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TRABAJO SOCIAL DE CARA

A LA REALIDAD LATINOAMERICANA1
JOSÉ PAULO NETTO*

RESUMEN

El autor parte de hacer una reflexión sobre el trabajo social como una profesión con un campo
de conocimientos y de prácticas que debe responder a demandas sociales reconocidas, en este
sentido es un espacio históricamente construido y por lo tanto continuamente revisado
dependiendo del contexto.
Para el caso de América Latina sugiere tener en cuenta toda la diversidad en términos culturales
para definir una acción profesional más próxima a esta pluralidad. Los desafíos que enfrenta el
Trabajo Social tienen que ver, entonces, con una mayor cualificación en la formación profesional
para ampliar la comprensión de estos procesos desde lo teórico, lo metodológico y desde lo
político.

Palabras claves: Trabajo Social - Formación Profesional

ABSTRACT

The author of making a reflection on the social work as a profession with a field of
knowledge and of practices that should respond to grateful social demands, in this
sense is a historically built and therefore continually revised depending on the context.
For the case of Latin America suggests to keep in mind all the diversity in cultural
terms to define a professional action more near to this plurality. The challenges that
confront the Work Social have to see, then, with a bigger qualification in the professional
formation to enlarge the understanding of these processes from the theoretical, the
methodological and from the political.

Key words: Work Social - Professional Formation

1
Trabajo presentado en XII CONGRESO COLOMBIANO DE TRABAJO SOCIAL REALIDAD
SOCIAL, PRÁCTICA PROFESIONAL E IDENTIDAD DEL TRABAJADOR SOCIAL realizado en
Manizales del 19 al 22 de agosto de 2003.
* Docente Universidad de Brasil
L
a intervención se dividirá en tres momentos. En un primer momento quiero hacer una
aproximación a mi concepción de trabajo social. Esto me parece un supuesto necesario
para que nos pongamos de acuerdo, porque de la concepción de trabajo social que se
tenga es que se pueden hacer proyecciones, diagnósticos e incluso algunas verificaciones de
hechos.
En un segundo momento, quiero hacer algunas observaciones sobre América Latina, en un
intento de caracterizar su o mejor nuestra crisis contemporánea. Finalmente, quiero hacer, para
quedar de cara al trabajo social, alguna aproximación a los posibles desarrollos del trabajo social
en América Latina, más exactamente, puntualizar en los desafíos que la profesión tiene que
enfrentar en los días de hoy.
Empiezo por decirles, y esto puede parecer algo muy obvio, muy banal, pero tiene
implicaciones teóricas e interventivas muy serias. Empiezo por decirles que yo pienso en el
trabajo social como una profesión. O sea, yo no concuerdo con una fuerte corriente que existe en
el campo profesional, que imagina que el trabajo social sea o pueda ser en el futuro una ciencia. Yo
pienso que el trabajo social es una práctica profesional, más exactamente, una práctica social
institucionalizada, lo cual quiere decir que primero, ella supone una formación específica; segundo,
el ejercicio profesional es un ejercicio controlado, verificable, bajo control; y tercero, supone una
gratificación monetaria.
Hablar de plata o de dinero es algo que casi siempre causa en los trabajadores sociales una
especie de lo que los franceses llaman frisson (escalofrío). Esto se manifiesta incluso con la imagen
históricamente construida en el trabajo social como un profesional liberal, esta imagen ha sido y
es un mero mito. El trabajador social es masivamente un asalariado, es un trabajador asalariado.
Estos tres elementos, o sea, la formación específica; el trabajo profesional controlado, sometido
a aparatos; y la gratificación monetaria, es decir el instrumento salarial, son las cosas que caracterizan
a una profesión en la sociedad contemporánea.
Pero una profesión es mucho más que eso, es un cuerpo de conocimientos y de prácticas, de
intervenciones y de reflexiones que deben responder a demandas sociales reconocidas. Ninguno
de nosotros conoce, como profesión, algo cuyo trabajo sea hacer que los bananos o plátanos
sean rectos, eso no es una demanda social.
Una profesión tiene que contestar, tiene que responder a demandas sociales reconocidas y lo
hace de una forma cualificada. Quiero decir que no son solamente las prácticas sociales que
contestan a demandas las que se constituyen en profesiones, hay formas alternativas y distintas
de responder a demandas sociales. Una profesión sólo se constituye como tal, en la medida en
que tenga los tres rasgos que he mencionado y que sobretodo ofrece respuestas calificadas a
demandas sociales reconocidas.
Es importante señalar este último rasgo, porque el espacio profesional es siempre un espacio
históricamente construido, lo cual significa que los espacios profesionales pueden tanto ampliarse
como achicarse. Hay profesiones que pueden desaparecer, hay profesiones que pueden
metamorfosearse, cambiar y ampliar su espacio profesional.

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Cuando insisto en que el trabajo social no es una ciencia, no lo es, ni lo será. Esto no significa
una subvaloración de los conocimientos teóricos. Por el contrario, el trabajo social será tanto más
eficiente, tanto más eficaz cuanto más se apropie de los insumos de las ciencias sociales. Nadie
obtiene éxito en una intervención sino la precede de un análisis correcto. Quien comete errores en
el análisis, seguramente comete errores en la intervención.
Con esa observación también quiero subrayar que aunque el trabajo social no es una ciencia, en
cuanto campo de intervención profesional él puede volverse un campo de producción de
conocimientos. De ahí la importancia de la investigación, de la elaboración teórica de los profesionales
del trabajo social. De cualquier manera, me interesa llamar la atención sobre el trazo que me parece
más importante para pensar en el trabajo social desde la perspectiva en la que yo me sitúo.
Tradicionalmente, qué aprendimos de la historia del trabajo social. Que el trabajo social es
una profesión que surge en la segunda mitad del siglo XIX. Siempre los libros y los manuales
son indefectiblemente puntuales en llamar la atención acerca del papel desempeñado por la
célebre, famosa Charity Organisation Society, año 1869 en Londres y después con sus sucursales en
América del Norte. Los manuales nos dicen que el trabajo social surge cuando es posible
racionalizar y tornar en alguna actividad científica la práctica caritativa-filantrópica, que venía de
tiempos precedentes.
O sea, que existiría una especie de continuidad entre las prácticas filantrópicas que preceden el
siglo XIX y la profesionalización del trabajo social, como que hubiera un continuum entre la
tradición caritativa y filantrópica y el trabajo social, a través de la mediación de las ciencias sociales,
de la cientifización o racionalización de la filantropía.
Yo pienso que ésta es una vertiente, además de extremadamente convencional, insostenible
en términos del análisis histórico del trabajo social.
Es evidente que el trabajo social, como todas las profesiones, supone ciertas protoformas y
las protoformas del trabajo social echan sus raíces en las prácticas filantrópicas-caritativas, además
muy fuertes en la tradición cristiana occidental. Pero entre las prácticas filantrópicas y la constitución
del trabajo social más que una continuidad, hay una ruptura. Hay una fisura que yo creo merece
la atención de los trabajadores sociales. Esta ruptura no termina, no cancela, no interdicta las
prácticas filantrópicas; por el contrario, la filantropía continúo su desarrollo a lo largo de la
segunda mitad del siglo XIX y durante el siglo XX.
Pero el trabajo social sólo se constituye, no en el marco de las prácticas filantrópicas, sino en
el marco de un nuevo enfoque, de un nuevo tratamiento de la cuestión social. La materia prima
del trabajo social son las expresiones, las manifestaciones de la cuestión social y solamente
cuando esas expresiones son tomadas por el Estado como objeto de intervención sistemática y
no represiva; solamente, entonces, es cuando se crea el espacio socio-histórico para la
profesionalización del trabajo social.
O sea, mi visión de la historia del trabajo social no la conecta directamente a la cuestión social,
pero si a un momento histórico determinado en la sociedad, en el cual el Estado ubica la cuestión
social como algo que merece y reclama un trato que no es solamente represivo, sino un trato

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sistemático y cohesivo, integrador. Eso pasa cuando el Estado es compelido u obligado a
desarrollar políticas sociales y es obligado por las luchas populares, por las luchas obreras. Este
trance supone el reconocimiento de los derechos sociales y, más que eso, su consagración en el
marco de los servicios, a través de las políticas sociales. Es ese ámbito en el que se da la
profesionalización del trabajo social.
Les recuerdo rápidamente que los derechos sociales son conquistas típicas del siglo XX. Para
hacer referencia a un teórico liberal, me refiero a Marshall, el concepto de ciudadanía supone el
cruce y la síntesis de tres órdenes de derechos: los derechos civiles, que son típicos del siglo
XVIII; los derechos políticos, que son típicos del siglo XIX; y los derechos sociales producto de
las luchas democráticas y populares, de las luchas obreras del siglo XX.
Miren ustedes, que cuando nosotros acompañamos cronológicamente el surgimiento del
trabajo social, tenemos un recorrido histórico de medio siglo, los años que van desde la última
década del siglo XIX a la cuarta década del siglo XX. Aproximadamente entre 1890, cuando
surgen las primeras escuelas y las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el trabajo social está
institucionalizado en Europa Nórdica, en Europa Occidental y en América del Norte. Lo que
significa que el trabajo social es, curiosa y paradójicamente, desde el punto de vista de su
institucionalización profesional, un producto del capitalismo monopolista.
En ese sentido, es interesante observar que la ampliación y el crecimiento del trabajo social
están en relación directa con la ampliación de los derechos sociales. El apogeo del trabajo social,
su momento culminante coincide, no por azar, con los años dorados del Welfare State, del
Estado de Bienestar Social. Estado Social para los italianos, Estado Providencia para los franceses,
Bienestar para los pueblos anglosajones. No es una casualidad que eso se dé. Las políticas
sociales universalistas, promovidas en el marco del Estado de Bienestar Social, han exigido un
conjunto de técnicos capaces de formular, de implementar y ejecutar políticas sociales, uno de
estos técnicos ha sido el trabajador social.
Desde ya expongo la hipótesis con la cual yo vengo trabajando hace algunos años: la crisis del
Estado de Bienestar Social, sobre la cual vamos a detenernos un poco más adelante, es también
la crisis de los derechos sociales y, por lo tanto, significa un achicamiento del campo profesional
del trabajo social. Lo que ocurre es una refilantropización del abordaje o tratamiento de la
cuestión social.
El segundo punto, es pensar un poco nuestra América. Quiero comenzar por expresar que
lo que voy a decir incomoda a los compañeros del Cono Sur: es necesario desmontar el mito de
identidad latinoamericana, no existe una América Latina, hay Américas Latinas, en plural. Cuando
nosotros pensamos en el Cono Sur, cuando pensamos en el Altiplano, cuando nosotros
pensamos en la Amazonía, en la Cuenca Caribeña, nosotros no estamos frente a una misma
realidad.
América Latina tiene problemas étnicos muy distintos. Hay países que desconocen el problema
racial negro. Hay países que desconocen el problema étnico indígena. Tenemos grados distintos
de urbanización y de industrialización. Tenemos una inserción muy diferencial en el circuito

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económico capitalista internacional. De hecho, tenemos particularidades regionales que aunque
sean supranacionales, son muy peculiares.
Lo cual significa, ante todo, que nosotros en cuanto subcontinente, tenemos expresiones
muy distintas de la cuestión social, tenemos distintas demandas sociales y, por lo tanto, es
inevitable la diferenciación en el marco del trabajo social. Es evidente que esto no concierne
solamente al trabajo social, yo me restrinjo sólo a éste porque es de nosotros que hablamos, pero
esto no aplica solamente para el trabajo social.
Lo que sustento es que no hay una identidad latinoamericana. Lo que hay es una unidad
latinoamericana. Y quien habla de unidad o hable de identidad, habla es de identidades. La
unidad es unidad de lo distinto, de lo diverso, nosotros somos una unidad hecha de diversidades.
Nuestra unidad consiste en un mismo denominador común, en una misma base común que
unifica todas nuestras formaciones económicas, políticas, sociales, culturales del sur del Río
Grande.
En primer lugar, la heteronomía económica, o sea, todos nuestros países tienen los centros
decisorios de su vida económica afuera, más allá de sus fronteras. Quiero decir, antes de continuar,
que yo excluyo de esta observación general a Cuba, que tiene una autonomía que no puede ser
subsumida en estas consideraciones generales. El hecho es que en toda América Latina existe la
realidad de la dependencia económica, las decisiones macroeconómicas que afectan la vida cotidiana
de nuestros pueblos no está bajo nuestro control. De allí nuestra dependencia.
Aquellos que piensan que esto es una ficción de los años 70’s, de los tiempos dorados, de la
expectativa de la revolución, les aconsejo que examinen comparativamente las políticas actuales
de ajuste fiscal y de reforma del Estado, que se aplican en todo el subcontinente. La terapia es la
misma, rigurosamente la misma, más allá de las problemáticas regionales. A esta heteronomía
económica le corresponde una brutal heteronomía política. Ustedes se acuerdan, hace algunos
años, que un presidente de una importante nación latinoamericana decía que mantenía con
Washington relaciones carnales. Nadie se quedó asombrado con esta declaración.
Lo que quiere decir con esto es que en función de la heteronomía económica se manifiesta
una heteronomía política. Las clases dominantes en nuestros países no tienen condiciones de
formular proyectos nacionales: zonas sociales independientes de los cuadros decisivos de las
orientaciones macroeconómicas. Es esto lo que nos unifica. Nos pone a todos en el mismo
barco.
En este cuadro de la crisis contemporánea de América Latina que se expresa en varias
particularidades nacionales. Miren a Ecuador, a Argentina, a México, a Brasil. Esta crisis
contemporánea tiene una doble direccionalidad, de una parte, es una crisis del desarrollo histórico,
periférico, de las relaciones capitalistas entre nosotros.
Es bueno recordar que el desarrollo del capitalismo ha sido históricamente el desarrollo de
reformas socioeconómicas estructurales. Es bueno recordar, en nuestro triste continente, que
reforma agraria no son palabras de la izquierda, reforma agraria es una tarea realizada por la
revolución burguesa. Es que entre nosotros, el desarrollo de las relaciones capitalistas se ha hecho

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sin la supresión de las formas económicas anteriores; por el contrario, nuestro capitalismo ha
subsumido, ha refuncionalizado las relaciones socioeconómicas precedentes. Esto ha hecho que
nosotros en América Latina tengamos todas las desventajas del capitalismo, sin ninguna de sus
ventajas, si es que las tiene.
Entre nosotros hay una curiosa concentración de propiedad, poder político e ingreso; o sea,
concentración de propiedad, concentración de poder político y concentración de la renta, es esto lo
que explica que entre nosotros todas, yo quiero remarcar eso en el siglo XX, todas las políticas de
erradicación de la pobreza sólo tienen como resultado nuevas políticas de erradicación de la pobreza.
Yo que soy mayor que la mayoría de las personas que están aquí, he conocido de planes de
erradicación de la pobreza y ahora ya no se habla de erradicación de la pobreza sino de erradicación
de la pobreza absoluta, porque la pobreza es un hecho natural, tenemos que conformarnos con
ella. Es eso que hace que todos los planes de generación de renta, de ingresos fracasen. Todos Sin
excepción.
Es que entre nosotros, no es posible solucionar la situación de la problemática social, sin
enfrentar la concentración de la propiedad y de la renta. Pero esto es apenas una cara de nuestra
crisis. La otra cara, es que nuestra crisis es potencial y exponencial, por la crisis general del orden
capitalista que es evidente desde los años 70’s.
Quiero llamar su atención en lo siguiente, aunque no conozco el trabajo social colombiano,
pero con los compañeros brasileños, argentinos, uruguayos, chilenos, bolivianos he llamado la
atención sobre la importancia de tener en cuenta la economía del compañero vecino. El compañero
dice: “Esto no es problema nuestro”, es la forma más sencilla de no entender nada de lo que pasa
frente a nuestros ojos. La cuestión social está directamente encuadrada en el marco de las
orientaciones macroeconómicas. Quien supone que se puede hacer un recorte entre lo social y lo
macroeconómico, seguramente va a perderse caminando sobre las nubes.
Nuestra crisis, que es una crisis de nuestra sociedad, se ve potenciada por el cuadro de orden
capitalista a partir de los años 70’s. Como ustedes saben entre el 45 y aproximadamente los años
70-75, la dinámica del desarrollo de la economía capitalista céntrica fue excepcional. Fue lo que
según un investigador, Ernest Mandel, ha llamado un largo ciclo expansivo, una ola larga expansiva.
Las crisis eran crisis coyunturales, episódicas. En el paso de los años 60 a los 70, este ciclo, esta
curva ha sufrido una mortal inflexión. La expansión se ha vuelto residual y las crisis dejan de ser
episódicas y pasan a ser una especie de continuo.
Cuál ha sido la respuesta de los núcleos duros del capitalismo a esta crisis. La respuesta ha
sido claramente el asalto a los derechos sociales. Mayores informaciones con la señora Tatcher.
Resultó de allí el desmonte del Welfare State. Es evidente que el desmonte no ha sido absoluto.
En Europa Nórdica las instituciones del Welfare todavía resisten muy bien y en Europa Occidental
ese desmonte ha sido rebatido.
Pero para nosotros, los periféricos, se ha constituido una ideología que acá entre nosotros ha
tenido un impacto práctico muy fuerte: es la ideología de la satanización del Estado y de lo
público, que se traduce groseramente con las palabra de orden de la concepción neoliberal, la idea

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del achicamiento del Estado, la idea de que el Estado es malo y que lo público no estatal es bueno.
El malo el Estado y el polo positivo es la sociedad civil. Estos son entre nosotros los procesos
de privatización, de flexibilización y sobre todo de tercerización, que han hecho que nuestra crisis
ya crónica, se muestre hoy en todo su esplendor.
Eso significa que a corto plazo, sin pesimismos, pero con una mirada realista, lo que los
latinoamericanos tenemos enfrente, de mantenerse la actual coyuntura internacional y la correlación
política interna en nuestro subcontinente, es una profundización de la crisis. Y frente a eso los
intentos de frenar la profundización y revertirla deberán ser intentos colectivos, supranacionales,
de bloques.
Si este es el cuadro, vamos a pensar en el trabajo social. Creo que ya mencioné que si no hay
una identidad Latinoamérica, no hay una identidad del trabajo social en América Latina. No hay
un trabajo social latinoamericano. Desde 1925 cuando se institucionaliza por primera vez una
agencia de formación, me refiero a la Escuela Chilena Alejandro del Río, desde entonces no hay
un trabajo social latinoamericano. Hay expresiones distintas del trabajo social latinoamericano, lo
cual se comprende claramente si tenemos en cuenta las particularidades nacionales, ya vigentes en
aquel tiempo, y sobretodo las influencias ideológicas, teóricas, culturales que se han hecho muy
diferenciales en el desarrollo del trabajo social latinoamericano a partir de los años 30.
Miren ustedes que hay países donde el trabajo social ha llegado por medio, de la santa mano
de la Iglesia Católica. Hay otros países donde el trabajo social se institucionaliza por la presencia
directa del Estado. Entonces, ha habido siempre, no es un hecho nuevo, un conjunto de tendencias
muy distintas en el trabajo social en América Latina. Por eso me parece legítimo, desde allí,
afirmar que el trabajo social latinoamericano es un conjunto heterogéneo de concepciones y
prácticas y que en los últimos 20 o 30 años, este conjunto está tornándose más diferenciado, más
complejo, con tendencias más distintas.
Al contrario de lo que muchos piensan, no creo que la diversidad necesariamente sea algo
positivo. Cómo aprovechar esta diversidad, esta heterogeneidad, esta pluralidad de líneas en el
trabajo social latinoamericano. Yo creo que eso puede ser algo muy positivo, si el intercambio de
experiencias motiva, fomenta, estimula la discusión, el debate y la polémica.
Una de las cosas más terribles que heredamos del pasado del trabajo social tradicional es la
idea de una equidad, de que todos pensamos igual. Hay históricamente en el trabajo social, y no
creo que eso sea ajeno a la influencia profesional católica, hay entre nosotros una profunda
intolerancia. El diferente a nosotros es siempre mirado con alguna sospecha.
Yo creo que es importante ultrapasar, sobrepasar este estadio de nuestra ortodoxia profesional.
Es necesario que las diferencias aparezcan, que las diferencias motiven debates, polémicas. Incluso,
por qué no, todas las tendencias que existen en el trabajo social latinoamericano tienen la misma
legitimidad, no son distintas. A mi juicio, e insisto como una hipótesis de trabajo, tomar el
trabajo social en América Latina como un conjunto es una perspectiva extremamente contradictoria.
Por una parte, en todos nuestros países aumenta la demanda objetiva de trabajo social. Las
expresiones cada vez mayores, más profundas, más distintas de la cuestión social, que nos trae

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problemas como la pauperización, los varios niveles de violencia, no solamente la violencia física,
sino las formas inusitadas de violencia simbólica, por ejemplo, la desorganización social que
afecta al conjunto de la sociedad, empezando por la familia, llegando a la ausencia de
representatividad en canales tradicionales de acción pública, como sindicatos y partidos políticos.
Este cuadro demanda cada vez más la intervención del trabajo social; o sea, por una parte se
trata de una exigencia incluso cuantitativa, por un número mayor de profesionales del trabajo
social, hay una demanda objetiva. No es posible enfrentar nuestra crisis contemporánea sin un
fuerte y vigoroso aporte del trabajo social, con el cúmulo de su historia, con su patrimonio, con
su acervo de experiencias, de conocimientos y de prácticas.
Pero por otro lado y ahí está la contradicción. En la medida en que se reducen los fondos
públicos para las políticas sociales universales, y cuando yo hablo de políticas sociales estoy
hablando por ejemplo de la política de educación, de la enseñanza superior que afecta directamente
a la formación de los cuadros profesionales. Por ejemplo, el estado en que se encuentra la
universidad pública en América Latina. Quiero decirles a los compañeros de Manizales que estoy
impresionado por el estado y la funcionalidad de sus instalaciones académicas. Quien conozca las
universidades públicas de América Latina, llega aquí y dice: “Dios, estamos en el umbral del
paraíso”. Las universidades latinoamericanas están siendo socavadas, destruidas. Claro que espero
que la situación acá sea distinta, por lo menos la apariencia sugiere eso.
Como venía diciendo, al mismo tiempo que existe la demanda cada vez más fuerte al trabajo
del trabajador social, la exigencia de ampliación del trabajo social en todos los niveles, se reducen
los fondos públicos para las políticas sociales universales y desaparece la base material para el
ejercicio del trabajo social. Esto no se da solamente en el universo de lo público, también se da en
la economía empresarial. Los grandes grupos capitalistas presionados par la lógica de la llamada
competitividad de la globalización, tratan de cortar costos. El primer costo que se corta es el costo
social, además utilizan lo social como forma de fijar marcas.
Es conocido en todo el continente la retórica de la responsabilidad social de las empresas, casi
siempre cuando destinan recursos a lo social, son recursos derivados de la renuncia fiscal. También
hay casos risibles, en mi país por ejemplo existe un conjunto empresarial que apoya un Instituto
Ethos. Miren la contradicción, una de las principales empresas que hacen parte del Instituto de
responsabilidad social, es una empresa que produce tabaco.
Hay una fuerte contradicción, en la cual se demanda en función de la profundización de la
crisis, el soporte del trabajo social, pero al mismo tiempo las políticas sociales son achicadas,
reducidas casi siempre a planos focalizados, de pequeño aliento. Cuál es la consecuencia en
nuestros países. Nosotros que nunca hemos tenido estrictamente un Estado de Bienestar Social,
por el contrario nuestros estados han sido estados de malestar social. Lo que está ocurriendo hoy
es la refilantropización del trato de la cuestión social. Me gustaría subrayar esto con fuerza,
porque me asombra el número de compañeros en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile que están
satisfechos con esto, como si eso fuera una conquista. Yo creo que eso es una amenaza a la práctica
profesional del trabajo social.

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¿Cómo se da eso? En primer lugar, por la trasferencia de obligaciones estatales a la llamada
sociedad civil. Todo se pasa a la acción del llamado tercer sector y sobretodo a la base del
voluntariado. Yo quiero decirles que en Brasil, con 150 millones de habitantes, hay 20 millones
de personas vinculadas a actividades voluntarias. No tengo nada en contra del voluntariado, pero
lo que importa es la orientación, la acción social del voluntariado. Cuando él pasa a ser un
sucedáneo de la acción pública, es que algo anda mal. Esto está ocasionando de hecho una
desprofesionalización del trato de la cuestión social.
Mi otra hipótesis, es que el trabajo social se institucionaliza como profesión en la medida en
que el trato de la cuestión social se vuelve una práctica profesional, no solamente una práctica
social. Lo que pasa ahora, es que el trato de la cuestión social regresa al ámbito de la filantropía. De
ahí ese generalizado apego a la solidaridad. Es increíble como nosotros entramos en buques que
desde su génesis ya están comprometidos. Lo que parece modernísimo, la última palabra
(solidaridad) es algo tan viejo. Si usted quiere mayor información sobre los efectos extremadamente
conservadores de la solidaridad pregúntele al señor Emile Durkheim, y hay gente que imagina
que ésta es la última palabra de las ciencias sociales.
¿Frente a esto qué desafío tenemos? considerando la diversidad del trabajo social
latinoamericano, las diferencias de las expresiones de la cuestión social, yo estoy convencido que
todos nosotros pensamos el trabajo social de una forma un poco salvacionista. A nosotros nos
preocupa salvar y redimir el mundo. No creo que eso sea malo, yo diría que esta visión generosa
de la profesión es algo muy positivo, pero que nos puede llevar a una concepción mesiánica de
nuestro quehacer. En mis clases de pregrado, yo les digo a los estudiantes: “Nosotros no
podemos salvar el mundo” y coloco siempre el ejemplo: “El médico lucha contra el absoluto que
es la muerte. La muerte es el único absoluto, nosotros somos lamentablemente mortales, pero
este límite absoluto no le impide trabajar”. El trabajador social no puede pretender resolver los
problemas absolutos de nuestro mundo. Nuestra profesión, como toda profesión, tiene límites,
y hay que tenerlos claros para que sobrepasemos la eterna y generalizada angustia profesional. Ya
estamos muy creciditos para tener esa angustia profesional, tenemos que mirar las cosas de
frente, sin ilusiones, hay límites en nuestra profesión, como los hay en todas las profesiones.
Frente al cuadro latinoamericano, desde el punto de vista profesional nosotros tenemos que
responder a tres desafíos. Estos, los tres desafíos, a pesar de mi contundencia son hipótesis de
trabajo, están en el ámbito de la cualificación, es ahí que nosotros tenemos algún control y es ahí
que tenemos que intervenir.
Nuestro primer desafío es la cualificación teórica. Empecé esta intervención diciendo que el
trabajo social no es una ciencia, que el trabajador social no es un científico social. Cabe decir, sin
embargo, que nosotros tenemos que equiparnos teóricamente para enfrentar la realidad de la
cuestión social. Hay que sacar de nosotros el histórico y tradicional antiteoricismo; entre nosotros
ha sido más o menos pacífica la idea de que la ciencia la hacen los científicos sociales, la práctica, esa
cosa sucia donde es necesario meter la mano, ese es nuestro campo. Hay que romper con eso.

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Hay que cualificarnos teóricamente, apropiarnos de las matrices fundamentales de las ciencias
sociales, la tradición marxista, la tradición funcionalista, la tradición Weberiana, en todos sus
desarrollos en el siglo XX. Hay que incorporar no los productos de las ciencias sociales, no sus
conceptos y categorías, pero sí sus formas de análisis. Sin capacitación teórica, estaremos
condenados a una profesión de segunda categoría. Sin capacitación teórica no haremos investigación
y la investigación es fundamental para iniciar nuestras prácticas interventivas.
El primer desafío, por lo tanto, es un desafío de cualificación teórica, pero esto no basta. El
trabajador social debe ser un buen analista de la realidad social, pero su intervención profesional
demanda más que eso, supone intervención efectiva. Por eso nosotros tenemos el desafío de la
cualificación técnica. Es necesario que investiguemos, que experimentemos, que incorporemos
las nuevas técnicas de intervención, técnicas que no tienen propietarios, que son comunes a las
disciplinas y a las ciencias sociales. No es posible en el mundo de la informática y del rayo láser que
nosotros definamos intervenciones sociales con apuntes en papelitos, utilizando el bolígrafo.
Tenemos que adueñarnos, apropiarnos de las modalidades más avanzadas de intervención
técnica, de manipulación, no entiendan manipulación como algo peyorativo. Es intervención en
el sentido de manejar variables.
Pero hay un tercer nivel de cualificación, que es la cualificación política. Decir política en
nuestro medio profesional provoca dos tipos de reacción, las vanguardias partidistas que casi
siempre ven el ejercicio profesional como prácticas militantes y el grueso de la profesión que dice
la política me disgusta. Quienes dicen que la política les disgusta, con plena seguridad, es gente
que práctica la política conservadora sin ningún enojo.
El trabajo social tiene necesariamente una dimensión política. No es una dimensión partidaria
necesariamente, es una dimensión de la política, como misión pública de la polis. Hay siempre un
significado político en nuestras intervenciones, hay que tenerlo claro, hay que tener conciencia de
ello. Pero para eso hay que cualificarse, hay que tener instrumentos de análisis de coyuntura, de
saber si mi plan de trabajo, el proyecto donde estoy ubicado, insertado, tiene viabilidad, cuáles
son sus límites, sus aliados, sus adversarios, hay que conocer esto. Desde 1925 en América
Latina, llevamos 50 años en la mayoría de los países, no tenemos más la disculpa de la ingenuidad,
hay que asumir con conciencia la dimensión política del trabajo social.
Yo diría que nosotros podemos contestar positivamente a estos tres desafíos, ellos están al
alcance, bajo nuestro control.
Pero hay otro que no se acaba, que es algo que sobrepasa la vida profesional, es la cuestión del
proyecto societario. Qué sociedad queremos. Qué ideales de sociedad nos proponemos construir.
Para decirlo claramente, cómo nosotros visualizamos el futuro de nuestra sociedad, cómo lo
queremos, cómo lo deseamos. Los trabajadores sociales, en cuanto ciudadanos, tienen que decir,
pero esto se nos escapa, es tarea de las fuerzas político-sociales de nuestras sociedades. Esto pasa
para la arena de los conflictos, de las negociaciones, de la confrontación de las clases sociales, de
sus intereses y sus objetivos.

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Esto está más allá de nosotros, no está aquí fuera de nuestra intervención pero es algo que es
extra-profesional, en esto también debemos intervenir, pero por otros conductos que no son
conductos estrictamente profesionales y es ahí de hecho que se juega, yo diría la apuesta de
nuestras sociedades, pero también allí los trabajadores sociales tenemos algo para decir.

Recibido en diciembre 12 de 2003


Aprobado en mayo 10 de 2004

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ACERCA DEL MOVIMIENTO
DE RECONCEPTUALIZACIÓN
Norberto Alayón F.1
Mª Lorena Molina M.2

RESUMEN

Analiza el Movimiento de Reconceptualización, desarrollando brevemente una suerte de balance


de las influencias recibidas, de sus aportes y limitaciones, rescatando la importancia de este
proceso para perfilar un nuevo tipo de Trabajo Social, ligado a los intereses estratégicos de los
sectores más vulnerados de la población en consonancia con un enfoque de defensa, promoción,
protección y exigibilidad de los derechos humanos. Concluye con una reflexión acerca de los
desafíos para la formación profesional.

Palabras clave: Reconceptualización - Trabajo Social

ABSTRACT
This article presents the análisis about the main influences that the “movimiento de
Reconceptualización” in Latin América had received. Moreover, it to sets up the contributions
and the restrictions of this process; for this it rescues the critic compression coreo f a new type
of social work. All of this was linking with the strategic interests of the vulnerable population.
In adition, it argues about the important interrelationship between Social Work and the human
rights and the present challenges for the academia formation in this yield.

Key words: Reconceptualización – Social Work

L
os procesos de cambio progresivo o de retroceso en las disciplinas no son un producto
meramente endógeno de cada profesión. Se generan y se articulan con la dinámica social
y política específica que se registra en un momento histórico determinado.
De ahí que el Trabajo Social, como cualquier otra disciplina, no constituye una categoría
abstracta que funciona independientemente de las determinaciones histórico-sociales, que se
registran en tal o cual país en un período particular. En virtud de ello -ayer y hoy- resulta

1
Profesor Titular Carrera de Trabajo Social, Universidad de Buenos Aires. Argentina. Ex-Vice-
Decano Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires. Ex-Coordinador Académico del
CELATS.
2
Profesora Catedrática Escuela de Trabajo Social, Universidad de Costa Rica. Vice - Decana
Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Costa Rica. Ex-Presidenta de ALAETS- CELATS.
imprescindible analizar al Trabajo Social en el contexto de los procesos sociales, económicos y
políticos vigentes.
Hechas estas rápidas puntualizaciones, veamos, entonces, de precisar algunas cuestiones -no
todas- inherentes al llamado Proceso o Movimiento de Reconceptualización en nuestra profesión.
No vamos a abordar, en esta ocasión, el análisis detallado de los hechos políticos, económicos y
sociales que se registraron en América Latina en el período de gestación y consolidación de este
importante Movimiento, que podemos ubicar principalmente entre mediados de la década de
los 60 y mediados de la década de los 70.
Sí creemos oportuno destacar las grandes influencias teóricas y políticas que recibió el
movimiento. Los principales aportes provinieron de la teoría de la dominación y la dependencia,
del marxismo, de las propuestas “concientizadoras” del pedagogo brasileño Paulo Freire y
también de la teología de la liberación.
Nuestra profesión, en efecto, recibió en ese período un shock conceptual y político de enorme
oxigenación, pero -a la vez- de no tan fácil absorción de sus diversos y complejos componentes.
Esas contribuciones alteraron notable y favorablemente el campo profesional y generaron,
por cierto, un salto cualitativo en los inicios de la teorización al interior del Trabajo Social.
Convengamos, no obstante, para ser respetuosos de la historia, que en muchos casos se verificaba
una comprensión simplista y de mucho reduccionismo acerca de las variadas nociones y teorías
que “desembarcaban” en el ámbito de la profesión.
Las adscripciones ideológicas y políticas de los y las colegas que adherían a la emergencia de la
Reconceptualización eran bien disímiles: católicos, ateos, evangelistas; peronistas, frondizistas,
comunistas, socialistas, demócrata cristianos. Coincidíamos sí en un fuerte y creciente sentimiento
antinorteamericano, que nos generaba rechazo casi frontal a todo lo que proviniera de Estados
Unidos.
Nos sonaba tan cercano el presagio del Libertador Simón Bolívar -que sigue vigente hoy-
quien en 1829 había escrito en Guayaquil que “los Estados Unidos... parecen destinados por la
Providencia para plagar a la América de miserias a nombre de la libertad...”.
De todos modos, resulta necesario precisar -aunque sea obvio- que es incorrecto asociar las
aportaciones de los intelectuales norteamericanos, como si, en todos los casos, existiera un
correlato irreductible con las orientaciones que impulsa el modelo imperial de sojuzgamiento de
otros países, asumido permanentemente por los Estados Unidos.
Desde el propio vientre del “animal imperial”, desde el centro mismo del orden social
capitalista más brutalmente exitoso, surgen también voces y aportes profundamente contestatarios
y progresistas, con los cuales debemos ensamblarnos para sumar fuerzas en la perspectiva de
contribuir a la construcción de sociedades más equitativas y justas.
El revuelo y convulsión que habían ocasionado las nuevas ideas en los profesionales más
tradicionales, dio paso luego a las denuncias y estigmatizaciones hacia los sectores más activos
que adherían a las nuevas corrientes de la Reconceptualización. Hacia el año 1969 fueron
paradigmáticas las acusaciones de la asistente social argentina Marta Ezcurra, Vicepresidenta para

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América Latina de la Unión Católica Internacional de Servicio Social (UCISS). Ezcurra, representante
del pensamiento lúcido del catolicismo conservador, acusó al Grupo ECRO de Argentina y a
colegas de Uruguay y de Chile de ser “cabeceras organizadas del movimiento comunista dentro
del Servicio Social”.
Marta Ezcurra, en su país, había sido Directora Nacional de Asistencia Social durante la
dictadura militar de la llamada “Revolución Libertadora”, que derrocó a Juan Domingo Perón.
Desempeñó su cargo entre 1955 y el 15 de mayo de 1958, debiéndose recordar que el 1° de mayo
de ese año asumió el Dr. Arturo Frondizi como Presidente constitucional, el cual era considerado
por diversos sectores como “filo comunista”.
En julio de 1967, bajo otra dictadura militar encabezada por el Gral. Juan Carlos Onganía,
excelso representante del nacionalismo católico y oligárquico, se realizó en Buenos Aires -con
más de 1.200 participantes de Argentina y de otros 25 países del mundo- el XI Congreso
Mundial de la UCISS, con el tema “Promoción Humana y Servicio Social. Responsabilidad de
los Cristianos”. Precisamente Marta Ezcurra fue una de los Presidentes del Congreso, con discursos
inaugurales del Dr. Raúl Puigbó y de clausura del Dr. Adolfo Critto, Secretario y Subsecretario,
respectivamente, de Promoción y Asistencia de la Comunidad del gobierno militar, cuyos
máximos dirigentes se auto presumían de cristianos.
También, desde otras perspectivas, se abominó de la Reconceptualización. La trabajadora
social argentina Alicia Peire expresó recientemente que: “La reconceptualización era para aquellos
que no estaban en las organizaciones armadas y que tenían tiempo para hacer la reconceptualización.
Nosotros discutíamos si estaba bien que lo hubieran matado a Rucci o no. Yo me enteré de la
reconceptualización por alguna revista que llegó a mis manos que no sabía de qué era, era de otro
ámbito, de la gente que estaba en la academia. Nosotros éramos militantes que aparte teníamos
un título, que no era ningún orgullo...”.
El desprecio hacia la actividad intelectual y académica y la idealización cuasi religiosa de las
acciones armadas, también colisionaron con este proceso de transformación de la profesión.
Algunos atacaban a la Reconceptualización por “comunista” y otros la atacaban por “academicista”.
En rigor, el movimiento de Reconceptualización se había iniciado con un sesgo de adhesión
al modelo desarrollista, para luego ir transitando hacia posiciones más radicalizadas, en la
perspectiva de posicionar el quehacer del Trabajo Social en el marco de la opresión y explotación
que sufría América Latina y de las emergentes y/o inminentes experiencias “revolucionarias”. El
impacto de la experiencia socialista cubana iniciada en 1959, los aires del Mayo Francés de 1968 y
la asunción del socialista chileno Salvador Allende en 1970, eran propiciatorios, a pesar de que
Argentina estaba en dictadura desde 1966 a 1973 y luego de 1976 a 1983; Uruguay lo mismo
desde 1973 a 1984; Brasil también desde 1964 a 1985; y Chile luego desde 1973 a 1990. En
Centroamérica las dictaduras fueron también el rasgo característico, excepto para Costa Rica, país
que para los años sesenta y setenta caminaba hacia una significativa ampliación de la política social
en el marco de un régimen político de democracia representativa, y cuya única universidad estatal
en 1972, aprobaba reformas a su estatuto orgánico con explícitas definiciones en los propósitos,

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a favor de las transformaciones sociales necesarias para mejorar las condiciones de vida de las
mayorías y además, señaló desde entonces, la integración de la investigación, la docencia y la
acción social en el proceso educativo.
El sociólogo chileno Diego Palma hacía referencia a tres líneas de hipótesis básicas, en relación
a este movimiento de la profesión:
• La Reconceptualización brota cuando el desencanto con la función del Servicio Social
tradicional se cruza con la elevación continental de la expectativa de transformación social.
• El movimiento se desarrolla primariamente en los países que logran una cierta agudización
de la lucha de clases.
• Los grupos reconceptualizadores se concentran sobre las Universidades o se ligan a las
iglesias.
Por su parte, la trabajadora social y antropóloga argentina Estela Grassi certeramente analizaba
en 1994, que:

“Con el Movimiento de Reconceptualización los trabajadores sociales de esta corriente asumieron para
sí -de la manera más activa a lo largo de su historia- la tarea de conceptualizar tanto el objeto de su
intervención como su práctica. El marco general de la reconceptualización estuvo dado por: a) una
fuerte politización de la sociedad en general; b) el desarrollo de corrientes críticas en las ciencias
sociales, fundamentalmente de inspiración marxista o de lo que se denominó en nuestro país el
“pensamiento nacional” (en el que se hicieron confluir categorías marxistas con el ideario peronista);
y c) el establecimiento de una relación más estrecha de estas corrientes con la práctica política.
Paradójicamente, estas circunstancias -de hecho, movilizadoras de los cambios en el interior de la
profesión- al combinarse con aquella tradición de activismo, no dieron lugar a la consolidación de una
corriente crítica teóricamente sólida dentro de la profesión”.

Las y los trabajadores sociales comenzamos a identificar y reconocer el origen de la desigualdad


social en las relaciones de dominación vigentes en la sociedad, cuestionando las propuestas de
integración al medio de los “desadaptados” o “marginados”, propias de aquel pensamiento
“modernizador” y de las concepciones teóricas funcionalistas, propuestas éstas provenientes de
la óptica de entender como justo y adecuado el modelo imperante.
Y se impugnaron las tendencias más tradicionales, previas aún al propio desarrollismo, que
asumían la desigualdad social como una suerte de hecho natural. El principio de causación
individual era atribuido a quienes padecían los problemas sociales, desconectando la relación
existente entre el funcionamiento global de la sociedad y la presencia de los llamados “males
sociales”. De ello derivó el cuestionamiento a la mistificación de la posibilidad de superación
global de los problemas sociales, mediante el esfuerzo individual de los propios damnificados.
Por sobre estos evidentes avances conceptuales, es cierto también que las y los trabajadores
sociales quedamos entrampados con varios espejismos. Del mismo modo que en la época del
desarrollismo, nos habíamos cautivado y caímos en la ilusión de que el trabajador social podía
constituirse en el “agente de cambio” para el seguro y rápido advenimiento del desarrollo; luego
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-en la época de la Reconceptualización- volvimos a ilusionarnos con la creencia de que el Trabajo
Social podía ser el eje de la transformación social.
La aspiración del cambio estructural de la sociedad, en pos de su mejoramiento, es
absolutamente legítima, pero trasciende las funciones específicas de las profesiones.
Tomar conciencia del papel que venía cumpliendo la profesión en el mantenimiento y
reproducción de un orden social injusto, condujo irremediable y felizmente (en especial a las
nuevas camadas de graduados y estudiantes) a un acelerado proceso de politización del campo
profesional.
Ese objetivo avance produjo, no obstante, cierto sentimiento de desvalorización de la
profesión, empujando a algunos sectores de colegas al rechazo y hasta abandono del Trabajo
Social, optando por diversas formas de acción política directa.
Un aspecto clave que no pudo ser debidamente procesado -y que aún en la actualidad está
insuficientemente trabajado- es el referido al papel de las y los trabajadores sociales al interior de
las instituciones, especialmente del Estado, donde nos desempeñamos mayoritariamente. Las
polarizadas y agrias discusiones que abroquelaron a los profesionales de la época, entre aquellos
a quienes se les adjudicaba la realización de prácticas rutinarias y tradicionales y aquellos otros que
aspiraban a la implementación de prácticas alternativas y “revolucionarias” y que en muchos casos
decidían el abandono de las instituciones, no resultaron conducentes -en la mayoría de las veces-
para el mejoramiento del Trabajo Social.
Las instituciones eran y son ámbitos de lucha; espacios complejos donde se dirimen posiciones
contradictorias; lugares de disputa de poder en pro del cambio o del mantenimiento de lo
existente. En definitiva, “si se quiere atrapar al cachorro, no hay más remedio que meterse en la
guarida del león”.
Sin un proceso de cuestionamiento maduro y de construcción de propuestas alternativas, los
cambios institucionales no llegarán a concretarse. Para ello, será necesario desplegar una práctica
profesional, inteligente y fundamentada, llevada a cabo en el propio ámbito específico donde se
procesan y atienden las problemáticas sociales.
Un autor peruano, de innegable filiación marxista, Alejandrino Maguiña Larco, nos decía en
1981: “Desviaciones izquierdistas, sin embargo, buscarían desde la Reconceptualización otorgarle
a la profesión un carácter de clase que no le correspondía, desarrollando posiciones opuestas al
trabajo institucional, así como rechazando la asimilación de las llamadas “ciencias burguesas”.
Esto es, a nombre de una mala asimilación del marxismo, durante la década del setenta la
profesión perdió puntos en lo que respecta a la formación académica más integral del estudiantado.
Hace ya un lustro, por lo menos, (afirmaba Maguiña) que tales desviaciones vienen siendo
criticadas, y en la actualidad bien se puede decir que crece un nuevo movimiento de búsqueda
-aún no bautizado- que pugna por defender el nivel de politización alcanzado, a la vez que se
esfuerza por abrir el panorama cultural más amplio, otorgando a los nuevos profesionales las
mayores facilidades para su perfeccionamiento técnico”.

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