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Moral y Dogma
del Rito Escocés Antiguo y Aceptado

CABALLERO DEL SOL

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ALBERT PIKE

Moral y dogma
del Rito Escocés Antiguo y Aceptado

Grados Veintisiete y veintiocho

Traducción:
Alberto R. Moreno Moreno

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Moral y dogma
del Rito Escocés Antiguo y Aceptado

Grados Veintisiete y veintiocho

SERIE AZUL
[TEXTOS HISTÓRICOS Y CLÁSICOS]

4
Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado
(Grados Veintisiete y Veintiocho)
Albert Pike

editorial masonica.es®
SERIE AZUL (Textos históricos y clásicos)
www.masonica.es

© 2014 EntreAcacias, S.L. (de la edición)


© 2014 Alberto Moreno Moreno (de la traducción)

EntreAcacias, S.L.
Apdo. de Correos 32
33010 Oviedo
Asturias (España/Spain)
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info@masonica.es

1ª edición: junio, 2014

ISBN (edición impresa): 978-84-942692-1-9


ISBN (edición digital): 978-84-942692-2-6
Depósito Legal: AS 00363-2014

Impreso por Ulzama


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lectual (arts. 270 y ss. del Código Penal).

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Albert Pike con la regalía de Soberano Gran Comendador

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Moral y Dogma
del
Rito Escocés Antiguo y Aceptado
de la
Francmasonería

Grados Veintisiete y veintiocho

ALBERT PIKE

Publicado en Charleston (EE.UU.) en 1871

______________

Traducido al español
por

Alberto Ramón Moreno Moreno


(Abril de 2014)

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8
Este volumen contiene los capítulos 27 y 28 de la obra de
Albert Pike Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y
Aceptado.
Está precedido por Moral y Dogma del Rito Escocés An-
tiguo y Aceptado (Grados de Aprendiz, Compañero y
Maestro), Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y
Aceptado (Logia de Perfección), Moral y Dogma del Rito
Escocés Antiguo y Aceptado (Capítulo Rosacruz), Moral y
Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (Príncipe del
Tabernáculo), y Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo
y Aceptado (Príncipe de Merced), publicados por MA-
SONICA.ES (www.masonica.es).

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Indice

XXVII Caballero Comendador del Templo, 11


XXVIII Caballero del Sol, 17
Lectura de los Cabalistas, 78
Instrucción final, 98

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XXVII

Caballero Comendador
del Templo

Este es el primero de los Grados verdaderamente caba-


llerescos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Ocupa
este lugar en el calendario de Grados, entre el XXVI y el
último de los Grados Filosóficos, para romper la conti-
nuidad y aliviar lo que de otro modo habría sido tedio-
so; y también para recordar que, a la vez que se está
ocupado en especulaciones y abstracciones de credos y
filosofías, el Masón debe mantenerse comprometido en
los deberes activos de la gran batalla de la vida. El Ma-
són no es únicamente un moralista y filósofo, sino un
soldado, sucesor de aquellos Caballeros de la Edad
Media que, al tiempo que enarbolaban la Cruz, también
portaban la espada y eran adalides del Honor, la Leal-
tad y el Deber.
Los tiempos cambian, y también las circunstancias.
Pero la Virtud y el Deber permanecen inalterables. Los
males a combatir adoptan diferente fisonomía y una
forma distinta, pero hay la misma necesidad de verdad
y lealtad hoy en día que en los tiempos de Federico
Barbarroja.

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Ya no se forjan esos caracteres, religiosos y militares,
que asistían a los enfermos y heridos en el hospital, y
guerreaban en el cambo de batalla contra el infiel; pero
las mismas obligaciones, que deben ser practicadas bajo
otra forma, continúan existiendo y se hayan presentes
en nuestro entorno.
La virgen inocente ya no está a merced del barón
brutal o del guerrero licencioso; pero no por ello la
inocencia y la pureza dejan de necesitar protectores.
La guerra no parece ser ya el estado natural de la so-
ciedad, de forma que para la mayoría de los hombres
comprometerse a no retroceder ante el enemigo no es
más que una promesa vacía. Sin embargo, esta obliga-
ción y este deber todavía permanecen vigentes para to-
dos los hombres.
La verdad en el obrar, en la labor y en la opinión, es
más rara ahora que en los días de la caballería. La fal-
sedad se ha convertido en moneda corriente y circula
con cierto grado de respetabilidad, dado que tiene valor
real. De hecho, es el gran vicio de nuestro tiempo, del
mismo modo que lo es su hermano gemelo, el fraude.
Los hombres, en aras de su interés político, profesan
cualquier principio que sea rentable y provechoso. En
el tribunal, en el púlpito y en los parlamentos, los hom-
bres argumentan contra sus propias convicciones y, por
medio de lo que denominan lógica, defienden aquello
en lo que no creen pero que es lo que otros desean es-
cuchar, demostrando así que el engaño y la hipocresía
son rentables para quienes los practican, como lo son
las participaciones y acciones, que proporcionan un
cierto rendimiento; y de este modo, no es lo verdadero
de una opinión o un principio, sino el beneficio neto
que se le pueda extraer, lo que se convierte en medida
de su valor.

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La prensa es la gran sembradora de falsedad. Difa-
mar al antagonista político; desvirtuar todo lo que dice
o, de no ser esto posible, poner en su boca lo que no ha
dicho; poner en circulación las más abyectas calumnias
con el fin de derrotarlo, estos hábitos son tan comunes
que han dejado de despertar interés o comentarios, más
que generar sorpresa o disgusto.
Hubo un tiempo en que un caballero antes moriría
que pronunciar una mentira o romper su palabra de
caballero. El Caballero Comendador del Templo revive
el antiguo espíritu caballeresco, y se entrega a la anti-
gua veneración caballeresca de la Verdad. Jamás pro-
nunciará ni hará profesión de algo en lo que no cree en
aras del beneficio o la conveniencia, o porque tema la des-
aprobación del mundo. Del mismo modo que no calum-
niará a su enemigo, ni desvirtuará o pervertirá las pala-
bras o actos de otros hombres, ni pronunciará palabras
falsas por ningún motivo o bajo ningún pretexto, so pe-
na de manchar su honor. Tanto en el Capítulo como
fuera de él debe hablar la Verdad, y toda la Verdad,
nada más y nada menos, o no decir ni una palabra.
El Caballero Comendador debe protección a la
inocencia y la pureza donde quiera que se halle, tal y
como era antaño. Protección contra la violencia, o con-
tra aquellos, más culpables que los mismos asesinos,
que por artificio o traición persiguen asesinar el alma; o
contra la necesidad y la pobreza, que conduce a dema-
siadas mujeres a vender su honor e inocencia por ali-
mento. El mundo nunca ha proporcionado mejores
oportunidades que ahora para la práctica de estas ele-
vadas virtudes y noble heroísmo que tanto distinguie-
ron a las tres grandes órdenes militares y religiosas en
sus inicios, antes de volverse corruptas y viciadas por la
prosperidad y el poder.
Cuando una temible epidemia asola una ciudad, y la
muerte se inhala en el aire que respiran los hombres;

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cuando los vivos apenas bastan para enterrar a los
muertos, la mayoría de los hombres huyen aterroriza-
dos, para regresar y vivir como personas respetables e
influyentes una vez que el peligro ha pasado. Pero el
antiguo espíritu caballeresco de devoción, generosidad
y desprecio por la muerte aún perdura, y no está extin-
to en el corazón de los hombres. En todas partes puede
encontrarse a un pequeño grupo de hombres que per-
manecerán de manera firme e impávida en sus puestos,
no por dinero, o por honores, ni tampoco por proteger
su hacienda personal; sino por obedecer el dictado infa-
lible del deber. Exploran la morada de la miseria y la
necesidad; con la gentileza de las mujeres alivian el do-
lor del moribundo, y alimentan la lámpara de vida del
convaleciente. Llevan a cabo las tristes exequias de los
muertos, y no buscan otra recompensa que el beneplá-
cito de sus propias conciencias.
Tales son los verdaderos Caballeros de este tiempo.
Estos, y el Capitán que permanece en su puesto a bordo
del barco que se va a pique hasta que el último bote,
repleto de pasajeros hasta el borde del agua, se aleja,
tras lo cual se sumerge sosegadamente con la nave ha-
cia las misteriosas profundidades del océano. O el pilo-
to que permanece al timón mientras las llamas le ro-
dean, destrozando su vida; o el bombero que asciende
por las paredes ardientes y se adentra en el fuego para
salvar la propiedad y las vidas de otros con los que no
tiene lazo de sangre o amistad, y a quienes ni siquiera
conoce. Estos, y otros como ellos, y todos los hombres
que aguantan con virilidad en su puesto; morir, si es
preciso, pero jamás abandonar el puesto. Pues estos
hombres también están juramentados para no retroce-
der ante el enemigo.
Hermano mío, al convertirte en Caballero Comen-
dador del Templo te has consagrado al desempeño de
tus deberes y de actos de heroísmo como estos. ¡Solda-

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do de la Verdad y la Lealtad! ¡Protector de la Pureza e
Inocencia! ¡Retador de la Plaga y la Pestilencia! ¡Enfer-
mero de los convalecientes y enterrador de los muertos!
¡Caballero que prefiere la Muerte antes que abandonar
el Deber! ¡Bienvenido seas al seno de esta Orden!

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