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ALMA MARITANO

EL VISITANTE

EDICIONES COLIHUE
Introducción, notas y propuestas de trabajo: Prof. NORA HALL
Tapa y composiciones fotográficas (idea y realización): PEDRO GIACAGLIA y
MARIO PERONÉ
Fotografías: MARIO PERONÉ
1ª edición/23ª reimpresión
I.S.B.N. 950-581-067-9
© Ediciones Colihue S.R.L.
Av. Díaz Vélez 5125
(1405) Buenos Aires - Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
IMPRESO EN LA ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA
PRESENTACIÓN CONFIDENCIAL
(Para uso exclusivo del lector adolescente)

Siempre me encantaron las presentaciones. No pongas esa cara. Vos y yo sabemos


que hay defectos mucho peores. Cada vez que me pienso, la imagen es calcada:
presento amigos, les busco novias a mis primos, y novios a mis amigas (la operación
era una sola, el resultado: negativo). Ya que no tuve hermanos pretendí compartir
con el mayor número de conocidos todo lo que me resultaba fascinante (gente,
discos, películas, negocios. Bueno, ¿no te lo estoy diciendo? TODO). Mi último y
apasionado descubrimiento es esta novela de Alma Maritano. Sí, tu imaginación es
brillante: quiero que la conozcas.
El asunto es muy sencillo, los dos la estábamos esperando. Yo, desde mi
adolescencia (no hablemos del tiempo que pasó). Vos —suerte que tienen algunos—
la necesitas hoy, entre las historias fantásticas de tus libros y tu vida de todos los días
con un montón de hechos que te conmueven como para pensar que son "de novela" y
desear que alguien los escriba.

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INTRODUCCIÓN

LA NOVELA JUVENIL QUE MERECIÓ EL PRIMER PREMIO

Muchas veces se ha explicado la diferencia entre novela, cuento, poesía y teatro;


sabemos también que hay distintos tipos de novela, que los autores las escriben
pensando en el lector y que los críticos las califican de acuerdo a esos lectores y las
recomiendan para niños, jóvenes y adultos; leemos con frecuencia que se hacen
concursos para elegir la mejor obra de cada género. La que presentamos ahora es una
novela juvenil que ha obtenido el primer premio de Ediciones Colihue.

Por qué novela

El género narrativo abarca distintos tipos de realización —relato, estampa, cuento,


novela—; si bien los jóvenes están más habituados al análisis de los más breves, no
debemos olvidar que la novela exige también el mismo tipo de estudio (con mayores
variantes dada su complejidad). Vamos a intentarlo a partir de El visitante.
1) El papel del narrador
Es omnisciente; lo sabe todo, penetra en la mente de sus personajes. Su ángulo de
visión se manifiesta en constante desplazamiento: Robbie en el primer capítulo;
Niqui, en el segundo. Usa la forma más corriente para esta posición, la tercera
persona.
2) El tiempo del relato
a) Tiempo de la historia narrada
La mayoría de las novelas juveniles transcurren en el pasado o en el futuro; a
menudo los jóvenes se preguntan qué testimonio literario de nuestra época recibirán
los habitantes del porvenir. Esta novela sucede hoy, las inquietudes de los personajes
son las de nuestros adolescentes, la historia reciente es compartida. Dentro de cien
años, quien conozca estas páginas conocerá también el desasosiego que provocaron
la falta de medios económicos, la guerra y el desarraigo.
b) Tiempo del discurso narrativo.
El texto sigue primordialmente el orden cronológico; no obstante podemos observar:
* Alternancias (episodios que en la historia suceden al mismo tiempo y se cuentan
alternadamente).
Ejemplo: El "tiempo" de Robbie se detiene con el primer capítulo.

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Los capítulos II y III sirven para mostrar a Niqui y a sus amigos. En el IV se unen
ambos tiempos.
* Raccontos (relatos que sirven para reconstruir momentos pertenecientes al
pasado), por ejemplo, en el Capítulo I.
3) Estructura
El discurso narrativo está organizado fundamentalmente en forma episódica, pero las
posibilidades integrativas de la novela permiten otras formas intercaladas:^*
descripciones de lugares y personas. Ejemplo: capítulo XIII (Don Juan Ibarra en
Oliveros).
* estampas (narración donde los hechos cumplen función indicial). Ejemplo:
capítulo V (Gretchen).
* cartas. Ejemplo: capítulo VII.
* diálogos. Ejemplo: capítulo VII.
* monólogo interior. Ejemplo: capítulo XI (Facundo bajo la mesa).
4) Unidades del relato
Todo relato está compuesto por funciones —unidades de contenido— que se han
clasificado así:
a) Cardinales o núcleos: son partes del discurso referidas a la acción.
Encadenándose entre sí hacen que ésta avance hacia su desenlace. Son
eminentemente dinámicas. Están expresadas por los verbos.
b) Catálisis: son acciones secundarias, complementadoras. Están expresadas en
monólogos, descripciones, reflexiones, etc. Quitadas del relato no afectan la
acción vertebral del mismo.
c) Indicios: son funciones estáticas. Consisten en detalles que contribuyen a la
comprensión del relato total. Pueden ser de carácter, de sentimientos, de atmósfera,
ideológicos, etc. Sus significados están implícitos.
d) Informantes: son datos que sitúan al lector en el tiempo y en el espacio del relato,
son inmediatamente significantes.
La secuencia es una sucesión lógica de acciones cardinales unidas en forma solidaria;
una, la inicial, abre el proceso; la última, lo cierra.
«Ejemplo: La última parte del capítulo VII constituye una secuencia. Veamos las
distintas funciones:
a) Núcleos: Búsqueda - Accidente - Rescate - Regreso.
b) Catálisis: "Las dos voces, tan fresca una como gastada la otra, pero ambas alegres
y entusiastas, van y vienen por el aire de la casita, habitualmente silenciosa".
c) Indicios de personaje: en Pablo, el lenguaje utilizado es indicio de su edad, así
como la descripción que hace del animal muestra la imaginación infantil.
5) El modelo actancial
Las acciones definen al personaje o actante que las ejecuta.

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Greimas (ver Bibliografía) estableció seis actantes básicos para los personajes de la
ficción literaria; vamos a partir de los cuatro fundamentales:
a) Sujeto: El que actúa en busca de algo o de alguien.
b) Objeto: Lo buscado, sea cosa o persona, bien material o inmaterial.
c) Ayudante: El o lo que colabora con el sujeto.
d) Oponente: El o lo que trata de impedir el accionar del sujeto.
En general, el cuadro actancial no permanece constante; en El visitante, Robbie es el
SUJETO y su integración al grupo, el OBJETO; pero la función de AYUDANTE
recae unas veces en Niqui (Cap. VIII), otras en la tía Bernardina (Cap. IX). A su vez,
el OPONENTE es en el Cap. VIII Martín Righero; en el Cap. V, lo constituye el
grupo de jóvenes y en el Cap. IX, el mismo Niqui.
6) Niveles de lengua
La autora ha elaborado su mensaje utilizando diferentes niveles del código. La lengua literaria
de la narración y las descripciones se hace coloquial: "Lo hubiera llevado a éste. Con la pinta
que tiene, nos acaparábamos a todas las pibas del pueblo... Hay que ver cómo se mueren por
los de la ciudad, che... Les macaneás un poco y las tenés con vos en vivo y en directo"...
(Capítulo VIII) para mostrar indicios de la sicología de los personajes; de su edad: "—hago
tortitaz... como pelotitaz... azi... y laz pongo en el horno... como voz puzizte la torta grande... y
arriba de cada pelotita hago un agujero... así" (Capítulo XII); del ámbito: "Bueno, mire, m´hijo.
Usted debe saber que todo está muy duro en esta época... que las cosas cuestan una barbaridad,
que nada alcanza... ¿me entiende, m´hijo?" (Capítulo IX).
Novela/Cuento
Para concretar aún más el concepto de novela sería oportuna su comparación con el
cuento:
Dice el escritor uruguayo Mario Benedetti:
"el cuento es siempre especie de corte transversal efectuado en la realidad. Ese corte
puede mostrar un hecho (una peripecia física), un estado espiritual (una peripecia
anímica) o algo aparentemente estático; un rostro, una figura, un paisaje" [... ] "En la
novela la versión es total, se discriminan hechos, se los ubica inescrupulosamente en
la historia y escrupulosamente en la fantasía, se analizan los pensamientos desde
afuera y desde dentro, desde el testimonio de quien asiste a su eclosión y desde la
mente que los genera; cada peripecia, cada proceso, cada historia, tiene raíces en el
pasado, proyecciones en lo venidero, es un mero resorte que, al igual que en la vida,
se' conecta aquí y allá con otras peripecias, otros procesos, otras historias. Desde sus
orígenes la novela quiere parecerse a la vida, quiere ser vida por los cuatro costados".

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Se ha comparado al cuento con un lago de límites precisos y a la novela con un río
cuyos límites son inabarcables de una sola mirada y su curso desigual, con tramos
apacibles y tramos torrentosos, con escollos, saltos, ramificaciones, desviaciones, etc.
Por qué juvenil

La calificación de "juvenil" no responde a un criterio de edad limitada para su


lectura. La designamos así porque está pensada para los jóvenes. Sus protagonistas
son adolescentes, con sus problemas de todos los días y, sobre todo, porque quien la
escribió no piensa que los adolescentes son aquellos que "adolecen de muchas cosas
importantes, necesarias para transformarse en adultos respetables" sino que,
conociéndolos bien, sabe que exigen una obra donde se los respete y en la que se
contemplen sus gustos y necesidades.
Por qué primer premio

Un jurado representativo tuvo entre sus manos un número respetable de novelas


dedicadas al lector joven y, sin conocer el nombre de sus autores —para la mayoría
de los concursos, los escritores firman con seudónimo; una vez seleccionada la obra,
se abre el sobre donde figuran sus datos personales— puso toda su experiencia y
conocimientos para elegir las mejores.

LA AUTORA
Es santafesina, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de Rosario como
profesora en Letras.
Desde 1960 ejerció la docencia en castellano, literatura y latín.
Colaboró en diarios y revistas del país y del extranjero con comentarios
bibliográficos y obras de ficción.
Ha dictado cursillos y conferencias en diversas instituciones de Rosario, Capital
Federal y ciudades del interior sobre temas de su especialidad.
Condujo Talleres Literarios Infantiles con el auspicio de la Dirección de Cultura de
Rosario.
Dirige el Taller Literario Municipal, creado en Rosario por su iniciativa, donde una gran
cantidad de personas puede desarrollar su vocación literaria en forma totalmente gratuita.
Desde 1981 dirige su propio Taller Literario para niños, adolescentes y adultos que
comprenden, gracias a su trabajo, que la literatura puede y debe ser hecha por todos y
que ser escritor no depende de. un momento de inspiración genial sino del amor por
la literatura, el estudio y el trabajo incesantes.
Obras publicadas
I) Narrativa
a) Para adultos:
"La cara de la infidelidad" (cuentos). Nuevas Ediciones Argentinas, Buenos Aires,
1971.

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"Los ángeles solos" (cuentos). Nuevas Ediciones Argentinas, Buenos Aires, 1973.
b) Para niños:
"¿Dale que me contás un cuento?". Nuevas Ediciones Argentinas, Buenos Aires,
1972.
"Taller de barriletes", Dirección de Cultura, Rosario, 1980.
"Un globo de luz anda suelto", Plus Ultra, Buenos Aires, 1978.
"La estrellita Til", Plus Ultra, Buenos Aires, 1982.
En antologías
a) Para adultos:
"Cuadernos de Cultura". Dirección de Cultura, Rosario, 1981. "Cuentos para el
segundo nivel". Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1982.
b) Para niños:
"Antología de la literatura infantil argentina". Editorial Acmé, Colección Robin
Hood, Buenos Aires, 1983.
"Taller de lectura". Editorial La Obra, Buenos Aires, 1979, 1980. II) Teatro
a) Para adultos:
"Los platos sucios", 1967. "Una sola semilla", 1968.
"La bella durmiente se despierta", 1982 (Seleccionada para T.A.R. 82).
"Una hoja de hierba" (Walt Whitman), 1982.
b) Para niños:
"El fantasma del tranvía", 1980. "La plaza embrujada", 1980. "Ronda de siete
colores", 1981. "Mi amigo el espantapájaros", 1982.
Premios
— Mención concurso narrativa de la provincia de Buenos Aires, Municipalidad del
Partido de La Matanza, por "Cabello de Ángel" (cuentos), 1972.
— Mención concurso narrativa "Universidades Populares Argentinas" por
"Caimanes en la orilla", 1974.
— Faja de honor de la S.A.D.E. en literatura infantil por "Un globo de luz anda
suelto", 1978.

Los datos de un autor, aunque nos ayudan a conocer su trayectoria, suelen dejarnos
algunas inquietudes. Considerando necesario responder a las mías y a algunas que
eventualmente puedan surgir en el lector me dirigí, grabador en mano, al domicilio
de Alma Maritano.

ALMA MARITANO: DOS DIFICULTADES Y UNA GRAN DECISIÓN

—Una mujer que escribe, ¿tiene las mismas dificultades que el hombre?

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—Para una mujer, escribir con intención profesional, es decir, con cierta
continuidad, con la exigencia de que eso va a ser publicado y con la idea de que uno
va a ganar dinero con su trabajo es muy difícil. Mucho más difícil que siendo
hombre, porque la mujer siempre se ve obligada a enfrentar las tareas domésticas, el
cuidado y la atención de la familia y, en la mayoría de los casos, luchar contra el
problema económico que le exige tener otra actividad para aportar dinero a la casa.
—¿Cree que además la sociedad tiene prejuicios respecto a esta tarea?
—Existe el prejuicio muy arraigado de que una mujer cuando escribe lo hace por
hobbie, no porque ésa pueda ser su tarea específica, su meta, un oficio y esto
responde, tal vez, a otro prejuicio "machista" que hace que la sociedad crea que el
deber fundamental de la mujer sea el de cuidar los hijos y ocuparse de la casa.
—¿En qué momento, la gente que rodea a una escritora comprende que ésa es "su"
profesión?
—Una escritora tiene que acceder a determinado nivel, a determinada difusión, a
determinada promoción para que quienes la rodean, aun su propia familla, entiendan
que ella tiene o quiere tener como tarea fundamental la escritura.
—¿Es fácil escribir para niños y adolescentes?
—Es mucho más difícil de lo que la gente pueda suponer, por las limitaciones que
eso implica.
La literatura para adultos le permite al autor una libertad total, de lenguaje, de ideas,
etc.; su obra va a llegar a un público que se supone tiene autodeterminación para
elegir los libros que quiere leer, sabe perfectamente con qué se va a encontrar y si
esto no sucede, el riesgo y la responsabilidad son suyos. El niño y el adolescente no
suelen ser los que eligen, tampoco están preparados para hacerlo racional y
adecuadamente. Somos los adultos los que imponemos lo que creemos que deben
leer.
Otra limitación es que la literatura parte de algo esencial y es el hecho de que debe
ser formativa. No me refiero a la moraleja que no sirve para nada, que es algo falso,
algo esquemático, sino a que sus lectores están en formación y hay que atender a eso
y lograr el equilibrio entre lo que se supone que debe ser el mensaje positivo, con la
tarea fundamental de entretener y la obligación de aportar valores estéticos.
—¿Cuándo empezó a escribir para niños y adolescentes?
—Empecé a escribir para chicos cuando yo misma tuve hijos y les empecé a contar
cuentos. Lo que se inició como un juego, fue mi primer libro de cuentos para chicos.
Ya en el segundo, tomé conciencia de que no era un pasatiempo ni una gratificación
personal y sentí la obligación de aportarle mucho a quien lo leyera, me propuse
objetivos y asumí mi responsabilidad.

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—El autor, ¿debe tener condiciones especiales?
—Todo autor que escribe para niños tiene una especie de resabios infantiles como el
sentimiento de asombro frente a determinados hechos, naturales o fantásticos, y
necesita canalizar esos sentimientos. Debe sentir el gusto por la aventura y la fantasía
porque de otro modo no lo puede trasmitir.

ROBBIE, "EL VISITANTE”


El protagonista es Robbie, un personaje que resume en su gastada valija de cuero
marrón muchas de las angustias del adolescente actual:
1) El desarraigo
Diversas circunstancias sociales, económicas y culturales hacen que con demasiada
frecuencia los mayores no puedan establecerse en un sitio. Ocurre entonces que sus
hijos, aunque comprendan que el pueblo, la ciudad o el país no ofrecen a sus padres
respuestas positivas a sus inquietudes de progreso económico o desarrollo
profesional, deban resignarse a un desarraigo forzoso que trae consigo el aislamiento
y la desesperanza.
2} La necesidad de afecto
Robbie es un continuo buscador de afecto. Lo busca en su infantil manera de llamar
la atención con sus actitudes v su forma de vestir. Lo busca en los niños, únicos seres
con los que siente que es auténticamente libre. Lo encuentra después de una ardua
experiencia de convivencia con los amigos, con Nicanor, Gora (personajes de "Un
globo de luz anda suelto"), Lori, Adriana, Tamara, Lola, el Bicho, el Marciano,
Fatiga, incesantes aprendices del arte de compartir, crear y terminar de una vez por
todas con la hipocresía, que le demuestran que no es necesario ser famoso para lograr
el amor de los demás. Lo recibe también del tío Pepe y de la tía Bernardina que le
hacen ver que el mundo de los adultos no es extraño al del adolescente.
3) Los prejuicios
Las trabas que el personaje encuentra se deben, sobre todo, a los prejuicios. La obra
nos muestra que éstos no tienen edad, raza, sexo, religión ni nacionalidad. De todos
modos, no pensemos que nacen de la nada, todos tienen origen en episodios más o
menos antiguos en los que los hombres, voluntaria o involuntariamente, han
procurado la existencia de los mismos. Merecen tratamiento particular dos prejuicios
evidenciados en la novela:
a) Provincianos y porteños
Mito surgido de una dolorosa realidad con fundamentos históricos. Ya en los
comienzos de nuestra Nación el debate entre capital e interior retardó la organización
nacional (recién treinta años después de la Constitución se designa a Buenos Aires
capital de la República).

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A partir de este tiempo todo se manejó desde y por los intereses de Buenos Aires, ya
que las autoridades, porteñas o de origen provinciano, cuidadosas de sus propios
intereses, hicieron lo posible para continuar con esta dependencia. Esto originó el
desarrollo desproporcionado de una capital que concentra todo el movimiento
político, cultural y económico del país y un enorme interior de casi tres millones de
kilómetros cuadrados que mira y se subordina a esta fabulosa "cabeza de Goliath"
(como la llamó el escritor argentino E. Martínez Estrada)). En todas las épocas
existieron proyectos de llevar la capital a otro punto del país. El santafesino Alcides
Greca en su libro Una nueva capital para la Nación Argentina, propuso ubicarla en el
sur de la provincia de Córdoba y llamarla "San Martín".
Actualmente, a pesar de que los medios de comunicación han colaborado para el
acercamiento, todavía subsisten causas y efectos de la vieja polémica. Las economías
regionales dependen de Buenos Aires, lo que impide la autonomía política; el
proceso de industrialización y el asentamiento de la mayoría de las fábricas en
Buenos Aires hacen que el interior tenga necesidad de ir a trabajar a la capital; la
cultura oficial es europeizante y no contempla la integración de las culturas
regionales (los locutores que rinden examen en el ISER no pueden tener la tonada
que caracteriza a su lugar de origen).
Rosario ocupa en este marco una posición intermedia y tal vez más desfavorable
puesto que también ve a Buenos Aires como a una gran ciudad pero carece de rasgos
que la diferencien notablemente de ésta. De todas maneras, persiste atan el viejo
prejuicio de la diferencia entre provincianos y porteños a la espera de que todos,
desde cada uno de nuestros puestos, luchemos por un auténtico e integrado territorio
nacional.
b) Estados Unidos: una visión idílica
Así como el habitante del interior ve a Buenos Aires con admiración y recelo,
también se da en muchos integrantes de las capas medias de nuestra sociedad, sobre
todo en los jóvenes, un fenómeno similar con respecto a Estados Unidos.
El cine y la televisión han contribuido a formar una imagen falsa del modelo de
sociedad americana. Estos medios sobre todo, y por su extraordinaria capacidad para
captar el interés de una inmensa cantidad de espectadores, han logrado que sólo
veamos el confort y el standard de vida de ese pueblo sin conocer sus auténticas
virtudes y defectos, y tratemos de incorporar una forma de vida importada a nuestra
propia cultura nacional.
El cine europeo ha llegado a nuestro país después de la Segunda Guerra Mundial;
recién en la década del 60 tuvieron auge las películas francesas e italianas. Muy poco
sabemos aún del cine latinoamericano.

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Paralelamente, la falta de una base industrial y económica suficientemente
desarrollada ha frenado el crecimiento de un auténtico cine nacional, cuya
postergación es uno más de los factores de la colonización cultural que Estados
Unidos ha ejercido y ejerce aún sobre nosotros, logrando así que muchos de nuestros
estudiantes sepan más acerca de la conquista del oeste y de la guerra de secesión que
de nuestra propia historia; que muchas guerras hayan sido justificadas porque los
"muchachitos" que las interpretaban eran altos, rubios, de ojos azules y se
enamoraban de japonesas o vietnamitas ignorantes y exóticas; que nos impongan
ropa, discos, golosinas, bebidas, no por su calidad, sino porque sus nombres están
escritos en el idioma de un país cuya idiosincrasia nada tiene que ver con la nuestra y
que muchos de nuestros trabajadores y profesionales piensen que la única salida para
su progreso económico sea emigrar al país que le ofrece la concretización de un
sueño elaborado en base a celuloide, a cambio de su desarraigo y de los
conocimientos adquiridos gracias al esfuerzo de sus compatriotas.
No quiero cansarte. ¿O ya lo hice? Claro, si no te dejo leer la obra. Pero... ¿es que
acaso no te dije al principio que-me encantaban las presentaciones?

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AGRADECIMIENTO

No estoy demasiado segura de ser única autora de esta novela. Me inquieta la


sospecha de haberla descubierto archivada en los rincones más diversos esperando,
simplemente, que alguien la concretara en escritura. ¿Cómo, si no, Robbie, o Martín,
o tía Bernardina? ¿Cómo el Bicho o el Marciano? ¿Cómo Gretchen y la plaza
Pringles, el Boulevard y sus palmeras, o el roble de Guernica? ¿Cómo don Juan
Ibarra o el Rey Alfonso? ¿Cómo los árboles y el río?
Por eso intuyo que no soy yo, sino mi ciudad de adopción, mis hijos, sus amigos y
mis amigos. ¿Cómo no agradecer, entonces, a quienes participaron en la gestación de
un relato al que después uno piensa casi suyo, hasta el punto de firmarlo con su
nombre?
Gracias, además, Angélica Gorodischer, Pedro Giacaglia, Gregorio Zeballos,
Roberto Fontanarrosa, Mario Peroné, Enrique Llopis, por haber consentido tan
generosamente en ser un poco responsables de este "visitante" que aprendió a querer
a Rosario casi tanto como nosotros lo queremos.

A.M.

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EL VISITANTE
(NOVELA)

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A mi hijo Gabriel por todo lo que de él aprendo cada día.

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INTRODUCCIÓN

Estamos en el aeropuerto de Fisherton1. El cielo está nublado y hace frío en esta


media tarde de principios de marzo.
Hoy la expectativa ante la llegada del próximo vuelo es mucho mayor que la de otros
días. Enormes cantidades de adolescentes van y vienen, excitadísimos. Tan pronto
gritan como cuchichean, se atropellan, caminan de arriba a abajo charlando, tomados
del brazo o de la mano. La mayoría ha subido a la terraza y desde allí llaman,
agitando exageradamente los brazos y dando grandes voces a los que han quedado en
el hall.
Lo han invadido todo, en realidad, ni más ni menos que una plaga de langostas. Si
uno se acerca a las puertas vidrieras que limitan el hall con el campo de aterrizaje,
puede codearse con varios periodistas, excitadísimos también, con sus libretas listas
y sus cámaras colgando del hombro. El murmullo y el vocerío crecen, se agigantan, a
medida que pasan los minutos. ¿Podrán soportarse semejante tensión, semejante
barullo?
De pronto una voz profunda y potente se escucha por los altavoces: "Atención, por
favor... Avión vuelo número ocho, de Aerolíneas Argentinas, a punto de aterrizar.
Despejen pista de aterrizaje. Avión vuelo número ocho, procedente de Buenos Aires,
a punto de aterrizar. Atención. .. vuelo número...".
Se hace un súbito silencio. Inmediatamente, corridas, tropezones, pasos que bajan
veloces las escaleras que llevan a la terraza, pasos que las suben, gritos histéricos
parecidos al llanto.
"¡Allá... allá!" "¡Ahí está!" "¡Es aquél!" "¡No, es aquél!" El avión ha girado, enfila
hacia la pista. Desciende... desciende suavemente, pesadamente... Toca tierra por fin.
El silencio es ahora tenso como la cuerda de un violín, o como la nota más alta de
una trompeta. Pero es la falsa calma que suele preceder a las tempestades. Poco a
poco se vuelve densa, insoportable. El avión se ha detenido.
Tras un instante que parece un siglo se abre la portezuela y alguien arrima una
escalerilla. Entonces todo estalla. El aeropuerto se viene abajo.

1 Aeropuerto de la dudad de Rosario. Ubicado en el barrio de Fisherton.

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Alguien acaba de aparecer en lo alto, sonriente, luminoso. No levanta los brazos
para saludar, no baja en seguida los escalones. Simplemente sonríe y mira
sorprendido, casi como asustado. Luego de un momento apoya el pie en un escalón,
luego en otro y en otro. ¡Ya está!
Los vítores y los aplausos suenan como locos redobles de tambor, como una orquesta
gigantesca. ¡Ya acabó de bajar por la escalerilla, ya empezó a caminar, ya se acerca!
Los flashes se suceden, relampagueando en la tarde neblinosa.
El rostro sonriente, casi de niño, los ojos pícaros, un mechón sobre un ojo. Una
simple campera, unos vaqueros, unas zapatillas blancas. Le acercan un micrófono,
varios micrófonos de otros tantos grabadores. Los periodistas corren tras él, lo
asedian a preguntas. Él responde con increíble calma, con su constante sonrisa cálida,
sin dejar de avanzar, deteniéndose sólo por breves momentos. Cada vez que mira
hacia arriba crecen los aullidos como fuegos artificiales. ÉL acentúa la sonrisa. Está
pálido, se le nota el cansancio. ¿O será siempre así? Muchos han volado abajo,
sienten que se les escapa, hay que verlo de cerca, hay que poder verlo más de cerca
todavía. Los rostros de chicos y chicas brillan como manzanas que revientan de
maduras. Las cabelleras están más alborotadas que nunca. ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Un
autógrafo, por favor un autógrafo! Él no saca siquiera las manos de los bolsillos de la
campera. Sabe que es inútil, que no podría, que el alboroto sería demasiado grande.
En cambio los mira y sonríe, sonríe... Ya ha transpuesto el hall, ya alcanza la salida,
ya se acerca al automóvil que sin duda, está allí para esperarlo. ¡Adiós, adiós! ¡Hasta
luego! Una última sonrisa, un brazo alzado con una mano abierta en fraternal saludo,
una cabeza que se agacha, un automóvil que se pone en marcha y luego... nada.
Un silencio cargado de frustración y nostalgia lo envuelve todo. Aquellos que han
podido tocarlo, acariciarlo, estrecharle una mano, miran a los demás con
superioridad. Las caritas siguen contemplando, sin esperanza, el auto que ya dobló,
enfilando hacia la ruta. Ahora sí, todo ha terminado.
¿Terminado?
Contra la puerta vidriera, del lado de afuera, apartado del tumulto y mirando sin
ansiedad alrededor, como si nada le importara demasiado, está apoyado un
muchachito alto, de un rostro tan singular como hermoso. Viste una remera de color
violeta, con extraños dibujos, un chaleco tejido con lana virgen de varios colores y
forrado de piel de corderito, vaquero y botas. Lleva el pelo castaño rizado bastante
largo y del cuello cuelga, un cordón con algo que parece un colmillo de marfil. De
vez en cuanto mira el reloj sin impaciencia, más bien con desgano. En una muñeca
puede verse una pulsera hecha con cintas multicolores trenzadas. Pareciera que
espera a alguien. Pero nadie llega.

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El aeropuerto va quedando vacío, como las tribunas de una inmensa cancha después
de un partido.
El frío se hace sentir cada vez más a medida que avanza la tarde. Pero el muchachito
no parece sufrirlo. Sigue recostado contra la pared de vidrio, con un pie apoyado
hacia atrás.
Junto al otro hay una vieja valija, no muy grande, de cuero, con algunas etiquetas
pegadas.
Los últimos adolescentes se han ido hace rato ya, los últimos automóviles han
partido. Finalmente, siempre con desgano, el muchachito se decide. Toma su valija y
empieza a caminar despacio hacia la ruta. Sin duda tomará algún ómnibus. Va
tarareando bajito una canción de letra un tanto extraña:
"yo no quiero volverme tan loco... yo no quiero vestirme de rojo..."2
¿Podrá tomar un ómnibus a esta hora? ¿Por qué no habrá venido nadie a esperarlo?
¿Hacia dónde tendrá que ir, después que baje del ómnibus? ¿No habrá podido
comunicarse, su padre?
Y después de todo, ¿por qué iba a venir? ¿El es Joan Manuel Serrat,3 acaso?

2 Canción del autor argentino Charly García.


3 Cantautor español de gran éxito en nuestro país.

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Nota: Imagen con el siguiente epígrafe: Original del dibujo de Pedro Giacaglia
utilizado en la composición de las fotografías que ilustran este texto.

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CAPÍTULO I

—Te tomás el primer avión —le había dicho su padre— y te vas a Rosario. Llevás
dos cartas, por las dudas. Estoy seguro de que Calvo no va a negarse, al contrario.
Además, está en excelente posición social y económica. Pero uno nunca sabe, la
gente suele ser tan rencorosa... Para mí aquello está pasado y pisado, pero para él, no
sé... Bueno, por cualquier cosa, donde estoy seguro de que no vas a tener problemas
es en lo de mi antiguo compañero de Facultad, el Dr. Ricchiardo. Es un tipo
macanudo, un prestigioso médico rosarino, además. Te confío a cualquiera de los dos
con la misma tranquilidad. El único problema podría ser que tu tío Calvo... en fin...
Si no es uno será otro. Anda tranquilo que voy a hablar por teléfono con mi hermana,
de modo que puedan ir a esperarte al aeropuerto. Lleva lo imprescindible. Los libros
te los mando por encomienda, sí, y todo lo que sea necesario. Lo que tenés que hacer
es escribirme enseguida a Norteamérica para contarme cómo te fue. Créeme, hijo, no
puedo, no podemos hacer otra cosa. Esta beca es demasiado importante para mí. Lo
entendés ¿no?
—Sí, papá.
—Allá tenés una prima que debe tener más o menos tu misma edad, creo. Seguro que
te harás de amigos enseguida en el Colegio y que lo pasarás muy bien. Me alegro,
por un lado, de que conozcas Rosario. En una de ésas te da por seguir medicina,
como yo, y estudias en la misma Facultad en la que me recibí.
—No creo...
—Bueno, digo... ¿sabes que tiene los mejores profesores del país? En Estados Unidos
mostrar el diploma de la Facultad de Medicina de Rosario es una garantía...
—Bueno, papá, me voy...
El padre hubiese querido prolongar un rato más la charla. Era la primera vez que se
separaban y no obstante no haber podido disponer nunca de muchos ratos libres para
su hijo, lo amaba profundamente. Sólo que su carrera no le había dejado demasiado
tiempo para aprender a demostrárselo.

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De modo que ahora estaban los dos frente a frente, sin saber muy bien qué hacer. El
Dr. Mc Donnell intuyó que era inútil intentar palabras. Además, no tenían tampoco la
costumbre del diálogo. Por una fracción de segundo se vio reflejado en su hijo como
si estuviese delante del espejo. Su misma estatura, sus mismos ojos, su misma
arrogancia. Ese aspecto entre desvalido y prepotente que seguramente tuvo él a su
misma edad, cuando el orgullo no le permitía demostrar qué dolor y trabajo le
costaba atravesar la adolescencia, estudiar y trabajar al mismo tiempo y sufrir
además el tironeo espantoso de la mala relación entre los padres. Había tenido que
armarse a la fuerza, para aguantar los flechazos. No soportaba que nadie le tuviera
lástima y por eso se fabricó una coraza casi impenetrable, altiva y dura, que le valió
ser marginado muchas veces y perder algunos amigos muy queridos. Algo de eso
había habido con Calvo, su cuñado. Y ahora estaba otra vez allí y de golpe sintió una
oleada de lástima por él y por su hijo, una oleada que se le atravesó en la garganta.
—Sí, Robbie, es lo mejor.
Y como pidiéndose mutuamente disculpas por aflojar, se habían abrazado
ocultándose los rostros.
El ómnibus se va acercando al centro. Robbie siente frío. Aprieta las rodillas, encoge
los hombros y hunde las manos en los bolsillos del vaquero. Han ido encendiéndose
las primeras luces, pero igual la ciudad parece triste y oscura, comparada con Buenos
Aires Ningún edificio que llame la atención, las casas todas chatas, todas iguales. Su
mano derecha palpa los dos sobres que guarda en el fondo del bolsillo. ¿Por qué no
habrán ido a buscarlo? ¿No habrán querido, o su padre no habrá podido
comunicarse? Y bueno, después de todo, mejor, ¿por qué tener que atarse a la
parentela? Además, estaba ese otro, el tutor. ¿Cómo sería? Tutor sonaba algo así
como un tipo blando, que se ocupa un poco, como para cumplir, pero no demasiado.
No muy severo, ni estricto, ni nada de eso. No como su padre, por lo pronto. Su
padre era el ser perfecto, o que se creía perfecto y que pretendía que todos fuesen
como él. Uf, Robbie estaba demasiado cansado de todo eso, de marchar como un
soldado. "La disciplina, lo fundamental es la disciplina. Todo se consigue con
disciplina". Y en su caso, en el del Dr. Mc Donnell ésa era la verdad. Toda una
disciplina de ancestros puritanos irlandeses metida en la sangre. Ahora había
conseguido esa importantísima beca para el Estado de Wisconsin.

34
Con disciplina, seguro, quién lo duda. Disciplina, esfuerzo, estudio y
responsabilidad practicados durante más de veinte años en el Hospital de Niños de la
Capital. ¿Qué hubiesen hecho de vivir su madre? ¿Hubiesen marchado todos a
Norteamérica? ¡Qué hubiese dado él por irse ahora con su padre y conocer aquel país
inmenso, rico, poderoso! El país de Mark Twain4 y de Hemingway,5 y el país de
Bradbury,6 ¡oh, Bradbury!, el país de Spielberg,7 del fabuloso Hollywood,8 el país
desde donde partieron los primeros hombres a la Luna. Pero no era posible, claro. Sin
haber terminado el secundario, con un tercer año que debía repetir por haberse
quedado libre, qué podría hacer allá. Su padre tenía razón, estaría demasiado ocupado
con sus nuevas investigaciones como para ubicarlo convenientemente. Y sus escasos
dieciséis años andarían perdidos, desorientados. Él lo comprendía. Si viviera su
madre...
Ella había sido tan diferente... Nunca exigió que los demás fuesen como ella quería.
Ni tampoco que hiciesen lo que a ella le gustaba. No. Simplemente, aceptaba a todos,
como eran, sin pretender, sin exigir. Tan hermosa, su madre, con aquellos ojos
negros y los cabellos negros también, como buena descendiente de españoles,
enmarcando la piel blanquísima. Qué blanca, qué pálida a partir de esa enfermedad
que empezó cuando él estaba en segundo todavía. Y después, en octubre del año
siguiente...
No había podido soportar las clases. Se escapaba antes del timbre de entrada y se iba
a vagar por las plazas, llegaba hasta el Zoológico, se sentaba en un banco del
Botánico, en mañanas frías y destempladas a veces, en las que sentía su pena más
intensa todavía, como un dolor físico, como un hueco gris y helado en el que él
estuviese metido. Otras veces había sol y el aire estaba templado y las madres
paseaban con sus hijitos y él se sentía más solo, más triste que nunca.

4 Seudónimo del escritor norteamericano Samuel L. Clements (1835-1910). Autor de Aventuras


de Tom Sawyer, El príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo. Aventuras de Huck
Finn, etc.
5 Ernest Hemingway (1898-1961). Entre sus obras figuran Adiós a las armas, El viejo y el mar, Por
quién doblan las campanas. Fue Premio Nobel de Literatura en 1954.
6 Ray Bradbury. Escritor de ciencia ficción nacido en 1920. Autor de Crónicas murcianas,
Farenheit 451, etc.
7 Famoso director cinematográfico norteamericano contemporáneo. Dirigió Tiburón, Encuentros
cercanos del tercer tipo, E.T. (El Extraterrestre).
8 Suburbio de la ciudad de Los Ángeles, en los Estados Unidos. Es uno de los centros de producción
cinematográfica más importantes del mundo.

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Finalmente, en el Colegio quedó libre. Cuando su padre se enteró, se mostró tan
sorprendido y disgustado como si le hubiesen dicho que él era un asesino. ¡Qué
duros castigos le había impuesto! Semanas enteras encerrado en su cuarto, sin
siquiera poder hablar por teléfono con alguien. Menos mal que siempre tenía sus
libros a mano. ¿Qué sería de él sin sus libros?
Y ahora, Rosario. Robbie piensa que éste debe de ser el centro ya. Hay edificios
altos, se ven hoteles importantes.
—Disculpe, señora ¿me podría decir si ya estamos en el centro?
La señora lo mira sorprendida. No es común tanta amabilidad en un adolescente, hoy,
a decir verdad. Además, qué cara, qué ojos extraordinarios.
—Sí, claro, éste ya es el centro.
—Gracias.
Convendría bajar. Mira su reloj: las diecinueve y veinte. Se levanta, siente que
muchos lo observan con curiosidad. Eso le gusta, en el fondo. Le gusta que lo miren,
que llame la atención su vestimenta. A veces, cuando se compra algo, piensa primero
si llamará bastante la atención. Busca su valija, que ha dejado adelante, junto al
conductor y desciende en la siguiente esquina. Para aquel lado hay más luces.
Camina casi una cuadra. Allí hay un bar, parece. Sí, seguro podrá tomar algo
caliente.
Entra. Avanza entre nubes de humo y un cadencioso samba interpretado por
Toquinho. Aquí no lo miran' mucho. Busca una mesita apartada y pide un cortado
doble y un sandwich caliente. Mientras el mozo va en busca del pedido, él saca los
sobres del bolsillo. Abre uno, saca una carta y le echa un vistazo. Después la vuelve a
meter, piensa unos segundos con los ojos fijos adelante y finalmente se decide: la
estruja formando un bollo y la tira debajo de la mesa. Mira la dirección del otro:
Entre Ríos 432. En eso llega el mozo con el pedido.
—Mozo, por favor —la voz de Robbie suena seca y autoritaria, aunque sumamente
cortés— ¿podría decirme qué puedo tomar para ir a Entre Ríos 432?
—Bueno... no tiene necesidad de tomar nada... —el mozo iba a tutearlo, pero algo
había en los ojos del chico que se lo impidió. —Estamos en Entre Ríos y Santa Fe...
De manera que tomando por ésta, derecho, llega hasta el 432. Son unas cuatro
cuadras nada más...
—Bien, muchas gracias...
Robbie se pone de pie, paga dejando una generosa propina, toma su valija, avanza
hacia la salida y enfrenta al aire puro y frío de la noche. Bajo la mesa del bar queda la
carta. Una carta que nunca habría de llegar a su destino.

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CAPÍTULO II

Niqui está recostado sobre su cama-cucheta. El pelo alborotado sobre los ojos, las
manos cruzadas detrás de la nuca. Mira, sin ver, el poster que adorna la pared de
enfrente. En realidad el que lo mira a él es el caballo negro, los ojos como en relieve
reluciendo entre las crines, sobre la mancha blanca de la frente. Sí, el caballo es el
que lo mira. Y tal vez piensa. ¿Qué pensará el caballo desde esa imagen suya tan fija,
recortada sobre un cielo celeste de pura primavera?
¿O es Niqui el que piensa? ¿Piensa? Son imágenes inconexas las que están pasando
por detrás de sus ojos inmóviles. Imágenes que van sucediéndose como dispositivos
de un viaje. Imágenes y también música. Como música de fondo. Calles, cuerpos,
rostros, fragmentos de frases, algunos gestos. Y también un cosquilleo en las piernas,
en el vientre. Pero él no se da cuenta casi del cosquilleo. O, en todo caso, el
cosquilleo está tan mezclado a las imágenes, que todo se junta produciendo en Niqui
un estado particular de excitación y abulia al mismo tiempo. No se movería por nada
del mundo. Sin embargo, tiene los brazos casi acalambrados. Pero no se movería. Si
se mueve, perderá todo eso que tiene atrapado en su cerebro como un paisaje único y
extraño. Como una película. Si se mueve, la película desaparecerá.
Por la ventana, a su derecha, entra el sol tibio de este mediodía de marzo. Esta
mañana, antes de abrir los ojos, recordó como un relámpago: ¡Había cumplido quince
años! Un dolorcito. Un pellizco en el pecho, hizo que se despertara de golpe. ¡Quince
años! ¡Cuánto había esperado los quince! "Ya vas a ver, cuando tengas quince..."
"Ahora no, cuando tengas quince ..." "¡Eh! ¿Pensás que tenés quince?"... Y bueno, ya
estaba. Se había sentado en la cama, había cruzado los brazos detrás de la nuca y así
había quedado, inmóvil, con los ojos fijos en el caballo del poster, "su" caballo, ése
que su mamá había comprado porque era igual al que su abuelo tenía en el campo.
Ese caballo, el del campo, desde hoy sería suyo. Su abuelo le había dicho: "Cuando
cumpla los quince, si usted sigue tan buen nieto como hasta ahora, el Pataqueno será
suyo"... ¡Suyo el Pataqueno! Ahora sí daría gusto cuidarlo, cepillarlo, darle de comer,
galopar, y galopar desde Oliveros hasta Timbúes,9 con todo el campo para él sólo,
con el río allá abajo, esperándolo, lleno de sombra y frescura...

9 Poblaciones de la provincia de Santa Fe. Ubicadas a orillas del río Carcarañá.

37
Pero a fuerza de mirar el poster, la imagen del caballo fue esfumándose para dar
paso a otra, tan diferente sin embargo, tan hermosa y tan diferente. ¿Hermosa? ¿Era
hermosa Cristina? Niqui, en este momento, no se lo está preguntando. Simplemente,
siguen pasando las imágenes. Las manos de Cristina, por ejemplo. Manitos blancas,
de uñas pequeñitas y siempre roídas hasta la misma carne. Manitos desnudas, en
constante movimiento, aferradas con fuerza a la birome, buscando ágiles los temas en
los libros, arrojando la pelota al cesto con increíble puntería, quitando a veces con
fastidio el pelo que caía sobre los ojos... Cristina y sus manos. Esas manos eran
Cristina. Lo demás no importaba demasiado. Tal vez, en todo caso, aquella forma
rápida que tenía de girar la cabeza cuando la nombraban, tal vez su cuerpito esbelto
bailando frente a él, la noche anterior, en su fiesta de cumpleaños.
"Mira, Niqui", le había dicho la madre unos días antes, con cierta tristeza, "las cosas
no están como para invitar otra vez a todo el curso, vos viste, está todo tan caro, por
poco que hagamos... Qué te parece si invitas a tres o cuatro chicas y chicos, los más
amigos, no sé, siete u ocho en total y toman un chocolate, ahora que hace frío, con
una rica torta y ya está, ¿en? El año que viene para los dieciséis en todo caso..." Sí.
Claro, entendía. ¿Cómo no iba a entender si de lo único que se hablaba en todos
lados, de un tiempo a esta parte, era de eso, de que las cosas estaban cada día más
caras? Y no solamente en su casa. En la escuela también. "Chicos, no les doy texto
nuevo porque todos están muy caros. Compren usados o si no nos arreglaremos con
apuntes..." Casi todos los profesores habían dicho lo mismo.
El caballo del poster ve cómo la ancha boca de Niqui insinúa una suave sonrisa. Inés
era quien lo había organizado todo, en realidad, y el cumpleaños había resultado un
éxito; habían jugado y bailado y se habían divertido como locos. Bárbara, realmente,
Inés... Uno nunca se aburría con ella, hasta sabía jugar al pool y les ganaba a todos.
Como en el cumple de Aníbal, cuando estrenaron el que la mamá le había regalado
cuando cumplió los catorce. Había de todo, jugos y gaseosas, sándwiches, salchichas,
todo servido en el jardín. Después habían jugado a la pelota, habían bailado hasta
cansarse y por último la sorpresa del pool, cuando se hizo de noche y pasaron al
living.

38
Qué suerte, Aníbal, él sí que no tenía problemas de plata...
El sol ha ido formando un rectángulo perfecto sobre la alfombrita del altillo. Debe de
ser tarde, pero Niqui cada vez tiene menos ganas de moverse, los ojos se le han ido
entrecerrando. Los llamaría al Ratón, al Bicho, a Fatiga y al Marciano para saber qué
piensan hacer a la tarde. Sería lindo un picado después de almorzar, en el Parque
Urquiza. Pero se está tan bien así... Los brazos han terminado por acalambrarse y
Niqui los deja caer a los costados, sobre la colcha. Después de todo ¿qué diferencia
hay entre los catorce y los quince? ¿Cuántos era que tenía Cristina? Catorce todavía
sí... catorce... Ella los cumpliría en noviembre... Ahora él era mayor, por fin. Y sin
embargo, la que parece mayor sigue siendo ella...
Vuelven a pasar las imágenes rápidas por detrás de los ojos semicerrados. Cristina
dándole un rápido beso. "Feliz cumple, Niqui..." y echándose a reír inmediatamente.
"¡Qué viejo estás! ¿eh?" Y bueno... Ahora en todo caso tenía al Pataqueno. No todos
tenían un caballo propio. Pero, al final, ¿cuál era la diferencia entre los catorce y los
quince? Tenía ilusión, tanta expectativa ¿para esto? Vuelve a mirar el poster. Qué
suerte, los caballos, no pensar, no hacerse problema por nada... No, decididamente,
no era nada del otro mundo tener quince años. Ni especialmente lindo tampoco. A
Niqui se le cierran los ojos. El caballo desde el poster, se le queda mirando,
pensativo...
Almorzaron tarde. Mientras comían, hubo algunas bromas, como era de esperar.
—¿Y, ahora, con quince, cómo te sentís? —le preguntó su padre con suave ironía.
Niqui se mueve incómodo en la silla, sin contestar. Se siente ya un poco cansado de
ese tipo de preguntas. Le hubiese gustado, además, sentir que le hablaban en serio.
Éstas parecían preguntas de compromiso, o algo así. No percibió que su padre quería
"saber" realmente cómo se sentía, sino que le pareció que detrás de la pregunta, tan
simple sin embargo, había casi como una burla. O sin el casi. Por eso no tuvo ganas
de contestar y prefirió quedarse callado.
—Come, hijo, los canelones se enfrían —dice ahora la madre.
—Y... ahora zeguro que ze le declara a Criztina...
La mano rápidamente levantada sobre su cabeza hizo que Pablo esquivara hacia la
derecha, con tal brusquedad que volcó la botella de soda.

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—¡Miren lo que hacen! —estalla la madre— ¿Es posible que ni un solo día se pueda
comer en paz en esta casa? Niqui levántate y busca una esponja. Quiero comer
sentada alguna vez ¿no?
Los seis añitos picaros de Pablo chisporrotean en sus ojos cuando mira a su hermano.
Éste le dirige una mirada asesina mientras se levanta a buscar la esponja.
—¿Por qué tenés que meterte siempre vos, eh? —pregunta el padre entre cariñoso y
acusador, acariciando la cabecita de Pablo—. Siempre el mocosito en el medio, ¿eh?
Otra vez. Pasara lo que pasara, al que parecían dar la razón era siempre a Pablo. Lo
retaban, sí, pero de tal manera que parecía que lo estaban premiando. De pronto supo
qué tenia ganas de hacer a la tarde.
—Tengo ganas de ir al cine —dice después de un silencio, saboreando el último
bocado de budín de pan.
—Hijo, no se habla con la boca llena —reprocha la madre suavemente.
—¿Qué querés ir a ver? —pregunta el padre después de una pausa.
—"E.T.".
—"¿Ití"? —se asombra la madre— ¿Qué es eso?
—Una película de ciencia ficción.
—¿No es prohibida?
—No, si es para chicos.
—Bueno —el padre mete la mano en el bolsillo—, toma ...
Y mirándolo con una sonrisa agrega: —¿Te alcanza?
Niqui mira los quince pesos que le ofrecen. Vacila.
—Tengo la plata que me regaló anoche el tío. No hace falta que me des.
El padre lo mira fijamente. —Toma igual... Guarda lo que te dio el tío. —Bueno...
—¿Y si ez para chicoz, por qué no me Ueváz? ¡Dale! —Nosotros te vamos a llevar al
parque. Vos jugás a la pelota con papá y mamá teje ¿eh?
Hace frío. Son las 4 de la tarde, pero el sol se ha metido ya detrás de unas nubes
espesas y parece que fuera mucho más tarde. Niqui camina con ese andar suyo tan
particular, como dejando caer el cuerpo sobre cada pierna que avanza.

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Se ha levantado el cuello de la campera inflable, y siente el calorcito húmedo del
vapor de su respiración dentro de la bufanda. Debe hacer tiempo porque la película
empieza recién a las cinco menos cuarto. Es la primera vez, piensa, que va a ir solo al
cine. Siempre había ido con alguien, con los padres, con los chicos. No porque no lo
dejaran, por supuesto. Simplemente nunca se le había ocurrido. Es una estupenda
sensación, ésta de andar solo, caminando sin apuro por calle Córdoba, en medio de la
gente.
Por un lado, le parecía que todos lo miraban, como si él fuera alguien muy
importante. En otros momentos, en cambio, se sentía perdido, como ignorado por
todos. Como indefenso. Recordó que en el bolsillo todavía le quedaba un pucho de
los que le había regalado Aníbal, medio a escondidas, cuando habían subido al altillo
a buscar unos discos. Se detiene. Lo enciende. Ahora sí le parece que todos lo miran.
Se para frente al quiosco de Córdoba y Corrientes y se pone a mirar los diarios y
revistas. Hay de todo. Grandes titulares que no entiende, nombres de políticos, de
presidentes, repetida muchas veces la palabra elecciones. Entre los titulares hay uno
que también se repite mucho, •'inundación". Esto sí lo entiende y le trae muchas
imágenes de días pasados, cuando todo el mundo había empezado a hablar del
problema y por T.V. habían podido verse pueblos enteros bajo las aguas y gentes
hacinadas en galpones, en escuelas, en vagones de ferrocarril. Hay otras expresiones
en letras grandes que inquietan también y sugieren grandes complicaciones, "juicio
político", "advertencia de la Iglesia", "justicia militar"... Realmente, no entiende nada
de todo eso. Es como ver una nube oscura en un cielo todo azul, sentirla como una
amenaza pero no poder explicarla. Pasa a las revistas. Muchas mujeres en bikinis,
unos cuerpos increíbles. ¿Pero había realmente mujeres con cuerpos así? El otro día,
con los chicos, había charlado sobre los comentarios que corrían por ahí acerca de
operaciones estéticas que quitaban carnes y arrugas, otras que agregaban carne donde
no la había suficiente y cosas por el estilo. Pensando en eso, la vista de esos cuerpos
perdía mucho de su encanto. No podía dejar de pensar en algunas de las operaciones
que los chicos describían con lujo de detalles. Bueno, cuando los chicos se ponían a
contar barbaridades no los paraba nadie. De todas maneras. ¡Qué extrañas las
mujeres! Había tantas clases de mujeres, aparentemente... Con los hombres no
pasaba eso. Más o menos, a Niqui se le antojaban todos iguales. Pero ellas parecían
estar hechas de otra manera. De cualquier modo, era difícil de explicar. Tira el pucho
y sigue caminando.

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Cuando va llegando a Mitre, ve venir en sentido contrario a Martín Righero, su
compañero de curso del año anterior.
—¡Hola!
—Hola, viejo... ¿Qué tal, que andas haciendo?
—¿En qué andas, Martín?
—Nada, fenómeno ¿Y vos? ¿Siempre en la cárcel?
—... qué se le va a hacer...
Niqui se obliga a sonreír, al mismo tiempo que siente la vieja molestia mezclada a la
inevitable atracción que emana de ese muchacho, descarado, pero simpático y
entrador. Se veía a sí mismo un verdadero mocoso Guando estaban juntos. El otro lo
miraba cachadoramente, con superioridad. Lástima haber tirado el pucho.
—¿Tenés un pucho, por casualidad?
—Recién tiré el último...
Evidentemente no le creyó. Siente rabia.
—¿Qué andas haciendo ahora? ¿Pudiste pasar a otro colegio?
—Por suerte mis viejos me dejaron en paz, che. Ahora ando metido en un laburo
sensacional. Gano un kilo de guita.
—¿No extrañaste el Colegio?
—¿Estás loco? Hoy el que estudia es un boludo, viejo. Hacéme el favor... ¿No viste
cómo les va a los que tienen un título? O se van del país, o manejan un taxi, o ponen
una pizzería, o andan haciendo changas por ahí. ¿O no?
—Sí, es cierto...
—Hay que avivarse, che. Yo ya cumplí los dieciséis hace rato. ¿A qué santo querés
que le siga rezando en el Colegio? Mira, ahora, otro pibe y yo, conseguimos cosas
viejas, pero valiosas, viste y se las vendemos a esos artesanos que las arreglan y
dicen que son antigüedades, qué sé yo, las dejan una pinturita. Y sin laburar, sin
atarte a ningún horario, sacas un buen toco... Hay que avivarse, che...
—¿Y a ustedes esas cosas les salen caras?
Martín largó una risita sobradora.
—Pero no... qué van a salir... Nos las rebuscamos para que no nos cueste nada... Plata
dulce, viejo ...

42
CAPÍTULO III

Empieza el otoño. Estamos a 20 de marzo y los chicos de 2º3ª andan como


enloquecidos, alborotando su curso y otros, si pueden. Es necesario que se provean
de libros de textos y resulta que en casi todas las casas los padres andan agarrándose
la cabeza porque la plata no les alcanza para comprarlos. Hasta ahora se han
arreglado, pero pronto empiezan las primeras pruebas escritas y no podrán estudiar
como corresponde. Algunos, como Aníbal o Dolores, no tienen demasiado problema,
sus padres pueden perfectamente afrontar ese gasto. Pero lo mismo se suman,
entusiasmados, a la propuesta que surge de los dos segundos: Inés y Adriana
Ortiguera han sugerido hacer lo que se ha hecho el año anterior y lo que hacen casi
todos los colegios: revender los libros usados, intercambiar con los que se necesitan
este año y arriba sacar algo para el viaje de estudios.
Están reunidos en casa de Dolores, Inés, Lori, Niqui, Aníbal, Adriana Ortiguera,
Josefina Abdo, Fabián Luraschi y el Marciano.
El cuarto —que una vez fue para los juguetes— es en realidad una hermosa
buhardilla llena de sol, que da a la terraza. Hay una mesa enorme y todos trajinan
alrededor. Sobre la mesa hay de todo, cartulinas, libros, cintas engomadas, lápices de
colores, fibras marcadores, plasticola, papeles tipo afiche de varios colores, también
escuadras, hilo, aguja, etiquetas autoadhesivas, etc.
—¿Te parece que arreglo éste? ¿O puede pasar? —pregunta lánguida Lori, que
siempre está dispuesta ahorrarse trabajo.
—Y... si querés déjalo —opina Fabián con superioridad—, pero no pretendas
después venderlo bien...
—Estas chicas... —masculla desde su sitio Javier, el Marciano— con tal de no mover
las manos... ¡Hay... que ver!
Lori contesta con una mueca.
—¿Se han dado cuenta de que los adolescentes estamos participando nada menos que
en el proceso económico del país?
El año anterior, los demás la hubieran mirado con curiosidad y hasta recelo, como a
alguien que mostrara no andar muy bien de la cabeza. Pero a esta altura, ya todos
conocen demasiado bien las inquietudes sociales y políticas de Adriana. Salvo
Federico Romero y Alberto Nacht, por supuesto, y a veces Niqui, nadie se hace eco
de sus comentarios. De manera que, por ahora, la reflexión de Adriana cae en saco
roto.

43
—Este proyecto de la venta de libros usados me hace acordar
de mi pueblo ... —recuerda con nostalgia Inés— y del tiempo en que me decían
"Gora"
—¿Por qué? ¿Vendían nada más que libros usados en tu pueblo? —pregunta
intrigada Josefina Abdo, "la Oruga", ondulando más que nunca su alto y delgado
cuerpo.
—No, no por eso... ¿Te acordás, Niqui, de cuando jugábamos al almacén? ¿O a la
verdulería? ¿Te acordás cómo nos divertíamos? Vos "eras" Nicanor todavía ¿te
acordás?
—Cómo no me voy a acordar... —Niqui echa atrás su mechón de pelo castaño y mira
soñador por la ventana— ¡Ya lo creo que nos divertíamos!
—¡Uh! —comenta irónico el Marciano— me imagino ... —¿Qué? ¿Pensás que no?
—Gora-Inés siente que le sube la sangre a la cara— ¡Tendrías que haber vivido vos
en un pueblo y sabrías lo que es divertirse! ¡Aquí, a ustedes, de chicos, les dan todo
servido! Parques, juegos, hamacas, feria de diversiones, cine todos los días y a
cualquier hora... Y al final, ¿Qué ponen ustedes, eh? ¿Me querés decir?
—Y... las ganas... Javier sonríe con su extraña media sonrisa y ladea la cabeza como
queriendo lucir sus grandes orejas, ésas que le valieron el apodo de "Marciano".
—¡Eso! ¡Las ganas! Ustedes no tienen que molestarse en inventar nada, qué gracia.
¿Sabes las cosas que inventábamos nosotros?
—¿Qué cosas? Contá, Inés... —Dolores Calvo, la simpática y madura— "Lola" se
interesa y deja por un momento la confección de una etiqueta en la que parecía
concentradísima.
—Y... muchas cosas... Hacíamos muñequitos de barro, los dejábamos secar y
jugábamos a la familia... Hacíamos casitas de muñecas con ladrillos de verdad,
cocinábamos las comiditas juntando verdura de la quinta y calentando todo con un
fueguito a leña; juntábamos retazos que andaban dando vueltas por nuestras casas y
hacíamos hermosas muñecas de trapo con vestiditos de todos colores ...
Niqui la escucha arrobado y se une al recuerdo: —Juntábamos pedazos de vidrios y
lozas de colores y decorábamos las casitas...
—Inventábamos cuentos y los escribíamos...
—Pescábamos mojar ritas en la laguna...
—Hacíamos una carretilla voladora y nos íbamos a la Luna...
El Marciano no resiste más.
—¡Eh, che! Para la mano, viejo... Córtenla... A delirar no les gana nadie... A ver si
porque son de un pueblo son unos genios ustedes...

44
Inés y Niqui no reaccionan. Los demás, que han estado escuchando atentamente,
llevados por un momento como hacia un mundo fascinante, se sienten medio
avergonzados y todos vuelven al trabajo sin otros comentarios.
—Mira —piensa Lola en voz alta, sin dejar ahora su etiqueta— yo no me crié en un
pueblo y no jugué de esa manera, pero creo que me hubiese gustado. Debe ser muy
divertido fabricarse los propios juguetes y sentirse libres en medio de un gran espacio
verde, con laguna y todo. Ahora no más, haciendo lo que estamos haciendo, nos
divertimos ¿o no? Es mucho mejor que tener toda la plata, ir a la librería, comprar
directamente los libros y volver a casa a estudiar...
—Ahí te doy la razón ¿ves? —aprueba el Marciano melancólicamente—. Volver a la
casa a estudiar nunca puede ser muy divertido...
—Por eso digo, lo divertido es participar. ¿No les decía que estamos participando en
el proceso económico?
—"¡Proceso económico!" ¡Hay... que ver!
—Hoy empezó un alumno nuevo —dice de pronto Niqui, en un tono más bien
indiferente, como si recién se acordara.
—¡¿Nuevo?! —son dos o tres las que largaron la exclamación casi simultáneamente.
Josefina se retuerce más que nunca:
—¿Nuevo? Dale, contá... ¿Cómo es? —Adriana ha olvidado por un momento sus
inquietudes socio-económicas.
—¿De dónde viene?
—¿Es simpático?
—¿Es "Cheto"?
Todas las preguntas casi se han superpuesto y queda flotando la última que, por
supuesto, es de Lori.
—¡Eh! ¡Qué entusiasmo! —protesta Niqui— ¿Por que sea "nuevo" tiene que
llamarles tanto la atención?
—¡Ay! Es que en general, los "forasteros" son siempre interesantes... —suspira Lori
— ¿De dónde viene, Niqui? ¿Cómo no lo contaste antes?
—Es un tipo vulgar y silvestre... —murmura Fabián— creo que es porteño. No tiene
nada de particular...
Niqui levanta la cabeza y mira a Fabián, pensativo.
—Mira, no sé... Yo no diría eso... Es bastante particular...
—¡Ay! ¿Viste? ¡Yo sabía que algo especial tenía que tener! —Josefina ondula y se
restriega las manos regocijada— ¿Y qué es lo "particular"?

45
—No sé... —Niqui vacila— No sé qué tiene. Pero tiene algo...
—¿A que no lo invitaste a la plaza? —interviene Inés, también interesada— seguro
que no se les ocurrió.
—Sí, lo invitó —salta el Marciano— y para mí, no va a ir... Tiene una traza de estar
oliendo feo el porteño ése...
—¿Sí? ¿Es "tirado para atrás", che? ...
—No... no creo ... —dice Niqui— Yo diría más bien que es un tipo triste...
—¿Triste? —casi parece alegrarse Lori— ¡Ay, qué romántico!
—"¡Romántico!" Uno se da el lujo de ser antipático y te dicen "romántico". ¡Hay...
que ver!
—Lo mío ya está —interrumpe Lola satisfecha— ¿A Uds. les falta mucho?
—Hago el libro de nuevo y ya está —afirma Fabián humorísticamente.
—No se olviden —aconseja Lori, sacando un espejito y contemplando su imagen con
gran satisfacción—, quedamos con los demás en estar en la plaza Pringles10 mañana
después de almorzar.
—¿"Los demás" sería?... —pregunta con retintín la intrigante Josefina, pero Lori no
la deja terminar:
—¡Pero siempre la misma metida, vos! ¡Siempre inventando!
—¡Che! Qué susceptible... si no sabés qué iba a decir...
Lori se pone colorada y no contesta.
—¿Por qué no piensa en algo importante en lugar de pelearse? —sugiere Niqui con
su acostumbrada autoridad.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, cómo vamos a llevar todo esto, qué hacemos con los precios...
—Cómo los vamos a clasificar...
—Cómo los ordenamos...
Y se enfrascan en un apasionante intercambio de ideas que van desde orden, precios,
acarreo, hasta termos, mates y galletitas. De esa discusión enredada y profunda los
saca la mucama de la casa de Lola, que sube a avisarles que es hora de cenar.
Los chicos se desbandan en un santiamén, previa cita en la plaza Pringles, a las tres
de la tarde; para el día siguiente.

10 Plaza céntrica de la ciudad de Rosario. Se caracteriza por su feria artesanal. La Municipalidad permite a
los estudiantes ubicar puestos de compra-venta de libros usados.

46
"Los chicos se desbandan en un santiamén, previa cita en la plaza Pringles, a las tres
de la tarde..."

47
CAPÍTULO IV

El aire frío le hace lagrimear los ojos, pero él camina rápidamente, con sus largos
pasos ágiles y livianos. Se siente ansioso y preocupado, pero una vida llena de
constantes dificultades lo ha habituado a superar ciertos estados de ánimo. Sabe casi
inconscientemente, por experiencia, que si se abandona, las circunstancias se harán
más difíciles todavía. Va silbando, sin darse cuenta, el samba que cantaba Toquinho11
en el café. ¿Cómo será la casa del Dr. Ricciardo? ¿Cómo será la familia? ¿Cómo lo
recibirán? ¿Lo recibirán? Lástima haber dejado aquella otra carta tirada debajo de la
mesa. En el último de los casos... Pero no, prefería... ¿Prefería qué? Era menor, y no
podía vivir solo todavía. ¡Dios! ¡Cuándo pasaría el tiempo! ¡Y cuándo sería dueño de
su vida! Se sentía como un objeto que alguien, no se sabía nunca quién, sacaba y
ponía de un lugar a otro. Y sin embargo, era hermoso estar vivo, ser alguien que ve,
que huele, que escucha. Era bárbaro tener un cuerpo fuerte y armonioso y caminar,
simplemente y meterse adentro todo el aire frío de la noche, en esa ciudad
desconocida. Era hermoso, después de todo, no saber adonde uno dormiría después,
con quién comería, con quiénes compartiría su vida después. Todos los misterios
eran apasionantes. Aunque dolieran. Aunque uno estuviese a veces tan solo.
Robbie recuerda, de pronto. "Cuatro cuadras", había dicho el mozo. Mira la
numeración, 591, 583, 579, 565, 531, semáforo rojo. Cuánto más tranquilas las calles
en esta ciudad. Hasta la gente que va y viene no parece tan apurada, tan enloquecida.
Pasan algunos ómnibus, el "15", el "218" ¿Los tomará algún día para ir a algún lado?
Por ahora son extraños, ajenos armatostes a los que nunca ha subido y que se dirigen
a lugares remotos. Siente de pronto el casi irrefrenable impulso de subir al que está
arrancando en este momento y marchar, marchar hacia lo desconocido. A medida que
la casa del Dr. Ricciardo parece más cercana, su desazón aumenta y siente una
sensación de frío en el vientre. Semáforo verde. Los pasos de Robbie se han vuelto
más pesados, más lentos. Sube a la otra vereda. Mira la numeración, "489", "467". .
Tiene que ser en la vereda de enfrente éstos son los números impares... Robbie cruza
la calle, ahora las piernas parecen pesarle como plomo. Esta, sí, "432".

11 Famoso cantante de Brasil.

48
La fachada es imponente. Pintada de blanco, al estilo colonial, tiene enormes puertas
de hierro negro forjado y a cada lado de la puerta, ventanas bajas y anchas, también
con rejas negras.
Al lado de la puerta, una placa de bronce: "Dr. Raúl Ricciardo, Pediatra". Robbie
retrocede unos pasos y levanta la vista. La construcción continúa hacia arriba en una
especie de mirador que sobresale en forma de pulpito, sobre la puerta de entrada. A
los costados se ven ventanas más pequeñas sobre cada una de las ventanas bajas. A la
izquierda de la puerta principal una más pequeña. Qué suerte que no sea un edificio
de departamentos. Algo a favor, después de todo. Robbie hace un esfuerzo por
dominar su inquietud, se hace de coraje como quien se coloca una armadura y aprieta
el botón del timbre.
Dos días después está recostado, a medio vestir, en el diván del que ahora es "su"
cuarto. Por la ventana entran los habituales ruidos de las 3 de la tarde. El tránsito es
bastante agitado en el centro, a esa hora. Está inquieto. Fija pensativamente los
grandes ojos en las rejas negras y trata de ordenar sus ideas. ¿Habrá hecho mal en no
dirigirse primero a sus parientes, como quería su padre? Ahora vuelve a pensar en
aquella carta estrujada debajo de la mesa del bar. Pero no está arrepentido ni mucho
menos. Le ha gustado el Dr. Ricciardo. Sobre todo porque no habla más que lo
necesario y uno está cómodo. ¿Pero si su padre ya habló con los Calvo antes de irse?
¿Y si les escribe? ¿Se disgustará demasiado? Y bueno, ya estaba. ¿Se lo dirá? No
está acostumbrado a mentir. Aún sabiendo que será castigado, siempre dice las cosas
como suceden en realidad. Se sentiría disminuido si mintiera, casi como un ser
inferior. Además, no lo han habituado precisamente a la cobardía. Pero su padre
recién estará ordenando su nueva vida allá, tan lejos. ¿Cómo causarle desde el
principio un disgusto, una preocupación? ¿Qué hacer? Además, tío "Pepe" como él lo
llamó siempre, le enviará sus cosas a la dirección de los Calvo, seguramente. Debe
escribirle sin demorar un minuto.
Robbie pega un salto y se sienta al escritorio que está junto al diván. Allí tiene ya sus
lapiceras y blocks, esperando para ser utilizados en el Colegio. Toma dos hojas en
blanco y velozmente, febrilmente, se pone a escribir.

49
"Robbie cruza la calle, ahora las piernas parecen pesarle como plomo. Esta, sí,
'432'..."

50
"Rosario, 17 de marzo. Querido tío Pepe:

Creo que estoy a tiempo para hacerte unas líneas. Antes de irse papá me dijo que te
encargarías de mandarme mis cosas. Quiero avisarte que ha habido algunos
problemas con la familia de los Calvo y por eso me he instalado en casa del Dr.
Ricciardo. Aquí debés mandar la encomienda, es decir, los libros, algo de ropa, sobre
todo de abrigo. Empieza a hacer fresco. Voy a pedirte otro gran favor: mandale unas
letras a papá lo más pronto que puedas y decíle que estoy muy bien, muy cómodo y
que he sido muy bien recibido. Estoy muy cerca del Colegio, además. Con un
ómnibus llego en cinco minutos, es increíble lo cortas que son las distancias aquí en
Rosario. El Dr. Ricciardo vive en Entre Ríos 432 (toma bien la dirección), un lugar
muy agradable, cerca de los cines y de los lugares más importantes del centro. Estoy
enloquecido con los trámites del Colegio y no me queda demasiado tiempo para
escribir. Por eso a Papá le escribiré más adelante. Mi tutor me ha inscripto ya, fue
todo muy rápido y fácil. Ayer jueves empecé las clases. Ya te contaré. No olvides
darle a papá mi dirección. Gracias por todo. Te abraza,
Robbie."

Dobla rápidamente la hoja, la mete en un sobre y estampa la dirección con su letra


pequeña, de rasgos agudos. Bueno, un problema resuelto. Busca una remera, se la
echa sobre los hombros, mete algo de dinero en el bolsillo del vaquero y sale de la
habitación. Al bajar la escalera que lleva al living se cruza con el Dr. Ricciardo:
—Hola, te hacía durmiendo la siesta...
—Nunca duermo la siesta.
—¿Vas a salir?
—Tengo que echar esta carta.
—Bueno, yo precisamente voy a abrir el consultorio. ¿Sabes para dónde queda el
correo?
—No, no tengo ni idea.
—Mirá, hay una estafeta por aquí cerca, pero si querés dar un paseíto y de paso
conocer un poco el centro, anda derecho por Entre Ríos hasta Córdoba. Ésa es la
peatonal principal. Bajas derecho por Córdoba hacia el este y al final, cerca del río, te
vas a topar con el Correo Central. Por allí vas a ver la Catedral, el edificio de la
Municipalidad... ¿Necesitas dinero?
—No, gracias.

51
—Bueno, hijo, disfruta del paseo. En lo posible no demores mucho, ¿sabes? No más
de las siete, te diría. Estaría intranquilo si se hace de noche y no has vuelto, porque
todavía no conoces bien esto. Y como no estoy habituado a esperar a nadie... ¿De
acuerdo?...
—De acuerdo. Hasta luego.
—Hasta luego, hijo, hasta luego. ¡Ah! Y no pierdas la llave...
Robbie sonríe sin responder. Termina de bajar la ancha escalera de mármol, atraviesa
la puerta cancel y luego, por fin, la puerta de calle. El Dr. Ricciardo lo sigue con la
vista y queda pensativo todavía un rato después que el chico ha salido. Roberto Me
Donnell... Qué de vueltas, la vida... Era ver y escuchar otra vez a aquel otro arrogante
Roberto Me Donnell, hosco y solitario, de quien se enamoraban todas las chicas sin
que él moviera un dedo para que eso sucediera. Altivo hasta la insolencia y sin
embargo tan leal, tan derecho, tan de una pieza... Era imposible no respetarlo. Y
ahora, su hijo en su propia casa. Qué extraño le hubiese parecido el chico, qué difícil
tal vez, de no haber conocido tanto al padre. Cuántos choques había tenido todos los
de la barra con él. Calvo, particularmente, que después resultó su cuñado... Ricciardo
mismo no había podido quedar resentido mucho tiempo con Roberto. Aguantaba sus
agresiones, las olvidaba porque lo quería de verdad. Finalmente no sólo se habían
convertido en verdaderos amigos, sino que cuando Roberto se fue a Buenos Aires
para hacer allá su residencia, sintió que perdía a un hermano. Y ahora, Roberto
necesitaba de él y le pedía que fuera el tutor de su hijo... El Dr. Ricciardo siente
como si la vida acabara de hacerle un invalorable regalo. Un hijo, a esta altura de sus
estériles hábitos de solterón... "Es un chico difícil, Raúl: hijo único, sin madre y con
un padre que no puede ocuparse demasiado de él. No es fácil lo que te pido y no me
resentiría si te negaras"... ¿Negarse? Pero si nunca se había sentido más feliz, más
plenamente feliz... ¿Difícil? Tal vez, de no haber conocido a Roberto. Ahora, los
años y su experiencia como pediatra lo habían cambiado mucho y sabría cómo
aprovechar aquel conocimiento. ¿Difícil? No, no piensa que sea "difícil". Él sabría
manejar al altivo muchachito... El Dr. Ricciardo sonríe bajo sus grandes bigotes...
Termina a su vez de bajar la escalera y penetra en su consultorio. Ya debe de haber
gente esperando. Hoy el Dr. Ricciardo abre la puerta a su primer paciente con una
alegría nueva. Un sonriente rayo de sol se ha instalado sobre los sillones y el
consultorio parece recién pintado.

52
-Buenas tardes, señora…¿Cómo está? Qué hermosa tarde tenemos ¿no? ¡Hola,
Rodrigo! Contáme ¿qué te anda pasando?

“17 de Marzo
“Querido Pepe:
Hace apenas un día que estoy en Wisconsin y ni siquiera he terminado de instalarme.
Pero no quiero que pase un día más sin escribirte. Yo te pedí que no fueras a
despedirme al aeropuerto, sabés que odio las despedidas, y por eso quedó algo
importante sin contarte. Antes de salir, logré comunicarme con mi hermana Ruth, la
esposa de Calvo, ya sabes. Te he hablado en algún momento de l enemistad aquélla
que me obligó a estar durante tantos años sin noticias de mi hermana y de su familia.
De todos modos, pensé que en una circunstancia como ésta, todo se olvidaría y que
Robbie sería recibido allí como un hijo. Ellos no sabían nada de la muerte de
Matilde. Pensé que esta dolorosa circunstancia sería un punto más a favor del chico.
Pero no hubo caso. Mi hermana me confirmó lo que yo temí por un momento, pero
que me resistía a pensar: su marido no quiere olvidar las pasadas diferencias y
considera además un abuso de mi parte recurrir a ellos ahora. Ruth me pidió mil
disculpas, pero me rogó que entendiera que de recibir a Robbie, su marido se
disgustaría y eso podría destruir las relaciones entre ellos. Esto me entristece,
además. Tienen una hija algo menor que Robbie, Dolores, que está en segundo año
del Nacional. Pienso qué buenos compañeros podrían haber sido los dos chicos. Y
pienso, también, querido Pepe, cuánto de culpa me corresponde en todo esto. Sos la
única persona en la que puedo depositar mis problemas, y te pido que me sigas
aguantando como siempre. Ocurre que me duele pensar que Robbie ha ido allá y que
ha sido mal recibido, o no recibido en absoluto. Quisiera ocultarle, por lo menos por
ahora, esa conversación telefónica y sin embargo, creo que ya no hay remedio. Por
favor, mira cómo puedes arreglar esto. Aunque Robbie llevaba una carta para
Ricciardo –te acuerdas, mi compañero de Facultad, casi el único amigo verdadero
que me quedó en Rosario, y con seguridad éste le ha brindado su casa- quisiera estar
completamente tranquilo. En el último de los casos, Robbie deberá volver a Buenos
Aires y tú verías de colocarlo en un buen internado. Pero los dos sabemos que un
internado sería una solución extremadamente dolorosa par un chico del carácter de
Robbie.

53
Espero tu respuesta, por favor, lo más pronto que puedas. Gracias otra vez, por todo,
te abraza,
Roberto"
Pepe Ortuño se repatingó en el sillón, debajo de la lámpara. La cantidad de análisis
que habían llegado hoy al laboratorio lo habían dejado exhausto. Cuando vio los dos
sobres esperándolo sobre la mesa, se sintió compensado por el agotador trabajo del
día y se sentó a saborearlos. No había esperado que padre e hijo —su "familia"—,
como él les decía, le escribieran tan pronto. Pero ahora, esta carta de Roberto... ¿Qué
podría hacer él? Ya Robbie sabría que los Calvo no iban a recibirlo, por supuesto.
Eso, seguramente, es lo que le esperaba en la otra carta. ¡Por Dios! ¿Por qué esta
familia Me Donnell se debatiría siempre entre tantos problemas? Casi con rabia rasgó
el otro sobre y devoró el contenido. Bueno, bueno... No era todo tan grave, este
Robbie tenía temple y sabía arreglárselas muy bien, qué diablos. Sonrió con ternura.
Querido Robbie... Lástima no haber podido tenerlo con él. El único ambiente en el
que él vivía no hubiera podido permitírselo. ¿Cómo sería este Dr. Ricciardo? ¿Sabría
comprender a Robbie? ¿Comprender su temperamento orgulloso, sus humores? ¿Su
pasión por los libros, por el cine, por la música? ¿Comprender su soledad, su habitual
melancolía? ¿Su constante nostalgia de afecto? No, seguro que no... Todo eso era
comprendido únicamente por el "tío Pepe", el único que sabía estar horas caminando
con él por los barrios de Buenos Aires, horas sentados en un banco de plaza, viendo
alejarse los barcos del puerto, sin hablar una palabra, sintiéndose bien por estar
juntos, nada más. El único que había leído a Bradbury tanto como él, el único que
conocía tanto como Robbie de trucos cinematográficos, el único que había
comprendido que Robbie había llorado como una criatura con E.T., porque él
también se sentía como un ser de otro planeta, con tan pocos chicos de su edad que
tuviesen las mismas inquietudes y la misma visión del mundo que él tenía y
sintiéndose además tan maduro como cualquier adulto y otras veces tan infantil como
un chico pequeño... Debía escribir inmediatamente a Roberto, eso es lo que ahora
mismo haría. Mandaría la carta por avión y antes del fin de semana podría recibirla.
Y empezar tranquilo a dedicarse a sus investigaciones... ¡Ah, Roberto! ¡No haber
tenido yo un hijo como Robbie! No hubiese podido dejarlo ni por todas las
investigaciones del mundo... "Ha habido algunos problemas con los Calvo..." ¡Qué
concisión tan característica en él! ¿Qué le habrán dicho? ¿De qué habrán hablado? En
algún momento iba a hacerse una escapada a Rosario, Robbie debería contarle todo
esto...

54
CAPÍTULO V

Al otro día, martes 21 de marzo a las tres de la tarde, empezaron a llegar los chicos a
la plaza Pringles. El sol tibio, el aire fresco, convocados por el otoño, fueron tan
puntuales como ellos. Las innumerables palomas de la plaza empezaban a
acurrucarse unas contra otras y buscaban los claros del sol' entre las sombras que
proyectaban los árboles sobre el pedregullo y las baldosas. A esa hora la plaza está
siempre poblada de estudiantes que van a pasar la tarde trabajando sobre sus libros,
en la Biblioteca Argentina, situada en el Pasaje Aníbal Ponce12, que limita la plaza
hacia el oeste. Esto le da un tono particular, es casi como si la plaza perteneciera a la
Biblioteca, como si fuera su lugar de recreo. Además, desde hace unos meses, algo se
ha sumado al aire entre bohemio y adolescente del lugar: la feria de artesanos, que
exponen y venden los productos de su labor manual, diseminados a lo largo de los
canteros. Las antigüedades, los libros usados, las prendas confeccionadas en telas
rústicas, las fantasías de todas clases, los tapices, los típicos artículos en cuero crudo,
contribuyen a crear una atmósfera entre folklórica y europeizante y todo el centro de
Rosario se ha visto renovado con ellos. Se llevan a cabo además muchas actividades
artísticas, como espectáculos con mimos, títeres, lecturas de poemas y hasta un
conjunto musical en el que los que ejecutan los instrumentos son ancianos, o como se
les dice ahora, personas pertenecientes a la "tercera edad".
De todas maneras, la Plaza Pringles tiene desde mucho antes, una cálida y simpática
característica: una mujer, de edad indefinida, a la que sólo se conoce por el exótico
nombre de "Gretchen", alimenta a las palomas con alpiste y migas de pan. Nadie
sabe bien de dónde aparece "Gretchen", porque de pronto, como si, misteriosamente,
un hada de cuento se corporizara entre los árboles, ella está ahí, una pequeña bolsa en
su mano izquierda y el brazo derecho extendido.

12 Escritor argentino, autor de La vejez de Sarmiento, Gramática de los sentimientos, Ambición y angustia
de los adolescentes, y otras obras sobre educación, sociología y sicología. Nacido en 1890, muerto
trágicamente en 1938.

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Un suavísimo chasquido intermitente, producido por su boca, es tal vez sólo
escuchado por las decenas de palomas que, de pronto y casi tan mágicamente como
ella, se arremolinan, se amontonan, se posan sobre sus hombros, sobre el brazo
extendido, sobre la cabellera enmarañada de Gretchen, alrededor de su pies, sobre el
brazo que sostiene la bolsa. Entonces comienza un diálogo casi silencioso entre las
aves y ella, una rumorosa y dulce charla en la que tal vez se cuenten andanzas
mutuas, minúsculos incidentes, antiguas aventuras. Y una vez que han comido y
hablado lo suficiente, el círculo se deshace, se aquieta el remolino y Gretchen se
desvanece tan misteriosa como había venido. Entonces, cumplidas, satisfechas, las
palomas vuelven a ser palomas otra vez y revolotean otra vez entre las ramas como si
no hubiese pasado absolutamente nada.
En una camioneta del padre de Adriana, que vive cerca del tío de Niqui, trajeron el
tablón y los caballetes. El mismo dueño de la camioneta ayudó a armar la larga mesa
sobre la que se dispondrían los libros. Alberto Nacht había traído papel madera y él y
Francisco Romero cubrieron el tablón con las hojas y las sujetaron con chinches.
—¿Quién tiene los cartelitos?
—¿Qué cartelitos?
—Con los nombres de las materias...
—Aquí están. Vengan todas las "Historias..."
—Toma, aquí están las mías...
Y Adriana entrega una pila de libros de todos los tamaños.
—Che, mira que habías tenido "historias" vos ¿eh? y parecías una piba tan vulgar y
silvestre...
Una sacada de lengua es toda la contestación. Mientras tanto, Lori, con seductora
sonrisa, está dándole a Alberto Nacht, el "Bicho" para los varones, un libro de
Botánica y otro de Matemática.
—¿Me los podés acomodar, vos que sabes?
—Acomódaselos... vos que... "sabes"... ¿No ves que la chica no "sabe"?
—¿Por qué no haces algo en lugar de meterte en lo que no te importa?
—Pero si estoy ayudando... Alguien tiene que dirigir, ¿no ves que le estoy pidiendo
al Bicho "que te ayude"? ...
Esa tarde el Marciano, con su equipo de gimnasia y un gorrito que le deja las grandes
orejas al descubierto, parece como nunca un ser de otro planeta.

56
El retintín de sus palabras y la sonrisa ladeada parecen querer ocultar por pudor la
extraña dulzura de sus ojos acuosos.
Gustavo, alias "Fatiga", se hace oír de pronto:
—¡Che! A que se olvidaron de la merienda...
—Aquí están los termos —dice sonriendo Lola—, uno con mate cocido y otro con
agua caliente.
—¿Y las facturas?
—Aquí están —ondula triunfante Josefina, mostrando un abultado cartucho— pero
después, "poniendo estaba la gansa" ¿eh?
—Eh, che... ¿Qué te pensás? ¿Trajiste la boleta, también?
—No, yo digo, porque ustedes se acuerdan fácil de que uno tenía que traer, pero así
también se olvidan de poner...
—Mira, te salió un versito y todo...
—Terminen de acomodar ahora, que para la merienda falta. Va a empezar la gente a
comprar y nosotros sin deshacer los paquetes todavía —apremia Fabián que, ayudado
por Inés, no ha dejado de desenvolver los libros y clasificarlos.
—Chicas, chicas... Por favor, háganse las desentendidas, no miren a la derecha...
La voz de Josefina ha sonado terriblemente apremiante y misteriosa.
Automáticamente, todas las cabezas femeninas presentes, giran a la derecha. La de
Josefina también, por supuesto.
—¡Ay, chicas! —El suspiro de Lori ha partido desde lo más profundo de su
romántico corazón— ¡Esto sí que es copante!
Los varones advierten de pronto la inmovilidad de las chicas y como suele ocurrir, se
contagian y se ponen a mirar en la misma dirección, sin advertir nada extraordinario.
—¿Qué pasa? —Esto lo ha preguntado después de un momento "Fatiga", que
aprovechando el hecho de que todos se pusieran a mirar, ha sacado una factura del
cartucho de Josefina y la está saboreando a boca llena.
Avanzando lentamente por uno de los senderitos diagonales de la plaza, se está
acercando al grupo de 2º2ª y 3º2ª, un muchachito esbelto, de ojos claros y cabello
ensortijado, vestido con un pantalón rojo, remera blanca y chaleco de jean forrado en
corderito. Ya está aquí y las chicas todavía no han reaccionado. Los varones sí, claro
está, y cada uno a su manera.
—Es el nuevo... —explica cordial Alberto Nacht.
—Bah, es el nuevo... —reitera el Marciano, en un tono muy diferente —Y agrega, en
un cuchicheo rápido a Fabián—: No me digas que el alboroto era por eso...

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El chico los mira serio, a uno por uno, como buscando caras conocidas. Detiene la
mirada en Niqui:
—Hola...
—Hola, qué suerte que viniste, encontraste la plaza en seguida ¿no?
—Seguro...
—Chicos —Niqui se dirige a los de segundo— éste es... "Mc Donnell" ¿no? ¿Está
bien?
—Sí... Mc Donnell...
—¿Es un apellido extranjero? —Josefina, que ha recobrado el habla, ondula
peligrosamente. Robbie la mira con curiosidad.
—Irlandés...
—¿Irlandés? —Lori ha tragado saliva— ¡Ay! Nunca había visto a un irlandés...
Robbie le clava los ojos.
—Yo no soy irlandés...
—Bueno... pero... quiero decir...
—¿"Mc Donnell"? —dice Lola pensativa— ¿sabes que ese es mi segundo apellido?
Robbie la mira rápidamente.
—¿De veras?
—Sí, mi mamá es "Mc Donnell"...
—Qué casualidad...
—Es cierto, porque no es un apellido común...
—¡Che! A ver si resultan parientes... —Josefina se retuerce toda, tratando de llamar
la atención del chico. Pero Robbie no saca los ojos de encima de Lola, en una mirada
muy extraña. Casi pareciera que quiere agregar algo, pero queda en silencio, sin
apartar la mirada.
Las chicas los miran a ambos. Lola también se le ha quedado mirando, pensativa,
como si su mente estuviese mucho más allá. De pronto Inés quiebra el incómodo
silencio.
—¿Por qué no nos decís el nombre? Aquí todos nos decimos por el nombre...
—Robbie...
—¿Trajiste algún libro, Robbie? —pregunta el práctico Fabián.
—No, recién mañana o pasado. Me tienen que mandar varios de Buenos Aires.
—¿Te gusta Rosario? —la voz de Adriana, habitualmente estridente, suena
curiosamente dulcificada— ¿Es muy diferente de Buenos Aires?
Robbie fija en ella una mirada que denota algo de fastidio.
—No la conozco todavía.

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Todo el grupo está ahora ligeramente incómodo. Una sutilísima barrera se ha
levantado entre ellos y "el nuevo". Esa mirada penetrante, ese cuerpo esbelto
enfundado en los pantalones rojos, ese colmillo de marfil colgando sobre el pecho...
Les parece haber agotado las preguntas y sin embargo quisieran saber mucho más.
Pero el nuevo no parece dispuesto a dar demasiadas explicaciones.
—Bueno... —Lola rompe el silencio con cierta impaciencia y su voz no suena muy
cordial— ¿Nos ayudas? ¿Qué querés hacer?
Robbie la mira un momento sin contestar, momento que a las chicas les parece un
siglo. Por fin, con naturalidad absoluta responde:
—Nada.
—¿¡No querés hacer nada!? —Inés no puede creer lo que oyó.
—No.
Esta vez los varones son los que reaccionan.
—¿Y entonces?... —Fabián no se anima a terminar la pregunta. El que sí se anima es
el Marciano:
—¿Entonces a qué viniste?
Robbie dirige calmosamente sus ojos inquietantes hacia las profundidades líquidas de
esos ojos que se le clavan hostiles.
—A mirar ...
—¡Ja! —alcanza a pronunciar Fatiga, entre bocado y bocado. No puede agregar más,
pero la exclamación ha sido lo bastante expresiva.
Alberto Nacht, cuyo hermoso rostro hebreo originó el irónico mote de "el Bicho",
pasea una larga y despectiva mirada a lo largo de la figura del "nuevo". Después, sin
decir una palabra, se aparta, se sienta sobre el césped, debajo de un árbol, saca su
eterna armónica del bolsillo y empieza a preludiar exóticas melodías.
—Vamos, terminemos de arreglar todo esto —le dice muy serio Francisco Romero
—el "Ratón", para los chicos, por su manía de bibliotecas— a Fabián, como diciendo
"hay cosas importantes que hacer, no perdamos más tiempo".
Niqui interviene tratando de ser cordial:
—Mira, necesitaríamos hacer una lista de todos los libros, con los precios. —Y
alcanza a Robbie un block y una birome— ¿No querrías hacerlo vos?
—No. —Y como queriendo suavizar la rotunda negativa, agrega—: Voy a mirar un
poco por ahí... —Y dando la vuelta se aleja por uno de los senderos de la plaza. Las
chicas no han salido todavía de su estupor.

59
Lo siguen mirando, entre desilusionadas y fascinadas y ven que se detiene frente a
un puesto de fantasías. Parece comprar algo y unos pasos más allá, lo ven sentarse en
uno de los bancos, abrir un libro y ponerse a leer.
—¡En! ¿Van a quedarse toda la tarde mirando a ese tipo? Por la bolilla que les dio...
Las chicas reaccionan.
—Es cierto, che —dice Josefina con despecho, ondulando cOmo un globo medio
desinflado— ¡Qué tipo odioso! Porteño tenía que ser...
—No sean injustas, qué tiene que ver que sea porteño —Niqui intenta una defensa—
El pobre se siente extraño.
Adriana, que se sintió particularmente mortificada por las secas respuestas de
Robbie, protesta:
—¡Qué extraño ni extraño! Es un manda parte. Pero conmigo se terminó, que se vaya
a mandar la parte con su abuela...
—Todos los forasteros son extraños, siempre... —suspira Lori, como ante un hecho
irreversible.
Lola se ha quedado pensativa.
—Mc Donnell... —murmura— qué casualidad...
—Qué cara de inteligente tiene —dice Inés— ¿se fijaron?
—¿No te digo? Tenés que venir de afuera y hacerte el lindo, para que te digan
inteligente... ¡Hay... que ver!
En ese momento se acercan dos señoras que vienen a comprar libros de primero y
segundo año para sus hijos. Con el entusiasmo de la primera venta, el grupo se olvida
momentáneamente del "nuevo" En seguida un chico de primero les compra también
un texto de Matemática y otro de Geografía y casi al mismo tiempo, una chica de
segundo una Botánica nuevita, que pudieron vender muy bien. Fabián no da abasto
haciendo cuentas, Niqui y el "Rata" cobran y se vuelven locos con los vueltos. Inés y
Lola arreglan los libros que se han desacomodado y Adriana anota con entusiasmo el
porcentaje que corresponde al grupo, después de las ganancias individuales.
—Si seguimos así, vamos a poder hacer un viaje de estudios sensacional...
—¡Ya podemos merendar entonces!
—¿¡Merendar!? Si vos estás merendando desde que llegaste...
—Tenés razón, dale... Alguien que prepare el mate ...
—Vos, Inés, que lo haces rico...
Ya son las cinco de la tarde, más o menos. El grupo ha retomado su ritmo habitual.
—¡Eh! ¿Quién se terminó las facturas? Quedan dos nada más...

60
Robbie cierra el libro, con un suspiro. ¡Otros mundos! ¿Viajaría él alguna vez por
otros mundos?”

61
—Sacá del fondo común y andá a comprar, ahí a la vuelta venden...
—¿Guardaron bien la plata?
—¿Quién hizo las cuentas? Controlen ¿eh?
Pareciera que nadie se acuerda ya del nuevo. El Bicho sigue tocando suaves melodías
en su armónica, sentado debajo de un árbol. Fatiga se ha ofrecido, con sospechosa
buena voluntad, a comprar más facturas y Niqui, el Rata, Fabián y Lola siguen
vendiendo. Inés, Lori, Adriana y Josefina les sirven vasitos de plástico con mate
cocido caliente. Ya quedan pocos libros sobre el tablón. Puede decirse que ha sido
una tarde muy provechosa.
A pocos pasos, olvidado al parecer del resto del mundo, el "nuevo" continúa
enfrascado en su libro. A sus pies, decenas de palomas picotean los últimos granitos
de alpiste que horas antes cayeron de la mano de Gretchen, mientras un sol de media
tarde empieza a enrojecer los troncos de los árboles.
..."la máquina volvió a elevarse, entre una nube rojiza que centelleaba al sol, mientras
los tres hombres, colocándose los cascos protectores, se reclinaban, aliviados, en sus
respectivos asientos. Otra etapa del viaje de exploración había culminado. El nuevo
descubrimiento que acababan de realizar conmocionaría la Tierra."
Robbie cierra el libro, con un suspiro. ¡Otros mundos! ¿Viajaría él alguna vez por
otros mundos? ¡Qué paz infinita se sentiría, sin duda, tan lejos de todo! Algo así,
pero en menor escala, acaba de sentir él por un rato, tan metido como estaba en la
lectura. Pero no había durado mucho. Mira alrededor. Árboles, palomas, chicos
jugando en un cuadrado de arena. Mira hacia la izquierda. Más allá los chicos de
segundo y tercero están empaquetando los libros que les quedaron. Seguramente ya
se preparan para irse. Deben ser más de las seis. ¿Qué había ocurrido hoy en
realidad? ¿Por qué había sido tan brusco con ellos? Robbie siente una pequeña
molestia en el estómago. ¡Pero es que le habían parecido tan tontos! Lo miraban a él
como a un bicho extraño, observándolo como a una cosa, no como a una persona. El
único que le había resultado más agradable era ese chico de tercero, no recordaba el
apellido, García... sí, García, el que le había ofrecido apuntes y libros cuando él había
llegado al curso por primera vez. Niqui, eso es... Niqui. Y esa Lola... qué piba
interesante, con esa cara angulosa y esos ojos bajo las cejas espesas y el flequillo
oscuro... "Mc Donnell" era su segundo apellido... ¿sería esa la primera de que le
habló su padre?

62
Él no se había atrevido a preguntarle nada. ¿Qué sabría la chica? Además, delante de
los otros... Ya lo averiguaría. Y si ella no le comentaba nada sobre el posible
parentesco, él tampoco hablaría, para qué. En una de esas insistían en que él fuera a
vivir con ellos. No, así estaban bien. Estaban en cursos distintos, no se veían
demasiado a menudo. Aunque esos dos cursos parecían uno solo... Qué raro,
generalmente costaba ser unidos en un mismo curso...
Robbie va a levantarse, cuando ve venir hacia él precisamente a la que llamaban
Lola. Se sintió terriblemente incómodo. ¿Qué actitud tomaría ella? ¿Se haría la
desentendida? Su orgullo de muchachito sistemáticamente admirado por el sexo
opuesto se puso en guardia. Todas juntas, las pibas habían tenido con él una actitud a
la que estaba acostumbrado: todas lo miraban con no disimulada admiración. Pero
cuando estaban solas no ocurría lo mismo. Se mostraban indiferentes, casi no
hablaban, como si no supieran qué decir, o en el último de los casos, decían pavadas
como aquéllas: "¿Es muy diferente Rosario de Buenos Aires?" o "¡Ay, nunca había
visto a un irlandés!"... Bueno, la gente en general obraba así, como si
obligatoriamente hubiese que decir algo, nomo si obligatoriamente hubiese que
parlotear sobre cualquier cosa, como si obligatoriamente hubiese que sonreír.
—Chau...
Con la cartera al hombro y unos libros en la mano, Lola está pasando frente a él con
sus pasos pesados y cadenciosos. Le ha clavado la mirada. Robbie, impulsado quién
sabe por qué instinto, se pone de pie.
—¿Vas para allá? —dice señalando con un movimiento de cabeza.
Lola sonríe con ironía:
—No ... voy para el otro lado ...
Robbie se muerde los labios. Cuando se da cuenta de lo que dijo, ya es tarde. Lola
sigue sonriendo:
—¿Y vos? ¿Para dónde vas?
—Unas... dos o tres cuadras... también para allá... —titubea él. Y agrega—: Te
acompaño.
—Bueno...
—¿Vivís cerca?
—A unas cinco o seis cuadras. En Boulevard Oroño...
Caminan media cuadra en un silencio total. Lola avanza con firmeza, mirando
siempre hacia adelante, como sabiendo muy
bien adonde pisa. Bobbie la mira de vez en cuando, de reojo. Ello no parece tener
ningún interés en empezar ningún diálogo. Es un alivio, después de todo. Sin
embargo Robbie siente de pronto la necesidad de hablarle.

63
—¿Vendieron mucho?
—S... se vendió bien.
¿Por qué será tan lacónica? ¿Sería su forma habitual o era por lo de esa tarde? Tenía
que saberlo
—¿Estás molesta?
Ella gira la cabeza y vuelve a clavarle los ojos. Su voz suena totalmente sincera.
—No. ¿Por qué?
—Creí que... son muy unidos ustedes ¿no?
Ella ahora sonríe como con orgullo.
—Sí, muy unidos...
Vuelve a mirar hacia adelante. Y la sonrisa se demora un rato sobre su boca. Qué
hermosa boca, expresiva y firme. A Robbie la recuerda vagamente un rostro
conocido.
Ya han pasado casi las dos cuadras. Deberá separarse. No tiene sentido seguir
caminando. Se detiene.
—Bueno... te veo en el Colegio... chau.
Lola lo mira:
—¿Doblas aquí? Bueno... chau, hasta mañana...
Y sigue y cruza la calle con su andar acompasado y elegante. Robbie queda un
instante mirándola pensativo. Ella no vuelve en ningún momento la cabeza. Ya va
por la mitad de la cuadra siguiente cuando él reacciona. Da media vuelta y vuelve a
recorrer el mismo camino que acaban de hacer juntos. Es una chica extraña, muy
diferente de las demás. Robbie se siente vagamente molesto. Le parece que él no
actuó como de costumbre. ¡Bah! No valía la pena preocuparse. Además, ella estaba
en segundo, apenas se verían.
Robbie vuelve a encontrarse en la plaza. Ya se han ido todos los chicos. Hasta el
tablón se han llevado. Patea una piedrita. Por sobre su cabeza, un alboroto de pájaros
le hace levantar la vista. Parecen miles de gorriones que intentan ubicarse entre el
ramaje de los plátanos, disputándole su lugar a las palomas. El bullicio aturde. Esa
hora del atardecer tiene una particular tristeza, que siente mezclada al perfume y a la
música de esa primera tarde de otoño, y a la cara limpia y franca de Lola y a su voz
cálida y profunda. ¿Volverían a hablar? Mejor dicho ¿hablarían alguna vez?

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Imagen con el siguiente epígrafe: "Robbie ha terminado de atravesar la plaza y toma
ahora por Paraguay”

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Robbie ha terminado de atravesar la plaza y toma ahora por
Paraguay. En la esquina dobla por Santa Fe y sigue por ahí hasta Entre Ríos. Es muy
fácil orientarse por esta ciudad, que más bien parece un pueblo grande. Cuando llega
a la puerta de la que ahora es su casa, no sospecha que un par de ojos curiosos ya lo
están observando desde el balcón de enfrente. Y lo que esos ojos no sospechan es que
el chico y Lola han caminado juntos un trecho y han intercambiado algunas palabras.
Menos mal, porque mañana los dos cursos lo sabrían también. Pero, por ahora,
ninguno de los dos protagonistas abrirá la boca. Lola lo ocultará, aún a su íntima
Inés, como si se tratara de un secreto. Y Robbie... bueno, por ahora Robbie ni
siquiera tendría a quien contárselo.

CAPÍTULO VI

Desde ese día 2º2ª, el curso de Inés, se dedicó a ignorar —aparentemente— al


"nuevo". El "Bicho" y el "Rata" —es decir Alberto Nacht y Francisco Romero,
incluido Fabián Luraschi, "Anteojito"— vieron continuar sin tropiezos la
ascendencia que su condición de "intelectuales" tenía sobre el resto del grupo. Esa
ascendencia había peligrado los dos o tres primeros días, cuando la singular
personalidad del "porteño" había alborotado 3º2ª y por transición, 2º2ª. Pero ahora,
flauta dulce y eternos libros bajo los respectivos brazos de los tres, podían descansar
cómodamente sobre sus bien ganados laureles. En 3º, Adriana Ortiguera, por su parte
y como lo había prometido, dejaba transcurrir las mañanas aparentando desconocer
totalmente la existencia del inquietante forastero. Cada vez más preocupada por las
cuestiones estudiantiles, estaba precisamente tomando notas para "Antorcha", el
periódico del colegio, fundado el año anterior por ambos cursos, acerca de la posible
crítica a los programas de clase. Cristina Fraga que había tenido que repetir 3er. año,
estaba ahora en el curso y se había hecho íntima de Adriana. Su amistad con Niqui
continuaba sin altibajos y éste no podía ocultar su admiración por la chica, más
atractiva, aún, si fuera posible, que el año anterior y también más madura y quizá
más triste.
Por su parte, Fatiga y el Marciano, en causa común, conservaban una sistemática
indiferencia respecto del "forastero", como lo había bautizado Lori. Y en general,
para los dos cursos, el "ídolo" indiscutido, el de mayor autoridad y carisma, seguía
siendo Niqui.

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“Desde ese día, el curso de Inés se dedicó a ignorar —aparentemente—
al "nuevo".

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Curiosamente, este último parecía entenderse bien con Robbie. Le había ofrecido
libros en tanto llegaran los de Buenos Aires, le pasaba apuntes, charlaban a veces en
los recreos. De todos modos, nadie se atrevía a comentar esto con el mismo Niqui,
porque estaban habituados a la inutilidad de cualquier observación. Cuando Niqui
obraba de determinada manera, no admitía fácilmente comentarios y menos
malintencionados.
Por su parte, en 2°, la que se sentía una privilegiada era Josefina Abdo, la "Oruga",
porque vivía precisamente en Entre Ríos 435, es decir exactamente enfrente de la
casa del Dr. Ricciardo. De modo que desde su dormitorio, en la planta alta, podía
observar las entradas y salidas del chico, "sin perderse una", según ella. Nadie lo
dudaba, por otra parte. Y más de una había estrechado amistad con Josefina, en
sospechosos arranques de responsabilidad, para ir a estudiar a su casa, y hasta para
preparar "clases especiales". Lo interesante era que la chica se había puesto práctica
en determinados signos que provenían del dormitorio de Robbie. Por las persianas
levantadas o no, por las cortinas corridas o no, por la luz encendida o apagada, ya
sabía si se había levantado, si estaba leyendo, o simplemente si estaba o había salido.
A veces, al anochecer, Robbie se acomodaba en el mirador y contemplaba
melancólicamente la calle por un buen rato. Después entraba, seguramente cenaría y
más o menos una hora más tarde se encendía la luz de su dormitorio y se apagaba
recién pasada la medianoche.
Todas estas noticias eran escrupulosamente transmitidas por Josefina a quien quisiera
escucharlas. Había algo importante además: todas las mañanas los dos, Robbie y
Josefina viajaban al Colegio en el mismo ómnibus.
—Salimos a la misma hora y esperamos juntos en la esquina —cuchicheó ella
misteriosamente a Támara Oliva— la "filósofa"— y a Lori, en un recreo— pero sin
decirnos una palabra.
—¡Ay, nena, qué suerte que tenés! ¿A quién le importa que ese tipo hable?
Después cuando subimos, a pesar de que el ómnibus siempre viene vacío a esa hora,
cada uno se sienta en un asiento distinto.
—¿Pero no se saludan siquiera? —pregunta incrédula Lori, que no entiende como
Josefina puede resistir.
—No se niega el saludo a un hermano... —murmura severamente Tamara —, fiel a
sus principios de universal hermandad, más firmes, todavía en este caso.

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—¡Qué hermano ni hermano! —ondula con vehemencia Josefina— ¿No te acordás
más de lo que nos hizo el día de la Plaza Pringles? Además...
—¿Además qué? ... —pregunta Lori ansiosamente.
—Además... bueno, se los digo si me prometen que de aquí no sale...
—Pero seguro ... Dale ¿Qué pasó?
—Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda...
—¿Y eso qué tiene que ver? —la impaciencia de Lori hace callar casi violentamente
a Támara— callate y deja que cuente.
—Y... eso que dijo Támara, de que no se niega el saludo... a mí también, bueno, el
caso es que una mañana... pero no lo van a contar ¿no?
—Pero no, che ¿qué te pensás? —protesta ofendida Lori, que precisamente estaba
proyectando transmitirle textualmente a su prima Inés esa conversación— Dale, que
va a sonar el timbre.
—Y... bueno... mientras el ómnibus no venía... yo me acerqué... pero júrenme que los
otros chicos no lo van a saber...
—¿No te hemos dado nuestra palabra? —la pregunta de Támara tuvo un tono
supremo tal de dignidad mancillada, que contribuyó a decidir a Josefina, quien olvidó
que en ningún momento le habían "dado la palabra", ninguna de las dos.
—Bueno... me acerqué y le dije "Hola" y él me miró y me dijo "Hola" y entonces yo
contenta porque se veía que tenía ganas de charlar, le dije "¿Vas para el Colegio?"
—Qué astuta... —murmuró Támara sarcástica.
—Bueno, che, qué querés, estaba nerviosa, te querría ver a vos...
—Yo seguro que no le preguntaba si "iba al Colegio"...
—No, ya sé, vos le hubieras preguntado si... si... sabía las leyes universales que rigen
el destino humano, o algo así... Yo, lo único, que quería era iniciar conversación...
—¿Y qué contestó? Dale —urgió Lori.
—Bueno, en realidad fue bastante mal educado, ya que yo iniciaba la charla la
hubiera seguido, cualquier otro lo hubiera hecho, pero ese tipo no sé quién cree que
es...
—¿Pero qué contestó? —Támara tampoco puede disimular su impaciencia.

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—Mirá, prefiero no pensar... Me dijo, dice... "No, voy a una conferencia de la
NASA13 sobre los seres extraterrestres..."
—Mira, ni Támara ni yo pudimos aguantar la risa, menos mal que en ese momento
sonó el timbre...
—Y bueno, estuvo bien el chico...
—¡Seguro! ¡Estuvo genial!
—¿No les dije que tiene una cara de inteligente que mata?
—Mira, no sé si mata por lo inteligente, pero que mata, mata...
Inés y Lori estaban en el altillo, con los libros sobre la falda, sentadas en el diván.
Casi todas las tardes estudian juntas, como lo vienen haciendo desde primero. Las
dos primas, tan diferentes una de otra, se llevan —tal vez por eso mismo— cada vez
mejor. Inés siente por Lori una protectora ternura y Lori, a su vez, la quiere y la
admira y aporta la cuota de frivolidad que suele faltar en Inés. Por su parte, ésta
contribuye a que Lori encuentre grato el estudio y pueda sorprender a su familia con
notas estupendas.
Ahora hay un gran silencio.
Ha quedado flotando en el aire la expresión de Lori, "pero que mata... mata". De
pronto Inés murmura:
—Lo cierto es que vino para estropear todo.
—¡Eh, che! ¿Por qué decís eso?
—Y... no sé... Lola está rara, Támara está rara, Josefina está rara, los chicos están
raros, estamos todos raros...
Lori queda pensativa.
—Si, tenés razón... Qué lástima ¿no?
—Éramos dos cursos tan unidos...
—Bueno, no hables en pasado, tampoco es para tanto...
—A lo mejor, pero no me gusta... Habría que hacer algo ...
—Sí... ¿pero qué?
Y ambas vuelven a quedarse silenciosas, con los libros abiertos sobre la falda.

13 Siglas de la expresión inglesa National Aeronautics and Space Administraron


(Administración Nacional del Espacio y la Aeronáutica). Organismo estatal
estadounidense creado en 1958 para el estudio y desarrollo de todo lo concerniente a
los viajes espaciales.

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Rodeada de macetas, plácidamente recostada en su sillón de mimbre, con Bonnie a
su pies, tía Bernardina, saboreando su
mate de la media tarde, parece la imagen misma de la felicidad. Efectivamente,
desde que ha empezado el mes de marzo, puede decirse que Bernardina es, de nuevo,
una mujer feliz. Inés ha venido otra vez del campo a instalarse con ella durante el año
escolar. No puede quejarse del verano que pasó. No se le había hecho tan largo como
temió en un principio. Los buenos libros, el cuidado de sus plantas, la limpieza de la
casa —empapelar el altillo que servía de cuarto de Inés había sido un acierto— las
largas siestas, alguna caminata al anochecer, tomando el fresco por Boulevard Oroño
y alguna película entretenida en televisión, habían llenado bastante bien sus horas.
Pero, ¡cuánto había extrañado a su sobrina! Hubo días, sobre todo el principio, en
que la ausencia se sentía como un agudo dolorcito en el pecho. Inés, desde el año
anterior, había renovado su vida por completo. Extrañaba las charlas en el patio, por
la tarde, mate en mano, mientras Inés le contaba tantas cosas y le hacía algunas de
esas preguntas tan difíciles de responder. Y Bonnie yendo y viniendo de un lado al
otro del patio, corriendo entre las macetas, buscando la pelotita de goma o el palito
que Inés le arrojaba una y mil veces, sin cansarse nunca. También Bonnie había
extrañado a Inés, tanto o más que ella. Ella, por menos, recibía semanalmente sus
cartas y contestarlas era una de las ocupaciones más divertidas e importantes. Pero la
pobre Bonnie que no había entendido para nada, por supuesto, por qué de pronto no
estaba allí más su compañera de juegos y caminatas, se había quedado muy triste, se
había negado a comer durante algunos días y se la pasaba en la terraza, echada frente
a la puerta del cuarto de Inés de un modo que a uno lo entristecía aún más. Inés se
había quedado petrificada, cuando valija en mano, había aparecido el primer día en el
marco de la puerta: Bonnie le ladró varias veces, furiosa, como a una intrusa.
—¿Qué pasa tía? ¿Es posible que Bonnie me desconozca?
—No, hija. Precisamente te ladra porque te reconoce muy bien. No te perdona que la
hayas abandonado tanto tiempo.
Pasaron dos o tres días para que Bonnie "perdonara" a Inés y ahora eran otra vez
inseparables.
Desde que empezaron las clases, Bernardina no ha tenido todavía una de esas largas
charlas, porque Inés ha debido ordenar sus cosas, acomodarlo todo con ese orden
suyo tan particular, adornar su cuarto con adornos nuevos —dibujos y figurillas de
barro y aserrín que había estado modelando durante el verano, por ejemplo— y sobre
todo había estado muy ocupada vendiendo sus libros usados, durante la semana
anterior.

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Ahora que Bernardina lo piensa bien, ¿habría ocurrido algo en esa semana? La vieja
maestra que persistía aún en la simpática solterona, le hacía ver siempre más allá de
lo que miraban sus ojos. No hay duda, algo le pasa a Inés. El reencuentro con Niqui,
con Lori, con los compañeros, es decir, la euforia de los primeros días, ha dado paso
a una cierta inquietud, un mutismo no habitual en ella, un gesto entre preocupado" y
triste. Esta noche, a la hora de comer, tal vez pueda averiguar algo.
—¿Eh, Bonnie? ¿Qué te parece? —murmura tía Bernardina dejando el mate sobre la
mesa. Al mismo tiempo trata de recomponer su rodete, que empieza a escapársele
porque sin darse cuenta, mientras pensaba, había hecho una cantidad de movimientos
afirmativos y negativos con la cabeza. Bonnie, que parecía estar durmiendo, levanta
rápidamente los ojitos brillantes hacia su ama y contesta contentísima:
—¡Guau, guau!
Luego de lo cual corre a buscar la pelota olvidada bajo una maceta. La pobre Bonnie
ha entendido que Bernardina quiere empezar a jugar.
Esa noche, después de cenar y una vez que Inés ha lavado, los platos, Bernardina
toma su eterno tejido y su sobrina los libros y carpetas y ambas se instalan a cada
lado de la mesa para trabajar cada una en lo suyo, según acostumbran. Inés pareció
concentrarse durante algunos minutos en cierto teorema, pero se la ve inquieta. Cada
tanto levanta la vista del libro y mira a Bernardina como queriendo decir algo. Pero
en seguida vuelve a bajarla. Bernardina a su vez, la observa de vez en cuando con el
rabillo del ojo, y permanece en silencio. Presiente que esta noche la chica tiene ganas
de charla y prefiere esperar.
—Tía...
—Sí, querida...
—No, nada...
Bernardina calla, pero sigue observando a Inés de reojo y la ve mordisquear
nerviosamente, igual que cuando era una nena, la punta de un largo mechón de pelo,
últimamente, Lori le ha hecho, en su constante afán de actualizarla en lo que refiere a
modas, un peinado nuevo, que consiste en atarse un mechón en lo alto de la cabeza, a
un costado, con una especie de cuerdita. Bernardina piensa en las infantiles trenzas
de Inés, cuando llegó a la ciudad y era "Gora" todavía para ella y sonríe para sus
adentros, viendo cómo el largo y moderno mechón corre ahora la misma suerte que
la punta de las antiguas trenzas, cuando Inés está preocupada por algo.

72
—Tía...
—Sí, nena, te escucho...
—Te quería comentar algo...
—Bueno... —Y con aparente indiferencia, Bernardina se pone a contar con gran
atención los puntos de su tejido.
—¿Alguna vez te pasó que tuvieses un grupo de amigos, pero muy amigos y que de
repente viniera alguien nuevo y todo cambiara?
¿Cambiara? ¡Ah! Aquí estaba el asunto... Esto tenía que ver seguramente con la
preocupación de Inés estos últimos días.
—¿Qué cosa cambiara?
—Y... ahí está... no sé... No sé qué es lo que cambió...
—¿Pero sí estás segura de que algo cambió?
—Sí, sí, eso sí...
—¿Y en qué lo notas?
Inés parece mirar al infinito y renueva los mordisqueos.
—Por empezar, creo que en mí...
—Hablaste de alguien nuevo...
Bernardina se aplica con evidente entusiasmo a los puntos del tejido. La
conversación se está poniendo verdaderamente interesante.
—Mira, te cuento: resulta que al curso de Niqui vino un alumno nuevo, sabes, de
Buenos Aires y desde que él apareció es como si algo andará mal, vos viste qué
unidos somos todos, es como si fuera un solo curso y ahora parecemos todos
distintos, no sé...
—Antes dijiste que en vos misma algo ha cambiado ... Bernardina abandona su
actitud de aparente indiferencia, deja el tejido sobre la falda y observa a Inés con
verdadera curiosidad.
—Sí... ese chico nuevo... es mayor que la mayoría de los chicos, no sé si es por eso,
pero parece mayor además porque es tan serio y tiene una manera de mirar, no sé
cómo explicarte ... turbadora e inquietante, sabés ...
Los dos famosos adjetivos que Inés acostumbraba aplicar a cosas que le llamaban la
atención, eran por lo general tan certeros que bastaban para que uno comprendiese
muy bien lo que ella quería decir. Bernardina no necesitó mucho más para adivinar
algo de lo que estaba pasando.

73
—Aja... ¿Y entonces?
—Y... que a una la hace sentir incómoda. Es muy antipático, sabes, no da ninguna
satisfacción, no nos quiso ayudar en la venta de libros, no parece que quisiera hacerse
amigo de nadie, ni una sonrisa hace, sabés y entonces uno no quisiera llevarle el
apunte, quisiera ignorarlo, pero no puede, él está ahí y no hay nada que hacer, y te da
una rabia...
—¿Así que nadie se ha hecho amigo de él?
—El único es Niqui, no sé cómo hace ni qué le ve, la Oru... digo Josefina, dice que
porque es porteño y que los porteños son todos así de odiosos... Lo que pasa es que él
se debe de haber dado cuenta de que Niqui es... es como si fuera el líder de los dos
cursos y entonces a él le habla y parece que le interesa ser su amigo y además Niqui
ya cumplió los quince y eso también tiene que ver, y además Niqui es varón, porque
a las mujeres nos mira como desde la altura, es de lo más pillado, se cree seguro que
todas estamos embobadas con él...
—Y seguramente no es así...
—¡Pero no! ¡Por favor! Lo único que faltaba... Bueno... no sé si... Josefina a lo
mejor... a mí me parece que lo mira de una manera y además últimamente se viene
planchadita y a la salida se arregla la cara, se pone rubor... No sé... Y Gabriela
Crespo no te digo, sobre que siempre se sintió la Graciela Alfano14 del curso... No
hay recreo que no se vaya a peinar y requetepeinar, yo creo que se lava el pelo todos
los días porque nunca lo tuvo tan brillante... Hasta Lori me parece que... aunque Lori
siempre está en tren de coqueteo. Ya sabes... La cuestión, tía, es que en el fondo,
aunque lo disimulen, están todas alborotadas, la misma Adriana Ortiguera, del curso
de Niqui, se olvidó de las cuestiones estudiantiles estos días y anda de grandes
cuchicheos con Cristina Fraga, que tendría que estar en cuarto, pero repite y ahora
está en ese curso y con Verónica Martínez y antes del "nuevo" estábamos todas
juntas en el recreo y ahora se quedan en el salón y se hacen las que estudian...
—Bueno, a lo mejor estudian...
Un gesto muy expresivo de Inés muestra que no está de acuerdo en absoluto.

14 Modelo argentina, reconocida por su belleza.

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—Mirá, hasta Tamara Oliva abandonó estos días sus frases misteriosas y parece
otra, con el pelo siempre recién lavado, te acordás que se lo lavaba cada muerte de
obispo, porque decía que tanto baño y tanta higiene eran costumbres burguesas, que
los hippies no necesitaban bañarse tanto y que lo importante no era vivir entre tantas
comodidades y difundir la paz y el amor entre los hombres, bueno, ahora parece
preocuparse más por estar toda perfumada que por la paz y el amor, porque el otro
día casi se agarra de los pelos con Gabriela porque Gabriela, que ' siempre es muy
maliciosa, le dijo que la veía muy linda últimamente y que por qué sería y que seguro
que el "nuevo" tenía algo que ver con eso y vieras cómo se enfureció... Ahora no se
hablan.
—Qué barbaridad...
Bernardina simula que tiene que cortar una hebra de lana con los dientes y se
apresura a hundir la cara en el cesto de los ovillos, buscando uno de cierto color, para
las franjas del escote. Lo único que ha sacado en limpio del chorro de palabras de
Inés es que todas las chicas están precisamente alborotadísimas con el nuevo alumno
y quisiera saber más sobre él.
—Y decíme... ¿Es buen alumno? Niqui te habrá contado algo... ¿Parece estudioso,
inteligente?...
—Y sí... hasta eso parece... Dicen que de geografía sabe una barbaridad y en
castellano es un bocho... Dicen que el profesor Montalvo está chocho con él y que
cuando termina la hora se quedan charlando y el otro día estaban haciendo un cuento
oral, colectivo y él se puso a imaginar una historia de ciencia ficción que era una
barbaridad y lo dejaron a él solo y siguió hablando hasta que la terminó y dicen que
parecía que estaba leyendo... Y en biología, un día se puso a hablar de las reacciones
del cuerpo humano cuando está en la estratosfera y que se puso a hacer dibujos en el
pizarrón y todo, y en geometría es una luz, y... sí... inteligente es... yo lo dije apenas
lo vi...
—Seguramente lee mucho...
—Sí... dicen que lee mucho...
Inés se ha quedado pensativa ahora, mirando otra vez al infinito, con la barbilla
apoyada en la mano...
—Entonces... a vos te gustaría ser amiga de él, también te gusta leer, e inventar
historias, tendrían mucho de qué hablar...
Inés reacciona casi violentamente.
—¡Pero tía! ¿No te dije que es odioso... y antipático... y engreído... y que no le
importa nada de nadie? ¡Yo no voy a mover un dedo para ser su amiga! Y además...
para eso lo tengo a Niqui... o a Francisco Romero, o... o al Bicho, digo a Alberto
Nacht, para qué quiero hacerme amiga de ese... pillado!
Hay una pausa. Bernardina parece como si recordara algo.

75
—Sabés, querida... al principio me preguntaste si alguna vez había estado en un
grupo donde todos fueran muy amigos y de pronto hubiese llegado alguien que ...
sembrara como un granito de discordia, o algo así... Bueno, ahora que recuerdo, una
vez ... Bernardina se detiene a propósito. Tal vez a Inés no le interese escucharla.
—Te decía que una vez, cuando había empezado a trabajar de maestra, habíamos
formado un estupendo grupo de compañeros, éramos cuatro maestras y dos maestros
y un día llegó de Rosario, fíjate que casualidad, el que vos decís viene de Buenos
Aires, éste venía de aquí, de Rosario, trasladado, un maestro muy joven, de nuestra
edad, sabés y que a todos nos resultó muy antipático. Parecía de lo más pedante,
sabía muchísimo, pero no se acercaba a nadie, no parecía interesarle hacerse amigo,
al contrario, era casi un descortés, no compartía las charlas ni los cafés del recreo, ni
nada. Se sentaba siempre aparte, se iba primero que los demás... Las maestras
tratábamos de ignorarlo, fíjate qué parecido a lo que vos me decías... pero en realidad
estábamos todas medio enamoradas de él, o por lo menos parecía eso, aunque entre
nosotras no nos decíamos nada, pero empezamos a preocuparnos mucho por nuestro
arreglo y todo eso, claro esto nos pasaba a nosotras, no tiene nada que ver con
ustedes, te lo cuento porque algo de la situación me hizo acordar de aquello... Todos
le hacíamos el vacío, como quien dice, y nos mostrábamos casi hostiles con el pobre
muchacho...
—¿Por qué pobre? Bien merecido lo tendría...
Bernardina no hizo" caso de la interrupción y continuó:
—El único que se acercó a él fue Fajardo...
—¿Quién era Fajardo?
—Uno de nuestros compañeros, muy joven también, era del mismo pueblo en donde
estaba nuestra escuelita. Se hicieron finalmente muy amigos. Un día, Fajardo nos
contó que el "nuevo" como vos decís, estudiaba de noche, cuando terminaba de
corregir las tareas de la escuela; me acuerdo que tenía un quinto grado y que las
misteriosas escapadas a Rosario no eran porque tenía una novia, como las chicas
pensábamos, sino porque venía a rendir.
—¿A rendir?
—Sí, estudiaba medicina. Tenía que trabajar para poder seguir estudiando, tenía
problemas familiares grandes, en fin... Que lo que nosotros tomábamos por
pedantería era simple tristeza ... Él tal vez sufría por su modo de ser, pero era muy ,
orgulloso y le costaba mucho relacionarse con la gente... Eso suele suceder, muchas
veces, cuando alguien no ha sido muy querido o atendido cuando chico ¿sabes?

76
—¿Vos creés, tía, que ése pueda ser el caso de Mc Donnell?
—¿¡Mc Donnell!?
Bernardina ha lanzado esa exclamación con tal énfasis que el rodete le ha caído sobre
la oreja izquierda.
—¿Dijiste "Mc Donnell?".
—Sí... ¿por qué? ¿Qué pasa?
—¡Pero hija! ¿Será posible? ¡Es el apellido de aquel maestro!
—¿De cuál?
Las dos estaban excitadísimas.
—¡Del que te acabo de hablar! ¿Será posible? ¿Tendrán algo que ver?
—A lo mejor sí, tía... ¡Qué copante! Digo... ¡Qué extraordinario sería! ¡Tía! ¿No dije
siempre que sos sensacional?
Bonnie, que había permanecido echada a los pies de Bernardina durante toda la
conversación, olfatea la excitación en el aire y empieza a saltar alrededor de la mesa,
acompañando sus saltos con alegres ladridos.
—Bueno, no te entusiasmes tanto ... —se apresura a decir Bernardina— que en
realidad querría salir corriendo en este mismo momento, para descifrar el misterio—.
A lo mejor no tiene nada que ver...
—¡Yo creo que sí, tía! Me Donnell no es apellido común, es irlandés, dijo él. ¿Será el
padre? O a lo mejor un tío ... A lo mejor el padre es hoy un médico famoso... ¿Pero
por qué él está en Rosario, si son de Buenos Aires? ¿Y por qué el padre, si era de
Rosario, se fue a Buenos Aires? ¡Ay, tía! ¡Qué suerte haberte contado todo esto!
¡Esto es una novela! Tengo que hablar con Niqui. ¡Urgente! HAY QUE
INVESTIGAR...

CAPITULO VII

"Esta tarde podemos reunimos en mi casa para estudiar contabilidad", había dicho el
Marciano, "en el altillo vamos a estar fenómeno. A mi vieja la vienen a visitar unas
amigas, así que van a estar abajo tomando el té y chismeando, nos va a dejar
tranquilos."
A eso de las tres llegaron los primeros, Niqui y el Bicho. Tras ellos cayó Gustavo. El
Bicho fue muy bien recibido porque anunció que había traído "puchos".

77
Hacía fresco esa tarde de otoño y el altillo era una estufita, todo lleno de sol y con la
vieja alfombra que invitaba a sentarse.
—Está buena esta cueva, ¿en? De afuera no parece —comentó displicente el Bicho
en tanto se acomodaba sobre un extraño pájaro geométrico pintado en una esquina de
la alfombra, en el mejor rincón soleado junto a la ventana.
—¿Viste pibe? —sonrió orgulloso el Marciano—. Qué tal como decorador, ¿eh?
—¿Vos la arreglaste?
—¿Y quién si no? Aquí no se mete nadie, che.
—¡Pucha, qué suerte que tenés! A mí mi vieja me ordena todo, me cuelga en las
paredes lo que ella quiere —se lamentó Gustavo—, un asco.
—Las viejas son así —sentenció el Bicho.
—Aquí tengo una garrafita. Después nos hacemos mate...
—Empecemos, che —dijo Niqui—, es tarde.
—Espera porque faltan el Ratón que llega después porque viene de tenis, y Aníbal.
Aunque éste no estaba muy seguro porque la vieja lo tiene castigado por las notas de
contabilidad.
—Uf, si a mí me tuviesen que castigar por las notas... —murmuró Gustavo, que se
había acomodado sobre la cucheta y medio se adormilaba.
—Es linda contabilidad, che —largó el Bicho con cierta suficiencia.
—Para vos... Porque vos pareces una computadora —dijo Niqui con envidia—, a mí
también me revienta contabilidad. Mira, aquí está el Ratón— agregó, por Federico
Romero, que entraba en ese momento.
Se hizo un silencio durante el cual el Bicho sacó del bolsillo de la campera su eterna
flauta dulce y empezó a preludiar despacito una melodía. Las notas eran simples y
parecían una canción infantil. Al mismo tiempo tenía una dulzura, una melancolía,
como de algunas películas que terminan tristes. Unas notas como una voz, como si en
el altillo alguien estuviese cantando despacito.
—¡Uf. che! —estalló Gustavo de pronto—. ¿No podés tocar algo más alegre?

78
—No seas bruto Fatiga —protestó el Ratón—, es de Llopis15 eso, y es rebueno.
—Uh, Llopis, ése. Es aburrido. A mí me gusta Julio Iglesias.16
—Se lo vamos a informar a Quique —comentó irónico Niqui—; seguro cuelga la
guitarra y no canta más.
—Anda, Gustavo, cómo puede ser que no te guste "El rey Alfonso"...
—¿Ves? Con razón es aburrida. Todo lo que es de historia es aburrido.
—¿Qué tiene que ver con historia? —se extrañó el Ratón.
—¿No decís que es del "Rey Alfonso"? ¿No es ese español de no sé qué siglo que
hizo no sé qué cosas?
—No, bestia —dijo serenamente el Ratón—. ¿Vos decís Alfonso el Sabio? Nada que
ver. ¿Cómo podés ser tan bestia?
—Éste era de Rosario —dijo Niqui con suavidad, queriendo atenuar el rotundo
calificativo de Federico.
—Un rey en Rosario... ¿estás loco vos? ¿Me estás cargando? En la Argentina nunca
hubo reyes che. —Y Gustavo levantó la voz, con la seguridad del que pisa terreno
firme.— Ahí no me vas a meter el perro, porque historia argentina yo sé mucho, la
rendí en marzo.
Todos rieron con ganas.
—Sos grande Fatiga —dijo ya con fastidio Federico—, escucha: en Rosario, en el
año del moco, cuando mis viejos andaban de novios, había un tipo muy raro, viste,
medio loco, no sé, pero un loco lindo, que se hacía llamar Alfonso Alonso Aragón...
—El año del moco... —reflexionó el Marciano como para sí mismo, mostrando
repentino interés en la charla—, ¿por qué se dirá "el año del moco"?
—¡Callate che, vos! ¿Y qué tenía de lindo el loco ése?
—Que en lugar de pedir limosna, o hacer otra cosa, qué sé yo, a la noche se iba por
los restorantes, las confiterías, y les hacía versos a las parejas que estaban allí.
—"El año del moco"...
—¿Y los hacía en ese momento los versos?
—Sí... les preguntaba el nombre a las pibas, y con ese nombre en un momentito les
hacía un verso...
-¿Y?
—Y... entonces el novio le daba algo de plata, no sé, lo que quería. A mi vieja una
vez le hizo un verso, ella siempre lo guardó...

15 Ver Rosario y sus creadores (III).


16 Cantante español contemporáneo.

79
—Sí, eso sería por el recuerdo del chamuyo con tu viejo, no por el Aragón ése ...
—... y después, todos los carnavales lo coronaban rey, siempre era el Rey Momo, el
Rey del Carnaval.
—¿Pero cómo podía hacer un verso tan rápido?
—Y... no sé... como los payadores ... no sé ...
—¡Qué bárbaro! —Fatiga ahora se veía impresionado—, yo ni loco. Pero igual
córtala Bicho, que eso es más triste que pegarle a la madre ...
—"Del moco"... ¿Sería que no había pañuelos, che? Porque fijáte, a nosotros nos
dicen "mocosos", ¿tendrá que ver?
—¡Córtala Marciano! —explotó Fatiga. Y agregó con suficiencia—: ¿No ves que
estamos hablando de cosas de la cultura?
Y mientras el Marciano, totalmente desconcertado, se quedaba mirándolo con la boca
abierta, el Bicho atacó una musiquita rápida, como de circo. Gustavo cambió de tono
en el acto:
—¡Ésa es la marcha de Ñul!17 ¡Termínenla!
—¿Y qué más querés? —dijo Niquí riendo—. Ahora que se fue al descenso hay que
levantar el ánimo de la hinchada...
—Hinchadas ... ¡las pelotas!
—Y... si las pelotas no están hinchadas, no se puede jugar —ironizó el Ratón—.
Escucha esto, Fatiga:
"Con pelota o sin pelota con hinchada o sin hinchada, los del Parque Independencia
los del Parque Independencia ...", ayúdame, Niqui...
—"Ya no sirven para nada"...
—¡Ahí está, fenónemo! ¡Alfonso Aragón, un poroto! Dale, acompáñanos, Bicho,
"con pelota o sin pelota"...
—Oigan, che —se enfureció de pronto Aníbal—, yo vine a estudiar contabilidad, no
a escuchar cantitos idiotas...
—Pero Aníbal... —el Marciano ladeó la boca en la más sarcástica de sus sonrisas—,
por favor, ¿no ves que están hablando "de cosas de la cultura"?
—¡Me voy! ¡No los banco más! —Y Gustavo hizo ademán de ir hacia la puerta.
—¿No vas a probar la torta que me va a alcanzar ahora mi
mamá? —preguntó el Marciano poniendo la cara más estúpida del mundo.

17 Newell's Old Boys. Uno de los equipos de fútbol más importantes de Rosario. Su estadio está ubicado en
el Parque Independencia.

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Imagen con esiguiente epígrafe: Alfonso Aragón, Rey del Carnaval rosarino.
Dibujo de Gregorio Zeballos.

81
Gustavo se paró en seco.
—Bueno, está bien —dijo sin darse vuelta—, por esta vez me quedo, pero si dejan de
joder y estudian; yo me tengo que sacar un ocho, che.
—Ocho patadas en el culo te voy a dar si seguís mandándote la parte. ¿Desde cuándo
tanto amor al estudio? ¡Un ocho! ¡Hay... que ver!
—Ese anzuelo no. No va...
—¿Por qué no? ¿No es igual que éste?
—¿No te das cuenta que éste es muy chiquito? Cuanto más, vas a pescar una mojar
rita.
—No sabía.. . creí que cualquiera era lo mismo...
Niqui ha invitado a Robbie al campo. El Dr. Ricciardo no había puesto
inconvenientes. Al contrario, estaba seguro de que a su huésped le haría mucho bien
la compañía de ese chico, al que había conocido hacía algunos días solamente, pero
que le había causado una excelente impresión. Niqui había ido a buscar unos apuntes,
se había quedado a merendar y el Dr. Ricciardo había abandonado por un momento
la atención del consultorio para conocerlo. A la hora de la cena, durante los últimos
días, había intuido que Robbie estaba bastante apartado de sus compañeros de curso.
Algunos escasos datos aportados por Robbie mediante un habilísimo interrogatorio
de Raúl —así le había pedido el Dr. Ricciardo a Robbie que lo llamara—, habían
hecho comprender a éste que su único amigo en el grupo era ese muchachito, Niqui
García, con el cual, al parecer, se entendía perfectamente.
A Raúl, Niqui se le había aparecido como un muchachito serio, desenvuelto,
inteligente, con cara "de poeta" además y su larga experiencia como pediatra le hizo
aprobar interiormente, sin reservas, esa naciente amistad. Había sido entonces
cuando Niqui le había preguntado:
—¿Habría inconvenientes en que Robbie viniese conmigo al campo, para Semana
Santa?
—¿Tienen una casa de fin de semana? ¿Dónde?
—En Oliveros, al lado del río. No es nuestra, en realidad y no es de fin de semana.
Nosotros vivíamos en un pueblo cerca de allí, pero mi padre vendió aquello hace dos
años, cuando vinimos a la ciudad. El que está allí es mi abuelo.

82
"El sol, alzándose frente a ellos por sobre los árboles del monte, en la otra orilla,
doraba el agua... "

83
A veces, en los feriados, aprovechamos a visitarlo. La casita está al lado del río.
—Rummm... ¿No será peligroso el lugar? Vos estás acostumbrado seguramente, pero
Robbie...
Éste, que estaba preparando una tostada y parecía casi ajeno a la conversación,
levantó en el acto los ojos y los clavó en los del médico. Ricciardo se mordió los
labios. Acababa de decir una soberana tontería. Pensó rápidamente.
—Bueno, es una estupidez lo que dije, claro. Estoy tan habituado a tratar con
chiquitos, que me olvido que éste es ya todo un hombre... — Sonrió con toda
naturalidad y respiró, aliviado para sus adentros. Casi acababa de mandar al diablo la
confianza que el muchacho empezaba a tenerle y que bastante le había costado
obtener todos estos días.
—Por supuesto —continuó, dirigiéndose a Niqui—, por supuesto podrá ir, si es que
él lo desea, claro.
Y así se había arreglado todo. Pablito había insistido en ir con su hermano, y sus
empecinados seis años habían logrado que lo dejaran, encargándoselo a Niqui con
miles de recomendaciones. A éste no le había hecho demasiada gracia cargar con "el
clavo", como él decía, pero pensando en lo bien que se llevaba Pablo con el abuelo,
finalmente había estado de acuerdo.
Esta mañana, a la salida del sol, Niqui había despertado a Robbie en el mayor de los
silencios. Ellos dormían en la habitación que hacía de comedor y salita de estar. Allí
habían tirado las bolsas de dormir que había llevado Niqui, junto a un rústico hogar
que encendieron por la noche porque en el campo el frío ya se hacía sentir con
fuerza. Para Robbie todo había constituido una novedad. El lugar, cubierto de
vegetación. El terreno, ondulado como en muchos lugares de la provincia de
Córdoba, adonde alguna vez recordaba haber veraneado con sus padres. Y finalmente
esa casita pequeña, modesta, pero simpática y cálida como su dueño, don Juan Ibarra,
y en la que desde el primer momento se sintió tan plenamente cómodo como nunca
se había sentido.
En la habitación de al lado dormían el abuelo y Pablo. Después de despertar a
Robbie, Niqui preparó un termo, unas galletitas, puso todo en un bolso y mientras
Robbie terminaba de lavarse y ordenar su bolsa de dormir, fue al cobertizo a buscar
las cañas y la lata donde guardaba los anzuelos y la carnada.
La mañana se presentaba hermosísima. El pasto les mojaba los pies mientras bajaban
hacia el río, los pájaros saltaban de un árbol a otro y de ellos al pasto, largando
grititos alegres, y todo brillaba como si estuviese recién lavado.

84
Cuando llegaron a la orilla se detuvieron, como dos exploradores que luego de
atravesar la selva llegan por fin a la meta esperada. El sol, alzándose frente a ellos
por sobre los árboles del monte, en la otra orilla, doraba el agua y relumbraba sobre
el rocío que cubría los pastos. A Robbie le pareció haber llegado a otra parte del
mundo. Niqui lo miró como diciéndole "¿Qué tal?" y él no dijo nada, pero para el
chico campesino fue suficiente la suave sonrisa que se insinuó en los ojos
asombrados del de la ciudad.
Desde la derecha, desde el noreste, el río Carcarañá avanzaba dulcemente, en un
suavísimo fluir, para perderse a la izquierda, hacia el noroeste, formando un recodo.
Sobre las barrancas de las dos orillas, cada tanto, caían sauces llorones lamiendo el
agua con la punta de sus ramas.
—Vamos, hay que bajar —había dicho Niqui—. Tené cuidado, por favor, aquí la
barranca es un poco empinada ¿ves? Pero para pescar es el mejor lugar. En cambio
para bañarse hay que ir más allá, aunque es puro barro. Aquí hay bastante arena y
uno tiene lugar donde sentarse. Sólo que aquí nomás, el fondo del agua está lleno de
piedras, solamente se puede pescar. Y un poco más a la izquierda hay un remanso
¿Ves cómo el agua da vueltas despacito? Hay que conocer el río para tirarse, el río es
muy traicionero. Vení, acomódate aquí, cuídate de no resbalar, todo eso es muy
empinado. —Y agregó con una risita— A ver si te vamos a tener que pagar por
bueno al Dr. Ricciardo...
Ahora, ya instalados, han empezado a armar sus cañas.
—¿Así que pensabas que todos los anzuelos eran iguales?
—Bueno... no... pero en realidad no entiendo nada, nunca había ido a pescar ...
Bueno, sí, una vez... —murmura Robbie como para sí mismo—, con mi padre... Pero
ya ni me acuerdo ...
—Mira, para mí es algo bárbaro —dice Niqui mientras prepara la caña de su amigo
— Te olvidas del mundo, si querés pensás... o no, hablas... o no... es bárbaro.
Los dos se acomodan y Niqui clava su caña en la arena, bien cerca de la orilla.
Después saca el termo del bolso y se pone a preparar el mate.
—Yo lo tomo amargo, pero si querés lo hago dulce.
Robbie no está acostumbrado a tomar mate en bombilla, casi ni sabe el sabor que
tiene. Sin embargo, siente que en ese momento todo puede gustarle. Casi como con
vergüenza, pero afectando naturalidad, dice...

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—No... amargo nomás...
—Vos mira mi caña ¿querés? Si ves que se mueve, avísame ...
El primer sorbo penetra hirviente en la boca de Robbie y le quema la garganta. El
sabor es amargo y espeso y permanece en su paladar por un buen rato. Es
reconfortante, después del madrugón y de tener la boca seca y fría por el aire de la
mañana. Toma una galletita que le ofrece Niqui y la combinación de la masa
crujiente con el sabor picante de la yerba le parece una delicia.
—Está bueno...
Y los dos chicos siguen un buen rato, en silencio, sintiendo cada vez más tibio el sol
sobre sus cabezas,
Mientras tanto, Pablo ha empezado a despertarse; abre los ojos. El abuelo no está en
la cama de al lado. Escucha ruidos en la cocina.
—¡Abuelo!
—¿Ya te despertaste? Estoy preparando un rico mate cocido y tostadas con manteca
y dulce de ciruela. ¿Qué te parece?
Las dos voces, tan fresca una como gastada la otra, pero ambas alegres y entusiastas,
van y vienen por el aire de la casita, habitualmente silenciosa.
Don Juan Ibarra está feliz por la visita de sus nietos, "los muchachos" como él dice.
Es tierno y condescendiente con Pablo, el pequeñito, a quien todavía no conoce
demasiado. Pero en lo más secreto de su corazón, el nieto que lo llena de orgullo, es
Niqui. Tiene mucho de su hija, con su aire reflexivo, de soñador o de hombre de
campo ¿O sería lo mismo?
Estaba ahora, además, ese chico porteño, tan de ciudad, tan diferente en apariencia.
Muy callado, muy cortés, pero también tan distante, como orgulloso. Pero ... si era
amigo de Niqui... seria un buen chico, sin duda. Don Juan respeta a Niqui como a un
hombre y confía en él. Niqui no podría tener amigos que no merecieran su amistad.
Todo esto piensa el abuelo mientras prepara, feliz, el desayuno para él y para su
nieto. £1 acostumbraba a levantarse muy temprano, pero hoy no había querido
despertar a los chicos. Se sorprendió cuando vio que ya se habían ido y supuso que
Niqui había llevado a su amigo a pescar. ¿Vendrían a desayunar? Mira por la ventana
la altura del sol. Sí, deben ser ya como las diez y media.

86
—Ya estoy, abuelo.
—¡Ah, muy bien! ¡Así me gusta! Que no sea perezoso... No hay nada más feo que un
chico perezoso. Mira qué linda está la mañana. Vale la pena salir a jugar ¿no?
—¿Y Niqui? ¿Y el "porteño"?
—El porteño se llama Robbie...
—Bueno, ése...
—Mira, se fueron muy temprano. Deben de estar pescando. ¿Te animas a ir a
llamarlos para que vengan a tomar la leche con nosotros?
—¡Zí, zí, abuelo! ¡Zí! —Pablo salta de entusiasmo, pensando que debe ir hasta el río.
A él le encanta el río —¿Me dejarán pezcar a mí también? ¿Tengo una caña yo,
abuelo? ¿Me vaz a dar una caña para mí? ¿Que zea azi de chiquita? —Y sus manitos
regordetas muestran un inverosímil tamaño imaginario que parece propio de un lápiz
más que de una caña de pescar.
Don Juan ha perdido la costumbre de los diminutivos y de las palabras tiernas, pero
las lucecitas de sus ojos y el tono de su voz tienen toda la dulzura del mundo.
—Sí, seguro —sonríe enternecido y se inclina para ordenar con sus dedos nudosos el
flequillo de su nieto —Pero primero vas y los llamas y toman la leche. Tené cuidado
con acercarte mucho a la orilla —Y añade señalando por la ventana que da hacia el
este —llámalos desde aquel alambrado nomás ¿eh?
Ya Pablo casi no lo escucha. Sus piernecitas, breves todavía, han escapado a toda
velocidad por la puerta vaivén y corren felices, casi sin tocar el pasto, sin advertir los
charquitos del sendero. La carita llena de sueño momentos antes, estalla ahora de luz
y de color.
Llega al alambrado y llama, como le dijo el abuelo: —¡Niqui! ¡Niqui!!
Nadie contesta. Un poco más allá debe de estar el río. Se agacha, pasa una piernita,
después la otra. Avanza. Sus zapatillas se hunden en un colchón de trébol, húmedo
todavía bajo la sombra de los altos eucaliptus. Sigue avanzando. ¿Dónde estarán los
chicos?
No los ve. ¿Estarán? ¿No se habrá equivocado el abuelo? ¿Y el río? ¿Por qué no se
ve todavía? Pablo se siente como metido en un mundo aparte, redondo y cerrado,
verde y silencioso. En ese momento siente pasos detrás. Se da vuelta. Un animal
enorme avanza lentamente hacia él, clavándole los ojos. Pablo siente como si una
fuerza extraña lo levantara del suelo, donde por un instante había estado clavado. El
animal enorme sigue avanzando.

87
Del estómago chiquito y apretado de Pablo surge el grito como un chorro potente: —
¡¡NIQUI!!
Ya casi con la bestia sobre él, atina a girar como un trompo y sale disparando a todo
el correr de sus piernitas.
Niqui y Robbie que han escuchado el grito angustioso y penetrante, se han puesto de
pie, asustados, giran rápidamente sus cabezas.
—¡¡Cuidado!! —alcanzan a gritar.
Impotentes, sin poder hacer nada, alcanzan a ver el cuerpito de Pablo que asoma en
lo alto del terreno y resbala por la arena, a toda velocidad, rodando, hasta hundirse en
el agua.
Niqui, espantado, no ha alcanzado a reaccionar, cuando de súbito ve caer, casi
simultáneamente con el cuerpito de Pablo, el cuerpo de Robbie, que acaba de
arrojarse al río. Aterrorizado, estupefacto, se agacha, extendiendo los brazos sin darse
cuenta, como para alcanzarlos o detenerlos. Por un infinitesimal fragmento de tiempo
que a él se le antoja un siglo, sólo se ven las aguas borrosas y revueltas. Luego
aparece una cabecita y otra en seguida, junto a ella.
—¡Ayúdame, Niqui! Alcánzame la punta de la caña. ¡Dale, apúrate! Y Robbie
manotea con un brazo mientras sostiene a Pablo con el otro.
El chico, totalmente aturdido todavía, alcanza a desenterrar su caña, la toma
fuertemente por el lado del hilo y la estira, arrodillado, al otro, tratando de no
resbalar también él y agarrándose como puede de los yuyos más largos. Robbie se
prende al extremo de la caña y puede así ir saliendo poco a poco, resbalando,
cayendo, volviendo a resbalar, pero logrando con enorme esfuerzo subir lentamente,
arrastrando a Pablo por el suelo arenoso, hasta llegar por fin a lo alto del terreno.
—¡Vamos, lo alzamos entre los dos! ¡Apúrate, está temblando, se puede enfermar...
Niqui, sin sentir las lágrimas que le corren como fuego por las mejillas y sin darse
cuenta, en realidad, de que todo el tiempo murmura "Pablo, Pablo...", con
desesperación, carga a su hermano con la ayuda de Robbie.
Así, chorreantes, desolados, muertos de frió y de angustia, los ve llegar don Juan a la
casa.
Ahora, pasado el gran susto, con ropa seca y frente a un buen desayuno caliente,
reproducen el suceso, hablando todos a la vez.
—¿Zábez, abuelo? Era un animal tan enorme, pero tan enorme... y ze me venía
enzima... ze me venía enzima... y me miraba fijo, fijo...

88
—¡Era una vaca, zonzo! —Robbie y Niqui ríen a carcajadas. Don Juan ríe también
con ganas, hasta tener que secarse los ojos con su gran pañuelo a cuadros.
—¡Si hubiera estado mamá! Cuando Pablo apareció allá arriba y empezó a rodar...
Yo me quedé clavado, no reaccionaba... En cambio éste... ¡Estuviste genial!
—Zoz un héroe —afirma Pablo, convencido—. En el Jardín una vez hablamoz de un
chico que zalvó a otro y la señorita Marta dijo que era "un héroe" —Y concluye: —
Voz me zalvazte, entoncez zoz un héroe, le voy a contar a papá.
—Si le contás no te deja venir más...
—Él zí, mamá no me deja porque ella ziempre ez miedoza...
—Bueno, igual promete que no vas a contar nada.
—Y otra vez esperas que haya alguien, no vas más hasta el río solo ¿eh? ¿Qué le
digo yo a tu mamá después ¿eh? Y vos, muchacho... —don Juan se atraganta un poco
—saliste bueno... ¡la pucha! Quién hubiera dicho ¿no? Mira, a mí la palabra héroe
nunca me ha gustado mucho... Yo te diría más bien... que sos todo un hombre...
Eso...
A Robbie le sube fuego a la cara. Niqui, con aire de posesión, lo mira sonriendo y
revienta de orgullo.
"Querido hijo:
No tengo noticias tuyas. En cambio, he recibido carta de Pepe, quien me envió tu
dirección apenas te instalaste. Eso me tranquilizó. Me alegro de que estés en casa de
Raúl, estoy seguro de que se llevarán muy bien. De todas maneras, te pido aunque
sea unas líneas. Sé que no te gusta demasiado escribir, pero quisiera que me contaras
algo de tu vida allá, de cómo te sientes, cómo vas en la escuela, aunque todo sea
telegráfico. Aquí, mis cosas se desarrollan mejor de lo que yo esperaba. Dispongo de
un espléndido laboratorio, en el que con dos compañeros de mi especialidad,
estudiamos y trabajamos. Si todo sigue así, para noviembre podré estar de vuelta,
habiendo justificado con creces este viaje. Estoy detrás de una bacteria a la que
creemos poder dominar en pocos días más y eso significaría un nuevo remedio que
solucionaría muchos problemas a mujeres que tienen RH negativo. Algo asi como
una muy efectiva vacuna. Estoy realmente apasionado y entusiasmado con mi
trabajo, y me paso en el laboratorio "Full-time"18, como dicen aquí.

18. Tiempo completo, todo el tiempo.

89
Dale un gran abrazo a Raúl, de mi parte. Ya charlaremos largo con él, a mi vuelta.
Escribíle a Pepe siempre que puedas y pedíle lo que necesites. Le darás un gusto.
Estoy seguro de que nos extraña mucho, a los dos.
Espero tus noticias, hijo, y mientras tanto te abrazo muy fuerte, Papá.
"Querido tío Pepe:
Gracias por los libros y la ropa. Aquí todo va muy bien sin grandes novedades. El Dr.
Ricciardo, Raúl, es muy macanudo. No se mete en mis cosas, pero da la impresión de
un tipo con el que puedo contar. Me gusta, porque no habla demasiado y cuando dice
algo no dice pavadas. Le gustan cosas que a mí también me gustan, como el cine, la
literatura fantástica, bueno, ya sabes, todo eso. De noche, en la cena, hablamos
bastante de esos temas, conoce mucho, no como la mayoría de los médicos, que sólo
saben de su profesión. Además, es un tipo que no se cree obligado a darme la razón
porque yo sea un mocoso al lado de él, no sé si me entendés. Hablamos de igual a
igual. En eso se parece a vos.
En cuanto a la escuela, todo va bien, no te preocupes. Si le escribís a papá, contále
algo de esto, por favor. Yo ya no tengo tiempo para otra carta. Alguna vez me
gustaría verte por aquí. Tal vez tengas un fin de semana libre. Por favor, si llegas a
venir, avisáme. Hay un chico que me invita a veces a pasar el domingo en el campo,
en la casa de su abuelo.
Gracias otra vez por todo. Un abrazo, Robbie".
"Querido Roberto:
Aquí se te extraña. En realidad no sé bien si es a ti al que extraño o a tu rico cognac
después de los almuerzos de los domingos, mientras escuchábamos a Coltrane19,
Beethoven20 o a Piazzola21. El caso es que algo me falta, cono. Hablando en serio, el
que sin duda me ha hecho un hueco imposible de llenar, es el muy sinvergüenza de tu
hijo.

19 John W. Coltrane: destacado intérprete y autor de jazz estadounidense (1926-1967). Estudioso de


la música seria europea, pensaba que el dominio de la técnica era la base de la improvisación.
20 Músico alemán (1770-1827) de vastísima obra. Se destacan las nueve Sinfonías, una ópera, Fidelio,
numerosas sonatas, oberturas, conciertos, etc.
21 Compositor contemporáneo argentino. Renovador de la música ciudadana.

90
¿Quién me habrá mandado a mí sentirlo como propio? Mira, cualquier sábado de
éstos me voy a Retiro, me subo a un tren y no paro hasta Rosario.
Bueno, hombre, basta de llanto. Me alegro de que allí todo se ta haya dado tan bien.
Tenías que salir de aquí para poder investigar como quisiste hacerlo durante años.
¿Te has encontrado con otros argentinos? Mira que me han contado que los hay a
patadas. No seas tan ostra y hazte de amigos, hombre, todo no ha de ser trabajo y
estudio. Y que no se te olvide el idioma, hijo, pues si no cuando vuelvas todo será
"please" y "good-bye" y de allí no podremos salir, pues yo de inglés... ni jota, chico.
En cuanto a nuestro Robbie, no hará falta que te cuente, pues ya sabrá de él por sus
cartas. De cualquier modo, te digo que puedes quedarte tranquilo, pues todas sus
noticias son de lo mejor. Es lógico, a un chico tan majo no pueden menos que
quererle, donde quiera que esté.
Escribe pronto y cuéntame cosas. Yo... pues lo de siempre, sangre y orina bajo el
microscopio... Lo demás, igual. Te abraza fuerte, Pepe".

91
CAPÍTULO VIII

El Domingo de Pascua se ha presentado frío, pero espléndido. El cielo es de un duro


y transparente azul, los campos brillan y el río centellea al sol como nunca.
Niqui ha ensillado al "Pataqueno" y Don Juan ha prestado su "Zinnia". Los dos
chicos han salido a cabalgar. El chiquito había insistido en que él también debía
participar de la excursión y había iniciado unos alarmantes pataleos. Pero el abuelo lo
ha invitado para que lo ayude en la quinta y lo ha hecho de tal manera que a Pablo le
parece ahora mucho más importante y divertido escarbar entre las lechugas y las
zanahorias, que montar a caballo. Así, su hermano y su amigo pueden ahora pasear
tranquilos.
Para Robbie todo constituye una maravillosa novedad. Nunca había montado, salvo
en los caballos de calesita, o los poneys de Palermo o en alguno de aquellos remotos
veraneos en Córdoba o Mar del Plata. Experimenta ahora una sensación
verdaderamente deliciosa, con ese gran cuerpo cálido y vibrante transportándolo y
haciéndole creer dueño de todo el Universo. Sin que él lo advierta, se insinúa en su
boca, todo el tiempo, una suave sonrisa. Niqui lo observa de reojo, de cuando en
cuando y experimenta a su vez el orgullo de anfitrión de ese Universo.
El trote acompasado predispone a la charla.
—¿Qué tal? ¿Todo bien?
Robbie acentúa la sonrisa y asiente con la cabeza. Niqui se anima a preguntarle:
—No te aburre el campo ¿no?
El otro piensa un rato antes de contestar.
—No... qué me va a aburrir. Es lo más parecido a otro planeta que he visto en mi
vida.
—Es tan distinto a la ciudad —concuerda soñador Niqui— En la ciudad estás
siempre como encerrado, aquí es como si te sintieras libre ¿no?
Robbie lo mira pensativo.
—Sí... eso es...
—¿Podrías vivir aquí?
Robbie vuelve a mirar hacia adelante.
—Y... no sé... Yo nací en la ciudad ¿sabes? Estoy demasiado acostumbrado, no sé...
—Bueno —dice Niqui alegremente— aquí podés venir todas las veces que quieras.
¿Te vas a quedar todo el año en Rosario?
—Sí, mi viejo vuelve recién a fin de año.
—¿Vuelve de Buenos Aires?
—No, de Norteamérica. Fue becado, está haciendo un trabajo de investigación.
—¡Qué bárbaro! ¿Qué hace tu viejo?
—Es médico, Ginecólogo.
—¡Ah! —Niqui queda un rato silencioso—. Así que cuando él vuelva te vas de
nuevo a la Capital.
—Así es.
92
—¡Pucha, qué lástima! Bah, digo... Digo por mí...
Robbie lo mira.
—Claro que es una lástima. Me gusta estar aquí.
Niqui se anima.
—¿Te adaptaste al colegio, a los chicos?
Robbie sonríe.
—Sí... Fijáte que al principio la cosa estaba dura... ¿Te acordás el día de la Plaza?
—¡Cómo no me voy a acordar! Ahí más bien te hiciste odiar. Caíste como sapo de
otro pozo.
—Es que me daba bronca... Me miraban como a un bicho raro.
Niqui suelta la carcajada.
—¡Es que sos un bicho raro!
Robbie también ríe. Hay una pausa. Después vuelve a ponerse serio.
—¿Sabes qué pasa? Yo creo que la gente está acostumbrada a vivir fingiendo.
Niqui se interesa.
—¿Fingiendo?
—Y... sí... ¿No te fijaste? Tratan de quedar bien unos con otros, sonríen, son
amables, se hacen todos los buenitos, se dicen que sí a todo... Y después capaz que
están pensando todo lo contrario. No tienen ganas de sonreír, pero se esfuerzan. No
tienen ganas de decir que sí, pero se esfuerzan. Y qué querés, a mí eso me revienta.
No me gusta sonreír para caer bien. Y si nc caigo bien... mala suerte... Lo que más
quiero es ser independiente. Hacer lo que yo quiera ¿sabes?
Sigue un largo silencio. Niqui piensa. Está bastante confuso. Finalmente dice:
—Mira... Yo también creo en lo que vos decís. Los hipócritas me revientan también.
Pero en cambio creo... a ver si me explico... que si querés a la gente... hay cosas que
te salen sin que te esfuerces ¿no?
—Debe ser que yo no quiero a la gente. Quiero a algunos, nomás...
Niqui no contesta. ¿Por qué será que las palabras del otro no le chocan? No le resulta
antipático por decir esas cosas. Más bien tiene como un impulso de afecto. Intuye
que algo le pasa al otro, es como si no tuviera alegría por dentro. Sí... eso era. Inés,
por ejemplo... O él mismo... Siempre habían dicho que "querían a la gente", que era
hermoso "tener muchos amigos". Aunque pensaran de manera diferente, aunque les
gustara otras cosas... Y tal vez todo eso no fuera más que las ganas de compartir
alegría... Uno siente la necesidad de actuar con los demás, de hacer cosas juntos,
cuando adentro tiene reservas de alegría. Tal vez eso era lo que faltaba en Robbie:
alegría.
—Una cosa Niqui, antes de que me olvide...
—Decíme...
—No le cuentes a nadie lo que pasó el viernes con Pablo, en el río.

93
—¿Por qué? No tiene por qué ser un misterio...
—Ya sé, pero prefiero que no cuentes. En serio...
—Está bien, si querés...
Después de otra pausa, Niqui cambia de conversación.
—Así que tu viejo... Cuántas cosas te va a contar cuando vuelva...
—En una de ésas no vuelve...
—¿En serio?
—Y... allá tiene todo para investigar. Acá no puede hacer nada. Ni plata, nada...
—¿Vos también te irías, entonces?
—Y... me imagino que sí...
—¿Y te gustaría?
—No sé...
Niqui siente que los dos se han puesto tristes. Intenta cambiar el clima.
—¿Sabes qué vamos a hacer ahora con Gora... digo, con Inés?
—Qué...
—Vamos a trabajar...
—¿En serio?
—Sí, lo decidimos el otro día. sabés qué pasa, a todo el mundo le falta plata. En casa,
por lo menos, es un drama... No se habla de otra cosa... Inés está en la casa de la tía,
que es maestra jubilada, sabés y por más que del campo le mandan plata para sus
cosas, uno nota que a todos les cuesta... Y tenemos ganas de ganar algo nosotros
también...
Robbie lo mira muy interesado.
—A mí me pasa también algo así. Por ahí quiero comprar algo que me guste, un
libro, un disco, no sé y lo que me mandan no me alcanza nunca. En Buenos Aires le
pedía a mi viejo y listo. Pero aquí...
—Sí, es el problema de todo el mundo. Por eso decidimos trabajar.
—¿Y qué vas a hacer? No es tan fácil...
—No, ya sé, a nuestra edad... Pero ¿sabes qué se nos ocurrió? Animar fiestas
infantiles. Muchos acostumbran contratar gente para animar cumpleaños, en la
ciudad. A mí me da risa, en el campo eso no se hace. Los chicos no necesitan que
nadie los divierta. Pero claro, en la ciudad, los que viven en departamentos, sobre
todo ¿qué pueden hacer? Los padres se vuelven locos.
—¿Y saben hacer eso ustedes?
—¡Seguro! —afirma orgulloso Niqui —Cuando vivíamos los
dos en el pueblo nos pasábamos inventando historias, hacíamos títeres, de todo.

94
—Qué bárbaro ...
—Sí. Además Inés este año aprende guitarra y sabemos un montón de canciones. Yo
también sé acompañar un poco... Tenemos muchas ideas. Si nos va bien, podemos
sacar fácil unos... treinta o cuarenta palos por semana, por lo menos... Aunque sea
para el cine, o alguna otra cosa... Ya sería una ayuda, ¿no crees?
—Seguro...
—Che, ya me cansé del trote ¡Vamos a darnos un buen galope hasta el río! ¡Dale!
Niqui trata de enseñar ahora a su amigo los secretos del movimiento del cuerpo, que
debe acompañar a los del caballo. Le enseña también a sostener correctamente las
riendas y a apoyarse con firmeza sobre los estribos. En honor a la verdad, Robbie ha
aprendido velozmente y cualquiera, al verlo, piensa que hace tiempo que sabe
montar.
Ha pasado ya un largo rato desde que cabalgan y Robbie propone descansar un poco.
En eso descubren, en un claro entre los árboles, una pequeña carpa. Al mismo
tiempo, escuchan voces y rasguidos de guitarra.
Bajan de los caballos, los atan a un árbol y se acercan al lugar de donde vienen los
sonidos.
—¡Hola, viejo! ¿Qué andas haciendo por acá?
Niqui se sorprende al reconocer a Martín Righero, su ex compañero de curso. Pero
esta vez no se siente molesto, como le ha ocurrido en otras ocasiones con Martín.
Más bien le alegra haberlo encontrado.
—¡Hola! ¿Qué andas haciendo vos?
—Y... festejando Pascua, pibe... Qué raro encontrarnos acá ¿no?
—¿Por qué raro? Si aquí nomás vive mi abuelo...
La cara de Martín se anima, los ojos brillan con interés.
—¿Tu abuelo? ¿Cómo se llama tu abuelo?
—Juan Ibarra.
—Juan... Ibarra... ¿Y vive solo che?
—Sí, allí, después de esos eucaliptus, esas tejas rojas ¿ves?
—Aja... Bueno —agregó dirigiéndose a los dos muchachos que estaban allí, sentados
en el suelo— éste es Niqui... éstos son amigos...
—Este es Robbie...

95
La mirada de Martín Righero recorre con indudable sorna la figura del porteño y
después de un rato dice:
—Bueno, siéntense, che, tomen un mate.
Uno de los muchachos, el que cebaba, alarga un mate a Niqui. Tiene una cara hosca,
una mirada huidiza. Al otro casi no se le ve la cara, con todo el pelo sobre los ojos.
Inclinado además sobre la guitarra, no levanta en todo el tiempo la cabeza. Los
acordes, monótonos, obsesivos, sirven de música de fondo a la charla de los demás.
—¿Cómo no te vi anoche en ONGAKÜ? —pregunta Martín a Niqui.
—No, no fuimos...
—Lo hubieras llevado a éste —insinúa Martín señalando a Robbie con la cabeza—.
Con la pinta que tiene, nos acaparábamos a todas las pibas del pueblo... Hay que ver
cómo se mueren por los de la ciudad, che... Les macaneas un poco y las tenés con
vos en vivo y en directo...
—No se me ocurrió...
Niqui parece un poco avergonzado. Ahora piensa que seguramente a Robbie le
hubiese gustado ir a bailar. Pero se habían sentido tan cansados, ayer, después de
pescar, cortar leña, jugar a la pelota con Pablo... Siente la necesidad de explicar.
—Nos quedamos mirando televisión y charlando con el abuelo... A la una ya
estábamos acostados.
Martín los contempla sobrador, con su sonrisa de costado y dice arrastrando las
frases:
—Che, qué maricones... Un sábado a la noche... charlando con el abuelo ...
Robbie que estaba jugando con un palito en el suelo, levanta de golpe la vista. La luz
verde de los ojos se le ha endurecido y la voz le suena metálica:
—No todos pueden ser tan machitos como vos... —Y la palabra "machitos" resulta
tan cargada de ironía que hasta el silencio que sigue resulta pesado, casi
inaguantable.
Martín, después del primer momento de sorpresa, intensifica su sonrisa y cambia
completamente de tono.
—¡Eh!... ¡Che! Era en joda... —Y agrega dirigiéndose a Niqui, con vos casi melosa
— Qué amigo tan susceptible habías tenido, loco...
La guitarra, aue por un momento había callado, reanuda sus monótonos acordes.
Niqui, regocijado en su interior pero tratando de disimularlo, admira en este
momento a Robbie casi tanto como cuando lo vio arrojarse al agua.

96
—¿Alguien tiene un pucho? —pregunta en eso Martín, como con indiferencia.
—Voy a comprar —dice Robbie inesperadamente. —El almacén está para allá ¿no?
—Te acompaño —se apresura Niqui.
—No —Niqui ya conocía ese "no"—, tengo ganas de caminar un poco solo.
—Mira, che, de paso, ya que vas, si no te importa... ¿por qué no traes también un kilo
de yerba? Y unas galletitas, cualquiera, sabes, de ésas de agua, nomás...
Robbie lo mira sin contestar.
—Digo... si no te molesta andar con paquetes —sonríe Martín con su sonrisa
compradora y un matiz servil en la voz.
—No... —dice Robbie despacio, sin sacarle los ojos de encima —por qué me va a
molestar ...
Y dando media vuelta, se aleja entre los árboles. Nadie habla por un rato. Es Martín
otra vez el que inicia la charla.
—¿De dónde lo sacaste?
Niqui, al quedarse solo, vuelve a experimentar la antigua incomodidad.
—Está en el curso, es de Buenos Aires.
—¡Ah! —la exclamación de Martín suena triunfante— ¡Con razón! Un porteño
fanfa... ¿No es medio marica también, che?
—Estás loco ¿por qué lo decís?
Niqui querría estar a mil kilómetros, pero Martín siempre ha ejercido sobre él una
especie de fascinación y estar sentado allí le resulta tan atractivo como violento y
extraño al mismo tiempo.
—Y... esos pantalones... esa remerita... esos rulos... ese colmillo colgado... ¡salí,
hacéme el favor!
Niqui no contesta. En el fondo desearía desesperadamente que Robbie no tuviera ese
aspecto tan llamativo.
En realidad no contesta porque no sabe qué contestar. Martín cambia repentinamente
de tema.
—Che, contáme ¿qué tal las pibas del colegio? Mira que algunas estaban buenas,
che... La Lori aquélla... la otra, la prima, Inés, que andaba siempre con vos... ¿Qué
tal, te atracaste alguna? ¿O todo está como era entonces? Toma un mate, che... Lo
mejor que tenía el colegio eran las pibas, no me digas que no... —Martín chupa la
bombilla y los ojos se le achican, como si viera algo a lo lejos y empieza a reírse
despacito— ¿Te acordás? ¿Te acordás aquella vez que nos juntamos en el garaje de
la tía de Inés y se armó un lío fenomenal porque querían que los muchachos y las
chicas hiciesen más cosas juntos y qué se yo cuántas macanas? ¡Qué joda! ¡Cómo me
divertí!

97
Silencio. Martín da la última chupada a la bombilla.
—¿Así que tu abuelo vivía aquí nomás? —Y agrega pensativo— Pero mira qué
casualidad...
Niquí no ve la hora de que vuelva Robbie. Siente alfileres en el cuerpo. Los otros dos
no han abierto la boca, uno cebando y el otro con su guitarra. Se fuerza a decir algo:
—¿Esta tarde levantan la carpa?
—Mira... pensábamos hacer eso, porque nos quedamos sin guita. Pero ahora... no
sé... está tan lindo aquí... —Y agrega dirigiéndose a sus compañeros —¿Eh? ¿Qué les
parece? ¿Nos quedamos una semanita?
Los otros lo miran como sorprendidos, sin contestar.
En eso aparece Robbie, se acerca al grupo y arroja un paquete grande, envuelto en
papel de estraza, a los pies de Martín.
—Toma, la yerba y las galletitas. Y aquí tenés los puchos —agrega, arrojando
también dos o tres paquetes de cigarrillos con un gesto de supremo desprecio.
—Bueno, che... me hiciste un favor... Decime cuánto ... cuánto...
—No es nada, che. Que lo disfrutes. Vamos, Niqui...
—No... pero... no faltaba más —El tono de Martín no es nada convincente, pero ya
Robbie y Niqui están desatando los caballos.
—Chau, Martín.
—¡Chau, pibe! Y... gracias, vos... ¿Cómo era que... ?
Pero ya los dos caballos han iniciado un trote rápido, en seguida un galope y se
pierden, por fin, rápidamente, detrás de los últimos eucaliptus.
Martín se pone de pie y los mira alejarse:
—Mirálo al Niqui García... de puro amigo porteño... Se le fueron los humos a la
cabeza, che... Qué par de maricones...— Se vuelve hacia los otros dos —aprovechen,
che... fumen nomás...— Y añade pensativo, como mordiendo las palabras —Vamos a
aprovechar otras cosas, también... Ya van a ver... se va a acordar de mí este porteño
fanfarrón...
Y Martín levanta la cabeza, escupe a un costado, mete los pulgares en los bolsillos
del vaquero, y repite con rabia, despacito:
—Se van a acordar de mí, ya lo creo que se van a acordar...

98
CAPÍTULO IX

—Venga, Nicanor, quiero hablar un poco con usted...


Niqui levanta la cabeza asombrado. Ha pasado casi un mes desde Semana Santa y
este domingo sus padres le han dado permiso para pasarlo en el campo con el abuelo.
Esta vez ha venido solo.
Desde que llegó notó un poco raro al viejo Don Juan. Muy callado sobre todo. Había
dejado el bolso en el dormitorio y apenas volvió a la cocina, ya estaba el mate
preparado. Pero había algo muy extraño en la voz del abuelo cuando le dijo,
sentándose a la mesa y señalándole la otra silla, "Venga, Nicanor, quiero hablar un
poco con usted." Hacía mucho tiempo que el abuelo no le decía "Nicanor" y el
"usted" era reservado siempre para las grandes ocasiones, como la de los quince,
cuando le había regalado el caballo.
—Sí, abuelo.
Hubo una pausa.
—¿Está bien de caliente el mate?
—Sí, abuelo.
Una segunda pausa.
—¿Qué me querías decir, abuelo?
Don Juan parece demorar el tema.
—Bueno, mire, m'hijo. Usted debe saber que todo está muy duro en esta época... que
las cosas cuestan una barbaridad... que nada alcanza... ¿me entiende, m'hijo?
—Sí, claro... ya sé, abuelo...
—Y usted debe de saber también que uno ha trabajado toda la vida... siempre
poniendo fuerte el lomo y que recién ahora... gracias a haber podido hacer la casita...
con la jubilación, voy tirando... Y alguna gallina, alguna verdura... en fin... ya me
entiende.
—Sí, seguro... Pero por qué ...
—Mire, Nicanor... Quise aprovechar a hablarle ahora que no están sus padres, porque
seguro para ellos sería un gran disgusto ...
—¿Disgusto?
Don Juan sigue como si no lo escuchara.
—Usted sabe cómo yo lo quiero a usted. Lo quiero... y lo respeto. —Da la última
chupada a la bombilla con fuerza, como con rabia— pero también me gusta que me
respeten.
—Pero, abuelo, yo...

99
—Y lo que usted ha hecho acá en el pueblo me muestra que usted ni me quiere ni
me respeta como yo quisiera. Niqui ya no puede más. La angustia le cierra la
garganta.
—Abuelo... —dice desesperado— no sé qué me querés decir... ¿Qué es lo que hice
en el pueblo?
—Si usted necesitaba alguna cosa... para convidar a su amigo... no sé... me lo hubiera
podido decir, uno hablando se entiende ¿no? Si yo podía, le alcanzaba algún pesito,
yo he sido muchacho también... ¡La pucha! Pero eso que usted ha hecho...
—¡Pero qué, abuelo!
—Yo, que jamás he quedado debiendo ni un pan..., que si algo tengo es el nombre,
en este pueblo... que me tengan que reclamar por cosas que no he comprado...
—No entiendo nada, abuelo, te lo juro...
—¡No! No jure, h'hijo. A un hombre le debe bastar decir "sí" o "no" y si ha tenido
siempre una conducta limpia, ese "sí" o ese "no" tiene que valer más que cualquier
juramento. Y su conducta ahora me ha desilusionado mucho, mi amigo...
—Pero abuelo, por favor, de qué se trata...
—Y usted, ya debería saber bien clarito de qué le estoy hablando. El otro día voy a la
despensa de don Julio, hacia bastante que no iba y me encuentro con una cuenta a mi
nombre y yo sin saber nada. Por lo menos me lo hubiera dicho, m'hijo...
—¿Una cuenta? ¿Qué cuenta?
—Y... no sería nada que hubiera... galletitas... yerba y esas cosas... pero lo que no me
ha gustado nada es que además hubiera cigarrillos y hasta una botella de ginebra...
¡La pucha con los muchachos de hoy! Estar engañando para los vicios, fíjese...
Niqui abre la boca dos o tres veces y otras tantas las vuelve a cerrar. Se le ha hecho
un barullo en la cabeza. Por un lado, en el acto sintió cierto alivio. Él no había puesto
nada, jamás, en la cuenta del abuelo. Nunca se le hubiera ocurrido hacerlo. Pero
cuando fue a decirlo, vio de golpe, como en una fotografía que le pusieran delante, el
claro en el monte, la cama, los chicos, sentados. Y Robbie arrojando un paquete
envuelto en papel de estraza a los pies de Martín. Vuelve a ver su gesto
despreciativo, de soberana superioridad frente a los otros. Y mientras todo eso gira
en su cabeza, puede ver también, como tras la niebla, los ojos del abuelo fijos en él,
unos ojos cansados, tristes, desilusionados. ¿Qué hacer? La imagen de Robbie se le
ha destrozado de pronto.

100
Siente ganas de llorar. ¿Pero cómo delatarlo? Es su amigo. ¿Y cómo soportar que su
abuelo piense que él fue capaz de...? Pero no se delata a un amigo. Niqui siente que a
los ojos le suben lágrimas que queman y sabe que permanecerá callado. Arde su cara
tanto como sus ojos, aprieta los puños sin darse cuenta y se clava las uñas en las
palmas. El silencio se hace insoportable. Por una mejilla de Niqui empieza a rodar
una lágrima. A don Juan el corazón se le deshace de ternura. ¡Su Nicanor...! ¿Pero
qué ha hecho después de todo, qué es lo que ha hecho? Es tan chico todavía... Nadie
más que él tiene la culpa, por haberlo visto hombre demasiado pronto. Él también
habrá hecho de las suyas a su edad. Y ahora son otras épocas, no hay nada que hacer.
Deja el mate sobre la mesa y pone una de sus manos rudas, callosas, sobre la pequeña
y suave de Niqui.
—Bueno, bueno... ya está... Ya le he dicho lo que le tenia que decir, ahora ya está...
Usted me va a prometer que no lo va a hacer más y listo. No, es por mí ¿sabe? Es que
un nieto mío no debe hacer esas cosas ¿me entiende? Uno puede hacer macanas,
claro, porque uno no es perfecto, pero un hombre no engaña, un hombre hace las
cosas de frente... Y se las aguanta después, qué caray ... Bueno, yo ya me olvidé de
todo ... ¿Me promete, m´ijo, que no lo va a hacer más?
Niqui siente que el corazón va a estallarle y se arroja, sollozando, en los brazos de su
abuelo.
Pasaron los días. No sólo Niqui no volvió a invitar a Robbie al campo, sino que a
partir de lo ocurrido con su abuelo, empezó a mostrarse completamente frío con el
porteño. El primer sorprendido fue el propio Robbie, que no entendía la nueva
conducta del que él creyó su amigo. Pero, fiel a su temperamento introvertido y
orgulloso, se cerró más que el otro todavía y no preguntó nada ni intentó el menor
acercamiento. Los de segundo tercera no advirtieron casi lo que estaba ocurriendo
entre los dos chicos, pero en tercero todos se dieron cuenta en seguida de que Niqui
ya no era el mismo. Además, no sólo Niqui ya no era el mismo con Robbie, ya no era
el mismo con nadie. El que estaba intrigadísimo era el Marciano.
—Che. macho;se te contagiaron los humos del porteño a vos? ¿O ligaste alguna
candidatura también vos?
Niqui no pudo menos que sonreír.
—Por qué...

101
— ...por qué, por qué ... ¿Hay que hacerte un reportaje para que hables con uno? Si
querés, te lo hago... Por los aires que tenés de un tiempo a esta parte, la candidatura
debe ser para presidente ...
—Estará enamorado... —se le alcanza a entender a Fatiga, que engulle un pancho
con enorme placer.
—¡Caramba! No lo había pensado... Dígame, Sr. Candidato ¿lo preocupa alguna
compañera de fórmula, tal vez? ¿Le interesaría... Adriana Ortiguera, por ejemplo?
Solucionarían en seguida los problemas económicos del país... ¿O preferiría usted
que fuese... digamos... doña Cristina Fraga? Con confianza, Sr. Candidato, somos
amigos... correligionarios ...
—Ufa, che, mira que se ponen pesados ¿eh?
—Y bueno... pibe... hace como un mes que tenés una cara más fúnebre también... Ni
con el porteño te juntas ahora. ¿No podés decir qué te pasa?
—Córtala, Marciano... ¿vos sabés lo que es tener preocupaciones? Bueno, eso tengo,
preocupaciones...
Suena el tiembre. Niqui paga la gaseosa que acaba de tomar y empieza a irse para el
curso. El Marciano termina la suya y comenta con "Fatiga", mientras espera el
vuelto, señalando con la cabeza hacia adonde se fue Niqui:
—¡"Preocupaciones"! ¡Hay que ver...!
En el altillo de tía Bernardina, Inés y Niqui están preparándolo todo para el domingo.
Desde hace varias semanas han venido colocando avisos por todas partes,
carnicerías, despensas, supermercados.
Y por fin, después de dos semanas de colocados los avisos, recibieron
telefónicamente el primer pedido. Habría un cumpleaños cerca de allí, en pleno
Barrio Martin, en casa de una tal familia Aguado y el chiquito cumplía ocho años.
—Una edad bastante terrible, te diré. Tenemos que planear todo muy bien. Seguro
invitó a todo el curso y no tenemos que darles tiempo ni a respirar —dice Inés,
siempre práctica y amiga de la organización—. Mira, empezamos con los títeres,
mientras están recién llegados y todavía pueden estar atentos. Después comerán y
tomarán algo, si no, no los tenés quietos. En seguida los juegos pelota, prendas y
todo eso. Cuando ya están hambrientos y sedientos de nuevo, la torta. Vuelta a jugar
un poco y cuando ya no dan más, sacamos la guitarra, los sentamos en el suelo... y
¡zacate!, canciones con estribillo,

102
Manuelita, el Brujo de Bulubú, el Mono Liso22, todo eso. Y listo, ya está. Padres
contentos, chicos contentos, y nosotros contentos. ¿Sabes que les dije cuarenta pesos
medio con miedo? Pero les pareció bárbaro, aceptaron en seguida. Eh... che... decí
algo... ¿No te parece bien lo que te dije? ¿Y no te parece bastante plata para
empezar?
—Sí, seguro... Sí, sí, todo me parece una barbaridad ...
—¡Uy! Bueno, tranquilízate, está bien que estés entusiasmado, pero no saltes así, me
vas a romper el techo...
Inés sigue acomodando en una gran caja plegable, que luego les servirá de escenario,
el montoncito de títeres que fabricaron —ayuda de tía Bernardina mediante— con
mates, papel de diario mojado, plastilina, cartón, etc. y que pintaron y vistieron con
retazos de colores, acuarelas, hebras de lana conseguidas en el fondo del cesto del
tejido, cintas y botones viejos, etc., etc. El resultado es realmente espléndido, nadie
diría que son títeres caseros. La caja plegable fue idea de Niqui y la construyó
martillo en mano, con unas planchas de madera terciada que el abuelo guardaba en la
casilla de herramientas. Al abrirse, formaba un verdadero escenario.
La caja tiene unos 80 cm de alto y ellos, sentados en el suelo, pueden cómodamente
manejar los muñecos.
Tía Bernardina confeccionó unas primorosas cortinitas tejidas que pueden correrse
igual que un telón. Con las cortinitas cerradas, la caja queda cerrada también.
Inés está tan entusiasmada, que pasa por alto el silencio de Niqui y sigue:
—Ah, otra cosa... Quería pedirte que traigas un día al porteño a tomar el té, tía
Bernardina quiere conocerlo y preguntarle algo.
Niqui levanta de golpe la cabeza:
—¿Qué cosa?
Inés sonríe con picardía:
—Maravillosa.
—En serio ¿qué cosa?
La voz de Niqui suena apremiante. Inés lo mira sorprendida.
—¡Eh, che! ¡Qué curioso! Una cosa, te digo.
—Bueno... en realidad no tengo ganas de decirle que venga.
—¡¿No tenés ganas?! —Inés está sorprendidísima. Es muy poco frecuente que Niqui
se niegue con tanta tranquilidad a hacer algo que ella le pide.

22 Autora: Maria Elena Walsh.

103
—No.
Hay una pausa en la que Inés queda mirándolo pensativa.
—entonces es cierto ..
—Qué es cierto.
—Lo que dicen los chicos.
—Qué chicos.
—Gustavo, Javier, Adriana...
—Qué dicen...
—Que ya no son tan amigos con Robbie, que casi no se hablan... ¿Qué pasó, Niqui?
¿Pasó algo?
Niqui está atareadísimo retocando con un pincelito la cara de un muñeco.
—Contá, dale...
—No hay nada que contar.
—¡Uh, bueno! —dice Inés fastidiada— si te haces el misterioso... Yo te conozco, te
matan antes de que hables mal de alguien, pero yo sospecho qué pasó.
Niqui levanta la cabeza.
—¿Qué sospechas?
—Nada en particular, pero estoy segura de que alguna macana te habrá hecho, estoy
segura. No hay nada que hacer, es un tipo con el que no se puede contar.
Silencio. Finalmente Inés murmura como para ella misma:
—Qué lástima, tía Bernardina se va a desilusionar.
—¿Y por qué se va a desilusionar? Invitálo vos.
—Es que ya no tengo muchas ganas. Pero sí, a lo mejor le digo, no sé... —Y
acomodando con rabia el último muñeco dentro de la caja, dice con energía: —Lo
consultaré con la almohada.

104
CAPÍTULO X

Ese lunes, en el recreo largo, Inés ha convidado a las chicas con gaseosas.
Prácticamente no le quedó nada de la ganancia que obtuvieran con Niqui en la fiesta
del domingo. Ya apartó quince pesos para comprar un cuarto kilo del café favorito de
tía Bernardina y ahora, con las gaseosas, se le fueron los últimos centavos. Está
exultante y trata de sintetizar todas las alternativas en los escasos diez minutos de que
disponen antes de entrar a clase. Las chicas se entusiasman y empiezan a planear
también ellas futuras actividades lucrativas. Los comentarios se atropellan y a veces
se superponen.
—Yo no animaría fiestas infantiles, ni loca que estuviese —se retuerce Josefina—
¿sabes lo que debe ser aguantar a treinta pibes juntos?
Gabriela Crespo trae coquetamente su larga trenza sobre el hombro izquierdo y
aprovecha a mirar por sobre ese hombro a Federico Romero, que a su vez, desde el
otro extremo del mostrador, la está mirando lánguidamente.
—Mira, aguantar a treinta pibes no sé como será, pero sí me imagino lo que sería
para los pobres pibes aguantarte a vos...
—Por qué preocuparse tanto por ganar dinero... —murmura abstraída Támara,
mientras observa con disimulo a Alberto Nacht, que unos metros más allá saborea
una chocolatada. —El dinero no tiene ninguna importancia... Es un símbolo nada
más, un símbolo corrupto ...
—¡Anda, moríte! —estalla Lori— ¡Siempre retorcida vos! Ves el pecado por todas
partes... Si uno se gana la plata trabajando, ¿dónde está el pecado, me querés decir?
Támara reacciona, deja de echar miradas furtivas al "Bicho" y clava en Lori unos
ojos endurecidos de repente.
—¿Y vos te lo ganas?
Josefina rodea con las aspas de sus brazos los hombros de Inés y Lola, como para
buscar un punto de apoyo sobre el cual retorcerse mejor, se dobla hacia adentro del
círculo que forman las chicas y cuchichea pasando una misteriosa y regocijada
mirada por todos los rostros.
—Si dejan de pelear, les cuento...
De golpe el silencio es total. Cuando la voz de la Oruga toma ese tono de intriga,
nadie se resiste. Sin darse cuenta todas se inclinan también hacia el centro con avidez
y el grupo parece, en ese momento, un "serum" de rubgy.
—Mira, mira... —trata de modular Gustavo entre bocado y bocado, codeando al
Marciano—, mira a las de segundo, ya están chismeando...
—¿Y vos viste que las mujeres sepan hacer otra cosa que chismear? —contesta
despectivo Javier, mientras su oreja izquierda parece hacerse aún más larga, tratando
de pescar algo— ¡Mujeres! ¡Qué podés esperar de las mujeres!

105
—¿A qué no saben qué está ocurriendo frente a mi casa, todas las noches?
—Qué, dale ... —hasta Lola se siente arrastrada por la expectativa que crea Josefina.
—¿A qué no saben quién sale todas las noches a eso de las diez y vuelve a la una de
la madrugada?
—No hablarás de Robbie.
—¿A las diez?
—¡¿Y vuelve a la una?!
—¡¿Todas las noches?!
—Y no es nada eso. Casi siempre vuelve con un paquete...
Todas han olvidado de golpe las especulaciones filosóficas sobre el trabajo y las
ganancias y hasta la presencia inquietante de algunos de los de tercero.
—¿Qué me cuentan? —ondula Josefina triunfante, satisfecha del efecto producido.
—En algo turbio debe de andar —afirma Lori convencida.
—Y no es nada eso. Casi siempre vuelve con un paquete... así—, él acá no conoce a
nadie. ..
—No levantarás falso testimonio...
—¡Qué falso testimonio ni falso testimonio! Es evidente que algo raro hay —asegura
Gabriela, mientras sacude la cabeza y la trenza va y viene sobre su espalda.
—Bueno, che... —se escucha la voz de Lola serena— no sean tan tajantes, puede
haber varios motivos ¿no Inés?
Inés, que ha permanecido callada todo el tiempo, dice despacio:
—Y... no sé... A lo mejor tiene razón Lori...
Lola la mira sorprendida. No es propio de Inés adherir tan rápidamente a ciertos
comentarios.
—¿Qué te pasa? —la voz de Lola ha subido de tono, ahora se dirige a todas—: Lo
que sé es que todos han estado en contra de ese chico desde que llegó. No sé por qué
se ensañan. ¿No será que porque no le lleva el apunte a nadie y no reparte sonrisitas
con todo el mundo?
—Bueno —dice enérgica Josefina, que ve estropearse su sabroso chisme— no vas a
negar que fue de lo más antipático desde que llegó, que es un tipo de lo más pillado y
que además no quiso colaborar con nosotros cuando se lo pedimos.
—¡Tiene razón!
—¡Es cierto!
—¡Es un porteño pedante!
—Yo primero averiguaría, en todo caso —dice Lola con más suavidad, no
encontrando otros argumentos para la defensa.

106
“Robbie andaba cada vez más solo, pero no hacía nada por modificar la situación".

107
—¡Tenés razón! —dice Inés, feliz de encontrar su solución favorita— ¡Hay que
investigar!
En eso suena el timbre. Robbie, en un extremo del mostrador, aislado, sumergido en
la lectura de un libro al parecer apasionante, ni lo escucha. Todos los cursos
empiezan a dirigirse a sus respectivos salones. Él parece no darse cuenta.
—Che, el "porteño" no escuchó el timbre, lo van a amonestar si sigue así. Avísale.
—Déjalo, loco, si él no se mosquea... ¿No ves que está leyendo? Él es el "literato"...
—¡Manda parte eso es! "¡Literato!" ¡Hay... que ver!
Los rumores corrieron como relámpagos por ambos cursos. Y como siempre ocurre,
deformados. El clima hostil al porteño se intensificó. Todo el mundo se apoderó del
chisme de Josefina y se multiplicaron las versiones diferentes. Los únicos ajenos a
todo eso eran Niqui y el mismo Robbie. Este último andaba cada vez más solo, pero
no hacía nada por modificar la situación. Era como un círculo vicioso, en el que
todos giraban en sentidos contrarios, sin que nadie supiera el motivo.
Se acercaban las vacaciones de invierno y los dos cursos se reunieron en el garaje de
tía Bernardina para revisar y corregir los trabajos para el periódico escolar. Estaban
un poco atrasados ese año. La compraventa de libros por un lado y el encarecimiento
del papel y los esténciles los estuvieron frenando un poco, ya que tuvieron que
reducir páginas y prescindir de algunas ilustraciones. De todos modos, habían
trabajado y pensaban que el primer número del año superaría toda expectaiva.
Había comentarios deportivos y reportajes a los presidentes de los dos clubes más
importantes —y rivales— de Rosario: Newells Old Boys y Rosario Central. Ambas
entrevistas habían sido realizadas por Lori, Javier y Gustavo, encargados de esa
sección desde el año anterior. Había también un interesante artículo sobre aspectos
de la Historia de Rosario, producto de la investigación minuciosa realizada en la
Biblioteca Argentina por Tamara y el "Bicho". Por su parte, Inés y Federico Romero
habían redactado una nota entre literaria y periodística, en la que se hablaba del
tristísimo y grave problema de la mendicidad infantil por calles y bares de la ciudad,
que se agudiza día a día. Se llamaba "Jaula para Pájaros". Adriana Ortiguera y
Cristina Fraga habían firmado una interesante nota sobre los programas y métodos
escolares, que respondía a las inquietudes de casi todo el alumnado del Colegio
Nacional.

108
Allí criticaban, con serias fundamentaciones, reglamentos y metodología de
enseñanza de ciertas materias claves de los programas, como castellano, historia,
música y proponían además diversas maneras de estudio, a partir de sus propios
enfoques. Fabián y Niqui habían armado una atractiva sección de comentarios
bibliográficos, en la que habían reunido varios tipos de lecturas, hasta policiales y
ciencia-ficción. Había también una sección humorística, en la que Josefina, Gabriela
y Lola mostraron por primera vez un personaje de su creación que era en realidad una
auto-tomada de pelo de la misma Josefina. El personaje, la "Oruga", era un simpático
animalito, netamente femenino, que en tanto aguardaba el momento, lejano para él,
de convertirse en mariposa, pasaba por un montón de situaciones de lo más
divertidas. Lola era la encargada de pensar la idea básica, Gabriela imaginaba los
chistes y Josefina dibujaba, ya que en esto era sumamente hábil.
Los artículos y notas se leyeron en voz alta para todos los concurrentes y se fueron
corrigiendo y puliendo, a medida que todos expresaban opiniones y sugerencias. Al
finalizar, el veredicto fue unánime: ese número de "Antorcha" sería sensacional.
Decidieron venderlo a cinco pesos el ejemplar, a amigos y parientes, con la absoluta
convicción de que a los compradores todavía iba a resultarles muy barato.
Bernardina había estado muy atareada durante esa tarde, preparando riquísimos
buñuelos y cuando el mate cocido estuvo listo se apresuró a incursionar en el garaje:
—¡Bueno, chicos, vayan terminando y despejen la mesa! ¡La merienda está lista!
—¡Un hurra por tía Bernardina! —gritó con entusiasmo Gustavo, que no soportaba
más su estómago vacío.
—¡Hurra! ¡Hurra!
El entusiasmo generalizado hizo ver que no sólo Gustavo era el hambriento. Mientras
los "hurras" se sucedían, Bernardina aprovechó a mirar ¡las caras de los chicos.
Nada. Todos conocidos. ¿No había venido el "porteño"? Bernardina volvió a la
cocina desilusionada. Ella que había imaginado conocer esa tarde al que seguramente
era el hijo de su antiguo compañero de trabajo... ¡Qué extraño! ¿Por qué no habría
venido? ¿Tanto seguía costándole integrarse al grupo? Se lo preguntaría a Inés, por la
noche. Pensándolo bien, hacía bastante que Inés no lo mencionaba.

109
—¿Puedo ayudarle, tía Bernardina? —se escucha en eso una vocecita ansiosa.
—Sí, querido, cómo no —contesta, encantada de la buena voluntad de Gustavo—,
vení. podés llevar esta fuente con los buñuelos ¿ves? Yo llevaré la tetera y los
pocilios en esta bandeja.
—"¡Qué encanto!", pensaba Bernardina, mientras doblaba prolijamente las servilletas
de papel. "Después dicen que los chicos de ahora no son educados y voluntariosos
con los mayores."
Y mientras cruzaba el patio Gustavo, por su parte, al mismo tiempo que se metía
veloz un buñuelo en la boca, pensaba: "Hay que estar en todo. Si yo no venía, todavía
estábamos esperando. ¡Qué lerdas son las personas mayores!"
Por la noche, después de ordenar y lavar la última taza, tía Bernardina e Inés charlan,
comentando lo ocurrido durante la tarde.
—Lo que me extraña —dice Bernardina— es que no haya venido el porteñito. ¿Sigue
siendo tan cerrado?
Inés se mueve incómoda en la cocina.
—No... bueno, sí...
—¡Ahora entiendo! Está clarito... —sonríe la tía, sospechando que hay gato
encerrado.
—Es que... creo que...
—¡Qué hija, por Dios! Me tenés intrigada...
—Creo que... nadie lo invitó.
Bernardina se ha puesto seria. Observa la cara de su sobrina pero ésta parece
demasiado ocupada dando los últimos toques a la vajilla.
—¡Qué barbaridad! ¿De modo que no hubo forma de que se hiciera amigo de
ustedes? Había creído entender que Niqui y él andaban de lo más compinches...
Inés estalla.
—¡Ese es el problema!
—¿Problema? ¿Cuál?
—Que se habían hecho amigos, Niqui lo invitó a ir al campo para Semana Santa, iba
a estudiar a su casa, qué sé yo... Y de pronto, Niqui no quiere saber más de él, no lo
busca más, casi no se hablan...
—¿Y eso por qué?

110
—Es lo que Niqui no quiere decir. Está de lo más misterioso, ni a mí me cuenta, para
mí que Robbie la ha hecho algo feo y si es así, Niqui ni loco se lo va a decir a nadie,
yo lo conozco. Y si vieras qué tristes andan los dos, tía... Además, hay otra cosa ...
—¿Sí? ¿Cuál?
—La Oruga... digo Josefina, descubrió que todas las noches se va a las diez de la
noche y vuelve a eso de la una y casi siempre con un paquete. ¿No resulta
sospechoso, tía?
—¡Ay, hija! Es que ustedes son muy noveleras... ¿Cómo conoce la Oru... digo
Josefina, los horarios con tanto detalle?
— ...vive enfrente ...
—Sí, pero supongo que debe pasarse en el balcón espiando. ¿No son un poquito
chismosas ustedes, también?
—Bueno, ella de noche estudia y...
—¿Y si estudia cómo hace para estar tan atenta a los movimientos de afuera? ¡Ay,
Inés, para qué sumarse a los comentarios de la gente ociosa! ¿No lo podrías invitar a
venir aquí, de todos modos? Cada vez tengo más interés en charlar un poco con ese
chico...
—Sí, pero no sé qué decirle, va a resultar raro... —¿No me dijiste que le gusta tanto
leer literatura fantástica?
—Sí...
—Y... tengo libros muy buenos, de autores ingleses, norteamericanos, argentinos,
algunos ni se consiguen más. Tal vez le interesaran...
—¡Qué bárbaro, tía! ¡Qué idea genial! ¡Sos divina!
Y Bernardina soporta estoicamente un abrazo que casi la descoyunta, le deshace el
rodete y hace saltar un botón de su blusa almidonada. Bonnie no entiende nada, pero
explota de celos y reclama atención con grandes saltos.
—¡Guau, guau, guau!
Es el mediodía del jueves.
En casa de Niqui están de sobremesa. A la madre le gusta lavar rápidamente los
platos y sentarse después a disfrutar del postre con su familia, sabiendo que no está
esperando el trabajo más grande.
No se enciende nunca el televisor. Les gusta charlar tranquilos y comentar los
sucesos cotidianos de cada uno. Esta vez es un día especial, porque están leyendo y
comentando el periódico del colegio "Antorcha", que acaba de salir.
—Acá dize "Ni-ca-nor -Gar-zí-a" ¡Zoz voz, zoz voz, Niqui!

111
Pablo está contentísimo con su descubrimiento. No hace mucho que ha aprendido a
leer y se siente terriblemente importante. —¿Por qué tan chiquititito, y abajo de
todo? No ze ve. Acá arriba dize grande, "Re-por-ta-je". ¿Y por qué Niqui eztá
chiquitito abajo?
Ríen. La mamá, explica. Siguen comentando las demás notas y el papá se detiene en
un poema. Lo lee en voz alta. Está conmovido.
-Han hecho muy bien en incluir este poema, hijo. Hay cosas que a los argentinos nos
han lastimado en lo más hondo y valioso que tenemos y no lo debemos olvidar. ¿De
quién es?
—De un chico de quinto año, Fabián López. Quiso que pusiéramos sus iniciales
solamente.
—Claro, quinto año... Pobrecito... Cuántos como él se convirtieron en héroes...
—Como Robbie, mi amigo, Robbie también es un héroe...
Los padres de Niqui se alarman. La mamá dice incrédula: —¿Cómo? ¿El porteño
estuvo en las Malvinas? ¿No es muy chico todavía?
—Pero sí, má —dice Niqui— si tiene recién dieciséis años... —Y agrega mirando a
Pablo con mirada asesina y tratando de cambiar de conversación: —¿Les gustó la
nota sobre los chicos que andan pidiendo limosna y la nota sobre fútbol?
—No fue a las Malvinas, pero igual es un héroe, el abuelo dijo —La voz de Pablo
suena furiosa, —y también dijo que...
—¿Pero entonces de qué habla este chico? —pregunta la madre, dirigiéndose a
Niqui.
—No sé, má, vos sabés cómo es él, con tal de interrumpir y de llamar la atención ...
—Y Niqui recalca bien las silabas mientras abre grandes los ojos y los fija en su
atolondrado hermano, como trasmitiéndole un mensaje secreto.
Pero Pablo ya ha olvidado que habían quedado en no comentar el chapuzón de aquel
día y lo único que quiere es hacer justicia con su amigo.
—¿Cómo que no zabéz, cómo que no zabéz? ¿Quién me sacó del agua, eh? Voz no,
zeguro, él me zacó, loz que zacan a otroz del agua zon héroez, pá lo dijo y el abuelo
también.
Ahora la madre se ha puesto muy seria.
—¿Qué decís Pablito? ¿Quién te sacó del agua? ¿Cuándo? ¿De qué agua?
—¡Del río, má! —empieza a contar Pablo entusiasmadísimo, ignorando totalmente
las señas desesperadas de su hermano—. ¡Yo me eztaba ahogando y Robbie ze tiró y
me zacó y zi no yo eztaría muerto y voz no tendríaz máz hijo y lloraríaz como lloran
las madrez y todoz llorarían y me tendrían mucha láztima y yo no zabría nada ni
ezcucharía porque eztaría muerto y me pondrían ...

112
La madre estalla.
—¡¡ Niqui!! ¿Es verdad lo que dice este chico? —La pobre señora está
completamente alterada. —¡Viejo! ¿Escuchaste? ¡Escuchá, por favor!
El padre, enfrascado en una nota del periódico, no había oído nada del espeluznante
relato del chiquitín.
—¿Qué pasa?
—¡Pero escuchá por favor, escuchá!
Niqui se resigna.
—Pero, má, no le hagas caso... Sí, es cierto, se cayó al agua, nos venía a llamar a mí
y a Robbie y rodó, resbaló ... y se cayó. Pero no fue tanto así, no se estaba ahogando
—nueva mirada asesina—, cayó ahí nomás, yo también lo hubiese sacado ... Pero es
cierto que Robbie fue el que se tiró, yo me había quedado como tonto, se tiró y así
fue más fácil sacarlo ...
—¡Hijo querido! —la madre abraza a Pablo como si hubiese vuelto de un largo viaje
— ¡Y mamá que no estaba!
—¡Pero qué barbaridad, Niqui! ¡Qué poco cuidado con tu hermano!
—¡Nunca más voy a dejar que vayan solos a un lugar tan peligroso! —sigue la
madre, estrujando a Pablo contra su pecho. —¡Qué cosa, Niqui! ¡Uno no te puede
confiar nada! ¡Y ese otro chico, qué maravilla! Hay que llamarlo inmediatamente,
pensar que ha salvado la vida de Pablo y nosotros ¡sin conocerlo siquiera! ¿No te
parece, viejo, que tenemos que invitarlo a comer? —Y agrega sin esperar respuesta
—: Le voy a hacer unos ricos tallarines caseros... Mañana mismo me lo invitas Niqui
¿eh? No te olvides... que venga el sábado, por ejemplo y después pueden ir al cine si
quieren, ¿eh, Niqui?
—Sí, mamá... —contesta el aludido con resignación y trata de relajarse, al mismo
tiempo que cree ver en los ojitos de Pablo una lucecita de sospechosa picardía. Se
inclina hacia él y le murmura al oído:
—Ahogado no te moriste, pero cualquier día vas a morir de otra manera, ya vas a
ver...
Es miércoles. Son más o menos las nueve de la noche.

113
El Dr. Ricciardo y Robbie están cenando. No suelen hablar
demasiado, salvo si comentan algún libro o alguna película. El Dr. Ricciardo ha
regalado al chico un libro en donde se muestra trucos cinematográficos de películas
famosas y ese tema los apasionó durante varios días. La amistad entre ambos se lia
consolidado, gracias al tacto y a la inteligencia del médico, que no exige del
muchacho lo que sabe que no es propio de su carácter ni do su conducta habitual. En
cambio, se ha ganado su admiración y su respeto sin esfuerzo. Muchas noches,
agotado por su tarea de consultorio, no tiene ganas ni de abrir la boca. Robbie ha
aprendido a conocer estos estados de ánimo y no lo importuna, aunque él mismo
tenga ganas de comentar algo en especial. Sabe que un pediatra debe participar
muchas veces en circunstancias muy dolorosas y que en ellas deja parte de su vida y
sus energías. Una de esas noches Robbie le había preguntado suavemente:
—Es difícil ser pediatra ¿no, Raúl?
Raúl había levantado los ojos del plato. La pregunta del chico estaba llena de
comprensión y de dulzura.
—Sí, Robbie...
—Creo que a mí me gustaría...
—Es bravo, sabes. Claro que si a uno le gusta de verdad lo que hace, aprende a
superar lo doloroso.
Hubo una pausa.-
—Raúl...
—Sí, decíme...
—Quisiera trabajar...
Raúl se sorprende realmente. Las palabras de Robbie le resultan del todo inesperadas.
—¿Trabajar?
—Sí... estuve pensando... Todo está muy difícil y...
—¿Te falta algo?
—No, no es eso... Es más ... soy consciente de que apenas abro la boca ya me dieron
lo que pedía. Pero me parece que yo podría hacer algo, me siento mal así, me parezco
un parásito...
Raúl lo escucha con atención.
—Es importante que hayas pensado en eso.
—Es que... he visto cuánto chicos, en el Colegio, mucho más chicos que yo, trabajan.
Y yo siempre había pensado que era un privilegiado por no tener que hacerlo, pero
ahora no... Al contrario... Me siento como disminuido...
Raúl no se atrevió a reflexionar en voz alta, temió ser inoportuno, meterse demasiado
en un terreno que no le correspondía.

114
—Mirá... vos recién dijiste que te gustaría ser pediatra. Si estás de acuerdo, puedo
recomendarte a algún matrimonio conocido con chicos chiquitos y que a veces
quieren salir de noche y no tienen con quién dejarlos. podés cuidarlos, si te parece...
Ganarías unos pesos y de paso te vas entrenando... —Raúl sonríe. —¿Qué opinas? —
Bárbaro, Raúl... Me gustan los chicos. Me gustan mucho, de verdad... ¿Te parece que
podría?
Desde entonces, Robbie cuida de noche a chicos pequeñitos, más o menos de diez a
una de la madrugada. Los padres están encantados con él y los chicos los adoran.
Con los primeros pesos ganados compró para Raúl un libro de Huxley 23 recién
acabado de salir.
—Mira, mira —Javier el "Marciano" codea a Niqui— mira a "tu" Inés hablando con
el "porteño"...
Niqui levanta la vista. Efectivamente, tiene razón Javier. Cosa extraña, pero ahí está
Inés tomando una gaseosa con Robbie y charlando al parecer con su habitual
animación.
—¿Y qué? —Gustavo se atraganta con su medialuna y casi no se le entiende— ¿No
puede hablar, che?
—Sí... —y Javier le guiña un ojo a "Fatiga"— pero no deja de ser raro ¿no?
Niqui nota el retintín en la voz de Javier.
—Fatiga tiene razón che... ¿Qué tiene de particular?
—No... seguro... al contrario... el porteñito ése tiene un éxito bárbaro con las minas...,
no se salva nadie...
Niqui se calla y traga con tanta rabia los últimos tragos de la chocolatada caliente,
que se quema hasta el estómago, se pone colorado y le brotan las lágrimas.
—¡Eh, no exageres, pibe!, no es para llorar, macho...
La sonrisa ladeada del Marciano, cargada de sarcasmo, hace que Niqui sienta ganas
de estrangularlo. Por suerte y antes de que pueda contestarle, suena el timbre de
entrada.

23 Aldous Huxley: ensayista, poeta y novelista inglés (1894-1963). Entre sus novelas principales figuran
Limbo, Leda, Viejo muere el cisne, Contrapunto, Un mundo feliz.

115
CAPÍTULO XI

La Sra. de la Vega se ajusta el abrigo y se cuelga del hombro la cartera.


—Bueno, Facundo, papá y mamá salen un ratito. Van a volver en seguida ¿sabe, mi
chiquito? Usted se va a portar bien y no va a hacer renegar a Robbie ¿no? Mire que
después Robbie le va a contar a mamá cómo se portó Facundo. Mamá le preparó una
comidita rica. Si la come toda sin hacer renegar, mamá le va a dar un lindo
chocolatín bien grandote.
—Con figuritas adentro.
—Bueno... con figuritas.
—Vamos, gorda, va a empezar la película.
—Sí, querido, ya voy. Bueno, ¿el nene le promete a papá y a mamá que se va a portar
bien?
Silencio. La cara hosca de Facundo no muestra ninguna disposición a prometer
semejante cosa. Dice en cambio con su voz ronca y grave, como la de un chico
mucho mayor:
—¿Me vas a traer el chocolatín?
—Sí, mi amor. Dos chocolatines le va a traer mamá.
—Gorda...
—Sí querido... Bueno, un besito a mamá.
Los cachetes arrebatados se bajan automáticamente tapando casi la trompita roja que
asoma adelantándose sólo un centímetro a una ñata increíble. Nuevo silencio.
—Qué malo el nene, mamá se va triste...
—¡Gorda!
—Sí querido...
La Sra. de la Vega estampa un ruidoso beso en un cachete que se echa en seguida
hacia atrás.
—Bueno, Robbie, hasta luego —cuchichea mientras van hacia la puerta de calle—
tenéle paciencia, ¿sabes? Es la primera vez pobrecito... Apenas termine el cine
volvemos ¿sabes? A más tardar a las doce y media. ¿Te acordás de dónde está todo,
no?
—Por supuesto.
—Hasta luego Robbie.
—Hasta luego...
Apenas se cierra la puerta de calle, Robbie siente que esta vez no va a ser tan fácil.
Facundo levanta la cabeza que hasta ese momento había mantenido hacia abajo y
dice con su ansiosa voz de adulto:

116
—No quiero comer. No voy a comer nada.
—Bueno... —dice Robbie con toda naturalidad— ¿qué querés hacer?
Facundo queda desconcertado. Es la primera vez que le falla su desafío. No sabe qué
decir. Piensa rápidamente.
—Quiero jugar.
—Bueno, dale, ¿a qué querés jugar?
Nuevo desconcierto. Esa no era la hora de jugar. Era la de comer. ¿Qué pasa con ese
muchacho tan raro, que casi se parece a esos dibujos de sus libros de cuentos, con ese
pelo, esa camisa con cuadros grandes, esos pantalones colorados y esa cosa tan
extraña colgando del cuello? Facundo desconfía. Prueba otra vez.
—Al cohete espacial.
Esto también era un desafío, porque ese juguete era muy caro y solamente estando
los grandes lo dejaban jugar con él.
—Bueno, dale ¿cómo se juega?
Facundo empieza a entusiasmarse. Esto parece ponerse realmente divertido. Ya va a
ver este muchacho grande de lo que él, Facundo, es capaz.
—Espera.
Corre hacia adentro y vuelve con un complicado y costoso juguete, hecho de
acrílicos y metales de colores.
—Mira.
Robbie lo da vueltas entre las manos.
—¿Y? ¿Qué se hace con esto?
¿Pero cómo? ¿Es tonto este muchacho? Se ve que nunca ha visto una cosa así, se ve
que no entiende nada de nada.
—¡Es un cohete espacial!
—Sí, pero ¿qué se hace?
—Se le da cuerda, aquí ¿ves? así... —Y Facundo gira la cuerda varias veces, sacando
la lengüita y el juguete empieza a dar vueltas sobre la alfombra del living,
encendiéndose y apagándose luces de todos colores. El chico observa con atención la
cara de Robbie.
Nada.
El muchacho no parece estar ni siquiera asombrado.
—¿Y ahora?
—Y... ahora jugamos...
—Bueno, pero decíme cómo...
Facundo está furioso.
—Y... lo miramos... lo miramos dar vueltas.
Robbie se agacha frente a él y lo mira a los ojos.

117
—¿Cuántos años tenés Facundo?
—Voy a cumplir siete.
—¡Ah! Entonces ya sos grande...
Facundo vuelve a desconcertarse. Papá, mamá y los abuelos le dicen siempre "mi
nenito", "mi chiquito", "mi bebé" y le hablan de otra manera. No como este
muchacho, que le habla como se hablan los grandes entre ellos. Mira a Robbie con
los ojos llenos de asombro. El enojo ha desaparecido.
—Quiero decir, ya sos grande para un juego tan pavo. ¿Qué te parece si jugamos a
que vamos de verdad en un cohete espacial? Yo soy el comandante y vos sos el
primer piloto.
Los ojos de Facundo se iluminan, la carita brilla. Pero no se somete tan pronto.
—Yo soy el comandante.
—¿Vos sabés dar las órdenes?
—No...
—Bueno, yo sé ¿Ves? Por eso yo tengo que ser el comandante. Por ahora... después
vos aprendes... y ascendés de primer piloto a comandante. Es más divertido. Y te dan
otro cohete para dirigir y yo hago de piloto. ¿De acuerdo?
A esta altura, Facundo está en un total deslumbramiento. Acepta sin vacilar. Qué
lindo habla este muchacho. Y le preguntó —"¿de acuerdo?" Igual que los grandes.
Contesta encantado:
—De acuerdo.
—Bueno, trae una frazada.
Facundo corre y vuelve con una frazada. Mientras tanto Robbie está despejando la
mesa del comedor. El chiquito, con la frazada en la mano, lo mira y se alarma.
—Mi mamá se va a enojar.
—¿Por qué?
—Porque no le gusta que desordenen.
—No importa. Antes de que venga tu mamá ordenamos de nuevo.
¡Qué simple es todo con el muchacho! ¡Qué fácil!
—Así ¿ves? Esto es el cohete —explica Robbie, extendiendo al mismo tiempo la
frazada abierta sobre la mesa, de modo que cuelgue hacia abajo, tapándola.
—Ahora, espera...
Robbie desaparece en una habitación y vuelve con una máquina de escribir. Ahora
ponemos aquí la máquina de tu papá ¿ves? es la computadora. Uno aprieta los
botones y dirige la nave, y también uno se comunica con Tierra ¿Listo, piloto?
—Listo.

118
—Tenés que decir, "¡Listo, comandante!"
—¡Listo, comandante!
—Bueno, cuidado, ¡ajustarse los cinturones y el casco! ¿Listo?
—¡Listo, comandante!
—La nave va a despegar. Esperen que les avisemos. Piloto, avise a las estaciones de
despegue que estamos listos.
—¡Sí, comandante!
Facundo teclea. La emoción hace que los deditos tiemblen sobre las teclas, es la
primera vez que lo pone sobre la máquina de su papá. Y esto es mucho mejor que
escribir cartas aburridas como hace su papá porque esto es la computadora que es
como un teléfono y él tiene que avisar a los que están en la estación de despegue y
siente un poco de miedo porque cuando él avise seguro que la nave va a empezar a
elevarse y debajo de ellos va a haber fuego muy grande como el que él ha visto a
veces en el televisor y ellos van a sentir que se van elevando despacito despacito
como cuando él fue a Bariloche en el verano con papá y mamá pero no va a poder
mirar la Tierra y la gente y las casas y las vaquitas porque él ahora es el primer piloto
y el cohete está todo cerrado menos arriba porque arriba es todo vidrio como ese
cohete chiquito que él tiene pero este es mucho mejor porque él puede meterse
adentro, y el comandante también es bárbaro, este comandante le gusta que el
muchacho sea el comandante así da las órdenes, porque él todavía no sabe y así el
cohete va seguro y sin peligro y... —Primer piloto ¿a qué distancia estamos?
Controle con la computadora por favor...
Los deditos se apresuran sobre las teclas.
—¡A... quinientos mil millones de metros!
—Serán millas, primer piloto.
—Sí, millas... comandante.
¡Qué lejos están! Qué miedo no se ve nada y el cohete sigue subiendo, subiendo y él
no se anima a mirar para arriba quién sabe por dónde andan...
—¿Por cuál galaxia andamos, primer piloto?
—Por... —los deditos teclean rápidos— no sé, comandante.
—¿Cómo que no sabe, piloto? ¡Mire para arriba, caramba! ¿No reconoce las
constelaciones?
—¿Las con... qué?
—Cons-te-la-cio-nes. Los grupos de estrellas. ¿No estaremos por las Tres Marías?
¿O por la Cruz del Sur?
—Por... a ver... por ¡la Cruz del Sur, Comandante!

119
—¡Ah! Entonces vamos bien. Controle la velocidad. Tal vez dentro de poco
podamos aterrizar.
Aterrizar dijo el comandante qué suerte qué largo es el viaje y adonde llegarán a qué
planeta la Luna, irán a la Luna seguro que...
—¿Dónde quiere aterrizar, piloto? ¿En qué planeta? ¿En la Luna?
—¡Sí, en la Luna, comandante!
—Bien, ordene a la computadora el aterrizaje en la Luna.
Los deditos teclean.
—¡Ya está, comandante! ¡Ya le ordené!
—Bien, suelte los paracaidas de aterrizaje para que suavicen el golpe.
—¡Ya está!
—Bien, podemos aterrizar entonces, ¿todo listo?
—Todo listo, comandante.
—Controle los frenos y la salida de aire, presione la palanca para que bajen los pies
del módulo, sujétese bien los cinturones, tómese fuerte del asiento, fuerte, piloto,
¿eh? Fuerte... fuerte... ¡ya está! Hemos aterrizado. Accione la palanca para que se
eleve la puerta de salida. ¡Así! ¡Bien, piloto! Ya podemos salir. ¡Ahí está!
Y Robbie sale gateando de debajo de la mesa, seguido de Facundo. El muchacho
mira hacia arriba, hacia la lámpara del comedor.
—¡Mire piloto! Vea cómo se ve la Tierra desde aquí.
Facundo, que de verdad se siente en otro planeta, mira también hacia la lámpara.
—¡Es cierto! ¡Qué grande!
—Bueno, piloto, hay que hacer el reconocimiento del suelo y reunir piedras y esas
cosas, para llevar a la Tierra. Traiga algunos recipientes de la cocina, por favor.
Facundo vuelve a la cocina. Pero allí, de golpe, algo lo trae a la realidad. Es como...
como un olorcito conocido. El horno... ¡ah!... Carne al horno con papas... El
estómago se le retuerce. ¿Qué hacer? El olorcito es demasiado rico... Va a sacar una
cacelora del armario, pero se arrepiente y vuelve al comedor.
—Comandante...
—Sí, piloto...
—Tengo hambre...
—¡Ah, es verdad! Olvidé que teníamos que comer antes de bajar. Subamos de nuevo
a la nave antes de la recolección...

120
—Y Robbie hace ademán de meterse otra vez debajo de la mesa.
—Comandante...
Robbie, ya en cuatro patas, gira la cabeza.
—¿Sí, piloto?
—¿No podríamos comer aquí, en la cocina y jugamos a que estamos en la nave?
—Bien pensado, piloto —dice Robbie, levantándose con toda naturalidad. Ayúdeme
a poner la mesa...
Al poco rato, no es mucho lo que queda en la fuente.
—Comandante... —dice Facundo con la boca llena, mientras sus inflados cachetes
suben y bajan a una velocidad increíble— ¿después de comer vamos a poder hacer la
recolección?
—Seguro, piloto. Es muy necesario. Para eso hemos venido.
—Es linda la Luna, debe de haber muchas piedras.
—¡Seguro!
—Comandante...
—¿Sí, piloto?
—¿Vas a venir otra noche, así podemos ir a otro planeta también?
—Claro, si vos querés
-Yo quiero... —Y agrega despacito, después de un silencio.
—¿Y vos?
—¡Y cómo no! ¿Como querés que viaje en una nave espacial sin piloto?
Tranquilizado, Facundo sigue comiendo.
—...Y aquí lo tenés a Wells24, mira, éste está agotado y no se consigue y aquí
Huxley, éste es su libro más importante y ésta es una colección completa de Verne25.

24 H. J. Wells: novelista inglés (1866-1946). La guerra de los mundos, Los primeros hombres de la
Luna, Hombres como dioses, etc.
25 Juiio Verne: novelista francés (1828-1905). Los hijos del capitán Grant, Veinte mil leguas de viaje
submarino, La vuelta al mundo en 80 dias, La isla misteriosa, Viaje al centro de la Tierra, etc.

121
¿Ves? Con ilustraciones especiales, una edición que no viene más, yo la usaba en la
escuela y aquí los más modernos, éstos son mis preferidos, Lovecraft26... Y los
argentinos, Borges27, Bioy Casares28...
- ¡Ah, esto sí es una maravilla! ¡Úrsula Leguin!29
—No la conozco, ¿quién es?
—Una escritora contemporánea, norteamericana. Puedo prestarte éste. Tiene uno de
los más hermosos cuentos fantásticos que yo haya leído, "Los que se van de
Omelas...
—¡Qué título extraño...
—Sí, un hermoso título. Ya vas a ver, cuando leas el cuento. A mí me gusta este tipo
de literatura fantástica, que proponga otro orden, que cuestione, que no sea simple
entretenimiento o evasión... Aquí tenés a una autora excelente, también, y rosarina...
—¿Angélica Gordischer?30
—Sí, nosotros tenemos varios escritores estupendos. Podría mostrarte tantos, pero
como preferís este género, te la recomiendo a ella, por ahora. Aquí tenes: "A la
sombra de las jubeas en Flor"...
—Este título es más extraño todavía...
—Estoy segura de que te va a gustar. Bueno, Robbie, creo que ya es la hora del té...
-¡¿Ya?!
Robbie está realmente sorprendido. ¡Dos horas que se han pasado volando! Hacía
mucho tiempo que no pasaba un rato tan formidable. Con razón había oído hablar
tanto de tía Bernardina. ¡La famosa tía Bernardina! Él se la había imaginado una
solterona ñoña o cursi, con la que no podría hablar de nada. En realidad, había
aceptado porque Inés le habló de su biblioteca. La posibilidad de libros nuevos lo
había atraído como a una mosca un frasco de dulce. ¡Qué sorpresa después! Le
pareció haberla conocido de toda la vida.

26 Howard P. Lovecraft (1890-1937). Escritor estadounidense. Apasionado por la ciencia,


especialmente la astronomía, comienza en su adolescencia a escribir en revistas científicas. Muy pronto,
se inicia en el relato fantástico: La ciudad sin nombre, El color que cayó del cielo, El que aparece en las
sombras.
27 Jorge L. Borges: escritor argentino nacido en 1899- Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente.
El jardín de los cenderos que se bifurcan, Ficciones, Historia universal de la infamia. El Aleph, El olio,
el mismo, Elogio de la sombra, etc.
28 Adolfo Bioy Casares: escritor argentino nacido en 1914. La invención de Morel, La trama celeste. El
lado de la sombra, etc.
29 Úrsula Leguin: escritora norteamericana del género de ciencia ficción social, nacida en 1929. El
nombre del mundo es bosque, Los desposeídos, Planeta de exilio.
30 Ver Rosario y sus creadores (IV).

122
—Sí, ya... —sonríe Bernardina— ¿Té o café?
—Té, por favor, si para usted es lo mismo.
—Por supuesto. Seguí mirando los libros, a ver si te interesa algún otro. Ya traigo el
té.
Bernardina también está encantada. Este muchachito es tan maduro para sus años y
tan cortés. En este sentido le hace acordar a Niqui. Al principio, se dice Bernardina
mientras prepara el té, le habían resultado un poco chocantes su modo altanero de
mirar, las frases cortadas como con un hacha y también su ropa, un poco
extravagante, tal vez. Bernardina sonríe sin darse cuenta, mientras corta porciones de
"pasta frola". ¡Qué manera tan extraña de vestirse! Bueno ahora comprendía por qué
a los chicos del Colegio Nacional les había chocado tanto al principio. Ah, esto le
hace recordar a Bernardina, de paso, que debe averiguar lo que ocurre con Niqui.
—Aquí está —dice sonriendo mientras deposita una gran bandeja sobre la mesa del
comedor.
—Mmmm ¡Qué rico!
—¿Te gusta la "pasta frola"?
—Es mi torta favorita. La hacía siempre mi mamá.
Los ojos de Robbie se ensombrecen. Es notable, piensa Bernardina, cómo cambian
de color los ojos de este chico, como si fuesen piedras preciosas. Los mismos ojos
del padre. Porque desde el momento en que lo vio Bernardina no tuvo más dudas:
éste tenía que ser el hijo de Roberto Mc Donnell, aquel apuesto maestro del que todas
estaban más o menos enamoradas. El chico ha dicho "la hacía". Bernardina no se
atreve a preguntar nada. Se hace un silencio.
—¿Leche?
—Sí, apenas.
—Servite vos el azúcar.
—Gracias.
Se hace otra pausa, en la que ambos empiezan a comer.
—Está riquísima.
—¿Sí? ¿Te gusta?
—Es perfecta. Algunos la hacen con dulce de batata, pero a mí me gusta así, con
dulce de membrillo.
Bernardina asiente, Robbie se le antoja de pronto un chiquillo frágil. Vaya a saber
por qué el jovencito serio y arrogante que apareció ante ella al abrirle esa tarde la
puerta, ha desaparecido. Hay mucho de infantil en su modo de comer, voraz e
inocente. Bernardina vuelve a insinuar una sonrisa. Ultimamente se le ha contagiado
la costumbre de Inés de los dos adjetivos. Robbie la ha estado observando de reojo,
ha tomado nota de los ojos brillantes, cómo dos rayitas metidas entre los altos y
redondos pómulos, esos ojitos picaros que siempre parecen estar sonriendo.
—¿Por qué se ríe?
—¡¿Yo?!
—Me pareció ...
123
—Te miraba. Me gusta verte comer... Me haces acordar de
alguien que era muy parecido a vos. Tenía tu misma voz. Igual, diría y hasta comía
de la misma manera...
—¿Quién era señora?
—Por favor, no me digas señora, para todos soy tía Bernardina...
—¿Quién era, tía Bernardina?
Qué dulce le ha sonado su nombre pronunciado por este chico, un desconocido pocas
horas antes. Bernardina siente crecer en ella la nostalgia. Deja la taza sobre el plato.
—Mira, a ver si sabés decirme vos quién era...
-¡¿Yo?!
—Sí... era un muchacho de unos veintidós años, o veintitrés, muy buen mozo, muy
serio, que tenía título de maestro. Su familia no era muy acomodada y él tenía que
trabajar si quería pagar sus estudios de Medicina. Entonces a la tarde trabajaba como
maestro, en un pueblito que está a media hora de aquí y después se venía a Rosario, a
la mañana temprano iba a los prácticos de la Facultad y después corría otra vez a la
escuela, casi siempre sin almorzar...
—Qué sacrificio...
—El maestro de que yo te hablo se llamaba Roberto Mc Donnell.
El rostro de Robbie se transforma.
—¡Pero era mi padre, tía Bernardina!
—¿Ves? —Bernardina sonríe dulcemente—. Yo sabía que vos mismo me ibas a
decir quién era el que se parecía tanto a vos.
—Pero Ud... ¿cómo lo conoció?
Robbie ha olvidado un trozo de pasta frola sobre el plato y el té se enfría en su taza.
—Yo era maestra y trabajaba en esa misma escuelita. Lo recuerdo a tu padre como si
lo viese. Mejor dicho, te veo a vos y vuelvo a verlo a él. Le costó mucho esfuerzo,
mucho, recibirse de médico. Le hicimos una fiestita todos los compañeros, entonces,
en un aula de la misma escuela. No podíamos hacer una gran fiesta, claro, apenas nos
alcanzaba el sueldo, pero hubo de todo, hasta sidra helada. Después, con los años,
aquel grupo se fue deshaciendo, todos fuimos trasladados, cada uno tomó su rumbo
distinto. Supe que tu padre trabajó en Rosario, se casó aquí y al poco tiempo se
fueron a vivir a Buenos Aires.
—Sí, claro... Yo nací allí... —Y Robbie agrega despacio—: Y mi mamá murió allí,
hace dos años...
—¡Ah!
Bernardina no puede agregar nada. Sólo que ahora le parece entender muchas cosas.

124
Los dos están unidos en este momento, como si hubiesen compartido alguna vez lo
que Bernardina acaba de recordar. Ella cree adivinar que el chico tiene necesidad de
hablar de su madre. Y dice con dulzura:
—¿Cómo era tu mamá?
La voz de Robbie se vuelve grave, casi ronca.
—Era muy linda, hija de españoles, yo no me parezco a ella en nada, salvo en el
pelo. Y era muy buena... No porque fuera mi madre, digo... pero era muy buena...
—Ya veo...
Bernardina queda pensativa. Ambos callan ahora, cada uno metido en sus
pensamientos. Al cabo de unos minutos, ella se anima a preguntar:
—¿Y tu padre? ¿Sigue trabajando en Buenos Aires?
Robbie cuenta. Es fácil hablar con esta mujer tan serena, tan comprensiva, es fácil
contarle cosas. Robbie habla y habla, y cuenta de Pepe Ortuño y del Dr. Ricciardo y
de la beca de su padre.
Y termina diciendo, con una voz endurecida de nuevo, en la que Bernardina cree
percibir cierto rencor:
—Para mi padre lo más importante ha sido siempre su trabajo... Es muy duro mi
padre...
Se hace un nuevo silencio. Bernardina piensa rápidamente. El extenso relato de
Robbie ha sido bastante inesperado, nunca creyó Bernardina que él llegara a hablar
tanto. Pero es la última frase la que quedó flotando y la que la preocupa. Quisiera
decir lo oportuno, lo apropiado.
—Sabes, Robbie... Cuando a uno algo le ha costado tanto esfuerzo, tanto sacrifico,
como le costó a tu padre su carrera, ésta termina siendo un verdadero tesoro, es lo
que uno se ha ganado, entendés, es eso en lo que hemos dejado nuestra vida, los
mejores años, la adolescencia. ¿No ves? Tu padre no pudo vivir su adolescencia ni su
juventud. Sólo estudió y trabajó, estudió y trabajó.
Y sufrió mucho además y debe de haber sufrido mucho con lo de tu madre. Él, tal
vez, como médico, haya sabido desde mucho antes lo que no tenía remedio, lo que
iba a suceder. ¿Cómo no va a endurecerse, hijo? Te hablo así porque sé que entendés,
sos inteligente y entendés...
Robbie la escucha con los enormes ojos humedecidos. Después de una pausa dice:
—Sí, tía Bernardina. Yo no sabía, nunca mi padre habló de todo eso. Yo daba por
sentado que todo le había sido fácil. No sé cómo nunca me contó...
—Nunca fue muy extrovertido...

125
Hay un silencio largo. Después Robbie murmura:
—Gracias.
—¿Gracias?
—Por haberme hecho pensar en todo esto, por ayudarme a comprenderlo. Me hace
mucho bien, tía Bernardina...
Bernardina pestañea rápidamente, varias veces. Mira hacia afuera. La tarde ha sido
cayendo sobre el patio, pero todavía quedan algunos rayos de sol entre las macetas.
Bernardina quisiera romper la melancolía que ha caído sobre ellos al mismo tiempo
que el atardecer. Mientras trata de arreglar su rodete dice con voz ligera y alegre:
—¿Y qué tal tu vida en Rosario, ahora?
—Bien... Bueno, "ahora" bien...
—Sí... —Robbie levanta los ojos cristalinos hacia Bernardina—. Desde que empecé
a trabajar...
La vieja maestra se inclina hacia él, movida por una interior curiosidad.
—¿Trabajas? Pero qué estupendo...
Robbie sonríe.
—Sabía que le iba a gustar eso. A mamá seguramente también le hubiera gustado.
Yo, por lo menos, me siento muy bien así.
—¿Y cuál es tu trabajo?
—Cuido chicos de noche, más o menos de diez a una de la madrugada, que es la hora
en que los padres vuelven del cine.
—¿Y te gusta hacerlo?
—No podría hacerlo si no me gustara.
—¿No te fastidian los chicos chiquitos?
—No, al contrarío —Robbie vuelve a sonreír. Es increíble, piensa Bernardina, cómo
se puede transformar su cara cuando sonríe. Todas las aristas duras desaparecen y
sólo quedan la luminosidad de los ojos y de la sonrisa. —Ud. sabe... —Robbie vacila,
ella se da cuenta de que es muy importante lo que va a confiarle y agudiza su
atención.
—Es como si hubiera descubierto cosas sobre mí mismo, al tratar con esos chicos.
Robbie calla. Suavemente Bernardina pregunta:
—¿Por ejemplo?
—Soy otra persona. No sé como explicarlo, pero con ellos soy otra persona. Con la
gente grande en general, o con los de mi misma edad soy odioso, antipático...
—Oh!...

126
—Sí, tía Bernardina, sé que es así. No quisiera serlo, pero
es más fuerte que yo. Me revienta la hipocresía, además. Me parece tonto tener que
sonreír siempre para caer bien. En cambio con los chicos me siento distinto, cómodo,
es como si me soltaran ligaduras y pudiese de pronto moverme como se me da la
gana. Ahí no me veo hipócrita por sonreír, por jugar...
—Entiendo... —murmura Bernardina pensativa.
Robbie cambia de tono.
—Además, me siento otro desde que gano un poco de plata. Pagan bastante bien, en
general son todos muy amables, nunca me dejan venir sin unas masas, unas frutas...
Yo no rechazo esas cosas, porque me parece que eso es, aparte de la plata, es otra
cosa, como un agradecimiento... Otra cosa curiosa: antes, depender de alguien me
parecía que debía de ser terrible. Yo creía que bastaba entonces con hacer lo que uno
quisiera, no aceptar órdenes de nadie... Y ahora veo que no es así, creía que era
independiente, y resulta que me estaba convirtiendo en un parásito... Claro, ahora
gano solamente para algún libro, y esas cosas, pero más adelante...
Robbie calla. Ha hablado con apasionamiento, como muy pocas veces en su vida. El
silencio comprensivo de tía Bernardina lo ha ayudado, y ahora se siente aliviado y
feliz...
Después de una pausa, Bernardina dice:
—¿Y cómo nació esta decisión de trabajar?
Robbie parece ponerse un poco incómodo de pronto:
—Bueno... en realidad... creo que fue bien casual...por algo que... me dijo Niqui...
—¿Ah, sí? —y Bernardina trata de parecer indiferente.
—Sí, me contó que iban a empezar con Inés a animar fiestas infantiles, y todo eso me
hizo pensar... me dio como vergüenza..., no sé.
—¡Ah! Te hiciste muy amigo de Niqui ¿no?
—Sí, éramos amigos.
Bernardina advierte el cambio en la voz del chico, que se ha endurecido otra vez de
golpe.
—¿Eran?
—Sí...
—¿Quiere decir que ya no lo son? —Bueno... tal vez no debería preguntarte ¿no te
parece? Son cosas de ustedes...
Hay un silencio largo. Bernardina se siente torpe y se arrepiente de la pregunta.
Robbie ha vuelto a cerrarse seguramente, y ya no podrá saber más nada. Una lástima.
Sin embargo, el chico vuelve a hablar.

127
—Mire, tía Bernardina. Seguro que a nadie le hablaría de
esto, no sé tal vez a Pepe ..., algún día le voy a contar como es Pepe. Pero no me
importa decírselo a Ud., es increíble, pero me da la impresión de que Ud. es una
persona que puede comprender cualquier cosa, no sé... —Nueva pausa—. Yo sé que
Ud. lo quiere mucho, que además es muy amigo de Inés y todo eso. Él me había
hablado de Ud., también. A mí me pareció un pibe muy macanudo, era el único con
el que podía hablar de todo, nos entendimos de entrada. Pero yo no sé qué pasó. De
pronto, hace más de un mes, él se enfrió completamente, como si nunca hubiésemos
sido amigos. No sé qué pasó...
—¿Y nunca se lo preguntaste?
Robbie la mira como sorprendido y responde con cierta altanería:
—No, claro... ¿por qué iba a preguntarle nada?
—¿Vos estás seguro de no haberle hecho nada, no es así?
—Por supuesto.
—¿Y antes te había parecido un buen chico, un buen amigo, "un buen tipo", como
dicen ustedes?
—Seguro...
—¿Y entonces? ¿No valía nada todo eso? Debe de haber un gran malentendido de
por medio. No voy a defender a Niqui, pero sí te puedo asegurar que él debe de tener
un motivo, aunque esté equivocado. A menos que a vos no te preocupe este
alejamiento.
—Sí me preocupa, me siento mal, todos parecen haberse solidarizado con él... Pero si
le pregunto me parecería rebajarme, no sé...
—¿Querés que te cuente una cosa? Una vez, estando en el magisterio, todavía,
alguien me contó un chisme sobre otra persona. Esa persona era una amiga del alma,
la chica con la que mejor me entendía, nos confiábamos todo, hablábamos de todo...
Me dolió tanto lo que aquella otra me había venido a contar, que me encerré
completamente en mí misma y por mucho tiempo casi no le dirigí la palabra. Y sin
embargo yo sufría, sufría terriblemente. Sufría por lo que me habían contado porque
la imagen de mi amiga se me había roto a pedazos, y porque ya no tenía más amiga
verdadera, amiga del alma. Asi pasó más de un mes, hasta que un día, en un recreo,
ella se acercó y con mucha tristeza y mucha dulzura me dijo, "¿Por qué me tratas así?
¿Qué te hice?". No sabes, Robbie, qué lección me dio. Qué lección de franqueza, de
autenticidad, de humildad. "Humildad" no es lo mismo que "mediocridad". Yo la vi
tan superior a mí en ese momento y me vi a mí misma tan poca cosa, tan miserable ...
Sentí que me deshacía por dentro y le conté, avergonzada, lo que me habían dicho.

128
Ni me acuerdo qué era, para nada. Debe de haber sido uno de esos chismes estúpidos
que algunos resentidos o envidiosos de la amistad de los otros, suelen hacer correr...
Ella se explicó inmediatamente. Y por supuesto, le creí. Ella era la sincera, la que
sabía ser amiga de verdad. Cómo no iba a creerle... y gracias a su actitud, no la perdí,
y seguimos siendo amigas toda la vida...
Hay una pausa ahora que ninguno de los dos parece tener ganas de romper.
Bernardina se levanta a encender las luces. Dice entonces con un tono
completamente distinto:
—Me encanta encender la lámpara a esta hora, cuando llega el invierno, es como un
rito. Me hace acordar del campo, sólo que allá teníamos la lámpara a kerosene, el sol
de noche...
Robbie reacciona. Se levanta apurado.
—¡Por Dios, qué tarde es! —y como acordándose de algo de repente—: ¿Inés?
¿Cómo no la he visto?
—Mañana viernes es el último día antes de las vacaciones, el sábado irá al campo, a
la casa de sus padres y fueron al centro con Lori a comprar algunos regalitos para los
hermanos...
—Ah... Bueno, gracias por todo...
—Gracias a vos por esta tarde tan linda, ya ves me hiciste compañía... Por favor, si
escribís a tu padre, dale mis saludos. Tal vez estando tan lejos, le guste recibir
noticias de amigos viejos... Y no te olvides de los libros...
—Cuando los lea ¿puedo venir a buscar otros?
El tono del chico es tímido y ansioso al mismo tiempo.
—Yo no me atrevía a pedirte que volvieras tan pronto... No es nada entretenido para
un jovencito visitar a los viejos... —Y Bernardina, arreglándose el rodete, que, por
milagro, esta vez está perfecto, sonríe con coquetería.
Robbie la mira profundamente.
—¿Sabe una cosa? Nunca, pero nunca, me he entretenido tanto...

129
CAPÍTULO XII

Después de la charla de sobremesa del jueves, Niqui estuvo inquieto y amargado. No


tenía ganas, en absoluto, de invitar a Robbie a comer. ¡Qué violento iba a resultar
todo eso! ¿Qué hacer? No podía comentar esto con nadie, no podía confiarse a nadie.
Inés, tal vez, únicamente. Ella seguro comprendería. Pero ella le había dicho que
precisamente hoy jueves, por la tarde, iría Robbie a su casa. ¿Por qué lo había
invitado? ¿También había sido seducida por la pinta del porteño? Qué raro, Inés, tan
poco dada a juzgar por apariencias. Y bueno, ¿por qué no? ¿Qué sabía ella? A él
también el otro lo había seducido al principio. Qué desilusión. Seguro ella iba a
desilusionarse también, después. Y el otro, qué cara dura. ¿Qué lo llevaría a casa de
Inés? ¿Le gustaría ella? Y... era muy posible... no había muchas pibas lindas y tan
inteligentes como Inés. Y con ella uno podía hablar casi como con un chico, de
muchísimas cosas. Eso, seguro, lo había atraído al porteño. El caso es que ahora
estaría allí, tomando el té lo más campante, y él aquí como un estúpido. ¡Qué
estúpido! ¡Como había creído en la hombría del otro, cuando le tiró el paquete a
Martín y no aceptó que le pagara! Claro, si a él no le había costado nada... ¡Cómo
había pasado por héroe cuando se tiró al agua para sacar a Pablo! ¡Qué farsante!
Niqui mira fijamente, sin ver, como de costumbre, la cara del caballo negro que lo
mira a su vez, resignado, desde el póster de la pared de enfrente.
Y mañana tendría que invitarlo... Bueno, pero le haría ver bien claro que no era por
su voluntad, que nada iba a cambiar entre los dos. En una de ésas no aceptaba.
Ojalá... Si aceptaba quería decir que era mucho más caradura de lo que parecía.
Bueno, cuando le diera el mensaje de la madre trataría de que se diera cuenta, bien
clarito, de que él no tenía nada que ver en el asunto. Que era cosa de la madre, y nada
más. Que quedara muy claro. Lo que más le dolía era que su abuelo creyera que él le
había robado. Sí, porque eso fue robar. Y ahora dicen que sale todas las noches y que
vuelve a la madrugada con paquetes. Quién sabe en qué anda. No poder decirlo, no
poder decir nada. Tampoco puede defraudar a Pablo que lo cree un héroe. ¡Bah! Un
acto simplemente impulsivo, llamarlo un acto de heroísmo, cualquiera lo hubiese
hecho. Con eso se ganó ahora la admiración de toda la familia. Qué chico resfriado,
Pablo.

130
Nunca podría guardarse un secreto. Y mañana... tener que invitarlo mañana...
Niqui siente de pronto deseos de faltar mañana a la escuela. Eso. ¿Y si falta? Pero es
justo el último día, después vienen las vacaciones, mañana le darán la libreta... No,
no puede faltar. No habrá más remedio que afrontar esta maldita situación. Y todo
por el problema sobre las Malvinas...
El caballo del poster lo vio apretar los labios con rabia y dar un puñetazo en la
almohada. Y no pudo menos que sonreír...
Para Niqui la primera hora del viernes duró un siglo. Lo sobresaltó el timbre de
salida. Sintió una punzada en el estómago. No iba a pasar atormentándose toda la
mañana. Debía ir ahora y decírselo. Alguien se paró de pronto al lado de su banco.
Levantó los ojos y se encontró con los de Robbie. Hacía semanas que el porteño no
se acercaba a su banco. Se quedó cortado, mudo. Olvidó lo que tenía que decirle.
—Puedo hablarte...
—Sí...
Los dos seguían mirándose con tristeza, como reconociéndose después de mucho
tiempo. Robbie se sentó en el banco de adelante, siempre mirándolo y dijo inclinando
el cuerpo hacia él:
—¿Qué pasa, Niqui? ¿Por qué dejamos de ser amigos? ¿Qué te hice yo? Si te hice
algo, decímelo, porqué yo no sé. Por favor...
Robbie hablaba en voz muy baja, como para que nadie oyera y su voz era grave y
triste. Niqui sintió que el corazón le golpeaba tan fuerte que casi dolía. Bajó la vista.
No podía soportar la mirada de Robbie clavada en la de él. Sintió también calor en la
cara y una inexplicable vergüenza. ¿Pero por qué vergüenza? Era el otro el que... Y
sin embargo... Volvió a levantar los ojos. Intentó hablar con firmeza.
—Vos sabés bien qué pasó.
Con tristeza, casi con impotencia Robbie dijo:
—No, viejo, te juro que no. Si hay algo, lo que sea, decímelo. Es tan tonto seguir
así...
Niqui, vencido por la serenidad del otro, volvió a bajar la cabeza y dijo despacito:
—Vos compraste cosas de la despensa, en Oliveros, lo que llevaste a los de la carpa,
y lo pusiste en la cuenta de mi abuelo...
La expresión de Robbie cambia de golpe.
—¿¡Qué!? ¿Estás loco? ¿Qué decís?

131
—Si... Mi abuelo me habló... estaba tan dolorido y me acusó a mí, y cree que fui
yo...
—¡Pero no, Niqui! —la voz de Robbie suena desesperada y aliviada al mismo tiempo
— ¡Eso era! ¡Y creíste que fui yo! ¡Pero yo pagué lo que les di a esos vagos aquel
día!
Niqui lo mira profundamente. Quiere creer lo que le está diciendo y sin embargo...
—Pero había cosas anotadas... Eran las que te habían pedido ellos, yerba, galletitas y
además había ginebra...
Los dos están ahora, sin darse cuenta, cuchicheando, a toda velocidad, excitadísimos.
—¿Ginebra? ¿Estás loco? ¿Cómo les voy a comprar ginebra a ésos? ¿Te das cuenta?
Yerba y galletitas, sí y cigarrillos. ¿Te acordás? Pero no ginebra... Espera... ¿Te
acordás que el compadrito ése te preguntó el nombre de tu abuelo?
A Niqui le parece que todo empieza a despejarse y a aclararse maravillosamente.
Todavía no ve muy bien, pero...
—Sí, es verdad.
—¿No te das cuenta? ¡Tiene que haber sido él, Niqui, seguro!
Niqui lo escucha y le cree. Ahora sí, ahora le cree. Claro, cómo no se le había
ocurrido. Martín sí, Martín era capaz de eso y de mucho más. Cómo pudo pensar que
Robbie... Siente unas ridículas ganas de reír. La risa le sube desde el estómago y se le
desanuda en la garganta. Se agarra del brazo de Robbie.
—¡Pero sí, tenés razón! Tiene que haber sido Martín! Cómo no pensé. ¿Sabes? Me
confundió lo de aquel día...
Y Niqui no aguanta más y empieza a reírse, a reírse... —y pensé en vos ... y me
quedé con eso... no sé por qué...
Robbie ríe junto con él.
—¡Pensabas que había sido yo! ¡No pagando y poniendo en la cuenta de tu abuelo!
¡Y ginebra!
Crece la risa entre los dos, lloran de risa, no pueden hablar, se golpean los brazos, las
rodillas.
—¡Y era Martín!
—¡Y yo pensaba!...
Las carcajadas suben, suben, se hacen agudas-, estrindentes. Los dos jadean, se
atragantan, los ojos se van llenando de lágrimas, tartamudean.
—Pero mira que hay que ser tarados...
—¡Menos mal que... que te... te pregunté...!
Están exhaustos. Ya no les quedan fuerzas para hablar ni para reír. Siguen mirándose,
ahora, con restos de risa en el brillo húmedo de los ojos y poco a poco se hace
silencio entre los dos.

132
De pronto Niqui se pone muy serio y dice en otro tono, con evidente esfuerzo.
—Perdoname, che... ¿Querés?
¡Por favor!...
—Te digo en serio... ¡Perdoname!
—Está bien, ya pasó, viejo... Al que me gustaría tener adelante es al delincuente
aquél. Qué sinvergüenza, che.
—Y... sí... lástima... Y era compañero de curso, fíjate... Pero cómo no me di cuenta
antes, qué tarado... —De golpe Niqui se acuerda—. ¿Sabes? Hoy casi no vengo.
—No digas...
—Sí, pasa que Pablo contó en casa lo del río, que lo sacaste y todo eso y mi vieja
estaba enloquecida y me dijo que te vinieras a almorzar mañana... —Niqui parece
avergonzado, le cuesta contar esto, trata de sonreír como para disimular su
incomodidad. —Y a mí me costaba una barbaridad, sabes, tenía tanta bronca...
—Y claro, me pongo en tu lugar, era lógico, si habías pensado eso... ¿Así que Pablito
contó todo? —Robbie sonríe divertido. —¿Y tu vieja? ¿Qué dijo? Se habrá
horrorizado.
—Y qué te parece... Para colmo, yo tenía la culpa de todo. Siempre tengo la culpa
cuando a Pablo le pasa algo. Antes de saber cómo fue ya me están echando la culpa...
—Niqui levanta la cabeza y mira a Robbie a los ojos—: La pucha, debió ser jodido...
Yo hice eso mismo con vos o... Te juro que no pasa nunca más.
—Para eso hay que hablar...
Los dos chicos quedan pensativos. Entonces dice Robbie:
—Estuve en casa de Inés, bah, de tía Bernardina.
Una incómoda sensación de propiedad invadida siente de pronto Niqui en la boca del
estómago.
—No digas...
—Sí... tiene unos libros bárbaros... Y qué linda es...
La sensación incómoda de Niqui se agudiza.
—Sí... más o menos...
No se anima a preguntar nada. Quisiera saber qué pasó, de qué hablaron, qué
hicieron, qué dijo Inés. Pero algo le cierra la boca. Sonriendo, Robbie agrega como
recordando quién sabe qué cosas gratas:
—Es bárbara tía Bernardina...
Otra vez "tía Bernardina". Cuánta confianza en tan poco tiempo. Se ve que cayó muy
bien, no hace falta que lo diga. A Niqui ahora le molesta su propia incomodidad.
¿Qué le pasa?

133
Tendría que alegrarse. Han vuelto a ser amigos, más que antes tal vez, tendría que
alegrarse de que también se haga amigo de otros. Trata de reaccionar:
—Bueno, entonces... mañana venís a almorzar ¿no? Mi vieja habló de tallarines
amasados y qué sé yo. Después podemos ir a dar una vuelta al centro, ir al cine, lo
que quieras...
—Sí, seguro... Tengo ganas de verlo a Pablo. Hace tanto ya de lo de Oliveros...
A Niqui esa reflexión le suena a reproche.
—Sí... —comenta con tristeza, mientras hace unos dibujitos en su carpeta, casi dos
meses...
Robbie advierte esa tristeza y dice con voz alegre:
—Algún día vas a venir a Buenos Aires, a mi casa ¿querés?
Niqui levanta la vista.
—¿En serio? Nunca fui a Buenos Aires querés creer...
—Mejor... lo vamos a pasar bárbaro, te voy a mostrar todo...
Los dos se miraron serios:
—Sos un amigo macanudo —murmura Niqui.
—Vos también, viejo. Sos mi primer gran amigo. De veras...
—¿De veras? Vos también para mí... Qué lindo si siguiéramos siendo amigos toda la
vida...
Robbie sonríe y dice con su antigua voz cortante y firme:
—Vamos a ser amigos toda la vida... Te lo juro.
Son casi las diez de la mañana del sábado, el primero de las vacaciones de invierno.
Niqui todavía duerme, pero la madre, con toda la tarea que tiene por delante, se ha
levantado muy temprano y ahora está en la cocina con Pablo, tratando de conservar
la paciencia pero en realidad deseando que su hijo menor esté a cien kilómetros de
allí, por lo menos mientras termina de amasar.
—Quiero un pedazo de maza, má...
La madre va de aquí para allá, vigila el estofado, controla el horno, prepara la harina.
No escucha a Pablo.
—Má...
Silencio. La pobre señora sigue enfrascada en su trabajo.
—¡¡Máá!!
—¡Ay, hijo! Me asustaste... ¿Por qué gritas? No soy sorda...
—Haze diez mil horaz que te llamo...
—Pero estás aquí... No sé por qué tenés que gritar...

134
Pablo se desespera.
—¡Porque si no, no me ezcucház! ¿no te digo?
—Bueno, está bien —se resigna la madre— ¿que querés ahora?
—Un pedazo de maza...
—Bueno, toma.
—Yo también voy a hazer tallarines a Bobbie, má...
—Bueno...
—Porque ez mi amigo.
—Claro...
—Ez máz amigo mío que de Niqui...
—Sí...
—Y yo lo quiero máz...
—Seguro...
—Mejor hago tortitaz, má...
Las manitos gordas de Pablo, dudosamente limpias, mueven con gran entusiasmo,
mientras charla, el trozo de masa que le dio su mamá. La masa se va poniendo,
curiosamente más y más oscura.
—Hago tortitaz... como pelotitaz... azi... y laz pongo
en el horno... como voz puzizte la torta grande... y arriba
de cada pelotita hago un agujero... azi...
Y diciendo y haciendo, Pablo hunde con evidente deleite su
dedito índice en cada uno de los bollos que estuvo formando.
Y dezpuéz buzco el dulze de batata... y corto pedazitos chiquititoz y pongo uno en
cada agujerito... ¡ya eztá! ¡Vaz a ver cómo le van a guztar, má!
Suena el timbre de calle.
—Anda, hace algo útil alguna vez, yo tengo las manos llenas de harina, pero antes de
abrir pregunta quién es ¿eh?
—¡Cartero, má, cartero!
—¿A ver, quién puede ser? ¿Papá? ¿Papá escribiendo desde Oliveros? ¡Qué raro!
—¿Vizte, má, vizte? Dezpuéz dezíz que no hago nada útil. ¡Te traigo una carta del
abuelo y todo!
La madre no lo escucha. Se limpia un poco las manos y abre rápidamente el sobre.
En seguida se enfrasca en una lectura que parece, por su cara, muy interesante.

135
CAPÍTULO XIII

Don Juan Ibarra ama profundamente las mañanas de invierno como ésta, llenas de sol
y de perfumes. Le gusta sentir el aire frío en la piel de la cara y de las manos, al
mismo tiempo que la tibieza del sol sobre los párpados. Apenas se levanta, sale al
patio y mira hacia los árboles más altos. Respira muy hondo, hasta meterse en el
cuerpo ese aire tan aromado y puro. Pasea la vista largamente alrededor y más allá,
hacia el río, como si quisiera asegurarse de que todo está como había quedado al
atardecer. Es como un rito o como una diaria oración.
Y una vez que sus ojos han absorbido el paisaje entero y sus pulmones se han
renovado, entra a la casa, y recién entonces empieza la cotidiana rutina.
Pone la pava al fuego, prepara el mate, siempre amargo y fuerte y se acomoda en su
sillón de hamaca, junto a la ventana, con el diario que todas las mañanas le es
arrojado por sobre el cerco de ligustrinas.
Esta mañana, como tantas otras, se ha acomodado los lentes en un lugarcito de la
nariz que ha ido marcándose profundamente en la carne, con los años, da la primer
chupada a la bombilla y siente entonces un total bienestar por todo su fatigado
cuerpo. Empieza a leer atentamente los acontecimientos de la política, pasa la página
de espectáculos y cuando termina la de deportes ya tiene que renovar el agua del
termo.
Vuelve, se acomoda de nuevo y se prepara para "la de los muertos", que revisa
siempre con mucha atención y a veces con tristeza. Finalmente, con secreto deleite y
como ante un verdadero postre, se detiene en las noticias de policía, que para él,
constituyen casi una novela de aventuras.
Primero repasa los títulos. Después una vez que ha clasificado mentalmente, en orden
de importancia, cada uno, empieza a leer con detenimiento crónica por crónica.
De pronto sus ojos se detienen en un titular no muy destacado, pero particularmente
atractivo para él: "Jóvenes malvivientes asaltan una finca de Oliveros". Bueno, eso sí
que es interesante. ¿De quién será la finca? Qué triste, estos ladronzuelos, seguro que
por una ratería sin importancia, arruinan su vida con una entrada en la policía. Ahí,
los padres... Habría que tener a los hijos bajo control, inculcarles el amor al trabajo,
caramba, esto pasa por... Se tiene. Vuelve a leer. ¿De dónde conoce él este nombre?...

136
"Los jóvenes fueron identificados como... Martín Righero, diecinueve..." Martín
Righero, ¡Claro! De pronto recuerda la conversación con Niqui, Robbie y Pablo
aquella mañana. "Abuelo, allá abajo, en una carpa, con otros chicos, encontré a un
compañero de curso"... "¿Y por qué no lo invitaste?" "Bueno... no es más
compañero... era... quedó libre en el colegio... "—¿Trabajaba?" "—No..." "—¿Y
entonces?" "—..." "¿No sería muy buen trigo limpio, no?" Y Niqui defendiéndolo en
seguida, "Es un buen chico, abuelo..." ¿Y cómo se llama?, recuerda haberle
preguntado:
"Martín Righero"... ¿Será posible? Pero entonces... ¿No sería que en realidad... ? ¿Y
que Niqui no hubiera querido acusar a su amigo? ¿Así sería? Pero entonces... él
habría cometido una equivocación tremenda. ¡Pero qué viejo estúpido! Debía haber
conocido mejor a su nieto. "¡Su nieto era su nieto! ¡Era un tipo formidable! Si él
había sido un viejo estúpido, entonces Niqui era mucho mejor todavía de lo que él
pensaba. No puede apartar la vista del nombre impreso en el diario, pero ya no lo ve
en realidad. Sus manos nudosas, infinitamente arrugadas, estrujan la hoja de papel
con fuerza, con rabia. ¿Qué vas a hacer ahora, viejo tonto? ¿Eh? ¿Qué vas a hacer?
De golpe, don Juan Ibarra se pone de pie, se arranca con furia los lentes, busca la
billetera, se pone un viejo saco grueso, se envuelve en un gran echarpe de lana, se
encasqueta la boina vasca que jamás lo abandona y sale a grandes trancos para el
pueblo. Entra a una librería, pide papel y sobre, vuelve a su casa y se sienta a la mesa
de la cocina. Le cuesta tomar la lapicera, hace tanto tiempo que no escribe y tiene las
manos heladas, además. Pero tiene que hacerlo, tiene que hacerlo. Con esfuerzo, con
gran dificultad, empieza:
"Querida hija, espero que al recibo de ésta..."
El almuerzo ha sido estupendo. Los tallarines caseros, de puro huevo, tuvieron un
éxito sensacional, lo mismo que el estofado de pollo y la torta de chocolate. Tanto se
comió que por unanimidad se convino en dejar para el té las sin duda riquísimas
tortitas hechas por las propias manos de Pablo, lo cual fue considerado por él como
una verdadera distinción.
Los padres de Niqui, casi cohibidos al principio por el prestigio que Robbie había
adquirido frente a ellos a raíz del relato de Pablo, lo recibieron como a un verdadero
personaje. Niqui estaba orgulloso de su amigo y Pablo se mostraba radiante. Hubo
que soportar que relatara varias veces el momento en que Robbie lo sacó del agua y a
cada versión los detalles se volvían más y más espeluznantes.

137
—Pero, Pablo. ¿No te podés callar ahora un poquito? A nosotros también nos
gustaría hablar...
No, evidentemente no podía. En un momento, dando siempre vueltas alrededor de
Robbie, dice:
—¿Vez, má? Ezto ez lo que yo te dezía que tenía colgando del cuello. ¿Vez qué
hermozo? ¿Y vizte qué lindos pantalonez colorados? ¿Vizte que voz me dezíaz que
no podía zer que ze puziera pantalonez coloradoz?
—¡Pablo! —la pobre señora se ha puesto ella misma colorada hasta la raíz de los
cabellos. Robbie sonríe. No se siente en absoluto molesto por las imprudentes
observaciones del chiquitín. Por el contrario, le divierten muchísimo. Lo sienta sobre
sus rodillas y deja que las gordas manitas investiguen su amuleto, dándoles vueltas
de arriba a abajo.
—¿Ez un colmillo de elefante, Ro? ¿Cómo era de grande el elefante, Ro? ¿Me dejaz
que te diga Ro?
—¡Bueno! —explota Niqui, cuya paciencia con el hermano se acabó de pronto—. Ya
veo que éste no nos va a dejar en paz en toda la tarde. ¿Por qué no lo llevás a dormir
en la siesta?
Pablo lo mira, hace un puchero y esconde la carita arrebatada en el pecho de Robbie.
Se escuchar un borboteo que escapa de abajo de la carita. Robbie pregunta con
dulzura:
—¿Qué decís?
El borboteo se repite.
—Más fuerte, no te escucho... —y el muchacho aproxima su oído a la carita
escondida.
—No quiero... dormir... la ziezta... —se escucha ahora entre hipos.
—Bueno ... a ver qué hacemos entonces —Robbie hace como que piensa— ¿Y si te
cuento un cuento?
La carita reaparece en el acto.
—¡Zí, zí! ¡Dale, un cuento! ¡Má, Ro me va a contar un cuento! ¡Vamos a tu cuarto,
Niqui! ¡Ro me va a contar un cuento!
Robbie lo alza, hace un guiño cómplice a Niqui y éste misteriosamente calmado,
lleva a su amigo hasta su cuarto. Acomodan a Pablo sobre la cama de Niqui y Robbie
se sienta junto a él.
—Bueno... a ver... escucha con atención, eh? Eran como las tres de la mañana. El Dr.
Montenegro volvía en su auto por la Avenida de Circunvalación. De pronto, enfrente,
sobre la ruta, aparece una enorme luz blanca que parecía bajar del cielo

138
despacito, despacito ... Sintió que se le aflojaban las piernas y quiso frenar, pero las
piernas no le respondían. Igual no fue necesario porque sintió que el auto frenaba
solo. Se paró, nomás, como si él mismo hubiese frenado. Menos mal, porque esa luz
que bajaba se detuvo también, a diez metros. Y entonces vio algo como un globo
enorme, que era un plato volador y no podía ser otra cosa porque aquí esos globos no
hay. Entonces empiezan a encenderse y apagarse un montón de luces que salen como
unas ventanitas del globo y de pronto empieza a elevarse una puerta y bajan unos
tipos. Bah, unos tipos... eran altos como una casa y la cabeza sin nada de pelo. Parece
que el Dr. Montenegro se desmayó, porque de ahí no se acuerda más y cuando se
acuerda de nuevo siente que alguien le pasa la mano por la cara y por la cabeza. Mira
alrededor, sin moverse, el corazón le hace pum, pum, pum. El silencio era terrible.
Estaba sentado en un sillón grande, como de dentista y lo rodeaban los tipos calvos y
altos como una casa. La que le pasaba la mano por la cara era una mujer. Bah, una
mujer... A él le pareció que debía de ser una mujer. Era diferente de los demás, y
tenía collares o adornos, o algo así y le tocaba los labios y los agarraba entre el índice
y el pulgar, como quien palpa un género y les hacía mirar y tocar a los otros también.
Por turno le palpaban el cabello y le agarraban los labios. Después le hicieron abrir la
boca y le tocaban los dientes y le tiraban de la lengua como para ver si salía. No
podía más, pero no se atrevía ni a respirar. Lo que más le daba miedo era la cara de
los tipos. Al principio no se dio cuenta, pero al rato, de tanto estar ahí, sentado,
echado para atrás con todas esas caras sobre él, se dio cuenta de por qué le parecían
todos tan extraños. No era sólo porque tuviesen la cabeza completamente calva, con
la piel lisa como la palma de las manos y eso que era algo muy impresionante. De
pronto se dio cuenta de otra cosa: las caras, de la nariz para abajo eran todas lisas,
completamente lisas. No tenían el agujero de la boca, no tenían nada. Y las caras, así,
parecían todas iguales..."
Robbie siguió un poco más, porque tenía miedo de que Pablo volviera a abrir ios
ojos, que hacía rato se habían cerrado. Repite en un susurro: "Parecían todas
iguales..."
Niqui respira.
—¡Por fin!
—O el cuento era muy aburrido o él estaba muy cansado.
—¿Cómo aburrido? Justo ahora se estaba poniendo interesante, es bárbaro... ¿De
quién es?

139
—Acabo de inventarlo... ¿no te diste cuenta?
—No... parecía de un escritor de verdad.
—¿En serio?
—Mira, porque no lo terminas, me lo das y lo publicamos en el próximo número de
"Antorcha", ¿querés?
Los ojos verdes se iluminan. Niqui agrega:
—A menos que no te interese que se publique...
—¿Sabes que lo que más me gustaría hacer en la vida, es escribir cuentos? También
me gustaría ser médico, sabés y curar chicos, pero también podría escribir. —La voz
se hace soñadora—: Sería formidable pensar que muchos chicos solos o tristes o
enfermos, alguna vez pudiesen leer lo que yo escribo y sentirse mejor... Sí, creo que
es lo que más me gustaría...
En la cocina, después de lavar los platos, la mamá está terminando de ordenar las
últimas cosas y de pronto recuerda:
—¡Ah, viejo! ¿A que no sabés quién escribió?
—No tengo idea...
—Papá...
—¿Tu padre? Es rarísimo, don Juan escribiendo... ¿Pasa algo?
—No, claro, si no te lo hubiese dicho enseguida. Pide solamente que le mande a
Niqui mañana para que lo ayude con un trabajito. Espero que quiera ir...
—¿Por qué no va a querer?
—Como hace un tiempo que no dice de ir... Viste que los chicos, en cuanto se hacen
grandes, ya no quieren saber nada del campo ...
—Mira, quiera o no quiera, si tu padre lo necesita, irá. No faltaba más. ¿Se lo dijiste?
—No, con todo esto de Robbie... Qué monada de muchacho ¿no viejo?
—Sí... —dice el padre pensativo— no es un chico vulgar. Es más bien especial, diría
yo. Me parece que es el amigo que Niqui andaba necesitando... Ojalá hagan una linda
amistad...
—Es cierto, viejo... Ojalá él no se fuera nunca a Buenos Aires...
Niqui pensó todo el trayecto, cuando venía en el ómnibus. No sabía cómo empezar la
conversación. Pero debía decírselo a su abuelo. Y su abuelo tendría que creerle.
Pero... ¿iba a creerle? Estaba tan convencido aquella mañana...

140
Ha bajado del ómnibus, ha hecho las cinco cuadras desde la
parada y está ahora de pie frente al cerco de ligustrinas. No ha vuelto a ver a su
abuelo desde entonces. ¿Estará como siempre?
Niqui empuja la pequeña puertita de madera, sin saber que, desde adentro, desde la
ventanita de la cocina, detrás de las persianas verdes, el abuelo, con inmenso alivio,
acaba de verlo llegar.
Don Juan había pasado una semana de perros. ¿Vendría su nieto el domingo? Se lo
tendría merecido, por viejo tonto, si no viniera. A lo mejor no le había perdonado el
sermón. A lo mejor había pensado, cuando habían recibido la carta ¿así que arriba
voy a tener que ayudarle? Y si lo había pensado, tenía todo el derecho del mundo.
¡Qué atolondrado, caramba! ¿Por qué se había apurado a juzgar tan rápido a un
muchacho tan macanudo como su Niqui?
La noche del sábado no había pegado los ojos. La inquietud lo había hecho dar
vueltas y vueltas en la cama, esperando con ansiedad las primeras luces del día.
¿Vendría?
Por eso don Juan Ibarra está acechando ahora detrás de la persiona verde. Sí, ha
venido. ¡Aquí, está, por fin! Contiene el primer impulso de salir y correr a abrazarlo.
Don Juan Ibarra no está acostumbrado a dejarse llevar por los impulsos. Se sentiría
avergonzado.
El rostro curtido se ilumina al ver avanzar a Niqui a través de los canteros florecidos
de durazno japonés y corona de novia. Los fatigados ojos sonríen entre las infinitas
arrugas. Don Juan no necesita sonreír con la boca, le basta con concentrar la sonrisa
en la mirada. Esa mirada que se dulcifica increíblemente cuando sus manos han
ayudado con eficacia a su animal predilecto y frente a él, sobre el pasto, brota el
milagro de un ternero nuevecito o de un potrillo aún pegajoso y húmedo o de un
corderito tierno. En realidad, la relación de don Juan con los animales es tanto o más
fácil que con las personas. Con ellos reprime mucho menos su natural ternura.
—Hola, abuelo...
—Hola...
Después del silencio, dice don Juan:
—Venga nomás, ya está el mate listo.
Niqui deja su bolso en el suelo.
—¿Querés que vaya a comprar facturas, abuelo?
—No, m'hijo, para qué, si ya hice unas tostadas flor y flor. Aquí tienen y aquí están
el dulce y la manteca. Debe de tener hambre ¿no?

141
Ambos hablan y se mueven un poco cohibidos, sin la espontaneidad de otras veces.
Don Juan pone sobre la mesa el termo y la bandejita con la yerbera y se sienta con
parsimonia.
—¿Todos bien por allá?
—Sí, todos bien...
—¿Y el chiquitín? ¿Cómo hizo para quedarse?
—Y... el otro día contó todo, lo del río y eso y mamá no quiere que venga más aquí
sin ella.
Don Juan sonríe. Después carraspea.
—Bueno, m'hijo... Yo lo mandé a pedir para hablar con usted ¿sabe?
Niqui alza los ojos sorprendido. ¿Otra vez? Esto no se lo esperaba. Un bocado se le
queda en la garganta. Chupa apurado la bombila para hacerlo pasar. Queda mirando,
sin saber qué decir.
—Yo... en realidad... tengo que pedirle disculpas, Nicanor...
¿Disculpas? ¿Pero de qué habla? la cabeza de Niqui empieza a dar vueltas.
—¿Disculpas? —vuelve a atragantarse.
—Sí... disculpas... Yo he sido muy injusto con usted. Por lo menos, creo que he sido
injusto. Por estúpido, nomás ¿sabe? Hay viejos como yo, que no aprenden nunca. Yo
a usted lo acusé de algo y usted no se defendió y yo por eso me quedé convencido de
que usted era culpable. Pero hubo algo que me hizo ver qué equivocado que estaba...
Y también creo saber por qué no se defendió. Mire...
Y sacando una viejísima billetera ya sin brillo, casi del color de sus manos, don Juan
Ibarra extrae de ella un trozo de papel de diario doblado en cuatro. Lo desdobla y lo
pone sobre la mesa frente a su nieto.
—Vea... lea lo que dice ahí —y golpea varias veces con los nudillos en el papel.
Niqui, en su confusión, tratar de ver con claridad las letras. Lee. De pronto se detiene
y mira al abuelo.
—¿Vio? ¿No es ése el compañero del curso que se había quedado libre en su
colegio? ¿No es el que estaba en la carpa, allá abajo?
—Sí, creo que sí... Sí, seguro, tiene que ser...
—¿Y este chico sabía cómo me llamaba yo, y que usted era mi nieto?
—Sí, abuelo, yo se lo había dicho.
—Y bueno, ahí tiene, ése es el culpable. Ése es el que puso las cosas en mi cuenta,
entonces. Por eso le pido perdón. Por haberlo acusado a usted, por no haberle creído.

142
Niqui siente calor en la cara, pero es un calor diferente al que sentía la otra vez. Este
es un calor bueno, de profunda satisfacción.
—Por eso le digo que soy un viejo de los que no aprenden nunca. Por no darme
cuenta de que usted lo estaba apañando a ése, de que usted no había querido acusarlo.
Pero le voy a decir una cosa, Nicanor: no es bueno apañar a un delincuente. Una cosa
es acusar a un amigo y entonces uno es un delator, un traidor. Y otra cosa muy
distinta es no denunciar al que ha hecho una macana. Primero, porque siempre hay
un inocente que paga el pato. Y después, porque uno termina siendo cómplice ¿se da
cuenta?
—Lo que pasa es que yo no pensé en Martín tampoco, abuelo...
—¿No? —Don Juan se inclina intrigado hacia adelante— ¿En quién entonces?
—En Robbie... Y Niqui cuenta entrecortadamente, tratando de sintetizar lo que había
ocurrido aquel día en la carpa.
—Así que usted sospechó de su amigo honrado, como yo había sospechado de usted.
¡Pero mire cómo son las cosas! Bueno, ahora todo está aclarado. Ahora usted va y le
dice a su amigo la verdad ¿sabe? ¿Usted le había dicho algo antes?
—No, abuelo... y eso fue lo malo. Porque en lugar de haberse aclarado todo en
seguida, estuve hasta hace unos días sin dirigirle la palabra. Estaba tan seguro de que
había sido él. Y además tenía mucha bronca porque por culpa de él usted creía que
yo le había robado.
Don Juan suspira.
—Es muy jodido que duden de uno, m'hijo, muy jodido. Por eso hay que obrar
siempre de frente, siempre. Y tener la conciencia tranquila. Porque es peor todavía
que duden de uno y después tengan razón ¿no le parece?
Ambos ríen. Las tostadas se han puesto ahora verdaderamente sabrosas y Niqui les
hunde el diente con ganas. Después de una pausa dice don Juan:
—Y... ¿Cuándo me lo va a traer otra vez al porteño? Les voy a hacer un lindo asadito
¿sabe? No hay nada mejor que convidar a Jos amigos, cuando uno tiene la suerte de
tenerlos...
Niqui dice con entusiasmo.
—¡Yo tuve suerte, abuelo! ¡Robbie es un tipo bárbaro!
—Y usted también, m'hijo. Usted ya es todo un hombre... Y don Juan le alcanza a
Niqui otro mate, casi como si fuera una condecoración...

143
CAPÍTULO XIV

Han pasado las vacaciones de invierno. Estamos ya en una tarde de principios de


agosto. El aire sigue siendo frío y hay un poco de viento, pero hay también una
luminosidad distinta y en los bancos de Boulevard Oroño en los que da el sol, uno
puede sentarse tranquilo, en la seguridad de contar con una agradable tibieza.
El Boulevard Oroño es famoso por sus palmeras. Las hay, dicen, de todas las
variedades posibles y fueron plantadas a principios de siglo, cuando Rosario era aún
una ciudad muy nueva y tuvo la coquetería de querer lucir un boulevard a la manera
de muchas ciudades de Europa. En el tramo que va desde su nacimiento, cerca del río
hasta Avda. Pelegrini, muchas familias acomodadas construyeron mansiones
imponentes, la mayoría de estilo francés, y ese lugar se constituyó en el barrio
residencial más importante de la ciudad, así como un típico lugar de paseo.
Hoy, barrios más modernos y céntricos han opacado su antiguo esplendor. Algunas
de las mansiones fueron convertidas en clínicas médicas, colegios o facultades, como
el Colegio Nacional "Dante Alighieri", el "Liceo Nacional de Señoritas", el Colegio
Nacional "J. J. de Urquiza", la Escuela Superior de Comercio, la facultad de Ciencias
Económicas.
De todos modos, la clásica y aristocrática fisonomía de las construcciones y la
imponente altura de sus típicas palmeras, hacen que el Boulevard Oroño siga siendo
uno de los lugares más atractivos de la ciudad. Esas palmeras, además, suelen ser
confiables testigos de romances juveniles incipientes, ya que los Colegios están muy
cerca unos de otros y a las horas de entrada o de salida, chicos y chicas parecen
buscarse y agruparse como las palomas de la Plaza Pringles.
En uno de esos bancos está instalada hoy Lola, que vive enfrente y suele sentarse allí
para estudiar. Tiene en sus manos un libro de Geografía, pero su mente está tan cerca
de la Geografía como Rosario del Polo Norte.
Resulta que apenas reiniciadas las clases, el tema del "porteño" había sido renovado
con igual o mayor entusiasmo. Niqui le había contado a Inés, e Inés le había contado
a Lori, lo cual fue como contarle a todo el curso, que Robbie trabajaba, que cuidaba
chicos de noche y entonces, y con la consiguiente desilusión de Josefina, se había
aclarado el misterio de sus salinas nocturnas y los paquetes misteriosos.

144
Además, Niqui había relatado varias veces y no se cansaba de hacerlo, algo que
hasta ese momento y vaya a saber por qué razón, había mantenido oculto: una
historia de salvataje en el rio, de lo más romántica, que había elevado la imagen del
porteño, para los chicos en general, a la de un verdadero héroe.
Todo esto contribuyó a que Lola también viese al porteño con mayor simpatía. En
realidad, a ella siempre le había caído bien. Deja otra vez el libro sobre la falda y
recuerda aquel día de principios de clase, en la Plaza Pringles, cuando con tanto
desparpajo Robie se había negado a ayudarlos. Aquello no había sido tal vez falta de
solidaridad, ni la actitud de alguien que se siente superior. Lola nunca se hubiese
atrevido a decirlo, pero en el fondo ella había experimentado cierto respeto por la
actitud del porteño. Ella había visto gestos y actitudes de personas aparentemente
amables o generosas, gestos cargados de sonrisas y frases simpáticas, que sólo
escondían en ocasiones, el deseo de ser aceptados y bien recibidos. En el fondo eran
actitudes hipócritas. Resultaba muy doloroso entregarse a una persona así y terminar
después totalmente defraudada. A Lola le ocurría con frecuencia ver alrededor de ella
gente que actuaba hipócritamente, como si lo que importara fueran sólo las
apariencias, los gestos exteriores y no los sentimientos profundos.
Lola levanta el libro de la falda e intenta leer, "...el movimiento orogénico pre-
cámbrico que dio origen a la cadena montañosa que corre a lo largo..." Los ojos
recorren las líneas, pero no entiende ni una letra. Quiere decir entonces que ella no se
había equivocado. El libro vuelve a descansar sobre las rodillas. Robbie era de esas
personas que prefieren decir exactamente lo que piensan, aunque esa les cueste la
antipatía de los demás. Todo esto había estado dando vueltas estos últimos días por la
mente de la chica desde las revelaciones de Inés y Niqui, después de las vacaciones.
Y la semana anterior, una noche, a la hora de la cena, se había atrevido a tocar con
sus padres el tema de Robbie, por primera vez.
—Mira —le había dicho en seguida y de un modo tajante, el Dr. Calvo—, ya sé que
Roberto pretendía que tuviéramos aquí a su hijo y así se atrevió, a principios de año,
a pedírselo a tu madre. ¿No es así, Ruth?
La madre había bajado la cabeza y él había terminado diciendo:
—No tengo nada contra el chico, pero yo he jurado que no
volvería jamás a tener relaciones con quien me había ofendido de tal manera...

145
—Pero Luis —se había atrevido la madre— fue por cosas de política, de la Facultad
y eran muy jóvenes...
—Basta Ruth, si el chico hubiese venido a vivir aquí, la relación se hubiera
reanudado, por un motivo o por otro. Además, el chico debe ser bastante parecido al
padre y las discusiones hubiesen llegado a ser inevitables.
—Pero, papá —había dicho Lola tímidamente— tío Roberto está ahora en
Norteamérica y Robbie está viviendo en casa del Dr. Ricciardo... Yo podría por lo
menos invitarlo de vez en cuando, después de todos somos primos hermanos...
—Por favor, Lola, no te metas en las relaciones de familia. He dicho que no quiero
ver a ese chico en mi casa y es mi última palabra. No quiero que se hable más del
asunto.
"...Los terremotos se producen principalmente porque esos mismos movimientos
orogénicos que en determinado momento..."
¡Qué rabia! Qué lindo sería poder decirle a todo el mundo que Robbie era su primo.
¿Lo sabría él? Ella, que no había tenido hermanos, qué feliz hubiese sido de tenerlo a
él como hermano. Pero su padre era inflexible. Lola sabía muy bien lo difícil que
resultaba hacerle decir "sí". Y era demasiado orgullosa como para rogarle, y
demasiado franca como para irle con falsas zalamerías. ¿Pero acaso no tenía
derecho? ¿No era de su misma sangre? ¿Por qué tenían que ser incluidos ellos en
unas peleas familiares con las que no tenían nada que ver?
Lola baja los ojos... "Entonces, cuando las temperaturas internas aumentan, las capas
profundas se funden, entran en ebullición y las presiones las empujan hacia el
exterior, haciendo estallar las capas superiores en las zonas volcánicas, con fuertes
explosiones que..."
Ella tendría que hacer algo. Era absurdo que ese chico estuviese ahora en la misma
ciudad, que fueran al mismo colegio, que se vieran todos los días, que compartieran
los mismos amigos, que hasta tuvieran el mismo corte de cara y la misma nariz, y un
apellido común y que actuaran como si fuesen dos extraños. No, esto no podía seguir
así. Ella, Lola, tendría que hacer algo.
César tiene un rostro movible que nos sorprende a cada inflexión, a cada gesto, a
cada palabra.

146
El bar de César. Dibujo de Roberto Fontanarrosa.

147
Los ojos chicos astutos y llenos de risa son lo único fijo de esa cara que es por
momentos una máscara de esas hechas con una goma elástica y tan reales que
parecen de carne.
Es que en realidad César es un actor. Un verdadero actor cuyo placer favorito, su
"hobby" diríamos, es la buena mesa, la buena comida. Si uno llega al mediodía, por
ejemplo, él se acerca, pasa un parsimonioso trapo rejilla sobre una mesa brillante que
no lo necesita en absoluto, y murmura sin mirarnos como distraído:
—Hay un arrollado de pollo que... en fin, no sé si quieren...
—¿Arrollado de pollo?
—Sí... —sigue imperturbable, sin dejar de frotar en redondo— lo hice anoche... una
pinturita. Lo podrían acompañar con croquetas de seso, por ejemplo... digo, como
para probar algo que nunca hayan comido antes...
—¿Croquetas? Muchas veces hemos comido croquetas.
—Sí, seguro... —Y aquí deja de frotar, se apoya con displicencia en el borde de la
mesa, y ensaya una de sus muecas preferidas, la de la suprema soberbia, la sonrisa a
un costado, el labio inferior despectivo—: Pero no como éstas...
Si uno va con el suficiente tiempo, le puede preguntar, por ejemplo: "¿Y por qué?
¿Qué tienen de distintas?" Entonces comienza su actuación. Se acomoda sobre una
pierna, se echa al hombro el trapo rejilla, tan limpio que uno podría secarse la cara
con él, y ya con las manos libres, empieza a describir con deleite, con absoluta
fruición, cada paso de los que ha seguido para elaborar su arrollado o sus croquetas.
Durante el monólogo, los movimientos de la boca, de las cejas, de las mejillas, se
multiplican al infinito, y por mirar esas increíbles mutaciones uno se pierde
fragmentos enteros, y cuando se da cuenta, César ya llegó al final de la descripción:
—... y las voy poniendo sobre el papel blanco, para que se escurran... doraditas... una
hermosura... y las espolvoreo con perejil picado y... —aquí una pausa llena de
suspenso, en la que se lleva a la boca las cinco yemas de los dedos, y entornando los
ojos, les da un beso lleno de nostalgia y deseo. No necesita decir más, por supuesto.
Nos ha convencido.
—¡Marche un arrollado con croquetas!
Y se aleja y uno cree ver bajar el telón y casi siente ganas de aplaudir.
Hace muchos años que el Dr. Calvo va al "bar de César", en Corrientes y San
Lorenzo, para desayunar y leer el diario de la mañana. Se han hecho amigos, claro.
César sabe que ese es el único momento de tranquilidad para el médico.

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Ha aprendido a conocer sus humores, a percibir cuando el Dr. Calvo necesita charlar
un poco, y cuándo tiene necesidad de silencio. Y no porque a él le impresiones
ningún título. Él se sabe tan doctor en su cocina como Calvo en su consultorio.
Además él es medio poeta, y hasta andan dando vuelta por ahí, tangos con letras
suyas. De modo que sus charlas suelen ser tan sabrosas como sus recetas.
Desde hace dos o tres meses atrás, César viene notando en su cliente un gesto de
preocupación que parece ir acentuando con los días. Los largos diálogos sobre fútbol,
sobre política o sobre alguna nueva creación culinaria, de los que Calvo disfrutaba
mientras tomaba su cortado doble con medias lunas, no tienen en los últimos tiempos
mucha aceptación. Inclusive César, obsesivo en cuanto a que sus clientes saboreen
como corresponde lo que él les prepara, ha notado que Calvó deja enfriar su cortado
junto al periódico sin abrir y a las medias lunas intactas, y se pone a mirar hacia la
calle con el mentón apoyado en las manos juntas. César lo mira de reojo mientras ya
y viene con su bandeja y su trapo rejilla, y sufre. ¿Qué gusto puede tener "eso"
después? Un día no puede más.
—Doctor... disculpe, ¿no?, pero este cortado ya está frío...
Calvo reacciona. Se apresura a llevarlo a los labios y a partir una medialuna.
—No importa, César, si a mí me gusta frío...
—¡Pero es que esto ya no está solamente frío! Está añejo...
—Y bueno... ponélo de moda. Ahí tenes: "cortado añejo". Te apuesto a que te lo pide
todo el mundo...
César ríe divertido.
—¿Sabe que tiene razón? —y cambiando de tono— Ahora en serio, doctor...
andamos preocupados últimamente, ¿no?
El Dr. Calvo revuelve lentamente su cortado.
—Bueno... sí, la verdad que sí...
—Y... disculpe, ¿no? Pero... ¿es grave o...?
Calvo lo mira. Ve en los ojos cálidos de César un interés verdadero. Es un amigo el
que le está preguntando. La cucharita vuelve a girar dentro del pocilio.
—Mira, no... grave, no... —se decide de pronto—: ¿Viste cuando algo, un hecho
cualquiera...?
César se ha sentado en el borde de la silla, frente a Calvo, con el torso inclinado
hacia él, los ojos fijos en su boca.
—... un hecho cualquiera te hace replantear toda tu vida? ¿Viste cuando de golpe
algo te hace verte como sos en realidad?

149
Porque por ahí... —la voz de Calvo va subiendo en intensidad aunque baja el
volumen— por ahí, vos seguís manteniendo una conducta, digamos, respecto de
algo, porque... no sé por qué, porque una vez te pareció bien, lo sentiste así, no sé, y
no volviste a pensar en eso...
Calvo hace una pausa. Ve que César está pendiente de sus palabras, como fascinado.
Sigue:
—Y ahí está lo malo: no haber vuelto a pensar. Porque si uno volviera a pensar, se
daría cuenta de que lo que hacía era una soberana macana, ¿entendés? Y eso es lo
que me está pasando. Que de golpe veo que desde hace años me estoy portando como
un imbécil, como un caprichoso que no quiere dar el brazo a torcer, y recién ahora lo
veo con claridad. ¿Y cómo hacer, después de veinte años, para cambiar eso, César,
eh? ¿Me querés decir?
Los dos quedan en silencio, mirándose a los ojos. Calvo, con una mirada apremiante,
como exigiendo una respuesta. César, achicando los ojos, como mirando sin ver. De
pronto empieza a decir despacio:
—Mire, doctor, yo no sé cuál será su problema, y en el fondo no importa, ¿no? Pero
igual le voy a dar un ejemplo práctico: ¿usted vio cuando se corta la mayonesa?
Bueno, es un drama, imagínese, toda la comida estropeada, uno gastó tiempo, gastó
trabajo, gastó huevos, gastó limón, gastó aceite... y a uno le da una bronca negra, y
quisiera... Y lo peor es que uno se siente un idiota, un inútil, y le parece que...
La voz de César es grave, ronca, casi como si saliera de los tubos de un órgano en
sordina. Los matices, sin embargo, son infinitos, y los gestos de su cara también. En
este momento César está, además, en plena actuación, dominando totalmente la
escena. Baja más la voz y achica más los ojos.
—En ese mismo momento, doctor, es cuando una mínima cosita, una cosita así... —
Y chasquea con la del pulgar la uña del dedo índice—, nos puede... ¿Y sabe qué? —
Hace una pausa efectista, y afirma triunfante—: ¡Unas simples gotitas de agua! Usted
agrega unas gotitas de agua, una nueva batida fuerte, y... —Las manos completan con
un gesto rotundo la frase, inconclusa, mientras hace una nueva pausa para observar el
efecto producido y acomodarse hacia atrás en la silla—. En la vida, doctor, todo es
mucho más simple que... A veces, con una sola palabra, podemos... Claro, ya sé, una
palabra no es una gota... A la gota se la saca de la canilla, a la palabra... Y a lo mejor
no es una palabra cualquiera, y cuesta...

150
¡La pucha si cuesta! Cuántas veces yo... Pero una vez que uno logró... Créame,
doctor, en la vida resulta muchas veces más fácil eso que...
Calvo lo ha estado escuchando con atención, y ahora ha vuelto a quedarse pensativo.
De pronto levanta la cabeza:
—¿Sabes que me ayudó mucho lo que me dijiste? ¿Sabes que en una de esas tenés
razón, y todo es mucho más simple de lo que pensaba? Mira, César, si yo puedo
llegar a decir la palabra que necesito, te levanto un monumento...
César, que ya ha finalizado su monólogo, abandona la escena momentáneamente y se
levanta sonriendo, como agradeciendo aplausos, y vuelve a poner en la bandeja el
cortado frío.
—No hace falta, doctor... Ahora le traigo otro cortado... Con que se lo tome
calentito... —Y alzando la voz—: ¡Marche un cortado añejo!
Alguien, desde una mesa, le hace señas para que se acerque:
—Oiga César, ¿cómo es eso del "cortado añejo"?
Estamos a 20 de setiembre. Mañana es el día de la Primavera, el día del Estudiante.
Hay aún días ventosos y nublados, pero el olor del aire ya es distinto y de un día para
el otro, los plátanos de las veredas han empujado hacia afuera sus primeros brotes.
Los dos cursos, segundo segunda y tercero segunda, se han citado en el Parque
Urquiza para organizar el pic-nic tradicional. Los palos borrachos, en esta fecha, tan
numerosos en el parque inaugurado en 1950 y primitivamente llamado Parque de la
Ancianidad, están cubiertos de copos de algodón.
Esta tarde la atmósfera es muy pesada, se nubla de a ratos y el río no tiene su color
habitual.
Chicos y chicas están sentados debajo de una gran acacia. Todos tienen ya ropas
livianas y así y todo las mejillas están arrebatadas por el calor.
—Mañana llueve... —sentencia Alberto Nacht, que no se desprende de su armónica
— el río está muy colorado...
—Con razón te dicen "Bicho". Un bicho de mal agüero, eso es lo que sos ¿No tenés
nada mejor que decir?
El "Bicho", que ya había iniciado despacito una melodía, la suspende, levanta
despacio sus oíos soñadores de pestañas increíblemente rizadas, hacia los pálidos
ojos del Marciano y repite, con su habitual parsimonia:
—Lo diga o no lo diga, mañana llueve, qué culpa tengo...

151
—Moríte...
Tamara Oliva, como solidarizándose con el "Bicho", mira profeticamente a lo lejos y
sentencia:
—La Naturaleza tiene sus propios designios...
Robbie gira ia cabeza hacia ella y mira intrigado. Lori advierte la mirada, sonríe con
coquetería y da unos toquecitos a la exótica vincha que le rodea la frente:
—¿Vos no sabías que en el curso teníamos nuestra filósofa propia?
Támara desciende de su limbo y se digna responder:
—El mundo está movido por la filosofía...
—¿Sí? —se escucha la ingenua voz de Fatiga que, acostado boca abajo sobre el
pasto, parecía dormir pero de golpe ha levantado la cabeza— ¿Estás segura? Para mí
el mundo estaba movido por el estómago...
Todos ríen. Fatiga no entiende esa risa porque él ha hablado muy en serio y los mira
a todos con asombro.
—A propósito... ¿trajeron algo de comer?
—Ufa, Gustavo —dice Gabriela— el pic-nic es mañana, déjate de pensar en comida,
es en lo único que pensás...
—En el fondo, yo creo que tiene razón —dice Francisco Romero— el mundo está
movido por el estómago... —Eh, Ratón —dice el Marciano con sorna— yo creí que
eras más espiritual vos...
—No se trata de ser "espiritual" sino de ser realista, che...
—Yo estoy con el Ratón —dice Niqui.
Varios chicos y chicas lo apoyan. Algunos protestan, hablan todos al mismo tiempo,
no se escuchan unos a otros. Cuando se restablece el silencio, se escucha de nuevo la
calma voz de Alberto Nacht:
—Yo no estoy con ninguno de ustedes. Para mí, al mundo lo mueve esto... —afirma
alzando un brazo y frotando los dedos índice y pulgar.
Hay una pausa. En medio del momentáneo desconcierto, se escucha la voz de
Aníbal:
—Vos decís eso porque sos judío...
Se hace un silencio total. Al cabo de un momento que parece un siglo arriesga
Fabián:
—Yo... creo que pienso lo mismo y no soy judío.
Aníbal le contesta, incisivo:
—Pero no estás seguro...
—Bueno, tendría que pensar, no sé...
El clima está muy tenso. Algunos miran a Alberto de reojo.

152
Este permanece con los ojos bajos. Hay un insólito enrojecimiento en sus mejillas
habitualmente pálidas. De pronto se escucha la voz grave y pausada de Lola:
—Es una soberana estupidez la que dijiste, Aníbal. No sé de dónde pudiste haberla
sacado, pero te quiero explicar algo que una vez me explicó mi papá. La raza hebrea,
sabes, la de Jesucristo, ha sido perseguida desde siglos. Nunca podían afincarse en
ningún lugar, ni tener siquiera un pedazo de tierra para cultivar o criar ganado. El
único medio que tuvieron para poder sobrevivir como pueblo, fue el comercio.
Podían adquirir productos propios de un lugar y venderlo en otro país. Hicieron lo
mismo que muchos pueblos de Oriente, los griegos, los sirios y sobrevivieron gracias
a eso ¿entendés? Es una razón histórica la que ha hecho que la base de su economía
sea el comercio ¿te das cuenta? Y hubo pueblos que se dijeron cristianos y
civilizados, como la España de los Reyes Católicos, que los persiguieron, igual que a
los árabes. Y nosotros, como buenos descendientes de españoles, por ahí seguimos
arrastrando esos absurdos prejuicios y considerando a los judíos avaros y
mercantilistas, ¿entendés?
—Yo tengo un tío piamontés que es lo más avaro... —murmuró Lori.
—Mi abuelo genovés sí que era avaro... Juntaba hasta los palitos de la ropa, todas las
noches, para que no se les estropearan si llegaba a llover... —recordó Fabián.
—Y mi abuela que es gallega, no come el huevo por no tirar la cascara —comentó
Gabriela.
—Y bueno —siguió Lola— ahí tienen. No se debe generalizar de esa manera sobre
las razas o las naciones. Mi papá me lo explicó muy bien. Eso se signo de ignorancia
nada más. En todos lados, todos tenemos los mismos defectos y las mismas virtudes.
—¡Bien, Lola! Si te nombran candidata para las elecciones, yo te voto... —dijo con
entusiasmo Gabriela Crespo.
—Yo también, seguro... —dijo Robbie, que había escuchado a Lola con admiración
— estuviste bárbara...
—¿Viste, pibe? —onduló triunfante la Oruga, dirigiéndose a Aníbal, que no había
vuelto a abrir la boca— ¿Viste qué tapa que te pusieron? ¿Viste que ahora somos las
mujeres, nomás, las que tenemos la manija?...

153
—...Y no te creas, tía —le decía a la noche Inés a Bernardina, mientras preparaba los
sánguches que le tocaba llevar— no te creas que ahí terminó todo. Seguimos
discutiendo y uno dijo por ahí que de todos modos había pueblos que eran de una
manera y que eso no se podía negar, por ejemplo que los alemanes eran fríos y
entonces Niqui dijo que dónde lo dejaban a Schuber31 y a Beethoven...
—... o a Schiller32 y a Goethe33, o a Schweitzer34 —murmuró como para sí
Bernardina.
—... y yo dije que en "El Deporte y el Hombre" 35 pasaban siempre juegos y deportes
y que todos tenían mucha imaginación y que se veía que en Alemania parecían saber
divertirse más que todos nosotros y bueno, finalmente se acabaron los argumentos y
pudimos organizar algo para mañana, pero lo más lindo fue algo que dijo Robbie, en
un momento, algo como que si él pudiese elegir su raza hubiera elegido ser judío,
porque la parecía que era una de las razas más inteligentes, con Einstein 36 y Freud37 y
qué sé yo quienes más que no me acuerdo. Pero no lo dijo como una defensa, lo dijo
con tanta naturalidad que todos lo miramos al Bicho... digo a Alberto, a ver qué cara
ponía y vieras cómo lo miraba a Robbie en ese momento, parecía que le quería decir
"gracias" ¿no? Fue lindo, después de todo, que habláramos de eso. Yo creo que
Aníbal, ahora se va a poner a pensar...
La que sí se puso a pensar, después de esa conversación en el parque fue Lola. Y no
sólo pensó, sino que además tomó una decisión. Por la noche, antes de cenar y
cuando sintió que su padre había cerrado el consultorio, fue y le dijo que tenía qué
hablarle.
—Bueno —dijo el Dr. Calvo, algo sorprendido— cómo no. Te escucho ¿que tenías
que decirme?
—Papá... quería preguntarte... ¿Por qué a veces pensás una cosa y después haces
otra?

31 Compositor austríaco (1797-1828). Autor de más de seiscientis obras.


32 Poeta y dramaturgo alemán (1759-1805). Don Carlas, Guillermo Tell, La guerra de los treinta años,
etc.
33 Poeta, novelista y dramaturgo alemán (1749-1832). Wherther, Las afinidades electivas, Poesía
y realidad, Fausto, etc.
34 Pensador, filántropo, médico, teólogo, escritor y músico (1875-1965). Recibió el Premio Nobel de la
Paz en 1952.
35 Programa televisivo.
36 Físico y matemático (1879-1955). Autor de la teoría de la relatividad que modificó el concepto de la
gravitación universal.
37 Neurólogo, siquiatra y escritor (1856-1939). Sus teorías han influido extraordinariamente en las
corrientes sicológicas del siglo XX.

154
El Dr. Calvo se había recostado en el sillón, detrás de su
escritorio y esperaba escuchar algún pedido de dinero para ropa o para zapatos o algo
así o alguna pregunta sobre una materia del colegio. Lo que menos esperaba de su
hija era esta pregunta tan directa. Se incorpora molesto en el sillón.
—¿Por qué decís eso?
—Y... mira... siempre me enseñaste a combatir a muerte los prejuicios. Me acuerdo
lo que me enseñaste aquella vez sobre los judíos, por ejemplo. Y sin embargo, vos
ahora te estás dejando llevar por un prejuicio y por un prejuicio no querés dar el
brazo a torcer...
—¿Prejuicio? ¿Qué prejuicio?
—El rencor que le guardas al tío Roberto ¿no es un prejuicio? Una vez se pelearon
por una cuestión del centro de Estudiantes, o algo así, cuando eran muchachos.
Bueno, ¿qué tiene que ver Robbie con eso? ¿Qué tengo que ver yo? ¿No tengo
razón? Vos no querés que venga por que crees que es igual al padre y vos al padre no
lo querés. ¿Por qué lo prejuzgas? Si no lo conoces ¿cómo podés saber cómo es el?
El Dr. Calvo vuelve a recostarse contra el respaldo de su sillón y permanece
silencioso. No puede negar que su hija ha aprendido bien sus lecciones. Mira hacia el
techo. Sus labios empiezan a distenderse en una sonrisa. Después de todo es para
sentirse plenamente satisfecho. Satisfecho y orgulloso. Caramba por primera vez es
ella la que acaba de darle una lección. Siente un hormigueo interior que casi le hace
cosquillas en el estómago y ni siquiera va a tener que esforzarse en encontrar las
palabras. ¡Cuando le cuente a César! Comienza a reír primero silenciosamente, pero
la risa va subiendo por su garganta hasta estallar en carcajadas. Ahora es Lola la
sorprendida. El Dr. Calvo no puede parar. Ríe hasta que los ojos se le llenan de
lágrimas.
—Papá, ¿me escuchaste? ¿Me escuchas, papá?

155
CAPÍTULO XV

10 de octubre Querido papá:


Me temo que mis cartas anteriores han sido demasiado "telegráficas", como vos las
calificaste. No voy a disculparme ni a inventar excusas. No precisamente a vos, que
me enseñaste a no macanear. Creo que fue en realidad y esto no sé si estoy
explicándotelo a vos y a mí mismo, porque nunca estuve con disposición de ánimo
como para que las cartas fuesen verdaderas charlas, que es lo que yo creo que deben
ser las cartas. No había muchas cosas para contarte, es cierto. Pero las pocas que
había no me parecían tampoco dignas de ser contadas. Ahora no sé bien si hay mayor
cantidad de cosas o más ganas de charlar con vos. Por lo que sea, hoy me levanté con
enorme necesidad de escribirte.
Antes que nada, te confieso que todo anduvo bastante complicado aquí, desde que
llegué en marzo. Cuesta ambientarse. No sé si a vos te habrá pasado lo mismo allá,
tal vez sí. (Creo que somos bastante parecidos). Aquí, por lo menos, yo me sentía
como un ser de otro planeta. (Me sentía observado como si lo fuera en realidad). Pero
fíjate qué curioso. De entrada tuve la suerte de encontrar a dos tipos macanudos: tu
amigo Raúl y tía Bernardina. Al primero, vos ya lo conoces (Aunque, claro, de otro
modo). Paso a hablarte de la otra. ¿Vos te acordás de cuando trabajabas como
maestro, en San Lorenzo, allá por los años cincuenta y cinco al sesenta? ¿Te acordás
de Bernardina Fernández? Era colega tuya y más o menos de tu edad. Bueno, ésa es.
Te recuerda mucho y me contó algunas cosas de ustedes, entonces. (Es tía de una
chica de la que me hice amigo, Inés.) Me gustó que me contara, nunca vos me habías
hablado mucho de esa época. Voy a confesarte algo papá y aprovecho para hacerlo
por carta, porque no sé si dentro de poco, cuando vuelvas, podría decírtelo
personalmente. Tía Bernardina (ella me pidió que la llamara así) hizo que cambiara
la imagen que yo tenía de vos. No sé por qué, siempre te vi como a un tipo exigente y
más bien frío. Creo que he comprendido muchas cosas. Creo que las circunstancias te
obligaron a endurecerte, nada más. Y que no tuviste demasiada alegría en tu vida.
Que en realidad fue la vida la dura. No sé si me en-tendés. (Ojalá, porque no podría
explicártelo mucho mejor). Lo que quiero decirte papá, es que te admiro. Y si esto no
suena muy cursi, que te quiero mucho.
Tía Bernardina, que sigue solterona, me ha encargado desde hace mucho que te dé
sus recuerdos. Bueno, más vale tarde que nunca. Vieras aué mujer inteligente. Está
de lo más actualizada en cine y lecturas y todo eso. Paso unas tardes bárbaras en su
casa y charlamos como si fuéramos de la misma edad, parece mentira.

156
Imagen con el siguiente epígrafe: "Hay otra persona de la que me hice muy amigo: se
llama Niqui, está en mi curso y tiene quince años".

157
"Hay otra persona de la que me hice muy amigo: se llama Niqui, está en mi curso y
tiene quince años".
Pero parece mayor y no está en la pavada como otros pibes de su edad. Era del
campo. Sabe de todo. Me invitó a la casa de su abuelo (don Juan Ibarra, es un viejo
sensacional, tenés que conocerlo), me enseñó a montar a caballo y pasamos unos
ratos formidables juntos. Hubo un malentendido vez pasada y anduvimos alejados,
por eso no te lo mencioné hasta ahora. Por suerte en las vacaciones de invierno todo
se aclaró. Es el único gran amigo que he tenido. El campo es una maravilla, papá, y
no te imaginas como disfruto ayudando a plantar verduras, a cortar leña y esas cosas.
Hay una paz y una sensación de libertad que en la ciudad no se encuentran.
Gracias a Niqui y a Raúl empecé a trabajar (no te asuste...) Esto fue algo muy
importante y ya te hablaré de eso en detalle. Me siento otro. Tío Pepe debe de estar
asombradísimo de no recibir más mis urgentes "manda giro"...
Y ahora, la última cosa muy importante que me ha ocurrido en estos meses. Primero,
una confesión, esta vez con sentimiento de culpa: cuando llegué a Rosario, no fui a
casa de mis tíos. No sólo no fui sino que tiré la carta que me habías dado para ellos.
No quería estar "atado" a nadie. Pensé que en algún momento lo sabrías y siempre
esperé una carta tuya con los correspondientes reproches. Ahora sé por qué no llegó
tal carta y recién hace muy poco entendí por qué nadie fue a esperarme aquella tarde
al Aeropuerto...
Todo me lo contaron allí, papá. Sí, en el colegio conocí a Lola, mi prima. Ambos
sospechábamos el parentesco, pero los dos teníamos nuestras razones para no hablar
de eso. No charlábamos casi nunca, porque ella está recién en segudo, pero yo tenía
muchas ganas de acercarme y resulta que a ella le pasaba lo mismo. Bueno, después
de aclarados tantos malentendidos y después de haberme integrado finalmente al
grupo, ella logró que su padre no tuviese inconvenientes en que yo fuera a su casa y
en tratarme como sobrino. Recién ahora sé que en realidad tía Ruth te había dicho
por teléfono que no quería su marido que yo viviera con ellos. Ahora el padre de
Lola cambió completamente de actitud. Con decirte que ahora quiere que vaya todas
las tardes y que me ha encargado que te pida disculpas de su parte y que el año que
viene, si sigo aquí en Rosario (me encantaría papá), me instale con ellos. No sé si
haría esto, porque creo que a Raúl le dolería. En su casa estoy estupendamente y creo
que mi compañía (aunque no estamos demasiado juntos, por su trabajo) le hace
muchísima falta.

158
"Una tarde se encontró con Josefina y los dos se instalaron en un banco a la
sombra".

159
Bueno, father ¿Te han gustado mis noticias? ¿No valía la pena hacerte una larga
carta? Una larga carta es también como una sonrisa ¿no crees? Uno debe hacerla
cuando "realmente" tiene ganas.
En la última, tío Pepe me prometió venir a fines de octubre. Quiero que conozca a
todo el mundo y quiero que conozca Rosario (nunca me había dicho que Rosario era
una ciudad tan maravillosa).
¿Ya sabés en qué fecha volverás? Supongo que no verás la hora. Yo también tengo
muchas ganas de que vuelvas, papá.
Un abrazo. Robbie.
La Plaza Guernica38 es uno de los lugares de recreo más pintorescos de Rosario.
Bajando por Entre Ríos, desde su casa, Robbie no tiene más que hacer dos cuadras y
desemboca allí mismo. La plaza, muy bien cuidada, con algunos juegos para los
chicos, se diferencia de otras plazas de la ciudad en que su terreno es irregular y
ondulado y tiene una barranca que da sobre el río, lo cual le presta una apariencia
casi salvaje, sin la simetría característica de las demás.
A Robbie le encanta ir allí a leer o imaginar sus propios cuentos.
Una tarde en que enfilaba para allá, se encontró con Josefina que "casualmente"
había salido a la puerta en ese momento. Ondulando como nunca, ella le sonrió y lo
saludó con la mano. Él cruzó con su libro bajo el brazo. Las relaciones entre los dos
se habían hecho notoriamente fluidas a partir del picnic de la primavera, lo cual
costaba al chico no pocas bromas de parte de los demás y por otro lado provocaba
intensa envidia en gran parte del elemento femenino, ya que ella se encargaba de
adornar esa relación con miles de matices en realidad inexistentes.
—¿Para dónde ibas?
—¿Y vos? —se apresuró a responder ella multiplicando las ondulaciones.
—A la Plaza Guernica a leer un rato.
—Voy a buscar el libro que estaba leyendo yo y te acompaño.

38 Guernica: ciudad vasca. Durante la guerra civil, las tropas franquistas la bombardearon reduciéndola a
escombros. T.a plaza que lleva su nombre conserva un roble traído desde esa ciudad por la colectividad
vasca. Pueden verse también, cuatro placas que representan las cuatro provincias vascas.

160
Y sin esperar respuesta Josefina se metió a la casa, sacó rápidamente un libro
cualquiera de la biblioteca del living y después de echarse una miradita en el espejo
del hall, salió de nuevo.
—¿Qué libro es? "¡¿Teoría de mercado?!" Y vos entendés algo de esto?
—Y... sí... —se atragantó Josefina— me interesan mucho todas estas cosas.
—¡Ah!
Después de unos pasos en silencio, dijo ella con zalamería:
—Qué bárbaro tu tío Pepe...
Robbie sonríe.
—¿Te gustó?
—Es un gallego de lo más gracioso y simpático —Y agregó apresuradamente—: ¿No
te importa que le diga "gallego", no?
—¿Por qué? si es gallego...
—No... digo... como a algunas personas... ¡Cómo nos ha hecho reír! Es loquísimo...
Lástima que nos quedamos con ganas de la paella.
Se echan a reír. Pepe Ortuño había pasado el domingo en Rosario, efectivamente y
Robbie había programado para entonces, con todos los chicos, una reunión. Quería
que lo conocieran . y que él a su vez los conociera a ellos. Pepe había propuesto,
entusiasmado, hacerles una gran paella, que era su especialidad. Le encantaba
cocinar y lo hacía espléndidamente. Acordaron hacerla en el ya clásico lugar de
reunión, o sea el garaje de tía Bernardina. El Dr. Ricciardo por supuesto, también
había sido invitado. Pero después de recorrer todo Rosario en busca de los
ingredientes, primero, y de una paellera después y de haber fracasado
estrepitosamente en ambas búsquedas, terminaron todos comiendo fideos con
manteca. De todos modos se habían divertido como locos y hasta habían cantado y
bailado. Pepe los deslumhró con sus soleares39 llenas de gorgoritos que al Marciano
le habían hecho mucha gracia y hasta Bernardina se animó con unos picaros cuplés.
Comentando todo esto los dos chicos habían llegado y se habían instalada en un
banco a la sombra, cuando vieron venir hacia ellos a alguien conocido.
—Pero mira con quién me vengo a encontrar...
Robbie y Josefina, totalmente sorprendidos, lo miran sin atinar a decir nada. Ella es
la primera que reacciona.
—Martín... tanto tiempo... qué sorpresa...
—Eso... qué sorpresa... Estás cada día más linda...
—No seas loco...

39 Canción típica del "cante jondo" español, de tono dramático.

161
Robbie siente que le late muy fuerte una venita en la sien izquierda, Se enfrasca en su
libro y no levanta la vista ni abre la boca.
Josefina, encantada de que Martin la vea allí con Robbie, quiere lucirse:
—Te voy a presentar a un amigo...
Martín acentúa la sonrisa...
—No hace falta... ya nos conocemos...
—¿Ah, sí? —y la chica mira a Robbie que sigue con la nariz dentro del libro. Nota
algo raro y no sabe qué decir.
—Yo, por lo menos, lo conozco. Pero parece que él no me recuerda...
Robbie siente que no puede más pero trata de contenerse. Levanta la cabeza. La luz
de sus ojos se ha puesto peligrosamente verde y se clava en los de Martín como un
rayo Lásser.
—Cómo no te voy a recordar...
—Bueno, menos mal... veo que te ambientaste bien, porteño... Te estás acaparando
las mejores minas de Rosario...
Lo que siguió fue comentado escrupulosamente y esta vez sin necesidad de adornos,
al cónclave femenino convocado a la mañana siguiente por la Oruga. Por supuesto,
todo el mundo creyó que exageraba, por más que juró que todo había ocurrido tal
cual ella lo transcribía:
—Entonces Robbie se levantó como un resorte, largó el libro, lo cachó a Martín por
el cuello de la camisa, así... yo creí que lo ahorcaba... y le dijo tal cual... y parecía
que al hablar lo estaba mordiendo, le dijo, "Mira, pendejo, ándate a compadrear a
otra parte, sabes, y si no querés que te rompa la jeta de piedra que tenes, mejor
desaparece siempre que me veas cerca". Martín estaba tieso, todo colorado, cada vez
se ponía más colorado, parecía que iba a reventar, y yo pensé que iba a decir algo y
Robbie debe haber creído lo mismo, porque después de ese silencio... ay, yo me
moría de miedo, le volvió a decir, "y mejor no digas nada"... y le repitió, "No digas
nada porque te quedas sin dientes... ¡Ladrón de porquería!" ¿Saben lo que fue cuando
dijo "ladrón de porquería? Parecía que lo había escupido. Entonces le fue aflojando
despacito y quedaron mirándose y fue increíble como Martín se arregló el cuello y yo
creí que le iba a dar una trompada, o algo así, yo decía... ahora le larga una trompada
y en lugar de eso, pegó la vuelta y se fue, sin mirar para atrás y Robbie sí se quedó
mirándolo hasta que lo vimos doblar por Catamarca...
Las chicas están fascinadas.
—¡Ay... qué copante!
—¿Seguro que no estás exagerando, che?
—Por éstas, ¿sabes como me quedé? Temblando me quedé, ni sé cómo llegué a mi
casa.
—¿Y no le preguntaste nada a Robbie?
—Qué le iba a preguntar... Si tenía una cara que daba miedo...
—¡Qué raro! murmura Inés pensativa. ¿De dónde se conocerían? ¿Y por qué le habrá
dicho "ladrón"?

162
CAPÍTULO XVI

8 de noviembre Querido hijo.


Cuando ya no pensaba escribirte, porque mi vuelta estaba muy cercana, surge algo
totalmente inesperado que ha cambiado mis planes por completo.
Mira Robbie, he extrañado de verdad mi país y no veía la hora de volver. Además,
tus últimas cartas me acercaron tanto a vos que tampoco veía la hora de abrazarte.
Hubo días y noches, sobre todo las noches, en qué llegué a sentir algo como un
desgarramiento físico. Te cuento: el mes pasado hubo un concurso interno, cuyo
premio consistía en una beca de un año para realizar investigaciones en mi
especialidad.
No había necesidad de presentarse al concurso. Los que habíamos trabajado durante
este año pasábamos automáticamente a la categoría de postulantes. Bueno, hijo, y
aquí viene lo inesperado: acaban de otorgarme el primer premio, como al mejor
investigador de mi equipo. El resto —tres médicos que son tres bochos—, también
tienen derecho a seguir trabajando, en calidad de medio-becados, junto conmigo.
Para mí esto es una noticia sensacional. Además de no costearme la investigación en
sí, me pagarán un sueldo realmente espléndido, que me permitirá darme algunos
gustos hasta ahora prohibidos, o poco menos.

163
El primero, hijo, y me parece mentira, es traerte aquí conmigo. Podrás ir al colegio
en estos meses, que allá son de vacaciones, sólo tendrás que decirle a Raúl que nos
envíe, en cuanto lo preparen en el Colegio, un certificado debidamente legalizado.
Acá los trámites son bastante simples. Ganarás un año y además te encontrarás con
un bachillerato especializado, que seguramente te interesará muchísimo. Por suerte,
tampoco tendrás problemas con el idioma.
De modo que el mismo día en que terminen allí los cursos, supongo que el 30, te vas
volando a Buenos Aires, metes dos cosas en una valija, abrazas al tío Pepe y te tomás
el primer avión para acá. Ya escribí a Pepe para que agilice tu pasaporte. No sabés
con qué ansias estaré esperándote. Sé que la noticia te alegrará. Siempre quisiste
conocer Hollywood algún día y ver de cerca lugares en los que se filmaron tantas
películas que te fascinaron. Te llevaré a conocerlos, así como miles de lugares más.
Abraza a todos en mi nombre. Van cartas para todos, Raúl, Bernardina, Ruth y Luis.
A todos los expreso mi infinito agradecimiento, creo que también los quiero a todos,
a Niqui, a su abuelo, a todos los que te quisieron y te acompañaron.
Tal vez algún día las cosas cambien en nuestro amado país, hijo, en cuanto a
posibilidades de estudio e investigación. Entonces volveré y podré darle todo aquello
en lo que he podido perfeccionarme.
No demores ni un día. Pasaremos juntos unas maravillosas navidades blancas.
Espero, Robbie, que seas tan feliz como yo lo soy. Hasta pronto. Te abraza,
papá.
Robbie deja caer el brazo a todo lo largo, al costado de su cuerpo. Su mundo, ese
rompecabezas que había empezado a ordenarse en los últimos meses, vuelve a estar
descalabrado. Está aturdido, y en su interior se mezclan la excitación y la angustia.
¡Norteamérica! ¿Cómo sería vivir en Norteamérica? ¿Y por cuánto tiempo? ¿No
volvería a ver a sus amigos nunca más? ¿Que dirían los chicos cuando lo supieran?
Empezar, otra vez, allá... Él no quería irse, pero por otro lado... Ese mundo nuevo y
desconocido, abriéndose de pronto frente a él...

164
¿Era miedo lo que sentía? ¿Era como saber que hay fuego debajo de uno? ¿Y que ese
fuego nos está impulsando a subir, a subir y a entrar a formar parte de un Universo
infinito y misterioso? ¿Miedo era? No, no era precisamente miedo. Era sentirse otra
vez como un objeto, un objeto al que se saca de un lugar para ponerlo en otro, sin
preguntarle su opinión en absoluto. Y sin embargo, debía ser hermoso
Norteamérica... Y esas Navidades blancas y el mundo fascinante del cine... ¿Podría
llegar a querer a Norteamérica? ¿Igual que había llegado a querer a Rosario, a la
plaza de las palomas, a las calles que recorría todos los días y a los bancos en los que
se sentaba a leer en la Plaza Guernica? ¿Habría un lugar tan pequeño y tan cálido
como el de Don Juan Ibarra, al lado del Carcarañá? ¿Habría ríos con barrancas llenas
de sauces, como el Carcarañá? ¿Podría hachar leña y recoger verduras de la quinta y
montar a caballo por un campo de trébol florecido? No, no podría haber allá nada de
todo eso. Y tampoco encontraría otro Niqui. De eso podría estar seguro. ¿Qué diría
Niqui ahora? Él, que le había jurado que iban a ser amigos toda la vida. Y ahora iba a
fallarle. ¿Y Lola? Ella que le decía que era para ella el hermano que nunca había
tenido... ¿Volvería a verlos alguna vez? No, no, él no quería, él no podía irse. Raúl
iba a extrañarlo más que nadie. Qué triste se quedaría. Debería cenar solo todas las
noches. ¿Podría trabajar allá? ¿Cuidar chicos de noche? Facundo también iba a
quedarse triste. ¿Quién otro podría jugar con él a los viajes espaciales? ¿Y tía
Bernardina? ¿Con quién charlaría ahora, tardes enteras, de literatura fantástica? No,
no papá. Yo no puedo irme ahora. ¿Te desilusionaría mucho, papá, que no fuera?
¿Que tuvieses que pasar Navidad y Año Nuevo solo, lejos del país, entre gente
extraña, lejos de mí y de tío Pepe? ¿Qué hago papá qué hago?
La noticia cayó como una bomba.
Robbie se iba.
Nadie podía crerlo y primero pensaron en una broma. Pero después se tuvieron que
convencer, sobre todo cuando Robbie se lo contó por teléfono a Tía Bernardina. A
ella no iba a macanearle.
En un primer momento lo sintieron casi como un agravio. De eso hablan esta tarde
Inés y Niqui, mientras meriendan.

165
—¡Bah! —dice Inés mordisqueando sin ganas una galletita—. Estoy segura de que
se va a llevar el gran chasco...
—Seguro... Él debe creer que Norteamérica es un inmenso estudio donde hicieron
E.T., donde está Spielberg trabajando y donde vive un señor que se llama Bradbury y
que él se va a hacer amigo de todos y le va a escribir guiones de películas a
Spielberg...
—Sí —dice Inés despectiva— y que Spielberg sobre todo, está esperando que
Robbie Mc Donnell vaya a Norteamérica para escribirle los guiones ... Gran chasco
se va a llevar, ¿no te digo?
—Bien que va a sufrir allá, con el carácter que tiene, no le va a ser fácil hacerse
amigos... —Y Niqui traga con mucha dificultad un bocado de su tostada con
manteca.
—¡Qué le va a ser fácil! Acá, porque le tuvimos la santa paciencia...
Tía Bernardina se ha acercado a la mesa con el pretexto de traer más tostadas, pero
en realidad porque se muere de ganas por entrar en la conversación.
—¿Paciencia? Yo creí que se habían encariñado con el chico...
—Sé... al final nos encariñamos... —Inés parece de muy mal humor y contesta casi
de mala manera—, pero eso no quita que no le hayamos aguantado muchas cosas...
allá no sé quién se las va a aguantar...
—Allá, como en cualquier otra parte, volverá a encontrar amigos... —replica
suavemente Bernardina.
—Quién sabe... —dice Niqui, que ha dejado la mitad de la tostada y está dejando
enfriar su café con leche—. Es un tipo tan difícil... Además —añade con voz
rencorosa— por qué nos preocupamos, capaz que a él no le importa si tiene amigos o
no...
Hay un largo silencio. Finalmente dice Bernardina con dulzura, como si antes no se
hubiese dicho nada:
—Pobre Robbie... Cómo debe de estar sufriendo ...
Los chicos la miran.
—Tan solo... —sigue Bernardina mirando hacia la ventana— de aquí para allá... no
pudiendo nunca terminar de echar raíces... Ser llevado de golpe a un país tan grande
y tan desconocido. Pobre Robbie...
Los chicos se miran entre sí.
—¿Te parece, tía? —pregunta tímidamente Inés, en un tono distinto.
Bernardina sigue como si no la escuchara...

166
—¡Qué triste ha de estar! Pero el pobre tiene que hacer lo que le dice el padre...
—¿Ustea cree que él sufre? —pregunta Niqui con la esperanza ae que se le conteste
que sí.
Bernardita los mira a su vez.
—¡Pero claro, hijo! No es que lo crea... estoy segura. Ustedes ahora tienen que
comprenderlo y hacer algo para que la partida no le resulte tan triste...
Los chicos han quedado cabizbajos. De pronto Inés dice, levantando la vista:
—Niqui, tiene razón tía Bernardina. Nosotros nos enojamos con él porque no
queremos que se vaya y nos parecía que él tenía la culpa. Pero no es así, si el padre lo
llama él tiene que ir. ¿Qué hacemos, Niqui?
—Sí —murmura éste—, creo que tienen .razón... Nosotros por lo menos somos
muchos y estamos juntos y él está solo y va a un lugar desconocido. —La voz de
Niqui se anima—. Pero mira que estamos siendo egoístas, ¿eh? Lo que hay que hacer
es tona linda despedida.
—No, las despedidas son tristes... Además, ya queda menos de una semana y los
chicos que están estudiando para rendir y todo eso... no hay tiempo de organizar
nada.
—Pero podemos ir todos a despedirlo al Aeropuerto...
—Sí, seguro, eso sí —Inés también va animándose cada vez más—. ¿Y qué te parece
si allí le damos un lindo regalo?
—¿Un regalo? ¡Bárbaro! ¿Y qué regalo puede ser?
Inés ya está excitadísima.
—No sé, pensemos, algo que le sirva de recuerdo...
—Algo para toda la vida...
—No se me ocurre qué podría ser, todo está tan caro, además...
Niqui levanta la cara lleno de alegría:
—¿Para cuándo dijeron los chicos que estaba el último número de "Antorcha"?
—¡Niqui! ¡Sos genial! ¡Ahí sale su cuento! ¡Su primer cuento publicado! —y agrega
con desaliento—: Pero recién iba a estar para el lunes y él se va el viernes.
—No importa. Hablamos mañana a la mañana con los chicos. Hoy es martes. Si
trabajamos todos, y terminamos con los últimos esténciles para mañana miércoles, el
jueves nos quedamos aunque sea hasta la madrugada para imprimirlo y armarlo y el
viernes se lo llevamos al Aeropuerto. Que todo el que disponga de una máquina de
escribir, se comprometa a
trabajar.

167
Y el jueves a la tarde, nos encontramos en la imprenta del padre del Bicho y le
metemos al mimeógrafo y al armado. Mañana a la mañana citamos a todos los chicos
y que no falle nadie. ¡Y... sobre todo, que Robbie no se entere de
nada!
Esta tarde del 30 de noviembre es una verdadera tarde primaveral. El Aeropuerto de
Fisherton hierve de gente. Las clases de los Colegios secundarios han finalizado y
muchos jovencitos de distintos lugares del país, vuelven a sus casas, o regresan a
Rosario.
El bullicio es infernal. Todas las caritas, luminosas, arreboladas, estallan de alegría.
"¡De vuelta a casa, por fin", piensan seguramente los que han estado internados en
pensiones o colegios. Otras caras, adultas, pero llenas también de expectación y de
ansiedad, parecen estar pensando, "¡cuándo llegará! ¡Por fin de vuelta!" Todos van,
vienen, se apresuran, no pueden estar quietos, no pueden permanecer en el mismo
lugar. Los pocos que están quietos, de pie junto a sus valijas giran todo el tiempo las
cabezas hacia un lado y hacia el otro, observando a los que pasan. Todo el mundo se
va ordenando en pequeños grupos a medida que transcurren los minutos. Muchos
esperan que anuncien la partida del avión que los llevará a la Capital Federal.
En eso, todos los que se han congregado en el hall se ven conmovidos por un inusual
espectáculo: se han detenido varios autos junto al cordón y de ellos descienden
infinitos chicos y chicas que no terminan de salir por las portezuelas, como conejos o
pañuelos de una galera mágica. Al frente de ellos avanza un muchachito y los demás
lo siguen cantando estribillos entusiastas con melodías conocidas. El muchachito va
sonriendo, sonrosada la tostada piel por el calor o porque él es el blanco de dichos
estribillos.
A los que colman el hall del Aeropuerto, se les antoja un jovencito muy particular,
casi extraño y lo miran intrigados, pensando que seguramente es un galán de
televisión o un cantante de moda. Está enteramente vestido de blanco y de un
hombro le cuelga una campera roja. En la mano lleva una valija vieja, con algunas
etiquetas pegadas al cuero marrón. Su largo cabello oscuro y rizado enmarca un
rostro hermoso, como esculpido en bronce, en los que brillan enormes los ojos
claros.

168
De su cuello cuelga un colmillo de marfil atado con un cordoncito de secta.
Sí, seguramente es un cantante o un galán de T.V., o... ¿Quién será? ¿Y cómo no hay
fotógrafos o periodistas? Sólo este grupo alborotado de chicas y chicos que acaban
de desplegar un enorme cartel sostenido en alto como una pancarta y que dice:
"¡BUEN VIAJE!"
Todo el grupo está excitadisimo. Algunos proponen subir a la terraza para ver mejor
la salida del avión, pero finalmente prefieren quedarse para no dejar solo al
muchachito extraño, al que han venido a despedir.
Todos quieren hablar al chico de blanco. Los que están junto a él lo hacen de un
modo más o menos normal, pero los que están más atrás gritan, extienden los brazos,
reclaman de cualquier manera su atención. ÉL sonríe todo el tiempo, gira la cabeza a
un lado y a otro, trata de contestar a todos, de complacer a todos. En eso se callan de
golpe, se escucha una voz por los altoparlantes: "Atención, vuelo número ocho para
la Capital Federal. Dentro de diez minutos partirá el vuelo número ocho para la
Capital Federal."
Ahora todos se miran. Las expresiones han cambiado. Se han puesto serios y parece
que no supieran ya qué hacer ni qué decirse. El rostro del chico de blanco también se
ha puesto muy serio y los ojos brillantes se vuelven con desconcierto hacia el lado en
que se supone que debe estar el avión.
Una señora de alto pecho y alto rodete, que está a su lado, saca de su bolso un
pequeño paquetito y se lo alarga con timidez:
—Toma, Robbie, es una bufanda que tejí estos días, para que me recuerdes en
Navidad ...
Una chica muy alta y delgada, de movimientos ondulantes y ojos oscuros le alcanza
también algo:
—Esta es una "cassette" de Enrique Llopis. Como te gusta tanto... Si la tenes,
guárdala igual, de recuerdo...
Otra de lacia y larga melena, le dice con voz extraña: —Este libro de meditación
trascendental, para que te conforme cuando estés lejos...
Y otra preciosa y coqueta muchacha que luce exótica vincha en la frente, se apresura
y le ata al chico unas cintas de colores en una muñeca:
—Esto te va a dar suerte...
Un jovencito de hermoso rostro hebreo empuja a los demás para poder acercarse y le
alcanza un libro:

169
—Tomá, el último de Huxley, tiene una dedicatoria; leéla después...
La voz por el altoparlante repite: "Atención, vuelo número ocho, los pasajeros a la
Capital Federal deben aproximarse al control. Atención, próximo a partir vuelo
número ocho con destino a la Capital Federal..."
El chico lucha con los paquetes, no puede con todos.
—Dame, te ayudo...
—Te ayudo yo...
—El avión se va a ir... tenés que ponerte en la fila, allá...
—¿Estás seguro de tener todo?
—¡No te dejes la valija!
Pareciera ahora como si todos de repente estuviesen ocupados con algo. Ya no lo
miran a él y él tampoco los mira. Lo hacen hacia otro lado, buscando envoltorios
inexistentes, como si todos tuviesen que partir.
"Atención, por favor. Avión vuelo número ocho a partir con destino a la Capital
Federal, pasajeros al control... Atención, avión vuelo..."
Ahora Robbie parece mirar a todos con desesperación. Niqui se adelanta. Con
esfuerzo logra pronunciar:
—Quisimos que te llevaras esto como recuerdo de todos —y le alcanza una especie
de cilindro envuelto en papel de estraza—, pero no lo abras hasta que no estés en el
avión...
Robbie toma el envoltorio. Mira a Niqui profundamente. De pronto deja la valija en
el suelo, da los paquetes a los que están junto a él y se saca el cordoncito del cuello:
—Toma, para Pablo... —Y con la voz estrangulada balbucea—: te escribo ...
Niqui no puede decir nada. Apenas un murmullo:
—Sí... Toma esto también, me olvidaba, te lo manda Pablo...
Robbie toma lo que le da el otro. Es una fotografía. Allí están Niqui, él y Pablo
pescando junto al río. Niqui añade con esfuerzo:
—La sacó el abuelo y la mandó para que te la llevaras...
Los árboles del río, las cañas, los rostros, se vuelven completamente borrosos bajo
los ojos llenos de lágrimas del muchacho. Se echa a los brazos del otro sin mirarlo.
Niqui hunde la cara en su hombro.
Los demás lo miran en respetuoso silencio. Lola también tiene la cara escondida en
el hombro de Inés. Bernardina se atreve a dar Robbie unos golpecitos en el brazo:

170
171
"Los árboles del río se vuelven completamente borrosos bajo los ojos llenos de
lágrimas del muchacho".
—El avión...
El muchacho se desprende de los brazos de Niqui y se abraza estrechamente a
Bernardina.
—¡Chau, Robbie!
—¡Aquí! ¡Aquí!
—¡No me olvides, che!
—Chau... chau, Inés... chau, Josefina... chau, Marciano... ¡Adiós! ¡Adiós a todos!
—¡Adiós... adiós ...! ¡Buen viaje!
—¡Escribí! ¡No te olvides!
Pero Robbie se va despacito hasta trasponer la puerta de cristales.
—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Vamos arriba!
Y como tropilla a toda carrera, suben a la terraza. Se toman de las manos, de los
hombres. Se diría que quieren confortarse unos a todos. Lo ven subir por la
escalerilla. Entra al avión sin mirar hacia atrás. Se cierra la portezuela.
En la pista, después de unos momentos, el avión comienza a carretear. Los chicos
miran en silencio. Las chicas se toman con fuerza de las manos. El avión acelera,
dobla el último recodo y finalmente empieza a elevarse. Al cabo de unos minutos, no
se ve mayor que un pájaro contra el cielo rosado del atardecer.
Los chicos y las chicas lo siguen mirando hasta que no es más que un punto en el
aire. Después suspiran y en silencio empiezan a bajar. Se escucha a uno de ellos, de
pronto, romper el silencio:
—¿Qué dirá cuando lea su cuento?
—Mirálo al porteño... ¡Norteamérica! ¡Hay que ver!...
En eso alcanzan a escuchar a dos personas que van comentando entre ellas:
—¿Te fijaste en ese chico tan especial que se fue en el avión de Aerolíneas? Había
un mundo despidiéndolo... ¿Quién sería? ¡Y qué escándalo armaron! Ni que fuera
Joan Manuel Serrat...

Fin de la novela

172
PROPUESTAS DE TRABAJO

I. Tiempo del discurso narrativo

Observar si las características del discurso narrativo del capítulo Vil (visita a casa del
abuelo) corresponden a las explicadas en la Introducción.

II. Estructura
Analizar la estructura del capítulo XV.

III. Unidades del relato

1) Proponer la secuencia de funciones cardinales en el capítulo XI (Robbie y


Facundo).
2) Señalar en el mismo las catálisis e indicios.

IV. El modelo actancial


Organizar el esquema actancial del capítulo XIV (bar de César).

V. Niveles de lengua
Definir el nivel de lenguaje empleado en el capítulo VII (reunión en casa del
Marciano). Caracterizarlo. Dar las razones que justifican su empleo.

VI. El punto de vista

Redactar un monólogo interior narrando el accidente de Pablo (capítulo


VII) desde el punto de vista de:
a) Pablo
b) Robbie
c) Nicanor

VII. Composición
1. Descripción
a) Un aeropuerto.
b) Una estación de trenes.
c) El tío Pepe.
d) El lugar donde me reúno con mis amigos.

173
2. Estampa
Un personaje que sea parte de la historia de la ciudad a pesar de que nunca figurará
en los libros.

VIII. Revista

Los personajes de la novela editan una revista. Puede ser un estímulo para tener la
propia. Se debe comenzar por una sencilla que la experiencia y la creatividad podrán
desarrollar con el tiempo. Lo ideal es formar una comisión que conformará la
organización de la misma. Esta comisión podrá solicitar la asesoría de un profesor.
Los miembros de la misma pueden ser:
— Un administrador
— Redactores
— Reporteros
— Ilustradores
— Correctores
— Diagramadores
— Encargados de publicidad
— Difusores
Los temas tratados podrán ser muy diversos; sugerimos los siguientes:
a) Editorial.
b) Reportajes a personalidades del colegio o de la ciudad.
c) Página de humor.
d) Noticias de interés general.
e) Poesías y cuentos.
f) Crítica (deportes, cine, libros, programa de televisión, teatro, música, fiestas
escolares, etc.).
Para los reportajes debemos elegir un tema que interese a gran número de lectores.
Se puede seleccionar al entrevistado entre profesores y gente que nos rodea, o
intentar reportear a personas de la ciudad que en el momento se destaquen por su
obra (la lectura del periódico local ayuda a la selección).
Pautas para el reportaje:
• Informarse previamente sobre la persona elegida y su obra.
• Seleccionar un tema a tratar y confeccionar una lista de puntos básicos.
• Nombrar al encargado de dirigir la entrevista.
• Elaborar las preguntas de modo tal que exijan respuestas concretas.
• Escuchar al entrevistado e intervenir solamente en el caso de que no se haya
comprendido con claridad lo dicho por él o se requiera mayor información.
• Grabar el reportaje.
• Antes de publicarlo, darlo a leer al entrevistado.

174
IX. Debate

Temas para el debate en clase:


— Por qué se aislan algunas personas.
— El desarraigo (ver historieta págs. 176 y 177).
— Los prejuicios: cómo erradicarlos.
— La ciudad y el campo: dos modos de vida en la balanza (ver historieta págs. 184 y
185).
— Provincianos vs. porteños: ¿un enfrentamiento superado?
— Estados Unidos, lo que la propaganda nos legó. Recordar que para el debate se
deben nombrar:
* Un coordinador (hará la lista de oradores y cuidará que todos escuchen a sus
compañeros).
* Un secretario (tomará notas breves sobre lo expuesto por cada uno).
* Un redactor (hará un informe final con las conclusiones del debate).
* Conexiones con otras áreas
1) Literatura-Música-Plástica
Rafael lelpi * ha tomado un personaje de la ciudad, Alfonso Aragón —un músico y
poeta bohemio que por muchos años animó los carnavales rosarinos disfrazado de
rey—, a quien ha dedicado este poema. Enrique Llopis le puso música y Gregorio
Zeballos lo desarrolló en toda una serie de sus obras, de las cuales seleccionó uno
para nosotros (ver pág. 81):
RÉQUIEM PARA EL REY ALFONSO
Letra: Rafael lelpi Música: Enrique Llopis

I
Cruzaba hacia el corso sobre una carroza, con la capa añeja bordada de rosa, un aire
indefenso de majo cansado que llora su drama de rey sin reinado.
• Rafael Ielpi: escrito-, poeta y periodista rosarino nacido en 1937. poesía y ensayo.
También autor de piezas teatrales, es autor de los textos Crónica cantada, estrenada
en 1975.
Ha publicado de La forestal,

175
Andaba tu asombro por los carnavales como un buen remedio de todos los males,
repartiendo versos de rima gastada por parques desiertos y olvidadas plazas...
Estribillo
Ay, ay, ay, rey Alfonso, ¡qué zonzo se ha quedado el Carnaval!
(bis)

II
Un Rey Momo triste de ojos de criatura, casi un don Quijote de corta figura,
repartiendo dones de dicha mezquina, con ecos de murgas y de serpentinas. Quién
iba a decirte, Rey de fantasía, que tu reino vive libre todavía, sin esa carroza de flores
de trapo, en la que reinabas sólo por un rato...

Estribillo

III
Reinaste en un corso de luces opacas, donde hay mascaritas que esconden la cara, y
viejos payasos de boca infinita para la sonrisa de tu bienvenida. Un Rey escondido
dentro de un poeta de larga melena,
menguada chaqueta, y ese don perdido de dar alegría -al que sólo tiene penas en la
vida...

Estribillo

176
a) Cantar la canción con el profesor de música.
b) Tratar de componer una con un personaje que interese especialmente.
c) Ilustrar el tema.

2) Literatura-Plástica
a) continuar el cuento de Robbie (capítulo XIII).
b) Con la ayuda del profesor de dibujo, hacer una historieta con el cuento logrado.

Pautas para la historieta:


* La expresión gráfica tiene mayor importancia que el texto escrito.
* Éste se reduce a las funciones nucleares dejando las catálisis para el dibujo.
* Puede ser cómica (como en el caso de las dos de Roberto Fontanarrosa que nos
demuestra que se pueden tratar temas importantes con humor) o sentimental, de
aventuras, policial, etc.
* El texto se encierra en un "globo" que indica al personaje que habla; si piensa, la
línea se forma con pequeños círculos.

3) Historia-Plástica
a) Averiguar con el profesor de historia lo sucedido en Guernica durante la guerra
civil española.
b) Investigar qué pintor español hizo con este tema una de sus mejores obras.
Estudiar las características de la misma.

ROSARIO Y SUS CREADORES

Los que viven en Rosario van a ubicar cada lugar y hasta podrán organizar con sus
amigos una especie de tour jamás soñado por ninguna agencia de viajes: El visitante.
De lo contrario, tendrán la oportunidad de recorrer nuestra ciudad, tan querida por los
rosarinos a pesar de preguntarnos todos los días por qué la amamos. Esta ciudad
como tantas, con sus colegios, donde los jóvenes pasan gran parte de su tiempo, con
sus calles y plazas en las que uno se encuentra a cada rato "por casualidad", con sus
bares inevitables y sus personajes únicos.
Varios de estos personajes, verdaderos trabajadores de la cultura rosarina, han
colaborado con esta edición. Seguro de que el lector querrá saber algo de ellos; les he
pedido que se presenten:

177
I) Pedro Giacaglia
"Pinto, hago cerámica y también, a veces, escribo. Pero la pasión que no tiene límites
es pintar. Desde hace trece años comparto mis días entre Rosario y Roldan, pero vaya
uno a saber por qué, esa palabra "compartir" se va transformando poco a poco en un
casi permanente vivir aquí en Roldan, en este Taller del Sol donde la PAZ envuelve
el trabajo intenso de todos los días, en este nada fácil mundo del arte que elegí para
vivir.
Y crear no es cosa fácil. El pintor mira la realidad que lo rodea o en milagroso viaje
invade los espacios de su imaginación y en ese doble juego de realidad y fantasía,
puede atrapar eso tan delicado y hermoso que es convocar a las fuerzas de la
creatividad.
Por lo que dije y por muchísimas cosas más, mis días corren pintando, leyendo,
haciendo cerámica, escribiendo notas sobre arte, a veces un cuento, un poema, pero...
son los pinceles, los colores, el papel blanco, la tela blanca, los elementos que me
roban muchas horas en la PAZ. de este Taller del Sol en Roldan, provincia de Santa
Fe, cerca de ruta 12 Km 48..."

II) Mario Peroné

SONETO
No es el tiempo el que pasa. Soy yo el que no perdura adherido a las cosas, a mi
mundo, a mi sueño. Es mi cuerpo el que viaja, el que ignora a su dueño y se fuga, y
lo sigo, amarrado a la oscura relación que mantienen mi cabeza y mi mano. Invento
un tiempo dócil y un frágil protocolo que no engaña a mi astucia de viejo cortesano.
El tiempo aguarda, quieto. Su espesor no se nota, escondido en las grietas, los
dolores, las ruinas. Los objetos me observan, absolutos, extraños, y apresando lo
eterno, me otorgan la derrota, que es el último libro de todas las doctrinas, y la
palabra exacta para nombrar los años.
Mario Peroné 23/11/83

178
III) Enrique Llopis
"Si tuviese que hablar del porqué de mi profesión, podría decir que el canto es en mí
una vocación antigua. Tuve la suerte de nacer en un barrio de cantores y guitarreros,
y también en una familia de cantores. Es decir, que el canto formaba parte de la vida
cotidiana en mi infancia. Por eso no podría precisar cuándo comencé a cantar, pero sí
que lo hice alentado por mi familia y los vecinos de aquel barrio.
A ellos fue a quienes admiré en primer término, y ellos fueron en realidad mis
maestros. Luego, tratándose de preferencias e influencias, admiré a cantores y poetas
de diversos estilos, y en este aspecto pasé por varías etapas, como todo el mundo. De
chico, por ejemplo, estaban los Beatles por un lado, y el folklore por otro. Ya en la
adolescencia fui comprendiendo que el cantor, como todo artista, debe ser testigo de
su tiempo. Por supuesto, sin que esto se convierta a su vez en una limitación o en un
ejercicio obligatorio. Por eso mi admiración fue centralizándose en aquellos que en
cualquier parte del mundo cantan con ese fundamento.
Por eso pienso que no basta con tener una buena voz. Desde chicos se nos viene
enseñando y hemos oído circular frecuentemente el concepto, errado por cierto, de
que el arte y la política no tienen absolutamente nada que ver, de que hay que
limitarse a cantar, o pintar, y no hacer política". Por el contrario, yo pienso que arte y
política —ojo, no politiquería o partidismo—, interrelacionados e inseparables, han
ido de la mano a lo largo de la Historia de la Humanidad. Por eso no basta con la
buena voz. Hay que trabajar y estudiar permanentemente. Para mí el estudio no se ve
reducido al aspecto técnico, sino que forma parte de un trabajo mayor como es
investigar en nuestra historia y en nuestra realidad. Eso me ha permitido afianzar mi
postura respecto de mi profesión. Según decimos en una de nuestras canciones,
"cantar es un acto que provoca la vida".

Datos biográficos: Nace en Rosario en 1952. Intérprete y compositor de canciones y


música para obras teatrales. Realizó giras por la U.R.S.S., donde obtuvo el Primer
Gran Premio del Festival de la Canción, y también por la República Democrática
Alemana, España, Portugal, Venezuela, Paraguay, Francia, Italia. Como compositor
ha trabajado con los poetas Hamlet Lima Quintana, Armando Tejada Gómez, Rafael
Ielpi, Cristina Fabiano y Juan Carlos Muñiz. Compuso, entre otras, las siguientes
canciones: "El antiguo", "La vida viene", "Para salvar la primavera", "Por tus dos
años", "Aquí estamos cantando".

179
IV) Angélica Gorodischer "Angélica Gorodischer espera que, si llega a pasar a la
posteridad gracias a este libro de su amiga Alma Maritano, dentro de unos cientos de
años cuando sean material arqueológico las Honda mil, los misiles, la basura nuclear,
el cáncer, las fronteras, el hambre, los walk-man y los dictadores baratos (los caros
también), se diga de ella: que nació en Buenos Aires el 28 de julio de 1928 a las ocho
de la mañana (hacía un frío bárbaro), que fue rosarina por elección y que dijo y
escribió muchas cosas sobre una Rosario a la que amó; que estudió cosas como
magisterio, letras, inglés, francés, alemán, jardinería y cocina: que escribió cuentos,
muchos cuentos, y que esos cuentos se publicaron en libros propios de ella, en
antologías compiladas por los demás, en diarios y revistas, en su país y en algunos
otros; que también hizo un poco de periodismo en radio y en diarios; que tomó parte
en mesas redondas, fue miembro de jurados, dio charlas y conferencias. Fue a
congresos, y en fin, hizo todas esas cosas que hacen los escritores. También le
gustaría que dijeran que estuvo casada muchos años con el mismo marido (cosa que
en ese momento era bastante extraña), que tuvo tres hijos, que amaba los Gatos, que
trabajaba en su jardín, que era ecologista, pacifista y feminista, que era abstemia, que
hacía aerobismo, que a veces jumaba y a veces no, que le gustaban las historietas, el
cine de Kurosawa, de Visconti y de Bergman (el de Buñuel y el de Fellini también),
la música medieval, el verano, Rembrandt y Borges, Gardel y Serrat."

180
Publicó Cuentos con soldados, que tuvo un premio y todo, en 1964; Opus Dos, 1965;
Las pelucas, 1967; Bajo las jubeas en flor, 1973; Casta luna electrónica, 1977;
Trafalgar (que no es una novela histórica como podría parecer, sino las aventuras de
un rosarino medio extraño), 1979; Kalpa imperial, J9S5; Mala noche y parir hembra,
1983,
Para cuando haya llegado la posteridad, la lista va a ser más larga; pero ahora, en
1984 nos quedamos aquí. Chau."

V) Gregorio Zeballos *
"DATOS PERSONALES Y CURRICULARES Personales:
Estatura: 1,20 con tacos.
Diámetro cefálico: 0,99.
Hematíes: 4.000.000Imnfi.
Leucocitos: 7.000/mmi.
Corte de manga: rangland.
Tiempo de sangría: Cabernet Sauvignon.
Destreza manual: 72 palabras por minuto.
Curriculares:
Maestro mayor de obras murales, paredonales. Inventor del slogan 'prohibido fijar
carteles'. Inventor de la proyección ortogonal, diseña y monta su primer triciclo a los
29 años.
A los 40 contrae parotiditis, a los 41 descontrae y realiza la serie Arroyo Seco-
Ciudad papera, con proyección internacional. Viaja a Medio Oriente, Burzaco, Los
Quirquinchos y Bucaramanga.
Su prolifica obra se encuentra en colecciones privadas y museos. Las retribuciones y
premios van desde 'El oso de plata', Alemania, 1980, al 'Cocodrilo de lata', París,
1880.
Gregorio Zeballos (1886-1937)."

VI) Roberto Fontanarrosa


"Nacido en la ciudad de Rosario (Argentina) el 26 de noviembrt de 1944.
Creador de los personajes 'Inodoro Pereyra, el Renegáu' y 'Boogie, el aceitoso'.
Publica actualmente en el diario Clarín y las revistas Humor
En el exterior lo hace en la revista Proceso y el diario Unomasuno de Méjico. El
diario El Tiempo de Colombia. Las revistas El Papus y Jueves de España y la revista
L'eternauta de Italia.

181
Tiene publicado, nueve libros de Inodoro Pereyra y cinco de Bobbie, el aceitoso,
¿Quién es Fontanarrosa?, Fontanarrisa, Fontanarrosa de penal, Fontanarrosa y la
política, Fontanarrosa y la pareja, Los clásicos según Fontanarrosa; los libros de
cuentos Los trenes matan a los autos y El mundo ha vivido equivocado, y las novelas
Best seller y El área 18."

bibliografía básica
Baquero Goyanes, Mariano, Estructuras de la novela actual, Barcelona, Editorial
Planeta, 1972, 2ª edición.
Barthes, Roland, Análisis estructural del relato, Buenos Aires, Editorial Tiempo
Contemporáneo, 1974.
Bignami, Ariel, ¿Qué es la literatura?, Buenos Aires, Editorial Boedo, 1978.
Bratosevich, Nicolás, Métodos de análisis literario, Buenos Aires, Ha-chette, 1980.
Bratosevich, Nicolás - Rodríguez, Susana, Expresión oral y escrita, Buenos Aires,
Editorial Guadalupe, 1976.
Castagnino, Raúl, El análisis literario, Buenos Aires, Editorial Nova, 1961, 3?
edición.
Greimas, A. J., Semántica estructural, Madrid, Editorial Gredos, 1973. Propp, V.,
Morfología del cuento, Goyanarte, Buenos Aires, 1972.

182
ÍNDICE

Presentación confidencial 11

INTRODUCCIÓN
La novela juvenil que mereció el primer premio 13
Por qué novela 13
Por qué juvenil 16
Por qué primer premio 16
La autora ......... 16
Alma Maritano: dos dificultades y una gran decisión 17
Robbie, "el visitante" 19
El desarraigo 19
La necesidad de afecto 19
Los prejuicios 19

EL VISITANTE
Introducción 29
Capítulo I 33
Capítulo II 37
Capítulo III 43
Capítulo IV 48
Capítulo V 55
Capítulo VI 66
Capítulo VII 77
Capítulo VIII 92
Capítulo IX 99
Capítulo X 105
Capítulo XI 116
Capítulo XII 130
Capítulo XIII 136
Capítulo XIV 144
Capítulo XV 156
Capítulo XVI 163
PROPUESTAS DE TRABAJO 173
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA 187

183
Impreso en
A.B.R.N. Producciones Gráficas S.R.L.,
Wenceslao Villafañe 468,
Buenos Aires, Argentina,
en noviembre de 1996.

184
EL VISITANTE

COLECCIÓN LITERARIA LyC (LEER y CREAR) con propuestas para el


acercamiento a la literatura.
Directora: Prof. HERMINIA PETRUZZI

001 - DON SEGUNDO SOMBRA, Ricardo Güiraldes. (Prof. Eduardo Romano)


002 - FACUNDO. CIVILIZACIÓN Y BARBARIE. Domingo F. Sarmiento. (Prof.
M. Cristina Planas y M.
del Carmen Plaza
003 - EL LAZARILLO DE TORMES, Anónimo. (Prof. Micaela Bracio y M. del
Carmín de Sabanm)
004 - MARTÍN FIERRO, José Hernández. (Prof. Alara Badana)
005 - COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE, Jorge Manrique. (Pro) .\l Luisa A.
de Tevere. M. del Carmen
Córdoba y Graciela N. Quiroga)
006 - EL CASAMIENTO DE LAUCHA, Roberto J. Payró. (Prof. Esther Utremini de
Guardia
007 - LA CAUTIVA - EL MATADERO, Esteban Echeverría. (Pmf. M Virginia I),
de Carrasca. M. del
Carmen Córdoba y Hortensia González)
008 - RIMAS, LEYENDAS, CARTAS Y ENSAYOS, Gustavo A. Bécquer. (Prof.
M. Cristina Planas y M. del Carmen Plaza)
009 - MARÍA, Jorge Isaacs. (Prof. Silvia Calero)
010 - ANTOLOGÍA DE COMEDIAS Y SAINETES ARGENTINOS, I. (Pmf. Nora
Mazziotli)
011 - EL MODERNISMO HISPANOAMERICANO, Antología. (Prof. Inés La
Racen)
012 - CUENTOS PARA EL PRIMER NIVEL I, Antología. (Prof. Udia Blanco y
Florencia E. de Giniger)
013 - FUENTEOVEJUNA, Lope de Vega. (Prof. Susana IX de Leguizanuín)
014 - ÉGLOGA I. Selección de SONETOS, Carcilazo de la Vega. (Prof. Susana
Lastra de Manió)
015 - EL ALCALDE DE ZALAMEA, Calderón de la Barca. (Prof Susana I). de
Leguizamón)
016 - EL SÍ DE LAS NIÑAS, Leandro Fernández de Moratín. (Prof. Cristina Sisea
de Viale)
017 - EL BURLADOR DE SEVILLA, Tirso de Molina. (Prof. Rosemurie Gaddini
de Armando)
018 - EL BARROCO HISPANOAMERICANO, Antología. (Prof. Edith R. de
López del Carril)

185
019 - EL CONDE LUCANOR, Selección de cuentos y sentencias, D. Juan Manuel.
(Praf. Beatriz Parula de
López Ganivet)
020 - CRONISTAS DE INDIAS, Antología. (Prof. Silvia Calero y Evangelina
Falino)
021 - EL CAPITÁN VENENO, Pedro Antonio de Alarcón. (Prof. María Cristina
Planas y María del Carmen
Plaza)

186
022 - POESÍA Y TEATRO PARA EL PRIMER NIVEL, Antología. (Prof. Florencia
E. de Giniger)
023 - PAGO CHICO Y NUEVOS CUENTOS DE PAGO CHICO, Selección,
Roberto J. Payró. (Prof. Esther
Lorenzini de Guardia)
024 - LA GENERACIÓN DEL 98, Antología. (Prof. Alejandrino Castro y Silvia
Viroga)
025 - EN LA SANGRE, Eugenio Cambaceres. (Prof Noemí Susana García v Jorge
Panesi)
026 - LOS PROSISTAS DEL 80, Antología. (Prof. Alcira Badana)
027 - FAUSTO, Estanislao del Campo. (Prof. Noemí Susana García y Jorge Panesi)
028 - EL SOMBRERO DE TRES PICOS, Pedro Antonio de Alarcón. (Prof. Eduardo
Dayan y María Carlota
Silvestri)
029 - POEMA DE MÍO CID, Anónimo. (Prof. Emilse Garría)
030 - ROMANCES NUEVOS Y VIEJOS, (ESPAÑOLES E
HISPANOAMERICANOS), Antología. (Prof.
Laura Rizzi V Laura Sánchez)
031 - EL BARROCO ESPAÑOL, Antología. (Prof. Edith R. de López del Carril)
032 - EL LICENCIADO VIDRIERA, Miguel de Cervantes. (Prof. Beatriz Parula de
Uípez Ganivet)
033 - PERIBÁÑEZ Y EL COMENDADOR DE OCAÑA, Lope de Vega. (Prof.
Eduardo Dayan y María
Carlina Silvestri)
034 - LA SEÑORA CORNELIA, Miguel de Cervantes. (Prof. Inés La Rocca y
Alicia Parodi)
035 - SANTOS VEGA, Rafael Obligado. (Prof. Mónica Sánchez)
036 - CUENTOS PARA EL PRIMER NIVEL II, Antología. (Prof. Florencia E. de
Giniger)
037 - JUVENILIA, Miguel Cané. (Prof. Beatriz Testa y Ana María Wiemeyer)
038 - EN FAMILIA, Florencio Sánchez. (Prof. Rosemurie Gaddini de Armando)
039 • LAS DE BARRANCO, Gregorio de Laferrére. (Prof. Cristina Sisea de Viale)
*Los nombres entre paréntesis y en bastardilla remiten a los docentes que tuvieron a
su cargo la Introducción, ñolas y Propuestas de Trabajo que acompañan cada obra de
la Colección Literaria LyC. En el caso de las antologías el trabajo incluye también la
selección de textos.
040 - LOCOS DE VERANO, Gregorio de Laferere. (Prof. Grádela Ciucci y María
Felisa Pugliexe)
041 - DIVERTIDAS AVENTURAS DE UN NIETO DE JUAN MOREIRA,
Roberto J. Payró. (rmf. Eslher
Lorenzini de Guardia)

187
042 - LA VIDA ES SUEÑO, Pedro Calderón de la Barca. (Prof. Susana 1). de
Leguizamón)

188
043 - CUENTOS DEL INTERIOR, Antología. (Prof. Adriana Maggio de Taboada)
144 - POESÍA Y PROSA RELIGIOSA DE ESPAÑA, Antología. (Pruf, Susana
Lastra de Manió y Clara
Alonso Peña)
045 - MARIANELA, Benito Pérez Galdos. (Prof. Mina Stern) 1146 - POESÍA
ARGENTINA DEL SIGLO XX, Antología. (Prof. Oelfina Muschielli)
047 - ANTÍGONA VÉLEZ, Leopoldo Marechal. (Prof. Hebe Monges)
048 - DON QUIJOTE DE LA MANCHA. Selección, Miguel de Cervantes
Saavedra. (Prof. Emilse Corría)
049 - M' HIJO EL DOTOR, Florencio Sánchez. (Prof. Norma Mazzei. María Ester
Mayor y César Álvarez
Pérez)
050 - LA VERDAD SOSPECHOSA, Juan Ruiz de Alarcón. (Prof. Cristina Sisea de
Víale)
051 - DOÑA ROSITA LA SOLTERA, Federico García Lorca. (Prof. Hebe A. de
Gargiulo, María Aída
Frassinelli de Vera y Ehu J. Esbry de Yanzi)
052 - LA INVENCIÓN DE MOREL, Adolfo Bioy Casares. (Prof Hebe Monges)
053 - TEATRO BREVE CONTEMPORÁNEO ARGENTINO, Antología. (Prof.
Elvira Burlando de Meycr
y Patricio Esteve)
054 - CUENTOS PARA EL SEGUNDO NIVEL, Antología. (Prof. Isabel Vasallo)
055 - LA ZAPATERA PRODIGIOSA, Federico García Lorca. (Prof. Rosemarie
Gaddini de Armando)
056 - LA CELESTINA, Fernando de Rojas. (Prof. Susana I), de Leguizamón)
057 - EL PERJURIO DE LA NIEVE, Adolfo Bioy Casares. (Prof. Hebe Monges)
058 - DON JUAN, Leopoldo Marechal. (Prof. Alfredo Rubione)
059 - LAS NUEVE TÍAS DE APOLO, Juan Carlos Ferrari. (Prof. Graciela Perriconi
y María del Carmen
Galán)
060 - CUENTOS REGIONALES ARGENTINOS: LA RIOJA, MENDOZA, SAN
JUAN, SAN LUIS.
Antología. (Prof. Hebe A. de Gargiulo, María Aída Frassinelli de Vera y Elsa J.
Esbry de Yanzi)
061 - CUENTOS REGIONALES ARGENTINOS: CORRIENTES, CHACO,
ENTRE RÍOS, FORMOSA, MISIONES, SANTA FE. Antología. (Prof. Olga
Zamlxmi y Glaucia Biazzi)
062 - CUENTOS REGIONALES ARGENTINOS: CATAMÁRCA, CÓRDOBA,
JUJUY, SALTA,
SANTIAGO DEL ESTERO, TUCUMÁN. Antología. (Prof. Viviana Pinto de Salen)
063 - CUENTOS REGIONALES ARGENTINOS: BUENOS AIRES, Antología.
(Prof. María Teresa Gramuglio)

189
064 - ANTOLOGÍA DE CUENTISTAS LATINOAMERICANOS. (Prof. Hebe
Monges y Alicia Fariña de Veiga)

190
065 - TEATRO BREVE CONTEMPORÁNEO ARGENTINO II, Antología. (Prof.
Elvira Burlando de Meyer y Patricio Esteve)
066 - ZARAGOZA, Benito Pérez Galdos. (Prof. Beatriz M. de Borovich v Eka
Leibovich)
067 - EL VISITANTE, Alma Maritano,. (Prof. Nora Hall)
068 - LOS VIAJEROS MISTERIOSOS, Jorge A. Dágata. (Prof. María Carlota
Silvestri y Eduardo M.
líavan)
069 - CAREL, Héctor C. Nervi. (Prof Graciela Pellizuri)
070 - LAS PROVINCIAS Y SU LITERATURA. CÓRDOBA, Antología. (Prof.
Pampa Aran de Meriles y Silvia Barei)
071 - 20 JÓVENES CUENTISTAS ARGENTINOS, Antología. (Prof. Herminia
Petruzzi)
072 - LAS PROVINCIAS Y SU LITERATURA. SANTA FE, Antología. (Prof. M.
Angélica Carhane.
Graciela de Bontna v Stella M. Alliani)
073 - VAQUEROS Y TRENZAS, Alma Maritano. (Prof. Clide Tello)
074 - EL GROTESCO CRIOLLO: DISCÉPOLO - COSSA, Antología. (Prof. Irene
Pérez)
075 - CUENTOS DE LA SELVA, Horacio Quiroga. (Prof. Graciela Pellizari)
076 - TIRANO BANDERAS, Ramón del Valle Inclán. (Prof. Cristina Sisea de
Viale. Rosemarie G. de Armando y Susana Frunz)
077 - MARIANA PINEDA, Federico García Lorca. (Prof. Hortensia González y M.
Virginia P. de Carrasco)
078 - CUENTOS PARA EL PRIMER NIVEL III, Antología. (Prof. M. Cristina
Planas y Eduardo M. Dayan)
079 - LA LITERATURA DE IDEAS EN AMÉRICA LATINA, Antología. (Prof.
Licite Pagliai)
080 - EN EL SUR, Alma Maritano. (Prof. Beatriz Castiei)
081 - A LA DERIVA Y OTROS CUENTOS, Horacio Quiroga. Antología. (Prof.
Olga Zamboni)
082 - LEOPOLDO LUGONES, CUENTO, POESÍA Y ENSAYO, Antología. (Prof.
Pampa Aran de Meriles
y Silvia Barei)
083 - ROSAURA A LAS DIEZ, Marco Denevi. (Prof. Herminia Pelmui. M. Carlota
Silvestri y Elida Ruiz)
084 - SUCEDIÓ EN EL VALLE, Jorge Dágata. (Prof. Ester Trozzo de Señera)
085 - NO ME DIGAN QUE NO, Enrique Butti. (Prof. Héctor Manni)
«86-20 JÓVENES CUENTISTAS ARGENTINOS II, Antología. (Prof. Susana
Giglio y Alba Scarcella)
087 - CUENTOS PARA EL SEGUNDO NIVEL II, Antología. (Prof. María Teresa
Bordón)
191
088 - GUIONES TELEVISIVOS. Antología. (Prof. Eduardo M. Dayan)
089 - CUENTOS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS, Antología. (Prof. Susana
Giglio y Lares Olívala)
090 - ANTONIO MACHADO, POESÍA Y PROSA, Antología. (Prof. Cristina Sisea
de Viale)
091 - CUENTOS REGIONALES ARGENTINOS: CHUBUT.NEUQUÉN, RÍO
NEGRO, STA. CRUZ, TIERRA DEL FUEGO. Antología. (Prof. M. Cristina
Chiama de Jones. Nivia Lara de Mateo y Juan C. Corallini)
092 - GRUPO POÉTICO DEL SO. ANTOLOGÍA DE POESÍA ESPAÑOLA. (Prof.
Ana María Echevarría)
093 - LAS PROVINCIAS Y SU LITERATURA. MENDOZA, Antología. (Prof.
Hilda Fretes, Nítida Crivelli de Calcagno y Blanca Gótica de Barí)
094 - DE EXILIOS, MAREMOTOS Y LECHUZAS, Carolina Trujillo Piriz. (Prof.
Ludia Pagliai)
095 - LAS ROSITAS, Graciela Cabal. (Prof. Josefina Delgado)
096 - UN TREN A CARTAGENA, Sandra Matiasevich. (Prof. Olga Zamboni)
097 - CON LA PLUMA Y LA PALABRA. CUENTOS PREMIADOS DE
MAESTROS Y PROFESORES.
Antología. (Prof. María Teresa Corvattu)
098 - 20 JÓVENES CUENTISTAS ARGENTINOS III, Antología. (Prof. Susana
Lastra)
099 - CRUZAR LA CALLE, Alma Maritano. (Prof. Elida Ruiz)
100 - EL JUGUETE RABIOSO, Roberto Arlt. (Prof. Elida Ruiz)
101 - EL PAN DE LA LOCURA, Carlos Gorostiza. (Prof. Edíth R. de López del
Carril)
102 - JETTATORE, Gregorio de Laferrere. (Prof. Cristina Sisea de Viale)
103 - EL JOROBADITO. AGUAFUERTES PORTEÑAS. EL CRIADOR DE
GORILAS, Roberto Arlt, Selección. (Prof. María Cristina Arostegui y Ofelia Midlin)
104 - MI PUEBLO, Chamico. (Prof. Eduardo Marcela Dayan)
105 - LA CASA DE BERNARDA ALBA, Federico Garda Lorca. (Prof. María
Teresa Bordón)
106 - EL PUENTE, Carlos Gorostiza. (Prof. Edith R. de López del Carril)
107 - LA ISLA DESIERTA - SAVERIO EL CRUEL, Roberto Arlt. (Prof. María
Teresa Bordón)
108 - LOS MIRASOLES, Julio Sánchez Gardel. (Prof. María Graciela Kebani)
109 - LA COLA DE LA SIRENA - EL PACTO DE CRISTINA, Conrado Nalé
Roxlo. (Prof. Eduardo M. Dayan)
110 - BODAS DE SANGRE, Federico García Lorca. (Prof. María Carlota Silvestri)
111 - UNA VIUDA DIFÍCIL - JUDITH Y LAS ROSAS, Conrado Nalé Roxlo.
(Prof. Inés La Rocca)
112 - TEATRO URUGUAYO CONTEMPORÁNEO, Antología. (Prof.
MaríaNelidaRiccetto)

192
113 - CUENTOS BRASILEÑOS DEL SIGLO XX, Antología bilingüe. (Prof. Lucila
Pagliai)
114 - ANTOLOGÍA DE LA INTEGRACIÓN ARGENTINO-PARAGUAYA.
Cuentos paraguayos y argentinos.
(Área guaranítica). (Prof. Esther González Palacios)
115 - TRAJANO, SylviaLago.fProf. Alejandrino Castro)

193
116 - CUENTOS CON DETECTIVES Y COMISARIOS, Antología. (Prof. Elena
Braceras y Cristina Leytour)
117 - LOS VENENOS Y OTROS TEXTOS, Julio Cortázar, Antología I. (Prof. Hebe
Monges)
118 - EL PERSEGUIDOR Y OTROS TEXTOS, Julio Cortázar, Antología II. (Prof.
Hebe Monges)
119 - BARRANCA ABAJO, Florencio Sánchez. (Prof. María Nélida Riccetto)
120 - CUENTOS URUGUAYOS CONTEMPORÁNEOS, Antología. (Prof. Sílka
Freiré)
121 - CARNAVALITO, Enrique M. Butti. (Prof. María Graciela Kebani)
122 - LOS GÉNEROS PERIODÍSTICOS, Antología. (Prof. Ana Atorresi)
123 - LOS GÉNEROS RADIOFÓNICOS, Antología. (Prof. Ana Atorresi)
124 - LA GRINGA, Florencio Sánchez. (Prof. Silka Freiré)
125 - LOS QUE COMIMOS A SOLÍS, María Esther de Miguel. (Prof. Olga
Zamboni)
126 - GUIONES TELEVISIVOS II, Antología. (Prof. Eduardo M. Dayan)
127 - HOJAS DE LA NOCHE, Eduardo Muslip. (Pmf. Jorge Warley)
128 - CRUZAR LA NOCHE, Alicia Barberis. (Prof. Graciela Iritano)
129 - SOMBRAS Y ÁRBOLES, Graciela Ballesteros. (Prof. Adriana Tessio)

194

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