ALEJANDRO AURA
DESPEDIDA
Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta, pedir los abrigos y marcharnos, aquí se quedarán
las cosas que trajimos al siglo y en las que cada uno pusimos nuestra identidad; se quedarán los demás,
que cada vez son otros y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue, también el hueco de nuestra
imaginación se queda para que entre todos se encarguen de llenarlo, y nos vamos a nada limpiamente
como las plantas, como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo y luego, sin rencor, deja de
estarlo. ¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres, allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra, eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo con
mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas en el que el tiempo se mueve tan despacio que el agua
tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua. O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses. O el cielo multifacético del vino que está siempre
soñando que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen. Lo que queda no hubo manera de
enmendarlo por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo, ya estaba medio mal desde el
principio de las eras y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse a deshacer el apasionante
intríngulis de la creación, de modo que se queda como estaba, con sus millones, billones, trillones de
galaxias incomprensibles a la mano, esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos y completo
el panorama lo descifre y se pueda resolver. Nos vamos. Hago una caravana a las personas que estoy
echando ya tanto de menos, y digo adiós.