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tJANNI BALESTRlt~I

,
seguida clo TOMEMOSLO TODO
( C¿)nferencia por uc,,:a novela.
Literatura y lucha de d:ises)
Titulo del ori¡:inal itoliono:
Vogliamo Tutto, © 1971 Gfangiacomo Feltrinelll
Editore, Milán, Italia

Traducción: HEIMAN Mwo CUEVA

Tapa: C.w.oa Bocc.uw.>

@ 1974 para la edición en C3~tellano y sobre esta traducción


EDICIONES DE LA FLOR 8. R. L.
Uruguay 252, }9 B - Bueno, Alre,
Hecho el dep61ito de lty
lrnpr110 ,n la Ar1,ntina - Prinled In Ar1cnaina
INDICE

PRIMERA PARTE

Capítulo l. El sur ............. , ...... 11


Capítulo 11. El trabajo ................ 29
Capítulo III. El norte .................. 45
Capítulo IV. La Fiat ................... 63
Capítulo V. La lucha ................. 81

SEGUNDA PARTE

Capítulo Vl. El salario .. . .. .. . .. .. .. .. 9~


Capítulo VII. Los compañeros . . . . . . . . . • 113
Capítulo VIII. La autonomía . • • . . . • . • . . . . 131
Capítulo IX. La asamblea . . . . . . . • • . . . • • 153
Capítulo X. La insurrección ...... , , . . . 171

APJ:!NDICE: Tomémoslo todo.


Conferencia por una novela.
Literatura y lucha de clases . . . . . . . . . . . . . . 189
TEVE %PJSRWS'ERS
PRIMERA PARTE
Cop,tulo 1

El sur

En el sur hacía ya diez o quince años que la cosa


había comenzado. La aparición de la Caja, las nue,
vas industrias, el campo que debe ser industriali·
zado. Y en las campañas electorales de aquel cnton,
ces se decía que era necesario trabajar por el pro,
greso del mediodía. Que por una nueva dignidad
humana era necesario producir. Que hacía falta un
nuevo sur, desarrollo, pan para todos, trabajo para
todos, etcétera. Lo decía la DC, lo decía el PCI, lo
decían todos.

Pero todo eso acabó siendo el comienzo de la emi,


gración, la scfial de que todos debían partir para
las fábricas del norte. Porque en el norte de Italia
y en Europa las fábricas ya estaban listas para rcci·
bir a toda aquella masa de gente. Ahora todos ser,
vfan para las caclcnas de mont.ije de J.i Fint y la
Volkswagcn. Y era precisamente el obrero del sur
el que servía. Un obrero que podía hacer todos los
trabajos de la cadena, asf como en el sur lo mismo
servía de peón que para cualquier otra cosa. Y que
cuando era necesario podía tranquilamente ser un
desocupado.

En cambio, antes era todo lo contrario. Antes,


los peones tenían que seguir siendo campesinos, ha•
bía que mantenerlos a todos sujetos a la tierra.
u
A los trabajadores del sur había que mantenerlos
sujetos al sur. Porque si se hubieran ido todos a
trabajar en el norte y en Europa, entonces, hace
algo más de quince años, se habría armado allí un
gran quilombo. Porque todavía no estaban prepa-
rados para las fábricas y todo lo demás. Yo, antes,
no sabía que esas cosas habían sucedido. Me enteré
después, en las discusiones con los compañeros.
Después que planté para siempre el trabajo. Des•
pués del quilombo que se armó el día aquel, en
Mirafiori.

Pero entonces, en el sur, la consigna dcl ..PCI era:


La tierra para el que la trabaja. Y qué podía im-
portarles a los peones de campo la propiedad de
la tierra. Lo que les importaba era la guita que no
tenían, la certeza de poder tenerla siempre segura,
todos los meses del año. De modo que el PCI acabó,
en el sur, por cambiar su política sobre la convc·
niencia de ocupar las tierras. Se retiró a las ciuda-
des administrativas, donde no le queda otra cosa
que correr tras las insatisfaccirmes de los artesanos
y los empleados. Aunque entre tanto estallen las
grandes luchas de Battipaglia y Reggio, que para
el PCI son subprolctarios de mierda.

Y además, no se trataba de que el sur en general


hubiera sido pobre. Allí, desde siempre, los patro·
nes de la agricultura ganaban un montón de guita.
Y así siguió siendo después de la Caja del Mediodía.
Sólo que los terratenientes eran los que ganaban,
mientras que los que tenían menos de cinco hectá•
reas de tierra debían desaparecer de alH.

Consideremos, por ejemplo, a los dueños de las


tierras fértiles de la periferia de Salerno, de la
Uanura del Se)e. En esa llanura estaban los cultl•
12
vadores de tomates. Gente que cuando llega Ja esta·
ción pfanta tomates y empica en eso a toda la fa.
milia. A medida que fueron ganando guita, los
propietarios fueron transformando todo ese trabajo
en industria. Y ahora producen todo directamente:
del campo a la Jata de conserva. Y los peones se
convierten en obreros y con las máquinas hay me•
nos gente qu;! trabaja pero que produce más. Y los
otros deben desaparecer de allí.

Los propietarios ricos o los que la Caja les había


expropiado las tierras se habfan armado ele cente-
nares de millones en guita contante y sonante. Tam·
bién ellos tenían interés en que se establecieran las
industrias. Y con esos millones construían <lepar·
tamenlos en la ciudad, miles de departamentos. Y los
que aparecían para trabajar en las obras no eran de
Salerno, la mayor parte venía de afuera. Gente del
interior, de las aldeas de montaña, de los Apcninos.
Gente toda que tenía su casa, su cerdo, sus gallinas,
la viña, sus olivos, su aceite, pero que no conseguía
saJir del paso. Y que vendió todo eso, se compró
un departamento en la ciudad y se metió a trabajar
en las fábricas. De modo que en la ciudad siguió
habiendo desocupados, incluso más que antes.

Pero era especialmente al norte que tenía que irse


1a gente del interior y de las aldeas d~ los Apcninos.
Allf, Ja Caja no interviene porque esa gente debe
desaparecer. Hay que irse al norte pJra hacer el
desarrollo. Porque, para hacerlo, a ellos les servía
nuestro subdesarrollo. ¿Quién hizo el desarrollo del
norte, todo el desarrollo de Italia y de Europa? Nos-
otros. Nosotros lo hicimos, los peones del sur. Como
si los obreros del norte y los peones del sur fueran
cosas diferentes. ¡Otra que subproletariosl Porque
somos nosotros los que somos los obreros del norte.

n
Porque, ¿qué es Turín sino una ciudad del sur?
¿Quién trnbaja nllí? Es lo mismo que Salema, lo
mismo que Rcggio, lo mismo que Battipaglia. Allá
o aquí, con toda esa historia del trabajo, que hay,
que no hay, es siempre una joda. Entonces se c~-
mienza a comprender que lo único es quemar todo.
Como en Battipaglia, etcétera. Como ocurrirá en
todas partes, dentro de poco, cuando estemos orga-
niz:tdos. Y después, finalmente, cambiaremos todo.
Y mandaremos a los del norte y su trabajo de mier·
da a que se la hagan dar por el culo.

Los albañiles llegaban a Salerno desde Nocera,


Cava, San Cipriano, Giffoni, Montccorvino. Llega-
ban todas las mañanas, desde esas aldeas, en lam·
brettas, en motonetas. Había mucho trabajo en la
construcción. Camioneros para transportar ~l ce-
mento, la piedra, el hierro. Para hacer caminos y
todas esas cosas. Un boom de Ja construcción, en
Salerno, en la década del 'SO. ·Comenzaba ya a verse
el primer auto económico, el 600, y .hasta los obreros
lo tenían. Y todos se compraban televisor, por todas
partes asomaban antenas de televisión.

La guita comenzó a circular en gran forma. Y ha·


bfa cada vez más mercaderías en las tiendas de
ropns y de comestibles y se abrían cada vez más
comercios nuevos. Todo el mundo ganaba y gastaba
m,is en Salcrno. Pero en general se trataba no del
proletariado, no de los desocupados salernitanos.
Se trataba de los habitantes de las aldeas ele los
alrededores. La guita llegaba a esas aldeas, pero
naturalmente no quedaba en esas aldeas. La gente
se rompía el culo para venir a trabajar todos los
dfas, con la motoneta, con la lambretta, con el 600,
de Montecorvlno a Salemo. Y para regresar a la
noche. Entonces hubo que buscar departamento en

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]a ciudad. Todas las casas nuevas que fueron cons·
trui<las en Salcrno están habitadas por gente que
antes venía de afuera.

Muchos trabajaban en los edificios en construc-


ción en los que después iban a vivir. Al cabo de un
tiempo se instalaban en esos departamentos de la
ciudad y p.1gnban un alquiler. O lisa y llanamente
los compraban. No eran, antes, proletarios como
los de la ciudad: es decir, gente que no tenía un
carajo. A su modo, también ellos eran propietarios;
tenían su casa, su cerdo, :ms gallinas, su viña, sus
oiivos, su aceite. Y hasta lograban comprarse un
departamento en la ciudad. Después se conchababan
en la construcción. Para conchabarse en la construc-
ción hacía falta una recomendación. Los campcsi-
nachos esos le llevaban jamones al diputado. Le lle·
vahan aceite, vino y cosas por el estilo, y conseguían
trabajo. Conseguían trabajo sólo de esa forma.
Y después pasaban a ser proletarios como los de
la ciudad. Aunque, en verdad, lo habían sido siempre.

Yo también pude conseguir trabajo. Grncias B


un tío. Que ahora es jubilado estatal; estaba en
finanzas. Y que tenía un primo en la bolsa de
colocaciones. Me llevó a la bolsa de colocaciones
y le dijo al primo: gste es un sobrino mío. Tcnés
que ayudarlo, tenés que conseguirle trnbajo. El pri•
mo me extendió la papeleta y me mandó a la Ideal
Standard. Me hicieron una entrevista y aprob.S la
revisación médica. Y tuve que volver después para
el examen psicoté¡;nico. El examen psicotécnico ha-
bla que darlo junto con los empleados. Sólo que
los tiempos eran diferentes. Es decir que ellos de·
bían hacerlo en un minuto y nosotros en tres. Des•
pués nos dijeron que nos ibnn a mandar a seguir
un curso. Los que habían aprobedo con más puntos
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el examen psicotécnico tendrían que seguir ese curso
en Brescia.

Preguntamos por qué motivo teníamos que seguir


ese curso. Nos dijeron que el c..urso nos lo pagaba
la Caja del Mediodía y que servía para preparar téc·
nicos meridionales para las industrias meridionales.
Cuando oí hablar del curso pensé que se trataba de
algo técnico. Después de la escuela industrial seguí
un montón de cursos durante todo el tiempo que
estuve desocupado. Ajustador mecánico, tornero,
etcétera. Seguía cursos para aprender todo eso. Pe·
ro no me enseñaban un carajo, no servían para nada.
Sólo servían en la bolsa de colocaciones: para tener
una escuela. Por no sé qué motivos políticos que
había detrás de esas escuelas.

De todos modos, al oir hablar de cursos pensé que


iríamos a escuchar cosas, que nos las explicarían.
Para ir a Brescia nos dieron boleto gratis y un cesti·
to con comida. En la estación de Brescia nos es-
peraba un asistente social de la Ideal Standard.
Pusieron taxis a nuestra disposición, nos llamaron
por nombre; éramos unos veintitantos. Diez por
un lado, cinco por otro, siete por otro. Nos habían
conseguido también pensiones para dormir. :estas
son las pensiones que les conseguimos, dijeron. Si no
les gustan, después ustedes se cambian. Y al día si•
guiente nos presentamos en la Ideal Standard. Y alH
nos dijeron que éramos muchachos simpáticos, fuer-
tes, etcétera. Y nos preguntaron si queríamos via·
jar a Francia, a Turín, a Milán. La empresa orga-
nizaba viajes semanales o mensuales. Pero a nos·
otros esos viajes nos importaban un carajo; dijimos
sí, 'tá bien.

Nos dieron el overol, un overol blanco con la


1,
insignia IS. Nos llevaron a fa L.íbrica: allí hacía
entre treinta y cuarenta grados de calor. Estaba
llena de humedad, porque se junta toda la cerámica
que debe secarse. El agua se evapora y todo está
rcquctehúmcdo. Sentíamos que íbamos a asfixiar-
nos. Todos nosotros teníamos 1a piel más oscura
que los obreros de la Ideal Standard de Drcscia.
Porque allí, todas las noches, tienen que darsl! una
ducha, están siempre al calor, en el vapor húmedo,
y la piel se vuelve cada vez más blanca. Y además,
afuera, no es que haya mucho sol en Brescia. Nos-
otros veníamos del sur, era n fines del verano y
estábamos negros. Y a los de Drescia eso los atemo·
rizaba un poco.

Como quiera que sea, nos explican. Nos hacen


ver el inodoro, el bidé, el lavabo, la columnita del
lavabo, la bañera. Los seccionan, nos explican de
cuántos centímetros deben ser. Cuántos minutos de-
ben estar en la horma el lavabo, cu..\ntos minutos
deben estar en la horma todos los dem.'1s artefactos.
Nos explican cómo se ha<:e la horma y todas las
demás cosas. Y después comienzan a mostrarnos
cómo se trabaja. Yo veía que los operarios bres-
cianos hacían ese trabajo muy tranquilamente, sin
pensarlo mucho. Hacían plaf plaf y sanseacabó, casi
sin prestarle atención. Entonces me dije, qué carajo
significa este curso, mi dios. ¿Aquí se trata de tra•
bajar realmente o se trata de transformarse en
jefe?

Bué', me dije, si se trata de transformarse en jefe


entonces hay que trabajar poco. Y aprendía con
calma, claro. Mientras mis compañeros hacían dos
inodoros, yo hacía uno. Y de esa manera me las iba
arreglando. Después de dos o tres meses de estar
all( nos sumamos a la. lucha. Porque alU hacían
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hudga y 11acfamos huelga también nosotros, instin-
tivnmcntc, junto a los brcscianos. Nos pagaba la
Caja del Mc<lioc.lía, recibíamos <licz mil liras semana-
les de in<lcnmización, más de cuarenta mil liras al
mes. Después nos daban sesenta mil liras al mes y
teníamos la comida gratis, la comida en la empresa.
Y teníamos trasporte gratis por toda la ciudad, en
todas las Jíneas.

Antes de llegar a Brcscia, cada uno de nosotros


era de una aldea diferente, de una región distinta.
Pero llevábamos todos una vida típicamente meri-
dional. En cambio, en Brescia dormíamos de a cin-
co o seis por pensión, comíamos a la misma hora,
tomábamos los mismos pullman. Así comenzamos
a comprender las ventajas del trabajo en la indus-
tria. Porque, en realidad, no es que nos explotaran
haciendo ese trabajo, sólo estábamos siguiendo un
curso. No nos parecía que nos explotaran, al menos
ésa era nuestra impresión. Y se nos acercaban los
sindicalistas de fábricas diciendo que una vez que
regresáramos al sur había que seguir luchando. Ha-
bía que llevar el sur al mismo nivel del norte, et·
cétera.

Un día que los obreros de la Ideal Standard esta-


ban de lucha y hacían huelga nos pusimos a hablar
con los sindicalistas. Hacían huelga por el aumento
del premio de producción y dijeron que también
nosotros hacíamos producción. Y yo dije: No, nos-
otros seguimos un curso. No, también ustedes ha-
cen producción porque las piezas que ustedes fabri-
can las agarran y las venden. Ustedes no siguen
un curso, ustedes hacen producción. Un inodoro
cuesta diez, quince mil liras, no es que no hagan un
carajo. A nosotros nos viene muy bien ese asunto,
ese descubrimiento, porque creíamos vivir de arriba,

IS
a expensas de la firma. Y entonces nos sentamos
afuera y no entramos nosotros tampoco.

En aquella época había llegado a Brescia el direc-


tor de la Ideal Standard de Salerno. Nos ve allí,
sentados en el suelo, y nos pregunta qué estamos
haciendo. Eh, estamos haciendo huelga. ¿Pero en·
tran, no? No, porque nosotros hemos decidido lu-
char. Después de dos días los de Brescia abando·
mm la lucha. Pero nosotros decidimos continuarla.
Sólo nosotros seguimos allf, sentados, los veinte,
d~lante del portal; los demás habían entrado. Mien-
tras estábamos allí, aparece un guardián y nos lla·
ma: El director quiere hablar con ustedes. Entramos
adentro. Carajo, nos quiere hablar el director; vaya
uno a saber, a lo mejor quieren darnos un aumento.

Entí·amos adentro y el fulano nos dice: Escuchen,


muchachos: en el sur hay muchos obreros desocu•
pados, ustedes no son los únicos. Nosotros pode·
mos despedirlos a partir de este momento. Más a1ín:
ya debería hacerlo. ¿Por qué motivo han ido a la
huelga? ¿Fue por indicación del sindicato? ¿Est~n
afiliados a algún sindicato? No, digo yo; ¿acaso liay
que estar afiliados a un sindicato para hacer huelga?
Sf, las huelgas se hacen sólo con el sindicato. Si la
hacen fuera del sindicato, podemos despedirlos. Eh,
pero nosotros no Jo sabíamos. Hicimos la lucha as{:
la hicieron los otros y nosotros también la hicimos.

Sea como fuere, ustedes quieren ~,n ... umcnto; ¿pe-


ro saben que no producen nada? ¿Saben que en la
fábrica de Salcrno han comenzado a trabajar hace
un mes y ahora ya producen dieciséis piezas, algu-
nos hasta dieciocho? ¿Y que ustedes, aquí, hacen
catorce y ganan más? Nosotros decimos que no pue·
de ser cierto, que es imposible, que es una mentira

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para hacernos levantar el paro. No, dice él, yo pue-
do clausurarles el curso desde este momento y man·
darlos de vuelta a Salerno. Si quieren venir a tra•
bajar, vengan; si no, váyanse. A nosotros no nos
interesa. Y no les doy ningún aumento.

O los echo va no más o ustedes deciden ahora,


aquí, que vucl;en a·trabajar. Y si hacen esto yo voy
más allá y decido si los mando de nuevo a Salcrno
o si los retorno para trabajar. En resumen, nos
pusimos a deliberar un poco entre nosotros. Yo digo:
Bue', nos conviene mantenernos firmes, ¿no? Deci·
mos que no queremos trabajar y nos responden que
nos mandemos mudar. Salimos los veinte y nos
ponemos a armar quilombo delante de la Standard.
y después hacemos también otras cosas. Pero algu•
nos dicen que son casados, que quieren terminar el
curso cuanto antes. Quieren trabajar y ganar en
Salerno, no quieren armar quilombo. Y asf se decide
aceptar el retorno al trabajo sin haber obtenido
nada.

De todos modos, al cabo de un mes terminamos


el curso y volvemos a Salerno. Aquí descubrimos
que con el dinero de la Caja del Mediodía en Sa·
lcrno pagaban a los brescianos, es decir a los
obreros de la Ideal Standard de Brescia, con la ex•
cusa de que allí debían enseñar a los obreros saler-
nitanos. ¡Otro que a los nuevos técnicos meridio·
nalcs! Y aquí ]os obreros ya producían más que
nosotros, que habíamos hecho el curso en Brcscia.
En Brcscia, la fábrica existía desde hacía treinta años
y hacían dieciséis piezas por día. En Salema, donde
funci9naba desde hacía dos meses, hacían dieciocho.
Todo eso lo justificaban diciendo que la fábrica era
moderna, que las instalaciones eran más eficientes.
20
La única diferencia estaba en que las pie,zas, en
vez de levantarlas uno, se lcvantab::m con una manl•
Ila, todas juntas. Algunas operaciones eran automá-
ticas y, por Jo menos, uno se ahorraba la columna
vertebral. Pero, de esa forma, un hecho que podía
ser útil a la salud del operario te costaba en cambio
dos piezas más, es decir dos inodoros más. Eso no
me gustaba nada porque en Drescia los obreros su·
frían todos de b columna. Todos llevaban faja alre-
dedor de la cintura por causa de los desgarrones
.musculares. Y la novedad esa de la manilla, es
decir el no usar la columna parn levantar las piezas,
aquí la habían adoptado para evitar que la gente
fuera al seguro por los desgarrones musculares.
Aunque, en cambio, nos lo hacían pagar a nosotros,
obligándonos a producir dos piezas más. Es decir
que las nuevas máquinas ele las nuevas fábricas
servían sólo para hacer trabajar a menos gente y
para que cada uno prodnjcrn más.

Pero ellos no querían oír razones. Decían: Usted


ve que los demás trabaján, hacen dieciocho piezas.
Todos, en resumen, hacían esas dieciocho piezas;
sólo yo seguía haciendo dieciséis. Entonces me lla-
man de las oficinas. Oiga, me dicen, usted parece
un buen muchacho, pero tenemos que cambiarlo de
puesto. En rca1idad deberíamos despedirlo: porque
usted no produce. Pero preferimos cambiarlo de
puesto, lo pasamos a otra sección. Y me pasaron a
otra sección. Pero durante dos días debía seguir aún
en Ja vieja, en la sección colado. Porque había pie-
zas secas que yo debía terminar. Debía sacar las
· piezas de las hormas y terminar las· piezas blancas
que me quedaban todavía.

Vuelvo de la oficina y me encu~ntro con un sin-


dicalista que había ido arriba a pedir aumento para

21
fos tnreas n destajo. La dirección Je hnbía respon-
dido que se mandam mudar y él había dicho que
era necesario hacer huelga. Apenas lo oigo di;o:
Muy bien. Y me pongo a gritar junto con el sindi-
calista ése: Huelga, huelga. Voy a buscar a los com-
pañeros de colado y los hago salir afuera. Aparece
un jefe y me dice: Usted, ¿q11é hace aquí?; ésta ~o
.es su sección. Y yo le contesto que sí, que todavía
es mi sección porque tengo que terminar unas piezas.
¿ Y por qué no las termina? Eh, porque hay huelga.
Y el fulano no dice ni pío.

:Éramos ya unos cincuenta los que no trabajába-


mos. Nos ponemos a controlar a los que aún trnba-
jan y entonces los abordamos y los sacamos del
sector colado. Los jefes se enfurecen y uno de ellos
me amenaza. Yo, que estaba comiendo, le tiro el
pan a la cabeza y me le voy encima, pero mis com-
pañeros me sujetan. Hiciste bien, me dicen, pero
basta con eso. Después vamos a las otras secciones
y los obligamos a parar. Salimos al patio y delibe-
ramos. Hacemos un paro de quince días, con pique-
tes noche y día. Y alrededor de nosotros los celu-
lares de la policía. Por último, nos dMgimos en
manifestación a Salcrno y nos congregamos frente
a 1a prcfce tura.

Al volver a la fábrica, yo me Jncorporé a mi nueva


sección. Allí tenía que colocar las piezas terminadas
en una línea rodante. Otro las controlaba y otros
dos las cargaban en locomóviles. Pero para recupe-
rarse de la hur.lirn deciden poner dos líneas. Dos
controlores y dos que empaquetaban. El que ¡,onfn
las piezas en una línea las tenía que poner ahora en
dos líneas. Es decir que yo era el que tenía que ha-
cer esa doble operación. Para conseguir esto, les
habían dicho a los contralores, que controlaban sl

22
las piezas eran buenas o no, que aceleraran el ritmo
de control. Es decir que si los fulanos que tenía
delante de mí no las empaquct::i.ban, él estaba auto·
rizado a ponerlas en el suelo. Cosa que en general
no se hace, porque cuando se colocan las piezas en
el suelo pueden romperse.
Y a mí me habían dicho que pusiera siempre pie-
zas nuevas en b línea. Que acercara las piezas,
que las pusiera muy juntas. Cosa que tampoco debe
i1acersc porque si se las pone muy juntas se pueden
romper. Como son de porcelana, no deben tocarse
onas con otras. Incluso, me habían autorizado a
ponerlas muy juntas. Yo decía: Pero están locos,
se rompen. Y me contestab:m: Y a vos qué te im·
porta, h:icé lo que te dicen. El problema de ellos
era únicamente aumentar la producción. Me llama·
un compañero, un sindicalista, y me dice: Escuchá,
éstos lo que quieren es producir más. Quieren po·
ner dos líneas en vez de una y vos tenés que rom-
perte el culo, debés cargar las dos.
Les hablo de eso a los compaficros míos que em-
paquetaban y dicen: Carajo, entonces tenemos que
ir despacio. Y hablan con el contralor y le dicen:
Qué carajo corrés, andá despacio. Y el fulano res•
ponde: No, a mí me gu:.ta trabajar así. Entonces
Jo escupo en la cara y me voy a la letrina a mear.
Aparece el jefe de cocción, el jefe de hornos, un
técnico, y mi.! dice: Usted está rompiendo las pelo·
tas aquí, tenga cuidado porque Jo ponernos en la
calle. Eh, le digo yo, si tiene fas pelotas tan deli-
cadas podría dejarlas en su casa. Y vuelvo a ml
puesto, mientras el contralor sigue trabajando co•
mo un loco.
Al día siguiente llego para continuar el trabajo
y me llaman los guardianes y me ponen una carta
23
en la mano. La abro: en el papd <licc que estoy
despedido. Por armar gresca en la f[lbrica, por sa-
botaje y no sé qué carajo. De modo que no me
daban los ocho días de preaviso ni me reconocían
no sé qué derechos. Pregunto: ¿Pero no puedo en·
trar adentro? No, no podés entrar. Yo los conocía
a los guardianes esos, uno era el padre de un amigo
mío, con el otro · habíamos trabado amistad. No
me gustaba ponerme a discutir con ellos, me falta-
ba coraje. Fue en ese momento cuando decidí que
si entraba en una fábrica, estuviera donde estu·
viera, jamás haría amistad con los guardianes.

Esperé afuera que llegara el ingeniero para obli·


garlo a pagarme. Pero mientras estaba allí me aga·
rró ganas de ir a cagar, fui a cagar y el ingeniero
pasó. En resumen, no hice a tiempo para· pescarlo.
Entonces fui a la cámara de trabajo y dije qtie me
habían despedido por esto y lo de más allü. Ah, no
te preocupes; nosotros nos ocupamos. Lo primero,
una linda demanda. El fulano ése te dará todo.
Mientras tanto me preguntaron si tenía la tarjeta
del sindicato. Les dije que la tarjeta me 1a había
hecho durante la huelga, había largado mil liras.
Muy bien: y me hacen hacer la tarjeta para la Ideal
';tandard. Me la despachan por expreso y certifi·
cada, y me cobran otras dos mil trescientas liras.
Esperé unos quince días, más de quince días esperé
que sucediera algo. Fui a verlos otra vez y dije:
Oigan, de lo mío no he sabido nada y a mí la plata
me sirve.

Hay que tener paciencia, no tenés que prcocu·


parte. Si no te pagan les metemos pleito y te darán
todo. De tanto esperar se me llenaron las pelotas.
Una mañana fui a esperar al ingeniero cuando en-
traba a la fábrica. No bien apareció el in¡eniero

24
me le tiré delante del auto. Frenó, abrí la puerta
y me metí en el coche. Primero trató ele meter el
seguro, pero yo Je puse una mano sobre el hombro
y le sacudí Ja carta en 1a cara. Por qué motivo no
me corresponden ]os ocho días de prcaviso, Je dije.
Ustedes son ]os que me han despedido y yo ahora
quiero que me paguen. No sólo los ocho días de
prcaviso, sino también el mes de trabajo que he
perdido.

Quiero todo, todo lo que me corrcsp.onde. Ni de


más ni de menos, porque conmigo no se juega.
Escuchá, me dijo; yo no estaba aquí cuando te eles·
pidieron. Si por mí hubiera sido, no te habría hecho
despedir. Sos un buen muchacho, te habría cam-
biado de puesto. Si querés volver a trabajar te pon-
go en un puesto mejor. Un puesto donde no tengas
que estar entre ]os otros, un puesto independiente.
Le dije que los puestos de la ldC'al Standard no me
interesaban. Me llené, quiero la plata ahora, ya,
inmediatam·cnte. Más y no mmos de lo que me
corresponde. Sí, dijo; no te preocupes. .Me lleva a
la oficina, JJama a los empleados, dice: Háganle los
cálculos. ¿ Cómo los cálcu]os? Sf, todo-todo-todo.
¡No! Sí: todo, dice.

Hacen los cálculos y me correspondían ciento


veinte mil liras. El fulano me llama y me dice:
¿De acuerdo con ciento veinte mil liras? No, digo
yo. Y él, entonces, dice: Escuchá, según las cuentas
t-so es lo que te puedo dar. Hagamos una cosa, te
haré sellar la tarjeta del mes de noviembre por el
jefe. Te la hago sellar y así el mes que viene pasás
a cobrar el sueldo sin trabajar. Bué', digo, de
acuerdo. Pero nada de chistes. Yo, el mes que viene
paso por aquí. A usted lo veo cruzar todas las ma-
fianas por Fuornl, sd también dónde vive. De modo

25
(¡u,.: 11.1Lb de cli1:,ll.'\. De ni11¡_'.Úll modo, dice el inge-
niero; m.\s, quic:ro decirte una cosa. Pcnsalo bien,
puedo conseguirte otro trabajo.

El fulano era de Brescia y lo habían trn.sladado


a Salerno. Evidentemente, no quería hacerse de
muchos enemigos. Más bien prefería quedar bien
,on treinta o cuarenta o cien mil liras que no eran
suyas. ¿Qué carajo le importaba? Y dijo también
que quería ayudarme, te consigo otro trabajo, me
dijo. No, usted no ha comprendido, no quiero tra-
bajar más. Lo que quiero es no hacer nada. Y así,
al mes siguiente pasé a buscar el dinero y se terminó
la historia de la Ideal Standard. Anduve sin trabajo
durante un cierto tiempo, pero me compré zapatos
elegantes, impermeable, ropa. Gasté todo. En me•
nos de quince días gasté todo. Me gasté hasta el
último centavo. No me quedó ni una lira.

No cobraba el seguro por desocupación porque


no tenía dos años de antigüedad. Pero, en el sur,
la oficina de empleos instala talleres-escuela. Que
es sólo un modo de distribuir dinero a la gente. Te
dan setecientas liras por día. Vas al taller, que ni
siquiera es un taller: es un terreno donde no hay
nada; allí, un fulano te Jlama por tu nombre. Decís
presente, él te anota el día y te vas. Después, el
sábado pasás a buscar la plata: cuatro mil doscien-
tas liras. Con ese dinero me compraba cigarrillos,
iba al cine, salía más o menos del paso. Además,
dormía en casa, en familia.

Un día decido que las cosas asf no iban. Hice


el verano en la Florio. Por nllá hay muchas fábricas
de conservas, tomate casi todo. Un trabajo de tem•
parada. Antes, ese trabajo de temporada duraba
de cuatro a dos o tres meses. Ahora apenns dura

26
llll llil''., Jl,)J<jll<..'. IJ,i',' llnll\>, 1111,: ,ll',, ¡;,· j.,,,,j,, q i,'

p:1s,~ un rncs en la Florio, h"cicndo doce hor~3 por


día, trabajando los domingos. Gané ciento cincuen-
ta, ciento sesenta mil liras. No me afilié siquiera a
la mutual porque había decidido que tenía que irme
a Milán. Generalmente, todos los que hacen ese tra-
bajo durante el verano después se pasan dos o tres
meses y I1asta cuatro y seis gracias a la mutual. Así
sacan dos mil o mil quinientas liras al día. Es lo
que hacen cuando no hay trabajo. Se afilian a fa
mutual.

27
Copítulo 11

El traba¡o

Yo vivía en Fuorni, que es un sector de Salcrno.


Después estaban Giovi, Cascrossc, Mariconda. Pas·
tena, Mcrcatcllo, etcétera. Cuando terminé la es-
cuela primaria, mi padre y mi madre pensaron ha-
cerme seguir y consultaron a mis maestros. Y éstos
elogiaron a mi padre y mi madre. Así deberían ha-
cer todos los padres, les dijeron. Pero les dieron
un consejo. Mejor que no vaya al colegio secunda·
río. Ante todo, hace falta un examen complementa·
rio. Y además, en el colegio secundario se estudia
más, el estudio es más pesado. Hacen falta más
libros, más dinero. Y en una de ésas no les puede'
terminar el colegio secundario porque les cuesta
mucho.

Pero el chico puede ir a una escuela industrial, ns(


después podrá emplearse en una fábrica. Ser encar-
gado, jefe de una sección. A nosotros esas palabras,
jefe de sección, nos sonaban como una fábula. Una
cosa que no se sabía bien qué carajo era. Porque,
¿cómo podíamos saberlo, si por allá todavía no ha-
bía fábricas? Mi padre era un tipo que había tra·
bajado en mil oficios. Hijo de campesinos, había
hecho de todo, desde contrabandista en la posgue-
rra hasta peón de albañil, que es lo que sigue ha-
ciendo. De ese modo se decide que yo continúe
yendo a la escuela. A mf me daba miedo ir a la

29
escuela superior, que era la forma en que la llama-
ba. Por suerte, tambi6n iban algunos de mis amigos
de Fuorni.

Tuvimos que sacar el abono para el trolebús d(!


Fuorni a la ciudad. Inmediatamente, desde los pri·
meros días de clase, ya hubo divisiones en el grado.
Entre los de la ciudad y nosotros, los que veníamos
de afuera. Veníamos de Pontccagmmo, Battipaglia,
Baronissi, Giffoni, Nocera. A los que veníamos de
la provincia nos decían campesinos, los otros eran
los de la ciudad. Algunos, los primeros días, se
adaptaban a esa situación d~ inferioridad de los
campesinos. Trataban de granjearse la simpatía, la
amistad de los de la ciudad, ]a amistad de los mu·
chachos de Salema. Con un helado, con un cara-
melo, prestándoles la lapicera o el cuaderno.

Un amigo mfo de Pontccagnano y yo preferimos


afrontar directamente la cuestión. Directamente em-
pezamos a provocar a los de Salcrno. Y nos gana·
mos el respeto e.le esos muchachos precisamcntl! por•
que los provocamos. A menudo, a la salida de la
escuela había unos repartos de trompadas, tmas pe-
leas terribles. La cosa siguió durante todo el primer
año. El segundo y el tercer año fueron distintos. La
diferencia ya no era entre los de la ciudad y los
campesinos, sino entre vivos y boludos. A los más
boludos les tomábamos el pelo, les quitábamos el
desayuno y la plata.

Fue por entonces que descubrí la ciudad. Lo que


me sirvió para hacer la comparación entre la vida
de aldea y fa vida de ciudad. Yo vefa todas aquellas
vidrieras llenas de mercaderías. Pantalones, bolsos,
zapatos, muebles, radios. Veía más cosas para comer
en los negocios de comestibles. Veía en los quioscos

30
las revistas con mujeres en 1a tapa. Mkntrns que
cuando volvía a la aldea vcfa a Jas mujeres con la
pollera hasta los tobillos. En la ciudad veía las tapas
de las revistas, los anuncios con esas mujeres tan
distintas. Las veía por la calle y en el cinc. Eran
cosas nuevas que cstimuJaban la fantasía. Comen·
zaba a comprender algo, me parece. Y entonces des•
cubrí en seguida una cosa fundamental. Que para
vestirse bien, para comer bien, para vivir bien, hace
falta dinero.

Encima de todas esas cosas que yo vda en la ciu·


dad siempre había un precio. Desde los diarios a la
carne y los zapatos, todo tcn{a un precio. No era la
fruta que está en los árboles y que, en 1a aldea, iba·
mos a cortar de noche. No eran los peces que esta·
han en el río y que nosotros íbamos a pescar. No
era 1a ropa que nos daban nuestras madres, que las
confeccionaban con sus propias manos o que venían
vaya uno a saber de dónde. Pantalones y zapatos que
nosotros nos .poníamos sin saber siquiera de qué co·
lor eran porque nos molestaban. Habfa una gran
diferencia entre la educación recibida hasta entonces
en la aldea y el ambiente de la ciudad.

Por ese tiempo descubrí la importancia del dinero


y los domingos, en casn, comencé a pedir más. Pero,
qué, no podían dármelo. Me daban cien·, ciento cin·
cuenta liras por semana. Ya era mucho, realmente
en casa no había plata. Además, yo advertía algo.
Veía a todos mis amigos que ya no iban a la escuela.
No iban con los padres al campo, a sembrar tomates.
Que era Jo habitual y lo que yo había visto slcmpre,
desde el día que nací. Veía que mientras yo había
quebrado las costumbres de la aldea yendo a la es-
cuela, ellos las habían quebrado de otra forma. En
vez de. ir al campo buscaban trabajo en las obras

31
en construcción. Y en dos meses ganaban más plata
que sus padres con la cosecha de un afio.

Ganaban más que los padres y usaban bluyins.


Entonces los bluyins eran la última moda. Eran esos
años en que se veían películas como Pobres pero
lzermosos. Pero fos que íbamos a la escuela no te-
níamos las mil o tres mil liras necesarias para com-
prar unos bluyins. Yo veía que aquellos amigos míos
tenían bluyins y tenían remeras. Pero no esas re-
meras de pastor de Irpinia, de lana tejida a mano.
Una remera comprada en una tienda. Eran muy
hermosas y había de todos colores. Además, mis
amigos se compraban tocadiscos y discos. Rock and
roll, rhythm and blues y todas esas cosas. Por aquel
entonces comenzaba aquí a bailarse a la norteame·
ricana.

Pero siempre hacía falta dinero. Alguno pensaba


ya en comprarse la lambretta. Eran cosas excepcio-
nales, quebraban todos los hábitos de la vida de
aldea. Allá, el dueño de tierras tenía su birlocho,
su calesa de caballos para salir los domingos o para
ir a la ciudad. Y si no la bicicleta, de manubrio alto,
negra siempre. Y ahora los hijos de los tomateros
se compraban la lambretta y todas esas cosas.

Empecé a decirle a mi madre: Escuchame, no


quiero ir más a la escuela. Quiero bluyins, qu~cro
ir al cine, comer pizza fuera de casa. Quiero salir:
y para salir hace falta plata. Si no, qué hago. Estu-
dio. Pero después tengo que quedarme aquí y de-
searlo todo. Y no es nada lindo vivir deseándolo
todo. Yo, por aquel entonces, quería vivir el instan-
te. Era la edad e11 que se comienza a tener una chica
y todos los domingos organizábamos bailes. Al oírme
mi .madre me dijo: Escuchame, voy a decirte algo.
32
Que sos superior porque vas a la escuela y porque
estudiás. Pero yo, esa superioridad no la sentfa, no
la había sentido nunca.

Yo, la superioridad la medía por las cosas. Por el


bluyin, por b remera, por el tocadiscos: sanseacabó.
No la medía por las boludeces que me enseñaban en
la escuela. Porque, fíjate, esas boludeces no me ser-
vían nunca para ir a bailar, parn salir, para comer
pizza fuera de casa. De modo que ~so que me decía
mi madre, que yo era superior, no me entraba en la
cabeza. Sentía que no era verdad para nada.

Y después hablamos de eso cierta vez que tnm-


bién estaba mi padre. Mi padre vacila un poco. :et
pensaba que mandándome a la escuela yo iba a te-
ner una vida mejor que la suya. Ahora veía que yo
ya no era un chico, que me estaba con\'irticndo en
un muchacho, que tenía ciertas necesidades quizás
él comprendía esas cosas. Pero, cuidado: que el tra-
bajo es feo, me dijo. Tenés que levantarte temprano
todos los días, tenés que obedecer siempre nl iefe.
Si no hay trabajo no carnés, si hay trabajo hay que
andar haciendo esfuerzos. El trabajo nunca es lindo.
A vos te parece lindo porque te permite comer pizza
fuera de casa, ir a bailar, ir al cine. Pero cuando ten-
gas una familia, con ese trabajo no podrás comer
pizza fuera de casa ni ir a bailar. En cambio, ten-
drás que darle de comer a tu familia: y entonces vas
a ver que el trabajo es feo y pesado.

Así que tenés que pensarlo bien. Yo no te digo


que vayas a la escuela ni que vayas a trabajar. Sólo
te digo una cosa: que el trabajo es feo, tratá de evi-
tarlo. Te mando a la escuela porque creo que es
una forma de evitarte el trabajo. Ese razonamiento,
que el trabajo es feo, me pareció mucho más real

33
que Jo que me había dicho mi madre: quo yo era
superior. Y empiezo a pensar que ni siquiera es real
lo que habían creído los amigos míos que habían ido
a trabajar en la construcción. Es decir, que dinero
es igual a trabajo. Y que por Jo tanto, trabajo es
igual a felicidad. Comienzo a dudar de mi descu-
brimiento: que la felicidad estaba en ir a trabajar
de albañil. ·

Mi padre, con la perspectiva que me dio sobre el


trabajo y sobre lo que había sido su vida, era como
si me hubiera dicho: ¿Ves esta familia, me ves a mi,
te ves a vos mismo? ¿Somos una familia feliz, vos,
tu madre, tus hermanas y yo? Pobretones, infelices:
eso es lo que somos. Y yo entonces comprendo que
el trabajo es una joda y nada más. Porque en mi
familia yo no veía bluyins, no veía remeras, no veía
tocadiscos. Mi padre decía: Aquí hay una familia,
aquí hay trabajo. ¿Acaio no trabajo yo? Y el r~·
sultado ya ves cuál es.

Entonces me pongo a dudar, empiezo a sentirme


indeciso. ¿Ir a la escuela o ir a trabajar? Si tra·
bajo, tengo el tocadiscos y la remera: pero después
termino como mi padre. O mejor voy a la escuela,
que así tal vez llegue a ser más feliz. En c1 sentido
de que no llevaré la vida que llevo ahora con mi
familia y que han llevado mi padre, mi madre y mis
hermanas. Eso fue lo que me hizo seguir y~ndo a
la escuela. Iba al instit_uto profesional porque se
pagaban menes aranceles, menos libros. Y el estu·
dio era más liviano, casi inexistente.

Seguí un curso trienal de electricidad de automó-


viles. Una cosa absurda, porque se trata de un oficio
que se aprende en el taller mecánico. Los mucha·
chos lo aprenden atornillando y destornillando las

34
Jnmparitas, el dínamo, etcétera. Hay que conocer
todo tipo ele coches. En cambio, nosotros aprendía-
mos todo en los libros; los distintos tipos de bate-
rías, ele dínamos, no los veíamos nunca. Aprendía-
mos cosas abstractas que servían para que obtuvié-
ramos una calificación. Después veías que si se que-
maba la ]amparita de un coche, un chiquitín de doce
años empicado en un taller mec(mico sabía arre-
glarla enseguida. Y uno no lo sabía hacer.
Los institutos profcsionalcs esos sólo ser\'Ían pa-
rtl dar empico a celadores, a rectores, a profcsores
desocupados. Pero no nos servían a nosotros, que
para ir a clase gastábamos en libros, cuadernos y
comida. Y eran gastos insostenibles para nosotros.
Allí, todo lo que importaba cm saber hablar bien
ele la batería, di! las bujías, del dínamo, del burro
de arranque. Si hablnbas bien de eso, si sabías ele
memoria Jo que decía el libro, obtenías la califica-
ción. Pero todos estaban convencidos de que ese
carajo de escuela no servía para nada. Claro que si
se Jo decías a un profesor, él Jo negab'..l.

Oh, no, decía: ésos son unos ignorantes que sólo


saben hncer las cosas corrientes. Las hacen asf, pero
no comprenden por qué las hacen. Ustedes, en cam-
bio, saben qué es 1a corriente eléctrica, cé>mo se for-
ma, cómo circula. Se trata de un hecho superior.
Además, ustedes serán jefes en la industria. Una
vez más te refregaban por las narices que acabarías
siendo jefe. Jefes todos nosotros, que éramos cin-
cuenta o sesenta. Y además los de todas las escue-
las profesionales que había en toda italia y que cada
año horneaban miles de jefes. ¿Pero cuántos jefes
utilizan las industrias en Italia?
Finalmente terminé esa escuela en la que no se
aprendía nada que sirviera para algo. Y que lo sa·
3;.
bfan también los profesores lo prueba el hecho de
que en los exámenes no bocharon a nadie. Una vez
concluida 1a escuela, cada uno de nosotros buscaba
empleo. Nos presentábamos a la Fiat. A los conce-
sionarios Fiat que tienen taller mecánico. lbani.os y
hablábamos. ¿Qué hacés? Electricidad del automó-
vJI. ¿Dónde trabajaste antes? En ninguna parte,
aprendí en la escuela. Nunca nos daban empleo.
Fuimos a la OM, al Autobianchi, a Alfa, a Landa.
No nos daban empleo, no nos necesitaban. Necesi-
taban chicos que aprendían todo allí y que sabían
hacer de todo. Entonces cada uno de nosotros tomó
un camino diferente, nunca más volvimos a vernos.
No creo que uno solo haya Uegado a trabajar en
electricidad del automóvil o a ser jefe de sección.

Aquel verano me empleé. en las fábricas de tomate.


Trabajaba doce. horas por día, trabajaba hasta los
domingos. Trabajé dos meses y gané casi doscientas
cincuenta mil liras. Con ese dinero me compré un
abrigo y ropa para tirar todo el invierno. Pero no
bastaba. No obstante, no fui a buscar trabajo de
albañil com~ había pensado tres años antes. Porque
veía a los que habían ido y que ahora comenzaban a
tener dieciocho, diecinueve años. Al llegar a la Iam-
brctta se habían detenido. Después la lambretta se
descomponía. Hacía falta dinero para arreglarla. Y
para las multas y la nafta. Y comenzaban a surgir
problemas: ponerse de novio, casarse. Hacía falta
un montón de guita.

Comcnzab:in a surgir una serie de problemas. Y


los tipos ya no pensaban en ir a bailar o en los
bluyins. Que pasaban a ser cosas secundarias. Por
otra parte, a veces los despedían. El trabajo comen.·
zaba a ponerse duro. Había que trabajar a destajo.
Y además estaba el asunto de que ahora a todo el
36
mundo se le había dado por hacer plata. Ya no era
una excepción, un privilegio, como cuatro o cinco
años antes. Era una necesidad; hacer plata resul-
taba como una orden para todos.

Era también una idea fija. ¿Cómo: fuiste a la


escuela y ahora te me tés a obrero? Y así no podías
hacerlo. Era una cuestión de honor no hacer cierto
trabajo si uno había sido estudiante. Entonces mis
paclr1;·s trataban de mantenerme para que no fuera
a trabajar como peón de albañil. Y cuando trabaja·
ha en las fübricas de tomate procuraban, y yo tam-
bién procuraba, mantenerlo oculto.

Por aquellos años comenzó la industrialización.


Comenzó la época del desarrollo en el sur. También
para evitar que los peones, los cosechadores de to·
mate se rebelaran porque no ganaban le suficiente
para vivir. Entonces se instalaron algunas indus-
trbs. Era posible dar salarios más bajos, no había
sindicatos. Y así comenzaron a hacer que un poco
de gente trabajara en las fábricas. Pero no mucha,
porque el grueso debía partir para el norte, debfa
emigrar. Y comenzó a haber un cierto movimiento
de dinero.
Se veían autos, se veían heladeras, televisores en
las casas. También yo fui a trabajar por primera
vez a unn fábrica. Fui u la Ideal Standard. Y a]l{
descubrí que era cierto lo que me había dicho mi
padre. Es decir, que el trabajo sólo es esfuerzo. Es
esfuerzo y nada más. Después me despidieron de
la Ideal Standard. Y pensé en la .salida que se les
ofrecía a todos los meridionales. Es decir, emigrar,
irse a Mfüm. Pensé en irme al norte, hacia donde
la gente se estaba yendo en masa. En trenes reple-
tos que cargaban aldeas enteras del interior y de los
Apeninos.
37
No era la primera vez que yo iba al norte. Ya
había estado una vez, inmediatamente después <le
]a escuela ticnica, antes de la Tdcal Standard de
Brcscia. Había estado en Turín. Un mes entero. Allí
viví en casa ele mi hermana fa casada, que todos
los afios, para las vacaciones, volvía al sur en auto.
Me había impresionado aquella fürnurn, aquella ma-
nera de trabajar, aquella mentalidad. Y volví apu-
rado para sentirme cerca del mar, para estarme sin
hacer nada junto a mis amigos. Había ido a Turín
a casa ele mi hermana casada y había visto que ella
vivía allí en una casa peor que la nuestra de Salerno.
Una casa que era una cochera en planta haja. Un
cuarto: allí dormían, allí comían. Pero al sur vol-
vían en auto, los muy mierda.

Yo había ido en tren. Un 1ren repleto de gente y


del que me quise bajar a los treinta kilómetros· de
salir. Hice todo el viaje parado. Gente borracha,
con pedazos de pan de este tamaño que comían por
los corredores. Nifios de pecho que lloraban y ca-
gaban. Valijas, paquetes, cajas por todas partes.
Algo tremendo: y aquella gente venía viajando desde
hacía diez horas. Yo había subido en Salerno y ellos
venían de Sicilia. Viajaban desde hacía diez horas,
desde la mañana. Estaban con las bolas llenas. Era
el mes de abril. Por aquellos lugares la costumbre
es emigrar en primavera, porque se sabe que antes,
en el norte, hace frío. Por esa razón toda la gente
se va en primavera.

En Turín trabajé como pulidor. Porque Ja Fíat,


ciertas piezas, ciertos accesorios, no los fabrica to·
dos. Mejor dicho, no fabrica ninguno. Por ejemplo:
los picaportes del 500 y del 600, que son de aluminio.
Y todo lo que es de aluminio. Eso se hace en fun-
diciones y después las fundiciones dan las -piezas a

38
subcontrntistas para que las terminen. Parn que sa-
quen las rebarbas que qudan. Hay que desbastar
la pieza y después hay que pulirla con otra esmeril.
Hay una esmeril que b desbasta y una esmeril que
la pule. Con tejido e hilos de acero. Se pasa el pi·
caportc, que queda bri11ante, y se lo pule. Ese era
el trabajo. Me calificaron como pulidor.

Pero había que hacer dos mil piezas por día. No


tenía tiempo ni siquiera para sonarme la nariz. An·
daba siempre negro y sucio. Pero era pulidor. A mí,
sin embargo, no me gustaba ser pulidor, y al cabo
de un mes me mandé mudar. Junté la guita que
había gastado en primavera. Pero ahora, esta segun-
da vez que iba al norte, iba de otra manera. Veía
claramente que ya no cm cierto que aquí, en el sur,
para salir a flote, hacía falta menos plata, que las
cosas costaban menos. Las cosas que todos utiliza-
ban, la televisión o la carne en latas, costaban tanto
en Salcrno como en Turín. Y la nafta costaba lo
mismo, la lambretta lo mismo, el tren costaba lo
mismo.

Aquí, en el sur, las cosas que había que usar ya


no costaban menos. Sí: hasta hace cinco o seis años,
el ajo, las cebollas, las gallinns, b fruta, se conse-
guían fácilmente. Te metías en un campo y cortabas
fruta, albahaca, cebollas. Ahora, en cambio, todos
los campos estaban cercados cuidadosamente y aden-
tro había guardianes. Cosa de los comerciantes, que
venden la frula. En resumen, qt1e terminabas entre
rejas si robabas. Y además, a la gente le daba ver-
güenza demostrar que era pobre. Y así, la fruta, la
verdura, que antes, sea como fuere, no comprabas,
ahora tenías que comprarla. Costaba quizá todavía
un poco menos que en Turín o en Milán. Pero aquí
no había guita. Aquí, la guita escaseaba. Y yo h:i-
3:)
bía decidido irme al norte porque allá verdadera-
mente se ganaba más.

Allá había familias que yo conocía. Familins ·en·


teras que habían emigrado. Entre ellas, una que
vivía precisamente al lado de mi casa. Se habían
marchado todos. El padre había sido tomatero.
Plantaba los tomates en Versccca, una zona de la
llanura del Sd(!. Y los hijos eran Angelo, Rocco,
Andrca, Armando, Carrninc, Giovanni. Todos her-
manos y todos trab<1jaban con el padre, sembrando
tomates. Todos haciendo espalderas. Todos atando
con ramas de retama los tomates a las espalderas.
Porque así los tomates crecen mejor.

Después había la costumbre de agarrar los toma-


tes, cortarlos por la mitad, poner1os al sol y dejados
secar. Además, se los pasaba por un cedazo de co-
bre y salía la salsa, el extracto. Una forma antigua
de preparar -~1 extracto. Con el extracto se llenaban
potes de arcilla que se cubrían con una hoja de hi·
guera. Así se hacía el extracto; así se preparaban
botellas también. Las botellas ]as preparaban todos.
A mediodía se comía ensalada de tomates. A la no·
che, ensalada de tomates. A la mañana, ensalada de
tomates. Vino y pan duro, ese pan abizcochado que
hacen por aquí.

Mi padre, en cambio, trabajaba en un montón de


oficios. Por ej~mplo, cosechaba cañas en la llanura.
Es decir, cortaba cañas silvestres y después las ven-
día. Doscientos, trescientos haces de cnñas silves-
tres que llevaban por lo menos una semana de tra·
bajo se los vendía por treinta mil liras a las fábricas
de maccheroni. Porque las fábricas de maccheroni
ponían los maccheroni a secar sobre las cañas. Un
oficio antiguo, que después desapareció. Mi padre

40
hacía un poco ese oficio. Y otro poco de pcún di!
albañil. Se adaptaba a todos los oficios. A menudo
trabajaba de carrero, porque tenía un caballo con
un carrito. Salía a flote, de todos modos: pero no
trabajaba nunca como recolector de tomates. Por·
que ése era un oficio imposible.

Yo, algunas veces, a esa familia <le vecinos la ayu-


daba con los tamales. Y mi madre me llamaba:
Nada de andar con ésos; ¿qué: te gusta juntarte
c;:on los tomateros? Esa fomilia había ~migrado to-
da; pero no habían emigrado de go]p!!, todos juntos.
El primero en marcharse había sido Andrea, el se~
gundo de los hermanos, un tipo que era la oveja
negra de la familia. Era el tipo que se cansaba¡
siempre del trabajo, el que en los campos siempre
buscaba estar a la sombra. Un fulano al que no le
g1;1staba el trabajo. Era analfabeto, ni a la escuela
había querido ir. Se fue para cumplir el servicio mi•
Jitar y nunca había vuelto.

De vez en ~uando llegaba una carla. Y cierto <lía


llegó él, muy elegante, lleno de guita. Decía que ven·
día flores: porque la gente, allá en el norte, com-
praba las flores. A nosotros nos parecía cosa de lo-
cos que la gente comprara flores. El decía que ven·
día flores, que dt:rnnte e! día de los muertos recau-
daba cnlrc setenta y ochenta mil liras. Nos parecía
increíble. Ahora estaba tratando de sacar adelante
una florería. Quería comprar un camioncito para ir
a buscar flores a San Remo y llevarlas a Milán. Co-
sas todas que a sus hermanos, a los vecinos, a los
amigos, les parecían de fábula.

Todas esas cosas nos las contaba también a naso•


tros, porque había la costumbre de sentarse por )a
noche delante de las casas, bajo un emparrado. Aho-

41
rn han puesto \'crc<las, ya ni siquiera hay hit!rba. Y
allí, por las noches, se hablaba, se cambiaban opi-
niones. Y Andrea contaba todas esas cosas. Así, al
cabo de dos o tres años de irse Andrea, que sólo
volvió dos o tres veces para ver a su familia, se fue
otro de los hermanos: Rocco. El Rocco este era uno
de los jóvenes mús renombrados de la aldea. El tipo
que mandaba a los patrones a hacerse dar por el
culo. Era el tipo que no les gustaba a los patrones,
un tipo que hasta se compraba trajes. Porque en-
tonces, si uno se hacía un traje nuevo, los patrones,
los dueños de las tierras, lo miraban mal. Lo criti-
caban porque se había hecho un traje nuevo.
El Rocco este se había cansado de trabajar en el
campo junto a su padre. Y se va. rtl también. Se
va a Milán. Y llega cuando están haciendo el mctro-
poli tano y comienza a trabajar con una excavadora.
E.l tambiJn escribía de vez en cuando. Antes, cuan-
do llegaba carta de uno que estaba afuera, se 1a leía
en familia. Después se hacía leer esa carta a todos
los que conocían al fulano. Era todo un aconteci-
miento en la aldea: qué ha escrito, qué dice, qué hay
de nuevo. Se sabía que el cartero había aparecido
por estos lugares para entregar la carta. Quién es-
cribió, ¿es tu hijo?, qué dice, qué hay de nuevo.
Porque no había televisión o cinc o diarios, como
hay hoy. El diario con todas Jas noticias. Antes, las
cartas eran un hecho importantísimo para hacer co-
rrer las noticias. Durante una semana o más no se
hada más que hablar de esa carta. Después llegaba
otra y se cambiaba de tema. Así sabía yo que Rocco,
en Milán, trabajaba con una excavadora. Y no lo-
graba imaginarme qué carajo era la excavadora esn.
Debía ser algo bellísimo trabajar con una excava-
dora. En una aldea, sólo se conocen la azada y los
bueyes.

42
Rocco escribía que trabajaba doce horas al día. Lo
que no causaba soq1rcsa porque en el campo más
bien se traba jan ca torce, el traba jo no tiene horario.
Y ganaba, no sé, pero una cifra fabulosa. El padre,
naturalmente, estaba satisfecho. Rocco tenía novia
en una aldea vecina y ni cabo de un año y medio
Jlcga para casarse. Llega a la aldea con traje negro,
camisa blanca, corbata m~grn, zapatos negros. Llega
muy elegante, todos Jo miran. Con una valija, no
con el habitual paquete atado con una soga que se
usaba entre nosotros. Y el propietario de la casa
donde vivía él lo llama y le dice: Cómo estás, cómo
andan las cosas. Y mientras tanto lo mira de reojo,
de pies a cabeza.

Adem.ís, al anochecer, cuando iban a hacerse afei-


tar por el peluquero, todos los propietarios de casas
e de tierras hablaban de éJ. Allí, en la peluquería,
los peones y los campesinos, cuando nparccín un pro•
pictario, le cedían el turno parn que se afcitara. Y
el peluquero sacaba una toalla flamante, limpia. En
cambio, con los demás usaba siempre la misma toa-
Ua durante todo el día. La cambiaba al día siguien-
te. En cambio, para los propietarios sacaba siempre
una toaJla flamante. Y lo gracioso es que los pro·
pietarios nunca pagan por hacerse afeitar y los de-
más sf.

Los propietarios decían en la pcluqucrfa: vieron


a Rocco, ha vuelto. Eh, él está muy bien, por qué
no se van también ustedes. Y los peones respon-
dían: Para qué; si allá arriba se es tú muy mal: hay
niebla y el aire es una porquería. Nosotros nos que-
damos: que se vayan los boludos. El fulano ese se
cree un señor porque está ve~tido así, con ropa nue-
va. En resumen: que el razonamiento patronal no
lo hacían los propietarios; Jo hacían los otros, los

43
(J,:, ,. \! I·. ,J {
1
1.,'i. ,i.: ··, ¡,, ( ·. ,; . ·¡,,¡ ,·. 1 '1 '· i. l.._ ,,;,,:JI,•, !Ji,;

atiz;1b:111 el fl!cgo. Cunti olaban 1x11a VL"l" có1 ,10 ~ill-


d:ib;rn las cosas. Que había lkgado un paisano, muy
bien vestido el hombre, y que ellos no tenían ropa
como ésa. Ese hecho los jorobaba un poco, les arrui-
naba las cosas. Lo único que dl!cían los propietarios
era: Pero se trata de un buen muchacho, de un
nfochacho como es· debido. De eso no hay duda,
decían los peones.

El día que Rocco se casó, su padre, su madre, sus


hermanos, todos se pusieron la ropa que él les había
IJevado. Todos de traje nuevo y la aldea entera mi-
rándolos. Porque esa clase de ropa no se conseguía
en la aldea, sólo en la ciudad. Y en el casamiento
hubo camareros. Que repartían fideos, champán, de
todo. Y hasta hubo música. Porgue el casamiento
en el sur, entre los campesinos, ha sido siempre
algo muy importante, un ,hecho en el que partid·
pabn tocio el mundo. Motivo por el cual muchos
hasta contratan deudas que después tenían que· estar
pagando toda la vida.

La familia· aqucIJa, a medida que las cosas comen-


zaron a andar mal, fue yéndose. De uno en uno.
Todos los hermanos se iban y Rocco lrs conseguía
trabajo. Y después, allá en el norte, Jcs iba bien, se
casaban, etcétera. Así acabaron por irse todos, hasta
los padres. Había muchas familias que habían he•
cho lo mismo, pero ésta es la que yo recuerdo mejor
porque los conocía directamente. Eran vecinos nues-
tros y vivían al lado de casa. Y ahora también yd
había decidido inne al norte: porque. allí estaba la
guita,

44
1::1 norte

De modo que me marché para allá, al norte, a Mi-


lán. En Milán lo primero que pensé fue ir a buscar
al Rocco ese, que para mí era un punto de rcfcrcn-
cia, de seguridad. Rocco tenía veinte nii.os m{1s que
yo. Siempre me acuerdo de que él ya era un hom-
bre cuando yo toc.Iavía cm un chiquitín. Era un tipo
muy nombrado. Un don nadie, decían, uno que que-
ría ponerse a la par de ]os patrones. Que había sa-
lido de 1a nada y que había tenido éxito. Rocco era
un modelo para el joven que queda emigrar de esta
aldea. Estaba en una aldea vecina a Milñn, en Cor-
sico. No bien me ve me pregunta cómo estaba mi
madre, cómo estaban mis hermanas. Abre la hela-
dera y saca dos o tres cervezas. Me hace un montón
de preguntas, estaba contentísimo de verme. Y me
invita a b~ber.

Después le dice a Ja mujer: Prcpará µnas costillas.


Y me pregunta: Cuántas comés. Era un tipo sano
Rocco, le gustaba comer y beber. Le gustaba tener
todo lo que deseaba y ahora podía darse los gustos.
Enseguida empezó a hablar de cuando estaba en la
aldea. Nos las hemos visto muy feas, dice, porque
los patrones son todos ignorantes. Quién sabe qué
carajo se creen que son porque tienen un poco de
tierra. No hae comprendido que somos nosotros,
los obreros, los que producimos todo. Que si no

45
fuera por nosotros, ellos se morirfon <le hambre.
Ahora están reventando, son unos infelices, porque
nohan querido hacerle bien al pueblo.

Hada razonamientos como ése. Aquí, en cambio,


decía, cuando llegué, los patrones y yo nos hemos
facilitado las cosas. Me hacían dormir en el depó-
sito, comer y dormir sin pagar. Trabajaba con la
excavadora y me pagaban a dcslajo. Es decir, que
cuanto yo más hacía .m.ís me pagaban. En cambio
allá, por mucho que trabajaras te daban siempre Jo
que decían ellos, no sabías nunca qué te corrcspon·
día. La gente del sur es boluda, no ha comprendido
nada. Aquí, son todos iguales: el patrón y los obre·
ros. La diferencia, sí, est.i en ·que él tie11.e más guita.
En que él maneja la fábrica que es suya.

Pero yo también como, yo también tengo mi casa.


Fíjate: esta casa, la ves, es mía; tengo auto, tengo
un camión, la excavadora. Es <lccir, que en el fondo
también soy patrón. Aquí, cada uno es patrón a su
nivel. Claro, est{t también el' obrero que no tiene
nada, que trabaja en la fábrica. Pero tiene todos los
derechos, tiene vacaciones, mutual y todas esas co-
sas. En resumen, que aquí no se está mal. Basta
que uno tenga un trabajo, que tenga un puesto, para
estar bien. Porque así ya no tiene que preocuparse
de nada. Al decirme todo eso, Rocco me estaba ha-
ciendo el elogio de Milán y del norte.

Seguimos charlando un rato y después le pre-


gunté por Giovanni, que era su hermano menor.
Y que tenía tres años más que yo: éramos casi de la
misma edad. Está trabajando en una fábrica cerca
de aquí, en este momento debe estar saliendo, lle-·
gará a eso de las nueve. Pero Giovanni es un poco
vago, decía Rocco. Debe tener tu mismo aguante.

46
Todos ustedes tic11en el mismo aguante, muchachos.
Ya ha cambbdo tres trabajos. No ha comprendido
que aquí hay que mantenerse en un puesto. Y que
es en ese puesto donde hay que tratar de conseguir
progresos. Andar cambiando no es el mejor modo
de progresar. Yo estuve siempre en la misma em-
presa y trabajo por mi cuenta. Por mi cuenta, pero
siempre con la misma empresa.

Como quiera que sea, digo yo, ahora tengo que


ponerme a trabajar. Me basta un trabajo que me
dé para ir tirando. No vayas a creer que estoy pen-
sando en hacer carrera, etcétera. Y qué querés ha-
cer, dice él; qué te gustaría hacer. Te conviene me·
tcrtc de obrero, tenés que tratar de ganar bastante.
Y no anclar cambiando a cae.la rato porque entonces
no ganás nada. Después llegó Giovanni, nos saluda-
mos, hablamos de Fuorni, de Salcrno, de Pontecag-
nano. De los amigos que conocíamos, de las chicas de
]a aldea, etcétera. Y después me dice: Hoy dormís
aquí. Mañana te venís a trabajar conmigo y a la
noche buscamos una pensión para que duermas.
Al din siguiente Giovanni me llevó a trabajar. La
fábrica quedaba cerca, en un barrio llamado Zin-
r,one. Hacían de esas molduras que se les ponen a
los muebles como adorno. Que parecen talladas a
mano y que, en cambio, son de madera prensada,
es decir aserrín y material vinílico. Parece madera
de veras. Conglomerado, que Je dicen. C01ricncé a
trabajar en esa artesanía. Estaba en una pensión
con otros dos emigrantes. En aquella aldea todos
eran inmigrados, no había ninguno nacido allí. Has-
ta )os del norte que estaban allí eran inmigrantes:
de Drcscia unos, de Bérgamo otros y así por el estilo.
En la pensión había un lucano que trabajaba doce
horas como peón de albañil. Por la noche, él mismo
se preparaba la comida; gastaba a Jo sumo quinicn·
t.is liras diarias y ganaba siete u ocho mil. lfacía un
montón de ahorros; no salía nunca ele noche, ni tam-
poco los días de fiesta. Al cabo de dos o tres meses
el fulano ese tenía scis:::ientas o setecientas mil liras
en el banco. Me mostró la libreta, me dijo que iba
a comprarse un auto. Ya había entrado la prima-
vera y yo empezaba a llegar tarde tac.las las mañanas.
Tenía las bolas llenas, quería volver a casa a bañar-
me en el mar. Calculé que había trabajado todo el
invierno; me correspondían treinta o cuarenta mil
liras, quizá cincuenta, como indemnización. M{1s los
ocho días de preaviso y la semana de trabajo, me
tocaban en suma unas cien mil Jiras si me despedían.
De modo que poclía volver a casa y estar un tiempito
sin hacer nada.
Comencé a llegar tarde todas las mañanas. A. los
fulanos de la fábrica eso les hincha las bofas en
cierto momento y me amenazan con despedirme si
al día siguiente vuelvo a llegar tarde. Llego tarde
otra vez y me despiden. Me dan la indemnización,
los ocho día:; de preaviso, la semana de trabajo, y
yo vuelvo a casa: a bañarme en el mar. Así llegó el
verano, pero ]a guita ya se me había acabado el pri-
mer mes. Estábamos en abril, a fines de abril, cuan-
do volví a casa; en mayo ya no tenía más guita.
Allí estuve junio, julio, agosto y setiembre. Primero
trabajé un poco cortando madera para cajones de
muerto. Después, los meses de verano los pasé tra-
bajando de baiicro. En un balneario donde ayudaba
a pintar las cabinas y a armarlas. Después, cuando
el balneario empezó a funcionar, seguí allf abriendo
sombrillas todas las mañanas, limpiando la playa,
haciendo ese tipo de cosas.
Así pasé todo el verano. Después, a fines del ve-
rano, volví de nuevo a Milán. Pero esta vez no tema

48
ninguna gana <.le cstabkccnnl! en los aln.:dt!don:s.
Viviendo en los alrededores gastaba más todavía
porque todas las noches iba a Milán. Entre viajes
y otros castos se me iba mucho más; y por otra
parte no me divertía ni medio vivir en los alrededo-
res. De modo que decidí estabJccermc en Milán. No
bien llegué a Milán dejé las valijas en la estación y
busqué una pensión en el centro. La encontré en
vía Pontaccio, cerca de Brera, de via Solferino, de
via Fatebencfratelli, más o menos por esa zona.

Era pleno centro. En los bares de por allí uno


podía quedarse hasta las tres o bs cuatro de la ma-
drugada, resultaba muy divertido. Además, uno po-
día comer en cualquiera de esos bares. Hay uno que
se llama el Gran Bar, donde también se come. Así
que yo, en vez de comer en un restaurante y gastar
la guita e ir después a un bar donde tenía que gas-
tar más guita, comía en el Gran Dar un plato de
pasta, un poco de queso, cualquier cosa. Gastaba
setecientas, ochocientas liras y me pasaba toda Ja
noche en el bar. Había unas pcndejas maravillosas
que pnraban por esa zona. Maricones, drogadictos,
contrabandistas: en fin, un buen ambiente.
Después resolví que necesitaba una especializa-
ción. Tengo que estudiar, me decía a mí mismo:
aquí hay trabajo, hay escuelas. Y quería estudiar,
me había propuesto estudiar, quería cursar una es•
cuela de dibujo. En el Castdlo Sforzcsco hay una
escuela nocturna de arte. Fui ti. inscribirme; la soli-
citud costaba ciento cincuenta liras. Di el examen;
el examen duraba tres días. Prismas, cubos, esfe-
ras, cosas por el estilo: uno tenía que dibujarlos y
después, según tus dibujos, te daban el veredicto.

Pero el veredicto lo daban según otras cosas. Es


decir, te preguntaban en qué trabajabas, si en Milán
4t
estabas con tu familia, etcétera. Y así aprobaron :.:i
gente que no sabía un comino de dibujo, pero que
era muy joven y que vivía con la familia o que tra·
bajaba. En cambio a mí, que no tenía un trabajo
fijo, no me aprobaron porque 1:cnsaban que no iba
a terminar la escuela. O que <le todos modos era
inútil que la cursara o algo por el estilo. No es que
no rue hayan aprobado por motivos técnicos, por-
que no supiera dibujar, pues les había demostrado
que sí sabía dibujar. Visto que no conseguía siquie-
ra que me aceptaran en una escuela para obtener un
diploma, para especializarme, decidí que lo único
bueno era la vida, el tiempo libre.

Me dije: ¿Para qué carajo sirve un diploma? Con


lo que a mí me importa aprender un trabajo. Evi•
dentemente, me serviría para ganar más guita, para
llevar una vida más cómoda. Pero la vida más có-
moda significa cansarse poco, comer bien, coger. Y
bien, me <lije; esas cosas puedo hacerlas incluso sin
diploma, basta con que trabaje lo menos posible y
trate de ganar la guita en la forma más inmediata
posible. En consecuencia, decidí proceder conforme
n ese razonamiento. Encontré trabajo en una obra
en construcción. Pero me harté enseguida y me em-
borraché y una tarde no fui a trabajar. De modo
que me despidieron y me pasé un tiernpito sin hacer
nada.

Tenía un poco de guita disponible y podía diver-


tirme. No como el año anterior en Corsico, donde
el tiempo libre era una cosa absurda. Una aldea que
tenía dos salones de baile, tres o cuatro cines, un
cine parroquial. La gente que se reunía en el bar
jugaba a las cartas o hablaba de deportes. Y las
muchachitas hijas de meridionales tenían la misma
costumbre que en el sur: salían a pasear juntas; los

so
muchachos la:; aguardaban en algún lugar apartado
y si Jes era posible se las cogían de parados junto a
un árbol. Pero no había relación alguna entre la gen.
te. Si tenías guita, si gastabas en el bar, eras un tipo
de moda, un tipo conocido. Cuanto más gastabas
cuanto mejor ibac; vestido, tantos más amigos tenías.
Si no, te qucdab.1s completamente aislado, cosa que
me rompía las bolas.

En cambio, para m{ que había nacido en el campo,


en una aldcíta, la ciudad era el punto de partida
para muchas experiencias. A la pensión donde vi,
vía, yo veía llegar gente incesantemente. Uno que
era camarero, otro que era estudiante, otro pintor,
otro boludo, otro albafiil. Había gente de todo tipo
y de todas clases que iba y venía. Adcmác;, me bas-
taba con bajar al bar para encontrar gente que apa-
recía en los diarios, actores, cantantes; había un
montón de cantantes que paraban allí. Y también
gente ele !ns fotonovelas, ésa que hace historias casi
pornográficas, historias tipo Men. y Bolero. Y había
muchas mujeres y muchos de esos actores que pa•
raban en In calle Brera.

Era una satisfacción bastante provinciana la mía


el ver a esa gente a tan corta distancia. Ah, están
aquí, vivos, sí, son sorctes como yo. Yo deseaba, es-
peraba, relacionarme con esa gente para \'Cr cómo
carajo eran. Estaba siempre por allí, esperando, pe-
ro si quería coger tenía que ir con las locas que me-
rodeaban por los alrededores. Nur:í.a conseguí coger
con )as que conocía en )os bares,. a pesar de que
estaba siempre listo para unn aventura de cualquier
tipo. Estaba siempre listo y paraba en esos lugares,
el Gran Bar v el ... , cómo se Uamaba, el Jamaica.
y había además estudiantes de toda laya con quie•
nes se podía hablar y discutir.

51
Muchos otros, pintores especialmente, te jodían
de la siguiente manera. Aunque fueran italianos, se
ponían a hablar en franc6s o en inglés. Es decir que
si sabías inglés o francés demostrabas que habías
viajado o que habías estudiado. Era una m~mera
de hacer discriminación: hablar francés o inglús pa-
Ta no mezclarse, para evitar a los tipos como yo,
evidentemente. Pero una noche que estábamos bo-
rrachos con un amigo mío, un fulano con el que
trabajé en la Alcmagna, armamos un poco de qui-
lombo. Habfa uno que tocaba la guitarra y nosotros,
borrachos los dos, nos pusimos a cantar en nlcmán;
es decir, mi amigo cantaba en alemán, yo sólo ar-
maba quilombo. Conocimos a un tipo que nos pro-
puso que nos metiéramos a representantes de mue-
bles o que hiciéramos contrabando de cigarrillos.
El fulano ese se interesaba por todo, sólo que era
un boludo. Pero yo no tenía registro de conductor,
no sabía manejar.

Otra noche conocí a una drogadicta que pedía la


llave para ir a dormir, llamaba a una amiga suya
que vivía abajo de la p~nsión. Bajé, comencé a be-
sarla. Me dijo: ¿Pero qué qucrés: cogerme?; yo
no tengo ganas. Ese mundo me parecía muy extraño,
me gustaba ese modo de vivir que no tenía nada que
ver con la fábrica, con el campo, con la religión.
Un mundo totalmente al margen del que yo conocía,
un mundo que me gustaba. Y yo me mantenía siem-
pre dispuesto para cualquier aventura, aunque des-
pués terminara yendo al cine. O aunque terminara
haciendo el ganso tratando de enganchar extranje-
ras por la calle o pendejas en las salas de baile y
en los bares.

La historia de que quería ir a la escuela se me


ocurrió que me servirla también para conocer a al·

52
gunas de ]as muchaclws que iban a la escuela de
nrtc, para trabar una cierta amistad. Buscaba las
bases para el lance, pbrquc en una ciudad, si estás
solo, no conseguís hacer nada, no te podés mover.
Dcbés tener una base de amigos, de amigas especial-
mente, para poderte mover. Había muchas minas
solas en Milán, minas de provincia que se escapaban
de su casa y que se venían a Milún porque querían
estar con muchachos. Una vez me llevé una <le ésas
a la pensión, pero el dueño me amenazó con echar·
me. Después conseguí un puesto en la J\lemagna.

Por ahí conozco a una mina que trabajaba en una


fábrica, pero me decía que era secretaria. A mí no
me la vendía; además, no me gustaba. Si hubiera
estado en el sur, ni la horn le habría dado siquiera.
Sólo que en Milün esas boludas estaban acostum-
bradas a hacerse pagar todo. Eran obreras, asala·
riadas: y se vendían como prostitutas. Así que yo
estaba con ésa porque ella, en cambio, se pagaba lo
suyo y yo lo mío. Yo andaba con ella y una vuelta
me ]a llevé arriba, a la pensión. Pero el dueño me
echó al día siguiente porque ya me tenía advertido
de que no llevara a nadie. No se podía llevar a nadie
a Ja pensión. Si querías coger, tenías que ir al hotel,
no podías llevarte ]a mina a la pensión. La pensión
sólo servía para dormir. Así que tambitn me echa-
ron de la pensión.

En la Alemagna me había hrcho de un amigo y fui


a dormir a su casa. Yo no tenía ganas ya de ir más
a trabajar, me había podrido y buscaba a los amigos
para poder comer. Iba a verlos por turno. A esos
amigos yo les resultaba muy simpático porque tra•
bajaba poco y siempre tenía de qué hablar. Así con•
seguía ir al cine y comer. A la noche esperaba a la
muchacha esa a la salida del trabajo y nos íbamos

SJ
a conicr una pizza. En fin, me las arreglaba. Des·
pués recorría los bares en busca de alguien que me
propusiera un contrabando o cualquier otro modo
rápido de hacer guita. O me enganchaba una mujer
para encamarme. Seguía siempre dispuesto a cual-
quier aventura.
Sólo encontré ur¡. ingeniero que me propuso que
le hiciera de guardián del yate que tenía en Viareg-
gio. De todos modos, en Mfüm me había hecho de
muchas deudas y bastantes amigos. Aclcm{,s, en la
casa donde vivía, en lo de ese siciliano amigo mío,
me había vudto muy amigo de la mujer. Me jodía
que él llegara a enterarse y pensé tom.:írmclas de
Mih1n. En Milán había intentado toda clase de tra-
bajo, generalmente trabajaba como peón. Iba a un
taller, me conchababan por dos o tres días y me man·
daban a hacer cualquier cosa. Presenté la solicitud
de ingreso a la Fiat para irme de Milán, porque es·
taba lleno de deudas. Con~cnzaba a andar a las pa-
tadas con mis relaciones, menos con el amigo ese al
que había conocido cuando trabajaba en la Ale·
magna.
La Alemagna es un lugar donde te contratan por
un mes o dos o cuatro. Mi contrato era por dos
meses. Comencé a trabajar en noviembre. Me die·
ron un gorro para la cabeza, como el que llevan Jos
cocineros, un delantal y un par de pantalones. Un
uniforme más o menos higiénico. De ahí me despi-
dieron en forma bastante extraiia. Yo estaba en el
sector donde se preparaba la masa, que después se
mezclaba a máquina. Cuando la masa salía, por
abajo le pasaba una cinta sin fin, de plástico, con
una especie de cubetas. La pasta entraba en las cu•
betas, pero nosotros antes teníamos que echarles
harina. Era un trabajo bastante liviano después de
todo.
Un dfa, mknlras csl~b kycnJo Diabolik en la
pensión, me olvidé que tenía que ir a trabajar. Me
di cuenta a úllimo momento; salí corriendo, tomé
el subte, pero llegué tarde. Como cuando uno llega
tarde aunque sólo sean dos minutos le aplican media
hora de mulla, es decir que media hora no te la
pagan, decidí entrar efectivamente con media hora
de atraso. Me fui a tomar una copita de aguardien-
te y me cambié con traquilidad, calculando marcar
la tarjeta un minuto antes de que se venciera la
media hora. Dos minutos o media hora de atraso
lo mismo daban.

Donde se marca la tarjeta había una especie de


jaulón de vidrio lleno de U1mparas y ahí estaban los
vigilantes de los hornos de los distintos sectores.
Había dos o 1res encargados y un jcfe, precisamente
el jefe de mi sector. Al p~1sar frente a él, el jefe me
hace una seña. Yo le digo: Sí, señor; ¿qué desea?
Arréglese el gorro, me dice él. Yo, el gorro, que era
muy alto, me lo había nchatado y Jo llevaba como
un bonete de ésos que usan los pastores sardos. El
fulano estaba frente a mí. Y yo, con las manos en
los bolsillos y mi media hora de atraso.

El fulano se enchinchó un poco y me dijo: Arré-


glese el gorro. Para mí está bien así; ¿por qué me
lo voy a arreglar? Arréglesclo. Seguí caminando.
Entonces el fulano sale de la jaula y dice: ¿Por qué
llegó tarde? Eh, no me acuerdo por qué, no sé, lle-
gué tarde porque llegué tarde. Se puede llegar tar-
de por muchos motivos, no me acuerdo. ¡Pero, có-
mo!: ¿llegó tarde y no sabe por qué? Es que me
olvidé que tenía que venir a trabajar. Ah, se olvidó
que tenía que venir a trabajar. Eso es grave. ¿Y
qué le parece si le aplico un día de suspensión?

SS
Es~udu:, k Jir,o: o me c.l~spiJe o sigo trabajando.
Un <lía de suspensión porque licgué mee.lb hora
tarde es cosa que no me corresponde y que no la
aguanto. De modo que me despide y me certifica
por qué o sigo trabajando. Ese día de suspensión
no me corresponde ni lo aguanto. 'Él me dice que
tcngo_que m::m<larme mudar, yo le digo que es un
boludo y me voy a mi puesto. El fulano manda un
soplón de los de arriba a preguntar cómo me llamo
y después aparecen otros dos soplones y preguntan
dónde estoy. Aquí, les digo; y les ndvicrto: Escu•
chcn; si me quieren echar por la fuerza, ni lo inten-
ten porque antes termino en un calabozo; pero así
no me voy. Si me quieren echar me tienen que dar
un mes de sueldo: porque yo tengo contrato por dos
meses y sólo trabajé un mes; me corresponde otro
mes de sueldo.

Pero es sólo un día de suspensión, me dicen los


tipos. No: el dia de suspcnsién no me corresponde
ni lo aguanto. Siendo así, me dicen, andá a hablar
a 1a oficina del diri.:ctor. Voy a Ja oficina, me siento,
aparece el director y dice: ¿Qué hace aquí sentado?
Eh, estoy sentado porque lo estoy esperando a us·
ted; ¿qué quieren conmigo? Usted tiene que tomC1r·
selas y desaparecer de aquí. Un momento, le digo.
Aquí me quieren aplicar un día de suspensión que
no me corrcspondt.!. Llegué media hora tarde por
primera vez y no creo que por media hora de atraso
me corresponda un día de suspensión.

No, me dice; no es por eso, es porque usted lo


trató de boludo al jefe. Imposible, yo no lo traté
de boludo; evidentemente, no me comprendió bien.
No puedo hacer nada si el jefe es sordo y no com•
prende lo que uno le dice. Sólo dije que me iba a
mi puesto y que no me mandaba mudar'. De todos

56
modos, 1icnc <rtc m:-incbrsc mt1clar, me dice el ftt.
]ano. Y si 110 se va llamo a la policín. Muy bien,
Jlamc n b policía. Prefiero terminar en un calabozo
antes que darles la satisfacción de aplicormc una
suspensión que no me corresponde porque no hay
motivo. Si me despiden me tienen que dar un mes
de sueldo rnús echo días de preaviso. Ah, eso habrá
que verlo. Sí, habrá que verlo.

F.l fulano telefonea, me manda .a otra oficina y


~Ilf me preparan los documentos, la libreta de tra·
bajo, la notificación de despido y todo ew. Me di·
ccn que firme el despido. Y yo: No firmo nada, nn-
tes quiero ver la guita y después firmo. Mire, me
dicen; no se haga el vivo porque va a terminar mal.
Va a terminar realmente en un calabozo y no va n
ver ni un centavo. Eso es asunto mío, respondo; yo
sé bien qué es la vida y qué es el trnbajo, cfo modo'
que no me im1Jorta si termino cn 11n cal.1bow.
No obstante, yo había calculado todo bien. No
me podían arrestar por nada stmcj.mtc. La Alcmag-
na no podía hacer un papel e.le mierda dejando que
la noticia apareciera en los diarios: Obrero arresta·
do por no aceptar una suspensión. Y como la em-
presa no iba a afrontar un escándalo por el estilo,
yo estaba bastante seguro de que no iba a terminar
en un calabozo y de que muy probablemente iba a
cobrar toda la guita. El boludo aquel insistía, por
un bdo me mncnazaba y por otro se hada el pater-
nalista: ¿De dón<lc sos? De Sakrno. Ah, sí; yo soy
de por allí cerca, de Avellino. l'vk ofrecía cigarrillos
y ucspu1,;s insistía: Firmá; así la próxima vez podés
solicitar el reingreso y te reincorporan. Así, en cam-
bio, nunca más te van a dar empleo.
Joder, digo yo; hay tanto trabajo como ése que
me importa un rábano la Aler'nagna. Además, un

57
tipo que licm· que trabajar no puede permitir c¡uc
lo tomen por pelotudo. ¿Qué: parn ~-cgui1· trniendo
trabajo aquí debo hacer corno dice il jcíc? Si es
así, no me interesa. El jefe se ha equivocado y a
mí no me interesa aguantarme el día de suspensión.
¿Me quieren despedir?: tanto mejor; páguenme el
mes. El fubno comienza a telefonear a todas las
oficinas, qué se yo: a la administración, a personal,
etcétera. La dirección insiste por teléfono: Trátenlo
con rigor, amenácenlo más, después vean. De las
tres habíamos llegado a las siete: cuatro horas de
discusión y de quilombo.

Los empleados tenían ya los nervios hechos pe-


dazos. Yo no me movía de la oficina, el fulano con-
tinuab:1 allí con la libreta y los papeles preparados,
y los demás seguían haciendo cálculos de lo que me
correspondía. Y cada media hora aparecía un pa-
pel con una nueva cifra. Ochenta mil. ¿Y qué son
ochenta mil?, digo yo. Son el resto del mes que at'tn
no ~e ha vencido más los ocho días de prcaviso. Y
con eso qué: a mí me tienen que dar otro mes de
sueldo, otras ochenta mil liras más la guita del mes
anterior y los ocho días de prcaviso. De modo que
es un montón de guita, no ochenta mil lirns apenas.

Un quilombo que no terminaba más; Ja empicada


se ponía histfrica. Eh, sáquenlo de aquí, no pode-
mos trabajar. A mí qué me importa, les digo; por.
mí pueden hacer huelga si no quieren trabajar. A
mí eso no me int.:!rcsa; yo quiero mi guita. El fulano
vuelve a telefonear v dice: Es un cabeza dura, no
afloja, los empleados están hartos, no quieren tra•
bajar más. Tenemos que darle la guita a la fuerza:
de lo contrario, llamo a la policía, porque ya no
puedo más. ¿ Cómo: que va a telefonear a la poli·
cía? Sf: a ta policía. Y bueno: dígaselo a él, le res•

SS
panden del otro extremo de la línea. Como yo esta-
ba delante del fulano, me enteraba de todo.

Se me acerca otra vez y me dice: Oíme, si no


ngarrás esa guita te juro por mi p::ldre, por mis hi-
jos, por Jo mucho que quiero a mis hijos, que llamo
a la policía. ¿Y?, digo yo; llamá a la policía y así
acabamos de discutir de una vez .. Porque yo no trn·
go ganas de discutir con vos. Vos qucrés joderme:
¿qué carajo tenemos que discutir vos y yo? Te dije
que quiero la guita, no quiero razonar; vos en cam-
bio, querés razonar conmigo. De modo que no soy
yo el que te jode a vos: sos vos el que me jode a mí.
El fulano llama otra vez por teléfono y dice: Escu-
che, cedo yo. Les diré a los empleados que le liqui-
den todo porque no doy más. Este es un cabezón
y no hay nada que hacer.

Bueno, haga lo que le parezca, se oye decir en el


otro extremo de la línea: porque el fulano telefo-
neaba delante de mí. Cuelga y me dice: De acuerdo:
g:rnaste, ¿viste? Sos un cabeza dura, bravo, saliste
ton la tuya. Firmá aquí. Y yo: Un momento, antes
quiero ver la guita. Sin la guita no firmo nada. El
fulano se hace alcanzar los papeles y la libreta por
Ja empleada y me acompafia a la caja. Allí me dan
el resto del mes, las ochenta mil liras del mes toda-
vía no cumplido y los ocho días de preaviso. Firmo
todo y salgo de la Alemagna. Por la boludcz del
jefe había conseguido que me pagaran un mes sin
haberlo trabajado.

El de Ja Alcmagna fue mi segundo trabajo en una


fábrica en Milán. Tras de dos meses de trabajo en
la construcción, un mes en la Alemagna; después
pasé a ser desocupado. Trabajé en las distintas
agencias que proporcionan peones. Te podían man-
59
dar a la Sicmcns, a la Sip, a la Stand:1, a cualquier
lugar donde hubiera material para descarga. Las in•
dustrias que necesitan obreros para ciertos trabajos
se dirigían a esas agencias: a la postre, se trataba
tan sólo de una subocupación legalizada.

Por un ticmpito hice ese tipo de trabajo. Sólo que


a veces no lo conseguía. Se me daba por buscar el
trabajo, la guita, cuando ya no me quedaba nada
en el bolsillo: y entonces corría el riesgo de no en·
contrar ocupación. En cierta oportunidad en que
estaba en la vía y no me quedaban müs que mil liras,
me puse a buscar trabajo. Era viemes: no conseguí
nada. El sábado no te toman, hay que volver el lu•
nes. Viernes, sábado, domingo y lunes: cuatro días.
Y yo con mil liras apenas. Así fue que comí el vicr·
nes y el sábado no probé bocado en todo el día.· El
domingo por la mañana pensé e~ ir a hacerme sacar
sangre.

Un amigo me había dicho que haciéndose sacar


sangre le habían dado tres mil quinientas liras. De
modo que pcnsij en hacerme sacar sangre yo tam-
bién: así conseguía tres mil quinientas Iir~s y comía.
Me tomé un capuchino, para tener la presión más
alta. En Milán tenés que bc:ber siempre algo para
mantenerte. Tomé el capuchino en San Babila, ese
bar Motta que está allí, frente a. la roulotte de las
transfusiones que está siempre en la avenida Vitto-
rio Ernanuele, entre San Babila y los pórticos. Subí
y me quité la camisa.

Me examinaron el tórax, me sacaron un poco de


sangre de un dedo. Me hicieron la radioscopia y el
examen ese para ver si uno tiene sífilis. Después me
tornaron la presión: la tenía bajísima. Me prcgun·
taron cuántos aiios tenia, en qué trabajaba. Soy
60
dcsocupnc.lo, dije. Los muy bolndos me preguntaban
qué enfermedades tenfa sin preguntarme si había
comido: semejante cosa ni se les pasaba por la ima-
ginación. Se enteraron d<;. que tenía veinticinco años,
de que tenía Ja presión baja, de que era desocupado:
y ni siquiera se les cruzó por la cabeza que pudiera
tener hambre.

Me tendieron en la camilla, me clavaron la aguja


y la sangre apenas si salía.. El frasco no se llenó ni
siquiera hasta la mitad: después de eso, no snlía más
sangre, se coagulaba. Los tipos se asustaron; vieron
que no me salía m,ís s.:rngn: po;·que, generalmente,
cuando se clava la aguja, la sangre se ,·uclca rn el
recipiente y lo llena enseguida. Hacía tres minutos
que yo estaba aJlf y el frasco no se había llenado ni
siquiera hasta la mitad y no me salía más sangre. Los
tipos se asustaron un poco; entonces yo le dije al doc-
tor: Escuche, me hace falta guita, mil liras por lo
menos. ¿Para qué? No h~ comido y tengo hambre.
Ah, no comió: lo siento. Pero podemos darle c~fé.
Con medialunas Motta.

Sea como fuere, me había tocado pasar hambre en


Milán, además ele tener ya un montón ele dcl:das c:on
amigos y paisanos. Por otro lado, estaba tambil!n la
historia con la mujer del nmigo siciliano que me al-
bergaba en su casa. Por todo eso no quería seguir en
Milán y resolví cambiar de aires. Prcsentl! la so-
licitud a la F~at, después me Jlcgó la cara indi-
cándome que me prl!scnlara y n.c fui a Turín. Mu-
chos me habían dicho que en la Fiat se estaba bien,
que tenían vacaciones, que tenían un montón de
cosas. Eso no era lo que más me importaba a mt
lo cierto es que en Milán yo me había quemado
con todos mis amigos y había quemado todas mis
posibilidades. Pensd que yendo a la Fiat, ganan-
61
do cierto sueldo, arreglaría un poco mi situación.
Más adelanti! ya vería.

Además, al irme a Turín podía dormir en casa


de mi hermana. Muchos otros emigrantes que ve·
nían directamente <lcl sur dormían en casa de ami·
gos, de parientes, o traían Ja <lirccción de a1guna
pensión o ele algún hotclito. Pero había infelices
que han dormido tres o cuatro días, y muchos has-
ta un mes, en la estación de Porta Nuova, en la sa-
la de espera de segunda clase. Y que por otra par·
te eran controlados por la policía, que no permitía
que ningún periodista se les acercara. Para entrar
por la noche en la sala de espera de segunda clase
de Porta Nuova uno tenía que mostrar la tarjeta si
ya trabajaba en la Fíat o fa carta con que la Fiat te
cita para la revisación médica. De lo contrario, la
policía no deja entrar. a Jladie en ese dormitorio
que la Fiat tiene gratuitamente en la estación- de
Turín.

62
Copítul.o IV

La Fiat

Antes de la Fiat, yo era políticamente un opor-


tunista. Ahora, en la Fiat, veía a los estudiantes que
, repartían volantes <.lclante de la puerta. Y que tra-
taban ele hablar con los obreros. El hecho me pare-
cía algo cxtrafio. Pero, ¿cómo?, me decía a mí mis-
mo; tienen el tiempo libre para coger y <.livertirse y
vienen y se plantan frente a la fábrica, que es la co-
sa más asquerosa que hay. Que es realmente la co-
sa más absurda y asquerosa que hay. Vienen y se
plantan delante de la fábrica: ¿qué vienen a hacer?
Me intrigaba un poco tocio eso. Pero acababa pcn-
s,mdo que eran locos, boludos, misioneros. Y no me
interesaba por lo que decían.

Estábamos en primavera. En abril. Yo nunca ha-


bía ido a las reuniones con los estudiantes. Una sola
vez habfa ido al acto del primero de mayo. Nunca
he podido concebir eso de las fiestas del trabajo. A
qui! jug~mos: fiesta del trabajo. La fiesta de los tra·
bajadores, los trabajadores que hacen Fiesta. No me
entraba en la cabeza qué significa fiesta ele los tra-
bajadores o fiesta del trabajo. Nunca me había en-
trado en la cabeza por qué tenía que ser festejado
el trabajo. Porque cuando no trabajaba no sabía
qué carajo hacer. Porque era un obrero, es decir un
tipo que 1a mayor parte de su jornada la pasaba
en la fábrica. Y que el resto no podía hacer otra
cosa ·que descansar para el día siguiente. En cam-

6J
bio, aquel clía de fiesta, por aburrimiento, me fui
al acto clcl primero de mayo, a escuchar los discur-
sos de no sé qui6nes, pues no los conocía.

Veía a toda esa gente con corbata roja. Y con las


banderas. Ofa cosas que yo ya sabia, sí. Porque no
había venido de Marte. Las sabía aunque no las
comprendiera, quiero decir. Y delante de los ba-
res elegantes de la plaza estaba la burguesía. Y es-
taba la pequeña burguesía, los campesinos, ]os co-
merciantes, los curas, los ahorristas, los estudiantes,
los intelectuales, los especuladores, los empleados y
los lameculos de toda laya. Oyendo los discursos de
los sindicatos. Y allí, entre los sindicatos, que ocu·
paban el centro de la plaza, y los burgueses, que ocu-
paban todo el contorno de la plaza y el frente de los
bares, estaba la masa obrera: otra raza. Y entre ]os
burgueses y los obreros, la gran exposición Fia:t del
automóvil.

Una fiesta, en fin: una feria. Ofa a los sindicalistas.


Compañeros: estas cosas no debemos decirlas úni•
camcnte hoy, en la plaza. Las debemos decir y ha-
cer también mañana, en las fábricas. Y yo pensé:
De acuerdo, éste tiene razón. Es inútil hacer fiesta,
armar quilombo sólo cuando nos permiten estar en
la plaza con la bandera roja. Eso lo tenemos que
hacer también en la fábrica.

Después me fui porque tenía compromisos y vi


otra manifestación que gritaba Mao Tse Tung y Ho
Chi Minh. Y yo me preguntaba: ¿quiénes son éstos
otros? Otras banderas rojas, otros carteles. Pero
por entonces no sabía nada. Estaba a oscuras.
Algunas semanas después caf a una reunión con los
estudiantes, en el bar cerca d~ Mirafiori. Hacfa va•
rios días que yo había comenzado a armar quilom-

64
bo en la fábrica. Estaba en el sector 54 de Carro-
cerías, en la línea del 500. Desde hada un 1nes es·
taba all{: desde el díu siguiente a la revisación mé·
dica que me hicieron para ingresar en la Fiat.

En la rcvisación éramos dos mil personas; cada


uno recibía un número y nos hadan preguntas rom-
pebolas. Preguntas prefabricadas, las mismas pre-
guntas a todos. Pero como éramos muchos, los infe·
liccs asalariados que hacían las preguntas trabaja·
han rápido. Te miraban a la cara y te largaban un
par de preguntas. Vos contestabas y ellos te decían:
Pasá a la otra habitación. Y todos pasaban a la otra
habitación. En la otra habitación, un guardián con
la lista en la mano nos llamaba de a veinte por vez y
nos llevaba al lugar donde hacían la rcvisación.

Primero nos revisaron la vi!.ta. Mirá aquí, ccrrá


el ojo, fíjate allá arriba, Icé allí y cosas por el estilo.
Después el oído: para ver si oías bien. Levantá la
pierna derecha, levantá la izquierda. Nos revisnban
los dientes, la nariz, los ojos, las orejas, la garganta.
Y entre una revisación y otra llegaron las dos de la
tarde. A las dos nos dijeron que podíamos ir a co-
mer. A la revisación del primer día habíamos tenido
que ir con el estómago vacío. Sin haber bebido na-
da, sin haber comido nada. Porque tenían que ha-
cernos el análisis de sangre. Algunos consiguieron
que les hicieran el anáJisis antes de las dos. Otros
no. Los que debían regresar a la tarde para el aná·
lisis de sangre, a las dos no comieron nada. Estaban
en ayunas desde la noche anterior.

En el cuarto donde te sacaban sangre habla un


olor que se sentía más allá de la puerta. Adentro,
miles de tubitos de sangre por todas partes. Por
todas partes algodones empapados en sangre. A un

65
costado una pila de un metro y medio de alto de
algodones empapados en sangre. Te sacaban san·
gre y te dejaban a la miseria. Porque no se fij:ib::m
nunca dónde clavaban la aguja. Clavaban la aguja
en cualquier parte y aspiraban. Después ponían a un
costado Ja jeringa y tiraban el copo usado hacia el
otro, sobre la pila de algodones empapados en san-
gre.

De ahí pasamos a otra habitación donde la en·


fcrmera nos ponía un frasco en la mano. Había só-
lo dos baños y teníamos que mear en esos frascos.
Formamos un círculo y nos pusimos a mear todos
juntos, cada cual en .su frasco. Decíamos que es-
tábamos fabricando cerveza y nos reíamos. Des-
pués c1:trcgúhamos el frasco y la enfermera nos pre-
guntaba el nombre y escribía el nombre en un papel,
debajo del número que correspondía al frasco de ca-
da uno.

Al día siguiente, rcvisación general. Primero de-


bías levantar un peso. Había unos mecanismos lle-
nos de pesas, era para controlar la fuerza que te·
níamos. La rcvisación llevó casi dos horas porque
éramos dos ri1il y los dos mil teníamos que some-
ternos a la prueba. No todos ~lcanzaron · a cum•
plirla ese día, de modo que debían volver al sigulen•
te: seis o siete horas pata ese examen. Una vez que
lo habías pasado llegaba la rcvisación general. Ha-
bía que sacarse la ropa y quedarse desnudo.

Y ahí estaba yo, desnudo, e.le pie ante un m6dico


con pinta da brujo. Sentado y da gunrcfapolvo blan•
co, te hacía preguntas. Cómo te llamabas, cuántos
afios tenías, si habías cumplido el servicio militar,
si eras casado. Después te decía que caminaras, an·
dá para allá, ahora volvé, levantá los brazos, baja•

66
los, mostrnmc las manos, mostramc los pies, la
planta de los pies. Después te mirnba los huevos,
si los tenías y todo eso. Y dcd treinta y tres y tosé
y rcspirá y boluclcccs por el estilo. Todo un día pa·
ra ese examen: porque el cxnmcn duraba un cuarto
de hora por cada uno y éramos dos mil.

El médico con pinta de brujo me dijo: ¿Te ope·


raron alguna vez? Era evidente que a mí nunca me
habían operado porque, gracias a dios, no tenía una
sol-a cicatriz encima. Sí, sí, le <ligo yo; el huevo iz-
quierdo. ¿Cómo fue? El fulano estaba fastidiado
porque no se había dado cuenta. Pensé: Yo, al cloc~
tor este lo cago. Jugando a la pelota, respondí; me
dieron una patada en los huevos y tuvieron que ope·
rarme.

¿De veras? Bien: tenés que venir mañana para un


examen complementario. Otro que había dicho que
una vez se había quebrado el brazo también tenía
que volver al dia siguiente. Para mí que toe.lo eso
servía para meterle bien en la cabeza al obrero que
debía estnr sano, compklamcnte sano; no sé parn
qué carajo servía. Porque después nos incorporaron
a todos. Incluso n los que no oían, a los que usaban
lentes, a los que eran rengas o habían tenido un
brazo enyesado. A todo~. Exactamente a todos, has-
ta el último hombre. A los paralílicos no más no los
incorporaban.

Volvimos al día siguiente parn el examen comple,


mentado. Me mandaron a una habitación clond,i ha-
bía un brujo que ni siquiera usaba guardapolvo
blanco. Pero que tenía una secretaria rubia y muy
bien despachada que meneaba el culo de aquí para
aJlá. Ella le alcanzó mi tarjeta y él se sentó en d
banco. Me dijo que me bajara los pantalones y los
61
calzoncillos y me tocó los huevos. Dún<ll.! tuviste la
operación. En éste. Vcstitc. Me vestí y no me dijo
nada. La enfermera bien despachada me dio una
carta para que me presentara a la Fiat dos días des•
pués.

Dos días después, en la Fiat, estábmw.,s todos los


que habíamos pasado el examen médko. E~ decir,
t0dos. En seguida apari::ció un fulano d~ la st>cc1ón
incorporaciones o de rcladones públicas, el psicólo-
gC1 o el asistente social, vaya a saber qu:én carajo
era. Aparece y dice: Amigos. Les doy la bit'nvenida
a Fiat en mi nombre y en el nombre de la dirección
que ha resucito incorporarlos. Bien, bravo. Todos
aplaudiendo. La oficina de persona), nos dice el fu-
)<1no, está a disposición de los operarios .que tienen
hijos, que tienen problemas personales o sociales que
resolver, y todo eso. Si necesitan dinero, lo piden. Ah,
saltan algunos napolitanos, yo, yo necesito diez
mil liras. No, así no; el préstamo deben solicitarlo
cuando ya estén trabajando. Y si realmente tienen
necesidad. Por el momento esas cuestiones se ·las
tienen que resolver ustedes mismos. Después, cuan-
do trabajen, podrán pedir préstamos.

De las oficinas nos zambullen en la Fíat, en la plan-


ta propiamente dicha. Otro fulano, un empleado, nos
tomaba el número y nos entregaba otros números. El
número de vestuario, el número de corredor, el
número de armario, el número de sector, el núme-
ro de línea. Para eso nos hicieron perder casi me-
dio día. Después fuimos al despacho del jefe prin-
cipal, el ingeniero de Carrocerías .. Entr,íbamos de
a tres a la vez: evidentemente. a todos les largaba
las mismas preguntas, el mismo discurso, siempre
con fas mismas palabras iguales para todos.

68
Les doy la hicll\'cni<la a Fíat. ¿Saben qué es Fíat?:
fjat es todo en Italia. Si !tan leído cosas desagrada·
bles en los dimios comunistas que hablan mal de la
cadena de montaje, son purns calumnias. Porque
aquí los únicos obreros que no están bien son los
vagos. Los que no tienen ganas <le trabajar. Los de·
más trabajan to<los, estün contentos de trabajar, es-
tán bien. Aquí todos tienen auto y además la Fiat
tiene colonias para los hijos de sus obreros. Además,
cuando uno es obrero de Fiat puede comprar con
descuento en determinados negocios.

También él, como antes los otros, no hacía ningu-


na pregunta concreta. No decía nada que nos afec•
tara como individuos, personalmente. Eso sin duda
lo hacen con los empicados, incluso porque con ellos
tienen más tiempo material, porque son menos. Pe·
ro nor.otros éramos una masa, una marca. No éra-
mos sólo nosotros dos mil, <?ramos veinte mil en
cada nueva incorporación: llegaban los monstruos,
los horribles trabajadores. Y durante dos meses a
ellos no les quedaba mfü; remedio que hacerle las
mismas preguntas a todo el mundo y hacer el mis•
mo trabajo.

También a ellos les daba en las bolas hacer ese


trabajo. Porque la masa de obreros que ingresaba
a la Fiat había prolctarizado incluso a ]os empleados
y los médicos. Porque, en esencia, la cosa no consis-
tía en hacer una selección, sino que servía simple·
mente para transmitir un concepto de organización,
de subordinación, de disciplina. De lo contrario no
hubieran empleado incluso a los que no veían, a los
que estaban realmente enfermos, a los que tenían
una panza así. Los tomaban a todos porque todos
les ser\'ían. Todos eran aptos para el trabajo.
Y· el fulano ese, el ingeniero, nos dice: Yo soy el
coronel de ustedes. Ustedes son m;s hombres y por
lo tanlo nos debemos respetar los unos a los otros.
Yo a· mis obreros los he defendido siempre.. Los
obreros Fíat son los mejores, los que producen más,
y todas esas boludeces. A mí entonces comienza a
subírseme la most~za y comienzo a pensar: Me pa-
{ecc que con este coronel vamos a terminar mal.
Después nos explicó que no conviene sabotear la
producción porque mnén de ser despedido inme-
diatamente se corre el riesgo de ser denunciado. Y
citó un artículo del código penal que decía que se
puede ser denunciado. Se puso en el papel de te·
rrorista. Y yo comencé a pensar. Al coronel este
le va a venir bien una lección.

Después nos presentaron los jefes a cada uno de


nosotros. Nos habíamos dividido. Hasta ese mo·
mento, habíamos siclo una sola rnnsa. A partir de·
ese momento nos dividieron, cuatro o cinco para
cada línea. A mí, que iba a la línea del 500, me
presentaron a mi jefe. El jefe de línea. Después
mi jefe me presentó al supervisor. Que viene a ser
el obrero que sabe hacer todos los trabajos e.le la
línea. Si querés ir a mear o a cagar, cuando te de-
jan ir, porque hace falta permiso, intervienen ellos,
los supervisores, y te relevan; lo mismo cuando te
sentís mal o te equivocás en algo. Interviene el su-
pervisor, el comodín, el que hace todo.

Me presentan a todo3 los fulnnos esos y me ha~


cen quedar junto a la línea. Faltaban e.los horns para
terminar la jornada y el jefe me encomendó trabaji-
tos de nada. A mí, al mirar la línea de montaje, el
trabajo me parecía liviano. El modo en que cami-
naba Ja línea, cómo trabajaban todos ]os obreros.
Parecía que no era necesario casi ningún esfuerzo.

10
Al día sir,uicnte me llevan a mi puesto, otro puesto,
otra línea. Y me presentan a otro jefe al día si-
guiente, el día que tenía que cmrczar a trnhnjar. El
jefe llama al capataz y le dice: Llévatclo. En rrsu-·
mcn, estaba en un puesto donde colocaba el para-
golpes con la chapa portapatcnte al 500. Tenía que
colocarlo sobre el casco, meterle dos bulones y
atornilJarlo con un aparato.

Yo agarraba el paragolpes con la chapa portnpa-


tente, sobre mi cabeza estaba Ja carroc0ría clcl 500
que ]legaba, por el otro Indo llegaba el motor; yo
colocaba el paragolpes con la chapa portapatente,
que en total pcsnr(t unos diez kilos. Lo sacaba el~
otro lugar, donde otro lo preparaba, y después lo
colocaba, le ponía ]os buloncs, lo atornillaba con la
llave ncumütica, rápido, trrr trrr dos bulones, y to·
do se iba por el aire mientras Jlegaban otro casco
y otro motor. Tenía que emplear veinte segundos
en esa operación. Debía seguir el ritmo. Los pri-
meros días no lo conseguí y me ayudaba el capataz.
Me ayudó durante tres días.

En la línea etc montaje de Fiat no es cuestión de


aprender, sino de acostumbrar los músculos. De
acostumbrarlos al esfuerzo siguiendo ciertos movi·
mientos, cierto ritmo. Colocar uno de esos artefac-
tos cada veinte segundos significaba que tcnfrts mo-
vimientos más veloces que d latido del corazón. De
modo que un dedo, un ojo, cualquier parte, estabas
obligado a moverla en décimas de segundo. Opera-
cionc:; oblig:ld:.,c; en frncdoncs ele segundo. La ope
ración de elegir Jas dos arandelas, 1a operación de
elegir los dos buloncs, esos movimientos eran ope-
raciones que los músculos y el ojo debían cumplir
por sí mismos, inmediatamente, sin que yo decirlie-
ra nada. Sólo tenfa que mantener el ritmo para que

71
todos esos movimientos se repitieran ordena<lamcn-
tc, siempre iguales. Al principio, durante tres o cua-
tro días, no lo conseguís, hasta que te acostumbrás
al ritmo.

Cuando comencé a acostumbrarme el fulano que


me ayudaba me dejó. Yo me daba cuenta de que
allí adentro les interesaba aumentarnos las operacio-
nes. Entre los obreros recién llegados había muchos
que hacían medio día, una jornada, tres días, una
semana de trabajo, y después se iban. Espccia]mcn-
te los jóvenes se iban inmediatamente después de
haber visto qué clase de trabajo e.le mierda era. Quién
carajo tiene ganas <le seguir aquí: y se iban. Ade-
más, un montón solicitaba atención médica todos
los días. Entonces, como eran menos los obreros
que trabajaban en la línea, necesitaban que cada uno
de nosotros hiciera muchas más operaciones. A m(
me asignaron una opcrac.ión más. Entonces comencé
a cabreanne y me lastimé un dedo.

Me aplasté un poco la uña, pero no me lastimé


mucho que digamos. No obstante, me puse grasa,
grasa negra en el dedo, de modo que parecía negro,
como sangre coagulada. La uña estaba un poco ne·
gra. Y el dedo cstabn negro y comencé a llnn,nr al
capataz y le dije que tenía que ir a la enfermería.
Apareció el jefe y me dijo: ¿Así que qucrés ir a ]a
enfermería? Sí, me lastimé el dedo. Pero no vas a
ir a la enfermería por una cosa de nada en el dedo.
Sí que voy a ir. No vas a ir. Apareció entonces otro
jefe, el del 500. Es decir que hny un jefe de carro•
cedas y después hay un jefe del 500, un jefe del 850,
un jefe del 124. Y tanto el 124 como el 500 y el
850 tienen varias líneas cada uno. El 850 tiene cua•
tro o cinco líneas, el 500 tiene seis o siete líneas, el
124 tiene dos o tres líneas.

72
Aparcciü el jde <ld 500 y me dijo: Oíme, te hago
una proposición. Decidí si vas al médico, si vas a
la enfermería, por el <ledo ese, o si querés seguir
acá. Si qucrés seguir acá te pongo a hacer un tra·
bajo liviano. Si qucrés ir al médico y el médico no
te da un justificativo, te mando a hacer el trabajo
más pesado; más te pido una suspensión. Acepto
el desafío y digo: Quiero ir al médico. El fulano me
hace la orden, porque hay que tener una orden pa·
ra ir a la enfermería. Ya veremos, me amenaza. Y
fui a la enf:::rmería. Al entrar· a la enfermería veo
que sale un obrero con un brazo vendado, porque
se había herido. ¿Te vas a casa?, le digo. No, no me
dieron justificativo. ¿ Cómo, con ese brazo herido
no te han dado justificativo?

So me subió la sangre a la cabeza y me dije: En-


tonces yo, con este dedo, aunque no tengo nada, me
voy a hacer dar diez días. Porque el del brazo he-
rido se había lastimado realmente y le habían di·
cho: No, tenés que trnbajar. Pero, ¿nos hemos vu::l·
to locos, estamos en guerra, estamos en Vietnam
aquí? ¿ Con toda esa gente que sangra y está herida
y que debe seguir trabajando? Entré en la enferme•
ría; en ese momento llegaban otros heridos. La en•
fcrmerfa estaba siempre repleta, pnrccía un hospital
de gu(!rra. Repleta de obreros que llegaban constan•
temcnte con una mano aplastada, con una herida, con
algo roto. Cuando yo entré, Ilegaba uno al que se le
había salido 1a hernia y que gritaba. Lo llevaban al
servicio de urgencia, así que llamaron a la ambu·
lancia.

Llegué yo y comencé a mandarme la parte. Con-


trolé bien y me toqué el dedo para saber cuándo
tenía que gritar. Cuando me tocaron el dedo co-
menc6 a largar malas palabras en dialecto, en na•

73
politano. El que me cxaminab::t era un turi11lis y
mis gritos lo impresionaban. Si yo hubiera dicho
las malas palabras en italiano habda parecido que
hacía teatro; pero, en cambio, diciéadolas en napo·
lilano, el fulano no sabía si yo estaba fingiendo o
no. Mnnnaggia'a maronna, me stai cacando 'o cazzo,
statte formo parco dio: todo eso decía yo. Pero ten-
go que examinarlo, me decía él. Quédese tranquilo.
Sí, tranquilo: me lastimé el dedo, me lo he roto. Y
él: Necesito ver si está roto, no sé si está roto. Pero
yo sf lo sé, lo siento roto. Ni siquiera lo puedo
mover.

Aparece un médico, el que le había examinado la


hernia al otro, y dice: Bue', haga una orden: seis
días. Seis dfos, dice. Después, si le sigue doliendo,
lo mandaremos al hospital. Me extiende la orden y
me voy. Voy a ver al jefe y Je digo: Me dieron seis
días. El fulano se pone negro de rabia y piensa: El
carajo este me cagó, va a mnndarse seis días de fies-
ta a costillas de la Fíat. Dicho sea de paso, los seis
días me los iba a pagar la Malf. Porque entonces no
era como el seguro que hay ahora, el Instituto Na-
cional, el Inam. La Mutualidad de la Fiat pagaba
rr. ás. El Inam, los tres primeros días de enfermedad
no los paga: la Malf te los pagaba desde el primer
día. Para la Fíat era una joda tener esa mutualidad,
por eso después la suprimió.

Me fui a casa. Una vez en casa, el dedo no me lo


lavaba nunca. No me lo lavab3 nunca y ni siquiera
lo movía y tenía cuidado de no apoyarlo en ningún
lado. Al cabo de seis días se me hr,bía hinchado un
poco. No lo había movido a propósito, para que se
me hinchara. Si uno mueve !os dedos, los dedos se
adelgazan. Pero si uno se pega un golpe en un dedo
y después no mueve ese dedo, el dedo se hincha real·

74
mente, se inflama. No es que se hinche mucho, pero
se ve que está inflamado. Y adcm1s está más ter-
so porque no tocás nada.

Vuelvo al cabo de los seis días y digo: Miren có-


mo se me hinchó el dedo. A mí me p:wece que me
duele todavía. ¿Pero no puede trabajar así? No,
porque nosotros trabajamos C'On las manos. Si ten·
go que agarrar un bulón o si tengo que agarrar la
pistola, eso que atornilla los buloncs y que se llama
pistola, tengo que usarla con las manos. O estoy
atento a Jo que hago, a los huloncs que agarro, o
estoy atento al dedo y no lo acerco a nada. En cam-
bio, así, tengo que estar atento a lo que hago y t:im-
bién al dedo. Y eso no Jo puedo hacer. Porque si no,
al cabo de tres horas de estar golpe{mdomclo, termi·
no poniéndome nervioso, me \'t1elvo loco, le tiro cual-
quier cosa a alguien por la cabeza.

El médico se da cucn ta de que me estoy man·


dando la parte y me hace una proposición: ¿Prefiere
volver al trabajo o prefiere que lo haga internar en
el hospital? Acá, digo para mis adentros, tengo que
mantenerme firme: porque a elJos la internación en
el hospital les sale más cara. El no puede mandar
a un obrero al hospital, por un dedo: no podría jus·
tificarlo. El fulano quería mandarse la parte con-
migo y pensaba: Este quiere otros tres o cuatro
días de vago; lo amenazo y, en vez de querer ir al
hospital, va a querer regresar a la fábrica. En el
hospital estás bien jodido, no podés divertirte: es-
tás allí y nada más.

Prefiero ir al hospital, digo yo. Porque a mí el


dedo me duele todavía, no está curado. Entonces
el médico le dice a una que estaba allí: Orden de in-
ternación. Yo me puse verde y pensé: Me cagó el

75
muy cabrón. Pl!ro me queclé call::l<lo aunque tenía
ganas <le decir: Vuelvo al trabajo. Extiendo el cuello
para mirar el papel y veo que el fulano estaba justi-
ficándome otros seis días. No digo nada, agarro el
papel y me las tomo. :Él, mudo; yo, mudo. Los dos
habíamos comprendido al vuelo que nos cstába·
mos sobrando mutuamente.

Así que me conseguí doce días con justificación


médica y goce de sueldo. Estaba contento. Porque
había logrado burlarme del trabajo y de su orga·
nización en provecho de mis propios intereses. Pe-
ro durante esos días sin trabajo no sabía qué cara·
jo hacer. Daba vueltas por el Valentino, donde es·
taban las putas y los maricas. Daba vueltas al pedo,
me aburría y no sabía qué hacer aunque tenía gui-
ta. Me pagaban casi ciento veinte mil liras por mes
en la Fíat. Cada quince <lías daban un anticipo, no
bien lo cobraba le daba cuarenta mil liras a mi her·
mana, que me alojaba en su casa.

Me quedaban diez mil liras, esas diez mil liras me


las gastaba en dos o tres días. Un poco porque no
sabía qué carajo hacer: iba de un lado a otro, com·
praba los diarios, Playmen, Diabolik. Iba al cinc, no
sabía qué carajo hacer. La guita la quemaba así, sin
saber qué carajo hacía. Así andaba, así me recupe-
raba del cansancio de un trabajo de mierda. Una
cosa bastante absurda: es decir, verdaderamente
absurda. En esos doce días con justificación médi·
ca y goce de sueldo me di cuenta que no sabía si-
quiera cómo recuperarme del trabajo y que no sa-
bía qué carajo hacer en Turín.

Al c.i.bo de esos doce dfas de licencia por enferme-


dad volví adentro. Me pusieron a atornillar los caños
de escape y decidí joder al nuevo capataz que me ha-

76
bía tocac.lo. Porque curindo tcn<'.-s que aprcrn.kr una
nueva operación el cap.\taz se te pone al lado y te la
enseña. Y yo a ése quería joderlo porque los capa-
taces son rompehuelgas, gente que está allí traba·
jando desde hace montones de años. El me indica-
ba: Fijate, trrr trr trrr; hacé el que sigue. Yo iba:
trrr y me atascaba en el bulón. Y llamaba al capa·
taz: Ven! rápido, ayudarnc que no me sale.

Puerco dios, puerco dios, comenzaba a decir el


fulano, que era un turinés. Se llaman l,arott, son
gente de los alrededores de Turín, campesinos. Son
campesinos que tienen tierras y la mujer las tra·
baja. Son gente durísima, torpe, sin nada de fanta-
sía, peligrosos. Fascistas no: torpes. PCI ernn: pan
y trabajo. Yo, que era oportunista, por lo menos era
recuperable. Pero ésos aceptaban hasta el fondo el
trabajo, el tr:ibajo era todo para ellos, todo: y te lo
demostraban con hechos. Estaban allí trabajando
du.rante años, tres años, diez años. Así uno envejece
enseguida y se mucre pronto. Por esos cuatro guitas
que nunca te alcanzan, sólo un torpe, un esclavo
uguanta semejante cosa: quedarse durante afias en
esa prisión de mierda y hacer un trabajo que te des·
truyc la vida.

El fulano sospecha que quiero joderlo y entonces


abandona su puesto y detiene la línea. Aparecen los
jefes. Cuando se detiene una línea, se enciende una
luz roja que indica dónde es el paro y aparecen to-
dos los jefes. ¿Qué ocurre? Este, que no quiere
trabajar. Pero estás dicendo una infamia, estoy tra-
bajando, si no lo hago bien es porque estoy apren-
diendo. No soy inteligente como vos, vos llcvás diez
años acá adentro y es evidente que un tipo como vos
aprende enseguida. Quería verlo morirse: Sos intc·
ligente, le decía, Ilevás diez años aquí adentro y com•

77
prendés todo, para mf es un poco difícil. Además,
vengo de una conva]escencia: con este dedo, ¿cómo
hago?

Entonces el jefe me dice: E'scuche, a mí me pare-


ce que usted quiere pasarse un poco de vivo. En cam·
bio, debe meterse en la cabeza que a la Fiat se viene
a trabaj:ir, no a hacerse el vivo. Si quiere hacerse cJ
vivo vaya a Via Roma, allí donde están sus amigos.
Mire, le digo, yo no sé si en Via Roma tengo amigos.
Sea como sea, vengo acá porque necesito guita. Estoy
trabajando, no aprendí todavía, cuando aprendo
trabajo. ¿Me qdcrc dar seis días de prueba o no?
Pero cómo seis días de prueba, dice el jefe, usted
está aquí desde hace ya un mes. Sí, desde hace un
mes: pero estaba en otro puesto, no en éste. Ahor~
tengo que tener otros seis días de prueba: y él, el
capataz durante los seis días debe estar acá conÍni·
go. Si no, no hago un carajo.

Tenía que atornillar los bulones en el caño de es-


cape, nueve bulones. Tenía que estar ocho horas con
la pistola en los brazos: el motor pasaba delante de
mí, yo atornillaba, el motor seguía de largo. Otro
ponía el cafio de escape y. ensartaba los buloncs,
yo los atornillaba solo. Era bastante fácil, pero te•
nía que estar ocho horas con la pistola en los bra-
zos o sohre un hombro, una pistola de aire que pesa
catorce kilos. Además, n mí, los trabajos en que de-
bo usar una mano sola o un solo brazo, en que no'
tengo que usar los dos juntos, no me gustan. Porque
un hombro me lo desarrollan más y otro menos. Aca-
bás torcido, un hombro de una forma y el otro de
otra, un músculo más desarro1lado y el otro más
chico. Realmente te deformás. Mientras haya que
hacer movimentos como de gimnasia, donde mo-
vés las dos partes del mismo modo, no me fastidio.

78'
En cambio la gimnasia ésta me hinchaba. Sentía
el motor sobre los hombros v, también, el ruido:
tototototo to to to: no lo podía soportar.

Yo, de todas maneras, ya había decidido romper


con ]a fíat, amenazarlos. En mi último encontro-
nazo con el capataz aparecen, una vez müs, los jcfc.~.
todos juntos. Los obreros habían parado porque mi
capataz había dl.!tenido la línea nuevamente. Estab:m
todos mirándome. Yo miraba a los jefes. Y los ame-
nazo, amenazo al jefe, al capataz y al grnnjcfc, por•
que también él, el coronel, estaba allí. Miren, digo,
la Fiat no es mía, métansclo bien en la cabeza. No es
invento mfo, yo no la creé; estoy aquí para ganarme
la vida y nada más. Pero si me provocan y me joden
la paciencia, les rompo la cara a todos. Digo todo eso
delante de los obreros. Los había amenazado explí-
citamente, pero ellos no podían arriesgarse. Porque
no sabfon cómo pensaba yo, si lo decía o no en se-
rio. Entonces el gran jefe recurrió al paternalismo.

Tiene razón, me dice delante de los obreros. Pero


el trnbajo es algo importante, el trabajo es algo que
hay que hacer. Evidentemente, usted está un poco
nervioso hoy, pero nosotros no podemos hacerle na-
da, esto no es un hospital. Vaya a curarse, dice acer-
c~índome, vaya a la mutual, dice delante de los obre-
ros, no rompa las bobs a la gente que quiere traba-
jar. Me tranquiliza, a la final me tranquiliza. Y des-
puc:s cierra el sermón: Si quiere romp;!r las bolas
vaya a la mutual, vaya a hacerse dar por el culo, no
rompa las pelotas aquí adentro a la gente que tra-
baja y quiere trabajar. Aquí no hay lugar para los
vivos, los locos, los enfermos que no les sienta el
trabajo. Mientras tanto, la línea se había puesto en
marcha y los obreros ya no me miraban.

79
Capítulo V

La lucha

Todo eso, antes de conocer a los compaficros fue-


ra de la fábrica. Una noche al salir de la Fíat un es-
tudiante me dice: ¿ Qucrés venir a una reunión en
el bar? Me gusta la proposición y le digo que sí, que
voy. Qué carajo, no tengo nada que hacer, voy a ver
qué quieren estos bolas, qué dicen. Veía todos los
días a los estudiantes esos y los consideraba unos
bolas. Ni siquiera sabía qué decían, no leía sus vo·
lantes.

Por entonces había paros, paros decretados por


el sindicato. Los hacían ·1os que reclamaban la se-
gunda categoría, los guincheros y los locomovilis-
tas. Eran paros internos; los hacían algunas líneas,
las del 124, que cslahan paralizadas. Los obreros se
entretenían jugando a las cartas, a la arrimadita,
pulseando. Leían o estaban d~ brazos cruwdos por·
que no llegaban las piezas. Estaban paralizadas dos
o tres líneas. Cuando yo salía, veía a los estudiantes
que repartían volantes y que hablaban ele esos paros.
Pero a mf la cosa no me intC'rcsaba.

De modo que voy a esa reunión en el bar, ahí no


más en Mirafiori. Conozco a Mario y a los estu·
diantes y les digo en qué sector estoy y qué hago.
Conozco también a otros obreros y a Raffaele, uno
de la 124, al que veía ir todas las noches a las reu-

81
nionc!:i. l?.l <.kda que conocía müs o 1111..:uos unos
oc.hcnta compañeros que estaban dispuestos a p3rar
cuando él lo indicara. Car~jo, me digo yo, a mí me
conocen todos, pero ninguno está dispuesto a parar
cuando lo indique yo. Entonces, le digo, si cónoc6s
más o menos ochenta compañeros podemos parar
cuando queramos. Incluso podemos parar mañana.
No trabajemos más, comencemos n luchar desde
mañana.

M:.1rio y los otros estudiantes estaban atentos pa-


ra no perderse palabra de lo que decíamos Raffocle
y yo. Después se decide imprimir un volante para el
día siguiente y yo digo: De acuerdo, hagamos un vo-
lante para mañana anunciando que vamos a la lucha,
que paramos. No sé a propósito de qué iba a ser
el volante ese. Sobre la segunda categoría, me pa·
rece. O quiz,'t pedíamos la guita del morfi. En Ja
Fíat no te dan de comer, hay comedor pero el mor-
fi se lo tiene que llevar uno y nosotro::; queríamos la
guita del morfi porque nos la habían prometido.
Creo que se trataba de algo por el estilo.

También en la Fiat, como en muchas fábricas, pa-


ra comer había que llevarse el morfi. Y yo sostenía
que la media hora que nos daban para comer tenían
que pag[trnosla porque también durante esa media
hora trabajábamos. Porque mientra5 est.ís trnbajan·
do suena la sirena, uuuhhh y entonces te largás a co·
rrer, subís las escaleras, llcgás a tu pasillo, llcg.:ís, a
tu vestuario, llegás a tu armario, sacás el tenedor, la
cuchara, el pan, corrés, vas a buscar el morfi al mis-
mo tiempo que otros dos mil, agarrás el morfi, llc-
gás a la mesa, hablás, tatatatata, comés, glo-gló,
uuuhhh, te levantás, te largás a correr, pasillo, ves·
tuario, armario, guardás otra vez las cosas, bajás a
la carrera, media hora, de vu.elta al sector. Todo

82
corriendo, cuamlo vas y cuanuo volvés; ,i no, no po-
dés. Eso es trabajo, no un descanso. Es un hecho
productivo.
Como quiera que sea, oigo decir a Raffaele que _él
podía contar con ochenta compañeros. Y le digo que
quedemos citados para mañana, él con los suyos y
yo con los mfos. Aunque yo no tenía gente adicta, de
todos modos pensaba: Veamos si me siguen, yo Jo
intento. Nos vemos con los tuyos y los míos, le digo
a Raffoelc. Nos vemos en la terminal de bs líneas
y hacernos allí una asamblea, una manifestación. Y
nmcnazamos de muerte y con ahorcarlos a todos los
alcahuetes, los rompehuelgas y los punteros. Los
amenazamos, hacemos manifestaciones y nos pone-
mos a gritar y a cantar. Veamos un poco qué carajo
arreglamos; incluso, después hasta podemos salir de
la planta. En suma, luchemos; rnafüm:i no se traba-
ja. De acuerdo, de acuerdo. Ahora hagamos los vo-
lan titos esos, rnafüma a la una los repartirnos en la
entrada. Después, cmmdo estemos adentro, habla-
mos con los comp::iñcros en los vestuarios, en el ca-
mino que lleva a los vestuarios.
Al día siguiente comenzamos a repartir los volan-
titos en la entrada; junto con los estudiantes. Mario
había preparado un cartel, con no sé qué leyenda,
poder obrero, la clase obrera es fuerte, algo por el
estilo. Entonces yo comienzo mi papel de ar,itador.
Compañeros: nosotros, hoy, debernos parar. Porque
nos hemos roto el culo trabajando. Ya han visto qué
duro es el trabajo. Han visto qué p:sado. Han vis-
to cuánto daño hace. Nos hicieron creer que la Fiat
era la tierra prometida, que era California, que es-
tábamos salvados.
Yo he hecho toda clase d: trabajo: albañil, la-
vaplatos, peón de carga y descarga. Los he hecho to-

83
dos, pero el más asc.¡11croso es el de 1a Fíat. Cuando
vine a la Fíat creí que me salvaba. Este mito de la
fiat, del trabajo Fiat. En cambio, es una porquería,
como todos los trabajos. Peor incluso. Aquí, todos
los días nos aumentan el ritmo. Mucho trabajo y po·
ca guita. Aquí, uno se mucre poco a poco sin darse
cuenta. Esto significa precisamente que el trabajo es
asqueroso, todos los trabajos son asquerosos. No
hay trabajo que sea bueno, justamente porque el tra-
bajo es asqueroso. Aquí, hoy, si queremos mejorar,
no tenemos que mejorar trabajando más. Sino lu-
ch:mdo. No trabajando mús: sólo así podemos me·
jorar. Ce repusammo nu poco, oggi ce ne iammo a fa'
na iurnata e festa. Hablaba en dialecto porque eran
todos napolitanos, meridionales. Así comprendían
todos, allí la lengua oficial era el napolitano.

Después entramos adentro y mientras entramos se


me ocurre una cosa. Hago que Mario me dé el cartel,
ese cartel que ni siquiera sé qué carajo decía. Tengo
un arrebato de fantasía y entro en la Fíat con el
cartel en una mano y la credencial en la otra. Por•
que para entrar hay que mostrar la credencial si
sos obrero o no. De Jo contrario, quién sabe, puede
entrar adentro un delincuente o alguien que quie·
ra poner una bomba. El primer guardián me mi·
ra sorprendido, con la boca abierta. Es la prime-
ra vez en su vida que ve un cartel dentro de la Fiat.
El jefe de los guardianes se me acerca y me dice:
Deténgase. ¿A m{ me habla? Sí: ¿qué hace con ese
cartel?

¿Con este cartel?, replico yo. Lo muestro. ¿Pero


no sabe que no se puede entrar con carteles? ¿Dón·
de dice eso? En el reglamento no figura que esté
prohibido entrar con carteles; por eso yo entro. Le
digo que no se puede. Pero esto es una arbitrarle-

84
dad: que no se puc.!dt! entrar lo cslü c.kcidkndo us-
ted, ahora, aquf; pero yo entro. Este cartel me gus-
ta y lo llevo conmigo. No: no se puede entrar con.
cosas que no tienen nada que ver con el trabajo. ¿Y
entonces por qué ése entra con el Corriere dello
sport, qué carajo tiene que ver el Corriere dello sport
con el trabajo y con los obreros? Este cartel por
Jo menos les interesa a los obreros, esa revista nd
le interesa a nadie. No es asunto míÓ, venga con-
migo. Y yo digo: Si dejo el cartel, ¿puedo entrar?
Sí, deje el cartel. Fíjese que lo dejo aquí, del lado
de afuera. ¿Está bien?

Entro adentro. Y me llama el jefe de los guar-


dianes. Usted: venga conmigo. ¿_A dónde? Tengo que
ir a trabajar. Venga conmigo. Entonces lo agarro de
la corbata y le digo: Mejor va a ser que vengas vos
conmigo. Lo arrastro un poco, le doy una patada
en Jos huevos, una patada en la panza y lo tiro al-
suelo. A mf ustedes no me cagan, Je digo: hoy hay
paro, hoy se la vamos a dar a todos por el culo .
.Los obreros que entraban, un bramido: uhhh, co-
mo las tribus árabes. Todos me aplaudían. Y des-
pués dicen: .Metete adentro r:ípido, si no te iden-
tifican. Me melí adentro a la carrera y fui al v<.>s·
tuario: Compañeros, hoy vamos a la lucha; ahora
vamos a bajar para armar un gran quilombo.

Todos se pusieron p{,lidos. Era demasiada pro·


vocación para ellos. Nunca habían ido a la lucha.
Allí, el sindicato no asomaba nunca la nariz. ¿De
dónde sale el tipo éste?, pensaban, este loco que
dice que debemos ir a la lucha. Así todo, los es-
peré al pie de la escalera: Hoy vamos a la lucha.
¿Y cómo hacemos? En vez de ir a las líneas, for..
mamos un grupo en las terminales. Pero no fueron.
Eran frustrados, tipos bloqueados, no compren-

85
dfan y se iban a la, Ifucns. Porque estaban n"uró·
ticos.

¿Qué es la neurosis? Todo obrero de la Fíat tie-


ne un número de puerta, un número de corredor,
un número de vestuario, un m'.1mero de armario, un
número de sector, un número de línea, un número de
operaciones que realizar, un número de piezas que
fabricnr. En resumen, es todo números; su jorna-
da en la Fiat está toda articulada, organizada por
esa serie de números que se ven y por otros que no
se ven. Por una serie de cosas numeradas y obliga-
das. Estar allí adentro sicnifica que no bien tras·
ponés el portal tcmls que hacer así con la credencial
numerada, después tenés que tomar por esa escalera
numerada girando a la derecha, después por ese co-
rredor numerado y así sucesivamente.

En el comedor, por ejemplo. Automáticamente los


obreros eligen un lugar donde sentarse y ese lugar
sigue siendo el de cada uno para siempre. La org:mi-
zación no llega al punto de que todos tenr_mn que
sentarse siempre en el mismo lugar. Pero de todas
maneras acabás siempre en el mismo lugar. Es un
hecho científico, realmente; un l1ccho cxtt·año. Yo co•
mí siempre en la misma silla, en la misma mesa, con
las mismas personas, sin que nadie nunca nos hu-
biera puesto juntos. Eso es la neurosis, a mi mo-
do de ver; no sé si a eso se le puede Jlamar neuro-
sis, si la palabra es correcta. Pero para estar alH
dentro tem:s que ser un neurótico, porque no sé si
estarías si no lo fueras.

Los fulanos con los que había hablado de ir a


la lucha no aceptaban, no sabían qué carajo hacer.
No habían comprendido mi propuesta. Intuían que
lo que yo les había propuesto era justo, pero no sa·

86
bfan cómo realizarlo. No se <laban cuenta de que
lo importante era sólo armar quilombo todos jun-
tos. A mí me dio bronca. No porque me fuernn a
despedir por lo que había hecho, porque a decir ver-
dad hacía rato que me quería despedir por mi cuen·
ta, sólo que andaba buscando la excusa. Hacía tres
meses que estaba en la Fíat y no aguantaba más. No
me soportaba como trabajador. Estábamos en mayo,
hada calor y tenía ganas ele volver a mi casa y bañar-
me en el mar.

No me daba bronca porque me fueran a despe-


dir. Eso era seguro, pero no me importaba. Tal co-
mo yo estaba era fácilmente identificable. Tenía bi-
gotes, zapatos blancos, camisa azul y pantalón azul;
era fücilmente identificable. Y estaba tal como había
entrado, sin disfrazarme. Es decir sin haberme pues·
to en el vestuario los zapatos viejos, el pantalón vie-
jo, la camiseta vieja, sin cambiarme como era lo ha-
bitual. Había entrado tal como estaba en la calle,
con unos zapatos blancos impecables; y había entra-
. do dispuesto a no trabajar. Tenía bronca, en cam-
bio, porque no había conseguido convencer a los
demás.

Me voy a tomar una coca al ~utomático, la bebo y


llego tarde a la línea de montaje. Porque a la línea
hay que llegar siempre antes, nunca después. Y en-
cuentro allí al jefe, al otro jefe, a todos, cspcr..\ndo-
mc. Mi puesto lo lrnbb ocupado el capataz. Llego y
el jefe me dice: Se da cuenta que está rompiendo la
paciencia. Aquí se llega a horario, de modo que le
voy a poner media hora de multa. Hacé lo que ca-
rajo te grn;tc, Je digo; me tienen podrido vos y la
Fiat; andá a hacerte dar por el culo antes de que te
tire algo por la cabeza; ocúpense ustedes de estas
máquinas de mierda: a mi qué me importa.

87
Como los obreros que estaban alrc<lc<lor me mira-
ban les dije: Pero ustedes son boludos, son esclavos.
Acá hay que romperles el alma a estos espías, a es-
tos fascistas. Quién carajo son estos insectos; cscu·
pámosles la ~ara y hagamos lo que se nos dé la gana;
e5to parece el servicio militar. Afuera tenemos que
pagar si entramos a un bar, tenemos que pagar el
tranvía, tenemos que pagar la pensión, tenemos que
pagar todo. Y ad adentro nos quieren manc.lar. Por
cuatro guitas que no sirven para un carajo, por un
trabajo que sólo sirve para reventarnos. ¡Nos hemos
vuelto locos!! Esta es una vida de mierda: si los pre-
sos son más libres que nosotros. Encadenados a estas
máquinas asquerosas, con carceleros por todos lados,
ni siquiera podemos movernos. Lo único que falta
es que nos sacudan con un látigo.
Así todo, comencé a trabajar de mala gana: por-
que quería luchar. Quería hacer algo, me reventa·
ha seguir allí. Mientras estaba en eso, oigo unos gri-
tos a lo lejos. Los talleres de Carrocerías son unos
galpones grandísimos, uno no ve el fondo, hay un
ruido tremendo, la voz humana no se oye. Para ha-
blar entre ellos, los obreros tienen siempre que
gritar. Oí quilombo, gritos, y me dije: Son los com·
pañeros que empiezan 1a manifest~ción. Eso si: no
me daba cuenta dónde era, porque no se veía. Aban-
dono mi puesto de trabajo, atravieso todas las Jí.
neas, por el medio, por donde están todas las otras
máquinas, y voy a reunirme con mis compañeros.
Llego y me pongo a gritar con ellos. Pero lo que
gritábamos eran cosas extrañas, que no tenían un
carajo que ver: l\fao Tse-tung, Ho-Chi-Min, Poder
obrero. Y otras que no venían al caso, pero que
resultaban agradables.
Cosas así como Viva Gigi Riva, Viva el Cagliari,
Viva la joda. Queríamos gritar cosas que no .tenfan

sa
nnda que ver con la Fíat, con tocio lo que teníamos
que hacer allf dentro. Por eso todos, gente que no
sabía ni por asomo quiénes eran Mao y 1-Io-Chi-Min,
gritaban Mao y Ho-Chi-Min. Aunque no tenfa un ca-
rajo que ver con la Fiat les gustaba. Y comenzamos
n hacer la manifestación. úrnmos alrededor de
ochenta obreros. A medida que la columna pasa-
ba entre las líneas se iba agrandando por atrás. En
cierto momento llegamos a un sitio donde había
unos .letreros, los arrancamos y escribimos con tiza:
Compafieros abandonen las líneas su puesto está con
nosotros. En otro, Poder obrero. Y en otro, ;Pill"a. los
chupamedi~s el trabajo, para los obreros la lucha. y
seguimos addante con esos tres carteles.
La manifestación empezó a agrandarse y apare-
cieron los sindicalistas. Era la primera vez que yo
veía a ]os sindicalistas dentro de la Fíat. Compa-
ñeros, comienzan a decirnos, no hay que ir a la
lucha en este momento. A la lucha iremos en oto-
ño, junto con el resto el<.! la clase obrera, con to·
dos los dcmús nietalúrgicos. Ir ahora a la lucha
significa debilitarla; si ahora no nos entendemos,
cómo haremos después, en octubre. Y nosotros:
A Ja lucha hay que ir ahora porque es primavera y
tenemos el verano por delante. En octubre nos ha-
rán falta abrigos, zapatos, tendremos que pagar la
calefacción y tambic.:n los libros que ncccsit:rn nues-
tros hijos. De modo que el obrero no pued·c ir a la
lucki en invierno, tiene que ir a la lucha en verano.
Porque en verano puede dormir al raso, en invierno
no. Y ademüs váyanse enterando de que es en pri•
mavcra cuando la Fiat recibe más pedidos de mer·
cadcría: si paramos ahora jodemos a la Fiat, en
octubre a la Fiat le interesa un comino.
Los sindicalistas comienzan a fonnar grupos, a
separamos, a dividir la manifestación. Nosotros,

89
unos veinte, formamos otra column::\ en otro lucar
y rccupcrnmo:i n algunos compafíeros. Al cabo de
dos horas logramos parar todas las líneas. Prccisa-
m~nte para entonces nparece el jefe de Carrocerías,
el coronel. Estübamos en el sector 54, pero habían
parado todas las líneas porque habfamos ido a to-
dos los sectores y los habfomos obligado a parar a
todos. Llega el coronel y a medida que Jlega ]os
obreros se van abric'ndo para dejarlo pasar y vuel-
ven rápidamente a las líneas. Quedamos sólo unos
quince con ]os carteles en la mano. Entonces deci-
do que es el momento de enfrentarlo: de lo contra-
rio, hubiera sido como escupirnos a nosotros mis-
mos.

El avanza hacia nosotros y yo avnnzo -lw.cia ,(J


con el cartel apuntándob " la cara. S:! lo planto a
medio metro de la nariz y lo ]ce. No recuerdo cuál
de los carteles cn:i, qué decía·: no me importaba. Só·
lo me importaba joderlo. Que comprendiera que no
había nada que hacer con nowtros. Al v~r que. no
me muevo, que me quedo clavado frente a él, dice:
¿Qué son esos carteles? ¿Anuncios de verdura? ¿ Es·
tamos en el mcrc~do? No; digo yo; son cartdes que
van contra los intereses de los patrones, por c~o los
hicimos. El tipo se aparta y forma un grupito con
el ingeniero de Carrocerías y los demás obreros. Al·
rededor del ingeniero había unos quinientos obreros
que decían siempre que sí con ]a cnbeza. El inge-
niero hablaba y los obreros decfan que sí. Los
demás grupitos los armaban los sindicalistas en las
otras líneas de Carrocerías. Quedamos sólo un gru•
pito de quince compañeros, aislados.

Entonces digo: Compañeros, aquí hay que fnter•


venir porque sl no nos aíslan, nos dan por el culo.
Tenemos que intervenir donde está hablando el ln·
o
90
gcniero porque allí e:;t ..l el pez ru{1s gordo. Si conse-
guimos joder al ingeniero delante de ]os obreros, re~
cupernmos todo. Si v.plastamos la gesliún c.1pitalis-
ta de ese grupito, hoy ganamos la lucha. Nos acer-
camos. Hablaba el ingeniero y yo digo: ¿Puedo in-
tervenir en esta discusión? Por favor, replica él; ha-
ble: ¿qué tiene que decir? Tengo que decir una cosa
sola: ¿a usted cuánto le corresponde por premio de
producción? Eso es cosa que no le interesa, dice el
ingeniero.

No; tne interesa, claro que sf. Me interesa porque


nosotros, por premio de producción, a lo sumo reci·
bimos ... Ni siquiera sé cuánto recibo yo. Nunca
miro qué die·.! el sobre del sueldo: eso de salario bási-
co, superproducción, etcl!tcra. Agarro la guita sin
leer: porque no me interesa leer, me interesa la
guita. Pero a lo sumo nos corresponde el cinco, el
seis, el siete por ciento. En cambio, ¿a usted cmin-
to le corresponde? No le interesa. En relación con
los pequeños porcentajes qur recibimos nosotros,
continúo yo, a usted, según la producción anual de
autos que nosotros hacemos, le corresponden en
concepto ele premio, varios millones de liras. ror
eso tiene inlerés en hacernos producir cada vez más.
En cambio, para nosotros el trabajo y la guita siguen
siendo siempre los mismos. ¿Es cierto o no?

Le repito que ésas son cosas que a usted no Je in-


teresan. ¿Cómo que no me interesan? Usted, con
mi trabajo, junta millones: ¡y después dice que no
me debe interesar! ¡Si 1a guita la hace usted! Por-
gue el premio de producción aumenta con la cate-
goría. Es decir, si uno es capataz, jefe, gran jefe,
o si es Agnelli. En cuanto a Agnclli, c\·identcmente
el mayor premio de producción se lo lleva él. Me
volví hacia los obreros: ¿Saben cuánta guita le to·
ca a éste en concepto de ¡m"!mio por pro<luccir.Sn?
¿Saben por qué no me lo quiere decir?

Interviene el coronel y dice: ¿Pero usted no sa-


be que yo estudié, que soy ingeniero? No, no lo
sé, respondo yo; y digo: ¿ Y usted no sabe que a
nosotros nos importa un carajo que usted haya
estudiado y que no le reconocemos más derechos
que a nosotros? Y él responde: ¿Pero a usted
sus padres no le enseñaron educación? No, no
me la enseñaron: ¿por qué? A usted, ¿se la enseña-
ron? Claro que me la enseñaron. Otra cosa, me dice:
¿usted hizo el servicio militar? No, no hice el ser-
vicio militar; ¿por qué?, ¿qué tienen que ver la fa.
rnilia y el servicio militar? Tienen que ver, porque
la familia tiene que enseñar educación y a respe-
tar a. las personas más instruidas. Y si usted hu-
biera hecho el servicio militar habría comprendi-
do que en todas partes hay una organización que
debe ser respetada. Quien no respeta esa organi-
zación es un anarquista, un delincuente, un loco.

Puede que yo sea loco, pero ocurre que a mf no


me gusta trabajar. Allí está, allí está, chilla el fula-
no; lo oyeron, a ninguno de los que hacen paro le
gusta trabajar. Y entonces, digo yo, ¿ por qué todos
éstos, en vez de ponerse a trabajar en las líneas,
prefieren estar aquí hablando con usted? Es evi·
dente que a ninguno le gusta trabajar. Basta cual-
quier cosa, basta que tengan una excusa, incluso
oír hablar a alguien, con tal de no trabajar. Al obre-
ro no le gusta el trabajo, el obrero está obligado
a trabajar. Yo estoy en la Fiat no porque me gus·
te la Fíat, que no me gusta un carajo, ni tampoco
los autos que fabricamos, y tampoco me sustan
los Jefes: y usted menos. Estoy aquf porque necc,.
sito guita.

92
En mi opinión, cstad1 muy poro tiempo más, di-
ce el coronel. Acabo de saber que le pegaron a un
guardián. Si descubro qui('n fue se la haré pagar
cara. No debe ir. muy lejos para descubrir quién
fue, le digo yo; a mí las adivinanzas nunca me gus-
taron; ya sé que me la hnrá pagar cara, pero qué
me importa. Le pcr,ué al fulano ese y es posible
que esta noche todavía le pegue a nlguicn mCls. El
tipo siente olor a biaba y se aparta inmediatamen-
te de nosotros, de los obreros. Porque nosotros,
los quince, nos habíamos puesto delante de él. Y
detrás de él estaban todos los otros obrero§_. Se
aparta, pero antes me pregunta: ¿Cómo se llama
usted? Le digo mi nombre y apellido y el nombre
de mi jefe y que trabajo en el sector 54 de la línea
del 500 y que estoy a su disposición. Le digo todo
eso para demostrar que no Je tengo miedo. Me
las va a pagar. Andá que te rompan el culo, tomá·
tcJas sorcte, otro día te la pago.

Se va y mientras se va todos los obreros hacen


chhhh: un grilo; y aplauden todos: Sos un genio,
le hiciste un hijo macho, es un sorete el tipo ese, nos
quería pasar a todos. Está bien, está bien, digo yo;
ahora tenemos que hacer la manifestación. Tene-
mos que armar un quilombo que no termine m{1s,
tenemos que hacer sonar todo acá dentro. Y pegá-
bamos patadas contra los cajones de material, pa-
ra hacer ruido. Un ruido sordo, violento, dudu dudu
dudu; dos horas de quilombo. Además, cada tanto
dcliberáb~mos, una vez al norte, otra vez al sur de
las líneas. Atravesábamos las líneas en zig-zag, gri·
tanda todos juntos: Más sueldo y menos trabajo.
O si no queremos todo. Atravesábamos las líneas y
deliberábamos.
Así hasta la noche. A la noche voy a buscar mi

9.3
cartdito. No estaba, se lo habían llevado. Me diri-
jo al jcfo. Jefe, ¿dónde c[;tá mi cartclito? <.Por qué?,
me dice; ¿no está? No se haga el gracioso, ¿dónde Jo
puso?, respondo. Yo no sé dónde estú y si no está
significa que usted debe esperar, después ya vere·
mos. Bien, espero. Mientras tanto, ]os obreros se
van, se va todo el mundo. Me daba la imprcsi6n de
que yo era el único que quedaba en .Mirafiori. En
eso aparece otro jefe y después otro y otro m:ís.
Ajá, me digo; hay olor a alcahuetería. Jefe, ¿mi car•
telito dónde está? Tiene que venir a ]a oficina, me
dice él.

Un carajo voy a ir a la .oficina. Yo mañana entro


a la fábrica otra vez, con cartclito o sin cartelito.
Pero a la oficina no voy. Si el coronel me quiere
decir algo, que venga a decírmelo aquí. Yo no ten-
go nada que decirle a él, es él quien quiere decir:·
me algo a mf. Le digo eso y me largo a correr. No
tenía que lavarme ni cambiam1e, porque estaba tal
cual había entrado. Me largo a correr para no ser
el último en salir. De los vc~tuarios salían todavía
obreros qnc se habían lavado y cambiado. Los al·
canzo y digo: Compañeros, me quieren agarrar pa·
ra denunciarme. Me agarran a la salida, me ponen
un fierro viejo en el bolsillo y después llaman a la
policía y me denuncian por ladrón: es lo que acos-
tumbran hacer.

Todo organizado. Me agarraban, m~ metían un


fierro en el bolsillo, un fierro cualquiera, un bulón,
una llave. Telefoneaban a la policía: Lo sorprendi-
mos robando; además, esta mañana le pegó a un
guardián. Me daban tres años. Ese era el tmco. Que-
rían agarrarme a toda costa. Seguí con los compañc•
ros. Tengamos cuidado a la salid:i. Porque a la sali·
da un ¡uardi4n te seiiala, te obligan a entrar a una

94
piecila, le revisnn el bolso y le palpan de mriba aba-
jo. Si me sl'ik1lan a mí, les digo a los compañeros,
no voy: porque si voy adcntrn er.toy jodido. Segui-
mos andando, llegamos al portal y veo al jefe, a mi
jefe, entre los guardianes: cinco guardianes. Y dice
mi jefe: Ese es, ése que está ahí.

Un guardián, que debía ser el entregador de la si·


tuación, se adelanta y me dice: Vos; mejor dicho me
dice: Usted; tratan siempre de usted en la Fíat; ven-
ga conmigo. ¿Quién: yo? ¿Por qué? Venga conmigo.
No quiero; ¿qué querés conmigo? ¿Por qué no quie-
re venir; nunca lo revisaron? Sí, pero esta noche
no tengo ganas; ndemás no llevo bolso; rnirá: lle-
vo cnmisela. Me levnnto la camiseta y me quedo
con el pecho al aire. Tengo el pantalón y nada
mf1s, no tengo nada más encima, ¿viste?; ehau.

Venga aquí, grita él. Y el animal de mierda me


agarra del cuello y me arrastra. R:.ípidamentc re-
flexiono qué carajo puedo hacer. Finjo ir con él.
Después le pongo una zancadilla y le doy un em•
pujón. Páfate: cae al suelo como cagada de vaca.
Le largo una patada a los huevos. Otros dos guar·
dianes se ~balnnznn sobre mí. El primero me su-
jet:1bn desde abajo; los otros poco más me aplas·
taban. A fuerza de pat::ldas y codazos consigo sa·
cnrmc de encima a C!;OS dos. Pero el mny animal
del primero scgub agarrndo n mi cuello y me ha-
bía obligado a encorvarme. En ese momento un
compañero le tira del brazo al mierda que, como
una morsa, me tenía sujeto por el cuello. Me Ji.
bro del brazo, doy un salto, le escupo la cara al ani-
mal ese y escapo. Así todo, agarraron a ini compa-
fiero y lo despidieron por haberme ayudado. ·

Por fin salf afuera. Salí afuera y me ~ncontré con


9S
un montón de obreros y estudiantes. Delante de la
puerta estaban todos los compafieros que hahl.,ban
ele ir a Ju lucha. Los com¡K111cros que decían que ha-
bía hecho bien en pegarle' a los guardianes. Y todos
C5tab:m de acuerdo en que ese día la lucha había sido
importante, una gran satisfacción. Hicimos 1a reu·
nión. Los obreros vinieron en masa al bar: tantos
que no cabían. Allí conocí a Emilio y Adriano, com-
pañeros también. :e.ramos tantos que se resolvió
celebrar las asambleas en la universidad. Ese fue
el comienzo de las grandes luchas en la Fíat. Era e)
29 de mayo, un jueves. ·

96
SEGUNDA PARTE
Capitulo VI

El salario

En la Fíat hacía ya dos, tres semanas, que había


empezado. Habían comenzado los paros cle!;pués de
la huelga de Battipnglia. Paros que en la Fíat los
sindicatos, por prudencia, habían resuelto que fue-
ran sólo de tres horns. El 11 de abril tuvo lugar la
primera asamblea política de 1.500 obreros de las
Prensas Sur de Mirnfiori. Que fue la primera oc.'.·
sión que los obreros e.le la Fiat aprovecharon para
luchar contra el plan de los pntroncs. Que es pro·
vacar la desocupación .Y emplear por hambre a la
gente del sur. Formar una enorme reserva de jó·
venes y obligarlos a partir, como el servicio militar,
para el trabajo en las fábricas del norte. Ese traba·
jo que se convertía casi en un premio, en un regalo
que nos hacían los patrones. Y que nos llevaba a
dormir en las estaciones o amontonados en un cuar-
to por el que debíamos pagar un precio que era un
asalto.

Esto lo explicaba en Servicios Auxiliares un obre-


ro, luego de la huc1ga de Battipaglin. Se sube a una
mesa del comedor y explica por qué los meridiona-
les se ven obligados a venir al norte. Entonces la di-
rección toma la medida habitual: traslada a ese obre·
ro a la Mirafiori Norte, aislándolo de todos. Pero el
martes 15 hay ya un grupo de obreros que discute en
una se¡unda asamblea, se mete de ¡olpe en el co-

99
roedor, pide el paro y exige a la comisión interna que
haga reincorporar inmediatamente ese obrero a
su cuac.lrilla. Yo, esas cosas no las sabía; las apren-
dí en las discusiones con los compañeros. Después
que corté para siempre con el trabajo. Después del
quilombo que armé el día aquel, en Mirafiori.

Cuarenta y ocho horas más tarde empiezan las


luchas de Servicios Auxiliares por las categorías y
los supcrmínimos: dos horas por turno. Se pie.le la
eliminación de la tercera categoría para Servicios
Auxiliares. Para hacer participar en la lucha tam-
bién a los obreros de primera categoría, el sindica•
to pide el aumento de los supermínimos. La señal
de paro la dan los obreros. El sindicato se mantie-
ne a la expectativa. Pero se trata de una fose de en-
sayo. Sólo dentro de un mes la lucha comenzará a
abarcar gradualmente todos los sectores de Mira-
fiori.

Cómo funciona Mirafiori. La primera de las dos


grandes corrientes de producción parte de Fundi-
ciones, done.le se fabrican las partes de los moto-
res, el bloque y el cabezal de aluminio. De allí a
1\.fccánica, donde se montan los motores y se los
completa con las demás partes. Después los mo•
torcs pasan a Ensamblaje, que es la línea de mon-
ta je. La segunda corriente parte de Prensas, don-
de se estampan en chapas de r,ccro las partes de la
carrocería. De allí a Ensamblaje, donde se las suel-
da unas con otras y se las esmalta. Mientras los
cascos recorren la línea, se montan el motor y las
partes mecánicas. Una vez tapizados y provistos de
neumáticos, los coches son llevados a la playa de
almacenamiento.

A medf ados de mayo comienzan los paros de los


100
conductores ele locomúviks. Parn que las rescnas
se agoten y el contr;1r,olpc afecte a secciones qua los
]ocomóvilcs comunican con los transportes inter-
nos, el paro continúa durante toda la jonrnda, a lo
largo de los tres turnos. A las 12 del primer db, la
Fiat lanza la primera oferta: 40 Jiras por hora de
aumento para todos los locomovilistas de tercera
categoría, de modo que queda salvada la jerarquía
con diez liras de diferencia a favor de la segunda.
Rechazo rotundo de los locomovilistas de la Mira-
fiori Norte.
El lunes 19 de mayo los locomovilistas continúan
todavía el paro durante todo el primer tumo. Los
obreros quiebran la división en cuadrillas y comien-
zan las as::tmbleas de sector. Se rechaza 1n propues-
ta, hecha por la jefatura de fübrica, de enviar a Jis-
cutir una delegación de obreros. Los locomovilis-
tas responden que ellos estarían más cómodos si la
Fiat enviara sus rcprescnta:-itcs a las asambleas
obreras. En las asambleas loe; obreros deciden: lo
que importa es la exi3<.mcia de salario.

Qué es el salario obrero. Yo, el sobre no lo leía


jamás, porque no me imporl:.1ba un carajo. En el
sobre figuran todos los rubros en que el patrón di-
vide el salario que da al obrero. Lo divide ante to-
do en dos partes. La primera, que es el sueldo bá-
sico, corresponde a las horas de trabajo en fábrica.
Esa parte, que debería ser el único sal:irio, es siem-
pre muy baja: es decir, nunca alcanza a satisfacer
el mínimo vital del obrero. Y después está la otra
parte, la parte llamada variabJc. En la parte varia-
ble pueden entrar diversos rubros: premio por pro-
ducción, premio por asistencia, destajo, bonifica-
ciones varias, etcétera.
Todos esos rubros sólo sirven para atar el salario
101
del obrero a la producción del patr<m. El destajo,
por ejemplo, depende del ntunero de piezas que el
obrero produce. De modo que el obrero debe estar
siempre atento y obediente a las órdenes de los jefes.
Porque ellos establecen esa parte variable del sala-
rio, que les es absolutamente indispensable para vi-
vir. Y que al patrón le permite mantener el control
político sobre la clase obrera. Hacer que ésta acep-
te colaborar en su propia explotación. Tal la razón
por la que el patrón y los sindicatos, cada vez que
pedimos aumento sobre el sueldo básico, quieren
dárnoslo siempre sobre la parte variable.

Porque cuanta más guita nos aumenta de ese


modo el patrón, tanto más se ata el salario del obre-
ro a la producción y, en consecuencia, tanto más au-
menta el control político del patrón. Sin embargo,
con el destajo podemos joder al patrón. Gracias a la
autolimitación, que es cuando el obrero hace me•
nos piezas de las que debería. Cuando hace más,
el patrón gana en piezas más guita de la que da
en cambio a los obreros. Con Ja autolimitación, por
lo contrario, Ja guita que el obrero recibe de menos
representa muchísimas piezas menos para el patrón,
que resulta así el más perjudicado.

Esa parte variable del sueldo es, por lo tanto, la


que paga la distinta cantidad de trabajo suministra-
da por el obrero. Además está la llamada estructura
vertical del salario: es decir, fas diferencias de sala-
rio entre un obrero y otro obrero según el tipo de
trabajo que hacen respectivamente. Están el siste-
ma de calificaciones y de categorías y otros instru-
mentos que el patrón utiliza para dividir a los obre-
ros entre sf. Instrumentos como las retribuciones
por cargo, los ascensos por mérito, los s_upermíni•
mos diferenciados, la job evaluación, e incluso el so·

102
bre extra y el salnrio negro. Todo eso pnga la distin-
ta calidad de trabajo suministrrido por el obrero.

Pero este asunto de que el tipo de trabajo que ha-


ce un obrero tenga un valor distinto, es decir que se
pague por él m{is o que se pague menos que el tra-
bajo de otro obrero, es unn invcnei6n puramente ca·
pitalista. Inventada por ]os patrones para tener a
m::i.no otro instrumento de control político sobre ]a
clase obrera. No olvidemos que también el partido
y el sindicato están de acuerdo sobre esa invención
capita1ista. También para ellos siempre es justo que
la guita que el obrero recibe se base en la distinta
calidad del trabajo que hace.

Todas esas diferencias de salario le sirven al pa-


trón para ejercer un chantaje pennanente sobre el
obrero: Si querés ser obrero ca1ificado, si querés
mejorar, tcnés que portarte bien, no tcnés que rom-
per las bolas, no tcrn.:s que hacer huelga, etcétera. Y
le sirven para dividir a los obreros durante las luchas,
porque entonces todos formulan solicitudes dife-
rentes según su respectiva calificación y catego-
ría, y luchan divididos. Y el patrón siempre en-
cuentra el sindicato servicial que aprueba los au-
mentos con porcentajes distintos para las distin·
tas calificaéiones y categorías.

Y además está la cucsLión del horario de traba·


jo. Ocho horas de trabajo, cuando no son nueve
o diez, que destruyen completamente al obrero.
Así, pocas energías le quedan, en el llamado tiempo
libre, para comunicarse con los demás obreros: y,
por lo tanto, para organizarse políticamente. ¿Por
qué los patrones quieren mantener siempre un ho-
rario de trabajo tan prolongado? Antes que nada pa·
ra tener el control polftico incluso fuera de la fábri-

103
ca. En segundo lug;.ir, para hacer producir m{\s a los
obreros. Pero los obreros, hoy, rechazan el tra.;.
bajo; quieren tener menos horns de trabnjo para
poder organizarse políticamente.

Y por último está la división de ]a fuerza de tra-


bajo en dos sectores hecha por el patrón. Obreros
por un lado, empicados y técnicos por otro. Por
ejemplo, el régimen de ausencias por enfcrmedad
está totalmente calculado para imponerle el traba-
jo al obrero. Cuando la ausencia pasa dt! tres días
el obrero pierde completamente su salario. Eso no
sucede con los empleados y los técnicos. La cosa ha
sido estudiada parn impedirle al obrero quedarse en
su casa cuando no tiene ganas de trabajar.

Porque los objetivos de los obreros son únicamen-


te sus exigencias económicas y materiales: es decir,
la satisfacción de sus necesidades vitales, sin que ]es
importen para nada las exigencias de los patrones.
Sin que les importe la producción que establece en
qué medida deben ser satisfechas esas necesidades.
Entonces está claro que el problema político consis·
te nhora en atacar todos juntos los instrumentos de
control político que el patrón tiene en sus manos. Y
que usa para atar a la clase obrera y hacerla partici-
par, explotándola, en sus personales exigencias de
producción.

El instrumento que tienen los obreros para impe·


dir esa explotación patron:il es el rech.izo del salario
como compens.ición de la cantidad y In calidad del
trabajo. Es el rech.izo del vinrulo que h:1y entre el
salario y la produción. Es la exigencia de un salario
establecido no ya por la producción de los patrones,
sino por las necesidades materiales de los obreros.
Es decir, aumentos iguales para todos sobre el suel-
104
do b{1sico. Los incenlivos makriaks como el <.h.:sla·
jo, las catc:gorfas, etcélcrn, sólo son par~ que el obre-
ro participe en su propia explotación.
¿ Y quién desempeña el rufianesco papel de con·
venir con el patrón un poco más de guita para el
obrero a cambio de nuevos instrumentos de con-
trol político? El sindicato. Que se transforma, por
lo tanto, en instrumento de control político sobre
la clase obrera. Luchando por sus objetivos econó-
micos y, por eso mismo, políticos, la clase obrera
termina siempre por chocar contra el sindicato.
Porque cuando los obreros no quieren ya dar al pa-
trón otro control político a cambio de un aumento
de sueldo, entonces el sindicato, que desempeña el
rufianesco papel de negociar ese intercambio, es de-
jado dl! lado por los obreros.
De allí, pues, la exigencia obrera del salario garan-
tizado, desligado de la productividad. De allí la exi-
gencia obrera de aumentos sobre el sueldo básico,
sin esperar los convenios. De ailí la exigencia obrera
de las 40 horas, 36 para los que cumplen turnos y
48 pagas. DI! allí la exigencia obrera de 1a paridad
con empleados y técnicos. Por el simple hecho de
entrar en el infierno de la frfürica. Queremos el sa-
lario mínimo asegurado de 120.000 liras por mes.

Porque esa guita nos sirve para vivir en esta so-


ciedad de mierda. Porque 110 queremos rompernos
el alma detrás del destajo. Porque queremos eJimi-
nar las divisiones entre obreros que se ha inventado
el pntrón. Porque queremos estar unidos pnra lu·
char mejor. Porque sólo entonces podremos recha-
zar mejor los tiempos del patrón. Porque más suel·
do básico significa mayores posibilidades de lucha.
Queremos las 40 horas, 36 para los que cumplen tur-
nos y 48 pagas.
105
Porque no queremos pasar )a mitac.l de nuestra vi-
da en la fábrica. Porque el trabajo es nocivo. Porque
queremos tener más tiempo para organizarnos poH·
ticamente. Queremos la paridad entre obreros y cm·
pleados.

Porque queremos un mes de vacaciones. Porque


queremos, obreros y técnicos unidos, conducir la
lucha contra el patrón .. Porque queremos quedar-
nos en casa sin perder todo el salario cuando no
tengamos ganas de trabajar.

Hacia las 11.30 del lunes 19, los conductores de


locomóviles de Mirafiori Norte consiguen comuni-
carse telefónicamente con los compaiícros de Mira·
fiori Sur. Media hora después, los locomovilistas de
la Mirafiori Sur paran hasta Jas 14,30. En el segun-
do turno, otras dos horas de paro por las 50 liras. Si
nos ofrecen 50, pediremos 70, dicen. Para el día si•
guientc los sindicatos prevén, para los Jocomovilis·
tas, un paro de dos horas por túrno al comenzar los
turnos. Los obreros hacen tres, tanto en el primero
como en el segundo turno. El miércoles 21, los jefes
consiguen quebrar el paro del primer turno, a la sex-
ta hora. Pero antes del cierre comienzan los guinche-
ros, que paran dos horas por el problema de las cali-
ficaciones y bloquean el reaprovisionamiento de pie-
zas a las líneas de montaje.

El jueves 22 de mayo, el paro de los Iocomovilistas


y de los guinchcros se transmite a las primeras sec-
ciones fijas. Se unen a la lucha los obreros de Gran·
des Prensas. El sindicato ordena un paro de dos ho-
ras por turno. El paro del primer turno, de diez a
doce comienza con una manifestación interna qt.ie
arranca de las máquinas a los obreros que todavía
trabajan. Mientras tanto,. fracasa el último intento
o
·106
de 1a Fiat para so1ucionnr Jos atnscamientos provo-
cados por esos primeros pnros. A la matiana, los je-
fes intentan llevar de seiscientas a seiscientas cu:1•
renta y una unidades b línea del 124. Los obreros
no inician el trabajo. Algunos ejecutivos y la comí•
sión interna los convencen de comenzar, pero deben
olvidarse de las cuarenta y una unidades de más.

A las 14,30 del mi~~mo jueves 22 entra el segundo


turno de Grandes Prensas, pero no puede trabnjar
sino poco y mal porque el paro de los locomovilis·
tas bloquea Ja afluencia de n)aterial. Al cabo .de una
hora comienza el paro de dos horas, según lo es·
tableciclo. En este punto surge la propuesta de
parar durante las dos horas, de 21 a 23, en que
habrá de llegar material para los locomóviles. Pa,
sa un director y pregunta a los obreros qué quie-
ren: pero ninguno quiere nada. El director con·
cluye que no lo saben. Después del director apa-
rece la comisión interna diciendo que los obreros
de Prensas no deben hacer como los locomovilis•
tas, que paran por su cuenta. Eso perjudica a toda
la Fíat, que puede llegar al cierre.

Para el tercer turno, los sindicatos habían pro-


puesto paro de tres a cinco. Los obreros deciden,
en cambio, hacerlo ele dos a seis. El viernes 23, en
el primer turno de Prensas se cumplen las. dos ha·
ras cstablccidns por el sindicato y, discusión me-
diante, se decide que hay que prolongarlo hasta las
14,30. Mientras tanto, los obreros de las líneas de
montaje aceptan la invitación a Ja lucha que les for·
mulan sus compañeros. A p3rtir de ese momento
ya no salen de la Fíat ni 124 ni 125 y pocos 600 y
850. Son ya 12.000 los obreros que paran. El sábado
24 el sindicato decide que no vale la pena hacer paro
porque hay un solo tumo. Se trabaja,·pero se autoli-

107
mita la proJucciún: sakn sólo 1.300 unidades en vez
de las 3.500 habituales.
En las asambleas y en las discusiones se dice:
Nuestro objetivo no son las 50 liras, aunque nos ven·
gan bien; nuestro objetivo es la organización obrera
permanente que pueda derrotar en cualquier mo~
mento al patrón. A la mierda la democracia, hace
25 años que hay democracia y hace 25 afias que nos
han dado por el culo con ]a democracia. Debemos
organizarnos, los sindicatos somos nosotros, no hay
ningún ejército más fuerte que la cJase obrera uni-
da y organizada. La lucha continúa durante los días
~iguientcs, siempre con manifestaciones y asambleas
scccionalcs, extendiéndose espontáneamente a Me·
dias y Pcquefias Prensas. Aquí los paros son decla-
rados autónomamcnte por los obreros, no por el
&indica to. ¿ Por qué los paros prosiguen días tras
días y se extienden como mancha de aceite? ¿Qué
quieren los obreros de la Fiat?

Los obreros de la Fiat, por primera vez, no se


mueven por particulares reivindicaciones, como el
delegado de línea, planteadas por el sindicato, sino
que rechazan en bloque la organización del trabajo
en la fabrica y lo deciden por sí mismos. Por 80, 90,
100 mil liras por mes tienen ritmos de trabajo ago-
biantes, insoportables, que el patrón aumenta con-
tinuamente. En efecto: en Carrocerías, a comien-
zos de 1968 se producían 320 coches del moddo 124,
360 en octubre, 380 después de Avala. Hoy el patrón
produce 430 y se conforma sólo porque hay luchas.
Tales aumentos son posibles sólo gracias a la acele-
ración del ritmo de montaje en cadena. Pero los
obreros Fíat no quieren saber nada más de todo eso,
quieren decidir cuánto deben trabajar.
Quieren además la garantía de un salario que lea

108
permita vivir y se les importa un rábano de los. au-
mentos por mérito, de los aumentos de porcentaje,
los parámetros, etcétera. Es decir, de tc)(los los me:-
canismos que los patrones hnn inventado junto
con los sin<licatos para atar cada vez más el sala-
rio a la explotación y dividir a los obreros entre
sí. Se les importa un rábano del ddcgado de línea
por el que quiere hacerlos luchar el sindicato. El
delegado de línea es una tspccie ele puntero que debe
vigilar que se respete el convenio relativo a los rit-
mos, es decir relativo a la regularidad de la explota-
ción. Pero es eso precisamente lo que los obreros
rechazan. Es la lucha contra los ritmos de trabajo
lo que los obreros quieren.

En cambio, los patrones quieren delegados de lí-


nea porque les sirven inmedbtamente. Los quieren
presentes en las tratativas, rápidas, y en la firma del
convenio. Los quieren porque aseguran permanente-
mente el control, democrático, sobre los obreros y
sus movimientos políticos. Pero ahora los obreros
Fíat han decidido anticipar el choque respecto a los
plazos contractuales fijados por los patrones en
acuerdo con los sindicatos. Los convenios que debe-
rían bloquear por tres años las luchas y favorecer los
planes del patrón. Todo esto es discutido y deci-
dido por los obreros Fíat en las asambleas de sec-
tor. Durante el horario de trabajo los obreros tra-
tan de darse, por primera vez, una organización
autónoma.

¿Qué han hecho hasta ahora los sindicatos? Han


procurado extinguir las luchas o nislnrlns. E.n Me..
cdnica y en Medias y Pequeñas Prensas han dicho
que los paros espontáneos eran ilegales: Nosotros no
entraremos en tratativas si ustedes lc;>s hacen. Han
dicho que se consideran sabotaje los paros no de·
109
darados por el sindicato. Han dicho que si se ob-
tenían fuertes aumentos salariales, éstos serían ab-
sorbidos por el convenio nacional. Pero tal cosa no
es cierta porque simultáncamt!nte se han firmado
acuerdos que excluyen la absorción de los aumen·
tos para la Nebiolo y la Olivetti.

Han deformado la realidad de la lucha misma di-


fundiendo rumores: por ejemplo, que la lucha en
Prensas había concluido, cosa que no era cierta. Di-
ciendo que la Fiat, en caso de que la producción re-
sultara perjudicada por el eslabonamiento de las
luchas, es decir por el hecho de que cada sección
parara dos horas y todas coordinasen su acción de
manera tal que se bloqueara la producción, cerraría
sus puertas.

Hacían correr el rumor de que si a la semana si-


guicn te las líneas continuaban paradas todavía, fa
Fiat pasaría sus obreros a fa Caja de Integración.
Macaneaban acerca de las tratativas afirmando que
se habían logrado ciertos resultados, en tanto que
eso no era cierto. Difundían versiones según las cua-
les era necesario evitar que en la Fiat se recreara el
clima de la década del 50, o sea la caza de brujas y
el comienzo de los despidos de los obreros acti-
vistas.

Hasta dijeron que se corría el riesgo de llegar a


un convenio que quebrada Ja unicfo.d de la cfose
obrera: pero eso es lo que ellos han hecho siempre.
Obreros: si los sindicatos continúan aislando y
oplncando la lucha, si In prensa de, todos los partí•
dos no dice lo que realmente sucede en la Fiat, el
lema de los obreros es, en cambio: Toda la Fiat en
pie de lucha. A las amenazas de suspensión, los obre.
ros responden: Toda la Fiat en pie de lucha.

110
Paros dec:larndos por los obreros en las asambleas
internas: Sector 13: primero y segundo turno. Sec-
tor l: primer turno, 4 horas; segundo turno, 4 horas.
Sector 3: primer turno, 4 ho1 as; segundo turno, 4
horas. Paros declarados por los sindicatos: Servi-
cios Auxiliares: primer turno, 2 horas; segundo tur-
no, 2 horas. Sector 5: primer turno: 4 horas, deda-
rado por dos horas. Segundo turno: 8 horas, decla-
rado por dos horas.

Gacetilla para las puertas J5 y 17, Prensas: La


Fiat nos toma el pelo ofreciéndonos 7 liras. Los sin•
dicatos nos toman el pelo diciendo que la Fiat ofre•
ce 36,30 liras. Analicemos esas 36,30 liras. 21,50 nos
fueron acordadas el mes pasado por el convenio re-
lativo al almuerzo. 9,80 tienen que ver con el des-
tajo, de modo que vamos a tener que sudarlas todos
Jos días. Restan 5: son éstas las 5 liras que la dircc·
ción, con un gran esfuerzo, ha elevado a 7 liras. No
nos vendamos por 7 liras. La lucha continúa. Mecá-
nica y sus líneas están por unirse a nuestra lucha.
Gacetilla para las puertas 18 y 20, Mecánica: La lu-
cha en Prensas y en Servicios Auxiliares continúa.
Hay que extenderla a Mecánica y sus líneas. Debe•
mos pedir segunda categoría para todos, incluidos
]os de las líneas de Mecánica. Tenemos que conseguir
el control obrero sobre los tiempos y sobre el nú•
mero de máquinas con que se trabaja.

Textos gacetillas de lucha distribuid:.1s en las en•


tradas 1 y 2 de las líneas. El paro en Prcns:.1s con·
tinúa, no crean en los rumores difundidos por los
jefes. Prensas y Servicios Auxiliares no pueden pa·
rar solas, sino que solicitan )a colaboración de us-
tedes. Porque los problemas de la lucha son los
mismos: Control de la producción. Pase de catcgo·
rfa para todos. ¿Cómo podemos Juchar con Pren•

111
sas y Servicios Amtiliares? Deteniendo las tareas
que todavía se realizan. Miércoles 28 de mayo: En
las líneas de carrocerías los obreros han hecho un
paro e intentado una manifestación. Apareció el je·
fe de sector y consiguió impedirlo.

Jueves 29 de mayo: un joven obrero meridional


intentó entrar con un cartel. Los guardianes se Jo
impidieron y hubo un choque. En el segundo tur·
no, un grupo de unos ochenta obreros de las líneas
de Carroccrfos se reunió dctr{1s de las Jíncas, inme-
diatamente después de haber marcado la tarjeta, y
salió en manifestación con el propósito de bloquear
la línea del 500, única que en los días anteriores ha-
bía continuado trabajando a pleno ritmo. A esta al·
tura intervinieron jefes y sindicatos que con una ac-
ción concertada redujeron la manifestación a unos
quince obreros. Pero estos quince no les hicieron ca-
so, continuaron yendo y viniendo entre los obreros
y discutiendo y poco a poco se vuelve a formar la
manifestación bloqueando completamente la produc•
ción. De la Fiat no sale ya ningún auto.

112
Copítulo VII

Los compañeros

Al salir de la Fiat, luego de haber conseguido es-


capar de las garrns <le los guardianes, no veía el
.momento de encontrarme con los demás compañc-
ro.s. O bien los compañeros con los que habíamos
luchado adentro o bien los estudiantes con los que
habíamos hecho volantes y los habíamos repartido
a la entrada. No hacía más que razonar mientras me
dirigía al bar para encontrarme con los compañeros.
Los razonamientos que me hada me los había hecho
ya otras veces, pero esta vez me parecía llegar a una
conclusión concreta.
Había hecho toda clase de trabajos en mi vida.
Albañil, changador, lavaplatos en un restaurante.
Había sido peón y había sido estudiante, que tam·
bién es un trabajo. Había trabajado en la Alcmag-
na, en Bujías Marelli, en la Ideal Standard. Y, aho-
ra, en la Fíat. En esa Fi"t que era un mito, pues se
decía que allí la gente ganaba guita a montones. Yo
hnbfa comprendido realmente una cosa. Que con el
trabajo uno sólo puede vivir. Pero vivir mal, como
obrero, como explotado. A uno le arrebatan el tiem·
po libre de cada jornada, toda la energía. Y tiene
que comer mal. Y tiene que levantarse a horas inve-
rosímiles, según la sección en que esté o el trabajo
que haga. Yo habla comprendido que el trabajo es
explotación y nada más.
Ahora se acababa también el mito ese de la Fíat.

113
Quiero c.lecir que yo había visto que el trabajo en la
Fiat era un trabajo como el de albafiil, como el de
lavaplato~. Y había descubierto que no había dife•
rencia alguna entre el albañil y el metalúrgico, en·
tre el metalúrgico y el changador, entre el changa·
dor y el estudiante. Las normas que seguían los
profesores en la escuela industrial y las normas se•
guidas por los jefes de sección en todas las fábri-
cas donde yo había estado eran la misma cosa. De
modo que se me planteaba un gran problema: qué
hago ahora. Qué hago, qué debo hacer.

Nunca había robado todavía, nunca había tenido


una pistola. Nunca había tenido amistad con gen•
te de eso que llaman la mala vida. Gente que quizá
me hubiera ofrecido una salida tanto para mi mi·
seria y mi insatisfacción como para mis necesida·
des, mi vida material. Yo no era médico ni aboga-
do, no tenía profesión. De modo que no podía de·
cir: Vamos, metámonos a ladrón o a profesional.
En resumen: yo no era nada, no podía hacer nada.

Y sin embargo tenía ganas de vivir, de hacer algo.


Porque era joven y la sangre me latía en las venas.
Honestamente, la presión era bastante alta. Quería
hacer algo. Estaba dispuesto a hacer algo. Pero que-
de aclarado que cualquier cosa no significaba, para
mí, ser obrero. Esa sola palabra ya me resultaba
bastante emputecedora. Para mí no significaba ya
nada. Significaba continuar llevando la vida de
mierda que había llevado siempre. Qué me importa-
ba ya del trabajo, que a fin de cuentas era nlgo que
nunca me había gustado y que nunca me había inte-
resado. A dónde iba yo con el trabajo si no me daba
ni siquiera la guita sufkiente para salir del paso. Yo
había comprendido todo, había experimentado to-
dos los posibles modos de vivir. Primero quise in·

114
corpornxme, después descubrí que aun incorporán-
dome al sistema me iba a tocar pagar siempre. Por
cualquier clase de vida hny que pagar un precio.

Es decir que por cualquier cosa que se te ocurra,


si querés un auto o un traje, tcnés que trabajar más,
tenés que hacer extras. En un sistema, en un mundo
donde el único fin es crear trabajo y producir mer-
caderías, por cualquier cosa que se te ocurra tenés
que sacrificarte siempre. Pero sacrificarte física-
mente. Yo, eso, lo había comprendido. Lo único pa-
ra obtener todo, para satisfacer necesidades y deseos
sin destruirse uno mismo era <lcstmir el sistema <le
trabajo de los patrones. Y sobre todo destruirlo en
la Fiat, en esa fábrica enorme, con tantísimos obre-
ros. Que son el punto débil dd capital, porque cuan-
do la Fiat. se detiene los obreros terminan en crisis
y revienta todo.

Llegué al bar y me encontré con muchos compa-


ñeros que me esperaban. Nos abrazamos, estábamos
entusiasmados por lo que habíamos hecho. Toda
Mirafiori había ido al paro, incluso todas las líneas
del 500. La producción había quedado completa·
mente bloqueada durante todo el segundo turno.
Aunque ]os sindicatos habfan conseg11ido clausurar,
con resultados ridículos la lucha de Servicios Auxi•
liares. A medida que lleGaban los demás llegaban es-
tudiantes, llegaban otros obreros a los que yo mm·
ca hnbía vist0 y que habían participado en la lucha.
Todos hablaban y se decidió que e] paro debía con-
tinuar también al día siguiente.

También los obreros de los tornos automáticos


querían parar al día siguiente. Habían decidido
que los obreros del segundo turno esperarían en los
talleres a los del tercero y éstos a los del primero.

115
Dccfo.n que querían hacer uua mnnifcslación en )os
talleres para detener a otros sectores. Alguno~ obre·
ros de bs líneas mcc.'inicas querían parar clur:intc
todo el turno. Hay una brga discusión y se decida
continuar cJ paro durante cJ primer turno del día si-
guiente, de 7,30 a 11. Exigencias: rechazo de tiem-
pos, rechazo de categorías, fuertes aumentos salaria•
les iguales para todos. Queremos menos trabajo y
más sueldo, escribimos con ktras muy grandes en
eI volante que preparamos para distribuir a) día si-
guiente en las puertas de entrada.

Y allí finalmente tuve la satisfacción de descubrir


que las cosas que pensaba desde hacía años, desde
que trabajaba, Jas cosas que creía que pensaba yo
solo, las pensaban todos. Y que éramos verdadera•
mente todos la misma cosa. ¿Qué diferencia había
entre otro obrero y yo? ¿ Qué diferencia podía haber?
Que quizás el otro pesara más, fuera más alto o
más bajo, tuviera ropa de otro color o algo por
el estilo.
Pero lo que no tenía diferencia era nuestra VO•
Juntad, nuestra lógica, nuestro descubrimento de
que el trabajo constituye el único enemigo, la úni·
ca enfermedad. Era el odio que teníamos todos
por este trabajo y por los patrones que nos obli-
gaban a hacerlo. Era por eso que todos estábamos
jodidos, era por eso que cuando no parúbamos dá-
bamos parle de enfermo. Para evitar esa cárcel don·
de todos los días nos quitaban nuestra libertad y
nuestra fuerza. A mí, esas ideas hacía tiempo que
se mo venían ocurriendo por mi cucntn y nhoro, por
fin, veía que eran lo que todos pensaban y decían,
Y las luchas que hnsta entonces yo hacfa por ml
cuenta y al pedo contra el trabajo eran luchas que
podíamos hacerlas todos juntos y asf ganarlas.

116
A veces no se nos comprende y no nos ponemos
de acuerdo porque uno cstú acostumbrndo a hablar
de una forma y otro de otra. Hay quien está acos-
tmnbra<lo a hablar como cristiano, quien como sub-
prolctario, quien como burgués. Sin embargo, final•
mente, por los hechos, por el hecho de haber partici-
pado en la lucha, podbmos hablar todos del mismo
modo. Descubrir que tcnímnos todos las mismas ur-
gencias, las mismas necesidades. Y esas urgencias y
necesidades hacían que fuéramos todos iguales en la
lucha, que tuviéramos que luchar todos por esas mis•
mas cosas. La reunión fue hermosísima, emocionan-
te. Cada cual contaba cr,isodios que habían sucedi-
do en su línea. Porque nadie llega a saber todo de
todo en esa fábrica, incluso porque hay veinte mil
obreros sólo en Carrocerías.
De ninguna manera puede nadie saber todo lo que
ha ocurrido. Qué han dicho, qué han hecho los
jefes, los obreros, durante la lucha. Al contarnos
todo descubríamos una serie de cosas. Surgía 1a or-
ganización que, según los compañeros, era lo único
que ncccsitúbamós para ganar todas las luchas. Y
cualquier compañero hablaba y contaba qué había
ocurrido en su línea, qué había hecho él para con·
vencer a los demás de que participaran en la mani..
festación, en el paro, en Ja asamblea. Y porque ex-
plicaba Jos hechos, inmediatamente ese compañero
al que jamás habla visto me resultaba simp..ítico.
Me resultaba nl?uícn a. quien me 1x1rccía conocer
desde siempre. Me resultaba un herma.no, no sé có-
mo decirlo. Me resultaba un compañero. Ni más ni
menos: un compañero, un tipo que ha hecho Jo mis-
mo que uno. Asf descubrí que la tlnfca forma de ver
que todos pensamos del mismo modo es hacer las
mismns cosas.
Sobre el final de la reunión se resolvió imprimir
117
un volante y cómo seguir actuando al día siguiente.
Los cornpaficros rne aconsejaron que no entr:1r:1 a la
fábrica porque me arrestarían. Más aún: me dijeron
que no debía volver a dormir a mi casa, porque
podía llegar la policía. Un compañero me llevó a
dormir a su casa. Todo eso me gustaba mucho,
porque era la ayuda que todos nos prestábamos en
la lucha, era nuestra organización. Al día siguiente
1Iam6 por teléfono a mi hermano y me dijo que la
policía había ido a casa a buscarme durante la no•
che. Mi madre me escribió después que los carabi-
neros pedían informaciones para saber si yo esta-
ba en Salcrno. A la casa de mi hermana fueron dos
o tres veces más.

La Fiat había hecho una denuncia por Jesiones al


t?uardi{m. Fui al médico de los servicios sociales de
fa empresa y me conseguí una justificación de diez
días. Porque tenía un arañazo, me lo había hecho el
guardián. Al cabo de una semana me presenté sor•
presivamentc a cobrar la liquidación. Como aún te-
nía la credencial de Fíat podía entrar a los talleres.
No bien llego a mi puesto de trabajo, en la línea, el
jefe se me acerca con dos guardianes y me dice:
Tiene que venir conmigo a las oficinas.

Miro la línea, el Jugar que yo ocupaba. No había


ningún compañero; ni un alma; me hallaba aislado.
Y no sabía si comenzar a sacudir los puños o qué
carajo hacer, no snbfa. Voy a fas oficinas y me ha·
ccn esperar al coronel y al ingeniero. Mientras es•
toy cspcr.:mclo saco del bolsillo la credencial y la
pongo bien a la vista sobre la mesa del ingeniero.
Porque era la cre<lcncial de Fiat lo que me querían
s:\car, para no dejarme entrar nunca más a los ta•
llores. Poco después llega el Ingeniero y dice: Ah,
precisamente esto es lo que yo quería, veo que ha

118
comprendido. Yo estaba sentado, muy abierto de
piernas, en un sillón. Pero él no dijo nada.

Aparece otro guardián, un gorila enorme, y me


pregunta: ¿Qué hacés ahí sentado? Ah, estoy sentado
porque estoy cansado. Tcn~s que levantarte. Ah,
no se me da la gana de Jevantarme, si qucrés lcvan-
tame vos. Te crcés fuerte, dice acercúndoscme. No
me creo nada, sólo que no me gusta que me rom-
pan las bolas. Así todo, dice él, tuviste suerte que
yo no estuviera ahí afuera la noche aquella. Si hu-
biera estado, te habría dado hasta matarte. Ya sé
que me hubieras matado, pero la noche aquella vos
no estabas ahí, de modo que ahora quedatc tranqui-
lo. Me provocaban al estilo típicamente fascista,
para hacerme ir a las manos: así me daban la bia-
ba y me denunciaban. Llamaban a la policía y me
metían entre rejas.

No les s~guí el juego porque ahí adentro me da-


ban una biaba que me mataban. Firmo los papeles
que me ponen dc1ante, la renuncia y todos los cm-
brol1os de siempre. Cuando salgo afuera había vein-
te, nada menos que veinte guardianes esperando que
se armara la bronca. Me escoltan lrnsta el vestua-
rio, recojo mis cosas y me escoltan hasta la salida.
Un mes después fui al edificio donde estaba b
mutual, con b papeleta del sueldo a buscar fa gui•
ta. De la denuncia nunca supe en qué terminó. De-
be de haber habido amnistía o algo por el estilo.

La mañana que me despcrt6 en casa de aquel com·


paficro donde había ido a dormir, después fuimos a
la casa del estudiante. Había allí una reunión de un
montón de compafieros. Se distribuyó el volantito
mimeografiado durante la noche y nos concentramos
detrás ·de la f,brica. Y se formaban ¡nipos y los

119
compaii.cros que entraban di.:cían que tambi1,;n ellos
iban a parar. Los obreros que entraban conocían
nuestros objetivos de lucha. Esos objetivos de lucha
por cosas iguales para todos, que hasta entonces se
iban cumpliendo. Los obreros no daban ningún va-
lor al trabajo que hacían, no se sentían ni de segun-
da ni de tercera categoría; sólo se sentían iguales,
explotados. Por primera vez los obreros luchaban pa·
ra tener todos la misma guita. Para tener todos los
mismos derechos que los empicados. Aumentos igua-
les para todos, igual categoría ·plm todos: todas
esas cosas los entusiasmaban, los unían.
Y así siguió siendo después, todos los días. Por
la mafüma temprano había que estar en las puertas
para distribuir el volantito. O el boletín semanal qe
lucha. La Clase se llamaba; traía el texto de .todos
los volnntitos y todas las crónicas de la lucha. Des·
pues nos íbamos a dormir un rato, porque más tar-
de, a la unn y media o dos, había que estar otra vez
en las puertas para distribuir los volantilos a la
entrada del segundo turno. Y esperábamos a que
el primer turno saliera para hacer la reunión con
los del primer turno. Teníamos que ir también a
la noche, a bs once, para esperar n los obreros
del segundo tumo; nos reuníamos con ellos y ha•
bía asamblea. Las puertas de Mirafiori, por aque-
llos días, se habían converlido en un mercado.
Había de todo: sindicalistas, PCI, muchachos m:.1r·
xistas lcninistas de la Unión vestidos de rojo, poli·
cías vestidos de verde, etcétera. Todos haciendo
competencia a los \'endcdores ambulantes que aguar•
daban la salida de los obreros para ofrecerles fruta,
verdura, camisetas, radios a transistores. Todos
,·oceando sus mercancías.
A decir verdad, el PCI, siempre ausente de las
120
luchas, sólo np~lreció luego del 3 de julio diciendo
que los proletarios que habían luchado crnn irres-
ponsables y provocadores a sul'ltlo. Éstos, sin em-
bargo, después fueron condenados por c1 tribunal
burgués. Además, el PCI decía que las luchas deci-
didas y llevadas a cabo autónomamente por los obre-
ros son peligrosas porque los patrones pueden ape·
far a la represión. Y nos é.\Cusaba de ser grnpitos
ajenos a la fábrica: pero no nos dijo cómo hacían
esos míseros grnpitos para Ilev,c1r adelante una lu·
cha tan larga y tan intensa como la de aquellos
meses.

Sindicalistas, burócratas dd PCI, falsos marxis-


tas lcninistas, policías y fascistas, tienen toclos una
característica común. Tienen un concknado miedo
a la lucha obrera, a la capacidad obrera de mandar
al diablo a los patrones y a los siervos de los pa·
trones para decidir y orgmuzar autónomarncnte la
lucha en la fábrica y fuera de la fábrica. Para ellos
hicimos un volantito que terminaba así: Decía un
fulano que también las ballenas tienen piojos. La
lucha de clases es una ballena. Los policías, los bu-
rócratas de partido y de sindicato, los fascistas y
los falsos revolucionarios son sus piojos.

Viernes 30 de mayo: mientras que ayer el paro


fue iniciado por unos pocos obreros que organiza-
ron una manifestación, hoy los obreros del 500 que
llegan a la línea se niegan, en un 90 por ciento, a
trabajar. El paro se prolonga durante todo el turno
y la producción quccla bloqueada. Los obreros de
la línea preparan carteles y organizan una manifes-
tación. El jefe de taller pregunta a los obreros has-
ta cuándo harán paro. 1.os obreros contestan: Has-
ta que pongamos las cosas en su lugar. Un miembro
de la comisión interna les reprocha a los obreros que
121
crean más en los esludiantcs que en el sindic.ito.
Y despu~s los invita a reanudar el trabnjo a par-
tir de las 10,30 diccndo que se está llevando a ca-
bo una reunión para discutir las reivindicaciones
obreras.

Los obreros de mantenimiento hicieron paro du-


rante todo el turno de la noche y a la mañana se
dirigieron en manifestación a la línea del 500. Las
cabinas del sector pintura cst..111 bloqueadas. En e)
segundo turno, en la línea del 124 se elige un obre-
ro para que se encargue de presentar las demandas,
que son: tiempos, pase de categoría al cabo de seis
meses, sueldos. En el paro de hoy, participaron has-
ta los ancianos, pero convencidos. Un jefe pidió el
nombre de los huelguistas. Pasa la comisión interna
diciendo que la Fíat está dispuesta a proseguir las
tratativas únicamente si se levanta el paro.

Resulta que la huclga había tomado de sorpresa al


sindicato anticipando la actividad planeada por éste.
Actividad que preveía librar en las líneas, a su de-
bido tiempo, la batalla por el delegado. Sólo al cabo
de dos o tres días de paro y agitaciones autónomas
el sindicato consiguió recuperar terreno y declarar
su huelga oficialmente.

Hay noticias de que en Grandes Motores ha para·


do una sección de 400 obreros. En el sector de pruc·
bas de la Stura S. A., paro espont{mco de 400 obreros.
Hace quince días hubo allí dos p~ros. En Mecánica de
Mirafiori, los obreros de los tornos automáticos han
decidido un paro para el martes, <le 8 a 10. En el scc•
tor 24 ha habido paros espontáneos. Los rumores
echados a rodar por los sindicatos crean divisiones
entre los obreros que están a favor de los estudiantes
y los que están a favor de los sindicatos. Un obrero

122
informa que en In Fiat de Córdoba, en la Argcntlnn,
los obreros han declarado la huelga y que la policía
ha disparado contra ellos, matando a varios. Ha ha-
bido grandes disturbios.

El domingo 1? de junio y el lunes 2 de junio se


Jlcvan a cabo, durante todo el día, asambleas de
obreros y estudiantes. El martes 3, el paro en las
líneas es de dos horas. Las líneas del 124 y del 125
están parmbs por falta de piezas. El sector pin·
tura ha parado ocho horas. En el sector prepara-
ción del 124 faltan piezas desde hace ocho días. Un
obrero nos dice que por estar paradas las Prensas,
la Ffat cst{t usando, para hacer funcionar las líneas,
respuestos que iban a ser despachados a Alemania.
En la línea del 600 y en la del 850, paro. En el scc·
tor 55, paro. No han elegido delegado. En el sector
preparación pararon pese a no haberlo anunciado
previamente. Los obreros no han comprendido los
motivos del paro sindical. No sienten la lucha por
el delegado de línea. Deciden sus paros en asam·
blcas internas, con objetivos que les interesan. Para
prolongar esos paros, se valen de los que declara el
sindicato. Cuando no paran limitan la producción.

Noticias sobre la marcha de la lucha. Se ha plega-


do Fundiciones, completamente fuera del control
sindical. El sector 2 paró por ocho horas. Objetivo
m{ts reclamado: salario. Los obreros ya no se fían
ele ninguna fuerza extraña. Piden un aumento de 200
liras por l10ra sobre el salario b{1sico. Talleres Gran·
des Motores: desde el jueves una sección está en
huelga por categorías y salario. La dirección ha ofre-
cido 7 liras y la segunda categoría. Sector 13, Prcn·
sas: 4 horas de paro declaradas por el sindicato.
Hubo elección de delegado. Y también una violenta
discusión. El delegado trató de vendidos a los sin-

123
dicatos. Puerta 20: 800 obreros han hecho un paro
de dos horas. Puerta 13: sigue la autolimitación de
la producción. La autolimitación de la producción
es la respuesta obrera al delegado de línea, dicen los
obreros.

Puerta 8: continúa el paro. Hay vigilancia por cua-


tro o cinco días. Los sindicatos propician la reanu-
dación del trabajo. Sector 53: paro triunfante. Ele·
gido el clclcgado. El sindicato procura dividir a los
obreros proponiendo solamente el control de los
tiempos de línea y rechazando la lucha por el salario
y las categorfas. El patrón intenta recuperarse. La
línea marchaba primero a 1'50"; después, a 1'40".
Luego del paro ha descendido a 1' neto. Los tiempos
los establece siempre el patrón. Sector 58: categorías,
ritmos. salarios. Estos son los objetivos. El delega·
do de destajo no sirve para nada. Los ritmos los _re-
ducimos nosotros.

Todas las luchas eran preparadas en las asambleas


que se hacían a Ja salida del primero y c.lcl segundo
turno. A las primeras de esas asambleas de estudian-
tes y obreros sólo iban los obreros de Mirnfiori. Pero
después, a medida que la lucha se fue ampliando, a
medida que se difundió en otras fábricas, en Stura
S.A., en Lingotto, en Rivalta, etcétera, empezaron a
aparecer también obreros de esas otras fábricas
Fiat. Tal hecho acentuaba precisamente la posibi·
lidad de continuar la lucha, porque todo ohrcro, to-
do compañero, aportaba su contribución de expe·
riencias y de ideas. Cómo parar, cómo hacer mani-
fcstnclones, qué objetivos proponer, etcétera. Qu~
conviene bloquear en fábrica para parar con el m1·
nimo esfuerzo.

Hay que decir esto; hay que pedir, por ejemplo,

124
ciento cincuenta liras Je aumento sobrn el sueldo
b~\sico y reducción de los ritmos, segunda catcgo•
ría para todos y cosas por el c~tilo. Por ejemplo, ]os
de las terminales, que deben sacar de las líne~1s los
autos termin.:,dos y conducirlos a los depósitos y a
los medios di! transporte, decían: A nosotros no nos
pagan como conductores, que es la segunda categoría.
Nos pagan como ayudantes en traslado de mate·
rial, que es la tercera categoría con diez mil liras
menos. Aunque tengamos registro de conductor. En-
tonces, qué hacemos nosotros: para retirar el auto
de la Jínea, en vez de ponerlo en marcha lo empuja·
mos entre cuatro. De esa forma, obstruimos las If.
neas, que se ven obligadas a parar, y bloqueamos
todo.

En las conversaciones con los compañeros de lu·


cha surgían montones de ideas acerca ele cómo con-
tinuar la lucha. En las asambleas se preguntaba si
había habido paros internos, paros de sectores, de
planta. Qué efecto había causado el volantito, si ha·
bfa. habido su~pensioncs de compañeros, si se hahínn
adoptado medidas represivas. Es decir si a ]os com-
pañeros que habían participado en la lucha los ha·
bían suspendido o trasladado a otro puesto y todas
esas cosas. Según el ambiente de lucha que había en
las distintas plantas, según la información que obte-
níamos, preparábamos el volante para el día siguicn·
te. Si todos los compañeros que salían as·cgurabnn
que se podía parar al día siguiente, se declaraba la
lucha para el día siguiente, con cualquier objetivo.

Fueron más ele dos meses de luchn, de una lucha


brutalmente espontánea. No había día que no para•
ra un sector, un taller. Más o menos una vez por se-
mana se bloqueaba a toda la Fiat. Eran lisa y llana-
mente días de lucha continua. Al punto de que el en·
125
cabczamiento de los volantes era Luc1u, Co12ti11ua: y
realmente en la Fiat, en Turín, durante aquellos me-
ses había una lucha continua. Se pretendía blo-
quear el trabajo a cualquier precio; es decir, no
queríamos trabajar más. Se trataba de llevar la
producción a la crisis, para siempre. De poner de ro·
dillas a los patrones y de obligarlos a pactar con no·
sotros. Librábamos, en realidad, una batalla sin
cuartel.

Una cosa era ya evidente en las asambleas. La im-


presión que tenían todos los obreros era que se tra·
taba de una etapa importante del choque entre los
patrones y nosotros, de una etapa decisiva. Hasta en
el aire se percibía esa conciencia. En efecto: en Jns
asambleas se usaba a menudo la palabra revolución.
Y en ellas participaban compañeros de cu:irenta
años, con familia, que habían trabajado en Alema·
nia, que habían sido obreros de la construcción.
Gente que había desempeñado todos los oficios. Y
que ahora decían que a los sesenta años iban a lle-
gar muertos de cansancio.

No es justo llevar esta vida de mierda, decían los


obreros en bs asambleas, en los grupos que se for-
maban en las puertas de la Fiat. Todas 1::ts cosas,
toda la rjqucza que producimos es nuestra. Ahora
basta. Est:unos hartos de ser, nosotros también, co-
sa, mercadería que se vende. Queremos todo. To-
da la riqueza, todo el poder, y nada de trabajo. Qué
tenemos que ver nosotros con el trabajo. Comen-
zaban a agitarse, a querer luchar no porque el tra-
b.tjo, no porque el patrón es malo, sino porque exis·
te. Comenzaba, en suma, a surgir la exigencia de
querer el poder. Comenzaba para todos: obreros
con tres o cuatro hijos, obreros solteros, obreros
que no tenían casa. Todas nuestras exi¡encias aflo-

126
rabnn, en lu!1 as:1mbleas, en objetivos concretas de
lucha. De modo que la lucha no era sólo una lucha
de fabrica. Porque la Fíat tiene ciento cincuenta mil
·obreros. Era una lucha importante no sólo porque
afectaba a esa enorme masa de obreros, sino tam·
bién porque los objetivos no eran lo que decía el
sindicato: los ritmos son muy altos, reduzcamos
los ritmos: el trabnjo es nocivo: procurcmm; rcdu·
cir su nocividad y todas esas boludcces.

Los obreros comenzaban a descubrir que querfan


eI poder fuera de la fübrica. Sí: en la fábrica pode·
mos luchar, bloquear la prodltccióri cu~ndo se nos
antoja. Pero afuera, ¿qué hacemos? Afuera tene·
mos que pagar alquiler, tenemos que mandar nues-
tros hijos a la escuela, tenemos que comer. Tenemos
todas esas exigencias. Descubrían que no tcnfan po-
der ninguno: afuera, el Estado los jodía a todos los
niveles. Fuera de la fábrica no se convertían, cuando
se quitaban el overol, en ciudadanos como todos los
demás obreros. Continuaban siendo otra raza. En
este sistema de la explotacióu, continuaban siendo
obreros también afuera. Continuaban viviendo co-
mo obreros también afuera, continuaban siendo ex-
plotados como obreros también afuera.

Los volantitos ~ue imprimíamos, que salían de las


r,sambieas, los obreros los llevaban a su casa. Y se
los mostraban a sus amigos, que quizá trabajaban
en 1a co!lstrucción o en otra cosa. Y así girab,m por
todas partes. Muchas veces íbamos a repartirlos
por los barrios. A Nichelino, por ejemplo. Allí, en
Nichclino, hubo una ocupación· del municipio que
duró un montón de días, por la cuestión de la vi·
vicnda. La gente decía que pagaba alquileres muy
altos, que no podía pagarlos. Nostras imprimimos
un volante con el lema Alquiler-Robo sobre el Suel-
127
do. Y la gente no pagó m.'ls. Esa ocupación había
sido ohr;i de ciertos compañeros que estaban en el
PCI y que dcsptH.:s renunciaron al mismo porque el
PCI hizo de todo y consiguió que cesara la ocupa·
ción del municipio ..

Nichclino es un dormitorio obrero a las puertas


de Turín. Sobre 15.000 habitantes activos, 12.000
son obreros: de éstos 1.700 trabajaban en Nichcli·
no y 5.500 en la Fiat, en los distintos establecimicn·
tos de CarmagnoJa, Rivalta, Mirafiori, Airasca, Stu·
ra, etcétera. El resto, en las fábricas que comple·
tan el ciclo de la Fíat, por ejemplo Aspera Frigo,
CareI1o y muchísimas otras que se encuentran en
las inmediaciones.

Allí el balance de una familia obrera es el siguicn•


te: el salario de una fábrica de Nichclino, por ocho
horas de trabajo, oscila entre las ó0.000 y las 80.000
liras mensuales. El alquiler, a razón de unas
10.000 liras por cuarto, oscila en las 20.000 a Jas
35.000, más unas 2.000 a 4.000 por gastos de admi•
nistración y otro tanto por calefacción. Quedan
de 30.000 a 50.000 para vivir. Quien trab::tja en la
Fiat no mejora para nada su propio balance. El
costo del transporte y las horas que uno pasa via-
jando, un par de horas diarias por lo menos, ab-
sorben ]as diferencias salariales.

Características de las viviendas de NicheJino:


ausencia casi total de servicios. Alquiler en conti•
nuo aumento. Continuas extorsiones, por parte de
los dueños de casa, con la amenaza del desalojo. Di·
ficu1tndcs enormes, para las familias numerosas,
sobre todo meridionales, de hallar vivienda, Duran•
te la ocupación del municipio, que duró trece días,
diarios murales en la plaza ilustraron día por día el
128
<lL'sarrollo de Jas luchas en 1a Fiat y sirvieron para
que, en el municipio ocupado, toe.la b población cHs-
cutiera el problema. Se formaron comités de lucha
de nuevas fábricas y se unificaron las demandas rei-
vindicatorias con las de Mirafiori. Los problemas de
fábrica se relacionaban con los de afuera de la fá-
brica, los objetivos unificaban las luchas.

Estos objetivos de lucha, concretos, materiales,


se habían difundido ya por toda la ciudad, porque
eran cosas que interesaban a todos, que los afecta-
ban directamente. Y eso fue lo que hizo estallar el
3 de julio, día en que hubo una gran batalla cntrci
el proletariado y el Estado con sus bandas policiales.
Esa gran batalla, la del 3 de julio, se explica porque
toda la gente, en la calle y en !ns casas, comprendía
inmediatamente por qué todos esos obreros iban en
manifestación y por qué chocaban con la policía. No
iban en manifestación porque fueran revoluciona-
rios y tuvieran que hacer una manifestación. Se
trataba, en cambio, de una lucha por objetivos pro·
}etarios, de la misma lucha que desde hacía sema-
nas libraban en el interior de Mirafiori y que aho-
ra salía a la calle. Por objetivos que todos cono-
cían ya desde semanas atrás. Escuela, libros, trans-
porte, casa: todas esas cosas. Todas esas cosas que
hacían sonar siempre la guita que se ganaba en la
fábrica.

Sabían que no era mediante los paros de los sin-


dicatos, mediante las reformas que solicitaban los
sindicatos, que el Estado accLdcría a conceder esas
cosas, y que incluso si las concedía era porque eso
resultaba conveniente a sus intereses. No era con
esos paros, con esas reformas. Las cosas hay que
tomarlas por la fuerza, slempre. Y ahora se rebela·
ban contra el Estado que los jorobaba siempre y
129
quedan nt:ic3rlo porque era el vcrdatkro enemigo,
el enemigo que había que destruir. Porque sabían
que po<lían obtener tales cosas y que sus nccesida-.
des podían ser satisfechas sólo si ellos barrían para
siempre con ese Estado, con esa república fundad~
sobre el trabajo forzado. Por eso, y no porque la
gente estuviera nerviosa por el calor que hizo el 3 do
julio, se explica aquella gran batalla.

130
Capitulo VIII

La autonomla

Jueves 5 de junio: en Mirafiori, en tanto que en


las Hneas mal que mal se reanuda el trabajo, entran
en lucha los obreros de Fundiciones. Los del sector
2 han continuado parando ocho horas por turno. La
lucha se ha extendido a ]os sectores 3 y 4. Los obre-
ros de estos sectores han clccidic.ln incorporarse a la
lucha planteando las mismas reivindicaciones que el
sector 2: 200 liras de aumento sobre el sueldo básico
y pase a la categoría siderúrgica. La dirección ofre-
ció de 3 a 21 liras sobre el adicional por puesto. Los
obreros rechazaron la oferta. Mientrns no obtenga-
mos todo cuanto hemos pedido, la lucha continúa.
En las líneas, el sindicato ha declarado dos horas de
paro por turno. El éxito sólo ha sido parcial. Des-
de el jueves pasado, los obreros de las líneas han
estado movilizándose contra los ritmos de trabajo y
por los aumentos salariales y el pase de categoría.
Con luchas autónomas, sin intervención del sindicato.

La exigencia del sindicato de elegir un delegado de


Jínea no significa resolver esos problemas. La lu-
cha de estos días no puede reducirse a la elección
de un delegado. En las lineas de montaje de mo-
tores y de montaje de las cajas de cambios, los
obreros paran dos horas por turno desde el mar·
tes. Han resuelto ir a la lucha para obtener el pase
a la segunda categoría para todos. Se les han unido

131
ulguno5 olm:ros <le Pn.:parado11cs. En Prensas, los
sindicatos han puesto fin al paro con resultados ri•
dículos. Los obreros se oponen a esa decisión y la
producción no recobra su nivel normal. Los obre·
ros no quieren volver a los ritmos de antes y el pa•
trón tiene miedo. La dirección de Fiat procura a
todo trance retornar a la normalidad productiva,
que le resulta indispensable ya que ha perdido mi•
les de millones en producción precisamente en el
momento en que hay mayor demanda en el mercado.

Los sindicatos procuran escalonar las luchas, de


una en una, para evitar la gcncrnlización e impedir
que los obreros, al organizar su lucha en la f¡fürica,
exprescri autónomamcnte su voluntad. Pero la lucha
obrera escapa a tales intentos de control. Casi todos
los días se inicia una nueva lucha y son los obreros
quienes la deciden. Esta es una importante prul!ba de
]a fuerza de la clase obrera. Sin embargo, no bas·
ta. Se corre no sólo el riesgo de que, mientrás se
empiezan nuevas luchas, a las ya iniciadas se les
ponga fin con resultados insatisfactorios, sino tam-
bién de que se impida la formación de una organiza-
ción fuerte y permanente de los obreros que sepa
oponerse, día a día, a las condiciones de trnbajo es·
tablccidas por los patrones. Si después de la lucha
los obreros quedan divididos y desorganizados, ello
significará una derrota, aunque se hayn conseguido
D1go. Si de la lucha los obreros salen más unidos y
organizados, ello habrá sido una victoria, aunque al-
gunas exigencias no hayan sido satisfechas.

Viernes 6 de junio: ocho horas de paro por turno


no sólo en los sectores 2 y 3 sino tnmbión en Fundi•
dones Sur. También en el sector 4 continúa la lucha.
Sábado 7 de junio: la dirección suspende a un obrero
del sector l3 por tres días. Lunes 9 de junio: ocho
132
horas de paro para los dos turnos en el sector 13. Los
motivos: suspensión sin causa a un obrero por la
empresa, y faJta de respuesta de los sindicatos a
fas exigencias obreras relativas a pase a la segunda
categoría para todos, seguro por insalubridad igual
para todos, control obrero ~le los tiempos de traba-
jo, supcrmínimos, iguales para todos, aumento del
tiempo de paro, modificación del ambiente de tra-
bajo, aumento del salario no reabsorbible.

Funclicioncs Norte y Sur: ocho horas de paro en


cada uno d~ los dos turnos .. La dirección ofrece, pa-
fa dividir a los obreros, 67 lirns de a"umcnto sobre el
salario por cargo a los obreros de Jos martinetes. So-
bre 890 obreros, sólo 100 aceptan. Línea de carrozn-
dos: en el primer turno, paro espontáneo de diez
horas el.e los obreros de pintura y alisado. Deman-
das: salario, categorías, tiempos. La comisión inter-
na había prometido U11a respuesta para las ocho de
la mañana, pero no ha dado señales de vida. Ahora
la promete para el lunes próximo, según dicen. La
Fiat se halb en dificultades. Salen pocos coches,
faltan reabastecimientos para Rivalta y la organi-
zación está trastornada. Este es el primer resulta-
do de nuestra lucha. Comienza una semana decisiva.

¿Qué hace el patrón? Para oponerse a nucstrn or•


gnnización de lucha, el patrón trata de imponernos,
con la complicidad de los sindicatos, nuestra par-
ticipación en la explotación y de conseguir nuestro
asentimiento a la misma. Tal, en esencia, 1a signi-
ficación del delegado de línea. Para oponerse al in·
terés obrero de generalizar la lucha en este mamen•
to, pretc11dc: o bien separarnos del resto de la clase
obrera italiana con un convenio Fíat, como en el 62,
o, 1o que es lo mismo, agarramos con un anticipo so•
bre el futw-o convenio. ¿Qué hace el sindicato? In·
ljJ
tenla poner fin a la lucha en cada sector, se presenta
en 1l1brica para decirnos qué propone el patrón, so-
mete sus proposiciones al patrón, ncuerda convenios
a expensas de nosotros e ignoro nuestra voluntad y
nuestros objetivos.

¿Qué queremos los obreros? En Fundiciones Mi-


rafiori Norte y Sur lo hemos dicho una y otra vez
con paros totales. Queremos: 200 liras por hora so•
bre el salario b{1sico o paridad s~1larial con los side·
rúrgicos. Lo que significa 30.000 liras más por mes
sobre el salario básico y no la miseria que ha ofre-
cido el patrón. En las líneas queremos 50 liras más
sobre el salario básico. Segunda categoría para to-
dos los obreros al cabo de seis meses de trabajo en
la fábrica. Todo esto lo queremos inmediatamente.
Todo esto no es contractual. Todo esto no es un
anticipo a cuenta de futuros convenios. No quere·
mos los ritmos del patrón. AJ patrón y a los sin·
dicatos les decirnos: El delegado de línea no nos
sirve. Lo que nos sirve es la asamblea de las dis-
tintas secciones y los comités de taller, para orga·
nizar la lucha permanente contra el patrón y sus
ritmos y sus sirvientes. Organicémonos, convirtá·
monos todos en delegados. Obreros: cuando lucha-
mos, el patrón es débil; éste es el momento de atacar.
Sector por sector, hay que organizar y generalizar
nuestra lucha.

Martes 10 de junio: la política sindical de divi-


dir a los obreros concediendo categoría a algunos
de ellos y dando aumentos diferenciados logra sus
primeros rcsulLados. En efecto: la lucha en Fun-
diciones concluye y los obreros reanudan el traba·
jo. Mientras tanto, algunos obreros de Carrocerías
del sector 54 se están reorganizando y solicitan a los
compafieros que actúan en las puertas la confección

134
de un volante en el que se enumeren las demandas
que formuforán al día siguienle. También los obre-
ros del sector 25, frnguns y hornof:, solicit:;n un ,·o-
lantc para el día siguiente.

Miércoles 11 de junio: los obreros del sector 54,


turno tarde, han decidido que si lrn:,ta el viernes no
reciben respuesta a sus demandas comenzarán a pa-
rar. La tendencia a organizarse autónomamcnte re-
nunciando a la utilización del trámite sindical pnra
tratar con el patrón se acentüa. En efecto: hay soli-
citudes de volantes de los obreros del sector 13, sec-
tor 85, nuevas secciones del sector 14 y líneas de Ca-
rrocerías y de obreros de Fundiciones. En conse-
cuencia, la política represiva de la Fiat se intensifica.
Ayer, dos despidos en el sector 13. Hoy los obreros
se han hallado, en el sobre del sueldo, con seis mil
Jiras menos, como mínimo, que les han sido reteni-
das por las horas de paro.

Obreros de Fundiciones: el patrón está en crisis.


La producción, reducida a Ja mitad, sigue siendo f'n·
torpecida por la inciativa de los obreros, que se h:m
cansado de esperar los pl:nos que el patrón se pre-
para a afrontar. Si la lucha en Fundiciones hubicrn
durado aún algunos dfas más, se habría bloqueado
la producción de sectores enteros de la Fiat: Sección
Mecánica, Rivalta. Esta ve:,;, sin embargo, el patr6n
contaba con reservas suficcntcs porque en otros lu-
gares se producía a ritmo reducido: así ha podido
resistir m,1s que los obreros. Pero ele todos mo(bs,
y prescindiendo de los magros resultados, nur.<:tra
lucha ha dado al patrón la medida de nuestra ftt~r-
za. Y de esa fuerza debemos p3rtir para dohlr>rr~r ,t¡s.
finitivamcnte al patrón. Es evidente que aaul en fun-
diciones, donde la lucha ha sido más dura y la uni-
dad de los obreros ha resistido más largamente, el
l3S
patrón se ha resignado a conceder aumentos. Si bien
discriminados y muy por debajo de nuestras exigen·
cías. En cambio, eso no ha ocuiTido en las líneas,
donde también los obreros habían formulado pcdi·
dos de aumentos salariales.

Pero, ¿qué aumentos ha concedido el patrón?


Nuestras exigencias eran: 200 liras más sobre el sa·
!ario básico o la paridad salarial y corporativa con
la siderurgia: es decir, 30.000 liras más en el sobre.
Todo eso porque el trabajo es duro y nocivo y no·
sotros no somos animales para hacerlo gratis. El
sindicato no ha accedido a llevar adelante esas de-
mandas y se ha avenido, en cambio, a difundir los
ofrecimientos de la dircción. Los aumentos del pa·
trón no incrementan el salario básico sino Jas re-
tribuciones por función. Eso significa que cualquier
traslado puede hacer perder ese beneficio y conoce-
mos bien qué posibilidades tiene el patrón de trasla-
darnos de un puesto a otro. Las 200 liras son iguales
para todos porque unen a los obreros en la lucha y
porque quitan al patrón las posibilidades de dis-
criminación que utiliza contra nosotros.

En cambio, los ofrecimientos de la dirección, que


el sindicato ha explicado muy bien en el último vo-
lante, están divididos y discriminados por calcgo~
rías. Hechas a propósito para hacer abandonar la
lucha, uno tras otro, a los obreros más beneficia-
dos. Es inútil, pues, que nos las tomemos uno con
otro, porque eso es lo que quiere el patrón para
desalentar nuestros intentos de organización. Por·
que, compañeros, ésta es la gran conquista de esta
lucha, más allá de las míseras liras del potrón. Por
primera vez hemos conseguido organizarnos y con·
ducir la lucha con objetivos propuestos por noso.
tros y en el momento decidido por nosotros. Pero

136
eso no es suficiente: el aislamiento de nuestras lu-
chas, deseado por el sindicato, ha obligado a los
obreros de Fundiciones a sobrellevar totalmente el
peso de los paros, en tanto que los obreros deben
luchar en toda Mirafiori.

Ahora lo hemos comprendido: la organización que


nos hemos dado nos ha permitido conducir la lucha
en el sector, pero no nos ha permitido superar el
aislamiento en que nos han mantenido la comisión
interna y el sindicato. Negándose a llevar adelante
nuestras demandas. Separando la lucha de Fundi-
ciones Norte de la de Fundiciones Sur. No infor·
mando a los obreros de las demás secciones de Ffat.
Pero los motivos por los que nos hemos movido con-
tinúan en pie. Tal como hemos logrado organizar·
nos en el sector, así hay qu~ saber organizarse en
todo Mirafiori. ¿Cómo? Sólo organizándonos con
los obreros de los dcm::\s sectores podremos organi-
zar la lucha con mínimo dafio para nosotros y máxi-
mo daño para el patrón. Sólo haciendo sentir toda
nuestra fuerza organizada obligaremos al patrón a
ceder.

Jueves 12 de junio: en Mirnfiori continúa la auto•


limitación de la producción de los obreros del sec-
tor 13. En las lineas, en 1a del 850, en 1a del 124, en
la del 125, a menudo faltan puertas. En este mo-
mento la dirección tiene demasiado miedo para to·
mnr represalias masivas. No obstante, procura cas-
tigar a los obreros que más se destacan en la lucha
despidiéndolos o trasfarHn<lo!os. Espera así asus•
tar a los demás. Pero ese juego no debe continuar.
Es necesario ante todo devolver golpe por golpe blo-
queando el trabajo no bien un compañero es casti·
gado. El arma más poderosa para tornar ineficaz
la represión es precisamente la unidad y la solida-

137
tidad de los obreros entre sí. La lucha de los obre·
ros Fíat se extiende de Mirnfíori a otros establcci·
mientes. Grandes Motores, de Settimo: guincheros.
Grandes Motores Centro, secciones P y B. Sima: pu·
Hdorcs. Centro S. A.: sección 3.
Todos los obreros de la Fiat Mirafiori que han
ido al paro en estos días solicitan aumentos sala·
rialcs. Incluso la .exigencia de pase de categoría sig-
nifica más salario. Y lo dicho vale para los aumcn·
tos sobre otros rubros del sueldo. Pero todas esas
demandas tienen una característica precisa: los au-
mentos solictados son iguales para todos y los pa·
ses de categoría automüticos para todos. Hasta los
incrementos de los demás rubros tienden a ser igua·
les para todos. Esto significa algo fundamental:
queremos llegar a un salario igtml para todos. En
efecto: los obreros se han dado cuenta de que las
diferencias salariales, las. categorías, las retribucio-
nes por cargo, etcétera, son u~ instrumento del pa·
trón para dividir a los obreros. ·
Sí: el patrón, para evitar la pérdida de más miles
de millones en producción, se ha valido prccisamen•
te de los aumentos discriminados para conseguir que
cesen las luchas. Ha concedido pases de categoría a
ciertos obreros y no a otros; ejemplo: la concesión
de capataces en las líneas, los pases a Servicios Auxi·
liares. Ha concedido aumentos salariales discrimina-
dos; ejemplo: jefes de máquinas y personal de marli·
nctes. Y, en general, sobre la parte del salario que
sirve para hacer producir más o para hacer aceptar
la insalubridad: producción en Prensas, retribución
por cargo en Fundiciones. Los sindicatos se han ne•
gado a ser portavoces de lns exigencias obreras de,
aumentos y pases inmediatos e iguales para todos.
Los sindicatos se mantienen fieles al principio de
i38
que los aumcnlos sobre el s::llario básico se conce·
den sólo una vez cada tres años, al vencimiento de
los convenios. Aceptan una serie de elementos aptos
para dividir que el patrón introduce a través del sala-
rio, las categorías, la diferenciación entre sectores.
Para ello han fragmentado la exigencia general de los
obreros, dividiendo la lucha y creando confusión
entre los obreros. Pero los obreros quieren llegar a
un salario igual para todos. Porque elimina las di-
visiones y unifica las luchas. Porque en el interior
d~ la fábrica cada uno es indispensable, tanto el téc-
nico como el obrero, el especializado como el peón.
Porque todos somos capaces de hacer todo. Porque
la vida cuesta lo mismo para todos.

Por lo tanto no tiene ningún sentido que el em-


pleado perciba todo el sueldo cuando est:í enfcrmo
en tanto que un obrero en idc:ntica situación pierde
párte de su salario. No tiene ningún sentido que el
empleado tenga cuatro semanas de vacaciones y 40
horas, en tanto que el obrero tiene tres semanas y
trabaja 44 horas. No tiene ningún sentido que a
algunos obreros se les pague más y a otros menos.
Por eso nosotros, los obreros de Mirafiori, no nos
conformnmos con delegados o con aumentos discri·
minados de unas pocas liras; por lo contrario, deci-
mos: La lucha continúa. A nuestra lucha se agregan
las luchas de los obreros e.le la Centro S.A .• con una
manifestación de mil obreros, las de Grandes Moto·
res y las de Stura S.A., y están por unirse los obreros
de la Lingotto.

Lunes 16 de junio: en el sector 55, a las 17 horas,


se detienen las líneas del 124, 125 y 12:í especial.
Acuden jefes Je sección, jefes de talJeres, directores
de Fiat, e intentan convencer a los obreros de que
reanuden el trabajo. Aparecen también los miem•

139
bros de la corni~:ic'iu interna y dicen que a mús tanbr
el mitrcolcs darán una respuesta. Esta vez, sin em-
bargo, la re~;puesta de los obreros es distinta: Micn•
tras ustedes discuten, nosotros hacemos paro. En un
intervalo, por la noche, se une también la línea del
850, bloqueando totalmente la producción del sec·
tor 84. Los jefes preguntan por qué hay paro y los
obreros responden: Ustedes saben bien por qué.
A esta altura los jefes pretenden que los obreros
del 850 terminen veintidós cascos que han quedado
a medio hacer, con el pretexto de que si no se he-
rrumbran. Los obreros se niegan, obligando a los
jefes a ubicarse en las líneas para terminar los
cascos.

Parece que mañana pararán nuevamente los obre·


ros de los sectores 1 y 3 de :Medias y Grandes Pren-
sas, y también el sector 85, transporte de coches
terminados. A Jas 18, los obreros de este sector,
que conducen los autos terminados de las líneas a
los medios de transporte. irán a buscar una res-
puesta de los sindicatos. Si los sindicatos responden
negativamente a las demandas, que se refieren a la
categoría y a ser reconocidos como cr.ofcres en tan•
to que Ja dirección los considera ayud::mtes de trans-
porte de material, matiann rc~m1danín los paros y
empujarán los autos en vez <le manejarlos. Esto
podría provocar el bloqueo ele las líneas, porque el
nümero de coches que cabe en la plnya se completa
en media hora. Mientras tanto, continúa la ocupa·
ción del municipio de Nichclino. En estas cuatro
semanas, la Fint ha perdido, y sigue perdiendo, pro·
ducción por miles de millones de liras. Además, en
los últimos días, Mirafiori sólo ha producido el cin-
cuenta por ciento de la producción normal en to-
neladas.

140
Martes 17 de junio: la lud1:.1 en I\1irafiori ha alcan-
zado su pu.nto mús alto y apasionante. Frente a la
continuación del paro del segundo turno, que blo-
quea toda la producción de las líneas. La Fíat ha
jugado una carta nueva. Los patrones han com-
prendido que los obreros ya no saben qué hacer con
los sindicatos. Por eso se han visto obligados a tra-
tar directamente con los obreros en lucha. Después
de haber consultado con los sindicatos proponen a
los huelguistas que envíen algunos representantes a
la Unión de Industriales. Habituados a hacer y des-
hacer, suponen que van a cnipaquctar a los obreros
con jarabe de pico. Y )es ofrecen diecisiete liras,
además no para todos, sobre distintos rubros del
sueldo. Pero los obreros no se dejan comprar con
chirolas.

Y entonces los señores patrones, tan educados


cJlos y tan elegantes, han dejado escapar los agravios
más vulgares con que se puede tratar a los obreros.
Campesinos, meridionales roñosos, hasta ayer es-
taban labrando la tierra y hoy se permiten levantar
Ja cabeza. Los obreros han respondido en el mismo
tono a esos insultos y, sobre todo, una vez ya de
1egrcso a la fábrica, han dado la respuesta que más
importa: intensificación y endurecimiento ele la lu-
cha. Unn mnnifcstaciún de miles de obreros bloqueó
todos loe; rincones e.le la fftbdca, incluidos los scc·
torcs de las mujeres. Al grito de: fuera, fuera, blo-
quean el poco trabajo que todavía se csel haciendo.
Se detiene así la línea del 125 especial y también,
por fin y de nuevo, la del 500. La fiat está de rodi-
llas. En esa incómoda posición juega su última carta.
Los doce obreros que habían ido a la Unión de Jn.
dustriales son citados, sin los sindicatos, que están
ya fuera del juego, a la oficina de Marciano, el vice-
director de la Minúiori.

141
l1stc los invita a que influyan pcrsunsiv.:imcnlc
sobre sus compañeros y los convenzan de retornar
al trabajo porque, según da a entender, es probable
que se adopt(!n medidas muy graves. Si no se deci-
den antes de esta noche, dice, aquí estalla todo, y
si las cosas siguen como est::m nos veremos obliga·
dos a suspender a 1a gente. Con que suspendan
tan sólo a uno de los obreros que hacen paro, res-
ponclen los cloec, toda ]a fábrica intensificará la
lucha. La Fíat no está dispuesta a tratar sobre esns
bases, dice Marciano, severo. Y nosotros no estamos
dispuesto~ a trabajar. Y así ocurre. El segundo tur·
no de las líneas sale de fábrica a las once de la noche
sin haber tocado siquiera una pieza. En las puertas
hay tanta tensión que parece que Turín va a explo-
tar. No se ve a un solo dirigente sindical.

Miércoles 18 de junio: a las seis de la mañann, los


obreros del primer turno del sector 54 se enteran,
al entrar a la fübrica, de todo lo sucedido el día
anterior, de 1a maravillosa lucha que han sostenido,
y probablemente extendido, sus compañeros del se·
gundo turno. Ayer, dicen, hicimos paros con cuenta-
gotas; hoy habrá una avalancha de paros. Y así
sucede. De una línea de montaje, In del 124, sale un
solo coche; ele otra, tres .:> cuatro. Las líneas del 500,
después de haber funcionaclo a ritmo reducido, se
detienen definitivamente. Los dos turnos están aho-
ra en huelga, todas ]as líneas detenidas. A Jas 13.30
los obreros del primer turno salen de la fábrica con
el pufio en alto. Y son recibidos con el mismo salu-
do por los compañeros del segundo turno que entran
en la fábrica y que han empezado la huelga de la
Mirafiori.

Los obreros del segundo turno continúan muy unl·


dos el paro. La Fiat intenta hacerlos trabajar ha•

142
1.:h:nJo f u11duuar las líneas 1.!ll \'ado. Pl.!ro poco 1.ks·
pués al patrón le resulta evidente que los obreros
se burlan de esa maniobra y detiene las líneas. Del
sector 54 parte enseguida una manifestación interna
y bloquea los sectores 52, 53, 55 y 56. De las línl.!as
no sale un solo coche en toda la tare.le. Con el paro
<le las líneas de montaje, completamente en mano de
los obreros, la manifestación si.! dirige al edificio
de la dirección. Allí hay un encuentro cim los sin•
dicalistas, que intentan negar todo lo que en días
anteriores han dicho contra el paro obrero. Ni si-
quiera se los escucha. La manifestación se dirige
después a h1s puertas, donde bloquea la salida de
los camiones. Por último regresa a las líneas y alU
algunos obreros hacen uso de la palabra ante los
grupos que se forman por todas partes.

Jueves 19 de junio. Compañeros obreros ele Rival-


ta: ayer, en el sector 72, los obreros suspendieron
el trabajo durante una hora. El peclido de overoles
era sólo un pretexto; en realidad los obreros pro·
testaron contra la explotación y las inhumanas con-
diciones de vida dentro y fu era ele la fabrica. Adcn·
tro, porque el patrón continúa acortando los tiem-
pos, haciendo el trabajo cada vc.-:z más insoportable.
Con ritmos que hacen escupir sangre, sin tiempo
siquiera para comer o ir al baño. Afuera, porque
los sueldos de hambre no alcanzan ya para pagar
el alquiler, cada vez más alto, ni proporcionan u los
obreros lo indispensable para vivir. Los obreros se
ven así oblig:tdos a compartir una habitación con
otras siete u ocho personas o a dormir en los bancos
de la estación. Por eso los obreros de la Fiat tienen
hambre de dinero y quieren trabajar menos.

Rivalta es la punta de lanza más avanzada del des·


arrollo tecnológico, el modelo de la automación, la
143
joya dd patrón. Aquí se han trasladado touas las
cadenas de montaje de los coches especiales. Aquí
se producen el 128 y el 130, los últimos modelos
Fíat. Hoy la Fiat utiliza a Rivalta para recuperarse,
atmquc sea en pnrte, de los trnstornos cada vez más
graves que le acarrea la lucha de Mirafiori. Trata
ele exprimir a los obreros cxi&icn<lo todos los días
aumentos de producción, estirnndo al máximo la re-
sistencia de los obreros. Del 128 se producen dia·
rimnente cuatro coches más. Pero el sector 72 ha
decidido ir a la lucha. El patrón ha tratado de con-
trarrestarla haciendo generosamente algunas conce-
sionl!s porque teme que la lucha de Mirafiori se
convierta en lucha de toda la Fiat. Y nosotrns sa-
bemos que toda fa Fiat en lucha significa derrotar
ni patrón en lo tocante a los objetivos propuestos
y organizados por los obreros, sector por sector.

Viernes 20 de junio. Compañeros obreros: por


cuarto dfa, el segundo turno d1.1 Carrocerías ha dctc·
nido toda la producción. Las manifestaciones de
obrl!ros han bloqueado todo intento de reanudar el
trabajo. También el primer turno ha continuado
la lucha. En to<lo el día mil!rcolcs sólo han salido
treinta coches, sobre m{1s de cuatrocientos que cons-
tituían la producción normal anh!s de la lucha. Tam-
bién ayer la producción ha sido drásticamente redu-
cida. Pero esto no basta. Los obreros del primer
turno deben igualar la fuerza de sus compañeros
del segundo tumo. Cualquier diferencia dentro de
la cohesión con que se desarrolla la lucha le permite
al patrón y a sus rufianes enfrcntnrnos a unos con
otros. Para desterrar do raíz cualquier peligro no
hay sino una respucstn: unidad en la lucha.

Toda la producción debe ser bloqueada. En este


mes hemos descubierto que tenemos una fuerza

144
C'.'ttr::tordinaria; hasta que un sector p::trc, p:u:1 blo·
qucar toda la fábrica. La organización crece y se
extiende por todos los sectores y permite utilizar a
fondo esa arma formidable. Ello significa que si la
tarea de llevar adelante la lucha le corresponde hoy
al sector 54, alisado y pintura, otros sectores están
listos para continu:ir la marcha y deben hacerlo lo
más pronto posible sin csp~rnr a que se concluya
la lucha en el 54. Muchos obrerns tienen hoy inten-
ción de apoyar con una suscripción a los compañc·
ros del 54, que soportan todo el peso del paro.
Es justo, pero no es suficiente. Debemos preparar-
nos para ocupar nuestro puesto el\! lucha en todos
los sectores. Reunámonos inmediatamente con los
obreros del 54 y coordinemos los paros. De este mo·
do la lucha ya no podrá ser detenida.

Hoy los sindicatos, que no circulan tranquilos


frente a las puertas de entrada, tienen permiso del
pntrón pnrn venir a repartir volantes dentro d~ la
fábrica y difundir noticias folsas. Tal lo que signi•
fica el sindicato en la f(ibrica. Ayer nos dijeron que
han obtenido doce liras. Pero nosotros hemos pedi·
do: cincuenta liras sobre el salario básico p:.1ra todos,
pases de categoría para todo.e:, descansos para to·
dos sin recuperación ele producción.

El s~ctor SS continúa la lucha. Ayer entraron en


acción los obreros de Rivalta y detuvieron la línea
del 128. A nuestra ncción se ha sumado, desde hace
dos días, también el paro de los tc;cnicos d~ control
electrónico y mccanognífico. Es un movimiento de
lucha formidable. Esto es Jo que asusta a la radio y
a los diarios, dcsd" La. Stampa, que calla o dice poco,
a L'Unitd -órg.mo oficial del Partido Comunista
Italiano-, que dice mentiras. Para comunicarnos,
informamos, discutir y decidir el desarrollo de la
145
lucha, asamblea de todos los obrl!ros el sába<lo 21
de junio a las dieciséis en el Edificio Nuevo de la
Universidad.

Sábado 21 de junio: en Mirafiori, los sectores 25


y 33 se suman también a los sectores 54, 85 y 13,
que ya están en lucha. En Rivalta comienzan los
paros. Tambifo en la Lingotto ha habido paros que
anuncian una lucha más amplia. En la Stura, los
sectores 29 y 25 han hecho dos horas de paro toda
la semana. En Mirafiori, en las líneas, los obreros
de los otros sectores deben responder a los del 54
incorporándose a la lucha. Donde se hayan presen·
tado demandas no hay que esperar las continuas
postergaciones de la dirección, sino comenzar la
lucha inmediatamente. En Mecánica muchos dicen
que no conviene luchar porque la Fíat ha acumulodo
grandes reservas. Sin embargo, el paro perjudicaría
de todos modos la producción de Rivalta y de la
Lingotto.

Lunes 23 de junio. Obreros del 85: desde hace


una semana, los del 85 luchamos en la forma que
hemos creído más conveniente para nosotros, y más
perjudicial para Agnelli, con una demanda bien pre•
cisa: la segunda categorfa para todos, tal como los
compaüeros del 54. Por el momento, las líneas han
reanudado el trabajo, pero continuamos enarbolan•
do la exigencia de la segunda para todos. Mientras
las líneas no quedan bloqueadas se ignoran nuestras
demandas. Ahora, de seis, han pasado a ofrecer se-
senta categorías.· También aquí procuran dividirnos
tratando de comprar con promesas a quienes pue·
dan. Quede en cbro que no pretendemos comerciar
nuestra demanda. Ayer mismo han tratado de hacer
trabajar a reemplazantes; en realidad, son rompe-
huelgas. Eso provocó nuestra justa reacción. Bn la

146
Sur Jos sacamos carpiendo. En Ja Norte parnmos
totalmente el trabajo bloqueando las líneas, de la
21 a la 23. Recuerden todos: Ja lucha continúa. O la
segunda para todos o bloquearnos las playas de al·
macen a mi en to.

Martes 24 de junio: todo el sector 25 está blo-


queado, Jos tres tumos paran ocho horas. Quere·
mos hncer algunas advertencias a nuestros jefes:
es im'tíil que nos presionen para que descarguemos
los hornos, es inútil que nos rccucrckn el valor de
las piezas que csttn en los hornos. Si dcciuieron
cargados, b culpa es de ustedes: porque sabían que
los obreros del primer turno querían p.:m1r. Sin em-
bargo, ustedes no creían en nuc!itra fuerza; de modo
que el paro los tomó de sorpresa. Si aliara quic:ren
que Fundiciones funcione y quieren evitar daños,
no tienen más que pagar. Las notas intimidatorias
que entregaron a los obreros del primer turno son
una provocación que no asusta a nadie. Obreros
del 25: ahora somos nosotros los que tenemos la
sartén por el mango. Nuestros paros tienen conse-
cuencias directas sobre toda la producción Fiat.
Ayer, luego de ocho horas de paro, Mecánica tenía
dificultades. Ahora comienzan a faltar piezas para
Rivalta, Stura y Autobianchi de Milán. Continuarnos
la lucha.

Miércoles 25 de junio: hoy, en Mirafiori, los obre-


ros que preparan el trabajo del 52 y del 53 bloquean
toda la producción, relevando a los del 54. Paro en
los dos turnos. Una manifestación para toda la pro-
ducción. Hemos visto a los encargados de cuadrilla
ponerse a trabajar: el récord le corresponde al en-
cargado Bruno, del 52, que hizo, él solo, 13 cascos.
El 25 continúa el paro compacto de ocho horas por
.turno. En la sección 42 del sector 4, Fundiciones,

147
cuatro horas de p:.1 ro. Co11 l inü,! la aut olimilación
dd ~cdur 16. Paro en el sector 51. Paros en la Lin-
gotto y fo. Matcrfcr y en Carrnagnola. En Rivolta
ha estallado la lucha. En el primer turno, paro in-
terno de dos horas en el sector 64. Paro en el 72,
pintura del 128. Paro en el 75 y en el 7.6, línea
del 128. En el segundo turno, paro interno desde
las nueve menos cuarto hasta el final en el sector 64,
tres escuadrillas. Paro de una hora en dos líneas de
revisión del 128 y de media hora de tres equipos
de montadores del 128, en el sector 72. La situación
ha explotado y el patrón ya no consigue controlarla.

Jueves 26: cinco semanas de paro interno hecho


por unos pocos sectores por vez han hecho perder a
la Fiat mús de 30.000 automóviles por un valor apro·
timado de 40 mil millones. La producción ha sufri-
do un golpe gravísimo. Algunos modelos de coches
]legan a los puntos terminales con partes faltantes.
Las exportaciones están bloqueadas. Por eso, direc-
ción y sindicatos han llegado a un acuerdo global
que debería afectar a 60.000 obreros. El acuerdo
concede aumentos discriminados, de 5 a 84 liras,
sobre distintos rubros del sueldo básico; pero, ¿a
cuántos les tocarán 5 y a cuántos 84 liras? No obs-
tante, los obreros piden cien liras de aumento igual
para todos. El acuerdo mantiene la diferencia en-
tre las categorías y, por si eso fuera poco, añade
una nueva: la tercera super. No obstante, los obre-
ros piden la segunda para todos, corno primer paso
para hacer desaparecer las categorías. En manos
del patrón, diferencias de salario y de categoría son
siempre un instrumento de división de los obreros.
La lucha continúa porque las reivindicaciones de los
obreros no han sido satisfechas.
Sector 85: el paro contim1a por 8 horas. Sectores
148
52 y S3, preparuciún líneas carroccrins: ocho horas
de paro con manifestación interna, primero y se-
gundo turno. Detenidas todas las líneas por falta de
materiales. 700 coches am1ados sin el bloque del
molor deberán ser desarmados y regresar a la línea.
Sector 4, Fundiciones: cuatro horas de paro. Sec-
tor 13: continúa la autolimitación de la producción.
Sector 26, Mecánica: paro de dos horas de la línea
de montaje de motores a causa de la falta de piezas
por el paro <lcl sector 25. Sector 25: paro de ocho
horas en los tres turnos, con piquetes obreros cus-
todiando las piezas terminadas porque la dirección
intenta robarlas. Lingotto: paro de quince minutos
en el sector 10. Los obreros de Rivalta dicen no al
desastroso convenio de las 17 liras. En el primer
turno los obreros bloquean tres líneas: 124, 500, 850,
por una hora, sin que los jefes y la comisión interna
consigan detenerlos. En el segundo turno, todo el
sector 64 para por cuatro horas y la línea del 128
por una hora sola. Paros en Stura, Grandes Motores,
Carmagnola. También están paradas muchas f ábri•
cas proveedoras.

Viernes 27 de junio: Obreros de los sectores 23,


24, 25, 26, 28, 41: la Fíat ha c.lespcdido conjuntamen-
te a doce compañeros nuestros del sector 25 que
luchaban autónomamentc por aumentos salariales
de SO liras iguales para todos y por la segunda ca-
tegoría. La Fbt ha despedido a esos obreros para
desbaratar la lucha del 25, que había paralizado ya
a toda Mecánica y para demostrar que es peligroso
luchar sin sindicato. Los obreros del 25 rechazan
este infame chantaje y responden c01itinuando la
lucha. Agregan además a las exigencias ya prcsen•
tadas la condición prioritaria del levantnmicnto in•
mediato de los despidos. Los obreros del 25 piden
además a los compañeros del 23, 24, 26, 28 y 41 que

149
a la provocativa acción de la fiat respondan con
paros, asambleas en el comedor, solicitudes escritas
a Ja dirección para que levante los despidos, mani•
fcstaciones hasta la entrada del 25 y colectas para
sostener, además de Ia lucha, a los compañeros des•
pedidos.

Sábado 28 de junio: en .Mirafiori la producción


está bloqueada. :en Rivalta, muchas secciones están
detenidas por el paro d.d sector 25 ele Mirafiori y
del 64 de Rivalta misma. Continúa la huelga en
Carmagnola. En la Lingotto, los paros se suceden
con intensidad cada vez mayor. La lucha va más
allá de Turín. Hasta la Fiat de .Módena. Las noticias
llegan mediante los volantes introducidos en las
cajas ele embalaje de motores por los obreros de
Turín. Hasta la Fiat de Pisa. La Fiat de N,ípoles.
La Fiat de Florencia. La Fíat de Triestc. La Piaggio
de Pontedcra. En todas partes con las mismas for-
mas y los mismos objetivos. El paro Fíat alcanza
también a todas las firmas proveedoras. El choque
se torna cada vez m{is duro. La organización obrera
se torna cada vez más fuerte. El patrón responde
con un convenio desastroso que ha sido rechazado.
Responde con los despidos, sin que los sindicntos
muevan un dedo: otros dos despidos en la Allumi·
nio, Carmagnola. Rcponde con intimidaciones: or-
den de la dirección a los jefes de aplicar amonesta-
ciones y suspensiones para poder después despedir
con causa.

Agnelli responde con el matonismo fascista. Ayer


a la noche un grupo de matones a sueldo atacó e
hirió al compañero Emilio frente a la puerta S de
Rivalta, donde repartía volantes. Los atacantes, que
eran cinco, lo golpearon brutalmente, lo hicieron ro-
dar en medio de la calle, tratando de arrojarlo bajo

150
los autos que pa:;aban. Pero el <ll!scontcnto obrero,
la voluntad ele luchar a fondo contra los patrones
crece entre tocios Jos obreros de Turín. Para tratar
de contrarrestar ese lanzamiento a la lucha, los sin-
dicatos han decidido, para el jueves 3 de julio, un
paro ,gcncrnl por el congelamiento de los alquileres.
Sábado 28 de junio a las 16.30: asamblea general
en el Edificio Nuevo de la Universidad.
Capítulo IX

La asamblea

Compafieros: ]os contenidos que ha puesto de


manifiesto Ja lucha de la Fiat son ante todo la auto·
nomía obrera; es decir, los obreros que prescinden
uc cualquier tipo de mcdiacic'.in sindical. Que han
organizado autónomamcntc !as formas de lucha, que
han establecido autónommnente los objetivos. Y so-
bre eso han comenzado a construir la organización
autónoma que les permite llevar adelante la lucha.
Tengamos presente que ésta es la quinta semana de
lucha en Ja Fiat. Los contenidos puestos de mani-
fksto por esta lucha son sobre todo la exigencia
obrera de unificación. Vale decir, exigencia de
aumentos salariales iguales para todos. Y exigencia
de superar las divisiones por categoría y por función
que el patrón y el sindicato habían introducido en
la estructura del salario.

Ha habido un constante intento sindical de extin·


guir, de circunscribir y aislar esta lucha. Que se fue
articulando primero en trntativas a nivel ele sección
y de sector hasta que 1lrgamos al desastroso con·
vcnio de hace unos días relativo a toda la Fiat.
El convenio dcs~,rrolló n nivel empresario los intcn·
tos hechos a nivel de sector. Es decir, aumentos
discriminados sobre las estructuras del salario, que
lo mantienen inalterado. Vale decir: casi todos los
aumentos en la parte variable del salario, retribución

153
por cargo, etcétera. Adcm~ís, la exigencia de la se-
gunda categoría para todos formulada por los obre·
ros ha dado como resultado la introducción, por la
parte sindical, de la tercera categoría super. Una
categoría tramposa que no es otra cosa que el
aumento de 17 liras camuflado bajo el rubro de
categoría y que ha hecho aumentar de cinco a seis
las categorías ya existentes.

Compañeros: está claro que la clase obrera Fíat


ha rechazado en todas partes el desastroso convenio
del sindicato. La lucha ha continuado, se han ini-
ciado nuevas acciones y han proseguido las iniciadas
precedentemente. Ahora debemos tener una cierta
capacidad <le previsión para evaluar los ulteriores
instrumentos que utilizará el patrón para extinguir
esta lucha y, sobre todo, para mistificar su conte·
nido. Sc11alcmos aquí algunas de esas medidas: las
represalias, el cierre de la Fiat, las vacaciones anti·
cipadas, el adelanto de las tratativas y de los acuer-
dos contractuales, etcétera. Y se tratará también,
en esta asamblea, de hacer una evaluación de lo
que significan estas luchas con miras a los conve-
nios nacionales. El último punto de la orden del día
se refiere al paro general anunciado por los sindi·
catos para el jueves próximo. Inmediatamente po-
demos dar comienzo a la discusión.

Yo quisiera decir, nosotros hemos visto que con


45 días de lucha conseguimos las 17 liras. No sabe-
mos para qué nos sirven, pero las hemos cons~guido.
Si no hacíamos 45 días de paro ni siquiera eso obte-
níamos. Si continuamos así podremos tener también
un importante papel en los convenios nacionales.
Porque la organización que vamos a crear ahora, en
estos días, tendrá su importancia cuando se trate de
los paros por el convenio. Además hay otra cosa que

154
quiero decir. En estos <lías es importante forzar la
mano en la lucha porque a Agnclli lo tomamos des-
prevenido y todavía no ha trnido tiempo de repo-
nerse. En octubre, cualquier idiota sabe que hace·
mos paro. Una semana quizá, quince, veinte días.
Y lo sabe también Agnclli, que no es idiota y que
hubiera podido prepararse.

Si nosotros tiramos demasiado de la cuerda, si


ahora nos ha amenazado con pasarnos a la Caja de
Integración y, sin embargo, no nos ha pasado, en
octubre cierra lns puertas y nos manda a casa por-
que le importa un pepino de nosotros. Ahora es el
momento en que el mercado más solicita la produc-
ción. Es el momento en que Agnclli tiene más nece·
sidad de nosotros y es el momento para golpear.
Un{tmcnos, compañeros; yo ni) sé si aquí hay alguien
de mi sector: y si hubiera algún alcahuete se me
importa un rábano. Pero yo esta noche empapelé
los baños con volantes. Si alguno no ha ido todavía
a verlos, vaya ya y ll!alos. La lucha Fíat debe con·
venirse en el Vietnam de los patrones de Italia.
Aplausos.

Escuchen, compaficros. Ayer, a nosotros nos en-


tregaron unas cartas; es decir, un comunicado de
suspensión. Esta mañana hubo doce despidos; yo
tengo la carta en el bolsillo, si quieren la muestro.
Con rcfcrencia a los graves hechos en los que usted
participó el 24 del corriente y que le sciialáramos
oportunamente, con la presente comunicamos a us·
tcd su despido, según el artículo 38, inciso b, del
convenio nacional de trabajo en vigor. Tenga a
bien, por lo tanto, proceder al retiro de sus docu-
mentos de trabajo y de sus pertenencias en nues-
tras oficinas de Administración, a partir del día 9
de Julio de 1969. Distinguidos saludos. Ahora todos

155
Jos del sector 25 estamos <le acuerdo en que si no
entran todos a trabajar, incluso los doce despedidos,
precisamente aquí llegan los otros que recibieron la
carta, entonces continuará el paro.

Pero hay una cosa. Afuera me encontré con un


dirigente sindical, aquí en la Universidad, y poco
más tienen que ir a buscarme para que no discu-
tiera con éi. Porque yo le había dicho: Necesito
hablar con vos. Sos sindicalista, entendido. Nos-
otros te propusimos nuestras condiciones, las cin-
cuenta liras. Pero, dijo él, cuando hicieron el paro
contra vknto y marca todos juntos, no me llamaron.
No había necesidad de llamarte porque Jas cosas las
hacemos por nuestra cuenta. Se equivocaron, me
dice él. Pero ahora, con los diez despidos, ¿qué hay
que hacer? Entonces él me <lijo quo no lo sabía.
Yo te digo cómo se hace. Sos sindicalista: entonces
JJnmá a todos los obreros Fiat para que hagan paro
contra viento y marca todos juntos. Porque si hay
otro despido, ¿qué?: ¿ustedes van a declarar la
huelga? Ni siquiera me contestó.

Ahora bien: yo decía que si en un cierto punto asu-


mo la responsabilidad de 1a lucha, la de todo mi sec-
tor, entonces todos los demás sectores deben con•
tribuir ni paro junto con nosotros. He estado en el
24 para pedirles que contribuyan al paro. Me di-
jeron: No, porque a nosotros nos lo prohibe el
PSIUP.* Entonces este carajo del PSIUP está mean-
do fuera del tarro. De todos modos llegamos a lo
siguiente: si los despedidos no entramos a fábrica,
por lo menos el sector donde yo trabajo no empieza

* PSIUP: Partido Socialista Italiano de Unidad Prolcta•


ria, desprendimiento de izquierda del Partido Socialista
Italiano.

.156
a trabajar. Prolongac.los aplausos. Compaiiews: si
ahora el señor Agndli se toma la atribución de dis-
poner diez despidos, maiíana no se confonnnrá con
diez ni con quinicntns. Dispondrá mil, dos mil, y
nos dejará a todos en la calle. Pero el patrón no es
él. Somos nosotros, los obreros. Si nosotros en la
fábrica ganamos cien mil liras mensuales, el ~eñor
Agnclli gana todos los meses doscientos mil millo-
nes gracias a nuestra sangre, porque somos nosotros
los que dejamos la sangre. Hagamos paros adentro
y afuera. ¡A la huelga! Aplausos.

Quisiera hablar del paro del jueves. Sabemos que


este paro ha sido declarado por los sindicatos para
tratar de recuperar la fuerza de nuestras luchas. Pe·
ro ese paro por los desalojos o por Io que sc;1 debe-
mos tratar de aprovecharlo n nuestro modt.•, no de-
bemos dejar!C's la iniciath•a a los sindicatos. s~ tra-
ta entonces de llevar nuestro paro, nuestra lucha, al
exterior, y se trata, por eso mismo, de organizarnos.
En los tres días que tenemos por delante tratemos
de organizarnos entre nosotros, cuadrilla por cua-
drilla, sección por sección, sector por sector. Y tra·
ternos de organizar una manifestación lo bastante
grande como para obtener con la fuerza, ya que no
con palabras, lo que qucremo.,;. Aplausos.

Compañeros: los obreros no se reunirán en la


pla1.a para expresar allf su indignación, siempre
controlada en el ámbito del partido y del sindica-
to. Sino que se reunirán porque están hartos ele es-
te estado de cosas y pretenden decir lo que quieren.
Pretenden imprcsionnr no sólo a Agnelli, sino tam-
bién a los partidos seudorrevolucionarios y sus Jí.
neas mistificadoras. Estruendosos aplausos. Com-
pafieros: alguno de ustedes podría tener dudas so-
bre los ries¡os, sobre el hecho de que durante la

157
manifrst;ición puedan producirse choques graves.
Pero nosotros aclaramos inmediatamente que fa ma·
nifcstación no es una manifestación para prov0car,
sino que tiene la misión de explicarle a la ciudad las
luchas de fabrica. Hacer saber qué sucede y por
qué, desde hace más de un mes, en los talleres. Por·
que todos los diarios han hecho de todo para no ClCU·
parse del asunto. Debemos hacerle saber a toda
Turín que no nos detendremos ni a las veinte ni a
las treinta liras. Queremos lo que hemos pedido y
nos lo deben dar. Aplausos.

Una voz entre el público: Deseo hacer una pro•


puesta a los obreros que se proponen ir a la hucl·
ga: que se incluya entre las reivindicaciones la rcin·
corporación de los obreros que han sido despedidos.
Primero: hay que contestarle a Agnclli que las Ju.
chas en la Fiat no se castran con 17 liras de aumento.
Segundo: que no se castran tampoco con el despido
de las vanguardias obreras. En este momento, toe.los
los obreros deben saber que la respuesta unitaria a
esos actos de represalia no es tanto un modo de de·
fcnder al compañero perjudicado, sino un modo de
golpear al patrón que tiene el poder. Es un modo de
decir que nosotros no luchamos tanto por el obre·
ro despedido como que luchamos por todo un sis•
tema que impera actualmente en Ja fábrica de Tu·
rín. Abiertamente decimos que no admitimos eJ
despido. Reiterados aplausos.

Compafieros: yo sólo querría comunicar a los


compaficros aquí presentes que en Mirnfiori la lu-
cha continúa y que el martes a las cinco y media
comienza el paro del 56, con las mismas demandns
que el 54 y los demás sectores: 50 liras más, 50 li·
ras y la categoría. Nosotros presentamos las de-
mandas el lunes por la mañana, dándoles 24 horas

158
de tiempo solamente. Como también comienzan a
parar los de inspección fiual y el 19, trataremos de
incorporarnos al paro ese mismo día. Para quien
no lo sepa, si h~y aquí alguien del 56, que se coinu-
niquc con los demf1s; nosotros ya lo estamos ha-
ciendo. Nos han ªGarrado de los huevos porque
nunca hicimos paro: esperemos que ahora también
nosotros podremos hacer algo. He dicho. Campa·
ñeros: parece que desde el primero de julio el pan
va a costar veinte liras más y los cigarrillos cin·
cuenta. Los diarios ya han aumentado; los dueños
de casa quieren aumentar los alquileres y nos desa-
lojan. Todo aumenta, cualquier producto, hasta los
autos de la Fiat han aumentado. Y nosotros, die-
cisiete liras la hora. Pero a nosotros diecisiete li-
ras no nos sirven para nada cuando todo aumenta.
A nosotros no nos importa nada el aumento del
premio de produción. He oído que ahora van a pa·
garnos en cuotas, porque no hay producción. Por-
que no se produce diariamente la cantidad de co-
ches establecida por la dirección. Y he preguntado
por qué. Me h::m contestado: Porque ustedes tra·
bajan a destajo. Pero el destajo ese, ¿a mí quién
me lo propuso? Nadie. Yo no sé nada de ese asun-
to: y, como yo, los demás trabajadores. Han sido
los famosos intermediarios entre los obreros y los
patrones: los sindicatos. Nosotros queremos lo que
hemos pedido, con la fuerza.

Me han dicho también que ahora nos tenemos que


conformar con esas diecisiete liras si queremos llegar
a un convenio favorable. El famoso convenio que
se tiene que firmar en octubre. Un papel sin valor
porque no lo firmamos nosotros. Nos han aconse-
jado que estemos tranquilos. Pero no es po~ible:
tenemos necesidades. Necesitamos plata: tenemos
que conseguirla y nadie nos debe cavar el piso. Han

159
diclio que la segunda categoría no es posible al <.:a·
bo de sc:is meses de empleo, porque si no el patrón
iría a la quiebra. Pero eso es prcc:samcntc lo que
queremos nosotros, qué nos importa si el patrón va
a la quiebra, él y su fábrica de mierda. Aplausos.

Compañeros: la situación de Turín y la provin·


cia es la vcrgiicnza del patrón. La Fiat nos hace
vivir y la Fiat nos hace morir con cadenas. Fuera
de la fábrica, uno necesita ahjamiento: habitación
y baño son 30.000 liras por mes, más gastos, luz,
etcétera. Explotados en la fábrica y afuera. Yo tra-
bajo en el sector 25, que parece una cárcel, real·
mente una celda, donde hay bichos de toda espe-
cie. Producción en la F'iat: faltan diez obreros y al
final la producción es la misma. ¿Quién sufre? No-
sotros. Transporte cada vez más caro. ¿ Quién su-
fre? Nosotros. Nadie se preocupa y nosotros su·
frimos, somos democráticamente esclavos del pa-
trón.

Luchemos por las buenns, por las mal.is, pero lu·


chemos sin ahorrarnos golpes. Debernos luchar, lu-
char, luchar, para tener más dinero y menos traba-
jo. Hay que abolir el capitalismo y ser tratados
como hombres y no como bestias de carga. El ca·
pitalismo es un sistema podrido y acabado. N~die
lo aguanta. Los jóvenes lo rechazan, incluso los jó·
vencs estudiantes burgueses que están aquí con no-
sotros. Y todos los obreros saben con cuántos su-
frimientos y con cuánta injusticia ha prosperado.
A<lhicran, adhieran a la lucha, compañeros: no se
dejen engañar por el patrón, no se dejen engañar
por los sindicatos. Aplausos.
Compañeros: según he sabido, el compañero Eml·
lio ha sido atacado y ¡olpeado. Un dfa antes, a un

160
fascista que lrabnj::,ha con mi mujer le oí decir que
el señor Agnelli ha oírccido un montón de millones
para que los fascistns provoquen a todos los gru-
pos que se accrcnn a fo.s pucrtns. Pensé que sólo
era una alusi6n, pero ahora, sabiendo que hnn ata·
cado y golpeado a Emilio, pienso que eso está sien·
do puesto en práctica. Sabemos que hnn ntncaclo
y golpcndo a Emilio y que atacarán y golpearán a
otros. De todos modos, lo bueno del asunto es es-
to: que AgncJli ha dejado de usar su táctica, esa
táctica denominada moderna y democrática. Antes
tenía a los esbirros de los sindicatos, que ahora han
reventado completamente. Ya no los tiene porque
no saben qué hacer, no le sirven.

Entonces trata de emplear la fuerza: o sea, la t'tl·


tima etapa del capital. Es decir que cunndo se pro-
duce un revés de fortuna, uno recurre primero a
las hucnas; después, cuando ve que eso no le sirve,
empica los grupos de acción que hay. ¡Que los em-
plee! Sucederá lo que tiene que suceder. Nosotros
respondemos a Agnclli que no es tanto la lucha que
estamos llevando a cnbo lo que refuerza nuestra
voluntad, sino que es él mismo, que nos ha hecho
comprender que está contra las cuerdas. Por eso
digo que haga lo que haga, ya no puede detener la
voluntad de los obreros. No puede enf!añarse, Jo
sabe muy bien. Los obreros están cambiando de
mentalidad, han comprendido qué deben hacer. Se·
rán pocos, serán una vanguardia: pero, cie todos
modos, eso es lo importante. No hablo por boca de
otros. En cuatro años he c.imbiado al máximo; pri-
mero tenía una mentalidad, por así decirlo, de pe-
queño burgués: creía que por las buenas se conse•
guía todo.

Hoy soy, digamos asf, revolucionario. Asf nos lla·


161
man: o chinos; ni ellos mismos lo sahcn. Sea como
fuere, quería decir que habrá provocaciones con mo-
tivo de la m~mifcstaci6n, pero que la vamos a hacer
lo mismo. Digo que nadie puede ya detenernos. Y
hay algo m.ís: al p:::irlido comunista lo criticarnos no
porque sí, por criticarlo. Es lógico que la revolución
no se haga mañana ni pasado mañana; pero yo picn·
so esto: que la mentalidad del obrero está ya muy
avanzada y que el partido trata de frenarla. Es lógi-
co que haya que it paso a paso: pero, al fin de cuen-
tas, cuando hay base, cuando el pueblo está cmpu·
jando desde abajo y dice que todo es un asco, el par-
tido, en cambio, sigue frenando. Y el sindicato hace
lo mismo.

Además siguen diciendo: el sindicato, apolítico.


Tal como ya Jo observó antes un compaficro. Y yo
pregunto: ¿pero qué quieren: dárnosla por el culo?
¿Creen que todavía somos idiotas que creemos- que
el sindicato puede ser apolítico? De todas maneras,
también ellos están sonados. Son mercenarios y co-
mo mercenarios serán tratados. Que los sindicatos
continúen así. Que continúen recibiendo dinero de
los patrones, mientras estén a tiempo. Después ve·
remos: a lo sumo, nosotros mismos les vamos a pre-
parar el ataúd. Aplausos. Agnelli está contra ]as
cuerdas, todos nuestros enemigos están contra las
cuerdas. Por eso continuamos la lucha y no nos de·
tendremos nunca jamás: que lo sepan Agnclli y to·
dos sus esbirros. Largos aplausos.

Compañeros: como todos ustedes saben, en la


Fíat, el porcentaje diario de ausencias es muy alto.
Es gente que ya no sabe cómo hacer para seguir los
agobiantes ritmos de trabajo impuestos por los pa·
trones. Es gente que se queda en casa para mante,.
ner su propia existencia física. Es una continua fu.

162
ga <ld trabajo producli\ o. Se habla dd dcr~cho a
la saiud, de luchas contra la insalubridad. Pero no
se dice que el único problema es que.: el trabajo es
ins~ilubre. La inmigración de gente joven traída
desde el sur por la Fiat ha continuado, en los últi-
mos meses, a ritmo acelerado. A causa de la gran
cantidad de obreros que abandonan el trabajo por-
que no quieren saber más nada con los ritmos de
Fiat y a causa ele los despidos de obreros que faltan
con mucha frecuencia. Todo eso le resulta cómodo a
Ja. Fiat porque los recién incorporados tienen salarios
más bajos durante los primeros cuatro aíios de ex-
plotación en la fábrica.

A todo eso hay que agregarle el círculo VICIOSO


que arrasa con casi todo el sueldo. Los jóvenes se
la pasan yendo y viniendo entre una fonda y una
pieza para dormir. Los ahorros para pagar en el
norte las deudas del traslado y para mandar el giro
al sur eran posibles hace seis o siete años. El sala-
rio real de la· Fiat ha disminuido en estos últimos
años. De allí, la huelga que hicimos por Dattipa-
glin; como Battipaglia, allá en el sur, ha sido el ob-
jetivo e.le la política meridionalista de la DC y del
PCI, del Estado y de los monopolios, esa huelga ha
sido la ocasión para un paro político contra la pla-
nificación Fíat y estatal.

En lo que se refiere a este paro dd jueves, no son


los sindicatos los que se han dado cuenta ele que
los obreros no pueden ya seguir soportando los al-
quileres. Sino que han sido los obreros con sus ac-
tos de rebelión ajenos a toda línea sindical y poli·
tica los que han demostrado que cst.ín hasta la co-
ronilla con los aumentos del costo de la vida y de
los alquileres. Y que en un cierto punto ya no se
pueden conformar con el sueldo de hambre que se
163
gana en lu ncltt:lli<la<l. Exigimos el salario garanti-
zado, exigimos que se nos pague siempre según nues·
tras neccsidaclcs, tanto cuando trabajamos como
cuando no. Aplausos.

Compañeros: ahora, después de todas estas se-


manas de paro, en bs que hemos puesto de rodillas
al patrón, todos nos dicen que no hay que exagerar.
Nos lo dicen los dirigentes sindicales en la fobrica
y nos lo dicen, a(ucra, los diarios. Que si seguimos
adelante habrá crisis. Que debemos tener cuidado
porque toda esta merma <le Ja producción arruina
la economía de Italia. Que despm.:s tocios estare·
mos peor y que habrá desocupación y hambre. Pero
a mí no me parece que las cosas sean precisamente
así. Dejemos de Jado el hecho de que, como dijo an•
tes un compañero, si el patrón va a la quiebra a no·
sotros nos interesa poco y nada. Müs bien nos alegra.

Eso es muy cierto, pero hay otra cosa: que a noso·


tros nos importa poco y nada porque, como sabe·
mos muy bien, mientras no cambie todo vamos a
ser siempre nosotros los que estemos peor. ¿No he-
mos sido siempre nosotros los que hemos pagado el
precio más alto de todas las luchas? Compañeros: yo
soy de Salerno, he hecho toda clase de trabajos,
tanto en el sur como en el norte, y he aprendido
una cosa. Que el obrero tiene solamente dos posi·
bilidades: o un trabajo agobiante cuando las co·
sas van bien o la desocupación y el hambre cuan·
Clo van mal. No sé bien cuál de las dos es peor.
Pero sí sé que no es el obrero quien decide esas
situaciones, sino que es siempre el patrón.

Entonces es inútil que ahora, cuando nos hemos


cabreado porque y~ no aguantamos más, nos ven·
gan a rogar que volvamos al trabajo. Que nos vein·
164
gan a trabajar la moral con eso de que somos un
solo país, un solo interés general, y que cada uno
tiene una función y un cleber que cumplir y cosas
por el estilo. Con eso de que el estómago no puede
comer si los brazos no trabajan. Ahora nos ruegan
y nos amenazan que volvamos a trabajar porque si
no será peor también para nosotros. Pero las cosas
no son así: porque, como dije arites, nosotros, mien-
tras el poder lo tengan ellos, morimos siempre, tan·
to si trabajamos como si no trabajamos.

En esa trampa no caemos müs, porque ellos y no-


sotros no somos un mismo cuerpo. No tenemos na-
da en común, somos dos mundos diferentes, somos
enemigos y nada müs, ellos y nosotros. La fuerza más
grande que tenemos estú precisamente en el hecho
de que nos hemos convencido finalmente de que, con
el trabajo de los patrones y con el Estado de los
patrones, nosotros no tenemos ningún interés en co-
mún. Más bien, todos nuestros intereses están en
contra. Todós nuestros objetivos materiales están
contra esa economía, están contra el interés general,
que es el interés del Estado de los patrones. Aho~
ra nos dicen que la Fíat tiene una fábrica en Rusia,
en Togliattigrad, y que deberíamos ir a11í para apren-
der a trabajar corno se trabaja en el comunismo.

Y qué carajo nos importa a nosotros si también


en Rusia los obreros son explotados, si los explo·
ta el Estado socialista en vez del patrón capitalista.
Eso quiere decir que el comunismo no marcha bien.
Y, en efecto, me parece que también ellos se prcocu·
pan mfis de la producción y de ir a la luna que del
bienestar de la gente. Porque el bienestar resulta
ante todo de hacemos trabajar menos. Es por eso
que nosotros ahora decimos no a los patrones asus•
tados que nos piden que los ayudemos en su pro-
165
dueción. Y que nos explican que debemos partid·
par también en interés de todos nosotros.

Digamos no a las reformas por las que quieren


hacernos luchar el partido y el sindicato. Porque
hemos comprendido que esas reformas sólo sirven
para mejorar el sistema con que los patrones nos
explotan. Porque hemos comprendido que no nos
importa nada ser mejor explotados, con unas pocas
c~sas más, unos pocos remedios mé'.'ts, unos cuantos
chicos más en la escuela. Todo eso sólo mejora al
Estado, mejora el interés general, mejora el desa-
rrollo. Pero nuestros objetivos están contra el de·
sarrollo, están contra el interés general: son nucs·
tras y se acabó. Nuestros objetivos, los intereses
materiales de la clase obrera, son el enemigo mor•
tal del capitalismo y de sus intereses.

Comenzamos esta gran lucha pidiendo más plata


y menos trabajo. Ahora sabemos que esa exigencia
es una consigna que trastorna, que manda al dia·
blo todos los proyectos de los patrones, todo el plan
del capital. Y ahora debemos pasar de la lucha por
el salario a la lucha por el poder. Compañeros: re-
chacemos el trabajo. Queremos todo el poder, que-
remos toda la riqueza. Será una lucha de años, con
éxitos y fracasos, con derrotas y avances. Pero es
una lucha que debemos comenzar ya, una lucha a
fondo y violenta. Debemos luchar para que no exis-
ta mfts el trabajo. Debemos luchar por la destruc-
ción violenta del capital. Debemos luchar contra un
Estado fundado en el trabajo. Digamos sí a la vio•
lencia obrera.

Porque somos nosotros, los proletarios del sur, no•


sotros, el obrero masa, esta enorme masa de obre·
ros, nosotros, los ciento cincuenta mil obreros de

166
la Fint, los que hemos hecho el desarrollo del ca-
pital y de este Estado suyo. Somos nosotros los
que hemos creado toda riqueza que existe y de
b que no nos dan sino las mi~as. Hemos creado
toda esa riqueza reventando de trabajo en la Fiat
o reventando de hambre en el sur. Y somos noso-
tros, la gran mayoría del proletariado, los que aho-
ra ya no queremos trabajar y reventar por el desa-
rrollo del capital y de este Estado suyo. No que-
remos seguir manteniendo a tanto cerdo.
Por eso decimos que es hora de terminar, ya que
toda esta enorme riqueza que nosotros producimos
aquí y en el mundo, al fin de cuentas no saben más
que derrocharla y destruirla. La derrochan en la
fabricación de miles <le bombas atómicas o en ir a
la luna. Destruyen Ja fruta, toneladas de duraznos
y de peras, porque abundan y entonces tienen po-
co valor. Porque, para ellos, todo debe Lencr un
precio, todo debe tener un valor, que es Jo único
que les interesa. Para ellos, los productos sin valor
no pueden existir, no pµeden servirle a la gente que
no tiene para comer. En cambio, con toda Ja rique-
za que existe, la gente podría no morirse de ham-
bre, podría no trabajar más. Por Jo tanto, tomemos
esa riqueza, tomemos todo.
¿Nos estamos volviendo locos? Los patrones nos
hacen trabajar como animales y después destruyen
la riqueza que nosotros hemos producido. Pero ya
es hora e.fo acabar con toda esa gente. Es hora de
que se la demos por el culo a todos esos cerdos, de
que los hagamos a un lado a todos ellos y nos liber~
mos de ellos para siempre. Mucho cuidado, Estado
y patrones: es la guerra, la lucha final. Adelante,
compañeros; adelante como en Battipaglia; incen·
diemos todo, arrasemos a esa canalla, arrasemos a
esta republica. Prolongadísimos aplausos.

167
Martes 1~· de juJ;o. Compañeros obreros de Ri-
valta: después de los paros internos de ]a semana
pasada, ayer muchos obreros han vuelto al trabajo.
Eso no significa que todo haya terminado y que ha-
ya retornado la normalidad. La rnzón fundamental
de esta pausa en ]a lucha es el paro general dccre·
tado para el jueves por los sindicatos. Ayer, muchos
obreros dejaron de luchar, postergando todo para el
jueves. Eso es peligroso, porque los obreros se están
organizando en la fábrica, donde son más fuertes, en
tanto que el paro del jueves tiende a qt!ebrar esa
organización y a concluir todo en un solo día. Pe-
ro se engañan los sindicatos si suponen que todo
terminará así: los obreros sabrán utilizar también
esa ocasión para reforzar la lucha y sus objetivos.
El paro se hace como continuación de la gran lucha
que los obreros de la Fiat libran desde hace 45
días.

El paro no se hace, como pretende el sindicato, pa-


ra cerrar la lucha, y hacernos tragar a toda costa su
desastroso convenio, sino que debe ser aprovechado
por ]os obreros para reforzar los objetivos de la lu-
cha, que son siempre los mismos. El paro del jue-
ves, los sindicatos lo consagran exclusivamente al
problema de la vivenda. Pero el problema de los al-
quileres no debe ser aislado del problema de la lu-
cha en la fábrica. Es con esas luchas y no yendo a
lloriqucarlc al gobierno que se constituye una ver-
dadera fuerza obrera. Compañeros obreros: el jue-
ves por la mañana, todos ante la f áhrica, en arnm-
blca para discutir cómo se continúa la lucha en los
próximos días. Por la tarde, manifestación de los
obreros de toda la Fiat. La manifestación partirá a
las quince horas, de la puerta 2, sobre corso Tazzoll.

Miércoles 2 de julio: la lucha continúa hoy con los


168
pJrus 1:11 Rivalta y en d sci..:tor 13 de la Lingotlo, y
está por rcanud~U"sc en las líneas. Los sindicatos han
amenazado con no firmar el convenio, ese convenio
desastroso que los obreros rechazaron continuando
la lucha, si los despidos de la semana pasada no
son dejados sin cfccto. Con tal de ofrecer a los
sindicatos, actualmente por completo emputecidos,
una ocasión de incorporarse nuevamente al juego,
la. dirección ha dejado inmediatamente sin efecto
los despidos. Sin que se declarara ni siquiera una
hora de paro, cosa que jamás había ocurrido antes
en' los últimos veinte afios.

El intento de intimidación se ha completado con


la imprevista aparición de la policía y los carabine-
ros frente a las puertas de Mirafiori. Como si esa
aparición pudiera bloquear nuestra lucha. En rea-
lidad, tampoco mafüma, durante la manifestación,
nos dejaremos intimidar por la policía. Si el patrón
cree que puede usar a la policía para bloquear nues-
tra lucha, que trate un poco de meterla en la fábrica
para obligamos a trabajar en los sectores donde de-
cidimos hacer paro.

169
Capítulo X

La insurrecci6n

La noche antes habíamos ido a pegar carteles por


toda la ciudad, por todos. los barrios. Era un mani·
fiesto con el puño cerrado. En él figuraban los obje-
tivos de nuestra jornada de lucha y, además, la con-
vocatoria: A las tres en la puerta 2 de Mirafiori. Esa
mañana, a las cinco, pasamos por Mirafiori, con el
megáfono. Ya había, a esa hora, muchísima policía.
Doscientos o trescientos por lo menos entre jeeps,
furgones, celulares y camiones de In policía y de los
carabineros. Había dos en cada puerta y unos cin•
cuenta por lo menos frente al edificio de las oficinas.
A las cinco de la mafiana pasamos con el megáfo·
no para explicarles a los obreros del primer turno
que no debían entrar: pero ningún obrero entraba.

No había ninguna necesidad de formar piquetes


siquiera. Porque, evidentemente, la policía esperaba
que formáramos piquetes para provocarla y agredir-
la. De vez en cuando, la policía nos molestaba para
decirnos que no dcbímnos detenernos en las puertas.
Nosotros contest~íbamos: Usamos el megáfono por-
que hay paro, no los estamos amenazando con pisto·
las para que no entren. Si quieren entrar, que en·
tren; si no quieren, que no entren. Nosotros nos Ji.
mitamos a la agitación política. Hubo apenas cuatro
o cinco rompehuelgas que intentaron entrar y lapo-
licía se apresuró a impedir que los pararan. Pero en
171
la puerta 1, los obreros del turno de la noche que
iban saliendo los obligaron a volver afuera.

No entró ninguno, ni uno solo. Los obreros esta-


ban todos: pero clel otro lado de la calle. Para con·
trolar si alguien entraba. Pero no entraba nadie y al
cabo de un rato todos volvieron a su casa. A medio·
día pasamos de nuevo ante las puertas, con el megá-
fono, para el segundo turno. La cita era a las tres,
frente a la puerta 2. Los obreros llegaban en grupos
y ya había muchos esperando. Además de los obre-
ros del segundo tumo que no habían entrado, tam-
bién estaban allí muchos obreros del primer turno
que habían vuelto a Mirafiori para integrar la mani-
festación.

A las tres había ya tres mil obreros frente a Mi·


rafiori. La policía custodiaba tocios los accesos, co-
mo así también la puertas, el edificio, etcétera. Por
la mañana habían llegado otros refuerzos. Durante
la manifestación sindical de la mañana no hubo in-
cidentes. Los sindicatos hici~ron su mitin con los
obreros de las pequeñas y medianas fábricas, don•
de eran fuertes, mientras que en la Fíat eran casi
inexistentes. Frente a la puerta 2 había muchas
banderas rojas, carteles, estandartes. Mientras está·
bamos ahí, esperando que saliera la manifestación,
empezaron las provocaciones de la policía.

Pero lo que no había pensado la policía, ni siquie-


ra el jefo, lo que no había pensado el ministro del
Interior, lo que no había pensado Agnclli, era que
ese día no se trataba de la habitual manifestación de
estudiantes, de una de esas manifestaciones que se
les atribuyen a los extremistas. O, como decían los
diarios burgueses, de los nenes de papá que se di·
vierten jugando a la revolución.

172
Los obreros que se hallabnn ante fa puerta 2 ele
Mirafiori eran los que habían participado en las lu-
chas fiat durante todas aquellas semanas. Eran
obreros que habían intervenido en luchas duras, en
luchas victoriosas. Mientras se preparaba la salida
de b manifestación, la policía comenzó a hacer sus
maniobras. A un costado pusieron una doble fila
de carabineros, que se mantenían tomados del bra·
zo y que obligaban a retroceder a )os manifestan-
tes. Otros pelotones de carabineros, en hileras de
cuatro, iban y venían lentamente en medio de los
manifestantes.

Mientras daba esa!'> órdenes y los carabineros se


movían en una y otra dirección para encerrarnos,
Varia, el subjefe de policía, le dijo a un obrero que
estaba cerca de él que se retirara. Ese obrero, en
vez de retirarse, le descargó un trompazo y lo tiró
al suelo. Entre tanto, los pelotones de carabineros
que estaban maniobrando empiezan a correr con un
trote suave, parecido al de los bersaglieri, en medio
de los manifestantes. Y empuñan la carabina como
un garrote, como una cachipo!"ra. De pronto, impre-
vistamente, suena la orden de ataque. ¡Y quién ca-
rajo iba a sentirla!

Y comenzaron a ]legar las bombas lacrimógenas,


una Jluvia torrencial de bombas lncrimógcnas. Ins-
tintivamente, todo el mundo comenzó a escapar. To-
dos escapaban y los carabineros empezaron a repar-
tir golpes con la culata ele la carabina. Para acorra·
Jamas, trataban de empujarnos hacia el otro cor-
dón de cornbineros, que se mantenían firmes. Yo,
prccisomcnte1 me encontraba cerca del cordón ese:
estaban todos pálidos 1 blancos, muertos de tniedo.
Porque al fin se topaban con nosotros, frente a fren-
te. Un rato antes yo le había tomado el pelo a uno

173
de ellos dici~ndolc: Qucrés ver que te saco fa pistola
y te acribillo. Pero el fulano ni me contestó.

Dicho sea de paso, habían agarrado a un compa-


ñero y querían llevárselo: pero no se salieron con la
suya, porq uc se Jo sacamos de ]as manos y los ame·
nazamos. Mientras tanto, con esa imprevista J1uvia
de gases lacrimógenos, nos obligan a alejarnos de
las puertas de Mirafiori. Escapamos todos. Los ca-
rabineros que estaban formando el cordón empuñan
como un garrote la ·carabina que tenían en bandole-
ra y nos persiguen. Eso fue el acabóse: con la culata
de los fusiles repartían golpes sobre todo el mundo,
a tontas y a locas. Así arrestaron a una decena de
compañeros. Porque cst.íbamos todos así, sin palos,
sin piedras. Mientras corro me topo con un grupo
de diez carabineros que estaban golpeando brutal-
mente a un compañero tendido en el suelo y le grito
a uno de ellos; ¿Qué carajo quieren: matarlo?

El tipo me mira torcido, después me vuelve la es-


palda y se va con los demás, arrastrando a nuestro
compañero. En eso, a tres o cuatro metros de dis-
tancia, veo a un compañero, un estudiante, que huía
perseguido por cuatro o cinco carabineros. Uno lo
alcanza y con la culata de la carabina le da en Ja
cabeza y se Ja abre. Yo y otros corremos hacia alH,
los carabineros escapan. Recogemos a nuestro com-
pañero, que estaba en el suelo, desmayado, y nos lo
llevamos. Se lo dejamos a unas mujeres que esta-
ban en un portal. Porque toda la gente de los alrede-
dores, mujeres, jóvenes, chicos, había salido a la ca•
lle o a los balcones para ver qué ocurría.

En resumen: habían conseguido dispersarnos.


Pero no habían tenido en cuenta la voluntad de lu-
cha de los obreros. Diez mil. personas se reúnen en•
174
trc corso J\gnclli y ~orso Uniún SodJtica. Había allí
unos rieles de tranvía, con piedras en el medio. Pie•
dras que comienzan a volar contra b policía y los
carabineros. Y que ellos no pierden tiempo en de-
volvernos. Por fin, conseguimos rehacer la manifes-
tación que nos habían dispersado al comienzo. Al-
gunos de los nuestros habían desarmado a un poli-
cía y llcvúbamos como trofeos el escudo y el casco
que le habían quitado. Además, teníamos carteles
con leyendas como Todo el poder a los obreros y
La lucha continúa. De pronto, una ambulancia a
toda marcha se lanza sobre 1a manifestación. Se
lanza sobre la manifestación haciendo sonar la si-
rena sin razón alguna. Tanto nsí que desprn:s desa-
pareció tranquilamente. Era una provocación más
de la policía. De todos modos, la manifestación
arranca y toma por corso Traiano.

Corso Traiano está precisamente enf rentc dd edi-


ficio de oficinas de la Fíat. Corso Traiano tiene dos
pistas laterales y una central donde estün las vías del
tranvía y las piedras. Nosotros tomamos por la pis-
ta de la derecha; del lado opuesto, y en sentido con-
trario, avanzaban los policías. Que después se detie-
nen y esperan, interrumpiendo el tránsito. Querían
cortarnos el camino, no querían dejarnos mover de
allí. Es decir, querían circunscribir la lucha a la zo-
na de la Fíat, a los alrededores de la Fíat. Suponían
que queríamos ir hacia el centro. Y ésa era, en efec-
to, nuestra idea.

La gente nos miraba desde las ventanas de corso


Traiano mientras la manifestación avanzaba. Se aso-
maban a los balcones, salían a la calle y escuchaban
lo que decíamos. Estaban de acuerdo, porque los
que vivían allf eran todos obreros. Después, im-
previstamente, de un grupo de policías apostados

175
<ldanlc <le nosotros parlen lkscargas de gases la-
crimógenos. Pero esta vez se trata de una canti·
dad tremenda, increíble, disparada directamente
sobre la gente y hacia todas parles. Las bombas
estallaban en los balcones, de modo que después
el gas se metía en las habitaciones, porque era ve·
rano y todas las ventanas estaban abiertas. Algunas
granadas reventaron contra los autos estacionados,
estropeándolos, incendiándolos. Todo eso enfurecía
cada vez más a la gente que vivía allf.

Mientras tanto, en corso Traiano había aparecido


un camión cargado de autos Fiat, modelo 500. Ape-
dreamos la cabina y el conductor bajó. Comenzamos
entonces a golpear con pic<lras todos los autos y al
camión le m~timos un trapo en el tanque de la naf-
ta. Después, al trapo le prendimos fuego, para hacer
volar el camión: pero la nafta no se encendió. Por
último, entre todos, empujamos el camión hacia el
centro de la calle y allí lo dejamos atravesado. Hubo
que llamar a los bomberos. Y cuando los bomberos
llegaron, también los apedreamos. Ni siquiera los
dejamos acercarse al camión, que siguió donde
estaba.

Eran las cuatro y ése fue el cominezo de la bata-


lla que duró más de doce horas. La policía avanza-
ba en auto y a pie y por el lado opuesto avanzaban
los carabineros para encerrarnos en un movimiento
de tenazas. No nos dispersamos y sin perder tiempo
comenzamos a responder con piedras que lcvantá·
bamos de cualquier parte. La mayor parte de noso·
tras se desplazó hacia la plaza que está a un costado
de corso Traiano, donde había también un depósito
de materiales para la construcción. Allí nos reabas-
tecimos de maderas, de palos, de elementos para le-

176
vantar barrka<las. Y encontramos también unn bue-
na reserva de piedras.

No bien ocupamos el lur,ar, aparecieron los poli·


cías con sus furgones y los carabineros con sus ca·
mioncs. Los carabineros recibieron en plena cara
una andanada do.! piedras, porque iban descubier-
tos y ofrecían un blanco fácil. Nos acercamos a los
camiones, dispuestos a apalearlos; pero nos ame-
nazaron con disparar las aml:!lr~lla<loras. De mo-
do que nos quedamos quietos. Ellos aprovecharon
e! momento para mandarse mue.lar. Mientras tanto,
los policías, en sus f urgoncs blindados, oían el ruido
incesante, la tremenda lluvia de picdrns que caía so-
bre los furgones y no qucrfan saber nada de bajar.
Habíamos rodeado todos los coches y corrfamos al-
rededor <le ellos tirándoles piedras. Si los policías
se hubieran bajado los habríamos molido a palos.
También intentamos volcar algunos furgones. Pero
los tipos que estaban adentro, muertos de miedo, le
ordenaban al conductor que pusiera el coche en
marcha. Así se nos escaparon todos.

Regresaron una hora después y bajaron de los


coches. Con escudos, cascos, cachiporras, fusiles de
bombas lacrimógenas. Nosotros Jos esperamos en
la plaza. Se acercaron y a unos veinte metros <le
nosotros se detuvieron. Cor11cnzamos a cargarlos, a
decirles: ¿Por qué no vienen ahora a darnos la bia-
bn, como hicieron frente a la puerta 2? Vengan, que
aqui les vamos a romper el culo. Sólo uno respon-
dió: Accrcate vos, vení y vas a ver quién sale con el
culo roto, etcétera. Pero no se movían, tenían miedo.

Nosotros seguíamos con las piedras en la mano.


En el suelo, a nuestros pies, había más piedras y más
palos. Durante un rato, los tipos continúan allf;
177
después rccibc::n orden <le disparar los gases bcri-
mógcnos. Pero no habbn cakubdo que cst.íbamos
al aire libre, en un espacio abierto. Y que esta vez
veíamos llegar las bombas. Nosotros las recogía-
mos y se las tirábamos de vuelta, de modo que
tanto ellos como nosotros estábamos rodeados de
humo. Además, seguíamos apedreándolos porque,
cada vez que corrían, se quedaban sin protección.
Cuando se dieron cuenta de que no podían doml·
narnos, comenzaron a escapar como liebres. Y no-
!.otros a perseguirlos.
Mientras tanto, la gente de corso Traiano había
perdido la paciencia a causa de todas las bombas
esas que estallaban en los balcones y las ventanas y
del humo que invadía las casas. Los policías apa·
leaban a todos los que encontraban en los portales.
A las mujeres, a los viejos, a los chicos, a quien fue-
ra. Apaleaban sobre todo a los chicos de diez a once
años. Todos se habfan puesto a pelear del lado de
los obreros. Los jóvenes tiraban piedras, las muje-
res repartían pañuelos mojados para protegerse del
gas. Los compañeros perseguidos por la policía se
refugiaban en Jas casas. Desde las ventanas y los
balcones todo el mundo arrojaba cosas contra lapo·
Jicía.
La policía nos perseguía por todas partes y nos
habfa dispersado y dividido en muchos grupos. En
las calles transversales ya no se podía respirar a cau·
sa cld humo. Yo estoy con unos estudiantes que de-
ciden ir a la Facultad de Arquitectura, ocupada pa·
ra llevar a cabo una asamblea, y reunirse con los
grupos dispersos. No bien empezamos a movernos
para retirarnos aparece una columna de furgones
blindados haciendo sonar las sirenas. Y nos divi•
den en dos grupos, uno que se dirige a Arquitectura
y uno que si¡ue combatiendo.
178
La gente, mientras tanto, y.1 estaba llegando a Ar·
quitecturn. No bien terminamos de poner la han•
clera roja en el frente aparecen los carabineros. Co-
mienzan a cargar, a disparar lacrimógenos, y arres·
tan a una decena de compaficros. Nosotros nos de-
fendemos y contestamos con piedras. Así les impe-
dimos que entren en la facultad. Entonces disparan
Jacrimógenos contra las ventanas, pero un grupo de
los nuestros las defiende a pedrndas. Llegan m.is
compañeros y nos dicen que los choques de corso
Traiano se han intensificado y son cada vez más se-
rios. Y que ha habido choques importantes en Ni·
chelino.

También en Borgo San Pictro, también en .l\1onca-


lieri y en otros distritos del sur de Turín, decían las
noticias, había choques. Se luchaba en todos los ba-
rrios proletarios. Fuera de 1a universidad, aumenta·
ha, mientras tanto, 1a violencia de las cargas y las
pedreas. El encuentro se prolongaba en la avenida,
en las calles transversales, en los portales. Granadas,
piedras, cuerpo a cuerpo. Se nos indica que nos di·
vidamos en cuadrillas y que vayamos a los distintos
barrios donde se combate. Para controlar hasta qué
punto se han generalizado los choques. Yo integro
una cuadrilla <le compañeros que va a Nichelino. Pa·
ra ir a Nichelino tenemos que pasar por corso
Traiano.

A eso de las seis y mee.Ha llegamos de nuevo a


corso Traiano y nos encontramos con un increíble
campo de batalla. Lo que sucedió es que estaban
comenzando a volver a casa )os albañiles y demás
obreros que vivían en la zona. Que no habían he-
cho paro, que no sabían un carajo. Volvían a casa
y vieron todo ese humo, toda esa policía, esa ca-
lle llena de piedras, de cosas. Entonces se unieron

179
inmediatamente a los compañeros y comenzaron
a amontonar material de construcción en medio de
la calle, a levantar barricadas. Porque había mu•
chos depósitos de material de construcción en los
alrededores. Y había ladrillos, madera, carretilla~.
y las tinas esas de hierro con agua adentro, las mez-
cladoras que les dicen.

Amontonaban todo en medio de la calle y hacían


barricadas co::1 los autos y después prendían fuego a
todo. La policía se mantenía a distancia, al final di!
corso Tr::iiano, cerca de corso Agnclli. De vez en
cuando salía alguna patrulla, en auto o a pie. Dcspc
jaban las barricadas mientras la gente los acribilla-
ba a pedradas primero y huía después a refugiarse
en los alrededores. Todos volvían una vez que la
policía se marchaba, llevaban otra vez el material al
medio de la calle y levantaban de nuevo las barrica·
das, con madera y lo demás. Por último, sobre la
barricada echaban nafta: y cuando la policía avan-
zaba nuevamente, le prendían fuego. Y prendían fue-
go también a los neumáticos y los hacían rodar, in-
cendiados, contra la policía. Comenzaban a verse
cada vez más las molotov.

Sobre las barricadas había banderas rojas; una de


esas banderas tenía un letrero con estas palabras:
Qué queremos: todo. Continuaba Jlcgando gente
desde todas partes. La policía no conseguía domi·
nar ni rastrear toda la zona, Jlcna de depósitos de
mate:riaks de construcción, talleres, casas popula·
res y plazas. La gente continuaba atacando, era toda
la población 1a que combatía. Los grupos se reorga·
nizaban, atacaban un punto, se dispersaban, volvían
al ataque en otro punto. Pero ahora, más que la ra-
bia, los impulsaba la alegría. La alegría de ser final·
mente fuertes. De descubrir que las exigencias que

180
tenían, la lucha que libraban, eran las exigencias de
todos, era Ja lucha de todos.

Sentían su fuerza, sentían que en toda la ciudad


había una explosión r,opular. Sentían realmente esa
unidad, esa fuerza. De modo que cada piedra que se
estrellaba en la policía era alegría y no rabia. Por-
que éramos todos fuertes, en suma, y sentíamos que
ese era el único medio de vencer. a nuestros enemi-
gos: golpearlo directamente con piedras, con garro-
tes. La gente derribaba los letreros luminosos, los
carteles de publici,bd. Derribaba y tiraba ~l medio
de la calle los semáforos y todos los postes que en·
contraba. Era cuestiún de levantar barricadas por
todas partes, con cualquier cosa. Mientras tanto, ha-
bía comenzado a oscurecer y por todas partes, en
medio del humo de los gases, se veían hogueras,
estelas de bombas molotov, llamaradas.

Yo no conseguía acercarme al centro del entreve-


ro con ]a po1icía. Desde todas partes me habían pre-
cedido ya muchísimos compañeros. No se veía a cau·
sa del humo y había mucho ruido y confusión. Los
policías no tardaron en ser rechazados hacia el fi.
nal de corso Traiano y muchos de los nuestros los
persiguieron. Los nuestros y los policías se enfren-
taban y luchaban en el borde de la plaza. De vez
en cuando había en el suelo algún policía que se
movía. Muchos de los nuestros seguían a los poli-
cías por entre las vías del tranvía y una gran nube
de humo negro subía de los autos inccncliados. Los
nuestros se amontonaban alrededor de esos coches:
se los veía desaparecer y reaparecer en medio del
humo y se oían muchos estampidos.

Había una gran confusión, todos gritaban y co-


man de un lado a otro. Cuando llegamos al final

181
de corso Traiano hacía ya un buen rato que, al pa-
recer, se estaba combatiendo allí. Tropcz:.1mos en
un compañero al que la sangre que le salía de la
boca, fo chorreaba sobre los hombros. Más adelan
te tropezamos en otro compañero que estaba, san-
grando y que no podía mantenerse en pie. Se in-
corporaba y volvía a caer al suelo. En el último tra-
mo alcancé a ver a los policías. Habían bajado de
los furgones y fonnaban un grupo, todos con cascos
y escudos.

Nos esperaban y disparaban lacrimógenos. Los


nuestros ya los habían rodeado por todos lados. Oí
que algunos de los nuestros gritaban: Se Yan. Y vi
que muchos policías tenían miedo y huían. Por to·
das partes los nuestros comenzaron a gritar: Ho-Chi
Min. Adelante, adelante. Avanzaban a la carrera y
el aire se oscurecía con· pólvora y humo. Yo veía
cuerpos que se movían alrededor de mí como som·
bras; el batifondo de los disparos, de las sirenas y
los gritos era tremendo. De pronto, delante de mf,
alcancé a ver a un policía; me agaché y le descargué
un golpe. El policía rodó al sucJo y fue a dar entre
las piernas de los que corrían.
Por último regresamos a la avenida y también allf
había muchos heridos. Los policías habían desapa-
recido, habíamos barrido con ellos. Estábamos to-
dos como locos de alegría. Por un rato seguimos allí,
esperando, y de pronto vemos una fila de camiones
que llegan por una transversal. Todos se pusieron a
gritar: Adelante, adelante. Y nos lanzamos a dar ca-
za a los policías, que regresaron volando a la trans-
versal de donde habían venido.

Mientras tanto, por todos lados continúan dispa·


rando lacrimógenos; el aire es cada vez más irres-

182
pirablc y tenemos que retirarnos. L:.1 policía n::con-
quista lentamente corso Traiano, pero siguen npare-
ciendo continuamente nuevas barricadas, una detrás
de otra. La gente que cae en manos de la policía es
apaleada hasta sangrar y cargada en los celulares.
Pero también ]os policías se ]levan lo suyo. Mientras
tanto, Jlcgan mús refuerzos para Ja policía. Llegan
de Alejandría, de Asti, de Génova. El batallón de Pa-
dua, que había llegado a la mañana, no había bas-
tado. La batalla se generaliza cada vez más. Se com-
bn_te con más violencia frente al edificio Fíat, en cor-
so Traiano, en corso Agnclli, en todas ]as transversa-
les. Y en Plaza Bengasi, donde la policía efectúa unas
cargas brutales, absurdas, de insensata violencia.
Pero es atacada por dos lados y a duras penas con-
sigue escapar al asedio. El subjefe Varia se salva por
un pelo de ser capturado. Los compañeros que escu-
chan Jas radios de la policía dicen que ésta ha solici-
tado autorización para usar las armas de fuego.

A los ataques de la !)Olicía, los compañeros res-


ponden con continuas barricadas entre el humo y
los incendios. Algunos grupitos asaltan a la policía,
lanz:m bombas molotov y huyen después a refugiar-
se en los terrenos a oscuras. Se ven esqueletos de
autos en llamas. Las calles tienen el empedrado re-
movido y h~y adoquines sueltos por todos lados. A
medida que pasa el tiempo, el comportamiento de la
policía se vuelve cada vez m,is brutal. Los lacrimó-
genos son lanzados directamente contra las perso-
nas y las casas para impedir que nadie salga o se aso-
me. El subjefe Voria ha sido visto, con un fusil lan-
zagranadas en la mano, intimando a 1a gente a reti·
rarse de las ventanas. Tras de recibir nuevos refuer-
zos, la policía comienza a dominar la zona. Un rato
más tarde comienza a meterse en las casas, en las
habitaciones, para detener ¡ente. Hay centenares de

183
arrestos. Hasta se llevan a una anciana por haberle
dicho a un policía que es un sorete.

En Plaza Bcngasi continúan los ataques y la pe•


drca. La policía ha recibido refuerzos y ya no se
limita a controlar Mirafiori solamente, como ha-
cía antes. Ahora puede controlar toda la zona. Ro-
dean Plaza Bengasi, se meten en los edificios, pcrsi·
guen a la gente aun dentro de los departamentos. A
medianoche la refriega continúa. Por corso Traiano
se oye gritar: Asquerosos, puercos, nazis, a los poli-
cías que sacan a la gente de su casa. Desde las ven-
tanas les gritan: Igual que los nazis, basuras.

Después decidimos ir a Nichelino, donde la batalla


también continuaba desde el mediodía. No era fá.
cil llegar a Nichclino. Es decir, no se podía llegar
por la calle principal, que estaba bloqueada por
una barricada de autos incendiados. También el
puente de aeccso estaba bloqueado de la misma
forma. Nosotros llegamos por unn calle secunda·
ria. Todos los emigrantes, los miles de proletarios
que viven en Nichelino habían levantado barricadas
por todas partes utilizando cafios de cemento. Ha·
bfan arrancado los semáforos y los habían tirado al
medio de la calle. Una enorme cantidad de mate-
riales de construcción procedente de depósitos cer-
canos había sido amontonada en medio de la calle
para levantar barricadas que después eran incen-
diadas.

Vía Sestricre, la calle que atraviesa Nichelino, es-


tá bloqueada por más de diez barricadas hechas con
autos y remolques incendiados, señales de tránsito,
piedras y madera. En la noche arden grandes foga·
tas de neumáticos y maderas. Con la madera de una
casa en construcción se enciende una gran hoguera.

184
Todo d barrio eslti en llanrns. Los focos del alum-
brado público han sido apagados a pedradas y en
]a oscuridad sólo se ven llamas. La policía trata
de ganar tiempo; es decir, trata de hacernos creer
que estamos allí al pedo, no ataca. Y, en efecto, ata-
caron a eso de las cuatro de la m::idrugada, cuando
llegaron refuerzos. Casi todos los obreros estaban
cansadísimos, hacía m,ís de doce horas que comba-
tían. En cambio, los policías eran relevados perió·
dicamcntc.
Estaban allí esperando delante de las barricadas,
éspcrando el amanecer, esperando que llegaran otros
policías, fresquitos ellos, a relevarlos. Nosotros ha-
bfainos retrocedido para defender a pedradas el
puente, bloqueado por autos incendiados, por donde
pretendían pasar los refuerzos. Pero habíamos que-
dado muy pocos para defender el puente, unos vein-
te apenas. Después el jeep y los camiones de rduer·
zas aparecieron por la calle secundaria por donde
habíamos llegado nosotros. Para impedir que nos
acorrnlnrnn tuvimos que huir todos. De un camión
bajaron algunos carabineros y nos persiguieron dls•
parándonos lacrimógenos.
Huíamos todos perseguidos por los carabineros.
De pronto vimos delante de nosotros una fila de
jeeps que se nos venía encima. No sé cómo habían
hecho para I1cgar, tal vez volvían de realizar alguna
inspección. Las cosas se nos ponían feas. Entonces
nosotros, gritando todos nos abalanzamos sobre los
policías tirándoles piedras y golpeando los jeeps.
Hasta que huyeron. Después nos dimos cuenta de
que atrás d~ nosotros estaban los carabineros, de
modo que nos volvimos y nos lanzamos a atacarlos.
Pero detrás de los carabineros 1legaba un montón
de policías. Tuvimos que escapar porque éramos
muy pocos.

185
Yo estaba cansadísimo y corría como un desespe-
rado. Llegué a una pl:iza, tropecé en una piedra y
casi pierdo un zapato. Cuando me detuve para
echarle un vistazo al zapato apareció un carabinero
que me había seguido. Solo. Entonces vi que un
compaíiero que venía huyendo conmigo saltaba so-
bre el carabinero. Lucharon cuerpo a cuerpo y el
carabinero cayó al suelo. De pronto vi humo en lo
alto de una calle. Desde el sitio donde brotaba el
humo se veía una ancha avenida y la batalla que
continuba todavía. Imposible saber quién iba ga-
nando. Todo era muy confuso. Yo sólo quería dete-
nerme un momento en cualquier lado, para cagar:
no aguantaba más.

Algunos carabineros nos atacaron y yo ya no pude


llegar al centro de la refriega, donde se combatía
más duramente. En ese mismo instante oímos que
alguien gritaba: Ya llegan, ya llegan. Y vi que en
el medio de la avenida se levantaba una gran nube
de humo y que 1odo el mundo corría de un lado
para otro, gritando. Entonces, en medio del humo
aparecieron los policías en sus furgones blindados,
iluminando todos los alrededores con los faros.
Parecían corpulentos y fuertes y disparaban lacri-
mógenos. A un costado de la avenida había un
depósito de materiales de construcción y allí se esta-
ban reuniendo parte de los nuestros. El compaflero
que e~taba conmigo corrió hacia el depósito y yo
lo seguí.

Muchos huían, todos juntos, calle abajo. Miré ha-


cia atrás y vi que todos corrían y se dispersaban por
las transversales. Cuando llegamos al depósito, mu-
chos de los nuestros ya estaban allí. Los policías
nos tiraban los lacrimógenos a la cabeza y hacían
caer trozos de madera y ladrillos. Ya no podíamos

186
ver qué sucedía en la avenida. Todo era humo ~·
gritos y disparos. La avenida estaba oscurecida por
el humo y el polvo y sólo había allí sombras y un
tremendo bochinche de gritos, sirenas y disparos.
A mi izquierda se oía el estruendo y las sirenas
de los furgones policiales que retomaban In avenida.
Dos molotov estallaron en medio de la c.:11le.
Había humo y gas por todos lados, era imposiblc
respirar. Los policías bajaron de los furgones y co-
rrieron hacia donde estábamos nosotros. Corrían en
medio del humo, con máscaras y escudos. Me hallé
entre un montón de los nuestros que corrían y se
dispersaban por las transversales. Los policías co-
rrían detrás de nosotros y est{1bamos todos conf un-
didos en medio de un gran bochinche y de la pe-
numbra iluminada por los incendios. No podía. ver
casi nada, pero en cierto momento vi que uno de
los nuestros se abalanzaba sobre un policía que
hribía quedado aislado y empezaba a darle golpes
con un paló.
A nuestra izquierda, por una transversal, vimos
aparecer, a la carrera, a algunos policías. Todos
levantamos los palos y nos lanzamos, corriendo tam-
bién, sobre ellos, en medio de la penumbra que nos
rodeaba. Yo tropecé con un policía y comencé a
golpearlo. El tipo cayó al sucio, de cabeza. Después
regresamos todos hacia la avenida. Desde allí vemos
que, en la otra acera, un grupo de los nuestros se
abalanza sobre los policías que rcgras:-,ban a los fur-
gones. Los policías huyen y los perseguimos hasta
obligarlos a regresar al sitio donde habían dejado
los furgones con los motores en marcha y los faros
encendidos. Había un policía que levantaba los bra-
zos y gemía. Vi que algunos de los nuestros ayu-
daban a un muchacho a ponerse de pie. El mucha-
cho estaba herido y le salía san¡re de Ja cabeza.

187
Con ayuda de nuevos ref ucrzos, la policía iba con-
quistando terreno lentamente. Comienza el rastreo,
casa por casa, con métodos despiadados, brutales.
Pero la gente no se va. Los obreros y los vecinos
del barrio se relevan; ya están acostumbrados al gas
lacrimógeno y continúan levantando barricadas. Per-
seguidos por unos veinte policías, cuatro o cinco
compañeros y yo entramos en una casa y cerramos
la puerta. Yo trepo la pared del patio y voy t\ parar
a un taJler. En ese taller había una escalera. Subo
por la escalera y voy a parar al techo del taller.
Recojo la escalera. Y veo que mis compañeros están
en el techo de un edificio vecino a la casa donde
nos habíamos metido.

Los carabineros, mientras tanto, habían consegui-


do hacer saltar la puerta y comenzaron a entrar en
todos los departamentos. Yo, desde mi techo, los
veía asomarse a los balcones, ]os veía subir, con
casco y fusil, por las escaleras y, un poco después,
aparecer en los balcones cb otros departamentos,
siempre buscándonos. Despertaban a la gente que
dormía y registraban todo. Nosotros, durante un
buen rato seguimos allí; no podíamos averiguar si
los carabineros se habían ido o no. Después, algu-
nas mujeres de la casa, que nos habían visto, nos
hicieron señas de que se habían ido y nos dijeron
que bajáramos. Era casi el amanecer, empezaba a
salir el sol. Estábamos cansadfsimos, agotados.
Por el momento bastaba. Bajamos y regresamos a
casa.

188
APEtJDICE

Tornémoslo todo
Conferencia por una novela
Literatura y lucha de clases

Nonni Bolcstrini
(Traducción: Augusto Blanco)

Esta es la transcripción de una conferencia, orga-


nizada por Potere Operaio, que di durante el mes de
noviembre de 1971. en diversas ciudades, a continua-
ción de la publicación de mi novela Queremos todo.

En la parte central he desarrollado la problemática


literaria utilizando el texto de entrevistas concedidas
a los diarios Avant/ y Paese Sera. He trans.::rlpto casi
íntegramente la entrevista que me hizo Mario Lunetta
para .la revista aut, N9 17, del 23 de mayo de 1972.

Naturalmente los sucesos de estos últimos años


han modificado profundamente el cuadro político al
que se refieren tanto la novela como la conferencia.
Hoy, el capital, luego ele haber sufrido la crisis Indu-
cida por los comportamientos de clase, ha acentuado,
a nivel de los órganos estatales, las determinaciones
del choque en el plano económico y social. Es decir
que en la práctica, el estado ha asumido personal·
mente la gestión de la crisis, tratando de reconstruir
a través de la represión y el control directo, esa esta·
bllldad de poder que las luchas han alterado lrreme-
dl11blemente en las fábricas, en la escuela, en la

189
sociedad civil. Hoy, cuanto más el monopolio de la
violencia se torno la única fuente de legi timaclón
del estado (en ausencia de todo consenso, siquiera
pasivo, de la clase opuesta) tanto más la precariedad
y la desesperada figura de su existencia se hace sen-
tir. Dentro de este cuadro, el único resultado de la
transformación de la estructura del estado es la cre-
ciente toma de conciencia por parte del capf tallsmo
de la Inminencia de la guerra civil. Una guerra sorda
y continua, una Imposibilidad del estado del "coman-
do", de seguir transformándose en estado del "con-
senso" y del "desarrollo".

Conferencia

Queremos todo quiere ser, antes que nada, la his-


toria del obrero-masa hoy en Italia. Esta historia se
presenta aquí como novela: no en cuanto se trata
de una Invención fantástica, sino en cuanto es la
operación forzosa de tipificar en la historia, on la ex-
periencia de un único personaje, todo el comporta-
miento de este estrato social que ha sido definido
como el obrero-masa.
Por consiguiente es también la tentativa de usar
este Instrumento literario para una acción de divulga-
ción y de propaganda. De divulgación y de propagan-
da de aquello que ha sido en los últimos años, y de
aquello que es hoy, esta figura del obrero-masa, que
el personaje de este libro representa.
Figura que ha sido y es el protagonista de la nueva
gran ola de luchas obreras, Iniciada en los años se-
senta, en las cuales surge una nueva figura política
de proletario, con características nusvas, con objeti-
vos nuevos, que Impone nuevas formas de lucha. Esta
figura ha sido definida como "el meridional típico, es
decir el meridional pobre, comprendido en la faja de

190
edsd que vn de los 18 a los 50 años, disponlblo p.ira
todo:::i los tr;ib;ijo!l, sin ningun::i calific.iclón profesional
aún cuando posee físicarnonte un diploma, candidato
perenne a la emigración, privado do una ocupación
estable, frecuentemente desocupado, o constreñido a
trabajos de lo mós variados y esporádicos".
Una figura que nace políticamente de manera total-
mente espont¡ínca, en el exterior de los cané:llos or-
ganizativos tradicionales, del partido y del sindicato.
Una figura nueva que se mueve sola, espontáneamen-
te, fuera de toda tradición política precedente: que
se vuelve a fundir en las cosas, en h~ materialidad de
las cosas y de las lucha!l, abarcando realmente todo
el quehacer político.
Esta nueva figura política de proletario es la que
ha hecho en toda Europa, emigrando de !talla del sur,
el desarrollo capitalista de los últimos veinte años: de
la Fiat a la Volkswagen, a In Renault, de las minas
de Bélgica a lns del Ruhr. Que ha llevado a cabo las
grandes luchas obreras de los últimos oños. Que lo
ha desbaratado todo, que ha puesto en crisis a Italia.
Que determina hoy la desesperada respuesta del
capital, tanto a nivel de fábrica como a nivel lnstl·
tuclonal. Que obliga a los patrones a usar el arma
extrema, la de la crisis. Que los obliga Incluso a
destruir su riqueza, con tal de asestar un golpe defl·
nltlvo al enemigo que los acosa.

El enemigo es este proletariado del sur: de los mil


oficios porque no tiene ninguno, "el desarraigado, el
desocupodo, el aparcero expulsado, el peón sin pers-
pectivris, el campesino a sueldo, el diplomado sin tra-
bajo; esta fuerza de trabajo móvil, disponible, lnter-
combiable a nivel bajo y medio de calificación". Que
no encuentra trabajo en el sur y lo busca en Turrn, en
Milán, en Suiza, en Alemania, en cualquier parte de
Europa. Que en cambio de rédito, de dinero, encuen-

191
tra el trnb.ijo m,ís duro, más fotigoso, mós inh1.11rnmo,
eso que ningún otro está dispuesto a realizar.
Es innegable que el suyo, en esta fose, no es aún
un comportamiento político determin3do desde el pun-
to de vista de la conciencia de clase. Es solamente
estnr en el interior del proyecto capltnlistn, es decir,
estar en el interior de las leyes capitalistas de la
acumulación. Estar completamente adentro, doblega-
dos, totalmente comandados por el dominio del ca-
pital.
Pero el hecho fundamental que se produce es éste:
que entre los años sesenta y los años setenta el do-
minio del cnpital sobre esta fiílura del prolctnrio,
sobre esta figura del obrero-masa, como ha sido de-
finido, se rompe, se quiebra. Y no se rompe a partir
de una adquisición de conciencln, con la Introducción
de una nueva ideología relacion2da a la ncccnidad de
poder de esta nueva figura de obrero, de estíl nueva
estructuración de claze. Se rompe en cambio en la
materialidad misma del choque, en las exigencias
materiales de este obrero, de este proletario. Aquí
el dominio del capital se quiebra en los luchas mis-
mas, es quebrado en Fiat en el 69, es quebrado en
toda Italia por el formldable empuje de las luchas
de esos años.
Las luchas del 69 tienen características totalmente
diferentes de las precedentes, y también de las ac-
tuales. Eran luchas que nacían dentro del desélrrollo.
Nacían en un momento en que el capital usaba la
fuerza de trnbr1jo, este nuevo tipo de fuerza de tra-
bajo, englobándola dentro de su proyecto de desarro-
llo, dentro de su plan do acumulaclón. V repentina-
mente, aquella qu~ hnbía llt'.lgado a ser una ley funda·
mental del capltal -servirse de esta fuerza de tra-
bajo del sur, garantizando de este modo un salto en
su propio desarrollo- se reveló, en el Interior mismo
del desarrollo del capital, una contradicción lrrever·

192
síble. Porque este obrero que hn determinado la ri-
queza, que ha construido la riqucw, -no tanto y no
sólo en las ciudades de Italia del norte, sino que tam.
blén ha construido, si nos fijamos bien, la riqueza
de toda Europa- este tipo de obrero, desde el Inte-
rior de su relaci6n con el capital, consiaue est::iblccer
un nuevo comportamiento polémico, totalmente basa-
do en las propias necesldadas materiales.

Este obrero, el obrero-masa, no tiene en efecto


relación nlguna con la vieja tradición comunista, no
la tiene porque se trata de una· estructuración de
clase completamente diferente de aquella sobre la
cual había nacido el pnrtido comunista.
El PCI había nacido en el nGrte, había nacido en
Turín, había nacido del movimiento de los consejos
de fábrica, había nacido a l::i zaga de la revolución de
octubre, había nacido o la sombra de la experiencia
de los soviets. Se basnba en el obrero profe3lonal,
con una importante componente de especialización,
que solicitc1ba poder en nombre de su capacidad pro·
festona!. Era el obrero que sabía construir períecta-
mente el Balilla 1 por sí solo y que, en nombre de
su capacidad de saber construir la riqueza, solicitaba
la gestión de esta misma riqueza.
Las vanguardias de eso movimiento fueron en efec.
to los consejos do gestión obrera, y en 1920 se pro·
dujeron los episodios de ocupación de las f ábrlcas,
en los cuales los consejos de {lestión obrera Inten-
taron reemplazar a la dirección patronal. Pero la ne-
cesidad de derrotar la ofensiva de clase así estruc-
turada, lleva a la respuesta capltallsta de los años
sucesivos. Esta respuesta a la experiencia de los so.
vlets y al movimiento de loa r.onseJoa determina la

1 Popularizado por el fascismo, fuo uno de loa primeros coches


pequono, que fabricó Flat. ((N. del T.J

193
de~trucclón y la nbcorción, desde un punto de vista
objotivo, de ia figura del obrero profesional corno
figura prlnclpal del proceso productivo.
El capital consigue derrotar al obrero tradicional
con diversos Instrumentos: fascismo, salto tecnológi•
co, crisis económica do 1929. El resultado debía ccr
necesariamente la destrucción y la sustitución del
obrero profesional con una figura distinta de fuerza
do trabajo, de productor.
Así, en lugar del obrero espec!allzado, surge un
nuevo tipo de obrero que desempeña, respecto a la
relación productiva, respecto a la org3nizac!ón mis-
ma de la producción, un rol totalmente diferente.
Es el obrero de la cadena de montaje: no profeslona•
!Izado, no especializado, móvil, Intercambiable. Es el
obrero que pertenece a los grandes saltos tecnológl·
cos de los mios veinte y treinta, a la lnstltuc,lón de la
cadena de montaje de Ford y al taylorlsmo. E.s el
obrero que tiene, como se tiene hoy, una relación
completamente diferente con respecto a la máqulnn.
y a la fJbrica.
La necesidad que en los años veinte tiene el c~pl·
tal de derrotar la componente de clase profeslonol,
lo lleva a la necesidad del salto tecnológico. Y por
ende a contrátar en su Interior una estructuración de
clase diferente, una fuerza de trabajo que tenga una
procedencia social diferente, y sobre todo un com-
portamiento diferente con respecto a la organización
capitalista del trabajo. Este nuevo tipo de fuerza da
trabajo será el obrero-masa.

Queremos todo es el Intento de afrontar la des-


cripción de ef:ta r.usvu fioura de productor: ol obrero·
masa. V cdemás, del fenómeno que ha lanzado en
primer plano al obrero-masa, fenómeno que ha sido
llamado espontaneidad obrera, autonomía obrera, ea
decir, el conjunto de las luchas que ae han desarro-

194
liado fu era e.le los esquemas y de los controles sln-
dicc::es a fines de los aiios sesenla.
Este obrero-mesa, el protagonista del libro, puede
ser d·;)finido rn1tc todo por sus características sociales,
por las característicris de su condición social. La clcs-
ocupnción, el estudio, los vmios oficios, la emiora-
ción, son las etapas principales que recorre, como
las recorren todos los meridionales de su extracción.
Luego se lo puede definir a través de sus caracterís-
ticas políticas. Oue no son aún verdadera conducta
política, pero que son el rostro de la extracción social.
Y que son: su cxtrañnmie:ito ideológico con el tra-
bajo, con la ética profesiond del trabajo; la incapa-
cidad de representarse como portador de un oficio
y do idsntiflcarsc con ésto, mientras está obsesiona-
do únicamente por la búsqueda de un~ fuente de
rédito para consumir y sobrevivir. El trabajo es en-
tonces vivido únicamente como dinero, y se hace
evidente un absoluto extrañ:imiento con respecto al
desarrollo, a su petición de participación.
Pnra el joven obrero meridional trabajo y desarro-
llo ofrecen dinero, que es Inmediatamente transfor•
mable en mercaderías, en cosas: cnmisas, blue-jeans,
discos, pizzas, motocicletos. Paro con re3pecto al
cignificado de estas cosas él tieno una relación de
extrañamiento absoluto, eslíls cosas son Eisumidas
por él sólo en su dimensión mílterial. Es decir: estas
cosas me son útiles, me sirven y me gustan. Las
poseo o no las paseo. si poseo muchas, soy feliz.
Sin ser Jnmás capturndo, sin ver siquiera la ideología
do estas cosns, sino viéndolo todo únicamente en tér-
minos materiales, en términos de dinero.
A medida que el obrero-masa recorre, obligado por
su condición cocl.11, el trnbJjo, la movilidad, la des-
ocupación, a la que está obligado: a medida que re-
corre estas etapas, es decir, que recorre la organl·
zaclón capltallsta del trabajo, la organización social

195
en su conjunto; comenta con su propia mentalidad ele
meridional estas relaciones con In organización que
le son extrañas, extranelclad que es cada vez mayor,
hasta transformarse en oposición política abierta y
que se vuelve por último práctica do la rebelión des-
tructiva.
Nuestro protagonista ve, aprende, comienza a lu-
char. Comienza a practicar este nuevo tipo de rela-
ción con el trabajo: construida en base a la expe-
riencia de la primera huelga, de las amenazas a los
Jefes, de la propia capacidad de imponer, por medio
de la violencia, los propios derechos. Los propios
derechos que son en el fondo simplemente la propia
necesidad de rédito para la satisfacción de las pro.
plos exigencias materiales.
Y aquí, en sus primeras experiencias de trabajo,
él comprende que todo es dinero, que la única cosa
Importante es el dinero, que todo se mide sobre esta
base. Todos los oficios son en el fondo lo mismo,
sirven sólo para obtener dinero. Trabaja sólo para
tener dinero, y si ha guardado tipenas un poco más
de lo necesario, deja de trabajar, porque es mejor
estar sin trabajo. ''Lo importante es trabajar lo mo-
nos posible y tratar de ganar dinero de la manera más
Inmediata posible", dice en determinado momento el
personaje.
Por un lado el trabajo concebido únicamente como
dinero, por otro el cxtraiiamicnto absoluto con res-
pecto al trabajo. Todo lo que es cxtrnño a la escla-
vitud, lo que es horror por el trabajo, fascina a nues-
tro protagonista: los bares, los boliches de las metró-
polis del norte con su fauna de putas, de rufianes,
de maricas, de drogadictos, do artistas, de gente rara
que no hace nada. Todo un mundo de vida que le es
extraño, que es extraño como él dice, ••a la fábrica,
al campo, a la rellglón" (que en el sur ea un nlvel
lnstltuclonal).

196
E5tá t,,mbil.3n el episodio del trnbDjo en la fobrlca
Alcmoana, de Milón. El protogonista entrn con el
gorro de cocinar puesto torcido, y le ordenan colocár-
selo correctamente, pero él se empecina. Aquí el
hecho de hacerse el uu::ipo, como se es en el sur, se
transforma lnmedintarnentc en un hecho de lucha po.
lítica. Aquí su extrnccióil meridional se transforma
directamente en un elemento ele lucha. Por otra parte,
en substancia, el protagonista no entiende por qué
el gorro deba llevarse derecho. Existe siempre, por
parte del protagonista, el reclrnzo a querer entender
las reglas de un juego que no es el suyo. Finéllmente,
cuando lo echan, permanece allí clav.:ido durante ho·
ras en la oficina, hasta obtener la liquidación y todo
su dinero hasta el último centavo, y aun algo máa si
lo consigue.
Su relación con el trabajo se encuentra aun más
ejemplificada en el episodio en que va a donar sangre,
con la esperanza de que se la paguen. Se soca como
conclusión, en efecto, que dar sangre o venderse a
sí mismo como fuerza de trabajo es en substancia
la misma cosa.
Hasta aquí léls características del personaje son
aún totalmente individuales. En el fondo todas sus
luchas las realiza en cuanto meridional, las realiza
sobre la base de su astucia y de su rabia Individual,
para no dejarse pisar la cabeza, para obtener dinero.
Recién cuando llegn a Fíat comienza a percibir los
grandes hechos colectivos: !ns manifestaciones del
1º de mayo, los estudiantes que distribuyen volantes
frente a la fábrica, la revisación médica colectiva.
El protagonista ve todas estas cosas como prole-
tario merldion.il. Durante el 19 de mayo no entiende
para qué tantos discursos, tanta charla, tantas ban-
deras y tanto desfile. No entiende qué hacen los es-
tudiantes; qué hacen allí, en lugar de Irse de joda,
ya que no tienen que trabajar. No entiende para quá

197
sirve la revisoción médica, lo porece totalmente Inútil,
sobre todo CUémdo ve que los toman a todos, Incluso
a los ciegos y a los rengas.
Ve todo este gran despelote y no consigue expli-
cárselo. Así su primer episodio de lucha en Flat se
encuentra aún en la dimensión Individual. Él se va
sumergido en la pnvorosa orgeniwción que esta fá·
brica representa y ejerce, y reacciona en un primer
momento con trucos individuales. Ve que los otros
obreros nproveclrnn del mínimo pretexto para hacerse
pagar el día sin trabajar, y entonces simula lastimarse
Uil dedo. Esta es la primera lucha que realiza dentro
de Fíat; engañando al médico con la astucia, se hace
pasar por enfermo para que le paguen el día sin
tr.;bajar.
Esto es la preparación para la verdadera lucha, una
lucha más grande, que se transforma en un hecho
político porque se realiza junto a todos los otros
obreros. Lucha que comienza cuando el protagonista
se siente c::ida voz más ahogado, más extrnño a esta
organización oprimente que lo invade todo, tanto en
la fábrica como fuera de ella. Que comienza cuando
se enfurece con el capataz y le dice: "La Flat no es
mía, no la quise yo, no la hice yo; yo estoy acá para
ganr..r dinero y nc:da más. Pero si me siguen rompien·
do los huevos, yo los cago a piñas a todos".

Luego nace la dimensión colectiva, que es la única


dimensión que le permite afrontar y chocar directa-
mente y a fondo con la fábrica. Comienza a com-
prender que estas cosas que él había siempre sentido
y practicado como un hecho lnd!vldual, son cosas qua
tocan del mismo modo a todos los otros como él.
Son cosas que agreden, encadenan, golpean y destru-
yen a miles de personas como él. Ya que en esa
fábrica todos se han transformado en puras opera-
elones en la cadena de montaje, no son más que nll•

198
meros, todos Iguales perdidos en esa enorme di-
mei1slón.
Luego viene el primer ornn erlsodfo: la m:mlfostn-
clón que se inicia en la fóbric~. los sindic~11:ns m1e
rompen las pelotns, hasta que llcaa el jefe do los
Ingenieros y todos los obreros se julepeAn y se re-
únen a escucharlo. Entonces él comprende el rol
que tiene el choque en esta reunión; comprende que
cuando los obreros están juntos, y son conscientes
de que están juntos, son los mñ~ fuertes y pueden
Joder a los Jefes. Mientras que si el Jefe consique
llevarlo todo a la dimensión Individual, es él que los
Jode a ellos. Y de este modo nuestro protngonlsta
consigue derrotar al Ingeniero y es la primera victo-
ria política.
A partir de este momento termina su historia Indi-
vidua!. Desde que él comprende todo esto, ~u his-
toria pasa a ser la historia colectiva de la clase
obrera. Ha comprendido que hay que unirse pora
tener más dinero, y ele este modo es más fñcll con-
seguirlo; esto ha podido tocarlo con las monos. Y es-
to, que no es un hecho Ideológico, sino un hecho ma-
teria! de lucha, es la conciencia de clase.
"V allí finalmente tuve la satisfacción de descu-
brir que las cos?.s que pensaba desde hacía años,
desde qlle trabajaba, las cosas que creía que pensélba
yo solo, las pensr.bc:n todos. Y <1uc érnrnos verdade-
ramente todos la misma cosa. ¿Qué diferencia hnhía
entre otro obrero y yo? ¿Qué diferencia podía haber?
Que quizás el otro pesaba m:)S, era más alto o más
bajo, que tenía ropa de otro color, o qué sé yo. Pero
lo que no tenía diferencia era nuestra voluntad, nues-
tra lógica, nuestro descubrimiento de que el trcbajo
es el único enemigo, la única enfermedad. Era el odio
que teníamos todos por este trabajo y por los patro-
nes que nos obligabon a hacerlo. Era por esto que
todos estábamos Jodidos, era por esto que cuando

199
no parábamos dábamos pmte de enfermo. Para cvit..1r
esa córcel donde todos los días nos <¡ul tab:111 nuestra
libertad y nuestra fuerza. A mí, esas Ideas hacía tiem-
po que se me venían ocurriendo por mi cuenta, y
ahora veía que era lo que todos pensaban y decían,
y las luchas que hasta entonces yo hacía por mi cuen-
ta y al pedo contra el trabajo, eran luchas que podía-
mos hacerlas todos juntos y así ganarlas".
A partir de que el personaje comprende la dimen-
sión colectiva, la de la lucha, desde ese momento
en más las cosas de las que se habla son sólo las
que sirven para aclarar los niveles de las luchas.
A pmtlr de aquí los capítulos del libro se titulan de
EJcuerdo a estos niveles, a estos instrumentos: el
salario, que es el terreno sobre el que se lucha. Los
compañeros, es decir, el nivel organizativo mínimo.
La autonomía, es decir, el modo como se desarrolla
el movimiento. La asamblea, es decir, la forma de
organización de la masa. Y finalmente, la Insurrec-
ción, es decir, la forma de lucha. El lenguaje so
transforma en el lenguaje propio de las luchas: los
volantes, las reuniones, las asambleas. Y a través de
este lenguaje figura la crónica, día por día, de las
luchas en Mlrafiorl, hasta el choque final, directo, con
las fuerzas del estado que estalla en la batalla de
corso Traiano.

Las luchas que se relatan en este libro, que van


desde mayo a Julio de 1969, en Fiat y en Turín, son
el episodio crucial que ha puesto en crisis de mane-
ra Irreversible e! modo de producción basado en el
obrero-masa. Luchas en las cuales este obrero me-
ridional, Ignorante y bruto, ha destrozado en un mo-
mento la estrategia capitalista de los últimos cin-
cuenta años.
Lo que había obtenido el patrón ontre 1920 y 1930
con la derrota del obrero profesional y con la recons•

200
trucción de una relación de producción distinta, es
destruido ahora ele un solo golpe. En Fiat, durante
esos meses es puesto en crisis no tanto Agnelll, no
tanto el patrón, sino una estrategia capitalista gene-
ral. Una estrategia que habíél dedo sus frutos, y sobre
la cual también ol movimiento obrero, el partido CO·
munlsta y el sindicato habían construido su estrategia.
Estrategia que también es puesta en crisis contem-
poráneamente.
Estas luchas en efecto producen una reacomoda-
clón obrera y proletaria, que coloca tanto a la lucha
del capital como a la lucha obrer(l frente a una alter-
nativa. Por un lado, la necesidéld del capital de derro-
tar la exigencia proletaria del poder; por otro, la ne-
cesidad de la clase obrera de no retroceder, sino, por
el contrario, avanzar respecto a sus límites alcan-
zados.
Porque el choque de clase pasa a ser ahora direc-
tamente por el poder. Cuando en efecto, como hoy
p.isa en Italia, se ha puesto en crisis la organización
productiva del capital, se ha puesto en total crisis el
dominio político, se está destruyendo desde los ci-
mientos la posibilidad de preservación de este do-
:nlnlo. Se está destruyendo, en pocas palabras, el
dominio del capital.

Discusión

En el plano político, ¿qué sentido tiene un libro


corno éste? No me Interesa ¡:¡quí afrontar el discur-
so literatura-política, que es en el fondo un discurso
aburrido y ocioso. Porque se lo hace siempre desde
el punto de vista de la literatura, y desde este punto
de vista termina siempre por asumir tonos de defensa
y autojustificación, aun más ridículos por cuando na-
die los ha solicitado.

201
Debería ser cosa t.dmitidn que la lilorntura no sirve
en el plnno Inmediato de la praxis, y qua es Ilusorio
creer que se encuentre en dirncta comunicación con
In revolución, es decir, con la lucha violenta con la
cual In clase proletrJrla derriba el poder clo In clase
burguesa adueñándose del mismo. Una entero línea
ldcológlca ele izquie1dn, y sobre todo la oficial do
posguerra en adclélntc, ha creído que en esta lucha
tnlllbión el lltcrnto desempeiínba un papel activo Im-
portante. Hoy, tomada conciencia que el pnrcl activo
determinante lo tiene sólo el obrero metalúrgico, los
lltcrotos eligen retirnrno deslluslonados en un que-
jumbroso rccl13zo. De esta forma revelan una posi-
ción romántico-tardía, idealista, que cree que la lito·
ratura pueda transformar directamente la sociedad o
modiricarla con su influencia. Mientrns que su Inter-
vención es necesariamente siempre mediata, ya que
no tiene canales de acción controlables.
Estoy convencido que incluso muchos escritores
do la reciente ncovangunrdia han padecido la misma
cquivococión. ,l\dernós muchos no se dieron cuenta
do que sus operaciones, su expc;·imentalismo tenía y
tiene sentido sólo como acción única, Irrepetible, de
ruptura definitiva, de bloqueo de una determinada
situación cultural. Y hoy se entristecen porque el
bello Juego (a mi entender logrado) se ha terminado.
Pero su epílogo, su consumación era, ya en las pre-
misas, la condición fondamental de su logi-o, do su
victoria. La verificación es que desde haca tres . o
cuatro años a esta parte ya no se escribe mucho
verdaderamente valioso: o se repite lo viejo, o se
Imita a la neovanguardia
La operación de bloqueo a la literatura de la bur-
guesía ha sido loorocla, la ncovanguardia ha triunfa-
do, pero destruyéndose, en cuanto ésta forma parte
también de la llteretura de la burguesía, e Incluso
literatura de la etapa más avanzada de la burgueera,
202
del ncocapltalismo, como polémlcamcnte afirmaba
Mornvla hace unos aiios.
Justamente por esta necesidad de remowr una lite-
ratura atrnrnda, paleocapitnlisté1 corno la de Moravla
& Cía., lr1 burguesía ha apoyado, finnr.cindo, f)ropa-
gandizndo In literatura do la neovanguardia. Era una
buen Inversión, una necesidDd Incluso, la da llevar
la poesía y la novela por lo menos a un nivel medio
del MEC. Mientras renovaban las maquinarias, Fiat
e lri no podían permitirse no tener su Robbe-Grlllet
y su Günthor- Grass, frente a los cuales Bassanl y
Cassola estaban siempre atr::isac.los.

Efectivamente a fines de los .iños clncuentn el


cuadro general de la literatura italiana era decidida-
mente desalentador. Los escritores más conocidos,
enfermos de naclonnl-populismo o de nostalgias pe-
queño-burr1uesas a nivel Intimista provincia!, ofrecí.in
lo desoladora Imagen do un país culturalmente sub-
desarrollado, pnra nada a la altura de las corrientes
más avanzadas de la cultura europea. En este cuadro,
la ncovanguardia y el Grupo 63 particularmente des-
arrollaron una violenta obra de remozélmlento, llevan-
do el discurso !Iterarlo a sus extremas consecuencias,
quizás aún más allá de lo que se lo ha llevado en
otros países.
Sus características de "lltcraturn experlmcntéll", la
ne9ación de las clúslcas y codificélCbs normas de la
literatura tuvieron el slgniflcmlo no indiforcrito de
realizar un verdmlero y prorilo bloqueo de la litera-
tura tradicional. Esta operación puede ser vista como
una contestación en el Interior del sistema cultural,
que se extendió hasta 19GB, hasta el período de la
contostaclón estudiantil. La cual so desarrolló tam-
bién como una contradicción Interna del sistema, pero
que a diferencia de la de los Intelectuales de van-

203
guJrJia abnrcó a un vasto estrato social, tuvo un cn-
réScter de ni.isa.
Cuando llegó 1969, con el ototio ca/lento y las
grandes luchas obreras, el discurso combió decidida-
mente de tono. Ya no nos encontrábamos frente a
contradicciones Internas del sistema de la burguesía,
como aquellas nacidas de la actitud de ciertos lnte·
lectuales y de los estudiantes. Que el sistema mismo
(si tales contradicciones no se extendían a un contex-
to más amplio de lucha de clases) podía fácilmente
neutralizar, integrar, sacando provecho propio de las
características progresistas de las mismas, empleán-
dolas en su propio desarrollo.
las grandes luchas obreras del 69 eran la contra-
dicción principal, eran el choque directo entre patro-
nes y proletarios, eran la lucha de clases que se
manifestaba en uno de sus momentos más álgidos.
Y frente a éstas, la contestación se reveló una fase
transitoria y superada. Lo vimos con los estudiantes,
que abandonaron la lucha estudiantil para transfor-
marse en militantes revolucionarios, para crear los
grupos, para Integrarse a las luchas proletarias.
También para los intelectu:iles llegó el momento
de la opción: cada uno debía decir clarnmcnte de qué
lado estaba respecto de la lucha de clases. Pero ya
no sólo con palabras, con firmas en las solicitadas
de protesta. Ya no era posible sacarla tan barnta,
estarse tranquilamente con los pies en las dos clases
en lucha. La cultura no es algo que se encuentra por
encima de las clases. También la Ideología popular-
humanista, que ha sido el pan de toda la cultura
comprometida y de Izquierda, se revela así una mis-
tificación.
Cultura que ha dado lugar a esa figura de Intelec-
tual comprometido, pero donde este compromiso es
aplicado como y cuando a ál le parece. Este es el
máximo empefto oportunista: porque no tiene sentido

204
un compromiso si no ;1i:;.,rr::1 t.i; , 1•.·, ,:, :: ,";.i 1 : , ': , ,
total, lif¡ado org[inicarncrnlo a un.:i cs~ructuri.l orr;:>
nlzada.

El otro caso ha sido en cambio el de los escritores


de la neovanguardia, que ya se habían mofo.do de
estn demasiado cómoda posición de compromiso. Para
éstos. en cambio, quedaba la convicción que, produ-
ciendo ellos la literatura más perfeccionada y avnn-
zac.la, debían a la fuerza ser también buenos revolu-
clon::irios en el rlano político, con el arma de la pro-
pia literatura de oposición.
Pero es clarnmente imposible que el sistema, es
decir, unn clase en el poder pueda zer Jamás derrotado
por su literatura. Que en el mejor de los casos llega
a ser su conciencia crítica, la contestación, es decir,
un benéfico y estimulante proceso de renovación, de
adecuación a las nuevas necasldades de desarrollo
y de eficiencia del sistema mismo. Aún cuando, en
casos más afortunados como éste de la neovanguar-
dla, se consigue producir un momentáneo atascamien-
to, un bloqueo.
Pero Incluso después de este episodio, el sistema
encontrará la manera de resolver lo que p<1ra éste
es sólo una contradicción lnterr.a. Está claro también
que no tiene sentido hablar de fin de la 1/ternture, de
muerte del arte. En todo caso será sólo el fin de la
literatura de la burguesía, la muerte del arte de la
burguesía: que se producirá cuando la burguesía ya
no sea la clase dominante.

Hoy, a la agonizante decrepitud del pensamiento


burgués, se contrEJpone vital, fecundo y revolucionarlo
el pensamiento obrero, el de la clase que lucha con•
tra el poder de la burguesía. Este pensamiento hoy
ae realiza y vive en la acción, en la lucha, en la In·
venclón de las formas de esta lucha, en la elaboraclón

20S
de su estrategia. Se rN1lizo y vive en la destrucción
del arma de la explotación, la ideología del tr.ibajo,
que hoy la clnse obrera rechaza tanto en los sistemas
de capitalismo privado como en los sistemas socla-
llstas de capitalismo de estado.
Hoy, simplemente y antes que nada, un escritor
os un Individuo que debe elegir si participar en esta
lucha, y de qué lado. Tomando conciencia de que ya
no puede fingirla en el Interior del sistema con una
siempre aceptable contestación: que lo confirma de
todos modos en el papel de portavoz de la Ideología
burguesa. Mejor ahorrnrse esta lastimosa y no re-
querida Justificación: él no está obligado a esta lucha,
no es su lucha, él no es un obrero metalúrgico.
Pero si en cambio cumple esta elección, podrá qui-
zá contribuir también a la formación da una nueva
literatura. Pero esto se obtendrá solamente pasando
del lado de los obreros y de los proletarios, estando
ent¡-e ellos, arrojándose en medio de las luchas prác·
tlcas, afrontando los riesgos.
Una literatura de la clase obrera no es hoy el deber
más urgente. Pero esto no quiere decir negar la
posibilidad de su existencia. Pequeño tornillo y pe-
queña arandela del mecanismo de la revolución, la
literatura podrá tomar cuerpo, como problemátlca y
como proyecto sólo luego de una elección precisa y
coherente por parte del escritor, y sólo fundándose
en la realidad de las luchas que la clase obrera ex-
presa y vive en la actualldad.

Entrevista

¿Crees que la poesla, cualquier poesla, en una so-


ciedad como la nuestra, se encuentra condenada a
permanecer mon6/ogo y discurso circular, o contiene

206
todavía alguna posibilidad da abarcar (y por lo tanto
do modificar) fo realidad?

Independientemente del hecho de que la poer;ía


tonga un discurso explícito u oscuro, ha representado
siempre y sigue representando el grndo mós alto de
conocimiento del lcngucija de la sociedad y de trans-
formación del mismo. Esta es su única función y
significado; la poesía siempre ascilta y modifica la
realidad: la realidad del lenguaje precisamente.
La poesía no. ha transformado nunca ni transformará
Jamás al mundo. ¿De dónde viene esta bizarra Idea,
por qué Justamente la poesía debería hacerlo? ¿Por
qué no la escultura, la danza o la Jardinería?

Según algunos crftlcos entre tu primor novela


Tristano y Queremos todo no hay en el fondo una
verdadera fractura. Queda el hecho de que entre el
primer libro (1966) y el ::;cgundo (1971 J sucedieron
algunas cosas, que voy a tratar de enumerar: nwyo
francés y contestación estudiantil, crcclmionto y cri-
sis· de la nueva Izquierda, otoiio caliente, y en el cam-
po más específico de la literatura, fin de la neovan-
guardia. Todo esto ha influido sin duda también en
tu trabajo de escritor y, si no existen dos Ba!estrini,
yo tiendo a creer que existen dos f asas mds bien
distintas también en tu prcducción. ¿Cucil es tu punto
de vista interno?
MI punto de vista, pero externo, es que quizá sean
mejores los Célsos en los cuales cada libro de un
escritor es radicalmente distinto del anterior, repre-
sentando una ruptura respecto a éste. Y esto pro-
bablemente contradice el hecho de que un escritor
"reescribe siempre el mismo libro". Pero ésta es una
observación estrictamente literaria.
Les cosas que sucedieron a fines de la década del
sesenta, por ar mismas, no creo que hayan cambiado
207
la situación de la llleralura. Que no es tan inmedia-
tamente sensible a los hechos de la historia, porque
trabaja sobre tiempos largos. Así, en efecto, ni siqule·
ra la posguerra había representado un giro en la
literatura. El neorrcallsmo en la práctica existía ya
diez años antes, y ha seguido existiendo diez años
después.
En lo referente al 68, a mi modo de ver, es la mis-
ma cosa. La ncovanguardia que desde hacía diez
afias era la única literatura válida, continúa siéndolo
a pesar de todo, aunque más no fuera por la carencia
de algo que la sustituya. Pero ya no constituye un
escándalo, y es por este motivo que todos gritan que
ha muerto. Pero cualquier cosa que se quiera escri-
bir hoy, no puede partir todavíc:, en el plano formal,
de otra experiencia que no sea ésa.
Por esta razón, además, no creo en los discursos
que se hacen hoy sobre una llamada "restauración
cultural". Me parece que de esta manera se hace sólo
una gran propaganda a los fascistas y a sus pocas y
pequeñas eclitorio1les. Que publican cosas que se han
publicado siempre, porque tienen su público, visto
que en este país el fascismo es tolerado e Incluso
defendido por las Instituciones, llegando a ser parte
lntrí:lscca de las mismas. Y además, ¿cuáles son los
autores y las obrns de la cultura de derecha?
La discusión sobre el 68 y los años sucesivos pue-
de ser únicamente política. En esos años las luchas
de la autonomía obrera han demostrado la posibilidad
real, la existencia práctica de un comportamiento
polítl co en el que la clase obrera ya no queda blo-
queada en los esquemas ilusorios del reformismo.
las consecuencias del frncaso de la resistencia po-
dían empezar a ser superadas. Por primera vez la
clase obrera conseguía oponerse e su destino de
tener que construir y reconstruir siempre para los
patrones. Tomaba conciencia de su total extrana-

208
miento con respecto ni desmrollo del est.:ido explo-
tador. La lucha de clases volvía a plantear la pers-
pectiva del choque violento por el poder.
Fenómenos como éstos, como hemos visto, no mo-
difican la literatura. Sino que ofrecen, a quien tiene
ocasión de tomar contacto con al!lunas sltunclones y
algunas luchas, la posibilidad de aportar a la litera-
tura una Inmensa cantidad de nuevos materiales.
Y sobre todo, con un punto de vista y una perspec-
tiva diferente .. Proporcionando así la posibilidad de
hacer conocer las luchas y los protagonistas ele las
luchas que han transformado radicalmente la realidad
política del país. Y que representan la más vital y
creativa posibilidad para una literatura que quiera
Interpretar y expresar las exigencias de las masas
proletarias.

¿Hasta qué punto crees en la incidencia de un men-


saje político transmitido mediante la literatura? ¿Y en
qué medida, según tus Intenciones, tu novela le da la
espalda a la literatura y se plantea como acto político
tout court? ¿No existe el riesgo de una equivocación?

Creo que la literatura, cualquier Uteratura, trans-


mite esencialmente mensajes políticos. En todo libro,
lo más directo, lo más importante, es el mensaje
político. Pero lógicamente traducido en operación lin-
güística, porque en eso consiste la literatura.
Con Tristano yo bebía querido recrear el fin de la
novela burguesa: un inventario-mosaico de sus gestes
ya sin sentido ni valor. Pero esto era esencialmente
transmitir un mensaje político: la Impotencia, la lm-
procticabilidad, la Insensatez de la cultura burguesa
actual.
Todo lo contrario es afirmar que la literatura puede
ser directamente un acto político. Pienso que para
la lucha política, y aun más para la revolución, exla-

209
ten otros medios extremadamente más eficaces, que
goneralmente los escritores no acostumbrnn utilizar.
No hay que afligirse por e:1to. Los escritores sirven
para narrar, después, la historia de lo acontecido. Este
también es un deber Importante: porque de esta ma-
. nera otros conocen los sucesos y se conservan para
la posteridad.

¿Piensas que el escritor, una vez superada la am,


blgüedad del engagement de mvtrlz moral-política do
los primeros años de posguerra, pueda contribuir
activamente a la renovación de la sociedad actual?
¿Crees posible una organización y un uso del tr.1baja
/iterarlo olternatlvo y antagónico a las estructuras de
Is Industria cultural? Y si es os/, ¿en qué términos?

El escritor puede contribuir a la lucha do clase.s


sólo si la procticíl totalmente, y no solamente en
cuanto escritor. Es dcc:r, como explotado, si lo es,
y como militante, si quiere serlo. Escribir es uno de
los tantos trabajos que sirven para gonor el dinero
para vivir: el hecho de cumplir este trnbajo es la télrea
específicél del escritor. Ser un intelectuaf es unél pro-
fesión, no una misión o un privilegio. Teóricamente
nada excluye que un escritor, como cualquler otro,
pueda llegar a ser un buen milltanto revolucionarlo.
En este caso su contribución a la lucha de clases
puede Incluir también el aporto de su competencia
específica.
Porque lógicamente también la obra literaria sirve
para algo en el plono polítlco. Hay quo ver natural·
mente sobro qué se escribe, y sobre todo desde qué
punto de vista se escribe. Generalmente el punto de
vista de los Intelectuales no es el apropiado para
producir una útil obra de propaganda.
En cuanto a las estructuras culturales alternativas,
confieso no haber creído nunca en ellas, e Incluso

210
haber dosconfiaclo mucho de olios. Aií como de todo
aquello que quiere sor rcvoluclón de la cultura, de
las subestructuras, que debe r;;,,:iz:irse antes de la
revolución políticn, es decir, élntes de la toma del
poder y de la transformnción de las estructuras. En la
actunlidad no logro concebir un trabajo litcrarlo por
afuera do lns estructuras Industriales capitalistas.
Sería como si un obrero quisiera ponerse a construir
partes de automóvil en su casa por su cuenta, a lo
mejor Junto con algunos amigos. Adcmós, que en lo
referente a los libros, la Industria cultural capitalista
garantiza la obra de propaganda de cualquier libro
de la mejor manera posible. Es una de sus contra•
dicciones, ¿por qué no utilizarla?

¿Cud/ es en particular, para ti, el rol del Intelec-


tual creativo, hoy en /tafia? Y en general, ¿cómo ves
la situación de nuestra cultura en un momento pobre
de perspectivas como el actual?
Ante todo, no veo que las perspectivas de la cultu·
ra sean tan malas hoy en ltali3. Aún cuando hny una
notable pobreza de obrns, esto depende mucho del
hecho de que diez años de ncov,mguardla han hecho
Justicia a tanto lastre; han hecho imposible, a menos
qua so tenga uniJ gran dosis de caraciurlsmo, contl·
nuar escribiendo y publlcando clcrtns cosas. Por otriJ
parte, la literaturn de la neovanguardia no se puede
repetir Infinitamente, porque de lo contrario la que
ha sido su acción de destrucción, de ruptura de blo-
queo, ya no tendría sentido. Sería simplemente un!3
nueva fose de la literatura burguesa que sucede e la
precedente y no última, la de los novlssiml.
Luego de lo cual la elección es entre la nada y un
salto. ¿Hacia dónde? A esta pregunta la política le
ofrece una respuesta Inmediata.

211
Conferencia
Ccontlnuoclón)

Queremos todo, como ya he dicho, se ha asignado


el Intento de resumir en la historia de un individuo
las características típicas de la fuerza de trabajo en
una determln3da fase. El Intento de incluir las carac-
terísticas y los comportamientos del obrero-masa en
una hlsto'rla que no es una historia individual; lo es
solamente en esta operación literaria, y por io tanto
do modo forzoso. Todos los comportamientos que
componen el personaje son en realidad las cosas que
uno se construye y entiende a través de mil reunio-
nes frente a las fábricas, mil discursos con los obre-
ros, observando mil luchas y participando en ellas.
Pero aquí se encuentran incluidas todas en una per-
sona, que por lo tanto las representa a todas. Este
libro debería poder ser una clave, para comprender
de una vez por todas el comportamiento de esta figu-
ra de obrero.
Además quisiera hacer notar que la descripción de
este personaje caracterizado como meridional no de-
bería nunca perderse en un hecho folklórico, porque·
la intención es siempre la de describirlo en el mo-
mento objetivo dentro del cual está obligado a m·o-
verse en cuanto proletario. Es decir: cwmdo está en
el sur, es porque nace en el sur. Y emigra porque
el plan quiere que emigre. Realiza los mil oficios
porque es sobre este tipo de capacidad que se funda
la acumulación en este nivel del capital. Este libro
quiere ser el proceso objetivo quo atraviesa un obre-
ro: no en cuanto es meridional, sino en cuanto es
mercadería, en cuanto es fuerza-trabajo. Por esto no
debería ser posible verlo bajo el aspecto folklórico.
Nace de esta manera la necesidad de una batalla
ldeológlca y de propaganda sobre esta nueva figura
obrera. Sobre esta figura del obrero-masa que no ama

i12
el trabajo, que tiene un comportamiento distinto al
del obrero profesional, al cual todos aún se refieren
tradlclonalmente. Que es todavía tan poco entendida
y conocida, que mucha gente, aún de izquierda que
ha ieído este libro, ha dicho que este personaje es
un qualunquista 2 , que no es un compañero, que es
alguien que no ha entendido nada de la lucha política.

Con respecto a todo esto lo que Interesa afirmar


ante todo es que ésto es un personaje no ideológico.
Es decir, que su princip:11 cmacterística es la mate-
rialidad de su comportt1miento político. El prot<1go-
nista busca las cosas que le gorantizan un rédito, lu-
cha porque la lucha le garnntiza el rédito, más allá
de todos los esquemas políticos. Por lo tanto podría
también desplaznrse a la derecha, si el reformismo
no le promete el rédito, si no le da la esperanza de
liberarse de la necesidad.
En efecto, este personaje no tiene una conciencia
hecha de ideas, de cultura, de ideología. Pero ¿por
qué este obrero es tan poco ideológico? Porque es
un· obrero sin partido. Porque expresa el comporta•
miento espontóneo de la fuerza de trabajo er. cuanto
fuerz:i de trabajo.
~ste es entonces el obrero-masa, el protagonista
de las luchas de los últlmos años. Esta es la nueva
clase obrera que choca con los rótulos categorlales
de la así llamada política. V de aquí hay que partir
para afrontar las objeciones sobre si es más de dere-
cha que de Izquierda, sobre el hecho de que este

2 El "qualunqulomo" (1945) fue un movimiento polltlco de


vldo efímera, quo quiso ag 1utlnar al hombre cu:ilqulera, ni hom-
bre de la colle. Repudiaba a las ldcoloalas y sostenla que un
estado provalentemonte administrativo (cuyo objetivo debla ser
el bienestar) era el que mejor rcspondla a las necesidades del
hombre comón. Nació a partir de la revista humorratlca L'Uomo
Ou,lunqu,. (N. del T.)

213
porsonnje es sólo casualmente un compoiíoro, pero
podrín también ser f::isclsta, ccmo olgunos h8n con-
siderado.
· Creo que estas objeciones deben ser englobadas
en un ámbito más amplio en el cual, en línea ele méSxl-
ma, se plantea el problema de romper y supernr com-
pletJmente las categorías políticas tradicionales, y
ante todo las reparticiones entre derecha e izquierda.
Este es un dato que se revela Inmediatamente cuan-
.do vamos al sur, y que es mucho más gravo que el
desdén que empapa a Intelectuales y hombreJ de la
Izquierda tradicional, cwmdo afirman que este per-
sonaje podría perfectamente no ser un comunista.
Dato que es mrn mf:s grnve; · porque si usamos es-
tas categorías tradicionales cuando vamos al' sur, no
comprendemos nada. Pero no sólo no se comprende
y no se es comprendido; se es también rechazado,
cuando se viene a proponer política. Ante todo, por-
aue para el proletario meridional la política tiene sa-
bor a engaño. Tanto la derecha como la Izquierda
son los enemigos que de una manera u otra han pro-
metido siempre y siempre han engañado a los ex-
plotados.
Esta actitud es real en el sur como fue real en
el '68 y en el '69 en las fábricas del norte, como ha
sido real durante las ocupaciones de las casas en
Roma. Donde si ibas a hablar con la aente te decían:
miren, aquí hay uno lucha, no veng3n a romper las
pelotas, no vengan a hablar de política.
Vengan si quieren ayudar en la lucha. SI en cam-
bio quieren hablar de política, es mejor que se vayan.
Esta es una actitud completamonto idéntica a la que
existo t,n el sur en gsnaral, o que existía ~n laa
fábricas del norte durante todo el período anterior d
los convenios del '69. Luego nirturnlmente vino toda
una tradición de asambleas, de luchas, de organiza.
clón, que ha llevado a afrontar también otros proble-
214
rtrns. Pero la octltud genero! es siompro In misma:
fuern In política; hablcrnos de las cosas, de las luchas,
do nuestros intereses m::iterl,ilcs.
Y entonces vernos que todo lo que os "derecho" o
"Izquierda" sigue siendo una categoría obstracta, fun-
dada sobre la nntiguo composición de clase. La nueva
composición de clMe, las nuevns luclrns, redescubren
el terreno colectivo de la lucha contra el trabajo,
redescubren en la matcrialidGd de las cosas, de l:is
luchas, de los choques, la acción política, constru-
yendo así la orgcmización de esta política. Es decir,
recorren complctamcnto este terreno.
Esta es la rc::ilidad do las luchas que no es percibi-
da. Y esto es tanto mús grave hoy, ya que en el fon-
do nos hallamos en un.a fase sucesiva respecto a
aquella que aparece en Qucr3moa todo. Por lo cual,
Independientemente de los devaneos de aquellos que
no entienden cómo esta personaje pueda ser de lz·
quicrda, está el hecho de que este persorn::ije ha lu-
chado, y han sido luchas que han desarticulodo a Ita-
lia. Que han provocado la crisis, que hrm quebrado el
control en fábrica, que han quebrado el control en las
escuelas, que han hecho posible todo lo que ha su-
cedido.

Hoy estamos en un momento on el cual el choquo


to egudiza, los tiempos se aceleran. Los patrones se
vieron constreñidos a desencndenar la crisis econó-
mica, tirar por el aire la alineación política, tratando
afanosamente de tomar tod.1s las medidas posibles a
fin de que los obreros volvieran a producir. En este
cuetdro, la Impotencia del planteo político tradicional
no sirve siquiera pora entender IH cosas reales, por
ejemplo qué es el fascismo real.
la fuerza de los fascistas en el sur, así como la
fuerza de los fascistas en los campos de emigrados,
consiste Justamente en estar o la derecha. Es decir

21S
no en base a discursos categorlales de derecha o de
Izquierda tradicional. Son vordaclernmente de dere-
cha, en cuanto se dirigen verdaderamente al obrero-
masa. Porque los discursos que hacen los fascistas
en el sur, los discursos que hacen entre los emi-
grados, son discursos, cuando los hacen, referidos
realmente a esta figura social, al obrero-masa. No
son los discursos que hacen los reformistas.
la diferencia consiste en que, con esta posición
el fascismo da una salida individual. Es decir da
una salida que funda el Interés material en la res-
tauración del dominio capitalista. Pero que es una
salida real, una cosa que existe, y que consiste en
el desarrollo que se vuelve a poner en marcha, si
no sabemos dar una alternativa cualquiera en favor
de los obreros.
En la vereda de enfronte se encuentro la política
fallida de la Izquierda tradicional, absolutamente In-
capaz de ofrecer cualquier canal organizativo prac-
ticable a través de las nuevas luchas. Por lo tanto
el peligro real es que en el sur, todo se despince a
la derecha. Porque si estas luchas no encuentran un
punto de referencia a la izquierda, si estas fuerzas
no son recogidas, entonces las recogen los fas-
cistas.
Porque hoy, o pasan los obreros, o pasa la estra-
tegia obrnra, o el punto do vista obrero hegemoni-
2a esta composición de clase, o si no son realmen-
te los fascistas los que pa3an. No es que soan ellos
los quo pasan a nivel de poder, cosa sobre la cual
no tienen ninguna posibilidad real; es que el que pa-
sa es el desarrollo capitalista, basado en la destruc-
ción de la clase obrera, ele sus actuales niveles.
Estos son los términos en que debe ser visto el
problema de lo5 fascistas, considerándolos por lo
que realmente son: una articulación armada de los
patrones y del estado para golpear a la clase obrera.

216
Una artlculaclón armada que en cuanto tal debe ser
combatida con todos los medios, debe ser aplastada
físicamente.

Desde otro punto de vista, debemos tener claro


quo el destino de esta figura lo decide el hecho de
que la única fuerza que dirige su historia es el desa-
rrollo capitalista. Es por este motivo que está obli-
gado a emigrar, que va a la fobrlca, a la línea de
montaje. Es por esto que se reencuentrn en el me•
canlsmo de la movilidad impuesta por el dominio del
capital. Donde luego se politiza, conoce las luchas,
conoce a los otros obreros, y h~ce lo que hace.
Sin embargo no ha sido la línea, el salto tecnoló·
glco, los que han destruido políticamente al obrero
profesional, los que han creado esta nueva figura de
proletario, con su extrnífamiento y su rechazo por el
trabajo. La línea de montaje, los procesos semiauto-
máticos en la fábrica han sido posibles gracias a la
existencia social en el sur (a nivel de masa) de una
fuerza de trabajo disponible para este tipo de organl·
zación. Es decir el obrero-masa, el proletario del sur
que ha hecho posible la cadena de mont8je de Ag·
nclll. Y es este mismo obrero-masa que a través
de las luchas de los años sesenta, ha marcado con
su comportamiento, con su temática (el lgualltaris-
mo como lucha contra el trabn¡o asalariado) a la en-
tera clase obrera itnllnn;:i. Hnsta colocarse a la ca-
beza de la mi!im3, hacta llegar a ser lu vnnguurdla
de masa.
Pero veamos entonces la fragilidad de esta figuro,
el hecho de que est.í absolutamente sola, r¡ue puP.de
moverse sólo sobre la base de su piOpia esp'x1tanei-
dad. Surge claramente entonces también la fragilidad
de las posiciones políticas que le son ofrecidas. Por-
que le son ofrecidas sólo donda se encuentra con los
compañeros, que son algo muy débil, y que son los

217
estucJl::intcs que csté\n dclnnle de los portones. O si
no, y sobre todo, donde sa cncuontrn con In rnbla cJe
los demás obreros que se le unen, que se transforman
en la fuerza de masa a través de las luchas. La ver-
dc.dcra causa de esto es que er. las luchas no hay un
¡:;artldo capaz de entender a esta figura, y entendién-
dola e Interpretándola capaz de llegar a ella. Y por
ende llegar a ofrecer realmente la perspectiva del
comunismo.
Este nuevo tipo de obrero no tiene a nadie, a nadie
en sentido orgémizativo que lo entienda, que 1epa or-
gimizar su robla por las cosas que padece, por el peso
de la explotación, y que sepa volc::ir esta rabio en
el terreno de la lucha, en el terreno de la liberación
de la explotación. En este sentido el problema potr-
tlco que se nos plantea es el de saber leer esta fl,
gura crucial, esta figura política. Y no el do e3pernr,
basándonos en viejas categorías ya lnutilizoblcs, a
las cuales esta figura es entre otrns cosas comple-
tamente extraña y que sostiene que esta figura (que
es el nivel en el cual se produce actualmente el cho-
que político) pueda estar de un lado o del otro. Por-
que esto no se da de ninguna mc1nera en la refllldad
actual.
Finalmente, y más allá de todas las torpes Ideas
del ser de Izquierda, está el ser de izquierda que a
nonotros nos Interesa: que es la trayectoria de la
clase en su lucha contr::i el trab8jo. Trayectoria que
ha tenido sus expresiones materiales Irrefutables en
las formo~ colectivas de organizc:ción de In lucha, quo
constituyen la historia de los últimos años. Donde el
problema de la derecha y do la Izquierda no se plan-
teaba en cuanto tal, porque ern un problema más allá
de las cosas. Y en cambio se estnba fundando esta
lucha nueva del obrero-masa contra la explotación. El
patrimonio de estas luchas son los aumentos Iguales
para todos, son las asambleas, son las movlllzaclones

218
de f6brlc.i: t0tfrls cos3s csL1s quo ft1cron lns ct;:-.pas
de los últimos aiíos ele luclws. Ouo con los si9nos de
esta nueva estructur<1ción de clGse quo lo ha desqui-
ciado todo, hasta desembocar en la crisis.
Pero si a nivel político Institucional estas cosas son
muy graves y suceden, debemos considerar que son
aun más grnvcs en un nivel acnernl, de opinión públl·
ca. Al punto que este pcrsonnje, estél figura qua re•
presenta de m.:incrn absolut<1monte típica, facciosa-
mente típica, todo el comportr.miento obrero de ia
clase en los últimos nf:os, si VélS a nélrrnrlo, si vas 3
hacerlo conocer, yél que en última lnstnncia para bue-
na parte de esta opinión públicr-i se trnta preclsamen-
mente sólo de conocer, h.'.ly quienes dicen: ¿y éste
quién es?, éste no es de izquierda. Como si no fuei'a
él quien, además de haber armado todo el daspelote
que hay hoy en Italia, representa el elemento funda-
mental para una estrategia de Izquierda verdaaera-
mente revolucionaria.
He aquí entonces que debe pl.intearse el problema,
dándole naturalmente el peso que tiene dentro del pro-
blnia político general, el problema de una grnn cmn·
paña de prop8gandización do esta figurn. Una gran
campaiia que sirva rnm1 hacer conocer esta figura
que hcy _en ltalio ha puesto en crisis al sistema eco-
nómico, al nivel institucion:I, a todas las categorías
políticas, e Incluso las categorías culturales. Una
gran bat:11la que debe ser afrontélda en el terreno Ideo-
lógico y cultural, para cJemistificélr y destruir esta vi·
slón altcrnda, que sigue permaneciendo ligada a un
comportamiento de clase que ne, es el real.
Como cuando el PCI dice que las luchas no son
lo que son, que lc1s luchas en la Fiat no son contra
el trabcjo sino para mejorar el trabajo, para rees-
tructurar el proceso productivo, para llegar (como
dicen ellos) a una nueva manera de hacer los co
ches.
Noccsitomos lélnzor hoy en 1·odo el poís una gran
campnfia de propnganda de estas luchos. Y esto sig-
nifica ante todo explicitar clara y continunmentc cuál
es la realidad del choque, la estructuración de este
choque, los personajes de este choque, sus nuevas
características. El problema es entonces el de ha-
cer circukir, hasta el límite de la divulaación, esta
enorme creatividad que existe en las luchns prole-
t~rlas. Que adernás es la única cosa rica, viva, con-
tínua, Imaginativa: la única cosa creativa que hoy
existe; la única cosa que hoy vale la pena conocer,
estudiar y practicar; el único hecho nuevo Incluso
culturalmente.
SI hay un hecho Irrebatible, es el miserable fin de
toda la problemática, de toda la Ideología burguesa,
de su cultura, en estos últimos años. Aún cuando
proviene de su conciencia crítica, de su contradic-
ción· interna, de sus intelectuales en crisis o rebel-
des, que ya han agotado su deber histórico, sin em-
bargo positivo y necesario en la aceleración de la úl-
tima fase del capitalismo tardía.
Hoy en cambio tenemos una sola cosa en la cual
basarnos, la formid~blo explosión de estos aiios, la
enorme reserva que han sido y que son esttts luchas
c,breras, el comportamiento de masa que las ha pro-·
ducldo y que las produce, la gran riqueza teórico que
las acompaña.

El deber de esta campaña de prop<1ftanda, a la cual


también la literatura puede aportar una contribución
relevante, es sustituir a la figuro del viejo obrero tra·
dlclonal, que es garantía de racionalidad, do proceso
productivo, en el límite del orden y de la legalidad;
sustitulria por esta nueva figura de obrero, que hace
piquetes con violencia, que ha bloqueado las fábricas,
que ha detenido la producción, que ha destruido las

220
!ínoas de mont1::je, que produjo la batalla de corso
Trnlano, que hizo todo.
No el obrero que apunta a valorizarse como merca-
dería, sino el obrero que apunta a destruirse como
mercadería, a negarse como mercadería dentro del
capital, a renfirmc1r su autonomía de clase, su nece-
sidad de poder, su posibilidad y cap<1cidad de adue-
ñarse del poder destruyendo el estado del capital.
Llenar los canales de comunicación, hasta donde
sea posible, con el obrero-masa en lugar del obrero
profesional. Con las luchas, las huelgas, los cho-
ques. Nuestro interés es que estén llenos lo mós
posible de nuestrns cosas y no do las cosas del ene-
migo. El hecho de que incluso películas equívocas o
malos libros se vean obligados a difundir los temas
del destajo, del achique de tiempos, de las huelgas
salvajes, es también un signo de la hegemonía del
cbrero-masa, de las relaciones de fuerza que son des-
piazadas en favor de sus luctlcls.
Está claro que obviamente a las relaciones de fuer-
za se las desplaza siempre con las luchas. No es di-
vulg~nclolas o preconizándolas que se las desplaza.
Pero no por esto vale la pena renunciar a un terreno
que es también necesario, incluso para no dejarlo to-
talmente en manos del adversario.

La novela Queremos todo concluye con corso Trala-


no. En medio de los choques en determinado momen-
to el protagonista dice: "estábamos todos como lo-
cos de alegría". Expresión que representa la con-
ciencia de masa de aquel Instante de contraposición
al estado, y que mide, en la toma de conciencia de
la propia fuerza, la posibilidad de liberarse de su do•
minio: Justamente en el terreno de la contraposición
directa de la violencia de los obreros con la violen-
cia del estado. Y aquí el protagonista mide flnalmen-

221
te este terreno, que es el único terreno, la única so·
lld:1 colectiva posible p:1rn su lucha.
Porque en esta fase del capitalismo, la única sali-
da que tiene esta figura social que es el obrero-mnso,
que pide dinero lndependientem-Jnte del trnbajo, in-
depandlentemcnte de la productlvid::id; su única sall·
da colectiva es la de pedir riqueza sobre la base de
la fuerza y de la contraposición, a nivel de las rela-
ciones de fuerza, con el poder. Es decir: n nivel do
la violencia. La oraanización de masa de la violencia
proletaria, de la violencia obrera. El pasaje a la prác-
tica directa de apropiación colectiva de la riqueza
social: desdo queremos todo a tomúmoslo todo.
En este 3 de julio está apenas esbozado, está ape-
nas el embrión, como por otra parte estaba apenas
en esos tiempos, de esta posTción .inte el problema
del poder, de la violencia obrera. Y por lo tanto, más
en general, ante el problema del partido revolucio-
narlo. El 3 de Jullo ha cerrado una fase. Todo lo que
viene después es la historia que hoy estamos VI·
viendo.
t.:'! libro !1.1e compuesto y armado en
Ü',OTlrl,\ ro:o.TALn, Fr.i¡;a 49/53, o imprc10
t:i l?t Tal:ert1 Gráficos GAAAMOND ,.e.A.,
C.!J~r2 3856, B1. Altt1, en abril de 1974,