Está en la página 1de 18

Heterosexualidad: un vector doble de opresión

Daniel Delgado Huerga


Filosofía y crítica feminista
Profesora: Aranzazu Hernández Piñero

Índice:

Propuesta………………………………………………………………………2
Preámbulo……………………………………………………………………..2
La heterosexualidad…………………………………………………………...4
La deconstrucción feminista de la heterosexualidad…………………………..7
Descentrando el sexo…………………………………………………………12
Bibliografía…………………………………………………………………..17
Propuesta

En este monográfico intentaré resaltar la doble direccionalidad de la


heterosexualidad a la hora de ejercer opresión: una de carácter interno a la
heterosexualidad, cuyo efecto es la existencia misma de la feminidad; y otra de carácter
externo, concerniente a la obturación y condena de prácticas sexuales subalternas.
Se articulará según tres secciones. La primera consistirá en una descripción a
grandes rasgos de las condiciones de posibilidad de la heterosexualidad, construyendo una
modestilla genealogía y explicitando sus principios fundacionales. La segunda, a fin de
elaborar una historia de la deconstrucción feminista de la heterosexualidad, he sintetizado
las tesis principales de algunas de las autoras quizá principales de la teoría feminista. En
esta segunda parte se tratará de desvelar el vector interno de opresión de la
heterosexualidad, centrándonos en el problema de la mujer. Por último, en la tercera
sección mostraré a grandes rasgos cómo la heterosexualidad excluye otros tipos de
prácticas sexuales, lo que constituye su vector externo de opresión, así como la indiferencia
del feminismo con respecto a la opresión sistemática de estas minorías sexuales.

* * *

Preámbulo
“La consistencia de una verdad se mide exclusivamente
por el sufrimiento que esconde”.

Cioran.

Pienso, con Adorno, que “la necesidad de dejar su elocuencia al dolor es la condición de
toda verdad”1. De aquí puede deducirse que el verdadero pensamiento, esto es, aquel que
funciona de forma revolucionaria, que grita un dolor causado por y no expresado en el
pensamiento colectivo, haciendo rechinar los engranajes de la maquinaria ideológica en su
1
Adorno, Dialéctica negativa, Taurus, p 26.

2
carácter perverso y coercitivo, ha de pasar primeramente por lo subjetivo para luchar contra
la objetividad. O, mejor dicho, que el sufrimiento mismo es una objetividad, una
objetividad que pesa sobre el sujeto, por lo que aquello que se experimenta como lo más
objetivo está mediado siempre por la subjetividad. Digamos por fin que lo subjetivo sea
quizá más valioso que lo objetivo: el uno redime, el otro persevera.
Reír es estar de acuerdo. Decir “sí” es estar de acuerdo. No tener la necesidad de
poner en marcha el pensamiento es estar de acuerdo. De ahí que el pensamiento del
acomodado no sirva sino para perpetrar la estructura que asegura su comodidad. De ahí que
la expresión de aquel o aquella que verdaderamente piensa suela sonar furibunda,
incómoda, resumible siempre en un altivo “¡No!” que se puja en desafío. Si se quiere
desacreditar la vieja división entre vita activa y vita contemplativa –Hannah Arendt- y
establecer una ligazón entre teoría y práctica -Foucault- el pensar debe prescribirse siempre
como una labor de negación, como un ejercicio de destrucción tras la cual todo lo
anteriormente pensado no pueda ya ser legítimo, como una voz siempre recordando que lo
dicho no debe nunca reemplazar el decir2.
No es de extrañar por lo tanto que, como afirma Irigaray, la diferencia sexual y lo
femenino sean las cuestiones más impensadas de la historia, ya que no dolían a aquellos
que se atribuyeron la tarea de analizarla: los hombres no hicieron más que confirmar su
deseo de la realidad en tanto dicha realidad era ya la sublimación de su deseo. La
heterosexualidad ha sido relatada, mitificada, sacralizada, novelada, pero casi nunca, hasta
la emergencia del feminismo, pensada. No es ninguna sorpresa, por lo tanto, que la labor de
su pensamiento haya caído sobre las cabezas de las mujeres: ellas han sido las que han
sufrido en la materialidad de sus cuerpos la contradicción entre lo dicho en nombre de
todos y lo verdaderamente deseable para la articulación de un todos, han presenciado la
inadecuación entre la teoría sobre sus cuerpos y sus cuerpos mismos, las que han vivido una
condición de paria, invisibles si no es en la ajenidad de los márgenes del espacio social.
Ellas son seguramente las más aptas para el ejercicio negativo por representar la decepción
ante el texto del mundo, condición de posibilidad para la comprensión. Evidentemente son
ellas las que pueden pensar el sexo, a fin de matizar una adecuación entre teoría y dolor que
haga a ambos dignos: a la una respetable, al otro visible por fin fuera del campo semántico

2
La que me parece la promulga más significativa de mayo del 68.

3
de la histeria. Si el poder de lo constituido levanta las fachadas contra las que choca el
pensamiento, éste tiene que intentar atravesarlas. El dolor de este ejercicio es lo único capaz
de arrebatar a la ideología el postulado de su profundidad.

* * *

La heterosexualidad

Sganarelle.- No; te digo que no quiero hacer eso, y que me corresponde a mí


hablar y ser el amo.
Martina.- Y yo te digo que quiero que vivas como a mí me gusta y que no me
he casado contigo para aguantar tus impertinencias.
Sganarelle.- ¡Oh, qué gran cansancio produce tener mujer! ¡Y cuánta razón
tenía Aristóteles, cuando dice que una mujer es peor que un demonio!
Martina.- ¡Qué hombre más entendido con su bendito Aristóteles!
Sganarelle.- Sí, un hombre entendido de veras. A ver dónde encuentras un
leñador como yo, que sepa razonar así las cosas; que haya servido seis años a
un médico famoso, y que haya aprendido en su infancia los rudimentos de
memoria. (…)
Sganarelle.- Dulce objeto de mis amores, es posible que te arranque las
orejas.
Martina.- ¡Borracho!
Sganaralle.- Y que te zurre…(…)
Martina.- ¡Infame!
Sganaralle.- ¡Ah! ¿Quieres verlo? (coge un palo…)
Martina.- (Gritando) ¡Ay, ay, ay, ay!
Sganarelle.- No conozco mejor método para tranquilizarte.

Molière, El médico a palos

La heterosexualidad es un mito. Si buscamos la palabra “mito” en el diccionario de


filosofía de F. Mora, encontramos una brillantísima definición: “la imagen de la realidad en
el caso de que esta coincidiera con su paradigma”. Según esta definición, la realidad, quizá
por su viveza y heterogeneidad, no se deja subsumir nunca por su paradigma, por el relato
que intenta abordarla. El mito entonces actuaría siempre como una hermenéutica de la
realidad, como una interpretación -a posteriori- que trata de cumplir el papel de un
fundamento -a priori-, y sabemos desde Nietzsche que la interpretación nunca es voluntad
aséptica de verdad sino respuesta a la llamada de satisfacer ciertos intereses. Por ello el

4
mito es a la vez ficticio -en cuanto que no relata hechos históricos-, y real -en cuanto que
reconstruye y explica la realidad-. Por lo tanto toda mitología es por antonomasia platónica,
ideal y la idea surge siempre sacrificando los particulares. El mito de la heterosexualidad
cumpliría pues una labor fundacional y explicativa de un determinado status quo. En
nuestro caso, una sociedad residuo de la tradición judeocristiana. Por lo tanto, toda defensa
a ultranza de la heterosexualidad –lo que se ha querido paradigma ideal de la realidad-
representa siempre una postura políticamente reaccionaria que pretende acallar posibles
conatos de otras formas emergentes de entender y practicar la sexualidad –los particulares
traviesos no subsumibles al relato-, pretendiendo por lo tanto sepultar el decir bajo la tierra
de lo dicho, privilegiando las voces de los muertos antes que las de una masa inmensa de
individuos vivos reivindicando la estrechez de miras de un marco teórico en el que, o bien
sus cuerpos o bien sus deseos, no tienen cabida si no es para ser superficie de intervención
quirúrgica (transexualidad, intersexualidad…), lugar para una terapia médica
(homosexualidad, lesbianismo…), o simple objeto apropiable (feminidad…).
Oscar Guasch señala que la heterosexualidad descansa sobre cuatro pilares o
principios: el adultismo, que vitupera toda práctica o contacto o deseo sexual que concierna
a niños o adolescentes, ya sea la masturbación, el sexo entre niños, o el sexo
intergeneracional; el sexismo, es decir, la tendencia a valorar o menospreciar a las personas
en virtud de su sexo; la misoginia, esto es, la invisibilidad de las mujeres en razón de la
aversión masculina a sus pretendidos atributos; y la homofobia, condena y rechazo de
cualquier tipo de contacto corporal o afectivo entre hombres, en tanto que constituiría una
imitación de dichos atributos femeninos3. La heterosexualidad se forma, por lo tanto, a
partir un cierto número de exclusiones, no siendo de ninguna forma un programa positivo
de conducta.
Algo despierta inmediatamente nuestra atención, y es que los tres últimos pilares
pueden ser explicados casi totalmente como productos de la masculinidad. A lo largo de la
historia, la sexualidad masculina ha sido el referente para organizar la femenina. Ésta no
obtiene carta de nacimiento hasta el siglo XX, con la eclosión de la revolución feminista.
Hasta entonces sólo las prostitutas se consideraban sexuales, pero tanto estas como el resto
de mujeres son cautivas del deseo masculino. Su sexualidad será educada para devenir

3
Las definiciones de “adultismo”, “sexismo”, “misoginia” y “homofobia” son mías.

5
servidumbre, lo cual equivale a una auténtica expropiación de la sexualidad y el deseo de
las mujeres.
Guasch comienza su genealogía de la heterosexualidad mentando a la antigua Roma
en la que, a pesar de transigirse con indiferencia todo tipo de sexualidades no ortodoxas, la
pasividad de un hombre era motivo de descrédito social. Más tarde, con el triunfo del
cristianismo, vendrá el castigo divino de la pasividad, el cual acabará cristalizando en la ley
de Justiniano, que penará con muerte la relación intervaronil. Acaba de forjarse la
homofobia como primer anclaje fundacional de la heterosexualidad.
Sabemos que los preceptos de la moral cristiana son siempre negativos: la iglesia
prohibe, pero no prescribe. De esta forma, se condenará todas las prácticas obscenas no-
procreativo-matrimoniales, siendo subsumidas bajo el término “sodomía” todo un tipo de
prácticas plurales y disgregadas, culpables de ir contra la naturaleza por su carácter vicioso.
La heterosexualidad será, por lo tanto, el reducto que queda después de excluir un
determinado número de prácticas sexuales.
Y es que, según señala Guasch, los orígenes históricos de la heterosexualidad se
encuentran en el siglo XIX, momento en el que la orientación sexual torna significativo en
la articulación de la identidad social de las personas, dato hasta ahora irrelevante. Niega por
lo tanto la afirmación de esta forma de entender la heterosexualidad como una arcaica
invariante histórica, y considera nuestro actual afán taxonómico por catalogar, cerrar y
definir las pautas de cada práctica sexual, una afición reciente. La explosión discursiva
sobre la sexualidad de los siglos XVIII y XIX desplazó el centro de interés a las
sexualidades periféricas. Esta caza de las otras sexualidades produce un impulso
taxonómico y de control que tendrá como resultado la heterosexualidad en su normatividad
rígida, que se traducirá en un determinado estilo de vida –nacer, trabajar, casarse procrear y
morir-, según el sexo será filtrado a través de la rígido catecismo de la sexualidad
heterosexual

* * *

6
La deconstrucción de la heterosexualidad

“No se nace mujer, se llega a serlo”.


Simone de Beauvoir.

“Wittig proyectó la utopía de un lugar humano sin sexo


ni género, Rubin derivó hacia la separación de la
sexualidad y le género. Foucault hizo depender el sexo
de la sexualidad”.
Elvira Burgos Díaz

La investigación feminista que vamos a relatar con respecto a la historia de la


deconstrucción de la heterosexualidad –la línea Simone de Beauvoir, Gayle Rubin,
Monique Wittig- parte de una posición constructivista que atenta contra el esencialismo
sexual. El esencialismo sexual representa la creencia en que la sexualidad es una fuerza
natural que existe con anterioridad a la vida social, y como tal cumple todas las cualidades
intrínsecas a la esencia, es decir, la eternidad, la inmutabilidad y la transhistoricidad: la
creencia en que la sexualidad es el efecto espontáneo y no mediado del sexo. El peligro
fundamental que entraña el esencialismo es el de que postula una sexualidad “natural” no
contaminada por la cultura, impidiendo explicar la variedad cultural e histórica de las
formas de sexualidad sino es destituyéndolas al rango de perversiones o enfermedades.
Además, elude el hecho de que la sexualidad es también una superficie de contacto donde
se juega el poder, presuponiendo que la labor del poder es organizar una sexualidad que
sería dada, en lugar de aceptar la interioridad del sexo a la acción misma de los poderes –el
poder de un género sobre otro, el poder de las mayorías sexuales sobre los colectivos
minoritarios…-. Así, nuestras autoras nos ayudarán a pensar la emergencia y contingencia
de la heterosexualidad, increíblemente más cercana a la artificialidad de la institución que a
la realidad de un datum.
Además, mientras trenzamos el hilo de la deconstrucción de la heterosexualidad, se
nos irá revelando cómo la construcción de la femineidad ha constituido la estrategia capital

7
de la heterosexualidad, ese modo falogocéntrico de ver, experimentar, hacer y decir el
mundo.

Empezaremos el trayecto con Simone de Beauvoir y su distinción entre el sexo


-conjunto de evidencias corporales que entrometen al individuo en una de las categorías
“macho” o “hembra”- y el género - construcción social que entromete al individuo en una
de las categorías “hombre” o “mujer”-. Con la edición de El segundo sexo (1949), hizo una
de las primeras mellas a la heterosexualidad como dato natural históricamente invariante. Y
es que Beauvoir abre una vía de escape que nos permite eludir la biología y su caprichoso
juego de glándulas para explicar el fenómeno de la opresión de las mujeres, poniendo en
duda la ideología del eterno femenino o el mito de la mujer, según la cual las mujeres son
llamadas a reconocerse a sí mismas como sujetos femeninos dentro una ideología que, en
tanto que falocéntrica, es sinónimo de opresión. Esto constituye un proceso de falso
reconocimiento para las mujeres, ya que se subjetivan como Otras del Uno masculino y
universal más que como otras Unas: al adherir su corporalidad al mito de la mujer, ingresan
en un mundo en el que su diferencia no es valorada sino vista como handicap, pasando a
constituirse como individuos residuos de la animalidad frente a la trascendencia que los
hombres practican en la esfera de la cultura.
A la hora de plantear una solución, Simone de Beauvoir acepta el universalismo.
Cree en el modelo filosófico de sujeto moral arraigado en la cultura y quiere añadir en él a
las mujeres. Denuncia una incorrecta construcción del genérico femenino, apostando por la
defensa de una equivalencia entre los géneros que no ha sido respetada durante el devenir
histórico. Su solución en pro de la igualdad de los sexos es un materialismo: la mujer habrá
de comenzar por una emancipación económica respecto al hombre, demostrando que puede
añadirse al aparato económico masculino. Para ello deberá nihilizar la situación actual,
liberarse del modo de realizarse impuesto que usa como pretexto la biología y alude a su
anatomía gestacional para determinar su destino, nihilizar su deber-hacerse-ser según las
acciones de dar a luz, criar la descendencia y la mantener del hogar, para así exportar sus
proyectos más allá: aprender que no nació mujer y elegir su modo de realización como
sujeto. Insiste además en la importancia de una educación de la niña por y para la

8
autonomía y anima a todas las mujeres a identificarse como grupo social en pos de una
lucha colectiva.
Por lo tanto, Simone de Beauvoir no parece radicalmente crítica con la
heterosexualidad: si bien trata de desarticular su misoginia para superar la invisibilidad de
las mujeres, parece aceptar una especie de esencialismo, ya que aunque las mujeres son las
víctimas evidentes de la organización social, parece abogar la universalización del modo de
ser hombre con la condición de que se le extirpe su modo de inocular la inmanencia a las
mujeres. Acepta la validez de una sociedad dual dividida en hombres y mujeres, por lo que
acepta la existencia básica de la heterosexualidad: si bien denuncia su contenido, no
pretende descolocar su forma.
No obstante, el género visto como construcción social y por lo tanto revolucionable
desde la política, se convertirá con y a partir de Simone de Beauvoir en una sofisticada
herramienta con la que emprender una disección de la cultura. El género será la primera
categoría potente y revolucionaria del feminismo.

Monique Wittig, feminista francesa heredera de la tradición marxista, radicalizará el


pensamiento de Beauvoir dialectizándolo con el marxismo ortodoxo y el feminismo
materialista de Christine Delphy. Establecerá el sexo como una categoría social, no natural,
y resaltará que la idea de la diferencia sexual enmascara, al hacerla pasar por natural, la
oposición antinatural -social- entre hombres y mujeres. Masculino/femenino, varón/mujer
son categorías que ocultan que el hecho mismo de la diferencia es siempre un efecto de un
determinado orden económico, político o ideológico. Todo sistema de dominación
establece divisiones a nivel material que favorecen a un grupo y desfavorecen a un resto de
individuos, que serán construidos como otros. Pues exactamente lo mismo sucede con el
sexo: es la opresión de las mujeres por los hombres la que crea el sexo, y no al contrario,
por lo que creer que el sexo es causa de la opresión implica creer que el sexo es algo que
preexiste a lo social. Evidentemente, el hambre o el estómago no explican el hecho mismo
de la cultura gastronómica, por lo que la posesión de órganos genitales no explica en
absoluto nuestra cultura sexual. El sexo no es un a priori, sino el producto de unas
determinadas relaciones de dominio, y la heterosexualidad el triunfo de una relación
determinada.

9
Además, el sexo, como categoría política de nuestra sociedad heterosexual, encierra
un carácter totalitario que se ve salvaguardado por todo un aparato social concreto:
instituciones, sistema de leyes, su propia policía…Es algo que conforma el cuerpo y la
mente, impidiendo un pensamiento externo al de la heterosexualidad, la cual no es sino una
sistema de doble filo: por un lado, una estructura social que aplica una opresión material
sobre los individuos, y por otro, un sistema de pensamiento que salvaguarda la estructura
social, esto es, una ideología. De esta forma, los seres humanos seríamos meros sujetos
políticos, o mejor dicho, sujetados sexuales a un sistema político, forzados a que nuestro
cuerpo y nuestra subjetividad se correspondan, rasgo a rasgo, a una idea de naturaleza que
ha sido creada para nosotros. Hombre y mujer, por lo tanto, no son categorías naturales o
eternas, sino marcas, secuelas, sublimaciones específicas y contingentes del aparato
político heterosexual. Con el sexo ocurriría lo mismo que con la raza: ésta es considerada
como un hecho inmediato, un dato sensorial, una serie de rasgos físicos que pertenecen al
orden de lo natural. Pero Wittig señala con agudeza que aquello que creemos percepción
física o inmediata es sólo una percepción mediada, que pasa a través de una construcción
sofisticada y mítica para adquirir significado. Así, la cultura funciona como una formación
imaginaria que reinterpreta los rasgos físicos –en sí mismos tan neutrales como cualquier
otro atributo- a través de un entramado de relaciones sociales que les otorgan un significado
que siempre es social. Para Wittig es tarea del feminismo definir en términos materialistas
lo que se llama opresión y hacer relucir a las mujeres como clase. A esta luz, la categoría
“mujer” es el producto de una relación social de explotación, y se hace necesario trascender
la ideología heterosexual. El único sujeto político verdadero se ve encarnado en la figura de
la lesbiana que, en tanto que mujer no asimilada al sistema económico, político o
ideológico, no es reductible a la noción de marca, deviniendo un sujeto individual –en tanto
que su condición no puede adherirse o circunscribirse al sistema y puede ser definida sin
apelar a éste- que alberga el necesitado potencial revolucionario para derrocar la
heterosexualidad. La lesbiana representa en Wittig la única personificación de la diferencia,
y como tal puede desempeñar un papel de juez que no es parte en lo juzgado.

Gayle Rubin, antropóloga y feminista americana, resaltará la importancia de un


buen planteamiento del problema para una articulación adecuada de la solución. Siguiendo

10
el legado de Engels, que intentó diferenciar la opresión sexual de la opresión capitalista,
Rubin aconsejará la atención a dos ejes irreductibles e interconectados si se quiere llevar a
cabo un análisis consecuente con la realidad social: las relaciones económicas y la
sexualidad, esto es, las relaciones de producción y el sistema sexo/género. Ambos son
sistemas de opresión, y se debe principalmente al segundo la opresión de las mujeres, de
donde se deduce la esterilidad de aquel planteamiento que considere dicha opresión como
efecto de las relaciones económicas, tal y como se venía haciendo en el marxismo
ortodoxo.
Siguiendo esta diferenciación metodológica –no analítica- distinguirá el sistema
capitalista –modo de producción cuya finalidad es la creación de plusvalía, esto es, de
capital- del sistema patriarcal –organización jerárquica de la sociedad en la cual los
hombres deciden sobre las mujeres y los hombres adultos sobre los hombres jóvenes,
basada por lo tanto en un sexismo que entiende los géneros en términos de subordinación,
en la heterosexualidad obligatoria y la constricción de las mujeres-.
Gayle Rubin discutirá con el marxismo a fin de criticar su excesivo reduccionismo
del problema de las mujeres, al subordinarlo al problema proletario, y con el psicoanálisis
de Freud y Lacan y el estructuralismo de Lévi-Strauss, a fin de destaparlos como ideologías
del sistema sexo/género patriarcal que, no obstante, sí explican nuestro devenir seres
sexuados apelando a una estructura cultural ajena a las relaciones económicas.
Gayle Rubin pone así en evidencia la heterosexualidad del sistema patriarcal como
una herramienta concreta que funciona a través de dos vectores de opresión: uno interno,
cuyas víctimas son las mujeres, y otro externo, cuyas víctimas son todas aquellas minorías
sexuales disidentes a la normatividad heterosexual. Este vector externo a la
heterosexualidad no es analizado por el feminismo, y a eso nos dedicaremos en la siguiente
sección.

Todas estas teorías de la sexualidad tienen un importante lugar común: señalan al


sexo como punto crucial en el proceso de la opresión. Por lo tanto, consideran la sexualidad
como manifestación social del poder masculino, definida por los hombres y forzada sobre
las mujeres, que actuaría como constituyente mismo del significado del género, el cual no
es sino un sistema de jerarquías. Además, la existencia misma del mito de lo femenino,

11
aparato normativo impuesto por los hombres a las mujeres y que tiene la femineidad como
fin, sería el momento fundamental de la estrategia masculina ya que asegura su
reproducción. En base a este esquema, la mujer, en su sentido estereotipado, sería el efecto
de un vector interno de opresión inherente a la heterosexualidad que se asienta sobre la
visibilidad exclusiva del deseo fálico, a partir del cual y de forma reactiva se organiza el
deseo femenino.
Además, todas sueñan una sociedad andrógina en la que el género –Beauvoir y
Wittig- o la orientación del deseo -Rubin- no tengan repercusión social4.

* * *

Descentrando el sexo

“Personalmente, pienso que el movimiento feminista


tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión
de las mujeres: tiene que soñar con la eliminación de las
sexualidades y los papeles sexuales obligatorios”.
Gayle Rubin

Llamamos heterosexualidad a un tipo de sexualidad o relación interpersonal normalizada


que define la identidad sexual y social de nuestra cultura y actúa como institución que
reproduce su status quo. Tengamos ahora en cuenta el correlato dialéctico no-heterosexual
que posibilita su sensación de coherencia, unidad e identidad. Este ámbito oscuro de la
sexualidad, ya sea por su inferioridad, perversidad, subalternidad o patología,
correspondería toda práctica sexual no-adultista, no-sexista, no-misógina y no-homófoba.
El sexo con y entre niños no es heterosexual, tampoco una relación sexual sadomasoquista
en la que el hombre adquiera el rol de sumisión. No es heterosexual una relación en la que
ambos participantes de distinto sexo lleven a cabo un rol simétrico con respecto al otro, ya

4
Si bien Gayle Rubin en “El tráfico de mujeres” no diferencia género y deseo sexual, en su artículo
“Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad” sí lo hace. Abogaré por esta
división más adelante.

12
sea penetrando ambos, penetrándose ambos, o cualquier otra práctica sin penetración que se
parezca a una relación en la que se juegue una indiferencia del género. No es heterosexual
dos amigos o amigas comunicándose afecto recíproco acariciándose ni una relación sexual
en la que una mujer se autosatisfaga mientras el pene de su compañero permanece
inutilizado e inatendido. La heterosexualidad no reconoce las pulsiones sexuales infantiles,
desacredita la masturbación considerándola práctica inferior a la relación de pareja,
invisibiliza el potencial clitoriano –ya sea con la mutilación a través de la ablación o
atribuyéndole un carácter secundario frente al placer vaginal-, y persigue la
homosexualidad y el lesbianismo. La única conducta sexual adulta legal y bien vista en
todas partes es colocar el pene en la vagina en el matrimonio
Decir “identidad heterosexual” es una redundancia, ya que mientras la
heterosexualidad es un hecho que no necesitaría legitimación alguna en tanto que está del
lado de los discursos sobre la naturaleza, las otras prácticas que centrifuga caen del lado del
discurso médico, psicológico o sociológico por necesitar una explicación y ser formas
bastardas o antinaturales. Además, las políticas y opiniones sociales que prefieren y
promulgan el coitocentrismo, el reproductivismo, el sexo en matrimonio o en una pareja
estable y una interpretación del deseo femenino en perspectiva masculina, está defendiendo
un catecismo cristiano y condenando a la vez las relaciones promiscuas, la posible
autonomía de un deseo de las mujeres, el sexo descentrado del contacto pene-vagina
abogando por el falocentrismo. La heterosexualidad, en su potencia de exclusión y su
despliegue institucional, es un acto de barbarie, un atentado contra la imaginación.
Pero no creo, en cambio, que la heterosexualidad sea un mal per se. Si fuera una
sexualidad subalterna no sería tan criticada por el feminismo. La alevosía está en su
componente totalitaria: es un mal por su potencia de exclusión y su despliegue institucional.
Es un mal por su atentado contra la imaginación en materia de sexo, en su ineptitud para
entender o generar otros tipos de relaciones interpersonales, por estrangular los afectos de
los hombres y concebir a las mujeres como afecto bruto. Por evitar la generación de sujetos
sexuales que puedan cultivar, aceptar u optar entre distintas opciones a la hora de desear, o
mejor, que no tenga por qué optarse por nada en concreto sin cuestionarse entonces la
unidad o validez del conjunto de rasgos que conforman la personalidad del elector; y por
generar sujetados sexuales que son incapaces de mirar más allá del horizonte cerradamente

13
heterosexual en el que se han constituido y en los que se interiorizan conductas, gestos y
formas desear programadas y excluyentes. Es decir: es un mal por su carácter obligatorio,
vinculante y normativo. En definitiva, la heterosexualidad, como un sistema sexual
jerárquico entre muchos otros, encuentra su barbarie precisamente en el hecho de ser una
jerarquía.
Las mujeres del feminismo5, en un intento de ver más allá de la condición de
sujeción sexual a través de la cual las mujeres devenían mujer, han llevado a cabo la valiosa
labor de cuestionar la validez de la identidad heterosexual y su epicentro falogocéntrico.
Pero estoy con la opinión de Gayle Rubin según la cual “el pensamiento feminista ha
analizado la organización imperante de la opresión de géneros, pero no ha habido un
intento similar de ubicar las distintas formas de persecución sexual dentro de un sistema
más general de estratificación sexual”6. Creo que el feminismo debería desembocar en una
teoría sobre la opresión sexual en general, en una teoría sobre cómo los poderes originan el
género, la sexualidad o la identidad sexual. No sólo hay opresión sexual en el tener que ser
mujer, sino que cualquier tener que ser es un lugar de opresión. El error del feminismo
sería atender sólo al vector interno de opresión de la heterosexualidad, el cual causa la
femineidad, y no sólo desatender sino repetir el vector externo, esto es, la exclusión de las
demás formas de sexualidad7.
El feminismo a veces se ve afectado por un exceso de pathos que le lleva a una
hipersensibilidad con respeto a todo aquello que adquiera la forma de una opresión basada
en el poder masculino. Eso les lleva a querer erradicar el poder masculino, o incluso el
poder en sí, que sería históricamente el modus operandi de los hombres. Plantean pues
nuevas reglas de discurso, planteamientos políticos o utopías sociales en las que se trata de
entender o practicar nuevas formas de poder que no se basen en la jerarquía, la tendencia
5
No soy ningún experto. Hablo por lo tanto de forma parcial, haciendo referencia al feminismo con el que he
tenido contacto hasta ahora. Es posible además que me equivoque en las afirmaciones que voy a hacer, y sean
debidas a una falta de profundidad en mi conocimiento del feminismo. En cualquier caso, hacer crítica
siempre es un movimiento de riesgo.
6
Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina, “Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría
radical de la sexualidad”, p 150.
7
Además del vector que se dirige a un tener que ser hombre. Éste vector de opresión de la heterosexualidad
no ha sido valorado en el trabajo, porque sinceramente me parece menos urgente, quizá porque podría
modificarse causalmente después de la revolución de las categorías de feminidad y las minorías sexuales.

14
viril de afirmarse con la fuerza o colmar sus fines a través de la guerra. Estos ejercicios de
descentramiento y descolocación del poder y de la masculinidad son enormemente
positivos, tanto por ampliar los horizontes de un pensamiento que había cristalizando en
ideología como por el hecho de arar un nuevo espacio simbólico donde las mujeres sean
visibles en su diferencia y particularidad. No obstante creo que corren el peligro de no
llevar hasta sus últimas consecuencias su descubrimiento del carácter ficticio y excluyente
de toda identidad: habiéndose revelado el carácter ficticio de la identidad ser mujer que
conlleva la insostenibilidad de la identidad ser hombre, deberían llevarnos a pensar sobre la
ficción de la identidad en general. Por otro lado, dado que la identidad ser hombre excluía
la identidad de las mujeres particulares, nos lleva a pensar sobre la exclusión que lleva a
cabo todo amago de erigir una identidad. Ahora bien, las feministas abogan por la
construcción de una nueva identidad o sujeto ético que trascienda la relación sujeto/objeto,
así como todo binarismo axiológico, sin darse cuenta de que quizá estén promoviendo un
nuevo dualismo basado en el par jerárquico feminista/no-feminista. Este nuevo tipo de
sujeto ético, en tanto que feminista, se ve autorizado a objetivar los deseos, prácticas
sexuales y formas de vida de los sujetos no-feministas -hombres viriles, mujeres pasivas,
lesbianas sadomasoquistas, homosexuales leather…- acusándolos de reproducir la
antiquísima lógica falocéntrica y de, o bien estar colaborando en su continuación –
acusación más aplicable a los hombres-, o bien de una alienación según la cual no son
dueños o dueñas de sus mentes y no toman conciencia real de su papel de víctima –más
propia para las mujeres-, por lo que también tiende a excluir ciertas identidades sexuales y
ejerce opresión sobre las minorías sexuales: parecen olvidar que la posición feminista es
una posición en el discurso, y como tal, no universalizable.
Esta nueva identidad, se pretende de alguna forma coherente y cerrada, sin dejar
lugar a una contradicción interna. Se sigue esperando de toda persona que se adapte a las
normas estrictas de conducta sexual, ya sean las falogocéntricas en el caso de la
heterosexualidad, o las feministas. Una feminista que practica una relación sexual en la que
juegue papel el poder, o en la que se deje a la pasividad, parecería una contradicción en los
términos, así que tendrá que o bien que redirigir su pensamiento o bien su deseo. O bien
dejar de militar tal como lo hace o bien dejar de follar tal como lo hace. Su rechazo del
poder implica su rechazo de la relación sexual con poder, basándose en la creencia de que

15
el sexo, en tanto que lugar considerado capital para la opresión femenina, constituye una
experiencia central a la hora de construirse la subjetividad. Como si de la sumisión en la
cama se dedujera una sumisión política, como si del gusto por ejercer poder en el sexo se
derivara una tendencia a la violación. Más que desvelar el significado del sexo, quizá habría
que descentrarlo y descolocarlo del pedestal donde se sitúa. Esto genera una ilusión que nos
lleva a identificar la posición sexual con la posición como sujeto. Descentrado el sexo, ¿por
qué iba a tener que ser desvelado su significado? ¿Acaso generamos pensamiento y
discurso sobre el por qué del tan extendido gusto por la mermelada? No ¿Porqué habría
entonces que resolver la contradicción entre el discurso feminista y un deseo no tan
feminista? Descentrado el sexo como nódulo de la subjetividad y clímax del rol social,
podremos establecer mejor una diferencia entre género -componente expresable en el
espacio público- y deseo sexual -quizá injustificable de por sí e inmanente al ámbito de lo
privado8-.

Este feminismo que pretende colapsar lo público y lo privado para construir una
ética que se vea subsumida por el aparato político9, eliminando de esta forma las diferencias
en la forma de ver y entender el sexo, puede verse perfectamente en una de sus
culminaciones: Catherine Mackinnon, portavoz del feminismo antisexo. Bajo el eslogan “la
pornografía es la teoría, la violación la práctica”, condena la representación de la
sexualidad femenina llevada a cabo por los medios de comunicación como una forma de

8
No entiendo aquí el término “privado” como aquello que tiene que permanecer escondido, recluido entre las
paredes de la casa o bajo las sábanas de la cama, sino como idiosincrasia que no tiene por qué ser desvelada
mediante la lógica de un discurso, como una diferencia irreductible que, si no atenta contra la libertad de los
demás, no puede pasar a través de un código jurídico o las normas de una ciudadanía.
9
Si bien este modelo basado en una política de la identidad no sería en un primer momento la intención de las
feministas de la diferencia, ya que buscan motivar la expresión de la singularidad de las mujeres para afirmar
su diferencia irreductible y promover así un cambio social según una política en primera persona que no pase
por el Estado, parecen aceptar como vinculante entre ellas el hecho mismo de ser mujeres, o más
concretamente, el hecho de ser mujeres que luchan contra el poder masculino, por lo que parecen defender
que existe algo reductible en ellas que las pone en relación. Esta zona reductible sería el pathos feminista, que
conlleva el querer generalizar ciertos criterios éticos y morales y hacerlos universales, fusionando lo público
y lo privado.

16
promoción de la violencia de género y de la sumisión sexual y política de las mujeres y
abogan por la abolición total de la prostitución y la pornografía. Sinceramente, su deseo de
que el feminismo devenga Estado me parece un tanto sospechoso ¿No es afán de poder, de
totalización? Además, su propuesta de dejar en manos del Estado el poder de regular y
representar la sexualidad, ¿no significaría dar credibilidad y validez a una institución de
origen patriarcal? Este supone un caso claro ejemplo en el que la sensibilidad por la
opresión sexual de las mujeres no se ha convertido en una sensibilidad por la opresión en
general, queriendo hacer del feminismo una especie de totalitarismo. Además, supone que
la prostitución y la pornografía son causas de la violencia sexual, lo cual es un argumento
cuanto menos ingenuo. La violencia sexual me parece un problema pre-pornográfico y pre-
prostitución, antes una causa que un efecto de la comercialización del sexo, y ambas no me
parece que deformen únicamente la sexualidad femenina, sino la sexualidad en general. El
mejor antídoto contra la pornografía heterosexual y falocéntrica no es la censura, sino el
fomento de un sexo comercial que no atente contra la imaginación y se abra a la diversidad
de formas diferentes de representar el sexo.

En contra de este tipo de feminismo abolicionista se sitúan Gayle Rubin, Dolores


Juliano o Raquel Osborne, la primera en E.E.U.U., las segundas en Europa. Según ellas, no
debemos abandonar una visión radical de la teoría y la práctica sexual. Muy al contrario,
debemos profundizar en ellas y ampliarlas, de tal modo que haya personas, y sobre todo
más mujeres, que se sientan animadas a identificarse y a actuar según sus propios intereses
sexuales. En ellas parece remarcarse el ideal democrático que diferencia entre lo público y
lo privado, esto es, entre lo ético y lo político, admitiendo que hay ámbitos de la persona
que son injustificables, como el deseo sexual, que no pueden ser extrapolados al espacio
público. Promueven a una apertura total de los modos de ver y entender el sexo, sabiendo
que en una relación sexual de participantes voluntarios, por mucho que contradiga la visión
generalizada o deseada del sexo, no hay víctimas necesariamente.

Sí hay que derrocar la lógica falogocéntrica, pero no como tal, sino por su carácter
totalitario y excluyente. Para ello, no creo que haya que negar el sexo, sino performarlo. El
deseo puede ser un exceso constructivo, una valiosa energía a dilapidar de forma

17
improductiva, esto es, a emplear fuera del sentido y fuera de toda estructura. Es necesaria
una exploración en el deseo, que ha de comenzar con una negación a entender su
orientación como nódulo de la personalidad. No creo que esto deba realizarse generando
discursos sobre la sexualidad que distingan entre buena y mala sexualidad, ya que la misión
debe ser acabar con la jerarquía sexual y no dar lugar a otra.

* * *

Bibliografía

- Apuntes tomados y textos repartidos en clase.


- Carole S. Vance (comp.), Placer y peligro. Explorando la sxualidad femenina,
Revolución, Madrid, 1989.
- Beatriz Preciado, “Mujeres en los márgenes: reportaje después del feminismo”, El País,
21 de enero del 2007.
- Óscar Guasch, La crisis de la heterosexualidad, Laertes, Barcelona, 2000.
- Rafael M. Mérida Jiménez (ed.), Sexualidades transgresoras. Una antología de estudios
queer, Icaria, Barcelona, 2002.
- Catherine A. Mackinnon, Hacia una teoría feminista del Estado, Cátedra, Madrid, 1995.
- Marisa Calderón y Raquel Osborne, Mujer, sexo y poder, CSIC, Madrid, 1990.

Daniel Delgado Huerga


Zaragoza, 23-06-09

18