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22 y contando es una larga historia de vida, no quiero llamarla

trágica, triste o fantasiosa, ni mucho menos alegre y feliz.


22 y contando es una larga historia que ahora nace de mí contar.

Un 13 de junio de 1995 a la edad de los 8 años, mi padre


terminaba de bañarme por la noche, cuando de pronto noto en mi
cuerpo algo irregular que no le gusto, mi cuerpo se encontraba
lleno de moretones, por lo cual se puso a preguntarme,

¿Te golpeaste? No, conteste yo.

¿Te pegaron? No, le respondí.

¿Te duelen? No, ninguno.

Los moretones eran de diferentes tamaños, grandes, medianos y


pequeños, mi padre llamó a mi mamá y le dijo, mira el cuerpo de
nuestro hijo, como se encuentra lleno de moretones, pero dice que
ninguno le duele.

Mi padre se quedó pensando y me dijo que no saldría toda una


semana de la casa porque pensaba que alguien me había
golpeado.

Después de la semana terminando de bañarme nuevamente, noto


que lejos de quitárseme los moretones, por el contrario me habían
salido más.

Mi papá llamo nuevamente a mi mamá y le dijo, estos moretones


que tiene el cuerpo de nuestro hijo no me gustan para nada,
mañana mismo lo llevaré al médico a que lo revisen.

A primera hora del siguiente día nos fuimos al Centro de Salud


de mi ciudad.
El doctor al verme, me mando sacar una muestra de sangre para
determinar los resultados y nos indicó que regresáramos con él
por la tarde para darnos los resultados de los estudios.

Llegamos mi papá, mi mamá y yo por la tarde con el doctor, éste


abrió los resultados de la sangre y nos dijo, no quiero asustarlos
pero su hijo está muy enfermo.

Tiene una enfermedad muy grave llamada Aplasia Medular, es


peor que la Leucemia o el Cáncer.

Así que yo les recomiendo que lo más pronto que se puedan


movilizar lo lleven a un hospital de especialidades donde lo
puedan atender.

Solo que tendrá que ser en otra ciudad porque aquí no contamos
con los aparatos necesarios para darle la atención que requiere.

Así que desde ya empiecen a moverse y no pierdan más el tiempo.

Esa misma tarde salimos con mi papá y otro familiar a la ciudad


de México para ser atendido allá en un hospital especializado.

Llegando a la ciudad de México fui internado en el hospital


Instituto Nacional de Pediatría.

Al ser internado lo primero que me hicieron fue una transfusión


de sangre, ya que había llegado solo con un 5% de la sangre que
debería producir un niño de mi edad.

Porque al estar enfermo de Aplasia Medular o también conocida


como Anemia Aplásica, provocaba que mi cuerpo no produjera
nada de sangre y solo se fuera terminando.
Ese día después de la transfusión de sangre mi cuerpo se
normalizó un poco dejándome más relajado.

Así pasaron los primeros 2 meses, haciéndome transfusiones de


sangre cada 21 días que era lo que le aguantaba la sangre a mi
cuerpo antes de terminarse y medicándome con esteroides para
forzar a mi médula ósea a que produjera la sangre por si sola.

Los esteroides solo provocaron en mí un aumento de peso


excesivo, lo que solo lograron fue hacer que un pequeño niño de 8
años fuera transformándose en un joven de 18 años para acelerar
el funcionamiento de su médula ósea pero sin obtener los
resultados esperados.

Al tercer mes me tenían que hacer las transfusiones cada 15 días,


ya que a mi cuerpo le duraba menos ya cada transfusión.

El cuarto mes la sangre de las transfusiones no me duraba más


que solo una semana, por lo que veíamos que mi cuerpo en vez de
ir mejorando iba empeorando.

Los doctores día a día, semana tras semana y mes a mes, se


encontraban haciéndome estudios para lograr descubrir el porqué
de mi enfermedad sin encontrar aun la respuesta.

Los doctores de ese hospital, no quisiera decir que eran malos en


su profesión, pero tal parecía que no les importaba la salud de los
niños que nos encontrábamos ahí internados.

Yo era un niño aún pero mi madre me relata lo que ella


comprendía y que a mi pequeña edad yo no.
Cierto día un doctor me atendía pero de una manera tan mala
que yo sentía dolor por todo el cuerpo.

Mi mamá al ver mi sufrimiento le dijo al doctor, oiga sean más


humanos con los niños, ¿Los están curando o lastimando más? A
lo que el doctor le respondió, "mire señora, nosotros atendemos
aquí a los niños como queramos, a final de cuentas si se curan
nos pagan, y si no se curan también nos pagan".

Siendo aún un niño o un adulto se comprende que un especialista


que este orgulloso de su profesión y que le guste desempeñarse en
ella, no son unas palabras que deban de salir nunca de su boca.

Y mucho menos decírselos en la cara a las demás personas.

Eso no es un verdadero ser humano.

Muchos de los doctores de ahí no tenían el amor que se debe de


tener a una profesión tan delicada como el ser doctor, donde
muchas vidas dependen de ellos y de su buen desempeñó en sus
especialidades.

Otra anécdota con otro doctor que me comento mi madre fue que
un niño se encontraba mal, a lo que mi mamá le dijo al doctor,
oiga doctor ese niño está muy malo ¿Por qué no hace algo para
que se ponga mejor y que se recupere un poco más?

Contestándole el doctor, Pero señora, usted por qué pide por ese
niño, mire si ni a su mamá le importa, vea como se encuentra ahí
sentada sin hacer nada.
Y diciéndole eso le aseguro, así como ve de malo a ese niño,
mañana se pondrá peor y de mañana no pasa el niño.

Al día siguiente dicho y hecho, el niño se puso malísimo, empezó


a convulsionarse y a dejar de respirar, y como mandada del cielo
una doctora nueva iba pasando por el pasillo revisando a cada
niño enfermo, y al llegar a nuestro cuarto lo vio e hizo que nos
sacaran a todos los niños y padres de ese cuarto para quedarse
sola ella con el niño y darle electroshock para hacer reaccionar al
niño.

En el quinto mes las transfusiones de sangre no duraban en mi


cuerpo ni 3 días por lo que los doctores le dijeron a mi papá y a
mi mamá, su hijo ya no reacciona a las transfusiones de sangre
que le hacemos, ya no le dura la sangre nada dentro de su cuerpo.

Ya su hijo no tiene cura, lléveselo a su ciudad y allá que le pase lo


que le tenga que pasar.

Queriendo decirles, si se va a morir aquí, pues que mejor se


muera allá.

Dentro de esos 5 meses en México mi madre me cuenta otra


anécdota de una persona que fue muy buena con todos los
familiares y enfermos que nos encontrábamos ahí internados.

Era una señora rica pero muy generosa, la cual tenía a su nieta
enferma e internada en ese mismo hospital.

Esta señora en las mañanas juntaba a las personas que tenían


internados a sus enfermos y les decía, vengan vamos a
desayunar, ustedes pidan y coman todo lo que quieran, yo pago.
Lo mismo hacía por la tarde, reunía a toda la gente y los llevaba
a comer a la cafetería del hospital diciéndoles, ustedes coman y
pidan lo que quieran, yo pago.

Y por las noches hacia lo mismo, los juntaba a todos para que se
fueran a cenar, diciéndoles, ustedes cenen todo lo que quieran yo
pago.

Además esta señora era tan amable que como sabía que no todas
las personas éramos de ahí de México, nos apoyaba con los
medicamentos que ocupáramos los enfermos, pues ella los
compraba, ya que sabía que no todos contábamos con el suficiente
dinero para solventar todos los gastos necesarios.

Era importante que la señora ayudara a las personas con el


dinero que ella tenía, pero eso no es lo más importante a lo que
haré referencia de ella.

Mi mamá me platicó que esta señora sólo les pedía una sola cosa,
que toda la gente después de cenar se fuera junto con ella a rezar
a la capilla del hospital.

La señora les compró a todos un rosario y se los dio para que


todos en la noche rezaran con ella para pedir por la salud de
todos los enfermos que ahí nos encontrábamos.

Esa señora era muy bondadosa y creyente, ella enseño a toda la


gente a rezar entando ahí.

Lamentablemente, su nieta como a todos los niños que conocí y


que se encontraban en los 5 meses que yo estuve internado en ese
hospital murió.
Yo estando ahí internado me di cuenta de bastantes niños que
murieron por la falta de médicos con amor a su profesión y
empatía con el prójimo.

Además de la falta de humanidad para con un niño que podría


haber tenido toda una vida por delante de la cual disfrutar.

Yo me había quedado con la impresión de que varios niños que


conocí murieron, pero que varios que ya no veía se habían curado
y los habían dado de alta por lo que ya nunca más los volví a ver.

Pero ahora ya que soy mayor mi realidad es más triste al


haberme enterado con las pláticas que he tenido con mi madre,
que esos niños habían muerto también de pequeños pero que
nunca me lo quiso decir para no ponerme más triste y por el
contrario que yo le echara muchas ganas y poder curarme.

Así transcurrieron esos primeros 5 meses en México con muchas


desilusiones con los doctores y con el hospital.

Pero con el gran recuerdo de la señora que enseño a mi mamá a


rezar, ya que gracias a la fe de todas las personas que rezaban
aquí sigo.

Y algo muy importante que les puedo comentar es que mi madre


aun después de 22 años conserva ese rosario que le regalo la
señora y diario reza con el pidiendo por la salud de todos los
enfermos en todos los hospitales y por los familiares que se
encuentran cuidándolos.
Además de también pedir por los doctores para que su corazón
pueda sentir ese amor que se necesita para poder tener con los
enfermos y así poder curarlos.

De regreso a mi ciudad un 13 de noviembre de ese mismo año mi


vida siguió entre oraciones y fe por parte de mis familiares y
amigos, además de la mía.

Así como mucha gente creía y pedía por mi salud, otra anécdota
que me platica mi mamá y que a su vez le contó a ella su madre
fue la siguiente.

Mi abuela rezaba por mí dentro del templo, cuando una amiga


suya se acercó y le dijo, Magdalena, ¿Por qué rezas por tu nieto?
Tu nieto ya no tiene cura, para poder curar enfermedades como
esa es necesario estar en los mejores hospitales y ustedes no
tienen dinero para poder llevarlo a uno.

Mi abuela llena de fe le contestó, es importante el dinero no lo


niego, pero es más importante creer en Dios y pedirle a él su
ayuda, con el amor de él mi nieto se curara.

La señora igualmente contaba con una nieta enferma a lo que


ella le decía, mi nieta es la que se curará, nosotros tenemos el
dinero suficiente para llevarla a los mejores hospitales para que
la curen.

Algunos meses después su nieta murió y la señora muy


arrepentida por lo que le había dicho a mi abuela fue con ella y le
dijo, discúlpame por lo que te dije Magdalena, permíteme orar
junto contigo por la salud de tu nieto.
Años después la señora murió arrepentida por sus palabras pero
comprendiendo que con la fe todo lo podría lograr.

Pasando un mes de tranquilidad con mi familia, un 24 de


diciembre se celebraría navidad en la casa de mi abuela por lo
que decidimos juntarnos todos en familia con ella.

Esa noche me puse enfermo con un dolor insoportable en la


cabeza por lo que no pudimos juntarnos con los demás familiares
y por el contrario fui internado en el IMSS de mi ciudad.

Era tanto mi dolor de cabeza que en un momento ya no supe


nada más de mí y me desmayé.

Mi madre me platica que al estar yo ya en la cama del seguro ya


no respiraba, mi cuerpo ya se encontraba morado, frío e inmóvil.

Los doctores le habían dicho que ya había muerto y que


arreglarían los papeles de defunción por lo cual salieron del
cuarto.

Me cuenta mi madre que mi papá lloraba y gritaba, triste y


enojado con Dios por haberme quitado de su lado y haberme
llevado con él.

Me platica que después de un rato entró un doctor que sin


hablarles ni decirles nada, solo llego y me comenzó a dar masajes
en el pecho, haciendo así que volviera a respirar y que mi cuerpo
volviera a recuperar su color.

Saliendo nuevamente sin platicar ni decirles nada a ellos.


Al regresar en mí, recuerdo estar recostado en una cama del
seguro.

Al despertar y verme mi padre, recuerdo muy claramente que


sacó un billete de 20 pesos diciéndome, mira lo que te trajo el
niño Dios.

Mi mamá al verme nuevamente respirar salió en busca de los


doctores que habían salido a arreglar los papeles de defunción
diciéndoles que ya me encontraba respirando, que el doctor que
acababa de salir me había dado un masaje en el pecho y que ya
me encontraba respirando nuevamente, a lo que los doctores le
dijeron que ellos se habían encontrado en todo momento afuera
del cuarto y que ningún otro doctor se había metido ni salido.

Pero fuera de pensar algo más, ellos solo pudieron decir, no es


tiempo de cuestionarse nada, ahora lo importante es seguir
atendiéndolo.

Me colocaron una sonda y comenzaron a sacarme la sangre que


se había acumulado dentro de mi cuerpo.

Lográndome estabilizar un poco me subieron en una ambulancia


con oxígeno y suero para ser trasladado al IMSS de Guadalajara.

Dentro de la ambulancia solo pudimos viajar mi madre, el chofer


y yo.

Por lo que mi mamá iba cuidándome todo el camino mientras el


chofer conducía.
Entrando a la ciudad de Guadalajara el chofer prendió las
torretas de la ambulancia para que los demás carros nos fueran
abriendo el paso y poder llegar lo más pronto posible al seguro.

Llegando al seguro ya se encontraban los especialistas listos para


atenderme.

Lo primero que hicieron fue hacerme una transfusión de sangre


para poder estabilizarme mejor.

Al regresar en mí nuevamente solo recuerdo voltear para arriba y


ver bastantes luces y sentir como iba avanzando en la camilla con
varios doctores a mí alrededor.

Al darme cuenta que me encontraba en el seguro me sentí más


relajado sabiendo que habría doctores que me podrían ayudar a
ponerme mejor.

La doctora de especialidad hematóloga, María Amparo Esparza


que me atendía pregunto primeramente a mi madre que
tratamiento había estado llevando.

Le pidió los nombres de los medicamentos, pastillas, raciones al


día que estaba tomando y recetas.

Diciéndole que yo iba muy delicado por tantos esteroides que


había tomado y que me habían dado sin equilibrarlo a mi edad.

Igualmente pidió el nombre del hospital donde había sido


atendido y hasta nombre del director del hospital donde me
habían tenido internado.
Al escuchar el nombre del director del hospital donde yo había
sido atendido, grande fue su sorpresa, y con una voz muy
decepcionante le dijo a mi mamá, con razón viene su hijo así de
malo señora, ese doctor estudió en la misma escuela y salón que
yo y era el que menos sabía, pero su papá era muy rico y lo que
hizo fue comprarle el título y ponerle un hospital de regalo por su
graduación.

Después la doctora María Amparo Esparza muy confiada en ella


misma le dijo a mi mamá, no se preocupe señora, primeramente
Dios, después el medicamento y yo, su hijo se curará.

Esto no será de un día para otro, nos llevará algunos años


lograrlo pero todos juntos haremos que su niño vuelva a
recuperar la salud.

Estando ya internado en el Centro Médico de Occidente en


Guadalajara y estabilizado en cama, lo primero que hizo la
doctora Amparo Esparza fue retirarme todo el tratamiento que
había estado llevando para comenzar de cero con otro diferente.

Me tomo el peso y la estatura para así mismo adecuar el nuevo


tratamiento que llevaría.

Desde el primer día que llegué al hospital hasta los primeros 9


días que estuve internado esa primera vez la doctora iba
diariamente para revisarme y que siguiera estable.

Observando como reaccionaba mi cuerpo al nuevo tratamiento


que estaba llevando.
El Centro Médico De Occidente en Guadalajara era muy
diferente al hospital de México, sus doctores se presentaban con
el paciente cada hora para revisarnos.

Las enfermeras con mucha amabilidad llegaban a darnos nuestro


medicamento a la hora indicada.

Viendo como nuestros familiares cansados y agotados de


cuidarnos por días sin ellos poder descansar también, las
enfermeras les brindaban su apoyo dándoles una cobija, alguna
almohada para que ellos se recostaran también un poco a
descansar después de tantos días.

El control en ese IMSS me dejo una impresión muy agradable y


admirable por todos los trabajadores de ahí.

Todos los años que estuve yendo a ese IMSS de Guadalajara


nunca hubo algún problema con algún enfermo ni con nuestros
familiares, antes bien como hago referencia arriba fueron de los
mejores que he conocido.

En el primer año que me encontré yendo al Centro Médico de


Occidente en Guadalajara solamente tuve que recibir
nuevamente una transfusión de sangre para control del cuerpo y
los siguientes años que estuve yendo solo era tratado con
medicamentos.

Presentando así un gran cambio dentro del hospital de México


donde cada mes, cada 15 días, cada semana era recibir
transfusiones cada que me quedaba internado allá.
En el IMSS de Guadalajara después de la primera vez que estuve
internado y de la única transfusión de sangre que recibí, la
doctora veía la mejoría en mí, así como también la veíamos mi
familia y yo.

Por lo que solo me dejo con el nuevo tratamiento que había


empezado y dándome citas cada mes con ella solo para revisiones.

Así pasaba el primer año en el IMSS de Guadalajara mientras


que en mi vida diaria no se me prohibía ninguna cosa a causa de
mi enfermedad.

La doctora me había dicho que hiciera mi vida normal para poder


comprobar cómo funcionaba el tratamiento llevando una vida
normal sin cambiarle el ritmo a nada.

Por lo que yo pude seguir con mis estudios normalmente sin


llegar a perder algún año a causa de estar yendo a las citas del
seguro.

La doctora cada mes que iba a tener la cita con ella me pedía que
le llevara los estudios y resultados de sangre para ver cómo iba
evolucionando la médula ósea, si ya comenzaba a producir la
sangre por si sola.

Cada mejoría que ella veía en los resultados me iba reduciendo


de a poco el medicamento para seguir viendo la evolución del
cuerpo y de la médula ósea cada vez con menos pastillas.

Al notar mejoría en cada cita ella nos daba más ánimos para salir
adelante diciéndole a mi mamá que me curaría, que tuviéramos
mucha fe y siguiéramos pidiéndole por mi salud a Dios.
Ella comenzó a ver mucha más mejoría cada mes por lo que
ahora mis citas se prolongaban a regresar con ella para
revisarme cada 6 meses.

Siempre regresando con estudios de sangre para saber los


resultados que llevaba ya con el mínimo medicamento que me
había dejado.

Ella al ver que tras 5 años seguidos mis resultados eran los
correctos decidió retirarme el medicamento por completo, no sin
antes decirnos que volvería a las citas de cada mes para seguir
viendo mis resultados de sangre a corto plazo y no se fuera a
decaer todo el esfuerzo de esos 5 largos años.

El primer año sin medicamento yo llegaba con los resultados de


sangre a lo que ella me decía que habían salido muy bien.

Que la medula ósea ya producía la sangre por sí sola, pero que


aún no me podría dar de alta hasta no tener muchos más
resultados así que se lo corroboraran al 100%.

Durante el segundo año que yo iba a las citas ya sin tomar


medicamento llegue a ver varios niños saliendo llorando con sus
familiares del consultorio, lo que me hacía imaginarme lo peor,
alguna recaída en la enfermedad del niño y que tendrían que
empezar de cero nuevamente.

Al séptimo año la doctora me dio solo 2 citas una cada 6 meses


para corroborar nuevamente ahora a largo plazo y con una vida
normal que mi cuerpo produjera la sangre por si sola.
Al octavo año y siendo yo ya un joven de 15 años que cursaba el
tercer grado de secundaria, llego el día de mi cita, como antes me
habían hecho estudios de sangre que le llevaría a la doctora.

Llegando a mi cita el 23 de enero ella abrió los resultados y me


dijo ¡felicidades, ahora si ya puedo darte de alta!

Tu cuerpo esta 100% curado de esta enfermedad, lo logramos.

Yo no pude hacer otra cosa que llorar, llorar junto con mi mamá y
abrazar a la doctora María Amparo Esparza con todo el amor y el
cariño como a quien le regresan una nueva oportunidad de vida.

Después de ese día comprendí porque los niños salían de su


consultorio llorando, nunca fue de tristeza si no de felicidad
porque les devolvió su salud, al igual que como lo hizo conmigo.

Algo que recuerdo y que platique con mi mamá fue que estuvimos
yendo con la doctora 8 largos años y nunca en esos años se nos
ocurrió tomarnos una foto con ella para tenerla y poder verla a
diario.

Sin embargo una anécdota muy interesante y que hasta ahora no


logro comprender si fue suerte, o una ayuda de Dios, fue que
estando ya en sexto semestre de la preparatoria los de mi salón
saldríamos de viaje de prácticas a Guadalajara y después de
tener el recorrido de las prácticas nos llevarían a un mercado por
una hora a comprar lo que quisiéramos.

Yo conocía el camino del mercado al hospital, por lo que decidí


perderme del grupo e ir en busca de la doctora para poder
conseguir una foto con ella.
Me fui directo al seguro sin saber si ella ya habría salido de sus
consultas, si ya se habría jubilado, o si fuera ese día su descanso,
en fin, yo no sabía nada, solo corrí hacia el seguro en búsqueda de
ella.

Al llegar al IMSS pregunte en su consultorio y la enfermera me


dijo que su turno de consultas ya había terminado.

Quede triste y algo decepcionado, después vi a la enfermera que


siempre había estado con ella cuando yo iba a citas y le pregunte
por ella recordándole quien era yo.

La enfermera me comento que sus citas ya se habían acabado por


ese día, pero que si quería fuera a la área de los niños, que a
veces le gustaba ir para allá saliendo de sus consultas para
checar como estaban.

Sin pensarlo le pregunte donde se encontraba esa área y ella me


explico el camino.

Corrí en busca de ella, había ciertas puertas donde se


encontraban los guardias en las que no me dejaban pasar, pero al
comentarles porque la buscaba con tanta desesperación me
comprendían y me abrían paso para continuar con mi camino.

No sé qué tantas partes del IMSS recorrí, solo recuerdo que


llegue al lugar donde me había indicado la enfermera.

Estando ya en el área de niños pregunte a la enfermera


encargada de esa zona, que si conocía a la doctora María Amparo
Esparza, contestándome ella que si la conocía pero que ya había
terminado de revisar a los niños y se había retirado de ahí.
Yo después de llegar hasta ese lugar y después de todo lo pasado
le insistí, está usted segura de que ya se fue y ella me dijo, sí, o si
quieres fíjate en cada cama para que te asegures.

Yo pase cama por cama buscando a la doctora, pero viendo solo a


los niños siendo cuidados por sus familiares.

Cuando revise todas las camas sin encontrarla me puse


tristísimo, por haber estado viéndola por 8 largos años y no
haberle pedido que se tomara una foto conmigo.

Ya me preparaba yo para retirarme muy triste, sabiendo que no


lo pude lograr estando tan cerca del último lugar donde había ido
a revisar a los niños y yo tan lejos, no sabía si por segundos, por
minutos o por horas del tiempo en que ya se había marchado.

Me dirigía hacia la puerta, di un último suspiro de decepción por


no haberla encontrado cuando de pronto mi cuerpo, mente y alma
me dijeron una vez más, solo voltea una vez más, vamos confía,
solo una vez más miremos para atrás y ella estará con nosotros.

Lo hice, mi corazón me lo ordeno y volteé para atrás, ahí estaba


justo parada detrás de mí, Dios la había llevado nuevamente
hacia mí como la primera vez en que ella me recibió moribundo
en urgencias, pero ahora me hallaba frente a ella lleno de salud,
felicidad y alegría por haberla encontrado.

Logrando así poder tomarme una foto con ella para tenerla de
recuerdo y poder volver así a platicar y oír su voz después de
tantos años.
Quedando cerrado este capítulo lleno de alegría por haberla
encontrado nuevamente.

Por ahora me despido diciéndoles,

“Yo no soy un escritor ni pretendo ser, solo es una historia que les
doy a conocer”.

“Mientras Dios me lo permita seguiré yo disfrutando, de alegrías


y tristezas pero nunca reprochando”.