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INTRODUCCIÓN

Daniel Alcides Carrión es la figura emblemática de la Medicina Peruana y, como tal,


influye decisivamente en la institucionalidad académica del país a fines del siglo XIX y
principios del siglo XX. La trascendencia de su acción es entendida como una mezcla de
heroísmo y patriotismo. El dramático contexto de su experimento y posterior
fallecimiento, además del consenso establecido en torno a la importancia de su aporte
científico, lo han convertido en piedra angular de la tradición médica peruana, en ese
sentido, Carrión cumple el rol de héroe cultural, asignándole los logros paradigmáticos
más importantes de la medicina local y tornándose en una referencia imprescindible en la
identidad del colectivo. Sin embargo, como señala Nelson Manrique, a medida que pasa
el tiempo, el héroe cultural que por definición es un símbolo, suele irse estilizando y
perder las señas que constituyen su identidad primaria, en beneficio de identidades
atribuidas, que expresan ante todo las carencias y las demandas de los hombres que las
precedieron. Asimismo, la reflexión en torno a la construcción de la imagen de Carrión
nos permite estudiar la forma como se ha abordado el análisis histórico de la medicina en
el Perú, el cual ha sido realizado mayoritariamente por médicos, principalmente durante
las primeras décadas del siglo XX, quienes desarrollaron la disciplina como un esfuerzo
de recuperación de una historia y cultura común, como eje de la consolidación de un
colectivo médico, con el objetivo de lograr reconocimiento y legitimidad social. Este
esfuerzo, a pesar de sus numerosos aportes, tuvo las limitaciones del contexto
sociocultural en que fue desarrollado, tales como la ausencia de un marco teórico e
instrumental de sustento al análisis histórico, de un énfasis en los elementos documentales
y biográficos; además de un marco de referencia que presupone una edad de oro de la
Facultad de Medicina, que se remonta al período entre la gestión de Cayetano Heredia y
los meses previos al saqueo de la Facultad por los invasores chilenos durante la Guerra
del Pacífico. Es en ese contexto que el abordaje del experimento de Carrión, como hecho
concreto por parte de los primeros historiadores de la medicina, fue muy difícil, dada la
tremenda carga emocional en torno al joven mártir que se inmolaba en medio del desastre
de la guerra. En ese escenario, la posibilidad de formularse preguntas respecto a los
acontecimientos ocurridos en torno a Carrión era sumamente limitada, por el enorme
consenso en torno a su imagen de héroe cultural. De otro lado, existe hasta ahora toda una
tradición, propia de la medicina local, que asigna una aureola santoral a los referentes
señalados por una historia de tendencia hagiográfica y como lo señala García, una mal
entendida sujeción a principios hipocráticos, que llevan a evitar el juicio crítico público
al colega, tanto del pasado como del presente. A pesar de la multitud de ensayos, discursos
y recopilaciones documentales sobre Carrión, lo que no se ha conseguido hasta el presente
es situar su experiencia en un contexto histórico que permita entender, explicar y derivar
las consecuencias sociales que tuvo en particular para el colectivo médico. Han sido
excepción los trabajos del Dr. Uriel García, dedicados a rescatar la identidad de Carrión
frente al rol atribuido de héroe cultural y por tanto, exceptuado de todo análisis. Siguiendo
esa línea, apelamos al análisis histórico que sintetizan Manrique y Flores Galindo, es
decir, ubicar los aportes del joven mártir en el contexto de los conocimientos existentes
en el colectivo que le tocó vivir, identificando el marco de los debates y luchas políticas
en torno a las cuales se dio el experimento, evidenciando la trama de relaciones sociales
e institucionales imperante y particularmente reconstruyendo los acontecimientos a la luz
del análisis de los diversos hechos y discursos de los protagonistas. Consideramos que el
material documental disponible, no ha sido adecuadamente analizado, en términos de
tratar de lograr una explicación de los acontecimientos, por ataduras culturales e
institucionales, especialmente presentes en la etapa de construcción de la imagen de héroe
cultural de Carrión, las cuales se han perpetuado en una historiografía reciente carente de
sentido crítico y repetidora incansable de tópicos aceptados como válidos por el colectivo
médico. Una consecuencia paradójica es que, a pesar del consenso respecto a la
trascendencia del aporte de Carrión, éste es uno de los procesos históricos menos
comprendidos. Y cabe preguntarse ¿Por qué es importante hoy un análisis crítico de los
procesos socioculturales en torno a Carrión? Planteamos la hipótesis que el aporte de
Carrión al imaginario cultural de la Medicina Peruana es un punto de partida para
entender la crisis que padecen en la actualidad las instituciones médicas del país. El
objetivo del presente estudio es hacer un análisis crítico de la contribución de Daniel
Alcides Carrión al imaginario cultural de la Medicina Peruana y las consecuencias que se
derivan de ello en la actualidad. Consideramos que dicho análisis nos proporcionará
algunas claves o respuestas para la construcción de una nueva institucionalidad
académica y una nueva cultura científica en el campo de la medicina, de cara al siglo
XXI. Para efectos del análisis de Carrión como hecho histórico y héroe cultural se ha
revisado en forma sistemática las diferentes fuentes que por consenso han sido
establecidas como de referencia para el estudio del problema planteado. Una fuente
básica, diseñada para el análisis histórico y que reúne casi todos los documentos
relevantes al experimento de Carrión y los hechos relacionados a su muerte, constituye la
recopilación hecha por Valdizán. Las transcripciones de los documentos reunidos en el
Museo de la Facultad de Medicina de San Fernando, que incluyen una importante
correspondencia entre Carrión y sus familiares, han sido consultadas a partir de la
publicación realizada con motivo de la apertura del Museo. En lo referente a catálogos
historiográficos, se ha revisado el estudio hecho por Barandiarán, además de la exhaustiva
bibliografía de Méndez. Se consultó asimismo una recopilación publicada recientemente
por Delgado Matallana. También se consultó estudios que analizan algunas fuentes
primarias, como el trabajo de Linares, además de una exhaustiva revisión de Lanfranco,
que reúne mucha información de tipo familiar aparecida en la década del 50. Dentro de
los textos que han sistematizado información de tipo de histórico, se ha consultado los
estudios de Rebagliatti y Lastres, que sistematizan en conjunto la información que ha sido
la base de los diferentes abordajes históricos realizados sobre Carrión. Asimismo se
estudió diversas aproximaciones analíticas, realizadas por diferentes intelectuales a lo
largo del siglo XX.
DANIEL ALCIDES CARRIÓN GARCÍA

Le bastaron 28 años de existencia al joven pasqueño Daniel Alcides Carrión para cimentar
la fuerza solidaria y el interés académico que lo empujaron a investigar una enfermedad
de origen desconocido; la Fiebre de La Oroya. Un 27 de agosto de 1885, Carrión utilizó
su cuerpo como laboratorio humano al inocularse el virulento mal, osadía que le costó la
vida, pero lo convirtió en referente de la historia científica nacional. A 130 años de esta
hazaña recordemos sus orígenes.
Hijo de Baltazar Carrión y Dolores García, nació un 13 de agosto de 1857 y cursó la
primaria en la única escuela municipal de Cerro de Pasco. A los 13 años, durante su viaje
a Lima, Daniel observó la construcción de la línea ferroviaria que llegaría hasta La Oroya,
ciudad situada a 187 km de la capital. Allí los trabajadores peruanos y extranjeros eran
víctimas de extrañas fiebres y lesiones verrucosas, producto de una enfermedad
desconocida que se denominó como Fiebre de La Oroya.
En 1874 Carrión ingresó al colegio Nuestra Señora de Guadalupe, terminó la secundaria
y se presentó a la Facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos. Luego, en 1879,
buscó una vacante en la Facultad de Medicina, pero fue desaprobado, aunque esto no lo
desanimó.
En plena Guerra del Pacífico, el 12 de abril de 1880, Carrión persistió y aprobó el
examen, a pesar de la difícil situación que vivía el país. En 1884 empezaron sus prácticas
en clínicas, y su interés científico lo llevó a adentrarse en el estudio de los pacientes
verrucosos. En agosto de ese año fue designado por concurso para realizar las prácticas
de internado en el Hospital de San Bartolomé.
La pérdida de su padre a corta edad, el desarraigo de su tierra natal y las miserias de la
guerra habían forjado su espíritu. De corta estatura, constitución delgada y con rasgos
mestizos, “Carrioncito”, como le decían sus amigos, era de carácter resuelto y tenaz.
La Fiebre de La Oroya continuaba matando a los obreros que construían el tren en la
región central del Perú, por lo que Carrión decidió buscar la solución a este mal,
profundizando sus pesquisas sobre la enfermedad.
Entre junio y julio de 1885, la Academia Libre de Medicina convocó un concurso sobre
la etiología y la anatomía patológica de la verruga peruana. Fue una oportunidad que el
acucioso estudiante no dejaría pasar. Armado con sus conocimientos, y bastante coraje,
Carrión decidió indagar en la intimidad del enemigo, estudiándolo desde sus síntomas.
Esto significaba que debía entrar en contacto directo con el agente infeccioso que
producía la enfermedad; había que inocularse. Este método le permitiría resolver más
rápidamente las dudas que se tenían sobre la verruga peruana y establecer qué relación
tenía con las altas fiebres que consumían a los obreros. Decidido a hacerlo. El 27 de
agosto de 1885, llegó hasta la sala de Nuestra Señora de las Mercedes del hospital Dos
de Mayo. Sus compañeros y el doctor Leonardo Villar trataron de disuadirle, pero fue
inútil.
Un pequeño rasgado sobre las verrugas de la paciente Carmen Paredes, de 15 años, sirvió
para proceder a la inoculación de la enfermedad en los dos antebrazos de Carrión. El
procedimiento contó con la colaboración del doctor Evaristo Chávez.
Dos días después, en su edición del 29 de agosto de 1885, El Comercio informaba que
“el estudiante de medicina señor Daniel Carrión, el cual tiene trabajos adelantados sobre
la enfermedad llamada verruga, se ha hecho inocular la sangre de un verrucoso para
observar por sí mismo los efectos de la inoculación y resultados ulteriores de esta
enfermedad indígena del Perú, que tanto preocupa la atención de los hombres de ciencia
en Europa”.
Bitácora en mano Carrión fue un paciente y meticuloso escribidor de su propia agonía.
No cedió fácilmente a los síntomas y pudo, durante muchos días, llevar un correcto y
acucioso relato de los efectos que la infección producía en su cuerpo.
Tres semanas más tarde, el 17 de setiembre, el joven estudiante percibió los primeros
malestares y dolores. En los 5 días siguientes presentó fiebre, escalofríos, malestar general
y dolores osteomusculares. Para el 26 se encontraba pálido y débil, por lo que dejó de
tomar apuntes sobre los síntomas, encargando la tarea a sus compañeros más cercanos.
“Carrioncito” había empezado a ceder ante la violencia de la enfermedad.
El 2 de octubre su cuaderno de apuntes señala que “hasta hoy había creído que me
encontraba tan solo en la invasión de la verruga, como consecuencia de mi inoculación,
es decir en aquel período anemizante que precede a la erupción; pero ahora me encuentro
firmemente persuadido de que estoy atacado de la fiebre de que murió nuestro amigo
Orihuela; he aquí la prueba palpable de que la Fiebre de la Oroya y la verruga reconocen
el mismo origen”.
El 4 de octubre aceptó ser llevado a la Maison de Santé para que se le realizara una
transfusión de sangre. En ese trance le comentó a su compañero Rómulo Eyzaguirre:
“…aún no he muerto amigo mío, ahora les toca a ustedes terminar la obra ya comenzada,
siguiendo el camino que les he trazado…”.
El 5 de octubre el decano dice “el estudiante de medicina señor Carrión, que según
anunciamos en días pasados se hizo inocular el virus de la verruga, después de haber
pasado el primer período, en el segundo ha sido acometido por la Fiebre de la Oroya y se
encuentra bastante grave. Deseamos se restablezca”. Ese mismo día Carrión caía en
estado de coma.
Finalmente, batido por la fiereza de la infección, falleció a las 11:30 de la noche. El 6 de
octubre El Comercio publica una nota titulada “Daniel Carrión”, donde informa que “a
causa de haberle acometido la terrible fiebre llamada de La Oroya, hoy tenemos que pasar
por el dolor de comunicar que ha muerto”.
Asimismo, explica que “en efecto, del experimento realizado por Carrión en su propia
persona, parece deducirse que la causa que produce las verrugas es la misma que la que
origina las fiebres de La Oroya…”.
La autopsia se llevó a cabo el 7 de octubre, concluyendo que las lesiones eran típicas de
la enfermedad de verrugas. Su cadáver fue sacado de la Maison de Santé a las 4 de la
tarde, llevado en hombros por las calles de Lima hasta el cementerio Presbítero Maestro.
El doctor Ignacio la Puente, profesor de la Facultad de Medicina de San Marcos, y la
revista Monitor Médico cuestionaron a Carrión por no haber utilizado animales
previamente. Pero todos reconocieron que la experiencia del joven pasqueño había
demostrado una transmisibilidad que no se conocía, y la unidad etiológica de la verruga
y de la fiebre.
En su sesión del 16 de octubre de 1885, la Academia Libre de Medicina acordó nombrar
a Carrión miembro honorario, aunque el premio se declaró vacante, pues nunca se
presentó trabajo alguno.
El 3 de setiembre de 1971, un grupo de médicos peruanos del Hospital Dos de Mayo llevó
en hombros los restos de Daniel Alcides Carrión hasta una imponente cripta-mausoleo
ubicada en su patio principal en medio de los aplausos y el homenaje de autoridades,
galenos y pacientes. El 7 de octubre de 1991 el Gobierno Peruano lo declaró héroe
nacional
DANIEL ALCIDES CARRIÓN Y SU CONTRIBUCIÓN AL IMAGINARIO
CULTURAL DE LA MEDICINA PERUANA

Así escribieron y presentaron Gregorio Delgado García y Ana M. Delgado Rodríguez en


“Daniel Alcides Carrión y su aporte al conocimiento clínico de la fiebre de la Oroya y
verruga peruana”, trabajo presentado ante el I Congreso Nacional de Historia de la
Ciencia y la Técnica en La Habana el 15 de noviembre de 1994, el acto de inoculación y
las circunstancias que rodearon el hecho: “Con ese fin, cuenta el doctor Leonardo Villar,
jefe de clínica, que en varias ocasiones Carrión trató de que le realizaran la inoculación
en su servicio del Hospital "Dos de Mayo", aunque siempre habían podido hacerlo desistir
de su empeño, pero, el 27 de agosto de 1885, a las 10 de la mañana, se presentó en la sala
Nuestra Señora de las 11 Mercedes, perteneciente al servicio del doctor Villar y trató de
hacerse la autoinoculación alegando que "suceda lo que sucediere, no importa, quiero
inocularme". El doctor Evaristo M. Chávez para evitar que Carrión se hiciera un daño
involuntario tomó de manos del estudiante la lanceta y le practicó cuatro inoculaciones,
dos en cada brazo, en el sitio común de la vacunación. Dichas inoculaciones se hicieron
con la sangre inmediatamente extraída por rasgadura de un tumor verrucoso de color rojo,
situado en la región superciliar derecha del paciente Carmen Paredes, ingresado en la
cama No.5. Según el doctor Villar este paciente "debía próximamente irse de alta a la
calle; que era joven de 15 años de edad aproximadamente, de buena constitución, exento
de toda diátesis y que su verruga era discreta, de la que sólo tenía dos en estado de atrofia,
una en el carrillo externo y otra en la extremidad externa del arco superciliar derecho".
Cuando ocurrió la inoculación estaban presentes el doctor Villar y los alumnos de su
servicio, interno Julián Arce y externo José Sebastián Rodríguez. Desde aquel mismo
momento Carrión fue escribiendo una minuciosa historia clínica de su enfermedad. El
propio 27 de agosto, después de la inoculación, escribiría, "A los 20 minutos comenzaron
a manifestarse algunos síntomas locales, tales como una comezón bastante notable,
seguida después de dolores pasajeros que desaparecieron a las 2 horas siguientes. No han
habido síntomas de inflamación, todo ha desaparecido sin dejar vestigio alguno." Carrión
continuó haciendo su vida normal hasta tres semanas más tarde, en que pasado el período
de incubación con su experiencia quedaba determinado, comenzaron a aparecer los
primeros síntomas. Sobre ello anotó, "Hasta el 17 de septiembre en la mañana, no he
tenido absolutamente nada; en la tarde de ese día he tenido un ligero malestar y dolor de
la articulación tibio tarsiana izquierda, que me molestaba la marcha. Durante la noche he
dormido perfectamente bien". Dos días después, el 19 de septiembre, se manifestaba el
período de estado de la enfermedad con todos sus síntomas: calambres fuertes, fiebre con
escalofríos, decaimiento, postración, dolores generalizados en la totalidad del cuerpo, que
él va describiendo con brevedad y rigor científico, así como las características del pulso,
las deposiciones y la orina. Permanece en su domicilio, la casa de su madrina, sin permitir
que nadie lo acompañe de noche. El 22 de septiembre le aparece un tinte ictérico y
petequias en la cara, poliuria, hematuria, cefalea intensa, signos y síntomas que van en
aumento, con palidez considerable de la piel y la mucosa. La anemia hemolítica hacía su
aparición para agravar el cuadro clínico. El 26 de septiembre su estado de postración es
tal que escribe, "A partir de hoy me observarán mis compañeros pues por mi parte
confieso me sería muy difícil hacerlo". Desde entonces continúan la historia clínica sus
fieles condiscípulos: Casimiro Medina, Enrique Mestanza, Julián Arce, Mariano Alcedan,
Manuel Montero y Ricardo Miranda. Desde la cama dicta sus síntomas y sigue el curso
de la enfermedad. El 28 escriben sus compañeros, "Admirable es en verdad la marcha tan
rápida que en él ha seguido la anemia, que a partir de este día domina por completo el
cuadro sintomático". Desde la noche del 30, no obstante la protesta del enfermo, lo velan
sus amigo. Cuando se siente mejor habla de su familia y comenta, "Sí, lo que tengo es
fiebre de la Oroya, aquella fiebre de que murió Orihuela, mejor es no pensar en esto,
fumemos un cigarro". El 2 de octubre dándose cuenta de su gravedad y valorando
certeramente su cuadro clínico le dijo a sus compañeros, "Hasta hoy había creído que me
encontraba tan solo en la invasión de la verruga, como consecuencia de mi inoculación,
es decir, en aquel período anemizante que precede a la erupción; pero ahora me encuentro
firmemente persuadido de que estoy atacado de la fiebre de que murió nuestro amigo
Orihuela; he aquí la prueba palpable de que la fiebre de la Oroya y la verruga, reconocen
el mismo origen, como una vez le oí decir al doctor Alaco". Y a los amigos que trataban
de convencerlo de que estaba en un error les recalcó, "Les doy a ustedes las gracias por
su deseo y siento decirles no conseguirán convencerme de que la enfermedad que hoy me
acosa no sea la fiebre de la Oroya". El 4 de octubre, con su aprobación, es trasladado a la
Maison de Santé (Hospital Francés) y todavía en su domicilio le dice al señor Isaguirre,
alumno del primer año de medicina que está a su lado, "Aún no he muerto, amigo mío,
ahora les toca a ustedes terminar la obra ya comenzada, siguiendo el camino que les he
trazado". Unos momentos después de su ingreso una junta médica formada por los
doctores Villar, Romero, Flores y Chávez discutió el estado de su enfermedad y no
obstante la opinión de la mayoría en favor de la transfusión sanguínea, para lo cual todo
se hallaba preparado , un transfusor de Oré, que el doctor Villar había llevado y uno de
sus compañeros decidido a donar la sangre necesaria la indicación se pospuso para el
próximo día, quedando el enfermo sometido al tratamiento siguiente: inyecciones
intravenosas de ácido férrico y 20 centígrados de albuminato de hierro cada 2 horas; se
continuaron las inhalaciones de oxígeno y las pulverizaciones de ácido férrico; como
líquido , agua gaseosa y como alimentación caldo y polvos de carne. Estas serían las
últimas indicaciones que se le prescribieron a Carrión, pues al día siguiente, 5 de octubre,
entraba en coma, interrumpido en algunos momentos por quejidos entremezclados con
palabras incomprensibles. Sus compañeros terminarían ese mismo día su historia clínica
con estas sentidas y hermosas palabras: "A las 11½ de la noche lanzó su último suspiro
breve y profundo, que fue para los que le rodeaban la señal de que este mártir al
abandonarnos iba a ocupar en lo infinito el sitio que el Todopoderoso tiene reservado para
los que como él ejercen la mayor de las virtudes; la Caridad".” Daniel Alcides Carrión,
en estado de agónico, en la Maison de Santé, ese 5 de octubre de 1885 y transcurridos 40
días desde la inoculación, pronunció sus últimas palabras: C´est fini -esto se acabó-. El
Cementerio General "Presbítero Matías Maestro" ubicado en los Barrios Altos (Cercado
de Lima), ciudad de Lima, que fue inaugurado el 31 de mayo de 1808 por el virrey José
Fernando de Abascal, bajo la dirección de su diseñador el presbítero, arquitecto, escultor
y pintor vasco Matías Maestro, y que se constituyó en el primer cementerio de carácter
civil en América, acogió los restos de Daniel Alcides Carrión. Su sepelio fue expresión
de dolor popular y en especial la del cuerpo médico y el estudiantado. Durante el mismo,
pronunciaron discursos los Profesores de la Facultad de Medicina los doctores Macedo y
Almenara, y el estudiante Manuel I. GaldO.

Dicen los doctores Gregorio Delgado García y Ana M. Delgado Rodríguez que el doctor
Luis A. León connotado tropicalista e historiador médico ecuatoriano, conocedor
profundo de la enfermedad de Carrión, ha señalado los siguientes factores que a su juicio
determinaron la muerte del estudiante peruano:

“1. A que el organismo de él debía haber estado débil por los trabajos forzados a que
había sido objeto meses antes, con motivo de la invasión de las tropas chilenas a la ciudad
de Lima y las correspondientes privaciones alimenticias.
2. A que las cuatro inoculaciones practicadas en sus brazos con sangre extraída de la
verruga del paciente Carmen Paredes equivalían a centenares de picaduras, con
condiciones normales, por mosquitos flebótomos infectados, lo cual acortó el período de
invasión y agravó la virulencia del proceso infeccioso.
3. A que las defensas inmunológicas de Carrión eran escasas o nulas, factor muy
importante que se observa en las zonas endémicas de la enfermedad.
4. A que esta enfermedad en los brotes epidémicos ha sido causante de una alta
mortalidad, como se registró en la Bahía de Coaque, Manabí, en el Valle de la Oroya y
en el Valle del Guáitara en Colombia.
5. A la falta de atención oportuna y a la carencia de entonces de una medicación
específica. La administración prolongada e ineficaz de sulfato de quinina, así como
también las inyecciones de ácido férrico, debían haber agravado la enfermedad del
paciente.”

En 1886 en Lima, un año después de la muerte de Carrión, sus compañeros Medina,


Mestanza, Arce, Alcedán, Miranda y Montero publicaron un pequeño libro con las
anotaciones y la historia clínica llevada por él: Apuntes sobre la verruga peruana, que se
constituyó en un documento clásico de la medicina mundial, pero pobremente difundido
y conocido. He aquí algunas anotaciones "creo en la infecciosidad de la verruga, pues en
los lugares donde reina endémicamente, raros son los individuos que escapan de tal
influencia; ¿no vemos a los rumiantes y paquidermos sufrirla dando lugar a la forma que
vulgarmente se llama verruga mular?". "Me parece que los efluvios se formarían en esas
regiones lo mismo que los palúdicos: descomposición de las materias vegetales
sirviéndoles de continente el agua, que bajo la influencia de condiciones climatéricas
especiales y en las variadas manifestaciones de nivelación de las aguas, podrían elevarse
a cierta altura en la atmósfera: si no ¿cómo explicar que las aguas del Rímac, en algunos
lugares sean productores de verrugas y en otras no? ¿Cómo responder por otro lado a
aquellos individuos que habiéndose sustraído de la influencia del agua, sin embargo
hayan sido atacados por la verruga?".
RECONOCIMIENTO DE SU APORTE A LA MEDICINA

El acto de Daniel Alcides Carrión fue reconocido desde su fallecimiento como un


sacrificio en beneficio de la humanidad, y como aporte al conocimiento de las
enfermedades endémicas en su país y regiones vecinas, por eso, Perú lo reconoce como
“Mártir de la medicina peruana”. Muchas instituciones académicas, hospitales, estadios,
plazas públicas, sellos postales llevan a perpetuidad su nombre. En 1957 el Gobierno
Peruano creó la Orden de “Daniel A. Carrión” destinada a premiar a las personas que
realicen ejemplar obra de bien social o contribuyan al progreso de la sanidad, al adelanto
de la medicina o de las ciencias que se relacionen con la salud. Por decreto presidencial
desde el 2 de agosto de 1957, todos los Museos de Ciencias Biológicas de los planteles
secundarios del Perú, llevan el nombre del mártir. Cripta-Mausoleo Hospital Dos de
Mayo 17 Sellos postales en homenaje a Carrión El nombre de Carrión ha pasado a ser no
sólo un símbolo de la nación peruana, sino también de la medicina latinoamericana y de
la infectología mundial, citado en todos los grandes libros de texto de microbiología,
medicina tropical, medicina interna e historia de la medicina. En La Habana, en el Museo
de Historia de las Ciencias Carlos J. Finlay, un hermoso busto recuerda al singular mártir
que ofrendó su vida para demostrar la unidad nosológica de la fiebre de la Oroya y la
verruga peruana, y dar una descripción clínica acabada de la enfermedad que hoy lleva
su nombre.
BIBLIOGRAFÍA

http://www.bvsde.paho.org/texcom/cd051477/murillda.pdf

http://elcomercio.pe/blog/huellasdigitales/2010/08/daniel-a-carrion-heroe-de-la-m

http://piel-l.org/blog/wp-content/uploads/2009/10/Daniel_Alcides_Carrion_Garcia.pdf

http://www.scielo.org.pe/pdf/afm/v70n2/a10v70n2.pdf

http://www.scielo.org.pe/pdf/amp/v32n3/a09v32n3.pdf