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PONGAMOS QUE HABLO

PONGAMOS QUE HABLO

Alejandro Serrano

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PONGAMOS QUE HABLO

Madrid

11 de marzo de 2004

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PONGAMOS QUE HABLO

Primera parte

Mañana

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PONGAMOS QUE HABLO

“Son las ocho de la mañana, las siete en Canarias. Muy buenos días,
señoras y señores. Eh… jueves, 11 de marzo, y mucha agitación en este
momento”.

Iñaki Gabilondo, Hoy por hoy, Cadena Ser, 11-3-2004

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Estación de Atocha, Madrid. 7:43 horas


Raúl recoge un vaso que un cliente había dejado olvidado en la barra y limpia sin prisa
la superficie de mármol artificial. Al fin y al cabo, son poco más de las siete y media de
la mañana. No tiene mucho trabajo. Bosteza, acodándose en la barra. En la televisión,
que permanece encendida aunque nadie la vea, aparecen los políticos que se presentan a
las elecciones. El locutor explica la agenda del día: mítines, reuniones, charlas… sin
duda, un día más interesante que el suyo.
Un cliente entra al bar, y Raúl muestra su mejor sonrisa. Pese a eso, sólo logra
una extraña mueca que no se parece en nada a lo que tenía pensado.
-Buenos días, ¿qué desea?
-Un café solo. Dios, necesito despejarme…
Mientras prepara el encargo, Raúl piensa en el aspecto cansado del hombre.
Lleva un maletín que ha dejado en el suelo.
-¿Ha pasado una mala noche?
Él le mira, alzando una ceja.
Al joven camarero le gusta entablar conversaciones con sus clientes cuando hay
ocasión. Hoy, a las siete y media de la mañana y sin nadie más en el local, es el
momento perfecto. Pero el hombre no parece muy dispuesto a satisfacer la curiosidad de
Raúl: se limita a gruñir algo ininteligible mientras bebe el café que Raúl ya le ha
servido.
Va a ser un día largo.
Entonces, oye la primera explosión.

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Avenida Ciudad de Barcelona, 2, Madrid. 7:45 horas


Las últimas palabras del capítulo final de El ala oeste de la Casa Blanca, que ha estado
viendo toda la noche, aún resuenan en su cabeza. No deja de darle vueltas a qué ocurrirá
el siguiente capítulo, que verá al día siguiente, pero ahora está demasiado cansado como
para seguir despierto.
Está de vacaciones, por lo que puede pasar el tiempo que quiera viendo series de
televisión o películas parapetado en su habitación, bajo las mantas y las almohadas. Sin
embargo, aún así tiene que descansar de vez en cuando, pero ya lleva veinte minutos
acostado sin poder pegar ojo. Está nervioso y no sabe por qué.
En un primer momento lo achaca todo a la serie. El capítulo le ha dejado lleno
de incertidumbre, imbuido por ese sentimiento descorazonador de no saber qué pasará
en la trama de la serie que ya ha hecho suya. Tanto es así, que lo que pase en la ficción
le interesa más que su vida real.
Y su vida real no es que vaya muy bien. Trabaja como cartero, pero no consigue
ganar lo suficiente como para independizarse y salir de casa de sus padres. Apenas tiene
20 años, pero no está estudiando. No ha querido hacer una carrera, y su padre, un
abogado experto y socio de un gran bufet, se lo echa en cara siempre que puede.
Sin embargo, todo eso ha perdido importancia a favor del día a día en el ala
oeste de la Casa Blanca. La administración Bartlet se ha convertido en el centro de su
vida. Eso no puede ser bueno, y él lo sabe. Probablemente, si fuera a un psicólogo,
como insiste su madre, éste le diría que se esconde en la ficción de las series de
televisión para no vivir su propia y disfuncional vida. Pero eso a él le da igual.
Ya ha cerrado los ojos. Parece que va a dormirse… hasta que los cimientos de la
casa tiemblan. Los cristales de las ventanas se comban ligeramente hacia dentro, y un
par de libros caen de la estantería. Pronto, el aire se llena de un penetrante olor a humo
que llega incluso a su habitación.
Se levanta de un salto y sube la persiana con dificultad, que se ha resquebrajado.
Lo que ve le deja sin palabras. Siente cómo lentamente los pilares sobre los que
su vida se había basado hasta ese momento se desmoronan irremediablemente.
No siente miedo, ni siquiera eso. El humo, el silencio repentino tras la
explosión… todo le parece ajeno a él mismo y al mundo en que vive. De repente, se
comienzan a escuchar alaridos de dolor yalarmas de los coches cercanos, y distingue
sombras moviéndose como fantasmas a través de la densa humareda.
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Su padre está en el pasillo, la oronda barriga surgiendo indolente por debajo de


la camiseta interior.
-¿Qué ha sido eso?
-No lo sé, voy a bajar a ver.
-Estate quieto, no vayas a ningún lado. A ver si va a ser peligroso.
Miguel se viste con lo primero que encuentra, unos vaqueros y una camiseta de
manga larga, recoge unas cuantas toallas y una botella de agua y sale de la casa.
Mientras espera al ascensor, entiende la última frase de su madre.
Probablemente, ella no haya abierto la ventana.

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Calle de Rafael de Riego, 12, Madrid. 7:48 horas


El móvil tiene que sonar dos veces antes de que la mano de Rebeca, perezosa, aparezca
entre las sábanas para palpar la mesilla de noche. El vaso de agua que siempre se
prepara antes de acostarse y que casi nunca se bebe cae al suelo de un manotazo, y el
sonido del cristal contra el suelo le despierta totalmente. El móvil sigue sonando y
vibrando, justo al lado de un reloj digital que marca las insultantes ocho y cuarenta y
ocho minutos de la mañana.
-¿Diga?
-Rebeca, tenemos trabajo.
Es su jefe. Su jefe. ¿Qué hace llamándola a las ocho de la mañana?
-Son las oc…
-Lo sé, lo sé. Mira, eres la única que tengo en Madrid. Tienes que levantarte
ahora mismo.
Rebeca se incorpora, frotándose los ojos. En la oscuridad de la habitación sólo
acierta a distinguir las formas difusas de los muebles de Ikea con que decoró su
dormitorio.
-Vale, ya estoy despierta –dice, y es casi verdad-. ¿Qué pasa?
-Tienes que ir a Atocha. Ha pasado algo.
-¿Algo?
-Un atentado.
Sólo entonces Rebeca se da cuenta de las sirenas que vuelan bajo ella, en la calle
de Rafael de Riego.

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Dos calles cualesquiera, Madrid. 7:52 y 7:55 horas


El reproductor de música suelta un chasquido y la oscuridad de la habitación se ilumina
cuando se enciende. De inmediato, el silencio del sueño se ve interrumpido por las
primeras notas de una de sus canciones favoritas. Le encanta despertarse así, tarareando,
incluso en sueños, esa melodía.
Marcos se gira en la cama, consciente de que tiene que levantarse, pero
consciente también de que no quiere hacerlo. Le apetece ir a clase, claro, sobre todo por
Bea, pero no quiere volver a pasar por el mal trago de ser visto como un “bicho raro”
por sus compañeros, a los que no le cae bien.
Teclea rápidamente en su teléfono móvil para que se encienda la luz de la
pantalla y así pueda ver si alguien ha intentado hablar con él por la noche.
La pantalla sólo muestra el fondo que él eligió, un cuadro de Rembrandt, y la
hora. Las siete y cincuenta y dos minutos.
Nadie le ha llamado.
Algún día tendrá que acostumbrarse, se dice a sí mismo mientras se levanta.

No muy lejos de allí, Bea se despierta cuando su tía entra a la habitación.


-Vamos, Bea, es hora de levantarse.
Pero ese día, algo es diferente. Ese día, no se queda a intentar recoger la mesa de
estudio de su sobrina, que suele estar perfectamente ordenada. Ni siquiera descorre las
cortinas para que le dé la luz el sol en la cara. Ese día, sale rápidamente de la habitación,
hacia el salón.
Es eso lo que hace que Bea se levante definitivamente. Arrastrando los pies, va
hasta el comedor, donde su tía se toma el café de todas las mañanas. Pero hoy está
mirando fijamente la televisión.
“Atentado en Madrid”.
-¿Qué ha pasado?
-Aún no se sabe –responde la mujer, que apenas presta atención a Bea.
-¿Habrá colegio hoy?
-No han dicho lo contrario. Corre, ve a vestirte. Tienes que ir a clase.
Pero mientras se viste, Bea sabe que hoy prestará menos atención a las
explicaciones que nunca.

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Edificio en construcción, calle Téllez, Madrid. 7:57 horas.


No ha llegado ni a entrar a la obra. Ni siquiera son las ocho, por lo que sólo Jermaine
espera, como cada mañana, a que el capataz le permita entrar a trabajar. No duerme
bien, aunque no sabe por qué, por lo que no le cuesta nada salir muy temprano de casa
para llegar al edificio en construcción antes que nadie.
Pero acaba de llegar a España. Apenas se aclara con el idioma, y ahora no tiene a
nadie que le explique de dónde viene la humareda que se levanta a unos metros de él,
tras la tapia que separa las vías sobre la que corre el tren en que él llega a la calle Téllez
todas las mañanas. Mira a su alrededor, esperando encontrar a algún vecino del barrio
que pueda contarle qué está pasando.
Pero no hay nadie. Las calles están vacías, y al inmenso estruendo que ha
precedido a la columna de humo que ahora se eleva lentamente hacia el cielo de Madrid,
depredando el gris plomizo de un amanecer oscuro, le ha seguido un silencio pesado y
opresivo.
De repente, a Jermaine le asalta una idea, que se adentra en su cabeza sin darle
tiempo a desterrarla. Y es algo que le aterra, porque lo conoce de experiencias
anteriores. Ese silencio… es sólo la calma que precede a la tempestad.
Y así es. De súbito, comienza a escuchar, poco a poco, gritos y lamentos que
provienen de más allá de la tapia, de las vías, de sus vías. El olor a fuego y metal y
plástico quemado le llega sin dificultades, sobre la sinfonía de ruido que han creado las
alarmas de los coches de alrededor, que se dispararon con la primera explosión. Es
curioso. Él sólo las escucha ahora.
De pie junto al bordillo de la acera, Jermaine no sabe qué hacer.

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Parada de taxis, estación de Atocha, Madrid. 7:58 horas.


Eduardo cambia de marcha y entra en la rampa que baja hacia la parada de taxis. Tiene
que esperar unos instantes antes de estacionar al final de la cola, y baja del coche con el
ceño fruncido.
Está pasando algo raro.
Sus compañeros se agrupan cerca de la entrada de la estación. Allí, algunas
personas salen tambaleándose, con el semblante desencajado. Ve, incluso, a una mujer
con una herida sangrante en la cabeza.
-¿Qué sucede?
Ese día, por extraño que parezca, los otros taxistas no le miran con desconfianza.
De hecho, sólo le dirigen una ojeada, mientras siguen ayudando a los que salen de la
estación.
-Ha pasado algo –le dice uno de ellos, un hombre mayor que le suele tratar como
si tuviera algún problema cerebral.
-Eso ya lo sé –contesta Eduardo, dispuesto a discutir con él. Se está poniendo
nervioso y no sabe por qué.
En ese momento, un chico joven se acerca. Se sujeta el brazo derecho contra el
cuerpo y parece desorientado. Eduardo le mira sin entender nada.
-Médico… necesito un médico…
-Sí, vamos, yo le llevo…
-No tengo din…
-No, por favor, no diga eso. No le costará nada la carrera.
En ese momento, Eduardo no sabe el número de veces que repetirá esa frase a lo
largo del día.

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Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 8:00 horas.


Irene vuelve a toser. Se tiene que incorporar, tan violento es el acceso. Las sábanas
están a los pies del colchón: ha pasado tan mala noche que no ha dejado de dar vueltas
en la cama, y de hecho se siente tan cansada que es probable que no haya dormido más
que media hora.
Alarga la mano hacia la mesita de noche, donde reposa un vaso con agua. A su
lado, en un plato pequeño de loza, hay una pastilla. Su madre se la ha debido de
preparar a las cuatro de la mañana, que es la hora en que se suele despertar todas las
noches, puntual como un reloj. Cuando tiene que ir a la universidad, a Irene le molesta
oír a su madre en la cocina o en el pasillo, porque la mujer no es nada cuidadosa y
siempre enciende todas las luces. Pero ahora está en casa con gripe desde hace casi una
semana y apenas ha dormido.
Suda profusamente. Probablemente vuelva a tener fiebre. Con manos
temblorosas, se lleva el vaso a la boca y bebe un corto trago antes de tomarse la pastilla
que, en teoría, le quitará la calentura.
Mira la hora en el reloj que tiene en la mesilla de noche. Son las ocho de la
mañana. Se da la vuelta de nuevo. Intentará dormir algo antes de levantarse.

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Facultad de Psicología, Madrid. 8:03 horas.


María recorre los pasillos de la facultad. Casi vuela. De su oreja lleva colgado un
auricular que, conectado al móvil, sintoniza la radio. Para ella es una costumbre, y nadie
se habría sorprendido de verla así. Pero lo extraño de esa mañana es que no es la única
que está pendiente de las últimas noticias.
Recuerda que, al entrar en la facultad, ha visto a varios de sus compañeros de
clase o de cursos inferiores agolpándose en torno a los periódicos gratuitos que algunos
han rescatado de los viajes en metro hasta la facultad. Normalmente, ese tipo de diarios
se quedan en el tren, y otro viajero lo ojea en el camino al trabajo. Ese pequeño acto de
generosidad forma parte del complejo entramado de relaciones interpersonales que se
establece en el subterráneo de cualquier gran ciudad.
Obviamente, y eso María lo sabe (y está convencida que el resto de sus
compañeros también), ninguno de los periódicos gratuitos da ninguna noticia sobre lo
que ha despertado Madrid, pero en esos momentos, piensa María, cualquier información
es poca, y quizá el hecho de releer una y otra vez las páginas llenas de fotografías de los
diarios pueda ser reconfortante de alguna manera.
Ella, lo tiene claro, prefiere la radio.
Alguien le toca en el hombro y María se gira, sobresaltada.
-Dios, Sara, qué susto.
-¿Lo sabes?
María le enseña el auricular.
-Claro. ¿Cómo te has enterado?
-Venía escuchándolo en la radio. Corre, déjame un auricular.
Las dos amigas se sientan en un banco, fuera del aula donde en media hora
comenzarán las clases, y escuchan en silencio la radio, sus cabezas muy juntas y las
miradas bajas.
María y Sara forman, como siempre han dicho sus amigos, un tándem.
Probablemente, ellas dos sean una de las parejas más extrañas de la facultad, y quizá de
toda la universidad. Su inverosímil amistad es de esas que sólo nacen en una gran
ciudad, y sólo en el ambiente universitario, que es, a todos los efectos, un microcosmos
dentro del que pueden nacer las más extrañas relaciones.
Y la de ellas es, sin duda alguna, de las más extrañas.

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María viene de un pequeño pueblo de Extremadura. Sus padres regentan un


horno, y ella siempre se ha sentido encerrada en ese ambiente. En cuanto aprobó la
selectividad, empezó a estudiar Psicología en Madrid, y una vez allí descubrió todo lo
que había más allá de las vías del tren que comunicaba el pueblo con el resto del mundo.
Nada más llegar a la ciudad y a su anhelada Facultad de Psicología, María
conoció a Sara, y desde entonces no se han separado. Aunque Sara viene de una familia
pudiente de Toledo, ambas encontraron en la otra el apoyo que necesitaban para pasar el
día a día en una ciudad que desconocían.
Ahora, mientras escuchan las noticias en la radio, se cogen de la mano.

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Vías del tren a su paso por la calle Téllez. Madrid. 8:04 horas.
Jermaine camina por las vías del tren, acercándose a trompicones hacia el humo y la
algarabía de sonidos que inundan la calle. Al final ha conseguido vencer el miedo y ha
dejado la obra donde se supone que iba a trabajar para correr hacia lo que ahora sabe
que fue una explosión.
Tropieza con un pedazo de metal ennegrecido y recupera el equilibrio justo a
tiempo para alcanzar a ver, entre el humo, los primeros restos de lo que parece un vagón
de tren, de esos que él mismo toma para llegar a trabajar a Madrid todas las mañanas.
La imagen le trae recuerdos.
Él mismo, caminando por una calle en que el asfalto no es más que un sueño. La
arena que trae el viento metiéndosele en los ojos y haciéndole llorar. Ni siquiera las
manos le duelen, ya se han insensibilizado. El sol arde sobre él, pero no suda. Claro
está, no ha bebido suficiente agua a lo largo del día como para sudar ahora, al atardecer,
pero eso él no lo sabe.
Abre la portezuela de la casucha donde vive él, sus padres y sus cinco hermanas.
Lo primero que hace es ir a ver su madre. Ya está mayor, no puede levantarse de la
cama, así que él se ocupa de ver si necesita algo. Sus hermanas, todas, están fuera.
Prefiere no imaginarse qué estarán haciendo, aunque lo sabe perfectamente. Su padre
tampoco está, y en su caso, Jermaine no puede siquiera suponer en qué estará metido el
hombre. Cada día, desde hace varios años, trabaja en muchos sitios a lo largo del día.
Con un poco de suerte, piensa esperanzado, ese día está en la playa, trabajando con los
pescadores, y traiga un pescado o dos para cenar. Sin embargo, prefiere no hacerse
ilusiones. Hace mucho que no come pescado.
Su madre está bien, sólo tiene calor. Jermaine le abanica con un cartón viejo
pero limpio que reservan para tal uso, y piensa. La oferta que le hicieron en la plaza…
es arriesgada, pero también es la única oportunidad de salir de allí. Odia la simple idea
de dejar a toda su familia, sobre todo cuando los ingresos que dependen de su padre son
tan variables. Pero tampoco puede quedarse ahí. Tiene que ser egoísta. Además, si todo
va bien podrá enviarles dinero.
Dos semanas más tarde, llegaba a las costas españolas.
Y ahora, cuando comienza a distinguir de dónde provienen los gritos, piensa que
no todo es tan diferente a Dakar.

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Facultad de Psicología, Madrid. 8:10 horas.


-Eh, chicas. Chicas.
María levanta la cabeza y golpea a Sara en el codo. Ella chasca la lengua y mira
a su amiga. Luego, sonríe y se quita el auricular.
-¿Qué pasa, Pepe?
Pepe es un compañero de su clase. Sara sabe que bebe los vientos por ella, y
aunque le cae bien, no se plantea nada más serio con él. Ni siquiera en las fiestas de los
jueves universitarios le ha dado un beso, y sabe que él lo desea más que nada en el
mundo.
-Han suspendido las clases.
-¿No tenemos clase?
Pepe niega.
-Lo han dicho por megafonía. Yo ya me iba.
Señala tras él, y las dos amigas descubren sorprendidas que no queda nadie por
los pasillos. Es increíble lo rápido que se ha vaciado la facultad.
-Vale, bien. Gracias, Pepe.
-Ah, por cierto –su amigo tiene la cara desencajada por la preocupación-, nos
han pedido un favor a los de quinto. El de Clínica ha venido a la cafetería y nos ha
preguntado si nos importaría ir con él a Atocha… ya sabéis, a echar una mano.
En ese momento, Sara y María se dan cuenta de que Pepe lleva en la mano un
montón de chalecos amarillos. Se ponen de pie.
-Sí, claro. Claro que sí.
-Perfecto. Sabía que vosotras vendríais. Nos veremos allí, entonces.
Sara asiente. Pepe se despide con un gesto de la mano y corre hacia la salida.
-¿Vamos? –pregunta María.
-Enciende el móvil. Tu madre querrá saber qué ha pasado –indica Sara, mientras
echa a andar hacia la puerta para ir a coger el autobús.

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Disney’s Newport Bay Club, París. 8:15


Suena la alarma del móvil y Toni lo apaga, alargando la mano hacia él. En la habitación
reina el silencio, y la luz del sol entra a través de las cortinas corridas. Se da la vuelta en
la cama y se queda mirando hacia arriba, hacia lo que es la parte inferior del somier de
la litera superior. Respira hondo y se arrebuja más en las mantas. Entonces, se da cuenta
de que la ropa de cama está llena de pequeñas partículas de lo que recuerda que es
azúcar y sal. Chasca la lengua y estira las sábanas de golpe para intentar limpiarlas más
aún.
La noche anterior, sus dos compañeros habían estado peleándose antes de
dormir. No recuerda por qué empezó la discusión, pero sí cómo había acabado. Aunque
todo fue, o al menos así lo cree él, más una manera de divertirse que una bronca seria,
acabaron lanzándose todo lo que encontraron por la habitación. Ello incluía,
obviamente, todo lo que había en la mesita de la habitación, incluidos sobres de azúcar
y sal, que habían caído sobre la cama de Antonio.
Ahora, él tiene que despertarlos. Comprueba el reloj del teléfono móvil y se
destapa de golpe.
-Anda, va. Levantaos que tenemos que estar abajo listos para salir en… cuarenta
minutos.
Silencio en la habitación.
-Bueno, como queráis. Yo me voy al parque.
Para despertar a sus amigos, enciende la tele y sintoniza rápidamente Televisión
Española, en su canal internacional.
De repente, ya no le importa pasar el día en Disneyland.

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Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 8:22 horas.


Arrastrando los pies, metidos en unas cómodas y cálidas zapatillas de felpa, Irene sale
de su habitación y se abrocha la bata en torno a la cintura. Aunque no hace mucho frío,
ella debe de volver a tener fiebre, porque está helada. Tirita y va al baño. No tiene ni
ganas de orinar. Se encuentra muy débil, y la perspectiva de un día aburrido en casa
tampoco mejor su ánimo.
Por eso, cuando sale del baño y se dirige a la cocina, sin saber muy bien por qué
ha entrado en el aseo, está a punto de volver a meterse en la cama para no salir hasta la
mañana siguiente, a ver si por entonces ha mejorado su estado de salud y de ánimo. Pero
en la cocina le espera su madre, y ella no le va a dejar irse a dormir. Irene sabe que su
madre odia verla vagueando por casa.
Hace varios días que no va a clase. La gripe le está atacando con fuerza desde
principios de marzo, y casi cada día recae, por lo que no puede siquiera salir de casa. Y
ahora mismo sabe que la fiebre le está asediando de nuevo, así que el plan que tiene
para el resto de la mañana es el mismo que desde hace un par de semanas: quedarse en
casa viendo la televisión o leyendo.
-¿Cómo estás, Ire?
-Bien, mejor –intenta sonreír ella. Sin embargo, su madre capta perfectamente lo
que esconde esa mueca extraña, y le pone la mano en la frente con gesto clínico.
-Tienes fiebre. Otra vez. Tómate los antibióticos y come algo.
-No tengo hambre, mamá. Y menos de leche.
-Es desnatada, me la pediste así especialmente –responde su madre frunciendo el
ceño.
Claro que la había pedido desnatada. No engordaba, o eso le habían dicho. Pero
a ella le da igual, porque comiera lo que comiera tiene que cambiar de talla de
pantalones por otra superior cada poco tiempo. No está a gusto con su cuerpo, aunque
no llega al extremo de algunas compañeras suyas de la universidad que hacen de cada
aumento de talla una tragedia nacional.
-No quiero. Me voy a ver la tele.
-¿Para qué? Si a estas horas sólo hacen el telediario…

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Afueras de la estación de Atocha, Madrid. 8:24 horas.


Rebeca abre la libreta y presiona varias veces el bolígrafo para que la punta del mismo
salga y entre varias veces en la cápsula de plástico, asegurándose de que funciona. Lo
primero que apunta en la página impoluta del cuaderno es una sola palabra: “caos”. Sin
duda, es la palabra que mejor resume lo que ve ahora mismo.
La policía y los servicios sanitarios se están haciendo con el exterior de la
estación. Los bomberos entran y salen a toda velocidad del edificio, y ella se camufla
entre el resto de periodistas que también lucha por acercarse a la estación. Mira un
segundo entre sus compañeros que, cámara o grabadora en mano, relatan rápidamente lo
que ven para las televisiones o radios. En otro rincón, hablando entre ellos y pendiente
de lo que dicen en voz alta los otros periodistas, los reporteros de los periódicos de todo
el país estiran las cabezas para intentar ver por encima del cordón de seguridad que han
trazado los servicios de emergencia.
Rebeca se acerca a ellos. Distingue a un compañero que conoce de la
información del Congreso de los Diputados y le sonríe como puede.
-Ey, hola.
-Buenas, Rebeca. Menuda mañana, ¿eh?
Ella asiente y mira hacia la entrada de la estación.
-¿Qué se sabe?
-Por ahora poco. Ellos –el joven señala a las cámaras de televisión- tienen toda
la información, o eso hacen saber a sus jefes. Pero la verdad es que aquí no sabe nada
nadie.
-¿ETA?
El otro se encoge de hombros.
-Puede ser. Pero no casa con lo que ellos suelen hacer. No sé, no tengo ni idea.
En ese momento, escuchan unos gritos que piden paso y Rebeca estira del brazo
a su amigo para apartarle del camino de dos médicos del SAMUR que corren hacia la
estación. Las sirenas y los gritos inundan el ambiente.
-¿No se puede entrar a la estación?
-Qué va, han cerrado todas las entradas. Aunque antes he enviado a un par de
becarios a buscar una forma de hacerlo por las puertas laterales y aún no han aparecido.
-¿Y si han entrado?
-¿Sin mí? Saben que se irían a la calle y nadie más les contrataría en Madrid.
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PONGAMOS QUE HABLO

“O tendrían el único reportaje desde dentro y no te necesitarían para publicar en


las portadas de toda España”, piensa Rebeca. Obviamente, no se lo dice.
-Voy a echar yo también un vistazo. Si los veo, ¿les digo algo?
El hombre ni siquiera la mira, interesado como está en los voluntarios psicólogos
que sí tienen acceso a la estación.
-Haz lo que quieras, pero seguro que se han escapado. Esto es demasiado para
ellos. Te lo digo yo que los conozco perfectamente.
Rebeca le pone una mano en el hombro y se separa de sus compañeros. Guarda
la libreta en el bolsillo, así como el bolígrafo, y echa a correr hacia una de las entradas
de taxis.
Allí, el cordón policial es ligeramente menos férreo porque es una de las zonas
donde las ambulancias pueden tener acceso fácil al interior de la estación. Varios
policías, sin embargo, se ocupan de volver a juntarse cada vez que un vehículo entra o
sale a esa parada de taxis, reconvertida en entrada de urgencias.
Rebeca se acerca a ellos y observa detenidamente a los agentes. Son jóvenes y
están asustados. Llegado el momento, puede incluso intentar utilizar su belleza
“exótica”, como siempre la han calificado, para que le permitan entrar, aunque no es la
mejor opción, y ella lo sabe.
Mientras está pensando en cómo entrar en la estación, escucha de nuevo las
sirenas. Otra ambulancia se dirige hacia donde está ella. Se aparta para dejarla pasar,
desoyendo los gritos de los policías para alejar a los curiosos de la zona, y aprovecha el
lío que se forma en un momento para agacharse y colarse en la parada de taxis gracias a
dos contenedores que crean un pasadizo oculto entre ellos.
Sonríe.
Está dentro.

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Estación de Atocha, Madrid. 8:32 horas.


Está cansado. Por primera vez en su vida, Raúl experimenta un agotamiento que va más
allá del físico que siente todas las noches al salir del trabajo. Su mente está colapsada, se
diría que cubierta de corcho, que le permite flotar sobre lo que está viendo al bajar las
escaleras. Lo agradece, porque si no fuera así, si su conciencia no hubiera trazado esa
extraña pero efectiva barrera entre él y el horror de las vías, probablemente también
habría necesitado ayuda de los médicos.
Pero por suerte aún conserva la calma y está ayudando. De ello se están dando
cuenta los servicios de emergencia, que desde que accedieron a la estación le
permitieron que se quedara a ayudar. Un hombre mayor, con una perilla encanecida por
el paso del tiempo, parece ser el que manda, y él le ha dicho que continúe bajando agua
y toallas mientras pueda.
Afortunadamente, piensa mientras efectúa el enésimo viaje al bar, su labor se
limita a esa pequeña tarea. Antes de que comenzaran a llegar los policías, médicos,
psicólogos o bomberos, él se había visto sobrepasado por el olor a metal quemado,
sangre y sudor, por los gritos que pedían ayuda y por las imágenes que los trenes habían
grabado en su mente.
Intenta olvidar todo eso, aunque sabe que no podrá, mientras cruza a la carrera la
puerta del bar.
-¿Dónde vas?
Raúl ni siquiera contesta a su jefe. No le cae bien, pero le paga, lo cual es más
que suficiente. No quiere decirle que está ayudando, porque sabe que el hombre es
cobarde y egoísta, y que si se enzarza, como pasará, en una discusión estéril, perderá un
tiempo que, allá abajo, es valiosísimo.
-Te estoy hablando.
-Abajo –responde Raúl, mientras es perseguido por la cocina por su jefe.
-Son mis toallas. Deja de gastarlas. ¿Qué haces con ellas? No te sirven de nada.
Vamos, no creo que tú puedas hacer nada, sobre todo ahora que han venido los médicos.
¿Me estás escuchando? ¿Me oyes?
No sabe cómo lo ha hecho, porque hasta ese momento no ha pegado nunca a
nadie, pero ahora se ha dado la vuelta y ha agarrado con fuerza un par de manteles que
ha cogido del aparador del salón restaurante para crear con ellos una especie de guante
de boxeo.
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Mientras corre de nuevo hacia las escaleras, piensa que, por desgracia, un poco
de sangre en los manteles blancos no se notará en apenas unos minutos.

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I.E.S. Miguel Hernández, Madrid. 8:38 horas.


El profesor entra al aula casi diez minutos tarde. Gonzalo, que enseña matemáticas, es
muy puntual, y se jacta de serlo. Por las mismas, siempre pide a sus alumnos que estén
en clase a la hora en punto, porque sino no entrarían. Precisamente por eso, les extraña
tanto verlo llegar agitado y sudoroso a clase. No lleva el maletín donde guarda el
cuadernillo de notas, ni el libro de texto, ni la corbata de siempre. Tiene un aire ausente
y asustado que, por la misma ley que provoca en los alumnos un sentimiento de
admiración por él, se traslada a los jóvenes.
Deposita sobre la mesa un radiocasete que todos reconocen como el que usa la
profesora de inglés.
-¿Va a ponernos cintas sobre las ecuaciones, profe?
Nadie ríe la broma de uno de los alumnos que se sientan en las filas de detrás, y
ésta se diluye rápidamente en la atmósfera de tensión que se ha adueñado del aula. El
mismo chico que la ha gritado se hunde en la silla, consciente de que ése no era el
momento.
Gonzalo lleva con manos temblorosas el cable hacia el enchufe que hay detrás
de la mesa, y al instante el aula se llena con el sonido de una voz, aterrada, que intenta
explicar algo por medio de un teléfono móvil.
-“… vivo en la calle Téllez, a apenas 100 metros de donde se han producido las
explosiones. Me pilla en la parte de atrás de la vivienda… ahora mismo, el panorama es
desolador: están bajando continuamente heridos del tren todavía, con camillas, los
vecinos aportando mantas de continuo… Nos confirman, eso sí, que hay varios muertos,
y ahora mismo están desalojando todo el edificio porque dicen que hay más avisos de
bomba…”
Rápidamente, cuando el periodista calla un segundo, los alumnos irrumpen en
gritos asustados.
-¿Qué ha pasado? ¿Qué es eso?
-¿En la calle Téllez? ¡Mis tíos viven ahí!
-¿Qué ha pasado, profe?
Gonzalo levanta las manos y baja el sonido de la radio para que se le escuche
bien.

23
PONGAMOS QUE HABLO

-Ha habido un atentado en los trenes de cercanías hace cosa de una hora. No se
sabe nada, aunque ya habéis oído que esto parece serio. Limitémonos a escuchar la
radio.
Se sienta en su silla y vuelve a subir el volumen de la radio. Bea se acerca a su
compañera, y Marcos, sentado a apenas un par de mesas de distancia, escucha con
claridad cómo le cuenta a su amiga que tiene unos familiares viviendo en la calle Téllez.
El rostro de la chica rezuma miedo y preocupación. En medio del silencio, Marcos
escucha claramente el sonido de varias manos adolescentes que vuelan rápidas sobre los
teclados de los teléfonos móviles, pidiendo información a sus padres. Bea aprovecha su
espeso cabello rizado para taparse el rostro y poder bajar la mirada hacia el teléfono que
tiene escondido debajo de la mesa.
Marcos se revuelve incómodo en su silla. Escucha la radio, pero no le presta
atención. En lugar de eso, aparta la mirada de Bea, aunque es lo único que quiere mirar
en ese momento, y observa la ciudad que se extiende más allá de la ventana. Apenas hay
nadie por las aceras, y los pocos que caminan por ellas lo hacen apresuradamente,
arrebujados en los abrigos y las gabardinas, pero el joven cree que el frío que sienten
tiene poco que ver con la temperatura.
Una ambulancia recorre, veloz, la calle.

24
PONGAMOS QUE HABLO

Disney’s Newport Bay Club, París. 8:42


Toni está sentado en la cama, con las piernas abrazadas. Mira fijamente la televisión, en
la que aparece una columna de espeso humo negro que sube hacia el cielo de Madrid.
En el cuarto de baño escucha la ducha.
Todo ha pasado muy rápido. Tras los primeros insultos por parte de sus
compañeros de habitación, los tres acabaron sentados en las camas, mirando el
telediario. Aunque la información aún era confusa, algo habían conseguido adivinar: ha
habido un atentado en Madrid. Gabriel, uno de los dos chicos que compartía habitación
con Toni, se apresuró en ducharse y vestirse, y había salido de la habitación a toda
velocidad para preguntar a los profesores qué iban a hacer ese día.
Toni, mientras tanto, se ha quedado solo con Íker.
No es mala persona. Los padres de Íker eran vascos, y habían tenido que huir de
Bilbao por las amenazas terroristas. Quizá por eso, Íker se pone muy nervioso con los
temas que tienen que ver con el terrorismo, y lo que sale en pantalla tiene todos los
visos de serlo. De hecho, hasta la televisión lo dice: “Atentado de ETA”, aparece en la
parte inferior de la imagen.
Íker llevaba diez minutos insultando a los terroristas cuando recibió la llamada
de su madre. Habían hablado rápidamente en euskera, sin que Toni entendiera nada, y
había colgado con gesto sombrío. Se ha metido en la ducha y ya lleva en ella casi un
cuarto de hora.
Toni, mientras tanto, se hunde en sus propios pensamientos. Aunque no le
interesa mucho la política, sabe que hay elecciones en apenas unos días, y le preocupa
mucho cómo pueda afectar ese atentado, que parece de los más graves. Sin embargo, y
sin saber por qué, en su corazón sólo hay un sentimiento: incomprensión. Quizá, piensa,
no es tan inteligente como se cree, porque no entiende absolutamente nada.
La puerta de la habitación se abre con un chasquido.
-Aún hay salida hoy, pero Ángel se quedará con los que prefieran quedarse en el
hotel. Parece ser que hay un par de personas que tienen familia en Madrid y aún no
saben nada. Nosotros vamos, ¿no?
Toni no sabe qué responder. Cree que lo mejor será irse al parque y olvidarse un
poco de todo, pero antes tiene que llamar a sus padres. Marca el número sin quitar el ojo
de pantalla.
-¿Sí?
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PONGAMOS QUE HABLO

-Mamá, soy yo.


-Toni, hijo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Bien, bien. Estoy viendo la tele. ¿Qué ha pasado?
Su madre resopla al otro lado del teléfono.
-No lo sé. Parece ser que es ETA. Ya sabes cómo son. ¿Cómo está Íker?
-Bien, parece que bien. Oye, no tengas miedo, ¿eh? Que te conozco.
-No, no, no tengo miedo. ¿Dónde vais hoy?
-Creo que volvemos al parque, pero no sabemos si quedarnos en el hotel…
-¿Por qué? Ni se te ocurra. Vete al parque y pásatelo bien. Y no te preocupes por
nada, disfruta de tu viaje.
-¿Vais a ir hoy a la mascletà?
-Pues no, pero creo que tu hermano…
Se hace el silencio en la línea. Ambos saben que ir a un acto masivo como una
mascletà puede ser potencialmente peligroso, al menos hoy.
-Bueno, tened cuidado hoy, ¿eh? Llamadme en cuanto sepáis algo. Un beso.
-Adiós, Toni. Cuídate. Te quiero.
-Adiós, mamá.
Cuelga y se queda mirando el teléfono por unos segundos, perdido en sus
propios pensamientos otra vez. Gabriel chasquea los dedos delante de su cara.
-¡Eh! ¿Vamos o no?
-Sí, sí, claro. Vamos a Disney.
-Pues más vale que te vistas o llegaremos tarde. ¿Y el pesado de Íker? ¡Vamos,
sal ya, que vas a gastar toda el agua de Francia!
Desde el baño llega, únicamente, el sonido de la ducha.

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PONGAMOS QUE HABLO

Afueras de la estación de Atocha, Madrid. 8:47 horas.


-Chaval, no puedes estar aquí. Sal ahora mismo.
-Pero…
-No discutas. Vete, no puedes estar aquí.
Miguel es arrastrado por unas escaleras, alejándose de las vías. Quiere quedarse,
pero su cuerpo tampoco hace ningún esfuerzo por librarse de las manos fuertes que le
llevan fuera de la estación.
Da tumbos por la calle, con las manos llenas de sangre. Un par de periodistas se
le acercan y le ponen grabadoras en la boca, pero él las aparta de un manotazo y se aleja
de la zona ocupada por los medios de comunicación. Se sienta en el bordillo de acera y
se tapa la cara con las manos.
No se cree que hace apenas un par horas estuviera, tranquilamente, viendo una
serie de televisión en su habitación. Todo lo que ha visto desde entonces ha escondido
detrás de un velo de sangre y olor a metal quemado lo que fuera que había pasado antes
de ello, y Miguel desea estar en otro lado y haber hecho caso a su madre cuando le ha
dicho que no bajara.
Escucha un par de voces femeninas que suenan preocupadas. El sonido le llega
amortiguado, abriéndose paso a través del zumbido continuo que tiene en los oídos. Él
no estaba cerca de las explosiones, pero tiene los sentidos adormilados desde hace un
rato.
-… ayudarle.
-¿Tú crees? No sé, no parece herido.
-Ya, pero… no me convence.
-Calla. Ven.
Una mano suave se apoya en su hombro y un suave aroma a plástico y perfume
femenino le hace alzar la cabeza. Ante él hay dos chicas, acuclilladas, sonriéndole.
¿Cómo pueden estar sonriendo? Siente deseos de pegarles.
-Yo soy María, y esta es Sara. ¿Es… cómo estás?
Miguel se da cuenta de que ha sido lo suficientemente cauta como para cambiar
la pregunta de “¿estás bien?” a un menos comprometido “¿cómo estás?”.
-Bien –miente él. En otras circunstancias, se habría dado cuenta de que las dos
chicas son bastante atractivas, pero ahora mismo eso es en lo último que piensa.

27
PONGAMOS QUE HABLO

-¿Ibas en los trenes? –pregunta Sara. Sus grandes ojos azules le reconfortaron,
porque en ellos no había miedo, dolor o preocupación, sino simple tranquilidad.
-No… no. No –responde, más seguro. Comienza a sentir cómo el velo que le
aislaba del mundo se desvanece, y poco a poco los sonidos de su alrededor se
intensifican. Lo primero que le llama la atención son las sirenas-. Estaba en casa y he
bajado para intentar ayudar… pero cuando han llegado los del SAMUR me han tirado
fuera.
-Bien, tranquilo. Ahora tienes que quedarte aquí…
-¿Vais a entrar?
La pregunta les coge desprevenidas. Miguel las mira alternativamente, con
expectación, sabiendo que cada segundo que pierden hablando en la acera es tiempo en
que no pueden ayudar a nadie.
-Sí, pero podemos quedarnos contigo si quieres…
Él no se da cuenta de que María ha ruborizado ligeramente. Sara sí, y frunce el
ceño, censurándola.
- No, no. Quiero… ¿puedo entrar con vosotras?
La pregunta las pilla de sorpresa. Por un instante no dicen nada, mirándole
fijamente. El joven parece estar bien, pero no saben cómo puede reaccionar dentro.
Igual es un pervertido morboso… y esa es la idea que pasa por la cabeza de Sara. Se
levanta de un salto y se aleja apenas un metro. María va con ella. Miguel las ve discutir,
pero no escucha lo que dicen. Quizá es que no le interesa, o quizá es que en realidad no
podría escucharlas, con todo el lío que hay a las afueras de la estación, ni aunque
hubiera querido. Cuando ellas vuelven, Sara tiene cara de pocos amigos, pero María le
sonríe, las mejillas arreboladas. Le tiende un peto amarillo.
-Pero antes de entrar tienes que saber unas cuantas cosas.
Sara se adelanta, abriéndose paso entre los periodistas y los curiosos. No quiere
escuchar a su amiga intentando resumir casi cinco años de carrera en un par de minutos.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 8:57 horas.


No encuentra el mando. Nunca lo encuentra. Su padre se queda despierto hasta tarde,
viendo la televisión, y el mando a distancia se suele perder entre los pliegues del sofá,
hundido por los 108 kilos del hombre. Irene tose mientras retira los cojines y pasa la
mano por debajo. Como siempre, migas de pan, polvo… parece que una pila… ¡por fin!
Saca el aparato triunfante, como si acabara de conseguir un preciado tesoro, y sonríe
ante una hipotética audiencia.
El comedor está desierto, y ella se siente más estúpida que nunca. Con un
gruñido de fastidio, se deja caer sobre los almohadones, que recuperan su lugar habitual
bajo ella. Tirita y se vuelve a sonar la nariz. Empieza a encontrarse peor. Su madre tiene
razón, tiene que descansar.
De hecho, tan cansada está que permanece un rato en esa postura, sin moverse,
en silencio, notando dentro de sí, o eso le parece a ella, la cruenta batalla librada entre
su cuerpo y los virus, los cadáveres de los patógenos golpeando las paredes de las
venas. Si se queda en silencio, piensa entre divertida y asqueada, seguro que puede
escuchar las explosiones, los sonidos de ametralladora de virus (que se imagina como
miles de pequeños estornudos uno detrás de otro) y los gritos agonizantes.
Cuando pasa el mareo provocado por la fiebre, se da la vuelta, mirando hacia la
enorme televisión. Recuerda la grave discusión familiar que siguió a la compra del
aparato. Su madre no estaba de acuerdo, y sostenía que su padre lo había hecho sin
consultarle, únicamente para ver más grande el partido del Sporting con los amigos. Su
padre, por el contrario, aunque no negaba esa acusación, aseguraba que sería mejor para
toda la familia, porque así podrían quedarse todos en el salón viendo la tele.
-Una tele tan grande invita a ser vista.
Irene se había reído de aquel comentario, pero ahora la verdad es que comienza a
comprenderlo. La gran televisión de 42 pulgadas refleja su imagen tendida en el sofá, y
aunque solo sea por dejar de verse, oprime un número al azar. Casualmente, el 1.

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PONGAMOS QUE HABLO

I.E.S. Miguel Hernández, Madrid. 8:38 horas.


El sonido del timbre que marca el final de la clase sobresalta a los alumnos. Han estado
escuchando atentamente la radio, y ahora el profesor de Matemáticas se levanta,
dispuesto a irse. Antes, sin embargo, apaga el radiocasete pese a las silenciosas quejas
de la clase y carraspea. Se coloca enfrente de ellos, con la pizarra inusualmente limpia a
su espalda.
-Debéis saber que estáis viviendo un momento histórico. Se trata, por lo que
parece, de uno de los atentados más importantes de nuestra historia. Vosotros por
desgracia se lo contaréis a vuestros nietos, y podréis decir que estabas allí cuando todo
pareció, una mañana, resquebrajarse.
“Tened en cuenta, sin embargo, que la única manera de vencer esto –señala el
mudo radiocasete- es mediante un claro gesto de unidad y solidaridad. Entended,
tenedlo siempre presente, que la única manera de enfrentarse a la barbarie y la sinrazón
del terrorismo, es demostrándoles claramente que no les tenemos miedo. Que lo que han
hecho hoy no nos impedirá continuar con nuestras vidas, intentando dejar atrás este día
y todo lo que habéis sentido escuchando la radio.
“Como sabréis, dentro de tres días hay elecciones en este país. Vosotros no
podréis hacerlo, pero habrá millones de personas que sí, y en ellos recae vuestra libertad
y vuestro futuro. Día a día se hipoteca si cedemos a la dictadura que pretenden
implantar estos… animales.
Después del discurso, Gustavo mira a sus alumnos uno a uno. De repente, todos
sienten emanar del anciano profesor una fuerza y un poder que no habían visto antes en
sus explicaciones sobre ecuaciones y funciones. A fin de cuentas, piensan algunos, se
rumorea que fue político en su juventud.
Cuando sale de clase, envuelto por un silencio reverencial, los estudiantes
permanecen en silencio apenas unos segundos. No se miran, no hablan, sólo un par de
manos de una pareja o de dos amigas se buscan en medio de la incertidumbre. Luego,
como un globo de agua que estalla, el silencio desaparece, y nadie se queda en su sitio.
Se ponen de pie, caminan entre las mesas, se asoman a las ventanas. Madrid se extiende
bajo ellos, más allá de los cristales.
Marcos busca entre la gente a Bea. Está reunida con unas amigas en su mesa,
cargándose la mochila al hombro.
-¿Dónde vas?
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PONGAMOS QUE HABLO

-No lo sé, pero me voy. Algo se podrá hacer.


-¿Vas de heroína, Bea?
El que ha hablado es uno de los chicos más estúpidos de la clase, todo músculo y
petulancia. Está convencido de que todas las alumnas suspiran por él, y la mayoría lo
hace.
Pero Bea no.
-No, no voy de “heroína”. Simplemente no me puedo quedar aquí parada. Iré –
añade, casi para sí misma, asaltada por una idea repentina- a los hospitales. Hará falta
donar sangre. ¿Alguien se viene?
Nadie se mueve. El chico la mira con una media sonrisa en la cara.
Probablemente no sepa qué decir para dejarle mal, y Marcos entiende que hasta él se ha
dado cuenta de que no hay manera de hacer daño a Bea ahora mismo. Está resuelta a
hacer algo, y ni aunque un profesor la vea antes de salir del instituto, se detendrá. Siente
los ojos del color de la hierba al amanecer (había leído esa metáfora en un poema y la
adoptó para Bea) clavados en él, apenas un instante.
Bea no se despide de la clase. Sus amigas no quieren ir con ella, están asustadas.
Pero Marcos sopesa los pros y los contras, y descubre que lo que siente por Bea desde
hace mucho tiempo es más fuerte que todos los contras. Se carga la mochila al hombro.
-Yo voy contigo.
Nadie se gira hacia él. No tiene importancia en la clase, nunca la ha tenido, y las
circunstancias especiales no hacen que eso cambie. Sin embargo, Bea sí le mira, y
sonríe.
-Vamos, entonces.
Ambos salen de la clase, seguidos por las miradas de sus compañeros y los
cuchicheos que no cesan ni en un día como ese.
Ellos hacen caso omiso y recorren los pasillos llenos de alumnos que están en el
descanso en completo silencio, con la determinación pintada en sus rostros. Cuando
llegan a la calle, está comenzando a lloviznar, apenas unas gotas valientes que desafían
la mañana madrileña.
El sonido de las sirenas lejanas y de la lluvia sobre ellos es el único acompañante
que tienen por las silenciosas calles de una ciudad cauta y asustada.

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PONGAMOS QUE HABLO

Vías del tren a su paso por la calle Téllez, Madrid. 9:04 horas.
Jermaine ha conseguido esquivar a los servicios de emergencia que evacúan las vías.
Siente que tiene que hacer algo, lo que sea, y se camina tambaleante entre los hierros y
el humo, con el aroma metálico de la sangre metido para siempre en su cabeza. Ha
resbalado varias veces, haciéndose un par de cortes en la mano, pero lo suficiente para
que pase por una víctima más. Se aprovecha de ello y, como en un trance, rodea una
gran pieza de metal ennegrecida por el fuego.
A sus pies, descubre una pequeña rubia. Es de una niña de apenas seis o siete
años, que mira al cielo con ojos vidriosos.
Sigue viva.
Jermaine respira hondo y se agacha rápidamente a su lado. La niña, que en otro
momento podría haber rechazado el contacto de un desconocido, ahora simplemente le
mira, en silencio. El joven levanta la cabeza, intentando pedir ayuda, pero no hay nadie
cerca, y los médicos están ocupados atendiendo a otros pacientes.
Aparta una punzante barra de hierro y se acuclilla al lado de la niña. Alarga la
mano y agarra con fuerza la de la pequeña. Ella abre la boca.
Pregunta por su mamá.
Ahora sí, Jermaine no sabe qué hacer. No cree que su madre esté cerca, o
siquiera que esté viva. De hecho, no esperaba encontrar a nadie con vida, así que hallar
a la niña en un paisaje desolado por la muerte y el fuego ha sido casi un regalo de Dios.
El joven considera incluso herético esperar otro que permita que su madre esté viva.
Sin embargo, no se lo dice.
-Está bien. Ahora venir.
La niña no parece creérselo, pero no llora. No muestra su dolor, aunque debe
sentirlo, no se queja de nada.
-Soy… -hace una pequeña pausa, como si le costara recordar su nombre- soy
Alba.
-Yo Jermaine.
-Es un nombre raro.
Él simplemente asiente.
-Voy… ayuda. Yo… ayuda.
Alba aprieta su mano, y ahora todo su pequeño y desmadejado cuerpo desprende
miedo.
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PONGAMOS QUE HABLO

-No. No te vayas.

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PONGAMOS QUE HABLO

Parada de taxis, estación de Atocha, Madrid. 9:12 horas.


Ha hecho ya varias carreras a los hospitales más grandes de la capital. El coche hiede a
sangre y a sudor, pero él se siente extrañamente en paz. Sabe que está haciendo todo lo
que puede por ayudar a esas personas, y tiene bastante con eso. Por todo ello, cuando
mira el depósito de gasolina, casi vacío, y comprueba que no tiene dinero en el taxi para
pagar el combustible, no duda en abrir su cartera y sacar de ella un billete de veinte
euros con el que comprarlo.
Ha aparcado en la parada de taxis. Está abarrotada de médicos, psicólogos,
bomberos, policías… y víctimas del accidente, atentado o lo que sea. Por respeto a las
personas que lleva en su coche, no pone la radio, y no se ha enterado de la distinta
hipótesis y de la información que dan las emisoras. Por eso, su vehículo recorre veloz
las calles de Madrid, como una pequeña burbuja que va de un lado para otro, sin que los
que están dentro de ella tengan conciencia de nada más que de sí mismos.
Un compañero aparca tras él y se baja del coche. Lo conoce de vista. Es uno de
los inmigrantes que ha ido del campo a la capital, quizá de Castilla-La Mancha o
Extremadura, para poder ganarse la vida. Se limpia las manos ensangrentadas con un
pañuelo que en algún momento fue blanco, pero que ahora es rojo.
-Ey, Eduardo, oye una cosa –parece avergonzado-. Tú… ¿tú estás cobrando las
carreras?
El joven colombiano se lo piensa un segundo. No la respuesta, que tiene clara:
no lo ha hecho en toda la mañana, sino las razones ocultas que puede haber detrás de esa
pregunta. Eduardo teme que el sindicato le salte al cuello si reconoce que no lo está
haciendo, pero también teme que le tomen por un insensible si asegura que está
cobrando los viajes como lo haría un día normal. Opta por la salida más diplomática.
-¿Y tú?
-Yo… no, yo no. Bueno, la primera. Creo que no le pasaba nada… y me dejó
buena propina, no se esperó que le diera el cambio. Pero… no me parece bien. Quiero
decir…
-Sí –sonríe Eduardo-. A mí tampoco me parece bien. Yo no las cobro. No creo
que sea el mejor momento.
El hombre niega enérgicamente con la cabeza. Parece complacido porque el
joven no le haya reñido. Como si él hubiera podido hacerlo.
-Vale. Entonces… ¿toda la mañana así?
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PONGAMOS QUE HABLO

Se ha acercado hasta ellos un compañero al que todos conocen como Paco. Es el


cabecilla de la parada: tiene contacto en el sindicato y en la central. Aunque
normalmente es rudo y directo, ahora parece tan abrumado por la situación como los
demás.
-Vamos, no tengáis miedo. Yo también voy a hacerlo.
El mensaje llega rápidamente a todos los taxis de Madrid: ese día, los trayectos
con destino y origen en alguno de los hospitales de la capital o en la estación de Atocha
no se cobrarán. Pronto, la orden es acatada por los taxistas, aunque muchos de ellos
llevan haciéndolo desde primera hora de la mañana.
-Y ahora, a trabajar –dice Paco.
Eduardo asiente y se acerca hacia la puerta de la estación, esperando para coger
a alguien a quien llevar a donde necesite.

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PONGAMOS QUE HABLO

Disneyland Paris, entrada, París. 9:15


Mientras hacen cola para entrar al parque, la noticia del atentado, que ya ha llegado a
oídos de todos, es la comidilla preferida. Saben la importancia que tiene un atentado así,
y además, en el autobús que les ha llevado al parque, el profesor de Lengua les ha
explicado que parece que se trata del más grande la historia de España. Toni, que ya se
lo imaginaba, escucha las conversaciones que entablan sus compañeros, manteniéndose
ligeramente apartado del grupo. Le preocupa Íker, que lleva toda la mañana muy
callado. Ahora mismo, está al lado de Toni, jugando con la correa de la mochila que
lleva colgada al hombro.
-Eso han sido los de siempre, seguro.
-Sí, eso parece. Me dan asco.
Delante de ellos charlan dos compañeros de clase. Ambos parecen estar muy
enterados del tema, aunque probablemente no tendrán ni idea, como nadie ahora mismo.
-Yo creo que ya va siendo hora de que hagan algo en contra de ellos.
-Mi padre dice que son todos iguales, todos los vascos. Él dice…
-Tu padre es un subnormal. Y tú más por creerle.
Toni se gira hacia Íker. Sigue, aparentemente, ajeno a todo lo que le rodea, pero
sus ojos muestran una fiera determinación.
-Perdona, ¿qué has dicho?
Íker no contesta. Al menos no al momento. Luego, levanta la cabeza lentamente.
-Que si tu padre cree eso de todos los vascos es que es retrasado mental.
-¿Ah sí? Mira tú por dónde, no estoy de acuerdo. Si ETA sigue viva, es porque
vosotros –el otro chico remarca la palabra- les dais cobijo.
-No creo que sepas de lo que estás hablando, así que prefiero no hacerte caso –
dice Íker, aunque se le nota muy tenso. Intenta sonreír despreocupado a Toni-. ¿Vamos
adentro?
Toni asiente y empuja a su amigo para que pase por delante de los dos chicos de
su clase. Sin embargo, ellos no parecen dispuestos a dar la conversación por zanjada tan
pronto. Saben que el tema molesta a Íker, y es divertido hacerle enfadar, porque nunca
pierde el control.
-Espera un momento. Me has llamado retrasado, no creas que te va a ser tan fácil
irte de rositas.

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PONGAMOS QUE HABLO

-Escucha, retrasado –repite Íker, volviendo sobre sus pasos. Aunque es más bajo
que el otro chico, ahora mismo parece más alto-. Mi padre era profesor de universidad
en la Universidad del País Vasco. Sus padres nunca le enseñaron euskera, porque veían
más importante que supiera castellano, así que la clase la daba en ese idioma. ¿Pues
sabes lo que pasó? Los alumnos se negaban a entrar a sus clases. Un día, apenas tenía
dos en un aula donde caben más de cien. Al salir, encontró por todo el pasillo pasquines
con su cara en el centro de una diana y una frase: “José Luis kampora”.
Fija su mirada en la del compañero de clase, que parece entender que se ha
metido en terreno complicado.
-“José Luis fuera”. Lo peor es que aquello fue sólo el principio. Tuvimos que
dejarlo todo para venirnos aquí. Y yo tenía mis amigos y mi vida allí. Así que no me
vengas con generalizaciones estúpidas y sin ningún tipo de fundamento. ¿Vamos, Toni?
–repite.
Su amigo se apresura a seguirle hacia el interior del parque. Nada más atravesar
las puertas, se olvidan de la importancia de lo que está pasando, a esa hora, en Madrid.

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PONGAMOS QUE HABLO

Estación de Atocha, Madrid. 9:20 horas.


-Espere un momento… tome, beba. Voy a buscar un médico.
-Sí, gracias… gracias.
El hombre es mayor, tendrá más de setenta años. El poco pelo que tiene sobre la
cabeza es completamente blanco, así como las cejas. Sobre la nariz magullada reposan
unas gafas, aunque la patilla derecha está rota y cuelgan precariamente de un lado. Por
lo demás, parece que está bien. Tiene mucha suerte.
Rebeca ve todo esto desde un lugar alejado de todo el caos. Está en la puerta de
una tienda de ropa, cerrada, y esconde la mano en el bolsillo, donde tiene la grabadora.
Le da al botón de grabar antes de acercarse al hombre, una vez que el chico que le
atendía se ha ido corriendo a buscar ayuda.
-Buenos días. ¿Cómo se encuentra?
El hombre alza la mirada y observa a la periodista, pero no responde. Parece
tremendamente ausente.
-¿Puede contarme qué le ha pasado? Me llamo Rebeca y me gustaría hacerle
unas preguntas para La Voz de Henares…
-¡Eh, usted! ¿Qué hace ahí?
El chico que estaba cuidando al anciano vuelve corriendo, seguido por un
médico del SAMUR, inconfundible con su chaleco naranja. La cara del sanitario está
completamente desencajada. Con toda probabilidad, piensa Rebeca, haya visto en
apenas una hora mucho más que en toda su vida porque, además, no parece muy mayor.
El doctor se acuclilla al lado del hombre y observa la herida que tiene en la
nariz.
-Está rota… tranquilo, le vamos a llevar a un hospital.
-¿Quién eres tú? –pregunta a Rebeca, alejándola del anciano.
Aunque parece crispado, la joven periodista cree que no puede juzgarle por ello.
Lleva varias toallas sucias, húmedas y ensangrentadas en la mano, y le mira fijamente
con unos ojos oscuros y atrayentes. No es excesivamente guapo, pero Rebeca no puede
evitar sentir algo extraño sobre él. Como un… un presentimiento.
-Esto… soy Rebeca. Trabajo para…
-Sí, ya te he oído. ¿Crees que es normal asaltar a uno de ellos –señala hacia la
gran masa de víctimas, unos metros detrás de él, a través de la cual los médicos y

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PONGAMOS QUE HABLO

policías corren llevando mantas, medicinas o vendas- de esa manera? ¿No te han
enseñado nada en la universidad?
Tiene razón, obviamente. Pero Rebeca no tiene tiempo para ser ética. Es la
única, o eso cree, que ha conseguido entrar en la estación, y tiene que sobreponerse al
horror de lo que ve.
-Ya… bueno. No, claro que no. Quiero decir, sí. Yo… lo siento.
Él le mira fijamente y luego parece sonreír bajo la capa de mugre y cansancio
que le cubre.
-Bueno, chiquilla, no te preocupes. Yo te cuento lo que quieras saber. Me llamo
Raúl, por cierto.
-Encantado.
Se alejan del anciano, del que Raúl se despide educadamente, aunque el hombre
no parece tener consciencia de nada de lo que está pasando a su alrededor, y mientras
caminan rápidamente, dejando atrás los quejidos y las exclamaciones de dolor, Rebeca
se da cuenta de que Raúl tiene un agradable y musical acento andaluz.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 9:25 horas.


El sonido de la televisión inunda la casa desde hace un rato. Está demasiado alta para la
hora que es, pero Irene no se preocupa en bajar el volumen. Sólo le interesa lo que ve en
la pantalla.
Al principio ha creído que era un delirio de la fiebre. No sería la primera vez:
hace varios años, estuvo caminando por la casa en ropa interior, convencida de que
estaba en la playa. Era diciembre y nevaba sobre Gijón. Después de eso, estuvo dos
semanas en la cama con una pulmonía.
Pero ahora, por desgracia, lo que dice el telediario no parece producto de su
mente. En la cocina, su madre escucha la radio, una estúpida cadena de radiofórmula.
Irene se levanta pesadamente y recorre el pasillo siguiendo la música.
-¿Mamá?
-¿Sí? ¿Te encuentras mal?
Irene niega. Está extremadamente seria, y tiene el batín abierto, con el nudo del
cinturón desecho. Lleva el mando a distancia en la mano derecha.
-Pasó algo en Madrid.
Su madre le mira a los ojos. No está mintiendo. La aparta de un empujón y corre
hacia el comedor. Cuando Irene llega, instantes más tarde, su madre está marcando un
número de teléfono en el fijo.
-Inés –susurra ininterrumpidamente.
Hay unos segundos de silencio.
-¿Fran? Sí, ya… escucha… ¡escucha! No quiero que me cuentes nada… pero a
lo mejor podrías… sí, ya… vale, espera… ¡espera! Inés. Sabes dónde vive, intenta…
vale. Gracias. Sí, eso –lanza una mirada nerviosa a su hija-. Está bien, no te preocupes.
Llámanos, ¿vale? Adiós, cariño.
Desde ese momento, sólo queda esperar.

40
PONGAMOS QUE HABLO

Hospital Gregorio Marañón, Madrid. 9:37 horas.


Bea baja del autobús de un salto y Marcos le sigue, intentando mantener su paso. En el
camino tropieza con una pareja de ancianos que sale del hospital, y entonces tiene la
primera perspectiva del edificio y sus alrededores.
Las ambulancias se agolpan en el aparcamiento del hospital, estacionando lo
más cerca que pueden de la entrada de urgencias. Grupos de médicos y enfermas salen
corriendo a por los pacientes que traen los vehículos, envueltos en un halo de tragedia y
pena. Los curiosos que salen a las puertas del hospital miran fijamente las luces naranjas
de las ambulancias, sin comprender lo que está pasando. En sus semblantes se lee la
certeza del miedo: sólo verlo con sus propios ojos les ha convencido del manto gris que
ha caído sobre Madrid esa mañana.
Los dos jóvenes se abren paso entre la gente que deambula por los alrededores
del hospital, sus mentes pendientes, siempre, de la ambulancias. Bea avanza hacia la
entrada de urgencias, pero Marcos alarga el brazo y la detiene.
-Por aquí no –dice, señalando con la cabeza a un grupo de médicos que, con
manos ensangrentadas, se pierden en las entrañas del edificio tras una puerta batiente-.
No ahora.
Bea frunce el ceño. No parece comprender a qué se refiere el chico. Está
ausente. Ha llegado determinada a ayudar, pero ahora que está en medio de esa vorágine
que huele a sangre y humo en que se ha convertido Madrid, se siente sobrepasada por la
situación, ahogada por el peso del miedo.
-Sí… ya. Ya. Sí. Vamos –sacude la cabeza, los rizos oscuros bailándole ante el
rostro. Ella es pálida, pero la incertidumbre ha conferido a su cara una tonalidad
marmórea poco saludable.
Marcos la saca de allí, tirando de ella. Desde la entrada de urgencias, ven llegar
varias ambulancias, que hacen cola en una parada destinada a ellas que de repente se ha
quedado pequeña. Sus sirenas rasgan el frío y la crudeza de la mañana. Una enfermera
sale a la carrera de la puerta que se abre tras ellos.
-¡Perdone! ¡Perdone!
La mujer, ya mayor, se detiene de golpe, como si hubiera chocado con una
barrera invisible, cuando Marcos va hacia ella.
-Aún no sabemos nada. Me temo que tendréis que esperar un rato más.

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PONGAMOS QUE HABLO

-No, no. No venimos a ver a nadie –Bea parece haber recuperado el control y
vuelve a parecer resuelta y segura de sí misma-. Venimos a donar sangre.
-¡Ah! Bien, ha venido ya mucha gente… Esperad, un momento –la mujer se
acerca a la entrada y las puerta automáticas se abren. Llama a una compañera a gritos y
una joven enfermera sale del hospital, arreglándose el pelo rubio oscuro y peinándolo en
un moño alto para tener el cuello y los hombros despejados-. Llévalos a donar. Me
temo, eso sí, que tendréis que esperar un rato. Ya ha venido mucha gente. Nos vendrá
bien también si sabéis ya qué grupo sanguíneo sois.
Bea y Marcos niegan, sintiéndose inútiles. La enfermera mayor ya ha atravesado
el aparcamiento y se abre paso entre las ambulancias y los pacientes comunes. Muchos
de ellos, con cortes, constipados y lesiones comunes ajenas al atentado, abandonan el
hospital. Saben que necesitarán espacio y camas disponibles durante todo el día.
-Venid, por favor.
La enfermera les guía por dentro del edificio, perdiéndose por pasillos más o
menos vacíos. Tras varios minutos recorriendo las entrañas del hospital, un recorrido
que Marcos y Bea hacen corriendo, intentando seguir el paso apresurado de la joven,
llegan a una sala abarrotada de gente pero donde reina un silencio sepulcral.
Ambos esperan de pie, cerca de la puerta.
No se atreven a mirarse.

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PONGAMOS QUE HABLO

Hospital Doce de Octubre, Madrid. 9:46 horas.


El taxi derrapa al entrar en el parking del hospital. Eduardo toca el claxon dos veces
para avisar a un conductor que está sacando el coche unos metros más adelante. El
pañuelo blanco, temblando en su mano izquierda, se agita por enésima vez bajo el frío
aire matinal.
-¡Vamos! Ya llegamos, ya llegamos. Un momento. Aguante.
Desde el asiento trasero la chica joven que ha recogido en Atocha gime. Sólo ha
podido mirarla, recuerda, una única vez antes de ayudarle a meterse en el coche y salir
corriendo hacia el hospital.
Vuelve a tocar el claxon. Detrás de él se comienzan a acumular los coches, todos
ellos con pañuelos blancos ondeando al viento. Por el espejo retrovisor distingue dos o
tres taxis más que han realizado un trayecto parecido al de Eduardo.
Por fin, el coche que está delante de él enfila el carril y se aleja, probablemente
aliviado por salir de ese epicentro de dolor y miedo que, esa mañana, es el Hospital
Doce de Octubre. El joven taxista pisa a fondo y el vehículo vuela hacia la entrada de
urgencias.
Allí ya le espera un pequeño equipo sanitario, todos enfundados en batas blancas
algunas de ellas ya tintadas con el escarlata de la sangre. Abren la puerta trasera y sacan
en volandas a la mujer herida. La silla de ruedas y los médicos y enfermeras que han
salido a por ella se pierden tras las puertas del hospital.
Eduardo sacude la cabeza y vuelve a arrancar el coche. De nuevo, va a hacer el
trayecto inverso: del hospital a la estación de Atocha. Ahora, ya sabe que ha habido
problemas en otras estaciones de la capital, pero piensa con criterio que será en Atocha
donde hará más falta.
Esa mañana, el tráfico en la capital está aún más imposible que el resto de días.
Atascado en un embotellamiento, enciende la radio. Las noticias sobre el atentado es lo
único que logra sintonizar, y apaga el aparato rápidamente. Entonces, las imágenes de lo
que ha visto se agolpan en su cabeza, haciéndole olvidar los vehículos que le rodean, el
semáforo en rojo, las ambulancias con las sirenas encendidas a las que hace paso casi
maquinalmente.
En ese momento, en el asiento trasero suena un móvil. El himno del Real Madrid
rompe el silencio en que se ha sumido el coche, y Eduardo se gira para buscarlo. Allí
está, en el suelo, las teclas manchadas de sangre.
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PONGAMOS QUE HABLO

En la pantalla pone “Mamá”.


Sin entender por qué, y sin entender nada de lo que está pasando esa mañana en
Madrid, Eduardo rompe a llorar.

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PONGAMOS QUE HABLO

Segunda parte

Tarde

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PONGAMOS QUE HABLO

“Nace una estrella nueva en Atocha”

Madrid, Pereza.

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Pabellón 6 de IFEMA, Madrid. 13:33 horas


Miguel, Sara y María llegan en silencio a IFEMA. Les han dicho que la ayuda es ahora
más necesaria en el recinto ferial, donde han trasladado los cadáveres que deberán ser
identificados en los próximos días. Las dos jóvenes estudiantes de Psicología saben que
durante esa noche tendrán que ayudar a los médicos forenses a la hora de informar a los
familiares que su ser querido espera en una fría bolsa de plástico en una sala cercana
para que se lo lleven al tanatorio. Sin duda, será lo más duro del día. Miguel, por su
parte, pese a estar durante toda la mañana ayudando a sus dos amigas en la estación de
Atocha, aún se siente un poco sobrepasado por todo lo que está viviendo, pero Sara y
María han descubierto que la presencia de Miguel y, sobre todo, su mirada sincera y
diáfana obra maravillas en la duda y el miedo de las víctimas. Por eso, Sara ha
transigido, y ahora ya saben que Miguel es un simple cartero que bajó a la estación en
cuanto oyó la explosión.
-¿Qué venimos a hacer exactamente aquí? –pregunta el joven, mientras los tres
atraviesan las puertas del pabellón 6. Sus petos amarillos manchados de sangre, polvo y
sudor son la única acreditación que necesitan: vienen de lo que ya se ha llamado, a esas
horas del día, la “zona cero”.
María levanta la cabeza, intentando distinguir hacia dónde ir. No ve a nadie
identificado como el jefe de los servicios psicológicos, así que se encoge de hombros.
-Lo que podamos. Por ahora, vamos a hacer una cosa. En esa sala de allí –señala
un par de puertas azules que se abren cada poco rato, saliendo de ellas el humo del
tabaco. Cerca de ellas hay varias personas de distintos sexos y edades que ya están
siendo atendidas por algunos compañeros- parece que hay familiares. Vamos dentro,
¿vale? Ya sabes, Miguel, intenta tranquilizarlas y relajarlas. Que sea lo que Dios quiera.
El joven cartero asiente con gesto serio y es el primero en echar a andar hacia las
puertas. María y Sara se quedan más atrás.
-¿Ya sabes lo que vamos a tener que hacer en unas horas, verdad?
-Sí, Sara, claro que lo sé. Pero por ahora él no tiene por qué saberlo. Nos viene
bien, y a ellas –señala hacia la sala- también, y lo sabes. Simplemente, deja que ayude
un rato. Luego, si la cosa se pone más… complicada, le diremos que no puede quedarse.
Sara se muerde el labio y se recoloca un rizo oscuro detrás de la oreja.
-Ya, vale. Como tú digas.

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PONGAMOS QUE HABLO

Las dos amigas se miran un instante, sus ojos se cruzan en medio de la


desolación que gobierna el recinto. El silencio es casi inaguantable, aunque acorde con
la nueva concepción de inmenso depósito en que se ha convertido el pabellón. María y
Sara sienten, con esa mirada, que la conexión entre ellas sigue igual o más fuerte aún
que esa misma mañana, cuando las dos iban hacia la universidad sin plantearse que el
día les pondría a prueba de la manera más brutal posible.

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Hospital Doce de Octubre, Madrid. 13:42


No le han podido separar las manos. Alba no ha querido soltarle cuando entraron al
hospital, hace ahora varias horas. Los médicos no son muy optimistas sobre el estado de
la pequeña, pero Jermaine está convencido, aunque no se lo ha dicho a nadie, de que va
a sobrevivir. No sabe por qué, es como una intuición. Él lo relaciona con la mirada
vidriosa de la niña, que ha estado fija en él hasta que los médicos le administraron los
calmantes necesarios.
-Está sufriendo mucho –le había dicho una doctora sin siquiera mirarle, instantes
antes de intentar separarle la mano de la de la niña. No pudo hacerlo, y finalmente los
psicólogos del hospital habían decidido que se quedara con ella durante todo el día,
porque así se reduciría “el impacto emocional”.
Ahora, está sentado en una silla a su lado, mientras Alba duerme después de las
operaciones. La mano le duele, pero le reconforta sentir que el calor no ha desaparecido
de los dedos de la pequeña. El brazo está en una posición incómoda y empieza a dolerle
el hombro, pero ni siquiera se plantea intentar liberar la mano. La tranquilidad que hay
en el rostro de Alba es tan diferente de la expresión de miedo que tenía esa misma
mañana… En cierto modo, se siente responsable del estado de la niña, por lo que si la
suelta, igual empeora.
Un pensamiento cruza rápido su mente. En alguna parte de Madrid, hay una
madre que recorre angustiada los hospitales buscando a su hija. Sólo es cuestión de
tiempo que la encuentre, y entonces Jermaine dará su labor por concluida. O eso cree.
Cuando lo piensa más fríamente, entiende que ya no podrá separarse de Alba nunca
más. Esa pequeña desconocida se acaba de convertir en parte de sí mismo, porque sabe
que él ya lo es de ella.
Alba sacude la cabeza y abre los ojos.
-Jermaine…
El joven se gira hacia ella. No sabe qué decirle, su español no es muy bueno.
-¿Y mamá?
Por desgracia, eso sí lo entiende. Alba también parece entender que su amigo no
podrá decirle nada, por lo que simplemente cierra los ojos y vuelve la cabeza hacia el
techo.
-Au… me duele… -dice, llevándose sus manos hacia las piernas, vendadas.

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PONGAMOS QUE HABLO

-No. No tocar. Alba se pondrá buena –responde Jermaine, con su español


primitivo.
-Me duele… me duele mucho –empieza a alterarse, apretando con fuerza las
sábanas de la cama. El joven senegalés se pone en pie, aún sin soltarle la mano. Con la
izquierda, presiona el botón que llama a las enfermeras. Casi al instante, una de ellas,
una joven morena no muy agraciada, entra rápidamente.
-¿Qué pasa? Tranquila, pequeña. No te preocupes –se acerca a la cama y arregla
el gotero para que administre lo que deben de ser calmantes. Las medicinas entran en el
cuerpo de la niña y en apenas un instante ésta se relaja-. Avíseme si necesita cualquier
cosa, ¿vale?
Jermaine asiente, aunque no está muy seguro de haber entendido lo que le ha
dicho la enfermera.
-Jermaine…
La suave voz de Alba reactiva sus sentidos, relajados tras la entrada de la
enfermera.
-Cántame una canción. Tengo miedo –pide ella, con un hilo de voz.
Siempre le han dicho que sabe cantar muy bien. Al menos en Senegal, donde su
familia siempre le pedía que cantara en los días importantes. Sabe muchas canciones de
su tierra, pero ninguna de España. No sabe qué hacer. Al final, sintiendo el calor de la
mano de la niña en la suya, se arranca con una canción de cuna que le cantaba su madre
cuando era pequeño.
La voz melodiosa y rítmica del joven albañil pronto adormece a Alba, que
vuelve a sumirse en el silencioso e indoloro mundo de los sueños.
En una fría habitación de hospital, su particular ángel de la guarda sigue
cantando.

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Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 13:56 horas.


Irene y su familia comen en silencio. En la mesa, los filetes empanados que ha
preparado la madre se están salvando, por ahora, del apetito de los comensales. Fran, el
padre de Irene, está en el pasillo, hablando rápidamente por el móvil con algún
compañero de la Policía de Madrid. La voz del hombre llega amortiguada al salón
comedor, y se confunde con la de las noticias de una cadena privada, que está emitiendo
un especial.
-Sí… ya, ya lo sé… me hago cargo, tranquilo… vale, perfecto…
-Por ahora, la cifra de víctimas aún está por determinar. Fuentes del Gobierno
hablan de más de 150 muertos…
Fran entra en el salón mientras cuelga y deja el móvil encima de la mesa. La
madre de Irene, Olga, mira fijamente a su marido esperando una respuesta. Él parece
disfrutar de la incertidumbre de su mujer.
-Está bien. Al menos, su nombre no está en las listas –pronuncia las dos últimas
palabras con cierto temor reverencial.
Olga respira hondo y sonríe levemente. La preocupación y el miedo por su
hermana, con la que no ha podido hacerse en toda la mañana, desaparece.
-Papá, ¿quién fue?
La inocente pregunta de Irene es coronada con el sonido de los cubiertos que
empuña su padre caen sobre el plato de loza en el que esperaba la carne.
-No lo sé, hija, yo qué voy a saber…
-Alguna idea tendrás…
-Sí, claro, pero eso no te importa. Además, no podría decirte nada ni aunque te
importara, ya lo sabes –responde, enfadado. Tiene los nervios a flor de piel, e Irene se
hace cargo de la mañana que habrá pasado su padre en el cuartel de la Guardia Civil, a
las afueras de Gijón.
-No entiendo nada. ¿Por qué…?
-Irene, por favor –le corta Fran, harto de la conversación-. Tú no lo entiendes,
pero tampoco lo entiendo yo. Nadie lo entiende, nadie lo comprende. Pero no es nuestro
deber entenderlo, sólo combatir.
Irene no se puede aguantar.
-¿Y cómo pretendes combatir algo sin entenderlo?
Fran le mira desconcertado.
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PONGAMOS QUE HABLO

-Hija, no me vengas ahora con tonterías filosóficas…


-No son tonterías, papá. Si comprendes algo, si lo entiendes, puedes pensar
como él, si se trata de una persona, y será más fácil pillar a quien hizo esto, ¿no?
-Eso es lo que todos queremos, desde luego –comenta la madre, antes de beber
un sorbo de agua.
-A esos no se les puede entender, sean quienes sean. Yo al menos no puedo. Si
los tengo delante les meto dos tiros y santas pascuas –responde fríamente Fran.
Irene no puede creer lo que está oyendo.
-Te pones a su altura si haces eso, papá.
-Te digo una cosa, Irene Lorena –dice, usando el nombre completo de su hija.
Eso sólo lo hace cuando está enfadado, porque además sabe que Irene lo odia-. Tal y
como están ahora las cosas en Madrid no me voy a poner a plantearme qué pueden
pensar de mí los intelectuales como tú por defender a mi mujer y mi hija de una bomba
puesta en cualquier coche o en cualquier tren.
A eso poco puede responder su hija, que se limita a agachar la cabeza y
juguetear con el tenedor sobre el rebozado de los filetes empanados. De alguna manera,
vuelve a escuchar la televisión, que parecía haber enmudecido mientras había estado
discutiendo con su padre. De repente, se apaga. Irene se gira hacia sus padres.
-Escucha, Irene –explica su padre, con la voz tensa pero intentando demostrar
tranquilidad-. No sé quién fue, no creo que nadie lo sepa ahora. Posiblemente
dispararles sea un poco exagerado, pero te juro que no sé qué hacer en estos casos. Tú
eres más inteligente que yo, y me alegro mucho por ello. Tú sabrías qué hacer en cada
momento, y seguro que hasta les convencerías de que no siguieran matando… pero yo
soy mucho más impulsivo que tú.
-Vale, papá –sonríe su hija-. No te preocupes. Te entendí.
Irene piensa, por un momento, que es lo único que ha entendido en todo el día.

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PONGAMOS QUE HABLO

Estación de Atocha, Madrid. 14:01 horas


Cuando vuelve a la estación, decide quedarse lejos del edificio. No quedan víctimas que
llevar a los hospitales, así que se detiene en una glorieta cercana. A su alrededor observa
grupos de personas que, cogidos de las manos, corren hacia la estación. Otros, los
menos, salen de ella, mirando a todas partes, desorientados. Eduardo, intrigado, baja del
taxi. En ese momento, una pareja ya mayor, el pelo de él encanecido, se acerca al
vehículo.
-¡Rápido, al hospital, por favor!
Eduardo tarda un segundo en reaccionar y otro en comprender: son familiares de
las víctimas, hermanos, primos, padres de jóvenes, quizá como él, que han salido esa
mañana de casa y aún no han llamado para decir “estoy bien”. Abre la puerta trasera
rápidamente y la cierra tras la pareja.
-¡Al Gregorio Marañón!
El taxista arranca a toda velocidad y comprueba el indicador de gasolina. Pronto
tendrá que poner de nuevo.
El coche atraviesa las calles de Madrid casi volando sobre el asfalto, mientras a
su alrededor la ciudad enmudece, lamiéndose sus heridas.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Ibiza, Madrid. 14:35 horas


Bea y Marcos caminan por la calle Ibiza hacia el Parque del Retiro. No han podido
donar sangre porque aún no son mayores de edad, pero se han quedado un rato en el
hospital, sin saber qué hacer, sintiéndose inútiles. Finalmente, Marcos ha decidido salir
a por algo de comer, y ambos almorzaron en silencio en un bar cercano.
Así no se imaginaba él su primera cita con la chica de la que estaba enamorado.
Pese a ello, no se siente incómodo cuando no sabe de qué hablar con ella, porque es
consciente de que le diga lo que le diga, sus mentes van a estar en otro lugar: es como
si, piensa asustados, se hubieran quedado paralizados hace seis horas, cuando Gustavo
les puso la radio en clase.
Suena el móvil de Bea. La música parece absurda en ese momento, y la chica se
debe de dar cuenta, porque descuelga rápidamente, antes incluso de mirar quién le
llama.
-¿Sí? Ah, hola tía… sí, tranquila, estoy bien… he ido a donar sangre… sí, que
estoy bien, tranquila… pues… -alza la cabeza y busca una placa con el nombre de la
calle. Marcos susurra “Ibiza” y ella le sonríe- en la calle Ibiza, vamos al Retiro… con
Marcos, un amigo de clase… sí, vale… vale, te llamo… adiós, tía.
-¿Tía? –pregunta el chico. Al instante se da cuenta de su posible error-. Perdona,
no quería meterme…
-No, está bien –dice ella. Parece aliviada por tener algo de lo que hablar que no
sea todo lo que han visto y vivido esa mañana-. Mis padres murieron cuando yo era
pequeña, en un accidente de tráfico, allá en Argentina, y según lo que ponía en el
testamento, me enviaron a Madrid cuando tenía apenas tres años con mi tía Mercedes, a
la que no conocía.
Bea sonríe, pero Marcos cree distinguir un deje de tristeza en sus palabras.
Vuelven a caminar hacia el parque, con las manos en los bolsillos, perdido cada uno en
unos pensamientos de lo que la trágica historia familiar de ella les ha sacado durante
apenas unos segundos. Sin embargo, el joven le da vueltas a lo que le acaba de contar su
amiga. No debió de ser fácil para ella comenzar una nueva vida en un país ajeno… claro
está que ese “pequeña” podía significar tres años o catorce.
La mira de reojo. Bea acaba de ganar una dimensión distinta: la ve de otra
manera. Para empezar, es argentina. Él siempre se ha considerado ajeno a los
estereotipos y los tópicos, pero ahora repasa las palabras de su amiga para intentar
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PONGAMOS QUE HABLO

distinguir en ella alguno de los giros musicales que hacen especiales a los argentinos.
De hecho, se da cuenta de la manera en que ha pronunciado “allá”, y entonces piensa
que igual no era tan pequeña.
Pero no es sólo ese rasgo insignificante el que cambia la manera en que Marcos
ve a Bea. Por una vez, ve más allá de los ojos verde azulados de la chica, y de sus rizos
morenos, y de su cuerpo estilizado. De repente, parece haber entendido que detrás de
esa fachada de la que él se enamoró hay mucho más: una historia dramática que él no
conocía hasta ese día.
Es normal, piensa. Apenas han hablado durante estos años, más que nada porque
Marcos no se atrevía a hacerlo. Veía a Bea inalcanzable, como una estatua de un museo
sobre la cual estuviera colgado el cartel de “no tocar”. Pero esa mañana, cuando tomó la
resolución de irse con ella a donar sangre, en parte por el egoísta deseo de pasar más
tiempo con ella, algo ha cambiado.
Cuando se quiere dar cuenta, ya están bajo la sombra de los antiguos árboles del
Parque del Retiro.

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Afueras de la Estación de Atocha, Madrid. 14:40 horas.


Raúl sigue a Rebeca hacia el exterior de la estación. Ya no pueden hacer nada más allí
dentro, y además la joven periodista ya tiene todo lo que necesita. Sabe que escribirá el
mejor reportaje sobre el tema, pero aún necesita unas cuantas declaraciones, y las
conseguirá de Raúl. El camarero no puede volver al bar: ha cerrado y no hay ni rastro de
si jefe. Tiene ahí toda la ropa para cambiarse cuando acabara de trabajar, y el delantal y
la camisa blanca que tenía que llevar están manchados de sangre.
-Ven a casa –le dice Rebeca-. Tengo ropa limpia y podrás ducharte si quieres.
También podemos comer algo.
Raúl asiente y sigue dócilmente a la reportera a través de los varios cordones de
seguridad que hay alrededor de la estación. Un rápido vistazo de los servicios sanitarios
que quedan allí es suficiente para que les dejen pasar sin problemas: no son víctimas. Sí
lo son, obviamente, pero no de las que necesitan atención inmediata.
El joven debería volver a su casa, y lo sabe, pero en el piso que tiene en la calle
Tal está vacío, y eso es lo que más miedo le da ahora mismo. Además, Rebeca le hace
sentirse tranquilo y relajado, aunque las tácticas de la chica para obtener declaraciones
preguntando directamente a los heridos sin darles tiempo siquiera a recuperarse.
-No vivo lejos –le anima ella-. ¿Necesitas ayuda?
Raúl niega. Puede caminar solo. Intenta parecer entero, y mira de reojo a su
compañera. Parece que ella es insensible a lo que ha visto durante la mañana. Está
acabando de escribir algo en su libreta: parece satisfecha de sí misma.
-¿Cómo puedes estar tan bien?
La periodista gira la cabeza hacia él y Raúl cree distinguir durante un segundo la
culpa en el fondo de los ojos marrones de la chica.
-No estoy bien –responde ella. Parece sincera-. ¿Qué quieres que te diga? Pero
no puedo dejarme llevar por mis emociones. Es mi trabajo –se encoge de hombros.
Raúl no sabe muy bien qué responderle a eso. Él no tiene esa concepción tan
elevada del trabajo, quizá porque el suyo es, simplemente, atender mesas. No es
insignificante, pero Raúl se considera un artista, un músico, y cree que está
desperdiciando el tiempo en el bar. Mirándolo por el lado bueno, eso ya lo ha perdido,
así que ahora podrá dedicarse a su música, que es lo que de verdad le gusta.
Tras cruzar varias calles, con el tráfico detenido, llegan a un portal de una calle
cercana y Rebeca se detiene.
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PONGAMOS QUE HABLO

-Es aquí.
Raúl se encoge de hombros y la sigue al interior del patio, que huele a viejo y a
humedad.

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Pabellón 6 de IFEMA, Madrid. 14:55 horas


-Esperen, un momento…
-No, nada de esperar. Queremos ver a nuestra hija ya.
-Pero señor, entiéndame, yo no puedo…
-¡Entonces tráigame a alguien que pueda!
Los gritos rompen el tenso silencio del pabellón. Varias personas que pasean
cabizbajas miran al hombrecillo bajito y calvo que alza la voz. El psicólogo que lo
atiende, un joven con un peto amarillo, no sabe qué hacer.
-Un segundo, por favor –dice María, y se separa del grupo de chicas con las que
estaba hablando, todas muy nerviosas porque no encontraban a una amiga del instituto.
La psicóloga se acerca rápidamente a Miguel y le pone una mano en el hombro.
Sonríe.
-¿Qué pasa aquí?
-¡Quiero ver a mi hija!
-Entiendo. Su hija se llama…
El hombre parece dudar y mira con el ceño fruncido a María. A su lado, su
mujer, arropada por el abrazo de su marido, tiene la mirada perdida en algún punto de la
pared.
-Elisa. Elisa González.
-Bien, iré a ver si alguien puede ayudarnos. Mientras tanto, ¿por qué no toman
algo? Algunos de mis compañeros tienen bocadillos y refrescos, por si necesitan
retomar fuerza –en todo el breve diálogo entre María y el hombre, Miguel se ha
mantenido en silencio, observando la actuación de su amiga. Ha grabado en su mente
todo, desde el gesto relajado pero no sonriente hasta el movimiento de las manos, muy
limitado para que no despiste la atención de los interlocutores sobre lo que está diciendo
María. Pero lo que más le ha llamado la atención ha sido el tono de voz: firme, decidido,
pero suave a la vez.
Ella le coge del brazo y lo aleja del grupo de familiares que están a la espera de
noticias.
-Ey, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Quieres que salgamos a tomar el aire?
-No, no… no pasa nada. Estoy bien.

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PONGAMOS QUE HABLO

-No, no lo estás –asegura ella, mirándole fijamente. Miguel se da cuenta de que


tiene los ojos marrón claro, casi dorado en la parte más externa de la pupila-. Es
imposible que lo estés, después de todo…
-Tú no estás afectada –dice Miguel, con cierto deje de resentimiento en la voz.
No entiende por qué su amiga es tan impermeable al horror que están viviendo.
-Sí lo estoy, claro, pero tengo que hacer que ellos no me lo noten –indica,
señalando hacia la sala donde se reúnen los familiares. En cambio tú…
Ambos se quedan un momento en silencio, mientras María escudriña el rostro
del joven cartero, intentando descubrir la respuesta a una pregunta que, finalmente, se
atreve a formular.
-¿Por qué lo hiciste?
-¿El qué? ¿Bajar a las vías? –ella asiente. Miguel respira hondo. No es una
pregunta fácil-. No lo sé. Escuché la explosión… no sé, tenía que hacer algo. No puedo
quedarme en la cama todo el día sin hacer nada.
María le mira con el ceño fruncido.
-¿”Puedo”?
-¿Qué?
-Has dicho “puedo”. Si te referías sólo a hoy deberías haber dicho “podía”…
-No me psicoanalices, María –responde él, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Sabe que ha metido la pata y que ella también lo sabe, pero no le apetece quedarse a que
le digan lo que él ya sabe sobre su propio mundo interior.

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PONGAMOS QUE HABLO

Trayecto entre la estación de Atocha y el Hospital Gregorio Marañón, Madrid.


15:02 horas
El joven no hablaba. No era algo raro, piensa Eduardo. La gente no está muy habladora
esa mañana. Él se limita a conducir y a llevarles rápidamente a uno de los hospitales que
musitan al sentarse en los asientos traseros. Pero la mirada del chico, a través de los
cristales perlados de las primeras gotas de una lluvia impertinente, le hace intentar
entablar conversación con él.
-¿Me has dicho al Gregorio Marañón, verdad?
-Sí… sí. No sé… pero sí, al Gregorio Marañón, por favor –responde él. En la
voz Eduardo distingue cierta ansia que, por desgracia, ya no le es ajena en ese día.
-No te preocupes. La radio ha dicho que hay mucha gente en ese hospital.
Seguro que busques a quien busques estará allí –indica el taxista, aprovechando un
semáforo en rojo para lanzar una rápida mirada al chico por el espejo retrovisor. No
tendrá más de dieciocho años.
Él respira hondo y se yergue en el asiento, mirando hacia delante con lo que
parece determinación renovada.
-Sí, sí, claro que sí. Seguro –dice, pero no está muy convencido.
Se hace el silencio en el taxi. Eduardo ha apagado la radio cuando él ha subido:
imagina que no será plato de buen gusto para el chico escuchar las noticias y los
consejos que escupen las emisoras minuto a minuto. Durante un rato, sólo el sonido de
las gotas estrellándose contra el techo del coche acompañan los pensamientos de los dos
jóvenes.
-¿Sabes? Sé que está viva… se llama Marta. Llevamos juntos… tres o cuatro
meses, he perdido la cuenta. Nunca había estado tan bien… Ella acaba de empezar a
estudiar Ciencias Exactas, ¿sabes? Matemáticas. Es un hacha. Esta mañana… hay
huelga, supongo que lo sabes –Eduardo asiente. No esperaba una mañana muy movida
precisamente por esa misma razón-, pero ella ha insistido en venir. ¿Perderse una clase,
Marta? Nunca. Pero yo iba a recibirla en la universidad, no quería que pasara el día en
clase y quería llevármela a dar un paseo. No sé si habría accedido, pero ahora eso ya no
importa mucho, ¿no?
El taxista no le interrumpe. Parece que al chico le vendrá bien hablar, ya que él
no le ha preguntado nada y él se lo está contando todo. Supone que ese día lo mejor que
se puede hacer es no guardarse nada para sí mismo.
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PONGAMOS QUE HABLO

-Cuando he visto lo que ha pasado, la he llamado, y durante varias horas nadie


cogía el teléfono. He venido entonces a Atocha, no sé qué hora sería… pero aquí ya no
quedaba nadie… ya sabes. Así que la he vuelto a llamar. Y se ha puesto su madre.
Eduardo lanza otra mirada por el espejo. La voz se ha crispado al hablar de la
madre de Marta.
-Esa mujer… me odia, no sé por qué. Será porque yo sólo estoy haciendo
Historia, y ella todo lo que no sean ciencias… es médico. Bueno, el caso es que lo ha
cogido ella y me ha dicho que Marta estaba bien… pero luego me ha echado la culpa.
Dice que venía a verme y que por mi culpa…
-Seguro que no es tu culpa.
-No, no lo es –responde él, seguro de sí mismo-. Pero ella lo cree, y no me ha
querido decir en qué hospital está. Pero por lo que me han dicho en la estación, lo más
probable es que esté en el Gregorio Marañón, ¿no? –inquiere esperanzado.
-Sí, hay mucha gente allí –repite Eduardo.
En ese momento entran al aparcamiento del hospital. Está abarrotado, por lo que
tiene que dejar al chico en la entrada, lejos de la zona de urgencias.
-Gracias… ¿cuánto…?
Eduardo levanta la mano, en un claro gesto que dice “déjalo”.
-Encuéntrala, ¿vale? Seguro que te echa de menos.
El chico sale del coche después de dar las gracias y echa a correr hacia el
edificio, abriéndose paso entre la muchedumbre que se agolpa en los alrededores del
centro.
Mientras sale del hospital, Eduardo se pregunta si Marta es quizá alguna de las
chicas jóvenes con mochilas hechas jirones que ha llevado, esa mañana, al Gregorio
Marañón.
Quién sabe.

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PONGAMOS QUE HABLO

Parque del Retiro, Madrid. 15:12 horas


De nuevo, van en silencio, uno al lado del otro, pero sin tocarse. Cada uno está inmerso
en sus propios pensamientos, pero son pensamientos agobiantes y aterradores, por lo
que deciden romper el silencio.
A la vez.
-¿Cómo estás?
-¿Cómo estás?
Bea se detiene y suelta una pequeña risita entre dientes. Se arregla un mechón de
pelo, poniéndoselo detrás de la oreja. Marcos sonríe también, intentando no mirarla
embobado.
-Las damas primero.
Su amiga se encoge de hombros, mientras echa de nuevo a andar. Pasean por
una de las veredas del parque, protegidos de la incipiente lluvia. Algunas gotas
atraviesan la capa de hojas que los árboles han trazado sobre ellos y se estrellan contra
el suelo de gravilla.
-No lo sé. Es todo raro.
Marcos se da cuenta de que se ha agarrado el brazo, apretándose allí donde le
han extraído sangre.
-Esta mañana, ya sabía que iba a ser un día extraño, pero no sabía… vamos, no
me imaginaba que ahora estaría aquí contigo. No me malinterpretes –se apresura a
concretar Bea-, estoy encantada, pero ha sido… raro. No esperaba que te fueras a
ofrecer a venir conmigo.
-Ya. Yo tampoco –dice Marcos, sonriendo ligeramente-. No sé muy bien por qué
he venido contigo, sobre todo porque no apenas habíamos hablado antes de hoy.
-Yo… no te ofendas, pero creo que no tenía muy claro quién eras. Te confundía
con Félix.
Marcos siente una punzada de furia en su interior. ¿Félix? ¿El compañero con el
que se sienta y que se pasa el día dibujando animes sobre los apuntes?
-En cambio, yo sí sabía quién eras –asegura Marcos, y rápidamente se da cuenta
de lo que ha dicho. Bea también descubre algo raro en la frase de su amigo, por lo que
se gira rápidamente, con una media sonrisa en los labios-. Quiero decir… ya me
entiendes.
-Sí. Creo que sí –sonríe ella. ¿Por qué sonríe?
62
PONGAMOS QUE HABLO

El paseo les lleva hasta un viejo kiosco donde antes se celebraban conciertos, y
Bea sube a él. Desde allí, acodada en la barandilla, mira el parque que se extiende
silencioso ante ella. En las profundidades de la zona verde más grande del centro de
Madrid, las sirenas apenas se oyen. Además, son más de la tres de la tarde. Ha pasado
mucho tiempo desde los atentados.
-¿Tú… tú entiendes algo? –pregunta Marcos, acodado también a su lado.
-No mucho –murmura Bea. La chica agacha la mirada, y el rostro desaparece
detrás de sus rizos oscuros-. Pero no creo que hoy nadie entienda nada. No es un día
para entender, sino para aceptar y lamerse las heridas.
-Sí, supongo que tienes razón.
-¿Y tú? ¿Entiendes algo?
-Entiendo que lo que ha pasado hoy no puede ser entendido nunca. Y eso me
consuela, me hace sentir menos tonto.
Bea suelta una carcajada, y el sonido de su risa alivia, durante un instante, el
espíritu de una ciudad que sangra.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 15:25 horas.


Está contenta de que la comida haya acabado en relativa paz. Ella, por supuesto, apenas
ha probado la carne. Últimamente no tiene hambre, y sus padres están preocupados,
pero eso Irene no lo sabe, así que no se preocupa en decirles que está bien, que es la
gripe la que elimina el sabor de todos los alimentos.
Tras ayudar a recoger la mesa, Irene ha recorrido lentamente el corto trayecto
hasta su habitación, arrastrando los pies por el pasillo. Cierra la puerta tras ella.
Está en su santuario.
Desde que era pequeña, y la joven está especialmente orgullosa de ese pequeño
éxito en su familia, la decoración de su cuarto ha sido únicamente competencia suya. Ni
su madre ni su padre han tenido nada que decir en lo referente a los pósteres, cuadros o
láminas que adornan las paredes, así como sobre las estatuillas o reposalibros que se
abren un espacio en las estanterías abarrotadas de libros.
Irene adora la naturaleza. Por eso está estudiando Ciencias Ambientales, y eso se
nota en la decoración: paisajes, animales (la cola de una ballena sobre el agua, con las
gotas perladas colgando de las aletas, es su favorita) y un mapamundi físico que ocupa
toda una pared y al que tiene especial cariño porque se lo regaló su abuelo antes de
morir, son los principales aderezos de su cuarto, donde ella es la ama y señora. Ni
siquiera con la música le molesta su madre. Mientras enciende el ordenador, que tarda
en cargar por ser ya un modelo antiguo, levanta el mando del reproductor de cedés por
encima de su cabeza, como siempre, y los primeros acordes de Amaranth, de Nightwish,
rompen el silencio de la habitación.
Tararea distraídamente mientras sigue el ritmo con el pie. Tiene demasiadas
cosas en la cabeza.
Necesita escribir.
Hace varios días que no actualiza su blog. Ella tiene uno, claro está, porque es lo
que está de moda: ahora mismo, si no tienes un blog no tienes nadie. Una amiga suya,
Elena, los sabe hacer muy bien, así que le pidió que le diseñara uno al que llama “El
último canto de la nieta de la Tierra”. Bajo ese sugerente y misterioso nombre, que tiene
su origen en uno de sus libros favoritos, La venganza de la Tierra, de James Lovelock,
Irene cuelga, para quien quiera leerlas, sus reflexiones, sus miedos, sus deseos… en fin,
todo lo que sale del teclado cuando se pone delante de la pantalla del ordenador.
Esa tarde, tiene mucho que contar.
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PONGAMOS QUE HABLO

No sabe si alguien la leerá. Tiene un seguidor más o menos fiel, al que no


conoce pero que siempre firma con el nombre de “Jaguar”, que lee sus textos y deja sus
impresiones. Parece simpático, pero no puede fiarse de nadie que se esconda detrás de
un nick en internet. Además, el tal “Jaguar” ni siquiera tiene blog, así que no sabe nada
de él. Aún así, espera ansiosa sus comentarios, porque siempre suele añadirle algo
nuevo en qué pensar.
Cuando la página se carga, entra con su nombre de usuaria (“Nieta”, ella
tampoco es tan tonta de poner su propio nombre en su blog) y la contraseña.
Rápidamente aparece en la pantalla la familiar imagen del cuadro de texto en blanco y
un límite de caracteres: 50.000.
Espera tener suficiente.
Pone un título, Once, y empieza a escribir:

“Hoy es once de marzo. Seguro que ya os disteis cuenta de que no es un día


como otro cualquiera. Los informativos no mostraron noticias de Estados Unidos, ni
los rostros sonrientes de los políticos nos amargaron la comida, ni siquiera nos
informaron de qué pasó en el entrenamiento de algún estúpido equipo de fútbol.
Hoy, todo está en Madrid,
Alguna vez he dicho que creo en la conciencia de la Tierra, en una mentalidad
global para la que el ser humano es un insecto, un juguete, y que puede amoldarnos a
su voluntad. Hoy creo que esa voluntad está fija en un punto cercano para unos y
lejano para otros, pero que todos conocemos.
Madrid.
Hasta la madre Tierra llora. Madrid llora. Yo lloro.
¿Y tú?

La Nieta”

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle de Rafael de Riego, 12, Madrid. 15:40 horas


-¿Seguro que no quieres más?
Raúl parpadea y se repantiga en la silla, sonriendo en lo que a Rebeca le parece
una mueca forzada.
-No, no, estoy lleno.
La joven periodista se levanta, llevándose los platos. Cuando Raúl pretende
hacer lo mismo, ella niega vigorosamente y deja los platos sobre el estante de la cocina
office, que se abre al elegante salón donde ambos han comido.
-Menudo piso, ¿eh?
-Te ha gustado –sonríe Rebeca mientras vuelve a la mesa-. Es la cuarta vez que
me lo dices.
-Ah, sí. Es verdad. Es que… estoy un poco bloqueado.
Raúl respira hondo y mira a la periodista un segundo. Luego, aparta rápidamente
la mirada, avergonzado.
-Igual necesitas hablar de otra cosa-
-Sé lo que quieres, Rebeca –asegura Raúl, mirándola de nuevo. La camisa que le
ha dejado ella le viene grande. Era de un ex novio suyo que olvidó mucha ropa en casa
antes de huir de Madrid sin decirle siquiera adiós, como le ha contado, y Raúl se arregla
las mangas despreocupadamente. Su voz, sin embargo, suena repentinamente gélida-.
Te he visto trabajar esta mañana, deberías acordarte. Pero no te preocupes. Te hablaré
de lo que quieras o de lo que te pueda contar, pero no ahora. Necesito descansar. Esta
mañana me he levantado muy temprano y…
Rebeca se levanta como un resorte cuando él aparta la silla perezosamente.
-Tienes… duerme en mi cama, yo no estoy cansada.
-¿Seguro?
-Sí, tranquilo. Me quedaré reordenando las notas y viendo la televisión.
-Vale, bien. Gracias.
Cuando Raúl ya ha cerrado la puerta de la habitación, Rebeca se queda sola en
medio del salón. Más allá de la ventana, bajo la cual se extiende todo Madrid, late el
alma del reportaje que va a escribir y que espera poder plasmar adecuadamente. Se deja
caer sobre el sofá y enciende la tele sin muchas ganas.

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PONGAMOS QUE HABLO

Hospital Doce de Octubre, Madrid. 15:55 horas.


Alba se ha vuelto a dormir. Jermaine ha desistido de intentar animarla cuando ha tenido
que volver a llamar a la enfermería para que manipulara el gotero y la niña se
tranquilizara después de un nuevo relámpago de dolor en sus piernas.
Jermaine sigue a su lado, cantando de nuevo en voz baja. Acaricia con el pulgar
la mano de la niña, medio adormilado en la semi penumbra de la habitación. Es una de
las ventajas de vivir solo es España: puede pasar mucho tiempo con Alba en el hospital
porque no tiene nadie que se preocupe por él. De repente, se le ocurre que esa idea es
también muy triste.
Llaman a la puerta y dos médicos entran sin esperar respuesta. Jermaine se
levanta, sin soltar la mano de Alba.
-Buenas tardes. Soy el doctor González, y éste es el doctor Cuesta. Nos
ocupamos de Alba.
Los dos hombres, más o menos de mediana edad y con los rostros crispados por
el miedo, sonríen como pueden mientras cogen el historial de Alba de una especie de
bandeja que hay al lado de la puerta. Ambos leen el papel y luego el doctor Cuesta mira
a Jermaine.
-Usted no es su padre.
-No. Yo… -intenta buscar las palabras-… encontrar Alba. En vías.
-Entiendo… vamos a ver cómo está nuestra campeona… -exclama el médico,
dando una palmada. Alba abre los ojos y aprieta la mano de Jermaine.
-Está dormida. No despertar.
-Necesitamos que esté despierta, tenemos que saber cómo va el postoperatorio.
Venga, Alba, cariño, despierta.
La niña poco a poco se despeja, mirando con miedo a los dos médicos.
-¿Y mi mamá?
-Está a punto de llegar. Yo te he curado y ahora quiero ver cómo estás. ¿Te duele
la pierna?
-No, no… ay, sí, sí me duele…
Jermaine aparta de un manotazo la mano del médico, que presiona las vendas de
la pierna derecha de Alba, que es la que más herida tenía por la mañana.
-Déjala –dice, mirando fijamente al doctor González.
-Mire, señor, tenemos que ver cómo va…
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PONGAMOS QUE HABLO

-Le duele.
-Claro que le duele, lo que le hemos hecho no es algo que se cure con un par de
horas de reposo –responde el doctor. Mira fríamente a Jermaine, como si no pudiera
entender que alguien cuide tanto de una niña a la que ha conocido esa misma mañana, ni
siquiera aunque esa mañana sea tan diferente de cualquier otra.
-Mire, si le duele es buena señal. Eso significa que se está curando. Mire…
Y el doctor González se arranca en una rápida explicación de las heridas de la
niña y la operación a la que le han intervenido, pero Jermaine no entiende la mitad de lo
que dicen, y la otra mitad es demasiado horrible como para entenderlo, así que se limita
a mirar inexpresivamente al doctor, recitando en su cabeza todas las canciones en
francés que se le ocurre para bloquear las palabras que, en castellano, dispara hacia él el
médico.
Por fin, ambos parecen darse por satisfechos. Tras despedirse de Alba
cariñosamente, los dos doctores salen de la habitación, lanzando una última e
indescifrable mirada a Jermaine.
La niña llama a su amigo en voz baja.
-Sí. Cantar.
Y Jermaine vuelve a cantar, en voz muy baja, acariciando la mano de Alba, que
pronto vuelve a dormir. Esperanzado, se da cuenta de que la niña no ha necesitado de
calmantes para conciliar el sueño por primera vez en todo el día.

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PONGAMOS QUE HABLO

Pabellón 6 de IFEMA, Madrid. 16:21 horas


Por el rabillo del ojo, Sara ve a Miguel salir apresuradamente del recinto por las puertas
giratorias. Ella está masticando sin ganas un bocadillo, que no consigue tragar, en un
momento de descanso que le han obligado a tomarse. Decide salir detrás de él. El joven
cartero que han conocido en Atocha parece necesitar ayuda.
En el exterior sigue lloviznando. Más allá del abrigo del enorme edificio, la
lluvia golpea los vehículos aparcados cerca, y el sonido de las gotas contra los cristales
rompe el fúnebre silencio de la tarde madrileña. No muy lejos de la puerta, Miguel está
apoyado contra la pared, las manos debajo de sus axilas. Tiene la mirada perdida en
algún punto del aparcamiento.
-Hola.
Miguel levanta la cabeza y clava en Sara sus ojos oscuros, cubiertos por una
extraña pero por desgracia ya familiar pátina de dolor, que empaña la mirada del joven
-Hola –se limita a saludar.
Sara sabe que, aunque él no lo quiera y nunca lo reconocería, Miguel necesita
ayuda. Es una víctima más, aunque diferente de las que están dentro de IFEMA. Joder,
piensa, si hasta ella, que está a unos meses de ser una psicóloga ya licenciada, no le
vendría mal algo de tratamiento profesional. Sin embargo, precisamente por eso, la
chica no tiene ni idea de cómo ayudarle: todo lo que han dado en clase le parece vacío
de contenido e interés.
Por suerte para ella, es él quien rompe el incómodo silencio.
-En momentos como este desearía fumar –dice Miguel, esbozando una triste
sonrisa-, aunque fuera para tener algo que hacer con las manos.
Sara se da cuenta de que el joven esconde las manos pegadas a su cuerpo, que
tiembla ligeramente, casi imperceptiblemente.
No hace frío.
No tanto.
-Dicen que fumar es malo.
-Ya. Aunque eso ahora mismo me da igual.
Durante un rato, ambos permanecen en silencio, observando la lluvia caer a
apenas unos metros. Frente a ellos se detiene un taxi, del que bajan dos personas de
mediana edad hechas un manojo de nervios que atraviesan las puertas del edificio.

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PONGAMOS QUE HABLO

-¿Sabes? He estado con una chica… tendría, no sé… dieciocho o diecinueve…


va a la universidad –explica Miguel-, estudia Derecho o ADE o algo así. Esta mañana se
ha quedado en casa, pero sus padres y su hermana han venido a Madrid, como todas las
mañanas. Además, el coche de su padre estaba en el taller, así que han cogido el
cercanías. Ella tenía huelga.
Respira hondo, intentando digerir la historia.
-¿Qué le voy a decir si hace siete u ocho horas que no sabe nada de ellos? En los
hospitales les han dicho que tienen que estar aquí.
Y de nuevo, como un globo de agua que estalla sobre sus cabezas, la evidencia
de todas y cada una de las historias que llevan escuchando durante toda la mañana. Ni
siquiera, y eso Sara lo sabía antes de ponerse a trabajar, el tiempo ha conseguido rebajar
la fuerza de la desgracia de todas esas vidas que han vuelto a empezar, de una manera u
otra, con las explosiones de esa mañana.
-En estos casos, me temo que poco o nada puedes decir. Simplemente tienes que
intentar que se tranquilicen.
-Es complicado que mantengan la esperanza….
Sara niega.
-Cuando vienen aquí, ya la han perdido. Han perdido toda esperanza.
-No, no, eso es lo extraño –señala Miguel, negando a su vez. Mira a Sara para
dar más fuerza a sus palabras-. Esa chica tenía esperanza. No sé de dónde la sacaba,
pero la tenía. Decía que sentía que su familia seguía viva y que había habido algún tipo
de error en los hospitales.
Sara se encoge de hombros.
-Supongo que será eso lo que llaman “sacar fuerzas de flaqueza”.
-No lo sé, Sara, pero cuando he visto a esa chica… no sé, he pensado… me ha
parecido casi insultante estar como estoy. Ella debería estar destrozada, y aún así tiene
esperanza. Yo no he perdido a nadie, pero mira tú por dónde, estoy así. Así.
La psicóloga se da cuenta de que es la primera vez que Miguel reconoce que está
mal, que tiene heridas que van más allá de la sangre y el dolor físico. Pero no acierta a
decir nada con sentido. Simplemente le pone una mano en la espalda… y entonces él se
lanza a sus brazos. La abraza como si fuera su hermana, como si fuera su ser más
querido al que hace años que no ve, y comienza a llorar. Sara, sorprendiéndose incluso a

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PONGAMOS QUE HABLO

sí misma, responde al abrazo y pronto se deja llevar por la suave cadencia del llanto de
su amigo.
Ella también llora.

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PONGAMOS QUE HABLO

Parque del Retiro, Madrid. 16:30 horas


No se dan cuenta de lo rápido que pasa el tiempo. Perdidos en los paseos del Retiro,
caminando bajo la sombra de los árboles del parque. Desde aquella carcajada en el
quiosco de conciertos, la relación entre ellos parece haberse distendido. De hecho,
durante un tiempo han podido olvidarse de todo lo que ha pasado esa mañana, hablando
de las clases y los profesores. Las acertadas imitaciones de Marcos han provocado que
Bea riera una y otra vez, y el chico es feliz cuando ve a ella feliz.
Ahora mismo, se han acercado al lago. Las barcas, normalmente llenas de
turistas o parejas, están amarradas en el pequeño embarcadero. Durante un par de
minutos, observan, en silencio, los diminutos círculos que las gotas de lluvia provocan
en la lisa superficie del lago.
-Tengo hambre –dice Bea.
Marcos se da cuenta, entonces, de que él también está hambriento. Levanta la
cabeza. Desde ahí se ven varios puestos de comida, pero están cerrados. Supone que en
un día como ese es normal que los vendedores hayan preferido quedarse en casa a venir
a trabajar a un parque que parece desierto. Con un nudo en la garganta, piensa que,
quizá, ellos podían venir en uno de los trenes.
-Espera… creo que tengo el bocadillo del almuerzo en la mochila.
Mientras está rebuscando en la mochila, arrodillado, Bea siente un repentino
impulso de juguetear con sus dedos en los rizos oscuros del chico. Para refrenarlo,
vuelve a mirar al lago, respirando hondo.
-Ya está. Tachán –exclama Miguel teatralmente, enseñando un paquete arrugado
y aplastado que huele a fiambre. Debe de ver la cara que pone Bea, porque se apresura a
levantar el bocadillo, como si fuera un tesoro-. Eh, no pongas esa cara. Estará arrugado,
pero es de jamón. De jamón del bueno. ¿No vas a decirle que no, verdad?
-No, claro, cómo podría –responde ella, riendo.
Mastican el pan duro y el jamón que, pese a ser del bueno, tampoco está en su
mejor momento, a orillas del lago. Repentinamente, Bea se endereza y se levanta del
banco donde estaban sentados.
-Vámonos de aquí. Este lugar me pone los pelos de punta.
Su amigo también se levanta, aunque no entiende qué le ha pasado a Bea, que ya
se aleja, casi corriendo, del lago.
-Ey, ¿estás bien?
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PONGAMOS QUE HABLO

-Sí, sí, nada importante –dice ella, cuando Miguel le alcanza. Su mirada huidiza
y la palidez de su rostro, repentinamente acuciada, parecen decir lo contrario-. Es que
simplemente… el lago… de repente no me ha gustado nada. No sé.
-Ya. Te entiendo –miente el joven.
-Hazme un favor. Abrázame.
Del susto casi se le cae la punta del bocadillo, lo único que le quedaba. Miguel le
mira de hito en hito, como si le acabara de pedir que matara a toda su familia con un
hacha y arrojara sus cuerpos al Manzanares.
-Por favor. Sé que no hay confianza, pero….
El abrazo del chico acalla las protestas de Bea. Se deja envolver por el cuerpo
del joven, delgado y fibroso, y hunde la nariz en su abrigo, que huele a tela mojada.
Ajeno al abrazo de los dos amigos, a apenas unos metros, pasea un hombre
joven, que arrastra los pies sobre la gravilla de las veredas.

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PONGAMOS QUE HABLO

Trayecto entre la plaza de Neptuno y el Hospital Gregorio Marañón, Madrid.


16:48 horas.
Aún no ha llegado a Atocha cuando, en la plaza de Neptuno, un anciano con aspecto
desorientado le da el alto. Eduardo pone los intermitentes y se detiene a su lado.
-Usted dirá, caballero. ¿Dónde lo llevo?
El hombre tarda unos segundos en responder, pero cuando lo hace su voz suena
fuerte y segura.
-Al Hospital Gregorio Marañón.
Otra vez. Eduardo suspira y arranca.
Durante un rato, el taxi atraviesa Madrid rápidamente, recorriendo las calles de
la capital con precisión quirúrgica: es la enésima vez que repite ese trayecto, o uno
parecido, durante esa mañana.
Eduardo aprovecha un semáforo para frotarse los ojos de puro cansancio. De
paso, lanza una mirada, a través del espejo retrovisor, al señor que lleva en el asiento
trasero.
Es un hombre bien parecido, de sesenta o setenta años, completamente calvo. El
bigote, bien recortado, reposa sobre los labios que se agitan nerviosos, convulsionados
por la incertidumbre. Tras unas gafas redondas, sus ojos azules miran por la ventana,
Eduardo supone que sin ver nada. El anciano comienza a temblar violentamente,
mientras intenta respirar hondo.
De golpe, comienza a llorar.
Toda la fortaleza que ha aparentado hasta el momento ha desaparecido de
repente. Sin apartar los ojos del tráfico, Eduardo le alarga la caja de pañuelos de papel
que compró por la mañana, sólo por si acaso.
-Gra… gracias.
El hombre se suena ruidosamente, y sigue llorando en silencio.
-¿Está bien? ¿Quiere que paremos?
-No… no, no se preocupe. Siga, siga.
Suena el teléfono móvil del encima. Su música estridente y demasiado alta,
seguramente ajustada por sus nietos, inunda el coche.
-¿Dígame? Sí, soy yo. Sí, es mi mujer… ¿qué dice? ¿en serio? Dios, no sabe
cuánto… sí, sí, estoy yendo precisamente hacia allí… gracias. Adiós, gracias.
El hombre cuelga y respira hondo, visiblemente más tranquilo.
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PONGAMOS QUE HABLO

-¿Todo bien?
Él asiente.
-Sí, me han llamado. Está… está bien.
-Supongo que estará más relajado.
El anciano mira a Eduardo.
Sonríe.
En su rostro, el taxista lee esperanza.
-Por supuesto.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Pedro Duro, 18, Gijón. 17:12 horas.


La cancela del portal se cierra con fuerza detrás de ella. No puede pasar más tiempo en
casa, y tras convencer a su madre, reticente por la sempiterna gripe, Irene ha salido a dar
un paseo. No sabe dónde ir, simplemente quiere tomar el aire y alejarse de la televisión,
la radio e internet. Tanto es así que se ha dejado en casa el móvil. No quiere saber nada
de nadie, al menos durante un par de horas. Necesita estar a solas consigo misma, para
intentar comprender algo de lo que está pasando y que ahora, horas más tarde, sigue sin
captar.
Al salir de casa, baja la calle, dirigiéndose hacia la estación de trenes. Allí, el
servicio no se ha detenido. Llegan los trenes de cercanías, que unen Gijón con los
pueblos del resto del Principado. Obviamente, piensa mientras se detiene ante los
paneles que señalan las entradas y salidas, el tamaño de ese pequeño núcleo ferroviario
en Asturias es mucho menor que el de Madrid, pero al fin y al cabo es gente que va a
trabajar o a estudiar. Se le hace un nudo en la garganta y tiene que salir de allí.
Está comenzando a lloviznar, ese orbayo típico de Asturias, pero a Irene no le
importa. Siempre le ha gustado la lluvia, como ella cree que le debe gustar a todo buen
asturiano. Apenas se le moja el pelo cuando cruza hacia la plaza del Humedal. Allí,
sentadas en un banco, como todas las tardes, están unas compañeras de la universidad.
Van a clase por la mañana, y como tienen las tardes libres, las pasan en el banco
del parque, sin hacer nada productivo. Irene se ha unido a ellas varias veces, pero no ve
ningún aliciente en pasar toda la tarde sin hacer nada más que comer pipas y cotillear
sobre el resto de compañeros de clase. De hecho, le parece una actitud infantil. Ese día,
Irene no tiene ganas de hablar con ellas, y cuando ya vuelve a casa, una de ellas la llama
a gritos. Los pocos niños que ese día, quién sabe si por el mal tiempo o por el miedo de
sus padres, se han acercado al parque de la plaza la miran interrogantes. Irene ensaya su
mejor sonrisa y se gira hacia ellas.
-Ay, hola, no os vi.
-¿Qué tal? Hace tiempo que no vienes por clase.
-Sí, bueno, estoy un poco constipada –tose para corroborar sus palabras-, pero el
lunes espero ir ya otra vez.
-No te estás perdiendo nada. Hoy fuimos para nada, porque dejaron de dar clase
en cuanto se enteraron de lo de Madrid. Nosotras encantadas, claro, pero ir hasta la
facultad para nada…
76
PONGAMOS QUE HABLO

La típica mentalidad universitaria: un día en la facultad sin dar clase es un día


perdido, y no porque sus compañeras sean especialmente trabajadoras, sino porque de
Gijón a Oviedo hay un buen trecho que tienen que recorrer todos los días.
-Bueno, ¿qué opináis? –pregunta una de ellas, una joven morena llamada Carlota
que se peina siempre con una larga trenza, tras dirigir una desdeñosa mirada a Irene.
Ella aparta la mirada. No le apetece hablar del tema. Se volverá a entristecer.
-A mí me parece una estupidez. No estará mucho tiempo con él, todo el mundo
sabe que Manu pasa de las de primero…
-Sí, pero mientras tanto Elisa disfruta...
-Chicas, ¿yo me voy, vale? No puedo estar mucho tiempo fuera de casa, por la
gripe –miente Irene. Le aburren las conversaciones estúpidas y banales de sus
compañeras.
Ellas se despiden mientras Irene vuelve a casa bajo la suave y fina lluvia,
retomando rápidamente su insulsa conversación.
Al fin y al cabo, la vida no se detiene por nada ni por nadie.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle de Rafael de Riego, 12. Madrid. 17:40 horas.


Por enésima vez, Rebeca borra el primer párrafo. No le convence, no consigue
transmitir todo lo que ha vivido en apenas unas líneas. Se quita las gafas y se frota los
ojos. Está cansada, pero tiene que escribir el reportaje antes de las nueve o diez de las
noche. Por supuesto, ya ha enviado varias noticias con lo que ha sufrido esa mañana, y
el resto de contenidos meramente informativos los han enviado varios compañeros que
se han desplazado precisamente con esa intención a Madrid.
Pero ahora, sentada delante del ordenador, no escribe nada con sentido, y se está
haciendo tarde. Comprueba la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla. Las seis
menos veinte.
Raúl lleva durmiendo dos horas.
La joven periodista se levanta del sofá, dejando el portátil sobre los cojines.
Mueve la cabeza en círculos, desentumeciendo los músculos del cuello. La televisión
lleva apagada toda la tarde… por eso le extraña escuchar el familiar tono de
informativos de alguna emisora de radio.
La puerta del dormitorio está entreabierta. Sobre la cama, con los codos en las
rodillas, Raúl apoya la cabeza en las manos, mirando fijamente a los altavoces. Rebeca
se apoya en la cómoda, frente al espejo. El joven no levanta la cabeza, porque ya sabe
que su anfitriona ha entrado a la habitación.
-¿Has descansado? –pregunta ella.
-Sí, algo. He tenido…
Pesadillas. No hace falta que complete la frase. Rebeca le ha oído gritar y llorar
en sueños, pero no se ha atrevido a entrar en la habitación por miedo a asustarle.
-No te preocupes. Es normal.
-¿Y tú? –inquiere Raúl, mirándola por primera vez. Debajo de los ojos tiene unas
profundas ojeras oscuras- ¿Has descansado algo?
-Algo –sonríe Rebeca, y miente. No ha parado de trabajar, pero porque tiene
miedo de que en cuanto pare un instante y deje a su mente pensar y relajarse volverán a
su cabeza imágenes que no quiere revivir en mucho tiempo, aunque sabe que, por
desgracia, le tocará hacerlo pronto.
Permanecen en silencio, escuchando la triste cantinela de las noticias, hoy más
que nunca tremendamente deshumanizada.
-¿Vas a…?
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PONGAMOS QUE HABLO

-Sí, sí. Claro. Supongo.


Rebeca respira hondo y vuelve la mirada hacia el joven camarero.
Es su momento.

79
PONGAMOS QUE HABLO

Pabellón 6 de IFEMA, Madrid. 18:00 horas.


Están sentados a las afueras del pabellón, esperando. Poco o nada queda ya por hacer.
Llevan toda la tarde animando, o al menos, intentándolo, a los familiares de las víctimas
No es fácil, y la labor es estéril en muchos casos. En otros, sin embargo, la simple
presencia de los ojos claros de Sara o de la sonrisa de Miguel consiguen un efecto
superior al de cualquier medicamento o calmante que se pudiera recetar.
Ellos tres llevan lidiando con esa dualidad de sentimientos todo el día. Van a
rachas, como una montaña rusa: su ánimo decae o mejora sin ninguna razón en especial.
La reacción de una mujer mayor o de un joven apenas unos años más pequeño que ellos
al recibir el consejo y el apoyo de los tres amigos es suficiente para destrozarles
anímicamente o, por el contrario, hacerles creer que de verdad pueden hacer algo.
Ahora, han decidido tomarse un descanso. Es tarde, al menos para ellos, que
llevan en pie desde las ocho de la mañana, sin apenas un instante para parar y recupera
el aliento. Mastican unos bocadillos duros que ha conseguido María, aunque ninguno
tiene hambre. No hablan, porque saben que intenten entablar la conversación que
intenten entablar les saldrá algo sin sentido, insulso y aburrido, porque sus cabezas
estarán en otra parte y con otras personas.
Sin embargo, María sí saca tiempo para lanzar un par de miradas de reojo a
Miguel. En medio de todo el horror y la tristeza, ella aún ha sonreído un par de veces,
siempre gracias al joven cartero. Se han conocido esa misma mañana, pero ella ya siente
en su interior algo que, obviamente, no podía pensar que fuera a nacer precisamente ese
día.
Las puertas, detrás de ellos, se abren de nuevo. Nadie se gira, porque saben
quién sale. Alguna madre angustiada, un padre que se siente culpable, un par de niños
acompañados por alguna vecina. Pero Sara sí levanta la cabeza, por mero acto reflejo.
-Chicos. Chicos. Mirad.
Del pabellón 6 de IFEMA salen un grupo de médicos. Sara, Miguel y María sabe
que lo son porque los han visto durante todo el día. Son forenses.
-Vale. Es la hora.
A María le cuesta un momento entender a qué se refiere su amiga, sus ojos
pardos clavados en los ojos azules de la joven. Miguel no entiende nada, aunque ya se
va haciendo una idea de lo que toca ahora.

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PONGAMOS QUE HABLO

-Ah sí. Claro. Miguel, escucha –María mira fijamente a los ojos a su amigo. Está
cansado, sí, pero también determinado a ayudar hasta que el cuerpo no dé más de sí. Y
un cuerpo acostumbrado a caminar durante horas por todo Madrid repartiendo cartas
puede aguantar mucho tiempo-. Ahora toca la labor más complicada. Tendremos que
decir a muchas de esas familias que sus seres queridos… bueno, que están aquí. No será
plato de buen gusto.
Miguel permanece en silencio, librando lo que parece una silenciosa pero
cruenta batalla consigo mismo. Puede huir, y de hecho es lo que le pide el poco sentido
común que tiene, pero por otra parte, no quiere hacerlo. Dejará el trabajo a mitad,
aunque cree que lo que hará a partir de ahora no tendrá ningún tipo de utilidad. Además,
no sabe si podrá hacerlo. Quizá se derrumbe… una cosa es decirle a alguien que su
familiar puede seguir vivo, que tenga esperanzas… y otra muy distinta informarle de
que le espera en una fría sala adyacente. No es lo mismo.
Por eso, le parece que su propia voz llega de muy lejos cuando dice, con
seguridad:
-Dime qué hay que hacer.
Empieza a llover. Otra vez.

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PONGAMOS QUE HABLO

Parque del Retiro, Madrid. 18:32 horas.


Desde aquel extraño abrazo cerca del lago dos horas antes, Bea y Marcos han roto la
barrera del contacto físico. No quieren volver a casa, y llevan dando vueltas por el
parque y sus alrededores desde las cuatro de la tarde, haciendo tiempo antes de coger el
metro que les lleve de nuevo a la civilización, a la ciudad que muere a apenas unos
metros. Se cogen de la mano, se abrazan, se reconfortan con la presencia del otro, aún a
sabiendas de que probablemente haya sido el acontecimiento de esa mañana lo que les
ha unido. Marcos alberga en su interior un sentimiento que le da pánico: quizá, a la
mañana siguiente, cuando vuelvan a clase, Bea no le da ninguna señal de recordar qué
ha pasado ese día.
Pero aún queda para volver a clase, y ambos prefieren disfrutar del tiempo que
están juntos, relajándose en unos abrazos y unas caricias que no creían tan cálidos.
Ahora, de hecho, Marcos le lleva la mochila a su amiga, que apenas pesa, mientras
pasean por una vereda solitaria y fresca. Están en silencio, en uno de esos momentos de
silencio en medio de la verborrea de la chica, que a veces les sobreviene, quizá porque
algún pensamiento oscuro y pesimista se abre paso entre la capa de felicidad quién sabe
si artificial bajo la que ambos se han guarecido.
-Marcos, mira.
El joven sigue las indicaciones de Bea. Arrastrando los pies, levantando nubes
de polvo de gravilla a su paso, camina un chico con aspecto distraído. Mantiene la
mirada fija en algún punto del horizonte, y los brazos inertes a ambos lados del cuerpo.
La chaqueta está mal puesta, torcida, y bastante sucia, se puede apreciar incluso desde
lejos. Está despeinado.
Antes de que Marcos pueda hacer nada, Bea ya camina hacia él. Apenas tiene
unos años más que ellos.
-Perdona. Perdona, ¿estás bien?
El chico no detiene su paseo, caminando a paso lento hacia una dirección que
sólo él conoce. De repente, sin saber por qué, Marcos se pone extrañamente en alerta.
Quizá es algo parecido a lo que Bea sintió antes, en el lago: irracional pero
tremendamente poderoso.
-Bea, vámonos. Bea… por favor.
-No, espera –chista ella, haciendo un gesto de desdén hacia su amigo-. Perdona,
¿estás…?
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PONGAMOS QUE HABLO

Le pone una mano en el hombro, pero la aparta casi al instante. Da un paso atrás,
mirándose la palma de la mano.
Una tenue marca rojiza ensucia la piel de la chica.
Sangre.
Marcos se fija entonces en el desconocido. Tiene la ropa rasgada, raída, rota por
varios sitios, y sucia de polvo y sangre seca. En el fondo de sus ojos hay… no hay nada.
Parece estar… vacío.
-Tenemos que llevarlo a un hospital –asegura Bea, aunque no se acerca a él.
-¿Cómo? Míralo cómo está. Podría estar herido. Además, no parece que esté en
muy buenas condiciones… ya sabes. Mentales.
-¿Y? Tenemos que hacer algo.
Pero no se atreven a acercarse a él. Lo siguen a una distancia prudencial,
cuidando que no tropiece con una piedra o un tronco. Bea saca el teléfono móvil del
bolsillo interior de la chaqueta y rápidamente marca el 112. A los pocos segundos,
cuelga.
-Estarán aquí en unos minutos. Me han dicho que lo vigilemos, que no se haga
daño.
Y eso hacen. Vigilarlo.

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PONGAMOS QUE HABLO

Tercera parte

Noche

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PONGAMOS QUE HABLO

“Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.”

Miguel Hernández, ‘Tristes guerras’,


Cancionero y romancero de ausencias

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PONGAMOS QUE HABLO

Trayecto hasta el Hospital 12 de Octubre, Madrid. 21:22 horas.


De nuevo, una mano anhelante rompiendo la noche. Un rostro preocupado, apenas
visible tras la sombra de incertidumbre que lo cubre. La mujer abre la puerta trasera y
entra rápidamente en el coche.
-Al 12 de Octubre, por favor. ¡Rápido!
Eduardo ha escuchado esa orden en demasiadas ocasiones a lo largo del día. La
mujer, arreglada pero con el rimel corrido ensuciándole su piel clara, es como tantas
otras que ha visto varias veces.
Sin embargo, a la luz de las farolas que rompen casi impúdicamente el atardecer
en Madrid, hoy más oscuro que nunca, los ocupantes del taxi de Eduardo parece tener
un aire nuevo. El reflejo de las luces artificiales, antes tan urbano y tan cercano, que los
hacía sentirse parte del corazón de la ciudad, ahora frío y deshumanizado.
La estrecha franja del retrovisor es la única visión que Eduardo tiene del asiento
trasero. Parado en un semáforo, alza la visa de nuevo hacia el espejo. Ella está
acurrucada junto a la puerta derecha: ha entrado en el taxi y se ha alejado de por donde
lo ha hecho. Mira por la ventanilla. Uno de sus pies golpea rápida y continuamente el
suelo del coche en un tic nervioso. La mujer suspira y mira hacia el semáforo. Frunce el
ceño.
-Está verde.
Dios, es verdad.
-Lo siento, yo…
-Estaba mirándome.
-No, no, señora, no, disculpe.
De nuevo silencio, sus ojos oscurecidos por el maquillaje malogrado clavados en
él.
-Y si no me estaba mirando, ¿por qué pide perdón?
Eduardo aferra el volante con ambas manos hasta que los nudillos se le ponen
blancos.
-Perdone. Tiene razón. Pero no me estaba…
-¿Y quién te has creído que eres para mirarme así? Eres un cerdo morboso.
El taxista no se atreve a responderle. Ella ni siquiera le mira: vuelve a observar
la ciudad que pasa rápidamente más allá de la ventanilla. Les franjas de luz de las
farolas alumbran a intervalos regulares el rostro de la mujer.
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PONGAMOS QUE HABLO

Afortunadamente, los edificios del hospital aparecen en medio del anochecer al


girar una esquina.
-¿Cuánto es?
-Nada, señora. No se preocupe.
-No, no, encima no voy a dejar que te las des de caballero –insiste ella, lanzando
al asiento delantero un billete de veinte euros.
Eduardo ni ha encendido el taxímetro al oír el destino.
Ella sale del coche y corre hacia la entrada de urgencias.
El joven taxista observa el billete de 20 euros, arrugado, reposando sobre el
asiento del copiloto.

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PONGAMOS QUE HABLO

Portal de Bea, Madrid. 21:48 horas.


Han bajado del metro en la parada más cercana a casa de Bea que, sin embargo, aún
queda a unas calles. Marcos tendrá que volver a la parada para tomar otra línea. Llegará
muy tarde a casa, pero vale la pena: pasará más tiempo con Bea.
Mientras caminan en silencio, con las manos en los bolsillos, Marcos piensa que
ahora sí comienza a sentir algo fuerte por ella. Esa mañana simplemente le gustaba el
aspecto físico de ella, pero tras pasar un día de tal intensidad con Bea está
completamente seguro de que, por desgracia, está enamorado.
Bea, por su parte, está confundida. Nunca se había sentido atraída por Marcos,
pero está claro que el paseo por el Retiro ha activado algo en su interior, algo que creía
haber sentido antes por otro chicos pero ahora se le revela nuevo y fresco. Está feliz
dentro de sus dudas, más feliz de lo que ha estado en mucho tiempo.
Por eso, cuando llegan al portal, se apoya contra la puerta de hierro forjado,
mirando al suelo. No quiere subir. Se dice a sí misma que es miedo a lo que rememorará
en cuanto se quede sola, pero en el fondo sabe que tampoco quiere alejarse de Marcos,
ni siquiera cuando al día siguiente lo verá en el colegio. Presiente que nada será lo
mismo.
Por suerte, es él quien toma la palabra.
-Menudo día, ¿eh?
Es una frase estereotipada, pero menos es nada.
-No sé ni cómo voy a poder dormir esta noche.
-Creo que me costará a mí también –Marcos chasquea los dedos delante de los
ojos de Bea-. Eh, que te duermes de pie. Mira, vamos a hacer una cosa. Si no podemos
dormir esta noche, tienes mi móvil. Si quieres… no sé… llámame o algo…
La chica sonríe al notar la preocupación y la evidente falta de soltura de su
amigo en el flirteo más básico.
-Claro. Lo haré. Pero ahora… creo que debería subir.
De nuevo, la música del móvil, interrumpiendo el momento. Bea rebusca en su
chaqueta. Comprueba el número de la pantalla y se lo enseña a Marcos.
-Sí, es mi tía. Debe de estar nerviosísima. ¿Nos vemos mañana?
Marcos asiente.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana.
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PONGAMOS QUE HABLO

Y Marcos se aleja del portal sin volverse. Es lo que más desea, pero si lo hace es
posible que Bea crea que es un pervertido o algo parecido. Así que simplemente se mete
las manos en los bolsillos de la chaqueta y camina, con la barbilla escondida bajo el
cuello del abrigo, hacia la parada de metro.
Mientras espera a que llegue el tren juguetea con el móvil, toqueteando las teclas
sin más interés que ver cómo la pantalla se ilumina y se apaga a intervalos. Ese extraño
parpadeo le recuerda, sin saber por qué (hoy es un día de recuerdos que nadie sabe de
dónde vienen), a las ambulancias y coches de policía que tanto ha escuchado esa
mañana.
Sube al tren por inercia. El andén está casi vacío, y también el vagón, tanto es así
que consigue sentarse, aún con el móvil entre los dedos. Piensa en Bea, pero también
piensa en el lago del Retiro, en el chico del atentado, en el bocadillo de jamón, en la
radio en clase, en la cola del hospital para donar sangre.
Apoya la cabeza en la ventanilla, viendo su propio reflejo en el cristal.

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PONGAMOS QUE HABLO

Pabellón 6 de IFEMA, Madrid. 22:04 horas.


-Miguel… Miguel. ¡Miguel!
Él parpadea, levantando la cabeza. No se lo puede creer, pero ha dormido un
ratito. Mira el reloj de pulsera. Son las diez y cinco. Bien, media hora. Algo es algo.
María le coge del hombro, intentando despertarle. Sonríe. No hay ni rastro de Sara.
-Lo sien… au.
Le duele la espalda. Se ha dormido en uno de los bancos del pabellón, con la
espalda curvada en una posición extraña.
-No, no te preocupes. Me iba ya a casa. ¿Vienes?
Miguel se levanta y estira los músculos agarrotados.
-Sí, claro. ¿Dónde está Sara?
-Ha venido su novio a por ella. Él no estaba en Madrid en todo el día, pero en
cuanto ha llegado ha venido a por ella. Si te parece, podemos coger juntos un taxi.
-Claro, sin problemas.
Ambos salen de IFEMA, muy juntos. Ni siquiera se quitan el peto amarillo que
han llevado durante todo el día porque no son conscientes de que lo llevan puesto.
-¿Cogemos un taxi?
-Sí, pero por favor, demos un paseo antes. Necesito tomar el aire –responde
María.
Miguel sonríe, mirándola de reojo. Es guapa, no cabe ninguna duda. Tiene unos
grandes ojos azules, profundos y brillantes incluso bajo el cansancio que a ambos les
vence. Aunque ahora mismo está seria, Miguel sabe que tiene una sonrisa preciosa.
-¿Cómo estás? –pregunta ella.
-Bien, bien. Creo que al final he conseguido… sobreponerme, por decirlo de
alguna manera. ¿Y tú?
Esa es una pregunta complicada, y María lo sabe. ¿Qué va a decirle? ¿Que no
sabe cómo ha aguantado todo el día? ¿Que en su primera prueba de fuego, en su primer
ejercicio psicológico serio, ha fracasado muchas veces? ¿Que se ha tenido que encerrar
en el baño a las siete de la tarde, incapaz de dar un paso más, incapaz de insuflar
esperanzas en alguien que no puede ni debe tenerla? ¿Que siente que ha tirado los
últimos cuatro años de su vida en una carrera para la que ahora cree que no sirve?
No, eso no se lo puede decir.
-Bien. Cansada, pero bien.
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PONGAMOS QUE HABLO

-No sabía que era tan gratificante. Ayudar, quiero decir. No…
María hace un gesto con la mano, dándole a entender que ha comprendido.
-Es el secreto de la psicología, o al menos yo lo veo así. A veces, simplemente
una sonrisa o una palabra bienintencionada puede hacer más efecto que casi cualquier
otra cosa en el mundo.
La joven piensa que es un poco paradójico que venda tan bien algo en lo que no
cree. Esboza una sonrisa irónica que a Miguel, pendiente como está de cada uno de los
movimientos de María, no se le escapa.
-No te creo –ella le mira fijamente-. Te lo noto. A ti te pasa algo.
-Sí –concede María-, pero no quiero hablar de ello. Esta noche no.
Miguel salta de alegría, o lo habría hecho si no hubiera quedado tan fuera de
lugar. Ese inocente “esta noche no” le da esperanzas de que pueden haber otras noches,
otras tardes, otras citas.
-Qué silencio, eh.
-Sí. Es verdad.
Mientras caminan a coger el taxi, María se ha dado cuenta de que no se escuchan
los motores de los coches, las bocinas… ni siquiera las sirenas. Parece que la ciudad ha
decidido descansar, replegándose para poder lamer sus heridas en paz.
Y es esa noche la que les engulle, perdiéndose bajo las luces anaranjadas de las
farolas. De nuevo, el miedo a quedarse solos.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Pedro Duro, 18. Gijón. 22:22 horas.


-¡Irene! ¡Está bien, gracias a Dios! ¡Inés está bien!
Un nuevo estornudo, mientras sonríe, impide la inmediata respuesta de Irene. Su
madre corre por el pasillo, después de colgar el teléfono. Ni siquiera arruga la nariz al
entrar en la habitación de Irene, de la que nunca ha aprobado su estilo alternativo y
ecologista.
-Me alegro mucho, mamá –responde rápidamente tras sonarse. Es un hábito que
ha adoptado tras varios años de broncas maternas: hablar rápidamente en cuanto ella
entra a la habitación. La mayor parte del tiempo consigue aplacar las críticas de la
mujer.
-Sí, hija, ya estaba yo que no podía más… Pero parece ser que un vecino suyo…
en fin… esta mañana iba a Madrid.
No necesita decir nada más. Irene identifica en la historia del vecino de su tía
Inés otra más de las cientos de historias que durante ese día y los siguientes ocuparán
los medios de comunicación. Los muertos ya se cuentan por centenares, e Irene teme
que la cifra aumente los días siguientes.
-Bueno, ella está bien. Es lo que importa –concluye su madre, detenida en el
dintel de la puerta-. Cenaremos pronto, ¿eh?
-Vale, mamá. Voy… voy a intentar escribir algo –dice Irene. De repente, ya no
quiere seguir leyendo. Quiere dejar volar sus dedos sobre el teclado del ordenador, para
publicar bajo la identidad de La Nieta algo que consiga sacarle de dentro ese extraño y
punzante remordimiento.

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PONGAMOS QUE HABLO

Hospital Doce de Octubre, Madrid. 22:35 horas.


La puerta de la habitación se abre por enésima vez esa tarde. En esta ocasión entra una
mujer bien vestida, con el rostro congestionado por el dolor. Se le iluminan los ojos al
ver a Alba en la cama… aunque la felicidad pasa rápido al ver la pierna escayolada de la
pequeña. Se abalanza sobre ella, sin importarle que la niña aún duerma un sueño
inducido por los calmantes.
-Alba, cariño, cielo… por fin… dónde… Alba, Albita…
Jermaine permanece en silencio. Sigue teniendo la mano fuertemente agarrada
por la pequeña, pero no quiere interrumpir el reencuentro de la mujer que a todas luces
parece su madre. Ella sigue abrazada a la pequeña. Ahora llora.
La escena se prolonga un rato, hasta que la mujer levanta la cabeza y se fija en
Jermaine por primera vez. Sus ojos no reflejan nada cuando se encuentran con los del
joven senegalés.
-Tú… la has ayudado.
-Sí… la he encontrado… y los médicos… -su español no es muy bueno.
La mujer acaricia el cabello de Alba, aparentemente ajena a lo que Jermaine está
intentando explicarle.
-Yo no iba con ella. He venido más tarde. Hoy iba con la madre de una amiga
suya. No sabemos dónde están ninguna de las dos. Me han llamado al trabajo desde el
colegio de Alba, ella no había llegado. He salido lo más rápido que he podido pero…
por unas cosas o por otras, no he podido llegar antes. He recorrido Atocha, preguntando
a los sanitarios. He ido a todos los hospitales. Incluso me han derivado a IFEMA.
Cuando ya iba hacia allí me han dicho que aquí había muchos heridos, así que he cogido
un taxi… un cerdo, por cierto, y he llegado lo más rápido que he podido.
Después de soltarlo todo, parece mucho más tranquila, aunque a Jermaine le
cuesta entenderla. Vuelve a mirar al joven.
-Gracias. ¿Cómo puedo pagártelo? ¿Quieres din…?
-No, no, no, no –responde vehementemente-. No dinero. Yo quiero que Alba se
ponga buena. Es fuerte.
El joven hace ademán de soltar la mano de Alba, pero cuando lo intenta, la niña
aprieta más fuerte.
-No te vayas aún. Puedes pasar aquí la noche. Mañana hablaremos con los
médicos.
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PONGAMOS QUE HABLO

Eso sí lo entiende Jermaine. Hundido en la penumbra de la habitación observa


los cuidados de la madre de Alba a la pequeña. Se siente culpable, y eso sí lo puede
detectar Jermaine aunque no sea muy inteligente ni sepa mucho español.
Alba sigue durmiendo, plácidamente. No se despierta ni cuando su madre la
colma a besos.
Pese a que fuera de esa habitación se haya desatado el horror más inhumano,
Jermaine comprende, sin problemas, que también hay pequeños ángeles que se
enfrentan valientemente a él.

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PONGAMOS QUE HABLO

Calle Sancho Dávila, 21. Madrid. 23:01.


Son las once. Marcos está echado en la cama, sin poder conciliar el sueño tal y como
había previsto. Sus padres se han enfadado con él por estar todo el día fuera de casa, y él
no ha querido ni cenar. Se ha metido directamente en la cama después de darse una
ducha. Ahora, sólo tiene que dormir un rato.
Pero no puede. Por extraño que parezca, no está pensando en los atentados, y se
siente egoísta por ello, pero en su cabeza solamente está Bea. Estira el brazo y coge el
móvil de encima de la mesita de noche. Rápidamente, accede a la pantalla de “nuevo
mensaje” y, casi sin pensar, escribe.

“Me gustas. Me gustas cuando ríes y se te forma un hoyuelo en la barbilla. Me


gusta el olor a melocotón de tu pelo. Me gusta la luz del sol reflejada en tus ojos. Me
gusta no saber qué pasa por tu cabeza en ningún momento. Me gustas hasta cuando
algo no te gusta”.

Y lo envía. Luego, deja el teléfono de nuevo en su sitio.


Fija la mirada en el techo oscuro.
-Oh, Dios…
Se abalanza sobre el móvil, esperando y rezando porque el mensaje no se haya
enviado. Pero es un modelo nuevo, muy rápido, y obviamente ya lo ha hecho.
-Qué he hecho, qué he hecho…
Del comedor llega el rumor apagado de la televisión. Parecen las noticias, cómo
no. Marcos está pensando en el ridículo que habrá hecho con Bea cuando de repente el
pitido del móvil que indica que tiene un mensaje de texto nuevo aguijonea el silencio.
Le tiemblan las manos mientras coge el teléfono, lo desbloquea y abre el
mensaje:

“Hoy ha sido un día raro. Pero creo que tú a mí también me gustas. Mañana
nos vemos. Un beso”

De repente, no todo es malo ese once de marzo.

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PONGAMOS QUE HABLO

EPÍLOGO

Estación del Norte, Valencia. 14 de marzo de 2004. 21:11 horas


El autobús ha llegado de París hace apenas unas horas, pero Toni ha querido, después de
saludar a sus padres, acercarse hasta la estación del Norte. El edificio, situado en el
centro de Valencia, es uno de los más bonitos de la ciudad, pero esa noche es diferente.
Está iluminado por cientos de velas. En las rejas de hierro que delimitan el
aparcamiento y la entrada principal hay decenas de carteles de distintos tamaños, formas
y colores que recuerdan, a su manera, lo ocurrido tres días antes. No se oyen petardos, y
es algo extraño porque son Fallas. Supone que la comunidad fallera pretende así rendir
un pequeño homenaje a los muertos.
Un cartel le llama especialmente la atención. En él, dibujado a trazos gruesos e
inseguros, aparece dibujado un tren, y una leyenda: “11M. Todos íbamos en ese tren”.
Toni agacha la cabeza y recuerda el tirón en el estómago que sintió cuando un
compañero le dijo, la noche de ese día, al volver del parque, que había habido más de
190 muertos. Ahora, por fin en casa, entiende el significado de esa cifra y del lema del
enorme cartel que cubre la verja principal. Todos íbamos en ese tren.
Es lo más cierto que nunca nadie ha escrito.

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