Grupo Li Po

S I S T E M AN A
C I O N A L
d e I M P R E N T A SR E G I O N A L E S

CARABOBO

N A R R AT I V A

antología
terrorista

Antología Terrorista

GRUPO LI PO

Antología Terrorista

Imprenta Editorial Regional del Edo. Carabobo, VALENCIA, 2007
Av. Carabobo, Sector Los Colorados, Edificio INCE
Valencia, Edo. Carabobo, Venezuela
© Autor
© Fundación Editorial el perro y la rana, 2007
Av. Panteón, Foro Libertador, Edif. Archivo General de la Nación, P.B.
Caracas-Venezuela 1010
telefs.: (58-0212) 5642469 - 8084492 / 4986 / 4165
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correo electrónico:
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ISBN 978-980-396-696-6
LF ---EN PROCESO DE TRAMITACIÓN---

El Sistema Nacional de Imprentas Regionales es un proyecto editorial impulsado por
el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de la Fundación Editorial
El perro y la rana, con el apoyo y participación de la Red Nacional de Escritores de
Venezuela. Tiene como objetivo fundamental brindar una herramienta esencial en la
construcción de las ideas: el libro. El sistema de imprentas funciona en todo el país
y cuenta con tecnología de punta, cada módulo está compuesto por una serie de
equipos que facilitan la elaboración rápida y eficaz de textos. Además, cuenta con un
Consejo Editorial conformado por un representante de la Red Nacional de Escritores
de Venezuela Capítulo Estadal, el Coordinador regional de la Plataforma del Libro y la
Lectura, el representante del CONAC en el Gabinete Regional, un miembro activo de
la Misión Cultura, más cuatro representantes de los Consejos Comunales, atendiendo
al principio de que El pueblo es la cultura.

Li Po 2001
Luis Alberto Angulo
al cabo de diez mil, cien mil otoños,
no tendrás otro premio que el inútil
de la inmortalidad
tu fu

hace mil trescientos años
nació li-po (li tai po
li bai) desde joven quiso
conocer el mundo
y de la natal shuiyei
viajó niño a shicuan
en leyan conoció a tu fu
y el largo exilio de guichou
por el río amarillo
regresó a su comarca
y evoca hoy
el planeta tierra
a quien verso a verso
se bebió la luna

Andrés Cerceau

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El ojo de Dios
En el aterrador azar de una gran biblioteca, son muchas las veces en las que una frase escrita a mano sobre una
página gastada, por algún lector anónimo, despierta la
imaginación de un bibliotecario ocioso y aburrido. Puede
que esta sea una de esas veces, no lo sé. La verdad, en este
momento no estoy seguro siquiera de si este relato es verídico.
Muy al norte de Bélgica, en la provincia de Amberes,
existe un pequeño pueblo cervecero de no más de dos mil
habitantes. Es esa clase de villa en la que el aburrimiento
flota como una bruma espesa e intoxicante, que surte efecto inmediato sobre el visitante que respira su aire. Las casas
son de ventanas largas y techo de dos aguas. Están dispuestas de manera de sacar el máximo provecho al limitado sol
al que se exponen. En este pequeño pueblo llamado Westmalle, viví un año muy particular de mi vida.
Había llegado ahí por razones diversas y pretendía
quedarme un tiempo, por lo que busqué trabajo en el único campo que manejo bien: los libros. Conseguí atender la
biblioteca municipal dos días a la semana y la paga no estaba mal, o no lo estaba para un ciudadano normal de vida
estable y simple. Ese no era mi caso.

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Lejos de los pasillos más consultados de la biblioteca
municipal, se extiende una casi interminable red de corredores atestados de volúmenes viejos e ilegibles. Manuscritos
de menor importancia que reposan y meditan sobre temas
mucho más importantes que el contenido de sus páginas.
Estos lugares aún pueden ser constatados por el visitante.
A poco tiempo de la repentina renuncia de uno de los
bibliotecarios colaboradores del colegio San Antonio, pasaba yo uno de mis ratos de fastidio, sentimiento que sobra
en Westmalle, recorriendo una calle solitaria y soleada, de
esas que escasean en el norte. Sin más a donde ir, entré en
la biblioteca, a pesar de no ser uno de mis días de trabajo, y
ojeé un par de libros sin intención de llevar ninguno. Por
obra del caos de los anaqueles, fue a parar a mis manos un
ejemplar en cuarto del evangelio apócrifo de Valentino que
despertó en mí cierta curiosidad, por lo que lo abrí al azar.
Dudo que tal cosa exista. Al pie de la segunda o tercera pagina se hallaba escrita en trazo torpe una inscripción que
decía: “Codex Seraphinus ed. Franco Maria Ricci pag 64” y
un poco por encima de ella se encontraba subrayado del texto original: “...y Jesús, todo misericordia dijo: Regocijaos, porque
a partir de este momento yo os hablaré con toda claridad, desde el
principio de la verdad hasta su fin, y sin parábola”.
Con alimento más que suficiente para mi imaginación,
coloqué el libro en el lugar del que lo había tomado y regresé
a casa. Días después, grande fue mi sorpresa al encontrarme
en el escritorio de Dominique Van Decross, el bibliotecario
desaparecido, un tomo de la enciclopedia de Luigi Serafini, edición de Franco Maria Ricci. Aproveché que estaba
solo y lo tomé prestado de la mesa. Como el lector puede
ya prever, había algo en la pagina 64. Al abrirlo, encontré
en el un par de hojas cosidas y dobladas a la mitad, escritas a

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máquina. Me senté a los pies de una escalera, a la salida del
edificio, y bajo la mirada de un icono ortodoxo comencé a
leer el documento.
No lo transcribo en este relato no sé si por egoísmo o
fi lantropía. En todo caso, era una historia bastante erudita
de la lucha del hombre por su libertad; hablaba de Egipto, el
éxodo, las luchas campesinas de la edad media, la revolución
francesa. Hablaba también de que la Biblia resumía el espíritu del hombre. Que desde la caída de Babel, la humanidad
se encontraba fragmentada, y toda la epopeya bíblica trataba
de la unificación del ser humano en un paraíso futuro. Hablaba de lo complejo y contradictorio de la historia y finalizaba con una definición de Dios, en la que argumentaba que
era el ser capaz, por su misma perspectiva, de ver lo contradictorio como parte de un todo.
Quedé fascinado por lo que había leído. Me pareció, en
ese momento, una obra maestra de historiografía. Poco tardaría en darme cuenta de la verdadera magnitud de lo que
había tenido en mis manos. Durante algunas noches pensé
en publicarlo. Me rondaban en la cabeza frases memorables
y pensamientos bastante agudos a mi juicio. Un domingo
por la mañana, mientras mi mujer se defendía en el supermercado con su escaso holandés, releí el texto. Medité profundamente sobre él, y lo degusté línea por línea. De pronto
caí en cuenta del horror que contenía.
El texto preparaba al lector lentamente. Le daba un amplio contexto y con una implacable y absorbente argumentación, lograba explicar, en quince cuartillas magistrales, “la
contradictoria historia del espíritu humano”. Elevaba la perspectiva del espectador, la colocaba en un lugar amplio y lograba darle sentido a los fragmentos inconexos de la historia
humana. Y si Dios es el ser que por su misma perspectiva,

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logra ver lo que otros no ven y logra darle sentido a las contradicciones, el espectador se convertía, tras haber leído el texto,
en el propio Dios. Lograba ver como Dios y sentir como él.
La idea me llenó de repugnancia. Me sentía horrorizado. Había visto la complejidad del universo humano y me
había salido de ella, para comprenderla como si se tratase
de una mala película. Ya nada tenía sentido. Desde joven
encontraba apasionante las historias de esta índole. Ahora
me resultan estúpidas y dañinas. Borges dice, de manera un
tanto infantil al final de uno de sus cuentos, que después de
haber visto el Aleph, no veía sino rostros conocidos en las
calles. Nunca antes encontré esa frase tan banal.
Creo que la única razón por la que no he enloquecido
tras haber leído el texto, es porque quería poner mi testimonio por escrito. No sé que sería de la vida de Dominique
Van Decross, pero seguro que no lo veremos más por aquí,
quién sabe. Al poco tiempo de comprender la verdadera naturaleza del diabólico texto, dejé el oficio de bibliotecario.
Las llamas devoraron el libro. No me he arrepentido aún.

Guerra
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Muchas veces, en una ciudad en guerra, nos resulta fácil abrir un muro, un trozo de algo que pareciera ser una
calle deformada por las bombas, e ingresar en un mundo
más pacífico. Nada deslumbrante; quizás un pequeño jardín
escoltado por edificios que ahora yacen en ruinas. Un parquecito interno habitado por un árbol noble, y cicatrizado
por un tendedero con ropa que ya nadie recogerá, que nos
permite refugiarnos del dolor que nos rodea.
Cada uno de nosotros libra una guerra propia dentro
de sí, la cual se proyecta a una escala superior. Las ciudades
son, así mismo, organismos vivientes que convulsionan bajo
los efectos de sus catástrofes intestinas, pero la mente humana está llena de habitaciones vacías y pasadizos en donde
la conciencia puede escapar del sufrimiento, y también los
tienen las urbes.
Es increíble la cantidad de seres humanos que escapan
día a día a su realidad, o a una de sus realidades, y penetran
en una interminable red de caminos, parques, patios traseros, subterráneos, en donde la paz parece no haber muerto del todo. Duermen en las calles, o en algún hogar ajeno
que ya nadie reclama. Algunas veces lloran por los que se

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han ido, aunque la mayor parte del tiempo permanecen rígidos, y uno puede reconocerlos por su mirada serena, como
la mirada de la gente que está acostumbrada a la pobreza, si
convive el suficiente tiempo en su mundo.

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Con escasa comida, juntan todo lo que pudieron salvar de las bibliotecas en llamas, y se reúnen a discutir sobre
temas que en otro entorno resultarían triviales. Los viejos
cuentan historias folclóricas a los más jóvenes con una memoria tan precisa que llena de esperanzas y permite olvidar,
por momentos, la destrucción de obras de arte y libros invaluables que está teniendo lugar a tan solo un par de metros.
Fueron las condiciones de horror, las que me condujeron a esta suerte de secta humanista, en la que han vivido hasta ahora. Ha sido la única manera que han tenido de
sobrevivir. Muchos dicen que lo único que hacen es construirse un mundo irreal para escapar de su entorno. Quizás
tengan razón, pero en este mundo paralelo son más felices,
o al menos no tan desdichados. En un mundo sofocado por
la crueldad, esta existencia de paria es la única que les resulta tolerable.

El Monje
El monje, sin saber lo que tenía en sus manos, o sin
considerarlo de mayor importancia, rompió el trozo de pergamino que más tarde sería solicitado por las autoridades de
la abadía. Durante años de su vida, el monje se dedicó a recuperar los fragmentos desiguales y confusos de este texto
misterioso. Deterioró su visión con un cristal de mal aumento, uniendo y restaurando los pedazos de un códice que
comenzaba a revelar los secretos que la memoria, debilitada
desde los comienzos de la Historia por el uso de la escritura,
había olvidado hacía tanto tiempo. Se trataba de un manuscrito que recogía, ahora lo recordaba, uno de los muchos
intentos fallidos de calcular la trayectoria de un proyectil.
Habiendo concluido su labor, aunque sin haber encontrado rasgos de relevancia en el papel, se dirigió, siguiendo las instrucciones del abad, a la biblioteca del monasterio,
pero nadie parecía recordar el sofocante deseo de recuperar
el manuscrito perdido, que hasta no hacía mucho, invadía a
todos los miembros de la orden. Nadie excepto, tal vez, una
nota torpe, probablemente del ahora difunto abad, que indicaba que el texto debía ir a parar a manos del rey.

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Y partió de esa forma el monje, con poco dinero y un
trozo recompuesto de pergamino, que el tiempo ya se encargaría de deshacer nuevamente. Pero nadie quiso atenderlo. En la corte, los sabios despreciaron el trabajo de toda su
vida, y negaron las peticiones del rey por conservarlo. Tampoco mostraron gran interés por él, el obispo de la ciudad o
el jefe del ejército. Nadie en todo el reino dio importancia
a aquel pedazo escrito de piel de cabra, y éste no tuvo más
opción que resignarse a la voluntad del desuso.

Richard Montenegro

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BARCELONA

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Naguanagua 30/ XI/ 1992

No todo lo que reluce es oro,
Ni todo caballero errante anda perdido.
Gandalf el gris.

¡Hola Cariño!
Son las diez y diecinueve… perdón y veinte minutos.
La noche es ligeramente húmeda y fría. En el cielo no hay
estrellas que ver, esos refulgentes trozos de pasado. De fondo
“Let´s get rock” de Deff Lepard en Cultural, informativa
y musical, Radio Nacional, canal ligero; la canción es
pegajosa y el video es interesante.
Aquí me tienes escribiéndote de nuevo a pesar de que
no he recibido contestación de la anterior carta, aunque no
sé si te llegó. He pensado en ti todo este tiempo que has estado afuera haciendo el curso introductorio. No lo he podido
evitar desde lo que me dijiste aquella vez en tu casa, cuando
me tocó improvisarle una ensalada a tu papá en el almuerzo.
Realmente me dejaste frío, nunca me imaginé que estuvieses enamorada de mí. Más aún cuando cargas a un novio
encima y yo estuve durante meses enfermizamente obnubilado con la cintura y cabello rizado de tu prima. Nunca
pude percibir algo que me indicara eso, sobre todo por el

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fuerte encontronazo que tuvimos el día que nos conocimos.
Encuentro que me dejó sangrando un buen tiempo y aunque
después mejoró nuestra relación, siempre te traté con cierta
distancia debido a ese hecho. A pesar de que me encantaron esos ojos azules desde el primer día que los vi. Estoy
prácticamente obsesionado y sin dormir después de tamaña
confesión. Pasando muy poco tiempo del pensarte a besarte
en el pasillo de tu casa. Al principio a la fuerza pero después con tu anuencia, mientras tu novio y tus padres estaban
hablando pistoladas en el porche. Definitivamente aprendí que hacer esas cosas a escondidas te enciende el deseo.
Últimamente estoy como horno de maestro vidriero. Creo
que nuestra relación ha mejorado drásticamente y sí que la
he disfrutado. No te imaginas el gozo que me provoca cada
caricia oculta que nos damos a las espaldas de tus padres o
de tu novio mientras nos llaman cuasi hermanos. La noche
anterior al día de tu partida fue simplemente espectacular,
pero de eso hablaremos más adelante.
Ahora vienen las preguntas para ti ¿Cómo te ha ido?
Eh, me imagino que bien y con muchas cosas que hacer:
estudios, lecturas, amigos y muchas vacas para que aprendas a ordeñar. Tremenda combinación, además del deseo
que debes tener de acogerme de nuevo ¿Creo que soy un
poco engreído, no lo crees así? Espero que todo esté relativamente calmado por allá, porque por aquí la situación es
un bochinche, de aquí en adelante de repente te atosigue
con mis arranques de cronista. El ambiente está cargado de
no sé que, con todo lo que ha pasado que no es más que otra
intentona militar. Chica, definitivamente se están poniendo
de moda y lo más gracioso es que la gente sabía lo que iba
a pasar y cuándo. Llegó el 27 de noviembre y ta tata taán,
aldabonazos a la puerta, bombardeo de Caracas, proclama

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televisiva, con todo y llamado a la gente para que se sumaran
a las revueltas y adivina lo qué pasó: La gente se levantó rápidamente a …
Comprar víveres en cívicas colas. Una cantidad risible
de universitarios sale en marcha de protesta ante los 34 años
de una pseudodemocracia que dizque les dio la posibilidad
de entrar a una Universidad y la gente los mira como a alguien disfrazado de San Nicolás en Semana Santa. Mientras
en la Capital la gente se mataba de una manera estúpida y sin
necesidad, aquí en Sulacocity “como si nada”, tiendas abiertas, transporte, el ejército acuartelado y eso sí, ni un solo
policía a la vista.
El único lugar donde hubo una escuálida concentración (de la llamada por ellos mismos “vanguardia universitaria”) fue en la Ave. Universidad cruce con Mons. Esaa, muy
cívica por cierto. Se cantó hasta el Himno Nacional con
errores y todo, porque la retaguardia universitaria no tiene
muy claro cómo vienen los versos y estrofas de la cancioncita de cuna. Entre las 8 AM y las 11 AM no hubo desorden
pero tampoco ni una sola idea aglutinante, sólo gamelote
seco producto de la mala digestión de los resúmenes de los
libros del pedestre hermano mayor de Groucho Marx, Carlitos, del anís y las canciones de Alí Primera. Me imagino
que muchos de esos “estudiantes revolucionarios” terminarán como respetables funcionarios públicos del régimen de
turno, a despecho de que sea revolucionario o no.
NS-TV, televisora regional movilizó sus cámaras al sitio en la cobertura de una manifestación de repudio al gobierno, para afirmar en su señal que era de apoyo a éste. Pero
las imágenes hablaban por sí solas y tuvieron que cortar la
transmisión, justo antes de que a las 11:30 llegaran ocho piquetes de los hijos ilustres de López Contreras para dispersar

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al escuálido grupo a punta de perdigones y golpes de panda a diestra y siniestra. Al día siguiente la televisora regional transmitió cómo la población se retiró cívicamente al
conversar la SN con ellos, perdón la GN, algo simplemente
repugnante. Pero la gente “como si nada” a pesar de los cacerolazos, los pitazos y marchitas de protesta que de vez en
cuando hacen por no tener nada mejor que hacer.
Qué manera ésa, la de los rebeldes de desperdiciar algo
tan precioso como es la vida, la de otros generalmente. Ya lo
hicieron el cuatro de febrero, cuando en Caracas se cometieron los más grandes errores tácticos y en Sulacocity murió
gente por nada. Eso me hizo recordar las clases de Instrucción Pre-militar, donde siempre estaban los alocados y bisoños oficiales hablando de futuros enfrentamientos. Como
si nosotros conociéramos de qué hablaban. Comentarios
que siempre nos dejaban como pajaritos en grama mientras
desarmábamos la subametralladora “Uzy” y que eran olvidados rápidamente por la pugna entre mi liceo y el Pedro
Gual. Que casi siempre se resolvía en un enfrentamiento a
las puertas del fuerte.
Siempre mi papá lo ha dicho, en las fuerzas armadas venezolanas no se puede confiar. Tan sólo tienen un puñado de
oficiales capaces y honrados y ninguno tiene la capacidad de
Medina Angarita. Siendo por lo general uno de los poderes
más corruptos, capaces de venderse al mejor postor. Quién
nos garantiza que se comportarían cívicamente si hubiese
llegado a ganar este grupito de emboinados.
Hagamos ahora un paréntesis, me parece que es el momento de parar un poco la crónica y hablar de nosotros, de
lo que sucedió ese día antes de que te fueras. Qué noche
aquella la de aquel día. Cuando con el pretexto de ayudarte a empacar el morral fui a tu casa para “conversar”, aun

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cuando tú no querías alternar mucho debido a la situación
que mantienes con tu novio. Situación en la que persistes
debido (según tú) a un chantaje. Para serte sincero no estoy
pidiéndote matrimonio. Sólo quiero estar contigo, pero en
fi n sólo quiero recordar cómo después de empacar nos fuimos al porche para que me dijeses que no podíamos continuar. Yo no admití tu negativa y simplemente te besé para
luego acariciarte. Decías no, pero sentía cómo tu respiración comenzaba a hacerse más profunda, tu piel comenzaba a ondear y tus pezones alcanzaban alturas insospechadas.
Volvías a decir “No, por favor”, pero puedo recordar como
sonreías cuando acariciaba tu entrepierna que parecía una
bahía a donde comenzaban a llegar para romperse, cálidas
olas. Yo sentía como el calor aumentaba en tu garganta subterránea, mientras más deseaba besar tu verbo sacro. La humedad aumentaba y no sólo era la tuya, te besaba y sonreías,
tú ponías alcabalas y yo las bordeaba mientras sonaba al fondo “Tren al sur” de Los Prisioneros. Cerrabas con fuerza tus
piernas pero seguías consintiendo mis caricias, tus pechos se
parecían a los Andes. No dejabas que bajara el cierre. Decías
“No”, pero yo te vi disfrutar y luego comenzaste a acariciar
esa mano que recorría tus senos, tu abdomen, tu vientre,
tu espalda y esas turgentes nalgas. Me sorprendiste cuando
comenzaste a acariciarme tú, mis manos fueron directo al
cierre y te negaste nuevamente, pero ante un sublime espasmo eléctrico abriste tus piernas a todas mis caricias así como
tu corazón. Tan plena, confiada, receptiva que me inundaste del rocío nocturno; mientras yo estaba en ti como tú en
mí, me decías jadeante ¡alguien puede levantarse! Pero ya
no importaba. Comenzamos a oscilar como el oleaje en esos
viejos muebles basculantes que de vez en cuando chirriaban
para aumentar la posibilidad de ser descubiertos y así acre-

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centar el morbo. Me cubrí de tus olores que desde ese día
quedaron incrustados en mi memoria, así como cada gesto
y expresión de tu rostro. Cada gemido tuyo se grabó en mi
respiración. Finalmente te besé a mitad de ti, luego te fuiste
pero tu esencia se quedó conmigo.
Luego me quedé dormido pocos minutos pero parecieron todo un día. Hasta que tu madre me despertó en el desde
ese día añorado mueble donde viven juntos nuestros aromas.
Me sirvió el desayuno como corresponde a su hijo postizo
en el decir suyo. Yo esperaba que te levantaras. Cuando eso
sucedió no te imaginas el gozo que fue verte y recibir tu
beso en mi mejilla, mientras tu madre nos ensalzaba como
angelicales hermanos, sin saber nada. Luego llegó tu novio
para llevarte al punto de encuentro del grupo de tu curso
introductorio. Te abracé mientras sutilmente te acariciaba
debajo de la ropa. Después de eso me tocó darle la mano
pecadora y cómplice a tu novio y yo simplemente sonreía
cuando percibía tu aroma, que me envolvía. Luego te fuiste
y yo me quedé pensándote.
Bueno volvamos a la crónica, creo que debes estar preguntándote cómo es que estoy tan al tanto de los acontecimientos, pues te explicaré: ese día de zafrisco decidí salir a
comprar el pan para el desayuno en el Central. Casualmente
me conseguí con unas amigas que se ofrecieron a llevarme
y terminé rodando por toda la ciudad, pasando por cuanta
guarnición había. No te imaginas la sorpresa al enterarme
que formaban parte del ala civil del alzamiento dedicadas a
labores de “observación e inteligencia”. Si algo era seguro es
que esas sifrinas no tenían nada que hacer por las tardes en
su casa. Tuve que acostumbrarme a mi labor insurreccional
viendo a través del vidrio trasero de un rústico, no sin antes
elevar mi respectiva protesta porque necesitaba comprar el

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pan. Algo que me causó mucha risa fue el ver los respectivos
salvoconductos. Te hubiesen gustado mucho porque eran
tarjeticas con imágenes de esas barajitas que tienen dos niñitos dibujados y dicen “Love is”. Con salvoconductos como
esos no me extraña, que la intentona hubiese fracasado. Si
algo quedó más que demostrado después de comernos nuestros transnacionales croissants revolucionarios rellenos del
mejor queso gouda y salchichón, acompañados de bebidas
energéticas, es que mis amigas eran sifrinas y cursis sea de
paso dicho. Bueno, no me quejo y no es cristiano criticar a
quien te alimenta. Ah como te decía anduve un buen rato
con ellas e inclusive íbamos en el rústico detrás de los ocho
piquetes. Cual caravana de vaqueros como en las comiquitas
de la Warner Bros y los piquetes ni pendientes. Si mi madre se enterara dónde estuve me desheredaría, mientras mi
padre me hubiese quitado el apellido no sin antes haberme
gritado como el sólo lo hace: ¡Bolsa!. Finalmente después
de mucho ver la poca acción que hubo en Sulacocity, me
dejaron en la casa sano y salvo por supuesto después de haber
comprado el pan respectivo que llegó a casa mucho después
de la hora del almuerzo.
Muertos y más muertos, el 27, el 4 y por supuesto el 27
y 28 de febrero del 89 con sus miles de muertos innecesarios.
Sí, innecesarios a pesar de que te molestes porque no tiene
sentido salir a saquear porque al gocho se le ocurrió subirle
medio a la gasolina. Acabando con cuanto negocio de Musiú
que te fiaba debido a una supuesta especulación, que por lo
menos aquí en Sulacocity yo no vi. Cargando con media res
y borrando la deuda acumulada, para después andar pelando
porque ya no hay abasto. No es que no quieran fiarte, es que
acabaron con el abasto y si de algo estoy seguro lo que viene será peor. Y que conste, no estoy justificando al gocho,

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okey, pero por culpa de unos pocos pagó un gentío. Bueno
me imagino que a esta altura de la carta tendrás la cara muy
parecida a la rodilla. Así que voy a reconocer el único aporte
tangible a mi juicio “por ahora” del 27 y 28, el término periodístico “Caracazo”. Ahora debes tener la cara como una
rodilla de nuevo; así que hablando en serio, lo único que
debemos brindarles a los caídos es justicia, a los de la peste y
a los de los otros pozos que deben existir en el país.
Ah, ¿qué te parece? Una sarta de rebeldes que se va a
Perú en C-130, sin dar la cara, para ser recibidos por el pana
de Fujimori. Un político así es lo que necesitamos en Venezuela, con visión de futuro y ganas de trabajar duramente.
Pero con respecto a los fugitivos hay que estar en su pellejo para poder criticar con profundidad. Defi nitivamente le
cayó como anillo al dedo esta intentona al gocho. Ahora le
dará más largas al asunto del cuestionario. Ahora bien, todo
el mundo acosando al presidente de todos los venezolanos y
venezolanas, pero ¿si se va? ¿Cuál es el proyecto alternativo?
Y ¿Quién lo propondrá? ¿La situación será mejor que ahora?.
A veces más vale malo conocido que bueno por conocer y
lo último ¿te enteraste de cómo fue disuelta la marcha de los
ancianos dirigida por Ochoa Antich? Ancianos que pedían
el pago de su exigua pensión, me imagino que no, pues bien
a punta de gas y otras cosas; terminando preso ese agitador
de Ochoa Antich, jmm cosas de la vida.
A veces me pregunto qué puedo hacer y no consigo
respuesta fácil a eso, mientras Venezuela se resquebraja y el
mundo se cae a pedazos. Pero no podemos permitir que se
nos vaya la esperanza. El tiempo es malo, por eso hay que
poner contenta la cara y redoblar las ganas. Algo viene y
no sé precisamente qué es, pero debemos estar preparados
para la nueva era y debemos estar listos para vivir lo nuestro.

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Guau, ya me siento como un escritor postmoderno rescatando ese género decadente de la literatura epistolar. Una
de las razones por la que te regalé el Drácula de Bram Stoker
era para que te acostumbrases a leer cartas, ya que donde estás ni teléfono tienen.
Bueno Cariño, ya te puse al día de lo que ha pasado
por aquí y realmente espero no haberte aburrido con mis
desplantes sociológicos. Aunque no sé si para ti es más aburrido estar tratando de aprender a ordeñar una vaca o leer mi
kilométrica carta. Pero si ya llevas un buen trozo de Drácula
debes estar curada en salud y más que preparada para leer lo
que te escribo. Algo de lo que debemos hablar cuando vuelvas, ¿por qué estás con alguien a quien no quieres?, ¿cuál es
el chantaje?, ¿cómo es eso? ¿Qué es lo que no quieres que
sepan tus padres? No creo que hayas hecho algo tan malo;
aunque eso es discutible. Eso es difícil de entender y honestamente espero ganarme tu confianza y que me ayudes a
entender semejante paquete.
Espero verte lo más pronto posible. Aunque (aquí entre nos) es medio suicida el montarle cuernos al hijo del comandante de una unidad del ejército encargada de masacrar
a catorce pescadores en Apure hace algunos años. Porque
según ellos eran guerrilleros, pescadores que por cierto murieron casi todos en un combate donde los “guerrilleros de
la pesca” (oye está bueno para el nombre de un grupo musical) terminaron todos con una bala en la nuca.
Esto sólo puede significar que si no estoy loco por ti,
simplemente estoy loco. Pero como dice Cool McCool “Yo
amo el peligro”. Quiero atunearte, cargarte y mordisquear
cada uno de tus lunares de pies a cabeza y besarte nuevamente a la mitad de ti. Ah, por los momentos creo que deberíamos ocultarle la situación a tu novio por un tiempo

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prudencial.
Ah, otra cosa, ¿cómo tú, tan New Age y defensora de
los derechos humanos, puedes estar ligada con alguien con
esas características? Imagínate los genes que debe tener, y si
terminas casada con dicho asesino en potencia, piensa en la
carga genética que le dejarás a tus hijos. Uff... como único
vástago de tu familia deberías pensar en tus padres y en evitar la multiplicación del mal en la tierra. Es más ya me imagino los titulares de los periódicos “NIETOS ASESINOS”,
lo demás se lo dejo a tu imaginación. Eso es algo que debemos hablar largo y tendido.
En fin, todo lo que pasó y la gente sigue caminando
por la calle ajena a todo, preocupándose tan solo por…
Comprar un gorrito de San Nicolás.
Aquí estoy y sigo encadenado a tus aromas.
Tu amantísimo Alberto Montecariñoso.
PD: Me han dicho que donde estás hacen un queso telita muy bueno, te agradecería que me mimaras trayéndome
una buena cantidad. Chao.
Nota del Traductor: Este texto proviene de un taller de antipropaganda dictado por E. Gómez, M. Caballero y N. Moreno con el patrocinio de la
Fundación Branger (Caracas, agosto de 2002). El autor, Alberto Montes
Calligari, además de haber sido el más aventajado del curso, es uno de
los más grandes estafadores de la ciudad de Valencia de San Simeón
el estilita. Entre sus delitos, destacan la venta fraudulenta del estadio
“José Bernardo Pérez” y de ñapa el monolito de la Plaza Mayor a unos
honrados e incautos turistas alemanes; la anunciada, fallida y falsifica-

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dora exposición de Afiches Maoístas de la Revolución Cultural en los
espacios del consulado de Francia (a tal respecto adujo su fracaso en la
política antisemita del honorable cónsul, el excelentísimo Jean Louis T.);
y, peor aún, servirse de un cuadro de Vladimir Zabaleta (descomunal su
formato) en tanto mesa de billar en la que los dioses griegos diriman sus
diferencias en la construcción de la historia de la humanidad. En la actualidad, está solicitado por el Mossad, el F.B.I. y el Ateneo de Valencia
por no pagar deudas de juego. Habrá una generosa recompensa por su
paradero: Sólo Dios satisface.

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Yilly Arana

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UN ASUNTO PRIVADO
-Aló - dijo la dulce voz femenina al otro lado de la
línea-, “NEMESISTEMA. ASESORES CORPORATIVOS” a sus órdenes.
-Buenas tardes. Estoy llamando por lo del aviso del
periódico…
-Espere un momento, le comunico con uno de nuestros promotores. Por favor, no se retire.
-Gracias…
Heriberto González Grass soportó unos compases de
la canción de ese verano, utilizada como cortina musical
para el tiempo de espera, y al cabo de unos instantes una
voz fi rme se puso al habla.
-“NEMESISTEMA. ASESORES CORPORATIVOS”, dígame en qué podemos servirle.
Le llamo por lo del anuncio de prensa…
-Umjú…-con tono de hastío-.
-¿Es verdad lo que dice allí?
-El anuncio no “dice” nada; sólo informa de nuestros
servicios por medio de la utilización de símbolos gráficos
cuyo significado convencional permite transmitir mensajes entre sujetos previamente alfabetizados. A estos signos
se les conoce también con el nombre de “letras”; las letras

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componen “fonemas”; varios “fonemas” hacen una “palabra”; varias “palab…
-¡Caramba! Tampoco es para que me ofenda, señor.
-Yo no puedo ofenderle –aseguró esta vez el asesor, suavizando un poco el tono aunque sin perder la severidad-. Es
cosa suya si usted, en su poca autoestima, elige sentirse ofendido
por mi reconocimiento inmediato de sus evidentes limitaciones intelectuales.
-Cierto, señor. Usted disculpe, le entendí mal. Trataré
de no incomodarlo mucho; pero es que quería saber…
-¿“Quería”?… ¿Es que ahora ya no quiere?... ¿Y para qué
estamos hablando entonces?
-¿Perdón?... No, bueno… Lo que quise decir…-y el potencial cliente tragó grueso-.
-…pero que no dijo...-apostilló su implacable interlocutor.
-Está bien, está bien: Les estoy llamando para saber si su
empresa puede encargarse de desalojar a un inquilino muy
molesto que tengo. Ustedes aseguran que pueden hacerlo en
menos de setenta y dos horas.
-De que podemos, podemos –declaró con evidente y
profesional autocomplacencia la voz al otro lado del hilo-. Y
nuestro récord es de un par de horas a partir de la firma del
contrato. Claro está, siempre que su estómago pueda resistir
un poco de sangre. Nuestra efectividad es inversamente proporcional al grado de pacatería y ñoñez del cliente.
-Bueno… En realidad yo no quiero que nadie salga lastimado; pero si no queda otra forma de hacer que el bicho ese
me devuelva mi casa... La verdad, el par de viejitos y la niñita
no molestan mucho; pero el pelúo ese… Fíjese que ahora le
dio por regalarle libros a los carajitos en el parque… ¡Vaya Ud.
a saber qué se trae entre manos! Porque seguro que lo que

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busca es ganarse su confianza para después abusar de ellos, el
muy degenerado… El otro día…
-Señor, los cuentos no nos interesan –le cortó en seco la
voz autoritaria- ¿Quiere concertar una cita, sí o no? Nuestra
firma no discute de negocios por teléfono.
-¿Cómo dice? Bueno… Sí claro. Pero quería… Es decir,
quisiera saber cuánto va a costarme todo eso: Hace un mes le
consulté el asunto a un abogado amigo mío…
-Je, je, je…
-¿De qué se ríe?
-Escuche señor…
-…González Grass. Heriberto González Grass –y añadió con orgullo: - Mi madre es alemana; pero mi papá es de
Caripe.
-¡Rancio abolengo, eso me gusta! Bien, le voy a explicar
una cosa, señor González Grass: acudir a los Tribunales no le
resolverá el problema. Usted, por nada en este mundo debe
considerar siquiera esa opción. De hecho, lo que ocurrirá si
demanda usted a su inquilino, es que va a pasar los próximos
diez años de su vida acudiendo a cada rato a unos sitios bastante feos, atestados de gente malhumorada, escuchando palabras incomprensibles y destrozándose los nervios… ¿Y todo
para qué? Pues para que al final –si es que logra desalojar al
criminal violador de su vivienda, cosa que ocurre en muy pocos casos- su “amigo” el abogado se termine quedándose con
la casa, alegando que usted le debe dinero. Esa es la verdad: Al
final, usted pierde su juventud, su dinero y su casa –ahora el
asesor había adoptado el tono paternal de quien trata de hacerse entender por un niño o por un idiota-.
-¡Susto! ¿Ud. cree?
-No lo “creo”, señor; estoy seguro. Precisamente,
nuestra empresa es líder en su área porque entendemos que

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todos, y subrayo TODOS, los problemas son privados y en
consecuencia, deben resolverse privadamente. Si usted no lo
intuyera así, no nos hubiese contactado ¿verdad? –hizo entonces una estudiada pausa dramática, antes de dar el puntillazo definitivo-. Ahora bien, honestamente debo reconocer
que nuestra tarifa no es la más económica; sin embargo,
puedo asegurarle que es de las más competitivas del mercado
en materia de privatización de confl ictos. Créame, usted no
debe preocuparse por eso, amigo. ¡Puede considerar que su
problema ya está resuelto!
-Y ¿cuánto me costaría?
-Tenemos una tarifa por campaña básica que cubre las
primeras cuatro semanas de operaciones. Por lo general eso
basta; pero si así no fuese, puede contratar entonces el paquete “Premium” que se calcula por módulos y es directamente proporcional a la resistencia del inquilino. Este
servicio garantiza el cumplimiento del objetivo y, además,
usted participaría, sin cargo alguno, en nuestros sorteos especiales para clientes V. I. P.
-¿Dan premios?
-Sí. Nada en metálico. Sólo cruceros con todos los gastos pagados.
-¡Wuau, eso es increible!
-No tanto, sólo aprovechamos las ventajas de la libre
empresa: tenemos un convenio con “Caribe Wild Tours” y
su flotilla de catamaranes first class.
-Muy bien, caballero. Ahora dígame, por favor, ¿dónde
están sus oficinas?

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...
La tarde de aquel jueves de marzo hacía un calor sofocante en el centro de la ciudad; sin embargo, indiferente por
completo a ello, en el interior del amplio Pent House que
ocupaban las oficinas de NEMESISTEMA, ASESORES
CORPORATIVOS reinaba una atmósfera tan fresca como
sólo puede encontrase en aquellos lugares acostumbrados
por completo al éxito. Cómodamente sentados en el lobby
de la lujosa oficina, la pareja constituida por el gordito González Grass y su consentida esposa Tatiana Enriqueta Viturro de González (La “Tati”, como le gustaba que la llamaran
sus amistades) esperaban desde hacía quince minutos. Frente
a ellos, en el módulo de la recepción, una rubia que parecía
sacada de la mansión Playboy acariciaba el teclado de una
moderna computadora al tiempo que contestaba el teléfono.
Ambos esposos se miraban nerviosamente y sonreían como
niños que se preparan a cometer una travesura. En las piernas del marido descansaba un maletín negro, de cuero, fuertemente cogido por sus asas.
En ese momento la despampanante recepcionista se
ajustó el auricular -apenas disimulado por su melena dorada- y, tras un rápido intercambio de palabras muy breves
con alguien invisible, levantó la vista de su terminal, le obsequió una radiante sonrisa a la pareja y alisándose la falda
salió de su reservado. Con un amable gesto les indicó que la
siguieran por el pasillo de mullida alfombra que separaba su
puesto de trabajo del resto de las oficinas.
-El señor Battista les recibirá enseguida. Adelante, por
favor –dijo, al tiempo que abría la maciza puerta de madera
pulida del despacho de su jefe.
El tal señor Battista resultó ser un tipo contradictorio:
De baja estatura, se había salvado por poco de ser enano; sin

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embargo, había algo de inquietante en su porte, como si se
tratase de una especie de zorro de ojos saltones enfundado
en un traje de casimir inglés, de excelente corte. El asesor
ocupaba un enorme escritorio de madera de caoba que lucía desproporcionado con relación a su ocupante. Levantó la
vista de los papeles en que estaba trabajando y dejó estos en
un rincón del mueble. Entonces se levantó ágilmente de su
silla y cruzó la espaciosa estancia para estrechar las manos de
sus nuevos clientes. Llevaba el pelo engominado y se peinaba con un ridículo copete ondulado, estilo años treinta, que
le hacía parecer una muestra médica de gangster de película.
Sólo le faltaba una flor en el ojal para completar el cuadro.
-Encantado de conocerles, amigos –siseó en forma melosa, aunque con un timbre chillón que acentuaba su aspecto
de roedor. –Heidi, traiga café para los señores, por favor-dijo dirigiéndose a la rubia al tiempo que le guiñaba un ojo.
-Gracias señor Battista, es muy amable en recibirnos
–contestó a coro el matrimonio.
-Tomen asiento por favor, y disculpen la demora en
atenderles –dijo Battista frotándose las manos e indicándoles
un par de cómodas sillas frente a su escritorio-. Es que tuve
que solventar un pequeño inconveniente; pero gracias a la
maravillosa tecnología de la Internet, hoy día podemos realizar desde una video-conferencia hasta chequear nuestras
finanzas aunque estén muy lejos de aquí, en las Islas Caimán
por ejemplo, ¿eh? Y ya que hablamos de finanzas… ¿Trajeron el dinero?
-Oh, sí, por supuesto –respondió inmediatamente Tatiana, con su habitual deseo de demostrar su liderazgo conyugal. Y dirigiéndose a su dócil maridito: –Dáselo, “Berto”.
Con un movimiento que había ensayado la noche anterior frente al espejo, Heriberto colocó el maletín sobre el

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pulido escritorio del señor Battista quien frunció casi imperceptiblemente el ceño, aunque no dijo nada. No en vano su
lema de vida era “El que paga, manda.” Cuando el gordito
sacó del maletín varios gruesos fajos de billetes, el engominado ejecutivo se chupó los labios con un ruidito desagradable. Fue el único gesto que se permitió. Tatiana y Heriberto
se miraron a los ojos, complacidos: eran unos auténticos
triunfadores. Battista seguía imperturbable, mirando el dinero y sin hacer nada. Tatiana miró interrogadoramente a su
marido, quien se encogió de hombros y carraspeó levemente para llamar la atención del asesor; el cual seguía mirando,
impávido, el montón de billetes. Heriberto carraspeó más
fuerte todavía. Entonces, lentamente y sin mover un músculo más de los estrictamente necesarios para ello, Battista
ladeó un poco la cabeza y sus ojos desorbitados se clavaron
en sus interlocutores, con una mirada vacía, de pozo profundo. Parecían los ojos sin vida de los tiburones. A la vez,
una mueca mal disfrazada de sonrisa se formó en su pálido
rostro.
-Cuando contemplo a Dios siempre experimento una
especie de arrobo ante su grandeza –dijo al fin-. ÉL es el
gran misterio que todo lo puede. No hay enemigo que no
venza ni obstáculo que no remueva. ¿No lo creen así, amigos míos?- dijo con su voz de falsete.
-¿Dios? No le entiendo. Esto es el dinero que acordamos… Sólo dinero –dijo Heriberto. La Tati asintió; más por
no quedarse sin hacer nada que por haber entendido algo.
-Eso es cuestión de criterios, señor mío –repostó Battista conservando su amarga sonrisa.

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-Dos meses más tarde Perico Fuentes salió temprano
rumbo al trabajo. Cerró con llave la puerta de la casa donde vivía desde hacía tres años y se dispuso a enfrentarse al
mundo con paciencia, como siempre. Entonces, lo que vio
le crispó los nervios: La cabeza de su perro, Corasmín, estaba ensartada en la reja del porche con una nota escrita que
decía “La culpa es tuya, por terco”. Con la vista nublada por las
lágrimas maldijo mil veces a su enemigo invisible, el mismo
que desde hacía un mes sistemáticamente venía embadurnando con mierda el picaporte de la entrada y también le
había arruinado las plantas del jardín –única distracción de
sus abuelos- envenenando la tierra de las macetas con aceite
quemado de motor. Ya esto era demasiado. Salió a la calle
y durante casi media hora recorrió la acera y los alrededores de la casa buscando el cuerpo del pobre animalito; pero
no lo encontró. Así que hizo de tripas corazón y tragándose
la rabia el hombre desprendió suavemente, como si temiera
poder lastimar a su amigo, la macabra advertencia de la reja
de entrada. Luego se dirigió al patio del fondo y la enterró
en completo silencio. Lo mejor era que los abuelos no se enteraran. A Julietica tendría que decirle que el perro se había
ido con unos amigos… O mejor con una novia, para casarse
y tener perritos y ser felices en la ciudad de los perros. O
algo así por el estilo. Al terminar entró de nuevo a la casa y
se dio un baño para quitarse el sudor y la tierra. Cuando se
estaba enjabonando se puso a llorar como un niño, de pura
impotencia.

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-¡Pápiiiii –gritó Conchi desde la sala de estar a su padre, que en ese momento se encontraba desayunando en la
cocina y a punto de salir corriendo para la oficina-, ahí está
al teléfono el tipo ese, otra vez!
-¡No, no, no, hija. Dile que no estoy! –susurró agitado
Heriberto y caminando de puntillas se dirigió a su mujer
que ya iba por la segunda taza de café-: No sé, Tati, atiéndele tú… Dile que deje de fastidiar. Sé fi rme. Eso: Dile que
deje el fastidio… que no tenemos nada que hablar.
-¡Ah no! Ya estoy cansada de escuchar sus quejas…
-protestó La Tati- ¡Además, anoche llamó también y tuvo el
descaro de mentarte la madre, el muy grosero!
-¡Pero bueno! ¿Se volvió loco el desgraciado ese?…
Mejor que se deje de vainas, o no respondo. ¡Mi madre es
sagrada, por si no lo sabe el mono ese!
-¡¡Papiiiiii –chilló de nuevo la adolescente, asomándose a la puerta de la cocina- ¡Atiende a tu loco! Yo no me
calo este terrorismo, papi… ¡No sé qué le pasa ahora!... Lo
único que le entendí es que tiene no sé qué problema con un
perro. Dice que va a ir a la Fiscalía… Ay no sé, el tipo es un
ridículo. Atiéndelo tú, nojombre! –dijo haciendo pucheros
y arrojó el teléfono inalámbrico sobre la mesa de la cocina.
Acto seguido salió meneando su trasero quinceañero y rompió a llorar escandalosamente. La Tati encaró a su marido y
agarrándolo por un brazo le puso el teléfono en la boca.
-¡A la beba no me la va a traumatizar ningún malandro,
Heriberto. Ahorita mismo lo pones en su sitio, al bicho ese!
El gordito tragó grueso y alzó la voz lo suficiente para
parecer autoritario; pero sin perder el glamour.
-¿Qué es lo que le pasa ahora, señor Fuentes? ¿Se puede
saber qué modales son esos?

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La Tati forzaba sus tímpanos. Sin embargo no logró
distinguir más que una serie de murmullos. No le gustó
nada cuando el semblante de su marido se tornó pálido y se
le marcaron las venas de la nariz. Heriberto comenzó a sudar y respirando dificultosamente dijo con voz grave: -Haga
lo que crea conveniente, amigo. Yo sólo quiero que salga de
mi casa…- Y luego de una prolongada pausa en la que se le
marcaron las venas de su rechoncha la nariz: -¡Al carajo con
el contrato, a mí no me amarran papeles, mequetrefe!- Y
colgó.
-¿Qué te dijo? –preguntó tímidamente La Tati, quien
pocas veces había visto a su marido perder los estribos de esa
manera.
-Pendejadas. Me salió con una sarta de ridiculeces
acerca de sus derechos… Ya tú sabes: Toda esa labia barata
conque siempre sale para dárselas de entendido el fracasado
ese. Dijo que como no le queremos recibir el alquiler nos va
a consignar los reales en un Tribunal y que, de paso, nos va a
denunciar en la Fiscalía por haberle matado al perro.
-¿Qué le matamos el perro? ¿Tú no habrás hecho eso,
verdad Berto? Tú sabes que todos los animalitos me encantan … Bueno, todos menos las culebras y los sapos, esos son
feos y peligr…
-¡Qué voy a estar matando nada, mujer! –le interrumpió su marido, agitando las manos-. Eso seguro son vainas
de la gente de Battista. Como el idiota ese se empeña en
seguir viviendo en MI casa, a lo mejor quisieron darle un
susto. Y ahora tiene los riñones de venir a amenazarme a
mí… ¿Qué se habrá creído el muy cretino? ¡Ahora sí me va
a conocer! Esta tarde paso por donde Battista: Que me cobre
lo que quiera; pero a ese pichón de comunista trasnochado
lo quiero en la calle… pero YA! Que se vaya a vivir bajo un

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puente, que es donde debe estar, el muy desgraciado. Mira
que nombrarme a mi madre, que es una santa, el muy boca
sucia.
-Pero Berto; ya le pagamos bastante. Él nos aseguró
que lo desalojaba en dos semanas y ya van dos meses. Yo
creo que mejor hablamos con tu amigo Valladares.
-Valladares es un pendejo, mi amor; Battista es un profesional. ¿Vistes las fotos que nos mostró? Además, no le vamos a regalar el dinero: Ya cobró, ahora que cumpla. Tú
tranquila, que esto lo arreglo yo al viejo estilo.


Tres noches más tarde la familia González Grass celebraba con una cena especial la liberación de su casa. La beba
se hacía carantoñas con su noviecito; mientras Heriberto y
Tatiana bebían su tercera copa de vino. La vida había vuelto a su normalidad y se sentían plenos y en armonía con el
mundo tal como siempre lo habían conocido.


Una semana después, Julieta, con sus cinco años, preguntaba a sus abuelos una vez más y como todas las tardes,
por qué su papá no había vuelto todavía del trabajo. Los viejos inventaban una nueva excusa, mientras seguían esperando noticias de la policía respecto del paradero de su hijo.

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Ya era tarde en la noche del martes; sin embargo, las
luces del Pent House de “NEMESISTEMA, ASESORES
CORPORATIVOS” permanecían encendidas. Adentro,
sólo el pequeño jefe continuaba trabajando. Los dos sujetos
entraron silenciosamente y sin anunciarse. Uno era muy ancho de hombros; el otro era flaco y con marcas en la cara. Sin
mayor protocolo saludaron con un gesto a Battista, quien sin
dedicarles mayor atención extendió una mano mientras con
la otra buscaba una carpeta marrón.
-Lo convenido, patroncito. Cuente, cuente –dijo el de
las marcas de viruela- y le dio un sobre abultado al asesor
corporativo.
-Tranquilo, Durán. Ustedes no me van a salir con nada
raro, ¿cierto?
-De todas formas, verifique. Ya lo sabe: “Cuentas claras
conservan amistades”.
Battista contó el dinero. Asintió conforme y sonrió satisfecho. Acto seguido lo guardó en la primera gaveta de su
escritorio y le tendió la carpeta a sus interlocutores.
Allí están los datos. Todos están bastante sanos; aunque me parece que el señor tiene riesgo de hipertensión. En
todo caso, la niña compensa cualquier defecto del grupo:
“juventud, divino tesoro…” –sonrió evocadoramente el señor Battista.
¿Los recogemos donde siempre? –preguntó el grandote, al tiempo que se guardaba la carpeta en un bolsillo de la
enorme chaqueta.
-Umjú –fue la simple respuesta.

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¡… Tatiiiii, mi vida, te tengo un notición! –canturreó alegremente Heriberto González Grass mientras soltaba su portafolios en el sofá y se quitaba los zapatos que
le estaban matando.
-Ayyy… ¿Se puede saber por qué tanta alegría, cariño? -le interrogó su esposa, saliendo de la cocina y secándose las manos con el delantal.
-¿Recuerdas la tarde en que fui a hablar con el señor
Battista para exigirle que cumpliera con el trato? Bueno,
en principio quiso venderme el plan “Premium” ese, el
que contemplaba un pago adicional ¿te acuerdas?...
-Heriberto Rubén… ¿No te habrás endeudado más
con esa gente, verdad? Mira que todos los ahorros que teníamos se los entregamos. Además…
-Pero déjame hablar, mi Tati –terció el marido. No
hubo necesidad de pagar nada. Desde el principio le dejé
muy claro que no iba a darle más dinero, no señor. Incluso debo reconocer que me alteré un poco y le hablé
fuerte…
-¡Ay Heri, me encanta cuando te pones intenso y defiendes a tu familia! Por eso es que me casé cont…
-Déjame terminar, mi gordis: El hombre me miró
feo. Incluso pensé que me iba a echar de la oficina. Sin
embargo, de pronto me sonrió ampliamente, me ofreció
un trago y me dijo que no me preocupara más. Entonces
le pidió una llamada a su recepcionista…
-Umjú, la bicha esa; la catira a juro que no te quitaba
la vista de encima…
-¿Me vas a dejar terminar el cuento? –se molestó el marido.
-Ta` bien, pues.
-Bueno, lo cierto es que parece que habló con al-

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guien de la casa matriz y me aprobaron un plus de servicio o algo así. No le entendí muy bien. Lo bueno es que
no sólo obtuvimos las ventajas del sistema “Premium” –y
ya viste los resultados, ¿no?- sino que esta tarde me llamaron para informarme que NOS-GA-NA-MOS-ELCRU-CE-RO, mi amorcito. Una semana por las Antillas
con todos los gastos pagos. ¿Qué te parece? Salimos este
próximo sábado, mi amorzote; así que empaca y ve tramitándole a la Beba un reposo falso con Eduardito: Que
sirva de algo tu hermanito el médico.
-¡Ay qué maravilla, mi gordito lindo! Eres un genio… -dijo eufórica La Tati, y la feliz pareja se comió a
besos.


A las nueve de la mañana del sábado, la familia González Grass esperaba ansiosa al pie del edificio en que vivían. Sentada sobre las maletas, La Beba movía ágilmente
los dedos sobre el teclado de su celular, comunicándose
amapuches telemáticos con su novio, mientras sus padres escudriñaban el horizonte esperando la llegada del transporte
que los llevaría al Paraíso.
- ¡Ahí está! –gritó de pronto Tatiana, sacándose los lentes de sol. –Niña, levántate y ayuda a tu papá con las maletas.
Una camioneta Van, tipo panel, sin placas pero con
el anuncio de “CARIBE WILD TOURS” cruzó la esquina en dirección al grupo y se estacionó a pocos pasos
de la feliz familia.
-Buenos días –dijo Heriberto.
-Buenos días –respondió el chofer, un hombretón

de espaldas como puertas. –Suban por favor, señor y señoritas –La Tati se sentó en las cómodas butacas y sonrió
complacida por el halago. La Beba ni se percató ya que
seguía chateando por el celular con su noviecito: Subió
automáticamente al vehículo mientras su padre acomodaba las maletas, ayudado por el otro tripulante de la camioneta.
-¿Es todo, señor? –preguntó el sujeto con marcas de
viruela.
-Sí, amigo. Eso es todo…
-Bien, entonces. Antes de abordar el Catamarán
siempre acostumbramos dar a nuestros clientes un brindis de bienvenida. Esperamos que sea de su agrado, señores –dijo el grandote.
-¡Uy, qué rico! –dijo La Tati -Igual que en “La Isla
de la Fantasía”. ¿Te acuerdas, Heri?
-Si, mi vida. Sólo que lo nuestro es real. ¡Tenemos
nuestra fantasía cumplida…!
-Je, je, je –Sonrió el del rostro marcado. -Sí señor:
“El avión, Jefe. El avióooon”.
Y todos rompieron a reír de lo lindo mientras el vehículo se ponía en marcha. Efectivamente, todos iban a
cumplir su fantasía: especialmente los destinatarios de
sus órganos, que gracias al mercado negro, ya no tendrían que esperar por donantes.

FIN

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José Carlos De Nóbrega
UN TRÍPTICO PARA CRISTÓBAL RUIZ

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METARRELATO A LA MANERA DEL BESTIARIO
Monday, September 11, 2006

A Argenis Salazar.

La ciudad se va tiñendo de rojo
tiene un pintor daltónico
con un solo tono
en su paleta de óleo
y un pincel aturdido
por el tiempo
Vielsi Arias.

Tomasso de Samotracia se sintió satisfecho al publicar
su primer libro, una colección de cuentos dispersos durante su periplo intelectual en la ciudad de Valencia de San
Desiderio. Creía fi rmemente haber inventado un nuevo
género narrativo, muy a pesar de la presencia de Slavko
Zupcic, Pedro Téllez y Carlos Yusti como los prevaricadores anarquistas: el minimalismo de las hablillas, variación postmoderna del artículo de costumbres. No quedaba
otra, la perfecta valencianidad le obligaba a limitar su obra
en tan mezquino ámbito; sería la tarjeta verde que lo es-

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tablecería en el pináculo de la pirámide intelectual de la
agangrenada ciudad. Sin embargo, se permitía ridiculizar
en el aula de clase a autores como Salvador Garmendia, sin
que el indiferente auditorio le replicara un ápice. El bautizo de la colección de cuentos se llevaría a cabo en el foyer
del Teatro Municipal el jueves 26 de junio a las ocho de
la noche. Si bien iba con cierto retardo, le sorprendió la
desolación de la urbe durante el recorrido del metro que
para él comprendía el intervalo Universidad - Plaza Bolívar. Compartía el vagón con pasajeros que nunca había
visto en su vida: Ellos, ahora estaba demasiado claro, no se
localizan en parte alguna; viven en el subte, en los trenes
del subte, moviéndose continuamente. Su existencia y su
circulación de leucocitos -¡son tan pálidos! – favorece el
anonimato que hasta hoy los protege, leía en el libro de
cuentos de Cortázar que le tocaba cargar ese jueves. En
este caso, sus acompañantes no constituían un casting silencioso ni níveo por la falta de sol: por oposición al texto
cortazariano, era una comparsa de cinco vikingos malolientes de mugrosa piel, cuatro hombres y una mujer de
rostro desfigurado a punta de navajas.
Se apeó ágil y rápidamente del vagón, abriéndose
paso entre el decadente y maledicente quinteto malviviente. Llegando a trote apresurado a su destino, notó
que el Teatro Municipal estaba sumido en una densa oscuridad. La calle desierta tan sólo estaba habitada por el
excéntrico pintor Cristóbal Ruiz, el cual consumía un
tabaco que acompañaba la libación inmediata de una
media mula de cocuy leal.
-¿Qué ha habido, Cristóbal? ¿Sabes por qué el teatro
está cerrado? Hoy tenía el bautizo de mi primer libro
allí.

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-Cada quien llama sabiduría a lo que él sabe e ignorancia a lo que saben los demás- replicó imperturbable
para escupir inmediatamente después una babaza hedionda a azufre y estiércol.
-¡Coño, chico! Déjate de vainas. ¿Estás periqueao?
-Las hojas volaron a la hora exacta del camino.
-¡Vete a la mierda, maricón- gritó Tomasso, dándole la espalda.
Cruzando la calle, sin percatarse de nada anormal, se vio
rodeado de una jauría de perros vikingos que acompañaban a
sus dueños, trece hombres y una mujer, todos ellos desarrapados y pervertidos. Lo tomaron de los brazos, contaminando
de podredumbre su traje de Montecristo, conduciéndolo casi
a rastras al tenebroso bulevar. Mientras las bestias lo mordían
y los vikingos lo pateaban sin misericordia, observó a través
del velo sangriento que nublaba sus sentidos a un Cristóbal,
ataviado de un multicolor casco luminoso, que tomaba posición sentado en la calzada con lienzo y pinceles a las manos.
El perfomance consistía –esta vez- en una recreación macabra
de La Última Cena de Da Vinci. Al otro lado de la calle, un
famélico muchacho tomaba fotografías de Cristóbal pintando
la terrorífica escena, siendo la comilona el fondo de la composición. Sintió Tomasso que tras las bambalinas un desgarbado músico registraba sus alaridos adoloridos, los ladridos
y gruñidos de los vagabundos, amén del escándalo obsceno
de los perros vikingos en un sofisticado equipo de grabación.
Comprendió en el avance de la muerte que era la víctima propiciatoria de una sociedad estética, conceptual y transdisciplinaria de fines inconfesables. La ciudad se hallaba embargada y
encerrada en los hogares de sus habitantes, conmemorando el
éxodo y el desarraigo en la eucaristía y agria degustación de
jengibre y vinagre.

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LA SEGUNDA MUERTE DE CRISTÓBAL RUIZ
SATURDAY, SEPTEMBER 16, 2006

La sucia falda protege el fogón
Para espantar el hambre
Que ronda la sala ante la espera.
Poema (fragmento) de Cristóbal Ruiz.

Cristóbal Ruiz, pintor y performer selenita, murió
por segunda vez –no nos atrevemos a decir que de una
manera definitiva- en el sector El Castaño de las Trincheras, municipio Naguanagua, el día sábado 5 de febrero de 2005, según rezan las notas periodísticas de la
región. Su cuerpo pendía de un cable de electricidad, el
abdomen se hallaba intervenido con dos puñaladas de
frío salvajismo y las manos amputadas, echadas u ocultas
en no se sabe dónde. El morbo, convidado inoportuno
de los pensamientos contingentes y desbocados, recreaba la composición de la terrorífica escena: Instalación y
performance, técnica mixta, materiales diversos (cadáver
exquisito cuya sombra se proyecta en uno de sus propios
lienzos, decapitando al pájaro fantástico y multicolor, sumiendo en la amodorrada oscuridad a una recogida culebra morrona).

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La primera muerte de Cristóbal ocurrió hace dos
años, esto es septiembre de 2004. Me había tomado por
sorpresa al leer la despiadada reseña en el diario El Carabobeño del domingo, entenebrecida la vista por una
albigrisácea capa de secreciones y lagaña. El sábado en
la noche lo había visto en la licorería, preguntando por
Alexis para canjear sus acuarelas de tierra ajedrezada por
media mula de leal cocuy. El f laco licorero siempre se
quejaba porque Cristóbal le vendía lo más modesto de su
fecundo parto artístico, mientras que otras personas adquirían óleos de gran formato y mayor completación técnica. Si no, consúltese su rabia al ver uno de los cuadros,
propiedad del poeta Reynaldo Pérez Só, en la portada de
la revista Poesía número 128. Pese a ello, esta primera
muerte lo había afectado, hasta el punto que fueron infructuosas sus diligencias para inquirir en dónde se realizaba el acto velatorio. Media semana después del primer
deceso, me espanté al verlo caminar en las inmediaciones
del bar La Guairita; Alexis y Juan me confirmarían que
yo no estaba rascado ni drogado: Cristóbal estaba vivito y
jodiendo la paciencia de los habitantes de Valencia de San
Desiderio, así nomás, impunemente. La macabra chanza
quizás era una estratagema estafadora para revalorizar su
obra pictórica, al margen de las escuelas, las tendencias y,
sobre todo, los círculos museográficos.
En un trabajo aparecido en Letra Inversa (apéndice
culturoso de la agencia EFE), escarbando el sendero de
Cristóbal Ruiz, Vielsi Arias –una trigueñita buenamozaresume las peripecias de su andar estético y vital. Nacido
en La Luna, pueblo de Urama, el año de 1950, Cristóbal
ejerció oficios dispares mientras procuraba una vía de expresión que le permitiera ganar un lugar en este mundo:

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conuquero, monaguillo, bailarín y performer de botiquín,
officeboy, hasta que se empapa del ambiente político y cultural caraqueño de fi nales de los sesenta, lo cual le conduciría a la pintura de la mano de Diego Barboza y, luego,
dos años mediante en la escuela de arte de su tocayo Cristóbal Rojas. La pobreza le impidió consolidar estudios escolares, sólo que no se perdió su espíritu libertario en los
largos pasillos y estériles recovecos de las academias. En
una foto de nuestro amigo Orlando Baquero, Vielsi amansa con una sonrisa fresca, sentida e impecable al Rasputín
que a veces era Cristóbal: Su vida fue en cierta forma una gran
pieza de teatro, en la que actuaban infinidad de personajes que
finalmente eran él mismo. Hay infinidad de escenas en la que
todos estamos envueltos, de igual forma su obra recoge del entorno
todo cuanto acontece y siente. Al tratar de ubicar a Cristóbal en
una categoría específi ca del arte, no hay duda que sería dentro de
lo popular, considerando este género como aquel que parte de un
colectivo, del contacto diario con el entorno, que sin mayor formalidad ni prejuicios lleva consigo el itinerario de un pueblo (Letra
Inversa, 13 de marzo de 2005, páginas centrales). Ni que
lo digas, pequeña guaricha. La Facultad de Educación de
la U.C. y el comprimido pasillo que separa el Teatro Municipal de la Facultad de Derecho, constituyen el espacio
convencional en el cual Cristóbal satirizó al Templo de la
Racionalidad y la Cabronería, tanto en lo estético como
en lo político. En la inauguración del Festival de las Artes,
teniendo al Teatro Municipal como tramoya de lo más formal, él le sacó su irreverente culo al pícnico y sacratísimo
Alcalde de la Ciudad, más preocupado por las corridas de
toros que por la Poesía que se enseñorea de todas las artes. Un azulado paco pelafustán y servil le dio una paliza
porque su cabeza de palo segrega a los oriundos de la luna,

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pues son anarquistas esquizoides que mezclan sus efluvios
corporales con la pintura para evidenciar lo mierda que es
la sociedad de su tiempo: sí, esa que sólo respeta y se enculilla ante dos cosas, el dinero y el garrote dispuesto siempre
a fracturar cráneos, espíritus y conciencias.
A veces, en el epicentro de su embriaguez, Cristóbal
se convertía en un tipejo fastidioso, resentido y ofensivo.
Por lo cual, en ocasiones mi mezquindad y malhumor me
obligaron a seguir de largo con el pretexto de llegar algo
retardado a un examen o a una exposición oral en la Facultad. Todavía los cuerdos tenemos la cachaza de maltratar al
prójimo dizque para paladear y padecer nuestro cuadro de
estrechez anímica. La Psiquiatría, aparentemente, da para
todo, menos para la extirpación de la locura. A Dios Gracias para su mayor Gloria, pues una sociedad sana y racional sería un paraíso artificial intolerable. Ello justifica la
naif psicodelia abigarrada del universo artístico de Cristóbal Ruiz: Maestro fue Cristo que hizo el culo sin compás.

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CRISTÓBAL RUIZ: LA CURADURÍA EBRIA
EN “LA GUAIRITA”
Friday, February 17, 2006

Mi compadre Rodolfo Villena me había dicho que
en el bar “La Guairita” (de Valencia, la de Venezuela)
estaban exhibiendo una muestra pictórica de Cristóbal
Ruiz. Postmortem, por supuesto (aunque quién sabe:
es el pintor que hasta ahora ha muerto dos veces). Por
tal razón fuimos convocados Rodolfo, Geniber, Argenis y yo al bar-museo el día sábado 11 de febrero. No
importan mucho los errores de la curaduría en tan peculiar espacio, mucho menos los desatinos ortográficos
de los cartones que pretendían catalogar lo inclasificable:
la salvaje y discontinua forma de disponer los elementos
plásticos en el lienzo. Se nos antojaba, en muchos casos, la recreación futurista de un tiempo propio en un
mundo aparte: la obra se divide en cuadros que recrean
escenas simultáneamente, predominando los verdes y los
azules, los miembros sin coyunturas, las tetas asimétricas, las plumillas y los mosaicos multicolores. Quizá el
gusto de Cristóbal por el piso de mosaico o, mejor aún,
el tablero de ajedrez, no es más que una burla suya a la
manipulación de los hombres en el devenir histórico por
mezquinas y ruines razones.

Guillermo Cerceau

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El sabelotodo
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Él sabe todas las cosas, es capaz de hablar por horas,
sin parar, sobre los temas más recónditos y de avergonzar a los eruditos de todas las culturas con la profundidad
de sus conocimientos, pero hoy ha decidido permanecer
en silencio, y ni siquiera una petición oficial, del Rey
mismo, escrita de su puño y letra, logra persuadirlo de
compartir su sabiduría, para frustración e impotencia de
quienes vinieron desde muy lejos a escucharlo.
¿Cómo se puede saber todas las cosas? ¿Acaso alguien puede saber, por ejemplo, a qué hora me desperté
esta mañana, o de qué color es el gato que se asoma cada
noche a mi ventana? Es obvio que hablamos de las cosas
que tienen cierta dignidad, como para que ameriten ser
estudiadas, cosas de las ciencias y de las letras, hechos famosos, monumentos, guerras o imperios. Es posible que
de las cosas simples de mi vida él no sepa nada, de hecho,
es muy probable que ni siquiera sepa de mí, de mi pobre
existencia, de mis cavilaciones, del mismo hecho de que
en este instante estoy pensando en él. No se puede hacer
ciencia ni historia de lo cotidiano, mucho menos erigirle
monumentos a los insignificantes o entablar guerras por
sus intereses.
Él sabe todas las cosas dignas de ser sabidas. Un rey

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no se hubiera molestado en tomar su noble pluma y escribir un decreto para que se discurra interminablemente
sobre hechos vulgares. Corresponde a su dignidad que
tanta molestia real esté relacionada con lo que fi gura en
libros o lo que se discute en academias. Es posible que el
rey ignore todas estas cosas, pero seguro que sabe distinguirlas de las otras. Extraño misterio este del saber: que
podemos distinguir lo que es digno de saberse de lo que no lo es,
aun ignorando ambas cosas.
El día está por terminar y nada parece convencer
al sabelotodo de que abra su boca y diga lo que sabe. El
obispo y el rabino, por una vez de acuerdo, han acudido
a reiterar la petición del rey. Hay generales, empresarios,
sindicalistas y todos parecen encontrar la misma indiferencia. Alguien sugirió traer personajes más conmovedores, y desfi laron frente al sabelotodo primero niños y
monjas y después mendigos y locos, y nada pudo conmover el endurecido corazón del sabio convertido en mudo.
Nunca faltan los suspicaces que comienzan a murmurar que tal vez no lo sabe todo, que a lo mejor se le
acabaron las historias (como si el saber perdiera su condición de tal por ser fi nito), que se trata de un embustero
que encantaba con su verbo vacío y que, por comodidad
o negligencia, nadie se había percatado. Otros, más benévolos, piensan que el hombre simplemente está cansado
o que ya cumplió su misión, y dijo todo lo que tenía que
decir.
El hecho es que él sabe todo y decidió no hablar más.
Me temo que solo él sabe por qué ha tomado una decisión
tan drástica.

La Mala Lectura
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Si el papel del escritor –es decir, del sentido de su práctica, de los contornos de su oficio, del valor de su producto– se encuentra para nosotros más o menos claro a partir
del siglo XVII, con una que otra adición teórica, más que
todo del lado de la banalidad que nos inundó en las décadas de 1960 y 1970 –me refiero a aquellas oposiciones
que, como la de “escritor” y “escribiente”, entre muchas
otras, saturaron el espacio reflexivo de falsas alternativas–
no pasa lo mismo con el lector, personaje casi incómodo,
genérico, reemplazable. Pareciera como si la teoría no lo
hubiera tomado en cuenta más que para alimentar otras
zonas del pensamiento. Así, la hermenéutica, o el estudio
de la “recepción” del texto, la historia de la lectura, la teoría del discurso y, en fi n, el casi infi nito desfi lar de las llamadas ciencias sociales sólo se han ocupado del lector –de
la lectura– en la medida en que su mención completaba un
círculo discursivo en otro campo.
La obviedad de que sin lectores no hay escritura, pareciera ocultar el hecho de que alguien está allí para leer. Pasada la utopía del pensamiento que nos inundó en los últimos
años, agotadas sus fuerzas, acosados todos los rincones de
alma, colmadas las posibilidades de la combinatoria de los
conceptos, hoy podemos, con un poco de frescura, divagar

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libremente sobre lo obvio sin el temor a que nos encasillen
en alguna escuela o secta de pensadores o, lo que es más o
menos lo mismo, sin tener que rendir tributo a este o aquel
prejuicio construido con la orfebrería que permite el ocio
de los intelectuales.
El lector ha sido insultado por Baudelaire (hipócrita
lector), desmitificado por Cervantes (desocupado lector), y
sucesivamente adjetivado como distraído, burgués, pasivo,
cómplice, hasta volverlo poseedor de todos los atributos, es
decir, hasta reconocer su dimensión humana, más allá del
extremo final de la cadena productiva del texto. Los escritores pudieron más que los escribientes, para abusar de las
categorías casi inútiles de Barthes. No podía ser de otra manera que este lector amorfo, cómodo, hipócrita y distraído
leyera mal, encontrara ideas o formas que no estaban en el
texto, construyera mundos a partir de otros mundos que estos últimos no autorizaban. Si se quiere una evidencia de
que leemos mal, bastará lanzar una ojeada, superficial si se
quiere, a la cantidad de autores que se quejan de ser mal interpretados, a las interminables arremetidas de los críticos
que acorralan a un pobre fi lósofo explicándole un texto que
ellos sí pueden comprender. Hay, sin embargo, razones de
mayor peso para afirmar que leemos mal, y quisiéramos darles una breve mirada para tratar de entender este defecto, y
si no explicarlo, al menos establecer ciertas coordenadas que
nos permitan pensarlo.
Tomemos un caso sumamente complejo y difícil. En su
Angustia de las Influencias, el gran crítico norteamericano Harold Bloom argumenta que todo poeta lee mal a sus maestros, y que es esta mala lectura la que lo lleva a la creación
original de su propia obra. Bloom desarrolla un complejo
sistema de categorías metafóricas, en general usando nom-

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bres de conceptos griegos, como el Clinamen, que toma de
los atomistas, esa desviación inesperada que introduce, en el
infinito paralelismo de la caída eterna, la posibilidad de un
choque que generará los cuerpos y las formas. No pretendemos analizar en esta breve nota la teoría de Bloom. Nos
limitaremos a señalar que esta “mala lectura” supone que
hay una “buena” o correcta. La corrección de una lectura (o
de una interpretación) se define en términos de su adecuación
a un contexto interpretativo, a un “mundo” simbólico compartido por un grupo de personas, en un lugar y en un tiempo dados. La creación de quien ha leído mal, es creación en
cuanto inaugura un nuevo contexto, una nueva comunidad
que compartirá un universo simbólico renovado. Esta novedad requerirá tiempo para abrirse camino, o en todo caso,
condiciones especiales, restricciones que determinarán la
historia de la aceptación de esta obra.
Pasemos, para ir configurando los vértices de nuestra
figura, a un terreno bastante lejano del anterior. Recordemos aquella batalla teórica que inundó nuestras juventudes,
y desperdició nuestro tiempo: Althusser, el fi lósofo de origen católico que, enfebrecido por su lectura de Marx, llegó
a decir que este último leyó mal a su maestro Hegel (y por
supuesto, nos propuso una manera de leerlo bien). Si en el
caso de la teoría de Bloom, al menos como la entendemos
en estas páginas, se requiere un contexto simbólico para determinar la corrección de una lectura, en el caso de Althusser basta con el dictamen de un pensador. Si en el primer
caso se trata de una especie de “juicio popular”, aquí nos
encontramos con el dictamen de un experto. Marx, uno de
los grandes pensadores de todos los tiempos, un hombre que
resumió miles de libros para escribir su obra monumental,
leyó mal al gran fi lósofo en quien creyó encontrar la clave

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de su nueva visión, y ese error nos es revelado por un oscuro
profesor francés quien, ausente de las barricadas, las luchas
sociales y los riesgos de la miseria, escruta, analiza y dictamina el error de lectura, proponiéndonos el remedio en sus
propios libros.
Saltemos nuevamente, y esta vez sólo por una superstición fundada en la simetría, para tener el triángulo
del lector. Vayamos a ese momento cumbre del pensamiento del Siglo XX, ese hito singular e incomprensible que protagoniza un ex funcionario del tercer Reich,
filósofo admirado e imitado, pocas veces comprendido
y otras menos comprensible, que fue Heidegger. La temeraria oscuridad de sus textos no responde, como insisten muchos todavía, a lo profundo de los temas que
trata, sino a esa propensión tan “teórica” de fundar una
lengua, al decir de Barthes, y llamar a las cosas comunes
con nombres difíciles. Sea lo que fuere que se piense de
este hombre que hasta el día de su muerte, no muy lejos
de nuestros días, sostuvo su admiración por el genocidio Nazi, lo cierto es que ejerció una enorme inf luencia
sobre los pensadores del siglo pasado, entre ellos, uno
de los mas notorios, aquel que definió, por muchas décadas, lo que significaba ser un intelectual. Lo insólito
del asunto es que Hidegger públicamente desautorizó a
su discípulo, en los términos más inequívocos en los que
puede hablar un hombre. Insólito, escribo, por la falta de
cortesía. Pero insólito también porque además de aquella
vergonzosa entrevista donde manifestaban sus simpatías
políticas, es posible que esta desautorización, esta declaración de la mala lectura que Sartre hizo de sus obras,
fue de las pocas cosas que el filósofo alemán escribió de
manera comprensible. Estamos aquí no ante el juicio po-

pular o el dictamen del experto, sino ante el simple berrinche de un escritor contra una particular lectura de su
obra.
Demorémonos unos instantes en demarcar ciertas fronteras conceptuales. Un escritor, un hombre que crea textos,
se encuentra por definición, del lado de la producción, En
tanto que marca sobre un papel signos que expresan ideas
o que, como se quiere ahora, son intransitivos, pero signos
al fin y al cabo, es un artesano más, un creador de valores
de cambio. El lector, en cambio, se encuentra del lado del
consumo. Esta asimetría, aparentemente inútil, y con seguridad metafórica, coloca a estos dos personajes en extremos
opuestos de la cadena productiva de los textos. Si continuamos abusando de la terminología económica, pudiéramos
decir que la lectura es el vínculo que relaciona a uno con el
otro, así como el dinero relaciona al consumidor con el productor de cualquier mercancía. Parece entonces inevitable
que exista una asimetría en las acciones que generan sentido
al momento de la lectura, si esta asimetría existe al momento de la escritura.

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La Política de Ultratumba
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En estos breves apuntes, que sirvieron de “ayuda memoria” para una conferencia dictada hace unos años, no
pretendemos desarrollar los elementos constitutivos de una
política para después de la muerte, tarea que excedería tanto nuestras capacidades como el espacio asignado, sino más
bien, señalar algunos temas literarios y hechos históricos sobre cuya reflexión se pudiera concebir un tratamiento más
sistemático y coherente del tema, desafío que, esperamos,
sea aceptado por mentes más lúcidas y vigorosas.
*
El sutil y delicado mundo del budismo tibetano cuenta con una serie de técnicas para influir en el destino del
alma que habita los llamados “estados intermedios”, o “bardos”, esos lugares infestados de fantasmas y terror donde
los muertos esperan su próxima encarnación. Se trata de El
Libro Tibetano de los Muertos, recopilación de instrucciones
que se le murmuran al difunto, por cuarenta y nueve días,
para asistirlo en el reconocimiento de la Gran Luz Blanca,
fi nal vacío e incomprensible para nosotros pero apetecido
por los seguidores de las Cuatro Nobles Verdades. Según las
creencias de quienes compusieron este interesante libro, el
alma desencarnada es interpelada por numerosos demonios

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que le producen miedo y confusión y un poderoso deseo de
volver a la vida terrena. Las letanías del libro están diseñadas para evitar esta confusión y asistir al alma en su tránsito
hacia la liberación final del ciclo de las reencarnaciones.
Las intervenciones de los monjes tibetanos en el mundo
de ultratumba no han sido siempre tan delicadas. Recientemente, el Dalai Lama, máximo líder religioso del lejano
pueblo del Himalaya, Príncipe de la Paz y de la Libertad,
como lo llaman algunos desinformados de su historia personal, intervino escandalosamente en la reencarnación de
un monje del linaje Karmapa, noticia que por cierto, llamó
la atención de toda la prensa mundial, no por lo extravagante del hecho, sino porque en la sucesión de los principados feudales del Tibet se juegan los envites geopolíticos
de las grandes potencias de hoy, que luchan por incorporar
esta provincia China al llamado mundo libre. Tal vez, de
haberse tratado de un Yanomami que transgredía alguna
de las esferas celestiales de su mitología, nadie se hubiera
enterado.
Más allá del mito, según el cual el budismo jamás conoció la violencia religiosa, mito desmentido por la más elemental mirada a la historia de las religiones, y sobre lo que
me limitaré a mencionar la rigurosa disciplina y crueldad
del monje samurai, ya que la enumeración de las atroces e
interminables masacres entre budistas se llevarían el espacio
del que dispongo, más allá del mito, decía, está la realidad
de una lucha terrible por el control de la vida ultraterrena, que se expresa de manera brutal en estas interdicciones
acerca del renacimiento (que por cierto, fue copiada de los
antiguos emperadores de la China), y de forma piadosa, en
las letanías de los monjes que ya mencionamos.
Pero estas manipulaciones del destino de ultratum-

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ba no son privilegio exclusivo de los orientales. Los católicos siempre han dispuesto de un método artesanal para
solucionar los problemas de inmigración hacia el cielo. Las
oraciones y las acciones de penitencia, de una manera modesta, casi infi nitesimal, pueden salvar tantas almas como
la paciencia y el rigor del creyente lo permitan. La oración,
la penitencia y la ejecución de determinadas prácticas permiten a los piadosos rescatar las almas que esperan, a veces por siglos, su oportunidad de la bienaventuranza. En su
momento, la iglesia agregó, a este conjunto de estrategias,
la venta de indulgencias. El método usado era expedito, ya
que con el dinero suficiente para construir una basílica, miles de almas salían en un solo día del aburrimiento y pasaban a gozar de la eterna contemplación de la divinidad. Se
sobreentiende que, como en el caso de los servicios médicos
en nuestro país, eran atendidos mejor y más rápidamente
aquellos que más dinero tenían.
Fue a causa de estas prácticas que Martín Lutero, hasta
entonces un devoto monje agustino, se dedicó a examinar
cuidadosamente los dogmas católicos y terminó dividiendo
el mundo cristiano occidental en dos, proceso que no ha
cesado desde entonces.
Por supuesto, en esto de manipular los destinos de los
muertos, ni los budistas ni el occidente cristiano inventaron
nada, como no sea el recurso a las operaciones financieras.
Siglos atrás, ya Orfeo había usado de su arte para encantar a
los guardianes del Infierno y persuadirlos de que liberaran
a su amada Eurídice, cosa que sólo la licencia poética, o el
amor, que a veces es lo mismo, permite, ya que se trata de
una grave violación a la lógica de la vida. Orfeo, por cierto, no imaginó que inauguraba no sólo el melodrama, que
alcanzará su perfección en películas como Casablanca o en

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novelas como Los Miserables, sino la práctica de interferir
con los asuntos divinos, que continuará por los siglos hasta
nuestros días.
Las leyendas de Ulises que visita a sus amigos en el
infierno o de Virgilio que más tarde le plagiará, prefigurarían al gran Dante, quien supo hacer de aquellas traviesas
violaciones de las leyes metafísicas, una pesadilla arquitectónica de enormes proporciones. En su Commedia, el florentino distribuye los destinos de sus enemigos en los rincones
del infierno que su rencor, o su capricho, le dictan. Dante
abusa de la generosidad de Dios, que le ha dado a Beatriz
como inspiración y a Virgilio como guía, y acomoda escrupulosamente a cada figura con una falta de misericordia
que avergonzaría a nuestros torturadores contemporáneos.
Las historias de Ugolino o de la dulce Francesca son prueba
suficiente de los extremos de bajeza y grandeza entre los
que Dante desenvolvió su maestría literaria. Son, también,
prueba de lo que el odio y la compasión pueden hacer con
materiales tan innobles.
*
A estos intentos deliberados por interferir con la voluntad del cielo, en el caso de los teístas, o los ciclos del Karma,
para los orientales, y en general, con el destino que se supone
nos espera tras la muerte, hemos denominado la Política de
Ultratumba. La llamamos política porque es un conjunto de
técnicas para ejercer el poder, y si bien ni el Libro Tibetano de
los Muertos, ni los manuales de catecismo son equiparables a
las elucubraciones de Maquiavelo o al folleto del Cardenal
Mazarino, constituyen sin duda un arte de ejercer el poder,
una techné, en el mejor sentido de la palabra griega, y deben
ser estudiadas no a la luz de la mitología como ciencia, sino

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bajo el lente de la política.
Que se trata de una política no hay duda. Bástenos
examinar las obras de Platón, Aristóteles, Maquiavelo o
Rousseau, por enumerar arbitrariamente algunos nombres
conocidos, para ver cómo la política se define o se practica
como un arte, un conjunto de recetas, modos de operación,
algoritmos, que conducen al ejercicio efectivo del poder.
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*
Sabemos que los hombres han pretendido extender su
dominio más allá del terreno propiamente humano. En general la magia y las religiones, las penitencias, las oraciones, han
sido siempre formas más o menos elegantes, según los casos,
de influir en la voluntad divina. Pero estas, incluidos los rituales más repugnantes de los sacrificios, nunca pasarían de
ser actividades relativamente amables e inocuas, dada la conciencia que tenemos de que, al fin de cuentas, es poco lo que
podemos hacer contra la voluntad los dioses. Las trágicas historias de la Torre de Babel, las interminables amenazas del
Antiguo y Nuevo Testamento acerca de una posible destrucción del mundo, por no mencionar sus equivalentes en otras
tradiciones, tiempos y culturas, como las aterradoras descripciones de los cíclicos fines del mundo que nos presentan los
clásicos del budismo mahayana, todas estas historias nos dicen
que el hombre puede desafiar a dios, puede incluso rebelarse
contra él, pero eventualmente pierde, aun si los protagonistas
de la rebelión son héroes como Prometeo o sabios, como los
magos negros de la era Victoriana.
Sin duda que, en este sentido, la hazaña más audaz emprendida por el hombre fue la construcción de la Torre de
Babel. Siglos pasarían los poetas reivindicando este “tomar el
cielo por asalto”, palabras que los rebeldes de todo lugar ha-

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rían suyas. Sabemos que a la torpe venganza de la divinidad
debemos la literatura, imposible sin la diversidad de lenguas
que resultó de aquella confusión.
Será, pues, en la literatura occidental donde esta política
de ultratumba se proseguirá con más énfasis. Anatole France,
Rimbaud, Lautremont, por nombrar sólo a los que más nos
han entretenido, desarrollaron discursos literarios donde el
desafío de la voluntad divina constituye el eje central de sus
temas. Pero no estaban inventando nada ya que, como hemos
dicho, Homero y Virgilio se habían ocupado del tema.
A veces me pregunto si la literatura trata de otra cosa que
no sea esta lucha desigual.
*
Según nos relatan las antiguas crónicas, y las más
modernas supersticiones, las diversas deidades han destruido el mundo, o partes significativas del mismo, mediante diluvios, cataclismos, pestes, y otras maravillas, en
reiteradas oportunidades.
El relato de Gilgamesh nos cuenta la historia de un
dios vengativo que inunda el mundo, por no sabemos
muy bien qué trivialidad cometida por aquellos primitivos, en una reacción violenta que hoy llamaríamos Guerra Asimétrica, dada la desproporción entre la falta y el
castigo.
Pocos años pasarían para que los escribas judíos se
plagiaran esta historia y la incorporarán a La Torá, añadiendo los desagradables detalles acerca de los hijos de
Noe, a los que hoy se les da una interpretación vergonzosa y racista y que sirven de excusa a los partidarios de la
esclavitud o de la segregación racial.
No se crea, sin embargo, que las deidades de Occi-

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dente y del medio Oriente son las únicas que han interferido en las vidas humanas. Tanto los mitos nórdicos,
como aquellos de los aborígenes de América, los Hindúes
o los Chinos, todos los pueblos del mundo que han tenido la creatividad de construir mitologías han padecido
este imperialismo celestial: catástrofes, peticiones imposibles de satisfacer, caprichos cuya insatisfacción acarrea
castigos inimaginables; una larga serie de actos que han
causado desgracia, temor, y leyendas que hoy, gracias a
nuestro mundo secularizado, podemos disfrutar con ese
distanciamiento amable que da el contemplar las miserias ajenas desde la comodidad de la casa. El Génesis o la
Epopeya de Gilgamesh no nos conmueven más que las
imágenes que los medios nos regalan a diario sobre las
desgracias humanas, la guerra y los terremotos.
Es razonable pensar que si los hombres han desarrollado infi nidad de técnicas para interferir con la política
del Cielo, en respuesta a las arbitrariedades de los dioses,
estos eventualmente terminen por vengarse defi nitivamente. Decía Maquiavelo, ese maestro de la política de
este lado de la cerca, que al enemigo que no se puede
convencer se le debe destruir. Las amenazas de un Fin del
Mundo pudieran ser no tanto el resultado de un plan divino, como en el Cristianismo, ni de la anónima evolución
cósmica, como en el budismo, sino una simple retaliación, una venganza, una crueldad desproporcionada e inútil. De eso los hombres hemos aprendido mucho en este
siglo, que creyó dejar atrás la barbarie de muchas guerras,
y que se inauguró con la feroz destrucción de Bagdad, la
ciudad donde muchas de estas fantasías de hombres y dioses fueron imaginadas para nuestro deleite.

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*
La Política de Ultratumba es algo más refi nado que
estos torpes desafíos. El mito de Orfeo reúne todos los
elementos de este asunto que los hombres han desarrollado desde los albores de la historia y, tanto su forma visible como su estructura subyacente, pueden ayudarnos a
vislumbrar el peligroso destino de nuestros esfuerzos por
extender el dominio que unos hombre ejercemos sobre
otros, al dominio de la totalidad de la experiencia humana. Usando sus habilidades de músico, Orfeo se adentra en el mundo infernal y seduce a los reyes de Averno,
los convence con su arte de que le devuelvan a su amada
muerta. Estos le permiten llevarse a Eurídice, a condición
de que Orfeo camine hacia la luz sin volver la mirada.
Orfeo, casi llegando a la salida del infierno duda, voltea
para cerciorarse de la presencia de su amada y la pierde
para siempre.
En general, podemos afi rmar que todos los intentos por rescatar a nuestros seres queridos de un destino
que juzgamos indigno para ellos, ya sea la permanencia
en los infiernos o la reencarnación, están destinados al
fracaso, porque los dioses conocen nuestras debilidades y
nos hacen prometer cosas que saben de antemano, no vamos a cumplir. ¿Por qué Orfeo miró hacia atrás? Estamos
convencidos de que en este gesto yace todo el secreto de
nuestro fracaso en extender los poderes humanos más allá
de nuestro mundo. Pero allí mismo yace la posibilidad de
ser libre de las manipulaciones de otros.
*
Cuando Rousseau se preguntó, no para conocer una
respuesta, sino inventar un problema, por qué razón los

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hombres nacen libres mas en todas partes son esclavos, estaba dando forma a la interrogación central del mundo moderno, la que alimenta las ilusiones de los poderosos y la que,
al mismo tiempo, incuba los sueños de los oprimidos: estaba
fundando la política.
¿Por qué Heráclito, Platón, o el mismo Maquiavelo,
incluso la generación deísta de los enciclopedistas, la que nos
regalaría las bases de la Revolución Francesa, así como la
narrativa esencial de todo pensamiento de lo social desde
entonces, no pensaron la política sino para el hombre, aquí,
en la tierra? Semillas de algo que trascendiera ese límite tenemos en San Agustín, quien nos plantea dos ciudades, y en
todo el pensamiento apocalíptico, sobre todo en el judío,
donde el Mesías es esencialmente un rey. Pensar, sin embargo, en que aquellos hombres que morían y mataban por el
poder, pudieran concebir la extensión de sus dominios más
allá de esta vida no se le ocurrió jamás a estos grandes fi lósofos. Será por lo tanto en el terreno del mito, de la moral y
de la religión donde este problema se dibuje, se explore y se
desarrolle.
*
A la pregunta de Rousseau pudiéramos añadir: ¿será
que el hombre, una vez muerto, seguirá su destino de esclavo? El mito de Orfeo nos dice que la desmesurada apetencia de los hombres falla porque, tarde temprano, dudamos.
¿Será el hombre un día capaz de descender a los infiernos
armado de la absoluta certeza, incapaz de dudar? Creemos
que es esa debilidad tan humana, la misma que nos empuja
a dominarnos los unos a los otros, la que contiene la clave
de nuestra libertad: la duda todo lo corroe, incluso nuestras más atrevidas aventuras. Corroe también nuestra infatuación con el poder. Después de muertos, en trance entre

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dos encarnaciones o prisioneros en el limbo, será la duda de
nuestros dominadores, la falta de fe, si se quiere ponerle otro
nombre, la que nos salvará de seguir siendo siervos.
Pudiéramos responder entonces al ginebrino: los hombres viven esclavos porque sus amos no saben dudar. Esta
respuesta sería, si se me permite, un modesto triunfo teórico. Pero al mismo tiempo circunscribiría de nuevo el problema del poder al de la vida humana, círculo existencial del
que parece sólo podemos escapar en la literatura y el mito.

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FICHA TÉCNICA DE LA ANTOLOGÍA:
El Grupo de Incursiones Culturales y Científicas Li Po
nació hace tres años (2004) en la ciudad de Valencia de San
Desiderio, San Simeón el estilita o la de Venezuela como la
llamaba el escritor José Rafael Pocaterra. No nos mueven
los subsidios ni las prebendas burocráticas –aunque no nos
disgustan los aportes espontáneos en metálico de amigos,
camaradas o simpatizantes-, tan sólo la consolidación de
un diáfano espacio de conversación, discusión y debate de
ideas en torno al elástico y escurridizo magma en que han
embadurnado al mundo de la cultura. Podemos decir, con
suma fortuna, que nuestro teatro de operaciones favorito es
la sede de las Librerías del Sur (Kuai Mare, como la apodamos con afecto) de Valencia, locación en la que desarrollamos la mayor parte de nuestras actividades, los sábados
en la mañana. Gracias totales a nuestros amigos Norma
Agatón, María Fernanda Chacón y Radhamés Serrano por
la generosidad de la cual hacen gala. Pueden contactarnos a
través de nuestra página blog http://grupolipo.blogspot.com
y nuestros buzones electrónicos grupolipo@hotmail.com y
grupolipo@gmail.com .

He aquí sus integrantes:
Andrés Cerceau:
Escritor, fotógrafo y cineasta. Promotor de la Cinemateca
Korova. Ha publicado ensayos breves y artículos en el
Semanario Tiempo Universitario de la Universidad de
Carabobo.Volver es su primer cortometraje, basado en el
cuento homónimo del poeta José Joaquín Burgos. Su obra
fotográfica no se ha exhibido en público, sin embargo está
organizando su primera muestra individual.
Richard Montenegro.
Silencioso pero efectivo promotor cultural que ha enfocado
su desempeño en la literatura, la fotografía, el cine y los medios en la ciudad de Valencia. Perteneció a la redacción de las
revistas Nostromo y Ojos de Perro Azul. Su obra narrativa y
ensayística se mantiene inédita
Yilly Arana.
Es abogado egresado de la Universidad de Carabobo.
Perteneció a la redacción de las revistas Nostromo y El
Perro Azul, en las cuales ha publicado ensayos, dibujos y
tiras cómicas.
José Carlos De Nóbrega.
Narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura. En la actualidad es tesista en la
Maestría de Literatura Latinoamericana de la Universidad
Pedagógica Experimental Libertador (Instituto Pedagógico
Rafael Alberto Escobar Lara, Maracay). Ha publicado dos
volúmenes de ensayo: Sucre, una lectura posible (Universidad de Carabobo) y Textos de la Prisa (Gobernación del estado Carabobo) en 1996. Los libros de ensayos Derivando a
Valencia a la Deriva y Salmos Compulsivos por la Ciudad se
encuentran en la fase final de publicación por las editoriales

“El Perro y la Rana” y “Letralia” respectivamente. Mantiene
inédito el volumen de cuentos El Dragón Lusitano y otros
relatos. Ha colaborado en diversas publicaciones periódicas:
Poesía, La Tuna de Oro, Tiempo Universitario, Letra Inversa
del diario Notitarde, Laberinto de Papel, el diario Vea y
Fauna Urbana.
Guillermo Cerceau.
Ensayista, consultor empresarial y promotor cultural. Ha
publicado entre otros títulos El Elefante Muere, Equivalencias, El Oráculo del Programador y Sueño y Vigilia. Su
libro de ensayos Teoría de las Despedidas está en fase de
producción editorial por la Universidad de Carabobo. En la
actualidad es asesor del Ministerio del Poder Popular para el
Trabajo y Seguridad Social. Es un colaborador consecuente
de diversas publicaciones periódicas: Tiempo Universitario,
Letra Inversa del diario Notitarde y Laberinto de Papel,
entre otras.
Poeta Invitado:
Luis Alberto Angulo.
Luis Alberto Angulo (1950) es oriundo del estado Barinas, sólo
que nació en Barinitas.Trabaja en la Oficina del Cronista de
la Universidad de Carabobo.Tiene publicados los poemarios
Antología de la Casa Sola (1981), Una niebla que no borra
(1986), Antípodas (1994) y Fusión Poética (2000); este último
además de compendiar los tres anteriores suma De Norte a
Sur, libro por el cual obtuvo la más reciente edición del premio
de la Universidad Rómulo Gallegos. El libro La Sombra de
una Mano (2005) reúne toda su producción poética a la fecha,
incluyendo el poemario Fractal, acreedor del Premio Bienal de
Poesía Lazo Martí.

ÍNDICE
Luis Alberto Angulo
Andrés Cerceau

9

El ojo de dios
Guerra
El Monje
Richard Montenegro

13
17
19

Barcelona
Yilly Arana

23

Un Asunto Privado
José Carlos De Nóbrega. Un Tríptico para Cristóbal Ruiz:

37

Metarrelato a la manera del Bestiario
La Segunda Muerte de Cristóbal Ruiz
Cristóbal Ruiz: La curaduría ebria en “La Guairita”
Guillermo Cerceau

55
58
62

El sabelotodo
La Mala Lectura
La Política de Ultratumba
Ficha Técnica de la Antología

65
67
72

-

Edición José Carlos De Nóbrega
Transcripción Richard Montenegro
Corrección José Carlos De Nóbrega
Diagramación Anais Silva
Diseño de portada Anais Silva
Impresión y Montaje Héctor Villagómez

Los 250 ejemplares de este título
se imprimieron durante el mes de Marzo de 2008
en Fundación Imprenta del Ministerio de la Cultura
Valencia, Edo.Carabobo, Venezuela

Esta Antología Terrorista del Grupo Li Po está marcada por la
diversidad y la contingencia del ejercicio libre de la literatura:
los textos narrativos y ensayísticos vindican lo lúdico, lo paradójico, l a impostura y la m irada inquisitiva y asombrosa de

y debate cultural en el país.

de conversación , discusión

un diáfano espacio

tiene como objetivo

la consolidación de

y Orlando Oliveros,

Nóbrega, Guillermo Carceau

Yilly Arana, José Carlos De

Richard Montenegro,

Integrado por Andrés Cerceau,

la de Venezuela.

nació en el año 2004

en la ciudad de Valencia,

Culturales y Cientificas Li Po

El Grupo de Incursiones

9 789803 966966

las cosas. Constituye un evangelio inverso y travieso, sin concilios ni púlpitos escolares que esterilicen el verbo creador.

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