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VICENTE BALAGUER

LA INTERPRETACION DE LA NARRACIÓN. LA TEORÍA DE PAUL RICCEUR

Anejos de RILCE, N.° 40

£UNSA

EDICIONES UNIVERSIDAD DE NAVARRA, S.A. PAMPLONA

Consejo Editorial de la Colección Anejos de RILCE

Director: Prof. Dr. Kurt Spang Vocales: Prof. Dr. José Manuel Escudero Baztán Prof. Dra. Cristina Tabernero Secretaria: Dña. Margarita Iriarte López

Primera edición: Marzo 2002

© 2002. Vicente Balaguer Ediciones Universidad de Navarra, S. A. (EUNSA)

ISBN: 84-313-1969-0 Depósito legal: NA 796-2002

Cubierta: Ilustración de Isidro Gil para la edición de Ana Karenine del Conde León Tolstoi

de Daniel Cortezo y Cía, Barcelona 1887.

Imprime: LINE GRAFIC, S.A. Hnos. Noáin, 11. Ansoáin (Navarra)

Printed in Spain - Impreso en España

Ediciones Universidad de Navarra, S.A. (EUNSA) Plaza de los Sauces, 1 y 2. 31010 Barañáin (Navarra) - España Teléfono: +34 948 25 68 50 - Fax: +34 948 25 68 54 e-mail: eunsa@cin.es

ÍNDICE

I. INTRODUCCIÓN

 

9

II. PAUL RICCEUR EN LA HERMENÉUTICA MODERNA

1. Introducción: la crítica literaria y la hermenéutica

21

2. La hermenéutica moderna: marco general

26

3. Marco epistemológico de la hermenéutica de Paul Ricceur

30

 

3.1.

La

hermenéutica

romántica: Schleiermacher y D ilthey

33

3.2.

La hermenéutica ontológica: Heidegger y Gadamer

37

4.

La hermenéutica de Paul Ricosur: definición y tareas

44

5.

Explicar y comprender

 

48

III.

EL TEXTO

 

1.

Introducción

 

53

2.

Marco epistemológico de la noción de texto en Ricoeur

56

2.1. El análisis del discurso: semiótica y semántica

56

 

2.1.1.

Corolario: el lugar del análisis estructural

59

 

2.2. Sentido y referencia

 

62

3.

La lingüística del texto en Ricoeur

67

3.1. Las

peculiaridades de la textualidad

68

3.2. Las características de la textualidad en la obra estructurada

73

4.

La referencia en la obra literaria

76

4.1.

La referencia en la narración: la cuestión de las narraciones históricas

80

5. El mundo del texto

 

83

6. Recapitulación: la interpretación de los textos según Paul Ricoeur

86

IV.

LA NARRACIÓN

 

1. Introducción

:

91

2. Noción de narración en Ricoeur

94

3. La triple mimesis

 

100

 

3.1.

Mimesis I:

la prefiguración

103

 

3.1.1.

Las

estructuras inteligibles de la acción

105

3.1.2. Los

rasgos

simbólicos

de

la

acción

111

3.1.3. Los

rasgos

temporales

de

la

acción

113

3.2. M im esis II: la configuración

116

3.2.1. La radicalización de las operaciones dela tram a

120

3.2.2. La enunciación y el enunciado: la diégesis

125

3.3. M imesis III:

la refíguración

132

V. LA NARRACIÓN DE LA HISTORIA

 

1. Introducción: el debate sobre el estatuto de la historia

143

1.1. La sola explicación: el eclipse del relato

145

1.2. La comprensión: la historia como mera narración

147

2. La historia según Ricoeur

148

2.1. La cuasi-trama del relato dela historia

 

150

2.2. Los cuasi-personajes del relato de la historia

151

2.3. El cuasi-acontecimiento del relato

de la historia

153

3. La repres entaci ón hi stóri c a

155

3.1. huella y la d eu d a

La

156

3.2. representación del pasado

La

 

159

4. El entrecruzamiento entre la historia y la ficción

164

VI. CONCLUSIONES

VIL BIBLIOGRAFÍA

171

175

Si hubiera que caracterizar de alguna manera el recorrido de la crítica literaria en el último siglo, habría que aludir cuando menos a dos notas significativas. Como primera característica tendría que señalarse que cada nueva propuesta metodológica no ha renunciado, normalmente, a los logros de las metodologías que la precedieron, sino que los ha asumido como propios1. Por otra parte, esta crítica, que tuvo en el punto de partida la noción de la autonomía del texto literario, no se ha quedado reducida a ser un ejercicio meramente estético, sino que ha ido ampliando sus objetivos hasta desembocar en horizontes hermenéuticos y antropológicos que la han llevado, finalmente, a incluir entre sus objetos de estudio temas como el valor o la función de un texto literario2. Este doble recorrido — la integración de métodos de análisis y la ampliación de

Garrido Gallardo distingue tres grupos de metodologías en la crítica literaria del último siglo: inmanentes, trascendentes e integradoras. Véase M.Á. Garrido Gallardo, Nueva Introducción a la Teoría de la literatura, Madrid, Síntesis, 2000,

38.

Lo puede mostrar una rápida comparación entre la primera versión del Diccionario enciclopédico de Ducrot y Todorov (O. Ducrot, T. Todorov, Dictionnaire encyclopédique des sciences du langage, Paris, Seuil, 1972) y su revisión, en 1995 (O. Ducrot, J.M. Schaeffer, Nouveau dictionnaire encyclopédique des sciences du langage, Paris, Seuil, 1995). Para una valoración de la afirmación del cuerpo y las diferencias entre las dos versiones, véase M.Á. Garrido Gallardo, «La Lingüística de fin de siglo. Sobre Nouveau dictionnaire encyclopédique des sciences du langage, de Oswald Ducrot y Jean-Marie Schaeffer», Saber/Leer, 199.6, n° 98, 3. También puede ilustrar la afirmación la comparación entre dos versiones de un mismo motivo — los problemas y los métodos de la ciencia de la literatura— en M.Á. Garrido Gallardo, Estudios de semiótica literaria, Madrid, CSIC, 1982, y M.Á. Garrido Gallardo, La musa de la retórica. Problemas y métodos de la ciencia de la Literatura, Madrid, CSIC, 1994.

objetivos de la crítica literaria— tiene en la obra de Ricoeur uno de los ejemplos más significativos.

Repasemos algunos pasos de este proceso. Es tema recurrente afirmar que la crítica literaria debe dilucidar la literariedad, o condición de literario, de una obra. Pero, como recuerda Genette3, la atribución de literariedad a un texto ha ido ligada en el último siglo a su elaboración bajo el dominio de la función poética4, o a su calificación como obra de ficción5. Los entusiastas de la primera hipótesis la extendieron hasta el punto de defender que todo texto literario presentaba rasgos — iteraciones, cierres, paralelismos— de la función poética, si bien de modo enormemente más flexible en la novela que, por ejemplo, en el soneto6. Pronto, sin embargo, se las hubieron de tener con la evidente falta no sólo de distintividad — la función poética es propia de la poesía, pero también del

exhaustividad: hay textos

eslogan publicitario, por ejemplo— , sino también de

literarios que no están bajo el dominio de la función poética7. A este respecto, puede no haber diferencia entre una novela y un relato histórico8. Hay que acudir pues al estudio de la ficcionalidad que, por eso, es una de las cuestiones claves en

Teoría de la literatura.

Pero la investigación de la constitución de la ficcionalidad tiene también sus problemas. La crisis de la literariedad9 trajo también de la mano el «giro pragmático»10 en las investigaciones literarias11. No deja de ser significativo a este respecto que muchos análisis hayan sustituido el modelo semiótico sustentado en el signo saussureano por el modelo triádico que ofrece el signo de

Véase G. Genette, Fiction et diction, Paris, Seuil, 1991. Véase R. Jakobson, «Clossings Statements: Linguistics and Poetics», T.A. Sebeok (ed.), Style in Language, New York-London, The Technology Press of Massachussetts Institute of Technology and Wiley & Sons, Inc., 1960, 350-377. Véase M.L. Pratt, Toward a Speech Act Theory o f Literary Discourse,

Bíoomington-London, Indiana University Press, 1977. Véase M.Á. Garrido Gallardo, «Las funciones externas del lenguaje», Estudios de

semiótica literaria

Véase M.Á. Garrido Gallardo, «Sobre una Semiótica Literaria Actual: La Teoría

del Lenguaje Literario», Estudios de semiótica literaria

, Véase Pratt, Toward a Speech Act Theory ofLiteraiy Discourse ,

M.Á. Garrido Gallardo, T. Todorov y otros, La crisis de la literariedad, Madrid,

Taurus, 1987.

G.

Garrido Gallardo, T. Todorov y otros, La crisis de la literariedad

, Véase J. Domínguez Caparros, «Literatura y actos de lenguaje», J.A. Mayoral (coord.), Pragmática de la comunicación literaria, Madrid, Arco Libros, 1987, 83-

,

51-67.

69-89.

45.

Bettetini, «El giro

pragmático

en

las semióticas de

la interpretación», M.Á.

155-169.

Peirce12. En todo caso, el desarrollo de la investigación ha señalado la necesidad de concederle un lugar dentro del estudio a la referencia. Con la presencia de la referencia, las cosas toman otro sesgo en el análisis de la ficcionalidad en relación, por ejemplo, con la historicidad. Ciertamente, el horizonte de la crítica se agranda, y bien puede decirse que, al agrandar su horizonte, la nueva crítica puede tachar —como Ricoeur hace más de una vez— de reduccionista a la anterior.

Sin embargo, si las cosas se examinan prácticamente, lo que se percibe es que los dos modelos de crítica le preguntan al texto cosas distintas. Se advertirá con claridad si se ejemplifica. Tomemos la oposición más crasa entre la historia y la novela. En su conocido artículo sobre el «Discurso de la historia»13, R. Barthes acababa por homologar el relato de la historia con el relato ficticio, al no convocar al referente en el análisis14; por eso el barómetro de Flaubert (referente ficticio) y la puerta que se abría ante Michelet (referente real) eran, uno y otro, simples effets de réel. En cambio, con la entrada en el análisis de la referencia, las cosas se plantean desde otro punto de vista: no se trata de reducir la historia al discurso, cuanto de afirmar la capacidad del discurso narrativo para describir tanto la historia como la ficción. La pregunta de Henry James sobre la capacidad del narrador — «If we write novéis so, how shall we write history?»15— encuentra una respuesta positiva y contundente en las llamadas tesis narrativistas de la historia16. Hay que definir por tanto las relaciones entre los textos literarios y sus referencias.

*

*

*

Así las cosas, el pensamiento de Paul Ricoeur, y más en concreto su obra Temps et récit11, aparece como un modelo capaz de iluminar la controversia,

Véase M Á . Garrido Gallardo, «Literatura sin tecnocracias: Condiciones para una

, R. Barthes, «Le discours de l’histoire», Le bruissement de la langue. Essais critiques IV, Paris, Seuil, 1984, 163-177. Recuérdese la conclusión del artículo:

«La narración histórica muere porque el signo de la historia es, desde ahora, menos

semiótica (verdaderamente) literaria», La musa de la retórica

96-107.

lo

real que lo inteligible».

O

mejor, al confundirse con el significado en la relación significante/significado

(ibídem, 175).

Cito por F. Kermode, The Genesis o f Secrecy. On the Interpretation o f Narrative, Cambrigde-London, Harvard U.P., 1979, 101. Véanse I. Olábarri, «En torno al objeto y al carácter de la ciencia histórica», Anuario filosófico, 1984, n° XVII/1, 157-172; I. Olábarri, «“New” New History: A Longue Durée Structure», History and Theory, 1995, n° 34/1, 1-29. Véase, también, J. Lozano, El discurso histórico, Madrid, Alianza, 1987. Artículos sobre

la cuestión, y desde las más diversas perspectivas, se pueden encontrar en New

Literary History casi desde el inicio de la revista. P. Riccsur, Temps et récit (3 vols.), Paris, Seuil, 1983-1985.

prácticamente en cada uno de los aspectos que se han invocado hasta el momento. En efecto, Temps et récit constituye un ejemplo patente de cómo se puede llegar a un análisis hermenéutico del relato desde el análisis meramente formal. De ahí que se haya hecho notar que si bien Temps et récit no añade nada esencialmente nuevo a las taxonomías del análisis de la narración, sin embargo, «constituye en la actualidad el intento más logrado de una hermenéutica de la función existencial del relato»18.

Ahora bien, lo interesante de la propuesta de Ricceur es que este intento no se hace al margen de las categorías narratológicas, sino partiendo de ellas. Se ha dicho que Ricoeur es, sobre todo, un gran lector que sabe prolongar el pensamiento de los autores que analiza en direcciones que ellos mismos no habían sido capaces de ver19. Bajo este aspecto, la exposición que se hace en esos volúmenes de la distintividad y la complementariedad entre el relato de la historia y el relato de la ficción es ejemplar a la hora de plantear la cuestión de la ficcionalidad en la teoría narrativa20. Tal vez por eso la propuesta de la triple mimesis que se expone en esos tres volúmenes se ha considerado una de las teorías de la ficción creadora más coherentes21. Parece pues que hay suficientes razones de peso para tomar Temps et récit como objeto de estudio.

Sin embargo, en la práctica, esta decisión supone elegir un ámbito de investigación más amplio que los tres volúmenes de esta obra. Temps et récit no es un texto que se explique a sí mismo. La obra tiene su contexto epistemológico en otros escritos del autor. El mismo Ricoeur lo entiende así cuando en la Introducción al primer tomo de Tiempo y narración afirma que esta obra es gemela de La Métaphore vive22. Esta indicación nos lleva más lejos, pues nos invita a examinar su estudio de la narración en el contexto de los restantes escritos de alguien tan prolífico como Ricceur. Con todo, una primera delimitación bibliográfica no es difícil. La lectura de las Conclusiones del último volumen de Temps et récit pone

Véase J.M. Schaeffer, «Motivo, tema y función», O. Ducrot, J.M. Schaeffer, Nuevo diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Madrid, Arrecife, 1998, 594. O. Mongin, Paul Ricceur, Paris, Seuil, 1994. También Gadamer hace notar que

Ricceur nunca presenta una oposición a lo que lee sin ofrecer al mismo tiempo una cierta reconciliación que permita seguir avanzando en la discusión: H.G. Gadamer, «La hermenéutica de la sospecha», G. Aranzueque (ed.), Horizontes del relato. Lecturas y conversaciones con P. Ricceur, Cuaderno Gris, 1997, n° 2, 127-135. Como ejemplo de esta afirmación puede servir la aceptación por parte de Genette

enseguida de manifiesto que esas páginas no son tanto un compendio de lo estudiado en las más de mil páginas que las preceden, como el germen de una nueva dirección de su investigación hacia la comprensión de sí mismo que concluye en una ética de corte fenomenológico23. Por otra parte, en 1986, en la presentación del compendio Du texte á l ’action. Essais d ’herméneutique I I 14, Ricoeur advierte que con ese volumen pretende marcar el final de una etapa que se había iniciado con la publicación del anterior compendio de artículos, editado en 1971: Le conflit des interprétations. Essais d ’herméneutique25. Hay que abordar, pues, la producción entera de estos tres lustros, que comprende, además de los seis volúmenes reseñados, multitud de artículos en revistas, voces en enciclopedias, etc.26, y que testimonian el pensamiento de Ricoeur sobre nuestros asuntos: la crítica literaria y su objeto, el texto y su comprensión, cuestiones, en definitiva, que se sitúan en las encrucijadas del pensamiento contemporáneo acerca de la relación de la semiótica con las ciencias humanas27.

La lectura cuidadosa de esos textos pone enseguida al descubierto que las tesis de Ricoeur traspasan el mero ejercicio de la crítica literaria. Es patente que, en Ricoeur, hay una concepción del mundo y de sus objetos antes que una metodología. Para algunos, es claro que lo que late detrás de su pensamiento es una ontología28.

Véase P. Ricoeur, Soi-méme comme un autre, Paris, Seuil, 1990. En esta dirección de la ética narrativa coincide con A. Maclntyre (A. Maclntyre, Tras la virtud, Barcelona, Crítica, 1987) y sobre todo con Charles-Taylor (Ch. Taylor, Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna, Barcelona, Paidós, 1996). Para las coincidencias con Taylor, véanse F. Dosse, Paul Ricceur: le sens d ’une vie, Paris, La Découverte, 1997, 766-769; y el diálogo de Ricoeur con Taylor y Carr en «Discussion: P. Ricoeur on narrative», D. Wood (ed.), On Paul Ricceur. Narrative and Interpretation, New York-London, Routledge, 1991, 160-187. Ética y narración coinciden también en la escritura de la historia. Esta investigación se

propone en algunos de sus últimos libros: P. Ricoeur, La lectura del tiempo pasado:

memoria y olvido, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 1999; P. Ricoeur, La mémoire, l ’histoire, L ’oubli, Paris, Seuil, 2000.

P.

Ricceur, Du texte á l ’action: Essais d ’herméneutique II, Paris, Seuil, 1986.

P.

Ricoeur,

Le

conflit des

interprétations. Essais d ’herméneutique, Paris, Seuil,

1971.

Muchos de esos artículos están recopilados más tarde en los tres volúmenes denominados Lectures. Los que se refieren a nuestro tema están recogidos en

P. Ricoeur, Lectures II. La contrée desphilosophes, Paris, Seuil, 1992.

Véase M.Á. Garrido Gallardo «Jakobson y la semiótica literaria», M.Á. Garrido

Llevada a sus extremos, esta calificación puede tenerse como un tanto maximalista29, pero es innegable también que los escritos de Ricoeur ofrecen una epistemología realista explícita, y, en consecuencia, optimista respecto de las posibilidades del texto como comunicación y como significación de algo distinto de él mismo. Dicho de otra manera, si nos colocamos en el contexto de la hermenéutica moderna, Ricoeur acepta la pretensión de esa hermenéutica de que el sujeto que comprende no está fuera de la realidad que comprende; sin embargo, en su concepción de la comprensión de los textos —y, a la postre, de la realidad— nuestro autor afirma un sentido en el texto que precede a la lectura30.

En esa posición filosófica — en lo que se refiere a la crítica de textos— , hay dos nociones que pueden considerarse sin dificultad como aportaciones de Paul Ricoeur al debate actual de las ciencias humanas y que, por tanto, deben tenerse como puntos focales de su argumentación. Se trata de su peculiar solución de las relaciones entre explicar y comprender, y de la noción de mundo del texto como referencia que se crea a partir del sentido en la obra literaria.

La oposición entre explicar (Erklárp.n) y comprender ( Verstehen), como actividades propias —y no intercambiables— de las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu respectivamente, recorre el pensamiento de los dos últimos siglos, bien en la formulación de Dilthey, bien en la versión de la filosofía del lenguaje de corte anglosajón. Sin embargo, Ricoeur observa un puente entre ambas actividades en el análisis estructural; éste acoge la metodología de la explicación, propia por tanto de las ciencias de la naturaleza, y la aplica a un objeto, la lengua, que forma parte de las ciencias del espíritu. Ciertamente esta transposición es abusiva si no va acompañada de otros procedimientos, ya que este análisis, por definición, podrá ofrecer una explicación del texto y de sus elementos, pero no podrá llegar a la comprensión. Sin embargo, si se toma como objeto la comprensión

sugerencia de Maceiras. Véase también J.M. Navarro, «Existencia y libertad: sobre la matriz ontológica del pensamiento de P. Ricceur» (ibídem, 145-182).

Por ejemplo, Vattimo (véase G. Vattimo, Le avventure della diferenza, Milano, Garzanti, 1980), al igual que otros críticos, incluyó a Ricceur entre los autores de la «ontología hermenéutica». Más tarde, con Temps et récit ya publicado, Vattimo afirmó que el juicio había sido apresurado (G. Vattimo, Etica de la interpretación, Barcelona, Paidós, 1991). En pocas palabras: «Me parece que toda su filosofía [de P. (Ricceur] se desarrolla entre una concepción descriptivo-metafisica, que concibe el sujeto independientemente de la realidad y que el propio Ricceur rechaza, y una concepción propiamente hermenéutica», G. Vattimo, «Más allá de la hermenéutica», G. Áranzueque (ed.), Horizontes del relato. Lecturas y conversaciones con

P. Ricceur

, Aunque también tiene por evidente que toda lectura no es sólo reconocimiento de sentido, sino también creación de sentidos. En los matices que pueden deducirse de estas afirmaciones están las aportaciones más sugerentes de Ricoeur.

457-465.

del texto, y el análisis estructural se entiende como camino para la comprensión y también como camino para verificar que esa comprensión no sea arbitraria, entonces los procedimientos explicativos y comprensivos se complementan: la explicación se abre a la comprensión de la misma manera que la comprensión reclama la explicación. Este razonamiento concluye en dos direcciones. La primera señala que el análisis estructural, en cuanto procedimiento explicativo, es necesario para la comprensión de un texto literario. La otra conclusión subraya que este análisis, de por sí, no es capaz de ir al centro del objeto que se comprende. Tener al análisis estructural como un modelo de comprensión significa rendirse a lo que Ricoeur denomina «ideología del texto absoluto» representada por algunos críticos estructuran stas31.

Esta concepción de la relación entre explicación y comprensión ilustra un procedimiento constante en el pensamiento de Ricoeur y que se puede denominar la vía larga del análisis32. Por vía larga, Ricoeur entiende el recorrido que realiza el análisis cuando se empeña en seguir todos los pasos de los procedimientos sin oponerlos. Así, por ejemplo, si tratamos de la concepción de la hermenéutica, la vía larga supone para Ricoeur la elección de la hermenéutica ontológica — representada por Heidegger y Gadamer— que desemboca sin más en la comprensión, pero en diálogo con la hermenéutica romántica — representada por Schleiermacher y Dilthey— que subraya más los aspectos metódicos y explicativos. De modo parecido, cuando Ricceur propone una teoría del discurso, lo que hace es componer la semántica del discurso — intuitiva y comprensiva— de los filósofos del lenguaje anglosajones con el análisis lingüístico — metódico y explicativo— presente en la lingüística francesa. Finalmente, cuando toma partido en la discusión sobre el estatuto de la historia, también es capaz de reconciliar las tesis narrativistas de la historia, que acentúan la comprensión, con la explicación necesaria subrayada por ejemplo por la escuela de Armales.

La segunda noción central en Ricoeur es la del mundo del texto de la obra literaria. El mundo del texto, dirá Ricoeur, es la referencia de la obra literaria. En la tradición de la que proviene, la cuestión de la referencia de la obra literaria no se trata expresamente: siguiendo a Frege habría que decir que las obras de ficción se caracterizan porque tienen sentido pero no tienen referencia; de la misma manera, también en los postulados del análisis estructural se privilegia el sentido — o la ilusión de sentido— frente a cualquier referencia posible del texto ficticio. Frente a

Para estos aspectos, véase, sobre todo, P. Ricceur, «De l’interp.rétation», y

«Qu’est-ce qu’un texte? Expliquer et comprendre», Du texte á l ’action. Essais

d ’herméneutique 11

,

11-35 y 137-159, respectivamente.

J.

Greisch, «Hacia una hermenéutica de sí mismo: la vía corta y la vía larga»,

G.

Aranzueque (ed.), Horizontes del relato. Lecturas y conversaciones con

P. Ricceur

,

267-280.

.estas posturas, Ricoeur propone una teoría del texto literario en la que la suspensión de la referencia primera — la denotación, diríamos— conlleva la creación de una referencia de segundo grado, que es la referencia verdadera. Esta referencia del texto literario se crea en la lectura precisamente a partir de la suspensión de la referencia primera. Pero, en cualquier caso, todo texto literario tiene referencia.

Con estos presupuestos resultan más fáciles de entender los juicios y clasificaciones sobre los diversos métodos de análisis literario que Ricoeur ofrece en Temps et récit, especialmente en el segundo volumen. Cada método de análisis tiene un objeto distinto: el método puede dirigirse hacia el texto, hacia la realidad anterior al texto, o hacia la referencia. Por tanto, si somos capaces de establecer los presupuestos de cada método de análisis narrativo, podremos también situar su lugar en el recorrido de la interpretación. Además, según privilegie la explicación o la comprensión, un método de análisis estará en dependencia de otro. Esta clarificación epistemológica de los métodos viene a coronar una antigua propuesta de Ricceur: no hay ningún método de análisis que sea inocente, todos tienen sus presupuestos y sus límites. Pero no por ello el crítico debe dejar de ejercitarlos, lo que debe hacer es practicar una vigilancia estrecha sobre las fronteras de cada método33. El resultado de todas estas operaciones será, cuando menos, un protocolo capaz de articular los diversos métodos del análisis narrativo regido por el aforismo que repite a menudo Ricceur: explicar más es comprender mejor.

Finalmente, también Ricceur puede ofrecer luces en lo que afecta a la oposición historicidad/ficcionalidad. Ricoeur no la aborda directamente desde un programa narrativo, sino que toma partido en la discusión sobre el marco narrativo/no-narrativo que tiene la historia como conocimiento o como ciencia. Pero una teoría de la narración que convoque la referencia de la obra es capaz de ofrecer más luces a la cuestión que una teoría que hable sin más de ilusión referencial.

*

*

*

Los párrafos anteriores exponen de manera somera los principales elementos que se descubren en la obra de Ricoeur cuando se quiere investigar su concepción del texto narrativo y de la interpretación de la narración. Toca ahora presentar el . modo como están estructurados en este trabajo.

Los dos primeros capítulos tienen el carácter de un preámbulo epistemológico. Se aborda el concepto de hermenéutica de Paul Ricoeur y su noción de texto. En la obra del pensador francés las dos nociones están íntimamente relacionadas entre sí. La hermenéutica tiene como objeto primero a los textos, y, cuando la hermenéutica

Véase P. Ricoeur, «Esquise de conclusión», X. Léon-Dufour y otros, Exégése et herméneutique, Paris, Seuil, 1971, 285-286.

es una interpretación del mundo y de sus objetos, esa interpretación se hace según el modelo de la hermenéutica textual. Por tanto, la hermenéutica confiere valor a los textos y los textos determinan el alcance de la hermenéutica.

Esta descripción de la hermenéutica en relación con los textos, implica dos cosas: en primer lugar, que la hermenéutica se define por su pertenencia a la comprensión y, en segundo lugar, que la hermenéutica se define también como una tarea, como un conjunto de operaciones, en las que explicar y comprender son operaciones que se recubren y se imollean, pero no se confunden. Como se ha insinuado un poco más arriba, ninguna de estas dos nociones se encuentra de manera completamente explícita en Temps et récit, por lo que su génesis hay que buscarla en La Metaphore vTve, o, mejor aún, en ios escritos circunstanciales en los que trata de estos temas.

Con este bagaje, se puede ya acudir al estudio del análisis narrativo que se aborda en el capítulo tercero. Temps et récit propone una teoría de la mimesis creadora que se especifica desde la poética aristotélica, aunque enriquecida con los métodos de análisis narrativo propuestos en el último siglo. Si esta teoría de la mimesis creadora — entendida como conjunto de operaciones— se inserta en la hermenéutica tal como la concibe Ricoeur, es decir, como un arco de operaciones en el que explicar (Erkláren) y comprender ( Verstehen) son procesos que se recubren y que llevan a la comprensión del texto por medio de la validación explicativa de las conclusiones, entonces se puede plantear la hipótesis de un protocolo de análisis narrativo. Es lo que está en la base de este tercer capitulo: intentar ofrecer una clarificación sobre el’ lugar que puede ocupar cada método de análisis narrativo en una perspectiva hermenéutica. Por tanto, en cierta manera, éste es el capítulo central, pues es el que propone una articulación de losrmétodos en un protocolo de análisis coherente. Los capítulos primero y segundo son una introducción necesaria y el cuarto un corolario a la luz de lo que se ha dicho en los dos primeros.

Pero quedaba una última cuestión. Temps et récit trata de la narración, de la ficción, y de la historia. Por eso, parecía lógico examinar si la perspectiva de Paul Ricoeur podía arrojar alguna luz sobre la distinción entre el relato histórico y el relato ficticio. Según su hipótesis estos dos tipos de relato no presentan diferencias en su configuración, aunque sí en su refiguración. Sin embargo, a lo largo de su trabajo, Ricoeur elige a menudo —aunque no lo formule así de manera expresa— la distinción entre término marcado y término no-marcado. Así por ejemplo, dentro de la hermenéutica, la hermenéutica textual es el término marcado frente a la hermenéutica en general, de la misma manera en la configuración del mythos, la narración es el término marcado frente a la metáfora, pues la narración se puede dividir en histórica y ficticia, etc. La hipótesis sobre la que se ha organizado el cuarto capítulo es que la narración de la historia es el término marcado en relación

^con la narración literaria. A partir de esa propuesta se deberán anotar las marcas que debe tener el relato de la historia y no necesita tener el relato de ficción.

*

*

*

Antes de acabar se hace necesario advertir algo acerca del procedimiento seguido. Ya se ha dicho que Ricceur es un autor bastante prolíñco34. Aun con la restricción de campo establecida desde el inicio del trabajo, la elección de un motivo para el estudio comporta la necesidad de dejar de lado otros. Hay que hablar pues de presencias, de alusiones y de omisiones.

El trabajo comienza in medias res, sin referirse apenas a la vida o a los marcos generales en los que se han desarrollado los casi noventa años de vida del filósofo francés. La razón de esta omisión es relativamente clara. La trayectoria de Ricoeur está explicada en extensos volúmenes, ya sea por él mismo35, o por alguno de sus

discípulos36, también en castellano37. El estudio se limita a los escritos de los que se podía esperar luz para el análisis de los textos literarios, y deja voluntariamente de

lado otros aspectos — el valor del símbolo, la

sumamente interesantes desde otras perspectivas.

Más difícil, y quizás más discutible, resulta la selección cuando se aborda el marco del pensamiento en el que se sitúa Paul Ricceur. Más arriba se ha evocado un procedimiento típico de Ricoeur que consiste en construir su pensamiento a partir del pensamiento de otros ofreciendo una síntesis. Eso hace necesaria la

fenomenología hermenéutica, etc.—

Su bibliografía está recogida en F.D. Vansina, Paul Ricceur. Bibliographie systéma- tique de ses écrits et des publications consacrées a sa pensée (1935-198(1), Leuven, Peeters, 1985; completada hasta 1990 en F.D. Vansina, «Bibliographie de Paul Ricoeur. Compléments jusqu’en 1990», Revue philosophique de Louvain, 1991, n°

89,243-287.

Puede verse, por ejemplo, P. Ricoeur, «Intellectual autobiography», L.E. Hahn (ed.), The Philosophy o f Paul Ricceur, Chicago and La Salle Illinois, Open Court, 1995, 3-53; P. Ricoeur, Critique and Conviction. Conversations with Frangois Azouvi andM arc de Launay, New York, ColumbiaU.P., 1998.

Volumen de 789 páginas donde

el autor recoge cronológicamente las diversas propuestas de Ricoeur y las respuestas que suscitaron.

Un resumen muy condensado: P. Ricoeur, «Autocomprensión e historia»,

, 42. Para un recorrido por las principales obras de Ricoeur, véanse M. Agis Villaverde, Del símbolo a la metáfora: introducción a la filosofía hermenéutica de P aul Ricceur, Santiago de Compostela, Ed. Universidad de Santiago de Compostela, 1995, También puede verse el entero volumen de G. Aranzueque (ed.), Horizontes del relato. Lecturas y conversaciones con P. Ricceur, o el número 101 de la revista Anthropos (1998) dedicado a Ricoeur.

T. Calvo, R. Ávila (eds.), Paul Ricceur: Los caminos de la interpretación

26-

Véase F. Dosse, Paul Ricceur: le sens d ’une vie

remisión a otros autores; hay que atender no sólo al pensamiento de Ricosur, sino

a sus fuentes, para intentar descubrir el matiz enriquecedor que proporciona

Ricoeur. Si además hay que hacerlo en pocas páginas, para dejar así espacio a la exposición de la teoría de Ricoeur, la empresa no deja de ser arriesgada. En los dos prim eros capítulos, he procurado hacerlo en los cuatro autores

— Schleiermacher y Gadamer, Frege y Benveniste— en los que Ricceur enraíza

su teoría, para dar después un paso más en lo que afecta a la interpretación de los textos. En cambio, el capítulo tercero, que trata sobre los métodos de análisis narrativo, da por supuesto el conocimiento por parte del lector de los modelos narrativos que se someten a la crítica. Al hilo de la exposición de Ricoeur se anotan los libros a los que hace referencia, pero sólo en contadas ocasiones

— cuando una conclusión puede parecer sorprendente, o cuando hay que

justificar un procedimiento— se entra en una discusión entre Ricceur y sus fuentes. Lo que el lector puede encontrar aquí, y en la obra de Ricceur, no es una justificación interna ni una exposición exhaustiva de esas obras, sino el punto de vista crítico, el del discernimiento. Obviamente, desde ese discernimiento, el lector puede descubrir también el lugar donde el método de análisis se hace fecundo.

Una última advertencia. En su disposición actual, el estudio recoge muchos textos de Paul Ricoeur, ya en el cuerpo, ya en nota. En más de una ocasión podrá casi aparecer como un trabajo hecho con tijeras y engrudo. El hecho tiene una justificación precisa: la claridad con que Ricceur expone su pensamiento obliga a elegir entre la paráfrasis y la cita. He elegido la cita.

El trabajo es parte de una tesis leída hace ya unos años. No he podido volver a ella hasta ahora. Aunque, desde entonces, la bibliografía sobre Ricoeur se ha multiplicado, el objeto de estudio abordado en este trabajo sigue estando prácticamente inexplorado. Agradezco a los profesores Alejandro Llano, José Domínguez Caparros, Kurt Spang y Antonio Garrido, las sugerencias que me hicieron en la lectura pública del trabajo. Con Miguel Ángel Garrido, director de aquella tesis doctoral, mi deuda será más difícil de saldar. En su lucidez habrá que buscar el origen de muchos aciertos del estudio; desde luego, no hay que seguir el mismo camino para los errores.

1. Introducción: la crítica literaria y la hermenéutica

Es ya casi un tópico hacer notar el desarrollo que ha adquirido el estudio del lenguaje a lo largo del último siglo. Pocos ámbitos del pensamiento en las cien­ cias humanas prescinden ahora de un análisis previo del lenguaje. Una afirmación semejante podría hacerse a propósito de la crítica literaria, espe­ cialmente si se examina el trabajo de las últimas décadas. En efecto, una mirada somera a los movimientos que se han suscitado en estos años descubre enseguida que la crítica literaria, partiendo de posiciones formalistas, ha conseguido una autonomía epistemológica y metodológica que le ha permitido asimilar cada una de las nuevas corrientes que han ido apareciendo. Así, si el movimiento estructural ista y el formalismo están en el origen de la nueva poética1, la asunción de la pragmática está en la base de la constitución de la nueva retórica2. Se puede hablar, y con razón, de una renovación de la Teoría literaria y del ejercicio de la crítica de textos literarios. Además, esta renovación ha llevado consigo una ampliación de campos de estudio. El rigor de los distintos métodos de análisis ha sido de gran provecho en otros dominios no meramente literarios:

los textos bíblicos3, los textos de historia4, y, en general, todo tipo de hechos capaces de ser asociados a la noción de discurso5.

Cualquier compendio puede dar razón de este paso. Pueden verse: A. Yllera, Estilística, poética y semiótica literaria, Madrid, Alianza, 1974; J.M. Pozuelo, La teoría del lenguaje literario, Madrid, Cátedra, 1988.

G. Bettetini, «El giro pragmático en las semióticas de la interpretación»

155-

,

169.

Como muestra significativa, puede verse el documento de la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Ciudad del Vaticano, Ed. Vaticana, 1993. Por mi parte he tratado esta cuestión en V. Balaguer, «La teología narrativa», Scripta Theologica, 1996, n° 28, 689-712.

Sin embargo, el resultado no ha sido tan brillante en lo que se refiere a la relación entre la crítica literaria y la hermenéutica, si ésta se entiende como un examen riguroso de las condiciones de la interpretación, ya sean filológicas ya sean filosóficas6; es decir, si la interpretación textual es capaz de asumir metódicamente la subjetividad del sujeto que interpreta, y si el sujeto que interpreta tiene presente que el método interpretativo le obliga a abjurar de la

arbitrariedad7.

Con todo, también aquí caben matices. Es cierto que, hasta hace pocos años, la crítica literaria dejó un tanto de lado su relación con la hermenéutica, pero también es verdad, que, con la asunción del pensamiento hermenéutico como lenguaje común de la cultura8, la relación de los dos saberes se ha ido

Sobre ellos se volverá en el último capítulo, pero es conocido el fundamento

tropológico de H. White, Metahistory. The Historical Jmagination in the XIXth Century Europe, Baltimore and London, The John Hopkins University Press,

1973. Más sintéticamente en Lozano, El discurso

histórico

Es decir, semióticas no literarias. Sumariamente, puede verse la cuestión en M.Á. Garrido Gallardo, «Sobre una Semiótica Literaria Actual: la Teoría del Lenguaje

, narración, he tratado la cuestión en V. Balaguer, «La narración y sus ámbitos», Ricardo Escavy y otros (eds.), Homenaje al profesor A. Roldán Pérez, Murcia, Servicio de Publicaciones Universidad de Murcia, 1997, 649-658.

Ese es el sentido fuerte de la hermenéutica filosófica que tiene un estrecho vínculo

tiene

un significado equívoco; ya que puede significar, como a menudo se entiende, el arte de la interpretación de textos filosóficos (así como hay una hermenéutica

la teoría filosófica de la

Se puede marcar la diferencia entre los dos sentidos del

término hermenéutica (el primero, por el cual ella tiene la sola función de indicar

reglas prácticas para interpretar este o aquel género de textos o de signos; el segundo que examina filosóficamente la cuestión de la interpretación) llamándolas respectivamente concepción técnica y concepción filosófica de la hermenéutica.

) (

hermenéutica no se desarrollan paralelamente e independientemente en la historia del pensamiento, sino que son sólo dos momentos de un único proceso de desarrollo», G. Vattimo, Schleiermacher, filosofo della interpretazione, Milano, Mursia, 1986, 9. De hecho, cada método de análisis lleva implícita una posición hermenéutica. Aunque se refiere a la metodología que se aplica a los textos bíblicos, la cuestión está muy bien subrayada por A.C. Thiselton, New Horizons in Hermeneutics. The Theory and Practice o f Transforming Biblical Reading, Grand Rapids-Michigan, Zondervan, 1992.

Los dos significados que hemos convenido en llamar técnico y filosófico de la

interpretación.

sagrada, una hermenéutica jurídica, etc.), o también (

con la hermenéutica filológica: «La expresión “hermenéutica filosófica” (

69-89. Desde la perspectiva de la

Literario», Estudios de semiótica literaria

)

)

(

)

Véase G. Vattimo, «Hermenéutica: nueva koiné», Etica de la interpretación ,

estrechando9. Pero, en líneas generales, la respuesta ha sido tardía. En un primer momento, más de un teórico asimiló sin más la hermenéutica al ejercicio crítico. Por ejemplo, E. Coseriu cuando iguala la hermenéutica a su teoría de la lingüística del texto y dice:

Incidentalmente estoy convencido de que esta lingüística coincide con la filología

bien entendida, y también con la hermenéutica, pues la lingüística del texto (

es sino hermenéutica y la teoría de esta lingüística de texto no es otra que la teoría de la hermenéutica, de la interpretación.10

no

)

Muy semejante es la posición de Segre, aunque referida a la semiótica:

podría llegar a converger o incluso a ser sinónima de

crítica. La hermenéutica, tal como se ha desarrollado al servicio de los textos bíblicos o jurídicos, pretende la exactitud en la interpretación, literal o global. La

gama de procedimientos propia de la crítica es ciertamente más amplia y está diferentemente sintonizada y motivada que la de la hermenéutica; lo cual no significa que ambas pretendan otra cosa que la comprensión más completa posible del texto. La diferencia sustancial está en el objeto: el texto literario, comparado con el religioso o jurídico es más rico, o mejor, comprende un mayor número de códigos. La hermenéutica aquí auspiciada sería, indudablemente, una actividad semiótica. El texto se presenta al lector como un conjunto de signos gráficos. Estos signos tienen un significado denotativo, de carácter lingüístico, y constituyen, al mismo tiempo, en sus diferentes combinaciones, signos complejos que tienen también un significado propio; de las .connotaciones se derivan ulteriores posibilidades significativas. En cualquier ca'so, todos los significados están confiados a los signos; y en particular a signos homogéneos entre sí, signos lingüísticos. La hermenéutica podría ser la semiótica del texto literario.11

La palabra hermenéutica (

)

Algunos manuales recientes incluyen ya un capítulo dedicado al tema: Véase J.M. Cuesta Abad, «La crítica literaria y la hermenéutica», P. Aullón de Haro (ed.), Teoría de la crítica literaria, Madrid, Trotta, 1994, 485-510. Véase E. Coseriu, Textlinguistik, Tübingen, G. Narr, 1980, 35. Se refiere a la

teoría del texto y de su interpretación que propone en este volumen y que, con otra terminología, ya ha sido practicada antes por críticos como L. Spitzer*o Antonino Pagliaro. Las ideas de fondo no son muy distintas de las que propuso años antes en

E.

Coseriu, El hombre y su lenguaje, Madrid, Gredos, 1977, 201-207.

C.

Segre, Principios de análisis del texto literario, Barcelona, Crítica, 1985, 17-

Lo que es común a estos dos autores, y a otros muchos críticos literarios12, es ■tina descripción ingenua — o demasiado estrecha— de la hermenéutica que no tiene presente la pertenencia del intérprete — y por tanto del crítico— a aquello que interpreta.

Sin embargo, en los últimos años la crítica literaria sí se ha tomado más en serio la teoría hermenéutica que se deriva de la filosofía existencialista y que subraya la subjetividad en la interpretación. A veces, esta crítica ha introducido en el análisis la subjetividad sólo de manera intuitiva13, pero la asunción de esos presupuestos hermenéuticos es evidente en la aceptación de las teorías de la Estética de la recepción14, y en las propuestas de los autores que quieren abrir nuevas posibilidades a la crítica y a la interpretación de textos literarios15. Con todo, el campo que hasta el momento ha ofrecido más horizontes es el de aquellos autores que se proponen rescatar los procedimientos que han sido

Véase por ejemplo M. Riffaterre, «Hermeneutic Models», Poetics Today, 1983, n °4 /l, 7-16; E.J. Palti, «Auge y caída de la hermenéutica: la crítica literaria en Estados Unidos luego del New Criticism», Isegoría, 1997, n° 17,177-184.

Así Steiner: «La hermenéutica se define, en general, como el conjunto de métodos y prácticas sistemáticos de explicación y exposición interpretativa de textos y, en particular de las escrituras y los clásicos. Por extensión, tales métodos y prácticas se aplican a las lecturas de una pintura una escultura o una sonata. En este ensayo intentaré analizar la hermenéutica como puesta en acto de un entendimiento responsable, de una aprehensión activa. Los tres sentidos principales de la palabra interpretación nos proporcionan una orientación vital. Un intérprete es un descifrador y un comunicador de significados. Es un traductor entre lenguajes, entre culturas y entre convenciones performativas. Es, en esencia un ejecutante, alguien que “actúa” (acts out) el material ante él con el fin de darle vida inteligible. De ahí el tercer sentido importante de “interpretación”. Un actor o una actriz interpretan a Agamenón u Ofelia. Un bailarín interpreta la coreografía de Balanchine. Un violinista, una partitura de Bach. En cada uno de estos ejemplos, la interpretación es comprensión en acción; es la inmediatez de la traducción».

G. Steiner, Presencias reales. ¿Hay algo en lo que decimos?, Barcelona, Destino,

1991,18.

Véanse, entre otros, D. Villanueva, «Pluralismo crítico y recepción literaria», Tropelías, 1991, n° 2, 203-218; o más detenidamente, y a pesar del título,

L. Galván,

historia de lafilología, Pamplona, Eunsa, 2001. Véanse J.M. Cuesta Abad, Teoría hermenéutica y literatura, Madrid, Visor, 1991; S. W ahnón Bensusan, Saber literario y hermenéutica. En defensa de la interpretación, Granada, Publicaciones de la Universidad de Granada, 1991. La multiplicidad de cuestiones que están implicadas en la relación puede descubrirse en J. Domínguez Caparros (ed.), Hermenéutica, Madrid, Arco Libros, 1997.

El Poema del Cid en

España,

1779-1936: recepción, mediación,

usados en la hermenéutica de los textos bíblicos y aplicarlos a los procesos de la crítica literaria16.

Esta descripción, que no quiere ser — ni puede serlo, tampoco— un status quaestionis exhaustivo, sirve como marco para entender la teoría de Paul Ricceur. Sus escritos sobre la crítica de textos — literarios o bíblicos— se pueden tener como uno de los intentos más vigorosos por entrelazar ambos dominios: la crítica literaria y la hermenéutica17. Ricceur concibe una hermenéutica de comprensión y análisis de los textos donde la subjetividad presente en toda interpretación —y que la filosofía hermenéutica contemporánea ha sabido tematizar como constitutiva del proceso crítico— se hace compatible y necesaria con la objetividad metodológica que debe presidir el análisis literario. Como dice él mismo en más de un momento, como descripción de su teoría interpretativa:

Yo no quiero olvidar ni la fase epistemológica, donde el reto es el diálogo de la filosofía con las ciencias humanas, ni desatender este desplazamiento del problema hermenéutico, que en la actualidad pone el acento en el ser-en-el-mundo y en la pertenencia participativa que precede toda relación de un sujeto con un objeto que se le presenta.18

Las consecueñcias que se derivan de esta actitud son muy ricas para la crítica literaria, que así puede dar razón de los fundamentos de su metodología. Pero son también importantes para la filosofía hermenéutica, que descubre en la

Véase U. Eco, I limiti dell'interpretazione, Milano, Bompiani, 1990, 103-213; Véase también J. Domínguez Caparros, Orígenes del discurso crítico. Teorías

antiguas y medievales sobre la interpretación, M adrid, Gredos, 1993; J. Domínguez Caparros, «Teoría literaria y hermenéutica bíblica», V. Balaguer, V. Collado (eds.), V Simposio Bíblico Español. La Biblia en el Arte y en la Literatura, I, Pamplona-Valencia, Ed. Fundación' Bíblica Española, 1999, 73-96; G. Maturo, Introducción a una hermenéutica del texto, Buenos Aires, Tekné,

1995.

Véase, por ejemplo, A. Garrido Domínguez, «P. Ricoeur: texto e interpretación»,

Signa, 1996, n° 5, 219-238; M.J. Valdés, La interpretación abierta. Introducción a la hermenéutica literaria contemporánea, Amsterdam-Atlanta, Rodopi, 1995.

33-34. En alguna ocasión se ha querido hacer

notar la raíz exegética que tiene este planteamiento hermenéutico de Ricceur (véase, por ejemplo, D. Ihde, «Paul Ricoeur’s Place in the Hermeneutical

, apreciación, Ricosur ha respondido siempre con vigor diciendo que la raíz exegética de su hermenéutica es la «metodología exegética» presente en Schleier­ macher, pero en estas dos palabras el acento debe ponerse en la metodología y no en la exégesis (P. Ricoeur, «Reply to Don Ihde», ibídem, 71-73).

Tradition», L.E. Hahn (ed.), The Philosophy o f Paul Ricceur

59-70). A esta

Ricoeur, «De l’interprétation»

,

metodología del análisis textual y literario un camino para que sus operaciones orientadas a la comprensión no resulten arbitrarias19.

Para describir el valor de la propuesta de Ricoeur, es necesario atender, aunque sea brevemente, a las diversas posiciones que se han dado en la hermenéutica moderna: en ese marco se percibe mejor su aportación, especialmente en lo que se refiere a la singular solución que propone a la oposición entre explicar y comprender.

2. La hermenéutica moderna: marco general

No es fácil resumir en pocos trazos la historia de la hermenéutica moderna, ni siquiera cuando esta historia se quiere limitar a la interpretación de textos. En cierta medida podría decirse que «un status quaestionis de la hermenéutica requeriría un estado de la cuestión de los estados de la cuestión»20.

Los primeros pasos de la hermenéutica moderna están bastante bien identificados y clarificados: su nacimiento en el movimiento de la reforma protestante, su radicalización en la hermenéutica romántica con Schleiermacher y Dilthey, y el giro posterior que le imprimió Heidegger son los tres momentos que están presentes en cualquier Historia de la hermenéutica, y que los autores detectan con relativa claridad21.

Pero no ocurre lo mismo con las diversas teorías que han aflorado en los últimos cincuenta años que son más fáciles de elencar que de clasificar22. En este estado de cosas, tres puntos pueden describir someramente la posición de P. Ricoeur.

Véase Ricoeur, «De l’interprétation»

, adelante, el mismo autor advierte que la hermenéutica de Ricceur constituye el esfuerzo más riguroso y serio por integrar las cuestiones implicadas en la interpretación y afrontar así el problema del sentido (ibidem, 95). Ya Gadamer ( Verdad y método: Fundamentos de una hermenéutica filosófica, Salamanca, Sígueme, 1977) establecía estos tres periodos, pero la clasificación es común a cualquier historia de la hermenéutica: véanse M. Ferraris, Storia dell’ermeneutica, M ilano, Bom piani, 1997; M. M aceiras, J. Trebolle, L a hermenéutica contemporánea, Bogotá, Cincel, 1990. Para la relación de la herme­ néutica moderna con el legado clásico, véase J. Grondin, Introducción a la hermenéutica filosófica, Barcelona, Herder, 1999, 41-77. Los autores normalmente tienden a enumerarlas sin más: hermenéutica y racionalismo crítico (Albert), hermenéutica de la palabra (Fuchs), hermenéutica y crítica de las ideologías (Habermas), hermenéutica y deconstrucción (Derrida), hermenéutica y pragmática (Rorty), etc. Véase, por ejemplo, F. Russo, «Temi dell’ermeneutica del XX secolo», Acta Philosophica, 1999, n° 8/2, 251-268.

19. Con todo, más

, Véase Cuesta Abad, Teoría hermenéutica y literatura

34-35.

a) Por una parte, las tesis de Ricoeur aparecen en todos los elencos como una

de las posiciones de referencia a la hora de describir el marco de la hermenéutica

contemporánea23.

b) Por otra parte, dialoga con casi todas estas corrientes hermenéuticas. El

fenomenólogo francés no rehuye el diálogo, o la confrontación, con ninguno de estos autores que aparecen en sus escritos en más de una ocasión. Sin embargo, él mismo se sitúa en la corriente de la tradición que descubre profundas analogías entre la hermenéutica y el lenguaje, y más precisamente entre la hermenéutica y

la interpretación de los textos24.

c) Finalmente, el aspecto más significativo de la posición hermenéutica de

Ricoeur tal vez sea su enmarcamiento no sólo con referencia a la historia de la hermenéutica moderna, sino también en relación con el legado clásico de esta disciplina. Por tanto, es capaz de ser comprendido no sólo desde la historia de la disciplina, sino también desde su definición y descripción, es decir, desde un punto de vista conceptual.

Estas notas se ponen de manifiesto cuando los autores tratan de delimitar las líneas del pensamiento de Ricosur que lo singularizan frente a sus coetáneos25. Así, algunos lo ven como el ejemplo más palmario de confluencia entre una

Curiosamente su presencia es mínima en autores como Grondin (Introducción a la hermenéutica filosófica). Pero, como apunta Greisch, la tesis de Grondin, según la cual la universalización de la hermenéutica descansa en última instancia en el «verbum interius» agustiniano, hace que este autor se detenga en Gadamer y se enfrente directam ente a las tesis de Ricceur. Véase Greisch, «Hacia una

hermenéutica de sí mismo: la vía corta y la vía larga»

, El diálogo con la tradición hermenéutica anterior a él se verá de alguna manera en las páginas siguientes. Pero es significativo su interés por no desentenderse de posiciones distintas a la suya (véase, por ejemplo, P. Ricoeur, «Ethics and Culture. Habermas and Gadamer in Dialogue», Philosophy Today, 1973, n° XVII, 153-165;

o P. Ricoeur, «Rhétorique, poétique, herméneutique», Lectures II, Paris, Seuil, 1992, 479-494). Sin embargo, hay dos notas que deben subrayarse de ese diálogo:

por una parte, Ricoeur sabe ver que los métodos no son de por sí inocentes, ya que conllevan una posición hermenéutica (es ejemplar a este propósito su descripción de la posición hermenéutica presente en Greimas, como una alternativa a la su

propia propuesta: P. Ricoeur, «Entre herméneutique et sémiotique», Lectures II 431-446); por otra parte, como apunta Gadamer, Ricoeur «nunca‘adopta una postura de oposición sin ofrecer cierta forma de reconciliación», Gadamer, «La

269.

,

hermenéutica de restauración del sentido con una hermenéutica crítica26, otros subrayan su importancia al ver cómo en Ricoeur confluyen el comprender y el interpretar27, la tradición platónica resucitada por Gadamer con la tradición aristotélica más presente en las teorías del lenguaje28.

«En Ricoeur se encuentran las dos hermenéuticas, la herm enéutica de la restauración del sentido, o de la escucha; y una hermenéutica crítica, que es capaz de retornar de nuevo —tras la escucha y la aceptación de la tradición, tras la asunción de toda la dimensión de la temporalidad histórica con todas las novedades culturales y existenciales que comporta— a una interpretación de sí mismo frente al texto. Sólo en este sentido de una doble hermenéutica que escucha el texto, y que hace de él un pre-texto para recorrer históricamente el pasado histórico y volver enriquecida sobre el sujeto, es posible entender todo el significado de la obra de Ricoeur», G. Mura, Ermeneutica e veritá. Storia e problemi della filosofía della interpretazione, Roma, CittáNuova, 1990, 313. Véase J. Starobinski, «L’art de comprendre. Avant-propos», F. Schleiermacher, Herméneutique, Genéve, Labor et fides, 1987, 5-11. Starobinski define la hermenéutica como el «arte de comprender e interpretar», pero es claro que enseguida tenemos que interpretar esta misma definición. Las soluciones que se han dado a lo largo de la historia han sido aproximaciones: hermenéutica es, primer lugar, «mediación con vistas a producir un mensaje inteligible», y, desde este punto de vista, hay que decir, con Aristóteles, que la mediación se hace en la frase predicativa, vehículo del juicio; desde un segundo punto de vista, como el que sostiene Gadamer, el trabajo de la herm enéutica no está tanto en la elaboración de la interpretación de un texto cuanto en la comprensión de un mensaje; finalmente, según Starobinski, cabe un tercer punto de vista, que es el que sostiene Ricceur, según el cual «decir, traducir e interpretar» son tres actividades distintas que, si bien se implican mutuamente, no se pueden reducir unas a otras; por tanto hay que retener el concepto aristotélico de hermeneia, sin pasar por alto la actividad de la comprensión.

Sin embargo, Ricoeur percibe esta posición complexiva en el mismo Aristóteles:

«Este vínculo de la interpretación — en el sentido preciso de exégesis textual— con la comprensión — en el sentido amplio de inteligencia de los signos— está atestiguado por uno de los sentidos tradicionales de la m ism a palabra hermenéutica, el que nos viene del Peri hermeneias de Aristóteles; hay que subrayar, en efecto, que en Aristóteles la hermeneia no se limita a la alegoría, sino que concierne a todo discurso significante; más aún, es el discurso significante quien es hermeneia, quien interpreta la realidad, en la medida que él dice “algo de alguna cosa”; hay hermeneia porque la enunciación es una extracción de lo real por medio de expresiones significantes y no un extracto de impresiones venidas de las cosas mismas», P. Ricoeur, «Existence et herméneutique», Le conflit des

8. Véase también Ricceur, «Qu’est-ce

interprétations. Essais d ’herméneutique

,

En estos juicios sobre la singularidad de las tesis de Ricoeur se pone de

manifiesto que en el fondo de las cuestiones hermenéuticas hay tesis opuestas

concebida como una restauración del sentido o como una

crítica del sentido, como un reconocimiento del sentido o como la creación de un nuevo sentido, como una mediación o como una interpretación— y que Ricoeur

intenta componer lo que parecen movimientos antagónicos. Por eso, para entender sus propuestas hay que reconocer dos pasos: en primer lugar, hay que hacerse conscientes de que las cuestiones principales — la mediación y la finalización de la interpretación en un discurso— ya estaban planteadas en el origen de la hermenéutica griega, como pone de manifiesto la misma etimología de la palabra29; en segundo lugar, debe reconocerse que plantear una teoría hermenéutica de los textos hoy significa medirse con lo que se ha dicho en los dos momentos centrales en los que la hermenéutica moderna se ha relacionado con los textos: el movimiento de la hermenéutica romántica (Schleiermacher y Dilthey) y el de la hermenéutica ontológica (Heidegger y Gadamer).

— la comprensión

En continuidad con estos dos movimientos, y en un proceso dialéctico con ambos, se determina el pensamiento hermenéutico de Paul Ricoeur. En la interpretación de los textos, Ricceur negará los extremos que se derivan de ambas posiciones — la intentio auctoris y la intentio lectoris, respectivamente30— , para

Indudablemente la investigación etimológica debe hacerse desde la palabra griega y no desde su traducción latina (véase J. Pepin, «L’Hqrméneutique ancienne. Les mots et Ies idées», Poétique, 1975, n° VI, 291-300):. En los textos griegos se encuentra ya con tres acepciones: a) interpretar, explicar, ilustrar: así en Platón, Sófocles, Papías, etc.; b) traducir en palabras, expresar los propios pensamientos:

menos usada que la anterior está atestiguada en Platón, Tucídides, Hermógenes; c) conducir de una lengua a la propia: muy usada en textos bíblicos se encuentra también en Platón y Jenofonte (véase J. Behm, «Hermeneuo», Grande Lessico Nuovo Testamento, Brescia, Paideia, 1967, col. 901-917). A partir de los estudios

de

Ébeling y Kerenyi, G. Mura establece una relación entre la raíz griega “erm” y

la

latina “(s)erm” de donde sermo, véase G. Mura, «L’ermeneutica nei “Dialoghi”

di

Platone e nel trattato “suH’interpretazione” di Aristotele», Cultura & libri,

1992, n° 6, 9. La relación al discurso es clara; no lo parece tanto el otro término que debe relacionarse con él: la realidad u otro discurso; véase K. Kerenyi, «Origine e senso dell’ermeneutica», Archivio di filosofía, 1963, n° XXX1II/1-2,

129-137.

«No se trata, pues, de definir la hermenéutica por la coincidencia entredi genio del lector y el genio del autor. La intención del autor, ausente de su texto, ha llegado a ser, ella misma, una cuestión hermenéutica. En cuanto a la otra subjetividad, la del lector, es del tal modo obra de la lectura y don del texto, que ella misma es la portadora de las expectativas con las que el lector aborda y recibe el texto. Por tanto no es cuestión tampoco de definir la hermenéutica por el primado de la

^firmar una hermenéutica en la que el horizonte deja de ser intencional, y en cambio el texto, objeto del que se trata al fín y al cabo, ocupa el lugar central. Situado en el marco del análisis de textos literarios, podrá decir:

La tarea de la hermenéutica (

restituir la capacidad de la obra para proyectarse más allá, en la representación de

es doble: reconstruir la dinámica del texto,

)

un mundo que yo podría habitar.31

Sin embargo, poner de manifiesto el alcance de esta teoría significa poner en contraste las tesis de Ricceur con las de sus predecesores. Sólo en este lugar se podrá descubrir en qué sentido Ricoeur entiende su postura como una «dialéctica» de ambas posiciones. Este es el curso que sigue Ricoeur, y por eso el mejor procedimiento puede ser atender a sus propias afirmaciones.

3. Marco epistemológico de la hermenéutica de Paul Ricoeur

Es casi un tópico afirmar que la hermenéutica moderna comienza con Schleiermacher. También Ricoeur, cuando traza un breve resumen de la historia de la hermenéutica moderna, empieza su recorrido por el pensador alemán. Sin embargo, Ricoeur se pregunta en más de una ocasión si esta afirmación no pasa por alto, de manera excesivamente apresurada, toda una tradición (Orígenes, San Agustín, etc.) en la que las reglas de la interpretación han sobrevivido a la más acerba de las críticas: la del tiempo32. De hecho, como se ha apuntado antes, son cada vez más los autores que vuelven los ojos hacia la tradición de los Padres de la Iglesia para descubrir el lugar en el que están emparentados con la crítica literaria contemporánea.

Sin embargo, sí hay una razón de peso para colocar el origen de la hermenéutica moderna en Schleiermacher. Ricceur apunta que las tesis de Schleiermacher comportan no sólo la universalización del saber hermenéutico frente a la fragmentación anterior; en el fondo, esas tesis suponen introducir la cuestión del comprender por delante de las técnicas para realizar la comprensión:

La hermenéutica, en efecto, ha nacido — o, más bien, ha resucitado— en la época de Schleiermacher de la fusión entre la exégesis bíblica, la filología clásica y la

subjetividad lectora del texto, esto es, por una estética de la recepción», Ricceur,

«De l’interprétation»

Ibídem, 32. Véase P. Ricoeur, «Schleiermacher’s Hermeneutics»,

,

31.

1977, n° 60,

181. Un juicio sereno sobre la poderosa influencia de esta hermenéutica patrística

en la hermenéutica filosófica con vocación universalista, puede verse en Grondin,

The Monist,

jurisprudencia. Esta fusión entre diversas disciplinas ha podido ser operativa gracias a un giro copernicano que ha hecho pasar la cuestión de qué es com prender por delante de la cuestión sobre el sentido de tal texto o de tal categoría de textos.33

Por eso, cuando Ricceur esboza la. historia de la hermenéutica moderna34, incluye las dos fases — la hermenéutica romántica y lo que denomina hermenéutica ontológica— englobadas bajo el punto de vista del comprender:

Yo veo la historia reciente de la hermenéutica dominada por dos preocupaciones. La primera tiende a alargar progresivamente el alcance de la hermenéutica de forma que todas las hermenéuticas regionales sean incluidas en una hermenéutica general', pero este movimiento de des-regionalización no puede llevarse hasta su término sin que, al mismo tiempo, las preocupaciones propiamente episte­ mológicas de la hermenéutica — quiero decir, su esfuerzo por constituirse en un saber de reputación científica— se subordinen a las preocupaciones ontológicas según las cuales comprender deja de aparecer como un simple modo de conocer para convertirse en una manera de ser y de relacionarse con los seres y con el ser; el movimiento de des-regionalización se acompaña así de un movimiento de radicalización por el cual la hermenéutica llega a ser no sólo general sino

fundamental,35

En estas palabras de Ricceur se señalan cuatro notas que es necesario perfilar bien:

a) El propósito de Schleiermacher de fundar una hermenéutica general, una

ciencia metódica de la interpretación que aboliera las fronteras entre las diversas técnicas interpretativas de los textos bíblicos, los clásicos y los jurídicos36.

Ricceur, «De Pinterprétation»

,

27. Subrayado mío.

Los lugares en los que se puede encontrar este repaso son: P. Ricoeur, «Langage (Philosophie)», Encyclopaedia Universalis IX, Paris, Encyclopaedia Universalis France, 1971, 771-781; P. Ricoeur, «La tache de l’herméneutique», Du texte á

l ’action. Essais d ’herm éneutique II

Hermeneutics»

, presentación de Ricoeur el lugar histórico está en íntima relación con el lugar metodológico. Una buena exposición de esta relación — sin aludir a la catego- rización de explicar y comprender de Ricoeur— puede verse en L. Gelsetzer, «Che

cos’é l’ermeneutica», Rivista di filosofía neo-scolastica, 1983, n° LXXV/4, 594-

622.

76. En este texto se advierte que en la

75-100; Ricoeur, «Schleiermacher’s

, Ricoeur, «La tache de 1’herméneutique»

,

181-197.

En realidad, Schleiermacher se enfrenta a la regionalización de la hermenéutica pietista, pero, la primera parte del siglo x iii ya había conocido hermenéuticas

^ b ) Ahora bien, esta abolición de fronteras no es un proceso inocente, pues ahora la cuestión se traslada desde la interpretación a la comprensión: el proyecto está incoado en Schleiermacher, pero se desarrolla más plenamente en Dilthey37.

Según el pensamiento de Heidegger y

Gadamer,

la cuestión filosófica de la comprensión no puede fundarse en un

método — como habían hecho sus predecesores— ya que comprender es, antes

que nada, un modo de ser-en-el-mundo38.

d) Finalmente, este proceso de ontologización de la hermenéutica lleva

consigo otro de radicalización por el que la hermenéutica pasa a ocupar el lugar

del fundamento general de las ciencias del espíritu.

conveniente

repasar, aunque sea brevemente, los puntos cruciales de estos autores, para identificar lo que acepta y lo que modifica de cada uno de ellos.

c) Pero hay que dar un paso más.

Ya

que

Ricoeur entiende

su

aportación

en

este

marco39, es

universalistas. Véase Grondin, Introducción a la hermenéutica filosófica

108.

,

103-

«Es con Schleiermacher y Dilthey con los que el problema hermenéutico llega a

ser problema filosófico. (

wissenschauften una validez comparable a la de las ciencias de la naturaleza, en la edad de la filosofía positivista. Puesto en estos términos, el problema era

epistemológico. (

simple epistemología: la interpretación que, para Dilthey, se relaciona con los documentos fijados por la escritura, es sólo una provincia del dominio más vasto de la comprensión, la cual va de una vida psíquica a una vida psíquica extraña; el problema hermenéutico se encuentra así trasladado a la psicología: comprender es, para un ser finito, transportarse a otra vida», Ricoeur, «Existence et hermé­

neutique»

La vía

corta es aquella de una ontología de la comprensión al modo de Heidegger. Llamo vía corta a tal ontología de la comprensión porque, rompiendo con los debates del método, toma como emblema el plan de la ontología del ser finito, para encontrar allí el comprender ya no como un modo de conocimiento sino como un modo de ser» (ibídem, 10). Por vía larga entiende Ricoeur su propia hermenéutica: fundada

en la ontología de la comprensión, no rechaza por ello los aspectos metódicos.

, «Hay dos maneras de fundar la hermenéutica en la fenomenología. (

Pero la solución del problema excedía los recursos de una

)

El problema de Dilthey era dar a las G eistes-

)

8-9.

)

Esta historia de la hermenéutica moderna tal como la concibe Ricoeur constituye lo que él llama «el fondo sobre el cual trato de elaborar por mi cuenta el problema hermenéutico de una manera que sea significativa para el diálogo entre la herme­ néutica y las disciplinas semiológicas y exegéticas», P. Ricoeur, «La fonction herméneutique de la distantiation», Du texte á l ’action. Essais d ’herméneutique

3.1. La hermenéutica romántica: Schleiermacher y Dilthey

Es cosa conocida que Schleiermacher no escribió nunca un tratado de hermenéutica. Cuando se habla de la hermenéutica de Schleiermacher se hace referencia a un conjunto de escritos, muchos de ellos inéditos hasta su muerte, con trazos comunes en torno al problema de la interpretación40. Ricceur y la mayoría de los tratadistas reconocen dos cuestiones íntimamente unidas en la herm enéutica de Schleiermacher: su fundamentación como ciencia y su

método41.

Schleiermacher quiere fundamentar la hermenéutica como una ciencia porque advierte que la interpretación en su época se presentaba como un movimiento intuitivo o una suma de observaciones que no llegaban a satisfacer ninguna exigencia científica42. Por ello propone entender como objeto de la hermenéutica «toda comprensión de un discurso extraño»43, y como modelo de la comprensión una metodología

que sea tal que, como tecnología propiamente dicha, no sea solamente el fruto atento de trabajos magistrales de artistas en el citado dominio, sino que exponga bajo una forma conveniente y científica todo el entendimiento y las razones de ser del proceso.44

Pero, si es una ciencia, necesita de una metodología. Para la fundamentación del método, Schleiermacher parte de un principio; cada discurso tiene una relación con el conjunto de la lengua en el que se expíesa y con el pensamiento

Los escritos van desde 1805 a 1833. Sobre las diversas ediciones de esos escritos, puede verse el estudio introductorio de M. Simón a la edición francesa:

F. Schleiermacher, Herméneutique, Genéve, Labor et fides, 1987. Ricoeur confiesa

depender de las notas de este estudio de M. Simón, inédito entonces, Ricoeur,

191. Véase también F.D.E. Schleiermacher,

Los discursos de la hermenéutica, (introducción, traducción y edición bilingüe de

L. Flamarique), Pamplona, Cuadernos de Anuario Filosófico, n° 83, 1999.

Véanse Ricoeur, «La tache de l’herméneutique»

, dependencia que en Schleiermacher tiene la hermenéutica de la dialéctica y, en

último caso, de la ética. L. Flamarique, Schleiermacher. La filosofía frente al enigma del hombre, Pamplona, Eunsa, 1999; Grondin, Introducción a la

hermenéuticafilosófica

«Practicar la comprensión al momento, sin reflexión y recurriendo a las reglas sólo en los casos aislados, es también un procedimiento ilegal». Notas de 1828 a la

«Exposición abreviada de 1819», Schleiermacher, Herméneutique Schleiermacher, «Discursos académicos de 1829» (ibídem, 170). Ibídem, 172.

, Al mismo tiempo, hay que anotar la

«Schleiermacher’s Hermeneutics»

,

78; Vattimo, Schleiermacher,

filo so fo

della

interpretazione

2,

136.

,

115-118.

,

99, nota.

global de un autor. De ahí se derivan dos tipos de interpretación que no pueden 'darse separadamente: la gramatical y la técnica (o psicológica). La interpretación

g ra m a tic a l mira directamente a la lengua, «es el arte de encontrar el sentido

preciso

interpretación técnica o p sicológica se preocupa del sujeto hablante: el lenguaje se toma aquí simplemente como un órgano al servicio de la individualidad del hombre. Las exposiciones de Schleiermacher están llenas de matices46 a la hora de valorar la complementariedad de estos tipos de interpretación.

la lengua»45. La

de

un

cierto

discurso

a partir

y

con

la ayuda de

La misma complementariedad se presenta al tratar de los dos m étodos de

imposible separar ambos

métodos, pues cada uno reenvía al otro47; sin embargo, Schleiermacher acabó por privilegiar el método adivinatorio, pues es el que puede dar unidad a la interpretación:

in te rp re ta c ió n : el a d iv in a to rio

y

el c o m p a ra tivo .

Es

La adivinación no recibe su certeza sino en la comparación que la confirma; sin ella puede acabar siendo fanática. Pero la comparación no ofrece unidad alguna: lo general y lo particular deben compenetrarse y esto sólo se da por adivinación.48

Schleiermacher, «Primer esbozo de 1809-1810» (ibídem, 77).

«La interpretación gramatical es, sin duda y hablando propiamente, interpretación objetiva, la interpretación técnica es la subjetiva. Así pues desde el punto de vista de la construcción, aquélla es solamente negativa, indica los límites, ésta es la interpretación positiva». Schleiermacher, «Aforismos de 1809-1810» (ibídem, 48). «Hay una igualdad total entre los dos momentos y es equivocado llamar a la interpretación gramatical inferior y a la psicológica, superior. La interpretación psicológica es superior si se considera solamente la lengua como el medio por el

es

si se considera al individuo como un lugar del lenguaje y su discurso

como el lugar en el que se manifiesta», Schleiermacher, «Exposición abreviada de 1819» (ibídem, 103). «Para toda empresa hay enseguida dos métodos, el método adivinatorio y el método comparativo, los cuales reenvían el uno al otro y no deben pues separarse el uno del otro. El método adivinatorio es aquel por el cual se busca sacar directamente aquello que es individual transformándose en cierta manera en el otro. El comparativo se propone aquello que debe comprenderse como una realidad general y encuentra enseguida lo individual comparándolo con otros que son comprendidos en esta misma generalidad. Aquél es la capacidad femenina en el conocimiento de los hombres, éste es la masculina. Los dos reenvían el uno al otro». Schleiermacher, «Exposición resumida de 1819» (ibídem, 149). Schleiermacher, «Aforismos de 1809-1810» (ibídem, 50).

que el individuo humano comunica sus pensamientos. (

)

La gramatical

superior (

)

Este privilegio del método adivinatorio y de la interpretación técnica es el que acaba en el conocido aforismo: «Se debe comprender tan bien, o mejor incluso, que el escritor»49.

Tenemos así los tres elementos capitales en la teoría de Schleiermacher: el objeto, el método y los objetivos. Ricceur no dice nada acerca de los dos primeros, pero se opone decididamente al tercero: tener como objetivo de la comprensión una especie de intropatía entre el lector y el autor. Para Ricoeur, el texto no es una excusa para conocer al autor; al revés, conocer al autor es uno de los caminos para comprender el texto. Por eso, el fenomenólogo francés dice que su teoría hermenéutica se opone en este punto a

la concepción rom ántica y psicologizante de la herm enéutica salida de Schleiermacher y Dilthey, para quienes la ley suprema de la interpretación es la búsqueda de una congenialidad entre el alma del autor y la del lector. A esta búsqueda, a menudo imposible y siempre confusa, de una intención escondida detrás de la obra, yo opongo una búsqueda que se dirige al mundo desplegado delante de la obra.50

Pero, para entender del todo la posición de Ricceur respecto de la hermenéutica romántica, hay que dar un paso más. En la concepción de Ricoeur, Schleiermacher está estrechamente relacionado con Dilthey. Con Dilthey, la hermenéutica se radicaliza, ya que pasa de la comprensión de textos a la comprensión histórica51. Con este desplazamiento, queda erigida como el método de las ciencias del espíritu, cuyo emblema es la comprensión, frente a las ciencias

Schleiermacher, «Primer esbozo de 1809-1810» (ibidem, 76). Los comentaristas suelen anotar que éste era un aforismo común a los filólogos del que no se sabe muy bien su origen. Por otra parte el mismo Schleiermacher en sus «Discursos Académicos» cita la expresión como algo conocido por todos (ibidem, 189).

, apunta: «La “fórmula” del “comprender mejor” (besser Verstehen) la encontramos

también en Fichte y en Kant. En “El destino del sabio” escribe Fichte, a propósito de una mejor interpretación de Rousseau: “Vamos a comprender mejor a Rousseau de lo que él mismo se ha comprendido, y a encontrarnos a un Rousseau en plena coincidencia consigo mismo y con nosotros”», E. Lledó, El silencio de la escritura, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1991, 84.

278. O expresado en forma más drástica: «Como le

Ricoeur, La Métaphore vive

E. Lledó, citando a O. Fr. Bollnow, «Das Verstehen»

Mainz 1949, 10-11,

, gusta decir a Gadamer: si lo que hay que comprender es al autor para comprender un poema, entonces podría crear ese poema yo mismo», P. Ricosur, «Evenement et sens», Archivio di filosofía, 1971, n° 41/2, 23.

de la naturaleza, que están regidas por la explicación52. Es en este último punto donde hay que situar la aportación de Ricceur, que no acepta la oposición tajante entre los dos ámbitos y, por tanto, tam poco opondrá «explicar» a

«comprender»53.

Para entender la posición de Dilthey es necesario prestar atención a dos movimientos: el historicismo, si se entiende como el movimiento que considera la historia como el gran documento del hombre, como la más fundamental expresión de la vida54, y el positivismo, si se entiende por tal, en términos generales, la exigencia de tener como modelo de toda inteligibilidad la explicación empírica propia de las ciencias naturales55. En este marco general, la pretensión de Dilthey era dotar a las ciencias del espíritu de una metodología y una epistemología tan respetables como las de las ciencias de la naturaleza56. Para ello acudió en un primer momento a la psicología, a la autoconciencia57. Sin

«Las ciencias del espíritu se diferencian de las ciencias de la naturaleza, en primer lugar, porque éstas tienen como objeto suyo hechos que se presentan en la conciencia dispersos, procedentes de fuera, como fenómenos, mientras que en las ciencias del espíritu se presentan desde dentro, como realidad, y originariamente como una conexión viva. Así resulta que en las ciencias de la naturaleza se nos ofrece la conexión natural sólo a través de conclusiones suplementarias, por medio de un haz de hipótesis. Por el contrario, en las ciencias del espíritu tenemos como base la conexión de la vida anímica como algo originariamente dado. La natu­ raleza la explicamos, la vida anímica la comprendemos», Ideas para una psicología descriptiva y analítica, de 1894. Cito por J. Vicente, «Comprensión histórica y autoconciencia en Dilthey», Themata, 1988, n° 5, 191. Véase J. Dunphy, «L’héritage de Dilthey», J. Greisch, R. Kearney (eds.), Paul

Ricceur: Les métamorphoses de la raison herméneutique, Paris, Cerf, 1991, 83-95.

Véase Ricoeur, «La tache de l’herméneutique»

Para un desarrollo más puntual de la influencia de estos dos movimientos en Dilthey, véase E. Coreth, «Historia de la Hermenéutica», A. Ortiz-Osés,

P. Lanceros

Universidad de Deusto, 1997, 296-312. Véase P. Ricoeur, «Interprétation», Lectures II

, literaria del presente siglo, con el estructuralismo y sus epígonos, la dicotomía de Dilthey sigue presente en la fundamentación de las ciencias del espíritu. Así por ejemplo, en el fondo, el debate en torno a la literariedad y al método en teoría de la literatura, todavía no ha superado las aporías de Dilthey. Desde otros puntos de vista, puede verse el alcance de la aporía en Wahnon, Saber literario y

13-49; véase también Cuesta

452. Como ha probado la crítica

,

82.

(dirs.),

Diccionario

interdisciplinar

de

H erm enéutica, Bilbao,

hermenéutica. En defensa de la interpretación

Abad, Teoría hermenéutica y literatura

,

, 149ss.

La evolución de este pensamiento en Dilthey está constatada en muchos autores (Gadamer, Habermas, etc.). Puede verse un acertado resumen crítico en Vicente,

embargo, desde la experiencia de la historia58, recurrió a la hermenéutica de Schleiermacher ya que Dilthey reconocía, en el aspecto psicológico de la hermenéutica, «su propio problema, el de la comprensión por transposición en

otro»59.

Pero, en el examen que hace Ricceur, la dilatación del ámbito de la hermenéutica, al mismo tiempo que la encumbra, la desplaza. La hermenéutica era el método de la interpretación de textos, y pasaba a ser el método de la interpretación de la vida. Este desplazamiento tuvo dos consecuencias que fueron, además, en direcciones opuestas. Por un lado, la hermenéutica, con la crítica filológica de los textos, aportaba objetividad a la comprensión60 y por tanto era refugio seguro para la fundamentación de las ciencias del espíritu. Pero, por otro lado, la hermenéutica quedaba relegada definitivamente en la psicología, pues lo que se pretendía alcanzar con ella no era la interpretación de los textos sino de aquello que está detrás de los textos. En palabras de Ricoeur:

si la empresa en el fondo permanece en la psicología es porque a la interpretación se le asigna como tarea última no aquello que dice un texto sino aquello que se expresa en él. De esta forma el objeto de la hermenéutica es deportado sin cesar del texto, de su sentido y su referencia, hacia lo vivido que en él se expresa.61

objetivos, en la propuesta de Paul Ricceur, la experiencia

hermenéutica deberá desertar del psiquismo y «desplegar el texto no hacia su autor sino hacia la suerte de mundo que abre y descubre»62.

Frente a estos

3.2. La hermenéutica ontológica: Heidegger y Gadamer .

La obra de Schleiermacher representa, a los ojos de Ricoeur, un giro coper- nicano en la hermenéutica, pues supone el paso de las hermenéuticas regionales, dedicadas a la interpretación de los textos, a la.hermenéutica general cuyo objetivo es la comprensión. La obra de Heidegger puede tenerse como la «segunda revolución copernicana», especialmente por el nuevo sentido que

Ricosur expresa puntualmente el razonamiento de Dilthey: «Dilthey fue el primero en intentar fundar todas las ciencias del espíritu — comprendiendo también la historia— sobre la capacidad que tiene el espíritu de trasladarse a una vida psíquica distinta, sobre la base de los signos que “expresan” — es decir llevan al exterior— la experiencia íntima del otro». Véase Ricceur, Temps et récit III , 214. En nota expone también las consecuencias de tal intimismo.

Ricceur, «La tache de l’herméneutique»

,

84.

Véase Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

»,

144.

Ricoeur, «La tache de l’herméneutique» Ibídem, 87.

,

86.

adquieren los términos «comprender» e «interpretar» en su obra Ser y donde «comprender es un modo de ser antes que un modo de conocer»63.

Este paso, entender la comprensión como modo de ser antes que como modo de conocer, supone poner en discusión otro aspecto: la validez y los límites de la metodología hermenéutica. Ricceur lo dice de manera condensada:

Tiempo

Más allá de Dilthey, el paso decisivo no consistió en un perfeccionamiento de las

La

presuposición de una hermenéutica concebida como epistemología es cuestionada por Martin Heidegger, y detrás de él, por Hans Georg Gadamer. Su contribución no puede emplazarse pura y simplemente en la prolongación de la empresa de Dilthey; debe más bien aparecer como la tentativa de ahondar en la misma empresa epistemológica, con el fin de actualizar las condiciones propiamente

ontológicas.64

ciencias del espíritu, sino en cuestionar su postulado fundamental. (

)

En efecto, la crítica radical de Gadamer a Dilthey — «la vida hace su propia exégesis: ella misma tiene una estructura hermenéutica»65— tiene en su base los postulados de Heidegger, en concreto, los que esbozó en Ser y Tiempo. Una lectura de este libro66 descubre que la elección del Dasein (ser-ahí), como el

Ricoeur, «Interprétation»

Ricoeur salte desde Dilthey hasta Heidegger sin pasar por Husserl, y más teniendo en cuenta que Ricoeur no ha dejado de adscribirse a la fenomenología. En realidad, lo que sostiene Ricoeur es que la hermenéutica es una fase por la que tiene que pasar la fenomenología husserliana si no quiere quedarse en posiciones idealistas. En concreto, las dos tesis de Ricoeur son: 1) lo que la hermenéutica ha arruinado no ha sido la fenomenología, sino la interpretación idealista que hizo Husserl de ella; 2) si es verdad que la fenomenología es la presuposición de la hermenéutica, no lo es menos el hecho de que la fenomenología no se puede constituir a sí misma sin una presuposición hermenéutica. Véase P. Ricoeur, «Phénoménologie et

39-73; véanse

tam bién Ricoeur, Temps et récit III

herméneutique»

,

, Pueden verse a modo de ejemplo estos párrafos: «De la investigación misma, resultará esto: el sentido metódico de la descripción fenomenológica es una interpretación. El logos de la fenomenología del “ser-ahí” tiene el carácter de hermenéueien, mediante el cual se le dan a conocer a la comprensión del ser inherente al “ser-ahí” mismo el sentido propio del ser y las estructuras fundamentales de su peculiar ser. Fenomenología del “ser ahí” es hermenéutica en la significación primitiva de la palabra, en la que se designa el negocio de la interpretación. Mas en tanto que con el descubrimiento del sentido del ser y de las estructuras fundamentales del “ser-ahí” en general, queda puesto de manifiesto el

Gadamer, Verdad y método

herméneutique», Du texte á l ’action. Essais d'herméneutique II

, 93; Ricoeur, «Existence et

, Ricoeur, «La tache de I'herméneutique»

,

453. En un análisis superficial, puede sorprender que

,

15.

88.

286.

lugar donde surge la cuestión del ser, supone que el sentido del ser es la presupo­ sición fundamental de toda hermenéutica. La hermenéutica así concebida no es en primer lugar una reflexión sobre las ciencias del espíritu, sino una explicitación del lugar ontológico donde éstas pueden edificarse67. La exégesis y la filología pueden preceder históricam ente a la tom a de conciencia fenomenológica, pero ésta les precede en el orden de la fundación68. Entonces, como dice Gadamer,

comprender no es un ideal resignado de la experiencia vital humana en la senectud

del espíritu, (

la ingenuidad del ir viviendo, sino que por el contrario es la forma originaria de la realización del estar-ahí, del ser-en-el-mundo. Antes de toda diferenciación de la

comprensión en las diversas direcciones del interés pragmático o teórico, la comprensión es el modo de ser del estar-ahí en cuanto es poder ser y posibilidad.69

un ideal metódico último de la filosofía frente a

)

pero tampoco (

)

Esta descripción de la comprensión lleva aneja consigo la desaparición de las fronteras entre el sujeto y el objeto en el conocimiento. Hay que aceptar que el

horizonte de toda investigación ontológica, también el de los entes que no tienen la forma del “ser-ahí”, resulta esta hermenéutica al par «hermenéutica» en el sentido de un desarrollo de las condiciones de posibilidad de toda investigación ontológica. Y en tanto, finalmente, que el “ser-ahí” tiene preeminiencia ontológica sobre todo ente — en cuanto ente en la posibilidad de existencia— cobra la hermenéutica como interpretación del “ser-ahí” un tercer sentido específico, el filosóficam ente prim ario de una analítica de la '“existenciariedad” de la existencia», véase M. Heidegger, El ser y el tiempo, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1971, 48. O este otro texto: «Puesto que el comprender y la interpretación constituyen la estructura existenciaria del ser del “ahí”, tiene que concebirse el sentido como armazón existenciario-formal del “estado abierto” inherente al comprender» (ibídem, 170).

Véase Ricceur, «La tache de 1’herméneutique»

91. En el mismo marco hay que

entender la crítica de Heidegger al otro aspecto del problema en Dilthey, la

la

historia: «No es que Heidegger haya ignorado el problema. (

pretensión diltheyana de dar a las ciencias humanas un estatuto epistemológico autónomo, no fundado en la estructura ontológica de la historialidad, parte

precisamente de la impotencia de la historiografía para dar cuenta de la paseidad

en cuanto tal», Ricoeur, Temps et récit 111

55-56. Ricoeur toma

, muchas cosas de la interpretación de Heidegger. Sin embargo, especialmente en

La Métaphore vive, le reprochará la radicalización de su pensamiento*al calificar de onto-teología toda la tradición metafísica anterior a él. Véase Ricoeur, La

Métaphore vive

, propia posición sino a la de Heidegger, aunque en este caso coincida con la suya.

, Gadamer, Verdad y método

, Véase Ricoeur, «Phénoménologie et herm éneutique»

,

)

Su crítica a

177.

359-396 passim.

324-325. El texto de Gadamer no se refiere a su

sujeto está presente en lo que conoce. Pero, esta subjetividad — o esta falta de objetividad— en la comprensión no puede considerarse una rémora: es un avance, entre otras cosas porque así la cuestión del mundo ocupa el lugar de la cuestión del otro. Al m undanizar el comprender, Heidegger lo libera de la psicología70. En consecuencia, la finalidad de la comprensión ya no puede describirse como el conocimiento del «otro» o de «lo otro», sino que es el conocimiento de sí ante el advenimiento de lo extraño, en el marco del ser-en-el- mundo. Comprender un texto no es encontrar un sentido inerte contenido en él, sino desplegar la posibilidad de ser indicada por el texto71.

La aplicación de sus análisis al lenguaje, que está presente en el propio Heidegger, es una buena muestra de su fecundidad a los ojos de Ricoeur. Es conocida la distinción que hace el filósofo germano entre el decir {reden) y el hablar (sprechen ). En este binomio, el decir designa la constitución existencial y el hablar su aspecto mundano. Pero esto, en el examen que hace Ricoeur, tiene consecuencias metodológicas importantes, ya que el estudio del hablar — la lingüística, la semiología, la filosofía del lenguaje— será capaz de esclarecer el sentido del decir, del que es una manifestación, aunque nunca podrá alcanzarlo72.

Sin embargo, como también anota Ricceur, Heidegger no llevó a cabo su proyecto. De ahí que, a la hora de formular su propia teoría, Ricceur acepte la sugerencia de Heidegger de trasladar la cuestión primera a la ontología. Pero al mismo tiempo advierte que Heidegger se queda corto. La comprensión no puede quedar limitada a la «situación», hay que dar un nuevo paso por la epistemología:

«Para mí la cuestión que permanece sin resolver en Heidegger es ésta: ¿Cómo hacer presente una cuestión crítica, en general, en el cuadro de una hermenéutica fundamental?». Y en este punto es donde Ricoeur propone su propia solución, lo que denomina vía larga de la hermenéutica y que no es otra cosa que «repetir la cuestión epistemológica después de la hermenéutica»73.

De la obra de Heidegger surgen, al menos, dos corrientes hermenéuticas: la que pone el acento en los aspectos antropológicos — cuyo representante más emblemático es R. Bultmann— , y lá que subraya los aspectos relacionados con el

, desaparece al desaparecer la relación sujeto-objeto: «Al caracterizar la existencia humana como siendo co-originariamente sentimiento de sí (Befmdlichkeit), preo­ cupación {Sorge) y comprensión {Versteheri), Heidegger puede definir al hombre como ser-en-el-mundo en términos de insuperable y radical copertenencia recíprocam ente intrínseca entre hombre y mundo», J. Choza, M anual de antropología filosófica, Madrid, Rialp, 1982,282.

Véase Ricosur, «La táche de 1’herméneutique»

91. Recuérdese que el método

lenguaje, representada fundamentalmente por H.G. Gadamer. Ricoeur conoce bien la obra de Bultmann74, pero sitúa su propio pensamiento en relación con Gadamer, más en concreto, con las ideas expuestas en el primer volumen de Verdad y Método15.

Ricoeur

examina

el

volumen

de

Gadamer

a

la

luz

de

dos

conceptos

— experiencia hermenéutica y pertenencia— que parecen regir el entramado

gadameriano:

la

comprensión no puede ser ya metodológica: «No está en cuestión lo que hacemos

ni lo que debiéramos hacer, sino lo que ocurre con nosotros por encima de nuestro querer y hacer»76.

b) P ertenencia, porque la constitución óntica del ser-en-el-mundo no

permite la separación entre el sujeto que comprende y el objeto comprendido:

«La pertenencia del intérprete a su texto es como la del ojo a la perspectiva de un

cuadro. (

que su lugar le está dado con anterioridad»77.

La relación entre los dos conceptos es clara, ya que el primero se resuelve en el segundo: la noción de experiencia herm enéutica implica que en el conocimiento se da una suerte de pertenencia a lo conocido. Ahora bien, lo conocido es lo novedoso, lo distinto; si no fuera así, no se conocería nada. Por tanto, lo que hay que poner en claro es la relación entre pertenencia y distanciamiento de quien conoce respecto de lo que conqce. Para Ricoeur esa es la clave de Verdad y M étodo, la organización en torno al debate entre distanciamiento y pertenencia que es seguido por Gadamer en las tres esferas entre las que se reparte la experiencia hermenéutica: esfera estética, esfera histórica, esfera del lenguaje78.

a) Experiencia hermenéutica, porque desde Heidegger la cuestión de

)

El que comprende no elige arbitrariamente su punto de mira, sino

Véase P. Ricoeur, «Préface a R. Bultmann», Le conflit des interprétations. Essais

373-392. El artículo es el prefacio que compuso Ricoeur para

d ’herméneutique ,

la edición francesa de la obra de R. Bultmann «Jésus», y es difícil encontrar un

resumen más exacto de la hermenéutica bultmaniana, tanto de sus posibilidades como de sus límites.

Sin embargo, las mismas ideas perviven en los escritos reunidos en Verdad y método II. Para la confrontación de Ricoeur con los dos volúmenes de Gadamer, véase M.C. López Sáenz, «El paradigma del texto en la filosofía hermenéutica», Pensamiento, 1997, n° 53, 215-242.

Gadamer, Verdad y Método Ibidem, 401. Ricoeur, «Interprétation»

454. El juicio de Ricoeur reproduce, por otra parte, el

, sentido de las tres partes del volumen: «Elucidación de la verdad desde la

,

10.

El punto de partida es la experiencia hermenéutica, entendida según los análisis que Heidegger aplicaba a las aporías de la comprensión. En el estudio de Gadamer, estos análisis dan lugar a la conocida revisión de las tesis hermenéuticas de Schleiermacher y Dilthey. Así, si la comprensión es, antes que nada, un modo de ser, la experiencia hermenéutica debe conducir a aceptar un cambio de objetivo: la idea de una hermenéutica como reconstrucción, como la entendía Schleiermacher, debe ser sustituida por una hermenéutica entendida como m e d ia c ió n , entendiendo que la comprensión del texto del pasado es mediación para la comprensión de sí mismo. Un proceso semejante debe seguirse

en lo que se refiere a los postulados de Dilthey: la conciencia histórica tiene que

ser reemplazada por la determ inación de

De estas condiciones de la interpretación, Gadamer extrae muchas consecuencias desde el punto de vista de la fenomenología de la comprensión: tal vez las más conocidas sean la revisión del círculo hermenéutico — que ahora no se entiende desde una perspectiva metodológica, sino ontológica, en dependencia de la precomprensión79— y la conocida rehabilitación del p r e ju ic io , que determina que el proceso de la comprensión no sea algo reproductivo sino productivo', interpretar un texto no es reproducir el sentido de su emisión, sino aceptar la nueva creación de sentido que se produce en la lectura.

Si esto es así, se puede ya abordar lo que Gadamer denomina historia efectual o fusión de horizontes: la historia efectual no es otra cosa que reconocer en el objeto lo que es distinto de sí, reconociéndose, en lo otro y con lo otro, a sí mismo; por ello un hecho histórico (o una obra) no es algo distinto de los significados que ha ido asumiendo, es más, se asimila a ellos. Por estos efectos, en la situación herm enéutica, los horizontes del pasado y el presente se funden:

la distancia temporal es una especie de caja de resonancias de las tradiciones literarias y culturales que una obra ha generado80. La experiencia herm enéutica

la conciencia histórica.

experiencia del arte», «Expansión de la verdad a las ciencias del espíritu», «El lenguaje como hilo conductor de la hermenéutica». «Tan pronto como aparece en el texto un primer sentido, el intérprete proyecta enseguida un sentido del todo. Naturalmente que el sentido sólo se manifiesta

porque ya no se lee el texto desde determinadas expectativas relacionadas a su vez

, «El horizonte del presente no se forma pues al margen del pasado. Ni existe un horizonte del presente en sí mismo ni hay horizontes históricos que hubiera que ganar. Comprender es siempre el proceso de fusión de estos presuntos “horizontes para sí mismos”. La fuerza de esta fusión nos es bien conocida por la relación ingenua de los viejos tiempos consigo mismo y con sus orígenes. La fusión tiene lugar constantemente en el dominio de la tradición; pues en ella lo viejo y lo nuevo crecen siempre juntos hacia una validez llena de vida, sin que lo uno ni lo otro llegue a destacarse explícitamente por sí mismo» (ibídem, 366-367).

con algún sentido determinado», Gadamer, Verdady método /

333.

así concebida es la consumación de la conciencia hermenéutica en la cual la tradición habla al hombre como un tú: el pasado ya no es sólo alteridad, es también, y al mismo tiempo, pertenencia. De ahí ya se pueden deducir los dos corolarios con los que termina este análisis gadameriano: la aplicación como un momento inevitablemente presente en la comprensión (pues lo que hacemos no es comprender en un primer momento y aplicarnos lo comprendido a nuestra situación en un segundo momento, sino que la aplicación representa la verdadera comprensión del significado), y la dialéctica de la pregunta y la respuesta (con la que da explicación al proceso de lectura como un diálogo texto-lector que implica que la interpretación se dé en el acontecer).

Es evidente que son muchas más las cosas que están implicadas en la hermenéutica de Gadamer tal como la recoge Ricoeur — entre las que, junto a las apuntadas en los párrafos anteriores, habría que incluir en un lugar importante la noción de «ser del texto»— , pero las anotadas son las que permiten ver mejor cómo entiende Ricoeur la dialéctica entre los procesos derivados de la ontología de la comprensión y lo condicionada que pueda estar cualquier metodología que se aplique con esa base. Vamos ahora al juicio de Ricoeur. La solidez del edificio de Gadamer le parece tan grande que confiesa que esta concepción hermenéutica es el punto de partida de su propia reflexión. Sólo cuestiona un punto: ¿cómo librarse de la arbitrariedad en la comprensión?, o, dicho de modo más técnico,

¿cóm o

se

p u ed e

introducir

una definida p o r

instancia

crítica

en del distanciam iento?

una

co nciencia

de

p erten en cia

Para

Ricceur la respuesta sólo puede ir por un camino: esa instancia crítica «no puede darse, a mi juicio, más que en la medida en que esta conciencia histórica no se limite a repudiar el distanciamiento sino que se preocupe por asumirlo»81. Por ello propondrá una teoría hermenéutica en la que se conceda un valor mucho mayor a los aspectos metódicos. En la teoría de Gadamer está latente, a pesar del título del volumen, una antinomia entre Verdad y Método, antinomia que en el

fondo es un presupuesto de la noción de pertenencia82. Por eso, Ricoeur afirmará que su «propia reflexión procede de un rechazo de esta alternativa y es una tentativa por superarla»83.

expresam ente

el rechazo

, De ahí la paradoja del título del libro de Gadamer. Más de un autor se pregunta si lo que hace Gadamer no es otra cosa que «prescribir sin método» (véase F. Inciarte, «Hermenéutica», Atlántida, 1970, n° 48, 656) o si el.título más adecuado no hubiera sido Verdad «o» Método (véase Ricoeur, «La táche de

l’herméneutique»

101. En el fondo, para

Ricoeur, «La táche de l’herméneutique»

99.

97).

, Ricoeur, «La fonction herméneutique de la distantiation»

, Ricoeur, Gadamer sigue perteneciendo a lo que el fenomenólogo francés denomina la «vía corta»; él por su parte se propone «sustituir la vía corta de la analítica del

4. L^a hermenéutica de Paul Ricoeur: definición y tareas

Sobre este fondo de la historia de la hermenéutica moderna en relación con los textos, se puede entender mejor la posición de Ricceur, tanto a la hora de definir la noción de hermenéutica como cuando se quieren describir sus tareas y su ámbito de trabajo. Del resumen de las páginas anteriores, y de los juicios de Ricoeur sobre cada una de las escuelas, es posible concluir que la base sobre la que Ricoeur asienta su teoría es la hermenéutica ontológica — la representada por H eidegger y Gadam er— que tiene como irrenunciable la noción de «pertenencia». Sin embargo, estos autores no articulan adecuadamente la noción de «distanciamiento»; por eso, según Ricoeur, el proyecto de la hermenéutica ontológica se debe completar con una utilización sistemática de las reglas y los métodos de interpretación tal como se proponía en la hermenéutica romántica de Schleiermacher o Dilthey. La conjunción de ambos diseños en uno es lo que Ricoeur denomina la «vía larga»84.

Veamos cómo se conciertan estas nociones, cuando se ven de manera más sistemática que histórica. Como hasta ahora, podemos partir de algunos textos del mismo Ricoeur. Es verdad que en la obra de Ricceur es más fácil encontrar descripciones que definiciones de los objetos de estudio. Sin embargo, algunas de estas descripciones pueden tenerse como verdaderas definiciones. Una muy sencilla, que nos puede servir para extraer consecuencias más tarde, es ésta:

La herm enéutica — dice Ricoeur— es la teoría de las operaciones de la comprensión en su relación con la interpretación de los textos.85

En esta frase vienen citadas expresamente las nociones que deben convocarse en la investigación: comprensión, operaciones, textos. La hermenéutica se vincula en primer lugar a la comprensión, es decir, a los términos con los que se

Das.ein por la vía larga incoada por los análisis del lenguaje; así guardaremos constantemente contacto con las disciplinas que quieren practicar la interpretación de manera metódica y resistiremos la tentación de separar la verdad, propia de la comprensión, del método puesto en obra por las disciplinas salidas de la

exégesis», Ricoeur, «Existence et herméneutique»

15. Con todo, las diferencias

, entre Gadamer y Ricoeur, especialmente a propósito del texto, acaban por ser de matiz. Véase López Sáenz, «El paradigm a del texto en la filosofía

hermenéutica»

Greisch, «Hacia una hermenéutica de sí mismo: la vía corta y la vía larga»

267-

280.

,

233-235.

,

formula sobre todo en la versión ontológica86. Sin embargo, en cuanto teoría que tiene relación con los textos, concierne tam bién a unos métodos de interpretación, característica de la hermenéutica romántica87.

Si estos dos términos reflejan lo que Ricoeur toma de las hermenéuticas que le preceden, la expresión teoría de las operaciones designa lo que le es propio. Ricoeur para caracterizar su propia concepción de la hermenéutica utiliza expresiones vinculadas con el campo semántico de la actividad: la hermenéutica es trabajo, es una tarea que hace explícita la actividad interpretativa:

Una hermenéutica (

operaciones por las cuales la experiencia práctica se da en las obras, los autores y

ios lectores. (

textual media entre la prefiguración del campo práctico y su refiguración mediante la recepción de la obra.88

El envite es el proceso concreto por el que la configuración

)

está preocupada por reconstruir el arco entero de las

)

Finalmente, en su definición, Ricoeur designa los textos como objeto de la hermenéutica. En este punto hay una evolución en el pensamiento de Ricoeur. Él mismo confiesa que, durante mucho tiempo, redujo la hermenéutica a la interpretación de los símbolos89, pero en 1983 añadía: «esta definición de

«Si la interpretación no fuera más que un concepto histórico-hermenéutico, permanecería tan regional como las mismas “ciencias del espíritu”. Pero el uso de la interpretación en las ciencias histórico-hermeriéuticas es sólo el punto de anclaje de un concepto universal de interpretación que.tiene la misma extensión que el concepto de comprensión y, finalmente, la misma que el de pertenencia. Bajo este título, el concepto traspasa la simple metodología de la exégesis y la

filología, y designa el trabajo de explicitación que se vincula a toda experiencia

, «Admito que el sentido primero de la palabra “hermenéutica” concierne a las reglas requeridas para la interpretación de los documentos escritos de nuestra cul­ tura. Adoptando este punto de partida, permanezco fiel al concepto de Auslegung

tal como ha sido establecido por Wilhelm Dilthey en tanto que la Verstehen (comprensión) reposa sobre el reconocimiento de aquello que un sujeto extraño pretende o significa con los signos de todo tipo mediante los cuales se significa la vida psíquica (L ebensausserungen ). La Auslegung (interpretación, exégesis) implica una cosa más específica, pues cubre solamente una categoría limitada de textos, aquellos que son-fijados por la escritura, comprendiendo aquí todo tipo de documentos y de monumentos que comportan una fijación comparable a la escritura», P. Ricoeur, «Le modéle du texte: l’action sensée considérée comme un

hermenéutica», Ricceur, «Phénoménologie et herméneutique»

46.

texte», Du texte á l ’action. Essais d ’herméneutique II

,

183.

, En los años de Le conflit des interprétations, aunque ya proponía un modelo de interpretación semántico, seguía todavía pegado a los símbolos: «Llamo símbolo a

Ricoeur, Temps et récit /

86. Los subrayados son míos.

hermenéutica como interpretación simbólica me parece hoy en día demasiado estrecha»90. Elegir el texto como objeto de interpretación tiene grandes ventajas. Por una parte, el texto acepta una pluralidad de interpretaciones semejante a la del símbolo; pero, por otra parte, el símbolo necesita un contexto apropiado para ser interpretado, mientras que en los textos este contexto viene ya dado.

Pero al hablar del texto como objeto de la hermenéutica en Ricoeur hay que precisar un poco más. En cierta manera, también la hermenéutica romántica y la hermenéutica ontológica se aplicaban a la interpretación de textos. Lo que hay de novedoso en Ricceur tal vez sea hacer explícito lo que se busca en el texto, es decir, lo que se quiere comprender al salvar la distancia histórica. Ricoeur lo denomina de diversas formas — «mundo del texto», el «mundo de la obra», la

toda estructura de significación donde un sentido directo, primario, literal, designa por aumento otro sentido indirecto, secundario, figurado, que no puede ser aprehendido sino a través del primero. Esta circunscripción de las expresiones de doble sentido constituye propiamente el campo hermenéutico. Como conse­ cuencia, el concepto de interpretación recibe, a su vez, una acepción determinada; propongo darle la misma extensión que al símbolo; la interpretación, diremos, es

el trabajo del pensamiento que consiste en descifrar el sentido escondido en el sentido aparente, en desplegar los niveles de significación implicados en la significación literal; guardando así la referencia inicial a la exégesis, es decir a la interpretación de los sentidos escondidos. Símbolo e interpretación son así con­ ceptos correlativos; hay interpretación donde hay sentido múltiple». Ricoeur,

, l ’interprétation. Essai sur Freud, Paris, Seuil, 1965, 27.

, título de experiencia primera de la hermenéutica, no le parece despreciable una definición por vía de interpretación de símbolos, pues, al cabo, contribuye a

disipar la ilusión de un conocimiento intuitivo de sí. Con todo, en este lugar se descubre alguna vacilación en el pensamiento de Ricoeur. Véase «Parole et

sym bole», Revue des sciences

Diacrónicamente, el proceso es muy claro: tanto en su estudio del símbolo, como en su estudio del mito, Ricoeur descubre que el análisis debe pasar por la etapa iingüística. V éase P. Ricoeur, «M ythe 3. L ’interprétation philosophique»,

, T. Calvo, «Del símbolo al texto», T. Calvo, R. Avila (eds.), Paul Ricoeur: Los

, refiere a la importancia de la consideración del lenguaje en esta evolución (ibidem, 141-144). Más detenidamente, desde el punto de vista de la crítica literaria, traté la cuestión en V. Balaguer, «Antes del comentario. La centralidad de la noción de texto en Paul Ricoeur», E. Torre, J.L. García Barrientos (eds.), Comentarios de textos literarios hispánicos. Homenaje a Miguel Angel Garrido, Madrid, Síntesis,

117-136, con la respuesta de Ricceur en la que se

caminos de la interpretación

Encyclopaedia Universalis XI

Ricoeur, «De l’interprétation»

30. Un poco después añade, sin-embargo, que, a

«Existence et herméneutique»

16-17; en el mismo sentido, véase P. Ricoeur, De

religieuses, 1975, n° 49/1-2, 151-153.

530-537. Una clara exposición puede verse en

1997,21-33.

«proposición de mundo» contenida en el texto— pero designando siempre un mismo contenido:

La «cosa» del texto, he aquí el objeto de la hermenéutica. La cosa del texto es el mundo que él despliega delante de sí. Y este mundo, añadimos pensando sobre todo en la «literatura» poética y de ficción, toma distancia frente a la realidad cotidiana hacia la que apunta el discurso ordinario.91

Esta noción, el «mundo del texto», implica una serie de presupuestos importantes en la epistemología de Ricoeur — la misma noción de texto, el ser del texto, la referencia, etc.— que exigen un mayor desarrollo y que se tratarán más adelante. Sin embargo, sí se debe apuntar que este concepto será, al final, el que llegue a caracterizar la hermenéutica de Ricoeur cuando se compare con las de sus predecesores. Al elegir como objeto de la interpretación la referencia del texto — el mundo del texto— Ricoeur se separa de la hermenéutica romántica que tenía como objeto la intención del autor92. Pero el concepto le sirve también para tomar posición frente a la hermenéutica ontológica, pues, sin negar la subjetividad de la comprensión, la noción de mundo del texto lleva implícita una cierta objetividad que le da carácter crítico a la apropiación93, que pierde entonces la arbitrariedad que tenía por ejem plo en la hermenéutica

gadameriana94.

P. Ricoeur, «Herméneutique philosophique et herméneutique biblique», Du texte á

, página 115: «Lo que hay que interpretar en un texto es una proposición de mundo,

de un mundo tal que yo pueda habitar para proyectar allí uno de mis posibles más

propios. Es esto lo que yo llamo el mundo del texto, el mundo propio a este texto

único». Véase también, referido a la narración, Ricceur, Temps et récit /

«No se trata pues de definir la hermenéutica como una encuesta sobre las intenciones psicológicas que se esconden en el texto, sino como una explicitación del ser-en-el-mundo mostrado por el texto. Lo que debe interpretarse en un texto es una proposición de mundo, el proyecto de un mundo que yo podría habitar y en el que podría desarrollar mis posibles más propios», Ricceur, «Phénoménologie et

, «No se trata de negar el carácter subjetivo de la comprensión en el que acaba la explicación. Hay siempre alguien que recibe, que hace suyo, que se apropia del sentido. Pero no hay un cortocircuito brutal entre el análisis completamente objetivo de las estructuras del relato y la apropiación de sentido por parte de los sujetos», P. Ricoeur, «Expliquer et comprendre. Sur quelques connexions

herméneutique»

l'action. Essais d ’herméneutique II

126. O este otro texto semejante de la

,

122.

52-53.

remarquables entre la théorie du texte, la théorie de l’action et la théorie de

Si unimos las dos precisiones que Ricceur hace a las hermenéuticas que le preceden — la hermenéutica como «teoría de las operaciones» y el «mundo del texto» como objeto— , tendremos los elementos centrales de la actividad hermenéutica tal como él la concibe:

¿Cuál es la tarea primera de la hermenéutica? En mi opinión es buscar, en el texto mismo, por una parte la dinámica interna que preside la estructuración de la obra, por otra parte, la capacidad de la obra para proyectarse fuera de ella misma y engendrar un mundo que sería verdaderamente la «cosa» del texto. Dinámica interna y proyección externa constituyen esto que yo llamo el trabajo del texto. Es tarea de la hermenéutica reconstruir este doble trabajo del texto.95

5. Explicar y comprender

Ahora bien, estas condiciones del texto anotadas por Ricceur — dinámica interna y proyección externa— , cuando se examinan a fondo, apuntan en realidad a dos términos que recorren la filosofía hermenéutica moderna: explicar y comprender. Un examen de la hermenéutica de Ricoeur obliga a detenerse en ellos, porque es precisamente en la relación entre ambos donde el filósofo francés vislumbra una de sus contribuciones a la teoría hermenéutica. Así lo recuerda en más de una ocasión:

Entiendo por comprensión la capacidad de re-emprender en sí mismo el trabajo de estructuración del texto, y por explicación la operación de segundo grado inscrita en esta comprensión y consistente en la actualización de los códigos subyacentes a

este trabajo de estructuración que el lector acompaña. (

Esta manera específica

)

Toda la teoría de

la hermenéutica consiste en mediatizar esta interpretación-apropiación por la serie

de interpretantes que pertenecen al trabajo del texto sobre mismo. La apro­

piación pierde entonces su arbitrariedad, en la medida en que es la continuación de

aquello mismo que está en la obra», Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

Este punto señala una de las críticas de Ricoeur a Gadamer, pues este último no acaba de dar razón crítica a la dialéctica de pertenencia y distanciamiento (cosa que hace Ricoeur con la noción de texto como factor de distanciamiento). Pero esto supone consecuencias no sólo metodológicas, sino de fundación ya que la

que nosotros hemos llamado más arriba arco hermenéutico. (

)

»,

158-159.

«preem inencia ontológica de la pertenencia implica que la cuestión de la fundación no puede coincidir simplemente con la justificación última», Ricoeur,

45.

Ricoeur, «De Pinterprétation»

«Phénoménologie et herméneutique»

, «pertenece a la hermenéutica explorar las implicaciones de este “llegar a ser texto”

para el trabajo de la interpretación».

, 32. O también un poco antes, en la página 31:

de responder a la primera tarea de la hermenéutica tiene la ventaja, insigne en mi opinión, de preservar el diálogo entre la filosofía y las ciencias humanas; diálogo que rompen, cada una a su manera, las dos formas de comprensión y explicación que yo rechazo. Tal sería mi primera contribución a la filosofía hermenéutica de la que procedo.96

Como recuerdan los filósofos del lenguaje, la oposición entre explicar y comprender es antigua97, aunque tiene su máximo exponente en Dilthey, cuando este pensador asigna a la explicación el ámbito de las ciencias de la naturaleza y a la comprensión el de las ciencias del espíritu98. Pero además, la dicotomía se prolonga de diversas maneras a lo largo del pensamiento del presente siglo; por ejemplo, cuando en el dominio de la filosofía del lenguaje, los autores distinguen dos juegos de lenguaje distintos — regidos cada uno de ellos por reglas diferentes— para la causalidad y para la motivación99.

Ricceur, como ya se ha dicho, tiene pensamiento propio sobre esta cuestión. Respecto del planteamiento de la filosofía analítica, piensa que hay resistir la seducción irenista que subyace en la tesis de los juegos del lenguaje100. Pero Ricoeur busca la solución al problema en la tradición de Dilthey, ya que fue allí donde se formuló la oposición de manera más extrema. Para Ricoeur las tesis de

Ibídem, 33. Ricoeur recuerda que Von Wright (Explicación y comprensión, Madrid, Alianza, 1987) «reconoce, al hilo de su investigación, la dualidad de las tradiciones que ha

presidido la formación de las teorías en las disciplinas “humanistas y sociales”. La primera que se remonta a Galileo, y de ahí a Platón, concede la prioridad a la explicación causal y mecanicista. La segunda, que se remonta a Aristóteles, propone la especificidad de la explicación teleológica o finalista. La primera exige

la unidad del método científico, la segunda defiende un pluralismo metodológico.

Esta antigua pluralidad la encuentra Von Wright en la oposición, familiar a la tradición germánica, entre Verstehen (understanding) y Erklaren (explanation)»,

Ricoeur, Temps et récit /

187-188. En la nota 1 de la página 188 apunta Ricoeur

, las críticas dirigidas a esta dicotomía en el ámbito de la filosofía del lenguaje:

Dray, Anscombe, etc.

142; Ricceur, «La

táche de l’herméneutique»

Véanse, entre otros lugares, Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

, Véase Ricoeur, «Entre herméneutique et sémiotique»

A propósito de la dialéctica de las modalidades del discurso, dice en un momento:

«Para esta dialéctica, quedaría destruida la dinámica del conjunto del discurso si

se rindieran demasiado pronto las armas y se admitiera la tesis, seductora por su

liberalismo y su irenismo, de una heterogeneidad radical de los juegos de lenguaje

sugerida por las Philosophical Investigations de Wittgenstein. (

sobre la fenomenología de los enfoques semánticos de cada uno de los discursos,

una teoría general de las interferencias

»,

83; Ricoeur, «Expliquer et comprendre

, 431.

»,

161.

)

Hay que fundar,

374.

»,

Ricoeur, La Métaphore vive

,

Dijjhey, en su radicalidad, son insostenibles hoy en día. Desde aquella época ha cambiado más de una cosa en lo que se refiere a la interrelación entre los dominios de las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu. A este respecto, para Ricceur, uno de los cambios más significativos ha sido el que introdujo el estructuralism o lingüístico al examinar con procedimientos explicativos — propios de las ciencias de la naturaleza— un objeto como la

lengua que pertenece a las ciencias del espíritu. Por tanto, podemos trabajar con la hipótesis de que la noción de explicación se ha desplazado; ahora ya no es coto de las ciencias de la naturaleza, sino que está presente en los modelos propiamente lingüísticos. Pero, desde Dilthey, también han cambiado más cosas,

por ejemplo, la noción

interpretación ha sufrido transformaciones tan profundas que ha quedado muy alejada de la noción psicológica de comprensión en el sentido de Dilthey101.

En realidad, si se precisa más, el lugar donde se verifica este desplazamiento de la explicación, la interpretación, y la comprensión es el de la interpretación y crítica de los textos. Para seguir el razonamiento de Ricceur en todas sus fases, hay que tener como punto de partida que la interpretación es una provincia particular de la comprensión; en primer lugar, es la interpretación la que está

vinculada por la explicación. Eso es claro en la interpretación de los textos, y por

exige una renovación de las dos nociones — de la

explicación y de la interpretación— y, en favor de esta renovación, una concepción menos antinómica de su relación»102. Esta renovación puede hacerse merced a la metodología del análisis estructural. Porque si consideramos el texto en tanto que texto, y el sistema de textos como «literatura», podemos trabajar con el «hecho literario» según la metodología que el análisis estructural toma prestada de las ciencias de la naturaleza: la explicación103.

tanto «la noción de texto (

interpretación. En la hermenéutica moderna, la

de

)

101 Véase Ricceur, «Qu’est-ce qu’un texte?

102 Ibídem, 142.

103 «Hoy en día la explicación no es un concepto prestado de las ciencias de la

naturaleza que se transfiere a un dominio extraño, el de los monumentos escritos:

ha salido de la misma esfera del lenguaje» (ibídem , 151). Más ampliamente en

, la explicación estructural es un camino para la interpretación pero no la

interpretación misma; si pretendiera serlo, entonces se «reduciría a un juego

estéril». Véase Ricoeur, «Le modéle du texte

un ejemplo: tras resumir el análisis estructuraldel mito de Edipo por parte de Levi-Strauss, concluye: «Bien podemos decir que hemos explicado el mito, pero

149. Como

tantas otras veces, es importante anotar aquí los matices que propone Ricoeur. A propósito del análisis de Greimas, Ricoeur afirma que entiende la «semiótica narrativa de Greimas como una variante de la hermenéutica opuesta a la de

no que lo hayamos interpretado». Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

Ricoeur, «Langage (Philosophie)»

»,

137.

778-781. Pero Ricceur advierte también que

»,

206-208. En otra ocasión ofrece

»,

Ahora bien, si explicación y comprensión no se oponen, hay que ver cómo se componen. La relación entre ambas es dialéctica, en el nivel del sentido inmanente del texto104. Explicación y comprensión son, para Ricoeur, dos estadios de un único arco hermenéutico105. En este arco la comprensión «precede, acompaña, cierra y así envuelve la explicación. Por su parte la explicación desarrolla analíticamente la comprensión»106. Por tanto, la interpretación es el paso que va desde la comprensión ingenua a la comprensión versada, a través de la explicación107, que es la mediación necesaria108. Es aquí donde se hace presente un adagio que Ricoeur repite con mucha frecuencia: «explicar más es comprender mejor»109.

Pero, al final, el hecho de situar esta dialéctica en el centro de la interpretación es lo que le permite a Ricoeur matizar su posición frente a la hermenéutica ontológica cuando retiene los conceptos de apropiación (A neignung ) y de

como constitutivos del acto de comprensión. Si

acudimos a los elementos más radicales, Ricceur acepta que comprender es

aplicación (A n w en d u n g )

Gadamer o a la mía propia», Ricoeur, «Entre herméneutique et sémiotique» , 435. Con ello, quiere entender el recorrido greimasiano originándose en el ámbito de la explicación y pasando después al lugar de la interpretación y la comprensión; su recorrido, como se ha anotado en el cuerpo del texto, es el inverso: propone una interpretación que se sustenta en la explicación. Cuando se han querido oponer frontalmente las tesis de Greimas y las de Ricoeur, la respuesta de este último ha sido elocuente: «Hace ya años mi amigo Greimas y am e presentaba este discurso:

lejos de que mi hermenéutica pueda interpretar la semiótica, sería ésta la que, por el contrario, iría a decodiñcar mis interpretaciones. Yo he respondido: Yo lo abarco con mi brazo derecho y usted me abarca con el suyo, ¿No es esto lo que se llama un abrazo». Entrevista con Paul Ricoeur en Le Monde, 7.1.86, 17. Cito por I. Almeida, «Semiótica e interpretación», Semiosis, 1989, n° 22/23, 183. El artículo de Almeida es una buena exposición de esta actitud complementaria de Ricoeur y Greimas.

104 Ricoeur

concibe

«la

interpretación

mediante

esta

dialéctica

m isma

de

la

comprensión y de la explicación en el nivel del sentido inmanente del texto»,

Ricoeur, «De l’interprétation»

208.

,

33.

»,

»,

105 Véase Ricceur, «Le modéle du texte

106 Ricoeur, «Expliquer et comprendre

107

108 Ibidem, 166. O el «camino obligado». Véase Ricoeur, «La fonction herméneutique

181.

'

Ibidem , 167.

de la distantiation»

,

110.

109 A propósito de la historia, y remedando un adagio de Paul Veyne — explicar más es narrar mejor— , dice: «Nuestra tesis, lo recordamos, era que la explicación nomológica no podía ser sustituida por la comprensión narrativa, sino sólo ser interpolada en virtud del adagio: explicar más es comprender mejor», Ricoeur,

comprenderse delante del texto. Pero esta operación no se hace ahora para im'poner al texto nuestra propia capacidad finita de comprender, sino para exponernos ante el texto y recibir de él un conocimiento de sí mismos más vasto110. El régimen de la explicación, en la entraña misma de la comprensión, da una objetivación a la comprensión frente a la subjetividad propia de la apropiación y la aplicación111.

Véase Ricoeur, «La fonction herméneutique de la distantiation»

último acto, no el primero, consiste, por tanto, en comprenderse a uno mismo, por así decirlo, ante el texto, ante la obra. El discurso, el texto o la obra son la

mediación a través de la que nos comprendemos a nosotros mismos. (

respecto, la función principal de la obra poética, al modificar nuestra visión de

habitual de las cosas, consiste también en modificar nuestro modo usual de conocernos», P. Ricoeur, «Filosofía y lenguaje», Historia y narratividad, Barcelona, Paidós, 1999, 57.

Al

,

116-117. «El

)

«La apropiación está directamente ligada a la objetivación característica de la obra; pasa por todas las objetivaciones estructurales del texto; en la medida en que no responde al autor, responde al texto», Ricoeur, «La fonction herméneutique de

1. Introducción

EL TEXTO

En el capítulo anterior, al intentar situar la hermenéutica de Paul Ricceur con relación a las otras corrientes hermenéuticas modernas, se ha visto también el lugar singular que ocupa la noción de texto en la concepción del fenomenólogo francés. De hecho, esta noción es la que fundamenta su posición hermenéutica frente a la tradición que le precede. Las propiedades del texto son las que determinan la interpretación, y las que pueden ofrecer un lugar sólido al fenómeno de pertenencia y distanciamiento que se da en toda compresión1.

Por tanto, para proseguir la investigación, hay que definir qué se entiende normalmente por texto y qué entiende Ricceur. Pero, uñq primera aproximación nos hace notar enseguida que la noción de texto no es menos problemática que la de hermenéutica. En la actualidad, el concepto de texto parece participar de esa ambigüedad que suelen tener todas las nociones evidentes. Los diccionarios ponen de manifiesto que la definición depende en primer lugar del ámbito que se elija. Así, por ejemplo, se puede definir el texto desde su sentido restringido, en relación con la escritura, o desde un sentido más amplio que extiende la noción a otros ámbitos semióticos: entonces hablamos de texto fílmico, musical, etc. Si nos mantenemos en el sentido restringido, también se puede considerar el texto desde el punto de vista ideológico — por ejemplo, como «precipitado» de una cultura— , sociológico — como «canon» normativo— , etc.2

Muchos de estos aspectos aparecen en algún momento en los escritos de Ricoeur. Sin embargo, en el plano en el que se mueve la investigación — el

«El texto, para mí, más que un caso particular de comunicación interhumana, es el paradigma del distanciamiento en la comunicación» (ibidem, 102). J.M. Schaeffer, «Texto», O. Ducrot, J.M. Schaeffer, Nuevo diccionario enci­

clopédico de las ciencias del lenguaje

,

547-557.

diálogo entre las ciencias humanas y la hermenéutica— interesa partir del ámbito de una semiótica restringida. Desde esta perspectiva, y sin ánimo de agotar el contenido de la noción en la mera definición, el texto, antes que nada, es considerado por Ricceur como un discurso escrito:

Llamamos texto a todo discurso fijado por la escritura. Según esta definición, la fijación mediante la escritura es constitutiva del texto mismo.3

De esta definición, se han subrayado los términos discurso y escritura porque en la epistemología de Ricceur hay que tomarlos en sentido técnico4. Pero si tienen un sentido técnico, conviene especificar cuál es. Por eso, hay que comenzar por exponer qué entiende Ricceur por discurso.

¿Qué es el discurso? No preguntaremos a los lógicos, ni a quienes practican el análisis lingüístico, sino a los mismos lingüistas. El discurso es la contrapartida de aquello que los lingüistas llaman sistema o código lingüístico. El discurso es el acontecimiento del lenguaje. Si el signo (fonológico o lexicológico) es la unidad de base del lenguaje, la frase es la unidad de base del discurso. Por esto, es la lingüistica de la frase la que sirve de soporte a la teoría del discurso en tanto que

acontecimiento.5

Las palabras de Ricceur apuntan con claridad a los dos lugares más impor­ tantes de la definición de discurso. Por una parte, al hablar del discurso como acontecimiento, lo sitúa en el ámbito de la pragmática; por otra, al decir que es la lingüística de la frase la que soporta la teoría del discurso, no desgaja al texto de su base en la lingüística que, al cabo, será la que pueda darle la objetivación al objeto comprendido. Por eso, habla del discurso — y, en consecuencia, del texto— como de «organización»6.

Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

»,

138-139. Subrayado mío.

Subrayamos este aspecto, pues aquí Ricoeur coincide con la mayor parte de la teoría literaria contemporánea. Muchos de los tratados de crítica literaria que se esfuerzan por buscar en la teoría textual una definición operativa para el análisis literario, junto a la dificultad de tal definición, subrayan dos cosas: la necesidad de acudir a la lingüística del texto y la necesidad de distinguir entre «discurso» y «texto». Véanse, junto con la bibliografía allí aducida, V.M. Aguiar e Silva, Teoría da Literatura, Coimbra, Almedina, 1992, 561-574; Pozuelo, La teoría del lenguaje

, Ricoeur, «Le modéle du texte

«En tanto que unidad lingüística, un texto es, por una parte, una expansión de la primera unidad de significación actual que es la frase, o instancia del discurso en el sentido de Benveniste. Por otra parte, aporta un principio de organización

literario

66-74; Segre, Principios de análisis del texto literario

»,

184. El subrayado es mío.

,

36-38, 175ss.

Pasemos ya al segundo elemento de la definición: el texto es un discurso escrito. La escritura, de alguna manera, especifica el discurso. El primer rasgo que le añade la escritura al discurso es un principio de conservación: el discurso oral es efímero, el escrito, permanece7. Pero la característica más importante que se deriva de la escritura es que esa fijación por escrito le otorga al texto una autonomía desde el punto de vista significativo:

La escritura, sobre todo, hace al texto autónomo respecto de las intenciones del autor, ya que el texto, una vez fijado mediante la escritura, no coincide con aquello que el escritor quería decir: el significado verbal, es decir el del texto escrito, y el significado mental, es decir, el psicológico, el entendido por el autor, tienen ahora destinos distintos.8

en la moderna teoría literaria—

tiene sus consecuencias: la más importante es la que subraya que el texto, en su devenir histórico, no es sólo producto, expresión de un significado emitido antes

por su autor, sino también productividad, es decir, productor de nuevos

significados9.

A estas condiciones — que es discurso, y que es discurso escrito— , Ricceur le

añade una más. El texto es el lugar donde se realiza el despliegue de referencias no ostensivas10. Pero esta propiedad del texto es más un punto de llegada que un punto de partida. Para la coherencia en la exposición, es mejor permanecer en los rasgos que se han señalado antes: los que insertan la noción de texto en Ricoeur en relación con la lingüística y la pragmática. Es en'este punto donde puede hacerse presente la riqueza de sus análisis para la crítica de textos. Al igual que

Esta autonomía significativa — en Ricoeur y

transfrástica que es explotada por el arte de contar en todas sus formas», Ricreur, «De

1’interpretation»

,

13.

«La escritura no añade nada a la palabra, a rio ser la fijación que permite

conservarla», Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

definición elemental. Ciertamente, en un texto, y más en un texto artístico, habría que contemplar otros elementos como por ejemplo la inscripción en un sistema secundario, etc. Pueden verse estas condiciones en Pozuelo, La teoría del lenguaje

, Madrid, Cátedra, 1982, 18ss. Ricreur, «La fonction herméneutique de la distantiation»

, Las dos dimensiones, en el fondo, no reflejan un planteamiento lingüístico, sino

filosófico. Sin embargo, la distinción es necesaria en crítica literaria. La doble entrada —de T. Todorov y F. Wahl, respectivamente— del Diccionario de Ducrot y Todorov (O. Ducrot, T. Todorov, Diccionario enciclopédico de las ciencias del

lenguaje

, Véase Ricoeur, «Le modéle du texte

literario

138. Ricreur presenta aquí una

»,

74ss; J. Lozano, C. Peña-Marín, G. Abril, Análisis del discurso,

111.

337-343 y 397-402) refleja bien esta situación.

»,

199.

en el capítulo anterior habrá que mirar hacia atrás, y referirse a los lugares que Ricceur explota para exponer después su pensamiento.

2. Marco epistemológico de la noción de texto en Ricoeur

En más de una ocasión se han afirmado que los protocolos de análisis y proposición de nuevos temas de investigación en Ricceur se parecen a la actividad de un jardinero que, conocedor de las posibilidades y compatibilidades de los diversos modelos de pensamiento, hace injertos intelectuales11. Ya se ha visto a propósito de la hermenéutica, pero en la elaboración de su teoría de la interpretación del texto literario tenemos probablemente uno de los ejemplos más brillantes12. El fenomenólogo francés convoca en su estudio los mejores resultados del análisis estructural y de la teoría referencialista de la filosofía del lenguaje de corte anglosajón, consiguiendo de esa forma tomar posición frente a las corrientes hermenéuticas que le han precedido y frente a las posiciones hermenéuticas, larvadas pero también presentes, de las escuelas de las que aprende. Veamos con más detalle estas filiaciones.

2.1. El análisis del discurso: semiótica y semántica

El desarrollo de los estudios que componen La Metáfora viva muestra con pormenores cuánto puede aportar cada teoría del lenguaje al análisis de un fenómeno significativo como es la metáfora. En ese libro, Ricoeur pasa revista a las teorías sobre la metáfora que van desde Aristóteles a las modernas retóricas, pero se detiene especialmente en lo que han podido aportar de nuevo las corrientes lingüísticas modernas. Entre estas corrientes Ricoeur examina con especial atención la teoría de los modelos de los filósofos del lenguaje, y las que provienen del análisis estructural, ya sea el derivado de Saussure, ya sea el derivado de la glosemática. Como puente entre el estructuralismo y la filosofía del lenguaje, Ricoeur encuentra un instrumento adecuado en las intuiciones de E. Benveniste13 y, en concreto, en la distinción e implicación entre los dos ámbitos que el lingüista francés denominaba semiótica y semántica. De hecho, con el estudio que hacía de Benveniste en aquel libro sobre la metáfora — el estudio

M. Philibert, Paul Ricceur ou la liberté selon l ’espérance, Paris, Seghers, 1971. Un somero resumen puede verse en P. Ricoeur, «Hacia una teoría del lenguaje literario», Revista canadiense de estudios hispánicos, 1984, n° IX/1, 67-84. Recurrir a Benveniste parece justificado: como se recordará, el lingüista francés

figura como pionero a la hora de insertar las hipótesis de la filosofía del lenguaje en una teoría de la lengua. Véase O. Ducrot, «Filosofía del lenguaje», O. Ducrot,

séptimo: «Metáfora y referencia»— , Ricoeur preparaba ya su aportación personal con la que concluía el libro.

Las tesis de Benveniste de las que se sirve están expuestas sustancialmente en el artículo «La forme et le sens dans le langage» recogido en el segundo volumen de Problémes de linguistique générale. En el debate que sigue a este artículo, se recoge una intervención de Ricoeur en la que proclamaba la riqueza que veía en las intuiciones de Benveniste14. En su estudio, Benveniste revisaba el sistema saussureano y hacía notar que con la oposición entre lengua y habla no estaba todo dicho en lingüística, ya que con ese modo de proceder se pasaba por alto la función comunicativa de la lengua15. Por ello, proponía instaurar una nueva distinción entre dos dominios o «dos modalidades fundamentales de la función lingüística: la de significar, para la semiótica, y la de comunicar para la semántica»16. En el dominio de la semiótica, la base es el signo y la descripción se realiza según todas las categorías del análisis saussureano17. En el dominio de

«La distinción entre la semiótica y la semántica es de una fecundidad filosófica considerable; permite reemprender la discusión sobre el problema fundamental de la

clausura del universo lingüístico. (

una serie de mediaciones entre el mundo cerrado de los signos, en una semiótica, y la

conquista que nuestro lenguaje tiene sobre lo real en tanto que semántica. Esta distinción entre semiótica y semántica va mucho más lejos que la dicotomía

Al mismo tiempo que la visión sobre la

realidad en el nivel de la frase, M. Benveniste permite resplver un segundo problema,

el de la instancia del sujeto en su propio lenguaje por medio del nombre propio, de los

pronombres, los demostrativos, etc.», E. Benveniste, Problémes de linguistique générale II, Paris, Gallimard, 1974, 236. Con todo, en la misma discusión se percibe que los horizontes de Benveniste son distintos a los de Ricceur. Éste, al igual que Perelman, que también participa en el diálogo, como filósofo está preocupado por el problema de la verdad en el discurso; Benveniste, como lingüista, no lo está (ibídem, 230-238). Con todo, Ricoeur no ha dejado de repetir

que su deuda con Benveniste es inmensa. Véase Ricceur, «Filosofía y lenguaje»

48.

Véase Benveniste, Problémes de linguistique générale II

saussureana entre la lengua y el habla. (

Su concepto de semántica permite restablecer

)

)

,

224.

, Ibídem, 224. Obviamente los términos semiótica y semántica no están aquí utilizados en el sentido técnico estricto, sino en el que tienen en Benveniste y en Ricoeur. De hecho, Benveniste afirma que la sintaxis, la semántica y la pragmática, tal como son concebidas por los lógicos, pertenecen al dominio de lo que él denomina semántica (ibídem, 233).

«Enunciemos el principio: todo lo que supone la semiótica tiene por criterio necesario

y suficiente que pueda ser identificado en el seno de la lengua y de su uso. Cada signo

entra en una red de relaciones y de oposiciones con otros signos que lo definen y lo delimitan en el interior de la lengua. Quien dice “semiótico” dice “intralingüístico”. Cada signo tiene como propio lo que le distingue de los otros. Ser distintivo y ser

la

semántica, de la comunicación, las cosas cambian, pues se trata de considerar

la

lengua como acción18. La base ya no es el signo, sino la palabra, y su expresión

más significativa, la frase19; por eso el sentido se realiza aquí no en el orden paradigmático, como ocurría en la semiótica, sino en el sintagmático.

Si atendemos bien a las propuestas del lingüista francés, podemos proponer una teoría del discurso que tiene en su base una teoría de la lengua como sistema, pero que no es una derivación de la lengua. Esta es la conclusión para Benveniste

y el punto de partida para Ricceur. Lo que el fenomenólogo francés juzga más

importante del análisis de Benveniste es que los dos dominios, la semiótica y la

semántica, no se oponen, sino que se superponen:

En la base está la semiótica, organización de signos según el criterio de significación, teniendo cada uno de estos signos una denotación conceptual e incluyendo en una sub-unidad el conjunto de sus sustitutos paradigmáticos. Sobre esta base semiótica, la lengua-discurso construye una semántica propia, una significación del intentado producida por la sintagmación de las palabras donde cada palabra no retiene sino una pequeña parte del valor que tenía como signo. Una descripción distinta es pues necesaria para cada elemento según el dominio en el que esté insertada, según sea tomada como signo o como palabra.20

Las consecuencias de esta doble distinción son también notables: el discurso es susceptible de un análisis lingüístico que tiene en su base la semiótica, pero el discurso trasciende a la lengua como sistema. Y de esta descripción se derivan también fecundas consecuencias para el análisis:

Las implicaciones metodológicas son numerosas. Dos lingüísticas diferentes hacen referencia al signo y a la frase, a la lengua y al discurso. Estas dos lingüísticas proceden en sentido inverso y cruzan sus caminos. El lingüista de la lengua parte de unidades diferenciales y ve en la frase su nivel último. Pero su

significativo es lo mismo. Esto tiene tres consecuencias: en primer lugar, en ningún momento en semiótica nos ocupamos de la relación del signo con las cosas denotadas, ni de las relaciones de la lengua con el mundo. Segundo, el signo tiene siempre y solamente un valor genérico y conceptual. No admite por tanto un valor particular u ocasional; todo lo individual está excluido; las circunstancias hay que tenerlas por no presentes. Tercero, las oposiciones semióticas son de tipo binario» (ibídem, 223). «A partir del momento en que la lengua es considerada como acción, como realización, supone necesariamente un locutor y supone la situación de tal locutor en el mundo. Estas relaciones se dan conjuntamente en aquello que yo defino como semántica» (ibídem, 234) «La expresión semántica por excelencia es la frase» (ibídem, 224). Ibídem, 229.

método presupone el análisis inverso, más próximo a la conciencia del que habla:

parte de la diversidad infinita de mensajes y luego desciende a las unidades que, en número limitado, emplea y encuentra: los signos. Este es el camino que emplea la lingüística del discurso: la lengua se forma y configura en el discurso, actualizado en frases.21

En la utilización de estos dos dominios con sus respectivas metodologías tenemos ya las bases del planteamiento propuesto por Ricoeur. Para analizar un texto cualquiera, hay que tomar como punto de partida una lingüística del discurso, porque esta lingüística es la que plantea los términos en su realidad concreta: la comunicación de un sentido. Pero esta lingüística del discurso no puede prescindir del sistema de signos que forma una lengua — lo que Benveniste denomina semiótica— , ni puede quedarse reducido sólo a este sistema, porque, en último caso, la semiótica es sólo una abstracción de la semántica22. Esta operación es la que, a juicio de Ricoeur, realiza abusivamente el análisis estructural cuando en el análisis del discurso no convoca la referencia o la sustituye por lo que denominan ilusión referencial.

2.1.1. Corolario: el lugar del análisis estructural

La eficacia de las distinciones que se planteaban en el parágrafo anterior se comprueba si acudimos a los juicios que emite Ricoeur sobre la práctica del aná­ lisis estructural. Ricceur, como se ha visto antes a propósito de la dialéctica entre explicar y comprender, tiene al análisis estructural por una etapa necesaria en el estudio del discurso o de la obra literaria. Sin embargo, a Su juicio, los análisis de obras literarias realizados de acuerdo con esta epistemología han partido de un postulado de base distinto, «a saber, que una ciencia del texto puede establecerse sobre la sola abstracción de mimesis II y pueden considerarse únicamente las leyes internas de la obra literaria, sin mirar el antes y el después del texto»23. Proceder de esa manera supone que el análisis se mantiene en lo que en la terminología de Benveniste y Ricoeur se denomina semiótica; por tanto en ese análisis no se tienen presentes ni la referencia, ni la diferencia de dominios que supone tener como base el signo o la palabra.

Ricosur, La Métaphore vive

, Ricceur, Temps et récit 86. Se entiende que mimesis II es en este texto la configuración verbal, por tanto el objeto de la semiótica, del análisis estructural, etc. La relación de mimesis II a mimesis I y mimesis 111 será el objeto de la semántica (si nos mantenemos en la terminología de Benveniste), y, al final, de la hermenéutica (en la terminología de Ricoeur).

, Véase Benveniste, Problémes de linguistique générale II

91.

273-274.

^

^'Comenzamos con la crítica de Ricceur a quienes no tienen presente la referen­ cia. El análisis debe hacer notar que, si estamos en un ámbito de comunicación, siempre se habla de «algo», y que ese algo de lo que se habla es la referencia:

También las obras literarias aportan al lenguaje una experiencia, y ven la luz como

cualquier discurso. Esta (

en la poética contemporánea que rechaza cualquier consideración de la referencia a lo que ella considera extralingüístico, en nombre de la estricta inmanencia del lenguaje literario en sí mismo. Cuando los textos literarios contienen alegaciones que conciernen a lo verdadero y a lo falso, a lo falaz y a lo secreto, las cuales conducen ineluctablemente a la dialéctica del ser y del parecer, esta poética se esfuerza por considerar como un simple efecto de sentido lo que ella decide, por

decreto metodológico, llamar ilusión referencial.24

)

presuposición choca de frente con la teoría dominante

Este juicio, en concreto, se refiere fundamentalmente a Greimas, pero tanto en La Metáfora viva como en Tiempo y narración Todorov y Genette son objeto de calificaciones semejantes25.

Pero esta consideración lleva de la mano a otra que también está presente en Benveniste: si semiótica y semántica son dos dominios distintos, es claro que, en cuanto sistemas, tienen configuraciones y protocolos de actividad distintos. La diferente configuración de ambos sistemas -—el comunicativo y el expresivo, el semiótico y el semántico en la terminología de Benveniste y Ricceur— no entra en los presupuestos de R. Barthes, cuando sugiere la estricta homología entre

Ibídem, 120. Véase, si no, una cita de Greimas que corrobora la imposibilidad de pasar del sentido a la referencia en la semiótica greimasiana: «La producción de sentido no tiene sentido más que cuando ella es la transformación del sentido dado; la producción del sentido es, en consecuencia, en sí misma, una puesta en forma significativa, indiferente a los contenidos a transformar. El sentido, en tanto que forma del sentido, puede definirse entonces como la posibilidad de transformación de sentido», A.J. Greimas, Du sens, 1, Paris, Seuil, 1970, 15.

En sentido absoluto, estos juicios serían en la actualidad un poco anacrónicos. Obras posteriores de estos autores (véase, por ejemplo, Genette, Fiction et diction) no pecan de ilusión referencial. De hecho, con el planteamiento pragmático, la semiótica se ha hecho consciente del problema. El mismo Ricoeur reconoció más tarde que sus juicios sobre lo que denominaba el «postulado semiótico» venían tal vez de una «postura defensiva a favor de una hermenéutica centrada en la com­ prensión y al mismo tiempo con un tono polémico», (Ricoeur, «Entre

442). Desde un punto de vista exclusivamente

, crítico, puede verse en Garrido Gallardo, «Literatura sin tecnocracias: Condiciones

, parecida, aunque con horizontes filosóficos, véase H. Putnam, «Is There a Fact of the Matter about Fiction?», Poetics Today, 1983, n° 4/1, 77-81.

herméneutique et sémiotique»

para una semiótica (verdaderamente) literaria»

96-107. En una línea muy

lenguaje y literatura26, y tampoco está presente en algunos pasos de los análisis de Jakobson27. En uno y en otro caso nos encontramos ante lo que Ricoeur denomina el postulado semiótico que consiste en reducir la semántica a semiótica y en sentido ascendente28.

Ricoeur descubre que, en el análisis estructural, la extensión de los principios estructurales de la lingüística puede significar diversos tipos de derivaciones que se extienden desde la analogía vaga a la estricta homología. Esta segunda posibilidad —dice Ricceur— está firmemente defendida por Roland Barthes en la época de su

Introducción al análisis estructural de los relatos: «el relato es una gran frase; como toda frase constatativa es, en cierta manera, el núcleo de un pequeño relato». Llevando hasta el fin su pensamiento, Roland Barthes declara: «La homología que aquí se sugiere, no tiene solamente un valor heurístico: implica una identidad entre

, «El análisis de Jakobson deja completamente de lado la distinción introducida por Benveniste entre la semiótica y la semántica, entre los signos y las frases. Este monismo del signo es característico de una lingüística puramente semiótica. ( ) La combinación de estas unidades lingüísticas presenta claramente una escala ascendente de libertad: pero no implica ninguna discontinuidad del tipo que Benveniste reconoce entre el orden del signo y el del discurso; la palabra es simplemente la unidad lingüistica más alta entre las obligatoriamente codificadas, y la frase no es más que una composición más libre que las palabras. Por tanto la noción de contexto puede emplearse indiferentemente para designar la relación entre el morfema y el fonema o entre la frase y el morfema». Ricoeur, La Métaphore vive

Es instructivo en este punto lo que dice a propósito de la neorretórica al tratar de la Rhétorique générale del Grupo my: «Hay una presuposición que precede a todos los demás análisis y sobre la que estos autores apenas se detienen: todos los niveles de descomposición, en el sentido descendente, y de interpretación, en el ascen­ dente, son homogéneos. Es fácil reconocer en esta presuposición lo que hemos llamado postulado semiótico» (ibídem, 202). Son ya muchos los críticos que proponen una crítica al análisis estructural de este tipo. En una formulación más intuitiva dice, por ejemplo, Steiner: «No cabe duda de que existen aspectos exactos, formalmente afirmables y, por lo tanto, tratables en forma teórica en el estudio lingüístico sistemático del habla y de la escritura. Existen medios formales para clasificar y transcribir de manera prescriptiva las estructuras de la sintaxis. ( ) Aquí un cierto grado de teoría es pertinente. Pero, ¿qué grado? El fracaso definitivo se produce cuando tales enfoques intentan formalizar el significado, cuando proceden hacia arriba desde lo fonético, lo léxico y la gramatical hasta lo

, embargo, eso no excusa del análisis lingüístico: «La afirmación de Román Jakobson es fundamental: para conocer la gramática de la poesía, que es la fuerza de su música del significado, hay que conocer y ser receptivo a la poesía de la gramática» (ibídem, 107).

lenguaje y literatura», véase Ricoeur, Temps et récit II

51.

semántico y lo estético», Steiner, Presencias reales

104; subrayado mío. Sin

.<*De estas presuposiciones, es posible extraer un juicio de Ricoeur sobre el estructuralismo29, y en concreto sobre el lugar que debe tener en el análisis de textos desde una perspectiva hermenéutica:

Si se tiene el análisis estructural por una etapa —y una etapa necesaria— entre una interpretación ingenua y una interpretación crítica, entre una interpretación superf­ icial y una interpretación profunda, entonces parece posible conjugar «explicar» e «interpretar» en un único arco hermenéutico, e integrar las actitudes opuestas de explicación y comprensión en una concepción global de la lectura como una obtención de sentido.30

Ahora bien, así como la semiótica, en la denominación de Benveniste y Ricoeur, debe integrarse en la semántica, el análisis estructural debe hacerlo en la hermenéutica31, y el análisis inmanente de la poética, en el de la retórica, porque

la tesis de la autonomía semántica del texto no vale sino para un análisis estructural que pone entre paréntesis la estrategia de persuasión que atraviesa las operaciones que manifiestan la poética pura; levantar este paréntesis implica necesariamente tener en cuenta a aquel que fomenta la estrategia de persuasión, es decir, al autor.32

2.2. Sentido y referencia

En los párrafos anteriores se ha apuntado que la crítica de Ricceur al estructuralismo se fijaba en dos aspectos: la ausencia de una distinción clara entre

No es fácil describir en todos los pormenores la posición de Ricoeur con el

estructuralismo. En ocasiones el talante irenista de su pensamiento, hace difícil las valoraciones. Parece claro su rechazo frontal al estructuralismo como filosofía:

«Es necesario resistir vigorosamente toda intimidación, el verdadero terrorismo intelectual que algunos estructuralistas no lingüistas nos imponen, basado en su modo ingenuamente derivado de las condiciones de funcionamiento del lenguaje»

(Ricoeur, «Hacia una teoría del lenguaje literario»

72), por eso, califica al

, estructuralismo como un sistema sin sujeto (véase Ricoeur, «Langage (Philo-

sophie)»

778). Sin embargo, como veremos, acepta que el análisis estructural

, tiene en un lugar en el estudio del texto: el lugar crítico de toda hermenéutica de la

sospecha (véase Ricceur, «Evenement et sens»

Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

«Incumbe a la hermenéutica reconstruir el conjunto de las operaciones por las que la obra se levanta sobre el fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir, para ser

dada por el

autor a un lector que la recibe y así cambia su obrar. Para una

semiótica, el único concepto operativo es el de texto literario», Ricoeur, Temps et

récit I

, Ricoeur, Temps et récit III

, 29).

»,

154-155.

86.

,

232.

el plano (sem iótico) de la significación y el plano (sem ántico) de la comunicación llevaba, como consecuencia inmediata, a no convocar el referente en el análisis, y, por tanto, a hablar simplemente de ilusión referencial. Pero convocar la referencia supone también convocar el sentido junto al signo: en el ámbito de la comunicación, la dicotomía saussureana se resuelve en una relación triádica. Benveniste ya percibía esta arbitrariedad en el análisis lingüístico y anotaba la necesidad de describir el sentido de las frases en relación con la referencia establecida:

Intentemos ahora elucidar el proceso por el que se realiza el «sentido» en semántica. En este punto reina tanta confusión —o, lo que es peor, tanta falsa claridad— que es necesario sujetarse a una buena elección a la hora de determinar

los términos del análisis. Partimos del principio de que el sentido de una frase es una cosa distinta del sentido de las palabras que la componen. El sentido de una frase es su idea, el sentido de una palabra, su empleo (siempre en la acepción semántica). A partir de la idea, cada vez particular, el locutor ensambla las pala­ bras que en «este» empleo tienen un «sentido» particular. Además hay que añadir un término que no había sido convocado en el análisis semiótico: el del «referente», independiente del sentido, y que es el objeto particular al que

corresponde la palabra en el caso concreto de la circunstancia o del uso. (

sido a partir de la confusión, extremadamente frecuente, entre sentido y referencia,

Ha

)

o entre referente y signo, donde han nacido discusiones vanas de aquello que se ha venido en llamar el principio de la arbitrariedad del signo.33

Ricceur tiene presente en su análisis la cuestión del sentido y la referencia que, desde Frege, había pasado a la fenomenología y se había desarrollado en el marco de la filosofía del lenguaje. Sin embargo, toma esta intuición de Benve­ niste para proponer una descripción del funcionamiento de la referencialidad en los textos. Dice así:

El resultado de esta dependencia del sentido actual de la palabra respecto al de la frase es que laJunción referencial que se vincula a la frase tomada como un todo, se reparte entre las palabras de la frase ; con palabras de Wittgenstein, muy próximo al pensamiento de Husserl, el referente de la frase es un «estado de cosas» y el de la palabra «un objeto»', en un sentido muy similar, Benveniste llama referente de la palabra al «objeto particular al que corresponde la palabra dentro de lo concreto de la circunstancia o del uso»; y lo distingue de la referencia de la frase: «si el sentido de la frase es la idea que expresa, la referencia es el estado de cosas que la provoca, la

situación del discurso o de hecho con la que se relaciona y que nosotros no podemos nunca ni prever ni adivinar.34

Como tantas otras veces, en las palabras de Ricceur hay más de un elemento que tiene que hacerse explícito:

a) El referente de los textos es, en palabras de Wittgenstein, un «estado de cosas». Como se sabe ésta es una expresión con la que este filósofo, siguiendo una intuición de Husserl, corrige la teoría de la referencia de G. Frege.

b) La referencia va unida a otra noción: el sentido de la frase — o de los textos, pues la frase está entendida en estos lugares como texto— no es la suma de los sentidos de las palabras, ya que este sentido lo es de la frase como un todo, y está vinculado a la situación del discurso.

Si

comenzamos por los históricos Ricceur.

Es sabido que el origen de esta terminología — sentido y referencia— se encuentra en las preocupaciones del lógico G. Frege35 cuando descubría que, en contextos opacos u oblicuos, dos objetos idénticos no podían intercambiarse sin cambiar el valor de verdad de la proposición36. Así, por ejemplo, la frase «el lucero matutino brilla más que el lucero vespertino» es verdadera, a pesar de que en los dos casos el lucero se refiere a un mismo objeto: el planeta Venus37. Para resolver estas aporías, convocó la noción de sentido (Sinn), que es, genéricamente, la manera en que la referencia se presenta, y se manifiesta, en una expresión lingüística38. La aporía de los dos luceros se resuelve si se considera, sin más, que estamos ante dos

se podrá hacer más patente la aportación de

Como se ve, los aspectos históricos se mezclan con los conceptuales.

Ricoeur, La Métaphore vive

165-166. En realidad, siguiendo a Benveniste,

, Ricceur dirá que hay una triple pretensión referencial: la determinada por el «yo-tú- él». Véase P. Ricoeur, «La métaphore et le probléme central de l’herméneutique», Revuephilosophique de Louvain, 1972, n° 70, 97.

Las nociones están recogidas en unos pocos artículos —sobre el sentido y la referencia, la función y el concepto, el concepto y el objeto, y el prólogo a las Leyes fundamentales de la Aritmética— editados en castellano en G. Frege, Estudios sobre semántica, Barcelona, Ariel, 1971, por donde citaré. Véase O. Ducrot, «Referencia», O. Ducrot, T. Todorov, Diccionario enciclopédico

, Véase Frege, Estudios sobre semántica

«El ámbito del sentido es una región del todo peculiar. Ni a Frege ni a nadie le

resulta fácil describirla. (

expresiones lingüísticas, lo mismo que —por utilizar la comparación de Wittgenstein— las direcciones son de líneas. Los sentidos son formas de darse la realidad expresadas por el lenguaje», A. Llano, Metafísica y lenguaje, Pamplona, Eunsa, 1984, 77. Subrayado mío.

La clave estriba en comprender que el sentido lo es de

de las ciencias del lenguaje

289.

,

50-52.

)

sentidos distintos de una única referencia: en un caso se presenta Venus como el planeta del amanecer y en otro como el planeta del anochecer. Frege desarrollaba también otros puntos, que Ricoeur resumía así:

Recordamos la distinción que Frege enunciaba entre Sinn (sentido) y Bedeutung (referencia o denotación). El sentido es aquello que dice la proposición; la referencia o denotación aquello sobre lo que se dice el sentido. Lo que hay que pensar, dice Frege, es «el vínculo regular entre el signo, su sentido y su denotación». Este vínculo regular es «tal que a un signo corresponde un sentido determinado, y al sentido una denotación determinada; en tanto que una sola denotación (un sólo objeto) es susceptible de tener más de un sentido». Así la denotación de «lucero matutino» y la de «lucero vespertino» sería la misma, pero su sentido sería diferente.39

En este párrafo se recogen las tres nociones importantes — signo, sentido y referencia— con las relaciones entre ellas. Ahora bien, lo que es capital en esta teoría comunicativa es que el sentido, por su vínculo con la referencia, es objetivo. Lo que es subjetivo es otra noción que Frege denomina representación40.

Una vez establecida la relación triádica entre signo, sentido y referencia, sólo queda un aspecto para determinar el valor del sentido en relación con la referencia:

, «De la referencia y del sentido del signo hay que distinguir la representación a él asociada. Si la referencia de un signo es un objeto sensiblemente perceptible, la representación que yo tenga de él es entonces una imagen interna formada a partir de recuerdos e impresiones sensibles que yo he tenido, y de actividades que he

practicado tanto internas como externas. (

analogía para ilustrar estas relaciones. Alguien observa la luna a través de un telescopio. Comparo la luna con la referencia; es el objeto de observación que es

proporcionado por la imagen real que queda dibujada sobre el cristal del objetivo del interior del telescopio, y por la retina del observador. La primera imagen la comparo con el sentido; la segunda, con la representación o intuición. La imagen formada dentro del telescopio es, en verdad, sólo parcial, depende del lugar de

observación; pero con todo es objetiva, en la medida en que puede servir a varios

, de los «modos de dación» de Frege para inspirarse en su concepto de significación como la «referencia intencional al objeto» —«con un rigor científico al que no puede parangonarse el concepto de significación de Saussure», escribe A. Alonso en el prólogo de la primera edición castellana del Cours. Véase F. de Saussure, Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 1945, 8—. Sin embargo, como anota Ricoeur, «Husserl no tomó el camino de Frege que rompe los vínculos entre

54-55. Husserl recogió la idea

observadores», Frege, Estudios sobre semántica

Ricceur, La Métaphore vive

274.

)

Quizás sea adecuada la siguiente

Sinn (sentido) y Vorstellung (representación), guardando la primera denominación para la lógica y enviando la segunda a la psicología. Husserl sigue usando el término Vorstellung para significar tanto la mirada específica como la individual»,

la situación del discurso. En este punto es donde aparece la tesis más sustanciosa de Ricoeur de cara a la interpretación de los textos literarios.

¿Cómo se efectúa la referencia en un texto escrito? Para describir el proceso Ricoeur acude primero a las descripción de los elementos presentes en un acto de comunicación oral. En un discurso oral, cuando emitimos un mensaje, el aquí, ahora, junto con la situación del discurso, son capaces de determinar la referencia última de esa comunicación. Así, en la palabra viva, el sentido ideal de aquello que se dice se dirige hacia la referencia real, a saber, hacia aquello de lo qiLe se habla. En el límite, esta referencia real tiende a confundirse con la designación ostensiva donde a la palabra se le une al gesto de mostrar, de hacer ver. Se puede afirmar entonces que el sentido muere en la referencia y ésta en la mostración41.

Pero estas características — el aquí y ahora, la situación de discurso, la mostración, etc.— sufren una modificación radical cuando se trata de textos escritos. Cuando leemos un texto — o una obra literaria—, nos percatamos de que no hay emisor presente aquí, ahora, tampoco hay mostración ostensiva, y tampoco hay gesto alguno al que recurrir. La cuestión que se plantea ahora es: ¿hay referencia? Ricoeur repite muchas veces que sí: «el texto, ya lo veremos, nunca deja de tener referencia: será precisamente tarea de la lectura, en tanto que interpretación, efectuar la referencia»42. Por eso, de la misma manera que en la proposición no nos contentamos con su sentido, sino que nos preguntamos sobre su referencia, es decir, sobre su pretensión y su valor de verdad43; de la misma manera, en el texto, no podernos detenernos en la estructura inmanente, en el sistema interno de dependencias nacidas del entrecruzamiento de los códigos que el texto acciona, pues

Véase Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

»,

113, 140-141.

, 384, nota 4), hay unas nociones de Searle sobre el modo de convocar la referencia (véase J.R. Searle, Actos de habla. Ensayo de filosofía del lenguaje, Madrid, Cátedra, 1980, 99) que, purificadas del aspecto inmanentista, serán base firme para explicar su concepto de referencia metafórica. En sí mismas, las afirmaciones de Searle deben matizarse: Véase F. Inciarte, «Verdad y objetividad histórica», Anuario filosófico, 1982, n° XV/2, 89-102. Así ya en Frege: «¿Por qué queremos que cada nombre propio no tenga únicamente un sentido, sino también una referencia?, ¿por qué no nos basta con los sentidos? Porque, y en la medida en que, nos interesa su valor veritativo». De ahí que «cuando

Ibidem, 141. En las presuposiciones de Ricoeur (véase La Métaphore vive

275,

se usan palabras de manera habitual de lo que se quiere hablar es de su referencia» y «quien no admita una referencia no podrá afirmar ni negar de ella un predicado». Por eso también el empeño en postular siempre la referencia, pues «el valor veritativo de

un enunciado es su referencia», véase Frege, Estudios sobre semántica

59, 53,

,

queremos hacer explícito el mundo que el texto proyecta44: «Todo discurso está de alguna manera ligado al mundo. Porque, si no hablamos del mundo, ¿de qué

hablamos?»45.

Las consecuencias de este planteamiento de Ricceur se abren a muchos campos. Con todo, con lo visto hasta el momento tenemos ya especificado el mapa intelectual en el que se mueve Ricceur en la teoría del texto. Con base en un postulado de comunicación, hemos situado el análisis estructural en su lugar crítico, al tiempo que hemos convocado ya la referencia de la obra literaria en relación con su sentido. Podemos abordar ya la teoría del texto presente en Ricceur y su peculiar solución sobre el modo de hacer efectiva la referencia en los textos de ficción, y, en general, en los textos literarios.

3. La lingüística del texto en Ricoeur

Se han recogido hasta el momento los principios más importantes sobre los que se sostiene la teoría del texto en un horizonte hermenéutico que plantea Ricoeur: frente al inmanentismo del análisis estructural, afirma que es necesario convocar la referencia en el texto y por tanto un sistema que traspase las categorías saussureanas46; frente a la posición más intuitiva de los lógicos y filósofos del lenguaje, considera preferible un estudio que tenga presentes los constitutivos de la lengua y por tanto del análisis lingüístico. Finalmente, también se ha apuntado la necesidad de establecer el fundamento en una relación triádica — si no en el signo, sí en la comunicación por textos-— en la que se convoquen los signos, el sentido y la referencia. Todas estas nociones tendrán su pertinencia en el estudio de las obras y en la delimitación de los campos de aplicación de los diversos métodos de análisis de texto. Veamos, ahora, los términos en los que plantea Ricoeur su teoría textual:

La teoría del discurso no ha sido obra de lingüistas, sino de lógicos y epistemó- logos, más preocupados de ordinario por la crítica literaria que por la lingüística

287. Por ello dirá de diversas formas

que, al sostener esta teoría referencialista, se separa tanto del romanticismo como de «la ideología del texto absoluto» representada por el estructuralismo.

Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

aspecto comunicativo, es decir que los «sujetos», al hablar, se refieren a algo:

«Toda referencia es co-referencia; no son las proposiciones las que se refieren

“hacen

referencia a

nelpensiero contemporáneo, Milano, Jaca Book, 1990, 22. En el planteamiento de Ricoeur, las categorías saussureanas se traspasan, pero no

se anulan. Véase Ricoeur, «Signe etsens»

(dicen cualquier cosa), sino los sujetos parlantes que (

P. Ricoeur, «Evento e senso», G. Nicolaci (ed.), Segno ed evento

140. Lo importante ahora es subrayar el

Véase Ricoeur, «Esquise de conclusión»

,

»,

)

“se refieren a

”,

”»,

,

1012-1013.

de los lingüistas. La ventaja de abordar directamente el fenómeno del discurso que omite el estadio lingüístico estriba en que los rasgos propios del discurso se

reconocen por sí mismos, sin necesidad de oponerlos a otra entidad. (

que quiera situar su investigación en el horizonte de hoy, tendrá que elegir el método indirecto de la oposición entre unidad de discurso y unidad de lengua. La semántica filosófica de los anglosajones consigue resultados directamente y con fina elegancia; una semántica guiada por la lingüística debe alcanzarlos más laboriosamente por el método indirecto de la confrontación con la lingüística de la

lengua.47

Todo el

)

En estas palabras se adivina ya cuál es la elección de Ricceur. Lo mismo que antes, en la hermenéutica, también ahora elige la vía larga — que aquí denomina método indirecto— , que consiste en proponer una lingüística del discurso que no rompe sus relaciones con una lingüística de la lengua.

En lo que se refiere al procedimiento, al modo con que realiza esta operación, conviene retomar las características del texto que se apuntaban en el inicio del capítulo. Allí se describía la noción de texto en Ricoeur desde tres condiciones:

era un discurso, era escrito, y estaba constituido en una obra estructurada. En consonancia con esas tres condiciones, Ricoeur seguirá un protocolo más o menos paralelo para proponer su teoría textual. Por eso, en primer lugar, recoge las características de la lingüística de la frase — del discurso, podríamos decir— tal como las propone Benveniste. A continuación, examina qué cambios se derivan de que el discurso sea escrito y no oral. Finalmente, a lo que resulta de esa operación, le añade lo que se pueda derivar de que el escrito que leemos esté configurado como una obra estructurada.

3.1. Las peculiaridades de la textualidad

Los rasgos del discurso, que propone desde la lingüística textual derivada de los escritos de Benveniste, son cuatro:

Retendré cuatro rasgos de esta lingüística de la frase que me ayudarán a elaborar la hermenéutica del acontecimiento y del discurso. Primer rasgo: el discurso se realiza siempre temporalmente y en el presente, en tanto que el sistema de la len­ gua es virtual y extraño al tiempo. Émile Benveniste lo llama «instancia del discurso». Segundo rasgo: en tanto que la lengua no requiere ningún sujeto —en este sentido la pregunta «quién habla» no se aplica nunca a este nivel—, el discurso reenvía a su locutor gracias a un conjunto complejo de embragues como los pronombres personales. Diremos por ello que la instancia del discurso es «autorreferencial». Tercer rasgo: en tanto que los signos de la lengua reenvían solamente a otros signos en el interior de un mismo sistema, del mismo modo que

la lengua prescinde de la temporalidad y la subjetividad, el discurso siempre trata de alguna cosa. Se refiere a un mundo que pretende describir, expresar, representar. Es en el discurso donde la función simbólica del lenguaje se actualiza. Cuarto rasgo: en tanto que la lengua es sólo una condición de la comunicación para la cual ella brinda los códigos, es en el discurso donde todos los mensajes se intercambian. En este sentido el discurso no sólo tiene un mundo, sino un otro, un interlocutor al que se dirige. Estos cuatro rasgos tomados conjuntamente hacen del discurso un acontecimiento.48

Ahora bien, esta descripción corresponde al acontecimiento del discurso oral. En el discurso escrito, como ya se ha visto antes, hay un cambio fundamental:

Lo que está fijado por la escritura es un discurso que podría haberse dicho, ciertamente, pero que precisamente se ha escrito porque no se ha dicho. La fijación por la escritura toma el lugar de la palabra, es decir, se sitúa en el lugar en que la palabra podría haber nacido. Por tanto podemos preguntarnos si el texto no es verdaderamente texto sino en la medida en que no se limita a transcribir una palabra anterior.*®

El acontecimiento escrito es, por eso, completamente distinto del aconte­ cimiento verbal: no estamos ante una mera sustitución de las palabras habladas por las palabras escritas, sino que, permaneciendo en el ámbito de la comunicación de sentido, nos encontramos ante una estructura completamente distinta. Esta estructura se caracteriza en primer lugar porque la acción comunicativa no está constituida por un solo acto, sinp por dos actos distintos — en el tiempo, en el espacio, etc.— que son el acto de escribir y el acto de leer, y que no son equiparables a los actos de decir y oír50.

Ricoeur, «Le modéle du texte

mismo número de características; lo mismo ocurría cuando formulaba la noción de texto: en un lugar enumeraba cuatro característicás y en otro cinco. También aquí

, embargo, lo que no cambia es la epistemología que las sostiene: el ámbito de la comunicación, y por tanto, el de la enunciación (frente al simple enunciado), la referencia, y el receptor. Otros lugares en los que viene formulada la noción tal

pasa algo semejante, pues en La Métaphore vive

184-185. No siempre aparecen en sus escritos el

»,

92-100, cuenta cinco. Sin

17;

, Como se verá en el desarrollo, los cuatro rasgos podían reconducirse a algunos de los integrantes del acto comunicativo: la fuerza de la articulación de Ricoeur reside

en que privilegia la noción de acontecimiento del discurso.

Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

Ibidem, 139. Estos aspectos se presentan mucho más claramente en la teoría

literaria que Ricoeur parece ignorar. Véase, por ejemplo, Segre, Principios de

análisis del texto literario

como se transcribe en el cuerpo del texto: Ricoeur, «Evenement et sens» Ricoeur, «La métaphore et le probléme central de 1’herméneutique»

,

94-95.

»,

138. Subrayados míos.

12-16; F. Lázaro Carreter, ¿Qué es la literatura?,

,

A,partir de esta diferencia primera entre lo hablado y lo escrito, la descripción de la textualidad podría prolongarse a otros aspectos51, pero parece preferible seguir el esquema de Ricoeur, y atender a cómo se manifiestan las características de la lingüística del discurso propugnada por Benveniste, cuando se aplican al texto escrito.

El primer rasgo enumerado de la lingüística de la frase hacía referencia a la «instancia del discurso» que suponía la actualización «aquí, ahora» del sistema de la lengua, que, de suyo, era virtual. En el acto de comunicación oral, para elucidar el sentido de tal acto de comunicación no basta con la comprensión del enunciado, sino que hay que recurrir a las condiciones pragmáticas en las que se efectúa el discurso como acto lingüístico52: dicho de otra forma, hay que considerar no sólo lo dicho, sino también el acontecimiento de decirlo. Ahora bien, ¿qué ocurre en el discurso escrito? En el discurso escrito se opera un cambio, ya que al separar la comunicación en dos actos distintos, el de escritura y el de lectura, el texto debe ser testigo también del acontecimiento de la palabra:

lo que buscamos en él no es sólo lo dicho sino el significado del acontecimiento de la emisión53. Eso supone que en el análisis de la significación de lo escrito deben convocarse no sólo los elementos de la lengua, sino que hay que incluir los aspectos que configuran las dimensiones ilocucionarias y perlocucionarias del

escrito54.

Santander, Publicaciones Universidad Menéndez Pelayo, 1976 (incluido en F. Lázaro Carreter, Estudios de lingüistica, Barcelona, Crítica, 1980). Como, por ejemplo, a la determinación del policódigo presente en la oralidad, o a la calificación del lenguaje escrito como secundario, etc. Véase, por ejemplo,

Aguiar e Silva, Teoría da Literatura

Por eso, Ricceur acaba por definir el sentido en función de la teoría pragmática que considera el acto del discurso. Recordemos algunas de esas definiciones: «el sentido es, en una primera aproximación, el significado noemático del acto noético

20. O también: «el

consistente en entender algo», Ricceur, «Evento e senso»

discurso es un acontecimiento que tiene un sentido; este sentido es el objeto

intencional del acto del discurso», Ricceur, «Signe et sens»

Lo que fijamos mediante el escrito, «no es el acontecimiento de «decir» sino lo «dicho» de la palabra, si entendemos por «dicho» de la palabra la exteriorización intencional que constituye la mirada misma del discurso en virtud de la cual el Sagen —el decir— quiere llegar a ser Aus-sage —enunciado—. En resumen, lo que escribimos, lo que inscribimos, es el noema del decir. Es la significación del acon­ tecimiento de la palabra, no el acontecimiento en cuanto tal», Ricceur, «Le modéle du

,

137-144.

,

,

1014.

Este primer rasgo se completaba en la teoría del discurso con un segundo rasgo, la «autorreferencialidad» de la instancia del discurso. El discurso remite al sujeto que lo emite mediante los indicadores de la presencia del enunciador en el enunciado: la deixis en sentido amplio55. Ahora bien, este discurso oral se caracteriza por la presencia del sujeto emisor, y por tanto hay una correspondencia entre los rasgos de autorreferencialidad del enunciado y el enunciador presente. En cambio, el discurso escrito se caracteriza por la ausencia del emisor en el acto56. Esta ausencia implica dos cosas: por una parte, la desaparición del sujeto emisor lleva consigo la disociación entre la intención del autor y la intención del texto y, por tanto, dirige el análisis hacia la intención del texto57. Pero, por otra parte, la presencia de los rasgos del enunciador en el

ilocucionaria muestra cómo ha de tomarse la proposición o, dicho de otra manera, qué fuerza ilocucionaria ha de tener la emisión; esto es qué acto ilocucionario está

realizando el hablante al emitir la oración. En castellano los dispositivos indica­ dores de fuerza ilocucionaria incluyen al menos: el orden de las palabras, el énfasis, la curva de entonación, la puntuación, el verbo y los denominados verbos realizativos. Puedo indicar qué acto ilocucionario estoy realizando haciendo que la oración vaya precedida por un «pido disculpas», «aconsejo», «enuncio», etc.»

, al término «significación una acepción muy amplia que cubre todos los aspectos y

todos los niveles de exteriorización intencional que hacen posible la inscripción del

discurso», Ricceur, «Le modéle du texte

matices; de hecho algunas veces no se toman en consideración y se da el salto, sin más, a la dimensión perlocucionaria: «Frente al discurso oral que agota la

temporalidad en su fluencia, en su sumisa y efímera «simultaneidad», el escrito pierde, en cierto sentido, el carácter de inmediatez, eso que la filosofía analítica ha denominado lo ilocucionario, para insertarse en un ambiguo sistema perlocu-

, De manera dispersa está esbozada su constitución en diversos artículos del volumen II de Problémes de linguistique générale de E. Benveniste. Un estudio muy operativo de esas intuiciones puede verse en C. Kerbrat-Orecchioni, L'énon- ciation de la subjectivité dans le langage, Paris, Armand Colin, 1980. «Me gusta decir que leer un libro es considerar a su autor como muerto y al libro como postumo. En efecto, cuando un autor ha muerto es cuando la relación con el libro resulta completa y, en cierta manera, intacta: el autor ya no puede responder, lo único que queda por hacer es leer su obra», Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte? »,

cionario», Lledó, El silencio de la escritura

39. Ricosur acepta esta postura, aunque advierte que le da

Searle, Actos de habla

»,

187. Lá-cyestión está siempre en los

30.

139.

187. Por

eso no es extraño que en este punto Gadamer coincida con él: «En mi propio análisis de los diversos modos de lingüisticidad he rastreado sobre todo el signi­ ficado que posee lo escrito para la identidad de lo lingüístico. También Paul Ricoeur ha llegado, en una reflexión semejante, al mismo resultado: que lo escrito confirma

Más precisamente al «mundo del texto», Ricoeur, «Le modéle du texte

»,

enunciado supone que, en propiedad, no se puede hablar de ausencia absoluta del sujeto enunciador sino de «distancia» respecto del lector: en realidad, en el texto la proximidad del sujeto hablante se sustituye por una relación compleja que permite decir que el autor está presente en lo escrito, que está situado en el espacio de significación trazado e inscrito por la escritura: el texto es el lugar en el que aparece el autor58. Prueba de ello es lo que la crítica literaria ha descubierto en lo que denomina el autor implicado, o implícito59.

La ausencia, o la distancia, del sujeto emisor en el discurso textual nos con­ duce al tercer rasgo que diferencia el discurso oral del escrito: en el discurso escrito, el contexto cambia, y por tanto la función referencial del lenguaje no puede darse de la misma manera. En el discurso oral, dirá Ricoeur, no hay problemas de referencia ya que

en última instancia, aquello a lo que se refiere el diálogo es a la situación común a

los interlocutores. (

¿Qué ocurre en el discurso escrito? ¿Podemos decir que el texto no tiene referencia? Esto sería confundir referencia con mostración, mundo con situación.

El discurso no puede dejar de referirse a algo.60

)

En el discurso oral, diremos, la referencia es ostensiva.

Ese algo a lo que se refiere el discurso escrito es lo que Ricoeur denomina el «mundo del texto». Este mundo del texto se construye de dos maneras: por una parte, es precisamente la suspensión de las referencias ostensivas la que facilita la creación de una nueva referencia; por otra parte, el mundo del texto lo produce el lector a partir de las indicaciones que le proporciona el texto. Pero éste es uno de los puntos más sobresalientes de la aportación de Ricoeur a la crítica literaria y necesita convocar más elementos para su comprensión y discusión. Volveremos a él un poco más adelante.

Finalmente, queda por reseñar el cuarto rasgo del discurso oral que se transmuta en el discurso escrito: la presencia del interlocutor a quien se dirige el

la identidad del sentido y atestigua su disociación del aspecto psicológico del

hablar», Gadamer, Verdady método

Ricoeur, «Qu’est-ce qu’un texte?

Así lo expresa Ricoeur en su análisis de Booth: «El lector (

intuitivamente la obra como una totalidad unificada. Espontáneamente, no relaciona únicamente esta unificación con las reglas de composición, sino con la elección y con las normas que hacen precisamente del texto la obra de un enunciador, esto es una obra producida por una persona y no por una naturaleza. Yo relacionaré con gusto este papel unificador, intuitivamente asignado por el lector al autor implicado, con la noción de estilo», Ricoeur, Temps et récit III ,

235.

,

669.

141-142.

»,

)

aprehende

mensaje. La situación de comunicación del discurso oral implica un diálogo, aunque sea tácito, entre emisor y lector; en definitiva, hay un «otro», concreto, a quien se dirige el mensaje. Pero estas condiciones cambian también en el discurso escrito. El «otro» es genérico, aunque, como en el caso del autor implícito, está instituido también en el texto bajo la forma del lector implícito61:

el lector debe asumir las condiciones del lector implícito para establecer el diálogo con el texto. Y se dice «dialogar con el texto» porque ésta es la segunda característica relevante del discurso escrito: en el texto, el diálogo no se da entre escritor y lector, sino entre el texto y el lector: el autor no responde, no puede responder, al lector: quien responde, o calla, en ese diálogo, es el texto62. Es la conocida dialéctica de la pregunta y la respuesta formulada por Gadamer y hecha explícita por Iser.

Estas son, de manera genérica, las constricciones que la textualidad impone a las condiciones del discurso. Pero queda una última cuestión. Ricoeur habla del

«acontecimiento» del discurso oral, y, por tanto, debemos preguntarnos dónde se da el acontecimiento en el discurso escrito. Si los actos del discurso escrito son

dos — la escritura

acontecimiento del discurso? En el plano de comunicación en el que nos movemos parece claro que el acontecimiento del discurso escrito como tal es el segundo: la lectura. En un texto, la comunicación no se consuma hasta que no se lee el escrito, por tanto es en la lectura donde el texto escrito se hace «como una palabra»63: en la lectura lo que era virtual, pasa a ser actual; el autor inscrito se hace presente; la referencia se actualiza en forma de réfigpración del mundo; y el lector dialoga con el texto.

¿cuál de los dos es, propiamente, el

y

la

lectura— ,

3.2. Las características de la textualidad en la obra estructurada

Para completar la teoría del texto literario en Ricoeur hay que dar un paso más. En el inicio del capítulo se apuntaban tres propiedades desde las que se podía definir el texto en Ricoeur: era un discurso escrito, que incluía también un

De la misma manera que el autor se presenta al lector en forma de autor implícito a través del narrador digno de confianza, el lector está instituido en el relato a

través del lector implícito. Véase Ricceur, Temps et récit III

Véase Ricceur, «Qu’est-ce qu’un texte?

«Yo no digo que llega a ser palabra, puesto que la lectura no es un intercambio de palabras, un diálogo; sino que la lectura se acaba concretamente en un acto que es al texto lo que la palabra es a la lengua, es decir, acontecimiento e instancia de discurso.

El texto tenía solamente un sentido, es decir, relaciones internas, una estructura; ahora

por su sentido, el texto tenía sólo una dimensión

tiene una significación (

semiológica, ahora, por su significación tiene una dimensión semántica» (ibídem,

,

249.

»,

138-139.

);

principio de organización que lo hacía autónomo. En el apartado anterior se han examinado las condiciones de interpretación que se derivan de las dos primeras características. Nos queda por analizar lo que supone la tercera: el principio de organización que hace que un texto sea autónomo. Ricceur se refiere a este aspecto cuando habla del texto como obra estructurada:

El texto es una realidad compleja de discurso cuyos caracteres no se reducen a los de unidad de discurso o frase. Por texto no entiendo sólo ni principalmente la escritura, aunque ésta plantea por sí misma problemas originales que interesan directamente a la referencia; entiendo, primeramente, la producción del discurso como una obra. Con la obra, como la palabra indica, nuevas categorías, esencialmente prácticas, surgen en el campo del discurso, categorías de la producción y del trabajo. En primer lugar, el discurso es la sede de un trabajo de composición, o de «disposición» —para emplear una vez más la palabra de la antigua retórica— que hace de un poema o de una novela una totalidad irreductible a una simple suma de frases. En segundo lugar esta disposición obedece a reglas formales, a una codificación, que no es de lengua, sino de discurso, y que hace de éste lo que llamamos poema o novela. Este código es el de los «géneros» literarios, géneros que regulan la praxis del texto. Finalmente, esta producción codificada desemboca en una obra singular: el poema o la novela. Este tercer rasgo es el más importante; lo podemos llamar «estilo». Con G.G. Granger lo definiremos como aquello que hace de la obra una individualidad

singular.64

Una vez más, en las palabras de Ricceur se condensan las nociones necesarias para establecer los principios de análisis e interpretación del texto literario. Son tres los lugares a los que hay que atender a la hora de hacer operativo el estudio. En primer lugar, Ricceur hace notar que la ecuación «discurso escrito», «obra escrita» no es equivalente: en la «obra» se plantean problemas en lo que afecta a la referencia que no son idénticos a los del texto escrito; en segundo lugar, Ricoeur apunta que el texto en cuanto obra estructurada debe inscribirse en categorías de «producción»; finalmente, anota también que estas categorías de producción de la obra están regidas por una triple determinación: de disposición, de género y de estilo.

Si dejamos de lado los problemas de la referencia, que por su entidad se tratarán en el próximo apartado, la primera tarea que se presenta es hacer explícito lo que Ricoeur quiere significar con la noción de producción aplicada a la obra. Con esta categoría Ricoeur apunta hacia dos cosas: por una parte, indica que toda producción de una obra es trabajo sobre el lenguaje65, y, por tanto, es

RiccKur, La Métaphore vive

«La obra literaria es el resultado de un trabajo que organiza el lenguaje. Trabajando el lenguaje el hombre opera la determinación práctica de una categoría de

,

277. Subrayados míos.

posible plantear la hipótesis de que las categorías de producción — las de disposición, género y estilo— pueden ser las mismas categorías que están presentes en la interpretación66; en consecuencia, la interpretación es también trabajo67. En segundo lugar, la producción como obra estructurada implica también que la obra es singular y por tanto que, de las tres categorías implicadas, la más importante es la de estilo:

Al introducir en las dimensiones del discurso categorías propias al orden de la producción y del trabajo, la noción de obra aparece como una mediación entre la

irracionalidad del acontecimiento y la racionalidad del sentido. El acontecimiento es

la misma estilización. (

acontecimiento y de sentido.68

La noción de estilo acumula los dos caracteres de

)

Al dar la prioridad interpretativa a esta noción de estilo, Ricoeur no se abandona en la intropatía que busca la congenialidad con el autor para interpretar la obra. Lo que quiere significar es que la noción de estilo es capaz de englobar, en ella misma, a las otras dos: al género y a la disposición. De hecho, como veremos más tarde a propósito del relato, la categoría de género está en Ricoeur desprovista de fundamentadón taxonómica, y se asimila prácticamente a la disposición o a la composición del texto. Por su parte, la categoría de disposición es una condición presente en todo texto, y también en la frase69. Su importancia para el análisis es grande, pues implica una especie de presuposición de que todo está presente en cada una de las partes70; sin embargo, por su misma definición se percibe que puede muy bien englobarse en la de estilo.

Con esta descripción se han puesto ya de manifiesto las condiciones que para Ricceur determinan el ser, y por tanto la interpretación', de la obra literaria. En varios lugares de este apartado se ha aludido ya a la importancia que tiene, y a los

fenómeno de la obra como significando globalmente en tanto que obra»,, Ricoeur,

, «A este objeto va dirigido el trabajo de interpretación: al texto como obra; dispo­ sición, pertenencia a un género, realización de un estilo singular, son las categorías propias de la producción del discurso como obra», Ricceur, La Métaphore vive ,

277.

«La fonction herméneutique de la distantiation»

1Ó8.

Aquí, al invocar la interpretación, se advierte la relación de este punto con la concepción hermenéutica de Ricceur que se describía también como una «tarea».

Ricoeur, «La fonction herméneutique de la distantiation»

«La experiencia de la traducción (

un organismo. Traducir es inventar una constelación idéntica en la que cada palabra recibe el apoyo de las demás y saca el mayor partido posible de la totalidad de la

103.

lengua». Ricoeur, La Métaphore vive

Véase Ricoeur, «La fonction herméneutique de la distantiation»

«Le modéle du texte

108-109.

)

, demuestra que la frase no es un mosaico sino

,

,

107; Ricceur,

»,

200.

problemas que comporta, la noción de referencia en la obra literaria. Es hora ya de abordar la cuestión directamente.

4. La referencia en la obra literaria

La cuestión de la referencia en las obras literarias es, sin duda, una de las aportaciones de Ricceur a la teoría literaria en el marco hermenéutico. Esta aportación fácilmente se podría inscribir en el movimiento de la investigación que, en las últimas décadas, se ha dirigido a la descripción de la constitución del «mundo de la ficción». El punto de partida de esta investigación sobre la cons­ titución de los mundos Acciónales ha sido en alguna ocasión la lingüística del texto (S.J. Schmidt), otras veces, la tradición poética occidental revisada con las nuevas teorías críticas (L. Dolezel, F. Martínez Bonati), y, a veces, ambas — lingüística del texto y poética— al mismo tiempo (T. Albaladejo). En Ricoeur, como se ha visto, el punto de partida está en una teoría filosófica y una teoría lingüística. Con todo, sus tesis sobre la constitución del mundo de la ficción son consideradas como uno de los paradigmas de referencia71.

La peculiaridad de la propuesta de Ricoeur está en que en la tradición — literaria y filosófica— de la que procede, la referencia en la obra literaria no era convocada. Según los análisis de Ricoeur, en el postulado semiótico se sustituía la referencia por lo que aquellos autores denominaban la «ilusión referencial». Pero una apreciación semejante se encuentra en Frege donde los textos literarios se definen como textos con sentido pero sin referencia: para la poesía, decía Frege, basta con el sentido, no es necesaria la referencia72.

En cambio, para Ricceur, estas tesis deben matizarse. Es verdad que los textos literarios no tienen una referencia ostensiva73, pero no por ello dejan de tener referencia: tienen un mundo referencial y proyectan un mundo:

Para un status quaestionis, véase Garrido Domínguez, «Teorías de la ficción

literaria: los paradigmas»

,

11-40.

«Para la poesía basta con el sentido, con el pensamiento sin referencia, sin valor veritativo; pero esto no basta para la ciencia». Véase G. Frege, Estudios sobre

, cautivan además de la eufonía del lenguaje, el sentido de los enunciados y las representaciones y sentidos verdaderos. Si nos preguntásemos por su verdad, abandonaríamos el goce estético y nos dedicaríamos a un examen científico. De ahí que nos sea indiferente el que el nombre de Ulises, por ejemplo, se refiera a algo o no, mientras consideremos el poema como obra de arte» (ibídem, 59). «De la misma manera que el texto libera su significación de la tutela de la intención mental, libera su referencia de los límites de la referencia ostensiva», Ricoeur, «Le

94. Y en otro lugar: «al escuchar un poema épico, por ejemplo, nos

semántica

Éste es para mí el referente de toda literatura: no ya el Umwelt de las referencias ostensivas del diálogo, sino el Welt proyectado por las referencias no ostensivas de todos los textos que hemos leído, comprendido y amado.74

Ahora bien,

¿en

qué

consiste

referencia? Contesta Ricoeur:

este mundo?,

¿cómo y dónde

aparece

esa

A primera vista, podría parecer suficiente con reformular el concepto fregeano de referencia sustituyendo simplemente una palabra por otra; en vez de decir: no nos contentamos con el sentido, sino que suponemos la denotación, diremos: no nos contentamos con la estructura sino que suponemos un mundo de la obra. La estruc­ tura de la obra es su sentido, el mundo de la obra expresa su denotación. Esta simple sustitución de términos basta para una primera aproximación; la hermenéutica no es otra cosa que la teoría que regula la transición de la estructura de la obra al mundo de la obra75

Riccsur habla aquí de «a primera vista» o de una «primera aproximación» porque, en realidad, el proceso es un tanto más complejo y exige convocar alguno de los elementos que se han visto más arriba.

En primer lugar, hay que recordar que estamos hablando de «obras completas» y que el marco no es el del lenguaje ordinario, sino el de la literatura, más en concreto, el regido por los géneros literarios. Recogiendo una idea de Northrop Frye, Ricoeur apunta que la metafísica y la teología afirman, pero la poesía, no; la poesía ignora la realidad y se limita a forjar una fábula. «La obra del poeta, como la del matemático puro, es conforme con la lógica de sus hipótesis sin relacionarse con una realidad descriptiva». Así es como la aparición del fantasma en Hamlet responde a la concepción hipotética de la obra: nada se afirma de la realidad de los fantasmas; pero debe haber un fantasma en Hamlet. Entrar en la lectura es aceptar esta ficción; la paráfrasis que intentara la descripción de algo desconocería las reglas del juego. En ese sentido, la significación de la literatura es literal: .dice lo que dice y nada más.

Ibidem, 189. Ricceur, La Métaphore vive

, dos veces, a la provisionalidad que tiene esta descripción; a lo largo de este apartado tendremos ocasión de comprobar los matices a que debe ser sometida la pretendida igualdad de términos. No obstante, lo que permanece sierripre es la distinción entre el ámbito del sentido (lingüístico) y el de la referencia (extra- lingüístico). Así en muchos otros lugares: «hemos aislado a propósito el «sentido» del enunciado metafórico, es decir su estructura predicativa interna, de su

«referencia», es decir su pretensión de alcanzar un real extralingüístico, por tanto su

277-278. En el cuerpo del texto Ricoeur alude, por

Ca,ptar el sentido de un poema es comprenderlo tal como se presenta, como poema en su totalidad76.

Ahora bien, como puso de manifiesto Jakobson, al entrar en el dominio de la poesía lo que se produce no es la supresión de la función referencial, sino su

alteración profunda por medio de la ambigüedad: la supremacía de la función poética sobre la referencial no anula Ja referencia (la denotación) sino que la vuelve

ambigua.

cuentos de hadas de numerosos pueblos; por ejemplo, el exordio habitual de los