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Cumple Dafne

Antonio Machado (1875-1939) fue uno de los poetas más importantes de España en el siglo XX. Nació en Sevilla y vivió una vida itinerante, trabajando como profesor en varias ciudades castellanas. Publicó sus poemas más famosos como Soledades y Campos de Castilla. Apoyó la Segunda República y murió exiliado en Francia huyendo del franquismo. Fue un poeta muy introspectivo influenciado por el modernismo y el simbolismo que capturó la esencia de España a través de sus

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Antonio Machado (1875-1939) fue uno de los poetas más importantes de España en el siglo XX. Nació en Sevilla y vivió una vida itinerante, trabajando como profesor en varias ciudades castellanas. Publicó sus poemas más famosos como Soledades y Campos de Castilla. Apoyó la Segunda República y murió exiliado en Francia huyendo del franquismo. Fue un poeta muy introspectivo influenciado por el modernismo y el simbolismo que capturó la esencia de España a través de sus

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Antología poética

de Antonio MACHADO (1875-1939)

Antonio Machado (1875-1939) ha sido uno de los poetas más leídos en España desde la
Guerra Civil a nuestros días, tanto por razones de gusto literario como por cuestiones de tipo
ideológico, y tal vez el más sostenidamente invocado en todo este amplio tramo de nuestra
historia literaria. En él resulta difícil disociar la biografía de la obra, la cual se caracteriza, a
pesar de la admirable variedad de sus escritos, por estar dotada de una unidad y una
heterogeneidad particulares.

Su biografía se mantiene especialmente indisoluble de sus escritos, tanto en verso como


en prosa, debido a que en el decurso vital de nuestro escritor importan menos los datos externos
de su vida que sus significados e implicaciones; su recorrido vital responde más a la densidad
interior de sus vivencias que al brillo de sus episodios.

Su amigo Rubén Darío captó su talante en unos versos muy repetidos a lo largo de la
historia de la Literatura:

ORACIÓN POR ANTONIO MACHADO

Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
como era hombre de buena fe.
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez.
Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
y del amor y del placer,
cantaba en versos profundos
cuyo secreto era de él.
Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible se fue.
Ruego por Antonio a mis dioses,
ellos le salven siempre. Amén.

1
Así mismo, el propio Machado, y por encargo de Azorín, a primeros de 1913 confeccionó
una breve autobiografía titulada “Mi vida” donde dice que su vida está hecha más de
resignación que de rebeldía, pero que, de cuando en cuando, siente impulsos optimistas que le
duran poco y de los cuales se arrepiente y se sonroja indefectiblemente.

Tal como se ha afirmado más arriba, Machado fue un hombre ensimismado, de sobria y
honda sensibilidad, un hombre bueno “en el buen sentido de la palabra”, es decir, bondad pareja
a tolerancia inteligente y no a aceptación pánfila de las cosas.

Vida

Antonio Machado Ruiz nació en Sevilla el 26 de julio de 1875 en unas dependencias del
Palacio de las Dueñas, propiedad del Duque de Alba, quien las alquilaba a distintas familias de
escritores, pintores, etc. Su padre, Antonio Machado Álvarez, era un eminente folklorista. En
1883, se traslada la familia a Madrid. Antonio y sus hermanos estudian en la Institución Libre
de Enseñanza, pero completa el Bachillerato en los Institutos San Isidro y Cisneros en 1899 con
calificaciones medianas. Al morir su padre (1893) y su abuelo (1895) -figura clave en su
familia-, sobrevienen dificultades económicas. Antonio trabaja como actor teatral, pero en 1899
–con su hermano Manuel- se traslada a París. Allí trabaja como traductor y entre en contacto
con la vida literaria parisiense; en una segunda estancia en París (1902) conoce a Rubén Darío,
con quien le unirán mutuos lazos de admiración.

De nuevo en Madrid, colabora en la revista modernista Helios (cuyo redactor jefe es Juan
Ramón Jiménez) y vive intensamente las preocupaciones de los jóvenes grupos literarios. La
publicación de Soledades (1903) lo revela como poeta extraordinario.

En 1906 abandona sus hábitos bohemios y decide emanciparse económicamente


opositando a cátedras de Francés de Institutos de Enseñanza Media; en abril de 1907 obtiene el
nombramiento para Soria. Allí pasará una etapa fundamental de su vida, poderosamente atraído
por esta región central de España, austera y pedregosa. Tras vivir dos años en la vieja y
tranquila ciudad, en su meseta alta y helada, Machado, que tiene entonces treinta y cuatro años,
contrae matrimonio el 30 de junio de 1909 con una muchacha de dieciséis, Leonor Izquierdo
Cuevas, hija de los patrones de la pensión donde vive. Por poco tiempo Leonor llena su gran
soledad íntima con un amor tierno y profundo, porque en 1911, mientras se encuentra visitando
París, la joven esposa de Machado muestra los primeros síntomas de que se está muriendo de
tuberculosis. En Soria, durante un año, el poeta la cuida desesperadamente, pero Leonor muere
el 1 de agosto de 1912. Después de su muerte se traslada a otra tranquila población provinciana,
Baeza, en la parte norte de su Andalucía natal, donde sigue escribiendo poemas que se
incorporan a la edición de 1917 de Campos de Castilla, pero su corazón queda en Soria, en el
“alto Espino”, el cementerio donde reposa Leonor.

Después de la muerte de Leonor, Machado confiesa que sus facultades poéticas están
exhaustas: “Se ha dormido la voz en mi garganta” (CXLI); hasta el final de su vida, sin
embargo, es capaz de escribir poemas magníficos, con todo el vigor y la belleza de su primera
voz poética, pero raramente los escribe. En Baeza empieza a dedicar cada vez más tiempo al
estudio de la filosofía y a expresar sus propias reflexiones filosóficas en aforismos como los de
“Proverbios y cantares” de Campos de Castilla (CXXXVI) y Nuevas canciones (CLXI). Es
también por esta época cuando inventa sus dos “profesores apócrifos”, Abel Martín y Juan de
Mairena. Machado finge recopilar sus poemas, frases y fragmentos de clases y conferencias,
2
acompañándolos de sus propios comentarios, lo cual le permite prolongar su continuo diálogo
consigo mismo y presentar ideas suyas dentro de un marco abierto en el que la ironía le evita
tener que hablar abiertamente.

En 1918 se doctora en Filosofía y Letras y en 1919, se traslada a Segovia, en donde


desarrolla una intensa actividad de cultura popular; pasa gran parte de este tiempo en la cercana
Madrid. Es elegido miembro de la Real Academia Española en 1927, cuyo discurso de ingreso
nunca llega a leer. Conoce por entonces a Pilar Valderrama, una poetisa, que se convierte en un
amor otoñal, pero muy feliz; es la Guiomar de sus últimos poemas amorosos, puesto que se trata
de una señora casada. Y en 1931, obtiene una cátedra en el Instituto Cervantes, de Madrid.

Cuando se proclama la República, se consagra a los proyectos culturales y educativos del


nuevo régimen, y en el curso de la guerra permanece en España escribiendo y dando
conferencias al servicio de la causa republicana en la medida en la que se lo permite su
quebrantada salud.

En Madrid le sorprende la guerra. Firme partidario de la República, tiene que trasladarse


a Valencia; en un pueblecito vecino, Rocafort, vive y escribe en defensa de su España, hasta
1938, en que va a Barcelona. El avance final de los ejércitos nacionales le obliga por fin a salir
de España, cruza los Pirineos con su anciana madre una fría noche de enero de 1939 y va a
refugiarse en el pequeño puerto francés de Collioure. Ambos, muy enfermos, son acogidos en
un hotelito de esta localidad. Allí, el 22 de febrero de 1939, muere y es enterrado un mes más
tarde en la tumba de la generosa dueña del hotel donde aún siguen sus restos mortales. Dos mías
después fallece su madre, que descansa junto a él.

Algunos días después, su hermano José encuentra un trozo de papel arrugado donde hay
tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser” (del monólogo de Hamlet), un solo verso: “Estos días
azules y este sol de la infancia”, y una redondilla, variante de otra escrita en Otras canciones a
Guiomar: “Y te daré mi canción: / ‘Se canta lo que se pierde’ / con un papagayo verde / que la
diga en tu balcón”.

Adscripción y trayectoria ideológicas

Aunque influido por el modernismo y el simbolismo, algunos críticos opinan que su obra
es expresión lírica del ideario de la Generación del 98. Pero, en honor a la verdad, su obra
siempre ha sido piedra de toque de las habituales divisiones entre Modernismo y la antedicha
Generación del 98. Ahora que parece prevalecer entre los críticos la idea más integradora de
modernisno o el concepto más generalizador de “crisis de fin de siglo”, se puede examinar la
situación de un escritor cuya fecha de nacimiento lo coloca en la frontera temporal de los
escritores finiseculares y la promoción siguiente.

Muchos han resumido su trayectoria ideológica con esta fórmula: “del institucionismo al
populismo”. Su tradición familiar y su formación en la Institución Libre de Enseñanza situaban
a Antonio Machado en la línea del liberalismo reformista de las clases medias.

Es evidente, con todo, que Machado fue un modernista: a través de la percepción


modernista, leyó a Bécquer, de quien aprendió mucho y creyó entender el mundo de los poetas
medievales como Manrique, pero, sobre todo, debió mucho a Rubén Darío. De todos modos,

3
muy pronto reaccionó contra los excesos de la nueva literatura y se lanzó la búsqueda de una
espiritualismo reformista de carácter absolutamente personal.

Desde 1904 comenzó una larga admiración por Unamuno de quien Machado siempre
señaló su entrega a la educación de la nación española y su ilimitada capacidad de indignación
contra “la espesa costra de nuestra vanidad, de nuestra somnolencia”.

Pero Machado no se sintió parte de la promoción finisecular y de sus angustiosas


cavilaciones (“Una España joven”, CXLIV). La identificación de Machado hacia 1913 con un
vago proyecto político liberal-radical-nacionalista (Unamuno, Ortega y Gasset, Juan Ramón
Jiménez, Pío Baroja, Valle-Inclán) y con su proyección estética en la vida española supuso un
soplo de aire fresco en su propia vida creadora.

Tampoco aceptó Machado la nueva literatura vanguardista pocos años después; creía que
sus metáforas eran puros conceptos intelectuales convertidos en enigmas descifrables y que
carecían de la capacidad de evocación que él y otros habían buscado en sus símbolos. Para
colmo, los nuevos declaraban admirar a Góngora en su centenario de 1927 y él era un veterano
antibarroco.

Como le sucedió a Pío Baroja, también Machado sintió vivir el fin de una época. Pero si
bien Baroja no veía ninguna salida, ni le importaba mucho que la hubiere, nuestro poeta deseaba
con fervor algo diferente. En el marco de esta esperanza personal debe entenderse el presunto
acercamiento del viejo escritor a los más jóvenes de la izquierda revolucionaria en los años 30.
Sus ideas se radicalizarán con el tiempo, sobre todo al contacto con las desigualdades sociales
de Andalucía y ante el incremento de los movimientos obreros, con los que simpatizó pronto. Su
ideal de fraternidad le llevó, en los últimos años, a proclamaciones netamente revolucionarias.

Así puede verse, con más precisión, hasta qué punto su trayectoria ideológica es opuesta a
los “noventayochistas”, y cuán poco afortunada era su adscripción al “98”. El propio Machado
afirmó, al referirse a los escritores del 98: “Mi relación con aquellos hombres […] es la de un
discípulo con sus maestros”. De hecho, estas relaciones –tal como se ha afirmado- fueron más
bien tardías y escasas; admiró, sobre todo, a Unamuno, pese a sus crecientes diferencias
ideológicas. Y de lo que no hay duda es de que, en sus comienzos sobre todo, trató con mucha
asiduidad a escritores como Rubén Darío, Valle-Inclán, Juan Ramón, Villaespesa, etc.

Mostró hasta el final de su vida una ejemplar consecuencia con sus convicciones
profundas. Estuvo, según sus palabras, “a la altura de las circunstancias”.

4
TEMAS DE LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO

Tal como afirma José-Carlos Mainer, la poesía machadiana es un universo cerrado de


símbolos, de temas recurrentes que forman una constante a lo largo de su vida y que dan un
sentido unitario, tal como se ha comentado, a su obra. Machado afirma que existen hondas
palpitaciones del espíritu que no pueden expresarse en el lenguaje corriente, y el poeta, para
comunicar su experiencia, debe recurrir al lenguaje figurado, a los símbolos, a las imágenes y a
las metáforas.

1) El tiempo

Antonio Machado se llama a sí mismo “poeta del tiempo”; él entiende el tiempo como
algo vivo, personal, no como concepto o abstracción. Es la duración limitada, la historia
individual de cada ser –de su propio ser-, que se hace, que pasa, pero que permanece en el
recuerdo, donde se borran los límites personales. Esta sensibilidad exacerbada para el devenir de
las cosas, esta ansiedad perpetua ante el curso fatal de las horas y los días.

- El poema, la palabra esencial en el tiempo

Para Machado, la poesía es un arte eminentemente temporal: “La poesía es la palabra


esencial en el tiempo”. De este modo, une dos elementos contradictorios: lo esencial y lo
temporal. La poesía es la palabra que expresa lo que las cosas son (su esencia), pero a través de
mi contacto con ellas, con mi experiencia, con mi tiempo vivido.

- El agua

El agua del río, de la fuente, de la lluvia…; su fluir constante se hace símbolo del fluir
temporal y, por ello, de la vida interior. Sin embargo, el agua puede representar la muerte,
quieta en la taza de la fuente o, a la manera de Manrique, en la inmensidad del mar al que
confluyen todas las aguas. Este tema-símbolo es quizá el que con mayor insistencia y también
con mayor hondura vivencial se reitera a lo largo de su obra.

- La tarde

Este tema suele expresar el sentimiento melancólico de la vez espiritual. Por ello, esta
hora del día se suele acompañar frecuentemente de adjetivos que connotan un estado de ánimo
de depresión espiritual (cenicienta, mustia, destartalada…) y que contribuyen a personificarla,
identificándola con su estado de ánimo.

Al mismo tiempo, los adjetivos referidos a colores que acompañan a la tarde y a los
elementos del paisaje de esa hora (rojos, cárdenos, rosados, violetas) se cargan por contagio
semántico de esas connotaciones de melancolía y tristeza.

- Los caminos

Los caminos están presentes en la poesía de Antonio Machado desde sus primeras
composiciones. El caminar errante, sin meta prefijada, es ante todo un sentimiento de pesar sin
consuelo, una nostalgia de la vida que se va dejando atrás y que también participa en el horror
de llegar.
5
Los caminos son, pues, frecuentemente símbolos de la vida o bien aparecen asociados a
ésta. Cuando esto ocurre en el poema, el camino real se difumina, se borra hacia la lejanía, hacia
el futuro, del que nada podemos decir; y, al mismo tiempo, se convierte en motivo de
melancolía, de ensueño que trae recuerdos del pasado:

Yo voy soñando caminos


de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero
-La tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón”. […]

La idea de que el camino no está hecho, sino que se hace a la vez que el acto que lo
realiza (“se hace camino al andar”) se ve reforzada por otras imágenes, como la estela fugaz que
se deja sobre el mar y que, al tiempo que se hace, se borra de manera inaprensible, como el
devenir temporal del hombre:

Caminante, son tus huellas


el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

- Los elementos del paisaje y el tiempo vivido

En el proceso de identificación del alma con las cosas del mundo, adquieren especial
relevancia en la poesía de Antonio Machado los elementos que conforman el paisaje. En su paso
por el tiempo, el poeta se relaciona con las cosas, y éstas (el río, los árboles, el atardecer)
adquieren un sentido nuevo, personal, en relación con la experiencia vivida en torno a ellas. Se
transfiguran en espejo que refleja los estados del alma.

En este sentido es singularmente destacado el proceso que “sufre” el olmo. Las primeras
referencias que se hace a este árbol con meramente denotativas de su presencia en los parques.
En el poema “A un olmo seco” (CXV) se inicia el proceso de identificación de su alma con
dicho árbol, que continuará de formás más o menos implícita en otros poemas (CC-CXXVI, CC-
CIII).

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- El reloj

Machado se refiere siempre al reloj como un objeto real, que mide mecánicamente el
tiempo cronológico, por oposición al tiempo psíquico del hombre, del poeta, que se había
expresado con los símbolos anteriores.

2) La muerte

Sus reflexiones sobre la muerte son la derivación lógica de sus inquietudes sobre el
tiempo, considerado éste como el gran exterminador del ser humano. La muerte, además, se
manifiesta de continuo en forma de brevedad e inconsistencia de la vida, de decadencia de los
hombres y de las cosas, de los elementos de la naturaleza, bajo una serie de signos variados
como la destrucción, la enfermedad, la guerra o el crimen.

Su actitud vital ante ella es también diversa: desde la angustia personal expresada en
tantos poemas de Soledades, hasta la melancolía e incluso la rebeldía por la muerte de la esposa,
pasando incluso por la identificación espiritual con el moribundo.

Los símbolos relacionados con este gran tema son múltiples: el mar, el ocaso, el otoño, la
sombra, la luna… El mar simboliza con frecuencia la ciega inmensidad de la muerte, lugar al
que confluyen todos los ríos de la vida, siguiendo la alegoría de las Coplas de Manrique. A
pesar de alguna pequeña esperanza ante la muerte expresada en algún breve poema (por ejemplo
CC-CXXII o CC-CXX), en el maestro sevillano se palpa una honda turbación del espíritu: la
angustia existencial ante la nada, ante el no ser, que está desde el principio en su obra y se va
acentuando con el paso de los años.

3) Dios

La presencia de Dios en la obra de Antonio Machado es imprecisa y variable en el tiempo


y, sin embargo, ocupa en su pensamiento un lugar significativo. Se trata de un Dios en el que no
se puede creer aunque se quiera; es el Dios añorado, soñado, deseado más que afirmado (poema
LIX).

Aparte de esta figura, la de Cristo es mucho más cercana a Machado que ese “Dios entre
la niebla” que busca sin alcanzar. Jesucristo es en él el paradigma del hombre, lo que éste tiene
de humano y divino, de carne mortal que sueña la inmortalidad, el triunfo sobre la muerte (La
saeta CC-CXXX)

4) El recuerdo y el sueño

En Machado estos dos términos son, muchas veces, equivalentes, ya que normalmente se
refieren al soñar despierto con la propia vida. En Soledades, galerías y otros poemas, los
caminos del sueño son galerías de espejos donde se refleja la propia vida, donde el hombre que
sueña intenta revelar el secreto de su yo más íntimo. Las galerías del alma son símbolos
predilectos de Machado para representar esa parte de sí mismo que ignora.

Pero en su poesía, especialmente a partir de Campos de Castilla, el sueño no sólo emana


del hombre, sino de las cosas: sueña la naturaleza; y los elementos que la conforman,
convertidos en personificaciones, en proyecciones de su yo, también sueñan. Sueñan la tarde, el
campo, el agua de un río, de una fuente o de una noria, los frutos, las estatuas, las rocas…

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5) El amor

A lo largo de toda la obra se intuye el deseo de Machado de amar y la necesidad de ser


amado. Es una presencia constante y, sin embargo, difícil de precisar en muchas de las
composiciones de su primer libro. Ahora bien, los poemas referidos a las dos pasiones de su
vida ocupan un lugar más importante en su producción: el de su esposa Leonor (en Campos de
Castilla y Nuevas canciones), cuya muerte provocaría los más doloridos acentos del poeta, y el
amor otoñal, pero apasionado, de Guiomar (en el Cancionero apócrifo).

De cualquier modo, el amor es para Machado un sentimiento ennoblecedor que dignifica


al amante, quien poseído de esa exaltación espiritual comprende mejor la belleza del mundo y
rescata las cosas del olvido, del tiempo y de la muerte.

6) El tema autobiográfico

En numerosos poemas evoca Antonio Machado su infancia, su juventud, sus amores,


incluso sus experiencias de la vida cotidiana. Pero no sólo aparece la biografía externa, sino
especialmente, la espiritual. De este modo, su poesía puede considerarse un diario de su propia
alma, una vida hecha verso, que así escrita puede hacerse eterna: la palabra esencial en el
tiempo; el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo.

En este apartado véanse los poemas III, V, VII, LXV o XCII de Soledades…, muchos de
Nuevas canciones y otros poemas de su última etapa, puesto que este tema de la infancia
desaparece casi por completo en Campos de Castilla, excepción hecha, claro está, del poema
“Retrato” que abre este libro y que concuerda con un uso de la época, que consistía en insertar
el semblante del autor como introducción a una obra.

7) El paisaje y el tema de España

En algunos poemas la visión que tiene del paisaje Machado es puramente objetiva; sin
embargo, en otros el paisaje se convierte en símbolo del pasado histórico de Castilla o, incluso,
los elementos del paisaje castellano se transforman en símbolo de realidades íntimas.

En Soledades… predominan los paisajes interiores del alma, aunque no faltan aquellos en
los que el paisaje es marco para la expresión de sentimientos, generalmente relacionados con los
estados de melancolía. No obstante, en algún otro predomina la visión objetiva del paisaje, que
luego tendrá mayor desarrollo en Campos de Castilla; es el caso del poema titulado “Orillas del
Duero” (IX), en el que la subjetividad sólo está presente en las exclamaciones finales.

Otra forma de ver el paisaje –castellano o andaluz- es como imagen del pasado histórico
que se hace presente a través del lenguaje figurado. Este recurso es manifiesto en muchos de los
poemas de Campos de Castilla (“A orillas del Duero”, CC-XVIII); de hecho, la preocupación
patriótica le inspira poemas sobre el pasado, el presente o el futuro de España. De cualquier
manera, Machado aporta un claro componente subjetivo: proyecta sus propios sentimientos
sobre aquellas tierras, seleccionando lo que prefiere, que es lo adusto y acentuando,
especialmente con adjetivos, o lo que sugiere soledad, fugacidad o muerte.

En cuanto a la tercera forma de ver el paisaje, es decir, la identificación de los elementos


del paisaje con el alma, cabe hablar del paisaje como reflejo del mundo interior del poeta, del
estado de su alma. Esta nueva visión se infiere de su concepto del tiempo como fluir interior. El
8
poeta entra en diálogo con el mundo y consigo mismo, en íntima comunión con el paisaje que
describe y canta (CXIII-VII-VIII-IX).

9
LENGUAJE POÉTICO DE ANTONIO MACHADO

Antes de comenzar con un análisis detallado de las cuestiones más destacadas del
lenguaje poético de Antonio Macahdo, cabe hablar someramente de su arte poética (cfr. la
Poética, que el propio autor redactó en 1931 para la Antología de Gerardo Diego).

Desde los primeros escritos de Machado hasta sus últimas publicaciones, todo un
conjunto de textos, de reflexiones, de meditaciones o de notas breves expresan ideas estéticas de
una coherencia y continuidad sorprendentes. Todo su lirismo está marcado por una ascesis y una
fidelidad a sí mismo que le dan precisamente, en gran parte, ese tono de sinceridad tan
conmovedor y que tanto impresiona a todos los lectores de Machado.

Como decía Pedro Salinas en noviembre de 1933: “Antonio Machado vuelve a publicar
sus Poesías completas en tercera edición. Ha adoptado el poeta para la entrega al público de su
nueva obra el procedimiento acumulativo que seguía Walt Whitman, de añadir cada unos
cuantos años a su obra ya anterior y conocida las nuevas poesías, unidas al conjunto total de
modo que el lector tenga siempre presente junto a lo más reciente de la creación lo más remoto,
lo inicial de ella. La poesía se nos ofrece así como un ser vivo en toda su integridad, en la
florescencia de todas sus primaveras, en su cuerpo, tronco, y en sus últimas raíces”.

En todas sus composiciones se vislumbran los tres aspectos, diferentes y


complementarios, de la concepción del poeta según Machado: cantor herido por la fatalidad,
cuya melodía traduce los enigmas del corazón; hombre de reflexión, que medita sobre el destino
y la historia de su país, su obra es una forma de acción; más profundamente, en fin, el poeta, a la
manera mística, canta la canción del alma. La poesía es, en definitiva, la expresión de la palabra
esencial de los seres y de las cosas, expresión de su verdad.

De todos modos, el poeta sigue siendo para él un ser solitario, atormentado, más que los
demás hombres, por la duda, por la incertidumbre, por la angustia. Aunque lleva dentro el
germen de expresiones diversas, si no contradictorias, el poeta es siempre un ser consagrado al
silencio, un ser que está a la escucha de algo que viene siempre de otro sitio.

Esta poesía, entendida así, se complace en recordar con frecuencia: la subordinación del
intelecto a la emoción, el predominio de la intuición sobre el concepto, la búsqueda de una
expresión justa, verdadera, directa, sincera, sencilla, natural, casi humilde, podríamos decir, de
las cosas, de las ideas, de los sucesos, de los sentimientos; la concisión y profundidad de la
lenguaje; el rechazo de toda retórica, el despojamiento de todo artificio y la búsqueda incesante
de la expresión directa. Esta enumeración debe completarse con algunos otros rasgos del lirismo
de Machado: empleo moderado de las imágenes, elegidas menos por su valor sensorial que por
su valor emotivo; deseo de la verdad y, sobre todo, importancia concedida a la voz íntima, al
acento personal, a la expresión del ser profundo; finalmente, intensa vibración temporal de una
poesía que quiere, a la vez, estar profundamente inscrita en lo real y de acuerdo con los
estremecimientos del alma. Véase esto en un comentario de Juan de Mairena:

“Sabed que en poesía –sobre todo en poesía- no hay giro o rodeo que no sea una afanosa
búsqueda del atajo, de una expresión directa; que los tropos, cuando superfluos, ni aclaran ni
decoran, sino complican y enturbian; y que las más certeras alusiones a lo humano si hicieron
siempre en el lenguaje de todos”.
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“Esencialidad” y “temporalidad”: estas dos palabras, puestas de relieve por Machado
mismo, pueden, al mismo tiempo, definir la naturaleza y la calidad de su lirismo y mostrar el
sentido exacto de su evolución a través de los años. Todo ello, resumido en una incesante
búsqueda de la expresión personal, unida a la espontaneidad de la inspiración; se trata de ser
verdadero, es preciso dejar que hable sencillamente el corazón propio. Por esta razón, conviene
evitar el riesgo de que el arte llegue a ser, para sí mismo, su propio fin. La inspiración poética
debe brotar del contacto directo con la naturaleza, y no tener su origen en el arte.

Todas estas exigencias dan su rostro original al lirismo de Machado; todo concurre en él
para traducir la desnudez pura del alma. Rechazando toda retórica:

“MAIRENA: Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos


consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que se le dicta.
MAIRENA: Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
MAIRENA: No está mal.”

Este arte rechaza tanto el romanticismo sentimental como la estética barroca y


conceptista. Este arte, hecho de sencillez y sobriedad, implica así, con toda naturalidad, el
rechazo de otras estéticas que conceden más valor a la belleza formal, a la abundancia y a la
ornamentación del discurso, a la exuberancia o a la música de la expresión: el arte modernista o
el arte barroco.

Por un lado, Machado fue rebelde con su pasado áureo; arremetía contra el que veía como
artificioso barroco, seguramente por no querer aceptar la nueva devoción de los jóvenes del 27,
y en búsqueda de un nuevo camino que fuera otra cosa, mucho más sencilla, más cercana a
todos, noria que recogiera en sus cangilones el tiempo que fluye y al mismo tiempo que fuera
música, música popular, canción. Mairena les decía a sus alumnos:

“Poesía, señores, será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica,
que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es”. Pura alquimia,
claro está. Antes les había dicho: “Nosotros, meros aprendices de poeta, debemos elegir, para
nuestros ejercicios de clase, formas sencillas y populares, que nos pongan de resalto cuanto
hay de esencial en el arte métrica”.

Por otro lado, la admiración profunda que Machado sintió siempre por Rubén Darío corre
pareja con una reticencia cada vez mayor frente a la estética modernista, cuyo guía genial había
sido el poeta americano. Si, a pesar de todo, al iniciar su carrera, cedió a las seducciones del
lenguaje bello, no por eso deja de expresar Machado vivas condenas de las florituras superfluas,
de la decoración excesiva o de relumbrón, de las sonoridades ruidosas. En palabras del poeta
sevillano:

“Como valor absoluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo –y en esto
estriba su valor relativo- haber contribuido con ella, y al par de otros poetas de mi promoción,
a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero
amor para futuras y más robustas primaveras.”

De ahí que para él la poesía deba ser la expresión del sentimiento de todos los hombres,
del pueblo, del corazón humano; y es que, en efecto, Machado siente gran amor al pueblo, que
11
es, según él, la verdadera fuente de la poesía; el folklore, a sus ojos, es la expresión misma del
alma del pueblo.

En lo que respecta más específicamente a las características concretas de su lenguaje


poético, son numerosas las declaraciones de Antonio Machado que afirman su gusto por la
sencillez, la naturalidad, la expresión directa y no alambicada; declaraciones donde se observa
una clara voluntad antirretórica. En el exordio de su proyecto de discurso de ingreso en la
Academia, afirmaba:

“Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y
pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien
dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me
recuerda la espontaneidad de la palabra hablada”.

Al punto se reconocen la seducción y el encanto que el lenguaje poético de Machado


produce en sus lectores: su acento, su tono, su voz, su indecible calidad del alma o del espíritu:
sencillez, gravedad, humanidad. Y su verso está forjado de manera única, inimitable,
insustituible. Más que un estilo o un léxico, lo que distingue a este poeta es un registro de la
emoción a medio camino entre la expansión lírica y el monólogo interior, una voz que busca
como un diálogo íntimo y fraternal, una voz que se alza al borde del silencio y como si estuviera
siempre amenazada.

Algunas de las líneas esenciales de este lenguaje poético son:

1. El léxico. Machado tiene, evidentemente, un vocabulario predilecto. Puede agruparse


en torno a algunos temas, algunos sentimientos, algunas percepciones.

a) El sentimiento de la vejez, de la melancolía, de la muerte; la intuición aguda, y jamás


desmentida, de que todo se rompe, todo se marchita y todo se destruye, incitan no
sólo a la repetición incesante y como obsesiva de la palabra viejo, sino de toda una
serie de palabras o de expresiones que dicen de la decadencia de las cosas o de los
seres humanos: parque mustio y viejo; viejas cadencias; la vieja angustia; la amapola
marchita; una tarde cenicienta y mustia…

b) A estos términos se añaden las palabras que traducen la angustia, el hastío, el spleen,
el tedio, de la juventud, sobre todo, del poeta: hastío, melancolía, monotonía…

c) A este desasosiego corresponde un universo en que abundan los tonos sombríos,


apagados, grises, negros, polvorientos: los colores de la angustia y el hastío de vivir:
la plaza en sombra; viejo paredón sombrío; cerros cenicientos; cerros de plomo y de
ceniza…

d) Pero el universo poético de Machado no se reduce a estos tonos de desesperación.


Muy al contrario, hay en él una sensibilidad muy viva para la luz del día en sus
distintas tonalidades y momentos: una tarde clara; un alba pura; un huerto claro; al
claro sol de estío; la tarde arrebolada; el iris en la luz… Machado es
simultáneamente el poeta de la sombra y el poeta de la luz. Además, los colores son
en extremo diversos y matizados, como en la paleta de un pintor, colores
resplandecientes, chillones: el oro, la púrpura, el fuego, el encarnado, el bermejo, el
naranja, el rubí… totalmente el estilo de la escuela parnasiana y modernista.

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e) Así mismo, uno de los temas fundamentales de la inspiración poética y de la reflexión
de Machado, el tiempo, provoca el empleo de un vocabulario específico pero
reducido: los adverbios de tiempo están altamente valorados: hoy, mañana, ayer,
todavía, nunca, jamás, ya. Pero un aspecto del lenguaje poético del poeta sevillano es
la atracción recíproca que estas palabras, y muy particularmente los adverbios hoy y
ayer, ejercen entre sí; a esto se añade, a veces, una asociación con mañana: Hoy es lo
mismo que ayer; hoy dista mucho de ayer; ¡Ayer es nunca jamás!; del Hoy que será
mañana, / del ayer que es / Todavía…

f) Esta agudeza con que el poeta percibe el fluir del tiempo, esta inquietud radical, no
son ajenas, sin duda, a la manera de percibir Machado el mundo: alternancia también,
sin fin, entre el ensueño y la realidad. De esto da cuenta igualmente su lenguaje: las
campanas suenan; el soñoliento llano; el campo en sueños; El mar es un sueño
sonoro…

g) Toda una parte de la atención de Machado se dirige al alma, a lo sobrenatural,


atraída por un mundo espiritual maravilloso o fantástico. Todo un léxico obsesivo, y
nunca totalmente abandonado, da cuenta de esto; tres palabras, sobre todo, son
reveladoras: mágico, hada, fantasma.

h) Tres aspectos señalados manifiestan su deseo de comunión íntima con lo que le


rodea; primero, se observa en la frecuente humanización de las cosas, de los objetos,
de los paisajes: el agua clara que reía; cárdenos nublados congojosos; Hierve y ríe el
mar… Segundo, es el empleo de diminutivos, que son quizá una herencia
inconsciente de Andalucía, cuya alma traducen perfectamente: A la orillita del agua;
figurillas; florecillas; olitas; doncellitas; pradillos; abejicas; momentín… El tercero
es el empleo de la exclamación, uno de los rasgos más peculiares de este poeta que no
abandonará jamás, puesto que le permite traducir su emoción ante los objetos, los
seres humanos o los acontecimientos: ¡Hermosa tierra de España!; ¡Oh, flor de
fuego!; ¡Tierras de la luna!... Con este gusto persistente por la exclamación, se puede
relacionar también el uso frecuentísimo de la interrogación, que da a sus versos un
tono personal.

i) Machado es también muy aficionado a las palabras raras o a los arcaísmos, que
descubren en el poeta un amor a las cosas o a las formas de expresión de tiempos
pasados y quizá estas palabras revelen también aspectos del alma eterna de la patria:
tálamo; guzla; cantiga; trovas; gayos, lascivos decires…

De todos modos, el vocabulario de Machado, abundante, sin riqueza excesiva, es sencillo,


natural, inteligible, en conjunto, para un público amplio; el mundo concreto (paisajes, animales,
plantas) impone un léxico preciso y variado.

Obsérvese también la táctica machadiana de colocarnos, mediante el astuto


emplazamiento de los demostrativos, ante una sensación concreta, determinada, de la que es
muy difícil zafarse. Los poemas de Antonio Machado empiezan con un atacco muy marcado y
no solamente dejan muy clara la presencia explícita del autor (varios empiezan por el
pronombre personal yo (VIII, XI, XIV…)) sino que implican además a sus posibles lectores: el
mundo poético del escritor es un mundo inquisitivo donde el poeta –como ya se ha dicho- nos
pregunta o se pregunta a sí mismo (LXXVIII), es preguntado por sus fantasmas (XXXIV, XLI),
apostrofa a sus recuerdos (XXVI, XXIX), interroga a los fantasmas de las cosas (CXVI),
conversa con los amigos precisos a los que dirige el poema (CXXVI, XXLI). En función de esto

13
cobran importancia las pausas, los finales abruptos, los ecos y estribillos que abundan en los
poemas de Machado.

En cierto modo, parece que nos encontramos ante una poesía hablada, poesía como
palabra en el tiempo: en el tiempo del recuerdo fugitivo pero también en el de la enunciación
personalizada que pretende comprometer a los oyentes.

2. Algunos procedimientos estilísticos, a los que el poeta recurre con frecuencia,


atestiguan el mismo deseo de encantar a su lector, o bien de sorprenderlo, intrigarlo o fascinarlo.
Machado emplea generalmente con mesura, sin abuso, procedimientos estilísticos o retóricos
que libran a sus poemas de toda impresión de monotonía:

a. por ejemplo, la repetición de palabras o expresiones que produce un efecto de


insistencia, de obsesión o de encantamiento: Campo, campo, campo; esta tierra de
olivares y olivares… O sirve para imitar un movimiento: Se vio a la lechuza / volar y
volar. O trata de reflejar una emoción tan fuerte que resulta indecible: ¡Oh, fría, fría,
fría, fría, fría!

b. También el empleo de giros populares pertenecientes a la lengua familiar: y lo mismo


que nosotros / otros se jorobarán; Y van / las habas que es un primor.

c. E incluso el uso de símbolos, que se convertirán en el universo imaginario de


Machado: el agua, el fuego, el aire, la tierra, la fuente, la galería, el camino, el espejo,
el mar… Toda la poesía de Machado está recorrida por estas intuiciones vivas y
frágiles que revelan que la realidad, por la metáfora, la imagen o la comparación,
debe ser una conquista del lenguaje.

3. La métrica merece también una atención especial en la caracterización del lenguaje


poético de Machado: variedad extraordinaria de metros y estrofas y, al mismo tiempo, natural y
espontánea; armonía intensa de los poemas, acentuada a veces por rimas internas; armonías
vocálicas; mezcla, muy sorprendente, de tradición y modernidad, de ecos clásicos y populares.

a. En lo que se refiere a los metros utilizados, en Machado se hallan nueve variedades de


versos: el octosílabo y el endecasílabo –los dos metros básicos de la tradición poética
española- son los dos preferidos; el último se suele combinar con el heptasílabo.
Además, Machado nunca practicó el verso libre, al contrario de las corrientes
artísticas que lo preferían. Él mismo dijo: “Verso libre, verso libre… / Líbrate, mejor,
del verso / cuando te esclavice.”

b. En cuanto a las estrofas, Machado cultivó el soneto, el cuarteto y la redondilla; del


Modernismo, recibió el pareado en metros largos y las silvas semilibres, y de la
tradición popular recogió el romance (con versos octosílabos, hexasílabos,
endecasílabos e incluso alejandrinos (poema CXLVIII)), la cuarteta, la seguidilla y la
soleá. Otra forma estrófica muy grata al maestro es la silva arromanzada, serie de
endecasílabos y heptasílabos libremente combinados, con asonancia en los versos
pares; es muy común en sus dos primeros libros y desaparece en el Cancionero
apócrifo. Así mismo, numerosas modalidades de cantares recuerdan la profunda
impregnación folclórica del poeta. Utiliza frecuentemente con muchas variantes
rítmicas coplas, cuartetas, soleares, playeras, soleariyas y seguidillas.

14
El filólogo Tomás Navarro Tomás estudió en 1973 los caracteres principales de la
prosodia del poeta sevillano en su artículo “La versificación de Antonio Machado” y la
condensó así:

“En resumen, todos los tipos de verso que practicó Machado están presentes en sus
Soledades, galerías y otros poemas, 1907. Abandonó pronto los metros modernistas de 12
y de 16 sílabas. Ya en la versificación de Campos de Castilla, 1912, quedó limitada al
alejandrino pleno y al endecasílabo y octosílabo con sus respectivos quebrados. A pesar
del importante papel que el alejandrino desempeñó en este libro, también tal metro
desapareció después, casi totalmente, de la atención de Machado. En sus últimas obras,
a la vez que su lírica se hacía más depurada y densa, se versificación se fue reduciendo
al clásico endecasílabo, común instrumento de la poesía grave, y a los versos de 8, 7 y 6
sílabas en sus formas más simples y populares.”

En definitiva, una conclusión parece imponerse: la de la complejidad, diversidad y


originalidad profunda, y frecuentemente mal percibida, del lenguaje poético de Antonio
Machado, donde confluyen a la vez diversas corrientes estéticas y emociones o intuiciones
agudas que expresan una experiencia vital llevada hasta la pasión.

15
FOCOS DE INFLUENCIA EN LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO Y
SIGNIFICACIÓN DE LA MISMA EN LA LÍRICA POSTERIOR1

En 1969 la UNESCO declara a Antonio Machado “Poeta de los valores universales” y


reconoce en él “el valor universal de su obra”, ya que “continúa siendo hoy una fuente de
inspiración para las nuevas generaciones”.

Después de la Guerra Civil española, algunos poetas, como Blas de Otero, vuelven hacia
Machado y lo convierten en el más alto ejemplo de poesía y de humanidad. Precisamente un
crítico del 27 como Dámaso Alonso dirá por entonces: “Era, ante todo, una lección de estética
[…]. Y era una lección de hombría, de austeridad, de honestidad sin disfraces ni relumbrones”.
Debe hablarse, pues, de una inagotable vigencia a través de la proyección de su poesía en las
distintas generaciones que le han sucedido hasta hoy.

El autor de Campos de Castilla ha sido visto como el poeta que abre caminos a la altura
de las circunstancias; no quien los hace difíciles de transitar a fuerza de normas estéticas
inflexibles. El propio poeta, en 1931, en su Poética enviada a la Antología de Gerardo Diego
indica: “Muy de acuerdo, en cambio, con los poetas futuros de ni Antología, que daré a la
estampa, cultivadores de una lírica otra vez inmergida en las “mesmas aguas de la vida”, dicho
sea con frase de la pobre Teresa de Jesús”. Poesía, pues, nacida de la personal existencia sentida
como tiempo, ya que “al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia
vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada”, como aclara en el propio texto. Y poesía,
a la vez, surgida de unos empeños comunes, que hermanan a todos los sufridores de una misma
desazonante situación colectiva o social. En resumen: poesía del tiempo existencial y del tiempo
histórico, dos de las líneas más resaltadas en la lírica española desde la posguerra hasta el
presente, a pesar de las matizaciones que en cada momento deban añadirse. Debe insistirse en
estos puntos para comprobar cómo la honda afinidad que ligaría a Machado con esos poetas
posteriores ya estaba en él avizoramente prevista o, mejor, presentida.

Así mismo, Antonio Machado no es sólo el crítico denunciador, en verso y en prosa, de


una España inferior, sino que fue también el febril explorador de las misteriosas galerías del
alma, y el grave meditador de la universal realidad temporal, siempre agredida por la terca
asechanza de la nada.

La influencia ejercida por la lírica machadiana desde varias zonas de su obra se


manifiesta, bajo diferentes modos de concreción, a lo largo de una período que comprende algo
más de seis décadas: el período que va desde los años que preparan al del 1936 (año en que los
historiadores de la poesía reconocen el surgimiento de una nueva generación, que no obstante se
manifestará con toda su madurez y todo sus integrantes a partir de 1939, con el fin de la
contienda civil) hasta el siglo XXI.

Si la denominada generación del 36 se había vuelto ya hacia Machado antes de la guerra,


cuando después emerja de nuevo a la vida literaria, sabrá entonces con más ahincada conciencia

1
Véase a este respecto el interesante vídeo que se realizó en la Feria del Libro de Sevilla el 25 de mayo
de 2009 en homenaje a Antonio Machado: [Link]
[Link]
16
cuáles han de ser sus guías. Y así, sin olvidar a Miguel de Unamuno, se propondrá el
reconocimiento y la exaltación de Antonio Machado, el poeta del tiempo y de la existencia, y el
poeta en cuya doctrina estuvo siempre desterrada cualquier forma de virtuosismo verbal que
impidiera la plasmación cálida de la vida.

Puede rastrearse la presencia machadiana en los miembros emigrados de esta primera


generación de posguerra, donde el aprecio hacia su persona y hacia su obra fue prácticamente
indiscutido desde el principio; el caso más llamativo sea quizá el del poeta Francisco Giner de
los Ríos quien en 1945, en México, publica Las cien mejores poesías españolas del destierro,
volumen enteramente dedicado a Antonio Machado.

En cuanto a la poesía escrita en España por los miembros de esta primera generación de
posguerra, cabe destacar, entre otros (Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Ildefonso-
Manuel Gil, José Luis Cano…), a Leopoldo Panero, seguidor entrañable de Machado en el
tratamiento lírico del paisaje; a Luis Rosales, especialmente en su poema-libro La casa
encendida y en los proverbios y cantares, continuación de los de Machado:

Soñaba mi corazón,
cuando quise despertarlo
despertó.

Cabe destacar también a José Hierro, a quien, principalmente en los períodos iniciales de
su obra, se le siente mantenido por una estética de la intuición y de la temporalidad fluyente,
más próxima a Machado que a ningún otro poeta mayor de la tradición española del siglo XX.
Así mismo, en algunos de sus poemas, Gabriel Celaya recuerda a Machado: la puerta que abre
el poemario Cantos iberos (1955) son los versos del “Retrato” de Machado “famosa por la
mano viril que la blandiera / no por el docto oficio del forjador preciada”. En el caso de Blas de
Otero, la amistad ininterrumpida con Machado hace que sean muchos los poemas que tiene
sobre, con y hacia él; señalado es el poema “In memoriam” donde Otero rememora al cantor de
Castilla en su persona y su contexto histórico:

IN MEMORIAM

Cortando por la plaza de la Audiencia, bajaba


al Duero. El día era de oro y brisa lenta.
Todo te recordaba, Antonio Machado (andaba
yo igual que tú, de forma un poco vacilenta).

Álamos del amor. La tarde replegaba


sus alas. Una nube, serena, soñolienta,
por el azul distante morosamente erraba.
Era la hora en que el día, más que fingir, inventa.

¿Dónde tus pasos graves, tu precisa palabra


de hombre bueno? En lo alto del ondulado alcor,
apuntaba la luna con el dedo. Hacia oriente,

tierras, montes, y mar que esperamos que abra


sus puertas.
Hacia el Duero caminé con dolor.
17
Regresé acompañado de una gran sombra ausente.

En los mismos años del auge de la tendencia social, los poetas de esta llamada “segunda
generación de posguerra” vinieron a restituir y sostener la correcta creencia de que el acto
poético es, ante todo, un proceso de exploración y conocimiento en hondura de la realidad, y
que lo demás se da como añadidura fatal en el poeta auténtico. También hicieron sentir la
denuncia de la motivación social convertida en tendencia, con detrimento y descuido del estilo
verdadero. La visión que tenían de Machado fue ensanchándose notablemente y rescataron de él
de nuevo aquellos olvidados aspectos de su obra que, sólo en su absoluta interrelación de
totalidad con el poeta cívico y el hombre comprometido que también hubo en él, nos han podido
dar esa imagen del Machado integral.

Algunos de los autores más conocidos que mostraron afinidad o influencias evidentes de
la poesía de Antonio Machado son: Ángel González, quien reflexiona sobre la capital
influencia del poeta sevillano en su obra y afirma: “[esta capital influencia] deriva tanto de su
forma de abordar los problemas estrictamente poéticos como de su manera de interpretar la
realidad y de integrarla en la obra”. Y como prueba contundente de su continuo reconocimiento
del maestro, Ángel González dedicó su Discurso de ingreso en la Real Academia Española
(1997) a explicar, de un modo documentado y lúcidamente razonado, las motivaciones de
Machado para enarbolar las ideas radicalmente antiesteticistas sobre la poesía en su inconcluso
discurso de ingreso en la misma institución, que nunca alcanzó a leer.

Para otro poeta de esta generación, el jerezano José Manuel Caballero Bonald, la raíz
de su obra poética es machadiana: la poesía, dice, “viene medida por el intercambiable rasero
cotidiano, donde lo íntimo de cada uno puede identificarse, desde la profundidad de la
conciencia, con el “tú esencial” del que hablaba Machado”.

No fueron menos importantes en esta época los trabajos poéticos de José Ángel Valente,
quien trató de denunciar al “Machado convertido en pancarta y propaganda” por muchos. Para
él “Machado, un gran poeta, está en la línea meditativa de Quevedo y Manrique” y no en el
“machadismo de algunos poetas actuales”; “esa insistencia en la bondad tan literaturizada ya da
asco”. Léase este hermoso poema de Valente que trata de desenmascarar al falso Machado
creado por muchos compañeros poetas que sólo querían hacer de él un poeta de tendencia:

SI SUPIERAS
… creo en la libertad y en la esperanza
ANTONIO MACHADO

Si supieras cómo ha quedado


tu palabra profunda y grave
prolongándose, resonando…
Cómo se extiende contra la noche,
contra el vacío o la mentira,
su luz mayor entre nosotros.
Como una espada la dejaste.
Quién pudiera empuñarla ahora
fulgurante como una espada
en los desiertos campos tuyos.

Si supieras cómo acudimos


18
a tu verdad, cómo a tu duda
nos acercamos para hallarnos,
para saber si entre los ecos
hay una voz y hablar con ella.
Hablar por ella, levantarla
en el ancho solar desnudo,
sobre su dura entraña viva,
como una torre de esperanza.

Como una torre llena de tiempo


queda tu verso.
Tú te has ido
por el camino irrevocable
que te iba haciendo tu mirada.

Dinos si en ella nos tuviste,


si en tu sueño nos reconoces,
si en el descenso de los ríos
que combaten por el mañana
nuestra verdad te continúa,
te somos fieles en la lucha.

También en Jaime Gil de Biedma se observan coincidencias de actitud con Machado,


del mismo modo que no es infrecuente la mirada hacia Machado de Francisco Brines, Claudio
Rodríguez y de José Agustín Goytisolo, quien escribió:

HOMENAJE EN COLLIURE
Aquí, junto a la línea
divisoria, este día
veintidós de febrero,
yo no he venido para
llorar sobre tu muerte,
sino que alzo mi vaso
y brindo por tu claro
camino, y por que siga
tu palabra encendida,
como una estrella, sobre
nosotros, ¿nos recuerdas?,
aquellos niños flacos,
tiznados, que jugaban
también a guerras, cuando,
grave y lúcido, ibas,
don Antonio, al encuentro
de esta tierra en que yaces.

Y en el extremo opuesto de esta vigencia que se observa en las décadas de los cuarenta y
cincuenta, la fecha de 1966 puede señalarse como el principio definido de otra reacción, esta
vez en un sentido que habrá de calificarse de antimachadiano. Hacia entonces se pone en pie
una nueva promoción de poetas a los cuales, por el libro que en 1970 los lanzó
publicitariamente (la antología Nueve novísimos poetas españoles, de José María Castellet), se
19
les dio en llamar “novísimos”. Y esta promoción irrumpió urgida por un propósito de
rompimiento abrupto frente a la tradición ético-realista del ayer inmediato, que se hacía
corresponder grosso modo con las dos anteriores generaciones de posguerra. Tal tradición, sobre
la que se proyectó la sombra natural de Machado, venía a ser percibida ahora como inoperante
para aquello en que se centraba el mayor interés de estos jóvenes: la extremada concienciación
lingüística de la escritura poética, lo que inducía por encima de todo a la apetencia de una
lenguaje violentamente innovador y creativo. Machado para ellos era un obstáculo,
fundamentalmente por la prioridad que nuestro autor dio a las preocupaciones morales y, en
general, humanas, por su obstinada defensa del habla natural en el verso (se le impugnó su
“sencillismo” rural o provinciano), y por sus modos poéticos externos, apenas rebasadores de
los cauces decimonónicos y cuando más modernistas, que hacían de él un anacronismo estético
extremado. En esta línea se expresaba también el eminente profesor Francisco Rico: “Pertenece
demostrablemente a otro siglo: acendra las mejores vetas de Espronceda, Campoamor, Bécquer;
y quizá [su poesía] convierte a su autor en el más alto lírico castellano del diecinueve”.

Por todo lo dicho, en 1966 el cese de la total vigencia machadiana comenzó a apuntarse.
Y se señala el calificativo total, porque esta fecha no supone, afortunadamente, el
desvanecimiento definitivo de un poeta ya clásico, como lo era Machado de un modo
indiscutible a estas alturas.

Durante las décadas de los ochenta y los noventa (e incluso en la segunda mitad de los
setenta), los poetas españoles jóvenes o no tan jóvenes volverán la mirada hacia la obra
multiforme a integral de Antonio Machado, de manera que el cese de esa vigencia resultó muy
limitado en el tiempo; es el caso, por ejemplo, de Andrés Trapiello, cuya filiación machadiana
es indiscutible y constante en su obra, que es en buena parte un inmenso conjunto de paisajes
naturales recreados subjetivamente por la memoria y el sueño, procedimiento también esencial
en la percepción poética machadiana.

Otros autores de la generación de finales del XX y principios del XXI “tocados” por el
halo poético de Machado son José Mateos, Luis García y, especialmente, destaca el gran Luis
García Montero, que es el poeta que las últimas dos décadas más ha reinvindicado el
magisterio machadiano para liberar a la poesía del solipsismo del yo burgués. Al maestro le ha
dedicado varios ensayos y estudios críticos, además de una atención muy frecuente en sus
declaraciones poéticas.

En toda la obra lírica de García Montero late un profundo deseo por conquistar la otredad,
principalmente la otredad amorosa, por cuanto esta se concibe como el origen y el fin último de
la realización personal. Además, para él la poesía ha de expresarse de manera que el lector se
sienta identificado con esa vivencia y pueda realizarla luego cabalmente en su propia vida. En
esta tentativa por querer tranformar el mundo íntimo en materia de comunicación directa y
cordial con el lector debemos reconocer un indiscutible ascendiente machadiano, pues Antonio
Machado trató siempre de que su individualidad anímica y espiritual no adquiriese nunca los
tintes de un caso extraordinario, excéntrico o insólito. García Montero también se acerca a
Machado por su aguda conciencia de la temporalidad, del vivir en el tiempo y gracias al tiempo.

En suma, ¿qué es lo que convierte a Antonio Machado en un poeta eternamente moderno?


Nos ofrece infinidad de recetas para uso individual, pero, sobre todo, abre nuevas sendas, nunca
antes transitadas que ya nadie podrá cegar ni con decretos ni con olvidos, porque todo es papel
mojado ante esa claridad de otros cielos que traspasa los siglos. “La poesía es –decía Mairena–
20
el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. […] El poeta es un pescador, no de peces,
sino de pescados vivos: entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados.” Si
Miguel Ángel sabe hacer brotar de la piedra la figura, Antonio Machado consigue moldear el
lenguaje para que surja de él la naturaleza y la vida misma.

Por encima de las mareas de gustos y modas, Machado significa, en resumen, la hondura
en el enfoque de graves problemas humanos, una identificación inigualada de un poeta con una
tierra, un ejemplo de fidelidad a sí mismo y a su pueblo. Y, estrictamente visto en la trayectoria
de la poesía española del siglo XX, se alza como una de sus más altas cimas.

21
ANEXO I
SELECCIÓN RECOMENDADA DE POEMAS DE MACHADO

1. Las primeras Soledades (1903)


a. “Fue una clara tarde, triste y soñolienta…” (VI)
b. Preludio (XX)
c. “Las ascuas de un crepúsculo morado…” (XXXII)
d. La serie “Canciones”
e. La noria (XLVI)

2. Soledades, galerías y otros poemas (1907)


a. “He andado muchos caminos…” (II)
b. “El limonero lánguido suspende…” (VII)
c. Orillas del Duero (IX)
d. “Yo voy soñando caminos…” (XI)
e. “Hacia un ocaso radiante…” (XIII)
f. “Anoche cuando dormía…” (LIX)
g. “¿Mi corazón se ha dormido?” (LX)
h. Introducción (LXI)
i. “Es una tarde cenicienta y mustia…” (LXXVII)

3. Campos de Castilla (1912)


a. Retrato (XCVII)
b. A orillas del Duero (XCVIII)
c. Por tierras de España (XCIX)
d. Campos de Soria (CXIII)
e. La tierra de Alvargonzález (XCIV)

4. Poemas añadidos a Campos de Castilla (1917)


a. El Dios ibero (CI)
b. Orillas del Duero (CII)
c. Las encinas (CIII)
d. A un olmo seco (CXV)
e. Recuerdos (CXVI)
f. Poemas que recuerdan a Leonor (CXVIII-CXXIV)
g. Proverbios y cantares (CXXXVI)
h. Parábolas (CXXXVII)

5. Poemas sobre el tema de España


a. El mañana efímero (CXXXV)
b. Desde mi rincón (CXLIII)
c. Una España joven (CXLIV)

6. De las Nuevas canciones (1924) a las poesías de guerra (1936-1939)


a. El paisaje andaluza (Olivo del Camino (CLIII), Apuntes (CLIV))
b. Reaparición del tema de Soria (Canciones de tierras altas (CLVIII),
Canciones del alto Duero (CLX)
c. Nuevos “Proverbios y cantares” (CLXI)
d. Máximas de Machado sobre la poesía (final de CLXIV)
e. Poesías de guerra (El crimen fue en Granada, Sonetos)

22
ANEXO II
Poética, 1931

Enviada por Antonio Machado a la Antología de poetas españoles


contemporáneos de Gerardo Diego.

“En este año de su Antología —1931— pienso, como en los años de modernismo literario
(los de mi juventud), que la poesía es la palabra esencial en el tiempo. La poesía moderna, que,
a mi entender, arranca, en parte al menos, de Edgardo Poe, viene siendo hasta nuestros días la
historia del gran problema que al poeta plantean estos dos imperativos, en cierto modo
contradictorios: esencialidad y temporalidad.
El pensamiento lógico, que se adueña de las ideas y capta lo esencial, es una actividad
destemporalizadora. Pensar lógicamente es abolir el tiempo, suponer que no existe, crear un
movimiento ajeno al cambio, discurrir entre razones inmutables. El principio de identidad —
nada hay que no sea igual a sí mismo — nos permite anclar en el río de Heráclito, de ningún
modo aprisionar su onda fugitiva. Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque
piensa su propia vida que no es, fuera del tiempo absolutamente nada.
Me siento, pues, algo en desacuerdo con los poetas del día. Ellos proceden a una
destemporalización de la lírica, no sólo por el desuso de los artificios del ritmo, sino, sobre todo,
por el empleo de las imágenes más en función conceptual que emotiva. Muy de acuerdo, en
cambio, con los poetas futuros de mi Antología, que daré a la estampa, cultivadora de una lítica,
otra vez inmergida en las “mesmas vivas aguas de la vida”, dicho sea con frase de la pobre
Teresa de Jesús1 . Ellos devolverán su honor a los románticos, sin serlo ellos mismos; a los
poetas del siglo lírico, que acentuó con un adverbio temporal su mejor poema, al par que ponía
en el tiempo, con el principio de Carnot, la ley más general de la Naturaleza.
Entre tanto se habla de un nuevo clasicismo, y hasta de una poesía del intelecto. El
intelecto no ha cantado jamás, no es su misión. Sirve, no obstante, a la poesía, señalándole el
imperativo de su esencialidad. Porque tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial.
Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones
del ser que deviene, de su propio existir; son, pues, temporales, nunca alcanza un valor absoluto.
Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos
del tiempo y, al par, revelaciones del ser en la conciencia humana.

[1] La llamo pobre porque recuerdo a sus comentaristas.

23
ANEXO III
BIBLIOGRAFÍA

ALVAR, C., MAINER, J.-C. y R. NAVARRO, Breve historia de la literatura española,


Alianza Editorial, 1997.

ALVAR, M., La teoría poética de “Los complementarios”,


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BROWN, G. G, Historia de la literatura española. 6/1: el siglo XX (del 98 a la Guerra Civil),


Ariel, 2000.

AAVV, Cuadernos hispanoamericanos, números 304-307, año 1975-1976, fascículo 2,


dedicado a “Homenaje a Manuel y Antonio Machado”, pp. 629-1155.

GULLÓN, R., “Lenguaje, humanismo y tiempo en Antonio Machado”,


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GULLÓN, R., “Unidad en la obra de Antonio Machado”,


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JIMÉNEZ, J. O. y C. J. MORALES, Antonio Machado en la poesía española, Cátedra, 2002.

LÁZARO, F. y V. TUSÓN, Literatura española, Anaya, 1988.

MACHADO, A., Poesías completas, Espasa-Calpe, col. Austral, 2009 (1975). Prólogo de
Manuel ALVAR.

RODRÍGUEZ ALMODÓVAR, R., “Machado vuelve a Sevilla”,


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SESÉ, B., Antonio Machado. El hombre, el poeta, el pensador, Gredos, 1980, 2 vols.

SOBEJANO, G., “Notas tradicionales en la lírica de Antonio Machado”,


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SOBEJANO, G., “La verdad en la poesía de Antonio Machado: de la rima al proverbio”,


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24
ANEXO IV

El patio en el Palacio de las Dueñas, donde nació Machado

25
ANEXO V
POEMAS EN HONOR DE ANTONIO MACHADO

De Carlos Bousoño:

Confusa la historia
y clara la pena.
ANTONIO MACHADO

Aquí estás, camino de siempre,


hacia adelante, rota
la aspiración rosada, luna
que empalidece toda cosa.

Aquí estás y debes andar,


caminar como el agua absorta
por el torcido cauce, altos
los muros rojos, y a deshora.

Como el agua inmóvil transcurres


hacia un lejos, playa remota,
ya confusas historia y pena,
lejana la pena, la historia…

De José Hierro:

DON ANTONIO MACHADO TACHA EN SU AGENDA UN NÚMERO DE TELÉFONO

Borra de tu memoria
este número de teléfono.
2-6-8-1-4-5-6.
Táchalo en tu agenda.
Si ahora marcaras este número que no puede escucharte,
nadie respondería. Este número sordomudo:
2-6-8-1-4-5-6.
Borra, olvídalo, tacha este número muerto:
es uno más, aunque fue único.
Las hojas de tu agenda tienen más tachaduras
que números y nombres.
Ya quedan menos a los que llamar;
apenas quedan números y nombres que te hablen
o que te escuchen: 2-6-8-1-4-5-6.
Haz todo lo que puedas para que se disuelva en tu memoria:
destrúyelo, trastuécalo:
8-6-2-4-1-5-4,
rómpele el ritmo que le correspondía:
4-5-2-6-1-8-4,
ya no lo necesitas,
no necesitas esos números, esos nombres o sombras.

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2-6-8-1-4-5-6:
«¿Está Leonor?»
Y suponiendo que alguien te responda,
será otra voz la que responderá.
Baraja el número, confúndelo, desordénalo.
Así: 1-4-2-5-6-8.
«¿Está Guiomar?»
Baraja números y nombres, barájalos,
sobre todo los nombres:
«¿Está Guionor?» «¿Está Leomar?»
Silencio.
Olvida, tacha, borra, desvanece
esos nombres y números,
no intentes modelar la niebla.
resígnate a que el viento la disperse.
¡Colinas plateadas...!

De Ángel González:

CAMPOSANTO EN COLLIOURE

Aquí paz,
y después gloria.

Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco's Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
paz
y después gloria.

Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
—paz
y después...—
perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.

Sí; después gloria.

Al final del verano,


por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
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rebosantes de humana mercancía:
manos de obra barata, ejército
vencido por el hambre
—paz...—,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
—...sin gloria.

Se paga con la muerte


o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

¿Qué precio es el peor?


Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
—«Casino
de Canet: spanish gipsy dancers»,
rumor de trenes, hojas...—,
ante la gloria ésta
—...de reseco laurel—
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.

Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.

De Rafael Alberti:

IMAGEN PRIMERA Y SUCESIVA DE ANTONIO MACHADO

Tristeza de árbol alto y escueto, con voz de aire pasado por la sombra. Y con la naturalidad, con
la llaneza propia de lo verdadero, de lo que no ha brotado en la tierra para el engaño, hizo sonar
sus hojas melancólicas en sus poemas.

De Francisco Giner de los Ríos:

COLLIURE, FEBRERO

Detrás del Canigou de azul y nieve


me llamaban los cerros españoles
y yo soñaba aviones en Toulouse
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o barcos por las costas de Levante
que llevasen a tierras de Castilla.
Pesaban la amargura y la derrota,
las horas del Perthus y la frontera,
pero aún no era desierto aquel desierto
de Vernet con sus prados y pinares,
sino tregua en la lucha no acabada.
Y de repente una mañana supe
-y su luz toda se nubló en los ojos-
que en Colliure, frente al mar, en el silencio,
se apagaba la sien de don Antonio
y el corazón de España se callaba.

De José Agustín Goytisolo:

HOMENAJE EN COLLIURE

Aquí, junto a la línea


divisoria, este día
veintidós de febrero,
yo no he venido para
llorar sobre tu muerte,
sino que alzo mi vaso
y brindo por tu claro
camino, y por que siga
tu palabra encendida,
como una estrella, sobre
nosotros, ¿nos recuerdas?,
aquellos niños flacos,
tiznados, que jugaban
también a guerras, cuando,
grave y lúcido, ibas,
don Antonio, al encuentro
de esta tierra en que yaces.

De Pablo Neruda:

EL “WINNIPEG” Y OTROS POEMAS

La guerra civil –e incivil- de España agonizaba en esta forma: con gentes semiprisioneras,
acumuladas por aquí y allá, metidas en fortalezas, hacinadas durmiendo en el suelo sobre la
arena. El éxodo rompió el corazón del máximo poeta don Antonio Machado. Apenas cruzó la
frontera se terminó su vida. Todavía con restos de sus uniformes, soldados de la República
llevaron su ataúd al cementerio de Colliure. Allí sigue enterrado aquel andaluz que cantó como
nadie los campos de Castilla.

De Gerardo Diego:

PUERTO LIBRE

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Antonio el Bueno duerme allá en Colibre,
a Colibre que en Lope es española,
hoy es francesa
y siempre catalana.
Antonio el Bueno duerme
civilidad de religión cristiana,
oh patria de la muerte, oh puerto libre.

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