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El Ogro

(Eiger)

Antonio de Orbe
La montaña siempre espera. Esperó el Cervino a que Edward
Whymper y sus compañeros lo ascendieran por primera vez en 1865.
Esperó el Eiger, el Ogro, a que Rabadá y Navarro acometieran
trágicamente el ascenso de su cara norte, la Eigernordwand. Nos
esperaron las montañas alpinas a que junto con mi familia
recorriéramos en verano los deliciosos valles suizos y nos
aproximáramos a las bases de sus majestuosas cumbres. Hay un dicho
en montaña cuando no haces cima: puedes volver a intentarlo cuando
quieras, la montaña seguirá ahí.

Suiza es un jardín de campos verdes con flores, vacas y chalets


rodeados de montañas y surcados de vías de tren y caminos
peatonales. Combina el encanto de Francia con la ingeniería de
Alemania. Optamos por viajar en tren, un acierto y fuente de placeres.
El tren circula por un valle, pone la cremallera para subir zigzagueando
por una ladera, atraviesa un largo túnel y vuelve a salir a otro verde
valle con un hermoso lago cercado de montañas. El orden de
preferencia de las comunicaciones es racional. A la orilla del lago está
el camino de peatones. Más alejado el de bicicletas. Después el tren. Y
en último término la carretera. El sistema de señalización es también
racional y efectivo. Los postes metálicos con las fechas, direcciones y
tiempos no se borran y se reparan con regularidad. De este modo,
bajas del tren, andas veinte minutos por un sendero pegado al lago,
coges un barco que te deja en la otra orilla donde coges un tren que te
devuelve a tu origen.

Tras varios días de viaje llegamos a Zermatt, exclusiva estación


de esquí y base del Cervino o Matterhorn donde no suben los coches.
En verano es un hervidero de excursionistas que, con el uniforme
requerido (botas, bastones, gafas de sol, gorro y otras prendas de
marca), patean los innumerables senderos. En su gran mayoría son
japoneses en grupo que sacan fotografías. Un cálculo rápido de las
tomadas en el puente desde el que mejor se ve el Cervino arroja un
saldo notable: 10 por minuto, 600 por hora, 7.200 diarias.

Describir el Cervino es describir una de las montañas más


conocidas del mundo. Dos elementos hacen de él una cumbre única.

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De un lado su majestuosa elegancia. Una pirámide perfecta que se
eleva estilizada sobre su base. Cuatro caras y cuatro aristas forman la
montaña, uniéndose las caras norte y sur en lo alto para formar la
cresta cimera. La pirámide es delgada y alta, elevándose más de 500m.
Desde Zermatt se ven dos de sus verticales caras y una arista
imposible, todas llegando hasta la misma cumbre. Lo segundo que
llama la atención es su soledad y su soberana presencia. Ninguna otra
cumbre se encuentra cerca. Ninguna compite con ella. Mires desde
donde mires, el Matterhorn lo ocupa todo. Gigantesco, solitario,
elegante y omnipresente.

Nuestra excursión discurrió por la morrena del glaciar de la cara


este del Cervino, una ruta de alta montaña domesticada por el hombre
que en cualquier momento puede volverse salvaje: temperatura bajo
cero, viento fuerte, niebla, lluvia o nieve pueden aparecer en escasas
horas. No fue nuestro caso. Más bien íbamos tras la consecución del
la legítima aspiración de todo dominguero aficionado a la montaña: el
bocata perfecto. En la cima, con sol, sin viento y con hambre.
Tomamos un teleférico hasta la base de la arista Hörnil, ruta normal de
ascenso a la cima. Una larga fila de excursionistas seguía la ruta hasta
el refugio Hörnilhütte, punto de ataque de la montaña. Nosotros nos
desviamos por una gigantesca pedrera solitaria y lunar. Las niñas, ni
que decir tiene, protestaron desde el principio, aunque la fuerza y el
enfado las mantuvo en cabeza todo el camino. A la derecha, inmutable,
el soberbio monte. El calor del verano y la perfecta señalización hacen
de la ruta un paseo delicioso aunque exigente. Dos horas y media más
tarde acabó la caminata y llegamos a coger el teleférico más alto de la
zona. Una cabina con capacidad para 100 personas sube desde
2.939m hasta 3.883m a gran velocidad superando vanos de vértigo e
inclinaciones casi verticales. Un prodigio de ingeniería. Desde la cima
se ve una gran planicie helada tras la que se encuentra la Cervinia
italiana. El viento sopla con dureza y el frío arrecia pese a ser un
soleado día de Agosto. Tiempo justo para hacer unas fotografías y
bajar ateridos al valle donde disfrutamos de un estupendo bocata,
aunque esta vez no fue perfecto.

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El Cervino ha sido ascendido de todas las maneras posibles.
Por las cuatro aristas y por las cuatro caras. En invierno y en verano.
En compañía y en solitario. Los nombres importantes del alpinismo
están escritos en su historia. El inglés Mummery o los italianos
Messner y Bonatti. Este último abrió una ruta en invierno por la cara
norte y en solitario. En 1992 el austriaco Kammerlander subió y bajó
las cuatro aristas en 24 horas. En 2007, dos guías locales subieron y
bajaron en dos horas y media.

En 1865 las cosas eran muy distintas. Todas las cumbres


importantes de los Alpes habían sido escaladas. Quedaba el
Matterhorn. Su aspecto atemorizaba a todos. Se consideraba que la
arista Hörnil en el NE desde Zermatt era demasiado complicada. En
juego estaba la cima, pero también la base de ascenso y el beneficio
económico: Suiza o Italia. El inglés Edward Whimper llevaba varios
intentos desde Italia, algunos de ellos junto con Jean Antoine Carrell.
Desavenencias entre ambos hicieron que Whymper se uniera a Lord
Francis Douglas y cruzara el paso Theodul hasta Zermatt en Suiza. Allí
se unieron al guía Croz, a Robert Hadow, al reverendo Charles
Houdson y los Taugwalder padre e hijo. Acuciados por el equipo de
Carrel que atacaba desde Italia, se pusieron en marcha. Dos días
después de llegar del sur comenzaron la escalada. A las 13:40 del 14
de Julio hicieron cumbre adelantándose a Carrel que lo lograría tres
días después desde Italia. El descenso fue una catástrofe. Los siete se
encordaron como pudieron y comenzaron la bajada. Hadow se
escurrió arrastrando a Croz, Hudson y Douglas tras él. La cuerda se
rompió y los cuatro cayeron al glaciar liberando a Whymper y los
Taugwalder que en estado de shock descendieron hasta Zermatt.

Junto a la iglesia y el cementerio local, otro pequeño cementerio


romántico acoge los restos los fallecidos en aquella primera ascensión
así como los de una larga treintena de hombres y mujeres por los que
Zermatt se hizo famoso antes de ser una estación de esquí. Son los
escaladores y aventureros que perdieron la vida en sus montañas.
Inicialmente se trataba de aventureros ingleses, amantes del riesgo y la
aventura, con buena posición económica que pasaban meses en los
Alpes planificando la ascensión. Años más tarde, Mallory, preguntado

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por la razón por la que intentaba subir al Everest respondió: “Porque
está ahí”. No ha habido respuesta mejor ni otra buena razón. Los
aventureros dieron paso a escaladores más preparados, pero la suerte
no cambió para muchos. En las lápidas del cementerio se lee una parte
de la historia de esta obsesión. Jóvenes de entre 20 y 30 años,
preferentemente británicos pero también italianos, americanos y del
resto del mundo. En Julio o Agosto, descendiendo más que
ascendiendo, solos o en grupo, en el Matterhorn, en el Weisshorn o en
el Monte Rosa. Una lápida reza: “I choose to climb”.

Nosotros proseguimos camino hacia otros valles y montañas. El


tren nos depositó en un barrio de un pueblecito sin turistas cerca de
Interlaken junto a una bonita iglesia a donde se accede cruzando un
puente con techo de madera, a veinte minutos del macizo montañoso
de la Jungfrau. Al atardecer el sol iluminaba las tres radiantes cumbres:
Eiger (3.970m), Mönch (4.107m) y Jungfrau (4.158m), el Ogro, el
Mono y la Joven. Nunca se sabe cuando aparecerán las nubes, dijo mi
mujer, de modo que mañana, sin dilación, las visitaremos.

El día previsto amaneció nublado. Un fastidio. No obstante,


cogimos el tren para ascender a Kleine Scheidegg, la estación que está
en la base de las montañas, desde donde se coge el tren para llegar a la
Jungfraujoch y donde hay unos hoteles y unos telescopios que
permiten escudriñar la pared del Eiger. Hicimos el último tramo a pie
esperando ver algo. Niebla, sólo niebla, frente a nosotros ni rastro de
la mítica pared oculta por la densa niebla. A mitad de camino, un
laguito con bancos en el agua y burbujas para los pies nos brindaron
unos pintorescos momentos. Finalmente cogimos el tren hacia la
cumbre. Asombroso. El tren es un gusano que se introduce en la
montaña ascendiendo por un túnel paralelo a la pared del Eiger. Hace
una parada en medio del murallón donde unas grandes ventanas
permiten asomarse al valle. Encontrar estas ventanas en medio de la
cara norte desde la distancia es un desafío que requiere una buena
óptica. El tren hace un giro hacia el interior y sigue perforando el
corazón de la montaña, atraviesa el Mönch y llega a un enorme
complejo turístico y científico a 3.454m entre el Mönch y la Jungfrau
llamado Jungfraujoch inaugurado en 1912. Este descomunal edificio

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contiene la propia estación de tren, cinco restaurantes, ascensores,
tiendas y varias terrazas. En una de ellas orientada al sur, por encima
de las nubes, divisando un enorme y serpenteante glaciar comimos
nuestro bocata que una vez más distó de ser perfecto aunque sí
agradable.

En 1963 Alberto Rabadá y Ernesto Navarro habían escalado las


paredes más notables españolas, entre ellas la cara oeste del Naranjo
de Bulnes, y se sentían llamados a más grandes empresas. De modo
que pusieron su vista en la más temida de las escaladas europeas, la
cara norte del Eiger, la Eigernordwand. Una pared vertical de 1.500m
orientada al norte con forma levemente cóncava en parte de la cual
nunca da el sol. Algunos de sus tramos tienen nombre propio y son
famosos en el mundo de la escalada: el Primer, Segundo y Tercer
Nevero, Travesía Hinterstoiser, Fisura Difícil, Nido de Golondrinas,
Vivac de la Muerte, la Rampa, la Araña, la Travesía de los Dioses,
Fisuras de salida… Fue ascendida por primera vez en 1938 por dos
cordadas, alemana y austríaca, que unieron sus esfuerzos en medio de
la pared para llegar juntas a la cima. Dos años antes había cosechado
una de sus tragedias más conocidas. Toni Kurz era el único
superviviente de su cordada. Su compañero Hinterstoiser se había
despeñado, Angerer estaba congelado unos metros más arriba y
Rainer colgaba muerto de su cuerda más abajo. El equipo de rescate
partió desde las ventanas del tren y ascendió hasta aproximarse a Kurz
con quien pudo hablar. Este cortó las cuerdas de su compañero de
arriba y abajo, las empalmó y comenzó el descenso hasta el equipo de
rescate. Aterido en medio de la montaña, no logró deshacer el último
nudo y falleció cuando una avalancha se lo llevó por delante. Desde
1937 a 1977 el Eiger se cobra 43 vidas, aunque es famoso también por
sus rescates. Una parte de su notable dificultad estriba en que
superados ciertos tramos es más difícil descender que llegar a la
cumbre.

Rabadá y Navarro plantaron su tienda de campaña en la base de


la pared junto con Luis Alcalde que les servirá de enlace. Su equipo es
exiguo con una única cuerda, clavijas de hielo y roca, un infiernillo y
provisiones para tres días. El día 10 parece que despeja y esa noche a

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las tres de la mañana comienzan su ascensión. Poco después se
encuentran con una cordada japonesa. Progresan lentamente y realizan
su primer vivac en el Segundo Nevero. Por la noche se desata una
tormenta y empieza a nevar. La cordada japonesa se retira pero al día
siguiente ellos continúan. Tardan el día entero en superar el Segundo
Nevero y Rabadá sufre una caída de veinte metros. Pasan la segunda
noche en el Vivac de la Muerte en medio de una granizada. Los
telescopios de Kleine Scheidegg les buscan esperando el descenso de
retirada, pero les descubren la mañana siguiente ascendiendo por el
Tercer Nevero. Rabadá y Navarro eran muy buenos escaladores en
roca, pero el Eiger requiere experiencia en hielo. Al parecer llevaban
crampones de 10 puntas cuando lo adecuado es de 12. Los
crampones son planchas de metal que se ponen en la suela de las
botas. Tienen puntas que se clavan en el hielo evitando resbalar. Los
suyos no llevaban las puntas frontales por lo que se veían obligados a
tallar con el piolet escalones en el hielo para poder encajar las botas.
Esto hacía cada paso eterno y la ascensión lenta y penosa. Montan su
tercer vivac en la Chimenea y soportan de nuevo la lluvia y el frío.
Agotados, prosiguen su escalada y por la noche montan su cuarto
vivac en la Araña. Ya no hubo más. Al día siguiente, los telescopios
divisan a la pareja colgada en la Araña sin signos de vida. Bien
asegurados pero muertos, permanecieron en la montaña varios meses a
la vista de todos hasta que en el siguiente invierno una cordada
realizara el primer descenso del Eiger y cortara la cuerda para
recuperar sus cuerpos.

Nuestro último día en la zona tenía plan de paseo por el lago,


ciudad y monumentos, pero amaneció medio despejado y con enorme
enfado de las niñas que no querían más montaña, cambiamos de plan
y volvimos a subir. Optamos por uno de los múltiples caminos que
tenía permanentemente enfrente las montañas y, por fin, ahí estaban a
la vista los tres colosos. El temido Eiger sin apenas nieve mostrando
su rostro más amable flanqueado por el Mönch y la Jungfrau. El
agradable paseo bajaba levemente y acompañados de turistas y vacas
con enormes cencerros (que por cierto han dado lugar a un debate
nacional sobre la neurosis que produce a los animales estar
acompañados sin pausa por su repique) pudimos contemplar a

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nuestras anchas el formidable espectáculo. De camino, antes de ir de
tiendas y proseguir nuestro viaje por valles, lagos y montañas, nos
detuvimos en una hermosa y soleada pradera para, siesta incluida,
comer esta vez sí el bocata perfecto.

L. A. dos de abril de 2010