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LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Historia y cultura
en los procesos educativos

Elsie Rockwell
Agradecemos a las siguientes instituciones su autorización para el empleo del material previa­
mente publicado: Centro de Investigaciones de la Universidad Pedagógica Nacional (Bogotá),
Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del
IPN (México), El Colegio Mexiquense A.C. (México) y a la Editorial Germanía.

Rockwell, Elsie
La experiencia etnográfica : historia y cultura en los procesos educativos . - 1a ed. -
Buenos Aires : Paidós, 2009.
224 p . : 22x15 cm. - (Voces de la Educación; 13509 / Rosa Rottemberg)

ISBN 978-950-12-1519-9

1. Antropología Cultural. I. Título


CDD 306

Directora de colección: Rosa Rottemberg

Cubierta de Gustavo Macri

1a edición, 2009

© 2009 de todas las ediciones


Editorial Paidós SAICF
Defensa 599, Buenos Aires
e-mail: difusion0areapaidos.com.ar
www.paidosargentina.com.ar

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723


Impreso en la Argentina. Printed in Argentina

Impreso en Primera Clase. California 1231,


ciudad de Buenos Aires, en marzo de 2009

Tirada: 3.000 ejemplares

ISBN: 978-950-12-1519-9
ÍNDICE

P r e s e n t a c i ó n ......................................................................................................................... 13

1. L a RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA ................................................................. 17


El sentido de la etnografía............................................................ 18
La pertinencia de la e tn o g ra fía ................................................... 26
Etnografía y tr a n s fo rm a c ió n ......................................................... 30
El destino del c o n o c im ie n to ......................................................... 38

2. R e f l e x io n e s s o b r e e l t r a b a j o et n o g r á f ic o ............................................... 41

Polémicas episte m o lóg ica s.......................................................... 44


El trabajo de c a m p o ........................................................................ 48
El proceso de a n á lis is .................................................................... 64
El trabajo c o n c e p tu a l..................................................................... 91
Etnografía y otras prácticas.......................................................... 96

3 E t n o g r a f ía y t e o r í a ................... 101
La herencia h is t ó r ic a ......... 104
Diversos enfoques teóricos 107
Más allá de lo c u ltural y lo c o m u n ita r io .................................... 115
Hacia nuevas te o ría s ....................................................................... 121

4. CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN.................................................... 125


Preguntas para orientar la m ir a d a .............................................. 127
La reproducción entre otros p r o c e s o s ....................................... 140

5. E l d iá lo g o e n t r e a n t r o p o lo g í a e h i s t o r i a ............. ....................... 143


Búsquedas o puestas....................................................................... 146
A cercam ientos posible s ................................................................. 149
Hacia una antropología h is tó ric a ................................................. 155

6. La ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO............................................................ 157


De los documentos a las prácticas c u ltu ra le s ......................... 159
Indicios de una historia sin h u e lla s ............................................ 166
Im ag ina r lo n o -d o c u m e n ta d o ....................................................... 178
Huellas del pasado en el p re s e n te .............................................. 180

7. N a r r a r l a e x p e r ie n c ia ....................................................................... 183
Dilemas é tic o s .................................................................................. 185
De la complicidad a la co n ve rsa ció n .......................................... 191
T ra n sfo rm a r la m ira d a .................................................................... 196
La responsabilidad de n a r r a r ....................................................... 198

B ib l io g r a f ía 205
In m em oríam : Juan-M anuel Gutiérrez Vázquez,
m aestro de maestros.
¿Qué hace el etnógrafo? Cuando no ha comprendido
completamente la vida que ha vivido, escribe.
L e o n a r d o P ia s e r e

Como la navegación y la jardinería, la política y la poesía [...], la


tnografía [es] oficio de lugar: trabaja a la luz del conocim iento local.
C lif f o r d G e er t z

Ya que sostengo que solo vale la pena trabajar p o r un conocimiento


mediado p o r la experiencia [...], debo concluir que toda etnografía
se vincula con la autobiografía.
J o h a n n e s F a b ia n
PRESENTACIÓN

Cuando me su m e rg í por vez prim era en los procesos educativos


cotidianos de una escuela prim aria no imaginaba que fuera el inicio
de una larga aventura. Los años han c o nfirm a do la fortuna de la
elección inicial, que ha abierto num erosas vías de indagación y
generado respuestas inéditas a preguntas complicadas. En el c a m i­
no he integrado cierta m anera de m ir a r lo que sucede en los pe­
queños - p e ro e n o rm e s - m undos que se encuentran en, y alrededor
de, los espacios educativos. La búsqueda de m an eras de a rtic u la r
fe nó m e n os de distinta s escalas espaciotem porales y de establecer
nexos entre procesos sociales y prácticas c u ltu ra le s me condujo a
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

la antropología histórica.
Este libro relata un recorrido que arranca con la cuestión de la
relevancia del trabajo etnográfico, confiesa los desconciertos en el
camino, y co nfirm a el co m p ro m iso etnográfico ante dudas e piste ­
m ológ icas y éticas. Propone un debate explícito con diversas co­
rrie n te s sociológicas y antropológicas que intentan explicar lo ocu ­
rrido en los sistemas escolares. Incorpora reflexiones y sugerencias
sobre los aspectos cotidianos del quehacer etnográfico. D ese m b o ­
ca, por ú ltim o , en una m anera de e stud iar tanto el presente como
el pasado que integra el r ig o r del análisis d o c u m e n ta l con la a g u ­
deza de la m ira da etnográfica para d e sc rib ir am bie n tes y n a r ra r
procesos que no se e ncu en tran explícitos en ningún discurso o fi­
cial, pero que explican gran parte de lo que está en juego en la e du ­
cación.
Resulta im p en sa ble, desde este enfoque, c o m p re n d e r s itu a c io ­
nes y sucesos presenciados en la actualidad sin co n sid e ra r la
dim ensión te m p o ra l. La experiencia sobre el terreno nos confronta
con la hete rogeneidad; la investigación histórica perm ite s itu a r la
diversidad cotidiana en una configuración inteligible, que dé cuenta
de la fo rm a ció n social de las p rácticas y los saberes observados. A
la vez, la m ira da antropológica sugiere nuevas fo rm a s de ind a g a r
en la historia, de e nte nd e r la te m p o ra lid a d y de e xplorar los ve s ti­
gios m ate ria les y textuales. In te g ra r historia y antropología ha sido
mi m anera de a s e g u r a r una a rtic u la c ió n posible de la evidencia
fra g m e n ta ria que se recoge en el campo y en el archivo.
El texto explora un campo que ha cobrado legitimidad y relevan­
cia frente a otros p arad igm as de investigación. La investigación
antropológica en educación ha fo rjado una mirada profunda, re fle ­
xiva y certera de lo que ocurre en los procesos educativos. Ha de ­
m ostrado su capacidad de d e se n tra ñ a r la compleja red de in te ra c ­
ciones y de revelar la heterogeneidad de experiencias vividas en las
escuelas. Ha develado los avatares cotidianos de las políticas e d u ­
cativas nacionales e interna cion ale s. No pocos investigadores con
otros enfoques acuden a estudios etnográficos para explicar las
relaciones y a no m a lías que e ncuentran en sus resultados. No o b s ­
tante, la apropiación irreflexiva de la etnografía ha conducido t a m ­
bién a m ucha confusión y la ha expuesto a críticas válidas. Por ello,
he considerado o p o rtu n o responder desde mi experiencia a los re ­
tos e piste m o ló g ico s de la etnografía y ofrecer recaudos y refle xio ­
nes para v ig ila r la calidad y la pertinencia de la investigación. El
énfasis está puesto en las dim en sion es conceptuales y éticas de la
investigación antropológica, sin las cuales la etnografía se reduce a
una mera técnica.
El proyecto de este libro nació de la insistencia de colegas y es­
tu diantes que me solicita ba n un texto integrado con la reflexión
teórica y episte m o lóg ica que ha acompañado mi investigación. A fin
de responder, recu rrí a m ate ria les que había hecho públicos a n te ­
rio r m e n te por diversos m edios y redes inform ales, desde m is p r i­
m e ra s exploraciones etnográficas hasta los se m in a rio s y e n c u e n ­
tros académ icos que hilaron la experiencia la tin oa m erica n a en el
campo. Los créditos corresp on die ntes se incluyen en la página 6.
En esta reelaboración del m a te ria l he intentado se gu ir los su c e s i­
vos m o m e n to s de mi trayectoria y a la vez dar relevancia actual al
conjunto. La secuencia respeta, así, mi trayectoria personal, pero
ta m b ién supone un a rg u m e n to de fondo. Un uso retórico de la p r i ­
m era persona p lu ra l en la redacción intenta in c lu ir de alguna
m an era tanto a quienes han acompañado esta búsqueda como a
quienes se sientan incluidos en ella desde sus propias experiencias
de investigación. No obstante, asum o la responsabilidad individual
por los a rg um en to s y los desaciertos del texto que presento.
Quisiera expresar mi gra titud a m uchas personas que me han
ayudado a d e s a rro lla r estas ¡deas a lo largo de los años, sobre todo
a los directores, maestros, a lu m n o s y habitantes de varias localida­
des que me han perm itido presenciar y particip ar en lo más cotidia­
no de la vida escolar y que han compartido conmigo sus in te rp re ta ­
ciones de la experiencia en educación. A sim ism o , agradezco a
m uch as personas que ayudaron, en varios archivos, a mi búsqueda
de lo cotidiano del pasado. A los colaboradores del D eparta m e nto
de In vestigaciones Educativas, secretarias y auxiliares, quienes vi­
vieron los sucesivos pasos de rescate, reelaboración y edición de
los textos, les debo un agradecim ie nto particular. En especial, para
esta edición fue invalorable el apoyo de Claudia Arceo y de José
Alejandro Reyes, y, desde luego, el atinado consejo editorial de Ro­
sa R ottem berg de e dito ria l Paidós. Guardo una especial gratitud
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

hacia g eneraciones de estudiantes que a rg um en ta ro n en pro y en


contra de estas ¡deas y las tra n s fo rm a ro n en visiones y enfoques
con sello propio. Agradezco a m uchos colegas en México y otros
países latinoam ericanos, quienes reconocieron el valor de esta op ­
ción etn ográfica y ayudaron a difun dirla en su trabajo. Reconozco
una deuda p a rtic u la r con Graciela Batallán y sus colegas, en espe­
cial-Alejandro Arri, pues me insistieron en hacer algo con un co n ­
ju n to de textos, rescatados del pasado, que les seguían siendo
necesarios. Este gesto constituyó el punto de partida para e sc rib ir
el presente libro. Finalm ente, este trabajo fue posible gracias al
apoyo y la cobertura que me ha proporcionado, a lo largo de tres
décadas, la institución donde trabajo, el Centro de Investigación y
Estudios Avanzados del In stituto Politécnico N acio na l en la ciudad
de México.

E ls ie R o c k w e ll
México, 2008
1. LA RELEVANCIA DE
LA ETNOGRAFÍA*

Durante las ú ltim as tres décadas, la etnografía, práctica m a rg i­


nal proveniente de la antropología, ha encontrado un lugar dentro de
la investigación educativa en Am érica Latina. Su ingreso en este
campo propició una diversidad de usos y debates. En ocasiones, la
etnografía se identificó con la investigación cualitativa, aunque este
té rm in o es propio más bien de la sociología y abarca una amplia
gama de form as de investigar. Se la sometió a la demanda positi­
vista de presentar pruebas de confiabilidad y de validez"'‘para ser
aceptada como forma legítima de investigación. Se enfrentó a la e x i-
gencia racionalista de dejar de ser "m era descripción" y a los cues-
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

tio n a m ie n to s de diferentes escuelas filosóficas y epistemológicas.


La etnografía también se practicó como un género literario a d m is i­

* Una prim e ra versión de algunas partes que integran este capítulo fue p u b li­
cada en el año 1986 con el títu lo "La relevancia de la etnografía para la tra n s fo r­
m ación de las escuelas", m em o ria s del Tercer Seminario de Investigación Educativa,
Bogotá, Colom bia, ICPES - Centro de Investigación de la Universidad Pedagógica,
págs. 15-29.
ble en el m undo de la investigación. Se puso a las órdenes de la
intencionalidad prescriptiva de la pedagogía y se utilizó como m é to ­
do para la form a ció n docente. En a lg u n o s lugares se la confundió
con la tradición de investigación participativa. Finalm ente, la e t­
nografía se ha configurado como una práctica autónoma, con sus
propios criterios de rigor, que p erm ite e studiar procesos educativos
difíciles de co m p re nd er por otras vías.
Frente a esta com pleja tra m a de usos, tra ta ré de p re cisa r en
este capítulo lo que entiendo por e tnografía y el nivel de relevancia
que, considero, tiene dentro de la inve stiga ción educativa. Funda­
mento la propuesta de in te g ra r una d im en sión histórica del trabajo
e tno grá fico con una reflexión sobre procesos de tra n s fo rm a c ió n
educativa.

EL SENTID O DE LA ETNOGRAFÍA

Al tr a ta r de d e lim ita r qué es la etnografía, uno de los mayores


problemas consiste en el hecho de que en m edios educativos tiende
a considerarse como un método. En cambio, pocos antropólogos ca­
racterizarían la etnografía como un método. Geertz (1973a), por
ejemplo, inicia su discusión aclarando: "la comprensión de lo que es
la etnografía, de lo que es hacer etnografía [...], digámoslo de in m e ­
diato, no es una cuestión de méto dos".
En la disciplina antropológica, la palabra etnografía se refiere
tanto a una form a de proceder en la investigación de campo como al
producto finaT de ia investigación: clásicam ente, una monografía
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

descriptiva. El té rm in o denota bastante m ás que una herram ienta


de recolección de datos y no es equivalente a la observación partici­
pante que la sociología integra como té cn ica .1 Tampoco suele iden­
tificarse como método; se insiste m ás bien en que es un enfoque o

1. La sociología tiene su propia tradición cualitativa derivada del interaccionism o


sim bólico y de la fenomenología. Dentro de esta tradición cualitativa se gestó la etno-
metodología, cuya perspectiva teórica y cuya form alización técnica la distinguen de la
tradición etnográfica.
una perspectiva, algo que se em palm a con método y con teoría, pero
que no agota los problemas de uno ni de otro.
También se denom ina etnografía una rama de la antropología,
aquella que acum ula conocim ientos sobre realidades sociales y c u l­
turales particulares, delimitadas en el tiempo y el espacio. Se distin­
gue así de la etnología, que se dedica al análisis comparativo de las
culturas humanas. Así, la etnografía se ha definido como una "teoría
de la descripción" que contrasta con la etnología, considerada como
"teoría de la co m p aració n" (Boon, 1973).2 Más allá de estos usos
convencionales del té rm in o en la antropología, hay divergencias en
la práctica de la etnografía correspondientes a distintas p erspecti­
vas teóricas y epistemológicas.
En la tradición antropológica hubo un relativo desinterés por el
aspecto metodológico de la etnografía, pues se consideraba que el
etnógrafo se formaba en el campo. A p a rtir de la Escuela de Chica­
go (Whyte, 1955; Becker y otros, 1961), algunos sociólogos tomaron
la iniciativa al redactar libros y manuales sobre la observación p arti­
cipante y el trabajo de campo, y adoptaron el té rm in o etnografía
(McCall y Sim mens, 1969; Bogdan y Taylor, 1975). Los antropólogos
se vieron obligados a definirse frente a otras disciplinas, lo cual llevó
a debates internos. Entre estos, se destacaban las propuestas de
tra d u c ir los pro cedim ientos de la etnografía en té rm in o s de una
ciencia positiva, así como los intentos de dar al análisis etnográfico
el rig or que caracterizaba a la lingüística (Goodenough, 1970; Spra-
dley y McCurdy, 1972; Gumperz y Hymes, 1972; Bauman y Scherzer,
1977) o la profundidad asociada con la herm enéutica (Geertz,
1973a). En las ú ltim as dos décadas del siglo xx aparecieron ensayos
importantes encaminados a defe nder la validez de la etnografía o a
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

develar las fuentes retó ricas de su pretendida autoridad. Diversos


autores intentaron rec u pe ra r la experiencia de los precursores o
bien proponer m an eras experim entales de m odificar su práctica
[Clifford y Marcus, 1986; Marcus y Fischer, 1986; van Maanen, 1988 y

2. El significado de los térm inos etnología y etnografía varía según las tradiciones
nacionales y. en algunos casos, conservan la asociación con el concepto de etnias
como objeto de estudio.
1995; Rosaldo, 1989; Reynoso, 1991; Pinxten, 1997; Marcus, 1998;
Geertz, 2000; WiUis, 2000, por ejemplo). Dentro del campo de la edu­
cación, en particular, proliferaron textos que orientaban la investiga­
ción etnográfica, provenientes sobre todo de autores estadouniden­
ses e ingleses (Agar, 1980; Spindler y Spindler, 1987; H am m ersley y
Atkinson, 1983; Goetz y Lecompte, 1984; Walford, 1991; Woods, 1996;
Denzin, 1997; S chensul y Lecompte, 1999; Wolcott, 2000, entre
otros). M ientras tanto, en otros países de Europa y Am érica latina,
se gestaban trad icio n es propias que reinterpretaban y utilizaban el
enfoque etnográfico de la antropología.
Como resultado, existe una diversidad de corrientes m eto do lóg i­
cas y epistem ológicas que abordan la etnografía. Sin embargo, un
hecho significativo es que el eje ce ntral del debate antropológico ha
sido el problema de las categorías - d e l lenguaje m is m o - utilizadas
en la descripción y el análisis etnográficos, dejando en un segundo
plano los problem as del trabajo de campo. Esta aclaración perm ite
distinguir entre el problema de las técnicas que se utilizan dentro de
un estudio y la etnografía como enfoque o perspectiva. La etnografía
siem pre ha sido ecléctica, ha to m a do de m uchas otras"disciplinas
sus técnicas: de ciencias n atu ra les y sociales, de tecnologías y h u ­
manidades. H erram ie n tas diversas, que incluyen desde encuestas y
planos cartográficos, hasta registros lingüísticos y pruebas psicoló­
gicas, com plem entan el in stru m e n to clásico del diario de campo. En
la p a rtic u la r a rticu la ció n de estas técnicas por parte del etnógrafo
se distingue esta aproxim ación a la investigación. Las c o m b in a cio ­
nes técnicas varían según los problemas estudiados y las perspecti­
vas teóricas de cada investigador.
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

Aun así, es posible enco ntra r dentro de la diversidad de prácticas


y concepciones de la etnografía algunos rasgos c o m u n e s ^ u e la
definen en contraste con otras fo rm a s de investigar, algunas carac­
terísticas sin las cuales una investigación no sería etnográfica. Los
siguientes criterios parecen ser indispensables.

1) La p rim e ra ca racterística tiene su origen en la historia de la


etnografía com o una rama antropológica. Ethnos (raíz griega
de la palabra) s ig n ifica "los otros", quienes en un principio
coincidían con los pueblos considerados ágrafos. En esa tra -
dición, el etnógrafo se pensaba como un "cronista" en un
m undo que "carecía de historia escrita" (Malinowski, 1972).
Un cambio radical de perspectiva en ciertas corrientes a n tro ­
pológicas a finales del siglo xx trasladó la investigación hacia
el "nosotros"; hacia aquellos ámbitos cotidianos, como la
escuela, en que se forjan las relaciones sociales y las relacio­
nes de poder en las sociedades “ letradas". Este giro se puede
co m p re nd er ta m bién en otro sentido: personas de todas p a r­
tes han asumido la etnografía como una manera de co m p re n ­
der m e jo r sus propios mundos en relación con los otros,
aquellos que detentan poder y privilegio. La relación, pues, se
invierte. En todo caso, lo que el etnógrafo hace es docum entar
lo no-docum entado de la realidad social. La tarea de ser c ro ­
nista tiene su propia validez dentro del m undo actual, en el
que desaparece la distinción entre sociedades ágrafas y letra ­
das. Uno de los problem as de la historia -disciplina contraria
y a la vez cercana a la antropología- es el sesgo propio de la
docum entación existente, elaborada generalm ente desde el
poder, es decir, desde quienes tienen los medios para dejar
por escrito los sucesos y generalm ente lo hacen en función
de sus propios intereses (Guha, 1999). En las sociedades m o ­
dernas lo no-docum entado es lo familiar, lo cotidiano, lo o cu l­
to, lo inconsciente. Es la historia de los que han logrado la
resistencia a la dom inación y la construcción de movimientos
alternativos. Pero ta m bién es el entramado real de los intere­
ses y poderes de quienes dominan, es aquella parte de su
propia realidad que nunca ponen por escrito. Los ám bitos de
lo no-docum en ta do dentro de las sociedades letradas son
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

am plios y hacia ellos se dirige la mirada del etnógrafo, s u ­


mándose a otros esfuerzos (periodísticos y literarios) para
dejar testimonio escrito, público, de realidades tanto cercanas
como lejanas.
2) Como segundo punto esencial, el etnógrafo escribe un d ete r­
minado tipo de texto; el producto dei trabajo analítico es ante
todo una descripción. Expone los resultados de la investiga­
ción de manera descriptiva para conservar la riqueza de las
relaciones particulares de la localidad en que hizo el estudio.
Esta descripción, como punto de llegada de la investigación,
orienta la búsqueda de respuestas a las preguntas más gene­
rales hacia el análisis de las fo rm a s p artic ula re s y variadas
de la vida humana. Rescato este aspecto descriptivo de la e t­
nografía (consciente de que suele ser uno de los puntos más
cuestionados) desde una posición epistemológica que p re su ­
pone un trabajo teórico previo necesario para c o n s tru ir una
buenTcTescripción.3
3) Una tercera característica es la centralidad del etnógrafo como
sujeto social, y su experiencia directa, prolongada, en una
localidad. El referente empírico de un estudio etnográfico
queda circu nscrito por el horizonte de las interacciones co ti­
dianas, personales y posibles entre el investigador y los habi­
ta ntes de la localidad, durante un tiem po variable, pero lo
s u ficie ntem en te largo para precisar algunos de los in t e r r o ­
gantes y co n stru ir sus respectivas respuestas. El etnógrafo no
puede ren un ciar a este trabajo de campo. En la etnografía no
debe haber división entre la tarea de recolección de datos y el
trabajo de análisis; estas son partes indisociables del proceso
investigativo asum idas por la m ism a persona. No obstante, la
d e lim ita ción del lug ar en que se hace un trabajo etnográfico
no reduce necesariam ente el alcance de los resultados del
estudio, pues los procesos descritos pueden ser observados
en otras localidades, donde asum en fo rm a s y significados
propios.
4-) Un cu arto rasgo común a las distintas versiones de la e tn o ­
grafía es la atención a los significados. La búsqueda e tn o g rá fi­
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

ca se ha dirigido hacia aspectos de la vida hum ana tan diver­


sos como té cnicas de co nstrucción de canoas y ritos de
iniciación, relaciones de producción y relaciones de parentes­
co, d istrib u ció n del espacio físico y usos del lenguaje. Sin

3. Se trata de lo que Geertz (1973a) denom inó thick description, frase que se ha
traducido como "descripción densa". Creo que el té rm in o en español no expresa del
todo la p a rtic u la r integración de descripción y teoría que, según el autor, caracteriza
la etnografía.
embargo, cualquiera que sea el objeto de estudio y la p e r s ­
pectiva teórica, el etnógrafo intenta co m p re nd er lo que M ali-
nowski llam aba la “visión de los nativos", y lo que, en la co n ­
cepción de Geertz, se denomina el "conocim iento local",
haciendo extensiva esta ¡dea al carácter local de nuestro p ro ­
pio conocim iento como antropólogos y como sujetos (Geertz,
1983 y 2000). Para ello, es esencial establecer una co la b o ra ­
ción estrecha con personas de la localidad, m an ten e r a p e rtu ­
ra a sus m aneras de co m p re n d e r el m undo y respeto al valor
de sus conocim ientos. La integración de los co no cim ien to s
locales en la construcción m ism a de la descripción es rasgo
constante del proceso etnográfico. La interpretación de s ig n i­
ficados locales no es un m om ento final, sino un proceso co n ­
tinuo e ineludible. La integración de ese conocim iento local
es posible solo mediante una perspectiva teórica que lo reco­
nozca y lo valore como saber válido en el proceso de inve sti­
gación.
Un quinto punto, a pesar de todas las dudas generadas en
torno de este problema, es que el antropólogo construye cono­
cim iento. Si bien describe realidades sociales particulares, a
su vez propone relaciones relevantes para las inquietudes
teóricas y prácticas más generales. Su quehacer, a pesar de
sus diferencias con otras tradiciones de investigación y de su
afinidad con la literatura y el periodismo, se sitúa dentro de
las ciencias sociales. Esta ubicación no es garantía de mayor
validez y objetividad, sino s im p lem en te un vínculo histórico
que distingue la práctica etnográfica de otras prácticas socia­
les, con todas las com plicaciones que ello acarrea, como el
LA EXPERIENCIA ETNOGRAFICA

c u m p lim ie n to con los géneros que la caracterizan, por e je m ­


plo, la tesis, el ensayo y la monografía. Para ser relevante,
debe tras ce nd e r el coto académico. Su ubicación ta mpoco
conduce a un criterio homogéneo. Las m aneras de a s u m ir
ese trabajo, la reflexión sobre el sentido y la orientación de la
investigación, y las relaciones con las personas que colaboran
en el proceso marcan distinciones fuertes entre posturas,
incluso dentro del campo antropológico.
Más allá de estas características, empiezan las diferencias y las
polémicas entre una etnografía y otra.4 Uno de los principales deba­
tes es el problema de la relación entre la teoría y la descripción,
frente al cual existen varias posiciones. Es com ún la pretensión de
un e m p iris m o radical que propone un acceso inm ediato a la re a li­
dad, tendencia que ta mbién se encuentra en algunas propuestas de
"re scata r el saber popular". También existe la pretensión contraria,
de tradición racionalista, de fo r m u la r relaciones y definiciones te ó ri­
cas precisas, explícitas, previas a la observación de campo. Frente a
estas versiones más difundidas, a lo largo de este texto plantearé
otra form a de co m p re nd er la relación entre la teoría y el proceso de
investigación.
La antropología es una disciplina curiosa: históricam ente, la
construcción de teorías cada vez m ás elaboradas ha sido condición
para poder d e scrib ir la diversidad c u ltu r a l hum ana. El trabajo con­
ceptual ha sido necesario para trasce nd e r las categorías e g o c é n tr i­
cas que suelen colocar lo ajeno dentro del esquema cu ltu ra l propio.
Ese trabajo ha avanzado en la medida en que los antropólogos se
han abierto a otras maneras de p ercibir y de co m p re nd er el entorno
na tu ra l y social. Ha sido necesario co nstruir, desde y contra los
esquemas existentes, nuevos esquem as de relaciones, dentro de los
cuales se hace inteligible aquello que parecía inicialm ente extraño y
caótico. Al hacer inteligibles otras realidades, ha sido posible a pre ­
ciar sus características p articulares, c o m p re n d e r sus lógicas pro­
pias. La descripción de lo p a rtic u la r es, así, consecuencia de la ela­
boración teórica y no solam ente de la observación empírica. Y, a la
inversa, la descripción de lo que ocurre en sitios lejanos ha p e r m iti­
do a fina r conceptos que luego sirven para c o m p re n d e r realidades
cercanas.
LA RELEVANCIA DE LA ETNOG

En la antropología, el trabajo teórico se realiza en estrecha rela­


ción con la experiencia de in m ersión en a m b ie n tes culturales ra d i-

4. Por ejemplo, existe la opción reciente de la etnografía en "m ú ltip le s sitios", aún
incipiente, y con cierta tendencia a reducir al m ínim o el trabajo de campo y a obtener
inform ación por vía telefónica y por inte rn e t. Si bien estas prácticas se generalizan
dadas las lim itaciones im puestas por las instituciones, será necesario d iscu tir si en
estos casos se aplican los requisitos m ínim os de un estudio etnográfico.
cálm ente diferentes del propio. Involucra la aceptación de nuevas
categorías, forjadas en otras localidades, que se retoman para p er­
cibir y a rticu la r realidades tanto propias como ajenas. El trabajo teó­
rico camina, así, jun to con la com prensión de una m ultiplicidad de
concepciones de los diversos grupos hum anos. Paradójicamente,
m ientras más se ha logrado profundizar en esta diversidad, para
d istin gu ir la lógica de cada fo rm a ció n cultural, más ha sido posible
responder a las preguntas genéricas acerca de los hom bres y las
m ujeres que habitam os este m undo. La investigación comparativa
en la antropología p erm ite conservar la p articularidad en lug ar de
ocultarla bajo categorías generales, pero justo al c o m p re nd er las
m últiple s fo rm a s de vida de diversos grupos sociales se ha consta­
tado, a su vez, su común humanidad.
El trabajo de campo etnográfico es trad icio n alm e n te "flexible",
"abierto". En palabras de W illis (1991), es esencial "dejarse so rp re n ­
der" en el campo, pero esta experiencia no debe o currir, como
suponen algunos, en un vacío teórico. Se acompaña de un trabajo
m ental constante que permite una mayor observación e, incluso, una
mayor apertura a la sorpresa.
La concepción previa a la que se recurre depende del desarrollo
histórico de la teoría vinculada a cada objeto de estudio. Al estudiar
la educación con la m irada puesta en su dim ensión cotidiana, los
antecedentes teóricos no están del todo construidos; el desarrollo
conceptual necesario para dar cuenta de la particularidad de prácti­
cas educativas es un proceso aún inconcluso.
Delimito, así, el uso del té rm in o etnografía a ciertas investigacio­
nes que, si bien pueden a d m itir una diversidad de recursos técnicos
y analíticos, no pueden pre scin d ir de ciertas condiciones básicas;
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

parten de la experiencia prolongada del etnógrafo en una localidad y


de la interacción con quienes la habitan (como quiera que se definan
los parám etros de tiem po y espacio para ello); producen, como
resultado de un trabajo analítico, un documento descriptivo (además
de otros, si se quiere) en el cual se inscribe la realidad social no
documentada y se integra el conocim iento local. Agrego, como posi­
ción propia, que esta experiencia etnográfica resulta ser más signifi­
cativa si la acompaña un trabajo reflexivo que permita tra n sfo rm a r y
precisar la concepción desde la cual se mira y se describe la realidad.
Son un tanto especiales las condiciones y disposiciones necesarias
para hacer etnografía, así como los problemas que am e rita n este
tipo de investigación. Por ello resulta im porta nte preguntarse en qué
ámbitos es pertinente utilizar la etnografía.

LA P E R T IN E N C IA DE LA ETNOGRAFÍA

Ante todo, la etnografía no es panacea; existen m uchos p roble­


mas que no se pueden estudiar con este enfoque. La reconstrucción
de los procesos interno s del sujeto, procesos cognitivos y afectivos,
requiere las fo rm a s de interacción y concepción construidas por la
psicología. El estudio de las relaciones a escala nacional requiere el
cuidadoso m anejo de cifras, co rrela cio ne s y regresiones. Otros in ­
vestigadores están convencidos de te n e r plena claridad acerca de
las categorías analíticas y su relación con los indicadores empíricos;
pueden codificar las conductas y respuestas sobre la marcha y se
ahorran el trabajo de campo. Existen ámbitos sociales en los que la
documentación es suficiente para lograr una reconstrucción h istó ri­
ca acertada. Por otra parte, hay situaciones en que la construcción
de conocim ientos y su exposición dentro de las particulares reglas
de la academia deben quedar supeditadas a los procesos de acción
y de lucha aprem iantes. Hay m o m e n to s en que el verdadero reto es
la socialización de conocim ientos o bien la recuperación popular de
saberes c u lturale s y de m em oria histórica, y no el trabajo de inves­
tigación institucional. Dentro d el campo educativo estas prácticas
son tan im p orta ntes como el trabajo etnográfico, pero son distintas.
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

En el ámbito educativo es im p o rta n te distinguir entre la e tn o g ra ­


fía y la práctica educativa. La etnografía no produce por sí m ism a
una alternativa pedagógica. La lógica de la construcción pedagógica
es otra, responde a otros intereses sociales, a supuestos distintos
de los que marcan un proceso de investigación etnográfica. La e tno ­
grafía puede a p o rta r a esa discusión las descripciones de procesos
que se dan dentro o fuera de las instituciones educativas; puede
integrar a ella los conocim ientos locales de los diversos actores que
intervienen en el proceso educativo y, sobre todo, puede a b r ir la
mirada para c o m p re n d e r dichos procesos dentro de las m atrices
so cio cultu rales y conside rar las relaciones de poder y desigualdad
que ta mbién inciden en ellos.
Como ejemplo, se puede pensar en la distinción entre dos cono­
cim ientos locales: el saber pedagógico y el saber docente,5 El saber
pedagógico, contenido en la pedagogía como disciplina académica,
es tradicionalm ente un discurso prescriptivo; tiene distintas fuentes,
filosóficas y experienciales, discusiones políticas e ideológicas, con­
tribu cio n es diversas de la psicología y de las ciencias sociales, y
reflexiones de los grandes educadores. H istóricam ente sus fu n c io ­
nes han sido definir los fines de la educación y dar respuesta p rá cti­
ca a los problemas de enseñanza, recom endar qué hacer para
m e jo ra r la calidad de la educación, diseñar la e structura ideal de
contenidos y métodos o bien evaluar prácticas y resultados. Según
una definición, la pedagogía "es la elaboración intencional de un
método general o p articula r de instrucción o de educación" (Santoni
Rugiu, 2001). La pedagogía se expresa en documentos, en libros, en
espacios académicos e institucionales no necesariamente vin cu la ­
dos a la docencia. Desde luego, ta m bién entra en el espacio del
aula: se encuentra en la form a ció n docente, en los program as y los
libros de texto, en la reflexión y el discurso del maestro y en las
nociones que tienen los padres y a lu m n o s sobre lo que debe se r el
trabajo escolar. En este sentido, existe un espacio de intersección
entre el saber pedagógico y el saber docente, pero es posible d istin ­
guir uno del otro.
Con la ¡dea de saber docente se valora un conocimiento con otra
existencia social, que se objetiva de otra manera: ya no en el d is c u r­
so de la pedagogía, sino en el quehacer cotidiano de los maestros,
de c u alqu ier maestro. Al p la ntea r que cualquier maestro posee un
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

saber docente no pretendo c a lifica r este saber, sino se ña la r la d i­


mensión de conocimiento local integrada a cualquier práctica, in c lu ­
so aquellas que transgreden las n orm a s del ámbito educativo. El
saber docente corresponde a la práctica de la enseñanza, pero in ­
cluye tam bién los demás conocim ientos que requiere el trabajo de

5. Por saber entiendo aquí un conocim iento integrado a la práctica, el know how
en lugar del know that.
maestro, saberes que a veces subvierten o distorsionan las fu n c io ­
nes form ales de la educación, pero que tam bién pueden e nriquecer
la enseñanza.6
Este conocim iento local se construye en el proceso del trabajo
docente, en la relación entre las biografías p a rticula re s de los
m aestros y la historia social e in s titucion al que les toca vivir. Se
expresa y existe en las condiciones reales de dicho trabajo, es decir,
dentro de condiciones distintas de las que p erm ite la expresión del
saber pedagógico. Algunos de los elem entos de ese saber son más
antiguos que la escuela o que la especialización de la función
docente. Por ejemplo, los m aestros incorporan a su práctica el sa ­
ber social de cómo in te ra ctu a r con los niños, el conocim iento c u ltu ­
ral de la lengua y de la relación con la escritura, ju n to con saberes
cotidianos y científicos disem inados por diversos medios. Estos co­
nocim ientos sostienen el desem peño diario del docente y sin e m ­
bargo no provienen de la pedagogía. Los conocim ientos integrados a
la práctica docente no son exclusivos de la escuela, aun cuando la
escolarización progresiva de las sociedades ha co ntribu ido a ello.
Estos saberes, m arcados por la pequeña historia de cada escuela,
son utilizados por los m aestros en su práctica diaria y adquieren
sentido dentro del contexto de cada aula. Constituyen, además, una
m a triz que reelabora los co no cim ien to s pedagógicos tra n s m itid o s
durante la fo rm ación inicial y continua de los maestros y las disposi­
ciones oficiales que llegan a las escuelas.
Planteo esta distinción porque es posible, así, ubicar el potencial
aporte de la etnografía a la construcción de alternativas educativas.
En su tarea de in te g ra r el co n o cim ie n to local, la etnografía puede
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

acercarse a este saber docente sin la mirada prescriptiva de la pe­


dagogía. A diferencia del sa be r pedagógico, el sa be r docente rara
vez se docum enta y por lo tanto la etnografía ofrece una m anera de
hacerla visible y audible. Se expresa en aquellos m o m e n to s en que
los m ae stros co m p a rte n una reflexión sobre su quehacer, un d is ­
curso que refleja los saberes propios y las concepciones del tr a b a ­
jo docente. La etnografía puede p ro po rc io na r una versión de esa

6. Para un análisis detallado del saber docente, véase Mercado, 2002.


reflexión docente y un acercam iento a aspectos del quehacer diario
que no siem pre se enuncian en el discurso cotidiano de los m a e s ­
tros, ni se encuentran codificados en la pedagogía.
Uno de los problemas centrales de esta tarea es la relación entre
el saber docente y la pedagogía. ¿Cómo se apropian los maestros
del saber pedagógico explícito, tanto para su práctica fuera del aula
y su identidad como maestros, como para su práctica docente? ¿Qué
significa la pedagogía desde las condiciones reales del trabajo
docente? El trabajo etnográfico puede em pezar a acla ra r las rela ­
ciones entre estos dos conocim ientos locales, sobre todo en los
ámbitos de fo rm ación o de generación de alternativas educativas. A
la vez, puede ¡lum inar otros puntos donde se entrecruzan los sabe­
res de alum nos, docentes, padres de fa m ilia y otros actores en los
ámbitos educativos. Lo que he planteado en relación con los docen­
tes ta m bién es válido, desde luego, para estos otros actores que
participan, desde los espacios de intersección entre m últiples voces
y conocim ientos locales, en la construcción de procesos educativos
dentro y fuera de las escuelas.
Las consideraciones acerca de la pertinencia son especialmente
im p orta ntes cuando la etnografía se plantea como parte de un pro­
yecto investigativo, educativo o social mayor, según el cual la p a rti­
cipación tanto del investigador como de otras personas responde a
m últiples intereses. La parte etnográfica de estos proyectos requie­
re sus tiem pos y sus fo rm a s de trabajo. En estos casos la vincu la ­
ción entre el proceso etnográfico y las otras partes del proyecto
puede ser problemática y requiere acuerdos sobre los aspectos que
realm ente interesa conocer o d ocu m e ntar para contribu ir a la prác­
tica educativa. Las preguntas posibles y pertinentes para la etnogra­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

fía no siem pre son com partidas por otras m aneras de trabajar.
Entre otras cosas, es im p orta nte para el etnógrafo centrarse en la
com prensión y evitar la prescripción y la evaluación. También debe
ser sensible hacia las m aneras de interro ga r y de particip ar en los
procesos locales, con miras a respetar los com prom isos y acuerdos
hechos con la comunidad.
ETNOGRAFÍA Y TRA NSFOR MA CIÓN

Muchos educadores progresistas han buscado una relación entre


la etnografía y los procesos de tra n s fo rm a c ió n de la educación.7 Mi
propia experiencia aconseja cautela, pues la etnografía no es una
práctica que tra n sfo rm e por sí m ism a las prácticas educativas, a u n ­
que puede c o n trib u ir a procesos e ncam inados a ello. La t r a n s ­
form a ció n social se origina en procesos políticos y en acciones
colectivas de otro orden, que tienen su propia lógica. De hecho, la
tra n s fo rm a ció n más im p orta nte que logra la etnografía ocurre en
quienes la practicamos. La experiencia de campo y el trabajo analí­
tico deben ca m b ia r la conciencia del investigador y m odificar su
manera de m ir a r los procesos educativos y sociales. Por ello, la
contribución que la etnografía puede hacer a la práctica educativa
se encuentra en la perspectiva desde la cual se interpreta lo que
ocurre en las escuelas, en las m an eras de co m p re nd er la tra n s fo r ­
mación. Sobre todo, puede m o s tr a r la complejidad de procesos en
los que intervienen m ú ltip le s actores con intenciones y tradiciones
diversas.
La perspectiva que he adoptado im plica repensar la noción
m ism a de tran s fo rm ac ió n desde la teoría antropológica reciente. En
ámbitos educativos, a menudo se considera que el maestro tiende a
enseñar de la m ism a m anera en que se le enseñó y que se p erpe ­
túa, así. generación tras generación, una pauta idéntica en la p rá cti­
ca escolar, generalm ente caracterizada en té rm in o s negativos como
m eca nism o de reproducción c u ltu r a l (Bourdieu y Passeron, 1977).
La co ntraparte suele e ncontrarse en la pretensión de ca m b ia r todo
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

a la vez, tanto en las m últip le s re fo rm a s educativas que provienen


de las autoridades como en intentos de crear alternativas educativas
fuera del ám bito escolar. Así, parecería posible in s tituir una escuela
totalm ente diferente a p artir de un decreto oficial o generar un ca m ­
bio profundo en la práctica docente, volu ntariam ente, a p artir de un

7. Una revisión reciente de activist educational anthropology se encuentra en la


revista Anthropology and Education Quarterly, 39 11), 2008. Véanse tam bién Fetterman,
1993. y Lassiter. 2005.
ta lle r pedagógico promovido desde fuera. A m enudo la realidad re ­
belde se resiste a estos intentos y de esa manera se refuerza y con­
firm a la idea de que la escuela y los maestros jam ás cambian.
Am bas posturas niegan los procesos de tran sfo rm ació n que de
hecho marcan la historia de las escuelas, aunque los cambios no
siem pre sean los previstos ni los deseables desde el punto de vista
pedagógico.
En la antropología resulta fa m ilia r esta discusión, ya que es
semejante a la que se tuvo dentro de la disciplina, durante más de
un siglo, acerca de los grupos considerados "p rim itivos” . Se los veía
como resabios de etapas prehistóricas, comunidades cerradas, no
tocadas por la historia hum ana, grupos donde el tradicionalism o
conservaba una cultura autóctona, pura, inmutable. Se los contrasta­
ba con "el occidente", considerado cuna de progreso hacia las etapas
superiores de la evolución y única región del mundo que poseía una
historia. En este sentido, solo las civilizaciones europeas, se pensa­
ba, se encontraban en constante transform ación. En cambio, se s u ­
ponía que dentro de los pueblos dominados no se generaba ningún
cambio sin intervención externa. Esta concepción legitimadora de la
dominación colonial logró amplia difusión y llegó a fo rm a r parte del
sentido común occidental y de todos los proyectos de modernización.
Ha sido cuestionada, sin embargo, por muchos autores, incluyendo a
Asad [1973], Fabian (1983), Wolf (1987) y Mignolo (1995).
El cambio de concepción se dio en estrecha vinculación con las
luchas de liberación, sobre todo las luchas de los grupos considera­
dos primitivos en Asia y África. El desconocimiento de la historia de
los pueblos colonizados había justificado el dominio y negado la po­
sibilidad de una tran sfo rm ació n autónoma. El proceso de liberación
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

significó no solo una ruptura frente al dominio cultural, sino también


la recuperación del pasado, la valoración de memorias colectivas y de
tradiciones orales, y la reintegración de estos contenidos en los pro­
cesos de cambio. También m ostró diversas maneras de apropiación
de las herencias coloniales y m últiples vías de modernidad posibles.
En consecuencia, una preocupación de muchos antropólogos ha
sido recuperar la historia que fue eliminada de las sociedades que
estudiaban, para reconocer la fo rm ación de todo grupo hum ano a
p artir de sus propias trayectorias. Se ha establecido, así, una a n tro ­
pología histórica que integra una dim ensión te m p o ra l a la práctica
etnográfica. Se reconoce que toda configuración cu ltu ra l es pro du c­
to de una co nstrucció n social originada en elem entos heredados,
generados, im puestos o robados (Bonfil, 1991). Los grupos sociales
siem pre construyen su historia en interacción con ento rnos n a tu ra ­
les y sociales, fren te a grupos d om in a nte s o con grupos aliados,
pero ja m á s en a is la m ie n to (Braudel, 1958 y 1966; Said, 1995). La
conciencia de este hecho planteó un reto teórico y m etodológico di­
fícil de resolver. Al tr a t a r de c o m p re n d e r los procesos, los a n tro p ó ­
logos han re c u rrid o al trabajo de ciertos historiadores que han e n ­
contrado (incluso en la d ocum entación social dominante) evidencia
de las tra n s fo rm a c io n e s generadas desde diversos grupos e x clu i­
dos o d om inados.8
Desde esta perspectiva, resulta inconcebible la idea de una e s­
cuela que "no ca m b ia " o que cambia solo con la intervención ex­
terna. Las escuelas y las prácticas docentes ta m bién tienen h isto ­
rias complejas e inconclusas. La escasez de docum entación de los
cambios en las c u ltu ra s escolares, por lo menos en el ámbito de los
imponderables de la práctica cotidiana, no debe im p e d ir el recono­
cimiento de su historicidad. Es posible describir los procesos c u lt u ­
rales desde perspectivas distintas de las del poder e in te g ra r la d i­
mensión te m p o ra l a la investigación etnográfica sobre la educación.
Historizar la concepción que se tiene de la realidad actual de las
escuelas es un fu nd am e nto necesario para una antropología h is tó ri­
ca de la educación.
Esta búsqueda reconoce la heterogeneidad de tradiciones nacio­
nales y regionales y la diversidad de culturas escolares de un país o
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

de una región a otra, que corresponden a historias de construcción


diferentes que m arca ro n las configuraciones educativas locales.

8. Algunos ejem plos de esta perspectiva se encuentran en W itold Kula (1978),


quien hace una h istoria de las luchas que se dieron alrededor de la introducción de
medidas decim ales en Europa; Edward P. Thompson (1966, 1979), quien reconstruye
el sentido de la c u ltu ra ' trad icio n a l y rebelde" a p a rtir de la documentación de p rá cti­
cas populares de resistencia en Inglaterra, siglo XVIII; Cario Ginzburg (1980), quien
recupera el pensam iento teológico popular, utilizando los testim onios docum entados
por la m ism a Inquisición.
A c tu a lm e n te se encuentran las huellas de esas historias en varios
lugares: reflejadas, entre líneas, en la documentación oficial; g u a r ­
dadas en la tradición oral y la m em oria colectiva; acumuladas en las
diversas prácticas y concepciones del mundo. Con estos indicios se
tiene que tra b a ja r para empezar a com prender cómo se tran sfo rm a
la escuela. La intención es explicar cómo se la ha construido so cia l­
m ente y a la vez im a gin ar de qué manera pueden darse procesos de
tra n s fo rm a c ió n deseables, pero que tienden a ser negados bajo la
noción de una escuela inmutable.
La investigación etnográfica, junto con la h istorio g rá fica , puede
inten tar d is tin gu ir el sentido de los cambios que se han dado en las
escuelas y las prácticas docentes. Un p rim e r paso es abo rd ar la
profunda tra n sfo rm a c ió n social y cu ltu ra l que generó la extensión
de la escuela pública universal y obligatoria a p artir del siglo xix. La
búsqueda nos lleva hacia una compleja tram a de confrontación y re­
lación entre procesos generados desde el Estado, desde sectores
sociales y desde los propios actores. La paulatina escolarización de
las sociedades cambió pautas y prácticas culturales, modificó los
parám etros de validación de los saberes, construyó nuevos espacios
de e ncuentro social y reforzó relaciones de poder más allá de las
aulas. Sin embargo, también abrió espacios de significación, contes­
tación y lucha, de apropiación y negociación de los contenidos c u ltu ­
rales (Ezpeleta y Rockwell, 1983; Rockwell, 1996 y 2007a).
Más allá de estos rasgos generales, es im porta nte reconocer los
efectos de las particulares acciones estatales en cada país de A m é ­
rica Latina. Muchas políticas educativas recientes han implicado la
destrucción de espacios de potencial resistencia social colectiva o
de m ayor posibilidad de apropiación cultural. Otras han tenido co n ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

secuencias como el vaciamiento de contenido nacional en los p ro ­


gramas, la privatización de la educación gratuita y el excesivo uso de
la evaluación para co ntrola r los procesos educativos. Paradójica­
mente, la lucha por la continuidad de ciertos contenidos educativos
construidos históricam ente, como la laicidad, adquiere sentido en
estos m om en to s dentro de la búsqueda de alternativas pedagógicas.
El problem a ce ntral es e nco n tra r criterios amplios, sociales y no
solo pedagógicos, para seleccionar los elementos del pasado y del
presente que se pueden organizar en un proceso de transform ación
educativa que tenga sentido desde la perspectiva de las clases m a-
yoritarias en América Latina.
La etnografía puede ser útil para este proceso si logra identificar
aquellos espacios y m om en to s en que ciertas acciones educativas
pueden tener el desenlace deseado. El conocimiento de las situacio­
nes cotidianas de la escuela y de las contradicciones de la práctica
docente puede orientar los cambios. Los elementos posibles de a rti­
cularse son aquellos que se encuentran en el contexto p a rtic u la r en
que se trabaja, sobre todo cuando su alcance y sentido trasciende el
pequeño m undo cotidiano de las personas involucradas en la ac­
ción. La posibilidad de recuperar lo particula r y lo significativo desde
lo local, pero además de situ arlo en una escala social más amplia y
en un marco conceptual más general, es la contribución posible de
la etnografía a los procesos de tran sfo rm ació n educativa.
Al buscar el sentido de los cambios que marcan la historia de las
escuelas nos e ncontram os con otro problema conceptual: la r e la ­
ción entre los procesos de tran s fo rm ació n y los de reproducción. El
concepto de reproducción desenm ascaró la ideología libe ra l que
ofrecía la escuela como un medio para co n tra rre s ta r la desigualdad
social; mostró, en cambio, que sus m ecanism os ocultos g a ra n tiza ­
ban la concentración de los bienes culturales en m anos de quienes
más poseían. Sin embargo, no logró dar cuenta de los procesos con­
tra d ic to rio s que se pueden re c o n s tru ir en la escala local. Han apa­
recido las lim itaciones de la teoría de la reproducción y la necesidad
de repensar su relación con otros procesos, como la tran sfo rm ació n
y la resistencia.
Hay tran sfo rm a c io n e s, por un lado, que reproducen las re la c io ­
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

nes de poder o destruyen tra m a s de organización civil. En cambio,


hay reproducciones locales de la m em oria histórica nacional o de
saberes y prácticas populares, que refuerzan los procesos de re sis­
tencia. Hay resistencias que tran sfo rm an el sentido de prácticas t r a ­
dicionales y reproducen la fuerza colectiva. Dentro de este cruce de
procesos de reproducción, tra n sfo rm a ció n y resistencia, se plantea
el problem a de d istin g u ir el sentido de cada práctica social, in c lu ­
yendo aquellas que ocurren en las escuelas.
Existen ciertos apoyos teóricos para esta tarea. Giroux (1985)
resumió:
La resistencia añade nueva profundidad a la noción de que el poder se
ejerce por y sobre gente que se encuentra dentro de contextos diferen­
tes. en donde se estructuran relaciones de interacción entre el dominio
y la autonomía. Así. el poder nunca es unidimensional [...]; es mediado,
resistido y reproducido en la vida cotidiana.

Y agrega: "Inherente a una noción radical de resistencia [...] se


encuentra la esperanza expresa de una transform ación radical". Si a
ello agregam os los matices conceptuales propuestos por Foucault,
tendrem os otra perspectiva:

El poder es y debe ser analizado como algo que circula y funciona [...] en
cadena [...], nunca es apropiado como una riqueza o un bien [...]. Pero no
[se debe] concluir de ello que el poder está universalmente bien reparti­
do [...], [se debe] analizar la manera en la cual los fenómenos, las técni­
cas, los procedimientos de poder funcionan en los niveles más bajos [y]
cómo fenómenos más globales los envisten y se los anexan como pode­
res más generales (Foucault, 1996:32-33).

Estas señales apuntan a aquella escala a la que pertenece la e t­


nografía, a los contextos y conocim ientos locales y a las categorías
cercanas a la experiencia de las personas, pero les dan un sentido
distinto al vincularlos con los procesos de reproducción y tra n s fo r ­
mación generados a escalas sociales.
Al d escrib ir saberes y prácticas en las escuelas, co m prender los
procesos sociales más amplios p erm ite responder a las preguntas
sobre el valor y sentido de los contenidos culturales explícitos o im ­
plícitos que se enseñan en las aulas. Es posible distinguir, por un
lado, el conocim iento efectivamente construido en la escuela (por
ejemplo, la apropiación de nociones concretas que son inseparables
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

de la pertenencia a la nación o a la humanidad] y, por otro, la a rticu ­


lación ideológica de determ inados nociones que aseguran la co n ti­
nuidad de una visión hegemónica o dominante. La distinción no es
nítida, pues históricam ente diversas posturas c laram ente ideológi­
cas, como el racismo, se han disfrazado de conocim iento científico.
Por otra parte, los grupos subalternos o excluidos han luchado por
el derecho a obtener conocim ientos integrados a configuraciones
culturales dominantes, para usarlos y rearticularlos desde sus pro­
pias perspectivas sociales.
El análisis histórico y etnográfico intentaría establecer la diferen­
cia entre contenidos educativos - e n un sentido a m p lio - que co rre s ­
ponden a la form ación del Estado, y aquellos que rebasan la historia
nacional; esto es, entre contenidos que son de larga duración y los
que son coyunturales, puestos en juego para m an te n e r o para
tra n s fo rm a r las actuales relaciones de poder. Se propondría d istin ­
g uir entre aquellos contenidos im p ue sto s por m ecanism os de
m ediación y de coerción estatal efectivos, y los que corresponden a
apropiaciones logradas por los sujetos que se reúnen en las escue­
las, como maestros y alumnos, y que generan la transform ación, la
diversificación y la historicidad de la escuela.
Los estudios hechos desde esta perspectiva ayudarían a c o m ­
prender la eficacia y las lim ita cio n es de las n orm a s oficiales, que
son mediadas por las autoridades educativas pero también por la
autonomía propia del trabajo escolar, pues el margen entre la nor-
matividad y la cotidianidad e scolar abre la posibilidad de g enerar
prácticas alternativas. Por otra parte, intentarían encontrar los lím i­
tes reales que fijan las condiciones m a te ria les del trabajo docente
- e n la relación con un grupo escolar, en la estru ctu ra del espacio y
el tiempo, en las fo rm a s posibles de rep re sen ta r el conocimiento en
c la s e - y buscar caminos para m o d ific a r estos factores. Solo al to ­
m a r en cuenta estas condiciones será posible conectar las reivindi­
caciones laborales y la defensa de la educación pública con La cons­
trucción de alternativas educativas. Si conocem os la historia de las
tran sfo rm acio ne s de las escuelas, será posible crear otra escuela.
Esta es la apuesta de fondo
Para co m p re n d e r y apoyar tra n s fo rm a c io n e s en contextos e du ­
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

cativos, ta m bién es necesario a na liza r los procesos coercitivos que


se ejercen a través de toda la tra m a escolar. La coerción tiene un
sentido bastante más amplio que la represión y la violencia, aunque
en m om en to s críticos tam bién las incluye.9 Puede encontrarse en
hechos cotidianos, donde apa re ntem en te no hay represión: por
ejemplo, en la ineludible necesidad de vender la fuerza de trabajo

9. Los conceptos de coerción y consenso que asumo aquí provienen de la lectura


de Los cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci (1975a y b).
para sobrevivir; en la jerarquía de poderes institucionales; en los
controles del tiem po cotidiano y de los destinos del espacio público;
en las categorías que e s tru c tu ra n la esfera pública y que permiten
la entrada de ciertos d iscu rso s y no de otros. El carácter coercitivo
de esta tram a no es fácil de observar, aunque a veces se perciben
sus consecuencias. M ientras estos m eca nism os funcionan, son
pocas las ocasiones en que los Estados recurren a la represión,
aunque siem pre están respaldados por la posibilidad del uso de la
fuerza.
Sin embargo, es cada vez más evidente que nuestras sociedades
latinoam ericanas, por lo menos, no están constituidas únicamente
desde el poder dom inante o estatal. Hay tram a s alternativas fu n d a ­
das en herencias prehispánicas o influjos globales, en tradiciones
orales y redes locales. Estas tra m a s emergen en la organización
espontánea y en la autonomía ganada frente al control patronal y la
disposición burocrática. Tales procesos, a menudo, escapan al con­
tro l estatal y constituyen configuraciones sociales alternativas de
distintos signos políticos y culturales. Influyen también en procesos
educativos dentro y fuera de la escuela.
Para abordar la tra n s fo rm a c ió n de la escuela, también será
necesario co m prender los procesos de form ación de consensos que
son una dim ensión constitutiva de estas tram as, incluyendo las
alternativas. En el sentido gram sciano, el consenso no implica la
aceptación pasiva de una c u ltura hegemónica, sino la construcción
activa de alianzas, necesaria en todo proceso de transform ación que
pretenda ser significativo más allá del ámbito local. La construcción
de acuerdos que trasciendan los pequeños mundos requiere, entre
otras cosas, la búsqueda de acercamientos entre los conocimientos
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

locales que a todos nos caracterizan. En la visión contrahegem óni-


ca, el proceso de fo rm a ció n de consensos hacia una perspectiva
común entre grupos diversos (por región, oficio, origen, género, len­
gua, escolaridad, entre otros) puede resistir la fragm entación que
impone el poder dom inante y apoyar la consolidación de m ovim ien­
tos sociales a mayor escala, con una perspectiva incluyente e iguali­
taria.
EL DESTINO DEL C ON OC IM IEN TO

La actividad ce ntral de la etnografía es co nstruir conocim iento y,


por medio de ello, a p u n ta r a nuevas posibilidades de relación con el
trabajo educativo. Esta actividad no siem pre es la más importante.
Hay m om entos en que el trabajo pedagógico es esencial, m om entos
políticos que requieren la fo rm u la c ió n de alternativas educativas
oportunas. En los contextos en que se hace etnografía, y en las bio­
grafías de quienes la hacemos, a m enudo se combina la búsqueda
de conocim ientos con la co nstrucció n de relaciones o prácticas
alternativas, y las consecuencias son im p orta ntes para ambos pro­
cesos.
Al d e lim ita r los alcances de la etnografía, reconozco que p e rte ­
necen a otro tipo de proyectos y prácticas las tareas, sin duda más
complicadas, de o rie n ta r y lo g ra r tran sfo rm acio ne s en los ámbitos
sociales. A la vez, intento m o s tr a r el valor potencial de la etnografía
para esas tareas, en la recuperación del conocim iento local y de la
m em oria histórica, en la crónica de hechos actuales y en la previ­
sión de caminos posibles de co nstrucció n de nuevas prácticas. A lo
largo de este libro sostengo que la investigación etnográfica es rele­
vante para la educación en la medida en que se adopte una p e rs­
pectiva antropológica que recupere la dim ensión histórica. Su rele­
vancia se da ju s ta m e n te en el dom inio de la conciencia, en la
tra n sfo rm a c ió n de las concepciones que filtra n la experiencia y
orientan las prácticas de quienes trabajam os en este campo.
Caben ta m bién ciertas dudas. Como etnógrafos, ¿no estarem os
lim itados a p ro d u cir co no cim ien to s solo dentro de, y para, este
LA RELEVANCIA DE LA ETNOGRAFÍA

campo provinciano, el del pequeño m undo académico? ¿Será posi­


ble c u m p lir con la promesa de trascender el ámbito local, de tr a d u ­
c ir los co no cim ien to s locales de unos y otros? ¿Se podrán se ñ a la r
los puntos de resistencia y de tra n s fo rm a c ió n de manera oportuna
para que sean aprovechados por los proyectos y las prácticas e du ­
cativas alternativas? ¿Qué destino social tienen los textos escritos?
¿Difundirán el conocim iento m e jo r que la tradición oral o perm itirán
una mayor reflexión social? ¿Contribuyen a la vinculación real entre
conocim ientos locales para co n so lid a r movimientos sociales? En
parte, estas dudas se deben al hecho de producir textos escritos que
suelen difundirse a unas m il personas.10 Esta es nuestra form a tr a ­
dicional de expresar el conocim iento, tal vez una de sus form as más
endebles.
Para responder a estas dudas es esencial recordar que el cono­
cim iento no existe rea lm e nte en los textos y las bibliotecas; ni s i­
quiera se acum ula en las m entes individuales. Solo adquiere exis­
tencia efectiva en las relaciones entre las personas y sus ento rnos
sociales y naturales. Solo se m aterializa como conocim iento local,
incorporado de manera orgánica a prácticas y procesos culturales
de m ayor alcance. P ro du cir conocim iento nos com prom ete a re a li­
zar su valor dentro de los procesos sociales y políticos en los que
participamos. Por ello, habría que vigilar no solo la perspectiva m e ­
todológica y teórica desde la cual se hace etnografía, sino tam bién
el destino social del conocim iento que se produce, dentro de la con­
figuración cu ltu ra l y política de cada localidad.

10. Si bien existen textos con m ayor circulación y, sobre todo, otros medios de re­
presentación etnográfica, como la film ación documental.
2. REFLEXIONES SOBRE EL
TRABAJO ETNOGRÁFICO*

Este capítulo aborda los aspectos cotidianos del trabajo e tno grá ­
fico. Dar cuenta del proceso de una manera que refleje la p erspecti­
va propuesta implica describir prácticas de investigación y c o m p a r­
t ir reflexiones sobre la propia experiencia, situada en un tiem po y
lu g a r p articular, vivida a la luz del conocim iento local.
Cuando propuse investigar la práctica docente y la cotidianidad
e scolar con los recursos de la etnografía, hacia finales de los años
setenta, sabía que entraba en un campo abierto, donde fue necesa­
rio "h a ce r camino andando". Si bien la etnografía supone ciertas
condiciones m ínim as para ser considerada como tal, no ofrece m é ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

todos preestablecidos que se puedan aplicar sin m ayor reflexión.


S iem pre se abren preguntas acerca de la ubicación y duración del
trabajo de campo, las interacciones del investigador con los habitan­
tes locales, la relación entre lo observable y lo concebible, las fo r ­

* Una prim era versión de algunas partes que integran este capítulo fue publicada
en el año 1987 con el título "Reflexiones sobre el proceso etnográfico, 1982-1985", en
Documento DIE, n° 13, D epartam ento de Investigaciones Educativas, México.
mas de análisis y de síntesis, las m aneras de d esc rib ir y de narrar.
Las disyuntivas dependen, a su vez, de las perspectivas e p is te m o ló ­
gicas desde las cuales se hace un estudio etnográfico. La c o n s tru c ­
ción de una form a específica de hacer etnografía acompaña, de
manera implícita o explícita, el desarrollo de cada investigación.
Esta versión se ofrece com o constancia de los caminos construidos
y de las m aneras de co nce bir y hacer etnografía que han m arcado
mi trayectoria.1
El contexto social e in s titu c io n a l en que se realiza la investiga­
ción siem pre enm arca las reflexiones sobre el proceso, pues las
condiciones de trabajo y de vida imponen restricciones y abren p ers­
pectivas. En mi caso, las condiciones no fueron del todo ortodoxas.
Tradicionalm ente la residencia de tiem po completo del etnógrafo
(generalmente extraño al lugar] en una "comunidad" durante un año
o más ha definido la fo rm a de realizar estudios antropológicos de
las cu ltu ra s diferentes de las propias. En años recientes el criterio
ha variado según los contextos y temas.
En m uchos m edios académicos, el tiem po completo laboral con
el cual se cuenta se reparte entre el trabajo de investigación (gene­
ralm en te en desventaja) y las obligaciones docentes y a d m in is tr a ti­
vas. Mi experiencia de campo fue necesariam ente frag m en tad a por
estas condiciones; proviene de un trabajo realizado en tiempos posi­
bles a lo largo de m uchos años. Los prim eros proyectos se ubicaron
ETNOGRÁFICO

en escuelas p rim a ria s en la ciudad de México, donde resido. Des­


pués, seleccioné una región cercana a la ciudad, la zona de La Ma-
lintzi en Tlaxcala, con características rurales e indígenas, si bien en
rápido proceso de urbanización. En esta región realizamos, durante
los años ochenta, un proyecto colectivo acerca del trabajo docente2
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

(Rockwell 1995). Tlaxcala, lu g a r al cual he retornado continuam ente

1. El texto o rigina l de este capítulo, que circuló como documento desde 1986, se
desarrolló en aquellos años en el trabajo con los integrantes del equipo de investiga­
ción. estudiantes y colegas, cuyo valioso apoyo quisiera agradecer. Desde entonces se
han publicado num erosos libros, tanto en español como en inglés, sobre la etn og ra ­
fía. Merecen m ención algunos del m undo hispanohablante: Velasco y Díaz de Rada
(1997), Piña Osorio (1998), Bertely B usquets (2000). Guber (200¿) y Achilti (2005).
2. "La práctica docente y su contexto in stitu cio n al y social", llevado a cabo entre
durante las últim as tres décadas, ha sido la región de referencia de
casi toda mi producción etnográfica e historiográfica desde e nto n ­
ces. Me sum ergí en los archivos en pos del pasado de las escuelas
de este estado y, a la par, conversé con personas dispuestas a c o m ­
p artir conmigo su experiencia y conocimiento. No obstante, también
he tenido la oportunidad de tra b a ja r en otros lugares que ofrecieron
contrastes im portantes, incluyendo comunidades en otras regiones
rurales de México, como Chiapas, y un barrio de migrantes afrofran-
ceses en París. Por otra parte, la asesoría a más de veinte tesis de
posgrado me acercó a muy diferentes experiencias etnográficas. En
todos estos proyectos el intercam bio con habitantes y colaborado­
res, colegas y estudiantes, siem pre ha sido terreno fé rtil para la
reflexión.'
La duración y la e stru ctu ra discontinua del trabajo de campo
facilitaron en cambio ciertas cosas que fueron significativas en mi
trayectoria. La extensión en el tie m p o me ha permitido observar
algunos de los cambios que se han operado en las escuelas d u ra n ­
te tres décadas y captar la recurrencia de m ecanism os y sentidos
en esos cambios en varios contextos y m om entos. Pude, a la vez,
e n co n tra r una diversidad de configuraciones de la vida escolar,
establecer contrastes significativos, conocer y anticipar desenlaces
de reform as educativas, r e c o n s tru ir redes de relaciones sociales y
conocer las pequeñas historias que se dieron a lo largo de ese lap­
so. También abrió la posibilidad de establecer relaciones duraderas
con algunas personas de la región tlaxcalteca, quienes han sido
colaboradores valiosos en estudios subsecuentes, ya fuera de las
escuelas.
Sobre todo, esta e s tru ctu ra de trabajo permitió una fructífera
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

interacción de observación y trabajo conceptual y, en consecuencia,


facilitó el desarrollo reflexivo de tem as y conceptos apropiados al
contexto. Considero que las horas de trabajo de campo no conducen
al conocimiento si no se acompañan de un trabajo teórico y analítico
que permita modificar, y no solo confirm ar, las concepciones inicia­

1979 y 1985, en el Departam ento de Investigaciones Educativas. E. Rockwell y J.


Ezpeleta (coords.).
les acerca de la localidad y del problema estudiado. Por ello, t a m ­
bién hay una relación estrecha entre las reflexiones que retomo y las
perspectivas teóricas construidas a lo largo de los estudios realiza­
dos.
Esta experiencia p a r tic u la r debe to m a rs e en cuenta antes de
trasla da r las ¡deas presentadas en este capítulo, sin mayor delibera­
ción, a otros proyectos etnográficos. Ofrezco reflexiones situadas y
fechadas, no un método a seguir. A p artir de estas reflexiones, espe­
ro, se e ntablarán discusiones, controversias o acuerdos con otros
caminos y concepciones de investigación etnográfica.

POLÉMICAS EPISTEMOLÓGICAS

La investigación s iem pre se halla fu e rte m e n te vinculada a co­


rrientes académicas que la apoyan o confrontan. Una serie de polé­
micas vigentes en México en los años ochenta motivó y orientó mis
reflexiones iniciales en to rno de la etnografía. Resumo a co n tin u a ­
ción varias concepciones epistemológicas entre las cuales he inten ­
tado navegar, en busca de una manera válida de pensar en el tra b a ­
jo etnográfico.

1) Una polémica inicial se dio con las posiciones positivistas en


REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

la investigación educativa. Junto con m uchos colegas, encon­


traba inaceptable el uso acrítico de procedimientos y m edicio­
nes su pu esta m en te provenientes de las ciencias naturales,
por aquel entonces dom inantes en la investigación psicológi­
ca, sociológica y política en el campo educativo. Cuestionaba
la prioridad otorgada a las técnicas de investigación como
m edios para su p e ra r la subjetividad y g arantizar la objetivi­
dad, sin co nside rar el objeto de estudio y la reflexión teórica.
Para la etnografía no tenía sentido la separación tajante entre
el "contexto de d e scu b rim ie n to " y el "contexto de ve rifica ­
ción", entre el dato y la interpretación, entre la teoría y la des­
cripción. Aun así, algunas versiones presentaban la e tn o g ra ­
fía en té rm in o s del positivismo, intentando otorgarle un
ca rá cte r "científico" bajo el paradigma dom inante. Frente a
estas premisas, fue necesario encontrar una versión no posi­
tivista de la etnografía.
2) Un segundo punto del debate constante se dio en torno del
problema^ del e m p iris m o . Fue im portante d istin gu ir entre el
trabajo empírico necesario y una epistemología empirista.
Esta segunda postura se caracterizaba por la supuesta sepa­
ración entre teoría y dato, entre concepción y observación,
que se encontraba en diversas propuestas metodológicas,
incluyendo a lgunas de las que tenían mayor vigencia en la
investigación educativa. En la etnografía, se escuchaba a
menudo la reco m e nd ació n de "despojarse de la teoría" y de
buscar un acceso directo a “ la realidad social" o a los s ign ifi­
cados otorgados a esa realidad por los actores. El reconoci­
m ie nto de que sie m p re existe una concepción implícita en
cu alqu ier descripción m ostró que el trabajo teórico era, pre­
cisamente, el que p erm itía una fo rm u la ción explícita de las
concepciones usadas. Esta, a su vez, hacía más inteligible el
m undo empírico. A p a rtir de la experiencia de observar nue ­
vas relaciones al rep en sar y c o n s tru ir categorías analíticas,
fue posible c u e stio n a r la idea de que "las categorías surgen
de los datos". El m is m o problema se encontraba a veces en
otra corriente, la investigación participante, fre c u e n te m ente
as ó ^ d a ~ ^ o r ria ~ e trióqrafia. Esta aproximación también tendía
a a n u la r la teoría y a suponer que es posible recoger en
form a pura el "sa b e r popular". Frente a las frecuentes c r íti­
c a s al e m p ir is m o deTa etnografía, fue necesario replantear
la tendencia a conside rarla como "mera descripción e m p íri­
ca", es decir, como etapa previa al trabajo analítico y teórico
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

de la etnología. Por lo tanto, hubo que reconocer que un t r a ­


bajo teórico debía acom pa ña r la reflexión en torno de la pre­
sencia im plícita de cierta concepción en toda descripción. Al
m ism o tiempo, la descripción misma adquirió un nuevo valor,
al considerarla como producto de un trabajo analítico y con­
ceptual.
3) La pelea contra la postura empirista en la investigación etno­
gráfica no condujo a una alianza con su contrincante, el racio­
nalismo. Con esta opción había otras cuentas pendientes. De
hecho, las recomendaciones metodológicas desde esta p ers­
pectiva elim inaban toda posibilidad o sentido de hacer e tno ­
grafía, ya que exigían una ruptura total con las "prenociones",
tanto propias como ajenas, así como la definición fo rm a l de
todos los elementos y relaciones del objeto de estudio, antes
de ir al campo.3 Si bien toda observación implica una concep­
ción, la form alización conceptual no siempre es cron oló gica ­
mente previa a la observación empírica. Llevado a un extremo,
el racionalism o privilegia métodos deductivos y form alistas;
tiende a despreciar la investigación empírica y anular el proce­
so m ism o de co n stru ir conocimiento. En cambio, en la a n tro ­
pología, una larga interacción entre los sentidos comunes (cul­
turales o ideológicos] y el avance teórico ha forjado nuevos
campos de conocimiento. La historia del desarrollo teórico en
cada campo condiciona el grado de form alización teórica con
el cual es posible iniciar un estudio. En cuanto a la cotidiani­
dad de la escuela, por ejemplo, casi todo quedaba por hacerse.
4) Entre las co rrien tes que más influyeron en la etnografía, se
encontraba la hermenéutica. Si bien esta tradición sustenta el
trabajo de interpretación necesario para toda investigación
cultural, p a rtic u la rm e n te a p a rtir de Schütz (1970) y Gadamer
(1977), la oposición fu erte entre esta y otras tradiciones po­
dría c e rra r m uchas vías de análisis. La restricción del objeto
ETNOGRÁFICO

de estudio a los fenómenos culturales entendidos como siste­


mas sim bólicos, como lo propuso Geertz (1973a), tiende a
dejar fuera procesos sociales y relaciones de poder (Rose-
berry, 1989). La definición de la etnografía, solo en té rm in o s
de la interpretación de significados, excluye la reflexión sobre
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

otras h erra m ie ntas analíticas. También parecía inadecuada la


dicotomía cuantitativo/cualitativo que predominaba en la t r a ­
dición sociológica deudora de la hermenéutica. En la a n tro ­
pología, las discusiones planteaban otras oposiciones: la des­
cripción o la com paración, lo sincrónico o lo diacrónico, la

3. Un ejem plo de estas recom endaciones se encuentra en Bourdieu, Passeron y


Chamboredon (1975).
relación entre categorías internas o externas a la cultura.
Estos dilemas centrales rebasan la cuestión de lo cualitativo
versus lo cuantitativo.
5) El diálogo con otra postura epistemológica, la psicología
genética de Piaget, ofreció algunos puntos de apoyo.A Según
la teoría piagetiana, el conocimiento "es resultado de un c o m ­
plejo proceso de interacción dialéctica, en el curso del cual, el
sujeto y el objeto se modifican m utu am e nte " (Ferreiro, 1999).
Esta perspectiva supera, así, la oposición entre experiencia y
conceptos a priori, que caracteriza al e m p irism o y al raciona­
lismo. Dicha ¡dea fue p articula rm en te significativa para co m ­
pre nd er el proceso de la etnografía, sobre todo la dinámica
entre trabajo teórico y trabajo de campo como procesos para­
lelos y entrelazados. Permitía considerar que una nueva con­
cepción del objeto de estudio es potencialm ente el producto
más im portante del trabajo etnográfico. No obstante, la epis­
temología psicogenética resultó ser insuficiente para c o m ­
pre nd er aspectos sociales y culturales de la producción de
conocimientos. Seguía en pie la necesidad de dar cuenta de la
sociogénesis o construcción social del conocim iento en dife­
rentes contextos historicoculturales, problema abordado por
otros investigadores bajo la influencia de Vygotsky ( L a to u r y
Woolgar, 1986; John-Steiner, 2000). De hecho, la apropiación ~
de "signos y h erram ientas cu ltu ra le s"‘ déntro de un ambiente
rico en interacciones sociales da m ejor cuenta de las m a n e ­
ras concretas de e m p re nd er una investigación. Las condicio­
nes m ateriales estructuran, a la vez, el abanico de posibles
recursos y experiencias. Así, nuestras investigaciones nece­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

sariam ente remiten a una experiencia situada en un m o m e n ­


to histórico particular.

Desde esta reflexión, fue clara la necesidad de establecer ciertos


criterios que permitieran apreciar y propiciar la calidad en el trabajo

Fue p a rticularm ente im portante el trabajo de Piaget y García (1982 y 1989) y el


texto de Ferreiro (1999).
etnográfico. Al desechar soluciones positivistas o racionalistas, no
se trataba sim p lem en te de reg istra r las impresiones a la manera de
los antiguos relatos de viajeros. La construcción de criterios propios
es una tarea difícil, sobre todo por la nada elogiable tendencia de los
etnógrafos de no explicitar sus fo rm a s de proceder en la c o n s tru c ­
ción de descripciones etnográficas. Los intentos de redefinir la etno­
grafía conform e a los p aradigm as lingüísticos ("nueva etnografía",
"etnografía del habla", "etnografía interpretativa") fueron sugerentes
pero limitados dadas las diferencias de escala de los diversos obje­
tos. A la larga, ha sido necesa- rio d e s c rib ir y dar cuenta de esta
form a de co nstruir conocim iento s en té rm ino s de una epistemología
aún en proceso de construcción. El punto de partida más útil para
avanzar ha sido la descripción de procesos p a rticula re s de investi­
gación etnográfica. Intento c o n tr ib u ir a la tarea con este texto en
torno de mi p a rticu la r experiencia.

EL TRABAJO DE CAMPO

En un sentido m ínim o, la etnografía puede entenderse como un


proceso de "d o c u m e n ta r lo n o-docum entado". La base de este pro­
ceso es el trabajo de campo y la subsecuente elaboración de los
registros y del diario de campo. En to rno de este proceso y cómo
ETNOGRÁFICO

hacerlo se han centrado m uch as preguntas acerca de la etnografía,


si bien ello constituye solo una de sus partes (Boumard, 2005). A u n ­
que tam bién es im p o rta n te u sar otros procedim ientos en el campo
(mapas, entrevistas, documentos, redes, juegos) que son más siste­
máticos, existen ya m uchos textos que abordan su aplicación en el
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

campo educativo (H a m m e rsle y y Atkinson, 1983; Denzin, 1997;


Schensul y Lecompte, 1999; Atkinson y otros, 2001; Wolcott, 2000;
Spindler y H am m ond, 2006). El proceso central del trabajo de campo
- la constante observación e interacción en una loca lid a d - es la
fu ente de mucha de la inform a ción más rica y significativa que
obtiene el etnógrafo. Su registro y su análisis plantean los retos más
difíciles.
Trabajar con la subjetividad

Establecer las relaciones en el campo y registrar esa experiencia


involucra necesariamente una dimensión subjetiva. Por ello, las res­
puestas a muchas de las preguntas sobre el trabajo de campo etno­
gráfico no son técnicas. No hay una n orm a metodológica que in d i­
que qué se puede o se debe hacer. La interacción etnográfica en el
campo, por ser un proceso social, en gran medida está fuera de
nuestro control. Lo que de hecho se hace en el campo depende de la
interacción que se busca y se logra con personas de la localidad y de
lo que ellos nos quieran decir y mostrar. Intervienen nuestros pro­
pios procesos inconscientes, las fo rm a s en que m anejam os nues­
tras angustias en el trabajo y las interpretaciones de la situación
que apenas a rticu la m os como tales. Influyen las posturas políticas y
los com prom isos éticos que asum im os. El proceso de campo rebasa
el control técnico que puede regir en otros trabajos empíricos; antes
bien, las maneras de tra b a ja r se a rticu la n necesariam ente desde
cada investigador: desde ahí cobran sentido.
Sin embargo, la etnografía depende de un buen trabajo de c a m ­
po. En lo que sigue, intentaré d esc rib ir algunos caminos y explicitar
algunos criterios. En p rim e r lugar, considero que no es válido^negar
nuestra presencia en el lugar, con todo lo que llevamos ahí: el estar
ahí en ese mom ento, con lo que nos genera -in terpretaciones, se n ­
saciones, a n g u s tia s - el hecho de estar ahí. Es decir, es necesario
c o b ra r conciencia del lado subjetivo del proceso y reconocer que
nuestra presencia en el campo da un acceso apenas parcial a la
realidad vivida localm ente. Esta experiencia no nos convierte en
"nativos", como solía decirse: siem pre se es extraño o m argin al al
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

lugar. Los habitantes de la localidad ta m b ién examinan a quienes


lleg am os a investigar y reaccionan a p a rtir de la percepción que
tengan de nosotros.
¿Cuánto de esta experiencia personal habría que registrar? Lo
que se pueda. Lo que sea pertinente. Lo que sea publicable. O, en
otra parte, lo que sea privado. Es muy difícil, a veces angustiante,
escribir lo propio, sobre todo en la versión para otros. Aveces, no se
es consciente de lo m ucho que se pone y oculta. No importa. Tam­
bién las defensas son necesarias frente a lo abrumador, lo agotador,
incluso lo aburrido, que puede ser ¡nicialm ente la experiencia de
campo. Estas sensaciones suelen ir desapareciendo, y aparecen
otras: la fascinación, la curiosidad, la obsesión, la negación del ago­
tamiento. Siempre habrá situaciones angustiantes; siem pre se re ­
curre a defensas para sobrevivir en el campo. Paulatinamente, se
cobra conciencia de esta faceta subjetiva del proceso; al m irarla, es
más fácil c a lib ra r sus efectos en n uestras observaciones, in te ra c ­
ciones y valoraciones en el campo.

El registro público de la experiencia

Si bien estas m iradas hacia uno m ism o son parte integral de la


experiencia de campo, así como lo son los efectos de espejo (el "ver-
nos en el otro"), la etnografía tiene otro fin: conocer lo desconocido,
escuchar y com p re nd er a otros. Si bien en todo registro está presen­
te la persona que lo realizó, ta m b ién deben estar los demás. Cuan­
do esto se logra, es posible volver a ver desde otro lugar lo que s u ­
cedió y co m p re n d e r su significado desde una perspectiva cercana a
la local. Hacer etnografía cobra sentido cuando se logra agreg ar al
acervo registrado otras m an eras de m ira r, ente nder y tr a n s fo rm a r
la vida local.
Desde esta perspectiva el c o m p ro m is o es e la b o ra r un registro
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

que sea público y no privado, no con el afán de e lim in a r la su b je ti­


vidad a lo positivista, sino con la intención de colectivizar el proce­
so de co n s tr u c c ión d e sco n o cim ie n to , de socializarlo con el uso de
registros inte lig ib le s para o tra s personas, incluyendo los h a b ita n ­
tes de la localidad. De este modo, pensar en qué se pone por e s c ri­
to y cómo se anota im plica, ta m b ié n , resolver difíciles cuestiones
éticas.
Tener en mente a otros lectores posibles significa cuidar la c la ri­
dad e inteligibilidad de lo que se escribe en el campo. Si se trabaja
en equipo, se puede producir y c o m p a r tir un conjunto de registros
co m p le m en tarios. Esto, a la vez, p erm ite validar la construcción,
enriquecer y contrastar versiones distintas sobre un mismo proceso.
Aun así, el análisis de los d o cu m e n to s etnográficos por quienes no
los elaboraron tiene sus lim itaciones. En un sentido estricto, "los
datos tam bién se encuentran en la mente del e tnógrafo” (Smith,
1980). De hecho, ta m b ién se encuentran, como argum enta Judith
Okely (2008), en el cuerpo del etnógrafo, en los trazos que deja la
experiencia vivida en las m aneras de percibir, sentir, moverse y
actuar en los mundos desconocidos. Los datos incluyen cosas intan­
gibles, no escritas, que uno m ism o, como etnógrafo, recuerda, y que
matizan y fundam entan la interpretación. Para interpretar un docu­
mento etnográfico elaborado por otro, es necesario haber vivido de
prim era mano procesos sim ilare s en el m ism o contexto y poder dia­
logar con quienes hicieron los registros. Esta es una de las razones
de la horizontalidad en el trabajo etnográfico, opuesta a la usual
división de trabajo entre recolección de datos y análisis que postulan
otras form as de investigar.
Los registros también deben ser públicos en otro sentido: pueden
convertirse en documentos que utilicemos en momentos posteriores
al trabajo de campo. Los buenos registros permiten reco nstru ir lo
observado a la l uz de concepciones posteriores más elaboradas que
las que surgieron en el m om en to inicial. El trabajo efe campo, de por
sí largo, vale la pena solo en función de las posibilidades que dan los
documentos producidos, junto con las experiencias vividas, de hacer
m últiples análisis.
El com prom iso de volver públicos y compartibles los registros de
campo tiene ciertas consecuencias. Implica inclu ir una versión lo
más te xtual posible de lo que se dijo y se escuchó. Desde luego, no
es del todo posible rep re sen ta r con exactitud lo que se dijo, aun
cuando se usen grabadoras de audio o video. Al escuchar y tra n s c ri­
bir, continuamente se interpreta de alguna de entre varias maneras
posibles lo dicho por los hablantes. Al anotar pláticas de m em oria,
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

se escapan palabras y frases desconocidas, se olvidan las interven­


ciones propias, se resume el sentido de lo dicho, se eliminan repeti­
ciones y se pierden tonos y matices. No obstante, es posible, en
cierta medida, d istin g u ir y m a rc a r mayores niveles de textualidad
del discurso docum entado y aproxim arse a lo que se expresó o ra l­
mente. En general, son más valiosos los fragm entos más cercanos
al discurso o riginal que una versión resumida en otras palabras,
aunque los dos son posibles, según los intereses y condiciones rea­
les de elaboración de los registros.
Para conservar m ayor fidelidad a lo dicho, es necesario g ra ba r o,
por lo menos, to m a r notas durante la observación o conversación;
sin embargo, esto no siem pre es posible o deseable. Una a proxim a ­
ción a lo textual se logra si se reservan largos períodos dedicados a
re co n stru ir de m e m o ria el hecho o la interacción verbal in m e d ia ta ­
mente después de que ocurra. Esto lleva al entrenamiento de proce­
sos mentales, al uso de recursos para escuchar y luego recordar lo
dicho. Es posible m e jo ra r esta capacidad con el tiempo y la práctica.
El trabajo requiere un esfuerzo de atención, concentración y o b s e r­
vación may.o.JL.al que caracteriza a la conciencia cotidiana, que re­
curre a tipificaciones, para inte rp re ta r en té rm ino s más fa m iliares lo
observado o escuchado en cu alquier situación. En la etnografía, ju s ­
tam ente, se intenta r o m p e r con estas tipificaciones establecidas y
buscar m an eras nuevas de d e s c rib ir y co m p re n d e r las situ aciones
que se presencian o com parten.
Por lo m ism o , no es posible sostener este esfuerzo de c o n s tru ir
registros de tie m p o com pleto en el campo. Se alterna con s im p le ­
mente convivir, e sta r en el lugar, fa m iliarizarse con las m an eras
locales de h a b la r y co m p orta rse : procesos indispensables para
co m p re nd er lo que pasa y lo que se dice. La intención de observar y
re g istra r todo, que surge inicialm ente, se va reemplazando por la
conciencia de que aun lo fra g m e n ta rio puede ser significativo; lo
recurrente puede s e r representativo. A p a rtir de esos fra g m e n to s y
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

regularidades, es posible proponer nuevas maneras de co m p re nd er


relaciones, e s tru c tu ra s y procesos que rebasan la particularidad de
las situaciones presenciadas.

Apertura en el campo

La selección de la localidad en que se realiza el estudio e tn o g rá ­


fico es cuestión que merece atención. Si bien no se pretende te n e r
una m uestra de casos, es im p orta nte e nco ntra r un lu g a r que
corresponda a las preguntas de la investigación, lo cual significa que
se deben conside rar varias opciones y contar con información previa
acerca de ellas. En la decisión, también adquieren peso c o n s id e ra ­
ciones m enos teóricas, pero necesarias, como la posibilidad de
acceso y el p erm iso explícito - e l consentim iento in fo r m a d o - de la
población para realizar el estudio que el investigador propone. Debe
ser una localidad donde se pueda presenciar una serie de situ a cio ­
nes que deben tener cierta representatividad respecto de los proce­
sos estudiados. Más allá de esta elección inicial de la localidad, el
trabajo de campo suele se r poco previsible y, por lo tanto, difícil de
programar.
En el campo nos enfren ta m o s a un problema ético: el sentirse
extraño en la localidad, sentirse intruso, reportero, espía, a c ad ém i­
co o evaluador. Sentim os la culpa que eso genera, sobre todo en
medios especialm ente cargados de susceptibilidad, como la e scue­
la. Tal vez no tenem os buenas respuestas aún para el m anejo de
estos sentim ientos. Procedemos con la convicción de que es im p o r ­
tante conocer las escuelas y otras realidades de nuestras propias
sociedades. Pero no siem pre es fácil convencer a las autoridades ni
a los m aestros de ello, ni explicar y acordar con ellos nuestra tarea
como investigadores o e n c o n tra r fo rm a s de devolver lo que s e n ti­
mos que to m a m o s del campo. El sentido del trabajo para uno m is ­
mo y para otros solo puede derivarse del significado tanto teórico
como práctico de c o n s tru ir conocim ientos sobre una porción del
m undo que se solía ver a través de los lentes normativos e ideológi­
cos de algún sentido común, generalm ente el de la autoridad.
En las escuelas, el m om en to inicial adquiere mayor franqueza
con los niños. Ellos com prueban sus hipótesis directam ente: pre­
guntan si somos maestros, enferm eras, madres, o vendedores.
Otros se m uestran más cautelosos. Los maestros to man en cuenta
cada pista de saber compartido, para determ inar, primero, la p erte ­
nencia o no al gremio. Todos intentan adivinar la intención de la visi­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

ta, la ubicación profesional, laboral, social y política de quien llega a


pedir p erm iso para notar, m irar, preguntar y, sobre todo, escribir.
¿Cómo se nos percibe en estas situaciones? Esta pregunta no s ie m ­
pre se puede contestar. ¿Cómo nos im aginam os que nos ven?
¿Cómo nos sentimos? Inicialmente, la actividad en el campo parece
te ne r poco sentido. Hay preocupaciones típicas: "¿Y yo qué estoy
haciendo aquí?” .
No siempre es posible anticipar las situaciones que observamos
o en las que participamos. Al inicio, a menudo intentam os d e te rm i­
nar las situaciones que se to m a rá n en cuenta para el estudio. Para
algunos, es angustiante te ne r que definirlas; para otros, es a ng us­
tiante no poder hacerlo. De hecho, la interacción en el campo se
desenvuelve en gran medida im p lícitam ente, con los recursos que
cada quien tiene y pone en juego, y con las disposiciones de quienes
nos reciben. In icialm ente podem os se n tir la angustia de que otros
e structuren la experiencia y que nos digan qué ver. Pero el hecho de
que otros definan e interpreten las situaciones es ju sta m e n te lo que
perm ite conocer los saberes y los procesos sociales locales, tan
im p o rta n te s para el estudio etnográfico. P e rm a n e ce r en el campo
generalm ente abre cada vez más oportunidades de participar.
En un sentido, la a pertura rem ite a la m irada con la que nos
aproxim am os al campo. Recordemos que el proceso n o rm a l de ob­
servación es selectivo: siem pre seleccionam os en función de cate­
gorías previas -so c ia le s y te ó r ic a s - sobre la situación a la que nos
acercam os (¿Dónde se mira para ver la escuela?). La tendencia
habitual es e lim in a r de la vista todo aquello que se supone irre le ­
vante. Por ello, en la tradición etnográfica se insiste en observar to ­
do, aunque de hecho esto sea imposible. La tarea de observación
etnográfica no procede de un m om ento en que se ve "todo" a otro en
que se definen cosas específicas para observar, sino al revés. Ini­
cialm ente, la selección inconsciente es un obstáculo para la obser­
vación y es necesario entrenarse para ver más. Esto se logra, en
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRAFICO

principio, m ediante la ape rtu ra a detalles que aún no encajan ^ n


ningún esquema y también atendiendo a las señales que proporcio­
nan las personas de la localidad y que indican nuevas relaciones
significativas. Al recu pe ra r estas pistas nos es posible pensar de
nuevo eñ las categorías que utilizamos (la palabra "e scuela" se des­
glosa en una variedad de situaciones observables). Así, pau la tina ­
mente, la experiencia nos lleva a "a brir la mirada": perm ite observar
nuevos elementos y distinciones importantes.
La apertura de intercam bios con otras personas en el campo es
otra vertiente. Las posibilidades dependen de nuestra capacidad de
explicitar ante los habitantes de la localidad quiénes somos y qué
sentido tiene el trabajo que emprendem os. Esa es tarea difícil, c r u ­
zada por todos los procesos poco conscientes de identificación que
funcionan en c u alqu ier situación cotidiana. Los a rg u m e n to s racio­
nales son, al principio, insuficientes; toma tiem po log ra r que se
acepten las explicaciones acerca del sentido del trabajo. Lo más
importante, tal vez, es com unicar con hechos la seguridad de que no
utiliza re m o s ninguna inform ación en contra de quienes nos p e r m i­
ten estar en su localidad de trabajo y vida. La confianza se gana al
no involucrarse directam ente en los problemas particulares que
ocurren entre las personas, y sobre todo al no to m a r ninguna acción
que pueda perjudicarlos.5 Este com prom iso tiende a fijar límites a la
participación en las situaciones relativam ente privadas; también,
nos obliga a ser discretos respecto de la inclusión de cierta inform a ­
ción en los registros.
La etnografía implica una definición de com p ro m iso s y espacios
de acción. Por una parte, pesa la responsabilidad frente a las perso­
nas de la localidad por la inform a ción que nos dan, incluso la de
garan tizar el anonim ato en caso necesario. Por otra, es importante
conside rar la relevancia política del conocim iento que se construye
para e m p re n d e r acciones en diversos espacios políticos. A veces,
d esistim os de to m a r partido en la localidad del estudio, pero nos
proponemos lograr conocimientos que puedan apoyar la acción polí­
tica en otros escenarios públicos. Esta alternativa significa actuar
conscientemente, para poder develar aquellos procesos más gene­
rales que atenían contra toda una población, como la discriminación
racial o la violencia cotidiana. C om prender las raíces de tales proce­
sos n o rm a lm e nte nos lleva a indagar más allá de la localidad, hacia
las condiciones sistémicas que propician esas prácticas.
La relación entre el investigador y los habitantes de la localidad
se define de distintas maneras, según los antecedentes y los intere­
ses. Aveces, puede darse desde el principio un com prom iso cerca­
no con cierto grupo local y a su m im o s explícitamente su perspectiva
como uno de los marcos del estudio. Por ejemplo, el interés puede
ser conocer cómo los niños perciben los exámenes, o bien cómo los

5. Por supuesto, podemos p articipar, a petición colectiva y si lo consideram os


correcto, en acciones en favor de algún asunto de la comunidad. También puede
haber situaciones a denunciar; en algunos casos, incluso se suspende el proyecto de
investigación para tom ar partido en alguna acción urgente.
m aestros intentan hacer v a le r sus derechos gremiales. En cambio,
en otros casos el c o m p ro m is o es conocer procesos sociales que
afectan a varios grupos: c o m p re n d e r de qué fo rm a los exámenes
lim ita n tanto a m aestros com o a niños, o bien cómo ciertos proce­
sos sindicales inciden en la vida escolar. Las posturas y los espacios
de acción serían diferentes en cada caso.
La posición que a s u m im o s influye en el modo de acceder a una
localidad y en la form a de p re s e n ta r el estudio. La vía de entrada
marca la experiencia de ca m p o y debe pensarse con cuidado.
Entrar, por ejemplo, por las a uto rid ad es escolares o por medio de
cierta persona conocida, hace posible tener cierta inform ación
m ie ntra s limita el acceso a otra. Se considera la m ejor vía de acce­
der al campo en función de los propósitos del estudio. Las observa­
ciones y las entrevistas se acuerdan de manera continua durante la
estancia en el campo, pero en gran medida se van encadenando
posibilidades a p a rtir del punto de entrada.
Al iniciar el trabajo de campo, suele ser angustiante no llevar
cosas claras, categorías p re de te rm ina da s, planes de dónde estar,
de qué hacer. Conviene prever algunas tareas posibles, como regis­
tr a r datos generales o hacer un croquis, m ie ntras se vayan dando
las condiciones para o rg an izar entrevistas y observaciones. El p ro ­
ceso requiere no solo resolver la logística de campo, sino sobre todo
ir aclarando el sentido del trabajo. Al inicio, podemos te n e r cosas
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

claras, categorías seguras; se trata de d escu brir cuáles son y vo l­


verlas un poco más confusas, para poder empezar a reconocer lo
que no conocemos. Esto ú ltim o es clave: reconocer lo que uno m is ­
mo no comprende, hacerse preguntas. Si se parte de ahí, empieza a
a d q u irir sentido la experiencia de campo, y esto guía las decisiones
logísticas y orienta la mirada.
¿Cómo sabemos cuándo se ha reunido suficiente inform ación?
¿En qué m om en to es conveniente te rm in a r el trabajo de campo? La
observación y la construcción conceptual se van entrelazando y van
adquiriendo coherencia. Empieza a ser posible prever desde lo
construido lo que puede ocurrir. Empieza a darse cierto cierre - n o
sin m uchos huecos, lagunas, pistas no seguidas- en la concepción
que orienta el trabajo de campo. Este m om ento no es previsible ni
se puede n o r m a r (tantos días u horas); depende tanto del avance
conceptual como del avance empírico. Si muchas horas de campo
no han logrado m o d ifica r la concepción inicial, no son suficientes.
Pocas horas, en cambio, no perm ite n c o n stru ir algo nuevo y solo
sirven para reproducir los lugares comunes. Es necesario p erm a ne ­
cer el tiempo suficiente en el campo para rom per con lo preconcebi­
do y em pezar a pensar de m anera distinta sobre los procesos. Por
otra parte, en la m e jo r tradición etnográfica, el análisis debe to m a r
m ucho más tiem po que el trabajo de campo.

Los diálogos en el campo

En las conversaciones que em ergen en el campo, el c o m p a rtir


conocimientos y posiciones con los interlocutores nos permite dialo­
gar con ellos. Esto se logra por el tipo de preguntas que se hacen,
las referencias que se dan y aceptan, y hasta los gestos menos
conscientes que se expresan y perciben. Aunque ya se tenga cierta
información sobre un tema, es im portante escuchar a varias perso­
nas n a r ra r o explicar los m ism o s sucesos, a fin de poder c o m p re n ­
derlos. Esto requiere un cuidado en la interacción que no se tiene en
la conversación cotidiana, ya que n orm a lm e nte, al presuponer un
conocim iento com partido con los interlocutores, in te rru m p im o s re­
latos, econom izam os palabras y no repetimos versiones. En la etno­
grafía, en cambio, se requiere una convicción real (esto no se puede
fingir) de que no co m p re nd em o s o no conocemos lo suficiente a cer­
ca de cómo se dio, vivió o interpretó determ inado asunto en el con­
texto p a rtic u la r y, por lo tanto, que nos importa conocer nuevas v e r­
siones o detalles sobre lo que otros suponen conocido por todos.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Esto es p a rtic u la rm e n te cierto en lugares cercanos, como el mundo


escolar, donde todo lo extraño se ha vuelto aparentemente tan obvio
y familiar.
Cuando la lengua de la localidad es distinta de la nuestra y la
aprendim os de adultos, una parte im portante de los significados
siempre se nos escapará. Si dependemos de intérpretes, se generan
mayores m alentendidos; algunos se aclaran con el tiempo, pero
muchos perm anecen. Incluso cuando com p artim o s el m is m o idio­
ma, nunca lo g ra m os m an eja r todos los registros, giros y estilos de
conversación que utilizan las personas que habitan otros m undos.
C om pre nd er y poder e n ta b la r conversaciones requiere convivir con
ellos y aprender a escuchar.
En todo este proceso, hay más opciones que reglas. La gama de
posibilidades para c o n tr ib u ir al desenlace de las situaciones va
desde a nu n c ia r una entrevista fo rm a l (lo más correcto en m uchos
casos) hasta iniciar una plática cordial, cuyo tema puede ser el que
esté a mano. Entre estos extrem os se encuentran las conversacio­
nes en las que intercala m o s te m as y preguntas de interés ce ntral
con referencias que perm ite n que nos conozcan. La complicidad de
los habitantes, en estas situaciones, puede ser casi explícita: a ve­
ces, las personas nos indican que nos han estado m ostrando o dan­
do información que creen importante, aunque solo fuera una plática.
También pueden darse intercam bios realm ente casuales que luego
adquieren sentido. Las personas con las que convivimos abordan
ciertos te m as que les interesan, desde pedir favores hasta c o ntribu ir
con conocim ientos y explicaciones que consideran pertinentes.
Poco a poco, se presentan situaciones privilegiadas: son los m o ­
m entos en que se logra una conversación "entre pares", gracias a la
cual las personas entrevistadas pueden exponer e im p on e r sus defi­
niciones y categorías para expresar la temática tratada por ambos o
c o m e n ta r la experiencia vivida. Son situaciones en las que nos
encontram os rea lm e nte dispuestos a aprender y, por ello, no im p o ­
ETNOGRÁFICO

nem os lo que sabem os o suponem os acerca de la situación.


F inalm ente, con algunas personas es posible c o n s tru ir relacio ­
nes que conducen a un trabajo conjunto, constante, de a cercam ien ­
to, sobre ciertas ideas o interpretaciones (Pinxten, 1997). Para m a n ­
te n e r estas relaciones sim étricas, necesitamos c o m u n ica r dónde
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

nos e n co n tra m o s y qué entendemos, es decir, m o s tra r la disp osi­


ción y sensibilidad para poder aprender más. Existe una diferencia
significativa entre esta actividad y las de enseñar o interrogar, en las
que se tiende a im p o n e r las propias categorías y definiciones d u ra n ­
te la conversación (Briggs, 1986).
Al avanzar en el trabajo, a m enudo se tiene la sensación de que
los encuentros con p ersonas de la localidad son cada vez m ás fo r ­
tuitos, m enos planeados, pero a la vez m uchísim o más ricos. Esto
resulta del proceso paralelo de conocer una comunidad, lo cual per-
mite percibir lo significativo de cada nueva situación y d es a rrollar la
capacidad de conversar sobre los sucesos que im porta n localmente,
de maneras apropiadas, según las normas locales (Briggs, 1986). Se
nos abren oportunidades para el conocim iento del proceso que se
estudia. A la vez, recibim os invitaciones a asistir a situaciones más
form ales o delicadas. La confianza, ganada en parte por renunciar a
la intervención inmediata, nos permite ser testigos de procesos que
n o rm a lm e n te se ocultan frente al extraño. A veces, esto sucede sin
que nos lo propongam os. Presenciar estos m om en to s requiere la
aceptación por parte de los habitantes de la localidad y, a la vez, nos
com prom ete. En ocasiones, lo correcto es retirarnos, abstenernos
de participar, por respeto a una situación que nos es ajena.

La práctica de e scribir

Una parte im porta nte del trabajo de campo es el tiempo dedicado


a escribir. La actividad de escribir nos coloca en una categoría rara,
diferente de la de otras personas que frecuentan las escuelas. Casi no
hay en ningún lugar la exhibición continua de comportamientos tan
extraños como los que m ostra m o s los etnógrafos. Ello contribuye a
definir aspectos de los encuentros en el campo.
Una primera fo rm a es to m a r notas esporádicas, actividad que
siempre señala un interés particular en lo que se escucha o se obser­
va. Las notas de campo se pasan en limpio posteriorm ente y se
amplían para fo rm a r el conjunto de registros del trabajo de campo.
Además de estas notas, se lleva un diario de campo, como registro
continuo y personal. Escrito en un momento más privado, el diario
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

puede contener reflexiones más libres, aunque siempre provisionales,


sobre la experiencia de campo.
Hay situaciones en las que escribir puede ser imposible o inde­
seable, ya que establece otra dinámica en el diálogo. En general, no
se puede registrar y, a la vez, sostener el ritm o n o rm a l de una con­
versación. Sin embargo, cuando otros aceptan que lo que hacemos
es un trabajo, también suelen aceptar el acto de escribir como parte
del m ism o (se tiende a ver como algo raro, pero tal vez inocuo).
Recibimos reacciones a esta actividad, desde la de los niños que nos
explican que "solo hay que e scribir lo que está en el pizarrón", hasta
el cambio en los tonos de voz (el hablar más despacio, dictar o repe­
tir cifras) que asum en algunas personas al ser entrevistadas.
La actividad de to m a r notas se acepta con m enos suspicacia
cuando estas se m uestran a las personas entrevistadas. Ellos sue­
len reconocer y aceptar un registro sobre lo que se ha hecho o
dicho, anotado con cierto detalle; en cambio los juicios pueden pro­
vocar un cierto recelo. Con el tiempo, se aprende lo que es legítimo
p re gu ntar o e scribir en cada situación. Paso a paso, se consigue un
m ayor control sobre qué e s c rib ir y cuándo hacerlo en el tran scurso
de una plática o una observación (Emerson, Fretz y Shaw, 1995). Se
aprende a re g is tra r y, a la vez, a m a n te n e r el flujo del diálogo para
no in te rru m p irlo , o bien a s u s pe nd er el registro, levantar la vista,
e scuch ar y atender a la mirada y los gestos. Escribir ta m bién puede
convertirse en una necesidad - e s una de las salidas a la a n g ustia - y
es im p orta nte v igilar esta tendencia para no hacerlo cuando no es
adecuado.
Para captar lo dicho, y no solo los temas, se debe evitar tra d u cir
todo lo observado a categorías conocidas y respetar, en lo posible, las
form as locales de expresión. Es difícil m arcar en las notas de campo
las entonaciones o los sentidos de lo dicho. Al principio, es difícil
acordarse de anotar las propias preguntas. Poco a poco se aprende a
usar marcas, como agregar com illas a lo que es realm ente textual y
ETNOGRÁFICO

poner entre paréntesis lo que se infiere. En general esta tarea queda


para la ampliación de las notas de campo, que se debe hacer ya en la
tranquilidad de la habitación propia, en un tiem po lo más próximo
posible a la experiencia de campo (la regla ideal es dentro de las
veinticuatro horas). La transcripción de la interacción verbal grabada
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

enriquece el registro propio y asegura mayor textualidad, pero a la


vez esa transcripción requiere co m plem entarse con lo que se ha
anotado durante la observación o entrevista, sobre todo para inclu ir
detalles del contexto y anotar la interpretación del momento.
El acto de e s c rib ir se apoya en ciertos procesos m entales que
son útiles en el trabajo de campo. Dar cierta e stru ctu ra a las notas
de campo ayuda a la m em oria. Hay diversos estilos personales:
atender a la lógica del discurso o a las palabras textuales; captar la
coherencia del relato o los detalles frag m en tarios ; recordar lo cen­
tr a l y explícito, o bien lo azaroso e implícito. La progresiva mejoría
en los registros significa tra ta r de incluir, en lo posible, todo esto.
Durante el proceso de campo, el trabajo a menudo está centrado
en la actividad m ental que acompaña la observación y el diálogo. El
esfuerzo de atención y de reflexión es tal que no es posible soste­
nerlo m ucho tie m p o y se viven muy diferentes estados mentales,
como el estar:

- perdido - confundido
- conmovido - cansado
- sintiendo - tratando de percibir todo
- percibiéndose a sí mismo - atento al sentido
- grabando de memoria - formulando la siguiente pregunta
- negando lo que ve o escucha - recordando
- asociando - anticipando
- reflexionando - interpretando
- estructurando - clasificando... (entre otros)

El oficio del trabajo de campo tiene que ver con aprender a c o m ­


b inar estos procesos m entales, a aceptarlos cuando ocurran y
orientarlos cuando se pueda en el esfuerzo para co n s tru ir un docu­
mento, una prim era descripción de lo que pasó, a veces fru s tra n te -
m ente fragm entaria. Aun así, estos registros - ju n to con la experien­
cia de c a m p o - perm iten rec u pe ra r los sucesos y sus significados
m ejor que otras form as de recoger datos (incluso la sola grabación),
y respetar tanto a las personas de la localidad como al investigador
dentro del contexto del encuentro.

Describir o interpretar
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Una cuestión que surge a m enudo al elaborar los registros a


p a rtir de las notas de campo es la distinción entre interpretar y des­
cribir. En algunas propuestas, se recomienda m arcar esta distinción,
registrando la descripción y la interpretación aparte, en dos c o lu m ­
nas, bajo el supuesto de poder separar una de la otra. Como e n tre ­
nam iento funciona, obliga a to m a r cierta conciencia de los procesos
más evidentes de interpretación y a practicar mayor fidelidad en el
registro del intercam bio verbal y la acción. Lo cierto, sin embargo,
es que la distinción es im posible. A toda descripción le antecede
algún nivel de selección. El registro está mediado por interpretacio ­
nes semánticas, que a veces solo se notan en m om entos en que dos
observadores difieren en las palabras m is m a s que suponen haber
escuchado. Por la selectividad propia de toda observación se regis­
tra aquello que es más co m p re n sib le o significativo en cierto m o ­
mento. Quien realiza un trabajo de campo se predispone hacia lo
que considera n o rm a l ver y oír en determ inada situación. La form a
en que se narra y describe implica, de por sí, varios niveles de in te r ­
pretación.
El uso de la grabación puede c o m p le m e n ta r las notas, pero no
sustituye el registro propio. Al volver a e scuchar y observar las g ra ­
baciones, se pueden p ercibir nuevas facetas de lo que se presenció
en el campo, que sin duda enriquecen el trabajo. Pero la tr a n s c r ip ­
ción del audio, así como la d escrip ción de los aspectos no verbales
del video, tam bién implican interpretaciones en varios niveles. Ade­
más, la transcripción no se sostiene sola, requiere completarse con
las notas de campo que dan inform a ción sobre el contexto y s o ­
bre las interpretaciones que su rg ie ron en el m om en to de grabar.
Las tran scrip cion es p erm ite n tra b a ja r con versiones más próximas
a las palabras textuales. Sin em bargo, la selección de frag m en tos
grabados y su edición o refo rm u la ción posteriores implican y apoyan
una descripción de los hechos entre m uchas posibles.
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

La relación entre interpretación y descripción influye en la form a


en que se observa y se registra. Reconocer esa relación no significa
negar la especificidad de la descripción, ni avalar un registro que
pierda contacto con lo observado o lo escuchado. Tampoco alim enta
un relativismo que considere igu alm en te buenas todas las in te rp re ­
taciones posibles. Alg un as interpretacion e s permiten c o n s tru ir una
m e jo r descripción, m ás com pleja y más profunda que otras. A d e ­
más. el reconocimiento de la relación entre interpretación y d escrip ­
ción obliga a una progresiva m odificación de la concepción que se
tiene. Este proceso requiere un esfuerzo para a m p lia r la mirada en
el campo a fin de poder nota r y recordar más de lo que n o r m a lm e n ­
te se observa y se escucha. La consigna es "registrarlo todo", aun
sabiendo que es imposible. No es válido hacer registros pobres, bajo
el pretexto de que no es posible in c lu ir todo.
Desde luego, ta m b ién se to m an decisiones acerca de lo que es
pertinente in clu ir en el registro. La selección de focos de observa­
ción es un proceso paulatino, logrado cuando el investigador está
más fa m iliarizado con el contexto. No se trata de rep orta r solo las
conductas observables, a la manera conductista, como si estas fu e ­
ran lo m ás objetivo (aunque pueden ser, desde luego, pertinentes
para ciertas búsquedas). Es im p orta nte confiar un tanto en la in te r­
pretación contextual, inm ediata, de las palabras, las acciones y los
aspectos físicos. Por ejemplo, ta l vez no es necesario describir el to ­
no de voz o los movim ientos exactos de un gesto, sino anotar el sig­
nificado que tienen estos actos en el m om ento: dictar, pedir p e r m i­
so, se ña la r a un a lu m n o para que pase a leer, etc. A tender a las
respuestas verbales o no verbales de personas presentes aporta
pistas para vigilar esta interpretación. Recuerdo haber interpretado
el tono de voz de una maestra como reprim enda a una niña y haber
desechado este juicio al ver su cara de satisfacción ante lo que le
decía la maestra.
En los registros, n orm alm ente se incluyen solo aquellas interpre­
taciones que se hacen en la situación misma de la observación; habrá
otros niveles de interpretación posibles, que se reservan para et aná­
lisis posterior. Las descripciones del contexto natural y social obser­
vado luego apoyan las interpretaciones alternativas que se construyen
en la etapa de análisis. Si bien esta distinción de niveles de interpreta­
ción no siempre es clara, da cierta idea de los límites de lo que es
pertinente incluir en los registros de campo. En el diario de campo se
pueden agregar las ideas, asociaciones, dudas y preguntas que s u r ­
gen a lo largo de la estancia en el lugar de investigación.
La discusión en torno de la descripción y la interpretación se
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

relaciona tradicionalm ente con otro cuestionamiento a la etnografía:


la aparente falta de objetividad de los datos. Por ello es necesario
acla ra r el sentido de la construcción de los registros de campo. Su
propósito no es tanto lograr "la objetividad" como asegurar una ob­
jetivación gráfica y escrita, lo más am plia posible, de la experiencia
de campo del etnógrafo como sujeto, de tal forma que lo que perci­
bió y vivió pueda som eterse después, repetidas veces, a la interpre ­
tación y al análisis. Es sim ila r al lugar del sujeto en la epistemología
genética:
En la concepción tradicional la objetividad aparece cuando se elimina al
sujeto [...]. [Desde la perspectiva de Piaget] la objetividad aparece así
como un logro o, mejor dicho, como una tendencia en el desarrollo de
las estructuras intelectuales. Ella es también producto de la actividad
del sujeto (Ferreiro, 1999:110-111).

En [a etnografía, la objetividad es ta mbién una tendencia relativa


del proceso de análisis, un logro que debe más a la consistencia y
coherencia del trabajo conceptual que a las condiciones de la p e r­
cepción p rim aria en el campo. Es un logro tanto más sólido, cuanto
más haya podido el etnógrafo ser consciente de su propia subjetivi­
dad al redactar los registros y los diarios de campo. En té rm in o s de
Fabian: "Debe ser claro que la autobiografía no es necesariam ente
una evasión de la objetividad. Al contrario, comprendida c rítica m e n ­
te, la autobiografía es una condición para la objetividad etnográfica"
(2001:12).6 La reflexión sobre la propia subjetividad y sus im p lica cio ­
nes en lo que se construyó, observó y registró en el campo es, por lo
tanto, una condición necesaria para un buen análisis etnográfico.

EL PROCESO DE A N Á LIS IS

El problema ce ntral de la investigación etnográfica es qué hacer


con el enorm e acervo de notas, registros, transcrip ciones y m a te ria ­
ETNOGRÁFICO

les que resultan del trabajo de campo. De hecho, se tiende a pensar


en la etnografía solo como el trabajo de campo, olvidando que se
define ce n tra lm e n te por la producción de un dete rm ina do tipo de
texto, una descripción etnográfica, producto de un proceso analítico.
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

Existen m uchas soluciones a este problema que no son consecuen­


tes con el enfoque etnográfico. Las salidas usuales incluyen desde
la m ás sencilla (encarpetar las entrevistas o notas de campo como
te stim o nio s, con un texto introductorio), hasta los esfuerzos más
sistem áticos (convertir todas las observaciones en cuadros estadís­
ticos, previo arduo proceso de codificación de los datos). Este últim o

6. Las citas de textos originales en inglés están traducidas por la autora.


recurso g en eralm en te no se justifica, ya que todo el tiempo req ue ri­
do para el trabajo de campo se podría haber ahorrado utilizando una
técnica e structurada de codificación para la recolección de datos en
el campo. Los registros de campo solo son útiles en el proceso de
construcción de conocim ientos si se integran en un análisis cu alita ­
tivo y a la vez exhaustivo.
El trabajo de análisis etnográfico debe conducir a la construcción
de nuevas relaciones conceptuales, no previstas antes del estudio.
Sé ha hecho análisis cuando las ideas que se tuvieron acerca del
te m a de estudio al inicio son tra n sfo rm a d a s (modificadas, e n riq u e ­
cidas, condicionadas, o dete rm inadas) en alguna medida. El análisis
etnográfico no responde a un procedimiento técnico idéntico para
todo estudio. Depende de las características particula re s de cada
problema. Para d e te rm in a d o s te m a s (por ejemplo, parentesco, in­
teracción verbal, discurso, rituales) existe ya una historia de investi­
gación previa que puede se ñ a la r caminos andados; en otros casos,
la búsqueda de fo rm a s de análisis recién empieza.
El análisis es un proceso que requiere un trabajo específico.
Abarca la mayor parte del tie m p o de un estudio etnográfico. Se in i­
cia, de hecho, con las prim eras decisiones tomadas en el proceso de
observación (¿qué m ira r? ¿qué registrar?), y no term ina sino con las
ú ltim a s fases de redacción y articulación de la descripción etno grá ­
fica. Entre inicio y fin, el análisis requiere una serie de pasos in te r ­
medios consistentes en la elaboración de escritos sucesivos (notas,
registros ampliados, cuadros o fichas, descripciones analíticas).
Realizar estos pasos impide que la investigación se convierta en una
sim ple validación o ilustració n, con fragm entos de registro, de una
concepción del objeto que se mantuvo sin modificación durante el
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

estudio.
Uso el té rm in o análisis y no interpretación para d e n o m in a r este
proceso en té rm in o s globales, por varias razones. Primero, es i m ­
portante deslindarlo de cierta noción de interpretación de los datos
o de los resultados que. en la tradición positivista, se sitúa fuera del
proceso investigativo. En la etnografía, no es válida la ¡dea de que
los datos son los datos y cada quien los interpreta a su manera,
desde dete rm inada teoría. Los datos son construidos por el investi­
gador desde su mirada.
También nos interesa d istin g u ir el análisis etnográfico de la in ­
terpretación herm e né utica centrada en la comprensión del texto.
Este tipo de interpretación fo rm a parte del proceso analítico en la
etnografía en diferentes niveles y órdenes. Para muchos a ntro p ó lo ­
gos, es incluso la característica definitiva de la etnografía (Geertz,
1973a; Erickson, 1986). Sin embargo, hay varios problemas con esta
noción de interpretación, por lo que prefiero h ablar de un análisis
etnográfico. En p rim e r lugar, la interpretación se define a menudo
en té rm in o s de la com prensión del significado otorgado por los s u ­
jetos a su propia realidad social. No incluye necesariamente el pro­
ceso de tra n s fo rm a c ió n conceptual propio del análisis etnográfico.
En segundo lugar, la idea de interpretación alude más bien a la lec­
tura y comprensión del m ate ria l de campo, que a la fo rm a de trab a-
j a r con ese m a te ria l para c o n s tru ir nuevas relaciones conceptuales
acerca de los procesos estudiados. Por últim o, la noción de in t e r ­
pretación puede s u g e rir cierto relativism o que considera las a lt e r ­
nativas de interpretación como igu alm en te válidas, dejando poca
posibilidad de d istin g u ir la calidad del trabajo analítico.
La etnografía nos tra n s fo rm a la mirada. Nunca se emerge de la
experiencia etnográfica pensando sobre el tema lo m ism o que al ini­
cio. No se trata, en un sentido estricto, de desechar esa concepción
original sino de m atizarla, enriquecerla y abrirla, de dar contenido
concreto a aquellas ideas iniciales, abstractas, que la teoría provee
ETNOGRÁFICC

como puntos de partida. En resumen, se trata del camino por el cual


se construyen relaciones y dete rm inaciones cada vez más específi­
cas, para llegar al "concreto de pensamiento".
Por ello, el análisis etnográfico es fu n d am e nta lm e nte diferente
del proceso de ofrecer una determ inada lectura de los documentos,
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

aunque esas interpretaciones sean parte de dicho proceso. También


es diferente del de co n firm a r o rechazar una hipótesis o bien de ilu s­
tr a r propuestas deductivas, aun cuando existan m om entos que tal
vez se puedan d escribir en esos térm inos. En la etnografía, este pro­
ceso se da de una manera particular: a diferencia de las investigacio­
nes cuantitativas que requieren la definición previa de variables, la
etnografía puede prescindir de un modelo teórico acabado que fu n ­
cione como marco al inicio del estudio. Dado el estrecho vínculo
entre observación y análisis, en la investigación etnográfica las cate­
gorías teóricas de diferentes niveles se precisan o incluso se cons­
truyen en el proceso. Se relacionan continuamente los conceptos
teóricos y los fenómenos observables que pueden ser relevantes. Se
trabaja con las categorías teóricas, pero no siempre se las define de
antemano en té rm in o s de conductas o efectos observables. Esta
forma de análisis permite la flexibilidad necesaria para descubrir qué
fo rm as particulares asume en la localidad el proceso que se estudia,
a fin de interpretar su sentido específico en determinado contexto.
Considero que se ha hecho análisis etnográfico solo cuando se
modifica su s ta n cia lm e n te la concepción inicial del proceso que se
estudia; cuando, a consecuencia de la construcción de nuevas re ­
laciones, se puede dar m e jo r cuenta del orden particula r, local y
complejo del proceso estudiado; cuando la descripción final es más
rica y más coherente que la descripción inicial; cuando se abren
nuevos cam inos de investigación, siem pre en proceso de c o n s tru c ­
ción, siem pre inconclusos.

La trayectoria real

En esta sección intentaremos explicitar algunas form as de hacer


el análisis etnográfico, sin idealizar un método. En el proceso real
se intercalan períodos de campo con períodos de análisis y e labora­
ción conceptual. La secuencia de estas actividades depende de
m uchos factores. Entre estos, se destacan la angustia y la s e g u ri­
dad, la resistencia o la energía para realizar determ inadas activida­
des en d e te rm ina do s m om entos. A veces, se va al campo con una
aparente desestructuración, para pisar tierra o reto m ar los referen­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

tes más concretos. Otras, se a rm an modelos conceptuales desde


lecturas teóricas, que a poco tiem po se quiebran contra la realidad
observable o bien se fortalecen al construirse los vínculos con los
elementos observados. En ciertas ocasiones, se sum erge uno en
tareas seguras pero agotadoras como la transcripción o, al c o n tra ­
rio. se distancia y le dedica tiempo a leer, por la sensación de te ner
demasiado m ate ria l o de no te ner nada que decir porque todo se ha
vuelto cercanam ente familiar. Todo este proceso es norm al, son
fases necesarias del camino real.
En el análisis etnográfico, el inicio rara vez es claro. Se tienen
preguntas, problemas o nociones teóricas más o m enos elaboradas
y algunas categorías con poca o mucha vinculación con lo empírico.
El análisis se inicia en la proxim idad del campo y con una aparente
distancia frente a los m odelos o conceptos teóricos, aunque estos
siempre están presentes. Desde el mom ento de la observación, con­
viene e ntren a r la capacidad de observar desde la periferia de la
atención posible; a pren de r a buscar señales, detalles, indicios, evi­
dencias, respecto de los esquem as en construcción. Se dispone uno
a aceptar las relaciones que señalan o sugieren las personas con
quienes conversa y a dejar que los indicios se conviertan en p e r tu r ­
baciones en sus esquem as iniciales. Se mantiene uno alerta ante la
posibilidad de conectar conceptos abstractos y elem entos observa­
bles, recordando siem pre e specificar las instancias no incluidas en
las categorías (los contraejem plos].
Al empezar a m anejar los registros, empezar a entenderlos, ine­
vitablem ente se ponen en juego recursos que provienen del conoci­
miento y sentido común del investigador y no solo los conceptos te ó­
ricos reunidos para el estudio. Frecuentemente, dichos conceptos
parecen quedarles grandes a los materiales: engloban todo y no de­
jan distin gu ir entre un suceso y otro, por ser demasiado abstractos.
Se recurre de inmediato a conceptos iniciales que resum en o clas i­
fican lo que observa. No obstante lo abstracto e in d eterm in ad o de
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

estos, cuando no lo difuso y lo rígido, difícilmente apresan la riqueza


de la vida cotidiana y no explican las dinámicas sociales y culturales
locales.
Paradójicamente, en los m om en to s iniciales del proceso real se
presenta la disyuntiva entre quedarse con una co nstrucció n a b s ­
tracta dem asiado precipitada, en general sin haber hecho todo el
análisis posible, o acep tar un estado de confusión, de caos apa re n ­
te. Es inevitable, entonces, a s u m ir el hecho de no e nte nd e r y de
volver a buscar, sea en el cam po o en el m on tón de notas, las p is­
tas que ayuden a comprender. Al aceptar este m om ento, se tiene a
m enudo la sensación de perderse. Esta es una parte necesaria del
proceso.
El trabajo analítico en la etnografía es, sobre todo, una larga se­
cuencia en la que se a lte rn a n lectura y escritura, relectura y rees-
entu ra . Siempre es necesario regresar a las notas y a los registros
iniciales, a aquellos escritos que constituyen, a p artir de la experien­
cia de campo, el p rim e r paso analítico. La lectura de los registros
facilita, a un m ism o tiempo, una nueva observación. De hecho, al
releer por enésima vez los registros que uno m ism o escribió, con
frecuencia se tiene la sensación de estar viendo por prim era vez
algo que no se había visto. Estas observaciones nuevas son conse­
cuencia del trabajo conceptual, tam bién nuevo, que acompaña el
proceso analítico. El regreso a las versiones grabadas ofrece, in c lu ­
so, mayor posibilidad de dejarse so rprender por nuevos detalles sig­
nificativos. Los detalles que sobresalen se convierten en indicios
(Ginzburg, 1983) que apuntan hacia posibles vías de análisis.
En las p rim eras lecturas de los registros de campo, es común
in te n ta r tres cosas que son poco fructíferas, aunque tal vez inevita­
bles. La prim era es algo conocido como la asignación ad hoc de
frag m en tos de registros a un conjunto de categorías, sin demasiado
orden. Un detalle, discurso o suceso se toma como instancia de tal
relación o proceso; otro fra g m e n to se vuelve significativo para otra
relación, que nada tiene que ver con la primera. Este procedimiento,
en general, resulta en una dispersión, reflejada en la incoherencia
de los prim eros textos analíticos, previos al recorte y la definición de
ejes que ordenen el análisis. A menudo, el uso de los programas
de análisis por computación lleva a este tipo de errores, sobre todo
si se recurre a ellos desde el principio.
Otra cosa que suele suceder inicialm ente es que se lea todo
registro como instancia de dete rm inado proceso (todo es reproduc­
ción o bien todo es resistencia) de m anera esquemática. No se
cuenta con categorías su ficientem ente finas para poder a firm a r o
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

negar la existencia de ciertos procesos o relaciones de la realidad


estudiada. Nuevamente, solo el trabajo conceptual permite delimitar
los conceptos y desagregar las categorías para poder distinguir los
matices presentes en los procesos sociales.
A v e c e s es necesario este trabajo, que puede llenar muchas ho­
jas al inicio del proceso analítico. Sin embargo, ninguna de las dos
te ndencias - la lectura ad hoc y la lectura e s q u e m á tica - agota las
posibilidades indiciarías del m ate ria l de campo ni resuelve la cons­
trucció n de una descripción analítica. La interpretación o clasifica­
ción prem atura de frag m en tos particulares de los registros implica,
generalm ente, descontextualizar el análisis, al no considerar las
secuencias en las que se encu en tran insertos esos fragm entos. En
el segundo caso, el trabajo se localiza en un nivel demasiado a bs­
tracto, en el que se postula una relación antes de realizar el análisis
del m a te ria l de campo. Esta construcción puede te ne r su propia
validez teórica, pero d ifícilm ente p erm ite a rtic u la r una descripción
analítica de las relaciones p articula re s; no apresa los procesos tal
como se dan en la localidad estudiada.
La tercera tendencia en el proceso real de análisis se debe a la
m ism a complejidad y cantidad del m a te ria l (notas, registros, tr a n s ­
cripciones, entrevistas abiertas) que se genera en el campo. Es el
intento de reducir o de procesar los datos con algún sistema de c la ­
sificación y codificación, con m iras a m an eja r p oste rio rm e nte solo
los datos codificados, y no los registros originales. Salvo que se te n ­
gan ya m uy claras las categorías que efectivamente se necesitan
para determ inado análisis (en cuyo caso se debiera, en general, ha­
ber utilizado alguna técnica m ás estructurada en el trabajo de c a m ­
po), este camino no funciona muy bien al inicio del estudio e tno grá ­
fico. Su sistem aticidad requiere d e fin ir categorías y unidades de
análisis (¿se codifica la respuesta o el renglón?) para los cuales no
se suele estar preparado al inicio del estudio. Por lo mismo, no tiene
sentido hacer un estudio etnográfico para ir directam ente a la codi­
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

ficación y cuantificación de datos y a la comprobación de hipótesis


ya establecidas. La mayoría de las categorías que fin alm e n te se
usan son producto del trabajo conceptual realizado durante las s u ­
cesivas etapas del análisis, de tal fo rm a que es más fácil realizar
una sistem atización o codificación de la inform ación pertinente ha­
cia el final del proceso. Una vez que se llegue a este punto, es válido
s o m e te r a un análisis sistem ático la inform ación que se preste a
ello, para lo g ra r una idea de distribu cion es y contrastes de ciertas
prácticas dentro de la localidad y el período del estudio. Sin e m b a r ­
go, el análisis previo es indispensable; si no se tiene la paciencia
para realizarlo, es m ejor escoger otra fo rm a de investigar.
Otro problema de este tipo de codificación es que los m ateriales
de campo sirven para varios estudios distintos; un m ism o registro o
frag m en to se puede u tiliza r de distinta fo rm a en cada estudio. El
conjunto de usos posibles de los registros es demasiado difícil de
prever al inicio para poder d ise ña r un sistema de codificación
exhaustivo. Por últim o, este tipo de técnicas tiende a req ue rir una
gran cantidad de trabajo relativam ente mecánico y poco redituable,
dada la necesidad y las ventajas del continuo retorno a los registros
originales. Si bien a ctu a lm e n te existen program as que facilitan el
manejo de datos en la computadora, estos no eximen al investigador
del necesario trabajo conceptual, previo a la codificación de los re­
gistros. No obstante, pueden fa c ilita r la elaboración de un catálogo
te mático del m ate ria l de campo.
En comparación con los dos ú ltim os procedimientos (la fo rm a li-
zación esquemática y la codificación sistemática), aparentem ente
más ordenados, el proceso del análisis etnográfico puede parecer
bastante azaroso. El eje ordenador es el trabajo conceptual, la p er­
manente tarea de expresar, de manera explícita, las relaciones que
está en proceso de construir. Sin embargo, es necesario suspender
una fo rm ula ción demasiado precipitada. Se va elaborando el apoyo
conceptual junto con la relectura del m aterial de campo y los suce­
sivos intentos de redactar descripciones.
Intervienen, en esta instancia, m últiples tareas y habilidades. Por
ejemplo, el esfuerzo para to rn a r conscientes los procesos de infe­
rencia continua y ponerlos a prueba en la búsqueda en el campo o
en las notas; el hábito de d iscu tir las interpretaciones con colegas;
la disciplina necesaria de escribir, de escribir mucho, todo lo posible
dentro de los marcos siempre demasiado restringidos, dada la enor­
me magnitud de los pequeños m undos que exploramos en la etno­
grafía. En esta etapa de análisis, las continuidades y rupturas entre
conceptos teóricos y sentidos comunes (propios y ajenos) se van pre­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

cisando. Por ello, en lugar de buscar métodos para procesar los da­
tos (como la estadística o ciertos tipos de análisis del discurso) que
sean libres del sujeto (aun cuando estas pueden ser útiles de vez en
cuando), es necesario co m p re n d e r la subjetividad presente en todo
el proceso analítico para vigilar las afirmaciones que se aventuran.
Poco a poco, al a lte rn a r observación y análisis, se van haciendo
inteligibles cada vez más relaciones, se van descartando esquemas
iniciales y construyendo o seleccionando categorías que permitan
observar y d istin gu ir más detalles en los materiales de campo. A
veces se tiene la sensación de que algo surge de los datos, pero,
desde luego, sin el trabajo conceptual no surge nada; antes bien, los
frag m en tos analizados van to m a nd o su lu g a r dentro de concepcio­
nes progresivam ente más articu la d as. Se a rm an nuevas tra m a s
descriptivas y estas, a su vez, exigen re e stru ctu ra r la concepción de
los procesos que se estudian.
Los conceptos designan relaciones, no denom inan cosas. Las
relaciones son lo que no es observable en la realidad estudiada; son,
justam en te , lo que se tiene que construir, lo que perm ite a rtic u la r
de manera inteligible los elem entos observados. Ya que las relacio­
nes no son la suma de interacciones que ocurren entre personas, no
es posible in fe rirla s d irectam ente de los sucesos que se observan y
registran. En la investigación educativa, a m enudo se supone que
ciertos procesos, como la negociación o la resistencia, son fáciles
de observar d ire c ta m e n te en la vida cotidiana de las escuelas. Sin
embargo, la d ificultad de relac io na r determ inados actos con estos
procesos m uestra que es necesario c o n stru ir categorías que no son
evidentes en sí m ism a s . En el proceso analítico, se proponen re la ­
ciones que perm ite n in te g ra r y hacer inteligibles algunos elementos
observados. Los conceptos que expresan esas relaciones facilitan
describir, explicar y c o m p re n d e r m e jo r lo que se observó.
En este camino, ciertas fo rm a s de ela bo rar el m ate ria l hacen
posible este trabajo conceptual, al proporcionar los textos sobre los
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

cuales trabajar. Una m anera de c u m p lir esta labor es la redacción


de lo que he lla m a d o descripciones analíticas. Consiste en producir
textos en los que se m ue stra n las relaciones construidas mediante
una descripción extensa de un hecho observado, reordenándolo de
acuerdo con las categoría s analíticas utilizadas, pero a la vez co n ­
servando sus detalles particulares. En las sucesivas aproximaciones
escritas, se va log ra n do una m ayor coherencia. Se empieza a d e li­
near aquello que realm ente es posible co nstruir dada la información
que se tiene. Se escogen aquellos conceptos que corresponden a lo
observado, dejando a un lado otros que, tal vez, se consideraron in i­
cialmente.
En general, solo es posible plantear ejes que den coherencia a
las descrip ciones analíticas después de varios intentos de analizar
algunos registros. Esto se debe a las ventajas de tener alguna v e r­
sión escrita de lo que se ha podido observar, para d etectar ahí los
esquemas implícitos que, de hecho, se han usado durante el tra b a ­
jo previo. En estos textos pueden observarse las categorías que se
han usado inconsciente m ente , y desecharlos si no sirven. Luego, se
hace una nueva descripción, a p a rtir de una concepción más elabo­
rada o apropiada.
En cierto m om ento, se llega a un cierre del proceso, hecho que,
generalm ente, implica recortar el problema y descartar num erosas
¡deas que surgieron en la etapa inicial. Este paso perm ite fija r ejes
que a rticu le n la exposición. A veces, este es el m om en to en que se
puede explícitar la lógica de lo construido como resultado del a n á li­
sis de los m ateriales; se escribe una breve síntesis del argum ento,
de lo que se espera m ostra r, que sirva como guión del texto final.
Explicitar esta lógica es la instancia central de todo el proceso analí­
tico. Perm ite exponer las relaciones que realm ente to m a ron fo rm a
en las sucesivas descripciones analíticas y que dan coherencia al
estudio. Quedan fuera relaciones (nexos, conceptos, vínculos] que no
pueden m ostra rse con la inform ación de la localidad, aunque se
hayan anticipado teóricam ente.
Una vez explicitadas las relaciones que conform an el objeto, la
lógica o el argum ento, el resto del proceso analítico se vuelve más
ordenado que durante las prim eras etapas. Casi siempre, los p rim e ­
ros intentos analíticos, con todo lo esquemáticos, dispersos o e m ­
píricos que puedan ser, son m om entos necesarios para lle g a ra este
punto de definición. Después de este m om ento, es posible e stable­
cer el esquem a de la exposición y realizar el últim o paso analítico:
la redacción del texto final. Esta etapa aún requiere m ucho trabajo.
Por lo general, las descripciones analíticas ya redactadas quedarán
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

totalm ente recortadas y reordenadas bajo las nuevas categorías que


expresan las relaciones construidas. Si la exposición no ha de ser
una larga serie de registros comentados, el m aterial debe o rd e n a r­
se con m ira s a apoyar los conceptos centrales. En el m e jo r de los
casos, se logra presentar, sim ultán e am en te , la riqueza descriptiva
de lo que sucedió en la localidad y la fuerza conceptual de las re la ­
ciones que se lograron c o n s tru ir (el argumento de fondo],
A pesar de ser resultado del recorte conceptual, seguir la lógica
de lo construido frecu en te m e n te permite recuperar una gran ca nti­
dad de inform ación dispersa que proviene del trabajo de campo. En
esta últim a etapa resulta más productiva la búsqueda sistem ática
de los ejem plos o fra g m e n to s que apoyen, o bien que obliguen a
m atiza r o a m odificar las relaciones propuestas. En este m om ento,
un sistem a para o rdenar o codificar los registros puede ayudar a
in te g ra r de m anera exhaustiva, y no solo ilustrativa, el m a te ria l de
campo, y a dar riqueza a las descripciones fin alm e n te incluidas en
la exposición.

Elementos del análisis

El proceso analítico real puede seguir caminos m uy diversos


según los referentes e intereses del investigador o la historia social
del conocim iento sobre la temática. Sin embargo, es posible d is tin ­
g u ir algunos ejes generales. Entre ellos, los problem as de escala,
de unidad de análisis, de nivel de abstracción y de la relación entre
categorías sociales y categorías analíticas. Por otra parte, ta m b ién
es posible c o m p a r tir algunos de los procedimientos analíticos que
son de utilidad frente a la tarea concreta de qué hacer con los m a te ­
riales de campo.
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

Objeto de estudio

Una prim era precisión es recordar que el objeto de estudio es dis­


tinto del referente empírico. El objeto de estudio no es la situación
que se observó, sino el producto del proceso de conocer. En térm ino s
de Geertz (1973a), es una "ficción", en el sentido de algo que se fa b ri­
ca para dar cuenta de ciertos aspectos haciendo abstracción de
otros. El referente empírico, en cambio, es la localidad p a rtic u la r
donde se realiza el trabajo de campo o, más bien, lo que ahí se pudo
observar, lo que provee la base documental para la investigación.
La perspectiva etnográfica subraya el proceso de construcción
del conocim iento. Los objetos de estudio son un producto de ese
proceso. No son lo m is m o que las situaciones so cio cu ltu ra le s o b ­
servadas; m ucho menos, las personas con quienes in te ra c tu a m o s
durante la experiencia de campo. El objeto de estudio toma fin a l­
m ente la form a de un texto, una serie de narraciones y d escrip cio ­
nes organizadas de tal manera que m uestren ciertas relaciones de
un e ntram ado real que siempre será más complejo.
La definición del objeto de estudio corresponde a la perspectiva
teórica. Tiene distinta fo rm a según se conciba como significados,
tipos, e structuras, sistemas o procesos. ¿Cómo se definen las rela ­
ciones que constituyen el objeto que se intenta o logra construir?
Las aproxim aciones iniciales a lo que será concebido como objeto
de estudio marcan pautas para los modos de recolección y de a n á li­
sis. Concebir el objeto de estudio en té rm ino s de relaciones ayuda a
repensar las m aneras de llevar a cabo el análisis y de organizar la
descripción.
Al c o m p re n d e r que el objeto de estudio no es la localidad en la
que se trabaja, tam bién evitamos c o n v e rtirá las personas en obje­
tos de investigación. En la etnografía, es esencial la colaboración
con los individuos de la localidad, considerados siem pre como su je ­
tos que conocen su realidad. Con ellos, y mediante las categorías o
lógicas que nos proporcionan, llegam os a nuevos conceptos que
p erm ite n co m p re n d e r algunas relaciones que se establecen en la
localidad y con el mundo externo. Estas relaciones fo rm an parte del
objeto de estudio. Sin embargo, el m undo real siem pre será más
complejo y dinám ico que cu a lq u ie r representación que pudiéram os
proponer y, además, es un m undo en constante cambio, en el que
s e gu ra m e nte se modificará aquello que pudim os captar en un m o ­
mento dado. Recordar que nuestras versiones son provisionales sig­
nifica respetar la capacidad que tienen los sujetos individuales y
colectivos de tr a n s fo rm a r su mundo, in c lu ir una dim ensión te m p o ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

ral en el estudio etnográfico de procesos sociales y cu lturale s a c ­


tuales tam bién nos obliga a reconocer su naturaleza cambiante.

Unidades de análisis

En la etnografía, al igual que en cualquier investigación, se usan


unidades de análisis. En otros tipos de investigación, la unidad es
más clara porque se relaciona casi mecánicamente con procedí-
m ientos como la d eterm inación de la m uestra. La unidad es la e s­
cuela si el estudio se basa en una m ue stra de escuelas, de la cual
se obtienen datos pertinentes para esa unidad de análisis. Se carac­
teriza a la escuela por su tipo, tamaño, n úm ero de alumnos, loca li­
dad. En cambio, si la unidad es el estudiante individual, la m uestra
será de estudiantes y se usarán categorías que ubiquen sus antece­
dentes y sus características.
En un estudio e tnográfico esto es m uch o m ás complejo, ya que
puede h aber m uch as unidades de aná lisis que no siem pre tienen
una relación lineal con la in fo rm a c ió n de campo. Algunas pueden
se r más o m enos fijas, por eje m plo, c o n s id e ra r la clase escolar
como unidad que corresponde al registro de una secuencia d e lim i­
tada por m ateria, tema o actividad. Otras unidades, como la escue ­
la o la historia del m aestro, rem iten a in fo rm a ció n de muy distinto
tipo y fuente, incluyendo m ú ltip le s observaciones, d ocu m e ntos y
entrevistas. También puede suceder que la unidad de análisis, de
hecho, rebase la situación fo rm a l que se observa en el campo. Por
ejemplo, las asam bleas suelen s e r in c o m p re n s ib le s en sí m ism as;
es necesario in c lu ir inform ación sobre la preparación o negociación
previa o paralela y el desenlace p oste rio r para co m p re nd er su se n ­
tido.
¿Cuál es la im portancia de la unidad de análisis? Primero, debe
c o rresp on de r al objeto de estudio y a la escala de. los fenómenos
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

que se estudian. El análisis fino, de tipo sociolingüístico, no es ade­


cuado para conocer el contexto in s titu c io n a l o las consecuencias
sociales de una negociación entre los sujetos; por el contrario, una
caracterización global de una clase no p erm ite hacer interpretacio­
nes acerca de las inferencias y las apropiaciones de los sujetos.
Pensar en la unidad de análisis perm ite observar más siste m á tic a ­
mente la variación o identificar recurrencias y contrastes. Por e je m ­
plo, se puede m a n te n e r constante la escuela como contexto y a n a li­
zar lo que sucede en diferentes hechos o te m a s o, a la inversa,
m an ten e r constante el tipo de hecho o tema, y analizar lo que pasa
en diferentes escuelas o con diferentes m aestros. En cu alquier ca­
so, solo es válido c o m p a ra r cosas comparables. No se pueden u tili­
zar unidades disím iles para m o s tra r la presencia, ausencia o fr e ­
cuencia de ciertos rasgos. Esto sería el equivalente a co m p a ra r
centímetros en un caso con m etros en otro, aunque es fácil caer en
este e rro r en el análisis cualitativo. Tampoco es válido comparar,
por ejemplo, el discurso docente en un caso con la práctica docente
en otro caso, para in fe rir contrastes entre dos proyectos educativos.
Además, si se codifican o clasifican los registros de m anera sis ­
temática, las categorías deben corresponder a las unidades de aná­
lisis.
Finalmente, si bien es im p orta nte te n e r en cuenta las unidades
de análisis, gran parte de la interpretación etnográfica escapa a esta
lógica. En la etnografía to m a m o s la experiencia en el campo como
un todo, para e nco n tra r significados locales o incluso identificar
procesos de fondo. A veces se recurre a sucesos únicos o fra g m e n ­
tarios o a pequeñas conversaciones que echan luz sobre grandes
cuestiones, aunque siempre se debe proponer estas relaciones con
cierta cautela.

Escatas

Una discusión ineludible en to rno de la etnografía es la de la dis­


tinción entre el nivel micro y el nivel macro. En lug ar de usar esta
dicotomía, prefiero considerar las m últiple s escalas que se refieren
a las diferentes m agnitu de s de unidades de tiem po y de espacio y
que son básicas en la construcción de cu alqu ier tipo de investiga­
ción (Revel, 1996; Levi, 2003).
La escala se relaciona con el ta m a ño de la unidad de análisis.
Por ejemplo, se utilizan centímetros, metros o kilóm etros como uni­
dades pertinentes para ciertas dim ensiones del mundo físico. Lo
LA EXPERIENCIA ETNOGRAFICA

m ism o ocurre en lo social: existen estudios de interacción verbal en


los que los segundos son significativos; en otros estudios, sobre las
reformas educativas, por ejemplo, aun el año o la década son unida­
des demasiado cortas para poder reg is tra r cambios significativos.
La expresión de la escala de tiem po en la historia es la periodiza-
ción, problema que siempre revela la tensión entre el acontecim ien­
to y la larga duración (Braudel, 1958). La etnografía privilegia esca­
las temporales más próxim as a la experiencia en el campo, como
los ritmos y las secuencias cotidianas.
En la etnografía, la escala espacial es igualm ente im p o r ta n ­
te, incluso en un sentido m etafórico. Dentro de los horizontes del
salón de clase, de la vida e scolar o de los sistemas escolares, exis­
ten dinámicas y características particulares, que no n ece sariam en ­
te se dan de la m ism a m an era a otras escalas. Así, elem entos del
contexto social influyen en lo que ocurre en una escuela, pero no lo
determ inan en su to ta lidad. Lo m ism o sucede con las políticas na­
cionales o globales, que ayudan a co m p re n d e r facetas de la locali­
dad del estudio. La lógica propia de una escala puede incid ir en
otras, pero no son equivalentes. Finalm ente, las escalas tam bién
responden a una lógica de construcción social (Nespor, 1994).
Dentro del trabajo etnográfico, el ámbito cotidiano representa un
recorte de escala. El trabajo empírico, por lo general, se realiza en
un contexto (o en varios), accesible te m p o ra l y espacialm ente a la
experiencia directa del investigador. Este marco es el punto de p a r­
tida. Se trabaja con los elem entos que provienen de escalas sociales
mayores cuando inciden en lo cotidiano, sobre todo si aparecen
como referencias en la localidad. También se trabaja desde lo co ti­
diano hacia unidades mayores de tiempo, recurriendo a la m em oria,
la tradición oral o la docum entación. Hacia el polo de lo micro, en la
etnografía se seleccionan hechos, secuencias de interacción y otras
unidades menores del discurso o de la práctica social, como d e lim i­
taciones necesarias para d is tin g u ir lo significativo de la acción h u ­
ETNOGRAFICO

mana. Así, la escala de lo cotidiano como horizonte de la vida diaria


suele e n m a rc a r la experiencia de campo, pero no necesariam ente
define el alcance o la d e lim ita ción del objeto de estudio. Si se pla n ­
tea el estudio en té rm in o s m ás generales, el lugar en que se hace
una investigación no limita, de por sí, el conocimiento construido. Se
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

trata de la distinción clásica entre el estudio "de casos” y el estudio


"en casos" (Geertz, 1973a).

Niveles de abstracción

Por niveles, palabra de m ú ltip le s sentidos, me refiero a los nive­


les de abstracción de las categorías utilizadas en el análisis. Dentro
de cu a lq u ie r escala es posible utilizar categorías de mayor o de
m e n o r nivel de abstracción para señalar distinciones y sim ilitud e s
entre los fenómenos. Así, las escalas mayores no necesariam ente
corresponden a niveles más abstractos de categorías. Además, es
im porta nte notar que c u alqu ier categoría o palabra que se usa para
d e scrib ir determ inada realidad implica algún nivel de abstracción.
Incluso las categorías sociales usadas cotidianamente para d enom i­
nar las cosas del m undo social son abstractas.7
En este sentido, en la etnografía no se abstrae a p a rtir de los
datos concretos, para llegar a un supuesto contenido esencial; antes
bien, tendem os a em pezar con conceptos iniciales bastante a bstrac­
tos (se suele sintetizar mucho con una palabra, por ejemplo, sociali­
zación, reproducción, com unidad de práctica o incluso escuela, m aes­
tro, alum no). Es necesario c o n s tru ir progresivamente categorías
analíticas cada vez más finas, que permitan encontrar lo discontinuo
en aquello que reg istra m o s como un flujo continuo de experiencia
cotidiana. En este proceso, buscamos categorías que den cuenta de
la especificidad de lo que ocurre en una localidad delimitada en el
tie m p o y el espacio, pero que tam bién contribuyan a c o m p re nd er
otras realidades.
En la redacción final, es p a rtic u la rm e n te im p orta nte s e r co ns­
cientes de los diferentes niveles de abstracción en que se está t r a ­
bajando. Se pueden d is tin g u ir las afirm aciones que dan significado
g en eral a los resultados, de las que dan cuenta de realidades p a r­
ticu la re s . Por ejemplo, al re d a cta r se usan ciertas fo rm a s (tiempo
pasado, plurales, sustantivos adjetivados) que lim ite n los re s u lta ­
dos al caso estudiado en lu g a r de generalizar ("el m aestro X" en
lu g a r de "los m ae stros", etc.]. En otra parte, se fu n d a m e n ta n los
vínculos entre la realidad estudiada y los problemas generales del
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

campo.
A d q u irir conciencia de los diferentes niveles de abstracción pre­
sentes en las relaciones construidas es uno de los aspectos más
difíciles del proceso etnográfico. Las relaciones pueden plantearse

7. No hay conceptos m ás abstractos que comunidad (sobre todo si es ilusoria) y


población, si no se reconstruyen en su particularidad histórica. Véase Roseberry
(1989).
en té rm in o s usados o no en el discurso local, pero deben efectiva­
m ente a rtic u la r de m anera inteligible los hechos observados en la
localidad. Por otra parte, deben proporcionar h erra m ie ntas concep­
tuales que sirvan para co m p re n d e r procesos s im ila re s en otros
lugares.

Categorías sociales y categorías analíticas

Un problema central en la etnografía es la construcción de cate­


gorías analíticas y su relación con categorías sociales. Aparece des­
de el m o m e n to en que pensam os en tem as de estudio y e scu ch a ­
mos h a b la r sobre los fenóm enos en el campo. Continúa hasta el
m o m e n to de ord en ar y se g m e n ta r la exposición final. Es e spe cia l­
m ente im p orta nte en la etnografía por la form a en que vamos inter-
actuando con el conocim iento legítimo de quienes conocen las loca­
lidades en las que realizamos un estudio.
Por categorías sociales8 entiendo aquellas representaciones o
prácticas que aparecen de manera recurrente en el discurso o en
las acciones de los habitantes locales y que establecen distinciones
entre cosas del m undo que ellos conocen y m anejan. Desde luego,
estas categorías son diferentes de grupo a grupo. Adem ás, el m is ­
mo investigador hace distinciones y se refiere a cosas sobre la base
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

de sus propias categorías sociales, derivadas de su experiencia en


otros ámbitos. La teoría establecida provee algunas categorías que
son más eficaces que las del sentido común para captar diferencias
sociales de fondo. Sin embargo, las categorías sociales, sobre todo
aquellas que son ajenas al investigador, ta m bién señalan d ife re n ­
cias y significados que no se aprecian desde la teoría existente.9

8. En algunas propuestas, se prefiere el té rm in o categorías culturales. Yo opté por


categorías sociales para in c lu ir aquellas distinciones que no tienen una inscripción
c u ltu ra l explícita, pero que sí se m anifiestan en las relaciones sociales.
9. Esto es claro en el análisis que M alinowski (1972, capítulo VI) hace de los tipos
de intercam bio basándose en diferencias señaladas m aterial y sim bólicam ente en la
cu ltu ra y que con frecuencia (no necesariam ente) son nom bradas en la lengua. Este
an á lisis le p e rm itió re fu ta r la concepción "u tilita ris ta " del intercam bio p rim itivo que
Es com ún que en la investigación etnográfica se a sum an como
categorías analíticas ciertas categorías sociales. A veces, se hace
por necesidad: por ejemplo, una m uestra de escuelas se basa, fr e ­
c u entem ente, en las categorías propias del sistema escolar oficial
(rural, urbana, completa, incompleta, entre otras), bajo el supuesto
de que estas señalan diferencias significativas, aunque la realidad
sea otra. Otras, se asum en categorías sociales de m anera inc o ns­
ciente, por no cuestionar a qué corresponden; por ejemplo, las dife­
rencias que se señalan en el m ag isterio (entre n o rm a lis ta s y no
normalistas, empíricos o técnicos) pueden decir más acerca del dis­
curso g re m ia l que se ña la r diferencias reales en la práctica de los
m aestros. Algunas categorías sociales pueden convertirse en obs­
táculos, por ejemplo, la dicotomía político versus no político a veces
esconde las posturas político-sindicales comunes a todos los m a e s­
tros, incluso los que no participan.
También sucede lo contrario; las categorías sociales, retomadas
desde cierta perspectiva teórica, señalan im portantes discontinuida­
des en la realidad local. Por ejemplo, más allá de la dicotomía es­
cuela/com unidad, que es usual en el discurso académico y a d m in is ­
trativo, emergen categorías sociales locales que indican diferencias
im portantes: las localidades llam adas "com unidad" (barrio, colonia,
pueblo, agencia, rancho, villa, banda) tienen dinám icas internas y
grados de autonomía muy diferentes entre sí. Al rep la n tea r estas
distinciones locales en té rm in o s más analíticos, algunos investiga­
dores sociales usan té rm ino s abstractos (como grupos, conjuntos,
configuraciones). La tendencia en la etnografía, en cambio, es en ­
co ntrar y conservar aquellas categorías locales que señalan diferen­
cias im p o rta n te s y que no fueron previstas por el investigador. El
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

conocim iento local ha nutrido así, históricamente, la elaboración de


las teorías antropológicas.
Las categorías analíticas corresponden, finalm ente, a una co n ­
cepción teórica implícita o explícita. Incluso es siem pre desde cierta
perspectiva teórica que se perciben y se incorporan las categorías

form aba parte más bien de la cu ltu ra occidental de su tiem po, como expresión del
lib e ralism o económico.
sociales significativas para el análisis. Por otra parte, es importante
notar que las categorías sociales pueden tener té rm in o s especiales
en el discurso local, o bien solo encontrarse implícitos en las accio­
nes o la manera de hablar de algunos habitantes de la localidad.
Por ejemplo, las categorías sociales que establecen distinciones de
clase o raza tal vez no se nom bren como tales, para o cultar un pre­
juicio; no obstante, se hacen evidentes en acciones de exclusión y
discriminación. Las distinciones que marcan este tipo de categorías
pueden ser un aspecto im p orta nte del estudio.
No se trata, entonces, de a s u m ir como propias y analíticas to ­
das las categorías sociales locales para ver la realidad tal como la
ven los habitantes. Tampoco conviene desechar todas esas catego­
rías como prenociones carentes de significado teórico. Al d escu brir
y usar categorías del conocim iento local, es im p orta nte retom arlas
en el análisis en la medida que expliquen m e jo r la dinámica o bse r­
vada y se puedan in te g ra r al trab ajo co nceptual y a la elaboración
del texto etnográfico.

Lo p a rticu la r y lo general

El equilibrio entre lo p a rtic u la r y lo general es uno de los proble­


m as centrales de la investigación etnográfica: no es posible e lim i­
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

n ar ninguno de los polos (Erickson, 1986). En la antropología, para­


dójicam ente, hay m ayor posibilidad de lle g a r a una fo rm u la ció n
m ás general cuando nos s u m e rg im o s en lo p a rtic u la r del caso es­
tudiado. El camino hacia adentro lleva a lo general y perm ite cons­
t r u i r conocim ientos que pueden te n e r una fuerza no circunscrita al
sitio y m om en to de su construcció n, así como e n c o n tra r lógicas
que pueden ser válidas más allá de la d elim ita c ión del estudio. La
secuencia p a rtic u la r de los hechos o los deta lles de cada evento
son irrepetibles. No obstante, en la d escripción etnográfica se in ­
tenta conocer relaciones o procesos con un valor más general, que
articu le n y expliquen tanto los sucesos particula re s como su va ria ­
ción te m p o ra l o espacial. Esto no quiere decir que las m ism as rela­
ciones existan en todos lados, sino solo que han sido form u la da s de
ta l m anera que es posible ver si son relevantes o no en otros casos
particulares. Al estud iar otras localidades, se pueden encontrar las
fo rm a s en que se presentan - o n o - en la realidad local aquellas
relaciones que se construyeron en estudios etnográficos anteriores.
Los procesos estudiados pueden e nu nciarse en té rm in o s a bs­
tractos, por ejemplo, la negociación en to rn o de algún aspecto de
la escuela. A p a rtir de las interacciones observadas y de las e n tre ­
vistas con personas de la localidad, se reúnen referentes empíricos
y categorías sociales que m u e stra n lo que está en juego en la ne­
gociación, según los p articipantes. No obstante, estos contenidos
- p o r ejemplo, una cele bración cívica o un u n ifo rm e e s c o la r- pue­
den a rticu la rse desde una nueva concepción acerca de las posi­
ciones involucradas en la negociación y sus desenlaces posibles.
Así, lo que está en el fondo de una negociación puede ser no la ce­
lebración o el u n ifo rm e en sí, sino la d istribu ción del trabajo y de
los costos involucrados en la participación escolar. Esta es la lóg i­
ca que perm ite a bo rd ar otros casos, en los que pueden ser diferen­
tes los conte nidos en el m om en to , pero sim ila re s los motivos de
fondo.
La generalización es distinta de la representatividad. Lo que
sucede en una localidad no necesariam ente pasa en otras y no se
propone que el caso estudiado sea representativo de alguna m u e s ­
tra mayor. En la etnografía, la cuestión de representatividad se plan­
tea en el interior del caso estudiado. ¿Cúan representativo es lo que
se observa de lo que aquí suele suceder en otros momentos? De ahí
la necesidad de p erm a n e c e r m ucho tiempo en el campo, de hacer
m últiple s observaciones y entrevistas, en diferentes situaciones,
para encontrar recurrencias que apoyen esa representatividad in te r­
na, o bien para conocer las circunstancias particulares de lo que no
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

parece ser recurrente.

Algunos procedimientos

Así como en el trabajo de campo es posible combinar una gran


cantidad de técnicas, también en el proceso analítico es posible utili­
zar procedimientos y operaciones provenientes de diferentes discipli­
nas. De este modo, se han aprovechado ciertas form as de análisis
estadístico (no paramétrico), censos y mapas, diagramación de redes
de relación y análisis del discurso, entre otros. Sin embargo, si consi­
deramos la descripción narrativa como la característica distintiva de
la etnografía frente a otras fo rm a s de investigación social, el proble­
ma analítico central se encuentra en la construcción del texto etno­
gráfico. Es posible hacer explícitos algunos de los procedimientos
que permiten ir tran sfo rm an d o el m aterial de campo en el texto final.
El m ate ria l recogido en el campo se presenta de muy diferentes
formas. Por eso, es necesario escoger procedimientos específicos
para analizar los m ate ria les en cada caso. En algunos estudios, la
inform ación necesaria ya viene etiquetada; existen categorías bien
delineadas en et discurso local para designar ciertos m om en to s o
hechos, y n o rm a s explícitas y categorías sociales que indican re la ­
ciones entre las personas. En otros casos, se presenta la in fo r m a ­
ción de m anera m ucho más fr a g m e n ta ria y oculta, pues no existen
categorías explícitas que ayuden a percibir diferencias significativas.
Los m ateriales de campo presentan la información de diferentes
maneras; por ejemplo, hay contrastes entre:

- Las situaciones re c u rre n te s que reproducen, a veces con casi


idéntica secuencia o sentido, las tradiciones o prácticas c u ltu ­
rales más reconocibles de la vida cotidiana.
- Los detalles diarios, rutinarios, que tal vez se ven al principio y
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

luego se vuelven tan predecibles y fa miliares que se dejan de


registrar.
- Los fra g m e n to s dispersos en la información que proviene de
diferentes personas con quienes se conversa, o de observacio­
nes hechas en diferentes m o m e n to s que, de manera aislada,
significan poco, pero se vuelven inteligibles al re co n stru ir t r a ­
mas completas, hilando unos con otros.
- Las situaciones-síntesis, ricas y comprensibles en función del
conocim iento previo (del contexto, del mom ento, de los su je ­
tos), que perm ite n a rtic u la r una gran cantidad de información.
- Las situaciones-clave, que revelan, de repente, aspectos gene­
ra lm e n te invisibles (para el investigador), dada la rutina diaria
y el discurso normativo; por ejemplo, momentos de trasgresión
de la norma.
- Las entrevistas profundas, generalm ente más extensas, con
personas dispuestas a c o m p a rtir su conocim iento especializa­
do sobre algún tema.

Cada tipo de información sugiere distintas form as de análisis, se


integra de diferente manera al texto final. La construcción del texto
etnográfico se realiza m ediante una serie de descripciones sucesi­
vas. La prim era descripción es producto de la ampliación de las
notas de campo o transcripciones. Este m aterial puede reescribirse
de m uchas m aneras y g e n eralm en te se lo tran s fo rm a por lo m e ­
nos dos veces antes de integrarse a la exposición final de los re su l­
tados de la investigación. Los textos analíticos pueden se r d escrip ­
ciones generales de situaciones o características recurrentes, en las
que ciertos frag m en tos de los registros iniciales sirven de apoyo
empírico. También pueden se r descripciones detalladas de un solo
hecho registrado, cuya riqueza perm ita a rtic u la r otra información
dispersa en las notas de campo. La forma que toman estos escritos
analíticos depende del estudio y de la forma en que se encuentra, en
las notas de campo, el m a te ria l utilizado para co nstruir su objeto.
Aunque a veces se deja a un lado alguna serie de registros, g e ­
neralm ente los recortes no se dan sobre el m aterial de campo, sino
sobre el conjunto de categorías analíticas que se pensaba usar para
o rdenar los contenidos. Después, los m ism os registros de campo
suelen servir para nuevos análisis. Desde concepciones alternativas
del objeto de estudio se puede in te g ra r la m ism a información en
m últiples sentidos. Pensar sobre un registro de campo con diferen­
tes conceptos produce diferentes descripciones de un m ism o hecho.
En el trabajo de ir construyendo una descripción de cierta parte
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

(nunca del todo) del proceso estudiado, es posible distinguir algunos


procedimientos analíticos, es decir, lo que se hace con el m ate ria l
para transform arlo. A continuación describo cinco: a) interpretación;
b) reconstrucción; c) contrastación; d) contextualización, y e) explici-
tación. Algunas de estas operaciones pueden quedar entrelazadas
con otras al ela bo rar dete rm ina do texto descriptivo. No incluyo los
procedimientos más comunes en la investigación, que también su e ­
len utilizarse en el análisis etnográfico (por ejemplo, la clasificación
o la codificación, el conteo de frecuencias y el análisis de la distribu-
ción, la d e te rm ina ción de tipologías, la elaboración de cuadros o
tablas, entre otras), ya que su manejo es más conocido (cf. Atkinson
y otros, 2001; Schensul y Lecompte, 1999).

1) Interpretación. Puede entenderse de entrada como la c o m ­


prensión del significado de los discursos y las acciones. Esta
definición no ayuda mucho, ya que existen diferentes niveles o
e s tru c tu ra s de significado y m uchos lugares desde donde se
co m prenden las palabras y las cosas. Retomo aquí solo el
nivel más elemental, la interpretación de lo que se dijo, que es
un paso continuo en el proceso etnográfico. Escuchar lo dicho,
y com p re nd erlo, involucra bastante más que un conocim iento
del idioma utilizado; requiere no solamente conocer la lengua
o el léxico local (un reto en sí), sino ta m bién los aspectos se­
m ánticos y p ra gm ático s de las expresiones lingüísticas. Es
decir, es necesario no solo co m p re n d e r el significado de las
palabras o las expresiones enunciadas, sino tam bién el s e n ti­
do en que se dicen (por qué se dicen en ese m om ento, entre
esas personas) y la fuerza que tienen (qué efecto tienen en
quienes las escuchan). Toda interpretación ta m bién requiere
in fe rir el significado de mensajes indirectos en la interacción,
a p a rtir de tonos y gestos. Es im portante distinguir, por e je m ­
plo, tonos de ironía, h u m o r o seriedad en el habla.
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

In te rp re ta r requiere, además, com prender, en lo posible, el


conocim iento local (Geertz, 1983 y 2000). C om prender lo dicho
como lo hacen otros sujetos de la localidad implicaría, entre
otras cosas, c o m p a r tir toda su experiencia común, lo cual es
imposible. No obstante, la progresiva asim ilación de refe ren ­
cias y sentidos locales es parte de lo que marca el avance en
el trabajo de campo. Las situaciones en que particip am os po­
nen a prueba el conocim iento que tenemos de la cultura local.
Las inferencias que hacemos acerca del significado de lo dicho
se apoyan en las respuestas que dan otros participantes (cuyo
significado desde luego también se tiene que inferir), quienes
a veces nos m u e s tra n alternativas de interpretación. Siempre
existen, además, niveles implícitos o inconscientes que t a m ­
bién influyen en la interpretación de los registros de campo.
Por ello, es tan importante, en la etnografía, el trabajo de re ­
flexión sobre los marcos de interpretación que solemos usar,
pero que también podemos m odificar en cierta medida.
Finalmente, la hermenéutica advierte que no existen significa­
dos fijos e inm utables en los discursos o las prácticas, sino so­
lo significados creados o apropiados por sujetos. La reflexión
de Ricoeur, si bien referida a textos, es pertinente:

Leer es, en cualquier caso, enlazar un discurso nuevo con el dis­


curso del texto [...]. La interpretación es el resultado concreto
de esa imbricación [...]. Entiendo aquí por apropiación el hecho de
que la interpretación de un texto desemboca en la interpretación
de sí de un sujeto que, a partir de ese momento, se comprende
mejor o, sencillamente comienza a comprenderse [...]. De este
modo, la interpretación aproxima, ¡guala, hace que lo extraño
resulte contemporáneo y semejante, es decir convierte en algo
propio lo que, en un principio, era extraño (Ricoeur, 1999: 74-75).

Este pasaje ilum ina claram e nte tanto los orígenes como los
destinos del texto etnográfico.
2) Reconstrucción. Un segundo procedimiento característico del
análisis etnográfico consiste en a rm a r o reco nstru ir las redes
de relaciones y las tra m a s de pequeñas historias. Esto se
logra observando la secuencia de conjuntos de situaciones o
sucesos entrelazados entre sí. Para reconstruir dichas tram a s
se utiliza una cantidad de m ate rial, a m enudo fragm en tario,
obtenido en diferentes m om en to s y situaciones, que puede
in c lu ir detalles que se notaron y registraron inicialm ente, sin
co m p re n d e r su relación con tram a s o sucesos significativos.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Idealmente, se recurre a versiones de diferentes personas


sobre los m ism os hechos (la llamada "tria ng ulació n ” ), se inte­
gran varias observaciones y entrevistas referidas a un m ism o
suceso. La recurrencia de ciertos rasgos puede ser significati­
va para este análisis, o bien una situación única puede revelar,
de pronto, una dinámica oculta bajo la rutina de todos los días,
como cuando alguien transgrede una regla implícita. La re ­
construcción requiere una sistemática y cuidadosa búsqueda
de todos los indicios en los registros y, de ser posible, una
puesta a prueba de lo que se reconstruye en una nueva etapa
de trabajo de campo.
Este procedimiento es s im ila r a la actividad del arqueólogo o
del paleontólogo, quienes a rticu la n un conjunto lim itado de
fragm entos recogidos para conocer estructuras completas. En
este proceso de inferencia, el conocim iento previo del m undo
escolar o com unitario, por ejemplo, perm ite g e n e ra r buenas
hipótesis acerca del lu g a r que puede ocupar cada frag m en to
dentro de una e stru ctu ra mayor, así como el conocim iento de
la morfología o la arquitectura posibilita re co n stru ir el modelo
de un dinosaurio o un te m p lo, y reconocer los lugares donde
encajan los frag m en tos obtenidos en el campo. Las re c u rre n ­
cias y las regularidades observadas ta m bién nos dan pautas
que perm ite n ubicar la evidencia fra g m e n ta ria al re c o n s tru ir
un proceso mayor. Si la reconstrucción que hacemos es válida,
perm ite prever ciertas te ndencias o desenlaces de situaciones
observadas poste rio rm e nte en el trabajo de campo.
3) Contextualización. Otro procedim iento constante en el análisis
etnográfico consiste en colocar en un contexto lo observado en
el campo. Esto, desde luego, ta m b ién encierra una gama de
referencias posibles, sobre todo en función de la escala, ya
que el "contexto” puede sig n ific a r desde el enunciado en que
aparece determ inada palabra o la conversación que enmarca
ETNOGRÁFICO

un enunciado, hasta el entorno local, regional o nacional en


que sucede lo registrado en el campo. Desde luego, es im p o ­
sible conocer todos estos contextos de los procesos estud ia ­
dos. Lo que generalm ente hacemos es tra ta r de m o s tra r en el
análisis cómo la consideración de algunas características es­
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

pecíficas del contexto puede hacer más com prensibles los fe ­


nóm enos que estudiam os. También podemos d e s c u b rir de
qué manera un nuevo contexto modifica las características del
e lem ento o cambia su significado, a veces radicalm ente. Por
ejemplo, in co rp o ra r ciertas prácticas cu lturale s tradicio nales
al ám bito escolar puede tra s to c a r su sentido original. Es in ­
dispensable te ne r cierto conocim iento contextual para c o m ­
p render lo que está pasando, sobre todo en situaciones co n ­
flictivas. En la actualidad, por ejemplo, el conocim iento de las
tendencias educativas globales resulta ser im prescindible pa­
ra co m p re nd er m uchos sucesos locales en el ámbito escolar.
) Contrastación. Es la fo rm a e le m e n ta l de tra b a ja r con la dife­
rencia en el análisis etnográfico. La búsqueda de ejes de con­
trastación p erm ite d e s c rib ir algo al co m p ararlo con otro caso
y e n c o n tra r diferencias significativas entre dos situaciones
similares. Al observar ciertos sucesos (como una reprimenda]
en diferentes condiciones, notam os sus características co ns­
tantes, o bien explicamos el efecto de estas condiciones sobre
los sucesos observados (tal vez no se reprende en presencia
de los padres). La contrastación entre prácticas, situaciones o
expresiones que re g is tra m o s en el campo tiene un paralelo
con el trabajo de los lingüistas. Al e studiar una lengua desco­
nocida, ellos escogen dos palabras idénticas salvo en un so ni­
do ("un par m ínim o") y preguntan qué significan. Si los ha­
blantes a firm a n que significan algo distinto, se concluye que
los sonidos diferentes son de hecho dos fo ne m a s de la len ­
gua. Esto llevó a cierta co rrien te de la etnografía a s u g e rir
que entre ele m e n tos c u ltu ra le s ta m b ién existen diferencias
significativas, que se den om ina ro n émicas (en alusión a foné-
m ica s).10 En la co ntrastació n etnográfica, al seleccionar y
c o m p a ra r dos sucesos con sem ejante e s tru c tu ra fo rm a l, en
contextos sim ilares, se encuentran las diferencias que p e r m i­
ten id e n tifica r ciertos e le m e n tos significativos y establecer,
así, categorías culturales. Es p a rtic u la rm e n te im portante, en
esta instancia, cu id a r los aspectos de escala y nivel de a bs­
tracción, para a seg urar que se estén com p aran do cosas del
m ism o orden.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

5) Explicitación. Hacer lo observado inteligible para otros obliga


a un análisis m ás exhaustivo de algunos de los hechos o su-

10. Lo ''ém ico'' se derivó por analogía con el nivel fonémico de la lengua, referido
a las unidades m ínim as que establecen distinciones significativas dentro de una le n ­
gua en particular. Lo émico se refiere, así. a categorías que son significativas dentro
de una cu ltu ra en particular. Lo ético, por analogía con el nivel fonético, se refiere a
categorías que perm iten el análisis com parativo con parám etros constantes (Spra-
dley y McCurdy, 1972).
cesos (no todos) que, por su riqueza, sintetizan una gran ca n ­
tidad de cara cterística s de los fe nó m e n os estudiados. Se
trata de reescribir, de una fo rm a m uch o más amplia que el
registro origin al, aunque igu a lm e n te cercana a los detalles
particulares, una situ ación observada (clase, asamblea, j u e ­
go, conversación), tratan do de explicarse a sí m ism o y a otros
lo que está pasando en la situación descrita. El ejercicio de
e xplicitar es m ucho m ás com pleto que el de solo c o m e n ta r
frag m en tos de registros. Confronta al investigador con todo lo
que no puede e xplicar y así tiende a o b lig a r a una búsqueda
de info rm a ció n adicion al (en otros registros o en el campo)
que perm ita c o m p re n d e r la situación. También puede m a rca r
lím ites a lo que fue posible reconstruir.
El proceso de hacer explícito lo que observamos permite sacar
a la luz los preconceptos y las categorías que usamos im p líci­
tam e nte para d e s c rib ir una situación, y por lo m ism o, hace
posible repensarlas, discutirlas y m odificarlas. En este proce­
so es im p o rta n te ver los registros como textos que requieren
interpretación, y no como fuentes de "datos" que se pueden
aisla r de su contexto de origen. Cuando nos acercamos de
nuevo a los registros, a veces te ne m o s la im presión de e ntrar
en un te rr ito rio desconocido, como si fuera la prim era vez.
Esto nos p e rm ite s e g u ir nuevas pistas hacia la comprensión
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

de la situación y hacia la construcción de relaciones no previs­


tas al inicio del estudio. El análisis se presenta así como una
segunda (o tercera o cuarta) observación, donde se modifican
los esquem as conceptuales y aparecen, en consecuencia,
nuevos elementos. Esto es incluso más evidente al observar y
escuchar las grabaciones de audio o video hechas en el c a m ­
po. En el texto etnográfico, nunca debem os suponer que el
lector va a c o m p re n d e r lo que p rocuram os m ostra rle a p artir
de la simple lectura de un fragm ento de registro. Es necesario
hacerle n otar qué detalles se están tom ando en cuenta como
significativos y explicarle cómo apoyan el argum ento de fondo.
Explicita r lo que el etnógrafo observa en los registros guía la
lectura de un texto etnográfico.
El ú ltim o paso del análisis se realiza al redactar la monografía
etnográfica. La secuencia y la es tru c tu ra de este texto respaldan el
conocim iento construido, y este se organiza m ediante las catego­
rías utilizadas. En los años noventa, el carácter del texto e tno grá fi­
co se convirtió en un tema im p o rta n te (van Maanen, 1988 y 1995;
Atkinson, 1990 y 1994; Marcus, 1998; Reynoso, 1991; Geertz, 1988 y
2000; Goodall, 2000). La discusión subrayaba la manera en que el
antropólogo construye su autoría y su autoridad, es decir, su dere­
cho a e s c rib ir lo que e scrib e .11 La autoridad etnográfica, en el
pasado, se derivaba del hecho de que el a utor “ estuvo ahí", pero la
práctica tradicio nal de borrarse a uno m ism o imponía una distancia
y daba una aparente "objetividad" al texto etnográfico. En la a ctua ­
lidad, se critica este pretendido realism o y se considera una postu­
ra más hum ilde, en la que se aceptan y se describen las lim ita c io ­
nes ineludibles que se presentaron en el campo y se admite la
relativa ignorancia acerca de m uchas cosas. En esta tendencia se
revela cómo se llegó a la localidad y qué relación se estableció con
los habitantes, y se describe las condiciones del trabajo de campo.
La cuestión de la autoría es ce ntral en toda ciencia y su solución no
es unívoca ni sencilla. No obstante, en la actualidad resulta in e lud i­
ble a s u m ir una m ayor conciencia de los géneros textuales y de la
retórica que se usa al red acta r un texto etnográfico, sin perder de
vista el objetivo ce ntral de c o n tr ib u ir a la com prensión de relacio ­
nes o procesos generales que se dan en lugares y m om entos p a rti­
culares. En el ú ltim o capítulo abordarem os algunos aspectos c r u ­
ciales del texto etnográfico.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

EL TRABAJO CONCEPTUAL

Algunos ensayos sobre la investigación etnográfica parecieran


suponer que el trabajo conceptual es prescindible. He argumentado,
al contrario, que el trabajo conceptual es fu nd am e nta l para c u a l­
q uier estudio etnográfico, aunque no se llegue, necesariamente, a

11. Se desarrolla este tema en el capítulo 7.


una fo rm alización teórica. AL realizar un estudio etnográfico, aun
con poco tiem po disponible, se debe a brir un espacio para repensar
y d iscu tir las categorías utilizadas y, así, e nriq u ece r la concepción
que se tiene al inicio.
La centralidad del trabajo conceptual dentro de la etnografía está
relacionada con la posición epistemológica desde la cual se asume
esta fo rm a de investigar. Mi reflexión parte del hecho de que se ob­
serva y se describe, n ecesariam ente, a p a rtir de d eterm inada con­
cepción del objeto. Existen m uch as descripciones posibles de cu a l­
quier fe nóm eno social. Cada descripción contiene concepciones
implícitas, pues no puede h ab er una descripción "directa" de los
hechos que no sea mediada por algún esquema m ental. Se logra
una descripción más coherente y más inteligible de una situación
p a rticu la r en la medida en que se hagan explícitas y se fo rm u le n en
té rm in o s generales algunas relaciones que articulan la descripción.
Es decir, no se observa para luego co n s tru ir una teoría; a p a rtir del
trabajo conceptual es posible observar ciertos aspectos de la rea li­
dad. No se describe para después hacer teoría, se hace teoría para
poder d escrib ir mejor.
En el proceso real, la relación entre la teoría y el trabajo descrip­
tivo se expresa de diferentes m aneras. Hay m om en to s iniciales en
que la teoría está presente. No sola m ente se trata de la teoría fo r ­
mal, sino de todo el conjunto de concepciones, incluso las del se n ti­
ETNOGRÁFICO

do común, que tiene el investigador en torno de su tema. De hecho,


estos ante cedentes p erm ite n em pezar a fo rm u la r preguntas, pues
estas no emergen de la nada, resultan de cierto conocim iento pre­
vio. La teoría ta m bién está presente en la previsión acerca de lo que
se aceptará como una respuesta a las preguntas, una decisión in i­
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

cial acerca de la co nstrucción considerada válida, según se busque


dar cuenta de e structuras, de sistemas o bien de procesos. En cada
caso se plantean posiciones teóricas diferentes como un trasfondo
general que orienta el proceso de construcción.
En la tradición etnográfica, c o n s tru ir conocim iento significa dar
contenido concreto a los conceptos que se elaboran; significa, ade­
más, establecer las relaciones no solo entre conceptos en abstracto,
sino entre los conceptos y los contenidos empíricos provenientes de
un contexto histórico en la localidad del estudio. En otras tra d ic io ­
nes investigativas, suele ser necesario establecer la relación entre
conceptos y elementos observables al inicio del estudio. Es decir, se
requiere "operacionalizar" los conceptos derivados de la teoría
como variables y establecer indicadores para medirlos. En la e tno ­
grafía, esta relación permanece, en gran medida, indefinida y se
construye progresivamente, a lo largo del análisis. La idea de m a n ­
tenerse abierto y flexible durante la construcción etnográfica, en ese
sentido, no es sim plem ente un estilo de trabajo; es la condición para
poder establecer nuevos vínculos entre los conceptos y las acciones
o situaciones observables.
Durante el proceso, hay m o m e n to s en que se plantean relacio ­
nes partiendo de toda la riqueza conceptual que se tiene a la mano,
y luego se generan esquemas en abstracto. Aveces, estos m o m e n ­
tos son necesarios en alguna etapa de la investigación, pero los
esquemas iniciales, g eneralm ente, no resuelven el problema de la
construcción de los nexos entre la concepción y lo que se d ocu m e n ­
ta en la experiencia de campo. Por eso, existen en la etnografía las
consignas de no esquem atizar demasiado y más bien suspender o
cu estio na r las inferencias anticipadas. Por otra parte, las concep­
ciones previas no son necesariam ente coherentes, ni cerradas ni
únicas. Nos aproxim am os al m undo empírico con concepciones
m últiples y diferentes entre sí. Esto permite la observación de cosas
aparentem ente contradictorias, que intentam os acom odar para
hacer inteligibles. Por fortuna, podemos escuchar las m aneras de
concebir y h ablar sobre el m undo desde el conocim iento local, que
pueden p e rm itir la observación o reconstrucción de otros aspectos
importa ntes.
¿Cómo es posible que cambien esas concepciones iniciales?
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

¿Por dónde se inicia el cambio, si la observación y la descripción


son consecuencia de concepciones previas? En general, se piensa
que estos cambios son el resultado de una confrontación con los
datos empíricos, que proporcionan una comprobación o refutación
independiente de la concepción (o hipótesis) que se intenta verificar.
Sin embargo, los "datos" se construyen siempre desde alguna con­
cepción. Es necesario r e c u rr ir a otras posturas epistemológicas
para dar cuenta del cambio.
En este sentido, la concepción epistemológica basada en el
modelo piagetiano de e qu ilibración puede apoyar la com prensión
del proceso:

Todo esquema en funcionamiento necesita del objeto asimilable para su


propia conservación [...]; un objeto no inmediatamente asimilable cons­
tituye una perturbación; los mecanismos de regulación actúan entonces
tratando de compensar la perturbación. El modo más efectivo de com­
pensación es precisamente aquel que logra hacer admisible el elemento
inicialmente perturbador, lo cual exige una modificación del esquema
interno (Ferreiro, 1999: 127],

En la experiencia e tnográfica, hay ciertos m o m e n to s en que se


observa algo que potencialm ente desequilibra el esquema que se te ­
nía acerca de algún objeto de estudio. Entonces, se da la posibilidad
de m od ifica r ese esquema inicial, siem pre y cuando el investigador
no niegue o deseche lo que percibió, reacción que, por cierto, es
bastante frecuente. En algunos casos, estas observaciones se "a s i­
m ila n " como nuevos e je m p los de los conceptos o e squem as a n te ­
riores. El cam bio conce ptu a l o curre cuando se acepta lo que se
percibió rea lm e nte como "p e rtu rb a c ió n ", advirtiendo que no cabe
en el esquem a lógico que se tenía al principio. En ese m om en to las
concepciones iniciales se tienen que "a c o m o d a r” , es decir, t r a n s ­
fo r m a r para a d m it ir la nueva percepción. Esto requiere un trabajo
específico, una acción m en tal de quienes construyen conocim ientos
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

nuevos.
En el proceso etnográfico solo es posible log ra r la m odificación
de los e squem as previos al in te g ra r los conceptos alternativos que
perm itieron observar algo como “ perturbación". En esto consiste el
trabajo conceptual. No es posible “ olvidar la teoría” para observar, si
no se tiene otro lugar desde donde mirar. Ese otro lugar es, en gran
medida, el conocim iento local.
Otros pla ntea m ie nto s e pistem ológicos exploran la tr a n s fo r m a ­
ción conceptual ligada a la posibilidad de hacer inteligibles nuevos
elementos. Por ejemplo, Bateson (1972) lo concibe como "corazona­
das", generadas por el uso de analogías que provienen de otras d is ­
ciplinas o estudios. Ginzburg (1983), por su parte, presenta una larga
historia de fo rm a s bastante heterodoxas de conocer, incluyendo
desde el trabajo del detective y la identificación de falsificaciones en
el arte, hasta ciertas form as de diagnóstico médico. El autor llama a
este tipo de conocim iento "el paradigma indiciario". Dice:

Si la realidad es opaca existen zonas privilegiadas, señales, indicios que


permiten descifrarla. Esta ¡dea constituye el núcleo del paradigma indi­
cia rio que se ha abierto camino en los ámbitos cognoscitivos más va­
riados, modelando en profundidad las ciencias humanas [...]. Surge sin
embargo la duda acerca de si [el] rigor en este paradigma no será inal­
canzable; en situaciones como esta el rigor elástico del paradigma indi­
ciario parece ineliminable. Se trata de formas de saber, tendencial-
mente mudas, en el sentido de que, como hemos dicho, sus reglas no
se prestan a ser formalizadas y ni siquiera dichas, nadie aprende el ofi­
cio de conocedor o de la diagnosis limitándose a poner en práctica
reglas preexistentes; en este tipo de conocimiento entran en juego ele­
mentos imponderables, el olfato, golpe de vista, intuición (Ginzburg,
1983 : 98 ).

Para que ciertas cosas puedan convertirse en indicios, debemos


o rientar conscientemente la mirada hacia el detalle, hacia lo hetero­
doxo, lo dispar, lo que no encaja en el esquema. Luego, debemos re­
to m a rlo como clave para empezar a desenredar toda la tram a de lo
que está ocurriendo y co nstruir nuevas relaciones que puedan expli­
car y a rtic u la r el resto de los elementos observables. La capacidad
de encontrar esos indicios requiere un entrenamiento en nuevas fo r ­
mas de m ir a r y de integ ra r conceptos alternativos que permitan
"dejarse s o rp re n d e r ” . La apertu ra y la sensibilidad ante los indicios
y las señales son elem entos necesarios en el proceso etnográfico.
Precisamente, el continuo trabajo de elaboración conceptual hace
posible integ ra rla s al objeto de estudio.
El trabajo conceptual perm ite la elaboración de la descripción,
característica irrenunciable de la etnografía. En parte, esto respon­
de a la búsqueda de una form a de exposición que rebase al lengua­
je de los especialistas, que alcance a un público más amplio, pero
hay otras razones im p orta ntes para conservar la descripción de la
localidad estudiada. Primero, ya que la validez del conocimiento que
se construye se postula solo para un contexto dado, se requiere la
especificación de este contexto en el texto. En segundo lugar, la
descripción intenta conservar algo de las conexiones entre los he­
chos o procesos estudiados, a pesar de que nunca es posible re­
co n stru ir “ la to ta lid ad ” . Como en cualquier proceso investigativo, es
necesario recortar, categorizar, g eneralizar y p lantear relaciones
en distintos niveles de abstracción. Sin embargo, en la exposición
descriptiva, de algún modo se recupera parte de la form a en que "en
la vida real” esos niveles analíticos se presentan vinculados entre sí
de manera única. Al conservar el contexto y la especificidad, la des­
cripción ta m bién explica por qué un proceso general estudiado
adquiere cierta fo rm a o contenido en cada localidad.

ETNOGRAFÍA Y OTRAS PRÁCTICAS

Finalm ente , es im p o rta n te la reflexión sobre la relación entre la


práctica etnográfica y otras prácticas educativas y políticas. Dada la
gama de posibilidades que perm ite la observación etnográfica, con­
viene d istin gu ir esas prácticas y co m prender la relación entre ellas.
La práctica investigativa se em prende en el contexto de un proceso
de construcción de conocimiento, a menudo dentro de un marco ins­
titu cio n a l u organizativo dado; por lo tanto, está marcada por esa
inserción. La práctica política, en un sentido estricto, es u n ”trabajo
de organización y coordinación de fuerzas sociales que se ponen en
juego en la sociedad política. Estos sentidos no son del todo delim i-
ETNOGRÁFICO

tables.
Ciertamente, no está ausente lo político de la construcción del
conocimiento ni ta mpoco está ausente la producción de conocim ien­
to de las prácticas políticas. La investigación, como toda actividad
cultural, influye en la form ación de grupos políticos de diversas
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO

orientaciones. Todo conocim iento difundido entra en el juego político,


generalm ente reinterpretado y rearticulado, en ocasiones en se n ti­
dos imprevisibles. A la vez, toda práctica social, incluyendo la políti­
ca, implica algún conocim iento del mundo social y del m om ento his­
tórico. Sin embargo, es necesario distinguir estas prácticas.
El contexto institucional define, por lo menos en parte, las posibi­
lidades y las limitaciones reales de la relación entre diferentes prác­
ticas. Toda investigación se realiza dentro de contextos instituciona­
les y condiciones m ateriales de trabajo que lim ita n el tiempo y los


recursos disponibles. Las exigencias de producción, de participación
y de docencia dificultan el desarrollo de la investigación etnográfica.
La lógica m ism a de la investigación define ritmos, tiempos y form as
de relación frecuentemente incompatibles con las exigencias del tr a ­
bajo docente y de otras prácticas educativas. Estas, a su vez, depen­
den de posiciones y negociaciones respecto del poder y las relacio­
nes que ordenan jerarquía s distintas en la actividad cotidiana. La
combinación de prácticas depende mucho de los contextos, lugares y
tiem pos específicos en los que trabajamos.
A menudo decidimos hacer un estudio etnográfico desde la pers­
pectiva y con la participación de determ inado grupo social. Para ello,
es im portante d istinguir tres aspectos:

1) La participación de determ inadas personas en el proceso de


construcción del conocimiento. La pregunta sería quiénes ha­
cen la investigación, para quiénes la hacen y qué intereses,
co m p ro m iso s y conocim ientos tienen respecto a los proble­
mas que estudian.
2) La inclusión del sentido común de determ inado grupo en los pro­
cesos de construcción del conocimiento. El "sentido com ún" es
un conjunto heterogéneo, que abarca tanto mitos y certezas
como conocimientos y nociones acerca del mundo. En la etno­
grafía, se incluyen de m anera deliberada otros saberes y ca­
tegorías sociales y, además, se vigila de form a consciente el
sentido común propio del investigador, incluyendo el "sentido
común" académico.
3) La perspectiva política desde la cual se hace el estudio. Esta
perspectiva está reflejada en elementos ideológicos y c u ltu ra ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

les explícitos e implícitos del discurso y la práctica social de


quienes investigan; se debe considerar como dim ensión dis­
tinta de la posición social y el sentido común de quienes parti­
cipan en el proyecto.

La confusión entre estos tres aspectos aparece en la discusión,


pero en realidad no se im p lica n m utu am e nte . La participación de
ciertas personas en el estudio no garantiza, por sí m ism a, que se
haga desde los intereses del s e c to r al que pertenecen. Además,
elem entos de su sentido c o m ú n pueden ser co n tra d ic to rio s con
su perspectiva política. Es im p o rta n te ser conscientes de que no
podemos ser neutrales ante las cuestiones educativas que se deba­
ten, pero tampoco s u poner de m anera ingenua que la investigación
tendrá una incidencia política clara en el sentido esperado (Gledhill,
2002). Los resultados pueden reflejar determ inadas políticas o bien
ser utilizados para apoyar políticas contrarias. Por ello, hacer explí­
citas las m aneras de concebir, d e scrib ir y explicar procesos educa­
tivos se vincula con una creciente conciencia política.
Una pregunta reiterada en este campo se ha dado en to rno del
p roblema de los ju icio s de valor. Un texto de Pereyra apoyó mi
reflexión sobre este problema. Él planteó, a propósito de la historia
(disciplina en la que se da la m is m a disyuntiva que e n co n tra m o s
en la etnografía), la discu sión sobre la n e u tra lida d y el e n ju ic ia ­
m iento:

Parece obvio que las interpretaciones históricas incluyen siempre juicios


de valor y que ningún apego a la pretendida objetividad del dato anula el
peso de los esquemas ideológicos en la narración explicativa. La ten­
dencia a rehuir los juicios de valor para preservar una supuesta pureza
científica y evitar la contaminación de los ingredientes ideológicos, exhi­
be incomprensión seria de cuáles son los modos en los que interviene la
ideología en la producción de conocimientos [...]. Sin embargo, no solo
las pretensiones de neutralidad son un obstáculo para el desarrollo de
REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO ETNOGRÁFICO

la ciencia histórica. También entorpece este desarrollo la manía de


enjuiciar allí donde lo que hace falta es explicar .
Es mucho más fácil centrar el examen del proceso social en un núcleo
apologético o denigrativo que buscar en serio las causas inmediatas y
profundas de los fenómenos históricos [...]. Si la manía de enjuiciar deri­
va con facilidad en un obstáculo adicional para la explicación histórica,
ello se debe a que tiende a ocultar la constitución del mundo social: un
proceso formado por numerosos subprocesos articulados entre sí. Los
juicios de valor inhiben la recuperación de las luchas, sacrificios, force­
jeos y contradicciones que integran el movimiento de la sociedad y
borran todo con la tajante distinción entre los principios del bien y del
mal. El achatamiento del esfuerzo explicativo generado por la propen­
sión a juzgar limita la capacidad de pensar históricamente (Pereyra,
1980 :28 - 30 ).
El esfuerzo para c o m p re n d e r y explicar debe orien ta r y m otivar
ta m bién el proceso etnográfico situándolo, así, en el campo de las
ciencias sociales y marcando delimitaciones, siem pre tentativas,
frente a otras prácticas que pueden suponerse parecidas: la lite ra ­
tura, el periodismo, la crónica, el juicio, el chisme...
3. ETNOGRAFÍA Y TEORÍA*

Desde hace tiempo, ha existido una tendencia a escindir la teoría


de la descripción que alim enta una postura etnográfica antagónica a
la teoría. Dos corrientes aparentem ente opuestas convergen en esa
postura. Desde las posiciones positivistas, se postulaba el carácter
empírico y "a te órico ” de la tarea etnográfica, considerada como pro­
veedora de datos objetivos. Por otra parte, había quienes defendían
el hecho de no “ co n ta m in a r” el trabajo de campo con supuestos teó­
ricos como rasgo esencial de la descripción etnográfica, cuya meta
sería conocer el m undo tal como lo conocen los sujetos que lo expe­
rim e n ta n cotidianam ente. El debate se dio, así, entre una concep­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

ción que exigía al investigador la mayor objetividad posible en su


tarea de d e s c rib ir la realidad, y otra que exigía la m ayor fidelidad

* Una p rim e ra versión de algunas partes que integran este capítulo fue p u b li­
cada en el año 1986 con el títu lo R ockw ell, Elsie: “ Etnografía y teoría en la inves­
tig a ció n educativa", en Enfoques (Cuadernos del Tercer S e m inario N acional de
Investigación en Educación), Bogotá, Centro de Investigación de la Universidad Pe­
dagógica, págs. 29-56.
posible a la subjetividad de los m ie m bros de una cultura. Para unos,
la etnografía era considerada como mera descripción; para otros, la
etnografía era "el proceso de c o n stru ir una teoría de la operación de
una cultura particular, en té rm in o s lo más cercanos posibles a las
fo rm a s en que los m ie m b ro s de esta cu ltura perciben el universo"
(Bauman, 1972).
Am bas concepciones co m p artía n el supuesto de la etnografía
como el proceso de recolección de materia prima. Además, conside­
raban que la perspectiva teórica y las concepciones m ism a s del
investigador no intervenían en la descripción. Considerada como
m om en to descriptivo y ateórico de la investigación, la etnografía
solía ocupar un lug ar precientífico. Se a rgum entaba que solo en la
etnología se establecen las relaciones, e s tru ctu ra s o leyes que ca­
racterizan a la antropología com o conocim iento científico. Para las
concepciones que tendían a e s cin d ir teoría y descripción, el conoci­
miento de las realidades p articula re s no parecía involucrar los pro­
blemas epistemológicos de una ciencia social. La etnografía apare­
cía en ellas como un "refléjo" de la realidad observada, fuente del
dato empírico objetivo, o bien se la consideraba como un proceso
necesariam ente subjetivo, una descripción im pregnada del sentido
común del observador o del grupo estudiado.
En la h istoria de la a n tro p o lo g ía la te nd en cia a c o n s id e ra r la
etnografía como una actividad que carece de tra sfo n d o te órico se
co ntrap o ne a una larga tr a d ic ió n que reconoce la im b rica ció n del
tra b a jo te órico y la tarea d e scrip tiva . Los iniciad ore s del trab ajo
de cam po a n tro p o ló g ico (por e je m p lo, M a lin o w s ki, 1972; Mauss,
1971; E va ns-P ritch ard, 1950) d istinguían su proceso de inve stiga ­
ción de campo de los relatos de viajeros y m isio ne ro s, ju s ta m e n te
por la u tiliza ció n de te oría . El tra b a jo de Geertz (1973a) fue una
expresión de esa tra d ic ió n que ha c o n s tru id o e strechos vínculos
entre la d esc rip c ió n e tn o g rá fic a y el tra b a jo teórico. Para estos
autores, ha sido claro que las p re gu ntas in iciale s en el trab ajo
e tn o g rá fico provienen de p o lé m ic a s te ó rica s y que la d e scrip ción
etn ográfica no es un reflejo de la c u ltu ra estudiada, sino un objeto
co n stru id o . Era in s o s te n ib le c o n s id e ra rla com o "m e ra d e s c r ip ­
c ió n ” . si no es ni obvia ni n e c e s a ria m e n te relativa a la perspectiva
subjetiva.
Otras posiciones e pistem ológicas sostienen que toda d e scrip ­
ción involucra, necesariamente, una concepción del objeto. En toda
investigación etnográfica se encu en tran , im plícitas o explícitas,
concepciones del objeto de estudio que conducen hacia una de las
m ú ltip le s d escrip cion es posibles de la realidad estudiada. Aun
aquella etnografía que se supone libre de teoría integra supuestos
que provienen del sentido com ún antropológico. Es imposible, por
ejemplo, "c o n s tru ir una teoría de una cu ltu ra p a r tic u la r ” , desde la
perspectiva de los sujetos, sin a proxim arse a la tarea con una te o ­
ría p a rtic u la r de la cu ltu ra . El etnógrafo no puede atenerse e s tric ­
ta m ente a las categorías propias de la cultura estudiada, ya que
siem pre selecciona y ordena lo observable a p a rtir de su propia
concepción del proceso estudiado. Este hecho ineludible no invalida
por subjetiva o relativista a la descripción etnográfica, como supon­
drían algunos. Puesto que no es posible hacer a un lado las co n ­
cepciones propias al observar y d e s c rib ir los procesos sociales o
cu lturale s, es necesario to m a r conciencia de esas concepciones y
realizar el trabajo para exponerlas y tr a n s fo rm a rla s . Las d e s crip ­
ciones etnográficas que m e jo r expresan y dan cuenta de las re ­
laciones y los procesos p articu la re s que se estudian son conse­
cuencia de un trabajo teórico y no la materia prim a para empezar a
hacerlo.
R etom ar esta trad ició n antropológica obliga a hacer consciente
el uso de la teoría, en lu g a r de negar la presencia de supuestos
te óricos en la descripción. La antropología cuenta con una larga
historia de estudio de diferentes procesos y fe nóm enos so cia ­
les, con una a m p lia gam a de apoyos teóricos. Fue objeto de p olé ­
m icas al se r tra sla d a d o de las islas del pacífico a los guetos neo­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

yorquinos [Hymes, 1974). Es im p o rta n te re cu p e ra r estos a n te ­


cedentes para pensar en el uso de la etnografía en la investigación
educativa.
Para explorar la relación entre descripción etnográfica y teoría,
en este capítulo abordamos tres temas. El prim ero muestra cómo la
antropología no solo conform ó un conjunto de procedimientos y t r a ­
diciones del trabajo de campo y de análisis para la etnografía, sino
que también le heredó algunos ejes teóricos. El segundo punto revi­
sa una gama de concepciones teóricas que sostienen y distinguen
algunos estudios etnográficos hechos en el campo educativo. El t e r ­
cer tema plantea el vínculo entre la investigación etnográfica y el
desarrollo de nuevas perspectivas conceptuales. En particula r,
explora las posibilidades de proponer conceptos que rebasen la t r a ­
dicional circunscripción de la etnografía a los fenómenos cu lturale s
y los ámbitos com unitarios.

LA H ER E N C IA HISTÓRICA

Las condiciones históricas de confrontación entre los europeos y


los pueblos colonizados constituyeron el contexto en que se desa­
rrolló la etnografía. La a parición de la vertiente funcionalista de la
antropología, a principios del siglo xx, tuvo implicaciones id e oló gi­
cas, entre las cuales se destaca la negación del ca rá cter histórico
de los procesos observados. Se ocultaba tanto la tradición de los
pueblos estudiados como la historia de los cambios e stru ctu ra le s
provocados por la expansión del capitalismo (Wolf, 1987; Wallerstein,
1979). Aun así, en su m o m e n to el funcionalism o significó una r u p tu ­
ra im p orta nte - ta n to teórica como ideológica- con el evolucionismo
lineal que caracterizaba a la antropología del siglo xix. La p erspe cti­
va evolucionista respaldaba una reconstrucción del desarrollo de las
instituciones h um an as cuya culm inación siem pre se encontraba en
los m odelos europeos. Desde el punto de vista de los centros del
poder colonial, si bien la antropología había justificado "el progreso
y la suprem acía europea", no había generado un conocim iento in s­
tr u m e n ta l indispensable para el ejercicio del dominio colonial. No
fue casual, por lo tanto, el desarrollo de la perspectiva que el fu ncio ­
nalismo integró a la antropología, como lo m uestran Asad (1973),
Leclerc (1978) y Fabian (1983).
La rup tura con el e v olucionism o implicó reorientaciones fu n d a ­
ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

m entales en la investigación antropológica que elaboraron in ic ia l­


mente M alinowski (1972) y Radcliffe-Brown (1976) y, en otro sentido,
Boas y Stocking (1989) y Mauss (1971). Haciendo abstracción de las
distintas posturas teóricas involucradas en esa ruptura, estos a uto ­
res coincidieron en lo siguiente:
1) Cuestionaron la idea de una "evolución independiente" de las
diferentes instituciones sociales -supuesto de las recurrentes
historias de la religión, del m atrim onio, de las leyes, del arte,
de la tecnología, entre o tra s -, tratados todos estos temas
como fenómenos separados.
2) Buscaron relaciones funcionales entre las instituciones de un
grupo social, así como relaciones entre estas instituciones y
las "necesidades universales" de los seres humanos: a lim e n ­
tación, trabajo, vivienda, arte y otros (que tendían a ser olvida­
das por los estudiosos decimonónicos de lo exótico).
3) Cuestionaron la validez de com parar rasgos o fenómenos ais­
lados sin haber establecido su significado o posición dentro de
una estru ctu ra ; por lo tanto, compararon e stru ctu ra s o siste ­
mas sociales y culturales.
4) Rechazaron la inferencia de etapas evolutivas del hombre a
p a rtir de la "distancia" entre los europeos y las sociedades
actuales que se consideraban primitivas.
5) Desarrollaron técnicas, aún incipientes en el siglo xix, para
a s u m ir el trabajo de campo en la observación directa y el
aprendizaje de la lengua nativa como vías de acceso a la
"visión de los nativos" sobre su realidad.
6) Privilegiaron el concepto de cultura,- que para muchos autores
define el nivel de análisis específico que interesa a la antropo­
logía, aunque en torno de la definición de este concepto no
hubo consenso.

La influencia de este giro inicial sigue vigente y se traduce en


m últiples prácticas: la intención de realizar estudios integrales (a
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

veces llamados "holísticos") y buscar relaciones entre los fenómenos


sociales de diferentes órdenes; la búsqueda de form as y ordena­
mientos distintos de los europeos, pero funcionales en relación con
las necesidades de los seres humanos; la atención dada a lo que Ma-
linowski llamaba "los im ponderables de la vida cotidiana” . Se ad­
vierte, también, en el relativismo etnográfico, es decir, en la suspen­
sión de juicios evaluativos respecto del supuesto prim itivism o de
diferentes grupos sociales (Geertz, 2000). Aparece en la búsqueda de
significados y de comparaciones en el nivel de diversas estructuras
complejas, de parentesco, de simbología y de socialización, entre
otras.
A p a rtir de aquella ruptura, la antropología generó sus rasgos
característicos. Inició la acum ulación de conocim ientos particulares
sobre la vida hum ana y se dedicó a la elaboración de teorías para
explicar tanto la diversidad como la unidad básica de los seres
humanos. En el proceso, generó una m ultiplicidad de form as ideoló­
gicas de se g u ir negando la historia y o c u lta r las relaciones básicas
de dom inación y explotación. Sin embargo, ta m b ién desa rrolló f o r ­
mas que p e rm itie ro n a algunos antropólogos develar procesos que
quedaban o cultos bajo las ideologías dom in antes. Como ciencia
social, la antropología se involucró en prácticas sociales y políticas,
a m enudo de dominación, pero ta mbién de denuncia y crítica (Asad,
1973).
Un a c on tecim ien to en esta historia fue el tra sla d o de la investi­
gación a ntrop o ló gica a sus sociedades de origen. Este proceso
im plicó la tra n s fe re n cia de conceptos derivados del estudio de las
realidades conside rad as p rim itiva s al contexto de las llam ad as
sociedades com plejas. Así, algunos a ntropólogos recortaron islas
dentro de estas sociedades y vieron rituales extraños en los actos
más fa m ilia re s. Desde este nuevo marco, la tarea básica de la e t­
nografía seguía siendo la de d o c u m e n ta r lo n o -do cum en ta do , ser
cronista de realidades no descritas. Esta perspectiva, generada en
el contexto de las c u ltu ra s ajenas, perm itía d e s c u b rir fenó m e n os
propios, dem asiado fa m iliares y, por lo tanto, igu alm en te d escono­
cidos.
Un resultado del retorno de la antropología a sus sociedades de
origen fue el encuentro con otras disciplinas sociales. La etnografía
entró en polém ica con la gama de opciones m etodológicas existen­
tes para el estudio de los fenóm enos sociales. Se alió con la t r a d i­
ción sociológica cualitativa1 en contra del uso de la encuesta cu an ti­
ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

tativa que, a diferencia de la etnografía, g e n eralm en te descansa en


una relación institucional con los encuestados, y a menudo presupo­

1. Esta co rrie n te deriva de autores como George H. Mead y C. W right M ills, y


otros de la llam ada escuela de Chicago.
ne una homogeneidad social de significados y de categorías. Cues­
tionó la experim entación psicológica, que en ese m om en to parecía
e lim in a r del objeto de estudio todo lo contextual, lo c u ltu ra l y lo sig­
nificativo (Mishler, 1986; Briggs, 1986). Criticó el análisis social e
histórico de la inform a ción d o cu m e ntal existente, m ostra nd o que
privilegiaba concepciones y perspectivas de las clases dom inantes,
m ientras ignoraba otras, aún no registradas.
La etnografía ofrecía la observación de la interacción social en
situaciones consideradas naturales y un acceso a fe nóm enos no
d ocum entados y difíciles de in c o rp o ra r a la encuesta y al la b o ra to ­
rio. Los antropólogos expresaban un afán para conservar la co m p le ­
jidad de los procesos sociales y para co m p re nd er sus contextos;
además, m ostra ba n una tendencia a e ncontrar orden donde otras
disciplinas veían solo anorm alidad y desviación, y manifestaban, por
últim o, una sensibilidad al lenguaje y a las concepciones de los
sujetos. A rm a d o s con conceptos e in stru m e ntos forjados en las
islas, los etnógrafos entraron en el campo de tas sociedades c o m ­
plejas por medio del estudio de las situaciones particulares de la
vida cotidiana, en esquinas, barrios y comunidades, en manicomios,
cárceles, juzgados, clínicas y escuelas.
Al d e sa rro lla rse en estos campos, clásicam ente del dom inio de
la sociología, la antropología propuso una nueva mirada, definió
nuevos objetos de estudio y elaboró conceptos pertine ntes a la
escala estudiada. La búsqueda teórica llevó, a la vez, a una adecua­
ción m etodológica de la etnografía a los nuevos problem as y co n ­
textos.
LA EXPERIENCIA ETNOGRAFICA

DIVERSOS ENFOQUES TEÓRICOS

Los contrastes m etodológicos y conceptuales no se daban so la ­


mente entre la etnografía y el tipo de investigación que caracteriza a
otras disciplinas. En el desarrollo histórico de la antropología, diver­
sas perspectivas teóricas han impreso su sello particular en la etno­
grafía, y han introducido técnicas de campo y de análisis, derivadas
de diferentes concepciones de los fenómenos estudiados. Dentro del
campo educativo, se nota la presencia de distintos supuestos teóri-
eos y sus consecuencias metodológicas, al co m p arar algunas de las
propuestas y los productos de la investigación etnográfica:2

1) Una sistematización m u y difundida del trabajo de campo a n ­


tropológico fue el uso de las guías de campo para o rie n ta r la
observación y c la sifica r los datos obte nidos.3 La intención de
las guías era p ro po rc io na r una serie de categorías universa­
les, tr a n s c u ltu ra le s y neutrales que p e rm itie ra n abordar el
estudio de los fenóm enos en cualquier sociedad. Sin embargo,
la selección y el a g ru p a m ie n to de las categorías en estas
guías reflejan sesgos teóricos im plícitos y explícitos. La e du ­
cación aparece en a lg un as guías generales como un aspecto
constante de cu alqu ier sociedad, en m últiples prácticas de so­
cialización tanto escolares como no escolares. Otras guías se
especializaban en este aspecto. La guía de Whiting (1953)
se diseñó para p ro b a r ciertas hipótesis psicoanalíticas a un
nivel tr a n s c u ltu r a l y, por lo tanto, privilegia los procesos de
socialización p rim a ria . Henry (1966), en cambio, elaboró su
guía a p a rtir de sus estudios sobre procesos de interacción
dentro del salón de clase en escuelas norteam ericanas, y se
centró en las fo rm a s de tra n sm isió n y en los contenidos explí­
citos e implícitos de la educación form al.
El sesgo teórico de Henry, quien, al igual que Parsons (1973) y
Kluckhohn (1962), concebía la cultura como un sistema de
valores, está presente en las categorías de su guía. La sección
más larga es, de hecho, la de "Valores” (69 categorías], que se
definen como "cu a lq u ie r idea o sentim iento normativo [...] que
sirve para organizar el com portam iento según el estándar cul-

2. La educación fue uno de los objetos tradicionales de estudio de los antropólo­


ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

gos. Sin embargo, g eneralm ente se incluía en el campo de la "socialización" o de


"cu ltura y personalidad". Solo a p a rtir de 1960 se inicia en el mundo anglosajón como
campo la "antropología de la educación".
3. Las guías generales más usadas fueron: Royal A nthropological Institute of
Great Britain and Ireland, Notes & Queries in Anthropology, Londres, Routledge, 1951;
y George R M urdock y otros, Outline of Cultural Materials, New Haven, Hum an Rela-
tions Area Files. 1950.
tu ra l". Inclliye desde "vestido adecuado" y "la persona b e lla ” ,
hasta la "propiedad privada", “ las ganancias" y "la paz". Es no­
table la falta de categorías que perm itan a rra ig a r estos valo­
res en prácticas o relaciones sociales. En el m ism o nivel que
los valores se encuentran secciones como la "Tecnología", la
"M anipulación social" y las "Instituciones" (dividida esta en
"E stru ctu ra social", "Religión" y "Sistema económico", sin
mención del Estado). El ins tru m e nto genera, así, una recolec­
ción y organización de datos de campo que presupone y apoya
una visión de la sociedad como conjunto de individuos que
interactúan en función de valores cu lturale s comunes. Lejos
de se r un in s tru m e n to neutral, la guía refleja la teoría social
funcionalista.
La fo rm a m ism a de las guías tiene implicaciones teóricas.
Tiende a conducir a la descripción de los elementos aislados
(frecuentem ente poco jerarquizados], correspondientes a las
categorías propuestas, con poco apoyo para co nstruir las rela­
ciones entre ellos. Sin embargo, pocos estudios siguieron
e stricta m en te las categorías de estas guías. Las investigacio­
nes más valiosas de Henry (1967), incluso, no se restringen a
las categorizaciones que él m ism o propuso, y ofrecen una
visión sugerente de ciertos procesos escolares.
2) Otra corriente que tuvo mucha influencia en el ámbito educati­
vo es la llamada "nueva etnografía” o “ etnosemántica", que
propuso lograr mayor coherencia entre teoría y método etno­
gráfico. Partía, explícitamente, de una concepción de la cultura
construida por analogía con la competencia lingüística del
modelo de Chomsky y, por lo tanto, definida como una "com pe­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

tencia cognitiva", es decir, como "aquello que una persona


tiene que saber o creer para participar en determinado grupo
social" (Goodenough, 1970). La nueva etnografía recogió y enfa­
tizó la vieja meta de reconstruir "la visión de los nativos", rede-
finida, desde esta perspectiva, como la visión émica: la búsque­
da de categorías propias de una cultura. Esta propuesta se
divulgó en el campo educativo por Spradleyy McCurdy (1972).
Dentro de esta corriente, se han generado y establecido técni­
cas específicas de análisis form al. En las entrevistas, se pro­
cede desde preguntas descriptivas (¿cómo son sus alumnos?)
hasta preguntas e stru c tu ra le s (¿qué tipo de a lu m n o s son los
que fracasan?) y contrastivas (¿en qué son diferentes los niños
y las niñas?). Se pone gran cuidado en el registro y, p oste rio r­
mente, en la identificación de las categorías cu lturale s o é m i-
cas propias de los sujetos entrevistados. Se organizan estas
categorías en dom inios (por ejemplo, alumnos) y taxonomías
y, m ediante un análisis lla m a d o "com ponencial", se co n tra s ­
tan las categorías obtenidas según sus atributos.
El resultado de un estudio de este tipo toma la fo rm a de una
"g ram ática c u lt u r a l” , un conjunto ordenado de té rm in o s y de
reglas im plícitas que, de acuerdo con la teoría, generan los
com portam ientos. Importa poco conocer los com portam ientos
reales, y m enos aún las e s tru ctu ra s institucionales en que
estos ocurren. Este enfoque supone, además, un grado de sis-
te m aticidad en los fe nó m e n os cu lturale s que rara vez se da
en la vida real. No es casual, por lo tanto, que los estudios
etnosem ánticos existentes se refieran sobre todo a los conoci­
m ientos form alizados, por ejemplo el parentesco y la etnobo-
tánica, o bien se circu nscriba n a m icrosituaciones descritas
sin mayor relación con el contexto social más amplio. Su con­
trib u ció n al campo educativo ha sido relativam ente escasa,
pero ha servido para abo rd ar aspectos de las culturas escola­
res, como la clasificación de alum nos, y s u g e rir diferencias
cu lturale s radicales, inferidas a partir de las categorías im p lí­
citas en la lengua. A pesar de su reducido alcance, los presu­
puestos te óricos de esta corriente tuvieron una fuerte in flu e n ­
cia en la etnografía educativa.
3) Otro tipo de etnografía que contribuyó a la comprensión de los
fenóm enos educativos, durante los años 1970 y 1980, tuvo sus
raíces teóricas en la sociolingüística norteam ericana (Labov,
1979; Gumperz y Hymes, 1972; Gumperz, 1982). Tiende a de­
n o m in a rse m icroetnografía por centrarse en el análisis deta­
llado del registro (grabado o de video) de la interacción que se
da en situaciones educativas de cualquier tipo. En algunos es­
tudios, se intentaba r e c o n s tru ir el código o la competencia
comunicativa que rige y genera la interacción verbal y no ver-
bal de los actores. Se proponía que estos códigos y com peten­
cias varían de contexto a contexto, de cultura a cultura, según
diferentes pautas de socialización. El fracaso escolar se expli­
caba como consecuencia del conflicto c u ltu ra l que resulta de
la diferencia entre las competencias de los alum nos y el códi­
go escolar.
Entre los estudios clásicos realizados desde esta perspectiva,
se encontraba el vo lu m e n editado por Cazden, Hymes y John
(1972) y los estudios de Philips (1983) y de Heath (1983), que
m ostraban, en diferentes contextos, los fuertes contrastes
entre las pautas co m u n ita ria s de comunicación verbal y las
prácticas escolares usuales. Como resultado, se proponía m o ­
dificar las prácticas pedagógicas para lograr un acercamiento
a las form as de comunicación habituales de los alumnos.
Esta corriente le dio contenido concreto a la noción del "currícu-
lo oculto" elaborada origin alm en te por Jackson (1968), al des­
c rib ir una serie de reglas implícitas en la interacción escolar.
También detectó estrate gias de sobrevivencia y resistencia de
los alum nos. El aporte principal, sin embargo, ta l vez fue la
posibilidad de elaborar una descripción de la interacción y la
comunicación entre m aestros y alum nos distinta de la que se
generaba con las categorías fo rm ales de la didáctica, utiliza ­
das en la investigación educativa. Agregó, así, una dimensión
nueva al análisis de procesos educativos, y perm itió aproxi­
marse a la compleja relación entre la práctica docente y la
experiencia escolar de los niños. Desde esta perspectiva, se
han producido muchos análisis de la enseñanza y del aprendi­
zaje en el salón de clase (Stubbs y Delamont, 1978; Green y
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Wallat, 1983; Cazden, 1988; Hicks, 1996, Varenne y McDer-


mott, 1998; H ornberger, 2003, entre otros). A pesar de su
atención en la escala m icro de interacción verbal, algunos in­
vestigadores de esta corriente han mostrado interés en la re­
lación entre lo que sucede a esta escala y los procesos socia­
les más amplios. Se destaca, en este sentido, el reciente libro
de Erickson (2004).
La investigación sociolingüística confluyó con. dos corrientes
de investigación cualitativa sociológica, que también centran
su análisis en la interacción en situaciones específicas: el
in teraccio nism o sim b ólico y la etnom etodología.4 El p rim ero
deriva del trabajo de George H. Mead, H erbert B lum er, Alfred
Schütz y Erving Goffman, y se difundió ampliam ente en educa­
ción con el libro de Peter B erger y Thom as L uckm ann (1966).
Las propuestas radicales de esta corriente han conducido,
como en et caso de ciertas co rrien tes antropológicas, a la
recuperación de las perspectivas y los significados de los su je ­
tos y a la reconstrucción de procesos de interacción cara a
cara. En Inglaterra, gran parte de la investigación cualitativa
de lo que en la época se llam ó la Nueva Sociología de la Edu­
cación utilizaba la perspectiva teórica del interaccionism o
simbólico, aunque m uchos autores ingleses también expresa­
ban una preocupación p or los aspectos e stru ctu ra les de la
sociedad. Los estudios abordaron la manera en que los a lu m ­
nos interpretan la interacción verbal en diferentes situaciones
educativas y las m aneras en que los maestros establecen d is­
tinciones entre sus alum nos, representan el currículo y co nci­
ben su propio trabajo.
La etnometodología fue una expresión radical de la sociología
cualitativa. Garfinkel (1967) y Sacks (1992), entre otros, e labo­
raron un conjunto de conceptos y de técnicas para re co n stru ir
las reglas y los m étodos de interpretación utilizados por los
sujetos al in te ra c tu a r en determ inadas situaciones sociales, y
estudiar los m ecanism os de inferencia y logro de la c o m u nica ­
ción cotidiana. Desde esta perspectiva, se desarrolló el a n á li­
sis conversacional, una form a de m ostrar, con registros deta­
llados del habla y análisis de los cambios sutiles producidos
en cada turno, la m anera en que los participantes interpretan
e influyen en las situaciones de comunicación. El análisis
detallado de la conversación p erm itió m atiza r y a m p lia r las
ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

U. La influencia del interaccionism o sim bólico y de la etnom etodología se exten­


dió, sobre todo, en contextos orientados hacia la sociología de la educación. Algunos
autores que asum ieron este enfoque son: Cicourel y otros (1974), H am m ersley y
Woods (1977), Mehan (1979), Adelm an (1981), Delam ont (1984), Coulon (1988) y Vás-
quez y Martínez (1999).
conclusiones iniciales de la investigación sociolingüística so­
bre procesos de interacción en el aula (Edwards y Mercer,
1987; Candela, 1999). Tanto el interaccionismo simbólico como
la etnometodología han tenido, a su vez, una influencia consi­
derable sobre la etnografía antropológica (Duranti, 1997).
4) La m icroetnografía coexistió desde el inicio con el modelo
antropológico clásico, desde el cual se realizaban estudios de
"escuela y co m unidad", publicados en una serie de libros
coordinados o editados por George y Louise Spindler (1967 a
1974, 1987). Con la intención de a m p lia r el enfoque teórico de
la antropología educativa, se construyeron diferentes modelos
de "lo educativo” . Algunos consideraban la escuela como un
pequeño "sistem a social" (Kleif, 1971) al cual se podían aplicar
todas las categorías de un estudio de comunidad (economía,
tecnología, ideología, rituales, etc.). Otros autores (Gearing,
1976; Levinson y otros, 2000) enfatizaban la transm isión c u ltu ­
ral en el conjunto de alternativas de socialización dentro de
una comunidad.
En esta tradición empezaron a aparecer perspectivas críticas.
John Ogbu (1978, 1987) desarrolló el enfoque ecológico c u ltu ­
ral que pretendía su p e ra r dos problemas que el a utor identifi­
caba en la m icroetnografía. Criticaba, por un lado, la hipótesis
del conflicto c u ltural, señalando que esta parecía fu ncio na r
solo para aquellas m inorías que por su posición social se
constituían en castas oprim idas, pero no para los m igrantes
que llegaban de manera voluntaria al país. Por ello, propuso
estud iar los nexos entre la educación fo rm a l y otros aspectos
de la sociedad, sobre todo la estructura de oportunidades eco­
nómicas. Insistió en que una etnografía completa del fe n ó m e ­
no educativo debería inclu ir las fuerzas históricas y c o m u n ita ­
rias relevantes, y que la unidad adecuada para un estudio
etnográfico sería el barrio y no el salón de clase. Este enfoque
llevó hacia un trabajo de campo más amplio, más clásica m e n ­
te antropológico, que combinaba entrevistas, historias de vida
y técnicas documentales con la observación directa de los pro­
cesos estudiados. Sus unidades de análisis rebasaban, así, las
secuencias de interacción verbal que constituían el m aterial
empírico de la microetnografía y, por lo tanto, abrían la posibi­
lidad de re c o n s tru ir los vínculos y las m ediaciones in stitu cio ­
nales entre las situaciones observadas y las e s tru ctu ra s so­
ciales (Levinson, 1992). El enfoque fue desarrollado y también
cuestionado por otros autores (Gibson, 1988; Fordham, 1995).
5) Finalmente, es ilustrativa la corriente llam ada etnografía críti­
ca (Anderson, 1989; Carspecken y Walford, 2001). El estudio de
Paul W illis (1977) fue el detonador para m uch os investigado­
res, al conjugar teorías de la reproducción cu ltu ra l y social y la
Nueva Sociología de la Educación en el estudio de la co ntra-
cu ltura escolar de jóvenes de clase obrera en una escuela
media en Inglaterra. Junto con un trasfondo teórico explícita­
mente marxista, W illis utilizó un abordaje etnográfico y ciertos
conceptos del interaccio nism o sim bólico para m o s tra r cómo
los jóvenes resistían la cu ltura escolar y generaban prácticas
que los preparaban para una exitosa inserción en la clase
obrera. La etnografía crítica se extendió m uy pronto más allá
del eje de las clases sociales para abordar los temas cruciales
de raza, género y etnicidad, generando debates im p orta ntes
frente a la predom inancia de la teoría m arxista [Weis, 1988).
Esta perspectiva utilizó técnicas para observar y analizar pro­
cesos sociales más am plios. Abrevó, además, en las c o rr ie n ­
tes del pensam iento fe minista y se alió con m ovim ientos de
m inorías de todo tipo. Algunos estudios etnográficos desta­
caban el ca rá cte r negociado de los procesos de resistencia
social (Connell y otros, 1982; Foley, 1990; Levinson, Foley y
Holland, 1996; Levinson, 2001). Estos, a su vez, contribuyeron
a una corriente de pensam iento pedagógico que, reto m ando a
Paulo Freire, proponía alternativas posibles a las dinám icas
escolares estudiadas (Giroux y McLaren, 1989 y 1999; Apple,
1980 y 1982).
ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

La clasificación a n te rio r no es exhaustiva; quedan fuera algunas


líneas importantes como la que ha unido la etnografía y la psicología
socio cultural, basada sobre todo en Vygotsky (Scribner y Colé, 1981;
John-Steiner, P a no fsky y Smith, 1994; Molí, 1993). Además, durante
la últim a década se han diversificado las líneas de investigación y los
apoyos teóricos. La intención de este repaso no ha sido m o stra r un
panorama completo, sino dar cuenta de la relación variable entre teo­
ría y etnografía. A pesar de que se observan ciertas constantes teóri­
cas y metodológicas en los distintos tipos de etnografía que derivan
de su herencia común, también es evidente que cada orientación teó­
rica im p rim e ciertas características específicas al quehacer del in­
vestigador. Varían la proporción y las técnicas de observación y de
entrevista, los criterios de selección de hechos y unidades de análisis,
así como las form as de establecer categorías y de hacer inferencias.
El nivel que se pretende abordar es distinto en cada caso, al igual que
la descripción que se construye. Es decir, aparecen las consecuen­
cias metodológicas de las diferentes perspectivas teóricas.

MÁS ALLÁ DE LO CULTURAL Y LO COMUNITARIO

Aun dada esta diversidad de enfoques, existen algunos proble­


mas com unes a las co rrien tes revisadas, que parecen ser inh ere n ­
tes a la metodología etnográfica por ligarse a su trad icio n al objeto
de estudio, la cultura, y a su tradicional unidad de estudio, la co m u ­
nidad. Habría que preguntarse, por lo tanto, acerca de las posibilida­
des de utilizar la etnografía en el campo educativo desde perspecti­
vas te óricas distintas de las que respaldan estas corrientes de
investigación.
La centralidad del concepto de cultura, en algunos de sus m ú lti­
ples sentidos, es evidente en casi toda la etnografía educativa. Los
diferentes grupos sociales que interactúan en las escuelas se iden­
tificaban y caracterizaban en té rm in o s de su cultura, aunque varia­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

ba la definición de esta, según se tom aran pautas de socialización,


valores, competencias culturales, reglas de interacción o e s tru c tu ­
ras de significación. No cabe duda de que el concepto de cultura ha
orientado la mirada hacia algunos procesos im p orta ntes en la es­
cuela. Sin embargo, el sesgo relativista del concepto antropológico
trad icio n al también ha sido un obstáculo para la reconstrucción de
otros procesos que suceden en la escuela, como la dominación ideo­
lógica y el ejercicio del poder político, temas que se abrieron en la
etnografía crítica.
Otro problema general, en estas co rrien tes etnográficas, fue la
definición y el recorte de lo educativo y su relación con el contexto
social. En algunas opciones se proponía estudiar "la escuela co­
mo una pequeña sociedad", o bien a isla r la "e stru ctu ra educativa"
como una esfera autó nom a de la sociedad. El vínculo entre lo edu­
cativo y lo social era, desde la perspectiva de Parsons (1973), el sis­
tema de valores de la sociedad. Eran excepcionales los intentos de
relacionar lo que sucede en la escuela con la estructura social, a un ­
que sí lo hicieron los estudios clásicos de Henry (1967), Leacock
(1969) y Rist (1974-). A pesar de los avances de la etnografía de Ogbu,
la búsqueda de relaciones entre educación y sociedad no rebasaba,
en té rm in o s generales, el á m b ito de la comunidad, que constituía la
unidad clásica del trabajo e tnográfico (y, además, la unidad a d m i­
nistrativa del sistema escolar norteam ericano). La limitación a esta
escala de análisis era insuficiente para abordar el tipo de problemas
planteados por la teoría existente sobre las relaciones entre la
escuela, la sociedad y el Estado, que se debatían en América Latina.
La Nueva Sociología de la Educación, desarrollada en Inglaterra,
se encargó del estudio de las fo rm a s en que las relaciones e s tru ctu ­
rales se presentan dentro de la escuela. Esta corriente teórica con­
sideraba los procesos escolares fu n d a m e n ta lm e n te como m an ifes­
taciones de la reproducción de la e stru ctu ra de clases y de la
ideología dominante, así como de la desigual distribución de la c u l­
tura, el conocim iento y el poder. Se concebía el proceso de socializa­
ción, dentro de la institución escolar, en función de la división social
del trabajo en las sociedades capitalistas y no solo en función de la
transm isión de valores sociales abstractos. Varios de los exponentes
de esta corriente reconocieron en la etnografía un instru m e nto m e ­
todológico que perm itiría d e m o s tr a r cómo se expresaban en la es­
cuela las relaciones sociales establecidas en otras escalas (Young,
1971; Connell y otros, 1982). La etnografía crítica en los Estados
ETNOGRAFÍA Y TEORÍA

Unidos retomó esta tradición y la amplió hacia nuevos temas (Levin-


son, Foleyy Holland, 1996; A nderson-Levitt, 2003).
El problema teórico de fondo de la investigación etnográfica en
educación aún es el siguiente: ¿cómo lo g ra r una descripción de la
escuela como institución a rticu la d a a la estru ctu ra de determinada
form ación social? Aparentem ente, la etnografía encontraría aquí su
límite, límite tra d icio n a l ligado a los recortes que hacían los a n tr o ­
pólogos estudiosos de islas y comunidades; pero tam bién límite o b ­
jetivo, ya que la etnografía requiere una unidad delim itada en el
tiem po y el espacio, de ta l fo rm a que el etnógrafo pueda observar y
docum entar, directam ente, situaciones y procesos concretos. La
etnografía se propone conservar la complejidad del fenómeno social
y la riqueza de su contexto p a rtic u la r; por eso la comunidad, la
escuela, o en todo caso el b a rrio y la microzona son el universo
natural de la investigación e tnográfica.5
Pero ¿será necesario que el tamaño de la unidad empírica que
delimita un estudio etnográfico defina, también, los alcances de la
investigación? Creemos que no. Toda opción metodológica impone
ciertos límites a la tarea de recolección de información; pues como
recordó Borges (1960), de nada sirve trazar un mapa del tamaño del
mundo. Un estudio sociológico "m acro" se basa en una m uestra de
información que, finalmente, se deriva de una serie de acciones p arti­
culares: la elaboración de docum entos por ciertos individuos; la re s ­
puesta individual a una encuesta, siempre generada dentro de algún
contexto (el censo, por ejemplo); la reacción provocada por d e te r­
minado instrum ento o situación experimental; el resultado m a te ria l
de alguna acción pasada, entre otras. No es la naturaleza o d is trib u ­
ción de estos datos lo que da la posibilidad de aproximarnos a las
estructuras sociales o los procesos históricos, sino más bien la cons­
trucción teórica de los conceptos utilizados en el análisis de los datos.
De la m ism a manera, es posible realizar un estudio etnográfico
que tome en cuenta el contexto social que existe más allá de la
escuela y la comunidad. Para ello, es necesario integ ra r a la p e r s ­
pectiva el aporte de una teoría social en la cual la definición de
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

5. Trascender esta escala, en la trad ició n antropológica, significa de sa rro lla r una
"etnología educativa", es decir, co n s tru ir categorías de procesos educativos y d e te r­
m inar relaciones y e stru ctu ras constantes, mediante estudios comparativos, como lo
ha propuesto Hymes (1996). Por otra parte, se han desarrollado alternativas para rea ­
lizar estudios etnográficos en m últiples sitios (m utti-site ethnography). Algunos e s tu ­
dios se proponen se g u ir tas correas de tran sm isió n que unen a cualquier localidad
con las fuerzas generadas en sitios m uy lejanos, un nuevo campo que propone vin cu ­
lar lo local con lo global (Marcus. 1998).
sociedad no sea a rbitraria y aplicable a cualquier escala de la rea li­
dad (salón, escuela, nación, mundo). Im plicaría recuperar de la
antropología una perspectiva histórica y comparativa más a m p lia y
reconocer los procesos educativos como parte integral de fo rm a c io ­
nes sociales históricas y procesos globales.
Existen im p orta ntes antecedentes teóricos para apoyar este t r a ­
bajo. La obra de Antonio Gram sci (1975) tuvo influencia en algunos
autores que estudiaban el proceso de hegemonía, pero ta m b ién
ofrece otros fu n d a m e n to s para inte g ra r la dim ensión histórica y
anclar los procesos cu ltu ra le s en relaciones sociales y movim ientos
políticos. En p articular, su reflexión sobre las heterogéneas y abiga­
rradas "concepciones del m un do " que caracterizan a cualquier g r u ­
po humano perm ite repensar el eje cultural. La apropiación de Fou-
cault (1976, 1996) y Derrida (1998) en el campo educativo ha sido
otra fuente im p o rta n te de nuevas h erra m ie ntas conceptuales para
el análisis etnográfico. Algunos investigadores han aprovechado
otros trabajos de Bourdieu (1972, 1988 y 1991), p a rtic u la rm e n te los
conceptos de “ campo", "habitus" y "práctica", que perm iten un m a ­
yor acercam iento a las te nsiones históricas que la fo rm u la c ión o r i­
ginal de la reproducción. Los desarrollos recientes de las teorías
sobre globalización, sistema m u n d ia l y poscolonialism o perm iten
explorar d im en sion es tran sna cion ale s de los procesos escolares
(entre otros, W allerstein, 1979; Mignolo, 1995; Dube, 1999; C hakra-
barty, 2000).
A s u m ir perspectivas teóricas de mayor alcance tiene co nse ­
cuencias fu erte s sobre la m an era de hacer etnografía en ám bitos
escolares. El reto de hacer estudios etnográficos que a rticulen la
escala local con procesos sociales y políticos, generados tanto en
espacios nacionales como globales, requiere considerar por lo
menos los siguientes ejes:

1) En lu g a r de su p o n e r que se estudia la localidad en la que se


realiza el estudio como "una totalidad", se abordaría el fe n ó ­
meno o proceso p a r tic u la r en la localidad en relación a un
contexto m ayor que, en alguna medida, lo determ ina o c o n d i­
ciona. Esta fo rm a de a proxim arse a la realidad no requiere,
como suele e ntenderse, que todo enfoque sea "m a c ro ” , lo
cual invalidaría, en principio, cualquier estudio etnográfico. Lo
im p orta nte es in te rp re ta r el fenómeno estudiado a p a rtir de
sus relaciones con el contexto social más am plio y no solo en
función de las relaciones internas. Este es el sentido original
de c o n s id e ra r la "tota lidad social" en la tradición marxista
(Lukács, 1969). M etodológicamente, esto implica c o m p le m e n ­
ta r la in form a ción de campo con inform ación referida a otros
órdenes sociales (por ejemplo, a la e stru ctu ra y la política
educativa del país). Por otro lado, ta m bién im plica buscar
in terpretacion e s y explicaciones a p a rtir tanto de elem entos
externos como internos a las situaciones particula re s que se
observan.
2) Desde esta perspectiva, siem pre se tiene presente la d im e n ­
sión histórica, no como el anexo obligatorio de monografías
que luego tratan el presente como si fuera eterno, sino como
parte ineludible de todo proceso actual. Se construye, así, un
presente histórico en lugar de un presente sistémico, es decir,
un presente en el que se reconocen las consecuencias y las
contradicciones de m ú ltiple s procesos de construcción histó­
rica. y no un presente que supone la coherencia de un sistema
social o c u ltu ra l acabado. Para lograrlo, es necesario integ ra r
inform a ción histórica (docum ental y oral) al análisis e tn o ­
gráfico.
3) En el campo educativo, se debe trab aja r sobre una definición
de la educación fo rm a l que aborde, como problema central,
sus vínculos tanto con el Estado como con la sociedad civil, tal
como se expresan en la escala del estudio etnográfico. El re­
corte de la escuela no responde a su carácter de institución
delimitada por un conjunto de normas. La escuela rebasa el
espacio físico y te m p ora l que se asigna a las actividades esco­
lares form a le s; su espacio real permea otras instituciones y
espacios sociales - e l trabajo, la política local, la concepción
del mundo de los habitantes, la economía doméstica, las p rá c­
ticas c u ltu r a le s -. Esta visión apunta hacia nuevos sitios y ac­
ciones en los cuales buscar elementos y relaciones significati­
vas para e stud iar los procesos educativos. Además, implica
evitar la dicotomía escuela-com unidad característica de otras
perspectivas etnográficas, y c o n s tru ir categorías que descu ­
bran tanto la interacción como la distancia entre las escuelas
y sus entornos sociales. La acción escolar -ya casi u n iversa l-
se entrelaza con otras acciones educativas generadas en
espacios sociales diversos en cualquier localidad. No es posi­
ble apreciar las consecuencias de la progresiva escolarización
si no se abordan los procesos paralelos y alternativos de tra n s ­
misión y apropiación cultural.
4) Desde este punto de vista, Los conocim ientos, las ideologías y
las acciones de los sujetos no tendrían necesariam ente el
grado de coherencia y eficacia que les atribuye fre c u e n te m e n ­
te la teoría c u ltu ra l tradicional. Las concepciones del m undo y
las prácticas son, por lo general, incoherentes y c o n tra d icto ­
rias; coexisten sentidos divergentes cuyas raíces se distinguen
solo al e stud iar su historia. Esta perspectiva p erm ite cu estio ­
nar la concepción antropológica de categorías cu lturale s li m i ­
tada a una esfera simbólica. En su lugar, se podría tra b a ja r
con categorías sociales, utilizadas tanto para pensar como pa­
ra o rd en ar la realidad, que estén vinculadas a d eterm inados
contextos históricos. Estas categorías pueden ser explícitas o
im plícitas y, por lo tanto, no siempre coinciden con las catego­
rías fo rm a le s que se encuentran en el discurso local y que a
veces ocultan relaciones sociales. El sentido de las categorías
sociales se puede establecer solamente al reco n stru ir los pro­
cesos y las relaciones que las sustentan en la práctica.
5) Los te m as más significativos para la investigación etnográfica
desde esta perspectiva son procesos sociales. Junto con la
socialización, identificada en los estudios tradicionales, exis­
ten m uch os otros procesos, como los de producción y rep ro ­
ducción, intercam bio y negociación, generación y destrucción,
resistencia y lucha. Aun cuando se den mediante m ecanism os
y fo rm a s c u ltu ra le s particulares, no se reducen a las form as
de com unicación que fueron privilegiadas, bajo la influencia
sociolingüística y el interaccionismo simbólico, en m uchos es­
tu dios etnográficos. Al re co n stru ir procesos sociales, importa
conocer su contenido histórico y social, más que su c o nfig ura ­
ción fo rm a l o estructural.
Estas consideraciones sugieren otras maneras de hacer etno­
grafía. Sin embargo, no prevén todos los problemas implicados al
integ ra r la investigación etnográfica al desarrollo de una concepción
alternativa acerca de las diversas realidades educativas la tin o a m e ­
ricanas.

HACIA NUEVAS TEORÍAS

Para concluir, retom arem os la relación p a rtic u la r con la teoría


que perm ite la etnografía. La elaboración teórica no es solo condi­
ción previa para la investigación etnográfica. Dadas sus característi­
cas particulares, la etnografía es un enfoque óptimo para vincular la
investigación empírica al desarrollo teórico. El proceso de conocer
una localidad concreta nos obliga a ela borar conceptos y a precisar
su relación con los fenómenos observables, lo cual a su vez favorece
el avance teórico en el campo tem ático que se aborda.
Toda teoría m uestra no solo rup tura s, sino ta m b ién c o ntin uida ­
des con el sentido común y el conocim iento social. En la a ntro p o lo ­
gía ha sido particula rm en te im portante la relación entre las catego­
rías sociales expresadas en las localidades del trabajo de campo y
el d e sa rrollo teórico. Un ejem plo de esto es el pensam iento sobre
el parentesco, que constituye un eje de la etnografía desde Morgan
hasta Lévi-Strauss, y que abarca fo rm u la c io n e s teóricas tan diver­
gentes como la cognoscitiva de Goodenough y la m arxista de Gode-
lier. La com paración entre los m ú ltip le s sistem as clasificatorios
propios de las cu ltu ra s estudiadas fue una condición necesaria
para rebasar las categorías del investigador y d e s a rro lla r la riq u e ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

za teórica actual en el estudio del parentesco. Es decir, la r u p tu ­


ra con concepciones e tnocéntricas anteriores se dio al co ntrastar
esas concepciones con las categorías de los diferentes grupos es­
tudiados.
El diálogo entre las categorías sociales y el desarrollo de catego­
rías teóricas es una constante en la antropología. A veces, se
em prende una investigación con preguntas precisas que provienen
de, o bien polemizan con, la teoría existente. En otros casos, no se
tiene una fo rm ulación teórica preexistente y el estudio se inicia con
preguntas que parten del c o no cim ien to local y el sentido común
propio del investigador. En a m bos casos, el etnógrafo procede con
algunas ideas previas al iniciar el trabajo de campo. Con este acervo
en mente, selecciona lo significativo del contexto y lo entrelaza con
la elaboración teórica que realiza al m ism o tiempo. Al enfrentarse al
aparente caos de la realidad, que suele provocar inm ediatos juicios
etnocéntricos, el investigador aprende a evitar la fo rm u la ción a bs­
tracta demasiado tem prana y s u s p e n d e r el juicio inmediato. Cons­
truye. así, el contenido de los conceptos iniciales, no lo presupone.
Genera anticipaciones, realiza m ú ltip le s análisis, reinterpreta, fo r ­
m ula nuevas concepciones y, sobre todo, redacta descripciones que
le permite n exam in ar los presupuesto s conceptuales que está u tili­
zando, a veces sin te n e r conciencia de ello. En las descripciones,
tam bién procura in te g ra r las categorías sociales que expresan las
relaciones entre los sujetos y sus entornos. En este proceso, se abre
la posibilidad de generar y de e nriq u ece r la teoría.
Para repensar los conceptos abstractos [por ejemplo, el autorita­
rismo), es necesario atender al significado que tienen para las p e r­
sonas ciertos elementos del contexto o de la interacción (una rep ri­
menda, una puerta cerrada, un silencio). Este significado se expresa
en sus respuestas o acciones frente a esos elem entos y no siempre
coincide con aquello que el investigador presupone desde su s e n ti­
do común. Cuestiones como las relaciones autoritarias se m anifies­
tan por medio de m uy distintas fo rm a s según el contexto; si no se
integran los sentidos sociales al trabajo analítico, se corre el riesgo
de perderlas de vista o de suponerlas donde no existen. Estos signi­
ficados locales se pueden usar para distin gu ir nuevos tipos de rela ­
ciones auto rita ria s en otras situaciones o lugares. El trabajo co n ti­
nuo de vincular la observación y la concepción permite, así, llegar a
una mayor elaboración teórica.
Las categorías sociales que ordenan significados, relaciones o
prácticas se incorporan al proceso etnográfico no solo como parte
del objeto de estudio, sino tam bién como esquemas alternativos que
confrontan, abren, matizan y contradicen los esquem as teóricos y el
sentido común del investigador. La tarea etnográfica n orm a lm e nte
rebasa la descripción de las categorías locales y recurre a antece­
dentes teóricos que ayuden a explicar los procesos sociales. Sin
embargo, si el trabajo no atiende a las categorías sociales, se cierra
una de las vías más ricas de construcción de nuevos conceptos te ó ­
ricos y se corre el riesgo de reproducir el sentido común académico,
en lugar de tra n sfo rm a rlo .
La relación entre teoría y significados sociales es relevante en el
sentido contrario, frente al desafío de integ ra r nuevamente el re su l­
tado de la investigación a la práctica social. Para esta tarea también
es necesario c rear una alternativa a la meta clásica de "d e scrib ir
las cu lturas" que caracteriza a tanta etnografía. ¿Cómo se tra n s fo r­
man las prácticas culturales? Recordemos que el conocimiento solo
existe en la práctica (Fabian, 2001) y no en los textos o las mentes
individuales. ¿Cómo deviene la teoría, nuevamente, en referencia
significativa, sentido com ún y categoría social que oriente nuevas
relaciones entre personas? En tanto investigadores de procesos
educativos, nos es ineludible el reto rno a la práctica. La tradición
etnográfica, informada te óricam ente por una concepción alternativa
de la sociedad y la educación, puede c o n trib u ir a realizarlo.
U. COMO OBSERVAR LA
REPRODUCCIÓN*

En el desarrollo de la teoría social, son decisivos los m om entos de


su vinculación con la investigación empírica. Pueden ser m om entos
repartidos en diferentes puntos, anteriores o posteriores a la fo rm a li-
zación de la teoría; m om entos que pueden coincidir en un m ism o
investigador o bien o c u rrir en individuos que tienen escaso conoci­
m iento uno del otro. A la larga, en el enlace entre los trabajos te ó ri­
cos y empíricos se da el largo proceso de precisión y elaboración de
un concepto, y con ello se da la posibilidad de "pensar con el concep­
to y no sólo acerca de él” (Geertz, 1973a). Es decir, se da la posibilidad
de em pezar a utilizar el concepto para conocer procesos situados y
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

fechados. No es excepción la noción de la reproducción, que ha sido


privilegiada como el concepto explicativo de la educación formal.
H em os a rg u m e n ta d o que el proceso e tnográfico propicia una
e laboración progresiva de los conceptos que utiliza. Sin embargo,

* Una prim era versión de algunas partes que integran este capítulo fue publicada
en el año 1986 con el título "Cómo observar la reproducción", en Revista Colombiana
de Educación, n° 17, págs. 109-125.
esto requiere p recisar y d e s g lo s a r cada concepto para vin cu la rlo
con la experiencia de campo y la in fo rm a c ió n contextual e h is tó ­
rica. En este capítulo c o nside rarem os cómo se puede utiliza r y e la ­
b o ra r el concepto teórico de la reproducción en la antropología
de la educación. Las pre gu ntas que p la n te a m o s son p ertinentes,
a la vez. para otros procesos que interesan en el estudio de la e d u ­
cación.
El concepto de reproducción fue desarrollado particula rm en te en
Francia a p a rtir de 1968, por A lth u s s e r (1968), Baudelot y Establet
(1975) y Bourdieu y Passeron (1977], y retomado por otros autores en
el campo educativo en m uc h os países. La riqueza de la discusión
teórica acerca de la reproducción ha tenido una relación c o n tra d ic ­
toria con la investigación empírica. Algunas de las investigaciones
iniciales en contextos educativos tenían una perspectiva fu ncionalis-
ta que contradecía la concepción m ism a de reproducción que o fre ­
cían. Se privilegió la form alización teórica sobre el análisis empírico
y se generalizaron conclusiones sin considerar la diversidad de pro­
cesos históricos en juego en los diferentes países.
Algunos de estos autores reconocieron las im plicaciones de
estudios empíricos hechos por investigadores con posiciones explí­
citas y polém icas frente a la concepción dom inante de la rep ro du c­
ción. Cierta investigación histórica y etnográfica, sobre todo, p e r m i­
tió no solo repensar este concepto clave, sino ta m bién d e s a rro lla r
su opuesto, la c o ntrarrep ro du cción o la resistencia. Varios estudios
(Sharp y Green, 1975; Willis, 1977; Anyon, 1980 y 1981; C onnell y
otros, 1982; Lahire, 1993, entre otros) ofrecieron nuevas concepcio­
nes para c o m p re n d e r el cruce entre las determ inaciones e s tru c tu ­
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

rales, los procesos cotidianos y las prácticas de los sujetos. Esta


contribución fue asumida por a lgunos autores. Por ejemplo, Michael
Apple, en un com entario crítico a su propio libro, Ideología y currícu-
lo, reflexionó:

Veía en las escuelas, y especialm ente en el currículo oculto, una exito­


sa correspondencia con las necesidades ideológicas del capital: solo
faltaba observar cómo se lograba esto en la realidad. Mis fo rm u la c io ­
nes de entonces carecían, ahora resulta obvio, del análisis de las con­
tradicciones, los conflictos, las mediaciones y, sobre todo, las resisten-
cías, además de la reproducción. [...] Estos estudios etnográficos ayu­
dan a m ostrar con claridad que no existe ningún proceso mecánico por
el cual presiones externas de la economía o del Estado inexorablem en­
te moldeen las escuelas y los alum nos de acuerdo con los procesos de
la legitim ación y la acum ulación del capital c u ltu ra l y económico
(1981a: 36).1

Aun así, ha sido escasa la investigación empírica frente al c ú m u ­


lo de problemas y debates conceptuales en torno de la reproducción.
La dificultad de realizar investigación pertinente para la discusión
teórica fue acentuada por las tendencias prevalecientes en m uchos
á m bitos de la investigación educativa. Los estudios empíricos no
lograban enco ntra r modos de elaborar y utilizar los conceptos te ó ri­
cos que se exponían de manera fo rm a l en estudios realizados con
técnicas tradicionales.
La teoría de la reproducción, en sus diversas form ulaciones, ha
hecho posible conocer y explicar ciertas relaciones clave del proceso
educativo. Fue p a rticu la rm e n te significativa para c o n tra rre sta r el
mito liberal que suponía un funcio na m ie nto equitativo de los siste­
mas educativos capaz de revertir los efectos de la desigualdad social
de los educandos. Sin embargo, la reproducción académica de esta
teoría, desligada de la investigación empírica sobre realidades socia­
les, ta m bién se ha convertido en obstáculo epistemológico. Es decir
a p a rtir de la teoría existente, derivada de realidades sociales distin­
tas de las latinoamericanas, se presupone la existencia de procesos
y contenidos de reproducción en las escuelas, en lugar de utilizar y
reelaborar la teoría para conocer cómo se dan esos procesos - o bien
o tro s - en nuestros contextos históricos.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

PREGUNTAS PARA ORIENTAR LA MIRADA

Las respuestas que intento d a r a esta pregunta no constituyen


una guía de observación de campo, sino una serie de reflexiones pa­

1. La traducción es de la autora.
ra orientar el trabajo que requiere la construcción de nexos entre la
fo rm u la ción teórica y la observación empírica. ¿Cómo observar la
reproducción? Es decir, ¿qué elem entos de esa realidad a la que
te nemos un acceso mediado por diferentes prácticas concretas de
construcción de datos (docum entacio nes diversas, entrevistas,
registros) se vuelven inteligibles bajo la concepción de la re p ro d u c­
ción? ¿Qué de lo que m ira m o s es evidencia de la reproducción y qué
no lo es? En otros té rm in o s , ¿cómo puede el concepto a d q u irir el
poder analítico que perm ita observar un proceso ahí donde antes no
se veía? ¿De qué form a puede el análisis o bligar al investigador a
elaborar y r e fo rm u la r la teoría de la reproducción o, incluso, a des­
ca rta r su pertinencia según la realidad estudiada? Estas son cu es­
tiones de fondo detrás del problema de cómo observar c u alqu ier
proceso social en un contexto dado.
Abordo este problema con la orientación de cuatro preguntas fre ­
cuentem ente soslayadas en la discusión sobre la reproducción. Las
preguntas son: p rim era, ¿qué se reproduce?, ¿cuál es el co n te n i­
do de la reproducción?; segunda, ¿en qué nivel de abstracción se
encuentra ese contenido?; tercera, ¿a qué escala ocurre el proceso
de reproducción?, y fin a lm e n te , ¿desde dónde se genera la rep ro ­
ducción?

El contenido de la reproducción

¿Qué se reproduce? Las respuestas posibles a esta pregunta dan


sentidos divergentes al proceso m ism o. En el ámbito de la educa­
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

ción, la gama ha sido muy amplia. Los contenidos específicos pro­


puestos incluyen desde relaciones sociales de producción hasta dis­
posiciones subjetivas y concepciones del mundo.
Así lo expresó W illis:

Uno de los problem as de la noción general de "Reproducción" es la


manera en que se reducen a una [sola dim ensión] varias cosas to ta l­
mente diferentes: desde la reproducción diaria de la fuerza de trabajo
hasta la reproducción biológica, la producción de la diferenciación
sexual y la reposición generacional de la fuerza de trabajo; a menudo.
incom prensiblem ente, a través de la mediación de estas cosas, el con­
cepto se extiende a la reproducción sim ple del capital o hasta la repro­
ducción de las relaciones sociales como condiciones de la continuidad
de la acumulación capitalista (1981: 48).

Los contenidos de la reproducción pueden corresponder a dife­


rentes dominios o esferas, como lo económico, lo cu ltural o lo esta­
tal (Giroux, 1985). Hubo distinciones fuertes entre las concepciones
de Althusser, Bowles y Gintis, y Bourdieu, que remitían a diferentes
contenidos. Diferenciar entre ideología dom inante y relación hege-
mónica, o entre código y habitus, por ejemplo, puede ser básico a la
hora de d e te rm in a r qué se observa. La m ultiplicidad de contenidos
posibles de la reproducción exige al investigador un p rim e r trabajo
conceptual. En un ensayo sugerente, Raymond W illiams (1981:185)
ofrece una reflexión sobre el significado de la reproducción como
m etáfora social. Contrasta dos sentidos: la reproducción mecánica
mediante la imprenta, por ejemplo, produce ejemplares idénticos
unos a otros; en cambio, la reproducción orgánica o genealógica
produce individuos que m antienen cierta sim ilitud de especie o de
familia, aunque no sean idénticos. Lo im portante es recordar que se
trata de una metáfora que utilizamos para estudiar procesos socia­
les mucho más complejos que cualquiera de estos dos casos.
Estudiar la reproducción im p lica establecer la continuidad de
ciertos contenidos sociales en el tiempo. ¿Qué se toma como nueva
instancia de lo m ism o para poder establecer esa continuidad? ¿Có­
mo se establece la identidad necesaria para suponer una c o ntin ui­
dad de prácticas o significados? ¿Cuáles diferencias observables
son significativas y cuáles no? Establecer la continuidad de un co n ­
tenido resulta problemático, pues nos enfrentamos ya al comienzo a
un panorama social heterogéneo. Como señala W illiam s, la rep ro ­
ducción social rara vez produce copias o réplicas, como sucede en
los dominios técnicos en donde tiene origen el té rm ino, según uno
de sus sentidos. Si nos alejamos apenas un poco de la reproducción
física de ciertas cosas (libros, por ejemplo), e ntram os en el terreno
de los usos sociales de esas cosas (como es el caso de dos de los
libros más reproducidos históricam ente, la Biblia y El capital). Los
usos son tan variables que sugieren más bien discontinuidades pro­
fundas. El reto está en establecer criterios para d e te rm in a r la co n ti­
nuidad, que tomen en cuenta la diversidad de usos y contextos.
En el dom inio de lo educativo, ha sido usual observar y su po ne r
idénticas ciertas prácticas pedagógicas que nos resultan tan fa m i­
liares y reconocibles de una escuela a otra, o de un país a otro, que
dan la impresión de continuidad de una cultura escolar casi invulne­
rable frente a las más diversas tran sfo rm acio ne s sociales. Sin e m ­
bargo, ¿en qué medida son idénticas esas prácticas? ¿No serán sig ­
nificativas, de hecho, a lg u n a s de las diferencias de contexto y de
sentido que las m arcan? Por ejemplo, algunos m éto dos de ense­
ñanza inicial de la lectura tienen un sentido tota lm en te diferente en
contextos donde la lengua escolar coincide con la que hablan los
niños en casa y en contextos en que su lengua es distinta. 0 bien, el
sesgo "nacionalista" de un cu rrícu lo puede ser muy distinto según
la historia política de países colonizadores y ex colonias.
Esto lleva a otras preguntas. ¿Se reproducen las fo rm a s de una
práctica m ie ntra s cambian, a veces radicalmente, su significado, su
contenido social, en nuevos contextos? Este hecho ha sido d o cu ­
m entado por antropólogos, acostu m b rad os a preguntarse por los
significados nuevos que adquieren las cosas "tomadas en préstamo"
de una cultura a otra. Hay algunos ejemplos claros, como el sentido
tan distinto que pueden te n e r form as de trabajo colectivo (el tequio o
la faena com unitaria en México], cuando su organización responde a
un trabajo c o m u na l tra d ic io n a l o cuando responde a una exigencia
g u b e rn a m e n ta l en la co nstrucció n de obras públicas: se trata de la
diferencia entre la cooperación y la explotación. La continuidad fo r ­
m a l suele ser más fácil de ras tre ar en el mundo empírico, pero bien
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

puede o cu lta r contenidos opuestos.


Lo contrario ta mbién es cierto. Se da la continuidad de un m ism o
contenido social, como las relaciones de género o clase, m ie ntra s
cambian, históricam ente, las fo rm a s que aseguran su reproducción.
La distinción m ism a entre fo rm a y contenido suele ser difícil de
esta blecer en los hechos. Cambios aparentem ente fo rm a le s im p li­
can m odificaciones sustanciales en el contenido social. Esto apare­
ce, frecu en te m e n te, en la observación de procesos educativos. No
es lo m is m o re p re se n ta r un concepto científico, por ejemplo, en
fo rm a esquemática, con té rm in o s científicos, que inten tar tra n s m i-
tir io de manera e xp e rim e n ta l o con lenguaje cotidiano. La relación
con el saber científico es distinta en cada caso. ¿Qué es lo m ism o,
entonces, y qué es diferente? Es necesario d e te rm in a rlo para e sta ­
blecer y observar el contenido de la reproducción.
Otros problemas surgen al estudiar la reproducción. ¿Se trata de
una continuidad de categorías que marcan distinciones perpetuadas
m ediante el proceso de reproducción? Desde luego, se puede dar
una continuidad histórica de diversas categorías sociales. En este
caso, tal vez el proceso de reproducción se acercaría al sentido o r i­
g in al que tenía en la biología, para la cual, no habiendo réplica, la
continuidad se establece, sin embargo, por cierta semejanza de
especie que tolera la variación individual pero conserva las fr o n te ­
ras. Este puede ser el sentido asociado al ejemplo del "hijo del pelí­
cano" utilizado por Bourdieu y Passeron (1977:6). Establecer la co n ­
tinuidad implicaría r e c o n s tru ir genealogías m ás que d e te rm in a r
identidades. Un ejemplo en antropología es la propuesta de Barth
(1976) de co m p re n d e r cóm o los grupos étnicos se perpetú an al
m a n te n e r las fronteras, a pesar de los cambios cu lturale s e indivi­
duales.
En lug ar de centrarse en categorías o entidades, el contenido de
la reproducción puede definirse más bien en té rm in o s de relaciones
(sociales, de producción, de poder, etc.), como aquellas que le dan
especificidad a la form a de explotación característica del c a p ita lis ­
mo y cuya reproducción ha requerido la transform ación de n u m e r o ­
sas cosas, desde los m edios tecnológicos hasta los marcos legales,
que hacen posible su continuidad histórica. Si algo enseñó Marx fue,
precisam ente, desconfiar de la identidad de las cosas y buscar su
contenido social, no en ellas mismas, sino en las relaciones sociales
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

que las constituyen y en las que se insertan. En el caso p aradigm áti­


co de la mercancía, estas relaciones son de producción, pero no lo
son necesariam ente en to dos los casos. La continuidad de relacio ­
nes e stru ctu ra les bajo realidades históricas cambiantes no es evi­
dente. Aun más difícil, sin embargo, ha sido la contraparte: c o m ­
prender cómo esas realidades cambiantes y contingentes, las
alianzas por ejemplo, que tienden a asegurar la reproducción de las
relaciones constantes, pueden ser tan significativas como las e s ­
tru c tu ra s de mayor duración.
Volviendo al á m bito educativo, no siem pre es fácil saber qué se
reproduce. Ha sido usual se ñ a la r contenidos identificados en otros
á m bitos sociales, por ejemplo, la reproducción de ciertas c a ra c te ­
rísticas de la fuerza de trabajo (Althusser, 1974). Pero, ¿son r e a l­
mente tan sim ilares los procesos de trabajo industrial y los procesos
de trabajo escolar? ¿En qué medida, o bajo qué condiciones, se
puede e stab lece r una equivalencia entre ambos, aun reconociendo
que ciertas te orías de organización (como el taylorismo) influyeron
en ambos casos?
Más difícil, incluso, ha sido c o nstruir categorías para observar lo
propio de la escuela, por ejemplo, los modos de apropiación del c o ­
n ocim iento y los valores im p líc itos en la interacción. No es fácil
identificar contenidos ideológicos tran sm itid os mediante d e te rm in a ­
das prácticas escolares y se pa ra rlo s analíticam ente de los co n o c i­
m ientos que pueden te ne r un valor general. Tampoco ha sido tarea
sencilla distinguir, en los hechos, los sesgos culturales tra n sm itid o s
en las aulas, en el esfuerzo para c o m p re n d e r o c o n s tru ir una e d u ­
cación en contextos de radical diferencia c u ltu ra l (Paradise, 1991,
1994). A m enudo, los contenidos de c u ltu ra s tra d icio n a lm e n te ex­
cluidas se incorporan a la enseñanza escolar bajo las reglas e piste ­
m ológicas de la cultura escolar dominante, y su sentido se tr a n s fo r ­
ma en el proceso. Esta es una de las tantas distinciones necesarias
para responder a preguntas acerca del contenido reproducido en las
escuelas.
F inalm ente, habría que plantear criterios políticos para d istin gu ir
aquellos contenidos que vale la pena tra ta r de rastrear y reconstruir.
Dos viejas p reguntas ayudan a o rien ta r la mirada, no solo a lo que
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

es posible observar, sino a lo que es im porta nte estudiar: ¿Qué está


en juego? ¿Qué im porta y a quién? Las respuestas a estas preguntas
se e ncu en tran en las luchas sociales que d eterm inan destinos
alternativos en el orden social.

Niveles de abstracción

Otra pregunta es: ¿En qué nivel de abstracción se define el c o n ­


tenido del proceso de reproducción? Los niveles de a b stracció n
tienen consecuencias im p o rta n te s para la concepción del proceso,
así como para c o n s tr u ir los datos observables en el m un do e m p í­
rico. Las relaciones sociales no se observan directam ente, pues no
tienen una equivalencia clara con las interacciones sociales que se
pueden r e g is tra r en d e te rm in a d a s itu a ció n .2 En el proceso de
c o n s tr u ir nexos conceptuales entre am bos actúa un gran n úm ero
de inferen cias e inte rp re ta cio n e s, presentes en el m odo de re g is ­
tr a r un diálogo o de c la s ific a r sus se gm en to s y significados. La
co nstrucció n teórica de d ete rm ina da relación social, a su vez. p e r ­
mite o bse rva r y hacer inte lig ib le s ciertos aspectos de la in t e r a c ­
ción social o de otra in form a ción registrada y dejar fuera otros. En
este proceso es posible tra b a ja r en muy diferentes niveles de a b s ­
tracción, con categorías d istantes o cercanas a a q u ellas que o p e ­
ran s o c ia lm e n te en la situ ación que se estudia. Para que tenga
valor analítico, un concepto requiere una d e lim ita ción que perm ita
m a rc a r d istin cio n e s en las realidades observables. Esto im p lica
aproxim arlo a las distinciones que son significativas en la situación
que se estudia.
Muchos contenidos significativos de la reproducción se han d efi­
nido en un nivel tan abstracto que se suelen obviar las variaciones
form ales o coyunturales observables en los procesos educativos. La
tendencia ha sido considerar manifestaciones concretas muy diver­
sas como idénticas, haciendo abstracción de los contextos y sig n ifi­
cados particulares de esas manifestaciones. Retomando un ejemplo
anterior, a p a r tir de la teoría existente se "observa" la semejanza
entre las pautas del trabajo escolar -fra g m e nta d as, inconexas y va­
ciadas de co n te n id o - y los procesos de enajenación en el trabajo
industrial. Al e fectua r esta comparación, sin embargo, se pierde lo
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

específico de la organización de la escuela y de la fábrica, como


contextos en que se construyen relaciones diferentes. Las condicio­

2. Por ejemplo, la relación de explotación no se puede in fe rir del trato de patrón a


obreros, observable en su "in tera cció n " directa con ellos. Su realidad objetiva se
construye de otras evidencias, como el valor producido y el salario. Está im plícita en
esta discusión una crítica al interaccionism o sim bólico que supone que la realidad
social se construye en la interacción "cara a cara", como afirm an Berger y Luckm ann
11966), entre otros.
nes y relaciones que organizan el trabajo escolar pueden responder
a lógicas distintas a las de una fábrica (Apple, 1981 b).
Si bien la abstracción es necesaria para e stablecer cierta co n ti­
nuidad, ¿en qué punto se e m prende el camino inverso? En ciertos
análisis, parece que todo elemento observable se lee como m anifes­
tación de la reproducción. Por ejemplo, todo discurso escolar apare­
ce como instancia de "ideología d o m in a nte ” y sus variaciones in te r­
nas se consideran insignificantes. Se llega a un extrem o en que es
difícil e ncontrar prácticas escolares que no reproduzcan las relacio­
nes dominantes. Bourdieu y Passeron (1977:108) sugieren explícita­
mente esta posición, por ejemplo, al plantear que ninguna a lte rn a ti­
va o innovación pedagógica escapa a la lógica de la reproducción en
el aparato escolar y que todas constituyen variaciones que la hacen
más eficaz. El peligro de la abstracción es el oculta m ie nto de varia­
ciones significativas como instancias de contradicción o de resiste n­
cia frente al proceso de reproducción dom inante. Por otra parte,
suelen considerarse equivalentes situaciones históricas en las que
se juegan contenidos sociales muy distintos.
En la investigación etnográfica sobre el proceso de reproducción,
es posible c o n tra rre sta r esta tendencia de subo rd ina r toda variación
histórica, coyuntural y contextual a relaciones constantes, a b s tra c ­
tas, form ales. En esa tendencia las escuelas aparecen in v u ln e ra ­
bles ante la variación histórica y, por lo tanto, im p osib les de tr a n s ­
form ar. La reproducción de relaciones cotidianas, de significados
particulares y de contenidos correspondientes a escalas tem porales
m enores, puede ser ig u a lm e n te significativa para la com prensión
de m ovim ie ntos sociales y políticos que inciden en las realidades
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

escolares. Por ello, es c rucial historizar el proceso de reproducción,


a bordar con otros conceptos las tensiones y los nuevos equilibrios
que intervienen en los campos de la educación. El concepto de fig u ­
ración (o configuración) de N o rb e rt Elias ((1969) 1982:20-26) provee
una perspectiva se m in a l para esta tarea y, de hecho, fue un antece­
dente para la elaboración que hizo Bourdieu (1972) sobre la tensión
que se genera en los campos.
Escalas de la reproducción

Como te rcer punto, resulta útil distinguir a qué escala sucede el


proceso de reproducción. Frecuentemente, este problema se e m p a l­
ma con el nivel de abstracción, pero es una cuestión distinta, pues
no necesariamente los conceptos más abstractos corresponden a la
escala mayor.
Recordar la dim ensión te m p o ra l perm ite c o m p re nd er que los
contenidos que se reproducen pueden corresponder a muy diferen­
tes escalas de tiempo. Una perspectiva histórica contrarresta la te n ­
dencia de muchos estudios en los cuales la reproducción aparece
como la perpetuación de e stru ctu ra s sociales invariables. La co nti­
nuidad social es siempre relativa (Heller, 1977), delimitada por el
período de tiempo correspondiente al origen y desenvolvimiento de
dete rm ina do s contenidos o relaciones sociales. Vygotsky intentó
a rtic u la r muy diversas escalas tem porales en su perspectiva sobre
la historia del desarrollo c u ltu ra l tanto de la sociedad como del indi­
viduo (Scribner, 1985). La escala pertinente puede se r de miles o
cientos de miles de años, rem itiendo a fo rm a s sociales que apare­
cieron a lo largo de la evolución humana y que aún se producen en
la actualidad. Así, pertenecen de hecho al género hum ano algunos
contenidos identificables en cu alqu ier proceso educativo, como
podrían ser ciertas e stru ctu ra s cognitivas y lingüísticas. Su repro­
ducción es un proceso universal. En el polo opuesto se encuentra la
escala coyuntural, cuyos contenidos se reproducen en la medida de
su vigencia política y pueden desaparecer o sustituirse tan repenti­
nam ente como emergen en el horizonte público. Surgen elementos
casi accidentales, efectos de acontecim ientos excepcionales y de
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

estrategias recientes. Las fo rm a s cambiantes del discurso político


proporcionan numerosos ejemplos de reproducción a esta escala.
El análisis intenta distinguir algunas de las escalas temporales a
las que pertenecen los m ú ltip le s elementos que coexisten en el
orden social actual. Gramsci recuerda este ordenamiento histórico:

Cuando la concepción del mundo no es crítica ni coherente, se pertene­


ce sim ultáneam ente a una m u ltiplicidad de hombres masa, la propia
personalidad se forma de manera caprichosa: hay en ella elementos del
hombre de las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avan­
zada; prejuicios de las etapas históricas pasadas, groseramente localis­
tas e intuiciones de una filosofía del porvenir. (1975b: 12)

Al e stud iar d ete rm ina da co n fig u ra ció n educativa, surgen d ive r­


sas preguntas. ¿A qué escalas co rresp on de la reproducción de los
diversos contenidos? ¿Cuáles contenidos se a rtic u la n desde la h e ­
gemonía e statal en d e te rm in a d a época y cuáles la rebasan? ¿Qué
p rácticas corresponden a la fo rm a en que se ha organizado la e s­
cuela d uran te los ú lt im o s dos siglos y cuáles anteceden ese
marco te m p o ra l? ¿Qué co ntenidos tienen un valor general y cuáles
son propios de una clase so cia l? ¿Cuáles son de larga duración?
¿Cuáles son contenidos políticos, puestos en juego en función del
m a n te n im ie n to o la t r a n s fo r m a c ió n de relaciones de poder? Este
tipo de precisiones son esen cia les para la valoración de las expe­
rie ncias escolares, así co m o para la co nstrucció n de alternativas.
La dim ensión espacial se refiere a unidades de análisis de dife­
rente extensión y delimitación. Generalmente planteada en térm inos
de lo “ m a c ro ” y lo "m ic ro ", esta dim ensión puede aprehender la
complejidad social solo cuando se abandona aquella dicotomía y se
trabaja con una serie de unidades graduadas e interrelaciona-
das. Diversas integraciones sociales - c o m o familia, comunidad,
organización, clase, región, n ación - constituyen unidades espaciales
a las que se puede r e fe rir el proceso de reproducción (Heller,
1977:27-35).
La reproducción del sujeto p a r tic u la r puede d e lim ita r la escala
espacial m ínim a, la del á m b ito cotidiano; sin embargo, este ámbito
COMO OBSERVAR LA REPRODUCCION

no se puede c o m p re n d e r a is la d a m e n te , fuera de la red que la vin ­


cula con otras dim ensiones sociales. La reproducción del individuo
es siem pre un hecho social. H eller lo resum ió así: “ La vida cotidia­
na es el conjunto de actividades que caracterizan la reproducción
de los hom bres particula re s, los cuales, a su vez, crean la p osibili­
dad de la reproducción social" (1977:19). Tiene consecuencias s ig ­
nificativas dentro de los procesos de reproducción referidos a varias
escalas.
La distinción de escala obliga a respetar el ordenamiento propio
de cada unidad social. Im pone lím ites a la posibilidad de deducir
características propias de una escala a p a rtir de aquellas que se
observan en otra. Esta tendencia es p articu la rm e n te evidente en
estudios sobre las escuelas. Las fo rm a s y los contenidos de la re ­
producción a diferentes escalas varían de manera significativa. Por
ejemplo, no es posible negar el efecto de reproducción de la e s tru c ­
tura de clase a escala del sistem a escolar en su conjunto, con el
a rgum ento de que existen num eroso s casos de "movilidad so cia l”
relacionados con la escolaridad, a escala individual. Las relaciones
entre diferentes escalas son complejas y difíciles de establecer
(Revel, 1996; Nespor, 1994), pero es necesario resolver estos proble­
mas para co m p re nd er tanto la especificidad de la escuela, su lógica
propia, como la tram a de relaciones cambiantes que la vinculan con
la historia de la sociedad.

Autonomía y determ inación

En cuarto lu g a r hay dos pregunta centrales: ¿Desde dónde se


genera la reproducción? ¿Cuáles son sus determinaciones, en c u a l­
quiera de los m últiples sentidos que puede te ner esta palabra? En la
teoría de la reproducción, la cuestión más discutida ha sido la "a uto ­
nomía relativa" de la institución educativa, frente a factores e s tru c ­
turales externos. Desde algunas posiciones, las relaciones sociales
de producción aparecen como la causa de todo el proceso de rep ro ­
ducción. En ciertas perspectivas, un discurso social unívoco parece
generar un m ism o contenido ideológico bajo m últiples m a n ifesta ­
ciones concretas y variables. Otras posiciones han buscado d e te rm i­
naciones propias de cada instancia social.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

La noción de "autonom ía relativa" supone el recorte de una


esfera o unidad analítica, como la escuela, dentro de la cual se da
un nivel de dete rm ina ción independiente de la estructura e co n ó m i­
ca o social. Se postula la continuidad de ciertas relaciones y p rá c ti­
cas características de la escuela, más allá de cu alquier tr a n s fo r ­
mación del e ntorno social o político. En la teoría de Bourdieu y
Passeron (1977), ju sta m e n te , esa autonomía asegura la función
reproductora de la escuela. La ¡dea de autonomía, para estos a uto ­
res, apunta así a los aspectos más conservadores de la escuela
(1977:102).3 Desde esta perspectiva, incluso dentro de la autonom ía
relativa de la escuela, la d e te rm in a c ió n suele ado pta r los m is m o s
m eca nis m os que cara cterizan a cierto e s tru c tu ra lis m o . Se p re s u ­
pone una e s tru c tu ra profunda, constante, esencial, propia de la
escuela, com o origen o causa de toda m anifestación observable
allí. Otros autores han llam ado a esto la "gram ática escolar" (Tyack
y Cuban, 1996) o "form a e s c o la r” (Vincent, Lahire y Thin, 1994). '
Hace ya tiem po que esta perspectiva fue cuestionada desde posi­
ciones que retom an lo que se ha denom inado la agencia h um ana
[human agency). El m ism o Bourdieu (1972, 1991) contribuyó a ello, al
d esa rro lla r los conceptos del “ sentido práctico" y "acción e stra té g i­
ca" como m anera de esta blecer una relación entre e stru c tu ra y
coyuntura. Estos conceptos dan sentido a la autonomía:

La práctica es a la vez necesaria y relativamente autónoma en relación a


la situación considerada en su inmediatez, porque ella es el producto de
la relación dialéctica entre una situación y un habitus, entendido como
un sistem a de disposiciones duraderas y transferibles que, integrando
todas las experiencias pasadas, funcionan en cada m om ento como una
m atriz de percepciones, apreciaciones y acciones, y hacen posible la
realización de tareas infinitam ente diferenciadas (Bourdieu, 1972:261).

A p a rtir de otras concepciones, p a rticu la rm e n te de los h is to r ia ­


dores W illia m s (1981) y Thom pson (1966), fue posible p la ntea r la
reproducción en té rm in o s m ás dinámicos, vinculados a luchas s o ­
ciales reales. W illia m s (1981:191 -192) definió la autonomía en t é r m i ­
nos de la distancia entre las prácticas culturales y la reproducción
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

de relaciones sociales dom in antes, distancia que puede te ne r d ife­


rentes significados. Esta opción perm itió d istin gu ir m ovim ientos
c o ntrad icto rios que coexisten dentro de una m ism a fo rm a ció n s o ­
cial. Bajo esta m irada, los contenidos de la reproducción conservan
su heterogeneidad, corresponden a diferentes escalas te m p ora le s o
espaciales y a condiciones históricas particulares, y entran en juego
en la fo rm a ció n social con sentidos políticos variables. Su c o n tin u i­

3. Algunos la adoptaron con el sentido contrario, en la búsqueda de un "m argen''


in stitucional para la tran sfo rm a ció n escolar, previa a la transform ación social.
dad histórica se debe a acciones o m ecanism os provenientes tanto
de grupos asociados con el poder dominante como de otros sujetos
colectivos involucrados. La reproducción de diversos contenidos o
relaciones se produce, así, por las luchas sociales y no ocurre como
efecto de alguna e structura social inmanente.
Estas ideas fu eron reto m adas en la investigación educativa por
varios etnógrafos. El punto de partida fue el estudio ya clásico de
W illis (1977), quien se centró en la producción cu ltu ra l subordinada
entre grupos de jóvenes de clase obrera y analizó, posteriorm ente,
sus efectos en la reproducción de las relaciones dom inantes de
clase. Connell, en un análisis de la reproducción de diferenciación
de clase y de género en la escuela, concluye:

La reproducción de relaciones de clase y posiciones de clase no es


resultado autom ático del funcionamiento del sistema. No es un proceso,
es más bien un logro -d e hecho un logro político-. Las prácticas por
medio de las cuales se intenta realizar pueden m alograrse, y frecuente­
mente fracasan (movilidad social descendiente, crisis en las relaciones
de clase, etc.); su éxito requiere energía y organización [...). La capacidad
de cam biar es decisiva para ese logro [...]. Podemos reconocer la fuerza
de la determ inación estructural sin presuponer un ciclo sin fin de repro­
ducción. Esto no implica que la contradicción estructural produce mecá­
nicamente el cambio. Lo que hace es ab rir el espacio en que pueden
desarrollarse nuevas prácticas (...) que a su vez reconstituyen e stru ctu ­
ras en nuevas form as (Connell y otros. 1981: 102-117).

Fuera del ámbito escolar son muchos los ejemplos. La reproduc­


ción de fo rm a s de organización y resistencia que anteceden a la es­
tru c tu ra social dom inante ha contribuido a la fo rm ación de la clase
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

obrera en ciertos contextos históricos (Thompson. 1966). Al c o n tra ­


rio, desde los grupos dominantes se aprovechan y reproducen rela ­
ciones de regím enes anteriores, que resultan útiles para la explo­
tación actual de ciertos sectores. La continuidad de algunas form as
de trabajo de los grupos indígenas ha planteado siem pre ese p ro ­
blema. ¿En qué medida se debe su reproducción a procesos de
identidad y resistencia cultural y, por el contrario, en qué medida la
expansión del capitalism o ha perpetuado y aprovechado fo rm a s de
producción precapitalista (como la recolección de ciertos recursos
naturales), bajo una nueva articulación? Este tipo de preguntas
siem pre requiere respuestas históricas.
C o m p re n d e r el origen y la continuidad histórica de ciertas p rá c­
ticas escolares adquiere especial relevancia para pensar su t r a n s ­
fo rm a ció n . M ú ltiple s contenidos y relaciones pueden te ne r una
continuidad relativa en el a ná lis is e tno grá fico e histórico de las
co nfig urac io ne s escolares. ¿Cómo d is tin g u ir entre aquellos co nte ­
nidos que se deben a m ecanism os de m ediación y de coerción efec­
tivos, ejercidos desde el poder y otros, cuya reproducción se debe a
las apropiaciones colectivas, logradas c o tidian am e nte , por otros
g rupos involucrados en la co nstrucció n so cia l de las escuelas? Si
co ns id e ra m o s al m undo e sco la r en su c o njunto com o un complejo
cam po en el que confluyen diferentes sujetos sociales, con in te re ­
ses, recursos y saberes distintos, los desenlaces de la negociación
continua no s iem pre son previsibles. En d e te rm in a d o s m om entos,
en p a r tic u la r después del e m b ate de las políticas neoliberales, la
reproducción de ciertos espacios, prácticas y saberes escolares se
vuelve bandera de lucha de los sectores que se encu en tran s is te ­
m á tica m e n te excluidos de la educación.
En alguna zona interm e dia entre el d e te rm in is m o e s tru c tu ra l
- q u e deja pocas opciones para la práctica p olítica- y el voluntarismo
subjetivo - q u e pretende poder escapar de cu a lq u ie r determ inación
aje na -, se e ncuentran las posibilidades concretas de conocer, d is ­
tin g u ir y organizar los contenidos y las relaciones para tra n s fo rm a r
el orden social. Esta búsqueda es válida ta m bién para la tarea pen­
diente de tra n sfo rm a ció n de las escuelas.
CÓMO OBSERVAR LA REPRODUCCIÓN

LA REPRODUCCIÓN ENTRE OTROS PROCESOS

Finalm ente, ¿cuáles son los límites del concepto de reproducción


para dar cuenta de lo que o curre en los á m b itos educativos? W i­
llia m s (1981:201-205), entre otros, marca algunas precisiones i m ­
portantes en la idea de reproducción. La continuidad histórica, a fir ­
ma, nunca es total, siem pre se fo rm a n "tradiciones selectivas". La
selección m ism a es necesaria para g ara n tiza r la continuidad y
poder conservar fo rm a s a nteriores bajo nuevas condiciones so cia ­
les. Por esto, explica W illiam s, existe una relación entre producción
y reproducción: la p rim e ra es posible porque existe un orden o una
fo rm a reproducible, y la reproducción, por su parte, genera cierta
innovación. La continuidad histórica requiere, así, tanto de ordena­
m ientos relativam ente estables como de cambios profundos. Las
configuraciones sociales y cu ltu ra le s tienen que ser continuamente
reconstruidas. Finalm ente, W illia m s distingue los contenidos d o m i­
nantes en determ inado m o m e n to histórico, de los elem entos "re si­
duales" (reproducidos más allá de su período de dominación) y de
los elem entos "em erge ntes". Parte de lo "e m erge nte" contribuye a
la reproducción de relaciones dom inantes, pero hay fo rm a s e m e r ­
gentes que tienden a resistir o a reem plazar los contenidos c u ltu ra ­
les dominantes. El problema es cómo d istin gu ir unos de otros.
El hecho de que la reproducción se haya convertido en un concep­
to explicativo privilegiado en la investigación educativa ha tenido se­
rias consecuencias. La tendencia adicional de vincular el proceso de
reproducción siempre a las clases dominantes y al Estado ha oculta­
do la reproducción subalterna, es decir, la continuidad persistente de
fo rm a s culturales o sociales alternativas, incluso frente a la im posi­
ción de nuevas relaciones sociales mediante la escolarización. Estas
form as de resistencia contrarrestan, en cierta medida, los procesos
contradictorios o destructivos que provienen del Estado mismo.
Por varias razones, parece ser insuficiente incluso la dicotomía
de reproducción/resistencia. Giroux (1985) m ism o advierte contra la
tendencia de entender como resistencia toda práctica que se opone
a los contenidos de la reproducción dominante. Resulta más intere­
sante estudiar la dinámica educativa en té rm in o s de un encuentro
entre varios procesos que interactúan en la fo rm ación y la tra n s fo r­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

mación de relaciones sociales. En este sentido, se puede considerar


a la reproducción como uno de varios procesos que constituyen h is­
tóricam ente las realidades educativas, junto con el control y la apro­
piación de espacios institucionales, la generación, conservación o
destrucción de conocim ientos, la socialización o individuación de la
vida social (Rockwell y Ezpeleta, 1985).
La coexistencia de m últiple s procesos parece explicar algunas de
las distancias que existen entre la realidad social y educativa la ti­
noamericana y las de los países desarrollados. En nuestros países,
se han destruido instituciones y contenidos educativos, así como
tradiciones pedagógicas y cu lturale s, que fueron producto de luchas
sociales pasadas. La garantía m ism a de una escolaridad básica u ni­
versal y gratuita requiere la reproducción de e structuras y m eca nis­
mos de financiam iento que en la actualidad tienden a reducirse. La
privatización y la frag m en tació n de los servicios educativos son pro­
cesos regresivos, frente a los cuales la oposición democrática puede
defender, paradójicamente, la reproducción de instituciones y p rá c­
ticas (como la gratuidad, el laicism o, el acceso universal, al igual
que textos que m antengan viva la m em oria histórica y ofrezcan la
experiencia del co no cim ien to científico) propios de la educación
pública del pasado.
Para la investigación empírica, esta discusión muestra la d ific u l­
tad no solo de observar y de d is tin g u ir contenidos, niveles, escalas y
determ inaciones de la reproducción, sino ta m bién de d e lim ita r la
utilidad del concepto para conocer realidades educativas históricas y
buscar conceptos que lo co m p le m e n te n . La teoría de la rep ro du c­
ción ha hecho posible un avance relativo en la investigación educati­
va, pero ta mbién es esencial e m p e za r a co m p re nd er otros procesos
sociales -nego ciación , control, apropiación, socialización, d e s tru c ­
ción y re s iste n cia - que entretejen la educación y el m ovim iento
social.
5. EL DIALOGO ENTRE
ANTROPOLOGÍA E HISTORIA*

La antropología y la historia tienen trayectorias convergentes.


Durantes varias décadas, investigadores de ambas disciplinas han
intentado conjugar sus fuerzas c o m p le m en tarias.1 Los acercam ien­
tos han sido significativos, a pesar de que muchas prácticas in s titu ­
cionales siguen separando a uno y otro gremio. En algunos países,
la convivencia in stitucion al de ambas disciplinas y la fuerza de la
presencia indígena en la form ación histórica obligaron a una colabo­
ración te m prana, y a ctu a lm e n te m uchos antropólogos y etnólogos
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

* Una prim era versión de algunas partes que integran este capítulo fue publicada
en el año 1996 con el títu lo "H istoria y antropología. ¿Es posible un acercam iento
m etodológico?", ponencia presentada en el VI Encuentro Nacional de Historia de la
Educación en México, Guadalajara.
1. De la antropología, la lista incluye a investigadores como Bonfil, Evans P rit-
chard, Fabian, Friedrich, Roseberry, Sahlins, Sider, Wolf, entre otros. En el campo de
la historia, Braudel, Burke, Darnton, Davis, de Certeau, Ginzburg. Leroy Ladurie, Levi,
Lüdkte, Mignolo y Sewell. entre otros, han abordado la dimensión cu ltural o antropo­
lógica.
realizan estudios sobre épocas pasadas. Ubicada en medio de a m ­
bas tradiciones, la e tno histo ria ha desarrollado sus propias m a n e ­
ras de integ ra r la dim ensión te m p o ra l al trabajo antropológico. Los
historiadores, a su vez, buscan orientación en los textos teóricos de
la antropología, para potenciar una nueva lectura de los documentos
de archivo y una interpretación de otras fuentes que den cuenta de
la dim ensión cultural.
No obstante, si co m p a ra m o s las form as de trab aja r del h isto ria ­
dor y del etnógrafo, e nco ntra m o s serias diferencias. La antropología
social nació con una fu erte ru p tu ra epistémica con el estudio de la
evolución te m p o ra l de los fe nóm enos sociales. Los fundadores des­
cartaron la docum entación existente sobre los pueblos indios, como
los in fo rm e s elaborados por burócratas y misioneros, e insistieron
en la obligada estancia prolongada en el campo para la obtención de
descripciones y apreciaciones válidas. El etnógrafo tenía, así, la ex­
cepcional oportunidad y responsabilidad, como afirm aba M alinow s-
ki (1972), de se r "cronista" de los procesos que estudiaba. Esta ven­
taja se tradujo en una necesaria reducción de la escala te m p o ra l y
espacial. En efecto, el e tnógrafo sólo puede d o cu m e n ta r lo que ob ­
serva y escucha durante su permanencia en el campo. Las d e s crip ­
ciones que elabora se lim ita n a lo que transcurre durante su estan­
cia allí o, a lo sumo, a lo que le cuentan o m uestran del pasado en
ese contexto. Desde la antropología, se considera que nada puede
s u s titu ir la experiencia p ers o n a l del investigador en el campo. El
E HISTORIA

etnógrafo tiene la ventaja de c o n s tru ir una docum entación propia,


pero la manera de tra b a ja r sobre esos docum entos en la etapa de
análisis lo acerca al oficio del historiador.
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA

El historiador, en cambio, desconfía de las fuentes documentales


únicas, como el texto de un cronista, y finca su reconstrucción de los
hechos en la com p aració n cuidadosa de m últiple s fu entes d o cu ­
m entales distintas. El ca rá c te r m ism o de su inform ación amplía su
m irada más allá de la circu nscripció n espaciotemporal de un e stu ­
dio etnográfico. Aun así, las limitaciones en la documentación exis­
tente son considerables (Guha, 1999). Lo cotidiano suele ser lo m e ­
nos docum e ntad o en los procesos sociales de escritu ra ción del
acontecer histórico (de Certeau, 1996). Sin embargo, existen novedo­
sos cam pos de la h istoriografía - la historia social, la historia oral,
los estudios subalternos, la historia de las mentalidades y la historia
cultural, entre o tra s - que se acercan a maneras de investigar de los
antropólogos. Los historiadores también examinan los registros e t­
nográficos hechos por antropólogos en distintas épocas, atendiendo
a las continuidades históricas. A partir de estas form as de ente nder
el trabajo historiográfico, ha sido posible avanzar en el acercamiento
entre las disciplinas.
Las h e rra m ie n ta s m etodológicas y conceptuales de la historia
han dado una m ayor d im en s ión te m p o ra l y comparativa al estudio
de los procesos sociales actuales. No obstante, para el etnógrafo,
hacerse h is toria d or plantea ya desde el comienzo cierta decepción
ante los miles de d ocu m e ntos producidos por prácticas de e s c ritu ­
ración y de conservación sesgadas por la burocracia, el periodism o
y la política. D ifícilm ente enco ntra rá en ellos las sutilezas c o tidia ­
nas que suelen se r la m ateria prima de la antropología. Para llegar
a estos niveles, tanto la antropología como la historia se han provis­
to de una amplia gama de fuentes -lo s diarios, las cartas, las actas
de procesos judiciales, las autobiografías, las obras artísticas y el
registro fo to g rá fic o - que dan ¡dea de la vida cotidiana en épocas
pasadas. Cierta historiografía ha desarrollado fo rm a s de aproxi­
m arse a estos docum entos buscando evidencia de procesos y p rá c ­
ticas cu lturale s, de m an era novedosa y cuidadosa (Darnton, 1984;
Davis, 1975; Ginzburg, 1980). Por otra parte, los antropólogos han
empezado a e xam in a r m a te ria le s rutin arios de los archivos, b u s ­
cando detalles e indicios que n o rm a lm e nte no notan los h istoriado­
res y que cobran sentido a la luz de los estudios sobre las cu lturas
actuales.
Claude Lévi-Strauss, como muchos de ambas disciplinas, ha
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

contribuido al largo debate. Hace años planteó que la diferencia


entre la historia y la antropología no radicaba en el objeto, el propó­
sito ni el método. Más bien, argumentó, la historia atiende a las
"altas expresiones conscientes" de los fenómenos sociales; la e tno ­
logía, en cambio, pretende "la eliminación de todo lo que se debe al
acontecim iento y a la reflexión", para buscar "una arquitectura lóg i­
ca a los desarrollos históricos". Al m ism o tiempo, Lévi-Strauss notó
que ambos caminos son indisociables: "Nada puede una sin la otra
[...].'Todo buen libro de historia está así im pregnado ta mbién de
etnología" (1977:24, 26). Aun así, la búsqueda de una convergencia
real entre historia y etnografía no siem pre se ha dado sin co n tra d ic­
ciones.

BÚSQUEDAS OPUESTAS

Dadas sus trayectorias, la antropología y la historia parecían


ca m ina r en direcciones opuestas. La antropología social tendía a ser
ahistó rica desde un principio. Buscaba e s tru ctu ra s universales y
cuestionaba el esquema evolucionista decimonónico, afirm ando que
no era posible d e te rm in a r cuál de dos e stru ctu ra s culturales a ctu a ­
les era la más "p rim itiv a ” . La historia, por su parte, tendía a ser
"a c u ltu r a l” , antes de que la revista de los Armales propusiera perci­
bir, bajo el devenir y los acontecim ientos políticos, las e stru ctu ra s
p erm anentes, la cotidianidad y las m entalidades. No obstante,
ambas disciplinas compartían num erosos vínculos teóricos y te m á ­
ticos, e incluso metodológicos, lo cual ha hecho inevitable el acerca­
miento. Así, la búsqueda de los nexos entre la historia y la e tn o g ra ­
fía se ha enriquecido en años recientes.
A pesar de ello, al leer textos de diversos autores que han hecho
explícita esta convergencia, nos e nco ntra m o s con un fenómeno
curioso: los caminos que parecían acercar unos a otros desem boca­
ron en posiciones opuestas. Cada disciplina ha buscado en la otra lo
E HISTORIA

que no encontraba en su propia historia. Siguiendo la tradición de


los Armales, m uchos historiadores han mirado hacia la etnografía en
busca de e s tru c tu ra s subyacentes para c o n tra rre s ta r su tendencia
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA

hacia lo événem entielle (el acontecer). Historiadores como Braudel


(1966, 1986), Le Roy Ladurie (1979) y Le Goff (1996) buscaron en lo
cotidiano y en la vida m aterial aquello que perdura, un sustrato casi
inm utab le, de larga duración, bajo el acontecer histórico. Esta
noción de cu ltura es cercana a la concepción que expresó Lévi-
Strauss. Hay ejem plos evidentes de tal continuidad: en México se
han estudiado circuitos de m ercados entre pueblos que han fu n cio ­
nado casi de la m ism a manera desde antes de la conquista, así
como rituales que a m a lg a m a n sentidos prehispánicos con fo rm a s
españolas.
Los antropólogos, en cambio, tienden a buscar en la historia he­
r ra m ie n ta s para recu pe ra r el acontecer y el cambio. Durante las
ú ltim a s décadas han modificado el concepto estático y sistémico de
cultura que dominaba la disciplina para descubrir cómo las configu­
raciones culturales aparentem ente inm utables han sido producidas,
reproducidas y transform adas bajo condiciones históricas p a rticu la ­
res, por actos históricos fechables. Buscan devolverles la historia a
los "pueblos sin historia " (Wolf, 1987). Lo paradójico es que justo
cuando los antropólogos reelaboran su concepto básico,.el de c u ltu ­
ra, en té rm in o s más din ám icos e históricos, los historiadores b us­
can in te g ra r a su disciplina un concepto de cultura que enfatiza
estru ctu ra s continuas y duraderas. En esta mirada de una disciplina
hacia la otra, la antropología procura d istin g u ir discontinuidades
históricas, m ie ntra s que la historia espera e n co n tra r e stru ctu ra s
que expliquen continuidades fundam entales. M ientras la historia
camina hacia un concepto que los antropólogos ya desecharon, los
antropólogos buscan conceptos, como el acontecer, que algunos
historiadores han cuestionado. Esto explica una de las tensiones en
el diálogo entre antropólogos e historiadores.
Este contraste se puede observar en dos libros sobre Méxi­
co: Los Príncipes de Naranja, de Paul Friedrich (1986), y Am bivaíent
Conquests, de Inga Clendinnen (1987). Am bos autores hacen uso
explícito de enfoques y m étodos tanto his torio g rá ficos como e tn o ­
gráficos. En el caso de Friedrich, el análisis d o c u m e n ta l y las e n ­
trevistas con protagonistas del pueblo michoacano m ue stra n los
profundos cambios que se generaron en la cu ltu ra indígena de la
región a p a rtir de la construcción del estado posrevolucionario. En
cambio Clendinnen, al buscar la perspectiva maya sobre la co n ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

quista española de la península de Yucatán, apoyó su lectura de los


d ocum entos antiguos en descripciones etnográficas recientes de la
región maya. Am bos autores lograron interpretaciones novedosas y
sugerentes de los períodos analizados. Uno agrega el m ovim iento
h istórico al estudio antropológico; la otra agrega una dim ensión
antropológica casi atem po ral al estudio de un período histórico. No
obstante, sus m iradas tienen consecuencias distintas para rep re ­
se nta r la cu ltura indígena, ya que el antropólogo encontró cambios
profundos, m ie n tra s que la historia dora esperaba m ostra r, no sin
a d m itir "los riesgos de r e m a r río a r r ib a ” , una continuidad c u ltu r a l
de cinco siglos.
Una discusión de fondo, entonces, para e ntablar una relación
entre la antropología y la historia, parece darse en torno del concep­
to de cultura. Tanto dentro de la antropología como en el campo de
los historiadores, los ú ltim o s treinta años han visto debates in te n ­
sos. Muchos de ellos partieron de la posición inicial de Geertz, quien
entró en polémica con todas las definiciones anteriores del concepto
de cultura y propuso d e lim ita rlo a una noción interpretativa, herede­
ra de Weber y Ricoeur. Su texto La interpretación de la cultura (1973a)
fue de los que mayor influencia tuvo sobre la historiografía (Darnton,
1984; Levi, 1992; Sewell, 2005). No obstante, el debate continuó des­
de muchas perspectivas y las posiciones actuales cuestionan, ju s ta ­
mente, el c a rá c te r a histó rico y poco dinám ico del concepto que
Geertz había propuesto. Varios autores han criticado el concepto de
cu ltura considerado com o sistem a sim bólico estático. Muchos han
retomado la cu ltu ra m ate ria l, incluyendo la m ate rialidad de lo s i m ­
bólico, que es uno de los recursos más im p orta ntes para la historia.
Otros han cuestionando los cotos culturales aislados, analizando las
fronteras entre culturas, las intersecciones, el sincretism o y los f l u ­
jos globales, entre otras facetas de las culturas realm ente vividas en
una época dada.2 F ina lm e nte , se ha llegado a una concepción de
cultura historizada, en la cu al ninguna cu ltura puede considerarse
"pura" y, por lo tanto, incluso nociones como la hibridación, que pre­
E HISTORIA

suponen dos cu ltu ra s separadas anteriores que se "m ezclan", dejan


de te ne r sentido, pues se considera que toda cultura es "híbrida" de
origen (Ohnuki-Tierney, 2001).
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA

A p a rtir de estas reflexiones, ha crecido la corriente de la a n ­


tropología histórica, un esfuerzo co m p le m en tario al de los h is toria ­
dores que buscaban d o c u m e n ta r las continuidades culturales en
diversas regiones. Los antropólogos tienden más bien a e nc o ntra r

2. Para conocer otras definiciones de cultura, y debates con Geertz. son útiles las
siguientes obras: W illia m s (1981). Rosaldo (1989), Roseberry (1989), Bonfil (1991),
Reynoso (1991), Hannerz (1992). O hnuki-Tierney (2001), O rtner (1984. 1997), A bu-Lug-
hod. (1997), de Certeau (1999), Sew ell (2005). entre otros.
evidencia de los orígenes y las transform aciones de configuraciones
cu lturale s actuales con lecturas novedosas de la documentación de
archivo, así como con diversas fuentes orales y gráficas. Entre los
autores que han contribuido a este esfuerzo están: Sahlins (1985),
Sider (1986), Ohnuki-Tierney (1990), Comaroff y Comaroff (1992),
Trouillot (1995), Dube (2001), Chakrabarty (2000), Fabian (2001), Asad
(2003). La lectura de sus obras, si bien nos lleva a campos muy
diversos, resulta ser s ugerente para enco ntra r nuevas m an eras de
estudiar la dinámica educativa.
La discusión acerca de las continuidades y discontinuidades está
presente en m uchos campos de investigación, incluyendo el que nos
interesa, la cu ltu ra escolar. Algunos historiadores tienden a p ro po ­
ner que las cu ltu ra s escolares han sido resistentes a las reform as
generadas desde esa esfera privilegiada del acontecer, lo político,
por lo m enos durante los ú ltim o s dos siglos (Tyack y Cuban, 1996;
Chervel, 1998; Viñao Frago, 2002). Los antropólogos que se acercan
a la historia, en cambio, buscan hacer más dinámico el análisis de
las culturas, incluyendo las escolares, juveniles y m agisteriales (Le-
vinson, Foley y Holland, 1996; Reed-Danahay, 1996; Boyarín, 1993;
Holland y Lave, 2000). La intención es enfatizar el carácter h ete ro ­
géneo, cambiante y construido de las relaciones y prácticas cotidia­
nas y de las m ú ltip le s cu ltu ra s escolares en el mundo educativo.

ACERCAM IE NTOS POSIBLES

En el campo educativo, aún son escasos los estudios histórico -


a ntropológicos.3 Esta ausencia ha sido un obstáculo real a nuestra
com prensión de la educación tanto del pasado como del presente.
Muchos estudios cualitativos sobre la interacción en el aula, por
ejemplo, omiten la ubicación histórica de la escuela y su contexto
inmediato. Por otra parte, pocas historias de la educación se aproxi­

3. En Am érica Latina, los trabajos de Alicia Civera, Elisa Cragnolino, Graciela Ba-
tallán, María Bertely, María Rosa Neufeld. Oresta López. Josefina Granja, Diana Vidal,
Virginia Zavala, entre otros, han aprovechado herram ientas de ambas disciplinas.
man a la práctica cotidiana en las aulas del pasado.4 Sin duda c o m ­
prenderíamos m ejor la tra n sfo rm a c ió n educativa si log rá ra m o s una
m ayor profundidad histórica a nuestros estudios de las escuelas
actuales y, por otra parte, una m ayor sensibilidad etnográfica en el
estudio del pasado.
Los problemas del acercam iento entre la etnografía y la h isto rio ­
grafía se pueden ¡lu strar con algunos com entario s acerca de mi
propio trabajo sobre la tra n s fo rm a c ió n de la c ultura e scolar en la
época posrevolucionaria en Tlaxcala (Rockwell, 2007a). Al in ic ia r la
investigación, encontré num eroso s docum entos producidos por la
burocracia educativa, ta l com o se archivaron en la época. Pese a lo
tedioso de la revisión del m aterial, intenté examinar estos d o c u m e n ­
tos con una m irada antropológica. Una p rim era aproxim ación fue
leer los docu m e ntos desde el conocim iento local. Abordé las re fo r ­
mas federales que llegaron a Tlaxcala entre 1910 y 1940 desde la
lógica política y educativa que se gestaba allí. Como regla, tom é
como base aquellos docum entos del sistema federal que rea lm e nte
se encontraban en el archivo estatal, con lo cual pude constatar que,
por lo menos, llegaron a las autoridades locales. M ira r las políticas
educativas desde este ángulo p erm itió reco n s tru ir los ca m ino s que
tra n s ita ro n las refo rm a s hacia las escuelas, en lugar de in fe rir la
realidad e scolar a p a rtir del discurso público federal. Por ejemplo,
los a m b icio sos planes de José Vasconcelos, como Secretario de
Educación Pública en 1921, se tran sfo rm a ro n , en esta entidad, en
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

una solitaria rem isión de su propuesta al gobernador, la cual fue


archivada sin respuesta. En cambio, la documentación de la c a m p a ­
ña de Educación Popular para Adultos canalizada por el Partido
Mexicano Revolucionario en 1937 (casi ignorada por los h is to ria d o ­
res) ocupaba decenas de expedientes con oficios m e m b re ta d o s de
lujo y relaciones del pago adicional cobrado por los m ae stros que
daban clases nocturnas. Esto da idea de las repercusiones posibles
de cada proyecto y m uestra el tiem po y los recursos realm ente d es­
tinados a las refo rm a s generadas desde el centro.

4. Excepciones que marcan nuevas posibilidades son los libros recientes de Gros-
venor, Lawn y Rousm aniere (1999), Lawn y Grosvenor (2005), y A.-M. C hartier (2007).
Dada mi experiencia en el campo, solía leer de manera distinta
los m is m o s docum entos que recolecta el historiador. Una consigna
im p orta nte fue ente nder los docum entos no como fuentes de datos
que se extraen de contexto, sino como evidencia m ate ria l de proce­
sos sociales. De hecho, las condiciones de circulación y conserva­
ción de estos textos escritos daban inform ación esencial para su
interpretación como evidencia de los procesos de reforma. La exis­
tencia m ism a de los documentos burocráticos hablaba de los in te n ­
tos de control y de apropiación que buscaba esclarecer. Esto obliga­
ba a im a g in a r los contextos sociales y discursivos dentro de los
cuales se habían producido los docum entos consultados y calibrar,
así, el sesgo que esos contextos les imprim ían.
En general, la etnografía privilegia lo que se hace sobre lo que se
dice. Sin embargo, el análisis documental se restringe por definición
a lo que se dijo, es más, a lo que se escribió. En este caso, la p rá cti­
ca (lo que se hizo) fue justam ente producir y hacer circu lar los textos
encontrados en los archivos. En el caso de las reformas educativas,
se puede constatar si la llegada de un oficio o de un te legrama pro­
piciaba el envío de otros documentos (respuestas, circulares, convo­
catorias, instructivos, informes) o enco ntra r otra evidencia de las
p rim eras acciones locales frente a las iniciativas centrales. Los c ir ­
cuitos de la documentación rutinaria, por ejemplo, para co ntratar o
despedir a un maestro (quién enviaba qué texto a quién, con copia a
quién, quién decidía], permiten reconstruir aspectos cruciales de la
fo rm a ció n del aparato educativo y ca lib ra r el relativo peso de los
actores involucrados en el proceso de centralización del poder esta­
tal que siguió a la revolución. Antes de la revolución, la firm a del
g ob erna do r era obligada; después, la firm a de la secretaria de la
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Dirección de Educación en todo trám ite mostraba el poder que había


adquirido quien ocupaba este puesto burocrático. Hacia finales de
los años treinta, las auto ridades federales y los m andos sindicales
se disputaban la posibilidad de n om brar a los docentes. En el proce­
so, fueron desapareciendo los oficios de los ayuntam ientos y los
agentes locales, quienes en tiempos anteriores solían proponer
maestros para sus escuelas o solicitar su remoción.
Otros documentos del archivo habían sido instrum entales en las
negociaciones políticas de la época y no solo inform aban sobre lo
ocurrido. Así, los te leg ra m a s con peticiones a los presidentes, los
ejemplares de volantes que hacía circu lar la Iglesia Católica en con­
tra de la educación socialista, las sucesivas propuestas de leyes con
sus tachaduras y enmiendas, daban cuenta de parte de los procesos
mismos, más allá de los hechos que registraban.
Los etnógrafos estamos acostum brados a e s cud riñ ar incluso los
datos cuantitativos oficiales en búsqueda de significados. La con­
ciencia de que se trabaja con textos producidos mediante d e te rm i­
nadas prácticas sociales (como c u m p lir con un requerim iento labo­
ral, dar inform e público de los logros de una gestión, o sim plem ente
clasifica r de alguna m anera los datos) im pone cierta cautela al
in te rp re ta r los datos de los inform e s y los censos. Analizar los fo r ­
matos y las preguntas utilizadas en diferentes períodos para recabar
los datos p erm ite d istin gu ir categorías sociales que indican form as
de pensamiento, lo que solía llam ars e "m e n ta lid a d e s". En el caso
de Tlaxcala, por ejemplo, era evidente el cambio en la aplicación de
las categorías "ru ra l" o "u r b a n a ” a escuelas de diferentes pueblos.
Este proceso m ostró no solo la construcción de las categorías para
clasificar a las escuelas, sino también las escuelas que se conside­
raban ” de categoría". Varios pueblos solicitaron que “su escuela
ru r a l federal fuera elevada a escuela urbana oficial" del sistema
estatal. Luego, fueron apareciendo otras categorías, como las es­
cuelas “ com ple tas", las "económicas", y las "tipo", que ocupaban
niveles en la jerarquía.
E HISTORIA

Los etnógrafos g en e ra lm e n te desconfiam os de la normatividad


explícita y pre ferim o s in fe r ir el o rd enam iento social a p artir de la
práctica. La producción de n o rm a s para el m undo de la educación
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA

ha dejado un registro abundante. N um erosas disposiciones y regla­


mentos, circulares a los directores, p rogram as y evaluaciones, p or­
taron el deber ser educativo hacia las escuelas y lo conservaron
para los historiadores. No es posible in te rp re ta r estos documentos
como evidencia válida de lo que sucedió; siem pre es un reto tra ta r
de co m p re n d e r procesos detrás de toda docu m e ntación normativa.
Para ello, recurrí a otras lecturas que c o m p le m en tara n este tipo de
docum entos. Los in fo rm e s de inspectores, los oficios de vecinos y
sobre todo las quejas y denuncias se pueden leer a la luz de pautas
discursivas reconocibles y de intereses de ciertos sectores, para tr a ­
ta r de inferir, detrás de la palabra escrita, la apropiación y propaga­
ción de cambios en la cu ltura escolar.
Paralelamente, el etnógrafo tiende a dar mayor peso al mundo
oral que al mundo escrito. Como notaba Lévi-Strauss:

El interés del etnólogo recae sobre todo en lo que no está escrito, no


tanto porque los pueblos que estudia sean incapaces de e scrib ir sino
porque su objeto de interés difiere de todo aquello que habitualm ente
los hombres piensan en fija r sobre la piedra o el papel (1977:25).

Cuando estudiam os el pasado, esto parece en principio im ­


posible. Sin embargo, ciertos docum entos son p artic u la rm e n te re ­
veladores de la palabra oral que sirvió, jun to con la palabra escrita,
para difundir las reform as pedagógicas. En mi caso, encontraba en
las m inutas de reuniones, actas de conferencias y declaraciones de
testigos, huellas de percepciones y expresiones arraigadas en lo
oral y lo cotidiano. Por ejemplo, el docum ento que más revelaba
acerca de la vida en la escuela n o rm a l ru ra l fue el registro judicial
de una larga denuncia hecha por unas alum nas en contra del direc­
to r del plantel. Esta evidencia daba idea del horizonte local desde el
cual se percibían las refo rm a s y políticas educativas que emanaban
del centro del país.
En los procesos políticos locales (y centrales) siempre hay puntos
ciegos, aspectos'de difícil acceso tanto para el historiador como
para el etnógrafo. No es posible descifrar claram ente, por ejemplo,
la política tras bambalinas, dada la práctica deliberada del poder de
no dejar huella escrita de ciertas negociaciones y órdenes. El inves­
tigador solo puede sospechar que detrás de algunos oficios im peca­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

bles había complejos intereses y motivos en juego. No obstante, el


encadenamiento de ciertos docum entos que iban y venían entre
autoridades, p articularm ente en torno de conflictos políticos, p e rm i­
te ir más allá de lo que se informaba de manera explícita.
A pesar de estas posibilidades, la mirada etnográfica se frustra
al intentar reco ns tru ir la práctica cotidiana de las escuelas del pa­
sado. La práctica educativa, la razón de ser de todo el aparato edu­
cativo, deja escasas huellas en los docum entos archivados. Se en­
cuentran pistas de esa práctica en algunos cuadernos escolares,
informes de inspectores cifrados en el discurso de la época y quejas
de vecinos. Sin embargo, el proceso de enseñanza como tal casi no
deja marca escrita. Las voces de maestros y de niños, el ruido diario
del aula y del patio, rara vez se observan o se oyen en los archivos.
No deja de ser extraño que la vida cotidiana de una institución liga­
da esencia lm ente a la d ise m in ació n de la lengua escrita esté tan
sistem áticam ente excluida del registro documental.
Por ello, para a proxim arse al pasado reciente es necesario recu­
r r ir a algunos de los conocim ientos del etnógrafo sobre las escuelas
contemporáneas. A menudo interpreté los documentos de archivo a
la luz de lo que sabía de las escuelas y del m agisterio tlaxcalteca
entre los años 1980-1990, período en el que realizaba, junto con va­
rios colegas y estudiantes, un trabajo de campo intensivo en la re­
gión c e ntral del estado. La experiencia etnográfica da bases para
interpretar los d ocum entos del pasado. Por ejemplo, haber presen­
ciado conflictos en to rn o de las llaves de las escuelas me alertó
ante varios oficios de vecinos y de maestros que hablaban del desti­
no de las llaves en sus escuelas del pasado (Rockwell, 1996 y 2005).
Por otra parte, fue valiosa la ayuda de algunos maestros y habi­
tantes que habían iniciado su form a ció n o trabajo durante el perío­
do. Las entrevistas fo rm a le s y las conversaciones inform ales con
estas personas me dieron pistas para re co n stru ir los hechos y a m ­
bientes de la época. Aunque conlleva mayor riesgo de anacronismo,
es posible, ta mbién, in fe r ir elem entos del pasado a p a rtir de la di­
E HISTORIA

versidad que se observa en el presente, por ejemplo, los diferentes


edificios escolares, cuya fecha de construcción se conoce, o las
prácticas de diferentes generaciones de maestros. Así, pude reg re ­
EL DIÁLOGO ENTRE ANTROPOLOGÍA

sar a mis registros de clase hechos en la m ism a zona durante los


años ochenta y noventa. En estos registros encontraba frag m en tos
de discursos y prácticas se dim entadas cuyo origen se remontaba a
las sucesivas oleadas pedagógicas y reformas educativas del siglo xx
(Rockwell, 2007a y 2007b). H istorizar el análisis de la cultura escolar
actual perm ite co m p re n d e r los efectos a largo plazo de los diversos
procesos sociales y c u ltu ra le s que inciden en la educación. Con
cualquiera de estos p rocedim ientos, es necesario no presuponer
una evolución lineal de la historia educativa; los procesos, sin duda,
fueron complejos y m últip le s , ya que los sujetos de cualquier época
recurren a h e rra m ie n ta s y e lem entos de muy diferente origen para
co n stru ir sus prácticas.

HACIA U NA ANTROPOLOGÍA HISTÓRICA

El diálogo entre la antropología y la historia no es sencillo. En


este recuento, la lectura antropológica de los documentos de a rch i­
vo perm ite destacar los procesos de producción de los textos y sus
posibles apropiaciones en los contextos locales. La m ateria lid ad de
los docu m e ntos hallados, así como los detalles de sus contenidos,
apuntan hacia dim ensiones que Lévi-Strauss consideró "inconscien­
tes", a m enudo soslayadas p o r los historiadores de la política e d u ­
cativa. Sin duda habrá otras m aneras de leer los docum entos y las
evidencias del pasado, para d a r cuenta de la dimensión cultural. Por
otra parte, la producción de textos etnográficos ganaría m ucho con
un esfuerzo deliberado de integ ra r la dimensión tem p ora l a las rea­
lidades descritas.
Sea uno h istoria d or o etnógrafo, o bien algún híbrido entre a m ­
bos, es im p o rta n te recordar que en la historia, y sobre todo en el
mundo escolar, las cosas suelen hacerse de un modo, decirse de otro
modo, y escribirse de aun otro (Thompson, 1979, citado en Clendin-
nen, 1987). Esta verdad se renueva continuamente en la tensión que
existe siem pre entre la form a ció n de historiador y el oficio de a n tro ­
pólogo. Aunque trab aje m o s con textos para producir más textos, el
interés es a puntar hacia lo que se hizo y lo que se dijo, en un tiempo
o un espacio de alguna m anera ajenos a la nuestra. La doble t r a ­
ducción que esta tarea im plica nos debe hacer conscientes de la
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

eno rm e distancia que existe entre nuestros textos y las realidades


descritas.
No obstante, siem pre es posible captar una variedad de voces en
los distintos d ocum entos que estudiamos o elaboramos, como lo
planteó tan lúcid am en te Bajtín (1982). Algunas voces se c o m p le ­
mentan, otras se contraponen, pero logran entre todas develar algo,
sea en ese m undo n o-docum entado del pasado o en los intersticios
de nuestros propios entornos culturales. Todo ello plantea retos al
investigador, p a r tic u la rm e n te a la hora de redactar un texto que
pueda in te g ra r algunos de los m últip le s significados generados en
el habla y en la práctica. Estos textos e ncontrarán su sentido si
vuelven a insertarse en el diálogo, un diálogo a largo plazo en el que
se borren las fron te ra s entre la historia y la antropología, para i l u ­
m in a r m e jo r algunos de los procesos educativos que hem os vivido y
que faltan por vivir.
6. LA ETNOGRAFÍA
EN EL ARCHIVO*

Para los antropólogos que se acercan a la dim ensión te m p o ra l


de los procesos educativos, re c u rrir a los archivos resulta ind ispe n ­
sable, pero se enfrentan a una tarea muy distinta del trabajo de
campo. En lug ar de d o cu m e ntar lo no-documentado, el antropólogo
que trabaja con el registro del pasado sólo puede im aginar lo no-
documentado. Los acercam ientos entre la historia y la antropología
han intentado salvar esta distinción fu ndam ental. Pero, ¿qué sig n ifi­
ca hacer una antropología histórica? Para algunos, se trata de cono­
cer para otras épocas la escala local, mediante un acercam iento a
sujetos p a rticula re s y su vida cotidiana. Para otros, implica la b ú s ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

queda de estru ctu ra s invariantes de una región. La prioridad otorga­


da por los antropólogos a la alteridad, a los sujetos subalternos y las

* Una prim era versión de algunas partes que integran este capítulo fue publicada
en el año 2002 con el títu lo "Im aginando lo no-docum entado: del archivo a la cultura
escolar ', en Civera, Alicia; Escalante. C. y Galván, L. E. [coords.l: Debates y desafíos de
la historia de la educación en México. Toluca, El Colegio Mexiquense - Instituto de Cien­
cias de la Educación del Estado de México, págs. 209-233.
resistencias populares orienta a otros estudios basados en m a te ria ­
les de archivo. Finalmente, los esfuerzos convergen en la dimensión
c ultural, el mundo de la práctica y la palabra viva.
En el centro de la mirada antropológica se encuentra el concep­
to de cultura o, más bien, algún concepto de c u ltu ra ,1 No se trata
sim p le m e n te de agregar el nivel c u ltu ra l o la esfera c u ltu ra l como
objeto de estudio. De hecho, algún concepto de cultura está presen­
te, implícitamente, en todo relato histórico. En las historias cuantita­
tivas, la cultura entra por las categorías usadas para co nta r perso­
nas y hechos. En las historias políticas, la cu ltu ra constantem ente
atraviesa las perspectivas sociales y los p ará m e tro s evaluativos de
los actores y los autores. Lo c u ltu ra l es ineludible en c u alqu ier tipo
de historia, por ello, cuando nos proponemos e stud iar los procesos
cu lturale s del pasado, es p articu la rm e n te im p orta nte iniciar alguna
reflexión sobre el sentido en que usamos el térm ino .
Esta reflexión tendría que to m a r en cuenta la complejidad del
debate antropológico sobre el concepto de cu ltura. De haber sido
considerado un dom inio que incluía "todo lo h um an o", el concepto
de cu ltura ha experim entado una reelaboración a lo largo de más
de un siglo. Actua lm e nte , se ha abandonado la equivalencia que
asignaba a cada sociedad o grupo una cultura, considerada como
sistema homogéneo, coherente y d ete rm ina nte de la acción h u m a ­
na. Se enfatiza, en cambio, el ca rá cte r dinám ico e histórico de lo
cu ltu ra l. Continúa en debate la d elim itación de la cu ltu ra a los
co no cim ien to s locales o siste m a s sim bólicos, sugerido por Geertz
(1973a), o bien la inclusión - n o sin te n s io n e s - de las prácticas so ­
ciales como parte de lo c u lt u r a l (Ortner, 1984; Sewell, 2005). De
p a r tic u la r interés en nuestro campo es la creciente atención a la
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

c u ltu ra m a te ria l como producto del trabajo hum ano, pero también
como condición y soporte de toda práctica. Por supuesto, la co nfi­
g uración de lo c u ltu r a l ta m bién se vuelve m ás compleja en el con­

1. Para conocer debates acerca de la cu ltu ra son útiles las siguientes obras:
Geertz (1973), W illiam s (1981). Rosaldo (1989). Roseberry (1989), Bonfil (1991), Reyno-
so (1991). Hannerz (1992), O hnuki-Tierney (2001), O rtner (1984, 1997), de Certeau
(1999), Sewell (2005), entre otros.
texto de estudios donde la relación entre lo global y lo local y donde
los diferentes ritm o s de cambio ponen en entredicho las fronteras
espaciales y temporales. Cada perspectiva nos conduce a una bús­
queda de evidencia en los archivos y otras fuentes, a intentos de
d escrib ir las vetas culturales del pasado.
En este capítulo, abordarem os los problemas de la antropología
histórica de la educación en dos sentidos: prim ero, discu tire m os la
noción de cultura escolar que maneja Dominique Julia (1995], t r a ­
tando de hacer explícitas algunas de las tensiones que muestra este
autor; en segundo lugar, presentaremos algunas m aneras de en­
c o n tra r indicios en el registro histórico que nos p erm ita n im aginar
"la historia no escriturada" (de Certeau, 1996).

DE LOS DOCUMENTOS A LAS PRÁCTICAS CULTURALES

El ensayo de Dominique Julia (1995), un texto que ha tenido reso­


nancia en América Latina, invita a im a gin ar una cu ltu ra escolar
diversa, cambiante y permeable debajo de la aparente monotonía de
la documentación burocrática y del esquem atism o de los reg la m en ­
tos normativos que han pretendido u n ifo rm a r la vida escolar a lo
largo de los años. El ensayo plantea la tarea de tender puentes entre
los docum entos normativos y una práctica educativa concebida en
toda su heterogeneidad. ¿Cómo encontrar y reco nstru ir esa cotidia­
nidad que vivieron los sujetos en las escuelas del pasado? Julia nos
proporciona varias posibilidades en su discusión sobre la cultura
escolar.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

Cuestionar las normas

Si bien Julia parte de la concepción vigente de la cultura de la


escuela como un conjunto de "n o rm a s y prácticas" (1995:132-133),
se propone evitar la "ilusión de la omnipotencia de la escuela" que
caracteriza a otras miradas. A lo largo del ensayo, profundiza en el
análisis de las prácticas escolares, de tal manera que el concepto
inicial se desdibuja por completo. Los textos normativos conciben a
la cultura escolar, nos dice Julia, como "un m undo aislado, inm une
a las tensiones y contradicciones del m undo e xterior” . No obstante,
cualquier conjunto normativo cede ante las complejas prácticas c u l­
tu rales que ocurren en la vida escolar. Estas prácticas se m uestran
heterogéneas, a pesar de la hom ogeneidad de una norma escrita.
Como ejemplo, Julia relata la producción del docum ento Ratio Stu-
diorum (1995:139-142), que figura en todas las historias de la peda­
gogía como sinónim o de la cu ltu ra e scolar de las escuelas de la
Compañía de Jesús. El proceso duró varios años, durante los cuales
se enviaron distintas versiones a las escuelas y se recogieron co­
m entarios para llegar a consensos. En este caso, aparentemente, la
norma fue resultado de una reflexión sobre la práctica. No obstante,
agrega el autor, fue reinterpretada y apropiada de diferentes m a n e ­
ras y para diferentes fines en cada institución y país. De hecho, Julia
concluye que es imposible in fe rir las prácticas cotidianas a p artir de
la normatividad vigente en cu a lq u ie r corte sincrónico de la historia
escolar, incluso en in stitucion es tan controladas como las de una
orden religiosa.
Las leyes suelen se r el p r im e r d ocu m e nto al que prestamos
atención al tra ta r de r e c o n s tru ir el pasado educativo. También su e ­
len alejarnos de la cu ltura escolar. Es posible d o cu m e ntar cambios
im portantes que no contaron con un respaldo legal, así como identi­
fica r artículos legales que tuvieron poca influencia real (Rockwell,
2007a). Lo legal incide en las escuelas solo cuando determ inadas
personas se apropian de alguna norm a y la hacen valer, defendien­
do sus derechos o im poniendo sus prerrogativas. En el largo camino
de construcción de las escuelas, algunas n orm a s quedan abando­
nadas, otras (estando o no vigentes) son interpretadas y utilizadas
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

según las circunstancias.


Al indagar con mayores e le m e n tos sobre la vida escolar, es evi­
dente que existen fuertes te nsiones entre norm a y práctica. Aunque
solemos equiparar la norma con el discurso y el documento escrito
y la práctica con la acción y la oralidad, la relación entre ambas no
es tan sencilla:

- Hay norm as no escrita s (a veces son las más efectivas).


- Hay prácticas discursivas y discursos prácticos.
- Hay prácticas que fijan la norm a (escrita o no) y vigilan su a p li­
cación.
- Algunas normas, producto de prácticas, reflejan consensos
amplios.
- Algunas prácticas derivadas de las n orm a s se imponen bajo
coerción.
- Además, m uchas n o rm a s y prácticas tienen escasa relación
unas con otras.

En esta dirección, es im p o rta n te e n c o n tra r fo rm a s de leer los


d ocum entos que to m en en cuenta el entrelazam iento y la distancia
entre las n o rm a s educativas y las prácticas cu ltu ra le s en las
escuelas.

Indagar las costum bres

Julia plantea el reto de buscar la cualidad cotidiana de las c u lt u ­


ras escolares y, sobre todo, de re c o n s tru ir las m aneras de ser y
estar que conducen a fo rm a s de ver y de pensar (1995:141). A r g u ­
menta que las cu ltu ra s escolares producen tanto una modificación
de co m p o rta m ie n to s y co stum bre s como una tran sfo rm ació n de
conocim ientos y mentalidades. Para ello, Julia examina la fuerza de
la tradición jesuíta del m odus agendi y nota su incidencia en los
cuerpos, a la manera de Foucault (1976).
En el esfuerzo para im aginarnos los co m portam ientos y las cos­
tu m bres, algunas n orm a s explícitas perm anecen como referente
central, como espejo que refleja y refracta lo que quisiéram os cono­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

cer. Por ejemplo, los docum entos del siglo xix que insisten en la d is­
ciplina y en la higiene escolar sugieren ciertos hábitos y maneras de
estar en la escuela. Los diferentes libros de texto y cuadernos de
trabajo pueden dar te stim o nio no solo de los contenidos c u rric u la -
res, sino tam bién de maneras de disciplinar la lectura y la escritu ra
(Vidal, 2005; A. M. Chartier, 2007). Sin embargo, para indagar sus
efectos es necesario e nco ntra r otro tipo de evidencia.
Desde esta perspectiva, es necesario im a g in a r los usos de las
cosas y las fo rm a s de hacer dentro del ám bito escolar, antes de

m
poder in fe rir los c o nocim ientos y las ideologías que tran sm itían las
escuelas del pasado.

Seguir los pasos de las personas

Una tercera indicación de Julia para estudiar las prácticas c u lt u ­


rales es acercarse a las personas, sus acciones y sus palabras. El
autor recomienda fijar la m ira da en el reclutam iento y la form a ció n
del cuerpo docente. Propone e studiar "cómo y bajo qué c riterios
precisos han sido contratados los enseñantes de cada nivel escolar;
cuáles son los saberes y las costum bre s que se esperan del fu turo
enseñante". Este eslabón es p articula rm en te importante para acce­
der a las prácticas, ya que "los docentes disponen de una gran lib e r­
tad de maniobra, pueden m o d ific a r lo dispuesto en los libros" (1995:
U 3-U 8).
En México, como en otros lugares, siempre ha existido una d is ­
tancia fuerte entre las n o rm a s oficiales de contratación de docentes,
por un lado, y la configuración heterogénea del magisterio, por otro.
Los cuerpos de docentes de diferentes niveles educativos incluyen a
personas que provienen de diferentes sectores sociales, regiones y
fo rm aciones. Muchos m ae s tros heredan de sus fa m iliares ciertos
saberes del oficio de enseñar. Estas tradiciones se modifican cu a n ­
do ingresan en el servicio docente s de otros sectores y profesiones
(como personas del medio r u r a l o personas sin formación n o r m a lis ­
ta), trayendo consigo o tra s m an eras de enseñar. Los estudiantes
ta m bién influyen en la continuidad o en el cambio de las prácticas
escolares, por ejemplo, cuando obligan a los maestros a m o d ifica r
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

las disposiciones institucionales o a adecuar sus clases a los sabe­


res que ellos han adquirido a nte riorm ente. Los maestros modifican
lo dispuesto en los libros a m enudo bajo la influencia de los propios
alumnos.
La acción colectiva de las personas involucradas en d e te rm in a ­
dos espacios y m o m e n to s da continuidad a cu lturas escolares, al
reproducir ciertas ideas y prácticas educativas en el sistema escolar.
También son ellos quienes logran, en determinadas circunstancias,
g enerar cambios en las c u ltu ra s escolares, más allá de lo que suce­
da con la normatividad. Por eso, el hecho de recuperar la perspecti­
va de los sujetos p erm ite cu estio na r la periodización que se refiere
únicamente al marco legal de la educación oficial.

M irar m om entos de crisis y de conflicto

Julia recomienda analizar las crisis que resquebrajan el d is c u r­


so normativo y dejan entrever las prácticas divergentes, las fr a c t u ­
ras en el sistema. En torno de los conflictos se expresan argumentos
de los diferentes actores involucrados en las escuelas. Lo que cada
parte pone en juego en la negociación cotidiana apunta hacia las
diferentes concepciones y tradiciones educativas. En esos m o m e n ­
tos se encuentran, dice Julia, las resistencias y las contradicciones
de la práctica escolar. Los conflictos, agrega, suelen o cu rrir cuando
se difunde un nuevo proyecto político para las escuelas sin que por
ello desaparezcan "los antiguos patrimonios culturales". La escue­
la, "bien lo saben los m aestros, no lo puede todo" (1995:143). Los
m aestros han dado te stim o nio de las limitaciones de las reformas
estatales, como lo m ostró la encuesta destinada a los que vivieron
las reform as de la Tercera República en Francia.
No faltan ejemplos de esta dinámica en México. Sin duda, el pe­
ríodo de la educación socialista, entre 1930 y 1940, es una muestra
elocuente de cómo salen a la luz pública y ocupan un lug ar en el
escenario político profundas divergencias en torno de la educación.
Aunque la lectura de los docum entos producidos en estos períodos
no es fácil, es posible reconstruir, a p artir de ellos, muchas p rá c ti­
cas escolares cotidianas (Quintanilla y Vaughan, 1997; Vaughan,
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

1997).

Entrever resistencias y desenlaces futuros

Al fin al de su ensayo, Julia agrega tres propuestas sugerentes


que pueden develar la complejidad de las culturas escolares (1995:
152-153). Una veta poco explorada, sostiene el autor, es la re sis­
tencia ante la inculcación de pautas culturales en la escuela. El texto
sugiere que el habitus (Bourdieu, 1991) p rim a r io de los estudiantes
no opera solo com o b arre ra ante la socialización de la escuela,
sino que ta m b ié n genera p rá cticas a lte rn a tiva s de sociabilidad.
Las escue la s pueden se r espacios de c o n s tru c c ió n paralela y s i­
m u ltá n e a de diferen te s órdenes, a lg u n o s c o m p le ta m e n te en
m anos de los jóvenes. Como han m o s tra d o m u c h o s a ntrop ó lo go s
(Levinson, Foley y Holland, 1996; Weiss y otros, 2008), la a firm ació n
de las c u ltu ra s estudiantiles, sean a dq uirid as en el á m bito fa m ilia r
o bien p ro du cida s en el escolar, puede e xp re sa r una resistencia
hacia las condiciones del trabajo escolar. Julia señala la disyuntiva
entre la civilidad propuesta por la escuela y las n o rm a s de las c u l­
tu ra s juveniles. E rickson (1984) ta m b ié n ha señalado que en
m uch as e scu e la s se d ete rio ra n las co nd icio ne s de "civilidad",
entendida com o el m u tu o co nse n tim ie n to de las partes para re a li­
zar el trabajo. En estos casos, dice, la resistencia a a p re n d e r bajo
las co nd icio ne s que im p on e el orden e s c o la r adquiere m atice s
políticos.
En segundo lugar, Julia dirige nuestra atención hacia las transfe­
rencias e reinterpretaciones c u lturale s que ocurren entre sociedad y
escuela. El trab ajo de enseñar y apren de r tiene lu g a r siem pre en
contextos c u ltu ra le s complejos y m últiples. En el plano histórico es
posible observar cómo prácticas y saberes de muy diversas tra d icio ­
nes (religiosas, militares, académicas, médicas, populares y muchas
otras) han fo rm a d o parte de las c u lturas escolares de cada lu g a r y
época. Estos ele m e n tos son reinterpretados, trad ucid os y e la b o ra ­
dos por m ae stros y estudiantes, lo cual nos lleva a im a g in a r una
cultura e scolar dinámica, como un espacio de creación, negociación
y transacción.
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

F inalm ente, Julia pregunta: "¿Qué queda de la escueta después de


la escuela?" ¿Cómo se expresa después lo adquirido allí, en el m u n ­
do privado o en la esfera pública? Solo una concepción dinámica y
abierta de la c u ltu ra puede explicar la diversidad de experiencias
vividas por quienes transitan por la escuela. La pregunta que p la n ­
tea Julia ha recibido poca atención. Las respuestas cubren toda la
gama: hay quienes a firm a n que la escuela nada deja; otros a tr ib u ­
yen a la experiencia escolar el perfil de toda una generación o
m ue stran cómo la educación fo rm a l ha contribuido a la "escolariza-
ción" de la sociedad (Depaepe, 2000). El historiador francés Chervel
(1998), por ejemplo, dem ue stra que la construcción escolar de la
gram ática y la ortografía configuró las concepciones cu ltu ra le s
acerca de la lengua escrita en toda Francia. En lu g a r de adoptar
respuestas polares, sería im p orta nte explorar la heterogeneidad de
las consecuencias que tiene el paso por la escuela.

H istorizar la concepción de la cultura escolar

El ensayo de Julia sugiere h istoriza r la concepción de la cultura


escolar, tanto la del pasado como la actual. Pero ¿qué significa h is­
torizar? Es claro que no equivale a d escribir la historia social de la
escuela en diferentes cortes sincrónicos del pasado, si con ello se
deja la impresión de que la cultura escolar corresponde a la norma
vigente en cada m om ento. H istorizar significa que enco ntre m o s en
cu alqu ier corte los sedim entos de períodos anteriores, así como los
cambios que se anuncian antes de que queden inscritos en la
norma oficial, es decir, buscar la coexistencia de saldos residuales y
de prácticas emergentes, que se entrelazan con las tendencias
dom inantes en cu alquier m om en to histórico (Williams, 1981).
En las c u lturas escolares siem pre están en juego diferentes
órdenes normativos, que entran en conflicto o en co m p licid ad .2
Es posible encontrar docentes que reproducen prácticas que c o rre s­
ponden a viejas leyes aún tomadas como válidas, así como docentes
que innovan, aunque todos reporten sus actividades con las f ó r m u ­
las correspondientes a la ley vigente. Es necesario conocer las te n ­
dencias anteriores al período que estudiam os para entrever las
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

prácticas que perduran. Además, deben explorarse los m árgenes


del sistema, donde empiezan a circu lar nuevas ideas y se gestan
maneras distintas de enseñar en las escuelas. H istorizar las c u lt u ­

2. Por ejemplo, en las escuelas posrevolucionarias, en México, convivían los e le ­


mentos difundidos por los Institutos C ientífico-Literarios del porfiriato con los inicios
de una concepción socialista de la educación, bajo la égida de la "nueva escuela
mexicana" que se construía en la SEP IRockwell, 2007a y 2007b).
ras escolares nos remite a la concepción de diferentes tem poralida­
des expresada por Gonzalbo Aizpuru (2002). También encuentra
apoyo en otros autores que han aportado a una concepción histórica
de las cu lturas escolares, como Chervel (1998), Escolano Benito
(2000a y 2000b), Depaepe (2000), Viñao (2002) y Compére (2002).
La concepción alternativa de la cu ltu ra escolar sugerida por
Julia se inscribe en una corrien te historiográfica más amplia, here­
dera del pensamiento de M ichel Foucault (1976, 1996) y de Michel de
Certeau (1996), que ha indagado la historia social de las prácticas
cu ltu ra le s en diversos campos. C h a rtie r (1997 y 1998) ha retom ado
de estos autores el problema de encontrarse "al borde del a c an tila ­
d o ” , donde se ubican “ todos los intentos intelectuales que colocan
en el centro de sus investigaciones o reflexiones las relaciones entre
producciones discursivas y prácticas sociales". Este trabajo, dice
C hartie r, "sie m p re está amenazado por la tentación de b o rra r toda
diferencia entre dos lógicas a rticu la d as pero heterogéneas: la que
organiza la producción y la interpretación de los enunciados y la que
rige las acciones y las conductas" (1997:85). El reto es navegar entre
estas dos lógicas.
No es fácil re co n stru ir el pasado de procesos tan intangibles
como los de la cultura. ¿Cómo im a gin ar lo que ocurría en las escue­
las si no existe una d ocu m e ntación de esa realidad? ¿Cómo co ns­
tr u i r un discurso que capte con mayor fidelidad prácticas que fueron
ocultadas por los discursos que constituyen gran parte de nuestras
fuentes? Queda m ucho espacio para la imaginación, pero ¿cómo
m anejarla para que no rebase lo probable, pero tampoco se detenga
por falta de evidencia explícita?
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

IN DIC IO S DE U NA H IS T O R IA S IN HUELLAS

Sin duda, una m irada inform a da por la concepción de cultura


escolar basada en las ideas expuestas apoyaría la antropología h is­
tórica de la educación. Recordemos, sin embargo, que se trata de
d e s c rib ir prácticas cu ltu ra le s que rara vez dejan huellas (Julia.
1995:135).
El trabajo en el aula, si bien es un espacio que privilegia la len ­
gua escrita, deja pocos trazos escritos. Incluso los libros de texto y
m anuales pedagógicos son elaborados desde fuera, desde un im a ­
ginario pedagógico lleno de buenos deseos acerca de cómo podrían
ser las clases. La producción escrita cotidiana suele ser desechada;
no es más que una preparación para la práctica "real" de escribir, ya
fuera del ám bito escolar. Al estudiar procesos pedagógicos nos en­
co ntram o s frente a una práctica esencialm ente oral. Además de la
distancia entre discurso y práctica, nos topam os con la distancia
entre la lógica de la enunciación escrita y la lógica de la enunciación
oral.
La mayor parte de docum entos de archivo es producto de la ges­
tión escolar. Los docu m e ntos generados por la supervisión suelen
hablar de la práctica escolar desde la normatividad. A veces, se ins­
criben en un discurso construido años atrás, que está repleto de
lugares comunes, de quejas consabidas y de fo rm a s de negación de
una cultura escolar en movimiento. Junto con estos informes, el in­
vestigador encuentra un sinnúm ero de oficios y circulares, que co m ­
ponen la red de comunicaciones de la burocracia escolar.
Es necesario buscar otro tipo de inform ación. Compére (2002)
proporciona una guía para aproximarnos a otras fuentes disponibles
para el m undo educativo. Entre los docum entos más ricos se en­
cuentran las cartas de las comunidades y las actas de procesos
judiciales. De vez en cuando aparece algún docum ento escrito por
estudiantes, peticiones enviadas a las autoridades o te stim onios
acerca de conflictos escolares. También han sido útiles los relatos
autobiográficos escritos a posteríorí (Roche, 1982; Hébrard, 1985;
Quintanilla, 2008). Otros tipos de documentos -cu a d e rn o s y exáme­
nes, algunas representaciones gráficas, fotografías tomadas en
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

m o m e n to s o p o rtu n o s - completan el acervo posible para im a g in a r­


nos la vida en el aula.3 El uso de esta evidencia ha permitido recons­
tr u ir aspectos valiosos de la cotidianidad escolar (Grosvenor, Lawn y
Rousemaniere, 1999; Lawn y Grosvenor, 2005; A. M. Chartier, 2007;
Granja, 2004).

3. Este acervo se podría enriquecer con los registros etnográficos, que algún día
serían útiles para estudiar la historia escolar del ú ltim o siglo.
Si bien existen otros puntos de partida, Julia invita a "no exage­
ra r el silencio de los archivos escolares" (1995:136). Es posible v o l­
ver a e nc o n tra r el "gusto por el archivo" (Farge, 1989) y h alla r en él
el tipo de detalles que interesan al antropólogo. Roger C h a rtie r
recuerda la im p orta ncia de m a n te n e r el respeto a las reglas y las
operaciones propias de la dis cip lin a h is to rio g rá fic a , y "s e g u ir el
recorrido que conduce del archivo al texto, del texto a la e s critu ra
de la historia, y de esta e scritu ra al co no cim ien to histórico" (1998:
105). ¿Cuáles pueden se r las reglas que nos p erm ita n c a m in a r
desde el archivo hacia el co n o cim ie n to de la cu ltura e scolar del
pasado? Sin duda, la crítica p e rm ite establecer o c u estio na r la
autenticidad y la veracidad de a lg u n o s docu m e ntos de archivo. En
el caso de las c u ltu ra s escolares, es im p o rta n te c o n s tru ir algunas
reglas adicionales.
Una de ellas sería verificar si los docum entos que exponen n o r ­
mas elaboradas en las oficinas centrales de la adm inistración e du ­
cativa llegaron alguna vez a las localidades y las escuelas que e stu ­
diamos. Trabajar en archivos locales perm ite observar si los actores
locales recibieron esos docu m e ntos y, además, si los retom aron o
no para n o r m a r las acciones hacia las escuelas. Descentrar la
mirada, sobre todo en países de excesivo ce ntralism o escolar, ha
sido un paso im p orta nte de vigilancia crítica.
A p a rtir de mi propia investigación (Rockwell, 2007a], basada en
documentos provenientes del ram o de Educación Pública del A rch i­
vo General del Estado de Tlaxcala, de los años 1920 a 1940, en esta
segunda parte propondrem os algunas maneras de descubrir, en los
archivos, indicios de la práctica escolar.
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

Leer la norm a como evidencia de lo contrario

La prim era m anera de inferir prácticas a p artir de los d o c u m e n ­


tos consiste en su po ne r que, como señalan otros autores (Vaughan,
2002; Staples, 2002), cuando algo se proscribe en alguna ley o reg la ­
mento, es probable que haya sido práctica común en la realidad.
Desde esta lectura, una práctica habría sido más común m ie ntra s
más frecuentes eran las disposiciones que intentaban elim in a rla.
Así, se puede pensar que las num erosas disposiciones que fijaban
m ultas por no enviar a los hijos a la escuela son evidencia de altos
niveles de ausentism o y, por lo tanto, de una resistencia local a
enviar a los hijos a las escuelas. Es necesario te ne r cuidado con
este tipo de inferencias, sin embargo, y buscar otro tipo de eviden­
cia. En un inform e local en un pueblo de Tlaxcala, por ejemplo, el
agente m unicipal confesó que, si todos los niños fueran a la escue­
la, la maestra "tendría que alm ace n arlo s" ya que no podría trabajar
con todos a la vez. En este caso, la falta de cupo puede explicar
m ejor el ausentismo que una supuesta resistencia. Además, las dis­
posiciones para c o brar m ulta s pueden m anifestar el interés del
ayuntam iento de hacerse de fondos, más que su esfuerzo por p ro ­
mover la asistencia.
En sentido inverso, es posible inferir que una práctica prescrita
por la norma es poco común. Estas pistas bien pueden ser revela­
doras de datos de la vida cotidiana. Por ejemplo, en 1917 llegó una
circular a los municipios de Tlaxcala, ordenando que los preceptores
usaran pantalón y zapatos. Este documento sugiere que había m aes­
tros que se identificaban con los pueblos indígenas, vistiendo calzón
blanco y calzando la sandalia llamada huarache, y que posiblemente
también hablaban náhuatl, aunque esto no se mencionaba ni se valo­
raba en aquel tiempo. La lectura de las disposiciones como indicio de
lo contrario proporciona las prim eras pistas de la realidad cotidiana.

Observar la materialidad de los textos escritos

Roger Chartier (1997, 1999), entre otros, ha insistido en examinar


LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

la m aterialidad de los d ocum entos del archivo. Esto implica o bse r­


var la producción del documento como tal, antes de analizar su con­
tenido. Los docum entos son producto de diversas prácticas de
escritura. Para el período posrevolucionario, por ejemplo (Rockwell,
2007a), es interesante tener en cuenta si el documento se escribió a
mano o a máquina. ¿Qué tipo de papel se usó, qué tipo de pluma,
qué estilo de letra? ¿Aparece la caligrafía nítida del escribano y del
maestro del siglo xix, o bien una letra de un vecino o maestro del
pueblo posrevolucionario? Los errores pueden m o stra r los niveles
de dominio del español de quien escribió el documento (que puede o
no coincidir con quien lo redactó o lo firmó). Es posible inferir, a p a r­
tir de algunos detalles de la escritura, edades y rasgos de los m a e s­
tros que se encontraban al frente de una escuela. O bien, en el caso
de d ocu m e ntos im presos, es útil p re gu ntar dónde, cuándo y cómo
fueron publicados y diseminados.
Las diferentes fo rm a s de producir los d ocum entos dan una idea
de las capas de historicidad que se e ncuentran sobrepuestas en
c u alquier m om en to sincrónico. La m aterialidad de los textos m u e s ­
tra -p a ra el período y el lu g a r que e stu d ié - el paulatino desplaza­
miento de un conjunto de prácticas escolares por otras, con el esta­
blecimiento de las Direcciones de Educación del estado de Tlaxcala
y de la federación. En los archivos se observa la progresiva s u s titu ­
ción de prolijos inform e s m anuscritos, presentados ante las a u to ri­
dades locales, incluso firm a d o s por ellos, por fo rm a to s impresos
que llenaban los directores de escuela. El ritm o de este cambio p e r­
mite apreciar el cre cim ie n to de una gestión burocrática. Es posible
reconstruir, así, un proceso que no fue prescrito ni descrito por los
conte mporáneos.

Leer el discurso sobre la práctica como práctica de un discurso

Para m ir a r m ás allá del discurso, hacia la práctica en el aula,


p rim ero conviene e x a m in a r el discurso m ism o. Para ello, es útil
pensar en el género al que pertenece el texto y la tradición d iscu rsi­
va en la que se inscribe.
Este análisis puede m o s tr a r cambios sorprendentes. Los s i­
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

guientes fragm entos fueron producidos en 1925 por el director fede­


ral de Tlaxcala, quien reporta a la naciente Secretaría de Educación
Pública el progreso de las escuelas recién fundadas en el Estado.
Corresponden al género de inform e a las autoridades, cuyo discurso
resulta familiar. En fe brero de 1925, el d irector Alaniz escribió lo
siguiente:

Ha sido necesario luchar intensamente para convencer a la gente de la


bondad de la forma m oderna de enseñanza. Sin embargo, existe enorme
resistencia para todo aquello que no sea la trilogía antigua de "leer,
escribir y c o n ta r"/

En este ejemplo, notam os la retórica acerca de la resistencia lo­


cal y la consabida crítica a la tradición de enseñar a "leer, e scribir y
c o n ta r” . En m arzo de ese m ism o año, sin embargo, Alaniz inform ó
lo contrario:

[Los métodos de enseñanza] se han ido modificando de acuerdo con las


tendencias modernas: la táctica escolarse ha transformado completamen­
te y se hace que evolucionen los maestros para em plear procedimientos
que realmente deriven de la naturaleza los conocimientos de positiva uti­
lidad para los habitantes de esta región. El modo mixto, sim ultáneo-indi-
vidual-m utuo va sustituyendo a los antiguos, y la forma experim ental a la
repetitoria mnemónica,5

Desaparece la denuncia de la resistencia local y aparece la retó­


rica del logro de la tra n s fo rm a c ió n y la modernización. Para elabo­
ra r su propio inform e, el director usó los informes m ensuales de su
inspector. La co m p aració n entre estos textos perm ite e s tim a r la
mediación discursiva, ya que el inspector no describió la enseñanza
en el aula en los m ism o s té rm ino s que usó el director. De hecho, el
inform e de Alaniz m encionó tendencias que difícilm ente se pueden
observar en una visita de inspección. También usó giros que cubren
cualquier eventualidad, como hablar del "m odo mixto".
El discurso oficial se separa de la realidad y se articula m e d ia n ­
te una lógica distinta de la que organiza a la práctica. La modalidad
discursiva de las autoridades educativas tenía su propia historia.
Contiene, en este caso, elem entos porfirianos compartidos por m u ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

chos norm alistas posrevolucionarios, por ejemplo, pensar en t é r m i ­


nos de "forma experim ental" y "simultaneidad". La tendencia a con-

L. Inform e de las labores realizadas por la DGEF en el Estado de Tlaxcala, enero-


febrero 1935, firm a Alfonso Alaniz (Rockwell. 2007a).
5. Inform e general que rinde el director de Educación Pública Federal en el Esta­
do de Tlaxcala ante el se cre ta rio del ramo, 30 de marzo. 1925. firm a Alfonso Alaniz
(los destacados son de la autora) (Rockwell. 2007a).
denar la resistencia de los padres y p ro m e te r la tra n s fo rm a c ió n de
la educación, o la de a pe la r a la m odernidad y a la utilidad de los
conocim ientos reaparece periódicam ente cuando las auto ridades
promueven refo rm a s educativas. Por ello es difícil im a g in a r p rá c ti­
cas escolares a p a rtir de este tipo de informes, aunque sirven para
c o m p re nd er la práctica discursiva de la gestión escolar.
No obstante, aun en este tipo de textos se encuentran pistas
indirectas de lo que posiblemente ocurría en las aulas. Siguiendo la
p rim era regla, ¿por qué tendría Alaniz necesidad de rec o rd ar la
norma decimonónica de la simultaneidad, si no fuera porque algunos
m aestros todavía separaban al grupo para enseñar prim ero a leer y
luego a escribir, ta l vez de m anera individual? Algunos años d es­
pués de la revolución, ya no aparece la recomendación de la s im u l­
taneidad de la enseñanza de la lectura y la escritura, quizá porque
llegó a ser una práctica com ún en las escuelas. Paradójicamente, a
veces la adopción general de una propuesta ocurre justo cuando la
discusión sobre sus cualidades desaparece del discurso oficial. La
práctica se vuelve "invisible" por ser tan n o rm a l que ya no es nece­
sario n om brarla. Así, es evidente que hay que desconfiar tanto de la
presencia como de la ausencia de té rm in o s que describen la p rá c ti­
ca, para poder tr a n s ita r desde los docum entos hacia las c u ltu ra s
escolares. Es necesario a pren de r a in te rp re ta r los m ú ltip le s s ile n ­
cios en la docum entación oficial.

Buscar marcas de uso en los d ocum entos

Julia recuerda que el "m a n u a l escolar no es nada sin el uso para


LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

el cual ha sido hecho" (1995:1 50). Los usos de los m ateriales esco­
lares dejan marcas. Por ejemplo, se pueden encontrar respuestas y
correcciones de los ejercicios de cuadernos de trabajo y anotaciones
en los m árgenes de libros de texto o m anuales didácticos. Estas
marcas m ue stran que los libros, efectivamente, entraron en el h o r i­
zonte cotidiano de las escuelas, y los señalam ientos y subrayados a
mano dan ¡dea de prácticas escolares como la copia, el resumen, la
lectura y la interpretación de los textos.
A lg un os m a n u s c rito s ta m b ién contienen marcas discursivas
como los elem entos deícticos que reflejan su uso social. Por e je m ­
plo, durante los años 1920 a 1930, en Tlaxcala por lo menos, se es­
peraba que los directores presentaran su inform e en la ceremonia
de clausura. En los expedientes de esos años, algunos inform es es­
critos todavía se dirigen a la comunidad en segunda persona, a g ra ­
deciendo o amonestando a los vecinos y hablándoles de sus hijos;
además, traen firm a s de la jun ta local. Podemos im a g in a r que se
conservaba la práctica de leer el inform e ante la comunidad para
recibir su visto bueno. A p artir de 1930 se empezaron a m odificar las
relaciones básicas del sistem a: los m aestros dejaron de se r p ro ­
puestos por los vecinos y pasaron a ser asignados por las a uto rid a ­
des. Este cambio se refleja en los inform e s de algunas escuelas,
que comenzaron a dirigirse al inspector y contienen quejas o a la ­
banzas sobre los vecinos, nom brados en tercera persona. En estos
casos, a veces encontram os oficios de las juntas locales con quejas
de que "el preceptor se fue sin rendir su inform e". Nuevamente, la
yuxtaposición de ambos tipos de informe, en diferentes escuelas y
en un m ism o año, m uestra las m últiples temporalidades de la histo­
ricidad cu ltural.

R econstruir prácticas de producción y circulación de la norma

Como comenta Julia, es im portante acostu m b rarse a m ir a r la


n orm a como el producto de prácticas. La distancia entre norm a y
práctica puede ser m ayor o menor, dependiendo de su form a de
producción y circulación. En muchas reformas es pertinente la queja
consabida de los maestros acerca de los program as "elaborados
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

desde el e s crito rio ". Sin embargo, hubo m om en to s en la historia


educativa en los que el intento de establecer una norma a p a rtir de
la experiencia escolar produjo un mayor acercamiento entre lo dicho
y lo hecho. Entre 1920 y 1930, por ejemplo, la riqueza de los in fo r­
mes enviados de las nuevas escuelas rurales al director de educa­
ción rural, Rafael Ramírez, se ve reflejada en las recomendaciones
que él enviaba de regreso a las escuelas, y en las circulares expedi­
das en aquellos años.
Una práctica constante del siglo xx ha sido la producción de leyes
educativas, proceso que quedó d ocum entado en los debates del
congreso y en los archivos. En Tlaxcala se esperó m ucho para con­
ta r con una ley que regulara la m odificación del artículo tercero
co n stitu c io n a l de 1934. En el archivo encontré el b o rra d o r de una
versión de ley enviado en 1939 por el sindicato docente (nuevo actor
en el escenario en esos años) (Rockwell, 2007a). El docum ento m e ­
canografiado tiene partes enmendadas y propuestas escritas a m a ­
no en los márgenes. La versión o rigin al presentaba la educación
como socialista y especificaba que los candidatos a d ire cto r o in s ­
pector "debieran tener definida ideología socialista". El lector de es­
ta copia, probablem ente algún fu ncionario del estado, había ta ch a ­
do estas frases, expresión elocuente de la reducción deliberada del
discurso socialista en los ú ltim o s años del régim en cardenista en
México.
La circulación de n o rm a s que pretenden reg ir la educación fo r ­
m a l no siem pre ha seguido el m ism o camino. Los archivos locales
dan idea de en qué medida la norma llegaba a tener presencia física
en las escuelas y entre los docentes. En otro nivel, los archivos
escolares m ue stran los pro gram a s y las series de libros utilizados
en d e te rm ina do s períodos, aunque no siem pre es válido suponer
que sus orientaciones se traducían en prácticas en las aulas.

Exam inar los registros de la cultura m aterial

Algunos docu m e ntos de archivo nos conectan de m anera ind i­


recta con las prácticas cotidianas, al proporcionar información sobre
la cultura m aterial en las escuelas. Los planos escolares, por e je m ­
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

plo, m u e stra n la disposición y las dim ensiones del espacio dentro


del cual se trabajaba. Durante los años veinte, en Tlaxcala, muchas
com u nid ad es rurales todavía preferían c o n s tru ir un aula grande,
porque se prestaba para las reuniones de vecinos. Este modelo con­
trastaba con el nuevo plan de construcción de salones separados
por grado, que promovían las autoridades educativas federales. Es­
tos tipos de escuelas se relacionaban con prácticas diferentes. En el
p rim e r caso, los directores supervisaban d irectam ente el trabajo
docente de sus ayudantes, m ie ntra s que, al propagarse la escuela
graduada, los maestros de cada grupo empezaban a cobrar autono­
mía dentro de su propio salón.
Los inventarios escolares también dan ¡dea de las condiciones de
trabajo. La compra de relojes sugiere un control del tiempo escolar
que ya no dependía de las campanadas de la iglesia. El control de
las llaves escolares por parte de los directores señala el inicio de la
separación entre el espacio escolar y la comunidad (Rockwell, 1996
y 2005). La presencia de h erra m ie ntas agrícolas identifica los casos
en que la comunidad escolar trabajaba las parcelas escolares. Esta
imagen del espacio escolar se enriquece cuando se encuentran
fotografías en los inform e s escolares. El acercam iento a la cultura
m a te ria l es uno de los mejores planos para apreciar el grado de
apropiación local de una propuesta educativa, gestada en los á m b i­
tos centrales del sistema escolar (Rockwell, 2007a).

Encontrar las incongruencias en los números

Para quienes querem os re c o n s tru ir las prácticas culturales de


otros tiempos, parecería irrelevante el análisis cuantitativo. Sin e m ­
bargo, sucede lo contrario: la atención a los núm eros tam bién da
indicios de prácticas escolares. Para ello, es necesario conocer las
tendencias de series de núm eros y, así, ubicar tas anomalías. El
siguiente ejemplo, tomado de los archivos que he revisado, muestra
lo que este tipo de análisis puede aportar.
Después de la revolución, los vecinos del barrio de Ixcotla envia­
ron varios oficios solicita ndo que se restablecieran sus escuelas
como era la costum bre antes de 1914, cuando un director se encar­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

gaba de todos los niños y una directora de todas las niñas. En el


viejo sistema, cada d irector atendía a todos los grados y contaba,
además, con su ayudante, quien g en eralm ente preparaba a los
"párvulos" para el trabajo escolar. Hacia 1929, la norma había ca m ­
biado. Los inspectores insistían en m ezclar niños y niñas y separar
grupos por grado, y no consideraban a los párvulos. Si enviaban a un
maestro adicional, este debía encargarse de un grupo mixto, dentro
de la m ism a escuela.
En la negociación con las autoridades, los vecinos de Ixcotla
fin alm e n te lograron que se les asignara como director al maestro
Andrés Lima, m ie m bro de una fa milia de maestros destacados, fo r ­
mado (con prim aria completa) en la época prerrevolucionaria, y con
unos treinta años de experiencia. El maestro rindió un informe de su
trabajo a finales de 1929, escrito con su impecable caligrafía. Repor­
taba una m atrícula to tal de 167 alumnos, 59 indígenas y 108 no indí­
genas. En el grupo 1o A había 39 a lum nos, en el 1o B, unos 50, y el
resto se repartía entre segundo y te rce r grados. La distribución se
parecía a las de otras escuelas de la época. Sin embargo, al leer con
cuidado el inform e aparece algo interesante. Del 1o B, grupo que
estaba a cargo del profesor Lima, pasaron 40 a lu m n o s al segundo
grado. En cambio, del 1o A, solo aprobaron 14 alum nos, pero estos
últim os no ingresaron en el segundo grado, como era de esperarse,
sino en el 1o B.
El detalle de estas cifras p erm ite entrever cómo perduraron
prácticas que eran norm ales antes de la revolución. Probablemente
el 1o A funcionaba como una especie de escuela de párvulos, donde
la maestra Alta gracia preparaba a los niños y niñas, para que pasa­
ran luego al otro p rim e r grado, a a prender a leer y e sc ribir bajo el
riguroso m étodo del profesor Lima. Posiblemente, la maestra se
dedicaba a enseñar español com o requisito para a prender a leer y
escribir, aunque de eso no se hablaba en esos años. El profesor
Lima segu ra m e nte mantenía la regla de pasar al segundo año solo
a aquellos que efectivamente habían aprendido a leer y escribir,
para lo cual m uchos habrían de pasar dos o más años en el p rim e r
grado. El sistema funcionó hasta 1933, cuando llegó un maestro
joven, con nuevas exigencias. En su plan, proponía h abilitar la p a r­
cela escolar y fo rm a r organizaciones sociales. La m atrícula - r e p o r ­
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

tada ese año escuetam ente en un inform e m ecanografiado- decayó


de manera drástica.
La lectura cuidadosa de estadísticas del núm ero de maestros y
estudiantes, y la com prensión de las categorías utilizadas para cla ­
sificar estos datos revela im p orta ntes aspectos de las concepciones
y las prácticas escolares de cada época.
R econstruir tram as a p artir de series de documentos

Una extensión de la regla de buscar m últiples evidencias de los


hechos es seguir el encadenamiento de documentos enviados entre
diversas personas. Este análisis da idea del poder relativo de los di­
ferentes personajes o instancias, por ejemplo, para establecer nue­
vas escuelas o c o n tra ta r m aestros. Además, revela las co m p licid a ­
des de la tram a política local y las prácticas omitidas o negadas en
el discurso explícito.
Los docum entos que producen las autoridades locales g e n e ra l­
mente debían apegarse a la n orm a o, por lo menos, no m o stra r una
contradicción abierta con ella. Es parte del oficio de ser autoridad
saber redactar oficios que no contradigan la ley. Pero, además, es­
tos oficios no solo inform an sobre hechos o giran órdenes, por m u ­
cho que sigan esa lógica en su redacción. El acto de enviar un oficio
tiene un sentido en sí m ism o , es decir que, al enviar oficios, las
autoridades "hacen cosas" (Austin, 1975] que no son explícitas en el
texto m ism o. Las series de oficios que las autoridades se enviaban
sobre un m ism o asunto a veces dejan ver lo que en el fondo se esta­
ba haciendo.
La reconstrucción de una serie de oficios localizados en diferen­
tes expedientes federales y estatales me mostró algo que ya sospe­
chaba por otras evidencias: que Adolfo Bonilla, el gobernador del
estado de Tlaxcala entre 1933 y 1936 -contra toda norma del perío ­
do- protegía a los sacerdotes católicos (Rockwell, 1997), a pesar de
p ro c la m a r su acuerdo con la educación socialista de la época. P ri­
mero, la Secretaría de Acción Social del Partido Nacional Revolucio­
nario (PNR) envió al g ob ernador un oficio en el que citaba la d e n u n ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

cia hecha por los inspectores federales en contra de la actividad


clandestina de los sacerdotes que se oponían a la educación socia­
lista. Como era costumbre, Bonilla envió copia del oficio a los direc­
tores de Educación, pidiendo que los maestros, tanto estatales como
federales, dieran "pruebas" de la actividad de los sacerdotes. N in ­
gún maestro se atrevió a denunciarlos, con lo cual Bonilla pudo
in fo rm a r a las autoridades del PNR y de la SEP que no había n in gu ­
na evidencia de tal actividad. En la secuencia de más de una docena
de oficios, se observa cómo Bonilla redactaba las peticiones y los
informes, sin co n tra d e cir la política educativa oficial, pero dando a
ente nder que sus indicaciones reales eran otras. La fuerza de estos
oficios iba respaldada por un hecho: Bonilla había despedido a
m uchos m aestros que profesaban ¡deas socialistas, de ta l manera
que seguramente se sobreentendía la amenaza implícita hacia quie­
nes denunciaran a los sacerdotes. Es un ejemplo claro de la vieja
consigna: la disposición oficial se acata pero no se cumple.

IM AGIN AR LO N O -D O C U M E N T A D O

He intentado m o s tra r algunas de las maneras de e nco ntra r in d i­


cios en los docum entos, indicios que sirven, como sugirió Ginzburg
(1983), para diagnosticar males y descubrir falsificaciones. También
sirven para em pezar a co m p re n d e r la lógica de las prácticas detrás
de las lógicas de los enunciados. No obstante, los d ocum entos de
los archivos educativos tienen limitaciones, algunas bastante serias.
En mi propio trabajo, por ejemplo, de haber leído únicam ente
estos documentos educativos para el período 1910-1914, podría te ner
la impresión de que no hubo movimiento revolucionario en esos años
en México. Cierto es que algunos oficios de pronto mencionan "b an ­
doleros" y varias maestras renuncian por "falta de garantías". D uran­
te este período, se giraron órdenes para cerrar sin mayor explicación
una cuarta parte de las escuelas. No obstante, no se concibe todo
esto como efecto de “ una revolución". ¿Será que "la Revolución" fue
solo un mito inventado después de que ocurrió? O bien, desde las
instancias del poder en esos años, ¿no se quiso o no se pudo ver lo
que ocurría como lo que era, un movimiento revolucionario?
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

Por otra parte, si nos basáram os en los docum entos del archivo
de educación, sería fácil c o n c lu ir que en la zona de La Malintzi, en
Tlaxcala, quedaba poco de su pasado indígena a principios del siglo
xx. La docum e ntación e scolar del siglo a nte rio r aún detallaba la
"raza" de los niños, usando las categorías de indígena, mezclada y
blanca, pero este rubro se fue eliminando poco a poco de la m a tríc u ­
la. Según el censo de 1910, una tercera parte de la población de los
m unicipios de La Malintzi confesaba hablar mexicano (náhuatl), a u n ­
que se gu ra m e nte estos datos subestimaban la situación real. Los
estudios antropológicos muestran que la lengua y la cultura seguían
fuertes en esta zona a mediados de siglo xx (Hill y Hi 11, 1999) y, por lo
tanto, deben haber constituido la realidad cotidiana en muchos pue­
blos de La Malintzi en la época posrevolucionaria.
Sin embargo, el hecho de que muchos alumnos fueran hablantes
del náhuatl recibía poca atención en los círculos educativos. Solo en
tres in fo rm e s de inspección de las 34 escuelas asum idas por la
federación en 1925 se mencionó el hecho de que m uchos niños no
entendían español y que las m aestras "batallaban para e n s e ñ a r” .
Tampoco se e ncuentra mayor com entario sobre este hecho en los
n um erosos expedientes de capacitación de maestros, como confe­
rencias, cursos de invierno, normales, congresos pedagógicos. El
discurso indigenista del gobierno federal, que empezaba a d ifu n d ir­
se a otras partes del país a partir de la época cardenista, no parecía
haber llegado a Tlaxcala.
Si leemos los docum entos con atención, podemos e nco ntra r
huellas de la realidad c u ltural indígena de la región. Emergen seña­
les, por ejemplo, en las actas de las Juntas de Educación, co n stitu i­
das por los vecinos. En aquellos años, la norma dictaba una o rg an i­
zación de padres de fa milia por grados escolares, con el director de
la escuela al frente. Sin embargo, a veces se reportaban las colabo­
raciones en especie o trabajo que daban los padres por barrio, a la
usanza tradicional. En San isidro Buen Suceso, poblado donde a c ­
tu a lm e n te los niños hablan mexicano, los vecinos negociaron la e n ­
trada de la nueva escuela ru ra l federal, pidiendo, a cambio de su
anuencia, una dotación de instrum entos musicales para la c o m u n i­
dad, en lu g a r de in stru m e n to s de labranza. Estos detalles revelan
prácticas arraigadas en el México profundo (Bonfil, 1987) y permite n
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

im a g in a r configuraciones sociales detrás de la docum entación o fi­


cial que las ignora o las niega. En efecto, luego constaté, por fu e n ­
tes orales, que en Ixcotla la tram a social indígena - la m ism a que
sostenía las fiestas, los cargos y la rotación de m a n d o - tam bién
sostuvo con sus colaboraciones la escuela pública local (véase Ace-
vedo-Rodrigo, 2008).
Por ello, es necesario com plem entar los documentos de archivos
educativos con otras fuentes, incluyendo la historia oral. Algunas de
las personas mayores de esta región relataron la experiencia de
conversar con sus compañeros escolares en mexicano y de no haber
comprendido el español usado por los maestros. Algunos m aestros
bilingües, nativos de la región, tam bién confesaron haber usado la
lengua a pesar de las prohibiciones oficiales. Al parecer, hablaban
mexicano para ganarse la confianza de los vecinos y de los niños,
pero después daban clases en español. Sin embargo, el hecho de
c o m p a r tir ciertas referencias cu lturale s con sus estudiantes se g u ­
ram en te m odificó su manera de proceder en clase. A p a rtir de ello,
es posible im a g in a r una cu ltura escolar entreverada con la cultura
local, lo cual nunca se registra en la documentación oficial.
En la actualidad, son pocos los niños que aprenden el náh ua tl
de la región y la lengua muere. No sabemos realm ente cómo se fue
su stituye nd o por el español, ni en qué medida las escuelas fu eron
el vehículo de ese cambio. Uno se pregunta si la realidad te rm in ó
por im ita r al discurso.

HUELLAS DEL PASADO EN EL PRESENTE

Retomando el tema del acercamiento entre la etnografía y la his­


toria abordado a n te rio rm e n te , recordem os que en la antropología
histórica te n e m o s que im a g in a r lo no-do cum en ta do en el pasado,
porque ya no es posible registrarlo.
Para a cercarnos a las c u ltu ra s escolares del pasado nece sita ­
mos pre star atención a la recomendación de uno de los fundadores
de la historia social, Marc Bloch. Él insistía en la necesidad de cono­
cer bien el presente para poder co m p re nd er el pasado:
LA ETNOGRAFÍA EN EL ARCHIVO

Siempre tomamos de nuestras experiencias cotidianas, matizadas [...]


los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado [...]. Porque el
temblor de la vida humana, que exigirá un duro esfuerzo de imaginación
para ser restituido a los viejos textos, es aquí directamente perceptible a
nuestros sentidos (1952: 38-39).

Bloch a d m itió haber comprendido la lógica de una batalla solo a


p a r tir de su propia participación en las guerras m un dia le s y haber
reco nstru id o el ord en am ien to del espacio medieval a p a rtir de sus
reco rrido s por la Francia rural. A pesar de las distancias entre las
épocas, advertía Bloch, "esta solidaridad de las edades tiene tal
fuerza que [proporciona] los lazos de inteligibilidad entre ellas".
De manera análoga, m ientras más nos acerquem os a las escue­
las de hoy y a los te jem anejes de la burocracia educativa, producto
del siglo xx, más fácil será im aginarnos las c u ltu ra s escolares de
otras épocas. Es im p o rta n te reco rre r escuelas actuales, para e sti­
m a r lo que implicaba la construcción de aquellas aulas grandes de
piedra y de techo de vigas, y para percibir el entorno espacial del
trabajo escolar. Es fu n d am e nta l haber presenciado la llegada de un
su pe rviso r a una escuela y haber observado lo que atiende y lo que
desatiende, lo que le m uestran y lo que le ocultan, para así interpre ­
ta r los inform es de los inspectores escolares. Es necesario haber
observado cómo trabajan los m aestros en la actualidad, especia l­
mente los mayores, para imaginarse posibles fo rm a s de trab aja r en
las escuelas del pasado.
Por otro lado, el trabajo sobre las culturas escolares del pasado
da profundidad te m p o ra l a los estudios sobre los procesos e ducati­
vos en escuelas actuales. Al vincular antropología e historia, adquiri­
mos mayor conciencia de lo que perdura y lo que cambió. La hetero­
geneidad actual frente a la norm a es testimonio de esa historicidad
que caracteriza a las c u lturas escolares de toda época. Si los e stu ­
dios etnográficos actuales logran d ocu m e ntar esa heterogeneidad,
c o ntribu irá n a la consolidación de una m ejor com prensión de las
prácticas culturales en las escuelas y de sus tra n s fo rm a cio n e s pa­
sadas y posibles.
7. NARRAR LA EXPERIENCIA* •

Hace ya tiem po que la crisis posmoderna ha m antenido en jaque


el sentido m ism o de la investigación etnográfica. A menudo esta c r i­
sis se asocia con ciertos autores, pero en realidad fue producto, en
gran medida, de las reacciones y respuestas de los pueblos estudia­
dos ante los textos publicados por investigadores ajenos a su re a li­
dad. El desenlace evoca la crítica que Edward Said (1995) hizo de la
pretendida objetividad intelectual que no pocas veces sirve a fines
políticos y que supone que los pueblos carecen de la curiosidad y la
capacidad intelectual necesarias para conocer realidades propias y
ajenas. De m anera sim ilar, algunos hemos estudiado las realidades
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

educativas a sum iendo que maestros, estudiantes y com unidades


carecen de un interés propio por conocer su entorno próximo y leja­

* Una prim e ra versión de algunas partes que integran este capítulo fue p u b lica ­
da en el año 2005 con el título "Del campo al texto: dilem as del trabajo etnográfico",
en Franzé, A; Jo d ie s , M. I.; M artín, B.; Poveda. D. y Sama, S. (coords.): Actas de la
Prim era Reunión Científica Internacional sobre Etnografía y Educación, Valencia. Ger-
manía.
no. La recepción crítica de los textos etnográficos propició m ayor
conciencia de la difícil tarea de c o n stru ir puentes entre la experien­
cia de campo y la representación etnográfica.
Sirva este capítulo de resum en de lo expuesto hasta ahora y, a la
vez, de exploración hacia cuestiones emergente s en el campo. Si se
acepta que la etnografía no es un método, sino un enfoque, no se la
puede to m a r como una h erra m ie nta neutral o aséptica que se u tili­
za en c u a lq u ie r contexto. Como enfoque, está im pregnada de co n ­
cepciones im plícitas acerca de cómo se construyen rep re sen ta cio ­
nes de la vida social y cómo se les da sentido a p artir del diálogo con
quienes habitan una localidad. Permite co m p re nd er algunos proce­
sos sociales y prácticas culturales, especialmente a escala co tidia ­
na, pero tam bién encuentra lím ites ineludibles.
A lo largo de este libro he sostenido que un estudio etnográfico
tiene, por lo menos, ciertas características. Requiere una estancia
relativam ente prolongada en una localidad relativam ente pequeña,
de tal form a que el investigador, o el equipo de investigadores, pue­
da co n s tru ir relaciones de confianza con algunos de los habitantes,
te ne r acceso a acontecim ientos públicos y d o c u m e n ta r su experien­
cia por vía escrita o gráfica. Aunque el investigador consulte censos,
mapas y otros docu m e ntos locales, la tarea principal es a p ro x im a r­
se a los lenguajes y conocim ientos locales, lo cual implica te ne r una
disposición receptiva y una sensibilidad hacia las distintas form as de
in te rp re ta r los sucesos y las palabras. La experiencia de campo es
c rucial para este enfoque.
Sin embargo, la etnografía no term ina allí, sino que cu lm ina con
la producción de representacio nes textuales de la realidad e stud ia ­
da, textos redactados por las m ism a s personas que realizaron el
trabajo de campo. El género textual etnográfico privilegia la n a r ra ­
ción y la descripción. Los textos deben conservar, mediante d escrip ­
NARRAR LA EXPERIENCIA

ciones analíticas concentradas y a la vez detalladas, una cuidadosa


selección de lo observado y escuchado en el campo, ordenada y a r ti­
culada de tal m anera que apoye el argum ento de fondo. El re s u lta ­
do, si bien describe prácticas y saberes locales, ta m bién responde a
un campo de investigación que se hace preguntas y pide explicacio­
nes, por tentativas que estas sean. El sentido de la investigación
etnográfica es p ro d u c ir una m ayor -o por lo m enos d is tin ta - c o m ­
prensión de procesos que, frecuentem ente, han sido estudiados a
otras escalas y por otros medios.
Para lograr este conocim iento, he argumentado, la experiencia
de campo debe tra n s fo rm a r al etnógrafo. Si no se vive una tr a n s fo r ­
m ación profunda de los m arcos de percepción, de interpretación y
de com prensión de la localidad en la que se realizó el estudio, el
largo trabajo de campo y de análisis cualitativo no tiene sentido. El
etnógrafo no va al campo para co n firm a r lo que ya creía saber, sino
para co nstruir nuevas m iradas sobre realidades ajenas o fam iliares.
El producto de su trabajo debe se r público y estar sujeto a c o nte sta ­
ción, tanto por parte de académicos como por los habitantes de la
localidad estudiada.1
Finalmente, he propuesto que el trabajo etnográfico puede ganar
en profundidad te m p o r a l y valor conceptual si se le integra la d i­
mensión histórica. Ello implica, sobre todo, reconocer el ca rá cte r
situado y fechado de los procesos que se abordan y m a n te n e r una
conciencia de que nuestra experiencia da acceso a realidades en
constante cambio. Al in c u rs io n a r en los archivos, los antróp o lo go s
a plicam os las h e rra m ie n ta s del enfoque etnográfico, la atención al
detalle y al contexto, la búsqueda de prácticas y de significados loca­
les encubiertos bajo el registro documental. Esta vía perm ite im a g i­
nar lo no-docum en ta do y rec o n s tru ir la historicidad de c u ltu r a s y
procesos sociales en cu alquier época o lugar. Historizar la e tn o g ra ­
fía significa, a la vez, evitar la tendencia a co nstruir versiones esen-
cialistas y estáticas de "los otros" y respetar, así, la capacidad de
todas las personas de tra n s fo rm a r sus culturas y sus m undos.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

DILEMAS ÉTICOS

Todos los que hemos permanecido por un tiempo su fic ie n te m e n ­


te largo en las localidades escogidas - e s decir, su ficie n te m e n te

1. Este requisito se ha enfatizado en los últim os años, frente a una creciente te n ­


dencia a usar la etnografía com o instrum ento de recolección de inform ación secreta
en el espionaje y la guerra, práctica denunciada por las asociaciones de antropólogos.
largo como para sa lir más confundidos que s e g u ro s- nos hemos
planteado dilemas que no han sido fáciles de enfrentar. En otras tr a ­
diciones de investigación, estos problemas no existen: se trabaja con
docu m e ntos públicos, actuales o pasados, o se aplican encuestas
por vías institucionales establecidas y con categorías conocidas;
m uchos estudios usan aquellas clasificaciones abstractas que les
sirven a los Estados para m ir a r a la sociedad, como dice James
Scott (1998). Se trata de categorías que intentan poner orden en la
inform a ción considerada necesaria para gobernar, pero que a
menudo tienen consecuencias graves cuando se aplican de manera
u n ifo rm e a m undos heterogéneos. Como sugiere este autor, e lim i­
nan la diversidad, soslayan lo p a rtic u la r y prescinden del saber
local. El caso clásico es el censo; sin embargo, hay encuestas cientí­
ficas que operan bajo el m ism o supuesto. Se piensa que es posible
o b te n e r una serie de datos com parables, si solo se especifican con
cuidado procedim ientos u nifo rm es de recolección y de codificación
que aplicarán los auxiliares de investigación.
La etnografía nos coloca en otra te situra. Optamos por a bo rd ar
las g ra nd es pre gu ntas sociales m ediante estudios realizados en
pequeños m un do s en los que sea posible observar y acercarse
p e rs o n a lm e n te a las vicisitudes de la vida cotidiana y a los s ig n ifi­
cados que los hechos tienen para los h abitantes del lugar. La
experiencia de campo nos obliga a c o n s tru ir las categorías de a ná ­
lisis en diálogo con los sign ificad os locales y a m o d ific a r en el
ca m in o los p a rá m e tro s del d iscu rso oficial. Nos unimos, así, a un
arduo proceso de d e sco lo niza r el co n o cim ie n to en diálogo con
otros. M uchos han cuestionado si esto es re a lm e n te posible. Sin
e m bargo, pro ced er con esa intención pone en evidencia la d is ta n ­
cia que suele haber entre los m arcos d o m in a nte s y las in te r p r e ta ­
ciones locales.
NARRAR LA EXPERIENCIA

Estar en el campo lleva inevitablem ente a la pregunta "¿qué ha­


cemos ahí?". No pocos que intentan responder a esta pregunta en
sus p rim e ra s exploraciones sobre el te rreno han dado la media
vuelta y han regresado a la biblioteca o al archivo o, ahora, a in te r ­
net. P e rm a n e ce r ahí puede se r difícil, inquietante, desconcertante.
Nos enfrenta no solo con un encuentro in te rc u ltu ra l sino ta m bién
con dilem as éticos. Debemos dar cuenta a los habitantes locales de
nuestra procedencia, de nuestro trabajo y de su destino y de la posi­
ble co ntrap a rte que ofrecem os a quienes nos perm iten vivir con
ellos un tiempo.
Poco a poco, resulta insuficiente cu alquier versión que damos
inicialm en te del motivo de nuestra estancia en el campo, por lo
general cifrada en palabras cuidadosas. El intento de dar una expli­
cación honesta de nuestro trabajo se complica con la consigna de
m a n ten e rn os abiertos y, por lo tanto, no encauzar las respuestas
hacia una postura predeterm inada. A s u m ir en la práctica una a c ti­
tud de apren de r es muy difícil en ambientes que nos conceden, co­
mo investigadores, una posición de privilegio. Invertir la relación de
poder implicada en los papeles institucionalizados de entrevistador
y entrevistado requiere mucha reflexión y vigilancia.
De mi propio trabajo de campo recuerdo m om en to s difíciles.
A ce rcarm e a escuelas rurales producía dos reacciones: una era la
recepción calurosa de cu a lq u ie r visita, pues m uchos m aestros se
encuentran tan aislados que no es un acontecim iento frecuente;
otra, el te m o r ante la observación de la escuela, de su trabajo, ya
que los m odelos disponibles son las visitas de inspección. Por más
que explicaba que no se trataba de evaluar el trabajo, tomaba tie m ­
po que lo creyeran. El doble sentido de la palabra "investigar", que
nos liga con la actividad policial, llevaba a confusiones. El hecho de
garan tizar el a nonim ato de los interlocutores y de las localidades
podía ayudar; sin embargo, implicaba descontextualizar el estudio y
perder el sentido de lo particular. Además, había personas que in­
sistían en el reconocimiento de sus nombres y localidades en lo que
se fuera a publicar. El dilema se tendía a resolver cuando encon­
traba un punto de confluencia con temas que inquietaban también a
la población local (a los propios maestros y alumnos, en este caso].
Se abría el terreno para una labor conjunta.
Si bien el trabajo de campo se caracteriza por una atención
constante a los detalles del contexto y de la interacción, los habitan­
tes suelen so licita r una delimitación de los tiempos en que se reali­
za la investigación y una definición de las actividades que la consti­
tuyen. Durante la convivencia cotidiana, no siem pre es legítimo
sacar el cuaderno, mucho menos la grabadora. Uno aprecia los m o ­
m entos en que to m a r notas no está fuera de lugar. Sin embargo, en
muchas situaciones el único recurso es la m e m o ria y la creciente
comprensión de los lenguajes y significados locales.
¿Por qué estamos ahí? Esta pregunta surge en nosotros y en los
demás una y otra vez. Elaboram os versiones, tanto para nosotros
como para los otros. Nos percatamos de que ta mbién somos o bse r­
vados e interrogados por los habitantes, un proceso que tiene dife­
rentes consecuencias según los m eca nism os del poder discursivo
interpuestos entre nosotros y los interlocutores. Puede haber, entre
ambos, juegos de m áscaras y de espejos, proyecciones y recuerdos
(Goffman, 1981), en una búsqueda de puntos de apoyo para entablar
una comunicación posible. La desconfianza es norm al, pues los
habitantes - lo s m aestros, padres y n iñ o s - quieren indagar más
acerca de nuestras intenciones. Enseñarles las notas de campo
suele dar seguridad, si hem os tenido el cuidado de registrar sin ju z ­
gar. También es im p o rta n te a cla ra r cuál será el destino de la in fo r ­
mación, qué se hará público y cómo. En el caso de estudiantes, la
legitimidad del trabajo de tesis suele generar una relación más igua­
litaria. Entre maestros, la contribución que los estudios etnográficos
han hecho a la comprensión de los problemas cercanos a las escue­
las respalda los esfuerzos para seguir con este tipo de estudios.
Establecer redes a p a r tir de las personas que nos han aceptado
puede ser complicado. A veces, legitim am os nuestra presencia ante
cada nuevo in te rlo c u to r haciendo referencia al anterior. Esto nos
lleva de una persona a otra, m uchas veces sin que podamos in tu ir
las percepciones que ellos se fo rm u la n de nosotros dadas estas
referencias, ni los juicios que fo rm u la n sobre lo adecuado o no de
nuestras acciones. Nos e n co n tra m o s inm erso s en una pequeña
comunidad, ine vitablem ente somos partícipes de alguna m anera y
nuestro co m p o rta m ie n to provoca com entarios, suspicacias, defen­
sas y, a veces, aprobación.
NARRAR LA EXPERIENCIA

Poco a poco, vamos encontrando personas con las que se puede


co nstruir cierto tipo de relación. Suelen ser personas que se intere­
san en el mundo exterior y nos plantean una relación de proximidad,
en la que si bien ofrecen información, ta mbién esperan recibirla. A
menudo, les agrada conversar y relatar experiencias propias y ajenas.
Al principio, es posible que las conversaciones con estas personas
tengan cierta form alidad. Posteriormente, se dan intercambios fuera
del contexto de trabajo form al. En esos casos, solo podemos intentar
reconstruirlos horas después y someter la memoria a prueba en su b ­
secuentes encuentros en el campo. Paradójicamente, son estas con­
versaciones las que suelen conducir a una mayor comprensión. A u n ­
que no se tenga un registro fiel, estas pláticas iluminan perspectivas
y significados locales (Okely, 2008). Conforme pasa el tiempo, las
relaciones de mayor confianza se vuelven más estrechas y es cada
vez menos adecuado registrarlas. De hecho, siempre se siente cierta
tensión, aun en estas relaciones, entre el com prom iso y el respeto
recíproco y el deseo de ambos de conocer el mundo del otro.
Esta tensión nos puede inquietar. En el fondo, se relaciona con
las tres condiciones que H ab erm as (1987/2000:394-400) consideró
que debe tener toda comunicación sincera. En principio, lo e nuncia­
do debe c u m p lir con dos pretensiones de validez: la verdad (que lo
dicho sea "ajustado a la realidad" según lo perciba el hablante] y la
rectitu d (que lo dicho sea "correcto en relación al contexto n o r m a ti­
vo” , que no esté fuera de lugar). El oyente puede poner en duda lo
dicho y solicitar que el hablante explicite sus argum entos y que j u s ­
tifique su derecho a decir lo que ha expresado. La tercera pretensión
de validez requerida es la veracidad ("que lo dicho m uestre la since­
ridad subjetiva” del hablante). En otras palabras, en la comunicación
sincera no debe haber duplicidad. Si no se cum ple con la tercera
condición, se trata, según Habermas, de una comunicación estra té ­
gica, realizada como una m era conversación, pero que im p lícita ­
m ente intenta obtener algo a cambio.
En algunos encuentros en el campo, he sentido que estoy en el
borde entre lo sincero y lo estratégico; por ejemplo, cuando me pre­
sento como ignorante de ciertos temas, esperando que las personas
con quienes converso den su propia versión antes de conocer la mía.
Las conversaciones en el campo, a veces, se acercan a esta s itu a ­
ción, cuando el afán de conocer sobrepasa los lím ites de lo que es
correcto preguntar. He sentido cierta inquietud, incluso, al participar
en conversaciones en las que mantengo una doble atención. La con­
tinua reflexión etnográfica se manifiesta como una voz interior que
acompaña el desenvolvimiento del diálogo, que recuerda, relaciona y
luego busca m aneras de lig a r lo platicado con otros te mas sin ser
demasiado inquisitivo. Las culpas tienden a diluirse, sin embargo,
cuando comprendo que los interlocutores tam bién usan estrategias,
con todo derecho, para pro teg e r su intim idad y para indagar acerca
de mi identidad y mi sinceridad. La confianza se va construyendo
poco a poco, con el respeto hacia el conocim iento y los intereses de
las personas y el acto de c o m p a r tir nuestros propios saberes y posi­
ciones con ellas..
La distensión requiere más tiempo, un tiempo en el cual los temas
que nos interesan se van tran sfo rm an d o y van coincidiendo con los
intereses de ciertas personas de la localidad. Cuando eso ocurre, el
tiempo pasado en el campo se convierte en un tra m o más de la vida
personal. Participamos de manera espontánea, poniendo las cartas
sobre la mesa, conversando de manera cada vez más sincera. En esta
etapa, nos olvidamos del cuaderno y la grabadora, salvo para entre­
vistas formales. El conocim iento pasa a fo rm a r parte de la com pren­
sión fa m ilia r que alcanzamos sobre realidades cercanas o distantes.
En los casos más afortunados, el compromiso adquiere otro sentido,
la participación en acciones locales nos ofrece m om entos en los que
ponemos el conocim iento construido al servicio de alguna causa
local. En ocasiones, acciones como to m a r minutas de asamblea o
conseguir información docum ental adquieren relevancia pública, más
allá de los fines de la investigación. En situaciones en las que nues­
tras posturas convergen con las luchas locales, la investigación como
tal puede pasar a un segundo plano, y el conocimiento construido en
común sirve para apoyar acciones justas y necesarias. En estos m o ­
mentos, el conocim iento se realiza como una dimensión más de las
relaciones con el entorno n atu ra l y social, una faceta de la vida. Se
tiende hacia ese punto de fuga que captó Borges en el cuento "El
etnógrafo" (1969), en et cual un estudiante comprende tan bien el
secreto de un rito de iniciación, que la tarea etnográfica de dejar re­
gistro escrito pierde todo sentido. Citando a Borges, Leonardo Piase-
NARRAR LA EXPERIENCIA

re concluye su libro El etnógrafo imperfecto con la siguiente reflexión:


"¿Qué hace el etnógrafo? Cuando no ha comprendido completamente
la vida que ha vivido, escribe"2 (Piasere, 2002:188).

2. La traducción de la cita es de la autora. Agradezco a Ana María Gomes la refe­


rencia al texto de Piasere.
Estas reflexiones ayudan a co m p re n d e r por qué el trabajo e tno ­
gráfico requiere una presencia directa y prolongada en el campo.
Entablar conversaciones sinceras en torno de intereses comunes es
la base del proceso de tra n sfo rm a ció n personal, es decir, el meollo
de la etnografía. N a rra r esta experiencia le da sentido a lo que suele
llam arse el diario de campo. Por eso, es legítimo registrar a solas la
experiencia de convivir allí; este registro suele ser, finalm ente, el
fundam ento más sólido del conocim iento logrado, es lo que permite
interpretar todo lo demás. C om pre nd er "hasta donde alcancemos a
ver", como suelen decir las personas en el campo donde trabajo. El
camino es siem pre inconcluso, la comprensión de las realidades
tanto propias como ajenas casi siempre será provisional e incom ple­
ta; por eso, es necesario escribir.

DE LA COMPLIC IDAD A LA CONVERSACIÓN

La reflexión sobre estos dilemas ineludibles del trabajo de campo


nos lleva a revisar las ideas de varios autores. Las maneras de esta­
blecer una relación con los habitantes de la localidad donde investi­
gamos ha sido tem a c e n tra l de la reflexión antropológica. Marcus
(1997) hizo un desglose de las posiciones que detecta en diversos
autores sobre lo que él llam a "la complicidad", implícita o explícita,
que se form a al conversar con las personas de la localidad. Recono­
ce el problema ético que existe en el fondo de todo trabajo etnográfi­
co, experimentado por m uchos que emprenden sus p rim eras expe­
riencias en el campo. Recuerda que esta inquietud, según Geertz
(1968:151), proviene de "la inherente asimetría m oral de la situación
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

del trabajo de c a m p o ” (citado en Marcus, 1997: 91 ).3


Marcus encuentra que Geertz representa una postura clásica de
la etnografía, que consiste en describir y narrar, desde la experien­
cia de haber "estado allá", la cu ltura de una localidad, para poder
"in s crib irlo en el registro consultable de las creaciones hum anas".
Toma como ejemplo el estudio sobre la pelea de gallos en Bali

3. Todas las citas textuales de obras en inglés son traducciones de la autora.


(Geertz, 1973b), en que el a u to r relata que durante una repentina
irru p ció n de la fuerza pública en el local donde se llevaba a cabo
una pelea, actividad ilícita, él se encontraba del lado de quienes se
defendían de la policía y que, de paso, también lo defendían a él. La
"com plicidad" que emanó de este incidente permitió que se estable­
ciera el entendimiento m u tu o necesario para llevar a cabo el trabajo
de campo. El incidente dio a Geertz entrada en un m undo al cual no
era fácil acceder y le abrió puertas para la conversación que él ide n ­
tifica como la base del trabajo etnográfico. Marcus considera que
este tipo de "com plicidad accidental" conserva la asim etría, y luego
busca posibles alternativas.
La p rim e ra salida es sugerida por el trabajo de Clifford (1988) y
otros, quienes proponen e stab lece r una retación de igual a igual
entre el a u to r y el "in fo rm a n te ", que en esta opción se convierte en
"co lab orad o r". Se intenta estab lece r una com plicidad explícita con
algunas personas de confianza, m ie m b ro s de la comunidad. Si bien
esta complicidad eleva la relación a una de trabajo conjunto, Marcus
opina que en el fondo no escapa la asim etría fu n d a m e n ta l de la s i­
tuación de campo: un investigador "viene desde afuera", con interés
en conocer cómo viven los "de adentro" y cómo ven su m undo. En
general, no ha sido fácil lo g ra r una colaboración igualitaria.4
Una segunda opción señalada por Marcus es el reconocim iento
abierto de la relación asim étrica, es decir, el etnógrafo adm ite, de
m anera autocrítica, ser cóm plice potencial de las fuerzas externas
que inciden en la vida en el in te rio r de la comunidad. A ceptar esta
com plicidad im plica situ a r a la localidad en un contexto m ayor y,
además, reconocer el papel, m uchas veces involuntario, que el in ­
vestigador puede te n e r en los acontecim ientos que afectan la vida
de sus habitantes. Marcus señala a varios antropólogos como ejem -
NARRAR LA EXPERIENCIA

U. En el campo educativo las opciones de colaboración lindan con tradiciones d is­


tintas, como la investigación-acción. Bajo el rubro de la colaboración se ha dado una
diversidad de prácticas, incluyendo el contar con un a u xilia r sin sueldo. En algunas
opciones em parentadas es posible que se equilibren las relaciones y se abran cauces
hacia una m ayor com prensión m utua, pero no siem pre es el caso. A menudo, la
intención im plícita es cam biar al otro y no tran sfo rm a rse a uno m ism o, desvirtuando
así lo esencial de la etnografía.
píos de esta postura, entre otros a Rosaldo (1989), quienes d e s c ri­
ben de m anera explícita los contextos de colonización y de d o m in a ­
ción que inciden en las vidas de las personas con las que conviven.
La conciencia de nuestra situación de privilegio suele ser un p rim e r
paso hacia un cambio de actitud.
Marcus identifica tam bién una tercera opción. Se trata de d escu ­
b rir y d e s c rib ir los procesos sociales que afectan a los grupos s u ­
balternos, pero ju n to con ellos. En este caso, el investigador esta­
blece una com p licid ad con algunas personas de una localidad, no
para m ir a r hacia el in te rio r de la comunidad, sino para estudiar
algún fenómeno externo de interés común. Se acerca a lo que Nader
(1969) hace años describió como "estudiar hacia a rrib a ” , para c o m ­
prender los procesos que afectan, oprim en o trastornan a la pob la ­
ción local. Para hacerlo, es necesario acceder a conocim ientos que
no son del dom inio público; esto requiere entrevistar a personas aje­
nas a la localidad cuya experiencia y perspectiva es relevante para el
estudio. La asim etría del poder se puede invertir cuando se tiene
que obte ne r inform a ción de quienes trabajan en las empresas y
burocracias que inciden en la vida local. Los resultados suelen llevar
a Una toma de posición más explícita del lado de personas afectadas
por estos procesos externos. Un ejemplo es el estudio que realizó
Abu-Lughod (1997), en el que la investigadora indaga las intenciones
de las autoras de algunas telenovelas fem inistas que miraban tas
m ujeres de una aldea remota en Egipto. Las interpretaciones de
las m ujeres ante lo que consideraban las "extrañas costum bres"
de los personajes urbanos de las telenovelas le perm itieron situ ar a
la localidad dentro de un ámbito global. La aparente sim ilitud te m á ­
tica se contraviene al constatar los diversos marcos de in te rp re ta ­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

ción en juego. La autora concluye afirm ando que existen "m ú ltip les
fo rm a s de s e r cosm opolita", es decir, de conocer el mundo. Esta
postura respalda, a menudo, la propuesta de realizar etnografía en
m ú ltiple s sitios, al re co rrer los caminos que llevan hacia los espa­
cios externos desde la perspectiva de las personas de la localidad.
Otros antropólogos han ofrecido reflexiones más incisivas, que
enm arcan la experiencia del diálogo en el campo. Por ejemplo,
Pinxten (1997), quien trabajó entre los indios navajo, sostiene que la
entrevista etnográfica debe ser vista como una conversación Ínter-
c u ltural. Recuerda que en los modelos clásicos de entrevista la
transferencia de inform ación suele ser unidireccional, hacia el in ­
vestigador. Notando que los habitantes ta m bién hacen sus co njetu ­
ras sobre quién es el que les hace ta ntas preguntas, Pinxten relata
que en el caso de los navajo, las respuestas que suelen dar inicial-
m ente a los etnógrafos son una serie de cuentos sobre "el Coyote",
personaje mítico pero relativam ente m arginal. Solo después de
m ucho tiempo y de llegar a te ne r confianza mutua, comparte n infor­
m ación más compleja y profunda. Para avanzar en la com prensión
de otra cultura, es necesario, dice, c o nside rar que las fo rm a s de
conversación son, en sí m ism as, culturales.
Pinxten propone otra descripción de lo que ocurre (o puede ocu­
rrir] en los intercam bios en el campo. El investigador inicia con un
discurso que necesariam ente está cifrado en té rm in o s de su propia
cultura. El interlo cu tor puede reaccionar ante este discurso de m u ­
chas m aneras: lo puede ignorar, interpretar, refu ta r o negar. Algún
nivel de com prensión m utua suele o currir, jun to con m uchas in te r­
pretaciones erróneas. En la entrevista abierta, el in te rlo c u to r local
tiene la posibilidad de reorientar la conversación hacia otros temas:

El proceso de dar y tom ar, de entender o ignorar, aceptar o refutar,


acceder o negar, es el form ato básico de la entrevista de campo. En este
form ato se pueden identificar intervenciones diversas: persuasión, c la ri­
ficación, aseveración, exigencia, refutación, entre otros (1997:30).

La propuesta de Pinxten de log ra r un m ayor equilibrio en las


entrevistas, al p e r m itir el juego constante entre los m ú ltip le s m a r ­
cos culturales, apunta hacia la posibilidad de sostener conversacio­
nes más sinceras, aun considerando todos los desencuentros y
m alentendidos que pueden o c u r rir en el trayecto.
Pinxten hace extensiva su postura a la observación; insiste en
NARRAR LA EXPERIENCIA

que la observación ta mbién está repleta de supuestos teóricos, c u l­


turales e ideológicos. Propone una definición interaccional de la ob­
servación:

Dado que todos los datos recogidos en el campo nacen de la interacción


y com unicación y que no existe ninguna otra fuente de inform ación ge-
nuina sobre las particularidades culturales, la interacción (y la observa-
ción como interacción] es lo que subyace a todo análisis etnográfico
(1997:45).

Esta visión también reconoce la naturaleza del conocimiento pro­


ducido como resultado de cierto grado de acuerdo entre los marcos
de interpretación que emergen entre el etnógrafo y las personas con
quienes conversa sobre algún tema en particular. De ninguna m ane­
ra es posible elaborar una cartografía completa de la "otra cultura"
y, de hecho, los significados logrados están imbuidos de los supues­
tos culturales tanto del investigador como de las personas con quie­
nes conversa.
Profundizar en la naturaleza de esta interacción y del conoci­
m iento que produce es tarea continua. De manera sim ilar, Briggs
(1986, 1988) expone una reflexión sobre su propia experiencia en­
tre la población r u ra l hispanohablante de Nuevo México. Mostró
cómo la relación asim étrica, implícita en la manera usual de e ntre­
vistar en las ciencias sociales, chocó con las fo rm a s correctas de
hablar y de aprender de la población local y, además, cómo los a rte ­
sanos con quienes convivía poco a poco lo encauzaron hacia otras
maneras de participar y aprender. A partir de esta experiencia, expo­
ne las limitaciones inherentes a las fo rm a s tradicionales de e ntre ­
vistar en las ciencias sociales.
Finalmente, reto m am os la reflexión de Fabian (2001) acerca de
su larga experiencia en África. Al m o stra r algunos errores graves en
los cuales incurrió al re p o rta r lo que “ había c o m p re nd ido ” de una
entrevista, Fabian (2001:33-52) insiste en que los malentendidos
inevitables en el curso de las conversaciones solo se pueden corre­
gir con el tiempo, y en la medida en que se tenga mayor conocimien­
to del contexto local y del devenir histórico. Su propio trabajo lo llevó
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

a d escu brir im portantes vetas de historia local, que constituyen lo


que llama una "historiología popular", una m em oria expresada en
versiones orales y fo rm a s de representación popular, incluyendo,
por ejemplo, la obra de pintores y d ra m a tu rg os locales. Concluye
con una exhortación a to m a r en serio esta m em oria, no para in te r­
pretarla como una expresión más de la cultura popular, sino para
considerarla como un te rce r a ctor en el diálogo entre historia y
antropología, capaz de cu estionar y co nfrontar las versiones cons-
truid as desde am bas d iscip lin as académicas. Esta postura implica
a s u m ir que las tres orien ta cion es -etn olo gía, historia e historiolo-
gía- com p arte n una m is m a m atriz epistemológica, en un plano de
igualdad:

El de ser un proceso dialéctico, en sí m ism o histórico y por lo tanto con­


tingente [...]. La verdad es asunto de emancipación de la ideología
impuesta [...], no sim plem ente el resultado de confrontar los "hechos"
recolectados con parám etros transhistóricos de verificación (2001:76-84,
citando a Fabian 1996: 316).

T RA NS FOR M A R LA MIRA DA

A lo largo de este libro he sostenido que la experiencia etno grá fi­


ca, en el campo y en el archivo, debe tr a n s fo rm a r nuestras maneras
de pensar y de m ira r, incluso de ser. Este cambio no se logra s i m ­
plemente con la estancia en otra localidad, ni con las conversacio­
nes con otras personas. Depende de la calidad de nuestra experien­
cia prolongada en el campo. Requiere tam bién un trabajo constante
de e scuchar y observar, reg istra r, leer y escribir, analizar y dudar;
re to m a r la experiencia y re c o rre r num erosas veces el m ism o ciclo
de actividad. Durante este proceso, la experiencia etnográfica se
aparta de otras m an eras de realizar investigaciones. Incluso en el
archivo, la opción e tnográfica marca una form a p a rtic u la r de leer y
analizar la evidencia del presente y el pasado.
La e scritu ra etnográfica se apoya en m ú ltiple s form as de reg is­
tro, pero llevar un diario de campo es todavía la actividad central del
trabajo, pues ahí se registra la tra n s fo rm a ció n . El diario puede ser
una simple bitácora, un mapa de los encuentros y los desencuentros
NARRAR LA EXPERIENCIA

de cada día. A la vez, puede se r m ucho más: sirve para anotar, en la


relativa privacidad, las im presiones y los recuerdos del día; es nece­
sario para registrar, cuando el m om en to lo permite, los detalles no
verbales de un acontecim ien to, que no siem pre son accesibles a la
grabación. Además, en el diario se llevan anotaciones reflexivas so­
bre el proceso propio de tr a n s fo r m a r paulatinam ente las maneras
de pensar, de observar y de relacionarse con las personas de la
localidad. El diario se llena de notas que recogen, cuestionan, refu­
tan, corrigen, com ple tan cosas escritas anteriorm ente, para lo cual,
dicho sea de paso, es ú til a rm a rs e de lapiceras de varios colores,
que perm ita n luego d is tin g u ir cuándo se hicieron las anotaciones
sobre anotaciones.
Esta tarea coincide con y respalda un trabajo más difícil: el pro­
ceso del análisis cualitativo, el m om ento de interpretación y con­
frontación. A diferencia de otros enfoques, en la etnografía la in te r­
pretación se hace desde el inicio, no se deja para el final. Este es
uno de los puntos de m ayor controversia en los debates sobre su
validez y r ig o r científico, con quienes insisten en la necesidad de
m o s tra r la distribución y correlación de los datos obtenidos. El aná­
lisis cualitativo requiere un procedimiento insustituible, el trabajo
sobre los textos producidos en el campo: leer, releer y releer los
registros de campo, in te rp re ta rlo s desde varios ángulos, anotar y
ano tar sobre anotaciones, relacionar, dudar y volver a relacionar,
e scribir textos descriptivos prelim inares, rom perlos y escribirlos de
nuevo, todo ello hasta e n c o n tra r cómo encajan algunas piezas del
rompecabezas. El proceso m e n ta l no recorre un camino lógico y
pautado. Las intuiciones y las corazonadas cobran importancia. En
una trayectoria que Piasere (2002) ha llam ado "p erd ucción ",5 los
detalles vividos se van ju n ta nd o de manera irre g u la r y permiten,
finalm ente, tr a n s fo r m a r la m irada. Poco a poco, se arm an d escrip ­
ciones etnográficas, como puntos de llegada, es decir, descripciones
que no fueron evidentes al inicio.
Para a cla ra r el sentido del análisis cualitativo, Erjckson (1986) se
refiere al té rm in o en latín de qualitas, considerado como "las propie­
dades de las cosas" que estudiamos. En el análisis cualitativo, dice,
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

el etnógrafo intenta d is c e rn ir los "qué" de la investigación, encon­


trando cortes significativos en el continuo de la experiencia vivida y
presenciada. Establece categorías más finas que las ya dadas por la

5. Piasere propone este neologism o y lo explica del siguiente modo: "La perduc-
ción se configura como un conocim iento por la concatenación reticu la r irre g u la r que
reúne hecho tra s hecho sobre la base de nuevas posibilidades de ocurrencia” (Piase-
re, 2002:166, la traducción es de la autora).
teoría existente y busca mayor validez en los nexos entre los concep­
tos y los referentes empíricos; además, propone una relación pro­
funda con la teoría que respalda el estudio.
Desde esta perspectiva, adquiere peso la dialéctica entre las
categorías teóricas y las sociales, aquellas que ordenan (o desorde­
nan) la percepción y la acción social. Las categorías sociales no son
solo de "los otros", de lo "local", sino ta m bién son categorías que
usam os nosotros, en tanto m ie m b ro s de otras "localidades" con
otros "sentidos com u ne s", incluyendo el m undo académico. Reto­
m a r las categorías sociales no es sim p le m e n te un "ver desde los
ojos del nativo” , ni tam poco es a s u m ir las categorías locales como
propias sin m ayor reflexión. Al realizar el continuo ir y ve nir entre
varias m aneras de m ir a r un proceso social, se crea una tensión cuya
única salida es una tra n sfo rm a c ió n en los marcos de interpretación
y análisis que usamos. Por eso, la experiencia etnográfica modifica
p ro fundam ente las m iradas y. desde ahí, aporta al continuo diálogo
que marca el avance del conocimiento.
El trabajo de campo y el análisis cualitativo representan solo una
parte de la investigación etnográfica. La otra mitad es la elaboración
de textos etnográficos, que integren las descripciones analíticas y
ubiquen el desa rrollo conceptual dentro del campo de investigación
correspondiente. En ellos, se m ue stran las relaciones interna s y
externas que hacen inteligible una parte de la experiencia de campo
(nunca su totalidad). Estos textos permanecen, al decir de Geertz
(2000), como nuevas instancias de "conocimiento local", rep re sen ta ­
ciones ofrecidas como parte de un acervo docum ental que pretende
dar cuenta de la diversidad humana.

LA R ESP O N SA B IL ID AD DE NARRAR
NARRAR LA EXPERIENCIA

¿Qué nos autoriza a producir estos textos? ¿Qué ca rá cter tienen?


Un aspecto c e n tra l de la crítica posm oderna ha sido la creciente
conciencia de la retórica de los textos etnográficos, así como de la
autoridad que se les atribuye. Las form as institucionales de pre sen ­
ta r los productos de la etnografía están m arcadas por largos años
de inserción en los espacios académicos de los países dom inantes.
Si bien durante décadas se han buscado m aneras de m od ifica r
algunas de las marcas de esta herencia, queda aún m ucha pre ocu ­
pación por los géneros textuales de la e tn o g ra fía .6
Hace algunos años, van Maanen (1988) ofreció la siguiente tip o ­
logía:

a) P rim e ro, los relatos realistas, que se proclam an como una


"descripción verdadera", "científica", de ciertas prácticas c u l­
tu ra les observadas por el autor, in situ, quien evita hacer refe­
rencia a sí m ism o, aunque el texto comunica una "a utoridad
basada en la experiencia de quien estuvo allá". El a u to r t a m ­
bién se reserva la últim a palabra, dando la im presión de tener
una omnipotencia interpretativa, a veces fu nd am e nta da en
referencias teóricas previas. No obstante, el texto debe in c lu ir
evidencia de las categorías locales y los detalles cotidianos de
la localidad. En este tipo de relato no se expone la experiencia
de campo ni se pone en duda la validez de lo descrito.
b) Una segunda categoría son los relatos confesionales. Crecen
en popularidad, como un rechazo explícito a los textos re a lis ­
tas. Incluyen deliberadam ente al autor y describen los proble­
m as de acceso, de desconfianza y de desencuentro con las
personas de la localidad. Son relatos personalizados, escritos
desde el punto de vista del investigador, quien "confiesa" las
peripecias de sus intentos de com prender m ejor las prácticas
locales. Según sus autores, estos relatos son más naturales,
es decir no están contaminados o construidos de manera a r t i­
ficial. En realidad, comenta van Maanen, usan otros recursos
retó ricos para conseguir el efecto deseado.
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

c) El tercer tipo señalado por van Maanen consiste en los relatos


im presionistas. Son relatos con una tram a dramática d elibera­
da, que conducen al lector al desenlace de una historia y b us­
can la persuasión. Incluyen personajes concretos, en lugar de

6. Entre otros, destacan: Clifford y Marcus (1986); Geertz (1988), P olier y Rose-
berry (1989), A tkinson (1990), Reynoso (1991), van Maanen (1995), W ebster (1996).
Marcus (1998).
tipos de prácticas generalizadas. Recurren a frases, m etá fo ­
ras e imágenes elocuentes. La narración m ism a implica una
interpretación de los hechos. Se logra una transparencia que
da la im presión de m ayor a c ercam iento a "lo real". En este
caso, la representación a m enudo se apoya en recursos litera ­
rios.

Se han propuesto otras clasificaciones y se han m ultiplicado los


productos posibles de un estudio etnográfico, para in c lu ir los
medios audiovisuales. El resultado ha sido una m ayor precaución en
la selección de recursos de representació n y en el reconocimiento
de su autoría compartida. Al m argen de los crite rio s académicos,
que pueden in c lu ir desde las fo rm a lid a d e s de una tesis de grado
hasta las fo rm a s más abiertas promovidas por algunos editores,
caben m uchas versiones. Las representa ciones son productos con­
temporáneos, accesibles, en principio, a los habitantes de las locali­
dades estudiadas; por lo tanto, las personas que perm itieron nues­
tra presencia en sus com unidades pueden cu estio na r y refu ta r lo
que e scribim os o m o stra m o s . Ello ha llevado a la búsqueda de
m an eras diversas de rep re s en ta r y de c o m p a r tir el conocim iento
logrado para responder al auditorio fuera del campo académico y
corresponder, así, al hecho de que este conocim iento siem pre pro­
viene de un trabajo colectivo.
En el fondo, estas discusiones plantean la cuestión del sentido y
el derecho de la autoría etnográfica. Si los textos etnográficos tienen
tanta “ mano negra", ¿cómo es que resultan ser descripciones válidas
de la localidad? Al pensar sobre la autoría, surge de nuevo la necesi­
dad de responder a las pretensiones de verdad y de rectitud, señala­
das por Habermas. Esta duda nos asalta a todos los que intentamos
redactar una versión, sabiendo que es una entre muchas versiones
NARRAR LA EXPERIENCIA

posibles sobre lo que observamos y escuchamos en el campo.


Entre las m ú ltip le s respuestas que se han dado a p a rtir del
m o m e n to en que se nos recordó que los textos no son "ventanas
tran spa ren te s" ante m undos propios o ajenos, es posible encontrar
algunos caminos. Sin pretender que el texto etnográfico se aproxime
al literario, creo que algunas reflexiones de parte de dos escritores
pueden ayudar a sa lir del embrollo.
Uno de ellos es John Berger, quien, en un ensayo sobre la co n ­
versación (2004), co m p a rte reflexiones sobre el sentido de ser
narrador. Señala una complicidad de fondo entre su propia actividad
como e scrito r y la narración de un viejo amigo campesino, cuyos
relatos están repletos de detalles concretos y verdaderos. Concluye:
"a m bos somos historiadores de nuestro tie m p o". Si bien en el caso
del campesino, agrega Berger, la circu nscripció n com unitaria p e r­
mite que sus relatos se cifren y com partan en la lengua oral local, y
que señalen diferencias más sutiles entre las personas y los inci­
dentes (que los etnógrafos solem os reducir a nichos, mitos y ritos
tipificados), los relatos del campesino ta m bién plantean "las p re ­
guntas más abiertas y generales, que no siem pre tienen respuesta"
(2004:7).
Berger encuentra otras sim ilitu d e s entre los dos procesos de
narrar. Ambos implican, dice, "aproxim arnos a la experiencia” . Aquí,
retom o el trabajo de campo etnográfico para enfa tizar su carácter
de experiencia personal, siem pre irrepetible. N uestras estancias
prologadas nunca dan mayor acceso a la vida local que lo presencia­
do en las veredas que nos condujeron a diversos sitios, sucesos y
personas. Nos involucran en un proceso de largo aliento, una expe­
riencia en el sentido más complejo que le dio Vygotsky (1994), como
un todo indisociable con vetas biológicas, afectivas y cognitivas.
Entre lo s in g u la r de la experiencia de campo y la complejidad de
nuestro e s ta r - s e n tir- s a b e r ahí, se juega la construcción de una
narración.
Regresando a Berger:

El acto de escribir no es nada excepto aproximarse a la experiencia de la


LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

que uno escribe [...), im plica, un momento de escrutinio (cercanía) y una


capacidad de establecer conexiones (distanciamiento) [...], se aproxima y
se retira, para finalm ente encontrar el sentido (2004: 6).

Esta descripción del " ir y venir", de hecho, caracteriza el proceso


etnográfico, tanto en el campo y el archivo, como durante la produc­
ción de las representaciones textuales y gráficas.
Si lo que e scribim os tiene como referente nuestra propia expe­
riencia, es posible co m p re nd er de otra manera la acción de escribir
algo acerca de m undos propios o ajenos. En realidad, los textos
etnográficos ordenan la percepción y el conocim iento que c o n s tru i­
mos nosotros en interacción con aquellas personas que a com pa ña ­
ron el proceso de campo. No obstante, existe un riesgo en privilegiar
lo autobiográfico (como en el m odo confesional), pues esto no suele
ser lo que esperan los lectores de textos etnográficos, incluyendo a
quienes nos dieron p erm iso de convivir algún tiem po en sus m u n ­
dos. Resulta ineludible buscar un equilibrio en el relato de la expe­
riencia, sin la pretensión de h a b la r por otros, pero con la convicción
de tener algo que decir sobre lo que se aprendió entre ellos.
Aquí aparece otra disyuntiva, para lo cual es útil la lectura de un
texto de Elias Canetti (2004) que aborda "la responsabilidad de
n a r r a r ” . Detrás de su reflexión queda la afirm ación: "En verdad, na­
die puede ser escritor, n arrador, si no duda seriam ente de su dere­
cho a s e rlo ” . Canetti retoma una anécdota tal vez conocida, del
hallazgo fo rtuito de una libreta e ntre los escombros de una ciudad
bombardeada. En ese cuaderno, está escrita la frase: "si realm ente
hubiera sido un escritor, habría evitado la g u e rra ” . Canetti confiesa
que su prim era reacción fue co n sid e ra r esta frase como una "e n o r ­
me presunción", pero poco a poco aceptó la seriedad del a sum irse
responsable que com unicaba este a uto r desconocido. Proponía
escribir ante una guerra, hecha inevitable en gran parte por el "tras-
tocam iento deliberado y reiterado de muchas palabras" (no hay más
que pensar en la guerra ordenada por el presidente estadounidense
Bush para c o n fir m a r este proceso). Y agrega Canetti: "Entonces, si
las palabras son tan poderosas, tam bién, ¿por qué no podrían im p e ­
d ir la guerra?".
Algo nos debe decir esta anécdota acerca de "la responsabilidad
de e scrib ir" como parte del q ue h a ce r de la etnografía. Canetti
asum e esta responsabilidad por las palabras a pesar de reconocer
NARRAR LA EXPERIENCIA

"con profundo se n tim ie n to un fracaso absoluto", pues "solo una


porción de la experiencia (del n arra do r) fluye a su obra". Sitúa al
n arra do r frente a un m undo caótico, entre “ la m etam orfosis in e lud i­
ble" y "las m últip le s creaciones de la gente (...) que constituyen una
herencia in a go ta ble ” . La experiencia etnográfica es una expresión
de esa m eta m orfosis; nos tra n s fo rm a , transform a nuestra concien­
cia y nuestro saber, nuestro s e n tir y nuestro ser, en ese entrecruce
p articula r de encuentros con la gente de otras localidades, próximas
o lejanas. Las ¡deas de este a utor conducen a lo que también podría
ser la responsabilidad del etnógrafo ante la vida, la búsqueda de
"salidas y caminos para todos."
Resumiendo, aún siento confianza en el quehacer etnográfico,
sobre todo en el em prendido por los investigadores jóvenes, que son
m ucho más capaces de nivelar o de invertir la asimetría m oral inhe­
rente a la relación de campo. La búsqueda conjunta de las pregun­
tas que interesan tanto al investigador como a los habitantes de
cada localidad, gen eralm en te , apunta hacia afuera y hacia arriba,
hacia la comprensión de las fuerzas, los mecanismos y los procesos
que expliquen su situación de vida y hacia la invención de tácticas
(de Certeau, 1996) que apoyen su lucha cotidiana y sus m últiples
resistencias frente al poder.
Sé que es difícil e n c o n tra r los m om entos de acuerdo en que se
entrelazan los marcos de interpretación de varias personas, entre
todos los desencuentros del trabajo de campo. A la vez, confío en la
identificación con el im p ulso inherente a la humanidad de n arra r su
historia y, ante ello, la validez de a s u m ir la responsabilidad de con­
ta r una pequeña parte de la experiencia que vivimos en el campo,
aquella que más refleje la com prensión construida en común. Esta
responsabilidad nos autoriza a producir relatos que den nuevos sen­
tidos a la vida y que señalen las salidas que todos necesitamos.
Asu m ir, además, la conciencia de "la m etam orfosis ineludible"
de la experiencia colectiva nos obliga a encontrar maneras de entre­
lazar la experiencia vivida en un momento, en el campo, con el
escrutinio de la m em oria registrada en la palabra o el archivo. A la
acción de describir lo que se presenció se le suma, así, la responsa­
LA EXPERIENCIA ETNOGRÁFICA

bilidad de n a rra r cómo llegó a ser, para c o ntribu ir a la tarea pen­


diente de im a gin ar cómo podría el mundo llegar a ser de otro modo.
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