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Notas desabrochadas

Juego y aguafiestas

En días pasado se inauguró en una escuela de mi comunidad una


ludoteca. Mi esposa, la socióloga Ana María Marín, y yo estuvimos
bastante cerca de todo las fases superadas para darle viabilidad y
junto a los directivos de la escuela, sus maestros y algunos
representantes sorteamos un sin fin de trabas y cotidianos obstáculos.
Por supuesto jamás nos rendimos ante la burocracia ministerial y
mucho menos a esa enorme anomia del gobierno de turno que todo lo
impregna como una peste.

Como es lógico un proyecto de semejante envergadura necesita un


buen apoyo y en tal sentido la Asociación Civil TEPUI
(https://tepui.ch/#about), radicada en Suiza, pero cuya presidenta
ejecutiva Yelitza Bättig Louzé es venezolana (y en la que algunos de
sus hermanos fueron estudiantes en la escuela), fue el soporte
necesario para darle concreción a La ludoteca. Fue todo una series de
reuniones y talleres que involucró, desde el primer momento, a los
directivos, maestros, alumnos y representantes de la institución.

Se inició en marzo del año 2017 con un primera reunión con los
directivos de la escuela en la que se explicó que era TEPUI y cuales
eran las propuesta sobre una ludoteca, la cual contemplara el
préstamo del juguete a los niños. Esa reunión dirigida por Maurelena
Remigio Galindez, representante en nuestro país de Tepui, contó con
una dinámica singular a la cual asistieron las directoras de CDI Caroní,
del preescolar Yocoima y de la Escuela Integral Bolivariana Yocoima,
en la misma se dieron los primeros lineamientos de la ludoteca que
soñamos, los insumos de esta reunión fueron procesados y llevados a
los maestros en una reunión donde se agregaron y se enriquecieron
con las opiniones de los maestros, en mayo de ese mismo año se bajó
a los niños en un primer taller que se realizó en el espacio de la
ludoteca, los niños hicieron aportes relevantes, posteriormente se
trabajó con los padres de diversas maneras, aula por aula y de forma
grupal. Los padres fueron un elemento altamente motivante cuando
aportaron, con mucha generosidad y compromiso, los recursos
necesarios para acondicionar el espacio de la ludoteca. Así se logró
soldar, reparar el aire acondicionado, colocar los cables para la
iluminación, reparar los huecos en el piso porque los padres del
tercero A donaron el cemento necesario, también los ganchos para el
techo, anticorrosivo, electrodos, entre otros materiales; y por supuesto
el andamio económico de Tepui que permitió moldear un espacio para
que los niños se sintieran a gusto y por un momento se olvidaran de la
realidad circundante que es siempre cruda y muchas veces carente de
metáfora o belleza.

En lo personal me interesa el juego no desde esta carpintería emotiva


y de tesón a pesar del viento en contra, sino más bien desde ese
componente ético y filosófico que se encuentra en las entrañas de
cualquier juego.

Recuerdo con huecos estelares mi niñez, y algunas puntuales


estrecheces, pero siempre veo a ese niño que fui al borde de la euforia
jugando. Lo hacía sólo ya que mi otras tres hermanas tenían su propio
mundo de juegos. En soledad jugaba con soldados de plástico y con un
camión volteo, repleto de cubos de colores por el alucinaba. Luego
recuerdo a otros niños del barrio con los cuales jugaba metras,
volábamos samuras y barriletes. De adolescente jugaba ping-pong,
ajedrez, pelotica de goma, chapitas, boxeo.

Sin duda me hice adulto con menos traumas gracias al juego. Es


inevitable no traer a colación el libro Homo ludens de Johan Huizinga
ha escrito: “El juego no es la vida corriente… o la vida propiamente
dicha. Más bien consiste en escaparse de ella a una esfera temporera
de actividad que posee su tendencia propia”. El juego es como ese
agujero de conejo por la que cae Alicia, ese inolvidable personaje de
Lewis Carrol, hasta llegar a un universo y disparatado del sobrero loco.
Además el juego permite socializar, buscar compinches y camaradas.
Mientras se juega todo se mueve en esa esfera de la simulación. Se
juega para tomarse la vida con la debida seriedad requerida, no
obstante no hay nada más serio que el juego y por eso Huizinga acota:
“La risa se encuentra en cierta oposición con la seriedad, pero en
modo alguno hay que vincularla necesariamente al juego. Los niños,
los jugadores de fútbol y los de ajedrez, juegan con la más profunda
seriedad y no siente la menor inclinación a reír”.

La estética singular del juego estriba en la variedad de direcciones que


tiene, en esa belleza fragmentaria algo así como un caleidoscopio
donde impera la tensión, el equilibrio, el contraste y por eso Huizinga
escribe: “El juego oprime y libera, el juego arrebata, electriza, hechiza.
Está lleno de las dos cualidades más nobles que el hombre puede
encontrar en las cosas y expresarlas: ritmo y armonía”.

El juego aparte de poseer los signos evidentes de ser un catalizador


cultural, estético y social goza de un componente ético que tiene su
epicentro en las valores como la solidaridad, la honestidad, el respeto.
Etc. Se juega conociendo las reglas, respetando su normativa para que
el juego no pierda su belleza. De igual modo le da cabida al otro sin
restricciones ni requisitos. En el juego no hay enemigos, sino
contrincantes, competidores, etc. Al contrario de la guerra, en la cual
la lucha es a muerte, en el juego se celebra la vida, el esfuerzo, la
destreza.

En ocasiones la sociedad (o el Estado) busca barnizarlo con una capa


política y sacar provecho sea propagandístico o de productividad de allí
que el filosofo Byung-Chul Han escriba: “Para generar mayor
productividad, el capitalismo de la emoción se apropia del juego, que
propiamente debería ser lo otro del trabajo. Ludifica el mundo de la
vida y del trabajo. El juego emocionaliza incluso dramatiza el trabajo, y
así generar una mayor motivación(…)Un jugador con sus emociones
muestra mayor iniciativa que un actor racional o un trabajador
meramente funcional”.

El juego no se encuentra sujeto a imposiciones externas aunque


muchos factores fuera de su esfera intenten ahormarlo a exigencias
siempre oscuras y cercanas al ritual. La duración, si se quiera rápida,
del juego puede ser la mejor contra dichos factores o como lo acota
Byung-Chul Han: “Las cosas que requieren una maduración lenta no se
dejan ludificar. La duración y la lentitud no son compatibles con la
temporalidad del juego”.

Pedagogos y demás especialistas han escrito en cantidad sobre lo vital


que es el juego para el desarrollo de los niños y las niñas. La gente que
asume la vida con gran pompa, jactancia y cosa desencadenas guerras
y tragedias espantosas, carecen de un espíritu lúdico que los encamine
hacia la luz compleja del juego, para su normativa y sus reglas.
Huizinga escribe: “El jugador que infringe las reglas de juego o se
sustrae a ellas es un “aguafiestas (Spielverderber: estropeajuegos).
El aguafiestas es cosa muy distinta que el jugador tramposo. Este hace
como que juega y reconoce, por lo menos en apariencia, el círculo
mágico del juego. Los compañeros de juego le perdonan antes su
pecado que al aguafiestas, porque éste les deshace su mundo. Al
sustraerse al juego revela la relatividad y fragilidad del mundo lúdico
en el que se había encerrado con otros por un tiempo. Arrebató al
juego la ilusión, la inlusio, literalmente: no entra en juego,…”

Jugar amerita tener la imaginacióó n en activó, la ilusióó n en su maó xima efervescencia.


De allíó que jugar, ó ayudar a crear una ludóteca, es una manera efectiva de que la
imaginacióó n alce vueló y de amargarle el díóa a tantó aguafiestas, encumbradós en
sus pequenñ eces y abusós de póder.

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