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Cromagnon: La república de los parias

Por Susana Velleggia, gentileza de Revista Lezama (*), especial para Causa Popular.-

La catástrofe social de los ’90 golpeó muy particularmente en los distantes archipiélagos que conforman los chicos y
los jóvenes. Empobrecimiento, deserción y repitencia escolar, cuadruplicación de la tasa de delitos en los últimos 20
años, muertes por violencia policial. Entre 1991 y 2000 se duplicó la tasa de mortalidad por homicidios. Entre los 15 y
los 19 la mortalidad por suicidios pasó de 1.8 a 7.4 por cien mil. Atrapados entre la mercantilización de sus deseos y la
privación de espacios para su pleno desarrollo, sobre los niños y jóvenes se descarga una guerra silenciosa y atroz.

Algunos científicos afirman que fue la superior capacidad de comunicación del hombre de Cro-Magnon -además de una
dieta a base de pescado en lugar de carnes rojas- la que le permitió, hace alrededor de 40.000 años, desplazar al
hombre de Neanderthal que había reinado desde el paleolítico medio.

Gastronomía al margen, semejante proeza implica formas de sociabilidad y de organización social que dieron lugar al
desarrollo del universo simbólico -en primer lugar el lenguaje- indisolublemente ligado al trabajo, pero también al
ritual de la fiesta. Sobre estos logros se empezaron a construir los cimientos de la historia humana.

Esto indicaría que hay ciertos rasgos ancestrales del homo sapiens que no es posible sustraerle sin consecuencias
nefastas: entre ellos el trabajo y las formas de sociabilidad y de organización social promotoras del universo simbólico
y de su capacidad de comunicarse, expresarse y crear.

Si se practica esta sustracción a quienes -por la etapa evolutiva que atraviesan- más potencialidades y energías tienen
para desarrollar estas facultades, y si adicionalmente se perpetra contra ellos un empobrecimiento progresivo de sus
condiciones de vida, se favorecerá una regresión de lo único que se les deja: el ritual de la fiesta.

Las miserables condiciones socioeconómicas y culturales asignadas a los chicos argentinos constituyen, junto con el
genocidio de la última dictadura militar, la mayor catástrofe no natural. Es decir, provocada por el homo aeconomicus,
un descendiente fallido de aquellos ilustres ancestros.

Las estadísticas sobre las condiciones en las que se desenvuelve la vida de la mayor parte de los niños, adolescentes y
jóvenes de la Argentina son escalofriantes. Unos pocos ejemplos bastan para demostrarlo. El 44,3 de los habitantes
del país es pobre y un 17 por ciento indigente. Esto comprende al 33,5 por ciento y al 12,1 por ciento de los hogares
urbanos respectivamente, cuya distribución varía según la zona del país.

Pero la pobreza -que en 2003 alcanzaba al 70,3 por ciento de los menores de 14 años y la indigencia al 33,4 por ciento
de ellos- comprende ahora sólo al 60 por ciento de los chicos con un 26,5 por ciento de indigentes en los aglomerados
urbanos y un 29 por ciento en el interior. Esto significa que cinco millones de niños son pobres o indigentes.

Según el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación la asistencia a la enseñanza primaria


comprendería al 93 por ciento de los niños, de acuerdo a encuestas de UNICEF al 78 por ciento. El hecho es que a
medida que se asciende en los niveles educativos desciende la concurrencia y aumentan las tasas de abandono escolar,
repitencia y sobreedad. Este problema se acentúa en las zonas de mayor pobreza. En 2001 la población de chicos de
entre 12 y 17 años que no asistía a la escuela era de 494.101.

De los que cursan estudios universitarios sólo el 20 por ciento los finaliza, empleando entre dos veces y dos veces y
media más del tiempo estimado como necesario. El porcentaje de aplazos en los exámenes de ingreso a la universidad
oscila entre el 40 y el 90 por ciento, de acuerdo a las carreras.

El rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires, Guillermo Jaim Etcheverry afirma: “El secundario no sirve para
trabajar ni para la Universidad”. El actual sistema educativo estaría fallando en sus funciones básicas, dado que a los
alumnos les “falta habilidad para comprender textos y para hacer abstracciones”. Esto debiera impulsar a indagar -y
remediar- no sólo qué le falta al sistema educativo formal, sino cuáles son las ausencias y presencias que, fuera de él,
inciden de manera decisoria en esta abolición de la capacidad de análisis.

Entre los chicos de 10 a 14 años se dan los índices más elevados de víctimas de la violencia. En esa franja etaria se
duplicó la tasa de mortalidad por homicidios entre 1991 y 2000, que pasó de 3.6 a 6.7 cada 100.000 habitantes. La
muerte violenta entre los más jóvenes, además de asesinatos, incluye accidentes de tránsito, ahogamiento, golpes,
intoxicación y suicidios.

Entre los 15 y los 19 años la mortalidad por suicidios pasó de 1.8 a 7.4 en el período arriba mencionado; se triplicó en
las mujeres y se quintuplicó en los varones. Entre las causas inmediatas de los accidentes de tránsito, además del
consumo de alcohol, se percibe una “disminución de la autoestima y de la atención”. El problema no es exclusivo de
los sectores más desfavorecidos sino que se extiende a las distintas clases sociales, por cierto que con diferentes
derivaciones.

No obstante, los homicidios de adolescentes y jóvenes como producto de la violencia policial tienen a sus principales
víctimas en los sectores más humildes, a razón de un promedio anual de 154.

La multiplicación por cuatro de la tasa de delitos en los últimos 20 años señala que el aumento se da, sobre todo, en
los solteros de entre 18 y 20 años que delinquen por primera vez, al tiempo que sube el número de los reincidentes.
Los especialistas apuntan que el ingreso al mundo del delito se produce a una edad cada vez más temprana y señalan
un cambio en la cultura delictiva vinculado al fácil acceso a las drogas y las armas, aunque sus causas profundas sean
mas complejas.

La inequitativa distribución de la riqueza material y del capital cultural son la contracara de una catástrofe social que
remite a la mercantilización del espacio público y de las distintas dimensiones de la vida, originada en la delegación
de las responsabilidades inherentes al Estado en el mercado, que llegó a su punto culminante en los ‘90.

La expropiación de una ciudadanía aburrida

Afinadas estrategias de marketing transforman las genuinas apetencias de descubrimiento, experimentación,


sociabilidad y autonomía de los chicos en cuantiosas ganancias, se trate de un film, canciones, un libro, bandas de
rock , camisetas, zapatillas, juguetes, o alimento, con prescindencia de toda consideración sobre sus derechos y
necesidades de desarrollo. Para aquellos cuyas familias poseen capacidad de consumo, el acceso a estos y otros bienes
(computadoras, Internet, autos, motos, cámaras, viajes, idiomas, etc.) tipifican una cualidad que hoy se exige a los
niños y jóvenes, so pena de quedar marginados del progreso: prepararse para ser ciudadanos del mundo.

Estos chicos construyen una identidad global, más en concordancia con la de sus pares de los países centrales que con
un compatriota pobre de Jujuy o de los suburbios de la ciudad. La experiencia virtual de vivir en otras culturas no
ayuda a crecer si no encuentra puntos de anclaje en la propia, cuando de ella se desconoce casi todo. Para los otros,
privados del acceso a estos bienes, el mercado dispone de símiles que mantienen ciertos puntos de contacto con la
cultura global, pero implican experiencias aún más reductivas.

La presencia de la cultura que construye el sentido de la vida y del mundo, formando a los chicos para comprender la
realidad y actuar de manera transformadora en relación a ella, la que los impulsa a constituirse en sujetos y a ejercer
sus derechos y responsabilidades como ciudadanos reales -que no virtuales- se encuentra disminuida en ambos grupos
sociales, aunque son los pobres los que tienen menos oportunidades de acceso a ella.

Estos portan el sello de la sospecha como marca de nacimiento. Un “racismo social” que se extiende en las clases
medias y altas, al asociar pobreza con delito, reclama medidas de “represión preventiva” hacia las principales
víctimas de la catástrofe. Ejemplo: la disminución de la edad de imputabilidad a los 14 años.

Se ha demostrado, sin embargo, que aunque las carencias materiales atentan contra la salud física y psicológica de la
mayor parte de la población infanto-juvenil del país, la violencia y las adicciones se articulan con los intensivos
procesos de expropiación simbólica y disolución de los lazos familiares y comunitarios que brindan sentido de
pertenencia, protección y amparo, antes que con la pobreza en sí.
Es preciso diferenciar, entonces, entre pobreza y exclusión social. Esta última deviene, no sólo de la inmersión de
vastos sectores sociales en prolongados y profundos procesos de deterioro de las condiciones, materiales y simbólicas,
de vida, sino también del colapso de las instituciones estructuradoras de la sociedad. Se trata de una privación de la
condición de ciudadano cuya lógica consecuencia es la ausencia de los códigos culturales que la tipifican, paralela a la
construcción de otros al margen de ellos; o sea de una cultura de la marginalidad.

La anterior estructura de relaciones sociales en la que se inscribían los sectores populares -con un trabajo que podía
ser mejor o peor remunerado- les permitía acceder a ciertos satisfactores materiales y a un universo cultural cuyos
valores fundamentales eran compartidos por vastos sectores de la sociedad.

Esto les posibilitaba recrear su identidad de obreros o trabajadores, a la cual subyacían los imaginarios de movilidad
social que dieran sentido a la vida de inmigrantes y criollos a lo largo de casi un siglo.

En ellos encontraba arraigo el mito del progreso que otorgaba al trabajo y la educación; la familia y el barrio -y
también a las organizaciones sociales y políticas- el carácter de instituciones vertebradoras de la vida a través de las
cuales se construían la autoestima y el sentido de pertenencia a una comunidad. La apetencia de conocimiento, el
“saber hacer”, el logro mediante el esfuerzo, la solidaridad entre los débiles para enfrentar a los poderosos, el auxilio
a los desvalidos, daban presencia a un ethos social que producía formas de convivencia en las cuales el espacio de los
niños y los jóvenes estaba definido y asegurado.

Sólo una creencia de orden mágico puede depositar en el sistema de enseñanza formal la solución a un problema tan
complejo, que involucra al conjunto de las políticas públicas y tiene un actor protagónico en los medios masivos de
comunicación, hacia los cuales los poderes públicos no logran articular una propuesta cultural mínimamente
aceptable.

Adultos abstenerse

Ausencia de comunidad, hegemonía del mercado y satanización de la política -esto es; del espacio público como
asunto prioritario que concierne a todos los ciudadanos- conforman un menage à trois tan armónico como perverso. La
cultura de la diversión es la hija dilecta de este triángulo promiscuo y, como tal, la encargada de naturalizar y
reproducir el (des)orden por él instituido.

La sociedad que consiente que se expropie la condición de ciudadanos a cinco millones de niños y jóvenes, acepta o
alienta su conversión en “objeto” de una cultura gobernada por la lógica voraz del mercado. Ella enmascara esta
situación actuando como paliativo a la angustia que tal expropiación provoca. Al mismo tiempo, cunde el escándalo
frente a sus consecuencias sólo cuando se transforman en problemas que las instituciones sociales -entre ellas la
familia- no logran controlar.

La expansión de los locales nocturnos - pubs, discos o bailantas- y de los de videojuegos, que congregan a una
concurrencia cada vez mas masiva, marcha paralela a la ausencia o el raquitismo de espacios culturales para el
desarrollo de los niños y jóvenes. Este desequilibrio demuestra el sentido excluyente de negocio adjudicado al tiempo
de ocio de aquellos, no sólo atribuible a empresarios inescrupulosos, sino también asumido por la sociedad y el Estado
que lo entienden un “signo de los tiempos”.

La calificación, en apariencia neutra, de cultura juvenil alude a un vasto conglomerado de negocios que, además de
gigantescas ganancias, da lugar a la construcción de identidades e imaginarios que se expresan en ciertas formas de
vida y códigos de vestimenta, de relación y de lenguaje.

Ellos dan cuenta de un rechazo visceral a las distintas instituciones sociales que representan fuentes de autoridad o
poder, así como de la naturalización de la violencia. Desde este imaginario, las apetencias insatisfechas de
reconocimiento e igualitarismo, y la frustración consecuente, no desembocan en el impulso juvenil de cambio social
de épocas pasadas, sino en solidaridades de nuevo cuño entre pares.

A la división que estigmatiza a quienes viven en villas de emergencia o barrios pobres, se superponen las
fragmentaciones internas de estos espacios que obstaculizan la organización social más amplia, dirigida a canalizar
demandas y reivindicaciones colectivas. El asistencialismo introduce nuevas formas de fragmentación que terminan de
quebrantar la trama social comunitaria.

Varias manifestaciones culturales dan cuenta del fenómeno, entre ellas el graffiti cínico -Hoy todo está mal. Mañana
será peor- , los juegos electrónicos a través de Internet, la moda de los tatuajes y piercings, el rock nihilista, en lugar
de “contestatario”, y, sobre todo, la cumbia villera.

Mientras no cese de crecer la brecha entre dos sistemas culturales, el de los medios masivos e industrias culturales y
el que los organismos culturales públicos entienden por “cultura verdadera”, el corpus cultural de la sociedad es
sometido a una vivisección de consecuencias devastadoras. Los que Habermas define como “mundos de la vida”, fuera
de los cuales lo que resta es muerte, son excluidos por esta falsa dicotomía. De ello se sigue la incomprensión de los
procesos culturales que, en la actualidad, signan la construcción de las identidades e imaginarios de los niños y
jóvenes. Como lo incomprensible genera inseguridad y temor, sólo queda abstenerse.

Cumbia villera, rock, bailanta, disco

Una de las pautas de la cultura de la diversión, no dormir de noche, encaja con la aspiración de los jóvenes de
encontrar espacios de sociabilidad fuera del control de los mayores. Los pertenecientes a los sectores medios y altos
asisten a “discos” donde abundan la música de las bandas extranjeras y los tragos de moda.

A los pobres el ingreso a estos lugares les está vedado aunque dispongan del dinero para la entrada por el simple
hecho de que son identificados por su aspecto y expulsados. Ciertas reglas no escritas marcan las fronteras sociales de
la diversión nocturna. Los pocos que se animan a transgredirlas, en una dirección o en la otra, se exponen a
situaciones de violencia.

Para los últimos están las bailantas y la cumbia villera, el tetrabrick y la cerveza. No difieren demasiado, en cambio,
las drogas que se venden en los dos tipos de lugares.

La cultura de la diversión exige erradicar el espíritu reflexivo, tanto como la obesidad y la fatiga. Su propuesta es
gozar del instante. El desenchufe, el reinado de lo efímero y la sucesión veloz de fragmentos se presentan como las
formas naturales de la cultura para los jóvenes.

El goce estético consiste en abolir los procesos simbólicos complejos, en beneficio de la experimentación de
sensaciones. El propósito es provocar, y mantener constante, la excitación, algo bien distinto de la emoción.

Basadas en el esquema de la música tropical, pegadiza y repetitiva, las letras de la cumbia villera exaltan los nuevos
códigos de los excluidos, incorporados en calidad de moda a la cultura de la diversión.

El robo como forma de vida, el alcohol, las drogas, el gatillo fácil de la policía, las razzias, la prostitución y una
sexualidad despojada de connotaciones amorosas y de ribetes machistas, son los motivos privilegiados de las
canciones. Varias de ellas se burlan de los “panchos” -chicos pobres que no viven del robo ni se drogan- y ubican como
enemigos identificados a los políticos y la policía.

Los conjuntos más exitosos de este género producen hits millonarios. Los Pibes Chorros tienen un disco de platino
titulado Arriba las manos. Yerba Brava vendió 60.000 unidades de Corriendo la coneja en cuatro meses.

Uno de los hits alude a la idea que sobrevuela muchas letras: “100 por ciento villero”. La pobreza ya no es
representada como el sufrimiento del humilde en espera de una ayuda, un golpe de suerte o un cambio
revolucionario, de acuerdo al imaginario burgués, sino con un amargo orgullo. Se trata de un cachetazo violento,
aunque jocoso, a este imaginario.

Apunta Mijail Bajtin en su análisis del carnaval, que la burla y la risa son recursos de las culturas populares para
deconstruir simbólicamente los atributos del poder e invertir las jerarquías sociales. Pero esta inversión de los valores
que glorifica el robo, el sexo y la droga, disfraza con la ironía y la risa las profundas heridas que provoca una realidad
violenta, ante la cual los jóvenes se sienten impotentes.

Para los nuevos parias, la violencia -destructiva o autodestructiva- constituye un desafío que se resume en la fortaleza
para aguantar: el alcohol, las drogas, la fatiga, las agresiones, las malas condiciones de vida y la habilidad para
transgredir las normas y zafar de la yuta. La vida concebida como riesgo, inherente a la pérdida de la autoestima y a
la anomia, supone una desjerarquización de los valores que resignifica las conductas.

Si bien los desbordes, aunque supongan graves riesgos, son congruentes con la propuesta de la cultura de la diversión,
más que hechos fortuitos, la experiencia de la vida como algo efímero, precario y sin horizontes los facilita,
asignándoles el significado de simples “travesuras”.

La cultura de la marginalidad y la cultura de la diversión se articulan en un sustrato filosófico nihilista, común a


muchos grupos juveniles. El individualismo exacerbado, el consumismo -real o como horizonte imaginario- la
antipolítica, la desvalorización de la vida, asumen distintas características en sus prácticas de acuerdo al sector social
al que pertenezcan.

Los códigos de estas culturas producen sentido de pertenencia al grupo, pero descartan la complejidad de lo social,
mientras activan los dispositivos de proyección e identificación en torno a los “ídolos” -musicales, deportivos, etc.-
sujetos a una dinámica de renovación constante. El consumo de objetos materiales y simbólicos al ritmo de modas que
cambian a un ritmo veloz, no conduce a perfilar un proyecto, individual ni colectivo, capaz de proporcionar otro
sentido a la existencia.

La barbarie digitalizada

Otros entretenimientos preferidos de los niños y jóvenes son la televisión, el cine y los videojuegos por Internet, a los
que es posible acceder en locales en los que por unas monedas suelen pasar entre tres y doce horas. El promedio de
consumo televisivo oscila entre las tres y seis horas diarias. Son los chicos de menor nivel socioeconómico los que más
tiempo le dedican y los más asiduos concurrentes a los videojuegos.

Los videojuegos replican los efectos televisivos de generación digital estructurando relatos cuyo tema es la muerte. La
violencia se despliega en dos niveles, el de la diégesis del relato y el de su modulación estética a través de la sucesión
de impactos, visuales y sonoros, que producen una escalada dirigida a mantener constante la excitación. La
interacción planteada privilegia la psicomotricidad -velocidad de respuesta al estímulo- en desmedro de las
operaciones simbólicas más complejas.

El lenguaje es reducido a onomatopeyas y los signos, aunque sean palabras, se imprimen en la pantalla como golpes
de imágenes.

Los filmes que apelan a la acción con técnicas digitales reproducen los códigos de los videojuegos. En estos discursos,
matar o morir carecen de una referencialidad que les otorgue sentido. Las relaciones a través de la violencia física
-que reducen la comunicación por medio del lenguaje al mínimo- son legitimadas como la fuente de éxito y poder más
expeditiva y sencilla. Se trataría de una “democratización” de la violencia en la que lo omitido potencia lo mostrado.

Las marcas de la vida breve

La retórica de la violencia ha pasado a ocupar un lugar importante en la vida cotidiana de los jóvenes. Ella comprende
múltiples manifestaciones; desde el habla utilizada -en la que ciertos términos agresivos cumplen la función fática del
lenguaje- y el “aguante” como signo de fortaleza y poder, hasta los tatuajes y piercings.

En este caso, el propio cuerpo adquiere el carácter de objeto estético y texto portador de una filosofía de vida en la
que inflingirse dolor constituye una experiencia distintiva.
La funciones simplificadoras de la cultura de la diversión involucran tanto al pensamiento como al lenguaje. Se
fomenta y reproduce un habla entre pares que remite a los códigos de la población carcelaria mezclados con los de la
cultura televisiva chatarra.

El empobrecimiento del lenguaje -que es el de “la habilidad para comprender textos y para hacer abstracciones”- no
puede dejar de vincularse con un estado de indigencia simbólica que señala experiencias reductivas de la vida cultural
y social, así como una grave indefensión que remite al Neanderthal, antes que al Cro-Magnon.

En los chicos con menos años de escolaridad el vocabulario puede circunscribirse a unas 200 o 300 palabras. Mientras
el mundo del “afuera” impone las condiciones políticas que norman la sociabilidad de los jóvenes en ghettos
nocturnos controlados por el mercado, el mundo del “adentro” toma revancha. Al transgredir las reglas morales que
aquél proclama sostener, los jóvenes logran, al menos, desenmascarar su hipocresía.

El relativismo moral, en cuanto código implícito que rige las relaciones sociales modeladas por la lógica del dinero y el
poder, adopta distintos caminos. ¿Quién puede decir cuáles son peores o mejores? ¿Cómo determinarlo, si todos ellos
se entrelazan?

Ante los violentos procesos de privación de la ciudadanía y expropiación de la identidad de la mayor parte de la
población infantil y juvenil del país, que la tornan en extremo vulnerable, las prácticas y los sentidos propuestos por
las mediaciones culturales prevalecientes reproducen la dinámica de la exclusión, tanto a través de los valores y
prácticas que promueven como de aquello que silencian, omiten y tergiversan. Estos fenómenos presentan un desafío
inédito a las políticas culturales públicas que permanece sin ser respondido.

* Susana Velleggia es especialista en políticas culturales, ha publicado diversos trabajos relacionados a las culturas
juveniles, como El Espacio Audiovisual y los niños en Argentina; cuando la imagen es ausencia, trabajo presentado en
la 4º Cumbre Mundial de Medios para Niños y Adolescentes”, Río de Janeiro, 2004 o Imágenes e Imaginarios en la
tensión global- local, en La dinámica global/local: cultura y comunicación, nuevos desafíos, Ediciones CICCUS- La
Crujía, Buenos Aires, 1999.

(*) Lezama, es una revista cultural de aparición mensual. Nació en abril de 2004. Su director es Luis Bruschtein,
Eduardo Blaustein su secretario de redacción. En su Consejo Editorial participan entre otros Horacio González, Nicolás
Casullo, Aníbal Ford. Horacio Tarcus, Jorge Boccanera, Laura Bonaparte