropical. La
verdad es que huele bien.
Hay un joven sentado cerca de su cama. Todo lo que Shaftoe pue-
de ver de él es un halo asimétrico donde las luces se reflejan en el aca-
bado oleoso de su tupé. Y el punto rojo del cigarrillo. Y si presta más
atención, puede distinguir la silueta de un uniforme militar. No es un
uniforme de marine. En sus hombros relucen barras de teniente, luz
brillante entre puertas dobles.
—¿Le gustaría otro cigarrillo? —dice el teniente. Su voz es áspera,
pero extrañamente amable.
Shaftoe baja la vista y ve en su mano el centímetro final de un
Lucky Strike entre los dedos.
—Hágame una pregunta difícil —consigue decir. Su propia voz
suena profunda y lenta, como un gramófono que va deteniéndose.
La colilla se sustituye por un nuevo cigarrillo. Shaftoe se lo lleva a
los labios. Tiene un vendaje en el brazo, y bajo la tela puede sentir pe-
nosas heridas intentando causarle dolor. Pero algo bloquea las señales.

— 139 —
Ah, la morfina. No puede ser una pesadilla tan mala si es produc-
to de la morfina, ¿no?
—¿Está listo? —dice la voz. Maldición, la voz le suena familiar.
—¡Señor, hágame una pregunta difícil, señor! —dice Shaftoe.
—Eso ya lo ha dicho.
—¡Señor, si le pregunta a un marine si quiere otro cigarrillo, o si es-
tá listo, la respuesta es siempre la misma, señor!
—Buen espíritu —dice la voz—. Denle a la película.
Se oyen chasquidos que vienen de la oscuridad que se encuentra
más allá del firmamento de lámparas de carbono.
—Listo —responde una voz.
Algo grande desciende hacia Shaftoe. Se agacha sobre la cama, por-
que se parece exactamente a los huevos siniestros soltados en el aire por
los bombarderos nipos. Pero se detiene y flota en el aire.
—Sonido —dice otra voz.
Shaftoe mira con mayor atención y ve que no es una bomba, sino
un enorme micrófono en forma de bala al final de un brazo.
El teniente con el tupé se inclina, buscando instintivamente la luz,
como un viajero en una fría noche de invierno.
Se trata de ese tipo de las películas. ¿Cuál es su nombre? ¡Oh, sí!
Ronald Reagan tiene sobre el regazo un montón de tarjetas de tres
pulgadas por cinco. Coge una nueva:
—¿Qué consejo daría usted, como el americano más joven que ha
obtenido la Cruz de la Marina y la Estrella de Plata, a los jóvenes ma-
rines que se dirigen a Guadalcanal?
Shaftoe no tiene que pensárselo demasiado. Los recuerdos siguen
tan claros como la undécima pesadilla de la noche pasada: ¡diez valien-
tes nipos en Carga suicida\
—Mata primero al que lleva la espada.
—Ah —dice Reagan, elevando las cejas bien perfiladas, y movien-
do el tupé en dirección a Shaftoe—. Muy inteligente... a por ellos por-
que son los oficiales, ¿no?
—¡No, gilipollas! —aulla Shaftoe—. ¡Los matas porque tienen pu-
tas espadas! ¿Alguna vez ha visto a alguien corriendo en su dirección
agitando una puta espada?
Reagan retrocede. Ahora está asustado, el sudor hace que se le co-
rra el maquillaje, aunque por la ventana entra una ligera brisa fresca
procedente de la bahía.
Reagan sólo desea dar media vuelta, volver a Hollywood y metér-
sela a alguna aspirante a estrella. Pero está atrapado aquí, en Oakland,

— 140 —
entrevistando al héroe de guerra. Repasa el montón de tarjetas, recha-
zando como veinte de ellas. Shaftoe no tiene prisa, va a permanecer ten-
dido en esa cama de hospital aproximadamente durante el resto de su
vida. Incinera medio cigarrillo con una larga chupada, contiene el hu-
mo y expulsa un anillo.
Cuando luchaban de noche, los cañones de los barcos producían
anillos de gas incandescente. No como rosquillas gruesas, sino delga-
dos, que se retorcían como lazos. El cuerpo de Shaftoe está saturado de
morfina. Los párpados le caen en avalancha sobre los ojos, calmando
el ardor y la inflamación causados por las luces y el humo de los ciga-
rrillos. Él y su pelotón corren desafiando la marea que se aproxima, in-
tentando atravesar un cabo. Son marine raiders y han estado persi-
guiendo a una unidad ñipo específica por todo Guadalcanal durante
dos semanas, mermándolos. Mientras sigan por allí, se les ha ordena-
do llegar a cierto punto del cabo, desde donde deberían poder bom-
bardear con los morteros al Expreso de Tokio que se aproxima. Es una
táctica algo atolondrada e imprudente, pero no lo llaman Operación
Cuatro Cuartos por nada; es una absurda improvisación desde el prin-
cipio. Van retrasados porque ese pequeño grupo de nipos se ha mos-
trado realmente tenaz, poniendo emboscadas tras cada tronco caído,
disparándoles cada vez que se acercaban a una ensenada...
Algo pegajoso le golpea en la frente: es el maquillador que le da un
repaso. Shaftoe se encuentra de vuelta en la pesadilla que a su vez con-
tenía la pesadilla del lagarto.
—¿Le he hablado del lagarto? —dice Shaftoe.
—Varias veces —responde su interrogador—. No nos llevará más
que un minuto. —Ronald Reagan sostiene entre el pulgar y el índice
una nueva tarjeta de tres por cinco, con una pregunta algo menos emo-
cional—. ¿Qué hacían usted y sus compañeros por las noches cuando
terminaban de luchar?
—Apilar nipos muertos con un bulldozer —dice Shaftoe—, y
prenderles fuego. Luego íbamos a la playa con una botella de aguar-
diente y veíamos cómo torpedeaban a nuestros barcos.
Reagan hace una mueca.
—¡Corten! —dice, con tranquilidad pero con voz de mando. El so-
nido de la cámara se apaga.
—¿Qué tal he estado? —dice Bobby Shaftoe mientras le quitan el
maquillaje de la cara y guardan el equipo. Las luces de carbono se han
apagado, y la luz clara del norte de California entra por la ventana. To-
da la escena parece casi real, como si no fuese una pesadilla.

— 141 —
—Ha estado genial —dice el teniente Reagan, sin mirarle a los
ojos—. Un buen estímulo para la moral —enciende un cigarrillo—.
Ahora puede volver a dormir.
—¡Ja! —dice Shaftoe—. Hace rato que estoy dormido. ¿No?

Se siente mucho mejor cuando le dejan salir del hospital. Le dan un


par de semanas de permiso, va derecho a la estación de Oakland y se
mete en un tren con dirección a Chicago. Los otros pasajeros le reco-
nocen por las fotos en los periódicos, le invitan a beber, posan con él
para fotografías de recuerdo. Durante horas mira por la ventana, vien-
do pasar América, y ve que todo es hermoso y está limpio. Puede que
haya lugares salvajes, puede que haya bosques profundos, puede que
haya osos grizzly y pumas, pero todo está bien separado, y las reglas
(no juegues con los oseznos, por la noche cuelga la comida de la rama
de un árbol) son bien conocidas, y han sido publicadas en el manual de
los boy scouts. En las islas del Pacífico hay demasiadas cosas con vida,
y todo se encuentra en el continuo proceso de comer y ser comido por
otra cosa y, en cuanto pones el pie allí, estás metido en el mismo lío. El
sólo hecho de estar sentado en un tren durante un par de días, con los
pies metidos en calcetines limpios de algodón blanco, sin ser comido
por otra cosa, ayuda mucho a aclararle la cabeza. Sólo en una ocasión,
o quizás en dos o tres, siente realmente la necesidad de refugiarse en el
trono e inyectarse morfina en el brazo.
Pero cuando cierra los ojos se encuentra en Guadalcanal, arras-
trándose por esa última franja de tierra, corriendo frente a la marea. Las
grandes olas están ya encima, atrapando a los hombres y golpeándolos
contra las rocas.
Al final gira y ve la cala: no más que una muesca en la costa de Gua-
dalcanal. Un centenar de metros de marisma frente a un acantilado.
Tendrán que atravesar esa marisma y establecer una posición segura en
la base del acantilado y si la marea no los arrastra...
Los Shaftoe son gente de las montañas de Tennessee; entre otras
cosas, mineros. Cuando Nimrod Shaftoe se trasladó a Filipinas, un par
de sus hermanos se fueron al oeste de Wisconsin para trabajar en las
minas de plomo. Uno de ellos —el abuelo de Bobby— se convirtió en
capataz. En ocasiones iba hasta Oconomowoc para visitar al dueño de
la mina, que poseía una casa de verano en uno de los lagos. Salían en el
bote y pescaban lucios. A menudo les acompañaban los vecinos —ban-
queros y dueños de fábricas de cerveza— del propietario. Así fue co-

— 142 —
mo los Shaftoe se trasladaron a Oconomowoc, y dejaron las minas para
convertirse en guías de caza y pesca. La familia había sido muy escru-
pulosa en la conservación del ancestral acento sureño y algunas otras
tradiciones, como el servicio militar. Una de sus hermanas y dos de sus
hermanos siguen viviendo con mamá y papá, y sus dos hermanos ma-
yores están en el ejército. Bobby no es el primero en recibir una Estre-
lla de Plata, aunque sí es el primero en recibir una Cruz Naval.
Bobby da una charla a la tropa de boy scouts de Oconomowoc. Va
en cabeza en el desfile de la ciudad. Aparte de eso, durante dos sema-
nas apenas sale de casa. En ocasiones va al patio a jugar al «tú la llevas»
con sus hermanos más jóvenes. Ayuda a papá a arreglar un muelle po-
drido. Chicos y chicas de cuando estaba en el instituto vienen conti-
nuamente a visitarle, y Bobby pronto descubre el truco que su padre,
sus tíos y tíos abuelos ya conocían, que es no hablar jamás sobre los
detalles concretos de lo sucedido. Nadie quiere saber cómo tuvo que
sacarse de la pierna la mitad de las muelas de un compañero usando la
bayoneta. Ahora esos chicos le parecen idiotas y pesos ligeros. La úni-
ca persona cuya presencia puede soportar es su bisabuelo Shaftoe, de
noventa y cuatro años y tan agudo como una tachuela, que estaba en
Petersburg cuando Burnside abrió un buen agujero en las líneas con-
federadas con explosivos enterrados y envió a sus hombres corriendo
al cráter donde fueron masacrados. Evidentemente, nunca habla de esa
experiencia, al igual que Bobby Shaftoe nunca habla de su lagarto.
Pronto se le acaba el tiempo, y luego tiene la gran despedida en la
estación de tren de Milwaukee, abraza a mamá, abraza a sus hermanas,
da la mano a papá y a sus hermanos, vuelve a abrazar a mamá y parte.
Bobby Shaftoe no sabe nada del futuro. Sólo sabe que le han as-
cendido a sargento, le han separado de su antigua unidad (lo que no es
tan raro, ya que es el único superviviente de su pelotón) y le han asig-
nado a una rama del Cuerpo en Washington D.C. de la que nunca ha-
bía oído hablar.
D.C. es un lugar bullicioso, pero la última vez que Bobby Shaftoe
se había molestado en mirar los periódicos, allí no se combatía, así que
evidentemente no le iban a dar un puesto de combate. De todas formas,
ya ha hecho su parte, ha matado más nipos de los que le tocaban, ha ga-
nado sus medallas, ha sufrido sus heridas. Como carece de conoci-
mientos administrativos, espera que el nuevo puesto consista en viajar
por el país siendo un héroe de guerra, elevando la moral y conven-
ciendo a los jóvenes para que se unan al Cuerpo.
Se presenta, como le han ordenado, en Marine Barracks, Washing-

— 143 —
ton, D.C. Se trata del destino más antiguo del Cuerpo, una manzana
entre el Capitolio y el Navy Yard, un cuadrángulo verde donde la ban-
da de Marines se pavonea y los entrenadores entrenan. Casi espera ver
reservas estratégicas de saliva y betún almacenadas en grandes tanques.
En la oficina hay dos marines: un mayor, que es su nuevo oficial al
mando, y un coronel, que parece y se comporta como si hubiese naci-
do aquí. Es asombroso más allá de toda descripción que dos persona-
jes de tal calibre estén allí para recibir a un simple sargento. La Cruz
Naval debe haberles llamado la atención. Pero esos marines tienen
Cruces Navales propias; dos o tres cada uno.
El mayor presenta al coronel de una forma que realmente a Shaf-
toe no le aclara una mierda. El coronel no dice casi nada; está allí para
observar. El mayor pasa algún tiempo hojeando unos documentos me-
canografiados.
—Aquí dice que es un gung-ko.
—¡Sí, señor, sí!
—¿Qué cono significa?
—¡Señor, es una palabra china! Allí hay un comunista, de nombre
Mao, y tiene un ejército. Nos enfrentamos a ellos en más de una oca-
sión, señor. Gung-ho es su grito de batalla, significa «todos juntos» o
algo similar; por tanto, ¡después de darles una buena zurra, señor, se lo
robamos, señor!
—¿Quiere decir que se ha vuelto asiático como esos otros marines
de China, Shaftoe?
^¡Señor! ¡Al contrario, señor, como creo que demuestra mi expe-
diente!
—¿Realmente lo cree? —responde el mayor incrédulo—. Tenemos
aquí un interesante informe sobre una entrevista cinematográfica que
hizo con un soldado1'' llamado teniente Reagan.
—¡Señor! ¡Este marine se disculpa por su vergonzoso comporta-
miento durante esa entrevista, señor! ¡Este marine se desacreditó a sí
mismo y a sus compañeros, señor!
—¿No va a darme ninguna excusa? Estaba herido. Conmociona-
do. Drogado. Sufría de malaria.
—¡Señor! ¡No hay excusa, señor!
El mayor y el coronel se miran y asienten aprobadores.
Todo el asunto de «señor, sí señor», que probablemente le sonaría

'"' Término despectivo para los combatientes que no son lo suficientemente bue-
nos para pertenecer al Cuerpo.

— 144 —
a gilipollez a cualquier civil cuerdo, es perfectamente razonable para
Shaftoe y los oficiales de un modo profundo e importante. Como mu-
chos otros, al principio Shaftoe tuvo problemas con la etiqueta militar.
La absorbió bastante bien creciendo en una familia militar, pero vivirla
era un asunto diferente. Habiendo ahora experimentado todas las fa-
ses de la existencia militar excepto las terminales (muerte violenta, corte
marcial, retiro), ha acabado comprendiendo la cultura militar por lo
que es: un sistema de etiqueta que hace posible que un grupo de hom-
bres vivan juntos durante años, viajen al fin del mundo y hagan todo
tipo de cosas increíbles sin matarse los unos a los otros o perder la cha-
veta en el proceso. La extrema formalidad con la que se dirige a esos
oficiales conlleva un subtexto importante: su problema, señor, es decir
qué quiere que yo haga, y mi problema, señor, es hacerlo. Mi postura
gung-ho indica que en cuanto me dé una orden no voy a molestarle con
los detalles... y su parte del trato es que mejor se queda en su lado de la
línea, señor, y no me moleste con la mierda de politiqueo con la que us-
ted tiene que tratar para vivir. La responsabilidad implícita colocada
sobre los hombros del oficial por la voluntad total del subordinado a
seguir las órdenes es una carga fulminante para cualquier oficial con
medio cerebro, y Shaftoe en más de una ocasión ha visto cómo subo-
ficiales veteranos convertían a tenientes novatos en montones de gela-
tina temblorosa simplemente permaneciendo frente a ellos y aceptan-
do, con alegría, ejecutar sus órdenes.
—Ese teniente Reagan se quejó de que intentaba contarle una his-
toria sobre un lagarto —dice el mayor.
—¡Señor! ¡Sí, señor! ¡Un lagarto gigante, señor! ¡Una historia in-
teresante, señor! —dice Shaftoe.
—No me importa —dice el mayor—. La cuestión es si se trataba
de una historia apropiada para contarla en esas circunstancias.
—¡Señor! ¡Avanzábamos por la costa de la isla, intentando situar-
nos entre los nipos y el punto de desembarco del Expreso de Tokio, se-
ñor!... —empieza a decir, Shaftoe.
—¡Cállese!
—¡Señor! ¡Sí, señor!
Se produce un silencio bochornoso roto al fin por el coronel.
—Hicimos que los loqueros repasasen su declaración, sargento
Shaftoe.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Opinan que el asunto del lagarto es un ejemplo clásico de pro-
yección.

— 145 —
—¡Señor¡ ¡Podría por favor explicarme qué cono significa eso,
señor!
El coronel enrojece, se da la vuelta y mira por entre las persianas el
ligero tráfico de Eye Street.
—Bien, lo que dicen es que no hubo lagarto gigante. Que mató a
ese japo* en combate cuerpo a cuerpo. Y que el recuerdo de un lagar-
to gigante es una manifestación de su ello freudiano.
—¡Ello, señor!
—Que ese ello está en su cerebro, tomó el control y le dio energías
para matar a ese japo con las manos desnudas. Luego su imaginación
conjuró toda esa mierda sobre un lagarto gigante para poder explicarlo.
—¡Señor! ¡Está diciendo que el lagarto no fue más que una metá-
fora, señor!
—Sí.
—¡Señor! ¡En ese caso, respetuosamente me gustaría saber cómo
el ñipo quedó masticado por la mitad, señor!
El coronel hace un gesto desdeñoso con la cara.
—Bien, para cuando fue rescatado por la vigilancia costera, sar-
gento, llevaba tres días en esa cala junto con todos aquellos cadáveres.
Y bajo ese calor tropical, y con los bichos y animales carroñeros, no
había forma de saber sólo mirándolo si el japo había sido comido por
un lagarto gigante o lo habían pasado por una trituradora de madera,
si me entiende.
—¡Señor! ¡Le entiendo, señor!
El mayor vuelve al informe.
—Ese tipo Reagan dice que repetía continuos comentarios desde-
ñosos hacia el general MacArthur.
—¡Señor, sí señor! ¡Es un hijo de puta que odia al Cuerpo de Ma-
rines, señor! ¡Intenta matarnos a todos, señor!
El mayor y el coronel se miran. Está claro que, sin hablar, han lle-
gado a la misma decisión.
—Como insiste en alistarse de nuevo, lo normal sería pasearle por
el país mostrando sus medallas y reclutando jóvenes para el Cuerpo.
Pero esa historia del lagarto no lo permite.
—¡Señor! ¡No comprendo, señor!
—La Oficina de Reclutamiento ha repasado su expediente. Han
visto el informe de Reagan. Les pone nerviosos que se encuentre

* Los hombres con experiencia en Asia usan la palabra «ñipo». El uso de «japo»
por parte del coronel sugiere que ha pasado su carrera en el Atlántico y/o el Caribe.

— 146 —
en West Bumfuck, Arkansas, en el desfile del día de los caídos vestido
con su reluciente uniforme y que de pronto se ponga a soltar tonte-
rías sobre lagartos y todos se caguen de miedo y eso afecte el esfuerzo
bélico.
—¡Señor! ¡Respetuosamente...!
—Denegado el permiso para hablar —dice el mayor—. Ni siquie-
ra comentaré esa obsesión con el general MacArthur.
—¡Señor! ¡El general está asesinando...!
—¡Cállese!
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Tenemos otro trabajo para usted, marine.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Va a ser parte de algo especial.
—¡Señor! ¡Los marine raiders ya son una parte muy especial de un
Cuerpo muy especial, señor!
—No me refiero a eso. Me refiero a que el puesto es... inusua. —El
mayor mira al coronel. No está seguro de cómo seguir.
El coronel mete la mano en el bolsillo, agita las monedas, la levan-
ta y comprueba su afeitado.
—No es exactamente un puesto en el Cuerpo de Marines —dice al
fin—. Formará parte de un destacamento internacional especial. Un
pelotón de marine raiders americanos y un escuadrón del Servicio Es-
pecial de la Aviación Británica, SAS, operando bajo un único mando.
Un montón de hombres duros que han demostrado que pueden so-
portar cualquier misión, bajo cualquier condición. ¿Es una descripción
adecuada de usted, marine?
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Se trata de una situación muy especial —reflexiona el coronel—,
para nada algo que hubiesen concebido los militares. ¿Sabe a qué me
refiero, Shaftoe?
—¡Señor, no señor! ¡Pero ahora detecto un fuerte olor a política en
la habitación, señor!
Al coronel le tiembla ligeramente un párpado y mira por la venta-
na hacia el Capitolio.
—Los políticos pueden ponerse muy tontos con su forma de hacer
las cosas. Todo tiene que hacerse de cierta forma. No les gustan las ex-
cusas. ¿Me comprende, Shaftoe?
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—El Cuerpo tuvo que luchar para conseguir esta oportunidad.
Iban a dárselo al Ejército de Tierra. Hicimos uso de algunos contactos

_ 147 ___
con viejas personas de la Marina en puestos importantes. Ahora la ope-
ración es nuestra. Algunos dirían que es nuestra para cagarla.
—¡Señor! ¡No cagaremos la operación, señor!
—La razón por la que ese cabrón de MacArthur mata marines co-
mo moscas en el Pacífico sur es porque en ocasiones no jugamos de-
masiado bien el juego político. Si usted y su nueva unidad no tienen un
comportamiento brillante, la situación sólo podrá empeorar.
—¡Señor! ¡Puede confiar en este marine, señor!
—Su oficial al mando será el teniente Ethridge. Un hombre de
Annapolis. No tiene demasiada experiencia en combate, pero sabe có-
mo moverse en los círculos importantes. Puede intervenir por usted a
nivel político. Sobre el terreno, la responsabilidad de que las cosas se
hagan es totalmente suya, sargento Shaftoe.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Trabajará muy de cerca con el Servicio Especial de la Aviación
Británica. Hombres muy buenos. Pero queremos que usted y sus hom-
bres los eclipsen.
—¡Señor! ¡Puede contar con ello, señor!
—Bien, entonces, prepárese para embarcar —dice el mayor—. Es-
tá de camino al norte de África, sargento Shaftoe.

Londinium

Las pesadas monedas británicas resuenan en su bolsillo como


platos de peltre. Lawrence Pritchard Waterhouse recorre la ca-
lle vistiendo el uniforme de capitán de fragata de los Estados
Unidos. Tal hecho no debe tomarse como si implicase que es capitán
de fragata, o que siquiera pertenezca a la Marina, aunque es así. La re-
ferencia a Estados Unidos, sin embargo, es una apuesta bastante segu-
ra, porque cada vez que llega a un bordillo, o está a punto de ser atro-
pellado por un vehículo que frena en seco o pierde el paso, desvía su
tren de pensamientos a un lado, para desagrado de pasajeros y perso-
nal, y hace que gran parte de su circuito mental de cálculo se dedique
al trabajo de reflejar lo que le rodea sobre un gran espejo. Aquí con-
ducen por la izquierda.
Ya lo sabía antes de llegar. Ha visto fotografías. Y Alan se había

—148 —
quejado en Princeton, corriendo siempre el riesgo de morir atropella-
do cuando, perdido en sus pensamientos, bajaba de la acerca mirando
hacia el lado equivocado.
Los bordillos son afilados y perpendiculares, no como las suaves
curvas americanas de sección sigmoide. La transición entre la acera y
la calle es una caída en vertical. Si pones una bombilla verde en la ca-
beza de Waterhouse y le miras de lado durante un apagón, su trayec-
toria tendría el aspecto de una onda cuadrada sobre un osciloscopio de
un solo rayo: arriba, abajo, arriba, abajo. Si estuviese en Estados Uni-
dos, las aceras tendrían un espaciamiento equitativo, como unas doce
por milla, porque su ciudad natal está cuidadosamente trazada sobre
una rejilla.

Aquí en Londres, la distribución de calles es irregular y por tanto


las transiciones de la onda cuadrada se producen aleatoriamente, en
ocasiones muy juntas, a veces muy separadas.

Un científico que examinase esa onda probablemente renunciaría


a encontrar ningún patrón; le parecería algo al azar, producto del rui-
do, efecto quizá de los rayos cósmicos del espacio profundo, o de la de-
sintegración de un isótopo radioactivo.
Pero si tuviese profundidad e ingenio, la cuestión sería muy dife-
rente.
Podría obtenerse profundidad poniendo una bombilla verde en la
cabeza de cada una de las personas de Londres y luego grabando el ca-
mino durante algunas noches. El resultado sería un grueso conjunto de
gráficos, cada uno aparentemente tan caótico como los otros. Cuanto
más grueso sea el montón, mayor profundidad.
El ingenio es un asunto completamente distinto. No hay forma sis-
temática de obtenerlo. Una persona podría observar el montón de on-
das cuadradas y no ver más que ruido. Otra podría encontrar en ellas
una fuente de fascinación, una sensación irracional imposible de expli-
car a otra persona que no la compartiese. Una parte profunda de la

— 149 —
mente, experta en el descubrimiento de patrones (o la existencia de un
patrón) despertaría de un salto y le indicaría frenética a las partes coti-
dianas del cerebro que siguiesen mirando el montón de gráficos. La se-
ñal es débil y no siempre se escucha, pero indicaría al receptor que re-
pasase, durante días si fuese necesario, el montón de gráficos como un
autista,extendiéndolos por el suelo, amontonándolos según algún sis-
tema inescrutable, apuntando números y letras de alfabetos muertos
en las esquinas, preparando referencias cruzadas, encontrando patro-
nes, comparando unos con otros.

— 150 —
Un día esa persona saldría de la habitación llevando un mapa ex-
tremadamente exacto de Londres, reconstruido a partir de la informa-
ción contenida en todos esos gráficos cuadrados.
Lawrence Pritchard Waterhouse es una de esas personas.
Por esa razón, las autoridades de su país, los Estados Unidos de
América, le han hecho prestar un solemne juramento de secreto, y le
suministran continuamente nuevos uniformes de varios tipos y gra-
duaciones y, ahora, le han enviado a Londres.
Baja una acera, mirando por reflejo a la izquierda. Oye en el oído
derecho un tintineo, barritan los frenos de una bicicleta. No es más que
un marine real (Waterhouse empieza a reconocer los uniformes) ha-
ciendo un recado; pero lleva refuerzos a la espalda en la forma de un
autobús/autocar pintado de verde olivo y marcado por todas partes
con números inescrutables.
—¡Perdóneme, señor! —dice el marine real con una sonrisa, y le
esquiva, aparentemente suponiendo que el autocar puede manejar
cualquier situación de limpieza. Waterhouse da un salto, directamente
frente a un taxi negro que viene en sentido contrarío.
Pero después de atravesar esa calle en particular, llega a su destino
en Westminster sin más incidentes que amenacen su vida, a menos que
se tenga en cuenta el estar a unos pocos minutos de vuelo en avión de
una horda extremadamente organizada de alemanes asesinos con las
mejores armas del mundo. Se encuentra en una zona de la ciudad que
se parece a ciertas áreas sin luz y cercadas de Manhattan: calles estre-
chas bordeadas de edificios de unos diez pisos de alto. Ocasionales vi-
siones de antiguos y enormes edificios góticos al fondo de la calle le
dan a entender que está metido hasta el cuello en grandeza. Como en
Manhattan, la gente camina con rapidez, cada persona con un propó-
sito claro en la cabeza.
Los tacones reparados de los zapatos de época de guerra de los pea-
tones resuenan metálicamente. Cada peatón mantiene una longitud de
paso razonablemente consistente y golpea casi con precisión metro-
nómica. Un micrófono en la acera le ofrecería a un fisgón una cacofonía
de clics, aparentemente caótica como el ruido de un contador Geiger.
Pero la persona adecuada abstraería la señal del ruido y contaría los
peatones, daría un recuento de hombres y mujeres y un histograma de
longitud de las piernas...
Debía dejar de hacerlo. Le gustaría concentrarse en el asunto que
tiene entre manos, pero sigue siendo un misterio.
Una escultura moderna enorme y mazacote se asienta sobre la en-

—151 —
trada de metro del parque James, vigilando las veinticuatro horas del día
los Edificios Broadway, que en realidad es un único edificio. Como
cualquier otro cuartel de inteligencia en el que Waterhouse haya esta-
do, es una gran decepción.
No es más, después de todo, que un edificio: piedra anaranjada,
más o menos diez pisos, un techo abuhardillado irracionalmente alto
ocupando los tres últimos, algunos adornos clásicos sobre las venta-
nas, que como todas las ventanas de Londres han sido divididas en
ocho triángulos rectos por medio de cinta adhesiva. A Waterhouse le
parece que ese estilo encaja mejor con la arquitectura clásica que, di-
gamos, el gótico.
Tiene algunos conocimientos de física, y le parece poco creíble que,
en caso de que varios cientos de libras de trinitrotolueno estallen en el
vecindario y la onda de choque resultante se propague por un enorme
panel de vidrio, la gente situada al otro lado obtenga algún beneficio de
un asterisco de cinta de papel. Es un gesto supersticioso, como los con-
juros en las granjas de Pensilvania. La vista de la cinta adhesiva posi-
blemente mantenga a la gente centrada en el esfuerzo bélico.
Lo que no parece funcionar en el caso de Waterhouse. Cruza cui-
dadosamente la calle, concentrándose en la dirección del tráfico, ac-
tuando con la suposición de que alguien en el interior le esté obser-
vando. Entra, sosteniendo la puerta para una joven temiblemente
vigorosa vestida con un traje semimilitar —que deja claro a Water-
house que será mejor que no espere Llegar a Ningún Sitio sólo porque
le sostenga la puerta— y luego para un caballero septuagenario de as-
pecto cansado con un bigote blanco.
El vestíbulo está bien protegido, y hay mucho ajetreo con las cre-
denciales de Waterhouse y sus órdenes. Y luego comete el error obli-
gatorio de equivocarse de piso porque allí la numeración es diferente.
Sería mucho más divertido si no se tratase de un edificio de inteligen-
cia militar en medio de la mayor guerra de la historia del mundo.
Cuando al fin llega al piso correcto, resulta ser un poco más ele-
gante que el equivocado. Claro, la estructura subyacente de todo en In-
glaterra es lujosa. No hay punto medio para esa gente. Tienes que re-
correr una milla para encontrar una cabina telefónica, pero cuando la
has encontrado, ha sido construida como si el que alguien dinamitase
sin razón las cabinas telefónicas hubiese sido un serio problema en al-
gún momento del pasado. Y un buzón británico podría detener un tan-
que alemán. Ninguno de ellos tiene coche, pero si lo tienen, se trata de
bestias de tres toneladas fabricadas a mano. La idea de hacer en serie un

— 152 —
montón de coches es inconcebible: hay ciertos procedimientos a seguir,
señor Ford, como soldar a mano el radiador o el corte tradicional de
las ruedas a partir de un bloque sólido de caucho.
Las reuniones son todas iguales. Waterhouse es siempre el Invita-
do; nunca ha sido el anfitrión de una reunión. El Invitado llega a un
edificio desconocido, se sienta en la sala de espera rechazando ofertas
de bebidas con cafeína de parte de una mujer bien parecida pero casta
y, con el tiempo, se le da paso a la Sala, donde le esperan el Tipo Im-
portante y los Otros Tipos. Hay un sistema de presentaciones que no
debe preocupar al Invitado porque opera en modo pasivo y no necesita
más que responder a los estímulos, agitando las manos que le ofrecen,
declinando más ofertas de bebidas con cafeína y (ahora) alcohólicas,
sentarse donde y cuando se le invite. En este caso, el Tipo Importante
y todos los Otros Tipos menos uno resultan ser británicos, la selección
de bebidas es ligeramente diferente, la sala, siendo británica, está cons-
truida con bloques de piedra como la tumba de un faraón, y las ven-
tanas tienen las cintas de papel. La Predecible Fase Humorística es mu-
cho más corta que en América, la Fase de Charla Intranscendente más
larga.
Waterhouse ha olvidado todos los nombres. Siempre olvida de in-
mediato los nombres. Aunque los recordase, no sabría diferenciar los
rangos, ya que no tiene frente a él la estructura organizativa del Mi-
nisterio de Exteriores (que se encarga de la Inteligencia) y el Militar.
Continuamente dicen «guata jaes», pero justo cuando está a punto de
preguntarles qué significa esa expresión, deduce que así es como pro-
nuncian «Waterhouse». Aparte de eso, el único comentario que real-
mente penetra en su cerebro es cuando uno de los Otros Tipos co-
menta algo sobre el Primer Ministro que implica mucha familiaridad.
Y ni siquiera es el Tipo Importante. El Tipo Importante es mucho
mayor y bastante más distinguido. Así que a Waterhouse le parece
(aunque ha dejado de prestar atención por completo a lo que esa gen-
te le dice) que al menos la mitad de las personas que están en esa ha-
bitación han tenido recientemente una conversación con Winston
Churchill.
Entonces, de pronto, ciertas palabras surgen en la conversación.
Waterhouse no prestaba atención, pero está bastante seguro de que du-
rante los últimos diez segundos se ha emitido la palabra Ultra. Parpa-
dea y se sienta aún más recto.
El Tipo Importante parece perplejo. Los Otros Tipos parecen so-
bresaltados.

— 153 —
—¿Alguien comentó algo, hace unos minutos, con respecto a la
disponibilidad de café? —dice Waterhouse.
—Señorita Stanhope, café para el capitán Guata Jaes —dice el Ti-
po Importante por el intercomunicador eléctrico. Es uno de la apenas
media docena de intercomunicadores de oficina que existen en todo el
Imperio Británico. Sin embargo, ha sido fabricado como una única pie-
za a partir de cincuenta kilos de hierro y recibe la corriente por medio
de cables de 420 voltios tan gruesos como el dedo índice de Waterhou-
se—. Y si tuviese la amabilidad de traer té.
Bien, ahora Waterhouse conoce el nombre de la secretaria del Ti-
po Importante. Es un comienzo. A partir de ese dato, con un poco de
investigación podría recuperar el recuerdo del nombre del Tipo Im-
portante.
La petición de café y té parece haberles llevado de vuelta a la Fase
de Charla Intrascendente, y aunque los tipos importantes americanos
se sentirían frustrados y estarían echando humo, los británicos pare-
cen enormemente aliviados. Incluso le piden más bebidas a la señorita
Stanhope.
—¿Ha visto recientemente al doctor Shehrrn? —le pregunta el Tipo
Importante a Waterhouse. Se aprecia algo de preocupación en la voz.
—¿Quién? —aunque inmediatamente Waterhouse comprende que
la persona en cuestión es el capitán de fragata Schoen, y que en Lon-
dres es probable que el nombre se pronuncie correctamente, Shehrrn
en lugar de Shane.
—¿ Capitán Waterhouse ? —dice el Tipo Importante, varios minutos
más tarde. En el transcurso, Waterhouse ha estado intentando inventar
un nuevo criptosistema basado en modos alternativos de pronunciar
las palabras y no ha dicho nada durante un buen rato.
—¡Oh, sí! Bueno, le hice una visita de cortesía y presenté mis res-
petos a Schoen antes de subir al barco. Claro está, cuando él está...,
eh..., acusando el estado del tiempo, todos tienen órdenes estrictas de
no hablar de criptología con él.
—Claro está.
—El problema es que cuando toda tu relación con ese hombre es-
tá basada en la criptología, no puedes siquiera meter la cabeza por la
puerta sin violar esa orden.
—Sí, es extremadamente incómodo.
—Supongo que se encuentra bien. —Waterhouse no lo dice con
demasiada convicción, y se produce el silencio apropiado alrededor de
la mesa.

— 154 —
—Cuando se encontraba de mejor humor escribió con entusiasmo
sobre sus contribuciones, capitán Waterhouse, en el Criptonomicón
—dice uno de los Otros Tipos, que hasta ahora no había dicho dema-
siado. Waterhouse lo etiqueta como algún tipo de promotor dentro del
campo de la criptología mecánica.
—Es un gran tipo —comenta Waterhouse.
El Tipo Importante aprovecha la oportunidad.
—Por su trabajo con la máquina índigo del doctor Schoen, se en-
cuentra usted, por definición, en la lista Magic. Ahora este país y el su-
yo han llegado a un acuerdo, al menos en principio, para cooperar en
el campo del criptoanalisis, lo que automáticamente le sitúa en la lista
Ultra.
—Comprendo, señor —dice Waterhouse.
—Ultra y Magic son extremadamente simétricas. En cada caso, una
potencia beligerante ha desarrollado un cifrado mecánico que consi-
dera perfectamente irrompible. En cada caso, una potencia aliada ha
roto el cifrado. En América, el doctor Schoen y su equipo rompieron
índigo y diseñaron la máquina Magic. Aquí, fue el equipo del doctor
Knox el que rompió Enigma y desarrolló Bombe. Aquí parece que la
luz que sirvió de guía fue el doctor Turing. La luz guía en su caso fue
el doctor Schoen, que se encuentra, como ha dicho usted, afectado por
la climatología. Pero él le considera a usted comparable a Turing, capi-
tán Waterhouse.
—Una opinión extremadamente generosa —dice Waterhouse.
—Pero estudió con Turing en Princeton, ¿no?
—Nos encontrábamos allí al mismo tiempo, si se refiere a eso.
Montábamos en bicicleta. Su trabajo era mucho más avanzado.
—Pero Turing realizaba estudios de posgrado. Usted era un sim-
ple estudiante.
—Cierto. Pero incluso teniendo ese detalle en cuenta, él es mucho
más inteligente que yo.
—Es usted demasiado modesto, capitán Waterhouse. ¿Cuántos
estudiantes no graduados han publicado artículos en revistas interna-
cionales?
—Simplemente montábamos en bicicleta —insiste Waterhouse—.
Einstein ni siquiera me daba la hora.
—El doctor Turing ha resultado ser muy útil en lo que respecta a
la teoría de la información —dice un tipo prematuramente macilento
con pelo largo y gris, que Waterhouse etiqueta como algún profesor de
Oxford o Cambridge—. Supongo que han discutido sobre el tema.

— 155 —
El profesor se vuelve a los otros tipos y dice, con la pedantería pro-
pia de su cargo:
—La teoría de la información daría forma a un calculador mecáni-
co básicamente de la misma forma en que, digamos, la dinámica de flui-
dos da forma al casco de un barco. —A continuación se vuelve hacia
Waterhouse y dice, en tono algo menos formal—: El doctor Turing ha
seguido desarrollando su trabajo en ese campo desde que desapareció,
desde el punto de vista de su país, en el reino de la Información Secre-
ta. Una preocupación especial ha sido el problema de cuánta informa-
ción puede extraerse de datos aparentemente caóticos.
De pronto, todas las otras personas en la habitación están inter-
cambiando esas miradas raras.
—Asumo por su reacción —dice el Tipo Importante— que tam-
bién le ha interesado a usted.
Waterhouse se pregunta cuál ha sido su reacción. ¿Le habrán cre-
cido colmillos? ¿Ha babeado en el café?
—Está bien —dice el Tipo Importante antes de que Waterhouse
pueda preguntar—, porque a nosotros también nos interesa mucho.
Veamos, ahora que estamos realizando esfuerzos, y debo destacar la
situación preliminar e insatisfactoria de esos esfuerzos, por el momen-
to, para coordinar los servicios de inteligencia entre Estados Unidos y
Gran Bretaña, nos encontramos en la situación más extraña en que ha-
yan estado nunca un par de aliados en una guerra. Lo sabemos todo,
capitán Waterhouse. Recibimos las comunicaciones personales de Hit-
ler a sus comandantes de campo, ¡con frecuencia antes que los propios
comandantes! Ese conocimiento es evidentemente una herramienta
muy potente. Pero es igualmente evidente que no puede ayudarnos a
ganar la guerra a menos que nos ayude a cambiar nuestras acciones. Es
decir, si por medio de Ultra sabemos de un convoy que navega desde
Tarento con suministros para Rommel en el norte de África, ese cono-
cimiento no nos sirve de nada a menos que vayamos allí a hundir el
convoy.
—Está claro —dice Waterhouse.
—Ahora bien, si envían diez convoyes y los hundimos todos, in-
cluso los ocultos bajo la niebla y la oscuridad, los alemanes empezarán
a preguntarse cómo sabíamos dónde podíamos encontrar esos convo-
yes. Comprenderán que hemos roto el código Enigma y lo cambiarán,
y perderemos esa herramienta. Es casi seguro que al señor Churchill
no le gustaría nada tal resultado. —El Tipo Importante mira a todos los
demás, quienes asienten con complicidad. Waterhouse tiene la sensa-

— 156 —
ción de que el señor Churchill ha estado presionando sobre ese punto
en particular.
—Vamos a expresarlo en términos de teoría de la información
—dice el profesor—. La información fluye de Alemania a nosotros
por medio del sistema Ultra en Bletchley Park. Esa información nos
llega por medio de transmisiones de radio en código Morse aparente-
mente aleatorias. Pero como disponemos de personas muy brillantes
podemos descubrir orden en lo que aparentemente es caótico, pode-
mos extraer información crucial para nuestro empeño. Ahora bien, los
alemanes no han roto nuestros cifrados. Pero pueden observar nues-
tras acciones; la ruta de nuestros convoyes por el Atlántico norte, el
despliegue de nuestras fuerzas aéreas. Si los convoyes evitan siempre
los submarinos, si las fuerzas aéreas se dirigen siempre directamente a
los convoyes alemanes, entonces los alemanes tendrán claro, hablo en
este caso de un alemán brillante, un alemán universitario, que no hay
azar. Ese alemán encontrará correlaciones. Podrá ver que sabemos más
de lo que deberíamos saber. En otras palabras, hay cierto punto a partir
del cual la información comienza a fluir de nosotros hacia los ale-
manes.
—Precisamos saber dónde se encuentra ese punto —dice el Tipo
Importante—. Dónde está exactamente. Es preciso que nos quedemos
en el lado correcto. Para desarrollar la apariencia de azar.
—Sí —dice Waterhouse—, y debe ser el tipo de azar que conven-
ciese a alguien como Rudolf von Hacklheber.
—Exactamente el tipo en quien pensábamos —dice el profesor—.
El doctor von Hacklheber, desde el año pasado.
—¡Oh! —dice Waterhouse—. ¿Rudy obtuvo su doctorado?
—Desde que Rudy había sido llamado al seno del Reich de los mil años,
Waterhouse había asumido lo peor: lo imaginaba con un abrigo, dur-
miendo por turnos y asediando Leningrado o algo así. Pero, aparente-
mente, los nazis, con su buen ojo para el talento (siempre que no fuese
talento judío), le habían dado un trabajo de despacho.
Aún así, es bueno saberlo y por un momento Waterhouse muestra
placer al saber que Rudy está bien. Uno de los Otros Tipos, intentado
romper el hielo, bromea diciendo que si alguien hubiese tenido la pre-
visión de encerrar a Rudy en New Jersey mientras durase la guerra, no
sería necesaria la nueva categoría secreta de Ultra Mega. Nadie parece
pensar que sea divertido, por lo que Waterhouse asume que debe ser
cierto.
Le muestran el diagrama de organización del Destacamento Espe-

— 157 —
cial de la RAF n.° 2701, que contiene los nombres de las veinticuatro
personas en todo el mundo que son Ultra Mega. La parte superior está
ocupaba con nombres como Winston Churchill y Franklin Delano
Roosevelt. Luego vienen otros nombres que a Waterhouse le resultan
extrañamente familiares; quizá los nombres de los caballeros de esa
misma habitación. Por debajo, un tal Chattan, un joven coronel de la
RAF que (le aseguran a Waterhouse) consiguió cosas muy buenas du-
rante la Batalla de Inglaterra.
En el siguiente nivel se encuentra el nombre de Lawrence Pritchard
Waterhouse. Allí hay dos nombres más: uno pertenece a un capitán de
la RAF y el otro es un capitán del cuerpo de marines de los Estados
Unidos. También hay una línea de puntos que se desvía a un lado y lle-
va hasta el nombre de doctor Alan Mathison Turing. Tomado en con-
junto, el diagrama podría ser la más irregular y estrafalaria ad-bocra-
cia jamás injertada en una organización militar.
En la fila inferior del diagrama hay dos grupos de media docena de
nombres, apelotonados bajo los nombres del capitán de la RAF y del
capitán de marines respectivamente. Se trata de los escuadrones que re-
presentan el brazo ejecutivo de la organización: como dice uno de los
tipos de los Edificios Broadway, «los hombres que bajan a la mina», y
como le traduce el Tipo Americano, «aquí es donde la goma toca el as-
falto».
—¿Tiene alguna pregunta? —le dice el Tipo Importante.
—¿Eligió Alan el número?
—¿Se refiere al doctor Turing?
—Sí. ¿Eligió él el número 2701 ?
Ese nivel de detalle está claramente a varios niveles por debajo de
la posición de los hombres en los Edificios Broadway. Parecen asom-
brados y casi insultados, como si Waterhouse de pronto les hubiese pe-
dido que tomasen un dictado.
—Es posible —dice el Tipo Importante—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque —dice Waterhouse— el número 2701 es el producto
de dos primos, y esos números, 37 y 73, cuando se los expresa en no-
tación decimal, son, como se puede ver claramente, el inverso uno
del otro.
Todas las cabeza giran hacia el profesor, que parece desconcer-
tado.
—Será mejor que lo cambiemos —dice—, es el tipo de detalle que
el doctor von Hacklheber apreciaría. —Se pone en pie, saca una pluma
Mont Blanc del bolsillo y corrige el diagrama para que ahora diga 2702

— 158 —
en lugar de 2701. Y mientras lo hace, Waterhouse mira a los otros hom-
bres de la habitación y piensa que parecen satisfechos. Está claro que
ése es el tipo de truco de feria que quieren que Waterhouse ejecute.

Corregidor

No hay límite fijo entre las aguas de la bahía de Manila y el aire


húmedo que la cubre, sólo un sudario monótono gris y azul
que cuelga a unos kilómetros de distancia. Glory IV maniobra
con cuidado durante media hora por entre la inmensa extensión de car-
gueros atracados, luego gana velocidad y se dirige al centro de la bahía.
El aire se hace un poco menos denso, lo que permite a Randy apreciar
una buena vista de Batan a estribor: montañas negras en su mayoría cu-
biertas por la niebla y moteadas por nubes en forma de champiñón,
producto de corrientes ascendentes. En su mayor parte, carece de pla-
yas, únicamente acantilados rojos que caen durante los últimos metros
hacia el mar. Pero a medida que recorren el final de la península, el te-
rreno se vuelve más suave y muestra algunos campos verde pálido. En
la misma punta de Batan hay un par de peñascos de caliza que Randy
reconoce por el vídeo de Avi. Pero en ese momento, casi toda su aten-
ción se centra en Corregidor, que se encuentra a unos kilómetros al fi-
nal de la península.
America Shaftoe, o Amy como le gusta que la llamen, pasa la mayor
parte del viaje ajetreada por la cubierta, comunicándose con los subma-
rinistas filipinos y americanos en ráfagas de conversación seria, en oca-
siones sentándose con las piernas cruzadas sobre la cubierta para repasar
papeles y gráficos. Se ha puesto un sombrero de cowboy para protegerse
la cabeza de la radiación solar. Randy no tiene prisa por exponerse al
sol. Remolonea en el camarote con aire acondicionado, bebiendo café y
contemplando las fotografías de las paredes.
Ingenuamente espera ver fotografías de submarinistas arrastrando
cables submarinos por las playas. Semper Marine Services realiza mu-
chas operaciones con cables —y lo hacen bien, había comprobado las
referencias antes de contratarlos— pero aparentemente no consideran
ese trabajo lo suficientemente interesante para fotografiarlo. En su ma-
yor parte, las fotografías corresponden a operaciones de rescate sub-

— 159 —
marino: submarinistas, con grandes sonrisas en sus rostros correosos,
sosteniendo triunfantes un ánfora cubierta de percebes, como jugado-
res de hockey sosteniendo la Copa Stanley.
Desde la distancia, Corregidor es un arco de jungla sobresaliendo
del agua con un saliente plano que se extiende a un lado. Sabe por los
mapas que realmente tiene forma de espermatozoide. Lo que desde un
ángulo parece un saliente es realmente la cola, que vira al este como si
el espermatozoide intentase alejarse nadando de la bahía de Manila
para impregnar Asia.
Amy abre la puerta de un golpe.
—Venga al puente —dice—, debería ver esto.
Randy la sigue.
—¿Quién es el tipo que aparece en la mayoría de las fotos? —pre-
gunta.
—¿El de aspecto temible con corte militar?
—Sí.
—Mi padre —dice—. Doug.
—¿Quiere decir Douglas MacArthur Shaftoe? —pregunta Randy.
Ha visto el nombre en algunos de los documentos que ha intercam-
biado con Semper Marines.
—El mismo.
—¿El que fuera SEAL?
—Sí. Pero no le gusta que se refieran a él de esa forma. Es un cliché.
—¿Por qué me resulta familiar?
Amy suspira.
—Tuvo sus quince minutos de fama en 1975.
—Tengo problemas para recordar.
—¿Conoce a Comstock?
—¿El Fiscal General Paul Comstock? ¿El que odia la criptografía?
—Me refiero a su padre. Earl Comstock.
—El tipo de la política de la Guerra Fría, el cerebro tras la guerra
del Vietnam, ¿no?
—Nunca he oído que lo describan así, pero sí, hablamos del mis-
mo tipo. Puede que recuerde que en 1975 Earl Comstock se cayó, o lo
empujaron, de un telesquí en Colorado, y se rompió los brazos.
—Oh, sí. Empiezo a recordar.
—Resulta que mi pa... —Amy inclina la cabeza hacia una de las fo-
tografías— estaba sentado en ese momento justo a su lado.
—Por accidente, o...
—Puro azar. No estaba planeado.

— 160 —
—Es una forma de verlo —dice Randy—, pero por otra parte, si
Earl Comstock esquiaba con frecuencia, la probabilidad de que «tar-
de» o «temprano» se encontrase sentado, a quince metros del suelo,
junto a un veterano del Vietnam es bastante alta.
—Como sea. Lo único que digo es que... en realidad, no quiero ha-
blar de ello.
—¿Llegaré a conocerle? —pregunta Randy, mirando la fotografía.
Amy se muerde el labio y mira el horizonte.
—El noventa por ciento de las veces su presencia es señal de que
está sucediendo algo muy siniestro. —Abre la escotilla del puente y la
sostiene para Randy, señalando un escalón alto.
—¿Y el diez por ciento restante?
—Está aburrido, o por ahí con su novia.
El piloto del Glory está intensamente concentrado y les ignora, lo
que Randy considera señal de profesionalidad. El puente tiene muchas
mesas fabricadas con puertas o contrachapado grueso, y todo el espa-
cio disponible está cubierto con equipos electrónicos: un fax, una má-
quina más pequeña que vomita boletines meteorológicos, tres ordena-
dores, un teléfono por satélite, unos cuantos teléfonos GSM metidos
en sus cargadores, aparatos de exploración del fondo. Amy lo guía hasta
una máquina de gran pantalla que muestra lo que parece una foto-
grafía en blanco y negro de un terreno accidentado.
—Sidescan sonar —le explica—, una de las mejores herramientas
para este tipo de trabajo. Nos muestra lo que hay en el fondo. —Com-
prueba las pantallas de los ordenadores para obtener sus coordenadas
actuales y realiza unos cálculos rápidos en la cabeza—. Ernesto, cam-
bia el rumbo cinco grados a estribor, por favor.
—Sí, señor —dice Ernesto, y hace que suceda.
—¿Qué está buscando?
—Es gratis... como los cigarrillos en el hotel —le explica Amy—.
Simplemente un extra por hacer negocios con nosotros. En ocasiones
nos gusta hacer de guías. ¿Ve? Mire eso. —Usa el meñique para señalar
algo que comienza a aparecer en la pantalla. Randy se inclina y lo mi-
ra con atención. Claramente es de fabricación humana: un conjunto de
líneas rectas y ángulos rectos.
—Parece un montón de desechos —dice.
—Ahora lo es —dice Amy—, pero solía ser una buena parte del te-
soro filipino.
-¿Qué?
—Durante la guerra —dice Amy—, después de Pearl Harbor, pero

— 161 —
antes de que los japoneses ocupasen Manila, el gobierno se deshizo del
tesoro. Metieron todo el oro y la plata en cajones y los enviaron a Co-
rregidor para protegerlo... supuestamente.
—¿Qué quiere decir con supuestamente?
Ella se encoge de hombros.
—Estamos en Filipinas —dice—. Tengo la sensación de que buena
parte acabó en otro sitio. Pero gran parte de la plata acabó allí. —Se po-
ne recta y mueve la cabeza en dirección a Corregidor—. En aquella
época pensábamos que Corregidor era inexpugnable.
—¿Cuándo fue eso, más o menos?
—Diciembre de 1941 o enero de 1942. En todo caso, quedó claro
que Corregidor caería. Llegó un submarino y se llevó el oro a princi-
pios de febrero. Luego vino otro submarino y se llevó a los hombres
cuya captura no podía permitirse, como los rompecódigos. Pero no te-
nían submarinos suficientes para llevarse toda la plata. MacArthur se
fue en marzo. Empezaron a sacar la plata, en cajones, en medio de la
noche, y la arrojaban al mar.
—¡Está de coña!
—Siempre podían regresar e intentar recuperarla —dice Amy—.
Pero lo perderían todo si dejaban que los japoneses se apoderasen de
ella, ¿no?
—Supongo.
—Los japoneses recuperaron mucha plata; capturaron en Batan y
Corregidor a un grupo de submarinistas americanos, y les obligaron a
bajar, justo por debajo de donde nos encontramos ahora, para reco-
gerla. Pero muchos de esos mismos submarinistas se las arreglaron para
ocultar mucha plata y hacérsela llegar a filipinos, quienes la transpor-
taron de contrabando a Manila, donde se volvió tan común que desva-
lorizó la moneda de ocupación japonesa.
—¿Qué vemos ahora mismo?
—Los restos de viejos cajones que se abrieron al dar con el fondo
marino —dice Amy.
—¿Quedó algo de plata al final de la guerra?
—Oh, claro —responde Amy despreocupadamente—. La mayoría
fue arrojada aquí, y los submarinistas la recuperaron, pero parte fue
arrojada en otras zonas. Mi papá recuperó parte ya en los años setenta.
—Guau. ¡Eso no tiene sentido!
—¿Por qué no?
—No puedo creer que montones de plata permaneciesen en el fon-
do del océano durante treinta años para que cualquiera los recogiese.

— 162 —
—No conoce demasiado bien a los filipinos —dice Amy.
—Sé que es un país pobre. ¿Por qué no vino nadie a recoger la
plata?
—La mayor parte de los cazadores de tesoros de esta parte del
mundo van tras premios mayores —dice Amy—, o más fáciles.
Randy está perplejo.
—Un montón de plata en el fondo de la bahía me suena a grande
y fácil.
—No lo es. La plata no vale tanto. Un jarrón de la dinastía Sung,
limpio, puede superar su peso en oro. Oro. Y es más fácil encontrar el
jarrón... sólo hay que examinar el fondo marino buscando algo con
forma de junco chino. Un junco hundido produce una imagen carac-
terística en el sonar. Mientras que un viejo cajón, roto y cubierto de co-
ral y percebes, tiene el aspecto de una piedra.
Al acercarse a Corregidor, Randy aprecia que la cola de la isla está
llena de bultos, con grandes montones de roca sobresaliendo aquí y
allá. El color de la tierra se difumina gradualmente del verde profundo
de la selva al verde pálido y luego a un marrón rojizo chamuscado a
medida que la cola se extiende desde el centro grueso de la isla hasta el
final, y la tierra se vuelve más seca. La mirada de Randy está fija en uno
de esos peñascos rocosos, que está coronado por una torre de acero
nueva. En lo alto de la torre se encuentra un cuerno de microondas
apuntando al este, hacia el edificio de Epiphyte en Intramuros.
—¿Ve esas cuevas a nivel del agua? —dice Amy. Parece lamentar
haber mencionado los tesoros, y ahora quiere cambiar de tema.
Randy se obliga a dejar de admirar la antena de microondas, de la
que es dueño en parte, y mira en la dirección que le indica Amy. El flan-
co de piedra caliza de la isla, que cae en vertical en los últimos metros
hacia el agua, está lleno de agujeros.
—Sí.
—Fueron construidas por los americanos para contener cañones
de defensa, y ampliadas por los japoneses como lugares para el lanza-
miento de botes suicidas.
—Guau.
Randy nota un sonido profundo a gárgaras, y vuelve la mirada
para ver un bote que se ha puesto a su lado. Tiene forma de canoa de
quizás unos doce metros de largo, con largos estabilizadores a cada la-
do. Un par de banderas andrajosas ondean en lo alto del mástil corto,
y la chillona colada flamea con alegría desde las líneas tendidas por aquí
y por allá. Un enorme motor diesel descubierto se encuentra en medio

— 163 —
del casco, llenando la atmósfera de un humo negro. Frente a él, varios
filipinos, incluyendo a mujeres y niños, están reunidos bajo la sombra
de una lona azul brillante, comiendo. A popa, un par de hombres ma-
nejan equipos de submarinismo. Uno de ellos sostiene algo a la altura
de la boca: un micrófono. Una voz ladra desde la radio del Glory, en
tagalo. Ernesto contiene la risa, coge el micrófono y contesta breve-
mente. Randy no sabe lo que dicen, pero sospecha que es algo como
«hagamos el payaso más tarde, nuestro cliente está ahora mismo en el
puente».
—Asociados mercantiles —le explica Amy con sequedad. Su len-
guaje corporal dice que desea alejarse de Randy y volver al trabajo.
—Gracias por el tour —dice Randy—. Una pregunta.
Amy arquea las cejas, intentando parecer paciente.
—¿Qué parte de los ingresos de Semper Marine provienen de la
búsqueda de tesoros?
—¿Este mes? ¿Este año? ¿En los últimos diez años? ¿Durante to-
da la vida de la empresa? —dice Amy.
—Lo que sea.
—Ese tipo de ingresos es esporádico —dice Amy—. El Glory que-
dó pagado, e incluso algo más, por la cerámica recuperada de un jun-
co. Pero hay años en que todos nuestros ingresos provienen de traba-
jos como éste.
—En otras palabras, ¿trabajos aburridos de mierda? —dice Randy.
Lo suelta sin más. Normalmente controla la lengua un poco mejor.
Pero afeitarse la barba ha distorsionado los límites de su yo, o algo así.
Espera que ella se ría o al menos guiñe un ojo, pero se lo toma con
seriedad. Tiene una cara de póquer bastante buena.
—Considérelo como fabricar matrículas —dice.
—Por tanto, básicamente son un grupo de buscadores de tesoros
—dice Randy—. Simplemente fabrican matrículas para estabilizar el
flujo de capital.
—Llámenos buscadores de tesoros si quiere —dice Amy—. ¿Por
qué hace usted negocios, Randy? —Se da la vuelta y sale de allí.
Randy sigue mirando su partida cuando oye a Ernesto jurar por lo
bajo, no tanto enfadado como sorprendido. El Glory está ahora bor-
deando la punta de la cola de Corregidor y todo el lado sur de la isla se
está haciendo visible por primera vez. El último kilómetro de la cola,
más o menos, se curva para formar una bahía semicircular. Anclado en
el centro de esa bahía hay un barco blanco que Randy identifica, en
principio, como un pequeño trasatlántico de líneas desenfadadas y pí-

— 164 —
caras. Luego ve el nombre pintado en la popa: RUI FALEIRO — SANTA
MONICA, CALIFORNIA.
Randy se acerca a Ernesto y los dos contemplan la nave blanca du-
rante un rato. Randy ha oído hablar de ella, y Ernesto, como todo el
mundo en Filipinas, la conoce. Pero verla es algo completamente dife-
rente. Hay un helicóptero posado sobre la cubierta de popa como si se
tratase de un juguete. Un bote en forma de daga cuelga de un pescan-
te, listo para ser usado como bote de vela. Un hombre de piel morena
vestido con un reluciente uniforme blanco está dando brillo a una ba-
randa de metal.
—Rui Faleiro era el cosmógrafo de Magallanes —dice Randy.
—¿ Cosmógrafo ?
—El cerebro de la operación —dice Randy dándose un golpecito
con el dedo en la cabeza.
—¿Vino aquí con Magallanes?
En casi todo el mundo, Magallanes se considera el primer tío que
dio la vuelta al mundo. Aquí, todo el mundo sabe que no pasó de la isla
de Mactán, donde los filipinos lo mataron.
—Cuando Magallanes partió en el barco, Faleiro se quedó en Se-
villa —dice Randy—. Se volvió loco.
—Sabes mucho sobre Magallanes, ¿eh? —dice Ernesto.
—No —dice Randy—, sé mucho sobre el Dentista.

—No hables con el Dentista. Nunca. Sobre nada. Ni siquiera asun-


tos técnicos. Cualquier pregunta técnica que te haga no es más que un
cebo para alguna táctica empresarial que está tan lejos de tu compren-
sión como la demostración del teorema de Gódel para el Pato Lucas
—le dijo espontáneamente Avi una noche, mientras cenaban en un
restaurante del centro de Makati. Avi se niega a discutir ningún asunto
importante a menos de un kilómetro del Hotel Manila porque piensa
que cada una de las habitaciones, y cada una de las mesas, está siendo
vigilada.
—Gracias por el voto de confianza —respondió Randy.
—Eh —dijo Avi—. Sólo intento defender mi territorio... justificar
mi existencia en este proyecto. Yo me encargaré de los asuntos de ne-
gocios.
—¿No estás siendo un poco paranoico?
—Escucha. El Dentista posee al menos mil millones de dólares, y
controla otros diez mil millones. La mitad de los putos odontólogos

— 165 —
del sur de California se retiraron a los cuarenta porque él decuplicó sus
fondos de pensiones en dos o tres años. No consigues esos resultados
siendo un buen tipo.
—A lo mejor sólo tuvo suerte.
—Tuvo suerte. Pero eso no significa que sea un buen tío. Lo que
quiero decir es que metió ese dinero en inversiones extremadamente
arriesgadas. Jugó a la ruleta rusa con los ahorros de toda la vida de sus
inversores, mientras mantenía en secreto lo que hacía. Vamos, que ese
tipo invertiría en una mafia de secuestros de Mindanao si le ofreciesen
una buena tasa de ganancias.
—Me pregunto si él mismo comprende que tuvo suerte.
—Eso me pregunto yo también. Mi suposición es que no. Creo que
se considera a sí mismo un instrumento de la Providencia Divina, co-
mo Douglas MacArthur.

El Rui Faleiro es el orgullo de la industria de yates de Seattle, que


últimamente está en crecimiento, aunque de forma discreta. Randy co-
sechó algunos datos repasando folletos que se publicaron antes de que
el Dentista comprase el barco. Por tanto, sabe que el helicóptero y la
lancha rápida venían incluidos en el precio de compra, que nunca se ha
divulgado. La nave contiene, entre otras cosas, diez toneladas de már-
mol. El dormitorio principal tiene baños para él y para ella completa-
mente equipados y recubiertos de mármol negro para él y mármol ro-
sa para ella, de forma que el Dentista y la Diva no tengan que discutir
por el espacio frente al lavabo mientras se acicalan para una de las gran-
des fiestas celebradas en el impresionante salón de baile del yate.
—¿El Dentista? —dice Ernesto.
—Kepler. Doctor Kepler —dice Randy—. En Estados Unidos, al-
gunas personas le llaman el Dentista. —Personas en la industria de al-
ta tecnología.
Ernesto asiente con complicidad.
—Un hombre así puede tener a cualquier mujer del mundo —di-
ce—. Pero escogió a una filipina.
—Sí —dice Randy con cautela.
—¿En los Estados Unidos conoce la gente la historia de Victoria
Vigo?
—Debo decirle que no es tan famosa en los Estados Unidos como
aquí.
—Claro.

— 166 —
—Pero algunas de sus canciones fueron muy populares. Mucha
gente sabe que salió de la pobreza.
—¿La gente en Estados Unidos conoce Smoky Mountain? ¿El ver-
tedero en Tondo, donde los niños deben cazar para comer?
—Algunos lo saben. Será muy famoso cuando pasen por televisión
la película sobre la vida de Victoria Vigo.
Ernesto asiente, aparentemente satisfecho. Todos allí saben que se
está preparando una película sobre la vida de la Diva, con ella misma
de protagonista.
Lo que normalmente no saben es que es un proyecto vanidoso, fi-
nanciado por el Dentista, y que sólo se emitirá por televisión por cable
en mitad de la noche.
Pero probablemente sí saben que omitirán las partes más intere-
santes.

—En lo que se refiere al Dentista —dijo Avi—, nuestra ventaja es


que, cuando se trata de Filipinas, será predecible. Manso. Incluso dó-
cil. —Le dedicó una sonrisa críptica.
—¿Y eso?
—Victoria Vigo recurrió a la prostitución para salir de Smoky
Mountain, ¿no?
—Bueno, cuando sale el tema hay muchos codazos y guiños, pero
nadie lo ha dicho claramente —dijo Randy, mirando nervioso a su al-
rededor.
—Créeme, es la única forma en que pudo salir de allí. Los Bolobo-
los se encargaban de hacer de proxenetas. Se trata de un grupo del nor-
te de Luzón que llegaron al poder junto con Marcos. Controlan esa
parte de la ciudad: policía, crimen organizado, política local, todo. En
consecuencia, son sus dueños: tienen fotografías y vídeos de cuando
era una prostituta menor de edad y estrella porno.
Randy niega con la cabeza por el asco y el asombro.
—¿Cómo demonios te las arreglas para conseguir esa información?
—No importa. Créeme, en algunos círculos es un hecho tan cono-
cido como el valor de pi.
—No en mis círculos.
—En cualquier caso, lo importante es que los intereses de ella coin-
ciden con los de los Bolobolos y siempre será así. Y el Dentista hará
siempre obedientemente lo que su esposa le diga.
—¿Realmente puedes dar eso por seguro? —dijo Randy—. Es un

— 167 —
tipo duro. Probablemente tiene más dinero y poder que los Bolobolos.
Puede hacer lo que quiera.
—Pero no lo hará —dijo Avi, sonriendo de nuevo—. Hará lo que
su mujer le diga.
—¿Cómo lo sabes?
—Mira —dijo Avi—. Kepler es un obseso del control; como la ma-
yoría de los hombres ricos y poderosos. ¿Cierto?
—Cierto.
—Si eres un obseso del control, ¿en qué preferencia personal se tra-
duce tal cosa?
—Espero no saberlo nuca. Supongo que querría dominar a una
mujer.
—¡Falso! —dijo Avi—. El sexo es más complicado, Randy. El se-
xo es donde surgen los deseos reprimidos de las personas. Las gente se
excita más cuando se revelan sus secretos más íntimos...
—¡Mierda! ¿Kepler es masoquista?
—Es tan jodidamente masoquista que era famoso por ello. Al me-
nos en la industria del sexo del sureste asiático. Los proxenetas y ma-
dames de Hong Kong, Bangkok, Shenzhen, Manila, todos tienen in-
formes sobre él; sabían exactamente lo que quería. Y así es como
conoció a Victoria Vigo. Se encontraba en Manila negociando con Fi-
liTel. Pasaba mucho tiempo aquí, hospedándose en un hotel, lleno de
micrófonos ocultos, que es propiedad de los Bolobolos. Estudiaron
sus hábitos de apareamiento como entomólogos observando los hábi-
tos reproductivos de las hormigas. Prepararon a Victoria Vigo, su as,
su bomba, su Terminator sexual, para que le diese a Kepler exactamente
lo que Kepler quería. A continuación la enviaron hacia su vida como
un puñetero misil teledirigido, y ¡pum!, amor verdadero.
—¿No crees que él sospecharía algo? Me sorprende que se impli-
case tanto con una puta.
—¡Él no sabía que era una puta! ¡Es la parte bonita del plan! ¡Los
Bolobolos la plantaron como conserje en el hotel de Kepler usando una
identidad falsa! ¡Una tímida chica de escuela católica! Todo empieza
cuando ella le consigue entradas para una representación y, en un año,
él está encadenado a su cama en ese puto megayate suyo con las mar-
cas de azotes en el culo, y ella encima de él con un anillo de boda en el
dedo del tamaño de un faro, la centesimo trigésimo octava mujer más
rica del mundo.
—Centesimo vigésimo quinta —le corrigió Randy—, las acciones
de FiliTel han subido últimamente.

— 168 —
Randy pasa todo el día siguiente intentado no cruzarse con el Den-
tista. Se hospeda en una pequeña posada privada en lo alto de la isla, to-
mando todas las mañanas un desayuno continental con un grupo va-
riopinto de veteranos de guerra americanos y nipones que han venido
con sus esposas para (supone Randy) enfrentarse con cuestiones emo-
cionales un millón de veces más profundas que cualquiera con las que
haya tenido que tratar Randy. El Rui Faleiro es de lo más evidente, y
Randy se hace una idea de si el Dentista está a bordo observando los
movimientos del helicóptero y la lancha rápida.
Cuando cree que es seguro, baja a la playa bajo la antena de mi-
croondas y ve trabajar a los submarinistas de Amy en la instalación de
cable. Algunos trabajan en la zona de olas, atornillando piezas de hierro
alrededor del cable. Otros trabajan varios kilómetros mar adentro, en
coordinación con una gabarra que inyecta el cable directamente sobre
el fondo marino con un gigantesco apéndice en forma de cuchilla.
El extremo del cable en la orilla penetra en un nuevo edificio re-
forzado con cemento situado a un centenar de metros del nivel más alto
de la marea. Es básicamente una enorme habitación llena de baterías,
generadores, unidades de aire acondicionado y conjuntos de equipos
electrónicos. El software que corre en ese equipo es responsabilidad de
Randy, por lo que pasa la mayor parte del tiempo en el edificio, mi-
rando una pantalla de ordenador y tecleando. Desde allí, las líneas de
trasmisión van colina arriba hasta la torre de microondas.
El otro extremo lo están llevando hasta una boya que se agita en el
mar de China Meridional, a unos kilómetros de distancia. Unido a esa
boya está el extremo del festón costero del norte de Luzón, un cable,
propiedad de FiliTel, que llega hasta la costa de la isla, donde llega un
enorme cable de Taiwán. Taiwán, a su vez, está fuertemente conectado
a la red submarina mundial; es fácil y barato mover datos dentro y fue-
ra de Taiwán.
Sólo hay un hueco en la cadena privada de transmisión que Epi-
phyte y FiliTel están intentando establecer desde Taiwán al centro de
Manila, y ese hueco es más pequeño cada día, a medida que la gabarra
de cable se acerca a la boya.

Cuando finalmente llega allí, el Rui Faleiro leva el ancla y se desli-


za a su encuentro. El helicóptero y la lancha rápida, así como la floti-
lla de barcos de alquiler, se ponen en acción para llevar dignatarios y
periodistas desde Manila. Avi se presenta con dos esmoqúines nuevos

— 169 —
de un sastre de Shanghai («Todos esos famosos sastres de Hong Kong
eran refugiados de Shanghai»). Él y Randy rompen el papel, se los po-
nen y luego descienden la colina en un jeepney con aire acondiciona-
do hasta el muelle, donde les espera el Glory.
Dos horas más tarde, Randy puede ver al Dentista y a la Diva por
primera vez... en el gran salón de baile del Rui Faleiro. Para Randy esa
fiesta es como cualquier otra: da la mano a algunas personas, olvida sus
nombres, encuentra un sitio para sentarse y disfruta del vino y de la co-
mida en dichosa soledad.
El aspecto especial de esa fiesta son esos dos cables cubiertos de al-
quitrán, cada uno del espesor de un bate de béisbol, que llegan hasta el
alcázar. Si te diriges a la baranda y miras abajo puedes ver como desapa-
recen en el agua salada. Los extremos de los cables se encuentran sobre
una mesa en medio de la cubierta, a la que hay sentado un técnico, que
han traído volando desde Hong Kong y al que le han puesto un esmo-
quin, intentando unirlos con sus herramientas. También intenta supe-
rar una tremenda resaca, pero a Randy no le importa ya que sabe que
todo es una farsa; los cables no son más que trozos sueltos y que los ex-
tremos se hunden en el agua junto al yate. La verdadera unión se rea-
lizó ayer y ya se encuentra en el fondo del océano transmitiendo bits.
Hay otro hombre en el alcázar, la mayor parte del tiempo contem-
plando Batan y Corregidor pero también vigilando a Randy. En cuan-
do Randy se da cuenta, el hombre asiente, como si marcase algo en una
lista de su cabeza, se pone en pie, camina y se acerca a él. Viste un uni-
forme muy ornamentado, el equivalente de una corbata para la Mari-
na de los Estados Unidos. Está casi calvo, y el poco pelo que le queda
es de un gris acorazado; está trasquilado hasta una longitud de cinco
milímetros. Al acercarse a Randy, varios filipinos le observan con evi-
dente curiosidad.
—Randy —dice. Al darle la mano resuenan las medallas. Parece te-
ner unos cincuenta años, pero tiene la piel de un beduino de ochenta
años. Tiene un montón de cintas en el pecho, y muchas son rojas y
amarillas, que son colores que Randy vagamente asocia con Vietnam.
Sobre el bolsillo lleva una plaquita que dice SHAFTOE—. No se deje en-
gañar, Randy —dice Douglas MacArthur Shaftoe—, no estoy en el ser-
vicio activo. Me retiré hace eones. Pero todavía tengo derecho a llevar
el uniforme. Y es mucho más fácil que intentar encontrar un esmoquin
que me siente bien.
—Encantado de conocerle.
—El placer es mío. Por cierto, ¿dónde ha conseguido el suyo?

— 170 —
—¿Mi esmoquin?
—Sí.
—Mi compañero hizo que lo confeccionasen.
—¿Su compañero de negocios o su compañero sexual?
—Mi socio de negocios. En este momento no tengo compañera
sexual.
Doug Shaftoe asiente impasible.
—Es extraño que no la haya obtenido en Manila. Como, por ejem-
plo, hizo nuestro anfitrión.
Randy mira el salón de baile donde se encuentra Victoria Vigo,
quien, si fuese aún más radiante, haría que la pintura se cayese de las
paredes y que el vidrio se curvase como caramelo.
—Supongo que soy tímido o algo así —dice Randy.
—¿Es demasiado tímido para prestar atención a una propuesta de
negocios?
—En absoluto.
—Mi hija afirma que usted y nuestro anfitrión podrían tender más
cables por aquí en los próximos años.
—Cuando se trata de negocios, la gente rara vez planea hacer las
cosas una única vez —dice Randy—. Estropea las hojas de cálculo.
—Ya sabe, a estas alturas, que las aguas de la zona son poco pro-
fundas.
_ CÍ
—Ya sabe que no se pueden tender cables en aguas poco profun-
das sin realizar análisis extremadamente detallados con sonar de Si-
descan de alta resolución.
—Sí.
—Me gustaría realizar esos análisis para usted, Randy.
—Comprendo.
—No, no creo que comprenda. Pero quiero que comprenda, y por
eso voy a explicárselo.
—Muy bien —dice Randy—. ¿Debo llamar a mi socio?
—El concepto que voy a exponerle es muy simple y no requiere de
dos mentes de alto nivel para procesarlo —dice Doug Shaftoe.
—Vale. ¿Cuál es el concepto?
—El análisis detallado estará lleno de información nueva sobre lo
que hay en el fondo del océano en esta parte del mundo. Parte de esa
información podría tener mucho valor. Más valor del que imagina.
—Ah —dice Randy—. Quiere decir que podría ser el tipo de cosa
que su empresa sabe cómo convertir en dinero.

— 171 —
—Exacto —dice Doug Shaftoe—. Ahora bien, si contrata a uno de
mis competidores para realizar el análisis, y consiguen esa información,
no se lo dirán a usted. La explotarán ellos solos. Usted no se enterará
de que hayan encontrado nada y no recibirá ningún beneficio. Pero si
contrata Semper Marine Services, le diré todo lo que encuentre, y le
daré a usted y a su compañía una parte de los beneficios.
—Mmm —dice Randy. Intenta decidir cómo poner cara de póquer,
pero sabe que para Shaftoe es como un libro abierto.
—Con una condición —dice Doug Shaftoe.
—Sospechaba que habría una condición.
—Todo anzuelo efectivo tiene una púa. Ésta es la púa.
—¿Cuál es?
—Que lo mantengamos en secreto frente a ese hijo de puta —dice
Doug Shaftoe, señalando con el dedo a Hubert Kepler—. Porque si el
Dentista lo descubre, entonces él y los Bolobolos se lo repartirán en-
tre ellos y nosotros nos quedaremos sin nada. Incluso cabría la posibi-
lidad de que acabásemos muertos.
—Bien, ciertamente tendremos que meditar sobre la parte de acabar
muertos —dice Randy—, pero le transmitiré su propuesta a mi socio.

Metro

Waterhouse y varias docenas de extraños van de pie y sentados


en una habitación extraordinariamente estrecha y larga que se
balancea de un lado a otro. La habitación está llena de ventanas,
pero por ellas no entra luz, sólo sonido: muchos retumbos, traqueteos
y chirridos. Todos parecen pensativos y silenciosos, como si estuvie-
sen sentados en una iglesia esperando a que empiece la misa.
Waterhouse está de pie agarrado a un protuberancia anclada en el
techo que le impide balancearse dentro de la lata. Durante los últimos
minutos ha estado prestando atención a un póster que explica cómo
ponerse una máscara de gas. Waterhouse, como todos los demás, lleva
uno de esos dispositivos dentro de una pequeña bolsa colgada al hom-
bro. La de Waterhouse tiene un aspecto diferente porque es americana
y militar. Ha llamado la atención de los demás.
En el póster hay una mujer encantadora y con estilo, de piel blan-

— 172 —
ca y de pelo castaño que parece haber sido moldeado químicamente y
recompuesto a su forma actual en un salón de belleza de alta categoría.
Está de pie, con la columna como el asta de una bandera, la barbilla al
aire, los codos doblados, las manos en postura ritual: los dedos exten-
didos, los pulgares en el aire justo frente a la cara. Entre sus manos cuel-
ga una masa siniestra, sostenida en la maraña de cintas color caqui. Los
pulgares levantados son los ejes de esa diminuta red.
Waterhouse lleva en Londres un par de días y conoce el resto de
la historia. Reconocería esa pose en cualquier sitio. Ésa mujer está
preparada para ponerse la máscara. Si el gas cae alguna vez sobre la
capital, las alarmas de gas sonarán y las partes altas de los pesados bu-
zones, que han sido tratados con una pintura especial, se volverán ne-
gras. Veinte millones de pulgares señalarán el cielo verdoso y ponzo-
ñoso, diez millones de máscaras de gas colgarán de ellos, diez millones
de barbillas se levantarán. Puede imaginar el exquisito sonido de la piel
suave y blanca de esa mujer ajustándose entre los límites de la goma
negra.
Una vez que esté completo el movimiento de barbilla, todo está
bien. Tienes que colocar correctamente las cintas sobre la permanente
castaña y mantenerte a cubierto, pero lo peor del peligro ya ha pasado.
Las máscaras antigás británicas tienen una zona redonda y corta en la
parte delantera para permitir la exhalación, que tiene exactamente el
aspecto del morro de un cerdo, y ninguna mujer aceptaría ponerse se-
mejante cosa si las modelos de los póster no fuesen tal parangón de
belleza.
Algo le llama la atención en la oscuridad más allá de las ventanas.
El tren ha llegado a una de esas zonas del metro donde luces tenues se
ciernen sobre ellos, traicionando los secretos estigios del metro. Todos
los ocupantes del vagón parpadean, miran y toman aliento. Durante un
momento el mundo se ha materializado a su alrededor. Fragmentos de
una pared, apuntalamientos incrustados, haces de cables, cuelgan en el
espacio, girando lentamente, como cuerpos astronómicos, mientras el
tren avanza.
Los cables llaman la atención de Waterhouse: cuidadosamente fi-
jados en paralelo a las paredes de piedra. Son como las trepadoras de
una hiedra plutónica que se extiende por la oscuridad del metro cuan-
do el personal de mantenimiento no presta atención, buscando un lu-
gar por el que avanzar y llegar a la luz.
Cuando caminas por las calles, en el mundo superior, ves los pri-
meros zarcillos abriéndose camino por las antiguas paredes de los edi-

— 173 —
ficios. Parras cubiertas de neopreno que crecen en línea recta subien-
do por la piedra para infiltrarse por agujeros en las ventanas, centrán-
dose especialmente en las oficinas. A veces están cubiertas de tubos de
metal. En ocasiones sus propietarios las han pintado. Pero todos com-
parten unas raíces comunes que florecen en las grietas y canales no usa-
dos del metro, convergiendo en grandes estaciones de conmutación si-
tuadas en profundas bóvedas a prueba de bombas.
El tren invade una catedral de lúgubre luz amarilla y se detiene con
un gemido, acaparando el espacio. Chillones iconos de la paranoia na-
cional brillan en los nichos y grutas. Una mujer angelical con la barbi-
lla levantada sostiene un extremo del continuo moral. En el extremo
opuesto tenemos una súcubo vestida con una falda ceñida, tendida so-
bre un sofá en medio de una fiesta, sonriendo afectadamente con sus
pestañas postizas mientras mira de reojo al joven e ingenuo soldado
que charla a su espalda.
Los carteles identifican el lugar como Euston en una elegante ti-
pografía sans-serif que destila credibilidad oficial. Waterhouse y casi
todos los demás bajan del tren.
Después de quince minutos más o menos de dar tumbos por la es-
tación pidiendo ayuda y extrañándose ante los horarios, Waterhouse
se encuentra a bordo de un tren interurbano en dirección a Birming-
ham. Por el camino, le han prometido, se detendrán en un lugar llama-
do Bletchley.
Parte del motivo de la confusión es que hay otro tren a punto de
partir en el andén adyacente, que va directo a Bletchley, su destino fi-
nal, sin paradas intermedias. Parece que todos los ocupantes de ese tren
son mujeres con uniformes cuasimilitares.
Los hombres de la RAF, con los subfusiles Sten, vigilando cada
puerta del tren, comprobando papeles y pases, no le dejan subir a bor-
do. Waterhouse mira por las ventanas a las muchachas Bletchley del
tren, unas frente a otras en grupos de cuatro y cinco, sacando la costu-
ra de la bolsa, convirtiendo bolas de lana escocesa en pasamontañas y
manoplas para los tripulantes de los convoyes del Atlántico Norte, es-
cribiendo cartas a sus hermanos en servicio y a sus mamas y papas en
casa. Los pistoleros de la RAF se quedan junto a las puertas hasta que
todas están dentro y el tren ha comenzado a salir de la estación. A me-
dida que gana velocidad, las filas y filas de chicas, tejiendo, escribien-
do y charlando, se fusionan en algo que muy probablemente se parece
a lo que soldados y marineros de todo el mundo ven en sus sueños. Wa-
terhouse no será nunca uno de esos soldados, en el frente, en contacto

— 174 —
directo con el enemigo. Ha probado la manzana del conocimiento
prohibido. Tiene prohibido ir a cualquier parte del mundo donde el
enemigo pueda capturarle.

El tren sale de la noche por un cauce de ladrillos, en dirección a las


afueras del norte de la ciudad. Son como las tres de la tarde; ese tren es-
pecial BP debía estar llevando a las chicas del cambio de turno.
Waterhouse tiene la sensación de que no va a trabajar en nada que
se parezca, ni remotamente, a turnos regulares. Su mochila —que le
prepararon— está preñada de posibilidades: gruesos jerséis de lana,
uniformes de ligereza tropical del Ejército de Tierra y la Marina, pasa-
montañas negros, condones.
El tren se libera lentamente de la ciudad y penetra en un territorio
parcheado de pequeñas ciudades residenciales. Waterhouse se siente
pesado, y sospecha que hay una ligera tendencia colina arriba. Pasan a
través de una hendidura que han abierto en una sierra, como una mues-
ca en la parte superior de un tronco, y entran en un encantador terri-
torio de campos verde esmeralda sutilmente hinchados, salpicados caó-
ticamente por pequeñas cápsulas blancas que toma por ovejas.
Evidentemente, es probable que la distribución no sea en absoluto
caótica... es probable que refleje las variaciones locales de la química
del suelo que produce la hierba que las ovejas encuentran más o menos
deseable. Por medio de un reconocimiento aéreo, los alemanes podrían
dibujar un mapa de la química del suelo de Inglaterra basándose sim-
plemente en la distribución de las ovejas.
Los campos están rodeados por viejas cercas, muros de piedra, o,
especialmente en las tierras altas, largas franjas de bosque. Al cabo de
más o menos una hora, el bosque aparece por la izquierda del tren, cu-
briendo un terraplén que se eleva suavemente desde el apartadero. Los
frenos del tren resuenan gaseosos y el tren se detiene quejumbroso en
la estación. Pero la línea se ha dividido y ramificado bastante, más de
lo que daría a entender el tamaño de la estación. Waterhouse se pone
en pie, se cuadra, se agacha en una pose de luchador de sumo, y se en-
frenta a Petate. Petate parece ser el ganador cuando aparentemente em-
puja a Waterhouse fuera del tren y hacia la plataforma.
El olor a carbón es más fuerte de lo habitual, y se oye mucho rui-
do proveniente de algún lugar cercano. Waterhouse mira y descubre
grandes obras industriales en los múltiples apartaderos. Se pone en pie
y observa durante un par de minutos, mientras el tren se aleja en di-

— 175 —
rección al norte, y comprueba que en la estación de Bletchley se están
encargando de reparar locomotoras de vapor. A Waterhouse le gustan
los trenes.
Pero no ha sido por eso por lo que le han dado varios trajes gratis
y un billete a Bletchley, por lo que, una vez más, Waterhouse se en-
frenta a Petate y sube las escaleras del puente cerrado que vuela sobre
las líneas paralelas. Mirando hacia la estación, ve más chicas de Bletch-
ley (miembros de la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres, WAAF, y Sec-
ción Femenina de la Marina Británica, WREN) viniendo en su direc-
ción; el turno de día, que ha terminado su trabajo, que consiste en
procesar letras y dígitos claramente caóticos a escala industrial. Como
no quiere tener aspecto ridículo, consigue al fin cargarse a Petate a la
espalda, pasa los brazos por las cintas y permite que el peso le impulse
por el puente.
Las WAAF y WREN sólo están moderadamente interesadas en ver
a un oficial americano recién llegado. O quizá simplemente se mues-
tran tímidas. En cualquier caso, Waterhouse sabe que es uno de los po-
cos, pero no el primero. Petate lo arrastra por la estación como un po-
licía gordo cargando a un borracho esposado por el vestíbulo de un
hotel de dos estrellas. Waterhouse se ve eyectado a una franja de terri-
torio abierto junto a la carretera norte-sur. Justo frente a él se eleva el
bosque. Cualquier fantasía de que podría tratarse de un bosque acoge-
dor se disuelve con rapidez con la densa lluvia de luz gélida que brilla
en el extremo del bosque a medida que el sol se pone y que indica que
aquel lugar está repleto de metal afilado. En el bosque hay un orificio,
que escupe WAAF y WREN como el estrecho orificio de salida de un
enorme nido de avispas.
Waterhouse sólo tiene la opción de avanzar o dejarse caer de es-
paldas por el peso de Petate y quedarse agitando los miembros inde-
fensos como un escarabajo patas a arriba, por lo que se tambalea hacia
delante, atraviesa la calle y llega al sendero que penetra en el bosque.
Queda rodeado por las chicas Bletchley. Celebran el final del turno po-
niéndose maquillaje. El carmín bélico es forzosamente un remiendo fa-
bricado con los restos de cartílagos una vez que el material bueno se ha
utilizado para recubrir los ejes de las hélices. Es necesario un aroma flo-
rido y empalagoso para ocultar sus atroces orígenes minerales y ani-
males.
Es el olor de la Guerra.
Waterhouse todavía no ha visitado todo BP, pero conoce lo esen-
cial. Sabe que esas chicas recatadas, tecleando obedientemente hojas y

— 176 —
hojas de galimatías en sus máquinas, turno tras turno, día tras día, han
matado a más hombres que Napoleón.
Avanza lenta y penosamente enfrentándose a la oleada del turno de
día que está saliendo. Llegado un momento se rinde sin más, se hace a
un lado, empuja con el cuerpo a Petate hacia la hiedra, enciende un ciga-
rrillo y espera a que pase una ráfaga de un centenar de chicas. Algo le
golpea en el tobillo: una vara de frambuesas, llena de espinas. Sobre ella
hay una tela de araña extraordinariamente diminuta y precisa cuyas he-
bras geodésicas relucen bajo un rayo de luz del atardecer. La araña si-
tuada en el centro es del tipo británico imperturbable, perfectamente
tranquila frente a las torpes payasadas yanquis de Waterhouse.
Waterhouse alarga la mano y coge una hoja castaño dorada de ol-
mo que cae del aire frente a él. Se agacha, se mete el cigarrillo en la bo-
ca y, empleando ambas manos para estabilizarse, pasa el borde denta-
do de la hoja por uno de los filamentos radiales de la red, que, ya lo
sabe, no tendrá ninguna sustancia pegajosa. Como un arco de violín
sobre la cuerda, la hoja produce una vibración razonablemente regu-
lar en la red. La araña se gira para encararse a ella, rotando instantánea-
mente, como un personaje en una película mal montada. Waterhouse
se sobresalta tanto por la velocidad del movimiento que retrocede un
poco, luego vuelve a pasar la hoja por la red. La araña se tensa, atenta
a la vibración.
Pasados unos segundos, vuelve a su posición original y sigue con
sus asuntos, ignorando por completo a Waterhouse.
Las arañas saben por la vibración qué tipo de insecto han atrapa-
do, y se dirigen hacia él. Hay un motivo para la disposición radial de la
web, y para que la araña se sitúe justamente en la convergencia de los
radios. Los hilos son extensiones de su sistema nervioso. La informa-
ción se propaga por la tela hasta la araña, donde es procesada por una
máquina de Turing interna. Waterhouse ha probado con muchos tru-
cos diferentes, pero nunca ha sido capaz de engañar a una araña. ¡No
es buena señal!
La hora punta parece haber finalizado durante el experimento
científico de Waterhouse. Se enfrenta a Petate una vez más. La lucha les
lleva otros cien metros, hasta el punto en que el camino se abre a una
carretera cerrada por una cancela de hierro colgada entre dos estúpi-
dos obeliscos de ladrillo rojo. Los guardias son, una vez más, hombres
de la RAF con subfusiles Sten, y ahora mismo examinan los papeles de
un hombre con abrigo de lona y gafas protectoras, que ha llegado en
una motocicleta verde del ejército con alforjas sobre la rueda trasera.

— 177 —
Las alforjas no están muy llenas, pero han sido selladas cuidadosa-
mente; contienen la munición que las chicas meten entre los dientes
castañeteantes de sus hambrientas armas.
Con un gesto le indican al motociclista que entre, y éste gira inme-
diatamente a la izquierda por un camino estrecho. La atención se diri-
ge hacia Lawrence Pritchard Waterhouse, quien, después de un ade-
cuado intercambio de saludos, presenta sus credenciales.
Tiene que elegir entre las muchas que tiene, que no consigue ocul-
tar ante los guardias. Pero a éstos no parece preocuparles o siquiera lla-
marles la. atención, lo que los distingue de los otros con los que Water-
house ha tenido que tratar. Como es natural, esos hombres no se
encuentran en la lista Ultra Mega, por lo que sería un grave fallo de se-
guridad decirles que está allí por un asunto Ultra Mega. Sin embargo,
parece que han recibido a muchos otros hombres que no podían ma-
nifestar sus razones reales, y ni siquiera pestañean cuando Lawrence
pretende ser uno de los enlaces de inteligencia naval del Barracón 4 o
el Barracón 8.
En el Barracón 8 es donde descifran las transmisiones navales de
Enigma. El Barracón 4 recibe las decodificaciones del Barracón 8 y las
analiza. Si Waterhouse finge ser personal del Barracón 4 el disfraz no
durará mucho porque esos tipos tienen que saber algo sobre la Mari-
na. Encaja perfectamente en el perfil de los hombres del Barracón 8,
porque éstos no tienen que saber nada más que pura matemática.
Uno de los hombres de la RAF examina sus papeles, a continua-
ción se mete en la garita y le da a la manivela del teléfono. Waterhouse
permanece de pie, incómodo, admirando el arma colgada del hombro
del soldado. No es, por lo que puede ver, nada más que un tubo de acero
con un gatillo en un extremo. Una pequeña ventanita cortada sobre el
tubo permite ver el muelle que hay dentro. Algunos mangos y acce-
sorios pegados no hacen que el subfusil Sten deje de parecer un pro-
yecto mal ejecutado de un taller de instituto.
—¿Capitán Waterhouse? Debe dirigirse a la Mansión —dice el
guardia que ha hablado por teléfono—. No tiene pérdida.
Waterhouse recorre unos quince metros y descubre que la Man-
sión, trágicamente, no tiene pérdida. La contempla durante un minu-
to, intentando imaginar en qué pensaba el arquitecto. Es una cons-
trucción abigarrada, con un número excesivo de frontones. Sólo le
queda suponer que el diseñador querría construir en realidad una enor-
me y única morada, pero pretendió camuflarla como una hilera de al
menos media docena de chalés urbanos extremadamente diferentes,

— 178 —
inexplicablemente unidos, en medio de seiscientos acres de tierra de
campo de Buckinghamshire.
Parece que el sitio ha sido bien cuidado, pero a medida que se acer-
ca, puede ver lianas negras trepando por los muros de ladrillo. El sis-
tema de raíces que vislumbró en el metro se ha extendido bajo el bos-
que y el pasto hasta allí mismo y ha empezado a lanzar hacia arriba sus
trepadoras de neopreno. Pero no se trata de un organismo fototrópi-
co: no crece hacia la luz, siempre en busca del sol. Es infotrópico. Y se
ha extendido hasta ese lugar por la misma razón que ha llevado hasta
allí a los humanos infotrópicos como Lawrence Pritchard Waterhou-
se y el doctor Alan Mathison Turing, porque Bletchley Park tiene
aproximadamente la misma situación en el mundo de la información
que el sol en el sistema solar. Ejércitos, naciones, primeros ministros,
presidentes y genios caen hacia él, no en seguras órbitas planetarias si-
no en las descontroladas órbitas elípticas e hiperbólicas de los cometas
y asteroides perdidos.
El doctor Rudolf von Hacklheber no puede ver Bletchley Park,
porque es el segundo secreto mejor guardado del mundo, después de
Ultra Mega. Pero desde su oficina en Berlín, repasando informes del
Beobachtung Dienst, puede observar fragmentos de esas trayectorias,
y concebir hipótesis de por qué son así. Si la única hipótesis lógica es
que los Aliados han roto Enigma, entonces el Destacamento 2702 ha-
brá fracasado.
Lawrence muestra más credenciales y pasa por entre un par de es-
tatuas de grifos deterioradas. La Mansión es mucho más bonita en
cuanto no puedes ver su exterior. El diseño de una falsa red de casas
ofrece muchas oportunidades para la disposición de ventanales exte-
riores que proporcionan una luz muy necesaria. El salón está sosteni-
do por arcos y pilares góticos construidos con un mármol marrón cla-
ramente de baja calidad con el aspecto de desechos vitrificados.
El lugar es sobrecogedoramente ruidoso; hay un ruido estrepitoso
de triquitraque, como aplausos fanáticos, permeando paredes y puer-
tas, trayendo una corriente de aire caliente con un olor penetrante y
aceitoso. Es el peculiar olor de los teletipos eléctricos... o teleimpresores,
como los llaman los británicos. El ruido y el calor sugieren que debe
haber docenas de ellos en las dependencias inferiores de la Mansión.
Waterhouse sube por una escalera con artesonado hacia lo que los
británicos llaman primer piso y descubre que es más tranquilo y frío.
El alto mandamás de Bletchley tiene allí su despacho. Si la organiza-
ción es dirigida con verdadero espíritu burocrático, Waterhouse no

— 179 —
volverá a ver esa parte una vez finalizada la entrevista inicial. Encuen-
tra el camino hasta la oficina del coronel Chattan, quien (a la memoria
de Waterhouse le ha ayudado ver el nombre en la puerta) es el tipo si-
tuado en lo alto del organigrama del Destacamento 2702.
Chattan se pone en pie para darle la mano. Es pelirrojo, de ojos
azules y probablemente tendría las mejillas sonrosadas si en ese mo-
mento no tuviese un bronceado del desierto tan intenso. Viste un uni-
forme de gala; los uniformes de los oficiales británicos se confeccionan
a mano, la única forma de obtenerlos. Waterhouse no es precisamente
un experto en moda, pero aprecia a primera vista que el de Chattan no
se lo cosió mamá por la noche frente a la estufa de carbón. No, Chat-
tan tiene su propio sastre como-dios-manda. Sin embargo, al pronun-
ciar el nombre de Waterhouse no dice «guata jaes» como la gente de los
Edificios Broadway. La R resulta dura y chisporroteante, y la parte de
«house» se alarga en algo que suena como «juus». Ese Chattan tiene un
cierto acento asilvestrado.
Con Chattan se encuentra un hombre más menudo vestido con el
uniforme de diario británico: estrecho en muñecas y tobillos, pero por
lo demás amplio, de una franela gruesa caqui que sería intolerable-
mente calurosa si esa gente no pudiese confiar en una temperatura am-
biente fija, dentro y fuera, de unos cincuenta y cinco grados Fahren-
heit. El aspecto general siempre le recuerda a Waterhouse al doctor
Dentons. Se lo presentan como teniente Robson, y es el líder de uno
de los dos pelotones del 2702, el de la RAF. Tiene un bigote áspero,
muy recortado, de cabellos grises y castaños. Es un tipo risueño, al me-
nos en presencia de superiores, y sonríe con frecuencia. Los dientes se
le abren radialmente desde la mandíbula, de forma que cada mandíbu-
la tiene la apariencia de una lata de café sobre la que hubiesen detona-
do una pequeña granada.
—Éste es el hombre que estábamos esperando —le dice Chattan a
Robson—. El que podría habernos sido muy útil en Argel.
—¡Sí! —dice Robson—. Bienvenido al Destacamento 2702, capi-
tán Waterhouse.
—2702 —le corrige Waterhouse.
Chattan y Robson parecen ligeramente asombrados.
—No pueden usar 2702 porque es el producto de dos primos.
—¿Perdone? —dice Robson.
Una cosa que a Waterhouse le gusta mucho de los británicos es que
cuando no saben de qué demonios estás hablando, al menos admiten
la posibilidad de que sean ellos los equivocados. Robson tiene el as-

— 180 —
pecto de un hombre que ha ascendido en el escalafón. Un yanqui de su
misma posición estaría resoplando y mostrándose desdeñoso.
—¿Cuáles? —dice Chattan. Eso le anima; al menos sabe qué es un
primo.
—73 y 37 —dice Waterhouse.
La respuesta causa una gran impresión a Chattan.
—Ah, sí, comprendo. —Agita la cabeza—. Tendré que tomarle el
pelo al profesor por esto.
Robson ha inclinado tanto la cabeza hacia un lado que casi des-
cansa sobre la gruesa y lanuda boina que lleva metida en la charrete-
ra. Tiene los ojos entrecerrados y parece horrorizado. Su hipotético
homólogo yanqui muy probablemente exigiría en ese momento una
completa explicación de la teoría de los números primos, y cuando hu-
biese terminado, la acusaría de ser una chorrada. Pero Robson lo deja
pasar:
—¿Debo entender que vamos a cambiar el número de nuestro Des-
tacamento?
Waterhouse traga saliva. Por la reacción de Robson parece estar
claro que eso implicará mucho trabajo duro por su parte y la de sus
hombres; semanas de repintar con plantillas y de intentar propagar el
nuevo número por toda la burocracia militar. Será un coñazo.
—Será 2702 —dice Chattan con tranquilidad. Al contrario que
Waterhouse, no le causa ningún problema dar órdenes difíciles e im-
populares.
—Muy bien, debo ocuparme de algunas cosas. Ha sido un placer
conocerle, capitán Waterhouse.
—El placer ha sido mío.
Robson vuelve a dar la mano a Waterhouse y sale.
—Tenemos alojamiento para usted en uno de los barracones situa-
dos al sur de la cantina —dice Chattan—. Bletchley Park es nuestro
cuartel general nominal, pero predecimos que pasaremos la mayor parte
del tiempo en las zonas donde se hace más uso de Ultra.
—Asumo que ha estado en el norte de África —dice Waterhouse.
—Sí. —Chattan alza las cejas, o más bien, las franjas de piel donde
presumiblemente están localizadas las cejas; los pelos están decolora-
dos y son transparentes, como hebras de monofilamento de nylon—.
Me temo que salimos de allí por los pelos.
—Estuvo cerca, ¿no?
—Eh, no me refiero a eso —dice Chattan—. Hablo de la integri-
dad del secreto Ultra. No estamos todavía seguros de que hayamos es-

— 181 —
capado. Pero el profe ha realizado algunos cálculos que sugieren que
es posible que no haya peligro.
—¿Profe es el nombre que utiliza para referirse al doctor Turing?
—Sí. Ya sabe que le recomendó personalmente.
—Es lo que supuse cuando llegaron las órdenes.
—Turing está en estos momentos ocupado en otros dos frentes de
la guerra de la información, y no pudo participar en nuestro alegre en-
cuentro.
—¿Qué sucedió en el norte de África, coronel Chattan?
—Sigue sucediendo —dice Chattan con perplejidad—. Nuestro
equipo de marines sigue en la zona, ampliando la curva de campana.
—¿Ampliando la curva de campana?
—Bueno, usted sabe mejor que yo que las cosas que suceden al azar
normalmente tienen una distribución en forma de campana. Alturas,
por ejemplo. Acerqúese a la ventana, capitán Waterhouse.
Waterhouse se une a Chattan frente al ventanal, desde donde se ven
los acres que antes solían ser terreno agrícola. Mirando más allá del cin-
turón boscoso a las tierras altas situadas a varios kilómetros de distan-
cia, puede ver el aspecto que probablemente tenía Bletchley Park: cam-
pos verdes salpicados con grupos de pequeños edificios.
Pero ése no es el aspecto que tiene ahora. Apenas queda un trozo
de tierra en un radio de un kilómetro que no haya sido pavimentado y
sobre el que no hayan construido. Una vez que dejas atrás la Mansión
y sus singulares dependencias, el parque consiste en estructuras de la-
drillo de un piso, nada más que largos pasillos con múltiples cruces:
+++++++, y se añaden más + tan rápido como los albañiles pueden po-
ner el barro en los ladrillos (Waterhouse se pregunta, divagando, si
Rudy no habrá visto fotografías aéreas de ese lugar y habrá deducido
a partir de todas esas cruces la naturaleza matemática de sus activida-
des). Los tortuosos corredores que conectan los edificios son estre-
chos, y cada uno se reduce a la mitad por medio de un muro de impac-
to de metro y medio de alto que los atraviesa por el medio, de forma
que los germanos tengan que gastar al menos una bomba por edificio.
—En ese edificio de ahí —dice Chattan, señalando una pequeña
construcción no muy alejada, un cuchitril de ladrillo de aspecto muy
feo—, están las bombes de Turing. Es «bombe», con e al final. Son las
máquinas de calcular inventadas por el profe.
—¿Son máquinas universales de Turing de verdad? —suelta Wa-
terhouse. Está dominado por una asombrosa visión sobre la verdade-
ra naturaleza de Bletchley Park: un reino secreto en el que Alan ha en-

— 182 —
contrado los recursos para dar forma a su gran sueño. Un reino que no
está dirigido por hombres sino por la información, donde humildes
edificios con forma de signos de sumar contienen Máquinas Universa-
les que pueden configurarse para realizar cualquier operación compu-
table.
—No —dice Chattan, con una amable y triste sonrisa.
Waterhouse deja escapar un suspiro prolongado.
—Ah.
—Quizás el año que viene, o el siguiente.
—Quizá.
—Las bombes fueron adaptadas, por Turing, Welchman y otros, a
partir de un diseño de criptoanalistas polacos. Consisten en tambores
rotatorios que prueban muchas de las posibles claves Enigma a gran
velocidad. Estoy seguro de que el profe podrá explicárselo. Pero lo im-
portante es que tienen esos enormes tableros perforados por detrás, co-
mo centralitas telefónicas, y algunas de nuestras chicas tienen como
trabajo introducir las clavijas correctas en los huecos correctos y reco-
nectarlas cada día. Requiere buena vista, atención cuidadosa y altura.
—¿Altura?
—Apreciará que las chicas a las que se les ha asignado ese trabajo
son excepcionalmente altas. Si los alemanes llegasen a obtener los re-
gistros de personal de Bletchley Park, y dispusiesen las alturas en un
histograma, verían una curva de campana normal, representando a la
mayor parte de los trabajadores, con una protuberancia anormal, que
representa a la población excepcional de chicas altas que hemos traído
para operar las clavijas.
—Sí, comprendo —dice Waterhouse—, y alguien como Rudy, el
doctor von Hacklheber, notaría la anomalía y se preguntaría la causa.
—Exacto —dice Chattan—. Y entonces sería parte del trabajo del
Destacamento 2702, el grupo Ultra Mega, sembrar información falsa
que alejase a su amigo Rudy del rastro. —Chattan se aparta de la ven-
tana, camina hasta el escritorio y abre una gran caja de cigarrillos lle-
na de munición fresca. Le ofrece uno a Waterhouse con un gesto dies-
tro de la mano, y éste lo acepta, sólo por educación. Mientras Chattan
se lo enciende, mira por entre la llama a los ojos de Waterhouse y di-
ce—: Se lo pregunto a usted. ¿ Qué haría para ocultarle a su amigo Rudy
que aquí tenemos a muchas chicas altas?
—¿Dando por supuesto que ya tiene los registros de personal?
—Sí.
—En ese caso, es demasiado tarde para ocultar nada.

— 183 —
—Concedido. Asumamos en su lugar que tiene algún canal de in-
formación que le está pasando esos registros, unos pocos cada vez. Ese
canal todavía está abierto y en funcionamiento. No podemos cerrarlo.
O quizá decidimos no cerrarlo, porque incluso la ausencia de ese canal
podría indicarle a Rudy algo importante.
—Bueno, entonces —dice Waterhouse— creamos algunos regis-
tros de personal falsos y los introducimos en el canal.
Hay una pequeña pizarra colgada de la pared de la oficina de Chat-
tan. Es un palimpsesto no muy bien borrado; el personal de limpieza
debe tener órdenes estrictas de no limpiarla nunca para evitar que se pier-
da algo importante. Mientras se acerca, puede ver restos de cálculos vie-
jos amontonados unos sobre otros, desvaneciéndose en el negro como
transmisiones de luz blanca que se propagan en el espacio profundo.
Reconoce la letra de Alan por todas partes. Debe hacer un esfuerzo
físico para no detenerse y reconstruir los cálculos de Alan a partir de los
fantasmas que quedan sobre la pizarra. Escribe encima con renuencia.
Waterhouse marca una abscisa y una ordenada sobre la pizarra, y
luego, con un movimiento amplio, una curva de campana. Sobre la cur-
va, a la derecha del pico, añade una pequeña protuberancia.

—Las chicas altas —explica—. El problema es esta muesca. Señala


el valle entre el pico principal y la protuberancia. Luego dibuja un nue-
vo pico lo suficientemente alto y ancho para cubrirlos a los dos:

— 184 —
—Podemos hacerlo sembrando registros personales falsos en el ca-
nal de Rudy, dando alturas que son mayores que la media total, pero
más cortas que las chicas bombe.
—Pero ahora se ha metido en otro atolladero —dice Chattan. Está
recostado sobre la silla giratoria, sosteniendo el cigarrillo frente a la
cara, mirando a Waterhouse por entre una nube de humo inmóvil.
Waterhouse dice:
—La nueva curva tiene mejor aspecto porque he rellenado el hue-
co, pero realmente no tiene forma de campana. No termina bien, en los
bordes. El doctor von Hacklheber se dará cuenta. Comprenderá que
alguien ha estado alterando el canal. Para evitar que eso suceda, tendría
que sembrar más datos falsos, dando algunos valores inusualmente
grandes y pequeños.
—Inventar chicas falsas que sean excepcionalmente altas o bajas
—dice Chattan.

—Sí. Eso haría que la curva de campana terminase correctamente.


Chattan sigue mirándole expectante.
Waterhouse dice:
—Por tanto, añadir un pequeño número de lo que en otras cir-
cunstancias serían extrañas anomalías hace que todo parezca perfecta-
mente normal.
—Como le he dicho —dice Chattan—, nuestro equipo se encuen-
tra en el norte de África, incluso mientras hablamos, ensanchando la
curva de campana. Haciendo que todo parezca perfectamente normal.

— 185 —
Carne

Vale, así que el soldado de primera clase Gerald Hott, de Chi-


cago, Illinois, no ascendió lo que se dice volando por el escala-
fón durante su estancia de quince años en el ejército de los Es-
tados Unidos. Sin embargo, sabía trinchar de cojones un lomo asado.
Era tan diestro con un cuchillo de deshuesar como Bobby Shaftoe con
la bayoneta. ¿Y quién sabe si un carnicero militar, al conservar los li-
mitados recursos de una res muerta y al seguir escrupulosamente las
reglas sanitarias, no está salvando tantas vidas como un guerrero de
ojos acerados? Ser militar no es sólo matar nipos, teutones e ítalos.
También se trata de matar animales... y comerlos. Gerald Hott era un
guerrero del frente que mantenía su congelador tan limpio como una
sala de operaciones y por tanto es adecuado que haya terminado den-
tro de uno.
Bobby Shaftoe compone esa pequeña elegía en su cabeza mientras
se estremece en el frío subártico de lo que fue un contenedor de carne
francés del tamaño y la temperatura de Groenlandia y que ahora per-
tenece al ejército de los Estados Unidos, rodeado por los restos terre-
nales de varias manadas de ganado y un carnicero. Ha asistido a más de
un funeral militar durante su breve periodo en el servicio, y siempre ha
admirado la habilidad del capellán para inventarse emocionantes ele-
gías sobre el difunto. Circula el rumor de que cuando los militares ad-
miten reclutas que no superan las pruebas físicas pero parecen tener
cerebro, les enseñan a mecanografiar, los sientan frente a escritorios
y escriben esas cosas, día tras día. No es mal puesto si puedes conse-
guirlo.
Los cuerpos congelados cuelgan de los ganchos formando largas
filas. Bobby Shaftoe se va poniendo más y más tenso mientras sube y
baja por los pasillos, preparándose para ver lo que está a punto de ver.
Casi es preferible cuando la cabeza de tu compañero estalla de repente
justo cuando está dando vida a un cigarrillo: un montaje como éste
puede volverte loco.
Finalmente rodea el final de una fila y descubre a un hombre dormi-
tando en el suelo, abrazado a un cerdo, que aparentemente estaba a punto
de desmembrar en el momento de la muerte. Lleva allí unas doce horas
y su temperatura corporal ronda los menos diez grados Fahrenheit.
Bobby Shaftoe se cuadra para encararse con el cuerpo y respirar
profundamente el aire helado y con olor a carne. Cruza sus manos cia-

—186 —
nóticas sobre el pecho de una forma que resulta simultáneamente de-
vota y buena para darles calor.
—Buen Dios —dice en voz alta. La voz no resuena; la carne la ab-
sorbe—. Perdona a este marine por este acto, su deber, que está a punto
de realizar, y ya que estás en ello, perdona al superior de este marine a
quien Tú en Tu infinita sabiduría has considerado dar el cargo, y
perdona a todos sus superiores por iniciar este asunto.
Considera el continuar así un rato más, pero al final decide que no
es peor que clavarle la bayoneta a un ñipo y que adelante. Se acerca a
los cuerpos abrazados del soldado de primera Gerald Hott y de Hela-
dito el Cerdo e intenta separarlos sin éxito. Se agacha a su lado y mira
bien al primero de ellos. Hott es rubio. Tiene los ojos medio cerrados,
y cuando Shaftoe los ilumina con una linterna, por entre las rendijas se
puede ver un destello de azul. Hott es un hombre grande, doscientas
veinticinco fáciles en buena forma, ahora seguro que doscientas cin-
cuenta. La vida en una cocina militar no facilita que alguien mantenga
su peso, o (por desgracia para Hott) su sistema cardiovascular en algo
remotamente similar a unas buenas condiciones.
Hott y su uniforme estaban secos cuando se produjo el ataque al
corazón, por lo que, gracias a Dios, la tela no está congelada sobre la
piel. Shaftoe puede cortarla en su mayor parte con varios movimientos
largos de su exquisitamente afilado cuchillo V-44 «Gung Ho». Pero la
hoja de nueve pulgadas y media, casi un machete, del V-44 es comple-
tamente inapropiada para la lucha realmente cercana —por ejemplo,
desnudar las axilas y la ingle— y le han dicho que tenga cuidado y que
no produzca rasguños, por lo que ahora debe hacer uso del estilete
USMC Marine Raider, cuya esbelta hoja doble de siete pulgadas y
cuarto parece haber sido diseñada expresamente para ese tipo de pro-
cedimientos, aunque el mango en forma de pez, fabricado de metal só-
lido, comienza a congelarse al cabo de un rato pegándose a las sudoro-
sas palmas de Shaftoe.
El teniente Ethridge revolotea frente a la puerta del congelador-
tumba. Shaftoe pasa junto a él y se dirige directamente a la salida del
edificio, ignorando las preguntas de Ethridge:
—¿Shaftoe? ¿Cómo ha ido?
No se detiene hasta no haber salido de la sombra del edificio. El sol
del norte de África recorre su cuerpo como un baño de morfina. Cie-
rra los ojos y orienta el rostro en su dirección, une las manos congela-
das para acumular el calor y dejarlo descender por los antebrazos, caer
por los codos.

— 187 —
—¿Cómo ha ido? —vuelve a repetir Ethridge.
Shaftoe abre los ojos y mira a su alrededor.
El puerto es una luna creciente de color azul con millas de embar-
caderos entremezclados unos con otros como si se tratase de diagra-
mas de pasos de baile. Uno de ellos está cubierto con los muñones des-
gastados de antiguos baluartes y junto a él yace un acorazado francés
medio hundido, todavía exhalando humo y vapor al aire. A su alrede-
dor, los barcos de la Operación Antorcha descargan mierda a un ritmo
increíble. Las redes de carga se elevan de los contenedores y caen con
un ruido sordo sobre los muelles como escupitajos gigantes. Los esti-
badores izan, los camiones transportan, las tropas desfilan, las chicas
francesas fuman cigarrillos yanquis. Los argelinos proponen empresas
conjuntas.
Entre esas naves y la operación cárnica del ejército, en lo alto de la
roca, se encuentra lo que Bobby Shaftoe toma por la ciudad de Argel.
Para el ojo discriminatorio de ese nativo de Wisconsin no parece haber
sido «construida» sino más bien arrastrada hasta la colina por la marea.
Se ha dedicado mucho espacio a mantener al sol fuera así que, desde
arriba, tiene un aspecto cerrado; muchas baldosas rojas, decoradas con
flores y arabescos. Un par de estructuras modernas de cemento (por
ejemplo, ese mismo congelador) parecen haber sido abandonadas allí
por los franceses en el curso de alguna vigorosa ofensiva de limpieza
de los barrios bajos. Aún así, quedan todavía muchas zonas por lim-
piar: y el objetivo número uno es esa colmena humana u hormiguero
justo a la izquierda de Shaftoe, la Casbah, la llaman. Quizá sea un ba-
rrio. Quizá sea un único edificio mal organizado. Hay que verlo para
creerlo. Los árabes están apretujados allí como los miembros de una
fraternidad en una cabina telefónica.
Shaftoe se da la vuelta y contempla de nuevo el congelador, que allí
se encuentra peligrosamente expuesto a los ataques aéreos del enemi-
go, pero a nadie le importa un cojón, porque ¿qué más da si los teuto-
nes vuelan un montón de carne?
El teniente Ethridge, casi tan desesperadamente quemado por el
sol como Bobby Shaftoe, entrecierra los ojos.
—Rubio —dice Shaftoe.
—Vale.
—Ojos azules.
—Bien.
—Oso hormiguero... no champiñón.
—¿Eh?

— 188 —
—No está circuncidado, ¡señor!
—¡Excelente! ¿Qué hay de lo otro?
—Un tatuaje, ¡señor!
Shaftoe está disfrutando de la lenta escalada de tensión en la voz de
Ethridge:
—¡Describa el tatuaje, sargento!
—¡Señor! Es un diseño militar muy común, ¡señor! Consistente en
un corazón inscrito con un nombre de mujer.
—¿Cuál es el nombre, sargento? —Ethridge está a punto de mear-
se en los pantalones.
—¡Señor! El nombre inscrito en el tatuaje es el siguiente nombre:
Griselda. ¡Señor!
—¡Aaaah! —El teniente Ethridge deja salir el aire desde el mismo
diafragma. Varias mujeres con velo se dan la vuelta para mirarles. En la
Casbah, cabezas con turbante de aspecto famélico y que piden a gritos
un afeitado se asoman desde torres larguiruchas desentonando la lla-
mada a la oración.
Ethridge calla y se contenta con apretar los puños hasta que se le
ponen blancos. Luego vuelve a hablar, con una voz teñida de emoción.
—¡Hay batallas que han dependido de golpes de suerte menos im-
portantes que éste, sargento!
—¿Me lo cuenta a mí? —dice Shaftoe—. Cuanto estaba en Gua-
dalcanal, señor, quedamos atrapados en una pequeña cala...
—¡No quiero oír la historia del lagarto, sargento!
—¡Señor! ¡Sí, señor!

En una ocasión, cuando Bobby Shaftoe seguía en Oconomowoc,


tuvo que ayudar a su hermano a subir un colchón por una escalera y
aprendió a respetar la dificultad de manipular objetos pesados pero fle-
xibles. Hott, que Dios tenga piedad de su alma, es un hijo de puta pe-
sado, y por tanto es toda una suerte que esté congelado. Una vez que
el sol del Mediterráneo acabe con él, sí que va a estar blando. Y luego
incluso algo más.
Todos los hombres de Shaftoe se encuentran en la zona de monta-
je del destacamento. Se trata de una cueva construida en un acantilado
completamente artificial que se eleva sobre el Mediterráneo justo so-
bre los muelles. La cuevas tienen kilómetros de longitud y hay un bou-
levard que discurre sobre todas ellas. Pero incluso los alrededores de
esa caverna en particular han sido cubiertos con tiendas y lonas para

— 189 —
que nadie, ni siquiera las tropas aliadas, puedan ver a qué se dedican:
básicamente, buscar todo equipo que tenga un 2701 pintado, pintar so-
bre el último dígito y cambiarlo a un 2. La primera operación la reali-
zan hombres con pintura verde y la segunda hombres con pintura
blanca o negra.
Shaftoe elige a un hombre de cada grupo de color para que la ope-
ración total no se vea afectada. Allí el sol es asombrosamente potente,
pero en la cueva, con la fresca brisa marina que sopla en su interior,
tampoco se está tan mal. Todas las superficies pintadas desprenden un
intenso olor a derivados del petróleo. Para Bobby Shaftoe resulta un
olor tranquilizador, porque no te dedicas a pintar cosas cuando estás
combatiendo. Pero el olor también le produce un ligero estremeci-
miento, porque a menudo pintas cosas justo antes de entrar en com-
bate.
Shaftoe está a punto de aleccionar a los tres marines elegidos a de-
do sobre lo que va a pasar cuando el soldado con la pintura negra en las
manos, Daniels, mira tras él y sonríe.
—¿Qué supone que busca ahora el teniente, sargento? —dice.
Shaftoe, el soldado Nathan (pintura verde) y Branph (blanca) mi-
ran y ven que Ethridge se ha parado a un lado. Está examinando los cu-
bos de basura, otra vez.
—Todos nos hemos dado cuenta de que el teniente Ethridge pare-
ce considerar que su misión en la vida es examinar los cubos de basura
—dice el sargento Shaftoe con una voz baja llena de autoridad—. Es un
licenciado de Annapolis.
Ethridge se pone recto y, de la forma más acusatoria posible, le-
vanta un montón de láminas de madera de roble perforadas y aguje-
readas.
—¡Sargento! ¿Podría identificar este material?
—¡Señor! Son plantillas militares normales, ¡señor!
—¡Sargento! ¿Cuántas letras hay en el alfabeto?
—¡Veintiséis, señor! —responde Shaftoe inmediatamente.
Los soldados Daniels, Nathan y Branph se silban los unos a los
otros... ese sargento Shaftoe es listo como un demonio.
—Bien, ¿y cuántos números?
—¡Diez, señor!
—Y de los treinta y seis letras y números, ¿cuántos están repre-
sentados en el cubo de basura por plantillas no utilizadas?
—¡Treinta y cinco, señor! Todos excepto el número 2, que es el úni-
co necesario para cumplir la orden, ¡señor!

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—¿Ha olvidado la segunda parte de mi orden, sargento?
—¡Señor, sí, señor! —No tiene sentido mentir. En realidad, a los
oficiales les gusta cuando te olvidas de las órdenes porque eso les re-
cuerda que son mucho más inteligentes que tú. Les hace sentirse nece-
sarios.
—¡La segunda parte de mi orden era tomar medidas estrictas para
no dejar ningún rastro del cambio!
—¡Señor, sí, ahora lo recuerdo, señor!
El teniente Ethridge, que al principio se mostraba algo malhumo-
rado, ya se ha calmado un poco, lo que habla en su favor y por tanto
es debidamente anotado en silencio por todos los hombres, que le co-
nocen desde hace menos de seis horas. Ahora habla con calma y en to-
no de conversación, como un amable profesor de instituto. Lleva las
gafas militares negras de grandes monturas que se conocen como GPV,
o Gafas para Prevenir Violaciones. Las lleva atadas a las cabeza por un
pedazo de elástico negro. Le dan aspecto de retrasado mental.
—Si algún agente enemigo repasase el contenido del contenedor de
basura, cosa que sabemos que hacen, ¿qué encontraría?
—¡Plantillas, señor!
—Y si contase los números y letras, ¿encontraría algo raro?
—¡Señor! Todas estarían limpias excepto las del número dos que
no estarían o estarían cubiertas de pintura, ¡señor!
El teniente Ethridge no dice nada durante unos minutos, dejando
que el mensaje penetre. En realidad, nadie sabe de qué cono habla. La
atmósfera se vuelve tensa hasta que finalmente el sargento Shaftoe in-
tenta algo desesperado. Se vuelve, deja a Ethridge a su espalda, y se di-
rige a los hombres:
—¡Quiero que pintéis todas esas putas plantillas!
Los marines cargan sobre los contenedores de basura como si fue-
sen fortines nipos, y el teniente Ethridge parece aplacado. Bobby Shaf-
toe, habiendo ganado un buen montón de puntos, lleva a los soldados
Daniels, Nathan y Branph a la calle antes de que el teniente Ethridge
se dé cuenta de que no fue más que una conjetura. Se dirigen al conte-
nedor de carne situado en lo alto de la cresta, a paso ligero.
Esos marines son todos letales veteranos del combate o en caso
contrario no se habrían metido en un asunto tan feo: atrapados en un
continente tan gratuitamente peligroso (África), rodeados por el ene-
migo (tropas del Ejército de Tierra de los Estados Unidos). Aun así,
cuando entran en el congelador y echan su primer vistazo al soldado
de primera Hott, quedan todos en silencio.

— 191 —
El soldado Branph junta las manos, rozándolas furtivamente.
—Buen Dios...
—¡Cállese, soldado! —dice Shaftoe—. Ya lo he hecho yo.
—Vale, sargento.
—¡Vaya a buscar una sierra para carne! —dice Shaftoe al soldado
Nathan.
Los soldados se quedan boquiabiertos.
—¡Para el puto cerdo! —aclara Shaftoe. A continuación se vuelve
hacia el solado Daniels, que lleva un fardo informe, y dice—: ¡Ábralo!
El fardo (que Ethridge le había dado a Shaftoe) resulta que contie-
ne un traje de buceo negro. No es el modelo militar, sino algún tipo de
modelo europeo. Shaftoe lo despliega y examina sus distintas partes
mientras los soldados Nathan y Branph desmiembran a Heladito el
Cerdo con golpes potentes de la enorme sierra.
Trabajan todos en silencio cuando les interrumpe una nueva voz.
—Buen Dios —empieza a decir la voz, y todos levantan la vista
para ver a un hombre cerca con las manos unidas en oración.
Sus palabras, sacramentalmente condensadas en una visible y sa-
liente nube de vapor, le velan la cara. El uniforme y rango están oscu-
recidos por una manta del ejército que lleva sobre los hombros. Ten-
dría el aspecto de un profeta de tierra santa de los que van a camello si
no estuviese tan bien afeitado y llevase Gafas de Prevención de Viola-
ciones.
—¡Maldición! —dice Shaftoe—. Ya he dicho una puta oración.
—Pero ¿rezamos por el soldado Hott o por nosotros? —pregunta
el hombre.
Pregunta difícil. Todos se callan y la sierra deja de moverse. Shaf-
toe suelta el traje de buceo y se pone en pie. El Hombre de la Manta
tiene el pelo muy corto y gris, o quizá sea que se le está empezando a
acumular escarcha. Sus ojos color hielo miran a Shaftoe a través de los
cristales de varios kilómetros de espesor de sus GPV, como si real-
mente esperase una respuesta. Shaftoe se acerca y ve que el hombre lle-
va un alzacuellos.
—Dígamelo usted, reverendo —dice Shaftoe.
Y entonces reconoce al Hombre de la Manta. Está a punto de sol-
tar un sonoro «¿Qué cono estás haciendo aquí?», pero algo le hace
contenerse. La mirada del capellán se dirige a un lado, en un movi-
miento tan rápido y ligero que sólo Shaftoe, quien prácticamente lo
tiene cara a cara, puede ver. El mensaje es: «Calla, Bobby, hablaremos
después.»

— 192 —
—El soldado Hott está ahora con Dios... o adonde vaya la gente
cuando muere —dice Enoch—. Podéis llamarme Hermano Root.
—¿Qué actitud es ésa? Claro que está con Dios. ¡Jesús! «Adonde
vaya la gente cuando muere.» ¿Qué clase de capellán es usted?
—Supongo que soy un capellán estilo Destacamento 2702 —dice
el capellán. Finalmente, el teniente Enoch Root deja de mirar a Shaf-
toe, y vuelve la vista hacia la acción—. Sigan con lo suyo, amigos —di-
ce—. Parece que esta noche comeremos beicon.
Los hombres ríen nerviosos y vuelven a cortar.
Una vez que consiguen separar el cuerpo del cerdo del de Hott, ca-
da uno de los marines agarra un miembro. Llevan a Hott a la carnice-
ría, que ha sido evacuada temporalmente para poder realizar esa ope-
ración, de forma que los antiguos camaradas-en-la-carne de Hott no
vayan extendiendo rumores por ahí.
La evacuación apresurada de la carnicería después de que uno de
sus operarios fuese hallado muerto en el suelo podría provocar algu-
nos rumores de por sí. Por lo que la versión oficial, recién inventada
por el teniente Ethridge, consiste en que el Destacamento 2702 es (al
contrario de toda apariencia externa) un equipo médico de élite preo-
cupado de que Hott haya sido infectado por una forma rara de enve-
nenamiento alimenticio del norte de África. Incluso algo que los fran-
ceses dejaron deliberadamente, ya que, por lo que se sabe, están un
poco enfadados por el hundimiento de su acorazado. En cualquier
caso, hay que cerrar la carnicería (dice la historia) durante un día para
revisarla detenidamente. El cuerpo de Hott será cremado antes de en-
viárselo a su familia, simplemente para asegurarse de que la terrible
enfermedad no se extienda por Chicago —la capital planetaria de los
mataderos— donde sus incalculables consecuencias podrían alterar el
resultado de la guerra.
Sobre el suelo hay un ataúd militar, simplemente para preservar la
ficción. Shaftoe y sus hombres lo ignoran por completo y comienzan
a vestir el cuerpo, primero con un horrendo bañador y a continuación
con los diversos elementos del traje de buceo.
—¡Eh! —dice Ethridge—. Pensé que los guantes se ponían al final.
—¡Señor, los pondremos primero, con su permiso, señor! —dice
Bobby Shaftoe—. Porque sus dedos se descongelarán primero, y cuan-
do eso suceda estaremos jodidos, ¡señor!
—Bien, colóquenle esto primero —dice Ethridge, y les pasa un re-
loj. Es una belleza: un cronómetro suizo de uranio sólido, su corazón
envuelto en joyas palpita como el latido de un pequeño mamífero. Lo

— 193 —
agita por el extremo de la correa, fabricada con eslabones metálicos
unidos con pericia. Es tan pesado que podría aturdir a un lucio.
—Bonito —dice Shaftoe—, pero no da la hora con demasiada pre-
cisión.
—Sí que lo hace —dice Ethridge— en la zona horaria a la que
vamos.
El escarmentado Shaftoe vuelve a trabajar. Mientras tanto, el te-
niente Ethridge y Root ayudan. Traen los restos torpemente aserrados
de Heladito el Cerdo a la carnicería y los suben a una balanza enorme.
Pesa como treinta kilos, lo que cono signifique eso. Enoch Root, mos-
trando un apetito por el trabajo físico que es debida y silenciosamente
anotado por los hombres, trae otro cerdo, tan rígido como un Radio
Flyer, y lo pone en la báscula, por lo que el total es de setenta. Ethrid-
ge aparta las moscas y coge los trozos de carne que estaban sobre los
bloques cuando se evacuó el lugar. Los arroja a la báscula y la aguja al-
canza unos cien kilos. A partir de ese punto, alcanzan los ciento treinta
con jamones y trozos de carne para asar que traen uno a uno del con-
gelador. Enoch Root —quien parece un buen conocedor de exóticos
sistemas de medida— ha hecho sus cálculos, comprobándolos dos ve-
ces, y ha establecido que el peso de Gerald Hott, convertido a kilogra-
mos, es de ciento treinta.
Toda la carne acaba en el ataúd. Ethridge cierra la tapa de un gol-
pe, atrapando en su interior algunas moscas que no tienen ni idea de lo
que les espera. Root lo rodea con un martillo en la mano, clavándole
doce clavos con golpes seguros y potentes al estilo carpintero-de-Na-
zaret. Mientras tanto, Ethridge ha sacado un manual militar de su car-
tera. Shaftoe está cerca y puede leer el título, impreso en letras mayús-
culas sobre una tapa verde oliva:
PROCEDIMIENTOS DE SELLADO DE ATAÚDES
III PARTE: AMBIENTES TROPICALES
VOLUMEN II: SITUACIONES DE ALTO RIESGO DE ENFERMEDADES
(PESTE BUBÓNICA, ETC.)
Los dos tenientes dedican una buena hora a seguir las instruccio-
nes del manual. No son complicadas, pero Enoch encuentra continua-
mente ambigüedades sintácticas y quiere explorar sus ramificaciones.
Al principio, eso pone nervioso a Ethridge, luego sus emociones tien-
den a la impaciencia y, al fin, al pragmatismo extremo. Para hacer que
el capellán se calle, Ethridge confisca el manual y hace que Root pinte
el nombre de Hott en el ataúd y lo cubra de pegatinas rojas llenas de
advertencias sanitarias tan horrorosas que tan sólo los encabezados de

_ 194 ___
1 s~ ——
los textos inducen una ligera náusea. Para cuando Root termina, la úni-
ca persona que puede legalmente abrir el ataúd es el general George C.
Marshall en persona e incluso él tendría que obtener primero un per-
miso especial del Director General de Salud Pública y evacuar a cual-
quier ser vivo en un radio de cien millas.
—El capellán habla raro —dice en un momento dado el soldado
Nathan, escuchando, boquiabierto, uno de los debates Root/Ethridge.
—¡Sí! —exclama el soldado Branph, como si el acento sólo fuese
apreciable para un oyente especialmente experto—. ¿Qué acento es ése?
Todos los ojos se vuelven hacia Bobby Shaftoe, que finge escuchar
durante un rato y luego dice:
—Bien, amigos, creo que ese Enoch Root es el descendiente de un
largo linaje de misioneros holandeses, y posiblemente alemanes, en las
islas de los mares del sur, mezclado con australianos. Y además, yo di-
ría, ya que creció en territorio controlado por los británicos, que po-
see pasaporte británico y fue reclutado cuando empezó la guerra y ahora
forma parte de las Fuerzas Armadas de Australia y Nueva Zelanda,
ANZAC.
—¡Ja! —ruge el soldado Daniel—, si todo eso es cierto, te doy cin-
co dólares.
—Hecho —dice Shaftoe.
Ethridge y Root terminan de sellar el ataúd más o menos cuando
Shaftoe y sus marines terminan de colocar el último elemento del tra-
je. Necesitan un buen cargamento de polvos de talco, pero lo consi-
guen. Ethridge le ha proporcionado el talco, que no es militar, sino de
algún lugar de Europa. Algunas de las letras en la etiqueta tienen enci-
ma parejitas de puntos, que Shaftoe sabe que son una característica de
la lengua alemana.
Un camión, que huele a pintura fresca (es un camión del Destaca-
mento 2702) llega hasta la zona de carga. Recibe el ataúd sellado y el
carnicero muerto ahora vulcanizado.
—Voy a quedarme por aquí y comprobar los cubos de basura —le
dice el teniente Ethridge a Shaftoe—. Nos veremos en el campo de
aviación en una hora.
Shaftoe se imagina una hora en la parte de atrás de un camión ca-
liente con esa carga.
—¿Quiere que lo mantenga en hielo, señor? —pregunta.
Ethridge lo medita durante un buen rato. Se chupa los dientes,
comprueba la hora, refunfuña. Pero cuando al fin contesta parece bas-
tante seguro:

— 195 —
—Negativo. Es imperativo para los propósitos de esta misión que
ahora lo mantengamos en modo de descongelación.
El soldado de primera Hott y el ataúd lleno de carne ocupan el cen-
tro de la plataforma del camión. Los marines se sientan a un lado, dis-
puestos como portadores de féretro. Shaftoe se descubre a sí mismo
contemplando el rostro de Enoch Root, que mantiene una expresión
de indiferencia forzada.
Shaftoe sabe que debería esperar, pero no puede soportarlo.
—¿Qué hace aquí? —dice al fin.
—El destacamento se traslada —dice el reverendo—. Más cerca del
frente.
—Acabamos de bajar del puto barco —dice Shaftoe—. Claro que
vamos a acercarnos al frente... no podemos alejarnos a menos que na-
demos.
—Durante el traslado —dice Root con serenidad—, yo iré tam-
bién.
—No me refiero a eso —dice Bobby Shaftoe—. Lo que quiero de-
cir es ¿por qué necesita el destacamento un jodido capellán?
—Ya conoces a los militares —dice Root—. Toda unidad debe
tenerlo.
—Da mala suerte.
—¿Da mala suerte tener un capellán? ¿Por qué?
—Quiere decir que los de arriba esperan muchos funerales, por eso.
—Por tanto, está asumiendo que lo único que puede hacer un clé-
rigo es oficiar funerales. Interesante.
—Y bodas y bautizos —dice Shaftoe. Y todos los demás marines
ríen con ganas.
—¿Podría ser que se siente un poco ansioso por la naturaleza de la
primera misión del Destacamento 2702? —pregunta Root, mirando al
fallecido Hott y luego directamente a los ojos de Shaftoe.
—¿Ansioso? Escuche, reverendo, he hecho cosas en Guadalcanal
que hacen que esto parezca una jodida reunión social.
Los demás marines la consideran una gran respuesta, pero Root no
parece sentirse afectado.
—¿Sabía por qué hacía esas cosas en Guadalcanal?
—¡Claro! Para permanecer con vida.
—¿Sabe por qué hace esto?
—Claro que no.
—¿No le irrita ni un poquito? ¿O es demasiado estúpido para que
le importe?

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—Bien, ha conseguido ponerme contra las cuerdas, reverendo
—dice Shaftoe. Después de una pausa sigue hablando—. Admito que
siento un poco de curiosidad.
—¿Sería útil que hubiese en el Destacamento 2702 alguien que pu-
diese contestar a sus preguntas?
—Supongo que sí—refunfuña Shaftoe—. Simplemente, parece ra-
ro tener un capellán.
—¿Por qué parece raro?
—Por el tipo de unidad.
—¿De qué tipo es esta unidad? —pregunta Root. Hace la pregun-
ta con cierto placer sádico.
—Se supone que no debemos hablar de ello —dice Shaftoe—. Y en
todo caso, no lo sabemos.
Colina abajo, inmensas rampas descienden con pompa en zigzag
sobre filas de arcos rayados hasta llegar a la ramificación de líneas fe-
rroviarias que alimentan el puerto desde el sur.
—Es como encontrarse en el punto de salida de una jodida máqui-
na de pinball —dice B. Shaftoe, mirando el camino que acaban de re-
correr, pensando en lo que podría salir rodando de la Casbah.
Se dirigen hacia el sur por la línea ferroviaria y llegan a una zona de
depósitos de minerales, pilas de carbón y chimeneas, fácilmente iden-
tificables para el Scout de los Grandes Lagos Shaftoe, pero aquí son
operadas por una especie de dispositivo multicultural de más de un mi-
llón de engranajes de profundidad. Paran frente a la Société Algérien-
ne d'Éclairage et de Forcé, un monstruo de dos chimeneas con la pila
de carbón más grande de todas. Se encuentran en mitad de ninguna
parte, pero es más que evidente que les esperan. Se produce —como allí
a donde va el Destacamento 2702— un extraño Efecto de Inflación de
Rango. Dos tenientes, un capitán y un mayor introducen el ataúd en la
SAEF, ¡vigilados por un coronel! No hay ni un solo soldado raso a la
vista, y Bobby Shaftoe, un simple sargento, se pregunta por el trabajo
que le asignarán a él. También se produce un Efecto de Negación de
Papeleo; cuando Shaftoe espera que le sometan a la media hora habi-
tual de burocracia, un oficial ansioso se acerca corriendo, agita las ma-
nos con furia y les permite pasar.
Un árabe, que lleva en la cabeza lo que parece una lata roja de ca-
fé, abre tirando una puerta de hierro; las llamas le atacan y las derrota
con una barra de hierro ennegrecida. Los portadores del féretro lo cen-
tran en la abertura y lo meten dentro, como si metiesen un enorme pro-
yectil en un cañón de dieciséis pulgadas, y el hombre con la lata en la

— 197 —
cabeza cierra la puerta de un golpe, lo que hace que la borla de la lata
se agite como loca. Antes siquiera de haber asegurado la puerta ya es-
tá aullando como uno de los tipos de la Casbah. Los oficiales se que-
dan por los alrededores, poniéndose de acuerdo y firmando con sus
nombres en un documento.
De esta forma, con una ausencia de complicaciones que un vetera-
no del combate como Bobby Shaftoe sólo puede considerar extraña, el
camión abandona la Société Algérienne d'Éclairage et de Forcé y enfi-
la por esas condenadas rampas en dirección a Argel. El camino es muy
inclinado: una trayectoria continua en primera. Los vendedores con
los carritos llenos de aceite hirviendo no sólo se mantienen a su lado,
sino que fríen cosas por el camino. Los perros de tres patas corren y lu-
chan justo debajo del camión. El Destacamento 2702 también se ve ter-
camente seguido por nativos ataviados con latas de café que les ame-
nazan con tocar guitarras fabricadas con latas alemanas, y por vende-
dores de naranjas, encantadores de serpientes y algunos tipos de ojos
azules en albornoz que ofrecen porciones de un material oscuro sin en-
voltorio ni identificación. Como las piedras, es posible clasificarlos por
analogía con las frutas y con elementos deportivos. Generalmente van
desde las uvas a las pelotas de béisbol. En cierto momento, el capellán
cambia impulsivamente una chocolatina por una pelota de golf de esa
sustancia.
—¿Qué es? ¿Chocolate? —pregunta Bobby Shaftoe.
—Si fuese chocolate —dice Root—, ese tipo no me lo hubiese cam-
biado por una chocolatina.
Shaftoe se encoge de hombros.
—A menos que sea una mierda de chocolate.
—¡O mierda auténtica! —suelta el soldado Nathan provocando
carcajadas.
—¿Has oído hablar de la María? —pregunta Root.
Shaftoe —modelo a seguir y líder de hombres— contiene el im-
pulso de soltar: «¿Oír hablar de ella? ¡Me la he follado!»
—Esta es su esencia concentrada —dice Enoch Root.
—¿Cómo lo sabe, reverendo? —pregunta el soldado Daniels.
El reverendo no se muestra afectado.
—Aquí soy el hombre de Dios, ¿no? ¿Conozco el aspecto reli-
gioso?
—¡Sí, señor!
—Bien, una vez hubo un grupo de musulmanes llamado hashishin
que se comían esa cosa y luego iban a matar gente. Eran tan buenos que

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se volvieron famosos por infames. Con el tiempo la pronunciación del
nombre ha cambiado: los conocemos como asesinos.
Se produce un silencio adecuadamente respetuoso. Al final, el sar-
gento Shaftoe dice.
—¿A qué cono esperamos?
Comen un poco. Shaftoe, al ser el soldado de mayor rango de los
presentes, come más que los demás. No pasa nada.
—Sólo tengo ganas de asesinar al tío que nos la vendió —dice.

El campo de aviación, a once millas de la ciudad, se usa más de lo


previsto durante su construcción. Se trata de un buen terreno para las
uvas y las aceitunas, pero hacia el interior pueden verse montañas ro-
cosas, y detrás de ellas hay una franja de arena del tamaño de Esta-
dos Unidos, que en su mayoría parece estar en el aire y en dirección
hacia el campo de aviación. Incontables aeroplanos —en su mayoría
cargueros Dakota, también conocidos como Gooney Birds— levantan
enormes nubes de polvo que se te meten en la boca y la nariz. Shaftoe
tarda un buen rato en pensar que la sequedad de sus ojos y boca podría
no ser debida únicamente al polvo en el aire. Su saliva tiene la consis-
tencia del pegamento.
El destacamento es tan secreto que nadie en el campo de aviación
conoce su existencia. Allí hay muchos británicos y, en el desierto, los
británicos llevan pantalones cortos, lo que hace que Shaftoe desee pe-
garles un puñetazo en la nariz.
Controla el impulso. Pero su evidente hostilidad hacia los hombres
con pantalones cortos combinada con el hecho de que exige que se le
indique la dirección de una unidad tan secreta que no puede especifi-
car su nombre o siquiera describirla, produce mucha perplejidad, mu-
cha incredulidad y en general hace que la alianza anglo-americana em-
piece con muy mal pie.
Sin embargo, el sargento Shaftoe comprende a estas alturas que
cualquier cosa relacionada con su destacamento es muy probable que
esté muy apartada, envuelta en lonas y toldos negros. Como cualquier
otra unidad militar, el Destacamento 2702 posee mucho de ciertos su-
ministros y muy poco de otros, pero parece controlar como el cin-
cuenta por ciento de la producción total de lona de los Estados Unidos
durante el año pasado. En cuando Shaftoe comenta ese hecho y lo des-
cribe durante un buen rato, algunos de los hombres le dirigen miradas
algo extrañas. Es Enoch Root el que debe decir:

— 199 —
—Entre lagartos gigantes y lonas negras algunas personas podrían
opinar que se está volviendo un poco paranoico.
—Déjeme que le cuente algo sobre paranoia —responde Shaftoe,
y así lo hace, sin olvidar mencionar al teniente Ethridge y sus contene-
dores de desechos. Para cuando ha terminado, todo el destacamento se
ha acurrucado en el extremo opuesto de esas lonas, y todos se portan
bien y están tensos, exceptuando su recluta más reciente que, percibe
Shaftoe con aprobación, está empezando a relajarse. Tendido sobre la
superficie del camión con su traje de submarinista, se «amolda» más
que salta cuando pillan un bache.
Aun así, sigue lo suficientemente rígido como para simplificar el
problema de sacarlo del camión y meterlo en el Gooney Bird que tie-
ne asignado: una variante del DC-3, militarizado y (a los ojos escépti-
cos de Shaftoe) cuya aerodinámica ha quedado reducida por un par de
inmensas puertas de carga a un lado que casi cortan la estructura por la
mitad. Ese Dakota en particular lleva tanto tiempo volando por el jo-
dido desierto que la arena ha eliminado la pintura de las hélices, de la
cubierta del motor y del borde de las alas, dejando a la vista un metal pu-
lido que producirá un incitador destello plateado para cualquier pilo-
to de la Luftwaffe a trescientas millas. Peor aún: varias antenas surgen
de la piel del fuselaje, la mayoría sobre la carlinga. No sólo antenas de
barra, sino también enormes parrillas de barbacoa que hacen que Shaf-
toe desee tener una sierra. Se parecen muchísimo a las que Shaftoe bajó
por la escalera de la Estación Alfa en Shanghai: un recuerdo que de
alguna forma se ha entremezclado con otros en su cabeza. Cuando in-
tenta recuperarlo, todo lo que ve es un Jesucristo ensangrentando por-
tando una dipolo de doble banda y alta frecuencia por una escalera de
piedra en Manila, y sabe que eso no puede ser.
Aunque se encuentran en las instalaciones de un campo de aviación
muy activo, Ethridge se niega a proseguir la operación mientras haya
un solo avión en el cielo. Al fin dice:
—Vale, ¡AHORA!
En el camión levantan el cuerpo, justo a tiempo para oír cómo Eth-
ridge grita:
—No, ¡ESPERAD! —Y lo vuelven a dejar en el suelo.
Mucho después de que la situación haya dejado de ser ligeramen-
te divertida, cubren a Gerald Hott con una lona y lo llevan a bordo, y
muy poco después están en el aire. El Destacamento 2702 va al en-
cuentro de Rommel.

-200 —
Ciclos

Estamos a principios de noviembre de 1942, y están sucedien-


do una cantidad absolutamente increíble de cosas, todas a la
vez, en todas partes. Ni el mismísimo Zeus sería capaz de lie-
var la cuenta, ni siquiera movilizando a las cariátides (decidles que no
importa lo que dijimos, que abandonen sus cargas). Con los templos
desmoronándose por todas partes, como catalejos, enviaría a esas ca-
riátides, y a cualquier náyade y dríade a la que pudiese presionar (a
la escuela de bibliotecarias, les daría visores verdes, las vestiría con el
remilgado uniforme asexual del SAAPO, Servicio de Administración
y Archivo de la Perspectiva Olímpica, y las pondría a trabajar relle-
nando fichas de tres por cinco durante todo el día). Emplearían parte de
esa firmeza de la que se jactan las cariátides para atender las máquinas
de tarjetas Hollerith y los lectores de tarjetas ETC. Incluso así, Zeus
seguiría sin poder manejar la situación. Estaría tan cabreado que ni si-
quiera sabría a que hubrísticos mortales fulminar con el rayo, ni a que
chicas de calendario o a que guapos soldaditos molestar.
Lawrence Pritchard Waterhouse es ahora mismo tan olímpico co-
mo cualquiera. Roosevelt, Churchill y algunos más en la lista Ultra
Mega tienen el mismo acceso, pero tienen otras preocupaciones y dis-
tracciones. No pueden vagar por la capital del flujo de datos del pla-
neta, mirando por encima de los hombros de los traductores y leer los
textos descifrados a medida que salen, golpe-golpe-golpe, de las má-
quinas de cifrado Typex. No pueden seguir a voluntad los hilos con-
cretos de la narrativa global, corriendo de un barracón a otro, estable-
ciendo conexiones a base de fragmentos, incluso a medida que las
WREN del barracón 11 tienden cables de una bombe a otra, tejiendo
una red para capturar los mensajes de Hitler mientras se mueven por
el éter.
Aquí tenemos algunas de las cosas que Waterhouse conoce: se ha
ganado la batalla de El-Alamein, y Montgomery persigue a Rommel
hacia el oeste por la región Cirenaica a lo que parece una velocidad en-
demoniada, llevándole de vuelta al distante punto fuerte del Eje en Tú-
nez. Pero no es la derrota total que parece. Si Monty comprendiese la
importancia de la información de inteligencia que llega por el canal Ul-
tra, podría ejecutar movimientos decisivos, para rodear y capturar
grandes grupos de italianos y alemanes. Pero no es así, y por tanto
Rommel ejecuta una retirada ordenada, preparándose para luchar un

— 201 —
día más, y el laborioso Monty es debidamente insultado en la sala de
control de Bletchley Park por ese fallo en explotar sus preciosas pero
perecederas gemas de inteligencia.
El mayor desembarco de la historia se acaba de producir en el no-
roeste de África. Se llama Operación Antorcha, y va a atacar a Rom-
mel por detrás, sirviendo de yunque para el martillo de Montgomery
o, si Monty no acelera un poco el paso, puede que sea al revés. Parece
estar brillantemente organizada, pero en realidad no es así; es la pri-
mera vez que los americanos se aventuran seriamente en el Atlántico y
en esos barcos van metidas muchas cosas, incluso un montón de tipos
de inteligencia que asaltan teatralmente las playas como si fuesen ma-
rines. Incluido también en el desembarco está el contingente america-
no del Destacamento 2702, un grupo escogido a dedo de duros vetera-
nos del combate.
Algunos de esos marines aprendieron lo que saben en Guadalca-
nal, una isla básicamente inútil del suroeste del Pacífico donde el Im-
perio de Nipón y los Estados Unidos se disputan —con rifle— el de-
recho mutuo a construir una base aérea. Los informes preliminares
parecen indicar que el Ejército Nipón, durante su extenso paseo por el
este de Asia, ha perdido su fuerza. Parece que violar a toda la pobla-
ción femenina de Nanjing y matar a bayoneta a los indefensos habi-
tantes de Filipinas no se traduce en verdadera competencia militar. El
Ejército de Nipón sigue intentando inventar alguna forma de matar,
digamos, a un centenar de marines norteamericanos sin perder, diga-
mos, quinientos de sus propios soldados.
La Marina japonesa es un asunto totalmente diferente: ellos sí que
saben lo que hacen. Tienen a Yamamoto. Tienen torpedos que estallan
de verdad al chocar con el blanco, en claro contraste con los modelos
norteamericanos que se limitan a rascar la pintura de los barcos japo-
neses y luego se hunden disculpándose. Yamamoto acaba de realizar
otro intento de eliminar la flota norteamericana de las islas de Santa
Cruz, hundió el Hornet y le abrió un buen agujero al Enterprise. Pero
perdió un tercio de sus aviones. Observando cómo los japoneses acu-
mulan pérdidas, Waterhouse se pregunta si alguien en Tokio habrá
pensado en coger un abaco y calcular las cifras de eso que llaman Se-
gunda Guerra Mundial.
Los Aliados han hecho sus propios cálculos, y se han cagado de
miedo. Ahora mismo hay un centenar de submarinos alemanes en el
Atlántico, que operan en su mayoría desde Lorient y Burdeos, y ani-
quilan a los convoyes del Atlántico Norte con tal eficacia que no se tra-

— 202 —
ta siquiera de «combate», sino más bien de una carnicería al nivel de la
del Lusitania. Van camino de hundir como un millón de toneladas sólo
este mes, lo que Waterhouse no consigue acabar de comprender.
Intenta concebir una tonelada como más o menos el equivalente a un
coche, y luego intenta imaginar a Estados Unidos y Canadá yendo al
centro del Atlántico y arrojando sin más un millón de coches al océa-
no... sólo en noviembre. ¡Vaya!
El problema es Tiburón.
Los alemanes lo llaman Tritón. Es un nuevo sistema de cifrado usa-
do en exclusiva por la Marina. Es una máquina Enigma, pero no la ha-
bitual de tres rotores. Hace unos años los polacos descubrieron cómo
descifrar la antigua y Bletchley Park industrializó el proceso. Pero ha-
ce más de un año, se capturó un submarino alemán en la costa sur de
Islandia y fue examinado a fondo por los hombres de Bletchley. En-
contraron una caja Enigma con nichos para cuatro —no tres— rotores.
Cuando la Enigma de cuatro rotores entró en servicio el uno de fe-
brero, todo el Atlántico quedó en la oscuridad. Alan y los demás han
estado examinando el problema desde entonces. Lo malo es que no sa-
ben cómo se conecta el cuarto rotor.
Pero hace unos días, se capturó otro submarino, más o menos in-
tacto, en el este del Mediterráneo. El coronel Chattan, que casualmen-
te se encontraba por la zona, se trasladó allí con una prisa enfermiza,
junto con otros bletchleyitas. Recuperaron una máquina Enigma de
cuatro rotores, y aunque eso no rompe el código, les ofrece los datos
necesarios para romperlo.
En cualquier caso, Hitler debe sentirse muy seguro, porque está de
viaje, preparando unas vacaciones de trabajo en su retiro de los Alpes.
Eso no le impidió adueñarse de lo que quedaba de Francia; aparen-
temente, algo relacionado con la Operación Antorcha consiguió mo-
lestarlo de verdad, así que ocupó la Francia de Vichy por completo, y
luego envió un centenar de miles de hombres, y su increíble corres-
pondiente cantidad de suministros, a través del Mediterráneo hasta Tú-
nez. Waterhouse supone que hoy en día debe ser posible ir desde Si-
cilia hasta Túnez saltando desde la cubierta de un barco alemán a la
siguiente.
Claro está, si eso fuese cierto, el trabajo de Waterhouse sería mu-
cho más simple. Los aliados podrían hundir todos los barcos que qui-
siesen sin levantar las sospechas de ningún teutón rubio en el frente de
la guerra de la teoría de información. Pero el hecho es que los convoyes
son pocos y están muy separados. Exactamente cuan pocos y con qué

— 203 —
separación son parámetros que se introducen en las ecuaciones que él
y Alan Mathison Turing escriben en la pizarra durante toda la noche.
Después de dedicarse a eso durante ocho o doce horas, cuando por fin
el sol ha vuelto a salir, no hay nada como un vigoroso paseo en bi-
cicleta por el campo de Buckinghamshire.

Al remontar una cresta, ven frente a ellos un bosque que ha adop-


tado todos los colores del fuego. Incluso las copas hemisféricas de los
arces contribuyen a ofrecer un efecto realista de humo. Lawrence sien-
te la extraña compulsión de soltar el manillar y taparse los oídos con
las manos. Pero al llegar junto a los árboles, el aire sigue estando deli-
ciosamente fresco, el cielo azul no está manchado por pilares de humo
negro, y la calma y tranquilidad de ese lugar no podría ser más dife-
rente de lo que Lawrence recuerda.
—¡Hablar, hablar, hablar! —dice Alan Turing, imitando los graz-
nidos de un pollo. El extraño sonido es aún más extraño por el hecho
de que lleva una máscara antigás, hasta que se impacienta y se la levan-
ta hasta la frente—. Les encanta oírse —se refiere a Winston Churchill
y Franklin Roosevelt—. Y no les importa oírse hablar el uno al otro; al
menos, hasta cierto punto. Pero la voz es un canal de información te-
rriblemente redundante, en comparación con el texto impreso. Si to-
mas un texto y lo pasas por Enigma, lo que no es muy difícil, la es-
tructura familiar del texto, como, por ejemplo, la preponderancia de la
letra E, se vuelve indetectable. —A continuación se vuelve a colocar la
máscara sobre la cara para dar énfasis a lo siguiente—: Pero puedes de-
formar y permutar la voz de las formas más diabólicas que puedas con-
cebir y seguirá siendo perfectamente inteligible para un oyente. —Alan
sufre un ataque de estornudos que amenaza con romper las cintas ca-
qui que lleva en la cabeza.
—Los oídos saben cómo descubrir las estructuras familiares —su-
giere Lawrence. No lleva máscara antigás porque (a) no se está produ-
ciendo ningún ataque nazi con gas, y (b) al contrario que Alan, no pa-
dece de fiebre del heno.
—Perdóname. —Alan frena de pronto y baja de la bicicleta. Le-
vanta la rueda trasera del pavimento, la hace girar con la mano libre,
luego se agacha y tira de la cadena. Contempla el mecanismo con toda
atención, interrumpida por algunos estornudos.
La cadena de la bicicleta de Turing tiene un eslabón débil. La rue-
da trasera tiene un radio doblado. Cuando el eslabón y el radio entren

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en contacto, la cadena se romperá y caerá sobre la carretera. No suce-
de a cada vuelta; en caso contrario la bicicleta sería completamente inú-
til. Sólo sucede cuando el eslabón y la rueda se encuentran en cierta po-
sición relativa.
Basándose en suposiciones razonables respecto a la velocidad
que el doctor Turing puede mantener, un ciclista enérgico (digamos
25km/h) y el radio de la rueda trasera de la bicicleta (un tercio de me-
tro), si el eslabón débil golpease contra el radio doblado a cada vuelta,
la cadena se caería cada tercio de segundo.
De hecho, la cadena no cae a menos que el radio doblado y el esla-
bón débil coincidan. Ahora, supongamos que describimos la posición
de la rueda trasera usando la 6 habitual. Por simplificar, digamos que
cuando la rueda empieza en la posición donde el radio doblado es ca-
paz de golpear el eslabón débil (aunque sólo si el eslabón débil está ahí
para ser golpeado) entonces 0=0. Si usas grados como unidades, du-
rante una revolución completa de la rueda 6 llegará hasta los 359 gra-
dos antes de volver a 0, en cuyo punto el radio doblado volverá a estar
en posición de golpear la cadena. Y ahora supongamos que describes
la posición de la cadena con la variable C de la siguiente forma muy
simple: asignas un número a cada eslabón de la cadena. El eslabón dé-
bil tiene el número 0, el siguiente el 1, y a continuación, hasta /-I don-
de / es el número total de eslabones de la cadena. Una vez más, para
simplificar, digamos que cuando la cadena se encuentra en la posición
donde el eslabón débil es capaz de golpear el radio doblado (aunque
sólo si el radio doblado está ahí para ser golpeado) entonces C=0.
Entonces, para intentar descubrir cuándo caerá la cadena de la bi-
cicleta del doctor Turing, todo lo que precisamos saber sobre la bici-
cleta está contenido en los valores de 6 y C. Ese par de números defi-
ne el estado de la bicicleta. La bicicleta tiene muchos estados posibles
y puede haber muchos valores diferentes de (0,C) pero sólo uno de
esos estados, el (0,0), es el que hará que la bicicleta caiga.
Supongamos que empezamos en ese estado, es decir, con (6=0,
C=Q), pero la cadena no ha caído porque el doctor Turing (conocien-
do muy bien el estado de su bicicleta en un momento dado) se ha de-
tenido en medio de la carretera (casi provocando una colisión con su
amigo y colega Lawrence Pritchard Waterhouse, porque la máscara an-
tigás le bloquea la visión periférica). El doctor Turing ha tirado de la
cadena hacia un lado mientras la adelanta ligeramente, evitando así que
golpee el radio doblado. Ahora vuelve a subirse a la bicicleta y sigue
pedaleando. La circunferencia de la rueda trasera es de unos dos me-

— 205 —
tros, así que cuando se ha trasladado unos dos metros sobre la carrete-
ra, la rueda ha dado una vuelta completa y ha alcanzando de nuevo la
posición #=0, siendo ésa la posición, recuerden, en la que el radio do-
blado está en posición para golpear el eslabón débil.
¿Qué hay de la cadena? Su posición, definida por C, comienza en
0 y llega a 1 cuando el siguiente eslabón se traslada a la posición fatal,
luego 2 y así sucesivamente. La cadena debe moverse en sincronía con
los dientes del engranaje en el centro de la rueda trasera, y ese engra-
naje tiene n dientes, por lo que después de una revolución completa de
la rueda trasera, de nuevo 9=0, C=n. Después de una segunda vuelta
completa de la rueda trasera, de nuevo 9=0 pero ahora C=2n. En la si-
guiente C=3n y así sucesivamente. Pero hay que recordar que la cade-
na no es infinita sino un bucle con sólo / posiciones; en C=/ vuelve a
C=0 y repite el ciclo. Por lo que al calcular el valor de C es necesario
realizar aritmética modular, es decir, si la cadena tiene un centenar de
eslabones (1=100) y el número total de eslabones que han sido despla-
zados es 135, entonces el valor de C no es 135 sino 35. Cuando tienes
un número superior o igual a /, restas repetidamente / hasta que obtie-
nes un número menor que /. Los matemáticos escriben esa operación
como mod /. Por tanto, los valores sucesivos de C, cada vez que la rue-
da trasera da una vuelta hasta 9=0, son:

C¡=n mod /, 2n mod /, 3n mod /,..., in mod /

donde i = (1, 2, 3,... °°)


más o menos, dependiendo de cuanto tiempo quiera Turing seguir
pedaleando en su bicicleta. Después de un rato, a Waterhouse ya le pa-
rece infinitamente largo.
La cadena de la bicicleta de Turing se caerá cuando la bicicleta al-
cance el estado {9=0, C=0) y visto lo escrito anteriormente, eso suce-
derá cuando i (que no es más que un contador que indica cuantas vuel-
tas ha dado la rueda trasera) alcanza algún valor hipotético tal que in
mod /=0, o, para explicarlo claramente, sucederá si hay algún múltiplo
de n (como, oh, 2n, 3n, 395n o 109.948.368.443n) que resulte también
ser un múltiplo de /. En realidad, puede haber muchos de esos llama-
dos múltiplos comunes, pero desde un punto de vista práctico el úni-
co que importa es el primero —el mínimo común múltiplo, o MCM—
porque ése será el que se alcance primero y el que hará caer la cadena.
Si, digamos, el engranaje tiene veinte dientes (n=20) y la cadena tiene
cien eslabones (1=100), entonces después de un giro de la rueda tene-

— 206 —
mos C=20, después de dos C=40, luego 60, luego 80 y finalmente 100.
Pero como tomamos el módulo aritmético, ese valor debe cambiarse
por 0. Por tanto, después de cinco vueltas de la rueda trasera, hemos
llegado al estado (6=0, C=0) y la cadena de Turing caerá. Cinco revo-
luciones de la rueda trasera sólo le harán avanzar diez metros, y por
tanto, con esos valores de / y n la bicicleta es prácticamente inútil. Cla-
ro está, todo eso es cierto si Turing es tan estúpido como para empezar
a pedalear con la bicicleta en el estado-que-hace-caer-la-cadena. Si, en
el momento de empezar a pedalear, se encuentra en su lugar en el esta-
do (0=0, C=l), entonces los valores subsiguientes serán C=21, 41, 61,
81, 1, 21... y así sucesivamente; la cadena nunca se caerá. Pero se trata
de un caso degenerado, donde «degenerado» tiene el significado mate-
mático de «enojosamente aburrido». En teoría, siempre que Turing
ponga su bicicleta en el estado correcto antes de aparcarla fuera del edi-
ficio, nadie podrá robársela; la cadena se caerá apenas después de ha-
ber avanzado diez metros.
Pero si la cadena de Turing tiene ciento y un eslabones (1=101) y
después de cinco revoluciones tenemos C=100, y después de seis tene-
mos C=19, luego

C= 39, 59, 79, 99,18, 38, 58, 78, 98,17, 37, 57, 77, 97,16, 36, 56, 76,
96,15, 35, 55, 75, 95,14, 34, 54, 74, 94,13, 33, 53, 73, 93,12, 32, 52,
72, 92,11, 31, 51, 71, 91,10, 30, 50, 70, 90, 9,29, 49, 69, 89, 8,28,48,
68, 88, 7,27,47, 67, 87, 6, 26, 46, 66, 86, 5,25, 45, 65, 85,4,24,44, 64,
84, 3,23, 43, 63, 83,2,22,42, 62, 82,1, 21,41, 61, 81, 0

Así que no será hasta la revolución 101 de la rueda trasera que la


bicicleta vuelva al estado (8=0, C=0) cuando cae la cadena. Durante ese
centenar más uno de vueltas, la bicicleta de Turing ha recorrido un
quinto de kilómetro, que no está mal. Así que la bicicleta se puede usar.
Sin embargo, al contrario que en el caso degenerado, no es posible situar
la bicicleta en un estado tal que la cadena nunca caiga. Tal cosa puede
demostrarse repasando la lista anterior de valores de C y comproban-
do que todo posible valor de C, todo posible valor entre 0 y 100, está
en la lista. Eso significa que no importa en qué valor esté C cuando Tu-
ring empieza a pedalear, tarde o temprano llegará al C=0 fatal y la ca-
dena caerá. Por tanto, Turing puede dejar la bicicleta en cualquier sitio
con la confianza de que, si la roban, no recorrerá más de un quinto de
kilómetro sin que la cadena se caiga.
La diferencia entre el caso degenerado y el caso no degenerado es-

— 207 —
tá relacionada con las propiedades de los números implicados. La com-
binación de (n=20,1=100) tiene propiedades radicalmente diferentes
con respecto a (n=20,1=101). La diferencia principal es que 20 y 101
son «primos relativos», lo que significa que no tienen factores comu-
nes. Eso significa que su MCM es un número grande —de hecho, es
igual a 1 x n = 20 x 1001 = 2020. Mientras que el MCM de 20 y 100 es
sólo 100. La bicicleta 1=101 tiene un periodo largo —pasa por muchos
estados diferentes antes de volver al principio—, mientras que la bici-
cleta 1=100 tiene un periodo de unos pocos estados.
Supongamos que la bicicleta de Turing fuese una máquina de ci-
frado que actuase por sustitución alfabética, lo que es lo mismo que de-
cir que reemplazaría cada una de las 26 letras del alfabeto por alguna
otra letra. Una A en el texto original se podría convertir en una T en el
texto cifrado, B podría transformarse en F, C podría convertirse en M,
y así hasta llegar a la Z. Por sí mismo, sería un código absurdamente fá-
cil de romper; cosa de niños. Pero supongamos que el esquema de sus-
titución cambiase de una letra a la siguiente. Es decir, supongamos que
la primera letra del texto original fuese cifrada usando cierto alfabeto
de sustitución, la segunda letra del texto original fuese cifrada usando
un alfabeto de sustitución completamente diferente, y la tercera con
otro diferente, y así sucesivamente. Eso se conoce como un cifrado po-
lialfabético.
Supongamos que la bicicleta de Turing fuese capaz de generar un
alfabeto diferente para cada uno de sus diferentes estados. Por tanto el
estado (d=0, C=0) correspondería, digamos, a este alfabeto de susti-
tución:

ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ
QGUWBIYTFKVNDOHEPXLZRCASJM

pero el estado (0=180, C=15) correspondería a este otro, diferente:

ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ
BORIXVGYPFJMTCQNHAZUKLDSEW

Dos letras no serían cifradas usando el mismo alfabeto de sustitu-


ción, es decir, hasta que la bicicleta no llegase de nuevo al estado inicial
(9=0, C=0) y empezase a repetir el ciclo. Eso significa que se trata de
un sistema polialfabético periódico. Ahora bien, si la máquina tuviese
un periodo corto, se repetiría con frecuencia, y por tanto sería útil, co-

— 208 —
mo sistema de cifrado, sólo contra los niños. Cuanto más largo sea el
periodo (cuanto mayor sea su primidad relativa) con menos frecuen-
cia vuelve al mismo alfabeto de sustitución, y más seguro es.
La Enigma de tres rotores es ese tipo de sistema (es decir, polialfa-
bético periódico). Sus rotores, como el sistema de la bicicleta de Tu-
ring, contienen ciclos dentro de ciclos. Su periodo es 17.576, lo que sig-
nifica que el alfabeto de sustitución que cifra la primera letra del
mensaje no volverá a emplearse hasta que se llegue a la letra 17.577. Pero
con Tiburón, los alemanes han añadido un cuarto rotor, elevando el
periodo hasta 456.976. Los rotores se sitúan en una posición inicial di-
ferente elegida al azar al comienzo de cada mensaje. Como los mensa-
jes alemanes nunca llegan a los 450.000 caracteres, la Enigma nunca usa
dos veces el mismo alfabeto de sustitución en un mismo mensaje, ra-
zón por la que los alemanes la consideran un buen sistema.
Un grupo de aviones de transporte pasan por encima de sus cabe-
zas, muy probablemente en dirección al aeródromo de Bedford. Los
aviones producen un zumbido diatónico curiosamente musical, como
una gaita tocando dos tonos simultáneamente. Eso recuerda a Law-
rence otro fenómeno más relacionado con la rueda de la bicicleta y la
máquina Enigma.
—¿Sabes por qué los aviones suenan así? —pregunta.
—No, ahora que lo pienso. —Turing vuelve a quitarse la máscara
antigás. Tiene la boca algo abierta y mueve los ojos de un lado a otro.
Lawrence lo ha pillado por sorpresa.
—Me di cuenta en Pearl. Los motores de los aviones son rotatorios
—dice Lawrence—. Por tanto, deben tener un número impar de ci-
lindros.
—¿Por tanto?
—Si tuviesen un número par, los cilindros estarían directamente en
oposición, a ciento ochenta grados, y no funcionarían mecánicamente.
—¿Porqué no?
—Lo he olvidado. Pero no funcionaría.
Alan arquea las cejas. Claramente no está convencido.
—Es algo relativo a los cigüeñales —aventura Waterhouse, po-
niéndose algo a la defensiva.
—No estoy seguro de estar de acuerdo —dice Alan.
—Vamos a estipularlo... considéralo una condición de contorno
—dice Waterhouse. Pero sospecha que Alan ya está concentrado, di-
señando mentalmente un motor rotatorio de avión con un número par
de cilindros.

— 209 —
—En todo caso, si los miras, todos tienen un número impar de ci-
lindros —sigue diciendo Lawrence—. Por lo que el sonido de la ex-
pulsión se combina con el sonido de la hélice para producir ese sonido
de dos tonos.
Alan vuelve a subir a la bicicleta y pedalea por el bosque sin hablar.
En realidad, no han estado hablando sino más bien mencionando cier-
tas ideas y dejando que el otro desarrolle las implicaciones. Es una forma
extremadamente eficaz de comunicarse; elimina los elementos redun-
dantes de los que se quejaba Alan en el caso de FDR y Churchill.
Waterhouse está pensando en ciclos dentro de ciclos. Ya ha decidido
que la sociedad humana es uno de esos supuestos de ciclos dentro de
ciclos* y ahora intenta decidir si es como la bicicleta de Turing (fun-
ciona bien durante un rato, y de pronto la cadena se cae; de ahí la oca-
sional guerra mundial) o como la máquina Enigma (se mueve incom-
prensiblemente durante un tiempo, y luego de pronto los rotores se
alinean como en un tragaperras y todo queda claro en una especie de
epifanía global o, si se prefiere, Apocalipsis) o como un motor rotato-
rio de avión (gira, gira y gira; no sucede nada especial, simplemente
produce mucho ruido).
—¡Está en algún sitio... por aquí! —dice Alan, y frena violenta-
mente sólo para fastidiar a Lawrence, quien tiene que girar para esqui-
varle, un truco arriesgado en un camino tan estrecho, y dar la vuelta.
Apoyan las bicicletas contra los árboles y cogen parte del equipo
de las canastas: baterías secas, placas de prototipos electrónicos, un palo,
una pala, rollos de alambre. Alan mira con incertidumbre y luego ca-
mina hacia el bosque.
—Pronto iré a Estados Unidos a trabajar en ese problema de cifra-
do de voz en Bell Labs —dice Alan.
Lawrence ríe pesaroso.
—Tú y yo somos como barcos que se cruzan en la noche.
—Somos pasajeros en barcos que se cruzan en la noche —le corri-
ge Alan—. No es un accidente. Te necesitan precisamente porque yo
me voy. Hasta ahora he estado haciendo todo el trabajo de 2701.
—Ahora es el Destacamento 2702 —dice Lawrence.
—Oh —dice Alan abatido—. Te diste cuenta.
—Fue imprudente por tu parte, Alan.
—¡Al contrario! —dice Alan—. ¿Qué pensará Rudy si se da cuen-
ta de que de todas las unidades, las divisiones y los destacamentos del

* No tiene datos reales para sostenerlo, pero le parece una idea genial.

— 210 —
orden de batalla aliado ni uno de ellos tiene un número que sea el pro-
ducto de dos primos?
—Bien, eso depende de lo comunes que sean esos números en com-
paración con todos los otros números, y cuántos números en ese in-
tervalo no se estén utilizando... —dice Lawrence, y empieza a resolver
la primera mitad del problema—. De nuevo la función Zeta de Rie-
mann. Salta por todas partes.
—¡Ése es el espíritu! —dice Alan—. Simplemente, adopta una ac-
titud racional y de sentido común. Son realmente patéticos.
—¿Quiénes?
—Aquí —dice Alan, reduciendo el paso y mirando entre los árbo-
les, que para Lawrence se parecen a los otros árboles—. Éste me pare-
ce conocido.
Se sienta en el tronco de un árbol caído y empieza a sacar material
eléctrico de la bolsa.
Lawrence se agacha a su lado y hace lo mismo. No sabe cómo fun-
ciona el dispositivo —es un invento de Alan— y por tanto ejecuta el
papel de ayudante del cirujano, pasando herramientas y elementos al
doctor que lo está montando El doctor habla durante toda la opera-
ción, así que pide las herramientas mirándolas fijamente y frunciendo
el entrecejo.
—Ellos son... bien, ¿quiénes crees? ¡Los tontos que usan la infor-
mación que sale de Bletchley Park!
—¡Alan!
—¡Bueno, es una tontería! Como el asunto de Midway. Es el ejem-
plo perfecto, ¿no?
—Bueno, yo me alegré de que ganásemos la batalla —dice Law-
rence en guardia.
—¿No crees que es un poco extraño, un poco sorprendente, un po-
co evidente, que después de todos los brillantes engaños, fintas y tre-
tas de Yamamoto, ese Nimitz supiese exactamente adonde ir a buscar-
le? ¿En todo el océano Pacífico?
—Vale —dice Lawrence—. Me quedé anonadado. Escribí un artí-
culo sobre eso. Probablemente el artículo que me metió en este asun-
to contigo.
—Bien, pues los británicos no lo hacemos mejor —dice Alan.
—¿En serio?
—Te horrorizarías de saber lo que hemos hecho en el Mediterrá-
neo. Es un escándalo. Un crimen.
—¿Qué hemos estado haciendo nosotros? —pregunta Lawren-

— 211 —
ce—. Digo «nosotros» en lugar de «vosotros» porque ahora somos
aliados.
—Sí, sí —dice Alan impaciente—. Eso dicen —se detiene un mo-
mento, siguiendo un circuito eléctrico con el dedo, calculando induc-
tancias en la cabeza. Finalmente, sigue hablando—: bien, hemos estado
hundiendo convoyes, eso es. Convoyes alemanes. Los hemos esta-
do hundiendo por todas partes.
—¿De Rommel?
—Sí, exacto. Los alemanes cargan combustible, tanques y muni-
ción en barcos en Ñapóles y los envían al sur. Nosotros vamos y los
hundimos. Los hundimos casi todos porque hemos roto el código
C38m de los italianos y sabemos cuándo abandonan Ñapóles. Y últi-
mamente hemos estado hundiendo justo «los más cruciales» para Rom-
mel, porque también hemos roto su código Chaffinch y sabemos de
qué ausencias se queja más.
Turing le da a un interruptor de palanca de su invención y de un
polvoriento cono de papel negro atado con cuerda a la placa de proto-
tipo sale un chillido extraño y serpenteante. El cono es un altavoz, apa-
rentemente recuperado de una radio. Hay un palo de escoba con un
bucle de alambre rígido colgando de un extremo, y un cable que va de
ese bucle en el palo hasta la placa de prototipo, como un lazo, frente a
la sección central de Lawrence. El altavoz emite un sonido.
—Bien. Está recibiendo la hebilla de tu cinturón —dice Alan.
Deja el aparato sobre las hojas, busca en los bolsillos y finalmente
saca un trozo de papel en el que hay escritas varias líneas de texto en
letras mayúsculas. Lawrence la reconocería en cualquier parte: es una
hoja cifrada.
—¿Qué es eso, Alan?
—Escribí las instrucciones completas y las cifré, luego las oculté
baj o un puente en un bote de bencedrina —dice Alan—. La semana pa-
sada recuperé el contenedor y descifré las instrucciones. —Agita el pa-
pel en el aire.
—¿Qué esquema de cifrado has usado?
—Uno inventado por mí. Puedes intentar descifrarlo si quieres.
—¿Qué te hizo decidir que era cosa de desenterrarlo?
—No era más que una protección frente a la invasión —dice
Alan—. Está claro que ahora no nos van a invadir, con vosotros en la
guerra.
—¿Cuánto enterraste?
—Dos lingotes de plata, Lawrence, cada uno vale unas ciento vein-

— 212 —
ticinco libras. Uno de ellos debería estar muy cerca. —Alan se pone en
pie, saca una brújula del bolsillo, se enfrenta al norte magnético y cua-
dra los hombros. Luego se gira unos grados—. No recuerdo si tuve en
cuenta la declinación —murmura—. ¡Correcto! En todo caso. Un cen-
tenar de pasos al norte. —Y camina hacia el bosque, seguido por Law-
rence, que ha heredado el trabajo de llevar el detector de metales.
De la misma forma que el doctor Alan Turing puede ir en bicicle-
ta, mantener una conversación y contar mentalmente las revoluciones
de los pedales, también puede contar pasos y hablar al mismo tiempo.
A menos que se equivoque por completo, lo que también parece po-
sible.
—Si lo que dices es cierto —dice Lawrence—, el baile debe haber
terminado. Rudy debe haber adivinado que hemos roto sus códigos.
—Hay activado un sistema informal, que puede considerarse un
precursor del Destacamento 2701, o 2702, o como lo llamen ahora
—dice Alan—. Cuando queremos hundir un convoy, primero envia-
mos un avión de observación. Es claramente un avión de observación.
Claro, observar no es realmente su labor principal, ya sabemos exacta-
mente dónde está el convoy. Su labor real es ser observado; es decir, vo-
lar lo suficientemente cerca del convoy para que lo vean los vigías de
los barcos. A continuación los barcos enviarán un mensaje de radio in-
dicando que han sido vistos por un avión de observación de los alia-
dos. Luego, si llegamos y los hundimos, los alemanes no lo considera-
rán sospechoso... al menos, no tan monstruosamente sospechoso como
si supiésemos adonde ir.
Alan se detiene, consulta la brújula, se gira noventa grados y co-
mienza a caminar hacia el oeste.
—Me parece un arreglo muy ad hoc —dice Lawrence—. ¿Cuál es
la probabilidad de que aviones de observación aliados, enviados su-
puestamente al azar, localicen cada uno de los convoyes del Eje?
—Ya he calculado tal probabilidad, y te apuesto uno de mis lingo-
tes de plata a que Rudy también lo ha hecho —dice Turing—. Es muy
pequeña.
—Así que yo tenía razón —dice Lawrence—, tenemos que asumir
que el baile ha terminado.
—Quizá todavía no —dice Alan—. Ha sido pura suerte. La sema-
na pasada hundimos un convoy en la niebla.
—¿En la niebla?
—Niebla por todas partes. Era imposible que se pudiese observar
el convoy. Los imbéciles lo hundieron de todas formas. Kesselring sos-
pechó, como lo haría cualquiera. Así que preparamos un mensaje fal-
so, usando un código que sabemos que los nazis han roto, dirigido a
un agente ficticio en Ñapóles. Lo felicitaba por darnos información so-
bre el convoy. Desde entonces, la Gestapo ha estado recorriendo la
costa de Ñapóles, buscando a ese tipo.
—Yo diría que esquivamos la bala.
—Cierto. —Alan se detiene de pronto, le quita el detector de me-
tales a Lawrence y lo enciende. Comienza a andar lentamente por un
claro, pasando el bucle de cable sobre el terreno. Continuamente se en-
reda con las ramas o se dobla, y por tanto necesita frecuentes repara-
ciones, pero sigue tozudamente en silencio, excepto cuando Alan, preo-
cupado de que ya no esté funcionando, lo prueba con la hebilla del
cinturón de Lawrence.
—Es un asunto extremadamente delicado —comenta Alan—. Al-
gunas de nuestras UEC están en el norte de África.
—¿UEC?
—Unidades Especiales de Contacto. Los oficiales de inteligencia
que reciben la información Ultra de nosotros se la pasan a los oficiales
de campo y se aseguran de que es destruida. Algunos de ellos descu-
brieron, por medio de Ultra, que iba a producirse una incursión aérea
durante al almuerzo, así que se llevaron los cascos al comedor. Cuan-
do se produjo la incursión tal y como estaba prevista, todos querían sa-
ber cómo esos UEC supieron que debían llevar los cascos.
—Parece que no hay esperanza—dice Lawrence—. ¿Cómo es po-
sible que los alemanes no se den cuenta?
—A nosotros nos lo parece así porque lo sabemos todo y nuestros
canales de comunicación están limpios de ruido —dice Alan—. Los
alemanes tienen menos canales, y son bastante más ruidosos. A menos
que sigamos haciendo cosas asombrosamente idiotas como hundir
convoyes en la niebla, nunca tendrán un indicación clara e inconfun-
dible de que hemos roto Enigma.
—Es curioso que menciones Enigma —dice Lawrence—, porque
se trata de un canal extremadamente ruidoso del que nos las arregla-
mos para sacar grandes cantidades de información útil.
—Exactamente. Exactamente por eso estoy preocupado.
—Bien, haré todo lo que pueda para engañar a Rudy —dice Wa-
terhouse.
—Tu lo harás perfectamente. Me preocupan los hombres que eje-
cutan las operaciones.
—El coronel Chattan parece bastante responsable —dice Water-

— 214 —
house, aunque probablemente no tenga sentido seguir dando garantías
a Alan. Simplemente está preocupado. Una vez cada dos o tres años,
Waterhouse hace algo que demuestra habilidad social y ahora ya le to-
ca: cambia de tema.
—Y mientras tanto, ¿estarás trabajando para que Churchill y Roo-
sevelt puedan mantener conversaciones telefónicas secretas?
—En teoría. Dudo mucho que sea práctico. Bell Labs tiene un sis-
tema que actúa dividiendo la onda en varias bandas... —Y a continua-
ción Alan se lanza al tema de las compañías telefónicas. Realiza una di-
sertación completa sobre el tema de la teoría de información aplicado
a la voz humana, y de cómo dicta el funcionamiento del sistema tele-
fónico. Está bien que Turing tenga un tema tan extenso del que hablar,
porque para Lawrence es cada vez más evidente que su amigo no tiene
ni idea de dónde están enterrados los lingotes de plata.
Sin tener que cargar con plata, los dos amigos regresan pedaleando
a casa en la oscuridad, que tan al norte llega sorprendentemente rápi-
do. No hablan demasiado, porque Lawrence sigue absorbiendo y digi-
riendo todo lo que Alan le ha contado con respecto al Destacamento
2702, los convoyes, Bell Labs y la redundancia de la señal de voz. Cada
pocos minutos, pasa zumbando una motocicleta cargada con alforjas
repletas de mensajes cifrados.

En el aire

Cualquier medio que sirva para transportar ganado, Bobby


Shaftoe lo ha probado: furgones, camiones, marchas forzadas
campo a través. Los militares han conseguido inventar el equi-
váleme aéreo en la forma del Avión del Millar de nombres: DC-3, Sky-
train, C-47, Transporte Dakota, Gooney Bird. Sobrevivirá. Las cos-
tillas de aluminio expuestas del fuselaje intentan darle una paliza de
muerte, pero siempre que consiga permanecer despierto, puede esqui-
varlas.
Los soldados están embutidos en el otro avión. El teniente Ethrid-
ge y Root están en éste, junto con el soldado de primera Gerald Hott
y el sargento Bobby Shaftoe. El teniente Ethridge reclamó su derecho
sobre todos los objetos blandos del avión, los dispuso formando un re-

— 215 —
fugio, cerca de la cabina del piloto, y se ató. Durante un rato fingió tra-
bajar con papeles. Luego intentó mirar por la ventana. Ahora se ha
quedado dormido y ronca con tal estruendo que, no es broma, ahoga
el ruido de los motores.
Enoch Root se ha incrustado en el fondo del fuselaje, donde es más
estrecho, y lee dos libros a la vez. A Shaftoe le parece típico: supone
que los libros dicen cosas completamente diferentes y el capellán esta-
rá obteniendo un gran placer enfrentándolos uno contra el otro, como
esos tipos que ponen un tablero de ajedrez sobre una mesa giratoria
para jugar contra sí mismos. Supone que cuando vives en una choza en
lo alto de una montaña rodeado por un montón de nativos que no ha-
blan ninguna de la aproximadamente media docena de lenguas que tú
conoces debes aprender a discutir contigo mismo.
Hay una fila de pequeñas ventanillas cuadradas a cada lado del
avión. Shaftoe mira por la derecha y ve montañas cubiertas de nieve y
se caga de miedo durante un momento pensando que se han perdido
en los Alpes. Pero por la izquierda, todavía aparece el Mediterráneo, y
con el tiempo da paso a protuberancias parecidas a la Torre del Diablo
que se elevan desde el terreno de rocas y matorral, y luego no hay más
que piedras y arena, o arena sin rocas. Arena amontonada aquí y allá,
sin ningún orden en particular, formando dunas. ¡Maldición, siguen en
África! ¡Deberías poder ver leones, jirafas y rinocerontes! Shaftoe se
adelanta para presentar una queja ante el piloto y el copiloto. Quizá
puedan jugar juntos a las cartas. Quizá desde la parte delantera del
avión se vea algo que valga la pena.
A todos los efectos, es rechazado en una amarga derrota. Com-
prueba inmediatamente que el proyecto de encontrar algo mejor que
mirar no tiene sentido. Sólo hay tres cosas en todo el universo: arena,
mar y cielo. Como marine, sabe lo aburrido que es el mar. Los otros
dos son algo mejores. Hay una línea de nubes por delante de ellos; un
frente de algún tipo. Eso es todo lo que hay.
Obtiene una idea general del plan de vuelo antes de que retiren la
carta de vuelo y la aparten de su vista. Parece que intentan sobrevolar
Túnez, lo que no deja de ser curioso, porque la última vez que lo com-
probó, Túnez era territorio nazi: de hecho, el sostén de la presencia del
Eje en el continente africano. El plan general de hoy parece ser cortar
por los estrechos entre Bizerta y Sicilia y luego dirigirse al este hacia
Malta.
Todos los suministros y refuerzos de Rommel vienen desde Italia
atravesando esos dos mismos estrechos, y llegan hasta Túnez o Bizer-

— 216 —
ta. Desde allí, Rommel puede atacar al este hacia Egipto o al oeste ha-
cia Marruecos. En las semanas que han pasado desde que el Octavo
Ejército Británico le dio una paliza en El-Alamein (que está mucho
más al este, en Egipto), ha estado retrocediendo en dirección oeste ha-
cia Túnez. Desde que los americanos desembarcaron en el noroeste de
África, hace pocas semanas, ha estado luchando contra un segundo
frente al oeste. Y Rommel lo ha estado llevando muy bien, por lo que
Shaftoe ha podido deducir al escuchar los comentarios estentóreos de
los noticiarios cinematográficos, tan cargados de alegría siniestra,
mientras se relataban los hechos anteriores.
Todo eso significa que bajo ellos un gran número de fuerzas debe-
rían estar extendiéndose por el Sahara a la espera de entrar en comba-
te. Quizás incluso se esté produciendo una batalla. Pero Shaftoe no ve
nada. Sólo la línea amarilla ocasional lanzada por un convoy, una me-
cha de dinamita chisporroteando en medio del desierto.
Así que habla con los pilotos. Y hasta que percibe que se cruzan
miradas entre sí no comprende que está pasando. Aquellos «Asesinos»
debían haber probado a matar a sus víctimas hablándoles hasta la
muerte.
Jugar a las cartas está definitivamente descartado. Esos chicos ni si-
quiera quieren hablar. Prácticamente tiene que meterse allí y apode-
rarse de los mandos de control para obligarles a decir algo. Y cuando
lo hacen, hablan de forma curiosa, y comprende que esos tipos no son
tipos ni colegas. Son individuos. Sujetos. Camaradas. Son británicos.
El único otro detalle que aprecia en ellos, antes de rendirse y vol-
verse a la zona de carga, es que van jodidamente armados hasta los
dientes. Como si esperasen tener que matar a veinte o treinta personas
en el camino del avión a la letrina y de vuelta. Bobby Shaftoe ha cono-
cido a algunos de esos tipos paranoicos durante su servicio, y no le gus-
tan demasiado. Esa forma de pensar le recuerda demasiado a Guadal-
canal.
Encuentra un buen sitio en el suelo cerca del cuerpo del soldado de
primera Gerald Hott y se tiende. La diminuta pistola que lleva al cin-
to le impide tenderse de espaldas, así que se la saca y se la mete en el
bolsillo. Sólo sirve para trasladar el centro de la incomodidad al estile-
te de los marine raider que lleva sujeto de forma invisible entre los
hombros. Comprende que va a tener que echarse de lado, lo que no va
bien porque a un lado tiene un Colt semiautomático, en el que no con-
fía, y en el otro, su propio revólver de seis balas de casa, en el que sí
confía. Así que tiene que encontrar dónde guardarlos, junto con la mu-

— 217 —
nición, cargadores de repuesto y suministros de mantenimiento que
los acompañan. El cuchillo V-44 «Gung Ho», para abrirse paso en la
jungla, partir cocos y decapitar nipos, que lleva atado en la pantorrilla
izquierda, también desaparece, al igual que la derringer que lleva en la
otra pierna para mantener el equilibrio. Lo único que se queda con él
son las granadas de los bolsillos delanteros, ya que no planea tenderse
sobre el estómago.
Consiguen atravesar el cabo justo a tiempo para evitar ser arras-
trados por la implacable marea. Frente a ellos se ve un llano lleno de
barro que forma el suelo de un cala en forma de caja. Las paredes de la
caja están formadas por el cabo que acaban de atravesar, otro cabo, de-
primentemente similar, a unos cientos de metros, y un acantilado que
se levanta en vertical desde el barro. Incluso si no estuviese cubierto
por una jungla tropical implacablemente hostil, el acantilado sellaría el
acceso al interior de Guadalcanal simplemente por la caída en vertical.
Los marines están atrapados en esa cala hasta que baje la marea.
Lo que da tiempo de sobra a las ametralladoras nipos para matar-
los a todos.
Para entonces todos conocen ya el sonido del arma y se arrojan so-
bre el barro inmediatamente. Shaftoe da un vistazo rápido a su alrede-
dor. Los marines tendidos de espaldas o de lado probablemente estén
muertos, los que están apoyados sobre el estómago probablemente es-
tén vivos. La mayoría están tendidos sobre el estómago. El sargento está
evidentemente muerto; el tirador le apuntó a él primero.
El ñipo o nipos sólo tienen una ametralladora, pero parecen tener
toda la munición del mundo: el fruto del Expreso de Tokio, que ha es-
tado llegando impunemente desde que Shaftoe y el resto de los mari-
nes desembarcaron en agosto. El tirador se lo toma con calma, apun-
tando con rapidez a cualquier marine que intente moverse.
Shaftoe se pone en pie y corre hacia la base del acantilado.
Al fin, puede ver los destellos del cañón del ñipo. Así sabe a dón-
de apunta. Cuando los destellos son alargados es que está apuntado a
otros y es seguro ponerse en pie y correr. Cuando se acortan, está gi-
rando para apuntar a Bobby Shaftoe...
Se ha arriesgado demasiado. Siente un dolor intenso en la parte ba-
ja derecha del abdomen. El grito de dolor es apagado por el barro y cie-
no cuando el peso de la malla y el casco lo lanzan de cabeza al suelo.
Quizá pierde la conciencia durante un rato. Pero no puede ser de-
masiado tiempo. El fuego continúa, lo que implica que no todos los
marines están muertos. Shaftoe levanta la cabeza con dificultad, lu-

— 218 —
chando contra el peso del casco, y ve un tronco que le separa de la ame-
tralladora; un trozo de madera arrojado a la playa por la tormenta.
Puede correr hacia él o no. Decide correr. Está sólo a unos pasos.
Comprende, a medio camino, que va a conseguirlo. Al fin fluye la adre-
nalina; se lanza con fuerza y cae en el refugio del gran tronco. Media
docena de balas se hunden al otro lado, y arrojan sobre su cabeza una
ducha de astillas fibrosas y húmedas. El tronco está podrido.
Shaftoe se ha metido en una especie de agujero, y no puede ver ni
adelante ni atrás sin exponerse. No puede ver a los otros marines, sólo
oírles gritar.
Se arriesga a echar un vistazo al nido de la ametralladora. Está bien
oculto por la vegetación de la jungla, pero evidentemente situado en
una cueva a unos veinte pies sobre el llano. Él no está tan lejos de la
base del acantilado: podría alcanzarlo con otra carrera. Pero trepar has-
ta allí sería un suicidio. Probablemente la ametralladora no pudiese
apuntarle, pero pueden lanzarle granadas hasta el día del juicio final o,
simplemente, acabar con él con armas pequeñas cuando intente su-
jetarse.
Es, en otras palabras, hora de lanzar las granadas. Shaftoe se pone
de rodillas, saca un tubo con rebordes de su bolsa de malla, lo apoya
sobre el bozal. Intenta fijarlo, pero no puede girar la tuerca con las ma-
nos ensangrentadas. ¿A qué listillo se le ocurrió usar una puta tuerca
en ese contexto? No tiene sentido preocuparse de eso ahora. En reali-
dad, hay sangre por todas partes, pero no siente dolor. Pasa los dedos
por el suelo, los llena de arena y aprieta la tuerca.
De la bolsa tan práctica sale una granada de fragmentación Mark II,
conocida también como la pina, y con algo más de búsqueda, saca el
Adaptador de Proyección de Granadas, MI. Mete la anterior en este
último, saca el seguro, lo deja caer, y luego desliza el Adaptador de Pro-
yección de Granadas, Mi, armado y preparado, con su carga de fruta,
sobre el tubo del lanzagranadas. Al fin: abre una caja de cartuchos es-
pecialmente marcada, busca entre Lucky Strikes rotos y doblados, en-
cuentra un cilindro, un cartucho de munición sin carga, doblado en el
extremo pero sin una bala de verdad. Carga algunos en la recámara del
Springfield.
Se desliza junto al tronco para poder salir y disparar desde un pun-
to inesperado de forma que no le arranquen la cabeza con la ametra-
lladora. Finalmente levanta el dispositivo del profesor Franz de Co-
penhague en que se ha convertido su Springfield, clava la culata en la
arena (en el modo lanzagranada el retroceso te rompería la clavícula),

— 219 —
apunta hacia el enemigo y le da al gatillo. El Adaptador de Proyección
de Granadas, MI desaparece con un estallido terrible, dejando un ras-
tro de piezas de ferretería ahora inútiles, como un alma que deja atrás
su cuerpo. La pina se eleva hacia el cielo, dejando atrás incluso el me-
canismo de seguridad, con el detonador químico ardiendo por lo que
incluso tiene, cómo lo diría, una luz interior. Shaftoe ha apuntado bien,
y la granada se dirige a dónde pretendía. Cree que es muy listo... hasta
que la granada rebota, baja dando botes por el acantilado y vuela otro
tronco podrido. Los nipos ya habían anticipado el plan de Bobby Shaf-
toe, por lo que han tendido una red o tela metálica.
Descansa con la espalda en el barro, mirando al cielo, repitiendo la
palabra «joder» una y otra vez. El tronco se agita como un todo, y al-
go similar a turba le llueve sobre la cara mientras las balas acaban con
la madera podrida. Bobby Shaftoe dirige una plegaria al Todopodero-
so y se prepara para una carga banzai.
Y entonces, el enloquecedor sonido de la ametralladora se detiene,
reemplazado por el grito de un hombre. No reconoce la voz. Shaftoe
se apoya en los codos y comprende que el grito viene de la cueva.
Levanta la vista y ve los enormes ojos azules de Enoch Root.
El capellán ha dejado el rincón al fondo del avión y está en cucli-
llas cerca de una de las ventanillas, sujetándose a lo que puede. Bobby
Shaftoe, que se ha movido hasta quedar en una postura incómoda so-
bre el estómago, mira por la ventana del lado opuesto del avión. De-
bería poder ver el cielo, pero en lugar de eso ve cómo pasa una duna.
La imagen le produce náuseas instantáneas. Ni siquiera considera la
idea de sentarse.
Puntos de luz brillante surcan como locos el interior del avión,
como rayos, pero —y al principio no es demasiado evidente— pro-
yectados contra la pared del avión, como rayos de linternas. Sigue los
rayos, aprovechándose de la ligera neblina de fluido hidráulico vapo-
rizado que ha empezado a acumularse en el aire, y descubre que tienen
su origen en una serie de pequeños agujeros circulares que algún ca-
brón ha perforado en la piel del avión mientras él dormía. El sol pene-
tra por esos agujeros, siempre, claro, en la misma dirección; pero el
avión se mueve hacia todos lados.
Comprende que ha estado tendido en el techo del avión desde que
se despertó, lo que explica por qué está tendido sobre el estómago. Al
comprenderlo, vomita.
Los puntos brillantes desaparecen. Muy, muy renuentemente,
Shaftoe se atreve a mirar por la ventana y sólo ve gris.

— 220 —
Ahora cree estar en el suelo. En cualquier caso, está junto al cadá-
ver, y el cadáver estaba atado.
Se queda tendido durante unos minutos, respirando y pensando.
El aire silba al entrar por los agujeros del fuselaje, con estruendo sufi-
ciente para romperle la cabeza.
Alguien —sin duda, un demente— está de pie y se mueve por el
avión. No es Root, que se encuentra en su rincón tratando una serie de
laceraciones faciales que recibió durante las acrobacias aéreas. Shaftoe
levanta la vista y ve que el hombre en movimiento es uno de los pilo-
tos británicos.
El británico se ha quitado lo que llevaba en la cabeza para dejar al
descubierto un pelo negro y ojos verdes. Tiene treinta y tantos años,
un viejo. Un rostro huesudo y práctico en el que los diversos bultos,
protuberancias y orificios parecen estar allí por alguna razón, una cara
diseñada por el mismo tío que diseña lanzagranadas. Un rostro simple
y de fiar, ni de lejos guapo. Está arrodillado junto al cadáver de Gerald
Hott y lo examina al detalle con una linterna. Es la viva imagen de la
preocupación; sus cuidados a los enfermos son intachables.
Finalmente se apoya en la estructura del fuselaje.
—Gracias a Dios —dice—, no le han dado.
—¿A quién? —dice Shaftoe.
—A este tipo —dice el piloto, golpeando al cadáver.
—¿Y no va a examinarme a mí?
—No es necesario.
—¿Por qué no? Yo sigo vivo.
—No le dieron —dice el piloto con toda confianza—. Si le hubie-
sen dado, tendría el aspecto del teniente Ethridge.
Por primera vez, Shaftoe se atreve a moverse. Se apoya sobre un
codo y descubre que el suelo del avión está manchado de un fluido rojo.
Había notado una neblina rosa en la cabina, y había supuesto que
era producto de un escape de fluido hidráulico. Pero el sistema hi-
dráulico parece estar perfectamente y lo que hay en el suelo no es un
derivado del petróleo. Es el mismo fluido rojo que aparecía tan pro-
minentemente en la pesadilla de Shaftoe. Fluye desde el cómodo nido
del teniente Ethridge, y el teniente ya no ronca.
Shaftoe contempla lo que queda de Ethridge, que se parece extraor-
dinariamente a lo que estaba tirado por la carnicería esa misma maña-
na. No desea perder la compostura en presencia de un piloto británi-
co, y en realidad, siente una extraña calma. Quizá sean las nubes; los
días nublados siempre le han resultado tranquilizadores.

— 221 —
—Santo Dios —dice al fin—, la veinte milímetros de los teutones
es algo increíble.
—Cierto —dice el piloto—, tenemos que dejarnos ver por un con-
voy y luego proceder con la entrega.
A pesar de lo críptico que suena, es la afirmación más informativa
que Bobby haya oído nunca sobre las intenciones del Destacamento
2702. Se pone en pie y sigue al piloto hasta la cabina, ambos esqui-
vando con delicadeza varios menudillos que presumiblemente han sa-
lido de Ethridge.
—Se refiere a un convoy aliado, ¿no? —pregunta Shaftoe.
—¿Un convoy aliado? —pregunta el piloto con burla—. ¿Dónde
cono vamos a encontrar un convoy aliado? Estamos en Túnez.
—Bien, entonces, ¿qué ha querido decir con eso de dejarnos ver por
un convoy? Quiere decir que vamos a ver un convoy, ¿no?
—Lo siento mucho —dice el piloto—, estoy ocupado.
Al darse la vuelta, encuentra al teniente Enoch Root de rodillas
junto a un trozo relativamente grande de Ethridge, registrando el ma-
letín de éste. Shaftoe compone un gesto de exagerada indignación mo-
ral y le señala con el dedo de la culpa.
—Mire, Shaftoe —grita Root—, me limito a seguir órdenes. Ocu-
par su puesto.
Saca un paquete pequeño, todo envuelto en un plástico grueso y
amarillento. Lo examina, levanta la vista y mira reprobatoriamente a
Shaftoe una vez más.
—¡Era un puto chiste! —dice Shaftoe—. ¿Recuerda? ¿Cuando creí
que esos tipos saqueaban los cadáveres? ¿En la playa?
Root no se ríe. O está muy cabreado porque Shaftoe consiguiese
engañarle, o no le gustan las bromas sobre el saqueo de cadáveres. Root
lleva el paquete hasta el otro cuerpo, el que lleva el traje de goma. Mete
el paquete en el traje.
A continuación se pone en cuclillas junto al cuerpo y cavila. Cavi-
la durante mucho tiempo. A Shaftoe le parece que le gusta ver a Enoch
cavilar, que es como observar a una bailarina exótica agitar las tetas.
La luz vuelve a cambiar al descender de las nubes. El sol se está po-
niendo, brillando rojizo por entre la neblina del Sahara. Shaftoe mira
por una ventana y se sorprende al ver que ahora están sobre el mar. Por
debajo hay un convoy de barcos, cada uno de ellos marcando una V
perfecta y blanca sobre las aguas oscuras, cada uno iluminado a un cos-
tado por el sol rojo.
El aeroplano vira y da un lento giro alrededor del convoy. Shaftoe

_ ')■)') ______
oye el sonido distante de los disparos. Flores negras estallan y se di-
suelven en el cielo a su alrededor. Comprende que los barcos intentan
acertarles con fuego antiaéreo. Después el avión se eleva una vez más
hacia el refugio de las nubes, y la oscuridad es casi completa.
Mira a Enoch Root por primera vez en un buen rato. Éste vuelve a
estar sentado en el rincón, leyendo con ayuda de una linterna. Tiene
desplegados sobre el regazo un montón de papeles. Es el montón en-
vuelto en plástico que Root sacó del maletín de Ethridge y metió en el
traje de Gerald Hott. Shaftoe supone que el encuentro con el convoy
y el fuego antiaéreo ha superado a Root y que volvió a sacar el paque-
te para echarle un vistazo.
Root levanta la vista y mira a Shaftoe a los ojos. No parece sentir-
se nervioso, ni culpable. Se muestra llamativamente calmado y tran-
quilo.
Shaftoe sostiene la vista durante un momento. Si hubiese la más mí-
nima muestra de nerviosismo o culpa, denunciaría al capellán como espía
alemán. Pero no la hay; Enoch Root no trabaja para los alemanes. Tam-
poco trabaja para los aliados. Trabaja para un Poder Superior. Shaftoe
asiente imperceptiblemente, y la mirada de Root se suaviza.
—Están todos muertos, Bobby —le grita.
—¿Quiénes?
—Los isleños. Los que viste en la playa de Guadalcanal.
Así que eso explica por qué a Root le molestan tanto las bromas so-
bre saqueadores de cadáveres.
—Lo lamento —dice Shaftoe, acercándose para no tener que gri-
tarse—. ¿Cómo sucedió?
—Después de que volviésemos a mi cabana, envié un mensaje a los
jefes en Brisbane —dice Root—. Lo cifré usando un código especial.
Les conté que había recogido a un marine raider, que parecía que po-
dría sobrevivir, y que si podrían venir por favor a recogerlo.
Shaftoe asiente. Recuerda haber oído muchos puntos y rayas, pero
entre la fiebre, la morfina y los remedios caseros que Root le había ad-
ministrado no se enteraba de mucho.
—Bien, respondieron —siguió contando Root—, diciendo: «No
podemos ir hasta allí, pero ¿le importaría llevarlo a tal y tal sitio y en-
contrarse allí con otros marines raiders?» Lo que, como recordarás, es
lo que hicimos.
—Sí—dijo Shaftoe.
—Hasta aquí bien. Pero cuando regresé a la cabana después de en-
tregarte, los nipones habían pasado por allí. Habían matado a todos los

— 223 —
isleños que pudieron encontrar. Quemaron la cabana. Lo quemaron
todo. Pusieron tantas trampas por todas partes que casi me matan.
Apenas salí vivo de allí.
Shaftoe asiente, como sólo puede asentir alguien que ha visto a los
nipos en acción.
—Me evacuaron a Brisbane, donde comencé a dar la lata con res-
pecto a los códigos. Ésa era la única forma en que pudieron encontrar-
me; era evidente que habían roto el código. Y después de dar bastante
la lata, aparentemente alguien dijo: «Eres británico, eres un sacerdote,
eres médico, puedes manejar un rifle, conoces el código Morse, y lo
más importante de todo, eres un jodido incordio... ¡así que fuera!» Y
lo siguiente que sé es que me encuentro en Argel dentro de un conte-
nedor de carne.
Shaftoe aparta la vista y asiente. Root parece comprender el men-
saje, que es que Shaftoe no sabe nada más de lo que ya sabe él.
Con el tiempo, Enoch Root vuelve a rehacer el paquete, dejándo-
lo tal y como estaba. Pero no lo vuelve a colocar en el maletín. Lo me-
te en el traje de goma de Gerald Hott.
Más tarde vuelven a salir de entre las nubes, cerca de un puerto ilu-
minado por la luna, y bajan hasta estar muy cerca del océano, yendo
tan lento que incluso Shaftoe, quien no sabe nada sobre aviones, siente
que están a punto de calar el motor. Abren la puerta lateral del Da-
kota y, uno-dos-tres-AHORA, lanzan el cuerpo del soldado de primera
Gerald Hott al océano. Produce lo que sería una buena rociada en la
piscina municipal de Oconomowoc, pero que en el océano no se nota
demasiado.
Más o menos una hora más tarde, aterrizan el mismo Gooney Bird
en una pista de aterrizaje en medio de un asombroso bombardeo aéreo.
Abandonan el Skytrain en medio de la pista, cerca del otro C-47, y co-
rren por entre la oscuridad, siguiendo a los pilotos británicos. Luego
bajan por una escalera y se encuentran bajo tierra; en un refugio,
para ser exactos. Ahora pueden sentir las bombas, pero no oírlas.
—Bienvenidos a Malta —dice alguien.
Shaftoe mira a su alrededor y ve que está rodeado por hombres ves-
tidos con uniformes británicos y americanos. Los americanos le resul-
tan conocidos: es el pelotón de marine raiders de Argel, que han veni-
do volando en el otro Dakota. Los británicos le son desconocidos, y
Shaftoe supone que son los hombres del SAS de los que le hablaron los
tipos en Washington. Lo único que todos tienen en común es que ca-
da hombre, en algún lugar de su uniforme, lleva el número 2702.

_ 774 __
Confidencialidad

X. Avi se presenta puntual, conduciendo perezosamente su bas-


"+O-J" tante bueno, pero no horriblemente ostentoso, deportivo ni-
T pon, que mete de un volantazo en un mosaico irregular de losetas
de asfalto. Randy lo observa desde el segundo piso, mirando desde
cincuenta pies casi en línea recta a través del techo solar. Avi lleva pues-
tos los pantalones de un buen traje de un tejido apropiado para el trópi-
co, una camisa de algodón hecha a mano, gafas oscuras de esquí y un
sombrero de lienzo de alas anchas.
La casa es una estructura alta y aislada que se alza en medio de un
prado californiano que se eleva desde el Pacífico, a unos kilómetros de
distancia. Desde allí llega un aire frío, a impulsos, como las olas en la
playa. Lo primero que hace Avi al salir del coche es ponerse la chaqueta
del traje.
Saca dos enormes maletines de ordenadores portátiles del portae-
quipaje, entra en la casa sin llamar (no ha estado nunca en esa casa en
particular, pero ha estado en otras que funcionan por principios simi-
lares), se encuentra a Randy y Eb esperándole en una de las muchas ha-
bitaciones y saca de las bolsas como quince mil dólares en equipos in-
formáticos portátiles. Los coloca sobre la mesa. Avi le da al botón de
encendido de los dos portátiles y, mientras ejecutan lentamente la ru-
tina de arranque, los enchufa a la pared para que no se les agoten las ba-
terías. Un conductor de corriente con enchufes cada dieciocho pulga-
das ha sido atornillado implacablemente a lo largo de cada pulgada de
pared, atravesando el recubrimiento de paneles, agujeros en el recu-
brimiento, en el papel de ilusión óptica primitivo, en los paneles de imi-
tación madera, en los viejos carteles de los Grateful Dead e incluso en
la puerta torcida.
Uno de los portátiles está conectado a una impresora portátil di-
minuta, que Avi carga con unas hojas de papel. El otro portátil mues-
tra unas líneas de texto en la pantalla, luego da un pitido y se detie-
ne. Randy se acerca y lo mira con curiosidad. Muestra un indicador de
sistema:
FILO
Que Randy sabe que significa Finux Loader, un programa que per-
mite elegir el sistema operativo.
—Finux —murmura Avi, contestando a la pregunta que Randy no
había formulado.

— 225 —
Randy teclea «Finux» y le da a la tecla de retorno.
—¿Cuántos sistemas operativos tienes en esta máquina?
—Windows 95 para los juegos, y para cuando necesito que algún
idiota use el ordenador durante un rato —dice Avi—. Windows NT
para cosas de oficina. BeOS para hacking y para manipular imágenes,
fotografías y demás multimedia. Finux para composición de textos a
gran escala.
—¿Cuál quieres ahora?
—BeOS. Voy a mostrar muchos JPEG. ¿Hay por aquí un retro-
proyector?
Randy mira a Eb, la única persona en la habitación que realmente
vive allí. Eb parece más voluminoso de lo que es, y quizá sea porque el
pelo parece que le vaya a estallar: de dos pies de largo, rubio con lige-
ros tintes pelirrojos, grueso y ondulado y con tendencia a solidificar-
se en hebras gruesas. La única forma de contenerlo, cuando se molesta
en atarlo, es usar un cordón. Eb está garabateando en uno de esos
pequeños ordenadores que usan un lápiz para escribir en la pantalla.
Normalmente, los hackers no los utilizan, pero Eb (o más bien, una de
las difuntas corporaciones de Eb) escribió el software para ese mode-
lo y por tanto tiene muchos por ahí. Parece estar absorto en lo que sea
que esté haciendo, pero después de que Randy le mire durante un par
de segundos, percibe la mirada y levanta la cabeza. Tiene unos ojos ver-
des y pálidos, acompañados de una exuberante barba pelirroja, menos
cuando se encuentra en una de sus fases de afeitado, que normalmente
suelen coincidir con alguna relación romántica seria. Ahora mismo la
barba tiene como media pulgada de largo, lo que indica una ruptura re-
ciente, e implica la voluntad de aceptar nuevos retos.
—¿Retroproyector? —dice Randy.
Eb cierra los ojos, que es lo que hace durante los accesos a memo-
ria, luego se pone en pie y sale de la habitación.
La pequeña impresora comienza a lanzar papel. La primera línea
de texto, centrada en lo alto de la página, es: ACUERDO DE CONFI-
DENCIALIDAD Y NO DIVULGACIÓN. Siguen más líneas. Randy las ha
visto, o similares, en tantas ocasiones que sus ojos pasan por encima de
ellas y miran a otro lado. Lo único que cambia en cada ocasión es el
nombre de la compañía: en este caso: EPIPHYTE(2) CORP.
—Bonitas gafas.
—Si crees que son raras, deberías ver lo que voy a ponerme des-
pués de la puesta de sol —dice Avi. Busca en una bolsa y saca un arte-
facto que es como un par de gafas sin lentes, con lo que parecen unas

— 226 —
lámparas de casa de muñecas sobre cada ojo. Un cable corre hasta un
juego de baterías con una pinza para sujetar al cinturón. Desliza un pe-
queño interruptor en las baterías y las lámparas se encienden: halóge-
no blanco azulado de aspecto muy caro.
Randy arquea las cejas.
—Para evitar el desarreglo horario —explica Avi—. Estoy adapta-
do a la hora de Asia. Y volveré allí en un par de días. Mientras esté aquí
no quiero volver a la hora de la Costa Este.
—Por tanto ese sombrero y las gafas...
—Simulan la noche. Esto otro simula el día. Ya sabes, el cuerpo se
guía por la luz y ajusta el reloj según lo que ve. Por cierto, ¿os impor-
taría cerrar las persianas?
Las ventanas de la habitación miran al oeste, lo que ofrece una vis-
ta de la pendiente cubierta de hierba de Half Moon Bay. Es la última
hora de la tarde y el sol atraviesa las ventanas. Randy saborea durante
un momento la vista y luego deja caer las persianas.
Eb vuelve a entrar en la habitación con un retroproyector colgan-
do de una mano, lo que por un momento le da el aspecto de Beowulf
portando el brazo cortado de un monstruo. Lo coloca sobre la mesa y
lo dirige hacia la pared. No es necesaria una pantalla, porque por enci-
ma de las ubicuas líneas de corriente, todas las paredes de la casa están
cubiertas de pizarras blancas. A su vez, muchas de las pizarras están cu-
biertas con conjuros crípticos escritos en colores primarios. Algunos
de ellos están rodeados por orlas irregulares con anotaciones que di-
cen ¡NO BORRAR! O simplemente ¡NO BO! o ¡NO! Frente al lugar don-
de Eb ha puesto el retroproyector hay una lista de la compra, un frag-
mento medio borrado de un diagrama de flujo, un número de fax de
Rusia, un par de números IP —direcciones de Internet— y unas pocas
palabras en alemán, que presumiblemente escribió el propio Eb. El
doctor Eberhard Fóhr lo examina todo, descubre que nada está rodea-
do por un borde NO BO y lo borra.
Otros dos hombres entran en la habitación, enfrascados en una
conversación sobre alguna irritante compañía en Burlingame. Uno de
ellos es moreno y delgado y tiene el aspecto de un pistolero; incluso
lleva un sombrero negro de cowboy. El otro es rechoncho, rubio y tie-
ne aspecto de acabar de salir de una reunión del Rotary Club. Tienen
un detalle en común: cada uno de ellos lleva un brillante brazalete pla-
teado en la muñeca.
Randy coge los NDA de la impresora y los reparte, dos copias para
cada uno, cada par preimpreso con un nombre: Randy Waterhouse,

— 227 —
Eberhard Fórh, John Cantrell (el chico con el sombrero negro de cow-
boy) y Tom Howard (el americano de pelo claro). Cuando John y Tom
alargan la mano para coger las páginas, los brazaletes plateados inter-
ceptan rayos de luz perdidos que penetran por las persianas. Cada uno
de los brazaletes exhibe un caduceo rojo y varías líneas de texto.
—Parecen nuevos —dice Randy—. ¿Han vuelto a cambiar el texto?
—¡Sí! —dice John Cantrell—. Se trata de la versión 6.0... son de la
semana pasada.
En cualquier otro sitio, los brazaletes indicarían que John y Tom
sufrían alguna condición mortal, como una alergia a los antibióticos
comunes. Un médico que los sacase de un coche destrozado vería el
brazalete y seguiría las instrucciones. Pero estamos en Silicon Valley y
las reglas son diferentes. Los brazaletes dicen, por uno de los lados:

EN CASO DE MUERTE VEA EL REVERSO


PARA EL PROTOCOLO DE BIOÉSTASIS
SIGA LAS INSTRUCCIONES Y RECIBA UNA
RECOMPENSA DE $100.000

Y por el otro:

LLAME PARA PEDIR INSTRUCCIONES


1-800-NNN-NNNN
PUSH 50.000 U HEPARINA IV
REALICE RCP Y ENFRIAMIENTO
CON HIELO HASTA lOC. MANTENGA PH 7,5
NI AUTOPSIA NI EMBALSAMAMIENTO

Se trata de una receta para congelar a una persona muerta o casi


muerta. La gente que lleva esos brazaletes cree que, si se sigue la rece-
ta, se pueden congelar el cerebro y otros tejidos delicados sin destruir-
los. Dentro de unas décadas, cuando la nanotecnología haya hecho po-
sible la inmortalidad, esperan ser descongelados. John Cantrell y Tom
Howard creen que hay una probabilidad razonable de que sigan char-
lando dentro de un millón de años.
La habitación queda en silencio mientras todos los hombres exa-
minan los papeles, buscando con los ojos ciertas cláusulas familiares.
Entre todos habrán firmado probablemente un centenar de acuer-
dos de confidencialidad. Aquí es como ofrecerle a alguien una taza de
café.

— 228 —
Una mujer entra en la habitación, cargando con una bolsa de lona,
y se disculpa por llegar tarde. Beryl Hagen tiene el aspecto de una tía
de los cuadros de Norman Rockwell, de las que visten delantal y sos-
tienen un pastel. Durante veinte años, ha sido la directora financiera de
doce pequeñas compañías diferentes de alta tecnología. Diez de ellas
han quebrado. No fue culpa de Beryl, excepto en el caso de la segun-
da. La sexta fue la Segunda Aventura Empresarial de Randy. Una fue
absorbida por Microsoft, otra se convirtió en una compañía indepen-
diente y de éxito por derecho propio. Beryl ganó dinero suficiente con
las dos últimas para retirarse. Se dedica a asesorar y escribir mientras
busca algo lo bastante interesante como para ponerla de nuevo en ac-
ción, y su presencia en la habitación sugiere que Epiphyte(2) Corp. no
debe ser una absoluta tontería. O quizá, simplemente está mostrándo-
se amable con Avi. Randy le da un abrazo de oso, levantándola del sue-
lo, y luego le pasa dos copias del NDA con su nombre.
Avi ha desmontado la pantalla del primer portátil y la ha colocado
sobre la superficie del primer retroproyector, que proyecta una ima-
gen en color sobre la pizarra. Es un escritorio típico: un par de venta-
nas y algunos iconos. Avi se da una vuelta y recoge los acuerdos de con-
fidencialidad firmados, los repasa, devuelve la copia a cada uno y
archiva el resto en el bolsillo exterior de una de las bolsas de portátiles.
Comienza a teclear en el teclado del portátil y las letras aparecen en una
de las ventanas.
—Como ya sabéis —murmura Avi—, Epiphyte Corp., a la que me
referiré como Epiphyte(l) para ser más claros, es una corporación de
Delaware, de año y medio de antigüedad. Los accionistas somos yo,
Randy y Springboard Capital. Nos dedicamos a los negocios de te-
lecomunicaciones en Filipinas. Puedo daros los detalles más tarde.
Nuestro trabajo allí nos ha hecho ver algunas nuevas oportunidades en
esa parte del mundo. Epiphyte(2) es una corporación de California, de
tres semanas de antigüedad. Si las cosas salen como esperamos, Epiphy-
te(l) se combinará con ésta por medio de una transferencia de acciones
cuyos detalles son demasiado aburridos para discutirlos ahora.
Avi pulsa la tecla de retorno. En el escritorio se abre una nueva ven-
tana. Es un mapa en color escaneado de un atlas, alto y estrecho. En su
mayor parte es de un azul oceánico. Una línea costera agreste penetra
por el borde superior, con algunas ciudades identificadas por sus nom-
bres: Nagasaki, Tokio. Shanghai se encuentra en la esquina superior iz-
quierda. El archipiélago de Filipinas está justo en el centro. Taiwán es-
tá directamente al norte, y al sur hay una cadena de islas que forman

— 229 —
una barrera porosa entre Asia y una gran masa terrestre identificada
con palabras inglesas como Darwin y Great Sandy Desert.
—Probablemente para la mayoría de vosotros tenga un aspecto ra-
ro —dice Avi—. Normalmente estas presentaciones se inician con el
diagrama de una red informática, de flujo, o similar. Normalmente no
miramos mapas. Estamos tan acostumbrados al trabajo en un plano to-
talmente abstracto que casi parece estrafalario ir al mundo real y hacer
algo físicamente.
»Pero me gustan los mapas. Tengo mapas por toda la casa. Voy a
sugeriros que las habilidades y conocimientos que todos hemos ido
desarrollando en nuestro trabajo, especialmente en lo que se refiere a
Internet, tienen aplicaciones ahí fuera. —Da un golpecito en la piza-
rra—. En el mundo real. Ya sabéis, esa enorme bola húmeda donde
viven miles de millones de personas.
Se producen unas cuantas risillas educadas mientras Avi pasa la ma-
no sobre la trackball del ordenador y pulsa un botón con el pulgar.
Aparece una nueva imagen: el mismo mapa, con líneas de colores bri-
llantes atravesando el océano, saltando de una ciudad a la siguiente, si-
guiendo más o menos la costa.
—Los cables submarinos existentes. Cuanto más gruesa es la línea,
mayor es la capacidad —dice Avi—. Ahora bien, ¿qué hay mal en esta
imagen?
Hay varias líneas gruesas que corren hacia el este desde lugares co-
mo Tokio, Hong Kong y Australia, presumiblemente conectándolos a
Estados Unidos. A lo largo del mar de China Meridional, que se en-
cuentra en Filipinas y Vietnam, otra línea gruesa dobla más o menos de
norte a sur, pero no conecta ninguno de esos dos países: va directa-
mente a Hong Kong, luego sube por la costa de China hasta Shanghai,
Corea y Tokio.
—Como Filipinas está justo en el centro del mapa —dice John
Cantrell—, predigo que vas a señalar que casi ninguna línea gruesa lle-
ga a Filipinas.
—Casi ninguna línea gruesa llega a Filipinas —anuncia Avi con vi-
gor. Señala una excepción, que va desde el sur de Taiwán al norte de Lu-
zón, luego sigue la costa hasta Corregidor—. Exceptuando ésta, en la
que Epiphyte(l) está implicada. Pero no es sólo eso. Hay una escasez
general de líneas gruesas en la dirección norte-sur, conectando Aus-
tralia con Asia. Muchos paquetes de datos que van de Sydney a Tokio
deben pasar por California. Hay una oportunidad de mercado.
Beryl lo interrumpe.

— 230 —
—Avi, antes de que empieces —dice, con voz cautelosa y arrepen-
tida—, debo decir que tender cables submarinos de larga distancia es
un negocio en el que es difícil entrar.
—¡Beryl tiene razón! —dice Avi—. La única gente que tiene los re-
cursos para tender esos cables son AT&T, Cable & Wireless y Koku-
sai Denshin Denwa. Es difícil. Es caro. Se necesita una cantidad ingente
de GNR.
La abreviatura significa «gastos no renovables», es decir, el traba-
jo de ingeniería para completar un estudio de viabilidad que será dine-
ro malgastado si la idea no llega a puerto.
—Entonces, ¿en qué piensas? —dice Beryl.
Avi muestra otro mapa. En esta ocasión es igual al anterior, sólo
que se han dibujado nuevas líneas: toda una serie de enlaces cortos de
isla a isla. Una desconcertante cadena de numerosos saltos cortos por
todo el archipiélago de Filipinas.
—Quieres cablear Filipinas y conectarla a la Red por medio de
tu enlace con Taiwán —dice Tom Howard, en un intento heroico
de cortocircuitar lo que intuye como una larga presentación por par-
te de Avi.
—Hablando desde el punto de vista de la información, Filipinas va
a ser algo genial —dice Avi—. El gobierno tiene sus fallos, pero bási-
camente es una democracia, siguiendo el modelo de las instituciones
occidentales. Al contrario que la mayor parte de Asia, usan ASCII. La
mayoría de ellos hablan inglés. Tienen grandes lazos con Estados Uni-
dos. Tarde o temprano van a ser importantes jugadores en la economía
de la información.
Randy le interrumpe:
—Allí ya hemos establecido una posición segura. Conocemos el
ambiente económico local. Y tenemos flujo de capital.
Avi muestra otro mapa. En esta ocasión es más difícil de leer. Pa-
rece un mapa en relieve de una vasta región de altas montañas inte-
rrumpida por mesetas ocasionales. Su aparición en medio de esta pre-
sentación sin etiqueta o explicación por parte de Avi lo convierte en un
desafío implícito a la perspicacia mental de los allí reunidos. Ninguno
de ellos va a rendirse pronto. Randy les ve entrecerrar los ojos y mo-
ver la cabeza de lado a lado. Eberhard Fórh, al que se le dan bien los
puzzles raros, es el primero en comprenderlo.
—El sur de Asia con los océanos secos —dice—. Esa cresta alta es
Nueva Guinea. Esos bultos son los volcanes de Borneo.
—Genial, ¿no? —dice Avi—. Es un mapa de radar. Los satélites mi-

— 231 —
litares americanos reunieron todos los datos. Se puede conseguir por
casi nada.
En este mapa las Filipinas se ven no como una cadena de islas se-
paradas sino como las regiones más altas de una inmensa meseta oblon-
ga rodeada de profundos tajos en la corteza terrestre. Para ir de Luzón
a Taiwán atravesando el fondo marino tendrías que introducirte en una
profunda zanja, flanqueada por cordilleras montañosas paralelas, y se-
guirla al norte durante unas trescientas millas. Pero al sur de Luzón, en
la zona donde Avi propone tender una red de cables entre islas, la re-
gión es poco profunda y plana.
Avi pulsa de nuevo, superponiendo un azul transparente sobre las
partes que se encuentran por debajo del nivel del mar, verde sobre las
islas. Luego amplía un área en el centro del mapa, donde la meseta de
Filipinas extiende dos brazos al suroeste hacia el norte de Borneo,
abrazando, y casi encerrando, una masa de agua en forma de diaman-
te, de trescientos cincuenta millas de ancho.
—El mar de Sulú —anuncia—. Sin ninguna relación con el asiáti-
co simbólico de Star Trek.
Nadie se ríe. Realmente no están allí para que les entretengan; es-
tán concentrados en el mapa. Todos los archipiélagos y mares son con-
fusos, incluso para gente inteligente con buena imaginación espacial.
Las Filipinas forman el límite superior derecho del mar de Sulú, el norte
de Borneo (parte de Malasia) el inferior izquierdo, el archipiélago de
Sulú (parte de Filipinas) el inferior derecho, y el límite superior iz-
quierdo es una isla de Filipinas extremadamente larga y delgada llama-
da Palawan.
—Esto me recuerda que las fronteras nacionales son artificiales y
tontas —dice Avi—. El mar de Sulú es una cuenca en medio de una me-
seta inmensa compartida por Filipinas y Borneo. Así que si cableas Fi-
lipinas, con igual facilidad puedes cablear Borneo simultáneamente,
simplemente contorneando el mar de Sulú con cables cortos poco pro-
fundos. Así.
Avi pulsa de nuevo y el ordenador dibuja más líneas de color.
—Avi, ¿por qué estamos aquí? —pregunta Eberhard.
—Es una pregunta muy profunda —dice Avi.
—Conocemos el funcionamiento económico de las empresas
emergentes —dice Eb—. Empezamos solamente con la idea. Para eso
están los NDA, para proteger la idea. Trabajamos la idea juntos, com-
binando los cerebros, y obtenemos acciones a cambio. El resultado de
este trabajo es software. El software se puede registrar, obtener su

— 232 —
copyright, e incluso patentarlo. Es propiedad intelectual. Vale algo de
dinero. Somos los propietarios en común, por medio de nuestras ac-
ciones. Luego vendemos más acciones a un inversor. Usamos el dine-
ro para contratar a más gente y convertirlo en un producto, para sa-
carlo al mercado y demás. Así funciona el sistema, pero empiezo a
pensar que tú no lo comprendes.
—¿Por qué lo dices?
Eb parece confundido.
—¿Cómo podemos contribuir nosotros a esta empresa? ¿Cómo
podemos convertir nuestros conocimientos en algo que un inversor
quiera comprar?
Todos miran a Beryl. Beryl asiente para mostrar su acuerdo con
Eb. Tom Howard dice:
—Avi, mira. Puedo diseñar grandes instalaciones informáticas.
John escribió Ordo; lo sabe todo sobre criptografía. Randy trabaja con
Internet, Eb hace cosas raras, Beryl se encarga del dinero. Pero por lo
que yo sé, ninguno de nosotros sabe una mierda sobre la ingeniería de
cables submarinos. ¿De qué servirán nuestros currículos cuando ten-
gas que atraer inversión de capital?
Avi asiente.
—Todo eso que dices es cierto —concede en voz baja—. Tendría-
mos que estar locos para meternos a tender cables por Filipinas. Eso es
trabajo para FiliTel, con la que Epiphyte(l) tiene una colaboración em-
presarial.
—Incluso si estuviésemos locos —dice Beryl—, nunca tendríamos
la oportunidad porque nadie nos daría el dinero.
—Por suerte, no hay que preocuparse de eso —dice Avi—, porque
lo están haciendo por nosotros. —Se dirige a la pizarra, coge un rotu-
lador rojo y dibuja una línea gruesa entre Taiwán y Luzón, mientras la
mano adopta un tono leproso y moteado por el relieve del fondo que
se proyecta sobre su piel—. KDD, que anticipa un gran crecimiento en
Filipinas, ya está tendiendo otro gran cable aquí. —Desciende y co-
mienza a dibujar enlaces más cortos y pequeños entre las islas del ar-
chipiélago—. Y FiliTel, que recibe fondos de AVCLA, Asia Venture
Capital Los Angeles, está cableando Filipinas.
—¿Qué relación tiene Epiphyte(l) con eso? —pregunta Tom Ho-
ward.
—En la medida en que quieren usar la red para tráfico de protoco-
lo de Internet, necesitan routers y personal con los conocimientos ade-
cuados de redes —dice Randy.

— 233 —
—Bien, déjame repetir la pregunta: ¿por qué estamos aquí? —dice
Eberhard, con paciencia pero con firmeza.
Avi se enfrasca un poco con el rotulador. Rodea una isla en una es-
quina del mar de Sulú, centrada en un espacio entre el norte de Borneo
y la larga y delgada isla de Filipinas llamada Palawan. Le pone nombre
con letras de molde: SULTANATO DE KINAKUTA.
—Kinakuta tuvo un sultán blanco durante un tiempo. Es una lar-
ga historia. Luego fue una colonia alemana —dice Avi—. En aquella
época, Borneo era parte de las Indias Holandesas Orientales, y Palawan,
como el resto de Filipinas, fue primero española y luego norteameri-
cana. Por tanto, era el territorio de Alemania en la zona.
—Alemania siempre acababa con las colonias más mierdosas —di-
ce Eb pesaroso.
—Después de la Primera Guerra Mundial, se la entregaron a los ja-
poneses, junto con otro buen montón de islas más al este. Todas esas
islas, colectivamente, se denominaban las Mandatos porque Japón las
controlaba por un Mandato de la Liga de Naciones. Durante la Se-
gunda Guerra Mundial los japoneses usaron Kinakuta como base
para atacar las Indias Holandesas Orientales y Filipinas. Tenían una ba-
se naval y un campo de aviación. Después de la guerra, Kinakuta se hi-
zo independiente, como lo era antes de los alemanes. La población es
musulmana o china en los bordes, y animista en el centro, y siempre
han tenido un sultán, incluso bajo la ocupación japonesa y alemana,
aunque ambos poderes controlaban realmente mientras mantenían al
sultán como figura decorativa. Kinakuta tenía reservas de petróleo,
pero eran inalcanzables hasta que la tecnología mejoró y los precios su-
bieron, más o menos cuando se produjo el embargo árabe al petróleo,
que también es cuando llegó al poder el actual sultán. Ahora el sultán
es un hombre muy rico, no tan rico como el sultán de Brunei, que re-
sulta ser su primo segundo, pero rico.
—¿El sultán respalda tu compañía? —pregunta Beryl.
—No como tu piensas —dice Avi.
—¿Qué quieres decir? —pregunta con impaciencia Tom Howard.
—Dejadme expresarlo así —dice Avi—. Kinakuta es miembro de
las Naciones Unidas. Es un país tan independiente y miembro de la co-
munidad de naciones como Francia o Inglaterra. De hecho, es excep-
cionalmente independiente por sus reservas de petróleo. Básicamente
es una monarquía; el sultán hace las leyes, pero sólo después de exten-
sas consultas con sus ministros, que establecen las políticas y preparan
la legislación. Y recientemente he estado pasando mucho tiempo con

— 234 —
el ministro de Correos y de Telecomunicaciones. He estado ayudando
al ministro a preparar una nueva ley que gobernará todas las teleco-
municaciones que pasen por el territorio de Kinakuta.
—¡Oh, Dios mío! —dice John Cantrell, sobrecogido.
—¡Una acción gratis para el joven del sombrero negro! —dice
Avi—.John ha descubierto el plan secreto de Avi. John, ¿te gustaría ex-
plicárselo a los otros concursantes?
John se quita el sombrero y se pasa la mano por su largo pelo ne-
gro. Se vuelve a poner el sombrero y lanza un suspiro.
—Avi propone poner en marcha un refugio de datos —dice.
Por toda la habitación se oye un pequeño murmullo de admira-
ción. Avi espera a que amaine y dice:
—Una pequeña corrección: el sultán va a poner en marcha un re-
fugio de datos. Yo propongo ganar dinero con él.

Ultra

JL Lawrence Pritchard Waterhouse entra en combate armado con


"f^T un tercio de hoja de papel británico sobre el que han escrito al-
T gunas palabras que lo identifican como un pase para Bletchley
Park. Algún oficial de clase alta ha escrito con su Mont Blanc su nom-
bre y algunas otras cosas, las palabras TODAS LAS SECCIONES están ro-
deadas con un círculo, y está sellado, convertido en un beso de puta bo-
rroso con total despreocupación, lo que indica mayor Autoridad y
Poder que la engañosa claridad de un falsificador.
Encuentra el camino alrededor de la Mansión hasta el sendero es-
trecho situado entre aquella y la hilera de garajes de ladrillo rojo (o es-
tablos, como sería probable que los llamasen sus abuelos). Le parece
un lugar más que agradable para fumarse un cigarrillo. El camino está
bordeado de árboles, toda una barrera. El sol se está poniendo. Toda-
vía está lo suficientemente alto para atravesar cualquier pequeño de-
fecto que pueda encontrar en el perímetro defensivo del horizonte, por
lo que rayos rojos le golpean sorprendentemente en los ojos mientras
pasea de un lado a otro. Sabe que uno de ellos está atravesando de for-
ma invisible el aire situado a varios pies sobre su cabeza, porque está
traicionando una antena: un trozo de cable de cobre extendido desde

— 235 —
la pared de la Mansión hasta un ciprés cercano. Refleja la luz exacta-
mente de la misma forma que la fibra de la tela de araña con la que Wa-
terhouse jugueteaba.
El sol se ocultará pronto; ya es de noche en Berlín, así como en la
mayoría del imperio infernal que Hitler ha construido desde Calais
hasta el Volga. Es hora de que los operadores de radio inicien su traba-
jo. La radio, en general, no dobla las esquinas. Lo que puede ser un ver-
dadero problema cuando estás conquistando el mundo, que tiene el
inconveniente de ser esférico, lo que sitúa a la mayor parte de tus uni-
dades militares activas más allá del horizonte. Pero si empleas ondas
cortas, puedes hacer rebotar la información en la ionosfera. Funciona
mucho mejor cuando el sol no está en el cielo, llenando la atmósfera
con ruido de banda ancha. Por tanto, los radiotelegrafistas, y la gente
que los escucha a escondidas (lo que los británicos llaman el Servicio
Y) son, por igual, seres nocturnos.
Como Waterhouse acaba de comprobar, la Mansión tiene un par
de antenas. Pero Bletchley Park es una araña enorme y voraz que re-
quiere para su alimentación de una red del tamaño de una nación. Ha
visto pruebas suficientes, como los cables negros que trepan por las pa-
redes de la Mansión y el olor y el zumbido de la congregación de tele-
tipos, para saber que la red está al menos parcialmente compuesta de
cables de cobre. Otra parte de la red está fabricada con materiales más
bastos como asfalto y cemento.
La puerta se abre de par en par y un hombre montado en una mo-
tocicleta penetra en el sendero, bombardeando con los dos cilindros de
la máquina; el ruido hiere la nariz de Waterhouse al pasar a su lado. Wa-
terhouse lo sigue durante un tiempo, pero le pierde la pista después de
unas cien yardas. Es aceptable; pronto llegarán más, a medida que el
sistema nervioso de la Wehrmacht se despierte y el Servicio Y reciba
sus señales.
El motociclista pasó a través de una pintoresca puerta que une dos
edificios viejos. La puerta tiene en la parte alta una cúpula con una veleta
y un reloj. Waterhouse la atraviesa y se encuentra en un patio cuadrado
que evidentemente se remonta a cuando Bletchley Park era una pre-
ciada granja de Buckinghamshire. A la izquierda continua la línea de
establos. En el tejado hay frontones, ahora manchados por la mierda de
los pájaros. El edificio está repleto de palomas. Justo frente a él se en-
cuentra una encantadora casa de ladrillos Tudor, lo único que ha visto
hasta ahora que no es arquitectónicamente ofensivo. A su derecha hay
un edificio de una planta. Información extraña sale de ese edificio: el

— 236 —
olor a aceite caliente de los teletipos, pero no el sonido del tecleo, sino
más bien un zumbido mecánico y agudo.
Se abre una puerta en el establo y sale un hombre llevando una caja
enorme, pero que evidentemente pesa poco, con un asa en la parte
superior. Del interior surge un sonido de arrullos, y Waterhouse se da
cuenta de que contiene palomas. Los pájaros del hastial no son salva-
jes, son palomas mensajeras. Portadoras de información, hilos en la red
de Bletchley Park.
Se dirige al edificio que huele a aceite caliente y mira por la ven-
tana.
A medida que cae la noche la luz comienza a filtrarse desde allí, lo
que ofrece información a los aviones de reconocimiento alemanes, por
lo que un conserje recorre el patio cerrando de un golpe las contra-
ventanas oscuras.
Al final llega algo de información a los ojos de Waterhouse: al otro
lado de la ventana hay hombres reunidos alrededor de una máquina.
La mayoría de ellos lleva ropas de civil, y durante bastante tiempo han
estado demasiado ocupados como para preocuparse de peines, navajas
de afeitar o betún.
Los hombres están completamente concentrados en su trabajo,
que está muy relacionado con la gran máquina. La máquina consiste en
una gran estructura de tubos de acero, como el armazón de una cama
puesto de pie. En diversas posiciones de lá estructura hay tambores de
metal del diámetro de un plato, de una pulgada más o menos de espe-
sor. Han enhebrado una cinta de papel en una trayectoria desconcer-
tantemente enrollada de tambor en tambor. Parece que se necesita una
docena de yardas de cinta para enhebrar la máquina.
Uno de los hombres ha estado trabajando en una correa que va al-
rededor de uno de los tambores. Retrocede un poco y hace un gesto
con la mano.
Otro hombre le da a un interruptor y los tambores empiezan a gi-
rar a la vez. La cinta comienza a volar por el sistema. Los agujeros per-
forados en la cinta llevan datos; el sistema se convierte en una mancha
gris al crear la velocidad la sensación de que la cinta parece disolverse
en un penacho de humo.
No, no se trata de una ilusión. De los tambores en movimiento sa-
le humo de verdad. La cinta recorre la máquina a tal velocidad que se
prende fuego ante los ojos de Waterhouse y de los hombres del inte-
rior, que la contemplan con calma, como si ardiese de una forma no-
vedosa e interesante.

— 237 —
Si hay una máquina en el mundo capaz de leer los datos de una cin-
ta a tal velocidad, Waterhouse nunca ha oído hablar de ella.
Las contraventanas negras se cierran. Justo en ese momento, Wa-
terhouse ve fugazmente otro objeto cerca de la esquina de la habita-
ción: unos estantes de metal en el que se almacenan, en ordenadas filas,
un gran número de objetos cilindricos.
Dos motocicletas atraviesan simultáneamente el patio, corriendo
en la oscuridad con los faros apagados. Waterhouse corre tras ellas un
poco, dejando atrás el pintoresco y antiguo patio y entrando en el
mundo de los barracones, las nuevas estructuras construidas en los úl-
timos dos años. «Barracones» hace que uno piense en lugares peque-
ños, pero esos barracones, en su conjunto, son más parecidos a ese Pen-
tágono que el Departamento de Guerra ha estado construyendo al otro
lado del río en Washington D.C. Encarnan la necesidad básica de es-
pacio, sin pasar por ningún tamiz de consideraciones estéticas o si-
quiera humanas.
Waterhouse camina hasta una intersección de caminos donde le pa-
reció oír que las motocicletas daban un giro y se detenían, cercadas por
muros de impacto. Siguiendo un impulso, trepa a lo alto del muro y se
sienta. La vista desde allí no es mejor. Sabe que en los barracones que
le rodean hay miles de personas trabajando, pero no ve a ninguna ni
tampoco señal alguna.
Todavía sigue intentando descifrar lo que vio a través de la ven-
tana.
La cinta se movía tan rápido que soltaba humo. No tiene sentido
hacerla correr tan rápido a menos que la máquina pueda leer la infor-
mación igual de rápido: transformando la secuencia de agujeros de la
cinta en impulsos eléctricos.
Pero ¿por qué molestarse si esos impulsos no pueden llevarse a nin-
gún sitio? Ninguna mente humana podría manejar un flujo de datos a
esa velocidad. Ningún teletipo que Waterhouse conozca podría impri-
mirlos.
Sólo tiene sentido si están construyendo una máquina. Un calcu-
lador mecánico de algún tipo que pueda absorber esos datos y luego
hacer algo con ellos —realizar algún cálculo— presumiblemente un
cálculo relacionado con el desciframiento de códigos.
Luego recuerda la estantería que vio en la esquina, las muchas filas
de cilindros grises idénticos. Vistos de frente, parecían munición. Pe-
ro eran demasiado lisos y brillantes para serlo. Esos cilindros, com-
prende Waterhouse, están fabricados de vidrio.

— 238 —
Son tubos de vacío. Cientos de ellos. Más tubos en un mismo sitio
de los que Waterhouse haya visto nunca.
¡Esos hombres de la sala están construyendo una máquina de
Turing!

No es de extrañar, por tanto, que acepten con tanta calma que se


queme la cinta. La tira de papel, una tecnología tan antigua como las
pirámides, no es más que un vehículo para un flujo de información.
Cuando atraviesa la máquina, la información es abstraída, transfigura-
da en una estructura de puros datos binarios. Que el mero vehículo ar-
da no tiene mayor importancia. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo;
los datos han abandonado el plano físico pasando al matemático, un
universo más alto y puro donde rigen leyes diferentes. Leyes, algunas
de las cuales son imperfecta y oscuramente conocidas para el doctor
Alan Mathison Turing, el doctor John von Neumann, el doctor Rudolf
von Hacklheber y algunas otras personas con las que Waterhouse so-
lía relacionarse en Princeton. Leyes sobre las que el mismo Waterhou-
se sabe un par de cosas.
Una vez que has llevado los datos al reino de la información pura,
todo lo que hace falta es una herramienta. Los carpinteros trabajan con
madera y llevan una caja con tecnología para medirla, cortarla, alisarla
y unirla. Los matemáticos trabajan con información y necesitan herra-
mientas propias.
Llevan años construyendo esas herramientas una a una. Hay, por
nombrar un ejemplo, una compañía de cajas registradoras y máquinas
de escribir llamada Electrical Till Corporation que fabrica una estu-
penda máquina de tarjetas perforadas para tabular grandes cantidades
de datos. El profesor de Waterhouse en Iowa estaba tan cansado de re-
solver ecuaciones diferenciales una y otra vez que inventó una máqui-
na para resolverlas automáticamente almacenando la información en
un tambor cubierto de condensadores y ejecutando cierto algoritmo.
Dado suficiente tiempo y suficientes tubos de vacío, puede inventarse
una herramienta para sumar una columna de números, y otra para lle-
var inventarios, y otra para alfabetizar listas de palabras. Un negocio
bien equipado podría tener una de cada: monstruos de metal reluciente
con el vapor saliendo de las parrillas, marcadas con logotipos como
ETC, Siemens y Hollerith, cada una ejecutando su propia labor espe-
cializada. De igual forma que un carpintero tiene una tabla de encajo-
nar, una malletadora y un martillo de encofrador.

— 239 —
Turing inventó algo diferente, algo extraño y radical.
Descubrió que los matemáticos, al contrario que los carpinteros,
sólo necesitarían una herramienta en su arsenal, si se tratase de la he-
rramienta adecuada. Turing comprendió que sería posible construir
una metamáquina que podría ser reconfigurada de tal forma que pu-
diese realizar cualquier operación que uno concebiblemente pudiese
realizar con información. Sería un dispositivo proteico que podría con-
vertirse en cualquier herramienta que pudieses necesitar. De la misma
forma que un órgano cambia a un instrumento diferente cada vez que
pulsas un botón de ajuste.
Los detalles eran un poco esquemáticos. No había planos para la
máquina real, más bien era un experimento mental que Turing había
conjurado para resolver un problema abstracto en el mundo comple-
tamente impráctico de la lógica pura. Waterhouse lo sabe perfecta-
mente. Pero mientras está ahí sentado en lo alto del muro de impacto
en la intersección de Bletchley Park hay algo que no puede sacarse de
la cabeza: la máquina de Turing, si existiese de verdad, requeriría una
cinta. La cinta pasaría por la máquina. Llevaría la información que la
máquina necesitaría para realizar su trabajo.
Waterhouse se queda allí sentado mirando a la oscuridad y recons-
truye la máquina de Turing en la cabeza. Recuerda más detalles. La cin-
ta, recuerda ahora, no se movería por el interior de la máquina de Tu-
ring en una dirección; cambiaría frecuentemente de dirección. Y la
máquina de Turing no se limitaría a leer la cinta; sería capaz de borrar
marcas y realizar otras nuevas.
Está claro que no se pueden borrar los agujeros de una cinta de pa-
pel. Y está igualmente claro que la cinta sólo puede moverse por el in-
terior de esa máquina de Bletchley Park en una única dirección. Por
tanto, por mucho que Waterhouse odie admitir ese hecho ante sí mis-
mo, la estantería de tubos que ha visto no es una máquina de Turing.
Es un dispositivo menor; una herramienta de propósito especial como
un lector de tarjetas perforadas o el aparato para resolver ecuaciones
diferenciales de Atanasoff. Aun así es mayor y más diabólicamente ate-
rrador que cualquier cosa que Waterhouse haya visto.
Pasa el tren nocturno de Birmingham, llevando munición al mar.
Mientras el sonido muere hacia el sur, una motocicleta se acerca por la
puerta principal del parque. El motor funciona en vacío mientras com-
prueban los papeles del conductor, luego Waterhouse oye un chasqui-
do cuando avanza y corta por el cruce. Se pone de pie en la intersec-
ción de los muros y observa cuidadosamente cómo la motocicleta pasa

— 240 —
a su lado y se dirige hacia un «barracón» a un par de bloques de dis-
tancia. De pronto sale luz de una puerta abierta cuando la carga cam-
bia de manos.
A continuación la luz muere y la motocicleta emite un prolonga-
do restallido durante el recorrido hacia la salida del parque.
Waterhouse baja al suelo y se abre camino por la carretera en la no-
che sin luna. Se detiene frente a la entrada del barracón y escucha el rui-
do del trajín durante un minuto. A continuación, después de haber reu-
nido coraje, se adelanta y abre la puerta de madera.
El calor es desagradable, y la atmósfera es una nauseabunda sínte-
sis de olores de máquinas y humanos, contenidos y concentrados por
las maderas clavadas en todas las ventanas. Aquí hay mucha gente, en
su mayoría mujeres operando enormes máquinas de escribir eléctricas.
Aunque tiene los ojos entrecerrados, puede ver que el lugar es un fil-
tro en funcionamiento para trozos de papel, de unas cuatro o seis pul-
gadas cada uno, evidentemente traídos por los motociclistas. Cerca de
la puerta, han sido ordenados y apilados en canastos de malla. De allí
pasan a las mujeres frente a las gigantescas máquinas.
Uno de los pocos hombres en aquel lugar se ha puesto en pie y se
dirige hacia Waterhouse. Tiene más o menos su edad, es decir, veinti-
pocos. Viste un uniforme del ejército británico. Tiene el aire del anfi-
trión de una boda que desea asegurarse de que incluso el más alejado y
olvidado miembro de la familia recibe el adecuado saludo. Evidente-
mente es tan soldado como el propio Waterhouse. No es de extrañar
que todo aquello esté rodeado de tanto alambre de espinos y hombres
de la RAF con ametralladoras.
—Buenas noches, señor. ¿Puedo ayudarle?
—Buenas noches. Lawrence Waterhouse.
—Harry Packard. Encantado de conocerle —pero no tiene ni idea
de quién es Waterhouse; está al tanto de Ultra, pero no de Ultra Mega.
—El placer es mío. Supongo que querrá echarle un vistazo a esto.
—Waterhouse le entrega el pase mágico. Los ojos claros de Packard lo
repasan cuidadosamente y luego saltan para centrase en algunos pun-
tos de especial interés: la firma al pie, el sello manchado. La guerra ha
convertido a Harry Packard en una máquina de analizar y procesar
trozos de papel y en este caso realiza su trabajo con calma y sin albo-
roto. Se excusa, gira la manivela de un teléfono y habla con alguien; su
postura y expresión facial sugieren que se trata de alguien importante.
Waterhouse no puede oír las palabras por el ruido de los chasquidos y
zumbidos de las pesadas máquinas de escribir, pero ve interés y per-

— 241 —
plejidad en el rostro abierto, joven y sonrosado de Packard. Packard
mira de reojo a Waterhouse un par de veces mientras escucha a la per-
sona al otro extremo de la línea. Luego dice algo respetuoso y tran-
quilizador al teléfono y cuelga.
—Correcto. Bien, ¿qué le gustaría ver?
—Estoy intentado comprender de forma general el flujo de infor-
mación.
—Bien, aquí estamos al principio; esto es la cabecera del río. Nues-
tras fuentes son el Servicio Y, operadores de radio amateurs y militares
que escuchan las transmisiones de radio de los germanos y nos envían
esto. —Packard coge un trozo de papel de la alforja de un motorista y
se lo pasa a Waterhouse.
Se trata de un formulario con varios recuadros. En lo alto alguien
ha escrito una fecha (la de hoy) y una hora (un par de horas atrás) y al-
gunos datos más, como la frecuencia de radio. El cuerpo del formula-
rio está en su mayoría ocupado por un amplio espacio abierto donde,
con apresuradas letras mayúsculas, se ha escrito lo siguiente:

A Y W B P R O J H K D H A O B QTMDL T U S H I
Y P I J S L L E N J O P S K Y V Z P D L E M A O U
T A M O G T M O A H E C

Y todo ello precedido por dos grupos de tres letras cada uno:

YUH ABG

—Éste llegó de una de nuestras estaciones en Kent —dice Pac-


kard—. Es un mensaje de Chaffinch.
—¿Uno de los de Rommel?
—Sí. Esta intercepción llegó de El Cairo. Chaffinch tiene priori-
dad absoluta, razón por la que este mensaje está en lo alto de la pila.
Packard lleva a Waterhouse hasta el pasillo central del barracón,
entre las filas de teclistas. Elige a una chica que acaba de terminar con
un mensaje y le pasa el papel. Ella lo coloca junto a la máquina y co-
mienza a teclear.
A primera vista, Waterhouse había pensado que las máquinas re-
presentaban la idea británica de cómo construir una máquina de escri-
bir eléctrica: tan grande como una mesa de comedor, envuelta en dos-
cientas libras de hierro forjado, un motor de diez caballos girando en
el interior, rodeado de altas vallas y guardias armados... pero ahora que

_ 747 __
está más cerca ve que se trata de algo mucho más complicado. En lugar
de un rodillo, tiene una larga y plana bobina con cinta de papel estre-
cha. No es el mismo tipo de cinta que vio antes, echando humo a tra-
vés de la máquina. Es más estrecha, y al salir de la máquina no tiene
agujeros perforados para que los lea otra máquina. En lugar de eso, ca-
da vez que la chica pulsa una de las teclas del teclado —copiando el tex-
to impreso en el papel— se imprime una letra en la cinta. Pero no la
misma que ella tecleó.
No lleva mucho tiempo teclear todas las teclas. A continuación,
arranca la cinta de la máquina. Tiene un reverso pegajoso que usa para
pegarla directamente sobre el mensaje original. Se lo pasa a Packard,
con una sonrisa recatada. El responde con algo entre un asentimiento
y una inclinación elegante, el tipo de gesto que jamás podría realizar un
americano. Lo mira y se lo pasa a Waterhouse.
La letras de la cinta dicen:

EINUNDZWANZIGSTPANZERDIVISIONBERICHTET
KEINEBESONDEREEREIGNISSE

—Para obtener esas composiciones, deben descifrar el código, ¿y


cambia cada noche?
Packard sonríe para mostrar su acuerdo.
—A medianoche. Si se queda por aquí... —comprueba la hora—
durante las próximas cuatro horas, verá intercepciones nuevas del Ser-
vicio Y que producirán un galimatías total cuando las pasamos por las
máquinas Typex, porque los germanos habrán cambiado sus códigos a
medianoche. Al igual que el carruaje de Cenicienta que a medianoche
se convertía en una cabalaza. Entonces debemos analizar las nuevas in-
tercepciones usando las bombes y descubrir los nuevos códigos del día.
—¿Cuánto tiempo lleva?
—En ocasiones tenemos mucha suerte y hemos roto los códigos
del día a las dos o tres de la mañana. Normalmente no sucede hasta me-
diodía o por la tarde. A veces no lo conseguimos.
—Vale, ésta es una pregunta estúpida, pero quiero tenerlo claro.
Estas máquinas Typex, que se limitan a realizar una operación de des-
cifrado mecánico, son completamente diferentes a las bombes, que son
las que rompen el código.
—Las bombes, comparadas con éstas, se encuentran en un orden
de sofisticación mucho mayor y muy diferente —admite Packard—.
Son casi como máquinas de pensar mecánicas.

— 243 —
—¿Dónde están?
—Barracón 11. Pero ahora mismo no estarán en funcionamiento.
—Claro —dice Waterhouse—, no hasta que llegue medianoche y
el carruaje vuelva a convertirse en una calabaza y tengamos que rom-
per el código Enigma de mañana.
—Exactamente.
Packard se acerca a una pequeña portezuela de madera situada en
una de las paredes exteriores del barracón. Junto a ella hay una bande-
ja de oficina con un gancho atornillado a cada extremo, y una cuerda
atada a cada gancho. Una de las cuerdas cae libre en el suelo. Una por-
tezuela de la pared está cerrada sobre la otra cuerda. Packard pone el
papel con el mensaje sobre una pila de mensajes similares que han que-
dado acumulados en la bandeja, luego desliza la portezuela, y deja al
descubierto un túnel estrecho que se aleja del barracón.
—¡Vale, tira! —grita.
—¡Vale, tiro! —responde una voz momentos después. La cuerda
se tensa y la bandeja se desliza en el túnel para desaparecer.
—Va de camino al barracón 3 —explica Packard.
—Entonces, yo también —dice Waterhouse.

El barracón 3 está sólo a unas yardas de distancia, y al otro lado del


inevitable muro de impacto. SECCIÓN MILITAR ALEMANA dice la puer-
ta en cursiva. Waterhouse presume que es lo opuesto a «NAVAL» que
está en el barracón 4. Aquí la proporción de hombres a mujeres pare-
ce mayor. En tiempo de guerra, es asombroso ver tantos hombres jó-
venes y robustos en una misma habitación. Algunos visten uniformes
de Infantería o de la RAF, otros son civiles, e incluso hay un oficial
naval.
Una enorme mesa con forma de herradura domina el centro del
edificio, con una mesa rectangular situada a un lado. Cada silla en ca-
da mesa está ocupada por trabajadores atentos. Los mensajes intercep-
tados llegan al barracón en la bandeja de madera y luego se trasladan
de silla en silla según un esquema extremadamente organizado que en
este momento Waterhouse apenas comprende. Alguien le explica que
las bombes acaban de romper, como a la puesta de sol, los códigos del
día, así que todo el volumen de mensajes interceptados ha llegado por
el túnel desde el Barracón 6 durante las últimas dos horas.
Decide considerar por el momento el barracón una caja negra ma-
temática; es decir, se concentrará en las entradas y salidas de informa-

— 244 —
ción e ignorará los detalles internos. Bletchley Park, considerado en
conjunto, es una especie de caja negra: entran letras al azar, y lo que sa-
le es inteligencia estratégica, y los detalles internos no tienen interés
para la mayoría de la gente en la lista de distribución Ultra. La pregunta
que Waterhouse debe responder es: ¿sale de este lugar algún otro vec-
tor de información, oculto subliminalmente en las señales de teletipo
y el comportamiento de los comandantes aliados? ¿Y ese vector apunta
hacia el doctor Rudolf von Hacklheber?

Kinakuta

X, El que estableció las trayectorias de vuelo del nuevo aeropuer-


"+O4" to del sultanato debía estar compinchado con la Cámara de
T Comercio de Kinakuta. Si tienes la suerte de estar sentado junto
a una ventanilla en el lado izquierdo del avión, como es el caso de
Randy Waterhouse, la vista durante la aproximación final parece un
vuelo de propaganda.
Las pendientes color verde mate de Kinakuta surgen de un mar
azul en su mayoría en calma, y al final se elevan tan alto como para te-
ner nieve en los picos, aunque la isla se encuentra sólo a siete grados al
norte del ecuador. Randy comprende inmediatamente a qué se refería
Avi cuando dijo que el país era musulmán en los bordes y animista en
el centro. El único lugar en el que podrías construir algo similar a una
ciudad moderna es en la costa, donde hay franjas intermitentes de tie-
rra casi plana: una corteza beige ajustada a una esmeralda gigante. El
lugar mayor, y también más plano, se encuentra en la esquina noroeste
de la isla, donde el río principal, varias millas hacia el interior, toca
fondo en una planicie anegada que se amplía para convertirse en un delta
aluvial que se extiende hasta el mar de Sulú durante una o dos millas.
Randy deja de contar las instalaciones petrolíferas antes incluso de
ver Ciudad Kinakuta. Desde lo alto tienen el aspecto de depósitos ar-
diendo esparcidos por el mar para detener una invasión de marines. A
medida que el avión desciende empiezan a parecer fábricas situadas so-
bre pilotes, coronadas por altas chimeneas donde arden los problemá-
ticos gases naturales. Se vuelven más alarmantes a medida que el avión
se acerca al agua, y da la impresión de que el piloto está esquivando pi-

— 245 —
lares de fuego que podrían asar el 777 como si fuese una paloma en el
asador.
Ciudad Kinakuta tiene un aspecto más moderno que cualquier
ciudad de los Estados Unidos. Ha intentado leer algo sobre ella, pero
ha encontrado muy poco: un par de entradas en las enciclopedias, un
par de referencias pasajeras en historias de la Segunda Guerra Mundial,
algunos artículos maliciosos pero básicamente entusiastas en The Eco-
nomist. Haciendo uso de sus considerables habilidades con respecto a
los préstamos interbibliotecarios, pagó a la Biblioteca del Congreso
para que le hiciese una fotocopia del único libro que pudo encontrar
sobre Kinakuta: una de las más de un millón de memorias ya descata-
logadas sobre la Segunda Guerra Mundial que debieron escribir los
soldados a finales de los cuarenta y los cincuenta. Hasta ahora no ha
tenido tiempo de leerla, por lo que el fajo de dos pulgadas de páginas
no es más que peso muerto en su equipaje.
En cualquier caso, ninguno de los mapas que ha consultado se co-
rresponde con la realidad de Ciudad Kinakuta. Lo que hubiese allí du-
rante la guerra ha sido derribado y reemplazado por algo nuevo. El río
discurre sobre un nuevo canal. Una montaña inconveniente llamada
Pico Eliza ha sido dinamitada, y los escombros arrojados al mar para
fabricar varias millas cuadradas de nuevo terreno, ahora ocupadas en
su mayor parte por el nuevo aeropuerto. El proceso de dinamitaje fue
tan estruendoso que provocó quejas de los gobiernos de Filipinas y
Borneo, a cientos de millas de distancia. También atrajo la ira de Green-
peace, que temía que el sultán estuviese asustando a las ballenas del Pa-
cífico central. Por tanto, Randy espera que la mitad de Ciudad Kina-
kuta sea un cráter humeante, pero, por supuesto, no lo es. El muñón
del Pico Eliza ha sido pavimentando una y otra vez y empleado como
base de la nueva Ciudad Tecnológica del sultán. Todos los rascacielos
de paredes de vidrio de esa zona, y del resto de la ciudad, acaban en
punta, siguiendo una arquitectura tradicional que hace tiempo que fue
derribada y empleada para llenar el puerto. El único edifico que Randy
puede ver y parece tener más de diez años es el palacio del sultán, que
es muy antiguo. Rodeado por millas y millas de rascacielos azules es
como una mota beige rojizo congelada en una bandeja de hielo.
Una vez que Randy lo localiza, todo se ajusta a la orientación ade-
cuada. Se inclina, se arriesga a despertar la censura del personal de ca-
bina al sacar la bolsa de viaje de debajo del asiento y saca las memorias
del soldado. Una de las primeras páginas contiene un mapa de Ciudad
Kinakuta como era en 1945, y justo en el centro está el palacio del sul-

— 246 —
tan. Randy lo gira frente a su cara como si fuese un conductor aterro-
rizado dándole vueltas al volante, y lo alinea con la vista. Allí está el río.
Allí el Pico Eliza, donde los nipones tenían un destacamento de seña-
les de inteligencia y una estación de radar, todo construido con mano
de obra esclava. Allí está lo que era el campo de la Fuerza Aérea Naval
Japonesa, que se convirtió en el aeropuerto de Kinakuta hasta que se
construyó el nuevo. Ahora es un rebaño de grúas amarillas sobre una
nebulosa azul de acero, iluminada desde dentro por una constelación
de parpadeantes estrellas blancas: soldadores trabajando.
Muy cerca hay algo que no encaja: una zona de verde esmeralda,
quizá un par de manzanas, rodeada de una pared de piedra. En su in-
terior hay un plácido estanque situado en un extremo —el 777 vuela
ahora tan bajo que Randy puede contar los nenúfares—, un pequeño
templo sintoísta tallado en piedra negra y un pequeño salón de té de
bambú. Randy aprieta la cara contra la ventanilla y gira la cabeza para
seguirla, hasta que de pronto la vista queda bloqueada por un alto edi-
ficio de apartamentos que casi roza la punta del ala. A través de la ven-
tana de una cocina puede ver durante un microsegundo a una dama del-
gada atacando un coco con un hacha.
El jardín tenía aspecto de pertenecer a un país a mil millas de dis-
tancia: Nipón. Cuando Randy comprende finalmente de qué se trata-
ba, se le eriza el vello de la nuca.
Randy subió al avión hace unas horas en el Aeropuerto Interna-
cional Ninoy Aquino. El vuelo iba retrasado, por lo que tuvo tiempo
de sobra para observar a los otros pasajeros: tres occidentales, inclu-
yéndose a sí mismo, un par de docenas de individuos con aspecto ma-
layo (o bien de Kinakuta o filipinos), y todos los demás eran nipones.
Algunos de estos últimos tenían aspecto de hombres de negocios, via-
jando solos o en grupos de dos o tres, pero la mayoría pertenecían a
una especie de grupo de viaje organizado que entró en la sala de espe-
ra justo cuarenta y cinco minutos antes de la salida del vuelo, y se co-
locaron en fila detrás de una joven vestida con un traje azul marino que
sostenía un logotipo con un palo. Jubilados.
Su destino no es la Ciudad Tecnológica, o cualquiera de los curio-
samente puntiagudos rascacielos del distrito financiero. Todos se diri-
gen al jardín nipón amurallado, que está edificado sobre la fosa común
que contiene a los tres mil quinientos soldados nipones que murieron
el 23 de agosto de 1945.

— 247 —
Mansión Qwghlm

Waterhouse desfila arriba y abajo por la tranquila calle lateral,


echando vistazos a las placas de metal fijadas a sólidas casas
blancas:

SOCIEDAD PARA LA UNIFICACIÓN DEL HINDUISMO Y EL ISLAM


SOCIEDAD PARA LA SOLIDARIDAD ANGLO-LAPONA
ASOCIACIÓN DE FULMINANTES
SOCIEDAD CHANG TZSE DE LA MUTUA BENEVOLENCIA COMITÉ
REAL PARA LA MITIGACIÓN DEL DESGASTE DEL CIGÜEÑAL MARINO
FUNDACIÓN PARA LA PROPAGACIÓN DE LA LIBÉLULA BOLGER
LIGA ANTIGALES
KOMITÉ DEL KAMBIO ORTOGRÁFIKO
SOCIEDAD PARA LA PREVENCIÓN DE LA CRUELDAD CON LAS ALI-
MAÑAS
IGLESIA DE LA CONCIENCIA CUÁNTICA ÉTICA VÉDICA
COMITÉ DE LA MICA IMPERIAL

Al principio confunde la Mansión Qwghlm con el gran almacén


más pequeño y peor situado del mundo. Tiene un escaparate arqueado
que se alza sobre la acera como la embestida de un trirreme, engalana-
do con adornos Victorianos, y que contiene un despliegue bastante hu-
milde: un maniquí descabezado vestido con algo que parece haber si-
do tejido con estropajo (¿quizás un tributo a la austeridad en tiempos
de guerra?), un montón de porquería pálida con una pala clavada, y otro
maniquí (una adición reciente relegada a una esquina) vestido con un
uniforme de la Marina Real y que sostiene un rifle de cartón.
Waterhouse encontró un ejemplar comido por los gusanos de la
Encydopedia Qwghlmiana en una librería cerca del Museo Británico y
lo ha estado llevando en el maletín desde entonces, absorbiendo una
página o dos de cada sentada como si fuesen dosis de una medicina muy
fuerte. Los temas primordiales de la Enciclopedia son tres, y dominan
cada párrafo tan totalmente como los Tres Sgrhs dominan el paisaje de
Qwghlm Exterior. Dos de esos temas son lana y guano, aunque los
qwghlmianos les dan otros nombres, en su lengua antigua y muy suige-
neris. De hecho, actúa la misma hiperespecialización lingüística que su-
puestamente se da con los esquimales y la nieve y los árabes y la arena, y

— 248 —
la Encyclopedia Qwghlmiana nunca emplea las palabras inglesas «lana»
y «guano» excepto para difamar las versiones inferiores de esos produc-
tos que se exportan desde lugares como Escocia en un pérfido intento de
confundir a los compradores ingenuos que aparentemente dominan los
mercados mundiales de materias primas. Waterhouse tuvo que leer la
enciclopedia casi de cabo a rabo y usar todas sus habilidades criptoanalí-
ticas para deducir, por inferencia, qué productos eran ésos.
Como ha aprendido tanto sobre ellos, le fascina haberlos encon-
trado tan orgullosamente exhibidos en el corazón de una ciudad cos-
mopolita: un montón de guano y una mujer vestida de lana.::" El traje
de la mujer es completamente gris, siguiendo la tradición qwghlmiana,
que desprecia la pigmentación como una innovación odiosa y chaba-
cana de los escoceses. La parte superior del conjunto es un suéter que
parece estar hecho de fieltro. Un examen más de cerca revela que está
tejido como cualquier otro suéter. La oveja qwghlmiana es el produc-
to evolutivo de miles de años de muertes sucesivas relacionadas con el
clima. Su lana es famosa por su densidad, sus fibras enroscadas y su in-
munidad a todos los procesos químicos para alisarla. Crea un efecto
enmarañado que la enciclopedia describe como supremamente desea-
ble y para la que hay una extenso vocabulario descriptivo.
El tercer tema de la Encyclopedia Qwghlmiana se insinúa con el
maniquí del rifle.
Apoyándose contra la pared, cerca de la entrada del edificio, hay
un guarda vestido con una antigua variación del uniforme de la Milicia
Nacional, con sus pantalones cortos. Las pantorrillas están embutidas
en formidables calcetines fabricados con una variante de la lana qwghl-
miana, y sujetos en su sitio, justo bajo la rodilla, con torniquetes he-
chos con gruesos cordones tejidos en un patrón vagamente celta (en casi
cada página, la enciclopedia reafirma que los qwghlmianos no son
celtas, pero sí inventaron los mejores aspectos de la cultura celta). Esas
ligas son el ornamento tradicional de los verdaderos qwghlmianos: los
caballeros las llevan ocultas bajo los pantalones. Tradicionalmente se
fabricaban con las largas y delgadas colas de skrrgh, que es el mamífe-
ro predominante nativo de las islas, y que la enciclopedia define como:
«un pequeño mamífero del orden rodentia y del orden muridae, co-
mún en las islas, que subsiste principalmente de huevos de aves mari-
nas, capaz de multiplicarse con gran rapidez cuando se le suministra

* Ha decidido que empleará las palabras inglesas en lugar de convertirse en un es-


pectáculo intentando pronunciar las qwghlmianas.

— 249 —
otra comida, admirado e incluso emulado por los qwghlmianos por su
resistencia y adaptabilidad».
Después de que Waterhouse llevase allí unos momentos disfrutan-
do de un cigarrillo y examinando esas ligas, el maniquí se movió lige-
ramente. Waterhouse cree que está cayéndose por un golpe de viento,
pero a continuación comprende que está vivo, y no se cae sino que
cambia el peso de un pie a otro.
El guarda nota su presencia, sonríe oscuramente, y emite algunas
palabras de saludo en su lengua que, como ya ha quedado claro, es in-
cluso peor que el inglés para transcribirla al alfabeto romano.
—¿Qué tal? —dice Waterhouse.
El guarda dice algo más largo y más complicado. Después de un ra-
to, Waterhouse (ahora en su papel de criptoanalista, buscando sentido
entre el azar aparente, con su circuito neuronal explorando las redun-
dancias en la señal) comprende que el hombre le está hablando en un
inglés de fuerte acento. Concluye que su interlocutor decía:
—¿De qué parte de los Estados Unidos viene?
—Mi familia se ha trasladado mucho —dice Waterhouse—. Diga-
mos que Dakota del Sur.
—Ahh —dice el guarda con ambigüedad mientras se arroja contra
la puerta. Después de un rato la puerta comienza a moverse hacia den-
tro, las bisagras de hierro fijadas a mano rechinan ominosas al pivotar
sobre los agujeros de una pulgada de ancho. Finalmente, la puerta cho-
ca contra algún tipo de tope inmenso. El guarda permanece apoyado
contra ella, formando con el cuerpo un ángulo de cuarenta y cinco gra-
dos, evitando que vuelva a cerrarse y aplaste a Waterhouse, quien en-
tra corriendo. En su interior, una diminuta antesala se ve dominada por
una escultura: dos nínfulas ataviadas con diáfanos velos dando de pa-
tadas a una arpía, titulada Fortaleza y Adaptabilidad Expulsando a la
Adversidad.
La misma operación se repite algunas veces con puertas que son su-
cesivamente más ligeras pero están más decoradas. La primera sala,
queda claro, era realmente la preantepenúltima sala, así que pasa un
buen rato antes de que pueda decirse que están definitivamente en la
Mansión Qwghlm. Para entonces le parece que está en el centro de la
manzana, y Waterhouse medio espera ver pasar el metro. En lugar de
eso, se encuentra en una habitación sin ventanas cubierta de madera,
con una araña de cristal dolorosamente brillante pero que en realidad
no parece iluminar nada. Sus pies se hunden tanto en la alfombra chi-
llona que casi se rompe un ligamento. El otro extremo de la sala está

— 250 —
protegido por un Escritorio sólido con una Dama robusta detrás. Por
aquí y allá hay grandes sillas Windsor de ébano, con el aspecto largui-
rucho pero peligroso de los aborígenes.
Hay diversas pinturas colgando de las paredes. A primera vista,
Waterhouse las clasifica entre las que son más altas que anchas y las
otras. La primera categoría está compuesta por retratos de caballeros,
los cuales parecen compartir un penoso defecto genético que informa
la geometría de sus cráneos. La última categoría son paisajes o, en la
misma proporción, marinas, todos del tipo desolado y agreste. Esos
pintores qwghlmianos aprecian tanto la pintura verdeazulada de fa-
bricación local"' que la aplican a paletadas.
Waterhouse lucha con las greñas de la Alfombra hasta que está
cerca del Escritorio, donde recibe el saludo de la Dama, quien le da la
mano y compone el rostro en una especie de alusión a una sonrisa.
Se produce un largo intercambio de charla amable y superficial de la
que Waterhouse sólo recuerda «Lord Woadmire le recibirá pronto»
y «¿Té?»
Waterhouse dice sí al té porque sospecha que esa dama (ha olvida-
do su nombre) no se está ganando el sueldo. Claramente contrariada,
eyecta de la silla y se pierde en las regiones más estrechas y profundas
del edificio. El guarda ya ha vuelto a su puesto en la fachada.
Hay una fotografía del rey colgando de la pared tras el escritorio.
Waterhouse no había sabido, hasta que el coronel Chattan se lo recor-
dó discretamente, que el título completo de Su Majestad no era sim-
plemente Rey de Inglaterra por la Gracia de Dios, sino Rey del Reino
Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del norte, la Isla de Man, Guern-
sey, Jersey, Qwghlm Exterior y Qwghlm Interior P.L.G.D.D.
Junto a ella hay una pequeña fotografía del hombre con el que va a
encontrarse. Ese tipo y su familia aparecen bastante esquemáticamen-
te en la enciclopedia, que ya tiene varias décadas, por lo que Water-
house ha tenido que investigar un poco por su cuenta. El hombre está
emparentado con los Windsor de una forma tan intrincada que sólo
puede expresarse empleando vocabulario genealógico avanzado.
Nació Graf Heinrich Karl Wilhelm Otto Friedrich von Überset-
zenseehafenstadt, pero cambió su nombre a Nigel St. John Gloam-
thorpby, también conocido como Lord Woadmire, en 1914. En la
fotografía tiene totalmente el aspecto de un von Übersetzenseehafen-
stadt, y está completamente libre del problema geométrico craneal tan

* Según la E.Q., se deriva de los liqúenes.

— 251 —
evidente en los retratos más antiguos. Lord Woadmire no está empa-
rentado con la línea ducal original de Qwghlm, la familia Moore (for-
ma inglesa del nombre de clan qwghlmiano Mnyhrrgh), que terminó
en 1888 por una combinación espectacularmente improbable de es-
quistosomiasis, suicido, antiguas y supurantes heridas de la guerra de
Crimea, rayo, cañón fallido, caída de caballo, ostras indebidamente en-
latadas y olas traicioneras.
El té tarda un poco en llegar y Lord Woadmire tampoco parece te-
ner mucha prisa en ganar la guerra, así que Waterhouse se da una vuel-
ta por la habitación, fingiendo preocuparse de los cuadros. El mayor
de ellos representa a varios romanos magullados y lacerados arras-
trando sus tristes culos por una costa rocosa y desagradable mientras
los restos de su flota de invasión flotan empujados por las olas. De
frente y en el centro hay un romano que no ha perdido la nobleza pese
al desgaste y las penalidades. Está sentado con aspecto fatigado sobre
una alta roca, porta en la débil mano una espada rota y mira ansio-
samente a través de varias millas de mar tumultuoso hacia una isla
reluciente y paradisíaca. La isla está ricamente bendecida con altos ár-
boles, prados en flor y pastos verdes, pero incluso así puede ser iden-
tificada como Qwghlm Exterior gracias a los Tres Sghrs en lo alto. La
isla está protegida por un par de formidables castillos; sus playas páli-
das, casi caribeñas, están cubiertas con las coloristas banderas de los de-
fensores que (es preciso asumir) acaban de dar a los romanos una lec-
ción que tardarán en olvidar. Waterhouse no se molesta en inclinarse
para leer la placa; sabe que el tema de la pintura es el fallido, y proba-
blemente apócrifo, intento de Julio César de añadir el archipiélago
Qwghlm al Imperio Romano, lo más lejos de Roma que llegó nunca y
la peor idea que nunca tuvo. Decir que los qwghlmianos no han olvi-
dado el asunto es como decir que los alemanes son un poco irritables.
—Donde César fracasó, ¿qué esperanza tiene Hitler?
Waterhouse se dirige hacia la voz y descubre a Nigel St. John
Gloamthorpby, también conocido como Lord Woadmire, también co-
nocido como Duque de Qwghlm. No es un hombre alto. Recorre la
alfombra como un ganso para darle la mano. Aunque el coronel Chat-
tan le informó de la forma adecuada de dirigirse a un duque, Water-
house tiene tantas posibilidades de recordarlo como de dibujar el ár-
bol genealógico de la familia ducal, por lo que decide estructurar todas
sus declaraciones de forma que evite referirse al duque mediante nom-
bre o pronombre. Será un juego divertido y hará que el tiempo pase
más rápido.

— 252 —
—Es una pintura espléndida —dice Waterhouse—, maravillosa.
—Descubrirá que las islas en sí no son menos extraordinarias, y
por las mismas razones —dice el duque tangencialmente.
Para cuando Waterhouse se da cuenta de lo que está pasando, ya
está en la oficina del duque. Tiene la impresión de que durante el ca-
mino se ha producido cierta conversación rutinaria, pero nunca se ha
visto impelido a prestar atención a ese tipo de cosas. Le ofrecen té, y lo
acepta, por segunda o tercera vez, pero no se materializa.
—El coronel Chattan está en el Mediterráneo, y me han enviado en
su lugar —le explica Waterhouse—, no para malgastar el tiempo tra-
tando detalles logísticos, sino para transmitir nuestra enorme gratitud
por la generosa oferta con respecto al castillo. ¡Conseguido! Sin pro-
nombres, sin fallos.
—¡En absoluto! —El duque se lo está tomando como una afrenta a
su generosidad. Habla con la cadencia digna y pausada de un hombre
que está consultando mentalmente el diccionario alemán-inglés—. In-
cluso dejando de lado mis... obligaciones patrióticas... aceptadas con
alegría, por supuesto... casi está... terriblemente de moda tener a todo...
un equipo... de... personas uniformadas y chismes corriendo por la des-
pensa... de uno.
—Muchas de las grandes casas de Inglaterra están realizando su
aporte a la guerra —admite Waterhouse.
—Bien... no faltaba más, así que... utilícenlo! —dice el duque—.
¡Nada de... reticencias! ¡Utilícenlo... por completo! ¡Denle un buen...
repaso! Ha... sobrevivido... a un millar de inviernos de Qwghlm y so-
brevivirá... a lo peor que puedan hacerle.
—Tenemos la esperanza de enviar pronto un pequeño destaca-
mento —dice Waterhouse amablemente.
—¿Podría... saber... para satisfacer... mi propia... curiosidad... qué
tipo...? —dice el duque y deja de hablar.
Waterhouse está preparado para esa pregunta. Está tan preparado
que debe contenerse durante un momento y fingir discreción.
—Huffduff
—¿Huffduff?
—HFDF. Radiogoniómetro de alta frecuencia. Una técnica para
localizar transmisores de radio lejanos triangulando desde varios
puntos.
—Yo pensaría... que sabrían... dónde están... todas las emisoras ale-
manas.
—Lo sabemos, excepto por los transmisores en movimiento.

— 253 —
—¿Movimiento? —El duque frunce el ceño de forma tremenda,
imaginándose un gigantesco transmisor de radio, torre y todo, monta-
do sobre cuatro raíles paralelos como el Gran Berta, arrastrándose por
la estepa, tirado por ucranianos enganchados.
—Piense en los submarinos —dice Waterhouse con delicadeza.
—¡Ah! —dice el duque explosivamente—. ¡ Ah! —Se reclina sobre
la chirriante silla de cuero, examinando una imagen totalmente distin-
ta en su mente—. ¿Salen... no, y envían... mensajes de radio?
—Lo hacen.
—Y ustedes... escuchan.
—¡Si pudiésemos! —dice Waterhouse—. No, los alemanes han
empleado esa famosa habilidad matemática que les caracteriza para in-
ventar cifrados que son totalmente imposibles de romper. No tenemos
ni la más mínima idea de lo que dicen. Pero usando huffduff podemos
descubrir desde dónde lo dicen, y establecer la ruta de nuestros con-
voyes de acuerdo a esa información.
—Ah.
—Así que lo que pretendemos hacer es montar grandes antenas ro-
tatorias en el castillo, y llenar el lugar con expertos en huffduff.
El duque frunce el ceño.
—¿Tendrán las medidas de seguridad... adecuadas contra los rayos?
—Naturalmente.
—¿Y son conscientes de que pueden... esperar... tormentas de hie-
lo... hasta en agosto?
—Los informes de la Real Estación Meteorológica de Qwghlm, en
todo su conjunto, no dejan demasiado a la imaginación.
—¡Entonces bien! —suelta el duque, aceptando la idea con entu-
siasmo—. Entonces, ¡usen el castillo! ¡Y denles... denles un infierno!

Electrical Till Corporation

i. Como muestra del plan de los aliados en lento desarrollo para


•+^-f" acabar con el Eje, ahogándolo bajo una montaña de productos
T manufacturados, hay un muelle en el puerto de Sydney que está
repleto hasta arriba de cajones de madera y barriles de acero: material
desembarcado de las bodegas de barcos norteamericanos, británi-

— 254 —
eos e indios y que se ha quedado ahí amontonado porque Australia no
sabe todavía cómo digerirlo. No es el único muelle de Sydney atasca-
do de material. Pero como ese muelle no vale para mucho más, el mon-
tículo es mayor y más antiguo, más oxidado, más infestado de ratas,
más bordeado de sal, más espesamente recubierto y flagrantemente
adornado con mierda de gaviota.
Un hombre va recorriendo la pila, intentando que los pantalones
caquis no se le manchen más de mierda de gaviota. Viste el uniforme
de mayor del ejército de tierra de los Estados Unidos y lleva un male-
tín que le estorba mucho. Se llama Comstock.
Dentro del maletín hay varios documentos de identidad, creden-
ciales y una carta impresionante de la oficina de El General en Brisba-
ne. Comstock ha tenido oportunidad de mostrarlos todos a los cho-
chos pero aun así extrañamente formidables guardias australianos que
con sus cascos y rifles infestan el puerto. Esos hombres no hablan nin-
gún dialecto del inglés que el mayor pueda reconocer, y viceversa,
pero todos pueden leer lo que pone en los papeles.
El sol va poniéndose y las ratas van despertando. El mayor lleva to-
do el día recorriendo muelles. Ha visto suficiente de la guerra y los mi-
litares para comprender que aquello que busca lo encontrará en el úl-
timo muelle en que busque, que resulta ser éste. Si hubiese empezado
a buscar por aquí, lo que busca estaría en el extremo opuesto, y vice-
versa. Razón de más para mantenerse espabilado mientras hace el re-
corrido. Después de echar un vistazo a su alrededor para asegurarse de
que no hay cerca ningún barril de combustible de avión, enciende un
cigarrillo. La guerra es el infierno, pero fumar un cigarrillo hace que
todo valga la pena.
El puerto de Sydney es hermoso a la puesta de sol, pero lleva mi-
rándolo todo el día y realmente ya no lo puede ver. A falta de algo me-
jor que hacer, abre el maletín. Allí tiene una novela de bolsillo que ya
ha leído. Y hay un bloc que contiene, en sus hojas amarillentas y cru-
jientes, un registro fósil que sólo un arqueólogo podría desenmarañar.
Es la historia de cómo El General, justo después de salir de Corregi-
dor y llegar a Australia en abril, pidió algo. De cómo la petición fue en-
viada a América y rebotó como una bola de pinball por entre las infi-
nitudes atestadas de las burocracias americanas, tanto civiles como
militares; de cómo la cosa en cuestión fue debidamente fabricada, en-
tregada, trasladada en camión de un sitio a otro y cómo acabó en un
barco; finalmente, algunas pruebas indican que el barco paso por Syd-
ney varios meses atrás. No hay pruebas de que el barco llegase a des-

— 255 —
cargar la cosa en cuestión, pero descargar cosas es lo que los barcos ha-
cen siempre cuando llegan a puerto, y por tanto Comstock ha estado
trabajando en base a esa suposición.
Una vez que el mayor Comstock termina el cigarrillo, vuelve a la
búsqueda. Algunos de los papeles especifican ciertos números mágicos
que deberían ir pintados en el exterior de las cajas en cuestión; al me-
nos, eso es lo que ha estado asumiendo desde que inició la búsqueda al
alba y, si se equivoca, tendrá que volver al principio y volver a buscar
en cada una de las cajas del puerto de Sydney. En realidad, mirar los
números de cada caja significa estrujar el cuerpo por los estrechos ca-
nales entre las pilas de cajas y frotar con la mano la grasa y la suciedad
que oscurecen los datos cruciales. El mayor a estas alturas está tan su-
cio como cualquier soldado de combate.
Cuando se acerca al final del muelle, le llama la atención un con-
junto de cajas que parecen ser todas de la misma cosecha, dado que sus
incrustaciones de sal tienen un espesor similar. En la parte baja, donde
se acumula la lluvia, la madera se ha podrido. En lo alto, donde la tuesta
el sol, la madera está deformada y astillada. En algún lugar de esas
cajas deben estar los números, pero es otra cosa lo que le ha llamado la
atención, algo que agita su corazón, al igual que ver las Barras y Estre-
llas agitándose al sol de la mañana debe tener un efecto similar en un
soldado de infantería sitiado. Esas cajas llevan las orgullosas iniciales
de la compañía para la que el mayor Comstock (y la mayoría de sus co-
legas de armas en Brisbane) trabajaba, antes de que fuesen enviados, en
masa, al Servicio de Señales e Inteligencia del Ejército. Las letras están
borrosas y sucias, pero las reconocería en cualquier parte del mundo:
forman el logotipo, la identidad corporativa, el emblema de ETC, la
Electrical Till Corporation.

Cripta

i. Se supone que la terminal debe emular el diseño de una hilera


"+O-^- de casas de troncos malayas todas juntas pared con pared. Un
T túnel de pasajeros recién pintado salta como una gigantesca
lamprea y pega sus labios de neopreno a un lado del avión. El grupo de
nipones mayores no hace ningún esfuerzo por abandonar el avión, de-

— 256 —
jando los pasillos respetuosamente libres para los hombres de nego-
cios: «Adelante, a los que vamos a visitar no les importa esperar.»
En su marcha por el túnel de pasajeros, la humedad y el combusti-
ble de avión se condensan por igual sobre la piel de Randy y comien-
za a sudar. Luego llega a la terminal que, dejando a un lado la alusión a
las casas de troncos malayas, ha sido diseñada específicamente para te-
ner el aspecto de cualquier otra terminal de aeropuerto nueva del mun-
do. El aire acondicionado le atraviesa la cabeza como una lanza. Deja
las bolsas en el suelo y se detiene un momento, intentando pensar ba-
jo una pintura de Leroy Neiman, de las dimensiones de un campo de
balonvolea, que muestra al sultán en acción sobre un pony de polo.
Atrapado en un asiento de ventanilla durante un vuelo corto y agita-
do, no ha podido ir al baño, así que va ahora y mea con tanta potencia
que el urinario emite una especie de sonido tirolés.
Al retroceder, perfectamente satisfecho, es consciente de un hom-
bre que retrocede de un urinario adyacente: uno de los hombres de ne-
gocios nipones que acaban de bajar del avión. Un par de meses antes,
la presencia de ese hombre le hubiese impedido mear. Hoy, ni siquiera
se dio cuenta de que estaba allí. Como alguien que padece desde hace
tiempo de un riñon cohibido, Randy está encantando de haber encon-
trado el remedio mágico: no se trata de convencerte de que eres un ma-
cho alfa dominante, sino más bien de perderte tanto en tus pensamien-
tos como para no percibir a los que te rodean. El riñon cohibido es la
forma que tiene el cuerpo de decirte que piensas demasiado, que debes
salir del campus y conseguir un puto trabajo.
—¿Busca el emplazamiento del Ministerio de Información? —di-
ce el hombre de negocios. Viste un traje perfecto de color gris antraci-
ta, que lleva con tanta facilidad y desahogo como Randy su camiseta
de recuerdo de la quinta Conferencia Hacker, bermudas y sandalias de-
portivas.
—¡Oh! —espeta Randy, enfadado consigo mismo—. Me olvidé
completamente de buscarlo. —Los dos hombres ríen. El nipón saca una
tarjeta de visita con un diestro juego de manos. Randy tiene que abrir
de un tirón su cartera, de nylon y velero, y buscarla. Intercambian tar-
jetas usando el sistema tradicional asiático a dos manos, que Avi le ha
obligado a practicar hasta que le sale casi perfecto. Se inclinan los dos,
activando el par más cercano de urinarios controlados por ordenador.
La puerta del baño se abre y entra un ñipo de edad avanzada, un pre-
cursor de la horda anciana.
Ñipo es la palabra que emplea el sargento Sean Daniel McGee, re-

— 257 —
tirado del Ejército de los Estados Unidos, para referirse a los nipones
en sus memorias de la guerra sobre Kinakuta, cuyas fotocopias Randy
lleva en la bolsa. Es un término terriblemente racista. Por otra parte, la
gente llama continuamente teutones a los alemanes y a los norteame-
ricanos yanquis. Llamar ñipo a una persona nipona es exactamente lo
mismo, ¿no? ¿O es equivalente a llamar amarillo a un chino? Durante
el centenar de horas de reuniones, y megabytes de mensajes de correo
cifrado, que Randy, Avi, John Cantrell, Tom Howard, Eberhard Fórh
y Beryl han intercambiando, para poner en pie Epiphyte(2), cada uno
de ellos ha empleado ocasionalmente, y sin darse cuenta, la palabra ja-
po como versión corta de japonés; de la misma forma que usaban RAM
para Random Access Memory. Pero claro está, japo es también un tér-
mino terriblemente racista. Randy supone que todo está relacionado
con el estado mental en el momento de emitir la palabra. Si estás in-
tentando abreviar, no es un insulto. Pero si estás fomentando el odio
racista, como Sean Daniel McGee parece rozar ocasionalmente, es di-
ferente.
Ese individuo nipón en particular está identificado en la tarjeta co-
mo Goto Furudenendu («Ferdinand Goto»). Randy, quien reciente-
mente ha invertido mucho tiempo en descifrar la estructura jerárquica
de ciertas importantes corporaciones niponas, ya sabe que es el vice-
presidente de proyectos especiales (signifique lo que signifique) de Go-
to Engineering. También sabe que los títulos en las compañías niponas
son caca de vaca y que no significan nada. El hecho de que tenga el mis-
mo apellido que el fundador de la compañía es posible que sea algo que
valga la pena tener en consideración.
La tarjeta de Randy dice que es Randall L. Waterhouse («Randy»)
y que es vicepresidente de desarrollo de tecnologías de red de Epiphy-
te Corporation.
Goto y Waterhouse salen del baño y comienzan a seguir los iconos
de recogida de equipaje que hay colgados por la terminal como si fue-
sen mendrugos.
—¿Acusa el desajuste horario? —pregunta Goto con una sonrisa,
siguiendo (asume Randy) el guión de algún libro de texto inglés. Es un
tipo guapo con sonrisa de triunfador. Probablemente ronda los cua-
renta, aunque los nipones parecen tener un algoritmo de envejeci-
miento totalmente diferente por lo que puede que se equivoque.
—No —contesta Randy. Como genio de la informática'que es, res-
ponde muy mal a ese tipo de preguntas, de forma sucinta y diciendo la
verdad. Sabe que a Goto no le importa realmente si Randy acusa o no

— 258 —
el desajuste horario. Es vagamente consciente de que Avi, de estar allí,
usaría la pregunta de Goto con el fin al que estaba destinada: como
punto de partida de un alegre intercambio social. Hasta que cumplió
los treinta, Randy se sentía mal por su falta de habilidades sociales.
Ahora le importa una mierda. Es probable que pronto se sienta orgu-
lloso de ese hecho. Mientras tanto, sólo por el bien de la empresa co-
mún, intenta hacerlo lo mejor posible—. En realidad, llevo varios días
en Manila, así que he tenido tiempo de sobra para ajustarme.
—¡Ah! ¿Fueron bien sus actividades en Manila? —dispara Goto.
—Sí, muy bien, gracias —miente Randy, ahora que sus habilidades
sociales, siendo las que son, han tenido un momento para ejercitarse—.
¿Ha venido directamente desde Tokio?
La sonrisa de Goto se congela durante un segundo, y vacila antes
de decir:
—Sí.
Se trata, en el fondo, de una respuesta paternalista. Goto Enginee-
ring tiene su central en Kobe, y no volarían desde el aeropuerto de To-
kio. Goto dijo sí de todas formas, porque, durante ese momento de va-
cilación, comprendió que estaba tratando con un yanqui, quien, al
decir «Tokio», realmente quería decir «las islas niponas» o «de donde
demonios venga».
—Perdóneme —dice Randy—. Quise decir Osaka.
Goto sonríe y parece ejecutar un movimiento que parece insinuar
una leve inclinación.
—¡Sí! He venido desde Osaka.
Goto y Waterhouse se apartan en la recogida de equipaje, inter-
cambian sonrisas al pasar por inmigración y se vuelven a encontrar en
la sección de transporte terrestre. Hombres de Kinakuta vestidos con
brillantes uniformes blancos de aspecto seminaval, con sus galones do-
rados y guantes blancos, abordan a los pasajeros, ofreciendo transporte
para los hoteles locales.
—¿También se hospeda en el Foote Mansión? —dice Goto. Se trata
de «el» hotel de lujo en Kinakuta. Pero ya conoce la respuesta; la reu-
nión de mañana ha sido planeada de forma tan exhaustiva como un lan-
zamiento de trasbordador.
Randy vacila. El mayor Mercedes-Benz del mundo acaba de dete-
nerse junto a la acera, con la humedad condensada no sólo empañan-
do las ventanas sino también corriendo a chorros. Un conductor con
la librea del Foote Mansión ha salido disparado de su interior para des-
pojar al señor Goto de su equipaje. Randy sabe que no tiene más que

— 259 —
realizar un sutil movimiento hacia el coche y le llevarán rápidamente a
un hotel de lujo donde podrá tomar una ducha, ver la televisión des-
nudo mientras bebe una botella de vino francés de cien dólares, ir a na-
dar y recibir un masaje.
Lo cual es exactamente el problema. Ya puede sentir cómo co-
mienza a debilitarse bajo el calor ecuatorial. Es demasiado pronto para
reblandecerse. Sólo lleva despierto seis o siete horas. Hay trabajo que
hacer. Se esfuerza por permanecer firme, y el esfuerzo le hace sudar con
tanta intensidad que parece que va a mojarlo todo en un radio de va-
rios metros.
—Me encantaría compartir el coche con usted hasta el hotel —di-
ce—, pero primero tengo que atender un par de recados.
Goto comprende.
—Quizá podamos tomar una copa por la noche.
—Déjeme un mensaje —dice Randy. Luego Goto le saluda a tra-
vés del vidrio ahumado mientras el Mercedes se aleja a siete g. Randy
da un giro de ciento ochenta grados, regresa al Dunkin's Donuts ha-
lal,* que acepta ocho tipos de moneda, y se sacia. Luego sale y se vuel-
ve imperceptiblemente hacia una fila de taxis. Un conductor se lanza
físicamente hacia Randy y le arranca la bolsa del hombro.
—Ministerio de Información.
A la larga, puede que sea bueno, o puede que no, que el sultanato
de Kinakuta tenga un gigantesco Ministerio de Información a prueba
de terremotos, volcanes, tsunami y armas termonucleares con un sub-
sub-sótano cavernoso atestado de ordenadores de alta potencia y con-
mutadores de datos. Pero el sultán está encantado con la idea. Ha con-
tratado a unos alemanes inquietantes para que lo diseñen, y a Goto
Engineering para construirlo. Nadie, evidentemente, conoce mejor los
desastres naturales que los nipones, con la posible excepción de algu-
nos pueblos ahora extintos y que por tanto no pueden hacer ofertas
para trabajos de ese tipo. También saben un par de cosas sobre sopor-
tar bombardeos, al igual que los alemanes.
Hay subcontratistas, claro, y una plétora de asesores. Por alguna
milagrosa hazaña de verborrea, Avi ha conseguido uno de los mayores
contratos de asesoría: Epiphyte(2) Corporation se encarga de la «inte-
gración de sistemas», lo que significa conectar un montón de basura fa-
bricada por otras personas, y supervisar la instalación de todos los or-
denadores, conmutadores y líneas de datos.

* Productos alimentarios preparados de acuerdo a la ley islámica. (N. del T.)

— 260 —
El trayecto hasta allí es sorprendentemente corto. Ciudad Kina-
kuta no es demasiado grande, cercada como está por empinadas cordi-
lleras montañosas, y el sultán la ha dotado de múltiples autopistas de
ocho carriles. El taxi vuela por la llanura de tierra recuperada al mar so-
bre la que está construido el aeropuerto, dobla alrededor del muñón
del Pico Eliza, ignorando dos salidas a la Ciudad Tecnológica, y luego
gira hacia una salida sin señalizar. De pronto quedan atrapados tras una
fila de camiones vacíos; monstruos nipones marcados con la palabra
GOTO en grandes letras mayúsculas. Hacia ellos viene un torrente de
camiones idénticos, excepto que estos están completamente cargados
de escombros. El taxista se mete por el arcén derecho y adelanta a los
camiones durante media milla. Van subiendo; a Randy se le taponan
los oídos. La carreta ha sido construida sobre el lecho de un barranco
que sube por una de las cordilleras. Pronto están rodeados por vertigi-
nosas paredes de vegetación, que actúan como esponjas, atrapando nu-
bes perennes de niebla, a través de la cual se ven en ocasiones destellos
de colores brillantes. Randy no sabe si son flores o pájaros. El contraste
entre la exuberante vegetación del bosque de las nubes y la carretera de
tierra, maltratada por las descomunales ruedas de los camiones, le de-
sorienta.
El taxi se detiene. El taxista se vuelve y le mira expectante. Randy
cree por un segundo que el taxista está perdido y le mira en espera de
instrucciones. La carretera termina allí, en un aparcamiento misterio-
samente situado en medio del bosque de las nubes. Randy ve media do-
cena de grandes caravanas con aire acondicionado que exhiben los lo-
gotipos de diversas firmas niponas, alemanas y norteamericanas; un
par de docenas de coches y muchos autobuses. Allí están todos los ele-
mentos de una importante operación de construcción, más algunos ex-
tras, como dos monos con enormes penes en erección peleándose por
el botín de un vertedero, pero no se trata de una construcción. No hay
más que una pared verde al final del camino, un verde tan oscuro que
es casi negro.
Los camiones vacíos desaparecen en esa oscuridad. Salen camiones
llenos, apareciendo primero los faros por entre la niebla y la penum-
bra, seguidos por la vistosa exhibición que los conductores han creado
sobre las rejillas de los radiadores, a continuación los reflejos en las pie-
zas cromadas y vidrios, y finalmente los camiones en sí. Los ojos de
Randy se ajustan y ahora puede ver que está frente a una caverna, ilu-
minada por lámparas de vapor de mercurio.
—¿Quiere que le espere? —pregunta el taxista.

— 261 —
Randy mira el taxímetro, realiza una conversión rápida y llega a la
conclusión de que el trayecto hasta ahora le ha costado diez centavos.
—Sí —dice, y sale del taxi. Satisfecho, el taxista se recuesta y en-
ciende un cigarrillo.
Randy permanece de pie y contempla la caverna durante un minu-
to, en parte porque es todo un espectáculo y en parte porque de ella sa-
le una corriente de aire frío, lo que resulta agradable. Luego atraviesa
el área y se dirige a la caravana identificada como «Epiphyte».
El personal consiste en tres diminutas mujeres kinakutesas que le
conocen perfectamente, aunque no le habían visto antes, y que pare-
cen totalmente encantadas de verle. Van vestidas con telas sueltas de
brillantes colores sobre los jerséis de cuello alto Eddie Bauer que les
protegen del frío nórdico del aire acondicionado. Todas son temible-
mente eficientes y elegantes. Adondequiera que vaya en el sureste asiá-
tico, Randy se encuentra constantemente con mujeres que deberían
estar dirigiendo General Motors o algo similar. Enseguida han comu-
nicado su llegada por medio de walkie-talkies y teléfonos móviles, y le
han entregado un par de gruesas botas altas, un casco y un teléfono mó-
vil, todo cuidadosamente etiquetado con su nombre. Después de un
par de minutos, un joven kinakutés con casco y botas embarradas abre
la puerta de la caravana, se presenta como «Steve» y lleva a Randy has-
ta la entrada de la caverna. Siguen una estrecha pasarela para peatones
iluminada por una cadena de bombillas enjauladas.
Durante el primer centenar de metros más o menos, la caverna no
es más que un pasillo recto apenas lo suficientemente ancho para ad-
mitir dos camiones Goto y el camino de peatones. Randy pasa la ma-
no por la pared. La piedra es áspera y polvorienta, no lisa como la su-
perficie en una cueva natural, y puede apreciar laceraciones recientes
realizadas por martillos neumáticos y taladros.
Por el eco sabe que algo está a punto de cambiar. Steve le guía a la ca-
verna en sí. Es, bueno, «cavernosa». Lo suficientemente grande como
para que media docena de los enormes camiones den la vuelta en círcu-
lo para recibir la carga de rocas y escombros. Randy levanta la vista, in-
tentando encontrar el techo, pero lo único que ve es un conjunto de lu-
ces blanco azuladas de alta intensidad, como las de un gimnasio, quizá a
unos diez metros de altura. Más allá sólo hay oscuridad y niebla.
Steve va en busca de algo y deja a Randy solo durante unos minu-
tos, lo que le resulta útil porque le lleva mucho tiempo recuperar la
compostura.
En algunas zonas la pared es lisa y natural; el resto es basto, seña-

— 262 —
lando los agrandamientos concebidos por los ingenieros y ejecutados
por los contratistas. De igual forma, parte del suelo es suave, y no del
todo llano. Algunos lugares han sido perforados y volados para hacer-
los descender, otros han sido rellenados para levantarlos.
La cámara principal parece casi terminada. Aquí estarán las ofici-
nas del Ministerio de Información. Hay otras dos cámaras más peque-
ñas, más hacia el interior de la montaña, que todavía están siendo
agrandadas. Una contendrá la planta de ingeniería (los generadores de
energía y demás) y la otra será la unidad de sistemas.
Un tipo rubio y corpulento con un casco blanco sale de un aguje-
ro en la pared de la cueva: Tom Howard, el vicepresidente de Epiphy-
te Corporation para tecnología de sistemas. Se quita el casco y saluda
a Randy, luego le indica que se acerque.
El pasillo que lleva a la cámara de sistemas es tan grande que po-
dría meter por él una furgoneta de reparto, pero no es recto y llano co-
mo la entrada principal. Casi todo el espacio está ocupado por un sis-
tema de transporte de aterrador poder y velocidad, que lleva toneladas
de lodo gris chorreante hacia la cámara principal para ser arrojado en
los camiones Goto. En términos de coste y sofisticación aparente, tie-
ne la misma relación con una cinta transportadora normal que un F-15
con un Sopwith Camel. Es posible hablar, pero es imposible que te es-
cuchen si estás cerca de ella, por lo que Tom, Randy y el kinakutés lla-
mado Steve recorren en silencio el pasillo durante más o menos un cen-
tenar de metros hasta llegar a la siguiente caverna.
Ésta es lo suficientemente grande para contener una casa modes-
ta de un piso. La cinta pasa justo por el medio y desaparece en otro
agujero; el lodo llega desde una zona aún más profunda de la monta-
ña. Sigue habiendo demasiado ruido para hablar. El suelo ha sido ni-
velado con cemento y hay conductos que se levantan cada pocos me-
tros con cables naranja colgando de las partes abiertas: líneas de fibra
óptica.
Tom se dirige hacia otra abertura en la pared. Parece que de ésta
parten diversas cavernas subsidiarias. Tom guía a Randy por la abertu-
ra, luego se vuelve para colocarle una mano en el brazo y sostenerlo:
están en la parte alta de una escalera de madera construida en un pozo
casi vertical que desciende sus buenos cinco metros o más.
—Lo que acabas de ver es la sala principal de conmutadores —di-
ce Tom—. Cuando hayamos terminado será el mayor router del mun-
do. Estamos utilizando algunas de las otras cámaras para instalar or-
denadores y sistemas de almacenamiento masivo. Básicamente, el

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CRDB más grande del mundo, con un buffer compuesto por una ca-
che de RAM realmente grande.
CRDB significa Conjunto Redundante de Discos Baratos; es una
forma de almacenar grandes cantidades de información de forma ba-
rata y fiable, y exactamente lo que quieres tener en un refugio de datos.
—Por tanto, seguimos limpiando algunas de las otras cámaras
—sigue diciendo Tom—. Hemos descubierto algo aquí abajo, y pensé
que te parecería interesante. —Se vuelve y comienza a descender por la
escalera—. ¿Sabes que los japoneses usaron estas cuevas como refugios
antiaéreos durante la guerra?
Randy ha estado llevando en el bolsillo la página del mapa del li-
bro fotocopiado. La despliega y la sostiene cerca de la bombilla. Exac-
to, incluye un sitio, en lo alto de la montaña, con el texto ENTRADA A
REFUGIO ANTIAÉREO Y PUESTO DE MANDO.
—¿Y como puesto de mando? —dice Randy.
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Préstamo interbibliotecario —dice Randy.
—Nosotros no lo sabíamos hasta que llegamos aquí y encontra-
mos todos esos viejos cables y basura eléctrica dispuesta por todas par-
tes. Tuvimos que arrancarla para poder poner lo nuestro.
Randy comienza a bajar los escalones.
—Este pozo estaba lleno de rocas —dice Tom—, pero vimos ca-
bles que bajaban, y supimos que había algo al fondo.
Randy mira nervioso al techo.
—¿Por qué estaba lleno de rocas? ¿Hubo un desprendimiento?
—No —dice Tom—, lo hicieron los soldados japoneses. Arroja-
ron rocas al pozo hasta que lo llenaron. Una docena de nuestros tra-
bajadores necesitaron dos semanas para sacar, a mano, todas las rocas.
—Bien, ¿de qué eran los cables?
—Bombillas —dice Tom—, no eran más que cables eléctricos, na-
da de comunicaciones.
—Entonces, ¿qué intentaban ocultar allá abajo? —pregunta
Randy. Casi han llegado al pie de la escalera y ve que hay una cavidad
del tamaño de una habitación.
—Míralo tú mismo —dice Tom, y le da a un interruptor.
La cavidad tiene más o menos el tamaño de un garaje para un solo
coche, con un buen suelo llano. Hay una mesa, una silla y un archiva-
dor, todo de madera, cubierto de moho de cincuenta años de antigüe-
dad. Y también hay un baúl de metal, de color verde militar, cubierto
de caracteres nipones.

— 264 —
—Forcé el candado —dice Tom. Se acerca al baúl y abre la tapa. Está
lleno de libros.
—¿Esperabas encontrar lingotes de oro? —dice Tom, riéndose ante
la expresión de la cara de Randy.
Randy se sienta en el suelo y se agarra los tobillos. Mira boquia-
bierto los libros que hay en el arcón.
—¿Estás bien? —pregunta Tom.
—Un deja vu muy, muy fuerte —dice Randy.
—¿Por esto?
—Sí —dice Randy—, lo he visto antes.
—¿Dónde?
—En el ático de mi abuela.

Randy encuentra el camino de vuelta por la red de cuevas hasta el


aparcamiento. El aire cálido es agradable sobre la piel, pero para cuan-
do ha llegado a la caravana de Epiphyte Corp. para devolver el casco y
las botas, ya está sudando de nuevo. Se despide de las tres mujeres que
trabajan allí, y una vez más se sorprende por lo atentas y lo solícitas que
son. Luego recuerda que él no es un intruso cualquiera. Es un accio-
nista y un directivo importante de la corporación que les da empleo:
les paga o las oprime, elige lo que más te guste.
Se mueve por el aparcamiento, muy despacio, intentando no ca-
lentar demasiado el horno metabólico. Un segundo taxi se ha coloca-
do junto al que espera por Randy, y los taxistas están asomados por las
ventanillas disfrutando de la brisa.
Al acercarse al taxi, echa un vistazo a la entrada de la caverna. En-
marcado entre las oscuras fauces, y empequeñecido por las formas
montañosas de los camiones de Goto, hay un hombre solitario, de pelo
blanco y encorvado, pero delgado y de aspecto casi atlético, vestido
con un chándal y zapatillas de correr. Está de espaldas a él, mirando ha-
cia la caverna, sosteniendo un gran ramo de flores. Parece haber echa-
do raíces en el barro, perfectamente inmóvil.
La puerta principal de Goto Engineering se abre de golpe. Un jo-
ven nipón con camisa blanca, corbata a rayas, y casco naranja descien-
de los escalones y se acerca con rapidez al viejo de las flores. Cuando
se encuentra todavía a cierta distancia, se detiene, junta los pies y eje-
cuta una inclinación. Randy todavía no ha pasado el tiempo suficiente
entre los nipones para comprender los detalles, pero le parece una in-
clinación extraordinariamente importante. Se acerca al viejo con una

— 265 —
amplia sonrisa y le indica la caravana de Goto. El viejo parece deso-
rientado —quizá la cueva no tenga ya el aspecto que solía tener— pe-
ro, después de unos momentos, devuelve una inclinación mecánica y
permite que el joven ingeniero lo saque del flujo de tráfico.
Randy sube al taxi y le dice al taxista:
—Foote Mansión.
Ha estado atesorando la ilusión de que leerá las memorias lenta-
mente y prestando atención, de principio a fin, pero a estas alturas ha
demostrado correr la misma suerte que todas las ilusiones. Saca el mon-
tón de fotocopias durante el trayecto al hotel e inicia una criba despia-
dada. La mayoría no tiene nada que ver con Kinakuta; trata de las ex-
periencias de McGee luchando en Nueva Guinea y Filipinas. McGee
no es Churchill, pero tiene un cierto talento narrativo, que convierte
en legibles incluso las anécdotas más banales. Sus habilidades como
anecdotista deben haberle convertido en un éxito en el bar del club de
suboficiales; un centenar de sargentos achispados deben haberle alen-
tado a escribir parte de esa mierda si finalmente volvía al sur de Boston
con vida.
Volvió con vida, pero al contrario que la mayoría de los otros sol-
dados que se encontraban en Filipinas el día V-J, no regresó directa-
mente a casa. Dio un pequeño rodeo por el Sultanato de Kinakuta, que
todavía era el hogar de más de cuatro mil soldados nipones. Eso expli-
ca un aspecto extraño de ese libro. En la mayoría de las memorias de
guerra, el día V-E o el día V-J se produce en la última página, o al me-
nos en el último capítulo, y a continuación nuestro narrador regresa a
casa y se compra un Buick. Pero el día V-J se produce como a unos dos
tercios del libro de Sean Daniel McGee. Cuando Randy deja a un lado
el material anterior a agosto de 1945 queda un montón de páginas omi-
nosamente grueso. Está claro que el sargento McGee tenía muchas co-
sas que contar.
La guerra había dejado atrás a la guarnición nipona de Kinakuta, y
como otras guarniciones que se habían quedado atrás, habían dedica-
do todas las energías que les quedaban al cultivo de verduras y a espe-
rar la llegada de los esporádicos submarinos, que, cerca del final de la
guerra, los nipones usaban para trasladar las cargas más extremada-
mente vitales y para transportar a ciertos especialistas desesperadamen-
te necesarios, como mecánicos de aviación, de un sitio a otro. Cuando
reciben la emisión de Hirohito desde Tokio, ordenándoles que entre-
guen las armas, lo hacen cumpliendo con su deber pero (sospecha uno)
con alivio.

-266
Lo único difícil era encontrar a alguien ante quien rendirse. Los
aliados se habían concentrado en planear la invasión de las islas nipo-
nas, y les llevó algo de tiempo enviar tropas a guarniciones apartadas
como la de Kinakuta. El relato de McGee sobre la confusión en Mani-
la es mordaz. En ese punto del libro, McGee empieza a perder la pa-
ciencia, y el encanto. Empieza a despotricar. Veinte páginas más ade-
lante, llega a Ciudad Kinakuta. Permanece firme mientras el capitán de
su compañía acepta la rendición de la guarnición nipona. Dispone una
guardia frente a la entrada de la caverna, donde algunos nipos intran-
sigentes se han negado a rendirse. Organiza el desarme sistemático de
los soldados nipones, que se encuentran terriblemente demacrados, y
se asegura de que se arrojan al mar los rifles y municiones mientras traen
comida y suministros médicos. Ayuda a un pequeño contingente de in-
genieros a tender alambre de espino alrededor del campo aéreo, con-
virtiéndolo en un campo de internamiento.
Randy pasa todo esto aprisa durante el trayecto al hotel. Luego, le
llaman la atención palabras como «empalados», «gritos» y «atroz», así
que retrocede algunas páginas y lee con más detenimiento.
El resumen consiste en que los nipones, desde 1940, sacaron por la
fuerza a miles de miembros de las tribus del frío y limpio interior de la
isla, los llevaron al caliente y pestilente borde, y los obligaron a traba-
jar. Esos esclavos habían ampliado la gran caverna donde los nipones
habían construido su refugio antiaéreo y el puesto de mando; mejora-
ron la carretera que subía hasta lo alto del Pico Eliza, donde instalaron
el radar y la estación de localización; construyeron otra pista en el cam-
po de aviación; rellenaron más partes del puerto; y murieron a miles de
malaria, tifus, disentería, hambre y agotamiento. Esos mismos nativos,
o sus desconsolados hermanos, los observaban desde sus reductos en
lo alto de las montañas, cuando Sean Daniel McGee y sus camaradas
llegaron para quitar las armas a los nipones y concentrarlos a todos en
el campo de aviación, guardados por unas pocas docenas de soldados
que estaban frecuentemente borrachos o dormidos. Esos nativos tra-
bajaron sin pausa, en la jungla, fabricando lanzas, hasta que la siguien-
te luna llena iluminó a los nipones dormidos como un reflector. Lue-
go surgieron de la selva en lo que Sean Daniel McGee describe como
«una horda», «una plaga de avispas», «un ejército rugiente», «una le-
gión oscura desencadenada desde el infierno», «una masa aullante» y
con otras metáforas que no se le consentirían hoy en día. Redujeron y
desarmaron a los soldados norteamericanos, pero no les hicieron da-
ño. Lanzaron ramas de árboles sobre los alambres hasta convertir la

— 267 —
verja en una autopista, y luego atacaron el campo de aviación con las
lanzas listas. El relato de McGee dura como unas veinte páginas y, so-
bre todo, es la historia de la noche en que un afable sargento del sur de
Boston quedó permanentemente trastornado.
—¿Señor?
Randy se asombra al comprobar que la portezuela del taxi está
abierta. Mira a su alrededor y comprueba que está bajo el toldo del Ho-
tel Foote Mansión. La portezuela la mantiene abierta un nervudo jo-
ven botones con un aspecto diferente al de la mayor parte de los kina-
kuteses que Randy ha conocido hasta ahora. El muchacho encaja
exactamente con la descripción que hace Sean Daniel McGee de los na-
tivos del interior.
—Gracias —dice Randy, y se asegura de darle una buena propina.
La habitación está totalmente decorada con muebles de diseño es-
candinavo, pero fabricado allí a partir de árboles en vías de extinción.
La vista es hacia las montañas del interior, pero cuando sale al balcon-
cito puede ver un poco de agua, un barco que están descargando, y la
mayor parte del jardín conmemorativo construido por los nipones so-
bre el lugar de la masacre.
Le esperan varios mensajes y faxes: en su mayor parte de otros
miembros de Epiphyte Corp., notificándole que ya han llegado, y di-
ciéndole en qué habitaciones puede encontrarles. Randy deshace el
equipaje, toma una ducha, y manda la camisa a la lavandería para ma-
ñana. Luego se pone cómodo frente a la mesa, arranca el portátil, y sa-
ca el Plan de Negocios de Epiphyte(2) Corporation.

Lagarto

Bobby Shaftoe y sus colegas están dando un pequeño y agra-


dable paseo matutino por el campo.
En Italia.
¡Italia! ¿Cómo cono va a creérselo? ¿De qué va esto? No es asunto
suyo saberlo. Le han descrito su trabajo con mucha claridad. Se lo
han descrito con mucha claridad porque no tiene sentido.
En los viejos días, en Guadalcanal, su oficial al mando diría algo co-

— 268 —
mo: «¡Shaftoe, erradique ese fortín!», y desde ese momento, Bobby
Shaftoe se convertía en agente libre. Podía caminar, correr, nadar o
arrastrarse. Podía acercarse sigilosamente y lanzar una carga, o que-
darse a distancia y cargarse el objetivo con un lanzallamas. No impor-
taba, siempre que cumpliese el objetivo.
El objetivo de esta pequeña misión se encuentra más allá de la com-
prensión de Shaftoe. Los despiertan, a él, al teniente Enoch Root, a
otros tres marines, incluyendo al encargado de radio, y a varios de los
tíos del SAS, en medio de la noche, y los empujan hasta el único puer-
to de Malta que no ha sido destruido por la Luftwaffe. Les espera un
submarino. Suben a bordo y juegan a las cartas durante veinticuatro
horas. Pasan la mayor parte del tiempo en la superficie, donde los sub-
marinos pueden ir mucho más rápido, pero de vez en cuando se su-
mergen, evidentemente por muy buenas razones.
Cuando les vuelven a dejar subir a la cubierta del submarino, vuel-
ven a estar en plena noche. Se encuentran en una pequeña cala en me-
dio de una costa agreste y reseca; eso es todo lo que Shaftoe puede ver
a la luz de la luna. Les esperan dos camiones. Abren las escotillas del
submarino y sacan material: en uno de los camiones los marines de los
Estados Unidos cargan un montón de sacos llenos de lo que parece to-
do tipo de basura. Mientras tanto, los miembros del SAS se afanan con
llaves inglesas, trapos, grasa y muchos insultos en la parte de atrás del
otro camión, montando algo que han sacado en cajones de otra parte
del submarino. Lo cubren con una lona antes de que Shaftoe pueda
echarle un buen vistazo, pero lo reconoce como algo que sería mejor
que no te estuviese apuntando.
Hay un par de hombres de piel oscura y bigotes por el muelle, fu-
mando y discutiendo con el capitán del submarino. Después de que se
descargue todo el material, el capitán parece pagarles con algunas cajas
más sacadas también del submarino. Los hombres abren algunas para
examinarlas y parecen satisfechos.
En ese momento, Shaftoe sigue sin saber en qué continente se en-
cuentran. Al ver el paisaje por primera vez se imaginó que era el norte
de África. Cuando vio a los hombres, supuso que era Turquía.
No es hasta que el sol se eleva sobre el pequeño convoy y (tendido
de espalda sobre los sacos de basura, echando un vistazo desde la lona)
puede ver los carteles de la carretera y las iglesias cristianas, cuando
comprende que se encuentran en Italia o España. Al final ve una señal
que apunta hacia Roma y se imagina que se trata de Italia. La señal
apunta en dirección contraria al sol de mediodía, así que deben encon-

— 269 —
trarse en algún punto al sur o sureste de Roma. También se encuentran
al sur de una ciudad llamada Napoli.
Pero no pasa demasiado tiempo mirando. No les animan a ello. El
camión lo conduce un tipo que habla la lengua local, y que se detiene
de vez en cuando para conversar con los nativos. En ocasiones parecen
conversaciones amigables. En ocasiones parecen discusiones sobre la
etiqueta de carretera. En ocasiones son más tranquilas y reservadas.
Shaftoe comprende, lentamente, que durante esos intercambios el con-
ductor está sobornando a alguien para que les dejen pasar.
Le resulta sorprendente que en un país activamente implicado en
la mayor guerra de la historia —en un país controlado por fascistas be-
ligerantes, Dios mío—- dos camiones de soldados enemigos armados
hasta los dientes puedan moverse con libertad, protegidos sólo por un
par de billetes de cinco dólares. «¡Canastos! ¿Qué tipo de operación
lamentable es ésta?» Tiene deseos de ponerse de pie, levantar la lona y
darle a esos ítalos un buen rapapolvo. En todo caso, a este país le hace
falta una buena limpieza con cepillos de dientes. Es como si a la gente
no le importase. En cambio los nipos, piensa de ellos lo que quieras, al
menos cuando te declaran la guerra lo dicen en serio.
Resiste la tentación de reprender a los italianos. Opina que va con-
tra las órdenes que ha memorizado tan cuidadosamente antes de que la
sorpresa de descubrir que están moviéndose por un país del Eje le atu-
rullase el cerebro. Y si las instrucciones no hubiesen salido de los la-
bios del coronel Chattan en persona —el tipo o individuo que es el ofi-
cial al mando del Destacamento 2702— no las habría creído.
Van a estar acampados un tiempo. Durante un tiempo van a jugar
mucho a las cartas. Durante ese tiempo, el operador de radio va a estar
muy ocupado. Esa fase de la operación puede que dure hasta una se-
mana. En algún momento, es muy probable que los alemanes y, si ese
día se sienten impetuosos, también los italianos, realicen esfuerzos
enérgicos y concertados para matarles. Cuando eso suceda, deberán
enviar un mensaje de radio, quemar el tugurio, llegar hasta cierto pun-
to que pasa por ser una pista de aterrizaje y esperar a ser recogidos por
uno de esos dispuestos pilotos británicos.
Al principio Shaftoe no creyó ni una palabra. Lo atribuyó al fa-
moso humor británico, una especie de broma o ritual de confusión. En
general no sabe cómo tomarse a los británicos porque (por su obser-
vación personal) son las únicas personas sobre la superficie de la tierra,
además de los americanos, que tienen sentido del humor. Ha oído ru-
mores de que algunos europeos del este también lo tienen, pero hasta

— 270 —
ahora no ha conocido a ninguno, y no tiene mucho en que basarse por
el momento. En cualquier caso, nunca sabe cuándo los británicos es-
tán bromeando.
Cualquier ilusión de que pudiese ser una broma se evaporó cuan-
do vio la cantidad de armamento que les habían asignado. Shaftoe ha
descubierto que, para tratarse de una organización dedicada a disparar
y volar gente a gran escala, los militares son exasperantemente reticen-
tes a dar armas. Y la mayor parte de las armas que entregan son una
mierda. Es por esa razón que los marines consideran necesario desde
hace tiempo traerse sus propias armas de casa: ¡el Cuerpo quiere que
maten gente pero no les da el material necesario!
Pero el Destacamento 2702 es completamente diferente. ¡Incluso
los soldados llevan Winchester Trench Brooms! Y por si eso no le lla-
maba la atención, las cápsulas de cianuro vaya si lo hacían. Y la lección
de Chattan sobre la forma correcta de volarte la cabeza («les sorpren-
dería saber cuantos tipos por lo demás competentes estropean un pro-
cedimiento aparentemente tan simple»).
Ahora Shaftoe comprende que hay un codicilo implícito en las ór-
denes de Chattan: «ah, sí, y si alguno de los italianos, que realmente vi-
ven en Italia, y que dirigen el país, y que son fascistas y están en guerra
con nosotros... si cualquiera de ellos nota vuestra presencia y, por cual-
quier razón, tiene objeciones a vuestro plan, sea lo que cono sea, en-
tonces matadlos. Y si eso no sale bien, por favor, por lo que más que-
ráis, mataos vosotros, porque probablemente lo hagáis de forma
menos dolorosa que los fascistas. ¡No olvidéis la loción solar protec-
tora!»
En realidad, a Shaftoe no le preocupa esta misión. Ciertamente no
es peor que Guadalcanal. Lo que le molesta (decide, poniéndose có-
modo sobre los sacos de basura misteriosa, mirando por una raja entre
las lonas) es no comprender su propósito.
Puede que el resto de la patrulla esté muerto, o puede que no; le pa-
rece que puede oír a algunos gritando, pero no es fácil tenerlo claro en-
tre el sonido de las olas y el incansable repiqueteo de la ametralladora.
Luego comprende que algunos deben seguir con vida o los nipos no
seguirían disparando.
Shaftoe sabe que está más cerca de la ametralladora que cualquiera
de sus compañeros. Es el único que tiene una posibilidad.
Es en ese momento cuando Shaftoe toma su Gran Decisión. Le re-
sulta sorprendentemente fácil... pero claro, las decisiones realmente es-
túpidas son siempre las más fáciles.

— 271 —
Se arrastra junto al tronco hasta el punto que está más cerca de la
ametralladora. Luego respira un par de veces, se pone en cuclillas ¡y
salta sobre el tronco! Ahora ve con claridad la entrada de la cueva, el
destello en forma de cometa de la ametralladora, teselado por la rejilla
metálica de la red que Jian colocado para rechazar las granadas lanza-
das en su dirección.
Todo está extraordinariamente claro. Shaftoe mira la playa y ve ca-
dáveres.
De pronto comprende que no están disparando la ametralladora
porque queden algunos de sus compañeros con vida, sino para emplear
toda la munición sobrante y no tener que llevársela. Shaftoe es un sol-
dado de batalla y lo comprende.
A continuación el cañón se dirige hacia él... le han visto. Está a la
vista, totalmente expuesto. Puede entrar en el follaje de la jungla, pero
la barrerán con fuego hasta que esté muerto. Bobby Shaftoe planta los
pies, dirige el .45 hacia la cueva y comienza a apretar el gatillo. El tam-
bor de la ametralladora le está apuntando.
Pero no dispara.
El .45 hace un clic. Está vacío. El silencio es total, exceptuando las
olas, y los gritos. Shaftoe se guarda el .45 y saca el revólver.
No reconoce la voz que grita. No es uno de sus compañeros.
Un marine imperial nipón salta de la boca de la cueva, por encima
del nivel de la cabeza de Shaftoe. La pupila del ojo derecho de Shaftoe,
la mira del revólver y ese ñipo quedan alineados brevemente durante
un momento, durante el cual Shaftoe aprieta el gatillo un par de veces
y casi con toda seguridad da en el blanco.
El marine imperial queda atrapado en la red y cae al suelo frente a él.
Un segundo ñipo sale de la cueva un momento más tarde, gruñen-
do de forma incoherente, aparentemente estupefacto por el terror. Cae
mal y se rompe una de las piernas; Shaftoe oye cómo se parte. En cual-
quier caso, el ñipo comienza a correr hacia el agua, cojeando grotesca-
mente sobre la pierna mala. Ignora a Shaftoe por completo. Sangra ho-
rriblemente por el cuello y el hombro, y algunos trozos de carne se
desprenden mientras corre.
Bobby Shaftoe enfunda el revólver. Debería llevarse el rifle al hom-
bro y cargarse al tipo, pero está demasiado confundido para hacer na-
da por el momento.
Algo rojo parpadea en la entrada de la cueva. Mira en esa dirección
y no ve nada lo suficientemente claro como para registrarlo frente al
ensordecedor ruido visual de la jungla.

— 272 —
Luego ve cómo el destello de rojo aparece y desaparece de nuevo.
Tenía la forma de una Y afilada. Tenía la forma de la lengua bífida de
un reptil.
A continuación una porción móvil de jungla viva explota en la en-
trada de la cueva y cae sobre el follaje. Las partes altas de las plantas se
agitan y caen mientras la cosa se mueve.
Está libre por la playa. Se pega mucho al suelo, caminando a cua-
tro patas. Se detiene un momento y lanza la lengua en dirección al ma-
rine imperial que ahora se dirige cojeando hacia el océano Pacífico a
unos cincuenta pies de distancia. La arena salta por el aire, como el hu-
mo de las ruedas de un coche de carreras, y el lagarto vuela sobre la pla-
ya. Cubre la distancia hasta el marine imperial en uno, dos, tres segun-
dos, le da en las rodillas, le hace caer contra las olas. A continuación el
lagarto arrastra al ñipo muerto hacia la tierra. Lo tiende entre los ame-
ricanos muertos, camina a su alrededor un par de veces, lanzando la
lengua, y al final empieza a comérselo.
—¡Sargento! ¡Ya estamos aquí! —dice el soldado Flanagan. Inclu-
so antes de despertarse, Bobby Shaftoe nota que Flanagan está ha-
blando en un tono de voz normal y que no suena asustado ni alterado.
«Aquí» no debe ser un lugar peligroso. Nadie les está atacando.
Shaftoe abre los ojos justo cuando retiran la lona de la parte abier-
ta del camión. Mira directamenteel azul cielo italiano enmarcado por
las ramas retorcidas de árboles desesperados.
—¡Mierda! —dice.
—¿Qué pasa, sargento?
—Es lo que siempre digo al despertar —dice Shaftoe.

Su nuevo hogar resulta ser un viejo edificio en una granja de olivos,


plantación, huerto o como se llame el sitio donde crecen olivos. Si este
edificio estuviese en Wisconsin, cualquier idiota que pasase a su lado
lo consideraría abandonado. Aquí, Shaftoe no está tan seguro. El
tejado se ha derrumbado en parte bajo el peso agotador de las tejas ro-
jas, y las ventanas y puertas están abiertas a los elementos. Se trata de
una estructura grande, tan grande que después de varias horas de mar-
tillar pueden meter uno de los camiones dentro y ocultarlo de los fis-
gones aéreos. Descargan los sacos de basura del otro camión. El italia-
no se lo lleva y desaparece para siempre.
El cabo Benjamín, el operador de radio, se atarea trepando a los oli-
vos y tendiendo cables de cobre por todas partes. Los individuos del

— 273 —
SAS van de reconocimiento mientras los del cuerpo de marines abren
los sacos de basura y empiezan a esparcirla. Hay varios meses de pe-
riódicos italianos. Todos abiertos, recolocados, doblados sin orden ni
concierto. Han arrancado artículos, otros artículos están rodeados por
círculos o llevan anotaciones a lápiz. Las órdenes de Chattan comien-
zan a filtrarse en el cerebro de Shaftoe; apila los periódicos en una es-
quina del granero, primero los más viejos, los más recientes en lo alto.
Hay un saco lleno de colillas, cuidadosamente fumadas hasta dejar
lo mínimo. Son de una marca continental que Shaftoe no conoce. Co-
mo un granjero esparciendo semillas, lleva ese saco por todas partes ti-
rando colillas al suelo a puñados, concentrándose principalmente en
las zonas donde efectivamente trabajará gente: la mesa del cabo Benja-
mín y otras mesas improvisadas para comer y jugar al póquer. Hace lo
mismo con una ensalada de corchos de vino y chapas de cerveza. Un
número igual de botellas de vino y cerveza acaba, una a una, en una es-
quina oscura y sin utilizar del granero. Bobby Shaftoe comprende que
ésa será su tarea más satisfactoria, así que se lo toma en serio, lanzan-
do las botellas como un quaterback de Green Bay Packer lanzaría pa-
ses en espiral a las seguras manos de los valientes extremos.
Los individuos del SAS regresan del reconocimiento y se produce
un cambio de papeles; los marines salen a familiarizarse con el territo-
rio, mientras los del SAS siguen descargando basura. Después de una
hora de vagar por ahí, el sargento Shaftoe y los soldados Flanagan y
Kuehl llegan a la conclusión de que ese rancho de olivos es una gran
plataforma de tierra más o menos en dirección norte-sur. Al oeste, el te-
rritorio se eleva marcadamente hacia un pico cónico que se parece sos-
pechosamente a un volcán. Al este, cae, después de algunas millas, hacia
el mar. Al norte, la plataforma termina en una zona de matorral intran-
sitable, al sur se abre a más territorio de labranza.
Chattan quería que encontrase una posición estratégica sobre la
bahía, lo más accesible posible desde el granero. Shaftoe la encuentra
hacia la puesta de sol: una protuberancia rocosa en la ladera del volcán,
a media hora a pie al noreste del granero y quizá a unos quinientos pies
por encima de él.
Él y los marines están a punto de no encontrar el camino de vuel-
ta al granero porque para entonces está muy bien oculto. Los SAS han
puesto pantallas de luz en cada abertura, incluso sobre las pequeñas
grietas del tejado derrumbado. Dentro, se han acomodado conforta-
blemente en las zonas de espacio utilizable. Con toda la basura (ahora
aumentada con plumas y huesos de pollo, restos de afeitado y mondas

— 274 —
de naranja) parece que llevan viviendo allí desde hace un año, lo que,
supone Shaftoe, es la idea.
El cabo Benjamin tiene a su disposición un tercio de todo el espa-
cio. Los del SAS lo llaman un cabrón con suerte. Ya ha montado el
transmisor, los tubos reluciendo cálidamente, y tiene una increíble can-
tidad de papeles. En su mayoría viejos y falsos, como las colillas. Pero
después de la cena, cuando el sol se ha puesto no sólo aquí sino tam-
bién en Londres, comienza a enviarlo en código Morse.
Shaftoe conoce el código Morse, al igual que todos los demás.
Mientras los tíos y los individuos se reúnen alrededor de la mesa, co-
menzando las apuestas de lo que promete ser un maratón nocturno de
juego de cartas, mantienen un oído en dirección al tecleo del cabo Ben-
jamin. Lo que oyen es basura. En cierto momento, Shaftoe se acerca y
mira por encima del hombro de Benjamin, sólo para verificar que no
se ha vuelto loco, simplemente para asegurarse de que tiene razón:
XYHEL ANAOG GFQPL TWPKIAOEUT
Y así sigue, durante páginas y páginas.
A la mañana siguiente cavan letrinas y luego proceden a llenarlas
hasta la mitad con un par de barriles de mierda cien por cien pura y cer-
tificada según las especificaciones de calidad del Ejército de los Esta-
dos Unidos. Siguiendo las instrucciones de Chattan, arrojan la mierda
por partes, tirando un puñado de periódicos italianos arrugados des-
pués de cada porción para dar la sensación de que llegó allí de forma
natural. Con la posible excepción de ser entrevistado por el teniente
Reagan, éste es el peor trabajo no violento que Shaftoe ha tenido que
realizar al servicio de su país. Le da a los demás el resto del día libre,
excepto al cabo Benjamin, que se queda despierto hasta las dos de la
mañana enviando un galimatías caótico.
Al día siguiente hacen que el puesto de observación tenga un as-
pecto adecuado. Marchan a él y vuelven por turnos, arriba y abajo,
arriba y abajo, marcando un camino en el suelo, y esparcen algunas co-
lillas y contenedores de bebida junto con algo de mierda genuina y pis
genuino. Flanagan y Kuehl cargan con un baúl metálico hasta allí arri-
ba y lo ocultan al abrigo de la roca volcánica. El baúl contiene libros
con siluetas de diversos barcos mercantes y militares italianos y ale-
manes, y guías similares para aeroplanos, así como binoculares, teles-
copios, cámaras, libros de notas vacíos y lápices.
Aunque en general el sargento Shaftoe dirige el cotarro, le resulta
misteriosamente difícil conseguir un momento a solas con el teniente
Enoch Root. Root ha estado evitándole desde aquel agitado vuelo en

— 275 —
el Dakota. Al final, como al quinto día, Shaftoe consigue engañarle; él
y un pequeño contingente dejan a Root solo en el puesto de observa-
ción, y luego Shaftoe regresa para atraparle allí.
Root se asombra al ver regresar a Shaftoe, pero no le molesta espe-
cialmente. Enciende un cigarrillo italiano y le ofrece uno. Shaftoe des-
cubre, irritado, que él es quien está nervioso. Root está tan tranquilo
como siempre.
—Vale —dice Shaftoe—, ¿qué vio? Cuando miró los papeles que
pusimos en el carnicero muerto, ¿qué vio?
—Estaban escritos en alemán —dice Root.
—¡Mierda!
—Por suerte —sigue diciendo Root—, tengo ciertos conocimien-
tos de esa lengua.
—Oh, sí... su madre era una teutona, ¿no?
—Sí, misionera médica —dice Root—, en caso de que eso le ayu-
de a disipar algunas de sus ideas preconcebidas sobre los alemanes.
—Y su padre era holandés.
—Correcto.
—Y los dos acabaron en Guadalcanal, ¿por qué?
—Para ayudar a los necesitados.
—Ah, ya.
—También aprendí algo de italiano por el camino. Se oía mucho en
la iglesia.
—Joder —exclama Shaftoe.
—Pero mi italiano tiene una carga excesiva del latín que mi padre
insistió en que aprendiese. Así que probablemente sonaría demasiado
pasado de moda a los nativos. Es más, probablemente les sonaría co-
mo si yo fuese un alquimista del siglo XVII o algo así.
—¿Podría pasar por un sacerdote? Eso se lo tragarían.
—Si al final no queda alternativa —dice Root—, intentaré enga-
ñarles hablándoles de Dios y veremos qué pasa.
Los dos aspiran los cigarrillos y miran la gran masa de agua que tie-
nen frente a ellos. Shaftoe ha descubierto que se llama la bahía de Ná-
poles.
—Bien, en todo caso —dice Shaftoe—, ¿qué decían esos papeles?
—Había un montón de información detallada sobre convoyes mi-
litares entre Palermo y Túnez. Evidentemente robada a fuentes secre-
tas alemanas —dice Root.
—Convoyes antiguos o...
—Convoyes todavía en el futuro —dice Root con calma.

— 276 —
Shaftoe se termina el cigarrillo, y no habla durante un rato. Al fi-
nal dice:
—Jodidamente raro.
Se pone en pie y comienza a caminar de regreso el granero.

El castillo

X En cuanto Lawrence Pritchard Waterhouse baja del tren, algún


•4^-f- canalla le golpea de lleno en el rostro con un chorro de agua he-
T lada salobre. El aluvión continúa mientras camina y comprende
que allí no hay nadie. No es más que una cualidad intrínseca de la
atmósfera local, como la niebla en Londres.
La escalera que lleva sobre los carrilles a la terminal de Utter
Maurby está protegida por un tejado y paredes, formando un órgano
gigantesco que resuena con una vibración infrasónica al ser aporreado
por el viento y el agua. Al llegar a la parte baja de la escalera, la tormenta
desaparece de pronto de su cara y puede permanecer de pie durante un
momento y admirar el fenómeno con la atención que merece.
La tormenta ha combinado el viento y el agua en lo que esencial-
mente es una espuma caótica. Un micrófono sostenido en el aire regis-
traría únicamente ruido blanco: ausencia total de información. Pero
cuando el ruido golpea el tubo largo de la escalera, produce una reso-
nancia física que se manifiesta en el cerebro de Waterhouse como un
zumbido grave. ¡La física del tubo extrae una estructura coherente del
ruido inútil! ¡Si Alan estuviese aquí!
Waterhouse experimenta cantando los armónicos de ese tono gra-
ve fundamental: octava, quinta, cuarta, tercera mayor, y siguiente. Ca-
da uno resuena en la escalera en mayor o menor grado. Es la misma se-
rie de notas producida por un instrumento de metal. Saltando de una
nota a otra, Waterhouse consigue tocar en la escalera unas llamadas de
corneta bastante pasables. La diana le sale bastante decente.
—¡Qué encantador!
Se da la vuelta. Hay una mujer de pie tras él, sujetando una maleta
del tamaño de una bala de heno. Tiene como unos cincuenta años, con
aspecto de estufa, y llevaba una bonita permanente nueva de gran ciu-
dad hasta segundos antes de bajar del tren. El agua salada le corre por

— 277 —
la cara y cuello y desaparece bajo el férreo vestido de lana gris de
Qwghlm.
—Señora —dice Waterhouse.
A continuación Waterhouse sube la maleta hasta lo alto de la esca-
lera. Eso los sitúa a los dos, y a todo el equipaje, en un puente estrecho
cubierto que pasa sobre los raíles y llega hasta el edificio terminal. El
puente tiene ventanas, y Waterhouse sufre un asqueroso ataque de vér-
tigo al mirar por ellas y a través de la media pulgada de lluvia y agua sa-
lada que pasa a cada momento frente a ellos en dirección hacia el océa-
no del Atlántico Norte. Ese gran cuerpo de agua está sólo a un tiro de
piedra e intenta con todas sus fuerzas acercase aún más. Debe tratarse
de una ilusión óptica, pero las partes altas de las olas parecen estar al
mismo nivel que el plano donde se encuentran ellos a pesar del hecho
de que está al menos a veinte pies del suelo. Cada una de esas olas de-
be pesar tanto como todos los trenes de carga de Gran Bretaña juntos,
y corren hacia ellos implacablemente, golpeando con furia las rocas.
Hace que Waterhouse quiera sufrir un ataque, desplomarse y vomitar.
Se tapa los oídos.
—¿Es usted músico? —pregunta la dama.
Waterhouse se vuelve para mirarla. La mujer recorre con la vista el
uniforme, comprobando las insignias. A continuación lo mira a la ca-
ra y le dedica una sonrisa de abuela.
Waterhouse comprende, en ese preciso instante, que la mujer es
una espía alemana. ¡Por todos los santos!
—Sólo en tiempos de paz, señora —dice—. Ahora la Marina tiene
otros usos para hombres con buenos oídos.
—¡Oh! —exclama—, escucha cosas, ¿no?
Waterhouse sonríe.
—¡Ping! ¡Ping! —dice, imitando el sonido del sonar.
—¡Ah! —responde ella—. Mi nombre es Harriet Qrtt. —Le ofre-
ce la mano.
—Hugh Hughes —dice Waterhouse aceptándola.
—Es un placer.
—El placer es mío.
—Supongo que necesitará un lugar para alojarse. —La mujer en-
rojece visiblemente—. Perdóneme. He asumido que se dirige a Exte-
rior. —Ese Exterior es el de Qwghlm Exterior. Ahora mismo están en
Qwghlm Interior.
—En realidad, es del todo correcto —dice Waterhouse.
Como cualquier otro topónimo en las Islas Británicas, Qwghlm

— 278 —
Interior y Exterior son nombres increíblemente inexactos de orígenes
antiguos y posiblemente cómicos. Qwghlm Interior ni siquiera es del
todo un isla; está conectada por un banco de arena que solía ir y venir
con las mareas, pero que ha sido aumentado con un paso elevado que
contiene una carretera y una línea de ferrocarril. Qwghlm Exterior está
a veinte millas.
—Mi marido y yo gestionamos una pequeña pensión —dice la se-
ñora Qrtt—. Sería un honor para nosotros tener en casa a un hom-
bre asdic. —Asdic no es más que el acrónimo británico para lo que los
yanquis llamar sonar, pero cada vez que se pronuncia esa palabra en
presencia de Alan, adopta una expresión traviesa y comienza a llorar
de risa. *
Así que acaba en la residencia Qrtt. Waterhouse, el señor Qrtt y la
señora Qrtt pasan la noche rodeando la única fuente de calor: un ca-
lentador de carbón que ocupa el hueco de la chimenea. De vez en cuan-
do el señor Qrtt abre la puerta y arroja más carbón a las cenizas. La se-
ñora Qrtt sirve la cena y espía a Waterhouse. Nota su paso ligeramente
asimétrico y consigue sonsacarle que en una ocasión tuvo un encuen-
tro con la polio. Él toca el órgano —en el salón hay un armonio a pe-
dales— y ella lo felicita.

Waterhouse ve por primera vez Qwghlm Exterior a través de un


imbornal. Ni siquiera sabe para qué sirve realmente un imbornal, apar-
te de para vomitar. La tripulación del ferry le dio a él y a la otra media
docena de pasajeros instrucciones detalladas sobre cómo vomitar an-
tes de que dejasen atrás el rompeolas de Utter Maurby, siendo el deta-
lle más importante que si te inclinas sobre la barandilla casi con toda
seguridad te caerás por la borda. Es mucho mejor ponerse a cuatro pa-
tas y apuntar a un imbornal. Pero la mitad de las veces que Waterhou-
se mira por uno de ellos, no ve agua sino algún punto distante en el ho-
rizonte, o a las gaviotas persiguiendo el ferry, o la silueta en tres puntas
característica de Qwghlm Exterior.
Las puntas son columnas de basalto llamadas sghrs. Como estamos
en medio de la Segunda Guerra Mundial-, y Qwghlm Exterior es la parte
de las Islas Británicas más cercana a la acción de la Batalla del Atlán-
tico, ahora está moteada de pequeños cobertizos de radio de color

* Juego de palabras. Asdic suena de forma similar a «assdick», «culo y polla».


(N. del T.)

— 279 —
blanco y le han crecido muchas antenas. Hay un cuarto sghr, mucho
más bajo que los otros y que se confunde con facilidad con un simple
altozano, que se eleva sobre el único puerto de Qwghlm Exterior (y,
para ser exactos, único asentamiento sin contar la base naval situada al
otro extremo). En lo alto del cuarto sghr se encuentra el castillo, hogar
nominal de Nigel St. John Gloamthorpby-Woadmire, que va a con-
vertirse en el nuevo cuartel general del Destacamento 2702.
Un paseo de cinco minutos permite recorrer toda la villa. Un gallo
furioso persigue a unas tímidas ovejas por la calle principal. Hay nie-
ve en las elevaciones más altas, pero aquí abajo no es más que un agua-
nieve gris, indistinguible del empedrado gris hasta que la pisas y caes
de culo. La Enciclopedia Qwghlmiana usa profundamente el artículo
definido: la Villa, el Castillo, el Hotel, el Pub, el Muelle. Waterhouse se
detiene en el Cagadero para ocuparse de algunas complicaciones pos-
teriores al viaje por mar, y luego sube por la Calle. El Automóvil se si-
túa a su lado y le ofrece llevarle; resulta que también es el Taxi. Le lle-
va dando una vuelta por el Parque donde ve la Estatua (antiguos
qwghimianos dando una paliza a desdichados vikingos); el gesto no
pasa desapercibido para el Taxista, que se mete en el Parque para que
pueda ver mejor.
La Estatua es una de esas que tiene mucho que decir y en conse-
cuencia abarca mucho terreno. El pedestal es una losa de basalto local,
cubierto en un lado por lo que Waterhouse reconoce, gracias a la En-
ciclopedia Qwghlmiana, como antiguas runas de Qwghlm. A ojos de
un filisteo ignorante, podrían parecer una interminable serie de caóti-
cas equis, ies, uves, guiones, asteriscos y uves invertidas sans-seríf. Pero
es una perdurable fuente de orgullo para...
—No nos impresionaban los romanos con Julio César —comenta
el taxista—, y tampoco nos impresionaba demasiado el alfabeto.
La Enciclopedia Qwghlmiana contiene un largo artículo sobre el
sistema local de runas. El autor del artículo estaba tan amargado que
leerlo es una empresa casi físicamente dolorosa. La práctica qwghl-
miana de rechazar el uso de curvas y bucles, formando todos los glifos
con líneas rectas, lejos de ser tosca —como han afirmado algunos estu-
diosos ingleses— dota a la escritura de una austeridad límpida. Se tra-
ta de un estilo de escritura admirablemente funcional en un lugar en el
que (después de que los ingleses talasen todos los árboles) la mayor parte
de la clase intelectual sufría de congelación bilateral crónica.
Waterhouse ha bajado la ventanilla para ver mejor; aparentemente
alguien ha perdido el Limpiaparabrisas. La brisa fría que le golpea la

— 280 —
cara comienza a disipar por fin su mareo, hasta el punto que comienza
a preguntarse cómo podría entrar en contacto con la Puta.
Luego comprende, con algo de desilusión, que si la Puta tiene me-
dio cerebro en la cabeza, estará al otro lado de la isla, en la base naval.
—¿Quién es el desdichado? —pregunta Waterhouse. Señala una
esquina de la estatua, donde un perdedor flacucho y oprimido, por-
tando un collarín de hierro al cuello y una cadena que cuelga, tiembla
y se encoge ante la carnicería impuesta por los fornidos machotes de
Qwghlmia. Waterhouse ya conoce la respuesta, pero no puede resis-
tirse a hacer la pregunta.
—¡Hakh! —le suelta el taxista, como si estuviese expectorando fle-
ma—. Sólo puedo suponer que era de Qwghlm Interior.
—Claro.
El intercambio parece haber provocado al conductor un humor re-
sentido y vengativo que sólo puede calmarse conduciendo muy depri-
sa. Debe haber como una docena o más de curvas pronuncias en la ca-
rretera que lleva al Castillo, cada una de ellas esmaltada de hielo negro
y cargada de peligros mortales. Waterhouse se alegra de no ir cami-
nando, pero las curvas y los patinazos del taxi reavivan su mareo.
—¡Hakh! —dice el conductor, cuando ha recorrido tres cuartos del
camino y ha habido silencio durante varios minutos—. Prácticamente
le pusieron una alfombra roja a los romanos. Se abrieron de patas pa-
ra los vikingos. ¡Probablemente a estas alturas sean alemanes!
—Hablando de bilis —dice Waterhouse—. Necesito que se haga a
un lado de la carretera. Seguiré caminando desde aquí.
El conductor se sorprende y se molesta, pero cede cuando Water-
house le explica que la alternativa es una larga y profunda limpieza de
la tapicería. Él conductor incluso lleva a Petate hasta lo alto del sghr y
lo deja allí.
El Destacamento 2702 llega al Castillo como quince minutos más
tarde en la persona de Lawrence Pritchard Waterhouse, marine de los
Estados Unidos, que ejerce de avanzadilla. El paseo le sirve para per-
filar su historia y meterse en el personaje. Chattan le ha advertido que
habrá criados y que éstos ven cosas, y hablan. Sería mucho más conve-
niente limitarse a enviar a los criados a otra parte, pero sería descortés
para con el duque.
—Tendrá —le dijo Chattan— que inventarse un modus vivendi.
—Una vez que Waterhouse hubo consultado el término, estuvo de
acuerdo de todo corazón.
El castillo es un montículo de escombros del tamaño del Pentágo-

— 281 —
no. A sotavento han colocado un tejado funcional, cableado eléctrico
y otros adornos como puertas y ventanas. En esa zona, que es todo lo
que Waterhouse consigue ver la primera tarde y noche, puedes olvi-
darte de que estás en Qwghlm Exterior y fingir que te encuentras en
un lugar más verde y cálido, como las Tierras Altas de Escocia.
A la mañana siguiente, acompañado por el mayordomo, Ghnxh, se
aventura por otras partes del edificio y le encanta descubrir que no
puedes llegar hasta ellas sin salir al exterior; los pasillos de conexión in-
ternos han sido bloqueados con mortero para frenar la migración es-
tacional de los skrrghs (pronunciado de forma similar a «eskerris»), los
mamíferos juguetones de ojos brillantes y larga cola que son las mas-
cotas de las islas. Esa compartimentalización, aunque incómoda, será
perfecta para la seguridad.
Tanto Waterhouse como Ghnxh están rodeados de capas y capas
de genuina lana de Qwghlm, y éste último carga con la LUCIFER GAL-
VÁNICA. La Lucifer Galvánica tiene un diseño antiguo. Ghnxh, que
tiene ya como un centenar de años, no puede más que sonreír con con-
descendencia ante la linterna de la Marina norteamericana que lleva
Waterhouse. Con el tono de voz sotto voce que uno emplearía para co-
rregir una inmensa metedura de pata social, le explica que la lucifer gal-
vánica tiene un diseño tan superior que cualquier referencia posterior
a la linterna de la Marina sólo serviría para avergonzar a todos los im-
plicados. Guía a Waterhouse a una habitación especial tras la habita-
ción tras la habitación tras la habitación tras la despensa, una habitación
que existe únicamente para el mantenimiento de la lucifer galvánica y
el almacenamiento de sus piezas y suministros. El corazón del ingenio
es una jarra esférica de vidrio soplado comparable en volumen a una
jarra de un galón. Ghnxh, quien sufre de un caso bastante avanzado de
hipotermia o parkinson, mete un embudo de vidrio por el cuello de la
jarra. Luego coge un garrafón de vidrio de un estante. El garrafón, que
lleva la etiqueta de AGUA REGIA, está lleno de un líquido explosivo de
color naranja. Quita la tapa de vidrio, lo abraza y lo inclina para que el
fluido naranja comience a caer en el embudo y dentro de la jarra. Allí
donde salpica sobre la mesa, sale algo muy similar al humo mientras
come un agujero como otros miles de agujeros que ya hay en la mesa.
Los vapores llegan hasta los pulmones de Waterhouse; son asombro-
samente corrosivos. Tiene que salir tambaleándose de la habitación du-
rante un rato.
Cuando se aventura a regresar, se encuentra a Ghnxh tallando un
electrodo a partir de un lingote de carbono puro. El jarro de agua re-

— 282 —
gia ya está tapado, y en él hay suspendida una variedad de ánodos, cá-
todos y otras sustancias, sostenidas por abrazaderas de oro. Cables
gruesos, rodeados de una cubierta aislante de amianto tejido a mano,
salen del jarro y llegan hasta la parte importante de la lucifer galváni-
ca: una ensaladera de cobre cuya boca está cerrada por una lente Fres-
nel como las que se emplean en los faros. Cuando Ghnxh consigue que
el electrodo de carbono tenga la forma y el tamaño adecuados, lo mete
por una pequeña trampilla a un lado de la ensaladera, y despreocu-
padamente le da a un interruptor frankensteiniano.
Durante un momento, Waterhouse cree que una de las paredes del
edificio se ha desmoronado, exponiéndoles a la luz directa del sol. Pero
Ghnxh se ha limitado a activar la lucifer galvánica, que pronto se
vuelve diez veces más brillante, a medida que Ghnxh ajusta un torni-
llo de bronce. Aplastado por la vergüenza, Waterhouse vuelve a meter
la linterna en la cartuchera del cinturón, y sale de la habitación delante
de Ghnxh, con la lucifer galvánica causándole una sensación palpable
de calor en la nuca.
—Tenemos como dos horas hasta que se apague —dice Ghnxh co-
mo quien no quiere la cosa.
Vaya que si montan un modus vivendi. Waterhouse da una patada
a una vieja puerta y a continuación Ghnxh entra en la habitación que
hay al otro lado y lanza el rayo de luz como si fuese un lanzallamas, ha-
ciendo retroceder a una docena, o un centenar, de eskerris chillones.
Waterhouse entra con cautela en la habitación, caminando sobre los
restos del tejado o habitación que antes la ocupase. Inspecciona con ra-
pidez el lugar, intentado decidir cuánto esfuerzo sería necesario para
hacerlo habitable para cualquier organismo más avanzado.
La mitad del castillo, en un momento u otro, ha sido quemada por
una combinación de corsarios beréberes, rayos, Napoleón y fumar en
la cama. Los cosarios fueron los que hicieron el mejor trabajo (proba-
blemente tan sólo porque querían mantenerse calientes), o quizá por-
que los elementos han tenido más tiempo para descomponer lo que las
llamas dejaron. En cualquier caso, en esa sección del castillo, Water-
house encuentra un sitio donde no hay demasiados escombros a reti-
rar, y donde puede rodear con rapidez un espacio con maderas y lonas.
Está diametralmente opuesto a la zona del castillo todavía habitada, lo
que la expone a las tormentas invernales pero la protege de los ojos en-
trometidos del personal. Waterhouse se mueve para tomar algunas me-
didas preliminares, luego se dirige a su habitación, dejando que Ghnxh
se encargue del apagado de la lucifer galvánica.

— 283 —
Waterhouse bosqueja algunos planos de las obras, dando por fin
algo de uso a sus malgastadas habilidades de ingeniería. Redacta una
lista de materiales necesarios, lo que naturalmente implica muchos nú-
meros: 100 8' 2 x 4 es un ejemplo típico. Escribe la lista una segunda
vez, usando letras en lugar de números: UN CENTENAR DE DOS POR
CUATRO DE OCHO PIES. Esa forma de expresarlo es potencialmente
confusa, por lo que lo cambia para que diga TABLEROS DE DOS POR
CUATRO EN NÚMERO DE UN CENTENAR Y LONGITUD DE OCHO PIES.
A continuación saca una hoja de lo que parece papel de contabili-
dad, dividido verticalmente en grupos de cinco columnas. En esas co-
lumnas transcribe el mensaje, ignorando los espacios:

T A B L E ROSDE DOSPO RCUAT ROENN UMERO


DEUNC ENTEN ARYLO NGITU DDEOC HOPIES

Y así con todo. Cuando se encuentra con una J, él escribe una I en


su lugar, por lo que JUNTA sale como IUNTA. Sólo usa una de cada tres
líneas de la página.
Desde que dejó Bletchley Park ha estado llevando varias hojas de
papel cebolla en el bolsillo de la camisa; cuando se va a dormir, las pone
bajo la almohada. Ahora las saca y elige una de ellas, que lleva un
número de serie mecanografiado en la parte alta y por lo demás está llena
de letras cuidadosamente escritas como:

ATHWK COGNQ DLTUI CAPRH MULEP

Y demás, hasta la parte de debajo de la página.


Esas hojas fueron mecanografiadas por la señora Tenney, la ya ma-
yor esposa del vicario que trabajó en Bletchley Park. La señora tiene
un trabajo peculiar que consiste en lo siguiente: coge dos hojas de pa-
pel cebolla, encaja una hoja de papel carbón entre ellas y las mete en la
máquina de escribir. Teclea el número de serie en la parte alta. Luego le
da a la manivela de un dispositivo empleado en los bingos, que consiste
en una jaula esférica que contiene veinticinco bolas de madera, cada
una de ellas con una letra impresa (no se usa la letra J). Después de dar
vueltas a la jaula el número de veces especificado en el manual de pro-
cedimiento, cierra los ojos, mete la mano por una abertura en la jaula
y saca al azar una de las bolas. Lee la letra y la teclea, luego vuelve a me-
ter la bola, cierra la abertura y repite el proceso. De vez en cuando,
unos hombres de aspecto serio entran en la habitación, intercambian

— 284 —
algunas galanterías con ella y se llevan las páginas que ha producido.
Esas hojas acaban en manos de hombres como Waterhouse, y hombres
en circunstancias infinitamente más desesperadas y peligrosas, por to-
do el ancho mundo. Se les llama cuadernos de uso único.
Copia las letras del cuaderno de uso único en las líneas libres bajo
el mensaje:

T A B L E ROSDE DOSPO RCUAT ROENN


ATHWK COGNQ D L T U I C A P R H M U L E P

Cuando termina, dos de cada tres líneas están ocupadas.


Al final, regresa a lo alto de la página por última vez y comienza a
repasar las letras de dos en dos. La primera letra del mensaje es T. La
primera letra del cuaderno de uso único, justo debajo en la misma co-
lumna, es A.
A es la primera letra del alfabeto y para Waterhouse, que lleva de-
masiado tiempo dedicándose al cifrado, es sinónimo del número 1. De
la misma forma, T es equivalente a 19 si trabajas en un alfabeto sin J.
Añade 1 a 19 y obtienes 20, que es la letra U. Por lo que en la primera
columna bajo la T y la A, Waterhouse escribe U.
El par vertical L, W plantea un problema. Es 11 y 22 que en arit-
mética normal da 33, que no tiene equivalente en letras; es demasiado
grande. Pero ha pasado mucho tiempo desde que Waterhouse realizó
aritmética normal. Ha conseguido entrenar su mente para trabajar en
aritmética modular; específicamente, módulo 25, lo que significa que
lo divides todo por 25 y te quedas sólo con el resto. 33 dividido por 25
es 1 con resto 8. Te deshaces del 1 y el 8 se convierte en la letra H, que
es lo que Waterhouse escribe en la columna correspondiente. Por tan-
to, el primer grupo de código tiene este aspecto.

TA B L E
ATHWK
UUKHP

Al añadir la secuencia al azar ATHOP sobre la secuencia con senti-


do TABLE, Waterhouse ha producido un galimatías indescifrable.
Cuando ha terminado de cifrar todo el mensaje con ese procedimiento,
coge una hoja nueva y copia sólo el texto cifrado: UUKHP y demás.
El duque tiene un teléfono de hierro forjado que está a disposición
de Waterhouse. Waterhouse lo levanta, llama a la operadora, realiza

— 285 —
una llamada a la base naval al otro extremo de la isla y habla con un
operador de radio. Le lee letra a letra el mensaje cifrado. El operador
lo repite y le informa a Waterhouse que lo transmitirá inmediatamente.
Muy pronto, el coronel Chattan, en Bletchley Park, recibirá un
mensaje que empieza UUKHP y sigue en la misma vena. Chattan po-
see la otra copia del cuaderno de uso único de la señora Tenney. Pri-
mero escribirá el texto cifrado, usando una línea de cada tres. Debajo
del texto cifrado copiará el texto del cuaderno de uso único:

UUKHP
ATHWK

A continuación realizará una resta allí donde Waterhouse realizó


una suma. U menos A es 20 menos 1, lo que da 19, es decir, la letra T.
Habiendo descifrado el mensaje completo, se pondrá a trabajar y, al fi-
nal, tableros de dos por cuatro en número de un centenar aparecerán
en el Muelle.

Por qué

El plan de negocio de Epiphyte Corp. tiene una pulgada de


grueso, ni delgado ni grueso para lo que suelen ser. Las páginas
interiores han sido editadas profesional y dinámicamente en el
portátil de Avi. Las cubiertas están hechas con un papel duro fabrica-
do a mano a partir de paja de arroz, fibras de bambú, cáñamo salvaje y
agua cristalina de glaciar por unos artesanos arrugados que trabajan en
un templo rodeado por la niebla y esculpido en roca volcánica situado
en una isla que sólo es conocida por viajeros aburridos de la Costa Oes-
te enfundados en spandex y con buena capacidad aeróbica. Calígrafos
de la dinastía Ming reconstruidos molecularmente han dibujado sobre
la portada un mapa impresionista del mar de China Meridional em-
pleando pinceles de crines de unicornio mojados en tinta manufactu-
rada por monjes estilitas ciegos a base de trozos de carbón vegetal pro-
ducido al quemar a mano fragmentos de la Cruz Verdadera.
El contenido real del plan de negocio se ajusta a una estructura ló-
gica sacada directamente de los Principia Mathematica. Empresarios

— 286 —
de más bajo nivel adquieren software para escribir sus planes de ne-
gocio: paquetes de texto estandarizado y hojas de cálculo, hábilmente
interrelacionados de forma que sólo tengas que rellenar algunos hue-
cos. Avi y Beryl han escrito entre los dos tantos planes de negocios que
pueden hacerlo de memoria. Los planes de negocios de Avi tienden a
seguir esta línea:
MISIÓN: En [nombre de la compañía] creemos firmemente que [ha-
cer lo que sea que queremos hacer] e incrementar el valor de nuestras
acciones no son sólo actividades complementarias: están inextricable-
mente relacionadas.
PROPÓSITO: Incrementar el valor accionarial [haciendo algo].
ADVERTENCIA EXTREMADAMENTE SERIA (impresa en una página
distinta en letras rojas sobre fondo amarillo): A menos que sea tan in-
teligente como Johann Karl Friedrich Gauss, tan astuto como un lim-
piabotas ciego de Calcuta, tan duro como el general William Tecum-
seh Sherman, tan rico como la Reina de Inglaterra, tan emocionalmente
resistente como un fan de los Red Sox y, en general, tan capaz de tomar
decisiones por sí mismo como el comandante medio de un submarino
cargado con misiles nucleares, no se le debería haber permitido acer-
carse a este documento. Por favor, deshágase de él empleando los mis-
mos procedimientos recomendados para los desechos radiactivos de
alto nivel y luego disponga que un cirujano cualificado le ampute los
brazos a la altura de los hombros y le saque los ojos de las cuencas. Es-
ta advertencia es necesaria porque en una ocasión, hace cien años, una
viejecita de Kentucky invirtió cien dólares en una compañía de artícu-
los de mercería que quebró y sólo le devolvió noventa y nueve. Desde
entonces, el gobierno nos viene pisando los talones. Si ignora esta ad-
vertencia, siga leyendo por su cuenta y riesgo; es completamente seguro
que perderá todo lo que posee y pasará las últimas décadas de su vida
luchando con las hordas de termitas en una colonia de leprosos en el
delta del Mississippi.
¿Sigue leyendo? Genial. Ahora que hemos asustado a los debilu-
chos, sigamos con los negocios.
RESUMEN EJECUTIVO: Reuniremos [una cifra de dinero], luego
[haremos algo] e incrementaremos el valo? accionarial. ¿Quiere deta-
lles? Siga leyendo.
INTRODUCCIÓN: [Esta tendencia], que todo el mundo conoce, y
[esta tendencia], que es tan increíblemente arcana que probablemente
no la conocía hasta ahora, y [esta otra tendencia de aquí] que podría
parecer, en primera impresión, no tener absolutamente ninguna rela-

— 287 —
ción, cuando se consideran juntas nos llevan a la idea (privada, extre-
madamente patentada, secreta, registrada y sujeta a acuerdos de con-
fidencialidad) que podría incrementar el valor accionarial [haciendo
algo]. Necesitaremos $ [una cifra muy grande] y después de [no de-
masiado tiempo] podremos obtener un incremento de valor de $ [una
cifra todavía mayor], a menos que [el infierno se congele en pleno ve-
rano].
DETALLE:
Fase 1: Después de prestar votos de celibato y abstinencia y dese-
chando todas nuestras posesiones materiales a cambio de túnicas fa-
bricadas a mano, nosotros (ver currículos adjuntos) nos trasladaremos
a un modesto complejo improvisado con cajas de refrigerados en me-
dio del desierto de Gobi, donde el terreno es tan barato que en reali-
dad nos pagan por ocuparlo, incrementando de esa forma el valor ac-
cionarial incluso antes de haber hecho nada. Alimentándonos con una
ración diaria consistente en un puñado de arroz crudo y un cucharón
de agua, comenzaremos a [hacer cosas].
Fase 2, 3, 4,..., n-1: Nosotros [haremos más cosas, aumentando en
el proceso el valor accionarial a muy buen ritmo] a menos que [la tie-
rra sufra el impacto de un asteroide de miles de millas de diámetro, en
cuyo caso se tendrán que reajustar ciertas suposiciones; ver las hojas de
cálculo 397-413].
Fase n: Antes de que se seque la tinta en nuestros certificados del
Premio Nobel, confiscaremos las propiedades de nuestros competido-
res, incluyendo a cualquiera lo suficientemente estúpido para invertir
en sus patéticas compañías. Venderemos a esa gente como esclavos. Las
gananacias serán redistribuidas entre los accionistas, que apenas lo no-
tarán, porque como demuestra la hoja de cálculo 265, para entonces la
compañía será mayor que el Imperio Británico en su cénit.
HOJAS DE CÁLCULOS: [Hojas y hojas de números en letra diminu-
ta, convenientemente resumidos en gráficas que parecen todas curvas
exponenciales en dirección al cielo, aunque se les ha introducido sufi-
ciente ruido seudoaleatorio para que parezcan plausibles.]
CURRÍCULOS: Limítese a recordar el primer rollo de Los siete mag-
níficos y no tendrá que molestarse con esta parte; tendrá que venir
arrastrándose hasta nosotros sobre manos y rodillas y rogar por el pri-
vilegio de pagar nuestros salarios.

— 288 —
Para Randy y los demás, el plan de negocio sirve de Torah, calen-
dario maestro, texto motivador y tratado filosófico. Es un documento
dinámico y vivo. Las hojas de cálculo son palimpsestos, conectados a
las cuentas corrientes y a los registros financieros de la compañía de
forma que se ajustan automáticamente al entrar o salir dinero. Beryl se
encarga de ese aspecto. Avi se encarga de las palabras —el plan abs-
tracto subyacente, y los detalles concretos que dan forma a esas hojas
de cálculo— que interpretan los números. La parte del plan corres-
pondiente a Avi también muta, cada semana, a medida que recibe nue-
vos datos de artículos enAsian Wall Street Journal, conversaciones con
miembros del gobierno en mugrientos karaokes de Shenzhen, datos re-
motos recogidos por satélites y oscuras revistas técnicas que analizan
los últimos avances en la tecnología de fibra óptica. El cerebro de Avi
también digiere las ideas de Randy y el resto del grupo y las incorpora
al plan. Cada tres meses toman una instantánea del plan de negocio en
su estado actual, lo maquillan un poco y lo envían a los inversores.
El Plan Número Cinco está a punto de ser enviado junto con el
primer aniversario de la compañía. Un borrador preliminar ha sido en-
viado a cada uno de ellos hace un par de semanas en un mensaje cifra-
do, que Randy no se ha molestado en leer, dando por supuesto que co-
nocía su contenido. Pero algunas pequeñas señales que ha recibido los
últimos días le indican que sería mejor que se enterase de qué dice de
verdad.
Arranca el portátil, lo conecta al teléfono, abre el programa de co-
municaciones y marca un número en California. Esto último resulta
fácil, porque se trata de un hotel moderno y Kinakuta tiene un sistema
telefónico moderno. Si no hubiese sido fácil, muy probablemente hu-
biese sido imposible.
En un pequeño armario de cableado, mal ventilado, perpetuamen-
te a oscuras y que huele a plástico, instalado en una oficina alquilada
por Novus Ordo Seclorum Systems Incorporated, encajada entre una
compañía de depósitos y una agencia de viajes chárter en el edificio de
oficinas más banal imaginable de la era disco en Los Altos, California,
un módem despierta y envía ruidos por el cable. El ruido viaja bajo el
Pacífico como un conjunto de centelleos por un filamento de vidrio tan
transparente que si el océano estuviese hecho del mismo material, po-
drías ver Hawai desde California. Finalmente, la información llega has-
ta el ordenador de Randy, que reenvía ruido como respuesta. El mó-
dem de Los Altos es uno de una media docena conectados a la parte de
atrás de un mismo ordenador, una torre PC típica de marca genérica,

— 289 —
que lleva ocho meses funcionando noche y día. Hace siete meses apa-
garon el monitor porque malgastaba electricidad. Luego John Cantrell
(que es miembro del consejo de Novus Ordo Seclorum Systems Inc.,
e hizo las gestiones para colocarlo en el armario de la compañía) tomó
prestado el monitor porque uno délos programadores que trabajaba
en la última versión de Ordo necesitaba una segunda pantalla. Más tar-
de, Randy desconectó el teclado y el ratón porque, sin monitor, sólo
podían permitir la entrada de información errónea. Ahora no es más
que un obelisco blanco que sisea débilmente sin ningún interfaz hu-
mano excepto un ciclópeo LED verde que mira directamente a un pai-
saje de cajas de pizza vacías.
Pero hay un grueso cable coaxial que lo conecta a Internet. El or-
denador de Randy habla con él durante unos momentos, negociando
los términos de un Protocolo Punto-a-Punto, conexión PPP, y a con-
tinuación el pequeño portátil de Randy también forma parte de Inter-
net; puede enviar datos a Los Altos, y el solitario ordenador de allí, que
se llama Tombstone,* los enviará en la dirección general de cualquiera
de las otras varias decenas de millones de máquinas de Internet.
Tombstone, o tombstone.epiphyte.com como es conocido en In-
ternet, vive una poco gloriosa existencia como buzón de correo y ca-
ché de archivos. No hace nada que un millar de servicios en línea no
pudiese hacer de forma más simple y barata. Pero Avi, que es un genio
a la hora de imaginar las peores situaciones horriblemente concebibles,
exigió que tuviesen su propia máquina, y que Randy y los otros repa-
sasen el código del sistema operativo línea a línea para verificar que no
hubiese agujeros de seguridad. En los escaparates de todas las librerías
del Área de la Bahía, apilados en montones, había miles de ejemplares
de tres libros diferentes sobre cómo un famoso cracker había estable-
cido control total sobre un par de servicios en línea. En consecuencia,
Epiphyte Corp., no podía de ninguna forma emplear un servicio en
línea para sus archivos secretos mientras afirmaba que se tomaba en se-
rio la protección en nombre de sus accionistas. De ahí tombstone.
epiphyte.com.
Randy se conecta y comprueba su correo: cuarenta y siete mensa-
jes, incluyendo uno de hace dos días de Avi (avi@epiphyte.com) con el
asunto de: epiphyteBizPlan.5.4.ordo. Plan de Negocio de Epiphyte,
quinta edición, cuarto borrador, con el formato de archivo que sólo
puede leer [Novus] Ordo [Seclorum], que es propiedad total de la

* Literalmente, «lápida sepulcral». (N. del T.)

— 290 —
compañía del mismo nombre, pero cuyas partes más difíciles fueron
escritas, curiosamente, por John Cantrell.
Le dice al ordenador que comience la descarga del archivo; va a lle-
var un rato. Mientras tanto, repasa la lista de los otros mensajes, com-
probando los nombres de los remitentes, asuntos y tamaños, intentan-
do decidir, antes de nada, cuántos de ellos puede borrar sin leer.
Destacan dos mensajes porque las direcciones terminan en
aol.com, el vecindario del ciberespacio de los padres y niños, pero nun-
ca de los estudiantes, hackers o personas que trabajan en alta tecnolo-
gía. Los dos vienen del abogado de Randy, que intenta separar los
asuntos financieros de Randy de los de Charlene con el mínimo ren-
cor posible. Randy siente cómo le sube la presión arterial y miles de ca-
pilares del cerebro se hinchan ominosamente. Pero se trata de archivos
muy pequeños y los asuntos parecen inocuos, así que se calma y deci-
de no ocuparse de ellos por el momento.
Cinco mensajes tienen su origen en ordenadores con nombres ex-
tremadamente familiares: sistemas que son parte de la red de ordena-
dores del campus que él administraba. Los mensajes vienen de admi-
nistradores de sistema que tomaron las riendas al irse Randy, tipos que
ya hace mucho tiempo que le plantearon las preguntas fáciles, como
«¿Cuál es el mejor sitio para pedir pizza?» y «¿Dónde has escondido
la grapadora?» y ahora han llegado al punto de enviarle trozos de có-
digo incomprensible que escribió hace años acompañados de pregun-
tas como: «¿Se trata de un error o de algo increíblemente inteligente
que todavía no comprendo?» Randy se niega a contestar esos mensa-
jes por ahora.
Hay como una docena de mensajes de amigos, algunos de ellos en-
viándole chistes de la red que ya ha visto un centenar de veces. Otra
docena de miembros de Epiphyte Corp., en su mayoría referente a los
detalles de los itinerarios a medida que todos convergen en Kinakuta
para la reunión de mañana.
Eso deja más o menos una docena de mensajes que pertenecen a
una categoría especial que no existía hasta una semana antes, cuando se
publicó un nuevo número de TURING Magazine, con un artículo so-
bre el proyecto de refugio de datos de Kinakuta y una fotografía en
portada de Randy en un bote en Filipinas. Avi había realizado gestio-
nes para colocar ese artículo y tener algo que agitar frente a los otros
participantes en la reunión de mañana. TURING es una revista tan vi-
sual que no puede leerse sin la protección de gafas de soldar, y por tanto
insistieron en tener una fotografía. Enviaron un fotógrafo a la Cnp-

— 291 —
ta, que les resultó visualmente carente de interés. Se produjo una si-
tuación de nervios. El fotógrafo fue enviado a la bahía de Manila don-
de capturó a Randy de pie sobre la cubierta de un bote cerca de úha
gran rueda de cable naranja, y de fondo un volcán elevándose sobre la
contaminación. La revista no llegará a los quioscos hasta dentro de un
mes, pero el artículo lleva una semana en la web, donde instantánea-
mente se convirtió en tema de discusión en la lista de discusión de
Adeptos al Secreto, que es donde todos los tíos chachis como John
Cantrell se reúnen para discutir los ultimísimos algoritmos de hashing
y generadores de números seudoaleatorios. Como Randy aparecía en
la fotografía, erróneamente se han centrado en él considerándolo más
responsable de lo que realmente es. Eso ha producido una nueva cate-
goría de mensajes en el buzón de Randy: consejos no solicitados y crí-
ticas de criptofrikis de todo el mundo. Por el momento hay catorce de
esos mensajes en su bandeja de entrada, ocho de ellos de una persona,
o personas, que se identifica, o identifican, como Almirante Isoroku
Yamamoto.
Sería tentador ignorarlos, pero el problema es que una mayoría im-
portante en la lista de Adeptos al Secreto son como diez veces más in-
teligentes que Randy. Puedes entrar en la lista en cualquier momento
y encontrar a un profesor de matemáticas de Rusia liándose a hostias
con un profesor de matemáticas de la India, kilobyte a kilobyte, sobre
un aspecto pasmosamente retorcido de la teoría de los números pri-
mos, mientras un joven genio matemático de dieciocho años de Cam-
bridge salta cada par de días con una explicación aún más pasmosa de
por qué los dos se equivocan.
Por tanto, cuando gente así te manda un correo, Randy intenta al
menos mirarlo por encima. Recela un poco de los que se identifican co-
mo Almirante Isoroku Yamamoto, o con el número 56 (que es un có-
digo que significa Yamamoto). Pero el que tengan opiniones políticas
que bordean la excentricidad no quiere decir que no sepan nada de ma-
temáticas.

Para: randy@tombstone.epiphyte.com
D e : 56@laundry.org
Asunto: Refugio de datos
¿Tiene d i s p o n i b l e en a l g ú n s i t i o una c l a v e p ú b l i c a ? Me gus-
t a r í a cruzar mensajes con usted pero no q u i e r o que Paul Coms-
tock l o s l e a : ) Mi c l a v e p ú b l i c a por si q u i e r e responderme es
- I N I C I O DE BLOQUE ORDO DE CLAVE PÚBLICA-

— 292 —
(lineas y l i n e a s de g a l i m a t í a s )
- F I N DE BLOQUE ORDO DE CLAVE P Ú B L I C A -
Su concepto de r e f u g i o de datos es bueno pero t i e n e l i m i -
t a c i o n e s importantes. ¿Qué p a s a r l a si el g o b i e r n o de F i l i p i n a s
corta su cable? ¿0 si el buen s u l t á n c a m b i a de o p i n i ó n , d e c i de
n a c i o n a l i z a r todos sus ordenadores y l e e r todos l o s d i s c o s ? Lo
que se precisa no es UN refugio de datos sino una RED de re-
fugios de datos; es más robusto, de la misma forma que I n t e r net
es más robusta que una ú n i c a m á q u i n a .
Fi rmado
El Almirante I s o r o k u Yamamoto que f i r m a este mensaje a s i :
- I N I C I O DE BLOQUE ORDO DE FIRMA-
( l i n e a s y l í n e a s de g a l i m a t í a s )
- F I N A L D E L BLOQU E ORDO DE FIRMA-

Randy cierra ese mensaje sin leerlo. Avi no quiere que hablen con
los Adeptos al Secreto por temor a que más tarde les acusen de haber
robado ideas, por lo que contesta a todos esos correos con un modelo
de carta redactada por un abogado de propiedad intelectual al que Avi
pagó diez mil dólares.
Lee otro mensaje simplemente por la dirección de envío:

De: r o o t @ p a l l a s . e r u d i t o r u m . o r g

En una máquina UNIX, «root» es el nombre del más divino de to-


dos los usuarios, el que puede leer, borrar o alterar cualquier archivo,
el que puede ejecutar cualquier programa, el que puede añadir cual-
quier usuario o eliminar a cualquiera de los existentes. Por tanto, reci-
bir un mensaje de alguien que tiene como nombre de cuenta «root» es
como recibir una carta de alguien que ostenta el título de «Presidente»
o «General» en el membrete. Randy ha sido root en varios sistemas di-
ferentes, algunos de los cuales valían decenas de millones de dólares, y
la cortesía profesional exige que al menos lea el mensaje:

He l e í d o sobre vuestro proyecto-.


¿Por qué lo h a c é i s ? s

seguido de un bloque de firma Ordo.


Uno debe asumir que se trata de un intento de iniciar una especie
de debate filosófico. Discutir con desconocidos anónimos en Internet

-293-
es un juego de idiotas porque casi siempre resultan ser —o son indis-
tinguibles de— quinceañeros petulantes con cantidades infinitas de
tiempo libre. Y, sin embargo, la dirección «root» indica que esa perso-
na está al cargo de una gran instalación informática, o (mucho más pro-
bable) dispone de un ordenador Firmx en su escritorio. Incluso un
usuario doméstico de Finux debe estar a varios niveles por encima del
diletante navegante de Internet medio.
Randy abre una ventana terminal y teclea

wh o is eruditorum.org y un segundo después recibe un

bloque de texto de InterNIC:

eruditorum.org (Societas Eruditorum)

seguido de una dirección de correo: un apartado en Leipzig, Alemania.


A continuación aparecen unos números de contacto. Todos tienen
el prefijo del área de Seattle. Pero los tres dígitos a continuación, des-
pués del prefijo, le resultan familiares, y los reconoce como una pa-
sarela a un servicio de reenvío, muy popular entre los que se mueven
mucho, que rebotará tus llamadas, correos, faxes, etc. a allí donde te
encuentres en ese momento. Avi, por ejemplo, lo usa continuamente.
Bajando, Randy encuentra:

Ú l t i m a a c t u a l i z a c i ó n del registro en 1 8 - N o v - 9 8 .
Registro creado en l - M a r - 9 0 .

El «90» destaca. Es una fecha prehistórica en lo que a Internet se


refiere. Indica que la Societas Eruditorum iba muy por delante. Espe-
cialmente tratándose de un grupo con sede en Leipzig, que hasta más
o menos esa fecha era parte de la Alemania Oriental.

Servidores de d o m i n i o :
NS.SF.LAUNDRY.ORG

...seguido de la dirección IP de laundry.org, que es un servicio para con-


vertir los paquetes de datos en anónimos y que muchos Adeptos al Se-
creto emplean para que nadie pueda seguir sus comunicaciones.
El resultado no prueba nada, pero aun así, Randy no puede limi-
tarse a asumir que el mensaje viene de un quinceañero aburrido. Pro-

— 294 —
bablemente debería dar alguna respuesta. Pero teme que la tomen co-
mo una invitación para alguna oferta empresarial: probablemente al-
guna empresa sarnosa de alta tecnología que busca capital.
Muy probablemente, en la última versión del plan de negocio ha-
brá alguna explicación de por qué Epiphyte(2) está construyendo
la Cripta. Randy puede limitarse a cortarla y pegarla en respuesta a
root@pallas.eruditorum.org. Será algo vaporoso para agradar a los ac-
cionistas, y por tanto alienante. Con suerte, desanimará a esa persona
y no le molestará más. Randy pincha dos veces en el icono ojo/pirá-
mide de Ordo, y éste abre una pequeña ventana de texto en la pantalla
donde le invita a teclear comandos. Ordo también dispone de un en-
cantador interfaz gráfico, pero Randy lo desprecia. Nada de menús y
botones para él. Escribe

>descifrar e p i p h y t e B i z P l a n . 5 . 4 . o r d o

El ordenador responde con

V e r i f i q u e su i d e n t i d a d : introduzca la frase de paso o «bio»


para optar por la v e r i f i c a c i ó n b i o m é t r i c a .

Antes de que Ordo descifre el archivo, debe tener la clave privada:


todos sus 4096 bits. La clave está almacenada en el disco duro de Randy.
Pero los tipos malos podrían meterse en las habitaciones del hotel y leer
el contenido del disco duro, por lo que la clave en sí está cifrada. Para
poder descifrarla, Ordo precisa la clave para la clave, que es (en la única
concesión de Cantrell a la comodidad del usuario) una frase: una cade-
na de palabras, más fácil de recordar que 4096 dígitos binarios. Pero
debe ser una frase larga o sería demasiado fácil descubrirla.
La última vez que Randy cambió su frase de paso, estaba leyendo
otras memorias de la Segunda Guerra Mundial. Teclea:

>con g r i t o s roncos de «banzai», l o s n i p o s borrachos s u r -


gieron de l a s t r i n c h e r a s , s u s espadas y bayonetas r e l u c í a n ba-
jo l o s rayos de nuestros reflectores

y pulsa «enter». Ordo responde

f r a s e de paso incorrecta
reescriba la frase o «bio» para optar por la v e r i f i c a c i ó n
biométrica.

— 295 —
Randy maldice y lo intenta unas cuantas veces más, con ligeros
cambios de puntuación. No va.
Por la desesperación y la curiosidad, prueba:

bi o '

Y el software responde:

no ha sido posible localizar el archivo de configuración


b i o m é t r i c a . H a b l e con C a n t r e l l :-/

Lo que no es, por supuesto, parte normal del software. Ordo no


viene con verificación biométrica, ni sus mensajes de error identifican
a John Cantrell, o a cualquier otro, por su nombre. Aparentemente,
Cantrell ha escrito un módulo plug-in, un pequeño añadido, y lo ha
distribuido entre sus amigos de Epiphyte(2).
—Genial. —Randy coge el teléfono y marca el número de la habi-
tación de John Cantrell. Al tratarse de un hotel nuevo y moderno, le
responde un buzón de voz en el que John se ha molestado en grabar al-
go informativo.
—Le habla John Cantrell de Novus Ordo Seclorum y Epiphyte
Corporation. Para aquellos que hayan llamado empleando mi núme-
ro telefónico universal y por tanto no tienen ni idea de en dónde me
encuentro, me alojo en el hotel Foote Mansión en el sultanato de Ki-
nakuta; por favor, consulten un atlas de calidad. Son las cuatro de la tar-
de, jueves, 21 de marzo. Probablemente me encuentro en el Bomba y
Arpeo.

El Bomba y Arpeo es el bar con tema pirata del hotel y no es tan


cutre como suena. Está decorado (entre otros recuerdos que bien po-
drían estar en un museo) con varios cañones que parecen auténticos.
John Cantrell está sentado en una esquina, con aspecto de encontrarse
tan en casa como puede estarlo un hombre con sombrero de cowboy.
Frente a él tiene el portátil abierto sobre la mesa junto a una bebida con
ron que le han servido en una sopera. Una pajita de medio metro de
largo la conecta con la boca de Cantrell. Sorbe y teclea. Observándole
incrédulos hay un grupo de hombres de negocios chinos de aspecto fe-
roz sentados en la barra; cuando ven que Randy entra, arrastrando su
portátil, cuchichean. «¡Ahora hay dos!»

— 296 —
Cantrell levanta la vista y sonríe, algo que no puede hacer sin pa-
recer diabólico. Él y Randy se dan la mano triunfantes. Aunque en
realidad sólo han estado dando vueltas por ahí en aviones 747, se sien-
ten como Stanley y Livingstone.
—Bonito bronceado —dice Cantrell maliciosamente, aunque sin
bigote que retorcer. Randy, pillado con la guardia baja, comienza a ha-
blar y se detiene dos veces, y al final agita la cabeza reconociendo la de-
rrota. Los dos hombres ríen.
—El bronceado es de los barcos —dice Randy—, no por disfrutar
de la piscina del hotel. Llevo dos semanas apagando fuegos por todas
partes.
—Espero que nada que afecte al valor accionarial —dice Cantrell
socarrón.
Randy dice:
—Tú pareces alentadoramente pálido.
—Todo está bien en mi parte —dice Cantrell—. Tal y como predi-
je; un montón de Adeptos al Secreto quieren trabajar en un refugio de
datos de verdad.
Randy pide una Guinness y dice:
—También predijiste que muchos de ellos resultarían ser escurri-
dizos e indisciplinados.
—A esos no los contraté —responde Cantrell—. Y con Eb encar-
gándose de las cosas raras, hemos podido superar los pocos obstáculos
que nos hemos encontrado.
—¿Has visto la Cripta?
Cantrell arquea una ceja y le dedica una imitación perfecta de la mi-
rada paranoica.
—Es como ese bunker de la fuerza aérea de Colorado Springs
—dice.
—¡Sí! —Randy ríe—. Cheyenne Mountain.
—Es demasiado grande —anuncia Cantrell. Sabe que Randy está
pensando justo lo mismo.
Por tanto, Randy decide jugar a ser el abogado del diablo.
—Pero el sultán lo hace todo a lo grande. Hay grandes retratos su-
yos en el gran aeropuerto.
Cantrell niega con la cabeza.
—El Ministerio de Información es un proyecto serio. El sultán no
lo concibió. Fueron los tecnócratas.
—Por lo que sé, Avi le hizo un poco la pelota...
—Como sea. Pero la gente que está detrás, como Mohammed Pra-

— 297 —
gasu, son todos del estilo de la escuela empresarial de Stanford. Gra-
duados de Oxford y la Sorbona. Los alemanes han diseñado hasta los
topes de las puertas. La caverna no es un monumento al sultán.
—No, no es un proyecto vanidoso —admite Randy, pensando en
la helada sala de máquinas que Tom Howard está construyendo a un
millar de pies por debajo de'ese bosque de las nubes.
—Por tanto, debe haber alguna explicación racional a por qué es
tan grande.
—¿Podría estar en el plan de negocio? —aventura Randy.
Cantrell se encoge de hombros; él tampoco lo ha leído.
—El último que leí de principio a fin fue el Plan Uno. Hace un año
—admite Randy.
—Era un buen plan de negocio —dice Cantrell.1'"
Randy cambia de tema.
—He olvidado mi frase de paso. Necesito hacer esa cosa biométrica.
—Aquí hay demasiado ruido —responde Cantrell—, actúa escu-
chando tu voz, haciendo un Fourier y recordando unos números cla-
ve. Lo haremos más tarde en mi habitación.
Sintiendo la necesidad de explicar por qué no se ha mantenido al
día con el correo, Randy dice:
—He estado totalmente obsesionado, relacionándome con los de
AVCLA en Manila.
—Cierto. ¿Cómo va eso?
—Mira. Mi trabajo es muy simple —dice Randy—. Tenemos ese
enorme cable nipón desde Taiwán hasta Luzón. Un router en cada ex-
tremo. Luego está la red de cables cortos entre islas que los de AVCLA
están tendiendo en Filipinas. Cada segmento de cable, como ya sabes,
Se inicia y termina en un router. Mi trabajo consiste en programar los
routers, asegurándome de que los datos tendrán siempre un camino li-
bre desde Taiwán hasta Kinakuta.
Cantrell aparta la vista, temiendo que vaya a aburrirse. Randy
prácticamente se lanza sobre la mesa, porque sabe que no tiene nada de
aburrido.
—¡John! ¡Eres una importante compañía de tarjetas de crédito!
—Vale. —Cantrell lo mira a los ojos, ligeramente acobardado.
—Almacenas tus datos en el refugio de datos de Kinakuta. Preci-

* Cantrell alude al hecho de que el Plan Uno les proporcionó un par de millones
de dólares de inversión inicial de una firma de capital de inversiones de San Mateo lla-
mada Springboard Group.

— 298 —
sas descargar un terabyte de datos cruciales. Inicias el proceso... tus da-
tos cifrados pasan volando por Filipinas a un ritmo de un gigabyte por
segundo, hasta Taiwán y de ahí a Estados Unidos. —Randy se detiene,
traga Guinness, aumentando el dramatismo—. Entonces, un ferry zo-
zobra al salir de Cebú.
-¿Y? .
—Y en menos de. diez minutos, cien mil filipinos levantan el telé-
fono simultáneamente.
Cantrell llega al punto de darse un golpe en la frente.
—¡Oh, Dios mío!
—¡Ahora lo comprendes! He estado configurando esta red de for-
ma que pase lo que pase los datos sigan fluyendo a la compañía de tar-
jetas de crédito. Quizás a velocidad reducida... pero fluyen.
—Bien, comprendo que eso te mantenga ocupado.
—Y por esa razón sólo llevo a buen ritmo lo de esos routers. Y por
cierto, son buenos routers, pero no tienen la capacidad suficiente para
alimentar una Cripta de ese tamaño, o justificarla económicamente.
—Lo esencial de la explicación de Avi y Beryl —dice Cantrell— es
que Epiphyte ya no es la única compañía portadora hasta la Cripta.
—Pero estamos tendiendo el cable desde aquí a Palawan...
—Los lacayos del sultán han estado haciendo negocios —dice
Cantrell—. Avi y Beryl se muestran vagos, pero comparando notas con
Tom y leyendo las hojas de té, he llegado a la conclusión de que hay
otro cable, quizá dos, viniendo hacia Kinakuta.
—¡Guau! —dice Randy. Es lo único que se le ocurre—. ¡Guau!
—Se bebe la mitad de la Guinness—. Tiene sentido. Si van a hacerlo
una vez con nosotros, pueden hacerlo de nuevo con otros portadores.
—Nos usaron como palanca para atraer a otros —dice Cantrell.
—Bien... entonces, la pregunta es: ¿sigue siendo necesario el cable
desde Filipinas? ¿O deseado?
—Sí —dice Cantrell.
—¿Lo es?
—No. Quiero decir que sí, que ésa es exactamente la pregunta.
Randy lo medita.
—En realidad, podría ser positivo para tu parte de la operación.
Más entradas a la Cripta implican más negocios a la larga.
Cantrell arquea las cejas, algo preocupado por los sentimientos de
Randy. Randy se recuesta en la silla y dice:
—Ya hemos debatido anteriormente si tenía sentido que Epiphyte
estuviese tonteando con cables y routers en Filipinas.

— 299 —
Cantrell responde:
—El plan de negocio siempre ha defendido que tendría sentido
económico tender un cable hasta Filipinas incluso si la Cripta no exis-
tiese.
—El plan de negocio estaba obligado a decir que la red intra-Fili-
pinas podía convertirse en un negocio independiente y sobrevivir
—dice Randy—, para justificar que lo hiciésemos.
Ninguno de los dos precisa decir más. Se han estado concentrando
intensamente el uno en el otro durante un buen rato, apartándose del
resto del bar con sus posturas, y ahora, de forma espontánea, los dos
se recuestan, se estiran y empiezan a echar vistazos a su alrededor. Ca-
sualmente eligen el mejor momento, porque Goto Furudenendu aca-
ba de entrar con un pelotón de lo que Randy supone son ingenieros ci-
viles: hombres nipones muy cuidados, de aspecto sano y como de
treinta y tantos. Randy los invita con una sonrisa, luego llama al ca-
marero y le pide algunas de esas grandes botellas de cerveza nipona.
—Esto me lo ha recordado: los Adeptos al Secreto van tras de mí
—dice Randy.
Cantrell sonríe, mostrando algo de admiración por esos locos de
los Adeptos al Secreto.
—La gente inteligente y furiosamente paranoica es la columna
vertebral de la cnptología —dice—, pero no siempre entienden de ne-
gocios.
—Quizá los entienden demasiado bien —dice Randy. Siente algo
de molestia residual porque vino al Bomba y Arpeo a responder la pre-
gunta planteada por root@eruditorum.org («¿Por qué lo hacéis?») y
todavía no conoce la respuesta. Es más, sabe menos que antes.
Luego se les unen los hombres de Goto y resulta que justo en ese
momento aparecen Eberhard Fóhr y Tom Howard. Se produce una ex-
plosión combinatoria de intercambio de tarjetas y presentaciones. Pa-
rece que el protocolo exige mucha bebida social. Inadvertidamente,
Randy ha desafiado la amabilidad de esos tipos pidiéndoles cerveza, y
deben demostrar que no se les puede ganar en semejante juego. Se unen
mesas y todo se vuelve increíblemente jovial. Eb también debe pedir
cerveza para todos. Muy pronto, las cosas han degenerado en karaoke.
Randy se pone en pie y canta Me and You and a Dog Named Boo. Se
trata de una buena elección, porque es una canción relajante y tranquila
que no exige demasiada expresividad emocional. Ni, ya puestos, habi-
lidad para la canción.
En cierto momento, Tom Howard pasa un brazo fornido sobre el

— 300 —
respaldo de la silla de Cantrell para poder gritarle mejor al oído. Sus
brazaletes eutropianos gemelos, grabados con el mensaje «Hola Doc-
tor, por favor, congéleme de la siguiente forma», brillan y son bastante
evidentes. Randy se pone nervioso porque cree que los nipones van a
darse cuenta y van a empezar a hacer preguntas extremadamente di-
fíciles de contestar. Tom le está recordando algo a Cantrell (por algu-
na razón, siempre se refieren a Cantrell de esa forma; algunas personas
han nacido para que las llamen por su apellido). Cantrell asiente y de-
dica a Randy una mirada rápida y algo furtiva. Cuando Randy se la de-
vuelve, Cantrell baja la vista disculpándose y se dedica a retorcer ner-
vioso la botella de cerveza entre las manos. Tom sigue dedicando a
Randy una mirada de interés. Todas esas miradas hacen que Randy,
Tom y Cantrell acaben en el extremo de la barra más alejado de los al-
tavoces del karaoke.
—Así que conoces a Andrew Loeb —dice Cantrell. Queda claro
que está consternado por ese hecho pero también algo impresionado,
como si acabase de descubrir que Randy en una ocasión había matado
a un hombre a golpes con las manos desnudas y que nunca se hubiese
molestado en comentarlo.
—Cierto —dice Randy—. Tan bien como alguien puede conocer a
un tipo así.
Cantrell está prestando una diligencia excesiva al proyecto de
arrancar la etiqueta de la botella y por tanto es Tom quien recoge el
testigo.
—¿Hicisteis negocios juntos?
—En realidad no. ¿Puedo preguntar cómo sabéis esas cosas? Es de-
cir, para empezar, ¿cómo sabéis siquiera que Andrew Loeb existe? ¿Por
lo del digibomber?
—Oh, no... fue después. Andy se convirtió en una figura impor-
tante en algunos de los círculos que Tom y yo frecuentamos —dice
Cantrell.
—Los únicos círculos en los que puedo imaginarme a Andy serían
fanáticos de la supervivencia con métodos primitivos y personas que
creen haber sufrido abusos en rituales satánicos.
Randy lo dice sin pensar, como si su boca fuese un teletipo mecá-
nico que imprime una predicción meteorológica. El comentario que-
da como colgando.
—Eso ayuda a rellenar algunas lagunas —dice Tom al fin.
—¿Qué pensaste cuando el FBI registró su cabana? —pregunta
Cantrell, a quien le ha vuelto la sonrisa.

— 301 —
—No sabía qué pensar —dice Randy—. Recuerdo que vi el vídeo
en las noticias... los agentes saliendo de esa choza con cajas de pruebas,
y pensé que mi nombre debía estar en alguno de esos papeles. Que de
alguna forma acabaría implicado en el caso.
—¿El FBI llegó a ponerse en contacto contigo? —pregunta Tom.
—No. Creo que una vez que lo examinaron todo, llegaron con
rapidez a la conclusión de que no era el digibomber, y lo tacharon de
su lista.
—Bien, no mucho después de que pasase eso, Andy Loeb se pre-
sentó en la Red —dice Cantrell.
—Me resulta imposible de creer.
—Para nosotros también lo fue. Es decir, todos habíamos recibido
copias de sus manifiestos... impresos sobre papel reciclado gris, que era
como las hojas de pelusa que sacas del filtro de la secadora.
—Empleaba una tinta orgánica, con base de agua, que escamaba
como si fuese caspa negra —dice Tom.
—Bromeábamos diciendo que teníamos polvo de Andy sobre la
mesa —dice Cantrell—. Así que cuando un tipo llamado Andy Loeb
se presentó en la lista de correo de Adeptos al Secreto, y el grupo de
noticias de Eutropia, enviando todas esas diatribas larguísimas, nos ne-
gamos a creer que fuese él.
—Pensamos que alguien había conseguido escribir unas parodias
realmente brillantes de su estilo —dice Cantrell.
—Pero cuando siguieron llegando, día tras día, y empezó a meter-
se en largos diálogos con la gente, se hizo evidente que era él —se queja
Tom.
—¿Cómo lo justificó siendo un ludita?
Cantrell:
—Dijo que siempre había considerado los ordenadores una fuerza
que alienaba y atomizaba la sociedad.
Tom:
—Pero como resultado de ser por un tiempo el sospechoso digi-
bomber número uno, a la fuerza había sido consciente de Internet, que
había cambiado los ordenadores conectándolos.
—¡Oh, Dios mío! —dice Randy.
—Y que había estado reflexionando sobre Internet mientras hacía
lo que sea que Andrew Loeb hace —continuó Tom.
Randy:
—Ponerse en cuclillas, desnudo, en ríos de montaña helados mien-
tras estrangula roedores con las manos desnudas.

— 302 —
Tom:
—Y comprendió que los ordenadores podían ser una herramienta
para unir la sociedad.
Randy:
—Y apuesto a que él era justo el tío para unirla.
Cantrell:
—Bueno, no está muy lejos de lo que dijo.
Randy:
—Ya, ¿vais a decirme que se ha convertido en un eutropiano?
Cantrell:
—Bueno, no. Más bien descubrió un cisma en el movimiento Eu-
tropia que nosotros no conocíamos, y ha creado su propio grupo se-
parado.
Randy:
—Creía que los eutropianos eran individualistas hasta la médula,
libertarios puros.
—¡Bueno, sí! —dice Cantrell—. Pero la premisa básica del eutro-
pianismo es que la tecnología nos ha convertido en poshumanos. El
Homo Sapiens más la tecnología es a todos los efectos una especie to-
talmente nueva: inmortal, omnipresente debido a la RED, y camino de
la omnipotencia. Ahora bien, los primeros en decir esas cosas fueron
libertarios.
Tom dice:
—Pero la idea ha atraído a todo tipo de personas... incluyendo a
Andy Loeb. Se presentó un día y empezó a hablar de mentes colmena.
—Y por supuesto, fue flameado hasta quedar frito por la mayoría
de los eutropianos, porque el concepto para ellos es anatema —dice
Cantrell.
Tom:
—Pero siguió con el tema, y después de un tiempo, hubo personas
que empezaron a estar de acuerdo con él. Resultó que había una fac-
ción bastante sustancial entre los eutropianos a los que no les impor-
taba especialmente el libertarismo y a los que la idea de la mente col-
mena les resultaba atractiva.
—¿Ahora Andy es el líder de esa facción? —pregunta Randy.
—Supongo que sí —dice Cantrell—. Se separaron y formaron su
propio grupo de noticias. Hace como seis meses que no sabemos nada
de ellos.
—¿Cómo supisteis de la conexión entre Andy y yo?
—De vez en cuando todavía se presenta en el grupo de Adeptos al

— 303 —
Secreto —dice Tom—. Y últimamente se ha hablado mucho de la
Cripta.
Cantrell dice:
—Cuando se enteró de que tú y Avi estabais metidos en el asunto,
envió una enorme diatriba... veinte o treinta K de frases unas tras otras.
No demasiado elogiosas.
—Ya, Jesús. ¿Qué cono le pasa? Ganó el caso. Me arruinó por com-
pleto. Uno pensaría que tendría cosas mejores que hacer que preocu-
parse de agua pasada —dice Randy, golpeándose el pecho—. ¿No tie-
ne trabajo?
—Hace algo de derecho —contesta Cantrell.
—¡Ja! Me lo imagino.
—Nos ha estado atacando —dice Tom—. Sucios capitalistas. Ato-
mizamos la sociedad. Hacemos que el mundo sea un lugar más seguro
para los traficantes de drogas y los cleptócratas del Tercer Mundo.
—Bien, al menos hay algo en lo que sí tiene razón —dice Randy.
Está encantado de tener una respuesta, al fin, a la pregunta de por qué
están construyendo la Cripta.

Maniobra retrógrada

±, Sio es un cementerio de barro. Aquellos que han dado sus vi-


•+O-f" das por el emperador compiten por espacio con aquellos dis-
T puestos a darla. Extraños aviones norteamericanos de cola hen-
dida descienden desde el sol cada día para asesinarlos con una terrible
lluvia de fuego aéreo y las repugnantes explosiones de las bombas, así
que duermen en tumbas abiertas y sólo salen de noche. Pero las fosas
rebosan de aguas pestilentes que se agitan con formas de vida hostiles
y, al ponerse el sol, la lluvia les golpea, haciendo penetrar en sus hue-
sos el frío de las grandes altitudes. Hasta el último hombre de la 20 Di-
visión sabe que no saldrá vivo de Nueva Guinea, así que sólo queda ele-
gir la forma de morir: ¿rendirse para ser torturados y luego masacrados
por los australianos? ¿Ponerse una granada en la cabeza? ¿Quedarse
donde están para ser asesinados por los aviones durante todo el día y
durante toda la noche por la malaria, la disentería, el tifus, el hambre y
la hipotermia? ¿O recorrer a pie las doscientas millas que atraviesan

— 304 —
montañas y ríos desbordados para llegar hasta Madang, lo que es equi-
valente al suicidio incluso en tiempo de paz y disponiendo de comida
y medicinas...?
Pero eso es lo que se les ordena hacer. El general Adachi vuela has-
ta Sio —en el primer avión amigo que han visto en semanas—, aterri-
za en el campo ponzoñoso que llaman pista de aterrizaje y ordena la
evacuación. Deben trasladarse al interior en cuatro destacamentos. Re-
gimiento a regimiento, entierran a los muertos, guardan lo que queda
del equipo, amontonan la poca comida que les queda, esperan la oscu-
ridad y emprenden el camino hacia las montañas. Los segmentos pos-
teriores pueden seguir el rastro por el olor, siguiendo la peste de la di-
sentería y los cadáveres que los grupos de avance van arrojando como
mendrugos de pan.
Los oficiales de mayor graduación se quedan atrás, y el pelotón de
radio se queda con ellos; sin un potente emisor de radio, y la parafer-
nalia criptográfica que lo acompaña, un general no es un general, una
división no es una división. Por fin, dejan de emitir y comienzan a des-
montar el transmisor en piezas lo más pequeñas posible, que por des-
gracia no son tan pequeñas; un transmisor de división es una bestia po-
tente, construida para enviar rayos a la ionosfera. Tiene un generador
eléctrico, transformadores y otros componentes que no pueden fabri-
carse para que sean ligeros. Los hombres del pelotón de radio, a los que
ya les resultaría difícil mover el peso de sus propios esqueletos más allá
de las montañas y los ríos tumultuosos, cargarán con el peso adicional
de bloques de motor, tanques de combustible y transformadores.
Y el gran arcón de acero con todos los libros de claves. Esos libros
pesaban como un muerto cuando estaban secos; ahora están mojados.
Cargar con ellos va más allá de lo imaginable. El reglamento indica que
hay que quemarlos.
Los hombres del pelotón de radio de la 20 División no se sienten
en este momento demasiado inclinados hacia el humor, ni siquiera el
ceñudo humor sardónico tan típico de los soldados. Si algo en este
mundo es capaz de hacerles reír en esta situación es la idea de intentar
montar una hoguera con libros de códigos húmedos, en un pantano y
durante una tormenta. Podrían quizá quemarlos si usasen un montón
de combustible de avión, más dej que realmente tienen. Además, el in-
cendio produciría una altísima torre de humo que atraería a los P-38
como el olor de la carne humana atrae a los mosquitos.
Quemarlos puede no ser necesario. Nueva Guinea es un torbelli-
no aullador de podredumbre y destrucción; lo único que aguanta son

— 305 —
las piedras y las avispas. Arrancan las tapas para devolver a casa una
prueba de que han sido destruidos, luego meten los libros en el arcón
y lo entierran en la orilla de un río especialmente vengativo.
No es una idea demasiado buena. Pero les han estado bombar-
deando intensamente. Incluso si la metralla no te da, la onda de choque
de la bomba es como una pared de piedra que se mueve a seiscientas mi-
llas la hora. Al contrario que un muro de piedra, atraviesa tu cuerpo,
como un destello de luz atraviesa una figurita de vidrio. Al recorrer tu
carne, lo mueve todo hasta el nivel de las mitocondrias, alterando cada
uno de los procesos en cada una de las células, incluyendo lo que sea
que permite a tu cerebro llevar la cuenta del tiempo y experimentar el
mundo. Unas pocas de esas detonaciones son suficientes para romper
el hilo de conciencia en una maraña de filamentos cortos y enrollados.
Esos hombres no son tan humanos como cuando salieron de sus casas;
no se puede esperar que piensen con claridad o que hagan las cosas por
buenas razones. Meten barro en el arcón, no como procedimiento para
deshacerse de él sino como una especie de ritual, para mostrar el respeto
adecuado a su sedimento de extraña información.
Luego se echan a los hombros la carga de hierro y arroz y comien-
zan a avanzar hacia la montaña. Sus camaradas han dejado un sendero
pisoteado que ya está regresando a la jungla. Las marcas del camino son
cuerpos —ahora ya convertidos en campos de batalla apestosos— dis-
putados por muchedumbres frenéticas de microbios, bichos, bestias y
pájaros jamás catalogados por los científicos.

Huffduff

±, Plantan el mástil de huffduff incluso antes de tener un tejado


4^4" sobre las nuevas instalaciones del Destacamento 2702, y levan-
T tan la antena huffduff incluso antes de tener electricidad para
emplearla. Waterhouse hace todo lo que puede por fingir que le im-
porta. Se lo hace saber a los operarios: grandes grupos de tanques en-
frentándose en el desierto africano puede que sean gallardos y román-
ticos, pero la verdadera batalla de esta guerra (ignorando, como
siempre, el frente asiático) es la Batalla del Atlántico. No podemos ga-
nar la Batalla del Atlántico sin hundir algunos submarinos, y no pode-

— 306 —
mos hundirlos antes de haberlos encontrado, y precisamos de una for-
ma mejor de encontrarlos que el método ya probado y seguro de dejar
que nuestros convoyes pasen sobre ellos y se conviertan en pedacitos.
Esa forma, caballeros, es poner en marcha esta antena tan pronto co-
mo sea humanamente posible.
Waterhouse no es un actor, pero cuando la segunda tormenta de
hielo de la semana pasa por encima e inflinge grandes daños a la ante-
na, y debe permanecer despierto toda la noche para repararla a la luz
de la lucifer galvánica, está bastante seguro de que los ha convencido.
El personal del castillo trabaja hasta bien tarde para mantenerlo pro-
visto de té y brandy, y los operarios le dedican a la mañana siguiente
algunos emocionantes hurras cuando la antena reparada regresa a la
parte alta del mástil. Todos están seguros de estar salvando vidas en el
Atlántico Norte, y si supiesen la verdad probablemente le lincharían.
Esa historia del huffduff es ridiculamente plausible. Es tan plausi-
ble que si Waterhouse estuviese trabajando para los alemanes tendría
sus sospechas. La antena es un modelo extremadamente direccional.
Recibe una señal fuerte cuando se la orienta hacia la fuente y una señal
débil en caso contrario. El operador espera a que un submarino em-
piece a transmitir y luego vira la antena de un lado a otro hasta obtener
la lectura mayor; la dirección de la antena da el azimut de la fuente. Dos
o más lecturas similares, obtenidas por diferentes estaciones huffduff,
pueden combinarse para triangular el origen de la señal.
Para mantener las apariencias, la estación debe estar operativa vein-
ticuatro horas al día lo que casi mata a Waterhouse durante las primeras
semanas de 1943. El resto del Destacamento 2702 no se ha presentado
como estaba previsto, así que, mientras tanto, es tarea de Waterhouse
preservar la ilusión.
Todos a diez millas a la redonda —básicamente, toda la población
civil de Qwghlm, o por decirlo de otra forma, toda la raza qwghlmia-
na— pueden ver la nueva antena huffduff elevándose sobre el mástil
del castillo. No son personas estúpidas, y algunos de ellos, al menos,
comprenderán que la maldita cosa no hace nada si siempre apunta en
la misma dirección. Si no se mueve, no funciona. Y si no funciona, ¿qué
cono pasa allá arriba en ese castillo?
Así que Waterhouse debe moverla. Vive en la capilla, durmiendo
—cuando duerme— en una hamaca colgada a una altura peligrosa por
encima del suelo (ha descubierto que los «eskerries» son excelentes sal-
tadores).
Si duerme durante el día, incluso un observador casual notará si la

— 307 —
antena se mueve o no. No es bueno. Pero no puede dormir de noche,
cuando los alemanes hacen rebotar en la ionosfera sus transmisiones
entre los submarinos del Atlántico norte y las bases en Burdeos y Lo-
rient porque un observador atento —digamos que un empleado in-
somne del castillo, o un espía alemán situado en las montañas con bi-
noculares— sospechará qué la antena huffduff inmóvil no es más que
una tapadera. Por lo tanto, Waterhouse intenta dividir la diferencia
durmiendo algunas horas al anochecer y otras pocas al amanecer, un
plan que no encaja muy bien con su cuerpo. Y cuando se despierta, no
tiene absolutamente nada más que hacer que sentarse frente a la con-
sola huffduff durante ocho o doce horas, viendo cómo el aliento sale
de su boca, moviendo la antena, escuchando... ¡nada!
Estipula con total libertad que es un cabrón egoísta por sentirse
mal consigo mismo cuando otros hombres vuelan en pedazos.
Habiendo resuelto esa cuestión, ¿qué va a hacer para permanecer
cuerdo? Tiene la rutina perfectamente fijada: dejar la antena apuntan-
do más o menos al oeste durante un rato, luego moverla de un lado a
otro en arcos cada vez más pequeños, fingiendo centrarse en un sub-
marino, luego dejarla fija durante un rato y hacer gimnasia para calen-
tarse. Ha cambiado el uniforme por una vestimenta tejida con la cálida
lana de Qwghlm. De vez en cuando, a intervalos totalmente imprede-
cibles, miembros del personal del castillo caen sobre él con un tazón de
sopa, un servicio de té o simplemente para ver qué hace y decirle lo
buen hombre que es. Una vez al día, escribe un galimatías —sus su-
puestos resultados— y lo envía a la base naval.
Divide su tiempo entre pensar en el sexo y pensar en matemáticas.
Lo primero se inmiscuye continuamente en lo segundo. Es peor aún
cuando la cincuentona regordeta llamada Blanche, que ha estado tra-
yéndole la comida, enferma de hidropesía, fiebres, gota, cólicos o cual-
quier otro malestar shakespeariano es reemplazada por Margaret, que
tiene como unos veinte años y es bastante atractiva.
Margaret realmente le altera el cerebro. Cuando se vuelve realmente
intolerable, va a la letrina (para que el personal no le interrumpa en
un momento inoportuno) y ejecuta un Cambio Manual. Pero si hay
algo que descubrió en Hawai es que un Cambio Manual por desgracia
no es igual que la experiencia real. El efecto pasa demasiado pronto.
Mientras espera a que se pase el efecto, consigue realizar mucha
matemática de calidad. Alan le dio algunas notas sobre redundancia y
entropía, en relación con la investigación de cifrado de voz que está
realizando en Nueva York. Waterhouse repasa las notas y descubre al-

— 308 —
gunos temas interesantes que por desgracia no puede enviar a Alan sin
violar tanto el sentido común como gran cantidad de procedimientos
de seguridad. Terminado eso, presta atención a la criptología pura y
dura. Pasó tiempo suficiente en Bletchley Park como para darse cuen-
ta de lo poco que realmente comprende de ese arte.
Los submarinos usan demasiado la radio y toda la Marina Alema-
na lo sabe. Sus expertos en seguridad han estado dando la lata a sus ofi-
ciales para mejorar la seguridad y, al final, lo hicieron introduciendo la
versión de cuatro rotores de la máquina Enigma, que ha traído loco a
Bletchley Park cerca de un año...
Margaret debe recorrer el castillo por el exterior para traerle la co-
mida a Waterhouse, y para cuando llega aquí, ya tiene las mejillas ro-
saditas. El vapor que sale de su boca flota a su alrededor como un velo
de seda...
¡Deja eso, Lawrence! El tema de la clase de hoy es la Enigma de
cuatro rotores de la Marina alemana, conocida por ellos como Tritón
y para los aliados como Tiburón. Se comenzó a usar el 2 de febrero del
año pasado (1942), y no fue hasta la recuperación del submarino ale-
mán U-559 embarrancado el 30 de octubre que Bletchley Park tuvo
material suficiente para romper el código. Hace un par de semanas, el
13 de diciembre, Bletchley Park reventó por fin Tiburón y, una vez
más, las comunicaciones internas de la Marina alemana fueron de nue-
vo un libro abierto para los aliados.
Lo primero que habían descubierto, como resultado, era que los
alemanes habían roto completamente nuestros códigos mercantes, y
que durante todo el año habían sabido exactamente dónde encontrar
los convoyes.
Lawrence Pritchard Waterhouse había recibido toda esa informa-
ción en los últimos días, vía los totalmente seguros cuadernos de uso
único. Bletchley se lo cuenta porque plantea una pregunta de teoría de
la información, que es su departamento y su problema. La pregunta es:
¿con qué rapidez podemos reemplazar los códigos mercantes reventa-
dos sin hacerle saber a los alemanes que hemos roto Tiburón?
Waterhouse no tiene que pensar demasiado para llegar a la conclu-
sión de que la situación es demasiado impo'rtante para andarse con jue-
gos. La única forma de resolverla es montar un incidente de algún tipo
que explicase a los alemanes por qué hemos perdido toda nuestra fe en
los códigos mercantes y por qué vamos a cambiarlos. Escribe un men-
saje a tal efecto, y comienza a cifrarlo con el cuaderno de uso único que
comparte con Chattan.

— 309 —
—¿Va todo bien?
Waterhouse se pone en pie y se gira de golpe, con el corazón des-
bocado.
Es Margaret, de pie tras el velo de su propio aliento, un abrigo de
lana gris sobre el uniforme de sirvienta, sosteniendo una bandeja de té
y bollos con manoplas también de lana gris. Las únicas partes de su
anatomía que no están envueltas en lana son sus tobillos y la cara. Los
primeros están muy bien formados; Margaret lleva tacones altos sin
problemas. La cara ha sido expuesta a los rayos directos del sol y re-
cuerda a pétalos de rosa desparramados sobre crema cuajada de De-
vonshire.
—¡Oh! ¡Deje que lo coja! —suelta Waterhouse, y se lanza hacia de-
lante con un movimiento espasmódico nacido de la pasión mezclada
con la hipotermia. Al tomar la bandeja de sus manos, inadvertidamen-
te tira de una de las manoplas, que caen al suelo—. ¡Lo siento! —dice,
comprendiendo que jamás ha visto sus manos. Tiene esmalte rojo en
las uñas de la mano ofendida, que se lleva a la boca y sobre la que so-
pla. Sus grandes ojos verdes le miran llenos de expectación plácida.
—Disculpe —dice Waterhouse.
—¿Va todo bien? —repite.
—¡Sí! ¿Por qué no iba a ir?
—La antena —dice Margaret—. Lleva más de una hora sin mo-
verse.
Waterhouse está tan confundido que apenas puede mantenerse
en pie.
Margaret sigue respirando a través de sus dedos lacados, por lo que
Waterhouse sólo puede verle los ojos verdes, que ahora se mueven y
destellan con malicia. Lanza una mirada a la hamaca.
—Dormido en el trabajo, ¿no?
El primer impulso de Waterhouse es negarlo y explicar la verdad,
que es que estaba pensando en el sexo y la criptografía y se olvidó de
mover la antena. Pero a continuación comprende que Margaret le ha
ofrecido una excusa mejor.
—Culpable de los cargos —dice—. Anoche me quedé despierto
hasta tarde.
—El té le mantendrá alerta —dice Margaret. A continuación vuel-
ve a mirar a la hamaca. Vuelve a ponerse las manoplas—. ¿Qué tal es?
—¿Qué tal es qué?
—Dormir en una de esas cosas. ¿Es cómodo?
—Mucho.

— 310 —
—¿Puedo probar a ver qué tal es?
—Ah. Bueno, es muy difícil subirse... a esa altura.
—Usted lo consigue, ¿no? —le desafía. Waterhouse se siente enro-
jecer. Margaret se acerca a la hamaca y de un golpe se quita los tacones.
Waterhouse hace un rictus al ver los pies desnudos sobre el suelo de
piedra, que no ha estado tibio desde que los corsarios sarracenos que-
maron el castillo. Los dedos de los pies también están pintados de ro-
jo—. No me importa —dice Margaret—, soy hija de un granjero. Ven-
ga, ¡ayúdeme!
Waterhouse ha perdido todo control que hubiese podido tener de
la situación y de sí mismo. Siente la lengua como si estuviese formada
por tejidos eréctiles. Así que se acerca, se agacha y forma un estribo con
las manos. Ella planta el pie y se lanza a la hamaca, despareciendo con
un gritito y una risita entre la gran masa de mantas de lana gris. La ha-
maca se agita de un lado a otros en el centro de la capilla, como un in-
censario dispensando un ligero aroma a lavanda. Se agita una vez, dos.
Se agita cinco veces, diez veces, veinte. Margaret permanece en silen-
cio e inmóvil. Waterhouse sigue como si tuviese los pies plantados en
cemento. Por primera vez desde hace semanas no sabe exactamente qué
va a suceder a continuación, y la pérdida de control le deja aturdido e
indefenso.
—Es maravilloso —dice ella. Con voz de ensueño. Luego, al fin, se
mueve. Waterhouse ve su carita mirándole por un borde, envuelta en
la lana gris de una manta—. ¡Ooh! —grita, y vuelve a tenderse de es-
paldas. El movimiento súbito produce un balanceo excéntrico al mo-
vimiento rítmico de la hamaca.
—¿Qué pasa? —pregunta Waterhouse con desesperación.
—¡Tengo miedo de las alturas! —exclama—. Lo lamento, Lawren-
ce, debí habértelo advertido. ¿Está bien si te llamo Lawrence? —Sue-
na como si fuese a sentirse terriblemente herida si él dijese que no. ¿Y
cómo podría Lawrence herir los sentimientos de una muchachita her-
mosa, descalza y acrofóbica, indefensa en una hamaca?
—Por favor. Claro —dice. Pero sabe perfectamente que la pelota
sigue en su campo y le toca hablar—. ¿Puedo ser de ayuda?
—Te lo agradecería tanto —dice Margaret.
—¿Le parecería bien bajar apoyándose en mis hombros o algo así?
—intenta Waterhouse.
—Realmente tengo demasiado miedo —responde ella.
Sólo queda una salida.
—Bien. ¿Le molestaría si subiese a ayudarla?

— 311 —
—¡Sería tan heroico por tu parte! —dice ella—. Me sentiría tan
inexpresablemente agradecida.
—Bien, entonces...
—¡Pero insisto en que primero complete sus obligaciones!
—¿Perdone?
—Lawrence —dice Margaret—, cuando baje de esta hamaca iré a
la cocina a limpiar el suelo, que la verdad, ya está más que limpio. Tú,
por otra parte, tienes un trabajo importante... ¡un trabajo que podría
salvar la vida de cientos de hombres en algún convoy del Atlántico nor-
te! Y sé que has sido muy malo durmiéndote en el trabajo. Me niego a
permitirte que me ayudes hasta que te hayas corregido.
—Muy bien —dice Waterhouse—, no me deja alternativa. El de-
ber es lo primero. —Cuadra los hombros, gira sobre los talones y mar-
cha de vuelta al escritorio. Los eskerries ya han dado cuenta de los bo-
llos de Margaret, pero se sirve algo de té. Luego sigue cifrando las
instrucciones para Chattan: SÓLO LA FUERZA BRUTA SERÁ EFECTIVA
PONGA LIBRO DE CÓDIGOS EN BARCO INSERTE BARCO EN MUR-
MANSK CONVOY ESPERE A QUE NIEBLA CUBRA NORUEGA.
Le lleva un rato cifrarla con un cuaderno de uso único. Lawrence
puede hacer aritmética mod 25 dormido, pero hacerla con una erección
es un asunto completamente diferente.
—¿Lawrence? ¿Qué haces? —pregunta Margaret desde el nido de
la hamaca, que, en la imaginación de Lawrence, cada minuto es más cá-
lido y acogedor.
Mira furtivamente a sus zapatos de tacón alto.
—Preparando el informe —responde Lawrence—. No tiene de-
masiado sentido realizar observaciones si no las envío.
—Cierto —responde Margaret pensativa.
Es un momento excelente para aprovisionar la patética estufa de
hierro de la capilla. Mete unas pocas paletas del precioso carbón, sus
hojas de trabajo, y la página del cuaderno de uso único que acaba de
emplear para realizar el cifrado.
—Esto debería dar un poco de calor —dice.
—Oh, maravilloso —dice Margaret—. Estoy temblando.
Lawrence lo reconoce como una indicación para que inicie una
operación de rescate. Unos quince segundos después está en la hama-
ca junto a Margaret. Para gran sorpresa de ninguno de ellos dos, la ha-
maca es estrecha e incómoda. Se producen algunos movimientos que
terminan con Lawrence tendido de espaldas y Margaret encima, con
sus muslos entre los suyos.

— 312 —
Ella se escandaliza al descubrir la erección. Aparentemente aver-
gonzada al no haber anticipado sus necesidades.
—¡Pobrecito!—exclama—. ¡Claro! ¡Cómo he podido ser tan ton-
ta! Debes haberte sentido muy solo aquí —le besa las mejillas, lo que
está bien, porque él está demasiado aturdido para moverse—. Un va-
liente guerrero merece todo el apoyo que los civiles podamos darle
—dice ella, moviendo una mano para abrirle la bragueta.
A continuación, se pone la lana gris sobre la cabeza y se hunde en
busca de una nueva posición. Lawrence Pritchard Waterhouse queda
aún más aturdido por lo que sucede a continuación. Mira el techo de la
capilla con sus ojos entrecerrados y agradece a Dios por haberle en-
viado lo que evidentemente es una espía alemana y un ángel de miseri-
cordia, todo junto en un adorable envoltorio.
Cuando acaba, vuelve a abrir los ojos y respira profundamente el
aire frío del Atlántico. Ve todo lo que le rodea con una claridad nueva.
Está claro que Margaret va a hacer maravillas con su productividad en
el frente criptológico... si consigue que ella continúe viniendo.

Páginas

±. Ha pasado mucho tiempo desde que los caballos corrían en las


•+O-f" pistas de Ascot en Brisbane. El terreno es un amasijo color ca-
T qui. La hierba se ha muerto por falta de sol y por los pisotones
de los soldados. El campo ha sido punteado por letrinas y se han mon-
tado tiendas comunes. En tres turnos diarios, los residentes caminan
por la pista, alrededor de los establos silenciosos y vacíos. En la zona
donde los caballos solían estirar las patas, han crecido dos docenas de
cobertizos, como champiñones. Los hombres trabajan en esos barra-
cones, sentados durante todo el día frente a radios, máquinas de escri-
bir y archivadores, sin camisa bajo el calor de enero.
Hace mucho que las putas no toman el sol sobre el gran porche de
la casa de la calle Henry, y los caballeros de paso, en su camino de ida
o vuelta al hipódromo, observaban sus encantos entre las verjas blan-
cas, se quedaban sin aliento, miraban la cartera, olvidaban sus escrú-
pulos, se daban la vuelta y subían la escalinata frontal de la casa. Aho-
ra está llena de oficiales masculinos y monstruos matemáticos: la

— 313 —
mayor parte australianos en la planta baja, la mayor parte americanos
en la planta superior, y algunos británicos afortunados que fueron sa
cados de Singapur antes de que el general Yamashita, el Tigre de Mala
ya y conquistador de la ciudad, pudiese capturarlos y sacarles datos
cruciales. *
Hoy el viejo burdel está patas arriba; todos los que tienen autori-
zación Ultra están en el garaje que se estremece por el sonido de los
ventiladores y virtualmente brilla por el calor contenido. En el garaje
hay un arcón de metal oxidado, todavía con manchas de fango que
ocultan parcialmente los caracteres nipones escritos a un lado. Si un es-
pía nipón hubiese echado un vistazo al baúl durante su recorrido febril
desde el puerto al garaje del burdel, lo hubiese reconocido como per-
teneciente al pelotón de radio de la 20 División, que en estos momen-
tos anda perdido en la selva de Nueva Guinea.
El rumor, gritado por encima del ruido de los ventiladores, es que
un excavador —un soldado australiano— lo encontró. Su unidad pei-
naba el cuartel abandonado de la 20 División en busca de trampas
cuando su detector de metales se volvió loco en la ribera del río.
Los libros de códigos están colocados en su interior como lingotes
de oro. Están mojados y mohosos, y faltan todas las portadas, pero
para los estándares de la guerra, están en perfecto estado. Desnudos
hasta la cintura y sudando a mares, los hombres sacan los libros uno a
uno, como enfermeras alzando a un recién nacido de la mini cuna, y los
llevan hasta grandes mesas donde cortan las encuademaciones po-
dridas y pelan una a una las páginas húmedas, colgándolas de líneas
improvisadas. La fetidez y la humedad de Nueva Guinea saturan la
atmósfera a medida que la brisa va haciendo ascender el agua de río
atrapada en esas páginas; con el tiempo sale fuera y, a media milla de dis-
tancia en la dirección del viento, los peatones arrugan la nariz. Atacan
los armarios del burdel —todavía con aroma a perfume francés, polvos,
laca para el pelo y semen, pero ahora llenos hasta arriba de material de
oficina— en busca de más cuerdas. La red de fibras aumenta, con capas
nuevas cruzándose por encima y por debajo de las antiguas, cada pulga-
da de cuerda reclamada por alguna página húmeda en cuanto se estira.
Cada página es una rejilla, una tabla con hiragana, katakana o kanji en
uno de los recuadros, un grupo de dígitos o romanji en otro recuadro, y
las páginas contienen referencias cruzadas a otras páginas siguiendo un
esquema que sólo un criptógrafo disfrutaría.
Llega el fotógrafo, seguido de asistentes cargando con millas de pe-
lícula. Todo lo que sabe es que hay que fotografiar cada página a la per-

— 314 —
fección. El pestazo a malaria prácticamente lo deja inconsciente en
cuanto atraviesa la puerta, pero al recuperarse examina el garaje con la
mirada. Todo lo que puede ver, hasta el mismo infinito, son páginas
chorreando y rizándose, volviéndose blancas al secarse, destacando
claramente sus rejillas de información, como las retículas de otras tan-
tas miras, las mirillas de otros tantos periscopios, atravesando nubes y
niebla para enfocarse con claridad en el abdomen de un buque nipón
preñado de combustible del norte de Borneo, resoplando de ardiente
vapor.

Cubrir

JL —¡Señor! ¡Le importaría decirme a dónde vamos, señor! •+k-


f" El teniente Monkberg suelta un jadeo profundo y temblo-
T roso, haciendo que su caja torácica se estremezca como un co-
bertizo de hojalata en medio de un ciclón. Se incorpora sin demasiada
elegancia. Tiene las manos plantadas en el borde y, por tanto, la acción
libera su cabeza de la taza del inodoro... o «cabecilla» como se llama en
ese contexto: un carguero que corre a velocidad alarmante. Rompe una
tira de europapel abrasivo y se limpia la cara antes de mirar al sargen-
to Robert Shaftoe, que se agarra a la escotilla.
Y la verdad es que Shaftoe necesita apoyo, porque está cargando
casi con su peso en material. Todo se le entregó cuidadosamente em-
paquetado.
Podía haberlo dejado así. Pero no es así como actúa un explorador.
Bobby Shaftoe se había dedicado a desempaquetarlo todo, esparcirlo
por el suelo, examinarlo y empaquetarlo de nuevo.
Eso le permitió sacar algunas conclusiones. Para ser específicos, ha
llegado a la conclusión de que se espera que los hombres del Destaca-
mento 2702 pasen las próximas tres semanas intentando no morir con-
gelados. Situación que quedará interrumpida por diversos intentos de
matar a un montón de hijos de puta bien armados. Muy probablemente
alemanes.
—N-N-N-Noruega —dice el teniente Monkberg, que tiene un as-
pecto tan patético que Shaftoe considera la posibilidad de ofrecerle al-
go de m-m-m-morfina, que provoca una ligera náusea por sí misma,

— 315 —
pero que refrena la náusea aún mayor del mareo. Luego recupera el
sentido y recuerda que el teniente Monkberg es un oficial cuyo deber
consiste en enviarle a morir, y decide que se vaya a tomar por culo.
—¡Señor! ¿Cuál es la naturaleza de la misión en Noruega, señor?
Monkberg descarga un sonoro eructo.
—Embestir y correr —rdice.
—¡Señor! ¿Embestir qué, señor?
—Noruega.
—¡Señor! ¿Correr a dónde, señor?
—Suecia.
A Shaftoe le gusta como suena. El peligroso viaje por aguas infec-
tadas de submarinos alemanes, la colisión con Noruega, la carrera de-
sesperada por un territorio congelado y ocupado por alemanes... todo
parece trivial en comparación con el reluciente fin de hundirse en la
mayor y más pura reserva mundial de auténtico sexo sueco.
—¡Shaftoe! ¡Despierte!
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Ya ha notado cómo vamos vestidos. —Monkberg se refiere al
hecho de que se han desecho de las chapas de identificación y llevan to-
dos ropas civiles o de la marina mercante.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—No queremos que los hunos, o cualquiera otros, sepan quiénes
somos en realidad.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Ahora bien, podría preguntarse por qué cono, si se supone que
debemos parecer civiles, vamos cargados de subfusiles, granadas, car-
gas de demolición, etcétera.
—¡Señor! ¡Esa iba a ser mi siguiente pregunta, señor!
—Bien, tenemos una historia falsa para explicar ese detalle. Venga
conmigo.
De pronto Monkberg parece entusiasmado. Se pone en pie y lleva
a Shaftoe por entre varios pasillos y escaleras en dirección a la bodega
del carguero.
—¿Sabe lo de los otros barcos?
Shaftoe se mantiene inexpresivo.
—¿Los otros barcos que nos rodean? Ya sabe que estamos en me-
dio de un convoy.
—¡Señor! ¡Sí, señor! —dice Shaftoe, con algo menos de certidum-
bre. Ninguno de los hombres ha subido demasiado a cubierta en las
horas que han pasado desde que les descargaron, por medio de un sub-

— 316 —
marino, en esta chatarra bamboleante. Incluso si hubiesen subido a mi-
rar, no habrían visto más que oscuridad y niebla.
—Un convoy a Murmansk —sigue diciendo Monkberg—. Todos
esos barcos van a entregar armas y suministros a la Unión Soviética.
¿Comprende?
Han llegado a una bodega. Monkberg enciende una lámpara col-
gando, que revela... cajas. Muchas, muchas, muchas cajas.
—Llenas de armas —dice Monkberg—, incluyendo subfusiles,
granadas, cargas de demolición, etcétera. ¿Me sigue?
—¡Señor, no señor! ¡No sigo al teniente!
Monkberg se le acerca más. Hasta estar inquietantemente cerca.
Ahora habla empleando un tono conspiratorio.
—Ahora somos todos la tripulación de este barco mercante, en di-
rección a Murmansk. Hay niebla. Nos separamos de nuestro convoy.
¡Luego, bum! Chocamos con la jodida Noruega. Estamos atrapados
en territorio controlado por los nazis. ¡Debemos llegar a Suecia! Pero
un momento, nos decimos. ¿Qué ocurre con todos esos alemanes que
están entre nuestra posición y la frontera sueca? Bien, mejor será ar-
marse hasta los dientes. ¿Y quién está en mejor posición de armarse que
la tripulación de un barco mercante que está repleto de armamento?
Así que bajamos a la bodega y nos apresuramos a abrir algunas cajas
para armarnos.
Shaftoe mira las cajas. Ninguna está abierta.
—Luego —sigue diciendo Monkberg—, abandonamos la nave y
nos dirigimos a Suecia.
Se produce un largo silencio. Shaftoe se despierta para decir:
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—Así que empiece a abrirlas.
—¡Señor! ¡Sí, señor!
—¡Y que parezca precipitado! ¡Rápido! ¡Vamos! ¡Mueva las
piernas!
—¡Señor! ¡Sí, señor!
Shaftoe intenta meterse en el espíritu de la misión. ¿Qué va a usar
para abrir una caja? No hay palancas a la vista. Sale de la bodega y re-
corre un pasillo. Monkberg lo sigue de cerca, revoloteando, impulsán-
dole a ir más rápido.
—¡Tiene prisa! ¡Los nazis se acercan! ¡Debe armarse! ¡Piense en su
esposa y niños allá en Glasgow, Lubbock o de donde demonios sea!
—¡Oconomowoc, Wisconsin, señor! —dice Shaftoe indignado.
—¡No, no! ¡No en la vida real! ¡Es su papel como este hijo de pu-

— 317 —
ta de la marina mercante que ha quedado varado! ¡Mire, Shaftoe! ¡La
salvación a mano!
Shaftoe se da la vuelta para ver a Monkberg señalando un armario
que dice FUEGO.
Shaftoe abre la puerta y encuentra, entre otros utensilios, una de
esas hachas gigantes que los bomberos siempre llevan cuando entran
en estructuras ardiendo.
Treinta segundos más tarde, vuelve a estar en la bodega, dándole
como si fuese Paul Bunyan a una caja de munición del calibre 45.
—¡Más rápido! ¡Más improvisado! —grita Monkberg—. ¡No se
trata de una operación precisa, Shaftoe! ¡Está aterrorizado! —Luego
dice—: ¡Maldición! —Corre y le quita el hacha de Shaftoe de las manos.
Monkberg la agita con furia, fallando por completo mientras in-
tenta ajustarse al tremendo peso y longitud del instrumento. Shaftoe
se echa a tierra en busca de seguridad. Monkberg al fin consigue coor-
dinar el alcance y el azimut y hace contacto con la caja. Las astillas sal-
tan por todas partes.
—¡Ve! —dice Monkberg, mirando a Shaftoe por encima del hom-
bro—. ¡Quiero astillas! ¡Quiero caos! —Agita el hacha mientras habla
y mira a Shaftoe, y también mueve los pies porque el barco se bambo-
lea, y en consecuencia la hoja falla por completo, se pasa y acaba justo
en el tobillo de Monkberg.
—¡Caramba! —dice el teniente Monkberg, con tono tranquilo de
conversación. Se mira el tobillo fascinado. Shaftoe se acerca a ver qué
es tan interesante.
Un buen trozo de la parte baja de la pierna de Monkberg ha que-
dado bien cortado. Bajo la luz de la linterna es posible ver varios vasos
sanguíneos cortados y ligamentos sobresaliendo en lados opuestos de
la herida, como puentes saboteados y tuberías colgando a ambos lado
de una garganta.
—¡Señor! ¡Está herido, señor! —dice Shaftoe—. ¡Déjeme ir en
busca del teniente Root!
—¡No! ¡Quédese aquí a trabajar! —dice Monkberg—. Yo mismo
puedo buscar a Root —baja ambas manos y aprieta la herida, hacien-
do que caiga sangre a borbotones al suelo—. ¡Es perfecto! —dice me-
ditabundo—. Añade mucho realismo.
Después de repetir varias veces la orden, Shaftoe vuelve renuente a
abrir cajas. Monkberg se pone en pie como puede y recorre la bodega
durante varios minutos, sangrando sobre todo, luego se arrastra en
busca de Enoch Root. Lo último que dice es:

— 318 —
—¡Recuerde! ¡Queremos que parezca un saqueo!
Pero lo de la herida en la pierna hace que Shaftoe comprenda me-
jor la idea que las palabras de Monkberg. La visión de la sangre le trae
recuerdos de Guadalcanal y de aventuras más recientes. Su última do-
sis de morfina está perdiendo efecto, lo que le hace sentirse más aten-
to. Y está empezando a sentirse muy mareado, lo que le hace desear lu-
char contra el mareo haciendo algún trabajo duro.
Así que más o menos se vuelve loco con el hacha. Pierde el sentido
de lo que sucede.
Desea que el Destacamento 2702 se hubiese quedado en tierra se-
ca... preferiblemente una tierra seca y cálida como aquel lugar en el que
permanecieron, durante dos soleadas semanas, en Italia.
La primera parte de la misión había sido dura, con eso de cargar
con barriles de mierda. Pero el resto (excepto las últimas horas) habían
sido igual que un permiso, excepto que no había mujeres. Cada día se
turnaban en el puesto de observación, observando la bahía de Ñapóles
con binoculares y prismáticos. Todas las noches, el cabo Benjamin se
sentaba y enviaba más galimatías en código Morse.
Una noche, Benjamin recibió un mensaje que le llevó un buen ra-
to descifrar. Anunció la noticia a Shaftoe:
—Los alemanes saben que estamos aquí.
—¿Qué quiere decir con que saben que estamos aquí?
—Saben que durante al menos seis meses hemos tenido un puesto
de observación mirando a la bahía de Ñapóles —dice Benjamin.
—Llevamos aquí menos de dos semanas.
—Mañana van a empezar a buscar en esta zona.
—Bien, entonces salgamos de aquí cagando leches —dijo Shaftoe.
—El coronel Chattan le ordena que espere —dijo Benjamin—,
hasta que sepa que los alemanes saben que estamos aquí.
—Pero ya sé que los alemanes saben que estamos aquí—dice Shaf-
toe—, me lo acaba de decir.
—No, no no no —responde Benjamin—, espere hasta el momen-
to en que sabría que los alemanes lo saben incluso aunque el coronel
Chattan no se lo hubiese comunicado por radio.
—¿Te estás quedando conmigo?
—Son órdenes —dijo Benjainin, y le pasa a Shaftoe el mensaje des-
cifrado como prueba.
Tan pronto como salió el sol pudieron oír a los aviones de obser-
vación cruzando el cielo. Shaftoe estaba listo para ejecutar el plan de
huida, y se aseguró de que los hombres también lo estuvieran. Envió a

— 319 —
algunos de los individuos del SAS a reconocer los puntos de obstruc-
ción en la ruta de salida. Shaftoe en persona se limitó a tenderse de es-
paldas y mirar el cielo, observando los aviones.
¿Ya sabía que los alemanes lo sabían?
Desde que se había despertado, tin par de individuos del SAS ha-
bían estado siguiéndole a todas partes, observándole con atención. Por
fin Shaftoe les devolvió la mirada y asintió. Salieron corriendo. Un mo-
mento más tarde oyó las llaves inglesas golpeando el interior de las ca-
jas de herramientas.
Los alemanes tenían aviones de observación por todo el puto cie-
lo. Se trataba de una prueba circunstancial bastante fuerte de que los
alemanes lo sabían. Y Shaftoe veía los aviones con bastante claridad,
por lo que se podía defender que él sabía que lo sabían. Pero el coro-
nel Chattan le había ordenado quedarse «hasta que los alemanes les ob-
servasen con segundad», lo que significase eso.
Uno de los aviones, en particular, se acercaba cada vez más. Busca-
ba muy cerca del suelo, cortando pequeñas franjas en cada ocasión. Es-
perando a que pasase sobre su posición, Shaftoe quería gritar. Era de-
masiado estúpido para ser real. Quería lanzar una bengala y acabar de
una vez.
Finalmente, a media tarde, Shaftoe, tendido de espaldas a la som-
bra de un árbol, miró directamente al aire y contó los remaches en el
vientre de ese avión alemán: un Henschel Hs 126* con una única ala en
forma de flecha montada sobre el fuselaje, para no bloquear la visión
hacia el terreno, y con escalerillas, riostras y el enorme y tosco dispo-
sitivo de aterrizaje desplegado sobresaliendo por todas partes. Un ale-
mán encerrado en la caja de vidrio pilotando el avión, otro en la parte
abierta, mirando a través de las gafas y jugueteando con una ametra-
lladora montada sobre una articulación. Ése vio a Shaftoe, tocó al otro
piloto en el hombro y señaló hacia abajo.
El Henschel alteró la búsqueda, virando para sobrevolar la po-
sición.
—Ya está —se dijo Shaftoe. Se levantó y se puso en marcha en di-
rección al desvencijado granero—. ¡Ya está! —gritó—. ¡Ejecutar!
Los individuos del SAS estaban en la parte de atrás del camión, ba-
jo la lona, trabajando con las llaves. Shaftoe los miró y vio partes relu-

* Durante las últimas dos semanas Shaftoe no había tenido nada mejor que hacer
que jugar a Corazones empleando cartas CONOCE A TU ENEMIGO, por lo que ahora
podía citar los números de modelo de oscuros aviones de observación alemanes.

— 320 —
cientes de la Vickers esparcidas sobre la tela blanca limpia. ¿De dónde
cono habían sacado esos tipos tela blanca y limpia? Probablemente la
habían estado guardando durante días. ¿Por qué no habían podido po-
ner en marcha la Vickers antes? Porque tenían órdenes de montarla con
rapidez, estrictamente en el último minuto.
El cabo Benjamin vaciló, con la mano apoyada sobre el interrup-
tor de la radio.
—Sargento, ¿está completamente seguro de que saben que estamos
aquí?
Todos se volvieron para ver cómo Shaftoe respondería a ese ligero
desafío. Lentamente se había estado ganando la reputación de hombre
al que era preciso vigilar.
Shaftoe se volvió, salió al medio del claro, unas yardas. Tras él po-
día oír como el resto de los hombres del Destacamento 2702 se posi-
cionaban en la entrada, intentado verle con claridad.
El Henschel regresaba para otra pasada, ahora tan cerca del suelo
que bien podría atravesarle el vidrio con una piedra.
Shaftoe sacó el subfusil, le dio al obturador, lo sujetó bien, lo mo-
vió de un lado a otro y abrió fuego.
Bien, algunos podrían quejarse de que el arma ca