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2018)

ENRIQUE DUSSEL

S
e nos ha ido a los 90 años Aníbal Quijano, marxista peruano tan original como Carlos
Mariátegui, quien supo descubrir a los pueblos originarios como posibles actores
revolucionarios peruanos. De la misma manera, el marxista Quijano supo mostrar que la
clasificación social en la modernidad eurocéntrica de la población no fue la clase social, sino
la raza. La racialización de marxismo que practicó Quijano, inspirándose en los marxistas
afrocaribeños, pero aplicada en América Latina a indígenas y mestizos, tiene consecuencias
teóricas y prácticas muy originales, que abren preguntas que hoy se hacen las ciencias
sociales en todo el mundo (como la decolonización epistemológicaacuñada por Aníbal).

Después de ser uno de los creadores de la Teoría de la Dependencia fue tomando


conciencia de la realidad latinoamericana, que le exigió efectuar un cambio radical en el
marxismo. Si nos referimos sólo al artículo Colonialidad del poder, eurocentrismo y América
Latina(trabajo incluido en la magnífica Antología de su obra publicada por Clacso, Buenos
Aires, 2014) tenemos ahí sintetizada sus hipótesis de manera muy clara.

Oponiéndose al marxismo clásico, que desde la categoría clase piensa que la revolución
socialista lucha contra una burguesía constituida, que sigue a la etapa feudal, Quijano escribe:
“Para creer que en América Latina una revolución democrático-burguesa basada en el
modelo europeo es no sólo posible, sino necesaria, primero es preciso admitir […] en
América Latina: 1) la relación secuencial entre feudalismo y capitalismo; 2) la existencia
histórica del feudalismo y, en consecuencia, entre la aristocracia feudal y la burguesía; 3) una
burguesía interesada en llevar a cabo semejante empresa revolucionaria” (p. 824). Con
respecto a lo cual concluye mostrando que en la historia latinoamericana “una revolución
antifeudal, ergodemocrática, en el sentido eurocéntrico, ha sido siempre una imposibilidad
histórica” (p. 825), simplemente porque no hubo feudalismo (como ya en 1949 lo demostró
Sergio Bagú, agrego yo).

Aun en el caso de las revoluciones socialistas el “espejismo eurocéntrico acerca de las


revoluciones socialistas, como control del Estado y estatización del control del trabajo
[etcétera], se funda en dos supuestos teóricos radicalmente falsos. Primero, la idea de una
sociedad capitalista homogénea […]. Pero ya hemos visto que esto no ha acontecido nunca
en América Latina […]. Segundo, la idea de que el socialismo consiste en la estatización de
todos y cada uno de los ámbitos del poder y de la existencia social, comenzando con el control
del trabajo […] desde el Estado” (p.826). Y aquí Quijano se lanza contra la función del Estado
autoritario en la nueva sociedad. “Una revolución socialista tenía que ser, por necesidad
histórica, dirigida contra el conjunto del poder […] Sólo podía tener sentido como
redistribución entre la gente, en su vida cotidiana, del control sobre las condiciones de su
existencia social (p. 827). Estas conclusiones se fundan en un anterior y largo proceso de
deconstrucción teórica.

En efecto, sólo es comprensible la constitución de América [Latina] y la del capitalismo


colonial/moderno y eurocentrado [entendido] como un nuevo patrón de poder mundial (Op.
cit., p. 777). La idea de raza es el criterio de la clasificación social de la población
mundial (Ibid). La raza permite usufructuar sin salario alguno el trabajo del indígena o del
esclavo, permitiendo una superioridad radical del blanco sobre los seres humanos de color,
es decir, fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la
conquista (p. 779). De esta manera el capital naciente controló el trabajo, fundando en esta
dominación la colonialidad del poder político. La nueva identidad geocultural […] emergía
así como la sede central de control de mercado mundial” (p.783), situado en el Nordatlántico
(y desplazando al Mediterráneo) de acuerdo con una tesis que habíamos enunciado con
anterioridad.

El nuevo patrón del poder mundial expresó igualmente una nueva subjetividad mundial,
elaborando una historia en torno a una antigua hegemonía europea inexistente. Un nuevo
universo simbólico vino a probar esa superioridad europea, logrando “una nueva perspectiva
temporal […] reubicaron a los pueblos colonizados, y a sus respectivas historias y culturas,
en el pasado de una trayectoria cuya culminación era Europa” (p.788). Ese periodo histórico
de hegemonía es lo que se ha llamado Modernidad.

El concepto de Modernidad es referido, solo o fundamentalmente, a las ideas de novedad,


de lo avanzado, de lo racional-científico, laico, secular (p. 70); todas las demás culturas son
atrasadas, primitivas, subdesarrolladas.

Este eurocentrismo moderno logra así de los pueblos periféricos “el control del trabajo,
de sus recursos y productos […], el control del sexo […], el control de la autoridad […], el
control de la intersubjetividad; [… es un] patrón de poder mundial”. (p. 793). Es lo que
Aníbal Quijano denomina la colonialidad del poder.

De lo que se trata es de romper esa dependencia de la Modernidad europea, capitalista,


racista, sexista, que impone un padrón que también incluye una producción interpretativa
mundial eurocéntrica inculcada en las elites coloniales hasta el presente.

Por ello Aníbal, como uno de los fundadores de una comunidad intelectual que se reunía
en torno a las universidades de Duke (con Walter Mignolo), Berkeley (con Ramón
Grosfoguel), Binghamton (junto a I. Wallerstein), Stony Brook (con Eduardo Mendieta),
México (con alguno de nosotros), Bogotá (con S. Castro-Gómez) y tantas otras universidades
e intelectuales, se fraguó la denominación de toda una teoría en torno a la Descolonización
epistemológica, cuyo giro descolonizador (al decir de Nelson Maldonado-Torres) se propone
liberar a las ciencias sociales en general (en mi caso a la filosofía en particular) y a las elites
intelectuales del Sud global de su triste colonialidad mental europeo-norteamericana.
Mientras tanto, es un hecho, esta corriente teórico-crítica se ha mundializado en África, Asia,
América Latina, Europa y Estados Unidos. ¡Mucho le debe a nuestro Aníbal Quijano!
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