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DON QUIJOTE APASIONADO

O EL LOCO IDEAL DE CAMBIAR EL MUNDO

En estas páginas trataré de presentar al caballero de La Mancha con la mayor seriedad

posible. No quiero decir con esto que el Quijote no sea “serio”, Dios me libre, (creo, incluso que

a veces se le trata con demasiada “seriedad”), sino que intentaré profundizar en lo que pasaba

por su corazón y su mente de hidalgo manchego metido en las andanzas de caballerías, al

margen de los comentarios que hacían de él sus vecinos, su escudero y aquellos que encontraba

por el camino. Trataré incluso de prescindir de la ironía constante (cuando no la guasa o la

burla) al que nuestro caballero es sometido por su propio autor.

Bien es cierto que la ironía es el fundamento del texto cervantino1. Sin ella, el Quijote no

podría ser entendido y quizás hubiera muerto hace siglos sin que llegara a nosotros noticia de

su escritura. La ironía es el eje, la base, pero si intentamos bucear en la mente de Alonso Quijano

el Bueno, descubriremos que en ella no aparece nunca. Es el único ámbito del texto inasequible

a lo irónico, incluso a lo gracioso. Don Quijote jamás se ríe de sí mismo y no soporta que se rían

de él. Así ocurre, por ejemplo, en el capítulo XX de la Primera Parte, en el episodio de los

batanes. Don Quijote y Sancho llegan de noche a un paraje boscoso en el que oyen unos

tremendos ruidos que no reconocen. El caballero quiere ir a buscar la aventura afirmando:

“Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro,

para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquél para quien están

guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien

ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha

de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con

toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en éste en que

me hallo tales grandezas, extrañezas y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos

ficieron”.
1
E.C. Riley escribe: “la ironía cómica que da coherencia al Quijote”, en la teoría de la novela en Cervantes, Madrid, Taurus,
1971, p. 247.

1
Naturalmente, Sancho no quiere despegarse de su amo pues tiembla de miedo, así que

ata las patas delanteras de Rocinante y hace creer a su amo que el caballo no puede moverse por

arte de encantamiento. El diálogo que sucede entre ellos a lo largo de esa noche es de los

mejores del libro y hay momentos en que el texto es verdaderamente hilarante.

Cuando llega la mañana, la mediocre verdad es revelada por la luz del día: las palas de

unos batanes moviéndose en el agua eran toda la aventura que se preparaba como horrorosa.

Entonces:

“Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo. Miróle
Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con muestras de estar corrido. Miró
también don Quijote a Sancho, y viole que tenía los carrillos hinchados, y la boca llena de risa,
con evidentes señales de querer reventar con ella, y no pudo su melanconía tanto con él, que a la
vista de Sancho pudiese dejar de reírse; y como vio Sancho que su amo había comenzado, soltó la
presa de manera, que tuvo necesidad de apretarse las ijadas con los puños, por no reventar
riendo. Cuatro veces sosegó, y otras tantas volvió a su risa, con el mismo ímpetu que primero; de
lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y más cuando le oyó decir, como por modo de fisga: -
«Has de saber ¡oh Sancho amigo! que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro
para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros,
las hazañas grandes, los valerosos fechos...» Y por aquí fue repitiendo todas o las más razones
que don Quijote dijo la vez primera que oyeron los temerosos golpes.
Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla dél, se corrió y enojó en tanta manera, que alzó el
lanzón y le asentó dos palos, tales, que si como los recibió en las espaldas los recibiera en la cabeza, quedara
libre de pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba tan malas veras de
sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha humildad le dijo:
-Sosiéguese vuestra merced; que por Dios que me burlo.
-Pues porque os burláis, no me burlo yo -respondió don Quijote-. Venid acá, señor alegre:
¿paréceos a vos que si como éstos fueron mazos de batán fueran otra peligrosa aventura, no había
yo mostrado el {nimo que convenía para emprendella y acaballa?”

Así pues, ni siquiera con Sancho, ni a solas con él, es capaz don Quijote de separarse de

su personaje y de permitir reírse de sí mismo. Su valor no puede ponerse en duda. Sea cual

fuese la naturaleza de la aventura que se prepare, el caballero tiene dispuestos su honor, su

generosidad y valentía para enfrentarla. Pero el lector no puede atender fácilmente a esa

seriedad con la que Alonso Quijano se percibe a sí mismo. Dirigidos por Cervantes, sabemos

que estamos leyendo, en primer lugar, una parodia de los libros caballerescos. En esa parodia,

el caballero es viejo (para la época), no joven, es hidalgo pobre, no aristócrata, es vecino de un

2
pueblo manchego, no oriundo de familia real en país extraño, tiene armadura mohosa

remendada, no armas magníficas que deslumbran al sol; se ha enamorado de una moza de

pueblo, no de una princesa< Y a través de esa parodia nos acercamos a la contradicción de un

mundo en el que los ideales son muy difíciles de vivir, en el que las cosas tienen siempre doble

sentido, doble interpretación, doble lectura, en el que el viejo caballero camina a tientas

topándose siempre con una realidad esquiva, cuando no cruel y enemiga de la ingenua bondad

de su corazón en el que todo es blanco o negro, pero nunca gris; en el que nada se hace a

medias; en el que se espera la más grande recompensa a la generosidad de su entrega.

Así pues, el humor es el primer rasgo que se impone al lector del Quijote. Es la

característica primera del libro. Para nosotros, los habitantes de este tiempo, que conocemos a

los personajes antes incluso de acercarnos al texto, el humor, la risa, es, podríamos decir, una

predisposición de nuestro ánimo. La pintura del caballero enjuto, que rebasa el umbral de la

madurez, vestido con armas anacrónicas y tocado con la bacía de barbero, cuando menos, nos

hace sonreír. Lo mismo que el tosco escudero montado en un asno a falta de mejor cabalgadura.

La más famosa pareja de todos los tiempos aparece en la literatura, ante todo, para provocar la

risa.

Eso, al menos, nos dice Cervantes en el Prólogo a la Primera Parte: que “el melancólico se

mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la

invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Y este humor que

Cervantes pretende suscitar en el lector para que se prepare a recibir su obra, nace precisamente

de lo que se presenta como objetivo fundamental del libro: atacar los libros de caballerías. Su

escritura “no mira m{s que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo

tienen los libros de caballerías”, y por ello, el Quijote se nos muestra, según hemos dicho, como

una parodia de tales libros. La intención de parodiar esos relatos, de reírse de ellos, se muestra

al lector desde el primer capítulo.

Con esta intención, Cervantes hace de su protagonista un loco, un lector compulsivo de

la literatura caballeresca que cree a pies juntillas que lo que cuentan sus libros son verdaderas

crónicas de las hazañas de aquellos caballeros. Alonso Quijano no puede dejar de leer, vive

metido en sus historias y obsesionado por sus relatos. No come y no duerme, y su vida entera la

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ocupan ya las invasoras lecturas que se apoderan de su mente. Y, así, pasando las noches de

claro en claro y los días de turbio en turbio, "vino a dar en el más extraño pensamiento que

jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de

su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el

mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras (...) deshaciendo todo género de agravio”

(I, 1).

1. DE LA PARODIA A LA CRÍTICA: LA IRONÍA CONSTANTE

Pero la parodia cervantina desarrolla, como sabemos, a lo largo del libro, toda una visión

del mundo. Esta visión, personal y característica, toma no obstante mucho de Erasmo, aunque

en la actualidad esté superada la tesis de Américo Castro, según la cual cervantino quiere decir

prácticamente erasmista. Aún así, es imposible no tener en cuenta el Elogio de la Locura del

holandés, ni tampoco su Manual del caballero cristiano. Para Erasmo, humanista, la ironía es un

vehículo pedagógico imprescindible.

El profesor Antonio Vilanova, por desgracia fallecido hace unos meses, resumió su

reflexiones sobre el pensamiento cervantino en su libro Erasmo y Cervantes (Barcelona, 1989).

Según él, La Moriae Encomium de Erasmo nos ha dado la sátira más hiriente y demoledora de

la ilusión y el ensueño que ha producido la literatura del Renacimiento, con anterioridad al

Quijote de Cervantes.

En ella, el mundo se presenta como un escenario de la locura universal, y la locura

como un elemento indispensable para hacer posible la vida humana, porque ella es

responsable, por un lado de esconder a la conciencia el lado peligroso de lo real, y por otro, de

inyectar la dosis de entusiasmo y pasión suficientes para que se realicen grandes empresas sin

mirar el coste de las mismas. Erasmo proyecta toda la agudeza de su ingenio mordaz y toda

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su implacable ironía, contra la necedad y la locura de los hombres. Y para que sea más

hiriente el sarcasmo, este retablo de la locura humana se nos presenta como un discurso de la

propia Locura, que entona un panegírico de sí misma ante el regocijado auditorio de la

comedia humana.

La pasión amorosa, el cultivo del arte, la sed de gloria, el culto de la sabiduría, la

ambición de la fama, la fe religiosa y el heroísmo se ofrecen a nuestros ojos como un producto

de la universal locura. Pero no cabe olvidar que la Locura entona su propio panegírico y que

Erasmo ha puesto en sus labios la más persuasiva elocuencia y la mayor sutileza dialéctica. Por

eso, el Elogio de la Locura constituye, al propio tiempo, la más apasionada apología del

entusiasmo y de la pasión.

En el pensamiento de Erasmo, la cordura es a la locura lo que la razón es a la pasión y la

pasión que inspira la locura humana es el motor y la fuente de la vida, el incontenible impulso

vital que mueve el progreso del mundo. El hombre de pura razón, exento de pasiones, carente

del menor sentimiento humano, es una estatua de piedra incapaz de amor y compasión. Nada

se le escapa, en nada yerra, todo lo adivina, todo lo sabe; pero este arquetipo de sabio es

incapaz de la menor acción generosa, del menor impulso heroico y de acometer una empresa

grande.

Al propio tiempo, la locura encierra en sí todo cuanto es vitalidad y energía de la vida,

pues el cuerdo, por vergüenza o por miedo, no emprende nada en circunstancias en que los

locos animosamente se ponen a obrar. La conciencia del fracaso es el freno que traba la acción,

es la gran inercia que retarda el progreso del mundo, y sólo el loco está exento de esta

conciencia de fracaso, pues no le alcanza ni la verdad ni el desengaño. Por eso la verdadera

felicidad estriba en la locura, pues el loco vive inmerso en el engaño y en la ficción, de donde procede su

ventura2.

De manera persistente, a todo lo largo de la obra, mantiene Erasmo una actitud

ambigua de ironía escéptica y de exaltado idealismo que surge de la indescifrable antinomia


2
Estas ideas están expuestas en J. Huizinga: Erasmo, Barcelona, 1946, pp. 100-113. Sobre la trascendencia de las ideas
religiosas y morales de Erasmo son fundamentales las páginas de Wilhelm Dilthey: Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII,
México, FCE, 1947.

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entre la razón y la locura. Cuando la Locura termina su propio panegírico, al lector le queda

cierta incertidumbre e inquietud. Un interrogante de desengaño y de duda, de amargura y de

melancolía sucede a la satisfacción inicial, producido por la irónica ridiculización de la locura

humana. Pero al mismo tiempo la trascendencia de los ideales que encarna, la elevación de los

principios morales que de ella proceden, nos lleva a la más absoluta persuasión de la

necesidad de la Locura para que pueda subsistir la vida humana. Aun cuando Erasmo señala

la doble faz de la locura de los hombres, oscilante en el límite preciso de lo sublime y lo

ridículo, lo cierto es que cifra en la locura los más altos ideales de la vida humana (el hombre

más loco fue Jesús de Nazaret). Y su elogio de la Locura es tanto una incitación amarga al

pesimismo y al desengaño, como un entusiasta panegírico del más sublime y exaltado

idealismo.

Cervantes, perfecto conocedor de la obra erasmista, extrajo sin duda de sus páginas una

idéntica sensación de melancolía y desengaño, una misma conciencia de la ridícula vanidad de

las locuras humanas. A ello se añadió su propia experiencia vital, su experiencia de soldado, su

cautiverio en Argel, el fracaso de sus pretensiones de desempeñar un cargo en las Indias, su

odiado menester de comisario de víveres para la Armada, todo ello le proporcionó causa

suficiente para perder la fe en las ilusiones de su juventud y dejar paso al desengaño.

Así pues, en la genial concepción del Quijote, cuya intención aparente y manifiesta es la

ridiculización de la locura caballeresca de su héroe, Cervantes inyecta la imprecisa dualidad

de lo sublime y lo ridículo que Erasmo había señalado como característica esencial de la

locura. Y relegando a un plano secundario su propósito inicial de trazar una invectiva contra

los libros de caballerías, ejemplifica su amarga conciencia de fracaso idealizando la sublime

locura de su héroe. Por ello, el idealismo, la noble elevación moral, el generoso impulso de

abnegación y de heroísmo que encarna la figura de Don Quijote, constituye la misma entraña

de su locura y el fundamento de su ilusión y desengaño.

Y Cervantes, adaptando el pensamiento erasmista a la grandeza de su genio, lejos de

ridiculizar la locura ideal de don Quijote, subraya con amargo desaliento el fracaso de la noble

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empresa que acomete. Cervantes logra transmitir esa ambigüedad con un recurso

fundamental en el Quijote: la ironía, la misma ironía erasmiana.

Cervantes se mueve siempre en la frontera de la ironía sin caer nunca en la

mordacidad, ni mucho menos en la crueldad con su caballero. Los choques con la realidad

pueden dejar a éste magullado, humillarlo, vencerlo incluso, pero su espíritu permanece

intacto. Es esa doble cara de Don Quijote (y de la novela), la que la convierte en paradójica. Por

una parte, la mirada irónica hacia ese heroísmo loco del hidalgo manchego; por otra la

benevolencia, la comprensión lúcida con la que se acoge su locura; finalmente, la firmeza y la

bondad del caballero, cuyo ánimo no desfallece nunca y cuyo espíritu se muestra generoso y

servicial.

2. LA SERIEDAD DE LA ORDEN DE CABALLERÍA: EL IDEAL INCÓLUME

Dicho todo esto, hemos de tomarnos “en serio” a don Quijote, a Alonso Quijano, para

entender bien a Cervantes. Para ello, debemos recordar ese primer capítulo del Quijote, citado

más arriba: don Quijote, decide hacerse caballero andante, como efecto seguido de su extravío.

Bien es verdad que, en este punto, nada más comenzar el libro, se levanta para los lectores

actuales el primer escollo en el camino de la interpretación de la obra de Cervantes, sobre todo

si son jóvenes. El lector contemporáneo tiene una mentalidad naturalista y entiende que la

demencia es ante todo una enfermedad terrible, objeto de estudio y de investigación, y que el

sujeto que la padece es, fundamentalmente, digno de compasión. Hacer burla del loco le parece

repugnante; una costumbre retrógrada que pertenece a un pasado oscurantista. Por eso, el

lector actual, desprevenido ante el Quijote, no suele entender la “locura” del hidalgo y suele

interpretar que el hidalgo manchego “cree ser” un caballero andante, como el tópico chiflado

que se cree Napoleón. Pero no es así, Cervantes deja bien claro que la locura de Alonso Quijano

consiste en hacerse caballero andante para cambiar el mundo repleto de injusticias y desafueros en

que le ha tocado vivir.

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Hemos de imaginar, por tanto, a Alonso Quijano, solo en su biblioteca, noche tras noche,

no sólo devorado por su adicción, que le provocaba sin duda el placer de desplegar la

imaginación en mundos extraños, luminosos y claros, amenazados siempre por monstruos y

maldades a los que era posible vencer; hemos de imaginarlo también comparando esos mundos

con el suyo, raquítico y pobre, con el de su patria, con los muros de su patria, “si un tiempo

fuertes, ya desmoronados / por quien caduca ya su valentía” (Quevedo, Salmo XVII). Alonso

Quijano, llamado el bueno, vería su “b{culo, m{s corvo y menos fuerte”, sentiría su espada

vencida por la edad. Sería fácil (y triste) para él, comparar el mundo de sus libros, en el que

imperaba la justicia, con el suyo anodino, en el que la costumbre de la injusticia anidaba en

todas partes, en los grandes y en los pequeños, pero sobre todo en los poderosos; en el que el

sueño del imperio pacífico de Carlos, había sido sustituido por un estado burocrático de

prebendas y favores.

Y un día no pudo más. Convencido como estaba de la veracidad de los libros que leía,

tomó ejemplo de ellos y se decidió. Se sintió llamado, “vocacionado” a una misión que le

empeñaba la vida: cambiar el mundo. Tomó nombre de sí mismo, pues él era suficiente para

autoproclamarse; tomó armas de su endeble pasado familiar como si fuesen de acero bruñido;

dio nombre a su caballo, “el primero de todos los rocines del mundo”; tomó una dama del

pueblo de al lado, pero la revistió de tal belleza y la hizo tan inalcanzable, que todas las

princesas y reinas de sus libros quedarían olvidadas para siempre. Y se fue, loco y magnífico,

con sus 50 años, a dejarse la vida en los caminos y cobrar así la fama de los héroes. “Sin dar

parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que

era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante,

puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un

corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había

dado principio a su buen deseo” ( I, 2).

Él mismo puso también “banda sonora narrativa” a su comienzo. Él mismo dictaba a la

posteridad las palabras que dieran principio a su aventura:

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“Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las
doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con
sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la
rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones
del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don
Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo
Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la
verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo: «Dichosa edad, y siglo dichoso aquél
adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces,
esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio
encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina
historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos
mis caminos y carreras» (I, 2).

De manera que Alonso Quijano no puede tomar por locura o necedad lo que para él es

simplemente coherencia. Tan fuertemente está arraigada esta convicción en su espíritu que no le

hacen mella las burlas y golpes que recibe en su primera salida y, aún en la segunda se propone

hacer la descabellada penitencia en Sierra Morena, por los pecados contra Dulcinea que nunca

cometió. Así, pensaba él, tiene m{s mérito. “Ahí est{ el punto, respondió don Quijote, y esa es la

fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el

toque está en desatinar sin ocasión, y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, qué

hiciera en mojado” (Q. I, 25).

Además, no podemos olvidar el grado de satisfacción personal que Alonso Quijano

experimenta en esta nueva vida que ha decidido emprender. Se siente mejor persona. Y a pesar

de volver enjaulado a su pueblo, así se lo dice al canónigo de Toledo:

“De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal,
biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones,
de encantos; y aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula como loco, pienso,
por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo, y no me siendo contraria la fortuna, en
pocos días verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y
liberalidad que mi pecho encierra”. (I, 50).

¿Por qué, sin embargo, Cervantes dice que esto es una locura? Porque el verdadero

sentido del extravío de don Quijote es que el hidalgo ha elegido como ejemplo de conducta un

modelo literario. No escoge un modelo histórico. Amadís de Gaula, a su entender, supera al Cid

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Campeador en hazañas y poderío y, efectivamente lo supera si nos atenemos a lo escrito, que es

a lo que se atiene don Quijote. Por eso, desde el momento en que el protagonista quiere hacer de

su vida un modelo de ficción, su trayectoria vital se convierte en un camino de ida y vuelta a la

literatura. Don Quijote es un personaje literario que quiere parecerse a otros personajes

literarios. Esa vida de ficción (dentro de su propia ficción) le parece mucho más verdadera, y

por tanto m{s valiosa, que una existencia “realista” y mezquina.


De hecho, no era sólo Alonso Quijano el que tenía afición a estos libros, eran miles los seguidores

de los caballeros andantes. Para explicarnos el gusto por este tipo de lecturas que manifiestan tantos

lectores normalmente “cultivados”, hemos de tener presente que los libros de caballerías reflejan los

valores de la cultura española, aunque se sitúen en reinos lejanos y épocas remotas: el elemento

religioso, el espíritu de cruzada, el individualismo y la emulación constituían substratos fuertemente

afirmados en el caballero español quien, a pesar de la recién llegada modernidad, conservaba hondamente

arraigados los valores que lo había sostenido durante la Edad Media española. En ella, la reconquista

había fomentado una suerte de ideales caballerescos que no habían terminado de extinguirse en el siglo

XVI.

Podría decirse que la aristocracia española (alta y baja) vivía en el Quinientos albergando en sí

una contradictoria mezcla de ensoñaciones, gustos y deseos que se plasmaban en la diversidad de

géneros literarios que procuraba. Su mente empezaba a abrirse al nuevo siglo, al nuevo Estado, a la

nueva Europa, mientras sus raíces profundas aún no se habían desprendido de siete combativos siglos

en los que había usado como armas la espada y la cruz.

Por otra parte, tampoco el XVI se presentaba despojado por completo de carga medieval; la

conquista americana hacía resurgir (¿o continuar?) el espíritu de cruzada y de expansión de la fe tan

propio del medievo español. De hecho, Irving A. Leonard demuestra en su obra Los libros del conquistador

que la mentalidad del conquistador español estaba conformada a esta escala de valores y estos patrones

de comportamiento.

No obstante, a pesar de que ésta fue una de las raíces de su éxito, tal vez no sea la más profunda.

Existe otra: la nostalgia de un mundo pleno de libres aventuras que cada día iba siendo más inconcebible

en un tiempo en que la nobleza caminaba inexorablemente hacia una existencia cortesana, aunque

neg{ndose todavía íntimamente a aceptar el nuevo orden social. Al leer los libros de caballerías “los

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caballeros encontraban en unas aventuras soñadas una compensación a una existencia ahora regulada y

dentro de poco sumisa”3.

3. ¿IDEAL POSIBLE O DESCABELLADO? LA CRÍTICA A LOS LIBROS DE CABALLERÍAS

Sin embargo, los lectores de caballerías no pudieron gozar su entretenimiento con tranquilidad.

Su misma demanda de obras y la devoción que mostraban por ellas alertó a los intelectuales y moralistas

de la época, empeñados, ellos sí, unos en abrirse a nuevos valores, otros en conservar la pureza de

costumbres, y todos en desterrar como nocivas para la sociedad, las imágenes de los caballeros andantes.

Ellos deploraban y despreciaban las lecturas de los libros de caballerías como afición propia de hombres

incultos en general, sin hacer ninguna discriminación de clase; es más, nunca aluden en sus escritos a la

influencia de estos libros en las clases bajas. “Vulgo”, para ellos, son “los incultos” sin designar con este

vocablo a una determinada clase social. El mismo don Quijote lo explica en su comentario al caballero

del Verde Gab{n: “Todo aquél que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el

número de “vulgo” (II, 16). De esta manera podemos entender que la intelectualidad no leía los libros de

caballerías, al contrario, este grupo social era el responsable de las críticas y ataques contra esos libros,

por tanto podía considerar “vulgares” a sus lectores que sí los aplaudían, demostrando, con esta afición,

su escaso saber.

Los ataques de los autores graves, como los denomina Martín de Riquer, contra los libros de

caballerías se centran básicamente en dos aspectos: uno es la propia estructura compositiva de las obras,

es decir, la crítica se produce desde una perspectiva estética, y otro el pernicioso efecto que, a su juicio,

dichas lecturas ejercían sobre el ánimo del público que las leía, especialmente de los jóvenes y doncellas.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que las críticas de los libros de caballerías degeneraron en

una serie de tópicos que frecuentemente eran repetidos por diversos moralistas quienes no tenían

conocimiento directo de las obras que criticaban y, además, la avalancha de ataques provocó que los autores

de caballerías se colocaran a la defensiva haciendo hincapié constantemente en los prólogos y

dedicatorias de sus obras, sobre el beneficio moral que proporcionaba la lectura de esos libros pues

ofrecían buenos ejemplos de conducta cuando mostraban modelos de caballeros virtuosos o de justos

gobernantes.

3
M. Chevalier: Lectura y lectores en la España de los siglos XVI y XVII, Madrid, Turner, 1976, p. 100.

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Las detracciones eran promovidas, en su mayoría, por moralistas, eclesiásticos y pensadores

humanistas, según hemos dicho, pero ellos no eran los únicos en lanzarse a la contra; la opinión de otros

escritores también era significativa. El ataque de Juan Luis Vives, por ejemplo, es frontal, global y

virulento. Los libros caballerescos debían estar prohibidos. Habría que acabar con todos ellos, sin que se

salve Amadís o Tirant. La Celestina debe unirse a la hoguera por ser ejemplo de deshonestidad. A su

juicio, el mundo de la caballería es una fuente de fantasías vanas que sólo consigue alterar el “delicado”

espíritu femenino. A ninguna mujer le conviene dirigir su imaginación a esas historias que nada tienen

que ver con la realidad y que van contra su naturaleza porque “¿qué tienen que ver las armas con las

doncellas?”.

Los autores graves se mostraban muy preocupados también por el crédito que la gente inculta

otorgaba a las historias narradas en los libros de caballerías. Sabemos que apenas había división entre

las obras historiográficas propiamente consideradas, y los libros de caballerías; ambos presentados como

narraciones antiguas rescatadas del olvido. A esto se añade la predisposición de los lectores a la

aceptación de hechos maravillosos relacionados con la religión y las vidas de santos, así como a la

admiración de la poesía y el mito medievales, y de las fabulosas hazañas de sus antepasados en su lucha

contra los sarracenos. Irving A. Leonard considera que, debido a ese caldo de cultivo, los españoles

absorbieron las producciones impresas de tema caballeresco, literarias o no, con una credulidad y una

convicción tan intensa que hoy día no puede menos que asombrarnos.

Muchos de los libros de caballerías se presentaban por fuera como obras de carácter histórico; de

hecho incluían en sus títulos las palabras “historia” o “crónica”, como por ejemplo la Crónica de don

Florisel de Niquea, que implicaban un registro del pasado; de ahí que sus detractores emplearan contra

esas obras el apelativo de “historias mentirosas”. A este recurso se añadía la patraña de que estos libros

hubiesen sido escritos en lenguas raras de las cuales eran traducidos por sus autores, por eso los libros

eran llamados “enemigos de la verdad”. Adem{s, los sentidos temporal y geogr{fico eran, como hemos

dichos, sumamente vagos en los libros de caballerías, así que toda esta amalgama de factores hacía que

los lectores nunca acabaran de saber lo que estaban leyendo; “en consecuencia -dice Leonard-, mientras

m{s interesante encontraban un libro, m{s inclinados estaban a dudar de su veracidad”4.

Por otra parte, como ya hemos apuntado, los pensadores y moralistas encontraban especialmente

alarmante el efecto que esas obras ejercían sobre la juventud masculina y femenina. La clave de dicho

4
Los libros del conquistador, México FCE, 2007, p. 63.

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efecto podía advertirse, sin duda, en el estímulo de la fantasía que esas lecturas proporcionaban a

personas, generalmente desocupadas, de ambientes hidalgos y con poca experiencia

La afición que existía especialmente entre determinados círculos femeninos por los libros de

caballerías, era mucha; por otra parte, la ociosidad y el matrimonio sin amor eran dos constantes en la

vida de las mujeres de cierta posición en el siglo XVI. Las ensoñaciones y fantasías que alimentaban esas

lecturas las hacían despegarse de la realidad más que afrontarla, por eso los autores graves blandían sus

mejores armas contra los libros de caballerías en defensa de la honestidad de las mujeres.

Tenemos dos ejemplos valiosísimos de lectores de la época que fueron también (después de

aficionados) críticos de los libros de caballerías. Los dos son conocidos. Uno es el de Ignacio de Loyola

que, herido por una bombarda en el sitio de Pamplona por los franceses, durante su convalecencia, se

dedicó a la lectura:

“Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías,
sintiéndose bueno pidió que le diesen algunos de ellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa
no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi, y un libro de la vida de
los santos en romance”5

Así lo relata él mismo, y el calificativo “falsos” nos da a entender que Ignacio escribe esto cuando

ya hace mucho que ha abandonado esas lecturas y, como don Quijote, ha vuelto a ser “cuerdo”. No

obstante, poco después de este episodio, cuando ya ha decidido cambiar de vida, Ignacio sigue

contando:

“Y fuese su camino de Montserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de
hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y
de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se
determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a
ratos de rodillas, delante del altar de Nuestra Señora de Montserrate, adonde tenía determinado
dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo” 6

¿Cabe algo más caballeresco? La experiencia de Ignacio de Loyola nos da la medida de la fuerza

de estos libros cuando llegaban a espíritus idealistas y decididos.

El otro caso también proviene de la vida de otra santa española: Teresa de Jesús. En su Libro de la

Vida los primeros años de la Santa están narrados con brevedad, pero al hablar de su madre, doña

5
Autobiografía, 5.
6
Ibidem.

13
Beatriz de Ahumada, nos cuenta de la moderada afición que esta señora tuvo por la lectura de los libros

de caballerías, y continúa:

“Era aficionada *doña Beatriz a libros de cavallerías, y no tan mal tomava este pasatiempo como
yo le tomé para mí, porque no perdía su labor, sino desenvolviémonos para leer en ellos. Y por
ventura lo hacía para no pensar en grandes travajos que tenía, y ocupar sus hijos que no
anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesava tanto a mi padre que se havía de tener
aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta
que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás. Y parecíame no
era malo, con gastar muchas horas del día de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascondida de mi
padre. Era tan estremo lo que esto me embevía que si no tenía libro nuevo, no me parecía tenía
contento” (Vida, II, 1).

Resulta conmovedor el esfuerzo de Teresa por disculpar a su madre en aquella “pequeña falta” y

echarse ella la mayor parte de la responsabilidad porque al fin y al cabo su madre no faltaba a su trabajo,

pero ella en cambio faltaba “en lo dem{s”. En cualquier caso, a Teresa también le había dado por

escaparse de casa siendo una niña y marcharse a “tierras de moros” donde poder dar la vida por la fe

cristiana. Otro caso de idealismo crónico empeñativo.

Así, aunque las autoridades civiles tomaron alguna medida y prohibieron que estos libros fueran

a América, los comerciantes, deseosos de dar gusto a sus lectores, cargaban cajas de libros caballerescos

que disimulaban poniendo encima de ellos unas capas de biblias o vidas de santos que los censores

aprobaban de un vistazo. Nada que hacer contra el imperio de la imaginación.

Como ya sabemos, Cervantes se convirtió de hecho en el principal detractor de estos

libros. Para él, imbuido de espíritu humanista, estas obras chocaban con casi todos sus

principios. Él considera que la novela debe enseñar deleitando y hace decir al canónigo

hablando de las novelas de caballerías:

“Este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las f{bulas que
llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente á deleitar,
y no a enseñar; al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y
enseñan juntamente”. (I, 50).

En el capítulo 50 el canónigo reitera a don Quijote todos estos defectos que posee el

género y le dice que si “todavía, llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de

hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces”, pues es verosímil. En este

14
punto queda bien claro el parecer de Cervantes: si sabiendo alguien todo lo dicho en el libro

hasta entonces acerca de las novelas caballerescas, quisiera aún satisfacer su curiosidad u ocio

con aventuras, debería recurrir a la historia: a los héroes reales. En estos textos, podemos

advertir que Cervantes estaba comprometido con la verdad y por eso critica la artificiosidad y

da tanta importancia al valor educativo de la obra literaria.

4. LA “DICHOSA EDAD” DE DON QUIJOTE: LA UTOPÍA HUMANISTA

Pero, a pesar de todo lo dicho, ¿podemos considerar que esos libros caballerescos eran capaces de

transmitir valores si la casi totalidad de los intelectuales del momento (conservadores y progresistas) los

condenaba como funestos?

Ahora, en el siglo XXI, podemos responder que sí; aunque esta respuesta es posible porque

hemos recobrado el valor de la imaginación y de la fantasía en el ser humano, así como lo valioso de las

creaciones míticas de las distintas culturas. Los humanistas del XVI pensaban que cualquier creación

literaria debía ceñirse a los cánones clásicos, lo cual era imposible para estas pre-novelas en gran medida

deudoras de sus predecesoras medievales.

Alonso Quijano sí captaba aquellos valores y los creía posibles a pie juntillas. Más aún, había

trazado un plan “a medio plazo”. Don Quijote sería el primer caballero que resucitara en su época la

orden de caballería, pero sin duda habría otros que lo seguirían, según se desprende de muchos de sus

razonamientos.

El primer texto que ilumina este designio de don Quijote es el que aparece en el capítulo 11 de la

Primera Parte, titulado: “De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros”. En este capítulo, nuestro

caballero despliega el que ser{ primero de sus así llamados “discursos”; y lo hace para exponer el

sentido de su misión y el objetivo de la orden de caballería que él ha resucitado:

“¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y
no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en
aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas
dos palabras de tuyo y mío! Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era

15
necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano, y alcanzarle
de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto.
Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les
ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las
solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano sin interés alguno la fértil cosecha de su
dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su
cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas sobre rústicas
estacas, sustentadas no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz
entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a
abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella sin ser forzada, ofrecía
por todas partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos
que entonces la poseían (<) No había fraude, el engaño ni la malicia mezcl{dose *sic+ con la
verdad y la llaneza. (<) La justicia estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni
ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora menoscaban, turban y persiguen. La ley
del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que
juzgar, ni quien fuese juzgado. (<) Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho,
por dondequiera, solas y señeras, (<) y su perdición nacía de su gusto y su propia voluntad” (I,
11).

Don Quijote expone estas razones agradecido a los cabreros por haberles acogido a él y a

su escudero por haber compartido con ellos hoguera y comida. Cree encontrar en ellos un

auditorio apropiado para explicar porqué va así por el mundo. Sin embargo, ellos lo miran

alelados sin comprender una palabra.

No es extraño. El caballero manchego, además de utilizar un lenguaje altisonante, ha

empezado por citar el mito clásico de la Edad de Oro. Son los griegos los que transfieren al

mundo occidental el mito de la Edad de Oro, un estado perfecto del ser humano existente en un

pasado remoto. El mito de la raza de oro alcanza su cima literaria con Los trabajos y los días

(hacia 700 a.C.) de Hesíodo, en el que expone las cinco edades del hombre. El autor se sitúa a sí

mismo en la Edad de Hierro, época de penalidades y sufrimiento, y se remonta al pasado en

busca de consuelo. Según detalla Hesíodo, la raza de oro vivía en una tranquila

bienaventuranza; moraba en un lugar tranquilo, sereno, donde abundaban los frutos sin

necesidad de cultivarlos y el hombre no sabía lo que era sudar en el trabajo. Los hombres áureos

pasaban su tiempo entre festejos y diversiones, no conocían la violencia ni los problemas y

morían sin temor ni dolor.

Así lo cuenta Hesíodo:

16
“En los primeros tiempos, los Inmortales que habitan las mansiones olímpicas,
crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Existieron aquéllos en época de
Cronos, cuando reinaba en el cielo. Vivían como dioses, con el corazón libre de
preocupaciones, sin fatigas ni miseria; no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino
que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas, ajenos a
cualquier clase de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían todo tipo de
alegrías; el campo fértil producía espontáneamente hermosos frutos y en abundancia.
Ellos, contentos y tranquilos, alternaban sus faenas con numerosos deleites. Eran ricos
en rebaños y entrañables a los dioses bienaventurados”.

La poesía de Virgilio y de Ovidio se encarga de transmitir el mito de la Edad de Oro

a la Europa renacentista. De esta manera, Cervantes coloca en boca de Don Quijote este

discurso, de sobra conocido7. La idea de la Edad de Oro naturalmente no era nueva en la

época de Cervantes. Este topos estaba omnipresente en el Renacimiento8, aunque no se

trataba de un tema “de moda” o trillado. Y adem{s, de acuerdo con Américo Castro 9, lo

más probable es que Cervantes reelaborara críticamente el tema.

En cualquier caso, es original y asombroso el hecho de que don Quijote, en su

condición de caballero, se refiera a este mito clásico y que luego intercale la caballería andante

entre la Edad de Oro y la Edad de Hierro, en la que él y sus contemporáneos se encuentran:

“andando m{s los tiempos y creciendo m{s la malicia, se instituyó la orden de los

caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los

huérfanos y los menesterosos”. La orden de caballería apareció, según estas palabras para

detener el avance del mal. Más adelante, en el capítulo 20, ya citado más arriba, se expresa

con m{s claridad en la misma línea: “Sancho, amigo, has de saber que yo nací, por querer

7
El mito de la Edad de Oro sobrevive a la literatura clásica, pues supone una evasión hacia un tiempo ideal, una huída de
la realidad para la que el hombre siempre está dispuesto. El mito se va adaptando a los tiempos, cargándose de adornos
para aparecer en textos como la Crítica del programa de Ghota de Karl Marx (1875. Madrid: Fundación de estudios
socialistas Federico Engels, 2003), donde el filósofo alemán rescata la idea de justicia natural, o en varias novelas de
Fiodor Dostoievski: Los demonios (Madrid: Alianza, 1984) y El sueño del hombre ridículo (Barcelona: Altera, 1996), en
las que el autor ruso recurre a las formas del mito para expresar el anhelo de retorno al pasado producido por la vejez.
Vid. también el artículo de J.C. Martínez García: “Historia de la Utopía. Del Renacimiento a la Antigüedad”. Revista
electrónica Espéculo, UCM, núm. 30.

8 Abordaron el tema autores italianos y españoles: Petrarca, Boccaccio, Ariosto, Castiglione, Juan del Encina, Luis Vives,
Antonio de Guevara, fray Luis de León, entre otros. Para el contenido de todo este epígrafe, vid. Heinz-Peter ENDRESS: los
ideales de don Quijote en el cambio desde la Edad Media hasta el Barroco, EUNSA, Navarra, 200.

9
AMÉRICO CASTRO, (2002) El pensamiento de Cervantes, Madrid, Trotta.

17
del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro<” Su misión se

presenta, por tanto, según una gradación: desea resucitar la caballería andante para así,

siendo miembro de ella, poder resucitar la Edad de Oro. Maravall10 afirmaba que de estas

ideas se desprende que el caballero manchego habría tomado sobre sí una misión social y

política.

Resulta extraño, por extravagante, que don Quijote pretenda instaurar en el presente

el ideal de un tiempo pasado (el ideal caballeresco) a fin de hacer surgir una era mítica.

Pero, en nuestro loco, la extravagancia y la falta de visión realista no anulan la significación

de los valores implicados. Además, la épica caballeresca medieval había tenido su propio

edén: el perdido reino de ensueño del rey Arturo y su Tabla Redonda, sin un marco

temporal ni local fijo. A Arturo puede aplicarse todo aquello que se espera del último rey:

que su reino lo sea de armonía, de paz, de justicia universal y de felicidad. La corte de

Arturo es el lugar al que se otorga la concordia, característica del reino de la paz. El reino de

Arturo es, por lo tanto, como la Edad de Oro, una concepción social, política y moral ideal.

Tal vez, por ello, don Quijote los nombrara en el mismo discurso: “Yo soy, digo otra vez,

quien ha de resucitar a los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la

Fama” (I, 20). M{s adelante, en el primer capítulo de la segunda Parte, equiparará la Edad

de Oro y la época de la caballería andante, lo cual se explica por el hecho de que para don

Quijote la época de la andante caballería era asimismo un tiempo ideal. Como dicha época,

según el caballero, tuvo su realización sobre todo en los días del rey Arturo, éste juega aquí

también un papel, aunque en segundo plano. En otro lugar lo ensalza explícitamente como

fundador de la caballería andante: “Pues en tiempo de este buen rey fue instituida aquella

famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda” (I, 13).

Don Quijote hace pues coincidir a veces la Edad de Oro y el reino de Arturo.

Naturalmente, hemos de entender que el complejo sentido del discurso de la Edad de Oro

no corresponde en verdad exactamente a los ideales a los que aspira la épica caballeresca

medieval. Para empezar, la Edad de Oro es un mito pagano que implica un estado de
10
J. A MARAVALL (1948), El humanismo de las armas en don Quijote, Madrid.

18
felicidad vigente para todos los seres humanos sin diferencia alguna; para todos es posible

vivir en una dichosa anomía. En cambio, el reino de Arturo es un lugar para elegidos, de

carácter elitista y exclusivo y tiene rasgos claramente cristianos. Por otra parte, tampoco los

ideales concretos de los dos conceptos se corresponden entre sí. Los valores medievales han

sufrido un cambio evidente.

4.1. Caballero del Renacimiento

Don Quijote es en verdad un héroe marcado por el Renacimiento. Su cultura

humanista se manifiesta ya sólo por el hecho de que con el tema de la Edad de Oro se vale

de un asunto renacentista por excelencia. La procedencia clásica del tema le es bien conocida

a don Quijote porque él no sólo es versado en libros de caballerías. En su biblioteca se

encuentran también las principales novelas pastoriles del Renacimiento. Por otra parte, él

mismo menciona también, a lo largo de toda la obra a autores italianos de su siglo; hace

referencia a Homero, Aristóteles y Demóstenes, de la Antigüedad clásica griega; nombra a

César, Catón, Cicerón, Horacio y Virgilio. Y en presencia del hidalgo don Diego de

Miranda, habla incluso de los conceptos valorativos de los filósofos de la Antigüedad.

Pero la Edad de Oro no es para el hidalgo manchego cuestión de puro saber.

Tampoco se trata de una afligida y absorta mirada retrospectiva hacia una felicidad

perdida, aunque haya algo de eso. La idea más clara es que toda esa exposición se hace

como acusación contra el presente. Se mira hacia el pasado para dar forma al futuro

siguiendo su modelo. Ya Virgilio había tomado el mito de la Edad Dorada con esa misma

intención (Bucólicas, IV), y en el Renacimiento lo siguieron Ariosto y Rabelais. Esta posición

da esperanza al hombre culto pues, de este modo, entiende que es posible trabajar para que

el futuro mejore.

Don Quijote es evidentemente un hombre así, aunque sólo sea ficticio. Y eleva la

Edad de Oro al rango de ideal, y alcanzarlo es su más alta misión, para lo cual está

dispuesto a movilizar toda su energía y arriesgar el todo por el todo. “El mito de la Edad de

19
Oro, con su nostalgia de la inocencia perdida, es para don Quijote un programa que ha de

llevarse a cabo en el futuro”11. Con razón puede hablarse de un proyecto de utopía. J.M.

Martín Mor{n afirma en un interesante artículo que don Quijote “no podría existir sin la

fantasía utópica y sin verse a sí mismo en el futuro como resultado de las acciones del

presente”12.

Pese a las numerosas diferencias entre Edad de Oro y Utopía (ya que la primera es

un mito y la segunda más bien un proyecto trazado por la razón), ambas son nociones

emparentadas; proyecciones de la mente humana orientadas hacia estados ideales del

mundo13. Lo nuevo es cómo, en la novela, don Quijote establece la relación entre ambos,

trasponiendo la Edad de Oro, enraizada hasta entonces, sobre todo, en la literatura pastoril,

a una utopía caballeresca.

De la relación entre Edad de Oro y condición caballeresca, se deduce lógicamente

que también su ideal caballeresco en relación con el ideal de la Edad de Oro desempeña un

papel funcional. Así pues, el ideal caballeresco, de tendencia sobre todo individualista, está

al servicio de los ideales supraindividuales políticos y sociales que constituyen la noción

global de la Edad de Oro. Maravall opina que, en su discurso sobre la Edad de Oro, don

Quijote expone su misión en este mundo; y en su segundo gran discurso, el que trata de las

armas y las letras (I, 37-38), hace una selección entre los medios que él considera elegibles, y

se decide por las armas como insignias de la caballería. Sin embargo, hay que tener en

cuenta que dichos medios son, en cierto modo, inherentes a la caballería, puesto que

encarna un ideal de virtud asociado a las connotaciones de obligación y compromiso, de

lucha, de prueba y de hallarse siempre en camino hacia una meta. La Edad de Oro, en

cambio, como ideal de felicidad, se asocia más a las nociones de calma, de seguridad, de

11
P. DUNN (1972): “Two classical Myths in Don Quijote, renaissance and Reformation, nº 9, 2-10. Con formato: Fuente: 10 pto
12
J.M. MARTÍN MORÁN (1997), “Cervantes: el juglar zurdo de la era Gutenberg…” en “Perspectives on Cervantes Studies Con formato: Fuente: 10 pto, Sin
in Honor os José María Casasayas”, Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XVII, Primavera. Disponible en subrayado, Color de fuente:
www.h-net.org/~cervantes/. Automático, Inglés (Estados Unidos)
13
El tema de la Utopía es, como sabemos, muy renacentista y afecta a varios aspectos del enfoque de la Código de campo cambiado
vida humana. Lamentablemente, no puedo detenerme en ello en este trabajo.
Con formato: Fuente: 10 pto
Con formato: Inglés (Estados Unidos)

20
armonía y de paz. Por otra parte, no hemos de olvidar que El mundo caballeresco suponía

un sistema de vida social en el cual el enemigo, el hostes, era un enemigo privado personal.

Por consiguiente, nos podemos permitir el lujo de decir que la mayor batalla que don

Quijote está librando es una batalla mortal consigo mismo, contra-sí-mismo, es decir, se nos

presenta como un caballero espiritual con trazas de moralista: con su ejemplo y con sus armas

él quiere combatir a los enemigos según la moral, no según el derecho y la política. Pero el

carácter de don Quijote no solamente va madurando poco a poco, sino que va adquiriendo

igualmente valores individualistas en su modo de proceder; cosa que es plenamente

renacentista.

4.2. Los valores presentados

Las ideas que integran el concepto de “Edad de Oro” representan los valores o cada

uno de los ideales de don Quijote en concreto. Según el orden en que aparecen nombradas,

son éstas: 1. la igualdad; 2. el estado natural; 3. la paz; 4. la verdad; 5. la justicia; 6. la

libertad.

Hemos de consignar aquí que Cervantes, siguiendo la tónica general del Quijote no

hace mención de los elementos sobrenaturales o no realistas con los que el mito de la Edad

de Oro fue frecuentemente adornado.

Respecto al estado natural, don Quijote expresa aquí, con toda claridad la idea del

estado natural de los hombres y de la sociedad humana en los tiempos primitivos. En todas

las descripciones de la edad de Oro, y también aquí, la naturaleza ocupa un lugar

primordial, como no podía ser menos tratándose de un mito clásico muy utilizado en el

Renacimiento. Representa un factor “b{sico”, ya que gracias a él, tienen fundamento los

restantes valores. Posibilitados y determinados por el orden natural, todas estas ideas

adquieren el estatus de valores naturales.

Una concepción claramente descendente de la historia domina todo el conjunto. Así,

la Edad de Oro es la más antigua y la más estimada, pero inevitablemente da paso a la

21
Edad de Plata, luego a la de Bronce y finalmente a la de Hierro, que es la era actual, pues

con al advenimiento de la civilización, se llega a la pérdida de los valores positivos y a la

llegada del mal al mundo. Por eso, ante este estado de cosas, es tarea de los hombres (en

nuestro caso, de don Quijote) asumir la tarea de restablecer el estado original del mundo.

Este afán de don Quijote aspira también a restaurar el estado original de la comunidad

humana, pero este estado era constitutivamente un estado natural, de, de lo cual se

desprende que unas condiciones sociales equiparables a las de aquel estado natural

originario pueden considerarse un ideal de don Quijote; un ideal trascendente.

En este contexto ha de integrarse también la visión de la libertad que tiene el caballero. Don

Quijote garantiza defensa y protección a la joven pastoral Marcela (I, 12-14) que ha escogido la

naturaleza para vivir en armonía consigo misma, para mantenerse virgen y sobre todo para

realizar su ideal de libertad: “para poder vivir libre escogí la soledad de los campos<” De la

libertad también trata el episodio de los galeotes (I, 22), a quienes don Quijote libera de sus

guardianes porque le “parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”.

Y por este modo de pensar se entiende su famosa declaración: “La libertad, Sancho, es uno de

los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los

tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede

y se debe aventurar la vida.” (II, 58).

En relación a la igualdad, las frases del discurso de don Quijote expresan que en la Edad

de Oro la naturaleza garantiza el principio de la propiedad común y con ello la igualdad entre

los hombres. Este asunto estaba ya implícito en Hesiodo, pero sólo a partir de Ovidio

(Metamorfosis, I, v. 131) pasó a ser un componente fijo en la tradición de las representaciones de

la Edad de Oro, por lo que también en el Renacimiento se mencionaba casi siempre.

Mediante esta declaración don Quijote manifiesta de inmediato su disconformidad con

su propia época. Evoca con ella es estado de una sociedad que se encuentre en radical oposición

a la España de entonces, caracterizada por extremas diferencias sociales. Claro está que la idea

de igualdad concebida de esta forma nada tiene que ver con el ideal caballeresco medieval. Sin

22
embargo, como don Quijote, en su explícita idea de sí mismo como caballero, aboga por el

principio esencialmente renacentista de una igualdad general, el ideal caballeresco sufre en sus

labios, bajo este aspecto, una ampliación de su significado hasta el momento desconocida. No

obstante, hay que decir que al manifestar sus convicciones y objetivos referentes a la igualdad,

don Quijote ya nunca volverá a ir explícitamente tan lejos. Porque sería absurdo afirmar que

don Quijote es un paladín que arremete contra las diferencias estamentales. Lo decisivo es, a

pesar de todo, que las diferencias sociales, según la visión idealista de los autores renacentistas

y de don Quijote, influido por ellos, debían estar basadas exclusivamente en el mérito personal.

Esta idea (tan cervantina) se encuentra ya explícita en El Cortesano de Castiglione donde se

expresa que es deber del cortesano “amar a sus deudos de grado en grado, guardando con

todos en ciertas cosas, como en la justicia y en la libertad, una igualdad medida y llevando con

otras algunas una desigualdad puesta en razón, como en ser liberal, en remunerar los servicios,

en repartir las honras y los cargos según las diferencias y desigualdades de los méritos<”14.

Tampoco en lo sucesivo, por supuesto, se manifiesta don Quijote partidario de suprimir la

propiedad privada, como es el caso de Tomás Moro en su Utopía. Pero no por ello se muestra en

absoluto indiferente ante el fenómeno de la propiedad en tanto que factor de desigualdad; y el

ideal de la igualdad se mantiene en el trasfondo como meta lejana.

El valor de la paz es, sin lugar a dudas, el de mayor alcance y trascendencia. Por lo

demás, ha sido siempre un firme componente de la Edad de Oro.

A primera vista puede parecer contradictorio ver la paz señalada como uno de los ideales

de don Quijote, de manera similar a lo ocurrido anteriormente con la igualdad. Con su

armadura, espada y lanza, se le recuerda como un personaje belicoso, y ciertamente repite

muchas veces que su profesión es la de las armas, además de comportarse con frecuencia de

modo irascible y descontrolado. Tampoco el lector puede evitar esta impresión, pero el lector

sabe también, ya desde el comienzo, que don Quijote, desde su punto de vista subjetivo, siempre

cree tener sólidos motivos para su conducta militante. Su imaginación y su juicio, dominado por

14
B. CASTIGLIONE: El Cortesano, IV, 33. Trad. De Juan Boscán, 1534. Madrid, Cátedra, 1994, p. 484.

23
ella, le dan a entender que la razón está de su parte y que combate en defensa del derecho

desafiando a los malvados y los déspotas.

Sin embargo, por mucho que insista en el poder de las armas, don Quijote se rige en

definitiva por un ideal de paz. Ello se desprende no sólo del discurso que estamos analizando

sino también del llamado “de las armas y de las letras”. Cuando don Quijote se decanta por las

armas afirma que éstas: “tienen por objetivo y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres

pueden desear en esta vida” (I, 37); y concluye con la siguiente frase: “Esta paz es el verdadero

fin de la guerra”.

Puesto que la palabra “guerra” es sinónimo de armas, y para don Quijote las armas son

equivalentes a su ideal caballeresco, y puesto que en esta última cita, la guerra (las armas, el

ideal caballeresco) guarda relación directa con el ansiado ideal de paz, la tesis de que el ideal

caballeresco guarda una relación de medio con los valores políticos, sociales y morales que

constituyen la Edad de Oro queda confirmada.

Fue J. A. Maravall el primero que interpretó acertadamente el significado de la

afirmación hecha por don Quijote acerca de la paz como objetivo de la guerra, porque don

Quijote persigue mediante las armas “la depuración interior del ser humano”, porque considera

las armas como “instrumento de una virtud interiorizada, espiritualizada, en sentido moderno”;

les atribuye de este modo “un nuevo sentido moral”, pues corresponden a un “ideal moral”.

Por consiguiente, a la pregunta de cómo puede ser posible que las armas traigan la paz, puede

ahora responder: “Porque las armas sirven a la justicia y a la virtud”15. Durante el reinado de

Carlos V, que aspiraba a resucitar el imperio de Carlomagno en su tiempo, cuajó la idea de un

irenismo erasmiano por el cual sería posible la paz en los territorios europeos si todos se aliaban

contra los enemigos comunes, especialmente los turcos. Estos enemigos, al no ser cristianos,

podían ser combatidos, según la vieja legitimación de la idea de cruzada.

Como ya sabemos, esta aspiración se truncó pronto debido a la herejía luterana y sus

consecuencias políticas. En cualquier caso, Para Carlos fue una aspiración personal

fundamentada tanto en sus convicciones erasmistas como en el concepto medieval del monarca,

15
J.A. MARAVALL, El humanismo de las armas, op. cit., pp. 119, 121, 124, 125 y 237.

24
según el cual el don más preciado que un rey puede otorgar a su pueblo es un reinado pacífico.

La prosperidad en todos los ámbitos es la consecuencia inmediata de un gobierno en paz. De

nuevo el rey Arturo es modelo arquetípico de este gobernante y su corte el centro de la paz y la

justicia.

Lógicamente, también el ideal caballeresco se vio impregnado por este afán. Desde lejos,

el ideal de paz del caballero cristiano que persigue don Quijote viene ya aludido en todo ello,

aunque el estímulo decisivo en este sentido parte más bien del renacimiento. Si en la Edad

Media la tendencia era poner el acento en las connotaciones trascendentes y universales de la

palabra “paz”, aunque éstas conservan su validez, tiene lugar entre los humanistas un

desplazamiento de énfasis a favor de la paz política. Hemos citado a Erasmo y habría que citar

también a Tomás Moro, aunque también hay intelectuales españoles (Alfonso de Valdés y fray

Luis de León) que desarrollan este principio.

Si nos referimos a la verdad, de nuevo hemos de volver a Hesíodo, pues en su mito y en

la versión que de él hace Ovidio se lamenta la pérdida de esta virtud en la Edad de Hierro. Por

supuesto, nos hallamos ante un concepto de verdad claramente moral y de ahí, indirectamente,

de relevancia social. No se trata de una verdad filosófica, sino que se trata de la verdad que se

dice o se oculta, se distorsiona o se encubre, que tiene que ver con la coincidencia entre lo que se

declara y lo que se sabe, con lo que se piensa y lo que se siente y cuyo contrario es la falsedad, la

mentira o el engaño.

De entre los restantes ideales, es la justicia la que más próxima se halla a la verdad; de

hecho, don Quijote las menciona seguidas. Por otra parte, la verdad comparte con la justicia la

propiedad especial de que se puede entender tanto en sentido moral y social generalizable,

cuanto en sentido individual como una virtud, la de la veracidad o amor a la verdad. Varios

episodios del Quijote expresan este vivo deseo del caballero.

Este concepto moral de la verdad, tal como lo defiende don Quijote, a diferencia de los

otros ideales, no ha experimentado ningún cambio significativo ni transición entre la Edad

Media y el Renacimiento. En la época medieval, esta clase de verdad constituyó uno de los

puntos centrales de la ética caballeresca. Ya el rey Arturo en el Erec de Chrétien de Troyes se

25
declara leal a este principio: “Yo soy rey, y no debo mentir,/ ni consentir villanía,/ ni falsedad, ni

desmesura:/ (<) corresponde al rey leal/ mantener la ley,/ la verdad, la fe y la justicia”16.

Ramón Llull en su Libro de la Orden de Caballería también escribe sobre esto al hablar del

inicio de la caballería: “Faltó en el mundo la caridad, lealtad, justicia y verdad, empezó la

enemistad, deslealtad, injuria y falsedad”17.

El ideal de la verdad tiene también, por su parte, junto a un componente moral, también

un componente ideológico de orientación religiosa. Ello se pone de manifiesto sobre todo

cuando don Quijote habla con don Lorenzo acerca del caballero ideal y espera de éste, entre

otras cosas, que sea “mantenedor de la verdad” (II, 18), aunque su defensa le cueste la vida.

En cuanto a la justicia, esta es entendida también como una virtud natural que tiene

como objeto la relación ordenada de las personas entre sí. Por ello ocupa una posición central en

el conjunto de los ideales que aquí se exponen. Independientemente de que ella en sí represente

un altísimo valor y corra parejas con la verdad, opera como fundamento de la igualdad, la

libertad y la paz. Promueve y garantiza la igualdad; concede y preserva la libertad; y es una

condición indispensable para la paz.

Es evidente que la justicia se cuenta entre los ideales más importantes de don Quijote.

Constituye el núcleo central de su discurso y de sus actos. Desde un principio, considera la

realización de la justicia como tarea primordial de su misión caballeresca y, por tanto, es la

categoría más realzada.

Don Quijote se declara continuamente partidario de la justicia mediante la palabra

cuando declara sus propósitos o cuando define a los caballeros andantes como “ministros de

Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella la justicia” (I, 13). También en sus consejos

a Sancho para la misión de este como gobernador, y en los cuales la justicia constituye el

elemento esencial. Pero sobre todo la meta constante de sus actos es contribuir al triunfo de la

justicia. Aunque el loco caballero imagine muchas de sus aventuras, su afán de justicia

permanece intacto.

16
Madrid, Alianza, 2005, p. 48.
17
Madrid, Alianza, 1995, p. 26.

26
También encontramos esta virtud entre las indispensables del caballero, pues debe

defender y amparar a los que se ven privados de justicia. Llull la menciona en primer lugar

entre las virtudes caballerescas.

Lo singular de la idea de justicia que tiene don Quijote estriba, sin embargo, en el hecho

de que además se nutre de los principios de la ley natural. La antigua concepción de la justicia,

asentada en la ley natural, se expresa aquí, en su manifestación humanista, como una justicia

espontánea, sencilla, supralegal, universal, absoluta e ideal. Consecuentemente con todo ello,

don Quijote se deja guiar en sus acciones por su personal sentido del derecho, por la voz de su

conciencia, por su propia capacidad de juicio moral, y se sobrepone con independencia de

criterio al derecho real y positivo y al aparato judicial. Un caso paradigmático es el episodio de

los galeotes (I, 22). Considerando la libertad un derecho natural, no puede comprender ni

aceptar que se someta a las personas, aunque sea en nombre del rey, a un castigo tan duro: “Me

parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”. De este

comportamiento, contrapuesto a la práctica jurídica real en tiempos de Cervantes, se deduce

una vehemente crítica cervantina contra la justicia de su época, de la que el mismo autor fue

víctima en numerosas ocasiones. Sin embargo, a partir de su forzosa colisión con el derecho

legal y con la verdadera constitución de la realidad, se explica que casi sin excepción don

Quijote fracase en sus ataques supuestamente idóneos para promover la justicia.

Finalmente, la libertad nunca se menciona en las versiones clásicas en las versiones

clásicas del mito de la Edad de Oro; sin embargo se puede interpretar como parte de su

contenido, dada la plenitud de la naturaleza, la propiedad común, que impide dependencias, y

la carencia de leyes, que evita limitaciones. En el caso del discurso quijotesco, el caballero

expresa el ideal de la libertad con arreglo a la simbiosis de Edad de Oro y mundo arcádico,

habitual desde la Arcadia de Sannazaro, bajo el aspecto típicamente renacentista de la libertad

en el amor. Luis Rosales en su estudio (bastante subjetivo) Cervantes y la libertad, se muestra

convencido de que la libertad era el “eje mismo del pensamiento cervantino”18.

18
Cervantes y la libertad, 2 vol. Madrid, Gráficas Valera, 1959-1960, t. I, p.9.

27
Las convicciones del Quijote sobre este tema han emanado con toda seguridad de la

amarga experiencia vital de Cervantes. Don Quijote lucha verdaderamente de modo por

completo desinteresado con sus palabras y sus armas por la libertad, donde y cuando él la cree

en peligro. Pero, naturalmente, el aspecto autobiográfico dista mucho de ser el único decisivo.

Es una de las tradicionales obligaciones caballerescas correr en ayuda de personas que han sido

privadas de su libertad de manera injusta. Constituye una situación clásica en los cantares de

gesta y los libros de caballerías. En este sentido, don Quijote considera su natural obligación

liberar a la señora vizcaína, que él cree cautiva de una banda de encantadores (I,8), y durante la

casi totalidad de la segunda Parte, don Quijote no tiene otro af{n que “su deseo en la libertad y

desencanto de Dulcinea” (II, 74).

Por otra parte, el ideario renacentista desempeña también aquí un papel importante pues

expresa la idea de la libertad individual como un derecho natural innato. Las pruebas más

elocuentes de ello son, junto a la cita inicial del discurso de don Quijote, su intercesión a favor

de la pastora Marcela y la liberación de los galeotes. Es más que comprensible que interceda por

Marcela, pues la postura reivindicativa de la pastora en cuanto a su libertad natural coincide

más o menos con la suya. En la aventura de los galeotes, la actitud de don Quijote no brota de

un mero capricho momentáneo, sino de su constante concepto de libertad, abstracto e

individualista; lo demuestra algo más adelante su ininterrumpida obstinación frente a los

cuadrilleros de la Santa Hermandad que lo perseguían y a quienes espeta con toda su

terquedad: “¿Saltear de caminos llam{is al dar libertad a los encadenados, soltar presos,

socorrer a los miserables (<)?” (I, 45).

En qué medida significa para él un ideal, lo indican finalmente sus palabras, ya citadas,

tras despedirse de la corte ducal. La aclamación de la independencia recuperada se le

transforma a don Quijote en un elogio de la libertad en el cual se adivina con nitidez el anhelo

del propio Cervantes.

5. LA IRONÍA Y EL DESENGAÑO EN LA EDAD DE HIERRO

28
No obstante lo hermoso de las ideas expuestas anteriormente, el lector del Quijote ya

sabe que éstas van entreveradas de tanta ironía que a veces no sabe a qué carta quedarse. La

ambivalencia del texto es casi omnipresente y pocas aseveraciones escapan al cuestionamiento.

Esta ironía constante, como ya se ha dicho al principio, es básicamente una herramienta

pedagógica erasmista que en Cervantes cobra aspectos magistrales. Por otra parte, el libro es

una parodia de los libros de caballerías, lo cual da paso al humor y a la risa. Además, Cervantes

escribe una novela, no un diálogo o tratado a la manera de los humanistas, sus contemporáneos.

Este género le permite jugar constantemente con los diferentes planos de la realidad que captan

los diferentes (y numerosos) personajes del libro.

Pero junto a este perspectivismo tan estudiado en el Quijote, también se aprecia, no pocas

veces en el libro un radical desengaño muy próximo al talante barroco. La tristeza de la vejez, el

inexorable paso del tiempo, la inconsistencia de lo real, la quiebra de los ideales y la ausencia de

alteza de miras minan el impulso entusiasta del hidalgo que llega a afirmar en un capítulo

crucial de la Segunda Parte: “<Que todo este mundo es m{quinas y trazas contrarias unas de

otras. Yo no puedo m{s” (II, 29).

El libro no es ajeno a su época. Muchas veces se ha definido el manierismo del Quijote,

consecuencia de ser libro-frontera entre dos épocas tan marcadas. Ya no es Renacimiento del

todo, pero tampoco es Barroco formado. El Quijote constituye un pórtico clave para entender la

época que sobreviene en Europa entrando el siglo XVII.

Como la mayoría de los autores europeos del Renacimiento, muchas mentes españolas

(hasta aproximadamente 1530) habían vivido en la creencia de que se hallaban ante el

advenimiento inminente de una nueva Edad de Oro. Así el cronista Diego de Valera había

aplaudido en 1482 la invención del arte de la imprenta como un magnífico medio para la

reinstauración de esa época19. Diez años más tarde, con motivo del nacimiento de un hijo de los

Reyes Católicos, el poeta Juan del Encina había declarado: “En vos començaron los siglos

dorados”; y en 1529, Antonio de Guevara en su Vida del emperador Marco Aurelio había creído

19
Vid. para esta idea el texto de H. Levin: The Myth of the Golden Age in the Renaissance, Bloomington/London, Indiana
University Press, 1969.

29
vislumbrar en el horizonte de la historia la nueva monarquía, en la cual se realizaría la utopía

de la libertad natural del Humanismo. Sesenta años más tarde se perciben tonos muy distintos:

la crisis económica y las costosísimas guerras en Europa, además del nuevo talante de los reyes

Austrias, dan al traste con las expectativas formadas.

Por lo que respecta a Cervantes, sabemos que la curva de sus experiencias vitales

personales coincide de manera casi prototípica con las de su tiempo. Así pues, en lugar de una

postura idealista defendida en sus años de juventud, reflejada sobre todo en La Galatea, se

introduce una visión cada vez más desilusionada de la realidad20.

Por todo ello, resulta explicable la evidente refracción irónica a la que están sometidos el

ideal de la Edad de Oro y cada uno de los ideales que conlleva. Lo decíamos al principio y

volvemos a ello al final; la ironía es un rasgo esencial y constitutivo de todo el Quijote, así pues,

hemos de ver también en el discurso de la Edad de Oro, evidentes muestras de la ironía.

Ni el auditorio del discurso (los cabreros que miran y escuchan alelados, como si se les

hablara en chino), ni el tono de don Quijote, en el que se aprecia algo de exaltación maniaca, ni

su aspecto sucio, derrengado y herido, invitan a tomar demasiado en serio sus palabras. Sobre

este doble discurso irónico se han escrito cientos de páginas y la mayoría de ellas abunda en el

terrible y constante fracaso que le supone a don Quijote poner en práctica sus convicciones. Sin

embargo, hemos de preguntarnos también por la existencia de la ironía en el texto mismo. Sin

negar la absoluta seriedad de don Quijote durante todo el discurso, y precisamente por ello,

podemos vislumbrar la mirada crítica cervantina que compara, implícitamente, su época con

aquel ideal ya inalcanzable. Concretamente, en lo referido a la justicia la comparación es incluso

explícita: “La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los

del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen”. Nadie se puede reír

de eso. Se trata de algo constatable y desgraciadamente más común de lo que debiera ser. Con

razón dirá el cura de la aldea que don Quijote, quitando el tema de los libros de caballerías, en

lo demás, no solo razona magníficamente sino que se muestra inteligente, noble e incluso sabio

(I, 30).

20
Por otra parte, sólo a través de estas experiencias pudo madurar el excepcional sentido realista de Cervantes, capaz de
distinguir con absoluta precisión entre la apariencia y el ser, entre el sueño y la realidad, y entre la utopía y lo realizable.

30
Pero la realidad se impone y Cervantes es profundamente realista. Hay que añadir a esto

que el Barroco fue una época fuertemente desmitificadora y, por tanto, desde este punto de

vista, los ideales políticos, morales y sociales de don Quijote, influidos aún por el Renacimiento,

se ven sometidos a una refracción irónica. Claro está, desde mi punto de vista, que estos ideales

no fueron por ello plenamente desechados; y es que la ironía de Cervantes no es corrosiva sino

que deja espacio para la comprensión y aún para la comprensión benevolente. En la obra, la

ironía se encuentra con el humor, explicable sólo por el genio de Cervantes, y mediante ambos,

el autor se distancia de manera muy especial del altanero idealismo y del irrealismo del

protagonista, y arroja una luz irónica sobre la etérea altivez y el carácter absoluto con los cuales

don Quijote defiende los valores a los que aspira.

6. FINALMENTE, UNA CUESTIÓN DE FE.

Pero no quiero cerrar estas páginas (de todo punto escasas para la densidad del tema) sin

comentar uno de los capítulos m{s “serios” del Quijote. Me refiero a la seriedad con la que el

caballero expresa la aceptación de su misión y, por ella, las penalidades y sufrimientos de su

vida. En el capítulo 8 de la Segunda Parte, de nuevo hay una declaración de principios que nos

deja asombrados por la hondura y serenidad con la que está expresada. Don Quijote y Sancho

acaban de dejar su aldea y se encaminan a la vida de aventuras que han planeado. Hablando de

todo un poco, la conversación entre los dos recae en la adquisición de fama y en las obras que

deben ser merecedoras de aquella. Don Quijote pasa de alabar a los héroes de la Antigüedad a

ponderar más aún a los caballeros cristianos y hace todo un desarrollo de la caballería

espiritual:
“Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y ser{n obras de la fama,
que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos
merecen, puesto que los cristianos católicos y andantes caballeros mas habemos de
atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes,
que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama,
por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin
señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene

31
puesto la religión cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la
envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del animo; a la
gula y al sueno, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y
lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la
pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y
hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se
alcanzan los extremos de alabanzas que consigo trae la buena fama”.

Ya Erasmo había tomado ese paradigma para desarrollar su pensamiento en el Enchiridion o

Manual del caballero cristiano. No voy a explicitar más este aspecto que nos llevaría muy lejos pos otros

derroteros. Sólo quiero echar el último vistazo al Caballero de la Mancha y dejar que el eco de sus

palabras resuene en nosotros mientras nos alejamos de su compañía:

“(<) No todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los
suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria”.

Responde don Quijote con estas palabras a la propuesta de Sancho: “démonos a ser santos”. Don

Quijote cree sincera y serenamente (al menos en este capítulo) que su orden de caballería es literalmente

como una orden religiosa. Ese es el significado de la palabra “religión” en este contexto. Así pues el ha

abrazado un modelo laico de conducta con el que muchos autores morales han jugado para dar

expresión simbólica al comportamiento evangélico. Desde este punto de vista, este diálogo resulta

conmovedor. Alonso Quijano sabe que la caballería es un horizonte de sentido para él y que Dios no

puede por menos de recibirle como siervo suyo. Al final, todo para él se está condensando, íntimamente,

en una cuestión de fe. Y entonces, por qué no aspirar a la recompensa de los caballeros santos. Su propio

autor le dio la mayor recompensa que podía: una vida inmortal, y quiso decir de él: “que la muerte no

triunfó / de su vida con su muerte”.

Isabel Romero Tabares


Universidad Pontificia Comillas

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